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El tapial en la ciudad de Córdoba durante época medieval y moderna.
Una primera propuesta tipológica
Este trabajo presenta una propuesta tipológica de tapiales de época islámica, bajomedieval cristiana y moderna utilizados en Córdoba (España).
Para ello, se han analizado de manera conjunta los resultados de más de una veintena de intervenciones arqueológicas desarrolladas en los últimos años.
Dicho análisis arroja unas conclusiones que se resumen en la identificación de tres tipos de tapiales para época islámica y de nueve para el periodo bajomedieval cristiano y moderno.
Los estudios arqueológicos sobre edificios históricos en la ciudad de Córdoba (Fig. 1) se han multiplicado en los últimos años gracias a la aplicación de la normativa vigente de Protección del Patrimonio Arqueológico en el ámbito de aplicación del Plan General de Ordenación Urbana, aprobado en el año 2001.
En cumplimiento de ese plan, y previa a la tramitación de la Licencia Municipal de Obras, es necesaria la solicitud al ayuntamiento de una información urbanística de carácter arqueológico, en la que se establecen las cautelas a seguir.
En el caso concreto de los inmuebles históricos, suele establecerse una cautela de Actividad Arqueológica Preventiva en la que, entre otras actuaciones, se lleve a cabo un estudio paramental de las estructuras sobre rasante.
Esto ha incrementado de manera notable el desarrollo de estos estudios en la ciudad.
Situación de la ciudad de Córdoba en la península ibérica.
Sin embargo, el aumento de este tipo de actividades no ha traído consigo, en la mayoría de las ocasiones ‒exceptuando las llevadas a cabo en el marco del extinto Convenio de colaboración GMU-UCO‒, una difusión efectiva de los resultados de dichas intervenciones.
Esta, en la mayoría de los casos, se ve reducida a la entrega de la preceptiva memoria, que queda depositada en las administraciones pertinentes ‒Delegación Territorial de Cultura de la Junta de Andalucía y Gerencia Municipal de Urbanismo‒.
Sin duda, se hace necesaria una obra de conjunto en la que se analicen y se pongan en común los resultados de las lecturas paramentales y de las obras de restauración desarrolladas en la ciudad.
Por un lado, sería una eficiente herramienta de consulta para los arqueólogos que se dedican a este tipo de intervenciones arqueológicas.
Por otro, constituiría un punto de partida y de puesta en común de las diferentes estrategias a seguir al enfrentarse a estas actuaciones, para que los resultados obtenidos de ellas tengan una mínima homogeneidad.
En relación con esta última idea, ya se empiezan a dar pasos en ese sentido, destacando la tesis del Dr. Raimundo F. Ortiz (2018), en la que se plantea toda una metodología a seguir en este tipo de intervenciones en la ciudad de Córdoba, y en la que se presentan una serie de herramientas encaminadas a la gestión del registro de la información obtenida en estas actividades arqueológicas.
Y es que, hasta este momento, el método de trabajo mayoritariamente utilizado en estos estudios paramentales no es otro que el planteado por Miguel Ángel Tabales (2002), que tan buenos resultados ha deparado en el área de Sevilla, y cuyas tablas cronotipológicas han servido como base para el análisis de edificios históricos también en Córdoba.
Como señalábamos, en el caso concreto de los análisis de estructuras emergentes aún queda pendiente la difusión de sus resultados, pues apenas se cuenta con algunos ejemplos en este sentido, referidos a la Iglesia de Santa Clara (Martín et al. 2018), y dentro del Convenio GMU-UCO, a algunos edificios del casco histórico (Vargas y Carrillo 2002-2003; León et al. 2008) o a edificios tan señeros como el Alcázar (Murillo et al. 2009-2010).
Centrando la atención en el tema de los tapiales, sobre todo de época moderna, y debido sobre todo a la falta de estudios específicos en la ciudad, las tablas cronotipológicas sevillanas ‒destacando en este sentido los trabajos de Graciani y Tabales (2008)‒ han sido las referencias también para Córdoba.
Sin embargo, salta a la vista que entre ambas zonas existen algunas diferencias, si no cronológicas, aspecto aún pendiente de determinar, sí por ejemplo en el tipo de materiales usados, destacando en este caso el uso de mampostería y sillarejos en los machones y pies de aguja cordobeses.
Nos referimos concretamente al uso de la calcarenita en pies de aguja y machones, residual en Sevilla, donde se usa fundamentalmente el ladrillo, y con una preeminencia indiscutible en las construcciones de tapia cordobesas de época moderna, en las que aparece conformando fábricas mixtas junto al ladrillo.
El uso mayoritario de unos elementos u otros responde directamente a su accesibilidad, y es que en Córdoba las canteras de piedra calcarenita se sitúan bastante cercanas a la ciudad, por lo que el aprovisionamiento no resulta complicado.
A ello hay que sumar que estas canteras fueron explotadas ya desde época romana (Penco et al. 2004), llegando su aprovechamiento al menos hasta época medieval (León 2002-2003).
El desmantelamiento de los grandes edificios, primero romanos y después islámicos, supuso la conversión de los mismos en auténticas canteras de las que se siguió sacando material durante las centurias siguientes, por lo que no resulta descabellado plantear que mucha de la mampostería utilizada en construcciones bajomedievales y modernas esté reutilizada, y que provenga precisamente del desmantelamiento de estos grandes edificios precedentes.
Sobre esta idea volveremos más adelante.
Teniendo en cuenta todos estos condicionantes que acabamos de señalar, nuestra intención es centrarnos en el conocimiento de los tapiales de este momento, poniendo un punto de partida en el desarrollo de una tabla tipológica de tapiales usados en la ciudad de Córdoba, atendiendo a los periodos medieval y moderno.
Se definirán varios tipos de tapiales, con diferentes características, e incluso se planteará la existencia de subtipos en función de algunas particularidades.
También, en la medida de lo posible, se propondrán hipótesis acerca de su cronología, siendo este último aspecto el más complejo, puesto que en la mayoría de los casos tan solo se cuenta con cronologías relativas, suponiendo las dataciones absolutas una rara avis en la arqueología de la arquitectura cordobesa.
En el caso de los tapiales islámicos, la metodología seguida ha consistido en el rastreo bibliográfico de las referencias a tapiales de época islámica en la ciudad de Córdoba.
Para ello se han consultado artículos, tesis doctorales e informes de intervenciones arqueológicas.
Una vez llevado a cabo ese análisis de la información, el siguiente paso consistió en la identificación de los diferentes tipos usados en ese momento.
Para los tapiales de época bajomedieval cristiana y moderna se siguió el mismo procedimiento, aunque en este caso los informes de intervenciones arqueológicas fueron la fuente más utilizada.
En total, en el texto se hace referencia a tapiales documentados en más de una veintena de emplazamientos repartidos por toda la ciudad de Córdoba (Fig. 2).
El resultado es una propuesta con tres tipos para época islámica y hasta nueve para época bajomedieval cristiana y moderna (Figs.
Plano de la ciudad de Córdoba con la situación de los emplazamientos mencionados en el texto.
Sector septentrional de la muralla de la Axerquía.
Alcázar de los Reyes Cristianos, antiguo alcázar omeya y alcazaba almohade.
Recinto de la Calahorra.
Convento de la Encarnación.
Sector oriental de la muralla de la Axerquía.
Calleja de las Flores 4 y Encarnación 4.
Calleja del Posadero 21.
Portería de Santa Clara 4 y Osio 3.
Convento de Santa Clara.
de tapiales documentados en la ciudad de Córdoba.
Esquema general de los tipos de tapial documentados en la ciudad de Córdoba.
Los tapiales islámicos en Córdoba
Aunque el objetivo de este trabajo se centra en época medieval y moderna, consideramos de interés señalar que la técnica del tapial ya se venía utilizando en la ciudad desde periodos anteriores.
Usado probablemente desde periodos precedentes, en época romana su uso estuvo bastante extendido.
Así, de época altoimperial se pueden señalar los restos aparecidos en una excavación llevada a cabo en el patio occidental del colegio de Santa Victoria, donde se documentó una posible domus
En otra intervención, desarrollada en avenida Llanos del Pretorio n.o 1, se excavó un recinto funerario, fechado en la primera mitad del siglo I d.C., que presentaba dos pequeños muros de tapial que cerraban su fachada (Rubio 2019).
Para época tardoantigua también se cuenta con restos de tapial, como el presente en uno de los muros de la posible iglesia exhumada en calle Rey Heredia n.o 20 (Ruiz y González 2017).
Una vez hecho este pequeño inciso, pasamos al análisis de los tapiales islámicos documentados en la ciudad.
Tapiales de época emiral
Para época emiral existen indicios que apuntan a que la técnica del tapial ‒tabiyya‒ estaba extendida por la ciudad, al menos en algunas de sus zonas, aunque no se han llegado a documentar aún estructuras de tapial en alzado.
Sin embargo, en determinados sectores se han excavado derrumbes de tapial fechados en esta época, como los exhumados durante las intervenciones arqueológicas desarrolladas en el Zoológico Municipal, para los que se ha propuesto una cronología centrada en el siglo IX (Ruiz et al. 2008: 174-178).
Por su parte, en el caso del arrabal de Saqunda no se ha podido constatar arqueológicamente cómo se dispondría el alzado de los paramentos de las viviendas, que posiblemente fue de tapial también.
Estos muros presentaban cimentaciones de cantos de río y guijarros, con presencia de fragmentos de cerámica y tejas, que se disponían en varias hiladas.
Sobre estas debieron apoyarse los cajones de tapial, aunque las características de la zona, con continuas inundaciones, han provocado que no quede resto alguno de estos.
La documentación de los derrumbes asociados a dichos muros permite plantear la existencia de estos alzados de tapial, ya que no presentan suficientes cantos rodados como para poder afirmar la construcción en altura con los mismos (Casal 2008: 117-119).
Tapiales de época califal
Fue en época califal cuando el uso del tapial adquirió significación en la ciudad.
Así, su utilización tuvo una preeminencia indiscutible en la arquitectura de época califal, aunque no en obras oficiales omeyas, donde el uso de la sillería fue predominante (León 2018).
Esta predominancia fue tal que la ruina del Califato trajo consigo la desaparición del uso de la cantería y su sustitución por las obras encofradas, desaparición que no es sino consecuencia de la ausencia del promotor que sustentaba a los canteros (Gurriarán 2008: 270), aunque también se ha aludido a razones relacionadas con la facilidad de su construcción y la menor inversión en trabajo, tiempo y recursos (Martín 2001-2002: 191).
Por tanto, en época califal el tapial se empleó fundamentalmente en construcciones más modestas, como las viviendas localizadas en los arrabales de la ciudad, situados al oeste, al norte y al este de la misma.
En los arrabales occidentales, fechados grosso modo entre los años 30 del siglo X y los primeros años del siglo XI, la mayor parte de las viviendas ‒por no decir todas‒ estaban construidas en tapial.
Presentaban zócalos y cimentaciones ‒pie de aguja
‒ de mampostería, sillarejos o incluso sillares ‒en el caso de los pequeños tabiques que separaban los salones de las alcobas este pie de aguja desaparece‒, llegando a documentarse muros maestros de tapial, de varias decenas de metros, que organizaban las manzanas de viviendas (Clapés 2015a) (Fig. 5).
En algunas ocasiones, los muros presentaban sillares o sillarejos intercalados, colocados a soga, a modo de pilares verticales, que ofrecían una mayor estabilidad a los encofrados de tierra (Camacho y Valera 2018: 123) (Fig. 6, A).
En principio, a tenor de lo comentado, en estos arrabales de poniente podrían distinguirse tres tipos de tapial: monolítico sin pie de aguja en el caso de los tabiques; monolítico con pie de aguja en la mayor parte de las viviendas; y en algunas ocasiones, encadenado.
En todos los casos, se trataba de tapiales de tierra de muy mala calidad, que eran revestidos con mortero de cal.
Este, además de mejorar estéticamente el acabado final
5, imprimía una mayor fortaleza a la construcción.
Por desgracia, estos tapiales suelen aparecer muy arrasados, por lo que no ha sido posible documentar el tamaño de los cajones o la presencia o no de agujales.
Detalle del arrabal califal documentado en la parcela 16-A del Plan Parcial O-7 de la ciudad de Córdoba.
Detalle de machones insertos en muros de tapial.
A. Vivienda califal documentada en Ronda Oeste de Córdoba (fotografía Cristina Camacho Cruz).
B. Vivienda almohade documentada en calle Lucano nos 7 y 9 (fotografía Antonio Molina Expósito).
Un paralelo al tipo encadenado lo encontramos a escasos kilómetros de Córdoba, aunque a una escala mucho mayor, pues se relaciona con la arquitectura del poder.
Se localiza al oeste de la ciudad, en la almunia de al-Rummaniyya, y constituye hasta el momento el único ejemplo documentado para época omeya
en los alrededores de la ciudad de Córdoba
Aunque muy arrasada en su mayor parte, a nuestros días ha llegado una potente estructura construida en tapial.
Se trata del muro exterior oeste de la terraza central, que presentaba una fábrica mixta de sillares y tapial (Fig. 7).
Arquitectónicamente, se fundamentaba en un basamento de sillería sobre el que se levantaban pilares cuadrados ‒machones‒ de sillares de 80 cm de lado, con espacios entre ellos de 2,15 m de longitud rellenos de tapial, con cajones de 95 cm de altura (Arnold et al. 2008).
Atendiendo al tamaño de los cajones, debemos ponerlos en relación con el codo mamuní, ‒47,14 cm, para el que se ha propuesto una equivalencia de 1,5 pies, utilizando como modelo un pie de 31,43 cm (Jiménez Hernández 2015)‒, presentando 2 codos de altura ‒o 3 pies‒ y unos 4,5 codos de longitud.
El uso del codo mamuní en el replanteo de estructuras de cronología omeya no es extraño, habiéndose documentado su utilización en otros edificios de la ciudad, como en un funduq del arrabal occidental (Clapés 2015b) o en el edificio singular exhumado en el Vial Norte (Arnold 2009-2010).
En el caso de Sevilla, se ha señalado que la proliferación de tapiales con cajones de módulo alto se produce en la segunda mitad del siglo XII, en estrecha relación con el paso del uso del codo rassasí al codo mamuní (Graciani y Tabales 2008: 143).
En Córdoba, sin embargo, parece demostrarse que desde época omeya el uso de ambas medidas fue generalizado.
Muro de tapial encadenado documentado en la almunia de al-Rummaniyya.
B. Detalle de una de las secciones entre machones.
Tapiales de época almorávide y almohade
La llegada a Córdoba de los contingentes norteafricanos tras la fitna trajo consigo el auge del uso del encofrado de tapial en construcciones relacionadas con el poder, tomando verdadera importancia en la arquitectura oficial en detrimento de la cantería (León 2020: 188).
Un primer ejemplo de este hecho puede fecharse, quizás, en época almorávide, momento que se ha propuesto para la construcción de la muralla de la Axerquía, al menos en su tramo septentrional.
Documentado en varias intervenciones, en una de ellas (Rodero 2005) se excavó una cimentación conformada por una zapata con rebanco y un muro de sillarejos sobre el que se levantaba un alzado de tapial.
El conjunto fue fechado en un momento posterior a inicios del siglo XII (Rodero 2005: 285-287, 301), aunque su adscripción almorávide ha sido recientemente puesta en cuestión, planteándose la posibilidad de que en realidad se trate una obra almohade, al igual que el tramo oriental de esta muralla, el de Ronda del Marrubial, cuyo origen almohade ha sido recientemente confirmado.
Esta obra almohade vendría a sustituir a una primitiva muralla construida entre los primeros años de la fitna y la época taifa (Carmona et al. 2016: 140-141).
En ninguno de los tramos que acabamos de señalar el tapial ha conservado suficiente potencia como para poder caracterizarlo adecuadamente.
El periodo almohade supuso una revitalización de la ciudad que tuvo su reflejo en el acometimiento de una gran cantidad de construcciones y reformas (León y Blanco 2010).
En ellas, y no solo en Córdoba, sino como hecho que se repite durante este periodo en al-Andalus (Márquez 2018), el tapial adquirió un protagonismo principal, siendo la técnica mayoritariamente usada en la mayor parte de estas construcciones, como por ejemplo el tramo de muralla de Ronda del Marrubial que comentábamos hace un momento.
Otro caso es el del alcázar omeya, que en el último cuarto del siglo XII fue remodelado, convirtiéndose en una vasta alcazaba en la que varios de sus lienzos fueron construidos en tapial.
El denominado "Castillo Viejo de la Judería", expansión del antiguo alcázar omeya hacia el oeste, presentaba tapial con sillares de refuerzo en los ángulos de las torres (León 2020: 194).
Presentaba una altura máxima de tres cajones, conformados por tongadas de aproximadamente 10 cm, y conservaba restos de las "cobijas" ‒agujales‒, que aparecían rematados por ladrillos macizos colocados apoyando sobre sus lados largos y dispuestos a soga (Murillo et al. 2009-2010: 201).
Además, adscrita a este momento cronológico se documentó en el interior de la Torre Octogonal una estructura cuadrangular delimitada por grandes sillares de calcarenita y con núcleo de tapial (Murillo et al. 2009-2010: 197; León 2013: 345).
Para concluir, en el sector septentrional se conserva el trazado de la muralla prácticamente íntegro, también construido en tapial, aunque actualmente aparece enmascarado entre estructuras que se le adosan (León 2013: 346).
En este caso, la fábrica consistía en un encofrado de tapial desde la cimentación, sin zócalo de piedra, tan solo con una pequeña plataforma o capa de limpieza, de entre 5 y 10 cm de grosor, conformada por el mismo mortero que los cajones.
Este lienzo aparecía flanqueado, a intervalos regulares, por torres cuadradas con cimentación y esquinas reforzadas por sillares de calcarenita (León 2013: 346).
En este caso, la altura de los cajones se corresponde con 2,5 pies.
En el recinto de La Calahorra, también de adscripción almohade, y que rodeaba el acceso meridional del puente, el uso del tapial también fue notable.
En este caso estamos ante un recinto de tendencia cuadrangular, de unos 109 × 83 m, con lienzos de tapial del mismo tipo que los documentados en el cierre septentrional de la alcazaba, es decir, sin pie de aguja.
También aparece flanqueado por torres, en este caso macizas, construidas en tapial y con refuerzos de sillarejos y mampuestos en la cimentación en zarpa de las esquinas (León 2013: 348).
Otro recinto, aunque de menor tamaño, se situaba en la actual Colina de los Quemados.
Interpretado como un posible campamento militar en altura que controlaría visualmente el puente y el río, estaba construido también en tapial.
Presentaba un zócalo de aislamiento construido en mampostería y sillarejo
El módulo de los cajones es, por tanto, similar al de la muralla septentrional de la alcazaba, con una altura de aproximadamente 2,5 pies.
Dejando a un lado la arquitectura relacionada con el poder, hay que señalar que, al igual que ocurría en época califal ‒y posiblemente emiral‒, las viviendas también estaban construidas en tapial.
Las viviendas de época tardoislámica de Qurtuba han sido estudiadas en profundidad (Blanco 2014), por lo que sus características son bien conocidas.
Así, los muros de estas viviendas presentaban una cimentación a base de varias hiladas de sillares, mampuestos o cantos rodados, trabados con barro, sobre la que se apoyaba un zócalo, que a veces se prolongaba algunos centímetros sobre el suelo.
Sobre este se disponía el tapial, conformado por arcillas, arenas, fragmentos de cerámica, grava o cantos (Blanco 2014: 158-159).
En algunas ocasiones, tal y como se había visto también en época omeya, se ha documentado la presencia entre el tapial de un aparejo de sillares o sillarejos a soga, a modo de pilares verticales (Fig. 6, B).
Como señala el autor, este hecho ha sido interpretado en otros lugares como reparaciones posteriores de los muros (Blanco 2014; 164-165), aunque atendiendo al paralelo de época califal, creemos factible que fuesen así construidos en origen.
Propuesta tipológica de tapiales islámicos en Córdoba
Teniendo en cuenta todo esto, para época islámica se puede plantear la existencia de, al menos, tres tipos de tapial, constatados arqueológicamente tanto en época califal como después en época almorávide y almohade.
Tipo A. Tapial monolítico, sin pie de aguja ni encadenado.
En época califal se documenta en los pequeños tabiques que separaban los salones de las alcobas.
Para época almohade se localizaron en el sector septentrional de la alcazaba y en el recinto de La Calahorra, que presentaban una cronología ante quem de finales del siglo XII o inicios del siglo XIII.
Estos últimos estaban conformados por cajones de módulo bajo de 2,5 pies de altura.
Tipo B. Tapial monolítico con pie de aguja pétreo.
Estos pies de aguja presentan facturas muy diversas, con sillares, sillarejos, mampuestos o cantos rodados.
Este tipo ha sido documentado, para pleno siglo X, en la mayor parte de los muros de las viviendas de los arrabales occidentales.
Aparece también, a una escala mucho mayor, en la muralla almorávide de la Axerquía, y más tarde, en el periodo almohade, en la mayor parte de las viviendas de la época, en las torres del recinto de la Calahorra, en el recinto militar de la Colina de los Quemados y en el sector del malecón de la alcazaba.
Cuando han podido documentarse, los cajones son de módulo bajo, de 2,5 pies de altura.
Para este tipo planteamos la existencia de dos subtipos, Subtipo B1 y Subtipo B2, presentando los tapiales encuadrados en el segundo un remate latericio sobre los agujales que los del primer subtipo no tienen.
Pertenece al Subtipo B2 el tapial del sector del malecón de la alcazaba.
Tipo C. Tapial encadenado con pie de aguja pétreo.
Documentado en algunas viviendas califales de los arrabales occidentales y en la almunia de al-Rummaniyya, y en época almohade, en las torres del sector occidental de la alcazaba y en algunas viviendas.
En el caso de las torres de la alcazaba, se trata de un encadenado dispuesto en las esquinas, mientras que el resto de casos se trata de encadenados que se emplean interrumpiendo los muros de tapial.
Los cajones al-Rummaniyya son de módulo alto, de 3 pies de altura, o 2 codos.
Los tapiales de época bajomedieval cristiana y moderna en Córdoba
El uso y la importancia del tapial en el periodo bajomedieval cristiano y moderno siguió siendo enorme en Córdoba, tal y como evidencian los resultados de multitud de intervenciones arqueológicas en las que su documentación es muy usual.
Esta significación tuvo su reflejo en las fuentes escritas de la época, donde las referencias al uso de tapial son abundantes.
Su utilización estuvo tan extendida que incluso los alarifes tenían que controlar el buen hacer de los maestros tapiadores, tal y como se recoge en las ordenanzas del Alarifazgo de Córdoba de entre los siglos XV y XVI, estudiadas, entre otros autores, por Jesús Padilla (2009).
Según estos ordenamientos, concretamente en su capítulo 105
9, los maestros tapiadores debían conocer el largo y la altura que debía tener una tapia, pues estaban reglamentados.
Los maestros tapiadores, además, debían saber qué tongadas entraban en una tapia y qué espuertas en una tonga para repartirle la cal que era necesaria, e igualmente, debían conocer el buen uso del plomo y el cordel, y el hemenciar de la tierra (Padilla 2009: 356).
Por lo tanto, cada bloque de tapial debía tener unas dimensiones precisas, concretamente de ocho ladrillos de largo por tres ladrillos de alto por dos ladrillos de ancho (Córdoba 1990: 313).
Para argumentar el porqué del tamaño de los cajones, sobre todo su altura, generalmente se suele hacer mención a unidades de medida (Carrasco y Jiménez 2008: 2533) tales como la vara castellana ‒más concretamente la vara de Burgos, que equivale a 83,5905 cm‒, o los codos islámicos ‒por un lado, el codo rassasí, que equivale a 58,93 cm, y por otro el codo mamuní, equivalente a 47,14 cm‒.
Nosotros mismos, en el caso de los tapiales islámicos, hemos aludido a este último para interpretar las razones que explican el tamaño de los cajones.
Mientras, en el caso de los tapiales verdugados, como se verá más adelante, la altura de los cajones se asemeja mucho a la de la vara castellana.
Sin embargo, los más antiguos ‒tipos 1, 2 y 3, vid. supra‒ no se adaptan a esa longitud, presentando en muchas ocasiones una altura superior, que tampoco se adapta a las medidas islámicas que acabamos de señalar.
Para esos casos, consideramos que la justificación de su altura no está en que siguiesen alguna de estas medidas, sino que la relacionamos más bien, como apuntábamos hace un momento, con la utilización del tamaño de los ladrillos para calcular las dimensiones de cada cajón, en el caso concreto de la altura, tres ladrillos.
Por lo tanto, dependiendo del tamaño de los ladrillos utilizados como modelo en cada momento, e incluso en cada obra, las dimensiones de las tapias podrían cambiar, lo que quizás explicaría la variación en la altura de los cajones de tapial entre unas construcciones y otras.
Así, si el ladrillo usado como patrón presentaba un tamaño de 28 cm, las tapias deberían tener una altura de 84 cm ‒bastante cercano a la vara castellana de Burgos‒, mientras que, si el tamaño del ladrillo utilizado como modelo era de 30 cm, la altura de las tapias se disparaba hasta los 90 cm.
Siguiendo con las características formales de las tapias cordobesas, el uso de una fábrica mixta ‒de mampostería o sillarejos que se alternan con ladrillos‒ en machones y pies de aguja es una de sus particularidades más interesantes (Fig. 8).
Como apuntábamos al principio del trabajo, el fácil aprovisionamiento de estos materiales es indispensable para su utilización masiva, aunque no explica el porqué de su uso mixto.
Así, en Valladolid se han documentado tapiales que utilizan machones y pies de aguja tanto pétreos como latericios, pero nunca combinan ambos materiales (Camino et al. 2010).
Siendo así, ¿de dónde viene el uso mayoritario esta técnica en Córdoba?
Si nos remontamos atrás en el tiempo, en principio no se trata de una técnica que tenga su origen en la arquitectura islámica, puesto que apenas se han documentado edilicias en fábrica mixta, y mucho menos que sigan esa disposición.
Además, como se ha comprobado en el epígrafe anterior, los muros de tapial de ese periodo no aparecen acompañados de fábrica mixta.
En época romana y tardoantigua existe una técnica similar, la del opus vittatum mixtum, de la que en Córdoba se cuenta con varios ejemplos que se localizan en el yacimiento de Cercadilla, concretamente en su conjunto termal (Fuertes et al. 2013), aunque no consideramos que este se tomara como modelo.
Por lo tanto, a priori no se trata de una técnica que hunda sus raíces en las tradiciones constructivas que se venían usando en la ciudad.
Detalle de la fábrica mixta utilizada en machones y pie de aguja en Calleja de las Flores 4.
La hipótesis que planteamos para explicar el uso de esta técnica es que se trata de una solución arquitectónica que permite reaprovechar cualquier elemento pétreo previo, lo que favorecía una formidable economía de medios.
Tras la conquista castellana de Córdoba en 1236, debió procederse a un desmantelamiento progresivo de las construcciones islámicas, de las que han pervivido pocas estructuras sobre rasante en la ciudad.
Esas demoliciones originarían una gran cantidad de materiales constructivos que podrían ser reaprovechados, tales como tejas, ladrillos, sillares, sillarejos y mampuestos, entre otros.
La reutilización de sillarejos y sillares no suponía mayor problema, puesto que sus laterales careados facilitaban su uso en nuevos muros, pero los mampuestos, con formas y tamaños muy diferentes, sí que complicaban la construcción de nuevos paramentos, ya que resultaría difícil conseguir mampuestos de la misma forma y tamaño que conformaran hiladas homogéneas.
Con esta solución arquitectónica se solventaría este problema, ya que las hiladas de ladrillo enrasarían el muro una y otra vez, permitiendo el uso y aprovechamiento de la mampostería.
Generalmente se utilizaba una única hilada de mampuestos y una, dos o tres hiladas de ladrillos.
En cuanto a la posición de los ladrillos, todos se disponían apoyando sobre sus lados largos, pero no hay un orden concreto, sino que, dependiendo de la hilada, se disponían a soga y tizón, o solo en sogas.
La única regla que siguen es que cuando se utilizaba más de una hilada de ladrillos, estos se colocaban a contrajunta, evitando las grietas verticales.
El empleo de esta técnica tendría la finalidad de economizar costes y reducir los tiempos de construcción, pues resulta más rápido enrasar la fábrica con ladrillos que edificar solo con mampostería.
Consideramos que esta hipótesis de la economía de medios toma validez a tenor del análisis de varias construcciones de la ciudad.
Es el caso de las estructuras documentadas en una reciente intervención en la calle Pintor Bermejo (Torreras 2019).
En ella se ha documentado un imponente paramento relacionado con la Iglesia de San Andrés.
Al tratarse de una obra de más entidad, con mayores medios económicos, la fábrica mixta generalmente documentada en la arquitectura tradicional cordobesa desaparece, siendo sustituida por un monumental pie de aguja construido solamente en sillería y por unos machones construidos únicamente en fábrica latericia, entre los que se disponen los cajones de tapial.
Otro ejemplo que podría ilustrar esta propuesta se localiza en la iglesia del Convento de la Encarnación, cuyo muro noreste presenta una fábrica de tapial en la que los cajones aparecen separados por una verdugada triple de ladrillos.
En este muro, toda la fábrica que enmarca a los cajones de tapial, pie de aguja incluido, está construida totalmente en ladrillo.
Por norma general, la piedra fue el material preponderante en la construcción de parroquias e iglesias de este momento (García Ortega 2008: 144), por lo que resulta complejo encontrar otros ejemplos que vinieran a ratificar o no esta hipótesis.
Sin embargo, este planteamiento se confirma en otro tipo de construcciones, no religiosas, pero que igualmente contaban con sobrados medios económicos.
Es el caso de las murallas, de las que perviven dos ejemplos de la época que vienen a corroborar esta hipótesis.
Se trata de la muralla cristiana del Alcázar y de la muralla del Marrubial, sobre las que volveremos más adelante, que presentan una fábrica de tapial cuyos encadenados y pies de aguja están construidos únicamente en sillería, no utilizándose la fábrica mixta.
Por lo tanto, y a falta de más ejemplos que pudieran confirmar esta propuesta, todo apunta a que el uso de fábricas mixtas en pies de aguja y encadenados se limitaría a las construcciones más modestas y sencillas ‒principalmente obras de arquitectura civil‒, mientras que, en edificaciones de carácter eclesiástico u oficial, se utilizarían materiales de nueva producción.
Propuesta tipológica de tapiales de época bajomedieval cristiana y moderna en Córdoba
Hasta el momento se han establecido un total de nueve tipos de tapiales, con subtipos en tres casos, dependiendo de la presencia o no de remate sobre los agujales, o del tipo de remate que presentan.
Esta propuesta nace del análisis de los resultados de 13 intervenciones arqueológicas que conllevaron estudios paramentales en viviendas del casco histórico; así como del análisis preliminar de dos de las murallas de la ciudad ‒la muralla del Marrubial y la del Alcázar‒; y de tres edificios religiosos ‒las iglesias de los conventos de la Encarnación, de Regina Coeli y de Santa Clara‒ (Fig. 2)
En varias de estas intervenciones se han documentado varios tipos de tapial, hecho que viene a ilustrar la multitud de reformas que estos edificios han sufrido en el tiempo (Fig. 9).
Tabla resumen de los emplazamientos analizados en el texto y los tipos de tapial documentados en cada uno de ellos.
La investigación en este tipo de edificios no se interrumpe, así que nuestra propuesta es una tipología provisional que muy probablemente deba ser ampliada y matizada en función de los resultados que puedan arrojar nuevas intervenciones arqueológicas que se desarrollen en la ciudad.
Consideramos que existen, al menos, cuatro características a destacar antes de comenzar con la descripción de cada uno de los tipos:
En todos los casos, los tapiales se adscriben a la denominada tapia mixta, ya que todos incorporan elementos pétreos y/o latericios en los pies de aguja y en los encadenados, cuya finalidad es la de servir de refuerzo (Canivell 2011) y acelerar el proceso constructivo (Graciani y Tabales 2008).
Todos los tapiales documentados presentan pie de aguja, más o menos desarrollado.
Estos pies de aguja suelen estar construidos en fábrica mixta, aunque también se han identificado excepciones construidas solamente con ladrillos, con sillarejos o con sillares.
Excluyendo uno de los tipos ‒tipo 1‒, todos los tapiales aparecen encadenados, generalmente también en fábrica mixta, aunque también existe alguna excepción en la que los machones están construidos únicamente en ladrillo.
Exceptuando dos de los tipos ‒tipos 1 y 2‒, todos los tapiales aparecen verdugados, normalmente con ladrillos, aunque existe un tipo verdugado en fábrica mixta.
Teniendo en cuenta este dato y el anterior, y exceptuando esos dos tipos, el resto de casos se trata de tapiales de fraga, ya que todos aparecen encadenados y verdugados.
Tapial monolítico con pie de aguja pétreo
Se trata del tipo de tapial más simple de los documentados en la ciudad para este momento cronológico, puesto que solamente presentaba un pie de aguja pétreo, sin cadenas que reforzaran los ángulos, y en el que los cajones se superponían unos sobre otros sin ningún otro elemento material que los articulara, actuando el tapial como un todo homogéneo, monolíticamente.
Por lo tanto, resulta complejo acotar el tamaño concreto de los cajones.
Como apuntábamos, los pies de aguja documentados estaban construidos fundamentalmente con calcarenita, en forma de sillarejos o sillares ‒estos últimos parecen ser de acarreo‒.
Los agujales eran de sección circular, con una separación entre ellos que oscila entre los 30 y los 50 cm. Sus características no difieren mucho de las señaladas para el Tipo B de tapiales islámicos, compartiendo singularidades como la existencia de pies de aguja poco desarrollados construidos con mampostería o sillarejos, o la no presencia de machones en sus esquinas (Fig. 10).
A. Tapial documentado en Pintor Bermejo 1 (fotografía Sandra Torreras Palacios).
B. Tapial documentado en Sánchez de Feria de 6 (según Tovar 2019).
Este tipo ha sido documentado en un par de intervenciones, concretamente en sendas edificaciones situadas en la calle Pintor Bermejo (Torreras 2019) y en la calle Sánchez de Feria (Tovar 2019), edificio que actualmente acoge el Archivo Municipal de Córdoba.
En este último, la altura de estos tapiales llegaba hasta el primer piso ‒dos plantas completas‒.
En ninguno de los dos casos se cuenta con cronologías absolutas para los muros que presentan esta fábrica, aunque sí con relaciones estratigráficas de antero/posterioridad muy esclarecedoras.
Es el caso de uno de los paramentos del Archivo Municipal de Córdoba, que presentaba este tipo de tapial.
Parte del mismo fue cercenado para la construcción de otro muro (Tovar 2019: 63), que presentaba una fábrica de tapial del que hemos designado tipo 2 ‒vid. infra‒, por lo que este tipo de tapial es más antiguo.
Para ese tipo sí que se cuenta con una cronología absoluta, centrada en la segunda mitad del siglo XIV ‒vid. infra‒, terminus post quem, por tanto, para este tipo 1 de tapial.
Este dato, junto a las similitudes que presenta este tipo con los tapiales Tipo B islámicos, nos lleva a plantearnos dos posibilidades en cuanto a su adscripción cronológica.
La primera es que se tratase de tapiales islámicos que hubieran pervivido; la segunda, siguiendo la cronología propuesta por los directores de las intervenciones donde se han documentado, que la técnica se hubiera seguido usando tras la conquista cristiana de la ciudad y se trate de tapiales bajomedievales cristianos.
Esta disyuntiva no viene sino a ilustrar sobre la necesidad de dataciones absolutas que permitan resolver este tipo de cuestiones.
Tapia mixta, con pie de aguja y encadenado en sillería o en fábrica mixta, con tongada de cal entre cajones
Se han establecido dos subtipos en función del material empleado en los pies de aguja ‒sillería o fábrica mixta‒ y en los encadenados ‒únicamente sillería o ladrillos, o fábrica mixta‒.
El uso de uno u otro tiene relación directa con el tipo de obra y con el promotor de la misma.
Para obras oficiales se emplea la sillería y los ladrillos, y para edificios civiles la fábrica mixta.
Con pie de aguja de sillería, y encadenados de sillería o ladrillo
Se trata de un subtipo documentado en las murallas de la ciudad y en una vivienda en la Calle Pintor Bermejo 1.
En las primeras, tanto el pie de aguja como los encadenados eran de sillería, mientras que en Pintor Bermejo el pie de aguja era de sillería y los encadenados de fábrica latericia.
Esta construcción se enmarcó en la remodelación del sector suroccidental de la ciudad, que contempló la construcción del Alcázar cristiano, levantándolo sobre una parte del antiguo solar ocupado por el alcázar andalusí.
La muralla que lo rodeaba partía del molino de la Albolafia hacia el oeste, siguiendo el trazado de las antiguas defensas islámicas por la orilla del Guadalquivir, para dirigirse al norte frente a las denominadas Paredes Gordas hasta llegar a la puerta de Sevilla, y desde allí, enlazar con el lienzo occidental de la muralla de la villa (Escobar 1989: 59; Murillo et al. 2009-2010: 203).
La parte meridional de esta muralla, frente al Guadalquivir, fue objeto de una intervención en la que se documentaron varias construcciones de tapial.
Una de ellas es el lienzo que une las denominadas Torre Octogonal y Torre de las Vírgenes, construido con una fábrica de tapial que apoyaba sobre una hilada de ladrillos que a su vez apoyaba sobre un zócalo de sillería mal aparejada a soga y tizón con gruesas capas de cal en las uniones, y la otra en la tercera torre de tapial (Murillo et al. 2009-2010: 204-205).
Sin embargo, es el tramo occidental el que disfruta de un mejor estado de conservación, con muros de tapial de varios metros de altura (Fig. 11).
En este sector pueden observarse con claridad las características del tapial, que presentaba pies de aguja de sillería, y encadenados en las esquinas también de sillares de calcarenita.
Los cajones tenían una tongada de cal en las uniones entre ellos, y los agujales eran de sección circular.
Una fábrica bastante similar a la que acabamos de describir es la documentada en los lienzos del sector oriental de la muralla de la Axerquía ‒también conocido como la muralla del Marrubial‒, fechada a inicios del siglo XIV (Córdoba y Marfil 1995: 147).
Ambas fábricas se diferencian únicamente en la aparición en esta última de machones de sillería en la mitad de los lienzos de tapial.
Se trata de una técnica muy similar a la que presentaban los tapiales de al-Rummaniyya ‒vid. supra‒, aunque en este caso no se trata de pilares verticales, sino que presentan entrantes y salientes a modo de cremallera (Fig. 12).
También aparecen tongadas de cal entre los cajones, sobre todo en las juntas horizontales, y los agujales son de sección rectangular, situándose cada 60-70 cm. Los cajones presentan una longitud de entre 3,80 y 4,20 m, y una altura media de unos 84-86 cm, aunque hay algunos que llegan hasta los 92 cm, y están conformados por doce tongas de unos 7 cm de grosor medio (Córdoba y Marfil 1995: 166-167).
En una reciente intervención ha podido puntualizarse aún más la cronología de esta muralla, diferenciando una fase más antigua, fechada en la primera mitad del siglo XIV, a la que pertenecerían las fábricas que presentan los cajones de 92 cm; y otra más reciente, del último tercio del siglo XIV, en la que los cajones pasan a ser de 84-86 cm, aunque existen un par de lienzos con cajas de este último tamaño que podrían pertenecer a la fase más antigua (Carmona et al. 2016: 160).
En cualquier caso, parece ser que la mayor parte de los alzados de tapial conservados pertenecerían al último tercio del siglo XIV (Carmona et al. 2016: 158).
En el caso de la vivienda situada en el número 1 de la calle Pintor Bermejo (Torreras 2019), se trata de una construcción relacionada con la Iglesia de San Andrés que presenta un pie de aguja construido en sillería y machones con ladrillos.
Tapiales del Tipo 2.1 documentados en la Muralla de la Huerta del Alcázar.
Tapiales del Tipo 2.1 documentados en la Muralla del Marrubial.
A. Detalle de uno de los tramos con indicación, en negro, de la situación de un machón de sillería.
B. Detalle de los cajones separados por una tongada de cal.
Con pie de aguja y encadenados de fábrica mixta
En principio, se trata del tipo de tapia más documentado en Córdoba para finales de la Edad Media y principios de la Edad Moderna, por lo que tuvo que usarse con asiduidad.
Su aparición en arquitectura doméstica es muy usual y suele presentar las siguientes características.
Aparece encadenado en las esquinas con machones de fábrica mixta, y presenta también un pie de aguja, de dimensiones considerables, construido en esta misma fábrica, en la que se alternan hiladas de mampostería o sillarejos, generalmente de calcarenita, con hiladas de ladrillos, dispuestos generalmente ‒aunque no siempre‒ a soga y tizón.
En los machones, poco intrusivos, las hiladas de ladrillos suelen ser dobles o triples.
Atendiendo a los agujales, en la totalidad de los casos se han documentado de sección circular, prueba de que en estos momentos el uso de rollizos era generalizado.
La separación entre ellos varía, documentándose diferencias de más de 30 cm en una misma construcción, con distancias entre agujales que van desde los 50 hasta los 80 cm. La altura de los cajones suele estar en torno a los 0,85 m, aunque se han documentado ejemplos que no llegan o que superan esa medida.
El tamaño de estos es fácilmente apreciable gracias a la tongada de cal que presentan tanto las juntas verticales como las horizontales.
En las zonas de contacto entre la tapia y el machón, estas tongadas de cal aparecen en la franja horizontal del encadenado, pero no en la vertical.
En ocasiones, en esta aparecen fragmentos de ladrillo tomados con el mismo mortero de cal que traba la fábrica mixta de los machones (Fig. 13).
A y B. Tapiales documentados en Calleja de las Flores 4.
C. Tapial documentado en Manríquez 13.
D. Detalle de uno de los agujales.
Como apuntábamos, su documentación es bastante usual.
En edificios religiosos, su presencia está atestiguada en el Convento de Regina Coeli, en la zona oeste del muro norte de la Iglesia.
La fundación del convento se llevó a cabo en 1499, pero se hizo sobre unas casas previas (Olmedo 2004), por lo que la fecha de fundación del convento y de construcción de los edificios que lo conformaban no coincide.
Por lo tanto, no se puede tener en cuenta a la hora de fechar este tipo de tapia.
En relación con su cronología, actualmente resulta complicado rastrear su origen y su final.
Sin embargo, sí que se cuenta con algunos matices que pueden ilustrar al respecto.
Así, en Calleja de las Flores 4 y Encarnación 4, son claras las relaciones estratigráficas entre los muros de este tipo y las galerías de estilo mudéjar con columnas ochavadas que se documentaron, puesto que la fábrica de las segundas rompe claramente a los muros de este tipo, a todas luces previos.
Por lo tanto, si estas galerías, fechadas generalmente entre los siglos XIV y XV, son posteriores, la cronología de este tipo de tapias debe llevarse al menos al siglo XIV (Castillo et al. 2018: 56).
Esta cronología ha sido confirmada recientemente en una prueba de C14 practicada a uno de los tapiales de este tipo que se localizan en el edificio del actual Archivo Municipal de Córdoba.
Según los resultados de la prueba, la cronología de este muro se centraría en la segunda mitad del siglo XIV
12, lo que vendría a confirmar la datación propuesta para este tipo de tapiales en Calleja de las Flores 4 y calle Encarnación 4.
Tapia de fraga, verdugada con una hilada de ladrillos, con tongada de cal sobre ella
En este caso, estamos ante un tipo intermedio entre las tapias que presentan tongadas de cal en las juntas de los cajones ‒Tipo 2, vid. supra‒ y las verdugadas con una hilada de ladrillos ‒Tipo 4, vid. infra‒.
En este tipo, se inserta una verdugada simple de ladrillos en las juntas horizontales de los cajones.
En las llagas de la verdugada, entre ladrillo y ladrillo, se sitúan los agujales, que siguen siendo de sección circular, presentando una separación entre ellos de unos 50 cm (Fig. 14).
Tapial del Tipo 3 documentado en Calleja de las Flores 4.
Tan solo se cuenta con dos ejemplos de este tipo, que denominamos de transición, documentados en la vivienda situada en el número 4 de Calleja de las Flores (Castillo y Rubio s. a.) y en la calle Romero 34 (Gómez 2009).
No se tiene constancia de si contaba o no con pie de aguja ‒en Calleja de las Flores se documentó en una primera planta, y en calle Romero apenas apareció un pequeño tramo‒, y las cadenas son de fábrica mixta.
Por desgracia, y debido sobre todo a la excepcionalidad de su aparición, apenas se cuenta con argumentos que permitan justificar su cronología, ya que no existen relaciones estratigráficas claras, por lo que solamente se puede recurrir a aspectos relacionados con la evolución de la técnica de construcción para encajarlo entre el tipo anterior ‒Tipo 2, vid. supra‒ y el siguiente ‒Tipo 4, vid. infra‒.
Tapia de fraga, verdugada con una hilada de ladrillos
Se trata de un tipo de tapia de fraga continua ‒el tapial aparece encadenado y verdugado, sin que se aprecien juntas verticales de encuentros entre cajones‒, con pies de aguja y encadenados construidos en fábrica mixta compuesta por mampuestos de calcarenita y ladrillos.
Desaparecen las juntas verticales, construyéndose un único cajón a lo largo del muro.
En altura sí se separan los cajones, con una verdugada compuesta por una hilada de ladrillos.
La verdugada, por lo tanto, es totalmente latericia, y aparece trabada con mortero de cal.
En las llagas, entre ladrillo y ladrillo, se sitúan los agujales, que pasan a ser de sección rectangular.
Los cajones suelen presentar una altura alrededor de los 83,6 cm, una vara castellana, mientras que el largo se adapta al espacio que está cerrando el paramento.
Se han distinguido dos subtipos en función del remate que presentan estos agujales:
Sobre la aguja, para facilitar su posterior extracción al separarla del tapial propiamente dicho, se coloca un remate de piedra (Fig. 15, A).
Este tipo de solución aparece en un tapial documentado en Portería de Santa Clara 4 y Osio 3 (Rubio 2020).
A. Tapial del Tipo 4.1 documentado en Portería de Santa Clara 4 y Osio 4.
B y C. Tapial del Tipo 4.2 documentado en Manríquez 13.
Sobre la aguja, por el mismo motivo que señalábamos anteriormente, se coloca en este caso un remate conformado por ladrillos colocados apoyando sobre sus lados largos y dispuestos a soga (Fig. 15, B y C).
Un aspecto a destacar, al menos en los tapiales aparecidos en los dos primeros emplazamientos ‒en Albucasis 6 solo se llevaron a cabo sondeos, y la parte de tapial de este tipo documentada fue ínfima‒, es la aparición de mechinales, interpretamos de andamio, de sección triangular.
Atendiendo a la cronología de estos tapiales, su escasa documentación ‒apenas en cuatro intervenciones, y dos de ellas consistieron en pequeños sondeos‒ dificulta su adscripción cronológica.
No se cuenta con una datación absoluta, pero sí con relaciones estratigráficas de antero/posterioridad interesantes.
Así, en el caso de la vivienda de Manríquez 13, este tipo de tapial reparaba un tramo de un muro que estaba construido totalmente con tapial del tipo 2 ‒vid. supra‒, por lo que este tipo es posterior a él.
Tapia de fraga, verdugada con una doble hilada de ladrillos
En este caso, estamos ante otro tipo de tapia de fraga continua, en la que los cajones aparecen separados por una verdugada doble de ladrillos trabados con mortero de cal.
Con respecto a las dimensiones de los cajones, presentan una altura cercana a la vara castellana, 83,6 cm, mientras que su largo se adapta al tamaño del propio muro.
Los pies de aguja y machones siguen siendo de fábrica mixta, mientras que los agujales se sitúan en la hilada superior de la verdugada.
Se han documentado agujales tanto de sección circular como de sección rectangular, que van en estrecha relación con el remate que presentan.
En función de esto, se han establecido dos subtipos:
Sobre la aguja, que se situaba entre las llagas de los ladrillos de la hilada superior de la verdugada, no se coloca ningún elemento.
En este caso, los agujales son de sección circular (Fig. 16).
Se ha documentado este tipo en un paramento de Calleja de las Flores 4 y calle Encarnación 4 (Castillo y Rubio s. a.) y en Ronquillo Briceño 10 (García y González 2010).
Tapial del Tipo 5.1 documentado en Encarnación 4.
Sobre la aguja, situada también entre las llagas de los ladrillos de la hilada superior de la verdugada, se sitúan ladrillos colocados apoyando sobre sus lados largos y dispuestos a soga.
Los agujales, en este caso, son de sección rectangular (Fig. 17).
Muros con este tipo de fábrica han sido documentados en Romero 34 (Gómez 2009), en Ronquillo Briceño 10, Sánchez de Feria 6 (Tovar 2019) y en Calleja de las Flores 4 y Encarnación 4 (Castillo y Rubio s. a.).
Tapial del Tipo 5.2 documentado en Encarnación 4.
B y D. Detalle de los encadenados.
C. Detalle de los agujales.
Con respecto a su cronología, vuelve a presentarse el problema de la no existencia de cronologías absolutas.
En cuanto a las relaciones estratigráficas sí que se pueden hacer algunas consideraciones.
Con respecto al primer subtipo, el paramento de calle Encarnación 4, situado en una primera planta, se situaba sobre otro con tapial del tipo 2 ‒vid. supra‒, por lo que este tipo verdugado es posterior a él.
En relación con el segundo subtipo, al paramento documentado también en calle Encarnación 4 se le entregaba a hueso otro que presentaba una fábrica con tapial del tipo 9 ‒vid. infra‒, por lo que es anterior a los de este tipo.
Tapia de fraga, verdugada con una triple hilada de ladrillos
Se trata de un tapial de fraga continua, con pies de aguja y encadenados generalmente en fábrica mixta ‒en uno de los ejemplos documentados están construidos en fábrica latericia‒, en el que los cajones se separan con una verdugada con una triple hilada de ladrillos trabados con mortero de cal.
Con respecto al tamaño de los cajones, presentan una altura media de 83,6 cm, aunque hay que señalar algunas excepciones que no llegan a esa medida.
El largo se adapta al espacio que está cerrando el muro en cuestión.
Los agujales, situados en la hilada superior de la verdugada, son de sección rectangular, y presentan un remate conformado por ladrillos colocados apoyando sobre sus lados largos y dispuestos a soga (Fig. 18).
Esta es una particularidad que merece la pena reseñar, puesto que generalmente se afirma que el verdadero hito en la construcción de tapiales es conseguir evitar el rebaje de la argamasa para encajar la aguja (Graciani y Tabales 2008: 153), hecho que podría conseguirse si los agujales se situaran en la hilada central de la verdugada.
Sin embargo, se siguen colocando en la hilada superior, continuando la misma técnica utilizada en los tapiales del tipo 5.2 ‒vid. supra‒.
También es importante señalar que estas fábricas presentan otro tipo de mechinales, de mayor tamaño y de sección rectangular, que interpretamos como mechinales de andamio.
Una vez concluida la obra, este era retirado, quedando los huecos de las tablas que después eran cubiertos, en ambas caras del muro, con fragmentos de ladrillo macizo dispuestos en vertical.
En algunos casos se han documentado en su interior clavos que formaban parte de estos andamios (Figura 18, C).
Tapial del Tipo 6 documentado en Albucasis 6.
B. Detalle de una sección del muro.
C. Clavos documentados en uno de los mechinales de andamio.
Además, también aparece en el muro norte de la iglesia del Convento de Regina Coeli, y en muro noreste ‒el que abre fachada a la calle Rey Heredia‒ de la iglesia del Convento de la Encarnación.
En este último, a falta de un estudio arqueológico en profundidad, se aprecia lo que parecen ser varios cajones de tapial separados por una triple verdugada de ladrillos.
La iglesia comenzó a construirse en el último cuarto del siglo XVI (Raya 2011: 747), así que se cuenta con una primera aproximación cronológica para este tipo de tapial.
Unos años antes, en 1564 concretamente, ya se estaba construyendo la iglesia del Convento de Regina Coeli (Lara 2014: 133), por lo que puede proponerse una fecha, centrada en la segunda mitad del siglo XVI, en la que la construcción con este tipo de tapiales estaba generalizada en la ciudad.
También se ha documentado en una refectio, fechada en época moderna, llevada a cabo en el sector meridional de la muralla del Alcázar, aunque en este caso los mechinales de andamio a los que aludíamos más arriba fueron interpretados como drenajes (Murillo et al. 2009-2010: 210).
Tapia de fraga, verdugada con una cuádruple hilada de ladrillos
En este caso estamos ante otro tapial de fraga continua, en el que los cajones aparecen separados con una cuádruple hilada de ladrillos trabados con mortero de cal (Fig. 19).
Su aparición no es muy habitual, habiéndose documentado en Romero 34 (Gómez 2009), en el Convento de Santa Clara (Caballero et al. 2007) y en el muro norte de la iglesia del Convento de Regina Coeli.
En este último caso conforma una misma fábrica con tapiales del tipo 6 ‒vid. supra‒, por lo que en principio no existiría diferencia cronológica entre ambos, fechados, por tanto, en la segunda mitad del siglo XVI.
En el Convento de Santa Clara, sin embargo, se ha propuesto una cronología contemporánea para este paramento (Caballero et al. 2007: 421).
Tapial del Tipo 7 documentado en la iglesia del Convento de Regina Coeli.
Tapia de fraga, verdugada con una fábrica mixta
Se trata de otro tapial de fraga continua, en el que la fábrica mixta presente en pies de aguja y machones se materializa también en la verdugada que separa los cajones de tapial.
Los agujales, situados en la hilada superior de la verdugada, son de sección rectangular, y presentan un remate conformado por ladrillos colocados apoyando sobre sus lados largos y dispuestos a soga (Fig. 20).
La aparición de este tipo de tapia también es poco frecuente, habiéndose documentado solamente en un par de emplazamientos: Calleja del Posadero 21 (García y González 2009) y Portería de Santa Clara 4 y Osio 3 (Rubio 2020).
Tapial del Tipo 8 documentado en Portería de Santa Clara 4 y Osio 4.
Sobre su cronología se cuenta con pocas pistas.
Así, en Calleja del Posadero apareció en la planta baja, y sobre él, en la primera planta, se documentó un paramento conformado por tapial del tipo 4.2 ‒vid. supra‒, por lo que en principio debería ser anterior a este.
Es hasta el momento el único indicio que puede aportarse, ya que en Portería de Santa Clara no se documentaron relaciones estratigráficas con otro tipo de paramentos que permitan fecharlo con más precisión.
Tapia de cajón aislado
Se trata de un único cajón de tapial que sitúa en la zona central del muro, que se construyen en su mayor parte en fábrica mixta (Fig. 21).
Es un buen ejemplo que viene a ilustrar una tendencia en la que los tramos encofrados van perdiendo protagonismo frente a los aparejados.
Documentado apenas en un par de ocasiones, en cada una de las viviendas objeto de la intervención en Calleja de las Flores 4 y calle Encarnación 4 (Castillo y Rubio s. a.).
El tamaño del cajón se adapta a la longitud del muro, con algunos ladrillos a soga en la zona de contacto entre el tapial y el encadenado.
Tapial del Tipo 9 documentado en Encarnación 4.
A. Imagen del muro con indicación de la posición que ocupaba el cajón de tapial antes de ser seccionado para la apertura de un vano.
B. Reconstrucción ideal del muro antes de la apertura del vano.
En cuanto a su cronología, el hecho de que el tramo aparejado vaya ganando protagonismo frente al tapial ya es un indicativo de que se trata de un tipo de tapial evolucionado.
Además, las relaciones de antero/posterioridad en Encarnación 4 también son muy ilustrativas al respecto.
Así, al muro se le entregaba a hueso una arcada posterior datada a finales del siglo XVII.
Por lo tanto, el tipo de tapial es anterior a esta fecha, aunque resulta complicado aquilatar cuánto.
En las líneas anteriores hemos desarrollado nuestra propuesta tipológica de tapiales islámicos y de época bajomedieval cristiana y moderna para la ciudad de Córdoba.
Como se ha expuesto a lo largo de este trabajo, se trata de una tipología que está abierta a modificaciones conforme avance la investigación.
Se ha optado por diferenciar los tapiales islámicos de los bajomedievales cristianos y modernos, puesto que solamente un tipo se repite en ambos periodos.
Se trata del tapial monolítico con pie de aguja pétreo ‒Tipo B de tapiales islámicos, y Tipo 1 de tapiales bajomedievales cristianos y modernos‒, utilizado en todos los periodos islámicos analizados, y quizás también en época bajomedieval cristiana, aunque como ya señalábamos en su momento, su adscripción cronológica resulta complicada, ya que pudiera tratarse en realidad de tapiales islámicos que hubieran sobrevivido.
A tenor de lo comentado a lo largo del trabajo, se pueden señalar varias particularidades sobre los tapiales cordobeses.
Una de ellas es la existencia de pie de aguja en prácticamente la totalidad de los casos, documentándose un único tipo que no lo presenta ‒Tipo A, de época islámica‒.
También se puede señalar que la aparición de los tipos verdugados no se produjo hasta época moderna, no habiéndose documentado ningún tipo islámico que presentase verdugada.
Otra peculiaridad, ya señalada, es la aparición de una fábrica mixta en los encadenados y pies de aguja de época bajomedieval cristiana y moderna, que no aparece en los tapiales islámicos, y que relacionamos con el desarrollo de una economía de medios, abaratando y acelerando las construcciones, normalmente de arquitectura civil.
Tal y como apuntábamos al inicio del artículo, las tablas cronotipológicas sevillanas (Graciani y Tabales 2008) han venido funcionando como modelo también para Córdoba.
Una vez planteada nuestra propuesta tipológica, se hacen evidentes importantes diferencias entre ambas zonas:
La inexistencia de tapiales islámicos verdugados en Córdoba, presentes en Sevilla desde época almohade ‒Tipos 2 y 3 de Graciani y Tabales‒ y que no harán su aparición en Córdoba hasta época bajomedieval cristiana y moderna.
La ausencia de remates de mampuesto en los tapiales monolíticos islámicos cordobeses.
La aparición del pie de aguja, documentado en Córdoba desde época califal omeya, y que no hace acto de presencia en Sevilla hasta época mudéjar, con el desarrollo de los tapiales mixtos verdugados y de fraga.
El surgimiento de los primeros tapiales encadenados, presentes en Córdoba desde época califal omeya, y que no se documentan en Sevilla hasta la llegada de los almohades.
Además, ese encadenado aparece solamente en torres, mientras que en Córdoba se utiliza en otro tipo de construcciones.
La existencia de encadenados que interrumpen muros de tapial, documentados en Córdoba desde época califal omeya, y que no surgen en Sevilla hasta época mudéjar, aunque allí su función es constructiva, soportando presiones de otras estructuras, como arcos.
La proliferación de tapiales con cajones de módulo alto, que aparecen en Córdoba desde época califal, mientras que en Sevilla lo hacen en la segunda mitad del siglo XII, en estrecha relación con el paso del uso del codo rassasí al codo mamuní.
El encadenado enteramente latericio, muy habitual en Sevilla, apenas se documenta en Córdoba, y siempre en relación con construcciones eclesiásticas.
En Córdoba no aparecen tapiales de fraga con cadena y verdugada pétrea ‒Tipo 6 de Graciani y Tabales‒.
La cadena puede ser pétrea o mixta, pero las verdugadas son casi siempre latericias -un único tipo la presenta mixta-, y nunca son únicamente pétreas.
En el caso de Córdoba, todos los tapiales verdugados son de cajones únicos en la acepción que usan Graciani y Tabales, es decir, inexistencia de encuentros entre cajones.
Además, se documenta lo que hemos venido a denominar cajón aislado, fábricas que realmente presentan un único cajón de tapial ‒Tipo 9‒.
La aparición de encadenados de fábrica mixta y verdugadas latericias, que suponen la norma en Córdoba y que no se documentan en Sevilla.
Allí, cuando se documenta la fábrica mixta, esta aparece tanto en los encadenados como en las verdugadas ‒Tipo 8 de Graciani y Tabales‒.
Este trabajo supone una primera aproximación a un estudio de conjunto de los tapiales cordobeses, habiéndose podido identificar varios tipos.
Sin embargo, al abordar este trabajo se han hecho evidentes varias deficiencias en el conocimiento de estos, defectos que solamente la investigación puede solucionar.
Así, entre los temas pendientes está el llevar a cabo estudios de caracterización material de los tapiales, que permitan conocer con precisión de qué elementos se componen.
Estos estudios, combinados con otros geológicos de las zonas donde se ubican las estructuras de tapial, resolverían cuestiones sobre si los materiales eran elegidos por sus características o si simplemente se utilizaban los más cercanos al emplazamiento de las construcciones.
Además, como se ha apuntado en varias ocasiones, se hacen necesarias dataciones absolutas de los diferentes tipos.
El llevar a cabo varias dataciones de un mismo tipo permitiría vislumbrar el tiempo de uso de cada uno de ellos, o si fueron o no usados simultáneamente varios tipos.
Para época islámica sí que se cuenta con datos para afirmar que efectivamente varios tipos fueron usados simultáneamente, quedando pendiente la confirmación para época bajomedieval cristiana y moderna. |
Existe una serie de edificios altomedievales repartidos por las actuales provincias de Álava, Burgos y La Rioja que forman una familia arquitectónica cuyos principales rasgos de parentesco son la cubrición de los espacios absidales con cúpulas en piedra toba apeadas en pechinas y la recurrente reutilización de sillería procedente de fábricas romanas.
La adscripción cronológica de los diferentes componentes de esta familia edilicia es sorprendentemente variada.
Algunos de ellos son tenidos como obras genuinamente romanas mientras que otros se fechan en época visigoda o incluso más allá.
Pensamos que esta disparidad cronológica es históricamente incomprensible.
La homogeneidad en las técnicas y resultados tiene que responder a un horizonte cronológico/material igualmente homogéneo que difícilmente puede durar tantos siglos.
Nosotros defendemos unas fechas altomedievales (siglos IX-X) para todos los integrantes de este grupo arquitectónico, tanto por razones técnicas como históricas.
UNA FAMILIA ARQUITECTÓNICA Santa María de los Arcos de Tricio, Santa Coloma y La Asunción de San Vicente del Valle forman parte de un grupo de edificios altomedievales (figura 1) definido por el uso recurrente de sillería romana reutilizada, la presencia de bóvedas de piedra toba sobre pechinas cubriendo los ábsides y una dispersión geográfica colindante: Álava (San Román de Tobillas), el occidente riojano (Coloma, Tricio, Ventas Blancas) y el área nororiental burgalesa (La Asunción, San Felices de Oca, San Pedro de Arlanza, Santa Cecilia de Barriosuso y Quintanilla de las Viñas).
Hay, no obstante, un ejemplo perteneciente al grupo, Hérmedes del Cerrato (Palencia), que se encuentra fuera de este ámbito territorial.
Los edificios que forman esta familia arquitectónica cuentan con propuestas cronológicas diversas que van desde el siglo VII al siglo X: Quintanilla es fechada por la mayoría de autores en el siglo VII pero otros apuestan por el VIII o el IX; Tricio y Coloma en el VII y en el IX-X aunque con partes originales romanas; San Vicente del Valle en diferentes fases que irían desde el siglo VI al IX; Ventas Blancas en el VII; Tobillas con dos momentos altomedievales en los siglos IX y X; Santa Cecilia en el IX; San Felices de Oca en el VII.
Prácticamente todas las adscripciones temporales se basan en criterios estilísticos.
A excepción de San Román de Tobillas, que cuenta con una huella documental y epigráfica, el resto carece de evidencias textuales que puedan relacionarse con los momentos fundacionales.
Tampoco la arqueología, allí donde se ha excavado, ha servido para despejar incertidumbres cronológicas salvo, de nuevo, el caso de Tobillas (AZKARATE, 1996).
Las excavaciones en Quintanilla, Ventas Blancas, Tricio, Oca o San Vicente del Valle ni confirman ni desmienten cualquiera de las propuestas posibles si bien, como es natural, cada autor proponga tal o cual fecha.
Normalmente se tiende a datar el subsuelo de forma apriorística dependiendo de la idea previa que tenga cada excavador.
Si se piensa que la iglesia es, por ejemplo, del siglo VII será «obvio» que los niveles fundacionales, cuando se encuentren, serán tenidos del mismo momento.
La aplicación, por nuestra parte, de la llamada arqueología de la arquitectura en una serie de edificios englobados en esta familia arquitectónica no viene ni a suplir a la arqueología excavatoria ni a pretender solucionar por sí sola los problemas cronológicos.
Esto sólo se podría conseguir, y no necesariamente siempre, con un análisis arqueológico integral (excavación de subsuelo y cubiertas, lectura de paramentos) unido a un vaciado documental exhaustivo y la aplicación, si hay ocasión, de analíticas experimentales (C14, dendrocronología, termoluminiscencia).
Lo que ofrecen las lecturas son secuencias relativas que permiten conocer en profundidad la historia constructiva/destructiva de los edificios, casi siempre mucho más rica y compleja de lo que se piensa.
La fase o fases altomedievales detectadas en cada caso estarán definidas por unas características técnicas y constructivas que le son propias cuyo conocimiento y sistematización han de sentar las bases de unas tipologías arqueológicas más fiables que las todavía muy presentes y utilizadas tipologías «estilísticas» de una Historia del Arte no muy atenta por ahora a los descubrimientos aportados por los análisis estratigráficos que permiten, entre otras cosas, no caer en los habituales sincronismos.
La presencia historiográfica de las tres iglesias de las que vamos a hablar es más bien escasa.
Santa Coloma y Tri-cio (URANGA e ÍÑIGUEZ, 1971; ANDRÉS, 1982; HERAS, 1986) se explican desde hace algunos años como iglesias surgidas en época visigoda a partir de la adecuación al culto cristiano de antiguos mausoleos romanos: el actual ábside en Tricio y el cuerpo central en Santa Coloma.
La Asunción también se supone una iglesia que surge de una fábrica anterior, en este caso un edificio residencial levantado en época visigoda (APARICIO y DE LA FUENTE, 1996).
LAS CUATRO IGLESIAS DE LA ASUNCIÓN
Este edificio burgalés arroja una rica secuencia de intervenciones prerrománicas, cuatro en total (figura 2).
Las tres primeras, documentadas en los alzados del aula, tienen en común el reempleo de sillares romanos, mientras que la cuarta, perteneciente al ábside y pórtico meridional, se realiza con mampostería de lajas y cubre el espacio presbiterial con una cúpula sobre pechinas en piedra toba.
Las dos primeras fases de sillería parecen muy cercanas en el tiempo ya que se observa la aplicación de unos recursos que dan resultados semejantes.
De hecho, la discriminación vino dada por pequeños detalles como la forma y ubicación de los mechinales, siendo prácticamente indiferenciables en aspectos como las tallas y la puesta en obra de los sillares reutilizados.
La tercera, aunque también en sillería reutilizada, responde a una forma de trabajo con peores resultados tanto en el trabajo de la piedra como en su asiento en la fábrica.
A esta fase se adscriben unos interesantes capiteles de mármol ubicados en los parteluces de las ventanas geminadas superiores.
La cuarta emplea un aparejo totalmente dis-Fig.
Reconstrucción de las etapas altomedievales de la Asunción tinto, mampostería de pequeñas lajas, que indica una renovación tecnológica respecto a las fases anteriores.
En este momento se amortiza el ábside original, más pequeño que el actual y seguramente también cupulado con toba.
¿Cuánto tiempo ha transcurrido desde el primer al último edificio?
Pensamos, en contra de la opinión de Aparicio, que la fase más antigua no puede fecharse a partir del hallazgo de un fragmento de sigillata datable en el VI ya que dicho fragmento forma parte de un relleno medieval, consecuencia de la reutilización de la tumba monumental ubicada a los pies de la nave de la que, arqueológicamente, sólo sabemos que puede ser coetánea a la primera iglesia.
¿Qué provocó las sucesivas reformas de la iglesia?
¿Son reparaciones de ruinas provocadas por abovedamientos mal planteados?
REUTILIZACIÓN DE MATERIALES, NO DE EDIFICIOS
El análisis de Tricio revela la existencia de una solución de continuidad constructiva entre el ábside y las naves que a todas luces nos habla de dos momentos edilicios diferentes (figuras 3 y 4).
El primero, relativo al ábside, es de sillería romana reutilizada bien cortada y aparejada.
El espacio se cubre con una bóveda de pechinas en toba.
El segundo momento supuso la amortización de un aula previa y su sustitución por una estructura basilical de tres naves separadas por arquerías.
El material edilicio sigue siendo de segunda mano -no perderse el detalle de los soportes de las arquerías a base de unos colosales tambores y capiteles romanos-si bien hay diferencias técnicas que dan como resultado un aparejo de pequeño tamaño e irregular disposición.
Restos de un edificio romano, en pie, no hay por ningún lado frente a lo defendido por Andrés.
El ábside, supuesto antiguo mausoleo reconvertido, es con total seguridad el presbiterio de una iglesia sin que exista el menor atisbo estratigráfico o tipológico que pueda decir lo contrario.
Santa Coloma, a falta de una lectura que incorpore la información sacada a la luz por las recientes intervenciones restauradoras, presenta, por el contrario, una unidad constructiva entre sus diferentes partes: el cuerpo central de dos alturas y los ábsides (figura 5).
De nuevo tenemos que hablar de sillares romanos reciclados y estructuras con soluciones cupuladas semiesféricas sobre pechinas.
Como en Tricio, se puede negar categóricamente que existan fábricas romanas en alzado reacondiconadas al culto cristiano.
Cuerpo central y ábsides son coetáneos y espacios integrantes de un establecimiento religioso.
Cada una de estas iglesias cuenta con elementos decorativos singulares dignos de reseñar.
Tricio tiene en su ábside un mosaico (figura 6) coetáneo a la primera iglesia que, tal como se ha dicho, nada tiene que ver con un mausoleo romano.
Esto implica reconocer la existencia de otro ejemplo de mosaico altomedieval, hasta ahora con un solo caso en el mausoleo de Santiago de Compostela (finales del s. IX).
En Santa Coloma subsiste parte de la decoración parietal del estuco (figura 7), con paralelos formales y técnicos andalusíes.
Por último, asociada a la tercera etapa altomedieval, en San Vicente del Valle encontramos una serie de capiteles con más vinculaciones con el sur de Francia que con cualquiera de las producciones peninsulares entre los siglos VII y X.
PERVIVENCIA SECULAR O ADSCRIPCIÓN AL PERÍODO ALTOMEDIEVAL
Tal como se decía más arriba, el análisis arqueológico paramental no es suficiente para dar una respuesta unívoca de carácter cronológico capaz de despejar las dudas que rodean al grupo arquitectónico del que hemos estudiado algunos ejemplos.
Basándonos en nuestra experiencia al trabajar sobre estos objetos llegamos a la conclusión de que fueron producidos en un horizonte cultural y cronológico en el que unas mismas formas de trabajar y la vigencia de ciertas técnicas constructivas dieron resultados equivalentes.
La cuestión estriba en saber, a tenor de la disparidad de fechas propuestas, si ese universo productivo y tecnológico estuvo vigente a lo largo de varios siglos o bien se concentra en un periodo más concreto.
Nosotros nos inclinamos por la segunda posibilidad.
Parece poco probable que durante 300 o más años se haya producido una inmutabilidad en la forma de materializar la arquitectura monumental.
Entre otras cosas porque durante ese tiempo ocurren muchas cosas (reino visigodo, conquista musulmana, repoblación) que no hablan de un clima de estabilidad que justifique una pretendida invariabilidad del fenómeno material.
Tampoco nos parece plausible una secuencia de creación-abandono-recreación en la línea de explicaciones de corte continuista que apelan al renacimiento de las fórmulas artísticas visigodas a partir del siglo IX.
Sería el único caso de renacimiento artístico de la historia en el que no hay forma de distinguir los objetos originales de sus imitaciones a causa de la total y absoluta sintonía de los medios empleados y los resultados obtenidos.
Por estas razones nos inclinamos a considerar esta familia arquitectónica como un grupo histórico y productivo homogéneo que sólo se pudo dar o bien en el periodo visigodo (siglo VII para ser más precisos) o bien en los primeros siglos de lo que antes se llamaba reconquista y ahora repoblación (siglos IX-X).
Nunca con ejemplos en uno y otro momento.
Esto quiere decir que los resultados de los casos concretos sirven de in- dicadores para aclarar la cronología del conjunto y, hoy por hoy, el único que aporta datos relacionables con cronologías precisas (San Román de Tobillas) se mueve en el siglo IX.
Esto, desde luego, no zanja ni mucho menos la cuestión ya que todavía son muchos lo problemas e incertidumbres que rodean el estudio de la cultura material desde el siglo VII al X. |
El balneum oriental del castellum tingitano de Tamuda.
Estudio arqueo-arquitectónico y propuesta de valorización*
En este trabajo nos acercamos a la arquitectura del balneum descubierto en el barrio oriental del campamento romano de Tamuda (Tetuán, Marruecos), el cual posiblemente es el principal edificio de baños del asentamiento.
Para realizar este estudio, hemos unificado los resultados derivados del análisis arqueo-arquitectónico con fotogrametría y levantamientos volumétricos, de manera que se ofrece una propuesta de articulación espacial.
Esta responde a todos los elementos arquitectónicos identificados y a los contextos recuperados a través de su excavación.
El resultado es una propuesta interpretativa que da sentido a los espacios y recorridos interiores y de levantamiento volumétrico, ambos coherentes con los paralelos identificados y con las estructuras descubiertas, que permiten acercarnos de manera más clara a la realidad del principal balneum del campamento.
Como complemento, se ha incorporado una propuesta de valorización actual que conlleva la protección del edificio y su inserción en un circuito de visitas ad hoc.
El yacimiento arqueológico de Tamuda se sitúa a las afueras de Tetuán y a orillas del río Martil, erigiéndose como uno de los enclaves arqueológicos más importantes del norte de Marruecos (Figs.
El castellum que vertebra este yacimiento representa un ejemplo emblemático de las fortificaciones erigidas en el limes meridional del mundo romano y de su relación con los ferocissimi Mauritaniae populi controlados por Roma desde su establecimiento en el s. I d.
C., sobre un asentamiento previo mauritano, hasta su abandono en la primera mitad del s. V d.
C. asociado al desmembramiento de las estructuras organizativas del Imperio.
El castellum tamudense se define como un punto estratégico de gran importancia asociado a la defensa frente a las poblaciones del Rif y a la accesibilidad que ofrecía su conexión por mar mediante la navegabilidad que brindaba el río Martil en la Antigüedad.
En el contexto de ocupación del castellum es en el que se enmarca el edificio balneario que analizamos, que fue identificado y excavado por un equipo marroco-español de la Universidad Abdelmalek Essâadi, la Direction du Patrimoine del Ministerio de Cultura de Marruecos y la Universidad de Cádiz entre 2012 y 2018, y que se corresponde con un balneum levantado en el barrio oriental surgido extra moenia de la fortificación al amparo de la consolidación del asentamiento militar, para dar servicio a las tropas acantonadas en él, y probablemente asociado al desarrollo de otros equipamientos que vertebrarían las cannabae o vicus militar surgido al amparo del castellum.
Localización del yacimiento mauritano de Tamuda y del balneum del barrio oriental.
Plano del Estrecho de Gibraltar con las principales ciudades antiguas (A); localización planimétrica de Tamuda junto al río Martil y contigua a la ciudad actual de Tetuán (B).
Planimetría del yacimiento mauritano con indicación (en rojo) del barrio oriental y del emplazamiento del balneum.
(A) Detalle del barrio oriental con la ubicación del balneum (EO-I) y las estructuras romanas descubiertas con la correspondiente nomenclatura aplicada a las mismas (B).
El estudio de este edificio se enmarca dentro de los trabajos del proyecto de investigación Economía y Artesanado en Tamuda, desarrollado por la Universidad de Cádiz entre 2014 y 2019 y centrado en la recuperación del barrio oriental, que se trataba de una de las zonas peor conocidas del yacimiento.
Sus resultados han puesto sobre la mesa importantes novedades en torno al asentamiento mauritano, al sistema defensivo del castellum, y a los equipamientos auxiliares de la fortificación erigidos en su entorno, correspondientes al menos con espacios de estabulación, áreas de actividades artesanales e instalaciones de ocio e higiene, como las que aquí presentamos (Bernal-Casasola et al. 2019: 188-190, fig. 7B), lo que nos ha permitido empezar a aproximarnos a la importancia del vicus que se articularía en el entorno del campamento militar.
El balneum que analizamos se corresponde sin ninguna duda con un equipamiento de gran interés arquitectónico que además se trata del edificio romano de mayor entidad documentado fuera de las murallas del castellum, por lo que su excavación, el estudio arqueo-arquitectónico y el proyecto de puesta en valor que presentamos cobra una especial significación para la comprensión y la dinamización patrimonial del yacimiento.
No es el único balneum conocido en Tamuda, ya que en lo que respecta a la presencia de equipamientos destinados a la higiene de las tropas, se había identificado un primer pequeño edificio termal localizado al abrigo de las murallas, cerca de la Porta Praetoria, si bien su escasa talla y su posible vinculación con la presencia de un valetudinarum contiguo (Campos et al. 2012) imposibilitaban el hecho de que se tratase del principal edificio termal del asentamiento, que ahora sí podemos identificar con mayor claridad.
Excavación y datación del edificio termal
Los trabajos que se desarrollaron en Tamuda a partir de 1944, y especialmente en la década siguiente, sacaron a la luz buena parte de las estructuras hoy visibles del citado barrio oriental, si bien quedó sin excavar el extremo más oriental del yacimiento, donde solo se identificó en 1944 la presencia de una pileta vinculada con el acopio hídrico (Quintero y Giménez 1945: 10-11; Morán y Giménez 1948: lám. IVa).
Los trabajos desarrollados desde 2012 en este sector permitieron confirmar su asociación con un nuevo edificio termal que pudimos finalizar de exhumar completamente en 2018.
Las excavaciones arqueológicas llevadas a cabo en las sucesivas campañas, sobre las cuales ya hemos presentado unas primeras aproximaciones (Bernal-Casasola et al. 2016; 2018a; 2018b; 2019), comenzaron en 2012 con la primera identificación del edificio termal, al constatarse la presencia de la hipocausis y la bañera de una sala calefactada, así como varias pavimentaciones hidráulicas asociadas.
La siguiente campaña de excavación se desarrolló dos años después, en 2014, ampliándose el área de intervención con el objetivo de concretar la funcionalidad y superficie ocupada por las salas identificadas, de manera que se pudo delimitar la mitad meridional del edificio y descubrir un nuevo ambiente al norte del mismo, a la vez que se pudieron exhumar las primeras evidencias de remodelaciones, protagonizadas por un horno excavado cortando la pavimentación hidráulica de una sala fría.
La campaña de 2015 sirvió para recuperar el apodyterium y ampliar el conocimiento sobre los espacios de servicio situados al sur y este del edificio.
En 2016 se excavó la piscina fría localizada al noroeste del edificio, y se finalizó la recuperación del apodyterium y las canalizaciones descubiertas en el sector oriental.
Por último, entre 2017 y 2018 se excavaron las estancias calefactadas y el propnigeum principal (Bernal-Casasola et al. 2018a: fig. 2), finalizando la última campaña con la realización de un detallado análisis arqueo-arquitectónico del edificio, ya completo, que nos permitiese afrontar la propuesta interpretativa y reconstructiva que presentamos aquí.
En lo que respecta a las fases identificadas de fundación, uso y amortización del edificio termal, a la hora de establecer su marco de datación, hemos podido apoyarnos en los datos aportados por los registros materiales, que han sido generosos a nivel mueble e inmueble, y que han permitido fechar la construcción del edificio en el segundo cuarto del s. II d.
C., durante el gobierno del emperador Adriano, gracias a la presencia de materiales de estos momentos entre los contextos estratigráficos (sigillata africana de la forma Hayes 8) y constructivos (como la presencia de ARSW A integrada en pavimentaciones de opus signinum de una de las salas calefactadas).
Sin embargo, los datos más clarividentes al respecto se obtuvieron gracias al uso, como materia prima destinada a la sujeción de las placas de concamerationes, de pilas de ladrillos con escotadura (o de "camiseta"), que se integraban en los muros perimetrales de las salas calefactadas, los cuales se pudieron identificar como procedentes de talleres imperiales, ya que conservaban sus sellos identificativos (en este caso IMP AVG, HADRI AVG y ANTO AVG).
Esta característica nos permitió fechar con claridad su construcción en época adrianea (117-138 d.
C.) pero además nos sirvió para asociar la producción conjunta de estos sellos que se vinculan en todos los casos a figlinae locales o regionales (¿del entorno de Tingis?), como ya hemos defendido in extenso en trabajos anteriores (Bernal-Casasola et al. 2016: 143-144).
Disponemos, igualmente, de testimonios que nos permiten confirmar que el edificio fue objeto de diferentes reformas y readaptaciones de espacios, que implicaron la modificación del circuito termal y el cambio de funcionalidad de algunos ambientes que se produjeron a lo largo de la vida útil del balneum, principalmente derivados de la inserción de dos nuevos hornos calefactores; si bien el testimonio más sobresaliente en lo referente a las modificaciones constatadas, por su significación histórica y relevancia patrimonial, fue la localización de una inscripción lapídea que fue hallada reutilizada como parte de la tapa de una canalización de desagüe de la piscina, y cuyo texto hacía referencia a la conmemoración de una victoria militar que habría tenido lugar a finales del s. III o inicios del IV si atendemos al contexto del hallazgo y a su paleografía (Bernal-Casasola et al. 2016; 2018b), que recientemente otros investigadores prefieren situar en la primera mitad del s. III (Bernard 2020: 352-353).
Este descubrimiento sirve como recordatorio de que, con posterioridad a estos momentos, el edificio termal siguió en uso, siendo objeto de reformas interiores con el objetivo de prolongar su vida útil y adaptarse a las posiblemente cambiantes necesidades de sus usuarios, como sucede en el balneum del castellum de Bothwellhaugh (Lanarkshire, Escocia), donde también se encontró una inscripción conmemorativa reutilizada en el frigidarium (Keppie 1981: 49).
En lo que se refiere al cese de actividad del balneum, constatamos que se lleva a cabo en la primera mitad del s. V d.
C., a la par que el abandono del campamento.
De nuevo los contextos materiales son claros al respecto, en virtud de los registros estratigráficos que presentan cerámicas a torno lento acompañadas de importaciones de vajillas de mesa africanas ARSW-D, como la forma Hayes 91a (Bernal-Casasola et al. 2016: 144) y contextos anfóricos afines (Keay 35), pero especialmente concretados gracias a los numerosos registros monetales depositados sobre las pavimentaciones, debiendo destacar en este sentido la presencia de una ocultación monetal de más de 60 piezas, localizada bajo uno de los arcos que conectan las hipocausis de las salas calefactadas, monedas entre las que se podían observar emisiones de Honorio, en sintonía con las tesis propuestas.
Arquitectura y uso del edificio termal
Los trabajos desarrollados han permitido confirmar que el inmueble que analizamos se trata de un complejo termal definido por un gran edificio exento de 224 m2 (14 × 16 m), al que habría que sumar los espacios de servicio situados al sur, este y oeste del mismo, los primeros adosados y los demás ‒exteriores‒ posiblemente porticados al menos en lo que respecta a los orientales.
El edificio principal evidencia una composición cuadrangular y una orientación bien definida siguiendo los ejes cardinales, en sintonía urbanística con el castellum.
En relación con su estructuración interna se identifican 6 ambientes y una piscina, localizándose las salas calientes al oeste, junto con el horno principal, como es habitual en otros edificios termales análogos (Reis 2004: 41), para aprovechar al máximo la insolación directa ya que esta orientación recibe radiación todo el año, desde el mediodía hasta el anochecer, de manera que puede ser aprovechada para implementar la calefacción de las salas.
Las estancias frías, por tanto, quedarían circunscritas mayoritariamente al ala oriental, a excepción de la piscina (P-3), que se integra en el sector noroeste.
Los ambientes identificados en el inmueble se corresponden con el apodyterium/frigidarium (ambiente 3), el tepidarium (ambiente 6), el caldarium (ambiente 1), y el propnigeum (ambiente 5), además de una sala fría ¿unctorium? (ambiente 2), y otros espacios de servicio (ambiente 4), si bien a lo largo de la vida útil del edificio creemos que el posible unctorium (ambiente 2) cesaría en su uso, pasando a convertirse en espacio de servicio y combustión, asumiendo el apodyterium/frigidarium o el tepidarium sus funciones esenciales (Fig. 3).
En lo que respecta a su exterior, está pavimentado perimetralmente con un tosco mortero hidráulico, al menos en lo que respecta a la mitad noreste, donde desembocan los sistemas de desagües y algunas canalizaciones que tal vez se relacionen con la presencia de las letrinas.
En el extremo contrario, al suroeste, se localiza un depósito de agua abierto y exento que era alimentado, al igual que el balneum, a través de un ramal bifurcado del posible acueducto que llegaría también hasta el mismo edificio por este lateral, adentrándose en el mismo coincidiendo con el lugar donde se emplaza el alveus del caldarium.
Balneum del barrio oriental de Tamuda.
Planta (A) y fotografía cenital mediante vuelo drone (B).
Desde un punto de vista general, y atendiendo a sus acabados, observamos que el balneum responde a un modelo austero aunque funcional, dentro de lo que representan este tipo de edificios en el mundo romano, ya que por un lado no se observan evidencias de haber contado con acabados suntuosos como mármoles, mosaicos o pinturas murales, en lógica con su carácter castrense; mientras por otra parte, no renuncia a ninguno de los equipamientos característicos de este tipo de edificios.
En esta línea de sobriedad arquitectónica, los muros maestros y medianeros están erigidos con alzados de mampuestos calizos irregulares a modo de pseudo-vittatum de baja calidad, prescindiendo del uso de una mampostería más elaborada, a excepción de los remates de los principales ejes murarios, donde sí observamos la presencia de bloques cuadrangulares de calcarenita; los pavimentos y revestimientos de piscinas, balsas y bañeras están acabados con opus signinum de distinto espesor y acabado, mientras para las pilae de las suspensurae, las paredes de las concamerationes y techumbres de las salas calefactadas se utilizó material latericio de factura local o regional, como ya hemos apuntado a partir de la lectura de sus sellos y tal y como apuntan macroscópicamente el aspecto jaspeado de sus pastas cerámicas, con múltiples desgrasantes de origen fluvial.
Adentrándonos en cada uno de los ambientes que definen el edificio, observamos en primer lugar que se caracterizan por conservarse con un nivel de arrasamiento de los alzados muy alto, que en general apenas se levantan unos centímetros sobre los niveles de uso, lo que dificulta su identificación funcional, si bien debemos apuntar que hay algunos sectores del inmueble, como la bañera del caldarium, donde el nivel de alzado supera los 70 cm.
Retornando a la descripción interna, la entrada principal del edificio está situada en la cara norte, y viene marcada por la presencia de un umbral de 1,40 cm de anchura, que se encuentra mayoritariamente arrasado, pero del cual todavía se conserva una de las losas de caliza que remataba este acceso.
Al flanquearlo observamos que nos adentramos en el eje de una estancia amplia y ligeramente alargada, de 8,2 × 6,2 m, que hemos identificado como el apodyterium o apodyterium/frigidarium (ambiente 3).
Para su definición funcional contamos con la presencia de varios elementos canónicos que caracterizan a este tipo de salas anticipatorias de la secuencia termal.
El inicio del circuito termal
En primer lugar, justo a la derecha una vez cruzado el umbral hacia su interior, en la esquina noroeste de la sala, observamos la presencia de una pequeña balsa (P-4) parcialmente amortizada por reformas posteriores, pero que todavía permite identificar su revestimiento interno de opus signinum de buena calidad que define unas dimensiones interiores de 1,7 m de longitud y 1,10 m de anchura si atendemos a las huellas visibles en el parcheado superior, no superando los 0,40 m de altura total (0,44 m3).
Esta pileta debe tratarse de un pediluvium o pedilouve, un pequeño receptáculo hídrico situado a ras de suelo, destinado a la limpieza de los pies, que habitualmente se disponía junto a la puerta de entrada, como en nuestro caso, siendo especialmente común encontrarla en los primeros edificios termales (Fig. 4A).
Este equipamiento, habitual en los apodyteria, es con posterioridad remplazado por el frigidarium (Nielsen 1993: vol. 1, 153), motivo por el cual posiblemente fue sellado tras las reformas llevadas a cabo, al caer en desuso esta práctica, como podemos observar en el balneum privado de Sao Cucufate, donde un pediluvium de similares dimensiones fue utilizado en las primeras fases para ser abandonado en época tardorromana (Reis 2004: 101-102).
Atendiendo a esta evolución en el uso y al obstáculo que supone para el acceso a la piscina contigua, no podemos descartar que la vida útil de este receptáculo fuese muy breve, e incluso que respondiera a una fase primigenia en la cual la piscina no estuviese todavía en uso.
Detalle del pediluvium (A); vista general de la cloaca principal y la base para colocación de labrum o fuente (B) y detalle de las zanjas para las tuberías (C).
Uno de los elementos definitorios de los apodyteria o apodyteria/frigidaria a nivel arquitectónico es la presencia de bancos de asientos y/o nichos usados como zona de vestuario.
A este respecto, en esta sala llama la atención la presencia de la cimentación de una estructura de 55-60 cm de ancho y una extensión total de 18,2 m (M-26/M21/M15), que se extiende en forma de "U", adosada al límite perimetral de toda la mitad oriental de la sala, partiendo desde el mismo margen de la puerta y desarrollándose con una simetría bien definida hasta el extremo contrario a modo de muro interior.
Creemos que se trata de un banco corrido de mampostería que solo se ve alterado en su desarrollo por la presencia de la canalización de desagües, a la que cubriría, y una rotura fruto de la modificación de los accesos de la sala (Pav-11).
Llama la atención su factura, ya que está realizada con mampuestos de menor talla que el muro perimetral, y en su matriz destaca tanto la ausencia de argamasa como el protagonismo de los cantos rodados, más abundantes que en el muro contiguo.
Son notables los paralelos existentes de excelente conservación, como los apreciables en las Termas Estabianas de Pompeya o en las Termas Centrales de Herculano, por poner dos ejemplos especialmente representativos, si bien a menor escala y en ámbito hispano podemos traer a colación los bancos presentes en los apodyteria/frigidaria de los balnea de la villa de Can Tarrés y de la Casa de los Mármoles de Mérida (García-Entero 2005: 788), o en el apodyterium del Baño Fresco de Banasa, por poner algún ejemplo representativo dentro de la Tingitana (Nielsen 1993: vol. 2, fig. 123).
El nivel de conservación actual impide hipotetizar sobre la presencia de estantes o nichos para colocar la ropa situados sobre dichos asientos, si bien es muy probable que dispusiese de dicho complemento contando con este banco de mampostería.
El elemento vertebrador de este ambiente es el agua, por la presencia de la piscina, que se abre al oeste de la sala, y por las huellas del sistema de fistulae aquariae que recorren este ambiente.
En relación con este segundo aspecto, se observa en el eje de la estancia, la presencia de un surco de sección cuadrangular de apenas 10 cm de caja excavado en el pavimento de opus signinum, que recorre longitudinalmente la sala desde el extremo meridional hasta el centro de la misma, con dos ramales que se abren hacia el oeste (Fig. 4C), surcos que habrían servido para la inserción de una tubería de plomo destinada a surtir de agua a determinados servicios, como observamos en los baños de Vercovicium (Vega 2010: 314), si bien debemos apuntar que tras su expolio no hemos podido recuperar restos plúmbeos de dicha conducción.
El ramal principal, atendiendo a las cotas del suelo, discurre de sur a norte, de manera que partiría de un tramo aéreo integrado en el muro de cierre meridional de la sala (M-14) para dirigirse hacia el norte hasta desembocar en un rebaje cuadrangular también excavado en el suelo de opus signinum, de 70 × 75 cm y 20 cm de potencia máxima, que asociamos con el encaje de alguna fuente o punto de agua, a modo de labrum, que fuese alimentado por la citada tubería (Fig. 4B).
El excedente hídrico rebosaría superficialmente, hacia la pequeña cloaca situada inmediatamente al norte, ya que observamos la huella de una decantación constante de líquido en la superficie del suelo situado entre ambas estructuras, traducida en una rugosidad de su superficie, de manera que con lógica se reaprovechase para evacuar por el mismo desagüe el agua sobrante tanto de la piscina como de esta fuente.
El receptáculo o encaje de este punto de agua se sitúa prácticamente en el centro de la sala y en el eje de la puerta de entrada, de manera que se visualizaría frontalmente al acceder a la sala en una localización protagonista bastante singular.
Existen ejemplos de labra que se inscriben dentro de registros o arquetas como el que acabamos de describir (Morillo y Salido 2011: figs. 10 y 11), por lo que resultaría una estructura funcional y muy estética.
No podemos descartar, por otra parte, que la estructura que se encajase en este hueco fuese un elemento escultórico con toma de agua, si bien dada la austeridad general del complejo termal, resulta más coherente decantarse por la primera opción, ya de por sí interesante desde un punto de vista ornamental.
Los dos ramales que parten de la arteria principal que acabamos de describir se dirigen al oeste y se conservan todavía parcialmente cubiertos por la pavimentación, discurriendo hacia la conexión con el muro divisorio del tepidarium (ambiente 6).
De estas dos bifurcaciones, el ramal más septentrional entronca con el extremo más cercano a la piscina P-3, por lo que, si bien de manera general, al igual que en el caso anterior, creemos que debieron servir para alimentar algún punto de agua situado en la sala calefactada contigua, no podemos descartar que en este caso también pudiera haber servido para el suministro de agua de la piscina contigua.
La piscina principal (P-3), a la que acabamos de hacer alusión, quedaba situada inmediatamente al oeste de esta sala, y con acceso directo desde la misma.
Es un receptáculo hídrico rectangular (Fig. 5), con unas dimensiones totales 5,20 × 2,95 m (15,3 m2), incluyendo los dos escalones interiores perimetrales revestidos de opus signinum al este y sur, así como los muros situados a estos mismos lados que no conservan dicho revestimiento, pero que debieron disponer del mismo en origen (M-24 y M-31), los cuales tienen en ambos casos 42 cm de espesor, y se sitúa uno en el límite oriental (lado corto) y el otro en el meridional (extremo largo).
La profundidad mínima conservada de la piscina es de 50 cm, aunque sumando la altura escalonada del M-24 ascendería a los 80 cm, si bien lo más probable es que dispusiese de un peldaño más a modo de rebosadero sobre M-9, que marcase el acceso desde el ambiente 3.
Esta piscina frigidaria posiblemente fue objeto de una reforma en su interior, disponiendo originariamente de escalones solo en el lado corto (oriental), coincidente con su acceso, como revela la huella de opus signinum observada en la unión entre M-24 y M-31.
En referencia al sistema de desagües, advertimos que la balsa decanta hacia el este, donde se localiza el sumidero situado bajo los escalones, formado por una boca de ánfora, el cual abre el conducto hacia el desagüe principal que discurre bajo M-9 y recorre el apodyterium hacia poniente (Fig. 5B).
Desconocemos la ubicación del sistema de alimentación de la balsa, que sin duda debió ser aéreo, aunque llama la atención la presencia de un molino perforado de calcarenita fosilífera integrado en el eje de M-24, el cual podría haber servido como encaje del surtidor de la piscina, procedente de las fistulae del apodyterium.
Vista aérea general desde el norte (A) y detalle del desagüe situado en la cabecera este (B).
La sala fría (¿unctorium?)
El apodyterium/frigidarium, que acabamos de describir, mantiene comunicación con dos salas: el ambiente 2 (al sur), a través del cual se abre paso por un umbral de 95 cm situado en el extremo suroeste, y el ambiente 6 (al oeste).
En lo que respecta al primero de los espacios citados, el vano descrito permite acceder a una despejada sala prácticamente cuadrada de 36 m2, que se encuentra totalmente pavimentada por un suelo hidráulico de opus signinum de unos 10 cm de espesor, el cual está rematado por una protección perimetral a modo de reborde engrosado de media caña de unos 30 cm realizado con el mismo material, una característica habitual en salas en las que es frecuente la presencia de agua (Fig. 6).
La falta de evidencias funcionales sobre la actividad desarrollada en este espacio solo nos permite confirmar que se trata de una sala que no dispone de elementos calefactantes ni en el suelo ni en las paredes, y que presenta conexión directa únicamente con el apodyterium en retrógrado ya que, aunque el caldarium se desarrolla a su lado (ambiente 1), la presencia de ladrillos de las concamerationes de la sala calefactada en el muro divisorio entre ambos espacios impide defender la presencia de un vano de comunicación entre ellos.
Esta sala cabría ser interpretada como parte de algunos de los servicios complementarios como unctoria o destrictaria relacionados con la realización de masajes o aplicaciones de aceites habituales en estos equipamientos, así como con la limpieza del cuerpo tras la realización de prácticas deportivas, en este caso menos probable por ausencia de palestra tanto aquí como en la mayoría de edificios termales castrenses (Nielsen 1993: 79).
En relación con un posible uso de esta sala como frigidarium, somos conscientes que no siempre es necesaria la presencia de bañeras de mampostería, pudiendo encontrarse presentes contenedores de madera, bronce o incluso plomo destinados al baño frío individual (Reis 2004: 37), los cuales raramente dejan testimonio arqueológico de su presencia.
Sin embargo, partiendo del hecho de que ya existe un apodyterium/frigidarium que dispone de una piscina fría en estos baños, debemos relacionar definitivamente esta sala con los otros usos ya referidos, en consonancia con la ampliación de espacios de ocio que experimentan los edificios termales erigidos a partir de la segunda centuria (Gros y Torelli 1994: 231), como el caso que nos ocupa, que requieren de mayores espacios ajenos a los baños, destinados a estas otras actividades en las que podríamos incluir principalmente las ya citadas, si bien debemos recordar que en estos ambientes no solo tienen lugar actividades higiénicas sino que, como indica Maréchal (2012: 152), se llevan a cabo también prácticas profesionales o económicas (como actividades medicinales, venta de comida, servicios de prostitución), o de esparcimiento personal (juegos, prácticas religiosas, etc.), todas ellas compatibles con las características de la estancia a la que nos referimos.
Sala fría (ambiente 2).
Vista general desde el oeste (A); detalle del horno H-I que rompe la pavimentación de la sala (B) y vista de la canalización perimetral que reutiliza la sala (C).
Lo que sí tenemos claro es que a partir de la gran fase de reformas acaecidas en torno a inicios del IV d.
C. esta sala cesa su actividad para destinarse a espacios de servicio.
La evidencia principal queda constatada a través de la apertura de un praefurnium que complementará la alimentación de calor del caldarium, que se crea perforando el suelo de la sala y abriendo una apertura subterránea que conectaba el hypocaustum de la sala calefactada con esta nueva estructura de combustión (H-I).
Este horno (Fig. 6B) quedará definido únicamente por un corto pasillo sustentado lateralmente en adobes rubefactados y un pequeño espacio trasero sin rematar, a través del cual descender a la zona de combustión.
El resto de reformas que afectan a esta sala quedan materializadas en la apertura de un nuevo vano de conexión con el apodyterium, en este caso situado en el extremo oriental del muro divisorio, pero especialmente se ven reflejadas en la inserción de un pequeño murete de pobre factura y apenas 20 cm de espesor, realizado con arcilla y mampuestos de tamaño y calidad variable dispuestos sobre el suelo de opus signinum, corriendo en paralelo a los muros oriental y meridional por el interior de la sala, generando así una especie de canal de unos 30 cm de anchura que parece estar diseñado para reconducir algún líquido desde la esquina noroeste hasta algún punto del extremo oriental, siguiendo la pendiente descendente del propio canal y de la sala (Fig. 6C).
Si recordamos que tanto el alveus como la entrada de agua del posible acueducto externo está en el extremo suroeste del edificio, es posible que este canal sirviese para reconducir estas aguas que vertían a las canalizaciones exteriores orientales, rodeando la habitación internamente por su perímetro.
Desconocemos la finalidad real que tuvo, ya que no disponemos de evidencias arqueológicas que nos informen sobre ello, si bien esa efímera construcción serviría para dar salida a las aguas sobrantes que suministraba este conducto.
El circuito de salas calefactadas: tepidarium y caldarium
Desde el distribuidor que representa el apodyterium/frigidarium se accede también al circuito de salas calefactadas que comienza con el ambiente 6.
No disponemos de evidencias de este vano por encontrarse los muros conservados por debajo del nivel de uso, si bien existen testimonios indirectos de su presencia, ya que en esta zona el muro que divide ambas salas (M-9) se estrecha en 25 cm y el pavimento del apodyterium se extiende unos 30 cm más que en el resto de este perfil.
Esta estancia, a la que se accedería a través del citado acceso, es la primera de las salas calefactadas del circuito, como evidencian los restos de pilae de su hypocaustum, por lo que se correspondería con el tepidarium (Fig. 7).
Se define como una sala rectangular de 5,20 × 3,65 m, que está completamente calefactada pero que no muestra evidencias de otros elementos estructurales singulares pertenecientes a su primera fase salvo las citadas pilae conservadas y las huellas de las faltantes, que atienden a la misma cadencia observada en el contiguo caldarium.
Dado que no hemos recuperado en este ambiente evidencias de las concamerationes y otros elementos del sistema de calefacción parietal, remitimos a las descripciones aportadas al referirnos al caldarium, donde estos testimonios son más ilustrativos.
Vista general (A) y detalle de la rotura del muro occidental (M-7) para la inserción del praefurnium (B).
Este tepidarium originariamente estaba alimentado únicamente por el horno principal, situado en el vértice suroeste del edificio, siguiendo un esquema lineal coherente con este tipo de edificios (Fig. 3).
Sin embargo, entre las reformas atestiguadas en el balneum observamos la adición de un nuevo horno que alimentaría directamente esta sala templada, y que se situó en el eje de su cierre occidental, implicando la modificación en espesor de M-7 y la inserción de un nuevo muro (M-35), notablemente más estrecho que el anterior, que incluía la apertura de la embocadura del nuevo praefurnium (Fig. 7B).
Otras modificaciones estructurales fruto de estas reformas han dejado igualmente testigo en esta estancia, como son la inserción de un gran pilar en el eje de la hipocausis (M-36), posiblemente fruto de la reparación destinada a suplir la falta de consistencia de algunas suspensurae, y la modificación de la cadencia de pilae en el extremo noreste de la hipocausis, que sin duda responde a idénticos fines.
El recorrido natural del circuito balneario permite la conexión del tepidarium y el caldarium a través de un acceso que debió existir en el muro M-34, y del cual no tenemos evidencias físicas, posiblemente porque el nivel de conservación actual se encuentra justo por debajo de la altura a la que se emplazaría este vano de acceso.
Atendiendo a esta reflexión, estimamos que la puerta se debió situar por encima de 1,10 m con respecto a la base del hypocaustum.
En lo que respecta a posibles paralelos, observamos que el pequeño balneum situado en el interior del castellum de Tamuda presenta una estructuración similar, apreciándose en este caso las huellas del acceso que intercomunica ambas salas calefactadas sobre el arco central de los tres presentes, y que podríamos utilizar como referencia (Campos et al. 2012: fig. 4), ya que en este muro divisorio que analizamos, bajo este nivel de utilización también se han conservado tres amplias arcadas realizadas con material latericio que permiten la intercomunicación inferior de las dos salas calefactadas para facilitar el trasvase calorífico, como es habitual en este tipo de equipamientos, siguiendo la cadencia propia de las líneas de pilae (Fig. 8).
Muro divisorio de las salas calefactadas (M-34).
Detalle del arco oriental del muro con detalle de las pilae del caldarium en primer plano (A).
Fotografía (B) y dibujo (C) del alzado sur.
El caldarium al que hemos hecho alusión, se sitúa inmediatamente al sur del tepidarium, y presenta su misma anchura con una longitud mayor al disponer del alveus al sur de la sala, sumando unas medidas interiores totales de 5,2 × 4,45 m, aunque si restamos el espacio ocupado por la bañera y las concamerationes obtendríamos un espacio interno aprovechable de 15 m2 (Figs.
En lo que respecta a la citada bañera, esta se dispone apoyando su cara más amplia en la pared en la que se inserta el praefurnium del horno principal, que correría bajo la misma, de manera que pudiera calentar la bañera por contacto directo, aunque lo más probable es que dispusiese además de una caldera sobre el horno que permitiera su alimentación directa.
Podemos observar que el alveus estaba revestido internamente de opus signinum y disponía, al menos, de un escalón en su extremo corto (oriental) (M-10), como en el caso de las termas urbanas de Baelo Claudia, si bien es probable que los otros dos muretes más distales existentes en ambos extremos de la bañera estuviesen igualmente abancados (M-11 y M-8), sumando de esta manera unas dimensiones totales de 5,20 × 1,35 m atendiendo a las medidas mínimas conservadas; aunque debemos apuntar que no se ha conservado su cara septentrional, por lo que no podemos descartar que dispusiese de una anchura algo mayor.
A nivel de volumetría interior, podemos apuntar que el alzado meridional del alveus se ha conservado con una altura de 60 cm que debemos tomar como referencia mínima para cualquier reconstrucción en este sentido.
Los aspectos de mayor complejidad técnica y singularidad arquitectónica de las dos salas calefactadas son los sistemas de circulación del calor (suspensurae y concamerationes), sistemas que han podido ser bien analizados para el caso que nos ocupa.
En lo que respecta al hypocaustum, gracias a los testimonios conservados in situ podemos confirmar que está formado por una retícula de pilae de ladrillos rectangulares que en su parte superior forman arcadas que se abren en dirección este-oeste, formando así tirantes que discurren en esta misma orientación sustentados en cinco de estas arcadas.
Hemos podido reconstruir tanto la disposición de los arcos como su altura a partir de los testimonios conservados en las pilae del vértice sureste (Fig. 9A) y la comparación con los arcos existentes bajo M-34, que comparten la misma arquitectura y cadencia que los situados en los extremos y en el eje de la sala.
A estos datos debemos sumar la información complementaria ofrecida por las huellas del humo impregnado en la pared occidental del caldarium que confirmaban la correcta localización del tiro entre las correas de arcos y la continuidad del tránsito del aire a través de las concamerationes, al observarse que discurrían siguiendo los huecos situados entre los ladrillos de sustentación superiores (Fig. 9B).
Esta reconstrucción nos permite confirmar que el tepidarium disponía de 6 correas de arcos y el caldarium de otras tantas, sin contar la sustentación de la bañera (no excavada).
También hemos podido corroborar que las arcadas de pilae se alzarían en altura en torno a 1 m, situándose sobre ellas la pavimentación.
A este respecto, debemos apuntar que hemos podido localizar varios bloques del pavimento original desplomados en el interior del caldarium, por lo que igualmente podemos afirmar que la sala estuvo cubierta de un grueso piso de opus signinum de 15 cm de espesor medio (Fig. 8B), el cual se asentaría sobre una superficie latericia de la cual no hemos obtenido testimonios in situ pero que serviría de asiento del conglomerado de opus signinum, como puede observarse en otros paralelos análogos como los de los baños de Thamusida (Rebuffat et al. 1970: pl. XVII).
Reconstrucción del arco de las pilae en base a los testimonios conservados in situ en el vértice sureste de la sala (A) y detalle del perfil occidental de la sala donde se aprecian las huellas del humo sobre la pared, evidenciando el tiro entre los pilares (B).
En lo que atañe al sistema de distribución de calor parietal, debemos apuntar que se corresponde con una técnica bien conocida en el Estrecho de Gibraltar y con paralelos bien constatados en la provincia Tingitana en conjunción con los sistemas de cubrición documentados, especialmente en ámbitos cercanos como en las Thermes du Fleuve, en Thamusida (Marruecos), que conservan como en nuestro caso parte del sistema de concamerationes in situ (Camporeale 2008: 128 y 136-137; Rebuffat et al. 1970; Lancaster 2015b: fig. 5), o los afines acabados de las gaditanas termas de Carteia (Roldán y Bustamante 2016: fig. 10b).
Este sistema es claramente definible para nuestro balneum gracias a los testimonios preservados en las paredes oriental y occidental del caldarium, y a las piezas recuperadas durante la excavación, pero en especial a la identificación de las placas embutidas a uno y otro extremo del alveus, donde se preservaron in situ (Figs.
Este sistema de sujeción de la cámara de aire parietal estaba formado en nuestro caso por series de pilas de 4 ladrillos con muesca, también conocidos como ladrillos "de camiseta", que sobresalen del perfil vertical de las paredes hacia el interior de la sala en 9,5 cm. Estas columnas de ladrillos miden 25 cm de altura en conjunto y se separan entre sí unas de otras lateralmente 34 cm y verticalmente 40 cm, cubriendo con esta cadencia al menos las paredes interiores oriental y occidental.
Por encima de las pilas de ladrillos se dispondrían los ladrillos en forma de "H", o ranurados, colocados verticalmente de manera que coincidiesen los surcos presentes en ambos y prolongasen el canal a través del cual se deslizarían las placas cerámicas de pared que creaban las concamerationes, tal y como se pueden advertir en las propuestas reconstructivas (Fig. 10D).
Hemos observado que la primera pila de ladrillos "de camiseta" (inferior) presentaba el tercer ejemplar sin muescas, posiblemente para servir como base sobre la que asentar la primera hilada de placas verticales.
En lo que respecta a estas placas introducidas verticalmente en estos encajes, los testimonios conservados in situ nos muestran que normalmente eran placas planas con bisel lateral o lengüeta, para favorecer este deslizamiento y encaje, si bien hemos observado que era habitual que fueran sustituidas por planchas de tegulae recicladas a las que habrían recortado las pestañas laterales, en una muestra más de la amplia reutilización de material latericio atestiguada en este balneum (Fig. 11).
Detalle de las concamerationes preservadas in situ a los lados del alveus (A-C), y propuesta reconstructiva parietal de las concamerationes recreada sobre la pared occidental del caldarium (B).
Atendiendo a esta técnica, fueron generadas las cámaras de aire parietales, pero en el yacimiento, además de los materiales latericios de las concamerationes y las suspensurae, se han documentado evidencias del sistema de cubrición, que podemos adscribir al tipo de cubiertas con nervadura "armchair voussoirs" analizadas in extenso por Lancaster (2015a; 2015b), que implican el uso de ladrillos cuadrangulares con apéndices y rebajes distales (Figs.
11 y 12A), también conocidos como ladrillos con escotadura, "armchair", o costilla de dovela, adscribibles dentro del Grupo 3a de Bouet (1999: fig. 54), los cuales eran usados para crear los nervios de bóvedas con doble cámara en algunos tipos de edificios termales de la Galia, Hispania y la Tingitana, y que están bien constatadas en conjunción con el sistema parietal descrito por nosotros especialmente en la Tingitana y el Estrecho, como ya hemos citado con anterioridad (Camporeale 2008; Roldán y Bustamante 2016: fig. 10b), pero con acabado diferenciado del usado para el balneum situado intra moenia (Campos et al. 2012: fig. 3).
En referencia a la documentación de estas piezas latericias, debemos apuntar que hemos recuperado varios ejemplares situados entre los niveles de abandono inicial del balneum.
La función original de este tipo de cubierta era aligerar la techumbre de peso y crear una cámara para evitar la humedad, siendo un desarrollo posterior su uso para la calefacción de la sala al incorporar la doble escotadura y crear una doble cubierta.
Este sistema de cubierta se asoció a techos de madera y estructuras balnearias con cierta difusión en ámbito villático (Lancaster 2015b: 465), aunque si atendemos al caso de las termas de Thamusida y Tamuda, no podemos descartar que exista también cierta relación con la presencia de asentamientos campamentales en este ámbito geográfico (Rebuffat et al. 1970: fig, 18) (Fig. 12).
Tipología de los ladrillos recuperados entre los contextos del balneum, con indicación de medidas generales.
Propuesta reconstructiva realizada por Lancaster para los recubrimientos parietales y cubiertas del tipo "armchair voussoirs" (Lancaster 2015a, 2015b: fig. 5) de las variantes utilizadas en el balneum del barrio oriental de Tamuda (A) y en el pequeño balneum situado dentro del castellum (B).
La generación del calor: Los propnigea
En lo que respecta a la generación del calor para estas salas, la configuración edilicia original no deja dudas de la presencia de un horno principal, situado al sur del caldarium, siguiendo un eje longitudinal y ofreciendo una alimentación directa por debajo del alveus (Fig. 13).
El horno de este propnigeum no ha sido completamente excavado, quedando pendiente la documentación de su cierre meridional, si bien se identifican claramente dos muros de cierre lateral de gran espesor (1,4 m), mientras el muro norte, donde se sitúa el praefurnium, disponía de un ancho afín al resto de los ejes maestros del edificio.
Debemos destacar en su lateral occidental la presencia de una pavimentación de entrada vinculada al acceso a esta sala, coincidente con el nivel de uso del edificio.
En lo que respecta al praefurnium de la sala de combustión, responde a la definición del tipo 6 de Reis (2004: fig. 9), tomado de la clasificación de Degbomont (1984), que lo identifica dentro del tipo "de caño externo con aletas", ya que esta embocadura se abre al horno, protegida lateralmente por dos muros realizados con arcilla rubefactada y piedras, a semejanza de ejemplos hispanos como el de Can Sans, y atendiendo a una alimentación lineal caldarium-alveus-praefurnium observada en ejemplos hispanos como el de El Moro (García-Entero 2005: figs. 225 y 232).
El praefurnium se desarrolla por debajo del muro norte, conectando con el caldarium a través de un arco de ladrillos parcialmente conservado, que se abre en primer lugar bajo la bañera de la sala calefactada, ofreciendo una irradiación directa por contacto a este alveus, para extenderse en primer lugar por el caldarium y continuar al tepidarium a través de los arcos inferiores del muro divisorio de ambas salas (M-34).
No conservamos evidencias de las calderas de bronce que deberían situarse sobre el horno, si bien es muy poco habitual encontrar testimonios de este tipo de recipientes, que deberían suministrar el agua caliente para alimentar la bañera contigua.
Esta configuración original lineal fue alterada en dos ocasiones, al añadirse los dos nuevos praefurnia ya referidos.
El primero de ellos se instaló para alimentar el tepidarium, y dotarle así de mayor potencia calorífica.
La instalación de este horno supuso la remodelación de la pared de cierre occidental, que en este tramo perdió volumen e incluyó una irregular apertura para la embocadura del praefurnium (Figura 7B).
El segundo de estos se realizó abriendo una embocadura igualmente irregular en el muro este del caldarium y excavándose en el pavimento interior de la sala contigua, quedando la misma como sala de servicio a partir de ese momento (Figura 6B).
Este horno, que sí ha sido excavado íntegramente a diferencia de ejemplo anterior, podríamos englobarlo en el tipo 5 o "de caño externo", atendiendo a la misma tipología referida con anterioridad (Reis 2004: fig. 9), al usar un pasillo con adobes rubefactados, y estaría destinado a reforzar la alimentación de calor del caldarium desde el este, si bien desconocemos si respondería a un deseo de complementar al calor generado por el praefurnium principal, o se habría construido para sustituirlo.
Las latrinae y otros espacios de servicio complementarios
El resto de espacios de servicio del edificio termal se caracteriza por la presencia de una sala alargada situada al sur del ambiente 2, y sin conexión directa aparente con el mismo (ambiente 4), que estaba parcialmente pavimentada con opus signinum y que presentaba un recipiente cerámico circular integrado en este suelo (Fig. 14), totalmente colmatado con cal, cuya funcionalidad precisa se desconoce.
En su entorno se pudieron identificar amplios niveles de ceniza que se pueden relacionar con los contiguos hornos pero que no podemos descartar que se relacionasen con funciones accesorias de calentamiento de productos que se llevarían a cabo en este sector (limpieza de instrumentos, cocinado de productos, etc.).
Detalle del recipiente cerámico embutido en el pavimento de la sala de servicio meridional (ambiente 4).
Uno de los equipamientos usualmente relacionados con los balnea son las latrinae, especialmente en ambientes campamentales como el que nos ocupa.
A este respecto, debemos apuntar que no hemos podido confirmar fidedignamente su ubicación exacta, si bien disponemos de evidencias suficientes para plantear su localización inicial al exterior del sector oriental del edificio.
En este sentido debemos apuntar que no es anómalo que respondan a instalaciones de menor calidad estructural adosadas al edificio principal, lo que justificaría la ausencia de documentación dentro de los límites del edificio balneario.
Atendiendo a contextos similares, observamos que es habitual que las letrinas se encuentren separadas del eje de salas calefactadas y próximas o anexas al apodyterium, donde desaguan las piscinas, para reciclar sus aguas como empuje de los residuos, características que comparten los edificios balnearios presentes en campamentos militares como el de Brocolitia (Carrawbrugh), Cilurnum (Chester) o Vindolanda (Chesterholm) (Nielsen 1993: vol. 2, 135 y 50).
Atendiendo a esta lógica, en nuestro caso observamos que el agua de la piscina principal discurre de oeste a este atravesando el apodyterium mediante un desagüe cubierto de losas de piedra (Figs.
4B y 4C) hasta salir de los límites del edificio por el extremo oriental en el punto donde confluye con otra suave canaleta recubierta de opus signinum que circula adosada al exterior del citado paramento (Figs.
15A-C), para dirigirse unidas en un mismo desagüe hacia el este.
En este extremo del edificio observamos que, además de la citada canalización abierta, que parte de un alimentador situado en un muro situado varios metros más al sur, está presente una amplia pavimentación de opus signinum de calidad variable (Fig. 3).
Estos amplios espacios pavimentados y asociados a canaletas y desagües, bien documentados al noreste y al este del edificio, que estarían abiertos o porticados, podrían vincularse directa o indirectamente a la actividad de las latrinae.
Es muy ilustrativo a estos efectos el paralelo de las Termas I de Labitolosa, que muestran una canaleta similar sin cubierta, que circunda el edificio por el norte y que los autores han asociado con la presencia de las letrinas y como desagüe de los baños y las aguas pluviales de la techumbre (Asensio et al. 2016: 95 y 118) (Fig. 15D).
Como soporte a este planteamiento debemos recordar que este extremo del edificio es el más distante del campamento y el más próximo al contiguo arroyo situado inmediatamente al este, el Uad Sequin o Tamuda, cuyo nacimiento constituiría un recurso hídrico a la vez que su cauce bajo serviría como un punto de desagüe para los residuos.
Vista general (A) y de detalle del extremo meridional (B y C); paralelo de la canalización que rodea las Termas I de Labitolosa por el oeste (D)
Fases constructivas del balneum
Los espacios descritos con anterioridad han sido objeto de una evolución arquitectónica que ha conllevado el surgimiento de nuevos equipamientos y la supresión de otros, en ocasiones generando importantes cambios en el propio concepto del baño, que se adaptan a la realidad de los usos otorgados a este equipamiento para cada momento.
No resulta sencillo en ocasiones, debido al solapamiento arquitectónico, identificar una secuencia lineal en estos procesos, si bien en este apartado procederemos a presentar la propuesta de fases constructivas que identificamos en el edificio balneario.
Al inicio de este trabajo ya enumeramos los testimonios datacionales más significativos que nos permiten defender la construcción de los baños bajo el gobierno de Adriano.
Es en este momento cuando se llevaría a cabo el levantamiento volumétrico del edificio, erigiéndose completamente con la extensión definitiva documentada.
Los espacios más claramente definidos para esta primera fase son la presencia de un apodyterium/frigidarium, una secuencia de dos salas calefactadas (tepidarium y caldarium) alimentadas por un horno ubicado al sur de ambos ambientes caldeados, y la existencia de una última sala situada al sureste, que funcionaría a modo de unctorium o con usos similares.
A nivel de detalle, hemos documentado que al inicio de esta primera fase el apodyterium/frigidarium dispondría de un pediluvium o lavapiés junto al acceso principal, que sería rápidamente sellado para que no obstaculizara el paso hacia la piscina situada en el vértice noroccidental, no pudiendo descartar que inicialmente existiera solo el pediluvium y la piscina fría fuese una innovación posterior situada dentro de esta misma fase, si bien la homogeneidad constructiva del edificio y la presencia de gruesos muros iniciales que delimitan el espacio de baño nos invitan a decantarnos por la coexistencia de ambas balsas en los primeros momentos.
En esta fase, el apodyterium/frigidarium dispondría ya de los bancos perimetrales, las conducciones de suministro hídrico y el surtidor, que no parecen representar alteraciones al diseño original, al igual que la ya mencionada piscina fría, que inicialmente dispondría de un acceso escalonado que cubriría toda su anchura.
Sí presentaría una visión diferenciada el canal de desagüe que discurre bajo el suelo de esta sala de oeste a este, el cual dispondría de una cubierta distinta, posiblemente menos abrupta, ya que la tapa documentada in situ durante la excavación pertenece a una reforma más tardía.
Con respecto al resto de espacios documentados, el apodyterium conectaría con el unctorium por un único acceso de entrada y salida, al igual que con el tepidarium, a partir del cual se accedería al caldarium en un recorrido coherente en el que estaría presente el alveus situado al final del recorrido calefactado.
Esta primera fase también contemplaría la presencia de unas posibles latrinae al exterior del edificio, equipamiento que no se vería modificado en esencia a lo largo de la vida útil del edificio, así como una zona de servicio meridional.
La fase de reformas principales se llevaría a cabo a finales del s. III o inicios del IV d.
C., quedando bien atestiguada a nivel datacional por la modificación de la cubierta del canal de desagüe que discurre bajo el apodyterium/frigidarium.
Existen otras reformas que no han podido ser datadas de forma tan clara pero que modifican significativamente la estructuración inicial, por lo que creemos que responderían a esta misma fase de amplias remodelaciones, como la inserción de nuevos hornos al oeste del tepidarium (ambiente 6) y al este del caldarium (ambiente 1), obligando este último a modificar los usos de la sala contigua, que dejaría de funcionar como un unctorium para servir únicamente como sala de servicio.
Esta sala accesoria dispondría ahora de dos accesos y de una canalización perimetral posiblemente como adaptación a otras conducciones hídricas que habrían quedado en desuso.
Asociadas a esta fase de reformas, o tal vez a fases intermedias de remodelaciones o reparaciones parciales, deberíamos sumar pequeñas obras como la documentada en la piscina fría, que pasaría a incluir un banco en el lateral meridional; la documentada en el apodyterium/frigidarium, consistente en la adición de varias repavimentaciones en el este de la sala; o la atestiguada en la hipocausis del tepidarium, que remodelaría las pilae del vértice noreste e incluiría un gran pilar central de sustentación para evitar el desplome del suelo.
Todas estas pequeñas transformaciones no han dejado evidencia datacional, pero responden a una lógica actividad de mantenimiento propia de un edificio que está en uso durante varias centurias.
La consecuencia de la suma de estas modificaciones y remodelaciones observadas será la configuración de un edificio más sencillo y mejor calefactado, que prolongaría su vida útil hasta la primera mitad del s. V d.
C. cuando se abandonaría definitivamente el campamento y los baños.
El suministro hídrico al balneum oriental
En lo que respecta al suministro del edificio termal para dar servicio a sus piscinas y bañeras, este se llevaría a cabo a través de las conducciones existentes al oeste del balneum las cuales, procedentes del norte, se bifurcan al acercarse al balneum; dirigiéndose una al edificio balneario para adentrarse en él por la zona en la que se sitúa el alveus, mientras la otra se dirige a un depósito abierto situado inmediatamente al suroeste del edificio, el cual también podría actuar como reservorio auxiliar y para el suministro hídrico destinado a otros fines, como evidencia el canal que, partiendo de su rebosadero, se abre al oeste (Fig. 3B).
Esta conducción y la citada pileta, ya constatadas parcialmente por Pelayo Quintero en 1944 (Quintero y Giménez 1945: 10 y 11), podrían responder a una derivación del acueducto campamental, posiblemente asociado al nacimiento del citado arroyo Tamuda.
Este, aunque de corto recorrido, pero procedente de las altas cotas del Gorgues (el macizo de ambiente kárstico situado al sur de Tetuán), podría suministrar agua potable al asentamiento a través de un acueducto que accedería al castellum y al vicus militar desde el sur, como sugiere ya Pelayo Quintero en los años 40, al documentar la presencia de posibles conducciones y dos depósitos hídricos situados en la ladera de este macizo en el camino hacia Tamuda (Quintero 1941: lám. 1).
En este sentido, César Morán ya defiende que el citado acueducto se adentraría en el fuerte directamente por el sur y, tras satisfacer las necesidades de agua del destacamento, saldría del fuerte para conducirse a los recipientes hídricos situados en este barrio oriental y cubrir otras necesidades secundarias (Morán y Giménez 1948: 26), que ahora sabemos que en buena parte se podrían tratar del aprovisionamiento hídrico al balneum oriental.
Aunque los recientes estudios planteados para el ciclo del agua en el castellum de Tamuda cuestionan el uso del citado acueducto a partir del s. II d.
C. y centran sus planteamientos de suministros en la captación del agua de lluvia (Bermejo et al. 2015: 135-136), lo cierto es que las necesidades emanadas en ese mismo momento de la construcción de este balneum, dotado de piscina y bañera, implican la presencia de un suministro hídrico constante y abundante para el castellum y sus cannabae, abriendo nuevas perspectivas de análisis a este respecto que obligan a replantear estos presupuestos.
Planteamiento y reconfiguraciones en los circuitos de uso del balneum oriental de Tamuda
La arquitectura termal del balneum que analizamos resulta difícil de encajar dentro de los circuitos de uso definidos a partir de las tipologías edilicias al uso (Krencker et al. 1929: 234-240), una opinión compartida a nivel general por otros autores que aluden a la dificultad de encasillar buena parte de los balnea atendiendo a la amplia variabilidad tipológica existente (Reis 2004: 53; García-Entero 2005: 747).
En cualquier caso, teniendo presentes las limitaciones expuestas, e intentando acomodar la distribución de usos observada a estos patrones tipológicos generales, podríamos identificar nuestro balneum dentro del esquema funcional lineal paralelo (parallel row type), con recorrido de itinerario retrógrado, ya que presenta las características generales del recorrido lineal angular ‒modelo especialmente presente en la Tingitana (Nielsen 1993: 69)‒, aunque dispone de una sala fría de acceso apartado del resto del circuito que induce a decantarnos por la primera opción (Fig. 16A).
De esta manera, los usuarios del edificio balneario accederían desde la entrada situada al norte del edificio, para pasar en primer lugar al apodyterium/frigidarium (ambiente 3), donde se limpiarían los pies y se desvestirían.
De ahí podrían dirigirse o bien a la sala fría anexa al sur o al circuito caliente.
La sala meridional (ambiente 2), como ya apuntamos, podría ser una sala de usos diversos, tal vez un unctorium no calefactado, si bien al margen de su funcionalidad específica, el recorrido implicaría retornar al apodyterium/frigidarium inicial para dirigirse al circuito caliente que se abre al oeste, el cual sí es ya completamente lineal, identificándose de forma continuada la presencia del tepidarium y seguidamente del caldarium, en el cual podrían disfrutar de la bañera calentada por los contiguos hornos.
A la vuelta, siguiendo el esquema inverso, retornarían al distribuidor principal (apodyterium/frigidarium), donde los usuarios podrían darse un baño en la piscina fría situada en el vértice noroccidental (P-3) antes de volverse a vestir y finalizar el recorrido.
Entre los ejemplos conocidos, tal vez uno de los paralelos más claros a nivel funcional, debido a que responde a una misma sencillez estructural, es el balneum doméstico de la casa n.o1 de Clunia (García-Entero 2005: fig. 202), así como los baños iniciales de Volubilis (Nielsen 1993: vol, 2, fig. 130), en la Tingitana, si bien existen también ejemplos de circuitos afines dentro del ámbito de los balnea campamentales, en un marco temporal análogo, como los presentes en los castella britanos de Aesica (Greatchesters), Vindolanda (Chesterholm, Inglaterra) (Nielsen 1993: vol. 2, figs. 135 y 140) o en los dacios de Malaiesti o Arutela (Tentea 2018: fig. 2) (Fig. 17).
Plantas esquemáticas del balneum con la indicación del circuito de uso (pisadas azules -ida- y naranjas -vuelta-) y la codificación de cada sala basada en Nielsen (1993: vol. 2) y la actualización realizada por Reis (2004: 60).
Planta original (A) y planta tras las reformas (B).
Paralelos del balneum oriental.
Este edificio, como ya hemos apuntado, sufriría una importante reforma que hemos fechado entre finales del s. III e inicios del s. IV d.
C. que simplificaría la circulación de usos del balneum, condicionada por la introducción de dos nuevos hornos ‒al oeste del tepidarium y al este del caldarium‒ que reforzarían la calefacción de las salas, en aparente disonancia con la tendencia general observada a partir del s. III que muestra una ampliación generalizada de los espacios fríos frente a los calefactados (Reis 2004: 41).
De esta manera, el circuito pasaría a ser claramente lineal angular ya que implicaría el acceso por el apodyterium/frigidarum, que mantendría su actividad, y de ahí se accedería tanto a la contigua piscina fría (P-3) como a la secuencia de salas calefactadas, que se mantendrían en uso.
El espacio segregado de este nuevo circuito sería la sala meridional (ambiente 2), que perdería su uso inicial y pasaría a convertirse en sala de servicio, que incluiría el nuevo horno del caldarium (Fig. 16B).
Propuesta de restitución volumétrica.
Nuevas tecnologías aplicadas al estudio del balneum oriental: levantamiento 3D, drones y microestratigrafía
El proceso de investigación de un equipamiento tan complejo y diversificado como es un edificio termal solo permite aspirar a los resultados merecidos si se aplica un enfoque interdisciplinar a su estudio, entendido como una integración y colaboración de distintas disciplinas científico-técnicas, en la cual la arqueología es la herramienta de trabajo primaria a partir de la cual se han de imbricar las diferentes técnicas de estudio y aproximación a la problemática del balneum, de manera que podamos obtener el máximo caudal informativo posible.
En este sentido, queremos destacar algunas de las técnicas usadas, como son la utilización de RPAS-Drones, el renderizado y la fotogrametría de los testimonios arqueológicos, la topografía digital o el levantamiento volumétrico 3D.
Además de estas técnicas basadas en la documentación digital, es necesario llamar la atención sobre otras disciplinas científicas donde palinólogos, geomorfólogos, microbiólogos y otros especialistas contribuyen a obtener datos invisibles al ojo humano pero que revierten de igual manera en la compresión integral del bien.
La aproximación al tipo de combustible de los hornos que calientan la estructura, el análisis de los residuos de los desagües o el estudio de la microestratigrafía interna, todos ellos en marcha, nos permitirán trazar en el futuro una visión integrada y multifocal del edificio objeto de estudio.
En el caso que presentamos, la restitución volumétrica del edificio ha emanado de la suma de las disciplinas mencionadas asociadas a la generación de una documentación digital de gran precisión y al análisis funcional y estructural del edificio.
En este sentido, debemos destacar que en lo que respecta a los acabados de más difícil documentación primaria, como ocurre con las techumbres, a la hora de realizar dicho levantamiento 3D se ha optado por incluir acabados compatibles con los registros documentados aquí y con los paralelos existentes referidos a este edificio (Fig. 18).
Por ejemplo, para las salas frías hemos establecido un único eje a dos aguas asociado a techumbres planas, ya que no disponemos de evidencia alguna de posibles bóvedas, las cuales además no resultan necesarias dada la sencillez y austeridad general del complejo termal, por lo que creemos que habrían prescindido de ellas.
Para el eje occidental, en lo que respecta a las salas calefactadas, defendemos el uso de cubierta de bóveda nervada en "armchair voussoir" atendiendo a las reconstrucciones planteadas, en asociación a la cual hemos añadido un techo de madera a dos aguas sin bóveda suspendida (Figs.
18C y 18D), coherente con los hallazgos de restos de techumbre carbonizados de las termas de Zac des Halles, en Nimes; o en los baños lusos del este de Mirobriga, ambos en asociación con este tipo de bóveda, y compatible con los análisis estructurales realizados por Lancaster para las termas de Cemenelum (Niza), que compartía este mismo sistema de sustentación (Lancaster 2015b: fig.4, 460-461).
La piscina fría la hemos rematado igualmente con una bóveda en sentido perpendicular, atendiendo a la orientación de su acceso, como es habitual, lo cual no ha impedido disponer de una cubierta corrida (Figs.
El uso de este mismo sistema de bóveda nervada también ha sido constatado en salas frías para aligerar el peso de los arcos, y es defendido por Vitrubio para evitar que la humedad del agua afecte a la techumbre de madera al dispersarse entre las dobles bóvedas que genera este sistema (Vitrubio, De Architectura, 5.10.3).
Los dos ejes definidos por la cubierta general deberían quedar articuladas entre sí por un eje central que favoreciera la evacuación del agua de lluvia hacia el norte y sur, tal como hemos representado.
Finalizando el sistema de cubriciones, para las zonas de servicio perimetrales al edificio principal hemos planteado una cubrición de madera y teja a un agua tanto en las zonas que consideramos abiertas como las cerradas (propnigea), una propuesta más sencilla y en línea con la limitación de registros disponibles en este sentido.
Levantamiento 3D del balneum oriental de Tamuda.
Se muestra una panorámica general del edificio y la pileta contigua desde el sureste (A); vista exterior desde el noreste (B); aproximación al interior del edificio donde se aprecian las cubiertas interiores abovedadas, la piscina fría y los complementos del apodyterium/frigidarium (C); vista de la sección del edificio desde el oeste, donde se observa el interior de las salas calefactadas (D); y vista general desde el sur que permite apreciar el propnigeum principal (E).
En lo que respecta al resto de detalles constructivos internos, atendemos a las propuestas derivadas del estudio general, por lo que el levantamiento general se adapta a lo ya presentado en el apartado del análisis arqueo-arquitectónico y a las propuestas de articulación del edificio original (Figs.
18C y 19A), de manera que están presentes en el apodyterium/frigidarium tanto el banco como las estanterías para la ropa, el pediluvium o el labrum situado en el eje de la sala.
En lo que respecta a la piscina se recrean las dimensiones y cubriciones propuestas, y se ha añadido un surtidor en su cabecera, ya que es el extremo por el que llegaría el suministro hídrico.
El circuito calefactado dispone de los sistemas de hipocausis con las dimensiones propuestas y las cadencias de pilae descritas en líneas precedentes, detallándose en el caso del caldarium la presencia del alveus situado en el extremo sur (Figs.
Los hornos han sido reproducidos atendiendo a los detalles edilicios observados y los testimonios del praefurnium, junto con algunas propuestas como la incorporación de una caldera en uno de los brazos que abrazan el praefurnium como es coherente en otros ejemplos análogos (Fig. 18E), si bien hemos respetado también la parcialidad del registro, por lo que no hemos recreado el cierre de estos espacios de servicio meridionales.
En último lugar, hemos incorporado la canaleta exterior oriental, cubierta de un espacio porticado que hemos añadido como complemento que debería disponer en el caso de tratarse de un espacio utilizado como latrinae, si bien a nivel estructural nos hemos ceñido a recrear el resto de los contextos documentados.
A la hora de plantear las reconstrucciones volumétricas no hemos obviado la historia de reformas documentadas en el edificio, por lo que hemos llevado a cabo un segundo levantamiento que muestre el interior del edificio una vez llevadas a cabo las distintas modificaciones estructurales documentadas y ya presentadas en líneas precedentes centradas principalmente en la inserción de nuevos praefurnia, el reforzamiento del hipocaustum de la sala templada, la remodelación de la piscina fría, la supresión del pediluvium y el reaprovechamiento de la sala fría como espacio auxiliar (Figs.
Levantamientos 3D del balneum oriental de Tamuda, que muestran tanto la reconstrucción de la planta general en su fase inicial (A) como diferentes vistas de detalles de las reformas llevada a cabo en el mismo edificio con posterioridad (B-D).
Los balnea en instalaciones militares y el caso de Tamuda
El baño es un equipamiento de ocio e higiene, pero también es concebido como instrumento de romanización (Nielsen 1993: 35), en especial cuando se ponía a disposición de los integrantes de las cannabae, por lo que su presencia en los campamentos auxiliares situados en las fronteras del Imperio cobra una significación especial.
Esto explica que la existencia de instalaciones termales no suponga una excepción dentro de los equipamientos habituales presentes en los campamentos militares del limes, si bien siempre existen voces que consideran los baños como una distracción que se contrapone a los valores de la disciplina militar (Vega 2010: 304), algo que se aleja de lo que muestran los testimonios arqueológicos.
Así, mientras que en los grandes campamentos asociados al establecimiento de legiones es habitual observar la construcción de grandes thermae, en su mayoría dentro de sus límites murarios, en los castella vinculados a tropas auxiliares es frecuente encontrar balnea situados fuera de los mismos, como el caso en el que nos ocupa, si bien tampoco es anómala, aunque sí minoritaria, la documentación de este tipo de equipamiento dentro de sus murallas.
Las instalaciones balnearias dentro de los limites murarios en ocasiones estaban asociadas a un uso exclusivo vinculado al praetorium, como se ha identificado en Arbeia (Soith Shields), Isca Dumniornorum (Exeter) o Fanum Cocidii (Bewcastle) (Bidwell 1997: figs. 36, 51 y 52).
En Tamuda se documentó un pequeño balneum de apenas 25 m2 ubicado al interior del castellum, que fue instalado aprovechando la remodelación de la Porta Praetoria.
Este edificio ha sido objeto de varios estudios recientes (Campos et al. 2012; Fernández et al. 2015) que han permitido identificarlo como un pequeño espacio termal formado por dos salas calefactadas ‒una sudatio y un caldarium‒, puestas en relación con la actividad de un valetudinarium que pudo ubicarse en sus inmediaciones, a diferencia de los casos apuntados.
El edificio se erigió en época antoniniana avanzada o primo-severiana (150-225 d.
(Bustamante et al. 2013: 317-347), existiendo más dudas en torno a su cese de actividad, ya que los autores del primer estudio lo sitúan a inicios del s. IV (Campos et al. 2012: 241), mientras la colmatación inicial del pavimento de acceso al edificio parece mantenerse en uso aún a inicios de la quinta centuria (Bustamante et al. 2013: 340).
Esta instalación termal (Fig. 20), de pequeño espectro, no pudo dar servicio a la generalidad de la dotación del castellum, por lo que el balneum del barrio oriental de Tamuda, situado fuera de sus murallas, sería el principal equipamiento balneario del asentamiento, como era habitual documentar en este tipo de fuertes auxiliares.
Esta ubicación mayoritaria, segregada de las instalaciones militares, se debe a varios factores, llamando la atención en primer lugar el hecho de que esta disposición permite evitar riesgos de incendio derivados de la constante combustión de los hornos termales, aislándolo así del resto de instalaciones castrenses.
Por otra parte, su localización externa permite disociar el ocio de la rutina militar, y reservar el espacio protegido intra moenia para equipamientos estratégicos esenciales, entre los que no se contemplarían estos baños.
En tercer lugar, a la hora de su ubicación, se debe tener en cuenta la facilidad de captación y drenaje hídrico, una cuestión relevante en este tipo de equipamientos, y motivo por el cual muchos de estos edificios termales se asientan en terrazas fluviales próximas a sus fuertes.
En último término, como defiende Sommer (1984: 15-43), la situación externa de estos balnea en ocasiones es aislada aunque bajo la protección del fuerte, pero en otros casos estos equipamientos se asocian a la presencia de otras construcciones civiles o militares vinculadas a las cannabae o a la presencia de un vicus anexo, convirtiéndose por tanto en instalaciones que pueden ofrecer un servicio civil/militar, que estarían planificados desde un inicio atendiendo a las necesidades del campamento y del vicus anexo.
La ubicación del balneum del barrio oriental de Tamuda respondería a varios de estos factores que acabamos de presentar, ya que se sitúa en un extremo del asentamiento, junto al arroyo Uad Sequin o Tamuda que, como ya apuntamos, constituiría un recurso hídrico a la vez que un punto de desagüe, cuestiones claves para el funcionamiento de estas instalaciones.
En el barrio oriental de Tamuda hemos documentado igualmente numerosas edificaciones del urbanismo previo al establecimiento del campamento, pero también hemos identificado otras construcciones coetáneas y accesorias al castellum, como el foso perimetral del fuerte, edificios dedicados a la estabulación y otras estructuras todavía por definir (Bernal-Casasola et al. 2019: 73-76), pero que en cualquier caso van permitiendo articular la dimensión de las cannabae que, sin duda, existirían en el entorno del campamento, y a las cuales también podría estar dando servicio este equipamiento termal (Fig. 2B) (Bernal-Casasola et al. 2018a: fig. 7b) de manera que posiblemente se asemejasen a la configuración de otros campamentos auxiliares como el de Vindolanda (Chesterholm, Inglaterra), un ejemplo muy cercano al nuestro, cuyo balneum situado fuera de las murallas tenía 310 m2, no muy distantes a los 224 m2 del de Tamuda, y se integraban también en unas cannabae bien desarrolladas en su entorno.
En la Tingitana observamos otros ejemplos de baños situados en el perímetro de campamentos militares asociados al uso de sus tropas, como muestran los baños del castellum de Tremuli (Zoco Al-Arba del Garb) ‒al norte de Banassa‒ (Euzennat 1989: 35-55), siendo especialmente significativo el caso del castellum de Tocolosida, ‒en el entorno de Volubilis‒ destacando este último caso al documentarse un edificio termal de similares cronologías al nuestro, tan solo unos 40 m al exterior del castellum, y asociado al vicus anexo, que se vincula expresamente al uso de sus tropas (Euzennat 1989: 240-255).
En cuanto a organización espacial, el ejemplo más representativo es el del asentamiento tingitano de Thamusida, donde en este caso distinguimos un gran campamento militar que dispuso de unos baños exteriores situados junto al río, vinculados a la presencia de un vicus anexo, y que en su fase más antigua ‒de época trajanea/adrianea‒ presentaba unas dimensiones muy similares a nuestros baños (175 m2), si bien con posterioridad evolucionan de forma exponencial al igual que el propio asentamiento (Rebuffat et al. 1970: 161-168, fig. 18).
El balneum oriental de Tamuda, como hemos visto, se sitúa fuera de las murallas del castellum, a 88 m al este de las mismas y muy próximo a un arroyo contiguo.
La búsqueda de otros paralelos entre los campamentos de similares características en otros puntos del limes romano no resulta compleja para este tipo de edificios, que parecen responder a una planificación similar generalizada.
Entre los ejemplos britanos, posiblemente los mejor estudiados, podemos destacar en cuanto a su ubicación el balneum del castellum de Kanovium, un fuerte auxiliar de una cohors equitata que disponía de unos baños localizados a unos 50 m a la salida de Porta Praetoria, al igual que en Tamuda (Campbell 2009: 28); aunque también son paralelizables los balnea de los castella de Labatris (Bowes), Glannoventa (Ravenglass), Cilurnum (Chesters) (Vega 2010: 310-311) o Bothwellhaugh (Lanarkshire, Escocia) (Keppie 1981: 41-49), por poner algunos ejemplos significativos que disponían de balnea externos asociados a ríos o afluentes cercanos.
En el limes de Dacia encontramos numerosos ejemplos de balnea localizados entre medio y un centenar de metros fuera de las murallas de sus castella, de cronologías similares al nuestro, y situados en las terrazas de ríos contiguos, al igual que el caso tamudense, como muestran los casos de Mehadia o Canutele, cuyos balnea se sitúan a 100 m a levante del fuerte y en las terrazas de los ríos Belareca y Motru; los de Romita (adyacente al río Agris), o Slaveni (junto al río Olt), y así en más de una docena de ejemplos análogos recopilados por Tentea y Burkhardt (2017: 15-52).
Sin embargo, de entre todos ellos, posiblemente el mejor ejemplo sea el del castellum de Malaiesti (Prahova, Rumania), fuerte auxiliar de 2,7 ha, de época de Trajano, cuyo balneum se situaba a unos 70 m de las murallas, en la terraza del río Varbilao (Fig. 17B).
El edificio balneario se corresponde con una estructura muy cuadrada como en nuestro caso ‒de 15 m de lado‒ dentro de la cual se distribuyen las estancias, contando en este caso con un mayor porcentaje de salas climatizadas.
Llama la atención en último lugar, que tras su abandono se halló entre sus restos un enterramiento (Rusu et al. 2019: fig. 1), al igual que hemos documentado en la última campaña del balneum de Tamuda, evidencia del reaprovechamiento de estas estructuras tras su abandono, como fue habitual en las zonas fronterizas tras el desmembramiento de las estructuras imperiales.
En el limes oriental tenemos ejemplos similares, aunque muchos de ellos relacionados con fases más avanzadas a nivel temporal.
Destacamos en este sentido los pequeños castella de la zona del Jordán, como el de Osia/Costia (Yotvata), Tamara (Hazeva), o el de Arieldela (Ayn Gharandal), asociados a la protección de oasis o stationes caravaneras, los cuales disponen de balnea situados a 50-60 m de sus murallas, algunos de ellos con un estado de conservación excepcional (Darby 2015: 76-79), que en cualquier caso sirven como ejemplo de la generalización de la ubicación externa de este tipo de equipamientos frente a campamentos de reducidas dimensiones.
En lo que se refiere a la dualidad que observamos en Tamuda, que cuenta con dos instalaciones balnearias, debemos apuntar que esta situación tampoco es anómala (Vega 2010: 310), especialmente si valoramos la escasa entidad del testimonio situado intra moenia, ya que el mismo carece de salas de baño, lo que limita sus necesidades de captación y evacuación hídrica, y además parece asociarse a un edificio dedicado a fines terapéuticos, por lo que podría disponer de un uso restringido frente a las mayores capacidades del balneum exterior.
Un caso análogo es el del ya citado castellum de Bothwellhaugh, de similar datación, y donde igualmente está presente un balneum intra moenia, que se asocia al uso de los mandos del fuerte; mientras existe otro situado a 100 m de la muralla y cerca del río (Keppie 1981: 46-91) como el que traemos a colación.
Los balnea o balinea campamentales.
No es el objetivo de este trabajo realizar un análisis in extenso sobre la definición terminológica utilizada para la identificación de los baños tamudenses del barrio oriental que son objeto de estudio de este trabajo, y que aquí integramos dentro de los balnea frente a otras posibles identificaciones.
Sin embargo, creemos que es necesario atender, aunque sea de forma somera a esta problemática, dada las derivaciones conceptuales y morfológicas asociadas a uno y otro tipo de instalaciones termales que vienen siendo identificadas como thermae o balnea.
En primer lugar, debemos partir de la diferenciación que realiza Nielsen (1993: 3), quien identifica como thermae a las instalaciones monumentales y simétricas que disponen de equipamientos de ocio como las palestras; mientras restringe el término de balnea a los baños públicos más modestos y a otras instalaciones privadas.
Muy interesante en torno a esta cuestión es un artículo de Maréchal (2012: 146), quien defiende la ambigüedad y artificiosidad de la diferenciación aplicada a ambos términos por los investigadores más influyentes (Nielsen 1993: 3; Gros 1996: 388), y se decanta por la que tiende a definir los balnea como los equipamientos más sencillos, modestos o ausentes de decoración, mientras con thermae se refiere a las más lujosas y artísticas construcciones.
También debemos recordar que esta diferenciación terminológica deriva del origen de cada vocablo, ya que mientras balnea es el término latino, therma procede del griego, del que parte la identificación.
Partiendo de cualquiera de los dos planteamientos esgrimidos tenemos claro que por sus características menos monumentales y por la austeridad que evidencia el edificio tamudense encajaría dentro del grupo de los balnea.
Pero existe un tercer elemento de sustento para esta identificación, basado en la amplia colección de referencias epigráficas halladas en el limes que aluden a la presencia de baños situados en campamentos militares, los cuales son identificados recurrentemente como balnea o balinea.
En muchos de estos casos estas referencias aparecen en inscripciones conmemorativas dedicadas a construcciones o reparaciones en este tipo de edificios asociados a instalaciones militares, como la documentada en el cercano castellum tingitano de Ain Schkur, al norte de Volubilis (Euzennat 1989: 225-274), la hallada asociada al campamento de Lavatris (Bowes, Inglaterra) (CIL 7, 273), o la alusiva a la cohors II Flavia Commagenorum en el fuerte dacio de Micia (Vetel, Rumania), que registraba la reparación de su destartalada casa de baños en época de Septimio Severo (CIL 3, 1374), por poner algunos ejemplos concretos de la larga lista de referencias análogas, algunas de las cuales hemos recopilado aquí (Fig. 21).
Sin embargo, no podemos dejar de referir algunos ejemplos especialmente singulares, como son los datos procedentes de las tablillas de madera excepcionalmente conservadas en el castellum de Vindolanda (Chesterholm, Inglaterra), que representan un importante archivo documental de las actividades cotidianas del fuerte, y entre las que se encuentran, por ejemplo, la referencias a obreros relacionados con estos edificios (structores ad balneum) o al personal asignado al balneum, como un balniator citado en la tablilla Tab.
Propuesta de puesta en valor y cubrición del edificio termal
La ejecución del estudio arqueo-arquitectónico desarrollado en torno al edificio termal ha ofrecido la información pertinente y necesaria como base para trazar una propuesta de valorización que incluya el diseño de un circuito de visita y un proyecto de cubrición del balneum, sobre los que centraremos la parte final de esta exposición.
Esta propuesta no puede surgir per se sin sustentarse en unos principios teóricos y metodológicos, que si bien son vertebrales, no podemos desarrollar in extenso en este apartado, habiendo sido plasmados de manera detallada en la memoria de la última campaña arqueológica (Verdugo y Ramón 2018), a la que remitimos para una consulta precisa.
En cualquier caso, las directrices, estrategias y metodologías seguidas para esta intervención responden a las desarrolladas a nivel internacional: las "Cartas del Restauro" y la "Estrategia Europea de Conservación Preventiva", así como las implementadas a nivel nacional: los planes sectoriales desarrollados a partir de 2010 por el Instituto de Patrimonio Cultural de España para cumplir con esta última estrategia y las directrices del Plan Nacional de Conservación Preventiva español, ya que son criterios y directrices de reciente formación y, aunque dichas metodologías y estrategias se centran en ámbito europeo y español, son conceptualmente extrapolables al contexto de Marruecos, tanto en términos de cercanía como en similitud tipológica, cronológica y cultural de los bienes arqueológicos.
Esta estrategia ha implicado que llevemos a cabo el análisis de los bienes culturales, de su estado de conservación, del uso que se hace de los mismos y de los riesgos de su deterioro, enfocados a la planificación de la conservación preventiva, base sobre la cual se han desarrollado las propuestas de conservación y la valorización del bien.
Atendiendo a estas premisas, los criterios fundamentales a la hora de afrontar nuestra propuesta de conservación y valorización del balneum oriental de Tamuda deben tener siempre presentes los criterios fundamentales: reversibilidad, identificación, compatibilidad y documentación.
El desarrollo de estos criterios requiere de una metodología que encauce la totalidad de la intervención, tanto desde el punto de vista estratégico como táctico.
La metodología que hemos seguido es fruto de años de experiencia interdisciplinar en el campo de la conservación del patrimonio histórico edificado de la Dirección General de Bienes Culturales (Consejería de Cultura y Patrimonio Histórico de la Junta de Andalucía), concretamente en el Servicio de Conservación y Obras del Patrimonio Histórico, con una elaboración final a cargo de su Departamento de Programación y Proyectos.
Se trata de una metodología integral cuya flexibilidad intrínseca puede adaptarse en gran medida al programa de trabajo y a las circunstancias coadyuvantes y sobrevenidas, que parte de la identificación, diagnóstico y conocimiento del inmueble a nivel interdisciplinar como base para definir los aspectos programáticos y proyectuales de la ejecución efectiva de las obras de conservación, y finalizar con el desarrollo del programa de difusión a diferentes escalas, que facilite la lectura interpretativa y pedagógica del bien valorizado.
Una propuesta de circuito de visitas del castellum y el balneum oriental
En un yacimiento arqueológico, los circuitos de visita son esenciales para su comprensión.
Un trazado óptimo deberá mostrar los aspectos esenciales de su estructura, la percepción de su espacialidad, su materialidad, las relaciones entre las partes y su incorporación al paisaje, entre otros aspectos más concretos.
Desafortunadamente, Tamuda todavía es un yacimiento en gran medida sin investigar, con déficit de conservación y articulación de sus partes.
Por ello, la propuesta respecto al balneum es acotada y debería ir de la mano del desarrollo del Plan Director del yacimiento arqueológico.
Con base en ello, hemos planteado un primer circuito que centra su atención en el castellum y en los nuevos inmuebles del barrio oriental, dejando fuera de esta primera propuesta de circuito de visita los barrios norte y oeste, si bien se tiene presente una amplia flexibilidad, que permitiría su inclusión en otros circuitos de superior nivel.
El circuito planteado es de ida y vuelta, comenzaría en la entrada actual del conjunto arqueológico (Fig. 22).
De forma intencionalmente quebrada, para adaptarse al urbanismo de la ciudad helenística a la que cruza, el camino alcanzaría el castellum para entrar por Porta Praetoria, el acceso sur.
Tras recorrer la zona interior saldría por la puerta oriental, discurriendo por los ejes centrales junto a las estructuras más relevantes como el balneum interior o la cisterna central.
Traspasada la puerta oriental con la explicación del foso campamental (Fig. 23A), la senda giraría al norte, buscando el eje del barrio púnico-mauritano para adentrarse en él.
En dicha esquina se plantea una plaza de descanso (Fig. 23B), contemplación y apreciación del paisaje, con bancos y cubierta parcialmente de toldos, que adaptaría su ubicación a la presencia del foso del fuerte recientemente definido.
Girando hacia la derecha, transcurre por el eje principal del barrio oriental, buscando el balneum.
A ambos lados del camino se situarían sendas plataformas con forma de segmento lunar (Fig. 23C), ligeramente alzadas, que asomarían a los edificios mauritanos.
Saliendo de esa zona se encaminaría al rellano del balneum, donde comenzaría la rampa curva (Fig. 23D), volada, de acceso al mismo (Fig. 23E).
Propuesta de articulación e integración del balneum y su cubierta en un nuevo circuito de visitas.
Detalle del acceso al balneum a través del barrio mauritano oriental.
A: Acceso desde el castellum.
B: Umbráculo de descanso y contemplación.
C: Miradores sobre las excavaciones del barrio mauritano.
D: Rampa de acceso al mirador del balneum.
E: Cubierta del balneum.
Los caminos se adaptarían en lo posible a la topografía del terreno, siendo los rellenos y desmontes los imprescindibles para su conformación, y el recorrido priorizaría los elementos más destacados y cercanos al recorrido.
Como material de construcción de la senda peatonal se propone el uso de piezas modulares de piedra texturada local sobre firme inerte y flexible; mientras que para las plataformas se usaría igual material pero distinto color y textura.
Como complemento, durante todo el recorrido se situarían atriles, resistentes a la intemperie, con información gráfica y los textos breves necesarios para el conocimiento de los elementos.
Propuesta de intervención de conservación y valorización del balneum de Tamuda
Para la redacción de esta propuesta se han tenido en cuenta los análisis y estudios previos necesarios para completar el conocimiento del bien, sus usos y su entorno, claves para la articulación de la propuesta y el proyecto, así como la gestión de su valorización.
Por una parte, nos referimos a los estudios históricos, a las excavaciones arqueológicas, a las memorias y resultados, y a los levantamientos planimétricos, topográficos y fotogramétricos.
Para el desarrollo de esta propuesta ha sido igualmente importante el análisis y cuantificación de las causas de degradación, que han sido evaluadas, ya que estos testimonios tamudenses tienen el handicap de ser estructuras muy arrasadas, con un alto riesgo de deterioro (biológico o antrópico) y especialmente sensibles a la erosión mediante el agua de lluvia y su estancamiento, por lo que la protección y drenaje de estos bienes ha sido una motivación importante a la hora de redactar esta propuesta.
Se ha estudiado igualmente de forma detallada la acción erosiva de los vientos dominantes sobre el edificio.
Especial atención se ha prestado al viento de levante, bien conocido a ambos lados del estrecho, y que ha influido en el diseño de la solución de cubierta propuesta, que incluye la implantación de una pantalla protectora que constituye un elemento importante visual, un sistema anti-viento y un focalizador para su contemplación.
No se ha detectado contaminación atmosférica que afecte al inmueble, ni riesgos serios de vandalismo (en la actualidad el yacimiento está cerrado y vigilado), si bien se ha observado una evolución urbanística descontrolada en su entorno que tendría que encauzarse debidamente desde un punto de vista ambiental, paisajístico, visual y de accesibilidad.
Al tratarse de un anteproyecto la propuesta que presentamos, queda pendiente en último lugar el desarrollo de estudios constructivos y de materiales previamente a la redacción del proyecto definitivo, así como análisis sismológicos o geotécnicos de cara a garantizar la estabilidad de las estructuras a incorporar.
Igualmente se deberán someter a análisis químicos los ladrillos y pavimentos hidráulicos para maximizar su durabilidad y compatibilidad.
Y se estudiarán los sistemas de fijación del color y textura de las superficies.
En lo que respecta al proceso de obras, para el desarrollo de la intervención de valorización del edificio termal se deberá colocar una cubierta provisional ligera para permitir los trabajos arqueológicos finales y la optimización de los trabajos de conservación sin que afecte al bien.
Se deberán entibar las zonas inestables como las salas con hipocausis, la piscina del caldarium, etc. De cara a los recrecidos, consolidaciones y restauraciones se usarán las dosificaciones de morteros emanadas de los análisis previos para asegurar su compatibilidad, evitando el uso de componentes o aditivos que puedan afectar al color o textura de los materiales, así como a su compatibilidad.
Se procederá a la consolidación de la fábrica de los muros y arcos del hypocaustum, así como los pavimentos de opus signinum, canalizaciones y otros elementos hidráulicos, fijación de suelos de tierra, procurando conservar sus formas y texturas.
Se recrecerá la coronación de muros inestables y otros elementos imprescindibles con hiladas de sacrificio, señalizando claramente su cronología, siempre con el objetivo de garantizar la conservación de las estructuras, la lectura de las preexistencias y se evitarán soluciones miméticas.
Se implantará un sistema de drenaje del entorno e interior del balneum para impedir la entrada de aguas de escorrentías y, en su caso, las freáticas.
Se protegerán taludes y perfiles.
Entre los sistemas que consideramos ideales señalamos dos: tablestacado y trasdosado con material inerte o colocación de gaviones como arriostramiento.
En su caso, no se descarta el uso combinado de ambos sistemas.
Se realizarán restituciones didácticas para una mejor interpretación del inmueble, basadas en las propuestas aquí presentadas.
Serán arqueológicamente definidas con metodología de anaparástasis constructiva, inequívocamente identificables y compatibles con los restos.
Se propone la recreación del vértice suroeste del hypocaustum del ambiente 1, y la parte anexa de la bañera, la restitución de los elementos significativos del apodyterium/frigidarium (porciones de banco, lavapiés, fistula aquaria, canalizaciones y desagües), y los elementos constatados del horno principal: el praefurnium.
Propuesta arquitectónica de la cubierta protectora del balneum
Respecto a la cobertura de los yacimientos arqueológicos, hay que dejar constancia de que, en muchos casos, se constituye en la medida protectora más eficaz de conservación preventiva de la materialidad.
Obviamente, la "encapsulación" arquitectónica de yacimientos no puede generalizarse en conjuntos extensivos de gran tamaño.
El alto coste de construcción y mantenimiento, las alteraciones inevitables para su implantación, así como el impacto visual y ambiental, desaconsejan su uso generalizado.
Sin embargo, se trata de una medida especialmente recomendable en yacimientos amplios con partes concretas de carácter frágil, en los cuales se evalúen riesgos que sean de una agresividad y envergadura importantes.
También, en el ámbito de la difusión, puede ser aconsejable la creación de estructuras y espacios arquitectónicos cualificados y adaptados para estas funciones, y si se plantean de forma conjunta y compatible, aún más positivas.
Por otra parte, representan un punto de refugio frente al sol y a la lluvia en un circuito de visitas extenso como el que contamos.
Estas necesidades de cobertura y de apoyo a la difusión se dan en el caso del balneum oriental de Tamuda, cuyo análisis arqueológico y de conservación se ha detallado en líneas anteriores.
Podemos decir que un balneum es un "artefacto" arquitectónico implantado para satisfacer necesidades materiales y culturales de un grupo, en este caso la tropa del castellum, que merece una atención especial en cuanto a su conservación.
Se trata de restos de una estructura de tamaño asequible y, además, de una complejidad técnica, material y funcional reseñable para la época en que se construyó, por lo que dispone de un considerable interés a nivel didáctico, en especial si contamos con el sustento de estudios detallados como el que llevamos a cabo en este trabajo.
A la hora de decidir el tipo de techumbre, no podemos obviar la compleja cuestión de las cubiertas arquitectónicas en los yacimientos arqueológicos, si bien consideramos una cuestión extensa sobre la que no podemos obviar los aspectos que la rigen: la afección a los propios restos (físicos y climáticos), riesgos sobrevenidos, impactos físicos, visuales y ambientales que ofrecen, fragilidad estructural, indecidibilidad de los aspectos estéticos y de diseño (protagonismo, compatibilidad, escala o adaptación), aspectos que deben ser tenidos en cuenta a la hora de realizar una propuesta idónea.
En esta, como en otras técnicas de conservación preventiva, no existe una solución "óptima" general ni particular (Fig. 24).
Las variables son tantas, objetivas o subjetivas, que resulta imposible satisfacer la totalidad de las exigencias conservativas o las variables estéticas, sustancialmente personales.
Ejemplos de cubierta de restos arqueológicos: Cubrición de la Casa del Mitreo de Mérida (A), y el Cerro Molinete de Cartagena (B y C).
La propuesta arquitectónica de cubierta del balneum oriental tamudense.
Atendiendo a las reflexiones antes expuestas, aportamos una propuesta a nivel de anteproyecto de la cubierta de protección del balneum oriental de Tamuda, que responde a las siguientes claves.
A nivel conceptual y de diseño, esta propuesta debe resolver un problema: la protección física de un yacimiento arqueológico.
Para no manchar el papel mediante una caída irreflexiva en el abismo de las infinitas soluciones, para sortear la indecidibilidad, cabe recurrir a la "inteligencia intuitiva".
Sin embargo, no existe en arquitectura tal "inteligencia intuitiva", que sea ética consigo misma, sin el apoyo del exhaustivo conocimiento del elemento a diseñar a todos los niveles, de una forma holística y a la vez "fractálica", entendiendo el símil matemático como un sistema de análisis-síntesis recurrente e interrelacionado a todos los niveles de metalenguaje, de significados, de escala temporal y espacial.
Este es el motivo de la exposición del proceso, realmente sintético y escueto que hemos hecho.
En lo que respecta a los fundamentos proyectuales, nos basamos en el respeto a las preexistencias, al conjunto y al paisaje, pero sin incluir necesariamente mímesis ni camuflaje; facilitando la posibilidad de interpretación y legibilidad del inmueble a nivel de individuo, de sociedad local y de sociedad "ecuménica".
En este sentido diríamos que es una cubierta... y lo parece; ya que se ha huido conscientemente de alardes tecnológicos que pudieran competir con las preexistencias arqueológicas del balneum, el conjunto y el paisaje.
A nivel conceptual, formal y funcional, la cubierta del balneum parte de la sencillez formal pero expresiva de su función; como antes se ha dicho, la forma exterior se percibe como lo que es, una cubierta abierta, sin cerramiento (Fig. 25); la forma en diente de sierra es sugerida por el perfil de las montañas y de la línea de cielo; el sistema de soportes se ha diseñado, en su distribución y forma, para minimizar las posibles afecciones a los restos causadas por la cimentación; la sencillez formal del diseño de la cubierta se mitiga con el quiebro curvo entre la parte delantera y trasera, completado con una celosía al estilo local (Fig. 26), que rompe la continuidad de los paños y aporta una fuente de iluminación natural, cenital y contrastante; como mirador se ha procurado otorgarle al techo, en su formalización, una cualidad como elemento focalizador, tanto hacia los restos del balneum, como al conjunto y al paisaje circundante; el muro del fondo, además de respaldar la estructura como contrafuerte en el límite del yacimiento, es un elemento focalizador más y una barrera contra el viento (Fig. 27); la plataforma-mirador interior tiene un diseño que resalta su ligereza y que no compite con la arqueología, pero la ayuda desde el punto de vista didáctico; la rampa curva de acceso al mirador, además de constituirse en una suerte de camino iniciático hacia los restos, es elemento de accesibilidad para discapacitados en el circuito propuesto, una novedad en este yacimiento (Fig. 28).
Vista hacia el oeste desde pasarela de observación y contemplación de los restos, el conjunto y el paisaje.
Vista del interior hacia el este y del paisaje de fondo.
Vista general hacia el oeste.
Muro de respaldo y de protección contra el viento.
Integración con la línea del cielo y el paisaje.
Vista hacia el sur, al conjunto y al paisaje.
En lo que respecta al sistema constructivo y a los materiales, debemos apuntar que en el diseño ha primado la sencillez constructiva y la pedagogía de lo artesano, sin estridencias tecnológicas; la techumbre y los soportes se plantean con una estructura de perfiles de acero galvanizado y un forrado de madera protegida y barnizada; cimentación por dados de hormigón armado y excavación con control arqueológico presencial; el exterior de la techumbre será, por ligereza, de chapa de aluminio prelacado, con perfil similar a una cubierta de tégulas; para las dos secciones de la cubierta, delantera y trasera, se decidirán dos colores acordes entre sí y con el entorno; el muro trasero será a base de gaviones de piedra local con colores y texturas a decidir en obra; la rampa de acceso y la plataforma-mirador se realizarán con perfiles y rejilla metálica industrial de acero galvanizado, y los antepechos de vidrio laminado; incorporándose el sistema adecuado de desagües para evitar daños al yacimiento.
A nivel didáctico, en aplicación al balneum y a su puesta en valor, ya nos hemos referido a las cualidades del edificio como construcción singular y tecnológicamente compleja para su época, de manera que los sistemas hidráulico y calefactor, sus conexiones y relaciones técnicas, en unión con el particular funcionamiento orgánico y social, hacen de estos baños para la tropa romana un edificio que es conveniente y necesario explicar.
Esto lo encomendamos a tres métodos clásicos: en primer lugar, a la visión de los restos emergentes del balneum, desde la plataforma-mirador, elevada para facilitar la lectura; en segundo lugar, a las restituciones didácticas de los principales elementos del edificio, tomando como base las reconstrucciones volumétricas que ya se han definido en apartados anteriores; y en último lugar, se plantea la exposición de textos y gráficos explicativos formados por atriles con información, gráfica y escrita, condensada y de rápida lectura, adaptada para disminuidos visuales.
Para descripciones más detalladas, se reserva la posible instalación de pantallas audiovisuales en el intradós del muro de resguardo o la inclusión de enlaces a través de códigos QR de informaciones accesibles mediante el móvil.
Conclusiones: conocer para conservar y difundir
Para poder realizar la puesta en valor del balneum oriental de Tamuda debíamos completar el estudio integral de los elementos arquitectónicos que lo componen, de manera que resultaba imprescindible acercarnos a la articulación exterior e interior del edificio para poder dar los primeros pasos hacia una correcta preservación y difusión.
En este trabajo hemos presentado de forma detallada todos los resultados del estudio arqueo-arquitectónico acometido por el equipo marroco-español, utilizando todas las técnicas a nuestro alcance que pudieran servir de apoyo a este planteamiento.
Ahora sabemos que el balneum del barrio oriental de Tamuda es un edificio coherente con la articulación del asentamiento, y afín a otros espacios campamentales análogos.
Su ubicación estratégica junto al río, su disposición segregada pero no ajena al castellum, y su articulación interior sencilla y austera pero completa, sitúa a este balneum en conexión directa con otros equipamientos análogos de la Tingitana (ya hemos referido las afinidades con los baños iniciales de Thamusida) y de otras localizaciones del limes como Vindolanda o Malaiesti, que parecen responder a una planificación predeterminada o que al menos atienden a unos patrones similares.
Observamos en el balneum tetuaní la aplicación de técnicas difundidas en esta misma área regional, como los acabados de los sistemas de concamerationes en asociación con techumbres "armchair voussoir"; así como una vertebración interior que responde a las mismas necesidades de otros baños presentes en ambiente campamental, con unos acabados sencillos, traducidos en la ausencia de espacios absidiales o soluciones arquitectónicas complejas; y un circuito de usos lineal, que ofrece como resultado un edificio monolítico pero que responde correctamente a las necesidades higiénicas y de ocio de los destacamentos allí acantonados y de los integrantes de las cannabae.
El estudio del edificio termal aquí presentado y el de los otros equipamientos documentados en el barrio oriental tamudense, favorecen la interpretación de considerar el espacio externo al castellum como un ambiente perimetral al campamento militar muy activo y tremendamente dinámico, que supera lo previsible inicialmente.
Sobre estas bases, de un conocimiento profundo del edificio al que nos enfrentamos y del resto del barrio oriental tamudense, se ha trazado una propuesta de conservación y preservación orientada a su fácil comprensión y a su difusión, y que comprende, respeta y valora su funcionalidad original y su finalidad actual.
Solo desde un estudio multidisciplinar es posible un trabajo integrado, donde arqueólogos, arquitectos, conservadores del patrimonio y técnicos especialistas aúnan esfuerzos para que el conocimiento del bien sea la base para su valorización. |
Los edificios históricos presentan una forma y una geometría deformada y erosionada que aumenta la complejidad tridimensional de su estructura.
La fotogrametría analítica y su registro en programas de CAD permite dibujar modelos analíticos 3D completos de los edificios.
En éstos se representan todas las superficies visibles en un solo dibujo y en un sistema de coordenadas único, lo que permite situar cada línea en su posición real en el espacio.
Estos modelos de líneas son transparentes, lo que impide ocultar las líneas que su sitúan en un segundo plano, y ocupan gran cantidad de memoria, lo que dificulta su manipulación informática.
Para resolver ese problema es necesario descomponer el modelo 3D por archivos y capas de dibujo.
Cada archivo de dibujo incluye las líneas restituidas de un elemento constructivo y se identifica por la tipología del elemento y su posición en el espacio del edificio.
Las líneas se separan en capas según su orientación geográfica y su tipología (arista, contorno, fisura, etc.).
La gestión del conjunto de archivos que componen el modelo 3D se realiza directamente por designación o gráficamente mediante un plano guía simplificado en el que cada línea es una llamada a un archivo.
El modelo 3D analítico en una maqueta informática del monumento que nos permite visualizaciones y análisis métricos, geométricos, constructivos y estructurales imposibles sin esta herramienta.
Al conectar informáticamente cada una de las entidades dibujadas con un sistema de bases de datos externo de los estudios del monumento se establecerá lo que conocemos como «Monument Information System», MIS.
La escultura actúa en tres dimensiones, pero el hombre permanece al exterior, separado, mirándolas desde fuera.
La arquitectura, por el contrario, es como una gran escultura excavada, en cuyo interior el hombre penetra y camina» «..., la realidad del objeto no se agota en las tres dimensiones de la perspectiva; para representarla integralmente tendría que hacerse un sinfín de perspectivas desde los infinitos puntos de vista.
Hay, por tanto, otro elemento, además de las tres dimensiones tradicionales, y es, precisamente el desplazamiento sucesivo de ángulo visual.
Así fue bautizado el tiempo como «cuarta dimensión»...» «...el método de representación de los edificios que encontramos aplicado en la mayoría de las historias del arte y de la arquitectura se sirve de: a) plantas; b) alzados y secciones; c) fotografías.
Hemos afirmado que estos medios, considerados aisladamente o en su conjunto, son insuficientes para representar completamente el espacio arquitectónico; sin embargo, es útil profundizar en este problema, ya que -si, hasta ahora no tenemos mejores sistemas de representación-nuestro trabajo es estudiar las técnicas que poseemos y hacerlas más eficaces».
LA CONDICIÓN TRIDIMENSIONAL DE LA
ARQUITECTURA Y SU REPRESENTACIÓN GRÁFICA De todos los objetos manufacturados por el hombre, la arquitectura es el que posee unas características espaciales y tridimensionales más importantes; ya que está concebido para ser utilizado introduciéndose en su interior hueco.
Esta condición envolvente de la arquitectura permite al hombre aislarse del espacio exterior abierto e introducirse -como en una cueva-en un espacio cerrado, modelado y construido por él, con las dimensiones, forma, colores y texturas adecuadas para desarrollar una actividad concreta.
La arquitectura es un gran volumen construido, con una forma exterior determinada por los espacios que se configuran en su interior; lo que le otorga su condición tridimensional.
Estas características y sus dimensiones impiden que podamos comprender una arquitectura observándola desde un único punto de vista y que tengamos que recorrerla, rodeando su perímetro exterior y accediendo en el interior a cada uno de sus espacios, para visualizar la totalidad de su estructura.
Esta complejidad espacial del objeto arquitectónico nos obligará también en los procesos de diseño y proyecto a descomponer su configuración y a utilizar planos y maquetas para representar cada uno de sus elementos, facilitando así su comprensión.
Para recoger toda la complejidad espacial de una estructura arquitectónica la proyectamos sobre una sucesión de planos horizontales y verticales que seccionan su volumen en paralelo a los planos más significativos de su estructura.
Este sistema, habitual para la representación de la arquitectura mediante plantas, alzados y secciones, niega su visión tridimensional provocando que los elementos que no sean paralelos a estos planos de sección y además estén inclinados, tengan un espesor variable o curvatura, sean difícilmente comprensibles en su representación.
Las perspectivas nos permiten una representación más aproximada a como percibimos la tridimensionalidad del objeto arquitectónico en la realidad; sin embargo, no permiten una representación métrica y a escala precisa.
El levantamiento de un edificio debe combinar la utilización de ambos sistemas de representación para conseguir que el conocimiento del objeto sea él mas adecuado a su condición tridimensional.
FORMA TEÓRICA Y FORMA REAL
DE LA ARQUITECTURA HISTÓRICA La arquitectura histórica evoluciona siguiendo procesos de transformación complejos, consecuencia de los dilatados periodos de tiempo en los que se han producido y que, inevitablemente, acaban provocando grandes diferencias entre la forma teórica con la que se imaginó y construyó un edi-sus características geométricas, físicas, constructivas, mecánicas o funcionales y con la investigación del proceso histórico que la ha generado a partir de una estructura previa cuya configuración desconocemos.
Lógicamente, el punto de partida de este proceso es la realización del levantamiento del edificio histórico conservado, registrando de un modo objetivo y sistemático todas las aristas existentes, el contorno de los materiales y de todos los elementos superficiales como las erosiones o las fisuras, etc. En este punto, la fotogrametría se convierte en una herramienta fundamental de este proceso, ya que permite dibujar con precisión una geometría deformada y erosionada que es difícil de apreciar a simple vista y que, normalmente, no se sujeta a una geometría ortogonal.
El registro fotogramétrico impide también, por su sistema de registro indirecto, simplificaciones y falsificaciones de la forma y de las características reales del objeto representado.
Desde esta perspectiva, el levantamiento se convierte en la primera forma de conocimiento de un monumento y en la herramienta más importante de todo el proceso de su investigación y restauración.
Es de sobra conocida la importancia que se otorga a todo el abanico de estudios previos sobre un edificio histórico que nos permiten definir sus características (formales, constructivas y funcionales), su proceso histórico y sus problemas y patologías.
La información acopiada en este proceso, referida a los materiales, patologías, técnicas constructivas, movimientos, historia, etc., tiene un reflejo gráfico en el levantamiento en forma de planos temáticos.
El conjunto de estos planos formará un atlas del monumento similar a los referidos al territorio.
La sistematización e informatización de toda esta información referida al edificio en forma de bases de datos y su puesta en relación con el levantamiento mediante un sistema de doble dirección que enlaza los registros gráficos con los registros de información textual y numérica, acompañado de un sistema de gestión, conformará lo que hemos designado como el Sistema de Información Monumental MIS (Monument Information System), en paralelo con la designación establecida para los Sistemas de Información Geográfica GIS (Geografical Information System).
EL MODELO ANALÍTICO 3D OBTENIDO
POR FOTOGRAMETRÍA La teoría matemática de la fotogrametría ha sido desde su formulación de carácter tridimensional; sin embargo, el registro de la restitución fotogramétrica ha tenido en la práctica un carácter gráfico (analógico) y por tanto bidimensional.
Esta limitación del sistema obligaba a que este registro gráfico se realizase siguiendo el sistema de proyección diédrico que era el único -entre los sistemas de representa-ción arquitectónica-que permitía el registro métrico y a escala de las coordenadas (X, Y) del corte que se proyectaba.
Durante la restitución únicamente se podía añadir la profundidad de puntos determinados mediante la incorporación escrita del valor de la coordenada Z, y sólo en ocasiones se intentó la representación tridimensional de objetos escultóricos o de la geometría de las bóvedas siguiendo el sistema de curvas de nivel utilizado en las cartografías de territorio.
Como es conocido, la revolución informática transformó en analíticos los sistemas de cálculo fotogramétrico aprovechando toda la capacidad tridimensional de su ecuación.
Paralelamente, el desarrollo de los programas de dibujo asistido por ordenador (CAD) ha permitido registrar en tiempo real el resultado tridimensional de la restitución y obtener múltiples proyecciones planas -en la pantalla o sobre papel-del modelo restituido.
El registro en los sistemas de CAD permite también, mediante un apoyo topográfico adecuado, establecer un sistema de coordenadas único y situar -en un sólo dibujo-cada elemento restituido en su posición real en el espacio.
De este modo, podremos ir «construyendo» la maqueta virtual del edificio a medida que vayamos insertando los resultados de la restitución hasta completar la totalidad de las superficies que componen su estructura.
El resultado es en realidad un modelo matemático; una suma muy elevada de coordenadas en el espacio unidas por líneas que reproducen la posición exacta de los puntos y las líneas restituidas de la realidad y que contiene toda la información métrica del edificio.
Esta maqueta es la que visualiza el programa de CAD en la pantalla, una vez que se han definido los elementos de la proyección (sistema de representación, vértice y plano de la proyección).
De la combinación de estos valores, resultan múltiples visualizaciones del modelo elegido, lo que permite seleccionar la más adecuada al problema que tengamos que resolver.
Para obtener un modelo 3D -como por abreviar lo vamos a llamar en adelante-completo por fotogrametría de un monumento es necesario fotografiar, apoyar topográficamente y restituir todas las superficies que son visibles en el mismo.
Lógicamente, esto nos obliga a multiplicar exponencialmente el número de m2 de superficies del edificio sobre las que tenemos que trabajar, ya que es necesario incluir todas las superficies menores, laterales o secundarias que antes eran excluidas en los trabajos habituales de fotogrametría analógica.
En estos trabajos, únicamente se dibujaban las superficies que aparecían en los alzados y las secciones principales del edificio y sólo en la orientación del plano representado.
La restitución que se obtiene de la compleja realidad tridimensional es, como sabemos, un conjunto de polilíne-as 3D en el espacio que no forman superficies y, por tanto, son transparentes.
Esta circunstancia impide que las superficies que se encuentran en primer plano oculten en las proyecciones las líneas que componen la restitución de las superficies que se encuentran en planos más profundos.
Este problema provoca que se produzca la superposición de numerosas líneas en las visualizaciones especialmente complejas del modelo, lo que dificulta su comprensión y su utilidad.
Por último, la creación de estos modelos 3D supone la generación de archivos informáticos muy grandes en términos de memoria, lo que dificulta también enormemente su manipulación y operatividad.
DESCOMPOSICIÓN Y ORGANIZACIÓN DEL
MODELO 3D Para resolver los problemas que provocaban el tamaño de los archivos informáticos y la transparencia de los modelos de líneas, nos dimos cuenta de que era necesario fragmentarlos y descomponerlos en unidades más pequeñas.
Esta división del modelo era viable porque estaba todo dibujado en un único sistema de coordenadas, lo que permitía recomponerlo insertando los dibujos unos en otros.
Esta característica nos permitía incorporar a la visualización con la que trabajábamos únicamente los archivos que contenían de los miembros: pilares, arcos, muros, bóvedas, arbotantes, estribos, etc. (figs. 1, 2); la planta, en cuadrantes correspondientes a los ejes de la estructura, a los que nombraremos con claves cartesianas de letras y números (en la girola y el presbiterio, la configuración radial nos obligará a un sistema de coordenadas adaptado, anómalo) (figs. 4, 5).
La combinación de la clave «tipológica», de función constructiva, con la «topológica», de situación en planta, nos dará claves únicas de designación de cada miembro, a los que hemos llamado «unidades constructivas».
La discriminación de qué piedras pertenecen a cada elemento cuando se encuentran imbricados como las pilastras y los muros se hace estableciendo una jerarquía «estructural» de los miembros, en cierto modo ficticia, que establece que la pilastra es más resistente -o conduce más carga-que el muro.
Esta descomposición conduce -en el caso de la Catedral de Vitoria a la que luego nos referiremos-a un modelo formado por más de 1500 archivos de dibujo con nombres distintos que se forman a partir de las claves tipológicas y topológicas del elemento (fig. 3, 6).
Para facilitar la localización de un archivo dentro de esta colección la hemos dividido primero en dos, según pertenezca la unidad constructiva a la estructura interior o exterior del edificio.
La búsqueda de una unidad concreta puede realizarse sim-plemente tecleando el nombre de su archivo (fig. 6).
Sin embargo para facilitar esta búsqueda hemos desarrollado un pequeño programa de gestión de los archivos que nos permite reconstruir la clave de designación de la unidad constructiva a partir de la claves tipológicas y topológicas.
Para permitir también una búsqueda gráfica de estas unidades hemos desarrollado un modelo simplificado de referencia del monumento que contiene una «línea guía» por cada unidad constructiva.
Lo llamamos «plano-guía» porque es como un índice gráfico de lo que contiene el modelo, en el que cada línea tiene el mismo nombre que la unidad a la que representa.
Para el manejo del modelo a través del plano-guía hemos programado un menú de órdenes llamado «catedral».
Sobre el plano-guía podremos designar con el modo de captura gráfica las líneas guías que representan a los elementos que queremos recuperar.
Éstos aparecerán importados en su posición en el espacio, dando lugar a un modelo detallado de una parte del edificio (figs. 10,11,12,13).
Finalmente, las líneas que componen cada uno de estos archivos se estructuran separándolas en capas de dibujo.
Esta separación se produce entrecruzando dos niveles de problemas que multiplican el número de estas capas.
En primer lugar, realizamos una separación de las líneas por orientaciones geográficas (N, NE, E, SE, S, SW, W, NW); en segundo lugar, la separación se produce por la categoría tipológica de la línea (arista, contorno, fisura, pintura, etc.) y que tiene que ver con el nivel de detalle con el que se dibuja el elemento.
Un dibujo, en los que hemos descompuesto el modelo, tendrá tantas capas como orientaciones y categorías tengan las líneas dibujadas; de este modo, podrá existir una capa arista norte o contorno norte, etc. Esta segunda fragmentación del modelo nos permitirá construir dibujos con un nivel de detalle concreto (solo aristas o aristas y contornos, etc.) y en los que únicamente se visualicen las líneas correspondientes a una orientación o varias orientaciones concretas según estemos representando un alzado o una perspectiva (figs. 7, 8, 9).
APLICACIONES Y EXPLOTACIÓN DEL MODELO 3D
Para explicar las aplicaciones que pueden desarrollarse en el trabajo habitual de restauración arquitectónica con un modelo 3D hemos preferido exponer nuestro trabajo en la Catedral de Santa María de Vitora-Gasteiz.
En este trabajo, promovido por la Diputación Foral de Álava y la Fundación Catedral Santa María, en el País Vasco, además de realizar con fotogrametría el modelo 3D del edificio, somos los arquitectos responsables de su restauración, lo que nos ha permitido investigar el desarrollo de un modelo de estas características y explotar personalmente sus aplicaciones.
La Catedral de Vitoria es un edificio con una vida agitada, lleno de prótesis y con un estado de deformaciones en su estructura en el límite de lo que razonablemente podemos considerar aceptable.
De hecho, el arranque del trabajo de restauración y de toda la investigación realizada se produce por el «miedo» que provocan las deformaciones que sufre el edificio.
No entraremos aquí a justificar si esta estructura es estable o no, sino en mostrar como primera aplicación el estudio de esas deformidades.
En efecto, el modelo nos ha permitido, no sólo medir la deformación de cada miembro -cosa que se podría hacer arco por arco-(figs. 17, 21) sino, sobre todo, comparar unos arcos con otros dentro del mismo sistema de coordenadas, definiendo las relaciones tridimensionales que se producen entre ellos: los alabeos de los planos intermedios, las pérdidas de curvatura de las ojivas y plementos, etc. (fig. 14).
El modelo 3D nos permite insertar, en un nuevo dibujo, los arcos, ojivas y pilastras de una parte o toda la Catedral, o, alternativamente, los muros y plementos que cierran el espacio entre esos elementos lineales (figs. 7,15,16).
Podemos también comparar medidas reales de un modo que ni siquiera es posible sobre el propio edificio, porque en éste los muros no son transparentes ni traspasables con una cinta métrica.
Por supuesto, el modelo 3D nos va a permitir agrupar los elementos constructivos que componen una fachada o los volúmenes de una zona concreta del mismo como la torre, la capilla, la nave, etc. o, simplemente, reunir todos los elementos para tener una visión perspectiva del conjunto.
Como quiera, que a pesar de aumentar el número de dibujos y la complejidad del modelo 3D no hemos renunciado a la clasificación de menor rango de las líneas con capas y colores correspondientes a las orientaciones y los tipos de línea -juntas, fisuras, aristas, contornos aparentes, etc.-, podemos obtener alzados o secciones sin más que importar los elementos adecuados y activar las capas visibles.
Puesto que el modelo es tridimensional y las herramientas de dibujo asistido lo permiten, lo miraremos desde cualquier punto de vista y proyectaremos la visión seleccionada sobre un plano.
De este modo, tendremos un producto subsidiario del modelo 3D que son los planos de arquitectura 2D convencionales de alzados, secciones o perspectivas, producto cuya utilidad y facilidad de manejo todos conocemos y que permite desarrollar con más comodidad los planos del proyecto de restauración (figs. 18, 19).
Pero con este sistema también podremos obtener secciones «no convencionales», imposibles de obtener si no disponemos de un modelo 3D completo, superponiendo elementos constructivos de dife-rentes planos para estudiar su relación o proyectando elementos diagonales a la estructura general del edifico por un plano paralelo a su desarrollo (fig. 21).
Para estudiar el apeo que necesitábamos construir sobre el contrafuerte diagonal de la esquina noreste del transepto y estudiar su relación con el arco ojivo (diagonal) que acomete sobre él, realizamos un alzado-sección por el plano diagonal (fig. 20).
Además de dibujar las líneas de arista de la arquitectura, en este modelo 3D hemos representado también los contornos de cada uno de los materiales visibles en las superficies del mismo.
Este trabajo constituye por si solo un análisis constructivo inestimable (figs. 15, 16, 19).
Pero además, este modo de representar el edificio permite individualizar e identificar cada material y asignarle un valor específico diferente, mediante tramas o colores.
Por ejemplo, de nada nos sirve que reconozcamos 17 litologías diferentes en los muros de la Catedral si no podemos saber cual es la litología específica de cada sillar o mampuesto existente (fig. 25).
Tampoco nos sirve de nada que definamos las patologías que sufren estos materiales si no podemos establecer su distribución concreta en los alzados.
Esta representación individualizada de los materiales permite también situar con precisión la posición y colocación de los equipos de monitorización o el punto de extracción de determina-das muestras para ensayos de laboratorio concretos.
Sobre estos alzados constructivos es muy fácil también documentar con precisión el desarrollo de las fisuras existentes y realizar un mapa de las lesiones estructurales (fig. 22).
Finalmente, esta representación de los materiales nos ha permitido realizar el análisis arqueológico de la arquitectura de la Catedral asignando a cada material una USM (unidad estratigráfica de muro) concreta y, por tanto, un periodo histórico de colocación en el edificio (fig. 23).
Para terminar, diremos que esta herramienta, con todo su poder gráfico, resulta coja sin el concurso de un sistema de almacenamiento de la información obtenida con los estudios del edificio.
No nos basta con un estudio cualitativo de los materiales y sus condiciones de conservación, sino que necesitamos su estimación cuantitativa a través de planos temáticos (figs. 23, 25) El Sistema de Información del Monumento MIS (Monument Information System), al que ya nos hemos referido en el punto segundo, establece una relación informática entre los valores y características obtenidas en los estudios (base de datos) y unos valores topológicos definidos por el contorno gráfico con el que hemos representado cada uno de los materiales del edificio (modelo 3D).
Mediante esta relación se establece un sistema interactivo de consultas de doble vía entre los datos y valores obtenidos y su relación topológica mensurable en el modelo 3D (figs. 23, 24, 25).
Este Sistema de Información de los Monumentos MIS (Monument Information System) constituye -por su contenido y configuración-un sistema completo de documentación de un monumento.
Pero además, por su condición de sistema abierto, permite su manipulación y utilización en los procesos de proyecto y su revisión y actualización durante el desarrollo de la obra, lo que lo convierte en una herramienta de valor inestimable en la disciplina de la restauración de monumentos.
LEANDRO CÁMARA, PABLO LATORRE |
A partir de la necesidad de restaurar y presentar una propuesta de conservación para uno de los inmuebles más emblemáticos de la capital jiennense, se descubre lo que, a juicio de los investigadores, son los últimos restos de los «antiguos palacios árabes», y a través de un estudio combinado de estratigrafía muraria, intervención arqueológica y el estudio de las fuentes documentales, se ha podido constatar la secuencia histórica del edificio que es sede del Archivo Histórico Provincial, localizado en una de las zonas de más relevancia histórica de la ciudad.
La ocupación documentada abarca desde niveles romanos, almohades, siendo más tarde palacio real, convento, universidad
El estudio que a continuación se presenta es, a nuestro parecer, de un gran interés, ya que ha permitido documentar arqueológicamente una historia compleja y continuada en la ocupación del emplazamiento donde se levanta actualmente uno de los edificios más significativos de la capital jiennense, que queda como ejemplo de la historia viva de la evolución urbana de la ciudad.
La estructuración de este artículo ha intentado ser lo más fiel posible al póster que con el mismo título y con la misma temática fue presentado en Seminario Internacional sobre Arqueología de la Arquitectura, celebrado en Vitoria-Gasteiz en Febrero de 2002.
Con fecha de dos de Mayo de 1995 la Delegación Provincial de Cultura en Jaén de la Junta de Andalucía expone una primera propuesta de intervención en el Archivo Histórico Provincial de Jaén a efectos de la realización de obras de conservación y, en concreto, la eliminación de las humedades existentes en el muro colindante con la calle Santo Domingo.
Siendo ésta una de las actuaciones a realizar dentro de un total de cinco previstas para esa fase según el proyecto del arquitecto encargado del mismo, D. Pedro Salmerón Mallol.
Así, en Abril de 2001 comienzan las obras centradas en los siguientes puntos: la eliminación de humedades en el muro colindante con la calle Santo Domingo, el saneamiento de la solería del claustro y el tratamiento del muro de la sala de lectura y de conferencias del Archivo.
Nosotros, debido a la finalidad de este estudio, vamos a centrarnos en las dos primeras.
Las manchas de humedad aparecían de forma continuada y extendida a lo largo de toda la longitud del muro y no se observaba que arrancaran claramente de la base sino que, más bien, se generalizaba su aparición de arriba abajo, desde el borde de los arcos o bien desde las zonas centrales.
Existían disgregaciones de mortero y apulgaramiento y abombamiento del revoco.
El origen era diverso: lluvia, capilaridad por nivel freático, capilaridad ascendente simple y humedades del terreno debido a roturas con presión.
Así, la actuación proponía el picado del muro hasta descubrir la fábrica original en toda su altura (hasta el arranque de las bóvedas, aproximadamente una altura de +3,85 m y que coincide con el nivel de la calle Santo Domingo).
Posteriormente se regularizaría y trataría la superficie para atajar esas humedades.
Tras la eliminación del estuco y enlucido que cubría el muro, se observó, que frente a lo cabría esperar como fábrica original realizada a partir una sillería regular a soga y trabada con argamasa, aparecían dos cajones de tapial además de múltiples arreglos y reparaciones e, incluso, roturas en el muro para encajar tuberías modernas.
Si tenemos en cuenta el edificio donde se emplaza el Archivo Histórico Provincial entenderemos la importancia de este estudio, especialmente si atendemos a su conjunto, a la sucesión de la secuencia estratigráfica y a sus relaciones físicas e históricas.
Según Madoz (1849) «...el Convento [localizado donde hoy se encuentra el Archivo Histórico] se fundó en 1382 con el título de Santa Catalina, mártir, y orden de Predicadores.
Fue cedido con este objeto por el Rey D. Juan I, de quien fue palacio, adquirido a los reyes moros, a quienes perteneció.
La iglesia es de planta rectangular. (...).
El patio del convento es cuadrado y espacioso, obra del maestro que hizo la fachada de la catedral: está cerrado por un ancho claustro, sostenido por 28 arcos y 60 columnas toscanas pareadas y a tres en los ángulos(...).
En el centro del patio hay una fuente de agua abundante.
Tuvo escuelas de filosofía y teología y honores de Universidad por concesión del Papa Paulo III...[siglo XVI]».
Tras esta fecha fue objeto de restauración bajo la dirección de D. Luis Bérges Roldán para convertirse en sede del Archivo Histórico Provincial.
El estudio arqueológico se realizó cubriendo dos vertientes: el estudio murario del muro sur del claustro, colindante con la calle Santo Domingo y la realización de dos catas o sondeos arqueológicos que nos permitieran conocer la secuencia estratigráfica del claustro así como confirmar y/o contrastar los resultados del estudio murario y del estudio documental realizado en torno a la historia del edificio.
Así, en lo referente al estudio murario y puesto que el muro sur se encontraba tan alterado, se consideró que lo principal era aclarar el comportamiento de las diferentes estructuras documentadas, a cuya definición nos ayudó especialmente el estudio de las diferentes técnicas constructivas ya que sus diferencias eran más que patentes.
Fase I: Se corresponde con los dos cajones de tapial hormigonados documentados, en el interior aparece una mampostería con enfoscado en vitolas, mientras que la cara externa aparece lisa y ausente de mampuestos.
Tapial de color rojizo, donde aparecen fragmentos de cerámica, grava, cales,...
Adscrito a una cronología almohade y reutilizado, posiblemente debido a su gran consistencia.
Fase II: Representada por una fábrica de sillares a soga de gran tamaño trabados con mortero.
Consideramos que reflejan las grandes reformas que se realizaron tras la cesión del edificio por parte de Juan I para que fuera construido en él el Convento de Santa Catalina.
Fase III: Es quizás la más compleja y podría subdividirse en varias subetapas pero la falta de datos más concretos no nos permite ajustar estas divisiones.
Cronológicamente la englobamos entre el siglo XIX y XX.
Sabemos que cuando el inmueble fue declarado hospicio de hombres (1847) sufrió una gran reforma, pero en esta fase se documentan multitud de reformas, reparaciones y daños a elementos primitivos del muro (especialmente a la altura del segundo cajón de tapial, que queda más próximo a la cota de suelo del claustro) debido al acondicionamiento del edificio a sus nuevos usos (apertura para bajadas de tuberías, cableado, etc).
Es decir, es una fase donde se han estudiado las alteraciones y daños realizados a fases y elementos constructivos anteriores para la adecuación a un nuevo uso del inmueble.
En lo referente a los sondeos arqueológicos (dos sondeos de 2 ¥ 2 m y ampliados posteriormente) y donde se pretendía documentar la potencia del muro sur así como su sistema de cimentación.
El muro sur quedaba colgado a escasa altura, es decir, el cajón de tapial terminaba a la misma altura que el suelo de cal grasa y adscrito al período en que el edificio era el Convento de Santa Catalina (siglos XIV y XV).
Esta escasa potencia se explica por el hecho de que, como se ha documentado en la intervención, no existe una colmatación de niveles uno encima del otro, es decir, debido a la diferencia de cota con la calle (-2,94 m) la ocupación en el tiempo se ha resuelto arrasando el nivel anterior, por lo que, en aproximadamente 0,5m, documentamos una serie de niveles que posiblemente se correspondan con el último siglo pero que ocupan el espacio físico de otros anteriores y eliminados a priori.
Parece ser ésta una práctica continuada a lo largo de la historia del edificio.
La cimentación del muro se realizó sobre una base de ladrillos (de altura variable y adaptada a la orografía del terreno) asentada sobre un estrato o paquete de colmatación de estructuras anteriores (niveles romanos) y que utilizan como zapata.
Esta ocupación romana (fase I) está definida por una preparación de opus caementicium que aislaba y protegía de la humedad de esta zona (el nivel freático se localiza a esta cota), sobre el cual se documentaron los restos de la cimentación de un muro (expoliado), asociado a un pavimento de empedrado.
El nivel de colmatación de dichas estructuras puede ser tanto de cronología tardorromana como alto medieval, fue reutilizado en época islámica (siglos XI-XII), claramente vinculado a la construcción de los cajones de tapial que aparecieron en el muro sur (fase II).
Una tercera fase en la que se detectan tanto restos de muros, que podían corresponder con antiguas habitaciones del Convento de Santa Catalina, como un vaciado de toda la estratigrafía preexistente, hasta los niveles romanos, para su utilización como enterramientos de monjes.
Aunque hay varios tipos: algunas en las que se recogen clavos que evidencian la existencia de un ataúd y otros enterrados directamente en el opus caementicium de los niveles romanos y en los que se ha documentado una reutilización de las fosas (con el amontonamiento de los restos óseos a los pies).
Este inmueble, levantado, según se documenta en las fuentes, sobre el antiguo emplazamiento de los palacios árabes (MADOZ, 1849) se constituye, pues, como una de las más nobles y antiguas fundaciones jiennenses.
Según el historiador de la Orden Fray Juan López, obispo de Monópolis (en su Historia de la Orden de Santo Domingo, 3.a parte, libro 2.o, capítulo 85), el asentamiento tuvo lugar en los palacios musulmanes, teóricamente localizados cerca de los baños árabes de la placeta de Santa Luisa de Marillac (actualmente conocidos como Baños Árabes del Palacio de Villadompardo): «De este palacio de los reyes moros, que en un principio sería morada del gobernador o wali de la cora de Jaén, nada ha quedado.
Cuando fue cedido a los dominicos debió sufrir numerosas obras de adaptación y derribos para construir la primitiva iglesia ojival dedicada a Santa Catalina.
No obstante, aún quedaban en el siglo XVI edificaciones árabes.
Pero la gran obra renacen- tista que se hizo, acabó con todo lo visible.
Y si algo quedó, permanece tan disimulado, que, como en el patio de la Iglesia de la Magdalena, sería preciso una investigación para descubrirlo» (ORTEGA SAGRISTA, 1967).
A principios del siglo XI se produce la destrucción violenta de algunos de los edificios excavados en Marroquíes Bajos (zona actual de expansión de la ciudad de Jaén, localizada al norte, y en la se ha llevado a cabo una gran actividad arqueológica debido a la ocupación constante de ese territorio desde la Edad del Bronce).
Al tiempo que desaparece este arrabal, el recinto amurallado crece notablemente, en un proceso general a todo al-Andalus.
La profunda inseguridad que se produce tras la caída del califato y los deseos de los nuevos dirigentes de controlar más a la población conduce a su concentración tras las murallas.
En Jaén, además de la ampliación del recinto amurallado, la gran conducción de agua que partía desde la Magdalena (localizada en la parte alta de la ciudad, intramuros) se prolonga considerablemente y se construyen varios ramales menores que llevan el agua a la parte baja de la ciudad.
Esta ampliación se justifica por el crecimiento del caserío y por la multiplicación de edificios públicos que necesitan mucha agua y de los que, en esta ciudad, se construyeron varios, como baños, mezquitas, así como el palacio o palacios de los sucesivos gobernadores que controlaron la ciudad.
En la segunda mitad del siglo XII las construcciones de la ciudad alcanzan el extremo sur del recinto amurallado, donde los almohades levantarán una nueva mezquita aljama, que, al menos, triplicó el volumen de la anterior.
Con todo esto, se quiere concluir que consideramos que nos encontramos ante los últimos restos de los «palacios árabes» localizados, según las fuentes y según ciertos indicios de intervenciones anteriores en solares adyacentes, en esta manzana.
Igualmente, si atendemos a la técnica utilizada, el tapial, empleando un mortero de gran dureza y bastante cal, que se dispone sobre una base o zócalo de mampostería de diverso tamaño.
A este mortero de argamasa se le añaden fragmentos de ladrillo triturado, obteniéndose así una variación del conocido opus caementicium de tradición romana.
Sobre este muro de tapial hormigonado con una base de ladrillos que salva las diferencias de la orografía del terreno, continúa el muro pero con sillares colocados a soga y trabados con mortero, configurando una fábrica de bastante entidad.
Consideramos que a ella corresponde la estructura que se levantó cuando el edificio se convirtió en el Convento de Santa Catalina Mártir.
La mayor parte de la estructura del edificio se corresponde con este período, manteniéndose aunque perdiendo habitaciones y espacios propios de un convento (cocinas, etc.) y conservando otros (patios, claustro).
Durante el siglo XVI, época de su máximo esplendor, tras su laicización gracias al apoyo económico y moral dado por Juan Cerezo, y, sobre todo, gracias a una bula de Paulo III (1534-1549), se convirtió en Universidad.
Sin embargo, Baeza se considera con más derechos a usar el título de Universidad, resolviéndose el pleito a favor de esta última.
Durante la ocupación de Jaén por los franceses a principios del siglo XIX, este edificio fue objeto de una gran destrucción ya que en esta plaza se hicieron fuertes los patriotas.
Tras la desamortización, pasó a manos de la Diputación Provincial, que lo convirtió en Hospicio para Hombres, en 1847, realizando profundas reformas, abandonándose en 1970.
Tras esta fecha fue objeto de una restauración profunda para convertirlo en sede del Archivo Histórico Provincial.
En este período encuadramos todas las reformas y arreglos que se detectaron en la parte inferior del muro sur.
Cronológicamente, se observan distintas etapas de actuación, aunque consideramos que la mayoría de ellas, si no la totalidad, deben responder a intervenciones realizadas entre 1920 y 1980, etapa en la que debido a las necesidades crecientes, se acondicionaría este edificio ya que se mantenía en uso.
Nos referimos a infraestructuras como canalizaciones y cableado.
Así, vemos, que gracias a una actuación interdisciplinar, se ha podido documentar de forma científica la lectura histórica de este inmueble y corroborar hipótesis anteriores sobre la evolución urbana de la ciudad de Jaén a través de uno de sus edificios más singulares. |
Abordamos la arquitectura como uno de los aspectos de una cultura en la que de manera más directa una sociedad imprime su manera de estar en el mundo, cómo quiere que sea y cómo lo modifica para crear un entorno acorde con su pensamiento.
Por lo tanto, partiendo de que la arquitectura es un producto social, el análisis de una construcción según su propia lógica nos debe permitir acceder de alguna manera a ese pensamiento, del que no tenemos otras evidencias en sociedades de las que no tenemos individuos vivos o textos escritos que la forma en que lo construyeron, cómo lo configuran formalmente.
Así, explicaremos las bases teóricas y metodológicas de esta perspectiva y cómo es posible acceder al código espacial de una sociedad a través de ella.
UN PROGRAMA DE INVESTIGACIÓN
ARQUEOLÓGICA SOBRE EL PENSAMIENTO Presentamos un modo de analizar el registro arquitectónico cuyo fin último es acceder a la racionalidad de las sociedades que han construido y el significado los espacios construidos.
La perspectiva que se ha asumido como punto de partida se inscribe dentro de la estrategia de investigación desarrollada por el Laboratorio de Arqueoloxía del Instituto de Estudios Galegos Padre Sarmiento (CSIC-XuGa) vertebrada en torno a la Arqueología del Paisaje, un programa de investigación de raigambre estructuralista que incide en la espacialidad de las sociedades pretéritas que analiza, entendiendo que el espacio (la forma de configurarlo, de construirlo) es uno de los aspectos en los que una comunidad mejor se reproduce, se representa a sí misma (CRIADO, 1999, 2002, MAÑANA et alii., 2002) y por lo tanto, su análisis nos ha de permitir acceder de alguna manera a cómo era esta sociedad.
Por lo tanto, el objetivo primordial es analizar, reconstruir e interpretar los paisajes arqueológicos a partir de los elementos que los concretan, es decir, analizar de manera integral los procesos y formas de culturización del espacio a lo largo de la historia, comprendidos como entidades espaciales y fenómenos sociales y no como hechos aislados.
Se parte de que las actividades que tienen lugar en relación con el espacio, están organizadas de forma coherente con la representación ideal del mundo que tiene el grupo social que las realiza, es decir, que en el proceso de construcción de los espacios intervienen no sólo los dispositivos mecánicos (físicos) sino que incluyen también los dispositivos conceptuales (que definen, articulan y nombran), necesarios para poder llevar a cabo la «humanización» de un espacio.
Analizando estos dispositivos mecánicos (las formas), su configuración, los cambios según el distinto tipo de sociedad, etc., se debería poder llegar a acceder en cierta medida a los dispositivos conceptuales que los han generado, en definitiva, a su patrón de racionalidad (CRIADO, 1999: 10).
Entendemos además que los hechos formales que definen una sociedad se pueden modelizar tras un proceso de deconstrucción, en el que se trata de describir al elemento formal por sus propios parámetros, sin introducir un sentido extraño (el del arqueólogo) a él.
Es una práctica arqueológica que entiende que todas las representaciones de una sociedad, incluida las acciones a nivel individual, dependen de una estructura subyacente, de una misma racionalidad, que permite a todas esas distintas acciones existir.
Así, cualquier acción con evidencias materiales (que son de las que queda registro arqueológico), incluso si ésta no es hecha de manera intencional, es ante todo un valor cultural, o sea, es ante todo una acción que no sería viable si no estuviera dentro de los límites que marca esa racionalidad: lo que se identifica en el registro arqueológico es ante todo una materialización del pensamiento, construcciones en las que una sociedad produce y reproduce su realidad (CRIADO 1999(CRIADO, 2002)).
Esta es una concepción que dimana de Foucault, en el que se identifican varias derivaciones útiles para la Arqueología (CRIADO, 1993): espacio, pensamiento y sociedad están íntimamente ligados, siendo la construcción del espacio una parte fundamental de la construcción de la realidad de un determinado sistema de saber-poder.
Es importante reconocer que el espacio no es un escenario estático, ya dado, sino que se constituye como una construcción social, imaginaria, en movimiento y enraizada en la cultura, hallándose en estrecha relación pensamiento, organización social, subsistencia, y concepción y uso del espacio.
La investigación parte del presupuesto teórico de la multidimensionalidad del paisaje/espacio, por la cual el paisaje / espacio construido se encuentra constituido por tres dimensiones o niveles distintos (CRIADO, 1996a(CRIADO,: 17, 1999: 6): 6):
-El espacio en cuanto entorno físico o matriz medioambiental sobre la que los hombres realizan sus actividades.
-El espacio en cuanto entorno social o medio construido por el ser humano, en el que se producen las relaciones entre individuos y grupos.
-El espacio en cuanto entorno pensado o medio simbólico que ofrece la base para comprender la apropiación humana de la naturaleza.
De acuerdo con este marco teórico y conceptual, la Arqueología del Paisaje prioriza el estudio del espacio, analizado y pensado a través del registro empírico, pero a diferencia de la Arqueología Espacial, integrando en este estudio la parte imaginaria-simbólica del mismo, es decir, intenta elaborar modelos de interrelaciones entre los tres tipos de espacios definidos y articular el análisis complementario de estas tres dimensiones del espacio, tratando de no centrarse en una de ellas como representación de la globalidad de la concepción espacial.
Esta definición previa al desarrollo de las técnicas analíticas, implica la necesidad de que el análisis arqueológico se deba aplicar en los distintos ámbitos en los que un fenómeno cultural se significa, en sus diferentes dimensiones: económica (subsistencia, explotación de los recursos), social (emplazamiento, monumentalidad, territorialidad) y simbólica, dimensiones que se reflejan en cada uno de los productos materiales de una formación social (hábitat, arquitectura, arte, cerámica,...).
Cada uno de estos ámbitos está determinado por códigos espaciales compatibles y semejantes entre sí, presentando relaciones de compatibilidad y configurando una regularidad espacial, ya que obedecen a de los presupuestos básicos de la Arqueología del Paisaje que ahonda en este punto es que todo lo visible es simbólico (CRIADO, 1993(CRIADO,, 1999)); se plantea que forma parte de una racionalidad «una voluntad de hacer que los procesos sociales y/o sus resultados sean más o menos visibles o invisibles a nivel social y que esto es así porque las condiciones de visibilidad de los resultados de la acción social son de hecho la objetificación de la concepción espacial vigente dentro del contexto cultural en el que se desarrolla esa acción» (CRIADO, 1993:42-3).
Esta voluntad de visibilidad puede ser tanto consciente y explícita como implícita e incluso inconsciente: es la racionalidad de un grupo social la que determina qué rasgos de ese grupo serán visibles.
Sobre esta base teórica y metódica, se articulan las herramientas metodológicas que nos permiten construir conocimiento nuevo, tratando con ello de acceder al sentido original de los espacios construidos.
El objetivo en este análisis, de base estructuralista, es buscar las regularidades formales que definen un fenómeno o sociedad.
La herramienta metodológica primordial de esta propuesta es el análisis formal.
Aporta un procedimiento analítico que permite (1.o) desconstruir y (2.o) describir los fenómenos considerados, sin introducir un sentido extraño a ellos.
Ésta es una técnica fundamental en esta metodología y un objetivo en sí mismo, porque cuando tiene éxito, describe el objeto de estudio desde sí mismo, eliminándose factores más subjetivos que cambian el significado de lo estudiado.
La deconstrucción implica la descomposición del espacio social en los niveles que lo constituyen, con el fin de identificar cuáles son los elementos básicos que lo conforman y descubrir su morfología y configuración interna, tratando de evitar que el estudio reproduzca los rasgos del horizonte de racionalidad del estudioso.
Con este tipo de análisis se pretende llegar a una descripción a partir de la lógica interna de los espacios construidos, un estudio desde dentro, y con ello establecer la forma básica o patrón formal invariante que se manifiesta en dicha construcción y a partir de él definir un Modelo Concreto Hipotético (MCH) de la organización espacial de esa construcción.
Este sería el primer nivel de análisis de un fenómeno, en el que se obtiene un modelo del que hay que comprobar su validez, lo cual es posible hacer mediante su comparación con otros modelos, tanto sincrónicos como diacrónicos (CRIADO, 1999(CRIADO,, 2002)).
Para llevar a cabo este análisis se debe aplicar un mecanismo de zoom.
Es un modelo metodológico e interpretativo que se basa en la multidimensionalidad del espacio, las distintas escalas en las que se manifiesta una formación socio-cultural, permitiendo observar y comprender los rasgos formales en cada uno de los niveles identificados como «di-ferentes objetivaciones de los mismos principios o códigos estructurales que dan lugar a su/una regularidad espacial manifestada en la existencia de relaciones de compatibilidad entre los diferentes niveles y códigos espaciales» (CRIADO, 1999: 10).
Pero toda esta práctica no debe caer en saco roto, sino que debe servir como herramienta para una mejor gestión del patrimonio construido, una respuesta ante las demandas planteadas por nuestra sociedad ante la existencia del registro arquitectónico, una vía por la cual, partiendo de la investigación básica, sea posible facilitar la comprensión e interpretación del pasado, desacralizando la ruina arqueológica, el edificio histórico.
La investigación básica debe ser el punto de partida de un proceso que culmina en la puesta en valor y divulgación del Patrimonio construido, pero ésta no se debe reducir a una mera práctica interpretativa, sino que ha de actuar como una técnica que por un lado, se adapta y responde a los problemas planteados por la existencia del Patrimonio (p.e. definir objetivos de restauración), y por otro, genera conocimiento que revierte en la propia sociedad (definir discurso explicativo del contexto social original de la construcción).
A este respecto, se comparte una estrategia de investigación concreta que defiende la superación de esta falsa dicotomía entre investigación y gestión mediante la articulación de proyectos planteados como programas de Gestión Integral del Patrimonio, en los que el conocimiento generado por la disciplina arqueológica revierta en la sociedad mediante su revalorización y divulgación, en transformar el patrimonio en un recurso cultural (CRIADO, 1996a(CRIADO,, 1996b;;CRIADO, GONZÁLEZ, 1994, GONZÁLEZ, 1996).
DE LA EXTRACCIÓN DEL MODELO AL SENTIDO
MEGALÍTICO El programa de investigación propuesto se basa en la comparación de distintos modelos que, o bien se extraen del estudio de varios casos y varias dimensiones de un misma formación sociocultural, o de la comparación de modelos de distintas sociedades.
Es un programa amplio y ambicioso, pues implica el estudio en singular de distintos ámbitos de un mismo fenómeno, y para ampliar el nivel de contrastación, incluso de otros fenómenos distintos.
Por lo tanto, lo que aquí se presenta es un valoración de distintos modelos extraídos de estudios parciales, que no independientes, y que cobran auténtica significación cuando se llega a este nivel de análisis.
Se trata de presentar cómo un mismo concepto de espacialidad subyace a la organización espacial de distintas dimensiones del megalitismo, cómo es posible compararlos y advertir que bajo sus múltiples manifestaciones todo parece responder a una misma idea.
A partir de los distintos niveles de articulación del fenómeno megalítico, de sus distintas dimensiones espaciales, se comparan los modelos identificados en el ámbito arquitectónico funerario y en el ámbito del emplazamiento de estas primeras construcciones monumentales de la fachada atlántica europea.
Con todo, un mayor nivel de comprobación de las hipótesis aquí presentadas se obtendría con la comparación de los modelos obtenidos del resto de evidencias formales del período, como la relacionada con los espacios de habitación, con la distribución de las representaciones gráficas en el interior de la cámara o en la superficie de un cacharro, etc.
Tras el análisis formal y perceptivo de un determinado aspecto del fenómeno (en este caso un túmulo), la primera fase del método pasa por identificar la forma básica de la construcción, el modelo al que responde (el Modelo Concreto Hipotético-MCH), en definitiva, la idea de la que ha partido.
En el caso de la mámoa n.o 3 del Alto de San Cosme, el modelo espacial definido por el túmulo (MCH) es el de un espacio de forma circular, cerrado, con un punto central dominante en torno al cual se organiza, y por el cual pasa un eje que divide al túmulo en dos mitades de ca- El otro espacio que se configura en este yacimiento es el central, donde se encuentra la estela, que en sí misma es formalmente disimétrica, ya que mientras una de las caras menores es lisa (la sudeste), la opuesta es rugosa, confirmando el eje de organización del túmulo y del espacio circundante (Figura 2).
Se situaría en posición central dentro de lo que sería el espacio de enterramiento, perpendicular al eje de organización identificado a nivel del túmulo y con cada uno de sus lados disimétricos hacia esas dos mitades.
El método interpretativo propuesto para identificar y validar las regularidades espaciales dentro del fenómeno megalítico debe buscar más ejemplos de configuración espacial, y ya no sólo en lo relativo a este yacimiento o a este tipo de manifestación del megalitismo, sino en relación con todo el fenómeno cultural.
Así, cogiendo como ejemplo la configuración del espacio interior de uno de los grandes dólmenes de la provincia de A Coruña, la cámara de Casa dos Mouros, podemos advertir que, a pesar de faltarle al menos una losa de la parte de cabecera, es formalmente disimétrica: la cámara tiene las losas de uno de sus lados dispuestas linealmente, mientras que las del lado opuesto están formando un arco; además, el centro de la cámara no está orientado respecto al eje que marca el corredor, lo que parece marcar cierta intención de no-simetría (figura 2).
Así, siguiendo la disciplina del método interpretativo referida en este texto (CRIADO, 1999), se ha analizado en primer lugar un ámbito específico del tema propuesto en sus diferentes escalas, que en este caso ha sido la arquitectura del túmulo.
Conviene no sólo analizar el resultado final, sino el proceso constructivo o cadena tecnológicooperativa 4 que da lugar a él.
Esta aproximación permitirá identificar las diferentes opciones constructivas y compro-bar hasta qué punto están determinadas por el modelo espacial subyacente, por imperativo constructivo o por razones funcionales 5.
Así, en el caso del túmulo n.o 5 de Forno dos Mouros (Ortigueira, A Coruña) 6, en el que se documentó una cámara en muy buen estado de conservación, se advierte que la disposición de las losas según el tipo de material (cuarzo, pizarra, cuarcita) es formalmente opuesto, combinando losas de características (color-textura) distintas e incluso opuestas (pizarra: oscuro y liso; cuarzo: claro y rugoso): el corredor es exclusivamente de cuarzo; en la cámara, el lado W es de pizarra-cuarcita mientras que en el E predomina el cuarzo-cuarcita; la losa de cabecera, en el fondo de la cámara, de pizarra, se opone a los cuarzos del corredor (Figura 3).
De aquí se deriva el Modelo Concreto Ideal (MCI), que en realidad es la síntesis de los MCHs de cada nivel analizado y que define la regularidad espacial que subyace a los diferentes niveles de la arquitectura megalítica.
En tercer lugar se compara el modelo anterior con el patrón del emplazamiento tumular, aspecto que a priori es el que mejor ilustra las formas de organización del paisaje megalítico.
Se consideran así las distintas escalas de articulación del emplazamiento tumular, desde el rango de detalle al comarcal, su correspondencia con el medio físico y la (2002).
5 No es frecuente todavía aplicar la cadena operativa a la arquitectura.
6 Modelo basado en la excavación realizada en 2001 por la Fundación Federico Maciñeira (Ortigueira-A Coruña); las imágenes se corresponden a un modelo virtual demostrador realizado por Boado Integra., etc (CRIADO, VILLOCH, 1998).
De aquí se desprende el Modelo Genérico Hipotético del espacio megalítico (Figura 4) 7.
En cuarto lugar se compara ese modelo con los esquemas formales derivados de otros ámbitos culturales o fenoménicos; pueden ser: el espacio doméstico, el uso del suelo, la territorialidad y sus formas, o incluso otras zonas distintas.
Las correspondencias entre los diferentes códigos permiten transformar lo «hipotético» en «ideal», definir así el Modelo Genérico Ideal y describir lo que de hecho constituye el código estructural del paisaje monumental, entendido como el modelo ideal que da cuenta del paisaje cultural del contexto considerado y establece las correlaciones formales entre los diferentes niveles o aspectos que comprenden ese fenómeno.
El análisis muestra la recurrencia de un mismo código estructural del espacio en diferentes niveles y ámbitos de la realidad.
Su reaparición en dominios empíricos diferentes, aunque pertenecientes a un mismo contexto cultural, nos muestra la pertinencia de la hipótesis interpretativa.
El hecho en sí de haber aislado esta hipótesis (ie, de forma estricta: haber descubierto que hay buenas razones para creer que la arquitectura megalítica en sus diferentes niveles está organizada en función de una misma estructura espacial) constituye ya una interpretación blanda.
El modelo espacial identificado para este fenómeno se puede definir por la creación de un espacio circular, cerrado, con un punto central dominante, que marca un eje en torno al cual se organiza el espacio en dos mitades disimétricas, estando la mitad sudeste más trabajada, más «humanizada» mientras que la noroeste es mucho más somera, tiene un menor esfuerzo constructivo, identificándose en todo caso una apropiación y significación de elementos naturales, lo que a priori implica una gran comprensión del entorno.
Nos encontramos ante un proceso que se basa en la modificación del entorno, en la que se hace visible y permanente la muerte al construirse monumentalmente un referente de control y manipulación del espacio y del tiempo.
El círculo, la percepción circular que se observa en todos los niveles de análisis, tiene implicaciones de control del entorno, lo que es relacionable con cuestiones propias de la domesticación del entorno.
En los procesos constructivos, en sus características perceptivas y formales, se identifica también el carácter ambiguo de este fenómeno: es disimétrico formal y visualmente, ya que en todos los ámbitos analizados se contraponen una zona más natural, menos humanizado (la noroeste) con otra en la que se concentra la actividad humana, que se configura como menos natural (sudeste).
A nivel constructivo también se reproduce esta intención de ambigüedad, ya que a la vez que se construye, se destruye o se oculta, pero con un proceso que implica la monumentalización de la construcción (la construcción del túmulo supone la ocultación de la cámara, y en muchos casos el cierre para el uso de este espacio de enterramiento).
Para ir más allá en el proceso interpretativo (esto es, para interpretar la hipótesis anterior y descubrir su sentido cultural), disponemos de dos opciones (o más, si fuera posible), que pueden (y deben) ser utilizadas simultáneamente (CRIADO, 1999):
-«leer» la hipótesis estructural desde un patrón de racionalidad que ofrezca un marco contextual de comprensión, -«contrastar» el modelo estructural que hemos desprendido del análisis con el obtenido al estudiar un fenómeno distinto pero relacionado.
Por ejemplo contrastar el modelo del paisaje megalítico de una zona de Galicia con el del paisaje doméstico que le sucede en la misma zona en la Edad del Bronce (CRIADO, 1999): el espacio doméstico, uso del suelo y territorialidad de la Edad del Bronce, la distribución y organización de los petroglifos (arte rupestre al aire libre)...
De este modo, valorando la dinámica de continuidad y discontinuidad en las formas de paisaje, nos preguntamos qué significan las permanencias y los cambios y podemos interpretar el modus operandi y el sentido de las estrategias megalíticas de domesticación del espacio físico y construcción de un paisaje cultural.
Debemos resaltar que el sentido se desprende tanto del hecho de que ese código estructural se mantenga en épocas distintas, como del hecho de resultar contradictorio con el registro de esos otros momentos y apreciamos una historia de continuidades y rupturas, pues se mantiene una misma «arquitectura» general del paisaje y al mismo tiempo se modifica el modelo anterior.
La diferencia más obvia entre ambos momentos es la domesticación efectiva de un paisaje que, en el modelo megalítico, era de carácter fundamentalmente ritual.
En cualquier caso, hemos pasado a una interpretación fuerte.
Ahora bien, hay una diferencia entre definir una regularidad formal en la arquitectura megalítica, comprobar que esa regularidad forma parte del código estructural del megalitismo como paisaje cultural, e interpretar el sentido de ese código (CRIADO, 1999(CRIADO,, 2002)).
Lo primero y lo segundo se consigue mediante una estrategia fundamentalmente formalista (un análisis formal y un método formalizado) sin poner en juego valoraciones subjetivas.
Pero todavía no se ha descubierto el sentido Arqueo-lógico; para ello se debe introducir un principio de inteligibilidad exterior que en nuestro caso optamos por bajarlo desde un modelo de racionalidad antropológico.
Tal y como ya se ha tratado en otros puntos (CRIADO, 1988(CRIADO,, 1989(CRIADO,, 1993)), en el megalitismo se inicia un proceso creciente de domesticación del entorno que no sólo es expresión de una nueva economía y aparato tecnológico, sino ante todo de una nueva relación de la sociedad con la naturaleza, caracterizada por una actitud activa ante ella que se aplica a su transformación sistemática y progresiva.
Esta actitud expresa una fisura radical en el orden de la cultura y se corresponde con la sustitución de un patrón de racionalidad anterior, identificado con el pensamiento salvaje de Lévi-Strauss, por otro que ha sido denominado racionalidad doméstica, que inaugura el proceso de modificación y explotación del espacio físico y se correlaciona con transformaciones paralelas en la sociedad que se corresponden con la modificación y (muy pronto) explotación también del cuerpo social.
Esta nueva forma de estar-en-el-mundo implica no sólo una nueva forma de relacionarse con la naturaleza, sino también de conceptualizar el espacio y el tiempo.
El paisaje social de este momento sería la expresión y materialización práctica de ese universo conceptual.
En concreto, la aparición de la arquitectura monumental sería la representación de esa nueva forma de estar-en-el-mundo.
La arquitectura es una tecnología de construcción del paisaje social que opera la domesticación del mundo físico a través de dispositivos artificiales no sólo introduciendo hitos arquitectónicos en el espacio natural para ordenarlo según referencias culturales, sino también controlando e imponiendo un determinado patrón de percepción del entorno a los individuos, una pauta para experimentar el espacio-tiempo comunitario e individual.
La arquitectura megalítica (a través de todos sus niveles fenoménicos, desde la cámara y el túmulo a la organización de la necrópolis y la distribución de los monumentos en el territorio) construye un modelo de pensar el mundo que es también una forma de habitarlo, de estar en él.
Es un modelo basado en una artificialización que, por ser incipiente, se cierra en círculos de actividad humana rodeados por un entorno silvestre.
El círculo tiene un centro substantivado por lo funerario, la muerte, el más allá; dos mitades opuestas, una hacia naciente (sobre todo al SE) vinculada a la vida y al mundo humano (seguramente también al doméstico)8, y otra hacia poniente relacionada con la naturaleza, lo silvestre, lo salvaje.
La luz desempeña un papel esencial en esta oposición, siendo la mitad de oriente luminosa y blanca, y la mitad opuesta oscura y negra9.
No es imposible pensar que el itinerario norte-sur (el que se corresponde con el eje que divide las dos mitades) fuese en la tierra una ruta procesional10 que reproducía un itinerario en el firmamento de un valor cosmológico que se nos escapa.
Ciertamente se ha pasado de la interpretación débil (constatar la existencia de una regularidad formal) a la interpretación fuerte (reconstruir narrativamente un sentido).
Para interpretar la materialización de un patrón de racionalidad a través de la monumentalidad no sólo debemos fijarnos en quién puede asumir los costes de construir un monumento o a quién beneficia que el grupo lo asuma.
Esto permitiría explicar la función social de un monumento concreto, pero para interpretar su sentido cultural es preciso reconocer que a través de esa estrategia de materialización se expresa una racionalidad cultural concreta que implica, entre otras cosas, una forma específica de construir la realidad social basándose en nuevos conceptos de espacio, tiempo y de interrelación sociedad-naturaleza. |
a partir de diversas propiedades pertenecientes a la infanta Cristina, hija del rey Bermudo II.
Destacan en este cenobio dos fases fundamentales: una medieval marcada por la construcción de la iglesia y un claustro románicos así como por la dependencia de la Congregación de Cluny, y otra fase moderna, ya bajo dependencia de la Congregación de Valladolid, en la que se reedifica el claustro y se organizan dos patios de servicios al Este y al Oeste del mismo.
De forma paralela a las obras del monasterio evolucionó su señorío jurisdiccional y la explotación de sus propiedades fundiarias.
Durante los siglos XIX y XX la historia del complejo estuvo marcada por la desamortización de sus tierras, la ruina del edificio y diferentes intentos de ponerlo en valor a través de la restauración arquitectónica y la investigación arqueológica.
El texto que ofrecemos a continuación es el mismo que figuraba en el póster presentado en el Seminario de febrero de 2002.
Hemos corregido algunas erratas y añadido la bibliografía básica utilizada para su confección.
Este trabajo es uno más de los realizados con el fin de difundir los resultados de las investigaciones arqueológicas llevadas a cabo durante la campaña de 2001, codirigida por Gema E. Adán Álvarez, Alejandro García Álvarez, Iván Muñiz López y el autor de estas líneas.
Agradezco asimismo la colaboración de los profesores de la Universidad de Oviedo Raquel Alonso Álvarez, Miguel Calleja Puerta y María Pilar García Cuetos.
A) HISTORIA DEL MONASTERIO DE CORNELLANA
I. Situación y poblamiento anterior
El Monasterio de Cornellana se encuentra en la confluencia de los ríos Narcea y Nonaya a unos 35 km de Oviedo.
En sus alrededores se detecta poblamiento paleolítico y neolítico.
Destaca asimismo el poblamiento castreño con ejemplos como el castro de Peña La Cabra, de La Rodriga o de La Doriga, y el específicamente romano como es la villa Murias de la Doriga.
Cerca del castro de la Rodriga se encontró la lápida monumental dedicada a la hija de Talavo, de la que se conservan dos fragmentos, uno en el Museo Arqueológico de Oviedo y otro en la colección de Fortunato de Selgas.
Cerca de esta zona pasa el camino de la Mesa, eje viario usado al menos desde la Antigüedad y una de las vías principales utilizadas por los romanos para la articulación de Asturias bajo su dominio.
Por tanto Cornellana se ubica en un área organizada dentro de la órbita romana.
Gracias a la conservación del documento fundacional sabemos que en 1024 la infanta Cristina, hija del rey Bermudo II de León, fundó el Monasterio de Cornellana a partir de un conjunto de propiedades y una Iglesia que había edificado junto con su difunto marido Ordoño el Ciego.
Se trata por tanto de un monasterio propio.
En la donación la infanta incluye varias villas e iglesias cercanas, distintas propiedades agrícolas y una buena cantidad de reses.
Asimismo hace toda una donación de ajuar litúrgico digno de su rango, por duplicado e incluyendo dos coronas rituales.
El primer detalle ha permitido plantearse que se tratara de un monasterio dúplice.
Las coronas rituales nos sitúan dentro de la tradición ritual hispánica o visigoda.
A este momento pertenece, posiblemente, la torre situada junto a la cabecera de la iglesia, elemento arquitectónico más antiguo del conjunto.
También es probable que algunas de las estructuras exhumadas en 2001 en torno al ábsi-de de la iglesia románica del siglo XIII hayan tenido su origen en este momento.
Tras la muerte de la infanta el monasterio se repartió entre sus herederos una y otra vez hasta que un bisnieto suyo, Suero Vermúdez y su esposa Enderquina, reunieron de nuevo todas estas propiedades acrecentándolas.
Al carecer de hijos donaron el monasterio a la Congregación de Cluny.
La llegada de los monjes franceses supone la imposición en este monasterio de la reforma eclesiástica que elimina los rituales y formas visigodas de los reinos hispanos e inaugura la práctica ritual romana.
No sin problemas, ya que Don Suero intentó recuperar el cenobio haciendo una nueva donación al obispado de Oviedo, que el rey Alfonso VII sentenció como ilegal.
La consecuencia material de todo este proceso fue el comienzo de la edificación de un claustro siguiendo los usos benedictinos: primero la panda este y a continuación la oeste.
A partir del siglo XIII se enfrentan a la reedificación de la iglesia.
De estas obras conservamos
Hacia el año 1300 parece haber desaparecido la dependencia de Cluny y el monasterio de Cornellana sobrevive durante la Baja Edad Media en medio de los conflictos nobiliarios que asolan Asturias.
Así el obispo Gutierre les acusará de llevar una vida inmoral intentado imponer una reforma que en el fondo es el intento de sujetar este cenobio bajo su palio.
Los monjes deben hacer frente también a la presión del cercano poder concejil de Salas y de importantes nobles que intentan recortar su amplio señorío jurisdiccional concedido en el siglo XII y confirmado por Alfonso VII.
Pese a todo, los monjes consiguen completar el claustro y se observan intentos por reorganizar sus territorios imponiendo impuestos feudales como portazgos, simplificados de forma peyorativa en la documentación A partir de 1536 el Monasterio pasa a formar parte de la Congregación benedictina de Valladolid y comienza una larga reedificación de todo el complejo empezando por la iglesia para adecuarla a los nuevos usos y modas de la Contrarreforma.
En la fachada de la iglesia se coloca ostentosamente el escudo de Castilla y León, símbolo de la dependencia vallisoletana.
Las naves de la iglesia son abovedadas sobreelevando las naves laterales con lo que se logra un efecto extraño al exterior pues el templo resulta un tanto cúbico.
Sobre la fachada románica se adosa la actual del siglo XVII.
A continuación los monjes acometen la reconstrucción del claustro comenzando por la fachada que se adelanta pisando media torre de la iglesia.
Poco a poco, pero en menos de un siglo se completa la reedificación del claustro manteniendo las dimensiones del medieval pero aumentando sensiblemente la anchura y altura de las pandas y en consecuencia la zona habitable.
Fruto de esa reorganización generalizada del monasterio es la construcción de dos patios de servicios al Este y al Oeste del claustro principal, uno para utilizarlo como granero, exhumado en las excavaciones de 2001, y el otro dedicado a labores artesanales.
El comienzo de la época Contemporánea supone el principio de la ruina del Monasterio de Cornellana.
Los franceses utilizaron el cenobio como caballerizas incendiándolo a su marcha.
A pesar de la vuelta de los monjes el proceso desamortizador supuso la venta de todas sus propiedades fundiarias.
El mismo camino sufrió el edificio, vendido a José Onofre, el cual instaló una fábrica de manteca.
En 1878 el Obispado compró el edificio de nuevo que desde entonces ha estado en manos de la parroquia.
Gracias al empeño de los vecinos de Cornellana y de Aurelio del Llano, en 1931 se logró su declaración como Monumento Nacional.
Tras la Guerra Civil, el arquitecto Luis Menéndez Pidal restauró la iglesia, la torre románica y parte del claustro; un ejemplo de su actuación es un arcosolio que don Luis mandó montar con piezas encontradas por el Monasterio.
A pesar de su condición de Monumento, el complejo ha sufrido otras restauraciones nefastas principalmente en las cubiertas.
Desde 1988 se han llevado a cabo diversas campañas arqueológicas en el Monasterio de Cornellana.
En 1998, al calor del último proyecto restaurador se planteó un proyecto de Estudios Históricos coordinados por Juan Ignacio Ruiz de la Peña Solar cuyo éxito ha sido desigual.
Los únicos estudios que han recibido financiación han sido los arqueológicos, dirigidos por la Dra.
Gema E. Adán Álvarez con una campaña de cuatro meses en 1998, gracias a la cual se confirmaron las etapas constructivas del complejo.
Durante 1999 y 2000 se realizaron los seguimientos arqueológicos requeridos por la Escuela Taller del Monasterio de Cornellana que ha iniciado la restauración del mismo; estos trabajos permitieron descubrir, a pesar de lo limitadas que son las intervenciones de urgencia, el sistema de conducciones de agua del Monasterio desde el siglo XVI.
En el año 2001 la Consejería de Cultura del Principado asumió un estudio arqueológico más acorde con lo que precisa un Bien de Interés Cultural como es este.
Así se planteó la excavación del patio de servicios oriental localizando la planta del edificio del Granero así como diferentes estructuras y suelos anteriores a la iglesia románica en la zona de los ábsides; paralelamente se llevó a cabo el estudio microespacial del territorio que antiguamente era el dominio monástico y macroespacial de su antiguo señorío jurisdiccional observando la reorganización del espacio que supuso la implantación del Monasterio en el territorio de Cornellana; también se ha realizado el estudio monográfico de los materiales arqueológicos (cerámica y arqueofauna fundamentalmente) caracterizando las formas de vida de los habitantes del monasterio; finalmente se llevó a cabo una labor de difusión a todos los ámbitos de la sociedad por medio de conferencias, charlas, folletos, póster, divulgación en prensa y televisión, visitas guiadas para turistas, vecinos y curiosos, artículos científicos, etc.
C) ¿Y LA ARQUEOLOGÍA DE LA ARQUITECTURA?
En un edificio de la complejidad de este Monasterio con 800 años de vida constructiva y dos siglos de reformas parciales, destrucciones, demoliciones y restauraciones más o menos afortunadas, el estudio de los paramentos sin duda sería una excelente fuente información que permitiría conocer muchos aspectos que se escapan a una intervención arqueológica «tradicional».
El proyecto primigenio dejaba este estudio en manos de los historiadores del Arte y así se inició en 1998.
Sin embargo, la falta de financiación no ha permitido continuarlo, así como tampoco se ha llevado a cabo el estudio documental previsto.
Desgraciadamente el escaso desarrollo de la práctica arqueológica en Asturias hace de este proyecto un triunfo, a pesar de contar con carencias como el estudio de la evolución arquitectónica del edificio.
Asimismo todas estas obras rompen y reutilizan muros y elementos sueltos del primitivo monasterio medieval.
Un estudio detenido de esta mecánica podría ofrecernos interesantes datos sobre la evolución constructiva del cenobio así como ritmos de edificación.
Por otro lado, el estudio en detalle de los materiales constructivos, cruzados con los datos del análisis territorial del dominio y del coto del Monasterio, podría ofrecernos interesantes pistas sobre canteras, fuentes de materias primas y finalmente información de carácter social sobre los artesanos que llevaban a cabo tales tareas.
Asimismo está por hacer el análisis de las distintas pinturas cuyos restos se aprecian por todo el claustro mostrando el esplendor que un día tuvo el edificio.
Confiamos en que las autoridades responsables del patrimonio asturiano no olviden que el Monasterio de Cornellana es un Bien de Interés Cultural y que, en consecuencia, estos estudios se lleven a cabo, ya que la intervención restauradora prevista es altamente lesiva para el mo- nasterio, pues no consiste en la mera consolidación de unas ruinas sino en un ambicioso proyecto de puesta en valor para reconvertir el antiguo monasterio en hotel, albergue y en otras instalaciones de uso público. |
En este artículo se realiza un primer acercamiento a las técnicas constructivas presentes en una serie de valles del occidente de Asturias entre los siglos XI-XIII, relacionándolas con el nivel técnico de las comunidades aldeanas en las que se localizan las construcciones y con los poderes feudales que las financian.
Esto ha permitido constatar un ambiente técnico muy similar en toda la zona, siendo en la mayoría de los casos obras ejecutadas con técnicas de albañil, restringiéndose los trabajos de cantería a elementos muy concretos dentro de las edificaciones.
El objetivo de este trabajo es mostrar las técnicas constructivas presentes en el alto valle del Narcea (Asturias) entre los siglos XI-XIII, relacionándolas con el nivel técnico de estas comunidades de montaña y con los poderes feudales que financian la arquitectura de prestigio.
Para ello hemos analizado todas las construcciones religiosas de dicho valle en las cuales se documentan distintas técnicas constructivas que, en algunos casos, pueden ser adscribibles a períodos cronológicos determinados (fig. 1).
Como premisa básica hemos podido establecer una división entre diversos niveles constructivos que responden a ciclos productivos bien diferenciados.
Ha sido necesario distinguir entre «técnicas de cantero», asociadas a la sillería, y las «técnicas de albañil», en la cual la mampostería irregular y concertada o «pequeño aparato» con variantes, muestran el predominio de esta figura profesional en la conducción y dirección de la obra.
Esta división se refleja en el empleo de un instrumental y de procedimientos de extracción, elaboración y colocación del material bien diferentes.
En la mampostería se precisa la mano de un albañil que se encarga de colocar los distintos tipos de piedra y, en algunos casos, de trabajar mínimamente las aristas para lograr unas buenas juntas; en el trabajo realizado por un maestro cantero se precisa de una serie de conocimientos técnicos y geométricos que le permitan realizar sillares homogéneos para levantar un muro.
Esto trae consigo la posibilidad de distinguir distintas técnicas constructivas según éstas sean ejecutadas por obreros comunes o por maestros de obra y, por lo tanto, distintos ciclos productivos según las técnicas documentadas (FERNÁNDEZ MIER, QUIRÓS CASTILLO, 1999: 372).
A su vez, estos grupos de técnicas constructivas reflejan contextos productivos y socioeconómicos muy distintos.
Es oportuno llegar a analizar los criterios que determinan la función social de la arquitectura y el desarrollo de las fuerzas productivas, variables que interrelacionadas determinan el tipo de paramento empleado en cada período histórico, a la vez que permiten acercarse al proceso de feudalización del mundo alto medieval, ya que, detrás de estas construcciones se encuentran los poderes feudales en proceso de consolidación.
Las construcciones realizadas en Asturias durante la alta Edad Media, las iglesias prerrománicas, lo fueron con técnicas de albañil.
No será hasta finales del siglo IX o principios del X -con la realización del pórtico Sur de Valdedios-cuando se produzca la sustitución de las técnicas de albañil por las de cantero con lo que eso supone de innovación técnológica.
Sin embargo, las construcciones de cantería no se generalizarán, a pesar de que conservemos algunos interesantes ejemplos realizados con sillares del siglo XI, como ocurre con San Pedro de Teberga, sino que la utilización de las técnicas de cantería estará en relación con el nivel técnico local y con la capacidad económica de quien financia la construcción (FERNÁNDEZ MIER, QUIRÓS CASTILLO, 1999: 375).
En el alto valle del Narcea (fig. 2) contamos con documentación escrita y con algunas lápidas de consagración que nos permiten constatar la existencia de diversas construcciones en el siglo XI.
En éstas, desafortunadamente, nada permanece de la fábrica original pero, sin embargo, nos informan sobre la existencia de una aristocracia local que lleva a cabo diversas fundaciones eclesiásticas como monasterios propios -caso de los monasterios de San Salvador de Cibuchu y Santa María de Vil.lacibrán fundados por la familia de Alvaro Vermudez y Guina Gogniz o los de Santa María de Monasteriu d'Ermu y San Salvador de Berguñu fundados por Alfonso Roderici, también el monasterio de San Miguel de Bárzana, localizado en el territorio de Tinéu, cuya fundación data del siglo X-.
Se trata de pequeños monasterios que no siempre están servidos por una comunidad de monjes, que están ligados a la aristocracia emergente de la zona y que, además de funcionar como una célula económica receptora de rentas, bien por la explotación de su patrimonio o por el ejercicio de las funciones parroquiales del lugar en el que está emplazada, funcionan como patronos espirituales y temporales, lo que favorece el continuo incremento de su patrimonio y la aparición de relaciones de dependencia; proporcionan rentas y hombres de los que, en última instancia, se benefician sus patrones laicos (LORING GARCÍA, 1987: 95).
Son una realidad ligada a los emergentes poderes feudales que en algunas ocasiones les sirve para introducirse en una comunidad.
Estas iglesias propias después de su fundación se dividen progresivamente entre los herederos de los fundadores, para terminar pasando a depender del monasterio de Courias a lo largo de los siglos XI y XII.
Las fábricas de estos edificios -y de otros en el valle cuyos orígenes no tenemos documentados-responden a Fig. 1.
Localización geográfica de la zona objeto de estudio Fig. 2.
El alto valle del Narcea está formado por varios subvalles de montaña que en Alta y Plena Edad Media constituían diversos territorios que estaban en manos de la misma aristocracia local que lleva a cabo la dotación de los monasterios en los siglos X y XI.
La fundación del monasterio de Courias por los condes Piniolo y Aldonza -cercanos a la monarquía astur-leonesa-en 1044 en la confluencia de varios de estos territorios, responde al intento de crear un centro de poder, del cual pasan a depender gran número de propiedades, que sirve de apoyo a la monarquía y que desestructura unos territorios que estarían en manos de una aristocracia local de la que apenas tenemos información.
Así, a lo largo de los siglos XI y XII, el monasterio se convierte en el mayor poder feudal de la zona y pasan a depender de él las instituciones monásticas propias que se habían fundado en los siglos X y XI remodelaciones que los historiadores del arte fechan en los siglos XII y XIII y nada permanece de la primitiva fábrica de los siglos X y XI.
Pero teniendo en cuenta el uso mayoritario de la mampostería en las actuaciones de los siglos XII y XIII, parece lícito pensar en la ausencia de trabajos de cantería en las obras del siglo XI, contrastando con otras construcciones realizadas completamente en sillares en el mismo período como San Pedro de Teberga.
Esto puede ser un indicio del carácter local de la aristocracia que funda estos monasterios y financia las construcciones y de un escaso desarrollo de las fuerzas productivas que permita acometer actuaciones de mayor envergadura.
De las construcciones de los siglos posteriores, la técnica constructiva que podemos datar en el siglo XII es la presente en la iglesia de Santa María de Castañéu (fig. 3), consagrada en el año 1166 (DIEGO SANTOS, 1993: 151), habiendo estado colocada la lápida fundacional en el paramento Norte de la iglesia hasta hace poco tiempo y fechando, por lo tanto, la técnica constructiva.
En este caso se tra-ta de un paramento de mampostería enripiada por hiladas de caliza y apareciendo en los vanos de la construcción los trabajos de cantería.
A partir de la lápida de consagración de la iglesia podemos documentar la técnica constructiva existente en esta zona en el siglo XII, combinando los trabajos de mampostería y la cantería, haciéndose visible la presencia de maestros canteros que realizan los trabajos más elaborados, posiblemente en la propia cantera, y la presencia del albañil que lleva a cabo la realización del edificio en mampostería y utilizando los elementos de mayor precisión técnica realizados por el cantero, todo ello en edificios muy modestos con una única nave.
Si ésta es la técnica constructiva que podemos constatar en las construcciones del siglo XII, difiere poco de la técnica que se documenta en aquéllas atribuidas al siglo XIII, dentro de las cuales existen dos tipos principales de técnicas constructivas:
-Mampostería enripiada de hiladas de caliza, con los trabajos de cantería en los vanos -que hemos definido para Fig. 3.
Santa María de Castañéu, siglo XII.
Paramento de mampostería enripiada por hiladas de caliza en la cual se procuran formar unas hiladas rústicas y se colocan las piedras tal y como llegan o ligeramente retocadas con martillo; los huecos se rellenan con ripio y esquirlas de piedras recubiertas de mortero por todos lados; apenas si se usan los cantos rodados.
En los vanos de esta construcción aparecen los trabajos de cantería, tanto en la puerta lateral S. como en la puerta de ingreso por el O., presentando los mismos un acabado realizado con azuela y puntero la iglesia de Castañéu-, presente en construcciones como San Mamés de Tebongu, Santa María de Carceda, Santa María de L.lumés, San Pedru de Bimeda, San Vicente de Naviegu (fig. 4), Santa María de Xedrez y Santa María de Monasteriu d'Ermu (fig. 5), presentando algunos edificios trabajos de cantería en los lugares estructuralmente importantes del edificio, como ocurre en la iglesia de Naviegu.
-Mampostería enripiada con hiladas de pizarra, apenas sin retocar, con los trabajos de cantería en los vanos, presente en iglesias como San Martín de Sierra, Santa María de Xarcel.lei, San Vicente de Vil.latexil (fig. 6), San Acisclo de Piñera, Santa María de Vil.lacibrán (fig. 7), San Salvador de Cibuchu y San Salvador de Berguñu.
El ambiente técnico que existe en el valle en el siglo XIII es muy similar, las obras son ejecutadas por albañiles restringiéndose los trabajos de cantería a elementos muy concretos dentro de las edificaciones; las diferencias que podemos encontrar entre los valles que confluyen en el Narcea es la utilización de distinto tipo de material: la caliza o la pizarra.
Esta homogeneidad que presenta el Alto Narcea contrasta con la ejecución en sillería del cercano monasterio de San Miguel de Bárzana (fig. 8), en el municipio de Tinéu: a falta de una detenida lectura de paramentos, se constata la existencia de una ventana geminada de arquillos de herradura colocada en la parte alta del hastial que pertenecería a la primitiva fábrica, así como una lauda del año 1003.
San Vicente de Naviegu, siglo XIII.
El entronque entre la nave y el tramo recto del presbiterio se refuerza con sillares de distintas dimensiones colocados alternado la disposición a soga y a tizón, como elemento de refuerzo estructural del edificio.
El aparejo de la construcción es mampostería de caliza enripiada Fig. 5.
Paramento de mampostería de caliza enripiada con presencia de elementos de mayor envergadura y retocados en la zona de unión de la nave con el ábside, pero sin que podamos considerarlos trabajos realizados por un maestro cantero propiamente dicho Fig. 6.
Paramento de mampostería enripiada de pizarra que apenas forma hiladas rústicas, colocándose las lajas de pizarra sin apenas retoques, aprovechando su propio corte.
Los huecos se rellenan con esquirlas de pizarra recubiertas de mortero por todos los lados.
En el entronque de la nave con el presbiterio se utilizan lajas de mayor envergadura, apenas retocadas a martillo para facilitar la superposición de las hiladas Fig. 8.
San Miguel de Bárzana.
Presenta distintas técnicas constructivas que podrían datar de períodos cronológicos distintos.
La cabecera está realizada en sillares de arenisca bien escuadrados, de pequeñas dimensiones, en los que apenas se aprecian las maestras que caracterizan el trabajo de sillería y con un acabado de las superficies realizado con azuela Fig. 7.
Santa María de Vil.lacibrán.
Construcción realizada con mampostería de pizarra los muros de la nave la fábrica es de mampostería enripiada, utilizando diversos materiales, especialmente pizarra y caliza y construyéndose la cabecera en sillería.
La utilización de la mampostería y la sillería responde a dos momentos cronológicos distintos para los que, desafortunadamente, no poseemos indicadores cronológicos que permitan atribuirles una fecha.
Todos los monasterios mencionados, en los siglos XII y XIII están incorporados al patrimonio del monasterio de Courias que, tras su fundación en el año 1044 por los condes Piniolo y Aldonza, se convirtió en el mayor poder feudal del occidente de Asturias y en el centro receptor de las donaciones de la aristocracia -la fábrica del edificio actual data del siglo XVI-.
Las propiedades de estos centros se incorporan a los bienes del monasterio y son administrados por el mismo y, posiblemente, cuando se realizan las obras de fábrica que se conservan en la actualidad, la financiación de las mismas corre a cargo directo del monasterio de Courias, empleándose la mano de obra local para levantar las mamposterías de los edificios y la mano de obra cualificada de los maestros canteros para elementos muy concretos dentro de la edificación.
Distinta evolución sufrió el monasterio de Bárzana, fundado en Tinéu en el siglo X por los antepasados de la familia del Conde Piniolo, cuyas propiedades, que constituían un volumen considerable, pasaron íntegramente al patrimonio de Courias en el momento de la fundación de este último por parte de los condes Piniolo y Aldonza; sin embargo, mantuvo una fuerte influencia social en su entorno ya que a lo largo de los siglos XI y XII sigue recibiendo donaciones y, a pesar de depender de Courias y de entregar el tercio de sus rendimientos económicos al mismo, mantuvo su prestigio como centro espiritual y económico en su entono y su independencia administrativa (TORRENTE FER-NÁNDEZ, 2000: 97).
Es esta importancia como núcleo receptor de rentas lo que le permite la financiación de una construcción como la que aún se conserva en la que la mano de obra especializada de los maestros canteros prima por encima de las técnicas de albañil empleadas en los otros edificios dependientes de Courias. |
La villa romana del Torrexón de Veranes se localiza en el concejo de Gijón, muy próximo al antiguo eje viario que comunicaba la ciudad
El yacimiento romano y medieval de Veranes (Cenero, Gijón) se encuentra en proceso de excavación y recuperación desde 1997, fecha en la que iniciamos un nuevo proyecto de investigación arqueológica del territorio denominado Arqueología e Historia en torno a la Ruta de la Plata en el Concejo de Gijón (Asturias), en el que se incluyen los estudios sobre Veranes (FERNÁNDEZ OCHOA et alii, 1998; FER-NÁNDEZ OCHOA y GIL SENDINO, 1999; FERNÁNDEZ OCHOA et alii e.p.) y que se realiza con la financiación del Ayuntamiento de Gijón mediante un convenio con la Universidad Autónoma de Madrid y la Universidad de Oviedo y con el apoyo de la Consejería de Educación y Cultura del Principado de Asturias.
La colaboración de distintas instituciones en el Proyecto Veranes ha permitido la formación de un equipo de investigación interdisciplinar compuesto por especialistas en materias complementarias de la arqueología de campo.
En el presente trabajo presentamos una pequeña parte de esta fructífera colaboración entre disciplinas, y en concreto, la aportación de la topografía y la gestión informática de las imágenes a la documentación y el estudio de los mosaicos romanos.
El Torrexón de Veranes se localiza en el extremo suroccidental del concejo de Gijón, muy próximo al antiguo eje viario identificado como la prolongación de la Ruta de la Plata en el territorio transmontano.
En la actualidad, Veranes se define como una gran villa tardorromana construida en terrazas artificiales en una suave ladera de sustrato calizo orientada al sur.
Los vestigios de este gran establecimiento rural se asientan sobre los restos de un antiguo enclave rural altoimperial (FERNÁNDEZ OCHOA et alii, e.p.)
A tenor de los resultados obtenidos en las excavaciones sistemáticas iniciadas en 1997, el enclave rural romano del Torrexón de Veranes presenta dos momentos de ocupación bien definidos.
El primero de ellos se corresponde con un establecimiento altoimperial del que se conservan, además de algunos materiales cerámicos adscribibles a los siglos II y III d.C., exiguas evidencias arquitectónicas sobre las que se asentaron los cimientos de las edificaciones tardías, y cuya escasa entidad no nos permite de momento identificar espacios específicos o aventurar una morfología y estructuración de los mismos.
El segundo momento de ocupación romana se puede concretar a partir de una serie de ambientes y patios, con diferentes reformas y ampliaciones, que articulan el asentamiento rural tardorromano.
Posiblemente durante la segunda mitad del siglo IV esta villa sufre una importante obra de reforma que supone, en la práctica, la reestructuración de algunos espacios y la ampliación de las edificaciones.
La villa queda así organizada en cuatro terrazas excavadas en la ladera y varios ambientes interiores abiertos, pavimentados con guijarros, esquirlas de calizas y latericio, extendiéndose por una superficie próxima a una hectárea y cuyo funcionamiento podemos ampliar hasta el siglo VI d.C. Estas dimensiones otorgan al Torrexón de Veranes una gran importancia en comparación con los restantes conjuntos rurales asturromanos y permite relacionar su extensión y monumentalidad con establecimientos de otros ámbitos rurales hispanos florecientes entre los siglos IV y V d.C.
Los datos obtenidos hasta la fecha resultan insuficientes para completar la articulación funcional de los ambientes conocidos, aunque todo apunta a que los restos exhumados se corresponden con las edificaciones destinadas a la vivienda del dominus o señor de la propiedad (pars urbana), identificándose, en el sector noroccidental, un área de servicios.
De momento, se desconoce la ubicación del sector dedicado más estrictamente a las actividades agropecuarias e industriales (pars rustica) que sin duda complementaban los edificios conocidos (FERNÁNDEZ OCHOA et alii, e.p.)
La villa de Veranes, por lo que actualmente sabemos, estuvo en funcionamiento hasta el siglo VI d.
C. En un momento todavía difícil de precisar entre los siglos VI y VIII, la gran aula de la terraza meridional fue convertida en lugar de culto bajo la advocación de Santa María y San Pedro y las habitaciones anejas utilizadas como estancias relacionadas con el centro cultual.
El resto del complejo romano fue amortizado, destruido y enterrado, extendiéndose sobre las ruinas de la antigua villa un cementerio asociado a la iglesia, que mantiene, en líneas generales, las características tipológicas y rituales de los enterramientos cristianos medievales.
Finalmente, la necrópolis de Veranes dejará de utilizarse como camposanto entrado el siglo XIV, cuando la antigua iglesia de Santa María y San Pedro de Veranes sea cerrada y abandonada, y el culto se traslade a la abadía de Cenero que asumirá las funciones parroquiales.
La presencia de mosaicos en la villa de Veranes está constatada desde 1922, cuando el párroco de la abadía de Cenero, M. Valdés Gutiérrez, reconstruye lo que llama lujosísimo mosaico veneciano, perteneciente, según él, al baptisterio (VALDÉS, 1922).
En 1954 publica varios fragmentos hallados en la finca (VALDÉS, 1954) con los que realiza una presentación sobre cemento en la fachada de la abadía de Cenero.
Entre ellos, destaca uno con sogueado haciendo ángulo que identifica como perteneciente a la estructura octogonal.
Un año más tarde, el erudito local Hurlé Manso propone una reconstrucción ideal a partir de los fragmentos documentados por Valdés, para el espacio octogonal identificado hasta entonces como un baptisterio, (HURLÉ, 1955a y b).
Unos años después Manzanares (MANZANARES, 1968) cita estos mismos fragmentos que más tarde estudia Fernández Ochoa (1982).
Recientemente la misma autora ha realizado un estudio global de los pavimentos musivos romanos hallados en Asturias (FERNÁNDEZ OCHOA, 1994).
Durante las excavaciones dirigidas por L. Olmo (1983Olmo ( -1987) ) se localizaron nuevos fragmentos en rellenos revueltos que se asociaron a la sala octogonal por los ángulos de varios de ellos (OLMO, 1992).
Finalmente, en la esquina noroeste del aula absidiada, el equipo dirigido por Olmo localizó los restos in situ del primer mosaico (M1) de Veranes.
Desde 1998 hemos localizado tres nuevos mosaicos (M2, M3, M4) que pavimentan habitaciones de la villa romana.
En general se hallaron muy deteriorados, horadados por las fosas de las inhumaciones medievales, con las superficies alteradas por diferentes agentes biológicos y con el mortero del soporte de los pavimentos muy perdido.
Durante el proceso de excavación del asentamiento rural hemos exhumado abundantes fragmentos de tamaños y facturas varias junto con numerosas teselas que atestiguan la existencia de otros ejemplares musivos desgraciadamente perdidos.
Los mosaicos de la villa de Veranes están realizados con teselas cúbicas, de unos 8 mm de lado, de piedra caliza roja, negra, blanca, gris, violácea y amarilla.
Presentan todos un diseño geométrico, aunque de diferentes tramas.
Así, el que decoraba la estancia M1, una gran aula absidiada de representación que debió tener también funciones «triclinares», nos ha llegado en muy mal estado de conservación como consecuencia del uso continuado de este espacio como lugar de culto durante el Medievo.
A pesar de ello, y tras su restauración, podemos apreciar una serie de particularidades que permiten aproximarnos a su estudio estilístico y cronológico.
Se trata de un mosaico polícromo, confeccionado con teselas cúbicas de caliza de 8 mm de lado en blanco, negro, gris, amarillo y rojo.
Muestra una composición ortogonal de círculos secantes que generan cuadrifolios y cuadrados oblongos.
Este es uno de los más comunes y antiguos modelos dentro de la musivaria romana debido a su sencillez de traza y a su efectismo decorativo; en el Bajo Imperio comienza a extenderse por Hispania de forma generalizada, con ejemplos en el Levante (Barcelona, Mataró, Gerona, Valencia, Elche), Mérida, Zaragoza, Guadalajara, Soria y Lugo entre otros, si bien con diseños algo más sencillos que el que nos ocupa.
El segundo mosaico documentado aparece decorando el suelo de la habitación más septentrional de la villa (M2), identificada como una segunda aula de representación, de estructura cuadrada y 9,23 m de lado.
Como en el caso anterior, su estado de conservación es bastante precario, llegando incluso a perderse por completo en la zona sur.
Realizado con teselas cúbicas de 8 mm de lado blancas, negras, grises, amarillas, rojas y granates, el campo decorativo se rodea de dos grecas ornamentales, una primera franja de rectángulos oblongos alternando en rojo y amarillo, que inscriben otros similares en negro, invirtiendo su grosor (no aparece en el lado este), y una trenza de tres cabos sobre fondo negro, delimitada por dos filas de teselas blancas y un filete negro.
Tras ello se abre el campo decorativo propiamente dicho, con una composición ortogonal formada por octógonos, cruces y hexágonos irregulares.
Se conservan seis octógonos, que alternan nudos salomónicos con otros motivos centralizados en su interior: un cuadrifolio de hojas acorazonadas sobre un motivo central circular, y una estrella de cuatro puntas con botón central y cuatro hojas lanceoladas superpuestas a ella.
Estos octógonos están enmarcados por grecas ornamentales de diferente elaboración, siendo la más abigarrada la de la esquina noroeste, formada por peltas contiguas que alternan su posición, mientras el resto muestra diversas variaciones de meandros.
Las cruces que se conservan son seis, además de fragmentos de otras cuatro.
Se trata de cruces griegas, con la misma decoración interior: desde un botón central salen medias lunas alternando los colores salvo una, en la que, desde el botón central nacen tallos vegetales que rematan en una flor de lis en cada extremo.
Los hexágonos irregulares presentan desarrollos del llamado rayo de Júpiter, es decir, dos hojas lanceoladas que nacen de un botón central (fulmen), añadiendo, según los casos, diferente decoración vegetal; un único ejemplo muestra en su interior hexágonos menores.
Se ha encontrado una variación en este sistema ortogonal, puesto que en el sector noreste se conserva la esquina superior derecha de un cuadrado o rectángulo que ocuparía el centro de la composición, aunque el motivo que albergaba no haya llegado hasta nosotros.
Este esquema, denominado por Salies Kreuzsschema (SALIES, 1974), ya aparecía en el criptopórtico del palacio de Diocleciano en Spalato, siendo muy común en Italia, Aquileia (baptisterio de Aquileia, siglo IV) y Antioquía.
Se extendió enormemente debido a que se convirtió en el diseño más utilizado para decorar los pavimentos de las basílicas paleocristianas (FERNÁNDEZ- GALIANO, 1982GALIANO, y 1983)).
Se documenta en la península Ibérica a finales del siglo II en Palencia, con el mosaico de la Medusa y las Estaciones, ahora en el MAN, (MONDELO y BALIL, 1983) y en Sasamón (Burgos) con temática marina, fechado a finales del siglo II o principios del III (ABÁSOLO et alii.
Ambos decoran el interior de octógonos y hexágonos con motivos figurados, al igual que el de Martim Gil, en Portugal, con la imagen de Orfeo, aunque éste ya pertenece al grupo de ejemplares de cronología tardía.
La mayoría enriquecían habitaciones insignes de villas: en Palencia, la villa de la Olmeda; en Valladolid, la villa de Almenara de Adaja (MAÑANES, 1992); en Zaragoza, la villa de la Malena (ROYO GUILLÉN, 1991); en Toledo, las villas de El Saucedo y la de Rielves; en Córdoba. las villas de Ronda de los Tejares y Fuente Álamo, (BLÁZQUEZ, 1982); en Cádiz, la de Librero, (BLÁZ-QUEZ, 1981) y en Portugal, la de Martim Gil, aunque no 1985).
Hasta la fecha no se han publicado ejemplos similares en el norte peninsular, a pesar de que en esta zona los mosaicos geométricos son los más representados.
El acceso a este gran oecus tiene lugar a través de una monumental escalinata de la que se conservan cinco de los diez escalones de arenisca que la componían; a ambos lados de la escalera se levantan dos cuerpos de traza cuadrada que pudieron actuar como descansillos o estancias auxiliares del oecus.
El ambiente más occidental de estos (M3) conservaba aún restos de un pavimento musivo: a partir de un ribete blanco de pequeños triángulos que nacen de los filetes negros que la inscriben, se abre un cuadrado rodeado por una trenza de tres cabos, que contiene un nudo salomónico enmarcado por una cenefa muy elaborada, con peltas contiguas que alternan su posición, y que rematan en su parte aguda en un motivo vegetal.
Junto a éste se conservan los restos de otro cuadrado rodeado por un sogueado de tres cabos, que sólo permiten apreciar la esquina de un cuadrado menor al bies.
El mal estado de conservación de este ejemplar no proporciona más datos, aunque es fácil imaginar que el pavimento cubriría el espacio por medio de cuatro cuadrados inscritos por una soga de tres cabos, con diferente decoración geométrica en su interior, repitiéndose este esquema en el descansillo situado al otro lado de la escalera, que no conserva resto alguno de mosaico.
Un paralelo muy cercano a esta cenefa de peltas conservada lo encontramos en el mosaico de la villa de San Martín de Andallón, en las Regueras (FERNÁNDEZ OCHOA, 1994), que presenta un esquema geométrico con cuadrados rodeados de una greca muy elaborada de estrellas de rombos, aunque éste no es el punto que nos interesa, sino la greca decorativa que inscribe el campo, con peltas que alternan su posición, siguiendo un modelo mucho más sencillo que el de Veranes.
Además, en dos de sus cuadrados que albergan nudos salomónicos, las esquinas se rematan en chaflán, de un modo similar al segundo cuadrado, prácticamente perdido, de nuestra villa (FERNÁNDEZ OCHOA, 1994y BELLÓN, 1977).
Fuera de Asturias se documentan cenefas de peltas enlazadas similares a ésta en Navarra (Villafranca), Valladolid (Villa de Prado), Cádiz (Arcos de la Frontera), Guadalajara (Villa de Gárgoles) y en Badajoz (Mérida) (LANCHA, 1984).
LA DOCUMENTACIÓN DE LOS MOSAICOS DE VERANES
El proceso de documentación de los mosaicos de Veranes varía sustancialmente el método tradicional de trabajo de arqueólogos y restauradores.
Así, los procedimientos tradi-cionales de medición, dibujo y archivo se ven sustituidos por el uso de instrumentos topográficos, fotografías y diversos tratamientos informáticos.
Todo este nuevo proceso nos permite obtener mayor rapidez y precisión que los métodos tradicionales, una amplia gama de salidas gráficas de mucha mayor calidad y la posibilidad de modificar las características del dibujo, utilizarlo en otras aplicaciones o realizar todo tipo de representaciones gráficas a partir de un único archivo, ya que los datos son tratados y almacenados de forma digital.
Antes de comenzar a trabajar con los mosaicos, fue necesario establecer una Red de Referencias Topográficas en el entorno del enclave, realizada con mediciones de distanciometría infrarroja y observaciones angulares con una Estación Total TC-500 de Leica, de 10 cc. de apreciación angular y precisión en distancia de 2 mm +/-2 ppm.
A su vez, estas mediciones fueron comprobadas mediante técnicas de posicionamiento global por satélite (GPS) monofrecuencia S.R.9400 de Leica.
Proceso de documentación aplicado a los mosaicos
Levantamiento topográfico de los restos musivos y las estancias donde se ubican Se logra de este modo una detallada representación tridimensional de los restos.
Así por ejemplo, para el mosaico M2 se tomaron más de 4000 puntos coordenados (X, Y, Z), obteniéndose a partir de ellos un plano de tintas hipsométricas con equidistancias entre curvas de nivel de 1 cm, y un modelo digital del terreno (MDT) en el que aparecen representadas con precisión milimétrica las deformaciones, roturas y desniveles del pavimento.
Barrido fotográfico de cada pavimento
Para ello se utilizaron técnicas fotográficas combinadas, cuya comprobación ha permitido emplear este método relativamente sencillo como una alternativa a la fotogrametría tradicional.
Antes de comenzar a trabajar, se diseña una malla ortogonal de 50 cm de lado, paralela a los muros de la habitación.
Se obtienen así unos ejes de apoyo que permiten efectuar el barrido fotográfico de la superficie garantizando el recubrimiento longitudinal y transversal en cada fotografía.
Se utilizó una cámara convencional de 35 mm de focal y se tomaron las fotografías oportunas tratando de que la inclinación para cada toma no superase los 15°A continuación, se trataron las fotografías obtenidas para conseguir que los elementos que aparecen representados puedan ser medidos directamente sobre ellas.
Obtención de los Puntos de Apoyo
Sobre cada fotograma se identifican al menos seis puntos de apoyo uniformemente distribuidos.
A su vez, estos puntos han de identificarse sobre el terreno, y a partir de la Red de Referencias Topográficas y sirviéndonos de un distanciómetro infrarrojo y un miniprisma, se obtienen las coordenadas absolutas de los mismos.
De este modo, el fotograma se encontrará referido al sistema de coordenadas establecido para la estancia en la que se está trabajando.
Rectificación de los fotogramas
Este paso consiste en la eliminación de deformaciones y escalado a partir de un proceso informático en el que los puntos de la imagen se comparan con su posición real.
Las fotografías rectificadas se manipulan digitalmente y se elabora una composición de las mismas en la que podemos ver representado el mosaico recuperado en un único dibujo, y que además, se corresponde exactamente con el mosaico real a escala.
A partir del fotomosaico, podremos obtener una réplica de la alfombra musiva dibujando y analizando vectorialmente el pavimento.
Toda la información gráfica se jerarquiza en niveles y se codifica por colores, tipos y gruesos de línea.
Este proceso es fundamental, ya que se trata de dar un aspecto gráfico lo más similar posible al real, tratando de facilitar la interpretación, a simple vista, de la salida gráfica obtenida.
Por último, se puede crear una imagen virtual del estado del mosaico a partir de la renderización y texturizado del modelo digital y obtener una reproducción tridimensional del enclave donde se ubica el mosaico.
Para ello nos serviremos de la topografía de dicha habitación efectuada en su día y de las imágenes (mapas de bits) realizadas en el proceso de documentación tanto de los mosaicos como de los paramentos, permitiendo ver un montaje en el que aparezcan las imágenes superpuestas al modelo digital, adaptándose píxel a píxel al terreno.
Sobre este tipo de montajes podemos jugar con el factor de exageración 3D, siendo de utilidad para detallar las deformaciones de la superficie.
Gracias a toda esta documentación, se pueden realizar, en cualquier momento, infinidad de estudios, ya que la información es fácilmente manipulable.
Además, la precisión de los resultados obtenidos nos ha permitido un pormenorizado estudio analítico de la génesis constructiva de los motivos geométricos que componen el pavimento, así como la reconstrucción ideal de las zonas ya perdidas en el momento de su descubrimiento.
Los mosaicos romanos de la villa de Veranes son los primeros ejemplares en Asturias que se han excavado siguiendo una metodología arqueológica precisa, proceso que aún sigue inconcluso hasta su restauración y colocación de nuevo en el lugar original.
Esto ha facilitado enormemente su análisis individual, tanto estilístico como estratigráfico.
Tras analizar el tamaño y color de las teselas, los esquemas compositivos y motivos ornamentales, además de los datos arqueológicos, debemos adscribir este conjunto de mosaicos al siglo IV, y en concreto el mosaico de la estancia M2 a la segunda mitad del siglo IV, fecha avalada por los análisis radiocarbónicos practicados en la fosa de cimentación de los muros de dicha habitación (127-323 d.C., 2 sigma CSIC-1773).
Posiblemente sean obra del mismo taller musivario que trabajó en Lugo de Llanera y las villas de Vega de Ciego (Pola de Lena), San Martín de Andallón (las Regueras) y Murias de Ponte (Soto del Barco).
En efecto, si se traza un mapa de la región astur en el que se sitúen los emplazamientos que han conservado restos de pavimentos musivos o referencias seguras sobre su existencia, se observa que se distribuyen siguiendo las principales vías de comunicación.
La villa de Vega del Ciego, así como Lucus Asturum y el asentamiento rural de Veranes se ubican a lo largo de la conocida Ruta de la Plata cuyo ramal trasmontano comunicaba Astorga con Gijón por el puerto de la Carisa o mas tarde por Pajares (FERNÁNDEZ OCHOA, 1982y FERNÁNDEZ OCHOA y MORILLO, 2002).
Murias de Ponte en Soto del Barco y San Martín de Andallón en las Regueras se ordenan bordeando la cuenca fluvial del Nalón en relación con el ramal de la vía de la Mesa que se prolonga hasta la costa.
Por último, los restos musivos de La Isla en Colunga y Ribadesella proceden de yacimientos próximos al trazado de la vía que atraviesa Asturias longitudinalmente por la costa (FERNÁNDEZ OCHOA, 1982).
Añadiendo la localización de los establecimientos tradicionalmente considerados villae romanas, como la villa y termas de Boides en Villaviciosa, Doriga en Salas, Santullano y el Naranco en Oviedo, de Santianes en Pravia, etc., observamos un entramado de asentamientos que en época tardía se repartía a lo largo de los ejes de comunicación, articulando un extenso territorio plenamente romanizado, que no duda en adoptar los gustos estéticos de tradición romana, decorando las estancias de sus viviendas con frescos ornamentales y pavimentos musivos que realzan las habitaciones principales de estas lujosas villae, y que son una muestra más de la adopción de una cultura romana perfectamente integrada en la región. |
En este trabajo se presentan esquemáticamente los resultados del análisis arqueológico de la torre banderiza de Murga (Ayala, Álava), y se hace uso de ellos -en combinación con los resultados arrojados por otras torres similares-para establecer una propuesta de interpretación de la articulación espacial de este tipo de edificaciones.
Entre otras cosas se resalta la importancia del cadalso y la inexistencia de un acceso por la planta baja.
Finalmente se reseñan los criterios que, a juicio de los autores, deben ser seguidos a la hora de analizar una torre de estas características.
Bien podría resumir esta frase la impresión del arqueólogo que se enfrenta al estudio de un edificio como éste de la torre de Murga, aunque se trate de una sensación que no corresponda con la realidad.
El utillaje conceptual propio de la Arqueología de la Arquitectura y su herramienta básica, el análisis estratigráfico, han contribuido de manera tan determinante a la comprensión del hecho constructivo que, en muchos casos, el arqueólogo se ha visto en la necesidad de replantear cuestiones aparentemente ya zanjadas por la historiografía.
El de las torres banderizas es un fenómeno sobre el que se ha escrito mucho, pero que permanece esencialmente en la esfera de lo desconocido.
Numerosas veces ha sido abordada la descripción de los elementos arquitectónicos que las componían, el uso hipotético de cada una de las plantas de su interior o la narración genealógica de los linajes que las habitaron, y sin embargo, en raras ocasiones la investigación se ha preocupado por conocer los antecedentes de la tradición constructiva que les dio origen o por saber del impacto social de su edificación.
El trabajo que aquí presentamos, fruto de un estudio realizado en el año 2001 en la torre de Murga (Ayala, Álava), pretende trascender lo puntual del caso y plantear una reflexión genérica sobre este tipo de edificios.
Por un lado, esta reflexión se articulará en torno a las claves metodológicas sobre las que debería incidir, a nuestro juicio, el análisis de una torre, y por otro, en torno a las que consideramos como claves para la interpretación funcional de su espacio.
Esa es la realidad, pero debemos deshacernos de todas las preconcepciones de origen dudoso que abundan en la caracterización de la vida del pariente mayor y por extensión, de su vivienda.
Para alcanzar, a largo plazo, la comprensión del modelo banderizo de apropiación y control del territorio, se hace necesario partir, en un proceso fundamentalmente deductivo, de cuestiones básicas acerca de la utilización del espacio.
LA CASA-TORRE, CONSECUENCIA INEVITABLE DE
UNA FORMA DE ENTENDER EL TERRITORIO Los señores «de la guerra y de la tierra» vieron en el paisaje una fuente de recursos económicos sobre los cuales extender su dominio y, en la casa-torre, la forma idónea de articular el control de ese territorio en beneficio propio.
La construcción de uno de estos edificios era, ante todo, la expresión de una voluntad de dominio formulada en clave espacial.
Así, a mediados del siglo XIV, los Murga pretendieron hacer indiscutible su poder sobre la zona Meridional del valle de Ayala (Fig. 1).
Este dispositivo de poder señorial estaba diseñado principalmente para atender a necesidades militares.
La estructura del recinto y su distribución espacial estaban pensadas para poder llevar a cabo una resistencia efectiva ante el enemigo y sólo en segundo lugar, para atender a las necesidades domésticas, reservándose un hueco considerable a la vivienda del señor.
Aquellos que vivían en su interior no tenían otra opción que la de aceptar unas condiciones de habitabilidad impuestas, lo cual incidía, no sólo en la funcionalidad que adquiría cada uno de los espacios del interior del inmueble, sino sobre todo, en la forma en que se producía el juego de las relaciones sociales.
La torre fue el producto de una sociedad bajomedieval en crisis1, y, al mismo tiempo, uno de los factores clave en el modelado y perpetuación de su estructura.
LA NECESIDAD DEL ANÁLISIS ESTRATIGRÁFICO
Hasta hace pocos años no existían las herramientas teóricas y metodológicas que permitieran comprender la secuencia de hechos constructivos que componen un edificio, es decir, la articulación diacrónica de sus fábricas.
Por ello era hasta cierto punto comprensible que los análisis de las construcciones se basaran en criterios analógicos y descriptivos.
Pero en los últimos tiempos, hemos ido adquiriendo una concepción más amplia de la serie de hechos que constituyen el resultado final de las construcciones históricas, tomando conciencia de la heterogeneidad que es intrínseca al paso del tiempo sobre ellas.
Y gracias a esta conciencia, nos hemos dotado de unas herramientas que permiten descodificar esa secuencia, segregando las diferentes articulaciones sincrónicas por las que ha pasado el conjunto objeto de análisis, pudiendo llegar a una comprensión analítica de su historia.
Pero, a pesar de que ya contamos con esta posibilidad, siguen siendo raras las ocasiones en las que, al estudio particular de un edificio, antecede un análisis arqueológico de las fábricas.
Lo que debería ser una obligación (no sólo legal, en el caso de las restauraciones, sino también autoimpuesta por los investigadores), se salda las más de las veces con vagas apreciaciones sobre aquellos elementos arquitectónicos u obras cuya disparidad con respecto a la fábrica principal resulta evidente.
Esto, unido a que el argumento estilístico, puramente formal, es admitido con pocas reticencias a la hora de establecer una cronología, ha permitido la confección y aceptación de modelos hipotéticos de torre que, a nuestro juicio, plantean serias dudas interpretativas.
Ante esta situación, y sin obviar el recurso a la tipología de las formas arquitectónicas y otros tipos de análisis, se hace necesario subrayar que el análisis estratigráfico es la conditio sine qua non para el establecimiento de una cronología válida en cualquier estudio histórico y constructivo de una edificación, puesto que sólo él permite saber qué elementos arquitectónicos han funcionado coetáneamente y cuales de ellos se han sucedido en el tiempo.
En Murga, la aplicación del método estratigráfico ha puesto de relieve interesantes aspectos de la evolución del hábitat señorial que nos permitirán profundizar en el conocimiento del proceso de yuxtaposición de las estructuras sociales y familiares desde un punto de vista espacial, en su recorrido de los siglos XIV al XVI.
En esta ocasión, sin embargo, nos concentraremos exclusivamente en algunas consideraciones acerca de la torre banderiza, dejando para futuras ocasiones el estudio del palacio renacentista que se adosó a ella con posterioridad (Fig. 2.).
DESCRIPCIÓN RECONSTRUCTIVA DE LA TORRE
DE MURGA (SIGLOS XIV Y XV) Físicamente, la torre de Murga era un recio edificio de planta rectangular (9,50 ¥ 13,15 m.) que alcanzaba más de 11,8 m. de altura.
El aparejo de su fábrica era, y es, de mampostería caliza donde se alterna el material extraído de cantera por capas naturales con el material semielaborado (bozze), siguiendo hiladas más o menos regulares, aunque sinuosas.
Los esquinales y recercos de vanos están realizados en sillares calizos de grandes dimensiones.
La argamasa que cohesiona toda la obra es muy dura, abundante en cal y áridos.
El grosor de sus muros en la base oscila en torno a los 1,35 m, y todo ello se asienta sobre el nivel de roca natural, sin mediar solución de continuidad que funcione como zanja de cimentación.
El interior de la torre estaba dividido en tres pisos, comunicados por medio de escaleras.
En la planta baja, presentaba cuatro pequeñas saeteras (enfrentadas dos a dos en los muros E y O); en la primera planta, según se ha podido constatar, sólo una saetera (como único vano además de la puerta de acceso) ubicada en el cierre norte, junto a la esquina NO2.La segunda planta, contaba con cuatro vanos, rematados en arco de medio punto; los de este nivel están centrados en cada uno de los paños, y a pesar de ser algo mayores que los de la planta baja, siguen siendo de reducidas dimensiones.
La tercera planta correspondía al cadalso, que destacando sobre la línea de desplome de los muros de la torre, coronaba el edificio en todo su perímetro (Fig. 3).
No existía ningún acceso directo por la planta baja; la única entrada de la torre se encontraba en alto, en la primera planta del paño S. En un primer momento, a este ingreso se llegaba ascendiendo por una escalera de madera construida pegada a la fábrica, aunque poco después ésta fue sustituida por otra de piedra y rodeada de un muro defensivo (Fig. 2, fase 2).
El entramado de madera que divide el interior de la torre en la actualidad no es el que corresponde a la fábrica original.
Aunque en sus rasgos fundamentales coincide con aquél, el análisis detenido de las ménsulas y mechinales que han quedado fuera de uso ha permitido poner de manifiesto importantes diferencias en la distribución y comunicación de los espacios, vitales para interpretar su funcionalidad (Fig. 3, croquis 1).
La simbiosis entre la estructura lígnea y el trabajo de albañilería de los paños perimetrales que se desprende de la articulación entre aparejo, huecos y apoyos, es total.
De la forma y configuración de los mechinales se desprende, por ejemplo, que el trabajo de carpinteros y albañiles evolucionaba a la par.
Planta por planta, los muros de mampostería crecían al tiempo que el esqueleto interior de madera.
Las vigas maestras se hacían trabar con la fábrica como si de un mampuesto más se tratase, lo cual dotaba al edificio de una gran robustez constructiva.
Tanto es así, que parece probarse, no sólo en este caso, que es la longitud máxima que pueden alcanzar las vigas maestras (es decir, la longitud máxima aprovechable de un tronco), la que determinaba la forma en planta, y por tanto el desarrollo volumétrico de las torres3.
Por ello, las dimensiones del lado corto de los torreones de planta rectangular y del lado único en los de planta cuadrangular, oscilan siempre en torno a los 11 m de longitud, dependiendo del grosor de los muros.
APORTACIONES AL ESTUDIO DE LA FUNCIONALIDAD
DEL INTERIOR DE LAS TORRES BANDERIZAS Esta torre de Murga era un edificio mal iluminado, mal ventilado y seguramente con serios problemas de humedad, sobre todo en la planta baja.
En cuanto al destino de los mismos, si seguimos algunos modelos propuestos recientemente, en las torres banderizas tendríamos cuatro plantas con funcionalidades concretas.
La planta baja sería almacén; la primera, el salón donde se desarrollaría la mayor parte de las actividades diarias (allí estarían la cocina y el dormitorio comunitario); la segunda constituiría un espacio para la celebración de ceremonias señaladas, un lugar de representación social (GON-ZÁLEZ CEMBELLÍN, 2002), mientras que la tercera tendría una utilidad netamente defensiva, en relación con el cadalso arriba citado.
Sin embargo, ni éste ni otros de los modelos formulados hasta la fecha, parece adecuarse al caso de Murga 4.
Este aparente problema, más que resaltar la singularidad del to-rreón, invita al cuestionamiento de nuestros conocimientos reales acerca de este tipo de entidades edilicias.
Inexistencia de un acceso por la planta baja
En esta torre se ha puesto de manifiesto la inexistencia de un acceso directo desde el exterior a la planta baja, ya que todos los que se observan en la actualidad fueron efectuados con posterioridad.
Es decir, la única forma de llegar a este espacio era descendiendo desde la primera planta.
Hecho que hace impensable su utilización como establo o cuadra y obliga a reconsiderar o definir con mayor cautela su empleo como despensa o bodega, por la dificultad que comportaría el acarreo y depósito de cargas traídas desde el exterior (Fig. 3, croquis 2).
Este aparente inconveniente se convertía en una clara ventaja defensiva, pues una vez desmontado el patín de madera, alcanzar la única entrada al recinto se convertía en una misión muy complicada para el enemigo.
En realidad, la presencia de un acceso inferior en esta fase sería ilógica, de un lado porque haría redundante la existencia del que se situaba en alto y, de otro, por su vulnerabilidad, ya que una vez tomada la planta baja, la base del armazón de madera, y por tanto la propia torre, se encontraría a merced del intruso.
Esta hipótesis interpretativa pone en evidencia la necesidad de realizar, en otras torres, análisis estratigráficos sistemáticos que permitan contrastar si, como sospechamos, los accesos por la planta baja son realidades constructivas ajenas a la lógica funcional de estos edificios5.
Tres tramos de escalera en lugar de escalera
única Nuestra segunda consideración parte de la constatación realizada en la torre de Murga, de la disociación de los tramos de escalera que comunicaban los diferentes pisos, condicionando así la circulación interior del edificio, y su compartimentación.
Las escaleras eran de madera, y se afianzaban sobre mechinales y ménsulas empotradas en los muros.
El tramo inferior, del cual se han localizado en la excavación arqueológica dos peldaños pétreos, ascendía pegada al muro E y comunicaba la planta baja con la primera.
(Fig. 3) El segundo tramo corría junto al muro O, uniendo la primera y la segunda planta.
En esta planta, los accesos hacia los niveles superiores de la torre se bifurcaban.
Por un lado se ha registrado una escalera adosada al cierre occidental, que es continuación de la que viene del nivel inferior; al tiempo que se ha detectado la presencia de otra escalera, en la esquina sureste, que da acceso al tercer piso o al cadalso.
Esta intrincada disposición tenía una clara consecuencia en la organización del espacio interior: la necesidad de cruzar las plantas para pasar de un tramo de escalera a otro, convertía la mayor parte de la superficie útil en espacio de tránsito (Fig. 3, croquis 4).
Además, en la segunda planta, encontramos una división de espacios que refleja una disociación entre lo público (la zona de paso común) y lo privado (la vivienda del señor).
Así la escalera NO, que se mantiene desde la primera planta hasta la tercera, sirve de eje vertical que comunica todos los niveles del edificio; siendo la escalera de uso común, diferente a la de la esquina SE.
Esta última nace en la propia segunda planta, y da acceso al nivel superior.
Debería tratarse de una escalera de uso exclusivo del señor, es decir, sería la escalera propia de su vivienda, que por lo tanto podemos deducir que se articulaba en dos plantas (Fig. 3, croquis 5 y diagrama de flujo).
En resumen, podemos establecer que la circulación vertical se da en dos planos: una escalera comunitaria, que parte de la primera planta y llega hasta el cadalso, y una escalera señorial que comunica los dos niveles en los que la vivienda del señor banderizo se articula.
El cadalso como atalaya razón de ser
de la torre banderiza Directamente relacionada con la anterior, realizaremos una última consideración acerca de la funcionalidad del cadalso.
Entendiendo por cadalso la estructura en madera hecha en voladizo que ocupaba la parte superior de las torres, debemos reconocer que en Murga no ha quedado rastro material de su existencia, aunque sí algunas citas documentales donde se hace referencia a «la dicha torre fuerte que antiguamente tenía el remate de tabla y los corredores de afuera de lo mismo.»6 Basándonos en este dato, así como en otras referencias que nos hablan de torres con cadalso (PALACIOS, 2001: 166-167; JIMÉNEZ, 1993: 78; AVELLO, 1991: 91.
O en obras ya clásicas: PORTILLA, 1972: 192; YRIZAR, 1929: 31-33), y observando también el remate de ladrillo que actualmente corona el torreón, y que conserva ciertos ecos formales de aquél, damos por hecha su presencia en el edificio original (Fig. 2, ilustración fase 1).
Pues bien, una reflexión detenida sobre la configuración del interior de la torre de Murga, pone de manifiesto que es en éste elemento defensivo, donde reside la clave de toda su articulación espacial.
La fortaleza del torreón, la potencia de sus muros, permitía ofrecer una sólida resistencia, pero, en circunstancias de sitio, sólo la atalaya donde estaba emplazado el cadalso proporcionaba al defensor un cierto control sobre la situación.
La altura a la que se encontraba no sólo proporcionaba un mayor rango de alcance a los proyectiles de las ballestas, o permitía la protección de la base del edificio, sino que sobre todo, dotaba de cobertura defensiva al entorno inmediato donde se encontraban emplazados bienes inmuebles de vital importancia para la economía del pariente mayor; en el caso de los Murga, «dos moliendas pasado el río delante de la dicha torre» 7 y algunas otras construcciones auxiliares.
Podríamos decir que, si efectivamente la construcción de una torre es la expresión de una voluntad de dominio territorial, la atalaya es el dispositivo principal que la habilita para ejercerlo8.
La efectividad de ese dispositivo dependía fundamentalmente de la altura que se podía alcanzar con respecto al terreno circundante, por lo que, salvo que se pudiera aprovechar alguna colina (nunca demasiado alejada de los caminos que atravesaban el fondo de los valles), era la propia fábrica la que debía erguirse lo más alto posible.
El gran desarrollo vertical de los edificios resultantes es el que obliga a articular la superficie habitable mediante varios pisos, comunicados por escaleras dispuestas de la forma anteriormente indicada.
En realidad, el espacio interno de la torre no es más que el tránsito entre el suelo y el cadalso, tránsito al que se ha adaptado la vivienda común y las estancias de uso privativo por parte del pariente mayor.
En nuestra opinión, consideraciones básicas de este tipo deben constituir el punto de partida para una revisión y mejor definición de la funcionalidad del espacio en la torre banderiza.
Esta revisión debería huir de la mera descripción formal y del abuso de las clasificaciones tipológicas que tienden a crear una idea del espacio estático y fragmentado, y debería tender a una concepción más estructurada, más orgánica, donde se pudiese apreciar claramente cómo se produce el juego de relaciones espaciales, cómo se articulan las comunicaciones y cuáles son los factores que influyen en la transformación del hábitat del pariente mayor.
Desde la arqueología, sólo en la medida en que seamos capaces de comprender el funcionamiento de una torre como la de Murga, estaremos en disposición de dar el siguiente paso, y de este modo, intentar definir el funcionamiento de la sociedad que la ha creado.
Presentamos resumidamente, como un ejercicio que procura ir más allá de la realidad de un único edificio, las claves para la comprensión espacial de las torres a la hora de abordar su estudio.
Esta reflexión forma parte de un proyecto más amplio, que incluye el análisis de un importante elenco de torres banderizas del País Vasco, pero cuyas conclusiones trascienden ampliamente dicho entorno geográfico.
Desde nuestra experiencia, hay ciertos aspectos que resultan fundamentales para aprehender la sucesión de configuraciones internas de un edificio del tipo del que nos ocupa, que eventualmente puede ser aplicado a otro tipo de edificaciones.
No nos extenderemos al tratar cada uno de esos aspectos, sino que solo definiremos sus características principales.
Es la base imprescindible para el conocimiento detallado de cada una de las acciones que han llegado a constituir el edificio tal y como lo conocemos.
El objeto de este análisis es reconstruir la secuencia en la que han ido apareciendo aquellos elementos que se conservan.
Reconstrucción tridimensional por fases.
Este segundo «momento» del estudio puede ser dividido en tres tipos de análisis diferentes, pero que en general son realizados de manera simultánea, ya que la determinación de uno de los aspectos condiciona los demás.
Reconocimiento de los grandes volúmenes contenedores del conjunto, que normalmente coinciden con los cuerpos de fábrica principales (por ejemplo la fábrica de la torre o la del palacio adosado a la torre, etc.).
Esos grandes volúmenes serán los que determinen la compartimentación interna y la configuración de los espacios que de ella se deriva.
Delimitación de los espacios internos.
Cada uno de los volúmenes definidos en el apartado anterior puede estar compartimentado, segmentación que en nuestro caso es difícil de visualizar al tratarse de estructuras lígneas desaparecidas, que no dejaron restos en los muros de piedra.
Identificación de los accesos.
Este paso está íntimamente ligado al anterior, siendo en gran medida su consecuencia ineludible.
El análisis de la distribución de los vanos, accesos y escaleras es fundamental, permitiéndonos llegar a conocer la distribución interna del cuerpo principal así como sus relaciones con los cuerpos adyacentes y el exterior.
Estos accesos marcan la relación física entre espacios, pero lo que es más importante, las relaciones entre las personas que utilizaban la torre.
Así, podremos determinar grados de permeabilidad, relaciones de preeminencia, gradientes de visualización, etc., gracias a los cuales llegaremos a comprender una cierta idea de las relaciones personales para cada momento analizado.
Estudio de la circulación o circuitos.
El conocimiento tridimensional del edificio en sus diferentes fases, por el que se reconoce para cada momento la red de vanos y accesos (tanto si comunican la torre con el exterior como si comunican espacios internos del edificio), permite establecer unas redes de circulación sin las cuales no es posible la comprensión integral de la torre.
Los cambios en la circulación que supone la abertura de nuevas puertas, por ejemplo, puede indicarnos modificaciones importantes en la concepción del propio edificio y su funcionalidad, así como el status de sus moradores.
Por último, queremos resaltar que la idea directriz de nuestra propuesta de trabajo es que este tipo de estudios debe ser realizado en función de la articulación del espacio como un sistema.
Las numerosas interrelaciones de los aspectos reseñados nos muestran que sería poco viable analizar unos aspectos sin tener en cuenta los demás, ya que cualquier modificación en uno de ellos va a tener repercusión en los demás.
Por lo tanto debemos estudiar cada conjunto edilicio en términos de sistema, analizando las interacciones multidireccionales que se operan entre cada uno de los aspectos, teniendo siempre como base las relaciones que se establecen sincrónicamente, para luego estudiar las alteraciones introducidas en el sistema, representando la diacronía, es decir, la secuencia histórico-constructiva. |
INTRODUCCIÓN El objetivo de esta ponencia será el de trazar un cuadro general sobre el concepto actual de la arqueología de la arquitectura en la Península Ibérica, y plantear una serie de propuestas y de elementos de reflexión que la disciplina tendrá que abordar en un próximo futuro.
El primer aspecto que es necesario discutir es precisamente el del concepto de arqueología de la arquitectura.
Analizando los contenidos de los últimos trabajos editados en España sobre está temática 2, es evidente que existe una concepción muy heterogénea del significado y el campo de actuación de la denominada arqueología de la arquitectura.
Han sido acogidos dentro de este concepto lecturas estratigráficas de alzados, el análisis de materiales constructivos antiguos, el estudio del área de captación de estos materiales, propuestas de intervención en ocasión de restauraciones y rehabilitaciones de edificios, análisis arqueométricos, lecturas basadas en criterios analógicos y estilísticos, la excavación de las bóvedas de iglesias, propuestas de instrumentos de datación, el estudio de procesos sociales a partir del documento arquitectónico, etc. Frente a esta notable diversidad, es oportuno reflexionar sobre el significado del concepto y el uso que se hace de él.
El término de arqueología de la arquitectura fue acuñado hace ya más de diez años en Italia (MANNONI, 1990: 28), y surgió con el fin de agrupar toda una serie de experiencias e investigaciones realizadas en los dos decenios anteriores como resultado de la aplicación de los instrumentos, conceptos y problemáticas de la disciplina arqueológica al estudio de la arquitectura.
Naturalmente, los arqueólogos se habían ocupado con anterioridad de la arquitectura, y existe una larga tradición de estudios que se remonta a los albores mismos de la disciplina arqueológica.
Basta recordar, por ejemplo, los importantes estudios realizados por la arqueología clásica en la postguerra en los campos del estudio de las técnicas constructivas o, a partir de autores como N. Lamboglia (1958), en el empleo de la estratigrafía del subsuelo para fechar los monumentos.
Por todo ello puede resultar
En esta ponencia se traza un cuadro general sobre el concepto actual de la arqueología de la arquitectura en España, y se plantea una serie de propuestas y de elementos de reflexión que la disciplina tendrá que abordar en un próximo futuro.
Para ello se analizarán las fases formativas de la disciplina como resultado de la adquisición en los años 80 de un bagaje conceptual y metodológico aprehendido de la tradición italiana, y como se ha aplicado a la situación de la investigación y la gestión del patrimonio edificado en los 90.
Concretamente se prestará una atención específica a los marcos institucionales, académicos y administrativos que han condicionado hasta el momento su desarrollo.
Por último, se prestará una atención particular al uso que se realiza de la información producida por las investigaciones arqueológicas en las intervenciones de rehabilitación y restauración del patrimonio edificado, analizando críticamente algunos ejemplos significativos.
Palabras claves: Arqueología de la Arquitectura, España, Patrimonio Arquitectónico.
paradójico, e incluso pretencioso, adoptar una nueva terminología para referirnos a los estudios arqueológicos de la arquitectura.
Como se ha señalado recientemente, solo el nombre es nuevo; el estudio de la arquitectura se remonta a los orígenes mismos de la arqueología, en el Renacimiento italiano, por lo que, de hecho, es la más vieja de las arqueologías (MORRISS, 2000: 5).
Sin embargo, solamente en los últimos decenios se han empezado a emplear ciertos instrumentos (en primer lugar la lectura estratigráfica de alzados), a plantearse nuevos problemas y ámbitos de investigación hasta entonces inexplorados y, sobre todo, se ha desarrollado una práctica arqueológica orientada a la investigación aplicada.
Aunque, como veremos, en el caso de España ha sido fundamental la influencia de las experiencias italianas, es preciso contextualizar el surgimiento de esta disciplina en un marco de referencia más amplio, en el que tengan cabida otro tipo de tradiciones europeas.
De hecho, en los últimos decenios se ha asistido en toda Europa a una profunda renovación de los estudios arquitectónicos realizados por arqueólogos, cuyo resultado ha sido el surgimiento de líneas de trabajo como la Archéologie du bâti o Archéologie des élévations en Francia (PRINGENT, HUNOT, 2000; ESQUIEU, 1997; JOURNOT, 1999), la Bauforschung y la llamada "arqueología de la construcción" en Alemania (AA.
Dos son las razones fundamentales que se encuentran detrás de este renovado interés por la arquitectura en los últimos decenios; por un lado el notable desarrollo adquirido por una arqueología implicada en el estudio y gestión del patrimonio edificado como recurso finito en el marco de intervenciones de restauración y rehabilitación de la arquitectura histórica; pero además ha sido también fundamental la renovación de la disciplina arqueológica, a través de su reconstrucción estratigráfica y la ampliación de sus clásicos marcos cronológicos y temáticos.
No obstante, aunque todas estas líneas de trabajo son hijas de un mismo contexto social y científico, su base genética es muy distinta, así como su desarrollo y ámbito de aplicación, por lo que estamos muy lejos de poder hablar de una "disciplina" única.
Ni siquiera a nivel instrumental existe una homogeneidad.
Curiosamente algunas de estas líneas de trabajo son aún pre-estratigráficas y abordan el estudio de la arquitectura histórica exclusivamente con instrumentos analógicos, tipológicos y estilísticos heredados de la historia del arte y de la arquitectura.
Desde este punto de vista, la experiencia italiana es la que cuenta con una masa crítica de estudios más afirmada, y una codificación y normalización de instrumentos y conceptos más sólida, basada en la adopción de la filología estratigráfica como criterio fundamental de análisis de la arquitectura (BROGIOLO, 2002).
Es precisamente desde Italia desde donde la arqueología de la arquitectura se ha "importado" a la Península Ibérica.
No debe extrañarnos esta estrecha relación con la arqueología italiana, ya que el peso que ha tenido en la historia reciente de la arqueología de época histórica española es muy notable.
Como ha señalado recientemente X. Dupré, ha sido precisamente a partir de las experiencias italianas y británicas como se ha producido la alfabetización estratigráfica española.
Primero a través de la participación del ya mencionado Lamboglia en los cursos de Ampurias, y posteriormente -y de forma paralela a los contactos y a la presencia en España de arqueólogos ingleses-como filtro que ha consentido la adquisición de los logros estratigráficos británicos en España y la introducción del llamado "sistema Harris" (DUPRÉ, 1997: XIV).
Teniendo en cuenta estas circunstancias, puede ser útil plantear algunos criterios básicos que contribuyan a definir la arqueología de la arquitectura: 1.
La arqueología de la arquitectura es una disciplina arqueológica, y por lo tanto, como disciplina histórica que es, persigue el conocimiento de la sociedad a través de los documentos materiales, en este caso arquitectónicos.
No la concebimos, pues, sólo como un instrumento para conocer la historia del edificio o para replantarse la historia de la arquitectura.
Otro segundo aspecto que define la disciplina es el compromiso con el estudio y la gestión del patrimonio edificado.
Desde este punto de vista la concebimos, no sólo como investigación básica, sino también aplicada.
Es preciso tener en cuenta el carácter bidimensional del Patrimonio edificado, en cuanto siendo documento de las sociedades pasadas, es también recurso para las sociedades actuales.
Este es un criterio básico que diferencia la arqueología de la arquitectura de otros estudios arquitectónicos realizados por arqueólogos.
El tercer criterio de referencia es el empleo de un bagaje instrumental de naturaleza estrictamente arqueológica.
En España, como en el resto de los estados de nuestro entorno, ha sido y sigue siendo el lenguaje estratigráfico el medio de expresión de la arqueología del final del siglo XX y de inicios del XXI.
Pero además de la estratigrafía se han desarrollado una serie de instrumentos Normalmente la gran parte de los trabajos experimentales realizados en este período se desarrollaron desde una perspectiva estrictamente de investigación, aunque pronto se intuyó las posibilidades de su desarrollo en el ámbito de la gestión.
Un ejemplo de esta fase experimental está representado por los trabajos realizados en Burgos por J. A. Aparicio (1990), que, sin llegar a formalizar un sistema conceptual y de registro estrictamente estratigráfico, intuyó la necesidad de establecer las relaciones indirectas de los distintos elementos analizados, sistematizó las relaciones estratigráficas, y cuestionó las dataciones estilísticas.
Otras experiencias relevantes fueron realizadas en esos mismos años por el equipo arqueológico de la Diputación de Barcelona, que fue asimilando progresivamente la dimensión arqueológica del edificio y decantando sus instrumentos de análisis.
De esta manera, ya a partir de los años 80 se logró codificar un protocolo de intervención estratigráfica integral de los edificios analizados (LÓPEZ MULLOR, 2002).
Se podrían señalar varios casos más de autores implicados en la búsqueda de nuevas estrategias de estudio de la arquitectura o preocupados en la función del arqueólogo en el marco de la rehabilitación y restauración monumental que han configurado el caldo de cultivo sobre el que se ha sedimentado, ya a partir de los primeros años 90, las primeras aplicaciones que podemos calificar de arqueología de la arquitectura (SOUTO LASALA, 1986; LÓPEZ MULLOR, 1994; CASTILLO ARMENTEROS et alii, 1999).
De forma paralela a esta fase experimental propiciada por el nuevo marco de actuación de la "arqueología involuntaria" o "de gestión", se han producido otros dos hechos que merecen ser señalados.
Por un lado es relevante señalar cómo una parte de los arquitectos restauradores han visto en este nuevo marco administrativo una oportunidad para integrar de forma rigurosa las informaciones estratigráficas, entendiendo la acción del arqueólogo como una ventaja y no como un inconveniente.
A este propósito se pueden señalar trabajos como los de A. Jiménez realizados en Sevilla, la praxis impuesta por A. González desde la Diputación de Barcelona, o las intervenciones de P. Latorre y L. Cámara en Melque, Faro de la Torre de Hércules de Coruña, iglesia de San Pedro el Viejo de Arlanza, por señalar algunos ejemplos concretos.
Asimismo es relevante subrayar la labor de A. Almagro en la aplicación de la fotogrametría (p.e.
ALMAGRO et alii, 1992). arqueológicos que permiten fechar y analizar con rigor el documento arquitectónico.
La arqueología de la arquitectura pretende situarse en una incómoda posición disciplinar intermedia que supere los límites tradicionales entre la arqueología, la arqueometría, la restauración y la arquitectura.
En tradiciones consolidadas, como la italiana, es posible observar cómo se ha llegado a la socialización del instrumental e incluso de las perspectivas de trabajo e investigación, aunque este diálogo disciplinar no está exento de problemas.
Por último, se propugna el desarrollo de modelos interpretativos que, desde posiciones antropológicas, funcionalistas o materialistas, se contrapongan a los presupuestos idealistas y positivistas profundamente arraigados en la historiografía de la arquitectura.
A este propósito, no deja de ser significativo el impulso que ha ofrecido la arqueología de la arquitectura a la construcción de una historia social de la producción arquitectónica en el último decenio, y que haya cuestionado abiertamente aspectos claves de la teoría de estilos vigente en el estudio de la arquitectura postclásica.
LA ARQUEOLOGÍA DE LA ARQUITECTURA EN EL ÚLTIMO DECENIO
Pero para comprender mejor cual es la situación de la "disciplina" en la actualidad, es preciso analizar brevemente las etapas formativas de lo que llamamos arqueología de la arquitectura.
No es nuestro objetivo realizar una historiografía completa del decenio largo de experiencias acumuladas, sino que se pretende sencillamente resaltar algunas tendencias principales.
A fines expositivos, es posible diferenciar dos fases principales:
Una primera fase que podemos situar desde los años 80 hasta mediados de los 90 se caracteriza por la experimentación y la búsqueda de nuevos instrumentos y criterios arqueológicos orientados al estudio de la arquitectura.
Como resultado de la puesta en marcha del sistema autonómico y de la descentralización de la gestión del patrimonio histórico, se ha producido durante estas décadas una explosión descontrolada de intervenciones arqueológicas como apoyo a la rehabilitación y restauración de edificios históricos.
Es en este seno en el que se experimentarán nuevas vías de estudio del patrimonio arquitectónico.
Es asimismo relevante señalar la renovación que ha tenido lugar en estos decenios en el estudio de la arquitectura del mundo clásico, tanto a través del desarrollo de sistemas de lectura y análisis que han superado los planteamientos clásicos (sólo por poner un ejemplo, el estudio del arco de Bará en Tarragona se ha realizado siguiendo una lógica estratigráfica, aunque no se ha formalizado la filología harrisiana, DUPRÉ, 1994: 137-201), como en el estudio de los materiales y las técnicas constructivas (p.e.
BENDALA, GALÁN, 1992; RODÀ, 1994), por señalar solamente algunas de las problemáticas principales.
En este contexto ha representado un salto notable la renovación instrumental representada por la "importación" desde Italia a partir de los años 90 de los conceptos e instrumentos que consideramos básicos de la arqueología de la arquitectura.
El principal responsable de esta "importación" ha sido Luis Caballero, que ha ejercido como un verdadero canal de transmisión entre las dos tradiciones arqueológicas.
Su acercamiento a la arqueología de la arquitectura se ha realizado con el fin de dotarse de un instrumento analítico de mayor capacidad y rigor para el estudio de la arquitectura altomedieval peninsular.
De hecho, sus numerosas intervenciones arqueológicas en iglesias de época altomedieval han conseguido renovar el conocimiento sobre la arquitectura de este período y replantear su estudio sobre nuevas bases (CABALLERO ZOREDA, 1994-1995).
A diferencia de estas experiencias, se va a gestar un grupo en la Universidad del País Vasco dirigido por Agustín Azkarate que, concentrando su actividad en el ámbito del País Vasco, marcará como criterios prioritarios la integración entre investigación básica y aplicada a la gestión y puesta en valor del patrimonio edificado en el marco de convenios con las administraciones implicadas.
En este contexto, se va a primar una estrategia de intervención territorial, actuando sobre conjuntos arquitectónicos de distinta entidad y características, que comprenden edificios religiosos rurales, puentes, arquitectura civil, o incluso grandes conjuntos monumentales (AZKARATE, 2002).
También en los primeros años 90 se llevaron a cabo otras experimentaciones en varios lugares de España, entre los que se pueden señalar a modo de ejemplo los realizados en Cuenca (COLL CONESA et alii, 1992), en el castillo de Gelide (GALINDO TORRES et alii, 1994) o en Sevilla, a partir de los trabajos en el Palacio de Mañara y, sobre todo, en el Convento de Santa María de los Reyes, por señalar algunos de los trabajos más significativos (TABALES, 1999).
En el año 1995 se publica en una revista de arquitectura un número monográfico dedicado a la arqueología de la arquitectura bajo el título "Leer el documento construido" (CABALLERO ZOREDA, LATORRE, 1995).
Esta iniciativa precede en varios meses la celebración de un curso en Burgos (CABALLERO ZOREDA, ESCRIBANO, 1996), en el que se amplían algunos de los presupuestos enunciados en la anterior publicación3.
Ambas publicaciones representan el esfuerzo más serio realizado hasta el momento de sistematizar y normativizar los criterios que habían guiado las intervenciones realizadas en la Península Ibérica.
El impacto de estos dos trabajos ha sido muy notable, puesto que se agotaron en pocos meses.
Estas publicaciones sirvieron, además, para que se diesen a conocer los trabajos de autores italianos como R. Parenti (1995Parenti (, 1996Parenti (, 1997) ) o G. P. Brogiolo (1995), traducidos al castellano para la ocasión.
Paralelamente se realizaron otras reuniones (p.e.
"El monument, document", Barcelona, 1995), aumentó el número de publicaciones temáticas y se ha llevado a cabo un importante número de experiencias en toda España que ha dado lugar, en algunos casos, a la consolidación de equipos y grupos de trabajo, o a la puesta en marcha de distintos programas de trabajo.
En el año 1996 se publica en Portugal el primer trabajo dedicado al argumento (MAGALHAES RAMALHO, 1996), y también en los años siguientes empiezan a realizarse lecturas estratigráficas en Cuba o México inspiradas en experiencias europeas.
No hemos querido referirnos en esta síntesis a ninguna intervención específica -ni siquiera al complejo estudio sobre la Catedral de Santa María de Vitoria-ya que en otras ponencias publicadas en esta misma revista se recogen de forma puntual las principales experiencias realizadas en los últimos años.
Es llamativo observar que las críticas que se han producido contra la arqueología de la arquitectura no proceden de arquitectos, sino de arqueólogos que cuestionan la propia necesidad de la "disciplina".
Entre estas críticas se ha señalado la incapacidad de discernir en las secuencias estratigráficas distintas fases cronológicas debido a "los Es posible hacer buena arqueología realizando lecturas arqueológicas a partir del estudio de las modulaciones, como en el caso del Puente de Mérida (FEIJOO, 1997), estudiando la distribución de las marcas de cantero, como en el caso del monasterio cisterciense de Santa María de Armenteira en Pontevedra (VALLE PÉREZ, 1988), o con análisis arqueométricos, como en el caso del conjunto de Torre de Palma en Portugal (MALONEY, RINGBOM, 2000).
Incluso se ha podido ver cómo el recurso a los instrumentos tipológicos continúe siendo válido, aunque sea necesario recurrir a tipologías "domesticadas" por la lógica estratigráfica y por el conocimiento de las estructuras de producción que sustentan la actividad arquitectónica (FERRANDO et alii, 1989).
Sin embargo, las experiencias arqueológicas realizadas en España en el último decenio, y en Italia desde los años 70, han mostrado que la lectura estratigráfica es el instrumento más riguroso con el que contamos hasta el momento para realizar un análisis diacrónico de la arquitectura histórica.
A este propósito es revelador que se realicen con una cierta frecuencia este tipo de lecturas en Gran Bretaña, Australia o en los Estados Unidos de Norteamérica.
Sin embargo, la adaptación de la estratigafía a los alzados y el desarrollo de procedimientos y estrategias adecuadas es uno de los principales campos de discusión en lugares como en Francia (JOURNOT, 1999; ESQUIEU, 1997: 133; ROUGER, 1998), o en Gran Bretaña, de tal manera que aún se están experimentando y poniendo a punto las estrategias más adecuadas.
En este último país, de hecho, no todos los autores aceptan la posibilidad de utilizar los instrumentos de lectura estratigrafica a los alzados sin llevar a cabo una adaptación (GRENVILLE, 1997: 2-5; WESTMAN, 2000: 110-111; JONES, 2000).
Así, se constata cómo conviven distintas aproximaciones, desde las más tipológicas empleadas para la arquitectura rural -a pesar del debate surgido desde las páginas de Vernacular Architecture a finales de los 80 e inicios de los 90-, o las propiamente estratigráficas más empleadas en el caso de la arquitectura monumental e incluso industrial (CLARK, 2000: 17-18; PALMER, NEAVERSON, 1998: 97-103).
En España se han experimentado en el último decenio distintas fórmulas de articular la lectura estratigráfica de alzados.
La formulación más empleada hasta el momento es la que, explicitada y normalizada a partir del año 1995, se reconoce esencialmente en las experiencias desarrolladas por algunos equipos de trabajo italianos, como fruto de la reflexión crítica y la experimentación aplicada en numerosos conjuntos monumentales.
Sin embargo esto replanteos de obra, la torpeza de los ejecutantes o la simple necesidad de resolver situaciones imprevistas", o se ha cuestionado la oportunidad de recurrir a diagramas estratigráficos (GARCÍA DE CASTRO VALDÉS, 1997).
Pero al margen de estas críticas puntuales y circunscritas de carácter reaccionario, lo que si es cierto es que la arqueología de la arquitectura en la Península Ibérica es una disciplina en franca expansión y que no se circunscribe a especialistas de un período arqueológico concreto.
Las intervenciones ya realizadas en edificios de época romana, o los trabajos de prehistoriadores que se identifican bajo el epígrafe de la arqueología de la arquitectura (SÁNCHEZ, 1998) son buena prueba de ello.
Es relevante señalar asimismo que la filología estratigráfica ha sido adoptada por equipos de investigación formados por profesionales como arqueólogos, restauradores y arquitectos4, que permiten pensar que la arqueología de la arquitectura cuenta con las suficientes bases conceptuales y científicas como para adquirir un mayor protagonismo durante el decenio que acabamos de inaugurar.
LA ARQUEOLOGÍA DE LA ARQUITECTURA COMO ARQUEOLOGÍA
Una vez que se han planteado brevemente algunas cuestiones de carácter historiográfico, es preciso reflexionar sobre los aspectos hermenéuticos y conceptuales de la disciplina.
Como se ha señalado con anterioridad, uno de los pilares fundamentales de la arqueología de la arquitectura es que ha conseguido desarrollar un bagaje instrumental y conceptual estrictamente arqueológico, bien diferenciado del empleado por otras disciplinas como la historia del arte o de la arquitectura.
Esto no quiere decir que sin estratigrafía de alzados no haya arqueología de la arquitectura, o que podamos identificar lectura estratigráfica de paramentos con toda la arqueología de la arquitectura.
Esta identificación, que en realidad es un reduccionismo de la disciplina a un instrumento concreto (BROGIOLO, 1997), es frecuente en las primeras formulaciones realizadas en España, cuando se hizo alusión a la arqueología de la arquitectura como un "método" (CABALLERO, LATORRE, 1995), y se asoció estrechamente a la historia de las construcciones.
no quiere decir que sea la única manera de abordar la lectura estratigráfica.
Así por ejemplo, en el caso de la catedral de Santa María de Vitoria-Gasteiz se ha experimentado la integración de la lectura estratigráfica de grandes volúmenes guiada por cronotipologías relativas, reinterpretando de forma original estos instrumentos y adaptándolos al análisis de grandes volúmenes (AZKARATE, 2001).
En el caso de Sevilla, en cambio, M. A. Tabales integra en su propuesta de actuación un doble proceso de lectura que combina un análisis estratigráfico con otro que denomina estructural, y en el que se integran estudios de carácter tipológico (aparejos, vanos, enlucidos), con otro tipo de lecturas estrictamente estructurales de carácter no estratigráfico, que inciden en la valoración arqueológica general (TABALES, 2000a: 324-325).
Al margen de otro tipo de consideraciones referidas a las circunstancias en las que se han gestado este tipo de estrategias y procedimientos (derivados de la naturaleza de los trabajos de investigación, gestión, etc.), es necesario subrayar que la realidad es muy caleidoscópica, y que nos encontramos en una fase de verdadera experimentación y puesta a punto de los instrumentos más adecuados.
Otro aspecto que merece la pena ser subrayado es que, desde hace tiempo, se trabaja en la elaboración de un corpus de instrumentos de datación de carácter arqueológico, independiente de otros de carácter formal.
Aunque se continúa recurriendo con frecuencia a indicadores cronológicos tradicionales, como las fuentes indirectas (y en primer lugar la documentación escrita) o estilísticas (siguiendo una tradición de estudios afirmada, por ejemplo, en la arquitectura altomedieval), hay un interés creciente por la potenciación de otro tipo de instrumentos.
Así por ejemplo han empezado a realizarse curvas mensiocronológicas de ladrillos.
De hecho, se ha podido ver que en España se empleaban los mismos sistemas de reglamentación de las producciones de materiales constructivos (esencialmente ladrillos y tejas) que en otros países donde se han podido fechar los edificios en función de sus características y dimensiones, como en Italia, Alemania o Inglaterra, ya que la tendencia a la reducción de las dimensiones era frecuente en las principales ciudades y centros urbanos (Oviedo, Toledo, Cuenca, Sevilla, Madrid, etc.).
Las principales experiencias se han llevado a cabo, hasta el momento, en el caso de Valencia, donde X. Martí y sus colaboradoras han propuesto las primeras curvas de referencia (ALTARRIBA et alii, 2001).
Otra línea de trabajo que se está desarrollando es la de la elaboración de catálogos y repertorios territoriales de técnicas constructivas.
Ya en el año 1995 se había propues-to la elaboración de este tipo de instrumentos para poder fechar los paramentos y analizar las estructuras productivas vinculadas a la arquitectura, pero hay que reconocer que queda un largo camino por recorrer.
Precisamente el desarrollo de estos instrumentos de datación dependientes de la estructura productiva local o regional es un indicador evidente de la madurez y del desarrollo alcanzado por la propia disciplina en un determinado territorio.
Esto es debido a que, por un lado, requieren de una importante inversión de tiempo en la realización de tipologías que podrán aplicarse solamente en ámbitos territoriales reducidos.
Las limitaciones observadas en la arquitectura peninsular de época romana, que presenta notables variaciones y diferenciaciones territoriales a pesar de poder ser considerada a priori como una arquitectura tipologicamente homogénea, constituyen un claro reflejo de las limitaciones territoriales de estos instrumentos (BENDALA, ROLDÁN, 1999).
Pero además es imprescindible decir que, por sí misma, la estratigrafía de alzados no es suficiente para entender la complejidad que presenta el registro arquitectónico.
De la misma manera que en una excavación el proceso de investigación no se concluye cuando se ha decodificado la secuencia estratigráfica, tampoco en la arqueología de la arquitectura la formalización de una lectura estratigráfica a través de un diagrama y unas reconstrucciones volumétricas concluyen el proceso lógico de estudio.
En el caso de las excavaciones constituye una fuente de información fundamental el estudio de los objetos muebles y las informaciones contenidas en el propio sedimento; en la arquitectura tendremos que analizar los materiales y las técnicas constructivas empleadas.
La arqueología de la arquitectura cuenta con un utillaje conceptual e instrumental adecuado para analizar los materiales y las formas de construir, estudiando de esta manera los aspectos productivos y sociales que se encuentran contenidos en el documento arquitectónico.
De hecho las experiencias italianas nos enseñan cómo el estudio de las técnicas constructivas es un instrumento esencial para realizar una historia social de la arquitectura y alcanzar de esta manera el fin último de cualquier actividad arqueológica, hacer Historia (MANNONI, GIANNICHEDDA, 1996; BROGIOLO, 1996; MANNONI 1994MANNONI, 1997;;BIANCHI, FRANCOVICH, 2002; CAGNANA, 1997) 5. vación y a la prospección.
Se crea de esta manera una contradicción, en cuanto queda en manos de la sensibilidad de los administradores la regulación y la oportunidad o la necesidad de llevar a cabo este tipo de estudios.
Solamente en las propuestas normativas más recientes, se da espacio también a las lecturas arqueológicas de alzados, y se propone la necesidad de realizarlas bajo autorización específica.
En la actualidad, las únicas normativas que recogen en su articulado la necesidad de intervenir en las restauraciones a través de análisis arqueológicas de alzado se reducen a las municipales, que se han demostrado como las de mayor dinamismo y flexibilidad.
Entre estas es necesario señalar por su carácter pionero la del ayuntamiento de Málaga, que establece una tasa en aquellos casos en los que sea necesario intervenir en el subsuelo o en "instalaciones susceptibles de aplicación de arqueología de la arquitectura o industrial".
Asimismo, el Plan Territorial Sectorial del Patrimonio Cultural del País Vasco, será una de las primeras normativas legislativas de ámbito autonómico que recoja de forma específica las intervenciones en este ámbito concreto de estudios.
La importancia de este documento reside en el hecho de que se trata de un texto jurídico destinado a coordinar las leyes de Patrimonio Cultural y de Ordenación del Territorio del año 1990, por lo que se puede convertir potencialmente en un instrumento de gran utilidad que permita incorporar la arqueología de la arquitectura en el ámbito de la intervención sobre el patrimonio edificado y en la planificación urbanística.
Así pues, debemos constatar que existe un vacío legal en lo que se refiere a la práctica de la arqueología de la arquitectura, lo que beneficia por un lado su aplicación por la inexistencia de trabas burocráticas, pero a la vez impide su generalización.
ARQUEOLOGÍA DE LA ARQUITECTURA Y RESTAURACIÓN
Un último aspecto que es necesario abordar es el de la aplicación de la arqueología de la arquitectura en el ámbito de las intervenciones de rehabilitación y restauración del patrimonio edificado, lo que nos lleva a ocuparnos directamente de la relación entre arqueólogos, arquitectos, arquitectos restauradores, restauradores y profesionales implicados en la restauración de monumentos.
Desde hace ya algunos años, el debate en Italia versa esencialmente en torno a cómo los arquitectos emplean los instrumentos estratigráficos, cómo se convierten en arqueólogos, y cómo los mismos arqueólogos adaptan sus Por ello es preciso reivindicar la dimensión histórica de la arqueología de la arquitectura, y la necesidad de desarrollar modelos interpretativos propios, que superen las lecturas realizadas desde la historia de la arquitectura.
En esta tradición historiográfica ha primado una investigación de tradición positivista, muy vinculada a los presupuestos de la Escuela Histórico Cultural, que utiliza categorías de análisis de carácter idealista (por ejemplo las continuas referencias a una historia de estilos: románico, gótico, etc.).
En este contexto cabe hacer una diferencia entre la evolución reciente de la arqueología de época histórica en España respecto a otras tradiciones europeas.
En otros países de nuestro entorno los años 70 han supuesto una profunda renovación, tanto desde un punto de vista epistemológico como instrumental, que han llevado a romper con la concepción tradicional entre arqueología como historia del arte, y a replantear la disciplina en el marco de la historia de la cultura material (CARANDINI, 1984).
Una de las principales consecuencias de esta renovación ha consistido en la desmonumentalización de la práctica arqueológica, y en la introducción de la historia de los grupos dominados en el discurso arqueológico (p.e.
Por toda una serie de complejas razones, no parece que en España esta renovación haya impregnado de forma general la práctica de la arqueología de época medieval, e histórica en general, e incluso se observan diferencias notables entre las instituciones académicas, más tradicionales, y las empresas de arqueología, más avanzadas.
Los recientes estudios sobre los asentamientos campesinos altomedievales no dejan de ser un óptimo ejemplo sobre la necesidad de ampliar el campo de estudios y, sobre todo, de plantear un programa de investigación que permita revalorar la arqueología de la arquitectura como disciplina arqueológica (VIGIL ESCALERA, 2000).
LA LEGISLACIÓN Y LA ADMINISTRACIÓN
La ley de Patrimonio Histórico Español del año 1985 define el patrimonio arqueológico como los bienes muebles e inmuebles "susceptibles de ser estudiados con metodología arqueológica" (art. 40.1).
Desde este punto de vista, la legislación ampara la práctica de la arqueología de la arquitectura, en cuanto recurre a una metodología arqueológica.
Este principio básico -reconocido y reflejado por todas las legislaciones autonómicas (QUEROL, MARTÍNEZ DÍAZ, 1996: 129 ss.)-entra en cambio en contradicción con el tipo de intervenciones arqueológicas reconocidas por la legislación, ya que se reducen a la exca-recursos para adecuarse a las necesidades impuestas por la propia práctica restauradora.
Actualmente este debate no tiene ecos en la situación de la Península Ibérica, ya que nos encontramos en un momento de experimentación y evaluación del potencial de esta disciplina en el ámbito de la rehabilitación y restauración arquitectónica.
Las experiencias no son aún muy numerosas, y aunque se presentan muy prometedoras, evidentemente no están exentas de algunos problemas.
El primero de ellos, es el de la tendencia, tal como sucede en Italia, a la simplificación e instrumentalización de la disciplina.
Así, algunos autores identifican la arqueología de la arquitectura con un "método", y se define como "una herramienta para conocer y determinar las relaciones temporales que se producen entre los materiales de un edificio" (LATORRE, 1996: 103, 115; LECANDA ESTEBAN, 2000: 341).
Es cierto que son precisamente los arquitectos restauradores los que han dado un impulso notable para que se experimentase la potencialidad de los instrumentos arqueológicos en el ámbito de la rehabilitación arquitectónica.
Sin embargo, solamente a partir de un desarrollo maduro de la arqueología de la arquitectura se podrá superar la tan arraigada identificación entre arqueología y estratigrafía, entre arqueólogo y técnico-que-nosproporciona-informaciones (BROGIOLO, 1997).
La investigación histórica y arqueológica no es un convidado de piedra más, sino que constituye la fuente y el instrumento capaz de dotar de significados y valores a una arquitectura que de esta manera permite su socialización y, por lo tanto, su preservación.
La complejidad y responsabilidad que plantea la intervención en el patrimonio edificado es tal, que no se puede delegar en un solo profesional, en una sola disciplina, la toma de decisiones sobre cómo intervenir.
Hace ya unos años Carandini planteaba cómo más allá de la estética se encuentra la ética del contexto, y este es un principio que no puede englobarse en genéricos valores históricos de los edificios.
Por ello no parece razonable que la arqueología de la arquitectura se reduzca a un instrumento que ofrezca una lectura diacrónica de los edificios que convalide y supere otras formas de lectura aplicadas hasta el momento.
En la actualidad se percibe una notable disparidad en los criterios de intervención, y frente a la posición más extrema -representada en España por la plena integración en el proyecto de los arqueólogos, como en el caso de la intervención en la catedral de Vitoria-Gasteiz (AZKARATE, 2001)-, sigue siendo frecuente que el papel de la arqueología se limite a la fase previa de intervenciones cognoscitivas.
Por otro lado, parece claro que la arqueología de la arquitectura ofrece un marco conceptual nuevo para superar la situación tradicional de los últimos decenios en el que los estudios de carácter histórico se convertían en un mero apéndice de las investigaciones realizadas de forma previa a la rehabilitación arquitectónica, con frecuencia subordinados a la interpretación global realizada solamente por los arquitectos (TAGLIABUE, 1993; DOGLIONI, 1997).
Es importante subrayar, no obstante, cómo se han dado pasos de gigante para lograr construir estrategias integrales de intervención en el patrimonio edificado (LATORRE, 1995; GONZÁLEZ MORENO, NAVARRO, 1999) absolutamente necesarias en la situación actual, aunque siguen persistiendo las incomprensiones y los problemas en la práctica cotidiana.
No obstante, hasta el momento el empleo de la lectura estratigráfica parece mantenerse -salvo excepciones puntuales (MILETO, 2000)-como un instrumento propio y exclusivo de arqueólogos y de los restauradores (CORTAZAR, 2000), y aún estamos lejos de una socialización de la estratigrafia entre distintos profesionales, paralela a la que ha tenido lugar en Italia (BROGIOLO, 2002).
Estas dificultades en la difusión y recepción crítica de la arqueología de la arquitectura se deben, esencialmente, a la carencia de una formación reglada, tanto en lo que se refiere a los arquitectos como a los arqueólogos, e incluso por la carencia de una literatura en castellano sobre la materia.
A este propósito se han realizado en los últimos años cursos de postgrado y masters dirigidos a arquitectos restauradores en los que se han impartido nociones sobre la arqueología de la arquitectura, y al que han participado tanto arqueólogos como arquitectos sensibles al empleo de este bagaje instrumental.
Asimismo, se debe señalar cómo en la actualidad hay dos arqueólogos impartiendo clases de arqueología en las escuelas de arquitectura de Madrid y de Sevilla (F. Vela Cossío, M. A. Tabales).
Estas mismas carencias se observan asimismo en el caso de la formación de los arqueólogos en España.
Según nuestras noticias, solamente en la Universidad del País Vasco existe una asignatura dedicada a esta materia desde el plan de estudios del año 1993 (denominada entonces "Análisis estratigráfico de estructuras en alzado", y desde el año 1998 "Arqueología de la Arquitectura").
Asimismo, se imparten estos contenidos en algunos cursos de doctorado, como los promovidos en los últimos años por A. Malpica en la Universidad de Granada.
Otro aspecto que hay que resaltar es que, hasta el momento, se ha recurrido a la arqueología de la arquitec-tura esencialmente en el marco de los conjuntos monumentales y edificios de una cierta entidad, esencialmente en el ámbito de la gestión.
Estas circunstancias han permitido encarar estos estudios con medios económicos y humanos suficientes como para que se formasen algunos equipos multidisciplinares que pudiesen recurrir de forma generalizada a sistemas complejos de documentación gráfica (en particular el recurso a la restituciones fotogramétricas), o que se desarrollasen complejos programas arqueométricos (como por ejemplo las dataciones arqueométricas realizadas en la arquitectura altomedieval peninsular son dos ejemplos significativos: ALONSO MATHÍAS et alii, 1997; CABALLERO ZOREDA et alii, 1997; RODRÍGUEZ TROBAJO et alii, 1998).
Creemos, sin embargo, que uno de los retos que tendrá que abordar la arqueología de la arquitectura peninsular en los próximos años será precisamente el de ampliar sus ámbitos de trabajo a otros registros arquitectónicos, y desarrollar nuevas estrategias más ágiles y flexibles para intervenir también en edificios de otra naturaleza.
A pesar de que los debates y la atención por las intervenciones de restauración y rehabilitación se concentran esencialmente en el marco de la arquitectura monumental, donde existe un mayor control, es precisamente en la arquitectura rural y residencial en los cascos históricos, el patrimonio edificado más frágil y más sujeto a transformaciones radicales, donde se produce una erosión más importante de estos valores y donde es preciso desarrollar instrumentos y estrategias adecuadas.
Es preciso que surja, al lado de la investigación de alto nivel, una serie de procedimientos y estrategias que puedan generar una "arqueología de intervención" en el ámbito de la arquitectura.
De hecho, aún no se ha explorado de forma adecuada la aplicación de la arqueología de la arquitectura como instrumento de evaluación y programación en el ámbito de la urbanística y de la ordenación del territorio, ya que las experiencias son aún muy reducidas (BROGIOLO, 1988).
Urge, por lo tanto, que se potencie una investigación específica dirigida a desarrollar rutinas de investigación arqueológica que permitan su difusión y generalización, garantizando el rigor metodológico, pero a su vez haciendo más flexibles los sistemas de registro y análisis.
Por último puede merecer la pena señalar asimismo la necesidad de trabajar de forma más intensa en el desarrollo de una arqueometría aplicada a la arqueología de la arquitectura.
Existen laboratorios especializados que cuentan con una buena experiencia dirigida al estudio de la procedencia de los materiales constructivos, como por ejemplo en el caso de los materiales ornamentales de época romana (ÁLVAREZ PÉREZ, MAYER, RODÀ, 1992), o en la definición de fases constructivas a partir de las diferencias de morteros y argamasas (p.e.
BERTRÁN, FERNÁNDEZ, 1990), por señalar solamente dos cuestiones específicas.
Sin embargo, la rutina de investigación sigue siendo, desde nuestro punto de vista, aún demasiado lineal, echándose en falta una mayor interacción entre los distintos investigadores que permita abordar la realización de programas arqueométricos más maduros.
Numerosas técnicas constructivas han desaparecido con la industrialización y la extinción de conocimientos tecnológicos transmitidos de forma empírica por el artesanado tradicional.
La arqueología de la arquitectura tiene mucho que decir también en este campo, pero para ello debe implicarse de forma más activa en investigaciones arqueométricas más globales y amplias que las realizadas hasta el momento.
Somos conscientes de que en la actualidad la arqueología de la arquitectura puede ser considerada como una disciplina arqueológica que está "de moda", en cuanto genera un notable interés por parte de los propios arqueólogos, pero también en otras disciplinas más o menos afines, empeñadas en el estudio y gestión del patrimonio edificado.
Seguramente los aspectos más atractivos de esta disciplina se basan en la posibilidad de ampliar el ámbito de trabajo de la misma disciplina arqueológica hacia un campo hasta el momento dominado por los instrumentos y el bagaje conceptual de la historia del arte y de la arquitectura, y por la capacidad de dar respuesta a una demanda social, la del estudio y valorización de la arquitectura como documento histórico y como significante social.
La arqueología española ha conocido en los últimos decenios numerosas "arqueologías" o innovaciones resultado de la "importación" de experiencias y de reflexiones realizadas en el marco europeo.
Baste recordar la introducción en los años ochenta del llamado "método Harris" de registro, o de la en su día denominada "arqueología espacial".
Todas estas arqueologías han precisado de un largo proceso de decantación y de experimentación crítica gracias a la cual se ha logrado dotar a la arqueología de un lenguaje de carácter estratigráfico, o ha surgido una arqueología del paisaje tan sólida como la actual, capaz de integrar la dimensión científica y aplicada del estudio arqueológico del paisaje (CRIADO, 1999).
Este es precisamente el camino que se abre ahora a la arqueología de la arquitectura, teniendo en cuenta el carác-ter bidimensional que tendrá que mantener este tipo de estudios desde su compromiso social en la gestión y puesta en valor del patrimonio edificado, y desde la necesidad de construir una historia social de la arquitectura. |
Este trabajo está basado en el estudio y caracterización de morteros antiguos en un conjunto histórico, utilizando principalmente técnicas petrográficas.
Esta metodología nos permite conocer los materiales utilizados en su elaboración, su estado de conservación y establecer correlaciones entre las distintas muestras, previamente seleccionadas con criterios arqueológicos y arquitectónicos.
Un estudio de estas características representa una base de conocimiento para los trabajos de conservación y restauración del patrimonio histórico.
En este artículo se trata el ejemplo de la Catedral de Santa María de Vitoria-Gasteiz, estudio enmarcado dentro del Plan Director para su restauración, con los resultados obtenidos más significativos.
La Arqueología, en su intento de avanzar en el conocimiento de la cultura material de las diferentes civilizaciones, ha necesitado de una serie de ciencias aplicadas con el fin de dar respuesta a los diferentes problemas que se le plantean.
La Petrología, como ciencia que estudia el material rocoso, se ha convertido recientemente, en una herramienta de gran interés para el arqueólogo.
Puede ser estudiado por esta ciencia todo elemento arqueológico que esté constituido por material rocoso, ya sea natural o elaborado (morteros, cerámica, etc).
Un mortero, o argamasa, es una mezcla de arena ligada por un aglomerante de cal, yeso ó cemento, y que sirve para dar trabazón a los elementos de una construcción arquitectónica, así como para cimentar, rellenar, revestir y reparar.
Por tanto, el estudio petrológico de morteros en un conjunto arquitectónico antiguo nos permite:
-Conocer los materiales utilizados en las distintas etapas de construcción y restauraciones recientes.
-Evaluar el estado de conservación de los morteros.
-Correlacionar las características petrológicas de los distintos morteros con su función constructiva.
-Deducir la procedencia del material y establecer posibles áreas fuente, a partir de datos de geología regional.
-Reconocer morteros «idénticos», dato que nos indica una misma fase constructiva.
Finalmente, el estudio de morteros antiguos contribuye a la investigación de la evolución espacio-temporal del conjunto arquitectónico, y representa una base de conocimiento para los trabajos de conservación y restauración del patrimonio arquitectónico.
El método analítico está basado, fundamentalmente, en el estudio petrográfico con microscopio de luz polarizada de una sección delgada del mortero.
El primer paso a realizar es el muestreo, de cuya rigurosidad y planteamiento dependerá, en gran parte, el éxito del trabajo.
El criterio de selección de las muestras debe estar en función de los objetivos planteados.
La recogida de muestras se realiza, principalmente, in situ, aunque en ocasiones hay que recurrir a sondeos de testigo continuo para los puntos inaccesibles de interés.
En la toma de muestras es necesario recoger una cantidad de mortero lo más representativa posible, y el tamaño depende de la granulometría y homogeneidad del mortero.
En el caso de que detectemos la existencia de más de una capa de mortero en el mismo punto, recogemos la muestra de tal manera que constituyan un único bloque.
Una vez obtenida la muestra, se realiza su consolidación con resina en el laboratorio, de manera que forme un bloque lo suficientemente consistente para poder realizar un corte orientado y elaborar la lámina delgada (30 micras de espesor).
La caracterización petrográfica atiende a criterios composicionales, texturales y granulométricos (fig. 1).
Tras un tratamiento estadístico de los datos, se sintetizan en una ficha técnica para cada muestra, junto con otros de tipo geológico y arqueológico.
En ocasiones, ha sido necesaria la utilización de técnicas complementarias, como la difracción de rayos X, para identificar especies minerales imposibles de detectar con microscopio de polarización.
Finalmente, un estudio comparativo de los distintos morteros nos permite establecer una serie de consideraciones y valoraciones, para poder definir unas tipologías de morteros y realizar unas conclusiones generales.
Un dato de gran interés para los arqueólogos es el poder relacionar muestras «idénticas» en distintos puntos del conjunto arquitectónico.
El estudio está basado en que morteros con las mismas características petrológicas y petrográficas (morteros «idénticos») pertenecen a una misma fase cons-María de Vitoria-Gasteiz, se realizó un estudio petrológico de morteros.
Este trabajo se ha ido ampliando en función de las necesidades surgidas a lo largo de las tareas de excavación arqueológica, con el fin de poder realizar una lectura estratigráfica completa del conjunto de la Catedral.
Se tomaron muestras de cimentaciones, rellenos, juntas de sillar y mampostería, enlucidos y reparaciones, distribuidos en las cuatro plantas del edificio (excavación, planta baja, paso de ronda y triforio), en el pórtico y la torre.
Una síntesis de los resultados obtenidos es la siguiente:
Los morteros más frecuentes son los que incorporan cal como único aglomerante; los morteros de yeso aparecen en algunos enlucidos y los morteros de cal y cemento (morteros bastardos) en reparaciones tardías.
La composición litológica de los áridos principales es: caliza (calcarenitas, calizas bioclásticas, calizas fosilíferas, lumaquelas, calizas dolomíticas y dolomías), cuarzo y arenisca (arenisca cuarcítica tipo Elguea).
El área fuente de estos materiales está en arenas de carácter comarcal.
Los áridos accesorios son fragmentos de fósiles (foraminíferos, equinodermos, etc), de cerámica y minerales opacos. |
Burgos), sirvió aunque se realizara simultáneamente a la restauración, para poder definir sus diversa etapas constructivas, dando la posibilidad de repristinar el templo, aunque no del todo como si hubiera ocurrido de realizarse previamente al proyecto, y como hito en el estudio del primer románico en Castilla.
ANTECEDENTES La intervención arqueológica, realizada entre 1998-99 por el equipo dirigido por José Ángel Lecanda Esteban, en la restauración de la iglesia de El Salvador en Escaño viene precedida de un requerimiento previo y expreso, por parte de la Comisión Territorial de Patrimonio Cultural de Burgos, al arquitecto director del proyecto, basado en que el proyecto sobrepasaba la pura labor de saneamiento o mantenimiento funcional del edificio, teniendo como misión la de revalorizar un edificio singular mediante la consolidación de sus estructuras, la supresión de elementos impactantes de carácter negativo, realzando además los valores históricos y artísticos del edificio que, apenas reconocidos anteriormente, no pasaron desapercibidos ante los ojos del arquitecto.
Se encuentra el pueblo de Escaño, ayuso de la sierra de su nombre, en el valle del río Nela, y en el antiguo camino Medina de Pomar -Villarcayo -Santelices -Camino de Santiago que discurre por el pie Sur de la cordillera Cantábrica, que articulaba en dirección E-O en los siglos X-XII el territorio de la primitiva Castilla, hoy comarca de Las Merindades de la actual provincia de Burgos, y está dividido en dos núcleos claramente separados por un puente sobre el río Nela, el de la margen derecha en la que se sitúa la iglesia y que posiblemente esté edificado se sobre los restos de un antiguo monasterio y el de la margen izquierda en el cual se situaba al menos una torre medieval, derruida a partir de 1997, lo que da a entender la existencia de dos Núcleos, civil y eclesiástico, unidos a la administración de justicia, dado el nombre del pueblo.
«Escaño: Asiento o plaza de juez».
La iglesia es de una sola nave diferenciándose claramente tres espacios:
-El ábside que es de planta semicircular con un tramo recto a modo de presbiterio, al exterior completamente liso, con alero ajedrezado sostenido por canecillos con decoración geométrica y zoomorfa.
Al interior discurre a media altura una imposta ajedrezada.
No dispone de ventana alguna, salvo una abierta en el lado Sur, en época posterior.
-La nave se divide en dos tramos en el interior, separados por un arco de medio punto sobre pilastra simple.
-Entre los dos anteriores se sitúa un espacio a modo de crucero, que es el único que tiene ventanales, salvo el de la fachada oeste.
Los muros son de sillería de piedra de toba y caliza, en el ábside, y mampostería vista en el resto al exterior y enlucidos y pintados en el interior, con pilastras, arcos, recercado de huecos y encadenados de remate de esquinas en sillería.
El ábside se cubre mediante bóveda de horno, la nave mediante bóveda de medio punto corrida y el espacio a modo de crucero mediante una cúpula de difícil clasificación, todo ello bajo una estructura de madera que sustenta la cubierta a base de enripiado de madera y cobertura de teja árabe.
El pavimento interior del ábside está formado por losas de caliza y el de la nave por losas sepulcrales.
LAS RAZONES PARA UN ESTUDIO
HISTORICO-ARQUEOLÓGICO La necesidad y oportunidad de un estudio Histórico-Arqueológico, se justificaba, en si misma, por la pura aplicación de la normativa legal vigente (LPHE) y de los principios básicos, y comúnmente aceptados, de la teoría de la restauración (Carta del Restauro, LPHE, etc. véase p. e.
En este caso, esta situación se hacía más necesaria dada la divergencia de opiniones respecto al proyecto presentado, entre la administración y el arquitecto.
Lo cierto es que, desde el punto de vista de un arqueólogo, esta incorporación debería efectuarse desde una perspectiva positiva.
Lo lógico, es que la evaluación y valoración artística e histórica se efectúe previamente a la redacción del proyecto.
No se cree necesario desarrollar un discurso apologético en este sentido, ya que es algo debatido tiempo atrás (ADELL, 1985; SOUTO, 1985; LAVADO, 1987).
Podemos asegurar que de haberse actuado previamente a la redacción del proyecto, se hubiera ganado tiempo, dinero y el resultado final hubiera sido mejor, más ajustado a la historicidad del edificio.
En este sentido, el primer dato contradictorio era que la iglesia de Escaño, estaba adscrita al mundo románico bajo una calificación de rural y tardía de finales del XII (RUIZ VELEZ, 1986; PEREZ CARMONA, 1975), incluso sin interés (PALOMERO e ILARDIA, 1995), y a pesar de que en el mismo templo, en el paño interior del muro septentrional del crucero, existe un epígrafe, conocido (RUIZ VÉLEZ, 1986), íntegro y perfectamente conservado, que facilita una datación absoluta: era mil ciento veintiséis o sea año 1088 de nuestra era.
Además, quienes de forma sucinta y dubitativa la habían tratado eran conscientes de su relación con la primera fábrica de San Salvador de Oña y con la escuela de Tejada-Valdivielso, de gran interés ambos por su cronología temprana, por la tipología de sus torres sobre crucero, y, en general, por la escuela creada, en este aspecto el conven- cimiento del arquitecto redactor del proyecto es que la iglesia de El Salvador en Escaño, no es un ejemplo derivado de la escuela de Tejada-Valdivielso sino al contrario el primer edificio, aunque rudimentario, de esa escuela local del románico del norte de Burgos.
Y ello parece incomprensible, cuando para calibrar su potencial importancia bastaría considerar este dato: si realizáramos un ranking cronológico de las iglesias románicas burgalesas datadas por elementos epigráficos, El Salvador de Escaño se situaría, justamente detrás de San Pedro de Arlanza (1080) y San Miguel de Neila (1087) (PÉREZ CAR- MONA, 1975; RUIZ VÉLEZ, 1986), siendo estas tres las únicas comprendidas en el siglo XI, si bien en Escaño aparece una nueva hipótesis, pues en él se habla de un abad, con lo que estaríamos entroncando con las más tempranas formas de organización eclesiástica medieval y, al tiempo, de su conocida vinculación jurídica al monasterio oniense, todo ello sin ocultar la problemática anexa a los epígrafes.
¿Es originario de este templo?
¿Es coetáneo a la fábrica que conocemos?
Pero, como ya hemos indicado, otros problemas requerían también de un mejor conocimiento del edificio; por ejemplo, El Salvador de Escaño presenta, en el crucero y bajo la torre, una cubierta cupuliforme cuando menos extraña: no arranca ni de trompas ni de pechinas, y su ejecución muestra síntomas de imperfección técnica, de «primitivismo».
Pero lo curioso de esta cúpula es que es absolutamente seguro y evidente que no se trata de la primera cubierta de este espacio litúrgico.
La torre, siguiendo con la enumeración de contradicciones artísticas y constructivas, plantea no menos dudas sobre su origen y forma.
El arquitecto redactor del proyecto de restauración siempre consideró, y propuso consecuentemente, que su volumetría exigía la existencia de, al menos, un cuerpo superior, y lo justificaba, además, con la similitud tipológica con otras iglesias en la comarca que aún lo conservan.
Desde el Punto de vista documental, lo primero a realizar era localizar y expurgar la documentación propia y directa del edificio, libros de fábrica, capellanías, libro de visitas... cualquier elemento escrito que fuera susceptible de ofrecer algún dato relativo al templo.
En este sentido los resultados fueron negativos, pues no se conserva, ni en el templo, ni el Archivo Diocesano, documentación alguna de este tipo.
Pero existe, también, otra documentación histórica, indirecta, con la que podíamos intentar una aproximación.
Buscamos en la documentación medieval publicada; desde este enfoque los resultados fueron más satisfactorios, pues la primera mención conservada sobre este lugar aparece en la documentación de San Salvador de Oña, en el año 1011, aunque sin referirse concretamente al templo (ÁLAMO, 1950 Doc.
En este momento, una porción condal localizada en este lugar, es donada a Oña.
A partir de esa fecha, aunque de forma discontinua, las referencias a Escaño, aunque no muy numerosas, nos permiten comprobar su continuidad poblacional, a lo largo del período «románico» y sobrepasándolo, ya que a mediados del siglo XIV, sigue siendo un enclave documentado en la Merindad de Castilla Vieja (MARTÍNEZ DÍEZ, 1981 Ref.
Desde el punto de vista artístico había informaciones contradictorias: ante la cronología tardía que tradicionalmente se le asignaba al edificio, la pobreza y rudeza ornamental; frente al carácter rural o popular, la existencia de una torre sobre el crucero y unas dimensiones considerables; ausencia de vanos, portada en el muro hastial bastante simple y sin arquivoltas marcadas, canecillos de tradición ornamental prerrománica, cabecera sin apeos exteriores, entre otras características formales, no parecen casar bien con las características estilísticas de la segunda mitad del XII.
Finalmente se aplicó una intervención estrictamente arqueológica, pero con dos estrategias diferentes, ambas basadas en la identificación de los diversos hitos individuales que han ocurrido en el devenir histórico del templo, constituyendo las sucesivas fases del edificio, o lo que es lo mismo, en la estratigrafía (HARRIS, 1975).
Se ejecutaron dos sondeos exteriores, uno junto al ábside y otro en los pies del templo, y al tiempo se procedió a la lectura arqueológica de los paramentos.
La técnica utilizada en los sondeos se trató del habitualmente denominado «Método Harris» en «área abierta».
Más importante que esto, y sin duda y de cara a un trabajo de restauración arquitectónica más resolutivo, fue la aplicación de los principios estratigráficos arqueológicos aplicados a la lectura del edificio.
Como dice Aparicio Bastardo (1991), la importancia del método no radica en establecer cronologías precisas para cada fase, sino en identificar cada una de estas, individualizándolas, quedando su evidencia por encima de la discusión cronológica.
En este caso, consideramos tres los niveles de profundización, como preconizan Parenti (PARENTI, 1996) y Caballero (CABALLERO, 1995a;1996), que serían:
-Unidades Estratigráficas Murarias (UEM) -Unidades Funcionales (UF) -Cuerpo de Fábrica (CF).
No se trata solo de participar en la resolución de algunos problemas que el conocimiento de la arquitectura hispana altomedieval tiene (DOMÍNGUEZ PERELA,1984), como son la transmisión del influjo clásico o el papel de los Omeyas en Al-Andalus (CABALLERO, 1994(CABALLERO, y 1995b) ) o en la tipología arquitectónica de la época visigoda (LECANDA, 1996).
La utilidad de los equipos multidisciplinares ha sido puesta de manifiesto tanto por los propios arquitectos autores de las restauraciones como por el resto de los técnicos intervinientes en ellas -arqueólogos, historiadores,...-(GONZALEZ MORENO-NAVARRO, 1992 )(ALMAGRO; CABA-LLERO; CÁMARA y LATORRE, 1992) (ALMAGRO y CÁMA-RA,1993) (LATORRE y CABALLERO, 1995) (BROGIOLO, 1995).
En Escaño, el trabajo restaurador y arqueológico han corrido en paralelo, y los resultados han sido, desde nuestra óptica, satisfactorios, destacando las siguientes conclusiones:
El trabajo de excavación efectuado en los dos sondeos exteriores nos ha permitido documentar cerca de 100 unidades estratigráficas, entre las que se incluyen las relativas a una veintena de contextos sepulcrales y a una estructura arquitectónica desconocida hasta el momento.
De esta información, podemos fijar una amortización de la primera fase románica en los años finales del XII -mediados del XIII.
La lectura de alzados ha supuesto el registro de cerca de 300 unidades estratigráficas murarias, permitiéndonos identificar cuatro cuerpos de fábrica ocultos, que cronológicamente podemos situar en los siguientes momentos: Final del siglo XI -comienzos del XII, final del XIImediados del XIII, finales del XVIII -comienzos del XIX y, en cuarto lugar, mediados del XX.
Un cuerpo más, de tipología popular y principalmente anexo a la fachada meridional del edificio no ha sido estrictamente considerado en nuestro estudio -no han sido individualizadas sus UEM-tratándose de un pórtico con cubierta de madera y una construcción cuadrangular entre éste y la sacristía.
Cronológicamente se sitúa entre la obra neoclásica y la reparación de 1958.
Estilísticamente podemos hablar de dos fases románicas y una neoclásica.
De las dos románicas, una temprana y con clara raigambre en el mundo prerrománico -visigodo y asturiano-pero con elementos vanguardistas; posiblemente uno de los primeros intentos románicos en la comarca, ensayando, por ejemplo, las cubiertas de la nave y crucero.
La fábrica románica temprana, nos mostraría una iglesia de una sola nave, sin divisiones en tramos, sin otros elementos sustentantes que los muros, y a pesar de ello cu-bierta a cañón corrido; a los pies, donde se localizaría la puerta, tenía una pequeña construcción -desconocida hasta la fecha-de clara raigambre prerrománica, detectada por la excavación arqueológica, y con paralelos en algunas de las primeras construcciones románicas burgalesas, como San Pedro de Arlanza (a.
Este edificio no tendría crucero, pero si una posible unión a la altura de éste, por la fachada meridional, con otras dependencias monásticas.
Tendría, además, una cúpula sobre este ámbito litúrgico, el presbiterio, cúpula sobre aristas simples que arrancan de ménsulas en los ángulos.
La existencia de ésta unido a la identificación de una primera fábrica del husillo exterior, nos permite mantener la necesidad de un espacio de mayor alzado sobre el falso crucero, una torre cuyo desarrollo no conocemos.
La cabecera de este primer edificio probablemente seguiría ya las pautas y formas de la que hoy se conserva, un ábside semicircular, ya que en la excavación exterior no se detectaron restos de otras estructuras o cimentaciones, aunque pudiera ocurrir, no lo creemos, que en caso de haber existido, fuera de menor planta que la actual.
En favor de la originalidad de la cabecera conservada podemos argüir su carencia de contrarrestos y de ventana absidial.
La segunda fase románica encaja ya en cronologías de clasicismo estilístico, pero ahora con calidades secundarias o, por lo menos, no de vanguardia.
Esta etapa amortiza algunos elementos precedentes, desconocemos las razones, pero básicamente debe proceder a la rehabilitación de un edificio que al menos parcialmente quedo arruinado por hundimiento de sus atrevidas cubiertas.
Se aprovechó la ocasión para dotar de más alzado al edificio y, posiblemente, en este segundo momento fue cuando se levantó a mayor altura la torre, con más de un cuerpo.
Fue entonces cuando el nártex quedo amortizado y la fachada reformada, dejándola más acorde a la tradición arquitectónica románica; con una portada ligeramente avanzada sobre la fachada aunque sin tejaroz, simple, con arquivoltas poco marcadas y decoradas sucintamente, con taqueados, sogueados y esquematizaciones vegetales de tradición germánica, y con una ventana simple, de medio punto en el piñón; estas parecen situarse cronológicamente entre el segundo y el último tercio del XII (PÉREZ CARMO-NA, 1975).
También fue cuando a la nave se la dotó de contrafuertes, interior y exteriormente, y de arcos fajones, elementos que permitieron la ejecución de una nueva cubierta a cañón de medio punto; también fue el momento en que la cúpula sobre aristas fue sustituida por otra con desarrollo anular de la plementería aunque sin ajustarse al sistema de trompas ni al de pechinas, aunque más cerca, en su imperfección, de éstas que de aquellas.
Éstas, en Burgos, son propias de los años finales del siglo XII, mientras que las primeras, siendo excepcionales, y más aún las nervadas, se documentan ya en el siglo XI como herencia de modelos islámicos anteriores (PÉREZ CARMONA, 1975).
Todas estas modificaciones supusieron el recrecido del edificio en todas sus partes y, con seguridad, también en la torre que, al menos, tuvo que contar con dos cuerpos.
Éstas son habituales en el románico burgalés, y especialmente en el norte de Burgos: Tejada, Almiñe, Valdenoceda, Tabliega,... aunque también fueron conocidas en el siglo XI, como en el caso de Cardeña (PÉREZ CARMONA, 1975).
Entre el siglo XII y el XVIII / XIX no se detectan grandes cambios estructurales, existen pequeñas reformas interiores, pero podrían clasificarse de no significativas.
A finales del XVIII, en sus tres últimas décadas, y comienzos del XIX, primera década, se producen modificaciones importantes.
En primer lugar por adición de elementos.
En segundo lugar por eliminación y sustitución de otros, como el segundo cuerpo de la torre que pasa a ser eliminado y sustituido por una espadaña para dos campanas.
En tercer lugar por reforma de elementos sustentantes, paramentos, por apertura de vanos para nuevas puertas, que como en todos los casos anteriores inciden, nuevamente, en la fachada sur de la nave.
La última fase constructiva se produce entre las décadas quinta y sexta de nuestro siglo, y nos proporciona, fundamentalmente, un cuerpo de fábrica basto y substitutivo del anterior, pero ahora por razones de necesidad ya que prácticamente todas las fachadas septentrionales de la mitad oriental del templo, torre y cabecera, se vinieron abajo y hubieron de ser restauradas por agentes locales y con los pobres medios de la época.
No se trataba de revalorizar un edificio histórico, sino de volver a poner en uso un edificio utilitario para la comunidad.
Para terminar, en nuestra opinión, se resolvieron los interrogantes que se plantearon; el proyecto estaba bien argumentado pero no distinguía entre las dos fases románicas, mientras que los recelos de la administración, por ejemplo, no han permitido dotar de un elemento restitutivo de la volumetría de la torre a Escaño. |
con motivo de su restauración, básicamente y en su primera fase, han consistido en la documentación arqueológica y lectura estratigráfica de sus paramentos, en la toma de muestras para analíticas, así como, paralelamente, en la realización de un nuevo estudio históricodocumental y en el levantamiento de diversas planimetrías.
Sin embargo ello no ha sido óbice para profundizar, desde esta primera fase, en el conocimiento histórico de sus etapas constructivas.
El empleo de la arqueología aplicada a la restauración, en éste caso, no fue planificado desde el comienzo, como una técnica complementaria necesaria, si no como instrumento de resolución de teorías -y acciones-restauradoras contrapuestas.
Cuando a comienzos del año 2000 empezamos con las labores de análisis estratigráfico del Cuerpo de Torres de la Catedral Vieja de Salamanca, los trabajos de restauración de la misma ya habían comenzado tiempo atrás; ahora se acometía, siguiendo las indicaciones y planificación del Plan Director -elaborado y dirigido por el arquitecto D.Valentín de Berriochoa (1997Berriochoa ( -98 y 1998)-, una nueva fase de trabajo en el templo (BERRIOCHOA, 1999) y, en ésta, las diferencias de opinión respecto al valor e interés de algunos paramentos y elementos arquitectónicos, tema que «enfrentaba» a técnicos y administración, motivaron nuestra incorporación al equipo, financiada por la Dirección General de Patrimonio de la Junta de Castilla y León y aceptada, en última instancia, por todas las partes implicadas.
Otra vez se recurría a la arqueología como medio puntual de resolución entre ideas y teóricas contrapuestas en el terreno de la restauración monumental, y no de forma previa, intencionada y como parte de un conjunto de ciencias, técnicas y disciplinas necesarias y habituales para este tipo de actuación en elementos del patrimonio histórico.
Esta parte introductoria de nuestra comunicación empieza a ser repetitiva en nuestra bibliografía (LECANDA, 1998(LECANDA, y 2000)); posiblemente porque todavía falta una verdadera concienciación en el mundo de la restauración sobre la necesidad y utilidad que nuestra ciencia tiene para este tipo de trabajo, o porque se corresponde con el escaso compromiso social que, inconscientemente (suponemos), muestran muchos de los agentes que intervienen en un proceso directo, físico, sobre bienes públicos.
Y ello pese a que los fundamentos legales, alegatos lógicos, razonamientos técnicos y ejemplificaciones de sus virtudes no faltan en la bibliografía (especialmente BROGIOLO, 1995; LATORRE y CABALLERO, 1995y PARENTI, 1995).
Resulta obvio señalar que la dificultad para introducir en los equipos y proyectos de restauración la arqueología de la arquitectura es inversamente proporcional al grado de envergadura, monumentalidad o simbolismo del elemento a tratar.
Pues bien, en este contexto, eso sí, envuelto de buenas voluntades por todas las partes involucradas, debe enmarcarse el trabajo de análisis estratigráfico que realizamos en la Catedral Vieja de Salamanca; al respecto, nos parecen bastante significativas algunas cuestiones.
Por ejemplo, el objeto de estudio era solo «el cuerpo de torres de la Catedral Vieja, desde la planta baja hasta la cota de la Sala de Bóvedas» o, en este mismo sentido, que la lectura de los paramentos debiera producirse en una parte del edificio donde aunque se habían paralizado las obras ya había sido parcialmente alterada por demoliciones, repicados, hormigonado de suelos o lla-gueados de paredes, y, finalmente, que para el área de intervención ya existiera un proyecto aprobado de rehabilitación.
Se nos solicitaba que evaluáramos arqueológicamente esta zona del edificio para determinar la importancia histórica de cada una de sus partes, en virtud, sobre todo, de su adscripción a una u otra fase constructiva.
También existía cierto escepticismo entre algunos agentes locales, vinculados a escuelas y metodologías obsoletas pero bien arraigadas y convencidas de que los estudios artísticos e históricos ya existentes sobre el edificio arrojaban toda la luz necesaria y posible sobre tan emblemático monumento, aunque en sus páginas se adivinan lagunas, contradicciones y dudas que, paradójicamente, ellos mismos han señalado.
Sin embargo, algunas de esas aportaciones han sido importantes, sobre todo para permitir una aproximación al edificio y para argumentar una línea interpretativa de los resultados.
Los resultados, inéditos, de las excavaciones realizadas en la seo con anterioridad (CABALLERO y RETUERCE, 1998) nos permitían tener información sólida sobre la secuencia cultural de la ocupación del lugar, y la bibliografía metodológica (compendiada en INFORMES, 1995y ACTAS, 1996) nos aportaba el utillaje necesario para comenzar nuestro trabajo.
Como hemos señalado líneas más arriba, el objetivo oficial, contractual, de nuestro trabajo era la lectura estratigráfica, con su correspondiente documentación arqueológica, del Cuerpo de Torres de la Catedral Vieja de Salamanca.
Inicialmente se acometería la toma de datos, posteriormente se realizarían las oportunas analíticas y, finalmente, se procedería a una síntesis interpretativa que explicara el devenir histórico de tan importante templo señalando fases y etapas, determinando cronologías...
Con ello se perseguía, de un lado, ayudar a orientar las directrices restauradoras del arquitecto (arqueología aplicada) y, aprovechando esa oportunidad, avanzar en la resolución de la problemática histórica que envuelve al edificio (arqueología método histórico).
Para el primer caso, las preguntas son del tipo ¿Tuvo Torre Mocha terraza o cubierta?
¿Por qué se abrieron varias escaleras y husillos en la misma torre?
¿Los diferentes materiales pétreos empleados en el husillo cuadrangular a qué responden?
¿Son todos del mismo interés histórico?, ¿El debilitamiento estructural de las torres es producto del terremoto de Lisboa?, etc. Para el segundo, las cuestiones a resolver son otras ¿Son tres (GONZÁLEZ) o cinco (BERRIOCHOA) las etapas constructivas?
¿Se levantó el templo románico sobre la antigua sede episcopal visigoda de la que nos hablan las fuentes?
¿Fue Torre Mocha una construcción militar preexistente?
¿La semicolumna del acceso viejo es prerrománica?, etc.
Lamentablemente, ahora, no podremos avanzar en el conocimiento histórico, tema que por nuestra parte queda pendiente de acometer y sobre el que vamos avanzando con informaciones muy interesantes, como las relativas a las cronologías.
Para acometer las tareas explícitamente señaladas o para coadyuvar a las que implícitamente corresponden al análisis arqueológico, se conformó el siguiente equipo:
-Levantamiento Planimétrico: Fernando Inés Gallo y Félix Zarzuelo, arquitectos.
-Fotogrametría: Ct3 Servicios de Ingeniería Auxiliar.
-Documentación Histórica: Dr. D. Iñaki Martín Viso, Univ.
-Análisis Petrológico: Dr. D. Mario García Bartual, Univ.
D. Antonio José Criado y D. Juan Antonio Martínez, Univ.
-Sondeo Arqueológico: Aratikos Arqueólogos S.L.
La zona a estudiar comprendía parte del Cuerpo de Torres; concretamente, Torre Mocha entera, desde planta baja hasta la terraza, Torre de Campanas, desde planta baja o Capilla de San Martín hasta la Sala de Bóvedas o tercera planta y, finalmente el muro hastial de la nave de la Epístola.
Es decir, un gran volumen edificatorio, tanto en planta como en alzado, muy compartimentado e intercomunicado con escaleras, husillos, pasillos, terrazas, etc., con forros distintos en sus paramentos internos y externos (a todas luces de distinta época, pero muy molestos para poder rastrear las continuidades en el volumen edificado de cada unidad estratigráfica muraria) y, para terminar de complicarlo todo, con varios paramentos ya repicados y rejuntados, algunos muros tirados, suelos restaurados....
A fin de establecer una estrategia operativa se procedió a determinar unidades de trabajo, equivalentes a los tradicionales sectores de excavación; éstos se fijaron en virtud de homogeneidad funcional y arquitectónica, y se denominaron ambientes.
Tienen, además, otra característica y es que entre uno y otro siempre hay un nexo físico, un punto de relación estratigráfica que posteriormente nos permita montar la secuencia relativa de la edificación.
Se individualizaron doce ambientes, que son los siguientes (las denominaciones se corresponden con las tradicionalmente empleadas y no implican, necesariamente, relación funcional exacta): Mazmo-
Pese a ser una decisión técnico-administrativa nuestra incorporación al equipo, y pese a pretenderse una intervención seria y operativa, los medios destinados tal efecto distaron mucho de corresponderse con las pretensiones enunciadas.
Así, deben buscarse alternativas a las técnicas y protocolos propuestos por los pioneros en esta disciplina; deben simplificarse los procedimientos expuestos en la arqueografía al uso.
En nuestra opinión, creemos que en la Catedral Vieja se ha logrado esa mixtura de posibilismo capaz de ofrecer resultados satisfactorios, eso sí, para los fines taxativamente señalados: la lectura estratigráfica y la toma de datos.
Por eso su interpretación en clave histórica queda pendiente.
Los fundamentos metodológicos no varían; a saber: -Los edificios son estructuras orgánicas y, por tanto, cambiantes.
-Las fases constructivas pueden seguirse sobre la fábrica mediante la identificación de líneas de rotura, diversidad técnica, cambio de materiales, huellas de talla, evolución de elementos ornamentales, etc.
-Cada una de las fases constructivas se encuentra en una posición estratigráfica relativa: es anterior, coetánea o posterior a otras.
De no tener relaciones físicas directas, desconoceríamos esa posición.
-El establecimiento de cronologías absolutas debe apoyarse en técnicas multidisciplinares.
(Véase Sección en la figura 1) etc.) se visualizan en las juntas y uniones (CABALLERO y LATORRE, 1995).
La estratigrafía vertical debe analizar, como mínimo, las técnicas constructivas, los materiales empleados, los motivos decorativos, el acabado de los elementos, las fracturas, las dimensiones de huecos y vanos, las huellas de instrumental, los aglomerantes empleados y el espesor de las juntas (PARENTI, 1995).
Los análisis artísticos, químicos, documentales, etc. se desarrollan en paralelo pero independientemente; sus resultados se incorporan posteriormente en la matriz a fin de facilitar la interpretación histórica.
Resultan muy útiles porque la estratigrafía define acciones constructivas pero no aporta interpretación artística y porque son éstos y no otros criterios los que sirven para establecer equivalencias entre las distintas acciones constructivas, operación que permite ordenar la secuencia y reconocer las Interfases de Periodo, o conjuntos de UU.EE.MM. que en un momento histórico concreto definen la forma del edificio.
Nosotros hemos manejado en la catedral Vieja los siguientes niveles de análisis estratigráfico:
-Unidades Estratigráficas Murarias (UEM), que también pueden ser Interfaciales de Corte (UIC) o de Vano (UIV).
En lo fundamental ya han sido definidas y responden a la conceptualización general de las mismas, pero en nuestra ficha de registro hemos simplificado algunos matices (p.e.
UICorte vertical u horizontal), mientras que hemos añadido (como Parenti o Caballero) la UI de Vano, pues es uno de los pocos elementos que, por lo general, permiten una aproximación cronotipológica directa al edificio.
-Unidades Funcionales o Estructurales, conjunto de UU.EE.MM. definidas por su coherencia y unidad funcional y cronológica; una edificación es la suma de varias UF, que tienen en común el material empleado, la técnica constructiva, la funcionalidad, el ornamento, la cronología...
El empleo de UF facilita el montaje de matrices, donde en casos como éste sería casi imposible reflejar la totalidad de las UEM.
-Fase Histórica o Interfase de Periodo, conjunto de UF que respondiendo a un mismo hiato cronológico suponen la fotografía sincrónica de un edificio en un momento histórico determinado.
Es decir, definen la forma del edificio en cada una de sus etapas y, por tanto, nos muestra las características propias de cada uno de estos edificios.
La Documentación gráfica y planimétrica
Se levantaron convencionalmente 10 planos, 8 plantas y 2 secciones, a escala 1:50, y se tomaron 70 fotoplanos recti- ficados digitalmente.
Estas fotorrectificaciones no son exactamente fotogramétricas; por razones exclusivamente presupuestarias debieron ser sustituidas por una base fotográfica rectificada digitalmente realizada mediante un sistema denominado ELCOVISION 10 y que en lo sustantivo se diferencia de la fotogrametría terrestre en la ausencia de toma de datos topográficos y, derivado de ello, en la imposibilidad de ensamblar esos fotoplanos en un sistema de dibujo informático de tipo CAD.
Con ellos se lograron recomponer 37 alzados, aunque de estos, 14 se realizaron con otros métodos complementarios, bien porque resultaba imposible disparar las cámaras a tan corta distancia, bien porque las limitaciones presupuestarias no permitieron más tomas.
Realizado bajo la responsabilidad del Dr. Martín Viso, presentó dos fases distintas; en primer lugar la de expurgo documental y bibliográfico de lo publicado hasta la fecha y, después, la búsqueda de nuevas informaciones sobre la historia del edificio en sus propios archivos (Archivo Catedralicio).
No creemos necesario adentrarnos en los principios metodológicos de una ciencia como la Historia.
Sus resultados fueron plasmados en un estudio monográfico, inédito (MARTÍN VISO, 2000) e independiente pero anexo a nuestro trabajo, y donde tal vez lo más novedoso, amén de un par de documentos nuevos relativos a ciertas obras en la Catedral Vieja, sea que se procura un acercamiento histórico al edificio no sólo a través del puro documento, sino también del contexto histórico en el que éste se enmarca.
La diferenciación de UU.EE.MM
Para su determinación se emplearon los criterios discriminatorios habituales según la propuesta de Parenti, contemplando su registro en una ficha normalizada, como las que pueden verse en la bibliografía (PARENTI, 1995(PARENTI, y 1996) ) pero con ligeras adaptaciones.
En éstas tienen un mayor peso específico los campos destinados al registro descriptivo, quedando los aspectos interpretativos ahora muy reducidos, pues no es este el momento de su determinación (lo será en la cuarta fase del programa).
En la redacción de la ficha se procura describir las acciones constructivas tanto desde el punto de vista arqueológico como desde el arquitectónico, lo que en este segundo caso añade cierto valor interpretativo (funcional cuando menos).
Se han obtenido unas 300 fichas de UU.EE.MM., que fueron identificadas con un sistema alfanumérico, común para todos los ámbitos de estudio pero que permitía, al mismo tiempo, una diferenciación de cada uno de esos contextos.
El sistema, propuesto por Caballero (1995), consistió en la asignación de series numéricas independientes para cada ámbito (p.e.
Tramos Rectos, 1101-1200, etc.), lo que da autonomía a cada espacio para desarrollarse cuanto necesite (aunque se previó que las series no pasarían de 100 unidades).
Su asignación, absolutamente arbitraria, siguió la lógica de los recorridos y la existencia de puntos de conexión estratigráfica entre los distintos ámbitos.
El resultado final de la toma de datos tiene que ser una matriz de tipo Harris, donde se deje constancia de la secuencia cronológica -constructiva-relativa.
El diagrama podría elaborarse a partir de las UU.EE.MM. individualizadas, aunque ello resulta difícil por su número, su pertenencia a espacios muy compartimentados y distantes y por sus relaciones redundantes, de ahí que hayamos considerado más conveniente hacerlo por medio de su simplificación en Unidades Funcionales.
En este diagrama de periodización relativa podrá irse incorporando la información absoluta que de las analíticas encargadas se obtengan, dotando a la secuencia de cronologías absolutas.
En un punto muy concreto de nuestra zona de estudio se consideró oportuno, ante las demandas de la administración y de los técnicos en edificación, la realización de un pequeño sondeo arqueológico a fin de verificar la existencia de suelos previos, de rellenos arqueológicos, de cotas de cimentación y otros temas similares.
Las posibilidades que a priori ofrecía ese espacio nos parecían mínimas, sobre todo por lo reducido y limitado de la intervención, pero nuestro trabajo, en éste caso, debe recordarse, está al servicio de la restauración y de sus necesidades.
El sondeo se practicó en la zona del Acceso Viejo a Torre Mocha, un acceso descubierto durante las obras de restauración y donde se localiza el paramento que parece ser el más antiguo de la secuencia.
La excavación, bajo la dirección de quien suscribe, fue ejecutada por Aratikos Arqueólogos S.L. y los resultados, como cabría esperar, fueron insignificantes a los efectos de este trabajo.
Análisis realizados y toma de muestras para
la Segunda Fase Durante la fase de toma de datos y lectura estratigráfica se practicaron algunos análisis encaminados a la más precisa determinación de características materiales de algunas de las UU.EE.MM. documentadas e, indirectamente, de algu- nas características técnicas o materiales de algunas de las fases históricas.
Fueron de dos tipos, uno geológico y otro metalográfico; el primero para estudiar y catalogar el material lítico constructivo y verificar si existen diferencias en la piedra empleada durante las distintas fases constructivas; el segundo, por ver si a través del análisis del material metálico empleado en la construcción (grapas, clavos, etc.) podemos llegar a precisiones cronológicas derivadas de la técnica y calidad de su forja.
Ambos se llevaron a cabo por parte de especialistas de la Univ.
Pero además, y en previsión de los requerimientos dimanantes de la anunciada Segunda Fase (aún no acometida), durante nuestro trabajo se fueron tomando una serie de muestras de distinta naturaleza (ladrillo, madera, argamasa, etc.) en previsión de futuros análisis: de datación, de composición, pruebas mecánicas del material constructivo, etc.
Al final solo se nos permitió remitir a los correspondientes laboratorios las muestras destinadas al carbono 14 (Univ. de Granada y Univ. de Uppsala, Suecia) y a la termoluminiscencia (Unv.
Sobre todos estos extremos puede obtenerse mayor información en el correspondiente informe de intervención, depositado en la Junta de Castilla y León (LECANDA, 2000 b).
CONCLUSIONES PROVISIONALES DE LA PRIMERA FASE DEL ANÁLISIS ESTRATIGRÁFICO DEL CUERPO DE TORRES DE LA CATEDRAL VIEJA DE SALAMANCA
Como habrá podido comprender el lector, poco es, en términos de narración histórica, lo que ahora podemos decir acerca de la historia constructiva del Cuerpo de Torres de la Catedral Vieja, pues como a lo largo de estas páginas hemos intentado explicar nuestro trabajo sólo ha consistido, hasta la fecha, en la toma de datos para la lectura estratigráfica del edificio.
Bien es cierto que aunque nunca se ha superado oficialmente esa fase sí dimos los primeros pasos de la siguiente, la realización de analíticas encaminadas, básicamente, a la obtención de dataciones absolutas.
Éstas, dispuestas sobre la matriz y unidas a la identificación de las distintas Unidades Estructurales e inmersas en el conocimiento histórico procedente del estudio documental, constituirán el esqueleto argumental de nuestra interpretación histórica y, al tiempo, configurarán el soporte probatorio de tal evolución constructiva.
En breves líneas adelantaremos los aspectos mas significativos de nuestras conclusiones, aunque éstas, como de su naturaleza y origen cabe esperar, no superen el grado de provisionales, pero con base empírica. bajados en las fachadas o se cierran y cambian otros hacia el interior del templo, a la vez que se embellecen, según criterios estéticos propios del momento, las fachadas exteriores.
Hay un dato arqueológico que caracteriza bastante bien, en nuestra opinión, esta fase del XVII, en la que se procura seguir empleando la misma arenisca hasta entonces utilizada en la construcción, pero o bien la fuente debió variarse ligeramente por agotamiento de las vetas primigenias, o bien no existían los recursos necesarios como para permitirse el descartar ciertos bloques con visibles clastos de concreciones carbonatadas.
En las obras de conservación y mantenimiento del siglo XVIII, por los daños sufridos en las torres con motivo de diversas causas y, en última instancia, por el terremoto de Lisboa, se forran los paramentos exteriores para darles mayor solidez, se ciegan los husillos a base de cal y canto convirtiéndolos en soportes estructurales de las torres, se compartimenta y varía el sentido y uso de los espacios iniciales, se modifica la terraza por un espacio bajo cubierta, etc., siendo éstas situaciones y acciones señaladas expresamente en diversas fuentes escritas.
Una muestra evidente de cómo el sentido de las intervenciones ha cambiado entre una y otra fase barroca puede observarse con claridad en la fachada, sobre la puerta de acceso, donde se sitúa la Sala del Alcaide.
En el primer barroco se cierra ese espacio con un muro presidido exteriormente por un conjunto escultórico mariano bajo arcosolio y por una serie de óculos que articulan la fachada; toda la simetría compositiva buscada se pierde cuando en el segundo barroco se hace necesario reforzar la Torre de Campanas con un nuevo paramento exterior ataluzado; entonces, éste, remonta parcialmente la fachada central amortizando parte de la misma y «desplazando» el eje de simetría, con lo que se pierde el sentido compositivo original.
Por lo que respecta a las evidencias correspondientes a la última fase constructiva, la contemporánea, básicamente reciente y vinculadas a trabajos de restauración en el edificio, no creemos necesario mayor comentario. |
ambiciosa programación de los trabajos de conservación-restauración que se han de llevar a cabo en este monumento de la ciudad.
Entre éstos está el estudio histórico y arqueológico del conjunto, más cuando la catedral se asienta sobre una de las terrazas del complejo imperial del Concilium Prouinciae Hispaniae Citerioris, donde en la antigüedad tardía se estableció el episcopio visigótico.
Este espacio se recupera tras la restauración efectiva de la sede arzobispal, en el siglo XII, y es el germen de la actual sede eclesiástica.
Este artículo es una primera aproximación a la evolución arquitectónica de una zona de la catedral de Tarragona, al norte del claustro, que se ha podido estudiar gracias a la inversión económica
Es indudable que la catedral es el edificio histórico más importante de la Tarragona medieval.
Sus características arquitectónicas, evolución y su especial ubicación en el centro del antiguo recinto sagrado romano la convierten en un monumento de especial interés para comprender, no sólo la ciudad medieval y moderna, sino también la Tarraco romana y la Terracona de la antigüedad tardía.
Los trabajos derivados del Plan Director de la Catedral de Tarragona, coordinados por los arquitectos Joan Figuerola y Joan Gavaldà, han permitido una aproximación a la evolución del conjunto arquitectónico desde un punto de vista arqueológico.
El conocimiento de la existencia de restos de época antigua, en especial las del recinto de culto imperial, y la necesidad de obtener los necesarios datos históricos han permitido empezar los trabajos arqueológicos en diferentes puntos de la seo, en especial en la zona del claustro-casas de los Canónigos.
Además, la existencia de estructuras que, como ya hemos citado pertenecen al recinto de culto flavio, hace que éstas sean incluidas en el catálogo de monumentos de la declaración de Tarraco como Patrimonio Mundial de la Humanidad (año 2000).
Las excavaciones arqueológicas llevadas a cabo alrededor del ala norte del claustro de la catedral de Tarragona, derivadas de la necesidad de solucionar los graves problemas de humedades, han permitido estudiar una secuencia estratigráfica que en algunos de los puntos alcanzaba una potencia de nueve metros, y en una extensión que ultrapasa las dimensiones de este lado del claustro.
Con anterioridad, la catedral de Tarragona había sido objeto de diferentes trabajos arqueológicos, como los llevados a cabo en los años treinta por el Rvdo.
Joan Serra Vilaró en la zona de Santa Tecla la Vieja o los que en los años cincuenta efectuó el profesor Sánchez Real en el patio del claustro, lugar donde en los años 80 Xavier Dupré volvió a realizar sondeos arqueológicos.
Con el objetivo de profundizar en el conocimiento del recinto sagrado imperial el profesor Hauschild materializó diferentes campañas de estudio arquitectónico y de excavaciones.
LAS PREEXISTENCIAS DE ÉPOCA ROMANA
Y DE LA ANTIGÜEDAD TARDÍA Tarragona se extendió por la ladera meridional de la colina que llega a los ochenta metros de altitud sobre el nivel del mar.
Esta especial orografía ha sido un elemento clave para entender la topografía urbana de la ciudad desde la Antigüedad.
En la parte más alta, se estableció en época tardo-republicana la base militar y política de Roma durante la Segunda Guerra Púnica y la posterior conquista de Hispania.
En época flavia (69-96 dC) este amplio espacio, de unas 18 Ha, fue ocupado por dos grandes plazas (la inferior de representación político-religiosa, y la superior un recinto presidido por el templo de culto imperial), y un circo, que formarían lo que se ha llamado la sede del Concilium Prouinciae Hispaniae Citerioris.
En este mismo espacio se ubicó posteriormente parte de la ciudad visigótica de Tarragona y, siglos después, fue el punto de inicio de la reocupación medieval de la misma.
La plaza o terraza superior era una amplio espacio de 153 por 136 metros rodeado por un muro perimetral, el temenos, en el cual había una serie de aberturas cada siete metros y medio entre ejes, y un pórtico con columnas, los fustes de las cuales medirían unos cinco metros de altura.
De este gran muro se conservan importantes vestigios, especialmente los de los lados norte y oeste del claustro de la catedral, que fueron reutilizados como parte de su cierre.
En los lados mayores del pórtico había grandes arcos con exedras u hornacinas posiblemente destinadas a alojar estatuas de culto imperial.
En la antigüedad tardía estos espacios sufrieron una importante transformación, con el desmantelamiento parcial de las estructuras y la conversión en zona de hábitat, y en sede de los poderes político y religioso, en donde destacaría el episcopio.
De este modo puede observarse que, por ejemplo en la sede del Colegio de Arquitectos, se construyeron una serie de muros perpendiculares a los paramentos exteriores del temenos, que conjuntamente a diferentes hallazgos entre el claustro de la seo, cementerio, antigua hospital de Santa Tecla y calle de las Coques -inhumaciones, piezas de escultura decorativa, dos vertederos etc.-indican que una parte del antiguo recinto sagrado imperial ya se desmantela en el siglo V, y en el VI es ocupado por la sede del episcopio visigótico, espacio que en la edad media se volvería a usar para la sede metropolitana y las dependencias del poder eclesiástico de la ciudad.
Desconocemos qué sucedería después de la conquista árabe-musulmana, hasta el punto de no estar clarificado si Tarraco fue tomada de manera pacífica o violenta.
Fuera como fuese, el obispo Próspero y sus diáconos Procopio y Pantaleón huyeron de la ciudad con las reliquias y libros litúrgicos.
Los trabajos del Plan Director en el área al norte del claustro han descubierto una parte importante del muro del temenos del recinto flavio.
En esta zona se ha conservado una altura de muro de nueve metros y ha podido ser observada la técnica edilicia y los sistemas de drenaje de su pe-rímetro exterior, mediante un relleno de bloques megalíticos, sobrantes de obra y ripio, y un sistema de canales que conducían el agua pluvial.
En concreto se ha podido estudiar el sistema constructivo: apertura de una gran zanja de cimentación en la roca, construcción del basamento del muro mediante sillares dispuestos a tizón y desbastados en la cara visible, y erección del muro con sillares de unos ochenta centímetros de grosor, dispuestos a tizón y sin unión de mortero.
Se han podido observar los encajes de los ferrei fornices para su elevación mediante maquinaria, la unión casi perfecta de los sillares, sin uso de mortero y unas juntas verticales muy finas, hacen pensar en un serrado con las piezas presentadas in situ y su posterior encaje final.
Por otro lado se ha podido apreciar que la cara del muro que mira al interior de la plaza fue alisada y perforada de forma muy regular con la intención de forrarla con un placado de mármol.
En cambio, en el paramento exterior los sillares fueron labrados con un imponente almohadillado a punzón.
En cuanto a la estructura de las fenestrae, se ha podido observar su construcción solidaria al muro, y una cuidadísima técnica en la disposición de sillares y dovelas, junto a un interesante sistema de descarga de tensiones mediante un arco adintelado y un gran sillar a la manera de dintel sobre la abertura.
Otro aspecto interesante es el relleno constructivo de la zanja de cimentación, con la deposición de grandes megalitos de roca calcárea, procedentes seguramente del rebaje de la zanja constructiva, y la constatación de tres niveles relacionados con la obra, el inferior que se asocia a la obra de cimentación, el intermedio con gran cantidad de esquirlas procedentes de la labra de los sillares, y el superior, con fragmentos de mármol procedentes del trabajo de las placas decorativas a pie de obra.
De gran interés ha sido el descubrimiento de un muro de la antigüedad tardía, construido con sillares reutilizados, unidos sin mortero, perpendicular al temenos, que ha de relacionarse con una cisterna que sellaba exteriormente una de las grandes fenestrae del muro flavio.
Ésta tiene unas dimensiones de 7 ¥ 7 metros aproximadamente y está cubierta por una bóveda de medio punto de opus caementicium.
La localización de estas dos estructuras es interesante porque muestran como en la antigüedad tardía la zona del antiguo recinto de culto imperial sufrió una importante transformación derivada de los cambios comportados por la oficialidad del Cristianismo, que conllevaron la creación de nuevos espacios de poder religioso y el desmantelamiento de los conjuntos edilicios paganos después del edicto de Teodosio y la promulgación de leyes que permitían desmontar los viejos templos.
De este modo, la pérdida funcional del antiguo recinto imperial conllevó a que podía ser desmantelado para poder adaptar el espacio al nuevo poder religioso, el episcopal.
Por otro lado la situación de la cisterna y del muro adosado al paramento exterior del muro flavio, recuerda las estructuras del mismo período que se localizaron en Colegio de Arquitectos (datadas a priori a finales del siglo V, para después situarlas en la primera mitad del siglo VI) en el lado opuesto y también al exterior de la plaza flavia.
En este espacio se documentó una serie de aulas y una cisterna, construidas con sillares procedentes del antiguo recinto flavio.
Se ha supuesto que estas construcciones formarían parte del episcopio de Terracona, y han de relacionarse con los hallazgos funerarios y de escultura arquitectónica localizados en las calles próximas.
Por otro lado, estas cisternas, junto a las localizadas en las plazas del Forum y del Rovellat muestran el cambio en el suministro hidráulico de época imperial, mediante acueductos principalmente, en la antigüedad tardía, con la recogida de las aguas pluviales en grandes depósitos.
Las excavaciones arqueológicas en el lado norte del claustro también han mostrado otros elementos a relacionar con esta profunda transformación de la zona.
De este modo se ha detectado sobre los niveles arqueológicos de época flavia una fase que ha de datarse en la primera mitad del siglo VI, igual que los restos referidos del Colegio de Arquitectos, que ha demostrado el desmontaje de la decoración y pórtico del recinto sagrado, básicamente de mármoles de Luni-Carrara.
Las dimensiones y tipología de los restos pétreos, principalmente fragmentos muy desmenuzados, muestran un claro proceso de reutilización de los materiales, como sería la extracción de las estrías de las columnas, para su uso en otras construcciones, quizás en los nuevos edificios de representación como el episcopio o la iglesia catedral, identificada con la Santa Jerusalén citada en el Codex Veronensis.
Nos situamos, pues, en un claro proceso urbanístico en el que las grandes construcciones imperiales que han perdido su uso, se transforman en los nuevos equipamien-tos eclesiásticos de Terracona.
De esta manera parte de los muros del temenos se desmontan, conservándose aquellos tramos que se consideran aprovechables para las nuevas construcciones y urbanística.
Hay otro elemento que ha de tenerse en cuenta.
La localización de dos vertederos en la zona del antigua recinto sagrado, uno debajo el actual Consejo Comarcal del Tarragonés, antiguo hospital de Santa Tecla, dentro del porticado del recinto sagrado; y el otro en el claustro de la seo, dentro de la antigua plaza flavia.
Su descubrimiento indica la presencia de espacios de hábitat en su proximidad y la transformación del sistema de eliminación de residuos urbanos, ya en el siglo V.
Nos encontramos ante un proceso puesto en marcha en el siglo V y que muestra que en el VI, después de la desaparición de la administración romana y del imperio, hay una transformación de estos antiguos espacios religiosos, quizás motivada por una planificación oficial de tipo episcopal con el traslado del primitivo episcopio desde el Francolí, al lado de la basílica martirial del obispo Fructuoso y sus diáconos, al antiguo espacio de prestigio religioso en época imperial.
La localización de estas estructuras perpendiculares al temenos, pero de otra envergadura arquitectónica, y asociadas a cisternas, así como en las excavaciones del norte del claustro de la catedral como del Colegio de Arquitectos, plantean una serie de cuestiones que por el momento no pueden ser resueltas de manera satisfactoria.
Cabe pensar si nos encontramos ante una planificación urbanística que ocupa la periferia del recinto sagrado o también la antigua plaza de la terraza superior donde hemos de ubicar la sede episcopal.
Por otro lado, ¿cuál sería la extensión de los equipamientos episcopales? ¿qué parte o partes de la plaza flavia era ocupada?
La impresión es que la parte este, donde se encuentra la mayor concentración de hallazgos, era las más densamente ocupada, pero esta idea se basa en una información desigual del recinto superior en época tardo-antigua.
Aparejos constructivos de la catedral de Tarragona: Época flavia: construcción del temenos del recinto sagrado (desmonte del terreno, cimentación de sillares a tizón, muros de opus quadratum almohadillado y ventanas con alféizar moldurado, decoración con mármol de Luni-Carrara (placados en muro), drenajes basados en canales en la roca y bloques ciclópeos y sillares rehusados al pie de la cimentación).
Fotografía 1: muro de opus quadratum; fotografía 2: fenestra en el muro (Museu Diocesano); fotografía 3: fenestra extradosada por el muro románico del claustro; 4: canal de drenaje.
Antigüedad tardía: operaciones de desmontaje del temenos del recinto sagrado mediante el desmonte del muro y expolio de material marmóreo; construcción de estructuras de sillares reutilizados perpendiculares al temenos y construcción de cisterna de opus caementicium y revoco de opus signinum, con cubierta en bóveda de cañón.
Fotografía 5: pavimento de opus signinum de cisterna; fotografía 6: detalle del pavimento y bóveda de la cisterna; fotografía 7: muro de sillares reutilizados.
LA CONSTRUCCIÓN DE LA CATEDRAL MEDIEVAL
La invasión árabe-musulmana de la península ibérica comportó un grave trastorno para Terracona.
El éxodo de la élite eclesiástica, lejos de ser un hecho puntual, junto al cambio de la situación geopolítica de la zona, en que la vieja ciudad había perdido peso a favor de Barcino durante los siglos VI y VII, situarían a Tarraco en vía muerta.
¿Qué ocurre en la ciudad entre los siglos VIII y XI?
¿Estaba deshabitada o existía población?
En la catedral se conserva una importante pieza islámica, el llamado mirhab, que ha sido relacionada con la mezquita aljama de Tarraquna.
Pero parece ser que es una pieza procedente de Madinat al-Zahra, por lo que esta definición deja en suspenso, otra vez, la cuestión de Tarragona entre los siglos VIII y la conquista feudal.
En el año 1091 se restaura la sede episcopal, con el obispo de Vic Berenguer Seniofred de Lluçà, aunque ha de esperarse hasta el siglo XII para ver una ocupación definitiva de la vieja ciudad visigótica: en 1118 se otorga al obispo de Barcelona Oleguer Bonestruga, y el papa Gelasio II lo designa arzobispo de Tarragona, mientras que Roberto Bordet empieza la colonización de la ciudad y del territorio.
Aún así, ha de llegar el año 1145, para tener un arzobispo establecido definitivamente, que fue Bernardo Tort.
El 1153-1154 se conquista Siurana, último reducto islámico en Cataluña y en el mismo año se firma una bula con la primera lista de parroquias de la diócesis de Tarragona y el arzobispo dota la canónica de la catedral.
El antiguo episcopio visigótico reocupado sería probablemente un conjunto en mal estado y poco funcional para las necesidades del nuevo arzobispado, restaurado para liberar la iglesia catalana de las ligaduras con la sede de Narbona.
De este modo la restauración de la cátedra necesita de la reocupación de los antiguos espacios litúrgicos y religiosos, no sólo de la iglesia madre visigótica y del episcopio con la nueva catedral y canóniga, sino también de la iglesia martirial del anfiteatro con Santa María del Milagro, la zona funeraria del Francolí, con al menos dos iglesias en la antigüedad tardía, con Santa Magdalena de Bell-Lloc, o la zona funeraria de la colina de Mas Rimbau-Mas Mallol con el templo de San Pedro Sacelades.
El año 1154 Bernat Tort establece la canóniga catedralicia, y la dota de un monasterio en forma de fortaleza, según reza el documento, y del equipamiento necesario: bodegas, graneros, dormitorio, cocina y sala capitular...
Esta fecha puede entenderse como el génesis del nuevo conjunto arzobispal, con la construcción de los espacios necesarios para la vida comunitaria de la canónica establecida, y el principio de las obras de la nueva iglesia, ya que seguramente las dimensiones y el estado del viejo templo visigótico no ofrecían las condiciones necesarias para la sede recuperada, de manera que en el año 1167 ya se menta una donación para las obras del nuevo templo en el testamento de Pedro de Queralt.
El monasterio se articula alrededor de un claustro situada en el ángulo noroeste del antiguo temenos imperial, en excelente estado de conservación quizás por ser usado como parte integrante del episcopio visigótico.
Los condicionantes topográficos y el deseo de usar los muros flavios de opus quadratum, provoca que el claustro quede situado entre el transepto y la cabecera de la nueva iglesia catedral, cuando usualmente este espacio se localiza entre éste y la nave.
Las excavaciones realizadas han permitido localizar en el lado norte del claustro un gran edificio, otorgándole una cronología de segunda mitad del siglo XII.
Esta construcción aprovecharía como cierre meridional el muro del temenos romano, y usaría el corredor de servicio coetáneo al muro abierto en la roca natural en época imperial.
Como límite occidental se encontraría la cisterna y el muro de sillares tardo-romanos citados anteriormente.
Esta estancia, de dimensiones similares al refectorio de los canónigos del siglo XII, estaba dividida en su interior por arcos diafragma, de los cuales se conserva uno prácticamente entero, y parte Fig. 3.
Aparejos constructivos de la catedral de Tarragona: Siglo XII: Inicio de la construcción de la catedral y canónica, introducción del románico, aprovechamiento muros romanos; construcción de refectorio con muros de sillares reutilizados y bóveda de cañón apuntado; construcción de sala con arcos diafragma ligeramente apuntados; extradosado del muro del temenos para sujeción de bóvedas del claustro, aparición de las primeras marcas de cantero; reutilización de fenestrae como accesos.
Fotografía 1: arco apuntado; fotografía 2: inscripción romana reutilizada en el muro del refectorio; fotografía 3: escalera de mortero al pie de fenestra reutilizada.
Siglos XIV-XIV: construcción de capillas aprovechando las aberturas de las fenestrae; amortización de estancias canonicales, introducción de los estilos gótico y renacentista, a partir del siglo XVI, sistema de drenaje tras las capillas.
Fotografía 4: capilla de Nuestra Señora de las Nieves, de sillares con marcas de picapedrero y cubierta de mortero enfoscado; fotografía 5: muro de drenaje tras las capillas de las Nieves y San Salvador; fotografía 6: detalle del muro de la capilla de la cofradía de Santa Tecla.
La fachada norte dispondría una serie de aberturas que recuerdan al sistema de arcos que pueden verse en el dormitorio de los monjes del monasterio de Santas Creus.
Por lo que se refiere a los accesos a esta estancia parece verosímil que se usasen algunas de las fenestrae del muro del temenos, como se ha constatado durante los trabajos de excavación.
La intervención ha permitido estudiar una de estas aberturas imperiales a la que se le rebajó el antepecho moldurado original para realizar un paso hacia una escalera cortada en los niveles tardo-romanos y rematada con una capa de mortero de cal, que servía para llegar al nivel de la nave, hecho también de un pavimento de cal de poco grosor, y diferentes niveles de tierra compactada.
La cara interior de la fenestra se reforzó con un capialzado del que se conservan los encajes de los salmeres.
Desconocemos si el resto de aberturas del muro flavio tendrían la misma funcionalidad, ya que, o han sido abiertas por vanos de época medieval, o por la apertura de capillas.
Un hecho interesante es que la cubierta del claustro con bóvedas de crucería, que se data entre finales del siglo XII y principios del XIII, necesitó del extradosado del muro del temenos (que no llega al metro de grosor) por lo que se condenaron las fenestrae, incluida la aprovechada como puerta de la nave, hecho que establece un claro terminus ante quem para la construcción de esta sala.
Hasta el momento no puede definirse la funcionalidad de esta estancia, aunque ha de relacionarse con las diversas piezas que se localizan en el claustro de la catedral como son el refectorio, sala capitular y sacristía.
Los arcos diafragmas que cubrían la nave se construyeron con un ligero alabeado respecto al muro del temenos, y se utilizaron sillares del recinto flavio convenientemente recortados y acabados, algunos de ellos con marcas de picapedrero.
Se pudo excavar su cimentación, consistente en una potente zanja que llegaba a la roca, dentro de la cual se levantó el arco con un ligero ensanchamiento en la base en forma de banqueta que apoya en la roca y en la cimentación de sillares del muro romano.
El trabajo de las dovelas es esmerado, y puede observarse cómo las piezas tienen la misma rosca y el extradós bien acabado, detalles que ya no se observan en arcos de cronología posterior.
Los trabajos arqueológicos también han permitido el estudio de parte de la construcción del refectorio (siglo XII), pudiéndose observar otra vez la reutilización de sillares de época romana.
De esta forma los paramentos de esta cronología en la catedral de Tarragona muestran un despiece muy grande, pudiendo ver fragmentos de inscripción monumental romana reaprovechadas entre las piezas.
La nave del siglo XII padeció una importante transformación a principios del siglo XIV, en el momento de la construcción de la capilla de Nuestra Señora de las Nieves en el ángulo noroeste del claustro, en el lugar de una de las fenestrae.
Se trata de una pequeña capilla gótica de planta poligonal, de sillares de dimensiones menores que los de las construcciones del siglo XII.
Son piezas que pueden ser movidas con la fuerza de un solo hombre, que fueron dispuestas a juntas encontradas, y en la cara exterior de la capilla se ha podido constatar un acabado a junta llena con poco esmero.
La excavación ha mostrado que la capilla fue rematada con terraza a una vertiente, hecho que lleva a pensar que en el momento de construcción de la misma quizás la nave de arcos diafragma se encontraba en desuso y desprovista de cubierta.
Dicha terraza es una obra de mortero de cal enlucido, a manera de terraza, con sencillos rebosaderos formados de sendos fragmentos de teja actuando de canal en los ángulos de la capilla.
Esta solución de la cubierta se observa en otros puntos de la catedral, como en la sacristía, la sala capitular o en las naves laterales del templo.
LAS REFORMAS DE ÉPOCA MODERNA
Y CONTEMPORÁNEA La dinámica constructiva de capillas en el claustro continúa en el siglo XVI.
De este modo en el año 1553, el matrimonio de Nicolás Albanell y Ángela subvencionó la construcción de la capilla de San Salvador, de estilo renacentista, ubicada al lado de la de las Nieves.
Se trata de una pieza de planta rectangular cubierta con bóveda de medio punto, de la que se ha podido estudiar la cara exterior, formada por un paramento de sillares de pequeñas dimensiones, acabados a gradina y muchos de ellos con marcas de picapedrero, y remate moldurado de la cornisa.
La cubierta es una terraza casi plana hecha con mortero de cal, de la misma manera que la capilla de las Nieves.
En el mismo siglo, pero de estilo gótico tardío, se levantó la capilla de cofradía de Santa Tecla, en la cabecera del refectorio de los canónigos, ocupando parte de la antigua nave del siglo XII.
Es una construcción de muros de mampostería o aprovechando el paramento de sillares tardo-romano antes citado, con contrafuertes en los ángulos, sobre los que descansa una bóveda estrellada.
Las ventanas son de medio punto y la puerta es un arco conopial abierto en el muro del temenos, en el lugar donde había una fenestra.
La construcción de las capillas de las Nieves, San Salvador y de la cofradía de Santa Tecla, muestran una importante transformación de la zona norte del claustro de la catedral, con la amortización de la nave del siglo XII, quedando al descubierto, ya que poco después de levantarse las capillas de San Salvador y la cofradía de Santa Tecla se construyó un sistema de drenaje y contención de tierras consistente en un muro de mampostería y un corredor de servicio con pavimento de mortero de cal en la parte posterior de las capillas de San Salvador y de la Nuestra Señora de las Nieves.
El año 1580 el Cabildo cedió parte del refectorio al arzobispo Agustín para que fuera habilitado como capilla del Santísimo, de manera que este antiguo espacio monacal quedó cortado por la mitad.
Quizás en estos momentos es cuando se establece comunicación entre el refectorio y la cisterna tardo-romana.
El estudio de ésta y la observación del paramento adyacente por la cara este, que corresponde al muro del temenos, muestra una serie de elementos que debieran ser explicados satisfactoriamente.
En primer lugar nos encontramos con dos aberturas cegadas en época indeterminada que implican su cambio de uso, de cisterna a estancia practicable.
En segunda lugar, un rebaje en el muro del temenos en forma de arcosolio da paso a una pequeña abertura a la manera de un portillo de torno.
Por otro lado, en el interior hemos podido observar una serie de perforaciones en el pavimento de opus signinum tardo-romano, preparadas para sustentar estructuras de madera que podrían ser bancos de trabajo.
También se detectaron evidencias de combustión.
Estos elementos hacen pensar que la cisterna pudo ser reaprovechada como cocina a relacionar con el refectorio de los Canónigos.
El hecho es que la estratigrafía que la cubre data de finales del siglo XIX -principios del XX, momento en que se construyen las actuales casas de los Canónigos.
La última fase constructiva que hemos documentado es el cubrimiento con un potente nivel de tierras de la mayoría de estructuras, ya que la zona sufre una importante transformación debida a la construcción de las nuevas casas de los Canónigos siguiendo el proyecto de los arquitectos Elías Rogent y Augusto Font i Carrera.
Estas obras también comportaron el desmontaje de construcciones de época medieval y moderna, así como parte de la cisterna tardo-romana, y el reaprovechamiento de sillares de época flavia en cimentaciones de los nuevos edificios. |
Este texto trata de ilustrar los tipos de análisis básicos para investigar una cuestión tan intrínsecamente humana como la percepción.
En el análisis de una construcción, los aspectos relativos a la percepción nos permiten acceder a una interesante información de cómo una construcción funciona y qué implican sus distintos espacios, información en directa relación con los aspectos más humanos y vivenciales de la arquitectura.
Son unos análisis complementarios a los análisis formales, ya que mientras estos nos permiten describir en el espacio y en el tiempo una construcción, los análisis de percepción tratan de incidir en la relación existente entre el ser humano y la construcción, entendiendo a la arquitectura también como elemento físico a experimentar y que ha sido construido para propiciar ciertas percepciones.
Se exponen en primer lugar las claves más básicas de los análisis de percepción y cómo estos se vertebran dentro de una metodología que trata comprender una construcción en todos sus aspectos (formales, sociales y simbólicos), sirviendo como ejemplo su aplicación a un túmulo del neolítico gallego.
ANALIZANDO LA PERCEPCIÓN Se presenta una analítica que se centra en un aspecto muy específico de una construcción: cómo un espacio arquitectónico ha sido construido para propiciar cierta percepción, qué aspectos físicos concretos se advierten y cómo éstos influyen en nuestro movimiento y visión de una determinada arquitectura.
Estamos ante unos análisis que son parte de un conjunto de técnicas vertebradas dentro de un plan metodológico, cuyo fin último es acceder a la lógica social y simbólica de dicha construcción y encardinarlo con el resto de evidencias disponibles de esa sociedad.
El análisis de la percepción deber ser un aspecto de la investigación de una arquitectura, no debe ser tomado como único, pues si esto se hace así, se puede llegar a reducir la arquitectura a impresiones, sin tener en cuenta el espacio construido como dimensión existencial-funcional y como relación entre el hombre y el medio que lo rodea.
Se parte de la idea de que la organización de los distintos espacios de una construcción, así como la configuración de sus volúmenes se ajusta a un orden perceptivo intencional, el cual es posible reconocer al experimentar los elementos físicos en una secuencia temporal (CHING, 1995).
Esto implica estudiar la relación vivencial del ser humano con las construcciones que usa o construye, intentando así acceder al tipo de pensamiento o racionalidad al que responde la forma de organizar tanto las estructuras como los espacios construidos.
LOS ANÁLISIS DE LA PERCEPCIÓN
La percepción humana se basa en la experimentación de algo en relación con lo que hemos percibido anteriormente.
Las técnicas analíticas que aquí se presentan se vertebran en torno a dos acciones relacionadas con la percepción:
-el movimiento, por medio del cual se ha desarrollado el denominado análisis de accesos y de amplia aplicación en los estudios de construcciones desde su aplicación por Faulkner al análisis de castillos y casas escocesas en 1964 (p.e.
-la percepción visual de los espacios y estructuras, ya que gran parte de la información que recibe el ser humano es de carácter visual y esta información forma parte de la racionalidad del individuo; este aserto ha derivado en los denominados análisis de visibilidad, que han tenido gran desarrollo en la investigación post-procesual (BENDER, 1993; BRADLEY, 1993; CRIADO, 1988CRIADO,, 1989CRIADO,, 1993;;THOMAS, 1991).
Además de estos dos tipos de análisis, se están desarrollando análisis de percepción 1 relacionados con las cualidades cromáticas de ciertos elementos, las propiedades acústicas, olfativas,... análisis que nos permiten acceder a una parte importante de la percepción de los espacios pero que no desarrollamos en este trabajo, que se centra únicamente en los aspectos relacionados con cuestiones visuales.
Estos análisis tienen como base el Análisis Formal de la construcción, por medio del cual se han identificado los elementos formales y organizaciones espaciales que se dan en la construcción, y que trata de describir por su propia lógica formal lo que aquí se pretende analizar por su lógica perceptiva, con el fin último de acceder a la racionalidad del grupo que la creó y usó.
La percepción en movimiento
Los análisis de movilidad forman parte de los estudios sintácticos del espacio desarrollados para analizar las relaciones espaciales de una construcción por medio de la circulación entre ellos y el significado social subyacente.
Dos son las técnicas fundamentales a emplear en este tipo de análisis: el análisis de circulación y el análisis gamma.
El objetivo de estas técnicas es tanto cuantificar la permeabilidad y profundidad de los espacios como identificar el hilo perceptivo de una construcción.
Según la metodología ya especificada en un artículo anterior de este volumen (CRIADO, MAÑA-NA), se deben aplicar en cada ámbito donde se significa la construcción, tanto al nivel del emplazamiento (físico y construido) como en relación a los elementos que componen la construcción.
Una de las formas de analizar cómo se percibe un espacio construido es por medio del movimiento hacia él, el recorrido que hacemos tanto para aproximarnos como para pasar de un espacio a otro dentro de la construcción.
Es por esta cuestión que preferimos denominar al análisis que tiene como base el movimiento del individuo en un espacio construido análisis de circulación, frente a análisis de accesos, pues no sólo pretendemos valorar el momento de entrada en cada espacio, sino integrarlo en un sistema de tránsito y así poder definir cuáles son los elementos que influyen en la percepción de formas y espacios construidos.
Dentro de este tipo de análisis es básica la identificación de ciertos elementos que influyen y dirigen la circulación, como son las escaleras, peldaños, rampas, umbrales, pasillos, caminos, aceras, etc.
Siguiendo al arquitecto F. Ching (1995) en su metodología de análisis arquitectónico, el hilo perceptivo que vincula los distintos espacios en los que se significa la construcción se da en varias fases:
1.o la aproximación a la construcción o visión a distancia, 2.o el modo de acceso o la entrada al espacio interior, 3.o la configuración del recorrido interno, 4.o la forma del espacio recorrido Así, se trata de identificar el hilo perceptivo de una construcción a través del movimiento en sus espacios, reconociendo espacios preeminentes en el esquema general de circulación, bien sea por ser espacios distribuidores o bien porque estos se encuentran al final de un recorrido (SÁN-CHEZ, 1998: 102).
El análisis gamma, que ha sido desarrollado por Hillier y Hanson (1984), se basa en el movimiento a través de los espacios, cuantificando las profundidades y permeabilidades (la facilidad de acceso), valorando el grado de dependencia de unos espacios respecto a otros, el control de acceso y el movimiento que permiten.
Los elementos clave en este análisis son los umbrales que separan / comunican los espacios entre sí, pues actúan como controladores de paso a determinado ambiente.
Por medio de estos análisis se pueden descubrir las relaciones sociales que mantienen los individuos que habitan una estructura y entre éstos y los foráneos a ella.
Su uso para el análisis de los espacios domésticos está muy extendido.
El análisis de la percepción visual
Este análisis trata de identificar el orden perceptivo que se implementa en una construcción, partiendo de la base de que la percepción espacial de una construcción está influida por las cualidades lumínicas, cromáticas, acústicas, de texturas y vistas de los distintos espacios (CHING, 1995).
Las investigaciones que versan sobre la percepción visual de los espacios construidos se fundamentan en la cualidad transespacial de la visión, ya que actúa a distancia, crea una gradación visual según se dispongan los umbrales que, como líneas divisorias entre lo público y lo privado, pueden variar los porcentajes de visibilidad (VEN, 1977).
Siendo los umbrales un medio de control de la circulación y también de restricción de la visibilidad, su existencia implica la restricción de ciertas áreas a individuos de una sociedad: no es un espacio público, de libre acceso, sino que sea cual sea el grupo discriminado, hay individuos que se quedan fuera.
El análisis de estos aspectos permite «trabajar con aspectos relacionados con la estructura y la ideología de la sociedad» (SÁNCHEZ, 1998: 94).
Básicamente, se llevan a cabo dos tipos de análisis de condiciones de visualización, aunque ambos son complementarios:
-el que se realiza en base a la situación del individuo que percibe, a la visibilidad (es la percepción desde) desde un punto de vista determinado, definido normalmente por un umbral y en espacios cerrados (SÁNCHEZ, 1998), o por la ruta de acceso al mismo; trata de identificar el dominio visual de los distintos espacios construidos y el grado de exposición que sufren en relación con el recorrido que se hace a través de ellos, definiendo espacios privados y públicos según el grado de su «exposición a la vista».
-el basado en el impacto visual de los volúmenes y espacios, en la visibilización de los elementos (es la percepción de) y de cómo estos influyen en la percepción; pretende identificar el orden y organización perceptiva de un espacio construido, valorándolo de manera estática en relación tanto a su entorno -el físico / topográfico y el construido (en relación a otras construcciones)-como en relación a la construcción en sí misma.
Es fundamental tratar de identificar la voluntad de visibilización (inhibición, ocultación, exhibición y monumentalización, ver CRIADO, 1993: 45-51) de ciertos elementos o espacios dentro de la construcción, hecho que puede ser tanto consciente y explícita como implícita e incluso inconsciente, pero que es fundamental para identificar las cuestiones relacionadas con la parte más simbólica de las construcciones.
Así, con los análisis de percepción visual es posible valorar las estrategias que configuran y ordenan los volúmenes exteriores de una arquitectura: que una zona esté expresamente resaltada puede implicar una cierta estrategia espacial y de percepción que debe ser tenida en cuenta a la hora de describir y valorar una construcción, y hacer explícitos estos aspectos nos pueden permitir determinar qué estrategias de configuración de los espacios se dan en una sociedad, y por lo tanto, acceder a una parte de su patrón de racionalidad.
LA PERCEPCIÓN DEL TÚMULO N.o 5 DEL ALTO DE SAN COSME
En este apartado vamos a aplicar los análisis anteriormente expuestos a un monumento funerario, la mámoa n.o 3 de San Cosme (Mos, Pontevedra), yacimiento adscrito al megalitismo gallego, que se encuadra dentro del fenómeno megalítico de la fachada atlántica europea (entre finales del V milenio y mediados del III milenio a.C.), primera arquitectura monumental del viejo continente y que representa el primer modelo de paisaje histórico basado en construcciones artificiales de carácter permanente.
Su excavación ha formado parte del Plan de Control y Corrección del Impacto Arqueológico de la construcción de la Red de Gasificación de Galicia, Red de Vigo-Porriño (AMADO, 2000; PARCERO, 1998).
Como paso previo a las valoraciones que aquí se presentan sobre la percepción del túmulo, se ha llevado a cabo un análisis formal, estratigráfico y espacial (se puede ver de manera detallada en MAÑANA et alli., 2002), en el que se identificó una construcción cuyo volumen y espacio principal es un túmulo en tierra con anillo lítico, estructura que es formalmente disimétrica, ya que mientras la mitad NW es más somera, con menor altura y anillo menos espeso, la SE el túmulo alcanza una mayor altura relativa y el anillo es más amplio y potente.
En el espacio interior a éste, y espacialmente dependiente de él, se sitúa una estela de piedra de forma cuadrangular cuya posición responde al mismo eje de organización espacial que el monumento y también es formalmente disimétrico en sus lados menores, ya que mientras la cara NW de la estela es rugosa, la SE es lisa.
Un tercer espacio que configura esta construcción es el inmediatamente contiguo al túmulo, en el cual se ha dispuesto una estructura tipo «pavimento» que únicamente se desarrolla al sudeste.
La percepción del túmulo a través del movimiento
Para elaborar de forma positiva un análisis de circulación relativo a este yacimiento, primero hay que identificar qué tipo de aproximación al túmulo se puede realizar, para lo que es básica la identificación de las características formales del entorno, tanto las relativas al emplazamiento como en relación con otras construcciones del mismo fenómeno.
Por las características formales de la sierra en la que se implanta y en relación con las condiciones más favorables para el movimiento natural, se ha identificado una ruta principal de movimiento lineal de dirección norte-sur.
Al aproximarnos al monumento entramos en su órbita directa de influencia, el espacio contiguo al túmulo, zona en la que se suelen identificar restos de actividad (deposición de materiales, suelos endurecidos, hogueras, etc.) o el inicio de estructuras de acceso al centro del enterramiento.
Entre este espacio exterior y el contiguo no se advierte una ruptura concreta, siendo más implícita que explícita: existe continuidad espacial y visual, pues no hay ningún umbral que los divida, no se ha documentado ningún cambio en el nivel del terreno, etc. El único elemento arquitectónico que existe en este espacio es el pavimento irregular e informe formado básicamente por piedras que son llamativas visualmente (cuarzo y piedras verdes, distintas también al material que más se ha empleado en su construcción), situado en el lado sudeste del conjunto, lo que parece indicar un privilegio de esta área respecto al resto del conjunto.
La única manera de llegar al espacio central del túmulo, en donde se localizan las estructuras intratumulares y la zona de enterramiento, es cruzando por la superficie del túmulo, pues no existe ningún tipo de estructura de acceso intratumular como sí se da en otro tipo de túmulos.
El movimiento por la superficie del túmulo no está condicionado por ningún elemento delimitador: es un espacio sin barreras importantes aunque significativamente distinto al entorno inmediato (forma hemisférica, altura superior al entorno y delimitada por el anillo lítico), por lo que el acceso es posible desde todas las áreas del entorno del túmulo.
El espacio central (las estructuras intratumulares) tapado por la masa tumular, es un espacio cerrado, de acceso muy restringido, pues únicamente se puede llegar mediante la excavación de un pozo, parece no estar ideado para facilitar su acceso de forma no destructiva para el túmulo.
Como valoración, destacamos el hecho de que la circulación posible en este tipo de construcción es más inducida que obligada, o sea, que salvo para acceder al espacio central una vez concluida la construcción del túmulo, no hay límites físicos al movimiento, no hay ningún pasillo, vano, etc. que limite nuestro movimiento.
Lo que sí nos parece reconocer es la intención de influir en el desarrollo del recorrido, de dirigir el movimiento al haberse dedicado un mayor esfuerzo constructivo a la zona sudeste.
Así, primero se realizaría la aproximación al monumento en sentido N-S, realizando un recorrido lineal que remata en el centro del túmulo después de atravesar tres espacios significativamente distintos, en el que destaca los cambios de nivel (abajo-arriba-abajo) del recorrido.
Con análisis gamma se puede ver que estamos ante una construcción en la que el paso de un espacio a otro está únicamente controlado por el espacio inmediatamente contiguo.
Mapa de relieve de la zona y del entorno inmediato del túmulo, señalándose la posición de los túmulos y el tránsito general de la zona 94) esto implica que los espacios del túmulo tienen una relación asimétrica, pues para llegar a C (estructuras intratumulares) es necesario pasar antes por A (espacio contiguo) y por B (túmulo).
Análisis de las condiciones de visualización
Los elementos conservados de la configuración original de la arquitectura tumular permiten identificar factores influyentes en la percepción del túmulo: son materiales que por ser diferentes al resto, llamativos tanto por sus propiedades cromáticas (en la composición material de las estructuras, coloraciones significativas en las tierras y piedras) como por sus texturas (contraposiciones entre materiales pétreos y térreos), influyen en el impacto visual del monumento.
Así, en este caso nos encontramos ante una construcción que contrapone las texturas y colores de la piedra y la tierra, destacando además el uso restringido de materiales pétreos de color llamativo (piedras verdes y blancas) sobre todo en la mitad sudeste del túmulo.
Se ha identificado que la forma de aproximación preeminente es por el sudeste y es desde este punto desde el que se realiza el análisis de visibilidad.
Una de las características de este túmulo en concreto es que apenas destaca sobre su entorno; es un túmulo muy bajo: tendría unos 50 cm. por el lado norte y casi un metro de altura respecto al nivel del suelo en el lado sur, diferencias influidas por la pendiente del emplazamiento.
El sector sudeste es la zona en la que el túmulo tiene una mayor altura relativa respecto al nivel del suelo, por lo que adquiere una mayor monumentalidad, logra un mayor impacto visual, coincidiendo además con la zona más destacada formalmente.
Las dimensiones del monumento permiten visualizar desde esta posición casi la totalidad de la superficie del túmulo, recortándose desde esta perspectiva la parte culmi- nante de todo el anillo lítico que rodea el túmulo, por lo que desde esta posición se alcanza a ver la totalidad del espacio tumular encerrado por el anillo lítico.
En relación a cómo se percibe el entorno del túmulo en relación con este punto de vista, la panorámica se puede describir como constreñida: se realiza contrapendiente y aunque es muy suave, se tiene la percepción cerrada, limitada nuestra visión del entorno inmediato por la zona más alta de la colina, recortándose esta línea de horizonte contra el cielo.
Respecto a las estrategias que se emplean para configurar y ordenar los volúmenes visibles de los elementos arquitectónicos (el análisis de la visibilización), hay que destacar que el resto del túmulo destaca por su sobriedad formal, lo que se ve ampliado por el hecho de que la altura relativa de estos cuadrantes respecto al entorno (sobre todo la del cuadrante noroeste) es nimia.
Esta conjunción conlleva que estos sectores casi no tendrían impacto visual si no fuera porque todo el túmulo está rodeado por el anillo lítico, sin percibirse la totalidad del túmulo desde la parte N, y viéndose en su totalidad desde la suroeste, por lo que el túmulo se ve como un espacio restringido, cerrado.
Respecto a las perspectivas que se tiene del entorno, desde el sudoeste, la pendiente es algo más suave que por el sudeste, pero aún así la visión del entorno es cerrada aunque sin límites visuales significativos en primer término, abriendo en un segundo término la visión totalmente, recortándose la parte superior de la loma contra el cielo.
Desde los sectores septentrionales la perspectiva se reduce al límite del pequeño rellano en el que se sitúa el túmulo, rompiendo la pendiente a escasa distancia al sudeste del túmulo y siendo algo más amplia hacia el suroeste, abriendo en el horizonte la perspectiva visual hacia las sierras del S.
Por lo tanto, se puede comprobar que el túmulo no es visualmente uniforme, sino que tiene diferencias formales que le implementan unos rasgos visuales distintos, lo que se puede relacionar con una estrategia de visualización de los elementos distintiva, pues si su situación y configuración concreta obedece a cierta intención, parece que no se pretende que el conjunto se perciba de forma unitaria.
Lo mismo pasa con las perspectivas visuales que desde el túmulo se tienen sobre el entorno, pues mientras en primer término, si la vista se dirige desde la parte sur nos encontraremos con una panorámica cerrada-elevada, si lo hacemos desde el norte, aunque es un ámbito de dominio visual directo es reducido, esta es abierta-descendente y en larga distancia.
Respecto a las relaciones visuales que se manifiestan entre los distintos niveles de articulación espacial del túmulo, en la propia configuración arquitectónica, de los distintos niveles espaciales que se configuran en un túmulo (túmu-lo, espacio intratumular, espacio contiguo), el elemento que adquiere más monumentalidad en el conjunto es el túmulo, tanto por su mayor volumen como por estar (parcialmente) cubierto y limitado por el anillo lítico y por lo tanto también predomina visualmente sobre los otros elementos.
La relación visual que mantiene con el espacio intratumular únicamente se articula por medio de la losa central, que probablemente sobresaliera ligeramente del túmulo.
El sentido final de estos análisis no puede extraerse únicamente de lo que en ellos se advierte, sino que ha de incardinarse con el restos de evidencias de esta sociedad, como se ha expuesto en otro artículo de esta publicación (CRIA-DO, MAÑANA): la metodología a la que responden estas técnicas (CRIADO, 1999(CRIADO,, 2002;;MAÑANA et alli., 2002) se basa en la validación de hipótesis extraídas de las evidencias formales de este fenómeno, la contrastación de lo que en este análisis hemos identificado a nivel de la percepción del espacio construido con lo identificado en otros casos y a otros niveles (emplazamiento, arte, distribución de cultura material, etc).
Los túmulos son la primera construcción de la fachada atlántica europea en la que hay intenciones evidentes de dejar una huella de modificación del entorno: por primera vez se construye con la intención de que lo que se haga, dure.
Son espacios construidos monumentales que en contraste con construcciones hechas con materiales más endebles, perecederos, van a permanecer en el paisaje (y han permanecido hasta nuestros días).
Esto contrasta con el modelo de construcción anterior, de las sociedades cazadoras-recolectoras, en las que las evidencias arqueológicas nos hablan de cabañas sencillas o adecuaciones de abrigos, cuevas, hechos con materiales endebles y no mucho trabajo: el uso que estas sociedades hacen de su entorno no deja una huella evidente en él, que se esfuma en un corto periodo de tiempo.
En cambio, con las sociedades que construyen túmulos, con una incipiente agricultura, se hacen patentes y evidentes los espacios relacionados con los muertos: los túmulos operan como una tecnología de construcción del paisaje social que domestica el mundo físico a través de dispositivos artificiales, no sólo introduciendo hitos arquitectónicos en el espacio natural para ordenarlo según referencias culturales, sino también controlando e imponiendo un determinado patrón de percepción del entorno a los individuos, una pauta para experimentar el espacio-tiempo comunitario e individual.
Así, por los análisis aquí expuestos parece imponerse un control de la percepción en relación con los túmulos: se crean espacios circulares, eminentemente cerrados y domi-nados y centralizados por el propio túmulo como estructura monumental y diferente (opuesto) al entorno natural, un entorno que se advierte disimétrico en sus características formales y perceptivas.
Así, el modo de percepción que parece vertebrarse en torno a esta construcción confirma el modelo advertido a escala de organización formal-espacial del fenómeno, cuya valoración ya hemos expuesto en otros puntos de esta misma publicación. |
características ornamentales, procedencia y distribución, se deducen varios aspectos a considerar en el análisis histórico y la restauración.
En mampostería siempre se utilizan rocas locales.
Sin embargo, en sillería y escultura se deduce una evolución temporal.
Más concretamente, las litologías más empleadas a lo largo del tiempo según tipologías, han sido: primero las lumaquelas daniense-montienses «tipo Ajarte», después las areniscas albienses tipo «Sierra Elguea» y, por último, las areniscas miocenas «tipo San Formerio».
Muy sucintamente, otras de las conclusiones obtenidas han sido: prevalece el gusto del cantero o la tendencia del momento frente a las características litológicas; el tamaño de las rocas a labrar está condicionado por la estratificación y diaclasas de la cantera original; el volumen de roca empleado respecto a su transporte da una idea del número de personas empleadas en la construcción; localmente, en el románico cuartangués, el uso de diferentes litologías de marcado contraste cromático denotan la intencionalidad del artista e implica la ausencia original de pinturas o estucados.
Durante el bienio 2000-2001 se realizó un intenso trabajo de campo para el Servicio de Patrimonio Histórico de la Diputación Foral de Álava, gracias al cual se completaron los mapas litológicos de 487 parroquias de la diócesis de Vitoria-Gasteiz.
En las cartografías de las iglesias consideradas se indica el tipo de roca empleado en su construcción y el piso estratigráfico de procedencia.
Tanto para el análisis histórico, artístico, constructivo, o sencillamente con vistas a la restauración, es obvia la necesidad de describir previamente los materiales empleados en el monumento y la cantera de origen.
Por otra parte, la litología y su procedencia condicionan todo un proceso interdisciplinar que se iniciaría con la exploración de la roca a extraer, arranque, transporte, labra, colocación y posterior mantenimiento o restauración.
Los mapas litológicos están soportados en imágenes digitales, sobre las cuales se han delineado los diferentes tipos de roca observados.
De cada iglesia se presentan las fotografías de todas las fachadas, la portada y, si es menester, algún detalle singular.
Toda esta información está vinculada a una base de datos convencional, en la cual se incluye el nombre del ayuntamiento, localidad, advocación y coordenadas UTM; leyenda a las litologías; geología del substrato; consideraciones geotécnicas; observaciones bibliográficas y comentarios.
Para la descriptiva litológica se han empleado métodos de análisis petrológico al uso, si bien, una vez reconocidas las principales litologías, y por conocimiento de la geología regional, ha preponderado el reconocimiento de visu.
En este sentido, debe indicarse que la experiencia previa, adquirida durante la realización del mapa litológico de la Catedral Vieja de Santa María en Vitoria-Gasteiz, ha sido decisiva, pues en ese monumento se encuentran la mayoría de las litologías reconocidas en el resto de la diócesis.
A partir de la litología, contenido paleontológico, facies, etc., se determina el nivel estratigráfico de procedencia de la roca.
Si además se dispone de información complementaria, como por ejemplo libros de fábrica, es posible determinar el lugar exacto de extracción de la roca.
Como norma general, en mampostería se emplean rocas locales, es decir, muy cercanas o incluso del propio substrato de la construcción.
Por tanto, en la selección de rocas para erigir las mamposterías impera el principio de mínimo transporte.
Respecto a la roca labrable, esto es, la destinada a sillería y escultura, su distribución geográfica dentro de la diócesis denota que no se atiende a criterios de mínimo esfuerzo en el transporte.
En general, se aprecia una evolución temporal lineal de cada litología que es progresivamente sustituida por otra.
Si ordenamos cronológicamente las litologías más empleadas según tipologías, muy sucintamente el orden temporal se resume en:
1. lumaquelas daniense-montienses «tipo Ajarte», después 2. areniscas albienses tipo «Sierra Elguea» y, por último, 3. areniscas miocenas «tipo San Formerio».
Cuando en un mismo monumento se reconocen varios de los tipos citados, pueden determinarse las rocas reutilizadas de una construcción previa, siguiendo el criterio temporal precedente.
El ejemplo más característico son los canecillos románicos, casi siempre realizados en lumaquelas tipo Ajarte.
La presencia de piezas de esa litología dentro de otras diferentes, con independencia del motivo tallado, indica que la pieza ha sido reutilizada.
Además del tipo de rocas empleadas y su procedencia, se han presupuesto algunas técnicas de extracción del material constructivo.
Como todas las rocas observadas son sedimentarias, parece obvio que la extracción se realizaría aprovechando los planos de discontinuidad: estratificación y diaclasado.
Ya que en las rocas citadas estos planos están muy marcados, el arranque se realizaría con cuñas metálicas o de madera, o simples barras de hierro.
Salvo muy pocas excepciones, la laminación interna de las rocas se colocaba horizontal, de manera que el grosor de los sillares o mampuestos viene predeterminado por la potencia original del estrato y no por las necesidades o gustos del cantero.
Las piezas mayores, que puntualmente pueden alcanzar dimensiones ciclópeas, son las areniscas tipo Sierra Elguea.
Después las areniscas miocenas y, por último, las lumaquelas tipo Ajarte.
Sirva como ejemplo, que estas últimas en general son bastante constantes en dimensiones y, de acuerdo con las proporciones determinadas en la Catedral Vieja de Santa María, las medidas del bloque unitario son 35,29 cm (altura), 85,14 cm (anchura) y 31,15 cm (fondo).
Esto implica, que para una densidad de 1,97 gr/cm 3, su peso medio aproximado es de 185 kg.
Otras consideraciones desarrolladas en el trabajo, aquí parcialmente resumido, se refieren al transporte.
Sirva nuevamente como ejemplo la Catedral Vieja de Vitoria-Gasteiz.
En ella, la mampostería está constituida por 184.055 mampuestos de calcarenitas tipo Olárizu, lo que implica un peso total de 5.437 tm.
Si aceptamos que el transporte se realizó en carros de 10 quintales (460 kg), el número total de carretadas fue de 11.820.
Estas cifras que pueden parecer faraónicas, sin embargo son congruentes si atendemos al factor tiempo.
Conjeturemos sobre el número de jornadas que necesitaría un carretero en cargar en la cantera del monte Olárizu o canteras vecinas (Castillo, Gardelegui, Arechavaleta, Mendiola, La-sarte...) los mampuestos de calcarenita, y descargarlos en la plaza de la catedral.
La distancia a recorrer es inferior a los 5 km. Aceptemos que el carretero únicamente realizaba 1 viaje al día, esto es 10 km., y que tan sólo trabajaba 5 días por semana.
Es evidente que necesitaríamos un longevo carretero para transportar todo el material.
Otra solución sería estirar la jornada laboral para que recorriera al menos 20 km. por día.
Por último, otra alternativa posible, sería emplear más transportistas.
Suposiciones aparte, sabemos que la catedral cierra la estructura al cabo de aproximadamente 200 años (A. AZKARATE, com. pers.), y que un solo carretero necesitaría 45 años y medio de vida laboral para concluir el transporte.
De todo ello se deduce que el número de transportistas en la construcción de la catedral no fue muy elevado.
Creemos que similares conclusiones son aplicables a otros gremios.
DURABILIDAD, LABRABILIDAD Y DISTRIBUCIÓN
Si atendemos a la durabilidad, o capacidad de no alterarse de las rocas, las más duraderas son la del tipo Sierra Elguea, después tipo Ajarte y, por último, las del tipo San Formerio.
Respecto a la labrabilidad o facilidad que presenta una roca al labrado, la más labrables son las areniscas tipo San Formerio, después las lumaquelas tipo Ajarte y por último, muy alejadas en esta escala, las areniscas tipo Sierra Elguea, que entre otras funciones se empleaban como piedra para afilar la propia herramienta de cantería.
En referencia a su distribución, tampoco se deduce una tendencia o evolución en el tiempo, siendo sin duda las lumaquelas tipo Ajarte las que más han viajado, frente a desplazamientos muy similares de las rocas de los tipos Sierra Elguea y San Formerio.
A partir de estas observaciones, puede intuirse que la evolución en el tiempo de las preferencias de los canteros por un tipo de roca determinado, no están condicionadas por su durabilidad, labrabilidad o distribución.
Es decir, no se atiende al envejecimiento prematuro de la roca, ni a la mejora de las herramientas, ni a los medios de transporte.
En conclusión, la selección de una tipología determinada está condicionada al gusto personal del cantero o quizás a la moda del momento, pero sin depender de los aspectos citados.
En relación con el uso y distribución de las rocas en un mismo monumento, dentro de la diócesis destacan las ventanas del románico cuartangués.
Con independencia del estilo arquitectónico o los motivos labrados, en todas ellas se alternan en capiteles, fustes y arquivoltas hasta cuatro litologías diferentes (Fig. 1).
Por una parte, parece que las rocas a tallar han sido seleccionadas por la misma mano o taller y, por otra, es evidente que el artista o artistas buscaban el contraste cromático.
Si se deseaba una marcada diferenciación del color, debe admitirse que, en ese periodo y zona, no se estucaran o colorearan esos vanos.
El estudio aquí parcialmente presentado abarca todas las parroquias hasta la aparición del cemento.
A partir de ese momento los materiales empleados son variados y las rocas proceden de lugares muy diversos.
Por ejemplo, la Catedral Nueva de la Inmaculada en Vitoria-Gasteiz se construye con areniscas de Pitillas, en el sur de Navarra.
O bien otros dos ejemplos en Vitoria-Gasteiz, que no tienen relación con las parroquias, pero son muy ilustrativos: la Plaza de los Fueros construida con granito rosa de Porriño (Pontevedra) o el pavimento de la calle Dato que procede de la República Popular China.
Por tanto, en épocas recientes parecen prevalecer otros criterios económicos o funcionales, sin que pueda deducirse una litología o litologías predominantes.
A modo de conclusión, de las líneas precedentes se deduce que la descripción de las rocas empleadas en construcción y su procedencia, aporta aspectos a considerar en la arqueología de la arquitectura y, en cualquier caso, es necesaria en la restauración o restitución del material pétreo que soportan los monumentos.
1: calizas y calizas margosas locales del Cretácico superior en mampostería y cerrando la ventana; 2: lumaquelas daniense-montienses tipo Ajarte; 3: calcita (¿quizás aragonito?), procedente de alguna grieta o de depósitos endokársticos; 4: areniscas miocenas tipo San Formerio.
Debe indicarse que la calcita, numerada con 3, no es una roca sino un mineral, muy fácil de pulir.
La superficies pulidas ofrecen una estructura interna laminada y un intenso color ámbar de fuerte impacto visual.
De la distribución de las tipologías rocosas se deduce que el sillar inferior izquierdo de 4 y la columna exterior derecha de 3 y 4 son reposiciones. |
En este texto se presentan dos casos de aplicación del estudio estratigráfico constructivo en los cuales se desarrollaron dos adaptaciones específicas ocasionadas por el caso concreto del edificio analizado.
En el primer caso, el
ESTUDIO ESTRATIGRÁFICO CONSTRUCTIVO DE
UN GRAN CONJUNTO HISTÓRICO: EL SANTUARIO DE SAN JUAN DE LA PENYAGOLOSA (CASTELLÓN)1 El análisis estratigráfico constructivo realizado en el Santuario de San Juan de la Penyagolosa ha sido redactado como parte de un estudio previo más amplio.
El objetivo general del encargo, propuesto por la Generalitat Valenciana, era el estudio pormenorizado del conjunto y la documentación del estado existente, principalmente, en sus caracteres materiales, técnicas constructivas y materiales utilizados, y en su evolución constructiva en el tiempo, en aras de proporcionar un conocimiento detallado del conjunto existente para, en caso de necesidad, poder comprobar eventuales cambios o intervenciones realizadas en los últimos años.
Además, se solicitó la elaboración de algunas notas en relación con los posibles fenómenos de deterioro y de daño estructural, para poder encargar eventualmente un proyecto de restauración.
La estratigrafía constructiva es, por tanto, el medio utilizado no sólo para realizar el estudio de las fases constructivas del edificio, sino también para documentar detalladamente todos los elementos, materiales y técnicas constructivas presentes en el conjunto en su estado actual.
Se puede afirmar por ello que en este estudio el levantamiento estratigráfico tuvo tres vertientes: en primer lugar, la documentación del patrimonio existente en sus componentes materiales; en segundo lugar, la base para la redacción de las hipótesis de las fases constructivas; y, en tercer lugar, el enlace con el eventual proyecto de restauración.
El Santuario de San Juan de la Penyagolosa
El Santuario, que se ubica en el término municipal de Vistabella del Maestrazgo en la provincia de Castellón, está formado por un conjunto de edificios dispuestos en torno a una plaza de acceso general y a un pequeño patio interior que articula los accesos a los diferentes cuerpos de fábrica.
El Santuario, posiblemente construido en su parte más antigua en el siglo XVI sobre una ermita existente, ha sufrido una serie de ampliaciones y modificaciones en los siglos sucesivos.
Actualmente, el conjunto se compone de una iglesia, un cuerpo central en torno al patio, un edificio residencial, y dos edificios separados del resto, una construcción adaptada en la actualidad para barbacoas y un cuerpo anexo.
La iglesia posee una sola nave y cuatro tramos.
Los tres primeros están cubiertos de bóvedas con lunetos y el cuarto con una cúpula sobre pechinas.
El coro se sitúa en el primer tramo, a los pies de la nave.
El edificio central constituye el núcleo del conjunto y está organizado alrededor de un patio rectangular central que funciona como rótula de todo el conjunto, ya que a su alrededor se organizan una serie de entradas y escaleras de acceso a los demás cuerpos.
La gran ala del conjunto, ubicada en la parte oriental, es un edificio destinado en su totalidad a residencia, tanto en la planta baja, porticada, con una serie de pequeñas habitaciones separadas, como en la planta superior organizada a partir de un largo pasillo que distribuye a las habitaciones.
Por último, las dos construcciones separadas del conjunto consisten en un edificio con espacio único y cubierta de cerchas de madera, destinado a alojar comidas de barbacoa y ubicado en un lado de la plaza de acceso, y un edificio ubicado a la espalda del conjunto en el lado meridional, destinado a servicios y habitaciones.
La metodología adoptada (Fig. 1 y 2)
El análisis estratigráfico se realizó en la totalidad del Santuario, un extenso conjunto formado por una serie de edifi- Aunque la realización del estudio se ha caracterizado por la recogida de la documentación en diferentes niveles de aproximación (desde lo general hasta lo particular), todo el conjunto ha sido estudiado con el nivel de detalle aportado por el estudio de las unidades estratigráficas murarias.
Los niveles de aproximación a la información se han utilizado simplemente como forma de ordenación y jerarquización de los datos que, de otra manera, habrían representado una cantidad imposible de gestionar.
constructivos del santuario Se han identificado substancialmente siete periodos constructivos y se ha elaborado una hipótesis de evolución.
Es necesario precisar que se trata de una periodización realizada basándose en los datos obtenibles actualmente y que, por tanto, se trata de una hipótesis que eventualmente una nueva investigación podría confirmar o modificar.
Se trata del periodo (entre el siglo XV y la primera mitad del siglo XVI) identificable con algunos restos de fábrica no siempre referible a una organización de cuerpos construidos de clara identificación: una serie de edificaciones que no permiten reconstruir una hipótesis de conjunto edificado coherente.
Se trata de dos paredes situadas en el patio central, que presentan dos esquinas de sillares y paramento de mampostería.
A este mismo periodo se podría asignar el cuerpo de la gran chimenea con el gran arco de entrada, hoy en parte tapiado, que tenía que abrirse en un espacio de acogida, como se puede todavía ver en el Real Santuario de la Virgen de la Salud de Traiguera.
La dimensión de esta misma chimenea permite pensar que el edificio, probablemente una primitiva hospedería, debía acoger, ya en esos tiempos, una gran cantidad de personas.
Corresponde con la segunda mitad del siglo XVI, de acuerdo con la fecha encontrada en un rótulo de 1567 en el interior de una de las estancias de la planta primera del cuerpo de fábrica, actualmente utilizado como restaurante.
Este cuerpo parece adosarse al cuerpo anterior de la chimenea y consta de dos plantas: planta baja constituida por dos gran- des salones, de los cuales uno está formado por tres grandes arcos de medio punto de sillería.
La planta superior está constituida por un gran salón con dos ventanas con poyos incorporados que volcaban al patio interior, y una ventana del mismo tipo que recaía a la parte posterior del santuario.
Gran parte del patio actual también debía formar parte de este conjunto y desde éste se debía acceder a una primera planta que probablemente se extendía hasta ocupar el espacio de la actual torre.
De este tercer periodo encontramos una fecha, 1602, en una ventana del cuerpo añadido situado en la parte occidental del patio.
La construcción de este cuerpo supuso probablemente la ampliación o modificación del lado occidental del patio.
Probablemente se trata también del periodo en que se construye la actual torre.
Se trata del momento en que se construye la iglesia, que presenta en la portada la fecha de 1706.
Siendo la portada probablemente lo último que se añade al edificio se supone que la iglesia haya sido construida entre finales del siglo XVII y el 1706.
Es posible también que la fase constructiva correspondiente al inicio de la construcción de la iglesia enlace directamente con la fase correspondiente a la construcción de la torre.
Es el periodo correspondiente a la anexión de las dependencias de habitaciones para los peregrinos, probablemente a lo largo del siglo XVIII, a continuación de la construcción de la iglesia, para poder albergar un mayor número de personas.
Se trata de la construcción de los tres edificios ubicados en la zona más oriental del conjunto: el primero es el edificio de gran longitud que conforma la plaza delantera del conjunto, caracterizado por las arcadas en el alzado norte; el segundo consiste en el otro edificio que conforma la plaza y que ha sido reconstruido en un periodo muy reciente, debido a que se encontraba en un estado ruinoso; el tercer edificio construido en este periodo es el cuerpo que se encuentra exento en la parte trasera del ala con arcadas.
Al principio del siglo XX corresponde, al menos en lo que se puede ver en este momento, sólo la decoración de uno de los salones de la primera planta: en el cuerpo occidental que daba al patio y que había sido construido probablemente en 1602, se inserta una pared para separar el salón del pasaje que se crea hacia el patio.
Periodo 7 Corresponde a un tiempo muy reciente que ha visto en los últimos veinte o treinta años una serie de obras para la rehabilitación del conjunto que se encontraba hasta este momento en estado de abandono.
Se trata principalmente de obras de adaptación de los edificios al uso como albergue y restaurante, reparación de cubiertas y remodelación de algunos espacios interiores.
EL ESQUEMA DE DISTRIBUCIÓN DE LOS
MECHINALES COMO AYUDA PARA LA DATACIÓN DE LAS FASES CONSTRUCTIVAS DE UN EDIFICIO: LA IGLESIA DE SAN JUAN DE LOS REYES EN GRANADA3 El análisis estratigráfico de la iglesia de San Juan de los Reyes ha sido realizado en el ámbito de un proyecto de restauración cuya obra ya se estaba ejecutando en el momento del estudio.
Con el estudio se pretendía, por una parte, documentar los datos materiales que estaban emergiendo durante las intervenciones y, por otra parte, obtener una serie de sugerencias para la ejecución de la obra sobre un edificio que estaba revelando más riqueza de datos de los que se había previsto antes de empezar la intervención.
El estudio debía, por tanto, documentar el mayor número posible de datos legibles en el estado en el cual se encontraba el edificio, ya en fase avanzada de obra y, al mismo tiempo, señalar una serie de datos interesantes para la prosecución de la obra en el respeto de los nuevos datos aparecidos.
El sistema constructivo de la iglesia se caracteriza principalmente por una fábrica de cajones de cantos rodados y cal entre machones de ladrillo.
Cada nivel de cajones está separado del siguiente por tres hiladas de ladrillo.
La cubierta es de pares y nudillos en la nave central y consta de un alfarje inclinado en las dos naves laterales.
El edificio fue construido en 1520 sobre el solar de una antigua mezquita, de la que permanece el alminar, y luego rematado por un cuerpo añadido en su adaptación a torre campanario.
La iglesia sufrió una primera intervención, que consistió solamente en la remodelación de la fachada sur, documentada en 1663.
Existe documentación sobre una segunda fase de intervención en el edificio que se remonta a 1880-81.
Fue posteriormente Leopoldo Torres Balbás quien intervino con una serie de reparaciones en 1929, seguido en los años cincuenta y sesenta por Francisco Prieto-Moreno.
De este modo, la iglesia se presenta como un único cuerpo de fábrica estratificado a causa de las intervenciones tanto de remodelación como de restauración y reparación que se han sucedido en el transcurso del tiempo.
Como se ha visto, la fábrica estudiada atesora, a pesar de presentarse como un único cuerpo compacto, una notable estratificación de intervenciones de diferente género, tanto en lo que respecta a los elementos constructivos como en lo que atañe a las superficies de acabado.
El estudio se dirige por esta razón a los paramentos del edificio, tanto internos como externos, y a la identificación de las relaciones que existen entre las diversas partes heterogéneas reconocidas.
De esta guisa, se han estudiado los alzados de detalle de cada una de las paredes del edificio en los cuales se han identificado las unidades estratigráficas constructivas.
La posibilidad de leer las dos caras del muro contemporáneamente permite una comparación continua que lleva a constatar, en algunos casos, la falta de correspondencia entre las dos caras, circunstancia que permite pensar en intervenciones de reparación en los paramentos.
Sin embargo, tratándose fundamentalmente de intervenciones de remodelación de las fachadas, apertura o cierre de huecos y reparaciones de vario tipo, no se ha considerado imprescindible realizar una planta con las relaciones entre las masas murarias, ya que ésta no habría podido expresar la riqueza de los datos existentes en los paramentos el edificio.
El esquema de distribución de los mechinales
(Fig. 3 y 4) En el caso de la iglesia de San Juan de los Reyes ha parecido interesante realizar un estudio específico del ritmo y de la distribución de los mechinales en los paramentos en aras del establecimiento de una posible relación entre ritmos y dimensiones de éstos y posibles fases constructivas.
Estos huecos, dejados por los maderos que se utilizaban como andamio en la obra y que, en general, se caracterizan por una forma sin bordes de rotura, son normalmente bastante reconocibles y, por la misma razón, fácilmente documentables.
Es evidente que el tamaño de los maderos utilizados, y por ende de los mechinales, y la distancia entre ellos, no tienen porqué ser constantes entre una fase y la otra de la construcción del monumento.
Esta posible diversidad de dimensiones y ritmos ha llevado a realizar un estudio específico aplicando una metodología cronotipológica.
En realidad, este tipo de estudio no se ha podido extender a la totalidad de los paramentos desde el momento en que no en todos ellos ha sido posible identificar una regla, un orden o una mínima relación entre los huecos.
En muchos casos, se pueden identificar huecos, posiblemente mechinales, diferentes y distribuidos de manera variada, pero las sucesivas intervenciones, y la presencia de restos de enlucidos, no permiten encontrar otros datos relacionables con ellos.
Sin embargo, en algunos paramentos, especialmente en los casos de la pared sur, interior y exterior, y del interior de la pared oeste, se ha podido extraer del ritmo de los mechinales una ley de generación que ha permitido confirmar las hipótesis de fases constructivas que se habían elaborado a través del análisis estratigráfico. venciones sucesivas no permiten encontrar otros mechinales para comprobarlo.
En el alzado meridional exterior en la parte de poniente de la fachada, se identifica un grupo de mechinales que por su orden, conformación y dimensión (11,5 ¥ 17 cm.), se remontan a la primera fase constructiva.
Por otra parte, en la zona de levante de la fachada, se reconocen dos grupos de huecos: el primero, en la parte inferior, probablemente perteneciente a la segunda fase constructiva (con una dimensión de 14 ¥ 14 cm.); el segundo, en la parte superior, por dimensión y forma se puede remitir, a su vez, a la segunda fase, aunque varíe parcialmente la disposición de los huecos.
En la parte central de la fachada se encuentran, dos huecos fácilmente relacionables con la introducción de la nueva portada de piedra, en la tercera fase constructiva.
En el alzado sur interior de la misma manera que en la fachada exterior, se pueden reconocer, en la parte de poniente, un grupo de mechinales pertenecientes a la primera fase de construcción y, en la parte de levante, un grupo perteneciente a la segunda fase, además de algunos huecos correspondientes respectivamente a los dos grupos.
En la parte central, es claramente identificable el grupo de huecos relacionados con la tercera fase constructiva.
constructivos de la iglesia de San Juan de los Reyes Se han identificado cinco periodos constructivos para los que se propone una hipótesis de arcos temporales.
Las hipótesis están basadas en tres fuentes: el análisis estratigráfico constructivo y el estudio de los ritmos de los mechinales, que proporcionan ambos los datos materiales y una cronología relativa, y el estudio histórico documental, que proporciona los datos de la cronología absoluta.
Se trata del periodo identificable con la presencia de la mezquita de los convertidos de Granada, en el mismo solar en que ahora se asienta la iglesia.
Se extiende desde la posible fecha de construcción de la mezquita en el siglo XIII hasta la demolición de la misma en enero de 1520.
De este periodo, al menos aparentemente, se conserva sólo la estructura del alminar, que se impone con toda su presencia en el exterior de la iglesia y que se refleja en el interior en unos paramentos de tapial fácilmente identificables en las paredes del presbiterio.
El periodo 1 comprende la primera fase de construcción de la iglesia, iniciada en 1520 y que todavía seguía en 1538.
La iglesia estaba caracterizada, en este periodo, por una estructura muraria muy regular, construida con cajones de argamasa (tierra, cal y cantos rodados) y machones de ladrillo.
Se trata del periodo que comprende la segunda fase de construcción, a finales del siglo XVII, y todas las intervenciones de reparación y de mantenimiento realizadas hasta mediados del siglo XIX.
Se caracteriza fundamentalmente por la remodelación de la fachada sur, datada según la documentación histórica en 1663, con la construcción de parte del paramento y la inserción de una nueva portada, luego sustituida.
La construcción de la pared sur se caracteriza por una fábrica de cajones de argamasa con guijarros de gran tamaño y machones de ladrillo.
A este periodo corresponde también una capa de enlucido todavía visible en algunas zonas de la fachada sur de mortero de cal con una capa de acabado superficial de pintura a la cal, con un despiece fingido de sillares.
Se trata seguramente de la capa de enlucido que se aplicó después de la renovación de la fachada para uniformar el frente.
En el interior de la iglesia en este periodo se abren dos hornacinas, una en lado norte y una en el lado oeste, y se tapia una ventana en el lado sur.
Se trata probablemente, también, del momento en que se reviste la estructura del alminar con un paramento de ladrillo.
Se trata del periodo en que se somete la iglesia, por parte de los Padres.
Redentoristas, a la reforma de finales del siglo XIX.
La intervención consiste en una serie de acciones transformadoras enfocadas a la modernización del edificio según el gusto de la época.
En la fachada sur, se sustituye la portada existente por una portada neogótica de piedra y se abre el óculo central, intervenciones que se relacionan también con una serie de reparcheos en el paramento de la misma fachada, y la apertura de cuatro ventanas.
De la misma manera en la parte superior del mismo frente se tapian las dos ventanas existentes para abrir tres ventanas más pequeñas.
En el frente oeste se abren un óculo en la parte superior y un gran ventanal en la inferior, en el centro de la fachada, mientras que en el frente norte simplemente se tapia una ventana.
Tras estas intervenciones en el exterior de la iglesia, se enlució la totalidad del edificio con un mortero de cal con un despiece fingido de sillares.
El cuarto periodo se caracteriza por la intervención realizada al principio del siglo XX, cuando se abren desde la sacristía hacia el presbiterio dos huecos para emplearlos como tribuna del coro.
Se trata del periodo más reciente, que se caracteriza por una fase importante de transformación de la iglesia y una serie de posteriores intervenciones con el objetivo de frenar la progresiva degradación del edificio.
De la intervención de 1929 debida a Torres Balbás, se encuentran fácilmente las huellas de la reconstrucción de la parte superior del muro norte y de la demolición de las bovedillas de la nave sur, sustituidas por un faldón de madera.
Desde 1931 hasta nuestros días se han emprendido pequeñas acciones que se evidencian en varias unidades estratigráficas, sin que éstas hayan supuesto un cambio importante para el edificio. |
En el texto se presentan dos casos donde la aplicación del análisis estratigráfico constructivo representó, además de la posibilidad de realizar una hipótesis de fases constructivas, la herramienta utilizada para el estudio de la materialidad del monumento (materiales, técnicas constructivas, etc.) y la guía para la realización de un proyecto de restauración y una obra más consciente de la materialidad misma.
En el primer caso, el estudio de las Torres de Serranos, enteramente construidas en fábrica de sillería, la interpretación de los datos materiales implicó la combinación del método del análisis estratigráfico con criterios cronotipológicos.
En el segundo caso, en la torre del Homenaje del Castillo de Cofrentes, además del análisis estratigráfico constructivo se realizó el proyecto de restauración.
En esa ocasión se tuvo por tanto la posibilidad de reflexionar sobre la conservación de los datos estratigráficos como elementos fundamentales de la conservación de la materialidad del edificio.
DE UN EDIFICIO MONUMENTAL EN FÁBRICA DE SILLERÍA: LAS TORRES DE SERRANOS DE VALENCIA 1 El análisis estratigráfico de las Torres de Serranos se ha realizado, por encargo del Ayuntamiento de Valencia, dentro del marco del Estudio Previo de Diagnosis al Proyecto de Limpieza y Consolidación del edificio.
De esta guisa, el estudio estratigráfico ha podido apoyarse en una serie de otros estudios, tanto para la recogida de los datos como para la posterior interpretación.
Los análisis realizados para la determinación de los tipos de piedra 2 y morteros 3 presentes en el edificio, los estudios históricos detallados 4 y la documentación precisa de la posición y tipos de marcas de cantería 5, han facilitado la tarea del estudio estratigráfico.
Las Torres de Serranos de Valencia
Se trata de un grandioso edificio que asume al mismo tiempo un carácter defensivo y un carácter representativo.
Se trata de hecho del acceso a la ciudad desde norte.
No obstante su aspecto de construcción sólida y masiva, la monumental puerta se construyó en un tiempo relativamente breve, entre 1392 y 1398, de mano del maestro Pere Balaguer.
El edificio consta de dos grandes torres almenadas, un tiempo conectadas a las murallas, y de un cuerpo central más bajo, que permite, a través de un gran arco de medio punto, la entrada a la ciudad.
En el interior, en cada torre se abren tres naves en los tres diferentes niveles, mientras que el cuerpo central constituye el espacio de conexión.
Desde la planta baja al primer piso se accede por una majestuosa escalera situada en el lado sur, mientras que al segundo piso se accede por escaleras menores internas a las naves.
En 1586, a causa del incendio de las cárceles de la ciudad y la necesidad de trasladar los presos a diferente sitio, las ARQUEOLOGÍA DE LA ARQUITECTURA, 2 -2003, págs. 205-211 ARQUEOLOGÍA DE LA ARQUITECTURA, 2, 2003 205 1 El análisis estratigráfico constructivo de las Torres de Serranos ha sido realizado por los autores por encargo del arquitecto Francisco Cervera Arias responsable del equipo técnico y encargado del Estudio de Diagnosis y del Proyecto de Limpieza y Consolidación de las Torres de Serranos.
El encargo ha sido adjudicado mediante concurso público, por el Ayuntamiento de Valencia a la empresa constructora EXISA, en el año 1999.
El análisis estratigráfico constructivo ha sido realizado durante el año 2000.
2 Los análisis de los tipos de piedra han sido realizados por Jorge Obrado, geólogo, en la Universidad de Zaragoza y por el laboratorio AIDICO de Valencia.
3 Los análisis de componentes y granulometría de los morteros han sido realizados por el laboratorio SEG de Valencia.
4 Los estudios históricos han sido desarrollados por: Amadeo Serra Desfilis, José Luis Cervera Torrejón, Carmen Blázquez Izquierdo, Daniel Benito Goerlich y Ignasi Corresa Martín.
5 El estudio y levantamiento de los tipos y ubicación de las marcas de cantería ha sido realizado por: José Manuel Martínez García, arqueólogo, y Miguel Micó Chofré.
Torres se transformaron en prisión.
La adecuación del edificio a cárcel supuso la construcción de una serie de forjados interiores, para multiplicar el espacio donde encerrar a los presos, y de unas paredes de cierre de las naves interiores, antes abiertas hacia la ciudad.
En 1868, se destruyó el conjunto de las murallas de Valencia, incluidas las puertas fortificadas, con exclusión de las Torres de Serranos y las Torres de Quart, entonces todavía utilizadas como prisión.
Fue en 1887 cuando se trasladó nuevamente la prisión de la ciudad, liberando las Torres de Serranos.
De este momento en adelante, el edificio fue sometido a una serie de intervenciones dirigidas a la recuperación del antiguo esplendor de las Torres, después de trescientos años de cárcel.
En el mismo año de la liberación, se demuelen, por tanto, las paredes que clausuraban las naves y los forjados interiores.
En 1893, gracias a un informe favorable de la Real Academia de San Carlos, se reabrió el foso, se quitaron las rejas metálicas, y se reconstruyeron el adarve y la tan discutida escalera principal de acceso, objeto de debate entre la Academia y el Ayuntamiento, por causa de su falta de clara contemporaneidad con el resto del edificio.
En este periodo, fue de gran peso la presencia de José Aixa, escultor, encargado de la restauración de edificio entre 1893 y 1914.
En 1931, el edificio se declara monumento nacional y durante la guerra civil sirve como almacén de obras de arte hasta que, en 1974, se destina a museo marítimo de la ciudad, sufriendo de ese momento en adelante una serie de pequeñas intervenciones de reparación.
Se trata evidentemente de un edificio que, en su conjunto, se ha mantenido intacto en el tiempo.
Sin embargo, sobre todo el periodo en el que se destinó a cárcel, marcó profundamente el edificio, imponiendo, a finales del siglo XIX, una serie de restauraciones, o reconstrucciones de notable envergadura que todavía caracterizan su aspecto.
La metodología adoptada en el análisis
estratigráfico constructivo (Fig. 1 y 2) Aunque en el análisis estratigráfico constructivo de las Torres de Serranos se siguió, por lo menos a grandes rasgos, la metodología general de este tipo de estudio.
Sin embargo, las Fig. 1.
Plano de hipótesis de períodos constructivos de la torre de Poniente de las Torres de Serranos de Valencia particularidades del propio edificio impusieron una serie de modificaciones o adaptaciones.
Las Torres de Serranos, de hecho, están completamente construidas con fábricas de sillería, o mejor dicho, se trata de muros de dos paramentos de sillares recibidos con mortero y con un relleno intermedio, posiblemente de un hormigón de cal.
Por tanto, al no existir enlucidos, cuyas superposiciones indicaran las diferentes intervenciones, el estudio requirió una adaptación del método a la especificidad del caso.
Una fábrica de sillería, por su misma naturaleza, constituye el conjunto de un gran número de sillares que no observan ningún tipo de relación física directa entre ellos.
La relación entre dos sillares se estableció a través del mortero que los une de manera que, si el mortero fuera contemporáneo a los sillares, se podría considerar el conjunto como una única unidad estratigráfica.
Por el contrario, en el caso en el cual el mortero fuera posterior a los dos sillares, no se podría afirmar la contemporaneidad de los mismos y se tendrían que tratar como dos diferentes unidades estratigráficas.
En este segundo caso, para demostrar esa relación de contemporaneidad sería necesario recurrir a un proceso de comparación tipológica basado en la observación de las características de ambos sillares.
En el caso específico de las Torres de Serranos, se intentó una caracterización de los sillares a través la observación del litotipo (se emplearon 5 tipos fundamentales de piedra), de la presencia de pátinas y del nivel de degradación (que originaron varios subtipos además de los cinco tipos de piedra) y de la talla o labra superficial (se identificaron cinco tipos predominantes de labra), además de la presencia o ausencia de marcas de cantería.
Todos estos datos se contrastaron con la analítica realizada durante el Es-tudio Previo de Diagnosis.
Todos los datos recogidos, con sus variables, se cruzaron entre ellos generando varios tipos de sillares, de manera que se pudieron establecer, en un primer momento, relaciones de contemporaneidad entre los sillares.
Las relaciones de anterioridad/posterioridad se establecieron en un segundo momento: por una parte, a través de la observación de las relaciones estratigráficas (cubre/cubierto por, corta/cortado por, se apoya/se le apoya, rellena/rellenado por); por otra parte, mediante relaciones cronotipológicas.
Para los morteros se establecieron varios tipos (seis tipos fundamentales con 11 variaciones), también deducidos de la analítica realizada durante el Estudio Previo de Diagnosis, que se ordenaron entre ellos según relaciones estratigráficas de contemporaneidad, anterioridad/posterioridad.
La ficha de análisis estratigráfico
Dada la especificidad del caso se organizó una ficha de análisis estratigráfico que recogió la siguiente información: número de identificación de la unidad estratigráfica muraria, descripción de la misma (elemento arquitectónico, posible función), caracterización de la unidad (tipo de piedra, tipo de talla, tipo de mortero, presencia de marcas de cantería), relaciones de contemporaneidad (se une, igual a), relaciones de anterioridad (cortado por, se le apoya, cubierto por, relleno por) y de posterioridad (corta, se apoya, cubre, rellena).
Respecto a la ficha de análisis estratigráfico constructivo que comúnmente utilizamos, se consideró interesante, en este caso, desglosar la descripción de la unidad en dos apartados: descripción de la unidad y caracterización de la misma.
De esta forma, en el segundo apartado aparecieron Fig. 2.
Plano de hipótesis de períodos constructivos de la tracería del cuerpo central de las Torres de Serranos de Valencia de manera más clara los indicadores establecidos para el tipo de material, la talla y las marcas de cantería.
Descripción de la hipótesis de los periodos constructivos
En el presente estudio, se identificaron sustancialmente cuatro periodos de construcción e intervención en el edificio: un primer periodo que corresponde a la fase de construcción de las Torres (1392-1398) y a todo el tiempo que transcurrió hasta su conversión en cárcel en 1586; el segundo periodo corresponde al tiempo en que el edificio fue utilizado como prisión (desde 1586 hasta 1887); el tercer periodo corresponde a varias fases de la intervención de restauración que se realizaron entre finales del siglo XIX y principios del siglo XX (1888-1920); el cuarto periodo corresponde a las intervenciones del siglo XX, sobre todo, desarrolladas entre 1971 y 1990.
Se trata, por tanto, de una primera división en cuatro grandes periodos de manera que cada uno de ellos contiene, a su vez, varias fases de intervención que no siempre se pueden distinguir entre ellas.
Además, se debe de precisar que, en este caso, cada intervención no anula las unidades estratigráficas de las fases precedentes sino más bien se superpone con sus unidades de intervención.
De manera que bien pocas resultan ser las unidades que pertenecen a un solo periodo, mientras que en la mayoría de los casos se encuentran unidades de un periodo precedente con intervenciones de un periodo posterior.
Como se ha dicho anteriormente, el primer periodo corresponde a la fase de construcción del edificio (1392-1398) y a todo el periodo que transcurrió entre el momento en que se terminó la obra y el momento en que el edificio se transformó en cárcel (1586).
Las unidades estratigráficas que pertenecen a este periodo se dividieron en tres categorías: en primer lugar, unidades que perteneciendo al primer periodo, no han sufrido ningún tipo de intervención en periodos posteriores y que, por tanto, se conservan en su materialidad primigenia; y, en segundo lugar, las unidades que, perteneciendo al primer periodo, han sufrido intervenciones en el tercer periodo (segunda categoría) o en el cuarto periodo (tercera categoría).
No se consideraron las intervenciones del segundo periodo dado que no se encontraron aportaciones materiales de las obras realizadas para transformar el edificio en cárcel.
No obstante, se pueden leer las huellas de estas intervenciones del segundo periodo en los trabajos de restauración realizados a finales del siglo XIX.
A este periodo, por tanto, corresponden la mayoría de las fábricas de las Torres, desde la escarpa, hasta la terraza supe- rior.
Perteneciente a este mismo periodo se pueden considerar también las estructuras inferiores del adarve, canes y bóvedas.
En muchos sillares se pueden todavía apreciar las marcas de cantería, tanto en el exterior del edificio, como en el interior.
Sin embargo, en estas mismas fábricas se realizaron intervenciones sucesivas, sobre todo, de rejuntado y de sustitución o reposición de algunas partes.
El segundo periodo ocupa tres siglos, desde que el edificio se transformó en cárcel (1586) hasta que esta se cerró (1887).
A este periodo no corresponde en realidad ningún tipo de fábrica dado que la intervención de finales del siglo XIX se planteó la eliminación completa de cualquier añadido de este periodo y la recuperación del estado primigenio de las Torres.
Sin embargo, se pueden todavía leer algunas huellas en los paramentos de las naves interiores, posiblemente debidas a las estructuras de los forjados.
La mayor parte de las intervenciones se han realizado en el periodo entre finales del siglo XIX y principios del siglo XX.
Se trata de obras emprendidas después de la clausura de la cárcel en 1887, con el objetivo de repristinar el estado primigenio de las Torres.
Constituyen fundamentalmente operaciones de tapiado de huecos abiertos en el periodo anterior, de reconstrucción de escaleras, de sustitución de sillares degradados y de rejuntado de todas las fábricas, y de la reconstrucción del adarve con sus merlones.
De manera especial, cobran importancia las obras de refacción de los elementos decorativos, como los capiteles, canes, cornisas, puertas y ventanas y, en particular, de la tracería de la portada principal.
En este periodo, que abarca un tiempo entre 1970 y 1990, se realizaron numerosas intervenciones de consolidación y mantenimiento, principalmente consistentes en el rejuntado de las fábricas de sillería, y el desmontaje y recolocación de los merlones del adarve que presentaban un estado de peligro de caída.
Además se sustituyeron algunas piezas decorativas, como es el caso de la tracería superior de las Torres y de las gárgolas.
El análisis estratigráfico constructivo como
documentación de la materialidad para el proyecto de restauración El estudio de las fábricas realizado mediante el método del análisis estratigráfico constructivo ha permitido proporcionar un conjunto de datos sobre el monumento ligados a la historia de su construcción y a las modificaciones que ha sufrido en el transcurso del tiempo.
En el ámbito de un estudio previo más amplio el análisis estratigráfico constructivo desempeñó un papel triple: en primer lugar, constituyó un instrumento de lectura de las fases constructivas del monumento cuyos resultados se pudieron enlazar con el estudio histórico documental; en segundo lugar, se utilizó como herramienta de observación minuciosa de la materialidad y enlace con los otros tipos de estudios previos (análisis de materiales, estudios de las técnicas constructivas, estudio de policromías y pátinas, etc.); por último se impuso como guía para la restauración y la conservación de los datos materiales en el proyecto y en la obra de restauración.
En relación con esta última reflexión, se debe señalar cómo el análisis estratigráfico constructivo ha permitido descubrir detalles y puntos de especial interés, que han podido ser documentados y conservados durante la obra.
Y EL PROYECTO DE RESTAURACIÓN: LA TORRE DEL HOMENAJE DEL CASTILLO DE COFRENTES (VALENCIA)6 Desde hace algunos años, se está estudiando y restaurando el Castillo de Cofrentes, donde se han concluido ya una primera y una segunda fase de la intervención de restauración, correspondientes a la cinta amurallada, y se está preparando la ejecución de una tercera, referida a la Torre del Homenaje.
Precisamente en previsión de la tercera fase de intervención, se ha llevado a cabo el presente estudio sobre la Torre, con el objetivo de estudiar y documentar el estado actual del edificio para realizar una base de conocimiento para la redacción del proyecto de restauración.
La Torre del Homenaje del Castillo de Cofrentes
El asentamiento de Cofrentes se ubica en el valle de Ayora en una de las colinas a occidente respecto al río.
El Castillo ocupa, con sus murallas, la cima de una gran roca volcánica, que el río Cabriel ha ido tallando con el tiempo.
Está situado en posición estratégica, abierto hacia el valle con la Torre para el control del mismo, y completamente protegido hacia norte por un profundo barranco creado por el mismo río.
Si para el castillo se estima posible un origen entre finales del siglo X y principios del siglo XI, -aunque luego haya sufrido una serie de intervenciones hasta el siglo XIX-, para la torre, sin embargo, no existen documentos o restos que permitan fijar fielmente una fecha anterior al siglo XVI para su construcción.
La Torre del Homenaje, que se ubica en posición central respecto a la cinta interior de las murallas, muestra desde abajo toda su imponencia.
La fábrica está construida en mampostería con esquinas de sillería hasta los tres cuartos de la altura de la torre, para seguir con una construcción de tapia en la parte superior.
Desde el interior del castillo, la torre aparece mucho más pequeña que desde el exterior, ya que parte de su paramento exterior está adosado a la montaña, con el objetivo de doblar casi la altura total de la torre, para aparentar mayor fuerza y potencia.
En el interior, la torre consta de tres pisos, de los cuales, la planta baja consiste en una estancia abovedada, mientras que los otros dos estaban divididos por un forjado, actualmente en gran parte caído.
La Torre se presenta como un único cuerpo de fábrica, compacto, aunque haya sufrido, en el tiempo, una serie de intervenciones, sobre todo ligadas, por un lado, a la sobreelevación de la parte superior, y por otro lado a modificaciones de los acabados y de los huecos.
La Torre presenta, por esta razón, una notable estratificación de intervenciones de modificación, tanto en lo que respecta a los elementos constructivos, como en lo que atañe a las superficies de acabado.
El estudio se dirige, por ello, a los paramentos del edificio, tanto internos como externos y a la identificación de las relaciones que existen entre las diversas partes heterogéneas reconocidas.
Se han elaborado una serie de alzados generales (para los cuatro alzados exteriores) y una serie de alzados de detalle, tanto como mayor nivel de detalle de los mismos alzados generales, como para el estudio de los alzados interiores.
En cada uno se han identificado las zonas homogéneas como unidades estratigráficas constructivas.
Descripción de la hipótesis de los periodos
constructivos de la Torre del Homenaje Se han identificado sustancialmente seis periodos constructivos para los que se propone una hipótesis de arco temporal que no pretende o intenta brindar una interpretación histórica.
Se trata de hecho de una cronología relativa, o sea, una periodización correspondiente solamente a las unidades estratigráficas presentes en el edificio y que no ofrece una datación precisa, dada la falta de información histórica comprobada.
Se trata del periodo en el que se ha construido la primera parte de la torre compuesta de esquinas de sillares de piedra caliza de color claro, y muros de mampostería de piedra caliza y piedra volcánica, tomados con mortero de cal.
En los alzados se puede observar en las esquinas y en el paramento hasta más de la mitad de la altura de la fábrica.
A este primer periodo se corresponde casi en su totalidad, salvo algunas modificaciones, la estancia abovedada de la planta baja.
Se trata de la redefinición de los paramentos externos del edificio ya existente, y se caracteriza sobre todo por la aportación de un revoco de cal.
Aunque se ha evidenciado como un II periodo, es posible de todas maneras que este revoco fuera el tratamiento superficial del paramento ya en el primer periodo.
También en este caso se trata de un periodo principalmente de redefinición de los paramentos externos y de pequeñas modificaciones que podrían formar parte del siguiente periodo IV.
Dada la ausencia de datos incontrovertibles, se ha pensado en separar este periodo del siguiente, y de señalar la duda de la división con una línea a trazos.
Se caracteriza sobre todo por la aportación sobre los muros externos de un estrato posterior de enlucido.
Se trata de un enlucido (de cal).
Este tratamiento de acabado se puede distinguir en tres lados externos de la torre (sureste, noreste, suroeste), y sólo a mitad de la altura del cuerpo de la fábrica.
Se trata de un estrato superpuesto al enlucido de la parte inferior de la torre y claramente diferente.
Podría ser incluso una imitación hecha en un periodo posterior del enlucido ya existente.
Se trata de una fase importante de actuaciones en la fábrica que consiste en la sobreelevación de la torre.
El muro se construyó con técnica de tapia armada de ladrillo (valenciana), con paramentos constituidos por mortero de cal y ladrillo e interior formado por tongadas de arcilla comprimida.
Superpuesto al muro se puede distinguir un estrato de enlucido de cal que constituía la protección superficial del muro.
Al mismo periodo pertenecen varias acciones de mo- dificación de vanos existentes.
En el interior se puede leer la sobreelevación de la torre que comporta la total redefinición de los espacios: la definición de nuevas estancias, la subdivisión interna con un forjado de madera, la construcción de una pequeña escalera de fábrica.
Se debe señalar la posible adscripción a este periodo de la cornisa que define el volumen de la torre en la parte superior.
Se trata de un periodo muy reciente que consistió sobre todo en pequeños remiendos hechos con enfoscado de cemento, la inserción del reloj y la clausura de algunos vanos.
En el lado noroeste se leen las trazas de una escalera adscribible a este periodo, para facilitar el acceso al primer nivel y que, posteriormente, fue destruida.
Siempre parte de este periodo se considera la demolición de parte de la torre ocurrida en 1992 a causa de la precariedad estructural del edificio.
Esta intervención es legible hoy en día en el mortero de yeso que se ha extendido como protección en las crestas de los muros desmochados.
En la parte interna del alzado suroeste se puede leer la construcción de un muro de conexión entre la torre y la muralla del recinto.
Esta intervención se corresponde con la restauración de los muros laterales de la torre.
La relación entre el análisis estratigráfico
constructivo y el proyecto de restauración (Fig. 3) Como se ha comentado al principio, la lectura estratigráfica realizada para la Torre del Homenaje del Castillo de Cofrentes se insertaba en el marco de un estudio que tenía como objetivo principal el conocimiento del edificio para un sucesivo proyecto de restauración.
La toma de datos materiales (materiales empleados, elaboración, técnicas constructivas, etc.) y de las relaciones que se establecen entre ellos, por su capacidad de registrar y evidenciar la importancia y la unicidad de las señales dejadas por las acciones individuales, asume un papel fundamental en el momento de formular un proyecto de restauración consciente, que esté en grado de respetar y conservar estos mismos datos materiales y garantizar su transmisión al futuro.
El objetivo común del análisis estratigráfico y el proyecto de restauración debe por tanto ser el estudio de la materialidad del edificio para la conservación de la misma.
Conservación de la materia, transmisibilidad de las relaciones estratigráficas y legibilidad de la intervención deben garantizarse mediante una elección adecuada de la modalidad del proyecto.
No se trata de congelar el edificio, sino más bien de concebir la intervención como una fase más en la estratificación.
Se trata de definir los modos de contacto entre lo existente y lo nuevo de manera que se respeten los materiales, las técnicas constructivas, los significados, el espíritu de lo existente.
El proyecto de restauración para la Torre del Homenaje ha sido redactado con la mirada puesta siempre en el estudio estratigráfico.
Sin embargo, el proyecto no rechaza absolutamente la inserción del nuevo (la escalera, el forjado, los cierres de las ventanas, la cubierta, etc.), sino más bien asume en cada momento una actitud de respeto de lo existente, tanto en los materiales (paramento, enlucidos, etc.) como en las estructuras.
En especial modo, el proyecto de conservación de las superficies se ha redactado con el objetivo de la total conservación de las huellas del tiempo (enlucidos diferentes, morteros diferentes, fábricas y mamposterías, etc.).
Se trata entonces de compaginar una consolidación de lo existente con la inserción de elementos de nueva planta que le permitan desempeñar las funciones de museo de sí misma y plataforma panorámica, asignadas al edificio. |
En el texto se presentan dos casos, muy diversos entre ellos, de aplicación del análisis estratigráfico constructivo.
En el primer caso, el estudio de los Baños Árabes de Hernando de Zafra, el estudio estratigráfico constituía parte de un estudio previo más amplio y de un proyecto de restauración y recuperación de los espacios del baño, que podía proponer la demolición de una serie de elementos añadidos más recientes en el tiempo.
El estudio estratigráfico tenía dos objetivos: por una parte la documentación de todos los elementos que se eliminarían posteriormente con la obra de restauración; por otra parte, la facilitación de la lectura de las diferentes conformaciones que el baño había tenido en el transcurso de su historia.
En el segundo caso, el estudio de la Galería Superior del Patio de los Arrayanes de la Alhambra, el análisis estratigráfico constructivo constituía parte de un estudio más amplio, el estudio histórico constructivo.
Este estudio fue desarrollado por un equipo formado por un historiador, un arquitecto técnico, dos arquitectos y un geólogo y se presenta como ejemplo de un estudio pluridisciplinar donde el trabajo se desarrolló realmente en equipo y no fue solamente el resultado de la adición apilada de diferentes trabajos.
UN ESTUDIO ESTRATIGRÁFICO COMO
DOCUMENTACIÓN DE FÁBRICAS DURANTE UNA OBRA DE RESTAURACIÓN: LOS BAÑOS ÁRABES DE HERNANDO DE ZAFRA (GRANADA)1 El estudio estratigráfico constructivo de los Baños Árabes de Hernando de Zafra, conocidos como la Casa de la Tumbas, fue redactado por encargo la Junta de Andalucía, bajo sugerencia del proyectista, como parte de un estudio previo al proyecto de restauración más amplio.
El conjunto de los Baños ha sufrido una serie de intervenciones de reconversión de sus espacios interiores que han llevado a la fragmentación de las salas en un conjunto de pequeñas habitaciones de viviendas.
La idea de la que partía el proyecto era la recuperación, al menos espacial, de las salas interiores del baño, idea que implicaba la demolición de las actuales particiones interiores.
Considerando la posibilidad de que el proyecto contemplara la remoción de los tabiques y de las construcciones recientes, el estudio se propuso dos objetivos principales.
Por un lado, proporcionar una documentación de todos los elementos, para que quede constancia de los mismos, una vez eliminados.
Por otro lado, ofrecer una visión general de los elementos en relación con su época de construcción, que facilite tanto una lectura inmediata de los elementos recientes superpuestos a los periodos precedentes, como una idea de las partes de los Baños ocultas por estos mismos elementos recientes y que, en consecuencia, podrían recuperarse con la remoción de los estratos de menor antigüedad.
Los Baños Árabes de Hernando de Zafra
en Granada El conjunto conocido como Baños Árabes de Hernando de Zafra o Casa de las Tumbas, se encuentra en el lado meridional de la Calle Elvira, o sea la antigua calle principal de la medina de Granada.
Actualmente el acceso se crea desde la calle de San Andrés que toma prestado su nombre de la iglesia que fue construida en el lugar de una antigua mezquita, quizás relacionada con el baño.
Actualmente el baño se encuentra encajonado en el interior de una manzana de edificios más recientes, posiblemente construidos entre el XVIII y el XIX, tanto que el conjunto no se puede apreciar externamente porque permanece completamente tapado por los edificios que le rodean.
La construcción del baño se remonta posiblemente a un periodo comprendido entre el siglo XII y el siglo XIII y, probablemente, se mantuvo en uso hasta el siglo XV.
Se componía de una sala vestidor (apoditherium) una sala fría (frigidarium), de una sala templada (tepidarium) y de una sala caliente (caldarium), además de la caldera y del horno.
Las salas estaban cubiertas por bóvedas esquifadas con lucernas, algunas de las cuales se conservan hoy en día de manera integral, mientras que otras se adivinan a través de las huellas.
Posiblemente el baño se reconvirtió a otra función entre el siglo XVI y el XVIII y, finalmente, fue destinado a viviendas en los siglos XIX y XX.
Actualmente, de hecho, el cuerpo de los Baños se presenta como un conjunto de estancias interiores definidas, en su conformación actual, posiblemente entre el siglo XIX y principios del siglo XX, cuando, los amplios espacios del baño se redujeron en pequeñas habitaciones para su ocupación como viviendas.
Con esta finalidad, se subdividieron los espacios iniciales con una serie de tabiques y paredes que impiden la percepción de los espacios iniciales.
El primer periodo se refiere supuestamente a la fase que va desde la construcción del baño, posiblemente entre el siglo XII y el siglo XIII, hasta posiblemente finales del siglo XV cuando, al prohibirse el uso de los baños, posiblemente el conjunto perdió su función.
Corresponde en la actualidad a una serie de restos visibles y a partes actualmente no visibles porque están escondidas por añadidos sucesivos.
Corresponden a este periodo: una serie de fábricas de tapial calicostrado, en las que se conserva en gran parte la costra; unas fábricas de ladrillo, correspondientes tanto a las partes altas de los muros y a las bóvedas de las partes laterales de la sala templada, como a las estructuras de los aljibes con restos de enlucidos, como a los restos del arco del pasaje entre la sala templada y la sala meridional, como a los arcos que subdividían la sala templada, con sus columnas y capiteles de mármol.
En este mismo periodo se han considerado los muros verticales aparecidos tras la excavación arqueológica.
El segundo periodo corresponde posiblemente al momento en que los baños, perdida su función inicial, sufren las primeras transformaciones.
Se considera la posibilidad de un periodo flexible, posiblemente identificable con el siglo XVI que, sin embargo, podría alargarse hasta el siglo XVIII.
Se considera perteneciente a este arco temporal, sobre todo, la estructura del muro más meridional del baño, construida con machones de ladrillo y cajones a su vez de ladrillo, con un nivel ligeramente rehundido respecto a la superficie de los machones y revestidos con un enlucido de cal.
También, se debe subrayar que este muro se construyó inclinado respeto a la dirección del baño, posiblemente vinculado a otras construcciones y destinado a posibilitar una circulación alrededor del mismo baño.
Su realización con una cierta inclinación obligó al picado de la pared a la cual se enfrentaba de manera no paralela, para disminuir su espesor y forzar a las mismas a un cierto paralelismo.
El picado del muro se puede leer muy claramente en algunas partes del mismo.
El segundo periodo comprende además una serie de pequeñas modificaciones de dos huecos presentes en estas mismas paredes.
El tercer periodo constructivo corresponde a un periodo de tiempo que se extiende desde las intervenciones del siglo XIX hasta nuestros días y se divide a su vez en tres fases.
La primera corresponde a las intervenciones realizadas en el siglo XIX cuando se convierte el baño en viviendas y sus espacios se subdividen en pequeñas habitaciones.
Se trata, so- bre todo, de una serie de tabiques de pequeño espesor, construidos de ladrillo, que fraccionan los grandes espacios y, con este mismo objetivo, llegan a tabicar los arcos de herradura de la sala templada, envolviendo sus columnas.
Con el mismo fin de adecuación del baño a viviendas se abrieron una serie de huecos en los muros perimetrales.
En esta misma fase se realizó la demolición de las grandes bóvedas de la sala templada y de la sala meridional, para poder añadir un segundo piso al conjunto.
La segunda corresponde, principalmente, a una serie de enlucidos realizados en el tiempo sobre las mismas paredes de la fase sucesiva, pero en ella no destaca ninguna intervención relevante.
La tercera fase corresponde a las obras realizadas durante el año 2000-2001 para proteger el conjunto de los agentes atmosféricos (clausura de huecos y colocación de una cubierta de uralita).
La realización de un análisis estratigráfico
constructivo durante una obra de restauración arquitectónica El estudio estratigráfico constructivo se realizó fundamentalmente en las estancias interiores del conjunto, analizando las fábricas correspondientes a todos los periodos tanto constructivos como derivados de transformaciones posteriores.
El estudio debía proporcionar una documentación lo más exhaustiva posible con el doble objetivo, propuesto por el proyectista, por una parte, de documentar los elementos que podían desaparecer con las demoliciones decididas por el proyecto y, por otra parte, de facilitar la lectura de las partes añadidas respecto a las originales.
Si por un lado, se trataba de proporcionar un verdadero registro arqueológico, o sea una documentación completa del estrato visible que pudiera servir, una vez que este último se elimine para leer el estrato inferior, como modelo de lo demolido, o sea como fuente primaria de información en lugar de la fuente física demolida.
Por otra parte, se trataba de identificar los elementos que habían sido añadidos en los últimos tiempos para que pudieran ser objeto de demolición y recuperar el estrato inferior, más antiguo.
No se pretende, en este texto, entrar en el juicio de la validez de las decisiones de proyecto, simplemente se considera importante destacar la labor que el método de análisis estratigráfico puede realizar al servicio del proyecto de restauración, tanto si adopta una postura muy conservadora como una más transformadora.
Si se piensa que la demolición de los añadidos se realizará demoliendo casi completamente las unidades estratigráficas pertenecientes a una misma fase constructiva (la más reciente), se puede comparar la demolición a una excavación arqueológica, donde se elimina cada vez completamente un estrato.
En el caso de la excavación arqueológica se vuelve a repetir el registro de las unidades, cada vez que se baje un estrato de manera de obtener el registro completo de todos los estratos.
De acuerdo con estas reflexiones, se considera de gran importancia la posibilidad de realizar una segunda etapa del estudio de análisis estratigráfico constructivo, una vez concluidos los trabajos de excavación arqueológica y demolición de las partes recientes.
El objetivo principal de esta segunda fase será, por una parte, la compleción de la documentación con todos los elementos anteriormente ocultos y, por otra parte, la formalización de una nueva hipótesis de fases constructivas, a la luz de los nuevos datos aparecidos.
De gran interés sería, además, la posibilidad de realizar una tercera fase de análisis, ya no ligada a la obra en curso, sino a los resultados de la misma.
Se podría realizar una fase de registro una vez terminada la obra con el objetivo de evaluar la entidad e importancia de los datos eliminados o añadidos.
Se trataría de un análisis estratigráfico al servicio de la reflexión sobre el proyecto y su impacto sobre lo construido.
UN TRABAJO INTERDISCIPLINAR: LA GALERÍA
SUPERIOR DEL PATIO DE LOS ARRAYANES DE LA ALHAMBRA DE GRANADA El estudio de la sala de la Galería Superior del Patio de los Arrayanes se desarrolló en el ámbito de un estudio históricoconstructivo más amplio, encargado por el Patronato de la Alhambra y el Generalife, con el objetivo de adquirir un mayor conocimiento de un sector de la Alhambra que, a pesar de su reducido tamaño, recoge un buen número de intervenciones en el transcurso del tiempo.
El estudio fue encargado a un equipo formado por diferentes profesionales (Miguel Sorroche, historiador, José Manuel López Osorio, arquitecto técnico, Camilla Mileto y Fernando Vegas, arquitectos, Francisco Martín Peinado, geólogo), donde cada uno debía desarrollar una parte concreta del mismo en estricta relación con las demás partes: un estudio histórico documental, un estudio de las técnicas constructivas, un análisis estratigráfico constructivo y un estudio de caracterización de los materiales.
El estudio se realizó en las paredes interiores de la sala central de la Galería Alta de la Nave de Poniente del Patio de los Arrayanes y en las paredes de la pequeña sala de conexión entre dicha Galería y el Palacio de Carlos V. Además, se ha extendido el estudio a la fachada exterior oeste de la Nave de Poniente.
La Galería Alta de la Nave de Poniente
del Patio de los Arrayanes La fábrica estudiada se identifica como el espacio de la planta superior de la crujía occidental del Patio de los Arrayanes, que se extiende desde la Sala de la Barca a norte, hasta el Palacio de Carlos V a sur y que, abierto hacia el Patio de los Arrayanes, vuelve la espalda al Mexuar.
El ámbito del estudio se caracteriza por ser una zona en la que confluyen tres diferentes áreas, cada una de gran importancia y relevancia histórica: por un lado, el Palacio de Carlos V, cuya construcción, empezada en 1535, afectó la parte meridional de la galería, en busca de una nueva conexión entre el nuevo Palacio y la Casa Real Vieja (palacios nazaríes); por otro lado, el Mexuar, de cuyas primitivas dependencias permanecían las huellas en el exterior de la pared occidental de la galería, cerca de la entrada a los palacios; por último, el mismo Palacio de Comares, al que pertenece la galería estudiada.
Sin duda, se trata de una de las zonas más atractivas de todo el conjunto, ya que en ella se centra el problema irresuelto de las intervenciones realizadas para la construcción del palacio renacentista. ger al final los diferentes trabajos para darle una forma común, sino de trabajar conjuntamente desde el primer día.
Sin duda, el objeto de estudio se prestaba especialmente a este tipo de coordinación, dada la cantidad de información que se podía recoger en todos los ámbitos estudiados, desde la documentación histórica e iconográfica, a la documentación sobre las intervenciones de restauración, el estudio de la estratigrafía constructiva, el estudio de las técnicas constructivas, hasta el análisis de los materiales.
Sin embargo, desde principio se ha trabajado con el objetivo de que todos los datos, al final, pudiesen concluir en un único trabajo, cuya única aspiración era el ampliar, con un estudio riguroso, los conocimientos sobre esta parte del conjunto monumental.
En ningún momento, se ha deseado forzar las interpretaciones de los datos para alcanzar posibles soluciones y, de hecho, se ha pretendido simplemente recoger una serie de datos que, más que respuestas, abren una serie de opciones y líneas de interpretación.
En consecuencia, donde no se podía encontrar una respuesta cierta, se ha preferido responder con interrogantes y cuestiones abiertas. |
La Villa de Monleón fue objeto de excavaciones arqueológicas en el año 1996 con el fin de completar los estudios cara a la restauración de sus murallas.
De estas y del estudio estratigráfico murario se derivaron dos fases anteriores a la repoblación de Alfonso IX (1217).
La Villa de Monleón, sita en la provincia de Salamanca, se encuentra a unos 47 kilómetros de la capital; se asienta sobre un otero a 878 m. sobre el nivel del mar; domina la confluencia del Río Alagón, con el arroyo Riofrío y el Navalmandiles.
Dibuja un pintoresco paisaje en el cual, muralla, castillo y campanario se integran armónicamente con el medio natural circundante.
Entre los días 5 al 23 de Agosto de 1996, dirigimos una campaña de excavaciones arqueológicas con el fin de contribuir al proyecto de restauración de sus murallas que, hasta la fecha, no se ha materializado (MUÑOZ GARCÍA, SERRANO PIEDECASAS, 1997).
Tras dividir los lienzos en cuerpos de fábricas se practicaron sondeos en la Puerta del Sol y en los tramos norte.
Se planteó un estudio global, en el cual la estratigrafía de los sondeos, debía integrarse en la resultante de las lecturas de paramentos de los tramos de muralla investigados; además de los análisis murarios practicados en la iglesia parroquial y castillo señorial.
De todas las operaciones se desprendieron las siguientes fases de ocupación y constructivas:
-Fase I: Localizada en las UE 107 Y 108, anteriores a la construcción de la muralla.
-Fase II: Fundación de la muralla.
-Fase III: «Repoblación» oficial del rey leonés Alfonso IX.
-Fase IV: Corresponde al s. XV, en el cual se reforma el Castillo Señorial.
También se distinguen obras en la Iglesia Parroquial.
-Fase IV: Únicamente se reforma el Templo en el XVIII.
-Fase V: Corresponde a la época contemporánea y abarca tanto el deterioro de los monumentos, como la reciente restauración que sufrió el Castillo.
A. EL SOTOSUELO DE LA MURALLA: LA FASE I Uno de los interrogantes abiertos por la excavación son las diferencias de cimentación, halladas en los sondeos practicados en los cuerpos de fábrica norte (C.F. IV y V).
La unidad de excavación 2 no halló cimiento alguno en la estructura de muralla.
No obstante descubrió que la misma apoyaba directamente sobre un depósito artificial de cascotes (UE.
107 y 108), mientras la unidad de excavación 3 presentaba una cimentación de mampostería con mortero de cal (UEM 57) en el cuerpo de fábrica IV.
¿Que significa esta diferencia, teniendo en cuenta que los dos cuerpos de fábrica, como veremos, tenían un mismo origen?
En primer lugar, descartaremos que la razón del depósito de bloques sea la necesidad de aterrazar el terreno para buscar una base de apoyo firme; hubiera sido más lógico haber utilizado la técnica de mampuesto aparejado con mortero, que es más sólida y estable.
La poliorcética plenomedieval en muchas ocasiones no excavaba o aterrazaba el subsuelo para levantar una cer-ca.
Generalmente, el muro defensivo se asienta sobre la roca madre u otro tipo de suelo natural.
Las excepciones las encontramos en la existencia de fosos, sin descartar tampoco desniveles puntuales, que soluciona la UEM 57 y 70 como asiento del cuerpo de fábrica IV.
Las dos «cimentaciones» no son coetáneas en el tiempo.
Cuando se decidió la erección de la cerca en mampostería, seguramente el depósito de cascotes (UE 107 y 108) se encontraba in situ.
Quizá la celeridad que imponen las circunstancias, impidió retirar cascotes allí depositados.
En todo caso se limitarían a allanar superficialmente del amontonamiento de bloques de pizarra y cornubianita.
Ahora bien, más difícil es responder la siguiente cuestión.
Sí el deposito de cascotes, no es obra de los alarifes de la muralla, ¿a quien corresponde su autoría y contexto?
La solución deberá esperar futuros trabajos arqueológicos, pues carecemos de elementos sólidos que construyan un argumento definitivo.
Los bloques presentaban un aspecto anárquico, en el cual, fue imposible distinguir estructura alguna.
Es decir, el estado en que se encontraría un derrumbe que parece prolongarse en el subsuelo de los cuerpos de fábrica norte de la muralla.
Es posible que estemos ante la ruina de una primitiva muralla de piedra en seco.
Existe un verraco prerromano en el pueblo de Monleón; sin embargo la excavación no descubrió material alguno de la II.a Edad del Hierro.
De momento nos inclinamos por creer que la supuesta defensa, pertenecería a un asentamiento altomedieval.
Posiblemente, el mismo contexto de yacimientos como el Castillo Viejo En cuanto a Coria, sabemos que hubo una efímera ocupación por parte de Alfonso VI en el 1076; el monarca tuvo que resignarse a perderla, a raíz del freno almorávide, que suponen las derrotas de las Sagrajas (1085) y Ucles (1108).
Su sucesor Alfonso VII el Emperador, aprovecha el ocaso de la presión africana para impulsar de nuevo la reconquista.
De esta manera irrumpe en la actual Extremadura y en el 1142 vuelve a conquistar la plaza de Coria.
Los primeros años del reinado del monarca leonés Fernando II, siguen con esta tónica.
Las guerras fronterizas con el reino de Castilla, junto a la virulenta irrupción almohade, obligan a aparcar los intentos de expansión; los musulmanes africanos recuperan Alcántara, y en el 1174 consiguen poner sitio a Ciudad Rodrigo sin conseguirlo.
Al garantizar el paso del valle del Alagón, hacia la antigua ciudad hispano-musulmana, Monleón adquiere una posición estratégica nada despreciable.
De esta manera, se convertía en vía alternativa a la de Ciudad Rodrigo, -camino habitual por el que confluían casi todas las expediciones que partían desde el oeste del Reino de León hacia Al-Andalus-, además de reforzar las comunicaciones con la propia Coria.
Así pues establecemos, una fecha post-quem para la fundación de nuestra villa, que debió ser posterior a la conquista definitiva de Coria del año 1142.
La erección de una muralla en una villa fronteriza del XII, es muy difícil desgajarla de un proceso repoblador o «infeudador», al ser obra que requiere de organización y concurso de especialistas dirigidos por un poder sólido.
La forma de construir de doble paramento y núcleo, implica un cierta planificación previa, y una primera división del trabajo.
Podemos distinguir entre los que extraían la piedra y los que la aparejaban.
El material empleado es la roca cornubianita, que no requiere una explotación de canteras en toda regla, pues aflora esparcida por el mismo campo; ello nos lleva a suponer que, para obtener la materia prima no fue necesario importar mano de obra abundante, pues los mismo repobladores podían cumplir este cometido.
Por otro lado, el empleo de la población local para la construcción de una cerca, era una práctica común en la Edad Media.
En la documentación correspondiente se recoge, cómo en la fundación de Ciudad Real de 1255, «Alfonso X mandó a los del lugar como ficiesen la cerca» (VALDEÓN BARUQUE, 1991).
Caso diferente es el de los asignados a elevar el muro, pues representa faena que necesita de más pericia y maestría.
Sin duda, esta parte debía estar a cargo de alarifes o canteros, ya sea una cuadrilla completa o el mínimo necesario para la dirección de las obras.
Pensemos que la construcción de la muralla se tuvo que sancionar con el conoci-do por Bejar, que había jurado fidelidad a Alfonso VIII de Castilla, mientras en Portugal consolidaba su soberanía Alfonso Enriques.
Ello significaba que las algaras de los caballeros del concejo salmantino, en el mejor de los casos, podrían ser observadas por los repobladores de Ciudad Rodrigo.
Así pues, ¿se iban a resignar a que sus pretensiones de botín se vieran frenadas por estos últimos?
Ante la imposición real, resulta razonable pensar que buscasen una vía alternativa hacia tierras islámicas.
Por estos años, debía existir ya un antiguo camino, a través de la actual comarca extremeña de las Hurdes, que comunicaba directamente con Coria.
Éste seguramente se consolidó al levantarse la muralla de Monleón, que nosotros hemos identificado en la fase II.
Hay suficientes razones históricas, como para sospechar cierta sombra del concejo salmantino en esta primera «repoblación» de Monleón.
No obstante esta influencia, débil o fuerte, no resultó duradera a corto plazo, pues en 1217 Alfonso IX repobló Monleón como villa independiente.
De ello tratará nuestro siguiente apartado.
C. FASE III: LA REPOBLACIÓN DE ALFONSO IX
Las relaciones entre el sucesor de Fernando II y Alfonso VIII de Castilla no fueron precisamente cordiales.
A la subida al trono de Alfonso IX se reanuda la guerra civil, aprovechando el castellano la debilidad que presentaba la silla del trono leonesa.
El Tratado de Tordehumos que prohíbe la repoblación de la Sierra no contribuye a mitigar la rivalidad.
Prueba de ello, es que el monarca leonés se abstuvo de luchar en las dos grandes batallas que alienaron a Alfonso VIII, contra el imperio almohade -Alarcos (1195) y Las Navas de Tolosa (1212)-.
Precisamente, la derrota de Alarcos retrotrae los impulsos de los castellanos, y en consecuencia, toca el turno de revancha al rey de León: ataca la frontera caste-llano-leonesa de nuevo, y también aprovecha la coyuntura para iniciar las repoblaciones serranas y transerranas de Miranda del Castañar, Salvatierra, Salvaleón y, como no, Monleón (GONZÁLEZ, 1943).
Los cronistas de Alfonso IX coinciden en destacar de su reinado la toma definitiva de casi toda la Extremadura, al caer Cáceres en 1229.
En base a esto, podemos suponer que las vías de acceso hacia el sur estuvieron muy concurridas a principios del XIII.
Nuestro monarca debió sentir especial predilección por la ruta que comunicaba Salamanca con Coria por Monleón, pues no contento con la repoblación de la presente villa, también hace lo propio con Miranda del Castañar.
Con ello aseguraba aún más la vía que bajaba por Sotoserrano y el Valle del Alagón.
Aquí no sólo se contempla el tránsito de huestes hacia Extremadura, pues la rivalidad castellano-leonesa es factor a tener muy en cuenta: las cuñas de Alfonso VIII -los concejos de Béjar y Plasencia-amenazaban las posesiones del Reino de León en el sur.
Julio González reseña la fecha de 1217 (GONZÁLEZ, 1943) para la repoblación alfonsina de nuestra villa.
A este respecto Ángel Barrios, seguramente condicionado por la «Carta de Arras» de Dña.
Sea como fuere es ahora cuando se la dota de sus instituciones concejiles, y presenta todos los elementos que identifican a una comunidad de villa y tierra.
En el ámbito arquitectónico, esto se traduce en muralla, castillo e iglesia.
En el caso del templo no se identifican elementos del s. XIII; sin embargo no es el caso de la cerca y el castillo.
Respecto a las técnicas empleadas ahora se utiliza el mos-quadratum y los sillares apiconados, siendo el granito la principal materia prima La vieja muralla de mampostería necesitaba de reparaciones.
Al interior del cuerpo de fábrica V se ha identifica-Fig.
Análisis estratigráfico del cuerpo de fábrica V do una interfaz (UEM 121) que dibuja una diagonal en pendiente sobre el paramento.
Esta forma no admite dudas: su relleno con sus sillares apiconados de granito (UEM 120), se realiza como consecuencia de una destrucción previa, que nada tiene que ver con las obras del XIII.
Un simple fallo de cimiento habría arrastrado a las hileras bajas de la fase anterior; tampoco creemos que en momentos anteriores se hubiera dejado inacabada dejando dicha diagonal.
Descartadas estas hipótesis, la única posibilidad que se nos antoja menos problemática, es la de que es consecuencia de un conflicto armado, en el cual se procediera a desmantelar las estructura de la muralla.
En 1196 Alfonso VIII de Castilla y Pedro II de Aragón son los protagonistas de una expedición sobre el territorio leonés que ataca los castillo de Ardón, Castrogonzalo, Castrotierra, Alba de Aliste y Monrreal (GONZÁLEZ, 1943).
Este ultimo se sitúa a escasos kilómetros, en el actual término municipal de Casafranca.
Es muy posible que esta expedición también alcanzara Monleón.
No sólo por ser una plaza enemiga más sino, obviamente, por constituir también una amenaza directa sobre las fundación castellana de Béjar.
Además de esta reparación, también se eleva metro y medio la estructura de toda la muralla.
El uso del granito es ya prueba directa de la apertura de canteras.
Es posible que fueran las hoy abandonadas en el actual Monte el Alcaide, dentro del propio término municipal.
Con mos quadratum se ejecuta la Puerta de la Villa y la parte inferior del la Puerta del Sol (UEM 27), las jambas y arcos de las puertas (UEM 25, 45, 46 y 44), también en el acceso del Sol), y el remate de las esquinas (UEM.
217 de la torre del homenaje del castillo).
Sus sillares se realizaron con maza, puntero, cincel, delimitándose forma y dimensiones, con plomada, escuadra y corredera.
Dada la dureza del material, la gradina debió desecharse, por lo que el acabado de la pieza, seguramente se completó con cincel de boca estrecha.
Es posible que con este último instrumento, se realizasen también las marcas de cantero.
Los sillares apiconados (UEM 120), presentes tanto en la Puerta del Sol, como en los Cuerpos de fábrica analizados de la muralla, se pudieron haber tallado en escoda, aunque nuevamente la dureza granítica aconsejan el uso de maza y puntero.
También hemos comprobado el uso de mamposterías que difieren de la etapa anterior.
Ahora se hacen más cuidadas, no se utiliza excesiva ripia, y en consecuencia la junta de mortero presenta un aspecto más limpio.
El uso de la mampostería contemporáneamente al mos quadratum y los sillares apiconados, puede interpretarse desde el ahorro de medios que supone para el cantero la utilización de material reaprovechado.
Sin embargo la explicación no basta, pues todas las fábricas están perfectamente individualizadas con un propósito determinado.
Se percibe cierta voluntad estética al combinar las texturas cromáticas marrón y gris, que respectivamente presenta abajo la cornubianita y arriba el granito.
Alguien podría alegarnos, que tal disposición es motivo de la casualidad histórica; la sencilla consecuencia de utilizarse primero un tipo de piedra y luego otro.
Sin embargo, la intencionalidad del efecto bicromático es manifiesta en los análisis estratigráficos realizados.
Tanto el interior de la Puerta del Sol como la escalera de acceso en el interior cuerpo de fábrica IV presentan esa fábrica diferenciada, y ambas pertenecen a este mismo momento constructivo.
Esto último invalidaría cualquier intento de explicar casualmente este bicromatismo, que produce el granito y la piedra cornubianita sobre la muralla.
El maestro cantero de esta fase, tuvo en mente el presente efecto y posiblemente así lo planificó desde un primer momento.
Es irrelevante que se consiguiera con nuevas estructuras, o aprovechando la vieja cerca del XII.
Por otro lado, la combinación de diferentes texturas de material es algo habitual en toda la arquitectura pleno y bajomedieval.
Desde luego, el caso de la Península Ibérica no llegó a las cotas musivarias de los edificios medievales bizantinos o italianos, realizados en mármol de diferentes colores, pero ello no quiere decir que el cantero o alarife peninsular desechase posibilidades creativas a su alcance.
De hecho la combinación de materiales de diferentes texturas, era práctica conocida en Al-Andalus desde época altomedieval.
La excavación sistemática del yacimiento de Alarcos ha puesto de manifiesto, que la muralla está construida por dos técnicas claramente diferenciadas.
La cerca construida en 1191 por orden de Alfonso VIII, está integrada por un zócalo monumental en aparejo ciclópeo y llagueado adornado de ripia con piedra volcánica y material cerámico, mientras que en altura se soluciona en tapiales (ZOZA-YA, 1995).
Es innegable que todas estas construcciones están condicionadas por circunstancias como las tecnológicas y el uso de materiales cercanos, sin embargo, resulta difícil de creer que el efecto visual resultante no fuera buscado exprofeso por los maestros que estaban a cargo de las obras.
También las hileras en piedra de diferente composición, que animan la torre del homenaje de castillo y el interior de la Puerta de la Villa, deben ponerse en relación con el efecto bicromático aquí descrito.
Ahora bien, la forma en que el granito remata la vieja cerca de mampostería, hace sospechar que la diferencia de texturas no responda solamente a pretensiones estéticas.
La arquitectura militar era también la manifestación material de posesión.
Ya dijimos anteriormente que una de las acciones en la creación de un concejo de realengo era la erección de la muralla; además de ser símbolo que distingue la villa del exterior, lo es también del poder real que la repuebla.
En el caso de Monleón, al no ser hábitat de nueva creación, castillo de Monleón.
La lectura estratigráfica del paramento sur de la Torre del Homenaje revela que su origen también se encuentra en la acción repobladora de Alfonso IX.
Se ha identificado una almena cegada sobre la misma que pertenecería al s. XIII (UEM 214).
Cabe preguntarse si en este momento el castillo de Monleón se limitaba a una simple torre cuadrangular integrada en la muralla.
De la tipología en acodo de la Puerta del Sol, hemos hablado arriba y en el capítulo correspondiente; retomamos nuestro discurso de los modos constructivos, puesto que la misma contiene datos que nos permiten extraer información histórica trascendente.
En la Puerta del Sol, la combi-nación mos quadratum inferior y los sillares apiconados superiores, rematados con sillería en las esquinas, es modo de construir no exclusivo de Monleón.
El mismo esquema se repite en la Torre de los Templarios de Idanha Vella, en Portugal.
De idéntica cronología, apoya sobre un plinto de un antiguo templo romano; eleva un primer cuerpo de sillería y también remata en sillares apiconados con otros escuadrados en las esquinas.
Creemos más razonable, que el parecido puede deberse a la difusión de un modo de construcción que sería adoptado por diferentes maestros.
También es menester tener presente, que no siempre era posible reproducir este tipo.
Por lo menos, las piezas apiconadas requieren de piedra especial como el granito, que no se encuentra en todas partes.
Así pues, podemos concluir que la obra de esta muralla, fue producto de un maestro que estaba al tanto de las últimas modas constructivas y de las últimas innovaciones poliorcéticas.
Ello es muy indicativo, del interés que Alfonso IX puso en la repoblación de Monleón.
Sin embargo, por mucho que nos sorprendan todos los matices que la muralla encierra, no debemos catalogarla de excepcional.
La expansión urbana de los s. XII y XIII favoreció el intercambio de tecnología al ser más fácil la circulación de bienes y personas.
En este ambiente, el arte canteril encontró un excelente «mercado», que afectó tanto a la construcción de fortificaciones como a las nuevas canteras que abren las catedrales góticas.
D. FASE IV Y V: MONLEÓN BAJO MEDIEVAL Y MODERNO
La repoblación del XIII no se tradujo en una autonomía duradera.
La villa fué donada al concejo salmantino en 1249, por deseo de Fernando III.
A partir de entonces, la historia bajomedieval de Monleón, estará unida a los caprichos de las oligarquías que gobiernan Salamanca.
Señalamos que las principales transformaciones de su arquitectura, se sucederán en el castillo de la segunda mitad del XV, sin olvidarnos del Templo Parroquial, cuyas reformas llegan hasta época moderna.
El castillo es expresión de los intentos de señorialización que sufre Monleón, al intentarla desgajar del alfoz salmantino.
Esta fortaleza responde a los preceptos bajomedievales de la poliorcética señorial.
La reforma de la Torre de Homenaje, presenta gran contraste en sus técnicas de ejecución.
Es probable que el granito proceda del mismo lugar que abasteció las obras del XIII.
El modo de escuadrar el material da fe de la maestría de los canteros que intervinieron.
Algunos sillares tienen más de un metro, lo cual obligaría a disponer de un sistema especial de elevación.
Dado que las obras se realizan |
Como consecuencia de las investigaciones llevadas a cabo durante la restauración de Patrimonio, se ha desarrollado a partir de mediados del S. XX una nueva forma de observarlo; una nueva metodología de estudio tras comprobar que muchas obras de arte habían ido sufriendo transformaciones a lo largo del tiempo.
Estas acaban apreciándose en una secuencia estratigráfica que ahora podemos estudiar y leer si aplicamos una metodología arqueológica y científica.
Antes de tomar cualquier decisión sobre la intervención de restauración de un bien cultural necesitamos saber cómo y porqué se ha ido transformando.
La técnica de correspondencia de policromías nos permite comprender cómo y porqué se protegieron o decoraron las superficies.
Todos estos estudios previos no son algo externo a la restauración sino que forman parte indispensable de todo el proceso.
POR QUÉ HACER UN ESTUDIO ESTRATIGRÁFICO DE LAS SUPERFICIES
Como resto de una herencia decimonónica, existe la tendencia a asociar los edificios con la piedra desnuda.
Visiones distorsionadas de las teorías románticas de Ruskin sobre la ruina transitada por el tiempo, o de la del purismo estilista de Le Duc.
Lecturas e interpretaciones de sus trabajos no siempre fieles que han dejado un poso en la Historia del Arte y de la Arquitectura.
Pero ¿cómo no cuestionarnos esa mirada frecuentemente simplista y parcial, cuando observamos esta estratigrafía (fig. 1) de menos de 2 milímetros de profundidad, en la que se aprecia la sugerente secuencia de capas?
¿Cómo no inquietarnos al saber que corresponde a un minúsculo fragmento de la «Piel» que recubre la fachada de un edificio?
¿Cómo no interrogarse sobre su lectura cronológica, que presenta al menos doce intervenciones enmarcadas entre los siglos XIV y XX?
¿Cómo seguir leyendo el edificio en blanco y negro, tras esta espectacular visión?
Como consecuencia de las investigaciones que se llevan a cabo durante las restauraciones de obras de Arte y en especial tras las aportaciones al estudio de la escultura policromada de Agnés Ballestren y otros especialistas austríacos, alemanes y belgas a partir de mediados del siglo XX, se desarrolla una nueva visión de las obras de Arte, una nueva metodología de estudio, partiendo de la constatación de que muchas de ellas habían ido sufriendo transformaciones con el paso del tiempo que, a la postre, se reflejaban en una acumulación de capas de policromía, en una secuencia estratigráfica, que ahora podemos estudiar y leer si aplicamos una metodología arqueológica y científica.
Las visiones superficiales suelen ser incompletas y equívocas, y con excesiva frecuencia dan lugar a interpretaciones e intervenciones de restauración erróneas.
Hoy no podemos pasar por alto o despreciar la cantidad de datos históricos y tecnológicos que se encierran con frecuencia en los milímetros externos que recubren generalmente los edificios.
La observación científica de la estratigrafía de la imagen nos plantea grandes interrogantes, porque:
-evidencia que no basta con llevar a cabo una lectura de la capa más superficial, de su textura o su color, -demuestra la necesidad de leer la secuencia que subyace, -nos plantea la necesidad de saber si las distintas capas se corresponden con intervenciones diferentes o se agrupan en estratos complejos, de dos o más niveles,
-nos obliga a interpretar esta secuencia de estratos como una secuencia cronológica concreta, -nos crea la necesidad de datar, o al menos atribuir una fecha aproximada, cronología absoluta o relativa, a cada una de las fases, para situarlas en la historia del edificio, -nos obliga a confrontar los datos, a constatar las hipótesis, a analizar los elementos, a despejar las dudas, a averiguar toda la información que encierra ese minúsculo testigo material del paso del tiempo, de la sucesión de intervenciones humanas en distintas épocas.
PARA QUÉ HACER UN ESTUDIO ESTRATIGRÁFICO DE LAS SUPERFICIES
Por desgracia, muchos de los acontecimientos que han influido en la transformación de los objetos y los edificios se han sucedido sin dejar una constatación documental, o bien ésta es muy concisa o, aún peor, se ha perdido.
Nos encontramos así ante una historia a la que le faltan datos, un libro al que le faltan hojas.
Antes de tomar cualquier decisión sobre la restauración de un Bien Cultural y la conservación o eliminación de alguno de los elementos añadidos durante el transcurso del tiempo (añadidos históricos), necesitamos conocer cómo y por qué se ha ido transformando.
Las aportaciones de un correcto estudio estratigráfico de la acumulación de recubrimientos, como los que aparecen en la fotografía (fig. 1), mediante la técnica de «correspondencia de policromías», nos abren la posibilidad de entender cómo y por qué se sucedieron las intervenciones del hombre sobre esa parte del edificio, cómo se protegieron o decoraron las superficies.
Todo lo que se puede estudiar, clasificar, analizar, de cada uno de los estratos de recubrimiento, se convierte en un dato que podemos encuadrar en un contexto, porque somos conscientes de que cada uno de éstos es en realidad un documento histórico.
Apoyados en el estudio estratigráfico de estas mínimas capas y con la ayuda de diversas disciplinas (pues se trata de una técnica multidisciplinar), podemos precisar la composición analítica de los materiales empleados, para así compararlos; podemos averiguar su forma de aplicación; podemos establecer relaciones entre los distintos estratos superficiales y las fases constructivas, cubriendo las posibles lagunas e intentando obtener la máxima información.
Todo ello nos ayuda a comprender mejor los motivos que dieron pie a estas intervenciones: cambios estilísticos o litúrgicos, momentos de esplendor económico, transformaciones políticas, o bien accidentes que motivaron reparaciones concretas.
La técnica se basa principalmente en un estudio estratigráfico al microscopio (fig. 2) de múltiples puntos establecidos en función de la acumulación de información.
Si no se realiza una correcta selección de éstos, los datos obtenidos pueden llevarnos a extraer conclusiones erróneas.
Se precisa desplazar el equipamiento necesario: equipos ópticos portátiles, microscopios, videomicroscopios.
Cada zona de observación se describe detalladamente mediante gráficos y anotaciones, que recogen todos aquellos aspectos que pueden servir para identificarlas o caracterizarlas.
Al tratarse de un estudio previo sobre elementos que constituyen en sí un documento histórico, cualquier cata o toma de muestras debe causar el menor daño posible.
Para poder comparar y relacionar los estratos de cada punto necesitamos conocer igualmente la naturaleza de los pigmentos, los aglutinantes, las capas de preparación, las hojas metá-licas, etc. Se trata de estudios complementarios que sirven para aclarar aspectos concretos.
Es imprescindible conocer pues el alcance y posibilidades de las distintas técnicas analíticas y mantener un estrecho contacto con los laboratorios especializados.
Las técnicas de análisis empleadas van, por ejemplo, desde la microscopía óptica y las tinciones hasta la cromatografía en capa fina de alta resolución (HPTLC), la microscopía electrónica de barrido-microanálisis por dispersión de energías de rayos X (MEB-EDX) o la espectroscopia infrarroja por transformación de Fourier (FTIR).
Realización de reflectografías, radiografías, gammagrafías, etc. Con frecuencia es necesario recurrir a otras disciplinas que nos ayuden a determinar la extensión de algún motivo decorativo, la presencia de sistemas de anclaje, etc.
Resulta muy interesante poder constatar documentalmente las fechas y características de realización de alguna de las intervenciones a partir de contratos, condicionados de obra, etc. Esta información nos permite establecer dataciones precisas de estratos concretos, facilitando además la comprensión y el encaje en el tiempo de los estratos inferiores o superiores.
Discusión y cotejo de la información
La complejidad de este estudio obliga a definir la estructura y composición de cada grupo de estratos, a establecer relaciones entre estos y las intervenciones documentadas y a situar en el tiempo las no documentadas, contrastando la información y las dudas que se presenten entre todo el equipo.
De esta discusión se debe salir con una clara idea de las distintas fases históricas y sus características Elaboración de la carta de correspondencia Con la información recopilada, aclaradas todas las dudas, se establece la llamada carta de correspondencia (fig. 3), en la que se relacionan los distintos puntos estudiados.
Se construye así una retícula que en uno de los ejes presenta las zonas revisadas y en el otro los períodos históricos que se han podido establecer, permitiendo una lectura global y diacrónica del conjunto.
Este gráfico con la carta de correspondencia es el equivalente al diagrama de grupos de actividades o a las tablas de correspondencias de unidades estratigráficas de la lectura estratigráfica de alzados.
Reconstrucción de las policromías
Como conclusión del estudio se pueden elaborar reconstrucciones gráficas de los elementos estudiados en cada una de las fases históricas establecidas.
Este tipo de material, de carácter fundamentalmente didáctico, ayuda a visualizar la sucesión de intervenciones y a comprender que los edificios han ido sufriendo transformaciones, adaptándose a los gustos estéticos o a las necesidades de los tiempos.
El estudio de «correspondencia de policromías», debe constituir una fase previa a la toma de decisiones que puedan afectar a la restauración de un Bien Cultural y, muy especialmente, a la conservación o eliminación de cualquier elemento o añadido histórico.
Todas las fases y añadidos históricos han de entenderse como aportaciones «originales» que se corresponden con las evoluciones estilísticas de cada época.
Los estratos de policromía y los recubrimientos de superficies deben ser entendidos, estudiados y tratados como documentos históricos.
Dado el carácter científico de este tipo de estudio, sólo puede ser llevado a cabo por especialistas con la sufi- ciente experiencia técnica, con el equipamiento adecuado y con el concurso de otras disciplinas auxiliares.
Ante cualquier intervención sobre un Bien Cultural, no se deben tomar decisiones que se basen en aspectos puramente estéticos o subjetivos.
Es necesario tener un conocimiento técnico detallado de la evolución del mismo para no crear «falsos históricos», es decir la presentación conjunta de momentos que nunca se dieron simultáneamente.
Los estudios estratigráficos de superficies se pueden aplicar para completar la información obtenida en los trabajos arqueológicos.
En la catedral de Sta.
M.a de Vitoria-Gasteiz se han encontrado dos sillares con restos de algún acabado en yeso o cal coloreados.
Uno reutilizado como tumba en el siglo XIII (fig. 4), probablemente perteneciente en origen a la iglesia del siglo XI.
El otro forma parte de un relleno en los muros de cimentación de la iglesia construida en el siglo XI de la primitiva Gasteiz.
Los análisis de los acabados indican algunas diferencias: el primero (fig. 5) está compuesto por una capa de preparación a base de yeso y algo de cal, con una baja cantidad de arena de río como árido, y, sobre ella, un estrato pictórico de color rojo violáceo con pigmentos a base de ocre rojo y minio, mientras que el segundo presenta sobre una capa de cal, otra de yeso, y por encima de ellas un pigmento compuesto de ocre rojo y minio, acabando con una capa de oxidación probablemente del propio pigmento.
Se corroboran así las hipótesis que apuntaban que ambos sillares pertenecen a diferentes momentos constructivos.
Constatamos además la utilización de acabados o decoraciones coloreadas en esos momentos, lo que posibilita comenzar a crear una base de datos sobre este tipo de técnicas.
En 1997 apareció la portada del siglo XIII de la iglesia de San Andrés de Vírgala Mayor (Álava) que había perma-Fig.
Estaba revestida por encalados sucesivos que cubrían un acabado en tono ocre.
En los estudios de los sucesivos encalados apreciamos, sobre la caliza blanca, una capa de tono ocre rojo muy fina que parecía debida a oxalatos, consecuencia quizá de una alteración de la piedra o de una aplicación intencionada.
Los análisis de los materiales constituyentes del acabado, mediante espectrometría de infrarrojos FT-IR (fig. 6), constataron que el pigmento ocre habría sido aplicado con un aglutinante proteico, probablemente caseína, transformado en oxalato.
Ello indicaba que la capa era una intervención intencionada, posiblemente aplicada para homogeneizar la caliza blanca como técnica de acabado sobre este tipo de piedra.
La constatación del resultado condicionó el tratamiento, que obligó a conservar esta frágil capa.
La observación del mismo acabado ocre de la portada sobre las casas más antiguas del pueblo, con calizas en sus muros, hace pensar que la aplicación de acabados ocre como revestimiento de este tipo de piedra podría ser una practica habitual.
Durante los estudios previos a la restauración de la fachada de 1611 del Convento de María Inmaculada (Iglesia de San Antonio), en Vitoria-Gasteiz, se ha observado la presencia de diferentes acabados sobre los dos tipos de piedra que la constituyen -arenisca y caliza-, los cuales podrían jugar un papel determinante para entender una fachada como ésta.
La arenisca, que conforma la parte arquitectónica, presenta una aplicación en ocre rojo; tanto las esculturas, como los escudos y demás elementos decorativos en caliza (figs. 7 y 8), tienen un acabado con aglutinante oleoso con pigmento ocre amarillo (fig. 10).
Se ha encontrado un pequeñísimo resto de pigmento azul (fig. 9) en una de las tallas.
Tras los primeros análisis de laboratorio se ha confirmado que el acabado encontrado sobre las escultura sería realizado en origen, mientras que el resto todavía presentan dudas, por la presencia de trazas de contaminación que los relacionaría con una época cercana.
Los estudios de laboratorio nos han ayudado de momento a comprender el empleo del acabado para matizar el juego de colores característico de las fachadas barrocas.
Los trabajos de restauración, condicionados por los resultados, han cambiado radicalmente el aspecto final de la fachada.
Para la comprensión de las sucesivas transformaciones que sufrió el Pórtico Este de la Iglesia de San Pedro de Vitoria se inició un exhaustivo estudio de las imágenes, que aunque no está concluido nos ha permitido identificar ya en los apóstoles, sobre la del siglo XV, otras cinco policromías superpuestas que corresponderían: una al siglo XVII, dos al siglo XVIII y dos intervenciones en el siglo XIX (fig. 11).
Se ha constatado que Santiago, San Pedro, San Pablo y San Juan, situados junto a la Virgen, presentan una policromía más entre la original y la del siglo XVII, mientras que ésta acumula un número aún mayor de intervenciones.
Según los análisis, la ejecución de las primeras policromías es más cuidada, están aplicadas sobre una base de cola en capas muy finas y con el pigmento de calidad, muy molido y bien aglutinado, en un medio oleoso.
En las últimas, por el contrario, los pigmentos identificados son de baja calidad y poco estables, mal aplicados, muy granulosos y poco cohesionados.
Las aplicaciones de oro serían en todos los estratos sin bruñir, asentadas sobre un mordiente oleoso de características y grosores diferentes dependiendo del momento de ejecución.
En este estudio se ha podido determinar la ejecución en 1666, por Juan de Munárriz, de una repolicromía total.
Se trata del trabajo sobre piedra más antiguo documentado en el archivo de la Diócesis de Vitoria, y la intervención más destacable dentro de toda la secuencia estudiada en la portada, de gran calidad y cuidada ejecución.
El estudio de la portada de San Pedro en Vitoria abre grandes posibilidades para entender otras portadas policromadas góticas, como la de la catedral de Santa María y San Miguel en Vitoria, y la Capilla del Pilar y Santa María en Laguardia, que probablemente sufrieron los mismos cam-Fig.
11 bios estéticos, en consonancia con los diferentes momentos de esplendor económico y artístico o con las modificaciones hechas en el edificio En ocasiones se presentan dudas -que pueden determinar la presentación final de un trabajo de restauraciónsobre la coexistencia de intervenciones en periodos distintos.
Durante los trabajos previos a la restauración de las pinturas murales de la iglesia de Gardélegui (Álava) (fig. 12) se tuvieron que combinar los análisis estratigráficos (fig. 13) con la documentación histórica (fig. 14), para caracterizar las diferentes fases de ejecución de las pinturas, las técnicas de ejecución, su autoría, etc. Se pudieron diferenciar, entre otras, dos grandes intervenciones: las pinturas de Juan de Bustillo de 1579, a modo de retablo fingido, realizadas al temple sobre un mortero de cal y arena, y las pagadas en 1706, probablemente a los Rico, sobre un mortero de yeso.
El conjunto mural que se conformó entre finales del siglo XVI y comienzos del XVIII pervivió hasta comienzos del XIX.
Para llegar a esta conclusión fue fundamental el estudio del guardapolvo jaspeado, realizado en el XVIII y que enmarca también las pinturas del XVI.
Durante los trabajos del Plan Director de la Catedral Santa María de Vitoria, aparecieron dos cabezas policromadas, fragmentos de un conjunto escultórico de grandes dimensiones que, según la historiadora Lucía Lahoz, habrían formado parte de la desaparecida portada norte de la iglesia.
Los indicios apuntan a que una de estas cabezas perteneció al tímpano descubierto en el interior de la iglesia y reconstruido en 1962, sin que se incluyera en él en dicha intervención.
Con vistas a su integración en la evolución del conjunto de las decoraciones de todo el edificio, se ha realizado un estudio de correspondencia de policromías de ese fragmento, estableciéndose tres momentos diferentes (figs. 15 y 16).
Para su realización fue necesario emplear técnicas auxiliares como la reflectografía de infrarrojos que, atravesando los estratos más superficiales, nos permitió observar el trazado de las cejas de la primera policromía sin necesidad de abrir ninguna cata.
Si la desaparecida Portada Norte se pudiera fechar en el siglo XIV, la primera policromía podría datarse a partir de ese momento, mientras que la última, por sus características técnicas, no sería anterior al siglo XVI.
La comparación de los estudios del tímpano con los de las cabezas y otros conjuntos escultóricos policromados de la Catedral nos permitirá definir el momento de la desaparición de la Portada Norte, la colocación del tímpano en el interior y su posterior ocultación. |
La contaminación atmosférica es la principal causa de deterioro de la piedra monumental presente en el medio urbano.
La emisión de gases produce una acidificación gradual del medio reduciendo la resistencia de todos los tipos de piedra.
Las piedras con alto contenido en CaCO 3 (calizas, mármoles y areniscas carbonatadas) son las más afectadas por la lluvia ácida.
Numerosos estudios llevados a cabo sobre la influencia del oxalato de calcio en piedras calcáreas concluyen que este compuesto, producido de forma natural por algunos líquenes, puede actuar como protección frente al ataque ácido.
El oxalato de calcio es más estable que el carbonato de calcio frente a los cambios de pH.
El tratamiento propuesto en este trabajo consiste en la conversión inducida de forma artificial del carbonato de calcio presente en piedras calcáreas en oxalato cálcico utilizando para ello la tecnología de intercambio iónico.
La resina puesta en su forma oxalato debe ser puesta en contacto con la piedra mediante una solución conductora de iones, produciendo la formación de una microcapa cristalina de oxalato cálcico sobre la superficie de la piedra.
Los resultados se han evaluado mediante espectroscopia FT-Raman.
Los cristales formados inicialmente son CaC 2 O 4 • 2H 2 O (weddellita) que evoluciona parcialmente hacia la especie CaC 2 O 4 • H 2 O (whewellita) en función de las condiciones atmosféricas (humedad y temperatura).
El término meteorización de la piedra («stone weathering») se refiere a una combinación de interacciones químicas, físicas y biológicas que ocurren entre la piedra y la atmósfera.
Este fenómeno es observable tanto en yacimientos naturales así como en la piedra utilizada como material de construcción (DEL MONTE, SABBIONI, 1986).
El proceso de deterioro puede tener lugar a través de cuatro mecanismos diferentes: cristalización de sales conocidas como eflorescencias (NORD, 1992), ataque de gases ácidos presentes en la atmósfera, ciclos de frío-calor y acción de microorganismos (CHEN et alii, 2000).
La contaminación atmosférica es actualmente la principal causa de deterioro de la piedra monumental presente en el medio urbano.
La acidificación gradual del medio ambiente causada por la emisión de gases (particularmente SO 2 y NO x ) reduce la resistencia de todos los tipos de piedra incluidos los que aparentemente han permanecido intactos durante años.
Cuando llueve los gases atmosféricos se disuelven en agua y son parcialmente oxidados formándose ácido sulfúrico y nítrico, así como los ácidos no oxidados sulfuroso y nitroso.
Estos ácidos atacan al carbonato de la piedra produciendo las correspondientes sales cálcicas de sulfato, sulfito, nitrato y nitrito (ZAPPIA et alii, 1998).
El agua de lluvia debe entenderse como un elemento activo en el mecanismo químico y físico del deterioro.
Proporciona el medio necesario para que se produzcan reacciones químicas tanto en la superficie como en el interior.
La cristalización de sales como NaCl (origen natural) y yeso (por sulfatación del carbonato cálcico) dentro de los poros de la piedra ha sido ampliamente citada como causa de desintegración (DEL MONTE, 1992).
Cuando la calcita (CaCO 3 ) se transforma químicamente en yeso (CaSO 4 • 2H 2 O), el volumen molar incrementa en un factor de 2, causando tensión interna, roturas y exfoliación.
El yeso es particularmente soluble en el agua de lluvia, pero la calcita también puede disolverse de acuerdo con la reacción química (NORD, TRONNER, 1995).
En su fase de crecimiento los cristales pueden atrapar partículas en suspensión de minerales, carbón y hollín dando lugar a la formación de incrustaciones negras.
Un gran número de investigaciones han tenido lugar en Italia en relación con el origen de las incrustaciones negras (CAMUFFO et alii, 1982), (FASSINA, 1991), (AUSSET et alii, 1992).
Estos estudios han demostrado que junto con las partículas de carbón y hollín, (procedentes de la com-bustión de combustibles fósiles) las incrustaciones contienen oxalato cálcico (CaC 2 O 4 en diferentes estados de hidratación), cristales de yeso y óxidos de metales que catalizan la oxidación de SO 2 y promueven el crecimiento de las incrustaciones.
Trabajos recientes han demostrado que el sulfato existente en las incrustaciones negras proporciona la fuente nutricional necesaria para el crecimiento de algunos microorganismos (ORTEGA et alii, 1994) lo que implica que dichas incrustaciones negras constituyen emplazamientos adecuados para la proliferación de microorganismos.
Las piedras calizas y el mármol (formado mayoritariamente por CaCO 3 ), así como las areniscas con alto contenido en carbonatos son las más vulnerables al ataque ácido y por lo tanto las más propensas a fijar partículas atmosféricas que den lugar a la formación de zonas ennegrecidas.
Debido al gran número de piedras calizas y sedimentarias calcáreas, incluso mármol en algunos casos, presentes en las fachadas de edificios de interés histórico es necesario el desarrollo de un tratamiento para su conservación.
En la bibliografía se ha discutido con profundidad el origen y la influencia del oxalato cálcico en la superficie de las piedras usadas en la construcción de edificios.
Algunos autores (GUIDOBALDI et alii, 1985), (FRANZINI et alii, afirman que el ácido oxálico es el producto de descomposición de materia orgánica usada como tratamiento superficial por motivos estéticos o protectores.
Por el contrario trabajos más recientes (DEL MONTE et alii, 1987), (EDWARDS, 1991) presentan la hipótesis de que la precipitación del oxalato cálcico se debe a la acción del ácido oxálico secretado por microorganismos tales como líquenes o algas azules que colonizan los monumentos.
El ácido oxálico por ataque al carbonato de calcio precipita como oxalato de calcio.
En dichos estudios se concluye que el oxalato cálcico producido por algunos líquenes de forma natural puede actuar como medio de protección de las piedras frente al ataque ácido.
En las microcapas cristalinas que se forman naturalmente la fina membrana formada durante siglos es muy compacta y puede obstruir la libre difusión de sales solubles, aunque el oxalato de calcio en sí es hidrofílico (MATTEINI et alii, 1994).
La conversión de CaCO 3 en CaC 2 O 4 ha dado lugar en Italia a diversos experimentos.
Matteini y sus colaboradores se enfrentaron al problema de proteger las pinturas murales de los contaminantes atmosféricos y para ello utilizaron oxalato amónico (MATTEINI, 1987).
El estudio de las pátinas de oxalato formadas concluyó cómo éstas protegen la superficie formando un caparazón fino, compacto y no poroso.
Esto ocurre como consecuencia de la mayor estabilidad química del oxalato de calcio sobre el carbonato de calcio frente a los cambios de pH.
El CaCO 3 se ve atacado a pH inferiores a 6, mientras que el CaC 2 O 4 soporta hasta pH ligeramente inferiores a 2.
A continuación se muestran las reacciones implicadas en el proceso propuesto para la conservación de las pinturas murales:
La capa mineral formada sobre la superficie es químicamente compatible con el carbonato de calcio que constituye la piedra y difícilmente meteorizable, evolucionando en función de las condiciones climáticas entre dos estructuras químicas diferentes (whewellita
Asimismo la comparación de las solubilidades de oxalato cálcico y yeso sugiere que el oxalato amónico sería también capaz de transformar el yeso en whewellita (CaC 2 O 4 •H 2 O) gracias a un mecanismo de doble intercambio como el considerado anteriormente.
El tratamiento propuesto en este trabajo consiste en la inducción artificial de la transformación de la superficie de carbonato cálcico en oxalato cálcico mediante la aplicación de resinas de intercambio iónico.
El uso de resinas de intercambio iónico tiene como fin evitar la presencia de un exceso de oxalato en la disolución, que podría generar complejos coloreados si la piedra en estudio tuviera gran porcentaje de hierro y otros metales de transición tal y como ocurre en los experimentos llevados a cabo en Inglaterra.
Cezar basándose en los trabajos previos de Matteini utilizó oxalato amónico para tratar diferentes muestras de piedra caliza.
En este caso el oxalato amónico actúa como quelante.
El hierro soluble y el carbonato de calcio reaccionan con el oxalato amónico, formándose dos productos de forma simultánea, oxalato de calcio y oxalato de hierro.
Éste último provoca cambios en la coloración de la piedra (CEZAR, 1998).
La resina fuertemente básica en su forma oxalato debe ser puesta en contacto con la piedra por medio de una disolución conductora de iones.
La optimización de esta disolución (componentes y concentraciones), es el paso más crítico del proceso siendo de vital importancia la elección de su pH y naturaleza química.
Si el contacto entre la resina y la superficie de la piedra es el adecuado comienza el intercambio iónico, donde los iones oxalato reaccionan con los cationes calcio para formar una pátina de oxalato cálcico sobre la superficie.
A continuación se muestra un esquema del mecanismo que tiene lugar en el proceso.
Teóricamente cuando un carbonato sale de la piedra entra a su superficie un oxalato; si ese carbonato es intercambiado en la resina por otro oxalato, el balance neto es la presencia de la misma masa de oxalatos en la disolución de contacto piedra/resina actuando la resina como reservorio de oxalatos que los va dosificando sólo cuando son captados los carbonatos que salen de la piedra.
Los resultados se evaluaron mediante espectroscopia FT-Raman usando un espectrómetro Nicolet FT-Raman 950, que incorpora un láser de 1064 nm (Nd: YAG) y un detector InGaAs.
La adquisición de datos se llevó a cabo con el software Omnic de Nicolet.
Con ayuda del portamuestras para superficies planas se registraron espectros FT-Raman sobre un spot de 0.5 mm de diámetro.
Para la realización del estudio se prepararon cinco probetas de piedra caliza recogidas en el medio natural en una zona de escasa contaminación atmosférica (Pozalagua, Carranza).
En la figura 1, se muestra el espectro Raman de una de las probetas utilizadas en el ensayo junto con el espectro de un patrón de carbonato cálcico (bandas características a 1085, 711, 280, 154 cm -1 ).
En el espectro de la probeta aparece la típica señal fluorescente (curvatura que produce la desviación de la línea base) debida a impurezas que dan a la piedra su color grisáceo característico.
Sin embargo en dicha probeta es posible identificar los picos ca-racterísticos de carbonato de calcio pudiendo concluirse que la piedra es caliza.
Para la realización del estudio se eligió la resina Dowex 550A, una resina de intercambio aniónico fuertemente básica de tipo monoesfera.
Sobre cada probeta se depositaron aproximadamente 10 gramos de la resina acondicionada en su forma oxalato y en contacto con la disolución conductora elegida.
Periódicamente se fueron añadiendo gotas de la disolución de contacto con el fin de evitar la cristalización de oxalato superficial por evaporación.
Se establecieron 4 tiempos distintos de contacto entre la resina y las probetas: 6 horas, 24 horas, 48 horas y 72 horas.
Cada probeta se retiró al tiempo prefijado.
Primeramente se eliminó la resina depositada en la superficie, a continuación se lavaron con agua de calidad MilliQ y se dejaron secar a temperatura ambiente.
Para determinar si se había producido algún tipo de reacción se comparó el espectro de la piedra antes del inicio de la reacción, con los espectros obtenidos tras la eliminación de la resina de intercambio aniónico.
En la figura 2 puede observarse cómo aparecen nuevas señales que no existían en la piedra antes del contacto en menos de 24 horas de tratamiento.
Situación inicial: Realizando diversos espectros en distintos puntos de las probetas en estudio y mediante el uso de técnicas estadísticas es posible obtener una idea de la uniformidad de la pátina de oxalato formada.
En la Figura 3 se muestra la variación de la relación de señales a 1474 cm -1 (oxalato de calcio dihidratado)/ 1085 cm -1 (carbonato de calcio) en función del tiempo de aplicación del tratamiento para diferentes intensidades de láser.
En la técnica de análisis empleada, la espectroscopia FT-Raman, a medida que aumenta la potencia del láser aumenta también su profundidad de penetración.
En la figura 3 se observa cómo al aumentar la potencia del láser la señal del oxalato disminuye con respecto a la de carbonato, claro indicativo de que la reacción se está produciendo únicamente de forma superficial.
También puede concluirse cómo para tiempos de tratamiento más largos, la capa de oxalato formada aumenta de espesor.
Sin embargo la relación de señales tiende a un valor máximo y constante, debido a un efecto de saturación (en el primer día se forma aproximadamente un 70% del espesor final alcanzado).
El espesor de la capa formada no puede aumentar de forma proporcional al tiempo de aplicación, sino que está restringido por el número de carbonatos accesibles en la superficie de la piedra.
Una vez que se ha cubierto completamente la superficie de la piedra el proceso se para sin necesidad de intervención externa.
Los análisis realizados mediante espectroscopia FT-Raman se repitieron en las probetas en estudio para comprobar la evolución temporal de la microcapa de oxalato cálcico formada, realizando medidas a varios días de distancia tras haber eliminado la resina de las probetas.
Con la realización del presente trabajo se ha demostrado la aplicabilidad de la tecnología de intercambio iónico para realizar una mineralización en superficie de las piedras monumentales con alto contenido en carbonatos.
La pátina de oxalato cálcico formada actuaría como método de protección frente al ataque de los gases ácidos presentes en todo tipo de atmósfera, respondiendo a su vez de forma activa ante otros cambios atmosféricos de temperatura y humedad.
Sin embargo una vez entendido el proceso de formación de la pátina requerida y sus posibles transformaciones es necesario realizar diversos estudios con mayor profundidad.
Para ello debería realizarse el tratamiento en piedras de distintos tipos y características, estudiando las posibles interferencias de otros metales y componentes presentes en las muestras a tratar.
Así mismo también deberían realizarse estudios de la estabilidad de la pátina formada frente a cambios de humedad, temperatura y pH, mediante el control de la evolución cinética de la pátina formada bajo condiciones ambientales controladas.
M. Pérez-Alonso agradece al Gobierno Vasco su beca Pre-Doctoral.
Este trabajo ha sido financiado a través del proyecto UE02-A06 Fig. 5.
Estado de las distintas especies de oxalato cálcico, para las probetas sometidas a 6, 24 y 48 horas de tratamiento; a los 43 días de haberse finalizado el tratamiento.
Las señales se encuentran relativizadas respecto del carbonato de calcio |
El estudio arqueológico de las Salinas de Añana forma parte del Plan Director que está siendo elaborado de manera multidisciplinar por varios equipos con el fin de crear el instrumento clave para su recuperación integral.
El conjunto de estudios históricos ha sido encomendado al Grupo de
El análisis histórico-arqueológico del valle salado de Salinas de Añana forma parte de un ambicioso proyecto de restauración integral impulsado desde 1998 por la Diputación Foral de Álava, a través del Servicio de Patrimonio Histórico-Arquitectónico.
Dicha institución dio inicio a una serie de actuaciones con objeto de generar las condiciones necesarias para invertir el proceso de deterioro del valle y comenzar su recuperación, encontrándose entre las más representativas la puesta en marcha del instrumento ordenador que ha de ser clave en la misma: el Plan Director.
El estudio realizado posee desde el punto de vista arqueológico una complejidad enorme debido a las particulares características del lugar -concentración de una actividad económica en un mismo lugar durante al menos 1.181 años-, así como a su tamaño -5.648 eras ocupando una superficie de unos 111.000 m 2 -.
Por ello, hemos tenido que adaptar los recursos metodológicos usuales al caso específico del valle salado, replanteándonos los sistemas de trabajo, incluso durante la ejecución del propio estudio.
El análisis metodológico desarrollado durante las primeras fases, puso en evidencia que los únicos elementos que aportaban una información relativamente fiable eran los muros, cuya propia naturaleza, como resulta lógico, tiene una menor tasa de recambio que el resto de los elementos que configuran las salinas, basados parcial o exclusivamente en materiales perecederos.
Por ello, a la hora de abordar la lectura estratigráfica del monumento nos basamos en su estudio, aunque sin olvidar el resto de elementos como pueden ser los entramados, ya que éstos, en ocasiones se integraban en los paramentos, denotando su coetaneidad y por lo tanto, aportándonos datos de cronología relativa que podía convertirse en absoluta si la investigación lo requería, ya que estos elementos eran susceptibles de ser estudiados arqueométricamente mediante análisis radiocarbónicos y dendrocronológicos.
Sin embargo, la lectura estratigráfica de los 2009 muros documentados resultó infructuosa, debido a que la fábrica salinera se desarrollaba horizontalmente a modo de los entramados urbanos, por lo que las relaciones estratigráficas obtenidas entre los paramentos eran parciales, debido a la escasez de su número y a que gran parte de ellas quedaban ocultas bajo las eras y los entramados.
Esta situación provocaba que el estudio resultara fraccionario y que fuera imposible realizar una síntesis de la evolución constructiva, ya que el diagrama estratigráfico obtenido era prácticamente horizontal.
Por ello, tuvimos que replantear nuestra estrategia inicial (quizás excesivamente estratigráfica) y cambiar nuestra visión del objeto de estudio, mirando al complejo salinero como un entramado productivo compuesto por todos aquellos elementos necesarios para obtener el oro blanco de la época, la sal.
Ésto es, manantiales, caminos, canales, albañales, terrazas, pozos, eras, trabuquetes y almacenes, en los que la presencia o ausencia de rasgos evolutivos, habitualmente asociados a la búsqueda del aumento y mejora de la producción, podían reflejar la evolución constructiva del valle.
Ante este cambio de estrategia, nos centramos en el análisis de las variables constructivas de los diversos elementos productivos, para ello tuvimos en cuenta las variables técnicas (tipo de aparejo, talla, acabado, material empleado, etc.), formales (dimensiones, plantas, tipologías de los pozos, de los almacenes, etc.) y espaciales (análisis de ubicación, estudio de las pendientes del terreno, etc.) quedando el análisis estratigráfico relegado a una segunda parte del estudio, en la cual, las relaciones estratigráficas entre las diversas estructuras en las que se integran las variables, nos ha permitido no sólo crear grupos de variables asociados a diversas etapas constructivas, sino también llegar a establecer una cronología relativa entre ellas.
Una vez hecha esta parte del estudio y volcada toda la información en el Sistema de Información Geográfica que gestiona toda la información generada por los diversos equipos que integran el Plan Director, el siguiente paso ha sido el del análisis espacial de los resultados obtenidos mediante la georreferenciación en planos temáticos de los diversos grupos de variables constructivas.
Ello, nos ha llevado a comprender no sólo la evolución constructiva del conjunto salinero, sino también sus transformaciones espaciales y productivas.
Con todo ello, habíamos logrado dividir la evolución del valle salado en tres grandes periodos, cuya cronología sin embargo era relativa, ya que podíamos determinar su antero posterioridad, pero desconocíamos su cronología absoluta.
Para resolver este problema se van a realizar diversos estudios, entre los que destacan, el vaciado exhaustivo de toda la información documental, teniendo a nuestro favor el hecho de que Salinas de Añana -la primera villa alavesa, con carta puebla de 1140-es uno de los pueblos alaveses que mayor cantidad de documentación medieval y moderna conserva y los estudios arqueométricos, tanto de los entramados lígneos de las estructuras que se conserven en su posición original, como de los diversos materiales orgánicos aportados por las excavaciones que se pretende realizar.
LA EVOLUCIÓN DE LAS TÉCNICAS CONSTRUCTIVAS
Antes dar inicio a la descripción de las fases que constituyen el discurrir histórico-constructivo del valle, creemos necesario llevar a cabo una serie de reflexiones que nos llevarán a comprender mejor la evolución de uno de los conjuntos salineros más grandes y mejor conservados de Europa.
D. Manuel de Vallina, impulsó una reforma radical del sistema productivo que conllevó también el cambio y la adecuación de la arquitectura al nuevo método2.
Sin embargo, las reformas planteadas por el arquitecto en algunos casos pugnaron directamente contra la sabiduría popular, basada en el conocimiento empírico deductivo adquirido a través de los siglos, por lo que fue necesario realizar ensayos previos con algunos ejemplos prácticos para poder demostrar las conveniencias del nuevo sistema.
La principal innovación que se introdujo residía en la forma de evaporación de la «salmuera» o agua salada que emanaba directamente de los manantiales, ya que tradicionalmente el sistema utilizado era el de «riego», que consistía en esparcir manualmente y de forma sucesiva el agua sobre las superficies de las eras.
El nuevo sistema que se buscaba implantar, y que supuestamente mejoraba la calidad y cantidad de la producción, era el de «llenado», mediante el cual las eras se colmataban parcialmente de salmuera, teniendo que esperar a que el calor del sol la evaporara.
La respuesta de los cosecheros fue rotunda ya que aludían que «no es subsceptible el clima de este Pais por la / cortedad de su verano poca influencia / del sol, inconstancia del tiempo, abun / dancia de aguas de continuas tempes-/ tades de un metodo que exige un sol / perpetuo ardiente un cielo menos nebuloso y un clima menos frio...» 3, pero más rotunda fue la respuesta del arquitecto real: «...de que no acce-/ der Vms, deueran imputar sin resis-/ tencia las consecuencias desagradables / q. e puedan originárseles en lo sucesivo.» 4 Como se puede observar, la arquitectura erudita se impuso por la fuerza a la arquitectura popular, teniendo que ser el factor tiempo el que diera la razón al sentido común adquirido con la experiencia.
Pero también existen aspectos del proyecto que a pesar de la obligación impuesta, los artífices de las nuevas obras se negaron en rotundo a cumplir, como es el caso de la utilización de argamasa en la trabazón de materiales de las diversas estructuras murarias, o su utilización para la protección de las paredes.
A este respecto, hemos podido recuperar el documento que da por finalizadas las obras tras su reconocimiento por diversos peritos, en el cual, éstos observan el incumplimiento de una de las condiciones de las obras, pero al mismo tiempo justifican o mejor dicho comprenden la actitud tomada por los cosecheros diciendo: «Que las tales paredes de cerradura no se/ han edificado guarnecidas con cal y are-/ na segun previene dha condicion y con-/ trata; pero que los peritos deseando dar/ una ydea ela mas conveniente [...], no podian menos de declarar/ q. e estan y subsistiran mas tiempo y con/ mas solidez y limpieza otras paredes/ fabricadas segun lo estan, q. e con la/ mezcla de cal y arena, por q. e es claro y/ esta a la vista del pp. co [público] q. e si se hecha de/ la tal mezcla inmediam. te la solta-/ ria la sal y su agua y cahiria a dho/ genero manchandolo por ser muy difer. te / la agua salitrosa ala dulce, por cuya/ esperiencia territorial y no de Arte ja-/ mas se hace en este Valle pared, ni/ muralla alguna con mortero, ni mez-/ cla de cal y arena, ó reboque, sino con/ buen canto limpio, y con el Artificio/ y Arte devido.» 5 La articulación e interacción de toda esta serie de factores condicionantes, ha sido la responsable directa de la evolución arquitectónica del valle y del ritmo temporal de la misma, teniendo como denominador común el lento desarrollo de la arquitectura producto del saber empírico de los artesanos, y la rapidez de los cambios arquitectónicos promovidos por el saber erudito, que como hemos podido comprobar es impuesto en numerosas ocasiones a pesar de que empíricamente sean erróneos y puedan provocar como en el caso de las salinas de Añana el colapso del entramado productivo.
LA EVOLUCIÓN HISTÓRICO-CONSTRUCTIVA En el estado actual de la investigación, en la que resta aún por conocer los resultados de varios estudios que se encuentran en curso, podemos dividir la evolución del valle en tres periodos principales, uno inicial en el cual las soluciones constructivas responden al conocimiento tradicional de los artesanos de época preindustrial, uno intermedio en el que a partir de principios del siglo XIX la Administración Real participa activamente con la intención de fomentar la calidad y cantidad de la producción, y uno final, que abarca prácticamente el siglo XX, en el que se intenta por todos los medios masificar la producción, introduciéndose como principal innovación la utilización del cemento.
Período I: La época preindustrial
Las infraestructuras del complejo productivo en este período, estaban repartidas -al menos desde la Alta Edad Media-por todo el valle, entre el manantial principal situado en la parte alta del valle y la iglesia de Villacones, situada en el extremo opuesto 6.
Las construcciones se encontraban circunscritas a la parte baja de las laderas, aprovechando aquellas zonas cuya morfología era más apta, ésto es, desniveles poco acusados, en los que las obras de aterrazamiento no exigían un gran esfuerzo.
La construcción de los aterrazamientos era aleatoria, adaptándose a los desniveles naturales de las laderas del valle, no conformando terrazas lineales, sino agrupamientos de extensión variada delimitados por caminos.
Los pozos de escasa capacidad se encontraban excavados en el terreno, pudiendo estar abiertos o bajo las eras a modo de pozos de boquera, lo que provocaba la necesidad de la extracción continua del agua para proceder al riego, que era el sistema productivo para la obtención de sal utilizado en este período.
La base material de la arquitectura del valle es la mampostería irregular de pequeño y mediano tamaño dispuesta irregularmente y la madera, siendo este último material el utilizado más profusamente durante este primer periodo, tanto en la construcción de las estructuras productivas como en las viviendas de los habitantes del valle.
A este respecto, la documentación Medieval existente en los cartularios de los monasterios que tenían intereses económicos en el valle, recogen indirectamente el tipo de estructuras de hábitat que existían en la zona, compuesto por pequeños núcleos de población 7 -que en algunos casos no llegaban a superar los cuatro habitantes-, en los que residían en pequeñas viviendas cercanas entre sí, construidas en materiales perecederos, en torno a las cuales se localizaban las infraestructuras necesarias para su supervivencia, como pueden ser pequeños edificios para guarecer el ganado o los aperos, corrales, pequeños huertos, etc 8.
En cuanto al número de eras existentes, desconocemos como ha ido evolucionando a lo largo del tiempo, pero sí poseemos datos aislados de su cantidad en diversas épocas como es el caso de un documento de 1612 9 que alude a uno anterior de 1601 en el que se establece la existencia de 2300 eras, de las cuales 351 estaban abandonadas.
Este dato implica, teniendo en cuenta el número de eras que se construyeron posteriormente, que durante el siguiente período se duplicó la superficie productiva del valle, ocupando las zonas ya consideradas a principios del s. XVII poco apropiadas para la construcción.
Periodo II: El intervencionismo Real
La Administración Real y los propios productores tenían constancia ya desde al menos el siglo XVI 10 de que el valle salado podía producir mucho más de lo que estaba produciendo, y que este fallo se debía en gran parte a las deficien- 7 En la documentación procedente de Santo Domingo de la Calzada, existe un documento de gran importancia tanto económica como poblacional fechado en el año 1156, -16 años después de que Alfonso VII otorgara el fuero municipal definitivo-, que nos ofrece un inventario detallado de la gente del concilium de Salinas (330 personas) y la cantidad de sal que tenían que pagar al monasterio al año en impuestos (78,76 modios de sal que aproximadamente son 669,205 Kg.).
En concreto hace referencia a 12 concejos situados en el entorno al Valle Salado, de los cuales 11 de ellos tienen una media de unidades familiares de 13.5, destacando por su número el concejo de Fontes con 74 unidades, número que puede estar informándonos de cual fue el asentamiento elegido para agrupar a la población tras la concesión del fuero.
8 La documentación Alto Medieval referente a este tema, aunque es escueta e indirecta nos ofrece información de primer orden.
Ésta a sido recogida principalmente por S. Ruiz de Loizaga, 1995: 103-104, donde expone varias citas que creemos interesante reproducir, ya que ilustran perfectamente como era la vivienda en los núcleos en los que habitaban los productores de la sal y los materiales que utilizaban en sus construcciones.
Una de ellas hace referencia al pueblo de Alcedo allá por el año 975 «kasas cum suos solares et suas divisas, et exitus et introitus, et sua hera que est ad illa porta, cum suo orto et suo corro et suas adiacentias ad toto giro qui ad ipsas casas pertinent: et sunt latus casa de... et latus casa de... et tertia e quarta latus campo qui est éxito de villa» y otra a Villambrosa perteneciente al concilium de Salinas mencionado en la nota anterior, que poseía en el año 1156 17 unidades familiares, y del cual existe una referencia del año 940 que dice así: «et levabimus matera de quatuor casas et uno orreo et tectus de tres ecclesias de Valle Posita, et composuimus de ipsa matera casas et eclesias in Villa Merosa, et restaurabimus eas», lo que nos informa no sólo del uso de la madera en las diversas construcciones, sino también de la utilización de la teja en la cubrición de ciertas estructuras.
9 Archivo del Territorio Histórico de Álava.
Documento 19. «quel sitio y balle donde las/ dichas salinas estan es algo baxo y hondo/ y que al prinçipio de el estan tres fuentes/ prinçipales y otras tres o quatro pequeñas de/ poca consideraçion y que de ellas se rrixen/ y rriegan todas las heras de el dicho balle/ que son mas de dos mill y treçientas y que/ algunas aunque muy pocas estan en tierra/ firme y las demas son de madera ques hedi/ fiçio de mucha costa para haçer y rrecoxer/ el agua salada y que las treçientas y cinqu/ enta y una dellas estan baçias y no se haçe/ ni labra en ellas sal por no hauer persona que/ la hagan... y que aunque en el dho/ balle hay sitio y se podrian haçer mas cantidad/ de heras habia de ser en heredades de veçinos con/ grande costa por ser en laderas donde hes neçesario/ maderaxe para ygualar los lugares y sitios/ delas dhas heras y delos poços que se habian de/ hacer para rrecoxer el agua salobre que viene de/ las fuentes para rrexir las heras que habia/ deser en el ymbierno y sacarlo el berano p.a/ labrar la dha sal.» 10 La Administración en 1594 consideraba que la baja producción era culpa del mal estado en el que se encontraban las infraestructuras del valle, por lo que intentó obligar a los cosecheros «ahacer nuevos edificios y nue / bas salinas de tal manera que labrasen la / mitad mas de fanegas de sal en cada año / delas que se labrauan antes», sin embargo las reformas nunca se realizaron debido a la negativa de los propietarios.
Archivo del Territorio Histórico de Álava.
tes infraestructuras de la fase anterior, por ello la Administración en 1801, promovió una reforma generalizada del valle con el fin de mejorar la calidad de la sal, aumentar su producción y evitar la importación ilegal de sal proveniente de otras salinas.
Esta reforma integral del valle salado provocó la práctica desaparición de las fases constructivas anteriores, de las cuales sólo se conservaron aquellos elementos que eran compatibles con las innovaciones técnicas adoptadas.
El nuevo método de producción y la búsqueda de una sal blanca de calidad conllevaba una infraestructura adecuada, por ello el arquitecto regio impuso una serie de condiciones de obligado cumplimiento en el proyecto, que como hemos mencionado anteriormente fueron aceptadas en su mayor parte por los propietarios de las salinas llevándolos -debido a la mala previsión efectuada sobre el coste y duración de las obras-, a la ruina de muchos de ellos, por lo que las salinas estuvieron al borde de la banca rota y por lo tanto de su desaparición.
La grandeza de la empresa emprendida y los requerimientos de la misma, obligaron a los arquitectos que la supervisaron al empleo de mano de obra especializada, entre los que se encontraban maestros canteros y carpinteros de reconocido prestigio en la zona, cuyo trabajo ha quedado perfectamente representado en las construcciones que realizaron, caracterizadas de forma genérica por un aparejo de gran calidad y tamaño, cuyo material procede principalmente de las propias laderas del valle, que fueron utilizadas como cantera al mismo tiempo que se acondicionaban como espacios aterrazados.
El agrandamiento de la estructura productiva del valle durante este período sólo pudo llevarse a cabo ocupando todas aquellas zonas que hasta el momento eran consideradas inútiles por su elevada pendiente, por lo que la mayor parte de las nuevas construcciones se localizan en las zonas altas, incluso en zonas donde no llegaba la salmuera de for-11 Hemos recuperado varios documentos en el Archivo Histórico Provincial de Álava registrados por el escribano Manuel de Olivares en los cuales se alude a los problemas estructurales de la obra y se reclama a los maestros de las obras su reparación: -Protocolo 4.547, ff.
En el cual D. Eutanasio de Luiando reclama a Benito García de Meñaca Maestro de Cantería que en las obras que le ejecutaron «hubo alguna variedad en la continuación, y ulti / mación de aquellas» por lo que antes de proceder a su pago instó al Maestro Director de todas las obras nuevas, Francisco de Arango, a nombrar al Maestro Arquitecto y de Carpintería, D. Hilario de Echavarria, para que reconociera el «precio, del balor, y entrega de citada obra.» -Protocolo: 11.442, ff.
En el cual, el propietario se queja que tras las obras «... gasté en varias dilijen-/ cias, e introducción de maderas dentro / de la tierra y pavimento de referidas / Heras para su maior solidez sin cuia / reforma no podían subsistir largo / tiempo por estar situadas en un / terreno pendiente...». ma natural, siendo preciso elevarla manualmente hasta los pozos.
Este hecho, unido a la mala elección de algunas de las soluciones constructivas empleadas; como son el escaso acondicionamiento del terreno y la construcción de muros de gran altura con piedras de gran tamaño colocadas a hueso, produjo inevitablemente el derrumbe de numerosos muros, llegando en algunos casos a derruir tras de sí todas las construcciones que encontraban a su paso.
Este proceso de inestabilidad constructiva provocó que, desde el inicio de las obras, las reparaciones fueran continuas, teniendo los arquitectos que recurrir para solucionar el problema a la utilización de vigas de madera, colocadas a modo de tizones, con la intención de asegurar los muros de aterrazamiento a las laderas 11.
Esta técnica se empleó no sólo en la reconstrucción de los muros, sino que se insertaron tizones de modo preventivo en algunos muros de la fase anterior.
El aparejo y técnica constructiva de los muros que sufrieron reparaciones, también son característicos, ya que como resulta lógico, durante su reconstrucción se reutilizó el mismo material, por lo que el aparejo está compuesto por material de calidad pero dispuesto irregularmente, apareciendo embutidos en su estructura tizones de madera.
Periodo III: El abandono de la lógica constructiva.
La introducción del cemento (s. XX) La pérdida de competitividad productiva debida principalmente al auge de las salinas costeras en las que se habían introducido importantes mejoras técnicas, provocó que los productores intentaran extraer el máximo rendimiento posible a sus propiedades, sin importarles que ello conllevara un rápido deterioro del conjunto salinero y desembocara en la práctica desaparición de su fábrica.
Por ello, este periodo se caracteriza por el abandono de las técnicas constructivas consideradas tradicionales, debido principalmente a la utilización del cemento como material constructivo predominante.
Su aplicación se centró principalmente en dos ámbitos, el primero en el constructivo, ya que mediante encofrados de mortero de cemento se construyeron numerosas estructuras, almacenes, muros de aterrazamiento y pozos, y se reforzaron mediante careados externos los viejos muros de mampostería.
La segunda utilización del cemento y que constituye la principal innovación técnica en el ámbito de la elaboración, es su utilización como superficie de las eras.
Este hecho supuso un incremento considerable de la producción, ya que se facilitaba el recogido de la sal y se abarataban considerablemente los gastos de construcción de las eras.
Sin embargo esta innovación supuso el comienzo del fin de las salinas, ya que el material empleado no se podían reutilizar, por lo que las reparaciones de las superficies de las eras se realizaban mediante la superposición de capas, lo que conllevaba un aumento considerable de peso, incrementándose al mismo tiempo la posibilidad de derrumbe de la estructura.
Con el tiempo, la sucesiva reparación de las infraestructuras fue generando una cantidad de escombro ingente que los granjeros no evacuaban de las salinas debido a la complicación y elevado coste de su transporte.
Por ello, el material residual era utilizado o desechado de cualquier manera, apareciendo como material constructivo de los muros, como base de las eras, llegando incluso a la amortización de almacenes o a tirarlo indiscriminadamente al cauce del río.
Todo ello unido a la definitiva pérdida de rentabilidad económica de la producción a partir de los años 60, produjo el abandono de la producción de sal, conllevando un rápido deterioro que ha provocado en apenas 40 años el estado de ruina que podemos apreciar en gran parte de valle (fig. 2). |
La presente síntesis muestra lo que hemos identificado como las diferentes etapas arquitectónicas por las que ha pasado el edificio desde su construcción.
Se ha aislado cada uno de los elementos, tanto decorativos como arquitectónicos presentes en la actual construcción, organizándolos en las cinco posibles etapas constructivas por las que ha pasado el edificio, desde la etapa romana hasta la reforma contemporánea.
Santa Eulalia de Bóveda, descubierto en 1926, es un pequeño edificio semisoterrado emplazado a poco más de 14 km. de Lugo capital.
Desde su descubrimiento ha constituido un gran enigma lo que ha provocado la aparición de una abundante, y en ocasiones fantasiosa, bibliografía sobre el tema.
Entre las numerosas hipótesis que se han barajado destacaremos las que indican que fue un posible ninfeo romano, un templo paleocristiano, otro dedicado a los cultos mistéricos e incluso un martiria en donde descansarían los restos de Prisciliano de Ávila.
Sin embargo, algo en lo que han coincidido la mayoría de los autores que se han ocupado del estudio del edificio, y sobre todo a partir de la década de los 70, es en que éste ha pasado por diferentes etapas arquitectónicas; pero ninguno de ellos las ha identificado y fechado 1.
Se trata de un edificio de planta rectangular, con un ábside también rectangular y un pórtico in antis.
El aula del interior parece estar, o haber estado, dividida en tres naves mediante columnas de orden corintio degenerado y arcadas longitudinales.
Además el espacio central está ocupado, actualmente, por una piscina de pequeñas dimensiones.
La cubierta de este aula fue una bóveda de cañón de la que se conservan los arranques, decorados con un espectacular lienzo de pinturas al fresco.
En cuanto al ábside, es también rectangular y cubierto con una pequeña bóveda de cañón.
Al fondo se abre un vano.
El pórtico, in antis, al igual que el resto de las partes que integran el monumento, está cubierto con una pequeña bóveda de cañón decorada ésta con pinturas al fresco de un estilo totalmente diferente a las del interior del monumento.
Este pórtico está a su vez decorado por un amplio conjunto de bajorrelieves.
Por tanto, planta rectangular absidiada en la que se pueden observar tres espacios bien diferenciados: el pórtico (in antis) con unas medidas de 6,47 metros N-S en su parte más ancha, y 2,61 m.
E-W, aproximadamente; el aula (cuerpo central rectangular), con unas medidas de 6,64 m.
N-S; y el ábside, también rectangular, con unas medidas de 2,89 m.
ARQUEOLOGÍA DE LA ARQUITECTURA, 2 -2003, págs. 275-286 ARQUEOLOGÍA DE LA ARQUITECTURA, 2, 2003 275 1 Toda esta documentación ha sido recogida en nuestra Tesis de Licenciatura titulada Arqueología del monumento de Santa Eulalia de Bóveda (Lugo) y leída en la Universidad de Santiago de Compostela el 19 de Septiembre de 2001.
En ella hemos llevado a cabo una exhaustiva recopilación historiográfica sobre este edificio.
Además hemos planteado las posibilidades de la aplicación de la Arqueología de la Arquitectura, método básico para poder aclarar las dudas que se ciernen sobre el monumento.
Lo que se presenta en este trabajo es, por tanto, una breve síntesis de nuestra Tesis de Licenciatura.
Pese a todo en próximos trabajos en los que se aplique una metodología específica de la Arqueología de la Arquitectura, cotejaremos las hipótesis resultantes del presente trabajo, con las obtenidas en éstos.
Creemos que Santa Eulalia de Bóveda constituye el ejemplo ideal para la aplicación de metodologías propias de la Arqueología de la Arquitectura, pero lo que traemos es un primer acercamiento al tema tratando de formular lo que en el futuro será un trabajo más amplio contando con la aplicación de los medios adecuados para su estudio.
El primer objetivo es poner de manifiesto aquellos elementos que, a simple vista y sin la aplicación de una metodología específica, pueden ser identificados con una época concreta.
El segundo, la formulación de una serie de cuestiones acerca de la naturaleza y función del edificio que posiblemente puedan ser contestadas con la aplicación de una lectura de paramentos sobre el edificio.
En definitiva, señalar las posibilidades que ofrece la aplicación de este método de estudio en el edificio y darlo a conocer.
En primer lugar el método empleado ha consistido en aislar cada elemento constructivo y decorativo, y agrupar aquellos que presentaban una homogeneidad tipológica.
Esto ha per- mitido unificar aspectos del edificio que parecían presentar una misma función o que parecían pertenecer a una misma época o momento constructivo.
Aunando éstos sobre los planos de la planta y alzados daban la clave para reconstruir el edificio en cada período constructivo.
Por tanto, en este caso se ha acudido de forma colateral a la Arqueología de la Arquitectura, sin llegar a aplicar ninguno de los métodos de estudio de ésta, pero sí como un primer acercamiento.
Las conclusiones fundamentales a las que hemos llegado son:
Que existe una planta inicial sobre la que se llevaron a cabo el resto de las reconstrucciones arquitectónicas en el edificio con una funcionalidad distinta.
Esta planta presentaba un pavimento que se mantenía igual en los diferentes espacios arquitectónicos del edificio: ábside, aula y pórtico.
Reutilización de materiales de una etapa anterior en la siguiente o siguientes.
Por tanto estos elementos son fragmentos incluidos y no pueden ser tomados como fósiles directores ya que fechan la etapa anterior, o anteriores, a la que pertenecen o en la que están colocados.
Planta general de cotas de Santa Eulalia de Bóveda tuvo presente desde el principio la existencia de toda una serie de materiales, tanto decorativos como constructivos, que no habían sido identificados anteriormente y que tenían un protagonismo específico dentro del conjunto.
En segundo lugar hemos numerado cada etapa constructiva con un número romano que se corresponde con un edificio con una funcionalidad concreta y en un período determinado.
La cronología se ha obtenido teniendo en cuenta los análisis tipológicos y las fuentes documentales (como indicadores cronotipológicos), aunque los resultados se han expresado en cronología relativa (salvo los datos que provienen de fuentes documentales que se han tomado como cronología absoluta).
Esto se ha plasmado en un Diagrama Secuencial en el que se reflejan todos los elementos aislados y organizados cronológicamente.
RECONSTRUCCIONES HIPOTÉTICAS DEL MONUMENTO
Este sería el edificio del que parten el resto de las construcciones.
Para la reconstrucción de la planta nos hemos basado sobre todo en el pavimento enlosado que se conserva en la práctica totalidad del monumento.
Además se ha tenido en cuenta la existencia de un gran número de elementos, tanto decorativos como constructivos, de cronología claramente romana que aparecen reutilizados en otras etapas arquitectónicas del edificio.
Se trata de una construcción de planta rectangular de 6,47 m. en el eje N-S por 11,56 m. en el eje E-W.
Presentaría un pavimento enlosado de granito, que tipológicamente es el mismo que el que actualmente se conserva en el interior de la construcción y en parte del pórtico, aunque es necesario tener en cuenta que, en un determinado momento, lo que se conoce como nave central estuvo en parte enlosada en mármol, cubriendo el pavimento de granito.
Actualmente la supuesta nave central está ocupada por lo que se ha denominado «piscina» -especie de hueco central que bajo nuestro punto de vista, y como veremos posteriormente, es de cronología contemporánea-, lo que indica que estaría modificado el pavimento de la parte central.
Los alzados serían de sillería granítica.
Se desconoce la altura que tendrían los muros en ese período ya que sólo se conservan de este momento dos hiladas en el alzado Sur y tres en el Norte.
Por lo que respecta a la fachada de este edificio nada se sabe salvo que el acceso se realizaría desde el Este, ya que es el único alzado que no se encuentra soterrado, y, por tanto, emplazado en el mismo lugar que en la actualidad.
Dentro de los elementos decorativos que podrían vincularse a época romana, se conservan dos piezas.
Una es un fragmento de ara de granito con una inscripción en la que se puede leer PRO SA y que apareció formando parte de la cimentación del muro de cierre del atrio exterior del monumento (LÓPEZ MAR-TÍ, 1934:37).
La otra sería una pieza granítica, reutilizada posteriormente como pie de altar.
Posiblemente se trate de un ara romana inacabada y posteriormente rebajada en su parte superior.
Dentro de los elementos constructivos romanos se conservan un gran número de ladrillos de entalle y cuadrados reutilizados en la construcción de la bóveda del ábside, en las dovelas del arco de ingreso al edificio, en la hornacina del alzado Sur y los arranques de la bóveda interior2.
También hemos localizado un sillar con marca de ferrei forfices en la primera hilada de sillares del pilastrón derecho del pórtico del edificio.
Se trata de un elemento reutilizado ya que no cabe duda de que fue concebido para estar colocado en un lugar elevado, de ahí la marca de ferrei forfices que presenta.
En el pavimento interior del edificio y próximo al ábside, hemos localizado unas marcas que parecen responder a las huellas de unas grapas romanas.
Los datos actuales no permiten asegurar con certeza la funcionalidad del edificio.
Por sus dimensiones podría apuntarse la posibilidad de que se trate de una construcción con cierta entidad y relacionada con el uso del agua por la pavimentación que presenta, los ladrillos de entalle (típicos de construcciones termales y balneares) y por restos de canalización romana existentes debajo del edificio.
Con respecto a esta cuestión, las últimas excavaciones han puesto de manifiesto la existencia de un complejo sistema de canaletas romanas que, recorriendo el suelo del edificio aparentemente en varias direcciones, desembocan en Fig. 3.
A la izquierda: reformas sobre la planta de Edificio I de Santa Eulalia de Bóveda; a la derecha: reconstrucción hipotética de la planta del Edificio II de Santa Eulalia de Bóveda rectangular del edificio anterior, y, por otro, materiales constructivos y decorativos de época romana.
Sobre la planta del Edificio I, se construye un ábside rectangular de pequeñas dimensiones ubicado al Oeste de la construcción.
Se levanta una nueva fachada, un poco retraída con respecto a la anterior, con un arco de herradura de ingreso y, posiblemente, algún vano, cuyas características desconocemos.
Por tanto, planta rectangular absidiada, en la que el aula tendría unas dimensiones de 8'85 m. en su eje E-W por 6'47 m. en su eje N-S y el ábside 1'57 m. en su eje E-W por 2'89 m. en su eje N-S.
En este momento se acotaron las medidas del edificio romano en su eje E-W, reduciéndolas y construyendo en el fondo del edificio, alzado Oeste, un ábside de planta rectangular que conservaría el pavimento de la etapa anterior (Edificio I).
Su aparejo es de sillería en la base y sillarejo en la parte superior.
En los paramentos de este ábside se conservan dos pequeñas losas cuadradas de mármol sobre las que apoya el arranque del arco del ábside y que separan el comienzo de éste con los sillares que forman el muro.
Estas pequeñas losetas de mármol aparecen rotas y colocadas a hueso entre el inicio de las dovelas de ladrillo que forman el arco y los sillares que lo sustentan.
Posiblemente se trate de las muescas de un cancel que cerraría esta parte del conjunto, realizado en mármol, y del que se conservan al menos dos piezas actualmente depositadas en el Museo Diocesano de Lugo4 que, debido a la decoración que presentan, hemos identificado como parte de un cancel de este período.
En este momento se reestructura la fachada, aunque se situaría en la misma zona que la del edificio anterior, ahora ligeramente retraída.
La portada estaría compuesta por un arco de herradura visigodo apoyado sobre unas jambas y posiblemente enmarcado por un friso corrido con bajorrelieves ubicado a ambos lados de la portada que hemos tratado de reconstruir teniendo en cuenta los materiales que se conservan en la fachada actual del edificio y en las paredes del pórtico.
Por lo que respecta a la iluminación nada se sabe ya que en esta reorganización de la fachada no tendrían cabida los vanos que actualmente se conservan.
Para la reconstrucción de este friso hemos aislado cada uno de los relieves conservados, diez en total, de los cuales ocho se ubicarían en la parte frontal de la fachada y dos (el ibis y el fénix) en la parte interior.
Para la organización del friso hemos partido de cuatro bajorrelieves: el hombre, la mujer, los «sedentes» y la escena de lavatorio (anteriormente conocido como los «lisiados»).
El bajorrelieve del hombre está esculpido sobre un sillar perpiaño en dos caras, por tanto se vería un bajorrelieve en el interior y otro en el exterior; creemos que su colocación lógica sería a la izquierda de la puerta.
El relieve de la mujer, de similares características que el del hombre, estaría enfrentado a éste en el lado derecho en la misma posición.
Ambos serían el primer bajorrelieve de la serie a cada lado de la portada.
El bajorrelieve de los «sedentes» 5 presenta un pequeño entalle en la parte derecha, para engarce con un muro esquinado; por tanto creemos que estaría situado a la derecha de la puerta engarzando ya con la pared Norte del pórtico, es decir, sería el último de la serie por este lado.
Lo mismo sucede con el bajorrelieve de la escena de lavatorio6, pero a la inversa, y su colocación lógica sería en la última posición de la serie de la izquierda.
Se han reservado dos relieves (el ibis y el fénix) para colocarlos en el interior del edificio, ya que el ibis sería la cara interior labrada del hombre (constituye por tanto un gran sillar perpiaño).
En el caso de la mujer hemos optado por el fénix para su colocación en la parte trasera, ya que, de los otros animales representados era el único de carácter mitológico junto con el ibis.
La colocación de los restantes bajorrelieves (dos grupos de danzantes, un felino o cánido y un ave)7, se ha realizado teniendo en cuenta la altura de los mismos, que iría en sentido descendente desde las representaciones del hombre y la mujer (los dos bajorrelieves de mayor altura) hasta los últimos de la serie, los sedentes y la escena de lavatorio, que tendrían la altura menor.
De esta etapa visigoda data el conjunto de bajorrelieves del pórtico actual, que, como ya se ha comentado, posiblemente formasen un friso corrido decorando la fachada del edificio en este momento.
Se conservan, posiblemente de esta época, unas columnas de piedra caliza reutilizadas en las reconstrucciones LORENA VIDAL CAEIRO contemporáneas, cuya ubicación exacta se desconoce; son tres pero creemos que eran cuatro y que una se ha perdido y tal vez se encontrarían flanqueando la zona pavimentada en mármol.
Las tres piezas están formadas por un capitel de orden corintio degenerado, en muy mal estado de conservación por lo que tan sólo uno de los capiteles 8 conserva una decoración medianamente identificable, y un fuste monolítico cuya decoración también es difícil precisar.
En cualquier caso parece estar decorado con acanaladuras, no descartando que sea producto de la erosión de un bajorrelieve posiblemente de origen vegetal.
Es viable que se tratase de un fuste tipo salomónico o incluso helicoidal.
En cuanto a la basa, parece estar formada por un plinto cuadrado y por una escocia sobre la que se inserta el fuste.
El deterioro o erosión de las columnas muestra que no se trata de un mármol muy compacto, sino de una caliza metamorfizada, tal y como demuestran las marcas de erosión y disolución por agujeros, típicas de las rocas calizas.
También se observa un bandeado formado por materiales de diferente dureza o solubilidad, de forma que sobresalen las bandas más duras sobre las más blandas, las más erosionadas.
Es, por tanto, un tipo de erosión diferencial.
Esta circunstancia sugiere que estas columnas estuvieron sometidas a numerosos procesos erosivos como el agua constante, lo que indica una erosión en el exterior del edificio.
Por último, se conservan los restos de un posible cancel integrado por dos placas de mármol de considerables dimensiones.
En ellas se representa una decoración vegetal realizada a base de espirales y roleos bajo los cuales aparece una gran corona de laurel y bajo ésta una especie de hojas al estilo de las palmetas que rematan en uve y con forma de corazón.
Este tipo de canceles son muy característicos de edificios de esta época y su función era la de separar la zona del aula o nave de la del presbiterio.
Posiblemente a esta etapa corresponderían la parte de los alzados que se conservan realizados en sillarejo.
Irían sobre los restos de sillería de la etapa anterior, aunque el alzado de la fachada se realizaría íntegramente en sillería, probablemente reutilizando materiales anteriores.
Creemos que se trataría de un templo dedicado al culto cristiano, en concreto, por la construcción de un ábside cerrado por un cancel de mármol cuya funcionalidad se relaciona con la separación del aula y del presbiterio, como conservamos en diversas iglesias realizadas en este período.
Para fechar esta etapa constructiva nos hemos basado en los bajorrelieves conservados, que son de similares características a un capitel reutilizado como sillar en San Martiño de Pazó 9 y que ha sido fechado en el s. VII.
Por otro lado, las representaciones de los grupos de danzantes conservados en los relieves presentan características similares, en el peinado y atuendo, a los de las figuras de reyes representadas en las monedas acuñadas desde finales del s. VI (Leovigildo) hasta finales del s. VII.
pp. s. VIII) En este momento se llevan a cabo reformas que afectan a la totalidad del edificio, planta, alzado y cubierta.
Las más significativas son: la construcción de un piso superior, el retraimiento de la fachada para la construcción de un pórtico y la reforma en la cubierta, que en este momento sabemos que es abovedada.
8 La descripción corresponde a la columna de la nave norte, por ser la que se encuentra en mejor estado de conservación.
De nuevo nos remitimos a nuestra Tesis de Licenciatura en la que hemos realizado una minuciosa descripción de estos elementos.
9 En la iglesia de San Martiño de Pazó (en Allariz, Ourense), existe un relieve en el que se representa una figura de similares características, tanto estilísticas como técnicas, con alguno de los bajorrelieves de Santa Eulalia de Bóveda.
Realizado en un sillar granítico compacto, se muestra una figura masculina en actitud de orar, o al menos con los brazos alzados a modo de plegaria.
Está ataviado con una túnica corta y rodeado por una serie de elementos redondeados, identificados con hojas.
El edificio se reformaría significativamente con la construcción de un segundo piso, al cual se accedería desde el ábside visigodo.
Se amplían los pies del monumento con la construcción de un muro de contención semicircular para albergar unas escaleras de caracol de acceso al segundo piso.
Por otro lado, se construye un pórtico in antis abovedado.
Se retrae la fachada anterior 1,47 m., quedando reducidas las dimensiones del aula en 6,55 m. en su eje E-W.
Se reforma también el pavimento de esta zona, conservando parte del anterior en los 1,47 m. de retraimiento de la fachada, y construyendo un nuevo enlosado de granito ligeramente elevado en la superficie donde se construye la fachada del pórtico.
En el interior, se pavimenta la parte central con placas de mármol.
Posiblemente esta pavimentación se extendería desde la puerta de entrada del edificio hasta la zona del ábside, en donde se localizó una inscripción de mármol colocada con el campo epigráfico al revés 10, lo que demuestra que se colocó con posterioridad a la construcción del pavimento de granito, reutilizando para ello material de etapas anteriores.
Alzados fachada y pórtico.
En este momento la fachada anterior (recordemos que de época visigoda) se desmonta y se retrae 1,47 m hacia el Oeste, siendo remontada y decorada además con el conjunto de bajorrelieves recolocados ahora de manera arbitraria.
En ésta se abren dos vanos rectangulares rematados por dos triángulos de descarga en sillería granítica.
Creemos que ésta sería la fachada que llega 10 Se trata de una inscripción realizada en mármol, y cuyas letras están pintadas en rojo.
Fue descubierta durante las labores de excavación llevadas a cabo por Chamoso Lamas (CHAMOSO LAMAS, 1952) en el monumento en 1947, y su interpretación ha supuesto un gran problema para los autores que se han ocupado de su estudio (ARES VÁZQUEZ, 1963VÁZQUEZ,,1984;;ARIAS VILAS, LE ROUX, TRANOY, 1979).
Para más información nos remitimos a nuestra Tesis de Licenciatura anteriormente citada.
A la izquierda: reformas sobre la planta del Edificio II de Santa Eulalia de Bóveda; a la derecha: reconstrucción hipotética de la planta del Edificio III de Santa Eulalia de Bóveda hasta nuestros días, exceptuando una pequeña reforma que veremos en la etapa siguiente.
El hecho de que ahora ésta apoye sobre el pavimento y no se imbrique con él ni con los muros laterales del edificio anterior, corrobora esta hipótesis.
Por otro lado el pavimento conservado entre esta fachada y la exterior del pórtico es de similares características al conservado en el interior del edificio.
Se construye, además, una fachada en el pórtico compuesta por dos columnas exentas en la parte central y dos paredones a cada lado de las mismas, formando unos pilastrones que enmarcan la fachada anterior.
Para esta nueva construcción se reutilizan materiales anteriores: las molduras acanaladas a modo de zócalo y los bajorrelieves visigodos.
El piso superior se construiría en este momento, al que se accedería desde el ábside visigodo por una escalera de caracol; se abre un vano rectangular, de 1,26 m. de ancho por 2,40 m. de alto por 1,20 m. de profundidad, en la pared Oeste del ábside para caja de escaleras.
Este hecho obliga a ampliar los pies del edificio, construyendo un muro semicircular donde se alojarían las escaleras.
Posiblemente los peldaños de las escaleras reutilicen materiales de épocas anteriores, tal y como lo demuestra la estela empleada como primer peldaño de la misma11.
Probablemente en este momento se pierda el cancel que cerraba el ábside visigodo, abandonando éste la función que tenía en época visigoda y pasando a ser un mero lugar de tránsito de acceso al piso superior.
Alzados Norte y Sur del aula.
En este momento se modifica la parte superior de los alzados Norte y Sur de las naves laterales.
En estos muros conservamos la siguiente secuencia constructiva: sillería en la parte inferior, sillarejo sobre ésta, aparejo de ladrillo sobre el sillarejo, moldura horizontal de mármol, y nuevamente ladrillo sobre ésta.
Los tres últimos elementos (ladrillo-moldura de mármol-ladrillo) corresponderían a este período e irían revestidos.
Es necesario señalar la presencia de dos hornacinas en las naves laterales realizadas en materiales diferentes: la de la nave Sur en ladrillo rejuntado con argamasa (muy parecida al opus latericium romano); la de la nave Norte en sillarejo tomado con argamasa (mampostería granítica) y coronada por un dintel rectangular realizado en granito.
Sobre ambas hornacinas y a una altura de 1,97 m. con respecto al pavimento, aparece un friso de mármol de 0,04 m. de ancho que recorre, de forma interrumpida, todos los alzados del monumento.
Por lo que respecta a la cubrición del interior del edificio se trata de una bóveda de cañón que posiblemente sea la que llega hasta la actualidad.
En el pórtico se practica una solución idéntica que conforma un espacio abovedado en la zona de los pilastrones.
De este segundo piso no podemos asegurar nada ya que sólo se conserva parte del alzado de un muro (alzado Norte), que muestra una ventana rectangular de pequeñas dimensiones y restos de pintura.
Este muro presenta una fábrica en sillarejo y opus latericium.
Se conservan tres canecillos prerrománicos que corresponderían al remate de algún alzado del piso superior.
Probablemente su planta haya sido similar a la conservada en el edificio inferior.
Podría seguir dedicándose a culto cristiano, teniendo en cuenta el testamento de Odoario donde se menciona a Santa Eulalia como in Mera Ecclesiam Eloiae Altae, aunque probablemente los oficios se realicen ahora en el piso superior quedando la planta inferior como acceso a éste.
Para la datación de este período nos hemos basado en el documento conservado del testamento de Odoario, fechado en el año 734 ó 747.
En este testamento se contemplan las reformas llevadas a cabo (bajo el reinado de Alfonso II) en varias iglesias lucenses y entre ellas cita la reforma de Santa Eulalia de Bóveda, aunque no especifica qué tipo de reforma se practicó.
Lógicamente ésta tendría que ser anterior a la fecha del testamento, por lo que hemos datado esta reforma a principios del s. VIII.
Las reformas llevadas a cabo en este período no afectarían a la planta ni alzados del edificio; es un momento de embellecimiento practicando cambios que no afectan a partes estructurales del monumento.
Es en esta etapa cuando se lleva a cabo la decoración pictórica del interior, aunque es necesario matizar que podrían existir subetapas en las que intervendrían diferentes artistas como se puede comprobar en las diferencias existentes dentro del programa iconográfico.
Las únicas reformas que afectarían a los alzados del edificio son, por un lado, la obturación de los vanos triangulares del interior de la fachada Este; por otro, la cons-trucción de cuatro falsos enjarjes y, finalmente, la decoración del arco de herradura de ingreso al aula con un alfiz mozárabe.
a) Interior del edificio
En esta etapa se construyen cuatro falsos enjarjes12 adosados al interior de la fachada principal (alzado Este), a la altura de las ventanas, y al muro testero (alzado Oeste), a los lados del ábside.
Por este motivo, en el interior se tapian los vanos triangulares de descarga con mampostería revestida de estuco.
Creemos que la función de estos falsos enjarjes sería la de separar diferentes campos temáticos en las pinturas que se ejecutan en este período en la bóveda, los arranques de la misma, las sesgas, así como en estos falsos enjarjes.
Éstos se decoran con temas acordes al resto de la decoración pictórica del interior del monumento, igual o muy similar a la de Santullano (San Julián de los Prados, Oviedo).
Por ello creemos que se ejecutarían en el mismo momento que las pinturas del interior, ya que son un elemento decorativo que separa campos temáticos.
b) Fachada Este del aula
Se remodela la fachada, decorando el arco de herradura visigodo con un alfiz típico mozárabe con decoración de ataurique.
Creemos que seguiría tratándose de un edificio dedicado al culto cristiano, como podemos deducir del texto que comentamos a continuación en el que se cita Santa Eulalia como in Mera Ecclesiam Eloiae Altae.
Según Núñez Rodríguez (NÚÑEZ RODRIGUEZ, 1978: 131-138), existe una Carta de Donación del 897 hecha por Alfonso III a la Diócesis de Lugo, en la que figura in Mera Ecclesiam Eloiae Altae, en la que se mencionan reformas interiores en la iglesia.
Este hecho, unido a la similitud existente entre las pinturas de Santa Eulalia de Bóveda y las de Santullano, nos permite fechar las reformas de esta época a finales del s. IX, dentro del perrománico asturiano.
A la izquierda: reformas sobre la planta del Edificio III de Santa Eulalia de Bóveda: a la derecha: reconstrucción hipotética de la planta del Edificio IV de Santa Eulalia de Bóveda 5.
Edificio V. Etapa contemporánea En el s. XX se llevan a cabo distintas reformas y restauraciones en el edificio que hemos identificado como un único período, aunque respondan a expertos diferentes.
Destacaremos las llevadas a cabo por López Martí -primer arqueólogo que excava el edificio-; las de Chamoso Lamas -quien creemos modifica sustancialmente la planta del edificio-y las restauraciones llevadas a cabo a finales del siglo pasado por arquitectos como González Trigo y Gallego Jorreto, obras que no sólo afectan al alzado y planta del edificio sino también a las pinturas.
López Martí 13 ejecutó numerosas reformas que afectaron al aspecto original del edificio.
Restauró la cubierta, que en el momento de la excavación se encontraba destruida, cubriéndola con hormigón.
También eliminó la escalera de acceso al segundo piso construida en época de Odoario.
Seguramente la ubicación actual de las tres columnas que flanquean la piscina, se corresponda también a este período.
Asimismo construyó el cierre Este del edificio, compuesto por un gran vestíbulo con una escalinata de acceso.
Las otras grandes reformas llevadas cabo en el edificio se deben a la intervención de Chamoso Lamas, quien comenzó su trabajo en Santa Eulalia de Bóveda en 1947.
Se concentró en demostrar que el edificio fue un Ninfeo de época romana.
Levantó el pavimento de mármol, localizando la presunta «piscina» y una de las canaletas que integran el sistema de canalización situada bajo el pavimento del edificio.
Después de haber realizado un exhaustivo análisis en la «piscina», existe una serie de datos que nos llevan a pensar que no es romana y que probablemente se construya en este momento.
Por un lado, sus dimensiones son irregulares; no está realizada en ningún tipo de material impermeable empleado en época romana para la realización de este tipo de construcciones.
Su pavimento es de losas de granito y fragmentos de losas de mármol, entre las que se puede identificar lo que parece ser el umbral de una puerta.
Por otro lado, sus alzados son diferentes entre sí: los este y oeste están realizados a partir de sillares graníticos rematados con molduras 13 Estas reformas pueden cotejarse en sus memorias y en publicaciones de autores posteriores.
A la izquierda: reformas contemporáneas sobre la planta del Edificio IV de Santa Eulalia de Bóveda; a la derecha: planta del Edificio V (actual) de Santa Eulalia de Bóveda muy similares a las de las cornisas del pórtico, y, además las de la «piscina» presentan diferencias entre ellas; los alzados norte y sur presentan mampostería irregular de pequeño tamaño asentada a hueso.
Creemos, por tanto, que se estaría reutilizando material para la construcción de la piscina de épocas anteriores -como las placas de mármol-que podrían pertenecer al pavimento levantado previamente, o la losa de granito que posiblemente sea un umbral.
Actualmente contamos con otros datos que avalan de alguna manera la sospecha sobre la autenticidad de esta piscina.
Consultando las memorias de excavación de Rosa Gimeno García-Lomas14, con los datos recogidos en el artículo publicado por Chamoso Lamas (CHAMOSO LAMAS, 1952:231-251), hemos comprobado la similitud entre la estratigrafía que describe Rosa Gimeno en aquellas partes del edificio que son excavadas por ella por primera vez, con los filtros de la piscina que describe Chamoso 15.
Pero además de las diferentes intervenciones arqueológicas es necesario destacar los numerosos programas de restauración practicados en el edificio que han contribuido a variar de alguna manera su aspecto original.
Entre las obras de restauración cabe destacar la efectuada por el arquitecto González Trigo -en la década de los años 70con el fin de preservar las pinturas del interior del templo.
Su obra consistió fundamentalmente en la construcción de la cámara bufa de ventilación del edificio.
Atendiendo al orden cronológico de estas reformas hay que destacar las de Gallego Jorreto16 -en la década de los años 90-ya que ha sido en su plan de restauración en donde se enmarcan las excavaciones arqueológicas realizadas por Rosa Gimeno y que ya se han comentado a lo largo de este trabajo.
Teniendo en cuenta las Reconstrucciones hipotéticas expuestas anteriormente trataremos de ofrecer una ordenación secuencial de los distintos elementos que hemos aislado e identificado para organizarlos posteriormente en un diagrama.
Fachada: analizaremos aquí la fachada Este del edificio en la que podemos identificar dos etapas:
Fachada retraída y remontada en época de Odoario.
Apertura de dos vanos a cada lado de la portada.
Obturación de los vanos triangulares de descarga y colocación de un alfiz mozárabe.
Pórtico: este elemento se construye en época de Odoario reutilizando materiales constructivos y decorativos visigodos y romanos.
Apertura de huecos para ventilación.
Construcción de un vestíbulo con escalinata de acceso de época contemporánea que cierra el pórtico.
Paramentos de los alzados Norte y Sur del edificio.
Dentro de éstos podemos identificar tres tipologías constructivas distintas.
Sillería granítica en la parte inferior de los paramentos.
Posiblemente son los restos de la construcción romana sobre los que se levantan los edificios posteriores.
Sillarejo sobre la sillería anterior, creemos que corresponde al período visigodo.
Mampostería a base de cascotes y ladrillos tomados con argamasa, separados a media altura por una faja de mármol.
Creemos que corresponderían al momento de construcción del segundo piso y la bóveda, reformando parte de los alzados para imbricar ésta.
Serían de época de Odoario.
Ábside: aunque el ábside se construye en un único período es reformado en épocas posteriores.
Construcción del ábside en época visigoda en el que se reutilizaría material constructivo de época romana.
En la base está realizado en sillería granítica y en la parte superior en sillarejo.
Apertura de un vano rectangular en la pared Este del ábside y construcción de una escalinata de acceso a un segundo piso en época de Odoario.
Eliminación de la escalera y tapiado del vano en el siglo XX.
Bóveda de cañón interior: creemos que este elemento se construye en época de Odoario, momento en que se realiza un segundo piso y se reforma la cubrición del piso inferior.
Construcción de la bóveda.
Estucado y pinturas de la bóveda, en época asturiana.
Edificio Superior: como hemos visto su construcción dataría de época de Odoario.
Construcción del segundo piso.
Reformas en el segundo piso en el siglo XX.
Pavimento: como hemos visto, el pavimento de Santa Eulalia de Bóveda se conserva desde época romana casi en la totalidad del edificio aunque también ha sufrido diversas reformas.
Pavimento enlosado en mármol en la parte central del edificio en época de Odoario.
Pavimento del pórtico en losas de granito correspondiente a época de Odoario.
Levantamiento del pavimento de mármol en el siglo XX.
Enlosado del vestíbulo que cierra el pórtico en el siglo XX.
Estucado y pinturas de los muros del testero y la cara interior de la fachada.
Datarían de la misma época que las pinturas de la bóveda, Prerrománico asturiano.
Restos de los falsos enjarjes.
Creemos que se realizarían en el mismo momento en el que se decora la bóveda con pinturas y serían un elemento decorativo que delimita diferentes campos pictóricos.
«Piscina» su construcción dataría de época contemporánea. |
El trabajo pasa revista a los datos provistos por recientes excavaciones, en su mayoría inéditas, concernientes a tipos de arquitectura doméstica altomedieval documentadas en la región de Madrid.
El empleo de materiales de construcción disponibles en el entorno inmediato de los asentamientos marca importantes diferencias entre territorios a veces muy próximos.
Pero incluso en contextos como éstos, caracterizados por una significativa autosuficiencia y el «recurso a ciclos productivos simplificados» (AZKARATE, QUIRÓS, 2001: 53), se advierte un acceso y utilización diferencial de materiales que podría constituir un cierto indicador de formas de desigualdad en el seno de las comunidades.
El panorama que ofrecen las excavaciones llevadas a cabo en el territorio de la Comunidad de Madrid durante estos últimos años, sobre todo por lo que respecta al poblamiento rural de época altomedieval, abre nuevas perspectivas en relación a la posibilidad de un estudio global de las comunidades campesinas: a la organización de sus procesos productivos, a su estructuración interna (espacial o social) e incluso a los aspectos ideológicos o políticos que subyacen en su desarrollo histórico.
A un ritmo acelerado se están identificando nuevos yacimientos con evidencias de fórmulas arquitectónicas basadas en el empleo mayoritario de materiales perecederos o que recurren de forma casi exclusiva a los disponibles en el entorno inmediato del asentamiento.
No cabe duda de que este fenómeno se relaciona con soluciones autoconstructivas por parte de las entidades familiares.
Como en todo campo nuevo de análisis, el ensayo de interpretación de los primeros casos documentados de arquitectura doméstica rural de época visigoda en el Sur de Madrid (VIGIL-ESCALERA, 2000) chocó con el sesgo derivado del reducido tamaño muestral de lo que entonces podían parecer casos aislados y fuera de la norma.
En la actualidad, y tras los primeros trabajos de síntesis y replanteamiento (AZKARATE, QUIRÓS, 2001), nos encontramos en mejor disposición para saber hasta dónde llega nuestro (des)conocimiento del fenómeno y sus implicaciones.
Frente a los esfuerzos clasificatorios exhaustivos del repertorio casuístico a escala continental (VALENTI, FRON-ZA, 1997), en estas líneas propondremos como alternativa más modesta de aproximación el intento de delimitación de algunas variantes del registro a escala regional o comarcal.
Esbozaremos además unas reflexiones sobre cómo las variables observadas en cuanto al empleo y selección de materiales puedan constituir indicadores de desigualdad en contextos sociales aparentemente bastante homogéneos.
CONSTRUCCIONES «DE SUPERFICIE» Y ESTRUCTURAS EXCAVADAS
De acuerdo al cada vez mayor número de yacimientos excavados y de los datos disponibles, parece pertinente reconocer la posible existencia de una cierta dualidad (o diferencia conceptual original) entre las construcciones de uso residencial o auxiliar (no específicamente de almacenamiento) levantadas a nivel del suelo o «de superficie» y las que cuentan con suelos rehundidos intencionalmente o fondos excavados hasta una notable profundidad (PEYTREMANN, 1995) 1.
A medida que aumenta el repertorio tipológico se advierte cada vez una mayor frecuencia, sin embargo, de tipos «mixtos» en el seno de esta última categoría, con lo que, a la postre, el criterio delimitador básico sería el establecido entre las edificaciones sobre zócalo pétreo provistas mayoritariamente de cubiertas de teja y el resto, diseñadas en función de cubiertas más ligeras, en materiales perecederos.
Los asentamientos altomedievales excavados (ss.
V-IX d.C.) que disponen de registro arqueológico con construcciones de superficie en la región de Madrid (Gózquez, La Huelga, El Pelícano, La Vega o los poblados serranos2 ) nos muestran edificaciones provistas de zócalos de piedra sin concertar ni apenas desbastar, alzados preferentemente en tapial y cubiertas de teja curva.
Los zócalos casi no presentan zanja de cimentación, o lo hacen de forma muy somera, y no se advierte el uso de morteros ni la existencia de pavimentos que no sean de tierra apisonada o el propio firme geológico regularizado.
La existencia de este tipo de edificaciones se sospecha en otros tantos yacimientos, aunque no hayan podido ser documentados por causas relacionadas con la erosión superficial del terreno y pérdida de estratificación original3.
La documentación disponible acerca de edificios con zócalos de piedra muestra la posible coexistencia de dos modelos principales que se repiten de forma regular en diferentes yacimientos: la unidad de edificación de planta rectangular (EPR), a veces con una división interna en dos ambientes (en bastantes casos aparecen unidades yuxtapuestas), y la de planta compleja (EPC, con tres o cuatro ambientes diferenciados), en la que el rasgo más llamativo es la presencia de una habitación rectangular alargada y estrecha cerrando uno de los lados y una posible especialización funcional de los diversos ambientes.
En la figura 1 se advierte la notable similitud entre plantas de construcciones de ambos tipos documentadas en los poblados rurales madrileños de Gózquez y El Pelícano.
Sería reiterativo enumerar los yacimientos en los que se documentan edificios del tipo sencillo (EPR) y su amplia dispersión geográfica.
En Madrid destacaremos los ejemplos de Navalvillar, La Vega, Gózquez y El Pelícano, y en el resto de la península los casos de El Tolmo (GUTIÉRREZ, 1999: 78 y Fig. 5) o El Cañal (STORCH, 1997).
Asociados a ambos se registran de forma esporádica espacios cercados en torno a la unidad residencial.
Construcciones de suelo rehundido
o fondo excavado La adaptación a las condiciones regionales de clima continental bastante extremo (autorregulación térmica) y la sencilla excavabilidad del subsuelo determinan la frecuencia con la que se documentan estructuras de este tipo en amplias zonas del territorio madrileño.
La mayor o menor disponibilidad de materiales pétreos conduce igualmente al empleo de los alzados de tierra (tapial) para las casas y del entramado vegetal con revoco de barro en las cabañas de las comarcas sedimentarias, mientras que se observa una utilización preferente y casi exclusiva de la mampostería (coincidente con la ausencia de estructuras de suelo excavado) en las zonas serranas.
A escala regional, el panorama más reciente ofrece datos cada vez más abundantes de poblados con estructuras de suelo rehundido en los terrenos de la Fig. 1.
Edificios de planta rectangular sencilla (EPR) y de planta compleja (EPC) documentados en dos yacimientos madrileños cuenca sedimentaria o en las vegas de los ríos.
La zona serrana, en la que abunda la piedra, resulta mucho peor conocida, aunque parece lógico que se reduzca el número de casos de estructuras excavadas (o simplemente desaparezcan) a expensas de una utilización masiva de la piedra como material constructivo.
Las escasas evidencias acerca de los materiales empleados en la construcción de alzados y cubiertas suelen derivar del hallazgo de estratos de aspecto «de piel de leopardo» sobre los niveles de suelo o abandono, estratos formados seguramente a partir de la descomposición de entramados vegetales con manteados de arcilla.
El uso de tablas o madera se deja entrever a partir de las formas de algunas fosas de esquinas en ángulos vivos en las que además es más abundante la identificación de huellas de postes en los extremos axiales.
Las formas mixtas, en las que se recurre al empleo de zócalos o muros de mampostería desde el interior de estructuras excavadas, cada vez se documentan con mayor frecuencia.
Normalmente aparece sólo una de las paredes de la fosa forrada con piedras, y en algún caso puede pensarse en la posibilidad de que se trate del zócalo de un muro sustentante al que se asociarían postes en otras partes de la cabaña.
En algunas intervenciones muy recientes (El Pelícano, en Arroyomolinos, con trabajos de campo en curso a junio de 2003) ha sido posible, además, documentar cabañas construidas con zanjas perimetrales que engloban a estructuras más simples.
Las características de los casos documentados, asociados a fondos rehundidos en su interior e incluso a formas mixtas (fosas con una pared forrada de piedra), invitan a pensar que este tipo de construcciones fueron más frecuentes de lo que su aparición en el registro tiende a indicar.
De nuevo son procesos tafonómicos y metodológicos los que condicionan la representación de tipos en un catálogo.
En el caso ilustrado, la planta completa de una cabaña queda dividida en dos ambientes: uno con roza o zanjita perimetral y huella de estructura de fondo rehundido rectangular en su interior, el otro de formato casi cuadrangular, bastante rehundido y con muro o zócalo de piedra en la pared medianera, al interior de la fosa.
La disposición general del conjunto resulta muy similar a la de uno de los ejemplos vitorianos (AZKARATE, QUIRÓS, 2001: Fig. 4.2), aunque en este caso, el perímetro queda marcado por agujeros de poste.
VARIABLES MATERIALES, CONSIDERACIONES SOCIALES
El recurso preferente y casi exclusivo a los materiales disponibles en el entorno inmediato parece ir aparejado a soluciones autoconstructivas (sin que medien artesanos especializados) a lo largo de todo este periodo, al menos en ámbito rural.
Y es en este contexto en el que el «valor» de los materiales puede configurarse como factor determinante en la ubicación de un determinado yacimiento a la vez que testimonio acerca de las diferencias económicas o de recursos de un individuo o familia dentro de una comunidad.
Y para comprender mejor a lo que nos referimos por el «valor» de los materiales, nada mejor que exponer un par de casos.
En La Indiana (Pinto) pudo comprobarse el saqueo altomedieval de una construcción de época altoimperial romana por medio de trincheras de expoliación y el uso sistemático de sus ruinas como cantera de piedra y quizás teja.
En este caso resulta claro que no se pudo dar una reutilización de espacios abandonados (puesto que hay un abandono persistente y continuo del lugar durante casi tres siglos entre ambas ocupaciones), fenómeno que puede no verse con tanta nitidez en muchos otros yacimientos con fases tardorromanas.
Resultaría interesante comprobar hasta qué punto el fenómeno no pocas veces descrito de reocupación de una villa romana por un cementerio o poblado de época visigoda no esconde en realidad la elección del lugar en función de la disponibilidad de materiales de construcción reaprovechables por el nuevo asentamiento.
En el yacimiento de Gózquez (San Martín de la Vega), todos los edificios con zócalo de piedra documentados pertenecen a las últimas fases de ocupación del asentamiento, pero también es cierto que existen edificios «en sombra», señalados por sutiles trincheras de planta ortogonal que delimitan restos de estratificación horizontal y podrían estar testimoniando una reutilización sistemática y exhaustiva de materiales pétreos y cerámicos procedentes de construcciones amortizadas, de modo que cada nueva edificación borra casi completamente las huellas de las preexistentes.
En el análisis de cada yacimiento singular, es precisamente la cuestión relativa a la efectiva variabilidad documentada en los materiales empleados en la construcción y su capacidad de ofrecernos un diagnóstico acerca de la capacidad económica diferencial del grupo o familia involu- crado en esa determinada construcción el ámbito en el que deben resolverse gran parte de las contradicciones y complejidades observadas, más allá de intentos de clasificación que, a la postre, pueden no tener más que un valor puramente coyuntural o casuístico.
De acuerdo a la entrevista ordenación familiar de la ocupación en los poblados, la delimitación de desigualdades en el seno de las comunidades rurales debe dirigirse hacia un doble objetivo: la de las diferencias existentes entre los miembros de una determinada agrupación familiar (por razones de edad, género o incluso condición social) y la que podría haber existido entre grupos o familias y comunidades vecinas.
Cuando a partir del siglo VII d.C. casi desaparecen los bienes personales del interior de las sepulturas, el modo en que se construyen éstas o los materiales empleados permiten intuir un acceso diferencial a recursos cuya explicación o interpretación no debería sustraerse al análisis de las desigualdades sociales.
Dirijamos ahora, pues, el discurso en torno a dos universos paralelos y cada vez mejor definidos a nivel arqueológico en el panorama madrileño: los cementerios de comunidades y los de tipo familiar.
El análisis de éstos últimos permitirá adentrarnos en las desigualdades existentes en el seno de las entidades familiares; el estudio de los grandes cementerios de poblados podría dar pautas al respecto de las desigualdades entre familias a la escala del asentamiento.
En la vega del Jarama se han documentado asentamientos de carácter unifamiliar (La Huelga, en Barajas-Madrid, o Quintano, en Mejorada) y otros pertenecientes a comunidades plurifamiliares.
Con cronologías que podrían abarcar desde mediados del siglo VIII d.C. hasta el siglo X, los cementerios familiares demuestran una amplia variabilidad de tipos constructivos y de materiales.
El caso de La Huelga sería en ese punto sintomático: de las ocho sepulturas documentadas, prácticamente coetáneas según el estudio preliminar (VIGIL-ESCALERA, e.p.), cuatro pertenecen a individuos infantiles, las otras a jóvenes o adultos.
Pues bien, una de las infantiles dispone de cubierta de tejas completas seleccionadas al efecto (incluso por su color) y una de las de adulto tiene la cubierta construida con grandes lajas de piedra.
Ambos son recursos caros y escasos, y la piedra ha debido traerse desde una distancia de varios kilómetros.
El resto de las tumbas presentan cubiertas de tabla de madera u otro producto perecedero.
Considerando su práctica coetaneidad, las particularidades observadas (si optásemos por no atribuirlas al simple azar de los acontecimientos) habrían de responder necesariamente a variaciones en la consideración personal de los difuntos en el seno de la familia.
Por la otra vertiente, la de los grandes cementerios de poblados con ocupación plurisecular, las fases avanzadas (del siglo VII d.C. en adelante) presentan no ya sólo graves problemas de reconocimiento y datación (CONTRERAS, VIGIL-ESCALERA, e.p.) sino de indeterminación en general.
Pero la ausencia de bienes personales que acompañen al difunto puede suplirse parcialmente a partir de la efectiva variabilidad de tipos constructivos y por los materiales utilizados en la construcción (la inversión efectiva amortizada en la parte del sepelio que pervive en el registro arqueológico).
De este modo vemos cómo en las sepulturas más humildes, las fosas simples se cubren con tabla de madera mientras que las más costosas hacen una utilización profusa de grandes lajas de piedra en paredes, solados y cubierta, tratando de emular en lo posible los sarcófagos monolíticos de los estamentos más poderosos de la sociedad y la época.
El análisis de las desigualdades sociales a partir del registro arqueológico proporcionado por estos cementerios pasará, no obstante, por la discriminación en términos espaciales de las agrupaciones familiares o estamentales establecidas en el interior de los recintos de enterramiento, asunto de enorme complejidad y al que tal vez sólo la determinación del parentesco a través del análisis del ADN pueda aportar datos de calidad en el futuro.
Ante la falta casi absoluta de elementos de ostentación o «prestigio» asociados a la mayor parte de los enterramientos, el valor de los materiales utilizados en la construcción de las tumbas podría constituir una prueba circunstancial acerca de la capacidad económica de la familia del difunto o de su consideración social en el seno de la comunidad.
Otro tanto podría decirse del análisis en clave social de los asentamientos (de cuya primera revisión sorprende siempre una llamativa homogeneidad a escala interfamiliar) y en el que habrán de emplearse esfuerzos suplementarios a nivel metodológico e interpretativo si pretendemos optar a un conocimiento que supere el discurso meramente descriptivo. |
La torre banderiza es uno de los más relevantes elementos del patrimonio construido vasco.
Diseminados por toda la geografía de la comunidad autónoma, se pueden encontrar ejemplos representativos de este tipo arquitectónico, característico de una convulsa etapa que se prolongó algo más allá del período de crisis bajomedieval (siglos XIV-XVI).
Este trabajo pretende por un lado formular una propuesta interpretativa sistémica e integradora que, partiendo del análisis estratigráfico de las fábricas, muestre el peso específico de esta construcción como elemento de gestión de los recursos del territorio.
Pero sobre todo, en las siguientes líneas se hace una decidida apuesta por una forma de entender la investigación histórico-arqueológica.
EL SISTEMA ARQUITECTÓNICO BANDERIZO (S.A.B.).
CONTEXTOS Y ELEMENTOS BÁSICOS
Contexto geográfico: el medio como activo En las diversas ocasiones en que nos hemos enfrentado al estudio arqueológico de una torre o casa-fuerte -por más que nuestra intención inicial fuera conocer la evolución constructiva de un edificio concreto-inevitablemente nos hemos visto en la necesidad de volver nuestra mirada hacia el entorno geográfico circundante.
Con la experiencia acumulada hemos ido aceptando una realidad que se nos imponía tenazmente: es imposible comprender un edificio sin prestar atención al entorno en que se enclava.
Tan imbricados están uno y otro que -de no mediar esa arraigada tradición que distingue netamente la arquitectura como uno de tantos artificios humanos-no parecería equivocado percibir aquella como otro producto más de la tierra, un fruto procedente del mismo sustrato geológico y labrado por el mismo clima, acaso vivo.
Esta idea ecosistémica -que aúna lo construido por la naturaleza con lo construido por el hombre-no es ilusoria, como de hecho el arqueólogo comprueba cotidianamente cuando se enfrenta al estudio de un elemento de la cultura material.
Desde los propios materiales utilizados para elevar muros, hasta el emplazamiento escogido para la ubicación de una construcción, todo el edificio está condicionado por las posibilidades que ofrece su medio ambiente.
No obstante, si queremos comprender lo edificado, no podemos guiarnos por una suerte de determinismo natural.
Lo verdaderamente interesante consiste en el conocimiento de la dialéctica que se establece entre una sociedad y el entorno del que depende.
Antes de comenzar con nuestra exposición, señalaremos algunas de las claves sobre las que se cimienta nuestra forma de entender el territorio bajomedieval.
Con ellas, trataremos de esbozar un marco conceptual que nos permita desarrollar nuestro discurso posterior:
Espacio polisémico: El espacio actúa al mismo tiempo como soporte, como medio geográfico, como recurso y como medio de producción.
Creemos que la distinción de estas funciones permite una mayor operatividad del análisis histórico puesto que facilita la caracterización de los diversos agentes sociales que han intervenido en la producción del espacio, concretando su papel y permitiendo una mejor definición de las estrategias que los impulsan (SÁNCHEZ, 1991: 8).
Espacio heterogéneo: Los recursos naturales depositados en la superficie terrestre se encuentran repartidos de forma desigual.
Esa heterogeneidad en la distribución de los recursos es un motivador de estrategias de apropiación y/o control, así como causa de conflicto entre grupos sociales o entre unidades geopolíticas.
Promueve la circulación y del intercambio de bienes, pues las carencias de un territo-rio tienden a suplirse con los excedentes procedentes de otro (SÁNCHEZ, 1991: 73-74).
En sentido abstracto, el espacio físico natural propiamente dicho podría concebirse como un hecho material independiente del ser humano.
Sin embargo, se convierte en un espacio socializado desde el momento en que aquél precisa del espacio geográfico, se sirve de él y lo transforma.
El marco físico que tomaremos como referencia a lo largo de este artículo será el de la Comunidad Autónoma del País Vasco, pues ha sido éste el contexto administrativo en el que, básicamente, venimos desarrollando nuestra actividad investigadora.
No obstante, el fenómeno de la crisis bajomedieval -y la generalización de la conflictividad ligada a ella-no entiende de límites geopolíticos actuales, y por ello creemos que el ejemplo del espacio vasco podría ser extrapolable a los ámbitos geográficos limítrofes.
Contexto histórico: la crisis bajomedieval
Entre los investigadores que estudian la sociedad vasca bajomedieval y la conflictividad inherente a la misma, existe un amplio acuerdo en torno a un fenómeno de carácter troncal: el recrudecimiento de las luchas banderizas coincide con aquel período en que el grupo socialmente dominante -vale decir en nuestro caso, el de los parientes mayores-se enfrenta a crecientes dificultades para mantener su nivel de rentas (DÍAZ DE DURANA, 1998: 41).
Y a pesar de que el debate historiográfico al respecto se preocupa por diversas temáticas, una cuestión emerge constantemente en todos los análisis: la crisis bajomedieval -sea cual fuere su expresión social final-tiene origen en problemas de índole económica, los cuales incluso han sido conceptualizados como «primera crisis del feudalismo».
Hace algunos años G. Bois (2001: 74-82) esbozó un esquema con los principales rasgos sintomáticos de aquella depresión, a saber: un radical hundimiento demográfico, una acusada caída de la producción agrícola y el descenso de la producción industrial.
Para este autor, guerra, peste y demás coyunturas catastróficas, sólo serían factores secundarios, consecuencias más que causas, aunque sin duda mecanismos amplificadores de la hecatombe.
La crisis sería una compleja conjunción de procesos: por un lado, el desplome demográfico que produjo una disminución de efectivos humanos para el trabajo de la tierra -obligando al abandono de las parcelas de terreno cultivado más periféricas-; por otro, la crisis de la producción industrial, que se tradujo en una patente deslocalización de la actividad artesana, la cual invirtió su tendencia de concentración en ámbito urbano, por una mayor dispersión territorial.
Sin embargo, subyaciendo en los fenómenos descritos, reside aún su causa última, la que Bois denomina como «deflación de larga duración».
Un lento proceso que consistió en una paulatina contracción de la demanda y un deshinchamiento de la especulación inmobiliaria: «La presión demográfica y la escasez de tierras disponibles habían hecho sentir sus efectos.
Sobre las parcelas más recientemente establecidas a censo, los señores habían exigido pagos más elevados.
Lo mismo sucedía con el precio de la tierra y el montante de los arrendamientos, lo que había contribuido, dicho sea de paso, a la elevación de los precios agrícolas.
Este movimiento no podía continuar indefinidamente ya que no era socialmente soportable» (BOIS, 2001:106).
La crisis, como todo proceso, es poliédrica, presenta múltiples caras.
Así la aludida deflación, al tiempo que destruía, creaba, transformaba.
No sería equivocado pensar que, tras una prolongada crisis en que la población se había reducido a la tercera parte, la configuración de nuevas formas de explotación agrícola o ganadera no podía sino beneficiarse de la mayor disponibilidad de espacio, favoreciendo el ensayo de nuevas fórmulas de apropiación del territorio.
No todas ellas subsistirían en el tiempo, algunas desaparecerían, pero otras tuvieron la capacidad de adecuarse a las circunstancias del nuevo despegue de la economía europea en la segunda mitad del siglo XV.
Este es el contexto económico en el cual, volviendo al objeto que centra nuestro estudio, evoluciona la torre o casa-fuerte, que desde principios del siglo XIV hasta bien entrado el siglo XVI, será uno de los elementos distintivos -sin duda, clave funcional-de un complejo sistema de apropiación, control y administración del territorio modelado sobre la dinámica socio-política generada por los parientes mayores, también conocidos como los señores de la tierra 1 (LEMA PUEYO et al., 2000).
Las bases materiales del S.A.B
El objeto de este artículo -como venimos señalando-es la torre, porque el conjunto de estudios arqueológicos que realizamos se centraron inicialmente en el análisis estratigráfico de sus fábricas, aunque rápidamente se enfocaron hacia el conocimiento contextual del fenómeno.
Las preguntas sin respuesta eran tantas que resultaba casi imposible sustraerse al impulso natural de ensayar nuevas formas de explicación de un proceso complejo.
Un impulso que sin embargo no era gratuito, como explicaremos en los últimos epígrafes de este artículo.
Una vez conocido el panorama historiográfico -o al menos una parte relevante del mismo-, a la impresión general de que prácticamente todas las cuestiones importantes han sido ya tratadas, se opone otra que percibe que no todas las piezas del puzzle se encuentran bien ubicadas, que la de la estructura es precisamente la ausencia más acusada.
Desde nuestro punto de vista, la historiografía medievalista ha tratado a la torre como un elemento casi siempre escenográfico -reduciendo prácticamente todo su significado al de residencia fortificada del pariente mayor-; sólo en escasas ocasiones se ha percibido la necesidad de dedicarle un tratamiento monográfico.
Con la argumentación que a continuación se expondrá, no pretendemos convertir la torre banderiza en el elemento central, único y principal protagonista de la crisis bajomedieval en el País Vasco.
Sencillamente, trataremos de justificar su trascendencia como elemento infraestructural, faceta en la cual la torre destaca notablemente como instrumento clave en la vertebración del espacio productivo que será familiar al pariente mayor.
El tratamiento recibido por este tipo edificatorio por parte de la Arquitectura y la Historia del Arte ha sido, en contraste, bastante exhaustivo (YRIZAR, 1929; YBARRA BER-GÉ, GARMENDIA, 1946; AVELLO, 1991; JIMÉNEZ, 1993; ORELLA UNZUÉ, ESTÉVEZ, 1996; PALACIOS, 2001; GONZÁ-LEZ CEMBELLÍN, 2002), alcanzando algunas obras monográficas dimensiones verdaderamente monumentales.
Entre ellas destaca el conocido estudio realizado por M. Portilla hace un cuarto de siglo sobre las torres alavesas, en cuyo capítulo introductorio se encuentra a nuestro juicio una de las mejores síntesis que se pueden leer sobre el tema, a pesar del tiempo discurrido (PORTILLA, 1978), y la recentísima obra de J.M. González Cembellín (2005) que únicamente 1 A lo largo del texto venimos refiriéndonos al pariente mayor de muy diversas formas -noble, señor, banderizo, etc.-; conviene aclarar que estamos tratando todas las expresiones como sinónimas, aunque somos conscientes que una mayor profundización en la cuestión semántica requeriría un tratamiento diferenciado.
Esquema sintético de las principales relaciones sistémicas que mantienen las células productivas que quedan bajo el dominio de la torre pudimos consultar cuando nuestro artículo estaba ya finalizado.
Esta obra es, sin duda alguna, la más completa y actualizada de cuantas se han publicado hasta la fecha y constituirá durante tiempo una referencia obligada para cuantos estén interesados en el tema.
Dudamos, en su momento, sobre la conveniencia de modificar o no este artículo (incluso de darlo a conocer) tras la lectura del magnífico estudio de González Cembellín.
Finalmente decidimos seguir con la idea inicial, incorporando únicamente algunas reflexiones sobre determinados puntos ya tratados por este autor y que, en nuestra opinión, pueden ser objeto de enfoques complementarios.
Seguimos pensando que el detalle de las investigaciones llevadas a cabo desde la perspectiva propia de la Arqueología de la Arquitectura -con la lectura estratigráfica de alzados y el análisis cronotipológico como herramientas operativas-está poniendo de relieve, al menos en las casas-fuertes que hemos analizado, la necesidad de replantear algunos de nuestros conocimientos acerca de estas construcciones.
Quede claro, no obstante, que este trabajo no es un review article sobre el estudio de González Cembellín sino, sencillamente, una propuesta analítica sobre las casas-torre a la que se han incorporado algunas consideraciones de última hora (presentadas a modo de cuadros independientes).
En el segundo número de esta revista, se presentaron algunos de los resultados obtenidos durante el estudio arqueológico de la torre de Murga en Álava (GARCÍA GÓMEZ, 2003: 131-138).
En aquella ocasión el esfuerzo se centró en el análisis del edificio en sí, es decir, se trataba de explicar cómo era constructivamente y en cómo se articulaba su espacio al interior.
Pues bien, en este artículo trataremos de dar un salto en la escala de nuestra observación, considerando la torre dentro de un sistema construido compuesto por diversos edificios, que definen un contexto fuera del cual la casa-fuerte no tiene razón de ser.
En este sentido, queremos recalcar la necesidad de comprender que -como ya se trató de mostrar en el estudio de Murga-del mismo modo que la torre es un contenedor, un proceso que alberga procesos (FERNÁNDEZ-GALIANO, 1991: 24), a su vez ella misma es un proceso que funciona sistémicamente en unión a otras construcciones/procesos.
Ese complejo construido, compuesto por tipos diversos de edificios -cada uno con su funcionalidad característica-conformaría la infraestructura edificada sobre la que se asentaría el sistema de producción controlado por el pariente mayor.
Esta última idea nos parece fundamental.
Si bien los historiadores que han profundizado en lo que se conoce como «las bases materiales del poder de los Parientes Mayores» principalmente J.R. Díaz de Durana (1998: 235-260;2000: 45-73) y A.F. Dacosta (2002: 43-64;2003: 95-112)-han aportado datos clave para el conocimiento de las fuentes de renta de los linajes banderizos, sus intereses se han circunscrito al conocimiento de los flujos de la riqueza y en la reflexión sobre el recurso natural explotado en cada caso (bosque, tierras de cereal, seles, etc.), en los casos en que se han preocupado del patrimonio inmueble, éste es considerado sólo en su faceta de bien raíz, como un pasivo, mientras que en las ocasiones en que se considera un edificio como activo -el molino o la iglesia de patronato-su papel queda esquematizado como mero vehículo del proceso de generación de riqueza.
Que esto sea así, en nuestra opinión tiene que ver ante todo con la naturaleza de las fuentes documentales.
La atención, en efecto, que en la documentación escrita se presta a los elementos construidos es mínima.
Sin embargo, desde un enfoque arqueológico, la torre es memoria de sí misma, una memoria organizada sistémicamente.
La información se encuentra acumulada dentro de la fábrica en forma de estratos.
Como decíamos recientemente (AZKARATE, LASAGABASTER, e.p.) es con el método estratigráfico con el que podemos luchar contra las zonas de penumbra de la memoria petrificada, contra la apariencia de la homogeneidad absoluta y contra la casi inevitable tentación de considerar a los edificios como modelos congelados en el tiempo.
Pero -del mismo modo que la estratificación no es sólo el resultado de la suma de las partes sino que tiene un sentido conjunto, sistémico, que es en definitiva el edificio en sí-, a una escala superior, ese edificio debe ser considerado como una parte más dentro de un sistema construido compuesto por un grupo de edificios que funcionan unitariamente.
Así, torre, molino, iglesia de patronato, ferrería, puente, etc., a partir del nexo común que suponen el territorio y las vías de comunicación, constituyeron en la Baja Edad Media una realidad compacta, tan vívida y materialmente reconocible como la propia torre2.
Para ayudar a la comprensión de las hipótesis que se proponen en este trabajo, creemos obligado insistir en la necesidad de la búsqueda de nuevos horizontes teóricos.
Sendas que muchos de los historiadores que tratan la lucha de bandos o las casas-torre, vienen recorriendo desde hace algunos años -al menos de forma implícita en sus estudios-, pero que aún no parecen suficientemente afianzadas.
A nuestro juicio, el bagaje historiográfico y la información documental acumulada es tal, que una mayor recopilación de datos no redundará en la mejora de los conocimientos si no se intensifica el debate en torno a la metodología de las investigaciones que llevamos a cabo.
En esta línea, planteamos la utilidad del enfoque sistémico frente a las visiones de tipo mecanicista.
Por distintas razones, la visión de tipo mecanicista ha sido -y es-la predominante en los estudios realizados sobre la torre bajomedieval, todos caracterizados principalmente por seguir rígidos esquemas del tipo «causa-efecto».
En ellos, la torre es considerada instrumentalmente como la consecuencia de una coyuntura histórica, no se concibe que tenga un papel activo en la reproducción del sistema social o en el modelado del contexto histórico.
Este tipo de discurso -profundamente arraigado en la tradición historiográfica vasca-puede tener su origen en la propia naturaleza de la documentación en la que se basa: como sabemos, a pesar de la relativa riqueza de menciones, el fenómeno construido de la torre es considerado sólo de forma marginal en el registro escrito.
No ha sido diferente el tratamiento desde disciplinas como la Arquitectura o la Historia del Arte, pues aunque se han interesado por la calidad monumental de este tipo de edificios -concentrándose en el estudio de sus características estéticas y estilístico/formales-, éstas raramente han considerado la materialidad de la torre como un contenedor de información histórica, por lo que se han remitido al documento escrito como fuente básica, desembocando de nuevo en el esquema «causa-efecto», donde la torre es sólo un producto.
El enfoque sistémico que propugnamos en este artículo, sin rechazar la idea de que la torre es una de las consecuencias de una sociedad militarizada, resalta la retroalimentación -o feedback-como constante que caracteriza la relación entre sociedad y edificio: entendiendo que la torre también actúa como sujeto agente en el modelado del territorio y que, por lo tanto, contribuye en la gestación de un tipo concreto de sociedad militarizada.
Según F. Capra (1998: 57) «en la visión mecanicista, el mundo es una colección de objetos.
Éstos por supuesto, interactúan y aquí y allá aparecen relaciones entre ellos, pero estas son secundarias.
En la visión sistémica vemos que los objetos en sí mismos son redes de relaciones inmersos en redes mayores.
Para el pensador sistémico las relaciones son prioritarias.
Las fronteras entre patrones discernibles ("objetos") son secundarias».
Hasta mediados del siglo XX, las explicaciones del fenómeno de la lucha de bandos y la erección de las torres con-Cuadro 1 Perspectiva sistémica vs. visión mecanicista en el estudio de las torres Brevemente en las líneas que siguen, y tomando como punto de partida los trabajos ya señalados de Díaz de Durana, rastrearemos algunas de las fuentes de riqueza del Pariente Mayor, haciendo especial hincapié en las características de los elementos de la infraestructura construida en que se basan.
Más adelante, expondremos la forma en que interactúan los citados elementos al conformar un sistema arquitectónico.
No es nuestra pretensión insistir en exceso en la descripción de cada uno de los edificios y su funcionalidad por tratarse de cuestiones sobradamente conocidas.
Creemos, sin embargo, que es conveniente destacar algunas características de aquellos, pues constatan su inevitable encadenamiento al resto del sistema.
En 1378, a su muerte, Fernán Pérez de Ayala -uno de los principales Parientes Mayores del solar vasco-hace donación de los bienes inmuebles que posee en el lugar de Quejana para la fundación de un convento de monjas de la Orden de Santo Domingo.
Entre el patrimonio donado se encuentran la torre banderiza con su palacio -casa madre del linaje de los Ayala-, algunas heredades y sernas en Arceniega, tierras en Ibaizábal, diversos patronatos sobre iglesias como la de Abecia en Urcabustaiz, y varios molinos en Arceniega, Salmantón, Ibaizábal y Cigoitia (PORTILLA, 1988: 15).
Para el análisis sistémico que proponemos, este acto testamentario resulta especialmente interesante por dos cuestiones.
En primer lugar, porque ofrece una imagen prototípica, con algunos de los bienes inmuebles que caracterizan distintivamente el paisaje del pariente mayor.
En segundo lugar, porque expresa cómo en la mente de aquel señor existe realmente una consciencia sistémica del patrimonio inmobiliario poseído.
Por ello, para la fundación monástica no se considera suficiente la segregación de un único inmueble -que podría ser la torre-sino que se ve como lógica y natural la donación de un conjunto compacto de bienes raíces y edificios cuya explotación garantizará los recursos económicos sufi-cientes para el mantenimiento de la congregación y del recinto que la acoge.
No se traspasan por lo tanto elementos arquitectónicos individualmente; lo que se dona es un paquete completo, cuya concepción unitaria no se fija en el instante del acto de donación sino antes, durante el proceso de formación del patrimonio familiar a lo largo del tiempo.
sideraban el territorio -el espacio-como un objeto más de su descripción (A); de entonces a la actualidad, el territorio ha sido considerado, con matices, el soporte del patrimonio inmueble del pariente mayor, y también de las rutas comerciales por las que éste tanto parece interesarse (B).
En nuestra opinión, aún no ha sido adecuadamente estudiada su función clave -al menos en lo que se refiere al tema que tratamos-: el territorio como vehículo de relaciones espaciales (C).
Si, como señala Capra, las relaciones son prioritarias para el conocimiento de un sistema, para nosotros deberá ser un objetivo prioritario conocer el nexo espacial/territorial, pues sólo en la medida en que seamos capaces de probar que existe efectivamente una co-nexión física de algún tipo, estaremos en disposición de hablar con propiedad de un S.A.B.
Estamos persuadidos de la existencia del S.A.B. Éste, estaría compuesto por la torre donde habita el señor, a la que se sumarían distintas combinaciones de los siguientes elementos: molino, ferrería, iglesia de patronato, puente o portal.
Nuestra convicción surge de la hipótesis de que la relación espacial entre los distintos componentes del sistema no se cimienta en la inmediatez del emplazamiento de aquellos con respecto a la torre, sino en la accesibilidad o conectividad potencial a través de la red viaria, independientemente de la cercanía con respecto a la casa-torre del pariente mayor.
Centrémonos por ahora en aquellos molinos de los sitios de Arceniega, Salmantón y los otros: La ubicación de éstos en la mayor parte de los casos coincide con el entorno próximo de la torre banderiza que dominaban los Ayala en Quejana -un radio de menos de 8 km-.
Pero el de la inmediatez espacial no era requisito imprescindible pues, como comprobamos, el molino de Cigoitia se encontraba 32 km distante3.
Efectivamente, las posesiones del pariente mayor podían emplazarse inmediatamente junto a su torre, pero esto no sucedía en todos los casos.
Como explicaremos más adelante, si bien podía considerarse una ventaja añadida contar con la proximidad del edificio fuerte de la familia, esta no era una conditio sine que non para la erección de un molino.
El control de un molino desde la fortaleza señorial era clave, porque además permitía una importante cuota de dominio sobre un cauce fluvial determinado.
Al respecto, podemos traer a colación el caso de un molino situado en las cercanías de Vitoria, en Abechuco.
Citaremos directamente nuestra fuente: «De las propiedades de los Iruñas en Abechuco habla la orden del consejo de Castilla y León dirigida, con emplazamiento, a dicho Don Andrés Martínez y a su hijo Don Martín en 1493, disponiendo que consintiesen a Don Diego Martínez de Álava pasar el agua de la presa de un molino que los Iruñas tenían en Abechuco a otro molino que Don Diego había edificado aguas debajo de dicha presa» (PORTILLA, 1978: 985).
El de los Iruña era uno de los principales linajes banderizos en la Llanada Alavesa, el cual poseía un molino en el cauce del Zadorra, cuya presa retenía el caudal, en modo que las ruedas situadas aguas abajo no podían aprovecharse del mismo.
Aquí encontramos ejemplificado uno de los modos de control del territorio de que disponía el pariente mayor: la gestión privativa mediante el represado del recurso hídrico.
«En el monopolio de la energía hidráulica se asentarán las bases del molino feudal», determinaba R. Martí (1988: 171).
La posibilidad de administrar el proceso de la molienda mediante una explotación en propiedad, convertía al señor no sólo en el principal beneficiario de los pagos por el usufructo de aquella sino también -y sobre todo-en un privilegiado gestor del ciclo productivo cerealista.
Este resorte de poder sobre la producción le permitía marcar los ritmos y flujos que influirían en aspectos fundamentales de la economía bajomedieval, como la cantidad de cereal destinada a la panificación para el alimento humano, la cantidad reservada como simiente para próximas cosechas o sencillamente -en un contexto en el que lo habitual es el pago en especie-el reforzamiento del dominio fiscal.
Como iremos observando, la forma en que el pariente mayor controla el territorio no se distingue por la demarcación de un espacio más o menos extenso, definido por un limite concreto por todos conocido: no es el control de una parcela extensa del soporte espacial lo que otorga el poder efectivo al señor -quedando todo proceso productivo en él contenido bajo su dominio indiscutiblesino que lo obtiene mediante un control de ciertos puntos neurálgicos dispersos en el medio geográfico.
Esta precisión nos parece importante, porque a la postre nos sitúa ante una evidencia sustancial: es el S.A.B. uno de los nexos entre sociedad y territorio más evidentes o, dicho de otro modo, uno de los instrumentos que permiten la organización de éste último.
En los nodos claves del territorio, siempre según las posibilidades tecnológicas del momento, acaba apareciendo un tipo edificado que se especializa en la explotación de los recursos que allí confluyen.
Estas infraestructuras actúan como un diafragma, regulando los inputs y los outputs propios de cada ciclo productivo.
La ferrería, como el molino -en la medida en que se basan en mecanismos motores análogos que necesitan también del represado de aguas-, servía también como gestor de la energía hidráulica disponible.
Ello nos permite hacer una observación que creemos digna de ser tenida en cuenta, pues podemos percibir cómo al compartir el mismo recurso, ambos elementos infraestructurales son dependientes entre sí.
Una alteración que afectase a uno de los ciclos productivos más directamente implicados -sobre todo los del cereal y del hierro-repercutiría considerablemente en los otros.
Desde nuestro punto de vista, esta íntima conexión de los distintos ciclos, pudo ser uno de los factores que aconsejara la especialización productiva de la vertiente cantábrica del País Vasco en la actividad ferrona, mientras que la vertiente mediterránea se concentraba en la producción cerealista.
Incluso, creemos posible que dentro de los intereses geoestratégicos del pariente mayor, la necesidad de armonizar la actividad ferrería/molino, primara sobre otros condicionantes naturales aparentemente más evidentes -disponibilidad de una mayor masa boscosa, mayor caudal de los cursos fluviales-.
Veamos algún dato documental:
«Yo he sido informado y sé de cierto que a causa de la dicha herrería y del procedimiento de ella los montes altos de la dha hermandad y Sierra de Gorveia se destruían y de tal manera y en tanta manera que se destruía el pasto y el pan y la grana de los dichos montes, y a causa de esto se despoblara la tierra por no tener con que surtirse sus ganados así de labranza como de cría y porque a mi me es más útil y provechoso sostener la dha población de los dhos lugares que sois mis vasallos, que no que se me despoble la dha tierra, y es más provechoso para mi casa y estado tener poblada mi tierra y vasallos de que más me sirvo y me pagaba alcabalas y otros derechos y tributos» (IBAÑEZ, TORRECILLA, ZABALA, 1992: 143).
Este texto se extrae de la escritura de venta de la ferrería de Almadian (Cigoitia) que otorgó Diego Hurtado de Mendoza en 1516, quien no fue él único pariente mayor en preferir la eliminación de alguna de las explotaciones ferronas en pie en tierras alavesas aún en el siglo XV.
De modo análogo actuaría Martín de Abendaño cuando en esas mismas fechas decidió el derribo de su ferrería en Villarreal.
Esta reconversión tardía del sector se insertaba en una dinámica más amplia que podemos remontar a los primeros años del siglo XIV, siendo uno de sus hitos imprescindibles la orden dictada en 1332 por Alfonso XI, prohibiendo expresamente la construcción de ferrerías en el espacio alavés.
Como consecuencia, el territorio donde se ubicaron las primeras explotaciones documentadas del ámbito vasco -siglo IX-perdió su primacía en el sector (GARCÍA DE CORTÁ-ZAR, MONTERO: 271-273).
Pasemos ahora a tratar otro aspecto destacable de este tipo de explotación.
El ciclo productivo del hierro ha estado siempre determinado por la elevada temperatura necesaria para que tuviera lugar la fusión, pero sabemos que en épocas preindustriales ese nivel de calor no era técnicamen-te alcanzable, por lo que el tratamiento para la transformación del mineral consistía en una sucesión de complicados procesos que permitían alcanzar unos niveles de pureza aceptables (MANNONI, GIANNICHEDDA, 2003: 111-114).
La ferrería era un gran consumidor de madera, por encima de la construcción o de la industria naval.
Esta demanda alteraba numerosos ciclos productivos que compartían la explotación del recurso.
En una visión no-sistémica de la producción ferrona, la factoría sólo es elemento dependiente en la relación madera/ferrería, un esquema donde la escasez de materia prima determinaría la pervivencia o no de este tipo de explotación: pero la relación entre los elementos de un sistema rara vez es unidireccional.
Desde nuestra perspectiva, una vez edificada una ferrería en un punto favorable del medio, la suerte de ésta no se encuentra únicamente determinada por la evolución natural de los recursos boscosos de su entorno, sino que su existencia produce transformaciones en el tejido socio-económico que tienden, a su vez, a garantizar su subsistencia: el edificio debe ser entendido no sólo como un producto del sistema, pues genera comportamientos y coadyuva estrategias de control que remodelan constantemente el propio sistema.
El Fuero de Ferrerías de Vizcaya, en 1440, protegía todo este sistema de explotación, amparando el transporte del material antes y después de su elaboración, castigando la quema de los montes o concediendo a los ferrones -esto es clave-la posibilidad de utilizar los bosques comunales (GARCÍA DE CORTÁZAR, MONTERO, 1999: 276-277).
La iglesia de patronato
Sin rueda ni mecanismo alguno que nos permita identificarla como una factoría más en poder del pariente mayor, la iglesia de patronato fue también un elemento característico de la infraestructura arquitectónica sobre la que se basaba el modo de producción banderizo.
Como resulta evidente, algunas de sus especificidades lo convertían en una construcción del todo particular, pero su lógica funcional dentro del sistema nos muestra un tipo edificado con gran parecido a los anteriormente descritos.
Una de las similitudes se aprecia en la forma de obtener el derecho de patronato.
Según se disponía en las Siete Partidas de Alfonso X el Sabio: «...este derecho gana home por tres cosas: la una por el suelo que da en que se faga la iglesia: la segunda por facerla: la tercera por el heredamiento quel da que llaman dote...»
Como se colige de esta normativa, salvo que el patronato fuera heredado -pues podía ser legado como cualquier otro bien patrimonial de un linaje-su consecución estaba directamente relacionada con la dotación material necesaria para la elevación del edificio sagrado y su mantenimiento.
En tanto que responsable del mantenimiento material del culto en el templo apadrinado, el señor tenía derecho a quedarse con parte de los ingresos decimales, en una porción que solía oscilar entre la mitad y los tres cuartos del total de la imposición.
Este tipo de renta que -como en el caso del molino-se percibía en grano, permitía al pariente mayor disponer de un importante stock frumentario almacenado, del cual podía servirse en diverso modo: racio-Un cuidado especial debía recibir, sin embargo, una parte clave de la estructura del inmueble: el almacén.
Dejando a un lado los aspectos puramente religiosos, era la estructura que daba razón de ser a la iglesia en el contexto de la explotación de los recursos del territorio.
Silos, paneras y hórreos fueron las diferentes soluciones constructivas adoptadas, el lugar donde depositar las rentas decimales colectadas.
Construidas en madera o piedra, eran edificaciones anejas al templo que constaban de un soporte sobreelevado que proporcionaba un efectivo aislamiento de la humedad del suelo y de los roedores.
Puentes, portales, pasos y torres como
«puertas lógicas» 4 Habitualmente consideramos la torre o casa-fuerte como un elemento funcional por sí mismo; después de todo, no sería mucho más que la vivienda fortificada del señor, la cual -además de protección-le facilitaría el dominio sobre el medio circundante.
Sin embargo, como iremos viendo, la torre era sobre todo el centro de la coordinación productiva del linaje (DACOSTA, 2003: 305) y necesitaba del control efectivo de la infraestructura viaria para ejercer su potestad.
Para desarrollar este rol, raramente se bastaba por sí misma, necesitaba de otro elemento construido aledaño: el puente o el portal.
Estructuras que, por su íntima relación con la propia torre, deberían ser consideradas casi como una parte más de su fábrica, o al menos con una funcionalidad indisociable.
Sin embargo, la historiografía en raras ocasiones se ocupa de ellas.
Puentes y portales son considerados injustamente como elementos contingentes, cuando la realidad indica que -probablemente-son ellos los que hacen que la empresa de construcción de estas fortalezas sea algo rentable.
Como señalamos al inicio, el soporte geográfico no es homogéneo.
De hecho, la heterogeneidad de la orografía -expresada en cursos fluviales, valles, cordilleras, etc.-es el primer factor determinante en la configuración de las comunicaciones y de los flujos comerciales.
Desde siempre, el hombre se ha adaptado a ese patrón geográfico tanto para decidir el establecimiento de sus asentamientos como para establecer las rutas practicables para circular de un lado a otro (GONZÁLEZ MINUÉS, HOZ DÍAZ DE ALDA, 1991: 16).
A la par de esos recorridos que se afianzaban, fueron evolucionando diferentes formas de control de la infraestructura viaria.
En el contexto bajomedieval que nos ocupa, la torre podría considerarse como uno de los modos más extendidos de regulación de las comunicaciones.
La forma básica de este tipo de control consistió en la colocación de puntos fuertes en aquellos pasos -vados o puertos de montaña-que, dotados innatamente por la naturaleza, eran corredores de pasaje obligado.
Sin embargo, la construcción de cierto tipo de infraestructuras viarias -como los puentes-tendió a modificar, potenciar y condicionar la movilidad, estimulando el tráfico de ciertos trazados viarios que de otro modo habrían quedado relegados a un segundo o tercer plano.
El puente -precisamente porque facilitaba la superación del obstáculo fluvial-se convertía en un punto focal para la circulación.
La existencia de uno de estos hitos, producía un efecto de convergencia por el cual los diferentes tránsitos tendían a arracimarse: el control del puente era por lo tanto una de las alternativas más eficaces para alcanzar un dominio específico sobre el flujo comercial.
Sin duda la reparación de la red viaria era una cuestión de primer orden, tanto para la corona -recordemos a Alfonso X en sus Partidas reconociendo esta tarea de mantenimiento como una obligación de la monarquía-, como para los concejos de las diferentes poblaciones -que eran a la postre quienes soportaban el grueso de los costes-.
El esfuerzo económico que requiere la manutención de las infraestructuras sería el argumento que justificaba el cobro de tasas.
De nuevo se percibe la presencia del noble que directa, o indirectamente -haciendo uso de su influencia sobre los concejos-, trata de obtener un beneficio personal: «Mandamos que non se lleven ni cojan nin puedan llevar nin coger (...) el pontaje que se coge en Miranda por el conde de Salinas, salvo lo que antiguamente se acostumbro a coger e cogia por la dicha villa para el reparo de la puente, que es a blanca vieja por la bestia cargada e a media blanca por la vazia (...); e que los vezinos e moradores de la dicha villa sean syempre tenidos e obligados a reparar e thener todavía reparada la dicha puente, syn que se aya de echar nin coger otra ynpusiçion alguna para ello» (Mandamiento de los Reyes Católicos, dado en Vitoria en 1486: GONZÁLEZ MÍNGUEZ, HOZ DÍAZ DE ALDA, 1991: 131).
Los parientes mayores emplazaron la mayor parte de sus edificaciones fortificadas directamente sobre aquellos puntos donde un puente permitía cruzar un río.
Esto les permitía dominarlo y regular directamente la imposición de rentas por su utilización, amén de otros abusos constantemente denunciados por viajeros y comerciantes: «Algunos vezinos de Bitoria se me enbiaron querellar e dizen que algunos del dicho lugar que andan caminos que vien de Castiella a Nauarra e a otras partes con sus mercadorias (...) que salen a ellos omes poderosos de y de la tierra e otros omes que les toman e prenden forçadament lo que les fallan, contra su voluntad, deziendo que les den de cada bestia e azemila, çiertos dineros de guia que dizen que han de aver» (Orden de Pedro I, dada en Sevilla en 1358: GONZÁLEZ MÍNGUEZ, HOZ DÍAZ DE ALDA, 1991: 41).
Algo similar sucedía con el pago de portazgos en el momento de atravesar el cinturón amurallado de una villa.
De hecho, desde un punto de vista configuracional respecto del sistema considerado, el control por obturación5 que realizan las torres cuando se colocan junto a un puente no es distinto del que ejercen cuando se sitúan junto a los portales de las murallas; en ambos casos se crean sendas puertas lógicas que gestionan conmutativamente la circulación de la sabia comercial.
Los derechos por portazgo son inseparables del ámbito urbano y, en un principio, al igual que en el caso del pontazgo, son prerrogativa real aunque en la práctica se delegasen en potentados locales.
En este sentido, son conocidos numerosos casos, como el del portazgo de la fruta que entraba en Vitoria por el Portal de Arriaga que era privativo del linaje de los Mendoza en el siglo XIV (PORTILLA, 1978(PORTILLA,: 1071)).
La creación de uno de estos puestos pretendía, según se indica en las Partidas «mejorar algún lugar que esta muy pobre, e por ser el camino mas seguro o por otra razon semejante destas» y se fundamentaba jurídicamente en la protección que el rey otorgaba a cambio de la imposición.
Ciertamente, allí donde se establecía uno de estos puntos de control, la actividad comercial aumentaba muy considerablemente debido a que también en ellos debían converger obligatoriamente mercaderes y mercancías (GONZÁLEZ MÍNGUEZ, 1989: 146).
Pronto se convirtieron en uno de los atractivos característicos del ámbito urbano que, junto al propio mercado, captaron la atención del pariente mayor.
La torre, producto reproductor
En fin, molino, ferrería, iglesia de patronato, puente y portal, conforman junto a la torre, la infraestructura básica de la que se sirve el pariente mayor para el control del territorio, dentro de una modalidad que hemos denominado control por obturación.
Cada uno de estos elementos cuenta con un principio activo esencial, que le asigna un papel concreto dentro del esquema de explotación de los recursos naturales, pero los citados elementos suponen poco por sí mismos, son segmentos interdependientes de una realidad que adquiere su verdadera dimensión sólo cuando se consideran en conjunto.
Dando un salto de escala, la imbricación estructural de cada una de estas construcciones genera una realidad cualitativamente más valiosa que no se puede entender como la mera adición de las partes: emerge el S.A.B.
De hecho, la aparición de un tipo como la torre se produce cuando el aludido sistema arquitectónico lleva ya algún tiempo evolucionando sobre el territorio, a la par que en el contexto sociopolítico se va afianzando la figura del pariente mayor, personaje destacado de la comunidad que trata de dominar unas infraestructuras que -de forma visiblemente eficaz-facilitan la obtención de un beneficio por la explotación del territorio.
Las fortalezas que hasta el siglo XIII habían escogido lo alto de los cerros para afianzar sus fábricas pierden importancia con respecto a aquellas que, desde entonces, comienzan a situarse en el fondo de los valles, junto a los cursos fluviales.
Ambos tipos de estructuras fortificadas convivirán sin embargo a lo largo de toda la Baja Edad Media; las primeras representando el poder real, y las segundas como expresión del poder emergente de la nobleza local.
Una duplicidad funcional que a fin de cuentas recaía en las mismas manos, pues era bastante habitual que el señor de una de aquellas torres situadas en las zonas bajas detentase el cargo de alcaide o similar en algún castillo adscrito a la corona: como es el caso de Pedro Ladrón de Guevara, alcaide del castillo de Ausa (LEMA PUEYO et al., 2000: 117).
A diferencia de las fortalezas en altura que controlaban -por así decir-en la distancia (GARCÍA CAMINO, 2002: 265-269), las torres se «pegaban» al camino para dominar las rutas comerciales desde «dentro».
Sintetizamos a continuación algunos datos cronológicos que pueden ser ilustrativos a la hora de comprender la emergencia del S.A.B. en relación a cada uno de sus componentes caracterizados por un proceso evolutivo singular: a) Iglesia de patronato: El origen del patronato laico de iglesias, puede en algunos casos remontarse al siglo XI, si bien será más patente en los siglos XIV y XV su concentración en manos de destacados linajes (LARREA, 2000: 14). b) Puentes, portales y caminos: La infraestructura viaria se robustece y densifica a partir del despegue comercial posterior a la crisis, durante el siglo XV.
No obstante, no se puede dejar de observar cómo el intercambio de lana castellana había potenciado una gran actividad mercantil que implicó -desde el siglo XIII-una reorientación de las rutas principales, prevaleciendo desde entonces las vías mercantiles con eje N-S (PORTILLA, 1978: 20). c) Torre: Las torres banderizas más antiguas se pueden remontar a los primeros años del siglo XIII, si bien la gran mayoría de ellas se edificaron a lo largo de los siglos XIV y XV (PORTILLA, 1978: 77). d) Molino: En el caso del molino hidráulico, aunque existen menciones ya en el siglo IX, la documentación parece retrasar las trazas del monopolio señorial sobre la molienda hasta el siglo XIV (MARTÍN, 2002: 19). e) Ferrería: Las primeras menciones de ferrerías se remontan también al siglo IX, pero los investigadores consideran arriesgado hablar de ferrerías hidráulicas en nuestro ámbito con anterioridad al siglo XIV (IBÁÑEZ, TORRECILLA, ZABALA, 1992: 138-140; DÍEZ DE SALAZAR, 1983: 65-66).
Evidentemente, el proceso de convergencia de los diferentes tipos constructivos encierra una complejidad mucho mayor que la asumible en un esquema sintético como éste.
Lo habitual es que cada uno de los elementos secuenciados vaya evolucionando de forma paralela -en una dialéctica permanente-hasta que ciertos vínculos se refuerzan lo suficiente como para cristalizar en un mismo cuerpo funcional como el S.A.B.
Una hipótesis sobre los orígenes: el endoparasitismo de los siglos XIII-XIV Con bastante anterioridad al desencadenamiento de la llamada crisis bajomedieval cristaliza dentro del sistema feudal el germen de lo que será el S.A.B. Entonces, si las fábricas de las primeras torres que se aproximan al fondo de los valles se remontan a principios del siglo XIII, ¿cómo se explica que exista un desfase de casi una centuria con respecto a la citada depresión del XIV?
Ante una cuestión con tantas implicaciones historiográficas, la necesidad de realizar nuevos estudios arqueológicos sobre este tipo construido se hace imperiosa, pues las dataciones existentes -basadas en criterios estilísticos y formales-requieren una confirmación.
No obstante, admitiendo los datos conocidos, debemos preguntarnos acerca de la razón de esa «prematura» aparición de las torres, un hecho no coyuntural, que debería ser adecuadamente encuadrado dentro de las dinámicas propias del sistema feudal.
Trataremos de sintetizar nuestra hipótesis en unas pocas frases.
Conocido es que el siglo XIII -sobre todo en su primera mitad-sigue disfrutando del florecimiento económico general: la expansión agrícola aún no ha alcanzado su techo de crecimiento, el pulso del comercio se mantiene pujante y el fenómeno urbano continúa su avance.
El sistema se muestra aún pletórico y, sin embargo, la aparición de la torre en este contexto no debemos considerarla una sorpresa.
Y. Barel, refiriéndose al fenómeno urbano, dio con una explicación que, en nuestra opinión, podría tener su analogía en la aparición del S.A.B. Dice así: «El sistema no es imaginado antes de ser creado.
Emerge clandestinamente en el seno de lo que en este caso es el régimen feudal.
Es, si se quiere, un aspecto de la reproducción de este sistema-receptor, una manifestación del hecho de que un sistema que se reproduce, reproduce, al mismo tiempo, algo diferente de sí mismo» (1981: 484-485).
Para nosotros, el sistema-receptor -vale decir el sistema feudal-generó en su seno diferentes alternativas de sí mismo.
En el ámbito vasco, una de ellas será evidentemente el sistema urbano y otra -que se enmarcará en la Baja Edad Media-será el sistema arquitectónico banderizo.
En su génesis ese sistema arquitectónico se define de forma muy básica.
Su primitiva configuración trata de aprovecharse de las fuentes de riqueza más evidentes: por un lado el excedente campesino captado por las organizaciones parroquiales y por otro el comercio.
Durante los siglos XI y XII -algo más tarde según las zonas-el diezmo se generaliza como una prestación obligatoria (LÓPEZ ALSINA, 2002: 453-455).
A partir de ese momento, los llamados «monasterios» empiezan a convertirse en objetivo del grupo señorial -sobre todo aquellos situados en los núcleos poblados de mayor tamaño, cuya economía contaba con una mayor fortaleza y estaban mejor conectados con las redes de comercio por encontrarse enclavados en espacios de baja cota-.
Precisamente en Bizkaia, se aprecia un proceso en el cual los feudales surgidos del propio período expansivo juegan un papel protagonista en la reorganización y concentración parroquial.
«A mediados del siglo XI esta aristocracia local había iniciado ya el asalto sistemático a las iglesias» (GARCÍA CAMINO, 2002: 355).
La pujanza del comercio fue otro de los factores que atrajo la mirada de los señores hacia las principales vías de comunicación -pensemos fundamentalmente en el comercio de la lana castellana-.
El fortalecimiento del sistema urbano obligó a la elaboración de nuevas estrategias de control del flujo comercial, la nobleza rural no estaba dispuesta a convertirse en mera espectadora del intercambio entre las villas.
Se hacía necesario un dominio intensivo del camino: la táctica más eficaz fue la privatización de los pasos clave de las vías de comunicación.
Al mismo tiempo, en torno a los caminos aumentaba el bandidaje.
Una actividad -generalizada en la segunda mitad de este siglo XIII-que aportaba importantes ingresos a las diferentes parentelas, amén de acrecentar su peso geoestratégico y político.
Obsérvese, por ejemplo, cómo el bandidaje fronterizo constatable en esas fechas en la franja oriental de Guipúzcoa (FERNÁNDEZ DE LARREA, 2000: 23) se vertebraba en torno a una de las principales rutas comerciales que atravesaba el territorio desde Irún hasta el túnel de San Adrián.
Esta práctica hubiera sido difícilmente sostenible sin la paulatina creación de una red de bases operativas enclavadas en puntos neurálgicos del territorio.
El S.A.B. estará compuesto originalmente por una serie de explotaciones heredadas de la pretérita configuración del dominio señorial, por una o más iglesias de patronato asimilado, y por una torre que -situada junto a esos puntos neurálgicos de la red viaria-controlara las rutas comerciales por obturación.
Como se puede comprobar, se trata de un sistema de apropiación económica que se despreocupa de participar en la creación de riqueza; su interés consiste en extraerla de los conductos comerciales cuyo principio motor -sin menospreciar la base agrícola del crecimiento-se ubica en el seno del sistema urbano.
Esta fórmula endoparasitaria -en tanto que actúa dentro del propio feudalismo-convive durante el siglo XIII con las formas clásicas de explotación feudal del territorio.
Su «éxito» -a nivel local, quizá otro de los factores desencadenantes de la crisis-se fundamentaba en su sencillez: el costo económico y la necesidad de apoyos sociales para la creación de un dispositivo de las características señaladas se reducía de forma drástica, mientras que -por contra-los beneficios económicos eran enormes.
LA TORRE EN SU MATERIALIDAD
Del genotipo-torre a los fenotipos-torre La torre es un edificio que se define esencialmente por su altura y sólo de forma secundaria por su fortaleza (GARCÍA GÓMEZ, 2003: 137), Un fragmento de una Real Provisión de Enrique IV nos servirá para ilustrar este extremo: «algunas torres e Casas fuertes e Llanas de la dicha provincia, quando fui a ella, les mandé derribar e allanar por que los dichos males e dapños que de ellas se facian e se cometian cesasen» (BAZÁN, 1998: 28).
Observemos cómo el verbo «allanar» está demarcando el nivel a partir del cual se puede hablar de casa fuerte/torre o de casa llana: parece que bastaba eliminar aquella porción excedente en altura para que la torre dejase de ser un objeto peligroso.
Esta observación nos pone ante una evidencia clave en la edificación de una torre: lo importante es alcanzar altura.
Un requisito que se podía cumplir de diversas formas, adecuando las necesidades a los recursos disponibles; no era obligado acudir a un material costoso como la piedra, pues bastaba elevar un edificio íntegramente de madera.
La abundante masa boscosa, el menor coste de la obtención y tratamiento de la materia prima influyó de forma decisiva para que se diese el fenómeno de la torre construida íntegramente en material lígneo.
En terminología de análisis configuracional podríamos decir que existió un genotipo de fortaleza banderiza -un concepto prototípico de la misma-al tiempo que se constatan múltiples fenotipos -es decir, diferentes formas de materialización física de aquella idea arquetípica-.
El genotipo-torre, se plasma en dos fenotipos fundamentales: el fenotipo-torre de madera y el fenotipo-torre de piedra (FER-NÁNDEZ-GALIANO, 1991: 86-90).
La torre según el modo de destruirla
Un análisis de las Bienandanzas e Fortunas de Lope García de Salazar resulta esclarecedor (MARÍN SÁNCHEZ, 2005).
Fijémonos en los verbos que utiliza este autor para referirse a la destrucción de un baluarte banderizo.
Cuatro son los utilizados con más frecuencia: quemar, talar, derribar y -eventualmente-derrocar: de un total de sesenta y cuatro referencias a destrucciones que se documentan entre los Libros XXII y XXV de la citada obra, treinta y siete utilizan la expresión «quemar», cuatro la de «derribar» mientras que se usan las dos conjuntamente en doce ocasiones.
Más raramente se habla de «talar», cuatro veces, y de «derrocar», una sola vez.
La quema debió ser la práctica más habitual.
Al ser la madera el componente principal de la torre, aquel era un modo sencillo de acabar rápidamente con la mayor parte del edificio.
Pero esta táctica no debía ser la óptima, pues -cuando se daban las condiciones necesarias-se prefería la tala, que permitía recuperar el material lígneo para la estructura de otros inmuebles.
Señala Enrique IV, ordenando ciertos desmoches; «que las construcciones sean derribadas e allanadas pero no sean quemadas por que los Dueños de ellas se puedan aprovechar de la madera e piedra de ellas para facer casas llanas en otras partes» (BAZÁN, 1998: 29).
Que incendiar fuera el método utilizado con mayor frecuencia, insiste en la idea de que el principal material combustible era la madera y por lo tanto el fundamento constructivo de las fortalezas de que se servía el pariente mayor.
Las constantes referencias en la documentación a estas «quemas» y el estudio de las torres que aún hoy se conservan nos demuestra que, a pesar de que el fenotipo conservado en la actualidad es el de la torre de piedra, su diseño tiene más que ver con el material lígneo y los principios de la carpintería de armar que con la cantería.
En este sentido podría afirmarse que las torres pétreas son herederas del fenotipo-torre de madera, aunque ambos tipos convivieran hasta el ocaso de los enfrentamientos.
El derribo -en una ocasión García de Salazar habla de derrocar-, suponía el desmontaje de la fábrica pétrea de una torre, tarea tremendamente costosa.
Según las dimensiones del torreón, y según el reaprovechamiento que se quisiera hacer del material lítico -para transformarlo en cal o para su uso en otro edificio-el esfuerzo necesario para arruinar o desmochar una fortaleza no debía ser mucho menor que el requerido para su construcción.
En nuestros análisis estratigráficos en torres hemos podido documentar dos reconstrucciones, una en la torre de Madariaga (Busturia, Bizkaia) y otra en la de Martiartu (Erandio, Bizkaia).
Cada caso presenta sus particularidades, pero ambas nos informan de la gravedad de los actos previos de desmantelamiento (GARCÍA GÓMEZ, SÁNCHEZ PIN- TO, 2003 y 2004).
Estratigráficamente, se distinguen en sus fábricas tres fases diferentes: una original -la primera torre que se construye en el emplazamiento-, una segunda de destrucción -que en Madariaga parece guardar las trazas de un verdadero desmoche-y una última de reedificación.
En el proceso de reconstrucción existió una dialéctica permanente entre la ruina -es decir los restos de la antigua arquitectura-y el nuevo proyecto constructivo.
Las obras de reedificación sólo pretendieron recuperar los valores que se suponían intrínsecos a una torre -altura y fortaleza-pero en esa pretensión se escogieron vías diferentes.
El punto de partida en los dos lugares fueron unas ruinas preexistentes, las cuales contenían aún algunas de las características de la primitiva edificación, a saber, una planta de determinada forma y dimensiones, y unos robustos muros de un grosor concreto.
Estas cualidades condicionarían la nueva construcción, pues en rarísimas ocasiones un artífice se planteaba empezar de cero en otro lugar cuando se disponía de un buen trabajo de cantería acumulado con todo el material ya colocado en un punto estratégico del territorio.
Las sociedades preindustriales estaban tan naturalmente dotadas para la optimización del esfuerzo humano en función de los medios disponibles que, esa misma cualidad, se convertía a la vez en un factor inercial.
No obstante, las circunstancias en que se produjeron los trabajos no fueron semejantes.
Esto se refleja perfecta-Torre de Madariaga (Busturia, Bizkaia).
La línea roja discontinua marca el límite de los dos tipos de fábrica documentados: la parte de abajo corresponde a la fase más antigua del edificio y la superior a una posterior reconstrucción de la torre Torre de Martiartu (Erandio, Bizkaia).
Claramente discernibles, los distintos tipos de aparejo del interior del edificio: a la izquierda, el perteneciente a la fase más antigua, a la derecha el de la reconstrucción Cuadro 2 El análisis estratigráfico Tratar de justificar la necesidad del análisis estratigráfico en arquitectura frente a otras aproximaciones en las que han sido predominantes criterios como el estilo, pudiera parecer un intento más de ahondar en la herida de las confrontaciones disciplinares.
No es ésta, sin embargo, nuestra intención.
La arquitectura tiene materialidad, ocupa un espacio y, normalmente, perdura en el tiempo.
Y esto que parece una obviedad, tiene su importancia a la hora de investigar en su historia sea desde la perspectiva que fuere, porque la materia y el tiempoespacio entretejen complejas relaciones renovadas permanentemente y que escapan al reduccionismo de las categorías formales.
Cierta materia ocupa determinado espacio en tal o cual transcurso del tiempo, en un proceso que con probabilidad se repite sobre el mismo espacio en tiempos distintos.
El resultado no es sino una memoria petrificada de manera muy compleja.
Para descubrir cómo esa materialidad se articula de forma ordenada en el tiempo debemos atender a su disposición en el espacio y, especialmente, a su relación contextual con otros materiales depositados en tiempos distintos.
Y es aquí donde apreciamos la enorme distancia que separa a las poten-cialidades del análisis estratigráfico sobre otras aproximaciones formales al uso.
Decir, por ejemplo, que las torres bajomedievales poseen tipología diversa y que pueden dividirse en «torres exentas», «torres-fortaleza» y «torres con palacio» no es sino describir la imagen final que de ellas ha llegado hasta nosotros.
Una imagen que refleja un tiempo (el nuestro) y que, sin embargo, puede estar ocultando una realidad que vivió tiempos muy distintos: ya nadie discute que un torre con palacio pudo haber sido antes una torre fortaleza y, antes aún, una torre exenta.
¿Cómo podemos superar este viejo problema?
Pues desacralizando el objeto, el monumento-fetiche, que no existe en sí mismo como un estilo congelado en el tiempo, sino como la materialización de una memoria histórica fragmentada que necesita previamente ser biográficamente restaurada.
Y restaurar significa devolver a los objetos su significado, el valor semántico que tuvieron en el pasado y ello sólo puede conseguirse contextualizándolos estratigráficamente, «porque -como se dice certeramente desde la psiquiatría-un recuerdo no se ofrece como un dato aislado, sino como componente de una Detalle de la estratigrafía de la Torre de Martiartu (Erandio, Bizkaia).
Hasta el momento, para el estudio de las torres, se había considerado el edificio como un todo monolítico, ignorando la complejidad estratigráfica que encierra cada ejemplar mente en las diferencias perceptibles entre el aparejo de los muros antiguos -en los dos torreones era sillarejo-y los que se emplearon con posterioridad.
En el caso de Martiartu las obras introdujeron considerables mejoras en el edificio, mientras que la calidad en Madariaga disminuyó.
Allí, el grosor de los muros aumentó, pasando del metro a los 2 metros, y se empleó un aparejo de sillería muy bien labrada y costosa, aunque del mismo tipo de piedra arenisca que en la fábrica antigua.
Aquí, un austero aparejo de mampostería caliza con una mínima utilización de la sillería para el reforzamiento necesario de los esquinales.
En definitiva, la desigualdad del esfuerzo humano, material y de tiempo empleado en el tajo, quedó impresa en la estratificación, siendo síntoma de los diferentes contextos en que se desarrollaron los trabajos.
Lope García de Salazar utiliza también diferentes sustantivos para referirse al edificio fortificado que va a ser destruido; el mayoritario es el de «casa» -en 35 ocasiones-, en 5 más se cita «casa fuerte», otro tanto se habla de «palacio» y también en 5 ocasiones se emplea específicamente «torre».
Pues bien, según las referencias analizadas, cualquiera de esos tipos era susceptible de someterse a alguno de los tres tratamientos -quema, talado o derribo-, salvo cuando se habla de una torre.
En este último caso no se da tal variabilidad, ya que la solución destructiva consiste casi siempre en el binomio quema y derribo; sólo en una oportunidad se indica el derribo.
No debe extrañarnos que el cronista prestara una atención especial a estos pormenores; estas destrucciones debían ser algo tan natural y consubstancial al enfrentamiento banderizo que García de Salazar no podía sino registrarlas en sus detalles, de forma prácticamente inconsciente.
Lo dicho nos sugiere que, a ojos de éste, la torre se distinguía del resto por sus muros perimetrales de piedra, a pesar de que el cadalso y la estructura interior fueran de madera.
Casas, casas-fuertes y palacios debían caracterizarse también por su aspecto fortificado, aunque la gran diferencia entre ellos radicaría en el empleo mayoritario de la madera.
La torre según el modo de construirla
La documentación y los cronistas, salvo casos excepcionales -como veremos para la torre de Berna-, se preocupan bastante poco por la descripción o tratamiento de los aspectos constructivos de la torre, por lo que en la mayor parte de las ocasiones se hace necesario recurrir a análisis cuantitativos como el realizado más arriba.
Al contrario, el estudio arqueológico de la estratificación de estos edificios, está aportando un importante volumen de datos que nos aproximan a su realidad material (DOMÍNGUEZ, SÁNCHEZ ZUFIAURRE, 2001).
En las excavaciones que hemos llevado a cabo en el interior de varios de estos inmuebles -concretamente en los casos de las torres de Murga (Álava), Martiartu y Madariaga (Bizkaia)-se ha podido comprobar cómo las fábricas se asientan directamente sobre la roca, sin mediar elaborados de cimentación.
Esto nos indica que uno de los factores que más debía pesar en la elección del emplazamiento -además de las consideraciones geoestratégicasera el de la propia solidez del terreno donde se proyectaba la construcción: una mayor cota de afloración del sustrato rocoso era una garantía de solidez y permitía además economizar en el trabajo de excavación.
El planteamiento de una buena cimentación era un problema nada sencillo, no tanto por su ejecución, sino porque requería de cálculo, y de unos conocimientos poseídos sólo por los artífices especializados.
estructura contextual»1, quedando como un estrato.
El estudio de la mente, por lo tanto, de nuestra memoria, no puede ser sino estratigráfico.
Y otro tanto ocurre con el conocimiento y conservación de nuestro patrimonio arquitectónico.
Y aquí es donde entra en acción el análisis arqueológico.
No es casual que los pensadores contemporáneos más relevantes hayan recurrido al concepto de «arqueología» para ejemplificar la naturaleza y alcance de algunas de sus propuestas.
Se ha dicho, en este sentido, que M. Foucault, por ejemplo, sin duda uno de los filósofos contemporáneos más importantes, fue «un arqueólogo (es decir) alguien que escrutaba, que leía... bajo el suelo aparentemente liso y sin texturas de nuestra lógica», tratando de descubrir las «profundas estructuras» del conocimiento.
La disciplina arqueológica trabaja, básicamente, sobre testimonios materiales, sobre retazos de memoria conservados por su propia durabilidad.
Estos fragmentos de pasado, aunque aparentemente arrojados al caos de la descomposición, ocupan un espacio que en su articulación ha apresado -materializándolo-el transcurso del tiempo.
Es decir, el devenir, el transcurso del tiempo queda como mágicamente apresado en los restos materiales fosilizados.
Y esos restos, esos retazos de memoria, únicamente pueden ser reordenados diacrónicamente mediante el análisis de sus relaciones de anteroposterioridad.
No a través de analogismos formales (como se ha pretendido reiteradamente), sino a través del análisis estratigráfico.
Otro factor a tener en cuenta, debió ser la distancia con respecto a la cantera donde se obtendría el material pétreo.
El coste del acarreo podía encarecer desproporcionadamente cualquier empresa arquitectónica, hasta el punto de hacerla impracticable.
Por ello, en todos los casos estudiados se observa cómo la litología de la fábrica de la torre, denota siempre un origen local.
En otras palabras, se trabajaba con lo que estaba a mano 6.
Comparado con la erección de un castillo en altura, la elevación de una casa-fuerte requería un menor esfuerzo constructivo.
No obstante, en términos relativos, la reunión de una cuadrilla de albañiles -a los que había que mantener-y la consecución de un cierto volumen de materia prima -que tenía que ser trasladada, trabajada, puesta en obra, etc.-no puede considerarse una tarea sencilla.
Emprender una empresa de estas características exigía el acceso a una serie de recursos y conocimientos que podían exceder las posibilidades de un noble cualquiera.
Para hablar de los costes de una edificación de las características genotípicas de una torre, debemos distinguir en primer lugar los dos posibles fenotipos, pues no es lo mismo una construcción realizada íntegramente en madera que otra donde se emplee la piedra.
El costo del material lígneo sería mucho menor que el de la piedra, ya no tanto por el mayor valor intrínseco de aquél, o por su mayor o menor abundancia, sino por el moderado coste que suponía su transporte y su elaboración.
A pesar del importante salto cualitativo que suponía la edificación en piedra, hay que insistir en la idea de que la obra de carpintería interior era la que determinaba la dimensión y la forma de la torre.
En los edificios que hemos estudiado -particularmente en el caso de la torre de Martiartu-nos fue posible constatar cómo el módulo de la planta de la casa-fuerte dependía normalmente de la longitud que podían alcanzar las vigas maestras -la cual obedecía a su vez a la largura máxima aprovechable de un tronco de haya o roble-, condicionando así el resto de proporciones del edificio.
Los recientes inmuebles estudiados nos han permitido confirmar que el lado corto en los torreones de planta rectangular y el lado único en los cuadrangulares, oscilan alrededor de los 11 m de desarrollo, siempre según el grosor de los muros en cada caso (GARCÍA GÓMEZ, 2003: 134).
Vamos a fijarnos ahora en un proceso de construcción sobre el cual la documentación aporta interesantes datos cuantitativos que nos pueden ayudar para hacernos una idea de la envergadura de una torre; hablamos de un edificio en piedra, la torre de Berna (BAZÁN, 1998: 23-50). que debieron utilizarse, al exterior, las hileras de ménsulas que aún hoy se pueden observar en muchas torres, aunque su destino último sería el de sostener ciertas estructuras en madera anejas al edificio principal.
Los muros perimetrales habitualmente eran de mampostería, en muchos casos también se utilizaba el sillarejo, y sólo en ocasiones puntuales se utilizaba la sillería.
Los vanos y los esquinales en la mayor parte de las torres eran los elementos que recibían un tratamiento más cuidado, normalmente, con recercos de sillería; es en estos lugares donde con mayor facilidad percibimos la mano del artesano especializado en el trabajo de cantería.
Pensando en la torre de Berna, y en la cuadrilla de cuarenta trabajadores, debemos formular la hipótesis de unos pocos especialistas en carpintería y en el trabajo de la piedra, mientras que el grueso del equipo estaría formado por trabajadores poco o nada especializados encargados de labores mecánicas sencillas.
Coronando el conjunto se construía el cadalso.
Se trataba de una estructura de madera que, aferrada al armazón interno del edificio, excedía perimetralmente los muros en piedra para conformar sobre ella un voladizo, apeándose al exterior sobre una serie de ménsulas o mechinales que solían rodear por lo alto la fábrica.
Algunos autores entienden que estas apoyaturas -único testimonio visible que ha llegado a nuestros días de aquellas obras en madera-no tu-vieron por qué funcionar como sostén de ningún ingenio defensivo como el cadalso, siendo sencillamente puntales para la cubierta.
No obstante -sin acudir a la cuantiosa documentación iconográfica existente al respecto-, sencillamente, no parece lógico pensar que, en la concepción de la torre, se descuidase un aspecto capital en la práctica de la guerra medieval como era la protección de los pies de una fortificación, ya que éste era uno de sus puntos más sensibles y vulnerables7.
Es más, el cadalso situado en altura era el elemento que dotaba de significado militar a la torre -convirtiéndolo en un instrumento operativo-, tal y como nos demuestra el interés que tenía su eliminación como alternativa a la destrucción total del edificio.
Hasta en seis ocasiones Lope García de Salazar se refiere específicamente a la quema de cadalsos: «e quemó los cadahalsos de Çugasti e de Leçama e IV casas fuera de la villa e quemó los cadalsos de Fuica e de Juan de Velendis e de Menaca e de Goiría e el cadalso e palaçios de Sant Martín de Arteaga e quemó e derribó la torre e palaçios de Olariaga».
Finalmente, sobre el cadalso se colocaba la cubierta, que debemos suponer con un tejado a cuatro aguas, pues -aunque más costosa-era la forma más adecuada para Cuadro 3 Sobre los atributos de la torre: el cadalso y los desmoches En el caso de la torre, nos encontramos efectivamente ante un edificio que sirve como residencia señorial, pero que funciona por encima de todo como una fortaleza con fines militares.
La torre no era el único refugio donde podía vivir el señor, aunque sí el único que le permitía defenderse en los momentos de peligro, y sin duda, era el instrumento más eficaz para conseguir el control del territorio y de las rutas de intercambio.
Por supuesto, para su cometido debía estar adecuadamente dotada -no tiene sentido atribuir una funcionalidad a un edificio cuando materialmente no cuenta con las características necesarias para cumplirla-y por ello, del mismo modo que sin rueda de moler no hay molino o sin horno no hay ferrería, creemos que sin cadalso no hay torre.
Más allá de los arquitectos, los historiadores del arte o los arqueólogos ¿quién mejor que un molinero para explicar cómo es un molino? ¿quién mejor que un clérigo para mostrarnos cuan íntimamente van unidas la liturgia y la forma de un templo?
Y entonces, ¿por qué no acudir a los especialistas en las llamadas artes militares para analizar las torres?
No podemos tomar sólo en consideración los principios básicos de la tradición constructiva y prescindir del conocimiento de las técnicas de fortificación medievales y de la poliorcética.
En las torres que estudiamos arqueológicamente, la necesidad de comprender la estratificación y los procesos que la habían generado, nos exigió ir más allá de la descripción formal de las partes del edificio; había que conocer la justificación funcional de cada uno de sus elementos, pues sólo así podíamos lograr un discurso razonado de la evolución constructiva del inmueble.
En unas ocasiones las justificaciones deducidas fueron de tipo constructivo o estructural, en otras de tipo práctico -en relación con los usos domésticos del inmueble-, algunas fueron las de tipo estético u ornamental, pero también muchas de las respuestas las encontramos en la observación de los principios de la poliorcética medieval.
Hasta que las armas de fuego no evolucionan lo suficiente como para conducir a un replanteamiento de las técnicas de asedio y defensa de las fortalezas, la guerra medieval fue sobre todo una cuestión de altura.
La gran ventaja para los defensores de torres y castillos no radicaba tanto en el grosor de los muros (no había casi peligro, después de todo las técnicas de artillería y zapa eran muy rudimentarias) sino en la altura que alcanzasen aquellos.
Estar situado a una mayor altura dificultaba la accesibilidad al enemigo y sus proyectiles, pero sobre todo, permitía que los dardos de las ballestas y las flechas de los arcos defensores tuviesen el máximo radio de alcance posible.
Mantener la amenaza a distancia era clave, de ahí que -siempre que fuera posible construirlos-se producía la acumulación de anillos amurallados en torno a la fortaleza principal.
No obstante, no siempre era posible mantener esa distancia de seguridad, y muchas veces el atacante se podía colocar a los pies de los muros, desde donde actuaba con total impunidad contra la fábrica del edificio.
La vulnerabilidad de esta parte de una torre era un aspecto crítico de su protección, por lo que desde el siglo XIII (SAILHAN, 1991: 149), como contramedida, se generalizó el uso de unas estructuras de madera que sobresalían en lo alto sobre el desplome de los muros.
Éstos entramados se conocieron con el nombre de cadalsos (hourds en francés o brattices en inglés), los cuales permitían flanquear de forma efectiva la falda del edificio.
Si bien no han llegado a nuestros días restos de estos dispositivos, en alguno de los casos más espectaculares, como el de la Torre de Orgaz en Fontetxa, la de los Ayala en Quejana o la de los Varona en Villanañe -todas ellas en Álava-se conserva la evolución en piedra de aquellos, los matacanes.
Sin cadalso la efectividad funcional de la torre como instrumento bélico es nula.
Por numerosas que fueran las saeteras que se contasen en su fábrica, al estar situadas en el mismo plano de los muros y no poder por tanto flanquearlo, el papel de éstas sólo podía ser complementario (SAILHAN, 1991: 78-81).
Además, su configuración material -al menos en las torres estudiadas-nos indica que la mayor parte de ellas son en realidad simples vanos de luz.
En nuestra opinión, aunque desde el punto de vista de la tradición arquitectónica vasca no parezca impropio proponer que las ménsulas o mechinales que algunos ejemplares conservan en lo alto de su cuerpo sirvieran únicamente para sostener el alero de una cubierta (CEMBELLÍN, 2004: 212-213), desde la perspectiva poliorcética, supone despojar a la torre de aquello que la convierte, precisamente, en torre, el único elemento construido que lo habilitaba para poder ofrecer una resistencia activa.
Desde el punto de vista constructivo bastaba con una hilada de ménsulas o mechinales para sostener el cadalso, con tal de que la estructura formase un solo cuerpo junto con el resto del entramado interior de madera.
Aunque actualmente no se conservan ejemplos en torres, sabemos que la carpintería de armar de la época disponía de soluciones técnicas muy desarrolladas -no olvidemos que los primeros ejemplares se construyeron completamente en madera-.
Puede que se realizase un diseño conjunto cadalso-cubierta, buscando la adecuada distribución de los esfuerzos generados por toda la estructura sobre un sistema interior de pies derechos y corvas, el cual absorbería las cargas que, de otro modo, habrían afectado a la integridad de los muros de piedra.
Creemos que es precisamente esta indisoluble relación entre la idea torre y la idea de cadalso -tanto desde la perspectiva poliorcética como desde la construida-, lo que hizo que en la documentación escrita, en muchas ocasiones, se empleara la palabra cadalso para referirse a la torre en toda su globalidad.
El edificio es un instrumento.
La torre imponía su dominio por medio de la altura y, sobre todo, gracias a ese cadalso que situado en el remate superior la convertía en una mortífera máquina de guerra.
En nuestra opinión la razón de que Enrique IV en sus mandados hable de «derribar e allanar» ciertas torres (CEMBELLÍN, 2004: 151-153) responde a un deseo de distinguir dos posibles puniciones: por un lado el derribo total del edificio -que suponía no sólo la eliminación de sus elementos fuertes sino también la destrucción de la residencia de su dueño-y por otro el desmoche -vale decir, la eliminación del cadalso y una parte importante de la altura de las fábricas para convertir la torre en una casa llana, un recinto aún habitable-.
proteger de las filtraciones a un edificio de estas características.
No contamos con datos precisos de época que nos informen de las características de ésta última, pero basándonos en la observación de estructuras más tardías -como por ejemplo en ocasión de nuestro estudio en la torre de Murga-está claro que éste debía ser uno de los puntos donde el maestro carpintero tenía que demostrar su saber hacer.
De su eficiencia dependía directamente la integridad del inmueble, puesto que las filtraciones de agua minaban a medio plazo la fortaleza de toda la estructura interior, amén de convertir el interior del edificio en un lugar más inhóspito de lo que de por sí ya era.
Análisis configuracional de la torre:
la domesticidad sometida a lo militar La configuración espacial de la torre encierra, como resulta evidente, una serie de particularidades que están directamente relacionadas con las necesidades militares que provocan su diseño genotípico.
En la torre de Murga (GARCÍA GÓMEZ, 2003: 131-138) tuvimos la oportunidad de acercarnos a esta interesante cuestión, por lo que aquí no pasaremos de citar sumariamente algunos aspectos en cuanto a su distribución espacial típica.
Un aspecto a tener en cuenta es el de la predominancia de la circulación vertical.
Del mismo modo que la clave configuracional en los inmuebles con una preponderancia del espacio extendido en horizontal se reparte entre los pasillos y accesos que comunican las estancias situadas a una misma cota, en el caso de las torres el estudio de las comunicaciones en vertical -las escaleras sobre todo-adquiere una gran relevancia.
La atalaya -el cadalso situado en lo más alto-es el corazón funcional de la fortificación, pues sólo desde allí se puede ejercer una defensa activa.
Por ello -al tiempo que punto neurálgico ansiado por los atacantes-, éste será el último lugar donde se recogerán los encargados de la protección de la torre.
Para dificultar el acceso a la atalaya era necesario reducir todos los posibles caminos a uno sólo; de modo que las fuerzas resistentes pudieran concentrarse en puntos concretos del recorrido.
Ese itinerario forzoso comprendía, primero, la entrada de la torre -obstaculizada por un patín defensivo y una escalera desmontable-y segundo, los tramos de una misma escalera de ida y vuelta, que piso por piso conducían al cadalso superior.
Sólo remarcaremos otro detalle al respecto.
En las torres que hemos podido estudiar estratigráficamente, hemos observado cómo los accesos que presentan las fábricas a ras de suelo son siempre posteriores a la construcción original del edificio -Martiartu y Murga, por ejemplo-salvo cuando la presencia de un patín en piedra garantizaba la Media la gente no vivía tanto en sus casas como acampaba en ellas» (RYBCZYNSKI, 2001: 38).
LA TORRE COMO GESTOR DEL S.A.B Como creemos que se deduce de lo hasta ahora dicho, la torre no es sólo un edificio, no sólo la vivienda del pariente mayor, es por encima de todo una función socio-económica y política convertida en estructura física.
Es el resultado de la continua interacción de determinados comportamientos sociales, económicos y políticos que acaban dando lugar a la creación del dispositivo.
La casa-fuerte es un mecanismo que permite al sistema autorreproducirse y perpetuarse en el territorio, fijarse a él, con lo que se convierte en un factor retardatario, resistente a los cambios de todo tipo.
El recuerdo de una casa-fuerte construida en madera es bastante más fácil de eliminar con provocar un incendio, que el de una torre con sus muros de piedra que no puede arder, y que -hasta el desarrollo de una artillería eficazsólo puede ser desmontada con el empleo de un gran esfuerzo económico y humano.
Los criterios del pariente mayor no tendrían el mismo peso sin la existencia de la torre, es más, la evolución constructiva de ésta -el paso por una primera generación de edificios sólo en madera y la posterior aparición de un gran número de ejemplares en piedra-nos está hablando sintomáticamente del lento proceso de emergencia social del banderizo.
Cuanto mejor afianzada sobre el territorio, la torre se convierte en el árbol que ofrece el mejor cobijo.
A su sombra, el resto del sistema arquitectónico banderizo se encuentra bien protegido y puede, por tanto, desarrollarse y ofrecer los mejores frutos.
La torre es una garantía de seguridad, pero la clave se encuentra en su papel como gestor de los recursos.
Por ello, en la ubicación de las diferentes partes del sistema arquitectónico banderizo el criterio defensivo no es el que prevalece, y sí, el criterio logístico.
Un emplazamiento cercano a un punto fuerte del linaje es sólo una ventaja añadida que no tiene ningún valor si previamente no se cumplen los debidos requisitos de accesibilidad a la red de intercambio propia del linaje.
Podríamos decir que la condición de dominio implicaba conectividad, lo que podía traducirse tanto en una proximidad con el solar originario, como en una gran distancia mediada incluso por importantes accidentes geográficos.
En fin, la torre es el argumento principal del «más valer» y no sólo por su indiscutible capacidad coercitiva, sino por su profusa y perenne implantación en el espacio.
El banderizo se sirve de ella para someter a la parroquia, desde allí administra y gestiona la riqueza proveniente de las imposiciones decimales, también desde allí dirige sus ferrerías, sus molinos, etc. -como venimos diciendo-, por obturación controla los ciclos productivos clave.
Por obturación controla también el flujo comercial.
Dispositivo de enrutación 9
Aunque somos conscientes de que el edificio es un instrumento en manos de una serie de individuos que se sirven de él, y que son en primera instancia los que ejercen el dominio -ellos son quienes pretenden controlar el territorio, el comercio y demás-, optamos por el sujeto-torre, en la medida en que percibimos que sin éste el pariente mayor tendría verdaderas dificultades para mantener su nivel de renta y su peso específico dentro del sistema social bajomedieval.
Dicho esto, volvamos sobre la idea de la torre que controla y orienta.
La torre es un dispositivo de enrutación que pone en comunicación una red local -dígase la formada por el S.A.B.-con la red regional, es decir, con el sistema urbano.
Creemos que este es un aspecto que no se ha tenido muy en cuenta en el estudio de la configuración de las parcialidades durante la lucha de bandos y que, sin embargo, tuvo que influir de forma decisiva en las estrategias familiares a la hora del establecimiento de alianzas entre las diferentes parentelas, así como en la opción de reforzar unas vías de comunicación frente a otras.
Resulta evidente observar que el tráfico comercial y de personas prefiere las rutas estables, exentas en lo posible de bandidaje y con una infraestructura mínima de puntos de recogimiento y abastecimiento.
En este sentido, la torre que controlaba un paso o puente podía convertirse en un argumento a favor o en contra que determinaría la elección de uno u otro camino en la planificación del viaje.
Muchos son los casos conocidos al respecto, como el de la torre de Berna (siglo XV), cuya ubicación -al Norte de Durango-pesaba de forma importante a la hora de escoger un camino para llegar a la meta deseada.
Parece que los Berna habían extendido el terror entre sus vecinos de la merindad y también entre todos aquellos que debían pasar por el camino real que comunicaba Durango y Bilbao, hasta el punto de que muchos eludían el citado camino dando un gran rodeo: «yvan por otros caminos e senderos e destajos e atajos por el grant miedo que auian de los de la dicha casa» (BAZÁN, 1998: 43).
Cuadro 4 Espacio hodológico y control por obturación
Disentimos de la idea expresada por González Cembellín en las conclusiones de su trabajo, donde señala que «en contra de una arraigada teoría, la presencia de molinos, ferrerías y templos no parece haber tenido una especial incidencia en la ubicación de las torres».
Desde nuestra perspectiva, su afirmación parte de una concepción reduccionista del espacio, entendiéndolo sólo como soporte, lo que conduce a limitar el campo de acción de la torre al terreno inmediato a ella.
Creemos necesario reivindicar que el espacio además de soporte, es un medio (SÁNCHEZ, 1991: 8), siendo las vías de comunicación que cubren el territorio la plasmación de una necesidad elemental de movimiento, inherente a toda sociedad humana que depende del constante intercambio de recursos.
En nuestra opinión, si se reconoce que el trazado de los caminos es un «verdadero polo de atracción/estímulo de linajes y, por lo tanto, de torres» (GONZÁLEZ CEMBELLÍN, 2005: 379) no se puede negar, por una mera razón de adyacencia, la presencia de toda relación física directa entre aquellos centros de producción que tenían interés para el señor.
«La conjunción física de torres y molinos es inusual, (...) no resulta claro que fuera la presencia de un molino lo que decidiera la ubicación de la torre» (Ibidem, 178).
Creemos que la ubicación de molinos, ferrerías, templos y puentes es determinante en la elección del emplazamiento de una torre.
Sin embargo, no será el criterio de proximidad el único a tener en cuenta: la clave está en la conectividad, es decir, en las posibilidades que ofrece una ubicación para el control y acceso a una red viaria más o menos extensa.
Hoy día estamos habituados a orientarnos con soltura por medio de planos bidimensionales cada vez más detallados y recurrimos frecuentemente a los mapas temáticos para reforzar la argumentación de nuestros discursos historiográficos, señalando límites fronterizos, enclavando ciudades, campos de batalla, rutas comerciales, torres banderizas, etc. Sin duda, son un instrumento fundamental para aproximarnos a la trama geográfica que subyace en todo fenómeno histórico; ahora bien, deberíamos ser conscientes de que éstos sólo pueden mostrar descriptivamente ciertas particularidades del despliegue territorial de los hechos históricos y, sobre todo, deberíamos tener muy en cuenta que la comprensión de un mapa actual requiere una forma de comprender el espacio muy concreta, precisamente aquella de la sociedad actual.
Como se puede comprobar revisando las representaciones cartográficas medievales, los parámetros por los que se regía el diseño de mapas eran completamente distintos de los nuestros y estaban íntimamente relacionados con un modo también distinto de entender el espacio geográfico.
No es difícil delinear sobre un mapa actual el trazado de las rutas comerciales que atravesaban en el siglo XV las tierras vascas, pero ¿qué información nos puede aportar con respecto al método que utilizaba el viajero medieval para llegar a su destino sin perderse?
¿Cómo se orientaban los hombres en el camino?
Aparentemente, la respuesta nos la da el puro sentido común, por lo que podríamos esperar que la contestación de un transportista que utilizaba un carro de bueyes, fuera básicamente la misma que podríamos esperar de uno que hoy utilizase un camión.
Y sin embargo -probablemente-nos vería-mos sorprendidos debido a la particular forma de entender el territorio que se da en cada caso.
Mientras que en la actualidad concebimos el espacio geográfico en base a parámetros bidimensionales o tridimensionales, aquél arriero medieval lo entendía únicamente como un puñado de recorridos o itinerarios posibles, como líneas que secuencialmente conectan puntos, es decir; de forma unidimensional.
Este último modo de pensar el espacio es el que la investigación histórica actual conoce como «spazio odologico» (respetamos aquí el original italiano), término con el cual se pretende diferenciar la mentalidad cartográfica y espacial que ha dado lugar al mapa -propia de nuestro tiempo-de aquella en que el itinerario ocupaba un lugar central.
Como nos recuerda P. Janni, «el itinerario y el mapa representan dos etapas en el largo camino del desarrollo de la consciencia, en la evolución de ser que construye en torno a sí la representación del mundo, progresando siempre hacia una mayor objetividad.
Quien lista una serie de localidades, en el orden en que aquellas se suceden y con las respectivas distancias, conoce aquello que las cosas son para él, poniéndose a sí mismo como punto de referencia, mientras que quien traza un mapa considera las relaciones objetivas entre las cosas.
El itinerario me vale a mí que recorro un cierto camino: las localidades están colocadas en el orden en que yo las encontraré, y las distancias que están medidas a lo largo del recorrido servirán para darme la medida del tiempo y del esfuerzo que tendré que emplear.
El mapa representa una red de relaciones espaciales tomadas desde un punto de vista que no tiene una correspondencia directa con mis necesidades inmediatas, ni con mis intereses » (1984: 82) En una Edad Media de rudimentarios medios de transporte, la unidemensionalidad del espacio era algo más que una categoría mental, era un hecho físico.
Aunque los sentidos lo percibían, aquel espacio que no es practicable para los vehículos del momento, no tiene valor como medio de comunicación.
Desde esta perspectiva, entendemos que la operatividad logística del S.A.B. no radicaba tanto en la proximidad de los diferentes centros de explotación con respecto al centro de control -que era la torre-, sino en su conectividad, es decir, en la posibilidad efectiva de poder recorrer libremente y sin interrupción un itinerario entre dos puntos, independientemente de la distancia que mediase entre ellos.
Está claro que la torre, como elemento de control territorial, no puede ser estudiada al margen de la concepción y la percepción del espacio por parte del hombre medieval.
Conectividad y proximidad son conceptos que no forman parte del vocabulario habitual del historiador, y sin embargo otras ciencias humanas los tienen por elementos capitales a la hora de investigar sobre el modo en que las sociedades utilizan Cornelis de Jode.
Hasta el siglo XVI, no se superó la idea unidimensional del itinerario para la concepción del espacio geográfico; fue entonces cuando apareció el mapa Esquema del modo en que la torre puede alterar el normal flujo comercial en aquellos puntos de las rutas que controla 3.2.
La torre y la estructuración del conflicto banderizo: sistemas bipolares Las torres salpicaban por completo todo el espacio geográfico entre villas -poco a poco, incluso el interior de éstascon lo que podemos hacernos idea de la dificultad que implicaba trazar una ruta «segura» para atravesar el territorio.
El beneficio que se obtenía del control por obturación de los flujos del intercambio, evolucionó en la intervención y di-ARQUEOLOGÍA DE LA ARQUITECTURA, 3, 2004 seño de los cauces por los que éstos debían discurrir, y esta posibilidad de participar en la configuración de las diversas rutas comerciales acabaría permitiendo al pariente mayor intervenir directa y decisivamente sobre la actividad mercantil.
En el modelado de las citadas rutas sin duda tuvo mucho que ver la pujanza -localmente heterogénea-del propio comercio, pero también debió ser decisiva la inge-el espacio.
Numerosos estudios han puesto de manifiesto la existencia de importantes desajustes entre el espacio percibido por el individuo y las dimensiones reales de dicho espacio.
El hombre, dependiendo de su bagaje cultural, organiza de distinta manera la información espacial de su entorno, una organización que «determina comportamientos como: quedarse o moverse, dónde ir, qué camino seguir, qué medio de transporte utilizar, etc.»
En fin, la superposición de un conjunto de itinerarios genera en última instancia una red con unos determinados puntos de confluencia.
Unos nodos neurálgicos que aparecen allí donde los caminos se entrecruzan, por la obligación de superar algún obstáculo que a veces es un accidente geográfico -como un río o el estrecho tramo de entrada a un valle-y en otras ocasiones tiene un origen artificial -como las murallas de una villa-.
Para salvar aquellos había que utilizar el puente o el portal del cinto defensivo.
Pues bien, elíjase uno de estos nodos clave de las comunicaciones y edifíquese allí una nueva torre; cuanto mayor sea el número de itinerarios que coincidan en ese lugar mayor será el control ejercido por la nueva construcción.
Torre/puente, torre/portal o torre/paso conformaban así poderosas infraestructuras de control -ya no sólo de los transportes en las grandes rutas-sino también, y sobre todo, del intercambio local.
El hierro desde la mina a la ferrería, el grano en su ida para la molienda -o para su depósito en los hórreos del templo local como pago de los diezmos-en fin, la propia movilidad de las personas quedaba sujeta al señor que detentaba la torre.
Una forma de dominio del territorio, que nos parece adecuado denominar «control por obturación», en tanto que la torre cumple la función de interruptor: abriendo el paso o cerrándolo, a voluntad.
Cuenca fluvial Asua/Gobelas/Udondo, al norte de Bilbao.
Los intereses geopolíticos y geoeconómicos compartidos por cuatro de los linajes que detentaban torres en la misma ruta hacia el puerto de Getxo, afianzaron de tal forma la vinculación de éstos durante la Baja Edad Media que, en el siglo XVI, después de varios enlaces matrimoniales, todos ellos acabaron fusionados en un solo tronco familiar rencia de los diferentes parientes mayores, concentrados en hacer efectivo su dominio sobre ciertos segmentos del territorio.
La forma en que se produjo este diseño no puede atribuirse a una estrategia macroespacial desarrollada por parte de los señores, sino a una paulatina estructuración -a escala cada vez mayor-de las rivalidades/afinidades entre aquellos.
En la medida en que los intereses de dos o más banderizos coincidían en un mismo ámbito geográfico, ambos estaban determinados a convertirse en aliados o en acérrimos adversarios.
Pero además, dado que los recursos en disputa raramente se circunscribían a un punto concreto del espacio, sino que eran bienes con un acusado desarrollo en extensión -masas boscosas, cursos fluviales, vías de comunicación, etc.-, los acuerdos o los desencuentros tendían a encadenarse, dando lugar a redes de alianzas entre linajes y, cómo no, a la confrontación violenta de las parcialidades opuestas.
Esas confederaciones de amigos y enemigos, surgidas casi siempre dentro de una misma cuenca fluvial, en la medida en que se afianzaban localmente -con unos intereses comunes y bajo el liderazgo de un linaje dominante-empezaban a tener intereses sobre un espacio geográfico que excedía el marco donde se habían alineado inicialmente los dos polos de intereses contrarios entre familias vecinas.
Estas redes locales de linajes que compartían intereses se fueron organizando, a su vez, en redes extensas.
En esta escala, el único recurso en disputa es el de la ruta comercial, con independencia de las diferentes características geográficas del territorio.
Estas redes de escala mayor contaban también con el liderazgo superior de un pariente mayor y controlaban amplios tramos de las rutas comerciales que atravesaban el país de Sur a Norte.
En esta escala superior, se constata de nuevo una tendencia al alineamiento bipolar en función de los intereses de los líderes de estas confederaciones por la explotación del comercio y de los recursos del territorio.
Pretendemos esbozar así un esquema organizativo de la conflictividad banderiza, perceptible a tres niveles.
Uno, a escala vecinal -entre los señores de torres que se sitúan contiguamente-; dos, a escala de cuenca fluvial -entre asociaciones de nobles que comparten intereses-; y tres, a escala de ruta -entre confederaciones de asociaciones nobiliares que pretenden la explotación en beneficio propio del tráfico comercial de un itinerario-.
Es necesario señalar que, aunque de forma diversa a la aquí propuesta, la cuestión de las diferentes escalas del enfrentamiento viene siendo tratada por la historiografía ya desde hace algunos años.
Especialmente esclarecedores nos parecen los tres niveles de desarrollo del conflicto propuestos por Dacosta (2003: 310-370).
En sintonía con la tendencia historiográfica actual, estamos convencidos de que el enfrentamiento banderizo es uno más dentro de un complejo conjunto de conflictos sociales con distintos niveles de expresión (DÍAZ DE DURANA, 1998: 40), aunque nos parece entrever bajo el clásico esquema de «oñacinos» contra «gamboinos» una importante cuota de realidad en la descripción del fenómeno.
En nuestra opinión, a pesar de que no nos encontraríamos estrictamente ante un conflicto bilateral -con dos únicos bandos opuestos-sí que podríamos hablar de un conjunto de conflictos que se estructuran con base en un esquema bipolar.
La diferencia entre el bilateralismo y la bipolaridad se aprecia distinguiendo las escalas del enfrentamiento banderizo.
Podría decirse que, considerando la conflictividad internobiliar horizontalmente -nivel por nivel-se constata siempre la existencia de una organización en torno a dos polos, o bandos, claramente definidos en función de diversos lazos socioeconómicos y también políticos.
Este sistema de referencias horizontal es el que más fácilmente se percibe por parte del hombre medieval; los cronistas así lo transmiten y la historiografía ha tendido a recogerlo análogamente.
Del mismo modo que los oñacinos son los opuestos a los gamboinos, los Avendaño son los opuestos de los Butrón e Iñigo de Guevara a Lope González de Mendoza.
Ahora bien, cuando consideramos la conflictividad banderiza en su desarrollo vertical -es decir, interescalar y diacrónicamente-observamos que la estructura del enfrentamiento se complica exponencialmente, debido a que el modo en que se arraciman o quiebran las alianzas entre señores facilitando la aparición de confederaciones más extensas, no responde a patrones determinados sino a contingencias dictadas por la coyuntura.
Esta perspectiva vertical es difícilmente aprehensible por sus protagonistas, y muestra un perfil más inestable.
Inestabilidad y estabilidad son aspectos consustanciales del conflicto, siendo compatibles la percepción de una estructura bipolar de bandos con la cambiante realidad compositiva de los mismos.
RED DE REDES: EL S.A.B. SE INSERTA EN LOS NÚCLEOS
URBANOS Del «Nobiliario Alavés» de Fray Juan de Victoria: «Y en Vitoria se padecía con los bandos de Ayala, gamboino, y el de Calleja, oñacino, favoreciéndose cada uno de los comarcanos bandoleros, tiranizando la república y sus vecinos, robándoles con derramas, imposiciones, matándose y haciéndose todo el mal posible, usurpando los oficios de justicia, eligiendo cada bando alcalde, regidores, procurador, allende de la de los reyes, Inserción del S.A.B. en la villa.
Solares originales de procedencia y puntos dentro de la villa de Vitoria donde se asentaron, a lo largo del siglo XV, los diferentes linajes de la Llanada Alavesa haciendo los Ayalas sus juntas en San Miguel y los Callejas en San Pedro.»
VIDAURRÁZAGA E INCHAUSTI, 1975: 63) Venimos hablando de la estructuración del enfrentamiento banderizo, de un esquema bipolar que se expresa a diferentes escalas.
Pues bien, quizá la villa sea uno de los ámbitos donde mejor se plasme este proceso de organización del conflicto, o al menos, parece que es uno de los lugares donde los cronistas lo perciben más nítidamente.
Nos valdremos del ejemplo de la ciudad de Vitoria.
Cuando los parientes mayores desembarcan en el ámbito urbano no alteran sustancialmente su modo de vida y, a lo que parece, tampoco su forma de entender política y economía.
En su mudanza desde el medio rural, exportan a las villas sus modos de dominio de la producción, insertando por lo tanto el sistema arquitectónico banderizo.
Como sabemos, la eficacia de ese sistema estaba directamente relacionada con el control de ciertos puntos neurálgicos del espacio.
Era natural, en consecuencia, que el banderizo tratase de aplicar los mismos principios geoestratégicos utilizados en origen a las peculiaridades del nuevo contexto.
A lo largo del siglo XIV, los señores comienzan a erigir sus torres privadas en medio del caserío protegido por las AGUSTÍN AZKARATE GARAI-OLAUN, ISMAEL GARCÍA GÓMEZ murallas, construyendo siempre en ubicaciones clave del tejido urbano.
Cada uno de los linajes, en función de sus propios intereses y -cómo no-con base en las solidaridades parentelares, van obturando con sus fortificaciones los diferentes accesos de las murallas, tratando de decantar a su favor la mayor cantidad posible del flujo comercial que alimenta el mercado de la localidad.
El número de apellidos que se trasladan a la villa es variable según las poblaciones.
Se observa, no obstante, cómo todos tienden a estructurarse en torno a dos polos.
De nuevo nos señala el Padre Victoria: «Tenían los Ayalas su cabeza de bando en Correría, y los Callejas en Zapatería en las casas que fueron de Juan Ruíz de Vergara» (VIDAURRÁZA-GA E INCHAUSTI, 1975: 64).
Como se comprueba en Vitoria, un polo liderado por el linaje de los Ayala se opondrá a otro organizado en torno a la familia de los Maturana -cabeza del bando de los Callejas-, una articulación bipolar de la que no se sustrae ningún noble.
Analizando el urbanismo de la época, se observa cómo esta estructuración socio-política tiene su perfecta plasmación sobre el espacio físico de la villa.
Vitoria se convierte en una réplica a menor escala de la propia Llanada Alavesa, reproduciendo el mismo esquema espacial del conflicto, pero ahora dentro de las murallas.
La villa como sistema múltiple de enrutación Como decimos, los métodos de captación del excedente campesino y el control de los ciclos productivos en el interior de la ciudad siguieron siendo muy similares a los empleados hasta el momento.
Se trataba, en primera instancia, de dominar también los molinos y ferrerías dependientes de la comunidad -por ejemplo, los Álava en Vitoria a finales del siglo XV aparecen como propietarios de una de las principales ruedas de la villa-; en segundo lugar, captar las imposiciones decimales -para ganar derechos los distintos linajes vitorianos comienzan a insertarse en los cabildos de las diferentes parroquias y a patrocinar la reedificación de sus capillas mayores, añadiendo a las antiguas fábricas capillas privadas y espectaculares bóvedas en piedra-; y, finalmente, se trataba también de gestionar el flujo comercial, pero ya no de una forma subsidiaria o parasitaria desde las afueras del sistema urbano, sino en su propio corazón, junto al mercado.
Los linajes que se trasladan al interior de la villa no pierden el dominio de su solar de origen, todo lo contrario.
Contando ya con una retícula de fortificaciones que administra segmentos clave de las rutas comerciales regionales -es decir, administrando los rendimientos de los diferentes complejos productivos que poseen en el medio rural-, trasladan su centro de operaciones a la urbe, conscientes de que la infraestructura que ésta ofrece aumenta las posibilidades de gestión/apropiación del flujo mercantil.
La concentración urbana no sólo permite un control cercano del mercado, sino que además fomenta la interactuación -amistosa o conflictiva-entre las familias que tratan de dominarlo.
Desde este punto de vista, la ciudad preexistente se ve alterada en su configuración por la aparición de un cuantioso grupo de gestores de enrutación -como son las torres-cada uno de los cuales controla los flujos mercantiles desde los accesos a través de las murallas, según el código afín a sus propietarios.
Así, una multiplicidad de criterios diferenciados se irá estructurando con base en los polos de los bandos, dando lugar finalmente a lo que podríamos denominar como «crónico trastorno bipolar» de la villa bajomedieval.
Este cuadro, con una ciudad plagada de torres, violentada en su estructuración primitiva, preludiará, paradójicamente, el ocaso de estas últimas.
Ya antes del período de crisis bajomedieval se habían demostrado -como corolario de todo un sistema arquitectónico de dominación-dispositivos eficaces en el control de los recursos del territorio.
Fue precisamente su éxito el que las fue aproximando -junto con sus constructores-a los nodos neurálgicos del sistema urbano, propiciando una postrera fusión mediante la catarsis de la violencia de los bandos.
Sobre la estructura de las torres de finales del siglo XV y principios del siglo XVI, se edificarán los palacios de una nobleza sintetizada, que asimismo había comenzado a construir nuevos marcos sociopolíticos de concentración del poder: de la destilación de los bandos surgirá la nueva organización concejil. |
INTRODUCCIÓN Son más de diez años ya los que han transcurrido desde que en la Universidad del País Vasco se pusieran en marcha diversos programas de investigación relacionados básicamente con el patrimonio edificado Como no podía ser de otra manera, la aportación italiana no fue ajena al impulso de aquellos primeros años.
Recordamos, por ejemplo, la participación de Gian Pietro Brogiolo en el Master de Patrimonio que organizamos en la Universidad del País Vasco el año 1991 o los diversos contactos con Roberto Parenti poco más tarde.
La estrecha relación con Luis Caballero, la decidida aportación de los arquitectos Leandro Cámara y Pablo Latorre, el apoyo permanente e insustituible del también arquitecto Juan Ignacio Lasagabaster, la colaboración creativa de José Manuel Valle y la entrega de un equipo extraordinario de arqueólogos, topógrafos, ingenieros e informáticos, paleógrafos e historiadores del arte, con la colaboración de geólogos, arqueómetras, aparejadores, etc. han ido cimentando un proceso que se consolida progresivamente.
El Plan Director de la catedral de Santa María es una buena muestra de ello (AZKARATE, CAMARA, LASAGABASTER, LATORRE, 2001) Antes de explicar nuestra experiencia, no obstante, nos gustaría ubicar la Arqueología de la Arquitectura en el contexto genérico de la disciplina arqueológica y en el más genérico aún de la Filosofía de la Ciencia, sin renunciar tampoco a algunas consideraciones sobre el ámbito de la restauración.
Hablaremos desde nuestra condición de universitarios y nuestras reflexiones (en ocasiones críticas) habrá que entenderlas en este contexto.
Pero, antes, refirámonos brevemente a la experiencia italiana.
Ayer tuvimos ocasión de ponernos al día tras la magnífica síntesis de Gian Pietro Brogiolo.
Siempre nos llamaron la atención dos circunstancias de la experiencia aquel país: el fuerte peso, por una parte, de la problemática y los debates generados por la práctica restauradora y la temprana consolidación, por otra, de una tendencia orientada a investigar los contextos sociales y productivos, mediante el estudio de los testimonios materiales del pasado.
En esta línea, y aún a riesgo de caer en una simplificación, comenzaremos por tanto nuestro discurso -elaborado desde nuestra propia experiencia-reflexionando sobre esta vocación aparentemente bifronte de la arqueología de la arquitectura: orientada una a la investigación histórica y enfocada otra al ámbito de la restauración monumental.
El título de nuestra ponencia (inspirado en la Teoría Crítica y, más específicamente, en el pensamiento de
La ponencia se articula en dos partes.
En la primera de ellas se reflexiona sobre la crisis del modelo académico tradicional y el fuerte impacto que ha supuesto la reorganización de las actividades arqueológicas en el contexto de las nuevas administraciones autonómicas del Estado español.
Este es el contexto en el que la Arqueología de la Arquitectura debe buscar su sitio y ofrecer alternativas sólidas.
Para ello se propone la superación de la pretendida dicotomía entre conocimiento histórico e intereses restauradores y se defiende la necesidad de articular unas rutinas de control que garanticen el respeto a todas las dimensiones relevantes del patrimonio edificado y la implicación de la Arqueología de la Arquitectura en el conocimiento, gestión y difusión del mismo.
En la segunda parte, recurriendo a ejemplos concretos, se expone la aplicación de estas ideas en la experiencia del País Vasco.
Una experiencia basada en los puntos siguientes: a) Normativización de los instrumentos de investigación. b) Incorporación de la Arqueología de la Arquitectura a la docencia reglada en la Universidad. c) Creación de programas de investigación implicados en el conocimiento, gestión y difusión del patrimonio edificado.
Frente a la "teoría tradicional" instalada en las ideas, ontológica, que imaginaba una estructura del mundo independiente del cognoscente (HABERMAS, 1986: 163), la "teoría crítica" defiende la idea del conocimiento como un producto social, que no puede partir de modelos normativos abstractos sino del hecho primero de la historicidad y el carácter socialmente determinado del propio conocimiento.
Un discurso crítico, por lo tanto, está obligado a afrontar simultáneamente ambos aspectos, tanto el cognoscitivo (que afectaría al arqueólogo en cuanto sujeto de un proceso de conocimiento) como social y político (que afecta también al arqueólogo en cuanto componente de una sociedad con unos valores y un compromiso específicos) (VICENT, 1991: 31).
La arqueología académica, de fuerte tradición positivista, ha vivido siempre ajena a este doble compromiso, preocupándose por cultivar básicamente el primero de los aspectos mencionados.
La vieja creencia en un universo instalado "ahí fuera" que podía descubrirse desde la neutralidad científica propia de la Academia, ha permitido que los usufructuarios de esa privilegiada situación -universitarios y miembros de instituciones científicas-hayamos vivido durante largo tiempo con la confortable sensación de estar participando en una empresa pura e incontaminada.
Los últimos dos o tres decenios, sin embargo, han trastocado notablemente este status quo tradicional, dejando la arqueología en una situación de desconcierto en la que vive todavía inmersa.
Dos han sido los ámbitos en los que se desarrolló esta subversión de los valores tradicionales, relacionados directamente ambos con la doble instancia del conocimiento crítico. a) A nivel teórico, la Arqueología occidental conoció un profundo debate desde finales de los sesenta que tuvo un tenue y confuso reflejo en la arqueología española con veinte años de retraso.
Es curioso observar que la mayor parte de los trabajos de carácter epistemológico se publicaran en el corto espacio que corre entre 1987 y 1992.
Fue como una obsesión, un deseo incontenible d'ètre à la page, unas veces con fines didácticos -divulgar nuevas corrientes en una arqueología española básicamente antiteórica-; otras con ánimo de distanciarse, quizá, del colega afanoso al que se tildaba desdeñosamente de positivista y, en algún caso también, con una indigestión de jerga anglosajona que ni los propios autores llegaron nunca a comprender ni, por supuesto, a transmitir de manera inteligible.
Es por ello por lo que una parte de la arqueología española ha recibido con alivio el cuestionamiento que, desde la postmodernidad, se ha hecho de las propuestas teórico-metodológicas de tinte procesualista.
Desconocidas éstas por un sector importante del colectivo arqueológico y recibidas, como decíamos, con bastantes años de retraso, la comprensión de su corpus teórico resultaba dificultosa en un contexto académico poco habituado a debates críticos de carácter epistemológico.
La aparición más reciente, en cambio, de nuevas corrientes de carácter historicista, poseedoras de un bagaje teórico más próximo al que ha sido habitual en la universidad española y que se presentan, además, con una fuerte dosis de relativismo, ha descargado la mala conciencia de muchos arqueólogos de nuestro país.
En algunos casos se ha pasado del positivismo pre-científico a una postmodernidad pretendidamente desmitificadora que en ocasiones dedica culto, sin embargo, a los relativismos más extremos y que refleja, en palabras de Fontana, "una sensación de que lo que necesitamos es cambiar con frecuencia el bagaje metodológico, renovándolo de acuerdo con las modas de cada temporada" (1992: 13).
Resulta curioso observar, en esta línea, cómo hay quien "se apunta" a la postmodernidad huyendo -más por miedo a lo desconocido que por convicción-de normativismos neopositivistas.
Pero también existe quien -en sentido contrario y desde la atalaya un aparente progresismo-fustiga cualquier acercamiento a la postmodernidad con fuertes descalificaciones dirigidas a su relativismo presuntamente conservador.
Lo cierto es que todo ello ha hecho saltar en pedazos el cómodo establishment académico, creando una cierta orfandad intelectual en algunos y una innecesaria agresividad en otros.
Como recordaba J. M. Vicent, "la disolución del aparato normativo del neopositivismo ha producido una situación fluida, cuya característica principal parece ser el 'disenso'.
En el campo de la práctica de la investigación esto conduce a la atomización de los resultados, que no pueden ser integrados en un solo cuerpo de conocimientos al no existir patrones universales aceptados de certeza (1991: 33). la Arqueología de la Arquitectura debe buscar su sitio y ofrecer alternativas sólidas.
Pero debe hacerlo, no desde posiciones corporativistas -enfrentando inútilmente a arqueólogos, historiadores del arte o arquitectos restauradores-ni desde posiciones normativistas que buscan la articulación de especificidades instrumentales (otra manera, en definitiva, de reforzar lo propio), ni retrocediendo al viejo marco académico conformado por el micromundo del investigador y el de sus colegas, ni siquiera desde una Teoría (en el sentido filosófico primigenio -HABERMAS, 1986: 159-161), sino desde una Teoría Crítica que tiene presente tanto el contexto histórico de génesis de la propia teoría como el contexto histórico de aplicación de la misma (HABERMAS, 1987: 13-14).
Desde una actitud, en definitiva, que priorice lo social sobre lo individual y que impulse la experimentación, la transformación y la búsqueda de nuevas vías.
Reflexionemos brevemente a este respecto. a) Estamos convencidos de que la arquitectura es un potente medio de conocimiento de los contextos sociales y productivos que la generan y creemos también que esta idea es, precisamente, la mayor de las aportaciones de la nueva disciplina aunque, por desgracia, sea la menos conocida en la experiencia española, deslumbrada sobre todo por sus aspectos instrumentales.
Es todo un síntoma, por ejemplo, que la producción bibliográfica del grupo de Génova liderado por Tiziano Mannoni (1994Mannoni (, 1996) ) no haya tenido en España la relevancia que se merece.
Como ha recordado A. González, el monumento arquitectónico posee tres dimensiones esenciales que deben ser comprendidas y valoradas equitativamente: la dimensión documental, la arquitectónica y la significativa (1999: 13).
De todas ellas es la dimensión documental la condición primigenia del monumento porque el análisis de su materialidad suministra una inestimable información "sobre el arte, la arquitectura, la construcción y la técnica del pasado, y también sobre su propia historia y la de las colectividades con él relacionadas, o sobre sistemas productivos, hábitos residenciales, mentalidades sociales o, en fin, sobre la historia del país o del lugar donde se erigió" (1999: 16).
Son palabras tomadas, casi en su literalidad, del propio A. González y coinciden con otras reflexiones que nosotros hacíamos también en otros foros.
Que en un proyecto como el de la catedral de Vitoria se haya detectado una extraordinaria secuencia que recoge desde arquitecturas íntegramente lígneas, hasta cuidadísimas sillerías, no está sino reflejándonos las luces y sombras de una sociedad que conoció estadios muy diversos en su capacidad económica, en su organización productiva, en la b) Al desconcierto conceptual -que ha encerrado de nuevo a determinados círculos arqueológicos en su torre de marfil y en la seguridad del trabajo cotidiano bien hecho ("mi" excavación, "mi" prospección, "mi" sistema de registro, "mi" publicación, etc.)-se ha sumado un desconcierto, aún más grave, de carácter operativo.
Si ya resulta preocupante carecer de estrategias, lo es mucho más si no sabemos, además, dónde aplicarlas.
Y la puntilla, en este sentido, ha procedido de las circunstancias políticas españolas.
Algunos autores como Ma Angeles Querol (1996) o F. Criado (1996Criado (, 2001) ) han sabido llamar la atención sobre un grave problema que puede resumirse de la siguiente manera: frente a una Universidad depositaria del conocimiento arqueológico y casi única beneficiaria de su gestión, la descentralización autonómica del estado español ha transferido las competencias, los programas de acción y los recursos humanos a las distintas administraciones regionales.
Como consecuencia de ello, el mundo académico se ha visto desposeído de sus tradicionales parcelas de poder y sufre el fuerte impacto de la reorganización de las actividades arqueológicas derivada de la multiplicación de administraciones competentes.
La virulenta reacción de algunos universitarios ha sido proverbial.
La propia dicotomía (creemos nosotros que interesada y, desde luego, perversa) entre la "arqueología de investigación" y la "arqueología de gestión" no hace sino reflejar este malestar y pretende desacreditar la respuesta (quizá no suficientemente estructurada todavía pero innovadora en cualquier caso) de quienes experimentan con una trasformación radical de la arqueología hacia una disciplina más comprometida socialmente, para prestigiar, en cambio, la burbuja académica del Antiguo Régimen y sus tradicionales parcelas de poder.
La universidad corre el riesgo de ser cómplice de esta situación, empeñada en mantener programas académicos de inspiración decimonónica, dedicada a investigaciones que se articulan no en función de las necesidades de una sociedad que ha entrado ya en el siglo XXI, sino en función de intereses curriculares de carácter personal e intransferible.
Esto que parece una exageración, no lo es, y hay que decirlo en este foro que trata de una disciplina ajena todavía a los programas universitarios (con alguna excepción honrosa).
Sobre la Arqueología de la Arquitectura
Es en este contexto en el que debemos reflexionar sobre la Arqueología de la Arquitectura.
Es en este desconcierto conceptual y operativo al que nos hemos referido en el que articulación de sus necesidades funcionales y en la elaboración de sus sistemas simbólicos e ideológicos.
Todo ello fosilizado en los muros y en el subsuelo de la catedral que se nos presenta, de esta manera, como el mejor de los documentos para conocer nuestro pasado histórico.
No es una casualidad que la investigación que estamos efectuando en el contexto de la restauración de la catedral sea la que esté renovando nuestros conocimientos históricos sobre el pasado de la ciudad de Vitoria.
Y tampoco es casualidad que la ciudadanía se interese, especialmente, por estos resultados. a) Pero, de la misma manera, estamos convencidos también de las potencialidades de la arqueología de la arquitectura en el ámbito de la gestión del patrimonio edificado, aunque aquí los problemas son aún más delicados.
Vamos a desarrollar este punto con más atención y no porque releguemos el anterior a un lugar secundario, sino porque las reflexiones deben hacerse desde los contextos y las circunstancias específicas de cada lugar o de cada país.
Y en el nuestro, y a fecha de hoy, sería un grave error estratégico y metodológico (también deontológico) preocuparnos únicamente del conocimiento histórico, ignorando la situación que vive el patrimonio edificado.
Decíamos que en el ámbito de la gestión del patrimonio edificado los problemas son bastante delicados.
Ha sido en el ámbito de la restauración, en efecto, en el que los debates -incluso los conflictos-entre los intereses restauradores e históricos han sido más acusados.
Desde un aspecto estrictamente normativista, las posturas sobre la aplicación del método estratigráfico al conocimiento de la arquitectura se han expresado de maneras muy diversas 1.
Pero no nos interesa tratar tanto los aspectos instrumentales, sino las actitudes, es decir, las reacciones de quienes ignoran sencillamente las posibilidades de una lectura arqueológica del edificio, o las de quienes -no ignorando sus posibilidades-las minimizan sin embargo alegando el uso racional de los presupuestos o las difíciles circunstancias que concurren, con frecuencia, en una intervención restauradora.
¿En qué medida, podemos preguntarnos, el conocimiento histórico coadyuva al proceso restaurador? 2 Evidentemente, conocer la mínima capacidad excedentaria de la sociedad vitoriana del siglo XI, capaz de articular un ciclo productivo de la piedra escasamente elaborado, es muy importante para comprender el proceso de feudalización en el País Vasco, pero incide escasamente en las decisiones de los arquitectos restauradores de la catedral de nuestra ciudad.
¿Debemos, por ello, acotar este tipo de estudios?
¿Estamos los historiadores sucumbiendo a excesos metodológicos con las subsiguientes detracciones pre-supuestarias que acaban perjudicando el objetivo final de restauración?
En esto, como en todo, unas preguntas previas planteadas inteligentemente y una buena dosis de pragmatismo pueden ayudar a alcanzar el camino correcto.
Aquí ocurre como a la hora de elegir el soporte gráfico que ha de documentar una intervención.
Puede hacerse un magnífico trabajo con planos convencionales, incluso con bocetos, y uno deficiente con extraordinarios soportes digitales.
De la misma manera, la acumulación de análisis e investigaciones no garantiza por sí misma la bondad de los resultados finales.
Admitido esto, no obstante, es urgente también que los agentes que intervienen en un proceso de restauración reflexionen críticamente sobre sus presupuestos conceptuales.
Porque parece evidente que una restauración no es solamente una proyecto que, en función de determinadas circunstancias, interese poner en marcha a un determinado promotor, público o privado; ni un encargo que recibe un arquitecto restaurador y en el que puede poner en práctica sus teorías sobre la restauración; ni, por supuesto, una oportunidad para que el arqueólogo o historiador de turno alimente su curriculum personal investigando en tal o cual materia.
Como se ha repetido desde distintos foros (TAGLIABUE, 1993: 180) el proceso restaurador debe ser
1 Ha habido arquitectos, como R. Bonelli, que se manifestaron tempranamente sobre la inoportunidad de aplicar a la arquitectura el método estratigráfico por no adecuarse éste a la complejidad estructural, funcional o compositiva de un edificio (Cfr.
Pero más que una oposición frontal, lo que se aprecia con frecuencia -por parte de algunos arquitectos de gran experiencia como Doglioni o, más recientemente, Treccani-es una adecuación del sistema de registro estratigráfico a las especificidades de contexto arquitectónico.
Unas veces, como en el caso de Doglioni, priorizando el rilievo stratigrafico o stratigrafico-costruttivo (1997: 22) sobre el diagrama harrisiano (Ibidem: 49) y otras, como Treccani, creando, incluso, nuevas categorías en el registro estratigráfico.
Hace años ya, Brogiolo había llamado la atención sobre los límites conceptuales de la estratigrafía para aprehender algunas realidades características de la arquitectura.
En 1988 se refería a los aspectos estilísticos y formales, para cuya secuenciación -junto al análisis estratigráfico-proponía, algunos años después, un doppio binario coordinado de análisis estratigráfico y análisis estilístico (1993).
Al poco tiempo (1996) -recogiendo los resultados de las investigaciones llevadas a cabo por distintos equipos multidisciplinaras-propondrá la incorporación de dos nuevas secuencias no tenidas en cuenta por el análisis estratigráfico convencional, la secuencia estática y la secuencia del "degrado".
Y resultará aún más explícito en otra publicación inmediatamente posterior (1997) que refleja bastante bien esa "pérdida de inocencia", tanto teórica como aplicada, que observa en la arqueología de la arquitectura en los años finales del segundo milenio.
2 Como recogíamos en otro lugar (AZKARATE, FERNÁNDEZ de JAÚREGUI, NÚÑEZ, 1995), siempre habrá -y lo decimos por experiencia propia-quienes crean que esto del conocimiento histórico es un mero entretenimiento intelectual propio de universitarios, difícilmente asumible por motivos tan razonables como el aumento de presupuesto, la ralentización de las obras, las urgencias de los plazos, etc. Motivos todos ellos muy razonables (y con los que es muy fácil hacer planteamientos demagógicos), pero que ocultan y enmascaran una "falsa conciencia" latente en el ámbito de la restauración.
una memoria histórica fragmentada que necesita previamente ser biográficamente restaurado.
Un breve pero extraordinario artículo de Castilla del Pino puede ayudarnos a expresar esta idea: "Las cosas no existen.... es preciso restaurarlas".
"No podemos traer el recuerdo a la conciencia sin su restauración, esto es, sin dotarle el valor semántico que tuvo en el pasado.
Y la restauración misma es un proceso que implica la contextualización del recuerdo inicialmente evocado".
"La restauración de lo olvidado, no destruido, y ahora evocado gracias a la memoria, ha de hacerse con sumo cuidado.
Nos va en ello la conciencia de nuestra continuidad biográfica.
Hay.que evitar ante todo la distorsión posible y, muy especialmente, todo falseamiento.
(Es) preferible no recordar, (a)...recordar mal o (...) falsear lo recordado.
Desde la falsificación, desde luego, no es posible la continuidad histórica de uno mismo.
Es preciso ser veraz, o mejor, no engañarse.
Obviamente, no se está refiriendo Castilla del Pino a la restauración material de los monumentos (es decir a aquello que en nuestro entorno se "ejecuta" en todos los casos), sino a su restauración biográfica, a la restauración de su memoria (es decir, a aquella que, en nuestro entorno, en el mejor de los casos se negocia).
Restaurar significa devolver a los objetos su significado, el valor semántico que tuvieron en el pasado y ello sólo puede conseguirse contextualizándolos estratigráficamente, "porque un recuerdo no se ofrece como un dato aislado, sino como componente de una estructura contextual, y queda como estrato, al modo como es estratigráfica la memoria colectiva" (Ibidem) 5.
¿Cómo atreverse -sin articular con la máxima seriedad unas rutinas preventivas-a elegir un retazo del pasado y prescindir de otro?
El restaurador (como agente individual) no es un demiurgo, ni posee las virtudes del oráculo de Delfos para interpretar qué debe o no ser recordado, qué espera o no la colectividad que se recuerde y, en consecuencia, se reproduzca y perpetúe selectivamente en el futuro.
De ahí la necesidad de la interdisciplinariedad, de la toma de decisiones democrática....Y de ahí, sobre todo, la necesidad de asumir unas rutinas de control que regulen y programen los esfuerzos necesarios para contemplar, de manera integral, todas las dimensiones relevantes del patrimonio edificado.
Así como todas las ciencias han sabido idear rutinas para prevenir la subjetividad de las opiniones, el ámbito que nos ocupa debe garantizar también la aplicación habitual -y no excepcional ni potestativa-de rutinas similares.
visto siempre como una operación orientada a la conservación -o protección, como prefiere A. González (1999: 30)de un monumento, pero también como una ocasión única e irrepetible de conocimiento.
Ambas premisas son indisolubles, anverso y reverso de una misma moneda.
Desgraciadamente, sin embargo, en la actualidad se presupone y se ejecuta la primera (la restauración) y, en el mejor de los casos, se negocia la segunda (el conocimiento).
Y esta es una situación que debería cambiar radicalmente.
Creemos que no existe todavía una reflexión crítica ni una conciencia suficiente sobre la consubstancialidad de ambas.
Consubstancial significa, como es sabido, que una cosa es de la misma substancia, naturaleza indivisible y esencia que otra.
El conocimiento de un monumento es consubstancial al acto de su restauración.
No es algo que pueda negociarse, ni que dependa de la mayor o menor sensibilidad de un arquitecto, de un promotor o de una administración.
La consubstancialidad deriva de la historicidad 3 del propio objeto y, en consecuencia, del carácter hermeneútico (es decir, interpretativo) tanto de su conocimiento como del acto mismo de su restauración.
Y aquí, nos topamos con una de las claves teóricas de este debate.
Los agentes que intervienen en una restauración deben asumir que trabajan con "indicios" y no con "objetos".
Frente a la "anticuaria" que ha dominado tradicionalmente el mundo de la arqueología, la historia del arte y la arquitectura hay que reivindicar la compleja textura y la densidad biográfica de la memoria petrificada.
Esta es la cuestión que, en el fondo, subyace en este tipo de debates.
Urge, en consecuencia, desacralizar el objeto, el monumento-fetiche, que no existe en sí mismo como un estilo congelado en el tiempo 4, sino como la materialización de
3 Como apunta A. González citando a Daniel Shávelzon, "la conservación del patrimonio cultural no es un hecho 'apolítico' e independiente de la realidad que lo rodea... es un hecho profundamente político", por lo que la historicidad se convierte una de las características esenciales que más va a influir en la definición de una restauración objetiva" (1999: 29).
4 " (...) el historiador del arte puede pasar con desenvoltura de lo antiguo a lo moderno y viceversa: como si el espacio y el tiempo no hubiesen evolucionado.
Esta necesidad de totalidad y de puntos topográficos firmes es tan fuerte en los historiadores del arte que viven los espacios actuales de viejos edificios medievales o del Renacimiento como si fuesen idénticos a los espacios originarios (...).
Y la verdad es que incluso lo que parece menos transformado también ha sido objeto de transformaciones, en mayor o menor medida, en las diversas fases (...).
Existe pues una necesidad de reconstruir la memoria en cada lugar y para cada época, en el suelo y en el subsuelo, en la antigüedad y en la modernidad" (CARANDINI, 1998: 255-256).
5 Sobre "la comparación freudiana entre psique y asentamiento y entre los diversos modos en que se conservan y se destruyen la memoria y los monumentos", cfr.
Sobre el transcurrir del tiempo como entrecruzamiento de estratos, cfr. también M. Foucault (1978).
Protocolos que deben ser incorporados a la legislación, pero que, sobre todo, deben ser interiorizados (no únicamente acatados) por cuantos agentes intervienen en una restauración.
Este es uno de los contextos de nuestro debate y en él debe reflexionar sus aportaciones la AA, no desde actitudes maximalistas (es fundamental no ser maximalista), sino desde el respeto entre las diversas disciplinas intervinientes y desde la consecución de unos objetivos que -ateniéndose, eso sí, a las diversas circunstancias específicas de cada monumento-se hayan consensuado previamente.
NUESTRA EXPERIENCIA DESDE LOS PRESUPUESTOS TEÓRICOS EXPLICADOS
En la Universidad del País Vasco, el Área de Arqueología se constituía por primera vez a comienzos de 1989 cuando asumíamos la tarea de poner en marcha una nueva Área de Conocimiento que, como tal, carecía tanto de infraestructura como de profesorado.
Ya desde sus inicios, por lo tanto, vino arrastrando graves insuficiencias docentes que fueron incrementadas con el Nuevo Plan de Estudios por la troncalidad concedida al Área de Arqueología en el Real Decreto 1448/1190 (BOE 20 XI 1990) 6.
En este Nuevo Plan de Estudios fuimos secretarios de la Comisión de la Universidad del País Vasco encargada de la elaboración de los nuevos programas de la titulación de Historia y participamos, en consecuencia, directamente en su resultado.
Desde la perspectiva que nos da el tiempo transcurrido somos ahora conscientes de que en su desarrollo hubo aspectos que consideramos positivos y otros no tanto.
Se consiguió, por ejemplo -contemplando únicamente los primeros-que el nuevo Plan acogiera asignaturas antes inexistentes como "Arqueología medieval" o "Arqueología industrial" pero, sobre todo, se introdujeron en el nuevo Plan asignaturas novedosas en el panorama académico de la universidad española como "Arqueología práctica de gestión", "Arqueología urbana", "Arqueología y protección del Patrimonio" y -con una orientación entonces básicamente de carácter instrumental-una materia que llamábamos "Análisis estratigráfico de estructuras en alzado" y que en la última revisión del Plan de Estudios ha venido a denominarse -más coherentemente-"Arqueología de la Arqueología".
Desde la propia creación del Area de Arqueología en la Universidad del País Vasco, por lo tanto, se optó por un enfoque de la disciplina que respondiera a las nuevas circunstancias que iban consolidándose en nuestro país desde la década de los ochenta y que recibían un atención insuficiente por parte de los programas académicos tradiciona-les.
La necesidad de responder a los nuevos retos de manera activa -y no displicentemente crítica como es habitual, por desgracia-nos empujó a buscar la colaboración con las instituciones responsables del Patrimonio en nuestro ámbito geográfico.
Fue en este contexto en el que, a principio de los noventa, se inició un proceso de colaboración entre el Servicio de Patrimonio Histórico de la Diputación Foral de Álava que se viene manteniendo ininterrumpidamente desde entonces.
Tras varios años de colaboración, el año 1997 se firmaba un Convenio entre la Universidad del País Vasco y la Diputación Foral, renovado en el año 2000.
Todo ello ha permitido la creación de un sólido equipo, estable, de arqueólogos, topógrafos e informáticos, la puesta en marcha de varias tesis doctorales relacionadas con el tema, la creación de diversos bancos de datos relacionados con materiales de construcción, técnicas constructivas o análisis sistemáticos de morteros, enfoscados y enlucidos.
Recientemente este equipo se ha constituido como Unidad Asociada al Consejo Superior de Investigaciones Científicas con el nombre de "Grupo de arqueología tardoantigua y medieval y de la arqueología de la arquitectura" y ha sido reconocido por la Universidad del País Vasco como Grupo de Investigación.
Una de sus principales características es, precisamente, su interdisciplinariedad7.
Hemos trabajado hasta el presente en Álava, Guipúzcoa, Vizcaya y La Rioja, ocupándonos de más de 50 elementos patrimoniales de relevancia diversa.
Nuestros primeros pasos, como decía, se vincularon con la gestión del patrimonio edificado.
Esta orientación inicial es fecundo feed-back, en un camino de ida y vuelta, al que no debemos renunciar y ante el que la universidad no puede permanecer ajena, si no quiere convertirse en un trasto inútil y, sencillamente, desaparecer.
En este sentido, y desde esta perspectiva, el ámbito del conocimiento y gestión del patrimonio edificado puede y debe convertirse en el campo de pruebas idóneo para la renovación de la disciplina arqueológica.
Veamos, brevemente, nuestra experiencia concreta.
Obviamente no podemos referirnos a todas las intervenciones llevadas a cabo durante más de una década, por lo que seleccionaremos sólo algunos ejemplos:
El ámbito de la gestión a) Desde el Servicio de Patrimonio Histórico-Arquitectónico de la Diputación Foral de Álava se está procediendo a la revisión sistemática de más de cuatrocientas iglesias.
La información conseguida se está volcando sobre un soporte GIS que permitirá gestionar toda la información existente, relacionada con el estado de conservación de cada templo y sus valores constructivos y patrimoniales.
A la vez que instrumento de gestión para la administración responsable, este estudio permite alimentar sendas bases de datos sobre mapas litológicos o técnicas constructivas, convirtiéndose en un medio de investigación de primer orden para los doctorandos del equipo y para los proyectos de investigación en curso. b) Otro proyecto del máximo interés en el que participa también nuestro Grupo de Investigación es el Plan Director para la recuperación integral del Valle Salado de Salinas de Añana, proyecto dirigido por Juan Ignacio Lasagabaster, que tiene como redactores a los arquitectos Mikel Landa y Alazne Ochandiano y en el que participan también especialistas diversos.
El conjunto salinero es posiblemente el más espectacular de Europa.
Con varios manantiales que alimentan a más de cinco mil plataformas, posee una antigua y densa biografía, con menciones documentales que remontan al año 942 y una importancia histórica de primerísimo orden en la producción y comercio de la sal del Reino de Castilla.
Para nuestro equipo este proyecto -todavía en curso de ejecución-constituye un nuevo reto por cuanto constituye un objeto de estudio no habitual en la Arqueología de la Arquitectura que nos está obligando, una vez más, a generar nuevos instrumentos de trabajo y a responder, de forma innovadora, a los retos metodológicos que indudablemente plantea (fig. 1, 2). c) Un campo distinto en el que nuestro equipo ha trabajado también es precisamente uno que no recibe excesiva importante porque marcó, de alguna manera, la personalidad del grupo de investigación.
La firma de convenios con la administración nos obligaba a responder a los retos cotidianos en la conservación del patrimonio. a) De esta circunstancia se deduce que el equipo que se iba constituyendo necesitó responder a situaciones muy diversas.
Tuvimos que dotarnos, para ello, de unos instrumentos que hicieran operativo y ágil nuestro trabajo.
Los primeros años fueron años, en consecuencia, de investigación en aspectos relacionados con la documentación, el registro y la presentación de los resultados alcanzados.
Esta cuestión nos parece especialmente importante.
Es cierto que hay que evitar los corsés normativistas, pero esta advertencia es útil cuando se presupone una práctica instrumental normalizada.
Es evidente que en nuestra disciplina, como en cualquier otra, "no todo vale" y, en este sentido, resulta preocupante la laxitud metodológica e instrumental que se observa en algunos equipos, preocupación sobre la que ha insistido reiteradamente L. Caballero Zoreda y que nosotros también compartimos. b) Pero en este punto nos parece necesario hacer también una reflexión desde un centro de investigación y docencia como el nuestro.
Desde nuestra condición de universitarios, siempre tuvimos la convicción de que nos haríamos un flaco favor si defendiéramos la arqueología de la arquitectura exclusivamente como un instrumento para el conocimiento histórico, si respondiéramos a las demandas sociales únicamente en la medida en la que coincidieran con nuestros intereses curriculares (arraigado vicio éste, sobre todo en las áreas de humanidades).
Esto no quiere decir que la Arqueología de la Arquitectura deba resucitar la vieja vocación ancilar de la arqueología que, hasta fechas relativamente recientes, se concibió a sí misma como una ciencia auxiliar al servicio de los historiadores.
No se trata, en efecto, de reproducir aquella relación de dependencia, -en este caso, al servicio de la gestión-, sino de reinventar una "disciplina que sea capaz de responder a las demandas prácticas con una oferta de servicios cualificados y realistas.
Esto supone, todavía, hacer mucha investigación, tanto de carácter aplicado como básico... porque... sólo se puede administrar lo que se conoce y... esa administración es siempre una práctica interpretativa que manipula valores intelectuales" (CRIADO, 1996: 20). c) Esta última idea nos conduce directamente al tercero de los puntos que nos interesa resaltar y que nos parece especialmente relevante.
Hoy en día la aplicación de la investigación en forma de técnicas y la retroaplicación de los procesos técnicos a la investigación, se ha convertido en un INTERESES COGNOSCITIVOS Y PRAXIS SOCIAL EN ARQUEOLOGÍA DE LA ARQUITECTURA Fig. 1.
Salinas de Añana (Alava).
Imagen parcial de las más de 5000 "eras", antes de iniciarse su proceso de estudio (Imagen cedida por M. Landa y A. Ochandiano) Fig. 2.
Modelo tridimensional de la zona elegida para contrastar el sistema de estudio puesto en práctica durante el Plan Director, todavía en curso.
El modelo 3D sirve de soporte a la gestión, representación y análisis del complejo salinero.
La imagen general adjunta refleja las enormes dimensiones del conjunto (Imagen cedida por M. Landa y A. Ochandiano) ciones del plan Director para su restauración, pero, simultáneamente, este esfuerzo permitió avanzar también en la investigación tanto básica (importantes avances en el conocimiento de los siglos más oscuros de la ciudad y su territorio) como aplicada (nuevas propuestas metodológicas de análisis cronotipológicos, sistemas de registro 3D, etc.) (fig. 4).
Ejemplo de investigación básica: la arquitectura altomedieval
En alguna ocasión nos hemos referido a las generalizaciones abusivas que, desde la historia del arte y la arquitectura, se cometen a la hora de adscribir determinados edificios a corrientes artísticas o períodos históricos precisos.
Nuestra experiencia nos ha enseñado a desconfiar de las catalogaciones al uso, excesivamente dependientes de analogismos formales y carentes, por el contrario, de análisis constructivos rigurosos.
La iglesia alavesa de San Pedro de Quilchano, catalogada como románica, es, sin embargo, un edificio del siglo XVI (AZKARATE, FERNANDEZ DE JAUREGUI, NUÑEZ, 1995); la ermita de Nuestra Señora de Ullíbarri -ubicada en el mismo territorio-posee una fase de gran calidad constructiva anterior al románico que había sin embargo desapercibida, etc. En esta ocasión, sin embargo, nos detendremos en una investigación de especial relevancia histórica.
Una de las aportaciones históricas más importantes que ha ofrecido -y va a seguir ofreciendo-la restauración de la catedral está en relación con el notable aumento de nuestros conocimientos sobre el poblamiento y el paisaje urbano de la primitiva Gasteiz, desconocidos totalmente hasta la fecha.
Hemos publicado recientemente un avance de estas investigaciones contextualizándolas en la problemática peninsular (AZKARATE, QUIROS, 2001).
Se nos excusará, por tanto, que no insistamos en ello, limitándonos únicamente a recordar el descubrimiento de una secuencia extraordinaria en la que se suceden (sin solución de continuidad), los testimonios de una arquitectura doméstica íntegramente realizada en madera durante los siglos VIII y IX, con construcciones lígneas de gran porte (como la longhouse detectada junto a la portada de Santa Ana); la transición hacia una arquitectura mixta de piedra y madera, fechada radiocarbónicamente hacia el 950; la aparición de la primera iglesia de fábrica tras el año 1000 con diversas ampliaciones; murallas pétreas ya para esta fecha que denuncian la presencia en el País Vasco de fenómenos de "incastellamento"; una nutrida necrópolis con centenares de enterramientos, etc... todo ello anterior a la fundación navarra de 1181.
Las excavaciones de la plaza de atención por parte de quienes investigan en Arqueología de la Arquitectura, a pesar de ser las construcciones quizá mas amenazadas de cuantas existen en la actualidad y que, en poco tiempo, están sucumbiendo ante el avance imparable de las infraestructuras viarias.
Nos referimos al estudio y análisis de los puentes históricos.
Los puentes, en efecto -junto a otros elementos arquitectónicos injustamente considerados como "menores",-han constituido uno de esos capítulos de la arquitectura tradicionalmente relegados al olvido, con la excepción quizá de algunos ejemplares sobrevalorados por su presunta antigüedad o por su indudable carácter monumental.
El estudio, sin embargo, de su financiación y mantenimiento, de sus artífices, de su análisis estructural y de su evolución constructiva, permite -desde el punto de vista histórico-inferir importantes datos sobre las vías de comunicación, el transporte y el comercio y -desde el punto de vista cronotipológico-acabar con el sinnúmero de tópicos que salpican la bibliografía existente sobre estos ejemplares (fig. 3).
Nuestras investigaciones en este campo han permitido reubicar cronológicamente algunos puentes emblemáticos en el País Vasco; descubrir el valor histórico de otros ejemplares medievales caídos en el olvido y poseedores, sin embargo, de rasgos constructivos y tipológicos relevantes; y, sobre todo, avanzar las primeras cronotipologías de los puentes anteriores a la intervención sistemático de los ingenieros (NUÑEZ, 1994; AZKARATE, PALACIOS, 1996). d) Aunque, sin duda, la intervención más conocida de nuestro Grupo de Investigación ha sido la llevada a cabo en el contexto de la restauración de la catedral de Santa María de Vitoria-Gasteiz: la lectura arqueológica del edificio permitió decodificar su compleja biografía constructiva, cosa que fue decisiva a la hora de articular las prescrip-AGUSTÍN AZKARATE GARAI-OLAUN sino también en dominar las circunstancias en las que son apropiadas determinados tipos de frases.
En palabras de Hymes:'la competencia adquirida se refiere a cuándo hay que hablar y cuándo no, así como de qué hablar con quién, cuándo, dónde y de qué manera'.
En otras palabras, el dominio del lenguaje es inseparable del dominio de la variedad de contextos en los que se usa el lenguaje".
Se trata, en definitiva, de reflexionar sobre la necesaria coordinación entre lenguaje y Praxis (GIDDENS, 1990: 260).
Esta idea puede servirnos para reflejar nuestra situación en aquel invierno de 1996 y en la primavera del año siguiente.
En el proyecto que habíamos presentado a concurso público para la licitación del Plan Director, y debido a las notables dimensiones del monumento catedralicio, nuestra propuesta sobre la lectura de paramentos se circunscribía a la ejecución de unos "cortes estratigráficos" a modo de sondeos-, en la esperanza de que la información obtenida pudiera ser extrapolable al resto del edificio.
Al poco de comenzar nuestra investigación, sin embargo, la propia complejidad del monumento nos desaconsejó continuar por aquella vía y optamos, finalmente, por abordar la lectura de todo el edificio.
Con ello asumíamos un reto de tal magnitud que nos vimos obligados a diversificar y potenciar las herramientas analíticas que hasta entonces veníamos manejando, herramientas que habían mostrado su operatividad en elementos patrimoniales más sencillos pero que no nos servían en un contexto que resultaba nuevo para nosotros.
Conocíamos las reglas sintácticas, los instrumentos metodológicos (o creíamos conocerlos, al menos), pero nada de ello resultaba suficiente.
Teníamos ante nosotros un edificio de enorme complejidad estratigráfica y de grandes dimensiones.
Corríamos el riesgo de perdernos en una multitud de unidades estratigráficas en el caso de seguir de principio a fin la ortodoxia estratigráfica.
Contábamos, además, con una dificultad añadida.
Sin llegar a la escasa legibilidad estratigráfica de los edificios enlucidos, la catedral había sido objeto de un "maquillaje" por parte del último arquitecto restaurador que, en la década de los sesenta del siglo XX, había enlechado todos los paramentos del edificio y, sobre esta lechada, había creado una pseudoisodomía en los aparejos.
La catedral no era lo que parecía.
Finalmente, las reservas conceptuales de los italianos sobre la legibilidad estructural de un edificio y las limitaciones operativas de la lectura estratigráfica habían provocado en nuestro equipo un serio debate interno.
Estamos pensando, por ejemplo, en las serias objeciones de F. Doglioni (1997: 45-52), en las preocupantes apreciacio-Santa María reflejan una evolución de las técnicas constructivas, desde la madera, pasando por técnicas mixtas, hasta la recuperación de nuevo de la cantería.
Por ello es, en estos momentos, un buen referente para la arqueología peninsular de este periodo (fig. 5).
Es muy importante resaltar, sin embargo, cómo -mientras los habitantes de la primitiva Gasteiz desarrollan estos ciclos productivos-en otros lugares del territorio alavés, importantes personajes eclesiásticos levantan edificaciones para las que se recurre a técnicas constructivas más complejas.
El caso más conocido es el de San Román de Tobillas, pequeña iglesia calificada como románico rural que, esconde sin embargo, dos fases constructivas del máximo interés para la arquitectura altomedieval de la Península Ibérica (AZKARATE, 1995).
Los estudios efectuados demostraron, en efecto, su notable antigüedad.
Su primera fase -hoy circunscrita únicamente a la zona del ábside-fue realizada con sillares reutilizados, se cubrió con una bóveda sobre pechinas ya desaparecida y pertenece a la fundación que, en el año 822 de nuestra Era, realizara el abad Avito.
La segunda fase, obra del año 939, se ejecutó -bajo el patrocinio del presbítero Vigila-en un aparejo de gran calidad, con sillares ejecutados ex novo para la ocasión, convirtiendo a esta pequeña iglesia en uno de los primeros casos conocidos que evidencian la recuperación de la cantería en el occidente europeo (fig. 6).
Los promotores de ambas fases constructivas (un abad que poseía un notable patrimonio personal y un presbítero vinculado probablemente con la familia condal que regía los destinos de Alava), nos está reflejando la reaparición de ciclos productivos más complejos de manos de grupos dirigentes que comienzan a controlar ya los mecanismos de feudalización.
Las dos primeras fases de Gasteiz (arquitectura lígnea y arquitectura mixta, obra de manos anónimas, casi con seguridad campesinas) y las dos fases constructivas de Tobillas (obra de dos personajes influyentes) reflejan magníficamente este contexto histórico, demostrándonos que el conocimiento de las formas de construir puede convertirse en un inmejorable instrumento para el conocimiento de la historia social de un territorio.
• Individualización de variables Comenzamos nuestro trabajo identificando en la fábrica tipologías de carácter tanto técnico como formal y metrológico, que denominamos "variables de carácter técnico-constructivo" y "variables de carácter formal".
Las variables de carácter técnico-constructivo seleccionadas fueron, entre otras, las siguientes: tipos de materiales constructivos, tipos de aparejos, tipos de acabados (es decir, tipo de instrumentos utilizados en la talla), marcas de cantero, etc.
Las aportaciones arqueométricas (estudios geológicos, análisis de morteros) fueron muy importante en esta fase.
La identificación de los tipos de materiales utilizados en la construcción de la catedral, su procedencia (canteras) y su distribución en la fábrica del edificio, llevada a cabo por geólogos, resultó de una utilidad extraordinaria tanto a la hora de ir definiendo conjuntos constructivos homogéneos como de observar reutilizaciones de materiales antiguos.
Y otro tanto cabe decir de los análisis de morteros, sobre cuya eficacia -hemos de confesarlo-tuvimos algunas vacilaciones al comienzo de nuestro trabajo y que, a la postre, resultó absolutamente clarificadora en situaciones que, sin el recurso de esos estudios arqueométricos, hubieran sido difícilmente solventables.
Decisiva fue también, aunque muy laboriosa, la individualización de los tipos de instrumentos utilizados en la talla de los materiales pétreos.
Hay que recordar que la totalidad de la catedral estaba revestida en su interior por una lechada con la que el último arquitecto restaurador había impregnado su fábrica para homogeneizar su aspecto.
Estudiar los tipos de talla exigió la realización de centenares de catas que permitieran observar los tipos de instrumentos utilizados.
El esfuerzo, no obstante, mereció la pena.
Las variables de carácter formal, en cambio, fueron estas otras: tipos de perfiles de las basas, tipos de puntillas de los arcos trilobulados y del antepecho del triforio, tipos de capiteles, etc. • Georreferenciación tridimensional de las variables selecciona- das Una vez identificadas estas variables tanto de carácter técnico como formal se procedió a la gerreferenciación de cada una de ellas, cartografiándolas tridimensionalmente en el edificio.
• Descubrimiento de clusters de variables.
El paso siguiente consistió en observar y analizar la combinación tridimensional de estas variables entre sí hasta descubrir "conjuntos de variables" o "clusters constructi-nes de I. Ferrando sobre la imposibilidad de leer más allá de la "piel" del edificio (1998), o en las importantes consideraciones de G.P. Brogiolo (1996Brogiolo (, 1997) ) sobre la subjetividad del análisis arqueológico y su búsqueda por completar con instrumentos "históricos" las lagunas de los específicamente estratigráficos.
Estas objeciones nos inquietaron profundamente, pero, a la postre, resultaron sumamente estimulantes pues potenciaron el debate interno en nuestro equipo.
De los tres problemas mencionados se derivaba nuestra necesidad de buscar instrumentos de análisis más potentes.
Los instrumentos estratigráficos que hasta entonces habíamos manejado (identificación de cada Unidad Estratigráfica, registro individualizado de cada una de ellas, articulación de sus relaciones físicas en un diagrama estratigráfico, etc.) era operativa en edificios pequeños, pero resultaba poco eficaz en construcciones de gran volumen y complejidad -y también en edificios cubiertos por revestimientos diversos que enmascaran su articulación estructural-.
Quizá esta última circunstancia -muy extendida en la arquitectura italiana-explica las razonables advertencias de Brogiolo sobre las limitaciones heurísticas de la estratigrafía y justifica su invitación a profundizar en aspectos estructurales y formales.
Fue, en definitiva, lo que intentamos hacer en nuestro equipo.
Necesitábamos organizar un procedimiento de trabajo que nos permitiera "comprender" el edificio en sus rasgos más generales, que nos diera una "perspectiva" de carácter más panorámico, para ir profundizando luego en sus aspectos particulares.
"Partir, en definitiva, de lo general para llegar al detalle, disminuyendo progresivamente la distancia de observación", tal y como propone R. Parenti.
Diseñamos, para ello, una estrategia de trabajo8 que combinaba, de manera interactiva, tipología, análisis de conjuntos y plataformas GIS o Sistemas de Información Geográficos.
Una estrategia adecuada a las necesidades de la catedral de Santa María, que nos iba a permitir el descubrimiento de fases constructivas que potenciaban el análisis estratigráfico más allá de la observación epidérmica de los muros del edificio (insistimos en esta última idea, porque nos parece muy importante: el análisis estratigráfico más allá de la observación epidérmica de los muros del edificio).
Expliquémoslo de manera breve y necesariamente sintética (fig. 7).
Esquema de nuestra propuesta cronotipológica para la lectura de un edificio complejo (desarrollado en la catedral de Santa María de Vitoria-Gasteiz, 1996-97) c) Pudiera ocurrir también que se diera un solapamiento parcial de algunos clusters, es decir, que coincidieran en algunas variables fundamentales, diferenciándose en otras más instrumentales, lo que nos llevaría a considerar la existencia de diversos grupos de canteros trabajando simultáneamente.
Identificación de las U.E.
Habíamos logrado, de esta manera, una lectura estratigráfica de la evolución constructiva del edificio conseguida con el instrumento cronotipológico con el que nos habíamos dotado.
Usando un símil fotográfico, habíamos trabajado con un objetivo de 28 mm, con un "gran angular" que nos ofrecía esa visión panorámica que demandábamos.
Pero, a la vez, sabíamos que el trabajo efectuado no era suficiente.
El edificio mostraba episodios biográficos menores que escapaban a la visión del gran angular.
Debíamos cambiar el objetivo de 28 mm y sustituirlo por otro más potente, un teleobjetivo que permitiera "acercarnos" a la microhistoria del conjunto catedralicio, a sus detalles.
La lectura de estos detalles ocupó la mayor parte de nuestro tiempo, con un equipo de seis personas trabajando ininterrumpidamente durante casi dos años, pero completó la lectura más global que la cronotipología había alcanzado, abriéndonos definitivamente las puertas del oscuro pasado de la catedral de Santa María.
Como ha señalado R. Parenti "es tanto más fácil leer una relación estratigráfica o distinguir una U.E. de otra, vos".
Este paso es especialmente importante, porque el agrupamiento o la asociación de estas rasgos permite identificar "conjuntos de variables", "conjuntos de tipos" que están reflejando la homogeneidad formal que todo acto constructivo coetáneo conlleva intrínseco.
En otras palabras, permite descubrir fases del edificio constructivamente homogéneas.
• Análisis de las interfaces Una vez identificado un cluster de variables es fundamental acotar sus límites, su perímetro, es decir, sus interfaces respecto a otros clusters constructivos con los que tiene contacto físico.
De esta manera se consigue nada más y nada menos que individualizar (no epidérmicamente, sino tridimensionalmente) acciones constructivas relevantes.
Determinación de la primera secuencia relativa
Lo más decisivo de esta estrategia de trabajo -sobre todo por las repercusiones operativas que tuvo en el proceso de estudio-fue la constatación de que los conjuntos de variables, en definitiva, no estaban sino mostrándonos fases o períodos constructivos y sus contornos las interfaces de fase o de período.
Y esta última constatación es trascendental porque de la percepción de las interfaces se deriva la articulación de los distintos clusters de variables en una secuencia estratigráfica relativa.
Las potencialidades interpretativas de este sistema de trabajo son sumamente interesantes.
Veamos algún ejemplo que hemos podido comprobar en nuestro trabajo (fig. 8): a) Una vez establecida la contemporaneidad de determinadas variables técnico-formales, se multiplican las capacidades interpretativas de los investigadores.
Un supuesto: si las claves 2, 10, 22, 31, 40 y 62 acostumbran a asociarse sistemáticamente entre sí (es decir, constituyen un cluster constructivo homogéneo) y en una determinada zona del edificio faltan dos de ellos, el arqueólogo deberá preguntarse por las razones de su ausencia y saber explicarlas.
Puede ocurrir, pongamos por ejemplo, que la ausencia se deba a un retalla efectuada en época posterior que hizo desaparecer las marcas de cantero y la talla primitiva. b) Su aplicación permite también el descubrimiento de reutilizaciones o restituciones posteriores: la aparición de un tipo aislado en un entorno de tipos que no le corresponden (es decir, la aparición de un tipo que distorsiona la homogeneidad de una acción constructiva) puede estar reflejando, por ejemplo, una reutilización de un elemento constructivo preexistente.
Hemos tenido ocasión de comprobar varias veces el cumplimiento de este principio y resulta de una gran utilidad en el análisis de un edificio.
La lectura cronotipológica nos permitió descubrir un número importante de estas claves, comprobar su articulación estratigráfica en conjuntos constructivos homogéneos y conocer, de este modo, los capítulos biográficos más significativos de la catedral.
La lectura en detalle posibilitó el conocimiento de los acontecimientos más episódicos -en ocasiones casi cotidianos-del edificio.
Determinación de la secuencia absoluta
Pero el proceso de trabajo no terminó en este punto.
Simultáneamente se estaba procediendo al vaciado de las fuentes de los archivos y al estudio crítico de las fuentes documentales, a los estudios epigráficos, numismáticos, estilísticos y arqueométricos.
Se estaban ejecutando, en definitiva, un elenco de estudios que fueron aportando información decisiva para conceder valor absoluto a algunos eslabones de la secuencia estratigráfica relativa que habíamos conseguido.
Nuestra primera secuencia relativa pasaba, ahora, a convertirse en una secuencia absoluta.
Lectura arqueológica y cronotipología absoluta
Con todo ello conseguíamos dos importantes objetivos: la lectura arqueológica del edificio y la consecución de una cronotipología absoluta fácilmente extrapolable a un contexto local y utilizable, por tanto, en el estudio de otros conjuntos patrimoniales.
La respuesta a un problema concreto en la catedral de Santa María nos permitía, de esta manera, estudiar por una parte la evolución constructiva del edificio y sus contextos históricos y, por otra, dotarnos de instrumentos aún más potentes para seguir respondiendo a nuevos retos planteados en la gestión del patrimonio edificado.
Terminemos nuestra intervención con el planteamiento de algunas cuestiones, a modo de desideratum para un futuro inmediato.
Recojamos, pues, esos temas que (aunque importantes) no han merecido por nuestra parte una atención suficiente.
Juan Antonio Quirós hizo ayer referencia a la insuficiente desmonumentalización la arqueología de la arquitectura entre nosotros, poniendo sobre la mesa un tema de especial relevancia.
Yo preferiría hablar de diversificación de los objetos de estudio aunque comparto la idea que se quiere transmitir, porque, en definitiva, obliga a superar una arraigada tradición de origen winckelmanniano que ha priorizado la arquitectura monumental en detrimento de los llamados "elementos menores del patrimonio arqui-tectónico".
La arquitectura monumental para la historia del arte y de la arquitectura.
La arquitectura "menor", "popular" -y, por tanto, casi atemporal-para la etnografía y el folklore.
Esta es la situación, a fecha de hoy, en muchos lugares.
En nuestro territorio, afortunadamente, contamos con la labor meritoria de Vitorino Palacios que, a lo largo de más de 25 años viene efectuando una sistematización exhaustiva de varios miles de elementos arquitectónicos de un valor extraordinario.
Pero, además, se están comenzando a experimentar -en colaboración con nuestro equipomodelos interpretativos que concedan profundidad histórica al trabajo de campo efectuado.
Más preocupantes, en cambio, resultan otras cuestiones insuficientemente desarrolladas todavía entre nosotros.
Quedan por experimentar, por ejemplo, las potencialidades de la arqueología de la arquitectura en el conocimiento y gestión del tejido urbano.
Su aplicación a los cascos históricos, como conjuntos diacrónicos que, encerrando un rico elenco de valores históricos, poseen sin embargo una notable fragilidad ante el avance imparable de las rehabilitaciones, resulta urgente.
Existen experiencias en Italia sumamente interesante a este respecto.
No deja de ser una paradoja que se hagan esfuerzos muy meritorios por parte de diversos equipos y que en bastante lugares, sin embargo, rija todavía la ley de la selva.
Hay que evitar, por todos los medios, que proyectos como los que pueden ustedes contemplar en los posters recibidos desde muy diversos lugares, acaben convirtiéndose en islas, porque los isleños, como todos sabemos, acostumbran a padecer de extrañas melancolías y soledades incurables. |
Método Harris) al estudio de los edificios históricos, considerados por tanto como objetos de estudio de la arqueología, es el descubrimiento de modos constructivos hasta el momento desconocidos y que, de no emplear este modelo de análisis, pueden pasar desapercibidos.
La aplicación de este sistema de trabajo obliga a la inspección personal y sistemática del edificio, evidenciando todos sus elementos y sus relaciones contextuales (o, lo que es lo mismo, los elementos que conforman sus estructuras), otorgando a unos y otras el mismo valor.
Incidir en estas cuestiones, de sobra conocidas, puede considerarse inútil pero, en la práctica, redundan en la aceptación de los resultados de la lectura de paramentos.
El empleo habitual de esta metodología permite comprender el rigor que conlleva por la sistematización de la observación y del registro de lo observado.
Sin embargo, quien contempla desde fuera los resultados obtenidos con este método, si no es consciente de las características del sistema empleado, puede desestimarlos.
Esta situación, según nuestra experiencia, se produce en más ocasiones de lo que sería de desear.
Entonces, el espectador externo arrastra con su duda a los datos que deja de considerar evidentes para creerlos fruto de una observación subjetiva.
Tiende a confundir dos niveles perfectamente diferenciados: el del registro, obtenido con un sistema más riguroso y sistemático que con otros métodos hasta ahora vigentes y aún en uso, y el de la explicación, un nivel que ya no depende del rigor, sino de la objetividad (o subjetividad) de la explicación, ya sea una explicación histórica o constructiva (esto es, ya competa a la Historia o a la Arquitectura).
Si su observación (menos rigurosa y sistemática) le lleva a una conclusión diferente, puede que siga apegado al nivel de los modelos, rechazando los conseguidos, dudando de la toma de datos y ampliando su duda hasta llegar a discutir el método por considerarlo confuso, complejo e inapropiado.
En nuestro caso, somos conscientes de la diferencia entre el nivel de la observación y el registro y el de la explicación.
Lo que exponemos a continuación es ejemplo de ello.
La observación meticulosa y sistemática ofrece unos datos que conducen a un modelo, en este caso constructivo.
Ello no quiere decir que, sin renunciar a lo observado, no seamos conscientes de la «dureza» del modelo obtenido y de los problemas que presenta.
Solo la multiplicación de observaciones, conseguidas rigurosamente, contrastables y compatibles entre sí por haberse obtenido con el mismo método, podrá ir solucionando las aparentes contradiccio-
nes de los modelos explicativos, sin tener por ello que corregir las observaciones realizadas.
Sin embargo, se puede incurrir en errores a la hora de observar y recoger los datos.
Por ello nuestra obligación es ofrecer el registro al contraste científico de tal modo que se pueda rehacer el proceso de observación, de acuerdo con una norma común y consensuada (que es lo que convierte nuestro trabajo en una profesión) que permita descubrir dónde erramos.
La descripción con sus fichas o listados; el sistema contextual de relaciones con sus diagramas; y la ubicación de los elementos (si no también las relaciones, como propone Doglioni) con la planimetría; y, hasta donde sea posible, con el mayor detalle (a nivel de Unidades Estratigráficos mejor que al de Actividades) e indicando dónde se han archivado los documentos con el fin de poder consultar los originales.
DATOS HISTORIOGRÁFICOS Y FINALIDAD DEL ESTUDIO
La iglesia de S. Pedro pasa por ser una de las más antiguas de la ciudad de Madrid (fig. 1).
Incluso se pretende que fuera anterior a la reconquista del lugar y aún se mantiene que su torre fue el alminar de una mezquita1, lo que ha hecho que se propusieran distintas fases cronológico-culturales en ella (Íñiguez 1971).
También se asegura que la iglesia original estaba ubicada más arriba de donde está la actual, lo que quizás se explique por el intento de hacerse con los derechos de las aguas de las fuentes de San Pedro o de los Caños Viejos en el s. XVI (Quintana 1629: 70); lo que, por otra parte, ha dado lugar a que otro autor pusiera en relación su construcción con la fundación legendaria de su feligresía por Alfonso XI (1344; Tormo 1927: 46-47).
Esta autora, analizando el conjunto del templo, muy transformado por remodelaciones y ampliaciones a lo largo del tiempo, consigue reconocer las partes más antiguas en diferentes zonas: el tramo recto que precedía el ábside, los pilares de separación de las naves, partes importantes de los muros norte y sur y la torre.
Esta última se divide en tres niveles, todos coetáneos, incluido el cuerpo de campanas en el que, no obstante, piensa hubo una mala restauración que alteraría la fisonomía de los arcos, dando la sensación de etapas diferentes.
Abad considera en su trabajo que todo lo conservado de la antigua iglesia y la torre responde a un mismo esfuerzo constructivo que, por sus paralelos arquitectónicos y decorativos, se fecharía a comienzos del siglo XIII (vol. 1, 177-178).
Los estudios del arquitecto José Miguel Ávila son los que más interés tienen para nosotros por describir su estado, plantear algunas preguntas sobre él e informar del objetivo de las obras.
Su relación con el edificio se inició en 1991, cuando, ante las grietas abiertas en la fábrica de la torre y tras un Decreto de la Gerencia Municipal de Madrid requiriendo al Arzobispado la consolidación y estudio de sus movimientos, la Comunidad de Madrid le encarga un Informe (1993).
En él justifica que el edificio está estabilizado, por lo que en 1999 propone un proyecto de investigación que estudie las razones de las grietas.
Además de la descripción estructural, nos da noticias sobre las intervenciones efectuadas, como el metro y medio que se rebajó la cota de la calle Costanilla de San Pedro, que corre por su costado Oeste, a mediados del s. XIX; pequeñas obras efectuadas tras la guerra civil; la restauración de Amparo Berlinches efectuada hace más de diez años (hacia 1987 por tanto; en la que, como veremos, se debe inscribir el intento por recuperar la escalera desaparecida en la planta inferior); y la colocación de testigos para control de los agrietamientos el 19 de abril de 1990.
La torre está girada y desplomada entre 50 y 70 cm hacia Oeste y posee grietas observables en sus caras exteriores Sur y Norte.
Estas grietas considera que están estabilizadas como mínimo desde las obras de hace 150 años; no son sólo consecuencia de este giro, ni son recientes, sino que ocurrieron hace siglos.
Estudia posibles causas por las que pudieron producirse: la descompresión al vaciar la calle; la presión producida por la tierra que rellena la parte baja del interior, quizás aumentada al inundarse de agua; los efectos producidos por la caída de un rayo; y el balanceo de la gran campana central.
Prácticamente todas las desecha, excepto la del terreno sobre el que se asienta (para el giro) y la tierra interior y la de la campana para las grietas.
Para las dos mayores, que llegan a la altura de la cumbre de la iglesia, también considera la posible existencia de huecos bajo rasante como criptas o socavones.
Otras observaciones se pueden considerar como preguntas para nuestro análisis (Ávila 1998: 15):
-si el acceso actual es nuevo o ha sido ensanchado, pues posee un cargadero de madera;
-si la escalera ha sido desmantelada en la parte inferior, hasta el acceso al coro al que se sube por un talud en el terreno (en realidad, como veremos, es un muro de ladrillo y barro, desconocido entonces por la abundante suciedad que lo cubría); -si se diferencia, en el interior, la parte inferior, tosca, sin desbastar y como revestida de un mortero de cal, de la superior, con paramento de ladrillo correctamente aparejado.
-si en la parte inferior hubo o no hubo escalera o si ésta pudo bajar aun más hasta posibles sótanos o criptas cegadas.
Su proyecto propone, entre otros objetivos, éste referente a nuestro estudio: «Esta labor historiográfica se completa arqueológicamente con el estudio de los elementos del subsuelo, con la lectura e interpretación de paramentos y con un estudio de los dos materiales que conforman la torre: ladrillos y madera.
Su estudio busca un seguimiento de las etapas constructivas de la torre a través de sus materiales y paramentos interiores y exteriores» (Ávila 1998: 19).
La lectura de paramentos realizada se ha visto también en cierta manera motivada por nuevas explicaciones del arquitecto, expuestas en conversaciones con nosotros y conocidas y apoyadas parcialmente por la historiadora Abad.
En su opinión pueden preexistir restos de una torre anterior de ladrillo de época musulmana (nuestro «muro de ladrillo y barro»), acorde con cierta tradición histórica del edificio.
En esta torre se apoyaría otra de calicanto (los muros perimetrales de las plantas 1.a y 2.a) de época mudéjar, también anterior a la iglesia dada su posición descentrada y algo girada.
Finalmente, otra tercera obra de ladrillo visto (las fachadas) forraría su alzado exterior dándole su aspecto actual.
Esta secuencia se basaría en la diferencia reconocible en los materiales constructivos y su aparejo.
El encargo de nuestro estudio tuvo lugar en el año 2002 por el arquitecto José Miguel Ávila.
Se centró en la lectura de paramentos de la torre y su relación con la iglesia, de acuerdo con la petición del arquitecto, el «seguimiento de las etapas constructivas» (Ávila 1998: 19).
Sin embargo, en este trabajo nos vamos a centrar especialmente en los problemas surgidos al explicar cómo se construyó, refiriéndonos solo de modo breve a su secuencia histórica.
Además de la lectura de paramentos se han efectuado análisis de tipología de materiales y aparejos y se han tomado muestras de argamasas, concordes con el estudio estratigráfico, para el análisis comparativo de su composición.
Somos conscientes de que estos trabajos son incompletos, debiendo ampliarse con un análisis mucho más complejo formado cuando menos con la lectura y la excavación arqueológica del edificio de la iglesia, con el estudio de los documentos históricos y con los análisis de los ladrillos y las maderas.
Pero lo que se convino era lo que se ajustaba a las posibilidades del momento dentro del proyecto de restauración de la torre.
En cualquier caso, hemos de reconocer y agradecer el correcto planteamiento del arquitecto restaurador y la comprensión y ayuda que siempre nos prestó dentro de las severas limitaciones a que se vio sometido el trabajo2.
La torre, de treinta metros de altura, está formada por un machón central de planta cuadrada rodeado por un muro exterior de planta también cuadrada de cinco metros de lado (Ávila 1998: 14).
La escalera corre entre ambos, apoyada en plataformas horizontales de madera, que denominamos impropiamente mesetas, descargadas en el machón y el muro perimetral3.
Se sitúa en el extremo occidental de la iglesia, sobresaliendo medio cuerpo del testero; incluida en la nave central pero descentrada a su lado norte de modo que su cara de ese lado se alinea con la arquería septentrional de la iglesia (fig. 16 y 17).
La síntesis de la documentación obtenida durante el análisis del edificio nos ofrece una secuencia históricoconstructiva (fig. 2) donde la torre forma parte de la etapa I, como una pieza más del proyecto edilicio del templo mudéjar al que pertenece.
Torre e iglesia se construyeron a la vez, como veremos, de modo que el último arco de la arquería norte de la iglesia enjarja con la obra de la torre.
A su vez, toda la obra de la torre forma un cuerpo unitario [A100] desde el nivel de cimientos hasta el cierre del campanario, con sus arcos y cornisa incluidos.
Ambos hechos se demuestran por la unidad de la fábrica de ladrillo y de calicanto, deducida de la lectura arqueológica; la unidad de la argamasa utilizada; la disposición regular del aparejo; y la dimensión constante de los ladrillos y de sus lechos y juntas.
Las transformaciones posteriores se limitan a reparaciones puntuales o a la apertura de vanos que no afectan a su morfología, por lo que la torre actual corresponde en gran medida a la de época original.
Las dos siguientes etapas son posteriores al impulso constructivo original y constituyen adaptaciones a los nuevos usos que requería la vida del templo.
Las dos últimas hacen referencia a lo sucedido durante el siglo XX.
La datación de las etapas II y III es relativa y, por lo tanto, la adscripción de las distintas unidades a cada actividad es meramente estratigráfica, ya que por tipología (cuestiones estéticas, formales o tecnológicas) o por fuentes documentales (extraídas de la bibliografía), no se pueden fijar las actividades a un horizonte cronológico absoluto.
En la etapa II (situada en un amplio abanico cronológico, entre los siglos XIII al XV), tan solo destacamos dos restauraciones, que no representan ninguna importante variación del programa original.
Por un lado tenemos la construcción de un forro de ladrillo en la jamba oeste de la puerta de acceso a la torre [A101] que corta y se adosa a la esquina sureste del machón que aquí, en el arranque de la torre, se prolonga hasta el muro sur donde se abre dicha puerta (fig. 7).
Creemos más plausible que esta obra pertenezca a una reforma de la obra original, reforzando el marco de la puerta donde las presiones del machón y del muro de fachada eran más importantes.
La segunda restauración corresponde a la colocación de cuatro vigas soleras en la base del campanario [A103] que sustituyen a otras anteriores [A100 UE1092].
En su relación La etapa III (época moderna) corresponde a una adecuación de la torre como zona de comunicación en el itinerario litúrgico entre la iglesia y el coro alto construido a sus pies.
Para ello se remodeló su escalera desde la entrada hasta la nueva puerta del coro alto, ensanchando su hueco a expensas de cortar la superficie del machón central (fig. 4, 5 Sin atrevernos a ser categóricos, fechamos esta etapa en época moderna.
En una pequeña cata abierta en el acceso al coro apareció un azulejo decorativo de Talavera de la Reina (fig. 3) que fecha esta apertura inmediata a la segunda mitad del s. XVI [A106].
Tormo (1927: 48) menciona una reconstrucción del templo en la primera mitad del XVII a cargo del arzobispo de Bríndisi Lorenzo Reinoso, que podría estar en directa relación con lo descrito.
Consideramos como etapa IV lo que fue una acción constructiva coyuntural: las grietas producidas por el movimiento de la torre [A112].
Hay noticia de que en el siglo XIX se rebajó sensiblemente el nivel de la calle Costanilla de San Pedro que pasa por delante de la fachada oeste de la iglesia.
Este hecho ha permitido suponer que las grietas fueron la manifestación del desmonte de tierras a los pies ], planta 2.a, muro E. En primer término el paso al coro con su cubierta buzada.
En la pared perimetral los huecos de los atoques originales, indicando el rebaje moderno del nivel de escalera.
A la izquierda el muro de ladrillo del machón central con el corte de época moderna.
En los muros perimetrales, originales, se puede adivinar el paso de la obra de calicanto a la de ladrillo de la cara oeste de la torre que provocó el desplome del muro perimetral en esa dirección (Ávila 1993 y 1998).
Enfrentada esta hipótesis a nuestra lectura estratigráfica podemos decir que tiene visos de credibilidad pues cortan el enfoscado de la etapa III y están cubiertas por las actividades de la etapa V. Se trata de grietas «muertas» ya que el movimiento se produjo de una vez deteniéndose de inmediato al reestablecerse el equilibrio.
La etapa V abarca el último momento de uso del s. XIX y las restauraciones iniciadas en el s. XX.
Antes de que comenzaran las diferentes obras de «restauración», obligadas por el abandono de la torre al perder las funciones de campanario y subida al coro, nos encontramos con burdas intervenciones que tan sólo buscan solucionar cuestiones funcionales, como la apertura de una puerta [A108] que hoy da al local ocupado por la Cofradía de Jesús el Pobre.
Dicho vano está rasgando el muro original [A100] aprovechando una ventana igualmente original.
También incluimos en este periodo las rozas para tubos eléctricos [A124] y el último enlucido [A125], que se aplica exclusivamente en el primer tramo.
Será en la segunda mitad del siglo XX cuando hagan aparición diferentes intervenciones de carácter restaurador.
Sabemos, no obstante, que Berlinches continuó actuando en ella a finales de los 80.
La reparación contemporánea más antigua afectó al remate del machón central, por lo que su última planta aparece hecha de moderna fábrica de ladrillo con perfiles metálicos en las esquinas [A115].
Creemos que el machón original debió llegar a la misma o parecida altura que marca la restauración por lo que hemos de pensar que tuvo que ser desmontado parcialmente y saneado a causa de su mal estado de conservación.
Achacamos a la obra de González-Valcárcel las siguientes acciones: reparación de la escalera desde la puerta del coro hasta su remate [A171], parcheados en el interior [A118] y reparaciones en los muros exteriores de la torre [A169].
La nueva escalera es una obra mixta de cemento y madera que reutiliza bordes de escalón o atoques de una escalera anterior, que no sabemos si era la original u otra más tardía.
La cota que lleva coincide con la que tendría la subida antigua.
La última intervención sufrida por la torre ha sido la dirigida por Berlinches en la década de los 80 [A137].
Su acción es visible tanto dentro como fuera.
En la zona baja del exterior se coloca un forro de ladrillo, enfoscado con cemento.
También se parchean algunas partes del muro, bien con ladrillo, bien con cemento patinado para fingir ladrillos.
Al interior, los trabajos quedaron paralizados tras una primera fase destructiva que consistió en el picado de todas las capas de enfoscados que cubrían la fábrica antigua en la primera planta de escalera, tanto en el machón como en los muros exteriores, y en el desmonte de las escaleras modernas desde la puerta de entrada hasta la del coro.
También se hicieron las trazas de una nueva escalera que nunca se llegó a realizar, pero, para recuperar su antigua anchura, se inició el relleno con ladrillo del corte que se había efectuado en el machón (fig. 7 y 8).
Parece claro que el intento de Berlinches fue rehacer la escalera original en todos sus términos, llevándola hasta la cota de su subida primitiva, y para ello efectuó previamente el desmonte de la escalera moderna y la limpieza de las paredes, descubriendo los atoques originales cortados por la intervención moderna y con ello el trazado primitivo de la escalera.
Desconocemos por qué interrumpió su obra antes de completarla.
Otros hechos puntuales como el tabicado de las puertas de Cofradía y coro bien podrían inscribirse en estos esfuerzos.
Debido a la escasa actuación constructiva registrada en la torre, muchas actividades de menor rango, que no suponen en ningún caso cambios estructurales o remodelaciones, no se pueden asignar a una etapa concreta (SE en el listado final).
LA SECUENCIA ESTRATIGRÁFICA Y CONSTRUCTIVA DE LA ETAPA I [A100].
UN MODELO CONSTRUCTIVO DESCONOCIDO El Método de Registro Estratigráfico permite obtener la secuencia constructiva, destructiva o restauradora, que se produjo sobre el edificio en estudio.
Pero para llegar a este nivel, antes debemos pasar por una escala de análisis menor: nos referimos al estudio de la secuencia interna de cada actividad, a partir del análisis de los elementos que la componen (las UE de una A) o de elementos constructivos coetáneos, lo que suele permitir obtener su secuencia.
En el caso de la iglesia de San Pedro el Viejo, los elementos que forman parte de la fábrica original, secuenciados como etapa I [A100], presentan diferentes cuestiones estratigráficas y tipológicas que permiten corroborar su unidad.
Pero además, a partir de su análisis podemos acercarnos a la puesta en obra y de esta forma recrear la técnica constructiva que utilizó.
Debemos tener en cuenta que este proceso es para nosotros desconocido y sin paralelos, por lo que no deja de presentar cuestiones que habrán de someterse a revisión en el futuro.
La torre de San Pedro, como ya hemos dicho, tiene cinco metros de lado y 30 de altura y está construida en el lado occidental de la iglesia, de modo que sobresalía medio cuerpo de su testero, coincidiendo con la arquería que separaba la nave central de la nave norte, quedando incluida en la nave central, aunque descentrada a su lado norte.
Se compone de un muro perimetral de planta cuadrada y 1,25 m de grueso, que encierra un machón central de igual forma y 1,10 m de lado.
Su fábrica es de ladrillo y calicanto, de modo que, en la parte baja del muro perimetral, queda el ladrillo visto en el exterior y el calicanto en el interior, mientras que en todo el machón y en el resto del muro perimetral interior, desde la tercera planta de escalera, la obra de ladrillo actúa como encofrado del relleno de calicanto.
Entre el muro de fachada y el machón se desarrolla la escalera de cinco plantas y 0,75 m de ancho, asentada sobre mesetas (tres en cada tiro, una central y sendas para los rellanos comunes con los tiros vecinos) formadas con cargaderos de madera (madera reutili-zada de una obra anterior) que se sujetan en las esquinas en arcos de ladrillo (fig. 5, 6 y 12).
Muretes de ladrillo, que atestan al muro y al machón, cierran los extremos de las mesetas y gradúan la inclinación de la escalera al variar su altura: de 18 a 16 hiladas en los primeros tiros; 9 a 6 en los siguientes hasta rebasar la segunda planta; y 4 a 2 en los pisos superiores.
Efectivamente, la escalera tiene una característica especial, que en su recorrido inferior es mucho más pina (especialmente en el primer tiro, fig. 11) que en los superiores donde es muy plana (fig. 12).
Las observaciones que hacemos a continuación han sido posibles gracias a dos circunstancias ocurridas durante la vida de la torre.
Una es la reforma de época moderna [A105] que desmontó la escalera original rebajando sensiblemente su nivel; y otra, el intento de reconstrucción de Berlinches [A137] que le obligó a desmontar la escalera moderna, descubriendo las estructuras de base sobre las que apoyaba la reconstruida, y a limpiar el enfoscado moderno descubriendo los pocos datos que quedaban del trazado original, especialmente restos de atoques embutidos en el machón y los muros perimetrales.
Ambas circunstancias permiten que hoy comprobemos cómo se construyó la torre original, ya que de otro modo desconoceríamos este proceso, permaneciendo ocultos muchos detalles que han dado las claves para su comprensión constructivo/cronológica.
Pero no debemos engañarnos.
Estas agresivas intervenciones no pretendían una documentación histórica y con ellas se provocó la ocultación y la desaparición de intervenciones positivas anteriores.
Por ejemplo, el desmonte de la escalera moderna, el forro de ladrillo y el enfoscado de cemento con los que Berlinches pretendía reconstruir la escalera original nos impiden conocer la superficie del corte de la escalera efectuado en época moderna.
Fase I A. El cimiento.
En realidad desconocemos cómo era el cimiento de la torre.
Gracias al hormigón de cal que se ve en el espacio libre de la puerta (al haberse arrancado los umbrales primitivo y moderno), lo podemos suponer como un gran bloque de calicanto que ocuparía toda la superficie cuadrada de la torre.
El muro de ladrillos unidos con barro (fig. 13).
Una vez construido el cimiento se realizó un muro de ladrillos, unidos con barro y trabados con madera, que iba a servir como encofrado del calicanto (fig. 7 y 8 [A100 UE1087]).
La presencia de un enfoscado o enlucido en todas sus caras confirma la construcción previa de éste y la posterior del núcleo de calicanto del machón, a su in- terior, y del muro de calicanto perimetral, a su exterior.
Al enlucir sus caras se consigue una superficie llana para impedir el contacto entre el ladrillo y el calicanto, porque, de no hacerlo así, el hormigón al fraguar «engancharía» en las juntas de ladrillo complicando su desmonte posterior.
Enseguida veremos cómo, sin embargo, el fraguado incompleto de este enlucido provocó un efecto no deseado.
Para la comprensión del procedimiento constructivo de la torre se hace imprescindible el análisis detallado de este muro.
Se desarrolla en altura en tres lados (este, norte y oeste) de la primera vuelta de la escalera y hoy presenta la forma de una estructura aparentemente escalonada.
Su grueso es de entre 53 y 55 cm y sus ladrillos miden 30/31 × 21 × 4,5/5 cm, presentando un aspecto diferente a la de los restantes ladrillos de la torre, de color más ocre y menos rojo, por haber sufrido una cocción menos fuerte.
Parece formar una estructura en «U», alargada en la dirección N-S, que envuelve al machón central justamente en los tres primeros tiros donde éste también es de planta rectangular.
Además, ocupa los tiros donde la escalera aún no volaba y por lo cual tenía que apoyar sobre una estructura de base cuya función creemos cumplió este mismo muro de ladrillo y barro.
Evidentemente hoy no se conserva hasta esa altura en todo su desarrollo pues hubo que desmantelarlo para disponer la escalera sobre el, pero deducimos que subió hasta donde comienza a volar la escalera porque coincide con la altura de la huella que el enfoscado de sus caras exteriores y sus propios ladrillos han dejado «pegada» en las caras internas de calicanto de los muros perimetrales (fig. 9).
Esta huella se formó debido al mayor agarre del mortero del calicanto que «tiró» de su enfoscado y de la primera capa de sus ladrillos, lo que indica que posiblemente estaba aún fresco cuando esto ocurrió.
Actualmente se le adosa por todos sus lados el calicanto, tanto del muro perimetral como del cimiento del machón central, de modo que se puede suponer que actuó como su encofrado en los dichos tres tiros.
De este modo consideramos que el muro de ladrillo y barro cumplía una doble función, la de encofrado del calicanto, durante la obra, y la posterior de apoyo de los tiros de la escalera que no iban volados.
La perfecta adecuación de sus características a las dimensiones, forma y finalidad de las distintas partes de la torre, así como su pobre construcción, que hace pensar en una obra provisional, obligan a ponerle en relación con el proceso de obra como estamos haciendo y a rechazar la posibilidad de que se tratara de un resto constructivo anterior que reutilizara la nueva obra.
Fase I C. El muro de calicanto perimetral y la fachada de ladrillo visto.
El muro de ladrillo y barro es anterior a la obra de calicanto del perímetro exterior, y por lo tanto a la fachada de ladrillo, y a la del machón.
Luego se alzarían hasta la altura que habían de tomar los tres primeros tiros de la escalera el forro de ladrillo de las fachadas exteriores y el núcleo de calicanto perimetral vertido en el encofrado que le ofrecían ambos muros, el muro de barro por dentro y las fachadas de ladrillo por el exterior.
Al ir alzándolo por tongadas, que se dejaría que fraguaran antes de continuar, no había peligro de que la presión del calicanto derribara el muro de ladrillo y barro.
El remate del lado sur es el que queda más inconcreto por falta de datos.
El problema principal es la unión entre los extremos meridionales (especialmente el más occidental) del muro de barro y de la fachada de ladrillo de modo que cerraran funcionalmente el encofrado del calicanto, tal, por ejemplo, como lo hemos dibujado de modo sencillo en la fig. 13.
Pero es más probable que la fachada de ladrillo también se elevara por completo en el lado sur, a la vez que el resto de obra, pues no encontramos en ella soluciones de continuidad que hagan pensar en que se dejara una abertu- ra coincidente con el grueso del machón.
También pudo ocurrir que esta supuesta abertura coincidiera con el muro de testero occidental de la iglesia, continuando el eje N-S de la torre como define el muro de testero en el lado norte (fig. 16).
Por otra parte, está el marco de la puerta de entrada, con jambas de ladrillo y desconocido cargadero de madera, que también pudo construirse o en un momento posterior, cuando se levantó el machón central, o en este momento, antes de iniciar esta obra.
Fase I D. Desmonte del muro de ladrillo con barro (fig. 16).
Una vez alcanzada la altura de los tres primeros tramos, se desmantelaría el muro de ladrillo y barro formando una rampa que seguiría el trazado que había de tener la escalera definitiva.
Fase I E. El machón de calicanto y ladrillo.
El cimiento de calicanto del machón central sube en caracol (fig. 7 y 8), siguiendo la rampa del muro de ladrillo y barro una vez desmontado, y debe extenderse, tongada a tongada, hasta el muro de ladrillo de la fachada sur.
De este modo el cimiento del machón es 40 cm más ancho que el propio machón en su alzado de ladrillo, exactamente los 20 cm de diferencia que hay a cada lado entre los 0,75 del ancho del tiro de escalera y los 0,55 del murete de ladrillo.
La escalera original, hoy desaparecida, era coetánea al machón de ladrillo, como demuestra que los restos de atoques de madera de sus peldaños forman unidad con el calicanto del machón allí donde falta su forro de ladrillo cortado en época moderna.
Este es otro argumento que obliga a pensar que el machón se hace una vez desmontado el muro de ladrillo y barro, el cual adquiere su aspecto escalonado en este momento, para montar la escalera definitiva sobre él.
De acuerdo con lo comentado anteriormente, no conseguimos una solución adecuada para el cierre de la obra por el lado sur, de modo que el calicanto líquido no vertiera al exterior, pues, igual que pensamos que el muro sur ya pudo estar construido, también creemos que el espacio del futuro machón y su prolongación hasta el muro sur debía estar vacío y que su relleno tuvo que efectuarse ahora, coetáneamente a la construcción de los primeros tramos de la escalera.
Fase I F. Continuación de la obra.
Por encima de estos tres primeros tramos, la torre se construye elevando simultáneamente el machón de ladrillo relleno de calicanto, la escalera volada y el muro perimetral de calicanto.
En el cuarto tiro no existen restos de la estructura de ladrillo y barro que se hace imposible a partir del quinto por la in-mediata presencia de las mesetas y los arcos de apoyo para los tiros superiores, donde la escalera ya es volada.
Por otra parte, el muro perimetral mantiene su estructura de ladrillo en fachada y calicanto interior hasta completar la segunda planta.
Ahora se construye empleando un encofrado de madera del que se observan las huellas por encima de donde se conservan las del enfoscado del muro de barro ya citadas.
El machón central toma su forma cuadrada y utiliza como encofrado en sus cuatro lados el muro de ladrillo visto.
Fase I G. Sustitución de la obra de calicanto por la de ladrillo (fig. 4, 10 y 15).
Al llegar al arranque de la tercera planta, se sustituye en la cara interior del muro perimetral el calicanto por el muro de ladrillo visto, ligeramente retranqueado en su arranque y escalonando el remate del calicanto, machihembrando quizás con la intención de mejorar el agarre entre las dos obras.
Igual que no se puede suponer que el muro de ladrillo y barro pertenezca a una obra anterior, tampoco se puede suponer de la obra de calicanto vista del muro perimetral en las dos plantas inferiores.
Fundamentalmente por su íntima unión y semejantes funciones y características que el resto de obra de ladrillo y calicanto en todo el desarrollo de la torre, en cualquier lado que se pueda comprobar, bien sea a cara vista o como relleno, tanto en el machón central como en el muro perimetral.
En la cara norte de la torre se puede observar su unión con el arranque del último arco de la arcada de la iglesia.
La observación es muy parcial, limitada por la presencia de elementos constructivos y enfoscados que impiden comprobar las características de los muros que nos interesan.
Por otra parte, en el desván de la casa adosada al Norte de la iglesia se puede observar la cara exterior de su muro de cierre, construido con verdugadas y cadenas de ladrillo (de similares dimensiones a los de la torre) y cajones de tapial (fig. 18).
Esquema en perspectiva de las mesetas de la primera planta y dos tiros de la segunda en la que se observa la fuerte pendiente de esta parte de la escalera Fig. 12.
Esquema de la escalera en los tiros E y N de la planta cuarta, con tendencia a una mayor horizontalidad gurar con suficiente certeza que este muro gira y remata en el eje N-S de la torre como testero occidental de la iglesia (fig. 11 y 16)5.
Entre él y el arranque del último arco de la iglesia, la fachada norte de la torre forma otro arco sencillo, cuyo asiento se refuerza con un muro en resalte y cuyo intradós debía estar situado a la misma altura que el intradós Fig. 13.
Esquema en perspectiva de la construcción de muro de ladrillo y barro (en marrón) e inicio de la fachada de ladrillo visto (en rojo) Fig. 15.
Esquema en perspectiva del final del muro de calicanto interior y arranque del de ladrillo, a la altura de la planta tercera Fig. 14.
Esquema en perspectiva del corte del muro de barro, una vez efectuada la construcción del muro perimetral (en gris, la obra de calicanto) del último arco 6.
Ambas obras se unen entre sí alternando sus enjarjes de modo que facilitan la autonomía de sus partes.
Así el muro con el arco de la torre es semindependiente del aparente relleno de su fondo que se ha podido mover sin arrastrarlo.
Una estructura similar (salvo la ausencia de la arcada) debía presentar la cara sur de la torre, aunque es difícil de comprobar por la presencia de los locales de la Cofradía de Jesús el Pobre.
La torre no presenta mechinales constructivos, salvo las excepciones de los paños orientales de los muros exteriores norte y sur, en el relleno de los arcos que acabamos de citar y que debieron servir para volar andamios desde los que armar sus vueltas y para sujetar LUIS CABALLERO ZOREDA, JOSÉ IGNACIO MURILLO FRAGERO ARQUEOLOGÍA DE LA ARQUITECTURA, 3, 2004 51 6 Según la pilastra enjarjada a la torre, los pilares de la iglesia serían cruciformes con dos codillos, como ya propone Abad, 1991: 1, 202-204.
Los arcos son de medio punto (frente a la norma general toledana de herradura) y recuadrados, Id.
La construcción de la primera planta se pudo apoyar en andamios exteriores sin alma, pero también pudo edificarse sujetando los andamios en el propio muro de ladrillo y barro, ocupando el hueco interior donde luego iba a elevarse el machón.
La ausencia de mechinales en el alzado de la torre afianza la hipótesis de que el machón, la escalera volada y el muro perimetral se construyeron desde el interior, tomando como base la propia escalera, sobre la cual se montaría el encofrado de la planta segunda y el ligero andamio necesario para los demás.
La cuestión mensiocronológica de los ladrillos y su aparejo.
Las dimensiones de ladrillos y sus juntas son constantes en todo el alzado, aunque aceptando amplias variaciones y tendiendo a ser de menor dimensión cuanto más alta es la obra, tanto en el interior como en el exterior.
Estas variaciones se demuestran constantes y no bruscas por lo que no pueden achacarse a obras o momentos distintos, sino, probablemente, a una selección intencionada del material.
La proporción ronda los 2/3 o poco menos.
Las variaciones máximas harían pensar en la existencia de un módulo distinto de 32/34 × 20/21 × 5,5 cm que sólo hemos observado en las caras exteriores tanto sur como oeste, pero no de modo sistemático sino alternando con el módulo común mayoritario7.
Llama la atención la amplia variación en la medida de los ladrillos, más si añadimos la de los ladrillos del muro de barro (30/31 × 21 × 4,5/5 cm), de proporción cercana a la de los ya vistos aunque desviada en sentido contrario.
Esta variabilidad hace pensar en la inexistencia de una norma administrativa que rigiera su relación tamaño/precio.
Las juntas horizontales varían entre 3 y 4 cm con márgenes hasta los 2,5 y 5,5 cm, mientras que las verticales o se efectúan a ras o miden 1cm como máximo.
Las horizontales rematan con doble bisel, único bisel hacia arriba o hacia abajo o a ras, variaciones que individualizan las diferentes manos que participan en la obra.
La de doble bisel parece que se utilizó sistemáticamente en la iglesia.
Normalmente el aparejo de los ladrillos se ordena en grupos de hiladas que alternan a soga y tizón, sin una regla determinada pues pueden agrupar entre dos y diez o aún más hiladas.
Esta norma pretende formar jarjas internas para agarrar perfectamente en el calicanto.
Las esquinas se suelen resolver mediante el enjarje de los ladrillos, pero tampoco esto es general, pues es normal la alternancia de tramos de la misma esquina con uniones resueltas a testa y otros resueltos a enjarje, de modo que, si nos fijamos respectivamente en uno u otro tramo despreciando los vecinos, desconcierta la sensación de que la obra pertenece a la vez a momentos distintos y a momentos coetáneos.
También se identifican bancos constructivos que alcanzan, normalmente alrededor de 80 cm de altura, pero con variaciones que pueden quedarse en los 65, según la situación, y cuyas características de altura de hiladas, tipo de junta y dimensión de los ladrillos es el indicador más claro del cambio de cuadrilla de trabajo.
Entre los bancos suelen aparecer soluciones de continuidad verticales.
De este modo parece quererse evitar juntas continuas horizontales que pudieran devenir en el futuro en deslizamientos.
Según los análisis efectuados (Guarás 2002), son homogéneos, todos ellos de cal, con excepción de uno de yeso.
Los áridos son los propios de la cuenca del Manzanares en que se ubica Madrid, con la inclusión en algunos de ladrillo procedente de la misma obra.
Su mayor o menor calidad, graso o magro, áridos más o menos finos, puede achacarse a variaciones casuales de su fabricación o a la función para que se requirieron.
Algunos morteros son considerados «idénticos» por la analista: un primer grupo engloba los procedentes del cimiento de calicanto del machón central de la primera planta [A100 UE1086] y dos del muro de ladrillo del paño oriental exterior norte [A100 UE1000], a los que se puede unir otro del muro de calicanto perimetral interior también de la primera planta [A100 UE1000]; y otro segundo grupo con los procedentes del muro de ladrillo de la segunda, muro S, y del arco de la tercera, muro N [A100 UE1000].
La identidad de estos morteros, aún sin llegar a considerarlos estrictamente de «un mismo momento de obra» como pretende la analista (aunque de hecho los del primer grupo proceden de una misma altura de obra que constructivamente, como vimos, debió efectuarse casi inmediata), es otro indicio de la unidad de la obra, ya sea exterior o interior, cimiento o muro, obra de calicanto o ladrillo.
Los dos que completan el grupo homogéneo proceden uno del pilar de ladrillo con que arranca la arquería de la iglesia, cuidado, graso y fino [A100 UE1000], y otro de la huella del muro de ladrillo y barro sobre la superficie del muro N de calicanto de la primera planta [A100 UE1022], cercano a los del segundo grupo citado.
Las excepciones están representadas por una muestra del enfoscado del muro de barro, casi cal pura, sin áridos [A100 UE1087]; y el de reparación del hueco preparado para apoyar los maderos de la primera meseta, único detectado de yeso [A100 UE1000].
Con esta secuencia constructiva del comienzo de la torre damos a conocer un sistema constructivo desconocido en nuestro ámbito científico a tener en cuenta en los estudios de la numerosa nómina de fábricas con estas características.
Se confirma la inexistencia de una construcción anterior a la torre.
Tras el cimiento de la torre, la estructura de ladrillo y barro es el primer elemento construido, sin que por su condición endeble y efímera, de más de 10 metros de altura por 55 cm de ancho, de solo tres lados y construida con barro y enfoscada en sus caras y testas pudiera tener otra utilidad, ni como torre civil o religiosa.
Su existencia se debe únicamente a su función de encofrado del núcleo de calicanto y del muro perimetral exterior de la torre y de soporte de los primeros tramos de la escalera.
Lo mismo ocurre con el muro de calicanto perimetral visible en el interior de las dos primeras plantas que pertenece a la fábrica unitaria de la torre.
La forma, composición, íntima conexión con los demás elementos y relación con las distintas características de la torre lo confirman para ambos elementos.
Las fábricas de ladrillo y de hormigón de calicanto son coetáneas y dependen entre sí, de modo que la segunda actúa de cimiento y núcleo de la primera quien, a su vez, funciona como su forro y encofrado.
La torre es unitaria en todo su desarrollo y es igualmente unitaria con los pocos indicios que tenemos de la iglesia mudéjar y que se relacionan con ella.
Conocemos abundantes datos sobre su proceso constructivo, aunque su condición de únicos y su conocimiento incompleto plantean cuestiones sobre su exacto desarrollo.
A nuestro parecer, se debe aceptar este conocimiento incompleto y no se debe tratar de explicar acudiendo a otras justificaciones que no estén apoyadas por datos, como a la existencia de restos de edificaciones anteriores o pertenecientes a etapas cronológicas distintas.
La técnica constructiva de la torre indica el equilibrio buscado entre una construcción sólida y resistente y una construcción orgánica y flexible que pudiera hacer frente a posibles movimientos.
A ello consideramos que responden sus características constructivas, como el remate de la arquería de la iglesia con el paño de su fachada norte y, especialmente, la mayor importancia dada a la obra de calicanto y la mayor pendiente de la escalera en sus primeras plantas, frente a la tendencia a la horizontalidad en las plantas superiores.
Se utilizan las mesetas en la parte alta como elementos de trabazón del muro y el machón, mientras que, en la baja, la rigidez se la aporta el material de calicanto del muro perimetral.
San Pedro el Viejo (Madrid).
Listado de actividades E. = Etapas.
En la columna «A (UE)», las actividades (centenas) se marcan en negrita.
Si se trata de una Actividad formada por una sola Unidad Estratigráfica (millares), su número se coloca a continuación entre paréntesis.
Si la forman varias, se listan a continuación.
Las columnas de «Anterior a» y «Posterior a», se refieren solo a Actividades.
Se incluyen en ellas (subrayadas) referencias con A de la misma etapa (aunque en realidad son coetáneas) cuya relación de antero/posterioridad corresponde de hecho a sus UE.
La columna de «Plano» se refiere a la memoria original y para su uso se puede seguir la siguiente equivalencia: Plano 1, 1.a planta del muro perimetral; Plano 2, 2.a planta del muro perimetral; Plano 3, 3.a planta del muro perimetral; Plano 4, 4.a planta del muro perimetral; Plano 5, 1.a planta del machón central; Plano 6, 2.a planta del machón central; Plano 7, 3.a planta del machón central; Plano 8, 4.a planta del machón central; Plano 9, Exterior torre muro oeste; y Plano 10, Exterior parte baja muros norte y sur.
Los planos 9 y 10 no se recogen en el presente trabajo.
Anterior a Posterior a Plano |
se inscribe dentro del proyecto de restauración de la misma y ha permitido documentar una evolución de sus estructuras mucho más compleja de lo planteado hasta el momento.
Además de su análisis estratigráfıco, en el presente estudio se aborda también el problema de la cronología de sus fases más tempranas.
Con motivo de la redacción del proyecto de restauración del tramo sur y la puerta sur de la conocida como muralla celtibérica de Contrebia Leukade 1, se nos encargó la realización de un estudio arqueológico de ambos tramos, fundamentalmente enfocado a determinar su secuencia constructiva para poder acometer una restauración científica de los mismos.
En el presente artículo se recogen únicamente los resultados referidos al tramo correspondiente a la muralla.
Las «ruinas de Inestrillas» están situadas en la margen derecha del río Alhama, afluente del Ebro, en una posición intermedia entre las localidades riojanas de Cervera y Aguilar del río Alhama, perteneciendo al término municipal de esta última.
La antigua ciudad estaba emplazada sobre dos cerros que dejan entre sí una vaguada central que recoge sus aguas para verterlas al río por el norte.
El cerro situado al oeste de la vaguada central está formado por un contrafuerte rocoso que, en más de la mitad de su perímetro, se encuentra cortado en vertical sobre el cauce del Alhama, arrojando pendientes superiores al 80% y, en algunos casos, del 100%.
Estos cortados, además, superan en algunos casos los 60 mts. de altura, lo que hace que el acceso por el oeste de la ciudad sea materialmente imposible.
El monte que conforma el sector oriental de la ciudad es más elevado que el anterior, pero su transición hacia los valles colindantes se realiza de forma menos brusca descendiendo por el este de forma más suave.
Los autores clásicos que se ocupan de narrar la conquista romana de Hispania, y más concretamente de la Celtiberia, son significativamente reiterativas al constatar que una de las características de estas guerras fue que, tras una serie de enfrentamientos realizados en campo abierto en los que los celtíberos llevaron la peor parte 2, los combates más transcendentes para el desarrollo de las sucesivas campañas bélicas fueron protagonizados por las ciudades indígenas y que ARQUEOLOGÍA DE LA ARQUITECTURA, 3 -2004, págs. 61-89 ARQUEOLOGÍA DE LA ARQUITECTURA, 3, 2004 61 1 Queremos agradecer a D. Óscar Reinares Fernández, arquitecto encargado de dicha redacción, su iniciativa y su constante apoyo durante la ejecución del estudio.
2 Es el caso de la batalla final de la campaña bélica del 188-187 a.C. en la que ejercito romano al mando de L. Manlio infringió una gran derrota a los celtíberos en las proximidades de Calagurris, matando a doce mil de ellos y haciendo prisioneros a otros dos mil (LIVIO, XXXIX,21).
Algunos años más tarde, en el 179 a.C., Tiberio Sempronio Graco volvió a derrotarlos igualmente en una gran batalla de tres días de duración celebrada cerca del Moncayo, en la que se calcula que intervino un ejercito romano compuesto por más de 45.000 efectivos (FATÁS 1975, pp. 300 y ss.) y que, si atendemos de nuevo a las fuentes romanas (LIVIO, XL, 50), se saldó con un número aún mayor de hispanos muertos.
Años más tarde, en el 77 a.C., Sertorio después de someterla a un largo asedio, pudo tomarla tras abrir una brecha en un punto de la muralla en que se situaba una de las torres defensivas más importantes.
De los elementos que integran el dispositivo de defensa de la Contrebia celtibérica y que pueden observarse en la actualidad destacan el foso y la muralla que cierran el lado este y la mitad oriental del lado sur del perímetro de la ciudad 3.
El primero de ellos, el foso, es el que de inmediato llama más la atención y resulta más impactante.
Su presencia es visible desde varios kilómetros de distancia y su conocimiento entre la gente del lugar, que lo denomina «callejón de los moros», se pierde en la noche de los tiempos.
Por ello es lógico que haya recibido un tratamiento preferente por cuantos historiadores y eruditos han visitado y descrito las ruinas.
El primero en hacerlo fue Joaquín Traggia que, aprovechando sus frecuentes viajes a Cervera donde su hermano era gobernador, realizó varias visitas a las ruinas.
Como buen ilustrado llevó a cabo un profundo reconocimiento de los elementos que se integran en ellas y trato de definir la identidad de la ciudad a la que pertenecían.
Respecto al sistema defensivo, que es lo que ahora nos interesa, Traggia lo recorrió y midió dando para el foso abierto en roca viva nueve varas de anchura, diez de profundidad, mayor en la parte de levante y mediodía donde llega a alcanzar catorce varas de anchura, y setecientas de longitud.
De la muralla indica que se elevaría a poca altura sobre el foso y que formaría un parapeto simple o una trinchera de poca anchura (TRAGGIA 1792, pp. 157-167).
La información que proporciona pocos años más tarde Llorente carece de interés; más preocupado por definir la identidad étnica de los habitantes de la ciudad y su adscripción dentro del organigrama administrativo del imperio romano, asuntos en los que discrepa respecto a la opinión de Traggia, pasa de soslayo sobre los aspectos materiales de las ruinas (LLORENTE 1807, p.
Tampoco aporta novedades Govantes, pues en el tomo segundo del Diccionario Geográfico Histórico de España, correspondiente a La Rioja, se limita a dejar constancia de su presencia (GOVANTES 1846, pp. 56 y 96).
Más útil resulta la información contenida en el diccionario dirigido por Pascual Madoz.
En relación a las ruinas se indica que, en ese momento, de la muralla que se levanta sobre el foso, se conservaban en pie doscientas varas (MADOZ 1869, voz Inestrillas), refiriéndose, seguramente, al tramo situado en el lado este, coincidiendo con el punto más elevado de la ciudad.
Como es habitual en muchos otros casos no han faltado eruditos locales interesados en las ruinas.
En este sentido la obra de Manuel Zapatero, dedicada a Cervera (ZAPA-TERO 1913), es un claro exponente de los planteamientos y objetivos perseguidos en este tipo de obras en los que la subjetividad y la reivindicación de la importancia del pasado del lugar de origen del autor priman sobre los argumentos y criterios científicos.
Sin embargo su atracción por las ruinas y su interés por conocer su identidad y significación histórica le llevaron a contactar con Blas Taracena, a quien comunicó su existencia, logrando que éste investigador, en ese momento director del Museo Numantino, realizara una detenida visita al lugar en 1924.
Fruto de esta primera visita fue la publicación de un artículo que supuso la incorporación de las ruinas a la historiografía moderna.
En él se da cuenta de las características del perímetro del yacimiento arqueológico y de sus elementos más importantes, llegando a la conclusión de que las ruinas debían pertenecer a Contrebia Leukade, la ciudad celtibérica citada por Livio en relación a los acontecimientos que tienen lugar entre el 77 y 76 a.C., durante el desarrollo de la denominada «guerra sertoriana» (TARACENA 1926, pp. 137-142).
Esta identificación venía facilitada por los trabajos de Gómez Moreno quien, de acuerdo con las referencias que proporciona el fragmento del libro 91 de Livio, pensaba que la ciudad debía situarse en un punto indeterminado en la frontera de las provincias de La Rioja y Soria.
Respecto a la muralla celtibérica, Taracena proporciona una serie de datos y observaciones que en líneas generales siguió manteniendo en sus publicaciones posteriores y a las que se de forma habitual se han atenido, con posterioridad, cuantos autores se han ocupado de ellas.
Textualmente Blas Taracena comenta los siguientes aspectos del sistema defensivo de la ciudad:
«El reparo que el foso ofrece se duplica con la muralla que, separada no más de 50 cm. de su cara interior, se eleva en toda la longitud de aquel.
La muralla, como el foso, se encuentran hoy en bastante buen estado de conservación con una altura media de 4 m. y tan sólo interrumpida por pequeños portillos derruidos.
Está formada en sus paramentos por sillarejos de unos 40 a 50 cm. y torpe despiezo, unidos con fuerte mortero, mide 4 m. de grosor, está rellena de mampostería también fuertemente trabada y robustecida cada 6 u 8 m., por unos muros transversales que unen sus paramentos; es de sección rectangular y, por tanto, de paredes verticales.
La línea de este recinto forma ángulos obtusos hechos con toda regularidad, es de lienzos rectos y carece de torres y tambores».
Los resultados de las excavaciones realizadas por Taracena más tarde, entre 1934 y 1935, afianzaron su opinión respecto a la atribución de las ruinas a Contrebia Leukade y le permitieron obtener un conocimiento mas preciso de los elementos que se ordenan en su espacio, así como fijar la secuencia ocupacional del lugar (TARACENA 1942, pp. 21-27).
Su intervención en el sistema defensivo celtibérico confirmó, al parecer, sus primeras impresiones respecto a la morfología y la técnica utilizada en la construcción de la muralla, así como el número y disposición de los elementos que se integran en ella.
Al respecto, la única novedad vino proporcionada por el descubrimiento de una gran torre de planta cuadrangular de 16 por 12 metros de planta, situada en el punto más elevado de la ciudad, que según el mismo Taracena indica parece comentario plástico al pasaje de Livio, donde cuenta como el año 77 Sertorio «... levantó otra torre en el mismo lugar...
Al mismo tiempo la torre de la ciudad, que era su principal defensa, rotos los fundamentos se derrumbó en grandes hendiduras».
Además de en esta torre, Taracena intervino también en varios tramos de la muralla celtibérica y, entre ellos, en su fachada sur donde excavó en el espacio en que se inician el foso y la muralla, junto al escarpe sobre el río (TARACENA 1942, fig. 9), y en otra zona situada en un punto intermedio, que se corresponde con el extremo inferior del lienzo central de los tres que se conservan en pie en este lado.
En este lugar abrió una trinchera en la que documentó un muro transversal al paramento exterior de la misma, afianzando su opinión de que se trataba de uno de los «cajones» que, situados a distancias variables de entre 6 y 8 metros, unirían los dos paramentos externos de la muralla compartimentando sus rellenos internos proporcionando una mayor solidez a la obra.
Por último, en el lado oriental abrió una trinchera transversal al foso y la muralla, que le permitió determinar las dimensiones en profundidad del primero y la morfología de la segunda de la que, al igual que en el resto del perí-Detalle de la puerta sur metro, creyó que estaba construida a base de dos paramentos (TARACENA 1942, fig. 7).
El estudio que, años más tarde, realizó uno de los firmantes, se llevó a cabo en base a las publicaciones de Taracena, el estudio de los materiales por él recuperados y que permanecían inéditos y, sobre todo, el detallado análisis de los espacios excavados y de los elementos que, en gran número, permanecen visibles en el mismo yacimiento.
Por ello, como era lógico, la mayor parte de las conclusiones no variaban sensiblemente de las expuestas por Taracena (HER-NÁNDEZ VERA 1982).
Sin embargo, planteaba una serie de observaciones que modificaban sus afirmaciones sobre la morfología de la muralla celtibérica y sobre los elementos que se integran en su fábrica, sobre todo en lo referente a la vertiente meridional de su trazado.
A solucionar las dudas que se nos plantearon entonces han ido encaminadas las intervenciones realizadas en este lado durante las campañas del 2000 al 2003, cuyos resultados parciales se han expuesto recientemente.
La puerta y el torreón de la muralla sur
El análisis de las estructuras descubiertas por Taracena en la parte superior de la vaguada, junto al inicio del foso y la muralla, nos llevó a pensar, hace tiempo, que su interpretación era incompleta y no se ajustaba a los elementos presentes en el lugar y a proponer la existencia en este lugar de una gran torre adosada a la muralla y a la ladera del monte occidental, así como la de una puerta que salvaría el inconveniente del foso mediante un puente, de forma similar a como se hacía en Azaila (HERNÁNDEZ VERA 1982, p.
Las últimas excavaciones han venido a confirmar nuestra propuesta, dejando al descubierto una puerta que en la fase inicial estaba formada por una simple interrupción de la muralla que está engrosada en este punto, y a la que, de forma progresiva, se fueron adosando en su frente exterior una serie de obras que, con el tiempo dieron lugar a un gran bastión que aumentaba considerablemente su capacidad de resistencia.
La detenida lectura del alzado de los elementos conservados permite completar los resultados obtenidos en la interpretación del proceso constructivo que recientemente realizamos (HERNÁNDEZ VERA 2003, pp. 61-82).
Espacio intermedio de la muralla sur
Los muros transversales que, según Taracena, unen sus paramentos hace que la muralla celtibérica de Inestrillas se catalogue, desde el punto de vista tipológico, dentro de las murallas denominadas de «cajones», ajustándose su construcción a un modelo moderno surgido en el Mediterráneo, y que llega a la costa peninsular con las colonizaciones.
Esto, unido al desconocimiento de influencias mediterráneas tempranas al interior del Ebro, ha hecho que se le adjudique una cronología avanzada y que se vincule a la presencia de los ejércitos romanos.
De acuerdo con esto, Taracena fechó la construcción de la muralla y con ella la fundación de la ciudad en un momento posterior a la campaña de Graco, siendo sus habitantes «celtiberos sometidos que continuaron sin apenas variación en sus rústicas costumbres» (TARACENA 1942, p.
Por nuestra parte, nos inclinamos por una cronología más temprana, al considerar que, desde la elección del enclave hasta las arquitecturas que se integran en su espacio, no son propios de un pueblo vencido, si no más bien de un pueblo que se presta a hacer frente y detener el avance de un enemigo (HERNÁNDEZ VERA 1982, p.
Con todo, la opinión de Taracena ha prevalecido entre quienes recientemente se han ocupado de esta muralla, proponiendo para ella un origen itálico y una datación en época republicana4, relacionándola con la segunda fase de la muralla de Tarragona fechada en el tercer cuarto del siglo II a.C. (ASENSIO 1995), apuntándose incluso la posibilidad de que su construcción pudiera retraerse hasta el siglo I a.C. con motivo de las guerras sertorianas (ASENSIO 1996, p.
Sin embargo, el detenido reconocimiento que realizamos hace tiempo, nos llevó a comprobar que en el lado oriental donde se halla el tramo más largo y mejor conservado de la muralla, algunos de los muros transversales se reducían a simples alineaciones superficiales de piedras sin ninguna trabazón con los paramentos.
En el lado sur, por su parte, otros muros que parecían ajustarse mejor a las descripciones de Taracena, rebasaban ampliamente el paramento interno de la muralla.
Esto era particularmente evidente en la trinchera abierta por Taracena y nos llevó a pensar en que, más bien, debía corresponder a una torre de planta rectangular que, condicionada por la presencia del foso, se proyectaba hacia el interior, al igual que la gran torre rectangular levantada en el punto más elevado de la ciudad, y que, probablemente, debían existir otras de características similares (HERNÁNDEZ VERA 1982, p.
Por otra parte, la simple observación de los tres tramos conservados en pie pone de manifiesto marcadas diferencias en lo que a los materiales y su disposición se refiere, que están indicando la existencia de diferentes momentos constructivos debidos a reparaciones de emergencia durante los años en que la muralla estuvo operativa.
La excavación en este punto durante las campañas del 2000 y 2001 tenía como objetivo determinar la naturaleza de los muros transversales y su funcionalidad dentro del sistema defensivo y determinar la intensidad y cronología de las reparaciones.
Para ello se abrió una superficie de 600 m2 distribuidos en una banda de 50 por 12 m. que afectaba tanto al exterior como al interior de la muralla.
Los resultados más positivos se obtuvieron en el interior y vinieron a demostrar la no existencia de la supuesta muralla de «cajones», ya que los muros transversales corresponden, como habíamos supuesto, a torres rectangulares destacadas al interior, pudiéndose conocer que inicialmente la muralla constaba de un muro de un metro de grosor, a cuya cara interna se adosaban torres de planta rectangular compartimentadas interiormente en dos espacios.
Un sondeo realizado en uno de los tramos conservados en el lado oriental vino a indicar que también aquí se siguió el mismo criterio.
Como consecuencia de las guerras y asedios la configuración de la muralla fue alterándose, resultando visibles las reparaciones y correcciones realizadas en ella.
Formando parte del proyecto de restauración parcial de la muralla de Contrebia Leukade, se ha llevado a cabo una lectura estratigráfica de los aquellos elementos sobre los que se iba a intervenir.
Esta investigación parcial, dentro de un sistema defensivo más amplio, se integra en el proyecto de investigación arqueológica integral del yacimiento.
Esta intervención es la primera aplicación de la metodología específica de la Arqueología de la Arquitectura sobre la muralla de Contrebia Leukade, por lo que, además de aportar los datos arqueológicos necesarios para llevar a cabo una restauración científica de la muralla, los resultados se integrarán en el contexto general de la investigación, sirviendo, además, para dotarnos de la experiencia e instrumentos necesarios para llevar a cabo, en el futuro, un estudio completo del sistema defensivo de la ciudad.
Antes de comenzar a describir la metodología que hemos empleado, creemos necesario describir los condicionantes principales a que se ha visto sujeto el estudio y que son, en definitiva, los que han llevado a definir el procedimiento de trabajo.
La zona sobre el que actuamos, pese a ser una de las que presenta un mejor estado de conservación dentro de muralla, se encuentra formada por varios tramos sin conexión física y, por otra parte, al no haberse realizado una limpieza completa de su parte superior, se mantienen una serie de depósitos que ocultan la conexión visual entre la cara interna y la externa.
Esto suponía que la mayor dificultad no se iba a plantear en la lectura estratigráfica de los tramos, que no pre-sentaban una excesiva complejidad, sino en el momento de realizar la síntesis final.
Hay que señalar en este caso que se optó por pasar directamente de una primera lectura analítica, formada por unidades estratigráficas, a una síntesis final en fases constructivas, sin el paso intermedio de articular la secuencia en actividades y grupos de actividades.
Esta decisión se fundamentó en la propia configuración del tramo de muralla estudiado, en el que las relaciones físicas de las unidades estratigráficas eran escasas, por lo que las actividades y grupos de actividades, en la mayoría de los casos, se hubiesen limitado únicamente a la integración de las unidades constructivas con las superficies realizadas para su asiento.
La lectura comenzó con la identificación de cada una de las unidades estratigráficas, que fueron registradas tanto alfanuméricamente, por medio de fichas, como gráficamente, mediante su delimitación en la cartografía digital generada mediante técnicas fotogramétricas y la realización de fotografías digitales.
Estas fotografías, en el caso del paramento interno, sirvieron de base para la representación gráfica de las unidades estratigráficas, ya que no se disponía de una cartografía detallada de esta zona.
Al establecer la secuencia estratigráfica con las unidades registradas, se puso de manifiesto la imposibilidad de articular un diagrama general periodizado debido a la falta de continuidad física entre diferentes partes del tramo estudiado.
Por ello, para la definición de las fases constructivas ha sido necesario manejar criterios estratigráficos y, también, de carácter tipológico.
Se registraron una serie de variables constructivas presentes en cada una de las unidades estratigráficas, referidas al tipo de piedra utilizada, aparejos y combinaciones de aparejos, medidas de los elementos, tratamiento de las superficies, utilización y tipos de morteros5.
La presencia de combinaciones similares de variables constructivas en diferentes unidades estratigráficas sin continuidad física, nos permitió asignarlas a una misma fase.
Este proceso, además, nos proporcionó la caracterización constructiva de cada una de las fases, que quedó registrada en un conjunto de fichas como instrumento para el estudio del resto de la muralla, donde la desconexión física de los tramos conservados es todavía más acentuada que en la parte estudiada.
Este método de definición de fases en función de la similitud de variables constructivas fue corregido en algunos casos, como en la definición de la fase 3, donde, a pesar de no poseían las mismas variables, su secuencia estratigráfica nos hizo agruparlas o en el caso de los torreones internos de la fase 2, en el que además de la coincidencia de las variables constructivas se tuvieron en cuenta criterios de similitud estructural y funcional.
CARACTERIZACIÓN CONSTRUCTIVA DE LAS FASES DE LA MURALLA SUR DE CONTREBIA LEUKADE
Se trata de una fase documentada en todos los sectores contemplados en el análisis estratigráfico pero, lógicamente, conservada sólo de forma muy parcial en todos ellos.
Únicamente puede hablarse de una zona en la que sus diferentes elementos aparecen lo suficientemente conservados como para poder abordar una caracterización correcta de su alzado completo, zona que se corresponde con la posición del que denominamos torreón del sector C, si bien es preciso anotar que algunas de sus características morfológicas pueden identificarse claramente en el resto de las unidades atribuidas a este momento inicial de las defensas del flanco meridional de la ciudad.
A nivel de sistema constructivo la solución que denominamos fase 1 se reconoce, en primer lugar, por partir de una preparación relativamente cuidada de la roca natural, en la que es posible reconocer incluso camas de asiento realizadas exclusivamente para recibir una pieza concreta, ya que una de las preocupaciones recurrentes de los constructores de esta primera fase parece haber sido la de solventar la pronunciada pendiente del cerro en el que se apoya, creando planos constructivos escalonados delimitados y sostenidos por sillares de gran volumen y altura, que podríamos calificar de auténticos orthostatos, encargados de proporcionar un punto de apoyo suficiente a las diferentes hiladas del zócalo que permiten solventar las diferencias de cota.
Desgraciadamente, estas importantes piezas en el sistema estructural del lienzo original han sido, como es lógico por otra parte, objeto de especial reaprovechamiento a lo largo del tiempo y buena parte de la ruina de esta zona del sistema defensivo de la ciudad podría atribuirse, sin duda, a su expolio.
Otra de las características definitorias de este primer momento constructivo es la de su perfecta adecuación al trazado y morfología del gran foso que delimita el sistema defensivo de la ciudad en esta zona, adecuación que evidencia claramente una concepción y realización unitaria de ambos elementos, aunque necesariamente las diferentes re-formas realizadas a lo largo del tiempo afectan más o menos acusadamente a esta relación.
Gracias a la conservación en altura del torreón del sector C, puede apuntarse también que el alzado de esta primera fase no fue completamente vertical y que presenta una ligerísima inclinación hacia el interior de la ciudad, fácilmente reconocible en la fotogrametría.
En altura, la primera fase constructiva que reconocemos muestra tres tipos de aparejo perfectamente diferenciados, tanto por su función como por la morfología y naturaleza de las piezas que los componen.
Tal diferenciación no obedece, sin embargo, a momentos de construcción diferentes, como podría parecer, sino que los tres tipos de aparejo conforman un sistema perfectamente estructurado para adecuarse a la difícil orografía del terreno y, a la vez, constituir una defensa eficiente no exenta, en cualquier caso, de otro tipo de preocupaciones ya fueran técnicas, poliorcéticas o simplemente estéticas, que resultan imposibles de evaluar por el momento.
La parte inferior, que denominaremos zócalo, es la encargada de proporcionar los planos constructivos escalonados que permitieron levantar la muralla sobre la escarpada ladera.
Las piezas más importantes de su estructura son, como avanzábamos, una serie de grandes bloques en los que destaca la altura y que sirven de punto de apoyo inicial a las diferentes hiladas que componen el zócalo, por lo que su colocación precedería a la construcción de los mencionados planos.
Son únicamente dos bloques de este tipo los que nos han llegado, siendo los dos coincidentes con la posición de las esquinas del torreón del sector B. Se trata en ambos casos de grandes bloques bien trabajados y escuadrados, con un acabado más cuidado que el resto de las piezas que forman parte del zócalo.
En altura alcanzan un desarrollo equivalente a dos o más hiladas del zócalo y, aunque en la actualidad solo conservamos bloques únicos, parece evidente que debían multiplicarse en altura para salvar eficientemente las fuertes diferencias de cota que plantea la ladera.
De igual forma, parecen haberse duplicado en anchura, al menos en la cota más baja, como atestigua el bloque más occidental de los conservados que se adosaba a un gran bloque lateral, bloque hoy desaparecido pero del que tenemos constancia por la huella dejada durante su ajuste a la roca natural.
Las hiladas internas que completan el zócalo se ordenan también en función de la pendiente, arrancando desde piezas muy irregulares que van adaptándose a la ladera para ir poco a poco ganando en regularidad.
Esta misma adaptación hace que en las zonas más orientales de los diferentes planos constructivos aparezcan bloques más altos, cuya misión es simplemente la de acomodar la horizontal de dos hiladas consecutivas con el plano inclinado de la ladera.
Se trata, indudablemente, de piezas muy operativas desde el punto de vista constructivo, pero que alteran visualmente la isodomía de las hiladas y nos ofrecen una visión deformada de la realidad constructiva original.
Los bloques que conforman estas hiladas internas del zócalo nos presentan una morfología más variada, que va desde las pequeñas lajas, que predominan en las zonas más bajas para adaptarse mejor a la pendiente, hasta bloques de buen tamaño cua-Paño interno del torreón del sector C drangulares, trapezoidales e incluso alguna pieza que podríamos calificar de poligonal, morfologías que se combinan con la condición de soga o tizón sin alternancias regulares en lo observado.
En cuanto a la talla de estos bloques no es, aparentemente, tan cuidada como la que describíamos para los orthostatos, pero esto no quiere decir que se trate de una factura irregularmente intencionada.
En nuestra opinión, y desde la observación detallada de las diferentes zonas conservadas del paramento, buena parte de la aparente deficiencia de su talla debe achacarse a los efectos de la profunda erosión que el paso del tiempo ha producido en aristas y juntas, puesto que a nivel interno los bloques encajan de forma mucho más ajustada de lo que la cara exterior nos muestra en la actualidad.
El segundo tipo de aparejo atribuido a la primera fase, y que denominamos hiladas de regularización, tiene la función específica de complementar la búsqueda de la horizontalidad proporcionada por el zócalo, eliminando las deficiencias de los bloques del paramento inferior y a la vez proporcionar asiento horizontal, ya casi perfecto, al paramento superior.
A nivel de conservación, únicamente podemos observar esta parte del paramento original en dos zonas, correspondientes a un pequeño fragmento de paño original (UE 138) y al situado en el torreón del sector C, desde los que puede definirse como dos hiladas de lajas, o mejor de bloques tabulares si consideramos su altura y lon-gitud.
Como es lógico, la hilada inferior es la que asume las irregularidades del paramento inferior, lo que se traduce en mayores diferencias de tamaño y asiento de sus piezas, mientras que la superior nos ofrece piezas más homogéneas en altura.
Sobre estas dos hiladas de regularización se asienta el tercero de los tipos de paramento que componía los lienzos de la primera muralla, paramento que constituiría el alzado propiamente dicho de la misma.
Su conservación se reduce al fragmento de muralla primitiva situado a la altura del torreón del sector C, donde por fortuna pueden observarse hasta dos hiladas del mismo.
Dichas hiladas están compuestas por bloques rectangulares de gran longitud y ajuste perfecto, características que permiten hablar de un auténtico opus quadratum de muy buena calidad con hiladas perfectamente horizontales y de altura constante, aunque está última dimensión difiera entre las dos hiladas conservadas.
La concepción tripartita del alzado de la muralla original no se refleja, sin embargo, únicamente en la técnica constructiva, sino que también los materiales empleados muestran una selección específica para cada una de las comentadas partes del lienzo.
Así, en el zócalo el material elegido es el que denominamos caliza de tipo A, mientras que en las dos hiladas de regularización se combinan piezas de caliza A, con otras de tipo B e, incluso, una de roca pizarrosa.
Por su parte, para el opus quadratum del alzado, al menos en lo conservado, se utilizó exclusivamente la caliza que denominamos de tipo B.
Incluimos en esta segunda fase los paramentos que dan forma a la planta original de los torreones conservados en los sectores B y C, en los que se distinguen dos formas de construir perfectamente diferenciadas.
Por un lado el lienzo exterior, únicamente conservado en el torreón del sector C, y por otro los muros correspondientes al perímetro de los torreones así como al muro divisorio interno.
Ambas obras, con sus caras laterales oblicuas, característica que nos indica un cierto trabajo de talla a la hora de ajustar las diferentes piezas.
A pesar de ello los bloques presentan dimensiones muy variables entre sí y en especial en lo que a altura de los mismos se refiere, dimensión que puede variar incluso dentro de un mismo bloque.
Las hiladas presentan por tanto un perfil muy sinuoso y un aspecto irregular, acentuado actualmente por la grave erosión sufrida por la mayoría de las piezas que conforman este lienzo.
Esta misma irregularidad hizo necesaria la utilización de pequeños ripios que solventasen la diferencia de altura en los diferentes bloques, elementos que son especialmente visibles y significativos en las líneas de contacto con el paramento de la fase anterior.
En lo que respecta a los lienzos correspondientes al torreón interior cabe distinguir dos zonas diferenciadas en altura: la cimentación y el alzado.
En la cimentación predominan los grandes bloques tabulares, de escasa altura pero gran longitud, bloques en los que, a nivel general, se utilizó preferentemente caliza del tipo B, pero también las calizas de tipo A, las rocas de tipo pizarroso y la cuarcita, estas dos últimas documentadas en el torreón del sector B. A nivel técnico, la cimentación dispone sus bloques en sogas y tizones, que en ocasiones llegan a superar la anchura del propio cimiento, pero la ordenación de ambos elementos no responde a alternancias regulares en lo conservado.
Respecto a la talla, los bloques presentan el trabajo imprescindible para su extracción, pero el material pre-ferentemente empleado parece fragmentarse naturalmente en capas, más o menos, horizontales, lo que favorece su apariencia regular.
En cualquier caso, la ausencia de talla de ajuste es evidente y por ello son frecuentes los ripios y pequeñas lajas de asiento entre los bloques.
El alzado de los torreones muestra una utilización de materiales similar a la descrita para su cimentación, con la única excepción del torreón del sector C donde, además de los tipos de material reseñados, se documentan tres únicas piezas elaboradas en una arenisca rojiza ausente en el resto de los tramos del sistema defensivo analizados.
Desde el punto de vista de la técnica y la talla, al alzado interno de los torreones es también muy similar a lo descrito para su cimentación, siendo únicamente reseñable que en altura los paramentos tienden a utilizar bloques más pequeños, reservando para las hiladas iniciales las piezas de mayor tamaño.
No obstante, es necesario reseñar la curiosa disposición de los bloques en un pequeño tramo correspondiente a las tres primeras hiladas de alzado del muro septentrional del torreón del sector C, concretamente en las proximidades de la esquina nororiental del bastión.
En ese punto, la habitual disposición aleatoria de sogas y tizones, fue sustituida por una articulación del muro en la que se combinan piezas de una anchura ligeramente inferior a la sección del paramento complementadas con lajas verticales de igual altura.
Piezas estas últimas que se alternan de interior a exterior en las tres hiladas conservadas.
Esta peculiar técnica traba perfectamente con la obra descrita anteriormente, por lo que parece bastante razonable atribuir esta peculiar técnica a la intervención, durante la construcción de los torreones, de maestros canteros diferentes.
El aislamiento físico que produce la deficiente conservación de la muralla entre las unidades constructivas reconocibles, nos obliga a incluir, por diferentes razones estratigráficas, tres tramos dentro de la tercera fase: uno en el sector A, coincidente con la zona mejor conservada del mismo, un recrecido del muro externo del torreón del sector B y, por último, el tramo relacionado con la importante reforma que modificó por completo la planta del torreón del sector C. No obstante, resulta poco probable que estas tres importantes reformas fuesen realizadas de forma simultánea, habida cuenta de las diferencias técnicas y formales existentes entre ellas.
El tramo correspondiente al sector A se caracteriza, en primer lugar, por presentar un marcado perfil inclinado en su cara exterior, inclinación que llega a ser claramente escalonada en sus hiladas inferiores.
El material utilizado en su alzado, es predominantemente la caliza de tipo A, pero también es posible reconocer varias piezas realizadas en caliza de tipo B. La morfología y el tamaño de los bloques utilizados son sumamente variables, pudiendo distinguirse grandes bloques tabulares, bloques rectangulares, trapezoidales, lajas, etc., lo cual, unido a la presencia de algunas piezas engatilladas sin función aparente, nos lleva a pensar en que se trata de piezas mayoritariamente reutilizadas.
El trabajo de talla realizado para el ajuste de los bloques parece nulo, siendo muy frecuentes los huecos y grandes juntas selladas con mortero arcilloso y ripios.
Como consecuencia de todo ello las hiladas presentan perfiles muy sinuosos y quebrados, llegando incluso a solaparse entre ellas por la presencia de bloques de alturas muy diferentes.
El pequeño recrecido del torreón del sector B atribuido a esta fase no presenta rasgos técnicos o materiales reseñables, salvo la irregularidad de su fábrica y la evidente reutilización de materiales en ella.
La única cuestión interesante que presenta esta pequeña refacción se refiere al, aparentemente anómalo, límite vertical de su extremo este.
Una vez comprobada su exacta posición en planta, dicha circunstan-cia se explica por la necesidad que sus constructores tuvieron de enjarjar el nuevo paramento con la obra del muro de división interna del torreón, todavía en pie en este momento, correspondiente a la segunda fase.
El último de los elementos atribuible a esta tercera fase, como adelantábamos, se corresponde con una profunda reforma llevada a cabo en el sector C, reforma que supuso la refacción de un tramo importante del lienzo exterior de la muralla y la construcción de un nuevo torreón, amortizando las estructuras correspondientes al de la fase anterior.
La fábrica del muro externo reconstruido durante esta reforma evidencia la combinación de bloques y piezas reutilizadas, de buena factura, con otros muy irregulares y sin trabajo de talla aparente, siendo posible reconocer bloques de morfología y dimensiones muy diversas.
No obstante, debe de destacarse que, en lo que a técnica se refiere, esta refacción resulta más cuidada que las descritas hasta ahora para esta fase, ya que aún con notables deficiencias, producidas por la falta de talla de ajuste y la irregularidad de las piezas utilizadas, la articulación del muro trata de imitar a la de la fase primitiva de la muralla.
De esta forma, este paramento arranca desde una zona baja, el zócalo, compuesto a base de bloques trapeciales, rectangulares e, incluso, poligonales, en los que se utilizó tanto la caliza de tipo A como la B. Los bloques son, en cualquier caso, muy irregulares entre sí, hasta el punto de que resulta difícil identificar hiladas concretas.
La zona intermedia, que denominábamos hiladas de regularización en el paño original, también está aparejada a base de lajas y pequeños bloques tabulares, pero ni su tamaño, ni su talla o colocación alcanzan la calidad observada en ellas.
Por lo que respecta al aparejo de la zona alta, el alzado propiamente dicho, también trata de recordar el buen aparejo rectangular original utilizando bloques de mayor tamaño y mejor talla, todos ellos reutilizados, lo que hace posible reconocer hiladas aunque muy irregulares.
Pese a todo, las juntas son forzosamente muy amplias y fue necesaria la utilización de gran cantidad de mortero arcilloso, muy lavado en todo el paño, y abundantes ripios.
Durante esta misma reforma el torreón primitivo fue sustituido por otro más estrecho y largo que aprovecha, do generalmente piezas de tamaño pequeño, sin talla y de formas muy variadas, dispuestas sin ningún tipo de orden.
Por ello, la presencia de juntas gruesas e, incluso, de grandes huecos es lo habitual en la cara externa de estos paños.
Fase 5 Dentro de esta nueva fase se incluyen dos nuevas reparaciones detectadas en el paramento exterior del torreón del sector B, la primera, más limitada en extensión, afecta parcialmente a su zona media, mientras que la segunda afecto a toda la zona alta del mismo.
Evidentemente, la primera es anterior en el tiempo a la segunda, pero optamos por incluirlas es una misma fase con la intención de simplificar esta síntesis.
La diferencia temporal se refleja en las características técnicas de ambas reparaciones, que presentan diferencias sustanciales.
La más antigua fue construida utilizando bloques y lajas sin apenas talla de tamaño pequeño o medio, alguno de ellos claramente reutilizado.
La disposición de estos bloques resulta completamente aleatoria y sólo la presencia de algunas lajas permite reconocer en él alguna línea horizontal.
El recrecido más reciente utiliza también blo-ques y algunas lajas muy irregulares y sin talla, pero se advierte, al menos, una selección de los mismos en función de su posición en el alzado.
Así en su parte baja, en el asiento sobre las unidades inferiores, se utilizaron bloques de tamaño medio y grande, mientras que la zona alta se construyo a base de piezas de tamaño pequeño.
La disposición de las piezas es en ambos casos muy irregular, si bien la presencia de los grandes bloques de la zona baja ayuda a intuir cierta organización en tres bandas muy irregulares.
Pertenecen a esta fase dos nuevos elementos: un nuevo torreón, situado parcialmente sobre la posición del torreón original del sector B, y un muro interior, que discurría de forma, más o menos, «paralela» a la muralla.
No disponemos de la unión física de ambas construcciones, pero a tenor de lo conservado resulta evidente que las dos formaron parte de un mismo proyecto de remodelación de un amplio sector del sistema defensivo de la ciudad.
La conservación de las estructuras correspondientes al torreón es muy deficiente e, incluso, han llegado a desaparecer por completo en la mayor parte de su planta.
En lo conservado, que se limita a su esquina oriental interna, se aprecia que su construcción no se apoya sobre las estructuras antiguas, sino que lo hace directamente sobre una serie de rellenos que habían amortizado el antiguo torreón con anterioridad.
Constructivamente, las dos hiladas conservadas muestran la utilización de bloques muy irregulares en forma y tamaño, irregularidad que sólo es paliada en la ejecución de la mencionada esquina, donde se utilizaron, seguramente por ser la hilada de asiento, dos grandes bloques bien tallados, de los que sólo conservamos uno.
En cuanto al muro interno pueden distinguirse dos zonas diferenciadas en su estructura: la zona de cimentación y el alzado propiamente dicho.
La cimentación se construyó realizando una trinchera sobre los rellenos y colocando sobre la misma una serie de grandes bloques poligonales, que por su morfología e irregularidad parecen haber sido colocados tal y como se extrajeron de la cantera.
Sobre ellos, el muro fue levantado utilizando, preferentemente, piezas de tamaño pequeño, entre las que podemos encontrar algunos bloques mayores de forma aislada.
En todos los casos se trata de bloques muy irregulares y sólo es posible observar trabajo de talla en algunas pocas piezas reaprovechadas.
Por todo ello las juntas son gruesas y la utilización del característico mortero terroso y los ripios muy abundante.
En lo referido a la disposición de los bloques resulta en general deficiente e irregular, aunque en alguno de sus tramos llegan en ocasiones a marcarse algunas bandas, más o menos regularizadas.
Un aspecto importante con respecto a este muro tiene que ver con sus materiales de construcción, En él se utilizó fundamentalmente la caliza de tipo A combinada con algunas piezas sueltas de tipo B, pero, además, pudimos documentar también la utilización de unos pocos bloques de arenisca, en alguno de los cuales es posible todavía reconocer el trabajo de talla.
Incluimos en esta fase dos obras bien distintas, por un lado una simple reparación realizada a nivel de cimientos en el torreón de la fase 6 y, por otro, una importante readecuación de la muralla llevada a cabo en la zona oriental del sector C. Obras ambas que, a pesar de su diferente trascendencia para el sistema defensivo, comparten una importante cuestión técnica, puesto que en las dos se utilizó como elemento aglutinante el mortero de cal.
Con respecto a la reparación de los cimientos del torreón de la sexta fase poco puede decirse en cuanto a cuestiones técnicas, dado que no contó nunca con un alzado real.
No obstante, gracias a su conservación podemos argumentar sobre las dimensiones y morfología del maltrecho torreón.
La obra del sector C correspondiente a esta fase es, como sugeríamos, de mayor trascendencia.
Concretamente, la función de esta obra fue la de tratar de solventar el asiento de la muralla en una zona especialmente delicada dada la escasa consistencia que la roca natural presenta en este pun-Fase 6.
Areniscas en las que se puede observar la talla to.
El problema que la reforma trato de paliar sigue vivo en la actualidad, y buena prueba de ello es que la mayor parte de las estructuras a las que nos referimos se siguen desplomando y perdiendo piezas día a día.
La formula utilizada en este momento para tratar de minimizar la inexorable erosión fue la de forrar la débil superficie rocosa con paños de mampostería que, arrancando desde prácticamente el fondo del foso, se superponen en altura hasta alcanzar la cota necesaria para dar asiento al alzado de la muralla.
Se reconocen hasta tres de estos paños superpuestos, perfectamente diferenciables por el pequeño retranqueamiento que los separa y que les da el aspecto de pequeñas terrazas.
Técnicamente, estos paños se realizaron utilizando piezas muy diferentes en tamaño y forma, pero con la presencia ocasional de grandes bloques rectangulares, sin duda reutilizados.
Un aspecto interesante de reseñar es la presencia de algunas piezas, concentradas en el paño más alto, ejecutadas en arenisca.
En cuanto a su aparejamiento, la imagen actual es de completa irregularidad, pero un parte importante de dicha imagen debe achacarse, a nuestro juicio, al deficiente estado de conservación.
Sobre la última de estas pequeñas terrazas conservamos un pequeño fragmento de lo que constituiría el alzado de la muralla perteneciente a este periodo.
En lo conservado, al menos la primera hilada estaba constituida por bloques de gran tamaño, y en algún caso de buena talla, que muy probablemente haya que considerar como reutilizados.
Entre estos bloques destaca una pieza regular de buen tamaño realizada, también, en arenisca.
No obstante, el rasgo técnico más destacable de este pequeño tramo de muralla es la utilización de mortero de cal en su construcción.
A esta fase, la última de cuantas podemos identificar con seguridad, pertenecen dos pequeños arreglos, uno situado en el extremo oriental del sector A y otro en la parte baja de las terrazas del sector C pertenecientes a la fase anterior.
Dichos arreglos no presentan cuestiones técnicas reseñables, estando ejecutados en ambos casos con mampostería muy irregular y sin ningún tipo de regularidad en la colocación de sus bloques, en la que se utiliza un mortero terroso en el que se encuentran fragmentos disgregados de mortero de cal.
EL PROBLEMA DE LA CRONOLOGÍA «Uno de los problemas más frecuentes en el estudio de los sistemas defensivos ha sido siempre el de la datación» (ROMEO 2002, p.
Con esta frase comienza uno los trabajos más recientes sobre fortificaciones antiguas en la Península Ibérica, pero podríamos haber elegido otras muchas, más o menos acertadas o profundas, referidas a cualquier rincón geográfico del Mediterráneo para iniciar este apartado.
Tiene razón, en cualquier caso, el mencionado autor, pues la cronología es uno de los principales problemas de investigación para aquellos que tenemos que enfrentarnos, por una u otra circunstancia, al estudio de este tipo de construcciones defensivas.
No es de extrañar, por tanto, que para resolver este problema los estudiosos de la poliorcética clásica hayan recurrido a muy diferentes recursos a la hora de tratar de ubicar temporalmente sus reflexiones sobre el tema, recursos que van desde la imprescindible estratigrafía de subsuelo, la metrología o, por señalar algún caso extremo, la paleografía de las marcas de cantero.
Todo tipo de argumentaciones disponibles han sido utilizadas con mayor o menor éxito y credibilidad.
Pero, sin duda, el núcleo interpretativo estrella ha sido, y todavía sigue siendo, el de las cronotipologías.
Creemos, sinceramente, que el papel de el tipo de dataciones cronotipológicas ha sido importantísimo en el avance de nuestro conocimiento sobre las fortificaciones antiguas y que se trata de un tipo de argumentación plenamente vigente y válida en el futuro aunque, desgraciadamente, su excesiva vinculación, en unos casos, a presupuestos metodológicos obsoletos y, en otros, a su deficiente utilización, hace que el manejo de esta vía interpretativa resulte siempre demasiado compleja y no siempre satisfactoria.
No siendo de extrañar algunas críticas parciales realizadas, curiosamente, por autores que luego, indefectiblemente, deben recurrir obligatoriamente a ella para justificar sus opiniones.
El caso de la muralla de Contrebia Leukade podría considerarse un ejemplo «tipo» de las controversias que esta clase de aproximaciones cronológicas ha generado, ya que historiográficamente podemos encontrar dos posturas bien diferenciadas: la que considera que el origen del sistema murado de Inestrillas es consecuencia de la presencia romana, opinión que ya defendió Taracena, y la que propone cronologías más altas relacionadas, quizás, con influencias también mediterráneas pero de distinto signo.
Es por ello que, también nosotros, tratando de aportar algo de luz a la problemática cronológica de la muralla de Contrebia, aunque centrándonos exclusivamente en su flanco meridional, nos hemos visto obligados a recurrir a los argumentos disponibles que son en este caso de carácter estratigráfico y cronotipológico, si bien debemos reconocer que, gracias a la lectura estratigráfica de sus alzados, partimos con la ventaja de conocer la cronología relativa de cada uno de sus elementos compositivos.
No pretendemos, no obstante, aproximarnos a la cronología de todas y cada una de las fases que hemos reconocido en la lectura, trabajo que excede ampliamente los objetivos de este estudio, pero sí al menos asentar las bases cronológicas, concretamente la de sus dos etapas iniciales, de un sistema defensivo que estructuralmente permaneció «vivo» durante un milenio y, de paso, intervenir, de nuevo, en la mencionada polémica historiográfica.
Las estratigrafías del subsuelo
Contamos con datos pertenecientes a dos únicas unidades estratigráficas relacionadas con las fases iniciales de la muralla: la primera situada en la zona de la puerta y la segunda correspondiente a la amortización de la torre del sector C. Se trata de unidades inéditas y cuyos datos requerirán una mayor elaboración en un futuro, pero desde este análisis inicial ofrecen ya indicios importantes para los elementos arquitectónicos relacionados estratigráficamente con ellas.
Nuestro argumento a la hora de interpretarlas cronológicamente es simple, pues se basa en la presencia o ausencia de producciones cerámicas de barniz negro itálico, cuya importancia como elemento cronológico ha sido recientemente puesta de relieve por varios autores (ROMEO 2002, p.
En nuestra zona, contamos además, con cierta seguridad cronológica sobre el momento de llegada de dichas producciones cerámicas gracias a la extensa colección proporcionada por las estratigrafías de Graccurris (Alfaro) (HERNÁNDEZ VERA Y NÚÑEZ 1998), momento que podríamos situar, desde los datos actuales, en el primer cuarto del siglo II a.
En el primer caso, la unidad asociada a la puerta, los materiales recuperados son escasos pero, al parecer incluyen fragmentos de barniz negro y además tiene una serie de relaciones estratigráficas del mayor interés, puesto que se adosa, y por lo tanto es posterior, a la construcción de la torre que defiende el flanco meridional de la puerta, correspondiente en nuestra lectura a la segunda fase de la misma.
No es mucho, lo que esto significa para la datación de esas primeras fases que tratamos de ubicar temporalmente, pero al menos indica que la segunda torre de la puerta, la que la flanquea por el oeste, se construyó en época republicana.
La unidad excavada en la torre del sector C de la muralla, por el contrario, únicamente proporcionó materiales cerámicos de tipo celtibérico, aunque no muy abundantes, por lo que, quizás, la construcción de estas torres, correspondientes a la segunda fase de la muralla, debamos situarla en un momento en el que la presencia romana no se encontraba plenamente desarrollada en nuestra área.
El volumen de la bibliografía que se ocupa de lo aspectos tipológicos relacionados con los sistemas defensivos antiguos resulta inabordable en este tipo de estudios, por lo que nos hemos limitado a tratar de resumir lo aportado por las síntesis más recientes sobre los elementos que consideramos más característicos y significativos de nuestra muralla.
El foso no puede considerarse un elemento imprescindible del sistema defensivo, sino un simple complemento de la muralla, por lo que quizás pudiera parecer que los comentarios tipológicos que le dedicaremos ahora podrían estar fuera de lugar en este estudio.
Sin embargo, y como podrá comprobarse en lo que sigue, se trata de un elemento muy considerado desde el punto de vista de este tipo de análisis y, además, la enorme entidad del foso que defiende fachada meridional de la muralla de Inestrillas hace obligatorio que nos refiramos a él.
Como señalaba A. J. Lorrio hace ya algunos años (1997, p.
88), la información de la que disponemos sobre los fosos defensivos en territorio celtibérico es, todavía, muy reducida al encontrarse en la mayor parte de los casos colmatados.
En cualquier caso, la presencia de fosos en las poblaciones del área celtibérica correspondientes a la Segunda Edad del Hierro estaría bien representada, siendo al parecer más frecuentes «y de mayor entidad entre los poblados situados en territorio aragonés» (IBIDEM.).
La sección de los fosos presenta generalmente perfiles en U y su anchura parece oscilar entre los 4 y los, increíbles, 60 metros que se atribuyen al foso del poblado de El castillo de Villarroya (IBIDEM.).
Por lo que respecta a su profundidad es difícil de determinar por las razones aludidas, si bien A.J. Lorrio señala un límite de 7 metros para el más profundo de los conocidos en la actualidad.
El mismo autor señala más adelante que, entre los fosos que defendieron a las ciudades celtibéricas, destaca claramente el de Contrebia Leukade, habida cuenta de su longitud, anchura, profundidad y volumen de obra (IBIDEM., p.
Para las áreas ibéricas más cercanas, se han apuntado recientemente, algunos argumentos tipológicos que también conviene tener en cuenta a la hora de ubicar cronológicamente el sistema defensivo que nos ocupa, destacando entre ellos el que tiene que ver con la anchura de los fosos pertenecientes a las defensas de poblados ibéricos del Valle Medio del Ebro.
Según la propuesta de Romeo (ROMEO 2002, p.157 y ss.) hay que considerar dos grupos bien diferenciados: el primero caracterizado por fosos con anchuras de entre 5 y 10 metros y el segundo por fosos de achuras que «se acercan o superan la veintena de metros».
Lo más importante, en cualquier caso, es que dicha diferenciación, según el autor de la propuesta, contiene una significación cronológica, ya que «los fosos con anchuras de cerca de diez metros pertenecen a yacimientos estrictamente ibéricos, mientras que los pertenecientes al segundo grupo aparecen en yacimientos intensamente romanizados» (IBIDEM. p.
Las bases argumentales utilizadas para tal periodización de carácter tipológico no son en este caso estratigráficas, sino que tienen que ver con las supuestas diferencias en la forma de afrontar el combate por parte de los pueblos ibéricos y de los itálicos.
Los primeros, a juicio de Romeo, caracterizados por «un rechazo generalizado de las armas arrojadizas» y los segundos, por el contrario, «dotados de este tipo de armas» (IBIDEM.).
Seul le fossé A de l 'Euryale est suffisamment éloigne du fort pour avoir pour fonction principale d' eloigner les lithobo-obstante, las características constructivas del foso las que determinan esta postura historiográfica, puesto que la comentada propuesta de datación tardía de las defensas de Contrebia se sustenta exclusivamente en otra cuestión tipológica, referida en concreto a la estructura de la muralla propiamente dicha y en la que luego nos centraremos, obviando sorprendentemente sus propios argumentos cronotipológicos referidos a los fosos.
En este sentido, algunas de las pocas cuestiones que podemos confirmar con rotundidad, desde el análisis estratigráfico de los alzados de la muralla de Contrebia, es que la excavación del foso que la defiende por el Sur determinó, sin lugar a dudas, el trazado de las defensas de este sector de la ciudad en todas sus fases, como señalábamos en su caracterización constructiva, y que lógicamente su excavación debió de ejecutarse de forma previa, o bien de forma paralela, a la más antigua de las mismas.
Las cifras de obra de este foso son todavía provisionales y en la actualidad sabemos con certeza que alcanzan un mayor volumen, pero utilizando sencillamente las magnitudes manejadas desde finales del pasado siglo, basta señalar que con sus 672 metros de longitud y sus más de 40.000 metros cúbicos de roca excavada (HERNÁNDEZ VERA 1982, p.
122 y s.) se trata de una obra única en Hispania y, aún teniendo en cuenta cualquiera de las posibilidades cronológicas apuntadas hasta el momento para su construcción, podría calificarse de colosal.
Desde esta perspectiva, nos parece necesario retomar una de las reflexiones de Pierre Moret (2003, p.
Sólo restaría preguntarnos: ¿En que momento se dieron todas estas circunstancias favorables, para que los habitantes de la ciudad de Contrebia pudiesen acometer, con garantías, la excavación este impresionante elemento del sistema defensivo de la ciudad?
Para finalizar el apartado dedicado a los fosos es obligado recordar que, si tenemos en cuenta las posturas más recientes (HOURCADE 2003, p.
303), el foso no parece un elemento defensivo demasiado bien representado en el grupo de murallas atribuidas a las ciudades romanas de la Hispania de época republicana y que: «Leur existente n' a, bien évidemment, de sens que dans les cas des sites de plaine, ou de plateau, où un très fort escarpement ne rend pas inutile des tels aménagements» (IBIDEM.).
Contrebia por su superficie ocupada, calculable en un mínimo de 12 Ha.
62), puede considerarse sin duda una autentica ciudad en nuestro contexto, cuenta con foso y, desde luego, no se encuentra ubicada en llano, baste para corroborarlo apuntar que, en el tramo de foso analizado en el presente estudio, la diferencia de cota entre la puerta occidental y el torreón del sector C es de 25 mts.
Refiriéndonos a los trazados generales de los recintos amurallados, ya sea en área celtibérica o ibérica, parece existir un consenso entre los diferentes investigadores que se han ocupado del tema, según el cual se reconoce una característica común a la gran mayoría de los recintos amurallados hispánicos: «la influencia determinante del lugar elegido» (LORRIO 1997, p.
71), o lo que es lo mismo su adecuación, en ocasiones, absolutamente determinante, a la topografía natural del solar sobre la que se implantaron estos poblados y ciudades.
Esta influencia de la topografía sobre el trazado adoptado por las murallas supone de hecho, en muchas ocasiones, que los lienzos únicamente defiendan los flancos más desprotegidos topográficamente, confiando la defensa del resto del perímetro a las alturas y cortados naturales.
Es el caso de muchos poblados y ciudades prerromanos de la Península Ibérica, incluida también la propia Contrebia Leukade, y parece oportuno señalar que recientemente se ha propuesto, concretamente para el caso de Olerdola, que se trataría de una concepción poliorcética «plus proche des traditions ibériques que des normes de l 'urbanisme romain» (MORET 2003, p.
La gran mayoría de los trazados de las fortificaciones prerromanas de la Península Ibérica ofrecerían, desde esta misma perspectiva, «une conception rudimentaire de l 'architecture defensive» (MORET 2002, p.189) y sólo unos pocos encintados hispánicos, asociados en principio a distintas influencias mediterráneas (IBIDEM. p.209 y ss.), se alejarían de la comentada tendencia general, evidenciando trazados cuyo diseño superaría la mera adecuación a los condicionantes topográficos.
El sector de la muralla de Contrebia analizado en el presente trabajo cuenta, desde su primera fase, con una planta simplemente quebrada cuyo trazado parece ajustarse a los cambios de pendiente naturales, circunstancia tipológica muy generalizada, como avanzábamos, y carente de una significación cronológica precisa.
No obstante, los recientes trabajos de excavación llevados a cabo en la fachada Norte de la ciudad, la menos protegida por la topografía natural, han puesto al descubierto una serie de paños correspondientes a la muralla prerromana de la ciudad que presentan una disposición quebrada que nada tiene que ver con la adecuación topográfica y que parecen apuntar a la existencia de un tramo «acodado» en esta zona del sistema defensivo.
Además, algunos de estos paños, tanto por la morfología como por la disposición técnica de sus bloques, pueden ponerse en relación directa con las características constructivas descritas para nuestra primera fase, por lo que, aún de forma indirecta, esta circunstancia aporta nuevos argumentos para solventar el problema que nos ocupa.
Sobre las murallas «acodadas» o «en cremallera», como se las conoce en la historiografía francesa, A.J. Lorrio (1997, p.
76), señalaba hace algunos años que se trata de una de las innovaciones introducidas en la poliorcética celtibérica a lo largo de la Segunda Edad del Hierro y que su origen, o inspiración, debía buscarse en los amurallamientos griegos de época helenística.
Aunque existen otras hipótesis con respecto al origen último de esta innovación poliorcética6, la que ha generado
Dentro del capítulo referido a las cronotipologías propuestas para las técnicas utilizadas en la construcción de los amurallamientos hispánicos de época prerromana, existen varios aspectos de interés en los que la historiografía más reciente ha fijado su atención, aunque si nos centramos en las que ahora resultan más útiles para tratar de aportar cronología a las fases más antiguas de la muralla de Contrebia únicamente nos parece oportuno, por el momento, centrarnos en el referido a su estructura interna.
En este sentido, la estructura interna de la muralla de Contrebia, teniendo en cuenta únicamente la correspondiente al sector meridional objeto de este estudio, ha sido incluida por diferentes autores (TARACENA 1942, p.27; ASENSIO 1995, p.
167 y ss.) dentro del grupo tipológico de las denominadas «murallas de cajones», atendiendo, eso sí, a las descripciones realizadas exclusivamente desde la observación meramente superficial de sus restos.
Como hemos indicado, esta «clasificación» tipológica es, en realidad, la responsable de que la muralla de Inestrillas haya sido considerada reiteradamente, desde la primera publicación de Blas Taracena (HERNÁNDEZ VERA 2003, p.
69), como una construcción de cronología tardía.
Datación tipológica que varía significativamente de un autor a otro.
Así podemos encontrar posturas «moderadas», como la de Taracena (1942, p.
27), que apuntaban a los dos primeros cuartos del siglo II a.C., y también otras muy drásticas, que proponen cronologías mucho más avanzadas, asociando su construcción incluso al desarrollo de la denominada «Guerra Sertoriana», dentro ya del siglo I a.
Los argumentos tipológicos para la tardía datación de este tipo de murallas «de cajones» no han variado excesivamente desde su formulación a mediados del siglo pasado, y se centran en una supuesta inexistencia de influjos mediterráneos tempranos en el interior de la Península Ibérica, concepto que a nuestro juicio todavía está por demostrar con pruebas irrefutables, por lo que su introducción en el repertorio poliorcértico ibérico o celtibérico se atribuye indefectiblemente a los ejércitos itálicos responsables de la conquista romana de Hispania.
El debate sobre el origen y difusión de este tipo estructural en las murallas del Mediterráneo occidental, a tenor de las diferentes opiniones que hemos podido recoger, dista mucho de ser un tema de investigación cerrado (TRÉZINY 1996, p.
168), pero afortunadamente no resulta necesario que abordemos esta espinosa cuestión en el caso de Contrebia, puesto que la reciente excavación de algunos de los sectores del flanco Sur de sus murallas (HERNÁNDEZ VERA 2003, p.
69) nos ha permitido confirmar, sin lugar a dudas, que los supuestos «cajones» descritos por Taracena no son otra cosa que los muros correspondientes a un sistema de torres, o torreones, completamente independientes entre sí.
De esta forma, el principal argumento sobre la datación tardía de las murallas de Contrebia se desvanece, y la problemática cronotipológica se imbrica, sencillamente, con el de los elementos de flanqueo, las torres, que trataremos más adelante.
Esto no quiere decir, sin embargo, que la estructura interna de las fases iniciales del sector Sur de la muralla de Inestrilllas, aun cuando consideramos que sería necesario comprobarlo en el resto de los sectores en los que pudieran conservarse paños correspondientes a estos períodos, no puedan describirse manejando elementos característicos de la arquitectura mediterránea antigua y que no revistan interés cronotipológico alguno.
En buena parte de su alzado, concretamente hasta la cota del suelo de las mencionadas torres, correspondientes recordémoslo a la segunda fase que proponemos desde nuestro análisis estratigráfico, la estructura construida de la muralla Sur de Inestrillas podría definirse desde el punto de vista estructural como un analemma (MARTIN 1965, p.
374 y ss.), o lo que es lo mismo un muro de terraza, circunstancia constructiva que no resulta ajena a algunas murallas griegas de occidente, entre las que podríamos recordar el caso del sector nordeste de la muralla de Hipponion -la posteriror ciudad romana de Vibo Valentia- (SÄFLUND 1935, pp. 87 y ss.;AUMÜLLER 1994, p.
246 y ss.), pero para la que no encontramos ejemplos suficientemente bien descritos en nuestra historiografía más cercana geográficamente.
Desgraciadamente, la discusión cronológica sobre la datación de las murallas «aterrazadas» de Hipponion podría resumir, perfectamente, los problemas de ubicación temporal de los grandes amurallamientos que tratábamos de evidenciar al comienzo de este apartado.
Problemas que pueden quedar resumidos en los comentarios del propio Henry Tréziny (IBIDEM. nota 24) en relación con esta muralla de Hipponion: «Les recherches ont porté sur un secteur de rempart au nord-est de la ville.
Esta cronología arcaica sería la datación propuesta por Aümuller, ya que Säflund proponía para ella una datación del siglo IV a.C., tras «compararla» con la muralla helenística de Kaulonia, ciudad en la que, no obstante, también se documenta «une enceinte archaï-que..., ce qui montre bien la vanité des datations purement typológiques» (IBIDEM.).
Las torres de flanqueo han sido historiográficamente uno de los elementos más significativos y utilizados desde el punto de la cronotipología de los amurallamientos antiguos, por lo que, una vez demostrada la presencia de torres cuadrangulares en este tramo de la muralla de Contrebia (HERNÁNDEZ VERA 2003, p.
70 y ss.), contamos con un nuevo argumento cronológico del máximo interés.
En cualquier caso es necesario recordar que las torres, o torreones como los denominamos en nuestra lectura, de la muralla Sur de Contrebia pertenecerían a la segunda fase constructiva y que, además, las unidades estratigráficas que cubrían el suelo de una de ellas aportaron únicamente algunos materiales cerámicos de filiación exclusivamente indígena.
Las torres de forma cuadrangular, desde la óptica de las propuestas más recientes (MORET 1996, p.
112 y ss.), aparecerían como complemento defensivo de las murallas ibéricas en el periodo denominado preibérico y su construcción se generalizaría durante los siglos V y IV a.
C. La introducción de estos elementos de flanqueo en el repertorio poliorcético ibérico se vincula, además, al fenómeno de la colonización griega y fenicia, aunque parece que el «factor» fenicio (ROMEO 2002, p.
173), se apunta como más determinante en la historiografía más reciente.
En el área celtibérica este tipo de defensas cuadrangulares aparecerían supuestamente en un momento más tardío no siendo, «en ningún caso», anteriores al siglo III a.
Además, y «apoyando» esta cronología baja, se ha subrayado su frecuente vinculación con paños «acodados» (MORET 1991, p.
35 y ss.), lo cual se confirmaría en nuestro caso, aunque torres cuadrangulares y muro acodado no pertenezcan, desde el análisis estratigráfico, al mismo momento constructivo.
83) señala la existencia de un grupo de amurallamientos que denomina «celtibéricoromanos» provistos de torres cuadrangulares y pertenecientes a un período incluso más tardío, y plenamente republicano, murallas entre las que incluye a la de Contrebia7.
Como es lógico, en este comentario Lorrio no tenía en cuenta las torres que ahora comentamos, sino que se refiere, fundamentalmente, a las únicas que entonces se reconocían y que en, términos actuales, cabe identificar con la que defiende el punto más alto del foso -fuera de los límites de nuestro estudio-y la que cubre el flanco oriental de la puerta meridional.
La primera de estas torres fue excavada por Taracena (1942, p.23) quien documentó la presencia de abundantes carbones entre los rellenos de su interior, hecho que le llevó a identificarla automáticamente con la mencionada en un relato de Tito Livio que narra las circunstancias bélicas de la toma de la ciudad de Contrebia por parte de las tropas sertorianas, episodio ocurrido al parecer en el año 77 a.
C. No nos parece necesario realizar ahora comentario alguno sobre la identificación de Taracena, pero sí lo es recordar que, de momento, es la única propuesta cronológica realizada para dicha torre.
Estratigráficamente, la otra torre de las comentadas por Lorrio, corresponde a la segunda fase reconstructiva de las que documentamos en la estructura de la puerta, que nada tiene que ver con la segunda fase de la muralla meridional, y a la que, recordemos, se le adosa una unidad estratigráfica en la que se documenta la presencia de cerámica de barniz negro.
En cualquier caso, tanto la torre de la zona alta de la ciudad, como la torre de la puerta, presentan rasgos tipológicos y constructivos que las diferencian netamente de las que ahora nos ocupan.
Los nuevos datos revelan también que las torres encargadas de la defensa del flanco meridional de la ciudad de Contrebia no fueron concebidas aisladamente, o lo que es lo mismo que se trata de un sistema de torres en serie del que podríamos reconocer, por el momento, restos de hasta cuatro bastiones separados entre sí por espacios irregulares pero, muy cercanos unos de otros.
Este aspecto tipológico de las torres en serie, en opinión de Tréziny (1999, p.
256), aparecería en el occidente mediterráneo a fines del siglo VI a.
C. en fortificaciones fenicias, como la de la ciudad siciliana de Mozia, pero, también, en colonias foceas como Marsella o Vélia, así como en algunos yacimientos indígenas «influencés par Marseille», si bien su desarrollo y generalización podría situarse en la segunda mitad del siglo V y sobre todo en el IV a.C.
Para el caso hispano podría afirmarse, desde la perspectiva actual, que los paños que disponen de este sistema múltiple de flanqueo son muy poco frecuentes, ya sea en el mundo celtibérico o en el ibérico, y, cuando se documenta -caso, por ejemplo, de las murallas de Ampurias o de Ullastret (MÜLLER 1996, pp. 86 y ss.)-se trata de paños de cronología «helenística».
Utilizando estos mismos argumentos Romeo (2002, p.
171) sugiere que entre los pocos rasgos que permitirían identificar una «filiación clásica» o «la presencia de influjos mediterráneos -en los recintos hispánicos-será la disposición de las torres a intervalos -más o menos-regulares».
Desde luego esta es una de las condiciones que reúnen las torres que defienden la fachada sur de la murallas de Contrebia.
Otro detalle, que quizás podría resultar significativo desde es el punto de vista tipológico se refiere a la cercanía o alejamiento, por razones tácticas, de las torres.
Aspecto en el que cabe comentar el hecho de que las murallas más arcaicas del mediterráneo occidental serían, precisamente, las que cuentan con las torres más próximas entre sí (TRÉZINY 1999, p.
256), mientras que para las murallas de la Hispania republicana, por ejemplo, «les tours ne protègent ni systématiquement, ni régulièrement, les courtines et, pour les cas les plus anciens, elles sont mème espacées d'úne centaine de mètres (Tarragona -que recordemos ha sido paralelizada en alguna ocasión con la muralla de Contrebia (ASENSIO 1995, p.
No creemos que sea posible retrasar desde los datos actuales la construcción de la segunda fase de la muralla meridional de Contrebia, a la que pertenecen las grandes torres de este sector, hasta época augustea y, en lo que se refiere al espacio que las separa, desde lo que podemos asegurar actualmente, la distancia entre los restos visibles de la torres del sector A y el del B es de sólo 14,4 mts. y la que separa este último y la correspondiente al sector C se elevaría únicamente hasta los 18 mts.
No son, no obstante, estos importantes aspectos los únicos criterios tipológicos que cabría reseñar historiográficamente para la morfología de las torres de este tramo meridional de las murallas de Contrebia, y parece obligado, todavía, responder a algunas de las cuestiones que tienen que ver con su relación con respecto al trazado de la propia muralla o sobre la morfología de su estructura interna.
Refiriéndonos al primero de estos criterios tipológicos, la posición sobre la muralla de las torres en este sector meridional de las defensas de Contrebia nos vuelve a situar en un escenario muy particular, puesto que como bien nos recuerda Tréziny (1999, p.
Las «rarezas» a las que se refiere Tréziny podemos identificarlas puntualmente con las murallas de Tyndaris, sobre cuyas torres internas este autor se plantea dudas cronológicas más que razonables (ibidem., nota 30), y sobre todo en las «complejas» defensas de Hipponion, donde supuestamente sería posible reconocer, en un paño concreto de su estructura defensiva (IBIDEM. fig 5), hasta cinco torres rectangulares separadas por espacios que oscilan entre los 45 y 60 mts. y que se proyectan «à l 'intériéur du rempart».
Las torres cuadrangulares interiores de Hipponion pertenecerían, aún teniendo en cuenta los numerosos problemas de conservación, identificación y, también, de datación que nos recuerda Tréziny (IBIDEM. p.
247 y ss.), a la denominada fase B1 anterior claramente a la fase D «qui ne semble pas antérieure à la fin du IVe s.»
248). defensa de Torreparedones (Córdoba), edificación que aunque muestra diferencias constructivas que consideramos importantes con respecto a las torres de Inestrillas, ya que su compartimentación interna es en este caso «cruciforme», ha sido recientemente relacionada, también, con los aportes poliorcéticos púnicos, en esta ocasión, teniendo en cuenta no la tipología sino argumentos referidos al análisis metrológico de sus estructuras (MORET 2002, p.
Para finalizar con este trascendente apartado dedicado a las tipología de las torres, únicamente cabría recordar que durante la excavación del bastión del sector C se evidenció la, más que probable, existencia de un segundo piso levantado en adobes (HERNÁNDEZ VERA 2003, p.
70), circunstancia constructiva muy interesante pero que, en realidad, no nos aporta argumentos cronológicos destacados, habida cuenta de su manifiesta habitualidad en los encintados de las diferentes zonas y períodos históricos que tratamos, con la «excepción», ya señalada, de los amurallamientos de territorio celtibérico donde supuestamente: «Todas están realizadas en piedra a diferencia de otras zonas donde se documentan murallas de adobe y recintos mixtos...»
Afirmación con la que no podemos estar de acuerdo por motivos que parecen evidentes.
El problema de la caracterización tipológica de la puerta Sur de Contrebia desde la intención señalada al comienzo de este apartado, es decir la de aportar una posible cronotipología inicial a la muralla, no resulta especialmente esclarecedora puesto que, teniendo en cuenta nuestra lectura estratigráfica, la puerta primitiva de este sector se encontraría defendida únicamente por un sencillo ensanchamiento del paramento de la muralla.
Esta forma de articular la defensa de una puerta es reconocida historiográficamente en muchas murallas prerromanas de Hispania, tanto en la zona correspondiente al mundo ibérico (ROMEO 2002, p.
165) como al celtibérico (LORRIO 1997, p.84), pero en ella no parecen poder reconocerse, por el momento, indicadores cronotipológicos significativos.
En cualquier caso, teniendo en cuenta los valores métricos del mencionado ensanchamiento de la muralla y su posición, seguro que nada inocente, sobre el flanco derecho de cualquier posible asaltante, se nos plantean serias dudas sobre sí dicho ensanchamiento podría considerarse, o no, como una auténtica «torre» que cumpliría, además, con los supuestos objetivos tácticos considerados de origen mediterráneo.
Otro problema que nos preocupa en relación con la datación de las defensas más antiguas de la puerta, es el que tiene que ver con la primera torre de flanqueo de este acceso meridional de la ciudad y se refiere a la posibilidad de; la torre III de las defensas de Ullastret (Gerona) de finales del siglo IV a.C. (MORET 2002, p.
451); así como las del segundo recinto de la muralla de Malaka y las del Tossal de Manises (Alicante).
En el caso de Malaka la cronología propuesta se remontaría también al siglo VI a.
C y se relacionaría con la presencia fenicia en esta ciudad (LÓ-PEZ CASTRO 2002, p.
88), mientras que para el caso alicantino se ha planteado la posibilidad de reconocer una marcada influencia constructiva púnica y, más concretamente, de época bárquida (OLCINA 2002, p.
256), aunque en este caso se trata de torres de planta oblonga.
A todos estos modelos tipológicos cercanos, nos habíamos referido anteriormente en otro lugar (HERNÁNDEZ VERA 2003, p.
281) y, por el momento, sólo los podemos complementar refiriéndonos a una nuevo ejemplo, la gran |
permitió recuperar importante información referente a la configuración original de este espacio, modificada en los siglos posteriores a su construcción.
A lo largo de los meses de Junio, Julio y Agosto de 1998 y de Octubre de 1999, se llevaron a cabo trabajos de estudio arqueológico de la zona externa de las cúpulas de la maqsura, tanto en el extradós de las mismas como en sus linternas y cubiertas.
Fueron financiados en su primera fase por la Delegación Provincial de Cultura de la Junta de Andalucía y, en su segunda fase, por el Cabildo Catedralicio.
Ejemplares que ilustran el momento cumbre del arte hispanomusulmán, no superado por las construcciones posteriores ni por la arquitectura emiral o califal anterior.
Conocemos valiosos datos acerca de la construcción de estas cúpulas y su cronología gracias a los textos de al-Idrisi.
Éste relata que en el año 965, por iniciativa del califa al Hakam II, se concluyó la cúpula del mihrab y su decoración.
Los textos islámicos aportan datos precisos acerca de la fecha de construcción de estas cúpulas, cuya obra se encuentra íntimamente unida a la construcción del mihrab y la maqsura y al programa decorativo que recubre toda la zona.
Hemos de referir que toda la ampliación de al Hakam II se realiza tan sólo en cuatro años, del 962 al 965 (o inicios del 966).
La cúpula central se terminó en junio del 965, a partir de cuya fecha se inician los trabajos de decoración con mosaicos de la misma.
El califa Al Hakam II había «ordenado» al emperador bizantino Nicéforo Focas (963-969) que le enviase un musivario que dirigiese los trabajos.
El emperador bizantino envió a este artista así como abundante materia prima para su realización.
El historiador árabe Ibn Idari nos relata lo siguiente al respecto:
En Junio del 965 se concluyó la cúpula del mihrab, trabajo que formaba parte de la ampliación de la mezquita.
Se comenzó a hacer las incrustaciones de mosaico de este edificio.
Al Hakam había escrito al rey de los rum (romanos) a este respecto y le había ordenado que le enviara un trabajador capaz, a imitación de lo que había hecho al-Walid ibn Abd al-Malik cuando se proyectó la construcción de la mezquita de Damasco.
Los enviados del califa le trajeron al artesano de mosaicos y también 320 quintales de cubos de mosaico que el rey de los rum le enviaba a título de regalo.
El Califa dio albergue y trató con generosidad al musivario, junto al cual puso a muchos de sus esclavos, trabajando con él, que adquirieron una capacidad de inventiva que les llevó a sobrepasar a su maestro.
Luego trabajaron solos cuando el maestro musivario, de quien se podía prescindir en adelante, abandonó el país, no sin haber recibido del príncipe ricos regalos y vestimentas.
En nuestra opinión creemos que la influencia bizantina es patente en estas cúpulas, y no sólo en la ejecución de mosaicos parietales, sino también en detalles decorativos e incluso en la misma intencionalidad de crear espacios cubiertos con cúpulas.
ESPACIALIDAD DE LAS CÚPULAS DE LA MAQSURA AL INTERIOR DE LA SALA DE ORACIÓN
A nivel espacial, en el interior de la mezquita cordobesa se relacionan íntimamente las tres cúpulas de la maqsura y la cúpula de Villaviciosa, ya que sirven de realce de una planta en Tau que unifica maqsura y nave central y cuyo eje o punto axial es el mihrab.
Este espacio previo al mihrab se ve enmarcado por arquerías lobuladas tanto en su frente como en las divisiones colaterales, en las cuales se da, además de un original diseño constructivo, una profusa decoración en la que se combina la escultura decorativa y la pintura mural.
Como arranque de las linternas se sitúa en los tres espacios una cornisa decorada sobre la que se apoyan los elementos que sirven de transición visual al octógono.
A pesar de que da apariencia de tratarse de cúpulas apoyadas en arcos que descargan en sus ángulos sobre trompas, es sólo un efecto decorativo.
Las supuestas trompas de los ángulos, con bóvedas gallonadas y delimitadas al interior por arcos lobulados colocados en chaflán, son simplemente una solución decorativa que salva los espacios angulares dándoles apariencia estructural.
Como detalle significativo y no tenido en cuenta por la historia de la investigación del monumento, hemos de hacer constar que, de tratarse de trompas, no sería lógica la existencia de ventanas sobre ellas.
Por otra parte, la excavación de su cubierta ha demostrado la solidez de nuestros argumentos.
Como hemos expresado, al pasar del cuadrado al octógono en el diseño arquitectónico de la planta de las cúpulas se achaflanan los ángulos, resultando de ello la creación de ocho apoyos para la entrega de los ocho arcos entrecruzados sobre los que se dispone un octógono perfecto del que parte una bóveda gallonada, de ocho gallones separados entre sí por dobles husos de sección angular.
En su cen-Vista general de las linternas de la Maqsura desde el sudeste tro se traza un círculo cuyo motivo central es una estrella de 10 puntas.
La cúpula de la Bab al-Sabat, cúpula que precede el acceso al pasadizo existente en la doble Qibla, también presenta la transición del cuadrado al octógono achaflanando los ángulos, apareciendo apoyos a cada lado de los arquillos que realizan el chaflán y que cobijan a las cupulitas gallonadas decorativas.
Desde estos apoyos parten cuatro parejas de arcos paralelos entre sí, desde cada lado al frontal, creando así un entrecruzamiento que da lugar a la formación de una planta estrellada de ocho puntas con espacio octogonal central.
Este espacio central se cubre con una pequeña cúpula esquifada con ocho nervios decorativos de sección angular que se trazan en los ángulos del octógono.
La decoración de esta cúpula reviste especial interés por conservar bajo la cal restos de decoración pictórica original.
Con respecto a la cúpula que precede a la Bayt al-Mal, sala del tesoro de la Mezquita, sus características son muy similares a la precedente, aunque su estado de conservación es mucho peor.
Las cúpulas sirven de marco y realce del máximo lugar sagrado de la mezquita de al-Hakam II, el mihrab o nicho de oración, punto focal que acerca esta mezquita a una concepción espacial más propia de un recinto cristiano que al de una mezquita musulmana, ya que la axialidad y la focalización del espacio hacia un punto muy concreto y muy claramente resaltado distorsiona la abstracción característica del espacio de la mezquita emiral precedente.
El espacio de la maqsura unido a la suntuosidad y diseño de la qibla y el nicho del mihrab, así como de las puertas de acceso a las cámaras que lo flanquean, hacen del conjunto algo único en la arquitectura islámica occidental.
Su conservación hasta nuestros días se debe, por una parte, al importante valor artístico que contienen tanto en su trazado como en su decoración; y, por otra, a que el Cabildo de la Catedral ha sabido apreciar a lo largo de los siglos el valor del legado histórico y se ha esforzado en mantenerlo y recuperarlo.
LA INVESTIGACIÓN ARQUEOLÓGICA EN EL EXTRADÓS DE LAS CÚPULAS Y EN SUS LINTERNAS
Estas linternas se organizan como tres octógonos con desarrollo prismático, siendo el central de mayor anchura.
Están elaboradas con fábrica de sillería y presentan cubiertas a 8 aguas.
Estos prismas de planta octogonal se encuentran unidos entre sí por uno de sus lados y en todas sus caras se abren huecos a modo de ventanas.
Los ángulos de las linternas presentan contrafuertes poligonales que se disponen de forma decreciente en su desarrollo volumétrico vertical, presentando por ello una mayor fortaleza en la base.
Destaca la presencia de una composición decorativa en la que se relaciona directamente el interior de las cúpulas con su exterior.
La linterna central conserva huecos que forman parte de los arcos de herradura de la decoración interior y que se cubren con celosías de mármol.
Esos huecos son recercados por alfices triangulares.
Se conservan restos de enlucido y revestimientos pintados originales.
Las linternas laterales conservan huecos que forman parte de los arcos lobulados de la decoración interior y que también se cubren con celosías de mármol.
Los alfices son en este caso rectangulares.
También conservan restos de enlucidos y pinturas originales.
Se han detectado dos importantes reformas de estas cúpulas, una perteneciente al año 1798, realizada por el arquitecto francés Baltasar Drevetón y que afecta principalmente a la linterna lateral Este.
La segunda actuación documentada pertenece a los trabajos del arquitecto Ricardo Velázquez Bosco, el cual cambia las cubiertas en el siglo XIX.
Los trabajos arqueológicos realizados han consistido en la limpieza de añadidos de Edad Moderna y Contemporánea que no tuviesen función estructural.
Es decir, se ha respetado todo aquello que estuviese ejerciendo una acción de sostenimiento de la estructura o de protección de la misma, como es el caso de las cubiertas y de zonas con una intervención restauradora muy fuerte.
Tras la limpieza de paramentos se ha realizado el levantamiento planimétrico de todos los alzados de las linternas y su estudio de estratigrafía muraria.
Además se ha realizado la excavación de los rincones existentes en los encuentros de los lados de los octógonos.
La excava-ción de estas zonas de cubierta se hacía necesaria para eliminar la humedad provocada por los rellenos de tierra existentes bajo las cubiertas de teja.
En el presente artículo presentamos las conclusiones generales que pueden extraerse del trabajo realizado, así como los alzados coloreados de las caras externas de las linternas.
La numeración designa con números correlativos todas las caras externas de las tres cúpulas, siguiendo el sentido de las agujas del reloj, siendo designado como lado 1 el lateral nordeste de la cúpula oriental.
La linterna octogonal de la cúpula central presenta unas dimensiones mayores que las laterales, y su diseño y decoración arquitectónica es también distinta a lo presentado por las que la flanquean.
Esta linterna de la cúpula central presenta huecos que pertenecen a la zona superior de los arcos de herradura interiores, que se ven enmarcados por un alfiz poco común.
Se trata de alfices rematados en mitra o en ángulo.
Su uso no se da en otros edificios hispanomusulmanes, aunque sí se emplea dentro del programa decorativo de la zona del oratorio ampliada por al-Hakam II.
Se documenta la presencia de este tipo de alfiz en la decoración interior de la
Interior de la cúpula central de la Maqsura cúpula central de la maqsura y en la decoración interna de una puerta de la fachada oeste de al-Hakam II.
En origen dichos huecos no estaban cerrados, pero en un momento islámico posterior a la construcción se dispusieron en ellos, como protección frente a las inclemencias meteorológicas y a la vez como adorno que tamiza la luz, celosías marmóreas y de piedra arenisca.
La colocación de las celosías se realiza mediante un encachado de ladrillos, quedando tapados en algunos casos los estucos pintados a la almagra de la decoración de estas ventanas.
Las caras documentadas de esta cúpula central son las que reciben los números 5, 6, 7 en la zona norte, y 15, 16, 17, en la zona sur.
Al presentar dos lados unidos a las dos linternas laterales sus alzados externos se reducen a seis.
En las láminas 1 y 2 puede observarse el alzado del lado 5.
La lámina 1 representa el alzado coloreado de este lateral de la linterna central, tratándose de una estructura perteneciente en su totalidad a la época Califal.
También puede observarse la relación, a nivel de cotas, de la linterna y la canalización que recorre esta zona de este a oeste.
Se trata de un colector principal de la cubierta, que recoge aguas de las canalizaciones longitudinales a las naves y las desvía hacia las fachadas laterales.
Esta canalización permite el desarrollo de las cúpulas de la maqsura sin interferencia importante del paso de los desagües de las cubiertas.
En este alzado pueden observarse las características que presentan en general todas las caras de esta linterna prismática central.
A izquierda y derecha encontramos este paño enmarcado por dos pilares cuya fábrica de sillería se encuentra perfectamente trabada con la de los muros.
Estos pilares albergan en su interior el cruce de vigas de madera que constituyen el atado o encadenado de la cúpula.
El desarrollo del muro se ve alterado por la apertura de una ventana, por lo que su diseño arquitectónico acusa una ejecución distinta en la zona de la ventana que en su desarrollo vertical sobre esta.
Así pues, vemos cómo se consigue un arco de descarga a través de la colocación de gruesas dovelas en la zona de clave del arco, mientras que en el desarrollo del mismo se produce la talla de los mismos sillares de la base del muro para conseguir el juego de profundidades o rasantes.
Sillares aparejados a tabla producen la transición hasta una hilada de sogas, que buscan con esa disposición proporcionar un espacio más amplio en la zona interior de la cubierta, para colocar tres hiladas a tabla de módulo pequeño en la zona más alta.
Lo más interesante de estos muros de la linterna central es la estructura de la ventana que, como ya hemos comentado, aparece como el hueco formado por la zona más alta del arco de herradura del interior de la cúpula y se enmarca por un alfiz cuya zona superior se diseña de forma angular apuntada hacia arriba.
El alfiz se resalta por medio del retalle de la fábrica del muro.
Al rebajar la cubierta de Edad Moderna hasta las cotas medievales pudo recuperarse parte de la decoración mural que recubría esta linterna.
Se trata de pintura geométrica de diseño muy simple, de color rojo a la almagra sobre enlucido de cal y arena, formando fajas decorativas que sirven de realce del diseño arquitectónico.
En este lateral 5 se da la presencia de una fase islámica posterior a la construcción original y que consiste en la colocación de la celosía, sustituyendo a la fábrica que cubría el hueco de la ventana.
El aspecto original de los huecos de las ventanas solamente se ha conservado en el lado 6 (láminas 3, 4 y 5).
En este muro la ventana esta cubierta por fábrica en la que se abren cuatro óculos.
No sólo tiene importancia la existencia de esta solución constructiva en el ámbito externo de las linternas, sino que al interior repercute en la presencia de decoración que recubre toda su superficie interna, apareciendo los óculos como huecos estrellados al interior.
En la lámina 3 se representa el alzado de la cara 6 de esta linterna central, que presenta en general unas características muy parecidas a lo comentado para la cara 5.
En este caso se ha representado en la zona superior la fábrica recrecida por Velásquez Bosco, así como el pilar de la derecha del dibujo, que es fruto de la restauración realizada por Baltasar Drevetón a fines del siglo XVIII.
Es destacable de esta cara la conservación de la estructura del alfiz y del arco de herradura que cubre el hueco de la ventana.
Se están utilizando tres rasantes para destacar los distintos elementos de la composición, la del arco de herradura, la del alfiz y la del muro.
En la lámina 5 se muestra una fotografía de la zona interna de este lado de la cúpula.
Hemos de destacar la pre-sencia de decoración en la que se emplea el diseño del alfiz triangular como trasunto de lo que hemos observado al exterior.
El lado 7 (lámina 6) presenta unas características muy similares a las ya comentadas, destacando lo elaborado del diseño de la celosía, que en este caso esta diseñada ex profeso para su colocación en esa disposición.
Las linternas se adaptan perfectamente a las cotas de las cubiertas que se les entregan y a las canalizaciones circundantes.
Esto puede observarse bastante bien en el caso del lado 15 de la linterna central (lámina 7).
En su representación planimétrica puede observarse la posición de las dos aguas de la cubierta que parte desde él.
En este paño destaca la solución adoptada para la descarga del arco para la ubicación de la ventana, dándose la presencia de una hilada de tizones que continúan de forma orgánica el arco adintelado del hueco de ventana.
Con respecto a la celosía destaca la presencia de un retacado de ladrillo que le sirve de asiento.
Se trata de ladrillos con características formales muy similares a los empleados en las dovelas de ladrillo de los arcos del interior de la sala de oración.
El lado 16 de la linterna de la cúpula central es uno de los mejor conservados, destacando la celosía empleada en el cubrimiento del hueco de la ventana.
Creemos que es una pieza diseñada para esa ubicación, y se encuentra encajada por medio del retalle de las piezas de la fábrica de sillería y con el emparchado de fábrica de ladrillo que se aplica en el tímpano del arco.
En este caso la descarga del arco está mucho mejor lograda en su ejecución, empleán-dose sillares de módulo menor y aparejándose de forma más correcta.
El lado 17 (lámina 9) de la linterna central presenta unas características muy similares a lo observado en las anteriormente comentadas.
Hemos de destacar la originalidad del diseño de esta linterna, en la que se entremezclan de forma armónica la imagen volumétrica, el diseño arquitectónico de sus muros, la funcionalidad de la estructura como elemento protector de la cúpula y sostén de sus elementos internos, y su decoración interna y externa.
Se trata sin duda de una de las obras cumbres de la historia del arte hispanomusulmán.
La linterna de la cúpula lateral este Las linternas laterales presentan unas dimensiones menores que la central y una menor altura.
En ellas se trazan grandes arcos de herradura como ventanas, presentado en este caso un alfiz cuadrangular.
Se encontraban coronadas posiblemente por una cornisa de la que quedan restos reutilizados en reformas de la cubierta de las mismas.
La cúpula lateral este o cúpula que precede a la Bayt al-Mal (Cámara del Tesoro) es la que más ha sufrido las transformaciones fruto de su restauración en el siglo XVIII.
En su lado 1 puede observarse de forma muy clara esta reforma y reconstrucción, la cual implicó al exterior la desaparición del hueco de ventana aquí existente en origen, aunque se mantiene su presencia al interior de la cúpula.
Asimismo se le adosa uno de los pilares angulares de la capilla de Santa Teresa lo cual incidió en sus cubiertas.
El hueco de ventana fue cerrado mediante el retacado con fábrica de ladrillo.
El acabado del muro en esta reforma del siglo XVIII adquiere un enlucido de argamasa de cal en el que se dibuja un despiece de falsa sillería avitolada.
Un elemento clave para conocer la fecha y naturaleza de esta reforma es el representado por un grafito pintado sobre el enlucido, que dice lo siguiente: se compuso esta capilla el año 1798 (lámina 24).
Esta zona es una de las partes más deterioradas de todo el interior.
El principal motivo de este deterioro es la entrada de abundante humedad transmitida por capilaridad a través del muro del lucernario.
Posiblemente las obras de la capilla de Santa Teresa afectaron al paso de la canalización Norte-Sur allí existente.
La celosía de este muro, como dijimos anteriormente, no puede ser observada desde el exterior al haber sido tapia-da en el siglo XVIII, aunque sí puede verse desde el interior; hemos de destacar que el diseño de su lacería se adapta perfectamente a las características formales del arco lobulado.
A falta de una observación directa pensamos que posiblemente se deba a una reposición y no a un elemento original.
Nos basamos para decir esto en la presencia de rosetas en los espacios cuadrangulares formados por los lazos, así como en la adaptación de esta lacería a las curvas formadas por los lóbulos.
Esperamos poder comprobar este supuesto en futuros trabajos desde el interior de la cúpula.
Ha recibido el n.o 2 el lado nordeste del lucernario de la cúpula del tesoro.
Se trata de un muro que comparte casi todas las características del muro ya descrito, con la particularidad de que, en este caso, la reforma sí ha respetado el hueco de ventana allí existente en origen.
La excavación del hombro de la cúpula en esta zona ha permitido rebajar el nivel de cubierta del mismo, eliminando de esa forma la entrada de humedad por este lugar.
El hueco de ventana fue transformado en el s. XVIII, retacándose la estructura original con fábrica de ladrillo y dándole forma de arco de medio punto abocinado.
Al interior de la bóveda se observa asimismo la existencia de arco lobulado.
La celosía se adapta al trazado de los lóbulos.
Ha recibido el número 3 (lámina 11 y 12) el lado norte del lucernario de la cúpula del tesoro.
Podemos observar la estructura general del muro y hueco de ventana del lucernario.
Se encuentra enmarcado o flanqueado en sus lados por pilares de sillería de sección poligonal.
Estos pilares se Alzado de la linterna de la bóveda lateral este encuentran dispuestos en los ángulos de todos los lucernarios.
En la zona superior de los pilares se produce el cruce interno de las vigas que sostienen las cúpulas, atándolas de esa forma a la estructura externa mediante encadenado de madera.
En el espacio entre los pilares angulares se establecen los muros; en este caso, el muro 3, ofrece una muestra magnífica de la organización de los paramentos exteriores de los lucernarios de las cúpulas laterales.
Se abre un arco de herradura que se cierra al interior de la cúpula, albergando una celosía de piedra que presenta decoración vegetal.
El aparejo del muro se traba perfectamente a los pilares, estando trabajados los sillares de forma que algunas de las piezas pertenecen al pilar y al muro.
El arco de herradura se traza por tanto en base a la conjunción de unos arranques anclados a los pilares y que han sido labrados formando arco, y por otro lado a dovelas que hacen función de arco adintelado sobre las que descansan las vigas de madera.
Posiblemente las cabezas de las vigas al exterior fueron protegidas mediante enfoscado de argamasa, el cual lógicamente debió perderse al cabo de poco tiempo tras su colocación.
La cubierta de la cúpula acusa su reforma histórica, que dio lugar a la dislocación de las últimas hiladas, recolocándose las piezas que formaban la cornisa o alfiz del arco.
La cubierta debía ser más baja que en la actualidad, por lo que se recrecen los muros en la parte superior mediante fábrica de ladrillo.
Hemos de destacar la celosía del hueco de ventana de este lateral.
Esta pieza marmórea se adapta a la forma del arco lobulado interior.
Presenta una decoración vegetal simétrica, con un tallo que actúa de eje central.
Hojas carnosas muy simples parten a pares desde el tallo.
Se trata sin duda de una pieza labrada ex profeso para su colocación en esta ubicación.
El lado noroeste del lucernario de la cúpula del tesoro ha recibido el número 4 (lámina 13).
La reforma, al igual que en el muro 3, sí ha respetado el hueco de ventana allí existente en origen.
Como vimos en la cara 3, en la cara 4 también ha sido alterada la zona superior de la fábrica, recolocándose las piezas que formaban el alfiz o cornisa.
También se aprecia el recrecido de fábrica de ladrillo para la cubierta.
Se observa la misma técnica constructiva que referimos al hablar de la cara anterior, es decir, las dovelas realmente hacen la función de arco adintelado, formándose el arco de herradura tallando las piezas de sillería.
Este muro 4 se une al muro 5, que pertenece a la bóveda central, quedando por tanto uno de los muros de la bóveda compartido por la bóveda central y la bóveda del tesoro, que sería el muro Este de la primera y Oeste de la segunda.
Dicho muro sólo puede apreciarse desde el interior.
Ha recibido el número 18 el lado sudoeste del lucernario de la cúpula del tesoro.
Como característica más importante hemos de reseñar su reforma y reconstrucción en momentos del s. XVIII.
Esta reforma implicó la desaparición del hueco de ventana aquí existente en origen, aunque se mantiene su presencia al interior de la cúpula.
Ha recibido el número 19 el lado sur del lucernario de la cúpula del tesoro.
La reforma del siglo XVIII no implicó en esta cara la desaparición del hueco de ventana, aunque sí fue profundamente alterado, retacándose la estructura original con fábrica de ladrillo y dándole forma de arco de medio punto abocinado.
Se sitúa el muro 20 en la zona de encuentro entre la capilla de Santa Teresa y la cúpula del tesoro, quedando este espacio como un rincón muy alterado por la construcción de dicha capilla.
La linterna de la cúpula lateral oeste
Esta linterna lateral presenta unas características muy similares a la linterna que precede a la Cámara del Tesoro.
Sus dimensiones también son menores que las de la linterna central, y tiene menor altura.
En ella volvemos a encontrar el trazado de grandes arcos de herradura como ventanas, con alfices cuadrangulares.
Posiblemente se encontraría coronada por una cornisa, al igual que hemos propuesto para la linterna de la cúpula este.
La cúpula lateral oeste, que precede a la Bab al-Sabat (Puerta del Pasadizo), ha sufrido menos transformaciones que la lateral este, aunque en general su deterioro es más acusado que el apreciado en la linterna central.
Hemos de destacar que el encadenado de madera de la cúpula se aprecia muy bien desde el exterior.
Pueden documentarse 7 de sus lados, compartiendo uno con la linterna central, que sólo puede apreciarse desde el interior.
El primero por el nordeste es el lado 8 (lámina 14), del cual destaca el trazado de su arco de herradura, con dovelas bien aparejadas, aunque cortadas por la ubicación de las vigas de madera.
También es destacable en este muro la presencia de pinturas murales que evidencian su función como refuerzo visual del diseño arquitectónico mediante la aplicación de fajas de color rojo a la almagra en las aristas y ángulos formados por los elementos que componían el diseño de Detalle de la estructura que cubre a una de las falsas trompas de la bóveda lateral oeste la ventana.
La celosía de esta ventana es de época gótica y obedece posiblemente a la sustitución de una pieza anterior.
El lado 9 (lámina 15) presenta unas características muy similares al lado 8 y a lo documentado en la cúpula este.
Destaca de esta zona la reconstrucción moderna que se aprecia de su pilar derecho, así como la celosía, elaborada con dos piezas reutilizadas.
El lado 10 (láminas 16 y 17) sigue la tónica de lo ya comentado, destacando la presencia de una celosía reutilizada.
El lado 11 (lámina 18) es el lateral oeste de esta cúpula occidental.
Destaca el trazado de su arco de herradura, que presenta un aparejo muy bueno.
También es interesante la presencia de dos piezas reutilizadas en su celosía, un cancel visigodo y una pieza emiral.
Del lado 12 (lámina 19) hemos de poner de relieve la fábrica de ladrillo ejecutada para la colocación de la celosía, siendo el ejemplo más claro para reforzar nuestra idea acerca de las dos fases en las ventanas de estas linternas.
El lado 13 (láminas 20 y 21) es uno de los mejor conservados de esta linterna.
Destaca el reflejo del arco lobulado interior en el diseño del exterior.
Así como su celosía, labrada ex profeso para el lugar donde se ubica, aunque en la fábrica de la ventana se aprecia el retalle realizado para su encaje en el hueco.
Del lado 14 (lámina 22) destaca la calidad de su celosía, posiblemente labrada ex profeso para ocupar ese lugar, acusando también la presencia de encachado de ladrillos para su colocación.
La excavación de las cubiertas
La excavación realizada en los rincones que se forman en los encuentros de los muros de las linternas reveló la existencia de restos estructurales de los cupulines.
Estos cupulines apa- Lámina 21.
Cúpula oeste, lado 13 (fotografía del alzado) Detalle de la excavación de uno de los rincones existentes en los encuentros de las linternas octogonales, obsérvese la cubierta califal y la canalización existente entre las dos pendientes recen como una especie de trompas en el interior de las cúpulas, debajo de cada ventana, no siendo elementos con función constructiva, sino que su aspecto interno es meramente decorativo.
La excavación permite afirmar que tapan los huecos resultantes del paso del cuadrado al octógono y que, en sus trasdoses, aparecen piezas de sillería colocadas como cubierta adintelada del espacio resultante.
De enorme interés es el hallazgo de niveles originales de cubierta en estos rincones, de lo que se deduce, por ejemplo, que las cubiertas de la mezquita han sido recrecidas más de un metro de altura en fechas históricas no muy lejanas, posiblemente en el siglo XVIII.
También podemos saber que dichas cubiertas al menos aquí y en otras zonas constatadas de al-Hakam II, eran de ladrillo colocado de plano y no de tejas curvas.
En uno de los rincones y en el encuentro de dos de las pendientes se ha constatado la presencia de una canalización de aguas elaborada con tejas curvas colocadas en posición invertida.
El extradós de la cúpula central
La investigación arqueológica del extradós de la cúpula central de la Maqsura aporta importantes datos para el conoci-miento de aspectos de su técnica constructiva, los cuales ayudan a comprender mejor el significado real de estas cúpulas en la Historia del Arte Hispanomusulmán, así como aportan elementos de juicio para valorar las transformaciones sufridas en su cubierta.
El registro de esta zona de la cúpula ha podido realizarse gracias a que la renovación de sus cubiertas ejecutada por Velázquez Bosco en el siglo XIX presenta una estructura de madera que permite visualizar el interior.
Cosa que no ocurre en las cúpulas laterales, ya que en estas la cubierta apoya en tabiques de ladrillo que subdividen el espacio interno por lo que no son registrables.
A través del estudio del extradós de la cúpula podemos valorar que ella presenta una fábrica de mampuesto con empleo de abundante argamasa de cal en su elaboración.
Destaca la existencia de grandes vigas de madera, entrecruzadas formando un octógono, que servían de atado y apoyo de la cúpula gallonada central.
También se conservan los caballetes de ladrillo que servían de apoyo de los pares de la cubierta y las rozas originadas por su colocación en la fábrica de mampuesto de la cúpula.
Su estudio revela que en origen se trataba de una cubierta a ocho aguas, de acusa-das pendientes y dispuesta muy próxima a la estructura de la cúpula.
Al igual que lo observado en la Capilla de Villaviciosa, se emplean vigas de madera que se cruzan en sus extremos, en este caso 8 vigas.
Creándose de esta forma un atado que sirve de apoyo del cuerpo central y que hace la función de elemento de transición entre el cuerpo central y el superior de la cúpula y los arcos entrecruzados que se muestran al interior.
Sobre cada uno de dichos arcos se coloca una de estas grandes vigas y, apoyada en ella, se encuentra la estructura de mampuestos de la zona central.
Al igual que lo observado en la Capilla de Villaviciosa estos elementos nos hablan de la enorme diferencia existente entre lo que el aspecto interno muestra y la técnica empleada en la construcción.
Las cabezas de las vigas presentan un encaje machihembrado que las encadena, y que queda cobijado dentro de la masa de los pilares angulares de las linternas octogonales.
La cúpula de la capilla de Villaviciosa, un precedente de las cúpulas de la Maqsura La cúpula de la Capilla de Villaviciosa se sitúa sobre la antigua ubicación del mihrab de Abd al-Rahmán II.
Y a ella se refiere el texto de Ibn al-Nazzam que alude a una gran linterna levantada donde estaba dicho nicho de oración.
Su cronología es pocos años anterior a las cúpulas de la maqsura, y puede estimarse, como ha indicado Manuel Nieto, en el 961.
Extradós de la cúpula central.
Obsérvese la presencia de rozas de la cubierta islámica Detalle del extradós de la cúpula central.
Obsérvese el apoyo de la cúpula sobre el encadenado de vigas de madera Detalle del encadenado de vigas de madera Al igual que hemos referido con respecto a las cúpulas de la maqsura, en este ejemplar también se observa el primitivismo de su diseño arquitectónico.
Y se comprueba a través de su estudio que las valoraciones realizadas acerca de su trascendencia en la evolución de las cúpulas europeas no es tal, y que aparecen por tanto estas piezas cordobesas como un ejercicio o ensayo constructivo cuyas influencias se perderán en el Cristo de la Luz de Toledo.
Es por ello que hemos de dar la razón a la escuela francesa que sopesó en su justa medida esta cuestión.
Y podemos recordar la opinión de Terrasse acerca de esta cúpula: Por todas partes se revela en esta cúpula, en la que cabría la tentación de ver una invención arquitectónica, un extraño desconocimiento de problemas arquitectónicos.
Esta y las otras cúpulas son obras de decoradores y no de arquitectos...
La maravillosa fantasía de las cúpulas cordobesas era a la vez una invención y una renuncia, un éxito y un riesgo.
Al respecto hemos de poner de relieve la reflexión de Manuel Nieto acerca de la similitud de estas cúpulas con algunos ejemplares armenios de datación más tardía.
La investigación arqueológica del extradós de la cúpula de Villaviciosa ha aportado importantes datos para el conocimiento de aspectos de su técnica constructiva, así como de las transformaciones sufridas en su cubierta.
El extradós de la cúpula presenta un gran parecido con el de la cúpula central de la maqsura.
En concreto destaca la existencia de marcas dejadas por las vigas que servían de atado y apoyo de su cúpula central, y que en el siglo XV fueron eliminadas al desmontar la cubierta.
Los mechinales en donde apoyaban los pares de la cubierta permanecen respetados en su lado Este, dato que, unido a la presencia de caballetes de ladrillo de apoyo de dichas vigas y de rozas en la fábrica de mampuesto de la cúpula, nos indica que puede estimarse que en origen se trataba de una cubierta a cuatro aguas, de acusadas pendientes y dispuesta próxima a la estructura de la cúpula.
El empleo de vigas que se cruzan para crear un atado con madera que sirva de apoyo del cuerpo central y que sea el elemento de transición entre dicho cuerpo superior de la cúpula y los arcos entrecruzados interiores revela que hay una gran diferencia entre lo que el aspecto interno muestra y la técnica empleada realmente en la construcción.
Es más, los cupulines que se levantan al interior de la bóveda en los espacios angulares resultantes del entrecruzamiento de los arcos son meramente decorativos y su misión es decorar esos espacios vacíos de contenido constructivo.
Un aspecto de interés lo presentan los muros que delimitan la linterna al exterior, de planta rectangular y en los que se abren 16 ventanas.
Estos muros se levantan sobre una planta de 8,63 por 7,39 m, no produciéndose una transición intermedia a la planta octogonal.
Esta se logra a través de cruzar cuatro arcos paralelos dos a dos con respecto al rectángulo, uniéndose los puntos medios de los lados adyacentes por medio de otros cuatro arcos que se cruzan en las intersecciones de los primeros.
Los espacios intermedios se cubren con cupulines decorativos.
Estos muros en su zona superior albergaban parte del extradós de la cúpula y servían de apoyo a las vigas de madera que formaban los pares de la cubierta de la linterna.
Se conservan los arranques del muro de apoyo de la cubierta, delimitando un espacio en el que se inserta la cúpula.
El estudio de lo conservado de estos muros muestra que, al menos, el lado Este de la cubierta fue desmontado ya en el siglo XIV por la construcción de la capilla Real.
Al ser la cúpula de la Capilla Real más alta que la de Villaviciosa, el muro este de la primera se monta sobre el apoyo de la cubierta de la segunda.
Es en esta zona superior donde se abren las ventanas de la capilla Real, quedando posteriormente todo este lado amortizado al exterior por la cubierta de la catedral gótica.
Si esta superposición de estructuras en altura es complicada en sí misma y de difícil lectura con relación a los volúmenes exteriores, también reviste complejidad al interior ya que en el hueco de una de las ventanas de la capilla Real, en concreto la primera ventana desde el Norte del lado Oeste, conserva restos de la decoración exterior que coronaba el muro Este de la linterna de al-Hakam II.
En concreto se trata de una inscripción trazada sobre el paramento, en cúfico florido, con letras de carácter monumental y que corresponde a la repetición del término al-Mulk («el poder»).
No se trata por tanto de una inscripción almohade ni pertenece a una fase primitiva de la decoración del interior de la capilla Real, sino que son los escasos restos conservados de lo que debió ser el friso que coronaba al exterior la linterna califal.
Por tanto, y en relación con este último dato, creemos que las transformaciones sufridas por la linterna y la cubierta de la cúpula de Villaviciosa son las causantes de la confusión sobre el origen islámico de la capilla Real.
Se conserva in situ una celosía islámica de esta linterna, la de la ventana situada más al Oeste de su lado Norte.
Su situación escondida y de difícil acceso ha facilitado su conservación frente a la pérdida del resto de celosías de estas 16 ventanas.
Se trata de una pieza marmórea que presenta un desarrollo de arcos lobulados entrecruzados, que imitan a las arquerías del interior del templo; su esmerada factura llega hasta el detalle de tener labrados pequeños capiteles y fustes.
Vista general de las linternas de la Maqsura y su relación con las de la Capilla Real y de la Capilla de Villaviciosa |
principal de su imagen urbana, presenta un variado repertorio asociado, de manera fundamental, a las características tipológicas de la tradicional casa patio, en su tránsito por más de cuatro siglos de historia.
A pesar de los problemas habitacionales que acumula la Ciudad en su conjunto y que en las más antiguas áreas centrales se traducen en sobreocupación y deterioro, La Habana Vieja conserva los altos valores patrimoniales que le han sido reconocidos, proporcionados principalmente por su arquitectura, sus ambientes urbanos y su vitalidad.
El carácter integral que persigue el programa de rehabilitación del Centro Histórico y que logra materializarse gracias a su novedoso modelo de gestión, ha posibilitado la incorporación de diversos programas de atención a la vivienda.
Con ellos se intenta enfrentar el reto que implica conservar el carácter residencial del conjunto recuperando, al mismo tiempo, la vivienda digna y confortable aspirada.
El Centro Histórico La Habana Vieja, con una extensión de 2.14 Km2, ocupa prácticamente el 50% del territorio municipal del mismo nombre y la mayor parte de los sectores residenciales de este último.
Al interior del Centro Histórico se conservan unas 3400 edificaciones representativas de cinco siglos de actividad constructiva.
Aún cuando de su condición de centralidad se deriva la fuerte presencia de notables exponentes de la arquitectura civil pública, es precisamente la arquitectura doméstica la que, con su peso dominante, -correspondiente al 81,5% de las edificaciones-proporciona la unidad y la coherencia al conjunto urbano.
La arquitectura religiosa, con mucho menos peso, la acompaña, como acentos contrastantes que incorporan variedad e interés al tejido urbano.
Por último, se conservan, en su condición de más antiguos testigos, los valiosos exponentes del sistema defensivo de la Ciudad.
El alto valor patrimonial del conjunto edificado lo demuestra la conservación de un 88% de inmuebles clasificados con los Grados de Protección del I al III, entre los cuales, 516 ostentan los más altos valores otorgados, es decir los Grados de Protección I y II, en correspondencia con su categoría cultural.
De estas edificaciones, el mayor volumen corresponde a la primera mitad del siglo XX, representando estas el 56,4%.
Ello coincide con la fuerte actividad constructiva que acompañó a la naciente república, fundamentalmente en las primeras décadas de dicho siglo.
Actualmente las edificaciones vinculadas a la totalidad del siglo XX representan el 66,5% del fondo inmobiliario.
De dicho total de viviendas 10,251, o sea, el 45,3%, no reúne las condiciones de habitabilidad adecuadas integrando a una parte de los inmuebles devenidos en «ciudadelas» 1 o que surgieron como cuarterías 2.
En estas se aloja el 41,5% de la población residente.
Son precisamente estas edificaciones las que concentran los peores estados constructivos en consecuencia con dicha modalidad de uso.
En general las viviendas presentan un alto deterioro -asociado a fallas estructurales en cubiertas y filtraciones-en un 47% de los casos; un deterioro medio -con grietas menores en muros y problemas sanitarios-en un 39%; mientras que las viviendas restantes se consideran en aceptable estado aunque muchas de ellas requeridas de acciones preventivas de mantenimiento.
EVOLUCIÓN HISTÓRICA DE LA ARQUITECTURA DOMÉSTICA
Una vez superadas las etapas iniciales caracterizadas por el empleo de materiales rústicos no perdurables y por la dispersión de las viviendas, comienza un desarrollo constructivo que introduce materiales de una mayor solidez y que queda entonces condicionado por el régimen de medianería.
La vivienda incorpora entonces el patio, como solución ecológica, alrededor del cual se dispondrían entonces las diferentes funciones domésticas.
De este modo comienzan a definirse organizaciones distributivas que, en su reiteración y su evolución histórica, irán estableciendo la estructura tipológica de la arquitectura doméstica.
Durante un largo período -hasta finales del siglo XVII- predominó la edificación baja, resuelta con cubiertas inclinadas y de sencillas expresiones de influencia hispano-mudéjar.
Las soluciones espacio-funcionales más simples corresponden a la casa que presenta un local único ocupando la primera crujía, la sala, así como proporciones alargadas que incluye el patio lateral.
Este tipo se extendería, con mínimas variaciones, a lo largo del tiempo, aún hasta las primeras décadas del siglo XX.
Se incorpora algo después a la vivienda el zaguán -dentro del propio siglo XVII-, solución de acceso derivada de la aparición de las primeras modalidades de transporte.
Ello demanda la ocupación de un lote más ancho con el cual se posibilita la aparición de galerías perimetrales al patio, y este, en ocasiones, logra desarrollar un carácter central respecto a los restantes locales de la vivienda.
Este nuevo tipo doméstico, vinculado a los grupos sociales económicamente más fuertes, evoluciona más tarde en las llamadas «casas altas» resueltas en dos niveles, aunque no es hasta el siglo XVIII que dicho crecimiento en altura adquiere un peso mayor derivado de la saturación del espacio intramural y apoyado entonces en el dominio de las técnicas constructivas.
San Ignacio 603, solución con zaguán; fachada y planta de la misma El auge de la producción azucarera en este siglo propicia el enriquecimiento de muchas familias habaneras que expresan su poder en la construcción de amplias casonas palaciegas que ocupan entonces los sitios más privilegiados del conjunto urbano.
De este modo se incorpora la solución con entresuelo y con él se perfecciona una clara y precisa segregación de funciones a escala del inmueble.
Las áreas de almacenaje, los sitios para los coches y las caballerizas se apropian de la planta baja, directamente vinculada a la vida urbana.
El entresuelo dispondrá de las habitaciones para la servidumbre así como las oficinas y el despacho del propietario.
Finalmente, la verdadera vida familiar se desarrolla en el piso alto, sitio privilegiado desde el punto de vista climático y en cuanto a sus condiciones de privacidad.
Estas soluciones domésticas se extenderán luego al siglo XIX sin importantes modificaciones tipológicas.
Los cambios quedarán limitados al empleo de nuevos materiales y técnicas constructivas así como al paso de las cubiertas inclinadas a las cubiertas planas.
Por su parte las expresiones formales adoptarán los códigos del neoclasicismo.
Es en este siglo cuando la casa colonial adquiere el esplendor y el refinamiento exigido por el buen gusto de sus aristocráticos dueños al mismo tiempo que logra su mejor acondicionamiento a nuestras exigencias climáticas.
Mientras tanto, la vivienda vinculada a la población de menos recursos se mantendrá dentro de las soluciones uniplantas más simples, ocupando los lotes más estrechos y las localizaciones menos jerarquizadas respecto al conjunto urbano.
A mediados del siglo XIX, con el traslado hacia otras áreas urbanas de la ciudad en expansión de las familias económicamente más fuertes, comienza a producirse un cambio notable en cuanto al comportamiento de la estructura residencial de La Habana Vieja.
El mismo se traduce, por una parte, en el incremento de las sustituciones edilicias, y por otro, en las adecuaciones al nuevo régimen del inquilinato de gran parte de las amplias casonas coloniales que resultaban vendidas por sus antiguos propietarios.
La opulenta casa derivaría entonces en el modesto hábitat de numerosas familias humildes, -la llamada «ciudadela»-dentro de una nueva intensidad de uso, más intensa y especulativa.
Entre las transformaciones más comunes que se operaron en dicho fondo residencial pueden señalarse:
-La creación de una batería de servicios sanitarios comunes desarrollada generalmente sobre una parte de las galerías posteriores, o al interior de una de las habitaciones más retiradas hacia el fondo de la edificación.
Otra alternativa de ubicación sería dentro del propio patio junto al muro medianero.
-La adaptación de un local destinado a cocina que incluyó el fogón de carbón con su campana y chimenea, así como algunas mesetas, éste, generalmente ubicado en la última crujía de la casa.
-La división de algunos locales principales para desarrollar habitaciones más pequeñas.
-La independización, sobre todo en casas que ocupaban lotes de esquinas, de locales de las plantas bajas que asimilarían funciones comerciales y alterarían la expresión de las fachadas.
-La independización de toda una planta baja que sería adaptada al uso comercial o productivo.
Las transforma-ciones para ello necesarias consistieron en la incorporación de una estructura columnar arquitrabada que asimilaría las cargas murarias de los pisos altos; la modificación de las soluciones de acceso; el sellaje de los patios interiores y la ampliación de los vanos de las fachadas.
Una alternativa aún más especulativa se incorporaría con la solución conocida como «cuartería».
Se caracteriza ésta por el desarrollo de series de habitaciones alineadas junto a un patio generalmente estrecho y alargado.
Las instalaciones de baños, cocinas y áreas de lavar son compartidas en los espacios comunes.
Estas edificaciones, destinadas a alojar a familias de muy escasos recursos en condiciones de habitabilidad deficientes, ya se había antes experimentado en otras áreas de la ciudad que se urbanizaban a lo largo del siglo XIX.
En cuanto a la vivienda más simple y a partir de la generalización de la cubierta plana, se propicia un crecimiento en altura que daría lugar a la solución definitivamente más dominante y caracterizadora de los ambientes urbanos.
El mismo esquema de vivienda uniplanta se repite ahora en un segundo nivel -y más tarde en un tercero-de modo de obtener una mayor explotación del suelo urbano dentro del nuevo régimen de inquilinato que se intensifica.
Finalmente y derivado del auge de las funciones comerciales y productivas que desarrolla el territorio se va definiendo un nuevo tipo de inmueble que combina la planta baja comercial con plantas altas residenciales -edificios mixtos-que llegarán más tarde a caracterizar, con sus expresiones propias, algunos sectores y calles del conjunto histórico así como las extendidas calzadas comerciales de la Ciudad en desarrollo.
Con la implantación de la República, al inicio del siglo XX, y el cese de las guerras independentistas, un notable incremento de la actividad constructiva se concentra en la ciudad de La Habana reforzando su expansión.
Dicha actividad, en La Habana Vieja, va acompañada de un sensible proceso de sustitución edilicia derivado del débil reconoci- miento de los valores patrimoniales del conjunto histórico, la falta de instrumentos legales en su defensa y los intereses especulativos que aprovecharon las ventajas de su carácter central.
Como soluciones habitacionales de la época el tipo de casa de «sala y saleta», desarrollada ahora en altura, será la más generalizada durante las primeras décadas del siglo XX.
Adquieren también un fuerte peso, derivado de las funciones comerciales y productivas que se incrementan, aquellos inmuebles que combinan las plantas bajas comerciales con las altas residenciales, o sea, los llamados «edificios mixtos».
Éstos, que habían nacido en la segunda mitad del siglo XIX a través de la transformación de plantas bajas domésticas, nacen luego, en el siglo XX, con este carácter.
Hacia los años treinta se incorporan a su vez los llamados «edificios de apartamentos» los cuales, por regla general, implicaron una ruptura con el contexto urbano.
A pesar de que en esta etapa del periodo republicano se sentaron las bases para la formación de una conciencia colectiva hacia la defensa de la cultura nacional y el recono-cimiento de nuestro patrimonio -centrada en la lucha sistemática de un grupo de importantes intelectuales y de la Oficina del Historiador, creada en 1938-no pudo evitarse la eliminación de numerosas edificaciones coloniales con el fin de lograr usos más intensos y rentables del suelo urbano.
Lo anterior abrió el camino al despliegue dominante de la arquitectura republicana.
Gracias a las condicionantes que imponían las Ordenanzas para la Construcción, provenientes de 1861, en cuanto a requisitos de puntales, alineación, medianería, vuelo de balcones y cornisas, entre otros aspectos, se favorecía que las nuevas edificaciones mantuvieran aún un diálogo armónico y coherente en la imagen urbana.
A pesar de ello, los turbios manejos políticos dieron, en carácter de «excepción», concesiones para la ejecución de obras de fuerte volumetría que transgredían lo regulado respecto a las alturas permitidas aunque su relación con el contexto resultaba menos antagónica debido a la adopción generalizada de los códigos del eclecticismo y a su buena factura.
No ocurrió igual a partir de los años'40 y, sobre todo, en la década de los'50.
La actividad constructiva -asociada entonces a las expresiones del movimiento moderno-, se manifestó con una mayor libertad nada subordinada a los ambientes tradicionales.
Se incorporarán así edificaciones de menor pobreza expresiva y, en ocasiones, enfatizadas por una volumetría contrastante.
Desde el punto de vista constructivo y en paralelo con estos procesos de sustitución edilicia, el fondo residencial había comenzado una etapa de acelerado deterioro derivado de la intensidad de uso que afectaba a la gran mayoría de las edificaciones coloniales.
La capital, en la etapa republicana, recibía a un voluminoso número de familias que, procedentes de las empobrecidas áreas del interior del país, venían en busca de mejores oportunidades y, en muchos casos, como única opción a sus demandas educacionales y de salud.
La antigua casa colonial, continuaba siendo el alojamiento económico por excelencia en medio de una centralidad insuperable.
Los cambios políticos ocurridos a fines de la década de los'50 paralizaron a tiempo el peligroso proceso de sustitución de las edificaciones con lo cual se logra preservar la alta coherencia y la riqueza que caracterizan a la imagen ur-bana de La Habana Vieja.
La protección del patrimonio, como elemento clave dentro de la política cultural de la nación, deviene un objetivo importante desde las primeras etapas del período revolucionario.
Una nueva etapa de intervención: la rehabilitación del conjunto urbano Sustentada en la indispensable base legal -Leyes de Protección del Patrimonio Cultural y la Ley de los Monumentos Nacionales y Locales, ambas de 1977-y en la declaratoria de Monumento Nacional -de 1978-, el estado cubano decide enfrentar el complejo proceso de la restauración del Centro Histórico, misión asignada a la Oficina del Historiador de la Ciudad.
El enorme reto nacerá condicionado por las adversas limitaciones económicas y una alarmante situación constructiva heredada por el valioso conjunto urbano que, en 1982, resultará además incorporado al listado del patrimonio cultural de la humanidad.
Enmarcado por planes quinquenales financiados por el Estado cubano los primeros planes de intervención constructiva adquieren una intención urbanística que tiene como centro de referencia la Plaza de Armas, sitio de fundación de la Ciudad.
A partir de ésta, y a lo largo de los primeros ejes del desarrollo urbano, avanza el proceso de recuperación.
La incredulidad y desconfianza que muchos sintieron respecto a las posibilidades de recuperación de la vieja ciudad va tornándose en admiración y asombro ante los atractivos resultados.
Las áreas recuperadas comienzan a despertar simultáneamente el interés turístico y, del aprovechamiento inteligente de este potencial, se vislumbran seguras ventajas.
Predominan en este período los temas culturales en las funciones adquiridas por los inmuebles que se recuperan seguidas luego por las instalaciones de apoyo a la actividad turística.
Con relación a la vivienda y dentro de los intereses del rescate patrimonial, la experiencia fundamental es llevada por el conjunto de la Plaza Vieja.
Sobre el antiguo y valioso grupo de edificaciones comienza a desarrollarse un proyecto urbano-arquitectónico que plantea, como objetivo fundamental, la conservación del carácter residencial que históricamente marcó a esta Plaza.
Las limitaciones de recursos mantienen las obras de la plaza dentro de un lento ritmo durante la década de los ochenta.
Tanto dichas obras como otras, que en general desarrollaba el Plan de Restauración del Centro Histórico, resultan afectadas ante la crisis económica que deberá enfrentar el país en los inicios de los años noventa derivada de la caída del bloque socialista.
Con el objetivo de evitar la paralización del importante programa de recuperación del patrimonio -subvencionado centralmente por el Estado cubano hasta ese momento-se toma la decisión, en el año 1993, de aprobar el decreto Ley 143, respaldo legal con que la Oficina del Historiador asumiría la continuación de dicho programa bajo un nuevo régimen autofinanciado.
Comienza entonces a organizarse una estructura inversionista encarada a posibilitar una nueva dinámica que, apoyada en la conveniente explotación del patrimonio, sería capaz de generar los recursos necesarios para asegurar la continuidad del proceso.
Lo anterior se traduce así en un vertiginoso impulso constructivo y a la consiguiente expansión del área atendida.
Paralelamente, las nuevas condiciones económicas posibilitan el fortalecimiento y la ampliación de programas de fuerte contenido social.
Se destacan entre ellos los programas dirigidos a la vivienda, los temas de salud -consultorios médicos, Clínica Infantil, Hogar Materno, Centro Geriátrico-; los temas de educación -Biblioteca Pública Martínez Villena, las Aulas-Museos-, el Asilo de Ancianas en el antiguo Convento de Belén.
De este modo el patrimonio recuperado comienza no sólo a asegurar la continuidad del proceso, sino a ser capaz de financiar, cada vez con mayores recursos, la rehabilitación socioeconómica que proporcionará la integralidad esperada al proyecto del Centro Histórico.
Programas fundamentales dirigidos a la atención a la vivienda
La actuación dirigida a la transformación del negativo panorama del fondo residencial del Centro Histórico se orientó, a partir del año 1994, en dos direcciones fundamentales.
Una de ellas sería la creación de nuevos fondos en áreas urbanas externas, lo cual debía facilitar la rapidez de los procesos constructivos gracias a las tecnologías consideradas, al mismo tiempo que evitaba los riesgos derivados de la inserción contemporánea -condicionada por los escasos recursos y la premura-en contextos tan cualificados como La Habana Vieja.
Dentro del conjunto histórico prevalecerían las obras de restauración y de rehabilitación de edificaciones existentes.
Las principales áreas de actuación en este sentido serían, de un lado, el novedoso Plan Integral de Rehabilitación del barrio de San Isidro, del otro, la continuidad y aceleramiento de la recuperación del valioso conjunto de la Plaza Vieja.
El incremento del ritmo constructivo -gracias al fortalecimiento económico de la Oficina derivado de su novedoso modelo de gestión-permitió, en breve plazo, la in-corporación de programas dirigidos particularmente a la vivienda, algunos de los cuales contaron, además, con el apoyo de la cooperación internacional.
La creación de nuevos fondos residenciales comienza entonces a orientarse, paralelamente, hacia los espacios disponibles del tejido histórico asumiéndose ahora el reto representado por la inserción contemporánea.
Las principales directrices que debe asumir el complejo proceso de atención a los problemas habitacionales en correspondencia con la política que plantea la conservación del carácter residencial del Centro Histórico están contenidas en el documento del Plan Estratégico elaborado en el 2001, específicamente en el capítulo de la Estrategia para la vivienda, donde se señalan los objetivos y lineamientos convenientes para encarar este problema.
Entre los principales programas que se desarrollan actualmente dirigidos a la solución paulatina de la problemática habitacional se destacan:
El Plan de Rehabilitación Integral del Barrio de San Isidro El mismo comprende un grupo de subprogramas que atienden la reparación, la rehabilitación y el mantenimiento de las viviendas existentes; la creación y recuperación de los servicios locales; el mejoramiento de la infraestructura técnica; la reactivación de la economía local; el rescate y fortalecimiento de las tradiciones populares; entre otros objetivos.
La creación de nuevos fondos de vivienda Incluye el programa de construcción de nuevas viviendas a ejecutar fuera del territorio, fundamentalmente en nuevas urbanizaciones como Alamar y Capdevila.
De manera reciente se ha dado inicio también a la ejecución de nuevos fondos al interior del propio Centro Histórico implicando ello una mayor exigencia en cuanto a la calidad resultante de las soluciones.
Estos nuevos fondos posibilitan la reubicación de las familias afectadas a causa de los cambios de uso requeridos, así como por las propias intervenciones de rehabilitación que implican la reducción de los núcleos ocupantes en la mayoría de las edificaciones que se intervienen.
Apoyan en los últimos tiempos al fortalecimiento de este programa el PDHL, el estado belga, el estado de Canadá, entre otros.
La creación de viviendas de tránsito
Se han desarrollado soluciones a partir de la nueva construcción, como por ejemplo, la Comunidad Provisoria de la calle Muralla, que posibilita el tránsito de las familias vinculadas al plan de rehabilitación del conjunto monumental Plaza Vieja.
Otras soluciones se producen por medio de la adaptación de locales existentes disponibles.
Intervenciones de reparación y rehabilitación de viviendas que integran las áreas priorizadas del Centro Histórico
Se concentran estas intervenciones en el Sector Catedral -Plaza Vieja, área que incluye a cuatro de las integrantes del sistema de Plazas Principales de La Habana Vieja.
Con la reciente incorporación al proceso del proyecto de recuperación de la Plaza del Cristo se desarrollan también diversas obras a lo largo de la calle Teniente Rey.
Recuperación de viviendas en la manzana 148
Consiste en un proyecto integral dirigido a la recuperación de un interesante conjunto edificado vinculado -con sus instalaciones especializadas-, a la tradición farmacéutica de La Habana Vieja.
Un importante grupo de edificios de origen doméstico podrá recuperar de este modo su función inicial con la creación de nuevas y confortables viviendas.
Las mismas posibilitarán la liberación del antiguo y valioso complejo religioso de Las Teresas, actualmente ocupado por numerosas familias que podrán entonces ser trasladadas a las nuevas viviendas obtenidas.
De este modo podrá procederse a la restauración del importante monumento.
El sistema de Residencias Protegidas para Adultos Mayores
Constituye una nueva experiencia dentro del tema de la vivienda dirigida a mejorar la atención a la población de la tercera edad con soluciones apropiadas y en correspondencia con la estrategia general planteada para el Centro Histórico.
Cuenta con una primera obra recién concluida con el apoyo del PDHL y la ciudad de Florencia de la región toscana de Italia.
Otra instalación de este tipo se ejecuta al interior de la manzana 148, con financiamiento del país vasco, mientras que otras previstas se encuentran en fase de proyecto y/o en definición del financiamiento necesario.
Reanimación de conjuntos de viviendas por concepto de obras inducidas
Se trata de intervenciones menores dirigidas a la impermeabilización de cubiertas, el control de filtraciones, la reparación de las instalaciones hidrosanitarias y la recuperación de fachadas.
Estas obras posibilitan, entre otros objetivos, mejorar la calidad de la imagen urbana.
Dichas acciones aseguran su financiamiento a partir del presupuesto general de otras obras mayores, de las cuales constituyen su contexto ambiental inmediato.
Obras vinculadas a la recuperación de la actividad comercial en la calle Obispo Se trata de reparaciones interiores, impermeabilización de cubiertas y mejoras de las fachadas de los edificios de vivienda cuyas plantas bajas comerciales constituyen el objeto de un programa de revitalización de la tradicional actividad comercial.
Programa de Emergencia ante Derrumbes
Con el apoyo financiero de la Cooperación Italiana se desarrolló este programa dirigido a contrarrestar la tendencia a los derrumbes de los edificios de vivienda afectados por el fuerte deterioro constructivo.
Como tal se considera a aquellas acciones que, con los recursos mínimos indispensables, van dirigidas a asegurar la continuidad de uso de las edificaciones dañadas y con riesgos de derrumbes, hasta tanto puedan éstas ser objeto de las acciones más profundas requeridas, generalmente, la rehabilitación.
La intervención, concretamente, permitió recuperar la estabilidad estructural de un grupo de inmuebles y, paralelamente, eliminar las causas que provocaron el deterioro, por lo general asociadas a la humedad y a las filtraciones.
Este programa, de gran impacto para la seguridad de la población, asegurará su continuidad por medio de diversas vías.
De la continuidad y el rigor con que se conduzcan todos estos programas dependerá el éxito y la celeridad de la rehabilitación con urgencia demandada por el hábitat de La Habana Vieja, concebido éste último no solo como sistema edificado, sino en su carácter integral, tal como corresponde a su condición de función urbana principal.
De modo paralelo, la dominante arquitectura doméstica heredada deberá asimilar la intervención que le posibilite brindar una mejor respuesta a los requerimientos contemporáneos y ambientales, dentro de una obligada compatibilidad con la protección de los valores culturales sobre los cuales se sustenta la categoría patrimonial del Centro Histórico. |
Los trabajos que a continuación se recogen suponen la contribución de los participantes en la sesión temática de Arqueología de la Arqueología llevada a cabo dentro del ámbito del IV Congreso de Arqueología Peninsular, celebrado en la Universidade do Algarbe, Faro, el día 17 de Septiembre de 20041.
Explicaremos brevemente el contexto en el que surgió dicha convocatoria, y los principales planteamientos que la inspiraron.
Con motivo de la implantación y crecimiento de la Arqueología de la Arquitectura en la Península Ibérica, diferentes autores han efectuado síntesis en los últimos años.
Una de las primeras reflexiones es la realizada por Caballero Zoreda y Fernández Mier (1997), donde se muestra un panorama en el que estas actividades eran aún insuficientes y se desarrollaban en general enmarcadas en el ámbito de proyectos de investigación, pero que al contar con una base teórica sólida su continuidad podría suponer una correcta y necesaria generalización.
Unos años después el panorama había cambiado cuantitativamente, lo que podemos comprobar en el trabajo de J. A. Quirós Castillo (2002), observándose el crecimiento del número de intervenciones, pero en un marco metodológico que aún necesita profundizar su desarrollo.
Una de las constataciones que se realiza es que la Arqueología de la Arquitectura no es tan sólo una herramienta, sino un medio idóneo por sí mismo para la generación de un discurso propio y de un conocimiento histórico sólido.
En cuanto a las reuniones anteriores a la realizada en Faro, contábamos con las experiencias del Curso Arqueología de la Arquitectura, celebrado en Burgos en el año 1996; la sesión dedicada a la disciplina en el V Congreso de Arqueología Medieval Española celebrado en Valladolid en 1999; y el Seminario Internacional de Arqueología de la Arquitectura realizado en Vitoria en 2002, que supone la aparición de la Revista de Arqueología de la Arquitectura.
Estos antecedentes, sin embargo, no nos permiten aún disponer de unas bases metodológicas uniformes, ni siquiera en cuanto a los criterios de intervención sobre el Patrimonio Edificado.
La reunión de Faro surgió de esta premisa y los debates llevados a cabo allí podrán suponer, esperamos, un avance en este sentido.
Los especialistas dedicados al tema, que aumentan cada vez más y que proceden de variadas profesiones y ámbitos geográficos, se encuentran con una serie de problemas que se pusieron en común, planteando así una reunión donde los participantes expusieron los principales aspectos derivados de su labor en los campos de la metodología, el desarrollo de sus actividades y su organización.
-La metodología, centrando la atención en los objetivos, planteamientos y finalidades de la intervención: instrumentos de trabajo, definición de conceptos, etc.
-El desarrollo del trabajo, situado entre cuestiones normativas y dificultades prácticas, junto a la relación con otros profesionales (documentación, planimetría, etc.).
-Y la organización, desde el ámbito profesional, administrativo, presupuestario, divulgativo o formativo.
Creemos que la convocatoria tuvo el efecto deseado, acudiendo al encuentro especialistas de todo el ámbito peninsular, procedentes de los diferentes terrenos de actuación: la docencia, la investigación y la gestión privada.
Uno de los objetivos era escuchar los resultados de los grupos consolidados o en vías de consolidación, que permitía a nuevos participantes, tanto investigadores como administraciones, conocer los problemas que existen y de qué forma se han intentado solucionar.
A su vez era interesante ver cómo se orientaban las nuevas participaciones.
El modelo de gestión más desarrollado vino de la mano de los miembros de la Universidad del País Vasco/Euskal Herriko Unibertsitatea, que demostraron que la labor de gestión tiene que ir indisolublemente unida a la de investigación, lo que se ve materializado, entre otros aspectos, por medio de la redacción de Tesis Doctorales.
El grupo del Instituto de Historia del CSIC, íntimamente relacionado con el anterior, nos muestra una actividad menos implicada en el ámbito de la gestión, producto de un difícil acceso a los órganos que permiten su actuación.
Pero sus objetivos son similares al caso anterior, potenciando ciertos aspectos metodológicos y teóricos que se ven materializados por medio de Tesis Doctorales.
Intentan desarrollar su actividad en todo el territorio peninsular, destacando en los últimos años su relación con los organismos portugueses.
Sobre este caso dejan constancia los miembros de la Universidade do Minho y los del Instituto Português do Património Arquitectónico, quienes nos dieron a conocer su actividad, destacando cómo se está intentando, desde la institución pública, establecer mecanismos de apoyo en las actuaciones sobre la arquitectura dentro de la perspectiva arqueológica, algo que lamentablemente está aún poco extendido en España.
Y efectivamente no son tan sólo los arqueólogos los encargados de dinamizar y ejecutar estas actividades, como nos demuestran desde la Escuela Universitaria de Arquitectura Técnica de la Universidad de Sevilla o desde la Universidad Politécnica de Valencia.
Existen, afortunadamente, ejemplos de escuelas donde los arquitectos aprenden a analizar los edificios como objetos estratificados para desarro- llar su actividad frente al edificio a restaurar.
De hecho fue un toque de atención ya que en el ámbito docente de la arqueología no existe una implantación generalizada, sino casos aislados como el de la UPV/EHU.
Por otra parte destacó la necesidad de una mayor implantación en determinados ámbitos cronológicos peninsulares, frente a la generalizada actuación sobre el patrimonio medieval y postmedieval.
Desde la Universidad Autónoma de Madrid se hizo hincapié en este aspecto, destacando las posibilidades que conlleva su aplicación en la arquitectura de época romana.
Y como cuestión general los diferentes ponentes mostraron reflexiones teóricas y el establecimiento de propuestas interpretativas a partir de su actividad de gestión, destacando las experiencias acumuladas en equipos como los de la Universidad Politécnica de Valencia, el Consorcio de Mérida, la Universidad del País Vasco/Euskal Herriko Unibertsitatea o el Instituto de Historia del CSIC, con propuestas de tipo teórico como práctico, tendentes tanto a la obtención de mejores herramientas interpretativas como en la búsqueda de unos criterios de restauración más flexibles pero a la vez respetuosos con las edificaciones históricas.
El resultado de la reunión nos muestra una amplitud geográfica que abarca actualmente toda la península y un ámbito cultural tendente a su aplicación en cualquiera de sus periodos.
Quizás esto confiera una imagen dispersa a los trabajos, pero se han generado en un ámbito metodológico común, lo que les aporta un aspecto orgánico y de conjunto.
DURÁN CABELLO, Rosalía: Reflexiones sobre la aplicación del método de lectura de paramentos a la arquitectura hispanorromana.
SÁNCHEZ ZUFIAURRE, Leandro: Un método de prospección en Arqueología de la Arquitectura.
La arquitectura medieval invisible.
CABALLERO ZOREDA, Luis: Una experiencia en Arqueología de la Arquitectura (CSIC, Madrid).
MURILLO FRAGERO, José Ignacio; UTRERO AGUDO, María de los Ángeles: ¿Existen los hiatos arqueológicos? |
Con respecto a la intervención se analizan las relaciones con el promotor, el objetivo y las características del encargo, financiación, medios y equipo y las relaciones con las intervenciones arqueológica del subsuelo y arquitectónica del edificio.
Con respecto a la metodología se analiza especialmente la estratigrafía: lectura veloz, lectura en equipo, unidad de documentación, lecturas imposibles.
También las fuentes escritas y los problemas de datación, indicadores cronológicos, dataciones absolutas y su relación con los modelos explicativos.
Finalmente, los criterios discriminantes y la mensiocronología.
En conclusión se denota el escaso interés por este método y se aboga por la obligación legal de la lectura arqueológica del edificio histórico, previamente y durante su intervención (en paralelo con la legislación sobre excavaciones arqueológicas), y por la necesidad de su normalización, de una adecuada formación y de una suficiente financiación.
A comienzos de este año (2004), los responsables de los equipos de Arqueología de la Arquitectura de Vitoria y Madrid (que formamos una Unidad Asociada del CSIC, Agustín Azkarate y yo) valoramos la posibilidad de tener una reunión donde contrastáramos las experiencias tenidas hasta entonces.
Para efectuarla teníamos que concretar su finalidad, de modo que no se quedara en un intercambio de anécdotas, sino que de las experiencias se extrajeran conclusiones definidas con vistas a mejorar nuestro trabajo de cara a los promotores y nuestra metodología de cara a nuestra propia intervención.
El equipo vasco concretó el fin de la reunión: «definir unos criterios objetivos de actuación en función de las necesidades y objetivos de cada intervención...; objetivar los criterios en función de los cuales se propone un tipo de actuación u otra».
La rica experiencia de Vitoria permitía (sino obligaba) este contraste entre distintos modos de analizar, los diferentes objetos de análisis y las variables circunstanciales en que ambos se sitúan.
Pero, a pesar de nuestra estrecha relación, en realidad las experiencias de ambos equipos son muy diferentes lo que impide su fácil contraste.
La reunión no se realizó entonces, aprovechándose la oportunidad del Congreso de Faro para efectuarla.
Teniendo en cuenta los dos puntos fundamentales que se deducen de lo dicho, la diferencia «experiencial» que separa de hecho a cada uno de los grupos activos y el interés que tiene analizar el fondo de nuestra actividad, propusimos un doble objetivo, analizar las condiciones en que se ha realizado el trabajo desde el punto de vista organizativo de la intervención y desde el punto de vista del método.
Quiero advertir que no trato de exponer la indudable importancia de las actividades realizadas por el grupo, ni tampoco los positivos resultados que se han conseguido con su desarrollo.
Mi interés es analizar el contexto en que éstas se han realizado, tanto social como técnico.
Elegir este punto de vista puede haber dado lugar, como se me ha indicado, a una aparente interpretación negativa de nuestra labor.
A mi parecer, a no ser que se engañe colocando el listón de la utopía por debajo de lo que ya se ha alcanzado, la experiencia siempre habrá de parecer incompleta.
Quiero referirme sólo a nuestra experiencia pasada, sin caer en el atractivo de abandonar este terreno de la realidad crítica para seguir el más cómodo de la teoría y el modelo de la intervención.
Primero trataremos las características del encargo (objeto, promotor y encargo y repercusión del estudio); y, en segundo lugar, las características del trabajo (método y problemas analíticos).
Hemos de señalar que trataremos básicamente de la estratigrafía, que consideramos «columna vertebral» de la Arqueología de la Arquitectura.
Pero nuestra labor no se ha reducido sólo a ella; pensar así supondría desvirtuarla.
Aunque en menor grado nos referiremos también a la actividad desarrollada en Arqueometría, especialmente en el estudio de maderas altomedievales, y en Tipología.
Una rápida evaluación de este cuadro permite observar estas primeras características:
Nuestras intervenciones, incluyendo sólo las dedicadas conscientemente a Arqueología de la Arquitectura, son pocas.
A pesar de nuestra situación privilegiada, por ser promotores de este método y por nuestra constante presencia en reuniones y cursos dedicados a restauración arquitectónica difundiendo las ventajas del método y la necesidad de su aplicación.
Y a pesar de nuestros intentos y a no renunciar a ningún encargo, reiterando visitas y propuestas que en ocasiones han quedado en la vía muerta.
Además, son de escasa envergadura.
En ocasiones se reducen a los cuatro muros de una pequeña iglesia.
-Objetivo, investigador; promotor, nuestro equipo.
Un grupo notable de intervenciones son de carácter investigador y promovidas por nuestro propio equipo.
Por ello se encuadran en la línea de la arquitectura altomedieval, objetivo de nuestra investigación y a través del cual nos interesamos en esta metodología.
En parte puede achacarse esto a la situación de inicio de este tipo de análisis, en el que el interés particular investigador actúa como motor de arranque.
La cronología aboga a favor de esta explicación.
En apariencia, nos da la impresión de que estas características previas son muy diferentes a las de los otros grupos de investigación en Arqueología de la Arquitectura (Barcelona, Vitoria, Sevilla) con las que se podrá comparar en esta reunión.
De ser así, consideramos que puede achacarse la diferencia a:
-Una causa administrativa, la ausencia de una relación directa con una administración provincial o local que comprenda la importancia de esta metodología (véase más abajo y la nota 1).
-Una causa personal, al no haber sabido hacer comprender la importancia de la aplicación sistemática del método a las administraciones con quienes hemos tenido relación.
-Una posible imagen falsa dada por la relación científica con las «pequeñas» iglesias altomedievales.
Sin embargo, también se puede considerar cierta heterogeneidad en las intervenciones que refuerza una experiencia hasta cierto punto variada y que puede marcar cierta diferencia frente a las experiencias sevillana y alavesa, quizás no tanto respecto a la barcelonesa.
Como también se puede ver en el cuadro adjunto, las intervenciones pueden haber sido autopromovidas por nosotros mismos (proyectos de investigación), esto es, por un equipo científico, o haberlo sido por la administración y/o por una persona interesada.
¿Qué oculta esta distinción?
La Arqueología de la Arquitectura, al no estar reglamentada, resulta «invisible» para la Administración.
Para que ésta encargue su aplicación, tiene no sólo que ser consciente de su existencia, sino de su necesidad y del trámite que puede seguir para gestionarla.
Como este camino no está normativizado, es necesario que lo siga un intermediario, al que hemos llamado «responsable», una persona interesada, que normalmente puede ser el arqueólogo (como en las intervenciones autopromocionadas por nosotros o en el caso de Mérida) o el arquitecto encargado de la intervención o un técnico responsable con funciones administrativo/políticas conocedor del método y atraído por su introducción (Bande, Atán, Losa, Suso).
En cualquier caso no se puede decir que el encargo se efectúe automáticamente por la Administración.
La comprobación de lo que decimos está en que nuestras intervenciones son excepcionales frente al resto de intervenciones en edificios de valor documental similar que no pasan el registro de su valor arqueológico.
Modélico es el encargo realizado por el arquitecto José Miguel Ávila Jalvo en la torre de S. Pedro de Madrid, efectuado por él personalmente con un objetivo técnico.
Como vemos a continuación, sólo el encargo de las dos iglesias alavesas procede de una Administración que sistemáticamente analiza todos los edificios en que interviene.
Lo dicho sobre el promotor aclara en buena medida el objetivo del encargo.
Como en aquel, existe en éste un objetivo intermediario y otro final.
Debemos considerar objetivo mediato el que consta en el cuadro (investigación histórica, restauración), que suele ocultar otro inmediato, más real para nuestro análisis, y que sirve de intermediario al primero.
Si partimos de la convicción de que, igual que en el yacimiento, hay que efectuar el análisis arqueológico de cualquier edificio histórico antes de intervenir en él, al margen de su mayor o menor importancia simbólica o de la existencia o no de una patología, sólo tenemos dos edificios en los que el objetivo de su encargo haya sido «automático», los dos alaveses.
En ellos no ha intervenido un interés añadido, simbólico, científico, o técnico, lo cual no quiere decir que estén desposeídos de cualquier tipo de interés, ni mucho menos, ni que antes de su intervención no se buscaran en ellos objetivos claros de este tipo.
Como ya dijimos, la torre de S. Pedro de Madrid presentaba un claro objetivo técnico aunque el promotor también esperara que sus conclusiones certificaran su modelo explicativo.
En la mayor parte de los casos (incluyendo Suso y salvo los demás de investigación) se puede decir que el objetivo parte del interés por una experiencia pionera, mezclado con algo de curiosidad, esnobismo y un sentido de prueba («a ver qué pasa»).
También aparece, en ocasiones, la importancia histórica (o arqueológica) del edificio como, desde luego, en Mérida (donde el problema, en realidad, era secuenciar los cimientos de un yacimiento), y en Bande, Nazaré y Suso.
En el caso de Atán (quizás arrastrado por el encargo de Bande), el objetivo está también definido: la presencia de piezas decorativas supuestas altomedievales hace presumir la existencia de elementos constructivos del mismo momento que, de existir, pues no se distinguen a primera vista, deberían ser resaltados por la restauración.
Solo en Valdetorres, el encargo, también efectuado a través de los arquitectos restauradores, estuvo decidido por el convencimiento de la necesidad de este tipo de registro en sí, al margen de una finalidad concreta científica o restauradora.
Es preocupante que estas intervenciones, efectuadas con carácter de prueba o ensayo, queden sin continuidad, como experiencias aisladas en las administraciones a que pertenecen, con lo que su valor instructivo parece perderse, debiéndose comenzar de nuevo.
Puede considerarse ésta una condena propia del pionero, pero el hecho parece grave por la dificultad que comporta de penetrar en el esquema administrativo, en el curriculum de la intervención patrimonial.
El contraste de esta experiencia con las alavesa, barcelonesa y sevillana quizás aclare dónde se encuentra la clave de este aparente peligro1.
Tampoco debemos olvidar que, aunque algún día se realicen automáticamente estos análisis arqueológicos del yacimiento construido, como salvaguarda del valor documental, en ningún caso hemos de perder de vista la necesidad de actuar bajo la definición previa y clara de un objetivo, científico y técnico.
Respecto a la relación objetivo del encargo / metodología empleada, hemos de decir que no nos lo hemos planteado.
Siempre hemos procurado utilizar el mismo grado de registro.
Las diferencias en nuestras intervenciones, como ya veremos, se refieren al contenido de la Memoria (todo el material o sólo una síntesis) o a carencias de nuestra práctica (documentación escrita, tipología o arqueometría).
La falta de presión promotora ha tenido que influir desde luego en una atenuación de las propuestas de cambio de nuestras intervenciones.
Proceso del encargo y tiempo de realización
Teniendo en cuenta el tipo de encargo que solemos atender, nuestro proceso de trabajo se organiza en cuatro etapas:
Preparación de planimetría e historiografía.
Trabajo de campo: Edificio y documentación escrita.
El trabajo de campo (redacción de fichas y búsqueda y lectura de documentos) suelen estar en relación temporal de 1 a 4 o más con respecto al trabajo de gabinete (sistematización y síntesis de la información, incluyendo fichas, planimetría y documentación escrita; y redacción de Memoria).
Por ejemplo, aproximadamente dos semanas de trabajo de campo corresponden a dos meses de trabajo de gabinete.
Esta división de trabajo obliga en ocasiones a una segunda visita de contraste, rápida, al edificio.
Los trabajos realizados por encargo suelen venir acompañados de la urgencia en los plazos, a los que siempre hemos intentado acomodarnos y desde luego cumplir una vez aceptados.
Sin haber realizado un exhaustivo análisis económico, baremado, es evidente que no se le puede dar un valor absoluto a lo que aquí afirmemos, por más que para nosotros esté cargado de certeza.
De la propia naturaleza de nuestros encargos se deduce la pauta económica.
En una economía de oferta/demanda y a falta de una demanda ni siquiera obligada por la norma legal, sino, al contrario, intentando crear un espacio económico, es lógico que nos encontremos con una baja en los precios acentuada por el intento de hacer una oferta económica lo más atractiva posible del trabajo que se propone como necesario.
A ello se añaden errores de estimación, derivados del carácter pionero de las experiencias, como ocurrió en Suso, una iglesia demasiado grande para considerarla, a estos efectos, automáticamente como «altomedieval».
Este carácter, unido al interés científico, dio lugar también a intervenciones autofinanciadas (La Nave).
Además, en la mayoría de los casos se ha procurado contar con voluntarios interesados en formarse cuyo gasto se reducía a las dietas.
También debemos tener en cuenta los problemas que plantean en el presupuesto los medios auxiliares (iluminación, escaleras, andamios), en ocasiones trabajos auxiliares (limpieza.
S. Pedro el Viejo) y la falta de planimetrías adecuadas al trabajo que se va a desarrollar.
Con respecto a los medios auxiliares, la mayoría de los trabajos se han realizado a distancia, desde el suelo, con los problemas que esto supone para el rigor del trabajo.
Las planimetrías que se ponen a nuestra disposición se consideran suficientes para la intervención restauradora, pero no son válidas para nuestro trabajo, obligando a manipularlas o incluso a duplicarlas.
Queda también fuera de la financiación la publicación de los resultados.
Puede considerarse una variable de dificultad que incide en la financiación, determinada por el tamaño del edificio, el tiempo empleado, el equipo personal y la infraestructura necesaria, incluyendo en ella la planimetría con la que se cuenta.
El carácter pionero de este tipo de trabajo hace que no exista una cantera previa con la que poder formar equipos para la realización de los proyectos.
La Arqueología de la Arquitectura necesita personal especializado y al menos con cierta experiencia.
Por lo tanto, las primeras intervenciones tienen el carácter de intervención y de formación.
Por otra parte, el carácter aleatorio de los encargos y de los proyectos a que ya nos hemos referido y las características especiales del Organismo de investigación en que nos encuadramos (Consejo Superior de Investigaciones Científicas) dificultan de modo muy notable la creación y el mantenimiento de equipos estables, aunque sean de un volumen mínimo.
Ello obliga a a buscar soluciones precarias y a la alternancia de personal.
En el cuadro II se resumen las personas que han integrado nuestros equipos y que se han formado en ellos.
Relación con otras intervenciones
Dos arqueologías enfrentadas: la de la estructura y la del subsuelo Una circunstancia que evalúa nuestras intervenciones es su relación con la excavación de sus subsuelos.
Error parecido supone encargar la lectura y no utilizar sus conclusiones en el proyecto de restauración, realizando éste al margen de los resultados obtenidos por la lectura que quedan como un lujo que ennoblece la obra, pero en la que no repercuten.
Sin embargo, así al menos se salva la finalidad documentadora.
Si la Arqueología de la Arquitectura plantea problemas normativos respecto a la excavación arqueológica, evidentemente también los plantea con respecto a los profesionales de la arquitectura.
Tocamos de nuevo un problema sólo en apariencia metodológico pero que revierte en una norma.
De sobra se sabe que el método estratigráfico no es original de la Arqueología, sino que procede de la Geología, aunque necesite para el paso de una a otra de correcciones instrumentales.
Básicamente ambas estratigrafías son similares, como lo es la de la arquitectura histórica.
Esta sencilla argumentación basta para aceptar que los arquitectos, como los geólogos, los prehistoriadores o los arqueólogos, la utilizaran como método de análisis.
Además su utilización, como método e instrumento, facilita el estudio de la patología de los edificios.
De hecho, los arquitectos ya están acostumbrados a prospectar el edificio para descubrir los «daños ocultos»: así emplean «catas» para reconocer el estado de los cimientos o los recubrimientos de las paredes.
Por ello no debería extrañarnos entrar en un edificio en rehabilitación y encontrarnos, como a nosotros nos ha ocurrido, catas, efectuadas por orden de los arquitectos, sin control arqueológico, buscando los niveles de suelo y los cimientos de las zapatas o para diferenciar los aparejos originales, excavaciones de suelos y desmontes de muros para contrastar hipótesis y memorias en que se colorean los distintos elementos del edificio para diferenciar sus etapas.
Por lo tanto, la realidad nos sitúa ante dos problemas relacionados: la norma y el rigor del análisis.
Si la excavación del subsuelo está regulada por una normativa legal y administrativa, ¿no debería estarlo también la «excavación» del edificio?
A la postre ofrece las mismas condiciones del subsuelo: salvamento mediante el registro científico de un documento histórico que se presenta con las características arqueológicas de estratigrafiado y tipológico.
Por otra parte, el método Harris lo único que hace es aplicar mayor rigor a esta lectura documental y a su registro.
Ello no quiere decir que métodos precedentes, ya sea en la línea de la Historia del Arte o de la Arquitectura o de la propia Arqueología no tengan como finalidad los mismos objetivos, pero su rigor está muy lejos del que se consigue actualmente con el método Harris, tratándose habitualmente de métodos meramente intuitivos aplicados a la arquitectura de modo asistemático.
Si nosotros hemos defendido siempre la unidad metodológica entre ambas profesiones, nos vemos obligados, con más fuerza aún, a reclamar:
-que no se utilicen nuestros instrumentos y nuestro método sin la previa y obligada formación profesional;
-que se recuerde que está obligado excavar en el subsuelo por Ley y Norma con condiciones y permiso previo; y -que, por similares razones, se debe incluir en la Ley y en la Norma de Defensa del Patrimonio (arqueología y restauración de monumentos) la intervención arqueológica de la arquitectura.
Mientras no se consiga así, deberá actuarse con sentido común y de la ética profesional.
Es evidente que todo ello finaliza en la formación de los arquitectos restauradores.
Como dice Lasagabaster (2002,17): «... la necesidad de la implicación consciente y enriquecedora de los técnicos encargados de las adaptaciones de los Monumentos (Arquitectos Superiores, Arquitectos Técnicos, Aparejadores, Arquitectos de Interiores, Decoradores, Constructores) en la aplicación e interpretación de esta Disciplina del conocimiento de los mismos.
Esta implicación debería hacerse mediante el convencimiento y la formación extra académica gradual (cursillos, cursos postgrado, charlas, etc.), hasta llegar a formar parte de la misma formación académica especializada más tarde.»
Desde luego aceptamos la razón de estas palabras y las atinadas observaciones que su autor hace a continuación; pero no debemos olvidar las implicaciones normativas y formativas que conllevan.
Pues parece peligrosa esta propuesta de progresión gradual que va del conocimiento a la implicación y a la formación extra académica (un método como el arqueológico no se aprende en charlas y cursos de postgrado).
A la generalización del registro y a la formación profesional nunca se llegará por mero voluntarismo.
Sin olvidar que también debemos evitar confundir el análisis constructivo (propio de una formación de arquitecto) con su análisis histórico (propio de una formación de arqueólogo)3.
Repercusión del estudio sobre el encargo
La presencia o la ausencia de un objetivo claro en el encargo de la lectura supone también el tipo de repercusión de sus conclusiones sobre el edificio.
Es lógico por ello que las repercusiones en nuestro caso sean mayoritariamente de carácter científico.
De hecho fue el planteamiento de un problema científico, la demostración de un modelo históricocronológico de las iglesias altomedievales, lo que nos incitó a la búsqueda del método de análisis.
Sintomáticamente, a mi parecer, la intervención en el Congreso de Vitoria de 2002 se titulaba Sobre límites y posibilidades de la investigación arqueológica de la arquitectura (Caballero 2002).
Pero basta con citarlas; no vamos a entrar en las repercusiones científicas ya que no son objeto de esta reunión.
Como decimos, podemos considerar nula, hasta ahora, la repercusión de nuestros estudios en las intervenciones restauradoras.
Contradictoria y negativa incluso en casos como el de Baños y Suso, ya citados a este respecto.
Tras efectuar la lectura de paramentos, Baños sufrió una restauración que, aunque califiquemos de urgente, para nada tenía en cuenta las conclusiones del estudio y podemos decir que incluso seguía una trayectoria, la de enfoscar las juntas, criticada ya desde los primeros estudios científicos del monumento.
Mientras, no se acudía a solucionar los problemas de mal de piedra, ni a completar las insuficiencias que tenía la lectura ya efectuada del edificio.
Sólo ha habido un diálogo fluido con los arquitectos y sobre el proyecto de restauración en los casos de Mérida, Valdetorres, Losa y Arlucea.
Como suponemos norma general, en nuestras intervenciones seguimos el llamado Método Harris, considerado como lectura estratigráfica mediante la diferenciación de Unidades Estratigráficas a través de fichas analíticas y documentación planimétrica y síntesis por definición de Actividades y por diagramas.
Veremos algunos problemas de carácter metodológico y cuál es nuestra práctica para solucionarlos.
El bloque central es la estratigrafía que en una intervención-tipo siempre incluye:
-La lectura completa del edificio.
-Planimetría del estado actual; planimetría de UEs por zonas y de As y reconstrucción de las estructuras por etapas.
-Fichas de UEs, de lectura detallada, por zonas.
-Diagramas de UEs, zonas y As, las últimas generales y periodizadas.
-Listado de As y de UEs.
Este contenido se divide en dos bloques, uno correspondiente al material de estudio («trabajo de campo y de gabinete») y otro el que compone la Memora final que se entrega y, en su caso, se publica.
La Memoria contiene, en cualquier caso, además del estudio general con la descripción de UEs, As, acciones y estructuras, organizada por etapas, el diagrama de As, el listado de As y UEs y la planimetría de As.
Excepcionalmente, según los casos, se incluye en el trabajo, además de la estratigrafía, la tipología, las fuentes escritas y la arqueometría.
También excepcionalmente se entrega con la Memoria copia de las fichas de UEs.
Somos conscientes de la deficiencia que supone no considerar integrados de modo sistemático estos apartados en el estudio.
Es evidente que la tipología arquitectónica (materiales, huellas de herramientas, aparejos, piezas o elementos singulares) debería estar incluida en todas nuestras estratigrafías: aunque aún no tiene la misma importancia que la de la cerámica en la excavación, mientras que no se desarrolle sistemáticamente, no llegará a tenerla.
Salvo en el caso pionero de Mérida y en el de Escalada por problemas de financiación, siempre hemos realizado la lectura completa del edificio o de la estructura individualizada (como la torre de S. Pedro de Madrid o la habitación de la Universidad de Alcalá).
Se puede suponer que esta ca-racterística dependa también en gran medida del pequeño tamaño de los edificios.
Pero teóricamente nos cuestionamos que no se deben efectuar estratigrafías parciales, pues el fenómeno del hiato, cuya repercusión suele ser difícilmente evaluable, impediría obtener una secuencia lo más completa del edificio.
La no inclusión en la Memoria o en la publicación de las fichas y la planimetría de UEs, además del material de trabajo intermedio, obliga a considerar con mayor énfasis la ya de por sí necesaria obligación de depósito de la totalidad del registro en un Archivo público con suficientes garantías de conservación.
Lectura detallada y lectura veloz
Nuestra lectura siempre ha sido detallada (siguiendo la terminología de Brogiolo que distingue entre detallada y veloz o rápida; términos que consideramos incompatibles, pues lógicamente serían «detallada y elemental»; o «lenta y rápida»).
Sólo hemos efectuado dos lecturas rápidas o elementales (Atán y Alcalá de Henares) obligados por exigencias del encargo.
En estos dos casos las diferencias con la lectura detallada se redujeron a sustituir las fichas de UE por listados (la descripción se sustituye por el nombre detallado de la UE y el diagrama de UE o de ficha directamente por el diagrama de zona; véase más abajo «Unidad de plano, diagrama y listado»).
También hemos utilizado la lectura rápida en casos de prospecciones o en primeras visitas y siempre a modo de tanteo, sin carácter definitivo.
La impresión que tengo a título personal es que, por mucha experiencia que se tenga, si lo que se pretende es el estudio completo de un edificio con suficiente garantía, es necesario hacer una lectura detallada 4.
Es evidente que el Método seguido está previsto para obtener mayor rigor, por lo que parece absurdo rebajar sus estándares renunciando a uno de sus elementos claves, la ficha analítica.
Expone una «evidencia» como principio: «Mientras mayor es la complejidad, extensión y variedad científica de un edificio, más necesario se hace reducir el nivel de requerimiento a la hora de cumplimentar el registro, si se quiere acometer por un lado el estudio integral y por otro entender el proceso evolutivo de la manera más lógica».
En la «realidad cotidiana... la dirección socioeconómica mayoritaria tiene una tendencia intrínseca inversa a la de la lógica científica», aunque «conscientes de que esta postura es difícil de sostener desde el punto de vista metodológico ya que no es habitual acogerse a un sistema de registro,..., dando por sentado situaciones carenciales de partida».
Propone, por ello, utilizar el sistema de registro rápido de Brogiolo.
No se trata de ceder a la «inevitabilidad de la gradación», sino de sistematizar el trabajo adecuándolo a la característica del edificio: «el sistema debe ser ágil pero sistemático, es decir, acepta unos mínimos esenciales y es homogéneo en la gradación».
Sin pretender ahora entrar en esta discusión (sólo expongo mi opinión, fruto de mi experiencia), creo que el problema está en no confundir la adecuación instrumental del método con los mínimos que el propio método impone.
La ficha analítica es un instrumento del método al que no se puede renunciar, pero que se puede acomodar a las circunstancias del trabajo; entonces debemos preguntarnos, ¿hasta dónde se puede «reducir» la ficha sin alterar su rigor analítico?
Estamos de acuerdo con Tabales, por adecuación instrumental, en la no «Identificación literal de las unidades estratigráficas» (ejp., unificar en una sola unidad el conjunto de mechinales de un forjado) o en la no «Valoración de todas las interfacies sin excepción» (ejp., unificar en una unidad los cortes de un muro que mantienen las mismas relaciones; Sta.
Eulalia de Mérida). el de la redacción de las fichas, y no el del examen y discusión de las UEs y sus relaciones, con la desventaja de que, al no registrar la descripción de elementos, acciones y relaciones, debe ser muy difícil reconstruir a priori en la Memoria y comprobar a posteriori el proceso constructivo y estructural.
La aparente similitud entre los listados propuestos para la lectura elemental o rápida por Brogiolo y nuestros listados de conclusiones, me lleva a considerar si no se confundirá la síntesis final (que se puede reducir a la secuencia de etapas) con la definición y descripción previa de todas las UEs y sus relaciones5.
Pero si no se consigue la previa, parece imposible llegar a la posterior con rigor.
Es evidente que la presión de los encargos puede dar lugar a economías de esfuerzo de este tipo en el proceso de trabajo.
Pero se deben valorar los inconvenientes a que nos podemos ver sometidos si se generalizara tal simplificación de nuestro proceso de trabajo, al proponer que se pueda elegir entre una lectura detallada y otra elemental6.
Sin embargo, comprendo que se utilice la lectura rápida en ciertos casos, como en estudios tipológicos que no se interesen por la secuencia completa del edificio sino sólo de una UE o A, definida previamente por tipología, y su relación con las inmediatas.
Es el caso, por ejemplo de varias tesis, en distinto grado de realización7, y cuya finalidad es en cierto sentido tipológico (no intentan secuenciar el edificio estratificado, sino delimitar uno de los estratos diferenciado previamente por su topología) y que además está claramente limitada por calendario y presupuesto.
La lectura en equipo.
Dificultad de diferenciar acciones constructivas y correcta delimitación de UEs
Prácticamente en todas las intervenciones se nos han presentado casos de difícil lectura en que el límite de una UE o su relación con otra no quedaba claramente definido (Parenti 1996: 75 y 84), por la falta de seguridad en la dirección UNA EXPERIENCIA EN ARQUEOLOGÍA DE LA ARQUITECTURA 136 ARQUEOLOGÍA DE LA ARQUITECTURA, 3, 2004 alternativa de antero/posterioridad que llevan las acciones (corta, es cortado; se adosa, se le adosa; etc.), por la homogeneidad de Unidades vecinas y por la indefinición de los límites, superficies de contacto o interfacies.
En nuestra experiencia, el estudio del edificio dividido en zonas, cada una bajo la responsabilidad de un grupo del equipo, y la puesta en común diaria de los resultados, sirve de control para confirmar la inexistencia de problemas o para evidenciar las zonas de difícil y contradictoria lectura.
Estos casos normalmente se solucionan tras una discusión a fondo por todo el equipo durante el trabajo de campo.
La puesta en común, ante el edificio, de la lectura efectuada por los miembros del equipo facilita decididamente la lectura y sus conclusiones; esto quiere decir que la lectura debe efectuarse por consenso del equipo.
Las dudas en la lectura obligan a ampliar y profundizar en el conocimiento del edificio antes de decidirlas.
Es el personal del equipo, que rastrea los detalles (de aparejo, de acciones, de materiales, etc.) del resto del edificio, el que facilita la resolución de estos problemas, bien por la comprensión lógica de la secuencia completa de las acciones constructivas en el paramento, bien por la consecución de detalles que completan la visión de cómo era la manera de actuar de los constructores, ante unos materiales característicos, o en el momento histórico de que se trata.
Además, esta puesta en común (lectura democrática) consensúa la lectura diferenciando netamente los problemas de los que no se llega a una solución satisfactoria que, aunque excepcionalmente, siempre se suelen presentar.
Los problemas no consensuados se aíslan nítidamente con varias soluciones alternativas que se ofrecen en la Memoria, indicando la incidencia que tienen en la comprensión de la historia productiva del edificio (Suso, cara exterior del muro oriental).
Esta norma la hemos mantenido en todas nuestras intervenciones.
Unidad de listado, diagrama y plano
Consideramos básica la presencia integrada o relacionada de listado, diagrama y planimetría en la Memoria o publicación para la comprobación científica de la lectura estratigráfica y, a su vez, para atender, junto a la necesaria descripción por etapas, a la capacidad de resumen.
La comprobación científica necesita poder reconocer las UEs y As definidas, además de sus relaciones físicas y temporales, tanto en el registro como en el propio edificio, que puede conservarse íntegro frente a la destrucción del yacimiento.
La ubicación y forma se comprueban en la planimetría y la situación temporal relativa en el diagrama.
Pero la descripción de UEs, sus relaciones directas y la composición de As sólo se registra en las fichas.
Deben depositarse todas las fichas con la Memoria en un Organismo que actúe como Archivo público.
Pero publicar todas las fichas es una tarea ímproba que puede darse por imposible y por injustificada.
Tampoco puede sustituirlas la descripción de la Memoria, pues en ella se atiende a otras cuestiones como la secuencia, la función de los espacios, problemas de cronología, sin detenerse en el detalle de todas y cada una de las UEs y sus relaciones.
Pero pueden simplificarse mediante un listado donde cada línea resuma una ficha: la descripción se reduce al número y nombre de la UE o A, cuidando que responda a lo que más les caracteriza.
Cada línea contiene además el número de las demás UEs o As que están en relación directa con ella, ordenadas por antero-posterioridad; el periodo a que pertenecen que engloba las relaciones de coetaneidad (porque el diagrama publicado es el de relaciones simplificadas); y las referencias a los planos en que se documentan gráficamente.
Los listados se ordenan por periodos y dentro de ellos por As que encierran a su vez las UEs que las componen.
La numeración de las UEs o de las As relaciona los distintos instrumentos.
A nuestro parecer, la planimetría, que siempre debe ser obligatoria como ya hemos dicho, debe incluir todos los elementos constructivos, el detalle del aparejo y las superficies e interfaces que definen los elementos singulares y delimitan las UEs.
Ya hemos hecho referencia a los problemas que plantea la obtención de la planimetría de estado actual previamente a la realización de la lectura, que no siempre está dispuesta y debe ser realizada por el equipo de lectura.
Para conseguir o completar los planos nunca hemos utilizado fotografía corregida, recurriendo bien a planimetrías fotogramétricas nuestras o de otros equipos o a correcciones manuales de las planimetrías incompletas de los arquitectos, obtenidas por métodos tradicionales, incluyendo en ellas el detalle de los límites de UEs o de As, según el caso.
Siempre es necesaria una planimetría para registrar la estratigrafía, pero no es estrictamente necesario que ésta sea exacta y perfecta, bastando con que se ajuste a la realidad constructiva.
Aunque siempre nos hemos preocupado por hacer un sistemático estudio bibliográfico e historiográfico, no siempre hemos utilizado los documentos escritos, quizás porque nuestras preguntas científicas se ubican en un momento histórico donde no están generalizados.
Ello supone que varios de nuestros trabajos deberían completarse en el futuro desde este punto de vista.
Ejemplo evidente de este défi-cit es, por ejemplo, la iglesita supuestamente románica de Atán cuya documentación puede iluminar su fecha de construcción real, en época moderna; o el edificio de Suso con una complejísima estratigrafía de época moderna especialmente en su fachada meridional, que sólo podrá comprenderse en detalle cuando se contrasten sus datos con los de las fuentes escritas (al parecer ya analizadas).
En los casos en que hemos efectuado el estudio de los edificios con la ayuda de las fuentes escritas, hemos pensado, pero sin llegar a desarrollarlo, sino habría que ensayar la posibilidad de acomodar los datos obtenidos a los instrumentos propios de la estratigrafía.
Quizás se puedan transcribir en fichas las características de UEs y As recogidas en las fuentes escritas y se puedan trasladar a los diagramas y listados los datos sobre elementos y relaciones constructivas desaparecidas o que en la actualidad no se pueden observar en el edificio.
En ocasiones la lectura se plantea, en teoría o en la práctica, como imposible.
Un caso es el del edificio desmontado y vuelto a remontar y otro el de los enlucidos.
Un caso de edificio remontado es S. Pedro de La Nave, donde ya nos planteamos si en realidad lo que se documenta es la acción unitaria de remonte, sin que en teoría se pueda asegurar si lo documentado equivale a la originalidad del edificio o a la reforma del arquitecto reconstructor.
El rigor con que se efectuó la labor de remonte por Alejandro Ferrant, dirigido por Manuel Gómez-Moreno, manteniendo las características constructivas de lo añadido como una unidad técnica constructiva, es lo que nos permite recuperar lo que resta del original (Caballero y Arce 2004: 118-122).
De hecho, una de las diferenciaciones más evidentes en las lecturas responden a las restauraciones contemporáneas o no históricas, como ocurre en el caso de Baños donde descubrimos una restauración de fines del s. XIX desconocida y documentada con posterioridad a nuestro trabajo (Caballero y Feijoo 1998: 181-182 y 221-222; Sánchez García 2001: 24 ss., año 1835).
En otros casos, es el edificio retocado el que no facilita la lectura o impide que sea correcta.
Los fuertes rejuntados restauradores son de muy difícil lectura, aunque no siempre impidan diferenciar las unidades.
Un caso extremo representó para nosotros el relleno y rejuntado mimético de Suso que intentan ocultar los huecos abiertos en el aparejo original.
Al contrario de la labor efectuada por Ferrant en La Nave, que permite diferenciar los huecos rellenos por él, aunque procure disimularlos en la visión general.
El caso contrario es el de los edificios con enfoscados históricos que ocultan los aparejos originales.
Las técnicas de la microestratigrafía (Arce 1996) ofrecen el instrumento para superar este obstáculo sin tener que renunciar a levantar la cubierta por completo.
Nuestra experiencia se remite a Arlanza, donde se estudió la técnica de los estucos neoclásicos, y a Escalada, Nazaré, Viñaspre y Arlucea donde el completo enlucido impidió o dificultó analizar sus interiores.
En unos casos trasladamos al interior (enfoscado) la lectura del exterior (desnudo) de los paramentos, controlando los límites de las UEs y estudiando los indicios aparentes de otros cambios, pero nada nos asegura que existan otras UEs (especialmente agujeros) no reconocidas.
En estas ocasiones es necesario evaluar el trabajo extra que representa hacer un estudio de microestratigrafía si se pretende conservar la cubierta; contar con medios adecuados; y estar en relación directa con el arquitecto encargado de la intervención para aprovechar las posibles limpiezas totales o parciales antes de entregar el trabajo definitivo.
Estructuras equivalentes a una sola Actividad o a un solo Periodo
En los pequeños edificios, la lectura tiende a que el edificio actual se iguale al edificio original y, por lo tanto, equivalga a una sola Actividad.
Tal es el caso de las torres, como las de Hércules y la de San Pedro el Viejo de Madrid.
Ello no quiere decir que no existan otras Actividades, pero de magnitud y valor mucho menor.
En otras ocasiones, cada estructura equivale a una A y cada una de ellas ocupa un Periodo, de modo que el diagrama de As equivale a la simple secuencia de Periodos (Arlanza), sencillez que parece criticable y que sólo puede complicarse con diagramas de UEs de relativa importancia.
Como es sabido, la descomposición de una A en sus UEs se convierte en su descripción y el diagrama en su secuencia constructiva (encadenados, bancos, marcos de huecos, mechinales de andamios, mechinales de forjados, etc.).
Esta descripción es la que solemos evitar en las Memorias por obvia, considerando que sólo es necesaria cuando lo que se analiza es el sistema constructivo de una estructura concreta.
Duda de la cronología absoluta a que se debe adscribir una UE o A en el diagrama
La última etapa de realización de los diagramas conlleva su periodización, otorgando a cada UE o a cada A una fecha.
Para otorgar esta fecha se utilizan distintos criterios de datación «absoluta», en ocasiones de tipologías tradicionales (estilos), mejor o peor construidas y más o menos aceptadas y en otras de cronotipologías o de dataciones documentales o arqueométricas.
Sin embargo, en la mayoría de los casos, son ajustes efectuados en la propia secuencia los que se utilizan para determinar la periodización, a partir de las Actividades de cronología más segura y de la propia dinámica histórica conocida del lugar o de edificios similares.
De uno u otro modo ocurre que no se pueden definir los Periodos a que pertenecen muchas de las UEs y As, quedando dudosa su situación diagramática entre otras superiores e inferiores que, a su vez, pueden estar también indefinidas o tener una posición cuando menos dubitativa.
Sin embargo hay que decidirse por colocarlas en una posición (a una altura del diagrama) dejando claro que es dudosa.
Esta situación se puede denominar flotante (en nuestro argot, «de ascensor» pues las UEs pueden detenerse a la altura de uno u otro Periodo según el criterio que se decida).
Normalmente estas As son grupos de UEs de escasa importancia, por ejemplo huecos que no se ajustan a una tipología específica, que no se explican por la dinámica funcional o estructural del edificio.
La situación de estas UEs en el diagrama debe leerse como de cronología variable entre el «suelo» y el «techo» que representan las que las limitan, aunque de su lectura no se deduce el grado de seguridad que tiene la colocación elegida.
En los listados es aún más difícil determinar la situación real de cada A. Nosotros hemos utilizado en ocasiones (La Nave y Baños) el símbolo «mayor», ≥ «igual o mayor que» un Periodo concreto, para señalar la cronología flotante de una A colocada en un Periodo preciso pero cuya ubicación cronológica creíamos dudosa.
Por ejemplo, «A ≤ III > I», significa que la situación cronológica de la A está entre la segura posterioridad respecto del periodo I (mayor que I) y la coetaneidad del III (igual a III), aunque sin poder determinar exactamente si pertenece al III o al II (menor que III) o a una situación intermedia entre ellos; las As que sólo se refieren a un Periodo consideramos que son de ubicación cronológica segura y sirven de referencia a las demás.
Alternativamente (Suso) hemos indicado, además del periodo en que ubicamos la A, los Periodos entre los que se sitúa dudosamente, citándolos expresamente en una columna específica del listado («Relación»).
Quizás sea adecuado normalizar la situación de duda o de seguridad relativa de las A en los diagramas con una tipografía o marca especial.
Indicadores cronológicos y modelos explicativos
Nuestra experiencia nos ofrece dos tipos de problemas con respecto a la periodización.
Primero sobre la relación que tienen entre sí los indicadores cronológicos absolutos y relativos.
Y en segundo lugar sobre la relación entre los datos empíricos y las teorías que se deducen de ellos (ya sean de cronología absoluta, como los arqueométricos, o de crono-logía relativa, como los estratigráficos) y los paradigmas o modelos explicativos.
Cronologías absolutas y relativas
Como sabemos, las estratigrafías son indicadores de cronología relativa y por lo tanto, para periodizarlas (o sea para conseguir en ellas valores cronológicos absolutos) necesitamos de indicadores absolutos.
El primer hecho que nos hace tener en cuenta nuestra experiencia es que los indicadores hay que considerarlos formando parte de un sistema, secuencial o sincrónico, pero nunca como datos aislados.
La estratigrafía forma una secuencia, referida a un sistema constructivo diacrónico.
Del mismo modo debemos considerar que las fechas absolutas no sean el resultado del análisis aislado de una pieza, sino sistemas de análisis efectuados sobre materiales homogéneos y formados por conjuntos de análisis conseguidos de forma que sirvan de contraste y convalidación entre sí.
A partir de este punto consideramos discutible la terminología de indicadores «absolutos» y «relativos» pues ni unos ni otros llegan a tener el valor que se les atribuye y que conlleva cierta consideración de autoridad definitiva para los primeros y de subordinación para los segundos.
Al contrario, los resultados de la estratigrafía en ocasiones ofrecen explicaciones que superan el mero marco de la coetaneidad o de la antero/posterioridad, mientras que los resultados absolutos sólo al contextualizarse ofrecen su verdadera cara de indicador relativo, perdiendo su valor absoluto y pasando a depender de la situación ante quem o post quem en que les coloca la estratigrafía.
Un ejemplo de lo primero lo presentan los procesos documentados en las primeras etapas de las iglesias de La Nave y de Bande, en ambos casos una primera de ruina y otra segunda e inmediata de reconstrucción y de conservación, que pueden interpretarse como que, una vez construidas, no sufrieron un abandono prolongado.
En el caso de Bande, esta situación entra en franca contradicción con el dato documental que asegura su abandono durante más de doscientos años; y en el de La Nave abre la posibilidad a su construcción inmediata tras la fundación de Zamora; en ambos casos enfrentándose al tradicional paradigma visigotista usado para datarlos.
Aunque mantienen su valor relativo, sin embargo proponen una interpretación del indicador absoluto.
Por su parte, los indicios de cronología absoluta deben someterse a su relativización, contextualizándose en la secuencia estratigráfica, frente a lo que hasta ahora estábamos acostumbrados, cuando integrábamos estos datos directamente en la argumentación histórica.
La estratigrafía, en este sentido, ayuda a la crítica argumental y se convierte en una herramienta previa y fundamental para la cronología ar-quitectónica.
Por eso la consideramos «columna vertebral» del análisis histórico de la arquitectura, tanto por la secuencia a que da lugar, diferenciando las estructuras pertenecientes a cada momento, como por su carácter definitorio con respecto a los indicadores absolutos8.
El análisis estratigráfico de Baños (Caballero y Feijoo 1998) permite asegurar la reutilización de los frisos decorativos que se utilizan como modelo tipológico, y por lo tanto como indicadores absolutos, unificando arquitectura y decoración.
Separar a ambos, haciendo más antigua la decoración, permite preguntar si se mantiene la cronología visigoda para ésta.
A su vez la pregunta arrastra al indicador cronológico inmediato: la inscripción, la cual, con la explicación anterior, aseguraba su importancia como indicador absoluto con respecto a la A en que se integraba (la iglesia original) y, con la actual, la pierde pues desconocemos si está reutilizada, como la decoración, o si realmente es coetánea a la arquitectura.
Atán, una iglesia tipológicamente románica, pero en realidad de época moderna, es otro ejemplo de cómo la cronología absoluta de una tipología decorativa no debe ser menospreciada sino contextualizada convirtiéndose con respecto al edificio en un indicador relativo post quem.
En la iglesia tardorrománica de Losa se reutiliza el material decorativo y también la inscripción, obligando a retrasar la fecha que hasta ahora le otorgaban como indicadores absolutos.
En el caso de La Nave, la reutilización de materiales decorativos lo explicamos dentro de un proceso coetáneo al de producción del propio edificio.
Por lo tanto, no siempre la demostración de la reutilización de ciertos materiales supone que existe un periodo prolongado entre la producción escultórica (en este caso) y su reutilización posterior.
También debemos ser cuidadosos con la tendencia a generalizar la reutilización de materiales como solución adecuada para los problemas de cronología absoluta que no se acomodan a nuestro modelo explicativo.
Antes de proponerlo así debemos confirmar la verosimilitud de los indicios que aseguran su reutilización.
El proceso de incendio sufrido por Suso es un ejemplo de cronología relativa que diferencia con nitidez un antes y un después y marca hasta dónde llegaba un edificio que sufrió una patología que le hizo sufrir pérdidas que hoy serían desconocidas de no hacer caso a las evidencias de sus quemaduras.
Su cronología queda flotante entre un techo y un suelo que permite datarlo en una fecha que concuerda con la del indicador absoluto que representa cierta noticia que atribuye el incendio a Almanzor.
Pero la evidencia del incendio no es razón suficiente para aceptar esta noticia si otros argumentos defienden con mayor seguridad su carácter de legendaria.
Otra manera de que un indicador absoluto pierda su valor de tal.
Mensiocronología, tipología y estratigrafía
Antes de seguir con los problemas entre las cronologías y los modelos explicativos nos referimos brevemente a este otro indicador absoluto, que forma parte de los en ocasiones llamados «cronotipológicos», aunque en realidad toda tipología (también la estilística), por el mero hecho de serla, conlleva un valor cronológico, no siempre absoluto.
La torre de San Pedro de Madrid presenta una gran variedad de tamaños en los ladrillos y de formas y dimensiones en sus juntas, de modo que las diferencias observadas son tales que, perteneciendo todo a la misma Actividad, impiden conformar grupos tipológicos diferenciados por sus características de medidas distintas entre las distintas partes de la obra (una observación parecida en Cobos 2002: 211-212, referida al castillo de La Mota).
Una llamada de atención para ser rigurosos en el momento de la toma de datos para una posible mensiocronología y procurar que ésta se avale por la ordenación estratigráfica, modo correcto de construir una tipología.
Efectivamente, las tipologías deben ser construidas a partir de estratigrafías que ordenen la secuencia en que cambian las características de elementos similares.
Tipología y estratigrafía 9: La última frase puede llevarnos a reflexionar sobre la utilización de recursos tipológicos para la diferenciación estratigráfica de las UEs.
Así no se tiene que acudir en primera instancia a la diferenciación por superficies o interfaces, que se distinguen en último lugar y sólo para confirmar la distinción formal previa y concretar el perímetro de las UEs diferenciadas o de sus grupos.
Esta utilización de características formales es lógica y se utiliza normalmente en la excavación, diferenciando los tonos de color o las distintas calidades de las tierras a la vez que se definen las superficies que las separan.
Existen, sin embargo, matices diferenciadores entre el subsuelo y el edificio.
No se puede decir que se construyan «tipologías» de tierras al excavar el yacimiento, ni nos interesa crearlas.
Tampoco sería correcto diferenciar a posteriori los estratos del subsuelo por la adscripción tipológica de los hallazgos cerámicos que se van produciendo, pues en realidad ocurre al contrario.
En el edificio no podemos decir que hagamos tipologías de aparejos o de materiales singulares al diferenciar estratigráficamente UEs, pero sí nos interesa utilizar las características de los materiales que los componen (aparejos, materiales manufacturados o resultados arqueométricos) para, después, poder construirlas (argumento utilizado por Tabales).
Esto también se hace en la estratigrafía geológica donde se distinguen los estratos (o las facies de estratos) por los fósiles que contienen.
En cualquier caso debe tenerse en cuenta que la diferenciación de UEs no se puede reducir a la diferenciación morfológica y que ésta se debe completar por un criterio propiamente estratigráfico, con la diferenciación de sus superficies y sus relaciones (también Azkarate 2002: 69-7012 ).
Además se debe tener en cuenta (caso de la torre de S. Pedro el Viejo de Madrid), que ciertas variaciones formales pueden ser sincrónicas y corresponder a distintas manos (las medidas de los ladrillos, las tallas, los perfiles), en este caso sin corresponder a diferencias espaciales, aparejadas en la misma UE; o a distintas etapas de obra, también correspondientes a una misma UE.
Contradicciones entre indicadores cronológicos y modelos explicativos
En segundo lugar tenemos los enfrentamientos entre los datos empíricos obtenidos por cronología absoluta o relativa, como 9 Agradezco a Agustín Azkarate las reflexiones que me ha hecho y las que ha forzado a hacerme sobre este tema que me preocupa desde hace tiempo.
Gracias a ellas he cambiado este párrafo, tanto que ha dejado de reflejar la «experiencia» del grupo, pasando a ser una de esas observaciones teóricas en las que no debería haber entrado.
10 Una vez tratadas las variables en conjuntos o «clusters» y definidas sus «interfaces de fase o de período», esto es, las interfacies (éstas con «i»).
Creemos que, aunque no se indica así en el texto (donde se dice «acciones constructivas relevantes»), se distinguen Actividades o grupos de UEs equivalentes a las facies geológicas. los datos de la arqueometría y de la estratigrafía, y los paradigmas o modelos explicativos que emplean otra serie de teorías y de datos obtenidos por comparación y por tipologías.
La dendrocronología es un método teóricamente considerada como de cronología absoluta pero que en nuestro caso debe considerarse de cronología «relativamente absoluta», pues al no enlazar las curvas construidas con fechas seguras de nuestro calendario, quedan flotantes, necesitando la ayuda del C14 para de este modo convertirse en relativamente absolutas.
Por otra parte, una curva sólo podrá llegar a tener un valor relativo en cuanto se relacione con otras que ofrezcan características dendrocronológicas similares.
La relación entre las interdataciones y la comparación entre curvas flotantes de distinta procedencia permite lograr sistemas.
En nuestro caso se llegan a proponer dataciones similares para un grupo de iglesias consideradas visigodas (Baños, La Nave), conclusiones aparentemente convergentes con el paradigma visigotista frente al mozarabista defendido por nosotros.
Sin embargo, el modelo de dataciones que proponen ambos sistemas no deja de presentar contradicciones internas (como el de justificar procedencias de maderas similares, de por sí excepcionales, de lugares excesivamente distanciados) o el de incluir en sus grupos, junto a iglesias consideradas visigodas, otras que tradicionalmente no lo son (Barriosuso).
Estas contradicciones obligan a comparar los datos y las teorías que ofrece cada paradigma, eligiendo entre ellos el que se considere mejor argumentado.
Sin que ello nos obligue a aceptar como autoridad indiscutible los resultados arqueométricos; pero sí a presentar con nitidez sus contradicciones y a plantear programas de investigación dedicados a su resolución.
Otro caso completamente distinto al anterior se da cuando no se aceptan los datos de la lectura estratigráfica ni las conclusiones que de ella se derivan, presentándose una teoría o una explicación muy diferente para explicar los datos, ignorando las relaciones de las UEs diferenciadas.
En realidad se trata del enfrentamiento entre un análisis de la arquitectura intuitivo y otro analítico y sistemático.
En el caso de la torre de S. Pedro de Madrid, nuestro análisis presenta un complejo sistema constructivo en que los muros de ladrillo actúan de encofrado del núcleo de calicanto de su parte inferior y a la vez de muro visto.
El análisis de este proceso constructivo, por más que sea una novedad en la construcción mudéjar, es un resultado automático de la lectura de UEs que componen su «estructura/Actividad» original.
La lectura del cimiento normalmente oculto de esta estructura ha podido realizarse gracias al rebaje producido en las escaleras por la reforma barroca que supuso una verdadera excavación sin propósito y gracias a la intención de recuperar el estado primitivo que provocó levantar la escalera quitectos y arqueólogos, con respecto a la existencia, importancia y funcionamiento de este método de registro del documento histórico, de carácter material y construido; falta una conciencia clara de su valor como método para restaurar y para el conocimiento histórico y se desconoce su uso como herramienta analítica.
Lo cual conlleva un consecuente fracaso de los intentos por generalizar su uso.
Inciden en ello, además, causas de carácter estructural.
Lectura obligatoria y previa a la intervención.
Se necesita, en cualquier caso, registrar el valor documental de los edificios históricos antes de que se intervenga en ellos.
Además se debe utilizar el método arqueológico como instrumento analítico de la intervención restauradora (patologías).
Para obligar a la salvaguarda del valor documental y para obligar a su utilización como instrumento analítico, se debe normalizar su uso, incluyéndolo y equiparándolo a la normativa de defensa del Patrimonio Arqueológico; esto es a la defensa del yacimiento arqueológico, considerando que la intervención restauradora destruye la evidencia documental de modo similar a la destrucción que provoca la excavación del subsuelo.
Esta normativa debe ser compatible con la normativa sobre defensa y restauración del Patrimonio construido.
No puede dejarse al voluntarismo la formación profesional de arquitectos y arqueólogos.
La formación debe incluir la compatibilidad de los métodos aplicados al subsuelo y a la estructura.
La formación debe ser teórica y práctica.
Algunas de las cuestiones que plantea por ahora la lectura de paramentos parece que se deberían resolver a través del encargo, encuadrado en la legislación de Defensa del Patrimonio y en normas administrativas.
Como hemos dicho, el encargo del análisis de arquitectura debe ser previo a cualquier tipo de intervención restauradora.
Es evidente que la intervención que se prevea efectuar debe tener una finalidad y que ésta debe estar en relación con las conclusiones del análisis arqueológico de la arquitectura.
Posteriormente, cuando se lleve a efecto el proyecto de restauración, debe existir un seguimiento que puede tener la categoría de excavación de los elementos constructivos.
También el proyecto de análisis arquitectónico se debe relacionar con las intervenciones en el subsuelo y con el estudio de las fuentes escritas, tanto si se efectúa el encargo de estos trabajos al mismo equipo o no, pero de modo que se tenga en cuenta cómo se van a interrelacionar los datos y las conclusiones obtenidas por los distintos equipos.
El análisis arquitectónico no se debe reducir a una parte del edificio, pues los cortes e hiatos pueden concluir una lectura incompleta y falseada de la secuencia que el |
11 Equipa coordenada por Luís Fontes. |
Desde hace dos décadas, el análisis estratigráfico se viene aplicando a las fábricas arquitectónicas con el objetivo del conocimiento y la formulación de hipótesis de periodos constructivos.
Este tipo de análisis representa además un momento de reflexión para el proyecto de restauración arquitectónica.
El análisis estratigráfico de la arquitectura brinda un cuadro abundante de los datos materiales que pueden ser objeto de conservación o eliminación según el criterio del proyectista, basado en su sensibilidad, conocimiento, intención, etc. El análisis estratigráfico no proporciona ningún tipo de indicación sobre la modalidad del proyecto más adecuada a cada caso y no es garante de la conservación de la información estratigráfica.
Efectivamente, la elaboración de un mismo análisis estratigráfico puede generar proyectos de restauración completamente diversos.
El objetivo del texto consiste en plantear los temas y las opciones proyectuales que se abren tras de la realización de un análisis estratigráfico de la arquitectura.
EL ANÁLISIS ESTRATIGRÁFICO APLICADO
A LA ARQUITECTURA El método del análisis estratigráfico, perteneciente a la disciplina de la arqueología, se viene aplicando desde hace dos décadas a la arquitectura (C. MILETO, 2000, p.
El análisis estratigráfico, que se aplica a las superficies de la arquitectura como única parte visible de los elementos arquitectónicos, consiste en una documentación de los datos materiales (materiales de construcción, técnicas constructivas, etc.) y en un análisis de las relaciones estratigráficas (de contemporaneidad y anterioridad/posterioridad) entre las Unidades Estratigráficas Constructivas (UEC).
La aplicación del análisis estratigráfico a la arquitectura desvela el interés de historiadores y arqueólogos que pueden recoger la información que permite ampliar el conocimiento histórico del edificio, de las técnicas constructivas, de las tipologías arquitectónicas, etc. En este sentido, el objetivo principal de este tipo de análisis consiste en la formulación de una hipótesis de las fases y periodos constructivos del edificio o de las fábricas analizadas pero, al mismo tiempo, existe un objetivo secundario en la confección de una exhaustiva documentación de los materiales y técnicas constructivas en su relación estratigráfica y dentro de una cronología relativa, que permite la ampliación del conocimiento de la historia de la cultura material.
Además, el análisis estratigráfico, en el momento que se aplica a la arquitectura, suscita también interés en los arquitectos que se ocupan de la arquitectura histórica y de su restauración y conservación.
En este sentido, este tipo de análisis de la arquitectura representa para el arquitecto una herramienta para su trabajo como estudio histórico material que proporciona datos sobre la historia del edificio.
Los datos histórico-materiales identificados representan una parte del estudio que el arquitecto debe realizar antes de redactar un proyecto de restauración.
El estudio previo (J. ESTEBAN CHAPAPRÍA, 1990, pp. 159-176) consiste en un conjunto de estudios de la mayor amplitud posible, a tenor del caso analizado, que permitan ampliar el conocimiento del edificio: estudios histórico-documentales, análisis estratigráficos, análisis de las patologías materiales y estructurales, estudios medioambientales, etc. Una vez recogida toda la información sobre el edificio, el proyectista puede proceder a redactar su proyecto en función de las necesidades identificadas (de conservación material, consolidación estructural, funcionalidad, etc.) y a las aspiraciones personales y de la sociedad (F. DOGLIONI, G. GIUNI, 1997, p.14).
Los datos recogidos en el análisis estratigráfico constituyen los documentos materiales que permiten el conocimiento de la historia del edificio pero, al mismo tiempo, componen la materia del edificio que el proyectista debe restaurar.
La manipulación de la materia y, por tanto, de los datos estratigráficos por parte del arquitecto puede verificarse de diversas maneras según los criterios de proyecto que el mismo arquitecto establece y en función del valor que se atribuya a los mismos datos estratigráficos.
De hecho, se les puede atribuir un valor documental que termina en el momento que se lee e interpreta el edificio o se pueden considerar como un valor añadido por su potencial ilimitado como documento susceptible de ampliaciones sucesivas en virtud de ulteriores estudios y puntos de observación diversos.
En este caso, si se considera el dato material como un ilimitado potencial de información, la conservación del mismo se antoja indispensable para salvaguardar la posibilidad de una continua revisión e interpretación.
POSIBLES CRITERIOS DE RESTAURACIÓN FRENTE A UN ESPACIO ESTRATIFICADO
Sin embargo, la redacción de un análisis estratigráfico no garantiza por sí sola la conservación de la misma estratificación.
A un mismo análisis estratigráfico puede seguir cualquier tipo de intervención en función de las expectativas que el proyectista se crea respecto al objetivo que pretende alcanzar: desde la reintegración de la imagen, la recuperación tipológica y la revalorización del espacio mediante una interpretación personal de los datos históricos y materiales; hasta la conservación de los datos materiales para proteger un conocimiento adquirido y para garantizar la posibilidad de nuevas lecturas a realizarse en un futuro.
En cada caso se pueden identificar una serie de ventajas y desventajas ligadas a los criterios y a los resultados de la actuación.
La homogeneización y la nueva configuración
El objetivo de la homogeneización es la eliminación de la complejidad del espacio estratificado, además de las razones funcionales y distributivas.
La ventaja de esta opción consiste en la funcionalidad que el edificio alcanza tras la intervención.
Las desventajas son múltiples: desde la destrucción u ocultamiento de la materialidad, hasta la pérdida total de las posibles lecturas futuras, pasando por la pérdida de la conciencia del usuario de la historicidad del lugar.
Se trata de la revalorización del espacio materializada por una selección de la estratificación so color de criterios de recuperación formal o de recuperación tipológica.
Los criterios de selección se amoldan a las situaciones específicas y pueden generar diferentes tipos de intervención: a) Recuperación de una configuración dominante o considerada prioritaria (fig. 1) En el caso de un espacio estratificado se puede plantear la recuperación de una configuración dominante o de una configuración juzgada más interesante según un criterio Fig. 1.
La intervención de recuperación de la configuración dominante en la ciudad amurallada de Carcassonne formal, histórico o tipológico.
Esta intervención se lleva a cabo mediante la eliminación de todos los añadidos posteriores.
La ventaja de este planteamiento reside en la recuperación de una imagen o tipología.
Las desventajas radican en la pérdida de los datos materiales que no son congruentes con la configuración recuperada y en la eliminación de posibles futuras interpretaciones diferentes respecto a la impuesta por el juicio crítico del proyectista.
b) Remoción selectiva de una configuración (fig. 2) Se trata del caso de edificios o espacios estratificados donde la estratificación se compone de dos o más configuraciones formalmente definidas y superpuestas.
Se puede optar por la recuperación de la configuración anterior con la eliminación de la o las configuraciones sucesivas sobre la base de un juicio crítico de valor histórico o tipológico.
La ventaja de ese planteamiento reside en la recuperación de unos datos históricos valiosos.
Pero las desventajas son importantes: frente a la recuperación de una configuración se pierde otra configuración que presenta un valor histórico-documental; además se pierde la posibilidad de eventuales lecturas de la estratificación del edificio en el futuro. c) Inserción de fragmentos dentro de una nueva configuración o musealización (fig. 3) Se trata de una intervención donde se seleccionan sólo algunos fragmentos de la estratificación como resultado de un juicio crítico con objetivos didácticos, expositivos o compositivos.
Las ventajas de esta opción residen en la conservación parcial de algunos fragmentos.
Las desventajas residen en: la eliminación de gran parte de los datos; la eliminación de posibles lecturas futuras de la estratificación cerrada en una interpretación indiscutible por parte del proyectista; la eliminación completa del contexto de los fragmentos que se reducen a simples hallazgos incrustados en una pared o sueltos en un espacio completamente ajeno, fragmentos incapaces de contar su historia.
La conservación integral (fig. 4) Los defensores de la conservación integral de la materialidad del edificio estratificado esgrimen esta opción como única intervención posible para conservar los datos y su lectura.
Las ventajas de esta opción son: la conservación integral de los datos materiales y de la garantía de las posibles lecturas en el futuro.
La desventaja más clara reside en el riesgo de una conservación indiscriminada de todas las huellas, desde las más reveladoras hasta las cicatrices banales originadas por la rutina constructiva reciente más convencional.
Una dificultad de esta actitud reside en el contraste que se puede producir entre los paramentos antiguos y los nuevos elementos insertados con objetivos funcionales.
Una interpretación equivocada de los criterios y las intenciones de la opción de la conservación integral puede llevar a realizar dos tipos de intervenciones: a) Exposición de la plasticidad del patch-work (fig. 5) Se trata de intervenciones donde se aprovechan la variedad y la fragmentación de la estratificación como una excusa es-tética.
La ventaja reside en la conservación de una gran cantidad de datos y en parte de la posibilidad de su lectura.
Las desventajas son: el riesgo de fetichizar la estratificación mediante la manipulación conceptual de los elementos; y la tentación de desnudar cualquier paramento sólo con el objetivo de encontrar un fondo sugerente para la arquitectura contemporánea.
b) Ostentación didáctica (fig. 6) La otra faceta de la interpretación equivocada de los criterios de la conservación de los datos consiste en la realización de una intervención dirigida a explicar ostensiblemente la interpretación de la estratificación.
La ventaja de este tipo de intervención sería la aparente conservación de los datos.
Pero la desventaja principal consiste en el congelamiento de la estratificación en una determinada hipótesis que no dejaría espacio a otras posibles interpretaciones futuras.
La aparente conservación integral se transformaría de esta manera en la momificación de un palimpsesto, que quedaría congelado en la ostentación de un conocimiento.
Según la línea de conservación que los autores de este texto están llevando a cabo desde hace unos años, difícilmente se podría abrazar plenamente una u otra opción precedentemente descritas.
Sin embargo en cada una de ellas existen aspectos aislados que pueden servir para la elaboración de una nueva alternativa de proyecto (MILETO C., 2004).
La conservación de la estratificación arquitectónica, según la línea que se propone, no se agota en la conservación de los datos materiales, sino requiere que el proyectista centre su atención también en las componentes de comunicación y vivencia de la arquitectura.
Por tanto, la conservación de la estratificación arquitectónica reside en tres elementos diferentes pero no excluyentes.
En primer lugar, la conservación de los datos materiales (materiales y técnicas constructivas) y de la posibilidad de un análisis futuro.
Garantizar simplemente la permanencia de los fragmentos congelaría la estratificación en la interpretación actual.
Es necesario garantizar la posibilidad de lecturas futuras para conservar realmente la estratifica-ción.
Este aspecto de la conservación se alcanza mediante la conservación material de los fragmentos (UEC) y de las huellas estratigráficas que permiten la lectura de las modalidades de transformación (bordes entre unidades, es decir la junta entre las diferentes UEC).
La conservación de los datos materiales se basa en el necesario conocimiento por parte del arquitecto de los mecanismos de estratificación que permite proyectar la propia intervención mentalidad estratigráfica como una fase más de la estratificación (F. DO-GLIONI, 1997, pp. 288-289).
En segundo lugar, la conservación del carácter estratificado de la arquitectura.
La arquitectura estratificada se presenta: heterogénea, es decir, compuesta por fragmentos diferentes entre ellos en textura, colores, técnicas, etc.; fragmentada, o sea, compuesta por elementos no concluidos que remiten a totalidades desaparecidas.
La presencia de estos fragmentos remite a la ausencia de espacios antiguos.
Los fragmentos constituyen la memoria de una historia personal del edificio y de una historia colectiva; y temporalizada, es decir, una arquitectura que con su configuración actual remite al paso del tiempo.
Es el tiempo de las generaciones que se suceden transformando el edificio y es el tiempo de la materia que se transforma lentamente y que con su disgregación permite entrever las fases constructivas anteriores.
La conservación de las tres características de la arquitectura estratificada es necesaria para la conservación de su carácter.
En tercer lugar, la conservación de la experiencia del fruidor frente a una estratificación arquitectónica.
La experiencia consiste en: la percepción de la materialidad, es decir, colores, texturas, formas, elementos llamativos, etc.; la experiencia de gusto ligada a la experiencia de la complejidad del espacio y a su legibilidad; y el conocimiento sensible ligado a la experiencia sentimental de la historia, del paso del tiempo y de la memoria.
La conservación de estos tres aspectos es necesaria para la conservación de la experiencia de la estratificación arquitectónica.
Estas expectativas de conservación (conservación de la materialidad, del carácter y de la experiencia) deberán evidentemente compatibilizarse con las exigencias de permanencia (material, estructural, etc.) y de vivencia (funcionalidad y decoro).
UN EJEMPLO DE PROYECTO DE RESTAURACIÓN ARQUITECTÓNICA
La fase previa de análisis estratigráfico
Durante los últimos años, los autores de este artículo han debido reflexionar y afrontar de manera directa los problemas anteriormente expuestos, especialmente en un estudio y sucesivo proyecto de restauración de una sala interna del Los muros perimetrales presentaban una estratificación de gran complejidad.
Tras la elaboración del análisis estratigráfico constructivo, se detectaron cinco periodos principales en su configuración actual, que se ordenaron según una cronología relativa.
Una vez contrastados estos datos con los documentos históricos, estos cinco periodos se identificaron con los siguientes lapsos de tiempo: el primer periodo, subdividido en dos fases, desde mediados del siglo XIV hasta 1492, fecha de la reconquista de Granada; el segundo periodo, también dividido en dos fases, desde 1492 hasta 1528, fecha de confección del plano de la Alhambra de Machuca; el tercer periodo, sin apenas documentos históricos de apoyo referentes a esta sala, desde 1528 hasta 1923, un prolongado periodo que se ha dividido en cuatro fases; el cuarto periodo, dividido en dos fases, desde 1923 hasta 1936, es decir, correspondiente a las actuaciones de Leopoldo Torres Balbás en la Alhambra; y el quinto periodo, desde 1936 hasta nuestros días.
Esta hipótesis de periodos constructivos, además de proporcionar un conocimiento de la posible evolución del espacio en el tiempo, asume un rol de gran importancia en el análisis de los ámbitos arquitectónicos que se han ido superponiendo en el mismo espacio.
Al mismo tiempo, este tipo de lectura nos permite considerar la unidad estratigráfica no sólo como elemento por sí mismo o testimonio material, sino como parte o testimonio de un determinado espacio histórico.
En este sentido, el proyecto de restauración posterior del espacio debería tener en cuenta no sólo la unidad estratigráfica en sí misma sino el conjunto de unidades que caracteriza la huella de un determinado ámbito arquitectónico.
Para este estudio, se ha partido de la hipótesis de periodos, fases constructivas y unidades homogéneas de obra elaborada previamente a partir del análisis estratigráfico constructivo.
Cada plano de ámbito arquitectónico refleja las fases de un determinado periodo correspondientes a dicho momento de la evolución del espacio de la sala más todas las unidades pertenecientes a los periodos precedentes.
Se ha detectado la existencia de siete ámbitos diferentes correspondientes a los cinco periodos constructivos definidos previamente.
Se han realizado una serie de observaciones específicas para la restauración de esta sala, que son independientes de la estratigrafía y se pasan a describir.
En primer lugar, se deben distinguir las superficies según su voluntad de duración, de modo que existen superficies de acabado que requieren una renovación periódica (por ejemplo los encalados periódicos de los paramentos exteriores) o superficies que fueron pensadas como acabados definitivos (por ejemplo estucos interiores o paramentos de sillería o fábricas de ladrillo perfectamente aparejado).
Por consiguiente, se trata de observar las características de acabado de las superficies: superficies creadas para permanecer a la vista frente a superficies nacidas para ser recubiertas, superficies pensadas como renovables frente a superficies de acabado definitivo.
En segundo lugar, la degradación de las superficies puede ser tan acentuada que obligue a una intervención necesaria de consolidación.
Cabría distinguir otro factor entonces que discerniera las superficies muy degradadas de las superficies bien conservadas.
En tercer lugar, otro factor de carácter perceptivo a tener en cuenta, no por ello soslayable, es la diferente relación con la superficie del paramento en función de su altura relativa respecto a la vista humana.
Así, se pueden distinguir tres bandas horizontales de influencia: inferior o zócalo, central o entorno y superior o friso.
La ubicación inmediata de la zona de entorno respecto de la vista humana requiere de una atención especial en el tratamiento.
Por otro lado, la ubicación mediata de la zona zócalo o la zona friso respecto de la vista humana, permiten un tratamiento más libre, rugoso o irregular.
Por último, cabría distinguir entre los conceptos de ámbito y espacio.
La palabra espacio indica la organización tridimensional de los elementos que constituyen un lugar y posee connotaciones relacionadas con la geometría y el volumen.
En cambio, la noción de ámbito recoge el contenido semántico de espacio y lo enriquece y amplía al incorporar también cualidades sensibles como la atmósfera, la luz, el color, la materialidad y la textura de los muros que conforman ese ámbito.
La propuesta de proyecto no debería perseguir tanto la recuperación del espacio de antaño, entendido como volumetría, sino más bien la evocación de los ámbitos a través del mantenimiento en la medida de lo posible y lo razonable de las cualidades físicas de los muros que lo conforman.
Descripción de las diversas opciones de intervención
Para la toma de decisiones del proyecto, partiendo de diferentes criterios, se realizaron seis propuestas de intervención cuyo impacto en la realidad se ha estudiado gráficamente, con la descripción de las actuaciones previstas en cada caso y el conjunto de ventajas e inconvenientes que reúne cada intervención, expuesto en modo que se pueda ponderar la bondad de cada una de las opciones.
Las intervenciones se han ordenado de la más inocua con los muros existentes, que respeta todas las huellas existentes (propuesta 1), hasta la más sumaria en el tratamiento de los mismos, que cancela dichas huellas en aras de una homogeneización del tratamiento interior de los espacios (propuesta 6).
Todas estas opciones varían únicamente en el tratamiento de las superficies, y comparten una misma distribución en planta e idéntico tratamiento de los huecos existentes, cuya configuración se ha justificado en los capítulos anteriores.
En la primera propuesta (conservación y consolidación del estado actual según las modalidades de una conservación integral) se prevé la limpieza de los muros, la consolidación de los mismos con consolidantes transparentes (agua de cal, silicato de etilo...) y la fijación de los enlucidos existentes.
La ventaja reside en la conservación integral de los datos y su lectura.
La desventaja principal consiste en la conservación indiferenciada de cualquier tipo de huella.
Siguen tres propuestas de conservación selectivas sobre diferentes bases conceptuales.
En las tres la ventaja radica en la conservación de los datos materiales, algunos visibles y otros ligeramente velados.
La desventaja reside en la pérdida parcial de la lectura de la estratificación.
Una de ellas (propuesta 2) consiste en la consolidación del estado actual y cubrición de las superficies degradadas con una lechada de cal.
Previa limpieza de los muros existentes, se propone una consolidación de los mismos y, únicamente en el caso de las superficies degradadas, la aplicación de una lechada de cal que repare las mismas y les confiera un aspecto más decoroso a través de un revestimiento translúcido uniforme.
Otra opción (propuesta 3) consiste en la diferenciación por ámbitos históricos y espaciales mediante la aplicación selectiva de aguas, lechadas y enlucidos de cal.
Se trata de la combinación de los tratamientos de limpieza, consolidación, aplicación de lechadas y enlucidos de cal sobre las superficies de una manera selectiva y crítica, que persiga la diferenciación de los ámbitos.
Y la siguiente (propuesta 4) consiste en el revestimiento de aquellas superficies que históricamente estaban revestidas.
Se trata de revestir con un enlucido de cal de manera coherente con su disposición original, todas aquellas superficies concebidas en su día como revestidas, con independencia de otras consideraciones de tipo histórico-constructivo.
Por último, siguen dos diferentes propuestas de homologación de las superficies.
La ventaja reside en la eliminación de la simplicidad del espacio.
La desventaja reside en la pérdida de los datos, de su lectura y de la percepción de la historicidad del lugar.
Una de estas alternativas (propuesta 5) consiste en la aplicación de una veladura de lechada de cal sobre el conjunto de las superficies, con independencia de su lógica histórico-constructiva y su estado precedente visto/enlucido.
Y la última opción (propuesta 6) consiste en el revestimiento opaco y uniforme con enlucido de cal de todo el interior del espacio, ignorando todas las huellas y datos estratigráficos y materiales.
Entre todas la opciones barajadas se considera que la propuesta 3 ofrece un buen compromiso entre las expectativas de conservación (conservación material, del carácter y de la experiencia) y las necesidades de permanencia (estructurales, materiales, etc.) y de vivencia (funcionalidad y decoro).
Con las ideas propuestas en este breve texto se ha pretendido evidenciar la necesidad de una reflexión profunda y un análisis razonado de las diversas opciones de intervención en el momento de redactar un proyecto de restauración sobre una arquitectura estratificada.
Es innegable la enorme responsabilidad del arquitecto restaurador en el momento de proyectar y realizar una obra de restauración sobre una arquitectura estratificada que, además de constituir un conjunto de datos históricos documentales auténticos y únicos, representa una arquitectura que transmite mensajes gracias a sus características físicas y a la percepción de las mismas.
El proyectista, por tanto, además de aguzar los sentidos frente al carácter heterogéneo, fragmentado, y temporalizado de la arquitectura estratificada, debería aprender a entender y apreciar el lenguaje de la estratificación no sólo para poderla analizar, tarea que en gran parte ya realizan otros especialistas (historiadores y arqueólogos), sino sobre todo para llegar a estimarla en un grado suficiente que le permita proyectar una intervención cuidadosa y respetuosa de los datos materiales y de sus significados inmateriales. |
templa sus herramientas y desarrolla sus principios gracias a las continuas experiencias llevadas a cabo de acuerdo a un modelo de trabajo y reflexión crítico.
En este caso, hemos pretendido un acercamiento al tema de las lagunas estratigráficas, concepto que encierra distintos procesos (hiatos, vacíos erosionales) y que identificamos gracias a las superficies negativas.
Su definición y documentación es, a menudo, clave en el análisis arqueológico de la arquitectura histórica.
Las diferentes intervenciones efectuadas por nuestro equipo2 dentro del marco de la Arqueología de la Arquitectura han provocado frecuentes discusiones internas de diferente índole durante el desarrollo de los trabajos, tanto frente al objeto de estudio, cuando se lleva a cabo la toma de datos, como durante la labor posterior de análisis y síntesis de la información obtenida.
Nuestra intención es presentar una serie de reflexiones fruto de los trabajos arqueológicos que durante estos últimos años hemos realizado en edificios históricos muy diversos morfológica y cronológicamente, aunque la mayoría se caracterizan por desempeñar una función cultual.
La aplicación del método estratigráfico a la comprensión de los alzados construidos implicó la aparición de cuestiones que afectaban tanto a su cuerpo teórico como a su puesta en práctica.
Las lecturas de sus paramentos tenían como objetivo principal obtener una secuencia estratigráfica completa que permitiese reconstruir su vida histórico-constructiva.
Pero en casi todos los casos nos hemos encontrado con problemas que han sido, en cierta medida, el motor de las reflexiones metodológicas que pretendemos presentar a continuación.
Entre todas esas cuestiones surgidas, optamos en un principio por tratar el concepto de hiato a merced de las dudas que nos provocaba su uso e identificación.
Sin embargo, a medida que nos adentramos en la elaboración de este trabajo, el camino fue conduciéndonos paulatinamente al tema de las lagunas estratigráficas, cuya importancia a la hora de precisar las unidades y etapas que configuran los conjuntos estudiados hace necesario, en nuestra opinión, profundizar en su conocimiento.
Por lo tanto, a partir del acercamiento al término de hiato, fuimos encontrando otra serie de conceptos que podían llevar a confusión en el proceso de documentación de la secuencia estratigráfica.
Por ejemplo, no se debe desestimar la individualización y uso de las superficies, las cuales cuando constituyen unidades negativas no reflejan hiatos (ausencia de deposición estratigráfica), sino vacíos erosionales (desaparición de una deposición previamente ocurrida).
Por otro lado, la constatación de unidades que podríamos denominar «unidades recuperadas», aquellas que existieron y que conocemos gracias a su documentación en fuentes complementarias (fotografías, textos), nos enseña que los resultados de las lecturas están condicionados por los elementos que conserva el edificio.
En este sentido, debemos tener en cuenta que tanto las fuentes escritas como las materiales (edificio) son siempre parciales, reflejo selectivo de la acción del tiempo.
Las fuertes transformaciones históricas y, sobre todo, las frecuentes y, a menudo, agresivas restauraciones contemporáneas pueden llevarnos a obviar la existencia de actividades de las que es imposible reconocer sus huellas materiales.
Como ya es conocido, el método estratigráfico arqueológico es la traslación del sistema de análisis del subsuelo geológico a nuestra disciplina.
Posteriormente, el análisis estratigráfico se ha incorporado y adaptado al estudio de los edificios históricos.
Por lo tanto, diferentes objetos de estudio, suelo y construcción, están amparados por un sistema metodológico de análisis común.
Por ello y en relación a la cuestión que aquí nos ocupa, para definir dentro del ámbito de la arqueología de la arquitectura los hiatos, queremos, primero, presentar lo que entienden en este sentido la geología y la arqueología respectivamente, para, seguidamente, hacer una relación de diferentes problemas a los que nos hemos enfrentado durante el análisis de distintos edificios y explicar cómo hemos intentado solucionarlos.
De acuerdo a la definición expuesta por los geólogos Dabrio y Hernando (2003)3, dentro de la estratigrafía geológica se identifica la laguna o discontinuidad estratigráfica como el lapso de tiempo no representado por sedimentos.
Este concepto encierra a su vez dos subtipos de discontinuidad: el vacío erosional, entendido como un espacio de tiempo no representado por haber sufrido la acción de la erosión; y el hiato, como espacio de tiempo sin representar por no haber tenido lugar la sedimentación correspondiente.
Es decir, mientras en el caso del hiato, la sedimentación no se produce, en el del vacío erosional, la deposición, por el contrario, sí tuvo lugar, pero no tiene refrendo material por causa de alteraciones posteriores que modificaron el proceso de estratificación.
Estos presupuestos se basan en la ausencia de columnas estratigráficas geológicas completas en los registros sedimentarios de aquellas regiones estudiadas, lo que ha dado lugar a la composición de estratigrafías parciales. proceso uniforme y continuo y que está afectado por los fenómenos de erosión que son siempre irregulares.
Por el contrario, de la lectura de los manuales arqueológicos se deduce una heterogeneidad en el uso de los términos que designan los fenómenos de discontinuidad.
De hecho, las referencias con las que contamos son escasas.
Harris (1991: 85) únicamente se refiere a las discontinuidades como elementos interfaciales o unidades negativas que son el resultado de la destrucción de la estratigrafía previa, mientras que reserva el término de «interfacies» 4 para hablar de los lechos o superficies de las unidades positivas.
Carandini (1997: 77) asimila las lagunas estratigráficas, las «interfacies» y las superficies en sí como un mismo fenómeno.
Sólo en Caballero (1995: 40 y 1996: 63) encontramos una breve referencia al hiato de acuerdo a la aplicación de la estratigrafía al análisis murario.
De acuerdo con la pauta de la definición geológica, Caballero entiende incorrectamente el hiato trastocándolo con el de vacío erosional, es decir, como «cortes con los que han desaparecido elementos que documentaban fases y actividades desde entonces no representadas».
En conclusión, en geología el hiato se identifica con la ausencia de sedimentación, mientras que en Arqueología de la Arquitectura, de la única referencia que tenemos, la de Caballero (1995Caballero ( y 1996)), se deduce un uso incorrecto del término hiato como vacío erosional, es decir, como una superficie negativa creada por la desaparición de una unidad previa.
Quizás la acepción vulgar del término hiato, equivalente a corte, llevó a Caballero a equipararlo con el contenido completo del principio de las discontinuidades.
Por ello, proponemos recuperar el uso preciso de la terminología geológica si, con las necesarias matizaciones, ésta se presenta como adecuada a la experiencia estratigráfica en la arquitectura.
Con los siguientes ejemplos queremos hacer hincapié en cómo las lagunas estratigráficas se documentan gracias a la individualización de las superficies negativas y cómo hay ciertos procesos históricos que, aunque no han dejado huella en el registro estratigráfico, por lo que no pueden tratarse como discontinuidades, deben ser tenidos en cuenta a la hora de reconstruir la evolución del yacimiento.
SAN MILLÁN DE LA COGOLLA, SUSO (LA RIOJA).
La conocida iglesia de Suso ha gozado de una breve comprensión evolutiva de su estructura 5, la cual se intentó fijar, corregir y enriquecer con la lectura de paramentos efectuada recientemente dentro y, en cierta medida, posteriormente al programa de restauración que impulsó su realización (CA-BALLERO, 2002 y 2005).
De acuerdo a los resultados de la lectura de sus alzados, un fuerte incendio parece haber sido el causante del deterioro del material empleado en su construcción.
La superficie interna de los paramentos pertenecientes a las dos etapas prerrománicas de la iglesia6 presenta, en consecuencia, una notable degradación apreciable en las aristas escantilladas de los sillares, en la exfoliación y en los cambios de colores de sus caras o superficies.
Este hecho podría corresponder al momento histórico recogido en las fuentes documentales, las cuales culpan a las razias dirigidas por el caudillo Almanzor de la destrucción intencionada del templo en el año 1002.
La existencia de algunas estructuras originales, hoy perdidas, se puede constatar precisamente gracias al incendio.
La ausencia del color rojizo y de la exfoliación de la sillería caliza constituye una «huella en blanco» o «negativo» que sirve como guía o indicador de la presencia primitiva de un elemento que actuó como obstáculo al impacto del fuego.
Así ocurre en la fachada oriental (Fig. 1), donde una franja vertical (A 116) refleja la construcción de un muro en un momento ligeramente posterior a la segunda iglesia prerrománica, pues su pérdida o desmonte ha dejado una marca, pero no enjarjes que permitan confirmar su coetaneidad.
Por lo tanto, la constatación de este muro a través de su huella introduce una nueva etapa en la secuencia histórica del edificio: una obra posterior a la segunda iglesia, conocida generalmente como mozárabe, y previa al incendio, atribuido a Almanzor.
Se trata de una superficie negativa, un vacío erosional, que permite identificar una estructura desaparecida posiblemente como resultado de las obras de restauración efectuadas en época contemporánea si nos atenemos a la secuencia estratigráfica resultante.
Del mismo modo, la impronta del fuego también se convierte en un indicador para etapas posteriores, las cuales no sufrieron su efecto.
Así, la obra protorrománica7, como todas las ejecutadas después, no muestra evidencias de haber sido atacada por un incendio.
Por lo tanto, una superficie negativa se convierte en una unidad decisiva que marca de manera muy clara un antes y un después en la vida de la construcción, independientemente de que podamos hacerla corresponder con una causa histórica precisa8. ) evidencia la presencia de varios cuerpos constructivos alzados en distintos momentos históricos.
Los correspondientes a la etapa más antigua de la ermita son los integrados por una pequeña nave con ábside semicircular y cubierta abovedada que, por presentar sus materiales constructivos claras huellas de reutilización, tanto en la fábrica de sillería como en su escultura de factura románica, nos permite llevar la fase inicial a un momento post-románico.
En el lateral norte de la nave primigenia de la ermita se conserva el arranque de un muro que adscribimos a la etapa original del edificio y que permite plantear la reconstrucción espacial de esta parte y proponer, con la ayuda de otros argumentos, como es la presencia de un vano norte original en el mismo muro, la existencia de un ámbito al norte de la nave.
Por lo tanto, el corte o destrucción del muro es una superficie negativa, discontinuidad que refleja la ruina de esta obra (Fig. 2).
NUESTRA SEÑORA DE LA ASUNCIÓN DE VIÑASPRE (ÁLAVA).
Este edificio encierra fundamentalmente dos grandes etapas edilicias, de las cuales la moderna pretendía la sustitución total de las previas.
De la obra original bajomedieval se conservan los pies de la nave, mientras que de la nueva construcción adscrita a época moderna se llegó a construir el ábside y los dos tramos abovedados de la nave (Fig. 3).
La lectura (CABALLERO, 2003a) testimonia cómo el proceso constructivo contemplaba el desmonte de la obra antigua de manera simultánea al alzado de la nueva, cuyo estado inacabado favoreció la conservación de los tramos bajomedievales mencionados.
La huella de su desmonte es, de nuevo, una superficie negativa.
No se acometieron otras empresas edilicias entre ambos momentos históricos: la iglesia bajomedieval se mantuvo en uso hasta el comienzo de las modificaciones de época moderna y parcialmente hasta nuestros días, constituyendo aún hoy el cierre occidental de la nave (Fig. 4).
El análisis estratigráfico de la torre, el cual nos muestra en esencia un cuerpo unitario, permitió reconocer un interesante proceso constructivo (CABALLERO y MURILLO, 2004).
El muro perimetral se ejecuta en dos tipos de técnicas paramentales que no significan dos etapas históricas.
La lectura identifica un encofrado de calicanto forrado al exterior por un paramento de ladrillo en la zona basal.
Desde el punto en que la escalera comienza a ser volada, paramento exterior e interior se alzan en ladrillo, por lo que la fábrica de calicanto queda oculta como núcleo del muro.
La misma combinación de material se aprecia en el machón central rectangular.
Entre ambos cuerpos, pertenecientes a un mismo proyecto de obra, y en la parte baja, discurre una estructura ejecutada en fábrica de adobe.
Este cuerpo funciona como encofrado para la obra de calicanto y como soporte constructivo en el primer tramo de la torre, donde la escalera todavía no es volada y aprovecha el hueco abierto por él.
¿Cómo hemos podido establecer tal distinción?
Función y proceso constructivo se entrelazan en la comprensión de las unidades de esta torre.
El alzado de las tres fábricas acontece simultáneamente.
El basamento de calicanto es contenido por el forro de ladrillo y, donde comienza la escalera, se introduce el adobe que acompaña a la obra hasta la altura donde la escalera se hace exenta.
La identificación de la superficie dejada por el ladrillo de barro en el muro fraguado de calicanto durante la labor de desmonte (Fig. 5), simultánea a la realización del tramo bajo de la es- IGLESIA DE SAN ESTEBAN DE ATÁN (LUGO) 9.
La iglesia situada en el municipio de Atán se pretendía como románica de acuerdo a la tipología formal e iconográfica de sus motivos decorativos.
Como más adelante exponemos, los resultados de la lectura paramental modificaron esta teoría al adscribir la construcción actual a un periodo bajomedieval muy posterior.
Lo único que nos queda en realidad de época románica es la torre, en la cual se constata una laguna estratigráfica.
Las fuentes modernas nos informan de su uso hasta finales del XVIII.
En la segunda mitad del siglo XIX, es desmochada con motivo de la construcción de la casa parroquial en este lado de la iglesia.
Este hecho se reconoce en la superficie horizontal negativa bastante regular que recorre todo el perímetro de la torre y en el cambio de la técnica paramental entre ambas partes, inferior y superior (Fig. 6).
Si se acometieron reformas constructivas de entidad entre el siglo XII y el XIX, sólo podremos conocer las que afectaron a la parte inferior conservada.
De lo contrario, se han perdido para la historia, pues tampoco fueron recogidas en las fuentes escritas.
El análisis estratigráfico de un edificio histórico requiere de la consulta de la documentación complementaria existente sobre el mismo.
Los artículos de síntesis, las monografías, las memorias de restauración y los documentos custodiados en los archivos históricos pueden testimoniar acciones histórico-constructivas que nos ayuden a establecer y/o comprender la secuencia obtenida en la lectura del documento material, es decir, la construcción.
Por lo tanto, en ellas podemos recuperar una serie de unidades que no se reflejan en el registro arqueológico.
Descripciones, dibujos y fotografías deben ser valoradas de una forma crítica y complementaria, nunca determinante, en la labor de comprensión y datación de la arquitectura.
IGLESIA DE SAN PANTALEÓN DE LOSA (BURGOS).
En el análisis arqueológico de sus paramentos podemos reconocer dos fenómenos que a priori se prestan al uso del término de discontinuidad.
En el ábside, la fábrica original de sillería soporta una cubierta de tejas contemporánea, adscripción que podemos confirmar gracias a las fotografías antiguas (ÍÑIGUEZ, 1941), las cuales nos permiten reconocer una fase intermedia hoy inapreciable en el registro material (Fig. 7).
Se trata de un recrecido de mampostería realizado en un momento determinado para unificar las cubiertas del edificio.
Las restauraciones efectuadas bajo el mando del arquitecto F. Íñiguez conllevaron posiblemente su desmonte al independizar de nuevo las cubiertas de cada cuerpo constructivo.
El nuevo tejado del ábside se asienta directamente sobre los muros primitivos.
De este modo, la documentación gráfica nos permite reconocer una unidad y una fase que hoy no existe.
Se documenta la ausencia de una unidad, un vacío erosional, que no podemos reconocer con las herramientas estratigráficas, ya que el asiento de este recrecido y de la cubierta actual se efectúa en el mismo lugar, sobre el remate superior de los muros y no deja marca alguna.
El segundo fenómeno al que nos referimos se resume en la sospecha sobre la existencia de una iglesia previa, bien 9 Publicada en esta misma serie por Caballero y otros (2003). en el mismo lugar, bien en las proximidades de la actual.
Tal posibilidad se basa en el carácter reutilizado de los materiales constructivos y decorativos, cuyo programa iconográfico confirmaría además una misma advocación, y en los datos que aportan los documentos de donación 10, en los que se cita la iglesia de San Pantaleón con anterioridad a su consagración en 1207, fecha que aparece reflejada en el epígrafe, también posiblemente reutilizado, situado en el interior del edificio.
A partir de todos estos datos parece evidente la presencia de uno o varios edificios anteriores, de los cuales desconocemos su ubicación, forma y relación con la iglesia estudiada 11.
SAN MARTÍN DE ARLUCEA (ÁLAVA).
Los Libros de Cuentas constituyen una rica fuente de información documental para la época moderna de la iglesia, en la que se ha constatado una amplia secuencia estratigráfica (CABALLERO, 2003b).
En ellos se testimonia, entre otras actividades constructivas llevadas a cabo en el edificio, la existencia de una torre que sufre sucesivas restauraciones.
La actual torre es unitaria y, además, su relación con diferentes partes de la iglesia, a las cuales se adosa, permite situar su construcción a comienzos del siglo XX (Fig. 8).
11 El informe de excavación tampoco constata estructuras previas que puedan identificarse con un edificio cultual anterior en el lugar. fuentes escritas y los vestigios materiales manifiesta una contradicción que sólo puede ser resuelta de la siguiente manera: hubo una torre perdida, de la cual tampoco conocemos su ubicación, pues pudo estar donde la actual o en otro sitio, y que únicamente tenemos atestiguada en los Libros de Cuentas.
En consecuencia, tanto en Losa como en Arlucea, las fuentes escritas y gráficas permiten reconocer unidades y actividades sin reflejo material ni estratigráfico las cuales hemos denominado unidades recuperadas.
Aunque corresponden a elementos perdidos, el hecho de que podamos conocerlos a través de fuentes complementarias los convierte en «unidades reconocibles».
¿Se deben entonces numerar como si fueran unidades estratigráficas convencionales, es decir, reconocidas a través del registro material?
Creemos que deben ser expuestos en las conclusiones del análisis, pero su introducción en el listado de unidades es inadecuada y puede conducir a la confusión, pues, evidentemente, las unidades recuperadas en las fuentes carecen de relaciones físicas.
IGLESIA DE SAN ESTEBAN DE ATÁN (LUGO).
La documentación escrita en la que se menciona la existencia de una iglesia prerrománica en Atán y el empleo de tres piezas consideradas como celosías adscritas a la misma cronología suscitó la lectura del edificio con el objetivo de intentar constatar estratigráficamente dicha etapa histórica.
A estos indicios, se habían sumado unas estructuras anteriores aparecidas en la excavación previa del interior.
Sin embargo, la lectura de sus paramentos contradecía esta hipótesis, pues la iglesia actual reutiliza elementos decorativos (capiteles y canecillos) y arquitectónicos (portadas) de época románica.
La iglesia es, por lo tanto, de un momento posterior al siglo XII.
Ante este cambio de cronología y la confirmación de que las celosías consideradas como prerrománicas no son tales, sino cruces caladas reempleadas en los muros modernos y contemporáneos, los argumentos originales fueron cayendo12.
Sólo una de las piezas puede aceptarse como celosía prerrománica, pero su procedencia es, obviamente, incierta, por lo que no puede ser empleada para defender una iglesia prerrománica en el mismo solar.
De nuevo, nos encontramos con una iglesia que no corresponde al contenido de las fuentes escritas, lo que tampoco evita que el edificio al que éstas se refieren exista en un lugar cercano.
El Atán que nosotros vemos no es el prerrománico, pero tampoco podemos confirmar dónde se encuentra éste.
A tenor de lo aquí expuesto, vemos cómo los hiatos corresponden a una ausencia de actividad que suponga estratificación en sí y, por ello, no son más que un lapso de tiempo, el periodo transcurrido entre la deposición o construcción de dos unidades consecutivas.
Un hiato se reconoce justamente por carecer de representación material, hecho que se refleja en el diagrama por la comparación con otros casos semejantes.
Tan sólo podrá reconocerse cuando no se haya producido un vacío erosional o superficie negativa entre dos elementos, dado que su acción nos ocultaría entonces el hiato.
De acuerdo a esta conclusión, se nos plantea de qué forma identificar los hiatos como tales, es decir, como horquillas temporales no representadas.
La secuencia estratigráfica de un yacimiento muestra una consecución de unidades, entre las cuales, la ausencia de evidencias materiales impide afirmar la existencia de otras intermedias desaparecidas, cuya memoria sería difícilmente recuperable sin una documentación complementaria.
Nos parece sugestivo mirar a la estratigrafía del yacimiento de cualquier espacio urbano, difícil de abarcar y similar al modelo de registro que efectúa la geología para reconocer su estratigrafía, que como hemos indicado al comienzo sufre por la ausencia de columnas estratigráficas completas.
Igualmente, el edificio estará afectado por esta carencia y por lo tanto no podrá aportar nunca una secuencia que nos permita afirmar que es completa.
Si la recuperación de materiales de fases previas en unidades de épocas posteriores puede reflejar que la discontinuidad encierra un vacío erosional y, del mismo modo, su ausencia puede interpretarse como un hiato, como sería el caso del abandono o despoblamiento de un yacimiento, en la arquitectura, por el contrario, el material reutilizado en etapas ulteriores no implica la necesaria existencia de una obra previa en el lugar.
En conclusión, será a partir de las superficies negativas (desmonte, derrumbe, destrucción) cuando podamos documentar las lagunas estratigráficas.
Sin embargo, en el caso de que se produzca una fuerte transformación que suponga la eliminación completa de un elemento y que las alteraciones posteriores impidan constatar la superficie negativa, como ejemplificaba el caso de las cubiertas de Losa, la unidad sólo podrá ser recuperada gracias a la obtención de documentación complementaria.
Por lo tanto, con el término de laguna estratigráfica se englobaría tanto a los hiatos como a los vacíos erosionales. |
Propuesta que se encuadra en el estudio de una serie de edificaciones anteriores al románico en la Diócesis de Vitoria, supuestamente inexistentes hasta el momento, en el marco del análisis de las técnicas constructivas medievales del territorio.
Para ello se debía contar con una muestra de edificios bien fechados, algo imposible hasta la fecha dado que la historiografía negaba la existencia de iglesias prerrománicas en Álava.
Por esto era necesario conseguir una muestra sobre la cual trabajar, para lo que se recurrió a un proceso de selección de edificios en los que se conservaran evidencias anteriores al románico, diseñándose el modelo de prospección que presentamos.
I. CONTEXTO DEL TRABAJO
El presente trabajo forma parte de un proyecto más amplio orientado a la elaboración de una Tesis Doctoral bajo la dirección de Agustín Azkarate, en el que se analiza una serie de edificaciones anteriores al románico en la Diócesis de Vitoria, supuestamente inexistentes hasta el momento.
La investigación se centra en el análisis de las técnicas constructivas altomedievales, para lo cual era necesario contar con una muestra de edificios bien fechados.
La historiografía negaba la existencia (o al menos la conservación) de iglesias prerrománicas en Álava, hipótesis que considerábamos equivocada.
Para conseguir la muestra sobre la cual trabajar era necesario recurrir a un proceso de selección de edificios en los que se conservaran evidencias anteriores al románico, diseñándose para ello el modelo de prospección que presentamos.
ANTECEDENTES DE PROSPECCIÓN EN ARQUEOLOGÍA
DE LA ARQUITECTURA Las actuales técnicas de prospección, encuadradas de manera preferente en la arqueología del paisaje, sientan sus bases en el influjo positivista de la New Archaeology surgida entre las décadas de 1960 y 1970.
En las últimas décadas ha habido un importante desarrollo en este campo, renovando tanto las técnicas como los objetivos, gracias principalmente a la influencia británica; una de sus principales características es la de centrar su labor en el reconocimiento de asentamientos desaparecidos (despoblados) o de estructuras abandonadas.
Sin embargo, no hay ningún manual u obra de referencia sobre metodología de prospección que mencione al patrimonio edificado o a la arquitectura actualmente en uso como un recurso apto para el estudio del territorio (QUIRÓS, GOBBATO 2003).
En los últimos años, con el avance de la arqueología postclásica, con el estudio del mundo medieval y moderno con criterios científicos, el campo de actuación del arqueólogo se fue desplazando hacia espacios actualmente ocupados por el hombre; se incluyen ahora, entre su material de estudio, elementos que se mantienen en uso desde el momento histórico objeto de interés del investigador.
Esta situación motivó un importante cambio de perspectivas tanto a nivel teórico como metodológico, con el surgimiento de dominios específicos de trabajo con un notable desarrollo y gran proyección como la arqueología urbana.
En este mismo contexto debemos situar el cambio de orientación que lleva a considerar como objeto de la prospección arqueológica a la arquitectura conservada en pie, mucha de ella aún con el mismo uso que en el momento de su creación (como es el caso de la gran mayoría de las iglesias que nos encontramos en nuestra labor).
Nuestra tarea de prospección deberá centrarse en este tipo de evidencia, por lo que una de las preguntas que debemos hacernos es si las técnicas utilizadas por los arqueólogos para la prospección superficial son válidas también para nuestros objetivos en el análisis extensivo.
Y nuestra respuesta es que, si bien el punto de partida es similar, las características especiales de nuestro registro hacen que debamos tomar caminos diferenciados, más cercanos a las técnicas de prospección desarrolladas para el estudio de centros habitados completos (Ibidem.), en cuanto el objeto de estudio consiste en estructuras construidas aún en pie.
Una de las diferencias fundamentales de la prospección en arquitectura es la visibilidad; así, en tanto que en los yacimientos abandonados hay múltiples situaciones que pueden alterar su visibilidad superficial, tratándose en general de elementos fuera de contexto (RUIZ ZAPATERO 1997: 18-20; FERDIÈRE 1998: 11-14), en los asentamientos vivos la visibilidad es mucho mayor.
Además en este caso los elementos están contextualizados, aún aquellos reutilizados, ya que es posible reconocer el momento en el que se produce su reaprovechamiento (QUIRÓS, GOBBATO 2003).
Otra de las especificidades de la prospección en entornos habitados, más específicamente en edificios en pie, es que la actividad arqueológica no puede ser destructiva, debiéndose ceñir el reconocimiento a un análisis visual de la estratigrafía presente en las fábricas.
Esta situación puede significar en algunos casos una limitación para la visibilidad, ya que la presencia de enlucidos puede ocultar la existencia de fases diferenciadas en los muros; esta situación puede ser solventada con recursos específicos provenientes del análisis estratigráfico de los alzados como por ejemplo el examen configuracional desarrollado para el estudio de estructuras domésticas o residenciales cuando no es posible la eliminación de los revestimientos (MANNONI 1998).
En la experiencia relativa a prospecciones relacionadas con la Arquitectura los ejemplos más relevantes están relacionados con el estudio de centros habitados completos más que con el estudio a nivel territorial de una serie de edificaciones singulares.
De esto se deriva que las propuestas de adaptación de los sistemas de lectura estratigráfica dedicadas específicamente a esta problemática no se puedan trasladar de manera directa a nuestro caso.
En general nos referimos a los sistemas jerarquizados de lectura por «cuerpos de fábrica» o la combinación de éstos con el análisis de las fachadas propuesta por Brogiolo (1988) y utilizada con éxito especialmente en ejemplos italianos, con diversas adaptaciones (entre las más recientes QUI-RÓS, GOBBATO 2003); hemos desechado la utilización de este tipo de análisis dado que, en general, las fases antiguas que detectamos en nuestros ejemplos no implican necesariamente cambios de «cuerpo de fábrica» sino su alteración.
FINALIDAD DE LA PROSPECCIÓN
«Se ha dicho que una persona con un objetivo claro y un plan de campaña tiene más posibilidades de éxito que otra que carezca de ellos, cosa que, desde luego, se puede aplicar a la arqueología» (RENFREW, BAHN 1993: 66).
Estas palabras pueden valer plenamente para nuestro trabajo, ya que a pesar de que desde el principio teníamos claros los objetivos que perseguíamos, cuáles eran las hipótesis iniciales de partida (o al menos algunas de ellas), carecíamos de la segunda parte, es decir, del plan de campaña.
Por lo que nuestras posibilidades de éxito eran más bien escasas, si invertimos los términos de la frase.
Explicaremos brevemente el camino seguido hasta dar con una estrategia que llevara a buen puerto nuestra investigación.
El objetivo último, que al fin y al cabo es profundizar en el conocimiento de los procesos históricos que ocurrieron en el territorio alavés en torno al cambio de milenio, tenía como base material, en esta situación particular, el análisis de las técnicas constructivas; éstas serían analizadas a partir del estudio de una parte de la arquitectura de prestigio, en particular las iglesias.
Debíamos ser capaces, por lo tanto, de identificar la mayor cantidad de restos en pie de centros de culto construidos con anterioridad al románico, que en nuestro ámbito de estudio surge hacia mediados del siglo XII para desarrollarse con fuerza en el siglo XIII (PORTI-LLA 1983; LÓPEZ DE OCÁRIZ 1987; LÓPEZ DE OCÁRIZ, MARTÍNEZ DE SALINAS 1998).
Hay que tener en cuenta que hasta el comienzo de nuestra labor, de entre las aproximadamente 725 iglesias o ermitas existentes en el territorio, sólo cuatro contaban con restos en alzado considerados de esas fechas (tres de ellas detectadas después de un estudio arqueológico realizado por el Grupo de Investigación en Arqueología de la Arquitectura -GIAA en adelante-); por lo tanto, como se puede ver, el panorama no era de lo más alentador.
Sobre todo cuando era una cuestión unánimemente aceptada entre los historiadores del arte la inexistencia en nuestro territorio de restos de iglesias anteriores a la gran expansión de la arquitectura comúnmente denominada como románica, lo que se refleja en algunas frases como la escrita en un estudio dedicado al prerrománico y al románico alavés cuando, al hablar del primero, se expresa que «anticipable al momento románico no podemos presentar ninguna construcción, sólo los misteriosos Santuarios rupestres» (LÓPEZ DE OCÁ-RIZ, MARTÍNEZ DE SALINAS 1998: 42).
En nuestro caso los objetivos inmediatos de la prospección serían, por lo tanto, dar visibilidad a aquellas iglesias anteriores al románico que habían estado, a lo largo de la historia, ocultas por obras posteriores, permaneciendo invisibles por generaciones.
A este respecto es interesante una reciente reflexión con respecto a la visibilidad o invisibilidad de las arquitecturas históricas en un trabajo de A. Azkarate (2004), en el que ha definido tres tipos de arquitecturas invisibles: 1.
Inmateriales (las representadas por las zanjas de robo o la arquitectura efímera, que las carencias metodológicas o conceptuales de una arqueología orientada a lo monumental o las tradiciones histórico-culturales de corte positivista impedían sacar a la luz); 2.
Veladas (aquellas que, «teniendo materialidad física, no son, sin embargo, percibidas») (Ibidem.); 3.
Olvidadas (por razones tanto sociológicas, visuales o históricas).
Nuestras iglesias comparten, como veremos, las características de los dos últimos tipos.
Los puntos de partida
Antes de especificar las características del trabajo realizado es necesario definir los presupuestos de partida en función de los cuales fue posible su concreción.
El objetivo concreto de la prospección era, como hemos dicho, la detección de iglesias anteriores a la expansión del románico en el territorio analizado.
Esto implicaba una serie de limitaciones a la vez que algunos factores coadyuvantes que era necesario tener en cuenta.
Analizaremos brevemente los más destacados.
Uno de los elementos negativos era justamente la delimitación territorial, ya que la Álava actual responde a una serie de espacios muy diversos durante la Edad Media, a la vez que con este límite dejábamos fuera del estudio territorios vecinos que formaban parte de los mismos ámbitos culturales o políticos que cada una de las «Álavas» altomedievales.
Nuestra elección, en este caso, estuvo regida por criterios eminentemente actuales más que por consideraciones de tipo historiográfico.
Y aquí cobra importancia la experiencia en el campo de la gestión del Patrimonio por parte del GIAA, localizada principalmente, por distintos factores, en el ámbito alavés.
De esta experiencia es de donde surgen las preguntas que motivan el trabajo, por lo que hemos respetado los límites espaciales que su labor nos ofrece.
Estos límites están dados por la actual Diócesis de Vitoria, que comprende por completo el Territorio Histórico de Álava más el Condado de Treviño (Burgos) y la ciudad de Orduña y sus aldeas (Vizcaya).
Esta elección tiene, sin embargo, su parte positiva.
La existencia de un Catálogo Monumental del que se han publicado ya casi todas las comarcas fue, como veremos, de vital importancia para el desarrollo de la prospección.
El énfasis puesto en el análisis material de los edificios por parte de los redactores de dicho catálogo desde la década de 1960, siguiendo una línea de estudio sumamente uniforme a pesar de lo dilatado de la labor, nos permitió manejar una información arquitectónica con un alto nivel de estandarización para casi toda nuestra muestra, lo que facilitó su análisis e informatización en bases de datos.
Este era, sin dudas uno de los aspectos que más dificultades presentaría.
La intención de sacar a la luz la arquitectura de un momento (siglos IX-XII) para el que se había postulado su práctica inexistencia, nos ponía enfrente de un «no tema» historiográfico, al menos para nuestro territorio.
Esto suponía carecer de manera casi absoluta de referencias previas que guiaran nuestro trabajo en una u otra dirección, debiéndonos manejar en función de sujetos historiográficamente bien documentados ajenos al nuestro, pero que tuvieran algún punto de contacto espacio-temporal con él.
Y esto último, aunque parezca un contrasentido, se transformó en uno de los elementos más favorables para llevar a buen puerto la prospección a merced de la visibilidad del sujeto elegido, como es el caso del románico.
Es un dato de la realidad arqueológica, muy patente en la excavación, el hecho de que «algunas etapas arqueológicas (con estilos característicos de artefactos o cerámica) son más «visibles» que otras» (RENFREW, BAHN 1993: 72).
Un caso paradigmático es el de la sigillata, cuya aparición hace suponer de inmediato la presencia de niveles «romanos» en una intervención de subsuelo.
Algo parecido a esto, afortunadamente, nos pasa a nosotros con el así denominado «románico».
A pesar de la variedad (inherente a cualquier obra humana no sujeta a la producción en serie) de este tipo de arquitectura, hay un conjunto de características que la hacen particularmente «visible».
Esta circunstancia supuso uno de los factores más favorables para el desarrollo de nuestro trabajo, ya que permitió que en torno a este hecho se pudiera articular todo el proceso de identificación de la muestra.
El «románico» es uno de los estilos arquitectónicos más estudiados en el espacio alavés, al igual que en gran parte de Europa.
La bibliografía dedicada a este tema en Álava es importante, más aún comparándola con la que trata temas específicos de la arquitectura medieval anterior.
Como ejemplo podemos presentar la cantidad de títulos listados para ambos temas en la única recopilación bibliográfica realizada hasta el momento, a cargo de Agustín Gómez (1996a).
En el apartado dedicado a la «Bibliografía sobre el Prerrománico en el País Vasco» hay 25 títulos con referencias a temas alaveses; cabe destacar que entre estas referencias hay 10 dedicadas a las iglesias rupestres, siendo el único tema que recibe un tratamiento más o menos exhaus-tivo.
Cuando contabilizamos la cantidad de títulos dedicados al románico, en el apartado titulado «El Románico en Álava», surge una cantidad de 188 referencias.
En esta simple enumeración, que no entra a considerar la distribución por temas más específicos o la calidad de los textos, queda patente la diferencia entre el tratamiento entre un período histórico y el otro.
La relación entre las referencias es de 1 a 7,52 a favor del románico, diferencia que se hace aún mayor si se tiene en cuenta, como decíamos, que casi la mitad de las dedicadas al prerrománico alavés se ocupan de un fenómeno específico.
En resumidas cuentas podemos decir que una serie de factores convertían al románico alavés en un «estrato» arqueológico particularmente visible, argumento en torno al cual se estructuró nuestra prospección arqueológica.
La arquitectura anterior al románico, especialmente en Álava pero también en otros espacios españoles y europeos, es una arquitectura que ha resultado invisible a los ojos tanto de los especialistas como de los usuarios de las iglesias; estamos ante unas construcciones que podríamos definir, en función de los tipos definidos por A. Azkarate (2004), como arquitecturas a la vez veladas y olvidadas.
Veladas porque las obras posteriores han enmascarado la configuración original del edificio hasta hacerla en muchos casos irreconocible.
Y esta ocultación producida por las reformas llevó a que las generaciones sucesivas perdieran la referencia de la estructura primitiva, convirtiéndolas así en arquitecturas olvidadas.
Nosotros sospechábamos sobre cuáles eran las características del «velo» con el que se cubrieron estas estructuras altomedievales; se trataba de un manto al que la Historia del Arte dio el nombre de «estilo románico».
En las páginas que siguen lo iremos quitando, por lo que literalmente «desvelaremos» (en caso de que existan) esas arquitecturas, para devolverlas a la memoria y rescatarlas del olvido multisecular que han sufrido.
DISEÑO DE LA PROSPECCIÓN
La falta de adecuación de las propuestas metodológicas realizadas hasta el momento para la resolución de nuestro problema particular hizo que nos viéramos en la necesidad de (adaptando experiencias previas) diseñar un modelo específico de prospección.
Este modelo consta de dos fases, orientadas a guiar el proceso de detección de la muestra sobre la que realizaríamos el trabajo.
El primer momento debía consistir en la selección de los edificios a ser visitados, para lo que debíamos definir los criterios más adecuados en función de nuestros objetivos.
Luego de un análisis detallado de las diversas opciones se optó por una doble vía en la selección de los edificios: por un lado la vía que denominamos material, que consiste en tener en cuenta la realidad arquitectónica del edificio en función de las diversas fuentes disponibles: se visitarían todos aquellos edificios considerados como románicos o que conservaran restos románicos en sus fábricas.
Una segunda vía es la que llamamos documental, consistente en seleccionar todas aquellas iglesias cuyos núcleos aparecieran mencionados en la documentación anterior al año 1200.
La selección por criterios materiales.
Este primer criterio de selección del conjunto de iglesias a ser visitadas fue desde el principio la opción preferente, ya que forma la base de nuestro sistema analítico.
La idea principal consistía en visitar todos aquellos edificios considerados hasta ahora como románicos o que conservaran algún resto considerado como tal, con la intención de detectar, por medio del análisis estratigráfico, elementos anteriores.
El punto de partida, sencillo en su enunciación, no lo es tanto en su ejecución.
Debe tenerse en cuenta que la Diócesis de Vitoria cuenta con una cantidad de 725 edificios de culto entre parroquias, ermitas y santuarios.
Llevar a cabo una selección fiable entre tal cantidad de restos resulta tarea asaz complicada, máxime teniendo en cuenta la dispersión de las referencias bibliográficas para muchos de ellos.
El primer paso era, por lo tanto, determinar las fuentes de información con las que contaríamos para seleccionar las iglesias según la presencia o no de obras consideradas como románicas.
Afortunadamente en el territorio alavés contamos con tres fuentes inestimables para este cometido, realizadas en momentos diferentes y con objetivos dispares, pero que pueden ser consideradas complementarias.
Nos referimos al ya mencionado Catálogo Monumental de la Diócesis de Vitoria, a la Diagnosis sobre el estado de Conservación de las iglesias de la Diócesis de Vitoria y por último al Inventario del Centro de Patrimonio Cultural del Departamento de Cultura del Gobierno Vasco; veremos el tipo de utilización que hemos hecho de cada una de estas fuentes.
A) Catálogo Monumental de la Diócesis de Vitoria.
Obra que viene realizándose desde el año 1969 y que en la actualidad consta de ocho tomos, faltando aún algunas zonas por ser incluidas (como Valdegovía, por ejemplo).
Se trata de una obra colectiva que empezó bajo la dirección de Enciso Viana (Tomo I), dirección que fue asumida luego por Micaela Portilla y que mantiene hasta la actualidad.
De más está destacar lo mucho que debemos a esta obra (a pesar de los inevitables fallos inherentes a los emprendimientos de esta envergadura) todos los que nos dedicamos a trabajar con el Patrimonio Edificado y en especial con la arquitectura religiosa, en Álava.
De este Catálogo se extrajo información sobre todas las iglesias publicadas hasta el momento, indicando en una base de datos informatizada aquellas que tuvieran obra medieval, y señalando de qué tipo de obra se trataba.
Siguiendo las denominaciones dadas en el propio texto, las fases constructivas reflejadas en la base de datos fueron las siguientes: Prerrománico, Románico, Protogótico, Gótico.
Se examinó información relativa a 577 iglesias.
B) Diagnosis sobre el estado de Conservación de las iglesias de la Diócesis de Vitoria (AZKARATE 2002: 61).
Se trata de un trabajo de largo recorrido, emprendido por la Diputación Foral de Álava y llevado a cabo en su apartado arqueológico por el GIAA, bajo la dirección de Agustín Azkarate.
La conciencia de que había un déficit en el conocimiento de determinados períodos en nuestra geografía, en particular los siglos anteriores al románico, y la necesidad de llevar a cabo una gestión racional de los recursos a través del conocimiento detallado de las características constructivas de los edificios de la diócesis, llevaron a la Diputación Foral a encarar un muestreo sistemático de iglesias del territorio que, lejos de ser estático, procura mantener actualizada la información relativa a cada una de las iglesias1.
Sus datos se articulan en una base de datos que permite establecer año a año los edificios con mayores necesidades de intervención, y dentro de éstos aquellos cuyo valor histórico o patrimonial hagan más recomendable una intervención de mayor o menor profundidad.
Hasta el momento de iniciar la prospección se habían visitado 212 iglesias en toda la Diócesis, y estaban en proceso otras 80 que fueron analizadas de forma paralela a la prospección arqueológica específica para el presente trabajo.
C) Inventario del Centro de Patrimonio Cultural del Departamento de Cultura del Gobierno Vasco.
Consiste en una serie de ficheros informatizados en una base de datos ligada a un GIS, consultable en la sede del Departamento de Cultura del Gobierno Vasco.
Su dinamismo y constante renovación la convierten en el sustituto natural de la Carta Arqueológica, albergando todos los yacimientos detectados hasta la fecha, entre los que se cuenta una gran cantidad de edificaciones históricas.
De manera general se ha recurrido a esta fuente cuando había edificios no registrados aún por el Catálogo Monumental, así como para aquellas iglesias para las que la información de aquél no fuera debidamente detallada o nos generara dudas.
El número total de iglesias analizadas en el Inventario es de 98.
Para aquellos edificios que no aparecían en ninguno de los tres recursos utilizados de manera general, se recurrió a las referencias del libro Álava Solar de Arte y de Fe (LÓPEZ DE GUEREÑU 1962), que a pesar de ser muy resumidas pueden dar indicios para una mayor profundización si fuera necesario.
Para los casos que carecían por completo de referencias bibliográficas sobre sus características constructivas se tomó la decisión de visitarlos, ya que su escasa representatividad numérica no incrementaba significativamente el trabajo.
La selección por referencias documentales.
Un segundo criterio de selección de los edificios a ser visitados está constituido por aquellas iglesias cuya localidad aparece mencionada en la documentación anterior al año 1200.
Esta selección es complementaria, ubicada en un segundo plano respecto a la primera; la idea de la que partimos es que puede haber edificios con alguna fase románica que no hayan sido correctamente catalogados en las referencias bibliográficas analizadas, estando enmascarados los elementos medievales por obras posteriores, lo que pudo pasar desapercibido para los responsables de su catalogación.
Esta era una situación que había sido detectada con relativa frecuencia durante la Diagnosis, por lo que debíamos ser cautos con aquellas edificaciones donde no estuviera del todo clara la ausencia de obras identificables como románicas.
Por esta razón, se optó por visitar aquellos edificios de cuyas localidades tuviéramos la certeza que existían en las fechas objeto de nuestro interés.
De este conjunto se omitieron aquellas iglesias de las que, tanto por las referencias bibliográficas como por fotografías, así como por haber sido visitadas durante la Diagnosis, sabíamos que no conservaban restos románicos en su estructura.
Una de las situaciones generadas con la visita a esta serie de edificios es en cierta medida paradójica; ocurre que en algunos de ellos se pudo determinar la presencia de fases aparentemente altomedievales, pero dado que la fase que le sucede en el tiempo es tardía (en algún caso del siglo XVIII), es imposible en un análisis de tipo preliminar determinar la cronología de la construcción más antigua.
Esta circunstancia podrá ser subsanada en fases posteriores de la investigación, cuando se hayan establecido los conjuntos de variables que caracterizan a los diferentes tipos de iglesias altomedievales defini-das.
Con esa caracterización bien establecida podremos constatar la adecuación o no a dichos modelos de las fases antiguas de los templos que no contaban con una fase «románica» que nos proporcionara un ante quem para ellas.
Toda la información procedente de estos ámbitos era volcada a una base de datos informática que forma parte de un entorno GIS, gracias al cual es posible ir relacionando la enorme cantidad de datos almacenada y establecer búsquedas combinadas, relaciones entre elementos, análisis por zonas, etc. Asimismo, al contar en un mismo entorno con información tanto material o arquitectónica como la procedente de la documentación escrita, fue posible articular de forma muy ágil informaciones que de otra manera hubiera sido realmente muy complicado.
Una vez obtenidos los datos relativos a cada una de las iglesias de la Diócesis, estableciendo en función de ellos cuáles iban a ser visitadas, el paso siguiente era el trabajo de campo, que consistía en una lectura veloz para determinar si el edificio contaba con elementos que estratigráficamente fueran anteriores a la fase considerada como románica.
Veremos de manera resumida los resultados de la prospección, y seguidamente analizaremos por separado las perspectivas de cada uno de los criterios de selección de la muestra; a través de la comparación de sus resultados intentaremos establecer cuál de ellos puede ser considerado como el más fiable.
Esto, que en principio puede parecer un ejercicio intelectual estéril, limitado al caso alavés, no lo es tanto: si tenemos en cuenta la gran cantidad de espacios tanto peninsulares como del resto de Europa en los que la situación es similar a la alavesa, con una casi total falta de evidencias materiales de edificios de culto en piedra anteriores al románico, el contar con una herramienta de prospección que permita sacar a la luz dichas edificaciones puede ser de gran interés.
Nosotros, por lo tanto, intentamos aportar desde nuestra experiencia particular unos instrumentos que pueden llegar a ser de aplicación más general.
Selección de los edificios a prospectar
Selección por criterios materiales Finalmente, la selección por criterios materiales arrojó una cifra de 335 iglesias que debían ser objeto de estudio2.
En la base de datos en la que se almacenaba la información se marcaba si el edificio iba o no a ser prospectado, señalando aquellos en los que tuviéramos dudas (se trataba en general de casos en los que los elementos considerados como románicos aparecían reaprovechados y descontextualizados); en última instancia se decidió visitar aún aquellos que señalábamos como dudosos, dato que como veremos más adelante puede servir como referencia de análisis.
Los edificios que marcamos como seguros fueron 224, a los que hay que sumar 114 indicados como dudosos.
Selección por medio de las menciones documentales
El segundo criterio de selección establecía que serían analizadas aquellas iglesias cuya localidad tuviera menciones documentales anteriores a 1200; este límite es algo posterior a la fecha de los edificios objeto de nuestro estudio, pero en general las primeras menciones no coinciden con la fecha de establecimiento de un núcleo habitado, por lo que estábamos ante la perspectiva de localidades que podían estar habitadas en el siglo XII o antes.
Las localidades con menciones documentales anteriores a 1200 suman la cantidad de 508; de éstas, 242 habían sido previamente seleccionadas en función de las características materiales de las iglesias.
En principio, por lo tanto, estábamos ante la perspectiva de aumentar en 266 la cantidad de edificios a estudiar; sin embargo, disponíamos de información arquitectónica suficiente de muchos de ellos (proveniente de las tres fuentes antes señaladas) como para discriminar aquellas construcciones que con un alto margen de seguridad podían ser descartadas como portadoras de fases altomedievales (iglesias derruidas por completo, otras reconstruidas íntegramente en fechas recientes, etc.); como ejemplo podemos citar 44 iglesias que habían sido previamente analizadas para la Diagnosis, en las que se había constatado la ausencia de elementos prerrománicos en pie.
Esto nos permitió, afortunadamente, reducir de manera muy significativa el trabajo de campo, quedando en 56 la cantidad de edificios agregados a la prospección.
Resultados de la prospección 3
La suma de iglesias seleccionadas a partir de ambos criterios, por lo tanto, es de 391.
Una vez visitadas todas ellas, se llegó a la confirmación de que la hipótesis de partida era correcta, poniéndose de manifiesto que los tres edificios en los que el GIAA había detectado la presencia de fases prerrománicas -desconocidas hasta el momento-, no eran una excepción.
De la lectura de las 391 iglesias se llegó a la conclusión que en 21 de ellas existía obra anterior a la fase considerada como románica, lo que sumado a los edificios ya conocidos dan la cantidad final de 24.
La detección de estas edificaciones hasta el momento desconocidas, que supone el primer paso para el posterior análisis de sus características, tiene una importancia por sí misma ya que, como decíamos más arriba, consideramos que es una situación que lejos de ser excepcional para el territorio alavés, parece extenderse a una gran parte de, al menos, el norte peninsular.
Por ello intentaremos llevar puede ser provechoso para futuras investigaciones el establecer un análisis comparativo de los diferentes criterios de selección utilizados, como si cada uno de ellos hubiera sido empleado de manera independiente de los demás.
De la comparación de sus resultados podremos establecer el grado de fiabilidad o, para ser más exactos, la efectividad de cada uno por separado.
Los sistemas de selección de edificios empleados en nuestro trabajo fueron dos, como hemos visto: en función de criterios materiales o en función de las menciones documentales.
Sin embargo, para la comparación estableceremos un nuevo criterio que parte de la división del primero de ellos en dos, segregando los resultados obtenidos a través de la Diagnosis, que será considerado como un método de selección independiente: el azar.
Los tipos de selección de la muestra a ser comparados quedan por lo tanto articulados en tres grupos:
-Selección por criterios materiales.
-Selección por criterios documentales.
Si bien estos modos fueron utilizados de manera conjunta y coordinada, contamos con los datos como para simular qué resultados hubiéramos obtenido si cada uno de ellos hubiera sido el único modelo.
Comencemos por lo tanto a ver los resultados de manera aislada, estableciendo al final las correspondientes comparaciones.
Selección por criterios materiales.
Se tendrán en cuenta los resultados obtenidos a partir de la utilización de dos de los recursos: el Catálogo de la Diócesis y el Inventario del Gobierno Vasco.
De la selección a partir de estas fuentes se marcaron 332 iglesias a ser visitadas.
Recordemos que se señalaron algunos edificios como seguros y otros como dudosos, decidiéndose finalmente la visita de todos ellos; hacemos esta distinción porque, si hubiéramos prescindido de la visita de los dudosos los resultados no hubieran variado de forma significativa, pudiendo suponer un ahorro de tiempo considerable.
Los edificios marcados como seguros suman la cantidad de 221.
Resultados de la prospección en función de criterios materiales.
De la lectura rápida de todos los edificios seleccionados por criterios materiales, la cantidad de resultados positivos fue de 21.
De éstos, sólo 1 pertenece a los señalados como dudosos.
La totalidad de edificios con obra prerrománica en la muestra completa es de 24, por lo que los seleccionados en función de criterios materiales (21) suponen el 87.5% del total.
Dada la gran cantidad de edificios considerados como dudosos (111) y su escasa efectividad, consideramos que los que tengan esa serie de características pueden ser dejados de lado para futuras prospecciones.
La relación edificio visitado/resultados positivos, es de 15,80 a 1 para la selección completa, y de 11,05 para los considerados como seguros; es decir: en el primer caso fue necesario leer casi 16 iglesias para obtener un resultado positivo, y en el segundo caso bastó con 11; como vemos, la diferencia es sustancial.
En este apartado, consideramos que es importante valorar la potencialidad de las dos fuentes utilizadas.
El primer punto de referencia para nosotros fue el Catálogo, utilizando el Inventario para aquellos casos en los que el edificio no apareciera en el primero o sobre el que cupieran dudas.
Por esta razón no fueron consultados todos los edificios del Inventario (aunque sí una porción sustantiva).
A pesar de esto, nos parece significativa una cifra: de los 21 edificios que dieron resultados positivos, 20 de ellos fueron seleccionados en función de los datos del Catálogo (lo que supone el 95,23% del total de este tipo de muestreo).
La iglesia restante (San Martín de Jugo) se encuentra en Zuya, una de las zonas donde el Catálogo aún no ha sido publicado, lo que refuerza el valor de este tipo de herramienta.
Selección por criterios documentales
En este segundo tipo de selección de la muestra se trataba de verificar todas las menciones documentales de localidades alavesas anteriores a 1200, visitando sus iglesias.
Hubo, como ya se ha explicado, un filtro posterior que permitió eliminar aquellos edificios en los que las posibilidades de éxito eran nulas o muy bajas.
Sin embargo resultará ilustrativo ofrecer los resultados obtenidos, ya que su efectividad es bastante más baja que la del primer criterio.
Resultados de la prospección en función de las menciones documentales.
Las iglesias cuyas localidades aparecen mencionadas en la documentación anterior a 1200 se elevan a la cantidad de 509.
Hay 205 de entre ellas que no fueron objeto de lectura gracias a la selección previa, por lo que la prospección se centró en las 304 restantes.
En los 205 edificios eliminados no podemos certificar al cien por cien la ausencia de obra prerrománica, por lo que ofreceremos los resultados teniendo en cuenta ambas cifras, aclarando evidentemente que en el caso del listado completo (509) las conclusiones no pueden ser definitivas.
La cantidad de edificios que dieron resultados positivos en este caso es de 14.
En la suma total de edificios que dieron resultados positivos en el conjunto de la prospección (24), supone un porcentaje del 58.3%.
La relación edificios visitados/resultados positivos es la siguiente: en el caso de haber visitado 509 iglesias, es de 36,35 a 1; y para la situación que efectivamente se produjo, que supuso la lectura de 304 iglesias, es de 21,71 a 1.
Este tipo de selección de los edificios es la que fue realizada gracias al trabajo efectuado para la Diagnosis.
En este caso, los cio de la aparición de obras anteriores)4.
Esto nos permite contar con una muestra seleccionada prácticamente al azar, al menos en lo que a nuestros intereses se refiere.
Por ello constituye un ejemplo interesante a la hora de establecer criterios de intervención en prospecciones territoriales.
Resultados de la selección al azar.
En este caso sucede algo similar a la selección en función de criterios documentales; las iglesias prospectadas durante las campañas de 1999 y 2001 ya habían sido estudiadas cuando se diseñó la presente prospección.
La del 2002, en cambio, fue realizada a la par (en la misma visita se realizaba el trabajo de la Diagnosis y el de la prospección).
Por ello, a la hora de seleccionar los edificios a visitar se tenían unos criterios muy fundados para suponer la no existencia de elementos prerrománicos en las fábricas.
Muchos de los edificios fueron visitados nuevamente, poniendo de manifiesto en algunos casos que la lectura efectuada para la Diagnosis había sido errónea en algún punto; esto nos lleva a consideraciones respecto a la experiencia del personal encargado de la lectura estratigráfica, que no puede ser realizada en ningún caso por gente no habituada a este tipo de análisis.
En definitiva, lo que queremos decir es que no todas las iglesias vistas en la Diagnosis fueron visitadas para la prospección.
Por ello haremos una doble medida, como en el caso de las menciones documentales.
El número total de edificios analizados para la Diagnosis es de 293.
De éstos, 224 fueron prospectados para el presente trabajo.
Los edificios que dieron resultados positivos fueron 17, evidentemente para ambos casos; esto supone un porcentaje del 70,83% sobre el total de resultados positivos en el conjunto de la prospección.
La relación edificios visitados/resultados positivos es de 17,23 a 1 para el conjunto de las iglesias de la Diagnosis, y de 13,17 a 1 para las efectivamente prospectadas.
Esta segunda cifra, debe tenerse en cuenta, es en parte engañosa ya que modifica el criterio del azar al haber eliminado de la prospección aquellas construcciones que ya conocíamos que no tenían obra prerrománica.
ELEMENTOS PARA UN MODELO DE
PROSPECCIÓN TERRITORIAL EN ARQUEOLOGÍA DE LA ARQUITECTURA.
Analizando los resultados obtenidos de los tres tipos de prospección, podemos establecer una serie de criterios que pueden ser de ayuda en el establecimiento de proyectos similares en otros ámbitos geográficos.
Veremos en primer lugar los datos de los tres tipos presentados de manera conjunta, para así tener una visión general de la situación.
Con estos datos a la vista, podemos establecer tres grados de efectividad de las diferentes vías de análisis.
Antes de hacerlo debemos dejar claro que hay una opción que consideramos preferente, pero sabemos que no siempre es posible su establecimiento: nos referimos a la conveniencia de establecer un programa sistemático plurianual que tuvie- ra en cuenta las diversas necesidades y potencialidades de las edificaciones históricas, al modo de lo realizado por la Diputación Foral de Álava en la Diagnosis.
Sin embargo, sabemos que no es este el caso en la mayoría de las ocasiones, por lo que nos limitaremos a analizar las tres posibilidades contempladas antes.
En primer lugar se sitúa la selección basada en criterios materiales, tratándose además del formato más específicamente arqueológico.
Tanto por la cantidad de resultados como por la relación entre trabajo invertido y edificios detectados, es indudablemente la mejor opción.
Este tipo de selección, que enfoca directamente al centro del problema al recurrir al inmediato ante quem (la arquitectura románica) registrado hasta el momento para nuestro objeto de estudio (que al fin y al cabo se trata de un no-tema de la historiografía), permite optimizar la relación esfuerzo-beneficio, dejando fuera de la muestra final un número reducido de ejemplares (3 de 24 para la selección completa, o 4 de 24 para la selección eliminando los elementos dudosos).
Para su realización, es cierto, habrá que contar con catálogos o inventarios publicados o disponibles para su consulta, lo más amplio posibles.
Si bien en algunas zonas esto su-sólo 5 se integran en nuestra lista; y del año 2002, en el que se analizaron 77 iglesias, las que conservan obra prerrománica son 3.
La gran diferencia entre el primer año respecto de los otros dos, con cifras más cercanas entre sí, puede deberse al hecho de que en la campaña inicial fue cuando se tuvo en cuenta el criterio cronológico a la hora de seleccionar los edificios, lo que redunda en una mayor proporción de aciertos para el objetivo de nuestro estudio.
El último puesto en nuestro particular podio es para la selección en función de las menciones documentales.
Se tata del que menor cantidad de edificios con resultados positivos presenta, a pesar de la gran cantidad de iglesias seleccionadas (509 o 304, antes o después de la selección).
También se sitúa en último término en la cantidad de edificios leídos por cada resultado positivo; si además de esto tenemos en cuenta la gran cantidad de tiempo invertida en rescatar las menciones dispersas por los diversos cartularios y demás documentación medieval, su rentabilidad es claramente inferior a los demás tipos de selección.
De esta manera podemos decir que, en caso de no poder efectuarse un programa plurianual que lleve a la postre a la revisión de cada iglesia, lo más efectivo es recurrir a la información arquitectónica, artística y arqueológica publicada para rastrear vestigios románicos (al menos en nuestro caso), efectuando a posteriori su lectura estratigráfica a la búsqueda de fases anteriores.
El recurso a las menciones documentales servirá, en su caso, para aportar información que ayude a datar las fases que hayan podido ser identificadas.
Consideramos, en función de los resultados obtenidos, que la vía de estudio elegida es la correcta.
Se trata de un camino basado en la evidencia material, que se combina con datos de otras procedencias para optimizar los resultados, pero que pone en el centro a la arqueología como generadora de conocimiento.
Estos resultados deben ponernos sobre aviso ante la validez de muchos estudios en torno al poblamiento altomedieval realizados de manera exclusiva en función de las menciones documentales, gracias a la constatación de que 10 de las 24 localidades en las que se verificó la existencia de una construcción altomedieval, carecían de menciones documentales anteriores a 1200.
Es hora, creemos, de sacar a la luz esas arquitecturas invisibles a las que nos referíamos en el título de este artículo, no solamente por la importancia intrínseca de conocer sus características, sino porque de esta manera estamos aña-diendo nuevas evidencias documentales (de tipo arqueológico) a las que tradicionalmente vienen siendo utilizadas para el estudio de la Alta Edad Media en nuestro entorno.
De esta manera, podemos ir dejando atrás la idea que reflejaba una certera frase de J. A. García de Cortázar (1983: 75): «Este es, quizá, uno de los signos de la historia alavesa altomedieval: lo que se alumbra, con el tiempo, no son más datos sino más interpretaciones», refiriéndose a las aportaciones habidas desde el trabajo de J. de Landázuri en el siglo XVIII.
La arqueología está proporcionando, en la actualidad, nuevas herramientas de análisis que superan dicha situación; este trabajo puede suponer, creemos, una aportación más en ese sentido. |
imparte desde el curso 2003-2004 una asignatura cuatrimestral optativa de tercer curso denominada «Arqueología y Construcción» cuya misión es informar a los futuros aparejadores sobre la importancia del análisis arqueológico en la comprensión de los edificios históricos.
La arqueología de urgencias, las cartas del riesgo, la economía de la intervención, la seguridad en excavaciones forman parte de un temario aún abierto pero de momento bien aceptado por los futuros agentes patrimoniales.
Durante años se ha debatido en la Universidad sobre la necesidad de ofertar asignaturas dirigidas a la formación de los futuros arqueólogos con el fin de prepararlos para la vida profesional.
Hay facultades donde se dieron pasos destinados a potenciar aspectos procedimentales o técnicos a la hora de formar no sólo investigadores, sino también técnicos capaces de resolver expedientes administrativos de urgencia, programas urbanísticos, etc...
Un caso excepcional es el de la Universidad del País Vasco, en el que la disciplina de la Arqueología de la Arquitectura ha encontrado un espacio idóneo en el que desarrollarse dentro de un ambiente favorable de investigación.
Sin embargo, la realidad es que la mayoría de las facultades de Historia en las que se imparte la Arqueología, en general, parecen reacias a incorporar estudios tan específicos como los relativos a la arqueología del edificio debido, sobre todo, a la falta de comprensión sobre dicha disciplina por parte de los actuales responsables académicos, formados en su mayor parte en un período en el que las actividades de urgencia o los estudios de apoyo a la rehabilitación aún no se habían generalizado.
Esta evidencia, especialmente llamativa en ciudades y comunidades donde la actividad inmobiliaria vinculada a lo Patrimonial ha generado un considerable aumento de las perspectivas laborales de los arqueólogos en dicho campo, contrasta con el interés mostrado por las carreras Técnicas hacia todo aquello que afecta al estudio de lo construido.
En Sevilla, las Escuelas de Arquitectura Superior y de Arquitectura Técnica han incorporado en sus planes de estudios asignaturas relativas a la Arqueología de la Arquitectura con el fin de formar a los futuros aparejadores y arquitectos en unos contenidos indispensables para la comprensión del Patrimonio.
La Escuela Universitaria de Arquitectura Técnica imparte desde el curso 2003-2004 una asignatura cuatrimestral optativa de tercer curso denominada «Arqueología y Construcción» cuya misión es informar a los futuros aparejadores sobre la importancia del análisis arqueológico en la comprensión de los edificios históricos.
La arqueología de urgencias, las cartas arqueológicas municipales, la economía de la intervención, la seguridad en excavaciones forman parte de un temario aún abierto pero de momento bien aceptado por los futuros agentes patrimoniales.
Se ha iniciado un experimento a nuestro juicio positivo, pero probablemente controvertido pues en algunos campos podría poner en evidencia las carencias de formación al respecto de gran parte de los arqueólogos actuales.
Las actuaciones de construcción desarrolladas en entornos vinculados, en mayor o menor grado, con yacimientos arqueológicos se ubican en un área del sector productivo de la industria de la construcción que da forma a un mercado claramente identificado y creciente.
Hoy es una evidencia que tanto las administraciones públicas como los promotores privados dedican cada vez mayores cantidades de recursos a la financiación de intervenciones en este segmento del sector, lo que da lugar a obras cada vez más complejas de mayor dimensión, que pueden ser de tipología muy diversa: recuperaciones de restos para ser expuestas en museos o en los propios yacimientos, restauraciones para conservar los restos encontrados y evitar nuevos deterioros, transformaciones de los entornos arquitectónicos (edificios o espacios) para ponerlos nuevamente en uso, etc. La complejidad y el elevado número de intervenciones ha aumentado de forma muy significativa la demanda de técnicos y especialistas cada vez más cualificados, hasta el punto en que en algunas áreas donde la densidad de yacimientos arqueológicos es alta (en Andalucía son muchas) los verdaderos especialistas empiezan a ser muy escasos.
Ante una situación como la que hemos descrito someramente, la Escuela de Aparejadores de Sevilla ha considerado de interés para los alumnos del Centro y para los Arquitectos Técnicos de su área de influencia, iniciar actuaciones para poner en marcha una línea curricular de formación especializada en la Arqueología de los Edificios, para dotar de mayores conocimientos en este campo, y de mayor sensibilidad frente a los problemas que proporcionan los edificios de carácter histórico o arqueológico, con el convencimiento de que cuanto más sepamos los aparejadores de estos temas, más útiles seremos a los arqueólogos, a los arquitectos y, como consecuencia, a la sociedad a la que servimos.
Desde el punto de vista corporativo del colectivo de aparejadores y Arquitectos Técnicos, creemos que una participación más intensa de nuestros profesionales en la Arqueología Edilicia sólo puede generar efectos positivos en todos los agentes del sector, ya que no nos vemos como competidores de los Arqueólogos y de Arquitectos en los campos que les son propios, si no como colaboradores de ambos, aportando conocimientos específicos que pueden ser de gran ayuda en la toma de decisiones, en el desarrollo de los procesos constructivos y en la aplicación de las medidas de Prevención de Riesgos Laborales, que deben garantizar las seguridad de todos los agentes que participan en la doble actividad arqueológica y constructora.
Finalmente, parece conveniente hacer una breve referencia a que, después de un año de experiencia en la im- partición en nuestro Centro de la Asignatura optativa Arqueología y Construcción, y de analizar en este tiempo la participación de aparejadores en obras de carácter monumental de nuestro entorno más próximo como: el Hospital de las Cinco Llagas, el Real Alcázar de Sevilla, la Iglesia del Salvador, etc., las expectativas inicialmente creadas parece que se confirman, lo que nos estimula para seguir trabajando en esta línea.
LA ASIGNATURA DE ARQUEOLOGÍA Y CONSTRUCCIÓN
Se trata, por tanto, de una asignatura destinada a alumnos interesados en la rehabilitación arquitectónica desde cualquier óptica, tanto técnica como histórica.
Su contenido pretende introducir al alumno en una de las partes esenciales del estudio previo a la recuperación de un edificio haciendo hincapié en los aspectos metodológicos y en la experiencia en rehabilitaciones del entorno.
Se incide igualmente en los problemas derivados de las excavaciones arqueológicas urbanas (urgencias y emergencias), así como en la implicación del Arquitecto Técnico en dichas actividades en el marco de las nuevas normativas urbanas y reglamentos patrimoniales.
Por ahora los contenidos impartidos responden a las demandas más claras procedentes del ámbito de la rehabilitación.
Falta tiempo de maduración y alguna experiencia docente para ir ajustando la disciplina a las necesidades formativas de los arquitectos técnicos, pero en cualquier caso, creemos que de momento se tratan los aspectos esenciales.
Como asignatura práctica la docencia teórica supone una tercera parte del total mientras que las actividades prácticas ocupan la mayor parte del tiempo asignado (un cuatrimestre).
Los contenidos teóricos se dividen en cuatro unidades didácticas en las que se pretende aportar una visión general acerca de las distintas ramas o situaciones en las que la disciplina arqueológica confluye o interfiere con el ámbito de la construcción actual.
La primera de las unidades, introductoria, presenta la Arqueología desde un punto de vista evolutivo, incidiendo en las dos experiencias más ricas desde el campo de la metodología, como son la española y la italiana.
Esta presentación es indispensable para que el alumno técnico comprenda una realidad compleja y multidisciplinar recientemente regulada, pero para la cual no ha sido preparado.
La mayor parte de alumnos que cursan las carreras técnicas carecen de formación humanística y patrimonial por lo que tienden a simplificar un ámbito cognoscitivo que a menudo desprecian; sin embargo, dado que la legislación les atribuye grandes competencias y responsabilidades en campos como el de la rehabilitación, las escuelas han ido tomando conciencia de la necesidad de incidir algo más en estos aspectos.
Un mejor conocimiento de la historia de la construcción, sobre todo del entorno en el que el futuro profesional va a desarrollar su labor, va a resolver parte de esas carencias.
Estudios específicos sobre el comportamiento estructural de los edificios antiguos en restauración y sobre las técnicas de rehabilitación ya han sido incorporados a los planes de estudio.
La Arqueología vinculada a los procesos constructivos se concibe bajo esta perspectiva como una optativa destinada a aquellos alumnos interesados en el Patrimonio que deseen comprender mejor las circunstancias que rigen los actuales procedimientos urbanísticos en ciudades históricas, entendiéndose Arqueología en sentido amplio.
Tras este primer bloque, el alumno debe haberse situado en una realidad muy compleja pero a la vez esperanzadora ya que además de abrir expectativas laborales hasta ese momento insospechadas va a tomar conciencia de cierto incremento cualitativo en su formación.
La primera parte mantiene un hilo argumental positivista en el que priman dos aspectos esenciales; el primero de ellos es la inexorabilidad del incremento de la presencia arqueológica en la rehabilitación de edificios y en el medio urbano.
Los argumentos sociales, patrimoniales, históricos, etc...que han contribuido a generar dicho fenómeno en los países europeos más ricos en cuanto a su patrimonio histórico-arquitectónico (España, Italia, Francia) son analizados mediante una óptica evolutiva en la que se incide sobre los pasos y novedades que han ido configurando una nueva realidad todavía no asumida o conocida del todo por la sociedad.
El segundo argumento esgrimido es la necesidad de incremento del conocimiento sobre arqueología aplicada a este tipo de situaciones por parte, por supuesto de los arqueólogos y demás historiadores, y también de los futuros responsables en el campo de la arquitectura, tanto en las parcelas de proyección como en las de ejecución.
La segunda unidad didáctica introduce a los alumnos en la Arqueología del Edificio desde la perspectiva metodológica.
Con ella se pretende aportar una idea básica de los procedimientos empleados en la documentación material de los edificios históricos, haciendo especial hincapié en las distintas lecturas arqueológicas de paramentos.
Una lección sobre estratigrafía muraria introduce al alumnado en el campo del análisis pormenorizado de la edificación permitiéndole valorar las distintas operaciones constructivas y con ello iniciándolo en una valoración subconsciente de su valor patrimonial.
Otros estudios, de carácter analógico, referentes a las tipologías edilicias, proporcionan una herramienta válida a la hora de identificar las técnicas habituales de nuestro entorno constructivo e histórico.
Por último, se integra una parte del tradicional análisis de patologías desde la óptica del conocimiento histórico de la transformación de la fábrica.
Con todo ello el futuro arquitecto técnico o arquitecto complementará la visión tecnológica del inmueble a través de una serie de valores, hasta ese momento identificados de manera vaga, poco comprensibles, y por tanto prescindibles.
La excavación arqueológica, sus fundamentos científicos, sus variedades metodológicas, los equipos interdisciplinares habituales y las peculiaridades del subsuelo en las edificaciones históricas completan una visión somera pero completa de la disciplina.
La metodología de la intervención en edificios históricos ha sido una asignatura tratada tradicionalmente en nuestra universidad, bien sea a través de su presencia en Masters de Arquitectura y Patrimonio como en asignaturas de libre configuración de nuestra escuela.
Su conocimiento, limitado a los especialistas en rehabilitación se abre ahora a todos aquellos que sienten interés por los procedimientos de análisis implicados en obras de recuperación de edificios.
A pesar de que se trata de un bloque aparentemente específico de la disciplina arqueológica, su tratamiento informativo permite un acercamiento claro a las estrategias de investigación sin que eso conlleve intromisiones disciplinares.
Una cosa es que el futuro jefe de obras de una rehabilitación sepa leer un documento arqueológico en el que se presentan diagramas estratigráficos o se sintetizan fases constructivas, y otras que pudiera dedicarse a efectuar análisis arqueológicos atribuidos competencialmente a otros profesionales.
La tercera unidad didáctica pretende introducir al alumno en aspectos vinculados de manera muy directa con su futura actividad profesional.
Inicialmente se facilitan los fundamentos legales que condicionan la labor constructiva dentro de un tema en el que se explica cómo se han formado las necesidades actuales y de qué manera la nueva situación ha condicionado los planteamientos tradicionales de obra.
Tal vez la principal aportación de la nueva arqueología urbana sea la representada por las denominadas «Cartas Arqueológicas Municipales», impulsadas en nuestro territorio por la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía basándose en modelos italianos previos.
La denominada «Carta del Riesgo del Patrimonio Cultural de Italia», de 1992, se ha erigido en modelo de nuestras cartas municipales, estableciendo un conjunto de acciones destinadas a identificar y evaluar el patrimonio histórico-arqueológico de ámbito municipal en su estado de conservación actual, diagnosticando las actuaciones que inciden sobre su conservación, programando y normalizando su protección a través de diferentes herramientas legales y, finalmente, programando su investigación, difusión y puesta en valor.
Entre los múltiples objetivos de las cartas municipales se encuentra el dar cabida a cualquier tipo de investigación que aporte datos sobre la conformación histórica de los yacimientos, sin discriminación de disciplinas ni metodologías, planteando análisis que van desde la escala particular a la general teniendo como referencia el territorio en el que se encuadran.
Se pretende identificar variables o factores de afección y desafección que inciden en el patrimonio arqueológico: definición de impactos positivos y negativos a través del análisis de la normativa vigente, territorial, medioambiental, urbanística, etc...
La consecuencia práctica de estos planteamientos no es otra que la delimitación de ámbitos y niveles de protección.
Una vez identificada la secuencia histórica del territorio y delimitadas las áreas, se identifican ámbitos de dimensiones variables, que van desde la parcela hasta áreas más extensas.
Se trata de definir sectores donde aplicar las herramientas y cautelas de protección más oportunas.
El establecimiento de «grados o cautelas» de intervención obliga a propietarios, promotores y constructores a resolver expedientes arqueológicos previos a la obtención de licencias de obra o a controles de movimientos de tierra o de obras en general que hasta hace poco podrían haber sido considerados como ingerencias poco razonables de la administración.
Se trata de un hecho consolidado conceptualmente en el urbanismo actual de las ciudades históricas que conviene entender y en cualquier caso asumir.
Una parte esencial de este bloque informativo es el que presenta las novedades que a nivel de gestión desarrollan las administraciones vinculadas con la tutela del patrimonio histórico.
Se atiende en especial al protocolo de estudios previos puesto en marcha por la Dirección General de Bienes Culturales mediante el cual se especifican los pasos obligatorios a cumplimentar con carácter previo a la redacción de los proyectos de restauración de inmuebles.
Ambas cuestiones, las cartas arqueológicas municipales y los procedimientos arqueológicos vinculados a las obras de rehabilitación, se configuran como las principales realidades en las que se hace imprescindible una formación actualizada para técnicos en construcción, y no sólo desde la perspectiva cultural, sino también profesional.
Y en esa línea, la profesional, se enmarcan los dos últimos temas de esta tercera unidad.
La seguridad en investigaciones arqueológicas y las previsiones, mediciones y presupuestos se tratan tanto a nivel teórico como en prácticas específicas destinadas a familiarizar a los futuros arquitectos y arquitectos técnicos con situaciones cada vez más cotidianas pero aún no sistematizadas.
En el bloque de conceptos asignados a estos temas se intenta iniciar al alumno en el conocimiento de las singularidades de las actuaciones en los entornos arqueológicos desde el punto de vista de la Prevención de Riesgos Laborales, y en relación con las necesarias adaptaciones en los modelos de presupuestación que en su concepción actual no dan respuesta adecuada a las características de estas obras.
La última unidad teórica del temario trata sobre las técnicas constructivas habituales en nuestro entorno histórico.
Se aporta una visión rápida centrada en los períodos históricos más representados en nuestra arquitectura popular; es una visión complementaria a la que aporta la asignatura de Historia de la Construcción, lógicamente más general.
El carácter práctico de la asignatura se pone de manifiesto mediante la ejecución de tres prácticas en grupo y la visita a diversos edificios históricos en rehabilitación o excavaciones arqueológicas.
Se trata de prácticas cuya finalidad es acercar al alumno a la realidad profesional y por tanto le obliga a localizar información, desplazarse físicamente a lugares en obra, discutir procedimientos y finalmente generar documentos descriptivos, pero ante todo críticos.
Es por tanto un esfuerzo intelectual prolongado que desemboca en trabajos que dan sentido al aparato teórico previamente asimilado.
La primera práctica consiste en el análisis arqueológico de un paramento o pequeño edificio bajo tres ópticas diferentes: estratigráfica, tipológica y constructiva, sintetizadas en un informe final sintético.
Como es lógico no se pretende otra cosa que familiarizar al técnico con lenguajes y sistemas cada vez más extendidos en el ámbito de la rehabilitación y el urbanismo, acercándolo a una realidad material cuyo estudio contribuye a generar un respeto por las fábricas y técnicas antiguas probablemente inexistente o muy matizado previamente.
La segunda práctica consiste en un estudio de seguridad laboral y planificación de una obra en la que el componente arqueológico sea determinante.
Con ella se pretende que los alumnos se enfrenten a una situación conocida y de plena actualidad; hasta ahora las grandes intervenciones en el Parlamento de Andalucía y en el Real Alcázar de Sevilla han sido objeto de estudios detallados.
Por último, la tercera práctica consiste en una revisión de la asignatura mediante el análisis global de un aspecto que haya cobrado un mayor valor a lo largo del curso.
Además de repasar los conceptos generales de la asignatura este último esfuerzo sirve para afianzar técnicas de divulgación y puesta en valor patrimonial.
Tras la conclusión de los cuatro cursos impartidos se puede considerar que la experiencia ha sido muy satisfactoria.
En este período hemos tenido oportunidad de corregir algunas deficiencias en el planteamiento inicial y comprobar que la aceptación y el interés de los alumnos ha sido elevado, lo que nos anima para afrontar los desafíos que nos propone el nuevo Espacio Europeo de Educación Superior, donde intentaremos dar la mayor importancia a la formación de los futuros titulados en el campo de la intervención sobre edificios históricos. |
En esta introducción se expone la importancia que ha tenido en los últimos años el estudio de las técnicas constructivas en el marco de la construcción disciplinar de las técnicas de construcción.
Asimismo se plantean los vectores que han guiado la recopilación de artículos que conforman este monográfico.
El número 4 de la revista Arqueología de la Arquitectura está dedicado de forma monográfica al estudio de las técnicas constructivas medievales, dedicando una atención especial a las transformaciones que han tenido lugar en las formas de construir en varios sectores europeos en los siglos centrales de la Edad Media.
Si bien es cierto que en una fase inicial el desarrollo de determinados instrumentos de análisis (en primer lugar la estratigrafía de paramentos) o de contextos de actuación (la intervención patrimonial) han tenido un peso muy importante en la definición y en la construcción de una Arqueología de la Arquitectura, desde hace ya varios años se han ido incorporando nuevas temáticas que están contribuyendo a ampliar sus contenidos.
Una de las más importantes y fecundas líneas de investigación que ha desarrollado la Arqueología de la Arquitectura en los últimos años ha sido el análisis de las técnicas constructivas desde ópticas muy distintas (históricas, tecnológicas, estéticas, etc.).
Las razones de este interés son muy variadas, ya que se ha comprendido que a través del conocimiento de las formas de construir era posible realizar investigaciones tanto de carácter básico como aplicado en el campo del patrimonio edificado.
Por un lado, la discontinuidad tecnológica que ha provocado la industrialización contemporánea ha comportado la desaparición de un notable número de formas de construir, lo que genera importantes problemas a la hora de intervenir sobre el patrimonio edificado histórico.
Asimismo, las técnicas constructivas han constituido un criterio básico de análisis histórico de las construcciones en términos de atribución cronológica, cultural o estilísticas.
Pero además, los arqueólogos han mostrado que, a través del análisis y la reconstrucción de las formas de construir, y de la articulación del artesanado es posible acercarse de forma más rigurosa a la historia social de la arquitectura.
Teniendo en cuenta estos intereses, desde la redacción de la revista Arqueología de la Arquitectura se ha pretendido reunir una serie de textos relativos a esta temática, teniendo en cuenta la notable heterogeneidad que caracteriza las distintas escuelas que operan en el ámbito de la «Arqueología de la Arquitectura».
Precisamente el estudio de las técnicas de construcción ha constituido uno de los primeros intereses de los arqueólogos.
Ya desde el siglo XV fue objeto de estudio las formas de construir de los romanos a partir de las ruinas.
Este interés, que adquirió un notable desarrollo durante el período renacentista, inspiró la realización de obras paradigmáticas.
Basta pensar la influencia que en las obras de Brunelleschi, por citar solamente un autor, tuvo la arquitectura romana.
Pero un estudio de carácter científico sobre las técnicas antiguas se puede rastrear a partir del Iluminismo, cuando se realizan tratados, estudios e investigaciones sobre las técnicas de construir de los antiguos, e incluso se plantea el problema de la datación de las técnicas constructivas.
No obstante, será a partir de los siglos XIX y XX cuando se desarrollen estudios de un cierto calado sobre las técnicas de construcción antiguas, de tal manera que en las síntesis de historia de la arquitectura de finales del XIX e inicios del XX, como las de Durm (1905) o de Choise (1873), se presta una atención especifica a los aspectos técnicos, llegando incluso a privilegiarlos por encima de los estéticos.
Ya en el siglo XX se desarrollará una corriente de estudios, que ha sido definida como «estilístico-comparativa» (CAGNANA 1994: 39), basadas en presupuestos de naturaleza empírica y positivista, en cuanto que pretende realizar una clasificación sistemática de las técnicas constructivas de monumentos de distintos períodos históricos.
Los trabajos de autores como Van Deman (1912), Blake (1947) o Lugli (1957) son indudablemente los más importantes de esta corriente de estudios.
Las aportaciones de estos investigadores han sido fundamentales para el conocimiento riguroso de la arquitectura romana, aunque su principal limitación ha residido en el marco teórico en el que llevaron a cabo este tipo de investigaciones.
En un período caracterizado por la influencia de idealismo, se consideró la historia de la arquitectura y de las técnicas constructivas romanas como una historia que evolucionaba hacia formas constructivas cada vez más perfectas desde el período republicano al imperial, para luego decaer de forma paralela a la crisis del imperio.
Dotando de valores formales a los paramentos y a los distintos opus con los que se clasificaban las formas de construir, se dejaron de lado obras consideradas «menores» en términos estéticos, pero esenciales para comprender las complejas dinámicas de la arquitectura romana.
Por otro lado, esta aproximación idealista impedía observar un fenómeno complejo, pero muy frecuente, representado por la coexistencia en un mismo territorio de técnicas constructivas muy distintas.
Con todo, los modelos y las clasificaciones tipocronológicas construidos por estos autores, que llegaron a alcanzar una gran solidez y precisión con autores como Lugli, se hicieron demasiado rígidos, de tal manera que las divergencias que empezó a plantear a mediados de siglo las excavaciones estratigráficas generó un agrio conflicto entre las culturas tipológicas y estratigráficas.
El desencuentro entre Lamboglia y el propio Lugli ilustra perfectamente este conflicto a la hora de analizar las técnicas de construcción y, en general, la datación de la arquitectura romana.
Solamente a partir de los años 70 se ha asistido a una profunda renovación teórica y metodológica en el estudio arqueológico de las arquitecturas, a costa de la ruptura entre la tradición artística-formal que había dominado la arqueología de los dos primeros tercios del siglo XX y una tradición que se reconocía en nuevos modelos teóricos y nuevas formas de análisis de la arquitectura.
El desarrollo de aproximaciones de carácter tecnológico y social ha contribuido de forma decisiva a reformular sobre nuevas bases este tipo de estudio (MANNONI 1997; BROGIOLO 1996; CAGNANA 2000).
Así por ejemplo el estudio de las técnicas constructivas romanas ha sufrido en este contexto una profunda renovación (TORELLI 1980; CARANDINI 1988, BESSAC 1991, etc), sustituyendo la aproximación estético-formal por una visión tecnológica y social.
Asimismo la ampliación cronológica de la práctica arqueológica hacia otros períodos más recientes ha tenido como consecuencia la realización de nuevos estudios sobre las técnicas constructivas de época medieval y postmedieval (KIMPEL 1977; MANNONI 1994).
De hecho, la edición de trabajos recientes dedicados al estudio de las técnicas constructivas medievales en territorios específicos (FIORANI 1996; SÁNCHEZ ZUFIARRE 2006), o en términos generales (CASSANELLI 1995), demuestra la importancia y la incidencia de este tipo de estudios en las investigaciones más recientes sobre la arquitectura medieval.
Con el fin de ofrecer una perspectiva amplia del estado actual de las investigaciones realizadas en torno a esta temática, se han reunido en el presente volumen los trabajos de una docena de autores que, desde planteamientos teóricos y metodológicos distintos, abordan el estudio arqueológico de construcciones de época medieval.
Los autores invitados a la redacción de los distintos capítulos, son investigadores reconocidos y de prestigio pertenecientes a varias instituciones científicas italianas, españolas y francesas.
La organización de los distintos capítulos es de carácter geográfico y temático, mientras que se ha incluido un trabajo inicial realizado por T. Mannoni que tratará de forma amplia y genérica los problemas relativos al análisis arqueológico de las técnicas constructivas.
La inevitable heterogeneidad de estos estudios, favorecida por la diversidad de territorios y de tipologías constructivas analizadas, ha sido considerada en esta ocasión como un aspecto muy positivo y necesario para lograr tener una visión amplia de cómo la arqueología aborda el estudio tecnológico de la arquitectura.
De hecho, en cada uno de los trabajos se ha pretendido exponer explorar los planteamientos epistemológicos, conceptuales e instrumentales que utilizan los distintos grupos que trabajan en el ámbito de la Arqueología de la Arquitectura.
Asimismo se ha querido analizar de forma comparada experiencias realizadas en varios sectores de Europa Occidental (Italia, Francia, España), ofreciendo síntesis y balances críticos sobre los estudios realizados y el estado actual de los conocimientos sobre las técnicas constructivas en época medieval.
De forma excepcional se han incluido dos estudios relativos al Mediterráneo Oriental, que servirán como punto de comparación con la producción realizada en nuestro entorno más inmediato.
Por último se ha querido prestar una especial atención al problema de la aparición de las técnicas constructivas complejas en torno al año mil, vinculando la transformación de las técnicas constructivas y la organización del artesanado a los cambios sociales que ha supuesto la feudalización de la sociedad.
Teniendo en cuenta el papel que el estudio de las técnicas de construcción tiene en la actualidad en la construcción de la arqueología de la arquitectura, se piensa que los trabajos recogidos en este volumen han de contribuir a alargar el debate teórico e interpretativo de la arquitectura, superando de esta manera la «dictadura» de la estratigrafía que parece caracterizar los trabajos realizados en el ámbito de la Arqueología de la Arquitectura. |
En el presente trabaja se analizan las técnicas constructivas empleadas en la ciudad de Pisa en la Alta Edad Media.
Más concretamente se estudian de forma detallada cuatro construcciones eclesiásticas (San Piero a Grado, San Zeno, Santa Cristina, San Matteo), a través de las cuales es posible comprender las transformaciones que han tenido lugar en la estructura organizativa de la producción arquitectónica.
Se presta igualmente una atención específica a los materiales constructivos, a la evolución diacrónica de las formas de construir en el territorio pisano y al empeño que ha supuesto la realización de la arquitectura religiosa altomedieval a través del análisis de las dimensiones volumétricas de estas construcciones.
Por último se realiza una lectura social de la producción arquitectónica en los siglos V-X.
El presente estudio forma parte de un proyecto más amplio que se ha iniciado en los últimos años y que tiene por objeto analizar las técnicas constructivas de la arquitectura altomedieval del noroeste de la Toscana a la luz de la historia social de la arquitectura.
Una primera monografía dedicada a la ciudad y el territorio de Lucca se ha publicado recientemente (QUIRÓS CASTILLO 2002), y en esta sede se pretende ampliar el ámbito de observación analizando la ciudad de Pisa.
Próximamente, y en otra ocasión, se pretende alargar este estudio a la cercana Lunigiana.
La elección de estudiar la arquitectura pisana reside en las indudables originalidades que presenta respecto a los ejemplos de Lucca y, en general, de toda Italia centro septentrional, así como por el hecho de que permite trazar con mayor claridad algunos elementos básicos de la evolución de las formas de construir en este sector del centro de Italia.
Aunque no se quieren volver a plantear otra vez en esta ocasión las líneas básicas que guían la realización de este proyecto (QUIRÓS CASTILLO 2002), es necesario hacer algunas aclaraciones previas.
En primer lugar, y por lo que se refiere al ámbito cronológico del estudio, hemos querido analizar la arquitectura de los siglos V-X, aunque en ocasiones ha sido necesario ampliar el ámbito de observación para comprender de forma más adecuada algunos fenómenos.
En todo caso, en la ciudad de Pisa solamente los últimos siglos están bien representados y cuentan con elementos arquitectónicos significativos aún reconocibles.
En segundo lugar, las bases teóricas sobre las que se fundamente este proyecto descansan en una lectura materialista del fenómeno arquitectónico (historia social de la arquitectura altomedieval) basada en el análisis de tres parámetros fundamentales (fig. 1): 1.
Los promotores de las obras arquitectónicas y el estudio de la estructura social de los grupos dominantes y dominados, en cuanto partimos de la idea de que, hasta un cierto punto, la sofisticación de la cultura material depende de la riqueza de las élites sociales y del papel ideológicosimbólico que desempeñen estos edificios.
Los actores que ejecutan estas arquitecturas, ya que a través de la forma de organización del artesanado y del análisis de las técnicas de construcción es posible recomponer en su complejidad el significado social del fenómeno arquitectónico desde la óptica de la Arqueología de la producción (MANNONI, GIANNICHEDDA 1996).
Los receptores / perceptores de la obra arquitectónica, teniendo en cuenta la función social que desempeña la arquitectura altomedieval en una sociedad en la que se 1 El presente trabajo ha sido realizado en el marco del proyecto de investigación BHA2002-04170-C05-05 financiado por el Ministerio de Educación y Ciencia.
La realización de este estudio ha sido posible gracias al apoyo y colaboración de varios colegas y amigos; Valerio Sironi y Elda Chiericoni, fotógrafos del Departamento de Historia del Arte de Pisa nos han facilitado el acceso a algunos de los fondos del archivo del Departamento; Maria Grazia Basteri, del Comune de Pisa, ha facilitado el acceso a San Zeno; Laura Benassi y Marzia Alessio nos han permitido el acceso a importantes documentos del Archivo de la Soprintendenza BBAASSS de Pisa; Piero Pierotti nos ha facilitado el estudio de San Matteo y la ayuda de Gianni Zanchetta ha sido, como siempre, fundamental para el estudio de los materiales de construcción.
Asimismo han colaborado en el estudio de los materiales de construcción Mauro Lezzerini, Roberta Canova, Marco Fratini, mientras que Roberto Ricci ha analizado las argamasas.
Sauro Gelichi, Belén Bengoetxea, Piero Pierotti, Catia Renzi Rizzo y Graziela Berti han leído y mejorado el texto, mientras que Lorena Elorza ha preparado algunas de las figuras que acompañan el artículo. modifican radicalmente las fórmulas de ostentación y de diferenciación social (POHL 1993; LA ROCCA 1993, 1998).
Para llevar a cabo este estudio en el caso de Pisa se han tomado en cuenta tanto las estructuras halladas en el campo de la arqueología urbana, como las principales arquitecturas religiosas que se han conservado en alzado y han podido ser analizadas estratigráficamente.
En total se han tomado en consideración 16 conjuntos arquitectónicos comprendidos entre los siglos IV-XI que, sin ser la totalidad de las arquitecturas altomedievales pisanas son seguramente las más representativas conservadas.
El análisis estratigráfico de los edificios y el reconocimiento de las distintas técnicas utilizadas se ha complementado con una serie de análisis arqueométricos de los materiales y de las argamasas empleadas.
Se ha querido ir más allá del mero reconocimiento de los materiales empleados ya que a través de ellos ha sido posible reconocer las zonas de extracción, los sistemas de transporte o el tipo de organización del artesanado implicado en la realización de estas obras.
Con todos estos estudios se ha realizado un análisis cronotipológico de los aparejos y de las técnicas constructivas altomedievales que ha permitido plantear (i) el nivel de desarrollo de las técnicas de construcción; (ii) el estudio de las formas del control social de la producción y (iii) la interpretación de la arquitectura altomedieval desde las bases teóricas antes planteadas.
En primer lugar es necesario señalar que nuestro conocimiento sobre la ciudad de Pisa en la Alta Edad Media es extremadamente parcial y fragmentario.
Si bien contamos con un estudio sistemático y exhaustiva de la documentación escrita conservada (GARZELLA 1990), la documentación material, y más concretamente las estructuras arquitectónicas son cuantitativamente muy limitadas.
Como en otras ciudades toscanas, el estudio de la arquitectura altomedieval y tardorromana pisana se encuentra comprometida por las notables transformaciones que han sufrido en el curso de los siglos XI y XII, tanto a través del realzamiento de los niveles de vida -que ha causado el enterramiento de estas estructuras-como a través de las frecuentes reutilizaciones de materiales constructivos que produjeron su desmantelamiento (fig. 2).
Solamente en raras ocasiones las estructuras antiguas se han mantenido en alzado hasta nuestros días, como en el caso de las llamadas Termas de Nerón en Pisa o del anfiteatro de Lucca, aunque no faltan los testimonios documentales de época altomedieval que nos dan a entender que las ruinas han formado parte del paisaje urbano de las ciudades de la Toscana nordoccidental (GARZELLA 1990: 2-12; GELI-CHI 1998: 80).
Igualmente las excavaciones urbanas han permitido recuperar un número limitado de estructuras arquitectónicas de época romana (Piazza dei Miracoli, Insti-Figura 1.
Mapa conceptual de análisis de las técnicas constructivas en época histórica (realizado con CMap Tool software) tuto de Fisiología en Via San Zeno, Piazza Dante, Biomedica en Via San Zeno, etc) 2.
Por lo que se refiere al período altomedieval los datos son aún más parciales si cabe.
Hasta el momento no se han reconocido edificios fechables con claridad en los siglos iniciales de la Alta Edad Media, de manera que solamente a partir del siglo VIII contamos con estructuras bien fechadas 3.
Por lo que se refiere a las excavaciones urbanas, los principales hallazgos de los que tenemos noticias provienen de las excavaciones realizadas en Plaza Dante (donde se han hallado dos casas de los siglos IX-X, otra de los siglos X-XI y los restos de la iglesia de San Isidoro, REDI 1993 4 ), y de Plaza Cavalieri (una cabaña con zócalo de piedra y alzado de madera del siglo VIII; una vivienda de finales del siglo X; ABE-LA, BRUNI 2000).
Aunque en esta ocasión no se ha querido analizar de forma detallada el territorio rural pisano, se ha querido incluir las fases más antiguas identificadas en la excavación del monasterio benedictino de San Michele alla Verruca, que han sido fechadas en la fase final del siglo X (ANDREAZZOLI 2003: 43).
En todo caso el núcleo principal del presente trabajo está dedicado al análisis de las cuatro construcciones eclesiásticas más significativas de Pisa en la Alta Edad Media: San Zeno, San Piero a Grado, San Matteo y Santa Cristina.
En realidad estas edificaciones han sido objeto de varios estudios en el pasado, especialmente por parte de P. Sanpaolesi y F. Redi, aunque carecen hasta el momento de estudios monográficos de detalle adecuados.
Por otro lado, todos estos edificios han sido restaurados en la segunda mitad del siglo XX, lo que ha comportado una modificación sustancial de su morfología.
Prácticamente la totalidad de estas intervenciones no han sido documentadas o publicadas de forma completa, de manera que con frecuencia contamos con referencias más bien 4 Hay que ser consciente de los graves problemas que presenta el estudio de las secuencias medievales de esta excavación (GELICHI 1994).
Como criterio corrector hay que emplear el trabajo de BERTI, MENCHELLI 1998, que revisa aspectos esenciales del estudio de los materiales arqueológicos.
Queda por realizar, en cambio, la revisión de las técnicas constructivas a la luz de nuestros conocimientos actuales.
3 Por lo que se refiere a los restos del baptisterio hallado en la Piazza del Duomo, considerado por algunos autores como paleocristiano (PANI ER-MINI, STIAFFINI 1985; REDI 1991: 59 ss.), las excavaciones realizadas en los primeros meses del año 1998 en el interior del Camposanto Monumental han permitido volver a sacar a la luz algunos paramentos referidos a dicha estructura.
Los últimos días del mes de marzo de 1998 dichos paramentos fueron analizados, por sugerencia de S. Bruni (entonces Inspector de la Soprintendenza Archeologica della Toscana), por R. Parenti y por el autor del presente texto.
El análisis metrológico de los ladrillos utilizados en su realización (fig. 3), excluyeron de forma absoluta que se tratase de materiales romanos, contradiciendo de esta manera las conclusiones obtenidas en su día por L. Pani Ermini.
Aplicando la curva mensiocronológica de ladrillos realizada para Pisa (QUIRÓS CASTILLO 2006), se ha podido fechar esta construcción en el curso de la segunda mitad del siglo XIII. genéricas (SANPAOLESI 1975; LUMINI 1972), o con algunos materiales gráficos conservados en archivos.
Por ese motivo se ha querido realizar una lectura estratigráfica de estos conjuntos, aunque somos conscientes de que cada uno de estos edificios precisa de ulteriores análisis de carácter diacrónico y de estudios monográficos que trascienden los objetivos del presente trabajo.
En esta ocasión se presentan, de forma muy sucinta, las lecturas estratigráficas de los distintos edificios analizados, centrando nuestra atención estrictamente en las fases de cronología altomedieval.
Basílica de San Piero a Grado
La basílica de San Piero a Grado se encuentra situada a 6 km. al SO de la ciudad, en proximidad del río Arno y de su desembocadura en el mar Tirreno.
De hecho, su propia de-nominación, «a grado», haría referencia a la existencia de un desembarcadero o un muelle en el Arno.
El lugar ha sido objeto de veneración a partir de la Edad Media debido a la existencia de una tradición que ha identificado esta iglesia con el lugar en el que, en el año 44 d C, el apóstol Pietro habría desembarcado en Italia proveniente de Siria con destino a Roma (SODI 2003).
Se trata de la construcción del siglo X de mayores dimensiones conservada aún en alzado en Toscana, y constituye, desde nuestro punto de vista, un hito fundamental en el análisis de las formas de construir en la Alta Edad Media italiana.
Como en otros conjuntos pisanos, San Piero a Grado ha sido objeto de varias restauraciones y excavaciones realizadas con mayor o menor criterio durante todo el siglo XX (fig. 4).
La primera fase de trabajos se realizó en el año 1919 Figura 4.
Planta de las estructuras halladas en la excavación realizada en San Piero a Grado, según F. Redi por parte del vicario de la iglesia, Luca Gelli; posteriormente fueron continuados por la Soprintendenza en el año 1925 (Peleo Bacci) y en los años 1950-1960 (Piero Sanpaolesi).
Los resultados de estas excavaciones, que han sido estudiadas por el propio Sanpaolesi (1975: 63 ss.) y más recientemente por F. Redi (1986Redi (, 2003)), han mostrado la existencia de una compleja secuencia de construcciones que preceden la iglesia actual.
Las excavaciones, que fueron realizadas en el interior de la iglesia en su tercio occidental y en el exterior de la misma, han permitido reconocer la existencia de dos edificios eclesiásticos precedentes al actual orientados SE-NO, construidos a su vez sobre una construcción de época romana.
La excavación ha sacado a la luz únicamente la zona absidal y un tramo de las naves, por lo que no contamos con la distribución planimétrica de todo el conjunto.
Las interpretaciones más recientes han sugerido que la primera iglesia documentada fue fundada a partir de la estructura de una villae suburbana (fase 1), transformada parcialmente en iglesia presumiblemente en el siglo IV mediante la construcción de un ábside que se adosaba al edificio civil anterior (fase 2).
El ábside, del que se conservan únicamente algunas hiladas, estaba enlucido en su interior por lo que únicamente se ha podido leer su aparejo en el exterior (fig. 5).
El paramento ha sido realizado en técnica mixta, con sillarejos irregulares de cantera y cantos rodados alternados con hiladas de ladrillos y tejas reutilizados que han sido aparejados con abundante argamasa blanca y compacta.
Se trata, por lo tanto de una técnica de albañilería que contrasta con el aparejo regular de cantería presente en el edificio civil precedente, en el que se emplearon esencialmente grandes sillares de «panchina livornés».
En un segundo momento (fase 3) esta iglesia fue restaurada y modificada mediante la ampliación del ábside central y la colocación de otros dos ábsides menores.
En realidad de este momento constructivo únicamente se conservan las cimentaciones, ya que estas estructuras han sido arrasadas con ocasión de la construcción del edificio actual.
Por este motivo no es posible reconocer el tipo de aparejos empleado.
En todo caso, las fundaciones han sido realizadas con bloques irregulares calizos y cantos rodados irregulares, sencillamente rotos con la maza sin ningún tipo de talla o acabado, y han sido dispuestos con argamasa dura y bastante compacta (fig. 6).
Se trata, por lo tanto de una restauración y ampliación del templo primitivo que ha comportado un realzamiento de la cota del pavimento y una reestructuración de los espacios litúrgicos, realizado probablemente tras un incendio del edificio anterior.
Por lo que se refiere a la cronología de esta segunda iglesia, y ante la ausencia de elementos cronológicos ciertos, todos los autores han querido relacionarla con los elementos de escultura decorativa que han sido reutilizados en la basílica de la tercera fase.
Más concretamente formarían parte de la decoración escultórica de esta iglesia algunos capiteles utilizados como bases de lesenas (SANPAOLESI 1975, tav XLIII) así como plúteos aún conservados en la fachada septentrional del edificio (CIAMPOLTRINI 1991: 63).
Estos materiales han sido fechados en una fase avanzada del siglo VIII o inicios del IX, por lo que se podría suponer que la reconstrucción de San Piero a Grado sería contemporánea a la catedral recientemente identificada en la plaza del Duomo (ver nota 18).
La construcción de la basílica actual (fase 4) ha sido realizada arrasando la iglesia precedente y modificando la Figura 5.
Paramento de la primera iglesia hallada en San Piero a Grado (fase 2) Figura 6.
Paramento de la tercera iglesia y de la villa de época romana hallada en San Piero a Grado (fases 1 y 3) Figura 7.
Lectura estratigráfica simplificada de los ábsides orientales de la iglesia de San Piero a Grado (Pisa) orientación del nuevo edificio.
Se trata de una construcción de 70 × 30 m. triabsidada y con la fachada orientada canónicamente hacia el oeste.
Su aspecto actual ha sido modificado por el derrumbe parcial que ha sufrido el edificio en torno al siglo XII, que ha comportado la ruina de casi una cuarta parte de la iglesia en su tramo occidental.
Con el fin de reparar este derrumbe se ha realizado un ábside único semicircular que amortiza la fachada anterior.
Hay que señalar, por otro lado, que la construcción actual ha sido objeto de numerosas intervenciones de restauración, tanto en época histórica como en el siglo XX que han alterado, de forma más o menos sustancial, la estructura original.
Centraremos nuestra atención en los ábsides orientales, donde es más legible la secuencia constructiva y los paramentos de esta fase edilicia (fig. 7).
La fábrica del exterior de los ábsides ha sido realizada con sillarejos extraídos siguiendo las líneas de estratificación natural de caliza «palombini», ladrillos y materiales reutilizados (ue 3, 14, 32) dispuestos en hiladas horizontales y paralelas y aparejadas con una argamasa dura amarillenta.
En las lesenas que articulan los ábsides se ha recurrido con gran frecuencia a materiales antiguos reutilizados, y en particular mármoles blancos.
En cambio las naves han sido realizadas con sillares de «panchina livornés» dispuestos en hiladas horizontales y paralelas entre sí (ue 10, 23, 36).
La calcarenita conocida como «panchina» es un material blando y fácil de extraer en el cercano litoral livornés, que puede ser labrado sin grandes dificultades con los instrumentos de talla que estaban en uso en Pisa en la fase final de la Alta Edad Media.
De hecho, el rico aparato decorativo de San Piero a Grado compuestos por arcos ciegos sobre ménsulas, óculos y losanges (ue 7, 22, 33, 23) han sido realizados en este material (fig. 8).
En el interior de los ábsides (fig. 9), donde son muy evidentes las sucesivas restauraciones, se ha reconocido igualmente el empleo de varios materiales y técnicas de construcción.
En el ábside central, donde son más legibles los aparejos, el primer tramo conservado (ue 51) ha sido realizado con sillares regulares de «panchina livornés» y sillarejos alargados de caliza gris oscura dispuestos en hiladas horizontales alternas, obteniendo de esta manera una bicromía que se retoma igualmente en los paramentos de las naves laterales.
En el segundo tramo (ue 52), donde han sido realizadas las ventanas que iluminan el ábside (ue 21, 16, 17), el paramento presenta sillarejos de caliza gris oscura de pequeñas dimensiones, aunque en el tramo central el paramento está interrumpido por las restauraciones posteriores.
Por último, el casquete de la bóveda absidal (ue 53) ha sido realizado exclusivamente en sillares de «panchina livornés», ya que se trata de un material poroso y por lo tanto ligero.
La presencia de decoraciones al fresco en los casquetes de las naves menores no permite analizar su aparejo, aunque en el tramo inferior ambos ábsides han sido realizados Figura 8.
Detalle de las técnicas constructivas empleadas en los ábsides orientales de la iglesia de San Piero a Grado (Pisa)
con sillares de «panchina livornés» alternados con sillares de calizas grises oscuras, con la misma técnica documentada en el ábside central (ue 51).
Hay que señalar igualmente que el empleo de sillares de ambos materiales se documenta igualmente en el arranque de los arcos torales que separan la nave central de las laterales.
Forman parte del aparato decorativo de esta basílica los más de dos centenares de bacini 5 cerámicos que fueron colocados en huecos tallados de forma deliberada en los sillares de «panchina livornes».
La mayor parte de estas cerámicas se encontraba en los ábsides orientales aquí analizados, donde se cuentan casi un centenar de huecos destinados a su alojamiento.
Sin embargo únicamente se conservaban 71 cerámicas en todo el edificio fabricadas en talleres islámicos de varios sectores del Mediterráneo (BERTI, TONGIORGI 1981: 22-38).
Un aspecto muy importante que hay que tener en cuenta a la hora de analizar el significado de estas cerámicas es que han sido colocadas en el mismo momento en que se ha realizado el edificio, tal y como han mostrado los estudios concluir que San Piero a Grado sea más antiguo que los otros edificios pisanos que se analizan a continuación, como San Zeno, Santa Cristina o San Matteo.
Sin embargo sí creemos necesario subrayar en todo caso la excepcionalidad de este grupo de edificios en el contexto del centro de Italia, tanto en términos de complejidad tecnológica como dimensionales o de inversión por parte de sus promotores.
El segundo edificio analizado es la iglesia del monasterio de San Zeno, ubicada en el sector NE de la ciudad, donde se encontraban toda una serie de restos de época romana aún recordados por la documentación altomedieval.
La iglesia aparece documentada por primera vez en el año 1029 (GAR-ZELLA 1990: 10), constituyendo un elemento topográfico fundamental en la organización de este sector de la ciudad que se encontraba fuera del recinto amurallado hasta la realización a mediados de siglo XII del nuevo circuito.
Se trata de un edificio pluriestratificado que ha sido restaurado y excavado durante los años 1964-1972, pero que aún carece de una monografía adecuada y de un estu-Figura 10.
Lectura estratigráfica simplificada del pórtico de la iglesia de San Zeno (Pisa) Figura 11.
Croquis del muro de la nave sur de la iglesia de San Zeno (Pisa) con indicación de las técnicas constructivas más significativas del conjunto La secuencia constructiva de la iglesia de San Zeno es especialmente compleja debido a las numerosas intervenciones que se han realizado a lo largo de los siglos, modificando la volumetría y la estructura del edificio de forma bastante radical.
En todo caso centraremos nuestra atención en esta ocasión en las primeras tres fases edilicias que corresponden a la ocupación altomedieval.
Gracias a la excavación y a la lectura del muro perimetral de la nave meridional se ha podido establecer que la primera iglesia de San Zeno (fase 1) era una construcción triabsidada de la que en la actualidad únicamente se conserva un tramo del muro meridional de la nave sur (fig. 11).
El paramento, conservado en unos dos metros de altura (ue 51), ha sido realizado con materiales irregulares variados recogidos o recuperados (ladrillos, calizas, cuarcitas, materiales metamórficos, areniscas, «panchina») y dispuestos en hiladas irregulares de alturas muy variables.
La argamasa empleada es blanca y dura.
Se trata, por lo tanto, de una técnica de albañilería que no utiliza materiales de cantera.
Se puede atribuir a esta misma fase los ábsides reconocidos en la excavación de los años 1964-1969 debido a la técnica constructiva y a los materiales empleados.
Por lo que se refiere a la cronología de esta fase edilicia carecemos de cualquier indicador cronológico relevante, aunque el propio F. Redi lo ha situado entre los siglos VIII y IX (REDI 1997: 424).
En un segundo momento (fase 2) el edificio fue reconstruido parcialmente, tal y como se observa en el mismo muro de la nave sur.
De este paramento se conserva un tramo de unos dos metros de altura sobre el anterior (ue 53), y ha sido realizado igualmente con material reutilizado e irregular muy variado, aunque en este caso se trata de materiales seleccionados en términos dimensionales.
Los mampuestos, que son alargados o verticales, así como los ladrillos presentes en el paramento están dispuestos formando hiladas horizontales y regulares mediante el empleo de lechadas amplias de argamasa.
Las juntas son excedentes, debido al empleo de argamasa blanca muy densa sobre la que se ha trazado antes de que fraguase líneas que remarcan las hiladas horizontales imitando la sillería.
Este tipo de recurso está documentado en varios edificios de Lucca, como en el campanario de San Piero in Campo, el ábside de Badia de Cantignano, la cripta de San Michele in Foro, la catedral de San Giovanni y Reparata o el Baptisterio de San Giovanni en cronologías que se sitúan entre los siglos X y XI (QUIRÓS CAS-TILLO 2002).
El paramento está horadado por una puerta con arco que comunicaría con el monasterio anexo (ue 52), dos ventanas realizadas en «panchina livornés» y ladrillos romanos reutilizados, así como una losanga realizada con ladrillos romanos enteros reutilizados.
La morfología de estas ventanas, similares a las de San Piero a Grado, ha llevado a F. Redi a fechar esta actividad edilicia en la segunda mitad del siglo X, aunque resulta evidente la diferencia existente en las técnicas y en los materiales empleados así como en la estructura organizativa de la producción 7.
Indudablemente están mejor conservadas las estructuras referidas a la tercera fase constructiva.
Pertenecen a esta actividad edilicia otro bloque de dos metros de altura del paramento de la nave sur (ue 54) así como el prothyron o pórtico que actualmente se conserva en al fachada del edificio (fig. 12).
En realidad, la lectura estratigráfica del mencionado pórtico permite distinguir la existencia de dos etapas de obra principales (fase 3a, fase 3b).
La fase 3a ha sido realizada con sillares de «panchina livornés» de alturas distintas y en ocasiones fuera de escuadra, dispuestos en hiladas horizontales y paralelas entre sí.
Esta técnica ha sido reconocida tanto en la nave sur (ue 54) como en el pórtico (ue 5).
Los motivos decorativos empleados en esta fase constructiva vuelven a ser las losangas y los círculos desdoblados (ue 5) así como una serie de bacini cerámicos que han sido fechados en la fase final del siglo X e inicios del siglo XI (BERTI, TONGIORGI 1981: 17-21).
Hay que subrayar la importancia que ha tenido en esta fase el empleo de materiales antiguos reutilizados.
Entre ellos hay que señalar el empleo de fragmentos de cornisas dispuestos en la fachada (fig. 13), las doce columnas monolíticas empleadas tanto en el pórtico como el interior de la iglesia o la serie de capiteles del edificio, entre los que llama la atención uno de ellos usado como base (fig. 14).
Otro elemento significativo de esta etapa de obra está constituido por el empleo de una serie de placas decoradas de arcilla cocida empleadas rematando la cornisa principal de la fachada del pórtico (fig. 15).
En un momento cercano a la etapa anterior se decidió ampliar el pórtico (fase 3b) utilizando los mismos materiales constructivos de la etapa anterior (ue 15).
Los propios bacini cerámicos nos muestran la proximidad cronológica existente entre ambas etapas de obras (BERTI, TONGIORNI 1981: 18).
En todo caso se observa un cambio significativo en la Figura 12.
Detalle de la técnica constructiva de la fachada de San Zeno de Pisa (fase 3a) Figura 13.
Detalle de cornisa romana retallada y reutilizada en la fachada de San Zeno de Pisa (fase 3a) Figura 14.
Capitel romano reutilizado como base en una columna del pórtico de San Zeno de Pisa técnica constructiva empleada en esta etapa.
Los paramentos atribuidos a este momento constructivo han sido realizados con sillares perfectamente escuadrados, de alturas homogéneas y dispuestos en hiladas regulares y horizontales, con juntas muy estrechas.
Respecto a la etapa anterior, pues, ha habido un cambio significativo en el tipo de talla de los sillares empleados en la fábrica.
La siguiente fase constructiva (fase 4), fechada en el siglo XII, ha comportado una modificación sustancial de la morfología de la iglesia.
Tal y como ha señalado P. Sanpaolesi a partir de las observaciones de los paramentos con criterio estratigráfico (SANPAOLESI 1975: 108), se derruyeron los ábsides altomedievales, de manera que se amplió el edificio hacia el norte -mediante el añadido de una nueva nave-, hacia el este -mediante la construcción de un nuevo ábside recto-y en vertical, mediante el realzamiento de la fachada original (ue 26).
Igualmente fueron modificados los arcos formeros y la nueva nave central se formó mediante la fusión de la nave norte y la nave principal del edificio anterior, y la torre campanario quedó integrada en el nuevo paramento septentrional.
Por último hay que señalar que la fachada se ha asimismo ampliado hacia el sur (ue 20), probablemente debido a la reforma de los espacios del monasterio adosados a la iglesia.
Esta obra fue realizada con sillares regulares de «panchina livornés» regulares y homogéneos muy similares a los empleados en la etapa 3b.
Esta fase se ha querido fechar en la primera mitad del siglo XII, cuando se produjo el traspaso del monasterio a la orden de Camáldoli entre los años 1125-1136(BERTI, TONGIORGI 1981).
En síntesis, la iglesia de San Zeno constituye un rico archivo de las técnicas constructivas utilizadas en Pisa en el período altomedieval.
La dificultad que plantea su lectura y la complejidad de su secuencia ocupacional no impiden, en cambio, detectar cómo en torno al año mil se introduce la obra de cantería sustituyendo una cultura constructiva de albañilería basada en la reutilización de materiales viejos.
Es importante señalar que la continua presencia de estos materiales reutilizados debe relacionarse con la existencia de ruinas romanas ubicadas en proximidad de San Zeno, conocidas tanto a través de la documentación escrita como a través de hallazgos materiales.
Aunque no son pocas las dudas que plantea la datación de las secuencias altomedievales, resulta evidente que San Zeno constituye, hasta el momento, el edificio más relevante para el conocimiento de las técnicas constructivas pisanas de los siglos VIII-X.
La pequeña iglesia de Santa Cristina está ubicada en el sector dispuesto al sur del Arno, en el barrio denominado Chinzica.
La iglesia ha sido profundamente transformada con ocasión de la restauración de la que ha sido objeto en el año 1814, de manera que en la actualidad se presenta como un edificio completamente enlucido y con una estética barroca.
La única porción donde se conservan aún a la vista la iglesia medieval es el tramo inferior del ábside (fig. 16).
La iglesia de Santa Cristina está documentada en el siglo VIII, durante el período del rey lombardo Rachis (744-749), cuando aparece como una de las propiedades del arcediano Alateo, al que se atribuye la fundación de Santa Cristina y de San Pietro ad Septem Pinos (GARZELLA 1990: 15).
Se trataría, por lo tanto, de una de las pocas fundaciones privadas que conocemos en el caso de Pisa durante el período tardolombardo, lo que mostraría la existencia de una serie de grupos emergentes que fundan iglesias como elementos de prestigio social (LA ROCCA 1998).
La iglesia se ubicaría en proximidad del único puente que cruzaría el Arno, comunicando la ciudad con el barrio meridional.
La iglesia vuelve a ser mencionada en el año 1006, cuando aparece caracterizada como el verdadero polo de agregación de la «villa» de Chinzica, barrio extramuros situado al sur del Arno y que terminará por integrarse en el tejido de la ciudad y dotarse de una estructura urbana orgánica durante la fase final del siglo XI (GARZELLA 1990: 92 ss).
La lectura estratigráfica del ábside de Santa Cristina ha mostrado que se trata de una construcción bastante uniforme, aunque son también evidentes las importantes restauraciones de las que ha sido objeto.
El ábside, conservado hasta una altura de poco más de dos metros y medio, está estructurado en cinco paños divididos por cuatro ménsulas rectangulares (ue 41, 42) o semicirculares (ue 40.
En los tres tramos centrales se abren tres ventanas semicirculares de arcos dobles (ue 7, 15, 24) que probablemente iluminaban una cripta de la que actualmente no se conservan los restos.
Por otro lado hay que señalar que la cota actual de la calle se encuentra notablemente elevada respecto al período de construcción de la iglesia.
Los paramentos del ábside han sido realizados, en el tramo inferior, mediante el empleo de sillarejos 8 de caliza «a palombini» dispuestos en hiladas horizontales de 12-14 cm. de altura (ue 30, 23, 13, 14, 6).
De forma ocasional la caliza se alterna con hiladas dobles de ladrillos romanos reutilizados.
En cambio, el tramo superior y el remate del ábside realizado con arcos colgantes apoyados sobre ménsulas de mármol reutilizadas, ha sido construido con el empleo de sillares nuevos de «panchina livornés» de un pie de alto (ue 28, 31, 25, 8, 2).
Como se ha señalado con anterioridad, se trata de un material de fácil elaboración puesto que es poroso y blando, pero a la vez resistente.
En el interior de los arcos se han colocado motivos decorativos romboidales (losange) y circulares, que son muy característicos del grupo de edificios que estamos analizando (fig. 17).
Por lo que se refiere a las impostas sobre las que se apoyan los arcos colgantes se trata de ejemplares claramente reutilizados (de hecho sus molduras son diferentes entre sí) y han sido realizadas en mármol apuano.
Las lesenas que dividen los paños absidales han sido igualmente trazadas con sillares de «panchina livornés» alternada con hiladas dobles de ladrillos y tejas romanas rotas y adaptadas a la morfología de las mismas (ue 40, 41, 42, 43).
Hay que señalar, por último, que el ábside presenta evidentes trazas de restauraciones que han afectado esencialmente el paño central del mismo.
Resulta significativo señalar que en estas reconstrucciones (ue 16, 17) se han utilizado sillares y sillarejos de materiales provenientes de los Montes Pisanos (verrucano y brechas), y se ha sustituido la imposta de mármol bajo el arco colgante.
En síntesis, aunque el único tramo conservado de la iglesia medieval de Santa Cristina no cuente con elementos datantes de carácter arqueológico como la presencia de cerámicas (bacini), tanto por el tipo de técnicas y de materiales empleados como por los elementos decorativos es posible asociarla al restante grupo de iglesias que fechamos en torno al año mil (SANPAOLESI 1975: 113; REDI 1991: 348).
Es por lo tanto, probable, que el edificio eclesiástico fuese reconstruido en el contexto del resurgir del barrio de Chinzica, de la que se convertirá en un verdadero polo de agregación urbanística y social.
La iglesia de San Matteo in Soarza o Suarta es el conjunto eclesiástico pisano que quizás ha sido menos estudiado de los tratados hasta el momento, siendo en la actualidad la sede del Museo Nacional de San Matteo y del Departamento de Historia del Arte de la Universidad de Pisa (fig. 18).
Se ubica en el sector oriental de la ciudad de Pisa, en la orilla septentrional del Arno y en proximidad del recinto amurallado del siglo XII.
Gracias a la documentación escrita podemos conocer algunos aspectos relevantes sobre la construcción de la iglesia y la fundación del monasterio.
El monasterio benedictino femenino de San Matteo fue fundado y dotado en los años 1027 y 1028 por Teuzia e Ildeberto, llamado Albizio, en Suartha prope fluvio Arno, en un terreno y en una iglesia de su propiedad (VIOLANTE 1980: 25-27).
Los documentos conservados indican que los mencionados fundadores residían cerca de esta iglesia, y que se encontraba en el exterior del recinto amurallado.
De hecho, el monasterio debió de convertirse pronto en un eje de agregación y de organización de este suburbio oriental (GAR-ZELLA 1990: 78).
Estamos, pues, en presencia de una iglesia construida de forma previa a la fundación del monasterio sobre un terreno de propiedad de una de las familias más relevantes de la sociedad pisana en torno al año mil, que además mantuvo una posición preeminente en la historia de Pisa al menos durante los siglos XI y XII.
El monasterio, que tras la colaboración del abad Bono fue regido por la hija y otros familiares de los fundadores, se mantuvo bajo el patronato de este grupo familiar, que construyó varias torres en su proximidad.
Así pues San Matteo se funda como monasterio propio, de manera que las propias dinámicas constructivas y las reformas realizadas hay que explicarlas en relación con las iniciativas desarrolladas por parte de Albizio y sus descendientes.
El complejo monumental de San Matteo, tal y como se presenta en la actualidad, es el resultado de una serie de añadidos y transformaciones pluriseculares realizadas a partir de la iglesia y de un claustro medieval que se han concluido, hasta el momento, con las profundas reformas sufridas tras las destrucciones de la Segunda Guerra Mundial.
Hasta inicios del siglo XIX el conjunto se mantuvo como sede del monasterio, transformándose posteriormente en cárcel hasta los años 40 del siglo pasado, y siendo posteriormente transformado en Museo y centro universitario.
La misma iglesia de San Matteo es el resultado de toda una serie de transformaciones sucesivas que, han mo-dificado sustancialmente el primer templo fundado en torno al año mil.
Piero Sanpaolesi, autor de la restauración del conjunto de San Matteo a partir del año 1947, nos ha dejado algunas notas breves sobre la evolución arquitectónica del conjunto (SANPAOLESI 1975: 93-105).
Este estudioso llevó a cabo varias excavaciones en el conjunto que le permitieron reconocer los restos de la primera construcción, que fechó entre finales del siglo X e inicios del siglo XI.
En un segundo momento, fechado por Sanpaolesi a mediados del siglo XII, el edificio habría sido reconstruido a partir del ábside y el lado sur, sin que este proyecto se llevase a conclusión, de tal manera que la vieja iglesia seguiría en uso.
Solamente a partir de mediados del siglo XIV se habría rematado la obra, demoliendo la vieja iglesia original, aunque en realidad esta propuesta interpretativa no pueda ser verificada en la actualidad a través de la lectura de los paramentos.
La última intervención, bien legible en la estructura del edificio actual, comportó la reconstrucción del templo a Figura 18.
Vista general de la iglesia de San Matteo desde el sur, en la que se reconoce la reconstrucción del siglo XVII iniciada en la fachada y la fase medieval del siglo XII partir de la fachada, aunque tampoco en esta ocasión la obra se completó, de manera que la iglesia presenta aún hoy en día las huellas de este palimpsesto arquitectónico.
Pero volviendo a la primera iglesia de San Matteo, durante el proceso de restauración y las excavaciones se pudo comprobar que del primitivo edificio se conservaba aún en alzado e integrado en el muro norte del templo actual el paramento septentrional de la nave central de la primitiva construcción.
Igualmente se pudieron hallar los tres ábsides de la iglesia primitiva articulados con lesenas en el exterior, hallándose enterrados a unos dos metros del nivel de pavimento actual y presentando uno de ellos una decoración con frescos (fig. 19).
Aunque el arquitecto nunca llegó a publicar una memoria de las intervenciones realizadas, se conservan en la actualidad en el Archivo de la Soprintendenza ai Beni Ambientali Architettonici Artistici e Storici per le province di Pisa e Livorno algunas fotografías y una reconstrucción de este paramento que, en concomitancia con la lectura directa de los paramentos conservados en alzado, permite conocer la morfología del primer edificio de San Matteo 9.
Para Sanpaolesi la primitiva iglesia de San Matteo sería un templo de tres naves triabsidado, de la que habría reconocido ocho arcos torales en la nave central sostenidos sobre pilares cuadrados 10.
Esta nave estaría iluminada por cinco ventanas y rematada por círculos y losangas enmarcados en arcos ciegos (fig. 20).
Por su parte, las naves laterales serían muy estrechas y la cubierta sería de madera.
Por lo que se refiere, en cambio, a los materiales constructivos, el edificio ha sido realizado esencialmente en «panchina livornés», aunque en los ábsides se pudo observar igualmente el empleo de ladrillo, probablemente materiales romanos reutilizados, y la presencia de bases de mármol en las lesenas (SANPAOLESI 1975).
En la actualidad no resulta sencillo analizar los restos más antiguos de San Matteo, puesto que los ábsides ya no son visibles y únicamente se conservan algunas fotos de la excavación, y el paramento norte de la nave mayor constituye en la actualidad el muro divisorio de la iglesia del siglo XVII y del Dipartimento di Storia delle Arti de la Universidad de Pisa.
No obstante, la lectura volumétrica del conjunto y el análisis estratigráfico de los paramentos parcialmente visibles en varias dependencias del mencionado Departamento (Aula A, escalera de acceso, pasillos, despachos de profesores), han permitido reconocer algunos tramos de la primitiva iglesia.
Los restos conservados, hallados en los dos primeros pisos del Departamento, corresponden a una serie de seis 10 Sin embargo, una reconstrucción gráfica conservada en el Archivo de la Soprintendenza muestra el empleo de columnas separando la nave central, solución más cónsona con los ejemplos de San Piero a Grado o San Zeno.
9 He podido consultar los documentos conservados en el mencionado Archivo de la Soprintendenza gracias a la amabilidad de Laura Benassi y Marzia Alessio, que preparan un estudio sobre el conjunto. arcos torales (aunque se intuye la presencia de un séptimo arco) y el remate del paramento realizado con óculos y losange de las que se han reconocido un total de ocho ejemplares (fig. 21).
En la escalera de acceso al Departamento se conserva una de las ventanas apuntadas y desdobladas que iluminaban la nave central, así como los mechinales en los que se encajaba la viguería de la nave septentrional (fig. 22).
Hay que subrayar que la altura a la que se encuentran estos arcos es muy baja debido al importante realzamiento que tuvo lugar del pavimento de la iglesia durante la reconstrucción del siglo XII con el fin de evitar los frecuentes aluviones del Arno.
Este realzamiento, que fue documentado por Sanpaolesi durante las excavaciones de los ábsides, se conoce igualmente a través de los textos escritos.
Los paramentos en vista han sido realizados exclusivamente en «panchina livornés» que ha sido tallada en forma de sillares y sillarejos regulares de dimensiones variadas.
El aparejo es regular y las piezas han sido colocadas con juntas estrechas, sin el empleo de ripios. de alto nivel (empleo masivo de sillares nuevos de fábrica), que recurren a modelos arquitectónicos reconocibles en otros edificios de la ciudad y a un sistema de abastecimiento de materiales constructivos procedentes del área de Livorno.
Todos estos elementos permiten reforzar la idea de que al menos desde la fase final del siglo X se había creado una escuela constructiva en Pisa de altísimo nivel, que destacaba notablemente respecto a otros centros urbanos italianos.
Puede deducirse, igualmente, que los promotores de estas obras, a través de la creación de una demanda sostenida, han tenido un papel fundamental en el desarrollo de estas formas de construir.
LAS FORMAS DE CONSTRUIR EN PISA
EN LA ALTA EDAD MEDIA
Los materiales de construcción
Uno de los aspectos más importantes que plantea el estudio de la arquitectura altomedieval es la identificación de los materiales de construcción empleados, las formas de obtención de los mismos y la estructura organizativa que hace posible su empleo.
De hecho, este elemento constituye un indicador precioso para comprender la complejidad y la sofisticación del fenómeno arquitectónico durante los siglos analizados.
En el caso de la arquitectura pisana hemos de decir que se cuentan con una serie muy importante de estudios dedicados a los materiales de construcción empleados en la arquitectura medieval que han sido realizados desde varias ópticas.
Desde una aproximación geológica y a partir del trabajo pionero de F. Rodolico (1953: 264-276), el grupo de investigación coordinado por M. Franzini ha realizado importantes investigaciones sobre algunos de los principales materiales utilizados basándose en la identificación de las propias canteras (FRANZINI 1993; FRANZINI, LEZZERINI 2003;1998; CANOVA, FRATINI, MAGANELLI, MAZZUOLI 1999) 11.
Estos trabajos han prestado una mayor atención a los materiales utilizados después del año mil y, en particular, se ha prestado una atención especial a los materiales procedentes de los Montes Pisano12.
Por otro lado, otros especialistas han prestado una atención especial al fenómeno de la reutilización de los materiales antiguos de prestigio (TEDESCHI GRISANTI 1992), o han realizado trabajos de síntesis, aunque con criterios discutibles o imprecisos (REDI 1997).
Con todo, al día de hoy las reflexiones más importantes sobre los materiales utilizados en la arquitectura altomedieval son las realizadas en su día por Sanpaolesi (1975: 89, 97).
Sabemos que en época romana y tardía se utilizaron materiales carbonáticos y cuarcíticos excavados en los Montes Pisanos (PASQUINUCCI 2003: 84) asociados a las calcarenitas aflorantes en el litoral conocidos como «panchina livornés».
La explotación de las canteras de los Montes Pisanos debió de ser muy célebre en la Antigüedad, tal y como la recuerda el propio Estrabón (V, 2, 5).
Aunque las estructuras exhumadas del período tardorromano no son muy abundantes, aún en el siglo IV, en la primera iglesia hallada en San Piero a Grado, se documenta el empleo de estos materiales, lo que muestra que aún en este período deberían de estar en funcionamiento las canteras utilizadas en el altoimperio.
Sin embargo, una de las primeras conclusiones que se pueden extraer del análisis de las arquitecturas altomedievales pisanas es que durante estos siglos se produjo un cambio muy notable en las formas de abastecimiento de los materiales de construcción.
Tanto en las arquitecturas civiles -como las reconocidas en las excavaciones urbanas (Piazza Cavalieri, Piazza Dante)-como en el caso de las arquitecturas religiosas, se observa la importancia que ha adquirido la reutilización de materiales antiguos, el empleo de materiales recogidos (sin extracción) y el uso de material de canteras ubicadas únicamente en el litoral.
De hecho los principales materiales constructivos empleados durante estos siglos son la calcarenita cuaternaria conocida como «panchina livornés», extraída en la propia ciudad de Livorno y al sur de la misma (FRANZINI 1993: 234), y la caliza «a palombini», procedente igualmente del área del sur y el interior de Livorno13.
El primero es un material poroso, blando, fácil de extraer y de trabajar pero a la vez muy resistente, que aflora en el litoral en proximidad de la desembocadura del Arno, por lo que su transporte se realizaba vía fluvial.
Todas estas circunstancias explican que haya sido elegido como el principal elemento constructivo del período comprendido entre los siglos VIII-XI, de manera que únicamente cuando se volverán a explotar de forma sistemática las canteras de los Montes Pisanos decaerá su empleo.
En cambio la caliza «a palombini» es un material mucho más duro, que presenta mayores dificultades de elaboración, aunque podía extraerse en la misma cantera con la maza siguiendo únicamente los planos de estratificación, obteniendo de esta manera sillarejos regulares sin necesidad de ser tallados.
Por otro lado estos materiales afloraban igualmente en proximidad de la costa de Livorno, por lo que se podía recurrir al mismo sistema de transporte fluvial, remontando el río Arno.
De forma puntual se ha recurrido a otros materiales, aunque siempre de forma muy contenida.
Así por ejemplo, en el interior de la iglesia de San Piero a Grado se ha buscado la bicromía en el paramento combinando la «panchina livornés» con sillares y sillarejos de caliza negra, cuya proveniencia aún no ha sido definida con precisión.
Los estudios realizados sobre las piedras negras utilizadas en la arquitectura medieval pisana han mostrado que se han utilizado varias litologías, y que su uso ha sido siempre contenido (CA-NOVA, FRATINI, MANGANELLI DEL FA, MAZZUOLI 1999).
Hasta el momento los análisis de los que disponemos sobre los primeros edificios medievales se refiere a la segunda fase de la Catedral de Santa María, en la que se utilizaron calizas a Rhaetavicola contorta provenientes de la zona de Caprona (Monti Pisano), o de Avane, en los Monti d'Oltre Serchio (FABIANI 1997: 51).
Sin embargo, no ha sido posible hasta el momento atribuir esta proveniencia a los materiales de San Piero a Grado.
En la iglesia de San Isidoro, hallada en las excavaciones de Plaza Dante se ha reconocido un paramento realizado en sillares pequeños de verrucano que se ha fechado antes del año 1030 (REDI 1993: 206), aunque no es posible establecer con los datos disponibles si se trata de material reutilizado, de paramentos relativos a una fase edilicia posterior, o si en cambio la muestra analizada en esta ocasión es aún demasido reducida.
De todo lo dicho se deduce que, por cuanto sabemos en la actualidad, las canteras de los Montes Pisanos, no se utilizaron en la realización de estas construcciones.
De hecho, podemos afirmar que la apertura de las canteras de los montes pisanos no tuvo lugar antes de mediados o el segundo cuarto del siglo XI, cuando se empiezan a utilizar los mármoles y otras litologías de las canteras del Monte Pisano (FRANZINI, LEZZERINI 2003: 222; FRANZINI, LEZZERINI, MANNELLA 2001: 193).
Posteriormente estos materiales se convirtieron en la principal zona de abastecimiento para la renovación arquitectónica de la ciudad a partir de este siglo.
Entre los aspectos más significativos se puede señalar la apertura de canales para el transporte de la piedra en nave durante la realización del recinto amurallado de mediados del siglo XII, uniendo directamente las canteras de los Montes Pisanos con San Zeno (RODOLICO 1953: 272).
El transporte vía fluvial de los materiales constructivos ha sido un elemento básico para la estructura productiva arquitectónica pisana de la Baja Edad Media, tal y como muestra la misma documentación escrita (REDI 1997: 425).
Pero los datos que nos muestran el estudio de las arquitecturas aquí analizadas es que también en la Alta Edad Media el empleo de estos canales ha sido fundamental.
Durante estos siglos se explotaron canteras de materiales blandos o semiduros que podrían ser extraídos sin infraestructuras demasiado complejas, con formas bastante regulares y que podrían ser transladado por vía fluvial.
En síntesis, se han utilizado aquéllos materiales que mejor se adecuaban a la estructura productiva vigente en Pisa durante los siglos VIII y X.
Posteriormente, hacia el 1050-1100, la apertura de las canteras de los Montes Pisanos modificará sustancialmente las áreas de abastecimiento de los materiales constructivos en un contexto completamente modificado en lo que se refiere al modelo de producción y organización del artesanado.
Esta realidad contrasta claramente con lo observado en la cercana ciudad de Lucca, donde la primera mención documental de canteras abiertas en los Montes Pisanos, en la zona de Vaccoli, hay que situarla a finales del siglo X (QUIRÓS CASTILLO 2002: 95).
En todo caso, pequeños frentes de cantera debieron de utilizarse en los Montes Pisanos también durante la Alta Edad Media, tal y como muestra el empleo de bloques calizos en la primera fase de San Michele in Foro en Lucca fechada en el siglo VIII (QUIRÓS CASTILLO 2002: 53).
Sin embargo, únicamente a partir del 1050 documentamos en el territorio de Lucca la explotación de canteras en la que se extraen sillares regulares.
A pesar de que potencialmente los materiales a disposición de las mismas ciudades son muy semejantes por compartir la misma litología (RODOLICO 1953: 264), las diferencias están muy acentuadas, tanto en lo que se refiere a los materiales como a las técnicas de construcción empleadas.
Las culturas constructivas que a partir de los siglos VIII y IX se gestan en ambas ciudades, separadas entre sí pocos kilómetros, son muy heterogéneas de tal manera que una cierta permeabilidad o incluso homogeneidad formal, técnica y decorativa solamente se documenta a partir del 1100 aproximadamente (el «románico pisano-lucchese»). * * * Merece, por último, una consideración específica el problema de la reutilización de materiales antiguos en la arquitectura pisana, tanto por la intensidad de este proceso, como por la extensión en términos cronológicos y funcionales que han caracterizado este fenómeno.
De hecho, la presencia de elementos reutilizados es frecuente no solamente en iglesias, sino también en construcciones civiles (PARRA 2003; BALDASSARRI, MILANESE 2004: 50).
Por lo que se refiere a la arquitectura precedente al año mil, el empleo de materiales reutilizados o recogidos es muy frecuente, tanto en edificios civiles como religiosos.
Con frecuencia se trata de reutilizaciones de carácter práctico, como por ejemplo se observa en el caso de los ladrillos romanos utilizados en San Piero a Grado, Santa Cristina o San Matteo, o de los materiales empleados en las excavaciones de Plaza Dante o Plaza Cavalieri o en las primeras fases de San Zeno.
En cambio, en otras ocasiones, como en el prothyron de San Zeno o en San Piero a Grado resulta evidente que tras el recurso a estos materiales se encuentra otro tipo de aspiraciones de carácter formal e idealista (ESCH 1998; WARD PERKINS 1984: 203-229).
También en este campo son evidentes las diferencias que presentan las culturas constructivas de Pisa respecto a la de Lucca y, en general, al resto de la Toscana en la Alta Edad Media, donde la reutilización ha desempeñado una función esencialmente de carácter funcional (QUIRÓS CAS-TILLO 2002: 78-80).
Las técnicas de construcción
A pesar de que cuantitativamente el número de técnicas constructivas analizadas en esta ocasión es mucho más reducido respecto al precedente estudio de Lucca, se ha que-rido mantener los mismos criterios de análisis puesto que permiten establecer con mayor precisión un repertorio sistemático de las técnicas de construcción altomedievales de la Toscana nordoccidental, pero además permiten establecer comparaciones entre los distintos territorios (fig. 23).
La tipología de los aparejos y las técnicas constructivas que se ha definido en el caso de Pisa se ha basado en el empleo de criterios de carácter tecnológico y no formal; es decir, se ha querido reconocer, a través del estudio de las dimensiones, la forma, el tallado y la colocación de las piezas en la obra, los especialistas que han intervenido en la obra y su organización interna (MANNONI 1997).
Por este motivo se han agrupado las técnicas en tres categorías principales: las técnicas de cantería (A), es decir, aquellas en las que existe una acentuada división profesional del trabajo y una mayor especialización, de tal manera que el cantero es el responsable de la dirección de la obra y de la prefabricación de las piezas; las técnicas de albañilería (B), en las cuales no existe esta división del trabajo y las cadenas técnico operativas prevén un número más limitado de gestos técnicos; en este caso la realización de estos paramentos depende únicamente de la habilidad del albañil a la hora de aparejar materiales tallados, adaptados, recogidos o reutilizados.
Por úl-timo, hay que señalar que durante estos siglos ha adquirido un notable protagonismo las técnicas de carpintería (C), especialmente en lo que se refiere a la arquitectura doméstica están asociadas a ciclos de producción relacionados con el uso de este material.
Dentro de estos tres grupos ha sido posible reconocer algunas variantes a partir de la observación de los aparejos, los materiales constructivos y las técnicas utilizadas, que se describen a continuación.
Hay que tener en cuenta que en la numeración de estas técnicas se ha mantenido la clasificación ya establecida en el precedente estudio de Lucca (QUIRÓS CASTILLO 2002: 82-86):
A2: Aparejo realizado con sillares rectos de «panchina livornés» y de forma ortoédrica que han sido perfectamente labrados.
A3: Aparejo realizado con sillares escuadrados de «panchina livornés» de alturas y dimensiones variables en cada hilada y que no forman ángulos perfectamente rectos B1; Aparejo realizado con mampuestos y materiales irregulares reutilizados o recogidos, así como cantos redondeados, carentes de labra y que no han sido seleccionados.
Estos materiales han sido colocados de forma «desordenada» con amplias lechadas de mortero.
B2: Paramento realizado con materiales reutilizados o irregulares seleccionados y dispuestos en hiladas, con frecuencia horizontales.
B3: Paramento realizado con material irregular extraído de cantera y dispuesto con amplias lechadas de mortero de forma «desordenada».
B4: Aparejo realizado con mampuestos alargados seleccionados y dispuestos en diagonal a «espina de pez».
B5: Aparejo realizado con mampuestos regulares extraídos de la cantera siguiendo la estratificación natural, puestos en obra sin labrar.
En el caso de Pisa las calizas «palombini» son los materiales más representados en este tipo de técnica.
C2: Técnica constructiva realizada con zócalos de mampuestos de piedra irregular dispuestos a seco y estructura portante lígnea.
A partir de esta clasificación cronotipológica y del análisis de la distribución de los distintos aparejos es posibles realizar algunas consideraciones sobre la evolución diacrónicas de las formas de construir en Pisa en la Alta Edad Media (fig. 24).
Aunque los datos que hemos manejado en este trabajo son muy parciales para analizar las formas de construir de los últimos siglos del Imperio Romano, también en Pisa parece que se puede detectar, a partir del medio imperio, una profunda reestructuración de las culturas constructivas locales.
De la misma manera que en Lucca o en Luni, a partir del siglo III-IV no se emplean las técnicas de cantería, de tal manera que vemos desarrollarse en estas ciudades un tejido artesanal basado esencialmente en la obra de albañilería y en la reutilización masiva de materiales (CAGNANA 1997: 445).
Se documenta, no obstante, aún una variabilidad de técnicas y de niveles constructivos en función de la existencia de una demanda socialmente articulada.
Por lo que se refiere al caso pisano las dos primeras fases de la iglesia de San Piero a Grado son paradigmáticas a la hora de analizar este proceso.
Hay que tener en cuenta, no obstante, que si bien contamos con un número significativo de arquitecturas de época altoimperial como para conocer las formas de organización del artesanado, nuestros datos son aún muy escasos para el período tardoantiguo.
Sin embargo es en los siglos siguientes cuando nuestras carencias son más notables.
En la ciudad de Pisa, hasta el momento no se conocen paramentos realizados en los siglos VI-VII 14.
Así por ejemplo en la plaza del Duomo se ha podido documentar cómo, sobre las viviendas romanas se instala a partir del siglo V una necrópolis (BRUNI 1994: 675), y aunque aún durante el siglo V y VI se reocupan algunas de las estructuras anteriores, a partir del siglo VII únicamente pervive la necrópolis (ALBERTI, BALDASSARRI 1999).
Los datos más recientes permiten hipotizar que la ciudad de Pisa en estos siglos estaba constituida por núcleos separados entre sí que gravitaban en torno a pocos núcleos La profunda crisis que caracteriza Italia central durante los siglos VI y VII tuvo, por lo tanto, efectos muy marcados en la estructura urbana, pero también en la propia actividad arquitectónica.
La promoción de nuevas arquitecturas de prestigio ha quedado confinada en manos de pocos poderosos que generan una escasísima demanda que termina por erosionar los sistemas productivos (modelo artesanal, estructura de producción y transporte de materiales, modelos formales, etc.) tardoantiguos 15.
Por lo que sabemos a partir de otros ejemplos de la Toscana nordoccidental, durante los siglos V-VI se difunde el empleo de paramentos realizados en mampostería irregular, reutilizada o extraída de cantera, aparejada con mortero de cal y frecuentemente revestida.
La obra de cantería es desconocida y las técnicas utilizadas muestran la existencia de pequeños grupos de artesanos que muestran la desarticulación de las coporationes tardoantiguas y la generalización de modelos «domésticos» que se adecuan al nuevo contexto socioeconómico.
Hay que tener en cuenta que, en términos arquitectónicos, el siglo VII es prácticamente desconocido en Toscana, de manera que no conocemos en el ámbito de la arquitectura monumental y urbana prácticamente ninguna construcción que pueda ser atribuida a este siglo 16.
Únicamente en algunos yacimientos rurales del centro y el sur de la región se han localizado estructuras residenciales de madera atribuibles a este período (VALENTI 2004: 21-30).
La recomposición de un nuevo tejido artesanal está documentada en Pisa a partir del siglo VIII, de forma similar a la ciudad de Lucca.
Aunque los datos materiales tampoco son demasiado abundantes, resulta indudable que a partir de este siglo se documenta el empleo de una multiplicidad de técnicas constructivas (B1, B2, B3) y la existencia de una variedad de niveles edilicios.
Ambos procesos permiten concluir que a partir del siglo VIII se asiste al desarrollo de nuevas culturas constructivas locales, en clara discontinuidad con las técnicas extracción de volúmenes significativos de materiales constructivos nuevos, sistemas de transporte eficaces, el empleo de aparejos regulares basados en la labra exhaustiva de las piezas y, en síntesis, una nueva organización de la actividad productiva.
De forma deliberada en estas obras se recurre a materiales blandos, fácilmente transportables por vía marítima y que se prestan al desarrollo de un lenguaje formal y decorativo muy complejo destinado a influir en el desarrollo posterior de la arquitectura eclesiástica medieval pisana.
Entre estos recursos decorativos cabe señalar la adopción de formas cerámicas importadas de varios sectores del Mediterráneo que se coloca-ban en las fachadas de los edificios.
Tal y como han mostrado las excavaciones urbanas de Plaza Dante o Plaza Cavalieri son formas cerámicas que se utilizaban de forma cotidiana en la ciudad, y que fueron adoptadas como elemento decorativo en Pisa hasta el siglo XV (BERTI, TONGIORGI 1981).
A través del análisis de fábricas como las del pórtico de San Zeno se ha podido reconocer la existencia de una cierta evolución en las técnicas de labra de estos sillares (fig. 27).
Si en la primera fase se recurre a sillares que no son perfectamente regulares y de módulos muy distintos, antes del 1050 se construye con sillares de altura homogénea y labrados con ángulos de 90o.
Otro rasgo significativo que caracteriza estas construcciones son las notables dimensiones que adquieren y que muestran la existencia de una notable capacidad de inversión por parte de los promotores en un contexto social, el pisano, de notable auge y crecimiento definido como «revolución comercial» (TANGHERONI 1996: 127 ss.).
Dimensiones de las iglesias y organización
del artesanado El autor británico Bryan Ward Perkins ha llamado la atención sobre la notable reducción de las dimensiones de las iglesias que se construyeron en la Alta Edad Media en Italia, y en general, en toda Europa.
A partir de finales del siglo VI y hasta el siglo IX la arquitectura eclesiástica, aún si alcanza una cierta complejidad técnica, está compuesta por edificios pequeños y angostos, resultado de una estructura productiva escasamente desarrollada.
De hecho, este autor concluye que la presencia de artesanos y especialistas requiere un determinado grado de complejidad económica que efectivamente no se desarrolló en estos siglos (WARD PER-KINS 2005: 148-150).
En el caso de la arquitectura religiosa de la Toscana nordoccidental las pautas documentadas son muy similares a las trazadas por el autor británico (fig. 28).
Si durante el período tardoantiguo se construyeron en las ciudades grandes basílicas, como San Giovanni y Reparata en Lucca, y durante el siglo VI se realizaron amplias plebanías en el territorio rural, a partir del siglo VIII 17 únicamente están documentadas pequeñas edificaciones promovidas por las clases dirigentes, tanto en el ámbito rural como en el urbano.
Este «enanismo», que en el mundo rural toscano domina, salvo excepciones (CAN-TINI 2005), hasta finales del siglo XI o inicios del siglo XII, contrasta notablemente con cuanto se ha observado en la ciudad de Pisa a partir de la segunda mitad del siglo X 18.
De hecho, la construcción de San Piero a Grado, de dimensiones superiores a las catedrales tardoantiguas urbanas, constituye un hito en la evolución de la arquitectura religiosa toscana, tanto por su sofisticación técnica (introducción de la obra de sillería) como por las dimensiones de la obra.
Esta iglesia, con el conjunto de edificaciones a la que está asociada, nos muestra el notable desarrollo económico alcanzado por Pisa ya antes del año mil y la existencia de un tejido artesanal muy articulado que responde a la demanda planteada por los promotores de esta obra.
La reconstrucción y la ampliación de la Catedral de Santa María a partir del siglo XI (PERONI 1995), que se convertirá en una de las mayores construcciones eclesiásticas de la cristiandad occidental, hay que leerla pues en el contexto de los antecedentes que ha supuesto el desarrollo de la escuela arquitectónica local pisana del siglo X.
Como conclusión de este breve trabajo es preciso plantear en términos comparativos algunas de las principales características de la arquitectura altomedieval pisana y de Lucca.
La comparación de las construcciones realizadas en ambas ciudades muestra la notable fragmentariedad de las técnicas de construcción y de las formas de organización del artesanado presentes en la Alta Edad Media.
De hecho, dos ciudades separadas entre sí 14 km. que han compartido durante muchos siglos las mismas litologías, presentan lenguajes arquitectónicos muy distintos entre sí.
Es cierto también que existen puntos en común, aunque las diferencias son muy notables.
Un elemento que vincula ambas experiencias constructivas la encontramos en la realización de la segunda fase de la cripta de San Michele in Foro de Lucca, donde se utilizan materiales importados del área pisana (la «panchina livornés»), por lo que se puede atribuir su realización a artesanos pisanos (QUIRÓS CASTILLO 2002: 55-58).
Igualmente el desarrollo de la escultura decorativa presenta evidentes puntos en común en lo que se refiere al aspecto técnico y formal.
Pero los elementos estructurales evidencian las diferencias entre ambas ciudades.
Por encima de cualquier otro aspecto llama la atención la precocidad de los canteros pisanos a la hora de desarrollar técnicas complejas y sistemas productivos muy desarrollados que únicamente se difundirán en otros sectores italianos a partir de mediados del siglo XI o del siglo XII.
Así por ejemplo Lucca no desarrollará un sistema de explotación sistemático de canteras de piedras duras antes del 1050, y las cercanas canteras de mármol de Carrara debieron de reabrirse en el siglo XII (KLAPISH ZUBER 1973: 72-73).
17 Hasta el momento no se conocen construcciones eclesiásticas que se puedan atribuir con seguridad al siglo VII, salvo quizás algunas actividades de la fase 3.2 de la catedral de San Giovanni y Reparata de Lucca (QUIRÓS CASTILLO 2002: 32-33).
18 En el momento de entregar este trabajo llega noticia del hallazgo en proximidad de la actual catedral de Santa María de un edificio triabsidado de 50 × 20 m. fechado a finales del siglo IX o inicios del siglo X y que ha sido identificado con la catedral altomedieval de Pisa [URL] index.php? id=43&tx_ttnews[tt_news]=135&tx_ttnews[backPid]=15&c Hash=d202ea732a).
Pertenecerían, por lo tanto, a la misma los elementos de escultura decorativa reutilizados en la catedral actual, fechados en el siglo IX (CIAMPOLTRINI 1991: 61).
A la espera de poder contar con una edición de los resultados de la excavación arqueológica realizada por la Soprintendenza Archeologia della Toscana, las notables dimensiones de esta construcción muestran la existencia en torno al 900 de una estructura productiva orgánica y consolidada que carece hasta el momento de paralelos en el ámbito toscano, así como la presencia de una notable capacidad de inversión por parte del episcopado pisano, presunto promotor de la obra de la catedral.
En términos tecnológicos es preciso explicar esta innovación en términos de importación de un conocimiento especializado a través del desplazamiento de la mano de obra, y en otra ocasión ya se ha hipotizado la importancia que deben haber tenido los artesanos provenientes del área islámica (QUIRÓS CASTILLO 1998: 244).
En términos sociales resulta evidente que las élites que promueven la realización de estas obras cuentan con réditos y con recursos probablemente superiores a los existentes en otras ciudades toscanas coetáneas.
De hecho, los estudios históricos más recientes nos han mostrado como desde los primeros decenios del siglo IX y durante todo el siglo X la ciudad de Pisa conoce un notable desarrollo comercial debido a la potenciación de la actividad marítima que permitió la gestación de una élite urbana que será protagonista de la renovación urbana de estos siglos (RENZI RIZZO 2000).
En casos como San Matteo estas élites construyen un edificio complejo como centro de su actividad patrimonial y su estructura de poder en la sociedad pisana del año mil, manteniendo el control sobre el monasterio durante varias generaciones. |
Usando diversos ejemplos, trataré de la relación yacimiento/edificio, estratigrafía muraria (secuencia constructiva, estratigrafía y estilo, estratigrafía e intervención, estratigrafía y diagnóstico), tipología y decoración, arqueometría, documentación y cronología absoluta.
Con este texto solo pretendo hacer una reflexión personal sobre mi experiencia con la llamada Arqueología de la Arquitectura.
Responder a la pregunta ¿qué me ha enseñado o, mejor, qué he aprendido de la arqueología de la arquitectura?, realmente ¿para qué me ha servido?
He utilizado y desarrollado la arqueología de la arquitectura por necesitarla para resolver un problema histórico, concreto, planteado previamente (CABALLERO, 1994-95).
Ello hace que aparentemente pueda contrastar la investigación planteada, o sea el análisis y la interpretación, con los resultados obtenidos.
En este sentido me centro en analizar cuál es la principal ventaja o posibilidad que me ha facilitado la arqueología de la arquitectura, y cuál el límite con el que me he encontrado en su uso.
Entre sus ventajas defiendo la utilidad de la estratigrafía, tanto para el análisis en sí mismo (en la toma de datos) como en la interpretación (o en la argumentación).
Entre sus límites señalo especialmente la dificultad para asegurar un modelo explicativo, dificultad que creo se concreta especialmente en conseguir cronologías seguras.
Me refiero concretamente a mi caso, por lo que puede que condiciones subjetivas de la investigación (entre otras, mi propia comprensión de qué es arqueología de la arquitectura) u objetivas del campo de estudio o, simplemente, la falta de perspectiva me impidan observar con claridad los verdaderos problemas con que me he cruzado o los verdaderos resultados a que he podido llegar.
Los ejemplos en que me centro son conocidos y parecerán reiterativos, pero, escogido el tema como una reflexión de mi investigación con la arqueología de la arquitectura, es inevitable que esto ocurra.
El modelo explicativo de partida
El campo de estudio son dos posturas contrapuestas sobre el paso entre la tardía Antigüedad y la alta Edad Media en la arquitectura hispánica.
La arquitectura altomedieval hispánica ofrece buen número de edificios de importancia, esencialmente religiosos, que han centrado líneas de investigación efectuadas durante más de un siglo procurando fecharlos y comprender la secuencia de su desarrollo histórico 1.
Para ello se han utilizado modelos de análisis procedentes de la Historia del Arte y de la Arquitectura, básicamente influidos por modelos previos historiográficos y por métodos filológicos (fuentes escritas) y estilísticos.
Ello dió lugar a una expli-
A comienzos de los años -90, diversas lecturas críticas sobre la arquitectura tardoantigua y altomedieval hispánica evidenciaron supuestas contradicciones en la teoría consensuada sobre su génesis y evolución.
Personalmente, esta crisis de comprensión me obligó a un esfuerzo para resolverla, lo que dio lugar a que planteara un modelo explicativo nuevo, según el cual la revolución arquitectónica provocada por la nueva arquitectura visigoda se habría dado, en realidad, gracias a la aportación de la nueva cultura islámica, traspasada la Antigüedad tardía y ya en plena Edad Media.
Al margen de otras connotaciones, en las que aquí no voy a entrar, esta postura me obligaba al desarrollo de una metodología específica para el estudio de esta arquitectura, de modo que, aplicándola a la resolución del problema planteado (del tipo falsación), se pudiera hablar con propiedad de un paradigma.
Por ello profundicé en el conocimiento de la llamada arqueología de la arquitectura y la apliqué pretendiendo la resolución del problema.
Pasada una década desde aquel planteamiento, pretendo presentar mi experiencia sobre la utilidad y los límites de la arqueología de la arquitectura.
Evidentemente, ha servido para la renovación del interés investigador sobre esta arquitectura y para la obtención de un nuevo corpus de datos novedosos, con un nivel de mayor rigor, pero no para resolver definitivamente el problema planteado que, como todo problema de carácter histórico, sigue en parte abierto y en continua renovación. cación de esta arquitectura que, después de las primeras indecisiones, se acepta hoy como definitiva.
La arquitectura paleocristiana, caracterizada por plantas basilicales con armaduras, a través de modelos de transición, daría lugar a la visigoda o de época visigoda, del siglo VII, tendente a la planta centrada u organizada con espacios diferenciados e independientes, con aparejo de sillería, abovedada y decorada con escultura; y ésta, a su vez (a pesar del cambio socio-político que supuso la implantación del estado islámico), daría lugar, en el siglo IX, a la asturiana de aparejo de mampostería, bóvedas de ladrillo y decorada con escultura y pintura.
La ruptura de esta secuencia, de raiz visigotista, continuista, vendría con la llamada arquitectura mozárabe, que introduciría el influjo islámico aportado por grupos de mozárabes huidos de al Andalus y asentados en la frontera cristiana del Duero a partir del siglo X, con tipologías variadas, abovedadas o con armadura, con el fósil director de sus capiteles y, en ocasiones, con escultura decorativa.
A pesar de su aceptación generalizada, este modelo continuista presenta suficientes contradicciones como para que se haya planteado recientemente su revisión (REAL, 1995(REAL,, 2000;;CABALLERO, 2000).
Dos puntos son los más difíciles de explicar en el modelo tradicional: uno, que las diferencias formales y estructurales entre los sistemas constructivos tardorromanos, de formas basilicales preparadas para cubiertas de armadura, y los visigodos y asturianos, de formas centradas preparadas para abovedarse; y otro, que la crisis del siglo VIII, con la llegada de un nuevo sistema político y social islámico, no sólo no influyera en las soluciones arquitectónicas y no interfiriera en la continuidad de esta evolución, sino que, de por sí, sirva para explicar la similitud existente entre la arquitectura visigoda y la asturiana.
A mi manera de ver, la relación entre lo visigodo y lo asturiano se entendería mejor si invirtiéramos el sentido de la evolución hoy considerada canónica, esto es, si los precedentes fueran las manifestaciones asturianas y los conse-cuentes, de repoblación, las hoy denominadas visigodas.
De este modo se rellenaría con la arquitectura que hoy se considera visigoda el vacío de la activa producción arquitectónica que citan los documentos de la reorganización territorial de los reinos cristianos de la alta Edad Media y que no puede explicar sólo la tardía edilicia llamada mozárabe.
Además, a lo mozárabe se le achaca una relación directa con lo andalusí difícil de explicar y, al contrario, una compleja red de relaciones indirectas con lo llamado visigodo y asturiano, de modo que esta arquitectura no la considero una ruptura con los grupos anteriores, sino en realidad el final de su evolución.
Pero para aceptar la inversión de estos modelos (visigodo vs. repoblación) hay que demostrar que la tipología hoy en uso está mal fechada y que es posible cambiar el sentido de su cronología.
La toma de conciencia de estas contradicciones, especialmente la ordenación alternativa de paralelos formales y estilísticos y el análisis de su relación con las fórmulas constructivas y escultóricas omeyas me ha permitido plantear un modelo explicativo distinto,'catastrofista', que intenta resolverlas.
Éste supone que el sistema conocido como arquitectura visigoda es en realidad una consecuencia de la implantación del estado andalusí en nuestro suelo, que aportaría con sus fórmulas arquitectónicas procedentes del arte omeya sirio una mezcla de influjos romanos orientales, bizantinos y sasánidas principalmente.
Frente a la teoría tradicional continuista, este modelo propone una ruptura entre nuestro arte tardorromano y el alto medieval o prerrománico.
En época visigoda, la arquitectura dependería de fórmulas evolucionadas tardorromanas sobre las que incidirían, sin duda, influjos mediterráneos que aún darían lugar a magníficas basílicas como la de Sta.
Eulalia de Mérida (MATEOS, 1999) o la de la ciudad de Recópolis (Guadalajara).
Pero las nuevas fórmulas, hasta ahora consideradas "visigodas", derivan de la aportación de la cultura omeya, especialmente el abovedamiento, la talla de los sillares, el uso del ladrillo o la recuperación de la escultura decorativa.
Habría que redistribuir los edificios llamados "visigodos" entre los siglos VIII y X: unos como específicamente andalusíes o muladíes, de carácter civil, fechados circa 800, como las residencias de Morería en Mérida (MATEOS, ALBA, 2000: 156-164) y Pla de Nadal en Valencia (JUAN, LERMA, 2000); otros como mozárabes antiguos o dimmíes, iglesias de comunidades cristianas bajo dominio islámico, de la misma fecha que los anteriores, como El Trampal en Cáceres (CABALLERO, SÁEZ, 1999) y Melque en Toledo (CABALLERO, FERNÁNDEZ MIER, 1999); y finalmente el más numeroso como "de repoblación", iglesias bajo dominio cristiano, pertenecientes a ausencia/presencia de unos u otros elementos decorativos determina la ubicación como objeto histórico/cultural de cada producto arquitectónico.
-Ello da lugar a un exceso de paralelismos.
Los paralelos son definitivos para datar o para encuadrar o para comprender el resto que se analiza, arrastrando los errores de los modelos paralelizados.
-Finalmente y de nuevo a causa de los mismos hechos, depende estrechamente de los datos documentales, tanto de los externos, los documentos que hablan sobre el edificio (como Bande), como de los internos, presentes en el mismo edificio (la inscripción de Baños).
Teóricamente la propuesta alternativa que defiendo pretende falsar o contrastar el modelo tradicional presentando un modelo alternativo dispuesto a sustituirle.
Cada nueva propuesta o proyecto de investigación, ya sea de falsación o de demostración de una hipótesis, necesita plantear una metodología apropiada a su análisis.
Veámos qué conlleva esta posición.
-La búsqueda y utilización, a propósito para defender esta postura, de la Arqueología de la Arquitectura, como método y como ciencia.
-La colocación de su punto de partida en un problema histórico.
Interesado por la arquitectura y haciendo arqueología de la arquitectura, el interés final es un problema histórico, no arquitectónico.
No interesa como objetivo conocer el objeto arqueológico, ni el producto arquitectónico, ni exactamente su proceso de producción, sino conocer mejor el proceso de cambio entre la tardía antigüedad y la alta Edad Media a través de la arquitectura.
Sin embargo se necesita un cedazo cronológico donde colocar los datos para hacer esta interpretación histórica.
Esta consecución cronológica es la que más esfuerzo cuesta y la que más interfiere en la interpretación histórica, pues se sitúa en la base de la contrastación del modelo tradicional al sintetizarse en la pregunta por la fecha, "¿es del siglo VII o del siglo VIII o del siglo IX?"2. -Aunque prima el interés científico por poner en duda un modelo explicativo, y esto es así; también ocurre que es la comunidades cristianas que reorganizan políticamente la meseta superior, fechadas circa 900 y relacionadas con el arte asturiano, como Bande en Orense (CABALLERO, 2001), la Nave en Zamora (CABALLERO, ARCE, 1997), Baños en Palencia (CABALLERO, FEIJOO, 1998) o el grupo riojanoburgalés, presidido por Quintanilla de las Viñas en Burgos (CABALLERO, 1999).
Parecidas técnicas y fórmulas fueron asumidas por grupos sociales muy diferentes, la sociedad fiscal islámica andalusí; la sometida sociedad cristiana dimmí; o las clases aristocrática y eclesiástica de la naciente sociedad feudal cristiana.
El nuevo modelo explicativo no soluciona todas las contradicciones del hoy consensuado; al contrario, su evidencia de problemas irresolutos suponen para él, a la vez, caer en nuevas contradicciones.
Unas, por ejemplo, las plantean los resultados de ciertos análisis arqueométricos a los que nos referimos al final de este texto.
Otras, las fechas de ciertos edificios como los de la llamada cárcel de S. Vicente de Valencia (RIBERA, ROSELLÓ, 2000; SORIANO, 2000) y del conjunto episcopal de Barcelona, con su iglesia cruciforme y su palacio (BONNET, BELTRÁN, 2001), o la iglesia de Valdecebadar en Badajoz (ULBERT, 1973).
Éste no es el lugar para discutir si es suficiente la coherencia de sus propuestas funcionales y estructurales o la fiabilidad de las dataciones arqueológicas de estos edificios, pero también es posible que estos o algunos otros edificios considerados visigodos, incluso perteneciendo formalmente al grupo 'prerrománico', se adelantaran cronológicamente a su momento histórico, antes de la crisis del 700 que supuso la implantación islámica con sus nuevas condiciones sociales y la consecuente oportunidad para un nuevo y revolucionario sistema constructivo.
La postura que llamo tradicional o consensuada tiene unos condicionantes.
La responsabilidad de estos condicionantes se debe en su mayoría al estado de la investigación en el momento en que se desarrolló ese modelo explicativo y a la técnica de análisis elegida para defenderla.
Otra cuota de responsabilidad corresponde al propio modelo y objeto de estudio y al modo de argumentar utilizado por sus defensores.
-Salvo excepciones, un método fundamentalmente de carácter estilístico, que considero pre-tipológico.
-Ausencia de estudios estratigráficos.
En gran parte no es siquiera un análisis pre-estratigráfico, sino a-estratigráfico.
-Los dos puntos anteriores la hacen deudora en gran parte de los estilos decorativos, dado que para esta postura, la decoración se convierte obligadamente en fósil director.
La propia ausencia de una metodología "moderna" en el modelo a falsar, la que pone en duda todo el modelo por sí misma.
Digamos que de nada vale el modelo consensuado si es imposible hacer compatible su metodología con la metodología usada ahora.
O sea, aunque no hubiera rechazado de entrada el modelo consensuado, habría que rechazarlo o darlo de lado una vez que se decide utilizar un nuevo método de estudio como la arqueología de la arquitectura, puesto que no es parangonable el método de estudio del paradigma tradicional, pre-estratigráfico, con el nuevo método de estudio que impone de por sí un nuevo paradigma.
Esta es para mí una de las conclusiones más interesantes de mi experiencia: resulta curioso comprobar que no puedo utilizar mis propios estudios anteriores al no alcanzar el rigor estratigráfico que ahora requiero (por ejemplo Bande y Melque, CABALLERO, LATORRE, 1980).
Es en un doble sentido, técnico y científico, una vuelta a empezar3.
-Técnica y ciencia a la vez.
Mi experiencia se coloca dentro de la vieja polémica entre técnica y ciencia, pues las necesito conjuntamente, entre "arqueografía" o arqueología e historia; entre los datos y las hipótesis, entre la construcción de unos nuevos objetos arqueológicos y la comprensión o interpretación de esos objetos (GUTIÉRREZ LLORET, 1997: especialmente 28-39).
Porque al partir de cero, por un lado se necesita, antes de intentar otra interpretación, revisar o re-describir de nuevo los objetos, al invalidarse las antiguas lecturas; y porque, por otro lado, se necesitan nuevos datos sobre los que apoyar las nuevas argumentaciones.
De hecho doy los dos pasos a la vez.
En mi experiencia me es imposible separar estas experiencias, técnica y científica, arqueológico e histórica, sino que van íntimamente unidas.
Aunque me parezca que lo primero que se me planteó fue la duda científica o histórica, esto es, la duda sobre el modelo explicativo, sin embargo es posible que primero se me planteara el nuevo método (CABALLERO, 1987(CABALLERO, /1992)), la arqueología de la arquitectura, y que fuera ésto lo que me facilitara afrontar con cierta posibilidad de éxito el nuevo análisis.
Sin el nuevo método no podría falsar el modelo antiguo pues tendría que haberlo intentado con su mismo método.
Esto es evidente, se trata de un paradigma nuevo no sólo por tratarse de un modelo alternativo, sino también por la utilización de un nuevo método, la arqueología de la arquitectura, en el que se coloca a la cabeza el instrumento estratigráfico.
Igual que en el modelo consensuado hay unos condicionantes que constriñen sus resultados, en mi modelo tiene que haber otros condicionantes limitadores que se deriven, justamente, del nuevo método planteado para resolver los condicionantes del antiguo.
La cuestión de partida y el punto de llegada
No se pretende simplemente cambiar la fecha de unos productos arquitectónicos, de antes del año 711 a después del 711, sino explicar la desaparición de un tipo y su sustitución por otro tipo distinto y, desde luego, cuándo se produjo, cómo se produjo y por qué se produjo este cambio.
No se trata de un problema cronológico aunque éste se empeñe en colocarse en primer término.
En este sentido, adelanto que no he conseguido una solución definitiva y categórica, tanto se entienda por ello una conclusión de carácter cronológico, como de carácter histórico socio/cultural.
Aunque se debe diferenciar por un lado mi propia opinión, lo que yo piense y defienda, y por otra, muy diferente, lo que halla conseguido demostrar y lo que se acepte corporativamente como tal.
El uso de la estratigrafía en la resolución de este problema provoca una reacción tan fuerte que impide la consecución directa de soluciones definitivas, al colocar el problema en un punto de partida cero.
La estratigrafía desmonta la argumentación preestratigráfica o, lo que a efectos prácticos es lo mismo, coloca esa argumentación en una vía divergente sin posibilidad de relacionarlas entre sí.
Las conclusiones de uno y otro paradigma, en cada caso concreto, difícilmente son parangonables y las posturas quedan como irreconciliables.
Ahora bien, en este punto no vale nada más que una solución absoluta al problema, no se permite que queden cabos sueltos.
A partir de este punto cero, la solución tiene que venir para todo el sistema, no basta con conseguir soluciones para aspectos parciales de él.
Por ello advierto que, aunque estoy plausiblemente seguro del modelo explicativo que defiendo, no he conseguido una solución definitiva.
Sólo la acumulación de nuevas y rigurosas lecturas estratigráficas podrán decantar la solución a favor de uno u otro modelo.
De lo que acabo de decir podría deducirse que el instrumento estratigráfico no sirve para resolver la perfectamente estas variantes como precedentes de la producción arquitectónica asturiana dos siglos posterior, aunque es evidente que estas variantes se explican mejor como indicios de su cronología tardía que como antecedentes de lo asturiano.
Así que la presencia de capiteles de estilo asturiano, de bóvedas de ladrillo de tipo asturiano o mozárabe y de huellas en el edificio (hoy diríamos interfaces constructivas) hizo que se buscara una segunda interpretación más acorde con el propio documento: considerar una parte del edificio visigodo y otra reconstrucción de Reconquista.
-Sin embargo, la lectura estratigráfica lleva la contraria a estas explicaciones (CABALLERO et alii, 1999; CABALLERO, 2001).
Demuestra que el edificio es uniforme incluyendo los cimientos, los muros desde el ábside al porche, la decoración y su abovedamiento.
El edificio se conserva completo a excepción, resumiendo, de las restauraciones que necesitaron las hojas externas de los muros que, mal atadas para aguantar la presión de las bóvedas, terminaron pandeándose, lo que obligó a restaurarlas antes de que su ruina afectara la integridad del edificio.
Por lo tanto las variantes con el tipo visigodo no deben considerarse ni precedentes ni indicios de reconstrucciones del edificio original, sino fósiles directores que datan el edificio en un momento posterior.
El resultado estratigráfico cuestiona las explicaciones precedentes: -Mi análisis pre-estratigráfico del edificio (CABALLERO, LATORRE, 1980), por poco riguroso y asistemático.
Las huellas (interfaces) en el edificio se deben a otras causas, no a una restauración del siglo IX.
-La argumentación estilística y tipológica, pues de ella no se pueden deducir automáticamente ni dos momentos constructivos en el edificio, que no existen, ni su cronología.
-La argumentación documental que entra en contradicción con la lectura estratigráfica, pues no se descubre la etapa de reconstrucción que debería considerarse existente4.
No se consigue una explicación que relacione unívocamente los datos del documento con los del edificio.
Pudo existir un edificio previo o no haberlo; y el documento cuestión histórica y que se debería sustituir por otras alternativas arqueológicas.
A mi parecer esto no es así.
La estratigrafía supone la imposición de un rigor descriptivo y analítico imprescindible y previo a cualquier otro tipo de análisis y previo también a la argumentación propiamente histórica.
La estratigrafía es la columna vertebral de nuestros estudios y solo en tanto que esto se acepte y se aplique así por el cuerpo de profesionales, se dará un avance significativo de la arqueología de la arquitectura (ARCE, 2001: 263 y 270).
Estratigrafía frente a decoración y documento escrito
El análisis estratigráfico desmonta el análisis pre-estratigráfico de estas iglesias, el valor como fósil director de su decoración y el valor cronológico otorgado por el documento escrito fechado: -El análisis pre-estratigráfico se demuestra poco riguroso y queda como una especie de borrador abocetado y borroso por más que, en sí, pueda ser genial.
-La tipología de la escultura decorativa se demuestra que, por lo menos en este momento de puesta a cero de la investigación, no existe si no es dentro de una lectura estratigráfica.
Cada edificio, cada estrato del edificio tiene su propio fósil director (huellas de trabajo, aparejo, decoración, estructura) que sólo la lectura estratigráfica define.
-El documento escrito, como todos sabemos, no puede utilizarse sin una previa contextualización objetual y lectura crítica documental.
Bande es un ejemplo de lo que llamo "edificio/modelo" de la arquitectura visigoda, convertido en tal por su referencia documental.
Según un documento del siglo XIII, la iglesia había sido restaurada en el año 872 por aristócratas asturianos, tras un abandono de doscientos años (Fray Benito de la Cueva en 1638, recogido por GONZÁLES BALASCH, 1991: 61-63 y 76).
-Pero Bande ofrece contradicciones que, aunque no aceptadas como tales, sirvieron para afinar la argumentación "continuista" (CAMÓN, 1963: 214).
El edificio ofrece variantes muy acusadas respecto a la tipología clásica de los edificios visigodos, como tipos diferentes de aparejo (sillería reutilizada), estructuras (bóvedas de ladrillo) y decoración (capiteles y frisos).
El modelo tradicional asume puede falsear la realidad o puede que no entendamos exactamente a qué se refiere.
Y plantea automáticamente una propuesta alternativa: -Las impostas no son visigodas, sino asturianas por sus paralelos estilísticos.
-Las bóvedas no son visigodas, sino asturianas o mejor mozárabes como en el cercano paralelo de Celanova del siglo X (GÓMEZ MORENO, 1919: 248).
-El documento no narra exactamente los hechos, sino que los manipula para defender los derechos de propiedad del monasterio de Celanova del que depende la iglesia.
La referencia a "hace doscientos años" puede significar un genérico como "desde tiempo inmemorial" que es lo que se pretende demostrar.
Ahora bien, ¿el uso de la estratigrafía consigue un resultado definitivo? y ¿es correcto hacer uso, de nuevo, de paralelos estilísticos o tipológicos?
El resultado de la estratigrafía sólo afirma que las lecturas del modelo visigodo no son válidas; pero la nueva argumentación no se deriva únicamente de la estratigrafía cuanto también del método tipológico usado como propio por el modelo primitivo.
Dicho de otro modo, la estratigrafía no demuestra la argumentación, sólo la contextualiza y la obliga a un mayor rigor, pero ni la aprueba ni la demuestra.
La explicación puede volver a ser alternativa desde otros planteamientos y con el uso de otros instrumentos, como el tipológico.
Bande puede seguir siendo visigodo o de Reconquista siempre que la nueva explicación se mantenga dentro del nuevo marco estratigráfico mucho más riguroso y por ello más ajustado.
La verdadera conclusión es la propuesta de un nuevo proyecto de investigación: -La interpretación de Bande debe hacerse a la luz de un estudio riguroso de la arquitectura asturiana y mozárabe, de sus estratigrafías, de sus bóvedas, de sus impostas y capiteles.
-Antes de utilizar el documento escrito, debe hacérsele una crítica textual rigurosa.
La nueva interpretación del edificio obliga a pensar o que el texto o su información pueden estar manipulados o que la estratigrafía es incapaz de descubrir la restauración que cita; bien porque sea imperceptible o, al contrario, porque se trate de edificios distintos o porque sea una restauración total, una sustitución a fundamentis.
San Juan Bautista de Baños (Palencia)
Es otro "edificio/modelo" visigodo por poseer una inscripción que data su construcción por el rey Recesvinto en el año 661 (no sin problemas, GIL, 1978).
Con ella se fecha además el fósil director de la escultura.
En un primer momento se considera el edificio y su inscripción unitario, sin plantear una posible yuxtaposición de elementos.
Pero, en un proceso paralelo al de Bande, nuevos hallazgos obligan a complicar la reflexión.
Una aparente distinción de dos grupos de escultura decorativa (por temas, los cuadrifolios del ábside central frente a las trenzas de los ábsides laterales) hace pensar en dos etapas constructivas, una visigoda formada por el aula y el ábside central y otra por la adición de los ábsides laterales (PALOL, 1988: 23 y 53).
Por otra parte, la endeblez del argumento "epigráfico" es tal que la consecución de nuevos datos provoca el planteamiento de una nueva hipótesis tardo medieval, gótica, basada en el dato contradictorio de que la inscripción se hallaba en el siglo XVI en San Román de Hornija (Zamora) y en el simbolismo godo buscado por los Manrique, propietarios del edificio en esta época (VELÁZQUEZ, HERNANDO, 2000; SÁNCHEZ GARCÍA, 2001).
Sin embargo esta propuesta debe rechazarse pensando en una equivocación del informador renacentista.
Es imposible pensar en la construcción de un edificio gótico (tardomedieval) con caracteres historicistas tardoantiguos o altomedievales.
Lo que llama la atención de este caso es la fuerza del "argumento epigráfico" que tienta a su aceptación inmediata sin entrar en su crítica rigurosa.
Además, la lectura estratigráfica (CABALLERO, FEIJOO, 1998) contradice en primera instancia su aceptación, pues distingue dos momentos perfectamente separados en su secuencia histórica: el original, manteniendo en él la colocación de la inscripción del 661 tal como está (sea de la cronología que sea esta etapa original), y el momento de restauración tardomedieval, que se puede acomodar al momento gótico, pero que nada tiene que ver con la colocación de la inscripción.
La lectura estratigráfica discrimina las abundantes restauraciones del edificio, entre ellas la principal gótica a que nos hemos referido y una anastilosis de mediados del siglo XIX (SÁNCHEZ GARCÍA, 2001: 24-26).
La lectura, a su vez, permite reconstruir la forma perdida del edificio original.
Pero la lectura estratigráfica también describe con rigor la escultura decorativa, lo que permite ordenar tres cedencia de este segundo conjunto decorativo, de su material, de su edificio, de su lugar y cronología.
Ofrecen interesantes cuestiones su proceso de selección, desmonte, si lo hubo, y traslado.
Pero, sobre todo, ¿es legítimo seguir recurriendo a paralelos estilísticos asturianos pre-estratigráficos para datar el tercer grupo como del siglo IX?, ¿no es obligatorio pasar previamente por el tamiz estratigráfico al grupo productivo asturiano donde se encuentran esos paralelos?
Todas estas preguntas proponen un "proyecto de investigación" que abarca desde el tipo de material empleado (la relación existente entre el de la inscripción y el de los distintos grupos decorativos), la tipología o el estilo decorativo (reordenado sobre la columna vertebral de la estratigrafía) y el grupo productivo asturiano con su decoración y sus paralelos estilísticos.
La arquitectura prerrománica abovedada
Una de las posibilidades de la Arqueología de la Arquitectura es la de reconstruir las estructuras llegadas a nosotros incompletas.
No sólo la de tratar los restos conservados a través de las secuencias constructiva y tipológica, si no la de imaginar con verosimilitud las estructuras originales y usar el resultado como otro dato más.
Esto permite conseguir otra secuencia, la serie estructural, en un nuevo paso hacia el estudio de la producción arquitectónica.
Propuesta la serie, se buscará una explicación para ella, superando la mera inclusión de tipologías en el modelo explicativo, con mayores posibilidades argumentales.
A su vez, podremos acercarnos a una producción estructural, superando también el estudio aislado de productos de talla, producción de aparejos o de elementos singulares.
El análisis estratigráfico supone una diagnosis meticulosa del edificio y por lo tanto permite imaginar el edificio perdido a partir de sus elementos conservados y de las huellas dejadas en ellos por la pérdida de los elementos desaparecidos.
En las iglesias de Arlanza (CABALLERO et alii, 1991/92), S. Vicente del Valle, La Nave y Quintanilla (CABALLERO, ARCE, 1997: 260-267) y El Trampal (CABALLERO, SÁEZ, 1999) es el tipo de ruina (caída de bóvedas y muros, desplazamiento de sillares, inclinación de muros, rotura de testeros o de dinteles de las puertas, grietas) lo que ayuda a reconstruir el sistema constructivo; esto es, los arcos en las pilastras adosadas, las arcadas en las naves y sobre ellas la cubierta abovedada.
La sistemática conservación de las bóvedas en los ábsides y, en ocasiones, en las cabeceras y la presencia de armaduras (de restauración) en el cuerpo de las iglesias grupos escultóricos en el edificio original (CABALLERO, FEIJOO, 1998: 223-229; ARCE, 2001: 266-270).
Uno primero, escaso y reutilizado, en el que todos estamos de acuerdo que es de época visigoda; otro segundo (los cuadrifolios y trenzas de talla a bisel), reutilizado, incluido en el edificio, y estilísticamente de fecha discutida; y otro tercero que imita al segundo, retalla sus piezas y ofrece otros modelos de un estilo distinto (talla plana, temas inorgánicos, palmetas, alfices) para los que, a mi modo de ver, se pueden encontrar paralelos en la decoración asturiana del siglo IX y castellana del X. Este tercer grupo, y no la inscripción, es el fósil director de la etapa original, tallado para decorar el edificio y que, por tanto, debe fechar el edificio.
De esta manera, de nuevo, la estratigrafía cuestiona la argumentación pre-estratigráfica.
Primero cuestiona la falta de rigor descriptivo.
Su valor no se agota en una estratigrafía rigurosa, pues sin la descripción aneja hubiera sido imposible relativizar la escultura decorativa que ahora resulta que se distribuye en tres grupos productivos o culturales distintos.
Por lo tanto, una parte del estudio productivo debe su planteamiento, en este caso, a la estratigrafía.
Y, en tercer lugar, es capaz de relativizar el valor del documento inscrito que no sabemos a cuál de los tres grupos productivo/culturales pertenece; esto es, dicho en términos estratigráficos, si es un "material incluido" procedente de otro edificio anterior o si es un "fósil director" coetáneo al edificio original.
La inscripción, a nuestro parecer, pierde su valor, regresa a un punto cero.
Puede significar el poder de la monarquía visigoda para dotar esta fundación; o servir para demostrar la buscada relación de la aristrocracia de reconquista (asturiana o leonesa) con sus míticos antecesores visigodos, esto es el espíritu neovisigotista, según el modelo de la cultura principesca medieval enunciado por los Grabar (1965).
¿Qué significado tendría entonces?, ¿solo un significado simbólico, una especie de reliquia?, ¿o también se "imitaron" las formas constructivas, igual que se imitó la decoración?
Finalmente, se pone en cuestión la cronología de la escultura decorativa, por definirse varios grupos y dudarse de la relación de originalidad (en el sentido de perteneciente al origen) de la inscripción con el propio edificio.
El segundo grupo decorativo puede ser tanto visigodo como post-visigodo.
La relaciones tipológicas o estilísticas se ponen también en duda y podemos preguntarnos hasta qué punto son legítimas.
Al menos teóricamente, este grupo puede tener una cronología relacionada con el grupo constructivo asturiano.
Debemos preguntarnos por la pro- (CABALLERO, 1999).
Hasta ahora este grupo estaba disperso, pues unas se daban como visigodas, otras como mozárabes y otras pasaban inadvertidas.
Además, al grupo se añade Quintanilla de las Viñas, otro edificio/modelo visigodo.
También se recupera la olvidada propuesta de Torres Balbás (1933: 131-132) del abovedamiento de La Nave (fig. 2), cuyo hundimiento provocó tal descabalamiento del edificio que hizo equivocarse a Gómez Moreno (1906) cuando auguraba que sería imposible su restauración.
Finalmente, se puede proponer la reconstrucción de la del Trampal (fig. 3), como un sistema completamente abovedado, aunque debo advertir que no todas las opiniones están de acuerdo con esta propuesta (CABALLERO, SÁEZ, 1999: 100-106).
Personalmente creo que sus soportes constituyen un sistema preparado para abovedar, y que es incoherente colocar vigas sobre los arcos adosados, sus minúsculos espacios intermedios y las estrechísimas naves laterales.
Esta característica, abovedada, es una de las que, para mí, impide la consideración de esta arquitectura como tardoantigua, definiéndola como prerrománica.
Además creo 'visigodas' hizo imaginar a la explicación tradicional que alternaban en ellas los dos sistemas constructivos, cabeceras abovedadas y naves con armaduras.
Sin embargo, los nuevos datos inferidos permiten afirmar que, en la mayoría de los casos, estuvieron completamente abovedadas, apoyando la conclusión con la comparación y extrapolación al resto del grupo.
Se puede proponer que fue el ensayo del novedoso sistema de abovedamiento lo que hizo que sus empujes mal equilibrados provocaran las ruinas en un proceso iniciado, en unos casos, a poco de construirse y prolongado, en otros, hasta nuestros días tras series de continuas ruinas y reconstrucciones.
Algunas, como Arlanza, S. Vicente del Valle (fig. 1) y Tobillas, se restauraron de inmediato con sistemas prerrománicos, incluso en varias ocasiones, mientras que las más se restauraron con sistemas que no tenían en cuenta e incluso variaban el sistema original, como ocurrió en La Nave y El Trampal.
Los resultados permiten la reconstrucción ideal de los edificios originales.
Ello permite proponer un nuevo grupo burgalés, riojano y vasco de iglesias altomedievales, caracterizadas por el ábside cubierto con bóveda sobre pechinas y el aula que impide pensar la evolución desde la arquitectura basilical tardoantigua y obliga a aceptar una revolución provocada por un sistema productivo distinto.
El subgrupo burgalés/riojano es uno más en el amplio grupo prerrománico conformado por subgrupos de distintas fechas y adscripciones, como el asturiano del siglo IX y el llamado mozárabe del Duero, de los siglos X y XI, distinguidos de antiguo; el posible extremeño, señalado ahora sólo por El Trampal, y otros a los que deben pertenecer edificios sueltos como La Nave o Baños en la Meseta, Melque en La Mancha y otros portugueses, como S. Giâo de Nazaré.
Hemos visto hasta aquí algunas posibilidades que tiene la arqueología de la arquitectura basada fundamentalmente en la estratigrafía como riguroso elemento analítico estrechamente unido e indisoluble a la interpretación.
Ahora quiero entrar en los límites que presenta.
Aunque la cronología no es el objetivo, es innegable su importancia en este debate científico.
Se necesita un marco o una urdimbre en la que tejer el nuevo modelo explicativo.
Y este marco debe ajustarse a una cronología rigurosa.
¿O realmente no es necesaria?, ¿puede ser aparente esta necesidad de un marco cronológico?, ¿puede ser un falso reflejo del paradigma antiguo?, ¿se puede actuar desde la arqueología de la arquitectura sin asegurar primero la cronología real de los edificios?
Creo que no, que es imposible.
No se busca la cronología, pero sin ella no se puede avanzar ningún paso.
No se puede olvidar la "imperiosa necesidad" de cronología (como la denomina GARCÍA DE CORTAZAR, 1988: 236), más para un caso de contraste o falsación como éste.
Recuerdo el asombro de un colega romano que, ante mi duda cronológica, se vió obligado a afirmar la falta de calidad de nuestra arqueología, tan retrasada que, a estas alturas, es incapaz de datar estos edificios.
La falta de cronología en su marco de referencia es algo no permitido a un historiador.
La estratigrafía, junto a sus posibilidades, posee una limitación fundamental, la de solo ofrecer cronología relativa y por lo tanto la de depender de otros instrumentos para conseguir una cronología absoluta.
Existe una mutua dependencia entre la estratigrafía y los instrumentos de cronología absoluta.
A mi modo de ver, los segundos dependen necesaria y previamente, en cualquier caso, de la estratigrafía, necesitan una "contextualización" previa. los grupos de conclusiones de cada uno de estos instrumentos plantean nuevos proyectos de investigación, cada uno con su personalidad derivada de la circunstancia que provocó su planteamiento, o, incluso, el replanteamiento del modelo y el paradigma (fig. 4).
El caso de las iglesias de Tobillas (Álava) y Quintanilla (Burgos) En relación con el problema de las cronologías debo referirme al pionero estudio de la iglesia alavesa de Tobillas efectuado por Agustín Azkarate (1995).
Es una iglesia del grupo de las burgalesas y riojanas, con ábside con bóveda sobre pechinas, cuyas dos primeras etapas data Azkarate, Pero también la estratigrafía necesita de estos instrumentos para engarzarse en una malla cronológica.
La estratigrafía es una columna donde se apoyan los demás datos, un marco previo que aporta una "puesta a cero" de los problemas y rigor en su planteamiento, con la severa limitación de su ausencia de cronología absoluta.
Las fuentes escritas, la tipología y los análisis arqueométricos aportan esta cronología absoluta aunque ésta viene limitada por necesitar una rigurosa contextualización estratigráfica, además de por las propias limitaciones de sus sistemas de análisis y calibración.
La tipología, en concreto, depende estrechamente de la estratigrafía que es quien en primera instancia ordena sus secuencias.
Las contradicciones existentes entre en una interpretación concorde con nuestro modelo y con los datos documentales, en a.q.
La primera fecha es la del testamento del abad Avito quien tras construir la iglesia, la dota magníficamente.
Lo curioso es que entre esas dotaciones se sitúa Santa María de Lara, considerada Quintanilla de las Viñas (PEÑA, 1995: 109-110).
Quintanilla es una iglesia burgalesa del mismo tipo constructivo, con bóvedas sobre pechinas, aunque su aparejo es distinto, de sillería reutilizada y recortada, que en ese momento se encontraba aún en territorio bajo dominio islámico, o, dicho de otro modo, en territorio no "reconquistado" o aún no reorganizado por el dominio político cristiano.
La segunda fecha la ofrece una inscripción descubierta en la misma iglesia y referida a la restauración de la iglesia por el abad Vigila, con un aparejo más perfecto y parecido al de Quintanilla.
Tenemos pues en este caso relacionada la estratigrafía de la iglesia con los documentos y el paralelo constructivo.
La interpretación es lógica y favorable a nuestra postura, pero no deja de haber dudas respecto a la interpolación de Quintanilla o Lara en el documento de Avito, y no deja de plantear problemas la tipología de los aparejos, contradictoria entre sí, pues el aparejo de Quintanilla (si es Sta.
María de Lara, citada en 822) se asemeja al del segundo momento de Tobillas (fechado en 939).
Si en Bande dudábamos del valor del documento y somos coherentes, nada nos permite actuar de modo contrario en Tobillas.
Quintanilla, que es de sillería, podría ser visigoda y centro de irradiación de las iglesias de sillería reutilizada o mampostería del grupo, posteriores, de Repoblación; a pesar de lo que esta idea nos pueda repugnar, al existir entre una y otras iglesias más de cien años y la crisis política de la llegada islámica.
Al fin y al cabo estaríamos de nuevo en el modelo con que se proponía comprender el documento de Bande.
Con los mismos datos podemos proponer interpretaciones distintas.
Nosotros optamos por la interpretación que unifica todas estas iglesias en el mismo grupo constructivo y socio-cultural, pensando que Quintanilla, sea o no Sta.
María de Lara, debe ser posterior a la primera etapa de Tobillas y coetánea a la segunda.
Aunque no por ello, como vemos, dejen de plantearse problemas.
La tipología de aparejos
Un ejemplo de la dificultad de trabajar sin cronologías absolutas lo presenta la tipología de los aparejos de estos grupos de edificios que se presentan como un grupo apa- rentemente falto de homogeneidad formal.
Sus diferencias tipológicas parecen sincrónicas.
Más que la concreta ausencia de cronología absoluta, es la duda sobre la adscripción cultural y cronológica de los grupos arquitectónicos la que provoca la indecisión sobre su valor cronológico.
La ordenación tradicional en grupos tardo antiguos (de transición y visigodo) y medievales (asturiano, de Reconquista, mozárabe, islámico) permite una ordenación cargada de contradicciones internas, como las de hacer depender la aparición de la sillería de la evolución de la mampostería y llevar el curso evolutivo de la sillería sin interrupción a través de la crisis del 700 (ARBEITER, 1995).
Pero la reubicación del grupo visigodo entre los medievales provoca la aparente falta de homogeneización a que nos referíamos antes, pues en un tiempo breve se daría una expansión de todos los tipos fundamentales de aparejos (fig. 6).
Por ello se puede pensar que encierre distintas fases cronológicas en una evolución rápida o que actúen a la vez distintos grupos culturales/productivos, o, simplemente, que faltan datos seguros para ordenar una secuencia tipológica más complicada de lo que aparenta.
Se puede plantear que los aparejos españoles reflejan un sistema complejo y sincrónico como el omeya.
La tipología de los aparejos sirios omeyas es muy rica, ofreciendo también ladrillo, sillería de cantera y reutilizada, mam-tran sus fechas en el siglo VII.
El útil, el tipo de madera y la técnica utilizada (¿talla en verde con azuela?) hacen suponer que son inmediatas su fabricación y la construcción del edificio.
Pero esta propuesta no está confirmada.
La madera verde podía producir en el edificio desajustes posteriores que no provocaría la madera curada y no tiene por qué pensarse que su dureza impidiera su talla, pues con una técnica parecida de azuela o destral se talló la sillería de la iglesia, posiblemente reutilizada, sin problemas (CABALLERO, ARCE, 1997: n.
Incluso podría pensarse si se reutilizaron sillares previamente engatillados, con sus propias grapas, que tendrían una apariencia similar a los sillares romanos de la muralla del Tolmo de Minateda en Albacete, de los primeros años de la Era y desmontada a mediados del siglo VI (ABAD, 1996: 80, 103, figs. 4, 40 y 41), pues no puede considerarse que el tiempo pasado entre la obra romana y su reutilización medieval supusiera su imposibilidad si reparamos en que las grapas de La Nave se conservaron desde el siglo VII o el IX hasta el primer tercio del siglo XX en que se desmontó la iglesia y se recuperaron en buenas condiciones (CABALLERO, 1999: 223-224).
También los análisis por termoluminiscencia de los ladrillos de las bóvedas de Bande6 dan una fecha de la segunda mitad del siglo VII para todas las bóvedas accesibles (cuatro), excepto para una que dio una fecha del siglo XIV, compatible con los resultados previos de la lectura estratigráfica que distingue una restauración en la zona donde se obtuvo, por lo que, aunque formalmente nada distingue este ladrillo de los demás, se supone fabricado para la restauración (CABALLERO, 2001: 74).
Tanto en el análisis de las grapas, como en el de los ladrillos, vemos que las cronologías absolutas no sólo no son coherentes con el modelo propuesto, sino que, aparentemente, favorecen con su cronología el modelo a falsar (siglo VII, grupo visigodo).
El impulso inmediato es concluir que estos resultados confirman la certeza del modelo tradicional, obligando a dar marcha atrás en la argumentación, y abandonando el modelo alternativo.
Pero antes debemos recordar que, tras el resultado de los análisis arqueométricos de la viga de La Nave, datado su corte en el siglo V, reflexionamos sobre el carácter estratigráfica con la de la cerámica, principal fósil director tipologizado.
Esta presencia simultánea es la que teóricamente permite la construcción de tipologías cerámicas, a partir de la excavación, y la que permitiría, en la arquitectura a partir de la lectura de paramentos, la de huellas de uso, aparejos principalmente, elementos singulares y estructurales.
Las hojas de los muros de sillares -sillares probablemente reutilizados y retallados-de La Nave se reforzaron por medio de grapas de madera, encontradas cuando el edificio se desmontó para cambiarse de lugar.
El acicate por obtener cronologías absolutas de estas maderas nos decidió a plantear un proyecto de investigación que dirige el químico experto en carbono 14 Fernán Alonso, con la participación del dendrocronólogo Eduardo Rodríguez Trobajo y donde cada disciplina se supone sale beneficiada con los avances de las otras.
Las secuencias dendrocronológicas completas españolas no rebasan los siglos XII y XIII y sólo en ciertas regiones, por lo que las secuencias obtenidas son flotantes y su cronología se obtiene por carbono 145.
La pregunta planteada al análisis era obvia, si la viga era visigoda del siglo VII o de Reconquista del IX, y su contestación fue podemos decir que intempestiva, del siglo V para la fecha del corte, esto es, previa a la fecha más antigua supuesta (RODRÍGUEZ, ALONSO, CABALLERO, 1998).
Llamó la atención del dendrocronólogo su madera de pino pinaster y el gran número de anillos, unos 300.
Tanto interés como ésta presentan las vigas de Baños (dos cargaderos en la puerta principal y el extremo de una viga aún en su mechinal; además de vigas de atado que lamentablemente se han cubierto antes de poderse analizar), sorprendentemente gemelas de las de La Nave a pesar de su lejanía geográfica y aún más longevas (de más de 400 años) aunque de una fecha similar de nacimiento.
El resultado favorece la comprensión de una producción arquitectónica especializada en la reutilización de materiales para la que, como hemos visto, hay abundantes datos y es normal en la época.
Es distinto el caso de las grapas, aún en proceso de estudio, de madera de encina o quejigo, que obligan a pensar en una cronología inmediata a su uso constructivo.
Los resultados de los primeros análisis, aún no definitivos, cen-pedagógico de este resultado, pues, decíamos: Si suponemos que en vez de dar la fecha c.
400, su fecha hubiera equivalido a la de la primera de las hipótesis, mediados del siglo VII, es probable que hoy estuviéramos considerando la probabilidad de una cronología visigoda para la iglesia de S. Pedro, sin tener en cuenta la relatividad de esta datación (RODRÍGUEZ, ALONSO, CABALLERO, 1998: 293).
Esta reflexión permite ahora tomar con cautela el resultado de estas cuatro grapas que parece favorable a la cronología visigoda.
Sin embargo, estas maderas también pudieron haberse reutilizado.
Su cronología es o coetánea o anterior a la fecha de construcción de la iglesia.
En el mismo sentido nos parece igual de problemático el resultado de los ladrillos de Bande que propone la fabricación de ladrillos y por ende la fecha de la iglesia en el siglo VII.
Cualquiera de los dos corolarios merece una comprobación rigurosa.
Debemos detenernos a considerar cómo podemos comprender estos resultados.
Se enfrentan por un lado los resultados obtenidos por un cuerpo argumental, complejo y aparentemente organizado con rigor alrededor del análisis estratigráfico de las iglesias, que no llega a una conclusión definitiva, pero que ofrece una interpretación histórica coherente a favor del nuevo modelo explicativo; y, por otro, los resultados contradictorios de estos primeros análisis arqueométricos.
Ante este dilema no parece lógico aceptar sin más la interpretación más inmediata de los análisis arqueométricos rechazando otras interpretaciones que también pueden plantearse y las que se deriven de los demás tipos de análisis favorables al nuevo modelo.
Antes debemos efectuar una comprobación.
La conclusión lleva de nuevo a completar el proyecto de investigación.
Por una parte, ampliando el número de maderas analizadas para comprobar la serie y sus características, proyecto ya en marcha.
Por otro, proponiendo otro proyecto que analice por termoluminiscencia los ladrillos constructivos de las iglesias asturianas y mozárabes, contrastando sus resultados con las previas lecturas estratigráficas y la crítica de los datos documentales a través de los cuales se han datado hasta ahora estas iglesias y de modo que se pueda "calibrar" la propia metodología de análisis (como se hace con el carbono-14.
La arqueología de la arquitectura, una disciplina arqueológica e histórica
Hasta aquí y para el caso del paradigma que planteo, los nuevos instrumentos de la Arqueología de la Arquitectura no llegan a una conclusión definitiva.
Al contrario, por una parte ofrecen datos sistemáticos, pero no cronologizados, cuya interpretación se puede deducir como favorable al nuevo modelo explicativo; y, por otra, datos arqueométricos contradictorios con los anteriores, en apariencia favorable al modelo explicativo tradicional.
Posee un límite esencialmente en la cronología.
Mi impresión actual es que esta limitación es propia de esta arqueología y que, en el caso concreto que planteo, será difícil y complicado llegar a una solución más concreta.
Esta dificultad o limitación de la arqueología de la arquitectura me ayuda, paradójicamente, a comprenderla vinculada estrechamente a la ciencia histórica y por lo tanto a su uso coordinado con las demás arqueologías y ciencias auxiliares de la Historia.
Es apoyándome en ellas, separándome de la estricta utilización de la arqueología de la arquitectura, como puedo atreverme a dar una explicación histórica al problema planteado, al margen de las contradicciones no resueltas.
Se dice que la arqueología de la arquitectura no es destructiva y evita la excavación del subsuelo pues la secuencia material que ofrece el edificio no hay que destruirla para analizarla y es semejante a la del yacimiento, cuyo conocimiento es necesariamente destructivo.
Esta idea es más aparente que cierta.
Ambas ofrecen informaciones de distinto carácter y distinto grado de precisión.
Al ofrecer informaciones complementarias se deben tratar como arqueologías complementarias y se debe procurar que el análisis del lugar se efectúe con ambas.
Tampoco se debe olvidar que el edificio forma parte del contexto territorial y que por ello se debe analizar también su situación en el entorno, a través de la arqueología del territorio o del paisaje.
Santa Lucía del Trampal y Santa María de Melque y la arqueología de la arquitectura altomedieval
En El Trampal, la lectura del edificio se hizo concluido el proceso restaurador, perdida la oportunidad de analizar el edificio a la vez que se excavaba, pero existían suficientes datos como para reproducir el proceso de su lectura, de modo que se ha podido documentar la relación directa estratigráfica entre edificio y yacimiento, con la característica nada corriente de que las secuencias de ambas son estrictamente sincrónicas (CABALLERO, SÁEZ, 1999: 31-79).
Mientras que la estratigrafía, en el edificio y en el yacimiento, ordenaba la secuencia de uso/reuso de ambos; la cerámica del yacimiento o los epígrafes, procedentes del edificio y del yacimiento, aportaban datos precisos sobre su cronología proponiéndola como mozárabe del siglo VIII.
Además, su paisaje ofrece indicios de la ordenación del ter-posteriores y situadas en territorio de dominio cristiano, como las citadas, entre otras, de Bande, La Nave, Baños y las riojanas.
Cada una de ellas tendrá su propio significado histórico que queda por interpretar. ritorio con una explotación hidráulica y agrícola, de la que la iglesia sería su culminación, su imagen simbólica, además de resultado de un centro de producción arquitectónico innovador (CABALLERO, SÁEZ, 1999: 323-328).
La conclusión sobre el lugar del Trampal es complementaria de la de Melque, aunque en éste, no se analice estratigráficamente el edificio por la simplicidad de su secuencia (CABALLERO, FERNÁNDEZ MIER, 1999).
Su excavación ofrece abundantes datos sobre el proceso de construcción ex novo de la residencia monástica y de la iglesia, con los suelos de obra, huecos y piletas para elaboración de materiales y morteros.
Es la excavación del subsuelo, como en El Trampal, la que ayuda a resolver la cronología del edificio y su conjunto (de nuevo, no sin problemas) por sus cerámicas y los análisis de carbono-14 (entre mediados del siglo VII y la segunda mitad del VIII, que definitivamente rechazan la propuesta tradicional del siglo X/XI, RUBINOS, 1999) y de termoluminiscencia que data en la segunda mitad del siglo VIII la cubierta original de teja del monasterio.
Debemos tener, sin embargo, en cuenta que las cerámicas de estos siglos de cambio sólo ahora comienzan a datarse con precisión (CABALLERO et alii, en prensa).
Melque pertenece también a una explotación hidráulica y agrícola como la del Trampal.
Ambas explotaciones se pueden explicar, en el marco del nuevo paradigma y de otros modelos como el de Manuel Acién (1998: 48-61), como la puesta en explotación, ex novo, de territorios fundiarios, mano de obra servil y riqueza inmovilizada, de época tardoantigua, visigoda, y probablemente de propiedad eclesiástica, gracias al aporte de nuevas técnicas, facilitadas por el Estado y la sociedad islámicos.
Esta aportación no era gratuita, pues el Estado islámico necesitaba crearlas o potenciarlas como modo de incrementar una riqueza necesaria para obtener sus beneficios fiscales.
Estas técnicas, además de hidráulicas y agrícolas, son, a nuestro parecer, constructivas e incluso decorativas.
De aquí la importancia que tiene en el nuevo modelo la arqueología realizada en estos lugares que ofrece los primeros datos cronológicamente seguros, con su concorde interpretación histórica, para dos importantes elementos del sistema arquitectónico que analizamos.
Estos resultados sirven, si no se desmienten, para estos dos lugares y sus iglesias, arranque del grupo prerrománico, pertenecientes a sociedades "mozárabes" antiguas o dimmíes y fechadas en la segunda mitad del siglo VIII o inicios del IX.
Pero aún no tenemos resultados de valor similar para el resto de iglesias y sus asentamientos que, según nuestro modelo, podrían ser un siglo |
El estudio de las técnicas constructivas en la formación de al-Andalus se enmarca dentro del debate sobre el paso de la Antigüedad Tardía a la Alta Edad Media y desde el análisis de los procesos que intervienen en la producción arquitectónica.
A lo largo de los siglos VIII y IX, se observa las dificultadas en la recuperación y normalización de la demanda arquitectónica, en donde conviven los proyectos edilicios en sillería concertada con los construidos en tapial.
Esta dualidad en las técnicas constructivas es un ejemplo de la lenta y difícil islamización de la península que culminó en el siglo X con el califato Omeya de Córdoba y que supuso el desarrollo de un verdadero programa arquitectónico andalusí.
Dentro de la V Semana de Estudios Medievales celebrada en la localidad riojana de Nájera, organizada por los Amigos de la Historia Najerillense», del 1 al 5 de Agosto de 1994, impartí una conferencia sobre: «Las técnicas constructivas en al-Andalus.
El origen de la sillería y el hormigón de tapial», publicada al año siguiente (AZUAR: 1995) en la que planteaba, en primer lugar la ruptura que supuso la conquista frente a las tesis tradicionales de la continuidad tecnológica y en segundo lugar, la necesidad de integrar la normalización de los procesos tecnológicos en los primeros siglos del Islam en la península dentro de la dialéctica de formación del estado Omeya en al-Andalus.
La oportunidad que se me brinda al invitarme a participar en esta publicación, me permite revisar aquel planteamiento inicial desde una perspectiva totalmente diferente, marcada por el debate abierto por Luis Caballero Zoreda, dentro del más general sobre el paso de la Antigüedad Tardía a la Alta Edad Media, de la necesidad de conocer las claves de la arquitectura y el arte islámico y su influencia determinante en la conformación de las manifestaciones artísticas cristianas producidas durante los primeros siglos de la conquista islámica de al-Andalus.
Debate planteado hace algunos años y cuyas fases y claves ya fueron descritas por el mismo L. Caballero (2000), así como discutidas en la reunión celebrada en Mérida en 1999, sobre: «Visigodos y omeyas.
Un debate entre la antigüedad tardía y la Alta Edad Media».
En la complejidad y matices del mismo, el análisis de las técnicas constructivas y de los procesos de trabajo prácticamente suponen una cuestión colateral o de poco interés, explicable dentro del modelo general constructivo y, la mayoría de las veces, relegado al ámbito de la continuidad tecnológica: «(de la mampostería a la sillería), sin plantearse que los aparejos pudieron ser coetáneos, acomodados a las características de materiales y tradiciones técnicas» (CABALLERO 2000: 210).
La tradicional tesis «evolucionista» del conocimiento tecnológico, junto al planteamiento opuesto de la «simultaneidad» de los aparejos en los edificios de la alta edad media, prácticamente han vaciado de interés su investigación y quizás ello explique la falta de estudios en esta línea, sobresaliendo, por su excepcionalidad, la investigación y las hipótesis planteadas por J. Antonio Quirós (2001), el cuál -siguiendo lo constatado en Italia en cuanto a la reutilización generalizada de la sillería y su interpretación dentro del proceso productivo de la arquitectura en la alta edad media-, describía así las transformaciones experimentadas en el paso de la antigüedad tardía a la edad media que supusieron la «desarticulación del sistema de explotación de las canteras y de otras estructuras productivas -como los hornos de ladrillos y tejas-, lo que generó en algunas ocasiones un comercio de mate-riales reutilizados, aunque tuvo una perduración limitada. (...) todo ello provocó la unificación de los artesanos en pocas categorías (...)
El cantero como tal desapareció y también el lapicida o picapedrero, por lo que el ciclo productivo de la piedra se limitó solamente a dos fases (obtención del material reutilizado o perecedero y colocación en la obra) propias del arte de la albañilería y de la carpintería» (QUIRÓS 2001: 281-2).
Esta falta de especialización en la mano de obra y la reducción en las fases de la producción edilicia, facilitó la movilidad de los artesanos y la aparición por consiguiente de grupos de artesanos itinerantes que se desplazaban de una a otra construcción.
De alguna manera, estos grupos serían los transmisores de los conocimientos tecnológicos y conformarían la cuarta y última condición definida por L. Caballero (2000: 216-7) y necesaria para que se diera la transmisión de los conocimientos de lo islámico a lo cristiano.
La pretendida aparición de estos grupos en los primeros años de la conquista de al-Andalus, con claros conocimientos decorativos orientales, como única explicación de la construcción de los edificios palatinos del Plá de Nadal (Ribarroja, Valencia) y el que supuestamente existe en Torre-La Cruz (Villajoyosa, Alicante) (CABALLERO 1994-5;1998;2000) ya fue contestado desde el punto de vista de la cronología arqueológica y estratigráfica de los yacimientos (GU-TIÉRREZ 2000) y desde el análisis de la formación del califato de Córdoba por M. Acién (2000).
Por lo que la aparición de estos grupos de artesanos con conocimientos tecnológicos hay que seguramente vincularla al desarrollo de los programas edilicios islámicos construidos con sillería, y si fuera así habría que explicar cuál es su contexto, ya que según J. A. Quirós (2001: 289) «La aparición de la sillería supone una compleja organización del trabajo de la arquitectura y por tanto es necesario explicar cual es el contexto socio-económico que favorece la demanda de arquitectura de «prestigio» Desde estas premisas de análisis, planteo esta revisión de mi primer trabajo en la que pretendo poner de manifiesto la intrínseca relación existente entre el conocimiento tecnológico y la dialéctica de la formación y consolidación de la sociedad islámica de al-Andalus.
I. LA CONQUISTA ISLÁMICA Y LA DESARTICULACIÓN
DEL PROCESO CONSTRUCTIVO Todos los estudiosos de la arquitectura de al-Andalus, desde los clásicos M. Gómez Moreno (1951), L. Torres Balbás (1987), hasta los más recientes debidos a F. Valdés (1988) o a M. Barrucand y A. Bednorz (1992), etc. coinciden en que, lamentablemente, de los primeros edificios islámicos documentados por las fuentes de la conquista en la península -como fueron la mezquita sevillana de la Robina, en donde fue asesinado en el año 716-7 el hijo de Musa b.
Nusayr, las (VALDÉS 1988: 549)-, se desconocen como eran ya que no se ha conservado vestigio material alguno de los mismos.
A este desconocimiento de cómo fueron las primeras mezquitas hay que añadir la falta de datos disponibles sobre los primeros edificios civiles, toda vez que, como se ha visto anteriormente, se ha desechado el posible reaprovechamiento islámico de los edificios tardoantiguos de la Torre-La Cruz de Villajoyosa o del Plá de Nadal, incluído por J. Zozaya en su reciente investigación sobre las «Fortificaciones tempranas en Al-Andalus» dentro del grupo de edificios considerados como de la fase «pre-andalusí» o documentados entre el 711 y el 756 (ZOZAYA 2002: 54).
De estos años hasta la construcción de la mezquita de Córdoba por'Abd al-Rahman I en el 786-7, primer edificio del que tenemos datos constructivos, sólo conocemos la famosa noticia de la reconstrucción del puente de Córdoba, acometida por el gobernador Al-Samh en los años 719-720, para lo que necesitó la autorización directa del califa de Oriente, según la «Ajbar Machmuâ» traducida por E. Lafuente (1867: 35): «(...)
Si el Emir de los creyentes me ordena que reconstruya el muro de la ciudad, así lo haré, pues para ello tengo medios con lo que sobra de los impuestos después de pagar al Chund, y de proveer á la guerra santa; pero si el Emir lo prefiere, con la piedra de este muro reconstruiré el puente.
Dícese que Omar le mandó levantar el puente con la piedra del muro, y reparar éste con ladrillo si no se encontraba piedra.
Puso Aç-Çamh manos a la obra y reconstruyó el puente en el año 101» La noticia de la reconstrucción de este puente ya fue comentada en su día por L. Torres Balbás (1987: 339), y le sirvió de ejemplo para valorar el desconocimiento que tenían los conquistadores de la ubicación de las tradicionales canteras y su incapacidad para labrar la sillería, ya que se veían obligados a utilizar en las reconstrucciones ladrillos y adobes.
Para comprobar las deducciones extraídas del texto es necesario recurrir a la información tecnológica que nos aportan las recientes excavaciones de los niveles emirales en las antiguas ciudades de la Hispania romano-visigoda.
Así, en la publicación de los hallazgos de época emiral documentados en la ciudad de Mérida, en el área arqueológica de Moreria, dados a conocer en una primera información por P. Mateos y M. Alba (2000) y, posteriormente, ampliados por este último (ALBA 2001), es de gran interés el gran conjunto compuesto por los nueve edificios construidos con anterioridad a la construcción de la alcazaba, no sobre los restos de edificaciones anteriores, sino sobre los espacios libres sin edificar de la ciudad visigoda y que constituyen, «el mayor conjunto de arquitectura emiral documentado hasta el presente en la península» (MATEOS, ALBA 2000: 158) De estos edificios y siguiendo las características del edificio «A», el mejor conservado, sabemos que está construido con mampostería rematada por tapial y poseía cubierta de teja plana «muy alejada del patrón romano» (MATEOS, ALBA 2000: 158).
De los rasgos del conjunto, M. Alba nos aporta una descripción más detallada: «sorprende la diversidad de sistemas constructivos empleados, con aparejos heredados del mundo romano, como las cimentaciones de cantos de río, el opus africanum, o el incertum reforzado por sillares en la intersección de los muros y para el enmarque de los vanos.
Por lo general, en alzado, los zócalos de mampostería sustentan muros de tierra que opcionalmente pueden ir enfoscados con argamasa.
Para la unión de la mampostería se usa la tierra, a veces mínima, casi en seco, y en menor medida cal (...)
Todo el material es reutilizado, procedente de expolios, sillares, cornisas, tambores, etc, y los materiales más diversos que conforman el incertum, desde la piedra corriente a fragmentos de mármol, de ladrillo, pizarra (para los calzos), etc (...) no así en las techumbres donde si bien se utiliza tegula, ésta es de formato más pequeño, de escaso grosor y moldura estrecha con poco resalte» (ALBA 2001: 289-90).
Los rasgos constructivos de estos edificios son de por sí elocuentes: muros con zócalos de mampostería, con refuerzos de sillería reutilizada en las esquinas y levantados en barro, y edificios con cubiertas de tejas de tamaño más reducido que las romanas.
Todo ello confirma lo descrito sucintamente por los textos: reaprovechamiento de la sillería e introducción en la construcción de tejas y de adobes, producidos expresamente, con los que quizás levantarían los muros, considerados de barro.
Similar comportamiento en la producción arquitectónica del primer siglo de la conquista se atestigua en el Tolmo de Minateda (Hellín, Albacete), en donde se ha documentado como una vez que el gran bastión que defendía el ingreso a la ciudad visigoda -atribuible posiblemente a época bizantina-, quedó destruido parcialmente con la conquista islámica, no se reconstruyó posteriormente sino que se abandonó y sobre una cota más retrasada se levantó «un agger o albarrada de tierra y piedras sobre el sector más elevado del baluarte» (GUTIÉRREZ, ABAD 2002: 140).
Esta pobre intervención defensiva se acompaña de una nueva trama de viviendas y usos industriales sobre los restos de la basílica de la parte superior en la que se reemplea mucho material de expolio para levantar unos muros, de apariencia muy similar al de las viviendas de época visigoda, de ci-mentación de mampostería trabada con barro que soportan paredes de tierra, y que se cubrían en algunas ocasiones con tejas curvas (ABAD, GUTIÉRREZ, SANZ 1998: 107).
Siendo frecuente el hallar entre los muros, como mampuestos, ajimeces y fragmentos de canceles de la basílica (GUTIÉRREZ 2000: 111-2).
Rasgos técnicos muy similares se han documentado en las excavaciones de los niveles emirales de la segunda mitad del siglo VIII de la antigua ciudad de Volúbilis en Marruecos.
Así, las estructuras de viviendas halladas al norte de la domus de Compas y que suponen una clara compartimentación de la vivienda romana, así como su cambio de uso, presentan los siguientes rasgos constructivos (AKERRAZ 1998: 301) «Ces pièces sont toutes construites en moellons disposés en paraments et liés à la terre; des blocs de remploi sont utilisés aux angles et en chaînages.
Los documentos arqueológicos coinciden en definir, para el primer siglo de la conquista, una intervención constructiva islámica caracterizada por unos edificios que se levantan en mampostería trabada con mortero de barro, utilizando en sus aparejos algunos sillares procedentes del expolio de los edificios anteriores, los cuales se utilizan para reforzar las esquinas y las puertas, como se ha documentado en las excavaciones de Cercadilla (HIDALGO, FUERTES, 2001: 248) y en otros barrios emirales de la ciudad de Córdoba (MURILLO, CASAL, CASTRO, 2004); en conjunto, no se documentan labores de talla de cantería o de preparación de sillares, sólo labores de aparejar muros, los cuales se rematan o levantan en tapiales o adobes de barro, cubriéndose en algunos casos con tejas, de nuevo diseño como aportación original de los nuevos pobladores.
La dinámica observada en el proceso constructivo y constatada arqueológicamente no sólo en la península, sino también en el norte de África, en el primer siglo de la conquista, es que la construcción está marcada por la ausencia de canteros o maestros especializados en la extracción y talla de la piedra; así como se ha constatado la inexistencia de edificios de aparejos concertados, sino todo lo contrario: la arqueología nos sitúa ante la realidad de una arquitectura de mampuestos, reaprovechamiento de sillares y muros de barro, etc. Rasgos de una producción arquitectónica y edilicia que contrasta con la construcción del único edificio conservado, de los mencionados por las fuentes, levantado en este primer siglo: nos referimos a la mezquita de Córdoba mandada edificar por'Abd Al-Rahman I entre los años 786-787, de la que se conocen un importante número de estudios (GÓMEZ MORENO 1951; TORRES BALBÁS 1987; JIMÉNEZ 1979; VALDÉS 1985; BARRUCAND, BEDNORZ 1992), gracias a los cuales sabemos que para su construcción se recurrió al expolio de columnas y capiteles, aunque su colocación fue el resultado de una detenida y consciente labor de selección y ubicación de los mismos según un predeterminado programa decorativo-religioso (CRESSIER 1984-5).
Sus muros se cimientan sobre sillares en seco sobre mampostería, y gracias a las recientes excavaciones llevadas a cabo en lo que fue la fachada oriental de la mezquita -que excavara F. Hernández en los años treinta (MARFIL, 1999:175)-, se ha podido comprobar que el muro de cierre era «de sillería a soga y tizón, enlucido y pintado con despiece de falsa sillería, (...) andén ataluzado entre contrafuertes, con núcleo de cal y canto y zócalo de sillería» (MARFIL 2000:137).
El análisis arqueológico del edificio pone de relieve la originalidad del conjunto, no sólo arquitectónica y decorativamente, sino constructivamente, ya que es la primera vez en la que se documenta -en una obra eminentemente islámica construida en la península en el siglo VIII-, un desarrollo concebido en sillería desde sus cimientos, para los que también por primera vez se utiliza como trabazón el mortero de cal.
Aspectos éstos que ponen de relieve la complejidad y diversidad de esta producción edilicia que obliga a contar con trabajadores especializados en el retallado de columnas, basas y capiteles expoliados, apertura de canteras, traslado y acarreo de piedras, normalización de la talla de sillería en formas y medidas determinadas; es decir, no se aparejan sillares de diversas medidas en disposición concertada.
A todo ello hay que añadir las aperturas de caleras y tejares u hornos para la cocción de ladrillos para soportar las presiones de los arcos, etc. En conclusión, el análisis de los datos constructivos de este edificio nos define una complejidad en su proceso edilicio que indiscutiblemente no tiene nada que ver con lo que está sucediendo en el resto de la península y que sólo se puede justificar y explicar desde la directa intervención del Estado a la hora de concebir y ejecutar un proyecto constructivo de esta categoría.
Indiscutiblemente, si la arqueología no nos engaña a la hora de interpretar los restos constructivos del muro oriental de la primigenia mezquita, ya que desconocemos en qué indicadores cronológicos se basó P. Marfil para considerarlos como del siglo VIII, pues los también arqueólogos cordobeses M.a del Camino Fuertes y Rafael Hidalgo, excavadores de Cercadilla, han puesto de relieve la dificultad de diferenciar las producciones cerámicas islámicas del siglo VIII en la ciudad de Córdoba (2003: 518).
A ello, hay que añadir lo sorprendente del perfecto aparejo de la sillería de los contrafuertes, dispuesta a soga y tizón en un módulo de sillares de aproximadamente 1,20 m. de largo por 0,60 m. de alto y 0,40 m. de ancho, dimensiones éstas prácticamente similares a los aparejos posteriores de época califal (AZUAR, 1995) y a los que podríamos considerarlos como su precedente.
Perfec-ta técnica de aparejo de sillares de nueva talla que contrasta, inexplicablemente, con la dominante construcción aérea, caracterizada por la reutilización y reempleo de sillares labrados de época romana o visigoda (CRESSIER, 1984-5;2001).
Todas éstas cuestiones nos sitúan ante la duda de sí estos restos excavados corresponden exactamente a la primera mezquita cordobesa o más bien son el fruto de refracciones posteriores?
La respuesta no la conocemos y menos aún dudamos de la seriedad científica de las investigaciones de nuestro colega y amigo Pedro Marfil; pero hay que reconocer el que -como se recoge en las actas del II Simposio de Arqueología celebrado en Mérida en 2001 sobre las «Cerámicas tardorromanas y altomedievales de la Península Ibérica: ruptura y continuidad» (CABALLERO, MATEOS, RETUERCE, 2003)-, todavía hoy resulta muy difícil, por falta de datos objetivos ceramológicos, el identificar con claridad los contextos arqueológicos de los primeros decenios de la conquista de al-Andalus.
Por ello, seguimos considerando las informaciones arqueológicas que conocemos de la primitiva mezquita de'Abd al-Rahman I, aunque su fábrica y aparejo nos sitúan ante un hito singular y sin continuidad en el proceso constructivo de la primera época emiral -opinión ésta compartida por Pedro Gurriarán que ha estudiado las técnicas constructivas andalusíes hasta el califato (2004: 300)-.
Obra monumental de la que seguimos desconociendo los prototipos que la inspiraron, ni quién o quienes fueron los arquitectos, ni de donde procedían los artesanos que la construyeron, en un Al-Andalus del siglo VIII que construía sus escasos edificios con muros de barro sobre zócalos de mampostería, con refuerzos de sillería reutilizada..., como así sucedió en el año 793 cuando el emir Hixam I construyó dos pequeñas mezquitas frente al alcázar de Córdoba con los materiales traídos, como botín de guerra, desde Narbona (ACIÉN, VALLEJO 1998: 115).
LA FORMACIÓN DE UNA INCIPIENTE ARQUITECTURA
DEL EMIRATO La complejidad y desarrollo del proceso constructivo de la primitiva mezquita de Córdoba se puede equiparar al amplio programa edilicio que desarrolló'Abd al-Rahman II, sesenta años después y vinculado a la necesidad de consolidar el Emirato Independiente.
El mejor ejemplo material de esta política es indiscutiblemente la misma ciudad de Córdoba (MARFIL 2000) en donde, como han analizado M. Acién y A. Vallejo, el Emir llevó a cabo un intenso pro-grama constructivo destinado a dotar a la ciudad de las bases administrativas del Estado y que comenzamos a conocer arqueológicamente -según el reciente avance dado a conocer por Juan F. Murillo, María Teresa Casal y Elena Castro de la Gerencia Municipal de Urbanismo de Córdoba (2004)-.
Así,'Abd al-Rahman II fundó la Dâr al-Sikka y el Tirâz, remodeló el alcázar, amplió la mezquita y favoreció el asentamiento de nuevos pobladores con la construcción de diversas mezquitas que generaron arrabales en el sector occidental (ACIÉN, VALLEJO 1998: 117ss) De todas estas intervenciones, lamentablemente, apenas han quedado restos, a la vez que generan ciertas dudas: así, todavía se está discutiendo cuál es el espacio de la nueva intervención efectuada en la mezquita, respecto al perfectamente definido de época de'Abd Al-Rahman I, de cuya ampliación sólo se conocen 11 capiteles, aunque se sabe que ya se comienzan a tallar, y de la reforma de la puerta de San Esteban no hay dudas por la inscripción que la ejecutó Muhammad I, su sucesor (VALDÉS 1988: 561-3).
Es decir, para analizar los rasgos tecnológicos de las construcciones de'Abd al-Rahman II hay que acudir a sus obras levantadas fuera de la capital.
La alcazaba de Mérida es, de todas ellas sin discusión, la más importante, ordenada construir en el año 835, para sede del gobernador y de las tropas, con el fin de defender a la población musulmana de las continuas agresiones promovidas por las disputas entre muladíes y beréberes de la zona.
Es un gran recinto fortificado de planta cuadrangular de 132 m. por 137m., con cubos macizos en saliente y en su ingreso en recto se encontraba la lápida de su fundación, en la que consta fue dirigida su obra por el liberto Yayfar b.
Sin embargo, es interesante resaltar que, técnicamente, para su fábrica se emplearon «fundamentalmente sillares de factura romana dispuestos sin ordenamiento rítmico a soga y tizón con relleno interior de cascotes envueltos en argamasa.
Toda la fábrica es de material reutilizado procedente del expolio como cantera de las defensas erigidas en el siglo V, (...) de las áreas funerarias paganas y de numerosos edificios públicos ya en desuso» (ALBA 2001: 283).
De similares rasgos constructivos es el aljibe levantado en su interior y estudiado en su día por F. Valdés (1995).
El primer recinto del alcázar de Sevilla presenta unas características formales y de planta muy parecidas al alcázar de Mérida (TABALES 2002), ya que su planta es rectangular con cubos en saliente y está realizado todo él en sillería reaprovechada, concertada en irregulares y dispersas series de «soga y tizón».
La obra está considerada como de época califal (JIMÉ-NEZ 1979: 481), pero coincidiendo con M. Valor Piechota (1991;1992), las indudables similitudes con la alcazaba de Mérida, en cuanto a planta, materiales y aparejos nos lleva a defender la cronología de Ibn al-Qutiya que relata como después de la incursión normanda sufrida por la ciudad de Sevilla,'Abd Al-Rahman II mandó en el año 844/5 su construcción con piedras de la mejor calidad y se encargó dicha tarea al sirio Abdala Ben Sinan (VALDÉS 1988: 561) Este incipiente programa de construcciones para consolidar y favorecer el control emiral de los distritos se vio ampliamente desarrollado por el sucesor Muhammad I, al que todas las fuentes escritas y epigráficas (SOUTO 2002) coinciden en atribuirle la fundación y consolidación de las ciudades de Talamanca del Jarama, Madrid y Huesca, así como refortificó Calatayud, Daroca, etc. (MAZZOLI-GUIN-TARD 1998: 102).
Por suerte, de la mayoría de estas fundaciones tenemos datos arqueológicos que nos permiten conocer sus rasgos constructivos.
Así, de las murallas de Madrid levantadas en el año 852 (ZOZAYA 1990: 198), junto a Talamanca del Jarama, Medinaceli, etc., se han conservado restos de su primer recinto en la zona de la cuesta de la Vega, cerca del antiguo alcázar y debajo del actual emplazamiento del Palacio Real.
Las excavaciones y estudios llevados a cabo sobre su trazado y sus características técnicas, nos ponen de manifiesto que eran de sillería de sílex en su cimentación y de caliza en su parte posterior, dispuesta a la manera califal en soga y tizón (CABALLERO et alii 1983: 40).
Las excavaciones llevadas a cabo en la ciudad de Huesca a finales de la década de los años ochenta, sacaron a la luz un tramo de más de sesenta metros de la antigua muralla islámica de Huesca (ESCO, SÉNAC 1987), constatándose que toda ella estaba realizada en sillería, dispuesta mayormente a tizón, de 0,40 por 0,40, en la parte exterior.
Esta muralla corresponde a la fortificación llevada a cabo por el gobernador Amrus Ibn Umar en el año 874/5, por encargo del Emir Muhammad I para defender la frontera superior (ESCO, GIRALT, SÉNAC 1988: 27-28).
De características constructivas muy similares son los restos de la alcazaba de Balaguer, en el actual Castell Formós que se erige sobre la ciudad, de la que se conservan varios paños de lo que debió ser la primitiva alcazaba emiral.
Ewert (1979) aporta los primeros datos sobre la fortificación emiral que debe corresponder al lienzo norte, por donde se accede hoy al castillo, compuesto por tres cubos en saliente, cuya zarpa está realizada en sillería a tizón y las hiladas superiores a «soga y tizón» (ESCO, GIRALT, SÉNAC 1988: 20ss).
Este frente disponía de dos torres albarranas, de las mismas características, pero desaparecidas hoy en día.
Sabemos por el texto de Ibn Hayyan que la alcazaba fue construida en época del Emir'Abd Allah por Lubb b.
Por último, de características constructivas muy similares son los castillos de Piracés y de algunos otros de Huesca, que corresponden a la tipología de las fortificaciones de altura o «husun», junto con otros como el de la Iglesieta (Usón, Huesca) o el de Alberuela de Tubo (Huesca), estudiados por C. Escó y Ph.
Sènac (1987a;1991) y considerados como sincrónicos a las fortificaciones de Huesca y Balaguer, es decir de la segunda mitad del siglo IX, por sus evidentes paralelos: están construidos en sillería dispuesta, generalmente, a tizón, de 0,40 por 0,40 m., y todos ellos muestran una documentación arqueológica de la época y, por tanto, podrían encuadrarse dentro de la política de fortificaciones llevadas a cabo por el Estado, en la segunda mitad del siglo IX, para defender la frontera superior.
En resumen, un siglo IX marcado por una gran actividad constructiva, fruto del desarrollo de un ambicioso programa edilicio desarrollado por los emires, primero por'Abd al-Rahman II que consolidó a Córdoba como sede político-administrativa del incipiente estado omeya, y posteriormente por su hijo Muhammad I que extendió el programa iniciado por su padre a los territorios fronterizos de al-Andalus.
En las obras conservadas se observan idénticos rasgos constructivos ya que son obras realizadas en sillería concertada, apreciándose una evolución tecnológica importante: en las más antiguas es dominante la presencia de sillares reutilizados procedentes de expolio, como sucede en los casos de Mérida y Sevilla, mientras que en las de cronología más moderna, como serían las construcciones de la frontera superior, es patente la normalización de la sillería, con dominio absoluto del sillar modular, siendo el caso más elocuente el de la muralla de Huesca, lo que es un claro ejemplo de la presencia de canteros y picapedreros y, por tanto, asistiríamos a los inicios o fundamentos del desarrollo de un incipiente mercado constructivo que demandaría un desarrollo de la especialización en los oficios, así como el de la apertura de canteras, caleras y tejeras, y por supuesto de la organización de los circuitos o redes de distribución de los materiales constructivos.
Proceso que, en general, es bastante desigual lo que reafirma el estado incipiente de la producción y el mercado de la construcción, a la vista de los resultados obtenidos por Pedro Gurriarán en su reciente análisis técnico-constructivo de las fortificaciones levantadas por el emirato en al-Andalus ( 2004).
La normalización documentada en las técnicas y en los aparejos de sillería a partir del gobierno de'Abd al-Rahman II, sólo se puede explicar desde su encardinación en un programa de mayor desarrollo y con claros objetivos.
Y en este sentido, es fundamental para su comprensión el detenerse en los aspectos estructurales o formales de las construcciones, en las que se observa la presencia de las zarpas ataulatadas en la base de las torres, como se observa en la alcazaba de Mérida o en la de Balaguer, y que según S. Martínez Lillo tendrían su origen en las soluciones arquitectónicas, con escasos ejemplos en la península (MAR-TÍNEZ 1991: 18ss) y muy abundantes en el norte de Africa (PRINGLE 1981).
El origen Bizantino de estas soluciones y, por ende, de las construcciones emirales vendría reforzado por otro rasgo fundamental: la planta de las alcazabas.
Ciertamente la marcada influencia bizantina de las plantas cuadrangulares de estas primeras alcazabas ya fue puesta de manifiesto por L. Torres Balbás (1987), por A. Jiménez (1979) y por autores posteriores como F. Valdés (1988), J. Zozaya (1984Zozaya (, 1992) ) y M. Barrucand (1992).
Si analizamos las informaciones que disponemos sobre la construcción de estas obras, sabemos que los alcázares de Mérida y de Sevilla fueron levantados bajo el gobierno de'Abd Al-Rahman II, soberano que introdujo un modelo administrativo de corte'abbasí (ACIÉN, VALLEJO 1998: 117) y por ello no resulta difícil explicarnos que, según menciona Ibn Al-Qutiyya, la alcazaba de Sevilla fuera encargada su realización al sirio'Abd Allah Ibn Sinan (JIMÉNEZ 1979; VALOR 1991: 89ss).
Desconocemos la procedencia del liberto Yayfar b.
Mukassir al que se le encargó los trabajos de la alcazaba de Mérida (VALDÉS 1988: 559), o la de los eunucos Nasr y Masrur encargados de la ampliación de la mezquita de Córdoba llevada a cabo en el año 848 y de la reforma de la puerta de San Esteban de los años 855/6 (VALDÉS 1988: 561ss), pero es indudable que nos encontramos ante constructores islámicos y seguramente, traídos del Medio Oriente.
La procedencia del constructor del alcázar sevillano, viene a confirmar la fuerte influencia siria de las construcciones del Emirato, como ya señalara K.A.C. Creswell al hablar de la mezquita de Córdoba (1979: 333-4) y, por tanto, no resulta incomprensible señalar como modelos de estas fortificaciones cuadrangulares del Emirato, los castillos Omeyas de la primera época: Qsar al-Hair, Msatta, Qsar at-Tuba, etc. (CRESWELL 1979).
Aparte de estas cuestiones de precedentes formales arquitectónicos, nos parece más interesante la concepción y utilización de este modelo cuadrangular de construcciones defensivas para levantar o implantar la nueva administración del Estado, creando estos espacios para acoger la residencia del gobernador y de las tropas, emplazadas en los pasos de los grandes ríos y vinculados a la mezquita que se levanta fuera del alcázar, pero dentro de un complejo político-administrativo o «Dar al-Imara» (JIMÉNEZ 1979: 481-3), que constituiría el espacio de representación del Estado, caracterizado por su construcción en sillería concertada, a imitación de la política de control y fortificación desarrollada por el Islam a lo largo del siglo VIII para consolidar sus fronteras, como serían un claro ejemplo las fortificaciones levantadas por los Aglabíes en la actual Túnez, los cuales también desarrollaron plantas rectangulares en sillería, muy similares a las andalusíes (LEZINE 1966). constructiva desarrollada en al-Andalus a lo largo del siglo IX, ya que a la par se documentan otros proyectos constructivos caracterizados no precisamente por la utilización de la sillería en su ejecución, sino por levantarse en fábrica de tapial.
La existencia de estas primeras cercas de tapial de tierra se constata arqueológicamente en el impresionante yacimiento del Plá d'Almatá de Balaguer, extensa fortificación de 27 Ha., con un frente amurallado conservado de 700 m en los que se alternan y documentan 24 torres en saliente.
Prácticamente todo el recinto defensivo está levantado en tapial de barro, así como el interior de las torres que se elevan al exterior en sillería concertada, de módulo aproximado a 40 por 40 cm. Según J. Giralt los tramos con las características descritas habría que datarlos a finales del siglo VIII, principios del siglo IX (GIRALT 1994: 240).
El origen de esta extraordinaria fortificación es todavía un misterio, ya que sabemos que la fundación de la ciudad de Balaguer en el año 897 supuso un cambio importante en el antiguo asentamiento (GIRALT 1994: 223).
La arqueología todavía no ha resuelto la cronología concreta del yacimiento, pero sin embargo la similitud entre los módulos de sillería documentados en Piracés o en Huesca, como veíamos anteriormente y la conservada en el «El emir 'Abd Allâh autorizó la fundación y envió a' Abd al-Rahmân un cierto número de albañiles y una suma de dinero: éste comenzó por construir la mezquita congregacional a base de ladrillo (labin) y tapial (tábiya) excepto el alminar que fue excepcionalmente construido en piedra.
Se reservó una maqsûra en el interior de la mezquita y mandó construir otro oratorio particular en el interior de la ciudadela.
También mandó edificar los baños que se hallan junto a la puerta de la villa.
Conservó los albañiles a su disposición hasta levantar un cierto número de mezquitas.
En su origen, las murallas de Badajoz estaban fabricadas con tapial de tierra (turâb).»
El texto no tiene desperdicio ya que nos describe con todo detalle como la fundación y construcción de la ciudad responde a un proyecto perfectamente definido en el que lo primero que se planifica es la construcción de los referentes de la ciudad islámica: las mezquitas, los baños, el alcázar y por último la muralla o cerca, toda ella en tapial, a diferencia de las anteriores construcciones emirales.
De aquellos primeros muros parece que no se han descubierto hasta el momento resto alguno (VALDÉS 1988).
De la que sí quedan restos evidentes, es de la refortificación de Calatayud, debida a'Abd Al-Rahman b.'Abd al-'Aziz al Tuyibi, con permiso del emir Muhammad para controlar a los Banû Qasî, señores de la frontera, que se llevó a cabo en el año 884-5, junto a la fortificación de Daroca (VALDÉS 1988; TORRES BALBÁS, 1987).
Aunque, según J. A. Souto y siguiendo el texto de Al-'Udrî el origen de la refortificación habría que retrotrerla, dentro del gobierno de Muhammad I, a los años 862-3 (SOUTO 1989: 685).
De esta fortificación disponemos de un importante estudio monográfico realizado por J. A. Souto que permite documentar, no sólo estas primeras obras en tapial sino también, la aparición novedosa en cronología tan temprana de torres albarranas (SOUTO 1983;1990).
Es interesante constatar como en la segunda mitad del siglo IX y con el fin de atajar o someter a los disidentes muladíes de las fronteras, el Emir Muhammad desarrolló un programa de alianzas con las familias pro-omeyas de los distritos, mediante el cual les ayudaba con medios económicos, técnicos y humanos, a fundar o refortificar ciudades, para cuya construcción se usó de forma general la técnica de la fábricas de tapial de tierra, de ejecución mucho más rápida y menos costosa que las fortalezas de sillería.
Técnica que ya estaba generalizada no sólo en las construcciones urbanas, como vimos en los casos de Mérida, los arrabales emirales de Córdoba o en la ciudad de Pechina, fundada en el año 884-5 y en donde las paredes de las viviendas se levantaban en tapial de barro sobre zócalos de mampostería (ACIÉN et alii 1990; CASTILLO, MARTÍNEZ 1990).
LAS TÉCNICAS CONSTRUCTIVAS EN LA FORMACIÓN
DE AL-ANDALUS Las respuestas a las preguntas planteadas por Luis Caballero para explicar la arquitectura cristiana «visigótica», difícilmente creo que se encuentren en la arquitectura de los conquistadores musulmanes ya que, como se ha visto a lo largo del siglo VIII, se constata una profundización en la desarticulación de los diversos procesos de la construcción, en donde predomina el reaprovechamiento de materiales procedentes de expolio de los antiguos edificios, los cuales no se tallan sino que se aparejan en las esquinas o refuerzos de los edificios y en sus aberturas.
Evidentemente, el reaprovechamiento de materiales nobles de épocas anteriores es también una cuestión de prestigio, como ya puso de manifiesto P. Cressier al estudiar los capiteles de la mezquita de Córdoba (CRESSIER 1984-5), y claro ejemplo de ello es el caso ya mencionado de la fundación de dos mezquitas en Córdoba por Al-Hakam I en el año 794 con materiales procedentes del botín de la campaña contra Narbona.
El recurso de la utilización de materiales de expolio no se puede considerar por sí mismo un rasgo o característica definidora de la arquitectura de época emiral, ya que fue utilizado hasta por los almohades (CRESSIER 2001).
Por ello, hay que considerarlo como una manifestación más de un contexto en donde resulta evidente la desarticulación de los procesos de construcción, ya que se desconocían las canteras, los materiales se acopian, no hay constancia de la existencia de canteros, a la vista de que las técnicas utilizadas en la construcción son de aparejar mampuestos, predominantemente con argamasa de barro, sobretodo para levantar unos muros en fábrica de barro o de adobes, como mencionan las fuentes.
Este panorama generalizado en el siglo VIII, tiene un hito o «unicum», sin antecedentes y sin continuidad, que sería la construcción de la mezquita de Córdoba por'Abd al-Rahman I, obra que, contra el panorama general, es el primer ejemplo de la época construido totalmente en sillería, no sólo concertada sino normalizada, tallada modularmente y dispuesta de forma isódoma a «soga y tizón».
Obra singular de alto costo, de la que las fuentes no aclaran como se puedo levantar en un solo año, en un ambiente sin tradición artesanal y sin infraestructuras documentadas necesarias para desarrollar cualquier programa constructivo.
Con posterioridad a esta inexplicable obra, desde el contexto tecnológico de la época, hay que esperar casi sesenta años para encontrarnos ante un verdadero programa o proyecto constructivo de amplio calado y que permite vislumbrar la incipiente normalización de los procesos y medios técnicos que necesita la construcción arquitectónica.
Nos referimos al programa iniciado por el Emir independiente'Abd al-Rahman II, el cual como medio para implantar la administración del incipiente estado omeya, lleva a efecto un programa político-militar basado en la construcción de centros administrativo-militares, las dar al-îmara o residencia de los gobernadores, desde donde se realizaba un mejor control administrativo-fiscal de las coras.
Así, se construyen las alcazabas de Mérida y de Sevilla, cuyas plantas están inspiradas en precedentes bizantinos y sus rasgos constructivos son similares: se levantan en sillería concertada, procedente de expolio pero en donde ya se observa una organización en el acopio de materiales, los cuales se aparejan con argamasas de cal y es evidente la presencia cada vez mayor de canteros.
Sabemos también que para desarrollar estos proyectos emirales se importan o encomiendan estas complejas defensas a maestros no precisamente andalusíes, sino orientales, como el conocido sirio 'Abd' Allah Ibn Sînan al que se le encargó la construcción de la alcazaba sevillana.
Los modelos y diseñadores orientales de las obras estatales levantadas en esta época, confirman la inexistencia en al-Andalus de una tradición y de una infraestructura que permitiera el desarrollo de arquitecturas complejas de sillería.
Igualmente, son proyectos desarrollados parcialmente o de forma incompleta ya que no van acompañados de un desarrollo decorativo, que por sí necesita de un importante número de artesanos muy preparado en la talla.
Así, se comprende que como decoración en estos conjuntos sólo se conocen las famosas pilastras visigodas que adornan el templete que da acceso al aljibe de la alcazaba de Mérida (VALDÉS 1995), o los contados capiteles de la mezquita de Córdoba retallados imitando capiteles romanos.
Es decir, la falta de este programa decorativo es fundamental para entender cuales son los perfiles, el calado y nivel de desarrollo del proceso constructivo alcanzado en el ecuador del si-glo IX, teniendo presente que todas las obras conocidas y estudiadas son obras construidas directamente por el Estado.
La dificultad de consolidar y desarrollar la producción arquitectónica comenzada por'Abd al-Rahman II, se pone de manifiesto con el gobierno de su sucesor Muhammad I, el cual para apaciguar a los disidentes, sobretodo muladíes, de las coras desarrolló una política de pactos con aquellas familias de los distritos, marcadamente pro-omeyas, a las que ayuda con medios económicos, técnicos y humanos para que construyan sus ciudades, con todos sus elementos: mezquitas, baños, alcazaba, etc., recurriendo para ello a la utilización del recurso tecnológico del tapial para levantar sus muros, torres y edificios.
Técnica ésta que no requiere acopio previo de materiales, ni poner en funcionamiento la compleja red de canteras, transporte, ni canteros especiali-zados..., sólo es suficiente una caja realizada con simples tablones de madera, tierra, agua, algo de cal y mano de obra no especializada.
Proceso tecnológico perfectamente conocido, cuya facilidad y reconocida rentabilidad económica hace que se siga utilizando hasta hoy en día.
La constatación documental y arqueológica de la coexistencia de estos dos procesos constructivos en las obras desarrolladas por el incipiente Estado Omeya, hasta finales del siglo IX, ponen de manifiesto una realidad en la que los complejos edilicios levantados en sillería no acaban de consolidarse y en donde sólo apreciamos la presencia de canteros especializados en aquellas obras de finales del siglo IX.
Igualmente, resulta evidente la incapacidad del emirato para desarrollar un programa decorativo, lo que confirma el bajo y débil nivel de consolidación del proceso arquitectónico y constructivo.
Todo ello, nos sitúa ante un panorama sólo explicable desde la compleja dinámica de la formación de al-Andalus, en la que la islamización de la sociedad sólo se consiguió bajo el califato y por ello, habrá que esperar al siglo X para que se consoliden todos los procesos constructivos de la arquitectura, con la formación de una demanda, el desarrollo de una especialización en el proceso productivo, de tal manera que permita la participación de una gran cantidad de artesanos (SOUTO 2001), y en el que, como opina M. Acién (2000: 440), adquiera un verdadero desarrollo el programa decorativo, máxima expresión del consolidado Estado Omeya de Al-Andalus. |
un momento de renovación y contrastación caracterizado por la aplicación del método arqueológico.
Especialmente, la estratigrafía permite abordar el estudio de las técnicas constructivas y otorgarlas un nuevo valor como potencial elemento diferenciador entre las distintas series arquitectónicas.
Así se convierte en una de las claves para comprender las singularidades y las diferencias de las arquitecturas tardo antigua y alto medieval.
LA TÉCNICA CONSTRUCTIVA DE LA ARQUITECTURA EN PIEDRA ALTO MEDIEVAL Este trabajo pretende ser un acercamiento a la sistematización de las técnicas constructivas en piedra del alto medievo peninsular, periodo cuyos límites situamos entre los siglos VIII y XI y que se debate ahora entre dos modelos explicativos, lo que impide por el momento efectuar una síntesis definitiva.
La diferencia entre ambos modelos radica en la distinta valoración de la influencia del arte andalusí en la Península con la llegada del mundo islámico a partir del 711.
Para el modelo tradicional, el arte peninsular no se vería afectado por los nuevos elementos orientales, sino que bebería de la tradición tardorromana y visigoda hasta el siglo XI: lo asturiano, lo mozárabe y, paralelamente, lo andalusí, expuestos como grupos evolutivos cerrados y sucesivos temporalmente, deberían su originalidad a la creación artística local de los siglos VI/VII, aunque con cierto influjo bizantino (PALOL 1967y SCHLUNK y HAUSCHILD 1978).
Por el contrario, según el nuevo modelo (CABALLERO 1994/95 y REAL 1995), los sucesos iniciados en el s. VIII se traducirían en un cambio técnico y artístico.
Los elementos omeyas influirían en lo asturiano y lo mozárabe y lo considerado visigodo del s. VII presentaría una serie de características que impedirían afirmar fechas tan tempranas, pues requerirían la influencia andalusí para explicar sus peculiaridades, lo que retrasaría necesariamente su cronología a un momento posterior al 711.
Pero el nuevo modelo, surgido con la intención inicial de responder a las contradicciones del primero, no implica un mero cambio de fechas.
Constituye además una explicación histórica alternativa y una renovación del análisis metodológico y crítico de las fuentes y contenidos tradicionales.
Las contradicciones del modelo tradicional y los interrogantes que planteaba han incentivado el avance de la metodología arqueológica, ahogada hasta ahora por la interpretación de las fuentes escritas y estilísticas y reducida a una escasa práctica excavadora.
El estudio de las técnicas constructivas ha funcionado como otro de los argumentos de diferenciación temporal y cultural de la arquitectura, pero se ha efectuado desde una óptica descriptiva definida por cronologías apriorísticas (HAUSCHILD 1972(HAUSCHILD, 1982(HAUSCHILD y 1996;;KINGSLEY 1979; Caballero 1991; ARBEITER 1995ARBEITER y 1996)).
La renovación del análisis de la arquitectura gracias a la aplicación de la metodología arqueológica (estratigrafía de paramentos) ha introducido un cambio significativo.
El edificio no se comprende como un bloque unitario, sino como un yacimiento sometido a cambios materializados en diferentes técnicas que significan etapas constructivas y/o cronológicas, cuya ordenación se establece por la estratigrafía muraria.
Lo mismo se puede decir de los elementos considerados hasta ahora como indicadores cronológicos absolutos (la decoración o la epigrafía), los cuales se entienden como relativos gracias a la estratigrafía.
La reinterpretación de otra fuente de datación tradicional como es el documento escrito y la práctica de análisis físico-químicos (carbono 14, dendrocronología y termoluminiscencia, entre otros) de los materiales constructivos completan la argumentación de la nueva propuesta.
Sin embargo, a pesar de este desarrollo metodológico, debemos tener en cuenta ciertas limitaciones en la valoración del trabajo.
Por un lado, nuestros ejemplos se sitúan en el norte, occidente y centro de la Península, dejando fuera amplias regiones, entre las que destacan como más importantes la actual Cataluña (BARRAL 1981), por motivos historiográficos, o el vacío de Andalucía (fig. 1), ésta por causas geográficas e históricas.
Por otro, se hace referencia a un sector concreto de la arquitectura, el de carácter eclesiástico.
El desconocimiento de la arquitectura doméstica (civil, palacial, militar) impide establecer comparaciones o aproximaciones globales al panorama arquitectónico alto medieval y, en el caso que nos afecta, a las técnicas constructivas.
A un caso aislado como el del palacio ovetense de Sta.
María del Naranco, Oviedo (Asturias) se añaden nuevos hallazgos que comienzan a cambiar este panorama: asentamientos domésticos documentados por VIGIL (2000) y AZ-KARATE y QUIRÓS (2001), el complejo de Plá de Nadal (Valencia, JUAN y PASTOR 1989), los edificios monásticos de Sta.
María de Melque (Toledo, CABALLERO y FERNÁNDEZ MIER 1999; Id.
Con respecto a la metodología, la estratigrafía sólo ofrece cronologías relativas.
Las dataciones aportadas por los análisis arqueométricos o epigráficos y la estratigrafía se complementan y ordenan en una secuencia.
En otras ocasiones, las dataciones absolutas ofrecen contradicciones con los modelos de partida (Sta.
Comba de Bande, Orense, termoluminiscencia s. VII, CABALLERO y otros 2004; S. Pedro de la Nave, Zamora, dendrocronología y carbono 14, ss.
María de Melque, Toledo, carbono 14, ss.
Consecuentemente, la ausencia de indicadores cronológicos directos dificulta establecer series cronotipológicas.
La datación tipológica, principalmente en el campo de la decoración, sigue siendo centro de discusión, dada la importancia que tiene para la cronología final en los estudios tradicionales y, por ello, para decidir la discusión entre los dos modelos explicativos.
Por lo tanto, se mantiene cierta confusión entre los estudios tipológicos (especialmente el decorativo, pero también los constructivos) y estilísticos.
La relevancia otorgada a este planteamiento tradicional (de lo que puede ser un ejemplo esta monografía) suele ser índice de la escasa recepción y comprensión de los análisis arqueológicos (especialmente la estratigrafía y la arqueometría) en la identificación de la cultura material y en el debate actual.
Es evidente que, igual que el desarrollo de los estudios cerámicos fue unido a la previa mejora y desarrollo de la excavación estratigráfica, debe potenciarse el estudio sistemático de las distintas tipologías arquitectónicas a la vez que se realizan los análisis estratigráficos, ausencia a la que nosotros no somos ajenos.
Por lo que hace a los límites cronológicos, como ya hemos adelantado, nos centramos en el alto medievo, esto es, desde la frontera temporal marcada por el 711 hasta el siglo XI, momento en el que comienza a tener presencia la cultura románica.
Ello no exime de algunas referencias a la arquitectura del periodo tardoantiguo como medio para explicar las novedades que, en nuestra opinión, caracterizan a la cultura arquitectónica del alto medievo, a la que trasladamos, como se sabe, gran parte de la arquitectura que se considera de época visigoda.
El texto, pues, debe entenderse como una aproximación a la identificación de talleres arquitectónicos o grupos de trabajo mediante el estudio de las técnicas constructivas, las cuales entendemos como el resultado de un largo procedimiento que comprende desde la talla en cantera hasta el acabado del edificio.
El término de técnica constructiva se emplea frecuentemente como sinónimo de aparejo o fábrica, remitiéndose únicamente a la tipología muraria o arquitectónica, cuando en realidad hace referencia a un ciclo productivo con una serie de actividades organizadas y una finalidad concreta, que comienzan en la cantera y terminan en la ejecución del edificio y que engloban diferentes materiales y oficios no siempre bien diferenciados: el proyecto o el diseño, la elección y tratamiento del material y su transporte, la construcción con la puesta en obra, la talla, la decoración y el acabado; actividades que corresponden al arquitecto, albañil, cantero, carpintero, escultor, estucador, entre otros.
Estas variables dan lugar a diferentes tipos de fábricas.
En primer lugar, el tipo de material elegido o disponible define la presen-cia y, hasta cierto punto, la propia calidad del edificio.
La utilización exclusiva o combinada de sillería de cantera o de expolio y de sillarejo o mampostería y de material latericio da lugar a fábricas simples o mixtas y supone el reflejo del trabajo único o conjunto del cantero y del albañil.
Todas las técnicas tienen una etapa de extracción en «cantera», ya sea mampuesto, sillar nuevo o incluso expolio, y otra «a pie de obra», antes y/o después de su puesta en alzado, no necesariamente excluyentes, lo que aboga por un trabajo conjunto de distintos operarios, unos más especializados y otros menos cualificados.
Ni siquiera el material reutilizado descarta la presencia de un cantero ya que se exige un mínimo de conocimientos para la extracción, corte y ajuste del expolio.
Las labores de análisis y documentación llevadas a cabo por diferentes equipos, con diversos fines y resultados, han enriquecido notablemente el campo de datos para el estudio de la arquitectura alto medieval, pero éste se encuentra aún en un estado embrionario, con varios proyectos y líneas de investigación en marcha, de los cuales se deben esperar ulteriores conclusiones.
Reconocer e interpretar los datos que nos ayudan a identificar las diferentes técnicas constructivas es la labor aquí pretendida, pero como balance provisional, debemos apuntar que estas conclusiones son aún escasas y, a menudo, aisladas, por lo que el establecimiento de relaciones tipológicas y técnicas entre diferentes conjuntos puede ser todavía precipitado.
La carencia de análisis monográficos impide conocer la secuencia estratigráfica, histórica y técnica de las edificaciones, por lo que a veces se cae en la mera descripción.
El proyecto comprende la organización y ordenación temporal de las fases constructivas.
La primera de ellas es la concepción del edificio.
Las fuentes escritas en torno a la proyección de las construcciones son, en la práctica, inexistentes, por lo que la fuente es el mismo edificio y el método, el reconocimiento de la medida y de la modulación, es decir, la repetición de las dimensiones y figuras geométricas que determinan la disposición de los elementos arquitectónicos y la forma de la construcción.
La arquitectura prerrománica asturiana ocupa un lugar singular dentro de los análisis de modulación gracias al trabajo desarrollado por ARIAS PÁRAMO (2001, con bibliografía anterior).
El estudio sistemático de las iglesias asturianas, comprendidas entre finales del siglo VIII y comienzos del X, reconoce la aplicación de un sistema de modulación estipulado en la ejecución de estas construcciones eclesiásticas.
Planta, alzado y elementos arquitectónicos se ven sujetos a una regla modular que determina la disposición espacial y dimensiones de todos ellos y que, actualmente, es una im-portante herramienta para completar la forma original de los edificios arruinados.
También se han efectuado otras propuestas de modulación en Bobastro (Málaga, PUERTAS 1979), Santa María de Melque2, Santa Comba de Bande y San Pedro de la Mata (Toledo, CABALLERO y LATORRE 1982), San Pedro de la Nave (Zamora) y San Pedro de Arlanza (Burgos, CABALLERO y ARCE 1997), San Juan de Baños (Palencia, CABALLERO y FEIJOO 1998) y Santa Lucía del Trampal (Cáceres, CABALLERO y SÁEZ 1999).
Metodológicamente, se debe diferenciar en primer término la unidad de medida (fig. 2).
Obviando las irregularidades presentes en todos los edificios, las unidades de medida conocidas responden a dos sistemas distintos, uno que sigue la dimensión del pie romano, de cerca de 30 cm., y otro al drusiano o carolingio, sobre 33 cm., que se impone en época medieval y que corresponde al codo de 50 cm. Ambos aparecen coetáneamente en los edificios asturianos, y queda por decidir si corresponden a sistemas locales hispanos o si, uno o los dos, se reintroducen o se aportan con la nueva cultura omeya y andalusí.
Por otro lado, hay que plantear el carácter práctico de la modulación.
Cómo se efectuaría el paso real desde el proyecto a su aplicación a pie de obra.
En otras palabras, si es necesaria la presencia del arquitecto para su ejecución o es fácilmente comprensible por parte de los constructores.
Igualmente, qué método e instrumentos se utilizan para su implantación en el terreno (fig. 3).
El estudio de la modulación quizás pueda diferenciar reglas de modulación, con sus grupos de edificios, y la secuencia de las escuelas que las utilizaron.
Sin embargo, por hoy puede decirse que los trazados observados en otros edificios se asimilan básicamente a las reglas señaladas para la arquitectura asturiana.
ELECCIÓN, EXTRACCIÓN Y PRODUCCIÓN DE MATERIAL
Las condiciones que influyen en la elección, extracción y producción o transformación del material son múltiples y variadas: disponibilidad y distancia de la fuente de material, vías de comunicación y transporte y caracteres de explotación y producción.
Aunque apenas conservamos restos de la madera empleada en la arquitectura alto medieval de piedra, podemos afirmar que se empleó para distintas funciones, como piezas portantes, de atado, cubierta, mobiliario y auxiliar de la construcción (andamios y cimbras).
Vigas de madera empleadas como cargaderos de vanos adintelados conocemos en la puerta principal oeste de Baños, en Sta.
Cecilia de Barriosuso (Burgos), S. Miguel de Gormaz y Fuentearmengil (Soria), S. Miguel de Escalada y Santiago de Peñalba (León).
En ocasiones, estas vigas alternaron o se descargaron con arcos, como ocurriría con las desaparecidas de los arcos peraltados de la Nave o con las de los de herradura de Gormaz, Fuentearmengil y Berlanga (Soria; CABALLERO y ARCE 1997).
De difícil constatación, a no ser por un desmonte murario o una ruina del conjunto, las piezas de atado en madera se emplean como elementos de refuerzo en la consecución de estabilidad y cohesión de las fábricas de sillería (CABALLERO y ARCE 1997).
Ejemplo único por el momento es el de la igle- sia de San Pedro de la Nave, donde grapas de madera en forma de cola de milano unen longitudinalmente los sillares para evitar la separación de las hojas del muro por pandeo.
Las cajas de las grapas también son visibles en la viga que ataba sus muros laterales por encima del arco del triunfo.
Otro empleo es el de zunchos de madera introducidos en cajeados tallados en la sillería, como en los muros de una hoja del aula de la Asunción de San Vicente del Valle/2 (Burgos, APARICIO y FUENTE 1996).
Más dudoso es su uso, con parecida función, en el ábside de Santa María de Arcos de Tricio (La Rioja), en la parte alta exterior del testero occidental de Baños, en el crucero de Wamba (GÓMEZ MORENO 1919) y en Sta.
María de Bendones (Asturias; CABALLERO y ARCE 1997).
Otros elementos de atado son los estribos de apoyo de las bovedillas de la tribuna de Berlanga y los zunchos de la capillita adosada al pilar como una torrecilla.
Un sistema análogo a éstos se conoce en el alminar de la mezquita de Córdoba de época de'Abd al-Rahm'n III (HERNÁNDEZ 1975) con vigas en las cajas de los sillares.
En el mismo edificio, las intervenciones efectuadas en las cúpulas de la maqsura y la capilla de Villaviciosa descubren un sistema de atado y apoyo de éstas compuesto por un entramado de viguería (MARFIL 1998).
Las cubiertas de época original no se conservan.
Las principales candidatas serían las de las iglesias asturianas de planta basilical, pero sus estudios son escasos y revelan fechas muy tardías, como las de Santullano y San Adriano de Tuñón (Asturias), restauradas en el siglo XII (ARIAS y ADÁN 1991).
Algo semejante ocurre en la mezquita de Córdoba, cuyas cubiertas se restauran en el s. XIII según TORRES BALBÁS (1936, originales del X según HERNÁNDEZ 1928).
En Baños se conserva aún el arranque de una viga de su cubierta original correspondiente al tirante más occidental de su nave meridional.
Es evidente que los andamiajes y cimbras eran necesarios en todos los casos, ya fueran independientes o empotrados.
De mechinales para andamios se conservan ejemplos tanto en sillería como mampostería.
Los casos del Trampal, en que andamios y cimbras debían formar un sistema homogéneo, y Berlanga, donde se han conservado las maderas de los puentes o agujas, son los más llamativos.
Elementos singulares, mobiliario litúrgico, escaleras o suelos de tribunas, se conocen a veces por sus restos: modillón tallado y vigas en el iconostasis de Escalada (Gómez Moreno 1919) y pasamanos en la tribuna de Berlanga; sus interfaces, huecos para trabes de cortinas en una gran mayoría de iglesias (la Nave, Baños, Melque); o sus apoyos, ménsulas en las tribunas de São Gião de Nazaré (Portugal).
De las puertas de madera solo quedan las huellas de quicios y cierres.
Las piezas lígneas se revalorizan ahora como indicadores cronológicos gracias a la aplicación de análisis de carbono 14 y dendrocronológicos.
Los análisis comienzan a apor-tar resultados, aunque habrá que esperar a otros estudios en curso para poder obtener conclusiones generales, no solamente de índole cronológica (fechas relativas y absolutas), sino también sobre el origen del material (piezas originales o reutilizadas) o la zona geográfica de procedencia (entorno inmediato o lejano).
Dataciones aceptadas como la de Berlanga a comienzos del siglo XI (ZOZAYA 1976) se retrasan en medio siglo por el análisis de los puentes de los andamios y las vigas de atado (ALONSO y otros 1997 y Rodríguez Trobajo 2000).
El análisis de la viga de la Nave parece confirmar su reutilización de acuerdo a la obtención de una datación post quem entre el 488 y el 594 para su labra (ALONSO y otros 20043 ).
Las grapas de unión de los sillares se datan en un amplio intervalo comprendido entre mediados del siglo VI y finales del IX (Eid.
El análisis de los cargaderos y la viga de Baños, aun en curso, señala características y curvas dendrocronológicas similares con la viga de La Nave y, por tanto, procedencia y cronología parecidas que, de dejarse arrastrar por la fecha del s. VII de una de las grapa de La Nave, haría ambos conjuntos de este siglo, planteando de este modo dos cuestiones.
Por un lado, si ambas iglesias deben considerarse por estos análisis del s. VII o si se reutilizaron en ellas maderas cortadas en este momento, y, por otro, la posible existencia de un lugar de abastecimiento común (de origen o de reutilización) para edificios alejados en el espacio.
Todos estos ejemplos forman parte de un proyecto de investigación de las maderas de edificios alto medievales (dendrocronología, carbono-14 y arqueología) en los que se han efectuado previamente análisis estratigráficos.
Análisis de carbono 14 se están aplicando también en yacimientos en excavación como el conjunto episcopal de Valencia (RIBERA y ROSELLÓ 2000), Barcelona (BONNET y BELTRÁN 2001)
La geografía de los monumentos confirma la importancia de los materiales de origen local en conjuntos de cronología muy diversa.
Así por ejemplo, grosso modo, el granito caracteriza los monumentos gallegos y portugueses (Sta.
Eulalia de Bóveda, Lugo; Bande, S. Miguel de Celanova, Sta.
Eufemia de Ambía, S. Martiño de Pazó, Orense; S. Fructuoso de Montelios, S. Pedro de Lourosa, Portugal) y las iglesias de la zona lusitana y toledana, junto con la pizarra (Melque y la Mata; reutilizado en el Trampal; S. Miguel de los Fresnos y Valdecebadar, Badajoz; y la Portera y Santa Olalla, Cáceres); los ejemplos leoneses, la pizarra (Marialba, Santiago de Peñalba, Sto.
Tomás de las Ollas, León) y la caliza (Escalada; S. Cebrián de Mazote, Valladolid); las edificaciones de la cuenca del Duero y el alto Ebro, la caliza y la toba calcárea (Quintanilla de las Viñas, Arlanza; la Asunción; Sta.
Elena y Céntola de Siero, Barbadillo del Mercado y Sta.
Cecilia de Barriosuso, Burgos; S. Román de Tobillas, Álava; y el resto del grupo burgalés y riojano, S. Millán de la Cogolla de Suso, La Rioja; Sta.
María de Lebeña, Santander; Wamba, Valladolid; Villella, Hérmedes de Cerrato, Palencia; Berlanga, Soria, entre otras) junto a la arenisca (S. Felices de Oca reutilizada; Tobillas/1 reutilizada y 2; S. Julián y Sta.
Basilisa de Zalduendo y Buradón, Álava; Arlanza, la Nave o Quintanilla).
En ocasiones se utilizan varios materiales como ocurre en la Nave, donde se utilizaron grandes lajas de pizarra local para los cimientos y se aportó de fuera sillería de arenisca y granito, utilizada esta última en el arranque de las esquinas y de la habitación descubierta a sus pies.
El notable desconocimiento de la ubicación y explotación de las canteras en época alto medieval no permite aportar datos al análisis de esta fase del proceso constructivo, afirmación que se puede generalizar para el contexto mediterráneo (Ward-Perkins 1971, como referencia clásica).
Nuestros datos se limitan a anotaciones aisladas en la procedencia de la sillería arenisca de la Nave (GÓMEZ MORENO 1927 y CORZO 1986, propuestas contrarias), Quintanilla (ANDRÉS y ABÁSOLO 1980), Mijangos (LECANDA 1999, signos de cantera antigua) o San Vicente de Valencia y Pla de Nadal, ambas construcciones alimentadas por una cantera común (ROSELLÓ y SORIANO 1998).
El conjunto asturiano ha sido objeto de distintos estudios que confirman el mismo fenómeno de proximidad de las canteras, como ejemplifican, entre otras, Liño y el Naranco (ESBERT y otros 1992).
Por otro lado, el fenómeno de la reutilización del material constructivo y decorativo es común y extendido en este periodo.
Ejemplos significativos constituyen la sillería de Bande, Quintanilla, la Portera o los Fresnos.
Otros casos, como los de la Asunción y Arlanza, según confirma la lectura arqueológica de sus alzados, reutilizan una y otra vez el mismo material de la iglesia de época anterior, por lo que el módulo de los sillares se reduce por el retalle de la piedra.
Las grandes columnas de origen romano de la arquería del aula de Tricio/2, junto a los capiteles y otros elementos epigráficos (como en Arlanza) incluidos en los muros, muestran el expolio a gran escala de uno o varios edificios significativos (Sáenz 1999, con bibliografía anterior).
Pero no es fácil distinguir si la sillería de un edificio es reutilizada o sacada de cantera.
Por una parte, el retalle de los paramentos, una vez colocados los sillares, borra las huellas del uso previo y, por otra, el retalle no significa obligadamente que los sillares se hallan reutilizado pues han podido llegar «almohadillados» de la cantera, como confirma Suso/2 (CABALLERO 2004d).
Sólo en algunos casos la reutilización es evidente como en Arlanza (caras internas del ábside sin retallar indicando la procedencia reutilizada), Quintanilla y Baños (conservación de huecos de su primer uso) o Bande (módulo y forma de los sillares de granito).
También son frecuentes las fábricas de mampostería o sillarejo de cantera combinadas con sillares de encadenado de procedencia romana: Valdecebadar, Mijangos, el Trampal, Nazaré, Buradón, el Tolmo de Minateda (Albacete) o Valencia.
La sillería de granito de Melque, Montelios (Portugal), Celanova y otros ejemplos gallegos procede de cantera.
Se da por supuesto que la mampostería o sillarejo procede siempre del terreno circundante y caracteriza los tipos asturianos, además de iglesias como el Trampal o Nazaré, entre otras.
Si nos adentramos en el campo decorativo, la reutilización es mucho más común de lo que se pensaba.
Aunque la propuesta de que los conjuntos mozárabes reutilizaban capiteles del siglo VI (Domínguez 1992) no esté aceptada, la revisión de éstos y otros ejemplos como los de Baños (CABALLERO y FEIJOO 1998), la Nave, Quintanilla, Bande, el Trampal, Melque, la Asunción/3 y 4, Nazaré y Marmelar (CABALLERO y ARCE 2004) o las decoraciones de Santullano (NOACK 1995), Liño y Lena (Asturias, Noack 1986 y 1992) señalan la necesidad de renovar el análisis arqueológico de la decoración.
El análisis estratigráfico permite descubrir los distintos sistemas decorativos (o «talleres») utilizados a lo largo de la vida de un edificio, las características de los grupos (o «maestros») que compuso cada sistema e importantes indicios sobre los modos de producción de los talleres.
La contextualización de estos grupos y sistemas decorativos permite su adecuada valoración como indicadores cronológicos y como referente económico y simbólico de las sociedades que los crearon y a las que sirvieron.
A título de ejemplo es significativo el caso de Baños, cuyo sistema se ha descubierto compuesto por cuatro grupos (dos reutilizados, uno retallado y otro tallado ex profeso) lo que ha relativizado el supuesto carácter absoluto de su inscripción regia, abriendo una nueva explicación sobre su significado.
En la Nave (uno de cuyos maestros recompuso su grupo decorativo reutilizando y sacrificando sus propios materiales) y Quintanilla, los talleres decorativos están estrechamente relacionados con los constructivos; mientras que uno de los de Bande y el del Trampal prefabrican las piezas al margen del taller constructivo al que sirven.
Junto al horizonte simbólico de la reutilización (VVAA 1999, con bibliografía), este fenómeno plantea, efectiva-mente, cuestiones interesantes en lo que atañe a la producción y a la técnica constructiva.
Como ya hemos visto en otros casos, se confirma la convivencia de dos sistemas de obtención del material, por la explotación de canteras y por el expolio de edificios antiguos.
La presencia del cantero es necesaria en ambos casos.
¿Se perdieron los talleres de cantería y la explotación de las canteras, perviviendo en una etapa intermedia el aprovechamiento del expolio que necesitaba una menor especialización?, ¿qué ventajas reales ofrece la reutilización de material procedente de otras edificaciones?, ¿hay una diferencia de esfuerzo suficientemente rentable entre el trabajo de explotación de una cantera y la labor de desmonte de un edificio?
Los factores de disponibilidad (situación política, geografía, transporte y vías) y características constructivas del material deben ser fundamentales en la elección del material, pero tal vez deban considerarse otras premisas que por el momento escapan del análisis arqueológico.
La propiedad, regímenes de explotación y rentabilidad de las canteras, la organización del trabajo o la especialización deben haber determinado el empleo de material constructivo, pero ¿cómo saberlo?
Como en el caso de las canteras, existe un gran desconocimiento en lo que a producción de cerámica constructiva en época alto medieval se refiere.
El cese de la producción de ladrillo y teja en todo el marco mediterráneo parece un hecho constatado para época bajo imperial y alto medieval, teniendo que esperar a la época pleno medieval para la recuperación de la producción de cerámica constructiva (QUIRÓS 1998).
En la Península Ibérica, la reutilización de ladrillo justificaría esta «normalidad».
Sin embargo, el fenómeno caracterizador de la reutilización ha llevado a dar por sentado muchos datos que ahora se intentan revisar con la aplicación de análisis de datación (termoluminiscencia, cronotipología).
El análisis por termoluminiscencia de los ladrillos de las bóvedas de Bande lleva a rechazar su origen romano y ofrece unas fechas de mediados del siglo VII (CABALLERO y otros 2004).
Las tejas del monasterio de Melque se fechan en la segunda mitad del s. VIII (CABA-LLERO y FERNÁNDEZ MIER 1999).
Por otro lado, las dimensiones obtenidas en ladrillos de los ejemplos asturianos sugieren una producción en época alto medieval (FERNÁNDEZ MIER y QUIRÓS 2001) sumándose a los ejemplos anteriores.
Es evidente la necesidad de un proyecto de investigación de termoluminiscencia de material cerámico, especialmente el asturiano y el mozárabe, que busque no sólo fechas, también su adecuada contextualización y calibración.
El material latericio se emplea preferentemente en arcos y estructuras de abovedamiento.
Su disposición dificulta conocer sus dimensiones completas, por lo que es difícil otros andamios empotrados en los muros, bien apoyados también en el suelo con almas o colgados o de báscula.
Justamente es esta aparente coetaneidad lo que más llama la atención principalmente en los edificios construidos con sillería.
Quizás cuando este tema se estudie en profundidad podrá conseguirse una ley cronológica o de taller sobre su empleo.
Conocemos el uso de mechinales para los puentes de andamios empotrados en los edificios de mampostería o de sillarejo.
En el Trampal (CABALLERO y SÁEZ 1999) se puede estudiar con detalle la relación entre los bancos y los mechinales de los andamios que, a su vez, estarían en relación con el cimbrado de las bóvedas que, a nuestro parecer, cubrían todo el edificio.
Probablemente todos los edificios de sillarejo asturiano poseen mechinales para andamios, como la Cámara Santa, Santullano, Naranco, Liño y Nora.
Lo mismo debe ocurrir con los llamados mozárabes, como Berlanga (RODRÍGUEZ TROBAJO 2000), que conserva las maderas de los puentes de los andamiajes en los mechinales situados a intervalos verticales de 2 m., y Peñalba.
Es distinto el caso de los edificios de sillería donde alternan los andamios empotrados (mechinales) y los independientes (ausencia de mechinales).
Se observan mechinales recortados en los sillares de los testeros de los ábsides, como en Valdediós y Barriosuso, edificios cuyo aparejo, por ello, se pueden comparar.
Entre los independientes destacan especialmente los edificios de perfecta sillería ajustada, tanto de cantera, como es el caso de Melque, como reutilizada, como lo son Quintanilla y la Nave, al menos en parte.
Además están en este grupo las portuguesas Montelios, Guimarães y Lourosa.
El gran edificio de Suso/2, también sin mechinales, nos orienta sobre la forma de usar estos andamios, que se apoyarían en la sillería «almohadillada» o irregular, tal como fue sacada de cantera y antes de recortar perfectamente su superficie.
Emplean mechinales otros edificios de sillería grande más o menos regular, como Baños, Barbadillo, Arlanza/1a, Oca, la Asunción/1 (en las esquinas inferiores), /2 (de forma irregular en los sillares) y /3 (en menor número), Tricio/1; Sta.
Coloma, Logroño; Tobillas/1 y /2; S. Román de Moroso, Santander; y el pequeño testero occidental del pórtico de Escalada/2.
Observemos, por ejemplo, la ausencia de mechinales en Quintanilla y, al contrario, su presencia en Arlanza/1 y los demás edificios burgaleses y riojanos que podrían estar en relación; o la ausencia en Quintanilla y la Nave y su existencia en Baños.
También presenta mechinales la obra de ladrillo de Escalada.
La pretendida funcionalidad constructiva del arco de herradura (CORZO 1978) no parece responder a tal efecto, dado que su cimbrado no impediría el desarrollo de la construcción.
Se emplearían cimbras sin apoyo central, fáciles de montar y reutilizables tanto en los arcos de herradura como de medio punto.
Otra vía para economizar cimbras sin debi-litar el edificio se encuentra en la propia técnica: a menudo hallamos arcos donde el salmer y las primeras dovelas tienen un despiece horizontal, el arco (el Trampal) o la bóveda (Melque o la Portera), aunque de apariencia peraltada o de herradura, son rebajados, reducidos exclusivamente a la zona más alta, es decir, a un tercio de su desarrollo.
En el caso de las bóvedas, los mechinales sólo se conocen en el arranque de la fábrica de ladrillos en hiladas horizontales de Bande, por lo que se debe pensar que las impostas efectuarían el trabajo de soportar las cimbras5.
Pero el uso de cimbras en las bóvedas se puede rastrear además por las huellas o improntas visibles en los intradoses de algunas roscas.
Estos son los casos de la bóveda de Santa Eulalia de Bóveda (GÓMEZ MORENO 1949), de la del piso inferior de Santa María del Naranco (UTRERO 2004) o de los husos de la bóveda de las Ollas (GÓMEZ MORENO 1951), todas ellas conservan las improntas de los tablones de las cimbras.
En Cataluña, al ejemplo de Boada mencionado por Gómez Moreno (1919), podemos sumar Marquet, Cabrils u Olèrdola, entre otras (UTRERO 2004), cuyas bóvedas presentan las marcas de las cañas que ayudaron a las cimbras de madera en su construcción.
En el proceso de construcción de los muros y cubiertas, se incluye la elaboración de los componentes de cohesión (argamasas) que comporta otro tipo de actividades.
En Melque se han hallado, abiertas en el suelo, las piletas de decantación y manipulación de la cal, niveles de talla de los sillares a pie de obra y los agujeros para posibles grúas y para andamios (CASTILLO 1975 cita un horno de cal en Suso, pero desconocemos su cronología).
Aunque no tenemos más referencias directas, dada la ausencia además de documentación complementaria gráfica o escrita, como por ejemplo se tiene en época romana o bajo medieval, debemos pensar en una continuidad tecnológica desde época antigua.
En nuestra alta Edad Media, dejando de lado el problema de su cronología de arranque, inmediata a antes o después del 700, se pueden distinguir dos grandes grupos, el de mampostería con sillería encadenada en esquinas y marcos y el de sillería (fig. 4).
La mampostería o el sillarejo, más regularizado, reforzados con sillería encadenada en esquinas y marcos, es característico del grupo asturiano con apenas excepciones.
Dentro de este grupo se observan diferencias, entre los mampuestos más regulares y planos (Santullano, Naranco y Liño) y los más irregulares y grandes (Valdediós y Lena).
Propio de este aparejo, tanto en lo asturiano como fuera de él, es que, mientras que las naves se cubren de paños de mampostería, en los testeros la sillería se extiende llegando a cubrir sus estrechos paramentos, como ocurre en el Trampal, Valdediós y Barriosuso, por señalar tres ejemplos separados en el espacio y pertenecientes sin duda a talleres distintos.
También son norma los bancos de puesta en obra y los mechinales para andamios.
El carácter excepcional de la mampostería del Trampal viene señalada por la presencia de verdugadas de ladrillo.
Normalmente la sillería de los encadenados de la mampostería suele proceder de expolio o no estar tallada con la calidad que suele presentar el aparejo de sillería del momento.
Otros ejemplos son Escalada/1, Tricio/2, la Asunción/4, Berlanga y Nazaré.
La sillería presenta, dentro de una apariencia también básicamente similar, varios grupos claramente distinguibles por el tamaño y la regularidad de la forma de los sillares y su puesta en obra.
El grupo más irregular es el relacionado con los refuerzos de la mampostería ya citados (el Trampal, Valdediós, Barriosuso).
A él se pueden añadir Tobillas/1 y Oca, en el que son corrientes el material de expolio y la presencia de mechinales de andamio.
La excepcionalidad del Trampal es evidente por la existencia de abundantes cuñas inexistentes en los demás edificios.
Un grupo intermedio presenta sillares de mayor tamaño en las esquinas y el resto de la sillería de tamaño grande o mediano aún sin conseguir lechos horizontales e hiladas continuas, en el que es característico por tanto, el desdoblamiento de hiladas y los codos profundos (Arlanza/1; Moroso; Baños; Sta.
María de Ventas Blancas, La Rioja).
Tricio/1 presenta sillares similares en su tamaño y forma a los anteriores pero con hiladas ya horizontales.
Un tercer grupo reduce el tamaño de los sillares que presentan una tendencia a un módulo más cuadrado y regular (Sta.
Coloma, Arlanza/2, la Asunción/1, Barbadillo).
En este grupo podría incluirse también la sillería que hemos denominado «ajustada» por la calidad con que se unen sus sillares y que define el grupo considerado «visigodo» formado por Quintanilla y la Nave, al que unimos Melque, pese a la diferencia que provoca la utilización del material de granito que obliga a la existencia de desdobles de hiladas.
En este grupo, los desdoblamientos son excepcionales y los codos reducen tanto su tamaño que apenas son distinguibles.
El cuarto grupo, que enlaza con un nuevo horizonte, reduce drásticamente el tamaño de los si-llares que están escuadrados y colocados en hiladas horizontales (Escalada, cabecera y pórtico, y Tobillas/2).
Las hiladas de sillería se regularizan en Montelios, con el mismo número de hiladas a interior y exterior, sin saltos, ni codos; el pórtico de Valdediós, Celanova o la parte original de Zalduendo 6.
Al margen de esta posible ordenación tipológica, aun carente de su valoración cronológica, podemos hacer referencia a algunos otros caracteres que son también típicos de una parte significativa de nuestros ejemplos.
La reutilización de sillares (sea de expolio o procedente del edificio arruinado y en restauración) obliga a su recorte para regularizarlos y ajustarlos a su nueva posición y, por lo tanto, al cambio de su proporción (más alargado en el caso del granito, Bande) y la disminución de su módulo (Arlanza, la Asunción).
Éste es también normalmente inferior en las hiladas superiores, tal vez como reflejo de las dificultades de elevación de los sillares y debido a razones estructurales, buscando un asiento más seguro de los muros.
Así ocurre en Suso/2, Baños y la Nave.
En el último ejemplo, la mayor frecuencia de tizones pasantes en las hiladas inferiores pueda posiblemente también explicarse por la misma razón tectónica.
Una característica generalizada en los edificios de sillería hispanos (ya notada por GÓMEZ MORENO 1919 en Suso comparada con Melque) es el de la ondulación de las hiladas debido a la falta de horizontalidad de sus lechos de asiento.
Esta característica va unida a la oblicuidad de las caras laterales de los sillares (que llegan a adoptar forma de «clave», la Nave), a la repetición de codos y los desdoblamientos de hiladas.
La inclinación de las hiladas y la irregularidad de los sillares indica el uso de la regla en la talla primaria, pero no de la escuadra, dada la ausencia de ángulos rectos y, quizás, la talla final de los sillares a pie de obra o sobre el andamio para posibilitar el perfecto ajuste de las caras de cada sillar con las de los ya colocados.
Las juntas de los sillares se efectúan a hueso en los paramentos exteriores, pero suelen mostrar juntas mayores en el interior que a veces hacen sospechar que se trata de fábricas diferentes.
Se pueden comparar las caras interiores y exteriores de Suso para constatar tal diferencia.
No ocurre así, por ejemplo, en Quintanilla, donde la talla de la sillería de arenisca y el terminado cuidado de ésta tanto en superficie como en juntas, se mantiene al exterior y al interior.
A partir de estas observaciones y teniéndolas en cuenta podemos intentar acercarnos a la cronología cruzada de la estratigrafía en los casos en que se asegura la continuidad de construcción en la alta Edad Media.
En tres edificios parece mantenerse la técnica de taller, Melque/2 (habitación trasera añadida), Arlanza/2 y la Asunción/2y3 (reconstrucción tras ruinas provocadas por colapso del abovedamiento), de modo que el nuevo aparejo depende del anterior aunque en los dos últimos casos limitados por el recorte de la reutilización del mismo material.
En otros edificios, de mayor interés, existe un cambio de aparejo que indica un cambio de taller productivo.
Tres de ellos «mejoran» al cambiar a sillería regularizada: Tobillas/2 (939), Escalada (cabecera y pórtico) y Valdediós/2 (pórtico, 910).
Dos en cambio «empeoran», pasando de la sillería al sillarejo: Tricio/2 (naves) y la Asunción/4 (restauración final del ábside y añadido del pórtico).
Los casos de la Asunción y Valdediós nos hicieron pensar si estos referentes son signo de un cruce de influencias.
Los casos de Valdediós y sus compañeros podrían suponer la llegada desde talleres meridionales (¿del valle del Duero?) de la sillería al mundo asturiano y, al contrario, los de la Asunción y Tricio, el influjo de talleres tardíos asturianos.
Aunque el instrumental parece similar en la mayoría de los casos estudiados, bien azuela 7, bien cincel de hoja plana, se aprecian diferencias (fig. 5).
El edificio de Suso/2 puede servir de ejemplo.
El tipo de acabado entre las caras exteriores e interiores es notablemente diferente, con una sillería a hueso muy bien acabada en el primero y una sillería de juntas peor ajustadas en el segundo, aunque los marcos de los arcos poseían un perfecto acabado.
El que por razones que desconocemos se interrumpiera sin acabar la talla exterior del edificio permite detallar su proceso.
Los sillares se colocaban tal como venían de cantera (no hay indicio de que procedieran de expolio), con sus irregularidades que sobresalían entre 3 y más de 5 cm. sobre la superficie definitiva y que les daba un aspecto de sillería «almohadillada».
Estas irregularidades se labraban una vez acabado el edificio, inmediatamente antes de desmontar los andamios, utilizando para ello la azuela.
Este proceso viene demostrado porque la huella de desbastado de la herramienta pasa de sillar a sillar, indicando que el acabado es posterior a la puesta en obra; por la presencia de guías verticales talladas a intervalos regulares de unos 30 cm. entre sí, con un ancho de unos Figura 5.
Tipología de tallas de sillería.
Puede ser que la irregularidad observada en las iglesias de Suso y la Nave fuera debida a que sus caras internas iban enfoscadas, aunque el perfecto acabado de la talla en los marcos de los arcos de la de Suso podría indicar que estos quedaban reservados.
En Quintanilla, la ausencia de capiteles en las columnas del arco de triunfo podría deberse a que los tuviera de estuco, pero el acabado de sus paredes invita a pensar que eran vistas.
En Melque quedan indicios de la cubierta de estucos moldeados y tallados en su cimborrio y sus arcos (¿quizás también en el anteábside y el ábside?), mientras que las demás naves sólo tenían un encintado en las juntas de los sillares.
De todos es conocido el acabado revocado y pintado de las iglesias asturianas (Santullano, Valdediós, Liño, Priesca, Tuñón) cubriendo sus paramentos normalmente de mampostería o sillarejo.
También los paramentos interiores y exteriores del Trampal, debido a su aparejo de mampostería, estaban cubiertos con una doble capa de enlucidos, la inferior de las cuales se aprovechó para grabar un grafito en obra.
Como hemos indicado al comienzo, la visión tradicional defiende una evolución desde la mampostería, pasando por la mampostería encadenada con sillería reutilizada o ex novo hasta llegar a la sillería.
La sillería de cantero no aparecería hasta el siglo VII, concretamente en la segunda mitad, pero ya en el siglo VI se producirían grandes bloques decorados o sillares esquineros y columnas o pilares (HAUSCHILD 1972) que influirían en la recuperación de la técnica de sillería del mundo romano.
Frente e esta hipótesis entendida dentro del marco de continuidad tipológica, de nuevo debemos remitir la pregunta a la técnica: ¿se puede recuperar una técnica perdida por simple evolución o es necesario un aprendizaje de ésta, en cuyo caso debe pensarse en un motor externo?
La segunda opción es defendida por el nuevo modelo, quien haya en la experiencia islámica el motor que justifica la aparición de la sillería y, del mismo modo, de otros tantos cambios que dan lugar a una nueva arquitectura a partir del siglo VIII.
La combinación de cubiertas de madera y abovedadas en iglesias que pertenecen al mismo grupo constructivo o incluso a la misma iglesia (Baños, Santullano, las mozárabes Suso, Escalada, Mazote, entre otras) dibuja un paisaje variado en soluciones estructurales en el que la novedad, respecto al momento tardorromano, en cualquier caso, es la bóveda y los empujes que provoca (fig. 6).
El principal interés por la investigación de las cubiertas de las iglesias de piedra de este momento reside en la discusión sobre si mayoritariamente estuvieron cubiertas de madera o, al contrario, si lo estuvieron con bóvedas de sillería, y en la tradición y procedencia de estos sistemas.
La cronología alto medieval, sin embargo, no presupone la existencia de una mano de obra altamente cualificada, que conozca todos los recursos técnicos, sino, más bien, la imitación o la repetición mecánica de modelos de los que parece desconocerse en gran parte su verdadero funcionamiento.
Tampoco se puede suponer en sentido estricto como un momento de tentativas y pruebas, pues parece que los modelos o son en su mayoría únicos o, en el caso excepcional de que se repitan, lo hacen con las mismas características, siendo difícil establecer, en el estado actual de nuestros conocimientos, una secuencia de mejoras técnicas.
Debemos tener en cuenta la reiterada documentación de ruinas debidas a las estructuras abovedadas, en ocasiones inmediatas al momento de la construcción como demuestra su restauración también alto medieval (Arlanza y la Asunción, además el Trampal, la Nave, Quintanilla; también Suso, aunque por un incendio fortuito, no estructural).
Hemos de valorar la relación existente entre los caracteres a los que hasta ahora nos hemos referido y la estructura a la que estaban destinados.
En el Trampal llama la atención, en este sentido, el aparejo de mampostería y sillería de expolio dedicada a sostener una estructura completamente abovedada y las soluciones que, quizás por ello, se emplearon, con su paralelo en el mundo asturiano en Valdediós, con una solución que evidentemente dio mejor resultado.
Otro caso a valorar es el de estructuras similares, como suponemos eran las del grupo burgalés/riojano, ajustadas al modelo de ábside cuadrado con bóveda sobre pechinas y aula de tres naves abovedadas, construidas en toda la gama de aparejos conocidos, aunque manteniendo la unidad de la piedra toba para la construcción de la vaída.
En este caso podría pensarse en la existencia de dos grupos o talleres distintos de expertos, uno más local del que dependía la variabilidad del aparejo, y otro más regional que mantenía la técnica de las bóvedas vaídas; expertos que sabían conjuntarse para realizar un trabajo unitario.
Equipos que además admitían la presencia de escultores, estucadores y mosaistas (Quintanilla, la Asunción, Arlanza, Tricio, Sta.
La riqueza de tipos de aparejos y la simplicidad de modelos estructurales del grupo burgalés/riojano contrasta con la aparente simplicidad del aparejo asturiano donde sin embargo conocemos un mayor abanico de modelos estructurales cuyo resultado tuvo evidente éxito.
Circunstancias sociales, políticas y económicas influyeron en estas distinciones.
El uso de la pechina para salvar espacios cuadrados, normalmente de reducidas dimensiones (ábsides), en material ligero como la toba tanto en el elemento de transición como en la hemiesfera, habla de una utilización selectiva del material: caliza tobácea de escaso peso cuyos empujes son conducidos por las pechinas.
Melque, constituye la ex-cepción en piedra, pero se trata de una cúpula falsa, tallada en sus primeras hiladas dispuestas horizontalmente, lo que reduce a un tercio la bóveda real.
Como también hemos indicado, el uso del ladrillo se da mayoritariamente en las estructuras abovedadas.
Los sillares doblados en puntos débiles de las fábricas actúan como elementos de refuerzo e indican un mínimo conocimiento estructural.
De hecho encontramos muros, que aunque en su parte baja no aten mediante piezas únicas, sí lo hacen en las partes altas, las más próximas a los abovedamientos.
Los sillares doblados de las hiladas situadas entre los arcos de herradura y las molduras de las cúpulas de Suso, los sillares comunes que unen bóveda y arco del ábside de la Nave o los sillares de caliza inferiores de las pechinas de la Asunción pueden servir de ejemplo.
También hallamos este tipo de piezas en las esquinas interiores de los muros, en Melque (también columnas interiores del crucero), Quintanilla, Bande y la Nave.
Junto a ellos, debemos incluir las grapas y los zunchos de madera de la Nave como elementos de cohesión.
En el caso de las fábricas de mampostería, las cadenas de esquina y las verdugadas de ladrillo o de sillería responden a la funcionalidad de atado de los muros perimetrales, no solamente al reforzamiento por la presencia de estructuras abovedadas.
Por otro lado, estructuras abovedadas como el ábside de las Ollas o los espacios de Peñalba, no poseen sillares esquineros, posiblemente innecesarios por el tipo de cúpula empleado (de gallones), las dimensiones murarias y la sucesión escalonada de los espacios.
El empleo de contrafuertes y sistemas de contrarresto tiene un desarrollo delimitado.
Las iglesias asturianas combinan frecuentemente contrafuertes exteriores con arcos ciegos interiores, aunque en algunos casos no se corresponden (Liño, Naranco, Lena).
Las reducidas dimensiones, la altura sobrepasando la línea de arranque de las bóvedas y la disposición «aleatoria» hace dudar de su uso único como contrarresto: tal vez posean una función más de refuerzo de los altos muros de mampuesto.
Ello lo confirmaría el hecho de que también se encuentren no solamente vinculados a espacios abovedados, sino a aulas cubiertas con techumbres de madera (Santullano, Nora, Gobiendes).
Contrafuertes vinculados a bóvedas de medio cañón los hallamos en Celanova y Wamba, realizados en sillería, como el resto de la fábrica; y Peñalba, donde se ejecutan en la misma mampostería que los muros8.
El caso del Trampal es distinto, quizás en la misma línea de algunos casos asturianos y de soluciones del románico lombardo.
No posee contrafuertes en sentido estricto, aunque el movimiento de la planta en cabecera o el adosamiento de los arcos (arcos ciegos) de los cuerpos laterales pueden significar un intento similar, no solo de contrarrestar los empujes de las bóvedas, sino de cohesionar una fábrica de indudable pobreza.
Un intento de síntesis de los datos ofrecidos en este trabajo puede resultar heterogéneo y confuso, dada la variedad y dispersión cronológica y geográfica de los monumentos tratados.
La impresión ofrecida es la de edificios singulares aislados o aparejos que no se agrupan de un modo homogéneo con las soluciones estructurales.
Responden a esta visión, tradicional, ejemplos como el Trampal, Melque, Montelios, Nazaré, Baños, la Nave, Liño o el Naranco.
Pero, a la vez, también conseguimos la sensación de la existencia de grupos geográficos donde o referentes de aparejos o de estructuras pueden hablarnos de talleres (grupos asturiano y burgalés/riojano, y quizás mozárabe, galaico y lusitano).
Tampoco debemos olvidar las posibles relaciones o influjos a larga distancia o de largo tiempo.
La dispersión de ejemplos únicos, que impediría defender la existencia de talleres asentados, provoca pensar en una solución muy distinta, en un momento favorable a la afluencia con cierta profusión de modelos abundantes y de la dispersión y el movimiento de los expertos; solución que se podría vincular al concepto de «frontera abierta» propuesta por MANZANO (1991), que apoyaría el modelo explicativo que ve el surgimiento de esta arquitectura en la revolución omeya.
Sin embargo, esta solución obliga a buscar modelos en las fuentes de procedencia, pues tampoco sería defendible el invento autónomo de aparejos y soluciones estructurales.
En último lugar, no debemos olvidar otra variable, la temporal, situada en el centro de la polémica entre los modelos a que nos referimos.
La datación de estos edificios no debe perseguirse a priori sólo por el modelo explicativo, sino que debemos acoplarlos también a las fechas que los diversos tipos de análisis nos consigan (no sólo arqueométricos; pues son también válidos los conseguidos correctamente por métodos tipológicos, epigráficos o estilísticos).
Y algunos de estos datos analíticos, por ahora, parecen contradecir el modelo omeya.
De esta forma, el panorama que obtenemos es muy heterogéneo, pero ¿lo es realmente o nuestro desconocimiento científico impide todavía crear grupos tecnológicos definidos?, ¿ya estamos en condiciones de ajustar un abanico de fechas aceptables al panorama apuntado?, ¿estamos en posición de ofrecer resultados concluyentes?, ¿podemos hablar de producción arquitectónica a partir de los datos que poseemos?, ¿y de organización del trabajo?
La línea evolutiva defendida por la teoría tradicional en torno a un paso «natural» desde la mampostería a la sillería o desde las cubiertas de madera a las soluciones abovedadas, encierra detrás del mero estudio tipológico la cuestión sobre la autoría de la arquitectura: talleres constructivos y decorativos y su organización.
Por otro lado, no se aprecia una evolución neta de las técnicas.
Parecen funcionar talleres o grupos caracterizados, pero todavía no están definidos.
Nuestra próxima meta ha de ser la de definición de talleres, consecuente con una depuración de nuestra metodología (estratigrafía y tipología), con el desarrollo de un análisis pormenorizado de los monumentos (proyectos de investigación) y la consecución de fechas aceptables (arqueometría). |
El estudio de las técnicas constructivas altomedievales en el País Vasco no ha sido un tema de investigación muy difundido hasta hace pocos años, en parte debido a que las herramientas teóricas y metodológicas no estaban suficientemente desarrolladas.
Esta situación está empezando a ser solventada gracias a una serie de investigaciones que, apoyándose en el desarrollo de la Arqueología de la Arquitectura, están sacando a la luz un número relevante de evidencias así como nuevas líneas teóricas para interpretarlas.
En el presente trabajo se pretende, en primer lugar, identificar aquellas construcciones que puedan ubicarse cronológicamente en la Alta Edad Media.
Una vez establecidas sus características se busca delinear, a modo de boceto inicial, la evolución de las técnicas edificatorias durante los siglos VIII al XI.
Con ello esperamos llegar a hacer visibles a los responsables de su ejecución, sean los propios usuarios de los edificios o grupos de constructores especializados.
LOS CONTEXTOS Y SUS EVIDENCIAS
El objetivo básico de este breve trabajo no es otro que ofrecer un estado de la cuestión actualizado sobre las técnicas constructivas medievales en el País Vasco a partir de las evidencias que conocemos hasta el presente, tarea nada fácil dado el estado fragmentario de la muestra y su desigual distribución territorial.
Poco a poco, no obstante, vamos conociendo datos suficientes como para elaborar un cuadro general y avanzar, incluso, algunas hipótesis de carácter interpretativo.
Nos centraremos básicamente en los siglos altomedievales (siglos VIII-XI), sin apenas tomar en cuenta los elementos de época tardoantigua.
No renunciaremos, sin embargo, a algunas consideraciones finales sobre este periodo -casi a modo de addenda-especialmente en cuestiones de arquitectura rupestre 2.
Dividiremos el trabajo en dos partes, de naturaleza descriptiva la primera y de carácter más interpretativo la segunda.
El estudio de las técnicas constructivas requiere contar, en un primer nivel de análisis arqueográfico y arqueométrico, con un número adecuado de evidencias con una contextualización estratigráfica y una datación fiables.
Un muestreo suficiente y de calidad constituye, sin duda, la premisa fundamental y previa a un nivel de análisis posterior de carácter arqueológico en el que la interpretación y contextualización históricas se convierten en objetivo prioritario 3.
Hemos mencionado ya la naturaleza limitada de las fuentes disponibles, incluso para épocas bajomedievales 4.
Durante el último decenio, sin embargo, se está realizando un considerable esfuerzo en el contexto de los proyectos de investigación llevados a cabo desde el Grupo de Investigación en ARQUEOLOGÍA DE LA ARQUITECTURA, 4 -2005, págs. 193-213 ARQUEOLOGÍA DE LA ARQUITECTURA, 4, 2005 193 1 Este artículo es el resultado de un esfuerzo colectivo cuya «creatividad se pone principalmente de manifiesto como un fenómeno de grupo, en el que la contribución individual se halla aparentemente subsumida como parte del proceso y el control de calidad se ejerce como un proceso socialmente ampliado que acomoda muchos intereses en un proceso de aplicación dado» (GIBBONS, 1997: 21).
Una larga década de experimentación en el ámbito de la gestión integral del patrimonio cultural (documentación, conservación y difusión) ha abierto distintas vías temáticas en las que se va profundizando en gradientes diversos.
No podía ser de otra manera en una investigación contextualizada que mira permanentemente al propio «contexto de aplicación».
La tutela de más de 500 edificios religiosos por parte de las instituciones alavesas está siendo posible gracias a la generación de unos protocolos de intervención que, pese a los inevitables defectos, constituyen un referente para otros territorios.
En ese contexto (todavía en curso) nació la Tesis Doctoral defendida por Leandro Sánchez Zufiaurre bajo la dirección de Agustín Azkarate y que verá la luz en breve en forma de publicación monográfica (SÁNCHEZ ZUFIAURRE, e.p.).
De su contenido es deudor una parte de este trabajo.
Su ejecución fue financiada tanto por un proyecto de la Universidad del País Vasco (La evolución de las técnicas constructivas en Álava durante las edades media y moderna a la luz de la Arqueología.
El estudio de la arquitectura rupestre que ha retomado A. Azkarate, tras un paréntesis de bastantes años, está siendo financiado por el Departamento de Cultura del Gobierno Vasco.
2 Este capítulo de la arquitectura está siendo objeto de un nuevo estudio por parte de uno de los firmantes de este trabajo, dada la importancia que tuvo como elemento organizador y catalizador de numerosos asentamientos humanos que a lo largo del tiempo fueron cuajando en las aldeas medievales 3 Lamentablemente, y tal como hemos señalado en alguna ocasión (AZKA-RATE, 2004), la mala conciencia contemporánea generada por decenios de tiranía positivista ha llevado a algunos arqueólogos a corregir el rumbo aventurándose a la generación de modelos interpretativos débilmente apoyados en evidencias no contrastadas ni actualizadas suficientemente.
4 Sobre la arquitectura románica y posterior se ha escrito mucho.
La calidad de los trabajos, sin embargo, es muy desigual, echándose en falta, en general, la presencia de análisis de carácter estratigráfico y constructivo.
Arqueología de la Arquitectura de la Universidad del País Vasco (GIAA).
A pesar de ello existen todavía algunas carencias importantes.
Nos referimos, especialmente, a la desigual distribución espacial de las evidencias conocidas: la mayoría de ellas se encuentran en Álava, siendo aún incipientes los estudios sobre el tema en los territorios vecinos.
Afortunadamente la existencia de ámbitos geográficos que comparten rasgos de carácter fisiocrático con los espacios vecinos permite adivinar dinámicas similares para los territorios guipuzcoano y vizcaíno.
La arquitectura doméstica de época altomedieval
en Vitoria-Gasteiz En otros lugares hemos tenido ocasión de avanzar algunos resultados sobre las excavaciones arqueológicas que se vienen llevando a cabo en la parte más alta del Casco Histórico de Vitoria-Gasteiz (AZKARATE et alii, 2001; AZKARATE, QUIRÓS, 2001; AZKARATE, SOLAUN, 2003) por lo que no incidiremos en algunos aspectos ya conocidos.
Este texto, por el contrario, nos servirá para incorporar algunas novedades confirmar algunas informaciones y/o corregir algunas otras vertidas en los avances anteriores.
En el conjunto de excavaciones que el Grupo de Investigación en Arqueología de la Arquitectura ha efectuado en el Casco Histórico se han documentado hasta el momento los tipos siguientes de estructuras domésticas, adscribibles todos ellos a los siglos VIII-XI d.C.5 (Fig. 1).
-Estructura a nivel del suelo, de planta circular (4 m. diám.) bien delimitada por una acanaladura tallada en la roca; estructura portante de postes verticales.
Íntegramente construida en materiales perecederos.
Cronología: VIII-X. d.C. Tipo AIII: 6.3.0.
-Estructuras a nivel de suelo, con planta trapezoidal organizada en dos estancias y alzado construido sobre diez postes perimetrales que liberan un espacio interior de ca.
12 metros cuadrados en un caso y ca. de 18 en el otro.
En este último, una de las estancias tiene en su interior un «fondo de cabaña» de reducidas dimensiones.
Para su construcción se recurrió exclusivamente a materiales perecederos.
Cronología: VIII-X d.C. Tipo AI: 3.3.0.
-Estructura a nivel de suelo levantada sobre grandes postes de madera.
En lo que es visible organiza un espacio de grandes dimensiones, a modo de una longhouse, cerrado en su lado occidental por una gran acanaladura de línea ligeramente curva, y en sus lados meridional y septentrional por diversos agujeros de poste.
Su interior presenta también diversos agujeros de poste que pudieron organizar el espacio de forma compartimentada.
Cronología: VIII-X d.C. Tipo AI: 9.3.0.
-Estructura levantada sobre durmientes de madera en los que se ensamblaron los pies derechos de las paredes.
Conforma dos estancias contiguas separadas por un medianil, construidas totalmente en madera aunque con una técnica distinta a la descrita para los tipos anteriores.
La estructura de la cabaña se ejecutó, como queda dicho, utilizando como base durmientes de madera de sección rectangular que recibieron los pies derechos del entramado de las paredes, ensamblados al durmiente a caja y espiga.
La estancia meridional tuvo hasta tres suelos y cuatro hogares sucesivos, evidenciando reformas internas significativas, mientras que la septentrional no presentaba evidencias de haber sido modificada durante su periodo de uso (AZKARATE, 2003).
Tipo AII Blockbau -Estructuras semiexcavadas en la roca («fondos de cabaña»).
Son varios los ejemplos localizados, en algún caso de notables dimensiones, como el fondo de cabaña ubicado en la nave septentrional de la actual catedral de Santa María, con más de 8 metros de longitud y ca.
Las dataciones radiocarbónicas fechan en el siglo X el momento de transición de las construcciones levantadas íntegramente con materiales perecederos a la arquitectura que denominamos mixta 6 y cuyo exponente más relevante es un gran edificio construido en el extremo oriental de la plaza de Santa María, de orientación norte-sur y planta rectangular.
Sus más de veintiún metros de longitud dan cuenta de la importancia de esta estructura doméstica, compartimentada en tres áreas distintas de uso.
Su técnica constructiva es la que viene siendo definida como «mixta», caracterizada por el empleo de zócalos de piedra sobre los que se alzan muros de tapial.
Provisto de suelos de arcilla batida sobre los que asentar hogares o fuegos bajos, cabe suponer el empleo de cubiertas perecederas al no haberse registrado ningún resto material cerámico (teja) o pétreo (lajas esquistosas) (Fig. 3).
Las murallas de Gasteiz
El «descubrimiento» de las primitivas murallas de Vitoria-Gasteiz es muy reciente.
Cuando hablamos de descubrimiento obviamente no utilizamos esta expresión en su estricta 2.
Fondo de cabaña excavado en la nave norte de la Catedral de Santa María (ss.
VIII-X) literalidad -ahí estaban las murallas y se conocían de antiguo7 -sino en su sentido social.
Sólo muy recientemente las primitivas murallas de la vieja Gasteiz han comenzado a ser reconocidas por la ciudadanía.
Ni se conocían en su materialidad (ocultas por las traseras de las viviendas de las calles Correría y Cuchillería), ni se sabían ubicar correctamente en su tiempo histórico (se creían obra de Sancho el Sabio, 1181) cuando en realidad son un siglo anteriores (AZKARA-TE, LASAGABASTER, e.p.).
Tras las investigaciones arqueológicas llevadas a cabo, sabemos hoy en día que fue durante la Fig. 3.
Gran estructura doméstica sobre zócalos de piedra exhumada en el lado oriental de la plaza de Santa María. a) 2.a mitad del siglo X. b) 2.a mitad del siglo XI segunda mitad del siglo XI cuando el asentamiento campesino cuya arquitectura doméstica hemos descrito en el capítulo anterior, se rodeará de una gran muralla de piedra.
Tras las campañas de excavación efectuadas, estamos en condiciones de establecer con seguridad tanto su trazado como las técnicas constructivas empleadas por los artífices de la obra.
El encintado pétreo -con una anchura media de 1,5 metros-presenta una planta quebrada formada por tramos rectos de ca.
17 m., delimitados por torreones avanzados de planta rectangular.
Estos torreones poseen unas dimensiones que giran en torno a los 4,80 m. de longitud y 3,75 m. de anchura total, sobresaliendo de la línea exterior de la muralla ca.
La óptima conservación del torreón situado a un lado de la calle Fray Zacarías nos permite suponer una altura cuando menos superior a los 6,60 m., así como otros datos acerca de su estructura interior.
Se trata de una estructura abierta actualmente a la gola, aunque en origen parece que pudo presentar algún tipo de cierre formado por materiales perecederos, ya que en su base se conserva la cimentación de un posible apoyo corrido.
Varios mechinales abiertos a media altura nos informan también sobre la existencia de dos pisos, el superior con un pequeño vano asaetado (Fig. 4).
Son tres los tipos de piedra utilizados en su construcción, cada uno de ellos coincidente grosso modo con un emplazamiento específico en la estructura defensiva: a) La caliza margosa local -extraída del propio substrato rocoso de la colina-se utilizó profusamente en las cimentaciones ordenándose las lajas en un opus spicatum que no supera nunca las tres hiladas. b) Se recurrió a las calcarenitas de Olárizu -rocas calcáreas procedentes de las proximidades de Vitoria y caracterizadas por su alta resistencia mecánica-para levantar el grueso de la construcción mediante el clásico muro de tres hojas.
Sus paramentos exteriores están confeccionados con un sencillo aparejo a soga de bloques organizados en tendeles horizontales de una considerable regularidad.
Todos los mampuestos llevan un mínimo trabajo de desbaste o careado (no podríamos hablar de escuadrado AGUSTÍN AZKARATE GARAI-OLAUN, L. SÁNCHEZ ZUFIAURRE Fig. 4.
Muralla de Gasteiz de las piezas), pretendiendo dotar de cierta homogeneidad a la superficie exterior de los muros. c) Finalmente, se destinó la lumaquela de Ajarte -caliza blanca porosa y de labra fácil procedente del Condado de Treviño-para esquinales de las torres y las jambas y arcuaciones de los accesos.
Son bloques que se posicionan verticalmente en los ángulos del paramento, es decir, apoyándose unos sobre otros por medio de una de sus caras estrechas, al tiempo que muestra al exterior su superficie más extensa.
En su recorrido ascendente, cada pieza alterna su disposición con sus colindantes, siguiendo el esquema de soga y tizón.
Se trata de piezas labradas con cierto cuidado (tallante a 45o).
Las iglesias altomedievales de Alava (Fig. 5) Constituyen el tipo de edificación del que tenemos una mayor cantidad de evidencias y han sido objeto de una prospección sistemática desde el Grupo de Investigación en Arqueología de la Arquitectura (SÁNCHEZ ZUFIAURRE, e.p.)
El esfuerzo llevado a cabo ha permitido identificar hasta 29 casos del máximo interés, cuatro de ellos exhumados mediante excavaciones arqueológicas y el resto reconocidos y «rescatados» tras una atenta «lectura» de las fábricas todavía en pie.
Todas ellas han sido clasificadas en seis grupos:
San Miguel de Montoria y Fase Prerrománico I de San Román de Tobillas.
Edificios realizados con un aparejo de sillería reutilizada labrada con cincel de filo cóncavo.
San Román de Tobillas tiene una ventana rematada en arco de herradura en el testero.
Son iglesias con cabecera recta destacada.
San Pedro de Urbina de Basabe, La Asunción de Samoano y San Miguel de Corro.
Combinan un aparejo de mampostería en los muros con sillarejo para los esquinales y sillarejo o piezas escuadradas para los vanos.
Lugares mencionados en el texto, a excepción de la arquitectura rupestre instrumento de labra es el cincel de filo cóncavo, utilizado para el sillarejo.
Las ventanas del testero (excepto en Corro, que no conserva vanos) están rematadas en arco de herradura.
En este grupo podríamos incluir, también, la iglesia del yacimiento de Buradón (Salinillas de Buradón); el aparejo de los muros es de mampostería con material semielaborado, con esquinales de sillería reutilizado; como instrumentos de talla aparecen el hacha y el cincel de filo cóncavo.
La cabecera de este edificio, conocido por excavación arqueológica (CEPEDA, MARTÍNEZ, 1994aMARTÍNEZ,, 1994b; CEPEDA, MARTÍNEZ, UNZUETA, 1998), tiene forma de herradura.
Recientemente se ha podido constatar la presencia de una fase prerrománica en la iglesia parroquial de Santa Eulalia de Atiega 8, que compartiría rasgos con este grupo (esquinales de piezas escuadradas labradas a cincel de filo cóncavo, aparejo de mampostería).
Fase Prerrománico II de San Román de Tobillas, Andra Mari de Ullibarri Arana y San Julián de Aistra (Zalduondo).
Son obras realizadas íntegramente en sillería labrada ex novo, tanto para el muro como para los esquinales y vanos.
El instrumento de labra es el cincel de filo cóncavo, excepto para Aistra donde la dureza del material exigía otro instrumental (hacha y picón).
La única ventana conservada en el testero (Aistra) está rematada en arco de herradura.
San Pedro de Gorostiza (Zestafe), San Martín de Eribe y San Vicente de Hueto Abajo.
Son iglesias cuyo aparejo es de mampostería, pero con la peculiaridad de que tanto para los vanos como para los esquinales utilizan sepulcros monolíticos reaprovechados.
No se ha podido apreciar el instrumento de labra de las piezas; sólo se conoce la cabecera de la ermita de Gorostiza, que era recta sin destacar.
Los tres edificios cuentan con ménsulas al exterior, para soportar la estructura de una edificación adosada, seguramente de madera.
La Asunción de Valluerca, San Andrés de Tortura, Santiago de Gujuli, San Bartolomé de Olano, La Natividad de Hueto Arriba, San Juan ante Portam Latinam de Marinda, San Martín de Jugo y San Martín de Luko.
Son edificios que comparten el aparejo de mampostería, tanto para el muro como para los esquinales.
El instrumento de labra es el cincel o el picón.
En dos de los casos se conservan vanos o restos de ellos (Valluerca y Luko), realizados en sillería labrada con tallante.
En este grupo podemos incluir también las iglesias de los yacimientos de Los Castros de Lastra y Artziniega, ya que están realizados también en mampostería tanto para los muros como para los esquinales.
San Juan Bautista de Acilo, La Asunción de Gopegui, San Lorenzo de Ondategi, San Martín de Otazu, San Martín de Gáceta y San Esteban de Zuazo de Vitoria.
Conjunto de seis edificios con una gran homogeneidad técnica y formal, con aparejo de mampostería en los muros y de material semielaborado en los esquinales.
Todos ellos presentan cuatro saeteras a los pies, articuladas en dos plantas (en algunos casos, obras posteriores han eliminado algunas de las saeteras) 9 (Fig. 6).
8 Agradecemos el dato al arqueólogo responsable de la intervención y miembro del GIAA, Alberto Plata Montero.
9 Además de estos grupos bien definidos, contamos con otras evidencias a las que nos referiremos muy brevemente: 1.
Cabría mencionar, en primer lugar, aquellas iglesias cuya existencia queda constatada estratigráficamente por formar sus restos parte de las cimentaciones románicas, pero de cuya materialidad resulta muy complicado avanzar nada mínimamente seguro.
Es el caso de la iglesia de San Martín de Rivabellosa.
Los restos registrados en la excavación arqueológica son únicamente cimentaciones en las que se combina el sillarejo con la mampostería irregular (AJAMIL, 2005: 197-199).
Algunos elementos encontrados, como un capitel, nos permiten pensar que se trata de una obra en la que participan tanto canteros como albañiles.
Guipúzcoa ha sido, de siempre, el territorio con menos evidencias altomedievales de cuantos componen la Comunidad Autónoma del País Vasco.
Las investigaciones más recientes, sin embargo, están ofreciendo importantes novedades que no vienen sino a confirmar que los vacíos de información no son, generalmente, sino el reflejo de unas investigaciones que han venido priorizando unos periodos históricos en detrimento de otros.
Es de esperar, por lo tanto, que durante los próximos años las diferencias informativas entre los diversos territorios vayan siendo sustituidos por un equilibrio mucho más lógico desde el punto de vista histórico.
Fijémonos en algunos datos recientes relativos al territorio guipuzcoano:
Una excavación arqueológica puso al descubierto 23 agujeros (dos de ellos de adscripción dudosa) que delimitan una superficie interior de unos 20 m 2.
El recinto así definido está rehundido entre 5 y 20 cm. respecto a la superficie natural.
Los autores de la intervención proponen una cronología medieval aunque, lamentablemente, el único ante quem con el que se cuenta es la propia estructura del caserío del siglo XVI.
Dadas las afinidades tipológicas de las evidencias con otras manifestaciones similares procedentes de territorio alavés, no se descarta una cronología altomedieval (Ibidem.
A) Templo I. Del primero de los dos templos hallados en el subsuelo de la iglesia parroquial de Zarautz se conservan cimentaciones de muros de 60 cm. de grosor medio, realizados en mampostería caliza y arenisca, con muy escasa argamasa.
Las dimensiones mínimas de la planta son de 6,72 m. de ancho de la cabecera por 7,52 m. de longitud del muro norte.
Los investigadores le asignan una cronología del siglo IX o primera mitad del X y proponen, a modo de hipótesis, que pudo tratarse de una iglesia con alzados de madera sobre zócalo de piedra (Ibidem: 24-25).
B) Templo II: La excavación arqueológica (Ibidem: 25-26) permitió reconocer, con posterioridad a la amortización de la primera iglesia, un segundo edificio de planta rectangular y testero recto.
Sus dimensiones son de 4,73 m. de ancho interior y una longitud mínima de 8,3 m.
Sólo se localizaron los paños este, norte y sur (se propone que su planta fuera la misma que la construcción registrada en el subsuelo de San Pedro de Elkano, con una longitud de 10,4 m.).
Con muros de mampostería de 72 cm. de grosor, los autores de la excavación dudan respecto al tipo de alzado que pudo tener la iglesia, sugiriendo la posibilidad de que fuera también madera por la casi nula cimentación que presenta.
Este edificio sufrirá una serie de reformas antes de su arrasamiento, en especial en la zona del presbiterio y el altar.
La cronología propuesta para su construcción es coetánea a la segunda fase de la necrópolis del yacimiento, fechada entre los siglos X y XII.
Sigue en uso hasta el siglo XIII, cuan-sos la existencia de una iglesia anterior queda certificada únicamente por los testimonios funerarios conservados (FERNÁNDEZ BORDEGARAI, APELLÁNIZ, 1996; SÁNCHEZ ZUFIAURRE, e.p.).
Y, finalmente, cabría mencionar también la presencia de algunos elementos de iglesias prerrománicas que, fuera de su contexto original, fueron reutilizadas en edificaciones posteriores a la manera que veremos también en Vizcaya: a) Iglesia de la Degollación de San Juan (Cicujano).
Conserva una ventana rematada en arco de herradura en la cabecera, formando parte de la obra románica.
La disposición del testero (una ventana en la parte baja rematada en herradura y una saetera en la parte alta) recuerda de manera muy marcada al testero de la iglesia de San Andrés de Astigarribia, que como se ha visto reutiliza elementos de la fase prerrománica en la construcción del siglo XII. b) Ermita de San Martín de Hermua.
Conserva en la cabecera una ventana monolítica con vano rematado en arco de herradura, del tipo de la vecina de San Julián y Santa Basilisa de Aistra.
Este ventanal está claramente intestado en una obra más moderna (probablemente del siglo XVIII), pero la iglesia podría estar en su emplazamiento original; la cimentación está diferenciada del resto de la obra, apreciándose una zapata en el muro oriental con una orientación ligeramente distinta a la de los alzados actuales. do Zarautz se convierte en villa y se construye la iglesia románica que arrasa definitivamente las mencionadas construcciones10.
Iglesia de San Andrés de Astigarribia (Mutriku)
A partir de la década de 1970, los trabajos de I. Barandiarán (1971) llevaron a pensar que el edificio actual tenía su origen en el siglo XI, en especial gracias a la presencia de una ventana rematada en arco de herradura en la cabecera.
Una importante capa de enlucidos en toda la fábrica impedía tener una correcta visión de los alzados de la construcción, algo que limitaba necesariamente la fiabilidad de la adscripción cronológica.
En años recientes fue posible realizar una nueva excavación de partes importantes del subsuelo de la iglesia (PÉREZ CENTENO, PIÁ, 2001, 2002, 2003), así como un análisis estratigráfico completo de los alzados del conjunto (SÁNCHEZ ZUFIAURRE, 2003).
En esta ocasión se pudo comprobar que las piezas de la ventana estaban reutilizadas fuera de su emplazamiento original, a pesar de que la primitiva iglesia estuviera, con toda probabilidad, en el mismo emplazamiento.
Aunque podemos deducir sus dimensiones11 no conocemos, por desgracia, las características técnicas de los muros.
El tipo de labra empleado en las piezas de las ventanas, sin embargo, -cincel de filo cóncavo-permite poner en relación esta primera iglesia con un grupo de edificios alaveses cuyas cronologías se sitúan entre los siglos IX y X (SÁNCHEZ ZU-FIAURRE, e.p.).
Esto retrotraería al menos un siglo la cronología propuesta para la primera fase de Astigarribia.
Su excavación en el año 1988 (ZALDUA, 1989) permitió conocer -a pesar de detectarse únicamente muros arrasados y cimentaciones excavadas en la roca-la planta de una iglesia anterior a la actual, de testero recto con unas dimensiones de 10,4 × 4,73 m.
Aunque en su momento se la consideró como un edificio de los siglos XII-XIII, A. Ibáñez (2003: 13) ha adelantado recientemente su cronología llevándola al mismo horizonte que el del templo II de Santa María la Real de Zarautz.
Resulta muy interesante esta ermita, ya que está formada por muros de piedra y tiene dos «ampliaciones» (al menos así las interpreta el autor), o cuerpos adosados; el primero de ellos consiste en «cuatro agujeros circulares excavados en la roca natural, de dimensiones similares, que configuran una hilera más o menos paralela a la línea que describiría el antiguo muro norte.
Suponemos que estos agujeros en su origen, acogerían la estructura de basa de unos postes o pies derechos, que en conjunto, nos inclinamos a pensar, formaban un cuerpo a modo de pórtico que se le adosaba a la primitiva ermita por lo menos por el norte (...).
Cubriendo parcialmente dos de estos agujeros, aparecieron restos de la cimentación de otro muro que dibujaba un espacio rectangular que también se le adosó a la planta original por el norte» (ZALDUA, 1989).
Creemos que, en realidad, nos encontramos con las evidencias de una edificación adosada a la iglesia realizada en madera; por su ubicación podemos ponerla en relación con las estructuras adosadas a las iglesias alavesas del grupo 4, cuyas funciones serían seguramente de almacenamiento.
Lo que resulta del máximo interés, ya que supone un nexo entre las tradiciones de ambos territorios.
Las excavaciones arqueológicas (GEREÑU, 2001) permitieron identificar dos templos anteriores al actual, en una secuencia similar a la de Santa María la Real de Zarautz aunque algo más tardía.
La primera iglesia pudo ser reconocida sólo parcialmente, con una superficie aproximada de 22 m 2 y una cronología entre los siglos XI y XII; las fechas se obtuvieron por medio de la datación radiocarbónica de unos enterramientos en cista de laja asociados.
El templo 2 cubre al anterior, perteneciendo al momento fundacional de la villa, por lo que quedaría al margen de nuestro ámbito cronológico (IBÁÑEZ, 2003: 13).
Lamentablemente, más allá de saber que se trata de un edificio de piedra, desconocemos las características técnicas de los alzados del primero de los templos.
Hasta el momento no contamos con evidencias directas de arquitectura íntegramente lígnea o arquitectura mixta en territorio vizcaíno; sin embargo, algunas de las iglesias en las que se han documentado restos altomedievales construidos en piedra parecen haber tenido al menos parte de sus alzados de madera (GARCÍA CAMINO, 2002: 202), como por ejemplo Momoitio (Ibidem: 118).
Las evidencias directas de centros de culto edificados en piedra en Vizcaya son realmente limitadas, si bien algo más numerosas que las guipuzcoanas (o al menos más seguras).
Todas ellas, sin embargo, corresponden a elementos registrados en excavaciones arqueológicas; no existen (o al menos no se han identificado) iglesias altomedievales conservadas en pie.
Los únicos restos seguros de muros edificados en piedra son los que se hallaron en las excavaciones de las ermitas de San Martín de Fínaga (Basauri) y San Juan de Momoitio (Garai).
El resto de evidencias pertenecen a elementos aislados o empotrados en construcciones más recientes, cuya cronología es claramente altomedieval; la mayoría de estos elementos son ventanas monolíticas, aunque también se conservan sillares con inscripciones o tenantes de altar.
No incluimos todos los restos considerados altomedievales, como por ejemplo las necrópolis, ya que si bien están evidenciando la presencia de una iglesia, desconocemos el tipo de técnica constructiva empleada.
Las iglesias en las que se conservan ventanas monolíticas de tradición mozárabe o asturiana12, así como otros testimonios arquitectónicos de siglos altomedievales13 han sido bien recogidos y estudiados por I. García Camino (2002).
En todos los casos vizcaínos podemos estar suficientemente seguros como para pensar en una estructura de piedra que acogiera a los elementos altomedievales conservados.
Desconocemos, lamentablemente, qué técnica constructiva fue empleada en cada caso.
La información que aportan las dos iglesias que conservan restos de sus cimentaciones de piedra tampoco es muy elocuente, aunque nos permite establecer correlaciones con ejemplares de territorios vecinos.
Ermita de San Martín de Finaga (Basauri)
Iglesia rehecha en el siglo XVIII; en la excavación de su interior se detectó la cimentación de un edificio anterior «de planta rectangular de 17 metros cuadrados rematado en cabecera diferenciada, estrecha y también rectangular, aunque de menores dimensiones (2,65 metros cuadrados)» (GARCÍA CAMINO, 2002: 63).
Sus muros son de mampostería asentados a seco, de 40 ó 60 cm de ancho.
La cabecera es un añadido posterior a la nave.
Al norte se adosa una pequeña estructura abierta, probablemente porticada, de ca.
Cronología: 1) Fase Bajo Imperial (siglos IV-V); construcción de 17 metros cuadrados útiles, mampostería a seco, con una necrópolis alrededor.
2) Fase Tardo Antigua (siglos VI-VIII); añadido de la cabecera rectangular, de 1,9 por 1,3 m., que acogía un tenante de altar.
Se estrecha el ingreso a la cabecera por medio de dos basas en la embocadura, que sustentarían pies derechos.
Es probable que se ampliara la nave hacia el oeste.
La técnica constructiva es similar a la de la fase anterior.
3) Fase Altomedieval (siglos IX-X); añadido de una estructura al norte, a modo de porche o zaguán, de escasa entidad.
A mediados del siglo XI o en el XII el estado de ruina del edificio era total, demoliéndose parte de sus muros.
Ermita de San Juan de Momoitio (Garai)
Las excavaciones arqueológicas recuperaron la planta de una iglesia anterior de mampostería que probablemente alternaba sus alzados con madera, construida en torno a finales del siglo VIII o inicios del IX.
Esta fase del yacimiento, con su necrópolis asociada, duró hasta el siglo XI.
A finales de dicha centuria comenzaría el declive y abandono en favor de otro centro de culto.
La iglesia altomedieval era un edificio de planta rectangular de 4,20 por 3,10 m. y superficie de 13 m 2, con el eje mayor orientado de norte a sur.
El paramento era «de doble muro de mampostería con 45 cts. de relleno de ripio, trabado con mortero de arena y cal»; el grosor era de 85 cm. en el cimiento.
La cubierta era de madera sobre pies derechos, encontrándose tres apoyos (dos en los muros y uno en el centro del edificio; «no sería abovedada, sino una ligera techumbre recubierta de materiales vegetales o de tablillas de madera, como podría deducirse de la ausencia de lajas planas o de tejas en el área de la excavación» (Ibidem: 83).
(GARCÍA CAMINO, NEIRA ZUBIETA, e.p.)
Una intervención arqueológica reciente ha permitido registrar un pequeño templo de planta rectangular, que combinaría en su estructura muros de piedra y madera.
El extremo oriental de la iglesia era de piedra, habiéndose conservado los restos del cierre sur y la zanja de robo del muro norte.
El muro de piedra tiene un grosor de 83 cm., con una longitud de 216 cm. Hacia el oeste la estructura sería de madera, asentada en agujeros de poste y en bases de piedra.
Este edificio tiene una cronología de los siglos X-XI.
LOS MATERIALES, LAS TECNICAS Y SU CRONOLOGIA
De esta manera sintetizaba Vitrubio los tres principios que deben regir la arquitectura.
Tres conceptos capaces de reflejar aspectos vitales de una sociedad.
Sus recursos para proveerse de materias primas, extraerlas, transformarlas, transportarlas; su capacidad para aparejar unos materiales, levantando unas construcciones que superen los retos de la estática y la mecánica; su organización social, política y religiosa necesitada de articular unos espacios de funcionalidades y significados simbólicos diversos (AZKARATE, 2000).
Es por ello, «por la suma de hechos que es necesario que se conjuguen para su materialización» por lo que la arquitectura se ha considerado con razón como «la máxima expresión de lo que entendemos por cultura material» (LATORRE, 1996: 108).
Saben mucho de todo ello quienes, desde la antropología y la arqueología, vienen investigando desde hace tiempo sobre el «saper fare» empírico como criterio que guió la generalidad de los procesos productivos conocidos en el mundo preindustrial (LEROI- GOURHAN, 1989; BIANCHI, 1996: 53-56; SÁNCHEZ ZUFIAURRE, e.p.).
Los párrafos que siguen son deudores de estos trabajos y, especialmente, de aquellos desarrollados por el Istituto di Storia della Cultura Materiale (Génova), bajo la dirección de T. Mannoni.
En esta ocasión nos fijaremos en los aspectos relativos a los conocimientos y medios disponibles en las comunidades aldeanas y a su progresiva transformación en función del contacto con constructores especializados.
Para ello nos interesa recordar algunos conceptos básicos.
En el ámbito preindustrial dominado por el «saper fare», las comunidades humanas de tamaño pequeño o medio (como el de las aldeas altomedievales) eran capaces de fabricar distintos productos a partir de una serie de conocimientos regulados por una determinada secuencia de acciones.
Este conjunto de conocimientos que regulan la vida técnica dentro del grupo, es lo que conocemos como ambiente técnico.
De él participan casi todos los miembros de la comunidad y de él se sirven para la satisfacción de sus necesidades.
Este contexto no era inmutable.
La interacción con conocimientos del exterior, así como la reelaboración interna dentro del propio grupo, producía una serie de cambios en el ambiente técnico.
El proceso resultante de esa interacción interior-exterior es lo que se conoce como tendencia técnica.
Esa expresión, en definitiva, define el grado de evolución de un estímulo externo dentro de un ambiente técnico, una vez que aquel es reinterpretado por la comunidad.
Los gestos propios de cada grupo forman parte de una cadena operativa en la que todas las operaciones se encadenan en el espacio y en el tiempo, quedando cada uno de estos pasos fijado en la memoria histórica del colectivo.
Los cambios operados en un momento determinado por la relación con grupos de constructores especializados hacen que la cadena de acciones asumida por la comunidad para la elaboración de un artefacto cambie en alguno de sus puntos.
Estos cambios se explican gracias al concepto de variante, ya utilizado por los especialistas en cerámica.
Es un concepto que permite definir el grado de personalización de una base técnica común.
La variante técnica puede comprender tanto los cambios que se operan en las comunidades locales gracias al contacto con los constructores especializados, como los cambios operados en la cadena operativa de un grupo de constructores especializados una vez que dicha cadena es asumida a nivel local.
Para entender mejor estos conceptos podemos recurrir a algunos ejemplos.
En una comunidad en la que la arquitectura se ejecuta en madera, colocando postes directamente en el terreno, la cadena operativa incluye la extracción de la madera, su tratamiento y su colocación, así como la elaboración de los entramados de ramas y barro para los muros.
Sea tanto por reelaboración propia como por contacto con otros ambientes, en un momento determinado se produce una innovación que lleva a apoyar los postes de madera sobre zócalos de piedra.
La aparición de esa mejora técnica supone una variante dentro del ambiente técnico local, ya que el resto de la cadena operativa se mantiene.
Hay otras ocasiones en las que los cambios en el ambiente técnico se producen claramente por contacto con grupos técnicos más especializados, no siendo originados en el seno de la comunidad.
Es el caso, por ejemplo, de las ventanas altomedievales (monolíticas o no) que aparecen en numerosas iglesias de nuestro entorno.
Estas ventanas aparecen en algunos edificios en los que toda la fábrica se realiza por mano de obra especializada, con técnicas de cantería (Aistra, por ejemplo) o albañilería, pero con medios técnicos propios del grupo técnico de los constructores (Samiano es una de ellas).
Sin embargo, en otros ejemplos aparecen ventanas monolíticas en contextos en los que el muro refleja la actuación de mano de obra local no especializada.
Parece claro, en esos casos, que estamos ante una variante dentro del ambiente técnico local.
En esta ocasión vamos a fijarnos en la arquitectura en piedra, mucho más abundante y explícita que otras formas constructivas.
Para su estudio hemos de tomar en cuenta, fundamentalmente dos ciclos productivos: el de la piedra y el de la cal.
El ciclo de la piedra
Al igual que ocurre en otros ciclos productivos, también en éste se acostumbra a distinguir la fase de obtención del material (en unos casos mediante la reutilización de componentes constructivos procedentes de edificaciones anteriores; en otros recurriendo a la recolección de elementos próximos o inmediatos al lugar del emplazamiento de la nueva edificación; o, finalmente, acudiendo a canteras para la extracción del material constructivo) de aquella otra fase de tratamiento y puesta en obra (unas veces sin tratamiento alguno -es el caso de los materiales de recolección-; otras veces con un tratamiento también mínimo -por extraer las piezas siguiendo las líneas de diaclasas y conseguir, sin excesivo esfuerzo, piezas relativamente regulares-; en un tercer caso escuadrando someramente las futuras piezas hasta alcanzar un material semielaborado; y, finalmente, con un grado de sofisticación técnica suficiente como para conseguir materiales bien escuadrados14 ) (Fig. 8).
Como nos dice Mannoni, la distinción fundamental que debe hacerse a la hora de estudiar los muros de piedra es la que existe entre «los muros de albañil», y «los muros de cantero».
O, quizá mejor, entre las «técnicas de albañil» y «las técnicas de cantero», «dos formas de construir que tienen en común menos de lo que podemos imaginar» (MANNONI, 1997).
Edificios con técnica de cantería
Son pocas las construcciones realizadas íntegramente con técnicas de cantero, y menos aún las que se elaboran a partir de materiales labrados ex novo.
Aquí debemos establecer una diferencia entre ambos, ya que este aspecto nos puede indicar importantes aspectos relacionados con los medios disponibles.
a) Edificios realizados con sillería a base de materiales reaprovechados: aparece en las iglesias de San Román de Tobillas (fase Prerrománico I) y San Miguel de Montoria; en ambos casos se trata de la reutilización de sillares provenientes de obras anteriores (seguramente romanos), retallados a cincel de filo cóncavo para su nuevo emplazamiento.
La cronología de estas iglesias es del siglo IX. b) Edificios realizados con sillería labrada ex novo: se limita a las iglesias de San Román de Tobillas (fase Prerrománico II), la ermita de Andra Mari de Ullibarri-Arana y la ermita de San Julián y Santa Basilisa de Aistra.
Se trata de sillares con un muy buen acabado, si bien sus caras verticales son oblicuas, lo que indica que las piezas se labraban in situ; el instrumento empleado para la labra es el cincel de filo cóncavo.
Su cronología es del siglo X.
Edificios en los que se combina técnica de cantería
y técnica de albañil Se trata de una serie de edificios en los que el aparejo de los muros es de mampostería, es decir, están ejecutados con técnica de albañil, pero los esquinales y vanos se realizan con técnicas de cantería.
En este apartado encontramos dos modelos, diferenciados por el tipo de instrumento empleado en la labra de las piezas de vanos y esquinas.
Los más antiguos usan el cincel de filo cóncavo, y los más modernos el tallante. a) Entre los primeros (aquellos que usan el cincel de filo cóncavo) nos referimos a las iglesias de San Pedro de Urbina de Basabe, La Asunción de Samiano, San Miguel de Corro, la fase primitiva de San Andrés de Astigarribia, la iglesia de Santa Eulalia de Atiega y la iglesia -descubierta en excavación arqueológica-de Buradón.
En los cinco primeros casos las partes realizadas por canteros están labradas con un cincel de filo cóncavo, empleando piedras más blandas que las utilizadas en la mampostería del muro.
Técnicas analizadas en el texto, con sus aparejos y ejemplos correspondientes de las iglesias (Urbina de Basabe, Montoria y Castros de Lastra) tenían en su cabecera una ventana rematada en arco de herradura.
Este hecho las pone en relación con la fase Prerrománico I de Tobillas y la ermita de Aistra (que tiene un vano similar labrado en una sola pieza).
Buradón, en la que no se conservan vanos, tiene la cabecera en planta de herradura.
Estos datos, sumados a la utilización del cincel de filo cóncavo, permiten suponer para estas iglesias unas cronologías similares a las ejecutadas íntegramente en cantería, es decir, entre los siglos IX y X.
b) El segundo conjunto está compuesto por cinco edificios, que en realidad pertenecen a dos grupos diferenciados; La Asunción de Valluerca y San Martín de Luko tienen aparejo de mampostería en los muros, pero los vanos realizados en sillería labrada a tallante.
Los tres edificios restantes (San Martín de Gáceta, San Martín de Otazu y San Esteban de Zuazo de Vitoria) serán analizados aparte, al pertenecer a una serie de iglesias construidas prácticamente en serie que requieren un tratamiento individualizado.
La cronología de Valluerca puede estar entre los siglos X y XI; Luko pudo haber sido construida en torno a mediados del siglo XI.
Edificios con técnica de albañil (Fig. 9) El resto de las iglesias de nuestro estudio están construidas con técnicas de albañil, si bien algunas de ellas cuentan con características que nos permiten individualizarlas.
Es altamente probable que la gran cantidad de edificios vizcaínos en los que aparecen ventanas monolíticas estuvieran construidos según este tipo de técnica; los vanos estarían embutidos en la fábrica de mampostería, siendo el único elemento labrado del conjunto; la obra sería por lo tanto de albañil, a pesar de contar con algún instrumental de cantería. c) Hay una última clase de edificios formada por seis de las iglesias reconocidas en Álava como anteriores al románico que, si bien por sus características técnicas se encuadran dentro de las técnicas de albañilería, el hecho de que estén realizados en serie nos indica que fueron realizados por constructores especializados en un corto período de tiempo.
Se trata de las iglesias del Grupo 6: San Juan Bautista de Acilu, La Asunción de Gopegui, San Lorenzo de Ondategi, San Martín de Otazu, San Martín de Gáceta y San Esteban de Zuazo de Vitoria.
Los aparejos presentes en estos edificios son de dos tipos: en tres iglesias (Ondategi, Gáceta y Zuazo de Vitoria) se trata de mampostería a base de material nuevo extraído por capas naturales (spaccatura); en Acilu y Ondategi encontramos mampostería a base de material semielaborado (sbozzatura); en la iglesia de Gopegui se combinan ambos tipos de aparejo.
Los esquinales, en todos los casos, están realizados a base de material semielaborado.
El instrumento de labra es siempre el picón, excepto en Acilu donde no es posible ver las marcas de talla.
La técnica constructiva es, para todos los edificios, de albañil.
Todas las iglesias cuentan con cuatro saeteras abiertas a los pies (en algún caso faltan algunas, eliminadas por obras posteriores); en tres de los casos (Otazu, Gáceta y Zuazo de Vitoria) las piezas que forman las ventanas están elaboradas con técnicas de cantería, labradas con tallante.
La cronología de esta serie de iglesias es de la segunda mitad del siglo XI.
La clasificación que hemos realizado hasta ahora está fundada únicamente en los criterios técnicos derivados de las características de la obra en piedra; el contrapunto necesario a dicha clasificación deberá ser el estudio de las argamasas, sin las cuales no tenemos construcción en piedra.
Para ello contamos con análisis de morteros de 14 iglesias15 (todas ellas alavesas), encuadradas en todas las variantes técnicas estudiadas.
En el estudio de la cal se analiza la composición de los áridos y el aglomerante, procurando establecer su origen y la técnica de ejecución, lo que revelará el nivel técnico de sus productores.
En todos los casos estudiados se trata de morteros realizados con cal de muy buena calidad, sin intrusiones y con un apagado bien ejecutado, algo que señala que su origen no está en producciones domésticas sino que son obra de personal especializado.
Se ha podido establecer que para los áridos se emplean siempre arenas cuaternarias procedentes de cauces de ríos, con siete puntos de obtención del material que pueden ser agrupados en dos grandes apartados: un grupo en el que las arenas se obtienen del cauce más cercano al emplazamiento de la iglesia, y un segundo grupo en el que la obtención de los áridos se realiza en una zona de extracción común.
En este segundo caso la zona de extracción es el cauce del río Bayas, al norte del diapiro de Murguía; a este grupo pertenecen 7 de las iglesias en las que se han analizado los morteros, cantidad realmente significativa (50 % del total de la muestra).
Son las iglesias de Gujuli, Marinda, Olano, Ondategi, Eribe, Gorostiza y Luko.
Dos de estas iglesias no sólo comparten un origen común para la extracción del material, sino que la identidad entre sus argamasas es tal que sólo puede explicarse si fueron hechas a la vez; se trata de las iglesias de Eribe y Gujuli, que como vimos recurren a elementos técnicos diferenciados para la ejecución de los muros (en Eribe se reutilizan sepulcros para las esquinas y los vanos).
Cabe preguntarse en este punto si estamos ante iglesias realizadas por las propias comunidades locales o si, por el contrario, en su erección tuvieron que ver comitentes capaces de sufragar los elevados costes de constructores especializados.
Aunque la información disponible no puede ser del todo concluyente, creemos que existen evidencias suficientes para defender la segunda de las posibilidades.
En las líneas que siguen trataremos de exponer, muy brevemente, los criterios que nos llevan a pensar que los conocimientos reflejados por la mayoría de las iglesias de piedra reconocidas no es el propio de los habitantes de las aldeas.
-Siglos VIII-X d.C. Allí donde hemos podido reconocer las características de las construcciones domésticas (es decir, allí donde se emplean los recursos y conocimientos que están a disposición de los propios usuarios), encontramos siempre edificaciones realizadas en su totalidad con madera y materiales constructivos perecederos.
Su cronología, tal y como hemos visto, se extiende entre el siglo VIII y X.
Desde mediados del siglo X en adelante, la evolución dentro de este ambiente técnico (la variante técnica) se formaliza con la incorporación de zócalos de piedra que mejoran la durabilidad del material lígneo.
Pero, en esencia, la arquitectura doméstica seguirá participando del ambiente técnico secular, con los materiales perecederos como elementos constructivos básicos16 y ello hasta bien entrado el medievo.
Las construcciones íntegramente en piedra, en cambio, reflejan la presencia de comitentes con importantes recursos, capaces de sufragar los costos derivados de la presencia de grupos de constructores especializados.
Esta presencia está constatada, ya para los siglos IX y X, tanto en ciertas iglesias edificadas íntegramente en sillería (Tobillas, Ullíbarri-Arana, Aistra), como en otras de mampostería para el conjunto de su fábrica y sillares para vanos y esquinales (Urbina de Basabe, Samiano, Corro, Astigarribia).
En todas ellas es reveladora la utilización del cincel de filo cóncavo para la labra de los materiales.
En otros casos esta influencia está reflejada por la adopción, por parte del ambiente local, de una significativa variante técnica creada a partir de modelos foráneos iniciales: nos referimos a las ventanas monolíticas (escasas en Álava pero numerosas en Vizcaya).
Hoy en día están descontextualizadas pero en origen debieron emplazarse en iglesias de pequeñas dimensiones ejecutadas con técnicas de albañil y en las que tampoco sería extraña la utilización profusa de la madera -Siglo XI17 Esta centuria traerá consigo un importante aumento de la actividad edificatoria.
Ello queda bien ejemplificado en las investigaciones llevadas a cabo en el Casco Histórico de Vitoria-Gasteiz, donde para la segunda mitad del siglo se incorporan importantes novedades en las técnicas constructivas con la construcción de la muralla en primer lugar, y de la iglesia inmediatamente después.
No desaparecen, sin embargo, las viejas técnicas lígneas, como demuestra la casa tipo Bolckbau que se ha documentado en el subsuelo de la actual catedral y que debe fecharse en un momento avanzado de este siglo.
Como resulta lógico, es en el ámbito de la arquitectura pétrea en el que se aprecian las novedades más interesantes.
Nos limitaremos ahora a mencionar únicamente algunas de las más significativas, remitiéndonos para mayores detalles a la publicación en curso de uno de los autores (SÁNCHEZ ZUFIAURRE, e.p.): a) Existencia de un taller al norte del territorio alavés, en el entorno del monasterio de San Vicente de Acosta, ámbito geográfico en el que se han documentado templos que, además de mostrar unos rasgos técnicos muy similares, recurren a un mortero producido con arena y cal proveniente del mismo centro extractor.
Por primera vez en nuestro ámbito geográfico se ha podido confirmar la presencia de productores de argamasa independientes de los talleres de constructores, dato este de la máxima relevancia.
Los edificios resultantes de esta combinación de elementos son las iglesias de Marinda, Gujuli, Olano, Eribe, Gorostiza y Luko. b) L. Sánchez Zufiaurre defiende, además, la existencia de otro taller muy específico, dedicado a la construcción de un grupo de iglesias ejecutadas prácticamente en serie, caracterizadas por sus saeteras defensivas en el hastial occidental y por su emplazamiento cercano a las principales vías de comunicación.
Estas y otras razones llevan a este autor a identificar estas iglesias de su «grupo 6» con la política de control del territorio alavés por parte de la monarquía Navarra que, a mediados del siglo XI (FOR- TÚN, 1984TÚN, -1985TÚN,, 1993: 101-103: 101-103) aplicaría en Álava la política de obispos-abades que llevaban tiempo implementando en Pamplona.
Es así como los abades de Leire se convirtieron en obispos de Álava, sirviendo de agentes del monarca en el territorio c) Todo ello llevaría a ponderar la importancia de los centros monásticos en la introducción y difusión de las nuevas técnicas edificatorias.
El caso de Tobillas (AZKARATE, 2001), tanto en su primera como en su segunda fase, pero sobre todo en la primera 18, como los casos de San Vicente de Acosta 19 y de San Andrés de Astigarribia 20 o lo más evidentes del grupo 6 alavés 21 constituirían sólidos argumentos para defender esta idea.
No se trataría, en definitiva, de una presencia meramente testimonial de los monjes en la edificación de las iglesias en piedra, sino más bien de presencia real y efectiva, tanto como constructores o como directores de obra.
Los monjes, pues, serían los transmisores de los conocimientos que están más allá del ambiente técnico de las comunidades, conocimientos que no sólo se manifiestan en la escritura (el más evidente) sino en otras artes como, en nuestro caso, de carácter constructivo.
LA ARQUITECTURA RUPESTRE Las cuevas artificiales del sur del País Vasco constituyen un fenómeno sorprendente y todavía no valorado suficientemente ni como importante documento histórico de nuestro pasado ni como recurso patrimonial de nuestro presente (Fig. 10).
El centenar largo (118) de cavidades catalogadas en la década de los ochenta (AZKARATE, 1988) se agrupan constituyendo núcleos geográficamente dispersos y conformados internamente por estancias de morfología y funcionalidad distintas.
Son cuatro las variables morfológicas que cabe detectar:
a) Cavidades de estancias diversificadas.
Constan básicamente de una estancia principal, de planta rectangular, desde la que se accede a otras oquedades a modo de «ábsides», «contraábsides» y «estancias laterales».
Cinco de ellas poseen planta basilical de nave única con ábsides contrapuestos en su eje mayor (Montico de Charratu 1, Montico de Charratu 2, Las Gobas 4, Las Gobas 6, y, quizá.
Loza 2); cuatro son de planta también basilical aunque con ábside único (Nuestra Señora de la Peña 3 y Santorkaria 5 y, con dudas, Larrea 7) y otras tres -y probablemente también alguna más-son de extraña tipología, como resultado, 20 Para el caso guipuzcoano contamos con San Andrés de Astigarribia, iglesia también perteneciente a un monasterio y que como vimos comparte una serie de características técnicas con numerosas obras alavesas.
Dichas similitudes, que se dan también con Tobillas, invitan a pensar en una comunidad de constructores con unos lazos suficientemente estables como para facilitar la transmisión de conocimientos de una manera fluida.
21 En el tercer cuarto del siglo XI tenemos una de las más importantes evidencias de la actividad constructora de un centro monástico en nuestro territorio; en este caso se trata, además, de la influencia de un cenobio navarro, bastante alejado del espacio alavés, pero que cobra especial relevancia gracias a la influencia de la corona.
Como ya hemos dicho antes, se trata del monasterio de San Salvador de Leire.
En dicho monasterio, las obras edilicias tienen continuidad desde la década de 1030 en que Sancho el Mayor manda la construcción de la iglesia; ésta es consagrada por Sancho IV el de Peñalén en 1057, y a ella se le adosa el edificio conocido como «monasterio viejo» (LOJENDIO, 1978: 49).
En esta obra aparecen saeteras cuya disposición y técnica recuerda en gran medida a las del grupo 6; hemos podido constatar que la obra del «monasterio viejo» de Leire tiene una cronología anterior al siglo XII, gracias a la presencia de una serie de arcos exteriores que formaban una estructura «amatacanada», eliminada a finales del siglo XIX, y cuya datación está bien establecida a lo largo del siglo XII (BONDE, 1994).
Esto nos permite considerar como razonable la posibilidad de que el «monasterio viejo» sea la obra que fue consagrada en 1098.
Por lo tanto estamos ante la presencia, en la práctica, de un taller de construcción abierto de manera prácticamente continua a lo largo del siglo XI y aún más allá, lo que alimenta la posibilidad de que sean los propios monjes los que se ocupan de dichos trabajos o al menos de su dirección.
Y no es nada descabellado contar con que Fortunio, abad de Leire y obispo de Álava a la vez, hubiera contado con los propios monjes de su monasterio para edificar las 6 (cuando menos) iglesias realizadas en serie en territorio alavés (SÁNCHEZ ZUFIAURRE, e.p.). quizá, de las remodelaciones que sufrieron con el tiempo (Nuestra Señora de la Peña 2, San Julián de Faido 2, Santorkaria 12).
En todos los casos son estancias de dimensiones reducidas que varían desde los 13,65 metros cuadrados de la más pequeña de ellas (San Miguel de Faido 2) a los 78,90 metros de la más espaciosa de todas (Nuestra Señora de la Peña 2).
Todas ellas fueron utilizadas como espacios de funcionalidad litúrgica.
Son 11, al menos, las iglesias que han sido identificadas como tales, aunque es probable que otras cavidades de morfología menos explícita hubieran cumplido también la misma función.
Sus ábsides, sus altares de diversa tipología (entalladuras para tenentes cilíndricos o prismáticos, altares adosados), el breve pero rico elenco de inscripciones parietales con advocaciones reivindicando la titularidad del templo, o aclamaciones e invocaciones de profundo carácter cristiano no dejan lugar a dudas en este punto.
Quedan, sin embargo, cuestiones de más difícil resolución, como la presencia repetida de iglesias dúplices22 que no cabe despachar con una única explicación tal y como se ha pretendido, recurriendo a argumentos de tipo fructuosiano, por ejemplo.
Antes de nada habría que asegurar su coetaneidad en el tiempo, nada clara en algún caso como el de Las Gobas 4 y 6: adscribible la segunda al siglo VII con una razonable seguridad, para la primera en cambio habría que pensar en una cronología bastante posterior. b) Cavidades de estancia única y fácil acceso desde el exterior.
Lo más llamativo de estas estancias es la diversidad de sus principales rasgos.
Diversidad en sus formas: con predominio de las plantas rectangulares y bóvedas rebajadas, aunque en los grupos más orientales es frecuente la planta ultrasemicircular con cubierta de cascarón o cupuliforme.
Son muy significativas también las evidencias de cerramientos (unas veces a modo de quicialeras y otras como mechinales ideados para el entrancamiento interior de las puertas) o la presencia de elementos arquitectónicos (repisas, poyos, etc.) que hablan bien a las claras sobre su funcionalidad habitacional.
Otra cosa distinta, y más compleja, es evaluar la naturaleza de estos alojamientos.
Es probable que ciertas cavidades tuvieran un carácter eremítico y fueran precedentes de centros monacales que nacerían a comienzos del siglo IX en sus inmediaciones.
La cercanía de algunas de estas cuevas a reconocidos cenobios altomedievales como Tobillas (Alava) o Valpuesta (Burgos) apuntan en esta dirección.
Pero no resulta tan claro en otros casos, aunque nosotros mismos -hace dos décadastratáramos como lauras eremíticas a algunos de los principales complejos rupestres del Condado de Treviño (Burgos).
En cambio, cada día estamos más convencidos del tratamiento que deberían recibir muchas de estas cuevas como lugares de habitación de comunidades aldeanas, a las que cabría identificar, quizá, en fechas anteriores a las que tradicionalmente veníamos suponiendo. c) Cavidades de estancia única y difícil acceso desde el exterior.
De planta rectangular unas veces y elíptica y/o circular otras, su rasgo más llamativo es no obstante su espectacular emplazamiento a gran altura, hasta el punto de hacerlas prácticamente inaccesibles.
Sus dimensiones varían entre los 10 metros cuadrados de la más pequeña (Peña Hueca (Kruzia) hasta los casi 60 metros de la de San Cristóbal.
Seguimos pensando que estas estancias cumplieron una función relacionada con el almacenamiento, tal y como lo propusimos en su día frente a otras interpretaciones que defendían su condición de lugares de retiro ocasional y/o celdas de castigo en un contexto eremítico generalizado.
En realidad no hacíamos sino aceptar la sensata propuesta de los primeros que accedieron a estos difíciles espacios23 y que, tras observar la presencia sistemática de rozas talladas en sus paredes con una separación de un metro aproximadamente, sugirieron que estas acanaladuras pudieran haber servido «para subdividir la habitación en pequeños compartimentos radiales mediante tabiques de madera» transformando, de esta forma, el espacio excavado en un almacén o granero (AZKARATE, 1991: 161-162).
Teniendo en cuenta tanto su amplitud como, sobre todo, su emplazamiento en impresionantes peñascos de paredes verticales, sugeríamos también que pudieran haber sido utilizados, ocasionalmente, como lugares de defensa y refugio. d) Cavidades-nicho.
Su rasgo más significativo es su pequeño tamaño, más próximo a una credencia o repisa que a una cavidad en sentido estricto.
Llama la atención su presencia en casi todos los grupos, así como el cuidadoso acabado final que ofrecen algunas de ellas, con accesos trabajos en roca en algún caso y pequeños entalles como para acoger algún tenente en algún otro...
En definitiva obras intencionadas aunque de función discutible.
Génesis y abanico cronológico
Han transcurrido bastantes años ya desde que propusiéramos algunas ideas básicas tanto sobre los orígenes de estas cavidades como sobre su perduración en el tiempo.
Defendíamos entonces tanto la diversidad cronológica del más del centenar de cavidades rupestres catalogadas en Álava y Condado de Treviño (Burgos) advirtiendo que «tan inexacto nos parece el suponer los fenómenos de las cuevas artificiales con vocación exclusivamente eremítica como imaginarlos, en origen, como hábitats de carácter únicamente civil» (AZKARATE, 1988: 477).
Concluíamos aquel estudio insistiendo en que debían evitarse «las generalizaciones abusivas referidas a la cronología de las cavidades artificiales alavesas.»
Estas ideas mantienen su actualidad casi dos décadas después, máxime en un contexto historiográfico en el que los distintos modelos interpretativos sobre la evolución del poblamiento desde finales de la Antigüedad hasta bien entrada la Edad Media pugnan entre sí ofreciendo explicaciones totalizadoras y pretendidamente concluyentes.
Frente a estas tentaciones holísticas, hoy tenemos que reivindicar -como entonces-«que los orígenes, cronología y funcionalidad de las cuevas artificiales han de zanjar-se... mediante estudios concretos y puntuales, teniendo en cuenta las distintas ubicaciones, su contexto tanto geográfico como histórico, las diferentes tipologías, las posibles excavaciones arqueológicas... potenciando, en definitiva, los análisis monográficos, previos siempre a cualquier intento de síntesis» (Ibidem: 478).
El análisis del fenómeno rupestre alavés no hacía sino confirmar este punto de vista, y así lo atestiguaban los datos que fuimos recogiendo en su momento:
Existen algunas cavidades, como Montico de Charratu 4, con testimonios epipaleolíticos y neolíticos.
Otras como Montico de Charratu 1 y 2 han ofrecido niveles tardorromanos, equivalentes a las ocupaciones troglodíticas del mismo periodo tan extendidas por toda la geografía peninsular y especialmente en la más septentrional.
Las Gobas 6 es, quizá, la cavidad más relevante de todas por el potencial interpretativo de sus indicios, especialmente aquellos de carácter epigráfico.
Nos encontramos, en general, ante inscripciones escritas en cursiva común romana con mayúsculas intercaladas que reflejan un momento anterior a la formación de la visigótica clásica.
Paleográficamente pueden distinguirse hasta cinco manos distintas (AZKARATE, 1991:172-174) que abarcan una horquilla cronológica centrada básicamente en el siglo VII, con alguna prolongación en la centuria siguiente.
Junto a esta iglesia de Las Gobas 6, sin embargo, existe otra (Las Gobas 4) con algunos rasgos (fajones, altar en AGUSTÍN AZKARATE GARAI-OLAUN, L. SÁNCHEZ ZUFIAURRE Fig. 11.
A la izquierda, imagen parcial del gran complejo rupestre de Santorkaria (Laño).
A la derecha, la Peña del Castillo (Larrea), magnífico ejemplo de construcción rupestre complementada con arquitectura lígnea hoy desaparecida bloque adosado) que hacen sospechar sobre su cronología algo posterior (ss.
Los grupos de Marquínez, finalmente (especialmente el de Larrea), parecen incluso más tardíos, tal y como parecen reflejar las antiguas excavaciones de J. M. Barandiarán en la Peña del Castillo.
Es un error, por lo tanto, pretender ofrecer una explicación única para el origen del centenar largo de cuevas artificiales catalogadas hasta el momento.
No cabe excluir ninguna propuesta previa para defender otra que, con toda seguridad, será también parcial e insuficiente.
Que el arranque de algunas de estas cavidades tenga que ver con la inestabilidad de los siglos bajoimperiales, que otras hayan surgido en el periodo dorado del eremitismo en el que brillaron personajes como San Millán, que sean algo posteriores en el tiempo y deban relacionarse con lugares de habitación y espacios de culto de pequeñas comunidades de inspiración fructuosiana o que no tengan otra explicación sustancial que la ocupación de espacios marginales por poblaciones campesinas de época tardoantigua... es algo que sólo se dilucidará -entre otras cosas y por lo que a nosotros respecta-en la medida en la que seamos capaces de generar registros arqueológicos fiables.
La revisión por parte de uno de los firmantes de este trabajo de este complejo fenómeno tiene como objetivo principal precisamente la consecución de este tipo de registros.
Y ello pasa necesariamente por la excavación sistemática de algunos de los lugares más significativos. |
llaman la atención sobre su trayectoria futura, preocupadas por las limitaciones de su campo de estudio y por la supuesta pobreza de su aplicación.
Al contrario, el bagaje instrumental de la AA y su manera «arqueológica» de ver la cultura construida, como demuestra su rica experiencia, permiten aventurar su apertura a un amplio campo de propuestas epistemológicas.
Han transcurrido ya dos décadas desde que R. Francovich y R. Parenti editaran los resultados del ciclo de conferencias impartido el año anterior en la Certosa di Pontignano de Siena2.
Considerado como el final de un decenio de experiencias en el ámbito de la arqueología aplicada al conocimiento de la arquitectura, definido incluso como la «asamblea constituyente» del análisis estratigráfico aplicado a los alzados3, aquel encuentro apuntó también las principales líneas de investigación que iba a seguir la Arqueología de la Arquitectura (AA) hispano-italiana durante los veinte años siguientes.
Por aquellas fechas, a la vez que iban efectuándose las oportunas correcciones a los principios estratigráficos «harrisianos», derivadas de la especificidad del contexto arquitectónico, se iba ampliando también la «óptica visual» de la disciplina hacia ámbitos cada vez más diversificados.
El resultado fue una suma de experiencias -creemos que fecunda aunque desigual-que priorizó determinadas temáticas de naturaleza instrumental, tecnológica y funcional, en detrimento de otras de carácter social y simbólico.
Como consecuencia quizá de este tratamiento asimétrico, últimamente vienen manifestándose algunas actitudes críticas frente a la AA.
Algunas de ellas nos parecen pertinentes por su naturaleza constructiva y renovadora: las advertencias, por ejemplo, que algunos autores hacen sobre el excesivo peso de las orientaciones funcionalistas (incluso histórico-culturales) en la AA de la Europa meridional y su reivindicación de las dimensiones sociales y simbólicas de los espacios construidos deben considerarse no sólo saludables sino necesarias para el futuro de la disciplina 4.
Otras, en cambio, nos parecen más preocupantes y no tanto por la intencionalidad de quienes las expresan cuanto por la interpretación casi epitáfica que de su lectura pueden hacer algunos otros.
G. P. Brogiolo, en un trabajo reciente de gran interés 5, reflexiona sobre la trayectoria de la AA en Italia: cuenta este autor cómo -frente a la «historia de la arquitectura» y a su larga tradición en el estudio de «monumenti di qualità architettonica superiore, dei quali ha ricercato e classificato in primo luogo le tipologie e gli stili»-la aplicación de los métodos arqueológicos a la arquitectura (léase AA) en los años 70 «è invece partita... da una prospettiva contrapposta, quella della cultura materiale delle classi subalterne».
Esta perspectiva a la que se refiere Brogiolo -que hay que situar, además, en el contexto ideológico neopositivista y neomarxista6 que iba a caracterizar a la renovación de la Arqueología Medieval italiana (cfr.
Creemos que la diversidad semántica de los espacios construidos no constituye un planteamiento de reciente gestación, ni hay por qué reivindicarlo como una novedad conceptual.
Cuando se reclama la multidimensionalidad de los entornos construidos como espacios físicos, espacios sociales y espacios simbólicos 11 y, consecuentemente, se propone la reconstrucción histórica de lo que se consideran tres subconjuntos interrelacionados -los espacios de trabajo, los espacios de habitación y los espacios ideológicos 12 -no se hace sino recuperar el pensamiento vitrubiano cuando aludía a los tres principios que debían regir la arquitectura: la firmitas, como expresión de las capacidades socioeconómicas y tecnológicas de una sociedad para proveerse de materias primas, extraerlas, transformarlas, transportarlas y aparejarlas; la utilitas, como reflejo de organización social, política y religiosa necesitada de articular unos espacios de funcionalidades y significados diversos; y finalmente la venustas, como plasmación de su pensamiento, de su ideología 13.
Aún reconociendo que la tentación del nominalismo es, sin duda, un rasgo consustancial al proceso investigador, resulta difícil evitar cierta sensación de recurrencia en este tipo de propuestas, resultado quizá de «la neblina característica de una amnesia moderna, que conduce a gestos intelectuales repetitivos» 14.
Es cierto que la praxis cotidiana ha acabado circunscribiendo la AA frecuentemente a su vertiente más instrumental y es cierto también, como apunta Brogiolo, que la AA «ha gli strumenti e metodologici per indagare sia gli spazi del lavoro, sia quelli abitativi, sia quelli ideologici»... ma da sola... non è in grado di ricostruire una storia esaustiva» 15.
Pero también es verdad que la AA posee una rica trayectoria historiográfica (no conocida suficientemente) en la que han convivido -y conviven-diversas corrientes epistemológicas y que sólo hemos de reivindicar y poner en práctica la naturaleza interdisciplinaria y mestiza que siempre le ha caracterizado 16.
-En Europa meridional, T. Mannoni «acuñó» el nombre de Archeologia dell'Architettura para referirse a una tradición de estudios sobre arquitectura basada no tanto en los estilos y cánones estéticos o en fuentes escritas e iconográficas de la arquitectura cuanto en sus caracteres constructivos y en las transformaciones de los edificios 17.
-En el mundo anglosajón, los estudios centrados en arquitectura a partir de una perspectiva arqueológica han conformado siempre un ámbito de investigación de sólida tradición historiográfica al que se reconoce también como Archaeology of Architecture y en el que caben enfoques muy diversos: desde los precursores que investigaron la arquitectura monumental del Próximo Oriente a las primeras formulaciones de la arqueología de los asentamientos o las propuestas procesuales más ortodoxas de la household archaeology, pero también los enunciados críticos y renovadores del postprocesualismo, las investigaciones sobre arquitectura vernácula norteamericana o británica, las aportaciones que desde la etnoarqueología permiten establecer comparaciones de alto valor interpretativo, las propuestas procedentes de los campos de la semiótica y el spatial syntax (profusamente utilizadas en la Arqueología del Paisaje) o los estudios proxémicos sobre la territorialidad y los distintos estándares culturales de espacio interpersonal, deudores estos últimos de tempranas aportaciones procedentes de la antropología 18.
-De una manera similar, en Latinoamérica se hace mención también a la Arqueología de la Arquitectura para referirse genéricamente a las investigaciones arqueológicas sobre arquitectura, independientemente de sus intereses temáticos o ideológicos: estén referidas a la época prehispánica, colonial o contemporánea, se ocupen de la arquitectura monumental o doméstica, atiendan a la identificación de patrones de asentamiento, roles, funcionalidades, significados y/o articulación del paisaje, estén ejecutadas en el contexto rehabilitador de la Habana Vieja o en el proceso de recuperación del patrimonio incaico, denuncien el uso de los espacios construidos como medios de dominación Esta aparente «promiscuidad» epistemológica, lejos de ser considerada como una culpa postmoderna que es preciso expiar con urgencia antes de proceder a una «vuelta al orden», debe ser vista como un proceso dinámico y creativo en el que hay que profundizar, prestando más atención a otras sensibilidades nacidas del pensamiento crítico y corrigiendo algunas inercias del pasado.
Pero, para ello la AA debería prestar especial atención a las edificaciones en uso o susceptibles de estarlo, a aquellos espacios generados por el ser humano que, siendo simultáneamente «depositarios de las racionalidades que nos han precedido» 20 y poderosos recursos de carácter cultural y económico, corren el riesgo de desaparecer ante el crecimiento imparable a nivel planetario de aglomeraciones urbanas colosales o de ser «reciclados y/o refuncionalizados» con criterios difícilmente reversibles.
Y es en este contexto en que la AA del siglo XXI debe asumir su responsabilidad y su compromiso.
En una época de globalización en la que las propuestas formales y explicativas se parecen cada vez más entre sí, la reivindicación de las texturas biográficas y sus especificidades contextuales resulta un ejercicio esperanzador y necesario.
Puede decirse, en este sentido, que la AA configura un campo de juego abierto a cuantos les interesa el espacio construido como herencia de pasado pero también como recurso para el futuro, como depósito de memorias históricas, archivos estratigráficos, como elenco de técnicas constructivas, compendio de dimensiones simbólicas y significantes, reflejo de vivencias, conflictos y vivencias sociales, en definitiva como topografía de las complejas constelaciones cotidianas de la sociedad. |
topografía cuenta actualmente con herramientas de gran precisión que han permitido agilizar los procesos de recogida de datos, maximizar la información proporcionada por estos y obtener resultados que aportan una representación cada vez más fiel del objeto.
Este es el caso del Levantamiento de Alta Definición mediante Láser Escáner 3D.
En este artículo se presenta nuestra experiencia en la aplicación de
PRESENTACIÓN La documentación geométrica se considera una herramienta indispensable en los trabajos arqueológicos, tanto para los que se realizan en yacimientos enterrados como en arquitectura elevada.
Un registro exhaustivo de la información arqueológica y arquitectónica hace necesario realizar una documentación precisa y en detalle de los distintos elementos que constituyen el objeto de estudio para obtener unos resultados fiables y ajustados a la realidad, así como identificar las distintas patologías que puedan afectar al objeto, como problemas estructurales, deformaciones, etc.
Pero la documentación del patrimonio cultural no consiste únicamente en la toma in situ de los datos necesarios para su registro en detalle, sino que también involucra los procedimientos necesarios para procesar esta información, su presentación posterior y el archivo de los datos imprescindibles para representar la forma, volumen y tamaño del elemento documentado en un determinado momento de la vida del mismo.
Siendo cada vez más habitual la exigencia en la rapidez y precisión en la documentación de los elementos patrimoniales, la tendencia actual es usar como herramientas más avanzadas de documentación geométrica los métodos topográficos y la fotogrametría.
Además, aunque la mayor parte de los resultados necesarios en los levantamientos se orientan a representaciones planimétricas en 2D (plantas, secciones, alzados), cada vez se hace más necesario obtener un registro en 3D y con ello, un modelo tridimensional que represente gráficamente tanto la geometría del edificio como el aspecto de sus distintas caras.
En un mundo donde la información se almacena fundamentalmente en formatos digitales, se hace cada vez más necesario generar sistemas en los que ésta quede archivada en formatos que sean inservibles al ritmo que cambia el software concreto con el que fue creada, es decir que permitan su conservación en el futuro; un formato que sea además compatible con otro tipo de información digital sobre los sitios analizados (bien sea ésta descriptiva, gráfica, histórica, etc.), con la cual se pueda también relacionar.
En este sentido, encontramos en la bibliografía un interesante debate sobre el archivo digital (JANTZ, GIARLO, 2005; RICHARDS, 2002), el SIG tridimensional (GARCÍA, MOIX, 2003; KOLLER et alii, 1995) cuyo desarrollo es fundamental para este tipo de trabajos.
Sin embargo, no es este debate uno de los objetivos de este artículo y nos limitaremos a enumerar los formatos en los que actualmente se almacena la información obtenida con este sistema de registro.
Debemos indicar, sin embargo, que ésta es una de las líneas de investigación en las que pretendemos seguir trabajando en un futuro.
En esta línea, y con la finalidad esencial de mostrar nuestra experiencia, en este artículo presentamos unos ejemplos recientes de documentación de arquitecturas realizadas en varios proyectos llevados a cabo por el Laboratorio de Patrimonio (en adelante LaPa) del Instituto de Estudios Galegos Padre Sarmiento (CSIC) en los que se ha empleado como instrumento de medición un Láser Escáner 3D modelo HDS3000 de Leica.
El texto se centra, por un lado, en el proceso de registro de la información y su postprocesado y, por otro, en la reconstrucción tridimensional de la arquitectura en sus distintas fases constructivas, para lo cual se han combinado los datos obtenidos a través del registro aquí empleado y los resultados de otras metodologías de análisis.
EL LEVANTAMIENTO TOPOGRÁFICO DE ALTA
DEFINICIÓN -EL LÁSER ESCÁNER Se denomina Documentación Geométrica de Alta Definición (High-Definition Survey, HDS) al método de medición no-intrusivo que permite una captura de información rápida, detallada y precisa de una superficie o volumen por medio de una herramienta basada en la tecnología de escáner con láser, un instrumento de registro que también es denominado como Láser Escáner Terrestre (Terrestrial Laser Scanning, TLS, por diferencia con otras herramientas de características similares, como el cada vez más extendido LIDAR, que opera sobre una plataforma aerotransportada).
El Láser Escáner realiza un barrido de una superficie captando miles de puntos por segundo con un haz de láser en abanico.
Como resultado final se obtiene una nube de puntos 3D compuesta por cientos de miles de mediciones individuales en un sistema de coordenadas (x, y, z), que en si mismas componen un modelo tridimensional de los objetos registrados, aunque, como tal conjunto de puntos sin procesado posterior, son un modelo muy simplificado que opera sólo visualmente, pues se compone únicamente de entidades singulares tipo punto.
Vista de una nube de puntos 3D del edificio de San Fiz de Solovio (Santiago de Compostela).
La vista conjunta de todos los puntos transmite visualmente una imagen modelizada del edificio en 3D, aunque se compone únicamente de millones de puntos singulares ción puede llegar a alcanzar gran realismo ya que estos puntos pueden reflejar el color de la superficie registrada.
Esto es posible ya que, como en el caso del modelo del escáner que se ha empleado para los trabajos que aquí se presentan, el escáner incorpora una cámara fotográfica de alta resolución que permite relacionar cada punto medido con el láser con color del píxel correspondiente de la fotografía de referencia.
El láser escáner es un instrumento habitual en proyectos de ingeniería y ha sido empleado en campos diversos, desde la construcción de barcos o coches, diseños de infraestructuras industriales y civiles, etc., que se ha trasladado con gran éxito al campo del Patrimonio Cultural.
Pese a que el coste de adquisición de estos equipos es todavía elevado, su uso va siendo cada vez más habitual como en el caso de la documentación de elementos patrimoniales (p.e., el volumen LICHTI et alii, 2008).
Con una gran capacidad de registro, el uso más habitual de este instrumento en Patrimonio Cultural se orienta hacia1:
• Registro de volúmenes en 3D: desde edificios, terrenos, objetos muebles, murales, espacios urbanos, hasta el registro de datos en excavaciones arqueológicas, tanto volúmenes positivos (por ejemplo, muros, corazas de túmulos, hogueras, deposiciones de materiales, enterramientos, etc.) como negativos (fosas, agujeros de poste, etc.). • Dibujo de líneas en 2D y en 3D, Modelado y Animación: una vez obtenido el registro del volumen en 3D, y por medio de diferentes programas de tratamiento de los datos de origen, se puede procesar y editar esta nube de puntos para obtener mallas, superficies y modelos 3D de todo tipo de objetos, edificios, estructuras, etc., además de imágenes en perspectiva, ortoimágenes y vídeos.
Estos procesos, que se pueden aplicar genéricamente a cualquier nube de puntos independientemente del sistema con el que haya sido capturada, sirve de base para elaborar dibujos en formatos más clásicos y simples, como las plantas, secciones o alzados representados mediante líneas, tanto en 2D como en 3D, incluso llegando al detalle «piedra a piedra». • Microtopografías y Modelos digitales del terreno o de superficies de alta precisión: A partir de la nube de puntos registrada, se pueden obtener también modelos digitales del terreno de alta precisión.
Los datos pueden ser georreferenciados y vinculados con otros datos adquiridos mediante otros procedimientos topográficos (como Estación Total o GPS).
El modelo del terreno puede ser importado a otras herramientas, como los SIG, e integrado con el resto de información cartográfica, documental, etc.
En lo que a Patrimonio Construido se refiere, creemos que las aplicaciones principales de este tipo de registro son:
• Documentación y Archivo digital: la información recuperada mediante este registro de gran precisión y detalle opera en sí misma como un mecanismo de documentación y archivo que posibilita la preservación digital del elemento registrado.
Este archivo digital es especialmente útil en sitios sensibles o con riesgo de deformación, alteración, etc. ya que garantiza la documentación de detalle de un momento concreto tanto de sitios arqueológicos, edificios, terrenos e incluso mobiliario.
Además, cabe la posibilidad de ser manipulado para obtener diverso material gráfico, mediciones e incluso la comparación con mediciones posteriores2.
• Registro en 3D de todo tipo de volúmenes, positivos y negativos: edificios, muros, fosos, agujeros, rocas con arte rupestre, etc, con la posibilidad de ser georreferenciado.
• Evaluación de problemas estructurales de los elementos arquitectónicos o arqueológicos en base un registro de alta densidad y precisión. • Representación precisa de volúmenes en planos técnicos en 2D y 3D, creación de superficies y modelados. • Reconstrucciones de sitios, terrenos, elementos arqueológicos o arquitectónicos. • Creación de infografías: se pueden emplear las nubes de puntos como base para la recreación o reconstrucción de ambientes o sitios arqueológicos y arquitectónicos, reproducciones de piezas o simulación de escenas, para obtener imágenes, vídeos, paseos virtuales, etc. en la que representar cómo ha sido un edificio, un paisaje, cómo puede ser con la incorporación futura de elementos, por ejemplo, en un proceso de restauración, etc.
PROCESO GENERAL DE TRABAJO
A continuación vamos a presentar los resultados de nuestra experiencia en la documentación de dos edificios por medio de escaneado láser, con la finalidad de ejemplificar dos procesos de trabajo concretos con escáner 3D y sus implicaciones en términos de tiempo/esfuerzo y resultados.
Esta experiencia la encaramos como una forma de testar las posibilidades prácticas de uso de esta metodología en unos contextos de trabajo bien definidos por demandas concretas derivadas de las necesidades de los proyectos que se estaban realizando en los edificios.
El proceso de trabajo con el Láser Escáner comienza con la captura de datos en el sitio.
Esta primera fase conlleva una planificación previa del trabajo en la que se debe tener en cuenta la finalidad del escaneado y, en consecuencia, la intensidad de la captura.
Contra la idea de partida de que la opción óptima es hacer todo el registro con la mayor densidad de puntos de la que sea capaz nuestro escáner, hay que valorar que esto, sin duda, garantizar su mantenimiento en el tiempo, lo cual involucra una problemática diferente respecto a la conservación de archivos documentales.
En este caso el punto crítico no es la preservación física de los objetos que son en sí mismos información, sino la de una información que es potencialmente replicable de forma ilimitada, pero que se pierde por completo cuando no podemos acceder a los formatos de almacenamiento digital en que han sido conservadas.
Es importante subrayar esta cuestión que, sin embargo, excede mucho el ámbito temático de este trabajo (y que viene siendo explorada desde hace años, ver p.e.
RICHARDS, 2002; JANTZ, GIARLO, 2005). multiplica el tiempo de captura, a cambio de obtener un nivel de resolución en la información que, en su caso, puede ser muy superior al necesario.
Debe valorarse por lo tanto qué grado de precisión es necesaria en función de las necesidades del proyecto.
La base de datos obtenida se compone de una nube de millones de puntos que, aunque se puede usar directamente (tanto para visualizaciones, ortoimágenes, obtención de medidas o captura de secciones), habitualmente será procesada para obtener a partir de ella unos resultados que permitan representar de forma más comprensible el elemento registrado, como son los dibujos en líneas en 2D y 3D, superficies, modelos tridimensionales sólidos, etc.
Hay distintos tipos y modelos comerciales tanto de Láser Escáner como de programas informáticos que condicionan, en cierta medida, el proceso de trabajo o la facilidad con la que se pueden obtener resultados.
Los ejemplos que presentamos se han obtenido con el Láser Escáner de Leica HDS3000 3 y los programas Leica Cyclone y CloudWorx Pro for AutoCAD para la toma de datos y post-procesado de los mismos.
Al ser un sistema que documenta una superficie por medio de láser, suele ser necesario combinar distintas posiciones del escáner, ya que la presencia de obstáculos visuales (un muro, un mueble o unas columnas) va a impedir que se registre la parte o partes del elemento que quedan ocultas desde la posición del escáner, creando zonas de sombra sin información en la nube de puntos.
Para ir completando esas zonas de sombra es necesario realizar varias posiciones combinadas del escáner, buscando una situación en la que sea visible la zona anteriormente oculta.
La presencia de elementos que ocultan otras superficies o el hecho de estar limitados por unas perspectivas muy restringidas de las áreas que se quieren documentar, implica una mayor intensidad en el trabajo de campo, ya que son necesarias más posiciones para abarcar la totalidad del elemento a registrar.
Estos distintos escaneos fueron combinados en un registro único gracias al uso de dianas de control, un elemento cuya posición fija es registrada en cada escaneo y que sirve como referencia para combinarlos.
Son necesarias un mínimo de 3 dianas de control desde cada posición de escaneo, aunque lo habitual en el caso que presentamos ha sido registrar más de 4 dianas por escaneo, procurando que se encuentren en una posición lo más frontal posible respecto al escáner, ya que una posición oblicua le restaría precisión a la medición, e incluso puede llegar a hacerla inservible.
Siendo habitual que los distintos espacios que se escanean no tengan una relación visual directa y no sea fácil que compartan las suficientes dianas de control (por ejemplo entre los escaneados del interior y exterior de un edificio), se ha optado en la mayoría de los casos por establecer una red de bases topográficas 5 que vincularan todos estos espacios.
Es a partir de esta red de bases como se procede a registrar la posición exacta de cada diana de control.
Con esto logramos una nube de puntos a partir de los datos de las dianas y en base a ella, procedemos a referenciar el resto de escaneos.
El primer resultado de este trabajo de campo es la obtención de una base de datos formada principalmente por imágenes y nubes de puntos que suelen estar compuestas por millones de puntos (así ha sido en los ejemplos que nos ocupan), aunque evidentemente esto depende de la superficie de trabajo y de la densidad con la que haya sido registrada.
El archivo que almacena esa base de datos tiene una extensión propia de Leica Cyclone (.imp) y gran capacidad de compresión: en el trabajo más intenso de los que presentamos, el de la iglesia de San Fiz de Solovio (Santiago de Compostela), con unas 18 posiciones de escáner, las fotografías correspondientes desde cada posición y casi 77 millones de puntos, el archivo generado no supera los 2,25 GB.
Procesado de la información y resultados
La obtención de una nube de puntos con esta cantidad de información topográfica ya supone un resultado en sí misma.
Respecto a nuestra experiencia previa, en la que los levantamientos y planimetrías de edificios se habían realizado con Estación total y dibujo a mano, se obtiene una reducción significativa de tiempo de trabajo en el sitio y un aumento aún más significativo de la intensidad y resolución del registro volumétrico.
Pero además, como ya se ha indicado, uno de los objetivos de la aplicación de este método es conseguir una documentación y un archivo digital altamente preciso y detallado sobre el que se puede trabajar y consultar en el futuro, un registro que permitirá, en caso de ser requerido, obtener más información de detalle de elementos sobre los que no ha sido necesario incidir en un momento concreto del proyecto.
Cabe resaltar que algo que siempre se ha señalado como un problema (obtener muchos puntos pero no saber qué hacer con ellos) es realmente, en el caso del Patrimonio y desde nuestro punto de vista, tal vez la principal, o al menos la más inmediata ventaja del escáner: aunque no le saquemos de forma inmediata todo el partido posible a estos millones de puntos, obtenemos una base de datos bruta de enorme precisión y detalle, que es en sí un producto altamente útil como tal, sobre todo si pensamos en elementos que puedan cambiar (un edificio que va a ser rehabilitado, una pared que va a ser revocada, una unidad estratigráfica que va a ser elimina- 4 Se puede apreciar en la imagen de la izquierda cómo influyen las características de la diana (color, material y forma de la superficie) en la reflectividad registrada por el escáner: los colores oscuros tienen un factor de reflectividad más bajo y por lo tanto, un factor de desviación más alto, por lo que los puntos documentados, a pesar de estar en el mismo plano, se registran a una distancia errónea y causan residuos.
Otro factor que influye es el ángulo de incidencia de la señal: en este caso, el escáner fue colocado en una posición perpendicular a la diana, con un ángulo de incidencia directa por lo que se obtiene una mejor reflectividad que si están en un ángulo más oblicuo.
Son aspectos que influyen en el registro en general y de amplio análisis en la bibliografía centrada en la precisión de los escáneres (p.e.
5 Las primeras bases se establecen por medio de GPS de alta resolución, y posteriormente, a partir de ellas, se posicionan otras con estación total, sobre todo en el interior de los edificios.
Una de las primeras fases de procesado de las nubes de puntos es la unión de los distintos escaneos que, en nuestro caso, se ha hecho empleando el programa de Leica Cyclone y trabajando, como apuntamos, dentro de un sistema de coordenadas absolutas.
La presencia de elementos que interfieren al objeto registrado, como vegetación, transeúntes, mobiliario, cableado, etc., se puede eliminar de la nube de puntos a través de un proceso de depuración manual y controlado, con lo cual se excluyen elementos que pueden llegar a distorsionar los resultados de representación.
El programa permite la selección de partes concretas de la nube de puntos y sobre ella, obtener secciones o plantas de manera muy ágil, así como imágenes en perspectiva, ortoimágenes, vídeos, etc.
Es posible triangular la nube de puntos y crear mallas que representan las superficies del elemento documentado y que permiten una analítica y una visualización de mejor calidad que las que se pueden obtener directamente sobre la nube de puntos.
También se puede mejorar la visualización rectificando fotografías obtenidas desde otros soportes sobre los modelos digitales, tanto de superficies como de nubes de puntos.
Para obtener un dibujo con un formato más común (como un DWG de AutoCad, por ejemplo) es necesario el uso de un plug-in (el Leica Cloudworx en este caso) que permite manejar ágilmente en un entorno Cad estas nubes con millones de puntos.
Así, se pueden crear dibujos en líneas en 2D y 3D que representen, desde los elementos principales de un edificio hasta los detalles, tanto en planta como secciones, alzados, lo que, a día de hoy y a falta del desarrollo de procedimientos automáticos o semi-automáticos de detección de bordes, superficies, etc., todavía supone un trabajo manual muy intenso.
Además, como la captura de datos se basa, entre otros factores, en la capacidad de refracción-absorción de los materiales sobre los que rebota la señal láser, es posible llegar a analizar la diferenciación entre materiales según el nivel de absorción registrado (ALMAGRO, 2008), lo que ha Fig. 5.
Vista de elementos que obstruyen el objeto a registrar: el rastro que dejan personas pasando permitido, en nuestro caso, detectar y delimitar la presencia e incidencia de líquenes, algas e incluso humedad sobre estos materiales.
La principal problemática actual en el uso de esta metodología de registro es que frente a una captura de datos muy eficaz y rápida, su procesado es complejo, y para obtener unos resultados óptimos es necesario invertir mucho trabajo, ya que el dibujo de elementos concretos como líneas o superficies (por ejemplo en AutoCad) es básicamente manual y la creación de superficies a partir de estos puntos conlleva ciertas dificultades, ya que los elementos registrados suelen ser muy irregulares y no resulta idóneo cualquier algoritmo de triangulación (ARAYICI, 2007; MONSERRAT, CROSETTO, 2008; ROCA-PARDIÑAS et alii, 2008).
La actual investigación en este campo parece girar en torno a cómo procesar esta información de una manera ágil y lo más automatizada posible (ver LICHTI et alii, 2008; BUCKSCH, LINDENBERGH, 2008) pues nos encontramos ante un archivo digital, la nube de puntos, difícilmente manejable salvo por programas específicamente diseñados para ello y que requiere de una gran inversión de trabajo por parte de técnicos especialistas para obtener cierto tipo de resultados de ellas.
PROCESOS CONCRETOS DE TRABAJO:
EULALIA DE BÓVEDA Y S. FIZ DE SOLOVIO Los levantamientos de construcciones históricas que mostramos están directamente vinculados con los proyectos que desarrolla la Unidade de Arqueoloxía da Arquitectura del LaPa, planteándose este registro como el apoyo documental y gráfico al trabajo que desarrolló dicha unidad en los procesos de identificación de la evolución constructiva de los edificios, fundamentalmente a través de la lectura estratigráfica de alzados, el estudio crítico de las fuentes Fig. 6.
Dibujo en AutoCad con el programa Cloudworx de los volúmenes generales de una estructura sobre una nube de puntos visualizada a baja densidad documentales u otras metodologías específicas de la Arqueología de la Arquitectura7.
En el caso de ambos edificios, era necesario hacer el registro en detalle del volumen real de los mismos que permitiera obtener la representación en 3D de su arquitectura, el dibujo en líneas de sus alzados, secciones y plantas, llegando en algunos casos al detalle de dibujo «piedra a piedra», así como un soporte sobre el que plasmar el resultado de las investigaciones o las reconstrucciones hipotéticas de las fases constructivas identificadas.
Santa Eulalia de Bóveda (Lugo)
Es un edificio emblemático de Galicia, declarado Bien de Interés Cultural en 1931que, según algunos autores, sus orígenes se remontan a la tardorromanidad (MONTENE-GRO et alii, 2008)8.
En la actualidad conserva una planta inferior que se compone de un aula abovedada soterrada, precedida de un nártex y un atrio (todos estos espacios ocupan menos de 100 m 2, siendo la superficie de la estancia principal, el aula, de unos 45 m 2 ), y los indicios de una planta superior reflejada en los restos del alzado Norte.
Interesaba de partida obtener un registro en detalle de las distintas partes del edificio y documentar cómo se vinculaban éstas entre si (BLANCO-ROTEA, BENAVIDES, 2008).
La presencia en el aula de varias columnas y una piscina hizo que hubiera que situar el escáner en 5 posiciones dentro del aula para obtener la totalidad de la superficie.
El acceso al nártex se hace por medio de unas escaleras y el espacio frente a él es estrecho, por lo que en esta zona también hubo que posicionar el aparato en dos sitios.
En total, se realizaron un total de 15 posicionamientos en los distintos sectores del edificio (interior y exterior), realizándose los barridos o escaneos a una resolución de 5 x 5 mm, resolución que aumentamos a lo máximo que permite este modelo de Láser Escáner (2 x 2 mm) en algunas zonas concretas9.
Aunque las capturas de cada escaneo se han realizado a una resolución de 5 x 5 mm, al unir las nubes de estos posicionamientos, se ha logrado, en muchas partes del edificio, una mayor densidad de puntos que la establecida en la captura.
Hubo zonas del edificio a las que no se podía acceder fácilmente (como la cámara bufa), por lo que para obtener un levantamiento completo, los datos de la nube de puntos se ha complementado puntualmente con datos tomados con otros métodos, fundamentalmente medidas con cinta métrica.
Además del escaneado, dentro del proyecto la DXPC había solicitado también el dibujo en líneas de todo el edificio y de los elementos del entorno, que incluía el volumen general del conjunto y el dibujo piedra a piedra del enlosado del aula y nártex, para lo cual se invirtieron 20 días de trabajo de post proceso de 1 técnico.
Una vez valorados los resultados obtenidos, se nos solicitó también el dibujo de la totalidad del edificio con detalle «piedra a piedra», lo cual se pudo extraer directamente de la nube ya registrada.
Debido a la intensidad de captura de puntos, la gran parte de los límites de las piedras en la nube se detectaban sin problemas para el dibujante, siendo más fácil la detección de los bordes de los sillares, que en este caso tienen las juntas remarcadas, que las de los mampuestos, más irregulares.
El hecho de encontrarse los muros con un relleno de color muy dife- rente a la piedra, ayudó a la definición de los bordes de los materiales, tanto cuando la nube de puntos se visualizaba en relación al color captado en las fotografías como con otros rangos de colores que se relacionan no con la fotografía sino con datos como la reflectividad del propio punto medido.
Además, para guiar el dibujo ha sido fundamental la ayuda de un buen reportaje fotográfico en el cual poder apreciar detalles que no se perciben con claridad en la nube.
Esta intensa tarea ha supuesto 20 días más de trabajo.
Para este trabajo concreto, el dibujo «piedra a piedra», los datos del escáner no proporcionan una exactitud mayor que otros procedimientos más sencillos, como el dibujo directo con estación total, por ejemplo.
La principal ventaja en este caso es obtener un producto secundario (no programado en origen) dentro del flujo de trabajo de este proyecto a partir de una única base de datos original, sin necesidad de hacer nueva toma de datos en campo, ni de interferir en el proceso de rehabilitación arquitectónica del edificio.
Como ya se comentó, uno de los resultados que se puede obtener directa y rápidamente de la nube de puntos son las ortoimágenes: al visualizar frontalmente la nube de puntos correspondientes al plano a representar, por ejem-plo un paramento, y al ser la base de esta visualización puntos con medidas absolutas, se puede obtener una imagen en la que todo el paramento está representado sin deformaciones y con validez métrica.
El resultado es similar al que se obtiene empleando procesos de rectificación de imágenes, y sobre esta ortoimagen se pueden hacer mediciones, dibujos y otro tipo de representaciones y operaciones.
Es especialmente útil en sitios en los que la perspectiva sobre el paramento es muy angosta y que necesitaría gran cantidad de imágenes parciales o muy deformadas para obtener una ortoimagen completa.
También se pueden extraer perfiles, plantas, secciones como ortoimágenes y, por lo tanto, con validez métrica, siendo posible insertar una escala o malla de referencia.
La calidad visual de la ortoimagen, su aspecto (nos referimos a la textura del objeto representado, a la definición de los bordes de los elementos, etc.), depende en gran medida de la fotografía de partida que hemos logrado con el escáner y de la intensidad de la nube de puntos.
Hay casos en los que, por ejemplo, el tiempo de escaneado se dilata y la luz incide de distinta manera en el muro o, en otros casos, la fotografía obtenida con el escáner no tiene un color adecuado (el color de cada píxel de la fotografía es el que luego se aplica en la nube de puntos) lo cual empeora la calidad final de la ortoimagen.
Con todo, la pérdida de calidad visual se debe fundamentalmente a que al ser una visualización sobre puntos y no sobre una imagen no llega a adquirir alta definición pues, como sucede con la pintura impresionista, al acercarnos al objeto se desdibuja el contorno de los elementos registrados, por lo que, si lo que necesitamos es la ortoimagen de un detalle, ésta no presenta gran calidad; en cambio, para grandes superficies, el resultado es muy satisfactorio.
Con la intención de mejorar este tipo de producto hemos empleado 2 técnicas.
La más básica es la edición de la ortoimagen en un programa de tratamiento de imágenes, rectificando color, saturación o mejorando el aspecto de la textura.
La segunda, que aunque es más laboriosa permite alcanzar un mejor resultado, es incorporar fotografías de buena calidad obtenidas con otros soportes, como cámaras digitales, a la nube de puntos o a la malla de la superficie que se quiere representar.
El programa Leica Cyclone permite importar imágenes y vincularlas a los datos existentes mediante un proceso de rectificación de esa imagen.
Con esto se logra uniformizar los tonos de color y se mejora el aspecto final.
Si esta superposición se realiza además sobre una malla, al visualizarse una superficie y no puntos, realmente se logra conformar una ortoimagen, con la que se puede alcanzar gran nivel de detalle.
Finalmente, además del levantamiento del conjunto de Santa Eulalia, se decidió realizar el escaneado de los Fig. 10.
Ortoimagen de la fachada Oeste del Nártex sobre nube de puntos con imagen del escáner (izquierda), con imagen rectificada sobre la nube (centro) y sobre malla triangulada con imagen rectificada (derecha).
Detalle de la nube de puntos de uno de los bajorrelieves visto entorno AutoCad; abajo, un detalle de la esquina superior izquierda donde se aprecia la densidad de puntos, con escala de referencia de 5 mm bajorrelieves presentes en la fachada E del aula y los alzados y fachada del nártex, aprovechando la densidad de puntos obtenida en estas zonas de 2 x 2 mm y que cada uno se había registrado desde más de una posición.
En base a la nube de puntos obtenida se han hecho una serie de Modelos Digitales de la superficie de alguno de los bajorrelieves para intentar enfatizar las superficies que fueron grabadas frente a las que no lo están.
Así, empleamos ArcGIS para crear primero una superficie en base a la triangulación de los puntos (TIN) y varios modelos de su superficie (modelo de elevaciones raster, modelo de orientaciones) que resaltaran los bordes de los elementos representados.
Con este método se ha obtenido un resultado que refleja mejor la superficie grabada y permite una más clara visualización de las figuras que lo componen.
Al emplear un método uniforme en toda la superficie, se intenta evitar la subjetividad habitual en este tipo de representación para identificar los contornos de figuras poco marcadas.
Una vez obtenida toda esta información topográfica del edificio se ha podido recuperar la volumetría real actual del mismo, lo cual permite analizar ciertos aspectos de tipo estructural como las deformaciones producidas en la bóveda que cubría el aula o en los restos de los enjarjes de los arcos con los muros de la cabecera y el ábside.
Por otro lado, a partir de estos datos se ha podido reconstruir la geometría de la bóveda del aula y del piso superior o de las arcadas que dividían en tres naves el aula.
Finalmente, aunando estos datos y con la información estratigráfica recuperada a través de la lectura de alzados, se ha realizado la reconstrucción hipotética de las fases constructivas principales identificadas en el edificio.
El trabajo de campo se llevó a cabo en 7,5 jornadas, lo que incluye tanto el tiempo de captura de datos con el escáner como lo necesario para su georreferenciación en coordenadas absolutas.
En total se han logrado un registro En este caso, la red de bases topográficas empleada se relacionó con la red de bases topográficas de la ciudad de Santiago.
Se ejecutaron un total de 18 posiciones del escáner, escaneando los paramentos y suelos con una resolución de 5 x 5 mm en cada escaneo.
Algunos elementos fueron escaneados a la máxima resolución que permite el escáner (2 x 2 mm), como el retablo de una de las capillas laterales o las imágenes del tímpano de la fachada principal.
Con la combinación de estas posiciones se logró el registro casi total de los espacios del interior de la iglesia Fig. 14.
Detalles de la malla de las figuras del tímpano, en la derecha, con fotografía rectificada superpuesta con casi 77 millones de puntos con coordenadas X-Y-Z con posición absoluta, incluyendo un registro fotográfico en detalle desde cada posición (18 posiciones).
Tras esta fase, se procedió a la unión de los distintos escaneos hasta lograr una nube de puntos completa del edificio.
En este caso se requería también el dibujo de líneas de los elementos principales para obtener plantas, alzados, secciones y perspectivas.
Se ha dibujado en Auto-Cad en 3D para obtener la volumetría completa y relacionada de todo el edificio, lo cual supone una mayor inversión de trabajo que si se restringe a dibujos en 2D; este proceso ha supuesto la dedicación de un técnico durante 55 días.
Como en el caso anterior, ha sido posible extraer ortoimágenes tanto de plantas, secciones como de alzados, imágenes en perspectiva, así como detalles de algunos elementos, como la composición de figuras de la portada o la de un retablo menor.
Tal y como se comentó al principio de este texto, la intención de este artículo era mostrar nuestra experiencia en el uso del escáner en el registro del patrimonio construido, algunas implicaciones prácticas de su uso y la relación entre tiempo/esfuerzo invertido y resultados obtenidos.
Las ventajas son notables respecto los métodos que habíamos empleado con anterioridad (Estación total, dibujo a escala con medidas de cinta métrica), especialmente en términos de la agilidad de la captura de los datos en campo y la definición y detalle del registro obtenido, pero también en los propios productos que se obtienen de manera directa de este uso, en la rentabilidad a nivel de análisis de este registro y los productos finales que se pueden presentar.
Sin embargo, también presenta algunas desventajas frente a otros métodos que conviene exponer para transmitir un balance más ajustado de las implicaciones del uso de esta herramienta.
Empezaremos exponiendo la problemática que presenta el uso del Láser Escáner 3D.
La experiencia acumulada en este año indica que el paso inicial, la planificación previa que permita valorar la cantidad de posiciones que será necesario establecer para obtener el registro de la totalidad del objeto a la resolución que es necesaria según los objetivos del proyecto, resulta necesariamente crítico, de forma que se puedan prever, por ejemplo, los recursos prácticos necesarios para eliminar las zonas de sombra a las que se hizo mención más arriba, pudiendo ser necesario incluso el uso de medios auxiliares como plataformas elevadoras.
Creemos que es un objetivo imprescindible obtener una toma de datos lo más completa posible pues, si por agilizar la toma de datos en campo se ahorra en posiciones, el modelo será incompleto.
Con todo, la planificación de la complementariedad de las distintas vistas permite una mejor captura de datos.
Una cuestión que puede aumentar el tiempo de toma de datos en campo es el relacionado con las condiciones de iluminación del sitio.
Éste puede ser un factor importante tanto para una mejor visualización del elemento registrado como para obtener una mayor calidad en las ortoimágenes, así como para analíticas que se basen en estas propiedades, por lo que dentro de la planificación hay que valorar si existe la necesidad de tomar las fotografías del escáner con iluminación artificial, ya que este proceso suele implicar un tiempo significativo dentro del propio escaneado.
Además, en función de los objetivos del proyecto en cuestión y de la finalidad que se persiga con el escaneado, será necesario valorar la resolución de captura.
Como ya se comentó, en Santa Eulalia de Bóveda se empleó para el volumen general del edificio una resolución de 5 x 5 mm, con la que se podían dibujar todas las piezas que lo conforman de manera pormenorizada; sin embargo, para documentar realidades de mayor detalle, como los bajorrelieves, fue necesario aumentar la resolución a lo máximo que permite este modelo de escáner (2 x 2 mm) documentando así los surcos que formaban los grabados con mayor densidad12.
Evidentemente, cuanto mayor sea el número de posiciones necesarias y mayor la resolución, aumentará también el tiempo de captura de puntos en campo y, en consecuencia, el tiempo que habrá que invertir en gabinete (tanto para la unión de escaneos como para el tratamiento de la nube de puntos).
De la misma manera, si el producto final que se desea obtener es un dibujo de líneas del contorno de los volúmenes que conforman el objeto, habrá que invertir menos tiempo, tanto en la pura toma de datos como en su post-procesado, que si se dibujan individualmente todos los materiales, grabados, surcos, etc.
Volviendo al ejemplo anterior, en Santa Eulalia de Bóveda, se registraron con distintos métodos los restos del alzado N de la bóveda del piso superior (dibujo manual a escala; Estación Total Topográfica con una resolución de 10 x 10 cm; y Láser Escáner 3D con una resolución de 5 x 5 mm), con la intención de poder comparar los tiempos y el equipo que había que invertir con cada uno de ellos.
Como se puede apreciar en la Tabla 2, cuanto mayor sea la complejidad de la herramienta empleada menor es el tiempo de captura de datos en campo, pero aumenta el tiempo de procesado de los datos en gabinete para obtener una representación del objeto en líneas 2D ó 3D.
Sin embargo, la ventaja no es sólo la reducción del tiempo de trabajo de campo sino la mayor variedad de productos finales que se pueden obtener, entre ellos la posibilidad de representar tridimensionalmente el objeto.
Otro factor a favor del Escáner es que, con un registro bien planificado se evitan posteriores salidas al campo.
Es habitual que con métodos topográficos como la Estación, una vez que se están procesando los datos sea necesario ampliar la información registrada o representar algún elemento que no se ha registrado inicialmente, o que la cantidad de puntos tomada sea insuficiente para analizar detalles como por ejemplo deformaciones de estructuras.
La nube de puntos registrada con el escáner solventa estas inconveniencias y aquí, como hemos avanzado, radica uno de los principales beneficios de esta herramienta: la capacidad de componer una base de datos muy completa, precisa y detallada, que puede ser explotada de diferentes formas para obtener distintos productos finales, y que además permite recurrir a ella indefinidamente, sin agotar sus potencialidades con un número determinado de usos.
Por lo tanto, el Láser Escáner es una herramienta que captura datos de manera muy ágil e intensa, mientras que el proceso de post procesado se puede ralentizar y llegar a ser muy costoso dependiendo del nivel de los productos o resultados que se quieran obtener de ellos.
Como se ha podido ver a lo largo de los ejemplos expuestos, según sea el resultado que se necesite obtener de la nube de puntos, el tiempo de post-procesado de los datos es muy distinto.
Esto está intrínsicamente relacionado la propia complejidad del elemento a documentar.
Por la experiencia que hemos acumulado hasta ahora, la documentación de los edificios es la que puede llegar a requerir unos niveles de detalle más intensos y alcanzar una mayor complejidad (se suelen tener que documentar espacios interiores y exteriores, elementos decorativos de formas irregulares), mientras que los levantamientos de terreno o el registro de elementos patrimoniales puntuales (una roca con grabados, una fuente, etc.) requieren de una inversión de edición y postprocesado de los datos mucho más liviana.
Por otra parte, hay que tener en cuenta que esta herramienta todavía presenta un elevado coste en el mercado, no sólo en lo que respecta a la adquisición del aparato, sino también a las licencias de los programas y a los propios programas, encareciendo también los costes de los trabajos a realizar.
Además, su manejo requiere personal especializado, ya que los programas de toma de datos y post-procesado demandan una formación específica.
Nos faltaría comparar estos métodos con el otro sistema principal de registro equivalente como es la fotogrametría.
Es éste un sistema muy ágil en la captura de datos ya que se hace por medio de fotografías (con perspectiva) que son rectificadas por medio de diversos puntos de control topográficos y que permite obtener representaciones o modelos de gran precisión y detalle.
En sus inicios y hasta hace unos años era un sistema costoso y complicado de ejecutar sin una formación intensa, pero en los últimos años ha evolucionado hacia programas infor- |
Procedencia y uso de madera de pino silvestre y pino laricio en edificios históricos de Castilla y Andalucía
Origin and use of scots and black timber pine in historic buildings from Castile and Andalusia EDUARDO RODRÍGUEZ TROBAJO Centro de Investigación Forestal, I.N.I.A. Madrid* DOS MADERAS AFINES CON VALOR CRONOLÓGICO Tan pronto un tronco de pino laricio (Pinus nigra Arn. subs. salzmannii (Dunal) Franco) es labrado en piezas escuadradas, surge la cuestión de identificar su madera.
El problema radica en la proximidad taxonómica entre el pino laricio y el silvestre (Pinus sylvestris L.), con el que comparte también un carácter higrófilo y microtérmico.
Aunque las dos especies no tienden a formar masas mixtas, es frecuente encontrarlas próximas entre sí en niveles altitudinales medios y altos del área mediterránea peninsular.
Ambas maderas tienen caracteres diagnósticos comunes, como punteaduras tipo pinoide I, que les diferencian de otras especies de pino más xerófilas: el pino pinaster (P. pinaster Ait.), el carrasco (P. halepensis Mill.) y el piñonero (P. pinea L.)1.
Se han propuesto nuevos caracteres diagnósticos (PALACIOS, 1997), pero no se ha logrado una diferenciación segura entre ambas maderas.
En la bibliografía arqueobotánica se refleja esta indeterminación con términos como pino albar-laricio, o Pinus tipo sylvestris-nigra (BUXÓ y PIQUÉ, 2008), y lo mismo sucede con el polen de las dos especies que tampoco es posible diferenciar (RAMIL et al., 2001).
Tan sólo la presencia de algunos macrorrestos como las piñas han permitido una identificación segura de la especie (ROIG et al., 1997).
Ante esta situación, se puede utilizar el recurso de deducir la pertenencia a una u otra especie en razón de la proximidad de sus masas naturales.
Al hacer esto invertimos el orden del análisis arqueológico, ya que sería a partir de la identificación de la madera como debería inferirse el origen geográfico.
Además, en el contexto de un comercio activo de madera, este criterio no es válido, dado que el material pudo ser transportado desde regiones distantes.
Por otra parte, si se trata de madera de cierta edad, sería arriesgado suponer que la distribución natural de las dos especies era similar a la actual; en este caso, además del posible error de identificación, nos encontramos ante la dificultad de conocer la distribución real y grado de aprovechamiento que las dos especies tuvieron en el pasado.
Se realiza un recorrido a través del ciclo constructivo de las maderas de pino silvestre (Pinus sylvestris L.) y pino laricio (Pinus nigra Arn.) en el ámbito de la carpintería medieval de Castilla y Andalucía.
Nuevos criterios para diferenciar las dos especies de madera y su datación dendrocronológica, son aportados como datos previos para determinar el origen geográfico del material.
Son objeto de discusión los nombres históricos de estas especies y otras voces, como alerce, que tienen una imprecisa asignación.
Se identifican así las principales áreas históricas de aprovechamiento y las vías fluviales del Tajo y Guadalquivir utilizadas para el abastecimiento de madera de pino laricio a poblaciones del interior peninsular (Sevilla, Toledo, Madrid, etc.).
Por otra parte, se analizan la diversificación de maderas y su uso selectivo en función del valor resistente de cada especie.
Así mismo, las condiciones de disponibilidad determinan que un tipo de madera se convierta en fósilguía (especie-guía), que se propone como indicador cronológico de varios periodos y contextos constructivos.
Finalmente, se estudian más en detalle restos lígneos del primer milenio de la Era, pertenecientes a la Mezquita de Córdoba y cuatro iglesias altomedievales de la cuenca del Duero (La Nave, Baños, Quintanilla y Barriosuso).
La datación empírica y el análisis de este material aportan una cronología post quem de la construcción de estos edificios y también nuevos datos sobre la distribución de estas especies en la región norte de la Península Ibérica.
Palabras clave: madera, alerce, Pinus sylvestris, Pinus nigra, dendrocronología, datación carbono-14, fósil-guía, alto medieval, reutilización.
Por consiguiente, resulta de utilidad disponer de algún criterio adicional que permita diferenciar estas maderas.
La proporción albura-duramen en el pino laricio muestra un número de años de duramen netamente inferior al de la madera de silvestre (GUTIÉRREZ OLIVA, comunicación personal).
Se puede observar esta diferencia, por ejemplo, en secciones de troncos con 150 años de edad en las que el duramen tiene 66 ± 26 anillos, si se trata de pino silvestre, mientras que si fuesen de laricio tendría 28 ± 15 anillos.
Otra propiedad distintiva es el desarrollo relativo de la madera de tipo juvenil y madura, cuyo límite se sitúa en el pino silvestre en 22 ± 7 (MUTZ et al., 2004), mientras que en el laricio se produce a los 48 ± 13 años, momento en el que su densidad alcanza sus valores máximos, 547 ± 54 kg/m 3 (RODRÍGUEZ y ORTEGA, 2006).
Asimismo esta notable densidad distingue al pino laricio del resto de coníferas españolas y es causa de que su madera sea hasta 20% y 30% más resistente que las de pino silvestre y pinaster, respectivamente (FERNÁNDEZ-GOLFÍN et al., 2001).
El pino laricio destaca sobre el resto de pinos peninsulares por su notable longevidad.
Así, mientras un pino silvestre de 300-400 años se acerca a su edad límite, no es infrecuente encontrar secuencias de pino laricio tan largas en edificios históricos.
Si nos referimos a árboles en pie debemos citar los ejemplares de laricio de Puerto LLano en Sierra Cazorla que superan los 1000 años de edad (CREUS y PUIG DE FÁBREGAS, 1983).
Otro carácter a veces distintivo entre laricio y silvestre es el mayor contenido de resina del laricio, siendo también peculiar de esta madera el enteado.
Estas diferencias genéticas y eco-fisiológicas tienen como contrapartida la mayor proclividad del pino laricio a desarrollar anomalías de crecimiento.
Típicamente se observan grupos de anillos en «abanico» que llegan a desaparecer (figura 1) y cuya perdida invalida la secuencia anular.
Afortunadamente, esta anomalía tiene carácter individual y es posible, por tanto, su corrección sobre un grupo amplio de muestras.
Sin embargo, la diferenciación de las dos especies no siempre es posible, ya que el labrado de piezas suele eliminar los caracteres de diferenciación indicados anteriormente y, de este modo, incrementa el riesgo de aceptar una procedencia errónea del material.
Por otra parte, la pérdida de la madera más externa por labrado afecta también a la datación dendrocronológica que se limita así a una acotación del año de tala del árbol (datación post quem).
En este caso, la estimación de anillos perdidos deberá basarse en la proporción albura-duramen que, tal como hemos indicado, difiere bastante en una y otra especie, por lo que la estimación no podrá ser firme si desconocemos su identidad.
Hasta aquí hemos utilizado caracteres cronológicos internos para tratar de solventar el problema de diferenciación entre pino silvestre y laricio.
Ahora corresponde valorar sus propiedades cronológicas externas y su idoneidad para la datación dendrocronológica.
Ya en algunos estudios iniciales (RICHTER y RODRÍGUEZ, 1986) pudimos comprobar la interconexión de series de los pinos silvestre y laricio con otras especies del género Pinus situadas en localidades más o menos distantes entre sí.
De este modo, las cronologías de referencia de ambas especies son válidas para la dendrodatación de estructuras lígneas que utilicen cualquier especie de pino.
Por el contrario, los algoritmos de similitud entre series dendrocronológicas de estas especies no son buenos factores discriminantes para determinar el origen geográfico del material, ya que se pueden encontrar similitudes mayores entre masas alejadas que entre las de la misma región.
Las masas naturales de silvestre y laricio ocupan actualmente áreas próximas entre sí en los Sistemas Pirenaico e Ibérico.
Por el contrario, en el Sistema Central y Sierra Nevada las formaciones de silvestre tienen mayor extensión, mientras que en las Sierras Béticas es el pino laricio el predominante (CATALÁN et al., 1991).
La fragmentación de masas y la presencia de manchas aisladas de carácter relícto indican que la distribución natural de ambas especies fue más amplia en el pasado, y que los procesos de deforestación, por roturación y sobreexplotación, han tenido un efecto determinante en su reducción actual.
En relación a esto, la presencia de madera en construcciones históricas es una fuente material directa para conocer la distribución de estas especies en el pasado.
En el presente trabajo abordamos el estudio del ciclo constructivo de la madera de pino silvestre y laricio en una amplia región interior de la Península Ibérica, que incluye las dos Castillas y Andalucía, en donde las masas naturales de estas especies han experimentado una evolución en función del nivel de aprovechamiento y uso que han tenido en nuestra carpintería histórica.
En el orden metodológico utilizamos el análisis dendrocronológico como método empírico de datación, pero al mismo tiempo, como instrumento de análisis ecofactual (identificación y procedencia) y artefactual (uso constructivo y degradación).
ÁREAS FORESTALES Y ESPECIES-GUÍA
La presencia de una especie está condicionada por la situación de sus masas maderables y susceptibles de aprovechamiento.
A su vez, la procedencia del material es cuestión básica del análisis arqueológico de una construcción, ya que el acceso y abundancia del recurso condiciona su utilización y el desarrollo de modos y tipos constructivos determinados.
En la carpintería medieval española, la adaptación al recurso lígneo se refleja en la utilización de fuentes de aprovechamiento múltiples, de manera que es frecuente encontrar varias especies de madera en una misma construcción.
Si nos circunscribimos al área mediterránea peninsular la madera más frecuente es un pino xerófilo, pinaster o carrasco dependiendo de la región, junto a otras especies locales, cuyo origen suele localizarse a distancias cortas o medias de la propia construcción.
Por el contrario, la presencia de los pinos silvestre y laricio, implica generalmente un transporte a distancias apreciables, desde las áreas forestales de estas especies situadas en las cabeceras de las cuencas y por encima de 1000 m de altitud.
Las primeras referencias documentales al aprovechamiento de pino laricio se remontan al siglo X, cuando el geógrafo Al-Razi (LÉVI-PROVENÇAL, 1953) pondera la abundancia de madera de las sierras del alto Guadalquivir y su capacidad de abastecer a todo al-Andalus.
En particular, Quesada (Qaysata) tenía una floreciente industria de utensilios de madera que se exportaban al Magreb (AGUI-RRE y JIMÉNEZ, 1979).
Los modos de transporte de esta madera parecen consolidados y se basan en buena medida en las vías fluviales.
Así, en referencia al pino laricio de la Serranía de Cuenca, Alfonso VIII otorgaba en 1192 a la orden de Calatrava parte del diezmo que se pagaba en Toledo por la madera que descendía por el Tajo hacia la frontera (CARLE, 1976).
En 1154 el geógrafo al-Idrisi describe el descenso por el «río de Quelaza» (Júcar) de gran número de pinos (laricios) hasta el mar con destino a las construc-ciones naval (Denia) y de edificios (Valencia).
El transporte fluvial se mantuvo en siglos posteriores y, en 1238, Jaime I concede a Valencia el derecho de aprovisionarse de la madera sacada por el Guadalaviar y el Júcar (SANCHÍS y PI-QUERAS, 2001)2.
Asimismo, Alfonso X recurre a la madera del alto Guadalquivir para abastecer las atarazanas sevillanas, aunque en este momento se necesitaba traer también madera de regiones más distantes como Galicia (GARCÍA DE CORTÁZAR, 1973).
El comercio de madera alcanzó tal escala en estos siglos, que haría lamentarse a Pedro I en 1351 del excesivo coste y sobreexplotación de la madera, «...ca della se saca por mar e della por rios e della por tierra, e que la llevan a otros sennorios...»
Hay que considerar, por tanto, que las fuentes de aprovechamiento pueden ser múltiples y distantes entre sí.
Un buen ejemplo de esta situación se presenta en la Granada de finales del siglo XIII, cuando se construye un palacio nazarí en el interior de una torre de la muralla de la ciudad, que en época cristiana será llamado Cuarto Real de Sto.
Este palacio (figura 2A) es la más antigua qubba nazarí conservada y es precursora de las que posteriormente se construirán en la Alhambra (ALMAGRO, 2002); pero tiene también un carácter singular para la carpintería histórica, pues se cubre con una armadura apeinazada de lazo, es decir, construida al modo cristiano, pero realizada por carpinteros musulmanes (NUERE, 2008).
La dendrodatación del Cuarto Real en 1283 post quem (figura 4) se logró a partir de la madera de pino usada en su techumbre (RODRÍGUEZ, en estudio), pero en su construcción se utilizaron hasta 4 especies diferentes de madera: pino silvestre/laricio, pino pinaster, quejigo (Quercus faginea Lamk.) y cedro (Cedrus atlantica (Endl.)
Esta combinación de especies refleja una diversificación de orígenes, pero al mismo tiempo un uso eficiente del material.
La techumbre está compuesta de paneles prefabricados rectangulares y triangulares, en los que cada especie de madera es utilizada en función de sus propiedades resistentes (figura 3).
Así, las manguetas y pares torales se labraron en pino, mientras que péndolas, elementos más cortos, y limas moamares, que se emparejan en cada arista, fueron labrados en cedro.
El roble (quejigo) se utilizó en utilizado se pone de manifiesto en el corte de cada alicer de una sola pieza, por lo que tuvieron que disponer de grandes trozas de cedro de al menos 50 cm de diámetro y 7,5 m de longitud.
La procedencia geográfica de este conjunto de maderas muestra una interesante diversidad.
Por un lado, el origen del pino pinaster y del quejigo pueden circunscribirse a áreas próximas a Granada, como las Sierras Harana y Huétor (VALLE, 1979).
Por el contrario, la madera de pino silvestre/laricio, que no ha podido ser diferenciada, tiene una presencia natural de ambas especies en Sierra Nevada: sobre substrato silíceo, el pino silvestre (Pinus sylvestris L. subsp. nevadensis), y en orlas calizas, el pino laricio (NAVARRO, 1998).
Asimismo el pino laricio es espontáneo en sierras más próximas como las de Quéntar y Huétor (ALEJANO, 2005), o en la más distante Sierra de Baza, donde también se mezclan las dos especies (GÓMEZ-MERCADO y VALLE, 1990).
Por último, no podemos descartar otro posible origen de laricio en las Sierras de Cazorla y Segura por la supuesta inaccesibilidad a territorio cristiano, puesto que cuando se construía este palacio, las incursiones en tierras del Adelantamiento de Cazorla eran continuas y la villa de Quesada estuvo en poder de Granada entre 1295 y 1311 (GARCÍA, 1985).
Por otro lado, nos encontramos con una madera de origen foráneo como es el cedro, cuyo origen más próximo se localiza en el Atlas del norte de Marruecos.
Se trata de Cedrus atlantica, que se extiende por las sierras del Rif próximas a los puertos del litoral.
Conocemos el activo comercio en época nazarí entre Almería y Málaga y los puertos de Berbería.
En el siglo XV, Al-Ansari señalaba la existencia en Ceuta de bosques de cedros (VALLVÉ, 1962).
Según describe León el Africano, en Badis «...hay buenas maderas para construcción de fustas y galeras...» que proceden de las montañas vecinas.
Otras noticias sobre este comercio, identifican las maderas como alerzes, e igual nombre les da Luis de Mármol en 1573 en su Descripción General de África.
La equivalencia entre alerze y çedrus es claramente expresada en los textos y vocabularios que aparecen entre los siglos XII y XVI y se mantiene en el diccionario de Covarrubias de 1611, en el que se definen las voces Alerce y Alerzo como especie de cedro (cit. FERNÁNDEZ, 1996).
En opinión de Ceballos y Ruiz de la Torre (1979), es probable que por los puertos de la Bética se importaran maderas de Cedrus atlantica y de Tetraclinis articulata (Vahl) Masters procedentes de Yebala y Gomara.
Por consiguiente, todas estas referencias parecen indicar que el cedro del Cuarto Real pudo recibir el nombre de alerze, sin que podamos aducir, hasta el momento, una prueba documental sobre este extremo.
En cualquier caso, este comercio nazarí de maderas con el norte de África se mantiene en el siglo XIV, pues vuelve a utilizarse el cedro en el conjunto de mocárabes que adornan la techumbre del Salón de Embajadores de la Alhambra (figura 2B).
Se trata de una techumbre ataujerada de tres paños (NUERE, 2008), en cuya construcción se combinaron también maderas diferentes en razón de sus propiedades resistentes: pino carrasco (Pinus halepensis) en tablas y vigas de los paños superiores, peralejo (Populus alba L.) en vigas del faldón inferior y estribos y, finalmente, el cedro (Cedrus atlantica) en las adarajas que componen los mocárabes.
En este caso la madera que permitió la dendrodatación en 1350 (figura 4) fue el pino carrasco (RODRÍGUEZ, 1996) que, junto con el álamo blanco o peralejo, se comportan como especies-guía3 de la carpintería nazarí de la Alhambra, en el periodo de esplendor de Yusuf I y Muhammad V. Por el contrario, la presencia minoritaria o ausencia de pino laricio o silvestre indican una caída o pérdida de las vías de aprovechamiento de estas especies, en el mismo momento en que se mantenía un activo comercio de cedro con el Magreb.
La denominación «pino de Segura» aparece con regularidad en crónicas y contratos de obras de toda Andalucía a partir del siglo XV.
Con la conquista de Granada el pino laricio de Cazorla y Segura se utiliza en la Alhambra traído en carretas para la restauración de las Casas Reales en 1497 (MALPICA y BERMÚDEZ, 2003).
De este modo termina la escasez y carestía de la madera del periodo nazarí y se empieza a utilizar en la arquitectura morisca del XVI de Granada un excelente material traído de los pinares de Huéscar y Segura (GÓMEZ- MORENO, 2001).
Hemos encontrado esta madera y datado en 1513 post quem (figura 4) las primeras restauraciones cristianas que se realizaron en el siglo XVI en las armaduras del Partal (RODRÍGUEZ, 1996).
A partir de este momento, el pino laricio desempeña la función de especie-guía de las numerosas restauraciones que se realizarán en el siglo XVI y posteriores en el conjunto de la Alhambra.
Por el contrario, en edificios plenomedievales de la cuenca del Duero no consta el uso de madera de pino laricio y es el pino silvestre quien ocupa su lugar, junto a se construye en 1755 en el Cuarto Real de Santo Domingo de Granada.
Destaca la calidad de estas maderas con secuencias de anillos que superan los 200 años y su alto contenido en resina, lo que les confiere una extraordinaria dureza y resistencia a la degradación.
Sin duda, el uso tradicional de pino laricio se mantuvo a lo largo del siglo XIX, tal como se constata en la restauración de Rafael Contreras de las cubiertas de la Sala de los Reyes de la Alhambra (dendrodatadas en 1855).
A partir de la mitad del siglo XVIII, la Marina desarrolló una intensa explotación de la Sierra de Segura para abastecer los arsenales de la Carraca (Cádiz) y de Cartagena.
Se utilizaron dos vías de saca de la madera: por los ríos Guadalimar y Guadalquivir hasta Sevilla, y por el río Segura hasta su desembocadura en Guardamar de Segura (ARANDA, 1990).
En el mismo periodo los pinares de laricio de la Serranía de Cuenca estaban sometidos también a una intensa explotación y se realizaba una doble saca, una hacia el oeste por el Tajo y otra hacía Valencia por los ríos Curiel y Júcar.
Una tercera saca más al norte utilizaba el Guadalaviar-Turia, si bien por este río descendía sobre todo madera de pino silvestre (GIL, 2006).
De este modo, en el abastecimiento de madera de la región levantina aparecen una vez más mezcladas las maderas de silvestre y laricio, planteándonos de nuevo el problema de su diferenciación6.
DOS ÁREAS DE APROVECHAMIENTO EN EL PRIMER MILENIO
Lo hasta aquí expuesto es suficiente para ilustrar el amplio uso que ha alcanzado la madera de pino silvestre/laricio en los últimos diez siglos en nuestro país.
Podemos remontarnos ahora a un periodo anterior, en el que posiblemente la madera de estas especies no estaría sometida a tan alto nivel de explotación, lo cual no significa que no fuera objeto de un activo aprovechamiento y no se valorase ya como un buen material de construcción.
El mismo hecho de su conservación durante tantos siglos, sin apenas merma de sus cualidades, viene a justificar esa valoración.
Debemos destacar que en los edificios altomedievales de Toledo que hemos podido estudiar (Torre del Salvador, Puertas de Bisagra, etc.) se utiliza madera de pino pinaster (RODRÍGUEZ, 2006), pero no se encuentra madera de silvestre/laricio, pese a su posible aprovechamiento en la Sierra de Gredos o conducida por el Tajo desde la Serranía de Cuenca.
Los edificios con restos lígneos de silvestre o laricio se localizan en dos regiones distintas y alejadas entre sí, aunque asociadas a las cuencas medias de dos grandes ríos peninsulares, el Guadalquivir y el Duero.
Este conjunto de enclaves con madera de pino ha permitido elaborar varias cronologías que cubren casi por completo el primer milenio.
La vía fluvial del Guadalquivir
La Mezquita Aljama de Córdoba es un edificio singular cuya historia constructiva supera los dos siglos: iniciada por Abderramán I en el 784, fue objeto de sucesivas ampliaciones hasta la última realizada por Almanzor en el 988.
No consta que en las distintas remodelaciones se produjese un cambio de la tipología de su techumbre, por lo que ésta fue siempre plana y según Félix Hernández (1928) con una estructura muy simple de vigas transversales a las naves y tableros sobrepuestos (figura 6).
Este autor realiza el primer estudio sistemático de la techumbre a partir de las vigas y tablazón conservadas, en su mayoría procedentes de las naves que en 1723 se abovedaron desmontando la vieja techumbre que tenía muchas vigas con sus entregas podridas.
Buena parte de estos elementos se reutilizaron como pares de la cubierta de las mismas naves restauradas.
Según Hernández (1928), el maderamen conservado perteneció a la gran ampliación que realizó al-Hakan II entre 962 y 965, datación que ha sido compartida, entre otros, por Gómez Moreno (1932) y Torres Balbás (1957).
Se encuentra en fase de estudio un amplio grupo de vigas y tablas con diferentes escuadrías, longitudes de labras, decoraciones, etc., que tiene por objetivo discriminar posibles etapas de construcción de las sucesivas ampliaciones.
Otro aspecto importante es llegar a determinar la ubicación en distintas naves en función de las longitudes de labra y total de cada viga.
Por el momento, se han interdatado vigas y tableros entre sí, lo que demuestra que son elementos de una misma etapa constructiva.
Incluso se han obtenido grupos de piezas procedentes de un mismo rodal (figura 7).
Una cuestión clave ha sido la identificación exhaustiva del material con el objetivo de determinar su origen geográfico.
Toda la madera ha sido identificada como pino laricio a partir de la proporción albura/duramen observada y con el apoyo en otros caracteres como altas textura y sensibilidad, crecimientos mínimos y largas secuencias, así como alto contenido de resina.
Nuestra interpretación inmediata ha sido suponer que esta madera procedía de las Sierras de Segura y Cazorla y que habría sido transportada en maderadas por el Guadalquivir.
Este río ya era navegable hasta Cástulo (Linares) desde el siglo I a.
C., lo que favoreció la explotación minera y el transporte de productos agrícolas y forestales (BLÁZQUEZ, 1996).
En el siglo X, según Ibn Hayyan relata en los Anales Palatinos de al-Hakam, se explotaba activamente la madera del alto Guadalquivir, y al-Zuhri da cuenta de los problemas de su transporte, que debía realizarse en su tramo inicial por el Guadalimar, del mismo modo que se seguirá haciendo hasta el siglo XVIII (cit. LÓPEZ, 1999).
Sin embargo, en 1154 el geógrafo al-Idrisi describe la techumbre de la Mezquita que contempla in situ y, en su explicación sobre la madera, se refiere a los pinos traídos de Tortosa (al-sanawbar al-turtusi).
Es sorprendente que al-Idrisi desconociera la vía fluvial del alto Guadalquivir y qué fuente pudo utilizar para afirmar dicha procedencia.
Sin duda conoció bien las atarazanas de Tortosa, construidas por Abderraman III en el 913, y sus zonas de abastecimiento en los pinares de Beceite y en el Maestrazgo, además de la pinadas bajadas por el Ebro desde el Pirineo central.
Debemos indicar que este origen alternativo no afectaría a la identidad de la especie, pues podría tratarse igualmente de pino laricio.
Autores cualificados como Hernández (1928) y Gómez Moreno (1932) han aceptado la explicación del geógrafo árabe, mientras Torres Balbás (1957), aunque valorando el excelente pino utilizado, no llegó a pronunciarse sobre su origen.
Con todo, el verdadero problema de identificación de la madera de la techumbre, se inicia con Ambrosio Morales (1575) en su descripción de la techumbre: «La madera es toda de alerze, y es como pino, mas muy oloroso, que solamente lo ay en Berueria, y desde alla se truxo por la mar y las vezes que han derribado algo de la iglesia, para nuevos edificios ha valido muchos millares de ducados la madera de despojo, para hazer vihuelas y otras cosas delicadas.».
Es oportuno puntualizar que estas primeras referencias nada tienen que ver con la madera de Larix decidua Miller, una conífera foránea que recibe hoy en castellano el nombre Fig. 6.
Reconstrucción de Félix Hernández (1928) de la techumbre de la Aljama de Córdoba.
Las vigas eran enterizas y las tablas se unían a media madera con espigas.
La decoración de las vigas cubría tres caras, pero ha sido necesario recomponer su decoración lateral pues la mayoría se cortaron al ser reutilizadas en el siglo XVIII Fig. 7.
Techumbre de la Aljama de Córdoba.
Interdatación de tablas y vigas (t= 7,68, intervalo: 217 años) que muestra que ambos tipos de elementos fueron aprovechados en una misma masa forestal.
Arriba: valores brutos / Abajo: filtrado interanual común alerce.
El origen de este equívoco está en el error que introdujo Andrés de Laguna en 1555 al resaltar el parecido entre las voces alerze y lárice, siendo esta última el verdadero nombre castellano que recibía Larix decidua en la época.
La amplia difusión y autoridad de la obra de Laguna hizo que se fijara este cambio de nombre (FERNÁN-DEZ, 1996), desplazando la voz lárice que, no obstante, todavía es recogida por el D.R.A.E. Hay que precisar que el origen etimológico de ambos términos es diferente, pues mientras lárice es de origen latino, la voz alerce deriva del término árabe al-arz (CARABAZA et al., 2004).
Según estos autores, la mayoría de los tratadistas andalusíes identificaban arz con el cedro, si bien algunos lo aplicaban también al enebro (`a`ar) e incluso al ciprés (sarw) y a la variedad masculina o infecunda del pino (sanawbar).
Esta digresión etimológica está justificada, pues el término alerce arrastra históricamente un significado genérico y algo confuso que podría deberse al carácter aromático e imputrescible que tienen todas las maderas a las que se ha aplicado7.
Son precisamente estas propiedades extraordinarias las que han motivado la proliferación de asignaciones de la madera de alerce a obras de calidad y magnas construcciones a partir del siglo XVI y hasta nuestros días (FERNÁNDEZ, 1996).
Entre ellas debemos incluir la realizada por Ambrosio de Morales en 1575, que será secundada por autores posteriores, algunos de los cuales tuvieron en sus manos la madera, como el obispo Gómez Bravo (1723) que promovió la sustitución de la techumbre por bóvedas encamonadas.
Una identificación diferente realizó Hermosilla en 1767 (cit. RODRÍGUEZ, 1992) que refiere: reconocí con mucha prolixidad estta madera, y hallé que es pinabette, y ciprés.
En la misma línea se expresaron viajeros y eruditos del siglo XIX, como Girault de Prangey, en 1833, que describe el alerce como especie entre el cedro y el pino -el Pinus larix.
Asimismo Richard Ford (1845) habla de L'aris de Berbería y Ramírez y de las Casas-Deza (1853) identifica la madera de la techumbre como alerce africano (Tetraclinis articulata), siguiendo la teoría formulada por el botánico Colmeiro (véase nota 7).
Finalmente, algunos autores del XIX se han referido a la tradición que sostenía que en la construcción de la techumbre se utilizaron pequeñas masas de «pinos alerces» que crecían en la campiña cordobesa.
En apoyo de esta hipótesis, se ha citado la crónica anónima árabe del s. XI que alude a un bosquecillo de arz que en el s. VIII estaba situado cerca de la alquería de Xecunda, en la margen contraria del río frente a Córdoba (cit. FERNÁNDEZ, 1996).
Es evidente que no es un emplazamiento verosímil para una formación natural de cedro o pino laricio; si bien la consideración del alerce como clase de pino se acerca, en cierto modo, a la verdadera identificación de la madera.
Un material lígneo singular El desmonte y traslado de la iglesia de S. Pedro de La Nave (Zamora) realizados en 1931-32 permitió recuperar un elemento estructural de gran escuadría que actualmente se encuentra depositado en el Museo de Zamora.
Se trata de una viga de pino (278 x 38 x 28 cm), que presenta en una cara menor cuatro cajas con forma de cola de milano.
Estaba situada en el muro de testero de la nave del anteábside, dispuesta sobre el arco del triunfo y encadenada a tres sillares por grapas de madera (figura 8).
En otros edificios distantes de La Nave, pero situados en la cuenca del Duero, se han hallado también grandes elementos de madera de pino.
Así, en la iglesia de S. Juan de Baños (Palencia) se han hallado 3 vigas (figura 8) y en Burgos se han localizado y se estudian también dos construcciones singulares que conservan grandes maderos de pino.
Nos referimos a los restos de la iglesia de Quintanilla de las Viñas y a la iglesia de Santa Cecilia de Barriosuso (figura 8).
En todas estas construcciones se utilizó madera de pino silvestre o de laricio, cuya diferenciación no ha sido posible a partir de los caracteres de los elementos conservados y que, por tanto, nos plantea de inmediato la doble cuestión de su identificación y procedencia geográfica, habida cuenta de las distancias que median entre estas construcciones y las masas actuales de pino silvestre o laricio.
Por una parte, diferentes registros polínicos y de macrorrestos confirman el carácter autóctono tanto del pino silvestre como del pino laricio en el borde e interior de la Meseta norte (GARCÍA ANTÓN et al., 1997; SÁNCHEZ HERNANDO et al., 1999).
Un especial interés tienen los depositos en depresiones interiores como la cercana a Espinosa de Cerrato, en la que se ha registrado polen de Pinus sylvestris-tp dominante entre 4000 y 3000 BP (FRANCO MÚGICA et al., 1996).
Asimismo los depósitos de piñas y maderas próximos a Cevico Navero (840 m de altitud), cuya edad carbono-14 es 4650 ± 60 BP, han sido identificados como pino laricio (ROIG et al., 1997).
Hay que destacar que estos depósitos se encuen- tran por debajo de los 1000 m de altitud y que las piñas indican una localización próxima dentro de la misma comarca, a diferencia del polen de pino que tiene una dispersión regional.
La proximidad de estos restos, a tan sólo 20 km de Baños, fundamenta la hipótesis de que la viga encontrada en San Juan de Baños sea realmente pino laricio.
Las dos iglesias burgalesas, Quintanilla y Barriosuso, se localizan en las proximidades de la Sierra de la Demanda, donde actualmente el pino silvestre forma importantes masas, pero también con algún enclave relíctico de Pinus nigra, como el de la garganta del río Lobos (SAN-TIAGO, 1995).
Asimismo en el valle del Arlanza, existen fondos de valle con turberas fósiles donde se han recogido piñas de tamaño intermedio entre pino silvestre y laricio (ORIA DE RUEDA, 1996).
Otros hallazgos confirman el origen autóctono del pino silvestre y/o laricio y la relativa importancia que debieron alcanzar sus masas en la cuenca del Duero.
Así, en yacimientos de la Segunda Edad del Hierro situados en la cuenca media se han identificado como pino silvestre carbones de hornos (yacimientos de Pesquera y Padilla de Duero) y un poste de cabaña del poblado vacceo de Soto de Medinilla (UZQUIANO, 1995); todos ellos datados entre los siglos III y I a.
Como hemos indicado repetidamente, la identificación anatómica de madera no pueden discriminar son seguridad entre las dos especies de pino.
A más de 200 km al oeste del grupo de iglesias anterior, se localiza San Pedro de la Nave en la comarca zamorana de Aliste, en un entorno natural de transición entre el dominio mediterráneo y el euroatlántico y sobre una litología silícea que contrasta con la caliza de Baños y el resto de iglesias.
En este entorno es extraño que se utilizara madera de pino para labrar la gran viga en lugar de madera de roble tan abundante en la región.
Hay testimonios de la existencia a principios del siglo XX de gruesos tocones de pino en las umbrías de la próxima Sierra de la Culebra; que serían probablemente de pino silvestre, a juzgar por el duro régimen de heladas que afecta a esta sierra (RUIZ DE LA TORRE, 1991).
Asimismo los registros paleobotánicos confirman la presencia de Pinus sylvestris-tp en depósitos turbosos de la Sierra de la Culebra (MUÑOZ SOBRINO, 2001) y se ha constatado la persistencia de formaciones forestales en la región, de modo que el ascenso del polen de cereal respecto al arbóreo no se produjo hasta 1250±25 BP (MUÑOZ et al., 1997).
Actualmente no se conservan masas relictas de pino silvestre en la zona y las masas naturales más próximas son el bosque de Puebla de Lillo (León), en la cabecera del río Porma, y la pequeña masa de silvestre y laricio en Lastras de Cuellar, en los márgenes del río Cega, formando parte ya de niveles basales del Sistema Central.
Los datos anteriores avalan la hipótesis del carácter autóctono de todas estas maderas, así como la posibilidad de que fueran aprovechadas en entornos no alejados de los respectivos edificios en construcción.
Sin embargo, si se tiene en cuenta el contraste bioclimático y edáfico en dirección este-oeste dentro de la cuenca del Duero, lo plausible sería considerar que el pino silvestre es más propio del entorno de La Nave, mientras que la presencia de pino laricio estaría más fundada en el grupo oriental.
Surge, por tanto, como primera cuestión, si este grupo de maderas está integrado por una o dos especies.
Lo cierto es que todos estos elementos lígneos proceden de árboles longevos y comparten los mismos caracteres ecofactuales.
A estos valores debemos añadir los anillos perdidos por el labrado de las piezas, por lo que estimamos que casi todos los árboles superarían los 400 años de edad.
Secuencias de anillos tan largas implican crecimientos muy pequeños y frecuentes anomalías de anillos ausentes.
Se observan además otros rasgos de homogeneidad, como alto contenido de resina, fibra ondulada y gran nudosidad.
Tal como indicamos anteriormente, son caracteres considerados más propios del pino laricio que del silvestre (figura 9).
Por otra parte, el análisis dendrocronológico ha mostrado una relación crono-espacial precisa entre la viga de La Nave y el grupo de Baños (ALONSO et al., 2004).
Un primer resultado ha sido la datación relativa o interdatación de los elementos hallados en La Nave y Baños, que demuestra que la madera de La Nave es coetánea o posterior a la de Baños (en el supuesto de que se trate de la misma especie).
Se han extrapolado las curvas de tendencia para indicar que las secuencias de anillos son incompletas debido al intenso labrado de las piezas.
Las tres series están dispuestas en posición síncrona y se aprecia la coincidencia de ciclos de variación plurianual y la alta sensibilidad del crecimiento interanual.
El nivel de similitud es tan signifi- Madera de pino con fuertes fluctuaciones en su secuencia de anillos y alto contenido de resina que indican condiciones limitantes del crecimiento cativo que podemos afirmar que las maderas de La Nave y Baños proceden de una misma masa forestal o, cuando menos, tuvieron que crecer bajo condiciones microclimáticas parecidas.
Este resultado sería todavía más notable en el supuesto de que las maderas de las dos iglesias pertenecieran realmente a especies diferentes.
De este modo se nos plantea otra cuestión importante como es la procedencia del material, su posible origen común, así como las distancias y direcciones de las respectivas vías de transporte.
A este respecto, desconocemos datos históricos sobre flotación de madera por el río Duero y sus grandes afluentes, que podrían explicar la conducción de madera desde las cabeceras de las cuencas.
Los resultados precedentes han permitido agrupar el material lígneo de La Nave y Baños en una única cronología de referencia.
Se trata de una cronología flotante (Conexión Pino-Duero) que alcanza 401 años y suponemos construida con una única especie de pino que, en principio, nos parece más probable que sea pino laricio (Pinus nigra).
Mediante la técnica wiggle matching de calibración de medidas carbono-14 de secuencias de estas maderas, se obtuvo la datación del último anillo de la cronología flotante en el intervalo 447-543 cal AD (99 %).
Por el contrario, el material de Quintanilla de las Viñas y el de Santa Cecilia de Barriosuso no ha podido ser interdatado ni entre sí ni con el grupo anterior, por lo que se han datado separadamente por carbono-14 con la técnica wiggle matching (figura 12), resultando para el último anillo, respectivamente: 366-426 cal AD (99 %) y 459-509 cal AD (99 %)..
Las bases de una unidad eco-artefactual
Una consideración global del material descrito nos lleva a reconocer que todos los árboles eran ejemplares añosos que crecieron en la primera mitad del primer milenio y se utilizaron en la construcción de una serie de edificios dispersos por la cuenca media del Duero.
Tal como indicábamos, es oportuno preguntarse sobre la extensión geográfica de estas formaciones y su proximidad a cada edificio, o sobre si estos elementos procedían de viejas masas forestales o bien de pies aislados, afectos ya de cierto carácter relicto.
Hay que tener en cuenta además que, tal vez con la excepción de Baños, no debieron faltar otros árboles de buen porte, como robles, sabinas, etc., en el entorno próximo a las iglesias.
Todo ello nos permitiría calibrar la disponibilidad del material y por ende el grado de selección que operó en su aprovechamiento.
En cualquier caso, parece evidente que la elección de una madera de tanta calidad fue plenamente intencionada, con independencia de la abundancia de este recurso a lo largo del periodo.
Por otra parte, cabe preguntarse si la homogeneidad ecofactual mostrada es en realidad una imagen distorsionada de una mayor variedad de maderas que se utilizaron en la construcción original y que llegaron a desaparecer por degradación.
Este efecto de degradación diferencial puede contribuir a explicarnos la coincidencia de la misma especie en construcciones tan dispersas.
Sin embargo, el tipo de madera que describimos no aparece en fases de cronología posterior de estas y otras construcciones de la región, de modo que las maderas utilizadas son siempre especies (pino, roble, sabina, etc.) que actualmente siguen Fig. 10.
Interdatación de la viga de S. Pedro de la Nave y el tirante de S. Juan de Baños.
La sincronización es muy firme (t= 10,94, sobre intervalo de 293 anillos) y se basa en buena medida en la variación plurianual (arriba), cuya similitud es mayor que en la variación interanual (abajo) Fig. 11.
Series completas de los elementos de La Nave y Baños en posición síncrona con sus ajustes de tendencia respectivos (en rojo).
Las tres series muestran entre sí una similitud equivalente y la serie de La Nave tiene su «fecha de nacimiento» entre las dos de Baños formando parte de la vegetación natural del entorno8.
En consecuencia, los caracteres ecofactuales descritos permiten considerar a todo este material como especie-guía de un periodo de actividad edilicia en la cuenca norte del Duero, basándonos en la explotación selectiva de un recurso lígneo de calidad singular.
La determinación del periodo de aprovechamiento requiere de la estima de las edades de corte de los distintos elementos.
Sin embargo, todas las piezas han perdido buena parte de su madera externa por causa del labrado y, por tanto, no podremos conocer con precisión las fechas de corte de los distintos elementos, ni tampoco se podrán ordenar cronológicamente.
Además, sólo en una viga de Baños se observa el borde duramen-albura, por lo que en el resto de piezas habrá que añadir a la albura completa, la porción perdida de duramen.
Tal como hemos indicado, la estima de albura varía considerablemente según se trate de pino silvestre o laricio.
Disponemos sólo de datos para árboles con menos de 300 años, y su extrapolación indica que en torno a los 300 años, la albura supera en promedio los 100 años en el pino silvestre y se duplica en el pino laricio.
Es decir, las viejas masas forestales de pino silvestre/laricio fueron objeto de explotación posteriormente a 476 d.
C. todavía seguía su aprovechamiento.
Por otra parte, es oportuno considerar también los aspectos artefactuales del material.
Debemos reparar en la serie de caracteres comunes en cuanto a labra y funciones estructurales que se encomiendan a estos elementos.
Así, el labrado es idéntico en todas las piezas, obteniéndose piezas enterizas, con médula centrada, y eliminando Fig. 12.
Gráfico de calibración de una secuencia determinada (wiggle matching ) de 6 muestras tomadas en la viga norte de Quintanilla de las Viñas que datan el último anillo en 366-426 cal AD (99%). (programa GaussWM, WENINGER, 1997) la parte externa de albura con objeto de que las piezas sean casi íntegramente de duramen, mejorando al máximo las propiedades de dureza, estabilidad y resistencia a la degradación.
Al mismo tiempo, este labrado de calidad se corresponde con su uso como elementos estructurales que realizan funciones comprometidas, como cargaderos (Baños, Barriosuso; figura 13), tirantes (Baños) y atado y transmisión de cargas (La Nave, Quintanilla; figura 14).
Al igual que sucedía con la elección de madera, este tipo de labra parece intencionado y refleja un modo constructivo que podría formar parte de una tradición de trabajo de la madera.
Su yuxtaposición a los caracteres ecofactuales, dos criterios aunados para una elaboración de calidad, nos lleva a interpretar que corresponden a un mismo momento constructivo.
En ninguno de los edificios se observa este tipo de labra en maderas de cronología posterior -lo que sería prueba positiva de dos momentos constructivos-; si bien esta ausencia podría explicarse por el mismo efecto de degradación diferencial antes referido.
A falta de evidencias estratigráficas, consideramos que el labrado es original y realizado de inmediato tras el corte de la madera y, por consiguiente, proponemos como hipótesis la existencia de una unidad eco-artefactual en el conjunto del material.
Conforme a esta hipótesis, la eventual reutilización de piezas no habría alterado sustancialmente la escuadría de cada elemento, ya que el nuevo uso no precisaría un relabrado intenso, sino uno más somero con objeto de ajustar cada pieza a su nueva posición y función, tal como pudo suceder con la viga de La Nave (ALONSO et al., 2004; figura 15).
Resta por desarrollar el análisis de la relación entre artefactos y contexto en cada uno de estos edificios; al igual que el ya realizado en S. Pedro de La Nave (ALONSO et al., 2004).
Las dataciones artefactuales anteriores fijan el inicio de un recorrido de uso en uno o en sucesivos edificios y sólo pueden operar, una vez contextualizadas, como indicadores post quem de la actividad constructiva (CABALLERO, 2004).
Sin embargo, no es objeto del presente trabajo abordar un análisis contextual en cada uno de los edificios, sino interpretar globalmente las maderas halladas en cuatro edificios diferentes.
En primer lugar, debemos señalar que el estrecho periodo de aprovechamiento que muestran las fechas podría ser sólo aparente, ya que importantes pérdidas de madera en las piezas implicarían un retardo general de fechas y probablemente una dispersión mayor.
Asimismo habría que considerar un retardo adicional, que superaría los 100 años, en el supuesto que se confirmara que la madera es pino laricio.
Por consiguiente, las fechas propuestas para el primer uso de las maderas datan a las construcciones en que se ubicaron entre los siglos VI y VIII.
Se trata, por tanto, Fig. 13.
Dinteles del acceso oeste de S. Juan de Baños.
Labrados a hacha, presentan largos empotramientos en el muro que sobrepasan la luz del vano Fig. 14.
Testa de la viga sur de Quintanilla de las Viñas: pieza enteriza que se labró con perfecto ajuste con los sillares.
Muestra una degradación superficial que indica una acción prolongada del sol y la lluvia (surcos de 10 mm de calado), por lo que este paramento tuvo que estar durante mucho tiempo sometido a la intemperie posible reutilización de estas maderas.
En la mayoría de las iglesias altomedievales ha habido reutilizaciones de material pétreo y se ha documentado en muchos casos la ruina del edificio original (CABALLERO y UTRERO, 2005).
Sería por ello plausible que también se hubiera reutilizado madera; pero habría que explicar por qué todo el material recuperado pertenece al mismo tipo de madera.
Sería aceptable si esta madera hubiese sido de uso común en época anterior e incluso, si se hubiesen expoliado edificios de igual o próximo emplazamiento, en los que se habría utilizado casualmente la misma madera.
En este aspecto, destaca Baños por el grueso tirante conservado, que podría ser representativo del maderamen de sus cubiertas.
Con parecida verosimilitud, se podría interpretar también que el reaprovechamiento consistió en un expolio selectivo de este tipo de madera buscada ex profeso en construcciones más o menos distantes.
En este supuesto, podríamos afirmar que el material habría vuelto a operar como especie-guía en una nueva actividad constructiva, pero desprovisto, claro está, de la información cronológica ligada a su primer uso. de un primer grupo de edificios dispersos en la cuenca media del Duero que, no obstante, comparten un mismo modo constructivo en el uso de la madera.
En segundo lugar, llama la atención el contraste existente entre la homogeneidad del material lígneo y la variedad de modelos estructurales y aparejos que presentan esta serie de iglesias (UTRERO, 2004).
Tal como indicábamos anteriormente, no sabemos si esta homogeneidad ecoartefactual es una muestra representativa del tipo de madera de uso común en cierto periodo, o si es sólo una casualidad excepcional.
Asimismo podemos recurrir a un fenómeno de degradación diferencial9 del maderamen para poder explicar la conservación de todas estas piezas a lo largo de más de mil doscientos años.
Averiguar cuál de estos factores ha podido ser el determinante, es una cuestión clave a la hora de discutir la Fig. 15.
Viga de S. Pedro de la Nave.
El acabado de la cara superior fue muy tosco al igual que su cajeado por utilizarse herramientas de cantero: escoda, trinchante y cortafrío (ALONSO LUENGO, cit. ALONSO et al., 2004).
Tal como señala la línea verde, la superficie se dejó algo abombada en la zona nudosa del centro de la cara, donde no asentaban los sillares por coincidir con la ventana suprabsidial.
Por el contrario, la explicación a partir de una conservación diferencial resulta poco verosímil, pues todas las piezas habrían tenido que superar un periodo de ruina en condiciones propicias a su rápida degradación y, tras ser recuperadas junto a otros elementos de caracteres y cronología distintos, serían los únicos elementos lígneos que lograran conservarse hasta hoy.
En definitiva, cualquiera que sea nuestra lectura, una explicación que sea alternativa al simple azar deberá basarse en dos factores -uso selectivo y/o conservación diferencial-para poder comprender el uso constructivo que tuvo un material tan singular.
En el presente trabajo se han tratado aspectos significativos del ciclo constructivo de las maderas de pino silvestre/ laricio, lo que nos ha proporcionado nuevos elementos de discusión acerca de la historia cultural y natural del material lígneo.
En un orden metodológico, hemos partido de la identificación taxonómica y cronológica del material para llegar a establecer las zonas geográficas de procedencia de estas especies de madera.
Para ello, aportamos nuevos criterios de diferenciación anatómica que han permitido identificar como pino laricio la techumbre original de la Mezquita de Córdoba y las restauraciones históricas de la Alhambra, entre otras construcciones.
Asimismo se han identificado como pino silvestre la techumbre del claustro bajo del Monasterio de Silos y diversas construcciones medievales de la Meseta septentrional.
También nos hemos servido de la datación dendrocronológica como indicador cronológico específico de la madera y se ha podido datar diversas construcciones medievales de Castilla y Andalucía.
Allí donde no se disponía de cronologías de referencia, se ha recurrido al carbono-14 que ha proporcionado además una primera datación de largas cronologías flotantes, que cubren casi todo el primer milenio: un primer tramo entre 71 y 543 d.
No siempre es posible determinar el origen geográfico del material mediante un método empírico como la dendrocronología, por lo que es necesario recurrir a fuentes documentales que deben usarse críticamente, dada la imprecisión de los nombres de procedencia.
Se constata que tradicionalmente la madera de pino laricio se ha denominado pino de Cuenca y pino de Segura, y que estos orígenes van unidos históricamente a su transporte por las vías fluviales del Tajo, Guadalquivir, Segura, etc. Algunos nombres de madera son imprecisos, como la voz alerce, que se ha referido, según los lugares y momentos, a distintas especies, como cedro, pino, enebro, sabina, etc., e incluso ha sustituido al nombre original lárice para designar a Larix decidua.
Todas las maderas llamadas alerce son aromáticas y/o resinosas y tienen propiedades imputrescibles que les confieren gran valor de uso.
El pino laricio de la techumbre de la Mezquita de Córdoba ha sido también denominado pino alerce, pero no hemos visto aplicado este nombre al pino silvestre.
La disponibilidad del recurso ha mostrado ser un condicionante importante del uso de la madera.
Por un lado, explica un uso selectivo en función del valor resistente de cada especie, tal como se ha observado en la Alhambra y el Cuarto Real de Sto.
Por otro lado, puede ser causa de que el material lígneo se convierta en especie-guía, es decir, un indicador cronológico basado en el uso de un tipo de madera asociado a un determinado periodo y contexto constructivo.
La madera de laricio opera como especie-guía a partir de 1492 en el conjunto de la Alhambra e igualmente la madera de silvestre/laricio se comporta como especie-guía a lo largo del primer milenio en edificios castellanos.
Por otra parte, las dataciones artefactuales que hemos obtenido en estos edificios han servido para establecer una acotación post quem de su construcción: 476-536 cal AD (Quintanilla de las Viñas), 569-619 cal AD (Santa Cecilia de Barriosuso), 499-595 cal AD (San Pedro de La Nave) y 499-595 cal AD (San Juan de Baños).
Estos restos lígneos prueban la existencia espontánea de pinares de silvestre y/o laricio en la meseta norte a lo largo del primer milenio.
La datación del anillo de mayor edad, 131 cal AD ante quem, y la del anillo de menor edad, 569 cal AD post quem, delimitan el periodo en que fueron un recurso lígneo de la arquitectura de la cuenca media del Duero.
Su localización más tardía, hasta hoy conocida, está en el sur de Burgos (Barriosuso, 569-619 cal AD post quem), pero plausiblemente estas viejas masas, de acusada continentalidad y crecimiento mínimo, no debieron tardar en desaparecer por efecto, sin duda, de la acción antrópica. |
Este artículo aborda el análisis parcial de un monumento emblemático de la arquitectura militar andalusí, muy citado como ejemplo de la arquitectura califal pero que aún hoy adolece de un estudio en profundidad y con metodología adecuada para identificar sus distintas fases.
Se presenta una planimetría fotogramétrica nueva de su puerta, se analiza su estructura y los cánones compositivos que marcaron su diseño y se aborda un tema hasta ahora nunca observado como es la existencia de vestigios de una fortaleza anterior construida seguramente con tapias de tierra y de la que sólo ha llegado hasta nosotros la impronta que dejó en las estructuras del siglo X.
Este artículo tenía inicialmente como objetivo dar a conocer el levantamiento planimétrico que hicimos hace algún tiempo de la puerta principal del castillo de Gormaz junto con los datos e información que del mismo se deducen.
Pero al mismo tiempo hemos creído pertinente llamar la atención sobre una serie de detalles que al parecer han pasado hasta ahora desapercibidos para los distintos investigadores que se han venido ocupando de este singularísimo monumento, que es considerado como la fortaleza de mayor tamaño que se levantó en su tiempo en el todo el occidente europeo.
Los detalles a los que nos referimos, y que trataremos ampliamente en su lugar, tienen que ver plenamente con lo que entendemos como un estudio arqueológico de la arquitectura, es decir, con un análisis de ésta considerada como vestigio material que nos permite ilustrarla desde el punto de vista histórico, facilitando su lectura y aportando a su vez información histórica general.
El método seguido no puede ser, por tanto, otro que analizar la estratificación de elementos materiales, unas veces aditiva y otras sustractiva, que se ha ido produciendo a lo largo del tiempo sobre el organismo arquitectónico.
Una fortaleza de las dimensiones de Gormaz requeriría un detenido análisis de todos los dispositivos defensivos ubicados en su perímetro y en los que se aprecian distintas fases constructivas y destructivas.
Pero esa es una empresa de gran envergadura que requiere de medios y tiempo para llevarla a cabo, de los que hoy por hoy no disponemos.
Por tanto nuestro trabajo es sólo una aportación muy limitada al conocimiento de este gran conjunto militar que quizás mueva en el futuro a abordar su estudio completo partiendo de un levantamiento planimétrico adecuado y exhaustivo y de una correcta lectura de los elementos arquitectónicos y de los procesos constructivos que los generaron.
Aunque no estamos en condiciones de aportar nada sustantivo a una descripción general del conjunto ni a los datos históricos que a él se refieren, sí queremos hacer una síntesis que facilite al lector la comprensión de cuanto luego expondremos.
Para una información más general puede acudirse a los distintos estudios que se han hecho en el pasado y de los que merecen destacarse de modo especial los realizados por Sentenach, Gaya Nuño, Torres Balbás, Zozaya y Heras, Escribano y Balado1.
La fortaleza de Gormaz se levanta sobre la estrecha y alargada meseta de un cerro testigo situado a escasa distancia de la margen derecha del río Duero (Fig. 1).
Constituye pues una autentica cabeza de puente al Norte de esta frontera natural que lo fue también entre cristianos y musulmanes a lo largo de mucho tiempo.
Su posición elevada la convierte en una atalaya que permite controlar un extenso territorio, y su capacidad para dar acomodo a una nutrida hueste y la existencia de un puente sobre el río justo a sus espaldas hacían de ella una formidable base de operaciones para cualquier ataque hacia el Norte.
La información que nos proporcionan tanto las crónicas cristianas como las musulmanas indican que fue plaza muy disputada y que cambió de manos en diversas ocasiones a lo largo de los siglos IX al XI.
Tanto el sólido aspecto de su construcción como su envergadura y, sobre todo, distintos detalles constructivos y formales permiten afirmar que lo principal de sus estructuras se debe a manos musulmanas y en concreto a la acción de un potente estado como era el de los emires y califas omeyas de Córdoba.
Diversas crónicas cristianas nos dan noticia de su conquista por los musulmanes en los años 925, 940 y 983, lo que indicaría otras tantas reconquistas cristianas.
Maqqari nos relata una reconstrucción realizada por el general omeya Galib en el 965-966, en tiempos de al-Hakam II, después de una supuesta destrucción del castillo por los cristianos, hecho que podría estar confirmado por la existencia de una inscripción que se supone procede del castillo y que contiene el nombre de dicho califa 2.
Parece que pasó definitivamente a manos cristianas en 1059, aunque no se libró de nuevas acometidas hasta poco antes de la conquista de Toledo que trasladó la frontera mucho más al Sur.
Tradicionalmente se ha venido considerando que la mayor parte de las estructuras conservadas corresponden a la obra realizada por Galib en la fecha antes mencionada3, aunque Zozaya, en trabajos recientes, ha apuntado una posible datación más antigua que llevaría incluso a tiempos de Abd al-Rahman I 4.
Tras la definitiva conquista cristiana, la fortaleza estuvo en tenencia por diversos señores, entre otros por el Cid, y aún en el siglo XIV, con motivo de las guerras de Pedro I, fue objeto de importantes obras de reparación y reconstrucción.
Posiblemente en este momento se divida el recinto creando un núcleo residencial y último reducto de defensa en el extremo oriental 5 en donde se levanta una torre con puerta en recodo por su base para acceder a este espacio.
Las excavaciones realizadas por Banks y Zozaya 6 han permitido identificar un asentamiento urbano dentro del perímetro de murallas en esta última fase.
El castillo tiene forma irregular muy alargada, adaptada a la plataforma del cerro en que se asienta, desarrollándo- se en dirección este-oeste con más de 380 m de frente, mientras su dimensión máxima norte-sur no sobrepasa los 63 m en el punto de mayor anchura y llegando a tan sólo 17 en el lugar más estrecho.
Sus murallas están reforzadas con 27 torres que presentan muy poco saliente respecto de los lienzos, como suele ser habitual en las fortificaciones primitivas islámicas de la Península7.
Como tendremos ocasión de analizar más adelante, pese al aspecto que actualmente muestran a primera vista, la casi totalidad de las torres eran macizas, como suele ser también habitual en las fortalezas musulmanas más antiguas.
Avanzando una de las tesis de este trabajo, debemos decir que en gran parte del castillo existen evidencias de una fortaleza anterior, de iguales dimensiones y trazado, construida con muros de tierra, que fue reforzada en un momento posterior mediante un forro de fábrica de piedra y mortero.
De esta primera muralla apenas queda nada material, pero sí puede seguirse su presencia «en negativo» a través de su impronta en el forro añadido, que constituye la mayor parte de lo que hoy vemos.
El frente norte presenta un aspecto más regular con un trazado casi recto, con 15 torres dispuestas a intervalos bastante regulares (Fig. 2), mientras en el lado sur la muralla sigue un trazado curvilíneo más irregular y con las torres más distanciadas.
Bien es cierto que en este frente se han producido abundantes derrumbes debido al colapso de la base geológica del cerro que alterna estratos calizos bastante compactos con otros de areniscas, cuya fácil erosión socava a los anteriores produciendo su agrietamiento y caída por la ladera.
Algunos de estos derrumbes son antiguos pues han provocado reconstrucciones de la muralla aún en época medieval.
Tal es el caso de la zona por la que hoy se accede al castillo que presenta un largo lienzo sin torres y con el hueco de una puerta ojival Fig. 2.
Muralla norte del castillo desprovista actualmente de sus elementos de cantería.
Esta muralla es claramente una refacción pues está hecha con un aparejo totalmente distinto, tiene menor grosor y, sobre todo, se aprecia perfectamente en su extremo occidental cómo se retranquea de la línea de la muralla primitiva cuyos fragmentos aún pueden verse por la ladera del cerro.
METODOLOGÍA DE LA DOCUMENTACIÓN
Aunque sea un resultado menor, la aportación de una planimetría fiable de la puerta principal del castillo de Gormaz creo que tiene un interés nada desdeñable, ya que de este imponente monumento apenas existe documentación planimétrica 8.
En estos tiempos, en que el uso de los escáneres de láser está creando unas expectativas no siempre bien fundadas sobre su uso y aplicación a la documentación del patrimonio, puede merecer la pena hacer una somera reflexión sobre su verdadera utilidad en el momento actual.
Podríamos decir que esta tecnología se encuentra, en cuan-to a sus posibilidades de utilización en este campo, en una situación parecida a la que nos ofrecía la fotogrametría hace treinta años y que podríamos definir de este modo: instrumentación muy costosa, muy voluminosa y pesada y que requiere de personal y equipos de post-procesado muy especializados e igualmente costosos.
Para transportar un equipo de escáner hacen falta no menos de dos personas, disponer de toma de corriente o añadir al material a transportar unas pesadas baterías, etc. Esta es seguramente la tecnología del futuro, pero le falta aún algunos avances técnicos y sobre todo, reducción de peso y de costo.
La irrupción de esta tecnología parece que haya dejado un poco olvidada a la fotogrametría, que sin embargo ha logrado una madurez que me temo se está desaprovechando por poner la mirada en las nuevas tecnologías que parece que nos prometen un automatismo que nos libere de la ardua labor del dibujo.
Ya he apuntado en otras ocasiones que esta posible ventaja encarna serios inconvenientes y riesgos 9.
Como prueba de lo que acabamos de decir puede ponerse precisamente la documentación de la puerta del castillo de Gormaz (Fig. 3) que aquí presentamos.
Este trabajo se 8 El plano más fiable es el publicado por Banks y Zozaya (1984) aunque carece de escala gráfica.
En los años setenta se realizó un plano fotogramétrico por encargo del arquitecto Manuel Manzano Monís con motivo de las obras de restauración por él realizadas.
Dicho plano no se ha publicado y desconozco su paradero actual.
Zozaya también ha publicado una planta de la puerta (1984: 661). inició sin una planificación previa, siendo fruto de una visita al castillo de carácter casi turístico10.
Está realizada con una cámara fotográfica digital Nikon Coolpix N5000 de 5 Mpixeles que cuando se adquirió era una opción avanzada dentro de lo que ofrecía el mercado en ese momento.
Hoy hay cámaras que dan el doble de resolución por menos de la mitad del precio que costó ésta11.
Digamos que lo único que se le debe exigir a una cámara para estas aplicaciones es que permita un enfoque manual (desactivación del sistema de autofoco) para poder trabajar con una posición de enfoque fija para la cual se calibra la cámara.
Esta operación de calibración, imprescindible para el uso fotogramétrico de las imágenes12, requiere un día de trabajo y disponer de un software especial, pero una vez efectuado no se necesita repetirlo más que al cabo de unos dos años si se quiere comprobar la validez de los datos de calibración.
Las fotografías que se han utilizado en este caso son las que aparecen en las Fig. 4 y 6.
La toma de datos complementaria que puede verse en el croquis de la Fig. 5 se realizó con un distanciómetro de láser Leica Disto.
Todo el proceso no requirió de más de quince o veinte minutos, aunque es obvio que estuvimos mucho más tiempo en el lugar y obtuvimos muchas más fotografías.
Para la restitución estereoscópica se ha utilizado el software VSD desarrollado en el politécnico AGH de Cracovia (Polonia) por el Prof. Jozef Jachimski13.
Este software sólo necesita un simple ordenador con Windo-ws98 al que se acopla un estereoscopio de espejos delante de la pantalla que permite observar el par de fotografías en tres dimensiones y dibujar directamente sobre él (Fig. 6).
Con este software se pueden hacer restituciones de objetos tridimensionales partiendo de simples referencias observadas en el propio objeto (un plano vertical u horizontal definido por puntos del objeto, una línea vertical u horizontal complementaria, una o varias distancias entre puntos...)14.
Con estos simples datos se puede hacer una medición y representación gráfica tridimensional (Fig. 7, 8, 9).
Utilizando el propio restituidor se obtuvieron coordenadas de puntos visibles usadas posteriormente para realizar la rectificación fotográfica del plano de la fachada de la puerta (Fig. 10).
Esto se ha efectuado mediante el software ASRix15 desarrollado por Steve Nickerson (Fig.
El acceso principal al castillo siempre se hizo por el frente sur, pues aparte de que la ladera es más suave por ese lado y el soleamiento mayor, lo que evitaría hielos en el camino de subida, razones estratégicas como que el territorio «amigo» de los constructores de la fortaleza y la presencia del puente que con él comunica se encuentren en ese lado, así lo aconsejaron.
Desde que Zozaya interpretó que la torre ubicada aproximadamente en el centro del frente meridional albergaba una puerta en recodo, se ha venido aceptando la existencia de al menos dos puertas en el castillo califal, aunque incluso se ha apuntando la existencia de una tercera en donde en época posterior se abrió la que hoy se usa como acceso habitual.
Existen además dos poternas abiertas hacia el norte, una prácticamente enfrente de este último acceso 18 y otra dentro del alcázar.
A este respecto he de manifestar que me resulta difícil admitir y justificar la existencia de tantas puertas para un recinto militar único.
De la última mencionada no hay ningún dato fiable que la corrobore19.
De la supuesta puerta en recodo, que estaría formada por un arco hacia el exterior, una sala intermedia y otro arco hacia el interior20, tampoco hay ningún resto que permita aseverar que existió el supuesto vano exterior, por lo que una interpretación también posible sería considerar que se trata de una simple torre hueca con sala interna y su correspondiente puerta de acceso desde el interior del castillo a través del arco conservado.
También es posible que haya pasado por ambos usos, pero sin que funcionaran simultáneamente más de un acceso principal en el castillo, pues no parece muy lógico y no es habitual que una fortaleza disponga de dos puertas abiertas en la misma dirección y a escasa distancia una de otra21.
Sistema digital de rectificación fotográfica ASRix
La puerta principal del castillo, objeto primordial de nuestro análisis, se abre en el lado sur del tercio occidental del recinto (Fig. 1), en un frente de muralla de 16 m que avanza apenas 1.30 m respecto a los lienzos adyacentes (Fig. 3).
Aunque a primera vista dé la impresión de formar parte de una torre de gran anchura, un análisis más cuidadoso nos muestra que en realidad se trata de dos torres que dejan entre ellas el espacio de la puerta, que se encuentra retranqueada, como es lógico, en la línea de la muralla, aunque un arco a mayor altura une los frentes de ambas torres produciendo esa imagen de muro continuo.
Ambas torres arrancan sobre zarpas formadas por hiladas de piedras dispuestas en sucesivos retalles hasta alcanzar la altura del umbral de la puerta, y que sirven para absorber las irregularidades del terreno.
La construcción está realizada en piedra labrada aunque sin refinamiento, dejando gruesas juntas que se rellenan con mortero de cal.
Las piedras están aparejadas al modo de muchas otras construcciones militares de la zona, con una extraña abundancia de piezas colocadas con su mayor dimensión aparente en sentido vertical.
A este tipo de aparejo se le ha venido denominando de tizones, término del que discrepamos pues en casi ningún caso estas piedras atraviesan o se introducen profundamente en la fábrica como cabría esperar de un tizón.
Más adelante volveremos sobre este aspecto particular.
Sólo esporádicamente, y en todo caso en las esquinas, se colocan piedras a soga.
Tras el arco que cabalga sobre ambas torres (Fig. 12) y hasta el que constituye propiamente la puerta, situado 1.26 m. más atrás, queda un espacio o hueco que permitía a los defensores hostigar a quien se arrimara a la puerta sin poder ser batidos por otros atacantes situados a cierta distancia (Fig. 9).
Este dispositivo es lo que se conoce como una buhera o buhedera22, muy utilizado en la arquitectura militar, tanto cristiana como musulmana.
Lo más llamativo y característico de esta puerta es precisamente este arco exterior que presenta forma de herradura con un trazado típico de los arcos califales, como tendremos ocasión de analizar (Fig. 7, 10).
Este arco tiene una luz de 2.76 m. y en la actualidad una altura hasta su clave de unos 7 m, al encontrarse el suelo exterior muy rebajado por efecto de la erosión.
El arco arranca de las características impostas en forma de nacela planas por la cara exterior.
Su despiece apenas resulta visible, pues se recubrió con un fino enlucido que seguramente estaría pintado con un dovelaje fingido, habitual en el arte califal.
A pesar de ello, llega a vislumbrarse que está enjarjado en parte de su desarrollo y adovelado en la zona central.
Una moldura a modo de filete recto marca la línea del trasdós hasta la base de las impostas, aunque aquí se ha perdido la forma de remate.
Como es norma en lo califal, la línea del trasdós está descentrada respecto a la del intradós.
Bordeando el arco existe un arrabá o alfiz formado por una banda lisa recercada por un filete que se extiende por los laterales y la parte superior como las destinadas a albergar alguna decoración, generalmente geométrica, o un registro epigráfico como los que aparecen en múltiples composiciones califales, especialmente de al-Zahra o de la mezquita cordobesa.
Es posible que esta banda albergara también en su día alguna leyenda epigráfica pintada sobre el enlucido que aún hoy se conserva cubriendo la fábrica de piedra.
La austera composición, adecuada en una estructura militar, sirve no obstante para dar una seña inconfundible de identidad respecto a la autoría de esta obra.
Sería difícil encontrar un símbolo más inequívoco de adscripción cultural y también política de esta fortaleza, que este arquetipo de arco que sintetiza, como posiblemente no lo hiciera ningún otro elemento, la cultura y el estado que lo levantaron.
Casi inmediatamente por encima del arrabá termina la fábrica de sillarejo con que está construida la puerta y la mayor parte del castillo y continúa un aparejo mas menudo que forma el peto y las almenas que corrían homogéneamente a todo lo ancho del coronamiento de la puerta.
De éstas se conservan tres incompletas y el arranque de otras dos, en la parte derecha.
La parte izquierda ha sufrido mayor deterioro, faltándole más de un metro de la fábrica de la torre y todo el peto y el almenado.
Al menos una saetera se ha conservado abierta dentro de la altura del peto, y por tanto a ras del camino de ronda.
Es previsible que hubiera otra simétrica en la zona destruida.
La diferencia de aparejo que se observa entre el cuerpo de las torres y su remate almenado hace sospechar que este último sea fruto de una refacción tardía, en parte también por su similitud con el que aparece en el lienzo de muralla reconstruido tras el hundimiento de la fábrica islámica en donde hoy está el acceso habitual.
No obstante, creemos que para llegar a afirmaciones de este tipo es necesario un estudio completo y detallado de todos los paramentos del castillo, ya que en el propio frente de la puerta se aprecia distinto aspecto de la mampostería en las zonas bajas y en las altas, hecho que puede deberse simplemente a haber usado piedras más pequeñas en estas zonas altas por razones obvias de la mayor dificultad de hacer subir materiales más pesados.
Por tanto, no todo cambio aparente de aparejo implica necesariamente una diacronía y resulta necesario estudiar simultáneamente otros temas como los morteros, enlucidos etc., para poder llegar a establecer cronologías relativas.
El arco que constituye propiamente la puerta se sitúa, como ya hemos dicho, en la línea de los lienzos de muralla adyacentes.
Es de notable menor altura que el que describimos anteriormente y ligeramente mas estrecho, ya que respecto a los paramentos laterales de las torres se reduce en el saliente de las mochetas que protegían los laterales de las hojas de cierre.
Así, la puerta tiene 2.43 m de ancho y 3.51 m de alto, medida ésta cierta ya que se ha conservado el umbral.
Como veremos, su forma y diseño es muy similar al del arco de la buhera, aunque carece de arrabá y seguramente tampoco tuvo remarcado el trasdós.
Tras las mochetas y el arco se encuentran los huecos de las gorroneras superiores y quicialeras inferiores para el giro de las hojas, abiertos en los correspondientes bloques de piedra (Fig. 14).
Los de los huecos inferiores son dos fragmentos de cornisas romanas reutilizadas, ya que se aprecian sus molduras por el frente del umbral.
Los bloques que contienen las gorroneras están empotrados a la altura del inicio de la bóveda de cañón que cubría el paso de la puerta a continuación del arco y que tiene el típico arranque en saliente (Fig. 15).
De esta bóveda sólo se conservan dos mínimos fragmentos a ambos lados, junto a las gorroneras (Fig. 13).
Su perfil coincide prácticamente con el del arco de la buhera (Fig. 8).
Este arco interno fue reconstruido en 1935 ya que, como puede observarse en fotos anteriores, le faltaba toda la rosca de dovelas, aunque se conservaba parte del muro superior 23.
Esta restauración se realizó siguiendo las pautas que marca el arco exterior, con las juntas de las dovelas convergentes en el centro de la línea de impostas, siendo por tanto correcta.
Frente al imponente aspecto y esmerada ejecución que presenta el exterior, una vista interna de las estructuras de la puerta causa cierta incertidumbre y hasta desilusión.
En toda la cara interna de la muralla no se aprecia ningún sillar ni aparejo bien concertado, salvo en las zonas estricta-Fig.
Vista interior de la puerta principal del castillo de Gormaz mente correspondientes a las jambas y al arco de la puerta (Fig. 13).
El aspecto de la fábrica resulta como inacabado, con numerosos huecos por no haberse rellenado las juntas existentes entre las piedras que además se presentan mal concertadas, aunque se sigue apreciando una tendencia a colocarlas con la dimensión mayor en posición vertical.
Resulta sorprendente que apenas se le haya prestado atención a este detalle o que en todo caso se haya achacado a una pérdida del rejuntado o enlucido interior.
Formalmente, las torres aparecen como huecas y abiertas por la gola o parte trasera, como si se tratara de bestorres 24.
Banks y Zozaya, pese a la ausencia de todo rastro de muro trasero de cierre, han llegado a afirmar que las torres alojaban en su interior cuartos para la guardia 25.
En mi opinión, y como después insistiré, todo esto es la prueba de que las torres eran macizas y se componían de dos partes correspondientes a dos fases distintas del castillo.
Una primera, compuesta por muros y torres de tierra26, y otra fase posterior consistente en el refuerzo y regrueso exterior, realizado con fábrica de mampostería, de esa muralla más antigua.
Con el tiempo, la muralla de tierra se fue desmoronando hasta prácticamente desaparecer, quedando sólo su impronta en la parte trasera de la obra de refuerzo.
Sólo en algunos sitios la muralla de tapia se construyó sobre un zócalo de mampostería que ha perdurado.
Ese es el caso de la puerta, donde se puede ver esa fábrica de mampostería a ambos lados y especialmente en el interior de las torres, que Banks y Zozaya identificaron como un relleno posterior27, pese a que se aprecia con claridad que es el forro externo el que se adosa a la fábrica interna, precisamente por el aspecto de obra mal acabada que presenta esa cara posterior y que no es sino el resultado de haberse edificado adosada a la cara vertical de la tapia que luego desapareció.
Por tanto, desde el interior del castillo, la muralla debía aparecer con un paramento plano continuo en todo su recorrido, sin que se manifestaran para nada las torres que tenían la misma altura que los adarves de los lienzos inmediatos, tal y como sucede en otras fortalezas coetáneas como Tarifa, Mérida o Trujillo.
Esto queda además corroborado en la zona oriental, en donde, por razones que desconocemos, no se conservó nada de la obra de tierra reconstruyendo la muralla y sus torres en todo su espesor, por lo que presenta igual aspecto tanto por la cara externa como por la interna (Fig 20).
El trazado de la puerta es plenamente acorde con el sistema compositivo habitual en el período califal 28.
Puesto que el elemento principal, no sólo por su mayor visibilidad, sino por ser el más importante desde el punto de vista tectónico, es el arco exterior de la buhera, es éste el que va a atraer primeramente nuestra atención en el análisis de la forma en que está diseñado.
En todo caso, el carácter austero de una construcción de tipo militar hace que el sistema utilizado sea bastante simple como vamos a ver a continuación.
La unidad de medida utilizada en el trazado y construcción de la puerta parece ser el codo ma'muniyya de 0.471 m, unidad que además de haberse usado en la mezquita de Córdoba 29 la hemos detectado en otras construcciones militares de la Marca Media 30.
El uso de este módulo queda evidenciado en el diámetro del arco que con sus 2.83 m equivale exactamente a 6 codos 31.
El trazado del arco (Fig. 17) se basa en la división del diámetro vertical del círculo en cuatro partes iguales.
El punto situado entre las dos partes inferiores sirve para definir la línea de imposta, lo que da al arco una flecha de dos tercios del diámetro.
Para el trazado del trasdós se parte de la misma línea de imposta y se divide la flecha del intradós en dos partes que constituyen los dos tercios de la flecha del extradós.
De este modo, el diámetro de éste resulta de 9 codos y el descentramiento de 3⁄4 de codo.
La altura de la clave es de 2 codos y 1⁄4.
31 De acuerdo con la teoría de Camps, el módulo de composición y trazado del arco sería precisamente 1/2 codo (Camps 1953: 34) 32 Vallvé 1976. banda que bordea el arco, semejante a los registros destinados a contener epigrafía, tiene 1 codo de ancho, todo ello deducido de los valores medios de sus medidas reales, sin duda afectadas por las irregularidades introducidas en el proceso de ejecución.
Parece que la definición del arrabá se hizo sobre la base de un rectángulo apaisado de proporción 1/√2 (lado y diagonal de un cuadrado).
La longitud mayor de este rectángulo es de 13 codos y la altura de 9 codos y 2 palmos aproximadamente.
Finamente, la altura total del vano, teniendo en cuenta la indefinición actual del nivel del suelo primitivo, parece haber sido de 12 codos, es decir, dos veces el ancho del arco.
En cuanto al arco interno, sus medidas y disposición dan la impresión de haber estado subordinadas a las del arco externo.
La relación entre ambos parece haber sido que la clave del primero se hizo coincidir con la línea de impostas del segundo.
La anchura del vano tuvo que estrecharse para poder dotarlo de mochetas que protegieran los laterales de las hojas de cierre y quedó reducido a 5 codos y 4 dedos.
Las fórmulas de su trazado son semejantes: la flecha del arco es de dos tercios del diámetro, y en este caso no se enfatiza el trasdós, por lo que no se usa el procedimiento que hemos visto aplicado al arco externo.
La altura total del vano no responde aparentemente a ninguna relación concreta, pues tiene aproximadamente 7 codos y medio.
Finalmente, el frente total de la puerta incluyendo las dos torres de flanqueo es de 34 codos, correspondiendo 14 codos a cada torre y 6 al vano central.
Aunque no tenemos certeza de la altura del adarve primitivo, si lo imaginamos situado a la altura en que termina la fábrica que suponemos califal, sería de 17 codos respecto al umbral de la puerta.
El grosor de los arcos es de 18 dedos, 3⁄4 de codo, y el retranqueo del arco de la puerta respecto al de la buhera es de 2 codos y 16 dedos (2 codos y 2 /3).
La muralla primitiva tenía un espesor de 4 1 /3 codos, el frente de sus torres era de 8 codos y su saliente de 3 1 /3 codos.
El regrueso califal de la muralla varía entre 2.5 y 3 codos.
Del modo de construcción sólo podemos añadir que el despiece del aparejo de los arcos es igualmente semejante a otros del periodo califal.
Ambos arcos están enjarjados en los dos tercios inferiores de su flecha y adovelados en el tercio superior con las juntas convergentes al punto central de la línea de impostas (Fig. 18).
De todo este análisis podemos sacar la consecuencia de que el sistema utilizado para diseñar el arco es en todo acorde con el de los arcos del periodo califal, especialmente los de la época de al-Hakam II.
El descentramiento del trasdós, la flecha de 3⁄4 de la luz del arco y la convergencia del despiece de dovelas al centro de la línea de ejecución distinguibles claramente por la muy distinta técnica utilizada.
Existió una muralla, de la que apenas quedan restos materiales, realizada con fábrica de tierra que dispuso, al menos en algunas zonas, de un zócalo de mampostería.
De esta muralla antigua solo queda como resto material ese zócalo, visible en algunas zonas (Fig. 24) y posiblemente aún enterrado en otros tramos.
Este zócalo, que servía tanto para aislar la fábrica de tierra del terreno y evitar, al menos en parte, la ascensión de humedad por capilaridad, como para establecer un nivel horizontal sobre el que levantar los cajones, tiene una altura variable según van marcando las irregularidades del terreno.
De la fábrica de tierra no hemos podido localizar ningún resto, lo que nos hace pensar que estaba realizada exclusivamente con tierra compactada, que con el paso del tiempo se fue desmoronando hasta no dejar ningún resto en pie.
No lejos de Gormaz podemos encontrar una construcción que se puede suponer semejante a la que existió en el castillo.
Se trata de las murallas de San Esteban de Gormaz38, para cuya datación no existe ningún dato fiable, aunque se supongan levantadas en el siglo IX39.
En este caso se ha conservado algo mejor, pero se advierte perfectamente su continuo proceso de derrumbe y desaparición.
Sin embargo, este muro antiguo ha dejado una huella clarísima que certifica, sin lugar a dudas, su existencia pasada.
Se trata, como ya hemos comentado, del paramento interno que hoy presenta la muralla en la mayor parte del perímetro de la fortaleza (Fig. 19, 20, 21), a excepción de aquellas zonas en las que fue reconstruida en períodos posteriores, seguramente por ruina de la muralla islámica.
El refuerzo añadido en época califal apenas alcanza un espesor de 1.5 m, realmente insuficiente para lo que debe tener una muralla con su adarve que permita una cómoda circulación de la tropa40, por lo que no puede ser considerado como una muralla completa.
Este paramento interior aparece como una fábrica de mampostería mal concertada, con abundantes rebabas de mortero que dejan numerosos huecos en los intersticios de las piedras y carece de una superficie bien alisada por medio de una paleta o instrumento similar y que por tanto no puede ser considerado un rejuntado de la fábrica (Fig. 22).
Pero a pesar de ello, este mortero, en donde existe, presenta una superficie Fig. 18.
Trazado compositivo del arco de la puerta de impostas son rasgos típicos del diseño de época avanzada, existiendo una gran similitud con los arcos de las puertas de la ampliación de al-Hakam en la Mezquita de Córdoba y especialmente con la llamada Puerta del Chocolate 33.
También guarda similitud con el de la puerta del castillo de Tarifa 34.
Esta forma de trazar los arcos difiere de la de los de época más antigua como el de la Bab al-Wuzara' 35 de la Mezquita, de tiempos de Muhammad I o las puertas de Ágreda 36 y Calatayud 37, que poseen trasdós concéntrico y dovelaje despiezado al centro del arco, posiblemente del siglo IX.
Por tanto, creemos que el diseño de la puerta cuadra perfectamente con la inscripción ya citada de tiempos del segundo califa, que aunque no pueda asegurarse su procedencia del castillo ni que se refiera expresamente al mismo, hay razones suficientes como para pensar que sí tiene relación con él.
LA MURALLA DE TIERRA Ya apuntamos al comienzo de este trabajo el hecho de que en la construcción de la muralla de época islámica del castillo de Gormaz se observan con claridad dos periodos prácticamente plana y vertical, fruto, sin duda, de haber sido puesto en obra contra una superficie vertical preexistente.
Es decir, la fábrica hoy visible es el resultado de un refuerzo añadido a una muralla anterior que, al haber desaparecido por su menor durabilidad, ha dejado en la obra adosada el aspecto característico de su falta de compacidad e irregularidad de su acabado superficial por no ser visible en el momento de su ejecución.
Aunque son bastante numerosos los casos en que se producen estos efectos, han pasado con demasiada frecuencia inadvertidos por parte de investigadores y estudiosos.
Un caso especialmente llamativo hemos tenido ocasión de verlo y analizarlo en el Castillo de San Miguel de Almuñecar (Granada) 41.
Esta fortaleza tuvo murallas y torres construidas con tapia de escaso contenido de cal que han sufrido a lo largo del tiempo grandes deterioros.
Posiblemente en época nazarí, diversos lienzos del castillo fueron regruesados con fábrica de mampostería para hacerlos más resistentes a los efectos de la artillería y especialmente se reforzó todo el frente norte por donde estaba el acceso.
La torre central de este frente fue fortalecida con la adición de muros de casi 3 m de espesor mientras las murallas se reforzaban con recrecidos de 1 m de ancho.
Todavía a finales del siglo XV los ingenieros de los Reyes Católicos, para construir la nueva barrera artillera, lo hicieron regruesando también un antemuro islámico de tapia.
La falta de consistencia de las fábricas primitivas fue provocando su disgregación mientras que las nuevas fábricas de mampostería se conservaron bastante mejor hasta el punto de que en algunos sitios desapareció la primera quedando la segunda casi exclusivamente, presentando la característica superficie de contacto que hemos comentado.
Este fenómeno se acentuó incluso con una errónea interpretación de este proceso que provocó el que se excavaran y eliminaran los materiales que constituían la primitiva torre central del lienzo norte, dejando una supuesta sala interior en la torre que no era sino el negativo de la primitiva, como aún puede verse.
El acceso a esta supuesta sala se hace precisamente a través del espacio de la muralla de tapia que entestaba contra la torre, también eliminada, y que deja un pasadizo entre la mampostería del refuerzo.
Curiosamente todos estos detalles han pasado inadvertidos a distintos estudiosos del castillo, debido, entre otras cosas, a no haber realizado un correcto levantamiento de planos y a la inadecuada identificación del aspecto característico de las fábricas adosadas cuando queda visible la facies de contacto.
Cada vez más van apareciendo testimonios de la existencia de murallas de tierra que en muchos lugares parecen haber sido las primeras defensas con que contaron muchas ciudades andalusíes42.
El carácter degradable de este material ha sido causa de su ruina y desaparición, muchas veces ya en época medieval, cuando sobre todo a partir del siglo XII se sustituyen muchas murallas urbanas por otras nuevas de tapia de hormigón de cal o al menos de tierra reforzada con este conglomerante.
Sólo en casos como el que nos ocupa, cuando en lugar de sustituir la muralla antigua se la refuerza con un regruesamiento, han quedado vestigios, bien porque los forros han preservado algo de la fábrica antigua o bien porque, como en nuestro
Lo difícil en estos casos es interpretar correctamente los rastros dejados por su presencia.
Esta incorrecta interpretación de las fábricas de refuerzo se ha producido claramente en el caso de Gormaz.
Así, Pavón llega a decir que las torres que flanquean la puerta son huecas43, y Zozaya hace una apreciación semejante respecto a las torres del castillo44 e incluso llega a hablar de cuartos para la guardia en las torres de la puerta45, mientras que nadie ha reparado en el extraño aspecto que presentan las caras interiores de las murallas y torres tal como hoy se nos aparecen46.
Sólo Gurriarán parece fijar su atención en el acabado que la fábrica presenta por el interior al describirla como «sin trasdosar», pero sin llegar a identificar su verdadera naturaleza 47.
Se podría pensar que esta superficie fuera el resultado de haber encofrado la cara interna de la muralla mediante tableros de madera.
Es cierto que este tipo de soluciones se utilizaron en algunas construcciones medievales.
Así se aprecia en el muro exterior de la iglesia y el claustro de San Juan de Duero de Soria (Fig. 23) o en la fachada meridional del castillo de Mora de Rubielos (Teruel), por citar sólo algún ejemplo.
Pero en estos casos, aparte de que se pueden ver con bastante facilidad las huellas de los costeros e incluso de las agujas, se aprecia siempre una claro intento de aparejar bien la piedra y de no dejar huecos ni coqueras visibles en la cara después de desencofrar, existiendo, por tanto, mayor abundancia de mortero, lo que facilita también que queden más marcadas las tablas del encofrado.
Por otro lado, este tipo de soluciones constructivas se suelen aplicar en muros de escasa prestancia, y a nuestro entender sería bastante inaudito que se hiciera en una fábrica que por su cara externa se nos presenta como una auténtica sillería.
De hecho, en la zona oriental, en donde por razones que desconocemos no se reaprovechó la muralla de tierra, la muralla califal tiene su cara interna perfectamente aparejada y con aspecto muy semejante a la cara exterior (Fig. 20).
Existen en el castillo muchas zonas en que se puede identificar con claridad esta realidad.
Un lugar de especial interés puede verse justo enfrente del acceso actualmente utilizado correspondiente a la cara interna de la muralla septentrional.
Todo el paño presenta el aspecto característico ya descrito de fábrica prácticamente sin aparejar y con abundantes huecos.
Pero en su lado derecho, a escasa distancia de la muralla que cierra interiormente la alcazaba, se produce un quiebro del paramento hacia el interior y a partir de este punto la muralla presenta su cara interna perfectamente aparejada con similar forma y acabado que por el exterior (Fig. 20).
El quiebro no se produce con planos verticales, sino que el frente perpendicular a la muralla presenta un extraplomo y un aspecto mucho más rugoso e irregular.
La interpretación de esta huella resulta bastante obvia.
Por razones que desconocemos, parece que en toda la zona oriental, en donde está la alcazaba construida posteriormenete, no se aprovechó la muralla de tierra sino que se rehizo todo el muro ex novo.
Fue en este punto que acabamos de describir en donde quedó interrumpida la fábrica antigua con un plano de corte inclinado y rugoso.
Precisamente la dimensión del quiebro que presenta este paramento interior nos da el ancho de la primera muralla en este punto que era de 1,73 m.
Otros puntos interesantes de analizar son varias de las torres del lado norte (Fig. 19, 21).
Presentan éstas la huella de las torres antiguas que crean un hueco en el que la fábrica de refuerzo aparece con su aspecto característico ya descrito.
Pero a partir del nivel en que se puede suponer que estuvo el adarve de los lienzos laterales, el muro del frente de la torre se estrecha y aparece con la cara interna muy bien rejuntada, casi enlucida, lo que indica que quedaba visto.
Al nivel del adarve superior de la torre se aprecian en varias de ellas mechinales de las vigas de un forjado, colocadas en dirección perpendicular al frente de la torre, lo que obliga a pensar que existía un muro paralelo al anterior en que apoyaban los otros extremos de la vigas, dejando una cámara interior a nivel del camino de ronda de las cortinas de la muralla.
Toda la parte de esta cámara que apoyaba sobre la fábrica de tapia ha desaparecido junto con ésta.
La existencia de saeteras en los frentes de las torres abunda en esta misma idea.
Una cuestión a nuestro entender nada clara es si esta parte alta de las torres es coetánea con el regrueso califal o es fruto de intervención más tardía.
El hecho de que las torres que flanquean la puerta no presenten tal recrecido, así como la presencia de ladrillos en las esquinas interiores y en el peto de los adarves, nos induce a pensar que corresponden a una fase posterior.
No obstante, se hace necesario un análisis más detallado de los paramentos, aparejos y morteros con su adecuado dibujo, muy difícil de realizar en la cara externa por el brusco descenso que presenta allí el terreno y que dificulta incluso una adecuada observación visual, para poder llegar a conclusiones definitivas.
Como ya hemos dicho, apenas podemos dar información sobre los materiales que conformaban la muralla primitiva, aunque sí sobre sus dimensiones.
La muralla tenía un espesor de unos 2.05 m, con torres que sobresalían alrededor de 1.50 m. y presentaban un frente de aproximadamente 3.85 m.
La altura del adarve debía ser similar a la que hoy presenta la obra de refuerzo conservada.
Estas dimensiones y proporciones de las torres resultan bastante parecidas a las de las obras islámicas de fortificación más antiguas, como la alcazaba de Mérida.
Ya hemos comentado que en el lado meridional la muralla antigua contó con un zócalo de mampostería.
En la segunda de las torres situada al Este de la puerta se puede apreciar la presencia de este zócalo a ambos lados del hueco dejado por la torre de tapia (Fig. 24).
La restauración realizada al comienzo de los años ochenta por el arquitecto Manuel Manzano Monís ha venido a generar aún mayor confusión, ya que procedió a recubrir este zócalo con un pavimento de losetas de hormigón, carente de todo sentido y que produce una disonancia con los restos arquitectónicos sólo mitigada por el envejecimiento de este material moderno.
No sabemos si esta solución pudo estar inducida por la afirmación que hacen Banks y Zozaya de la existencia de una calle de ronda inmediata a la muralla y que aislaba los edificios interiores de aquélla 48.
Independientemente de que pueda existir esa circulación, pues está presente en otros lugares como la Alhambra, el hecho de que carezcamos de una planimetría de la excavación y de que, además, la calidad con que se publicaron las fotografías de ésta en el trabajo de estos dos autores no consiente apreciar bien los detalles, nos permite plantear la hipótesis de si el espacio no edificado que encontraron los excavadores no correspondía precisamente a la zona que ocupaba la muralla de tierra desaparecida.
Poco más podemos decir por ahora de esta muralla.
LA OBRA CALIFAL De la que sí podemos hacer un análisis algo más detallado es de la fábrica califal que se identifica por la utilización de piedras de gran tamaño en las esquinas y, sobre todo, por la colocación de hiladas de piedras puestas de canto, disposición muy poco acorde con la lógica constructiva (Fig. 25).
Este tipo de aparejo es característico de muchas fortalezas de éste período, sobre todo de la Marca Media.
Los casos más representativos de estas fábricas estarían, aparte de en este castillo de Gormaz (Soria), en las torres de Mezquetillas (Soria) 49, del Andador de Albarracín (Teruel) 50, y en los castillos de Zorita 51, Uclés 52, Cuenca 53 y Alpuente 54 (Valencia), entre otros.
Se trata de aparejos dispuestos en hiladas regulares realizados con piedras escuadradas de labra bastante cuidada y colocadas con su dimensión mayor visible en dirección vertical.
Este tipo de disposición es considerado un reflejo de los aparejos cordobeses presentes sobre todo en la mezquita de la capital y en los edificios de Madinat al-Zahra.
Desde un punto de vista constructivo es difícil admitir sin más esta relación ya que en las fábricas utilizadas en Córdoba lo que encontramos es el empleo de unos sillares de medidas estandardizadas 55 colocados con una alternancia de sillares dispuestos a soga y a tizón, que con el paso del tiempo incrementa paulatinamente estas últimas piezas que llegan a ocupar tanto espacio en el paramento como las primeras.
Estas fábricas suelen estar cuajadas de sillares, sin relleno de mampostería menuda, y cuando se observan en sección horizontal se puede ver que las sogas de la cara van acompañadas por piezas similares en el interior que alternan con las dispuestas en sentido contrario tanto a los lados como en las hiladas superior e inferior.
En suma, se trata de un sistema inteligente y práctico de aparejar muros de sillería con piezas que se extraían de las canteras con unas dimensiones apropiadas para su fácil transporte y adecuado asiento en obra.
La mayor parte de las obras existentes en zonas periféricas y especialmente en la Marca Media no obedecen a este concepto.
Los llamados aparejos atizonados creo que no pueden, sin más, considerarse un puro reflejo de las fábricas califales cordobesas.
Las de esta zona de las fronteras están realizadas con piezas que en muchos casos no son ni sogas ni tizones, ya que las dimensiones de su cara visible no corresponden a las de un sillar a soga, pues su altura es mayor que su longitud y, además, tampoco se trata de piezas que en la mayoría de los casos atraviesen el espesor del muro, razón por la que no pueden considerarse tizones.
Al igual que ocurre en Gormaz, las piedras se colocan formando las caras mientras el interior del muro se rellena con argamasa y mampostería menuda.
Podría pensarse que, a falta de canteras que pudieran producir sillares como los que se labraban en Córdoba, bien por no ser del mismo tipo de piedra que facilita su extracción y labra o bien por utilizar una mano de obra distinta y no habituada a esa forma de trabajo, se utilizó un remedo de aquéllos.
Es cierto que fábricas compuestas exclusivamente por tizones se usaron en la capital pero casi exclusivamente para cimentaciones 56, y como forma más sencilla de cuajar el muro, pues en estos casos no se plantea una preocupación por evitar la continuidad de las juntas verticales, que es uno de los problemas constructivos que presenta esta forma de edificar.
Pienso que muy probablemente esta forma de aparejar los muros obedece más a una tradición adscripciones cronológicas pues parece haber factores, como la mayor facilidad o dificultad de puesta en obra, que condicionan la forma y aspecto de las fábricas.
En el paramento en que se abre la puerta y que forzosamente hemos de considerar de construcción unitaria junto con los arcos y alfiz, se observan diferencias bastante importantes entre las zonas bajas y las altas, que como ya hemos indicado, no pueden deberse a facturas diacrónicas.
Por tanto, y como apunta Gurriarán 62, parece difícil poder sacar conclusiones definitivas exclusivamente a partir de los aparejos, pues la variedad y adaptación a circunstancias no siempre conocidas parece ser muy grande como para poder asegurar la existencia de sistemas universales.
Aparte de obviedades metodológicas como la necesidad de partir de una buena documentación para abordar cualquier análisis de arquitectura, y de la necesidad de contar con experiencia suficiente para poder realizar una identificación e interpretación correctas de las huellas y testimonios de los procesos constructivos, en lo que atañe a la historia de Gormaz, nuestro estudio ha llegado a conclusiones simples, pero creemos que interesantes.
Por un lado, aportamos algunos datos adicionales sobre la datación de las partes más sustanciales y emblemáticas de esta fortaleza.
El análisis dimensional y compositivo de la puerta del castillo confirma, a nuestro entender, las hipótesis más tradicionales que consideran las partes mas visibles de sus estructuras como obra de Galib, según relata la crónica de al-Maqqari, bajo el mandato de al-Hakam II en el año 965-66.
Como acabamos de decir, la forma del arco y su trazado así lo corroboran, haciendo difícil de admitir que sea de fecha muy anterior.
Pero por otro lado, lo más interesante es constatar la existencia de una obra más antigua, reaprovechada en gran parte en la reconstrucción o refuerzo califal, que aunque perdida por la acción del tiempo ha dejado suficiente huella como para poderla identificar e incluso saber de su forma, dimensiones y material constructivo.
La existencia de esta obra anterior permite conjugar algunos de los argumentos esgrimidos para una datación más antigua de la obra que hoy vemos, como es la cita de Gormaz en las fuentes en fecha más temprana y la presencia de materiales arqueológicos más antiguos.
Evidentemente, no poseemos prácticamente ningún dato que nos permita fechar esta obra más antigua, y ni siquiera atribuirla con seguridad a musulmanes o cristianos, aunque la forma y disposición de sus torres y el supuesto material utilizado en su construc-ción permiten suponer que fue obra seguramente emiral y bastante antigua, por lo menos del siglo IX, cuando parece se hacen otras obras semejantes en la zona, como las murallas de San Esteban de Gormaz.
Además, la existencia de esta obra de tierra, que forzosamente debe considerarse anterior a la de refuerzo de época califal, aporta una nueva confirmación del uso de este material desde momentos muy tempranos de la presencia islámica en la Península.
Aunque carecemos de datos para asegurar si la técnica utilizada fue la tapia o el adobe, pensamos que todo induce a considerar la primera como más probable.
Finalmente, y por la relevancia que ya hemos detectado de este tipo de vestigios, queremos llamar la atención sobre la necesidad de identificar correctamente las huellas dejadas por fábricas desaparecidas que en muchos casos aportan una valiosísima información.
La pervivencia, en tantas ocasiones, del negativo o vaciado de un objeto puede permitirnos conocer de manera muy completa la mayor parte de sus características, haciendo que su desaparición sea sólo una pérdida limitada.
Sólo su adecuada interpretación evitará que esta pérdida sea total y definitiva. |
Se analiza principalmente su fase prerrománica, en la que se ha registrado una espadaña.
Se trataría de uno de los pocos ejemplares de campanario altomedieval documentado en España, datándolo en los siglos
Este artículo tiene como objetivo presentar un nuevo ejemplar de campanario prerrománico, aparecido en la iglesia de Valluerca (Álava)1, no tanto por un interés por el objeto en sí mismo (ya de por sí interesante), sino para intentar que la problemática relacionada con estas estructuras en época altomedieval pueda ser replanteada en términos más ajustados a la realidad material.
Hasta el presente, el tema de los edificios que albergaban las campanas en la Alta Edad Media se ha planteado principalmente desde el análisis de los textos, recurriéndose a la escasa aparición de este tipo de estructuras en las imágenes de la época (con el beato de Tábara como ejemplar más destacado y referencia obligada).
Sin embargo, eran escasas las evidencias materiales documentadas arqueológicamente de forma correcta, con una asignación clara desde el punto de vista estratigráfico y cronológico de este tipo de estructuras.
Un intento de presentación del problema es el que hace J. Cantera Montenegro (1986), en el que sin embargo algunos de los ejemplos presentados carecen de una cronología bien establecida.
Presentamos ahora un nuevo caso, documentado recientemente gracias al análisis estratigráfico de un edificio que hasta hace bien pocos años era considerado como románico pero en el que se ha podido constatar la presencia de una importante fase prerrománica.
LA IGLESIA DE LA ASUNCIÓN DE VALLUERCA
COMO EDIFICIO PRERROMÁNICO La parroquia de la Asunción de Valluerca (Fig. 1) se ubica en el valle de Valdegovía, provincia de Álava.
Tiene planta rectangular, con cabecera semicircular más estrecha y baja que la nave.
La nave se cubre con cuatro tramos de bóveda de cañón apuntado y la cabecera con un cuarto de esfera.
En el frontis de la nave, encima de la cabecera, se abre una pequeña ventana abocinada que ilumina la nave.
En la cabecera se abre una estrecha ventana, seguramente en forma de saetera (está cegada al interior), rematada por una pieza de arenisca rosa en la que se labra un arco con tres arquivoltas: la inferior con medias bolas, la intermedia con un taqueado alargado y la superior con una cinta con zigzag.
Por encima de este falso arco, se labró una basta serpiente con la cabeza hacia la derecha (Fig. 2).
Dado que esta saetera está cegada por el retablo, la cabecera tiene otras dos ventanas laterales adinteladas.
Este elemento (la ventana de la cabecera) hizo que tradicionalmente fuera considerado como románico, aunque M. Portilla (1983: 46, 47, 55) hace mención de que habría elementos de raíz prerrománica (dando al conjunto, sin embargo, como románico); López de Ocáriz (1987: 11) menciona que se trata de una fórmula «arcaizante».
Gracias a la revisión de toda la arquitectura románica del territorio alavés para definir la existencia de fases anteriores, se pudo constatar que la iglesia de Valluerca cuenta con una importante cantidad de obra construida durante la Alta Edad Media (SÁNCHEZ 2007: 238-243).
No se trata, como en muchos otros casos, de pequeñas partes del edificio que han conservado vestigios.
En este caso, la obra prerrománica abarca la nave prácticamente por completo, así como parte de la cabecera (a excepción del tramo curvo).
En el trabajo citado se definió la presencia de esa nave con cabecera recta y gracias a este análisis se pudo continuar más tarde con un estudio más detallado.
En el año 2007, el Servicio de Patrimonio Histórico Arquitectónico de la Diputación Foral de Álava comenzó un proyecto para la restauración del edificio.
En ese contexto, se encargó la realización de un estudio arqueológico de los alzados de toda la iglesia (SÁNCHEZ, NEIRA 2007).
Este estudio pudo completar la secuencia constructiva del edificio, confirmando la importancia de la fase altomedieval.
La sorpresa estuvo en la aparición de un elemento totalmente inesperado y único por el momento en el elenco de edificios altomedievales a nivel regional: una espadaña o campanil exento, al sur de la iglesia.
Presentamos a continuación un resumen de la secuencia del edificio, basada en el estudio arqueológico referido, para explicar luego de manera más detenida los elementos objeto de este trabajo.
SECUENCIA CONSTRUCTIVA DE LA IGLESIA El edificio se articula en seis fases muy bien definidas.
Presentamos los resultados del análisis arqueológico de manera muy resumida, no siendo el objeto de este artículo el presentar la secuencia completa de forma exhaustiva.
Nos interesa en esta ocasión dejar constancia de los elementos relacionados con la fase más antigua del edificio (Fig. 3, 4, 5 y 6; todos estos datos proceden de SÁNCHEZ, NEIRA 2007):
Se trata de la primera construcción detectada en el conjunto, integrada por varios elementos que dan forma a un edificio de nave rectangular, con cabecera pequeña destacada, más baja que la nave, siendo el edificio algo más bajo que el actual y más corto, y con una espadaña exenta al sur, de estructura muy sencilla, de la que no conocemos el remate.
Gracias a estos nuevos elementos detectados en la lectura, estaríamos ante una obra que podría fecharse entre los siglos IX y X, englobada en el fenómeno de construcción
Ampliación de la iglesia y cabecera curva
La iglesia primitiva va a sufrir una serie de reformas durante esta fase que consisten principalmente en la elevación de los muros, añadido del tramo curvo de la cabecera y ampliación de la estructura anexa (espadaña) para unirla al conjunto.
En este momento el edificio cambia su fisonomía original, transformándose en altura y planta.
Pasa a convertirse en un templo con mayor altura, cubierta por bóvedas de cañón y con cabecera curva.
La espadaña, hasta ahora exenta, pasa a formar parte del conjunto.
El aparejo de esta fase es de albañil, de mampostería, con piezas rectangulares mezcladas con lajas, procedentes de cantera y recogidas, extraídas por capas naturales, sin tratamiento.
Se remata todo el muro con una moldura apoyada en canes de base cóncava de dolomías paleocenas.
Se le abre un vano estrecho en forma de saetera, rematada por una pieza de arenisca rosa en la que se labra un arco con tres arquivoltas: la inferior con medias bolas, la intermedia con un taqueado alargado, y la superior con una cinta ondulada.
Por encima de este falso arco se labró una basta serpiente con la cabeza hacia la derecha.
En la espadaña, que tiene esquinales de sillería, aparece labra a tallante a 45o.
Nos encontramos ante la obra que dota a la iglesia de las características por las que tradicionalmente se la ha conocido como una obra románica: canecillos, portada, bóvedas y la ventana del ábside.
Es, al fin y al cabo, la que va a determinar gran parte de su fisonomía para el futuro.
Cronológicamente resulta interesante constatar que estamos ante una obra que ha sido considerada como de un cierto «primitivismo» por parte de algunos autores (PORTILLA 1983: 45, 47, 70; LÓPEZ DE OCÁRIZ 1987: 11, 2003: 89-90, 1997: 46), principalmente por la ventana de la cabecera que presenta una serpiente en la decoración, llegando a decir M. Portilla que el ventanal sería «antiquísimo».
Ahora bien, al tratarse de una obra considerada como «románica», las fechas aceptadas en nuestro territorio serían como mucho de finales del siglo XII o más posiblemente de principios del XIII.
Sin embargo, en la actualidad contamos con elementos de juicio para proponer una cronología más antigua.
En primer lugar, tenemos el post quem de la obra de la fase 1, ejecutada probablemente entre los siglos IX o X. Luego, la aparición de la labra a tallante a 45o nos puede ayudar a situar, desde un punto de vista de las técnicas, el contexto de surgimiento de esta obra.
En general se asocia este tipo de labra a las obras románicas, siendo la más característica de este tipo de construcciones.
Sin embargo, hacia el segundo tercio del siglo XIII ya aparecen obras consideradas como románicas que empiezan a utilizar el trinchante (un ejemplo lo tenemos en la ermita de San Juan de Marquínez, con un epígrafe en la segunda fase labrada a trinchante que la data en 1226, habiendo una fase anterior labrada a tallante).
En un trabajo reciente hemos podido definir que el tallante parece haberse empezado a usar en nuestro entorno geográfico a partir de la segunda mitad del siglo XI, con las iglesias del grupo 6 del prerrománico alavés (SÁNCHEZ 2007: 328, 341).
Por todo ello, creemos que los datos nos permiten llevar la obra de la fase 2 de Valluerca a un momento relativamente temprano, que podemos situar en el siglo XII.
Las técnicas empleadas ya asumen los avances llegados con el grupo 6, apareciendo de manera muy rústica algunos motivos decorativos que serán característicos de las obras románicas más tardías.
Ampliación occidental y primeros edificios anexos
La iglesia románica va a sufrir una serie de reformas que cambiarán considerablemente la configuración del templo.
En este momento la iglesia crece hacia occidente, formándose una nave de mayor tamaño, con varias estancias anexas tanto al Sur como al Este, ocultándose los muros primitivos.
Se construye una estructura paralela al Sur que probablemente formaría el pórtico y una estancia adosada al Sureste que serviría de sacristía.
Estamos ante una fase que comprende una horquilla cronológica bastante amplia, pudiéndola ubicar durante los siglos XVII-XVIII.
Torreón para la espadaña
En esta fase únicamente se ha documentado una obra, aunque debido a su magnitud modifica sustancialmente la configuración anterior del conjunto.
Se trata de la construcción del torreón para insertar las cuerdas y motores del reloj.
Está formado por un cubo macizo alcanzando en altura la base del cuerpo de campanas de la espadaña.
La ausencia de documentación y de elementos que nos permitan concretar cronológicamente nos limita para establecer una fecha para esta fase, la cual debe situarse entre finales del siglo XVIII y principios del XIX.
Construcción de la casa cural y anexos
Es en esta fase cuando se producen las últimas actuaciones importantes sobre el edificio y cuando adquiere su configuración actual.
Las acciones realizadas más destacadas serán la construcción de los edificios anexos a la iglesia por el lado sur, como son la casa cural y la casa de juntas.
Ahora se aprecia una iglesia más elevada, a la que se le han añadido varios recrecidos para colocar la nueva cubierta.
El nuevo tejado modifica sustancialmente la estructura precedente, ya que tiene que cubrir elementos de mucha mayor superficie, combinándolos con la nave.
La iglesia se encuentra flanqueada por varios edificios de diferente Fig. 6.
Recreación de la evolución constructiva de la iglesia.
En la fase 1 se aprecia la presencia del campanario exento, al sur del edificio.
Debe tenerse en cuenta que el remate de la espadaña es una idealización.
Es muy probable que sobre la cornisa del remate que conservamos se apoyara una estructura de madera con la campana, no teniendo el arco que se ve en la imagen funcionalidad.
La magnitud de las nuevas edificaciones amplía en gran medida el volumen del conjunto.
Nos situamos cronológicamente a lo largo del siglo XIX, principalmente desde la década de 1820-30, momento en el que se documentan varias obras de esta fase.
Durante el siglo XX se procede a realizar una serie de reformas de menor calado que han dado lugar a la imagen actual del edificio.
Estas obras pueden encuadrarse a partir de la década de los años 50.
DESCRIPCIÓN DE LAS OBRAS DE LA FASE 1
La construcción primitiva está integrada por varios elementos que dan forma a un edificio de nave rectangular, con cabecera pequeña destacada, más baja que la nave.
El edificio era algo más bajo que el actual y más corto.
Esto se aprecia en el muro sur (UE 99) y en el cierre norte de la iglesia (UE 68), donde también se han registrado varias hiladas de mechinales (UE 62), hechos de obra, que nos señalan el uso de andamios anclados en la propia fábrica para la construcción.
En la cubierta (UE 29) encima de la cabecera (Fig. 7, cierre oriental de la nave) se puede ver el remate original, a dos aguas con cubierta de lajas sin labrar, evidenciando que se trataría de un edificio de menor altura.
En el frontón se observa una pequeña ventana que por el exterior está formada por piezas calizas gris azuladas locales, bien labradas, siendo su remate una pieza única con un arco de medio punto labrado en ella.
Sólo son visibles tres piezas: la del remate, la jamba norte y la parte superior de la jamba sur.
No es visible la parte baja de las jambas ni el alféizar, siendo muy difícil determinar la labra de las piezas.
Al interior forma un vano abocinado, rematado en arco de medio punto, enlucido en su totalidad, lo que no nos permite apreciar su aparejo.
En la cabecera se dan varios elementos que pertenecen a esta fase y que permiten entender su secuencia y su desarrollo: se aprecia en el cierre norte del ábside el corte (UE 115) para la cabecera románica que lo transforma en una nueva cabecera curva.
El muro original del ábside (UE 114) tiene un aparejo que combina piezas recogidas (cantos de río) con otras extraídas por capas naturales apenas desbastadas.
Se aprecia que han ido trabajando por hiladas, pero la irregularidad del material les obliga a cambiar de hilada cada poco espacio.
En casi todas las juntas hay ripios pequeños y el mortero es el mismo que se utiliza para revestir el muro.
El acabado del revestimiento no se puede apreciar por el deterioro de su superficie.
Una de las particularidades de esta edificación es la presencia de un elemento exento al edificio principal, situado al Sur.
Se trata de una estructura de planta rectangular de pequeñas dimensiones (UE 77, Fig. 8) pero más alta que el templo.
Está realizada con un aparejo que combina piezas rectangulares y cuadrangulares, con algunas más planas formando hiladas irregulares; todo ello rematado con una hilada de piezas planas, con una leve moldura redondeada a modo de cornisa.
Destaca la labra a cincel de filo cóncavo que se ha podido apreciar en algunos sillares de los esquinales.
Por sus características, creemos que podría tratarse de un campanario exento.
El edificio de esta fase se caracteriza por ser un templo bajo de una sola nave, con una cabecera pequeña destacada más estrecha y baja que la nave (Fig. 6, arriba izquierda).
La cubierta estaba realizada a base de lajas muy bastas dispues-Fig.
Aspecto de los elementos de la fase 1 en la cabecera de la iglesia Fig. 8.
Remate de la espadaña exenta al sur de la iglesia (UE 77), enmascarada por la espadaña románica y las obras posteriores.
En la imagen superior, aspecto general del muro; en la inferior, detalle de la UE 77.
El reducido espacio donde se ubica nos impide obtener imágenes en las que se aprecie la espadaña completa tas a dos vertientes.
El frontón presentaba un pequeño vano rematado en arco de medio punto.
Al sur de la iglesia tenía una espadaña exenta, de estructura muy sencilla, de la que no conocemos el remate.
Se trata del grupo más heterogéneo de los presentados en dicho trabajo.
Su forma de construir tiene como norma la economía de medios, es decir, se basan en el uso de materiales más comunes disponibles en las cercanías.
Utilizan una técnica constructiva de albañil, con un aparejo de mampostería para el que las piezas no sufren una preparación previa a la puesta en obra (SÁNCHEZ 2007: 277-281).
Una lectura más afinada del templo, realizada para su restauración, nos obligó a modificar esa primera adjudicación (SÁNCHEZ, NEIRA 2007).
Gracias a los nuevos ele-mentos detectados en la lectura completa del conjunto, estamos en condiciones de relacionar esta iglesia con los edificios que forman parte del grupo 2 (SÁNCHEZ 2007: 269-272).
En ellos, al uso de la mampostería en los muros se une la utilización de técnicas de cantero para los esquinales y vanos, apareciendo la labra a cincel de filo cóncavo en esas piezas.
Esto es precisamente lo que ocurre en los esquinales de la espadaña de Valluerca.
Una vez constatado este hecho, creemos que la ventana que se abre en el frontón oriental por encima de la cabecera podría estar labrada con el mismo instrumento.
Para comprobarlo habría que acceder hasta ella, algo que no hemos podido hacer por motivos de seguridad.
El hecho de que la fase primitiva cambie de grupo en la clasificación es ciertamente interesante, ya que nos proporciona elementos de juicio para situar cronológicamente la obra, que se enmarcaría en un contexto social y político bien determinado.
En ese caso, asimilando la primera fase al grupo 2, estaríamos ante una obra que podría fecharse entre los siglos IX y X, lo que la engloba en el fenómeno de construcción y reconstrucción de iglesias por parte de los monasterios de la zona, principalmente la sede episcopal de Valpuesta.
Un apoyo en esta línea de interpretación que apuntamos es el hecho de que aparezca una espadaña.
Las propuestas más actuales en cuanto a la aparición de estos elementos da una cronología para la expansión de los campaniles de entre los siglos IX-X (NERI 2006: 5-14), lo que concuerda a la perfección con las fechas en las que se mueven nuestras iglesias del grupo 2.
Esto último es un elemento de gran importancia, ya que la de Valluerca sería una de las pocas espadañas altomedievales conservadas en la Península.
Hasta ahora, la mayoría de ellas eran conocidas gracias a la iconografía y la documentación medievales, no habiendo prácticamente restos materiales.
Lamentablemente no contamos con la estructura del campanil, pero creemos que sobre la cornisa que remata la espadaña de esta fase se apoyaría una estructura de madera que sujetaría la campana, como se aprecia en numerosas imágenes de la época (NERI 2006: 12).
PERSPECTIVAS PARA EL ANÁLISIS
El estudio de la iglesia de Valluerca nos sitúa ante una serie de planteamientos interesantes de cara al futuro.
En primer lugar, por el cambio de adscripción de la iglesia en la clasificación por grupos, pasando del grupo 5 al grupo 2 (SÁN-CHEZ 2007).
El otro aspecto relevante es el notable enriquecimiento que supone el añadido, al grupo 2, de un elemento arquitectónico desconocido hasta la fecha: el cam-panario exento.
Este tipo de estructura deberá ser, a partir de ahora, uno de los aspectos a tener en cuenta en el estudio y clasificación de nuestras iglesias altomedievales.
Nos situamos en unas fechas (siglos IX-X) en las que nuestro entorno geográfico está viendo la aparición de numerosos templos en piedra, gracias en gran medida a la acción de los monasterios que se van asentando (AZKARATE, SÁNCHEZ 2005: 208-209), trayendo conocimientos (las técnicas constructivas entre ellos) y costumbres que con el tiempo serán señas de identidad del territorio.
Vemos ahora que una de ellas es la presencia de las campanas, rigiendo las horas de las comunidades con su sonido.
El hecho de que se trate de un pequeño torreón exento nos lleva a pensar que esa característica puede ser precisamente una de las causas que hayan impedido hallar más ejemplares hasta el momento.
Las modificaciones posteriores de las fábricas pudieron enmascarar e incluso hacer desaparecer a gran cantidad de estas estructuras.
Sin embargo, se conserva una gran cantidad de espadañas que hasta la fecha están consideradas como románicas, siendo aún un tema pendiente de revisión.
Nosotros mismos, en numerosas ocasiones en las que se encuentran restos de espadañas enmascaradas, las hemos considerado como románicas o posteriores.
Creemos que un proyecto bien coordinado de revisión de los campanarios conocidos podría ayudarnos a determinar la existencia de una mayor cantidad de ejemplares cuyo origen podría situarse en la Alta Edad Media.
En cualquier caso, el ejemplar documentado en Valluerca nos indica una línea de análisis bastante clara: no deben buscarse grandes torres-campanario con interiores accesibles (como el ejemplo ya mencionado del Beato de Tábara), sino que la mayoría de las campanas de la época que nos ocupa pudo estar ubicada sobre estas pequeñas estructuras.
Ocurre, al fin y al cabo, lo mismo que otros autores defienden para las edificaciones románicas alavesas (LÓPEZ DE OCÁRIZ, MARTÍNEZ DE SALINAS 1998: 31): la norma serían las espadañas y elementos exentos, no así las torres-campanario. |
Burgo (Zamora) ha sido sometida a una lectura de paramentos que descubre una historia constructiva inédita.
Fruto en realidad de dos proyectos constructivos sucesivos, su análisis permite acercarnos a la actividad constructiva de finales del siglo XI y comienzos del XII, momento atrapado entre los estilos protorrománico y románico.
Santiago del Burgo forma parte del destacado grupo de iglesias románicas que pueblan el casco histórico de la ciudad de Zamora.
A diferencia de sus compañeras, la singularidad de una cabecera tripartitita de capillas rectas le ha otorgado un lugar destacado en un conjunto atribuido principalmente y de manera genérica al siglo XII.
De sencilla morfología, el interior de la iglesia se organiza en un aula de tres naves de cuatro tramos y una cabecera tripartita de testero plano, con una capilla central ligeramente avanzada (Fig. 1).
La nave principal, de mayor altura, se separa de las laterales por medio de gruesos pilares cruciformes con semicolumnas que sustentan arcos formeros de medio punto y arcos fajones apuntados, ambos doblados.
Tanto la cabecera como los tramos originales de la nave central se cubren con bóvedas de cañón, mientras que las naves laterales lo hacen con bóvedas de arista.
El edificio se completa con una torre cuadrangular situada en el ángulo suroeste, la cual posee vanos a diferentes alturas para acceder al exterior de las cubiertas.
A primera vista, se observa cómo la iglesia fue testigo del adosamiento en su lado norte de una estancia rectangular, probable sacristía, cuya bóveda de nervios apuntados nos lleva al siglo XVI, así como de un sinfín de estructuras sucesivas, evidenciadas en los numerosos «agujeros» que ocultaron casi todo su perímetro.
En fechas tempranas, se introdujeron varios arcosolios, así como otras tantas capillas funerarias ya a lo largo de los siglos XVI y XVII.
El retablo principal, de estilo rococó, acoge la representación de Santiago y, junto a otros de carácter menor, completan las adiciones, en este caso muebles, sufridas por el edificio.
Sin embargo, detrás de estas grandes etapas, la secuencia de Santiago del Burgo refleja una historia inédita y rica (Fig. 2) que explica su mencionada singularidad, fruto en realidad de varios proyectos constructivos que han pasado desapercibidos a los ojos de los investigadores.
Esta iglesia invita a reflexionar sobre el paso del protorrománico al románico, entendidos como periodos que, lejos de reflejar únicamente un cambio tipológico y estilístico, fueron el resultado de un cambio tecnológico destacado, inapreciable en las fuentes escritas, pero guardado por el edificio.
LA CONSTRUCCIÓN DE LA IGLESIA
La construcción de gran parte de la iglesia que actualmente conservamos (Fig. 3) se debe a la puesta en marcha de dos proyectos sucesivos (Etapas I y II).
La Etapa I supone sólo el arranque de la obra desde el Este, es decir, la cabecera y el primer tramo oriental de las naves, anunciando así un proyecto que pretende desarrollar una iglesia de tres naves y triple cabecera, con un eje central destacado en altura y amplitud.
La continuación de la construcción hacia los pies forma parte de un siguiente empuje constructivo, probablemente inmediato, perteneciente ya a la Etapa II, durante el cual tiene lugar el alzado del aula, la torre y las cubiertas abovedadas.
ARQUEOLOGÍA DE LA ARQUITECTURA, 5, enero-diciembre 2008 Madrid/Vitoria.
Etapa I. Edificio primitivo y proyecto original
La primera obra de la iglesia de Santiago se ejecuta en una fábrica mixta de sillarejo desbastado y sillería escuadrada en las esquinas, vanos y arcos, la cual combina caliza y arenisca.
Las hiladas son muy regulares, siendo continuas entre los muros y los pilares.
Su altura aproximada es de 30 cm, careciendo de codos, saltos u otro tipo de ajuste entre las piezas.
Los sillarejos se disponen según han salido de cantera, es decir, no presentan huellas de talla, siendo su superficie rugosa.
La sillería, por el contrario, fue tallada con una herramienta que imprimía incisiones cortas en un ángulo de 45o, pudiendo tratarse de un hacha.
Las marcas de cantero son relativamente escasas y de factura sencilla, reduciéndose a leves incisiones que dibujan simples formas poligonales.
Gran parte de ellas están concentradas en la primera pareja de pilares cruciformes orientales atribuibles a esta fase y de manera muy esporádica en los muros de las capillas laterales (Fig. 19).
Al interior, los muros longitudinales de las capillas laterales se alzan en hiladas de sillarejo coronadas por una imposta alta.
Otra a media altura recorría originalmente los muros laterales y el testero por debajo de las ventanas de arco de medio punto.
Los muros laterales, con un grosor de 0,95 m, absorberían fácilmente los empujes originados por las bóvedas de cañón ligeramente apuntadas, pertenecientes ya a la Etapa IIa (UE 1278 A 101), con una luz reducida a 2,70 m.
En la capilla central, los restos de la fábrica primitiva se hallan ocultos por el retablo mayor y afectados por modificaciones y ruinas posteriores, pero la escasa superficie de muro conservado (las enjutas de los arcos interabsidiales, pilares de embocadura hasta la altura de la imposta y ángulos orientales con Al exterior, la fábrica de la cabecera (UEs 1000, 1001 1002, A 100) es igual, aunque las hiladas presentan cierta sinuosidad (Fig. 5).
De nuevo, los sillarejos se combinan con sillería escuadrada reservada para las esquinas así como las jambas y arcos de las ventanas.
Un zócalo biselado y una imposta a media altura marcan el ritmo de los muros.
En la capilla norte, el paramento original (UE 1000) incluye las ventanas con arcos de medio punto sobre columnas.
El tramo inferior bajo la imposta de la capilla central (UE 1001) y el tramo medio (UE 1002), incluidas las ventanas, de la capilla sur pertenecen a esta obra.
Estas cuatro ventanas se rematan con doble arco de medio punto liso, siendo el interior una pieza monolítica y apoyando el exterior dovelado sobre columnillas entregas (Fig. 4).
En el interior del primer tramo de la nave norte2, las hiladas de sillarejo de caras desbastadas se alzan hasta la base de la ventana, donde es relevada por la sillería.
Esta misma combinación se repite en los pilares laterales que delimitan este tramo.
El arco de medio punto de la ventana, descentrada por su proximidad al pilar este, arranca de nuevo sobre una moldura, pero carece de columnas, a diferencia de los arcos de los ábsides.
La combinación de sillarejo y sillería se da, por el contrario, en toda la altura del muro sur del mismo tramo.
Se repite la forma de la ventana, la cual, en este caso, está descentrada hacia el Oeste.
El tramo de la nave central se delimita por los pilares cruciformes de la embocadura del ábside y por la primera pareja de pilares compuestos formados por pilares cuadrados combinados con semicolumnas.
El pilar y las cuatro columnas, a excepción de la de la nave central, se unifican con una imposta moldurada.
Los cimientos y basas de esta primera pareja de pilares tienen además diferentes cotas de altura respecto a los siguientes del aula.
Su basa se sitúa 0,40 m por debajo de la tarima actual, mientras que las restantes se sitúan a ras de ella.
Por lo tanto, el cuerpo de los pilares orientales es mayor, teniendo que ayudarse de un elevado cimiento- podio, el cual, perfectamente tallado, pudo concebirse para ser visto, al menos, en parte (Fig. 6).
De la Etapa I a la Etapa II
El paso a un segundo momento constructivo se aprecia en un destacado cambio tecnológico y en una clara interfaz (UE 1231, A 100).
Esta junta recorre verticalmente los respectivos muros norte y sur del aula en el lado oeste de los pilares occidentales de los primeros tramos orientales (Fig. 7).
Se identifica por la presencia de codos, cuñas y saltos de hiladas, recursos que permiten ajustar la obra mixta de sillarejo y sillería de la zona oriental (UE 1143, A 100) con la nueva obra exclusiva de sillería de la zona occidental (UE 1144, A 101).
Esta segunda obra se caracteriza además por una imposta que recorre los muros laterales del aula y unos soportes cruciformes con columnas de planta semicircular ultrapasada rematadas con impostas continuas, elementos que no encontramos en la zona este del edificio construida en la Etapa I.
Inicio del Segundo Proyecto, Etapa de Obra 1
La fábrica de la Etapa II se define por unas características muy claras frente a la anterior.
Las hiladas de sillería son regulares y horizontales, continuas entre muros y pilares, prescinden de ajustes y pierden la sinuosidad de la obra previa.
A diferencia de la Etapa I, los muros se alzan exclusivamente en sillería caliza bien escuadrada, cogida con mortero de cal en finas juntas y tallada con una herramienta, posiblemente un hacha, de hoja larga (65 mm) y recta, aplicada a intervalos pequeños (en torno 70-100 mm) en un ángulo de 45o.
Estas huellas de talla no pasan de un sillar a otro, por lo que las piezas fueron acabadas antes de ser colocadas en el muro.
Una imposta perimetral recorre todo el interior del aula desde el primer tramo oriental, unificando sus muros y los pilares de las arquerías, cuya planta cruciforme es el resultado de la unión de pilares cuadrados con cuatro semicolumnas de planta ultrasemicircular, todo ello unificado con una imposta continua.
Por el contrario, recordamos que el primer pilar oriental de la Etapa I se distingue por la planta semicircular de las columnas y la carencia de imposta en la pareja ubicada en el lado de la nave central, así como por una diferencia de nivel de 0,40 m respecto a los de la Etapa IIa.
Las arquerías son siempre dobles, con arcos paralelos y adosados el uno al otro.
Pero la novedad más destacada de la fábrica de la Etapa II es la abundante presencia de marcas de cantero dispersas por todo el edificio, siendo más numerosas al interior3.
Estos signos aumentan en número, tipos y tamaño.
Su talla se hace más profunda y señalada, recrean- do formas que han pasado de los sencillos polígonos de la Etapa I a motivos letrados e iconográficos presentes de manera copiosa tanto en los muros como en los pilares de la arquería (Fig. 19).
La cabecera de la Etapa I es ahora realzada y cubierta.
La ventana de la cabecera central (UE 1003) se hace más rica, con un arco de triple arquivolta y guardapolvo sobre dos parejas de columnillas4.
Los respectivos frentes norte y sur de las capillas (UEs 1004 1005) se rematan con cornisas sobre modillones (Fig. 5).
Se realizan las naves laterales completas y la central hasta la altura de sus impostas medias, dejando para un segundo momento (Etapa IIb) su coronamiento con los muros altos de los tramos centrales y las bóvedas de la nave principal (Fig. 8).
Se abren dos vanos enfrentados en el segundo tramo de las naves laterales desde el Este.
Ambos se componen al interior de un arco rebajado apuntado que abraza otro menor de medio punto (Fig. 7).
Sobre ellos se abre un rosetón adovelado abocinado de doble celosía.
Los tramos siguientes se iluminan con ventanas de arco de medio punto con imposta continua con el muro y con jambas rectas al interior y abocinadas al exterior.
Un tercer vano de acceso se abre en la fachada oeste, del mismo tipo, pero de Fig. 7.
Plano de UEs y As de la sección norte de Santiago del Burgo mayor tamaño.
Es de destacar cómo la imposta perimetral se ajusta a su trasdós apuntado, ayudando así a unificar la parte baja de la iglesia.
Sobre esta puerta se abren dos ventanas en la zona media y un rosetón, también de doble celosía, en la zona alta.
Al exterior, estos vanos son portadas finamente decoradas y enmarcadas por contrafuertes (Fig. 9).
La portada sur posee tres arquivoltas molduradas y un rosetón superior que se ajusta a su trasdós.
En la portada oeste destacan las dovelas lobuladas, mientras que en la norte son almohadilladas5.
Dos hiladas y media separan el trasdós de su arco de la base de otro rosetón, diferencia que ayuda a mantener al interior las mismas cotas de estos elementos decorativos entre naves de distinta altura.
Mención aparte merece el único tímpano de la iglesia, situado en la portada sur (UE 1025, A 101).
La fábrica del tímpano tiene un despiece irregular de sillares que se ajustan a su forma mediante juntas rectas unidas con mortero.
Es liso y su límite inferior está ocupado por dos arcos de doble rosca de medio punto geminados.
Sus arranques coincidentes dan paso a una clave pinjante que reproduce un cimacio y un capitel decorado con motivos vegetales, pero sin columna de soporte6.
Este tipo de despiece no asegura la estabilidad del tímpano, pero ignoramos la unión real de las piezas, pudiendo haber algún tipo de despiece oculto y/o anclaje interior que sea el responsable de la unión de los sillares7.
La documentación fotográfica (anterior al año 1931) muestra el elemento descrito como un chapado de un tímpano interior con un arco de brazos rectos y una clave prolongada, la cual termina en el pinjante mencionado (Fig. 10).
La zona alta del paramento es equivalente a la descrita para la zona bajo la imposta (UE 1022, A 101), sobre la cual se alzan los vanos vistos al interior, con tímpano monolíticos lisos y doble arquivolta, y el rosetón.
El cuerpo de la torre prescinde de huecos de iluminación en su parte baja, no así la parte correspondiente a la nave norte simétrica, con una ventana sencilla de doble arco liso sobre moldura. siendo de hecho la misma unidad (Fig. 13).
El cuerpo superior (UE 1128, A 101), a partir de la imposta baja, se ejecuta en la misma sillería, aunque se aprecia una mayor combinación de calizas.
Los merlones orientales, los únicos posiblemente originales de este momento, generaron vanos arcuados.
Hoy se encuentran degollados y sus jambas sirven de asiento a la cubierta9.
En la cara oriental de la torre se abre un vano adintelado de acceso a la cubierta.
En la occidental, dos aspilleras iluminan la escalera y un vano a modo de nicho (UE 1057, A 101) decora el tramo entre contrafuertes.
Finalmente, la serie de ménsulas (UE 1022, A 101) de los muros norte y sur del aula evidencian la presencia original de dos pórticos que cobijarían las entradas.
Estas ménsulas soportarían el peso de los durmientes de madera, cuyos extremos exteriores debieron ayudarse de pies derechos (Fig. 13).
Por lo tanto, esta Etapa IIa significa la construcción de todo el perímetro murario del aula, incluyendo la parte baja de la torre y las arquerías, los vanos de acceso y de iluminación, así como los rosetones y las bóvedas de aristas de las naves laterales.
Sin embargo, la iglesia es el fruto de un proceso constructivo, cuyas fases dan lugar a la creación de juntas de obra que, lejos de reflejar etapas históricas, constituyen la guía para reconstruir ese proceso.
Se trata de puntos de unión entre los distintos esfuerzos y/o cuadrillas constructivas que se manejan, sin embargo, con el mismo lenguaje técnico y formal.
Se ajusta verticalmente a los ángulos occidentales de la primera pareja de pilares cruciformes de la arquería (segundo tramo desde el Este), identificándose por el salto de hiladas entre pilares y muro contiguo hacia el Oeste.
Las UEs 1210 1222 se encuentran enfrentadas en los mismos muros de la nave central junto a los ángulos occidentales de la última pareja de pilares de la arquería y se identifican por el mismo salto de hiladas (Fig. 11).
Las juntas horizontales suelen coincidir con las impostas, por lo que su individualización forma parte de la interpretación que se desprende de las clarísimas juntas verticales.
En este sentido, es posible que las bóvedas de medio cañón apuntadas de los ábsides laterales puedan pertenecer también a este momento.
Ambas se realizaron en hiladas horizontales de sillares largos de caliza, siendo equiparables al exterior con el realzado Su fábrica es idéntica a la descrita para la Etapa IIa.
Tanto el muro sur (UE 1023, A 102) como el norte (UE 1134 A 102), así como las bóvedas que sostienen (UE 1270, A 102) y rematan el edificio iniciado en las etapas previas, se refuerzan con contrafuertes entre los cuales se abren ventanas con arcos dobles de medio punto.
En las ventanas del muro sur (UE 1023), las claves de los arcos han descendido ligeramente y se han agrietado.
Estos movimientos fueron ocasionados seguramente por la ruina del extremo este de la nave y de la cabecera centrales (UE 1131, A 109, Etapa VI).
De las cinco ventanas altas originales conservadas, cabe destacar que su factura es simétrica por tramos, al menos en las dos parejas de los tramos centrales, produciéndose la misma alternancia de columnas e impostas en ambos muros.
Arrancan de la línea media de imposta y ajustan sus arcos a la superior.
Ambos muros altos se coronan al exterior con una cornisa sobre modillones.
A diferencia de estas grietas de movimiento, las fisuras marcadas en el muro oeste de la iglesia (UE 1219, A 102) responden al asentamiento y puesta en carga del edificio.
Se originan en los ángulos de encuentro de los tercios inferiores de la bóveda y el testero y continúan en la zona central de las ventanas del tramo medio del muro, arrastradas por la trabazón de los paramentos.
Un motivo similar pudo tener la irregularidad de la junta de la cuarta hilada de la bóveda occidental en su brazo meridional (UE 1223, A 147).
En este caso, la presión ejercida por el muro norte de la torre, cuya carga recae directamente sobre este punto, pudo provocar el estallido de la fábrica.
Las dos bóvedas de cañón occidentales conservadas (UE 1270, A 102) se componen de hiladas regulares horizontales de sillares calizos largos.
Zona abovedada a los pies de la iglesia mientos habituales de la puesta en carga, por lo que una grieta longitudinal recorre la clave y otras dos recorren los tercios inferiores, correspondiéndose así con las grietas descritas en el muro oeste (UE 1219, A 102), todas ellas rejuntadas con cemento.
Aunque la pareja de bóvedas orientales de la nave y la cabecera central se arruinaron, siendo restauradas a principios del siglo XIX en formas falsas de aristas (UE 1008, A 109), se puede intuir cómo fueron las formas primitivas.
En la cabecera central, la prolongada altura de los muros y su luz (4,42 m) debieron ser un reto para una posible bóveda de cañón, análoga a las occidentales de la nave central, cuyas líneas de empuje se proyectarían ligeramente por encima de los muros laterales, lo que pudo provocar su ruina.
La línea de imposta y el arco de embocadura corresponderían al arranque y perfil de la supuesta bóveda.
Este tipo de cubierta pudo también emplearse en el primer tramo oriental de la nave central, no así en el siguiente.
Aquí, las cuatros ménsulas en diagonal sobre el canto del pilar tienen únicamente sentido como soporte de las aristas de una bóveda11.
Este segundo tramo oriental se enfatizaría así a modo de transepto gracias a la localización de los vanos de acceso en el eje Norte-Sur y de una bóveda de aristas que elevaría ligeramente su altura respecto a las contiguas de cañón en eje E-O.
Como remate final de la obra románica, las bóvedas fueron protegidas por una cubierta de losas de granito (UE 1273, A 118) dispuestas de manera contrapeada y con mortero de cal sellando sus juntas.
Esta cubierta fue documentada, gracias al seguimiento arqueológico (Murillo 2008), en el extremo occidental de la nave lateral sur y de la central (Fig. 14), siendo lógica su extensión original por todo el edificio.
Las puertas de la torre situadas respectivamente a nivel de la cubierta de la nave sur en su fachada ción de evitar caer en una descripción parcial de la vida del edificio y teniendo presentes los límites de este trabajo, ofrecemos una síntesis de los capítulos más significativos de sus usos y transformaciones.
Etapa III (siglos XIII-XIV).
Entre otros elementos, la iglesia se dota enseguida de capillas funerarias, que en forma de arcosolios horadan el extremo occidental del exterior de la fachada sur (UE 1026, A 107) y el tercer tramo desde el Este del interior de la nave norte (UE 1233, A 136; Fig. 7).
El primero se reduce a un nicho de arco de medio punto, mientras que en el arcosolio interno se compone de un alfiz abocelado y una pareja de arcos de medio punto sobre tres grupos de tres columnillas.
Su cota de apertura coincide con el nivel de uso de la Etapa II, pero sus elementos decorativos presentan un estilo atribuible ya a la Etapa III 12.
Etapa IV (siglos XV-XVI).
Las noticias reveladas por el material de archivo (Peláez y Casquero 2006, 11) indican que un convento de la Orden de Santo Domingo, cuyas primeras noticias se remontan al año 1465, fue anexionado a la iglesia a finales de la Edad Media.
Asociamos a esta referencia las huellas de un forjado y su cubierta (UEs 1110 1114 1117 1120, A 156), documentadas en el extremo occidental de la fachada norte, y la necesaria apertura de una puerta en el muro norte del tramo más occidental (UE 1080, A 104) para facilitar la comunicación entre la iglesia y el convento.
Los Libros de Visitas y Fábrica (año 1590) de la parroquia recogen que «en el cuerpo de la iglesia tienen las monjas una reja que sale a su coro», elemento que se puede relacionar con la existencia de dos vanos abiertos (UE 1271, A 138) en el muro del hastial occidental por encima de la portada (Fig. 17), a la altura del coro alto (UE 1220, A 140).
Como en la etapa anterior, continúa la construcción de capillas funerarias, las cuales son abiertas en relación a las nuevas cotas de circulación, algo más elevadas que en el momento inicial 13, de tipología variadas, aunque con caracteres propios del estilo gótico tardío.
En el muro del ter-Fig.
Cubierta pétrea sobre el tercer tramo de la nave sur de la iglesia este (Figs.
5 y 15) y a la altura de la cubierta superior en la fachada norte cobran ahora sentido, siendo los vanos que permiten el paso a la cubierta pétrea.
A esto cabría sumar los pasos abiertos en los tímpanos sobre los dos arcos torales de las capillas laterales que nos indican un posible tránsito a este nivel (Figs.
Este hallazgo también permite comprender la mención en el Informe que presenta uno de los maestros licitantes, Andrés Frontera, a las obras de restauración del año 1820, en el que habla de «la escama de pez que cubre las bóvedas de dichas capillas».
EL USO DE LA IGLESIA: TRANSFORMACIONES,
ADICIONES Y RESTAURACIONES Concluida la construcción de la iglesia, su uso se refleja en una serie de obras que irán modificando paulatinamente su imagen.
Las numerosas adiciones sufridas por el edificio apenas ofrecen relaciones directas entre ellas, por lo que los caracteres tipológicos, junto al sentido de la nueva configuración del espacio religioso, son los principales argumentos para ordenar temporalmente la secuencia.
Con la inten-12 Abrantes (1935, 25) no observa que sean posteriores, pero comenta que sus características, como las del enfrentado en la nave sur (A 137) son propias de la segunda mitad del siglo XII.
Del mismo modo, el arcosolio enfrentado de la nave sur (A 137) presenta características similares, aunque es de mayor tamaño y su arquería es ligeramente apuntada.
Se introduce en la fábrica posteriormente, pero su cota de uso no corresponde a la de A 136, por lo que ha sido adscrito a la Etapa IV.
13 La función cementerial de las iglesias conlleva sucesivas elevaciones del nivel de uso para ganar espacio de enterramiento.
Gracias a los sondeos efectuados en los primeros pilares de la nave, sabemos que al menos hubo un par de elevaciones del nivel de uso (la segunda o última A 130), para introducir nuevas tumbas. cer tramo desde el Este de la nave sur, junto al pilar suroeste, se abre un nicho (UE 1251, A 137) de doble arquería apuntada sobre tres grupos de tres columnillas enmarcado por un alfiz con bocel, similar al arcosolio norte (UE 1233, A 136) enfrentado, pero de mayor tamaño.
En el muro septentrional de la capilla norte, se abre un nuevo nicho del que conservamos tan solo las dos jambas laterales (UE 1184, A 150) con la clásica decoración de bolas tan prodigada en tiempos de los Reyes Católicos14 (Fig. 7).
Al exterior del primer tramo oriental de la nave norte se adosa una capilla funeraria de planta cuadrangular (UE 1006, A 103), cubierta con una bóveda de crucería tripartita, la cual alberga un nicho rematado por un arco de medio punto.
Construida en hiladas sinuosas, con leves saltos, con material de procedencia y dimensiones heterogéneas, la capilla se comunica con la iglesia mediante un nuevo vano (UE 1227, A 103) y se ilumina por un pequeño ventanuco abocinado en el muro este (Fig. 4).
Ya en el siglo XVI, se produce la adecuación como capilla funeraria del tramo occidental de la nave norte (A 105) mediante el cierre del vano del muro norte (UE 1081, A 105) y la apertura de tres arcosolios de arcos carpanel en la fábrica (UE 1239, A 105; Fig. 10).
La familia Villareal, cuyos enterramientos ocupan el lugar (Luis de Villarreal, año 1554, y su hija Antonia, año 1552) 15, financia la obra.
Etapa V (siglos XVII-XVIII).
El tiempo avanza y el convento continúa creciendo, proceso que se reconoce a través de la lectura combinada del edificio y de las fuentes escritas.
Este crecimiento implicó la apertura de una hornacina o estante (A 116) en la fachada norte, el cegado de las ventanas, al menos, de los tramos occidentales, y la apertura de nuevos vanos sobre la ventana original de los mismos tramos en las naves sur (A 132) y norte (A 155).
Otra serie de agujeros (As 115 193 y 194) son reconocidos a lo largo de la fachada norte, cuya altura podría corresponder a un cuerpo superior.
A partir de este momento, la cabecera comienza a ser un foco de atención estratigráfico, donde reconocemos una serie de adecuaciones y reparaciones.
El testero del ábside mayor es realzado con un nuevo muro de sillería (UE 1007, A 108), del cual ignoramos el perfil de su remate original16 (Fig. 5).
Esta acción debe coincidir con la introducción de un nuevo retablo (UEs Los Libros de Cuentas mencionan la construcción de una nueva sacristía, adosada a la fachada sur de la iglesia, en el año 1794.
La documentación recoge que la sacristía existente presentaba problemas de espacio, humedad y oscuridad por lo que «mandó construir el mismo señor visitador a expensas suyas una nueva sacristía en lo que antes servía de capilla y uso de la Cofradía de Nuestra Señora de los Reyes, por estar en sitio a propósito para ello, y en efecto ha quedado una pieza muy capaz, clara y libre de humedades, y con una ventana bien rasgada adornada con cristales, reja de hierro y red de alambre» (PELÁEZ y CASQUERO 2006, 21 y 22).
La visita referida indica que esta construcción ocupaba el «sitio de cabildo», denominación que parece referirse al pórtico meridional de la iglesia (EID.
Aun se pueden reconocer al exterior de la iglesia la huella de la bóveda vaída (UE 1031, A 106) que cubría esta estancia (Fig. 13).
Etapa VI (siglo XIX).
La lectura de paramentos pone de manifiesto que, con posterioridad a la reparación de la base del testero y realzado de la cabecera central, se producen una serie de movimientos en el edificio que conducen al colapso de su fábrica y fuerzan a intervenir en el cuerpo superior de la nave y la capilla central (Figs.
Pero la principal huella de este trastorno es la solución de continuidad (UE 1131, A 109) que delimita el desmonte controlado del área afectada para su inmediata reconstrucción.
Comprende las zonas superiores de la cabecera central y los dos tramos orientales de la nave central, afectando en mayor medida a los dos cuerpos más orientales y sólo a la bóveda en el más occidental (Figs.
Una vez instalados los medios necesarios para efectuar los trabajos, se llevó a cabo un desmonte controlado de las estructuras afectadas para levantarlas de nuevo, pero esta vez en materiales y formas diferentes.
Se reconstruyen los muros de la cabecera central y del primer tramo oriental de la nave central en ladrillo y se iluminan con ventanas rectangulares, conservadas sólo en la cabecera18.
Las dos bóvedas orientales de la nave central se efectúan con aristas marcadas y clave central 19, mientras que la capilla principal se aboveda con una forma vaída con las aristas diagonales y la clave central marcadas.
La reparación del templo conlleva también la reconstrucción de los pilares y arcos de embocadura de las capillas laterales.
Se reconstruye el arco de embocadura de la capilla sur y la bóveda contigua del primer tramo de la nave (UE 1166, A 168).
Estas reparaciones suponen la reconstrucción de elementos muy alterados, pero también responden a tratamientos de contención para evitar la reproducción de estos problemas.
De este modo, se cimbra la embocadura de la capilla sur con muros macizos de mampostería (UE 1167, A 169) y se tapian los arcos abiertos en los muro interabsidiales (UE 1146, A 169) con muros en los que se abren puertas adinteladas.
Se rodea con un zuncho metálico el pilar más oriental de la arquería sur (UE 1225, A 168), uno de los primeros elementos que colapsaron en esta etapa.
Por último, el convento de la Orden de Santo Domingo permaneció junto a la iglesia de Santiago del Burgo hasta que el gobernador eclesiástico las incorporó al Convento de San Pablo.
Con el tiempo el convento fue derribado para posteriormente construirse una casa contigua (Casa de Isidro Rubio, industrial) sometida a una nueva alineación de la calle Santa Clara.
En este momento, según PELÁEZ y CASQUERO (2006, 28), todavía se conservaba la casa del sacristán, el pórtico, la nueva sacristía y un transformador instalado por la compañía eléctrica El Porvenir de Zamora junto a la capilla meridional.
Etapa VII (siglo XX).
La actuación más notable llevada a cabo en el edifico fue la restauración dirigida por el arquitecto Alejandro Ferrant Vázquez entre diciembre de 1931 y a lo largo del siguiente año de 1932, la cual tuvo como principal objetivo liberar a la iglesia de las construcciones adosadas que se habían ido apropiando de sus fachadas20, como la capilla adosada (A 106) en el lado sur (Fig. 16).
También sustituyó las ventanas del primer tramo de la nave central por otras rematadas con un mortero cementoso (UE 1139, A 134), las cuales pretendían simular el aspecto de las originales de la iglesia románica, y restituyó el rosetón de la fachada sur (UE 1137, A 120), cuyo original, había sido sustituido por una claraboya de cristal (Fig. 16).
La adecuación del acceso norte debió llevarse a cabo en este momento.
La colección gráfica permite afirmar que entre los años 1932 y 1955 se eliminan de la fachada sur de la iglesia los edificios que se resistieron a la acción del arquitecto Ferrant, como el kiosco de frutas situado a los pies de la torre.
Una década después tienen lugar las reparaciones de la capilla meridional dirigidas por el arquitecto Luis Menéndez Pidal (1967), donde reconocemos reposiciones de cantería de aspecto moderno, como la que sustituye al recalce (UEs 1009 1181, A 111), abarcando toda la superficie exterior de la base de la cabecera (UEs 1010 1028, A 110; Fig. 5).
Este material aparece también en partes más altas del muro y se une con la reposición de los elementos de la cornisa del frente oriental de la cabecera y, por similitud, de la nave sur (UEs 1012 1055, A 110).
Menéndez Pidal señala que el movimiento de las partes agrietadas rompe los registros de yeso colocados para controlar la estabilidad de la zona afectada.
Por esta razón, propone intervenir con un proyecto de obra de urgencia desmontando la esquina y bóveda de la pieza exterior de la capilla sur para rehacerla a continuación, consolidando y recalzando previamente los muros conmovidos por lo que el arquitecto interpretó como asientos del terreno (AGA, Fondo de Cultura, caja 120, en PELÁEZ y CASQUERO 2006, 37 y 38).
En el año 1976 se derribó la casa de Isidoro Rubio, adosada a los pies de la iglesia, con el objetivo de construir una nueva edificación a cierta distancia de la fachada del edificio.
El cemento también es empleado en la instalación del sistema de calefacción, hecho lamentable que supuso la condena de la sacristía norte adosada al invadir su interior y alterar sus elementos ornamentales.
La introducción de la chimenea afectó a la cubierta, se adosó la maquinaría al alzado sur interior de la estancia y se abrió un hueco cuadrado para arrojar el aire caliente al interior de la iglesia (UEs 1228 1232 1249, A 184).
DEL PROTORROMÁNICO AL ROMÁNICO: DE LA
ETAPA I A LA ETAPA II La obra de la Etapa I de Santiago del Burgo presenta un modelo de basílica de cabecera triple, la central ligeramente avanzada, y aula de tres naves, cuyo plan debió verse interrumpido, llegando a construirse los muros de sillarejo y sillería calizos de la zona oriental, pero no sus cubiertas.
Este proyecto ya concibió el alzado de una capilla y una nave septentrionales más estrechas, pero necesariamente más altas, en una zona donde el nivel de suelo original desciende bruscamente hacia el Norte, como demuestran las distintas cotas de cimentación de los pilares (Figs.
También contempló la presencia de puertas laterales similares a las actuales.
La obra de la Etapa I quedó inacabada, pero determinó el desarrollo de la Etapa II, la cual continuó el proyecto iniciado de una basílica de tres naves y cabecera triple con una torre a sus pies.
Su datación debe tener en cuenta la documentación escrita (año 1181) y el contexto arquitectónico románico, en el que los paralelos de los elementos decorativos siguen jugando un papel fundamental.
Los ejemplos comparados con las portadas occidental 21, septentrional 22 y meridional 23, calificadas como ejemplos típicos zamoranos tanto a nivel arquitectónico como decorativo, se mueven en estas mismas fechas, aunque la secuencia establecida fuerza a diferenciar ahora entre las piezas decorativas de la Etapa I y de la Etapa II 24.
Las cubiertas pétreas documentadas dan sentido a los accesos originales del cuerpo de la torre y parecen ser un recurso común en otros edificios eclesiásticos de la zona, como el monasterio de la Granja de Moreruela, la Catedral de Zamora, la Colegiata de Toro o Santa María de 21 Puerta del Obispo de la Catedral de Zamora y puerta sur de la iglesia arciprestal de San Pedro y San Ildefonso (Abrantes 1993-94, 22).
Naval (1989) suma la portada norte de San Félix de Apiés (Huesca).
24 Al respecto, Gómez Moreno (1927, 152) identificó dos talleres decorativos correspondientes a dos impulsos constructivos.
El primer taller se identificaría por un estilo corintio uniforme presente en las capillas, pilares y portadas.
Otro taller, de rasgos más exuberantes y variados, realizaría los capiteles de los restantes pilares, arcos y bóvedas.
Para Bango (1997, 311), la construcción de Santiago se prolongó tanto que gran parte de la obra sería ya tardorrománica.
Herrero (2002) observa que los elementos antropomorfos presentan una tendencia naturalista que preludian el gótico.
La realización de este tipo de cubiertas no hace más que incidir en la presencia de una mano de obra de cantería especializada.
No obstante, la basílica de la Etapa II ofrece novedades muy significativas para la historia de la arquitectura y de la construcción del primer románico, evidenciando no tanto un cambio tipológico como tecnológico.
La introducción de la fábrica de sillería con abundantes marcas de cantero aparece como un elemento distintivo acotable en términos históricos, hecho que afecta tanto a la interpretación y cronología de la Etapa I como de la Etapa II (Fig. 19).
La presencia de marcas de cantero de manera sistemática parece ser un fenómeno que comienza a constatarse en la Península (MORALEJO 1996) y en otras zonas europeas (BIANCHI 1997, ALEXANDER 2007 y ESQUIEU Y HART-MANN-VIRNICH 2007), a priori, en la última década del siglo XI.
Este dato, sumado a la primera cita histórica del lugar en 118126, situaría a la Etapa II de Santiago del Burgo en la primera mitad del siglo XII y, de manera complementaria, a la Etapa I, para la cual no contamos con referencias escritas pero sí estratigráficas, a finales del siglo XI27.
Aunque los estudios sobre la evolución urbanística de la ciudad de Zamora reconocen tres recintos murarios alzados progresivamente a mediados del siglo XI, en el siglo XII y en el siglo XIV (LARRÉN 1999), estas murallas no deben condicionar la datación de Santiago del Burgo.
De hecho, otras iglesias de Zamora, como Santo Tomé o San Leonardo, atribuidas a los siglos XII-XIII 28, se sitúan dentro de la tercera muralla del siglo XIV, lo que indica que la expansión de la ciudad va incorporando zonas ya habitadas y dotadas de sus correspondientes edificios de culto.
Es más, según REPRESA (1972, 528 y 531) y, más recientemente, GUTIÉRREZ (1993, 246-247), la repoblación de la ciudad dirigida por Raimundo de Borgoña a finales del siglo XI se expandió rápidamente del núcleo catedralicio hacia las pueblas de S. Torcuato, Sto.
Tomás del Valle, Valborraz y el Burgo.
Esta última, de acuerdo con el análisis efectuado, contemplaría rápidamente la construcción de la iglesia de Santiago.
Del mismo modo, el carácter arcaico de la cabecera triple plana con capilla central avanzada señalado por algunos investigadores se explica ahora dentro de una secuencia en la que precisamente esta zona del edificio se sitúa en un momento anterior a la gran iglesia románica que hoy vemos.
No es un elemento arcaico de la basílica del siglo XII, sino un espacio anterior.
De esta forma, la escasa presencia de sencillas marcas de cantero, la tipología paramental (empleo de sillarejo con sillería puntual) y planimétrica (cabecera plana) junto con la secuencia relativa argumentarían una datación temprana Fig. 19.
Representación esquemática de las arquerías con la localización de las marcas de cantero documentadas de finales del siglo XI para una iglesia hasta ahora desconocida (Etapa I), de la cual se llegó a construir la cabecera y el primer tramo oriental del aula.
La estratigrafía confirma así las sospechas de GARNACHO (1878, 151-153) sobre la aparente existencia de dos fábricas de dos épocas distintas con origen a finales del siglo XI o de CEDILLO (1915, 358) al calificarla, precisamente por el tipo de cabecera, como una derivación de las iglesias asturianas de los siglos VIII al XI.
Se descubre una obra inédita y clave para analizar el paso del Protorrománico al Románico en la ciudad de Zamora y, por extensión, del centro de la Meseta.
Su conexión con otros estudios arqueológicos efectuados recientemente 29 puede ser enriquecedora y sugerente para el conocimiento de este sector del urbanismo zamorano durante este periodo.
Esta primera basílica (Etapa I) parece que sufrió un cambio de constructor, abandonándose la forma de hacer anterior y asistiendo a la implantación de un nuevo proyecto (Etapa II) que, aunque continúa el modelo basilical original, forma parte de un contexto productivo y, probablemente, social totalmente distinto, del cual, el notable incremento del número y complejidad de las marcas de cantero son su máximo exponente.
A partir de ahora, la obra avanza de Este a Oeste y de abajo a arriba de manera simultánea.
La identificación de juntas de obra, fruto de la convergencia de distintos esfuerzos y/o cuadrillas constructivas que actúan al tiempo, es la base para descifrar esta evolución.
En un primer momento (Etapa IIa) se construye el perímetro del aula con sus naves laterales cubiertas con bóvedas de aristas e iluminadas con ventanas y rosetones, las arquerías de división, las tres portadas de acceso y la torre occidental.
En un segundo momento (Etapa IIb), se alzan los tramos centrales de la nave central y se aboveda con formas de medio cañón y de aristas.
Aunque la ruina del sector oriental nos impide confirmarlo, parece lógico pensar que la bóveda de la cabecera central se realizase en este mismo momento.
Las soluciones de continuidad, el cambio de técnica paramental (sillería) y tipológico de sus elementos singulares así como la notable presencia de marcas de cantero son los principales indicios para distinguir este nuevo proyecto (Etapa II) frente al anterior (Etapa I).
Las referencias documentales (año 1181) y los estilos de los elementos decorativos, los cuales deben ser revisados a la luz de los resultados de esta lectura por los historiadores del Arte, parecen refrendar una fecha avanzada del siglo XII para la finalización de la basílica románica.
Como en la Etapa I, la información material revelada por la basílica románica debe integrarse en la historia de la Arquitectura y de la construcción de este periodo, al ponerse de manifiesto un cambio tecnológico y una forma de construir programada con la participación de canteros que dejaron su rúbrica en la piedra.
MÁS ALLÁ DEL EDIFICIO.
LAS MARCAS DE CANTERO
La lectura de paramentos permite acercarnos a la realidad material de un edificio con una rica secuencia histórica reflejada en sus muros, testigos del paso del tiempo y de las acciones que afectaron su integridad.
Junto a la novedad que supone el reconocimiento de dos proyectos constructivos sucesivos en la iglesia de Santiago del Burgo, subrayado en el epígrafe anterior, nos atrevemos ahora a realizar un ejercicio de distanciamiento de la realidad material del edificio, con el objetivo de ofrecer una reflexión, en nuestra opinión, relevante en lo que se refiere al papel de las marcas de cantero como indicador cronológico y socio-productivo en la historia de la construcción.
Las marcas de cantero deben tomarse en cuenta dentro del modelo de análisis estratigráfico como una variable más en la definición del tipo paramental.
Aunque su estudio cuenta con un largo recorrido, las marcas de cantero apenas han sido sometidas a la estratigrafía muraria30.
La lectura conjunta de muros y marcas conduce a varias puntualizaciones.
El hecho de que las mismas marcas aparezcan en otros edificios que, aunque con cronologías similares, no tienen porqué ser coetáneos, desestima la idea de la presencia de un mismo cantero.
Es más, se debe entender que su uso dependía posiblemente del «jefe de obra» (ALEXANDER 2007, 65), quien controlaba mediante este sistema de marcas o, en realidad, signos de autoría31, el volumen de piedra tallada por cada cantero.
Si el primer proyecto (Etapa I) no requiere este sistema de control, se debe desprender que el grupo de canteros es menor, tal vez superado por el número de albañiles, verdaderos protagonistas de la obras, encargados de convertir los sillarejos irregulares en una estructura muraria coherente.
Santiago del Burgo establece así una doble relación «mampostería -albañil -protorrománico», por un lado, y «sillería -cantero -románico», por otro.
A su vez, el alto número de iglesias románicas del casco urbano de Zamora refleja un incremento de la actividad constructiva, fruto de un contexto económico que puede permitírselo.
El hecho de que la sillería con marcas de cantero (Etapa II) reemplace al sillarejo (Etapa I) refleja el mismo fenómeno: canteros que esperan ser pagados por el número de sillares cortados, cuya elaborada talla permitiría ajustar las juntas, disponer hiladas regulares y horizontales, crear sillares «prefabricados» 32 (como los de los pilares cruciformes) y, en definitiva, dinamizar la construcción del edificio.
Pero la sustitución del sillarejo por la sillería también nos conduce a las canteras, las cuales, considerando el número de construcciones en marcha en la Zamora de ese momento, debían ser numerosas y suficientemente organizadas para garantizar el abastecimiento a las obras de la ciudad.
Todos estos elementos en conjunto (sillería, marcas, estandarización) evidencian un proceso de profesionalización y organización de la construcción (STALLEY 1999, 106-107) que irá consolidándose a lo largo del siglo XII.
Por lo tanto, podemos decir, como cierre de esta cadena que comienza en el edificio y que, por ahora, dejamos en la cantera, que Santiago del Burgo no es más que un pequeño reflejo de lo que un análisis estratigráfico puede aportar el estudio de un periodo como el Románico, cuya génesis no reside tanto en reconocer las influencias exteriores33, sino como en identificar el funcionamiento de su contexto productivo inmediato.
Esta iglesia matriz románica es respetada a lo largo de su historia (Fig. 20).
La adición de espacios conventuales y funerarios no supone la mutilación de los primitivos, los cuales no son sin embargo respetados por las ruinas de origen estructural.
Estas arrastraron consigo gran parte de la nave y cabecera central y fueron el principal reto a resolver por los arquitectos restauradores del siglo XX, quienes, a diferente escala, son culpables y responsables del aspecto actual del edificio.
Su entrada, primero, en el circuito de las restauraciones promovidas por la Segunda República de la mano de Alejandro Ferrant Vázquez, Arquitecto Conservador de Monumentos (1929-36)
Asesor científico: L. Caballero Zoreda (IH, CSIC).
Trabajo de campo: L. Caballero Zoreda (IH, CSIC), F. Arce Sainz (IH, CSIC), R. Martín Talaverano (arquitecto, UPM, y tratamiento de planimetría), F. J. Moreno Martín (UCM), J. I. Murillo Fragero (IH, CSIC) y M.a Á.
Planimetría original: R. Macho Ibáñez y R. Tomillo Alonso (TOPOCAL). |
El presente artículo trata sobre algunos aspectos especialmente característicos de la construcción militar almohade (Siglos XII y XIII), que venían a definir una imagen clara y propagandista del poderoso promotor que había detrás.
En concreto, hablaremos de la terminación de los muros de hormigón de cal encofrado, puertas de acceso a las fortificaciones y torres poligonales y albarranas.
Afrontaremos el trabajo mediante el estudio de diversos ejemplos, que nos permitirán rastrear, igualmente, la existencia de equipos de constructores itinerantes que cumplirían las órdenes de las autoridades almohades.
La progresión del movimiento almohade en la Península y su aceptación por los andalusíes no fue ni rápida ni uniforme.
Prueba de ello es el cuarto de siglo que media entre las primeras operaciones militares, en 1147, y la sumisión de los mardanisíes, en 1172, en que se completó la unificación de al-Andalus bajo su autoridad.
Durante ese lapso de tiempo se produjeron avances y retrocesos que incluso estuvieron a punto de dar al traste con el definitivo afianzamiento de su poder.
Al fin y al cabo, la población local no dejó de percibir a los almohades como elementos extraños, hecho del que los africanos fueron plenamente conscientes.
Por este motivo, los Unitarios siempre tuvieron una necesidad perentoria de legitimar su autoridad ante los andalusíes, aunque para ello tuvieran que desviar la atención de un importante escollo: la originalidad doctrinal, justificación y raíz del movimiento almohade, resultaba poco compatible con el tradicional malikismo imperante en al-Andalus.
La apuesta de los norteafricanos consistió en hacer de la guerra santa su más visible seña de identidad, mostrándose a ojos de los musulmanes peninsulares como verdaderos campeones de la fe y la única respuesta posible y eficaz ante la agresión cristiana, para lo que también se abordó un programa de fortificación ambicioso de todo el territorio bajo su autoridad 1.
De la misma forma que el ideario doctrinal del estado almohade se reflejó en la arquitectura religiosa mediante la imposición y generalización de una estética novedosa y fácilmente reconocible 2, la arquitectura militar también fue testigo de la creación de una imagen dinástica que plasmaba el mensaje de los nuevos señores.
Lógicamente, debió existir un cuerpo de arquitectos, o una serie de alarifes «en nómina», al servicio del régimen almohade, que diseñase y ejecutase el concepto edilicio que los unitarios querían mostrar de su mensaje con un claro afán propagandista.
La presencia de estos técnicos puede rastrearse a través de las crónicas que dan cuenta de cómo el más reputado de ellos, AÜmad b.
Baso, dirigía a sus colegas en numerosas empresas constructivas de carácter oficial 3.
Por otro lado, el BayÄn al-Mugrib refiere una interesante misión de rango estatal: la reconstrucción y repoblación de la ciudad de Beja, tras un calamitoso ataque portugués, en la que uno de los caídes designados ha de reclutar en Silves y otras partes del Algarve una legión de albañiles para ejecutar la obra referida 4.
Esta noticia, entre otras5, nos da pistas para suponer que los encargados de materializar las directrices marcadas por los alarifes, directamente vinculados a las autoridades almohades, eran un conjunto de cuadrillas de albañiles especializados, reclutadas de forma puntual para la ejecución de tal o cual obra.
Destaca, no obstante, y por encima de otras cuestiones, el grado de estandarización que alcanzaron en los sistemas constructivos empleados, sobre todo en la técnica del tapial6, como una muestra del interés por lograr la referida imagen estatal.
El grado de conocimiento histórico y arqueológico que poseemos sobre las grandes obras de fortificación de Sevilla7, Cáceres 8, Jerez de la Frontera 9, Niebla 10 o Badajoz 11, entre otras, nos ha permitido alcanzar un adecuado nivel de sistematización sobre los modos de construir en periodo almohade y extrapolar sus conclusiones al estudio de otras defensas que presentan similares características generales.
Otras de las importantes lagunas que la arqueología debería resolver próximamente es el vacío consecuente que se deriva del desconocimiento de las técnicas de la arquitectura militar almorávide, toda vez que algunas cronologías tradicionales se han retrasado a periodo muminí 12.
Por último, la arquitectura almohade y la coetánea pero rival mardanisí, bien estudiada en las dos últimas décadas, compartirán sistemas constructivos, pero diferirán en algunos aspectos morfológicos, como vemos por ejemplo, en el uso de torres poligonales en la primera y unas curiosas torres esquineras en la segunda 13.
En resumidas cuentas, a la hora de abordar el estudio de la arquitectura militar almohade como manifestación estereotipada de un mensaje político y legitimador, podemos considerar dos grandes campos: por un lado, el análisis de la apariencia formal y epidérmica de la construcción en virtud de los restos que tenemos correctamente datados; y por otra parte, el relativo al conjunto de técnicas y procedimientos empleados para llevar a cabo la erección de la edificación.
Así, es posible asociar el primer aspecto al mencionado cuerpo de alarifes directores, mientras que el segundo quedaría relacionado con las cuadrillas de albañiles especializados.
No obstante, este planteamiento podrá ser matizado a lo largo de este artículo, donde incidiremos en estas cuestiones tras el estudio arqueológico de varias construcciones castrales almohades y el refrendo de las fuentes.
HACIA UNA IMAGEN OFICIAL DE LA
ARQUITECTURA MILITAR Como ya se ha avanzado en líneas anteriores, y en el contexto que nos ocupa, el aspecto final de una fortificación recién finalizada decía mucho acerca de sus promotores, los almohades.
En este caso, muy preocupados en dejar clara su autoría mediante un lenguaje que distinguiese claramente sus obras de las inmediatamente precedentes; y en ciertos aspectos, que las vinculase con la prestigiosa arquitectura del Estado Omeya andalusí (vid infra).
Los elementos articuladores de la referida «imagen oficial» que hemos considerado abarcan tres grandes bloques de estudio: acabados superficiales de las construcciones de hormigón de cal ejecutadas con tapiales, torres representativas, y accesos monumentales.
El tratamiento epidérmico aplicado a la superficie de los cajones está íntimamente ligado a la protección de la misma frente a los agentes erosivos.
Tal cuestión se revela tan antigua como la misma técnica de obra encofrada, por lo que la depuración y perfeccionamiento de la técnica irá aparejada al desarrollo de dicho tratamiento superficial, que evolucionará desde una solución meramente tectónica hacia unas funciones más estéticas en ciertos casos.
En período almohade se erigirán estructuras tanto enjalbegadas totalmente como en bruto, confiando en este último caso en la propia fortaleza del material hormigonado para resistir el desgaste.
No obstante, el acabado aplicado a la superficie de los cajones que más predicamento tendrá será sin duda el recurso del encintado, debido al cual prácticamente todas las obras militares almohades mostrarán una apariencia similar, que de forma inevitable nos sugiere la existencia de un único promotor detrás de la ingente cantidad de fortificaciones erigidas en este período.
Ya desde hace unos años, algunos investigadores han ido haciéndose eco de este tipo de obras encofradas y su uniformidad en sus trabajos14, llamando la atención sobre la incorrecta datación de muchas de las construcciones así terminadas que predominaba en la historiografía tradicional.
Puede ocurrir que la obra encofrada, como medida de protección y/o topográfica, se erija sobre un zócalo pétreo, de sillares, mampuestos, o ambos materiales a la vez.
En este caso, el mortero de cal se empleaba para tomar los elementos líticos y, a veces, para cubrirlos por completo.
De forma opcional, sobre el mortero todavía fresco se podían trazar líneas incisas que simulasen piezas similares a las ocultas.
En otras ocasiones, la cara exterior de los mampuestos se encintaba con dicho mortero adaptándose la cinta al contorno de los mismos, o inventando otras formas, tales como lágrimas (Fig. 1).
Por encima de la base se elevan las sucesivas hiladas de hormigón sobre las que se disponían las cintas de mortero de cal, con ligeras variaciones como veremos.
Los ejemplos conservados muestran cómo su relieve oscila entre escasos milímetros y dos o tres centímetros, y su grosor abarca aproximadamente de los siete a los doce centímetros.
Las cintas horizontales distan unas de otras la altura de la hilada correspondiente, y en un principio se trazaban sobre la línea de las cabezas seccionadas de las agujas del encofrado, seguramente para proteger y disimular estos puntos vulnerables de la estructura del muro.
Afirmamos que en un principio porque, en múltiples ocasiones, la faja no discurre por la referida línea sino unos centímetros por debajo o encima.
Cabe reseñar el conocido ejemplo de El Vacar15, donde ya es excesiva la no correspondencia entre Fig. 1.
Zona inferior de la Torre de los Pozos, en el recinto almohade de Cáceres, en la que destaca el acabado superficial con un encintado calizo que bordea los mampuestos esquineros y marca las hiladas de tapia Fig. 2.
Torre de la fortificación de El Vacar donde se aprecia la no coincidencia entre las líneas de mechinales y las cintas de mortero de cal tales elementos, cumpliéndose así una función puramente estética aunque no tectónica en todos estos casos (Fig. 2).
También, solían ubicarse cintas verticales cuya misión era siempre decorativa y, en ocasiones, constructiva cuando discurrían sobre una junta vertical de obra que, como ya sabemos, a causa del empleo de los encofrados corridos podían producirse a largos intervalos.
Recordemos cómo tales interrupciones en la erección de una hilada también se podían producir mediante un plano inclinado.
En consecuencia, es lógico que en estos casos pueda disponerse la cinta inclinada sobre la junta oblicua, como se observa excepcionalmente en los recintos de Cáceres y Niebla (Fig. 3).
En cualquier caso, estas fajas verticales o inclinadas no eran tan imprescindibles puesto que no protegían ningún elemento lignario.
Prueba de ello es que en las fortificaciones de Cáceres, Alcácer do Sal y Sevilla se observan torres y lienzos encintados, desde su origen, sólo horizontalmente (Fig. 4).
Por este motivo, las verticales podían disponerse libremente, de forma más aleatoria, o perfectamente isódomas; como se aprecia el primer caso en Játiva, Aroche, Paderne... y el segundo en Gibraltar, Niebla, El Vacar, Villena...
Incluso, en ocasiones, en una misma fortificación se combinan las dos formas referidas, como vemos en Badajoz, Cáceres y Silves (Fig. 3).
Un detalle importante apreciado en este recintos tan distantes como Cáceres y Játiva, es la aplicación de encintados en ambas caras de sus muros, mientras que en el resto de fortificaciones coetáneas que ostentan tales fajas sólo ha podido comprobarse su presencia en la cara externa, aunque sospechamos que esto se deba más bien a que han desaparecido ejemplos similares al extremeño y valenciano.
No obstante, en obras posteriores, como la Chella meriní de Rabat, se constata la presencia de cintas en la cara interior de sus lienzos.
En cuanto al empleo de éstas en quiebros de muro, se observa que, en ocasiones, las esquinas interiores eran recorridas por una sucesión de cintas verticales como puede verse en Aroche y Alcácer do Sal.
Lo mismo ocurría con las esquinas exteriores, a pesar de subsistir únicamente el ejemplo portugués de Moura, por ser la zona más expuesta al desgaste.
Para concluir nuestra descripción haremos especial hincapié en el remate superior de la obra encofrada, en el que las hiladas correspondientes al pretil y los merlones eran completamente revocadas con una gruesa capa del mismo mortero de cal empleado en cintas y basamento.
Hemos podido constatar fehacientemente esta solución en las cercas de Cáceres, Badajoz, Mértola, Silves, Niebla, Gibraltar, La Iruela y Bentomiz (Málaga; Fig. 3).
También deberíamos citar el antemuro del tramo de la Macarena del recinto hispalense, y ciertas partes de las murallas de Córdoba, en los que se perciben vestigios.
En otras obras militares donde se aprecian fajeados no ha sido posible arquitectónico y arqueológico en el sur de al-Andalus, Sevilla, 2004, pp. 124 y 125 propone una cronología almohade para el castillo de El Vacar, con la que comulgamos, dada la similitud edilicia existente con el resto de la producción almohade erigida con tapiales.
que queda de la torre de flanqueo de la Puerta de Yelves en la Alcazaba de Badajoz, y varias torres del flanco septentrional del recinto urbano de Niebla.
En el caso que nos ocupa, no sólo se trazaron cintas a modo de fajas, sillares o mampuestos, sino que también se utilizaron para crear estrellas de ocho puntas e inscripciones en cúfico16, como se aprecia en las fachadas este y norte de la albarrana, respectivamente (Figs.
Hasta ese momento, las únicas inscripciones de carácter oficial que se han identificado en arquitectura castrense andalusí son de carácter fundacional, nunca religioso.
Precisamente, en la comprobar la subsistencia del revoco sobre parapeto y merlatura, fundamentalmente porque éstos han desaparecido.
De este modo, creemos que los ejemplos supervivientes, recién mencionados, son suficientes para este peculiar remate epidérmico como una práctica constructiva habitual.
Es más, su cometido, al margen del estético, era puramente tectónico.
En efecto, gracias a tales morteros se protegía la tâbiya de la acción del agua de lluvia que podía afectar a la estructura del muro filtrándose por sus partes altas más expuestas.
El desarrollo y evolución de los encintados desembocó en la aparición de motivos más complejos y elaborados.
De los escasos restos subsistentes merece la pena detenerse en los del recinto almohade de Cáceres, por su relativo buen estado de conservación y su relevancia simbólica.
Los vestigios aludidos se concentran en las caras norte y este de la albarrana de los Pozos.
Como se verá a continuación, la disposición de tales cintas está íntimamente ligada a la naturaleza, forma y disposición de los materiales empleados.
Por ello, antes de ofrecer una descripción de los motivos decorativos será necesario referir el proceso constructivo seguido en este bastión.
Éste se cimienta sobre una irregular cresta rocosa, por lo que fue necesario crear una base plana, de material pétreo, para posibilitar la erección de los sucesivos cajones.
Del total de once con que cuenta la torre, las esquinas orientales de los cinco primeros están reforzadas por bloques de la misma mampostería empleada en el zócalo, material inexistente en las siete hiladas superiores.
Sobre la obra encofrada se dispusieron las consabidas fajas horizontales de mortero de cal, en algunos casos cubriendo la línea de mechinales y en otros ligeramente por encima.
En cuanto a la parte lítica, se creó un encintado que remarcaba cada pieza, o un pequeño conjunto de ellas, potenciándose la apariencia de los mampuestos en vez de disimularla.
Es importante aclarar cómo tales cintas se trazaron claramente definidas y con cierta gracia, tratando de dignificar un aparejo tan irregular y grosero.
Por encima de esos refuerzos pétreos, se erigen tres hiladas en las que en la zona esquinera se dibujan, con el mismo mortero calizo, líneas que simulan envolver sillares y mampuestos que simplemente no existen.
Así, se prolonga la apariencia de las hiladas inmediatamente inferiores, aunque en esta zona con una finalidad puramente estética.
Finalmente, los cuatro hilos superiores fueron totalmente enjalbegados por el consabido mortero blanco.
Al quinto y último, el correspondiente a los merlones y desaparecido en un momento indeterminado, le suponemos idéntico tratamiento epidérmico (Fig. 4).
Se pueden señalar como similares a éstos los vestigios de acabados superficiales de lo torre de los Pozos se documenta uno de los primeros ejemplos conocidos de epigrafía religiosa en una obra militar 17.
Si consideramos en su conjunto todos estos motivos de exorno, la torre en cuestión se nos revela como un muestrario de representaciones propagandísticas de una dinastía que ha de buscar su razón de ser y legitimidad en la yihâd o guerra santa.
Este tratamiento epidérmico, que hemos analizado pormenorizadamente y que constituye uno de los pilares de lo que hemos venido denominando «identidad corporativa», a causa de su difusión en la poliorcética almohade, se aplica precisamente en una obra documentada textualmente como de las más emblemáticas de los primeros tiempos de la dominación de los Unitarios en la Península, dirigida además por dos de sus más prominentes arquitectos: AÜmad b.
Baso y al-Haíí Ya' àå, ambos andalusíes.
Nos estamos refiriendo a la fortificación de Gibraltar, ordenada erigir en 1160 por el califa almohade según citan las fuentes 18.
El hecho de que en una obra emblemática, de fecha temprana y directamente vinculada al poder central, figure el acabado superficial descrito, y en el que además no se aprecian los típicos titubeos de la búsqueda y consolidación de las fórmulas más adecuadas para proteger los cajones, podría interpretarse como indicador de que semejante tratamiento ya se empleaba en fechas anteriores, y que fueron los almohades los que lo generalizaron en Fig. 6.
Fragmento de inscripción cúfica en la cara septentrional de la albarrana de los Pozos (Cáceres) toda la poliorcética posterior, enfatizando sus valores estéticos y haciéndolos propios.
Semejante incremento del valor estético podría reflejarse en la anteriormente referida pérdida de función tectónica vista en el ejemplo del recinto de El Vacar, en el que la no correspondencia entre cintas e hiladas es evidente.
Por otra parte, la apropiación por los almohades del efecto estético de obra encintada se manifiesta en su evolución y uso simbólico vistos claramente en el ejemplo de la Torre de los Pozos de Cáceres.
Bajo este epígrafe hemos querido referirnos a dos tipos de torre militares: las albarranas y las de trazado poligonal.
A pesar de que la existencia de semejantes tipologías se documenta desde épocas anteriores, puede atribuirse a los almohades su difusión y generalización.
El carácter simbólico de estas torres queda patente en la medida en la que es posible cuestionar su origen como simple elemento poliorcético 19.
En el caso de las poligonales, algunos autores han interpretado su forma como la transposición de una torre cilíndrica, que al erigirla mediante el empleo de encofrados sencillos, adoptaría una forma poligonal (Fig. 7) 20.
Además, se suele justificar su habitual emplazamiento en las esquinas de los recintos, cumpliendo una función análoga a las de planta circular, sin ángulos muertos.
Tal ubicación se corrobora en algunos casos: valga el ejemplo de las dos octogonales de Jerez de la Frontera y otro par de Niebla, que definen dos claros vértices de la planta de sus respectivas fortificaciones (Fig. 8).
En Cáceres, una octogonal albarrana se emplaza en el ángulo suroeste del recinto, sin embargo, en el mismo existe otra octogonal exenta que no flanquea ningún quiebro significativo de muro 21.
Lo mismo se puede constatar en Écija 22 y Andujar 23, con múltiples albarranas octogonales documentadas, algunas en esquina y otras flanqueando lienzos rectilíneos.
En Elvas, ninguna de las dos poligonales, una adosada y otra albarrana, domina quiebro alguno 24.
En la alcazaba de Reina, la única albarrana octogonal también flanquea un lienzo de trazado recto.
Así, la existencia de estos casos pone en entredicho el pretendido valor militar como torre poderosa diseñada exclusivamente para el flanqueo de un ángulo de la fortificación.
En realidad, hasta la aparición de la pirobalística, las habituales torres cuadrangulares y semicirculares cumplían con creces su cometido acorde con las técnicas de asedio y expugnación vigentes; por lo que se podría considerar que tanto las torres albarranas como las poligonales estarían sobredimensionadas en lo que a uso poliorcético se refiere.
De hecho, si no hubiese sido así, su construcción se habría hecho extensiva a todo al-Andalus.
Sin embargo, es posible comprobar de qué manera proliferan en la mitad occidental del territorio andalusí, mientras que son prácticamente inexistentes en la zona de levante, como vemos gráficamente en los ejemplos representados en la Fig. 9.
Para tratar de explicar este fenómeno, quizá sea necesario reflexionar acerca de las condiciones específicas de cada uno de los diversos solares peninsulares administrados de una forma u otra por los Unitarios, cuyo análisis contribuirá a definir el tipo de dominio o relación que se estable-ce entre cada una de tales zonas y el poder central muminí.
En una clasificación que atienda a criterios geopolíticos se podrían considerar tres zonas, grosso modo.
En primer lugar: Garb al-Andalus, u occidente de al-Andalus, que comprendería los territorios situados entre el Tajo, el límite actual entre Extremadura y La Mancha, Sierra Morena, y curso bajo del Guadiana.
En segundo lugar: Centro, ajustable a la actual Andalucía.
Y a la postre: Šarq al-Andalus, u oriente de al-Andalus, correspondiente a las actuales comunidades valenciana, murciana y provincia de Albacete.
En cuanto al Garb, durante todo el período almohade, fue uno de los territorios más desarticulados de todo al-Andalus, hecho que puede ser explicado por la confluencia de varios factores relacionados entre sí.
Por una parte, desde épocas anteriores ya se arrastraba un manifiesto contraste entre su hábitat disperso y poco denso, y la mayor concentración demográfica del Centro y Šarq.
A esto se pueden añadir los catastróficos efectos de la fuerte presión militar ejercida por los reinos cristianos, entre los que destacaría el naciente y agresivo Portugal.
De sus actividades y de las reacciones suscitadas en el lado almohade, las mismas crónicas musulmanas dan rendida cuenta.
Por citar algunos ejemplos: en Badajoz, las obras de acondicionamiento y mejora de infraestructuras hidráulicas llevadas a cabo en su alcazaba en 1169 fueron ordenadas y ejecutadas por el poder central 26.
La propia ciudad tuvo que ser abastecida, al menos en tres ocasiones, en 1170, 1171 y 1173, por recuas provenientes de Sevilla, de las que una no llegó a su destino por haber sido interceptada por Geraldo Sempavor 27.
Este mismo caudillo tomó Beja en 1172 y la evacuó unos meses después.
Para el retorno de su población, las autoridades almohades se preocuparon de reunir a los supervivientes, a los que se les ofreció una guarnición y obreros para poner a punto las defensas, iniciándose las reparaciones con anterioridad a la llegada de los habitantes.
A pesar de los esfuerzos invertidos, la ciudad fue abandonada en 1178, tras unos reveses militares sufridos por los gobernadores de Beja y Serpa, a manos de los portugueses 28.
En fin, para estimular la repoblación de Alcácer do Sal, tras su conquista en 1191, además de guarnecer la plaza con tropas regulares, se subvencionó a la población mediante cantidades mensuales y anuales de fondos cedidos por Ceuta y Sevilla 29.
Así, todo parece indicar que la sociedad de estos territorios estaba tan desarticulada que no podía mantenerse por si misma, ni siquiera desde Badajoz, incapaz ya de jugar ese papel vertebrador que ostentó en época taifa.
En consecuencia, fueron los almohades los que se vieron obligados a asumir tal función mediante el ejercicio de un dominio más directo.
Tampoco debemos olvidar que el Garb constituye la frontera más inmediata entre el centro del poder almohade peninsular, Sevilla, y los reinos de León, Portugal y Castilla.
Precisamente, mientras éstos dos últimos enfocan su actividad expansiva hacia el Sur musulmán, Aragón tendrá puestas sus miras al norte de los Pirineos, en Occitánia, hasta la batalla de Muret en 1213.
Por este motivo el Šarq no sufrió, durante la segunda mitad del s. XII y principios del s. XIII, la fuerte presión militar padecida por el Garb.
Posiblemente, a causa de la conjunción de todas las circunstancias mencionadas, los Unitarios se hicieron cargo del mantenimiento y mejora de, al menos, una porción considerable del conjunto de infraestructuras militares del occidente andalusí.
Para ello, emplearon todos los recursos económicos y materiales posibles; incluyendo, según creemos, un cuerpo de alarifes en nómina vinculados al poder central, y al servicio del cual desplegaban un repertorio normalizado de formas, entre las que se incluían torres albarranas y poligonales, con muy probables fines propagandísticos.
En resumen, el vínculo entre las torres poligonales y el poder almohade está tan anudado, que torres de la misma tipología proliferan en los territorios controlados de forma directa por los Unitarios, del mismo modo que son prácticamente inexistentes en aquellas zonas donde ejercen un poder delegado en connivencia con unas élites locales fuertemente implantadas.
El prestigio que adquirieron estas obras será tal que, una vez derrocados los almohades, aún perdurarán sus secuelas en poligonales meriníes, por ejemplo en alguna de Algeciras 30 o en la Chellah de Rabat, y otras cristianas.
A la hora de analizar las puertas monumentales erigidas en diversas fortificaciones andalusíes durante el período almohade, consideramos innecesario insistir en el estudio de la disposición acodada de muchas de aquellas, cuestión suficientemente tratada con anterioridad en numerosos trabajos 31.
Únicamente mencionaremos que su proliferación se producirá en esta época, a pesar de documentarse tal tipología desde periodo omeya 32.
Pero esta práctica poliorcética tendente a dificultar el ingreso, se verá inserta dentro de una reflexión más profunda sobre el propio lenguaje formal de tales accesos, concebidos como uno de los puntos más representativos de una fortificación.
Como veremos, los almohades seguirán caminos dispares en la ejecución de estas obras a ambos lados del Estrecho, circunstancia que será el reflejo de las condiciones particulares de cada territorio.
No son pocos los autores que han estudiado las puertas de aparato almohades del Norte de África33, refiriendo tanto su ejecución en fina sillería como el esquema compositivo dominado por uno, o varios arcos doblados, de herradura, lobulados, y de medio punto; en torno al que se articulan sus motivos ornamentales: geométricos, vegetales, y epigráficos; y cuyo resultado redundará en el carácter monumental del acceso, poniendo en evidencia sus valores simbólicos con relación al mensaje que los muminíes querían transmitir (Fig. 10).
Sin embargo, el tratamiento formal que reciben estas puertas contrasta claramente con las andalusíes erigidas bajo la misma dinastía, puesto que hasta la fecha no se ha documentado en la península ejemplo alguno similar a los del otro lado del Estrecho, ni siquiera en Sevilla, capital de los almohades en al-Andalus.
De hecho, los pocos ejemplos conservados de puertas hispalenses se parecen más a las de cualquier recinto peninsular de provincias que a las de ningún centro de poder almohade en el norte de África (Fig. 11).
Por otra parte, es significativo que una fortaleza almohade norteafricana de segundo rango, como Dar al-Sultan, ostente una versión de las fachadas monumentales de Rabat y Marrakech, pero realizada con técnicas de albañilería 34.
Así, parece que en cada orilla del Estrecho, tanto en capitales como en la periferia, las puertas monumentales seguían sus propios esquemas compositivos.
De este modo, habrá que esperar hasta el período nazarí para documentar en al-Andalus puertas monumentales o de aparato, deudoras de las magrebíes 35 (Fig. 12).
Por el contrario, el modelo cuya presencia se constata de forma sistemática en tierras andalusíes muestra un esquema compositivo muy sencillo regido por un arco ultrasemicircular, a menudo ligeramente apuntado y rehundido respecto del omnipresente alfiz36.
En cuanto a la decoración, es inexistente en la superficie de la portada Tales evidencias nos llevan inevitablemente a preguntarnos por los motivos que condujeron a una misma dinastía a establecer tan radical diferencia entre construcciones que desempeñan una función similar.
Cabría la posibilidad de atribuir la apariencia, ciertamente simple y arcaizante de las puertas andalusíes en relación a las magrebíes, a su ejecución por cuadrillas de albañiles ancladas en tradiciones constructivas autóctonas.
Pero hemos de tener presente que estos operarios seguían las directrices marcadas por los arquitectos al servicio de los almohades y, precisamente, las puertas siempre constituirán el espacio más susceptible de recibir la mayor concentración de carga simbólica de todo un edificio, de modo que resultaría como mínimo llamativo que se dejase a criterio de los albañiles la configuración de las entradas a sus fortalezas, por lo que manifestamos ciertas reservas sobre esa opción.
Así, a falta de una explicación satisfacto-ria, nos atrevemos a sugerir que la estética tradicional de estos elementos debió obedecer a una clara intención, que no es otra que la de establecer un vínculo entre las dinastías almohade y omeya a través de sus obras monumentales, como sucede, por ejemplo, con las puertas.
La dinastía omeya todavía era recordada en al-Andalus, siglo y medio después de su desaparición, como la depositaria del auténtico Califato y, por lo tanto, cargada de una importante dosis de legitimidad y poder.
Además, suponía el momento de mayor esplendor andalusí, lejos de la nueva situación de presión que existía con los reinos cristianos.
Los Unitarios, mediante la ostentación de una estética de accesos monumentales cercana a la desarrollada en época omeya, debieron pretender presentarse como los sucesores naturales y legítimos de los califas cordobeses y canalizar, en beneficio propio, su recordado prestigio.
Conviene no olvidar la perentoria y crónica necesidad que tuvieron los almohades de justificar su autoridad ante los andalusíes.
Incluso, los ejemplos de portadas almohades andalusíes más elaboradas siguen remitiendo a prototipos omeyas, como es el caso de las puertas monumentales del recinto de Niebla, en las que el esquema compositivo que las rige deriva directamente del observado en los mihrabs y fachadas de las mezquitas omeyas (Fig. 13).
No sólo se constatan vínculos formales entre los accesos monumentales, sino también en cuanto a materiales empleados, de modo que los almohades, a imitación de los omeyas, erigirán sus puertas con piezas pétreas labradas ex novo.
Tal acción constituye, a nuestros ojos, otro indicador del especial interés de los muminíes en dotar a tales portadas de una especial carga simbólica y propagandística.
No hay que olvidar que los sillares empleados en otras partes de los recintos almohades de tâbiya, en bases de lienzos y torres, en muchos casos eran de acarreo 38.
A la hora de estudiar los accesos monumentales conservados en la península Ibérica, cabe referir que es realmente escaso el número de ejemplos subsistentes de los que tengamos más o menos clara la cronología.
Por sus características formales y edilicias podemos asignar a este período ciertos accesos de los recintos de Mértola, Elvas, Badajoz, Aroche, Niebla, Sevilla, Carmona, Marchena, Jerez de la Frontera, Medina Sidonia y Denia.
No obstante, mencionaremos dos puertas a las que cabría la posibilidad de fijar semejante datación, dadas sus características materiales, formales y geométricas: el Arco de las Pesas en Granada y la puerta de la alcazaba de Loja39, a las que podríamos añadir tal vez la Puerta de Belén en Córdoba.
Especial atención merecen los recintos de Badajoz y Niebla, por ser los únicos en los que se ha conservado una serie más o menos extensa de arcos monumentales distribuidos en varias puertas, frente a uno o dos arcos por única puerta subsistente en cada uno de los restantes recintos referidos.
En Niebla, de las cinco puertas almohades del recinto urbano, Sevilla, Socorro, Buey, Agua y Embarcadero, todas conservan fachadas monumentales escasamente alteradas excepto la última referida.
Se trata de torres-puerta con entrada monumental exterior en un lateral de la torre, cuyo interior se cubre con bóveda baída, y salida al interior de la ciudad a través de otro arco monumental tras efectuar un simple codo (Fig. 14).
Únicamente la Puerta del Socorro presenta una variación de este esquema en la cubierta del espacio interior de la torre-puerta por una bóveda de cañón y la inexistencia de portada mirando a la ciudad.
Todos los arcos de las portadas siguen el mismo esquema tanto en ejecución material, configuración formal como trazado geométrico.
En lo que a ejecución material se refiere, se trata de obras de cantería con sillares labrados ex novo y aparejados al milímetro, reservándose el ladrillo, eventualmente combinado con sillares, para la zona superior de la fachada.
Solamente en las impostas de los arcos exterior e interior de la Puerta del Buey se emplean piezas marmóreas.
En cuanto a la configuración formal, se repite el consabido esquema de arco de herradura ligeramente apuntado y rehundido respecto del alfiz, sobre el que se emplaza en las caras exteriores de las puertas de Sevilla y del Buey un friso de tres arquillos ciegos polilobulados (Figs.
Y por último, en el trazado geométrico, aunque es cierto que hay ligeras diferencias en la concepción de los alfices, se observa una gran uniformidad en el trazado de los arcos mediante un par de circunferencias levemente desplazadas y casi siempre tangentes al alfiz.
En todos los casos, el despiece de las dovelas centrales se dirige al centro geométrico del mentado par de circunferencias y la línea de la rosca corta el alfiz.
En resumidas cuentas, el grado de homogeneidad, a todos los niveles, atestiguado por las puertas del recinto de Niebla permite aventurar la mano de una única cuadrilla, o varias dirigidas por un jefe de obra con unos criterios uniformes y estrictos.
En la Alcazaba de Badajoz han llegado a nuestros días tres accesos que poseen arcos monumentales erigidos bajo los almohades: el Postigo de la Coracha, la Puerta del Capitel y la Puerta del Alpéndiz.
El Postigo de la Coracha se trata de un acceso directo flanqueado por una torre adosada a diestra de su fachada exterior.
Su composición formal se rige por un arco ciego enjarjado, de herradura un tanto aguda, impostas en nacela y ligeramente rehundido respecto al alfiz que lo enmarca.
A su vez, dicho arco cobija un pequeño postigo rematado por un arco escarzano.
En cuanto a los materiales, tanto el espacio comprendido entre el vano de acceso y el arco ciego ultrasemicircular, como las albanegas de este último, se resuelven mediante sillares de labra poco cuidada, combinándose con ladrillos en la rosca del arco de herradura y en la zona periférica de la portada.
Precisamente, lo tosco del corte de sus dovelas justifica el uso de ladrillo y abundante mortero para encajar las piezas.
De este modo, la irregularidad del aparejo pretende disimularse mediante líneas incisas en el mortero, tratando de aparentar un acabado más regular.
Por el con-trario, el empleo de dovelas mejor trabajadas en el arco escarzano permite el uso exclusivo de piezas pétreas.
Es posible que incluso llegasen a emplearse algunas piezas de acarreo, como parecen confirmar las desiguales impostas marmóreas.
Lo que sí parece evidente es el uso de piezas pétreas carentes de función tectónica dada su notable delgadez, aparejándose pues a modo de chapado de carácter ornamental, orientado al juego de planos en diferentes profundidades, definidos por la rasante exterior de la fachada, el plano de las albanegas y la superficie del arco escarzano.
El esquema geométrico que rige la puerta podría considerarse generado a partir de un gran triángulo equilátero, cuya base y altura son las del rectángulo que define el alfiz desde la línea superior de las impostas.
Las dimensiones totales de la puerta vienen dadas por la suma de este rectángulo y otro idéntico al anterior, pero situado inmediatamente por debajo.
El arco de herradura se determina, por una parte, mediante otro triángulo equilátero, menor que el primero, pero con el que comparte base, y por otra, por dos circunferencias levemente desplazadas tangentes al alfiz.
El despiece del arco va dirigido al centro de la línea de las impostas, que es la común entre los rectángulos referidos.
Por último, la intersección entre el rectángulo del alfiz y la circunferencia que inscribe al triángulo que lo define coincide con el enjarje del arco de forma muy aproximada (Fig. 17).
Las puertas del Capitel y del Alpéndiz responden al mismo esquema en planta y alzado, pues ambas se disponen a modo de bastión rectangular saliente en el que se abre un primer arco monumental en uno de los lados perpendiculares a la muralla, de manera que queda flanqueado a izquierda por la propia muralla y a diestra por una torre.
Tras acceder a un patio rectangular, a cielo abierto, se gira a la izquierda para penetrar en el interior de la Alcazaba a través de un segundo arco de carácter menos monumental que el anterior.
Las fachadas principales de estas dos puertas son idénticas en cuanto a ejecución material, forma y trazado geométrico.
Así, ambas se erigen mediante sillares de granito de nueva labra aparejados al milímetro, con impostas marmóreas.
Formalmente, ostentan un vano con arco enjarjado de herradura ligeramente aguda y levemente rehundido respecto al alfiz que lo enmarca.
Las impostas son anaceladas.
El esquema geométrico que rige las fachadas se define por dos pares de circunferencias levemente desplazadas, que dan la altura de los vanos y la forma ligeramente aguda de los arcos, y son tangentes al alfiz.
En la Puerta del Capitel las líneas de despiece del arco convergen en el centro de la línea superior de las impostas, bañilería frente a las de cantería, el empleo de sillares labrados ex professo en la arquitectura almohade se limitará a construcciones puntuales, que dado su carácter excepcional denotan el especial cuidado puesto en ellas.
Esta es la razón por la que las llamadas técnicas de albañilería, que englobarían el uso de encofrados, mampuestos y ladrillos, se emplearan en puntos de importancia secundaria como el Postigo de la Coracha, el segundo arco del Capitel y seguramente la segunda puerta del Alpéndiz.
En lo referente a los esquemas geométricos que rigen todas estas puertas, principales y secundarias, parece que el grado de monumentalidad de las mismas está directamente relacionado con el conjunto de recursos geométricos elegidos para cada vano.
Así, mientras que el alfiz de las más monumentales se define mediante un cuadrado, más o menos preciso, el alfiz de las de segundo rango se forma por un rectángulo que lleva inscrito un triángulo equilátero.
En cualquier caso, aunque hubiesen trabajado diferentes cuadrillas, unas de «canteros» y otras de «albañiles», en la erección de estos accesos monumentales, existe, como en el caso de Niebla, una unidad de criterios que da uniformidad al conjunto de las puertas de la alcazaba y de los que seguramente sería responsable una misma persona. mientras que el alfiz queda definido por un cuadrado cuya base coincide con la línea inferior de las impostas.
Justo a la inversa que en la del Alpéndiz, en la que las dovelas se dirigen al centro de la línea inferior de las impostas y el cuadrado que define el alfiz se apoya en la línea superior de las impostas, tratándose al fin y al cabo de ligeras variaciones sobre el mismo trazado geométrico (Figs.
De las fachadas secundarias de estas puertas sólo se conserva la del Capitel.
A pesar de que formalmente sigue el mismo esquema que las principales, su ejecución material se asemeja a la del Postigo de la Coracha.
En cuanto al esquema geométrico, es idéntico al que rige el primer arco del Capitel excepto en el cuadrilátero que delimita el alfiz, que en el ejemplo que nos ocupa, parece que viene definido por un triángulo equilátero, pero con mucha menos precisión que en el Postigo de la Coracha (Fig. 20).
En resumen, el valor simbólico y propagandístico de las puertas de la alcazaba pacense vendría refrendado además por la propia monumentalidad de las fachadas, conseguida como ya hemos visto mediante una cuidada ejecución, el uso de materiales nobles y el empleo de relaciones métricas concisas.
Precisamente, en una época en la que predomina, de forma abrumadora, el uso de técnicas de al-Fig.
Alzado fotogramétrico del arco exterior de la Puerta de la Coracha (Badajoz).
Los morteros originales no erosionados se representan en amarillo claro con las líneas incisas en naranja.
Los morteros originales desgastados aparecen en amarillo oscuro y los morteros modernos en gris Fig. 18.
Alzado fotogramétrico de la hipotética apariencia original del exterior del primer arco de la Puerta del Capitel en la Alcazaba de Badajoz, con su trazado geométrico Fig. 19.
Alzado fotogramétrico de la hipotética apariencia original del exterior del primer arco de la Puerta del Alpéndiz en la Alcazaba de Badajoz, con su trazado geométrico.
En color gris se reconstruye la parte desaparecida y enterrada de la fachada, y en naranja pálido las impostas Fig. 20.
Alzado fotogramétrico de la hipotética apariencia original del exterior del segundo arco de la Puerta del Capitel, con su trazado geométrico Antes de concluir este apartado, no se debe pasar por alto una cuestión que se revela evidente, que es el mayor coste de estas puertas de aparato en relación a lo que suponía la erección de lienzos y torres, no sólo por la diferencia de materiales y procedimientos de la puesta en obra, sino también a causa de la mayor especialización y pericia necesarias en la erección de aquellas.
Además, el número de cuadrillas de canteros debía ser muy escaso respecto a la abundancia de tapiadores dedicados a levantar muros y bastiones.
El ejemplo portugués de Paderne puede resultar muy ilustrativo de este asunto.
Se trata de un pequeño Üiãn, aproximadamente rectangular, cuya superficie no supera la tercera parte de una hectárea, lo que no impide que esté dotado de los característicos atributos de la poliorcética almohade, puesto que además de ostentar encintados en sus estructuras hormigonadas, la única torre que posee es una contundente albarrana que flanquea el frente más accesible.
Incluso conserva la puerta de acceso en codo simple, sólo que en este caso no se trata del canónico arco de herradura labrado en fina cantería, sino de un arco de medio punto aparejado con simples mampuestos.
Esta inexpresiva puerta, nada acorde con las tan arquetípicas tapias encintadas y albarrana, ha llevado a la confusión a algún autor que ha considerado una refacción del arco en época cristiana que hubiera desfigurado una apariencia original más acorde con lo esperado40.
No obstante, tras una minuciosa observación de los paramentos, se comprueba que tanto el arco que une la albarrana con su lienzo contiguo, como el que configura el acceso al recinto, forman una única unidad constructiva con la obra encofrada, por lo que se les puede atribuir sin ningún género de dudas una cronología almohade (Fig. 21).
Es posible que la decisión de no dotar a este recinto de una portada emblemática se debiera a una conjunción de circunstancias entre las que se podría considerar una coyuntural escasez de recursos económicos, o que la escasa entidad demográfica y administrativa del núcleo estuviera asociada a una inversión económica acorde con sus características, que hubiera conducido a la erección del acceso mediante técnicas de albañilería.
En cualquier caso, una respuesta satisfactoria pasaría por indagar qué vínculos existieron, y de qué naturaleza, entre esta población y el poder almohade.
EQUIPOS DE ARQUITECTOS Y OPERARIOS EN TRÁNSITO
En los apartados anteriores ya hemos adelantado la existencia de un cuerpo de arquitectos o alarifes «en nómina», al servicio de la autoridad, que diseñaban la imagen arquitectónica que los muminíes querían mostrar de su mensaje político y religioso.
Tal perfil estaría integrado por elementos como las puertas monumentales, torres albarranas, torres poligonales, e incluso por el empleo de un acabado superficial común en todas las obras militares, cuya ejecución material recaía en un conjunto de cuadrillas u obreros especializados.
Ante la evidente diferenciación entre obras de albañilería y cantería, vistas en el caso de la Alcazaba de Badajoz, cabe preguntarse acerca de la identificación de dichos tipos de obra con sus correspondientes operarios especializados.
Dicho de otro modo, ¿se puede hablar de albañiles y canteros, o bien de obreros que desempeñan las funciones de ambos?
Desde luego, las crónicas existentes sobre periodo almohade dan pistas ambiguas, pues suelen referir a los operarios bajo el nombre genérico de «obreros» o «albañiles» en el sentido más amplio, o citan algunos oficios especializados tales como carpinteros, aserradores y yesistas 41.
De cualquier manera, la precisión y perfección de la ejecución de las obras de cantería de las portadas monumentales de las fortalezas reflejan una seguridad y un dominio técnico vinculable a un elevado nivel de especialización dentro de las técnicas constructivas.
Lo que sí refieren claramente las crónicas es la movilidad de esos alarifes y operarios no sólo dentro de al-Andalus, sino también entre la Península y el norte de África, como ya se ha referido.
Tal tránsito también es consecuencia del estado en el que se encuentra sumido el Garb al-Andalus, en el que la inestabilidad, debida sobre todo a la presión cristiana, obliga a los almohades a prestar continuas y especiales atenciones a tan sensible territorio.
De hecho, al margen de las operaciones militares para detener y contrarrestar los incesantes ataques lusos, las fuentes recogen todas las acciones estatales orientadas a la consolidación de la presencia musulmana en el territorio mediante reconquistas, repoblaciones y reconstrucciones por albañiles traídos desde diferentes puntos del Garb 42.
Así, en los aspectos que nos conciernen, el análisis, tanto de las crónicas como de los vestigios arquitectónicos diseminados por todo el occidente andalusí, parece indicar que los Unitarios se hicieron cargo, de forma directa, de su refortificación y guarnición, por lo que, además de tropas, debieron desplazar de forma habitual cuadrillas de obreros y algún que otro alarife según las necesidades.
Creemos que es posible detectar con claridad alguno de esos movimientos entre localidades tan distantes como Badajoz y Carmona, en lo que se refiere a canteros o alarife que los dirigiera, puesto que, tras un análisis meticuloso efectuado sobre el segundo arco de la Puerta de Sevilla en Carmona, se ponen en evidencia las enormes similitudes con las monumentales de Badajoz en cuanto a materiales empleados y su disposición, forma, composición y metrología 43.
De hecho, el trazado geométrico del referido arco la Puerta de Sevilla aúna las pequeñas variaciones del mismo esquema que rige las fachadas principales del Alpéndiz y Capitel, de modo que se hace coincidir en una sola línea el origen del despiece del arco y la base del cuadrado que define el alfiz (Fig. 22).
Tales semejanzas no se constatan hasta esos extremos en las demás puertas monumentales andalusíes identificadas como almohades (Figs.
Únicamente el Arco de las Pesas de Granada ostenta un trazado idéntico al arco principal de la Puerta del Capitel.
A pesar de que tradicionalmente se le ha venido adjudicando a aquél una cronología zirí (siglo XI), en recientes investigaciones de los arqueólogos Ana Palanco Noguerol y José María Martín Civantos se retrasa la erección de tal acceso al siglo XII 44, por lo que, al menos, se abre la posibilidad de encuadrar sincrónicamente o en momentos cercanos los arcos de las Pesas y Capitel.
No obstante, evidentes diferencias en su ejecu- ción material nos inclinan a descartar que esta puerta granadina tenga su origen en el mismo impulso constructor que las pacenses (Fig. 26).
Otro detalle que, en nuestra opinión, podría relacionarse con el desplazamiento de cuadrillas es la aparición en Badajoz de detalles formales como las fajas o impostas que suelen ubicarse, con mayor protagonismo, en torres, y de manera más discreta en algunos lienzos, sobre todo en portadas, y que normalmente marcan el inicio de la cámara de una torre, del pretil y de la línea de merlatura.
La difusión de este peculiar complemento ocupa un lugar muy concreto y de concisos límites geográficos dentro de la edilicia almohade en la Península, por lo que su localización se restringe a unos cuantos núcleos del medio y bajo Guadalquivir, con la única y alejada excepción de Badajoz.
En cualquier caso, estos grupos de arquitectos y operarios no se limitaron a trabajar en la capital del Guadiana, sino también se debieron desplazar a la cercana Elvas para ejecutar labores de la misma índole.
En esta población, la Porta do Templo ostenta una y organización en planta idéntica a las puertas del Alpéndiz y Capitel que no se repite con tanta fidelidad en ningún otro recinto almohade (Figs.
No obstante, las reducidas dimensiones de todos los elementos de esta puerta elvense apuntan a que se trate más de un postigo que de una puerta monumental.
Considerado ese caso, la propia configuración del acceso redundaría con mayor claridad en su carácter simbólico, al atribuirse a un tipo secundario la fisonomía de uno principal.
En este recinto también se erigieron albarranas y poligonales, y se emplearon cajones encintados para erigir lienzos hasta la merlatura.
Con este trabajo hemos pretendido incidir en el establecimiento de un lenguaje formal por parte de las autoridades almohades en sus fortificaciones andalusíes.
Más allá de una simple estandarización constructiva, que demuestra una indudable madurez de los sistemas de producción en la arquitectura, las pautas seguidas tienden a mostrar un claro mensaje sobre el promotor de la obra en cuestión.
De este modo, y como han demostrado estudios recientes de M.a Antonia Martínez Núñez o Patrice Cressier, ya citados, el afán propagandista y de legitimación de los califas almoha- des se manifestará en numerosos aspectos de la vida cotidiana: las prácticas religiosas, las acuñaciones monetarias o la propia arquitectura seguirán un lenguaje nuevo y particular.
En el caso de las fortificaciones, abundantes como consecuencia de un prolijo programa de defensa del territorio, los nuevos recursos se manifestarán tanto en la propia morfología de las obras como en su forma de ejecutarse.
En los casos que hemos tratado, hemos querido insistir en algunos puntos en especial.
Por una parte, los propios cajones de hormigón de cal, tan característicos y pobres, recibirán sobre su superficie cintas y revestimientos de cal que, más allá de ser simples recursos constructivos, terminarán por adquirir un lenguaje propio y representativo que caracterizará a la obra de tapiería.
El ejemplo de la torre de los Pozos de Cáceres, con inclusiones epigráficas en las cintas, será el caso más sorprendente y avanzado de estas prácticas de albañilería.
Por otro lado, hemos incidido en el carácter de las torres albarranas y/o poligonales y, en especial, el de las puertas, como zonas susceptibles de recibir especiales atenciones.
Sobre los accesos monumentales se puede concluir que se sigue una línea dispar a la de sus hermanas magrebíes, y en cierto modo, con un cierto ascendente y parentesco con obras de periodos anteriores dadas sus características constructivas y su sobriedad.
Sorprende la uniformidad en la ejecución de muchas de ellas, que hace plantearnos la existencia de verdaderos equipos de constructores que son delegados por la autoridad de turno allí donde son necesarios.
Los casos de las puertas de Carmona o Badajoz son buen ejemplo de ello.
En cualquier caso, la habitual movilidad de los responsables de erigir las construcciones oficiales deja bien a las claras la pujanza del promotor y su capacidad de organizar la ejecución de obras dentro de un vasto programa arquitectónico.
En definitiva, las líneas esbozadas apuntan a una directriz muy evidente en toda la campaña fortificadora que llevan a cabo los almohades en la orilla norte del Estrecho, y los nuevos datos aportados vienen a confirmar esa línea apuntada en otros estudios acerca de la normalización de las obras ejecutadas.
La carga de propaganda que subyace detrás de este lenguaje oficial es evidente, y viene a confirmar a los alarifes Unitarios como los responsables del más ambicioso y planificado programa de obras militares de la historia de al-Andalus. |
El análisis de las técnicas constructivas (fábricas, materiales y ejecución) aplicadas a las tipologías murarias ha suscitado escasa atención en el ámbito de la Arqueología regional en el área sevillana, quizás por la carencia de investigaciones que sirvieran para añadir nuevas informaciones a las aproximaciones de conjunto ya tradicionales sobre el tema (PAVÓN 1998: 569 y sigs., LÓPEZ 1997 y TABALES 2002b).
El progresivo interés por la construcción en tierra, así como por la puesta en valor de fortificaciones medievales, en las que esta técnica fue ampliamente recurrida, han motivado algunas publicaciones que, más allá del estudio de casos concretos, pretenden un acercamiento a la técnica y a la evolución de este tipo de fábricas, si bien aún quedan importantes lagunas de conocimiento; entre ellas, destacan las de AZUAR (1995;2004;2005), GURRIARÁN y SÁEZ (2002) y MALPICA ( 2003), escritos a los que nos remitimos.
El objeto de este trabajo es suplir esta carencia en lo que se refiere a las fábricas de tapial para el caso sevillano, ofreciendo una sistematización de las tipologías que, para las diferentes fases históricas, se han evidenciado durante el desarrollo del Proyecto de Investigación BIA 1092-2004 1 (GRACIANI 2005).
En dicho proyecto, se ha diseñado una propuesta metodológica que fue planteada en 2007 por GRACIANI (2008b) 2; esta propuesta ha sido aplicada a diversas obras del SO peninsular, entre las que destacan, en
«Propuestas de mantenimiento, evaluación y restauración para la rehabilitación de edificios e infraestructuras urbanas con fábricas históricas de tapial en la Provincia de Sevilla» (2004de Sevilla» ( -2008)), financiado por el Ministerio de Ciencia y Tecnología y con Amparo Graciani García como Investigador Principal.
2 Una síntesis de esta propuesta fue expuesta en noviembre de 2007 durante las III Jornadas Técnicas de la Alcazaba de Almería, aún en prensa (Graciani 2008b).
3 Para ello, hemos realizado un análisis crítico de los términos al respecto empleados en tratados y manuales de arquitectura y construcción desde el siglo XVI al XX.
Nuestra propuesta parte de una revisión de la que, hace ya años, presentamos en el First Internacional Congress on Construction History (GRACIANI y TABALES 2003: 1093-1106) 4, la cual, en su momento, constituyó uno de los puntos de partida del referido proyecto de investigación; aún manteniendo el esquema entonces aportado, se han matizado, o en su caso corregido, algunos datos y se han incorporado las conclusiones principales de un notable número de análisis de caracterización de material realizados, a fin de aclarar la periodificación de los restos y de obtener fósiles directores en el empleo de las distintas variantes de la técnica.
En concreto, se han incorporado las conclusiones provenientes de dos grupos de ensayos; de una parte, los que, en 2000-01, Ramírez de Arellano y Enrique Magariño, profesores del Departamento de Física Condensada de la US-CSIC, realizaron sobre una serie de muestras de tapial del Real Alcázar de Sevilla, en el marco del Proyecto de Investigación Sistemática del Real Alcázar de Sevilla (2000Sevilla ( -2006) ) que dirigió Tabales Rodríguez (RAMÍ-REZ DE ARELLANO et al. 2002); de otra, las conclusiones de los estudios realizados por Alejandre, Martín del Río, Barrios Padura y Barrios Sevilla, investigadores de amplia experiencia en caracterización de tapiales, quienes, en el marco del referido Proyecto BIA, han seguido ya un protocolo de actuación diseñado al efecto (GRACIANI et alii, TORROJA 2005) 5.
Nuestra clasificación se basa en tres premisas, de modo que en cada una de las tipologías establecidas se analizan dichas cuestiones.
La primera es una premisa compositiva, diferenciando entre tapial común o simple y tapial mixto (en tres variantes posibles: encadenado, verdugado y de fraga).
El tapial común o simple es aquel en el que los cajones se superponen sin ningún elemento de otro material que los articule, por lo que la fábrica actúa monolíticamente y como un todo homogéneo.
Por el contrario, el tapial mixto incorpora un material de fábrica pétrea o latericia, con un doble objeto; por un lado, facilitar y acelerar el proceso constructivo; por otro, fortalecer mecánicamente la estructura, otorgando a la fábrica una estructura heterogénea, con diferentes comportamientos mecánicos según el material conformante, de modo que la fábrica queda expuesta a posibles asientos diferenciales.
En su variante más temprana, el tapial mixto es un tapial verdugado, en el que, abandonada ya la superposición directa de los cajones, éstos se separan por una o dos hilada/s (verdugada/s o marlota/s) de otro material (mampuesto o ladrillo), o incluso por témpanos (bien de un mismo material o bien de fábrica mixta).
Más evolucionado en el tiempo, y también estructuralmente, es el tapial encadenado pues, aún manteniendo la superposición directa entre los cajones, consta éste de machos o cadenas (de ladrillo o de piedra, que en caso de ser de cascotes de yeso y pedernal, se denominan rafas6 ); tales elementos se disponen contrapeados, razón por la que la tratadística (BAILS 1802, 63) los denomina de mayor y menor, evidenciándose diferencias en el entrante, adentellado o contrapeado, de las cadenas en función de la adscripción temporal de la fábrica (GRACIANI 2008c).
Estos tapiales presentan tramos de fábrica pétrea o latericia en el arranque de los cajones, a modo de zócalo, que se denominan pies de aguja7, término inexcusablemente obviado en las descripciones de este tipo de fábrica.
La tercera y última variante, consistente en la integración de las dos soluciones anteriores (verdugada y encadenada), es la que hemos venido a denominar tapiales de fraga (GRACIANI 2008c); al acuñar esta expresión, se ha pretendido reivindicar el término fraga que GER y LÓBEZ (1898,198) aplicaba a aquellos tramos de fabrica encofrada que, ejecutados con una horma o tapial única o con varias, se alternarían con tramos trabados ejecutados en otro material -piedra o ladrillo-.
Su presencia indica un claro perfeccionamiento de la técnica, cuyo progresivo incremento en el número de verdugadas -de 2 a 3-entendemos es resultado del interés por facilitar y agilizar el proceso de encofrado y, en general, la ejecución de la fábrica (GRACIANI 2006c).
Como segunda premisa del análisis de las fábricas de tapial que se propone, establecemos la composición material; en función de su componente principal, se tratará de un tapial ordinario (tapia o tapial de tierra) o bien de una tapia mejorada si incorpora aditivos para, como su propio nombre indica, mejorar sus propiedades mediante cerámica machacada, cenizas, fibras aglomerantes, grasas, ceras, resinas y conglomerantes (como el yeso o, más comúnmente, la cal).
Ahondando en este último aspecto y aplicando la terminología de la tratadística histórica8, denominaremos tapia acerada o real a la de alta dosificación en cal, circunstancia que, a pesar de que puede quedar patente por una mera inspección visual a partir de la tonalidad de la argamasa, de su dureza (o en su defecto, durabilidad) y de la existencia de nódulos o incluso de lechadas de cal, queda científicamente contrastada mediante los análisis de caracterización material; en concreto, por el valor porcentual de carbonato cálcico, sin olvidar nunca que, parcialmente, este valor puede también deberse a otros factores.
La inspección visual -corroborada por los análisis de caracterización mineral-evidencia el árido dominante; a partir de ella, puede indicarse que, básicamente, existen dos tipos de tapiales: el tapial de grava y el tapial de cascote cerámico, que incorpora áridos de machaqueo (ladrillos, cascotes y restos de vasijas) y que podrá ser menudo en unos casos o de gran tamaño en otros.
La tipología del árido no ha de vincularse sólo a cuestiones técnicas sino a la disponibilidad de material en el momento y a las propias exigencias funcionales y, por tanto, de consistencia, de las diferentes fábricas.
La última premisa considerada en esta propuesta es el módulo de la horma o cajón (definido siempre por su altura), entendiéndose por tapial de módulo bajo el de altura inferior o igual a 0,80 m, que se interpreta vinculada al codo rassasí (el propio del ámbito omeya, equivalente a 58,93 cm) y por tapial de módulo alto aquel en el que ésta oscila entre 0,85 y 0,95 m (probablemente derivaciones de la equivalencia de 2 codos mamuníes, de 47,14 cm. cada uno), resultando su anchura entre 2,25 y 2,50 m.
De las tres premisas anteriores, la clasificación cronotipológica que establecemos prioriza el criterio estructural, entendiendo que con independencia de aquellas circunstancias en que la simpleza de la obra lo justifique, el tránsito de una de las tipologías establecidas a otra es resultado del progresivo perfeccionamiento de la técnica del tapial y de la comprensión de las ventajas constructivas de la nuevamente adoptada.
Las variantes materiales (y por tanto los valores consecuentes de la fábrica -durabilidad, consistencia, resistencia mecánica,...-) estarán, evidentemente, condicionadas, por razones muy diversas que, de forma aislada o simultánea, pueden influir; entre ellos, la tipología edificatoria, la envergadura de la obra, las circunstancias económicas del momento y las posibilidades del promotor, las exigencias mecánicas y de uso, y, por supuesto, la accesibilidad y disponibilidad de los posibles componentes materiales.
Aunque con relación a la última premisa considerada (el módulo o altura de la superficie encofrada) se observan claras tendencias cronotipológicas, entendemos que su valoración puede no ser determinante.
De hecho, la relación entre las unidades de medida vigentes en cada época y el módulo del tapial no han sido aún aclaradas y, no son, el objeto de este trabajo; en cualquier caso, habría que analizar la correspondencia de esta unidad no con la altura de la superficie encofrada sino con la altura de los tableros de encofrado, cuestión que, por desconocerse los niveles de asiento y de enrase de la argamasa con relación a la altura del tapial (encofrado), sería imposible.
Tengamos en cuenta que la colocación de la aguja y el sistema de montaje de los encofrados condiciona el nivel de asiento de la argamasa y que el nivel de enrase puede venir dado por la disponibilidad de material o incluso, en el caso de los tapiales encadenados, por la altura de cada contrapeado, cuestión esta última que dependerá de las dimensiones de las piezas que lo conformen.
Es por ello que nuestra propuesta cronotipológica es estructural aunque, analizando ejemplos característicos de las distintas tipologías y épocas, pueden establecerse las tendencias materiales y dimensionales de cada periodo.
Partiendo de las diferencias entre lo que debe ser una propuesta cronotipológica y una metodología global de análisis constructivo para paramentos ejecutados en fábrica de tapial, como la que propone GRACIANI, se han obviado otras cuestiones que, evidentemente, deben considerarse en una toma de datos y que pueden proporcionar una interesantísima información a la hora de conocer el proceso de ejecución de la fábrica.
Entre estas cuestiones hay que incluir los mechinales (su forma, su posición respecto al contacto entre hilos y la presencia de elementos de remate, entre otros aspectos) y, en caso de existir, los restos de agujas que queden asociados a ellos, las huellas de los diferentes elementos del encofrado o tapial; de hecho, el considerar la tipología de los elementos de encofrado (agujas, cuerdas, cuñas y vástagos) nos permitirá avanzar en el conocimiento de la técnica y, en ocasiones, incluso adscribir la fábrica cronológicamente, con márgenes más o menos amplios (GRACIANI 2008b).Tampoco hay que obviar otros datos de la fábrica, que, a pesar de ser meramente circunstanciales, en un futuro podrían ser valorables; por ejemplo, los relativos al dimensionado de las tablas, la disposición de la cimentación, el calicastrado y los revestimientos.
En síntesis, según el criterio estructural, hasta la fecha se han detectado once tipos (Figs.
1 y 2) que, según sus variantes en cuanto a la posición y el remate de la aguja (Figs.
2 y 3), composición material y tendencias modulares, serán explicados -cronológicamente-en las páginas que se suceden.
Los tipos son los siguientes: Las fábricas de tapial más antiguas detectadas en la Provincia corresponden a época taifa, momento en que éstas comenzaron a proliferar en todo Al Andalus, especialmente en la edificación militar.
Sin embargo, no puede descartarse que, en periodos previos, se utilizara en la zona esta técnica de construcción, que, por el contrario sí se constata en edificios coetáneos de otras áreas geográficas, como los Castillos del Vacar y de Baños de la Encina, cuyas dataciones califales tradicionales están, en cualquier caso, actualmente cuestionadas.
Más aún cuando en el entorno perduró la tradición constructiva romana del emplecton de arcilla compactada mejorada con cal rellenando un refrentado en piedra en muros de dos y tres hojas; bien es cierto que estas fábricas no podrían calificarse propiamente como tapiales porque su refrentado pétreo actuaría como encofrado perdido.
En concreto, nos referimos a las murallas abbadíes del Alcázar de Sevilla, del período abadí (1031-1096) similares a otras murallas emirales y califales como las de Badajoz y Toledo.
Frente a la abundancia de referencias documentales sobre fábricas de tapial de época taifa en Sevilla, la información cierta al respecto es bien escasa, pues son pocos los restos conservados y, en algunos casos, de adscripción dudosa.
Esto es lo que sucede con relación a los localizados en el Alcázar de Sevilla, donde, con la certeza exigida, sólo puede adscribirse a esta época la fábrica inferior de la Muralla Oriental que -excavada en dos puntos, La Alcubilla y la Torre del Agua (Fig. 4)estratigráficamente y gracias al material cerámico asociado, ha sido adscrita al final del periodo; no obstante, según las hipótesis de Manzano, pueden incluirse en esta fase los paramentos Norte y Este del Patio del Yeso, correspondientes a muros palatinos (Manzano 1995, 111) 9.
De este modo, a falta de otros datos, puede establecerse que los tapiales del siglo XI e inicios del siglo XII corresponden a un tipo único (Fig. 3, tipo 1), de tapial común, en el que -como ya se ha indicado-los cajones se superponen sin ningún elemento de otro material que los articule, por lo que la fábrica actúa monolíticamente y como un todo homogéneo.
En ambos casos, en el contacto entre los cajones de distintos hilos se dispone una fina tongada de cal.
Aunque la escasez de ejemplares conservados impide llegar a conclusiones definitivas, lo cierto es que los ejemplos referidos corresponden al módulo bajo, oscilando su altura entre los 0,75 m. de los cajones del Patio del Yeso y los 0,85 m. de los de la muralla Este.
Menos aún puede decirse de las longitudes de los cajones, pues, mientras que las del Patio del Yeso no han podido documentarse, en la Muralla Este alcanzan los 2,70 m., superando así la indicada por Pavón (Pavón 1998, 613), quien las establece entre 2,10 y 1,50 m.
La mera inspección visual pone de manifiesto que ya no se trata de tapiales de tierra apisonada y compactada sino de tapiales mejorados que incorporan elementos y aditivos en beneficio de la calidad de la fábrica, entre ellos, áridos y conglomerantes.
Visualmente, también se aprecia la diversidad de árido empleado, grava para el primer caso y cascote menudo para el segundo; ésta puede vincularse a las diferencias funcionales existentes entre los ejemplos considerados, diferencias que constituyen -además-la razón de ser de los distintos espesores de fábrica: 2 m para el recinto amurallado y 0,45 m. para los tramos palaciegos.
Por ello, mientras el tapial de la muralla Este puede ser calificado como un tapial de zahorra natural es decir, elaborado con áridos no triturados, procedentes de graveras o depósitos naturales, o bien suelos granulares, o una mezcla de ambos, y con una granulometría de tipo continuo (en todos los tamices); el tapial del Patio del Yeso se ejecutó con cascote menudo y arena, por tanto, con una zahorra artificial, compuesta por áridos de machaqueo.
Los resultados de la caracterización material realizada a la muestra 1 extraída y analizada por Ramírez de Arellano y Enrique Magariño sobre la Muralla del Recinto II del Alcázar (SE IX, unidad 1073) evidencian que la mejora se realizó también mediante la adición de un conglomerante, la cal; así se desprende de los contenidos mayoritarios de cuarzo y calcita obtenidos, no sin olvidar que parcialmente éstos pueden provenir de la propia tierra empleada.
La utilización de la cal como conglomerante, siguiendo la técnica más común, se impone en esta fábrica, que, por tanto, podríamos ya calificar como acerada; sin embargo, no se detectan adiciones de otros conglomerantes como yeso o bassanita.
Así mismo, la adición de cal a la argamasa condicionaría que su revestimiento (siempre de mejor calidad) hubiera de ser también de cal; este caso, el revestimiento se ejecutó calicastrado, es decir, en paralelo al proceso de ejecución.
Aunque no se han caracterizado analíticamente los tapiales del Patio del Yeso, la inspección visual evidencia también la incorporación de cal para la mejora de la argamasa; precisamente, la finalidad doméstica de la fábrica (frente al carácter defensivo de la de la ampliación del recinto) permitiría incorporar de forma intencionada cenizas que, como desengrasantes, favorecerían el secado de la fábrica y acelerarían su fraguado, sumando su efecto al de las impurezas generadas durante el proceso de cocción de la cal en el horno; pese a sus ventajas, una adición similar en fábricas de finalidad militar sería impensable ya que, al mismo tiempo, se incrementaría la porosidad de la fábrica que, en consecuencia, perdería calidad.
LAS FÁBRICAS DE TAPIAL AFRICANAS: LA
EXPANSIÓN Y LOS AVANCES ALMOHADES (SS.
XII-XIII) Aunque las primeras muestras de fábricas de tapial halladas en Sevilla corresponden a época taifa, la mayor parte de los restos existentes pertenecen al período africano y muy especialmente al almohade, fechándose éstos entre la segunda mitad del siglo XII y la primera del siglo XIII.
Si bien con los almohades la construcción de fábricas de tapial proliferó todos los niveles (doméstico, religioso, público y militar), fue en las edificaciones militares donde la técnica evolucionó en mayor medida; de hecho, se produjeron importantes avances en respuesta a la necesidad de agilizar los procesos constructivos y de resolver, en su caso, los excesivos espesores exigidos por las construcciones militares, avances que no sólo afectaron al proceso de ejecución sino también al montaje de los tapiales o moldes de encofrado.
Desde el punto de vista tipológico, la principal novedad fue la aparición de las primeras soluciones de fábrica mixta, en las variantes encadenada y verdugada.
Estas soluciones coexistieron en el tiempo con la simple (común o monolítica) propia de la etapa precedente, en la que, ocasionalmente, la aguja se remata con una pieza latericia o un mampuesto a fin de asegurarla durante el proceso de ejecución (Fig. 3, tipo 1, variantes 1 y 2).
En algunos recintos amurallados del momento (Sevilla, Badajoz, Cáceres, Jerez de la Frontera, Marchena, Écija,...) la solución simple dio paso a la encadenada al incorporar machos latericios o pétreos (Fig. 3, tipos 4 y 5, respectivamente), recercando accesos o protegiendo ángulos o bien a la verdugada al insertar marlotas (Fig. 3, tipos 2 y 3) -una, dos o tres-(generalmente latericias (Fig. 3, tipo 3) separando los cuerpos de las torres.
A pesar de ser menos evolucionada, la solución monolítica está presente a lo largo de todo el periodo, de modo que las diferencias detectadas hasta la fecha en este tipo de fábricas no parecen responder a razones evolutivas sino a particularidades materiales o funcionales y, cuanto más, a un avance en el módulo (altura) de los cajones.
Así se desprende del análisis comparativo de los tapiales simples de época almohade localizados en el Alcázar de Sevilla correspondientes a ambas mitades del siglo XII.
De hecho, los de la primera (p.e. los del Palacio del Rey Don Pedro, la parte baja de la Muralla de las traseras del Patio del Príncipe, de la Galera y de la Cruzque aflora incluso con dos torres-y el Jardín Inglés) responden a un módulo bajo (entre 0,75 y 0,80 m), mientras que los de la segunda (el Muro del Palacio almohade de la Montería, TABALES 1997), son de módulo alto; las diferencias materiales detectadas están condicionadas -al igual que su espesor10 -por el carácter militar o doméstico de la fábrica, estando mejoradas las de la primera mitad con cascotes cerámicos, árido natural (grava) y abundante cal, a diferencia de la fábrica de la Montería, en la que se utilizó cascote menudo.
Se remontan a época norteafricana los ejemplos locales más tempranos de tapiales mixtos en sus variantes verdugada (Fig. 3, tipos 2 y 3), encadenada (Fig. 3, tipos 4 y 5) o de fraga (Fig. 3, tipos 6, 7, 8 y 9), lo que otorga al periodo una amplia diversidad de soluciones, sin que ninguna de ellas adquiriera un papel preferente.
La introducción de verdugadas o marlotas en el encuentro entre cajones en sustitución, sobre o bajo una tongada de cal, evidencia un primer avance en el proceso de ejecución.
La verdugada suele disponerse sobre la aguja en todo el espesor de la fábrica, evitando así la necesidad de utilizar otras piezas para rematarla.
La solución más austera y menos trabajada, el verdugado en mampuesto (Fig. 3, tipo 2), es en el ámbito sevillano más propia de entornos alcorizos (por ejemplo en el Castillo de Alcalá de Guadaira); la solución latericia (Fig. 3, tipo 3 y variante 1) aparece generalmente en torres de recintos amurallados (Sevilla -Figs.
5 y 6-Marchena, Écija,...) del siglo XIII donde, como ya se ha indicado, las verdugadas (una, dos o tres y con o sin remate latericio) cumplen también un papel ornamental como listeles en el encuentro de los distintos cuerpos de las torres.
Los primeros tapiales encadenados localizados en Sevilla corresponden a época almohade, concretamente a la segunda mitad del siglo XII, si bien las cadenas no aparecen en tramos continuos de fábrica sino como refuerzo y protección de ángulos en torres; además, presentan un contra-peado o saliente poco marcado, es decir, son poco entrantes (+15 cm), estando trabadas con finas llagas de cal.
En la mayoría de las fábricas de tapial encadenadas de época africana, los machos son de ladrillo (Fig. 3, tipo 4), ejecutados con ladrillo árabe de un pie (28 x 14 x 4/5 cm.), a soga y tizón, con (Fig. 3, tipo 4, variante 1) o sin remate latericio sobre la aguja.
Existen menos ejemplos, y todos ellos de la primera mitad del siglo XIII, de fábricas con encadenados pétreos (Fig. 3, tipo 5); éstos, ejecutados en sillería isódoma en aparejo irregular, suelen presentar una intrusión escasa, pero siempre diferenciada para incrementar la cohesión.
Aunque pocos, también existen ejemplos, como la Torre de Benacazón (probablemente islámica) en los que se combinan el basamento pétreo y el encadenado latericio (Valor y RODRÍGUEZ 1991, 368-369).
Parece que en la elección de un tipo u otro de encadenado primarían criterios funcionales, ya que los encadenados pétreos quedan prácticamen- te limitados a construcciones defensivas, fundamentalmente como refuerzo y protección de los ángulos de las torres, tal como se hiciera en la caña de la Torre del Oro (1221) (Fig. 7); en estos casos, por la inmediatez entre los encadenados contiguos y como se deduce de la inexistencia de encuentros entre cajones y de la presencia, por tanto, de cajones únicos, los tramos encofrados se ejecutan con tapiales (hormas) yuxtapuestos, de modo que los contrapeados de los machones actúan como cerramiento de los encofrados, con lo que se evita la utilización de las habituales fronteras (tableros laterales).
En época almohade se documentan en Sevilla los primeros tapiales mixtos de fraga, en los que los tramos encofrados (así denominados) se dispondrían entre fábricas aparejadas, conformadas por encadenados y verdugados; en tales casos, responden a fábricas encadenadas de ladrillo con verdugada simple (Fig. 3, tipo 9) o doble (Fig. 3, tipo 10) entre bancadas o, excepcionalmente, encadenada y verdugada con témpanos de fábrica mixta (Fig. 3, tipo 8).
Como ya se ha indicado, la última de las soluciones referidas (Fig. 3, tipo 8) no debió ser común en época almohade.
De hecho, hasta la fecha sólo se ha documentado un ejemplo (s. XII-XIII) en la calle Imperial 41-45 de Sevilla (TABALES 2001b y 2001c); en este paramento, probablemente por razón de disponibilidad material, los cajones de argamasa (que son de tapial de grava y de módulo alto 0,95 m) pierden protagonismo, al insertarse en una fábrica mixta con alternancia de témpanos de ladrillo y mampuesto.
Por el contrario, entre las fábricas mixtas de fraga, las más comunes en la época son las ejecutadas con argamasa; serán, además, las que perdurarán en el tiempo, evolucio-nando en época moderna hacia el tipo de la verdugada doble y triple, referido como solución constructiva de mayor excelencia por parte de los tratadistas.
Los ladrillos empleados son ladrillos árabes comunes, de 28 x 14 x 4-5 cm, trabados en fábrica a soga y tizón con llagas finas de cal; las cadenas son poco intrusivas, es decir, penetran poco en los cajones de tapial.
Suelen ser tapiales compuestos por cal, arcilla y cascote cerámico y responden al módulo alto (0,95 m) que -como veremos-es el habitual en el momento, si bien presentan una menor longitud (0,95 x 2 x 1,40 m).
Un ejemplo prototípico de esta solución es la fábrica del antemuro oriental y la Muralla del Agua (Fig. 4).
La segunda novedad es que, a partir de la segunda mitad del siglo XII, comienzan a aparecer ejemplos en los que se aumenta el módulo de la tapia o unidad de superficie encofrada, que se aproxima a los 0,95 m de altura, abundando los de 0,90 m.
Esto se interpreta como resultado de un cambio en la unidad de medida de referencia, que pasa del codo rassasí (el propio del ámbito omeya) al mamuní, (de 47,14 cm), equivaliendo la altura a dos codos.
A partir de la segunda mitad del siglo XII, en fábricas mixtas de construcciones defensivas, los tapiales de módulo alto proliferan con independencia de su tipología estructural y de su composición material.
Así, lo encontramos en tapiales encadenados en ladrillo; en unos, con predominio de gravas, por ejemplo, en la Muralla de Sevilla, en los tramos de la -que prácticamente se impone-en las soluciones mixtas y con independencia de su composición material, nos hacen pensar en una tendencia progresiva hacia el incremento de la altura del cajón; con independencia de la relación cronológica referida, evidentemente, la altura estará vinculada a la mayor envergadura de las obras de construcción, a su vez condicionada por una mayor disponibilidad de mano de obra para los procesos de montaje y desencofrado de la horma y de apisonado de la argamasa.
En cualquier caso, el módulo alto presenta más variaciones en los tapiales de encadenado pétreo, en los que la altura de los sillares marca los límites de enrase de las superficies encofradas.
Los ejemplos localizados cuentan con diversa composición material.
Desde el punto de vista material, se evidencia una mejora de los tapiales de época norteafricana.
Como desde la fase precedente venía siendo habitual en el área sevillana, no se trata de tapiales de tierra (tapia) sino de tapiales mejorados.
La tendencia prenorteafricana más común, la de mejorar la argamasa con cal, es la que ahora se impone; será esto también lo que suceda en periodos posteriores y, en general, en todas las áreas geográficas que emplean esta técnica constructiva; por ello, se trata de tapiales acerados o reales.
No obstante, la particularidad material de la época estriba en la alta dosificación de cal agregada, especialmente en construcciones militares; de hecho, generalmente las argamasas se convierten en auténticos hormigones, que, cuando se ejecutan con árido de grava, equivaldrían a lo que hoy denominamos hormigón ciclópeo.
La presencia de cal, deducible de la mera inspección visual, en unos casos, por el color grisáceo (Patio del Príncipe) y, en otros, por la presencia de nódulos o incluso de tongadas de cal (Fig. 9), se corrobora con los resultados de la analíticas realizadas en el marco del Proyecto BIA 1092-2004 y de algunas previas11; de hecho, se detectan diferencias en la cantidad de cal utilizada al comparar analíticas realizadas por Alejandre y Martín sobre diversas fábricas almohades de distintos momentos y de las cuales unas corresponden unas fábricas domésticas y otras a militares.
Estas diferencias se manifiestan en los valores porcentuales de carbonato cálcico (CaCO 3 ) y en los valores estimados de cal en peso, siendo éstos últimos siempre inferiores a los primeros como consecuencia de la ganancia de peso que la cal experimenta al carbonatarse.
De este modo, en las construcciones domésticas, los porcentajes, muy similares entre sí, son medios-bajos: por ejemplo, en el Jardín Inglés del Alcázar de Sevilla (de fin del s. XI-principios del XII) 17,3 % de CaCO 3 y 13 % de cal en peso; en la vivienda del Barrio de San Juan de Acre (1200-1250), 15,6 % de CaCO 3.
Sin embargo, en construcciones militares, pueden llegar a ser muy elevados; por ejemplo, en el Mirador Almohade de la Muralla de Marchena, alcanza un 45,6 % en la muralla, un 51,2 % en el almenado de barbacana y un 41,5% en el segundo recinto almohade.
La calidad de estas fábricas viene dada no sólo por la importancia de la cal adicionada sino también por el cuidado puesto en el proceso de compactación, cuestión que se evidencia por dos de los valores obtenidos en las analíticas realizadas; de una parte, el porcentaje de porosidad abierta y, de otro, la resistencia mecánica.
De hecho, la escasa cantidad de agua de amasado (en cualquier caso, dentro del intervalo de 30-50 % habitual en este tipo de materiales de construcción) indica que las argamasas serían poco dóciles y que, en consecuencia, habrían de haber sido fuertemente compactadas: 35 % en la vivienda del Jardín Inglés del Alcázar de Sevilla (s. XI-XII) y 34,4 % en la vivienda del Barrio de San Juan de Acre (1200-1250).
No obstante, en algunos ejemplos muy significativos, los resultados son especialmente elevados; entre ellos, los 184 kg/cm 2 de la Puerta Real (MARTÍN CASILLAS, 1995) y los 213 kg/cm 2 de la Muralla Oriental de Sevilla, obtenidos éstos en las muestras tomadas y analizadas en Calle Sol 2, donde tan asombrosas dosificaciones evidencian la espléndida calidad de la fábrica y el cuidado en su ejecución (MARTÍN DEL RÍO et al. 2008; GRACIANI 2008).
Uno de los factores condicionantes es el tipo de árido empleado, bien sea grava o cascote cerámico; este aspecto, que se evidencia con simples inspecciones visuales, puede contrastarse mediante el análisis mineralógico pues, un bajo contenido de minerales de la arcilla y la falta de silicatos de alta temperatura, indicarán la inexistencia de fragmentos cerámicos, como han constatado Alejandre y Martín en las muestras de la vivienda del Jardín Inglés del Alcázar de Sevilla y de San Juan de Acre en la misma localidad (ALEJANDRE y MARTÍN 2007).
En función de su composición material, en líneas generales, se observan dos variantes pues además de incorporar arcilla y cal, una incluye grava (media) y la otra cascote cerámico, siendo ambas, generalmente, calicastradas.
En Sevilla, la primera variante, la ejecutada con grava media, cal y grava, se ha localizado en diferentes puntos de la muralla de Sevilla: en el muro oriental que hoy separa el Alcázar del Barrio de Santa Cruz (recinto I), realizada con zahorra; en la parte superior de la Muralla del Agua (de la segunda mitad del siglo XII), cuya fábrica de tapial es idéntica a la coetánea de la muralla de la Macarena (CAMPOS et alii, 1988); en los Jardines del Valle (GARCÍA-TAPIAL y CABEZA 1995); en los restos del Cabildo y de Menéndez y Pelayo (TABALES 2002a); también, en diferentes tramos de la ampliación Sur del Alcázar, de finales del XII, que fueron localizados en los sondeos IV y V realizados por Tabales Rodríguez (TABALES 2001a).
De la segunda variante, la ejecutada con cascote cerámico, se han documentado ejemplos ya desde la segunda mitad del siglo XII y durante el XIII; entre ellos, la muralla primitiva de ingreso al Palacio de la Montería (s. XII, en el muro Este del actual Patio del León), los muros recientes del Palacio del Yeso (siglos XII-XIII) y los del Palacio de Crucero (siglos XII-XIII).
EL TAPIAL MUDÉJAR (SS.
Reconquistada la ciudad de Sevilla, la primera arquitectura construida debió regirse por criterios foráneos, al menos en lo que concierne a los grandes edificios.
Los palacios góticos de El Caracol en el Alcázar o el de Don Fadrique, ambos en Sevilla y de la segunda mitad del XIII, utilizan el ladrillo y la piedra y, que sepamos, parecen eludir la tapia.
Todo parece indicar que en el resto de la Ciudad no se edificarían nuevas viviendas, al menos de modo masivo, dada la magnitud y esplendor de la Sevilla conquistada y los problemas de asentamiento derivados de la repoblación castellana.
No obstante, a partir del siglo XIV, gracias a la presencia de una notable comunidad mudéjar y a la necesidad de renovar la edificación y construir nuevas iglesias sobre las mezquitas, se asiste a una eclosión en el uso de tapiales, si bien ya bajo otros parámetros formales derivados de la simbiosis entre la última arquitectura almohade y la visión del cimiento gótico.
Así mismo, durante la Guerra Civil Castellana se construyen en el Reino una serie de fortificaciones, mayoritariamente en fábrica de tapial, que en muchos casos se edificaron sobre obras islámicas.
En este contexto, las construcciones militares, religiosas -ermitas (Fig. 10), iglesias (Fig. 11) y conventos-y domésticas se convierten en las tipologías arquitectónicas en las que se recurrió a la técnica del tapial, manteniendo la herencia almohade si bien incorporando algunas novedades; entre ellas, la utilización frecuente de agujas de sección cuadrada, en sustitución de las agujas de rollizo y de las agujas planas almohades, si bien en algunos casos el primero de estos tipos continuaría empleándose.
Aunque la tipología que se impuso en época mudéjar fue la encadenada (en especial, la encadenada en ladrillo y, de forma ocasional, la verdugada), la solución monolítica se mantuvo puntualmente, pero continuando el módulo alto introducido en época almohade.
Este tipo de fábrica aparece, por ejemplo, en el Muro de la Judería (Fig. 12), de comienzos del siglo XIV, parcialmente conservado en los barrios de San Bartolomé y la Judería; la fábrica de esta potente muralla almenada, de 1,40 m de espesor, presenta una gran similitud con las murallas almohades posteriores al año 1172.
Se trata de un tapial de cascote menudo, siendo este tipo de árido el que, con el tiempo, predominará en las fábricas de tapial de la localidad.
Como ya se ha indicado, en época mudéjar las soluciones mixtas consiguieron imponerse, tanto la encadenada, como la verdugada y los tapiales de fraga.
Fábricas de tapial como las de la Torre Mocha de Albaida del Aljarafe (Fig. 13) (VALOR y RUIZ 1991, 367-368), probablemente, por su temprana fecha de ejecución, ejecutada con operarios islámicos y la de algunos castillos vinculados a las Guerras Civiles Castellanas como los de Mairena del Alcor (GRACIANI et al. 2008) (Fig. 14) y Alcalá de Guadaira (Fig. 15) ponen de manifiesto la perduración de la variante del encadenado pétreo de origen almohade (Fig. 3, tipos 5, 6 y 7) en la que se disponen refuerzos de por ejemplo, en el Mirador de la Muralla de Marchena (Fig. 15).
Pese a la abundancia de tapiales mudéjares encadenados en ladrillo, por ejemplo, la ermita de Talhara en Benacazón (Fig. 10), la Torre Alpechín o Torremocha de Olivares o la Torre del Loreto en Espartinas (VALOR y RODRÍGUEZ 1991, 369-371), la tipología que se impondría en la época y que perduraría en el periodo moderno fue la encadenada latericia en su variante verdugada; tapiales de fraga, con cadenas de ladrillo árabe común de 28 x 14 x 4-5 cm, en fábrica a soga y tizón de escaso entrante, finas llagas de cal y con una (Fig. 3, tipo 9 y variante) o con dos marlotas (Fig. 3, tipo 10) entre cajones, se utilizaron por ejemplo, en el Palacio del Rey Don Pedro y en el Salón de la Justicia del Alcázar de Sevilla, en las iglesias mudéjares (San Marcos -Fig.
11-, Santa Lucía, el Carmen...) y en la edificación doméstica (Casa de Miguel de Mañara, Casa de Conde de Ybarra,...).
En el ámbito sevillano, la combinación de los cajones de argamasa apisonada con elementos constructivos latericios se produciría en paralelo al papel protagonista que el ladrillo alcanzaba en la construcción local.
La solución encadenada, y por ende la de fraga, presentaba una particularidad que la hacía especialmente apta para su aplicación a las construcciones mudéjares y modernas, caracterizadas por una mayor cantidad de vanos de iluminación y accesos de tránsito interrumpiendo las fábricas.
De hecho, la necesidad de compatibilizar la presencia de encadenados de fábrica pétrea o latericia como recercados de vanos y la conveniencia de contrapear los cajones de hilos superpuestos para evitar la coincidencia (superposición) de juntas, como es exigible a toda fábrica, justificarían una diversidad de longitudes de cajones; en cualquier caso, una mayor longitud de los tramos encofrados no implicaría la utilización de tapiales de encofrado mayores sino la utilización conjunta de tableros yuxtapuestos que permitirían mayores longitudes de vertido y apisonado.
La utilización de tableros yuxtapuestos justificaría una mayor longitud de los cajones en las torres, de modo que -como ya sucedería en época almohade-se evitaría la utilización de las fronteras (tablas laterales del cajón de encofrado), al disponerse los tableros entre los encadenados de fábrica.
Pese a las evidentes relaciones con los ejemplos almohades, para el caso sevillano, los tapiales mixtos verdugados y de fraga de época mudéjar presentan dos importantes novedades respecto a los norteafricanos.
De un lado, la utilización del pie de aguja como base de apoyo a los cajones de tapial; estos elementos, así denominados (y no zócalos) por contar en su hilada superior con mechinales en los que se alojarían estos elementos de los cajones de encofrado del hilo inferior de la fábrica encofrada, eran ya habituales en época islámica en otras áreas geográficas, si bien en el caso sevillano no se han detectado hasta la fecha en fábricas de la Provincia; su finalidad principal era fortalecer el paramento en su base, evitando el ascenso de humedad por capilaridad ya que ésta, por la composición de la argamasa, deterioraría la fábrica encofrada.
En consecuencia, se reduce el número de hilos por paramentos aunque se mantiene el módulo alto de los cajones, establecido en 95 cm.
La segunda novedad es que, si bien en esta época se mantienen las cadenas como refuerzos de ángulos (por ejemplo en torres, Fig. 16), éstas también se emplean interrumpiendo muros de tapial que están expuestos a solicitaciones transversales, por lo que se emplean como refuerzo puntual, cumpliendo una función mecánica; por ejemplo, en las iglesias mudéjares, las cadenas de los paramentos se corresponden con los encuentros de los arcos diafragma que compartimentan en tramos la nave central.
Sin embargo, hasta la fecha no se han detectado ejemplos mudéjares encadenados en piedra en los que los encadenados compartimenten los muros en tramos; por el contrario, los ejemplos detectados de sillería son siempre de encadenados de ángulo en torres.
Por último, estas fábricas presentan cimientos con zapatas cada vez mayores.
Los estudios de caracterización material realizados en fábricas mudéjares evidencian que estos tapiales siguen siendo mejorados, si bien presentan como particularidades una menor proporción de cal (medida en carbonato cálcico) y la utilización preferente de cascote cerámico como árido, utilizado ya por los almohades (por ejemplo en la Muralla del Agua).
Así mismo, son tapiales de ejecución menos cuidada, con menor tiempo de apisonado y en tongadas de mayor espesor.
Como valores de referencia con relación al porcentaje de carbonato cálcico (CaCO 3 ) podemos considerar los obtenidos de cinco muestras de la segunda mitad del siglo XIII procedentes de dos importantes conjuntos caracterizadas por el equipo de Alejandre Sánchez: una correspondiente al Convento de Santa Clara de Sevilla y cuatro del Castillo de San Romualdo (San Fernándo, Cádiz).
Si para el primer caso, los autores indican un 22,0% de CaCO 3, para el segundo los resultados oscilan entre un 24,8% y un 36,7 %, aunque por tener una elevada porosidad (43%-46%) sus fábricas son de peor calidad y de menores resistencias mecánicas. que sin duda es consecuencia de la desaparición de las construcciones domésticas populares y de que en edificaciones de mayor envergadura, religiosas (conventos e iglesias), domésticas (casas palacios) (GRACIANI 2006 a y b) y civiles (hospitales) aún en pie, las fábricas originales han quedado ocultas por los revestimientos.
Las ventajas de la técnica, que -entre otras cuestiones-permitía una rapidez en la ejecución y una economía Fig. 17.
Ermita de Nuestra Sra. del Águila de Alcalá de Guadaira, del siglo XIV, reformada tras el Terremoto de Lisboa, con cajones de mampostería ejecutados con tapiales del Castillo de la localidad Fig. 18.
Viviendas de la Calle Habana de Sevilla (Casa de la Moneda), construidas por Sebastián Van der Borch tras el Terremoto de Lisboa, con cajones de mampostería toledana ejecutada con tapiales de la muralla almohade de medios, eran especialmente dignas de considerar en unos momentos de expansión urbana y máxima actividad constructiva motivada por el establecimiento de la Casa de Contratación de Indias en 1503, por el consiguiente enriquecimiento de la población y por su amplio desarrollo demográfico.
De hecho, la técnica del tapial permitía combinar la utilización de gravas y zahorras naturales con zahorras arti-ficiales, obtenidas por el reciclaje de materiales de derribo, que quedarían integrados como árido en la argamasa, tanto cascotes cerámicos como incluso, puntualmente, trozos de tapiales de tramos de fábricas preexistentes.
No obstante, es necesario diferenciar los tapiales de fraga -conformados con áridos de reciclaje de fábricas de tapial-de las fábricas toledanas de cajones de mampuesto.
Esta última solución, poco frecuente en el entorno, aparece puntualmente en obras vinculadas a intervenciones posteriores al Terremoto de Lisboa en las que en los cajones se utilizaron trozos de mampuesto, trabados con argamasa; así se hizo en la intervención sobre la Ermita de Nuestra Sra. del Águila de Alcalá de Guadaira (Fig. 17), en la que se reaprovecharon tapiales del Castillo, y en la de Van der Boch en la Casa de la Moneda en C/ Habana (Fig. 18), quien reutilizó parte de la muralla almohade (MORA 2008).
En este periodo, coincidiendo con la aparición de las primeras referencias sobre la técnica del tapial en la tratadística contemporánea, se producen importantes cambios en beneficio de la agilización del proceso de ejecución, si bien se detectan una amplia gama de soluciones.
Los recientes estudios paramentales realizados por el equipo de TABALES RODRÍGUEZ en el Convento de Santa Clara de Sevilla (2003 y 2006-2007) vienen a confirmar esta realidad, pues el conjunto ofrece todas las soluciones posibles, con diferentes variantes en función de las particularidades de los mechinales y, en consecuencia, la posición de las agujas; por ejemplo, en la fábrica de finales del siglo XV del Claustro del Convento se recurre a la solución encadenada con pieza latericia (de 29 x 14 x 4,5 cm) sobre los mechinales (Fig. 3, tipo 4 variante) (Fig. 19), como también en la primera fase constructiva del Refectorio, de la misma época; mientras que la de la ampliación renacentista corresponde a un tapial de fraga encadenado y triple verdugado en ladrillo (Fig. 3, tipo 11).
Con el inicio de la Edad Moderna, los tapiales simples se limitan a edificaciones de escasa envergadura y calidad; mientras, en la construcción monumental del entorno se imponen los tapiales mixtos de fraga construidos en fábricas mixtas encofradas y de ladrillo (Fig. 3, tipos 9,10 y 11) y en los cuales los tramos encofrados van perdiendo protagonismo frente a los aparejados.
De hecho, en los tapiales del momento, los cajones encofrados se combinan con fábricas de ladrillo (28 x 14 x 5-4 cm; 30 x 15 x 4 cm), toscamente aparejadas y con anchas llagas de argamasa pobre en cal.
La fábrica latericia se emplea en los cimientos con escarpa, en los pie de agujas, en fajas y en las cadenas -cada vez más intrusivas-de la fábrica; entre hilos, se disponen dos y tres verdugadas de ladrillo, de modo que la triple verdugada (Fig. 1, tipo 11), se impone ya en el siglo XVII.
De utilizarse fajas de ladrillo, éstas pueden utilizarse con una doble finalidad.
De una parte, en paramentos de considerable altura, para aliviar el excesivo peso de éstos, ya que los cajones que la rematan presentarían un menor espesor que los cajones bajo ella, aunque manteniendo una idéntica factura.
Por otra, la utilización de este tipo de fajas permite alterar la cadencia compositiva de los distintos niveles de un paramento.
Ambas funciones cumpliría, por paralelo, se evidencia un claro predominio de la fábrica aparejada en ladrillo, de modo que el uso de la tapia puede justificarse por razones ornamentales, al quedar generalmente vistos los tramos aparejados y, en consecuencia, apreciarse la diferente técnica empleada.
Esta solución se constata en una importante serie de iglesias y conventos de Sevilla y su Provincia (Fig. 24), intervenidas en el siglo XVIII, si bien existen ejemplos puntuales previos incluso ya del siglo XVI (Figs.
Los análisis de caracterización material han puesto de evidencia una clara diversidad compositiva y diferencias de calidad entre las fábricas analizadas en función del promotor de la obra, su envergadura y sus exigencias mecánicas.
Entre los ejemplos localizados, se han documentado fábricas en las que el árido dominante es grava (obras de Hernán Ruiz II en el Hospital de las Cinco Llagas -1555-1560-); sin embargo, suele predominar la utilización de cascote cerámico en la construcción doméstica (por ejemplo, en casas palacio como la de Miguel de Mañara -Fig.
21-) y religioso-conventual, por ejemplo, en Santa María de los Reyes, a finales del siglo XVI, o en el Cuartel del Carmen, en el primer tercio del siglo XVII.
Los cajones de tapial de época moderna mantienen el módulo alto; pese a que estas fábricas son más regulares que las de periodos precedentes, pueden también encontrarse variaciones dimensionales en la altura de los cajones de argamasa, como se aprecia, por ejemplo, en el Refectorio del Convento de Santa Clara de Sevilla, donde éstas oscilan entre 0,85 y 0,90 m.
Tales variaciones pueden vincularse a tres cuestiones relacionadas con los encadenados de la fábrica.
Dos de ellas, que condicionarían el nivel de enrase de la argamasa, serían, de un lado, el grosor de los ladrillos y el espesor de los tendeles y, de otro -como consecuencia de lo primero-, las dimensiones de los témpanos (el número de las hiladas) y el espesor máximo de los tendeles.
La tercera cuestión serían los asientos diferenciales que se hubieran producido como consecuencia de la heterogeneidad material y del comportamiento mecánico de los elementos trabados y los encofrados de la fábrica.
La presencia de una faja latericia puede implicar la utilización de cajones de diferente espesor, siendo éste menor en los cajones que rematan la faja para así aligerar el peso del muro.
Con relación a las longitudes de los cajones, se observan dos circunstancias: de un lado, en tramos continuos, una regularidad métrica más clara, que en general oscila entre 2,25 y 2,50 m de longitud; sin embargo, en paramentos interrumpidos por cadenas (machones) de articulación y con vanos, se detecta una diversidad de longitudes.
Por ejemplo, en la fábrica de tapial de finales del siglo XV del ya referido Refectorio del Convento de Santa Clara de Sevilla, se han detectado cuatro longitudes que oscilan entre 1,10 y 2,70 m (1,10 m; 1,70 m; 2,20 m y 2,70 m).
En obras de considerable envergadura, como la aludida, la presencia de longitudes excesivas en las dimensiones ha de entenderse como consecuencia de la utilización de tapiales (moldes de encofrado yuxtapuestos), bien por la abundancia de medios materiales y humanos o por la exigencia de acelerar el proceso constructivo.
La diversidad de longitudes no implica, en ningún caso, una deficiencia constructiva; por el contrario, evidencia las operaciones de replanteo realizadas, que obligan a desplazar los tableros laterales (fronteras) de los cajones para adaptarse a las dimensiones del tramo a encofrar y para evitar el solape de juntas verticales entre hiladas contiguas.
Desde el punto de vista material, existen variaciones muy claras en función de la dimensión de la obra, de las inversiones del promotor y de factores geográficos.
Con relación a la dosificación de cal, el principal parámetro de referencia para el análisis de la calidad de una fábrica de tapial de cualquier periodo, podemos encontrar tapiales acerados; éstos presentarían valores porcentuales muy altos, como los evidenciados por el equipo de Alejandre Sánchez en la intervención del siglo XVI en el Convento de Santa Clara de Sevilla, donde, frente a los valores medios altos para la intervención de la segunda mitad del XII-XIII (22,0%), se detecta un porcentaje medio mayor (38,8%).
En consecuencia, en estos tapiales es frecuente que queden visibles los nódulos de cal así como los restos de carbón como fruto de las impurezas del proceso de calcinación en hornos alimentados con leña (Fig. 21).
Los resultados analíticos pueden corroborar la frecuente incorporación intencionada de fibras vegetales (paja, barcia, etc.) para disminuir la retracción y la figuración plástica originada al evaporarse el agua de amasado de la argamasa; secundariamente, con ello también se conseguía reforzar el tapial, sobre todo a esfuerzos de flexión.
LOS TAPIALES DE ÉPOCA CONTEMPORÁNEA
A partir del siglo XIX, la fábrica de ladrillo pasa a ocupar un papel determinante en la Historia de la Construcción local; en paralelo, en el ámbito urbano se evidencia el inicio de un proceso de decadencia de la técnica del tapial, si bien en zonas rurales la tapiería sigue presente.
Este proceso degenerativo está marcado por la pérdida de protagonismo de las superficies encofradas en el conjunto de las fábricas, que generalmente siguen siendo tapiales de fraga, en los que, por tanto las fragas (tramos encofrados) se combinan con los trabados, si bien perdura la solución de la triple verdugada con piezas de las dimensiones habituales en la época (24 x 12 x 3 cm), sobre cimientos y con pie de aguja, ambos también de ladrillo.
Asimismo, se evidencia una pérdida de calidad en estas fábricas; de un parte, desde el punto de vista material -en la composición de las argamasas con árido de derrumbe y en la carencia de calicastrados-; de otra, en la ejecución, marcada por encadenados de anchas llagas y torpe fábrica, fragas con tongadas de argamasa más gruesas y, en consecuencia, deficiencias en la compactación.
El aprovechamiento de material de derrumbe se realiza no sólo incorporando a la argamasa cascotes cerámicos y trozos de tapiales previos como árido sino incluso cortando fábricas encofradas en bloques que son vendidos como material de construcción, fundamentalmente para la edificación de viviendas populares, como se hiciera en tramos de la muralla de Sevilla de las calles Navarro y Menéndez y Pelayo.
Se aprecia, además, una disparidad con relación al módulo de los cajones de argamasa.
En construcciones de menor entidad, con escasez de medios, el módulo tiende a reducirse, imponiéndose -de nuevo-el bajo, con el objeto de facilitar la ejecución al tapiador, pues una disminución en altura de los tableros de los cajones de encofrado no sólo facilita el apisonado, sino que, al reducir su peso y envergadura, un mismo individuo pueda realizar por sí mismo las operaciones de montaje y desencofrado.
Sin embargo, en casos de mayor disponibilidad de operarios, se observa la tendencia contraria, como sucede en el Claustro de las Flores del Hospital de las Cinco Llagas de Sevilla, donde la altura de los cajones oscila entre 0,95 y 1,15 m.
La diferencia del dimensionado de los tableros de encofrado puede justificar las variaciones de longitudes en los machos de mayor y menor de las cadenas, recurriendo a cadenas muy intrusivas en tapiales de módulo alto para garantizar la integración de las superficies trabadas con las compactadas (como en el ya referido Claustro de las Flores) y, por el contrario, a unas de escaso entrante en las de módulo inferior.
El proceso constatado en el área sevillana contrasta con otras realidades geográficas, donde la vigencia de la técnica perdura, justificando las referencias al proceso de ejecución de fábricas de tapial en manuales de albañilería contemporáneos y, puntualmente, en tratados genéricos de construcción como la obra referida de Ger y Lóbez.
En líneas generales, el avance cronotipológico que planteamos evidencia una clara diversificación de las soluciones estructurales en época almohade, como consecuencia de unos avances en la técnica de ejecución, momento en que se pasa de la presencia exclusiva en el siglo XI de cajones de tapial (a veces con zócalos de piedra) a fábricas mixtas en soluciones diversas.
En este proceso, y en paralelo a la consolidación del ladrillo como material de construcción, la solución de tapial de fraga verdugado en ladrillo se impondrá históricamente en el entorno, llegando a su máximo desarrollo en algunos edificios barrocos en los cuales los cajones se alternan con el ladrillo rellenando espacios menores.
Los avances que la técnica del tapial experimentaron en la construcción española en general, evidenciados en las referencias en la tratadística, se producen también en el área geográfica que nos ocupa, entendiendo que la evolución hacia la triple verdugada que se impone es resultado de las ventajas de esta solución durante el proceso de ejecución, al agilizarlo significativamente (Fig. 2).
Asimismo, se aprecia un aumento progresivo de la altura de los cajones desde el siglo XI (medidas cortas) hasta el siglo XVIII (medidas máximas), pasando por un claro cambio de métrica desde el período norteafricano (siglo XII).
Por último, este avance pone de manifiesto que la composición, sea mediante el uso de cascotes cerámicos o bien mediante zahorras o materiales diversos, es indistinta según las épocas; no obstante, se observa una progresiva pérdida de los áridos fluviales desde el siglo XII, con notables excepciones en obras públicas de primer orden en el siglo XVI.
En síntesis: la aplicación de una metodología sistemática para análisis de fábricas de tapial nos está posibilitando ajustar la caracterización constructiva, material y métrica que se avanza en estas páginas.
Entendemos que sólo un análisis de los diferentes parámetros constructivos (estructura de la fábrica, sistema de superposición de hilos, tipología, dimensiones y disposición de las agujas, improntas de los elementos del encofrado,...), y una reflexión crítica sobre cuáles son las implicaciones en el proceso de ejecución de los datos obtenidos de los estudios (físicos, químicos y mecánicos) de caracterización material (composición, porosidad, resistencia,...) permitirá avanzar en el conocimiento de este tipo de fábricas.
Por tanto, con independencia de que los resultados de caracterización se apliquen a los procesos de intervención y restauración en pro de una idoneidad material, es necesario integrar en los estudios paramentales este tipo de análisis, concluyendo las implicaciones de los datos en la comprensión de los procesos de ejecución.
Estos estudios físicos, químicos y mecánicos han de superar la mera caracterización material hacia una triple dirección: adscribir cronológicamente fábricas; avanzar en el conocimiento de la técnica de ejecución, de los medios materiales empleados y de las posibilidades del promotor; y, en tercer lugar, conocer las necesidades estructurales y materiales de estas fábricas ante una posible intervención de restauración-rehabilitaciónconsolidación o de puesta en valor de la obra a la que corresponda la fábrica objeto de estudio. |
En este trabajo presentamos los resultados de los primeros análisis estratigráficos efectuados en los tramos más notables de la muralla medieval de Marchena (Sevilla); el fin más específico de nuestra investigación consistió en establecer una secuencia crono-estratigráfica con la intención de comprender la evolución constructiva que ha ido experimentando a lo largo de los siglos esta cerca, dentro de un amplio contexto histórico-arqueológico y teniendo como principal base las labores de campo efectuadas en el sector nororiental.
Sin embargo, dichas labores no se extendieron a la totalidad de la muralla, sino que se centraron en una amplia zona de unos 90 m de longitud pertenecientes al recinto de la Alcazaba así como parte del recinto del Parque.
Por tanto, nuestro objetivo consistió, no sólo en analizar estratigráficamente dicho sector excavado, sino ampliar nuestra intervención por otros alzados que aportarían datos no menos relevantes (aunque siempre bajo la premisa de ausencia total de excavación).
Marchena se ubica en pleno Valle del Guadalquivir, concretamente sobre su margen derecha y es regada por uno de sus afluentes, el río Corbones y por varios arroyos.
Esta comarca presenta una ventajosa posición, a tan sólo 59 Km de Sevilla y a 90 Km de Córdoba.
Su orografía es fundamentalmente llana, aunque destacan algunos enclaves con una altitud media de unos 150 m.s.n.m., como es el caso de los cerros de La Mota 1, San Agustín y San Miguel.
Esta elevada posición, junto con la disponibilidad de agua y la productividad de sus tierras, hacen que se convierta en un lugar idóneo para asentamientos desde época prehistórica (MILLÁN, 1996, 18).
Marchena, cuyo topónimo actual deriva del nombre árabe Marša ̄na, cuenta con uno de los más extensos y mejor conservados sistemas defensivos islámicos de toda la provincia, en la que han perdurado otros tres, el de Carmona, Écija y Sevilla (VALOR, 2004, 146-147).
Muchos de sus lienzos han permanecido en pie gracias a que han sido adaptados en construcciones más modernas, o incluso se han utilizado como asiento para nuevas edificaciones.
Esta cerca fue construida en época tardoalmohade, en la que observamos una utilización constante del tapial
En este artículo presentamos la evolución histórica-constructiva que ha experimentado la muralla medieval de Marchena a lo largo de los siglos, partiendo del análisis estratigráfico efectuado en los lienzos más significativos correspondientes a las puertas del conjunto que aún permanecen en pie, así como de los resultados obtenidos en la intervención arqueológica del sector nororiental del recinto de la Alcazaba.
Plano de la muralla de Marchena.
A partir de Ravé (1993, 56) simple como técnica constructiva con algunas inserciones decorativas de hileras de ladrillos y torres cuadrangulares2 dispuestas in extenso por todo el recinto, que debido a reformas posteriores coexisten con torreones semicirculares realizados en cantería, fábrica muy utilizada también para añadidos sobre ciertos lienzos.
La cerca organiza tres recintos (Fig. 1):
-Recinto de «La Alcazaba»: donde se encontraba la antigua Al-qasaba, de la que no se conserva absolutamente nada 3.
Actuaba como centro administrativo de la medina y se ubicaba en la zona más elevada de Marchena (La Mota), contando con una muralla propia de traza más o menos elíptica independiente de la muralla de la Madina, más reforzada y con mayores proporciones, desde donde se controlaba militarmente los disturbios producidos en el interior de la medina, así como los asaltos procedentes del exterior.
De igual forma, se encontraba protegida por una barbacana de la que se observan escasos vestigios en el sector nororiental y que tan sólo hemos documentado en este recinto.
Ambas estructuras contaban con una serie de torres que se presentan en su mayoría bastante derruidas.
Este recinto contaba con una modesta superficie irregular, a la que se accedía, según las investigaciones, por dos puertas: «Arco del Tiro de Santa María» y la «Puerta de Carmona».
-Recinto de la Madina: en el que se desarrolla la Madina, rodeada por una muralla de trazado tendente a la forma oval.
La medina ocupaba lo que es en la actualidad el barrio de San Juan, a la que se podía acceder mediante una serie de puertas de acceso o salida que comunicaban con los caminos más próximos que llevaban a las ciudades principales.
Estaban distribuidas a lo largo de todo el perímetro, y tanto la de Sevilla (o Arco de la Rosa), como la de Morón (o Los Cuatro Cantillos), se conservan en buen estado debido a las numerosas reformas a las que han sido sometidas a lo largo de su historia.
De la «Puerta de Osuna» se conoce su primitivo aspecto gracias a un dibujo de principios del siglo XX.
Realizado por la Comisión de Monumentos, presentaba dos torreones cuadrangulares de los que tan sólo conservamos el de la izquierda, de fábrica de tapial almohade, donde se abrió en 1882 un vano de medio punto para albergar en un altar a una virgen (ALCAIDE, 2003, 90, 91); de la torre derecha, sólo quedan escasos restos dentro de las viviendas.
De la «Puerta de Écija» (también llamada de las «Torres Caídas»), que al parecer servía de elemento de unión entre la cerca de la medina y el recinto del Parque, no se conoce su ubicación exacta.
-Recinto secundario: conocido como recinto de «El Parque», construido después de la muralla, pero adscrito a un momento islámico final o cristiano inicial y al que se accede a través de un arco apuntado conocido como «El Portillo».
Se destruyó una parte de su lienzo para la construcción de la C-339.
Conserva una gran alberca que abastecía de agua el área de la Mota y que posteriormente, a mediados del siglo XVII, se convirtió en parque de recreo.
De igual manera, estaba fortificado y se presentaba adyacente al recinto de «La Alcazaba» por su costado nordeste.
El sistema que hemos seguido toma como referencia las experiencias recogidas por Miguel Ángel Tabales en su propia tesis doctoral (TABALES, 1998) en la que se propone un claro sistema de trabajo encaminado al desarrollo de este tipo de actuaciones.
Nuestros estudios estratigráficos se centrarán en diversos alzados repartidos por los tres recintos que organiza la muralla marchenera4.
-Recinto de la Alcazaba: muralla y barbacana.
Nos centraremos en el tramo en el que hemos tenido la oportunidad de excavar, es decir, en el sector nororiental.
-Recinto secundario del Parque: entorno del Portillo.
Realizaremos el análisis de esta zona, tanto por su costado norte como sur, lugares en los que también hemos excavado.
-Recinto de la Madina: Puerta de Sevilla, Puerta de Morón y Puerta de Carmona junto a la torre albarrana que la flanquea (Torre del Oro).
Abordaremos el estudio de los alzados principales de algunas puertas de este recinto que daban acceso a los caminos que conducían a las ciudades más importantes.
Los estudios de paramentos se ejecutaron en dos niveles consecutivos de actuación (TABALES, 1997, 71-75).
En un primer lugar, se auscultaron las estructuras a través de las siguientes operaciones: obtuvimos un fichero completo donde quedó reflejado el estado previo del edificio antes de nuestra investigación, fijando nuestra atención, fundamentalmente, en muros, vanos, detalles decorativos, etc.; luego, identificamos numéricamente los sectores y los «paramentos guía»; seguidamente, hicimos el análisis de los distintos tipos de adosamientos (simples, con encastres simples o complejos, coetáneos, etc.).
Esto fue acompañado de una simbología que se ha creado para tal fin, distinguiendo paramentos coetáneos, encastrados o adosamientos simples.
El orden de los adosamientos y su tipología definen los procesos constructivos del palimpsesto.
La comprensión de todo ello es básico para comenzar a tener un dictamen sistemático de la evolución del monumento.
Para la realización de esta lectura inicial, accedimos a la fábrica de los muros en las zonas de unión, y después pudimos identificar las «divisiones edilicias generales»; es decir, procedimos a rellenar sobre un dibujo de alzado con las unidades paramentales guía aquellos componentes fundamentales del muro: tapiales, ladrillo, piedra, etc.
Una vez concluidos ambos estudios (el de adosamientos y el de identificación de fábricas esenciales), pudimos establecer las primeras hipótesis de partida, las cuales se plasmaron en una planta secuenciada, en la que se otorgó a cada fase una trama distinta, acompañada de una matriz interpretativa con la secuencia cronológica provisional.
En segundo lugar, el siguiente nivel de actuación fue la fase de investigación, en la que se cumplimentaron varios «ficheros de control arqueológico».
Consecutivamente, tras la catalogación, se realizaron los estudios paramentales sistemáticos.
A nuestro entender existen dos vías de lectura de alzados: una con carácter estratigráfico y finalidad evolutiva derivada de los estudios arqueológicos tradicionales, pero sobre todo desarrollada desde la aplicación del método Harris (PARENTI, 1988); y otra con carácter analítico estructural, con finalidad descriptiva, tipológica y patológica (DOGLIONI, 1988).
Nosotros hemos optado por la absorción de las distintas vías, vinculándolas al resto de actuaciones arqueohistóricas bajo una misma óptica y finalidad, asumiendo los fundamentos evolutivos, tipológicos, estructurales, etc., cuyo fin esencial es la valoración histórica de la estructura.
Muralla del recinto de la Alcazaba (sector nororiental) 5 (Fig. 2 y 3) PROCESO 1.
Terreno natural La excavación efectuada en este tramo concluyó en un estrato conformado por un tipo tierra limosa amarillenta (U.E. 30) propia del período Andaluciense Regresivo, de hace unos 5 ó 6 millones de años, momento en el que el mar que cubría esta villa se retira, dejando este sedimento tan característico en Marchena (TERNERO, 2006, 56-57).
En este relleno aparecían incrustadas grandes formaciones inclinadas de piedra (U.E. 31) que podrían tratarse de la roca madre.
Éstas aparecían recubiertas por otro paquete menos puro que el anterior, al aparecer entremezclado con otra tierra más oscura y arenosa.
En él se hallaron abundantes fragmentos cerámicos calcolíticos, a excepción de un galbo romano6, que podría tratarse de alguna intrusión.
Por tanto, todo ello conduce a una ampliación de los conocimientos existentes sobre los antecedentes históricos de esta localidad, sobre los que se podría decir, tras las excavaciones efectuadas, que Marchena reveló una indiscutible ocupación prehistórica en la era calcolítica, habida cuenta de la gran cantidad de materiales cerámicos exhumados de esa época.
Construcción de la muralla El recinto amurallado de la Alcazaba se sitúa sobre el promontorio de la Mota, hecho que favorece su protección y defensa (TORRES, 1985, 455).
Su construcción sobre este terreno tan irregular dificultó el proceso de cimentación; hubo que nivelarlo mediante una base suficientemente reforzada.
Para tal fin, se comenzó a colmatar el terreno con rellenos de tierra hasta crear un sólido asiento7 sobre el cual se creó una doble zapata (U.E. 14, U.E. 229), la superior más ancha que la inferior, en la que se sustenta la muralla, y que se cubrieron con capas de tierras separadas por tongadas de cal hasta llegar al nivel de liza almohade (U.E. 8) a una altura de 133'48 m.s.n.m.
La técnica constructiva empleada en los lienzos es a base de cajones de tapial simple 8.
El uso de la tabiya islámica, heredera del opus caementicium romano, se comienza a extender en el período almohade (TABALES, 2004, 85) y reemplaza a los muros de piedra, fundamentalmente en arquitectura militar (TABALES, 2000(TABALES,, 1083) ) (Fig. 4) 9.
Algunos de los antiguos mechinales que se observan a lo largo de toda la fábrica constructiva, presentan como novedad restos de las antiguas tablas de madera que utilizaron para la realización de los cajones de tapial.
Cuantiosas e importantes fueron las reformas cristianas que experimentó la muralla, aunque no en este alzado.
No obstante, sufrió deterioros importantes que supusieron una serie de arreglos durante siglos.
En este período, tan sólo destacar la pérdida de consistencia del antiguo tapial almohade, que comienza a resentirse provocando considerables grietas.
Sin embargo, la cerca de la medina percibió notables cambios, fundamentalmente en las puertas que daban a los caminos que conducían a las ciudades más importantes, tal es el caso de la puerta de Sevilla o Arco de la Rosa, así como la puerta de Morón o de los Cuatro Cantillos.
Éstas fueron renovadas con mampostería, adquiriendo un aspecto más monumental.
Reformas en el siglo XVI Aunque los siglos XIV y XV fueron importantes en cuanto a reformas sobre el recinto amurallado, destacamos el siglo Fig. 3.
Análisis estratigráfico vía escáner de la muralla del recinto de la Alcazaba 8 O común, aquel cuyos cajones se superponen sin ningún elemento vertical que los articule (Graciani y Tabales, 2003, 1).
9 Los análisis químicos de estos tapiales arrojaron un alto contenido de cuarzo y silicatos (SiO 2 ) y CaO y pérdida por calcinación (PC) asignables al CaCO 3 (carbonatos).
Respecto al contenido de SO 3, ha sido muy bajo para los cuatro tapiales oscilando entre 0,01% y 0,05%, teniendo por lo tanto escasa relevancia e indicando que no se utilizó yeso (sulfato de calcio dihidrato, CaSO 4 • 2H 2 O) para la confección de los mismos.
De todos los tapiales estudiados para el recinto de la alcazaba y recinto secundario del Parque, se han encontrado similitudes en su composición mineralógica, solo se ha diferenciado ligeramente de los demás el tapial de la muralla de la alcazaba por presentar trazas de sal (halita) y trazas de dellaita (un silicato); además, es el que mejor valor de resistencia presenta (Alejandre y Martín del Río, 2008).
Estos momentos vienen repletos de reformas, principalmente aquellas efectuadas con motivo de la boda en 1544 del duque de Marchena, don Luis Cristóbal Ponce de León, el cual desplegó un programa restaurador centrado, fundamentalmente, en todo este sector nororiental.
El principal objetivo, tras las labores arqueológicas, fue el de la conservación y consolidación de la muralla, que en aquellos momentos ya presentaba una imagen muy degradada, con fracturas que amenazaban un desplome de estructuras o una pérdida inminente de masa constructiva.
Muestra de ello son los refuerzos de piedras y ladrillos que aparecen a lo largo del lienzo oeste.
Junto a eso, han emergido unos potentes contrafuertes de mampuesto de unos 12'50 m de longitud (U.E. 218, U.E. 221) que apoyan sobre una fina capa de cal, documentada como el suelo utilizado en el siglo XVI.
Primero se construyó el contrafuerte que está más al norte, pero ante el peligro de derrumbe de la zona adyacente se construyó el otro.
Ambos venían acompañados de unos refuerzos de ladrillos que tapaban desmejoras en el tapial (U.E. 212, U.E. 224, U.E. 206) y todo el conjunto estaría recubierto de un enlucido del que se conservan exiguos testigos (U.E. 213, U.E. 225).
Uno de los aspectos más destacables son los restos perdurables de la recubrición (capa de enlucido) que se hizo de la muralla, posiblemente del siglo XVI (U.E. 234, mantenimiento, se produjo una ruptura del tapial y su desplome.
Por último, durante una serie de años se fue colmatando parte de esta zona con rellenos de tierra contemporáneos (U.E. 1) que presentaban todo tipo de materiales, muy especialmente fragmentos cerámicos que abarcaban un amplio período histórico, desde época romana altoimperial hasta finales del siglo XX.
Barbacana del recinto de la Alcazaba (sector nororiental) (Fig. 5) PROCESO 1.
Terreno natural Las excavaciones que efectuamos por todo ese sector arrojaron algunos datos relevantes.
El registro arqueológico se agotó a una cota de 125'45 m.s.n.m., en la cual apareció un nivel de tierra compacto de color blanquecino con unas ondulaciones laminadas (U.E. 63) por toda su superficie.
Era un terreno puro, en el que no se observaron restos materiales de ningún tipo, tan sólo los relativos al nivel superior (U.E. 62).
Se trataba de un estrato natural que aportaría una escasa información a las investigaciones en curso.
Por consiguiente, se puede deducir que los árabes, posiblemente, no conocieron cotas tan bajas, sino que para la construcción de los recintos amurallados, partieron de estratos superiores sobre los que adecentaron el firme para posteriormente construir sobre él.
Por encima del estrato natural se extrajo un extenso paquete de tierra (U.E. 62) de color amarillento, con una matriz arcillosa, de textura suelta, suave y muy fina y una consistencia débil.
Está compuesto por piedras, mampuestos, restos óseos humanos y animales y material lítico prehistórico.
Es la tierra característica de Marchena y de la que se extrae la piedra calcarenita.
Se exhumó una gran cantidad de mampuestos volcados en orientación descendente que parecían revelar la presencia de alguna estructura previa a la muralla, pero de la que no se tiene más constancia, ni de su fisonomía ni del momento en el que fue construida, más que la existencia de este derrumbe.
Aunque todo apunta a que se trata de una construcción muy antigua, posiblemente prehistórica por los elementos materiales exhumados10.
Concluyendo, todo este relleno sirvió como base sobre la cual comenzar con el proceso de construcción del cerco defensivo.
Construcción de la barbacana Nuestras investigaciones han arrojado una cronología tardoalmohade, del primer cuarto del siglo XIII11, corroborando así la datación propuesta en otras excavaciones efectuadas en el recinto amurallado.
De estas últimas se deduce que la cerca de la Madina no poseía antemuro, a diferencia del perímetro de la ciudadela, que sí lo tenía (U.E. 208).
Éste se construye de forma paralela a la cimentación de la muralla y presentaba una forma en talud al realizarse, principalmente, como refuerzo de la misma y apoyándose sobre la pendiente inclinada del cerro de la Mota.
No se planteó hacer una barbacana de principio a fin, puesto que su fisonomía no era la propia, sino que la idea original para la que se concibió esta estructura fue la de ser-Fig.
Análisis estratigráfico de la barbacana del recinto de la Alcazaba vir como potente contrafuerte al sistema de cimentación de la muralla.
No obstante, adoptó el uso propio de un antemuro y se remató con un frente almenado y la creación de un estrecho adarve.
Sus dimensiones son inferiores a las del cerco defensivo 12, pero ambos utilizan la misma técnica constructiva a base de cajones de tapial simple (GRACIANI y TABALES, 2003, 1), de un módulo oscilante entre 0'88 -0'90 m 13.
Reformas en el siglo XV En esta fase se documenta un revestimiento de mampostería (U.E. 263) sobre una de las torres de tapial de la barbacana (U.E. 262) 14, que se encuentra muy fragmentada.
Tenemos constancia de que, en general, fueron abundantes las transformaciones efectuadas por los primeros cristianos en otros tramos amurallados, las cuales se caracterizaron, básicamente, por el uso de la mampostería.
No obstante, es muy posible que realizaran alguna reparación más en esta cara oeste, aunque no se conserva en la actualidad debido a las posteriores reformas que transformaron el aspecto de gran parte del sector.
Reformas en el siglo XVI Como producto de las nupcias de don Luis Cristóbal Ponce de León, se acondicionó todo el sector del Portillo como jardín para el palacio ducal y se hizo una serie de reformas y reparaciones que afectaron igualmente al antemuro (RAVÉ, 1993, 120-121).
En este caso se optó por un revestimiento de sillarejo aparejado (U.E. 210) que cubría todo el antemuro (U.E. 208) y sus correspondientes torres.
Se tienen datos exactos de los trabajadores y de las fechas exactas en las que se hizo tal forro 15.
Otra de las reformas efectuadas en este siglo fue el cegamiento del antiguo almenado almohade y la subida en altura del mismo (UU.EE. 238, 239), con un tapial similar al original, pero de clara factura posterior (Fig. 6) 16.
En definitiva, en el siglo XVI se producen una serie de reformas definitivas que modifican por completo el antiguo aspecto del antemuro, pasando de ser una obra medieval hecha en tapial a tener una envoltura pétrea, más reforzada y ofreciendo una imagen más castellana.
A la izquierda recrecimiento posterior del almenado 12 La muralla del recinto de la Alcazaba, que se encuentra parcialmente destruida, presenta en la actualidad una altura máxima de 8'30 m desde el nivel de liza tardoalmohade (a una cota de 133'48 m.s.n.m.), siendo en origen mucho más elevada.
El antemuro, que se encuentra fragmentado, presenta una altura de 1'80 m desde la liza tardoalmohade.
13 Los estudios de granulometría efectuados en los tapiales demostraron que tanto el tapial de la muralla de la alcazaba como su barbacana presentaban una gran similitud, por lo que se utilizó el mismo tipo de tierra para su elaboración (Alejandre y Martín del Río, 2008).
14 Dicha torre es la que aparece como elemento de conexión entre el recinto de la Alcazaba y el recinto del Parque.
15 Luis Sánchez, maestro local, reparó los muros en la zona de la barbacana.
Los maestros Benito Muñoz y Juan Lucas trabajan en la renovación de las puertas del Castillo: Tiro, Postigo y Barbacana.
16 Para la muestra de tapial de las almenas, se ha determinado una curva granulométrica de mayor finura que las demás (sin apenas fracciones gruesas) y con un gran contenido de finos menores de 63 micras (23,6%).
Esta mayor finura implicaba una mayor demanda de agua de amasado del mortero/ hormigón del tapial, que al evaporarse ha generado una mayor porosidad, dato comprobado experimentalmente (Alejandre y Martín del Río, 2008).
Añadidos contemporáneos El siglo XX ha sido el más destructivo para todo este sector, debido principalmente al abandono funcional del lugar, así como a la mala utilización de otras partes que quedaron destinadas al uso marginal, contribuyendo aún más a la desmejora.
Tras el paso de los años se fueron colmatando algunos espacios como la liza17 y ocultando con escombros algunas de sus estructuras.
Algunas construcciones del tipo casetillas se adosaron a los lienzos primigenios, deformando un tanto su imagen.
Igualmente se procedió a cegar (U.E. 242) zonas más antiguas, como parece ser una antigua ventana (U.E. 241), en un intento por conservar esa estructura de un más que probable desplome.
En definitiva, los cambios efectuados sobre el conjunto en este período fueron negativos ya que distorsionaron su primitiva imagen y contribuyeron al aceleramiento de su deterioro.
Sector interior y exterior del portillo (recinto secundario del parque) (Fig. 7 y 8) PROCESO 3.
Primer período tardoalmohade En función de los tipos de fragmentos cerámicos hallados y de la técnica constructiva empleada, se ha podido encuadrar la cronología de la muralla en los primeros años del siglo XIII, confirmando así la datación planteada en anteriores excavaciones efectuadas en otros tramos de la cerca.
Se presupone que esta construcción tuvo un breve período de uso por parte de los almohades, ya que Marchena fue conquistada en 1241, transcurriendo escasos años entre su terminación y la reutilización por el nuevo poder cristiano.
La técnica constructiva adoptada es el tapial común o simple, tan característico en murallas de la misma época18.
Se trata de una tapia mejorada con añadidos como la cal y los áridos.
Se presenta mediante cajones continuos (UU.EE. 251, 253) en una superposición directa y de un módulo alto19 oscilante entre los de 0'88-0'90 m, unidos con hiladas de cal y dejando a la vista los mechinales20, muchos de los cuales conservan las agujas de madera originales 21.
Para la construcción de este recinto, se eligió un lugar privilegiado ubicado en un promontorio al extremo de la ciudad, para facilitar la evacuación en caso de peligro, ofrecer una mejor defensa y exaltar su carácter simbólico (Izquierdo, 1996, 104).
En primer lugar, prepararon el terreno, para lo que procedieron a su colmatación mediante capas de tierra y cal22.
Paralelamente, se fue levantando el antemuro con una forma en talud (UU.EE. 259, 260), debido a que su principal función era la de servir de refuerzo a la muralla, y edificando la muralla, mediante una base de cimentación consistente en una doble zapata (UU.EE. 14, 229).
Aunque las medidas originales serían más elevadas, la altura superior que se conserva del lienzo murario (U.E. 216) es de unos 8'30 m desde el nivel originario almohade de la liza (a una cota de 133'48 m.s.n.m.).
Sin embargo, desde el suelo actual la altura del antemuro es de 7'30 m.
Se mantienen en pie una serie de torres primigenias que rodeaban el perímetro amurallado.
En estos alzados se conserva una de ellas, con una altura de 7'80m.
Enfrente se encuentra el antemuro, al cual se adosan, aunque muy fragmentados, restos de un antiguo torreón cuadrangular de tapial (U.E. 262) 23, del que se aprecian escasos 7 m desde la superficie actual, con restos del calicastrado (U.E. 64) que se utilizaron para su fábrica, así como de un debilitado revestimiento de mampostería (U.E. 263).
Dichas torres presentaban en la zona superior una decoración en bandas de ladrillos, rasgo característico del momento, apreciable también en otras cercas como la de Sevilla, Badajoz, Cáceres o Jerez (AZUAR, 2004, 69).
Es, por tanto, en este primer proceso datado cronológicamente en el primer cuarto del siglo XIII, cuando se acomete la construcción del recinto de la Alcazaba (muralla y antemuro) y del recinto amurallado que albergaba a la antigua ciudad.
Ampliación Tras el crecimiento de necesidades, se planteó la construcción de un espacio secundario fortificado acoplado al conjunto amurallado de la Alcazaba.
Éste funcionaría, probablemente, como uso exclusivo y de disfrute de los altos cargos y presentaría un aspecto ajardinado, aunque no debe descartarse una función de albacar o cualquier otra que se nos escape.
Se encontraba igualmente amurallado y rodeado de torres adosadas a los lienzos.
La entrada al mismo se realizaba por un acceso conocido como el Portillo.
En su día pudo tratarse de un arco de herradura del que nada se conserva a excepción de sus cimientos (UU.EE. 37, 48) 24, el arranque del mismo realizado con ladrillos y unas jambas de sillares de piedra calcarenita (UU.EE. 266, 267), propia de las canteras existentes en la localidad.
Aún se conservan el antepecho y el almenado original (U.E. 270), así como una verdugada de menudos mampuestos alternados con ladrillos (U.E. 274) que separan el lienzo murario (U.E. 273) del remate superior, el cual recorrería todo el recinto.
La fábrica utilizada era igualmente a base de cajones de tapial simple, con unas características similares a las de la muralla y antemuro.
Sin embargo, los cajones tienen unas medidas que oscilan entre 0'70 -0'71 m, por tanto son de módulo bajo (Graciani y Tabales, 2003, 2).
Es también una tapia mejorada que utiliza cal como conglomerante, aunque en menor cantidad que el caso anterior, y áridos cerámicos.
En esta fábrica se observan diferencias dependiendo de la zona, ya que en el lienzo (U.E. 273) contiguo al Portillo no se aprecian juntas verticales (Fig. 9), sin embargo, al otro lado de la carretera (donde continua el recinto del Parque), los tramos encofrados son menores y están separados por un curioso sistema de juntas verticales 25 (GRACIANI, 2008) (Fig. 10).
En definitiva, es una obra menos costeada que la anterior (muralla-barbacana) y realizada de una forma más rápida.
Es por ello, que planteamos su cronología en un momento posterior a la construcción de la muralla, pero dentro del período tardoalmohade en una fase muy final, o bien, en una etapa cristiana inicial.
El estado de conservación en general es pésimo, debido a que una parte del lienzo murario fue destruido en la segunda mitad del siglo XIX como consecuencia de la construcción de la carretera comarcal que lleva a Carmona.
Además es una zona abandonada desde hace años, que tuvo durante un largo período construcciones marginales adosadas a sus muros, presentando, por ende, continuos parches y arreglos de escasa calidad.
Según la tradición local, la conquista cristiana de Marchena comenzó por el aludido Portillo.
Tras las correspondientes analíticas murarias, se han podido determinar con exactitud una serie de transformaciones efectuadas tras la toma de la villa por el reino cristiano, las cuales generaron un amplio programa de reformas a lo largo de todo el perímetro amurallado.
Su rasgo distintivo se basó en el uso de la piedra para la refacción y el refuerzo de ciertos lienzos y torres.
En relación al acceso, se eliminó el probable arco de herradura, reutilizando su zócalo de sillares para levantar otro apuntado y de ladrillos (U.E. 265) con una luz de unos 2'30 m.
No existe una ruptura estructural con el primitivo muro de tapial en el que se inserta el arco, salvo en lo imprescindible.
Es decir, mediante una sutil obra reaprovechan el primitivo lienzo eliminando la rosca del arco (posiblemente de herradura) para realizar otro, con un nuevo enmarque de mampostería (UU.EE. 269, 268) (Fig. 11).
Para defender el nuevo Portillo, incorporaron al Este un potente bastión castellano de mampostería aparejada (U.E. 287), con forma semicilíndrica, que hemos documentado en sus cimientos tras las excavaciones 26.
Éste presentaría un aspecto similar al de otros torreones que circundan la muralla de la medina.
Tal es el caso de los ubicados entre el conocido Arco de la Rosa o puerta de Sevilla hasta el ayuntamiento de la localidad.
Reformas en el siglo XVI A lo largo del siglo XVI se llevaron a cabo una serie de reformas que afectaron a todo el entorno del Portillo.
Estas labores se deben a don Luis Cristóbal Ponce de León, el cual organizará una amplia actividad reparadora en todo este sector.
Su labor se centrará en el acondicionamiento del recinto, convirtiéndolo en jardín renacentista y perdiendo su anterior función como huerta.
Actuará como vergel del palacio ducal que se ubicaba dentro del recinto de la Alcazaba, en la zona más elevada de la Mota.
Asimismo, se cegó el primitivo remate almenado con mampostería (U.E. 270) y se elevó la altura del paramento con dos nuevos cuerpos de cajones de tapial (U.E. 271), de los que tan sólo conservamos los correspondientes al Portillo27.
25 Rasgo propio y apreciable también en el Castillo de San Romualdo (San Fernando, Cádiz).
En ambos alzados, se dejan ver unos arreglos y soportes a base de mampostería que apoyan en los lienzos almohades.
Tal es el caso del gran lienzo de mampuestos (U.E. 261) que descansa sobre una torre de tapial de la barbacana (U.E. 262) y se refuerza con un pie de amigo en ángulo.
Reformas en el siglo XIX En esta fase se aprecian radicales transformaciones que cambiaron por completo la fisonomía del recinto del Parque, ya que en la segunda mitad del siglo XIX se llevó a cabo la supresión de una parte del lienzo (U.E. 282).
La causa fue la construcción de la carretera comarcal C-339 que conduce a Carmona, para la cual se tuvo que eliminar un tramo considerable del recinto secundario.
Añadidos contemporáneos En este último período se produce la degradación más seria de la muralla.
No sólo lleva todo el siglo casi abandonada, sino que además, determinados puntos del recinto sufrieron un uso inadecuado al adosarse sobre sus muros una serie de construcciones marginales destinadas a la cría de animales.
Asimismo, existían pequeñas casetas adosadas a la muralla con funciones desconocidas y que reutilizaban los antiguos lienzos como paredes de la misma.
Es por ello, que se han encontrado grandes perforaciones en el tapial original, concretamente sobre los primitivos mechinales (U.E. 255), los cuales aumentaron de tamaño al incorporar las grandes viguetas que sostendrían la techumbre.
La falta de materia constructiva también fue rehecha en esta época mediante una amalgama de mampostería irregular, restos de sillares, fragmentos marmóreos, ladrillos, etc., que sirvieron como parche a zonas arruinadas y descompuestas.
Y por último, para evitar un inminente desplome del arco del Portillo, se tabicó el hueco con ladrillos y sobre él se abrió una nueva puerta para que se comunicaran los dos espacios que hay en ambos frentes del acceso.
Puerta de Sevilla (Fig. 12) PROCESO 5.
Reformas en el siglo XV Tras la gran devastación sufrida en Marchena en 1368 por Muhammad V, aliado del rey de Castilla28, la muralla tardoalmohade se resintió considerablemente, necesitando una completa reedificación de sus muros en diversos sectores.
Tras unos años de estancamiento en cuanto a actividad constructiva, se produjo la gran reparación en la muralla, que quedó reflejada unos siglos después por Salazar de Mendoza en su Crónico de la excelentíssima casa de los Ponces de León (1620), así como en una inscripción que estuvo inserta en la Puerta de Sevilla durante siglos.
Gracias a ello, sabemos que siendo don Pedro Ponce de León V Señor de Marchena, el papa Martín V otorgó una bula para la reedificación de los muros de esta villa y ofreció gentilezas a todos aquellos cristianos que contribuyeron a la realización de dichas labores, concluidas en 1430.
En este sentido, pensamos que el entorno de la Puerta de Sevilla (puerta, torres cuadrangulares y lienzo así como todas las torres semicirculares repartidas por el perímetro amurallado) pertenece a este mismo momento y no a otro anterior.
Por ende, destacamos dos razones por las que creemos que esta gran reconstrucción se efectuó en el siglo XV: por un lado, la concesión de la bula para tal fin, hecho que nos lleva a la idea de que no sería una simple reforma al estilo gótico, propio de la época, sino una obra de mayor envergadura junto a una reorganización del trazado, máxime cuando es el papa el que la otorga; y por otro, la documentación conservada pone de manifiesto el período de guerras fronterizas que padece esta población hasta el último cuarto del siglo XV, motivo más que suficiente para rehacer el ruinoso cerco defensivo (García, 1996, 77).
Esta importante reparación devolvió a Marchena su carácter fortificado y monumental, propio para dirigir desde el Castillo de la Mota, lugar en el que se alojaron los Reyes Católicos y don Rodrigo Ponce de León (I Marqués de Cádiz), gran parte de las operaciones militares contra el Reino de Granada en 1485 (GARCÍA, 2005, 261).
En el caso de la Puerta de Sevilla, también conocida como Arco de la Rosa, presenta una fábrica prácticamente uniforme a base de mampuestos.
Teniendo en cuenta que en el período anterior construían fundamentalmente con tapial, apuntamos su posterioridad constructiva con respecto al conjunto amurallado tardoalmohade.
del Parque, muy ricos en cal y con unos valores muy altos de porosidad.
Además, para su elaboración se utilizó la tierra más fina con la curva granulométrica más alta, pudiéndose especular que se seleccionó para la ejecución de las almenas (elementos constructivos de carácter defensivo).
No obstante, podemos decir que su calidad es baja respecto al tapial utilizado en la muralla del recinto de la Alcazaba (Alejandre y Martín del Río, 2008).
Lo cierto es que abrieron como puerta un arco de herradura (U.E. 334), sin apuntar, flaqueando por dos esbeltas torres 29 que presentan cadenas de sillares en sus esquinas (UU.
Igualmente, incorporaron una serie de elementos góticos tales como las marcas de canteros en las bóvedas, las gárgolas, las saeteras y los escudos de armas.
Con respecto a estos últimos elementos (UU.EE. 308, 344), ostentaban el emblema de los Colona, la familia del papa que ordenó las reformas, así como el de los Ponce de León, quienes favorecieron dichas obras.
Otra cuestión importante son las dovelas.
Éstas conforman un arco de herradura sin apuntar, sin clave perfecta y cuya dovela principal no coincide con la clave o el centro del arco.
Puede que fuera un arco de herradura apuntado y que tras alguna remodelación posterior alteraran la clave recolocando unas nuevas dovelas; o bien, es posible que en origen no fuera apuntado, sino tal y como se nos presenta hoy día, dejando de manifiesto que no nos encontramos ante una obra islámica, sino un arco realizado en un momento histórico posterior en el que no preocupaban en exceso las formas y proporciones, en contraposición al arco de herradura tardoalmohade que encontramos en la puerta de Morón. correspondería a un nivel superior, justo por debajo de las columnas que aparecen empotradas en las esquinas.
Ello justificaría la continuidad de la cadena de sillares hasta el final y el peor cuidado formal en la fábrica (mampuestos más irregulares).
En definitiva, muchas de las hipótesis que plantemos quedarían contrastadas mediante una excavación en todo este sector.
A falta de ella, presentamos un primer análisis murario fundamentado en la documentación existente y apoyado por un riguroso estudio visual.
Reformas en el siglo XIX Probablemente, ya en el siglo XIX, se bajó el nivel del suelo (U.E. 325) que se encontraba, en origen, en el arranque de las jambas del arco de herradura o por debajo de las columnas marmóreas ubicadas en las esquinas de las torres.
De igual manera, se realizaron una serie de parcheados de mampuestos repartidos por todo el conjunto, de los que destacamos uno de grandes dimensiones (U.E. 310) que constituye gran parte de la zona superior del lienzo (U.E. 323), exteriorizando, desde estos momentos, un remate diferente al que pudiera tener en origen, probablemente, más elevado y almenado.
Los parches de mampuestos de módulo pequeño e irregular aparecen distribuidos a lo largo de todo el lienzo y se extendían por la zona superior de la torre semicircular.
Están relacionados con la edificación de balcones y ventanas, cuya incorporación quedó sellada con mampuestos y ladrillos.
Muy relacionado con los susodichos parcheados de mampuestos, encontramos una fábrica de ladrillos (U.E. 315), que se extiende por toda la mitad superior, sustituyendo lo que en origen sería un lienzo de mampuesto, pero que debido a la incorporación de vanos de las casas que tenía adosada la muralla por su parte trasera, se cambió su aspecto y se adaptó a los nuevos tiempos.
En una de las viviendas se optó por colocar un remate almenado con falsos mechinales que pretendía conseguir la concordancia con el aspecto medieval del conjunto.
Reformas contemporáneas A lo largo del siglo XX se llevaron a cabo numerosas reformas del entorno que cambiaron radicalmente su fisonomía.
Sabemos, a través de una serie de fotografías realizadas en los años 60, que se procedió a la construcción de un acceso escalonado de guijarros (U.E. 347) que sustituía a la anterior rampa terriza que existía desde los orígenes de esta puerta.
Primer período tardoalmohade Una de las puertas principales del recinto amurallado de Marchena de época tardoalmohade era aquella que conectaba la medina con el camino a través del cual se llegaba a la ciudad vecina de Morón de la Frontera, de ahí el nombre de puerta de Morón, también conocida actualmente por los propios habitantes del municipio como «Los Cuatro Cantillos».
Fue un acceso acodado con un carácter cerrado y militar, al que se accedía desde la ciudad extramuros a través de un arco de herradura apuntado y enmarcado en un elaborado alfiz de cantería (U.E. 444), que se encuentra un tanto modificado del aspecto que presentaría en origen.
Tanto el arco, como el despiece de sus dovelas (U.U.E.E. 453, 454), el alfiz (U.E. 445) y todos los sillares cuadrangulares (U.U.E.E. 442, 443, 456) y ladrillos (U.E. 455) que lo encuadran, forman parte de la última etapa almohade, a excepción de los salmeres en nacela (U.U.E.E. 446, 447) que conforman la herradura, que están claramente repuestos.
En cuanto a la otra puerta del torreón, aquella que daba acceso a la medina y que se ubica en el alzado Este, se presenta mediante un doble arco de ladrillos rebajado, siendo únicamente originales las jambas del arco más externo, conformadas por sillares perfectamente cortados y colocados.
Por tanto, la anchura de la puerta sigue siendo la misma que en origen, pero la rosca del arco ha sido reformada.
Por encima de esta puerta, se conservan dos cajones de tapial original, uno de ellos cortado, y sobre los mismos, una línea de ruptura los separa del resto de la fábrica de tapial que emerge tras los restos de un enjabelgado contemporáneo.
La técnica constructiva es la misma que la del resto de muralla tardoalmohade, es decir, a base de cajones de tapial, observables en cada uno de sus cuatro frentes (U.U.E. E. 403, 438, 460, 483).
Con respecto al alzado sur, es el que mejor conserva la fábrica de tapial, donde se observan casi nueve cajones, incluso en algunos puntos se aprecian las juntas verticales que los unen.
No obstante, en origen, es muy probable que fuese una construcción unitaria en tapial, aunque su aspecto actual nos delata las continuas transformaciones que se han ido aconteciendo a lo largo de los siglos.
Las cadenas de sillares de las esquinas de los torreones se encuentran fragmentadas (Fig. 16).
Son grandes sillares de piedra arenisca, trabajados de forma rectangular o cuadrangular que se colocan como refuerzo en las esquinas, apreciable en todos los alzados.
En cuanto al remate almenado original (U.E. 400), no se conserva resto alguno, tan sólo sabemos, por otros conservados en diversas partes de la cerca, que sería un tanto más alto y con los merlones más proporcionados que los que encontramos actualmente.
En definitiva, esta tipología de puerta abierta dentro de la propia torre, en cuyo interior se desarrolla el pasaje en recodo, era un sistema más económico que el de arco flanqueado por dos torres.
No obstante, la eficacia no era menor, ya que la puerta de acceso se ubicaba en uno de los costados de la torre y no en su frente, que presentaría unas mayores dimensiones, por lo que esa zona quedaba completamente dominada por la terraza de la torre, o bien, por el adarve de la muralla contigua (TORRES BALBÁS, 1985, 618).
Encontramos otros ejemplos en la alcazaba de Granada, como son la Puerta Nueva o la Puerta Monaita.
Reformas en el siglo XV Es muy probable que la bula papal otorgada en 1430 para la reedificación de gran parte de la muralla favoreciera igualmente a este sector, que se encontraba bastante deteriorado con motivo de las agitaciones bélicas acontecidas en Marchena.
Se efectuaron una serie de reformas y añadidos a lo largo de todo el sistema defensivo islámico, reconstruyendo los lugares que habían quedado arrasados y reforzando aquellos puntos más débiles con fábrica de mampuesto y cantería, y con la construcción de torreones semicirculares.
En este caso, encontramos un gran zócalo de mampostería careada (U.E. 457) 31 distribuido por cada uno de los cuatro alzados y que encaja perfectamente con el resto de elementos originales existentes (cadenas de sillares y jambas de puertas).
A su vez, se entremezcla con una serie de parcheados de mampostería y retacados de ladrillos correspondientes a una etapa muy posterior.
Pensamos que estos grandes zócalos pueden pertenecer al siglo XV, es decir, al momento en el que hemos encuadrado las transformaciones ya citadas que se desarrollaron en el entorno de la puerta de Sevilla, así como la construcción de una serie de torreones semicirculares distribuidos por todo el perímetro amurallado, observándose en todo ello una fábrica constructiva homogénea.
Reformas en los siglos XVIII y XIX No podemos aseverar rotundamente si fue durante el siglo XVIII o bien ya en el siglo XIX, el momento en el que se produjeron una serie de reformas que afectaron notablemente el aspecto externo de este torreón.
Sin duda, la más llamativa fue la apertura de una serie de vanos de entrada o ventilación para diversos negocios en su interior, que cambiarían con el tiempo, incorporados en el zócalo de mampuesto, que a su vez quedó encubierto por una gruesa capa de pintura que homogeneizaba su aspecto, junto con la jabelga que recibió toda la zona intermedia y alta ocultando la primitiva fábrica de tapial.
Es por ello, que hasta la segunda mitad del siglo XX, este monumento, que además había perdido todo su remate almenado, aparecía aislado y sin ese carácter militar y fortificado del que en su día hizo gala, y que años después recuperará.
En el siglo XIX, se llevaron a cabo bastantes destrucciones en el trazado amurallado.
Una de las más significativas fue la demolición de la puerta de Osuna, de la que tan sólo conservamos uno de los dos torreones que poseía.
La puerta de Morón tenía adosada un lienzo de muralla (U.E. 421) que conectaría con una torre cuadrangular la cual se encontraba en lo que es hoy día la plaza actual del ayuntamiento, donde en la centuria siguiente, en 1906, aprovecharon la base de la susodicha torre para levantar la conocida «Torre del Reloj» 32 (AL-CAIDE, 2003, 89).
Durante estos años, todo aquello que supusiera un entorpecimiento para el crecimiento y desarrollo de la ciudad sería desmantelado sin excepción alguna.
Tal es el caso del lienzo amurallado al que hemos hecho mención, el cual, para poder abrir la calle San Francisco y por la que pudieran pasar los carruajes holgadamente, fue cortado y destruido casi al completo, dejando tan sólo un pequeño vestigio de su grandiosidad, y que encontramos hoy bastante fragmentado y modificado.
Es por ello que este torreón adquiere, desde estos momentos, un carácter aislado, presentándose como un nuevo hito monumental junto con la puerta de Sevilla33.
Reformas en los siglos XIX y primera mitad del XX Fueron muchas las alteraciones experimentadas en este torreón durante el siglo XIX.
Por el tipo de ladrillo empleado en numeras zonas de cada uno de los cuatro alzados, pensamos que debe tratarse de una obra correspondiente a una etapa bastante moderna, concretamente a esta centuria o a los primeros años del siglo XX.
Pero además, existen una serie de retacados de ladrillos en las partes bajas de los ángulos.
En aquellas otras zonas donde ha habido una pérdida de materia constructiva, como es el fragmento de lienzo amurallado (U.E. 421) cortado en el siglo XIX para incorporar la calle San Francisco, donde se aprecia un gran parcheado de ladrillos, o en el alzado oeste, en una esquina y en el arranque del remate superior.
Pero además, encontramos retacados en las jambas del arco de herradura (U.E. 444) (alzado norte), alargando el tamaño del arco al bajar un tanto el nivel del suelo, de ahí que localicemos, igualmente, un pequeño zócalo de un aparejo irregular de mampostería en los alzados norte (U.E. 448) y oeste.
Por estos años, es posible que se construyera el nuevo arco rebajado que se encuentra en el alzado este, en el que se aprovecharon las primitivas jambas de sillares del previo para construir uno nuevo de ladrillos.
Pasando el pasaje de entrada, se construyó otro arco rebajado de ladrillos muy similar al anterior.
Reformas contemporáneas Durante el siglo XX se realizaron una serie de transformaciones muy significativas en este torreón, las cuales le otorgaron una nueva imagen más parecida a la que pudiera tener en origen que la que presentaba a comienzos de esta misma centuria.
Gracias a una fotografía de los años 50, podemos hacernos una idea del aspecto que tenía antes de iniciar su transformación en la segunda mitad del siglo XX.
Los cambios más radicales los experimentó el alzado oeste, donde había una serie de vanos (dos puertas, dos ventanas y un balcón) que daban acceso a varios comercios que se encontraban en el interior del torreón.
Éstos rompían la primitiva fábrica de mampuesto que estaba debajo de un zócalo de pintura, el cual se decidió quitar tras picar todo ese frente y el del alzado sur.
Con respecto a los vanos, las dos ventanas y una de las puertas se taparon con unos parches de mampostería, y la otra puerta que quedaba, ubicada muy cerca de la esquina de unión entre el alzado oeste y el sur, fue cegada unos años después con un aparejo parecido.
El balcón era un arco apuntado de ladrillos que tenía acceso al exterior y se encontraba protegido con una barandilla metálica.
La solución fue dejar el arco y quitar la baranda.
Todas estas modificaciones han dejado una clara impronta en el lienzo, al apreciarse una fábrica distinta a la de origen.
Hacia 1960, se quitó el matacán que poseía, liso y sin merlones, pero que podría ser el antecuerpo, algo modificado, del primitivo cuerpo de merlones piramidales.
Se construyó un nuevo remate almenado con fábrica deladrillos y recubierto de mortero de cemento con un antecuerpo más pequeño y a ras con el lienzo, el cual poseía un doble encintado de ladrillo, pero cuyos merlones eran algo desproporcionados en comparación con otros originales conservados en diversos puntos de la muralla.
Además, en el alzado sur es donde más claro se aprecia el corte del último cajón de tapial para meter dicho remate.
Hacia 1966, la Dirección General de Cultura eliminó parte de las edificaciones que tenía adosada el torreón en cuestión.
De hecho, en el alzado este se conservan improntas de haber tenido algún tejado adosado.
El enjabelgado que cubría todo el lienzo de tapial, realizado en el último cuarto del siglo XX, se deja ver en algunas zonas altas del torreón.
En la década de los 80, se procedió a rehabilitar el interior, momento en el que se colocaron las cristaleras y las verjas de hierro en las puertas para que dieran luminosidad y protección a la exposición que alberga.
Igualmente, se consolidaron las almenas y se saneó el pasillo de ronda de la muralla que se encontraba adosada al torreón por su costado este, para que las aguas pudieran evacuar.
Puerta de Carmona y Torre del Oro (Fig. 17) PROCESO 3.
Primer período tardoalmohade El recinto de la Alcazaba se ubicaba en la zona norte de la población, en el promontorio de la Mota, un lugar privilegiado desde donde se controlaba todo el territorio.
El hecho de encontrarse en una posición más elevada que el resto del cerco amurallado, ya suponía una mayor protección frente al ataque, y además, parte de su trazado se encontraba doblemente protegido por un antemuro o barbacana que tan sólo hemos documentado por el sector nororiental.
Al Norte, en el vértice entre dos recintos, el de la Madina y el de la Alcazaba, se construyó una pequeña torre albarrana, conocida como «Torre del Oro» (U.E. 500), poligonal34, realizada en tapial (U.E. 501), que se conserva hasta la altura del parapeto (U.E. 507), pero que en origen sería algo más elevada.
Sobre ella se pueden ver los mechinales (U.U.E.E. 502, 540) en los que iban las agujas que utilizaron para la fabricación del tapial35, así como las líneas horizontales de unión de los cajones.
Aún conserva tres verdugadas decorativas de ladrillos resaltadas y compuestas por cuatro bandas cada una (U.E. 503, 539).
Parece ser una torre fundamentalmente maciza hasta el cuerpo superior, con una cámara superior abovedada de ladrillos y decorada con pintura de motivos geométricos, a la que se accede por unas escaleras superiores que se ubican en el camino de ronda de uno de los lienzos (U.E. 520) que se le adosan.
Se ubicaba en un punto estratégico, algo escarpado, y desde donde tenían controlada toda la vega de Carmona.
Por su costado posterior salían dos lienzos de muralla, uno en dirección noreste (U.E. 520) (Fig. 17) y el otro en dirección sur (U.E.531) (Fig. 18)36.
Ambos presentan un doble muro interno, compartido que hace ángulo con la parte posterior de la torre poligonal.
Está realizado en tapial y aún se conserva en la actualidad, gracias a que las construcciones privadas que tenía adosadas fueron eliminadas en el último cuarto del siglo xx.
Con respecto al primer lienzo mencionado (U.E. 520), se trataba de una de las portadas principales en la que se ubicaba uno de los accesos a la alcazaba.
La puerta estaba constituida por un arco de herradura (U.E. 505), del que nos ha quedado una imagen muy desvirtuada, producto de diversas reformas.
En origen, el lienzo estaría construido en tapial, al igual que el resto del conjunto, sin embargo, hoy día presenta un grueso forro de una fábrica mixta incorporado siglos después.
Haciendo un ángulo recto y siguiendo una dirección sur, encontramos el muro de tapial (U.E. 531) muy fragmentado (Fig. 18).
Tiene unas reducidas dimensiones, ya que su extremo norte se adosa a la torre poligonal y el sur a una torre cuadrangular (U.E. 530), sirviendo de doble pantalla protectora.
Se construye por motivos de seguridad, para reforzar una de las zonas principales, el complejo del alcázar.
De igual manera, deja ver sus mechinales y las juntas entre los cajones de tapial, aunque los tres cajones del remate superior pertenecen a un momento ligeramente posterior.
A continuación, encontramos una torre cuadrangular que presenta un estado deplorable y ruinoso, pero que aún insinúa la planta cuadrada que tendría en origen.
Su fábrica es de tapial y por uno de sus lados, aún se pueden observar los cajones que la componían, coincidentes con los del lienzo.
La torre estaba adosada al muro de tapial interior, anteriormente citado, que se corta en este punto, y del cual observamos algunos restos que salen por detrás de la torre.
Le sigue otro murete más bajo de mampostería realizado en el siglo XX y que se mete por detrás de otro fragmento de lienzo amurallado que aún se mantiene en pie.
Este último conserva seis cajones de tapial, aunque los inferiores no se encuentran completos, y sus mechinales, pero el estado en el que persiste es preocupante por la gran cantidad de líneas de rotura estructural que se deben a la inestable cimentación y al desplome de gran parte del propio muro.
Todo este conjunto, debido al paso del tiempo, a las guerras que ha soportado desde su creación y a las condiciones atmosféricas, pues al estar en un lugar elevado ha sido siempre una de las zonas más expuestas de toda la población, ha sufrido un deterioro mucho más acelerado que en otros puntos de la muralla.
Fase inicial castellana La parte superior del lienzo (U.E. 531) presenta tres cajones realizados con un tapial diferente al resto de la fábrica, ya que se aprecian las improntas que ha dejado el barzón en el proceso de ejecución de la tapia.
No obstante, no contamos con una analítica de su composición, tan sólo nos basamos en una clara diferencia visual.
Estos cajones se montan sobre la torre cuadrangular (U.E. 530), a la que además le colocan un gran parcheado de ladrillos y tapial, pero no queda a la misma línea que el resto de la torre, sino que se mete más adentro.
La incorporación de este tapial posterior al original se explicaría por una gran destrucción sufrida en el sector con motivo, posiblemente, de alguna guerra.
Sabemos que en la localidad se produjeron una serie de acontecimientos históricos que perjudicaron gravemente la muralla: primero, la conquista de Marchena a manos cristianas en 1241; segundo, la invasión norteafricana de los benimerines en el último cuarto del siglo XIII; tercero, guerrillas fronterizas hasta el siglo XV; cuarto, la gran devastación provocada por Muhammad V en 1368; y por último, todos los terremotos soportados en la villa, los cuales provocaron enormes destrozos en el recinto murado.
Esta rara forma de la torre cuadrangular se hace intencionadamente, con el propósito de reparar un lienzo deteriorado con unos nuevos cajones de tapial, los cuales, para una mayor seguridad, consistencia y encastre, no se apoyan sólo en el lienzo primitivo, sino también en la torre.
Reformas en los siglos XVI-XVIII Durante el siglo XVI se efectúan una serie de reformas por el entorno del Portillo, con motivo de la boda de don Luis Cristóbal Ponce de León.
Es muy probable que ese programa de reformas se extendiera por otros puntos nobles del recinto de la Alcazaba, como fue la puerta de Carmona.
Estaba constituida por un vano con forma de arco de herradura y dimensiones reducidas, motivo por el que decidieron construir junto a él otro portillo mayor, compuesto por un gran arco de medio punto (U.E. 506) con rosca de ladrillos 37.
Puede que de este mismo período sea el forro ataluzado (U.E. 511) que recubre el lienzo (U.E. 520).
Se trata de una fábrica mixta de mampostería con hileras de ladrillos que bien pudo pertenecer a este siglo XVI, puesto que aparece en otros lugares de Marchena como el Convento de Santa Isabel, aunque hay autores que lo encuadran, junto con el arco de medio punto, en el siglo XVIII (RAVÉ, 1993, 73).
Reformas en los siglos XVIII-XIX Durante siglos este entorno ha permanecido abandonado, sin mantenimiento alguno, de ahí que a lo largo de los años se hayan ido perdiendo otras partes de la muralla que observamos en fotografías y ya no existen.
Tal es el caso del lienzo (U.E. 520) que continuaba en dirección noreste y del que tan sólo nos queda un pequeño testigo en el que se hallan los dos arcos anteriormente comentados.
Como en otros sectores de la muralla, se comenzaron a adosar viviendas particulares reaprovechando sus muros, pero sin recibir un tratamiento de consolidación.
Por ende, se hizo mayor el deterioro y aumentó el peligro de desplome.
En este sentido, se abrieron grandes grietas (U.E. 519) en zonas como el costado norte de la Torre del Oro o en el alzado oeste, en cuyo lienzo se produjeron una gran cantidad de grietas verticales que arrancaban de los mechinales hacia abajo, todo ello evidenciando un grave problema estructural y de cimientos.
Es posible que en estos siglos se perdiera el remate almenado de la torre poligonal, que se presenta actualmente hasta la altura del parapeto (U.E. 507).
Igualmente, se van deteriorando algunos de los mechinales, entre otras cosas, porque se convierte en el cobijo de aves, aumentando su tamaño.
Algunos socavones aparecidos en las partes bajas de la torre poligonal se taparon con parcheados de pequeños mampuestos (U.E. 514) que luego, en la segunda mitad del siglo XX, fueron rehechos.
Lo mismo ocurre en la zona inferior del lienzo, donde aparecen unos grandes parches realizados con pequeñas piedras, los cuales reciben una recubrición de la que aún se conservan exiguos fragmentos.
Añadidos contemporáneos La Puerta de Carmona y Torre del Oro, junto con los lienzos de todo su entorno, constituyen un área independiente al haber desaparecido la cerca que había en sus alrededores, potenciando ese carácter aislado y monumental.
Ha sufrido una enorme degradación debido a la acción de la erosión, a las construcciones que se le han ido adosando a lo largo de la historia, provocando un mal uso de sus lienzos, y a la evidente falta de mantenimiento.
En los años 80 se produce una desafortunada reforma del arco de herradura, al desvirtuar la posible organización original de la puerta, que en origen era de mayores dimensiones y algo más proporcionada, no teniendo en cuenta en dicha labor el enjarjado que parece haber tenido38.
Aún se conservan las quicialeras primitivas y la línea de impostas la conocemos por fotografías de principios de siglo.
Actualmente presenta una doble rosca de ladrillos (U.E. 508) y sus jambas corresponden con las originales, realizadas con materiales de acarreo (grandes sillares cuadrangulares) y mampuestos (U.E. 510).
Por esos años, se procedió a la consolidación urgente de la torre poligonal y a tapar unos socavones que poseía dicho torreón en la parte inferior y que podían provocar un derrumbe total del mismo sobre las viviendas que tenía adosadas.
Unos años después, con motivo de la redacción del Plan Especial de Protección del Conjunto Histórico de Marchena en 1995, se plantea la recuperación de todo este sector.
Para ello, se suprimirán las construcciones que tenían adosados los lienzos y se consolidará la estructura.
En cuanto al área posterior del conjunto, no se puede acceder a la parte superior de la torre octogonal al conservarse, tan sólo, el tramo superior de la escalera externa.
A principios del siglo XXI se realizó una puesta en valor de toda la zona, remodelándose y adecuándose a mirador, para el que tuvieron que restaurar el alzado oeste del conjunto.
Es por ello, que incorporaron a las zonas inferiores de todo este costado unos grandes montículos de mampostería irregular para que protegieran bien los cimientos de estos escasos restos.
Junto a esta labor, crearon un pequeño y bajo muro de mampuesto en el lugar del casi desaparecido lienzo de tapial del que quedan escasos vestigios tras la torre cuadrangular (U.E. 530).
Sin embargo, el resto de los alzados de este conjunto, en concreto, su cara norte, donde están ubicados los dos arcos y que presenta una serie de construcciones cercanas que impiden su visibilidad, en origen era la fachada principal y hoy día está completamente olvidada, encontrándose rodeada de una prolífera vegetación, que apenas deja ver la mitad inferior de la estructura.
Construcción de la muralla
El cerco defensivo fue levantado ex novo39 por los almohades en el primer cuarto del siglo XIII, ya que según los resultados de nuestras excavaciones, junto con los de otras intervenciones anteriores, no hay signos de que la muralla se apoye sobre alguna estructura previa a la misma.
En principio, estuvo conformado por dos recintos amurallados: el de la Alcazaba (donde se encontraba el alcázar) y el de la Madina (donde se desarrollaba la antigua ciudad), pero poco tiempo después, muy probablemente en una etapa almohade muy tardía o incluso cristiana muy inicial, se construyó el recinto secundario del Parque, también amurallado.
Con respecto al recinto de la Alcazaba, se ubicaba en el cerro de la Mota, el lugar más prominente de la localidad, desde donde se divisaban poblaciones cercanas.
Sólo hemos documentado la existencia de barbacana en este recinto, puesto que varias excavaciones efectuadas en otros sectores del recinto de la Madina han constatado su ausencia.
El proceso de construcción de la muralla, al menos en el sector nororiental excavado, se lleva a cabo a través de una doble zapata construida sobre una serie de rellenos de tierra con fragmentos de cerámica muy diversa, sobre todo calcolítica y romana.
Los constructores aprovecharon la pendiente del cerro de la Mota para incorporar una estructura en talud que se apoyaba directamente sobre la loma y que se hizo de forma paralela a los cimientos de la muralla, con la intención de crear un sólido refuerzo sobre el que poder construir una muralla firme.
Luego se colmató el espacio intermedio mediante capas de tierra separadas por tongadas de cal hasta conformar el nivel de liza definitivo.
Seguidamente se concluyó la muralla a la que se le incorporó un remate almenado, así como a la estructura ataluzada que adquirió un aspecto de barbacana y sirvió como tal.
Hemos documentado en este sector, que la barbacana se comenzó a levantar sobre un relleno de tierra arenosa que ofrecía un material lítico prehistórico y que incorporaba bastantes mampuestos.
Esto último nos llevó a plantear la hipótesis de que pudiera tratarse de alguna construcción previa de la que no existen más testimonios materiales que los susodichos mampuestos.
Por tanto, no tenemos constancia fidedigna de la existencia de alguna estructura anterior sobre la que se comenzara con todo el proceso de construcción tardoalmohade.
Al recinto se accedía por dos puertas: el arco del Tiro, que conectaba la ciudad con la alcazaba, y la puerta de Carmona, que conectaba el campo con la alcazaba.
Esta última estaba flanqueada por una pequeña torre albarrana poligonal, conocida como Torre del Oro.
Por otra parte, el recinto de la Madina albergaba la antigua ciudad islámica que correspondía con el actual barrio de San Juan y poseía una serie de puertas de entrada y salida que conectaba con las ciudades principales: Écija, Osuna, Morón, etc. Existen dos tipos de puertas en este recinto.
Por un lado, un solo torreón cuadrangular, al que se accedía desde la calle por uno de sus lados menores y luego, en su interior, realizando un giro en ángulo se llegaba al otro de sus lados menores, donde se encontraba un arco que comunicaba con la ciudad, tal es el caso de la puerta de Morón.
Por otro, dos torres flanqueando la puerta, como es el caso de la desaparecida puerta de Osuna.
Sin embargo, la puerta de Sevilla, que se creía islámica, la hemos encuadrado en un momento posterior, del que hablaremos a continuación, otorgando como posible puerta tardoalmohade unos muros y arquillo desaparecidos ya en el siglo XIX 40, que se ubicaban por detrás del actual Arco de la Rosa y que podríamos relacionar con la primitiva ubicación del acceso.
Y por último, el recinto secundario del Parque, que se construye anexo al recinto de la alcazaba para su uso exclusivo (Fig. 20).
Los resultados de las excavaciones ponen en evidencia la construcción de este recinto sobre un gran relleno de tierra arenosa, el cual cubría dos grandes formaciones abovedadas que presentaban una factura a base de bloques de piedras tendentes a la unión, muy similar a una factura ciclópea.
Fue grande la expectación que provocaron estas estructuras y muchas las hipótesis planteadas con respecto a su origen.
Por un lado, parecían de los almohades, y que utilizaron una fábrica homogénea a base de cajones de tapial.
Se han encontrado similitudes, en cuanto a las dimensiones y composición, entre el tapial del recinto de la Madina y el utilizado en el del Parque, ambos de módulo bajo, mientras que el del recinto de la alcazaba era de módulo alto y de mayor calidad 42.
Reformas y añadidos posteriores
En 1241 se produce la conquista cristiana de Marchena, momento que se aprovecharía para realizar alguna reforma.
Tal pudiera ser el caso de la ampliación de los cajones de tapial que dejan ver las huellas del barzón en uno de los lienzos del entorno de la puerta de Carmona.
Sin embargo, esta localidad sufrió durante siglos diversas guerrillas fronterizas y una gran devastación en 1368 provocada por Muhammad V. Es por ello, que se hizo necesaria una urgente reparación de su cerco murado la cual vino de la mano de don Pedro Ponce de León en el siglo XV, a través de una bula otorgada por el papa Martin V con la que se reedificó esas zonas más deterioradas.
La reforma consistió en poner en marcha un programa constructivo de torres semicirculares que se repartieron por todo el conjunto, así como la construcción de una nueva puerta de Sevilla, conocida actualmente como Arco de la Rosa 43, y una probable reparación de los zócalos de la puerta de Morón.
Todo ello exterioriza una misma fábrica constructiva: el mampuesto careado.
Posiblemente con esta bula se reformaron otros puntos de la muralla no documentado.
Podríamos relacionar con este hecho la construcción del pavimento de guijarros del Portillo, exhumado tras las excavaciones y que fechamos en el siglo XV.
Marchena pertenecerá al señorío de los Ponce de León desde el siglo XIV, sin embargo, el máximo apogeo constructivo se producirá durante los siglos XV-XVI.
Concerniente a este último, se producen algunas reformas fundamentalmente por el sector nororiental del recinto de la Alcazaba, ya que en 1544 se documenta la boda de don Luis Cristóbal Ponce de León, la cual justifica el arreglo de todo el área, incorporando contrafuertes en los lugares más debilitados, recubriendo con un enlucido todo el frente de muralla y torres, forrando con sillarejo aparejado la barbacana y recreciendo el almenado tanto de la barbacana como del Portillo.
De todo esto, han llegado hasta nosotros escasos vestigios.
Puede que por este mismo motivo se decidiera forrar también de mampuesto y ladrillos el lienzo en el que se inserta la puerta de Carmona (Fig. 21).
Sin embargo, son muchas las reparaciones que se han ido efectuando en los últimos siglos: apertura de vanos, adosamientos de viviendas, inserción del trazado amurallado en el urbanismo, etc. No obstante, debemos hacer una parada en el siglo XIX, momento en el que se acometen bastantes demoliciones en la cerca, por considerarse un entorpecimiento para el crecimiento urbano de la locali- 42 Probablemente por ser la muralla que protegía el punto neurálgico de la ciudad, donde se encontraban las personas más importantes, debía ofrecer una mayor protección y seguridad.
43 Se adelantó la trama urbanística, forzándose el quiebro, y se creó una nueva puerta en forma de arco de herradura flanqueada por dos esbeltas torres cuadrangulares.
Anexo a ella había un lienzo de mampostería y seguido una torre semicircular.
La homogeneidad evidenciaba una misma mano de obra. dad.
Tal es el caso de la destrucción de la puerta de Osuna, de la que nos ha quedado una de las dos torres que la conformaban; la apertura de la calle San Francisco, para la que cortaron la muralla dejando un exiguo testigo adosado a la puerta de Morón; la apertura de la calle Zurbarán, para la cual destruyeron el lienzo amurallado que conectaba el recinto de la Madina con el de la Alcazaba; la demolición de la puerta de Écija, de la que no conocemos su ubicación exacta; y una destrucción parcial del recinto del Parque para incorporar la carretera comarcal que conduce a Carmona.
En el siglo XX se destruye, igualmente, una amplia zona de la muralla que llegaba hasta la calle San Francisco para la construcción del nuevo ayuntamiento.
No obstante, este es un siglo lleno de reformas y añadidos.
En el caso del Arco de la Rosa, eliminan la rampa terriza que tenía la puerta por un acceso escalonado, destruyen los pórticos dedicados antaño a carnicerías y, en el siglo XX, a diversos comercios, y que se encontraban adosados a un lienzo de muralla, y reconstruyen el remate almenado (labor que amplían por otras zonas amuralladas).
La puerta de Morón experimenta un cambio radical, ya que se elimina el zócalo pintado que se había incorporado años atrás, dejando relucir el mampuesto que poseía, posiblemente, desde el siglo XV.
Se cegaron también con mampuesto las puertas y ventanas pertenecientes a comercios que se encontraban en su interior y se enjabelgó toda la mitad superior donde se encontraba el tapial original tardoalmohade.
La puerta de Carmona y Torre del Oro experimentaron una urgente consolidación, al presentar graves problemas estructurales que, de lo contrario, podrían haber desembocado en un derrumbe, y se acondicionó como mirador, aunque tan sólo su cara oeste, dejando en abandono el resto.
Y en el caso del entorno del Portillo, esta zona se dejó abandonada durante siglos.
Únicamente se le incorporaron a uno de sus lienzos unas cuadras de crías de animales que desfavorecieron aún más su estado, para finalmente convertirse en una ruina con numerosos desprendimientos recubiertos de una prolífera vegetación.
En definitiva, la cerca urbana de Marchena presenta un buen estado de conservación44 y es una de las pocas que han persistido en la provincia de Sevilla, gracias a las múltiples restauraciones que se han ido aconteciendo a lo largo de los siglos y al adosamiento de gran parte del urbanismo sobre sus muros, contribuyendo, por tanto, a su mantenimiento.
Hay zonas que han sido muy deformadas por la diversidad de transformaciones que han tolerado, tal es el caso de la puerta de Morón.
Sin embargo, el Arco de la Rosa, uno de los mayores emblemas de la ciudad, a pesar de haber sido uno de los puntos que más restauraciones haya podido experimentar a lo largo de la historia, posiblemente por ubicarse en un punto clave, es sin duda el menos alterado, conservando en gran parte su fisonomía originaria.
Otros lugares, como la puerta de Carmona y Torre del Oro, han perdido gran parte de la estructura que los rodeaba, presentándose como hitos descontextualizados y con |
El análisis estratigráfico del baño árabe de Churriana de la Vega (Granada): síntesis del conocimiento como base del proyecto de restauración
El análisis estratigráfico del baño árabe de Churriana de la Vega (Granada), declarado Bien de Interés Cultural, se integra dentro del conjunto de estudios previos realizados como apoyo a la restauración del edificio, cuyo proyecto se encuentra en la actualidad en fase de redacción por los arquitectos Antonio Luis Espinar Moreno y José Manuel López Osorio.
La primera fase de los trabajos, financiados por el Ayuntamiento de Churriana de la Vega1, ha incluido un levantamiento del edificio, realizado por el arquitecto Stefano Ferrario, y un estudio histórico, a cargo de Miguel Ángel Sorroche Cuerva, profesor titular de Historia del Arte de la Universidad de Granada (SORROCHE CUERVA 2006).
Los autores del presente artículo se encargaron de la realización del estudio técnico-constructivo (José Manuel López Osorio) y del análisis estratigráfico y los sondeos arqueológicos (José Manuel Torres Carbonell).
El baño árabe de Churriana es un hammam vinculado a la alquería medieval de Yurliana, hoy Churriana de la Vega, que conserva a nivel de restos emergentes un conjunto formado por tres naves paralelas cubiertas con bóveda de medio cañón.
Su cronología puede situarse en un momento avanzado de la época nazarí, mediados del siglo XIV o siglo XV.
El edificio sufrió numerosas transformaciones y adiciones a partir del siglo XVI, cuando deja de utilizarse como baño y comienza a usarse como almacén, cuadras y vivienda.
Estuvo habitado, seguramente de forma ininterrumpida, hasta 1996.
En la actualidad es propiedad del Ayuntamiento de Churriana de la Vega.
El conjunto presenta una estructura muy estratificada en la que la diversidad de fábricas muestra su compleja historia material.
Se trata de un ejemplo singular de construcción hidráulica que, a pesar de su especificidad tipológica, ha soportado el inevitable cambio de uso gracias a su solidez estructural.
Los estudios previos han sido una herramienta necesaria y muy eficaz durante el periodo de definición de los criterios de la futura restauración.
El papel específico del análisis de la estratigrafía muraria, con su aspiración a singularizar y describir cada elemento observable, ha sido el de constituir un registro final de especial relevancia, ya que un único documento permite integrar y sintetizar la mayor parte de la información: la geométrica, la histórica, la tipológica, la matérico-constructiva y la arqueológica.
El artículo presenta una síntesis de los estudios previos realizados durante el año 2006 en el hammam o baño árabe de Churriana de la Vega (Granada), edificio declarado Bien de Interés Cultural.
Los trabajos, realizados en el marco del proyecto de restauración, se iniciaron con una investigación documental e historiográfica que estudió los paralelos tipológicos y constructivos del edificio, para continuar con un análisis edilicio de los restos emergentes que incluyó la realización de catorce sondeos estratigráficos.
Toda la información quedó registrada sobre un modelo tridimensional del edificio.
Los estudios previos permitieron conocer la organización general de los espacios del baño y pusieron de relieve la larga evolución de un edificio que, destruido parcialmente en algún momento del siglo XVI, estuvo habitado hasta 1996.
El análisis edilicio, con su aspiración a singularizar y describir cada elemento observable, resultó de particular importancia en el proceso de conocimiento del baño, mostrando su valor como punto de partida sobre el que iniciar la reflexión del proyecto de restauración.
Palabras clave: Arqueología andalusí, arqueología de la arquitectura, estudios previos, hammam, reino nazarí de Granada, restauración arquitectónica.
La actuación arqueológica en el baño de Churriana de la Vega, orientada desde el principio como una actuación de apoyo a la restauración, tenía como objetivo entender globalmente un edificio cuya función original, la de hammam, había sido sólo el momento fundacional de una historia de seis siglos.
La colaboración entre arqueólogo y arquitecto durante el proceso de análisis del edificio ayudó a no perder de vista el tipo de preguntas a las que el proyecto de restauración tenía de dar respuesta antes o después.
La actuación, autorizada por la Delegación de la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía en Granada en julio de 2006, se extendió desde agosto de 2006 hasta enero de 2007 y consistió en el análisis de los restos emergentes y en la realización de catorce sondeos arqueológicos2.
El relativo buen estado de conservación del edificio (figuras 1 y 3) hacía abrigar esperanzas sobre el interés de los posibles hallazgos, pero la excavación mostró que el subsuelo del baño había sido destruido en algún momento del siglo XVI, y luego repetidamente excavado hasta épocas tan recientes como los años setenta del siglo XX.
El análisis de los restos emergentes abarcó todos los paramentos del edificio, dos de los cuales se representan en las figuras 13 a 16.
Un referente próximo para este estudio, tanto geográfica como conceptualmente, fue el análisis estratigráfico constructivo del baño de Hernando de Zafra de Granada realizado por MILETO Y VEGAS (2003: 213-216), probablemente el primer análisis de restos emergentes con metodología contemporánea realizado en la madina nazarí.
En el baño de Churriana el análisis constructivo permitió elaborar una hipótesis de la disposición de sus espacios funcionales (figura 2) que sirvió para plantear la estrategia de excavación.
Se realizaron catorce sondeos distribuidos en las tres salas húmedas, la zona del recibidor/vestidor, la zona del horno y los pavimentos situados sobre las bóvedas, además de dos áreas periféricas y un puente cercano, probablemente de la misma época del baño.
La situación de los sondeos arqueológicos y las cotas alcanzadas por la excavación puede verse en la figura 6.
La excavación permitió conocer la disposición general del horno y la del hipocausto, así como las características del pavimento de la sala caliente (figura 9).
Se localizó también el desagüe del baño, pudo confirmarse la existencia de un recibidor/ vestidor y se documentó que la vivienda situada sobre las bóvedas data de la misma época en que se inutilizó el baño, el siglo XVI (figura 5).
El seguimiento arqueológico de los trabajos de restauración y puesta en valor del edificio permitirá saber si en las áreas por excavar se han preservado los pavimentos y otros elementos de interés.
CONTEXTO HISTÓRICO Y TIPOLÓGICO DEL BAÑO
La clasificación de los baños andalusíes suele realizarse según dos criterios: el contexto en el que están situados o la disposición de la planta.
Ninguno de los dos es completamente satisfactorio, como suele ocurrir con este tipo de clasificaciones.
Por lo que respecta al primer criterio, el contexto, se distingue entre baños urbanos, palatinos y rurales.
La clasificación es tentadora pero engañosa, ya que debería contemplar también, por ejemplo, los baños privados y los de fortalezas, ambos con características propias.
Plantea además el problema de que en realidad no es fácil distinguir entre un baño urbano y otro rural.
Una clasificación formalista pero relativamente útil es la que distingue entre baños de planta axial y acodada.
En las plantas acodadas las salas fría y caliente se adosan a lados adyacentes de la sala templada, en lugar de a los lados opuestos de la misma como en las axiales.
A estas dos disposiciones se suma ya desde época temprana una tercera que presenta la particularidad de que la sala templada es de dimensiones similares a las otras dos: se trata del hammam de planta axial de tres naves de medio cañón dispuestas en paralelo.
A este tercer grupo de baños pertenece el baño de Churriana.
Su organización general puede verse en la figura 2, donde se representan los elementos identificados hasta ahora y se apuntan hipótesis sobre la situación de otros por descubrir.
En la figura 4 se representan los principales baños de este tipo conocidos en Al-Andalus.
El tipo constructivo, en el que las tres salas húmedas se disponen una tras otra a lo largo de un eje, es conocido como «baño rural» o «de tipo granadino tardío».
La segunda denominación proviene de la calificación que les dio GÓMEZ MORENO (1947) basándose en los ejemplos conservados en el Reino Nazarí de Granada.
El avance en el conocimiento arqueológico de estos edificios ha permitido comprobar que en realidad la difusión del tipo constructivo abarca un área que supera los límites granadinos y que se encuentra en los medios urbanos tanto o más que en los rurales.
Su cronología se remonta a una época muy anterior a la nazarí, abundando los ejemplos datados en el siglo XII.
Parece indudable que su éxito se debió a su sencillez constructiva y a su facilidad de mantenimiento.
La estandarización del sistema constructivo y una concepción modular de la disposición de los espacios favoreció su generalización.
Nos hallamos ante una solución que parece propiamente andalusí y cuya versatilidad y funcionalidad favoreció su rápida expansión por toda la franja mediterránea de la península (figura 4), así como por el Magreb.
Los casos más antiguos conocidos de baños de tres naves paralelas se encuentran en Toledo.
El baño del Cenizal o del Yaish (figura 4) y el baño del Caballel, datados en los siglos X-XI, presentan una disposición en la que las tres salas húmedas se cubren con bóvedas de medio cañón y se adosan unas a otras por sus lados mayores (DELGADO VALERO 1987; ROJAS 2006: 24-26; BARRIO 2006; GARCÍA, GÓMEZ y TOLEDO 2006).
La innovación importante en estos baños es el hecho de que las tres naves de la zona húmeda se cubren con bóvedas de medio cañón.
Frente a la necesidad de recurrir a varias cúpulas o a una combinación de cúpulas y bóvedas de medio cañón para cubrir una Fig. 3.
Vista de la sala fría.
A la derecha, el acceso desde el recibidor/vestidor.
A la izquierda, el acceso a la sala templada.
Al fondo, vanos abiertos en la sala tras la inutilización del baño Fig. 4.
Algunos ejemplares de baños andalusíes de tres naves paralelas.
El baño del Cenizal de Toledo, datado en los siglos X-XI, muestra la antigüedad de este tipo de planta.
Se incluye por comparación el baño del Alcázar califal de Córdoba, de la época de Al-Hakam II, que presenta una sala templada de nueve compartimentos sala templada cuadrada y de gran tamaño, la solución de convertir la nave de la sala templada en un simple espacio rectangular que se cubre con una sola bóveda supone una simplificación importante del proceso constructivo.
Esta es la disposición que encontramos en baños posteriores en los que se produce una evolución hacia la simplicidad: primero los dobles arcos de las alhanías se convierten en uno solo (con alguna excepción, como el baño de Segura de la Sierra, Jaén) y, finalmente, se deja de marcar el ámbito de las alhanías excepto a nivel del pavimento.
Esta evolución puede observarse en los ejemplares representados en la figura 4.
La mayoría de los baños de tres naves paralelas que se conocen fuera de lo que fue el Reino Nazarí de Granada se localizan en núcleos urbanos, principalmente ciudades de Sharq al-Andalus (el Este peninsular).
El baño de la calle de San Nicolás de Murcia, datado en la segunda mitad del siglo XII, presenta alhanías en los testeros, un hipocausto que ocupa solamente la parte central del subsuelo de la sala caliente y dos pilas a los lados del horno.
Su fábrica es de tapia de hormigón y el uso del ladrillo se reduce a los elementos arquitectónicos secundarios, como son los pilares del hipocausto o los atajos y arcos de las alhanías (NAVARRO PALAZÓN 1993).
El baño de Elche es muy parecido: construido en hormigón de cal, en él el hipocausto ocupa también la parte central de la sala caliente, no presenta evidencia de haber tenido alhanías y sólo tuvo una pila al lado derecho del horno (AZUAR et al. 1998: 18-20).
En la provincia de Granada, donde se han realizado algunos estudios globales de interés (NAVAS SÁNCHEZ 1986, CERES FRÍAS 1995), los encontramos en dos grandes grupos: los situados en la Vega de Granada y los del Marquesado del Cenete.
Los del Marquesado fueron estudiados por José Carlos Rivas (RIVAS RIVAS 1982).
Los de la Vega, donde además del de Churriana se conservan los de La Zubia, Cogollos Vega y Alfacar, sólo se conocen parcialmente (BERMÚDEZ LÓPEZ 1983-84, MARTÍN GARCÍA 1986, VÍL-CHEZ VÍLCHEZ 2001, LÓPEZ GUZMÁN 2002).
El baño de La Zubia es el más parecido al de Churriana en proporciones y disposición de espacios, y como él no presenta alhanías.
El estudio de los sistemas constructivos de los baños andalusíes desde supuestos unitarios permitirá comparaciones hoy todavía prematuras.
Lo que parece fuera de duda, en cualquier caso, es que los baños andalusíes responden a una tradición constructiva que se remonta al Próximo Oriente de los siglos VI y VII, y específicamente a los núcleos urbanos secundarios del imperio bizantino.
Dos pequeños balnea construidos en época bizantina en sendas ciudades del Neguev, ́Abda y Ruhayba, son de particular importancia en la historia temprana del hammam.
Ambos fueron construidos en el siglo VI y son edificios relativamente simples, compuestos por tres salas húmedas.
Los primeros hammam/s omeyas siguen en su disposición, con una fidelidad sorprendente, la disposición de estos dos edificios y utilizan la misma solución arquitectónica consistente en una sucesión de salas cubiertas respectivamente por bóveda de medio cañón, bóveda de crucería y cúpula (CRESWELL 1989: 115-116, DOW 1996: 33-34).
El parecido es tan grande que durante años se consideró, erróneamente, que los baños de ́Abda y Ruhayba eran omeyas.
La tradición islámica del hammam no La documentación permite saber que el edificio del baño estaba dedicado a vivienda ya en la segunda mitad del siglo XVI.
El Libro de Apeo de 1572 lo describe como «una casa que solía ser baño que alinda de la una parte con una açequia prinçipal e de la otra parte con olivar del Chamar morisco, que es la casa del dicho Chamar morisco.
En otro lugar del documento se menciona el desagüe: «...una haza de cinco marjales que alinda con Alonso de Pliego y con el desaguadero del baño» (DE CASTRO 1997: 305).
La casa que describe el documento se ha conservado; es el cuerpo de fábrica añadido sobre la bóveda mayor del baño, realizado en tapia de tierra encintada, con machones de ladrillo en las esquinas, fábrica característica de época morisca (figuras 1, 13 y 17).
ANÁLISIS CONSTRUCTIVO Y FUNCIONAL
El baño conserva prácticamente íntegras sus tres salas húmedas: la sala fría (bayt al-barid), la templada (bayt alwastani) y la caliente (bayt al-sajun); en adelante, por comodidad, se hará referencia a ellas mediante la expresión castellana.
A ambos extremos del complejo húmedo se situaban, respectivamente, el recibidor/vestidor (bayt almaslaj, literalmente «sala de descanso») desde el que se accedía a la sala fría, y el horno (furnay), donde se producía la combustión y se alojaban la caldera y la leñera (figura 2).
Aquí debió existir un aljibe que regularizara el suministro de agua desde la acequia de Arabuleila, dado que el agua circulaba por turnos, pero la excavación parcial de esta área no ha deparado por ahora resto alguno.
Se ha conservado la cimentación del área dedicada a recibidor/vestidor, que estuvo situada al Oeste del edificio.
Desde esta dependencia se accedía a la sala fría, la primera conservada del conjunto, a través de un arco ligeramente rebajado enmarcado por una moldura de ladrillo (figura 3).
Este acceso se sitúa ligeramente desplazado respecto al eje del conjunto, característica que comparten la mayoría de los baños andalusíes de planta axial (figura 4).
La razón de esta disposición, usual en los baños que se mantienen en uso en la actualidad en el Norte de África, está en la necesidad de procurar privacidad a los usuarios de las salas templada y caliente frente a las miradas de otros usuarios que todavía se hallan en el recibidor/vestidor.
La bóveda presenta tres lucernas cerámicas en forma de estrella de ocho puntas.
Desde esta sala, a través de un arco de medio punto situado en posición centrada respecto a la pared, se accede a la sala templada.
Sus dimensiones son 9 x 3 m y presenta cinco lucernas.
Otro acceso en arco de medio punto centrado respecto al muro da acceso a la sala caliente, cuyas dimensiones son 9 x 3,20 m y presenta también cinco lucernas.
En el exterior de la pared Este de esta sala existe un arco de descarga cuya proyección interior desconocemos debido a las demoliciones que tuvieron lugar en época subactual.
Por lo que se sabe sobre el funcionamiento de este tipo de edificios, este arco debía hallarse tapado por un tímpano en el que un pequeño hueco dejaría pasar el vapor desde la caldera, situada al otro lado del muro, hasta la sala caliente.
No se han conservado restos emergentes del horno, situado en el extremo Este del edificio, pero la excavación ha desvelado los restos del pavimento y la estructura destinada a albergar la combustión y soportar la caldera (figura 7).
La fábrica de los muros es una fábrica mixta de tapia de hormigón de cal con tres hiladas de ladrillo separando los cajones, de 0,86 m de altura.
Los ladrillos utilizados tienen unas dimensiones medias de 14 x 29 x 3,5 cm y se disponen en hiladas alternando una a soga y otra a tizón, lo que permite generar muros de 0,86 m de grosor.
Era habitual que los paramentos interiores de los baños presentaran un revoco con acabado enlucido, a veces con pinturas o fingidos en color rojo (de los que se conserva un interesante ejemplo en el Bañuelo de Granada).
El picado controlado de los revestimientos añadidos del baño de Churriana ha permitido confirmar que las paredes de la sala caliente estuvieron cubiertas por este tipo de enlucido, definiendo un zócalo de almagra de unos 0,90 m de altura, que ya fue señalado por Antonio Almagro Cárdenas en la descripción que realizó del baño a finales del siglo XIX (ALMAGRO 1893).
En el caso de las salas fría y templada, no se han encontrado restos de revestimiento en las paredes.
Las tres salas húmedas se cubren con bóvedas de ladrillo de medio cañón, sólidamente ejecutadas y en buen estado de conservación.
Las bóvedas arrancan de una imposta de ladrillo volado que en la sala caliente forma una moldura de ladrillo aplantillado en forma de nacela.
Esta misma moldura aparece en las impostas del arco que comunica las salas fría y templada.
Estuvieron revestidas en su intradós con un revoco de cal del mismo tipo que el que se aplicó a las paredes de la sala caliente, con objeto de evitar el goteo por condensación.
El tratamiento del extradós, descubierto por la excavación, consiste en una capa de mortero de cal que sellaba toda la superficie expuesta a los elementos (figura 5).
Este tipo de acabado existe también en el Bañuelo de Granada.
La mayor parte de los elementos esenciales del baño no eran accesibles sin una excavación previa.
El horno, el hipocausto, las toberas de tiro, la suspensura, el pavimento de la sala caliente y el desagüe son los principales elementos que la excavación ha podido desvelar.
Del horno, realizado en ladrillo, queda buena parte de la canal donde se producía la combustión, estructura que a la vez soportaba la caldera (figuras 6 y 7).
Presenta una disposición similar a la del baño de Baza, Granada, datado en época nazarí (BERTRAND y SÁNCHEZ VICIANA 2003: 170, 173).
El hipocausto tiene 1,65 m de altura máxima y 1,40 m hasta el arranque de las bovedillas de ladrillo que lo cubren, construidas por aproximación de hiladas (figuras 6, 9 y 10).
Desconocemos por ahora si parte del mismo se extiende también bajo la sala templada.
Frente a la solución habitual en otros hipocaustos conocidos en los que el espacio de calefacción ocupa solamente la parte central del subsuelo de la sala caliente, en Churriana se crean dos cámaras en los extremos a las que se permite el acceso restringido del aire mediante dos aberturas (figuras 8 y 9).
Esta solución permite la calefacción del pavimento de las alhanías, situadas justamente encima.
Las toberas de tiro del hipocausto, necesarias para asegurar la circulación del aire caliente, están empotradas en los muros, abriéndose en las paredes de ladrillo del hipocausto y atravesando verticalmente el muro que las alberga hasta salir por la cubierta (figuras 2, 6, 9 y 11).
Hasta ahora se han documentado las dos existentes en el muro Este del hipocausto y cabe esperar encontrar otras dos simétricamente dispuestas en el muro Oeste.
La suspensura (figura 9) consiste en una gruesa estructura de unos 26 cm de grosor sostenida por pilares y bovedillas de ladrillo cerradas mediante lajas de piedra.
El pavimento de la sala caliente, único cuya disposición ha podido conocerse, estaba realizado con baldosas o ladrillos de canal de 36 x 18 x 6 cm con forma de U invertida, que descansaban sobre la gruesa capa de mortero de cal de la suspensura.
La cota de las alhanías fue recrecida mediante el vertido de una capa adicional de mortero del grosor aproximado de un ladrillo (unos 3,5 cm) con objeto de marcar de alguna manera ese ámbito.
En la esquina Noroeste del recibidor/vestidor del baño estuvo situado el desagüe (figura 6), que aparece citado como linde en el Libro de Apeo de Churriana de 1572.
El desagüe vertía al ramal de la acequia de Arabuleila.
Por lo que respecta a la situación de las letrinas, de las que no se ha hallado evidencia dado el estado de destrucción de los pavimentos, éstas podrían estar situadas en algún pasillo del recibidor/vestidor, como ocurre en algunos ejemplos conservados, o en la sala fría, próximas al desagüe.
Debido a la destrucción intencional del baño que tuvo lugar en el siglo XVI no se han localizado depósitos sellados que puedan considerarse coetáneos o inmediatamente anteriores a su época de funcionamiento.
Los materiales más antiguos identificados se remontan a época nazarí pero proceden de contextos secundarios, en particular fosas de desechos situadas en el exterior del edificio del baño.
Entre los hallazgos aparecidos en estas circunstancias se cuentan dos fondos de botellitas de vidrio con claros paralelos en colecciones procedentes de baños árabes (FER-NÁNDEZ GABALDÓN 1988).
Entre los depósitos que cegaban el desagüe apareció un fragmento de pulsera de vidrio nazarí (figura 12) que cuenta con claros paralelos en fondos de museos y en excavaciones bien contextualizadas (CRESSIER 1993; CRESSIER 2006: 146-147).
A la época de la destrucción del baño pertenecen materiales como escudillas de carena y ollas, característicos de los contextos urbanos granadinos del siglo XVI (RODRÍ-GUEZ AGUILERA & DE LA REVILLA NEGRO 1997; RODRÍ-GUEZ AGUILERA & BORDES GARCÍA 2001).
Estos materiales aparecieron asociados a los depósitos que amortizan el hipocausto y se encontraron también en los rellenos que colmataban las bóvedas, lo que permite datar en una misma fase, el siglo XVI, la destrucción del baño y la construcción de la primera vivienda sobre él.
El seguimiento arqueológico de los trabajos de restauración puede resolver las incógnitas que todavía subsisten.
En las áreas no excavadas de las salas húmedas podrían conservarse fragmentos del pavimento original, y la parte aún oculta del hipocausto podría presentar un mejor estado de conservación que la excavada.
También podrían conservarse restos del recibidor/vestidor, del que hasta ahora sólo ha aparecido la cimentación.
El buen estado de conservación del edificio ha permitido analizar el proceso constructivo del baño, que puede resumirse en cuatro momentos:
1) Primero se levantan los muros perimetrales del sector húmedo conformando una planta sensiblemente cuadrada que se construye con cajones de tapia de hormigón de 0,86 m de altura separados por tres hiladas de ladrillo; sobre el último cajón se disponen cinco hiladas.
Las esquinas del perímetro se ejecutan en ladrillo, formando machones que se disponen por gualdrapeado.
Los muros se construyen con tapia corrida de esquina a esquina, sin recurrir a machones intermedios.
El sistema de cimentación consiste en una tapia de hormigón en cuya composición se hace intervenir una buena cantidad de bolos con objeto de aumentar su resistencia.
Es en este primer momento cuando se define la disposición del horno, la del hipocausto y la del pavimento de las salas húmedas.
2) Una vez definidos los muros perimetrales se procede a levantar los muros interiores, aparentemente mediante adosamiento simple, con la misma fábrica mixta que los perimetrales.
Los vanos de acceso que comunican las salas se enmarcan con ladrillo.
3) A continuación se levantan en ladrillo los testeros de las bóvedas.
4) Finalmente se cubren las naves con bóvedas de ladrillo de medio cañón.
Se ha comparado el proceso constructivo del baño de Churriana con el de dos baños tipológicamente próximos: el de La Zubia, situado también en la Vega de Granada, y el de Elche (Alicante).
El primero fue dado a conocer por MARTÍN GARCÍA (1986), quien lo data tentativamente en el siglo XII; el segundo fue objeto de excavación sistemática (AZUAR et al. 1998) y está datado por sus excavadores en la segunda mitad del siglo XII.
En el caso de La Zubia, que ha podido ser observado personalmente por los autores, los constructores levantaron los muros perimetrales y los interiores con fábrica mixta, como en Churriana, pero los cajones de tapia de hormigón son de mayor tamaño (en torno a 1,20 m de altura) y la hiladas de ladrillo sólo dos.
La gran diferencia respecto a Churriana es que los muros perimetrales destinados a servir de testero de las bóvedas se recrecen respecto a los otros dos, de manera que cuando se construyen las bóvedas, éstas simplemente se les adosan.
En el caso de Elche se levantaron primero los muros longitudinales hasta el arranque de las bóvedas en hormigón de tierra, grava y cal, seguidamente se cubrieron las naves con bóvedas de medio cañón y finalmente se cerraron los extremos de las naves con muros transversales en tapia de mampostería (AZUAR et al. 1998: 18-20).
El resultado final de los tres procesos descritos es el mismo (un edificio de tres naves paralelas cubierto con bóvedas de medio cañón) pero la comprensión de las diferencias constructivas comentadas es lo que permitirá establecer precisiones tipológicas y cronológicas.
Se han propuesto varias dataciones para el baño de Churriana de la Vega.
Un catálogo de arquitectura andalusí de Andalucía Oriental lo data en época nazarí, siglos XIII-XV (LÓPEZ GUZMÁN 2002: 235), pero se ha propuesto también encuadrarlo en los siglos XII-XIII (NAVAS SÁNCHEZ 1986, GARCÍA DE LOS REYES et al. 1991, CERES FRÍAS 1995, RODRÍGUEZ AGUILERA y BORDES GARCÍA 2001).
Aunque en las áreas excavadas hasta ahora no han aparecido depósitos sellados, la excavación ha desvelado detalles constructivos que permiten algunas precisiones sobre su cronología, seguramente nazarí.
La disposición del horno, por ejemplo, es similar a la del horno del baño nazarí de Baza, Granada (BERTRAND y SÁNCHEZ VICIANA 2003: 170, 173).
Otros detalles constructivos como el uso de lajas de piedra para cubrir las bovedillas de ladrillo del hipocausto, el recrecimiento de la cota del pavimento de las alhanías de la sala caliente mediante una capa adicional de mortero o el uso de característicos ladrillos de canal con forma de U invertida en el pavimento de la sala caliente, son procedimientos que se documentaron en el baño nazarí aparecido bajo el Mercado de San Agustín de Granada a principios de los años noventa (LÓPEZ et al. 1991: 161).
La presencia de ladrillos de canal está documentada también en pavimentos de reposición, posiblemente de época nazarí, del baño de Hernando de Zafra (BURGOS y PUERTA 2000:12) y del Bañuelo, ambos en Granada.
En cualquier caso, las adscripciones cronológicas a partir de paralelos deben tomarse con cautela: basta recordar el caso del baño de Cogollos Vega (Granada), tradicionalmente datado como almohade pero que resultó ser obra castellana de la década de 1530 (VÍLCHEZ VÍL-CHEZ 2004: 118-122).
En el análisis edilicio del baño de Churriana de la Vega se han aplicado principios y procedimientos básicos de la estratigrafía arqueológica aplicada a los paramentos que no es necesario reiterar, pero se han adoptado algunas soluciones a problemas recurrentes que puede ser útil discutir.
Una característica propia del análisis estratigráfico de los paramentos que lo diferencia del análisis de la estratigrafía de un yacimiento arqueológico es que en el análisis paramental normalmente sólo puede observarse la superficie de las unidades estratigráficas, no el cuerpo entero del estrato, ya que éste normalmente no se retira ni se destruye.
Esta limitación puede subsanarse en parte realizando una lectura muraria que trascienda el registro de los elementos estrictamente visibles para integrar evidencias presentes pero difíciles de sistematizar (improntas que evidencian elementos desaparecidos, presencias atestiguadas por coloración diferencial o por resaltes en los muros, evidencias documentales, fotográficas u orales sobre elementos no observables en el momento de la lectura...).
Por otra parte, los estratos edilicios pueden concebirse, según su función y su integración en un edificio, como estratos principales, aquellos que tienen una función estructural en la medida en que están diseñados para transmitir al suelo las cargas a las que está sujeta la estructura, y estratos secundarios, aquellos que no pueden sustentarse por sí mismos y acompañan a los principales, típicamente pavi-mentos y revestimientos (DOGLIONI 1997: 71-72).
La distinción no tiene carácter valorativo: desde el punto de vista estratigráfico un estrato secundario tiene a menudo más capacidad de retener información que uno primario.
Atendiendo a esta problemática se han distinguido seis tipos de unidades estratigráficas: positivas y negativas (estratos principales), de revestimiento y de recubrimiento (estratos secundarios), y unidades no visibles y desaparecidas (que permiten documentar evidencias de difícil sistematización).
Los criterios de reconocimiento de cada una de ellas se describen a continuación.
La unidad estratigráfica positiva
La unidad estratigráfica positiva es aquella que aporta material y viene definida por el cuerpo de estrato y las superficies que lo delimitan.
La unidad estratigráfica negativa
La unidad estratigráfica negativa (denominada también interfaz negativa o interfaz de demolición) es la superficie que evidencia la demolición o remoción de un estrato o de parte de él.
La unidad estratigráfica de revestimiento
La unidad estratigráfica de revestimiento es aquella que originalmente fue concebida para revestir las fábricas a las que acompaña.
A menudo se conserva sólo parcialmente y permite observar la fábrica de la que forma parte.
Aquí se ha considerado que este tipo de unidad estratigráfica cubre a aquellas sobre las que se asienta, lo que implica que la relación estratigráfica cubre a sea considerada como una relación de contemporaneidad, no de anterioridad o posterioridad.
Una posibilidad alternativa, conceptualmente tal vez menos problemática, sería considerar que un revestimiento contemporáneo a la fábrica mantiene con ella una relación de contemporaneidad del tipo se liga a.
La unidad estratigráfica de recubrimiento La unidad estratigráfica de recubrimiento es aquella que, no habiendo sido creada originalmente para revestir la fábrica sobre la que aparece, es añadida en un momento dado de la historia del paramento por razones diversas y termina ocultándolo total o parcialmente.
El nombre elegido es mejorable dada la superposición semántica con el término «cubrir», utilizado para expresar la relación de un revestimiento con la fábrica a la que acompaña.
Al tratarse a menudo de enjalbegados u otros tratamientos ligeros de los paramentos, estas unidades estratigráficas suelen permitir conocer detalles de lo que ocultan.
Su representación gráfica es muy problemática, por lo que en aras de la claridad aquí se les asigna un número en el alzado del paramento analizado y se representan en el diagrama estratigráfico, pero no se traman por periodos ya que de hacerlo ocultarían otros elementos de mayor interés.
Se ha considerado que este tipo de unidad estratigráfica no cubre ni se liga a otras unidades sino que se apoya en ellas, lo que la diferencia de la unidad de revestimiento.
La unidad estratigráfica no visible
Una unidad estratigráfica no visible es aquella que por razones de diversa índole permanece oculta pero cuya existencia puede ser conocida por testimonios documentales o por evidencias indirectas.
La unidad estratigráfica desaparecida
Una unidad estratigráfica desaparecida es aquella que no ha dejado rastro alguno material pero resulta discernible a partir de las improntas o trazas que ha dejado en otras unidades.
La base planimétrica utilizada para el análisis edilicio fue realizada en dos fases, una en 2005, antes del inicio de la excavación arqueológica, y otra en 2006, cuando se integraron en el levantamiento los restos aparecidos durante la excavación.
Con objeto de disponer de un soporte gráfico adecuado para realizar la lectura detallada de los paramentos se realizó un mosaico ortofotográfico del edificio a partir de fotografías tomadas con cámara réflex digital calibrada, que luego fueron rectificadas digitalmente.
A partir de este mosaico se obtuvo un modelo tridimensional del conjunto que contenía los fotoplanos insertados en su posición original, y sobre ellos se representaron las unidades estratigráficas leídas sobre el terreno.
Los paramentos se dividieron en doce ámbitos de lectura, dos de los cuales se representan en las figuras 13 a 16.
Las relaciones de contemporaneidad, anterioridad y posterioridad se representan gráficamente en alzado y se realiza su diagrama estratigráfico o matriz de Harris, única herramienta que permite identificar el orden de secuencia correcto de las unidades estratigráficas.
Siguiendo la ley de sucesión estratigráfica (HARRIS 1991: 58) no se representan las relaciones redundantes (aquellas que se dan por supuestas por la relación principal entre dos estratos).
El análisis de las relaciones estratigráficas produjo una secuencia estratigráfica relativa que, complementada por la información histórica y la evidencia tipológica, permitió obtener la periodización absoluta de cada paramento (figuras 14 y 16) y proponer una secuencia de periodos constructivos del edificio (figura 17).
Hipótesis de periodos constructivos
Se han podido establecer tres grandes periodos en la evolución del edificio del baño.
Aunque es prácticamente segura la existencia de momentos constructivos que no ha sido posible leer en los paramentos, el resultado es una PERIODO I, Fase II: la casa morisca (s. XVI) Una segunda fase del periodo I se corresponde con el momento de la destrucción intencionada de las estructuras del baño: se inutilizaron el horno, el hipocausto y los pavimentos de las salas húmedas.
Solamente se respetaron los muros y bóvedas, que sirvieron para soportar una vivienda que se construyó más o menos en la misma época de la in-utilización del baño y cuya crujía Este, en tapia de tierra encintada y machones de ladrillo, ha sobrevivido con pocas modificaciones hasta nuestros días.
A juzgar por los materiales asociados a los depósitos del momento de la destrucción, ésta tuvo lugar en algún momento del siglo XVI.
PERIODO II, Fase I (s. XVII -primera mitad del s. XIX) Los dos siglos y medio que van desde principios del siglo XVII hasta la primera mitad del siglo XIX son la fase peor definida de la vida del edificio debido a las remociones y rellenos de época posterior que perturbaron los depósitos de esa época.
Se ha constatado el uso para fines domésticos y productivos de las estructuras del baño, en particular el ámbito del horno, donde a juzgar por la evidencia preservada en el muro Este, que muestra la existencia de vigas destinadas a soportar forjados en al menos dos momentos distintos, debió existir una actividad constructiva importante.
Aparentemente, la vivienda situada sobre las bóvedas no sufrió modificaciones importantes en toda esta fase, aunque pudieron haberse producido algunas regularizaciones de vanos.
PERIODO II, Fase II (mediados del s. XIX -primera mitad del s. XX) La fase II del periodo II se corresponde con la primera refacción importante de la vivienda situada sobre las bóvedas del baño desde que se construyera a finales del siglo XVI.
La crujía Norte de la vivienda resultó destruida o fue demolida intencionadamente y se volvió a levantar, ampliándola hacia el Oeste, utilizando una técnica constructiva característica, lajas de piedra de La Malá, frente a la fábrica mixta de la construcción del siglo XVI.
En esta época también se aumentaron de tamaño algunos vanos.
Se añadió una corraliza en el exterior y se abrió un acceso a la bóveda de la sala fría desde el patio, que se utilizó como cuadra y almacén.
En esta época lo que originalmente fue el ámbito del horno y la leñera ya había sido soterrado. (ha. 1940-1980) La fase I del periodo III se corresponde con un periodo de la vida del edificio sobre el que existen testimonios orales que han permitido reconstruir muchos acontecimientos de la segunda mitad del siglo XX3.
Hacia 1950 se construye un secadero de tabaco sobre la corraliza situada al Este del edificio y se destinan a viviendas dos de las bóvedas del baño, abriendo sendos accesos desde el patio y recreciendo el pavimento unos cincuenta centímetros.
Hacia 1970 una de estas viviendas se vuelve a destinar a cuadra, cerrándose su acceso, que se convierte en ventana.
Hacia la misma época se acondicionan las escaleras de acceso a la vivienda y se adecenta la azotea.
PERIODO III, Fase II (ha. 1980II (ha. -1995) ) La fase II del periodo III se corresponde con la última época de ocupación del edificio.
Hacia 1990 las bóvedas del baño no se utilizan ya como vivienda sino como almacén y el secadero de tabaco se acondiciona como dormitorio, comunicándolo con la vivienda que adquiere la forma que presenta en la actualidad.
Se realizan también varias obras menores de mantenimiento y se reviste y enjalbega el exterior del edificio, que a principios de 1996 es adquirido por el Ayuntamiento de Churriana de la Vega.
El seguimiento arqueológico de los trabajos de restauración terminará de perfilar en su momento la imagen del edificio obtenida en la actuación arqueológica que se acaba de describir.
El proceso de conocimiento puesto en marcha habrá cumplido su función en la medida en que se satisfaga tanto la necesidad de avanzar en el conocimiento arqueológico del edificio, como la de generar los elementos de juicio necesarios para la elaboración del proyecto de restauración.
Riccardo Francovich señaló que la labor del arqueólogo se sitúa exclusivamente en la fase cognoscitiva de la intervención de restauración, mientras que la del arquitecto restaurador implica tanto aspectos cognoscitivos como proyectuales (Nota introduttiva, en FRANCOVICH & PA-RENTI 1988: 13-27).
Integrar los dos momentos, el del conocimiento y el del proyecto, no pasa por difuminar la separación de competencias entre profesionales sino más bien por articular un proceso de reflexión que permita llegar a soluciones consensuadas para problemas que son comunes.
La importancia que tienen para el arqueólogo la evidencia estratigráfica y los indicios materiales tiene su paralelo en la conciencia, por parte del arquitecto, de que intervenir sobre lo existente puede suponer la preservación o la desaparición de evidencias únicas.
En este contexto, si la tarea del arquitecto restaurador es la de tomar decisiones sobre la conservación de un bien, y su responsabilidad la de terminar generando un bien social nuevo, la tarea del arqueólogo es la de producir información de calidad sobre lo que estudia y su responsabilidad radica en que los resultados de su labor terminarán por definir aquello sobre lo que se interviene. |
Cuando en el año 2005 la Dirección Xeral de Patrimonio Cultural (DXPC), entonces dependiente de la Consellería de Cultura, Comunicación e Turismo de la Xunta de Galicia, encargaba al Laboratorio de Patrimonio (en adelante LaPa) -CSIC el estudio de los posibles restos de un baluarte en un solar de la Villa de Verín, no podíamos suponer lo que los resultados de este estudio iban a aportar al conocimiento de la historia de la Villa.
En este solar, se había planteado la demolición de las estructuras que en él se conservaban: un edificio de dos pisos; una construcción dedicada al procesado y almacenamiento de vino; y unos grandes muros que formaban una estructura de planta pentagonal contra y sobre la que se había construido la bodega y que se consideraban muros de contención, ya que el solar se encontraba a orillas del río Támega, para realizar un edificio de nueva planta.
En este contexto la DXPC promueve la realización de un exhaustivo estudio de dichas construcciones que, inicialmente, incluía varios sondeos arqueológicos, el levantamiento volumétrico del conjunto, la lectura de alzados, así como un vaciado de fuentes históricas y bibliográficas1.
Los objetivos de la intervención podían resumirse en: documentar y registrar las estructuras arquitectónicas y arqueológicas; analizar su técnica constructiva, secuencia constructiva y funcionalidad; datar las estructuras; e intentar delimitar el conjunto fortificado en su entorno inmediato.
Sobre los muros del posible baluarte existía el precedente del estudio realizado en los años 40 del siglo XX por Xesús Taboada Chivite (1949), quien ya había apuntado que estos formarían parte de la fortificación de la villa de Verín y serían en concreto un baluarte de la misma.
Este mismo investigador propone el trazado de la muralla (TABOADA CHIVITE, 1949) que, partiendo de dicho baluarte 2, circunscribe lo que actualmente se considera el casco histórico de la villa, aunque ampliándolo por el E, el NW y el lado N, con un trazado prácticamente rectangular cuyo lado más largo se orientaría en sentido E-W.
Para esta propuesta se basó en los escasos restos conservados de esta posible fortificación, en la toponimia, en la memoria oral de los vecinos y en algunos textos a los que tuvo acceso en su día.
Una vez comenzados los trabajos, decidimos aplicar una estrategia de investigación más ambiciosa con la intención de maximizar la información que poco a poco se iba generando, ampliando las propuestas de actuación inicialmente planteadas3 y diseñando una nueva estrategia de trabajo, bajo la cual se aplicaron al estudio las siguientes metodologías:
• Levantamiento planimétrico de todo el conjunto arquitectónico localizado en el interior del solar, paso previo necesario para poder documentar y registrar los elementos constructivos.
Este levantamiento contribuiría a la conservación de las estructuras, al menos de forma gráfica.
Se llevó a cabo empleando una estación total topográfica láser. • Sondeos arqueológicos encaminados a recuperar la secuencia estratigráfica exterior e interior del baluarte, determinar su adscripción cronológica, documentar su técnica constructiva y, si existieran, la presencia de otras estructuras previas, coetáneas o posteriores al baluarte.
• Análisis estratigráfico de alzados de la construcción dedicada a la explotación vitivinícola y los muros identificados como baluarte, con la finalidad de recuperar la secuencia constructiva de ambas estructuras arquitectónicas e interpretar su posible origen. • Prospección arquitectónica del casco histórico siguiendo el trazado propuesto por Taboada Chivite y los nombres de las calles que podían estar vinculados a la fortificación.
La intención era identificar y documentar posibles restos vinculados con la fortificación de la villa. • Recogida de la microtoponimia y de topónimos que hicieran referencia a la fortificación tanto procedentes de fuentes escritas como orales. • Estudio crítico de la documentación procedente de fuentes escritas y gráficas, tanto bibliográficas como históricas, que se conservaran sobre Verín.
Se vaciaron archivos estatales, regionales, provinciales, municipales y privados. • Fotointerpretación arqueológica de la fotografía aérea procedente del Vuelo Americano de 1957 y del Vuelo del Instituto Geográfico Nacional de 19854 y de imágenes satélite a partir del año 2003 recogidas en el SixPac, Sitga y Google Earth.
La intención de este análisis era conocer la evolución urbanística de la villa y delimitar el recorrido de la fortificación que aparecía mencionada en la documentación de distintas épocas y de la que se conocía únicamente uno de sus baluartes.
EVOLUCIÓN CONSTRUCTIVA DEL SOLAR: DEL TORREÓN A LA EXPLOTACIÓN VITIVINÍCOLA La secuencia que a continuación se presenta ha sido identificada gracias a la información extraída de los sondeos y la lectura estratigráfica de alzados.
Su datación se ha obtenido gracias a la información recuperada a través del vaciado documental.
Fase I: Época bajomedieval
Se conservan los restos de un torreón que podría estar relacionado con un sistema defensivo de la villa de Verín, anterior a la construcción de la fortificación abaluartada, o con la existencia de determinados puntos de control en las vías de acceso a Verín.
La estancia en la que se localizan estos restos presenta una planta cuadrangular, la única regular de toda la edificación.
La fachada N que cierra actualmente este espacio contiene dos saeteras, cuya tipología no se corresponde con el tipo de vanos documentados en esta zona en las bodegas5.
Creemos que podría tratarse de elementos reutilizados de una construcción anterior que, por el tipo de vano de que se trata, posiblemente tuviera una funcionalidad defensiva 6.
Actualmente la estancia está dedicada a bodega.
Resulta interesante la mención que se hace a un torreón en un documento de 1853: «Me conviene igualmente que Don Ramon Santa Marina [...] y desaze si el enrejado de la bodega que cae a la huerta de mi defendida objeto de la cuestion fue denunciado; y que aquella fue construida de cimiento ha un año poco mas o menos sin que antes hubiere alli edificio alguno, y si un torreon. [...]»7.
En este documento se hace mención a que la bodega se construye en los años 50 del siglo XIX y que antes existía en esta finca un torreón.
A pesar del vaciado documental realizado, no se ha localizado ninguna información sobre la existencia de un sistema defensivo en Verín en época bajomedieval.
Sin embargo, varios han sido los hechos que han llevado a plantear la hipótesis de que en esta época podría existir algún tipo de sistema defensivo o bien algún punto de control, como podía ser la figura de los torreones.
Pereira8 define varios tipos de torre, para este caso sería interesante tener en cuenta dos de los que apunta, la torre como elemento aislado protegiendo el acceso a puentes o como parte de un conjunto de elementos defensivos.
En el caso de la torre formando parte de un conjunto defensivo, no se han localizado evidencias materiales ni documentales que hablen de la existencia de un amurallamiento en Verín en época bajomedieval.
Pero sí se cuenta con alguna evidencia para el caso de torres aisladas defendiendo el acceso a Verín desde el barrio de San Lázaro, o lo que es lo mismo, su comunicación con Monterrei, a través de un puente, o en su defecto una puerta de acceso a la villa.
Además de los restos de este torreón documentado dentro del solar y de la referencia que a él se hace en el documento del año 1853, se ha identificado durante la prospección un muro que contiene una saetera, del que se hablará posteriormente, y que podría, por su proximidad, estar relacionado con éste (ver figura 13).
Además, en otros puntos de la villa se recogen referencias al topónimo torre, concretamente uno de ellos se localizaría contiguo a las Puertas de Madrid.
En todo caso, la torre como elemento defensivo es anterior al sistema de fortificación abaluartada, es decir, mientras la torre es un elemento fundamental en la fortificación neurobalística, el baluarte lo es en la pirobalística.
Por lo tanto, se cree que existen algunas evidencias para plantear la hipótesis de que Verín contaba con algún tipo de defensa anterior a su abaluartamiento realizado a mediados del siglo XVII.
Fase II: Edad Moderna
Las construcciones conservadas de esta fase se relacionan con la fortificación abaluartada de la villa y las distintas reconstrucciones de la misma durante el periodo de contienda, identificadas con tres etapas:
Fase IIa: en torno al año 1646 De este momento dataría la construcción de la fortificación, a la cual corresponde el único baluarte conservado en la villa, conocido como el Baluarte de Elle.
Fase IIb: en torno a la segunda mitad del siglo XVII Reforma del parapeto de la cara SE, del flanco E y de la cara SW del Baluarte de Elle.
Fase IIc: finales del siglo XVII -siglo XVIII Reforma del flanco W y del ángulo formado entre este flanco y la cara SW del baluarte.
Los datos extraídos a través de la lectura de alzados y los sondeos arqueológicos han aportado interesantes conclusiones sobre el sistema constructivo del baluarte y sus posteriores refacciones y reconstrucciones.
La fase más antigua conservada se localiza en su cara SE y flanco E, aunque el flanco ha sido cortado posteriormente para la construcción, primero, de la casa con patín (en la fase IV) y, después, del alambique (en la fase VII), ya que son las partes del baluarte que menos modificaciones han sufrido a lo largo del tiempo.
Se cree que a ello han contribuido dos hechos.
Por un lado, esta cara y flanco, son los menos expuestos a las acciones producidas por las riadas, frente a los opuestos que estaban en contacto directo con el río y han sido reconstruidos en varias ocasiones.
Por otro lado, del análisis efectuado de todo el proceso de subasta de la fortificación de Verín que tiene lugar entre los años 1836 y 18499, se deduce que los vecinos están en contra de esta venta y uno de los motivos que alegan es que las murallas de la fortificación protegen a la villa de las crecidas del Támega, siendo estos mismos vecinos los que en ocasiones se hacen cargo de la reconstrucción de este elemento.
Los informes realizados por el Cuerpo de Ingenieros apoyan esta venta, aunque para el caso de lo que denominan como «murallas del W» los ingenieros están de acuerdo en que contienen las frecuentes crecidas del Támega e incluso proponen la exclusión de estos terrenos Fig. 9.
Distintos aspectos del baluarte de la Calle de Elle.
En la imagen de la izquierda la unión entre la cara y el flanco, en la imagen de la derecha la parte superior del ángulo capital Fig. 10.
Baluarte de la fortificación moderna del Castillo de Monterrei.
Se puede apreciar que en la cimentación se emplea el mismo sistema de banqueta documentado en el Baluarte de Elle de la subasta.
Finalmente, se vende la totalidad de la fortificación a un único licitador10 el 8 de mayo de 1849.
Posiblemente la conservación del baluarte venga motivada por su propia ubicación y su relación con la contención de las crecidas del río, además del propio uso de las construcciones realizadas en el solar, destinadas a bodegas.
Este tipo de edificaciones necesitan unas condiciones de luz y humedad determinadas que el baluarte proporcionaba con total seguridad.
El sistema constructivo del baluarte documentado en aquellas zonas que se han identificado como originales es el siguiente:
• Cimentación: está constituida por tres elementos: fosa de cimentación, depósito de piedras que colmatan la fosa y doble banqueta que sobresale de la cortina, con un perfil en talud, formando un sistema combinado de banquetas y rellenos que afianzan el terreno húmedo sobre el que se asienta la muralla.
• Caras y flancos del baluarte: al exterior se componen de un muro realizado en mampostería de gran tamaño con tendencia a la regularidad, de 3,10 m de altura, con un perfil en talud.
Las esquinas, en ángulo obtuso, están realizadas con grandes bloques de granito, dispuestos a soga y tizón, con la arista biselada.
Al interior presenta un aparejo más desconcertado, sin carear, en el que algunos materiales sobresalen del muro.
Hacia el ángulo capital el muro se abre dando lugar a una planta curvada, que parece estar reforzando esta zona.
• Adarve: está formado por parapeto, que mide 0,90 m de altura al exterior y 0,70 m de altura al interior y su anchura varía aumentando hacia las puntas del baluarte, siendo la media de 0,90 m; sobresale unos 0,20 m de la cortina y presenta un perfil recto.
Está realizado en mampostería, con bloques fundamentalmente de granito, dispuestos formando hiladas horizontales.
Sobre la parte interior del muro se dispone un paseo de ronda, de unos 0,90 m de anchura, realizado con bloques de granito dispuestos horizontalmente a modo de losas.
• Terraplenes: interiormente, el baluarte estaba colmatado por una serie de rellenos11 compuestos de tierra arenosa y cantos rodados, procedentes del río.
La irregularidad en la factura del interior de las caras posiblemente estaría pensada, por un lado, para no ser vista y, por otro, para conseguir un mejor agarre de estos rellenos.
La contención de estos terraplenes se efectuaría tanto gracias a la presencia del torreón como por la disminución de su cota hacia el N12.
Poco puede decirse sobre cómo se imbricaría este baluarte con el resto de la fortificación.
Hasta el momento se ha localizado únicamente la representación de la villa fortificada en el Mapa de las Minas de Estaño del Valle de Monte Rey del año 1786.
En este mapa se dibuja esquemáticamente la fortificación abaluartada de Verín.
Sin embargo, gracias a esta representación y a las descripciones posteriores que se conservan, se sabe que la fortificación discurría por el W paralela a la ribera del río.
En ese caso, la unión entre Fig. 11.
En la imagen se presenta un croquis de la sección de una de las caras del Baluarte de Elle, en el que se han identificado aquellos depósitos exhumados durante los sondeos arqueológicos.
En la imagen izquierda se muestra una fotografía de la parte exterior de la cara del baluarte, en la que se pueden observar el parapeto, la muralla y el sistema de cimentación.
En la derecha, la cara interna de la muralla, con el muro que sirve de contención a los terraplenes y de soporte al paseo de ronda el flanco W y la cortina existente hasta el siguiente baluarte, que según el mapa se localizaría una vez pasado el puente sobre el Támega que une la villa con el Barrio de San Lázaro, no se efectuaría en ángulo, sino siguiendo una línea recta o casi recta13.
Uno de los aspectos principales de este tipo de fortificaciones era la necesidad de adaptar su planta a la topografía de los lugares en los que se construían y a la existencia de otras defensas anteriores.
En este caso posiblemente ambos factores entrarían en juego.
No sucedía lo mismo en la parte E del baluarte, ya que aquí la fortificación se abría hacia el SE.
En esta zona se ha localizado mediante fotointerpretación la presencia de un baluarte de mayores dimensiones, por lo tanto, el flanco E del Baluarte de Elle debía unirse con una cortina que giraba hacia el SE, hasta encontrase con este otro baluarte.
Desgraciadamente, en la fotografía aérea más antigua con la que se cuenta se observa cómo esta zona ya estaba construida y se había perdido la presencia de este elemento Con posterioridad a la construcción del baluarte se documentan una serie de refacciones y reformas en caras y flancos14, motivadas por diferentes derrumbes y actividades antrópicas llevadas a cabo sobre el elemento, relacionados tanto con el proceso de la contienda como con las construcciones que posteriormente se realizan en el solar.
Debe tenerse en cuenta, que en el tiempo durante el cual transcurre la Guerra de la Restauración Portuguesa (1640-1668), e incluso con posterioridad a ésta, Verín es uno de los puntos de interés constante en los ataques portugueses, tanto para acceder al Castillo de Monterrei, como para entrar desde aquí a otras zonas de la provincia de Ourense.
Ello implicaría que la fortificación haya sufrido constantes derrumbes y refacciones, motivadas por las consecuencias directas de las contiendas.
A esta fase corresponde la construcción en el interior del baluarte de una bodega con antebodega hacia el N, esta fechada en el año 1851.
El propietario que emprendió la obra fue Don Ramón Santa Mariña15.
La planta trapezoidal de la antebodega, ligeramente girada con respecto a la planta del torreón, podría deberse a la necesidad de buscar «el aire del N» que se consideraba fundamental para el correcto procesado del vino.
Para la construcción de la bodega se reutilizaron parte de los alzados del torreón de la fase I y en la fachada N se emplearon, a modo de respiraderos, las saeteras que antes tenían un fin defensivo.
Reforma en el flanco W del Baluarte de Elle y una de las cortinas W de la fortificación de Verín.
La construcción va adoptando la planta que actualmente se conserva.
En un periodo muy corto de tiempo se llevan a cabo varias ampliaciones sobre la bodega de la fase III que van enmascarando los elementos anteriores, sobre todo el torreón.
En este momento el propietario de la finca es don Gabriel Bazal Romero.
Se conserva una relación de los bienes que poseía este señor del año 1892 y en la descripción que se hace en ella de las construcciones del solar se especifica que era de planta baja de 200 m de extensión, y que lindaría por el E y S con la huerta de la finca y el W y N con las propiedades de doña Estrella y doña María Josefa Novoa.
Es decir, en el año 1892 únicamente estaba construida la bodega y antebodega.
Esta sería la fecha postquem para esta fase.
Para la fecha antequem, se ha empleado el permiso de construcción de la Casa de los Bazales (perteneciente a la fase VI), concedido el 16 de abril de 1914.
Además se concede otro permiso a este mismo propietario en el año 1901 para la reconstrucción del muro de cierre de la finca por el lado del río, que se ha vinculado aquí con la fase Vb.
Sobre la bodega y antebodega anteriores se construye un segundo piso de planta corrida.
Para acceder a la segunda planta se construye un patín abierto, con escalera de dos tramos.
Para la construcción de esta escalera se destruye parte del flanco E del baluarte y se adosa al terraplén que rellena el baluarte.
En la fachada exterior E y N de la planta alta se dispone un balcón corrido, realizado en madera, del cual se conserva actualmente el que se adosaba a la fachada E. Esta ampliación se destinó a almacenaje.
Reforma en la cortina W inmediata al Baluarte de Elle para la apertura de una puerta que comunica el solar con la ribera del río Támega, realizada en un aparejo de sillería de una sola hoja.
En esta fase, se amplía un gran espacio de dos plantas hacia el W de mayores dimensiones que lo que existía hasta ese momento, con una planta irregular, alargada, que sigue la misma orientación que el lienzo W de la muralla en esta zona.
Para la construcción de esta bodega se vacía parte del terraplén que se adosaba al flanco W del baluarte.
Se construye también en esta fase la zona correspondiente al espacio bajo cubierta, que cubre los sectores 7, 8 y 10, con un tejado a dos aguas, a excepción del extremo N del sector 10, que se cubriría a un agua.
A esta fase corresponde la Casa de los Bazales que cierra el solar por el E, para cuya construcción se concede el permiso a Benigno Gallego Bazal el 16 de abril de 1914.
Por los Expedientes de Comprobación del Ministerio de Hacienda se sabe que está finalizada en el año 1919.
El edificio cuenta con un doble uso, se destinan a lagares las estancias de la planta baja y a vivienda la planta alta del edificio.
Fase VII: Década de los años 60 del siglo XX
Se han vinculado a esta fase algunas reformas y ampliaciones llevadas a cabo sobre todo en la fachada E de la construcción, dedicada a explotación vitivinícola, en las que se han empleado los mismos materiales y técnica constructiva.
Por un lado, se cierra el espacio ubicado entre los sectores 8 y 10, el sector 9, con muros de sillería de una sola hoja en la planta baja.
Éste se destina a almacenaje de botellas de vino y zona de embotellamiento.
Sobre esta planta se construye en albañilería un primer piso, equiparando la altura a la del resto de la construcción, quedando cubierta la totalidad de la misma a dos aguas.
Por otro lado, se cierra el patín, resultando ahora un patio interior cubierto a un agua.
Se construye también un depósito exterior en sillería regular de una sola hoja, semejante a los depósitos conservados en la planta baja de la Casa de los Bazales.
Por último, se cierra la estancia numerada como sector 5.
Como alzado W se están utilizando los restos del flanco E del baluarte, cuyo remate superior se sustituye por un muro de sillería.
Posteriormente se practica una apertura en este flanco del baluarte para incluir una lareira y su tiro.
La estancia se destina a alambique.
LA VILLA DE VERÍN: UNA FORTIFICACIÓN OLVIDADA
A medida que avanzaba el proyecto y una vez que teníamos claro que los restos conservados en el solar se correspondían con un baluarte, se consideró que para entender el papel que éste cumplía en el sistema defensivo de la villa, sería necesario entender cómo había sido su fortificación en época moderna.
Por ello, nos planteamos una estrategia de trabajo en la que se combinaron varias metodologías con la intención de maximizar la información disponible sobre esta época.
La actual configuración urbana de Verín no dejaba entrever la preexistencia de una fortificación.
Los escasos restos que de ella quedaban estaban ocultos en el interior de un solar bajo construcciones de distinto tipo.
Únicamente las calles Muralla y Foso suponían una vinculación directa a este elemento, y algunos vecinos todavía recordaban el topónimo Puertas de Madrid que hacía referencia a la ubicación en la que éstas se encontraban 16.
Es decir, se había eliminado de la memoria el papel que la villa había jugado como fortificación de frontera.
Únicamente algunos estudiosos y vecinos comprometidos17 habían conservado a través de sus escritos algunas referencias a la misma.
Como ya se indicó, la prospección del casco histórico se completó con la fotointerpretación de fotografías aéreas e imágenes satélite.
El motivo fundamental de complementar ambas técnicas de análisis era que las características de los espacios susceptibles de ser analizados a través de la prospección con el fin de identificar el trazado de la fortificación de Verín, eran extremadamente complejas en la actualidad, por lo que se hacía necesario acudir a este segundo tipo de análisis, ya que la fotografía aérea podría aportar información inédita que añadir al estudio de la misma.
En el caso de la aplicación de la fotointerpretación arqueológica al estudio de un espacio urbano, debe tenerse en cuenta que las variaciones sufridas en los últimos cincuenta años han afectado sobremanera a los restos materiales que conformaron las ciudades y pueblos en el pasado, de esta manera, se hace muy complicado identificar las estructuras que formaron parte de su evolución histórica utilizando únicamente las imágenes actuales de los mismos.
En el estudio de Verín se revisaron imágenes tomadas en diferentes momentos para conocer cómo había sido su evolución urbanística reciente y para poder delimitar el recorrido de la fortificación que aparecía mencionada en la documentación de distintas épocas.
Al tratarse de un entorno urbano, la necesidad principal era que las imágenes contasen con la suficiente nitidez, pero las fotografías del Vuelo Americano carecen de ella, impidiendo determinar con seguridad la forma exacta de cada uno de los objetos que componen el contexto de estudio.
En este análisis se intentaron identificar aquellos indicios físicos que pudieran suponer el reconocimiento material del trazado de la fortificación en la trama urbana, así como las variaciones en el trazado urbano que ayudasen a comprender la evolución de la villa desde la mitad de siglo XX hasta nuestros días.
En este estudio se tuvieron en cuenta el tamaño de los objetos, la forma, las sombras, el tono, textura y la distribución de los elementos; no así las variaciones de escala en los diferentes puntos de cada una de los fotogramas, ya que el fin último del análisis no era llegar a obtener medidas exactas de estructuras, sino la identificación de las mismas.
Por otra parte, se utilizaron las imágenes satélite más contemporáneas para situar en ellas las estructuras y variaciones urbanísticas localizadas en las imágenes más antiguas, de forma que la ubicación en el espacio concreto que ocupaban fuera reconocible con mayor facilidad.
Con ello, se ha pretendido determinar dónde y cómo ha variado la villa para poder llegar al por qué de estas variaciones y, finalmente, determinar si en ellas ha tenido o no que ver el trazado de la muralla.
Finalmente, los resultados de la prospección y la fotointerpretación, fueron comparados con la representa-ción de la fortificación documentada en el Mapa de las Minas de Estaño de 1786, que aunque no reproducía con precisión la planimetría de la villa, sí se observa la configuración urbanística de Verín enmarcada dentro del trazado de una muralla abaluartada, las principales vías de comunicación que parten de la villa y la conexión con el Barrio de San Lázaro.
Todos estos elementos fueron digitalizados y superpuestos sobre una fotografía satélite de Verín, para posteriormente compararlos con los documentados a través de los análisis arriba mencionados.
La prospección arquitectónica del casco urbano proporcionó escasas evidencias materiales del trazado de la fortificación, correspondiéndose, por otro lado, a dos periodos cronológicos distintos.
Además de los restos que se localizan en el interior del solar, muy próximo a éste y volcado también al río Támega, se emplaza un muro realizado en un aparejo de sillería irregular de granito en el que se conserva una saetera, abocinada al interior (ES050530U04).
Teniendo su localización, su relación y proximidad con los restos del torreón ubicado en el solar objeto de estudio y la tipología de la saetera, podría tratarse de los restos de una construcción anterior, tal vez de otra torre cuya finalidad sería la defensa de un paso sobre el río Támega.
De ser así, ambos torreones podrían funcionar de forma conjunta, protegiendo este paso, lo cual apoyaría la hipótesis que plantean algunos autores de que el puente se encontraba anteriormente más hacia el S 18.
En la calle Mariano Carrero, próxima a las Puertas de Madrid, se localiza un muro (ES050615U01) realizado en un aparejo de mampostería que se reutiliza en la construcción de una casa.
Este muro sigue el trazado de la muralla de época moderna y, como ésta, tiene un perfil en talud, por lo que se ha incluido como parte de los restos de la muralla.
Ambos elementos, conjuntamente con el torreón y baluarte de la calle de Elle, son los únicos que con seguridad se pueden identificar como partes de la distintas cercas de la villa, dos de época bajomedieval y dos del siglo XVII.
Por otra parte, se han localizado otros dos elementos reutilizados en sendas construcciones de la calle Muralla (ver figura 13) que podrían estar relacionados también con la fortificación moderna.
Ambos seguirían el trazado de la muralla y han sido reutilizados en construcciones contemporáneas.
El segundo de ellos se reutiliza en la construcción de una fábrica.
Se divide en dos muros, el interior incluye las jambas de una puerta y el exterior va abriendo en ángulo.
En esta zona, tanto la planimetría de 1786 como la fotointerpretación de la foto aérea de 1957 muestran un quiebro en la muralla.
En todo caso, no parece tratarse de un baluarte sino de una figura triangular, a modo de revellín, protegiendo una posible puerta.
En cuanto a los resultados de la fotointerpretación, los elementos más relevantes son aquéllos que pudieran tener que ver con la fortificación de la villa.
En la fotografía aérea de 1957 se observa con una tonalidad más clara una línea quebrada delimitando lo que pudo ser otro de los baluartes que circundaban por el S la población (ver figura 14).
En esta zona las fincas no siguen un ritmo regular en su planta.
Normalmente, en Verín la delimitación de las propiedades suele estar basada en divisiones paralelas y transversales a la forma que delimita el polígono al que éstas pertenecen.
En este caso, llama la atención la forma irregular que adoptan las fincas que quedan envueltas por los posibles restos de un baluarte.
Si comparamos esta imagen y la información revertida de la planta del Mapa de las Minas de Estaño, este baluarte estaría marcando ese trazado circular que ampliaría el espacio urbano hacia el S de la actual calle Luis Espada (ver figuras 12 y 14), según se observa en el mapa.
Esta muralla abaluartada estaba circunscribiendo un espacio añadido a la configuración urbana de la villa hacia el S del casco antiguo.
De tal manera, este baluarte estaría en conexión con el de Elle y quizá con otro situado en la confluencia de las actual calle del Elle con la Avenida de Portugal, lugar quedaría incluido en la segunda cerca con el topónimo Alameda de Adentro19.
Una de las dificultades de este estudio fue el no haber podido, en la mayor parte de los casos, contrarrestar in situ las referencias tomadas de la lectura estereoscópica de las fotografías, ya que en la actualidad es muy difícil saber si perduran restos de posibles cercas o murallas en este contexto mediante simple observación visual sin acceder a las propiedades particulares y sin tener capacidad para la recopilación de otros datos, con la excepción de los casos comentados anteriormente.
Lo mismo sucede con aquellas informaciones que hacen referencia a diferentes estructuras relacionadas con la muralla que no ha sido posible identificar en las imágenes fotográficas, es el caso de la localización de las posibles puertas que desde la muralla darían acceso a los terrenos del Convento de la Merced o de los topónimos relacionados con puertas, portillos o accesos, recogidos en el Catastro de Ensenada, ya que la visibilidad de estas estructuras dentro del entramado urbano ha pasado totalmente desapercibida, si es que en 1957 todavía se mantenía alguno de estos elementos.
Por todo lo que se ha venido comentando en los párrafos anteriores, que incide sobre todo en la dificultad de identificar determinados elementos en el urbanismo actual de Verín que pudieran tener relación con su fortificación en épocas anteriores, creemos que debemos ser bastante cautelosos a la hora de establecer la delimitación de la fortificación moderna y plantear únicamente por el momento una reconstrucción hipotética de su trazado (figura 15) que habrá que verificar a través de otro tipo de actuaciones arqueológicas, como la intervención en el subsuelo.
VERÍN-MONTERREI: LA FORTIFICACIÓN DE UNA VÍA DE TRÁNSITO
Para entender la historia de Verín y su fortificación en época moderna, con motivo de la Guerra de la Restauración Portuguesa, debemos encuadrarla en un contexto territorial más amplio y en el papel que jugó en el desarrollo de la guerra en esta zona de la frontera.
La historia de la villa está directamente vinculada a la del Castillo de Monterrei.
Aunque sus orígenes son confusos, algunos autores los sitúan en época romana, vinculados a las fases de romanización del castro de Baroncelli20, empla-zado en el actual Castillo de Monterrei, a 1 Km al NW de Verín.
De la ocupación de esta zona en época romana da constancia Taboada a través de la referencia a una vía romana secundaria y la inscripción honorífica del puente de Chaves: «Bordeando la eminencia [Monterrei] pasaba una vía secundaria que unía los Itinerarios 17 y 18 de Antonino Pío discurriendo paralela al río epónimo de las tribus tameganas que colaboraron en la construcción del puente de Chaves» (TABOADA CHIVITE, 1947: 3).
La primera referencia documental a Verín se realiza en una escritura del año 931 mediante la cual «Pedro y su mujer Villone cambian a Velasco Rodríguez y su mujer Trudili la vila de Verin, junto al río Támega, por la de San Pedro de Camesella» (GARCÍA ÁLVAREZ, 1964: 358, 366-367).
Posteriormente, pasará a pertenecer al Monasterio de Celanova.
La primera referencia de esta pertenencia es del año 1026 según se recoge en el «Inventario de homines de Se convierte Verín, en este periodo, en un importante enclave en el que se produce el cruce de varios caminos relacionados con un fenómeno de gran importancia desde el punto de vista religioso, social, político y económico.
Debe recordarse la descripción que hacía el Licenciado Molina sobre esta zona, en la que se hace alusión a este mismo fenómeno, además de a la riqueza del valle en el que se emplaza la villa22.
Por otro lado, Elisa Ferreira hace referencia a la existencia de tres caminos que se entrecruzan en Verín en época medieval, alguno de los cuales se documenta ya en el año 950.
Apunta también que ya a finales del s. XIII existía un puente sobre el río Támega a la altura de la villa de Verín 23.
Además de tratarse de una zona de paso, también era Verín un lugar de parada relacionado directamente con la hospitalidad y peregrinación, ya que, uno de los principales hospitales de peregrinos de la provincia, conjuntamente con los de Monterrei, Xunqueira de Ambía, Allariz y Ourense, se localizaba en esta villa, aunque se desconoce de qué fecha sería la fundación del hospital de Verín.
Sigue Verín en poder del Monasterio de Celanova hasta que en el año 1555 es desmembrado por el rey Carlos I (TABOADA CHIVITE, 1947: 5).
Ese mismo año, estos lugares son vendidos al Conde de Monterrei (TABOADA CHIVITE, 1949: 64).
Contaba en estas fechas Verín con 300 vecinos, cuyo crecimiento demográfico se había beneficiado del despoblamiento paulatino que venía sufriendo Monterrei desde comienzos del s. XVI (TABOADA CHIVITE, 1949: 63).
La primera referencia documental sobre la existencia de una fortificación o amurallamiento de la villa de Verín data del año 1644 en el que Felipe IV solicita una relación de las necesidades defensivas de la frontera, de la cual se encarga el ingeniero Juan de Villarroel y Prado para la zona de Monterrei.
Su cometido es estudiar el abaluar-tamiento de la fortaleza de Monterrei y la villa de Verín.
De este informe se desprende que tanto la plaza de Monterrei como los «puestos de Berin» 24 deben repararse.
Se aceptó y emprendió, entre otras obras, el atrincheramiento de Verín.
Al año siguiente el Marqués de Aytona, Capitán General de Galicia, afirma que «Berín era una trinchera sola de mala calidad sin estacada» (RODRÍGUEZ-VILLASANTE, 1984: 192), por lo tanto, cabe pensar que probablemente aún no hubieran empezado las obras para transformar Verín en una fortificación a la moderna en este momento.
A mediados del s. XVII existía entonces una villa cuyo perímetro estaría atrincherado, pero no abaluartado, que servía como apoyo logístico a la fortaleza de Monterrei, un apoyo en el acceso a la misma desde el valle del Támega, en una zona que suponía un cruce de caminos desde Portugal, Castilla y otras zonas de Galicia.
En el relato que lleva a cabo Fernández Alonso sobre la Guerra Hispano-Lusitana, las menciones que hace a Verín, siempre se vinculan a la fortificación de Monterrei: «La villa de Chaves, plaza fronteriza del vecino reino, hallábase asimismo ocupada por los escuadrones portugueses, dispuestos á invadir de un momento á otro las llanuras de Verín, para asaltar el castillo de Monterrey» (FERNÁN-DEZ ALONSO, 1893: 10).
Fernández Alonso fue cronista de la provincia de Ourense.
Su relato narra los hechos acaecidos en la misma entre los años 1640 y 171325, relacionados con las guerras mantenidas entre España y Portugal.
Cabe destacar de la Guerra Hispano-Lusitana algunos aspectos que son de interés para el presente trabajo: por un lado, las constantes referencias a la villa de Verín y la plaza de Monterrei, ya que eran ambos puntos frecuentemente amenazados por las tropas portuguesas que, generalmente acuarteladas en la plaza de Chaves, planeaban desde aquí la toma de la llanuras de Verín para luego apoderarse de la fortaleza de Monterrei, uno de los principales bastiones fronterizos de la provincia.
Por este motivo, desde los ejércitos gallegos se mandaban constantemente tropas que desde aquí defendieran esta zona de la raya.
Ello implicaba la necesidad de contar con almacenes y cuarteles en los que alojar a las tropas, además de tener que proporcionar armas y avituallamiento a los soldados.
Suponía también, el reclutamiento constante de paisanos26 y la continua recaudación de tributos como así lo atestigua Fernández (1893: 72-3).
Teniendo en cuenta la dilatada duración de la guerra y los estragos generados por la misma, poco a poco se iban mermando las provisiones, hundiendo la economía, descendiendo la demografía y, consecuentemente, decayendo el ánimo de las gentes.
Por otro lado, era necesaria una constante reparación de las fortificaciones de ambas villas, como así se manifiesta en numerosos puntos a lo largo del texto de Fernández.
En torno a 1644-1646 se decide reforzar las defensas de Verín siguiendo los planteamientos de la fortificación abaluartada, como así lo demuestran el baluarte de Elle o el Mapa de las minas de Estaño.
Por otro lado, en la inscripción reutilizada en el baluarte de la calle de Elle aparece la fecha de 1646.
Hasta este momento, es probable que la fortificación de la villa, por una parte, reutilizase elementos conservados de algún sistema anterior y, por otra, se ancho, es de los más abundantes que hay en el reino y en toda Castilla, tiene de cuantas cosas en general se pueden pedir con gran sobra de pan y vino y ganado, todo género de caza y toda suerte de frutas valiosas y abundantes [...] para este río al pie de una cuesta junto a un lugar que se dice Verín que es lugar de gran paso [...]»
23 «[...] y entraba en la villa de Verín.
Cruzando un puente sobre el Támega que a fines del s. XIII ya recibía mandas en los testamentos [...]»
24 Rodríguez-Villasante, 1984: 192. compusiese de trincheras que podrían corresponder a la fortificación de campaña que se habría ido construyendo a medida que avanzaba la Guerra de la Restauración Portuguesa.
Sin embargo, aunque en este momento pudiera iniciarse la construcción del abaluartamiento, no debió concluirse o se consideró insuficiente, ya que se documentan noticias en fechas posteriores en las que se sigue haciendo referencia a la necesidad de fortificar la villa.
Cabe pensar que resultaría difícil proyectar una fortificación adecuada para ambas poblaciones en tiempos de guerra y, sobre todo, llevarla a cabo.
De todo ello se desprende que la fortificación de Verín fue creciendo, consolidándose y reparándose de forma constante con el propio discurrir de la guerra.
En todo caso, en algún momento situado entre mediados del s. XVII y principios del XVIII Verín queda completamente abaluartado.
Las principales plazas fuertes localizadas en esta zona de la frontera son Chaves, en la parte portuguesa, y Monterrei, en la gallega.
Ambas se rodean de una serie de fortificaciones que protegen la entrada a las plazas fuertes.
Para el caso gallego, Verín formaría parte de complejo sistema en el que la principal fortificación la constituye Monterrei.
En su entorno inmediato se fortifican otros enclaves destinados a proteger puntos concretos del castillo o del acceso al mismo.
Verín, en el valle defendiendo el acceso a Monterrei desde Portugal.
La Atalaia, situada a unos 420 m al NNW del castillo, desde la cual se defendería el flanco más débil de la plaza y la fuente de agua potable, además de orientarse hacia la entrada al valle desde Portugal.
Y, a 1.600 m al NNW de Monterrei, en el Alto de San Salvador, un fuerte de planta estrellada de cinco baluartes.
Según Dasairas (2008: 19), este fuerte se proyectó pero nunca llegó a construirse, sin embargo éste se ha documentado gracias a la fotointerpretación y, todavía hoy, pueden verse los restos del mismo, que únicamente conserva un baluarte completo y la mitad de otro.
En la fotografía aérea del año 1957 (ver figura 19) se aprecia la planta estrellada.
Cuando se iniciaron los trabajos arqueológicos en el solar n.o 14 de la calle de Elle, dos eran las preguntas de partida a las que se debía intentar responder a través de los resultados que se obtuviesen de los mismos.
Una, de carácter patrimonial e histórico, era si los muros que se localizaban en el interior de este solar pertenecían o no a un baluarte.
Otra, de carácter fundamentalmente práctico y actual, era si el proyecto arquitectónico planteado en el interior de este solar era viable.
Llegados a este punto, podemos afirmar que en el solar no sólo se conserva un baluarte, sino también los restos de un torreón, ambos reflejo de dos sistemas defensivos que responden a planteamientos totalmente distintos y que, a su vez, son unos de los escasos restos materiales que se mantienen en pie de la fortificación de Verín.
Además de lo que la conservación de ambos restos supone patrimonialmente para la villa, cuyo crecimiento urbanístico ha ido ocultado su memoria histórica, conlleva la apertura de una nueva hipótesis sobre su organización espacial y defensiva anterior a su abaluartamiento en el s. XVII y confirma la existencia de un sistema defensivo fechado en época moderna.
Si analizamos qué elementos de los estudiados nos llevan a afirmar la existencia en Verín de un sistema defensivo en época medieval, estos aunque escasos son significativos: un torreón, parte del alzado de otro torreón, dos topónimos que aluden a esta figura y una referencia escrita.
Si ponemos en relación la ubicación de estos elementos, la conservación de dos ejes principales de la villa (NNW-SSE y NE-SW) en su urbanismo actual y la forma almendrada de lo que parece su recinto urbano primigenio con la planta ligeramente circular de su posterior abaluartamiento, podríamos llegar a la conclusión de que la forma de su planta abaluartada respondió no sólo a la propia topografía de la villa, sino también a la persistencia de otros elementos anteriores.
Torre y muralla eran los elementos principales de la fortificación medieval, pero ¿había una muralla en Verín en época medieval jalonada por torreones?
Por los datos obtenidos hasta el momento, parece que no. Las únicas referencias anteriores a su abaluartamiento27 hablan de una fortificación mal trazada28 o de una trinchera sola y de mala calidad.
En ningún caso se alude a un amurallamiento previo.
Todo apunta a que en Verín existiesen una serie de torreones localizados estratégicamente en lugares de acceso a la villa y, tal vez, alguna trinchera, aunque posiblemente éstas fuesen posteriores a los torreones, una defensa escasa para los nuevos tiempos que se avecinaban, sobre todo una vez iniciada la guerra con Portugal en el año 1640.
La necesidad de mejorar la fortificación de Verín, que debe adaptarse a los nuevos tiempos, debió suponer un importante impacto urbanístico.
Hay que tener en cuenta que frente a la defensa medieval, que aunque condiciona a las ciudades también acompaña su desenvolvimiento y crecimiento, la fortificación moderna determina enormemente el desarrollo de éstas, de ahí que muchas de las defensas acaben finalmente desapareciendo una vez consideradas inútiles, como es el caso de Verín en el siglo xix 29.
En cuanto a la defensa de la frontera, la pregunta que cabría formularse era qué papel tendría Verín dentro de la fortificación transfronteriza.
Es evidente que el valle de Monterrei era uno de los accesos principales desde el SE a Galicia.
Es en esta zona, y concretamente desde Portugal, por donde se localiza un acceso que desde Chaves penetra por Verín en su camino hacia la ciudad de Ourense.
El emplazamiento del Castillo de Monterrei contaba con unas defensas naturales que habían sido reforzadas en épocas medieval y moderna por distintas líneas de muralla, que combinan aún en la actualidad varios sistemas distintos de fortificación, las murallas medievales jalonadas por torreones circulares y dos líneas de murallas abaulartadas combinadas con otras construcciones (como la atalaya situada al NW o el fuerte de San Salvador) u otras defensas realizadas en tierra.
El caso de Verín difiere bastante del de Monterrey, ya que se localiza en una zona llana.
Es precisamente por ello y por su situación a los pies de este castillo por lo que creemos que debe considerarse necesaria su fortificación en un periodo en el que las luchas entre España y Portugal son constantes, y concretamente esta zona es atacada de forma permanente durante la Guerra de Restauración Portuguesa e incluso con posterioridad a ésta.
Verín funcionaría como una primera defensa del Castillo de Monterrei en el paso hacia éste sobre el río Támega, además de servir, con motivo de la escasez de espacio en Monterrei, de zona tanto de alojamiento como de avituallamiento de las tropas.
Gracias a la combinación de los trabajos realizados en este proyecto, se ha podido recuperar un sistema fortificado más complejo que el que hasta el momento se conocía para esta zona, que corresponde claramente a los planteamientos de la fortificación abaluartada: en el valle, protegiendo el acceso a Monterrei desde Portugal y la Meseta castellana, se localiza Verín, que se abaluartúa en este momento, aunque debe adaptarse a la existencia de una estructura urbana anterior.
Ya en la dorsal, se emplaza en el extremo SE el castillo de Monterrei, el cual se dota en este momento de nuevas líneas de muralla abaluartadas que protegen la anterior fortificación medieval y amplían la estructura defensiva del castillo hasta la rotura de pendiente antes del descenso de la dorsal hacia el valle.
Hacia el NW del castillo, en una zona más deprimida, un collado situado entre el propio castillo de Monterrei y el Alto de San Salvador, se localiza la Atalaia desde la que se domina visualmente la zona de acceso desde Portugal.
Finalmente, en el Alto de San Salvador, se ha documentado otra estructura de planta estrellada con cinco baluartes localizada en el punto más elevado de la dorsal, desde el que se tiene un dominio visual de todo el valle.
Una vez finalizada la Guerra con Portugal, la preponderancia de Monterrei fue decayendo a favor de Verín, de hecho actualmente Monterrei está deshabitado.
La cantidad, variedad y clase de oficios mencionados en el Catastro de Ensenada, además de las alcabalas y arriendos de la villa, es indicativo de que Verín era una villa de cierta entidad en la provincia y, sobre todo, en el entorno inmediato, la cual, frente a la primacía de Monterrei en épocas anteriores, fue ganando en importancia tanto por el éxodo poblacional producido desde el castillo hacia las villas del entorno, como Verín o Pazos, como por la mayor posibilidad de crecimiento del segundo frente al primero, a lo cual contribuyó su emplazamiento.
Varios han sido los productos explotados en este valle a lo largo de las edades medieval, moderna y contemporánea, como la explotación del estaño o de las aguas termales, los productos de huerta o el cultivo de la vid. Nos interesa este último especialmente por la incidencia que tiene en el solar objeto de estudio, ya que en él se emplaza una bodega cuya primera fase se remonta a mediados del s. XIX y que se encuentra en perfecto estado de conservación.
En este sentido, son tres los elementos que creemos deben destacarse desde el punto de vista patrimonial en este trabajo: los restos del torreón bajomedieval, los restos del baluarte de época moderna y la bodega de época contemporánea.
Así, y respondiendo a la segunda cuestión que se planteaba al inicio de estas conclusiones, se considera que los tres deberían conservarse por la significación que han tenido en la historia de la villa, no digamos los dos primeros, y, sin lugar a duda, revalorizarse, divulgando entre los vecinos su conocimiento y reservando para ellos un uso, tal vez, cultural. |
en Valencia, sobre todo a lo largo de los siglos XVII y XVIII, presentan un gran interés específico para la comprensión del tejido construido de la ciudad.
Se trata de una época caracterizada por un gran desarrollo de la producción ladrillera autóctona y la difusión respectiva de fábricas económicas, simples y sin necesidad de obreros especializados.
Las fuentes consultadas para este estudio, tanto directas como indirectas, han permitido descubrir interesantes aspectos desconocidos, relacionados con la evolución mensiocronológica de los ladrillos, los tipos de juntas y las técnicas de acabado propias del centro histórico de la ciudad.
En efecto, la historia de la ciudad se ha caracterizado por una gran cantidad de variantes, entre las que podemos 1 Arquitecta y doctoranda en «Patrimonio arquitectónico: Historia, Composición, Estudios Gráficos».
Grupo de Investigación Loggia, Arquitectura y Restauración.
Este trabajo es la síntesis de una parte del proyecto final de carrera de Cristini, V., «Valencia, ciudad vella, ladrillos cara a vista, agramilados, fingidos y enlucidos.
2 En orden cronológico de construcción: Iglesia del Patriarca (alzado lateral); Iglesia de los Santos Juanes (fachada de la Capilla de la Comunión y muro con nicho en la nave lateral); Iglesia de Santa Úrsula (fachada principal); Iglesia de la Virgen de los Desamparados (tambor); Catedral (alzados de la Sacristía); Iglesia de San Nicolás (alzado de la capilla lateral); Iglesia del Carmen (fachada de la Capilla de Nuestra Señora del Carmen y muro entre la fachada de la Iglesia y el campanario); Iglesia de San Martín (alzado lateral de la Capilla de la Comunión); Convento del Pilar (fachada principal); Iglesia de San Esteban (alzado de la Capilla de la Comunión); Iglesia de San Tomás y Felipe Neri (alzado lateral); Palacio Pineda (fachada principal); Iglesia de San Andrés (alzado lateral); Palacio de los Catalá (fachada lateral); Palacio Cerveró (fachada principal); Palacio de la Aduana (fachada principal); Iglesia de los Genoveses (fachada principal); Iglesia de las Escuelas Pías (fachada principal); Casa Vestuario (fachada principal).
Se han elegido estos casos porque la documentación sobre las fases constructivas y las fechas temporales se conocían con certeza.
Al mismo tiempo, la observación directa ha permitido individuar áreas homogéneas bien definidas, evaluando posibles intervenciones tardías y empleo de materiales diferentes.
destacar el primer ladrillo empleado en la ciudad, en la arquitectura romana -el pedale de formato cuadrado, de 29,6 cm de lado-, a partir del año 100 a.C. 3; el ladrillo de módulo rectangular de 30 x 15,5 cm que surgió en el siglo XII a raíz de la legislación de los Almohades4; o el utilizado con la técnica de la tapia valenciana empleada entre los siglos XIV y XVIII, mixta de tierra apisonada y ladrillo, de ascendencia árabe 5.
El ladrillo de tradición almohade caracterizó durante muchos siglos las construcciones de poco presupuesto, enriquecidas con revocos fingidos, principalmente a base de almagra, que emulaban acabados más elaborados6, de las cuales en la actualidad, en Valencia, quedan pocos restos de estos antiguos materiales bien conservados, a excepción de los exhumados en excavaciones arqueológicas especificas 7.
En cuanto a la técnica de tapia valenciana, el empleo de ladrillo como elemento de refuerzo estructural añadido en los muros en tierra apisonada8 destacó de nuevo las virtudes resistentes de este material (figura 1).
Ejemplo de la misma era el caso específico de la muralla defensiva de la ciudad 9.
Sin embargo, la constante amenaza de las inundaciones del río Turia forzó la introducción y consolidación de la cantería en obras de pretiles y cauces.
Desde este momento la piedra local de Godella fue muy empleada desde el siglo XIII10 hasta principios del siglo XVI.
A partir de esta fecha, la crisis económica y la fuerte recesión del tráfico comercial en el Mediterráneo implicaron una disminución en el empleo de maestros picapedreros, dado el coste tanto de estos artesanos como de la piedra.
Desde mediados del siglo XVII, surgió de nuevo el ladrillo como alternativa sólida en la construcción que, sin llegar a ser una opción exclusiva, sí garantizó un abastecimiento razonablemente económico y eficaz para los edificios urbanos.
Las fuentes consultadas, tanto directas como indirectas, han permitido descubrir aspectos desconocidos e interesantes11, sobre todo relativos a la técnica de acabado y de decoración de superficies enlucidas en torno a los siglos XVII y XVIII, cuando el empleo de ladrillos se extiende en diferentes variantes y aplicaciones.
La mensiocronología en Valencia
El Servicio de Investigación Arqueológica Municipal (SIAM) (figura 2) de Valencia12, que había realizado un primer estudio mensiocronológico cuyo arco cronológico era mucho más extenso que el propuesto en este caso especifico, había alcanzado algunas conclusiones importantes.
El estudio de la curva mensiocronológica realizada por el SIAM establece una proporción 2:1 entre soga y tizón de los ladrillos analizados, mientras el grueso de los mismos es variable en toda su evolución temporal.
Además, según los resultados obtenidos, es posible describir dos curvas simétricas de las medidas de sogas y tizones, que se correlacionan positivamente.
Lo contrario se puede ver en el caso de los gruesos, donde aparecen curvas asimétricas de las medidas de sogas y tizones, que se correlacionan de manera inversa con el grueso de los ladrillos.
Estos resultados significativos han servido de punto de partida para el estudio propuesto, que se centra específicamente en un periodo de marcada y «sospechosa» homogeneidad de los ladrillos empleados en las fábricas, los siglos XVII-XVIII, que no se había podido evaluar específicamente en esta primera curva mensiocronológica, dado su gran arco temporal desde 1238 hasta 1926.
Nuevas aportaciones al estudio de fábricas de ladrillo en Valencia
Por esta razón, se ha elaborado un muestrario con el registro de los datos técnicos de 21 casos diferentes en el centro histórico de Valencia, entre edificios religiosos y civiles, y se ha realizado un análisis comparado pormenorizado de sus características (figura 3).
Trabajo que considera no sólo la variación de medidas sino también el análisis de llagas, tendeles, rejuntados, detalles de acabado, etc. para obtener un cuadro detallado tanto de los ladrillos como también de las técnicas constructivas que se emplean en la ciudad en el momento inicial de difusión de estos materiales a escala en los edificios públicos.
El análisis de las medidas y de las características de los ladrillos empleados se ha verificado en dos etapas de aproximación progresiva a los muros estudiados.
La primera ha consistido en la evaluación de zonas homogéneas de aparejos de fábrica, en las cuales se podían seleccionar ladrillos pertenecientes a los mismos talleres, con composiciones y texturas parecidas.
Se han evitado partes con defectos de materiales, alteraciones, sustituciones o reutilizaciones.
Aunque en algunos casos no se ha podido predeterminar sólo con el análisis visual, la subsiguiente evaluación de la siguiente curva de distribución de la frecuencia (curva gaussiana) ha permitido reconocer diferentes grupos de la producción y el empleo de los ladrillos aparejados.
Una vez evaluada el área de investigación se ha procedido a la evaluación directa de los ladrillos, considerando un número de veinte elementos en cada uno de los edificios analizados, y utilizando una ficha elaborada en el ordenador.
La verificación específica de los datos tomados in situ se ha podido mejorar también gracias a la aplicación concreta de métodos empleados en estudios previos de mensiocronología 13.
Para efectuar esta selección de los datos recogidos, se han aplicado dos métodos: Fig. 3.
Localización urbana de los edificios-muestras analizados en el estudio (indicado con números) y talleres de producción de ladrillos (indicado con letras).
-Caballero Zoreda, L.; Escribano Velasco, C., Arqueología de la arquitectura.
El método arqueológico aplicado al proceso de estudio y de intervención en los edificios históricos, Junta de Castilla y León, Valladolid, 1996.
-Ghislanzoni, P.; Pittaluga, D., «Un metodo di datazione del patrimonio edilizio: la curva mensio-cronologica dei mattoni in Liguria», Archeologia medievale, N.o XVI, All'Insegna del Giglio, Florencia, 1989. -el cálculo de la línea de desvío estándar, que respecto al valor medio de la muestra, permite la estimación de cuánto cambian los valores de las medidas;
-el gráfico de las frecuencias, que se ha obtenido cruzando los valores de la medidas (eje de las abscisas) con la cantidad de medidas efectuadas (eje de las ordenadas).
La homogeneidad de las medidas realizadas para cada edificio presupone que el diagrama de la frecuencia asume la forma típica de «campana», es decir, la trayectoria de la curva normal o gaussiana.
Enfrentando el curso de las frecuencias de las medidas encontradas con el curso que éstas deberían seguir en caso de una homogeneidad ideal de los ladrillos, resulta posible excluir las medidas que se alejan de la curva normal.
Estos valores se han considerado pertenecientes a ladrillos rotos o propios de una producción diversa.
Después de estas operaciones, las relaciones se han representado en los diagramas de la dispersión entre los intervalos cronológicos (en el eje de las abscisas) y los datos relativos a las medidas depuradas (en el eje de las ordenadas).
Con este objetivo, se han trazado tres diagramas de dispersión, en los que se representan las variaciones determinadas en el tiempo.
Finalmente un diagrama ulterior muestra las tres curvas y los trazados sincrónicos en el tiempo (figura 7).
Los interesantes datos de variación de las medidas en el intervalo cronológico se han procesado mediante las operaciones siguientes:
-cálculo del coeficiente de correlación linear, como valor índice que expresa la validez de la relación linear existente entre las dimensiones encontradas y el intervalo cronológico atribuido.
-índice de la determinación de R ́ que expresa qué parte de la variabilidad de las dimensiones encontradas es atribuible a la relación con el intervalo cronológico.
Este índice puede variar entre 0 y 1.
Para los valores de R ́ próximos a la unidad, toda la variabilidad de las medidas realizadas en los ladrillos sería atribuible idealmente a la relación con el intervalo cronológico.
-análisis de la variación.
Este análisis permite comprobar si la variabilidad de las medidas encontradas en cada edificio es más pequeña que la variabilidad encontrada entre los diferentes edificios, con una confiabilidad igual o superior al 95%. -cálculo de los valores de síntesis de los «n» ejemplos estudiados.
Entre éstos, el cálculo del valor medio y de otros valores denominados de «posición».
Aportaciones en la definición de una curva mensiocronológica para la ciudad de Valencia
El incremento de la muestra no ha variado sustancialmente el resultado del análisis previo realizado por los arqueólogos.
El incremento de la cantidad de edificios de la muestra ha confirmado y, a la vez, afinado los resultados obtenidos en 1999 sobre los diez edificios analizados por el SIAM.
Se sigue estableciendo una proporción 2:1 entre soga y tizón de los ladrillos analizados, mientras el grueso de los mismos es variable en toda la evolución temporal, sobre todo desde los 35 mm hasta los 45 mm. Además de lo dicho, es posible identificar dos rectas, simétricas y casi paralelas, de las medidas de sogas y tizones, directamente proporcionales entre sí.
Las líneas se caracterizan por un curso estable, constante y uniforme, en ligera subida en el caso de la evolución de las sogas (figura 4) y más invariable en el caso de los tizones (figura 5), a lo largo de los siglos XVII y XVIII.
Lo contrario se puede ver en el caso de los gruesos, donde la línea que define el grueso (figura 6) es ligeramente creciente.
Aportaciones en la definición de acabados en fábricas de ladrillo de la ciudad Valencia
La ausencia de una correlación estricta entre la variación de medidas y la variación temporal ha permitido centrar la atención en la búsqueda de otros factores de discriminación y en la justificación de una uniformidad tan marcada.
Este análisis ha sido posible gracias a la creación de fichas específicas de los detalles constructivos de los muros, gracias a las cuales se han podido reconocer los aparejos y sus técnicas y distinguir afinidades y divergencias.
De manera resumida, estos factores de identidad se pueden sintetizar de la siguiente forma: a) tipo de ladrillo:
-relación entre color y grueso del ladrillo; -relación entre color y solución de acabado; b) tipo de junta:
-relación entre las características de las juntas (llagas y tendeles) y el grueso de los ladrillos; -relación entre características de las juntas (llaga y tendeles) y la solución de acabado.
Relación entre color y grosor del ladrillo
Los ladrillos con gruesos reducidos suelen mostrarse claros y amarillentos.
Este tipo de material puede remitirnos al siglo XVII, proveniente de talleres urbanos que dan testimonio de la recesión económica que caracteriza la situación valenciana, en particular, en la primera parte de este siglo.
Debido a estos factores, estos ladrillos son elementos ligeros, muy porosos, constructivamente poco idóneos para ser dejados vistos.
Además, algunas de sus características (medidas, color, simplicidad de la argamasa) se corresponden con los ladrillos empleados como refuerzo en las fábricas de tapia valenciana, confirmando claramente una continuidad de las dos técnicas constructivas diferentes.
Estos muros demuestran una total compatibilidad y la posibilidad de una buena combinación entre estas dos técnicas, que se mezclan y se influencian en sus respectivas soluciones de acabado.
Por otro lado, se puede observar cómo en edificios posteriores, que ya pertenecen a construcciones del siglo XVIII, se encuentran ladrillos más pardos, compactos, con mayor cantidad de arcilla y óxidos de hierro, que además son gruesos y uniformes.
Relación entre color y solución de acabado
En el siglo XVII las fábricas de ladrillos suelen ser pobres, caracterizadas por sus gruesos tendeles y protegidos de la penetración del agua mediante la aplicación de sucesivas capas de enlucido.
Estos tipos de muros, aparejados con ladrillos finos de 32-35 mm de grueso y con tendeles de 40-45 mm, no se pueden dejar expuestos a la intemperie, a causa del bajo grado de impermeabilidad del mortero empleado.
A menudo en estos casos, las fábricas presentan una técnica de simulación, con revocos pintados, que recuerda el almohadillado.
El pigmento que se emplea para reproducir bloques de piedra tosca es la «sombra natural verdosa» 15, mezcla de ocres que son estables en contacto con la cal y que no se mellan al labrarse.
Por otro lado, el análisis in situ de estos muros ha permitido identificar ladrillos con un grueso mayor, que oscila entre los 40-45 mm. Al mismo tiempo, el aparejo realizado con estos materiales es más uniforme, compacto y visiblemente más regular y acabado que en el caso de los ladrillos más claros, delgados y finos.
Relación entre las características de las juntas (llaga y tendeles) y el grueso de los ladrillos
Existe una clara proporción entre las medidas de los elementos empleados y el tipo de llagas o tendeles visibles en los muros estudiados.
Allí donde se encuentran ladrillos esbeltos (entre 30-35 mm de grueso) se pueden esperar tendeles muy marcados (entre 40-45 mm).
Contrariamente, allí donde los ladrillos aparejados muestran medidas más grandes y gruesas, se puede detectar la presencia de tendeles mucho más reducidos, que oscilan entre 20-35 mm de grosor.
Por esta razón, se puede afirmar que existe una proporción inversa entre el espesor de los ladrillos y el grosor del mortero empleado.
Igualmente, esta relación se detecta también entre las llagas y los tendeles de los muros analizados.
Se observa cómo, por ejemplo, las llagas son siempre mucho más esbeltas que los tendeles, sobre todo en la primera parte del siglo XVII.
También, cómo estas diferencias van reduciéndose a medida que avanza este siglo, durante el cual las juntas se van atenuando hacia un equilibrio entre las medidas de las dos, horizontales y verticales.
Relación entre las características de las juntas (llagas y tendeles) y la solución de acabado
Existe una clara relación entre las juntas existentes y la tipología de acabado de las fábricas.
En estos casos surgen dos tipos de situaciones.
Allí donde existen tendeles gruesos y ladrillos esbeltos se encuentran técnicas de sellado final para protegerlos.
Por otra parte, se puede constatar que los tendeles delgados y finos presentan soluciones de acabados más transparentes, con técnicas como el revoco pintado con ladrillos fingidos o la más simple que deja sólo los ladrillos a cara vista.
Las soluciones con sellado caracterizan los muros de inicios del s. XVII.
Este modo de proteger el aparejo, con un verdadero «sello» de la junta (figura 8), permite marcar las nuevas juntas horizontales sobre las existentes debajo, aproximadamente con la misma irregularidad que caracterizaba al muro originalmente 16.
Otra posibilidad era la que empleaba un revoco de pintura a la cal efectuada a base de capas, progresivamente más finas 17.
Las mezclas empleadas presentan una pasta de cal bien tamizada y apagada, a la que se añaden pigmentos ocres (figura 9) y, a menudo, alumbre 18.
A partir del siglo XVIII se utiliza una técnica intermedia entre el empleo del enlucido o una simple lechada de cal: el fingido (figura 10).
Se trata de un revoco que reproduce una fábrica aparejada de ladrillo, merced a una nueva trama, pintada, que simula una pared más regular.
Se trata de un tratamiento casi opaco, muy difícil de encontrar en un buen estado de conservación en la ciudad 19.
Este revoco es posible gracias al empleo de la almagra, mezclada con la pintura a la cal.
Este óxido se empleaba para enlucir, con una ligera capa, las fábricas, revitalizando e intensificando el tono de los ladrillos.
Sólo a partir de la segunda mitad del siglo XVIII, los ladrillos empezaron a ser dejados a la vista (figura 11) Fig. 8.
Detalle de fábricas con juntas selladas, alzados de la Capilla de la Comunión de la Iglesia de los Santos Juanes, Valencia.
Los ladrillos empleados son bastante gruesos y anaranjados; su aparejo presenta gruesos tendeles que se remarcan con un sellado y finas llagas que propician una marcada horizontalidad del aparejo (CRISTINI) 17 Los muros que presentan esta solución de revoco muestran elementos constructivos bastante irregulares, con medidas entre 32-42 mm de gruesos y 25-48 mm para los tendeles y 5-17 mm para las llagas.
Los casos son: la fábricas de la Capilla de Nuestra Señora del Carmen en la Iglesia del Carmen, las fábricas del Convento del Pilar, los muros de la Capilla de la Iglesia de San Esteban y las fachadas del Palacio Cerveró.
18 La cantidad óptima que se añade a la mezcla de cal es de 1 kg de alumbre cada 25 litros de agua.
19 Son los casos de la Iglesia de San Tomás y Felipe Neri (fachada con solución fingida reintegrada en 1903); Iglesia de las Escuelas Pías (restauración de la fachada y reintegración del fingido en los años 1994-95); Palacio de la Aduana (intervención general de rehabilitación en los años 1996-97).
Las medidas de los ladrillos en este caso son de 40-45 mm de grueso.
Las juntas miden 20-25 mm para las llagas y 30-37 mm para los tendeles. merced a su producción regular 20 y su buena cocción en talleres más especializados.
La producción estaba mucho más controlada y permitía el empleo de ladrillos con un grueso de 40 mm, muy resistentes y que no necesitaban tendeles superiores a 22-34 mm y llagas de 15-22 mm. Las cualidades propias de los ladrillos requerían únicamente de una protección ligera con lechadas de cal muy finas, que garantizaban un proceso de consolidación progresivo 22.
CONCLUSIONES Y PERSPECTIVAS FUTURAS
Tras haber realizado esta investigación en torno a las características de las fábricas de ladrillo del centro histórico de Valencia, es inevitable una reflexión sobre la condición actual de las mismas y sus perspectivas futuras de preservación.
El sistema jerárquico de protección del patrimonio arquitectónico del núcleo histórico, concebido para edificios monumentales generalmente construidos en piedra, adolece de una profundización adecuada en el conocimiento de las técnicas constructivas tradicionales.
Esto es aún más grave en el caso de la edificación histórica residencial, construida con fábricas de ladrillo, que se encuentra abandonada o sujeta al derribo en pleno centro de la ciudad, en una clara muestra de falta de respeto frente a la propia cultura construida de la ciudad.
Esta propuesta de estudio mensiocronológico intenta superar el enfoque meramente arqueométrico de investigación de las fábricas, para lograr una profundización más técnico-constructiva de las mismas.
La valorización, estudio y reflexión sobre un sector del patrimonio arquitectónico tradicional en vías de extinción pretende colaborar en el conocimiento de la singularidad de estas técnicas, sus detalles de acabado y las soluciones propuestas para sus juntas.
Este método, que combina la unión de un proceso de estudio métrico con uno más propiamente técnico-constructivo y fragua en un análisis completo de estas fábricas, es susceptible de ser exportado a otros contextos construidos.
En los proyectos futuros, se debería realizar una tarea de sensibilización hacia la existencia y conservación de estas fábricas, que no constituyen simplemente un «muro de ladrillo aparejado» sino que muestran señales singulares y únicas de elaboración que constituyen el patrimonio construido de la ciudad.
Potenciar el conocimiento de este sector de la cultura material en esta dirección puede orientar el proyecto arquitectónico hacia intervenciones concretas y sensibles 23.
Por esta razón, este estudio, actualmente en fase de ulterior profundización, puede interpretarse como una invitación a la conservación del patrimonio arquitectónico del centro histórico de Valencia, con el objetivo de consolidar su riqueza y estratificación constructiva frente a la sustitución sistemática de estos fragmentos de historia construida. |
Se analizan las características de pluriestratificado y pluritipologizado que definen al edificio histórico desde el punto de vista arqueológico.
Estas características son las exigencias del Bien que crean un nuevo marco de referencia a la hora de relacionarnos con él, tanto el arqueólogo historiador como el arquitecto restaurador, y que, por tanto, nos marcan las condiciones imprescindibles a las que, como profesionales, tenemos que ajustarnos en el momento de la intervención/ conocimiento del Patrimonio construido y, de rebote, las condiciones de nuestra formación.
Esto es, dichas características plantean las exigencias del edificio histórico y las responsabilidades del arquitecto y del arqueólogo, de las que hasta ahora no éramos totalmente conscientes.
La Arqueología ha sufrido un fuerte proceso de maduración en la segunda mitad del s. XX que prácticamente ha supuesto su refundación, tanto desde el punto de vista de la metodología como desde el de la teoría, reivindicando su propia concepción de la Historia a la vez que ha mejorado la utilidad como su herramienta auxiliar1.
Una de las consecuencias de este proceso de maduración, entre otras, ha sido la creación de una especialización que se ha dado en llamar Arqueología de la Arquitectura que es de la que vengo a tratar, una vez más, en este foro de arquitectos.
En resumen, la Arqueología de la Arquitectura se puede entender como la aplicación del método arqueológico para la mejor comprensión de la arquitectura histórica.
Pero también se puede definir como la concepción de la Historia de la Arquitectura desde la visión que ofrece la Arqueología.
Por otra parte, responsabilidad y formación se relacionan estrechamente entre sí, pues nos formamos al asumir responsabilidades y no podemos ser responsables nada más que de aquello que hemos asumido y por lo tanto en lo que estamos suficientemente formados como para salir de la empresa con ciertas posibilidades de éxito.
Pero, ¿cuáles exigencias nos impone nuestro objeto de estudio y de intervención?, ellas son las que en realidad deberán marcar nuestra responsabilidad y nuestro nivel de formación.
Si ahora vinculamos la Arqueología de la Arquitectura con esta correlación entre las exigencias o los requerimientos del Bien, y la responsabilidad y la formación del arquitecto, podemos formular la siguiente pregunta, ¿qué deben reconocer los arquitectos desde el punto de vista de la Arqueología de la Arquitectura?, qué exigencias les marca el edificio considerado como documento arqueológico, qué responsabilidad tienen con el edificio histórico desde el punto de vista de la Arqueología de la Arquitectura, en qué se deben formar.
No es mi intención ofrecer aquí un temario pues además me consta la dificultad de transformar un programa de estudios.
Su encaje, en suficiente proporción, en un programa de estudios no tiene por qué ser difícil, tanto en un curso normal como en uno de postgrado donde ya suele tener una escasa presencia.
Mi pretensión es abocetar unas líneas principales de lo que creo que un arquitecto debería reconocer y asumir en relación con la Arqueología. * * * Todos sabemos que la Arqueología se basa fundamentalmente en la estratigrafía.
El edificio, al igual que las formaciones geológicas y los yacimientos, se conforma por estratos.
Por razones naturales y fundamentalmente antrópicas, sucesivos estratos sustituyen a las partes arruinadas que han dejado su huella en forma de superficies de corte; superficies que, aunque incorpóreas, tienen el mismo valor que verdaderos estratos.
Por ello decimos que los edificios históricos son objetos pluriestratificados o que los edificios pasan a ser considerados históricos desde el momento en que son pluriestratificados.
La estratigrafía, que estudia estos procesos, aportada desde la Geología a la Arqueología, es el método más específico de la Arqueología de la Arquitectura.
El proceso de cambio y formación estratigráfica del edificio viene acompañado de un cambio en las características de esos estratos.
Parangonando con la estratigrafía geológica podemos decir que los fósiles que contienen la secuencia de estratos van cambiando o evolucionando con ellos.
Sólo que en la arquitectura estos fósiles son específicamente los propios estratos (aunque también existen objetos que cumplen la función similar a la de los propiamente fósiles, como los elementos decorativos o intrusiones, por ejemplo cerámicas, aportadas con los materiales constructivos).
Estos fósiles/estratos son básicamente los materiales constructivos y la forma de aparejarlos o los aparejos, elementos que se ordenan en tipos y que son objeto de estudio del otro método típicamente arqueológico, la tipología.
También podemos considerar tipos los sistemas estructurales y las formas arquitectónicas.
La tipología no es menos importante que la estratigrafía, primero porque cuando los estratos no están claramente definidos, es a través de sus características como los podemos diferenciar («clusters» de Agustín Azkarate 2002: 67-69); y segundo porque los tipos, al repetirse, se pueden datar como indicadores cronológicos absolutos, esto es provistos de una datación concreta que los estratos por sí mismos no tienen (ya que son indicadores cronológicos relativos).
Esta es otra razón por la cual estratigrafía y tipología son complementarias.
Por tanto damos por supuesto que los edificios históricos, en tanto en cuanto que históricos y sin excepción, son objetos pluriestratificados y plutitipologizados.
Pero esto es algo que, como hemos dicho, ya dábamos por conocido.
Lo que nos interesa es saber cómo repercuten estas dos características en las prácticas arquitectónica e histórica.
Ser conscientes de que los edificios son pluriestratificados y pluritipologizados supone conocerlos de un modo distinto a como hasta ahora se venía haciendo.
Significa reconocer que ningún edificio histórico representa un edificio modelo, con las características cerradas de un prototipo en todas sus partes.
En el mejor de los casos esto sólo ocurrirá en algunas de ellas, en alguno de sus estratos que, de modo excepcional, puede ser predominante o mayoritario en el volumen total del edificio.
Al contrario, el edificio histórico está conformado por «modelos» distintos y parciales que se suman unos a otros y se ajustan entre sí.
Sólo el edificio originario, en el caso de que se hubiera terminado por completo, fue en el momento de su construcción un modelo completo y esto, paradójicamente, antes de pasar a ser realmente, por causa de su ruina y posterior restauración, un edificio histórico.
Ninguno de los demás «edificios» que, como he dicho, se fueron superponiendo al originario es completo en el sentido cierto de la palabra, de modo que la estructura real resultante, una vez que se ha hecho verdadero edificio histórico, es una suma de modelos incompletos y parciales.
Procurando no enredarme más en este juego de palabras terminaré por señalar que la comprensión ideal del edificio como modelo se hace desde la consideración de lo original.
El observador procura reconocer en cada uno de estos modelos parciales cómo sería un original ideal o una serie de originales históricos que en realidad no existen.
Al contrario, la observación del edificio como una estructura real, suma de partes, se hace desde la consideración de lo auténtico, parcial, incompleto, añadido.
Esta autenticidad viene definida por las relaciones, «auténticas», que mantienen entre sí las partes de esos edificios originales parciales que le conforman (concepto que debo a Doglioni 2002: 114; Caballero 2006a: 171-173).
La idea de relaciones de autenticidad encaja perfectamente con la manera en que la Arqueología comprende la cultura material, donde lo que realmente interesan no son los objetos aislados sino las relaciones que estos mantienen entre sí y con el conjunto, conformando lo que llamamos «contexto».
No interesa tanto contemplar en el edificio características que vamos a considerar propias e inamovibles de él, que serían propias de cada original ideal; como, al contrario, lo que interesa observar en él son las relaciones que mantienen las partes de cada una de sus unidades entre sí y con las demás unidades.
Cuáles son las relaciones que existen entre las partes que son diferentes y que por ello mismo dejan de ser características y propias del objeto final pues lo propio de él es justamente la variabilidad.
Lo que interesa es, por tanto, cada sistema de unidades relacionadas y el proceso de esas relaciones.
Estas relaciones contextuales son las que permiten la lectura del conjunto material como si se tratara de un texto escrito (método filológico).
Efectivamente, el edificio histórico lo consideramos un contexto conformado por objetos originales que se relacionan entre sí y que permiten lecturas muy variadas donde cada parte es diferente y cumple una función específica en un sistema significativo, complejo y procesual.
Citemos ahora sólo algunas de estas posibles y múltiples lecturas del edificio: La lectura cronológica.
Las relaciones de anteroposterioridad entre esos estratos originales permiten ordenarlos en una secuencia temporal donde sabemos qué fue lo más antiguo y qué es lo más moderno.
Las relaciones tipológicas otorgan un valor cronológico absoluto a las relaciones temporales relativas de los estratos, como ya hemos dicho.
Las relaciones entre las partes de cada original permiten comprender sus funciones y cómo estas fueron cambiando y transformando progresivamente las del edificio originario.
Aunque la estructura más patente sea la última conservada, sin embargo, por sus relaciones de dependencia con las partes originales más primitivas, podremos comprender cuáles eran las estructuras suprimidas o supervivientes y cómo se dio el proceso de cambio estructural.
El edificio se nos aparece como un proceso de producción, de productos constructivos que han evolucionado a lo largo del tiempo.
Los productos originales han ido variando a la par de la evolución social, estructural y formal.
Las lecturas anteriores son inmediatas; interpretan el edificio como un conjunto transformado material, estructural, funcional y artísticamente en diacronía.
Pero la principal lectura que se puede hacer del inmueble es la cultural.
Cada uno de los contextos sincrónicos que lo configuran y sus interrelaciones informan al historiador y a la sociedad, mediante su puesta en valor, de las formas de vida, ritos de paso, organización familiar, formas de relación social o ideología de las diversas culturas que lo han habitado.
En este sentido, la conservación del edificio se justifica porque nos permite conocer y sobre todo comunicar de modo más efectivo como ningún otro documento las culturas que conforman nuestro pasado.
Observemos el riesgo que conlleva la consideración de la originalidad en el edificio histórico, por su tendencia que obliga a considerar todo el edificio como un único original, suprimiendo u omitiendo en la observación o en la intervención todo lo que se escape del modelo ideal.
Al contrario, la autenticidad, al obligarnos a considerar la realidad, nos empuja a valorar por igual a todas las unidades por escaso valor que parezcan tener pues lo que realmente nos interesa no son estas unidades sino las relaciones significativas que comportan.
Es evidente la importancia y la consiguiente responsabilidad que tiene adoptar uno u otro punto de vista, tanto en el análisis histórico como en la intervención restauradora.
Llevándolo a la exageración, asumir el punto de vista de lo original supone preferir el purismo que limpia el edificio para recrear un edificio modelo que nunca ha existido.
Al contrario, el punto de vista de las relaciones obligaría, llevado al extremo, a mantener intacto el edificio y a no tocarlo ante el miedo de que se perdieran esas relaciones que lo autentican, lo cual en la práctica es imposible.
Pero mientras que una exagerada comprensión de las relaciones lo único que provoca es la conservación a ultranza de todos los elementos; una mal entendida originalidad conllevará la irreparable pérdida de la autenticidad del edificio y con ello de unidades cuya importancia desconocemos pues no habremos tenido en cuenta el valor de sus relaciones.
Esta es la desafortunada restauración que llamamos «purista»: así se nos presenta de golpe la responsabilidad del arquitecto restaurador enfrentado al verdadero valor del documento construido, a la necesidad de reconocer, de efectuar y de tener en cuenta la lectura completa de las relaciones que mantiene el edificio.
Podemos observar que hemos conseguido un juego de conceptos contrapuestos, esto es, el del edificio modelo o ideal, considerado desde el punto de vista de lo original; frente a la estructura real, considerada desde el punto de vista de las relaciones auténticas que mantienen sus partes.
Este juego dicotómico lo podemos completar con dos conceptos más; el del estilo para el edificio modelo y el del tipo para la estructura real2.
El edificio considerado como modelo o considerando lo que tiene de original se caracteriza por su estilo.
Decimos, «este edificio es típico del Renacimiento, sus características son típicas renacentistas», haciendo abstracción inconsciente de que en realidad son sólo algunas de sus características las que son renacentistas y que las demás, aunque apenas nos sean perceptibles, son tan importantes como las primeras; que lo que realmente nos interesa no son aisladamente estas o aquellas, sino el cómo y el por qué cambiaron de unas a otras.
HISTORIA DEL ARTE ARQUEOLOGÍA
Edificio modelo Estructura real
Esta nueva pareja de contrarios es lo que nos permite darnos cuenta con nitidez del cambio operado.
El estilo es el núcleo conformador de la Historia del Arte, mientras que es el tipo lo característico de la Arqueología.
También son propios de la Historia del Arte el edificio modelo y lo original.
Y al contrario, lo son de la visión arqueológica la estructura real y la comprensión de las relaciones como lo que carga de autenticidad al edificio histórico.
Podríamos achacar estas diferencias también a la Historia de la Construcción considerada como historia de las estructuras.
Así es, mientras que las estimemos apropiadas para un edificio que habría sido construido desde el principio dedicado a ellas; sin darnos cuenta de que esas estructuras no eran adecuadas para otras características heredadas por el edificio y que, por lo tanto, fueron fuente de cambios internos y de problemas y daños estructurales sobrevenidos.
Estoy así terminando de redondear el primero de los puntos sobre el que quería llamar la atención.
La Arqueología ofrece a la Arquitectura una manera diferente de mirarse de la que hasta ahora ha sido la tradicional.
Ello debe dar lugar a una Historia de la Arquitectura nueva; frente a la Historia de los estilos o de las estructuras, una Historia de los procesos constructivos derivada de la historia particular de los «edificios superpuestos».
Procesos estratigráficos y tipológicos que pueden leerse como procesos de cambios formales, cronológicos, funcionales y, sobre todo, productivos y culturales.
Una historia social de la producción arquitectónica y constructiva.
Por ejemplo, por qué y de qué manera unas murallas se convirtieron en una catedral (catedral de Vitoria) o por qué ciertas salas capitulares se convirtieron en cajas de escaleras (Santa María la Real de Aguilar de Campoo) o por qué ciertos aparejos cambiaron mientras que otros aparentemente se mantuvieron a través de los siglos como un símbolo social asociado al poder (la soga y tizón en Córdoba).
O cómo fue el proceso de cambio y por qué cambia la estructura de la mezquita a la iglesia con la conquista.
Antes de seguir quiero hacer un paréntesis obligado y salir al paso de quien considere que mi pretensión es la de demostrar obsoletas las Historias del Arte y de la Construcción y sus conceptos de estilo y de estructura.
La Arqueología enriquece nuestra metodología y abre un horizonte nuevo, añade una mirada nueva pero no invalida, pese a lo que algunos puedan considerar, los horizontes ya recorridos con éxito por el estilo y la estructura y que mantienen su importante papel.
Lo que sí debemos considerar es que la visión arqueológica complementa y revaloriza la visión de estas Historias y que éstas ya no se pueden efectuar aisladas y deben complementarse con la nueva visión histórica que nos ofrece la Arqueología.
A continuación debería hacer otra nueva digresión definiendo y comparando los conceptos de estilo y de tipo y buscando sus diferencias.
Pero no es ésta mi intención.
Sólo observaré que el estilo actúa como un modelo cerrado de difícil mudanza al que sometemos la observación de los datos para, de acuerdo con si se ajustan o no a él, incluirlos o segregarlos.
Al contrario, el tipo funciona observando los datos para ir creando y recreando tipologías abiertas y variadas que interactúan y se verifican entre sí.
Esta distinta manera de actuar supone una serie de consecuencias.
Mientras que el estilo tiende a unificar en la observación todo como semejante; el tipo observa con mayor meticulosidad las diferencias.
No es raro por ello que un análisis tipológico distinga el que objetos que se agrupaban como pertenecientes a un mismo estilo, en realidad pertenecen a grupos diferentes o incluso a imitaciones o pastiches modernos realizados justamente para unificar la observación artístico-estilística engañando al observador.
La disección a que obliga la observación tipológica hace profundizar allí donde al estilo no le es posible profundizar más3.
De esta manera, características desapercibidas por principio por el estilo son en cambio típicas de la tipología, por ejemplo las huellas de las herramientas, o las formas de aparejar materiales.
Esto hace que la información tipológica corra paralela e independiente a la del estilo en caminos divergentes.
Lo mismo ocurre con características dadas como típicas de estilos determinados y que el análisis estratigráfico-tipológico se empecina en demostrarnos que pertenecen a otro momento, incluso aunque se trate de estructuras básicas del edificio.
Finalmente, la tipología, ya sea de caracteres formales, constructivos o funcionales, y la estratigrafía de consuno definen una ordenación de la realidad material de los edificios que supera las ordenaciones tradicionales de los periodos históricos y de los estilos artísticos.
Son las propias características de las unidades del edificio las que ordenan su historia, alargando o acortando lo que parecían etapas sincrónicas históricas o estilísticas, siglo a siglo en intervalos metronómicamente regulares, o estilo a estilo aparentemente estancos e igualitarios.
Por ejemplo, un aparejo se compagina con otros aparejos tan diferentes que podríamos separarlos como pertenecientes a momentos históricos distintos si no fuera porque sus relaciones se empeñan en demostrarnos que son coetáneos; o, al contrario, se alargan en el tiempo de un modo conservador, engañando al observador no avisado como si todo el edificio fuera un mismo original.
De esta manera, estratigrafía y tipología permiten la distinción de micro y macro tiempos (cortos y largos) de carácter básicamente social y cultural.
El tiempo arqueológico se alarga o se acorta en función de consideraciones materiales intrínsecas a los objetos y a sus relaciones, que se independizan y, aunque terminemos encuadrándolas en modelos previos históricos o artísticos, sin embargo ni hacen referencia ni en realidad se ajustan a ellos.
La tipología (que redundantemente se suele denominar «cronotipología», como si la tipología no fuera cronológica por sí misma 4 ) representa un campo de investigación de horizontes insospechados tanto para arquitectos como para arqueólogos, que ya ha empezado a dar sus frutos (Azkarate y Sánchez Zufiaurre 2005; Sánchez Zufiaurre 2007). * * * Hemos observado hasta aquí, desde el punto de vista de la Arqueología, unas características que definen al edificio histórico.
Estas características son las exigencias del Bien que crean un nuevo marco de referencia a la hora de relacionarnos con él tanto el arqueólogo historiador como el arquitecto restaurador y que, por tanto, nos marca las condiciones imprescindibles a las que como profesionales tenemos que ajustarnos en el momento de la intervención/ conocimiento del Patrimonio construido y de rebote las condiciones de nuestra formación (el momento de la intervención es el momento de la investigación, Francovich 1985Francovich y 1988;;Azkarate 2002; Caballero 2002; comentados en Caballero 2006a: 163-164).
Esto es, las características de pluriestratificado y pluritipologizado plantean las exigencias del edificio histórico y las responsabilidades del arquitecto y del arqueólogo, de las que hasta ahora no éramos totalmente conscientes.
Es en la interpretación donde mejor se entrelazan la parte más teórica, expuesta hasta aquí en esta exposición, y, por tanto, lo que son las exigencias del Bien y la responsabilidad de los profesionales.
Conforma en realidad el marco de referencia a que nos acabamos de referir.
Como tal marco de referencia o teoría previa va bien que se coloque delante, pero como proceso de interpretación debería ir en segundo lugar, después de la toma de datos a que se refiere el reconocimiento5.
Ya lo hemos repetido reiteradamente: se trata de las implicaciones que conllevan los nuevos conceptos de pluriestratificado y pluritipologizado que para nosotros definen el edificio histórico.
La comprensión del edificio histórico formado por relaciones que le autentican y que determinan nuevas ordenaciones de sus elementos, una nueva Historia de la Arquitectura y la responsabilidad de reconocer y conservar las relaciones contextuales.
4 El evaluador me achaca la incomprensión o la crítica incorrecta del término «cronotipología».
Efectivamente, reitero que no sólo creo innecesario adjetivar con el prefijo crono-el sustantivo tipología, sino que hacerlo me parece peligroso.
Parecería, en primer lugar, que sólo la tipología está cargada de cronología, lo que no es cierto.
La tipología es uno más de los «indicadores cronológicos», junto a la estratigrafía, las fuentes escritas y la arqueometría (que, si acaso, deberíamos denominar también cronoestratigrafía, cronodocumentación y cronoanalítica).
Es más, la tipología es cronológica gracias a la ayuda de las otras tres «estrategias» (Parenti 1985).
Tampoco es argumento válido, a mi parecer, suponer que en momentos historiográficos pre-arqueológicos se realizaran mal consideradas tipologías, en realidad ordenaciones de características estilísticas que la investigación del momento, lógicamente, no podía cargar de valor secuencial o cronológico.
A este respecto quiero añadir que no se debe confundir el primer estadio de construcción de una tipología, cuando es una mera serie de objetos característicos, con su estadio final, ya puesta en fase y en constante renovación y mejora.
Cuando reparo en la reiteración con que se emplea el término «crono-tipología» tengo la impresión de que se sobrevalora una mal entendida «cronología absoluta» (tipología) frente a una capitidisminuida «cronología relativa» (estratigrafía), sin tener en cuenta que lo que realmente interesa es «contextualizar» los indicios cronológicos de uno u otro tipo, lo que normalmente se obtiene, curiosamente, gracias a la estratigrafía.
Sobre «cronotipología», ver especialmente -Una nueva comprensión de la Arquitectura y de la Historia de la Arquitectura 6.
UTILIZAR CORRECTAMENTE LA METODOLOGÍA ARQUEOLÓGICA 7
El reconocimiento arqueológico viene dado por la utilización correcta de la metodología arqueológica.
Esta metodología supone un avance en el rigor analítico, en concreto frente a la metodología de la Historia del Arte.
Específicamente se trata de la metodología estratigráfica (método Harris).
Pero no debemos olvidar que la tipología tiene su propia metodología por más que no esté tan extendida como lo está universalmente la de la estratigrafía.
El ejemplo más cercano de la metodología tipológica es la de «variables de conjuntos» de Agustín Azkarate (o «clusters»;2002, ya citada).
Pero, a mi parecer, la importancia real de esta propuesta de Azkarate reside en la utilización simultánea o alternativa de los dos instrumentos, ajustándose a las circunstancias de cada edificio y a los objetivos del análisis que se efectúa.
Del mismo modo debemos tomar en consideración los métodos propios de las Ciencias Naturales y de las Ciencias Documentales, utilizadas por la Arqueología como auxiliares, pero que, en cualquier caso, para que sus resultados sean válidos y comparables, se han de adaptar a los principios de la interpretación ya dichos, especialmente a los de autenticidad y de contexto.
Es responsabilidad nuestra utilizar correctamente los instrumentos estratigráfico y tipológico.
La metodología estratigráfica conlleva ante todo la aceptación de unos principios deposicionales.
En el proceso de trabajo se utilizan fichas analíticas que ayudan a la diferenciación de unidades estratigráficas, entre las que tienen especial importancia en Arquitectura las superficies, y los tipos.
La lectura, ya sea estratigráfica y/o tipológica, conlleva saber interpretar las relaciones contextuales.
Los diagramas y las planimetrías ordenan estas relaciones, las sintetizan y ayudan a su comprensión.
Nuestro colega arquitecto Antoni González ha llamado la atención sobre la problemática relación de este método con los arquitectos, inventando la irónica figura del «arquitectólogo» que se podría completar con la opuesta del «arqueotecto».
¿Puede y debe ser este método propio también del arquitecto restaurador? o ¿conlleva condicionantes que hacen imposible su utilización por un arquitecto y obligan a que sólo lo utilice el arqueólogo?
En este debate mi posición parte de que la estratigrafía ha sido un método exportado de la Geología y que del mismo modo puede y debe ser trasladado a otras profesiones como a la de arquitecto restaurador.
Ricardo Francovich (1988: 18) afirmaba con toda razón que éste es «el mejor de los métodos de que disponemos» y que por lo tanto sobra la discusión sobre quién puede utilizarlo.
Importantes arquitectos, como el italiano Francesco Doglioni8, son indudables expertos en la teoría y la práctica de la estratigrafía arquitectónica, a pesar de que la acomoden a su práctica profesional.
Sin embargo, Geología y Arqueología compar- 6 Azkarate, 2006: 139-145, hace un esbozo, desde el punto de vista de la «arquitectura invisible», de lo que empieza a ser esta nueva Historia de la Arquitectura.
Arquitecturas inmateriales, definidas por el vacío de las zanjas de robo; arquitecturas efímeras de madera y excavadas en la tierra; arquitecturas enajenadas por su pobreza o humildad frente a las consideradas nobles o simbólicas; arquitecturas veladas que no son lo que parecen (o que parecen lo que no son); y arquitecturas olvidadas, literalmente arrinconadas.
Pero este esquema, dentro de su validez, es sólo un inicio.
Debe completarse con las experiencias particulares que nos están dando los edificios analizados, sobre todo de los procesos de reutilización y de cambio de uso que no son exclusivos de cada edificio sino que se repiten bajo patrones reiterativos de carácter social y económico (al que pertenece el citado como «no es lo que parece»).
7 Este apartado se denominaba originalmente «Saber reconocer» y ha sido el único cambio de importancia hecho en el texto originario.
El evaluador me instaba a subrayar o desarrollar la relación, expresada por mí, entre «interpretar» y «saber reconocer».
Sin embargo, en este apartado no pretendo seguir desarrollando el «cómo» reconocer (ya visto en el anterior, «interpretar»), sino que pretendo enfatizar el «saber» reconocer; esto es, reitero, la correcta utilización del instrumento «arqueología de la arquitectura».
De nada nos valdrá este instrumento (método, metodología) si cada uno lo utilizamos de un modo incorrecto o antagónico, despreciando su función profesional.
Comprobado lo equívoco del título he optado por cambiarlo.
ten su carácter de «históricas», lo que obliga a considerar al arquitecto estratígrafo como necesariamente interesado en la vertiente histórica de su actividad.
La actuación arqueológica necesita especializaciones que llegan a ser impensables en los arquitectos, especialmente la de la excavación del subsuelo, pero también otras como la ceramología.
Si el arquitecto se reserva el edificio, el arqueólogo se vería relegado de nuevo al yacimiento (recuperando el horizonte del suelo el carácter de frontera diferenciadora entre la infraestructura, para el arqueólogo, y la estructura, para el arquitecto) con lo que se rompería no sólo la tan deseada unidad de intervención, sino también la unidad interdisciplinar del equipo del que contradictoriamente se separaría al arqueólogo.
Además y pese a todo, considero irrenunciable que los arquitectos conozcan el método, al margen de que lleguen a practicarlo en mayor o menor medida.
Si es importante mantener viva discusión metodológica, no lo es menos el consenso o la normalización metodológica en que se fundamenta la necesaria coherencia profesional.
En el momento actual hay abiertas dos discusiones muy similares sobre el principal instrumento, el diagrama o «matrix Harris».
Una sobre la correcta representación de la secuencia de «edificios superpuestos», grupos de Unidades Estratigráficas (que llamamos por norma Actividades) obsoletas y reutilizadas por otras posteriores en el dilatado proceso de construcción del edificio histórico: la Actividad más moderna utiliza coetáneamente los restos de Actividades arruinadas y desechadas y esto no lo representa el diagrama, problema tanto de la excavación como de la lectura del edificio.
Y otra sobre su limitación al registrar procesos de deterioro que actúan parsimoniosamente a lo largo del tiempo sobre unidades y estructuras que pertenecen a tiempos distintos (resúmenes en Caballero 1997: 319-321, cuadro 3 y Azkarate 2002: p.
Si suponemos que lo que autentica un edificio son sus relaciones y que éstas tienen tanta o mayor importancia que las Unidades que lo componen, la conclusión es que los arquitectos están obligados a la conservación de estas relaciones en la intervención restauradora.
Ya existe teoría y práctica sobre este punto de vista «arqueológico» de la restauración, desarrolladas por arquitectos restauradores que están familiarizados con la Arqueología de la Arquitectura, cuyo resumen hemos expuesto en otros lugares (Caballero 2006 a y b), y que debería ser tenido en cuenta de modo muy especial en la formación del arquitecto:
-Brogiolo y el principio del registro (1995) ficación equivale para Doglioni a «la autenticidad del edificio histórico» pues constituye su «condición constitutiva» de tal y determina su «estructura relacional».
Por lo tanto, «la conservación de la estratificación es un fin primordial (o una condición obligatoria) de la restauración».
De este principio dependen otros tres que hemos resumido así: 1) el tratamiento de las superficies es fundamental para ocultar, mantener o reconocer la estratigrafía (importancia de las superficies); 2) la restauración debe aplicarse como estratificación intencionada; y 3) deben salvaguardarse especialmente las trazas de alta potencialidad informativa (esto es, aquellas en las que se concentra una alta capacidad documental o histórica).
Los arquitectos se deben responsabilizar por una parte de que no se pierde la lectura del documento histórico construido, la hagan ellos o los arqueólogos.
Esta es una condición sine qua non previa a cualquier tipo de intervención, ya sea conservadora o innovadora, y que debería incorporarse a las leyes de Patrimonio.
Y por otra parte, deben responsabilizarse de aplicar en sus intervenciones una «mentalidad estratigráfica» en la terminología de Doglioni; esto es, deben aceptar la responsabilidad de conservar las relaciones contextuales del edificio.
Aprender a aplicar estas normas, y las de otros arquitectos que investigan y ya practican la Arqueología de la Arquitectura (Mileto y Vegas 2006), debe formar parte también de la responsabilidad y la formación de los arquitectos.
La lectura arqueológica de los edificios históricos requiere una rígida «disciplina» que obliga a contemplar el edificio como un todo: no basta con una mirada entrenada.
Estratos y tipos aparecen y desaparecen y nos engañan confundiéndose entre sí.
Sin someternos a la disciplina de un método riguroso es imposible conseguir la lectura.
Y si esto es difícil para el especialista, lo es más para el no experto.
Pero, siendo esto cierto, no encierra ni mucho menos la razón de por qué es importante comunicar.
El bien cultural (el edificio histórico en nuestro caso) tiene un valor social como documento que nos vincula a nuestro pasado simbólica, física, emotiva e intelectualmente, permitiéndonos reflexionar sobre nosotros mismos y proyectar al futuro nuestra visión de la sociedad.
Cualquier profesión que trate con el patrimonio debe tener claro estos dos valores, documental y comunicativo o social, del mismo, y comprometerse a preservarlos y actualizarlos.
No es el patrimonio material lo que es de todos, por más que deba de serlo en cierto modo, son sus significados y nuestro derecho a reflexionar sobre los mismos y desde ellos sobre nosotros, lo que arqueólogos, restauradores y arquitectos debemos comprometernos a preservar y comunicar.
Desde luego contando con los expertos en comunicación, sin cuya ayuda será imposible que nosotros lo consigamos, pero también no olvidando que éste debe ser objetivo inexcusable de todas nuestras intervenciones.
Propuestas como las de Doglioni sobre descubrir y conservar la autenticidad del edificio están (o deben estar) estrechamente ligadas con la comunicación social de las relaciones entre sus partes y de sus significados.
Una asignatura más pendiente de desarrollo. |
Contrariando las lecturas post-darwinianas de Lamarck, Camille Limoges nos dio algunas claves que, debidamente reconsideradas, nos permiten afirmar que, para el autor de la Filosofía Zoológica, las modificaciones de los perfiles orgánicos producidas por las circunstancias no eran nada semejante a lo que hoy caracterizaríamos como respuestas a las exigencias del medio.
Las mismas eran simples trasformaciones producidas por procesos fisiológicos que modelaban lo viviente con total independencia del carácter favorable o desfavorable que pudiesen revestir las modificaciones producidas.
En el vocabulario crítico la palabra precursor es indispensable, pero habría que tratar de purificarla de toda connotación de polémica o de rivalidad.
El hecho es que cada escritor crea a sus precursores.
Su labor modifica nuestra concepción del pasado, como ha de modificar el futuro.
J.L. Borges, Kafka y sus precursores.
En La Sélection Naturelle 1, Camille Limoges no sólo se permitió poner en tela de juicio que la obra de Lamarck realmente abrigase o supusiese, como generalmente se había considerando, un concepto de adaptación significativamente próximo del darwiniano; sino que además también sostuvo que «aunque el lamarckismo (...) haya sido casi siempre presentado como un pensamiento por el cual el problema de la evolución se confunde con el de la adaptación, no hay en Lamarck ninguna problemática de la adaptación» 2.
Sin embargo, pese a que la obra de Limoges se transformó en un texto de referencia, siempre citado o discutido a la hora de analizar la génesis de la teoría darwiniana, su tesis sobre Lamarck fue casi totalmente ignorada y pocos parecen haberse detenido siquiera a discutirla.
Salvo el capítulo que Madeleine Barthélemy-Maudele dedicó a la cuestión en su obra sobre Lamarck 3, y con excepción también de un breve comentario crítico que Rosaura Ruiz y Francisco Ayala 4 le dedican al asunto en una obra reciente, ese planteamiento de Limoges no tuvo prácticamente ningún eco en la posterior literatura sobre historia de la biología evolucionista.
Todo el mundo reconoce, claro, que la adaptación de los organismos a sus circunstancias no sería el principal o el único factor de transformación en la teoría lamarckiana 5; y por supuesto que nadie olvida que, de todos modos, la ----1 Esta obra fue originalmente publicada en 1970 por Presses Universitaires de France bajo el título de La Sélection Naturelle -étude sur la première constitution d'un concept (1837-1859); y la misma era, como dice su propio autor en el prólogo, «el texto retocado de una tesis doctoral del tercer ciclo» orientada por Georges Canguilhem y defendida en el Instituto de Historia de las Ciencias y las Técnicas de la Sorbonne.
48. explicación que Lamarck habría dado de esa adaptación sería diferente de aquella que Darwin finalmente propuso: éste privilegiaba la selección natural y aquel la transmisión hereditaria de las modificaciones adquiridas por el uso y desuso de los órganos.
Pero, en general, se continúa dando como obvio que hay en Lamarck cierta preocupación por los fenómenos adaptativos que recuerda o anticipa en algo, o en mucho, a la preocupación darwiniana 6.
Creemos, sin embargo, que Limoges estaba en lo cierto: en Lamarck no hay ninguna explicación de la adaptación y no la hay porque el propio hecho de la adaptación se encuentra en su obra fuera de toda consideración.
Sus argumentos a favor de esta tesis, no eran, es cierto, del todo felices y habrían merecido mayor desarrollo; pero, aun así, el cuestionamiento de las evidencias producidas por un siglo y medio de lecturas darwinianas y neolamarckianas del pensamiento de Lamarck que ello implica, nos parece sumamente pertinente y revelador 7.
Aún de un modo un tanto oscuro, Limoges entrevió un hecho que los lectores post-darwinianos de la Filosofía Zoológica han largamente ignorado o silenciado y que nosotros queremos aquí destacar: para Lamarck, las modificaciones de los perfiles orgánicos producidas por las circunstancias no eran nada semejante a lo que hoy caracterizaríamos como respuestas a las ---- 7 Aunque hablar de lecturas darwinianas y neolamarckianas de Lamarck puede ser casi un pleonasmo: el propio neolamarckismo es ya, él mismo, el producto de una lectura darwiniana de Lamarck. exigencias del medio; las mismas eran simples transformaciones, o incluso deformaciones, resultantes de procesos fisiológicos que modelaban lo viviente con total independencia del carácter favorable o desfavorable que pudiesen revestir las modificaciones producidas.
Las páginas que siguen son una tentativa de justificar esa aseveración.
Con todo, para enmarcar debidamente nuestras consideraciones sobre ese asunto -es decir, para entender tanto la cuestión planteada por Limoges como nuestro propio posicionamiento frente a ella-dedicaremos las primeras secciones del trabajo a una revisión y discusión más general del transformismo lamarckiano.
Ese preámbulo nos parece necesario para allanar el camino, despejándolo de ciertos malentendidos comunes y recurrentes sobre distintos aspectos del pensamiento de Lamarck.
Malentendidos que, por otra parte, siempre contribuyeron a afianzar esa amarga fama de precursor malogrado que, desde 1860, acompaña a la, a veces triste, figura del caballero Lamarck.
LA SERIE QUE SE BIFURCA En algún sentido, y como muchas veces se ha dicho, el transformismo lamarckiano es una versión desarrollada de esas temporalizaciones de la gran cadena del ser que autores como Maupertuis, Diderot y Robinet habían sugerido o esbozado en el siglo XVIII 8.
Lamarck propugnaba, en efecto, una idea jerárquica o serial de la clasificación de los seres vivos 9; y sostenía que esa ---- taxonomía expresaba, en sus grandes líneas, lo que él caracterizaba como un orden natural 10.
Una jerarquía de formas que, lejos de ser un artificio metodológico, describía una secuencia real y necesaria que iba de las formas más simples, imperfectas y primitivas, a las más complejas y acabadas 11.
Es que, como dice Goulven Laurent, Lamarck interpretaba esa jerarquía «como siendo la expresión y el resultado de una producción progresiva, de una marcha histórica de la naturaleza» 12.
Una marcha que obedecía a mecanismos físicos que, además de explicar la supuestamente recurrente generación de las formas orgánicas más simples a partir de elementos inorgánicos, llevaría también a ese incremento progresivo en la complejidad de los seres vivos que se reflejaba en las grandes líneas de la clasificación 13.
Pero, desde otro punto de vista, también puede decirse que la teoría de Lamarck surge de la radicalización de cierto consenso vagamente aclimatacionista que también caracterizaba a la historia natural del siglo XVIII 14.
El énfasis de Lamarck en la influencia que los medios circundantes y las circunstancias 15 podían llegar a tener sobre los perfiles de lo viviente puede, en efecto, ser considerado como una radicalización de ciertas tesis que Buffon 16 había presentado ya en la Historia Natural del Hombre y desarrollado en De la degeneración de los animales 17.
Tesis éstas que, por otra parte y hasta cierto punto, eran recono-----cidas y presupuestas por todos los naturalistas de fines del XVIII e inicios del XIX.
El alcance y la índole de esas influencias podían, claro, ser objeto de discusión; pero, con mayores o menores restricciones, ese factor era en general reconocido, aun en contextos no transformistas 18.
Tal es el caso, inclusive, del propio Cuvier 19.
Lamarck, simplemente, habría llevado ese consenso hasta sus últimas consecuencias dando lugar así a la primera teoría evolucionista sistemáticamente formulada.
Creemos, sin embargo, que lo que tipifica al transformismo lamarckiano y constituye su articulación central es el primero de los dos aspectos señalados y, sobre todo, la idea de clasificación serial en él presupuesta.
La verdadera batalla de Lamarck fue siempre la defensa, tal vez tardía, de la serie, tanto en el plano de la botánica como en el de la zoología 20; y es en el contexto de esa concepción general en donde debemos situar sus ideas sobre la influencia de las circunstancias en las conformaciones de los organismos.
Lo que habitualmente se considera como la teoría lamarckiana de la adaptación no sería más, en este sentido, que un recurso para explicar el hecho de que las formas vivas particulares presenten peculiaridades organizacionales que no nos permiten alinearlas sucesivamente como eslabones contiguos de una serie de complejidad o perfección creciente 21.
Lamarck 22, en efecto, quiere salvar la idea de serie animal de las críticas de contemporáneos suyos como Cuvier 23; y para ello va a afirmar que, al igual que ocurre con las plantas 24, «la serie que constituye la escala animal reside ---- en la distribución de las masas» -es decir: en las categorías taxonómicas más generales-«y no en la distribución de los individuos y las especies» 25.
Así, suponiéndose en posesión de argumentos y razones para considerar a los mamíferos superiores a las aves, Lamarck reconocía que no tenía criterios para comparar dos especies particulares de aves como podrían serlo, supongamos, el carancho y el urubú, decidiendo cuál de ellas debería ocupar un lugar superior en la escala zoológica; y la razón de ello estribaría en que la comparación entre esas dos aves se tendría que basar no ya en el sistema general de organización de ambas especies, que vendría a ser el mismo, sino en órganos particulares considerados aisladamente 26.
Según Lamarck, los distintos órganos no seguían una escala tan regular de inferior a superior en su conformaciones particulares como la que sí seguían esos sistemas generales de organización que permitían distribuir los grandes órdenes taxonómicos 27; y esa irregularidad se tornaba más pronunciada conforme considerábamos órganos de menor importancia fisiológica u organizacional.
Estos últimos, decía Lamarck 28, «no están siempre en relación los unos con los otros en su perfección o degradación».
Así, «si se siguen todas las especies de una clase, se verá que tal órgano, en tal especie, goza de su más alto grado de perfección; mientras que tal otro órgano, que en esa misma especie está marcadamente empobrecido y es claramente imperfecto, se encuentra muy perfeccionado en tal otra especie».
Pero, «estas variaciones irregulares en el perfeccionamiento y en la degradación de los órganos no esenciales» no carecían de explicación.
Esos órganos, argüía Lamarck, «están más sujetos que otros a las influencias de las circunstancias exteriores» 29; y sus variaciones están estrechamente relacionadas con la diversidad de circunstancias en las que los seres vivos desarrollan sus existencias.
Son esas circunstancias, por lo tanto, las que hacen que la materia viva produzca variaciones divergentes y singulares en los perfiles de los organismos 30; y es esa permanente transformación y retransformación de las formas la que habría generado esa diversidad de especies que aparecen como ramificaciones que se separan de las masas y que no nos dejan clasificarlas «en una serie única, simple y lineal, bajo la forma de una escala regu----- larmente graduada» 31.
Cosa que sí ocurriría, sin embargo, con las propias masas a las cuales esas especies pertenecerían 32.
Y nótese que no estamos haciendo aquí ninguna referencia específica a esa fuerza o tendencia al incremento de la complejidad a la que Lamarck acaba atribuyendo la constitución de la propia serie.
Es innegable, claro, que en la estructura final de la teoría lamarckiana, la influencia de las circunstancias es presentada como un factor que, en cierto sentido, interfiere con esa tendencia inherente a la materia orgánica 33.
Pero, independientemente de ese hecho, esa influencia es siempre y básicamente considerada como una explicación de las anomalías de la propia serie; y esta idea de serie, como sabemos, es lógica e históricamente anterior a cualquier postulación de una fuerza o proceso natural putativamente capaz de generarla 34.
Por eso, aunque en un sentido temporal Lamarck haya tal vez podido llegar a la postulación de ese principio de complejidad progresiva posteriormente a sus conclusiones sobre el efecto transformador de las circunstancias 35; eso no implicaría que este último factor no haya sido ya antes y primariamente considerado como aquello que explicaba las infinitas bifurcaciones y pliegues de la serie.
Es de notar de todos modos que, como apunta Lilian Martins, la postulación «de la existencia en la naturaleza de una tendencia hacia el aumento de la complejidad ya era parte integrante de la obra de Lamarck desde su fase pre-evolucionista» 36.
Así, en sus Mémoires de Physique et d'Histoire Naturelle de 1797, Lamarck afirma que «existe en la naturaleza una causa particular poderosa y constantemente activa, que tiene la facultad de formar las combinaciones, de multiplicarlas, de diversificar su naturaleza y que tiende sin cesar a sobrecargarlas de principios y a aumentar las proporciones hasta un cierto límite» 37.
Contrariamente a lo afirmado por Pietro Corsi no sería en las Recherches de 1802 en donde «por primera vez Lamarck se refiere a la tendencia del movimiento orgánico a producir niveles de complejidad orgánica siempre más elevados» 38: en esa obra, en todo caso, es la primera vez en que ---- esa fuerza aparece citada en un contexto clara y explícitamente transformista sin que se postulen límites para su accionar.
Con todo, y más allá de la posición que podamos adoptar en relación a ese punto, lo cierto es que, independientemente del orden cronológico en el que Lamarck fue llegando a sus conclusiones, en la estructura argumental explícita de todas sus obras transformistas, las fuerzas que tienden al incremento de la complejidad de los seres vivos, y que dejadas a sí mismas producirían una sucesión simple y ordenada de formas, son presentadas como siendo permanentemente desviadas y perturbadas por las circunstancias 39.
Siendo la influencia que estas tienen sobre la morfología orgánica lo que explica la generación de esa gradación irregular de especies que, a primera vista, parecería condenar la idea de serie 40.
LA INFLUENCIA DE LAS CIRCUNSTANCIAS
Hay en Lamarck, en síntesis, dos fuerzas trasformadoras de los perfiles orgánicos: por un lado está el propio poder de la vida «que tiende sin cesar a complicar la organización, a formar y multiplicar los órganos particulares, en fin, a incrementar el número y la perfección de las facultades» 41; y por otro lado está esa «causa accidental y modificante cuyos productos son las diversas anomalías en los resultados del poder de la vida» 42.
Por eso, la forma de cada ser vivo es, concomitantemente, «producto de la composición creciente de la organización la cual tiende a formar una gradación regular» y «producto de la influencias de una multitud de circunstancias muy diferentes que tienden continuamente a destruir la regularidad en la gradación de la composición creciente de la organización» 43.
Es necesario apuntar, sin embargo, que en la perspectiva de Lamarck, esas influencias perturbadoras de las circunstancias sobre lo viviente no afectaban del mismo modo -es decir: a través de los mismos circuitos causales-a todos los seres vivos.
Hay a este respecto, y como siempre se señala, importantes diferencias entre plantas y animales 44.
En el caso de estos últimos, so----- bre todo si se trataba de animales superiores, Lamarck consideraba que, en general, las circunstancias sólo influían sobre su forma y su organización de un modo indirecto que implicaba la mediación del comportamiento 45.
A este respecto, el mecanismo general actuante era el siguiente: grandes cambios en las circunstancias producen grandes cambios de necesidades, y éstos, a su vez, llevan a grandes cambios conductuales que, de devenir constantes, modificarán los diferentes órganos implicados en su cumplimiento, desarrollándolos o atrofiándolos 46.
He ahí, de hecho, la tesis que Lamarck erigiría en la primera ley de su Filosofía Zoológica y que sus cultores post-darwinianos irían a llamar ley de la adaptación 47.
«En todo animal que no haya llegado al término de sus desarrollos», dice esta ley, «el empleo más frecuente y sostenido de un órgano cualquiera, fortifica poco a poco ese órgano, lo desarrolla, lo agranda, y le da una potencia proporcional a la duración de ese empleo; mientras que la falta constante de uso de tal órgano, lo debilita insensiblemente, lo deteriora, disminuye progresivamente sus facultades, y acaba por hacerlo desaparecer» 48.
La reiteración constante de un movimiento, pensaba Lamarck 49, hace que ciertos fluidos lleguen con mayor regularidad y en mayor cantidad a ciertas partes del cuerpo; y es esa afluencia la que va estimulando su desarrollo.
De modo inverso, si esa actividad cesa, la afluencia de fluidos decrece y el órgano comienza a marchitarse y a atrofiarse.
Y es a esas dos situaciones de uso y desuso de los órganos que apuntan los célebres, pero no siempre celebrados, ejemplos que Lamarck daba para ilustrar el modo por el cuál las circunstancias pueden desencadenar modificaciones morfológicas en los animales 50.
Esas modificaciones se dividen, en efecto, en dos tipos: aquellos en donde un órgano se atrofia hasta el límite de su desaparición en virtud de su falta de ejercicio; y aquellos en los que un órgano se desarrolla, se desplaza, se modifica en virtud de la frecuencia, de la intensidad y de la manera en que es ejercitado 51.
LAMARCK: (1994) Los ejemplos y la dinámica de la atrofia o la regresión de órganos por falta de ejercicio son relativamente simples; y aunque hoy sepamos que se basan en presupuestos falsos, es forzoso reconocer que los mismos aun resultan, en su mayor parte, mínimamente plausibles.
Se trata de ejemplos de animales en donde, pese a que el plan de organización propio de la masa u orden taxonómico al cual pertenecen implicaría la posesión y el pleno desarrollo de cierto órgano, éste se encuentra marcadamente atrofiado o definitivamente ausente 52.
De lo primero serían ejemplos los ojos de los topos y los de ciertas salamandras que, por vivir en un medio subterráneo, ejercitan poco o nada esos órganos y estos se presentan atrofiados en proporción a esa falta de ejercicio sin llegar a desaparecer totalmente 53.
De lo segundo, mientras tanto, podrían ser ejemplo los dientes de las ballenas y los de las aves en general 54 o las patas de las serpientes 55.
Lamarck no explica cómo, en cada caso específico, el desuso del órgano lleva a su atrofia o a su desaparición.
Es verosímil, sin embargo, que en el caso de las patas de las serpientes, Lamarck haya pensado que, a la larga, con los huesos podía finalmente ocurrir algo semejante a lo que ocurre con nuestros músculos cuando abandonamos la práctica de un deporte; y en el caso de los dientes tal vez pensaba en algo semejante a lo que ocurre con los callos que podemos tener en nuestras manos cuando suspendemos por mucho tiempo la actividad física que los generó.
El caso de los ojos es más complejo; pero siendo claro que el ejercicio de la visión exige un continuo acomodamiento y reacomodamiento del ojo, es razonable imaginar que la falta de esos movimientos terminen generando una atrofia análoga a la que puede ocurrir con los músculos de brazos y piernas.
Y es en función de analogías semejantes como funcionan y cobran sentido los ejemplos a que Lamarck apela para explicar el desarrollo o la modificación de un órgano en virtud de su efectivo uso o ejercicio.
Tal es el caso de la cola y las patas traseras del canguro 56: contrariamente a lo que ocurre con las patas delanteras de estos animales, esos otros atributos anatómicos se habrían desarrollado por el ejercicio del mismo modo en que se desarrollan los bíceps de un remero o los muslos del maratonista; y ese fortalecimiento e incremento del tamaño se habría trasmitido a la prole como tam----- bién ocurría en el caso de la atrofia 57.
Por su parte, el famoso ejemplo de las patas y el cuello de la jirafa está basado en la misma línea de razonamiento 58; sólo que ahí la analogía más pertinente ya no estaría en los movimientos del remero sino en los ejercicios de elongamiento que hoy suelen recomendarse a los adolescentes para aumentar la estatura en algunos centímetros.
Y es más o menos ese modo de ver las cosas el que Lamarck pretende extender, con mayor o menor plausibilidad, a la explicación de la conformación, por ejemplo, de las patas de diferentes aves y mamíferos 59.
No debemos malinterpretar, sin embargo, esa influencia de lo moral sobre lo físico postulada por Lamarck 60.
La misma no es nunca una relación teleológica de medio-fin sino una relación mecánica de causa-efecto.
Lo físico no se moldea para servir a lo moral; esto causa, produce, el cambio de aquello.
Contrariamente a lo que Schopenhauer sostenía, nada en él puede llevarnos a concluir que sea la voluntad del animal «lo que ha determinado su organización» 61.
Lo que Cuvier afirmó a este respecto en su Elogio fúnebre es, en este sentido, totalmente falso: Lamarck jamás dijo que era «por fuerza de querer nadar que le crecen membranas en las patas a las aves acuáticas» 62.
Según su tesis, a estas aves le crecen membranas porque, mal o bien, nadan o efectúan repetidamente algún movimiento en el agua que las lleva a separar los dedos 63; y eso es lo que Darwin tampoco conseguía ver cuando le atribuía a Lamarck la creencia de los animales pudiesen querer o decidir modificar sus estructuras para adaptarse a las circunstancias 64.
Una jirafa simplemente siente el impulso de comer; y si para satisfacerlo acaba recurriendo repetida y continuamente a hojas ubicadas a una altura que sólo puede alcanzar con un estiramiento tal vez imperceptible y hasta involuntario de su cuello, la reiteración constante de ese movimiento acabará produciendo un alargamiento permanente de esa estructura.
Un alargamiento que no tiene porque ser considerado más deliberado que el crecimiento de un callo por la repetición de un frotamiento.
Además, y ahora en contra de lo que Waddington llegó alguna vez a afirmar, Lamarck no parte «de la consideración de que los animales eligen, por un acto de voluntad, conducir sus vidas de un cierto modo» 65: las circunstancias les son impuestas y su comportamiento cambia como resultado del cambio que pueda haber en esas circunstancias.
Una jirafa simplemente come hojas y si éstas comienzan a escasear en los arbustos y en las ramas más bajas de los árboles, las buscará un poco más alto.
En la perspectiva de Lamarck, el ejercicio, la repetición de un movimiento, sólo interviene como un mecanismo fisiológico capaz de explicar una variedad de modificaciones organizacionales que no podrían nunca producirse por el efecto directo de las circunstancias; y no deja de ser significativo que la psicología lamarckiana 66 pretendiese estar fundada en una fisiología en donde los movimientos corporales y las percepciones, animales o humanas, pudiesen ser explicadas por la acción de un fluido nervioso de naturaleza puramente material 67.
El sentimiento de una necesidad, llamémosle al mismo hambre, frío o miedo, era para Lamarck un fenómeno fisiológico como cualquier otro desplazamiento de los fluidos corporales 68; y es por eso que podía ser citado como causa de modificaciones orgánicas 69.
«En su origen», leemos en la Filosofía Zoológica, «lo físico y lo moral son, sin duda, una única cosa» 70; y tal vez pueda incluso afirmarse que «la base material de los fenómenos psíquicos y su dependencia causal y funcional con los órganos constituyan la tesis central de Lamarck» 71.
No es el comportamiento, con todo, lo único que puede modificar la organización y la estructura de lo viviente 72.
«En los vegetales», decía Lamarck, «donde no hay acciones y, por consecuencia, nada de hábitos propiamente dichos, grandes cambios de circunstancias no dejan de producir grandes diferencias en el desarrollo de sus partes».
Pero, en este caso, «todo se opera por ----los cambios sobrevenidos en la nutrición del vegetal, en sus absorciones y sus transpiraciones, en la cantidad de calórico, de luz, de aire y de humedad que recibe habitualmente; en fin, en la superioridad que algunos de los diversos movimientos vitales pueden tomar sobre los otros» 73.
Así, si algún grano de cualquier hierba de una pradera «es transportado a un lugar elevado, puesto sobre un terreno seco, árido, pedregoso, muy expuesto a los vientos, y puede germinar ahí, la planta que podrá vivir en ese lugar se encontrará siempre mal nutrida, y los individuos que ella genere, de continuar existiendo en esas pésimas circunstancias, darán lugar a una raza verdaderamente diferente de esa que vive en la pradera» 74.
Pero, lo que ocurre con los vegetales no es muy distinto de lo que ocurre con aquellos animales que son «muy imperfectos como para poseer la facultad de sentir» 75.
En este caso, decía Lamarck, «no es a una necesidad sentida a la que se le debe atribuir la formación de un nuevo órgano»; allí la formación o modificación del órgano es «el producto de una causa mecánica» como puede serlo «un nuevo movimiento producido en una parte de los fluidos del animal» 76.
Y es por eso que para dar ejemplos más o menos plausibles de cómo el comportamiento modifica la estructura anatómica, Lamarck se ve obligado a recurrir más a la ornitología que a sus bastos conocimientos sobre los moluscos a los que, en relación a este tema, sólo acude aisladamente 77.
Claro, un pulpo o un caracol presentan cierta variedad de comportamientos que tal vez podrían servir para construir narraciones lamarkianas sobre la influencia del uso y el desuso en la conformación de los órganos; pero con una almeja o un mejillón la cosa ya no es tan fácil.
Sobre todo si no se disponen de técnicas para observar sus patrones conductuales.
EL ACTUALISMO FISIOLÓGICO DE LAMARCK Con todo, y más allá de esas diferencias entre plantas y animales de distinto grado de organización, para Lamarck todas esas modificaciones morfológicas dependían de la intervención de un mismo factor: los cambios en los movimientos de los fluidos orgánicos que directa o indirectamente eran desencade----- nados por las alteraciones de las circunstancias 78.
La dinámica ciega de los fluidos es, en efecto, la gran obrera de toda la biología lamarckiana: ella explica el origen mismo de la vida, su tendencia a la complejificación progresiva y también la modificación de los órganos por la influencia de las circunstancias y del comportamiento.
Minuciosa y constantemente, los fluidos corporales labran los tejidos orgánicos con la misma constancia ciega con la que el agua y el viento tallan la piedra; y ese es el movimiento que dejado a sí mismo sólo produciría ese incremento en la complejidad que genera las escalas zoológica y botánica 79.
Pero cuando ese fluir es acelerado, retardado, incrementado, disminuido o desviado por la influencia directa de las circunstancias o por el ejercicio diferenciado de los órganos, se producen esas otras modificaciones que rompen la linealidad de la serie 80.
En el caso de las plantas, y tal vez de los organismos inferiores, los cambios en la temperatura, en la humedad y en la luminosidad del ambiente, o el cambio en la abundancia y composición de las sustancias nutritivas, desencadenarían directamente alteraciones tanto en la cantidad y en la composición de esos fluidos, como en la velocidad de su circulación; y esos cambios, a su vez, afectarían el crecimiento y la conformación de los diferentes tejidos y órganos de esos seres.
En los animales, mientras tanto, será la naturaleza de la respuesta comportamental a esos cambios la que modificará la velocidad, la trayectoria y la cantidad de esa circulación de fluidos por las diferentes partes del cuerpo; siendo esas redistribuciones de fluidos las que producirán el crecimiento y el desarrollo diferenciado de los distintos órganos 81.
Además de eso, Lamarck también alude a la generación de nuevos órganos a partir de la instauración de nuevos hábitos; pero en realidad no consigue articular ningún ejemplo claro y significativo de esa naturaleza 82.
Lo extraño, de todos modos, es que Lamarck no haya percibido que, en el marco de su sistema, la tendencia «del propio movimiento orgánico» a «desarrollar la organización» y a «multiplicar los órganos y las funciones a cumplir» 83 hubiese podido ser considerada como una explicación suficiente para la emergencia de nuevos órganos que después, claro, serían inevitablemente moldeados por las circunstancias.
En este sentido, la afirmación según la cual son las circunstancias las que con el ---- tiempo definen la forma de los organismos, así como el número, el estado y las facultades de sus órganos, que el propio Lamarck introduce y destaca en las Recherches 84, configura, dentro de su sistema, una genuina hipérbole que desestima la intervención de esa tendencia al incremento del tamaño y de la complejidad orgánica ya antes descrita en esa misma obra.
Pero, más allá de ese aspecto innegablemente problemático de la teoría de Lamarck, debemos reconocer que, en contrapartida, sus conjeturas sobre la incidencia de la circulación de los fluidos en el desarrollo de las diferentes partes de un organismo no eran ideas que estuviesen desprovistas de alguna verosimilitud.
Decir que el crecimiento de las ramas y hojas de una planta se veía afectado por la cantidad de los nutrientes que llegaban hasta ellas no era, claro, ninguna audacia; pero tampoco era muy audaz o rebuscada su conjetura sobre el papel del ejercicio en el desarrollo diferencial de los diferentes órganos de los animales.
Para sustentar esta idea, Lamarck se basaba en premisas e inferencias que, hasta cierto punto, ninguno de sus contemporáneos habría rechazado: la reiteración constante de un movimiento hace que ciertos fluidos lleguen con mayor regularidad y en mayor cantidad a ciertas partes del cuerpo; y es esa afluencia la que va estimulando su desarrollo.
Pero, si esa actividad cesa o decrece, la irrigación disminuye y el órgano comienza a marchitarse y a atrofiarse como la rama de un árbol a la cual no le llega la savia 85.
El principio «según el cual un órgano se fortifica con el uso y se debilita con la falta de uso» amerita el calificativo de clásico 86; y la explicación que en general se daba del mismo a fines del siglo XVIII e inicios del XIX era más o menos la que Lamarck proponía: «a medida que se ejercita un órgano», decía por ejemplo Georges-Luis Duvernoy, la circulación se dirige a él más particularmente, la misma se hace ahí con mayor prontitud, y, por consecuencia, todas sus secreciones y sus excreciones aumentan» 87.
Nosotros mismos no diríamos nada muy diferente: pensemos en cómo asociamos los cambios que ocurren en nuestros músculos en virtud de la actividad física con incrementos o disminuciones de la irrigación sanguínea.
Lamarck, en este aspecto, no sólo no estaba reñido con sus contemporáneos, sino que además tampoco estaba tan lejos de nosotros.
Mayr, por ejemplo, al comentar estas tesis de ---- Lamarck, sólo puede reprocharles que las mismas aluden a «procesos que solamente llevan a cambios en aquello que hoy llamaríamos el fenotipo» y que, por eso, «no son de particular interés para el evolucionista» 88.
Pero he ahí, justamente, algo que a nosotros nos parece digno de ser destacado: el razonamiento de Lamarck se basaba en evidencias fisiológicas bastante sólidas o por lo menos plausibles.
Su error, en todo caso, estuvo en querer fundar toda una teoría del origen y la transformación de las formas orgánicas en evidencias que sólo aludían a mecanismos de carácter fisiológico actuantes sobre el fenotipo de los organismos individuales.
Pero ese modo de razonar no carecía de (buenas) razones.
El mismo respondía a cierto actualismo al cual Lamarck se ajustaba en forma coherente y deliberada:
«Tomando en cuenta el movimiento orgánico, los hábitos, la acción del uso sobre la conformación de ciertas partes del organismo, Lamarck pone en el centro de su reflexión un elemento de dinámica orgánica observable, y que incluso había sido estudiado: en otras palabras, un elemento que respondía a una de las exigencias metodológicas que él mismo había formulado en 1794 a propósito de las diferentes teorías de la tierra, según la cuál sólo se podía hacer ciencia con aquello que uno podía observar en el mundo actual» 89.
Lo que ocurre es que, en el contexto de la biología lamarckiana, ese actualismo sólo podía implicar la sujección a la primacía de una perspectiva organísmica.
Leyendo los textos de Lamarck asistimos a un genuino tour de force tendente a individualizar una vera causa fisiológica que pueda servir de base para todo fenómeno biológico de escala mayor.
En ese panorama, que es además el panorama de toda la historia natural predarwiniana, lo actualmente observable se restringía a lo observable en los tejidos, partes y procesos implicados en el funcionamiento y la constitución del viviente individual: cualquier fuerza citada para explicar cualquier fenómeno biológico debe poder dejar su marca en esos tejidos, en esas partes y en esos procesos 90.
Y esto puede constatarse incluso en la postulación de la tendencia a la complejidad de los seres vivos a la que Lamarck apela para explicar la constitución de la serie.
Esa tendencia, como dice André Pichot, «reposa sobre el mismo principio que la complejidad progresiva del organismo en el curso de su desarro----- llo» 91; y es ahí en donde Lamarck 92 prima y fundamentalmente verifica su accionar 93.
La biología de la Filosofía Zoológica es una ciencia de causas próximas que actúan en y sobre el organismo individual; y, en este sentido, podemos decir que Lamarck no era ni más ni menos que un fisiólogo interesado en establecer, como dijo alguna vez Felix Le Dantec, «las leyes más generales que rigen las relaciones del funcionamiento con la construcción de las formas, de la fisiología con la morfología» 94.
Sin Lamarck, pensaba Le Dantec, la fisiología estudia el funcionamiento presuponiendo una morfología dada; con Lamarck, en cambio, la propia morfología podría explicarse a partir de la fisiología 95.
Incluso, usando un lenguaje reconocidamente ajeno a Lamarck, hasta podría decirse que, del mismo modo que ocurre con los efectos del desuso de los órganos, los efectos del accionar de esa fuerza auto-organizadora de la materia orgánica dejan primero su marca en la ontogénesis individual y es a partir de ahí que se verifican en el plano filogenético.
Es decir: es sólo a partir de ahí que Lamarck se permite proyectar la continuación de esa tendencia en las generaciones sucesivas 96; siendo la transmisión de lo adquirido lo que garantiza que la complejidad conquistada no se pierda en la próxima generación y pueda servir como peldaño en la continuación del proceso evolutivo 97.
Es, en efecto, la transmisión de lo adquirido lo que permite que el cambio producido, sea cual sea su naturaleza, pueda acentuarse progresivamente con el sucederse de las generaciones 98.
«Todo aquello que fue adquirido, delineado o cambiado en la organización de los individuos durante el curso de sus vidas», dice Lamarck, «es conservado por la generación, y trasmitido a los nuevos individuos que provienen de esos que han padecido esos cambios» 99.
---- No debemos pensar, sin embargo, que este último haya sido un aspecto problemático o un eslabón débil de la tesis Lamarck.
Por el contrario: era uno de sus eslabones más fuertes; al punto que Cuvier ni lo menciona en su canallesco elogio 100.
La transmisión de lo adquirido era en la época una idea generalmente aceptada 101; como siempre lo había sido y como incluso lo seguiría siendo por medio siglo más 102.
La misma no constituía, por lo tanto, una tesis peculiar de Lamarck 103; ni tampoco era, como pretendía Buican, «una antitesis a la idea de invariabilidad de la transmisión hereditaria propia a los fijistas» 104.
Así, en De la degeneración de los animales, Buffon observaba, sin considerarlo problemático o digno de mayor discusión, que «los perros a los cuales de generación en generación se les han cortado las orejas y la cola, transmiten esas faltas total o parcialmente a sus descendientes» 105; y el propio Darwin, ya en la primera edición del Origen de las Especies apuntaba 106, sin mayor discusión, los efectos heredables del uso y desuso de los órganos como siendo una reconocida fuente de variaciones 107.
En el argumento de Lamarck, la hoy denominada la herencia de lo adquirido ocupa el lugar, claro, de una premisa o un supuesto necesario 108; pero no es una tesis nueva que esté siendo propuesta para ser defendida o combatida.
Para Lamarck y sus contemporáneos «elle va de soi» 109; y no tiene, por cierto, nada de explosivo 110.
Es después de Weissmann que la misma deviene en algo ----problemático, transformándose en una bandera de los así llamados neolamarckianos 111.
Si una tesis es una proposición puesta en la situación de ser sostenida y defendida, la herencia de lo adquirido no llegó a ser una tesis lamarckiana; fue, sí, una tesis neolamarckiana 112.
La presuposición de la trasmisión de lo adquirido no era, en suma, más problemática que la confianza de Lamarck en la influencia que los medios y las circunstancias podían tener en el desarrollo de los organismos individuales.
Por eso, nada hay de extraño en el hecho de que Lamarck haya considerado ambas tesis como hechos en cierto modo establecidos o reconocidos y no como hipótesis a ser probadas 113.
Más aún, ni la propia articulación de ambas ideas que Lamarck proponía era en sí misma demasiado problemática: dada la influencia de las circunstancias sobre los perfiles de los organismos (Primera Ley de la Filosofía Zoológica) y dada la transmisión de lo adquirido (Segunda Ley de la Filosofía Zoológica) era esperable que este segundo factor potencie y permita la acumulación progresiva de la acción del primero.
El propio Cuvier, incluso, no veía nada de problemático en reconocer cierta variabilidad restringida de la especie, y no sólo del organismo, producida por factores climáticos cuya influencia se trasmitía a la descendencia 114.
Lo que sí resultaba difícil de aceptar era el hecho de que Lamarck no previese ningún tope o límite para esa acumulación de transformaciones 115.
Para Buffon y para Cuvier, pero también para autores posteriores a Lamarck como Isidore Geoffroy Saint-Hilaire 116, Flourens 117 y el propio Lyell 118, los cambios ----generados por las circunstancias podían transmitirse y acumularse pero sólo hasta un punto después del cuál comenzaba a primar cierta fuerza o tendencia de regresión al tipo que sujetaba las transformaciones dentro de los limites de las diferentes especies o de los diferentes géneros 119.
Pero esa plasticidad indefinida de lo viviente, esa ausencia de fronteras o hiatos infranqueables entre las formas, ya estaba también presupuesta en la explicación que Lamarck daba de la producción de lo complejo a partir de lo simple en la generación de la serie animal 120: la misma no era un presupuesto específico de su teoría sobre la influencia de las circunstancias 121.
Las formas vivas, flexibles y lábiles lo suficiente como para poder ser arrastradas por la dinámica de los fluidos escala zoológica arriba; eran también lo suficientemente lábiles y flexibles como para dejarse influir por las circunstancias y dispersarse por las sinuosas bifurcaciones que divergían del torrente principal 122.
La maleabilidad de lo viviente servía tanto para explicar la constitución de la serie como para explicar sus anomalías 123.
¿HAY EN LAMARCK UNA PROBLEMÁTICA DE LA ADAPTACIÓN?
Ahora bien, la idea de serie y la idea de una tendencia hacia la composición creciente de la organización constituyen diferencias fundamentales e insuperables entre Darwin y Lamarck 124; por ese lado, ninguna aproximación entre ambos autores llegaría muy lejos.
Pero si de lo que se trata es de la influencia de las condiciones de vida en la conformación de los organismos la cosa es totalmente distinta.
En lo que toca a ese punto, Lamarck parece, por lo menos a primera vista, anticipar en algo a Darwin: en ambos autores las presiones del ambiente o de las circunstancias aparecen como factores que imponen o exigen transformaciones, produciendo así la diversificación de las formas 125.
Desde cierta perspectiva, hasta parecería que Lamarck está hablando de algo semejante a una radiación adaptativa que explicaría la poco estricta ---- sujeción a la serie de las diversas formas orgánicas 126.
Respondiendo a las exigencias de las circunstancias, diríamos, las formas vivas se transforman y se diversifican dando lugar a diferentes especies y variedades también capaces ellas mismas de divergir indefinidamente 127.
Además, esta impresión de semejanza se refuerza cuando Lamarck nos dice que tales circunstancias no tienen que ver sólo con los factores climáticos generales y con los medios circundantes en general, sino que también se relacionan con «los hábitos, los movimientos más ordinarios, las acciones más frecuentes» de cada animal; e incluso con sus «medios (moyens) de conservarse», con su «manera de vivir, de defenderse y de multiplicarse» 128.
A la manera de Darwin 129 y a diferencia de Buffon 130, Lamarck también parecía entender que los factores climáticos, por sí solos, no pueden explicar los perfiles de los seres vivos y que para llegar a comprender esos rasgos era menester atender a sus modos o condiciones de vida 131; y es por eso que la afirmación de Limoges según la cual no hay ni concepto ni problemática de la adaptación en Lamarck resulta tan desconcertante.
Sabemos, claro, y Limoges lo subraya 132, que el término adaptation no aparece en la obra de Lamarck 133.
Es más: en el dominio del francés ese término sólo habría comenzado a ser usado en un sentido biológico después de 1850 y ese uso, según Limoges nos dice, habría sido importado del inglés.
Pero no creemos que esto sea plenamente relevante a la hora de discutir la cuestión: el término evolution, como se ha observado a menudo 134, no es usado en la primera edición del Origen de las Especies y eso no implica que en esa obra el concepto de evolución en el sentido actual de la palabra y la problemática con él asociada, no hayan estado presentes en ese texto 135.
Tal vez sea cierto, incluso, que «cuando una problemática existe es que ya se han dado los conceptos para pensarla» 136; o tal vez Rosaura Ruiz y Francisco Ayala tengan razón y el proceso de formación de un concepto sea exac-----tamente el inverso y no sea «posible que se cree un concepto sin que se haya percibido el fenómeno y la problemática» 137.
Los conceptos, nos dicen estos autores, no son anteriores a los problemas.
Pero lo que es seguro es que un término no es lo mismo que un concepto: estos pueden ser expresados por palabras distintas o incluso por variados circunloquios conforme los diferentes contextos.
Lamarck, podríamos muy bien pensar, no habría llegado a plantearse el problema de la adaptación con la claridad de Darwin, debido, concedámoslo, a una escasa comprensión o una incorrecta aproximación al orden de fenómenos hoy designados con la expresión en cuestión; y sería esa misma falta de claridad conceptual la que le habría impedido elegir o proponer un término específico que hoy pudiésemos considerar como equivalente aproximado del darwiniano.
En lugar de ello, Lamarck se habría valido de diferentes palabras y perífrasis que le permitían aludir, no sin alguna vaguedad, a la misma cuestión que luego Darwin plantearía con mayor precisión.
Pero eso sólo no nos autorizaría a decir que en Lamarck no haya ninguna problemática de la adaptación.
Lo máximo que podríamos decir es que la ausencia de un término específico para designar ese orden de fenómenos podría ser síntoma de una comprensión defectuosa de cierta problemática.
Es que una cosa es decir que una problemática no ha sido correctamente planteada y otra cosa muy diferente es decir que la misma esté absolutamente ausente.
Aún sin un lenguaje adecuado, y aun sin instrumentos conceptuales plenamente desarrollados, en Lamarck tal vez podría haber una primera y significativa aproximación científica -es decir, no teológica-al problema de la adaptación.
Una aproximación que tal vez no llegue a constituirse en un planteamiento directo, claro y cabal de la cuestión; pero que por lo menos nos ponga ante cierto orden de fenómenos sugiriendo, aún de modo indirecto, una posible explicación para los mismos.
Al fin y al cabo, y como observaba Barthélemy-Madaule, «un concepto antes de aparecer en la lengua y en la teoría de una ciencia puede frecuentar oscuramente el lugar en donde se desarrolla un fenómeno del cual él podrá dar cuenta ulteriormente» 138.
Pero claro: Limoges no se limita a apuntar esa ausencia terminológica en el discurso de Lamarck.
Su argumento apunta también al hecho de que en el sistema lamarckiano, conforme ya mostramos, las referencias a las circunstancias ambientales sólo entran en juego para explicar por qué las formas vivas particulares se ramifican en variedades que no pueden ser simplemente ----alineadas como peldaños sucesivos de la escala zoológica 139; y ese hecho, como Limoges sabe, implica algo que va más allá de decir simplemente que Lamarck no era un autor adaptacionista: en su sistema, podríamos decir, las circunstancias no sólo no son la principal fuerza transformadora de lo viviente; sino que además, la explicación del amoldamiento de ese viviente a las circunstancias no era tampoco el objetivo de su putativa teoría de la adaptación.
En efecto, las referencias de Lamarck al modo por el cual las circunstancias influirían en los perfiles de los organismos no sólo constituían una teoría auxiliar en su sistema, una teoría muy importante y célebre pero auxiliar al fin; sino que además, el objetivo de esta teoría auxiliar no era explicar la adecuación del viviente a las circunstancias sino explicar la desviación de la serie.
Lamarck no quería saber cómo hacían los seres vivos para adaptarse al ambiente y sobrevivir; lo que el quería saber era por qué esos seres no subían lineal y ordenadamente por la escala del ser.
Era esa la cuestión a la que respondía, como de hecho ya vimos, su teoría sobre la influencia de las circunstancias sobre la morfología; y es en ese sentido que Limoges pudo decir que no hay problemática de la adaptación en Lamarck: lo que se sigue planteando en esa teoría auxiliar es la problemática de la serie y lo que se intenta con la misma es explicar las desviaciones o anomalías de las formas orgánicas en relación a esa serie.
Es el problema de la serie, en definitiva, el que convoca y motiva la postulación de ambos factores lamarckianos de transformación: uno para explicar las grandes líneas de su constitución y el otro para justificar la filigrana de sus desviaciones.
Decir, como Montalenti, que «lo que Lamarck quiso explicar con su teoría era la adaptación» 140 es definitivamente un error.
Lamarck no dijo que las formas vivas, además de tornarse progresivamente más complejas, debían también ser viables y que por eso era menester completar su explicación de esa tendencia a la complejidad creciente con una explicación de esa viabilidad.
Eso es lo que tal vez nosotros hubiésemos podido decir en estos tiempos darwinianos en donde siempre vemos al ser vivo asediado por un ambiente que lo amenaza con la extinción.
Pero ese no era el caso de Lamarck: para él, como Limoges subraya, ese fenómeno sólo podía ocurrir aisladamente y sobre todo por la intervención del hombre 141.
Lamarck era, en efecto, tributario de una idea de economía natural ---- en el cual la guerra entre los seres vivos sólo tiende a la manutención de cierto equilibrio u orden en el cual «las razas de los cuerpos vivos subsisten todas pese a sus variaciones» y por eso «los progresos adquiridos en el perfeccionamiento de la organización nunca se pierden» 142.
En el mundo de Lamarck, puede decir Limoges, «es impensable que una especie no se acomode a su entorno; en su sistema sin extinción de especie, no se prevé sanción contra las especies que fracasan en su acomodamiento a las circunstancias exteriores» 143; y, por eso, podemos decir otra vez nosotros suscribiendo la tesis de Limoges, no hay realmente problemática de la adaptación en Lamarck.
Lo que hoy llamaríamos la viabilidad ecológica del viviente no plantea para él ningún interrogante y por eso no merece mayores explicaciones.
Lo que sí merece explicación, lo que no va de suyo, es la constante perturbación del orden natural y para explicarla se apela a las circunstancias.
Por eso, si todavía se quiere usar la palabra, podemos incluso decir que en Lamarck la adaptación no es explicandum sino explicans; y esto ya es claramente diferente a lo que nos encontramos en Darwin: para este último, el problema de la adaptación es el principal asunto a ser resuelto por cualquier teoría científica sobre el «origen de las especies» 144.
A partir de la solución de ese problema, claro, muchas otras cosas podrán ser explicadas 145; pero eso no convierte a la teoría de la selección en una hipótesis auxiliar.
Ella continúa siendo la respuesta al mayor desafío que, en la perspectiva darwiniana, los perfiles de lo viviente le plantean al naturalista: su notoria adaptación a las condiciones físicas que los rodean y, principalmente, a su adaptación a los otros seres vivos con los que, de un modo u otro, se vincula 146.
LIMOGES Y LA PASIVIDAD DEL VIVIENTE LAMARCKIANO
Se podría aún observar sin embargo que, sea como explicans o sea como explicandum, la adaptación continúa estando presente en el discurso de Lamarck.
Si el acomodamiento de los organismos a sus circunstancias forma ----parte de la explicación que éste sugiere para cierto conjunto de fenómenos; entonces, no puede decirse, sin más ni más, que el asunto esté totalmente ausente de su obra.
¿Esa presión de las circunstancias, poderosa al punto de desviar el orden natural, no se parece en algo a las exigencias ambientales resaltadas por Darwin?; y, consecuentemente: ¿las respuestas que los organismos dan a esas exigencias no tienen algo de muy semejante a las adaptaciones darwinianas?
¿Lamarck, en este sentido, no habría también resaltado y reconocido la importancia de ese orden de fenómenos preparando así el terreno para la instauración darwiniana?
Limoges responde negativamente a estas preguntas 147 y, en última instancia, hay buenos motivos para aceptar su respuesta.
Sin embargos, los argumentos que él mismo da para sostener su negativa nos parecen definitivamente mal formulados y innecesariamente rebuscados: los mismos apuntan en la dirección correcta pero de un modo ciertamente confuso.
Estos argumentos pivotan, básicamente, sobre la premisa de que «si se entiende por adaptación un acomodamiento del organismo a sus alrededores, efectuado por el organismo mismo, no hay adaptación en Lamarck».
Pero, lamentablemente, a la hora de explicar esa contraposición entre iniciativa darwiniana y pasividad lamarckiana, Limoges dista mucho de ser claro.
«En una concepción transformista», nos dice, «o bien el medio modela, modifica el organismo, sin que la acción de acomodamiento provenga del ser vivo, y tal es el caso de Lamarck, o bien la acomodación se efectúa a partir de lo viviente y sólo en ese caso se trata verdaderamente de adaptación».
Y ésta, agrega, puede tanto «provenir de un esfuerzo de lo vivo, como en Erasmus Darwin, y como en Lamarck si el 'sentimiento' interior tuviera la importancia y la autonomía que por lo general se le atribuye»; como «también puede provenir de variaciones que se producen en el ser vivo, independientes de toda forma de iniciativa de su parte y sin valor adaptativo más que en forma aleatoria».
Siendo esta última, al decir de Limoges, «la solución darwiniana» 148.
Es decir: por un lado, Limoges nos dice que «no hay adaptación en Lamarck porque», para éste, «lo viviente no posee ninguna iniciativa» 149; y por otro lado afirma que las variaciones de las que proviene la adaptación darwiniana no responden a ninguna iniciativa del viviente.
Pero, así mismo, estas variaciones pueden considerarse como un factor de acomodamiento proveniente de ese mismo viviente y por eso cabe hablar de adaptación.
Como ---- vemos, la estrecha vinculación que Limoges propone entre el concepto de adaptación y la idea de iniciativa, que de por sí ya no es ni del todo clara ni del todo justificada 150, parece aplicarse con menos rigor a Darwin que a Lamarck.
Pero, además de esa aparente falta de Fair Play epistemológico, lo que en nuestra opinión resulta por lo menos desconcertante es que, al mismo tiempo en que se sostiene que el viviente lamarckiano simplemente «padece su medio» 151, se sugiera o se suponga que, en la perspectiva darwiniana, sea precisamente el organismo quién efectúa el acomodamiento a las circunstancias.
Sin embargo, analizando la cuestión desde cierto ángulo, se podría decir y sostener exactamente lo contrario.
En efecto, más allá de la mayor o menor importancia que el sentimiento interior pueda tener en la totalidad de la teoría formulada por Lamarck, es innegable, y Limoges no lo ignora, que en ella, y por lo menos en el caso de los animales, las circunstancias sólo modifican o determinan las estructuras orgánicas por la mediación de un cambio comportamental y de un esfuerzo por parte del viviente 152.
La modificación sobreviene porque el viviente responde activamente a las circunstancias y el cambio es determinado por la dirección de esa respuesta 153.
Si fuese por eso, podríamos convenir con Pierre Grassé y decir que Lamarck le atribuye al organismo «la facultad de ser su propio adaptador al medio exterior» 154.
No debemos olvidar, por otra parte, que esa respuesta del viviente surge, por decirlo de algún modo, del choque entre las circunstancias y la tendencia de la vida a incrementar su complejidad 155; y esto se cumple tanto para vegetales cuanto para animales.
Es cierto, claro, que esa tendencia es ciega en relación a esas circunstancias pero no por eso podemos negarla y decir que el viviente lamarckiano simplemente padece su medio.
Hacerlo sería lo mismo que afirmar que los perfiles de lo viviente sólo obedecen a las circunstancias y nada le deben a ninguna otra fuerza.
Además, la reacción del organismo a esas circunstancias tiene como causa motriz a esa misma tendencia a la complejidad.
Las formas vivientes devienen lo que devienen por estar compelidas a desarrollarse y crecer en determinadas circunstancias 156.
Pero, además de todas esas consideraciones sobre Lamarck, tampoco podemos dejar de apuntar que, en el caso de Darwin, mal se puede decir que sea ----el organismo el que se acomoda activamente al ambiente.
La adaptación darwiniana es, en sentido estricto, un fenómeno poblacional.
Futuyma, sin ir más lejos, la define como:»un proceso de cambio genético en una población, debido a la selección natural, por el cual el estado medio de un carácter es perfeccionado en relación a una función específica o por el cuál se piensa que una población se torna más ajustada a algún aspecto de su ambiente» 157 (itálicos son nuestros).
La selección natural, que es el mecanismo productor de las adaptaciones, es un fenómeno que ocurre en las poblaciones y son los perfiles de estas los que, al ser esculpidos por esa selección natural, se tornan mas ajustados al ambiente 158.
Así, situando el fenómeno de la adaptación en el plano poblacional, la teoría de la selección natural le quita protagonismo al organismo en los procesos evolutivos 159.
En la perspectiva darwiniana, como decía Lewontin, el organismo es objeto y no sujeto de la evolución 160.
Por eso, parafraseando a Limoges, pero en su propia contra, podríamos decir que si se entiende por adaptación un acomodamiento del organismo a sus alrededores, efectuado por el organismo mismo, no hay adaptación en Darwin.
Sí la hay, sin embargo, si se entiende por adaptación una respuesta de la población a los desafíos del ambiente producida por la población misma a través de la selección natural que ocurre en su seno.
Cuando Monod aludía a ese pez primitivo que eligió «ir a explorar la tierra donde no podía sin embargo desplazarse más que saltando dificultosamente» 161, no se refería por cierto a un pez-individuo sino a un pezespecie.
Si decimos que el viviente define o contribuye definir u orientar la ----trama de presiones selectivas a las que se someterá, sepamos que no hablamos de organismos y sí de linajes o poblaciones.
Las variaciones aleatorias que se producen en los perfiles de lo viviente, y que Limoges reconoce como independientes de toda forma de iniciativa de su parte y sin otro valor adaptativo que aquel que les pueda advenir a posteriori de su emergencia, no se producen en el organismo individual.
Esa fuente permanente e inagotable de ruido y de novedad que es la variación, es un fenómeno que ocurre y se registra en el plano poblacional; y es claro que esto Limoges lo sabía.
El organismo no varía aleatoriamente, es en la población en donde aleatoriamente surgen individuos diferentes y es en el seno de esa misma población que ocurre la competencia en donde las variantes en pugna son reforzadas o castigadas en virtud de su desempeño en la lucha por la existencia; y así, por la mediación de ese proceso de variación al azar y retención selectiva de alternativas en competencia, se descubren, se diseñan y se afinan recursos y estrategias para resolver los múltiples problemas adaptativos a los que está sometida una población o un linaje de poblaciones.
La selección natural puede ser pensada, en este sentido, como un procedimiento de descubrimiento capaz de generar genuinas novedades 162; y tal vez sea a esa capacidad de invención que Limoges quiso aludir cuando habló de cierta iniciativa de lo viviente presupuesta en el darwinismo.
Pero, insistamos, ese sistema biológico que el darwinismo piensa como un explorador activo del ambiente es la población y no el organismo individual 163; y es justamente ese descentramiento del organismo lo que permite atribuirle a lo viviente una capacidad de generar estructuras y estrategias adaptativas que sería impensable desde una perspectiva fisiológica 164.
El fisiólogo, al centrarse en los fenómenos que ocurren y se registran en el ser vivo individual, no puede siquiera sospechar esa inventiva de lo viviente.
La misma sólo comienza a vislumbrarse cuando nos asomamos a esa variabilidad de las poblaciones que a Darwin le fue revelada por el conocimiento que habían acumulado los criadores de razas domésticas 165.
Nos parece, sin embargo, que el tópico de la iniciativa o inventiva del viviente no es ni decisivo, ni necesario, para establecer claramente las diferencias que existen entre Darwin y Lamarck en lo referente al problema de la adaptación.
La cuestión puede servirnos, es cierto, como ocasión para resaltar ciertos aspectos relevantes del darwinismo, cosa que a fin de cuentas era lo que a Limoges más le interesaba.
Pero el asunto no es demasiado útil para decidir respecto de lo que aquí discutimos sobre Lamarck.
El problema podría ser abordado de un modo más contundente, dirigiéndonos directamente a los textos de Lamarck y preguntándonos si esas modificaciones que las circunstancias producen en los organismos eran ahí, sí o no, pensadas y presentadas como siendo ventajosas para los organismos que las padecían.
Si efectivamente lo eran, la tesis de Limoges puede ser descartada: la misma sólo podría salvarse recurriendo al artilugio verbal de suponer un concepto estrictamente darwiniano de adaptación para luego constatar que, claro, el mismo no está presente en Lamarck.
En cambio, si simplemente definimos adaptación como un rasgo cuya posesión implica, o implicó, alguna ventaja o beneficio para su portador, nuestra indagación será por cierto más provechosa e iluminadora.
El expediente puede parecer, sin embargo, demasiado ingenuo y frontal; y muchos ya apostarían que el resultado de nuestra indagación sería obvia y, tal vez, trivialmente contrario a Limoges: al final de cuentas, tantos lectores de Lamarck no podrían haberse equivocado de una forma tan grosera.
Pero, esa unanimidad de las lecturas adaptacionistas de Lamarck a la que Barthélemy-Madaule también apela para poner en entredicho la tesis de Limoges 166, es definitivamente cuestionable.
La misma, nos parece, es una unanimidad post-darwiniana producto de que los textos de Lamarck hayan pasado a ser leídos como Darwin lo había hecho 167; es decir: como si Lamarck fuese «un autor que trata el problema de la adaptación para darle una solución insatisfactoria» 168.
Del mismo modo en el que Kafka puede hacerlo con Zenón de Elea 169, Darwin nos lleva a leer Lamarck como si este fuese su precursor; y esto vale incluso para aquellos autores usualmente denominados neolamarckianos.
Las así llamadas teorías neolamarckianas siempre fueron deudoras del darwinismo: suponían planteada la problemática de la adaptación y se remitían a los escritos de Lamarck como fuente de soluciones alternativas para la misma 170.
Esos textos siguen sin embargo ahí; y su lectura, según nos parece, puede exigirnos revisar ciertas ideas recibidas, y muy difundidas, sobre el pensamiento de Lamarck.
Los mismos mencionan, es cierto, múltiples peculiaridades morfológicas que hoy consideraríamos ejemplos de adaptaciones; pero si los leemos atentamente veremos que esos ejemplos no son allí interpretados de ese modo.
La singularidad morfológica puede ser hoy un indicio poderoso de adaptación; pero no lo era para Lamarck.
Para él, como ya vimos, esa singularidad merecía y podía ser explicada: merecía serlo en tanto la misma constituyese una anomalía en relación a la serie; y podía serlo apelando a los fenómenos fisiológicos que la acción de las circunstancias podía desencadenar en los organismos individuales.
Pero esa explicación no presuponía ni apelaba a la supuesta utilidad que el rasgo en cuestión pudiese eventualmente comportar.
Tácito, nos dice Borges en El pudor de la historia, «no percibió la Crucifixión, aunque la registra en su libro» 171; y algo parecido podemos decir nosotros de Lamarck en relación a los fenómenos que hoy mentamos con el concepto darwiniano de adaptación: sus libros los registran copiosamente, pero él no los percibe en tanto que tales, los percibe como simples anomalías o deformaciones morfológicas que rompen con el orden natural.
Decir que «Lamarck pretende que la respuesta al medio es siempre favorable» 172 o que desde su perspectiva «todas las variaciones que acontecen son útiles» 173 es un error muy común y persistente 174; pero no deja de ser un error.
Y lo que está en la base del mismo es esa propensión a leer Lamarck con los ojos de Darwin a la que acabamos de aludir.
Pero sólo es necesario fracasar en la tentativa de encontrar en Lamarck cualquier referencia clara e inequívoca a la utilidad de las modificaciones para percibir que lo que allí está en jue-----170 El efecto de Darwin sobre la historiografía de la biología no se limita a Lamarck; también la interpretación hoy usual del principio de las condiciones de existencia formulado por Cuvier es consecuencia del error de aceptar acríticamente las lecturas que Darwin hacía de sus predecesores (cfr.
CAPONI, G. ( 2004), «Georges Cuvier: ¿un nombre olvidado en la historia de la fisiología?», Asclepio, 56 (1), 169 go es un problema distinto del darwiniano.
Como nos advertía Madeleine Barthélemy-Madaule, «es importante no confundir la utilidad y el uso, el primer término es darwiniano y designa lo que es favorable a la vida; el segundo término es lamarckiano[...] y designa el ejercicio de una función y, por su intermedio, de un órgano» 175.
Para Lamarck, las modificaciones que los organismos sufrían en virtud de sus condiciones de vida no tenían por qué redundar en alguna ventaja para sus portadores; y es por eso que la posible utilidad de las mismas no eran nunca consideradas en sus análisis y explicaciones.
Lejos de ser pensadas como recursos para enfrentar las circunstancias, esas modificaciones eran, en todo caso, marcas o deformaciones producidas por las condiciones en las que se desarrollaban las diferentes formas de vida.
Así, como los ojos de un topo no se atrofian para dejar de ver; sino por dejar de hacerlo; el pescuezo de la jirafa no se estiraba porque eso permitiese alcanzar las ramas más altas de los árboles sino por el movimiento reiterado y continuo que ese animal realiza en su rutina de alimentación: el movimiento, o su ausencia, simplemente causa una modificación pero nada indica, a priori, que esa modificación tenga que ser necesariamente útil 176.
Y esto lo podemos constatar cuando, para ilustrar cómo los hábitos pueden modificar los perfiles del organismo, Lamarck apunta el acortamiento del intestino y otras vísceras que puede verificarse en las personas que, por entregarse a la bebida o al trabajo intelectual [sic], se acostumbran a ingerir pocos alimentos sólidos 177.
Además, nada indica en el texto de Lamarck que en un linaje de intelectuales o de grandes bebedores, o de ambas cosas al mismo tiempo, esa característica no pueda generalizarse hereditariamente 178.
En una descripción de la biblioteca del Doctor Pascal Rougon, Zola seguramente habría podido apuntar un ejemplar de la Filosofía Zoológica marcado en esa página.
La temática de la degeneración es, en este sentido, más lamarckiana que darwiniana.
Se dirá, tal vez, que sólo apelamos a ejemplos de atrofia.
Ejemplos donde, claro, lo que se pierde no es útil.
Pero, la explicación que Lamarck da del tamaño y la forma que llegan a tener los cuadrúpedos herbívoros, no es de esa naturaleza: allí se gana algo que no es en absoluto provechoso.
Estos animales, nos dice, además de poseer el «hábito de consumir, todo los días, grandes ---- volúmenes de materia alimentaria que distienden los órganos que los reciben»; poseen también el hábito «de no hacer más que movimientos mediocres» y de eso «ha resultado que los cuerpos de estos animales se hayan engrosado considerablemente, hayan devenido pesados y macizos, y hayan adquirido un volumen muy grande como se ve en elefantes, rinocerontes, vacas, búfalos y caballos»179.
En cambio, observa Lamarck, en las tierras donde la presencia de predadores obliga reiteradamente a correr, esos efectos no se han notado: el ejercicio les dio a gacelas y antílopes un cuerpo más esbelto.
Pero esta esbeltez y ligereza no es una adaptación para la carrera, es un resultado o un efecto de la carrera.
Y algo semejante a lo que hemos dicho sobre la evolución de los herbívoros podríamos decir sobre la evolución del perezoso: Lamarck la presenta, no como una progresiva adaptación a un modo de vida sino como un resultado de ese modo de vida180.
Lamarck no piensa darwinianamente; es decir: no busca una utilidad particular para las características del perezoso.
Ellas no son vistas como una estrategia de supervivencia sino como la simple consecuencia de las condiciones de vida a la que este animal se vio confinado; y lo que vale para el perezoso valdría también para cualquier tipo de animal cuyas condiciones de vida cambien y, de tener alimento en abundancia como un caballo europeo mantenido en un establo, pase a tener que depender de los escasos, magros y secos arbustos de la Patagonia: ese cambio generaría una raza de caballos menores.
Pero esto sería un efecto directo y trasmisible a la descendencia de la falta de nutrientes; y no una adaptación darwiniana a esas condiciones.
No ver esa diferencia podría llevarnos a confundir el retardo en el crecimiento de un niño desnutrido con un recurso o estrategia para encarar la escasez de alimentos.
Pero podemos hacer una analogía menos dramática que esa: no ver la diferencia entre la adaptación darwiniana y la deformación lamarckiana es como no ver la diferencia existente entre el desgaste que el uso produjo en nuestros viejos zapatos y las innovaciones de diseño que puede presentar un nuevo modelo de calzado deportivo.
Éstas están ahí porque se espera alguna ventaja de ellas, para el usuario o para el fabricante; el desgaste, en cambio, sólo eventualmente, pero nunca necesariamente, podrá hacer más cómodos nuestros viejos zapatos y también puede producir el efecto contrario.
Pero, el mejor ejemplo para ver cómo la referencia a cualquier ventaja eventual de las modificaciones orgánicas está ausente en el razonamiento de Lamarck, lo encontramos en su explicación de la formación de los cuernos de ----los rumiantes.
Estos animales, nos dice Lamarck, «no pudiendo emplear sus pies más que para sostenerlos, y teniendo poca fuerza en sus mandíbulas, las cuales se ejercitan exclusivamente en cortar y masticar la hierba, sólo pueden batirse a golpes de cabeza, dirigiendo uno contra otro el vértice de esa parte» 181; y como sus accesos de cólera, sobre todo entre los machos, son frecuentes, «su sentimiento interior, por la mediación de esos esfuerzos, dirige más fuertemente los fluidos hacia esa parte de la cabeza» formándose allí «una secreción, de materia córnea en algunos casos, y de materia ósea mezclada de materia córnea en otros, que da lugar a protuberancias sólidas: de ahí el origen de los cuernos y las astas con los que la mayor parte de estos animales tienen la cabeza armada» 182.
Lamarck, reconozcámoslo, parece estar yendo demasiado lejos y forzando hasta lo insostenible las ideas usuales respecto a cómo los comportamientos repetidos pueden modificar los perfiles de un organismo.
La analogía con los brazos del remero ha quedado sin duda muy lejos.
Lamarck, además, ni siquiera habla de chichones que se endurecen y se tornan constantes como los callos; habla de fluidos que, por el propio ímpetu de las embestidas, y no por el impacto, fluyen hacia esa parte del cuerpo produciendo, por acumulación, esas protuberancias que llamamos cuernos o astas.
Con todo, antes de considerar este ejemplo como una muestra jocosa o pintoresca del primitivismo o del infantilismo de las tesis que estamos analizando, sería más provechoso no dejar de percibir cómo, sin ceder en ningún momento a la tentación de pensar que esas protuberancias estén ahí porque sean útiles para algo, Lamarck persevera en su arduo tour de force fisiológico e intenta explicar esa peculiaridad en base a la circulación y la acumulación de los fluidos orgánicos.
Sin mencionar siquiera las ventajas que, a posteriori de su aparición, esa protuberancia podría representar, Lamarck se limita a considerarlas como el efecto residual de un movimiento habitual y constante.
Es más: en este caso se hace particularmente patente que el comportamiento sólo cuenta en tanto que factor capaz de desencadenar o producir fenómenos fisiológicos; y aquí vale algo semejante a lo que dijimos en relación a los ojos de los topos: los toros, según Lamarck, no tienen cuernos para embestir, los tienen porque embisten.
Por eso, si éste u otro ejemplo de Lamarck tienen algo de ridículo, no lo será por postular ninguna teleología o intención de los organismos de modifi-----181 ibidem, p.
Todo lo contrario: lo que fuerza a Lamarck a argumentar de la forma que lo hace es la necesidad de explicar estructuras tan singulares como pueden serlo cuernos y astas por la simple y ciega dinámica de fluidos cuya circulación se acelera y se desvía por efecto de movimientos corporales.
Pero no teníamos porque esperar otra cosa: Lamarck tampoco fue llevado a analizar esas estructuras porque las mismas siquiera aparentasen cierta conveniencia o utilidad; para él las mismas sólo interesaban en tanto parecían indicar una distorsión o una anomalía en relación al orden natural.
Algo parece haber interferido con lo que podría ser considerado como el devenir natural o normal de las formas y es necesario saber qué fue.
A veces podrán ser factores tan simples como la carencia o sobreabundancia de nutrientes para crecer; y otras la repetición obcecada y constante de un movimiento que termina por desviar el desarrollo esperable de las formas en cuestión.
Como sea, si ese orden o devenir natural de las formas obedece a un factor físico como lo es la dinámica de los fluidos que constantemente canalizan el interior de los seres organizados tendiendo a incrementar el tamaño y la complejidad de todas sus partes, lo que perturba o desequilibra esa dinámica, haciéndola más intensa en algunos casos y menos intensa en otros, debe ser también un factor físico capaz de interferir con ese movimiento de fluidos.
Y es ahí, claro, donde entran las circunstancias.
Lamarck, podríamos decir, no fue más claro porque no contó, ni con Darwin, ni con esa (para él) inimaginable lectura adaptacionista de su Filosofía Zoológica que este último, sin quererlo, acabó imponiendo. |
Epidemias y Pleito Insular.
La fiebre amarilla en Las Palmas de Gran Canaria en el período isabelino, Madrid, Ediciones del Cabildo de Gran Canaria / Consejo Superior de Investigaciones científicas, Colección Estudios sobre la Ciencia, 2002, 226 pp. Son pocos los estudios realizados sobre historia de la medicina en las islas Canarias y cualquier aportación resulta especialmente importante.
Pensemos en el enclave de las islas, y sus puertos, parada obligada para todas las naves desde el descubrimiento de América.
Y pensemos en su cercanía a África y su lejanía de la Península, lo que le otorga unas características muy especiales.
El libro, perfectamente estructurado, comienza con un muy útil marco histórico que nos sitúa en las condiciones política, económica, demográfica y social de las islas Canarias en el XIX.
Aborda después la más temprana de las epidemias, la de fiebre amarilla de los años 1810-1811 y en siguiente capítulo la de 1838, estudiando el proceso desde comienzos de los años treinta, lo que nos permite una visión más amplia de las actuaciones y situación de las autoridades frente a las epidemias, que son después estudiadas detalladamente.
Analiza después el período entre la fiebre amarilla de 1838 y la de los años 1846-1847 para estudiar seguidamente ésta epidemia, tanto en Santa Cruz de Tenerife como en Las Palmas de Gran Canarias, con sus características particulares.
Trata por fin de las epidemias de la segunda parte del siglo XIX, cólera y después fiebre amarilla y también su desarrollo en los dos grandes núcleos canarios.
Al final, realiza un muy interesante análisis y ofrece unas conclusiones sobre el desarrollo de las epidemias y, sobre todo, de cómo enfrentaron las autoridades y los diferentes grupos sociales las grandes epidemias.
Este libro, pues, basado en un período muy específico de la historia española, el siglo XIX, agitado políticamente, caracterizado por luchas y enfrentamientos, nos muestra como se abordaron las terribles epidemias de fiebre amarilla, tan propias de los puertos.
El análisis es temporal, relacionado con el momento histórico en que se produce cada una, pero además institucional, en cuanto estudia también quiénes y cómo se enfrentaron a la epidemia.
Pero además analiza todo tipo de repercusiones que esas enfermedades tuvieron en la sociedad, lo ocurrido en los períodos intermedios, e incluso, como situación comparativa, como especial situación administrativa, como se desarrolló la epidemia de cólera de 1851.
Utilizando una enorme cantidad de fuentes de archivo, lo que le hace un estudio completamente original, no sólo hace la autora un trabajo de recopilación de documentos y de exposición de ellos, sino unos análisis muy agudos e interesantes sobre las situaciones y las formas de manejo de las epidemias por parte de las autoridades insulares que demuestran su capacidad como historiadora.
Raquel ÁLVAREZ PELÁEZ JULIO ESCALONA ZAPATA.
Historia de la Anatomía Patológica Madrileña, Madrid, MacLine, 2003.
Como es sabido, existe una larga tradición de médicos en ejercicio, cuya actividad fundamental se desarrolla en la clínica o en el laboratorio, que en un momento determinado optan por llevar a cabo una investigación o una reflexión histórica precisamente sobre los temas que han sido, durante años, motivo de su procupación y de su actividad profesional.
No son historiadores profesionales por lo que, en ocasiones, dichas obras no llegan a tener el «fuste» metodológico o el planteamiento de los más novedosos enfoques historiográficos.
Sin embargo, cuando están hechas con rigor y honestidad, constituyen, a mi juicio, aportaciones muy valiosas pues, por un lado ofrecen -a veces de primera mano-datos poco conocidos y de gran interés; y, por otro lado, encierran en sí mismas un importante valor de fuente histórica, ya que sus autores han sido protagonistas directos de la historia que nos narran.
Este es el caso de la breve Historia de la Anatomía Patológica Madrileña, cuyo autor, Julio Escalona Zapata, hasta su jubilación Jefe de Anatomía Patológica del Hospital Gregorio Marañón de Madrid y profesor de esta disciplina en la Complutense.
Escalona se formó como patólogo en la década de 1955-65, de modo que las casi noventa páginas del texto que comentamos son deudoras no solo de sus lecturas o de una amplia cultura, que le sitúa en aquella tradición de los médicos humanistas de hace ya muchas décadas, sino también de sus propias vivencias profesionales y de sus inquietudes científicas.
Si en el XXI Congreso de la Sociedad Española de Anatomía Patológica, celebrado en 2003 y del que fue vicepresidente, el Prof. Escalona abogaba por la unión de la biología molecular y la histología como clave de la neuropatología, en esta ocasión, se retrotrae a los orígenes de su especialidad en el Madrid del siglo XX para, de manera sosegada e inteligente, esbozar algunos de los elementos fundamentales que nos permiten entender la evolución de la Anatomía Patológica entendida como saber y como tecnología médica.
Inicia Escalona su disertación aludiendo, como no podía ser de otra manera, a la brillante escuela neurohistopatológica madrileña del primer tercio del siglo XX: Nicolás Achúcarro, Gonzalo Rodríguez Lafora, Pío del Río-Hortega, con Cajal y Simarro como referentes, ocupan las páginas de un primer capítulo que termina analizando algunas de las razones de la falta de continuidad de dicha escuela: la prematura muerte de Achúcarro, la mayor dedicación de Pío del Río-Hortega a la histología (más que a la patología) y la de Lafora a la psiquiatría, parecen «agotar», a juicio del autor, el prometedor camino que la Anatomía Patológica estaba iniciando, al no existir una capacidad de retomar y continuar dicha tradición científica.
Es interesante el repaso que Julio Escalona realiza de lo que considera los dos grandes núcleos de la patología madrileña: El Hospital de San Carlos de la Facultad de Medicina y el Hospital Provincial.
La íntima relación científica pero también institucional entre la Histología y la Anatomía Patológica, con ventaja para la primera, es una de las causas que tradicionalmente se han expuesto para explicar el escaso desarrollo de la segunda en el ámbito universitario.
La unificación de ambas disciplinas (y de la Bacteriología) en una sola cátedra limitó en cierta medida las posibilidades (presupuestos, plazas docentes, etc.) de la Anatomía Patológica que se mantuvo en muy precarias condiciones gracias al tesón de Tello, a quien Cajal había encargado la dirección del Departamento de Autopsias y del laboratorio de histopatología.
Esta situación, como bien explica Escalona, se mantuvo hasta 1949, año en el que se desdoblan las cátedras, siendo ocupadas, la de Histología por F. de Castro y la de Anatomía Patológica por J. Sanz Ibañez.
Otras contradicciones de la organización «universitaria» quedan patentes en el libro cuando se explican los avatares del traslado de la Facultad de Medicina de la calle Atocha a la Ciudad Universitaria y las dificultades de ubicación del Servicio de Anatomía Patológica, primero en la propia Facultad y, más tarde, en el Hospital Clínico.
El Hospital Provincial, el otro gran «núcleo» de la Anatomía Patológica madrileña, se nutrió de los médicos pertenecientes a la Beneficencia provincial, con una organización, al principio muy caótica, en la que un clínico como Madinaveitia, hacía las autopsias y Pío del Rio-Hortega se encargaba del laboratorio de histopatología, labor que compaginaba con su dedicación fundamental el Instituto del Cáncer.
Solo a partir de 1933, Manuel Pérez Lista se hizo cargo del servicio de autopsias y, más tarde, tras la marcha de Río-Hortega al exilio, de un solo servicio (fusionado) de patología macro y microscópica.
Julio Escalona destaca especialmente la importancia del que fuera su maestro -Manuel Pérez Lista-, considerando el servicio de Anatomía patológica del Hospital Provincial como «el foco más importante de diagnóstico anatomopatológico de Madrid hasta su jubilación en 1971» (p.
Tras repasar la situación de los servicios o, mejor dicho, de la actividad anatomopatológica en otros hospitales de Madrid, considerados menores (La Princesa, Hospital del Rey, Hospital del Niño Jesús, etc.), Escalona dedica un capítulo interesantísimo a lo que denomina «Los laboratorios independientes»; es decir, laboratorios de Anatomía Patológica que, hacia la década de 1950, se organizaron vinculados a las cátedras e independientes de los servicios centrales del hospital.
En San Carlos, el laboratorio de histopatología general, perteneciente a la Cátedra de Patología Quirúrgica, y el de Ginecopatología, vinculado a la Cátedra de Ginecología y Obstetricia.
En el Hospital de San Juan de Dios, especializado en enfermedades cutáneas y venéreas, y relacionado con el Provincial, se instaló un laboratorio de Dermopatología.
En La Princesa, el propio autor de la monografía que comentamos, puso en marcha, en 1958 un laboratorio dedicado a analizar material procedente de diversos servicios, pero sobre todo del de Neurocirugía.
Este tipo de laboratorios desaparecieron en 1963, cuando se centralizaron todos los servicios de Anatomía Patológica, pero tienen una importancia histórica indudable, pues, además de su peculiaridad organizativa, demuestran en muy buena medida el poder de algunos catedráticos o jefes de Servicio al conseguir dotar y poner en marcha laboratorios propios.
Esta «atomización» de recursos, hoy día impensable, permitió el desarrollo de subespecialidades; a través de ellos, se introdujeron en España determinadas tecnologías, como la biopsia intraoperatoria o por punción hepática y renal o, incluso, la citología, a la vez que potenciaron las relaciones prácticas entre clínicos y patólogos.
La información y las reflexiones que Escalona nos ofrece de este tipo de organización de los servicios en los años cincuenta, coincidentes con su periodo de formación como patólogo y con sus primeros cargos de responsabilidad, son la resultante de una mezcla de historia y de memoria que, a mi juicio, reviste gran interés.
Otros capítulos, más breves, de esta monografía están dedicados a la Anatomía Patológica en las instituciones militares, a la importancia de la Fundación Jiménez Díaz -y el nuevo concepto de hospital que representó-, en el desarrollo de la misma y a la introducción la citología, tanto en patología ginecológica como oncológica.
Las últimas páginas se ocupan de lo que podríamos lla-mar el proceso de institucionalización de la Anatomía Patológica en España, con la fundación en 1959 de la Sociedad Española de Anatomía Patológica y de la revista Patología, en 1968; así como la importancia que la creación de la red hospitalaria de la Seguridad Social tuvo en la puesta en marcha de servicios de la especialidad.
El libro está jalonado de pequeñas reseñas biográficas de la mayoría de los médicos considerados pioneros o maestros de la Anatomía Patológica madrileña, que sitúan y orientan sobre sus circunstancias vitales.
Por la propia naturaleza de esta breve monografía, los datos ofrecidos son concretos y escuetos; a veces son meras pinceladas de unas problemáticas científicas y profesionales que el autor identifica pero cuyo desarrollo exigiría estudios e investigaciones más profundas.
Entiendo que esa es otra de las virtudes del texto, dejar puertas abiertas, dar «pistas» para futuras investigaciones sobre la historia reciente de la Anatomía Patológica madrileña y española.
En definitiva estamos ante un libro mezcla de historia y de memoria.
No se trata de un libro de investigación histórica al uso, los avatares que se narran no están contextualizados en la historia social y política de la España del siglo XX, ni sus contenidos están ubicados en el marco de los modelos historiográficos habituales.
Pero no importa, a los que estén familiarizados con dichos modelos no les será difícil encuadrar y relacionar lo que aquí se dice con categorías más generales; el resto de los lectores disfrutarán de un texto breve pero vigoroso en el que, como he dicho, el valor del recuerdo, se aúna con datos e informaciones útiles para todos aquellos interesados por la historia de la medicina española del siglo XX.
Se trata de la última obra de Rita Levi-Montalcini, turinesa universal, que recibió el Premio Nobel de Medicina en 1986 por su descubrimiento del factor de crecimiento nervioso (NGF).
El poso esperanzado que ya entonces nos dejó a todos con Elogio de la imperfección (In Praise of Imperfection), late también en este Tiempo de cambios.
Y es que su Elogio no sólo constituyó la crónica detenida y apasionada de su descubrimiento científico, sino también de otros descubrimientos más personales y, si cabe, aún más deslumbrantes.
Por eso debemos ser muchos los que manifestamos nuestra reverencial afición por ese libro, afición que transmitimos fervorosamente a los más jóvenes, y especialmente a quienes alguna vez han pensado que la investigación biológica podía ser un camino que emprender, y lo hacemos para que entiendan por mano experta que será, a la vez, el camino de los entusiasmos y de las renuncias.
Ahora, después de la edición original, de Baldini e Castoldi, se acaba de publicar la versión española de Tempo di mutamenti.
El contenido de este breve ensayo carece de la deliciosa lentitud del Elogio, pero tiene, en cambio, en su bien medida concisión, el pulso lacónico de unos apuntes tomados a vuelapluma, probablemente en mitad del ajetreo de una vida dividida entre Italia y los Estados Unidos.
Flanqueado por un prólogo y un epílogo, el opúsculo de Montalcini aparece bien estructurado en tres secciones: el enfrentamiento generacional, el papel de la mujer y las nuevas perspectivas de la globalización.
Generaciones, género y globalización es, en suma, un trinomio que muy bien podría hacer las veces de subtítulo.
Probablemente, Tiempo de cambios les traerá a ustedes ya desde el prólogo un cierto pálpito, un recuerdo del genio renacentista que fue Huarte de San Juan y de su Examen de ingenios para las ciencias.
De modo similar a aquel médico de Baeza, y salvando los tiempos, claro está, Montalcini plantea la necesidad de un nuevo programa pedagógico fundamentado en los hallazgos más recientes de la neurobiología y en los recursos que brinda hoy la revolución informática.
Nos propone un nuevo paradigma educativo que eluda por igual el autoritarismo gratuito y la permisividad laxa, que favorezca el desarrollo tanto de las capacidades intelectuales como de las afectivas y que aprecie tanto los conocimientos como los valores.
Defiende Montalcini una educación infantil que no sólo tenga en cuenta los aspectos paleocorticales de un amaestramiento animal basado en premios y castigos, sino también la extraordinaria plasticidad neocortical que nos convierte en seres maravillosamente innovadores e inquisitivos.
Su propuesta pedagógica, de lleno en la línea del constructivismo de Seymour Papper, parte del convencimiento de que los conceptos no pueden trasplantarse pasivamente del profesor a los alumnos, poco menos que como quien cambiase el tiesto de una maceta, sino que cada sujeto debe reconstruirlos activamente en un proceso de descubrimiento personal del que él mismo es protagonista.
Se trata de pasar, digámoslo así, del magister dixit al magister proposuit y de la cienciadoctrina al descubrimiento personal del alumno.
En los nuevos tiempos, el profesor no es el que imparte conocimientos, sino, sobre todo, el que despierta curiosidades.
Levi-Montalcini hace un breve repaso de las peculiaridades que este reto educativo presenta para las diferentes edades.
No olvida señalarnos, por ejemplo, los riesgos que el abuso de la televisión plantea en los preadolescentes y la necesidad de contrarrestar sus desoladores efectos propiciando cualquier resquicio para diálogo familiar y para entrenar el sentido crítico y la imaginación autónoma.
Respecto a esa edad conflictiva de la adolescencia, que desespera a tantos padres y educadores, la autora recomienda actitudes más comprometidas en lo personal: estar más presentes en el estímulo que en la severidad del juicio, no proponer, desde nuestro propio estilo de vida, modelos de éxito social basados en lo material y, finalmente, asumir los propios errores y debilidades con la naturalidad de quien sabe que equivocarse es también aprender.
Por último, en cuanto a los jóvenes, Montalcini alienta su incorporación temprana a los mecanismos de decisión social.
No sólo como un medio útil de aprovechar su espontaneidad y sus capacidades, sino, sobre todo, porque se están tomando ya decisiones que comprometen gravemente su futuro y es de justicia que su opinión tenga también el peso y la influencia requeridos para salvaguardar sus intereses.
El segundo bloque temático lleva el sugestivo título de «Los dos cromosomas X» y en él se plantean lo que hoy solemos denominar, con bastante ambigüedad terminológica, cuestiones «de género».
Evitar la asignación arbitraria de roles y permitir el acceso de la mujer a la alfabetización y a los estudios superiores constituyen para Rita Levi-Montalcini dos objetivos básicos para lograr la justa integración de la mujer en algunas sociedades donde todavía no es plena ni parece que esté en camino de serlo.
La reivindicación no es nueva si recordamos que en 1405 ya pedía eso mismo Christine de Pizan en La ciudad de las damas.
Quizá haya sido esta misma marginación tradicional de la mujer la que ha agudizado precisamente su capacidad adaptativa y la ha dotado de una flexibilidad extraordinaria en el juego social.
Dos circunstancias adquiridas casi secretamente a lo largo de la marginación cultural de los siglos, dos habilidades de las que podrá beneficiarse la sociedad entera en el momento en que la presencia de la mujer sea mayor en los foros de decisión y en las tareas ejecutivas.
Categóricas fueron en este sentido las palabras de Rita Levi-Montalcini con motivo de la conferencia mundial sobre la mujer, auspiciada por la ONU y celebrada en Pekín en 1995; categóricas y quizá también proféticas: «si el arte de la guerra fue inventado y gestionado exclusivamente por hombres, corresponde ahora a las mujeres la tarea mucho más ardua de inventar y gestionar la paz».
Para finalizar, la última parte de este ensayo comprende un breve análisis de los pros y los contras de la globalización, sus posibilidades infinitas y sus peligros más evidentes.
Ahí está la promesa vislumbrada de un mercado sin fronteras, pero sobre todo de una cultura abierta a las culturas, que entiende que compartir no es uniformar, que es respetuosa con la variedad y la presenta como una riqueza.
Las nuevas posibilidades de actuación e intervención que hoy nos brindan la informática y la biotecnología no deben desligarse de la responsabilidad que llevan aparejada.
Como siempre, los derechos de unos vendrán garantizados por los deberes de otros.
Y los caminos de la investigación biológica, que conoce bien la doctora Levi-Montalcini, deben encontrar la armonía de unos límites éticos que garanticen, también aquí, los derechos de todos.
Han pasado cinco siglos desde aquella propuesta de Huarte de San Juan de adecuar los programas educativos a cada uno de los cuatro temperamentos: melancólico, flemático, colérico y sanguíneo, los mismos que heredamos de los viejos tiempos hipocráticos.
Volviendo a esos vetustos términos, estoy seguro de que los melancólicos encontrarán en estas páginas buenos motivos para la esperanza, los sanguíneos un poco de la reflexión sana que necesitan, los coléricos verán la conveniencia de perseverar en la pacífica actitud de la tolerancia y hasta los más flemáticos puede que se vean alentados al compromiso solidario.
Porque así de entusiasta es la simpatía que Rita Levi-Montalcini ha mostrado siempre hacia los que son injustamente excluidos del juego social.
Una simpatía tiene probablemente su origen en la doble marginación que ella misma sufrió: primero como judía en la Italia difícil de Mussolini y luego como mujer en una ciencia protagonizada fundamentalmente por hombres.
En las páginas de Tiempo de cambios ilumina y alienta una impagable lucidez.
Es la voz de una mujer que, pese a las dificultades en que se vio envuelta su vida, no ha sabido ni ha querido coleccionar ningún resentimiento.
Ni siquiera en aquellos días tan tristes en que a Europa se le nubló la historia.
En 2005 apareció una excepcional colección llamada «Pensamiento», que pertenece a la pequeña pero destacada editorial ovetense KRK.
Manifiesta una inusual atención a la ciencia y a sus relaciones con la epistemología y la teoría social.
Pese a su juventud, comprende ya un libro del bioquímico John B. Aldane y de Bertrand Russell, Dédado e Ícaro.
El futuro de la ciencia, así como las Meditaciones de Descartes y la Hipatia de Dora Russell.
Como se ve, su expresa apuesta por la tolerancia y el espíritu ilustrado se apoya en piezas básicas del pensamiento racional y científico.
Ahora acaba de ofrecer la primera versión castellana la curiosa Protogaea de Leibniz, reflexión plural y detallada (casi pregoetheana) que constituye, en definitiva, el fundamento mismo de la geología.
Es una magnífica edición del texto, traducido y anotado por Evaristo Álvarez Muñoz, quien introduce además el escrito, en pp. 13-75, con notable elegancia y saber.
La Protogaea, muy citada por los científicos o por los historiadores de la centuria precedente, ha sido poco leída en realidad hasta hace poco.
De hecho, aunque era accesible gracias a las ediciones de la ingente obra de Leibniz hechas en Alemania, sólo ha sido bien recuperada en la última década del siglo XX, tanto en francés como en portugués y japonés.
La nueva edición castellana es modélica por todos los motivos posibles, sean éstos bibliófilos, culturales, naturalistas o incluso literarios.
Pues bien, esta obra maestra, escrita en latín, se imprimió en 1749, más de medio siglo después de haber sido redactada (1690-1692), justamente en el año en que Buffon entregaba su Teoría de la Tierra, aspecto que será importante para su difusión.
La obra de Leibniz fue discutida de hecho desde entonces, dada cierta consonancia que en ella podría hallarse con los nuevos planteamientos naturalistas que empezaron a cobrar peso en la segunda mitad del siglo XVIII.
Por parte de la ciencia ilustrada, las reticencias buffonianas ante ella son tan manifiestas como dudosas, y además no hay que olvidar que destacados enciclopedistas como Diderot (que lo compró en 1753), se interesaron abiertamente por sus argumentos.
Los historiadores de la ciencia -P.
Rossi (en I segni del tempo), J. Roger (en Les sciences de la vie dans la pensée française au XVIII e siècle, o en Bufffon)-han buscado los ecos de esa idea lebniziana de que las formas geológicas van sucediéndose a lo largo de los siglos en autores de las Luces.
En todo caso, a lo largo del siglo XVIII sólo pesó un reflejo de Leibniz más o menos deformado (Belaval, Études leibniziennes), y habrá que esperar al siglo XIX, la centuria además de la geología, para que se recobre no sólo una parte del legado más universal del gran pensador sino también esta importante Protogaea.
Evaristo Álvarez expone con claridad las aportaciones científicas de este texto: la idea de que los cuerpos sólidos tierra tienen un origen acuoso y ardiente a la vez (se hacen «por enfriamiento tras la fusión ígnea y por agregación a partir de una disolución acuosa»); la defensa de una parcelación por regiones de la ciencia terrestre (por ejemplo, la de parte de Alemania o la de Italia del sur), así como del uso sistemático de cortes geológicos; el rechazo definitivo de que los 'juegos naturales' permiten explicar los fósiles, al demostrar con brillantez y minuciosidad amplia que serían productos orgánicos; la sugerencia de que una experimentación en geología sería utilísima al igual que ocurre en otras disciplinas.
Pero además de todo ello, al ir leyendo los apartados del libro (poco extensos, hasta el final, el XLVIII), cabe disfrutar con las muchas decenas de discusiones, sean de origen bíblico -como lo es el punto de arranque de su descripción y muchas de sus consideraciones generales-, procedan de las ideas del siglo XVII (en especial de Nicolas Steno) o bien resulten de la metafísica leibniziana y de su sabiduría plural o de su esponjosa memoria, sea ésta popular o lulista, sea metalista (siguiendo al gran renacentista Agricola) o baconiana.
Por lo demás, el libro -como objeto impreso-es de una singular belleza y contiene, además de un vasto índice onomástico, un index rerum no sólo útil sino también aclarador de las sinuosidades del texto y excelente incitador de la curiosidad de cualquier tipo de persona que a él se acerque.
CRISTÓBAL PERA, El cuerpo herido.
Un diccionario filosófico de la cirugía, Barcelona, Acantilado, 2003, 388 pp. Prólogo de Emilio Lledó.
Siendo estudiante descubrí una vez, en las páginas del tratado de Cirugía del profesor Cristóbal Pera, el entusiasmo y la claridad expositiva que no siempre encontraba entonces en las aulas de la Facultad.
Quizá por ello la lectura de El cuerpo herido no sólo me haya traído recuerdos de otra época, sino también la grata experiencia de aquel mismo estilo del cirujano humanista que disfruté entonces.
Ese mismo pulso humanista respira también en las páginas de El cuerpo herido.
El título es ya todo un hallazgo que alberga, en su sencillez aparente, la controvertida complejidad de un oficio que se basa precisamente en la agresión terapéutica: herir el cuerpo con la intención paradójica de lograr la curación.
Por eso, El cuerpo herido no es un mero glosario de términos quirúrgicos, ni un diccionario médico al uso, sino que, como nos advierte el subtítulo, aspira a ser un diccionario filosófico de la cirugía.
Y lo es, desde luego, en la medida en que busca la reflexión sobre un arte y sobre las palabras que lo describen.
Ya verán que las voces que alberga este diccionario van mucho más allá del comentario quirúrgico y se adentran, con provechosa delectación, en los terrenos de la etimología, de la filosofía, de la terminología comparada, de la historia de la cirugía o de la sociología médica.
Así, frente a algunas pocas voces resueltas de modo técnico sin salir casi del escenario quirúrgico, hay otras cargadas de referencias y evocaciones fronterizas.
Reconozco que son éstas, sin duda, las que prefiero.
«Trasplantes», «gestos quirúrgicos», «guerra y cirujanos», «psicocirugía», «transparencia del cuerpo», «filosofía y cirugía», «respuesta biológica a la agresión quirúrgica», «ritual quirúrgico», «manos del cirujano» o «misoginia y cirugía», entre otras, no son simples entradas de diccionario, sino verdaderas invitaciones a disfrutar de un itinerario erudito y lleno de pequeñas sorpresas a cada párrafo.
La curiosa etimología checa de la palabra robot, los albores del término quirófano, acuñado en 1892 e incorporado luego al DRAE en la edición de 1925, o el relevante papel que la evolución anestésica tuvo en la incorporación de la mujer a la cirugía, son sólo algunas de ellas.
También las referencias literarias son constantes, de modo que uno se mueve en un ámbito de intertextualidad que abarca de Hipócrates hasta Jacques Attali, pasando por Emily Dickinson, Rimbaud o T.S. Eliot y que decide a veces detenerse y recalar con mayor provecho en Susan Sontag o en Michel Foucault, de cuya Naissance de la Clinique podemos encontrar, por cierto, casi una completa reseña (pp. 348-352.)
Y es este tejido de referencias cruzadas, que sostiene y acompaña al lector constantemente, el que hace que las reflexiones de este libro parezcan salirse de las estrictas 388 páginas que uno diría que tiene.
Las únicas mejoras que me animo a sugerir -y casi en voz baja-se refieren a aspectos muy puntuales y exclusivamente de tipo formal.
Creo, por ejemplo que es preferible utilizar el término «hiperglucemia» en lugar de «hiperglicemia» (p.
308) o escribir «aleatorio», mejor que «randomizado» (p.
210), siendo ambos calcos del inglés fácilmente evitables.
Del mismo modo, es preciso aclarar que, cuando Edward Jenner comenta en una carta a su maestro, el cirujano escocés John Hunter, la posibilidad de utilizar «hedgehogs» (p.
217) en un experimento para aclarar los mecanismos de la hibernación animal, ambos se están refiriendo al erizo (Erinaceus europaeus) y no al puercoespín, que resultaría imposible de encontrar, por otra parte, en la campiña inglesa de Berkeley.
Por lo demás, El cuerpo herido es una reflexión serena sobre la cirugía de siempre y la paradoja que supone herir para curar, y una mirada abierta también a la nueva cirugía del siglo XXI y a sus términos esenciales.
Sabemos que la historia de la cirugía ha tenido puntos francamente extremos: desde los tiempos del menosprecio inicial por un oficio de barberos venidos a más, pero desconocedores de la «culta latiniparla», hasta el estrellato indiscutible de un arte personalista, espectacular y casi taumatúrgico que se practica, de modo deslumbrante, bajo los focos del quirófano.
El futuro es siempre una incógnita, pero parece que la cirugía tenderá a hacerse menos cruenta («mínimamente invasiva», decimos hoy) y que la tecnificación pondrá cierta distancia entre esa mano hábil que hiere y el cuerpo que se siente redimido por ella, restándole protagonismo a ambos.
Confortablemente conducidos por la palabra experta del profesor Pera y guiados por su mano intrépida (en el sentido en que Celso utilizara este adjetivo, allá en el siglo I), todo parece indicar que estamos leyendo un libro de cirugía.
Porque, entre líneas, Cristóbal Pera nos está hablando en realidad de nuestra propia condición humana.
Después de leer este libro, uno descubre que el quirófano y los diccionarios tienen en común mucho más de lo que intuíamos al principio: en ambos hay una misma delectación en el análisis, en ambos se practica el arte de lo minucioso con el objeto de entender el funcionamiento del todo y, sea sobre el blanco soporte de la página o sobre la dura verdad de la mesa de operaciones, ambos dejan también un generoso espacio para la sorpresa.
Juan V. Fernández de la Gala ISIDRO, A. y MALGOSA, A. (ed.), Paleopatología: la enfermedad no escrita, Barcelona, Masson, 2003, 351 pp.
En los últimos años, el interés por la Paleopatología ha crecido en nuestro país de forma admirable.
Y no sólo en los medios de comunicación, sino también, y de manera más estable, en los ambientes académicos.
Así, cuando en España nos referimos a los trabajos pioneros de Child Naranjo, a finales del siglo XIX, o del profesor Bosch-Millares en los años cuarenta y los calificamos de «excepcionales», estamos diciendo la verdad dos veces, ya que lo fueron en ambos sentidos de la palabra: por su aceptable calidad científica y por la insólita rareza de su ejemplo en un país como el nuestro, sin tradición paleopatológica alguna y con ese criterio absurdamente estricto a la hora de trazar límites infranqueables entre ciencias y humanidades.
Afortunadamente, la Asociación Española de Paleopatología (AEP) agrupa y cataliza hoy a un número cada vez mayor de investigadores que ven en esta disciplina un campo muy estimulante, capaz de ofrecer claves útiles para interpretar la historia desde nuevas perspectivas.
Médicos de diversas especialidades, arqueólogos, historiadores, antropólogos, zoólogos, botánicos, paleontólogos y hasta legisladores del patrimonio histórico constituyen una pléyade entusiasta y multidisciplinar que encuentra en este campo de investigación un motivo para la reflexión y en la AEP un espacio para el diálogo, la colaboración o el debate.
Paralelamente a este interés en alza, también la bibliografía paleopatológica ha crecido y ampliado significativamente su variedad temática.
Bien es verdad que este aumento se debe más a un volumen importante de artículos monográficos que a obras estructuradas que ofrezcan un panorama completo e integrador de la disciplina.
Dos novedades nacionales han venido a salvar a tiempo estas carencias y a ofrecer lo que podríamos llamar el esbozo de un cuerpo de doctrina.
Y, desde luego, lo han logrado en la medida en que proporcionan una terminología común, unas herramientas metodológicas más afinadas y unos criterios de diagnóstico unificados.
Ya en 2001 apareció Introducción a la Paleopatología, del profesor Domènec Campillo (Ediciones Bellaterra, Barcelona), un completo tratado de la especialidad escrito por uno de los más destacados representantes de la paleopatología española.
Muy bien estructurado en sus contenidos, el manual asumía también los aspectos metodológicos de esta disciplina, que hasta ahora habían sido, en general, poco abordados.
Más recientemente ha visto la luz (y también nosotros hemos visto su luz, útil y clarificadora) la obra colectiva Paleopatología: la enfermedad no escrita, recopilación a cargo de Albert Isidro y Assumpciò Malgosa, que analiza esta especialidad en sus pormenores históricos, metodológicos y diagnósticos.
Creo que la Paleopatología podría ser definida de modo sencillo como la ciencia que se ocupa del estudio de la enfermedad en los restos biológicos del pasado.
Constituye un ámbito interdisciplinar y multidisciplinar como pocos pueden llegar a serlo, y esto mismo justifica el abor-daje necesariamente colectivo de la obra.
Se ha discutido mucho sobre la conveniencia de enmarcar la paleopatología como subespecialidad de alguna otra rama del saber científico, pero lo cierto es que esta ciencia goza de una particular habilidad para eludir las taxonomías estrictas.
Se trata, en mi opinión, de un campo de enorme plasticidad metodológica, de una perfecta disciplina-hiedra que, plantada bien firme en la tierra, será siempre capaz de trepar por las ramas que mejor se plieguen a cada investigación concreta (arqueología, historia de la medicina, antropología forense, anatomía patológica, reumatología, paleoantropología, zoología, epidemiología histórica, etc.), ofreciendo siempre frutos sorprendentes.
En la selección de temas, Isidro y Malgosa han sabido esquivar oportunamente algunos de los peligros que acechan siempre a los manuales al uso.
El primero y más habitual (está prácticamente generalizado) es la estrechez de miras de un enfoque exclusivamente antropocéntrico.
Con frecuencia olvidamos que, junto a la patología humana, existe también una patología animal y una fitopatología que son igualmente apasionantes y esclarecedoras a la hora de entender adecuadamente la enfermedad con cierta perspectiva filogenética.
El manual salva generosamente este escollo incluyendo sendos capítulos sobre Zoopaleopatología (Albert Isidro ha mostrado siempre una pasión contagiosa por este campo de trabajo) y sobre Fitopaleopatología.
En segundo lugar, es frecuente también que los manuales de paleopatología practiquen un culto excesivo al resto óseo -una especie de «osteocentrismo», si pudiéramos inventar el término-en detrimento de otras fuentes biológicas de información como los tejidos momificados, los exoesqueletos, los restos fosilizados, los coprolitos o los vestigios bioquímicos.
El tercer peligro es la descontextualización de los restos, pues se puede malograr cualquier esfuerzo bienintencionado de interpretación si se prescinde de una mirada al marco de referencia (cultural, histórico, ecológico, o poblacional) en el que están inmersos.
Malgosa nos proporciona las claves para afrontar con garantías un análisis poblacional revelador que, aunque haya sido construido a partir del estudio de muchas individualidades, logre ofrecernos la necesaria visión de conjunto.
Malgosa describe aquí los principales marcadores esqueléticos (nutricionales y ocupacionales) que hemos venido usando como parámetros fiables del estado sanitario y nutricional de un grupo.
Y apunta también el interés particular de las patologías infecciosas y traumáticas en la reconstrucción del marco físico y cultural en el que se desenvolvía la vida de las poblaciones arqueológicas.
En conjunto, la obra está bien articulada en torno a cuatro grandes bloques de contenido.
El primero, a cargo del profesor Campillo, desarrolla la evolución histórica de la disciplina desde el Renacimiento a nuestros días.
Y por supuesto, hay amena y obligada demora en las figuras de Paul Broca y Sir Armand Ruffer.
Un segundo bloque aborda los aspectos metodológicos de la disciplina, tanto en lo referente a los trabajos a pie de excavación, como a los estudios antropológicos de laboratorio (estimaciones de sexo, edad y estatura en vida), o a los propiamente diagnósticos, que hoy cuentan con del auxilio eficaz de la histopatología, las técnicas bioquímicas, la microscopia electrónica y los medios más modernos de diagnóstico por la imagen.
Un amplio tercer bloque retoma el diagnóstico paleopatológico con la doble perspectiva de sus pormenores regionales (craneales, dentales y raquídeos) o de su adscripción etiopatogénica (traumatismos, enfermedades reumáticas, infecciones osteoarticulares, tumoraciones óseas o enfermedades metabólicas y carenciales.)
Un bloque final recopila, a modo de miscelánea, otros aspectos de la paleopatología, como los ya mencionados de Fitopaleopatología y Zoopaleopatología, los estudios sobre momias o restos momificados y también otros ámbitos en los que el peso de la información documental cobra mayor relevancia a veces que los restos biológicos propiamente dichos: me refiero a la paleopatología en las manifestaciones artísticas (lo que Pontius denominó iconodiagnóstico, creo que con poca fortuna en el término) y a las llamadas patografías o patobiografías, que en España han contado siempre con muy insignes cultivadores.
Desde luego, ninguna o muy pocas objeciones se pueden hacer a este libro.
Quizá únicamente que se haya soslayado el peso y la solvencia objetiva de la escuela paleopatológica en lengua alemana.
Y creo que, en este sentido, la amplia lista de bioantropólogos y paleopatólogos de primera fila que se formaron en Austria y Alemania (aunque muchos de ellos procedieran de la Europa del Este) puede fundamentar mi objeción.
O quizá el uso del término elementos traza, calco del inglés «trace elements», a mi modo de ver innecesario mientras dispongamos de la hermosa palabra oligoelementos.
O, por último, la ausencia de algún capítulo específico sobre paleoparasitología y sobre tafonomía, campos que disponen de fundamentos metodológicos propios y que en España no cuentan todavía con demasiados cultivadores.
Por lo demás, el manual constituye ya, por propio mérito, una obra de referencia obligada que todo el que se acerque a esta disciplina sabrá, sin duda, agradecer y valorar.
Juan V. Fernández de la Gala.
Stultifera Navis, Bilbao, Museo Vasco de Historia de la Medicina y de la Ciencia, 2006.
La publicación que comentamos corresponde al catálogo de la exposición que, con motivo de la celebración del XXIII Congreso de la Asociación Española de Neuropsiquiatría (Bilbao, 10-13 de mayo de 2006), se organizó en el Museo Vasco de Historia de la Medicina y de la Ciencia «José Luis Goti».
Sus comisarios, el historiador de la medicina Antón Erkoreka -director del mencionado museo-y el psiquiatra Oscar Martínez Azumendi, acogiéndose a la fuerza simbólica de la mítica Nave de los Locos, nos proponen un recorrido singular, atracando en diversos puertos de un largo y apasionante viaje por la historia de la locura y de la psiquiatría.
La travesía se inicia con la «búsqueda de la piedra de la locura», sección en la que se hace alusión fundamentalmente a la trepanación.
Prosigue con «una visita al interior de la mente», que sintetiza algunos aspectos menos cruentos de la exploración psiquiátrica y psicológica, mostrando desde la típica cabeza frenológica y el compás de brazos curvos, hasta diversos modelos de test (Rorschach, Test de Percepción Temática de Murray y Morgan, Test de Szondi para el análisis del destino o dinamismo de la personalidad, etc.).
«El duro camino del tratamiento» muestra instrumentos de muy diversas épocas: estiletes para sangrías, jeringas para lavativas, la consabida camisa de fuerza y, sobre todo, un aparato de eletrochoque de los años cincuenta y gráficas de insulinoterapia, procedentes del hospital de Zaldibar.
Se alude también a la psicofarmacología y al psicoanálisis.
La sección dedicada al encierro asilar y a las terapias efectuadas en otros establecimientos, como los balnearios, contiene algunas piezas muy interesantes, como una máquina para hacer pinzas de colgar ropa (utilizada en ergoterapia).
Especialmente atractivos son los instrumentos mostrados en el apartado titulado «Falsos caminos y espejismos»: un ejemplar de oxydonor (cuya comercialización fue prohibida en 1915 tras una denuncia de la American Medical Association), una máquina magneto-eléctrica de 1890 o un aparato de rayos orgónicos ideado por Wilhelm Reich.
La exposición -y su catálogo-termina con dos secciones que muestran el impacto social de la locura.
En «Mezclándonos con la gente del lugar» se puede apreciar cómo la enfermedad mental y las teorías sobre la mente se han incorporado al imaginario social: el cine, la literatura, las revistas, la música, etc., recogen con frecuencia motivos psiquiátricos, unas veces con fines satíricos, otras con afanes reivindicativos, otros, en fin, puramente estéticos.
Se preguntan los organizadores de la exposición, y así lo dejan escrito en el catálogo de las misma, si en este viaje alrededor de la locura estamos en «¿próxima estación o fin de trayecto?.
Abogan por la aplicación de los derechos humanos a los pacientes mentales y por la necesidad de superar el estigma que afecta al loco y a sus familiares.
La edición de catálogo está bien cuidada, con fotografías en color de las piezas expuestas y con textos explicativos en euskera, castellano e inglés.
No cabe duda que el ejemplar en papel viene a dar continuidad a lo que ha sido una exposición temporal de gran interés.
Es evidente que la recuperación del patrimonio histórico-médico es una labor ardua, a veces ingrata, pero muy importante desde el punto de vista histórico.
La sensibilidad de los poderes públicos y de los propios profesionales hacia la conservación y restauración de dicho patrimonio no siempre ha sido excesiva, por eso creo que merece la saludar con todo entusiasmo los esfuerzos que en este ámbito se realicen.
La labor que Antón Erkoreka, al frente del Museo Vasco de Historia de la Medicina y de la Ciencia, viene realizando en este sentido desde hace tiempo es muy importante, como encomiables son otros intentos de recuperación patrimonial realizados en otros lugares del Estado Español, como Cataluña.
Queda, sin embargo, mucho por hacer.
El catálogo de la exposición que comentamos nos da pistas sobre posibles actuaciones: sensibilizar a las instituciones, a la administración, a las sociedades científicas, etc., de la importancia de conservar el patrimonio.
Y, naturalmente, sensibilizarnos nosotros mismos, convencernos de que la historia puede leerse no solo en los papeles, sino también en los edificios, en los objetos, en las imágenes y en un largo etcétera de materiales que no siempre están en los archivos o en las bibliotecas.
Buen trabajo el realizado por Carmel Ferragud Domingo en este libro, resultado de su tesis doctoral (Valencia, 2002) y cuyos valores ya han sido reconocidos con los dos premios que recibió la obra en ese mismo año.
Siguiendo el camino y las enseñanzas de Luis García Ballester (a quien está dedicado afectuosamente el volumen), Ferragud traza un mapa amplísimo de la medicalización de la sociedad catalanoaragonesa desde la mitad del siglo XIV hasta la primera década del XV desde un punto de vista sociológico.
A partir del trabajo paciente en numerosos archivos y bibliotecas, el análisis minucioso y la interpretación inteligente de la documentación conservada en los ricos archivos de la Corona de Aragón (sobretodo en Valencia y Cataluña), consigue reconstruir con el método de la prosografía el comportamiento del grupo social de los sanadores medievales, analizando los personajes más destacables (físicos, boticarios), pero también los que pertenecen a los escalafones sociales más bajos (barberos, cirujanos).
El libro demuestra con creces que el prestigio social y económico que adquirieron progresivamente los sanadores medievales es una consecuencia directa del reconocimiento social que obtuvieron los practicantes de la nueva medicina universitaria, que supo transmitir a la sociedad de la baja Edad Media el interés por los problemas de la salud y de la enfermedad vistos como fenómenos naturales.
En este sentido, la obra de Ferragud es un complemento temàtico al libro de Michael McVaugh, Medicine before the plague.
1285-1345(Cambridge, 1993) ) porque el objetivo es el mismo (el estudio en la Corona de Aragón de la medicalización de la sociedad que se produjo en el Occidente latino a partir de la segunda mitad del siglo XIII) y porque el trabajo de Ferragud empieza donde el de McVaugh acaba: con la terrible peste de 1348.
Uno de los méritos de Ferragud consiste en el análisis de la documentación de 41 ciudades, situadas en los distintos reinos catalanoaragoneses: cuatro de Aragón, dieciocho del Reino de Valencia, diecisiete de Cataluña y dos del reino de Mallorca.
El progreso económico, social y político de los practicantes de la medicina se circunscribe, pues, en el amplio territorio de un estado y no en el ámbito de una ciudad, que aunque es interesente ofrece una perspectiva limitada.
Otro valor del libro radica en la documentación en sí: aunque fundamentalmente proporciona datos sobre el colectivo masculino y cristiano, Ferragud ha tenido la habilidad de fijarse en las minorías que aprendieron la medicina siguiendo el sistema de enseñanza abierto y que contribuyeron a formar el paraguas sanitario que atendió a amplias capas de la población.
Me refiero, por supuesto, a los judíos, los mudéjares y las mujeres, a los que Ferragud presta atención sin escatimarles méritos.
Otra cualidad del volumen es que enlaza temas sociales, políticos, económicos y culturales, por lo que su apuesta por la interpretación amplia e interdisciplinar de la historia merece mi más encarecido elogio.
Destaca, además, la prudencia en el análisis de las fuentes, de modo que las conclusiones a las que llega Ferragud son siempre sensatas, sin caer en la trampa fácil de la interpretación fantasiosa de los documentos.
Así, a lo largo del libro se va perfilando el trayecto vital de distintas familias de sanadores, que sirven de muestra en los distintos capítulos: es el caso de los Bernat Figuerola de Manresa, los Sarriera de Girona o los Granollacs de Barcelona, ejemplos del proceso de promoción social de profesionales de la medicina que se da en toda Europa.
Pero vayamos por partes.
Después de una breve introducción (unas veinte páginas) en la que se aclaran conceptos (qué se entiende exactamente por físico, cirujano, médico, boticario, barbero y sanador; en qué consiste la medicalización de la sociedad), se explica el marco cronológico del estudio y la metodología utilizada, el volumen se divide en tres grandes partes.
La primera de ellas examina cómo las familias y las estrategias matrimoniales contribuyen a mantener el estatus profesional y de progreso social que se ha iniciado en algún momento de la saga.
La segunda parte analiza a fondo las actividades económicas (que nada tienen que ver con su profesión) llevadas a cabo por los practicantes de la medicina, que les permiten conformar sus patrimonios.
La tercera explica que este proceso de escalada social culmina con la participación de estos profesionales de la medicina en las instituciones municipales de las ciudades que les han visto nacer y enriquecerse.
La primera parte, dedicada al marco familiar, se divide en dos capítulos.
El primer capítulo plantea que las dos estrategias de promoción social son el matrimonio y la educación.
Por lo que respecta al matrimonio, los documentos muestran que se tiende a la endogamia profesional del mismo modo que el oficio se traspasa de padres a hijos.
El análisis de las dotes matrimoniales permite observar cómo la familia ha ascendido socialmente con el paso del tiempo puesto que las cantidades de la dote recibida en el propio matrimonio y en la otorgada a las hijas son distintas.
El análisis de los testamentos muestra, a su vez, que las viudas se casan con otro marido también médico o que algunas de ellas sustituyen a los maridos muertos al frente del negocio.
En cuanto a la educación de los hijos y al aprendizaje del oficio, se circunscribe acertadamente el tema en la red de escuelas municipales y los estudios universitarios posteriores.
En este sentido, la ayuda de los parientes y las becas municipales o reales sirven para sufragar los gastos de la educación de los futuros médicos, porque tanto la monarquía como la ciudad saben que la medicina es un beneficio para la cosa pública.
Por otro lado, las familias de sanadores tienen criados y esclavos a su servicio que aprenden el oficio en las boticas y obradores a través del sistema de enseñanza abierto.
El segundo capítulo analiza cómo algunos sanadores se convierten en consejeros bien considerados por la vecindad, gracias a la proyección social que han adquirido con su oficio.
Actúan así de procuradores, de tutores, de curadores o de albaceas testamentarios y los que consiguen trabajar bajo la protección de la familia real logran ser eximidos de algunas obligaciones, fiscales o militares, exenciones que son traspasadas a los hijos.
El capítulo dedica unas páginas a la participación de médicos, barberos o boticarios en las bandosidades y violencias características de la época.
La segunda parte, dedicada al rendismo y la especulación mercantil, se divide en cuatro capítulos.
El capítulo tercero trata de la práctica médica y sus beneficios.
Los profesionales de la medicina se dividen aquí en dos grupos, los físicos y cirujanos por un lado, caracterizados por una movilidad geográfica importante, y los boticarios y barberos por el otro, que acostumbran a permanecer en un sitio fijo.
Ferragud dibuja el perfil profesional de cada uno de ellos y los relacionan con las asociaciones o sociedades que surgen entre profesionales para protegerse mutuamente.
El capítulo cuarto expone las actividades crediticias a que se dedican los sanadores de manera habitual, tanto en el papel de prestatarios como en el de demandantes de capital.
Evidentemente, los documentos hablan del préstamo ejercido por los cristianos y por supuesto también por los médicos judíos.
El capítulo quinto se centra en las explotaciones agropecuarias y la especulación inmobiliaria, tanto en las ciudades como en las zonas rurales.
El capítulo sexto relata la relación de los boticarios y especieros con el comercio urbano y la participación de los sanadores en el comercio marítimo, la actividad más importante de la época, sobretodo en el papel de socios inversores y de inversores o gestores de mercancías.
Los boticarios, barberos, médicos y cirujanos viajan en los barcos como profesionales de la medicina, pero participan también en los negocios.
Y es que los sanadores actúan del mismo modo que lo hace la burguesía que triunfaba como grupo social emergente en las ciudades de la Europa mediterránea: hacen negocios con el comercio, el préstamo, la manufactura, y adquieren propiedades urbanas y tierras en las zonas rurales en las que levantan casas que utilizan como residencia temporal.
La tercera y última parte, dedicada a la manifestación pública del poder de los sanadores, se divide a su vez en dos capítulos.
El capítulo séptimo analiza la actividad funcionarial y la participación de los sanadores en la política municipal.
Los practicantes de la medicina formaron parte del grupo de prohombres y del patriciado urbano y en algunos casos (Arnau de Vilanova) se encargaron de misiones diplomáticas importantes al servicio de la monarquía.
Los sanadores actúan como consejeros de las grandes ciudades, Valencia y Barcelona, y acostumbran a imitar el modo de vida de la nobleza, como en la tendencia que prueban los documentos al lujo y a la ostentación, visible en algunas casas de médicos insignes.
De ello trata del último capítulo del libro, el octavo, que analiza los inventarios de bienes y describe la distribución del espacio doméstico, los objetos que decoraban las casas y cómo era el ocio (música, caza) y la religiosidad de sanadores diversos.
El volumen se complementa con veinte páginas de conclusiones, diversos mapas y cuadros de las familias documentadas, un índice de nombres y una rica bibliografía, siempre útiles en libros de estas características.
Nada que objetar, pues, al buen trabajo de Carmel Ferragud Domingo.
Sólo cabe animarlo a continuar adelante, a pesar de las dificultades que deben superar los profesores de educación secundaria que se dedican a la investigación.
La historia de la asistencia psiquiátrica en España está necesitada de trabajos locales que muestren no solo el funcionamiento de instituciones concretas, sino las relaciones entre los cambios asistenciales y las políticas locales.
Este tipo de estudios permitirán comprender las importantes diferencias que existen entre las prácticas cotidianas y los marcos generales -teóricos, legislativos, etc.-establecidos por una historiografía, a veces tópica, que aplica clichés y generaliza de manera acrítica modelos construidos para otras realidades sociales.
La monografía de David Simón Lorda tiene una especial importancia en este sentido porque se trata de una investigación de longue durée, en un contexto delimitado y «periférico» (la provincia de Ourense) y supone, a mi juicio, un ejemplo de esa micro-historia tan necesaria para averiguar el funcionamiento concreto de las cosas; una historia local que, lejos del anecdotario o la «erudición localista», aborda problemáticas generales que se relacionan directamente con aspectos políticos, económicos, ideológicos, etc., tanto regionales como estatales.
Se trata, en definitiva, de una investigación de largo alcance -amplia, detallada y profunda-en la que se abordan cien años de historia de la locura, de la psiquiatría y de la asistencia psiquiátrica en Ourense: de la Restauración borbónica (1875) al comienzo de la Transición (1975).
No en vano, la obra que ahora reseñamos es la versión modificada de la tesis doctoral del autor que, en su momento, mereció el Premio «Hernández Morejón» de la Sociedad Española de Historia de la Medicina.
El libro se estructura en apartados o capítulos que se corresponden con los periodos habitualmente aceptados para la historia política de España: Restauración; Dictadura de Primo, Segunda República, Guerra civil y Franquismo.
El mayor o menor desarrollo de los mismos depende, en buena medida, de las fuentes encontradas y de la importancia de los cambios asistenciales en cada época; así, el capítulo de la guerra civil es más escueto, mientras que otros, como el de la Restauración o el Franquismo resultan mucho más amplios y prolijos.
No resulta fácil, en una obra de este calado, hacer una revisión detallada de lo expuesto por su autor.
Hay, sin embargo, aspectos de la obra de Simón Lorda que, sin desmerecer otros, me parece oportuno destacar; así, la parte dedicada a la Restauración es un ejemplo de investigación histórica en archivo.
Las fuentes utilizadas -desde los documentos del archivo diocesano hasta los de la diputación; desde expedientes y contratos hasta correspondencia personal-, permiten al autor sacar conclusiones realmente interesantes y novedosas.
De gran interés es la descripción de las Salas de observación o Celdas de dementes del Hospital Provincial -única respuesta institucional a la locura existente hasta que en 1885 se abre el manicomio de Conxo-; como lo es el análisis de la puesta en funcionamiento de dicho establecimiento, en el que no solo se habla de su arquitectura, de sus primeros médicos o de sus primeros pacientes, sino también de las características de su gestión, mediante el estudio de los conciertos que la diputación ourensana realizó con el manicomio, propiedad de la Iglesia.
Las negociaciones entre ambas partes y sus consecuencias ocupan unas páginas notables cuyos contenidos merecería comparar con lo acaecido en otros establecimientos psiquiátricos situados en otros contextos geográficos.
Reviste también un gran interés el examen que David Simón hace de la aplicación de la reforma psiquiátrica republicana en Ourense y en Galicia.
Estoy de acuerdo con él en que la segunda República fue una época llena de esperanzas, pero también de contradicciones, como lo demuestra la escasa trascendencia que la reforma republicana tuvo en la asistencia ourensana, o la desafortunada actuación tanto de la Asociación Española de Neuropsiquiatría como del Consejo Superior Psiquiátrico -con Lafora como su máximo responsable-en los conflictos de Conxo de 1933.
A este respecto, merece la pena destacar la importancia que tuvo el movimiento obrero (el anarcosindicalismo fundamentalmente) entre los trabajadores de Conxo, al plantear, junto a sus reivindicaciones laborales, las denuncias de las condiciones de vida de los pacientes ingresados; lo que trajo como consecuencia la expulsión de algunos profesionales.
Simón considera esta situación excepcional en la historia de la psiquiatría española, al menos hasta las luchas psiquiátricas del tardofranquismo.
Seguro que tiene razón en lo que a las actividades y las vindicaciones concretas se refiere, pero no puedo por menos que recordar que los trabajadores psiquiátricos del Hospital de La Carellada (Oviedo), masacrados en plena guerra civil por las tropas franquistas y sepultados en la fosa común de Valdedios, pertenecían en su mayoría a sindicatos y organizaciones obreras.
Finalmente, en el capítulo dedicado al franquismo, cobra especial importancia el estudio de la figura y las aportaciones de Manuel Cabaleiro Goás, que viene a constituir una especie de monografía dentro de la monografía.
La biografía intelectual de Cabaleiro es analizada por Simón con sumo detalle, abordando sus contribuciones al saber psiquiátrico (desde su tesis doctoral sobre La psiquiatría en la medicina popular de Galicia, leída en 1953, hasta sus estudios sobre la esquizofrenia), su papel en la institucionalización de la psiquiatría en Ourense y en Galicia (participación y organización de jornadas, congresos y seminarios), o sus actividades en el marco asistencial, como su relación con el PANAP y, de manera muy especial, su papel en la organización del Hospital psiquiátrico de Toén, el establecimiento abierto en 1959 y que constituyó la primera intervención en la asistencia hospitalaria pública en Galicia, planificada desde la competencia del estado central franquista.
Cabaleiro forma parte de lo que algunos autores han denominado la «generación perdida» (Lafora, Sacristán, Valenciano, etc.).
Tanto al propio Cabaleiro como a su maestro, José Pérez Villamil, catedrático de Medicina Legal en Santiago de Compostela y encargado de la docencia de Psiquiatría y Psicología Médica hasta 1971, se les ha considerado exponentes del llamado «exilio interior»; no sé hasta qué punto las dificultades que ambos tuvieron en el mundo académico, al no conseguir que se dotara una cátedra de Psiquiatría en la universidad compostelana es razón suficiente para incluirlos en dicha categoría de «exiliados interiores».
Villamil no consiguió que se convocara dicha cátedra, pero siguió siendo titular de la de Medicina Legal, y Cabaleiro nunca llegó a ser catedrático pero fue director de Toén y figura indiscutible de la psiquiatría ourensana; incluso cuando a finales de los sesenta y primeros de los setenta intentó poner en marcha un Centro de Formación Profesional de Psiquiatría para médicos graduados, adscrito a la Universidad de Santiago, contó con el apoyo de la Diputación y de la Dirección General de Formación Profesional y Extensión Educativa, siendo el Claustro y el Decanato de la Facultad de Medicina los que finalmente vetaron dicho proyecto.
Con todo el respeto y la consideración que merecen tanto Villamil como Cabaleiro, no podemos olvidar las depuraciones de otros profesores y profesionales que perdieron sus cátedras o sus puestos de trabajo; recuérdese, a modo de ejemplo, que a Bartolomé Llopis no se le dejó ejercer la medicina durante algunos años, en los que tuvo que emplearse como telegrafista.
En cualquier caso, si me cuesta considerar a Cabaleiro (o a Villamil) un exponente claro del «exilio interior», creo que es de absoluta justicia reconocer su honestidad y, desde luego, su nula vinculación ideológica con el Régimen.
Al contrario que otras figuras de la psiquiatría franquista, jamás hizo exaltación del nacional-catolicismo y su preocupación por los aspectos sociales de la psiquiatría, así como su compromiso por la mejora de la asistencia psiquiátrica, tal y como describe con acierto Simón Lorda, fueron una constante en su trayectoria profesional.
Además, Cabaleiro, al establecer relaciones con la psiquiatría portuguesa y americana, se convirtió en un puente excepcional con los psiquiatras del exilio.
Todo ello es narrado por David Simón Lorda de manera vigorosa y pormenorizada.
Pero todavía me gustaría destacar algunas virtudes más de esta historia de la psiquiatría ourensana.
Por un lado, la contextualización histórica de cada capítulo con apartados que el autor denomina «Entornos de época» y que permiten ubicar su investigación en la realidad social política y económica de Ourense, de Galicia y del estado español.
Por otro, la excelente documentación; ya me he referido al magnífico trabajo de archivo, pero no lo es menos el manejo de la bibliografía secundaria y, de manera particular, la estupenda y abundante iconografía: muchas fotografías, pacientemente recopiladas en archivos públicos y en colecciones privadas, así como reproducciones de textos, informes, portadas de libros, etc., ilustran el texto siendo, en sí mismas, fuentes históricas de indudable valor.
Además, el libro tiene unos anexos documentales en los que se reproducen documentos claves que han sido utilizados en la investigación y que el autor ofrece «a texto completo», un verdadero lujo historiográfico: la carta del Cardenal Payá y Rico de 24 de septiembre de 1889, que pone de manifiesto que la Iglesia (dueña de Conxo) nunca tuvo intención de ceder al Estado (a la Diputaciones) la asistencia psiquiátrica; el informe de Lafora de 1931, también sobre Conxo; alguna memoria de la Junta municipal de sanidad de Ourense; documentos de la CNT de los años treinta relacionados con Conxo; alguna historia clínica, etc., etc.
En suma, un libro importante, una aportación a la historia de la psiquiatría española que demuestra, una vez más, que no podemos seguir hablando de Madrid y de Barcelona como los dos únicos núcleos de actividad psiquiátrica en el Estado español.
Un libro que, desde la historia local, nos enseña historia total.
Rafael Huertas CARLOS DEL VALLE (Ed.), Maimónides.
Un capítulo de la historia de la medicina española, Madrid, Aben Ezra Ediciones, 2005, 183 pp.
Sin duda, es Maimónides uno de los más famosos pensadores judíos de nuestra historia.
Sin embargo, era importante insistir en sus amplios conocimientos médicos, que permitieron una renovación de la medicina medieval y que a él le permitieron sobrevivir.
Nacido en Córdoba en 1138 se traslada pronto con su familia a Marruecos debido a la intransigencia de los almohades.
Tras siglos de convivencia de las tres culturas, la llegada de este pueblo había dificultado a las minorías la vida en la España árabe.
Más tarde pasarán brevemente por Palestina y se establecieron de forma definitiva en el viejo Cairo -en Egipto-en donde morirá en 1204.
Sus manuscritos se dispersaron por todo el mundo y han sido poco a poco editados.
Sin embargo, según Max Meyerhof su vieja sinagoga cairota quedó como lugar de peregrinación de enfermos, incluso de ilustres dolientes.
Bien conocido como filósofo, debido a su Guía de perplejos, este libro nos permite entrar en su saber médico.
Sabiduría que se basa de forma esencial en el mundo griego, si bien conoce y cita a los principales médicos árabes y judíos, conociendo bien la ciencia peninsular.
Escribía sobre medicina en árabe, sobre filosofía o teología en hebreo, o en árabe con caracteres hebreos, siendo muchos de sus escritos recordatorios para sí mismo o para sus discípulos.
Esta forma de escritura eran frecuente en la antigüedad, así cuando Alejandro se queja a Aristóteles de haber vulgarizado la Física, contesta éste según Plutarco que se trata de apuntes para sus estudiantes, tan solo inteligibles para los entendidos.
Otros escritos de Maimónides están encargados por o dirigidos a poderosos, por lo que se le atribuyó un espíritu de adulación exagerado.
Sin duda, para un judío viviendo en una sociedad árabe, era necesario extremar la prudencia.
Además, la muerte de su hermano David, el comerciante, aparte de sumirlo en profunda y larga melancolía, lo obligó a buscar otras formas de sustento.
El servicio a los poderosos era importante, así atendió a la corte de la familia Saladino, y se dice que fue solicitado por Ricardo Corazón de León.
Se ocupaba de la guía espiritual de sus fieles, de sus escritos científicos, filosóficos y religiosos y del trabajo clínico.
Aparte de acudir a la corte, tenía una clientela, tan variada como numerosa.
Unas interesantes cartas nos hablan de este fatigoso quehacer.
«Porque tú sabes qué amplio y qué difícil es esta disciplina para un hombre que es consciente y exigente, que no quiere dar un diagnóstico que no pueda apoyar con argumentos y sin saber dónde ha sido dicho y cómo ha podido ser demostrado» (p.
En sus escritos hay que señalar sus comentarios a los clásicos, en especial Galeno e Hipócrates, también sus propios aforismos, los escritos contra diversas enfermedades, como asma, hemorroides, venenos... y los distintos tratados de higiene.
Quizá en estos -aparte su papel en la mejora y transmisión del saber antiguo-es donde radica su mayor originalidad.
En su pensamiento hipocrático la prevención es esencial, respeta la fuerza de la naturaleza, la concordia de alma y cuerpo.
El saber y la prudencia rigen su quehacer.
También son interesantes sus escritos sobre el nombre de las drogas, en la tradición de las traducciones de Hunain, que tanta dificultad encontraron en Dioscórides.
La higiene se basa en las ideas clásica sobre las «sex res non naturales», es decir aquellos elementos que unas veces están en nosotros y otras no, que unas veces afectan a la salud y otras no. Se preocupa por la comida y la bebida, el reposo y el ejercicio, el sueño y la sexualidad, la limpieza y la distracción....
Recomienda lecturas, conversaciones, entretenimientos y música con dulce canto... incluso el vino.
Sus prescripciones higiénicas, es decir la dieta, van variando con el día y la estación.
Se muestra también discreto en la relación de la ética con la medicina, lógico en un judío en tierras musulmanas.
«La religión prescribe todo lo que es útil y prohíbe todo lo que es dañino para el mundo futuro, mientras que el médico señala lo que es útil y amonesta sobre todo lo que es dañino en este mundo» (p.
En sus escritos sobre melancolía -malestar que bien conoció-parece hacer portentosos descubrimientos, así la unión de fases de depresión con otras de excitación en muchos pacientes.
«He tenido la ocasión de tratar a pacientes cuya enfermedad tenía el mismo curso que el de los reyes que sufren melancolía, esto es, que se transforma en manía, esto es, en una locura delirante» (p.
El alma puede resistir a la pasión -nos dice-con la lectura de libros éticos, religiosos o de sabios, adelantando así en muchos siglos a Philippe Pinel.
La melancolía es una preocupación por desgracias pasadas o futuras, que se debe ahuyentar, pues aquéllas no tienen remedio, mientras éstas son inciertas.
Michel de Montaigne añadirá la imposibilidad de prever las múltiples amenazas que nos acechan.
El libro que Carlos del Valle nos presenta, comienza con una introducción del editor, sigue con tres importantes trabajos sobre Maimónides, que se reeditan, los de Fred Rosner, Max Meyerhof y W. M. Feldman, además de tres estudios de Gerrit Bos, Mordechai Friedman y Lola Ferre, en relación con el Congreso Internacional de Maimónides.
En fin, el editor aporta la traducción de las introducciones de los tratados médicos, una interesante bibliografía, un índice analítico y un sumario en inglés.
Libro importante, que se enmarca en la colección «España judía», que nos ha dado a conocer aspectos necesarios de esa antigua y eterna cultura. |
Nos parece especialmente relevante que un investigador como José Luis Peset, acostumbrado a colaborar con colegas de diferentes especialidades, nos haya invitado a seleccionar varios trabajos de historia de la lengua, relacionados con textos científicos, para publicarlos en Asclepio.
Es necesario agradecerle que la revista acoja en sus páginas a un grupo de filólogos; sobre todo, merece la pena destacar la oportunidad de la invitación, pues el colaborar entre historiadores de la ciencia y de la lengua resulta esencial para comprender mejor algunos aspectos de nuestro pasado cultural y lingüístico y, probablemente, de la propia historia de nuestra ciencia.
La antología que presentamos nace con unos límites externos, el espacio que la Revista tan generosamente ha puesto a nuestra disposición; y con otros internos, el horizonte de la ciencia que atrae actualmente la atención de los filólogos.
Parece aconsejable que nos refiramos brevemente a esta última cuestión antes de comentar los trabajos que hemos elegido.
Así los lectores no se perderán en un piélago de suposiciones.
Posiblemente les resulten chocantes algunos aspectos de estos trabajos a los historiadores de la ciencia, pues disponen ellos de más información sobre cualquiera de los temas tratados, así como de planteamientos históricos más matizados que muchos de los nuestros.
¿Qué ventaja proporciona --podrían pensar--mirar en un espejo la imagen borrosa de lo que conocemos mejor de otra manera?
Si los historiadores de la ciencia se dejaran arrebatar por esta primera impresión, perderían la oportunidad de conocer, aunque fuera desdibujadamente, algunos aspectos históricos que sus propios intereses e instrumentos dejan en cierta penumbra, cuando no en completa oscuridad.
La lengua, ciertamente, puede no suponer más que un modesto apoyo en una investigación histórica; pero no se debe olvidar que, a veces, la diferencia entre los éxitos y fracasos depende de esos detalles modestos.
Puesto que en la lengua todo son diferencias y todos los términos son históricos, la aportación elemental, pero imprescindible, de la filología consiste en ofrecer el cañamazo donde deben bordarse las apreciaciones de significado dignas de tal nombre.
Por poner un ejemplo relevante, ¿se puede verdaderamente hablar de los términos relacionados con los engranajes, confundiendo en un presente ahistórico, todas las capas léxicas de las diversas épocas, espacios y lenguas que han contribuido a configurar la terminología actual de las máquinas en español?
Es evidente que lo ideal sería que los filólogos se acercaran a la lengua de la ciencia en colaboración con los historiadores de cada especialidad.
Sin embargo, hasta que entre todos hagamos posible que las cuestiones lingüísticas sean algo más que un envoltorio formal -a veces levemente engorroso-de los hechos significativos y mucho más que una norma educada que debe manejarse en los discursos públicos con el consejo de algún colega humanista, bueno será que examinen los colegas de historia de la ciencia estos trabajos con simpatía, con indulgencia y con interés.
Si se acercaran a estas páginas con simpatía, descubrirían el esfuerzo que están haciendo otros especialistas para conocer sus trabajos y digerirlos, y se sorprenderían de los admiradores desconocidos que tienen.
Si utilizaran la indulgencia en sus juicios, comprenderían que la idea que los filólogos tienen de la ciencia quizá no coincida, todavía, con la de los propios historiadores, pero dista ya mucho de la visión tradicional que lucían las personas de letras.
Si leyeran los trabajos con interés, advertirían que encierran cuestiones dignas de estudio y que la colaboración interdisciplinar sería buen remedio para alcanzar objetivos más ambiciosos en las respectivas disciplinas.
Los autores de esta antología muestran cómo la historia de la lengua de la ciencia no se agota con las simples listas de neologismos relacionados con los objetos que llegan de otros países; a la vez que saben adentrarse por una serie de problemas complejos, de una manera que puede calificarse de todo menos de ingenua.
Incluso, en algunos casos, la presentación de un esquema de trabajo para aproximarse a la especialidad estudiada, sirve casi como algoritmo para que otros jóvenes filólogos se acerquen a otras especialidades o campos de la ciencia.
Estos estudios no solo ofrecen, pues, resultados y panoramas novedo-sos en la historia de la lengua española, sino que, además, exponen con claridad aspectos metodológicos que podrán, más tarde, afinarse, discutirse, etc.
Los filólogos e historiadores de la lengua que se dedican a estudiar el lenguaje científico --y de una manera no poco refinada--alcanzan ya una cifra no despreciable en España: trabajan en diversas universidades (La Coruña, Salamanca, Alcalá, Zaragoza, País Vasco, Murcia, Tarragona, Lérida, Castellón, varias de Barcelona, etc.).
Por ello, como no son tan pocos, ni sus orientaciones homogéneas, hemos tenido que prescindir de varios autores, de bastantes páginas y de algunas cuestiones interesantes y reducir esta antología a representantes de distintos grupos de investigación, interrelacionados entre sí, que se han preocupado por los textos científicos desde hace años.
Con ello puede, quizá, haberse perdido variedad, pero queda reflejada una cierta coherencia en los planteamientos.
Por otro lado, se han seleccionado, sobre todo, trabajos relacionados con la historia moderna, tanto de técnicas nuevas como de otras que se renovaron en el siglo XIX, pero pertenecían a una larga tradición.
Nadie se extrañará, teniendo en cuenta la atención que ha merecido la química, que hayamos seleccionado dos artículos, uno más general y otro más analítico.
Tenemos la suerte, además, de poder contar con un artículo de Bertha Gutiérrez, una de las mejores conocedoras peninsulares de las cuestiones de lengua y ciencia.
Y nos pareció conveniente aprovechar el panorama que presenta María Jesús Mancho de la lengua de la ciencia en el Siglo de Oro español, tan diferente de aquel que trazaba Vossler en sus mejores tiempos, cuando comentaba que lo propio de los españoles era el arte y la literatura, porque la ciencia les resultaba extraña.
Por fin, hemos creído aconsejable mostrar las dificultades específicas que encierra el mundo tan complejo de la minería, de tanta importancia en las relaciones entre la Corona de Castilla y las Indias.
En ningún momento hemos creído que solo exista una manera de estudiar los problemas y las dificultades que nos plantean estos textos.
Por ello, no será pequeña nuestra satisfacción si la acogida que nos ha brindado Asclepio a los filólogos sirve para un mayor acercamiento entre quienes observamos la realidad, bien desde las palabras, bien desde las cosas. |
Las epidemias de viruela azotaron a Cuba desde 1522, produciendo elevada morbilidad y mortalidad.
En 1804, se inició la estrategia de vacunación contra esta enfermedad que, con distintos avatares y fases en su desarrollo, tuvo como figura central a Tomas Romay.
El objetivo del trabajo fue analizar los resultados de la estrategia de vacunación llevada a cabo en la eliminación de la viruela en Cuba y como se transformaron las instituciones en relación a los avances y producción de la vacuna en función del contexto científico, social y político del periodo estudiado.
Las fuentes primarias utilizadas han sido diversas: fuentes de tipo epidemiológico y estadístico, documentos relacionados con los organismos puestos en marcha para la propagación y producción de la vacuna, informes institucionales y periodismo científico local.
El trabajo reconstruye el papel jugado por la Junta Central de la Vacuna (1804), para planificar, ejecutar y expandir esta estrategia en el territorio, el Instituto de Vacunación Animal (1873) y el Centro General de la Vacuna (1883) en la producción de la misma.
En el siglo XX, se convirtió en obligatoria por ley y junto a las estrictas medidas de aislamiento tomadas sobre los casos y los controles de focos, llevaron a la eliminación de la enfermedad a partir de 1923.
La viruela, fue una enfermedad que estuvo presente desde los primeros años de la colonización de Cuba, pues se ha documentado su presencia, en fecha tan temprana como 1520, con un brote epidémico confirmado un año después (Martínez Fortun, 1952) y, como luego comentaremos en detalle, la presencia de la enfermedad en el siglo XIX y los inicios del XX, continuó siendo un problema que la sociedad cubana, tuvo que afrontar.
En el marco de los estudios históricos sobre vacunación antivariólica en Latinoamérica, ocupan un lugar destacado los realizados en torno a la figura del médico cubano Tomas Romay y Chacón (1764Chacón ( -1849)).
De él se ha subrayado (López Sánchez, 2004), con todo merecimiento, no solo su papel destacado en relación con la difusión de la citada vacuna en su país, sino también por ser uno de los pioneros e impulsores del proceso de modernización social y sanitaria cubanos de su tiempo, como importante miembro de la Real Sociedad Económica de Amigos del País (RSEAP) 1, como uno de los redactores del Papel Periódico de La Havana así como su vinculación a la universidad llegando a ser decano de la Facultad de Medicina.
Romay, junto con otros científicos, formaría parte de lo que López Sánchez denominó "Año de la eclosión científica" (1797) (López Sánchez, 2016) integrado por quienes publicaron por primera vez y al unísono un grupo de trabajos que abrieron el camino de la literatura científica en el país.
Como parte de ese grupo, del que fue uno de los fundadores, publicó una Disertación sobre la fiebre maligna llamada vulgarmente vómito negro, enfermedad epidémica de las Indias Occidentales (Romay, 1797(Romay,, ed 1965, T 1, p.
65 -84), donde hizo un estudio sobre la fiebre amarilla, que era una de las causas fundamentales de la mortalidad en la época.
Y, finalmente, su compromiso político y social fue innegable, formado parte de la RSEAP (Beldarrain, 2010).
Pero Romay es sobre todo conocido por ser el principal artífice de la introducción en el país de la vacuna antivariólica, iniciada por él, antes de la llegada a las costas cubanas de la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna (1803Vacuna ( -1806)), comandada por Francisco Xavier Balmis, para propagar el preservativo en los dominios españoles.
La producción científica sobre Balmis y la Expedición es muy abundante y la monografía de Susana M. Ramírez Martín (Ramírez, 2002a), reuniendo trabajos previos y otras aportaciones posteriores en colaboración con otros autores, ha supuesto un hito fundamental en el conocimiento histórico de la Expedición por su rigor y su impecable trabajo en fuentes originales.
Dentro del itinerario de la Expedición conocemos que el 27 de marzo de 1804 arribó a La Habana, aquí estuvo hasta el 18 de junio del mismo año, que se dirigió a Yucatán.
La propia autora subraya la influencia de Romay en España.
Al médico cubano, desde la Inclusa madrileña se le solicita, en 1813, información sobre su procedimiento de manejo del fluido vacunal.
La respuesta de Romay y la documentación de archivo generada, fue reproducida por Ramírez en su trabajo publicado en Asclepio (Ramírez, 2002b), El recurrir a Romay se debió, tal y como subraya Ramírez, a un doble motivo: por su trayectoria como vacunador y, en segundo lugar, por su pertenencia a la Junta de la Real Casa de la Beneficencia de extramuros de La Habana.
Contó, para estas actividades científicas, con el apoyo del Obispo de La Habana, monseñor Don Juan José Díaz de Espada y Fernández de Landa y de la ya mencionada RSEAP de La Habana.
Como analizaremos más adelante, la vacunación, que se extendió durante todo el siglo XIX, promovió el surgimiento de instituciones, como la Junta Central de la Vacuna (1804), encargada de todo lo relativo a su propagación y de otras para la producción de la misma, como fueron el Instituto de Vacunación Animal (1873) y el Centro General de la Vacuna (1883).
Mediante una legislación, en los primeros años del siglo XX, la vacunación se hizo obligatoria.
En el periodo que se desarrolla el artículo, Cuba fue una colonia de España durante todo el siglo XIX, en sus inicios, la actividad económica fundamental era la producción de azúcar, para la exportación hacia Europa y los Estados Unidos de América (EUA), la base fundamental del desarrollo de esta industria fue la esclavitud, que se incrementó desde mediados del siglo XVIII.
A partir de 1868, se inició un período convulso, de guerras por la independencia nacional, hasta 1898, se sucedieron tres: la Guerra de los Díez Años (1868 -1878), la Guerra Chiquita (1871) y la Guerra de Independencia (1895Independencia ( -1898)), etapa que se deterioraron mucho las condiciones sanitarias de la isla, así como su actividad económica.
En enero de 1999 y hasta 1902, ocurrió la Primera Intervención Militar Norteamericana, que trató de mejorar la situación higiénica y controlar algunas enfermedades epidémicas, creando nuevas instituciones.
El período final del artículo, coincide con los primeros años de la República, iniciada el 2 de mayo de 1902, donde la economía paso a depender muy estrechamente de los vecinos del norte y el azúcar continuó como su principal producción.
El objetivo del presente artículo es analizar los resultados de la estrategia de vacunación en la eliminación de la viruela en Cuba en el periodo objeto de estudio.
El inicio, en 1804, se justifica por tratarse de la fecha de introducción de la vacuna jenneriana en Cuba.
La finalización del trabajo en 1923, viene dada por ser el año siguiente al que se produjo el último caso de viruela en la isla.
Un segundo objetivo general es el análisis de cómo se transformaron las instituciones en relación a los avances y producción de la vacuna en los diferentes contextos en los que se llevó a cabo, coincidentes en gran parte, con acontecimientos políticos importantes que marcaron el tránsito de colonia a estado nacional en Cuba.
Para lograr estos resultados se utilizó el método histórico lógico, apoyados en la técnica de la revisión documental.
Se revisaron las estadísticas de salud sobre viruela, disponibles en la Dirección Nacional de Estadísticas y Registros Médicos, del Ministerio de Salud Pública, documentos existentes en el Archivo Nacional y en la Oficina del Historiador de la Salud Pública, relacionados con las instituciones encargadas de propagar y producir la vacuna, así como, los informes elaborados por estas instituciones y artículos científicos publicados, relacionados con el tema, en la prensa médica nacional.
LA DIMENSIÓN EPIDEMIOLÓGICA DE LA VIRUELA EN CUBA
En Cuba, existieron epidemias documentadas desde etapas tempranas del encuentro de los dos mundos.
Los primeros grandes brotes de enfermedades infecciosas que se conocen, datan de la etapa inicial del proceso de conquista -colonización, cuando la población aborigen de su territorio, se puso en contacto con la europea, con lo que se introdujeron algunas enfermedades hasta entonces desconocidas como viruela, gripe y sarampión, entre las primeras, con gran virulencia y una letalidad elevada (Beldarraín, 2010).
La relación entre colonialismo y presencia de brotes epidémicos desconocidos con anterioridad, así como su influencia en el desarrollo de políticas de salud pública, ha sido un tema especialmente relevante desde el punto de vista historiográfico en los últimos años.
La primera epidemia de viruela de que se tienen noticias, data de 1521.
Se sabe de la existencia de casos de la enfermedad desde el año anterior (Martínez -Fortún, 1952, p.
Según los datos del historiador Jacobo de la Pezuela, fue una enfermedad muy severa, la que dejaba una gran cantidad de bajas en los indios (Pezuela, 1868, T 1, p.
El demógrafo e historiador Juan Pérez de la Riva, estimó la población indígena cubana en unos 112 000 habitantes, con un elevado índice de reducción, que, en 10 años, alcanzó un 80%, estas cifras estiman que cuando ocurrió la severa epidemia de viruela, quedaron unos 18 700 indocubanos, para el año 1521, por lo que fue la causa, según este autor, de la mortalidad del 33 % de la población, que ya tres años antes (1518) había disminuido a unos 60 000 habitantes, o sea la mitad (Pérez de la Riva, 1972).
Otros criterios argumentan que por muy severa y explosiva que haya sido esta epidemia, estos cálculos son exagerados, más con las características habitacionales que tenía la población aborigen, la cual vivía muy dispersa con una densidad relativa baja (López Sánchez, 1997, p.
En el siglo XVII, en 1637, se presentó la viruela, en La Habana, siguieron brotes de diferente intensidad en todo el siglo y a partir de 1649, estos se alternaron con las epidemias de fiebre amarilla, durante los dos siglos posteriores.
En el siglo XVIII, hay evidencias de coexistir un brote de fiebre amarilla y otro de viruela en 1709.
Una epidemia variolosa ocurrió en 1770, que duró mucho tiempo en la capital, referidas en las actas capitulares.
Iniciando el siglo XIX, en 1804, estuvo presente la enfermedad con focos en numerosas villas y poblados.
A pesar de la introducción de la vacuna en esas fechas, el mal se presentó los años siguientes en diversos lugares del territorio.
En 1816, fue importante una epidemia de viruela, coexistiendo con una de fiebre amarilla y otra de anginas graves (tos ferina).
En 1817, se agravó junto a la fiebre amarilla en La Habana y, en 1819, ambas enfermedades continuaron azotando a la población cubana (Martínez-Fortún, 1952, p.
Todo este siglo, se presentaron brotes de viruela, informándose en 1821 una epidemia grave de ella en Santiago de Cuba.
En 1829, todo el territorio insular se vio afectado por una presencia severa de esta enfermedad, de la que Romay dijo ser grave, y continuó su difusión en el año siguiente.
Entre 1860 y 1863, se informó la existencia de este mal en diversas poblaciones de la isla, produciendo elevada mortalidad.
La más grave fue la de 1887-88, que provocó, 2 204 muertes en estos dos años, que coincidieron con la guerra de los Diez Años (cuadro No. 2).
El mayor número de fallecidos, se registró en el año 1878, al finalizar la Guerra de los Diez Años (Sesión pública del 23 de octubre de 1881.
Se recogió presencia de brotes en Batabanó, Mariel, y Cienfuegos, además de los de Remedios, Matanzas, Regla y La Habana.
Desde 1899, no se presentó una epidemia importante variolosa en ese siglo en Cuba (Le Roy, 1922).
En el siglo XX, no se encontraron datos de incidencia de esta enfermedad en los años correspondientes a 1905 -1909.
Se reportó una epidemia, que causó la mayoría de los fallecidos, se reportaron 316 muertes en 1921, que elevó la tasa de mortalidad a 10.43 x 10 5 habitantes, el año siguiente, se contabilizaron 158 exitus letales, que representaron una tasa de mortalidad de 5.08 x 10 5 habitantes (figura No. 1).
En estos dos años, se notificaron 493 fallecidos.
INTRODUCCIÓN, PROPAGACIÓN Y CONSERVACIÓN DE LA VACUNA ANTIVARIÓLICA
Tomas Romay y los inicios de la vacunación en la primera mitad del siglo XIX Los esfuerzos de Tomás Romay por lograr disponer de una vacuna fueron titánicos, pues comprendió que era el único medio disponible para enfrentar la enfermedad y no paró hasta tenerla en sus manos.
La comunidad facultativa habanera supo de este proceder en 1802, hasta ese momento se utilizaba la variolización, que no era más que la inoculación con el virus varioloso, que lo practicó el propio Romay, desde tiempo atrás 2 (López Sánchez, 2004, p.
La RSEAP, en sesión del 4 de febrero de 1802, el Censor, Don Andrés de Jaúregui, comunicó, que había recibido una memoria impresa en Madrid, sobre el uso y propagación de la vacuna, para que se estudiara y dictaminara sobre la oportunidad de su uso.
De hecho, el método de vacunación jenneriana fue conocido en Cuba a través de la difusión de la obra de Pedro Hernández (Hernández, 1802), que se editó en Madrid y más tarde en La Habana y México (Ramírez, 2002b, p.
La Junta de Gobierno decidió que Romay, la estudiara e informara si era ventajoso que se imprimiera y se diera a conocer a los médicos para que se familiarizaran con estas ideas nuevas (López Sánchez, 2004, p.
81; Libro de Acuerdos de la Sociedad Económica, Libro II, folio 458, p.
Éste, estudió el complejo problema de la vacunación en toda su extensión y vislumbró lo ventajoso de su utilización.
Desde ese momento fue su defensor e inició un trabajo en la dirección de introducir, sostener y expandir esta técnica en toda la isla.
También estas nuevas ideas le proporcionaron distanciarse de los inoculadores y le ofrecieron respaldo para iniciar una batalla en su contra, que fue una manifestación de un debate ideológico y epistemológico, que tenía su origen en conflictos metodológicos y de conocimiento científico, pero era en realidad un problema profesional, un elemento de protección gremial, y prescindir de la rivalidad que representaban los inoculadores.
La vacunación, le permitió a los galenos y a las autoridades que la respaldaron luchar contra la enfermedad, en el campo profesional, sentó las bases de la prevención de las enfermedades, y fue un elemento importante que podría contribuir a erradicar un problema social acuciante, representado por la morbilidad y mortalidad que la viruela ocasionaba en la población.
Fue también el primer proyecto social de la medicina cubana La vacuna fue distribuida gratis y fue la primera vez en la Isla, que se proponía desde las instituciones, desde el poder, una medida de protección a cualquier miembro de la sociedad, sin costo alguno y sin que fuera una fuente de ingresos para ninguno de los involucrados, ya fueran los profesionales o las instituciones.
Se puede decir que, fue la primera manifestación de medicina social en Cuba (Beldarraín, 2010).
El Real Tribunal del Protomedicato se pronunció a favor de la vacunación.
Romay, recomendó que se publicara el opúsculo sobre la vacunación y dijo que lo más importante era buscar el pus infeccioso en vacas afectadas, para poder iniciar la vacunación entre la población.
La RSEAP, solicitó al Real Consulado, que se encargara de imprimir el folleto sobre la vacunación, lo que se hizo efectivo, el 25 febrero 1802 (López Sánchez, 2004, p.
84; Libro de Acuerdos de la Sociedad Económica, Libro II, folio 458, p.
La RSE-AP puso en manos de Romay todo lo relacionado con el inicio de la práctica de la vacunación, para ello tuvo entre las tareas más difíciles, la de disponer del virus vaccinoso, fue en un momento en que una gran epidemia de la enfermedad se expandía por la Isla y era su deseo empelar esta nueva estrategia de combate.
Recorrió gran parte del territorio, buscando lesiones en las vacas.
No encontró la vaccina, pero no desistió de su búsqueda (Beldarraín, 2010).
Balmis determinó inocular algunas vacas con el virus, porque presumía que al comunicársela a estos animales se haría la enfermedad epidémica entre ellos.
Para esta tarea, solicitó la ayuda de Romay (Beldarraín, 2010).
Antes de su marcha, Balmis, presentó un plan científico y económico, para establecer una Junta que conservase inalterable el fluido vacuno.
Asimismo, recomendó al gobierno, que hasta se resolviese sobre ello, era Romay, el más indicado para que se le confiara "como un depósito, el más precioso e importante: la conservación del virus vacuno en esta ciudad" (López Sánchez, 2004, p.
La RSEAP acogió con beneplácito las propuestas del doctor Balmis para establecer una difusión adecuada de la vacuna y en la sesión del 8 de junio de 1804, se leyó una carta enviada por este galeno, donde expresaba su placer de que antes de su llegada ya Romay practicara la vacunación, también envió un reglamento para conservar el fluido vacunal y propuso se creara una institución para ello: la Junta Central de la Vacuna (Libro de Acuerdos Sociedad Económica, Libro 3, folios 133 y 136, p.
Unos días después, el 13 de junio, Romay recibió toda la documentación pertinente, donde quedaba constituida la institución y él mismo fue nombrado Secretario Facultativo, cargo que ejerció hasta su muerte con un rigor y cientificidad admirables.
Esta Junta inició las acciones de higiene pública y la primera medida general de carácter sanitario en la Isla, fue la vacunación.
Se constituyeron Juntas Subalternas en las diferentes ciudades y villas de la isla, en las cuales trabajaban vacunadores perfectamente entrenados, que llevaron adelante el trabajo de propagar la vacuna en los diferentes términos municipales.
Estas juntas tuvieron una relación estrecha con la junta capitalina, enviaban informes periódicos del trabajo realizado, que fueron integrados en la estadística que elaboró la institución central.
Los Ayuntamientos de las diferentes villas de la Isla, asumieron los gastos que acarrearon los trabajos de vacunación en su jurisdicción.
En algunas oportunidades, el Ayuntamiento habanero fue moroso con el pago de los adeudos, su Secretario Facultativo, envió una misiva a la presidencia de la RSEAP, donde recordó los acuerdos existentes y los compromisos contraídos por los ayuntamientos, de manera espontánea, para mantener el trabajo de conservación y propagación de la vacuna (Archivo de la Sociedad Económica, Legajo No. 5, Apéndice E).
La Junta Central de la Vacuna funcionó hasta 1849, cuando falleció Romay, entonces sus funciones pasaron a las Juntas Superior, Provinciales y Municipales de Sanidad, que desde entonces designaron y supervisaron a los vacunadores hasta el final de la dominación española (Delgado, 1987; Beldarraín, 2010).
Fue destacada la actuación del vacunador licenciado Joaquín José Navarro, quien trabajó en Santiago de Cuba.
Sostuvo que era imprescindible inocular las vacas, a partir del pus de los granos vacunos del hombre, para conservar inalterable el virus (López Sánchez, 2004, p.
Gran importancia tuvo la decisión de la Junta Central de la Vacuna, de establecer la obligatoriedad de la vacunación.
Romay, propuso además que no se admitiera en ningún colegio a un alumno si no se acompañaba de un certificado de vacunación antivariolosa.
Una de sus medidas más importante, fue la vacunación obligatoria a todos los esclavos que llegaban al puerto de la ciudad, antes de permitirse su venta, y si alguno había padecido la viruela durante el viaje, se hacía observar a todos los tripulantes y esclavos la más rígida cuarentena (Delgado, 1996, p.
Durante el siglo XIX, la única medida de lucha posible contra la enfermedad era la vacunación, se había creado una institución capaz de propagarla y establecer una estrategia para su control: la Junta Central de la Vacuna, a pesar de sus esfuerzos, los resultados de la vacunación fueron bastante pobres, al igual que la cobertura de población vacunada.
LA VACUNACIÓN DESPUÉS DEL CIERRE DE LA JUNTA CENTRAL DE LA VACUNA La Junta Superior Provinciales y Municipales de Sanidad
La vacunación antivariolosa, a partir de 1849, se integró en la estructura institucional sanitaria de la colonia.
Esta organización sanitaria estaba integrada por la Junta Superior de Sanidad, que se estableció en 1807, pero la misma tuvo una acción muy limitada, ya que no se destacó por establecer un control de las enfermedades infectocontagiosas existentes, ni tan siquiera por elaborar planes o establecer medidas para intentar su control, hasta 1825, en que se documentó una epidemia de dengue y entonces, dicha Junta si tuvo por vez primera una gestión apropiada y pocos años después, en 1832, cuando el fantasma del cólera amenazaba con atacar a la isla, se creció y fue verdaderamente una institución operativa.
Pero la epidemia de cólera, que finalmente alcanzó al territorio en 1833, fue tan brutal, que desbordó a todo el marco institucional colonial, incluida la misma Junta, la cual fue disuelta en enero de 1834, así como el Real Tribunal del Protomedicato, que existía desde 1711 (Delgado, 1996, 35 -43).
En esta primera etapa del siglo XIX, contrastó, con estas instituciones, el servicio de la Junta Central de la Vacuna, que tuvo un trabajo sistemático y con resultados tangibles.
En enero de 1834, inició su labor la Junta Superior Gubernativa de Medicina y Cirugía y la de Farmacia, la primera asumió todas las tareas que tenía la antigua junta sanitaria y las del Protomedicato.
Posteriormente, estas instituciones se reformaron en parte y se les llamó Juntas Superior de Sanidad, la cual tuvo instancias locales: Juntas Provinciales y Juntas Municipales de Sanidad, desde 1842.
A partir de este año, las actividades de vacunación fueron de la jurisdicción de esta junta, la cual continuó este trabajo, pero con menor fuerza que cuando era dirigida por Romay, se mantuvieron las acciones y el entrenamiento sucesivo de los vacunadores, en las diferentes localidades del país.
La Real Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana
La Real Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana (RACMFNH) fue la institución científica más relevante de la isla de Cuba en toda su etapa colonial, se inauguró en 1861, se destacó principalmente como una tribuna de discusión y un motor propulsor del desarrollo y difusión de las ideas científicas nuevas, además de organismo asesor del Gobierno colonial en materia de medicina y de las restantes ciencias.
Estuvo involucrada también en el control de la viruela a través de la vacunación.
La RACMFNH, fue también un centro asistencial de vacunación.
El 12 de septiembre de 1869, se informó, que el director de vacunación en La Habana, doctor Vicente Hernández, había solicitado a la institución que un día a la semana se administrara en su salón de sesiones el preservativo de la viruela (Anales, 7: 171, 1869).
El cuerpo de vacunadores de la Academia, que formaba la llamada Sub Comisión de la Vacuna, adscrita a la Comisión de Higiene Pública, Medicina Legal y Policía, estuvo encabezada por el doctor Rafael Hondares, eficazmente auxiliado desde 1869, por Tomás Mateo Govantes, quien sustituyó a Hondares, a su fallecimiento en 1877 (Anales, 13: 594, 1877), mantuvo informada a la Academia de la labor de la subcomisión, la cual practicó en 1876, 551 vacunaciones y repartió 305 tubos (capilares) con la linfa vacunal.
La corporación, era también un centro de distribución de la vacuna, que le era solicitada desde lugares muy lejanos.
En 1880, la subcomisión de la vacuna se trasladó a Santiago de las Vegas, para auxiliar a los colegas del lugar, pues el inóculo no prendía.
Ese año formaron parte de la subcomisión, además de Govantes, José Pantaleón Machado, Vicente Benito Valdés, Miguel Riva, José Beato, Rafael A. Cowley y Gabriel Ma.
La RACMFNH, siempre prefirió la propagación de brazo a brazo, procedimiento que se practicaba desde 1804 y se utilizó al principio de las casas de socorro en 1871 (Le Roy, 1922, p.
La vacunación brazo a brazo, en lugar del uso directo de la linfa u otros componentes del cow -pox inducido en terneros, tenía el inconveniente, además del riesgo de propagar algunas enfermedades, de que a menudo se agotaba el suministro de la vacuna (la pústula del brazo del inoculado) y era necesario acudir a la importación de la linfa del extranjero, para reiniciar la cadena de inoculaciones de persona a persona.
La primera remesa de linfa vacunal, adquirida por la Academia en el extranjero, consistió en seis tubos, remitidos por el Establecimiento Nacional de la Vacuna de Londres, del recibo se informó en sesión pública, el 12 octubre 1873.
Posteriormente se compraron en varias oportunidades en el mismo establecimiento, sufragadas por el presidente Nicolás J. Gutiérrez (Pruna, 2002, p.
En 1871, se inauguraron las Casas de Socorro, instituciones de atención primaria de salud, que atendían a la población de los barrios donde estaban ubicadas, brindando atención médica de diverso tipo, tenían consultas, cuerpos de guardia, para la atención de urgencias.
Entre sus servicios estuvo el departamento de vacunación, donde realizaban vacunaciones y revacunaciones a las personas que acudían a ello.
Esta vacunación era gratuita y por iniciativa del director de vacunación y concejal doctor Vicente Hernández, se realizaban brazo a brazo.
Estas instituciones llegaron a ser siete en la capital y estuvieron funcionando hasta la primera mitad del siglo XX (Le Roy, 1922, p.
El Instituto de Vacunación Animal
Las autoridades sanitarias de la Isla, tratando de resolver el problema de la inestabilidad existente con el suministro de vacuna, comisionaron al doctor Vicente Luis Ferrer, para que, por sus propios medios, viajara a Europa, donde visitó varios países que habían sustituido la vacunación brazo a brazo, por el uso directo del suero vaccinal de terneros y examinara la conveniencia, de implantar en Cuba la vacunación animal.
En el propio año, comenzó a practicar la vacunación animal en las ciudades de Matanzas, Colón y Guanajay, y ya el 27 de agosto, una Real Orden, lo autorizó a establecer un Instituto de Vacunación Animal de las Islas de Cuba y Puerto Rico.
La discusión, si la vacunación debía propagarse de persona a persona o de terneras que la padecían a personas, se prolongó, desde 1869 hasta 1898.
Influía mucho, la situación que los médicos se habían acostumbrado a la vacunación brazo a brazo, aunque ya en 1878, las casas de socorro utilizaban solo la vacuna animal.
Había dudas también, sobre la efectividad de esta vacuna.
En 1879, se realizó una prueba experi-mental en la Academia, que no arrojó diferencias entre la vacuna de brazo y la animal, la corporación siguió prefiriendo la forma tradicional (Pruna: 350).
El Instituto de Vacunación Animal comenzó a producir vacunas, y a aplicarla a la población que allí acudía, fue una institución privada, creada y dirigida por el doctor Vicente Luis Ferrer, su vacuna debía ser comprada, por lo que no era accesible a los estratos inferiores de la población colonial.
La que continuaba proporcionando la RACMFNH era gratuita.
No resultaba concebible, para los doctores Gutiérrez, Mestre, Govantes y muchos otros académicos, que la campaña de vacunación iniciada por Romay, a principios del siglo, que uno de sus pilares era su carácter gratuito, y fue de los factores que le permitió prevalecer sobre la variolización, que se practicaba hasta entonces en Cuba, se convirtiera en un elemento de lucro.
De ahí que la vacunación animal, nunca fuera bien vista en la Academia.
Según Le Roy, el Instituto de Vacunación Animal: "... fue el primer establecimiento de su índole creado en las Américas, y surtió a otros varios de la Isla y del extranjero.
Los distintos preparados que usaba ese centro, eran pústulas frescas, cultivadas de ternera a ternera, cortados en los días 5o y 6o de su evolución y conservados en papel de plomo o en yeso, y la linfa extraída de las mismas conservada en tubos capilares, entre cristales, en puntas de marfil o en plumas de aves, y pústulas en glicerina.
Más tarde, usó además del glicerinado de vacuna, un preparado con glicerinado de almidón y la parte pulposa de las pústulas" (Le Roy, 1922, p.
En 1871 apareció la revista El propagador de la vacuna, editad y dirigida por el doctor Vicente Luis Ferrer, estaba concebida para publicar noticias y artículos que reflejaran la realidad sobre la vacunación antivariólica y dotara a los estudiantes de medicina, a los galenos y a la población en general con sólidos conocimientos sobre el tema.
Incluiría información sobre la legislación existente alrededor de la vacuna, así como las noticias y adelantos del instituto que él dirigía.
Se conoce un solo número, aunque en su editorial, el director anuncia un segundo número, dirigido a las madres, que al parecer nunca se publicó.
Este primer número lo dirigió a los hacendados, e incluye un artículo sobre el estado de la vacunación en los campos cubanos, acompañado con tablas estadísticas, de la situación de las vacunaciones en di-versas fincas y los resultados alcanzados (López Espinosa, 2004).
Al parecer, en 1886, se denominaba Instituto Práctico de Vacunación Animal.
Bajo la dirección de Díaz Albertini y Porto, comenzó la producción de una pulpa vaccinal extraída de la ternera, según procedimiento del Instituto Vaccinifero de Bélgica, de ello se informó en la academia, en sesión pública del 11 de abril de 1886, pues habían enviado una muestra a la subcomisión de la vacuna (Pruna, 2002, p.
La vacunación en los últimos años del siglo XIX
Los años finales del siglo XIX, se caracterizaron epidemiológicamente por la presencia de varias enfermedades infectocontagiosas, entre las más importantes se documentaron la fiebre amarilla, el paludismo, la disentería, la tuberculosis y la viruela.
Estas se incrementaron notablemente en la segunda mitad de década de 1890, cuando comenzó la Guerra de Independencia (1895).
Las autoridades políticas y sanitarias coloniales, no mostraron mucho interés en la solución de estos problemas, estaban más preocupados por controlar la situación de inestabilidad política existente y la conclusión inminente de la pérdida de uno de los últimos territorios de imperio español (a esas alturas solo le quedaban Cuba, Puerto Rico y las Filipinas).
No obstante, algo se hizo para tratar de continuar la lucha contra la viruela, única enfermedad de las presentes que tenía una medida específica para enfrentarla.
Se vieron conminados a la acción, por la presión y el reclamo de los médicos cubanos, que eran bastante numerosos e influyentes en la sociedad de esos momentos y algunas instituciones demasiado poderosas en relación con la formación de opinión pública, como fueron la RACMFNH y la RSEAP (Martinez-Fortún, 1952; Beldarraín, 2014; Funes, 2005).
De acuerdo a la legislación vigente en España, en Cuba debía crearse un Centro General de la Vacuna, y el Gobierno de la isla indicó a la Academia, que elaborara un proyecto de reglamento para el mismo.
La epidemia continuó en 1888, y el académico Miguel Franca Mazorra, propuso una serie de medidas prácticas a ser aplicada de inmediato, entre ellas la obligatoriedad de la vacuna y señalaba, que, el aislamiento de los enfermos era esencial, que se había comenzado a practicar sistemáticamente en los hospitales desde el brote epidémico de 1887 -88, incluso se llegó a crear un hospital de variolosos, situado en el suburbio de La Miranda, que se clausuró al reducirse la incidencia de la enfermedad en 1888 (Anales, 25: 31, 33, 1888).
A finales del siglo, el 27de febrero de 1898, se debatió en la Academia, un informe, de Juan Santos Fernández, sobre un trabajo del destacado galeno mejicano Eduardo Liceaga, donde se refería a los inconvenientes de la vacunación brazo a brazo, y se designó una comisión para que redactara una cartilla para la población sobre la vacunación antivariolosa.
A pesar de todos estos esfuerzos realizados, la vacunación no llegaba a toda la población, al menos de manera efectiva, con revacunaciones.
El siglo XX, en Cuba, se inició con la Primera Intervención Militar Norteamericana, que se caracterizó por un intenso trabajo sanitario, para tratar de solucionar la situación crítica presente en la Isla al final de la Guerra de Independencia, las villas fueron afectadas por el hambre y por un deficiente estado higiénico sanitario.
Los pobres vivían en desdichadas condiciones, entre miseria, hacinamiento, agravados por la falta de trabajo, que era muy elevada en las ciudades.
Fue, una verdadera intervención sanitaria, tal vez lo único positivo de ese período, ya que no se pudo alcanzar, de momento, la libertad, por la que tantos cubanos habían luchado e incluso dado su vida.
La organización sanitaria en el periodo de la primera intervención norteamericana
En los primeros momentos de la administración norteamericana, se cancelaron las funciones de las Juntas de Sanidad en todos sus niveles; nacional, provinciales y locales, pues eran instituciones anticuadas que no podían dar una respuesta a los nuevos retos sanitarios a enfrentar.
Los médicos militares norteamericanos organizaron bajo su mando, nuevos servicios sanitarios en casi todos los pueblos de la Isla.
El Gobierno Militar, en enero de 1899, nombró un jefe de sanidad y abrieron los Departamentos de Sanidad de La Habana, Santiago de Cuba y las otras ciudades importantes.
Estos nuevos centros tenían un Servicio de Inspección Sanitaria de Casas, el cual dividió a las poblaciones en distritos.
La Habana quedó dividida en 100 distritos, y en cada uno se nombró a un médico inspector, escogido entre los médicos residentes en la ciudad.
La fiebre amarilla y la tuberculosis, fueron enfermedades que recibieron una atención especial (Delgado, 1996; Beldarraín, 2014).
Fue nombrado Jefe de Sanidad, el mayor John Davies, quién solicitó a todos los galenos nacionales su ayuda para combatir el desastre sanitario del país.
Así se organizó la Oficina Central de Sanidad que incluía cuatro Negociados: Órdenes, Estadísticas, Multas y Archivos.
En abril de 1899, se fundaron los Servicios de Desinfección.
Estas instituciones sanitarias se encargaban de elaborar las estadísticas de natalidad, mortalidad, matrimonios, enfermedades y epidemias; eran responsables del control sanitario de los hospitales, asilos, hoteles, mataderos, escuelas, talleres, casas de vecindad, establos, cementerios y de todos los edificios públicos y cuarteles.
Ejercían el control del agua y los servicios de alcantarillado, las basuras, el expendio de las bebidas, víveres y otros comestibles, para evitar su adulteración.
Además, chequeaban el ganado de importación y la matanza en general, la declaración de enfermedades infectocontagiosas y el cumplimiento de las cuarentenas, el aislamiento y la desinfección de los atacados y de los lugares por estos contaminados.
A ellos pertenecían también el servicio de vacuna y los servicios preventivos de carácter médico sanitario (Delgado, 1996; Beldarraín, 2014).
También surgieron los Servicios Sanitarios Municipales, que fueron dotados con un Reglamento General publicado en la Gaceta Oficial, el 3 de octubre de 1899.
Estos servicios incluían las Casas de Socorro y la asistencia médica domiciliaria.
El mayor William Gorgas, fue nombrado Jefe de Sanidad en 1900, quién mandó a publicar por primera vez, oficialmente, las estadísticas sanitarias de La Habana y sus poblaciones limítrofes (López Serrano, 1981).
En esos años también se crearon las ramas de la Sanidad Marítima, el Departamento de Inmigración, el Servicio de Vacuna, el Servicio del Muermo y Tuberculosis en el Ganado y el de Higiene Especial.
Cada una de estos servicios funcionaba de manera independiente.
El 17 de mayo de 1902, por la Orden No. 159, se creó la Junta Superior de Sanidad, la cual supervisaría los problemas e instituciones de salud pública y aplicaría las medidas sanitarias necesarias en el país.
Esta Junta tenía potestad para hacer cumplir las leyes de carácter sanitario, con inclusión de las que regulaban el ejercicio de la medicina, la cirugía dental, las agencias funerarias, las industrias peligrosas, el abastecimiento de agua, la recogida de basuras, etc. Estaba capacitada para dictar disposiciones para combatir enfermedades transmisibles en los hombres y en los animales, para menguar algunas costumbres dañinas a la salud pública, para eliminar las causas que originaran el paludismo y establecer reglas de cuarentena interiores (Delgado, 1996, Valera, 2018).
A la Junta, se le adjudicó, por la Orden No. 159, del 17 de mayo de 1902, todos los trabajos relativos a la lepra, el muermo, la tuberculosis, la vacuna y la higiene especial.
En cada municipalidad se fundó una Junta Local de Sanidad, presidida por los Jefes Locales de Sanidad e integrada por los Oficiales de Cuarentena y los Jefes Locales del, Servicio de Higiene Especial, como vocales (Delgado, 1996; Beldarraín, 2014).
Entre las acciones iniciales de este período estuvo la campaña de higienización de las poblaciones, originada por las condiciones insalubres de la isla como resultado de las acciones bélicas.
El Servicio de Inspección Sanitaria de las Casas fue el que primero funcionó en cada ciudad y pueblo, que fueron divididos en distritos, con un médico inspector en cada uno, La Habana quedó dividida en 100 distritos.
El cambio en la apariencia de las poblaciones fue un resultado inminente de estas acciones.
Se recogió la basura y los animales muertos dispersos en las calles, se trabajó en la obligatoriedad del llenado del informe de enfermedades transmisibles de declaración obligatoria, que se amplió e incluyó un grupo de nuevas dolencias; se tomaron las medidas de desinfección y aislamiento adecuado en cada caso (Beldarraín, 2014; Delgado, 1996).
La creación de la Comisión de la Fiebre Amarilla, por la Orden Civil No. 15, del 7 de agosto de 1899, fue de gran importancia.
Esta Comisión tuvo a su cargo el estudio hasta tener un diagnóstico definitivo, de todos los casos comunicados como sospechosos o confirmados de la enfermedad a las oficinas municipales de sanidad.
Estuvo presidida en un inicio por el doctor Carlos J. Finlay, el doctor Jorge Le Roy y Cassá como secretario y los doctores Diego Tamayo Figueredo, William C. Gorgas, Jefe de Sanidad del Ejército Norteamericano en Cuba, Henry Carter, Jefe de Sanidad Marítima y John Davies, Jefe de Sanidad de La Habana, como vocales (Delgado, 1996; Beldarraín, 2014).
La vacunación antivariólica fue elevada a una acción obligatoria, la cual se reglamentó a través de la Orden Militar No. 165, del 24 de junio de 1901.
Se integró la Comisión de la Vacuna, formada entonces por el médico norteamericano Valeri Havard y los cubanos doctores Dámaso Lainé Garesche, Juan Guiteras Gener, Vicente La Guardia Maden y Luis Ma.
Cowley Valdés-Machado, esta comisión ejecutó una excelente labor.
El 19 de mayo de 1902, terminó el periodo de la intervención norteamericana, para estas fechas se implementaron algunas medidas de importancia en el campo sanitario, como fueron la instalación del agua del Acueducto de Vento en todas las casas y comercios de La Habana; entró en vigor el Reglamento General para el Servicio de Higiene de la Prostitución e Higiene Especial de la Isla; el de ejercicio de la Veterinaria y los reglamentos y leyes de cuarentenas (López Serrano, 1981, Beldarraín, 2014).
En esos años, se mantuvo presente la viruela, la principal medida de lucha contra la enfermedad, continuó siendo la vacunación.
La misma evolucionó y ya no era necesario traspasarla de una persona vacunada a la sana, pues se producían en los laboratorios que existían en el país.
Desde 1899, no hubo epidemias de viruela en Cuba.
En 1901 -1902 se realizó una enorme campaña de vacunación, que abarcó casi 266 mil personas, para ello se formó, previamente, en 1901, un centro oficial para la producción y distribución masiva de la vacuna y se estableció su obligatoriedad (Le Roy, 1922, p.
Como se dijo en párrafos anteriores, desde mediados de 1901, la vacunación era obligatoria en el país.
La lucha contra la viruela en la nueva República
El 20 de mayo de 1902, surgió la República de Cuba y terminó oficialmente el periodo de la intervención militar del vecino país.
La sanidad estaba dirigida por una Junta Nacional de Sanidad, que tenía una subsidiaria en las municipalidades y principales ciudades de la Isla.
Esta junta pertenecía a la Secretaría de Gobernación, la cual estaba dirigida por el doctor Diego Tamayo Figueredo, médico ilustre, sensibilizado con los problemas de control sanitario y lucha contra las epidemias.
La junta tuvo una relativa independencia, para presidirla Tamayo nombró al médico cubano más importante del momento: al doctor Carlos J. Finlay y Barrés, quién había identificado al agente transmisor de la fiebre amarilla, su mecanismo de transmisión y desarrolló la estrategia para su control, lo que les permitió a las autoridades norteamericanas de la ocupación, eliminar la enfermedad de la isla (López Sánchez, 1997).
Para luchar contra la viruela, la Junta, decidió hacer una estrategia masiva de vacunación en la población (Le Roy,1922; Beldarraín, 2014).
En 1909, el gobierno cubano, decidió establecer una institución de nivel central, con rango ministerial, que se encargara de los asuntos relacionados con la salud pública, así surgió la Secretaría de Sanidad y Beneficencia, la cual fue el primer ministerio de este ramo en el mundo (Delgado, 1996).
El Servicio de Vacunación de Urgencia
Dicha Secretaría, decidió continuar con los trabajos de vacunación que ya se realizaban desde la etapa de la Junta.
Un ejemplo de las medidas tomadas contra la enfermedad, fue la Vacunación de Urgencia.
Servicio practicado por primera vez, con motivo de la existencia de un caso de viruelas, importado en diciembre de 1909 (Rodríguez, 1910, p.
En esta segunda etapa del servicio, se cumplimentó la vacunación en 27 días, obteniendo un grupo de 806 vacunados, 17 250 revacunados, que unidos a las cifras anteriores ofrecen un total general 25 821 individuos con 14 vacunadores (Rodríguez, 1910, p.
Esta estrategia de Vacunación de Urgencia, se repitió, cada vez que se diagnosticó un caso de viruela.
La Secretaría de Sanidad, siguió ejecutando su programa de vacunación, aún en los períodos y lugares donde no se presentaron casos de la dolencia.
Vacunaciones efectuadas por año.
A partir de 1908 fue aumentando el número de inmunizaciones hasta lograr la mayor cantidad en 1922, con 324 008 dosis aplicadas, en los últimos años estuvo en consonancia con las con las intensas labores de los higienistas de la época, por acabar con esta epidemia en Cuba.
En 1923, disminuyó esta cifra en concordancia con la erradicación de esta enfermedad en la Isla (Centro General de la Vacuna, 1923, p.
Estrategia final de control de la viruela
Contra la viruela, se tomaron enérgicas medidas, a partir de 1915, entre ellas: (Villuendas, 1917, p.
294 -301) que cuando se presentaba un caso, dondequiera que fuera, se consideraba como un foco epidémico, y así se actuaba.
Desde la Dirección de Sanidad, en la capital, se enviaba a uno de sus especialistas, como Comisionado Especial, éste, se hacía cargo de organizar las actividades de control del mismo, casi siempre, de tipo campaña, en conjunto con los especialistas y trabajadores de la jefatura Local de Sanidad.
Se enviaban vacunas en cantidad suficiente, para vacunar y revacuanar, a toda la población que se había decidido que estaba en riesgo.
Con el concurso de los médicos locales, se organizaba esta vacunación, por ejemplo, en relación a un caso, que se presentó en la región de Santi Spíritus, en enero de 1915, el 18 de dicho mes, se envió a un Comisionado Especial, ya se había organizado la vacunación, por el Jefe Local de Sanidad, junto a dos médicos más, el día 19, ya tenían vacunados en el pueblo de Guayos, a 1 100 personas.
A partir del día siguiente, continuaron las vacunaciones, hasta agotar la población de 2 500 personas.
Las ropas y enseres del paciente, fueron desinfectadas y quemadas.
La casa almacén donde trabajaba el enfermo, fue desinfectada, se realizó lavado con solución fuerte de bicloruro, combinada con fumigación con azufre, permanganato y formol.
La ambulancia que fue utilizada para trasladar al enfermo, desde Guayos a la ciudad de Santi Spíritus, fue también desinfectada y, además, pintada.
Las personas involucradas con la atención del paciente en Guayos, fueron vacunadas y vigiladas.
El caso fue confirmado en el hospital, diagnosticado como viruela confluente grave.
Se orientó aislamiento absoluto y desinfección intensa.
Se organizó una vacunación general en Santi Spíritus, sistematizada con tres médicos, a partir del El 22 de enero, se quedó preparado el pabellón de aislamiento del Hospital, para asistir a nuevos casos de viruela, si se presentaran (Villuendas, 1917, p.
Se siguió una estricta cuarentena, a los barcos que arribaban al país, con un caso de viruela entre la tripulación o pasajeros, medida, que ayudo al control de la enfermedad y evitar la diseminación de la enfermedad y la aparición de brotes, en el territorio nacional.
Por ejemplo, el Centro General de la Vacuna, envió una nota al Director de Sanidad, el 9 junio de 1919, donde refería que a la Isla había llegado un solo caso de viruelas, el 16 de marzo, en el buque inglés Moorgate, surto en Puerto Padre, procedente de Nápoles, con un tripulante afectado de viruela.
El buque, se puso a disposición del Departamento de Cuarentenas, fue enviado a la estación de cuarentenas del Mariel, donde dejó al varioloso y fue fumigado convenientemente (Centro General de la Vacuna, 1919, p.
El Centro General de la Vacuna, se quejaba, en una nota al Director de Sanidad, el 9 junio de 1919, donde clamaba que a pesar que en Cuba existía vacunación obligatoria, la Ley no se cumplía.
Además, apuntaba que, en la Isla, la viruela no era endémica, gracias al buen servicio de la Secretaría de Sanidad, cuyo Departamento de Cuarentenas cumplía siempre su deber, sumado al trabajo de vacunación (Centro General de la Vacuna, 1919, p.
Los enfermos que arribaban en los barcos, se aislaban en el Hospital "Las Ánimas" (Centro General de la Vacuna, 1919, p.
Hay documentados, en 1920, en Cuba, la existencia de 2 150 casos de viruela, con 36 defunciones (Boletín de Sanidad y Beneficencia Vol.
El 5 de agosto de 1921, se emitió un Informe del Centro General de la Vacuna, dirigido al Secretario de Sanidad, que presentaba la estadística de las primeras vacunaciones realizadas por el Centro, en el período de 40 días, comprendidos del 17 de junio, en que se comenzaron las inoculaciones con la vacuna preparada, hasta el 26 de julio, por las cifras, se comprueba la bondad de la vacuna, el éxito alcanzado fue del 94 %.
En esa ocasión, los niños vacunados fueron 32; 15 con éxito, 5 negativos y 12 se ignora el resultado.
La vacuna después de preparada y comprobada, daba un conteo de bacterias tan solo de 640 por cm 3 y estos banales, haciéndolos sembrar en agar, en placas de Petri en caldo lactosado.
En relación a la virulencia del preparado vacunal, la prueba más sólida es el vacunado, pues la vacuna prendía con eficacia.
La vacuna que poseía la Secretaria de Sanidad y Beneficencia, conservada, por medio de transmisiones reguladas en terneras, en lugar ajeno al centro, es, a no dudarlo de buena calidad y virulencia.
Las terneras inoculadas han prestado siempre los caracteres de una vacuna verdadera y de potencial virulencia, sin tener que lamentar la infección de una sola ternera y como consecuencia lógica la supuración de sus pústulas.
Se realizaron 64 vacunaciones en el reparto Juanelo, ceca de la capital.
Hecha la comprobación el día 2 de julio, se examinaron 52 niños de los vacunados con éxito completo, sin infección de ningún género, presentando las vacunas los caracteres típicos de las mismas y una gran virulencia.
En 1922, el jefe del Servicio de Vacuna, emitió orientaciones sobre la conducta a seguir por los Jefes Locales de Sanidad: (Centro General de la Vacuna, 1922, p.
349 -358), estas orientaciones (cuadro No. 4) fueron cumplidas con rigurosidad y obtuvieron un buen resultado, dado que en 1923 y en lo adelante, no se registraron casos de viruela en Cuba.
-Aislamiento del caso en una sala de hospital o en un lugar adecuado, bastando que no tenga contacto con las casas vecinas. -Vigilancia estricta, que no entre ni salga persona alguna que no esté inmunizada. -Evitar posibles infecciones secundarias de la piel, baños generales templados con solución sublimada al 1 por 12 000, diariamente, desde la aparición de las pústulas hasta su curación completa. -La curación, diagnosticada por el médico de asistencia, no constituye el Alta Sanitaria, no debe darse mientras existan elementos desecados del exantema, que tardan muchos días en caer de las extremidades inferiores.
Fuente: cuadro elaborado por el autor de las Orientaciones impartidas por el jefe del Servicio de Vacuna, sobre la conducta a seguir por los Jefes Locales de Sanidad: (Centro General de la Vacuna, 1922, p.
El análisis histórico del desarrollo pormenorizado de la vacunación antivariólica en Cuba, en el periodo comprendido entre los inicios de la práctica vacunal en 1804 y la eliminación de la enfermedad en los inicios de la tercera década del siglo XX, es un ejemplo paradigmático del conjunto de factores de índole científica, social y política que intervienen en un proceso de estas características, con avances y retrocesos, pero que permitieron, como en otros lugares, que la enfermedad pudiera ser contenida en la isla.
En el conjunto de acciones y estrategias para hacer frente a la viruela, nos centramos en la vacunación como elemento clave.
Se distinguen cuatro etapas en dicho proceso.
La primera, viene marcada por la impronta de la figura de Tomas Romay, quien no escatimó esfuerzos hasta obtener la vacuna y empezar a propagarla y está condicionada por la creación y actividades de la Junta Central de la Vacuna, instauradas aquí como en otros lugares bajo el impulso de la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna, la cual dirigió con eficiencia y tesón, logrando llevar el trabajo de la misma y sus subalternas en diferentes pueblos y ciudades, la cual cesó en sus funciones en 1849, con la muerte de su fundador.
Una segunda etapa, que abarca la siguiente mitad del siglo XIX, cuando las actividades de vacunación fueron asumidas por la Junta Superior Gubernativa de Medicina y Cirugía, primero y su transformación en Junta Superior de Sanidad después.
En este lapso surgieron otros centros de difusión de la vacuna, como fue el caso de la Real Academia de Ciencias Médicas y Naturales de La Habana (desde 1869) y en las Casas de Socorro, surgidas en 1871, las cuales tenían un servicio de vacunación y utilizaban la propagación de la vacuna brazo a brazo fun-damentalmente, aunque en algunas ocasiones la linfa vacunal fue importada del extranjero.
En este período inició sus actividades el Instituto de Vacunación Animal, como centro de producción de vacuna.
En 1880, se inauguró en la Sociedad Económica de Amigos del País, el centro "Tomás Romay", para proveer servicios de vacunación a la población y las autoridades coloniales crearon en 1890, de un centro público para la producción y propagación de la vacuna.
La tercera etapa, corresponde a las actividades antivariólicas realizadas en la época de la intervención norteamericana, donde lo fundamental fue la disposición legal que hizo obligatoria la vacunación.
La cuarta y última etapa se corresponde a la lucha contra la enfermedad en los primeros años de la República, dese 1902.
Las actividades de vacunación estuvieron en un principio bajo la jurisdicción de las Juntas de Sanidad, ya fuera la Nacional o las Jefaturas Locales de Sanidad.
A partir de 1909, estas actividades fueron dirigidas por la Secretaría de Sanidad y Beneficencia recién creada, con un Servicio de Vacuna y dentro de éste se destacó el Servicio de Vacunación de Urgencia, con una rigurosa labor que tuvo su impacto positivo en el aumento del nivel inmunitario de la población expuesta al riesgo ante los brotes epidémicos presentados en esos momentos o ante un caso aislado de la enfermedad.
También funcionó el Centro de la Vacuna, el cual se encargó de la producción de la misma y su distribución, así como la formación y entrenamiento de miles de vacunadores en este período.
En esta etapa y fruto de la estrategia de trabajo de las instituciones presentadas se eliminó la viruela, cuyos últimos casos se presentaron en 1922.
1 La Real Sociedad Económica de Amigos del País, se fundó en Santiago de Cuba en 1787 y en La Habana, en 1793, ésta última, estuvo presidida en sus días inaugurales por el capitán general D. Luis de las Casas, fue un miembro influyente el Obispo capitalino D. Juan José Díaz de Espada y Fernández de Landa.
Apoyó todas las medidas sanitarias de su época, e impulsó el desarrollo de las ciencias −en general− de la Isla y de la medicina −en particular−.
Esta institución encarnó el afán de progreso de la nueva clase social, enriquecida con la producción y el comercio del azúcar.
Estuvo compuesta por intelectuales, hacendados y comerciantes.
Trató incrementar el crecimiento económico de la Isla y de mejorar la calidad de vida de los ciudadanos, abrió escuelas y tuvo la primera biblioteca pública.
Fue conocida también como Real Sociedad Patriótica o Sociedad Patriótica, al finalizar la dominación española, se conoció como Sociedad Económica de Amigos del País (Abascal, 1941).
2 No disponemos de datos exactos sobre quién y en qué momento se introdujo en Cuba la inoculación, pero era conocida en 1795, pues en el Papel Periódico de La Havana, apareció un cuestionamiento sobre la eficacia e inocuidad del método, que respondió Romay, lo que demostró que conocía el tema.
En este artículo, publicado en dos partes, el 29 de octubre y el 19 de noviembre, del mismo año, se presentó como partidario de la inoculación, recomendó el procedimiento, que consistía en introducir la punta de una lanceta en el pus de las viruelas, hacer con ella una picadura y levantar horizontalmente la epidermis, algo más de una línea, de la persona sana.
Pero agregó esta observación: "siempre que no se penetre en la membrana adiposa, pues entonces se sobrevendrán accidentes tales como abscesos y úlceras (López Sánchez, 2004, p. |
El análisis a pequeña escala es una vía de abordaje historiográfico que abrió, en su momento, nuevos caminos en la investigación.
La proximidad del objeto de estudio, permite profundizar en los determinantes propios y específicos y en las realidades y prácticas, por ejemplo, de las campañas de inmunización masiva contra la poliomielitis diseñada a nivel nacional pero implementadas localmente, como en el estudio de caso que abordamos.
Utilizando como modelo el ámbito sanitario provincial de Alicante, el trabajo añade datos para completar la información de proximidad sobre estas campañas y de ese modo, completar una visión de conjunto y un análisis comparado tanto en un ámbito externo como en un ámbito interno interterritorial, nacional y provincial, así como el seguimiento de las directrices dadas por los organismos nacionales e internacionales.
En segundo término, dotar de significado al conjunto de actividades llevadas a cabo por diferentes actores, instituciones y medios de comunicación, implicados en el proceso de implantación, cobertura y seguimiento de las campañas de vacunación contra la polio en el ámbito provincial alicantino.
El uso de narrativas de personas afectadas por la enfermedad permite añadir elementos relevantes sobre experiencias personales en el contexto de las campañas vacunales.
La incorporación de los programas poblacionales de vacunación junto a la universalización de la atención médica fueron las dos grandes medidas de mayor impacto sobre la morbilidad y la mortalidad en el último tercio del siglo XX en España.
La presencia de brotes epidémicos de poliomielitis, una patología que tuvo un enorme impacto social y mediático en los países occidentales en el siglo XX (Smallmann-Raynor y Cliff, 2006), por afectar a edades infantiles, por la ausencia de tratamientos eficaces y por las secuelas de las formas paralíticas (Toledo Marhuenda, 2013), experimentó en España un ascenso continuado hasta 1963, cuando se inició la campaña de inmunización masiva de la población infantil (Rodríguez Sánchez; Seco Calvo, 2009; Martínez Navarro, 2013; Porras Gallo, Ayarzagüena Sanz, De las Heras Salord, Báguena Cervellera, 2013; Nájera Morrondo, 2013).
En el esquema organizativo de la sanidad española, las Juntas Provinciales de Sanidad fueron las encargadas de la gestión de las vacunaciones hasta que, en 1978, las delegaciones territoriales del Ministerio de Sanidad asumieron, entre otras, estas funciones que luego pasarían a las consejerías de sanidad de las Comunidades Autónomas.
Pese a la supuesta uniformidad de las políticas de vacunación contra la poliomielitis, emanadas del poder central tras la primera campaña de inmunización masiva de 1963-64, el análisis en profundidad de la realidad de las prácticas en entornos locales permite desvelar semejanzas y diferencias sustantivas entre lugares.
Estudios recientes nos están permitiendo conocer de primera mano estas realidades y el papel de los distintos actores implicados.
Los contextos locales, como se ha podido comprobar en otros estudios (Porras Gallo y Báguena Cervellera, 2015; Rodríguez Sánchez, 2015) y en los testimonios del grupo de virólogos y epidemiólogos de la Dirección General de Sanidad y del Centro Nacional de Microbiología, Virología e Inmunología sanitaria, encabezado por Florencio Pérez Gallardo (Nájera et al, 1975), fueron determinantes para entender los problemas surgidos en el transcurso de los programas de vacunación, así como las diferencias entre una u otra región.
El primer calendario de vacunación en España se instauró en 1975 con el objetivo de mejorar las coberturas y que las vacunaciones se efectuaran de forma continuada, aunque la vacunación masiva y sistemática contra la poliomielitis comenzó en 1963-64.
Utilizando como modelo el ámbito sanitario provincial de Alicante, la finalidad del trabajo es triple: por un lado, contribuir a completar la información sobre estas campañas, con objeto de obtener una visión de conjunto y un análisis comparado tanto dentro del propio estado español (Porras Gallo, Ayarzagüena Sanz, Delas Heras Salord, Báguena Cervellera, 2013) como fuera de él (Ballester Añón y Porras Gallo, 2012).
En segundo término, dotar de significado al conjunto de actividades llevadas a cabo por diferentes actores e instituciones sanitarias del ámbito alicantino, cuyo contexto hemos tenido la ocasión de analizar y que nos sirve de marco de referencia (Ballester Añón, Bernabeu Mestre, Castejón Bolea, Perdiguero Gil, 2012).
Finalmente, incorporar los testimonios de personas afectadas por la enfermedad, así como el reflejo en la prensa local de las campañas vacunales.
El estudio comprende desde la década de 1950 hasta el año 1975, fecha que coindice con el fin del régimen franquista y con la implantación del calendario vacunal.
La continuidad de esta pauta vacunal fue decisiva en la erradicación de la enfermedad en 1988, con la declaración, en Almería, del último caso de polio en nuestro país.
Las fuentes de datos utilizadas han sido las procedentes de archivos de tipo local y provincial (Archivo Histórico Municipal de Alicante, Archivo de Diputación Provincial de Alicante); datos epidemiológicos, procedentes del Instituto Nacional de Estadística; informes, de organismos internacionales, y reuniones de expertos (OMS) sobre cómo llevar a cabo las campañas y otras estrategias frente a la poliomielitis; publicaciones científicas de epidemiólogos y virólogos de la Escuela Nacional de Sanidad; y la revisión sistemática de todas las noticias que sobre poliomielitis aparecieron en el diario Información con el fin de contrastar la realidad de la práctica de la vacunación local.
La introducción de experiencias personales para reconstruir la realidad de la puesta en marcha de los programas de vacunación en todas sus vertientes, incluida la subjetividad, es un campo de análisis historiográfico poco transitado.
A diferencia de la muy estimable tradición de narrativas de enfermedad (Ortiz Gómez et al., 2008), los testimonios que giran en torno a cuestiones de salud pública, como en el caso de la población que participó en programas de vacunación, han sido poco explorados por los historiadores debido, en parte, a la dificultad que la identificación y tratamiento de este tipo de fuentes conlleva.
En este trabajo, mediante la técnica de la historia oral, hemos recogido una cincuentena de testimonios de personas que aúnan una triple peculiaridad: residir en el entorno geográfico objeto de estudio; haber vivido en los periodos en los que se pusieron en marcha los programas vacunales y, en tercer lugar; padecer la enfermedad y sus secuelas.
Planteado como un estudio de caso, el trabajo se centra en el análisis del seguimiento de dichas campañas a nivel local y provincial, además de intentar comprobar el grado de cumplimiento de las mismas y si éstas fueron desarrolladas siguiendo patrones implantados a nivel nacional.
Los datos obtenidos de las fuentes primarias se contextualizaron en el marco de estudios previos llevados a cabo en otras zonas geográficas españolas y también se pusieron en relación con las directrices dadas por los organismos nacionales e internacionales.
LAS RECOMENDACIONES DE LAS AGENCIAS Y ORGANISMOS INTERNACIONALES SOBRE LOS PROGRAMAS DE VACUNACIÓN
Desde 1953, la OMS incorporó la poliomielitis entre sus actividades y creó comités de expertos que elaboraron una serie de informes técnicos para orientar las acciones a emprender por los diferentes países y regiones.
En otro momento, tuvimos la ocasión de estudiar detalladamente el contenido y la secuencia de las recomendaciones de la OMS sobre las estrategias que un país debería adoptar para poner en marcha programas poblacionales de vacunación antipoliomielítica (Porras Gallo, Báguena Cervellera, Ballester Añón, 2010) y, también, las discusiones en las Conferencias Internacionales sobre Poliomielitis, en los Simposia de la Asociación Europea frente a la Poliomielitis y en los trabajos llevados a cabo por la National Foundation for Infantile Paralysis (NFIP) (Ballester Añón, Porras Gallo, Báguena Cervellera, 2013).
En estos estudios nos ocupamos también de la presencia española en dichos foros que, en líneas generales, tuvo un grado de implicación creciente, especialmente a partir de los años sesenta, con el grupo de epidemiólogos y virólogos de la Escuela Nacional de Sanidad.
El programa de vacunación parcial llevado a cabo por la Escuela Nacional de Puericultura en 1957, con vacuna Salk importada, se desarrolló con una clara falta de medios humanos y materiales e hizo inviable la determinación de anticuerpos.
Más tarde, y recogiendo las indicaciones emanadas por dichos organismos internacionales, la puesta en marcha de la campaña masiva de vacunación de 1963-64 se desarrolló conforme a dichas indicaciones (Ballester Añón, Porras Gallo, 2009).
Por lo demás, se insistía en la necesidad de vacunar poblaciones completas, por la existencia de portadores sanos, de establecer redes de laboratorios de virología y de mantener la cadena del frío para preservar la pureza de la vacuna (Porras Gallo, Báguena Cervellera, 2015).
ETAPAS EN EL DESARROLLO DE LA VACUNACIÓN ANTIPOLIOMIELÍTICA EN ALICANTE
Las iniciativas preventivas llevadas a cabo en el espacio alicantino se desarrollaron en tres fases: los antecedentes sobre este proceso en el periodo previo a 1963; los años correspondientes a la primera campaña de vacunación oral antipolio y el periodo inmediatamente posterior 1963-65; y, finalmente, la década 1966-75, fecha, esta última, en la que se implantó el calendario vacunal en España.
La relevancia que supuso el descubrimiento de la vacuna contra la poliomielitis y la primeras campañas de vacunación masiva en el extranjero, realizadas en 1955, fueron recogidas en numerosas noticias publicadas en medios de comunicación nacionales (Ferrándiz, 1971; Porras Gallo y Báguena Cervellera, 2008).
En el V Symposium europeo sobre Poliomielitis, celebrado en Madrid en 1958, se abordó la implantación de la primera campaña de vacunación antipoliomielítica, realizada en España en el año 1957, en la que se aplicó la vacuna Salk, aproximadamente, a 5.000 niños.
El principal motivo por el que ésta primera iniciativa de inmunización fue realizada a pequeña escala se encuentra en el escaso nivel de recursos económicos destinados a la adquisición de dosis de vacuna en cantidad suficiente, lo que influyó de forma notable en un inadecuado modelo de implantación financiado, en su mayoría, por fondos privados (Rui Pita y Rodríguez- Sánchez, 2008, pp. 331-334).
A pesar de este panorama de escasez propio de un régimen franquista que en ese momento iniciaba una lenta recuperación de su imagen política a nivel internacional, las autoridades sanitarias llevaron a cabo un modelo de inmunizaciones dirigidas hacia grupos específicos de población como un nuevo ejemplo, dentro del conjunto de iniciativas propagandísticas, del interés por ofrecer una visión diferente a la realidad nacional.
El inicio de la aplicación en España de la vacuna Salk coincidió con una explosión epidémica sin precedentes (Rodríguez-Sánchez y Seco Calvo, 2009).
Los años posteriores, 1958-59, superaron los dos mil casos, algo nunca sucedido en España, alcanzando en 1959 el máximo histórico.
A pesar de disponer de una vacuna efectiva, y de haber comenzado campañas de vacunación, las cifras de casos declarados indicaban que la situación en el año 1961 era todavía muy preocupante (Nájera et al, 1975).
En el inicio de la década de 1960, distintos foros científicos y medios de comunicación comenzaron a prodigar las ventajas de la vacunación oral de Sabin frente a la vacuna de Salk.
La facilidad en su administración, así como la mayor inmunidad ofrecida, favoreció que entre los años 1960-64 la mayoría de países occidentales, incluyendo EEUU, la utilizaran en sus campañas de inmunización.
Aunque la primera campaña masiva de vacunación oral antipoliomielítica no fue iniciada hasta 1963, a finales de 1961 España ya estaba preparada para llevarla a cabo a falta, tan sólo, de la decisión política y los recursos económicos necesarios.
Pero esta autorización se retrasó casi dos años debido, entre otros factores, al conflicto entre instituciones -Instituto Nacional de Previsión (SOE), Dirección General de Sanidad (DGS) o Escuela Nacional de Sanidad (ENS)-, pertenecientes a Ministerios distintos, de Interior y de Trabajo, con presupuestos muy desiguales y con competencias solapadas en la organización de sus recursos.
El conflicto sobre la asignación de acciones entre el SOE y la DGS se centró en la conveniencia de aplicar la vacuna Salk o la vacuna oral de Sabin.
Además de los factores políticos y económicos que retrasaron el inicio de esta primera campaña existieron otros de tipo ideológico, que también influyeron en la elección de la vacuna (Tuells Hernández, 2008, pp. 321-324; Rodríguez Sánchez y Seco Calvo, 2009).
A pesar de la escasez de documentación existente relativa a este periodo cronológico, las fuentes archivísticas de tipo local y provincial contienen información relacionada con las primeras acciones de inmunización llevadas a cabo en la provincia de Alicante en el periodo previo a la campaña de vacunación oral de 1963.
A lo largo de los años 1961-62 son cursadas solicitudes de dosis de vacuna antivariólica, antitífica y antipolio 1.
En enero de 1963, una orden ministerial 2 sentó las bases de la primera Campaña Nacional de Vacunación Antipoliomielítica con vacuna oral (Porras Gallo y Báguena Cervellera, 2008; Rodríguez Sánchez y Seco Calvo, 2009).
Esta primera iniciativa fue planteada en dos fases (noviembre-diciembre de 1963 y abril-mayo de 1964), en las que previamente se realizó una extensa campaña de divulgación propagandística en prensa, radio, NO-DO y televisión sobre las ventajas de la vacunación.
El objetivo del régimen era intentar transmitir confianza sobre la efectividad de la vacuna.
A partir de ese momento aumentaron los esfuerzos de la DGS por hacer realidad el compromiso de vacunar de forma masiva a la población infantil de riesgo.
La disminución de los casos observados tras la primera campaña antipoliomielítica demuestra una gran utilización de recursos económicos y humanos en número suficiente como para llevar la vacuna, por medio de unidades móviles, a todo el territorio español (Porras Gallo y Báguena Cervellera, 2015; Rodríguez Sánchez, 2015).
La vacunación fue aplicada sobre población comprendida entre dos meses y siete años de edad (Nájera et al, 1975) alcanzando, según fuentes de archivo, un porcentaje superior al 95% en todas las provincias españolas.
A pesar del aparente éxito de esta iniciativa, resultados posteriores pusieron en duda esta afirmación, los casos de polio registrados y el insuficiente número de vacunaciones practicadas certificaron que la campaña de vacunación no alcanzó a todos los menores de 7 años (Valenciano, Mezquita, Pérez Gallargo, Gabriel y Galán, 1969; Porras Gallo y Báguena Cervellera, 2015).
De forma paralela a las iniciativas de ámbito nacional practicadas desde el inicio de 1963, si nos centramos en el estudio de la provincia de Alicante, en un periodo inmediatamente anterior al inicio de la primera campaña oral, la Jefatura Provincial de Sanidad aceptó el ofrecimiento realizado por la DGS para el envío de vacuna a las localidades que la solicitaran.
Las fuentes archivísticas revisadas nos permiten tener acceso al constante flujo de documentación, escrita en forma de solicitudes por parte de los médicos titulares y jefes locales de sanidad de prácticamente todas las poblaciones de la provincia de Alicante, requiriendo dosis de vacuna antipolio.
Algunas muestras de primeras acciones emprendidas son fechadas antes del inicio de la primera campaña oral de vacunación.
Una prueba de esta interacción entre municipios y la Jefatura Provincial de Sanidad es el escrito cursado por la Inspección Municipal de Sanidad de la localidad de Ibi, con fecha 10 de enero de 1963, en el que se confirman inmunizaciones inyectadas con la vacuna Salk a 41 niños de la localidad y se solicita un nuevo envío para aplicar una segunda vacuna, planificada para el 9 de febrero.
La respuesta de este organismo, atendiendo a lo solicitado, se produjo el 6 de febrero de 1963 3.
Posteriormente, desde abril de 1963, mediante escrito de la Sección de Epidemiología de la Jefatura Provincial de Sanidad a diferentes poblaciones de la provincia, se informa de la intención de iniciar una campaña de vacunación antipoliomielítica para la que, en consecuencia, serán enviadas las dosis de vacuna necesarias en cada caso.
A partir de esa fecha, los escritos dirigidos a la Jefatura Provincial de Sanidad se suceden constantemente por parte de todas las localidades de la provincia de Alicante.
Existe una abundante documentación en forma de solicitudes, firmadas por inspectores y jefes locales de sanidad, médicos titulares y alcaldes de la localidad -junto con respuestas emitidas por la Jefatura Provincial de Sanidad -requiriendo dosis de vacuna para emprender la campaña antipolio.
La elevada demanda de vacuna, representada por los requerimientos que hemos podido revisar, más de 150 escritos cursados entre los meses de abril y octubre de 1963 solicitando dosis de vacuna antipolio, no se relaciona con los recursos económicos ni organizativos existentes para llevar a cabo esta tarea.
Son numerosos los ejemplos en los que el número de dosis solicitadas no coincide con las cantidades enviadas por la Jefatura Provincial.
En estos casos se producen, de forma reiterada, nuevas peticiones 4.
Teniendo en cuenta que la campaña de vacunación oral se implantó en noviembre de 1963, y que la documentación archivística de tipo local a la que hemos tenido acceso menciona la intención de la Jefatura Provincial de Alicante de iniciar una campaña de vacunación, programada para su inicio, el 2 de abril de 1963, ésta solo pudo ser llevada a cabo con la vacuna de virus inactivados de Salk, de forma previa a la primera campaña de vacunación Sabin.
Las carencias en el procedimiento y la deficiente gestión sanitaria es más evidente en poblaciones pequeñas y del interior de la provincia, donde se observa cómo las características rurales y las dificultades de desplazamiento al lugar, día y fecha convocada influyeron de forma notable en el no cumplimiento de las tasas de vacunación 5.
A estas dificultades habría que sumar el índice de analfabetismo existente y los prejuicios de la población hacia la vacunación de sus hijos debido a las noticias publicadas de casos de polio en niños vacunados (Porras Gallo, Ayarzagüena Sanz, De las Heras Salord, Báguena Cervellera, 2013; Porras Gallo y Báguena Cervellera, 2015).
Otros obstáculos, derivados de la lectura de la correspondencia entre la jefatura local y provincial fueron la ausencia de un practicante que pudiera llevar a cabo las vacunaciones; la escasez de fichas empleadas en el control de las inmunizaciones; dificultades de criterios en el proceso de selección de los niños ante un número de vacunas insuficiente; la coexistencia de grupos de niños de primera inyección junto con otros grupos que requerían una segunda o tercera dosis; la afectación de niños con tos ferina o sarampión, culpable del escaso número de pretendientes el día de la convocatoria; y deficiencias organizativas y en la gestión de recursos, favorecidas por enfrentamiento entre instituciones como DGS y SOE que provocaba la coexistencia de niños vacunados frente a otros que no lo habían sido.
Sobre la documentación revisada, el número de vacunas solicitadas ofrece una idea de la importancia de los brotes.
Además, escritos remitidos por algunas localidades dejan ver las carencias en el procedimien-Asclepio.
Por otro lado, no existen fuentes de archivo distintas a las de prensa local que nos ofrezcan información del procedimiento llevado a cabo en la campaña de vacunación masiva oral de Sabin, y responsable del significativo descenso en las cifras de afectados entre 1964 y 1965.
Es lógico pesar que, al igual que en un ámbito nacional, la campaña de vacunación oral tambien fuera dotada, a nivel local, con una mayor cantidad de recursos.
En esta nueva oportunidad, las autoridades sanitarias replantearon estrategias que no fueron tenidas en cuenta en el pasado.
Una de la diferencias estriba en que la campaña realizada con vacuna Salk estuvo caracterizada por una divulgación mediática mucho más moderada.
Una posible singularidad en el procedimiento de vacunación llevado a cabo en Alicante durante 1963, frente a otros casos nacionales, que ofrece una idea de la falta de un nivel organizativo adecuado entre instituciones -SOE y DGS-, radica en el hecho que la campaña de vacunación Salk, a pesar de ser iniciada a escala nacional en el año 1957-58, fue implantada en Alicante con posterioridad, entre abril y octubre de 1963.
Si tenemos en cuenta que las fuentes documentales certifican el inicio de la primera campaña de vacunación oral en noviembre de 1963, la continuidad en el tiempo de estos dos programas de inmunización podría dotar de características propias el caso de Alicante.
Una posible consecuencia de esta cercania en las campañas es la hipótesis de si esta planificación pudo influir en la tasa de éxito de inmunización posterior y, en consecuencia, ser considerado uno de los factores que contribuyera a una menor afectación de la provincia de Alicante respecto al resto de provincias nacionales, especialmente llamativa para los años 1964-1971, según se desprende del estudio de los datos derivados del INE base Historia, al comparar los totales de Alicante capital y provincia con los totales del pais y de las capitales de provincia.
Según el Instituto Nacional de Estadística, y teniendo en cuenta el posible sesgo en los datos analizados debido a las dificultades de control, detección y notificación de los casos observados, durante la década 1966-75, el comportamiento de las cifras de morbili-dad, tanto en Alicante como en la provincia, no sigue el patrón observado a escala nacional, siendo más positivas en el caso local.
A pesar del éxito de la campaña de vacunación masiva antipoliomielítica de 1963, publicaciones próximas a 1970 demostraron que la evolución de las tasas de incidencia de la enfermedad no se producía de la forma en la que lo hacían en países extranjeros.
Aunque las series temporales son incompletas, y a pesar del vacío existente en los años posteriores a 1963, la documentación relativa a las campañas de vacunación triple y antipoliomielítica, especialmente la correspondiente a 1972, sí incluyen en algunos casos expedientes completos e informes sobre el desarrollo de las mismas.
Ésta, de carácter gratuito para todas las clases sociales, fue ordenada por la DGS e inspirada en las mismas normas y pautas de ejecución que las anteriores.
En la provincia de Alicante fue desarrollada en dos fases (del 2 al 21 de octubre y del 13 de noviembre al 2 de diciembre) 7 y para ello fueron dispuestos un total de 5 equipos fijos de vacunación.
La primera vacunación, monovalente tipo I, debía ser realizada a todos niños mayores de 3 meses y menores de 3 años que con anterioridad no hubieran recibido dos dosis.
La segunda vacunación, trivalente, era aplicada con un intervalo de 35 días.
Una dosis de recuerdo, monovalente tipo I, era inyectada en todos los niños menores de 5 años que en campañas anteriores hubieran recibido las dos dosis de primovacunación.
Finalmente, una cuarta dosis era aplicada en el ingreso en las escuelas a los niños ya vacunados.
Otros apartados recogían instrucciones sobre aspectos relevantes en su procedimiento como: la localización y llamamiento de los afectados; el parte y notificación semanal del número de niños vacunados; el registro de las incidencias que pudieran suceder; así como el informe de evolución al final de cada fase.
Finalmente, tras más de una década de vacunación, España destacaba de forma negativa como uno de los pocos países desarrollados en los que no se podía afirmar la desaparición virtual de la enfermedad.
Así como el uso de la vacuna fue eficaz para combatir el brote epidémico en la campaña inicial, su utilización en la década posterior como herramienta para el control y posterior eliminación de la enfermedad no tuvo el efecto deseado.
Nuevamente, entre las principales causas del fracaso se identifican aspectos como la negligencia de los padres; la pauta vacunal, establecida en dos cortos periodos del año; la implantación de la vacunación en los centros preventivos en lugar de en los centros asistenciales, pues esta doble vía constituía un obstáculo para lograr la plena vacunación; y el reducido grupo de edad sobre el que se aplicó vacunación.
El diferente comportamiento de los casos observados, frente a otros países, indicaban que el sistema de vacunación en España no fue adecuado.
Una prueba que demuestra la ineficacia de las campañas de vacunación realizadas hasta la fecha es que en el año 1975 un total de 20 capitales de provincia presentaban tasas de mortalidad superior a cero, siendo la morbilidad en España, en ese año, la más elevada de toda la cuenca Mediterránea.
Fue a partir de ese momento, justificado por la implantación del calendario vacunal, cuando España comenzó a vislumbrar la posibilidad de erradicación de la enfermedad, aunque ésta no se conseguiría de forma completa hasta 1988.
LA VACUNACIÓN Y CAMPAÑAS EN LA PRENSA
El análisis de la prensa local permite identificar la repercusión de la poliomielitis y de sus medidas preventivas durante las tres etapas cronológicas propuestas.
Un ejemplo lo constituye el estudio realizado sobre las noticias del Diario Información de la provincia de Alicante, en el que se registraron un total de 343 noticias relacionadas con la poliomielitis, sus medidas terapéuticas y su vacuna entre 1950 y 1975.
Dicho periódico constituía la fuente de información provincial más representativa, tanto en los años de estudio como en la actualidad, y formaba parte de un modelo de prensa donde el poder político y la palabra convivían bajo un estricto modelo totalitarista.
A partir de 1950, un escaso número de noticias publicadas relatan la preocupación mundial por el comportamiento de la enfermedad.
Los años 1955 y 1956 muestran un aumento importante en el número de noticias, con un total de 20 titulares, respectivamente, de ámbito internacional y nacional.
Un aspecto característico de este periodo es la escasa repercusión de las noticias relacionadas con el comportamiento de las epidemias en España, a diferencia del notable eco de las novedades en el extranjero, especialmente en EEUU.
José Antonio Palanca, director general de sanidad, niega la existencia de epidemias en España y califica como "reducidísimos" los casos declarados hasta la fecha.
Esta postura es también defendida por profesionales de reconocido prestigio como el dr. Bosch Marín, aunque se destaca cierta preocupación por la posibilidad de que esta situación pueda empeorar en el futuro.
La vacuna Salk y su eficacia son noticias que sucesivamente se repiten a lo largo de estos años.
Los avances de científicos y de los laboratorios encargados de fabricarla ocupan gran parte de las noticias.
Otro tipo de titulares, éstos con un objetivo más propagandístico, destacan la posición de España dentro del grupo de países preparados para llevar a cabo las primeras campañas de vacunación.
La primera noticia sobre vacunaciones en España se produce el 29 de febrero de 1956, y su titular recoge la "autorización de la vacunación antipolio en España".
En este año, el 18 de agosto, se publica la primera noticia que constata la declaración de casos a nivel nacional, un total de 3 en una misma familia de Burgos.
Entendemos que este hecho denota un punto de inflexión en la colección de noticias en prensa, consecuencia del aumento de la preocupación nacional, ya que la serie de 1956 finaliza con la publicación, por primera vez, de información sobre cuidados generales, profilaxis, pautas de actuación y diagnóstico diferencial de la parálisis infantil.
En 1957 se refleja la posibilidad de obtener una nueva vacuna, de tipo oral, con mayores ventajas de inmunidad y una protección más duradera.
Un año más tarde, en 1958, el discurso del dr. Bosch Marín denota un cambio en las premisas expuestas con an-terioridad, mostrándose partidario de las vacunaciones.
Justificado por la influencia de esta nueva corriente, se observan diferencias en el tratamiento de las noticias por parte de la prensa local.
Los titulares se dirigen ahora hacia aspectos como: el esfuerzo por conseguir una vacuna más barata, el sentido de la prevención y el momento más adecuado para hacerlo, la necesidad de aplicarla a los menores de 15 años, así como a la importancia de las medidas de rehabilitación.
A nivel local, las directrices propagandísticas relacionadas con las primeras iniciativas de inmunización Salk se dejan ver en forma de convocatorias provinciales de vacunación, aunque en un periodo de tiempo posterior a 1957 8.
La moderación mediática sobre las acciones relacionadas con los discretos programas de vacunación Salk es manifiesta cuando se compara con la campaña oral de Sabin.
Este control informativo cambiará notablemente a partir de 1963, cuando el país cuenta con los suficientes recursos económicos y humanos para hacer efectiva una vacunación masiva 9.
La lectura de las notas de prensa publicadas en el inicio de la década de 1960 denota temáticas superficiales nada relacionadas con la situación vivida en el país en cuanto a cifras de afectados.
En los años posteriores, titulares de victoria frente a la poliomielitis, consecuencia de los hitos logrados en el campo experimental de la vacuna oral, se siguen produciendo de forma solapada con aspectos relacionados con la vacuna desarrollada por Salk.
A partir del año 1963, con los preparativos dispuestos para el inicio de la campaña masiva de vacunación oral, la presencia de noticias aumenta de forma notable siguiendo un guion pautado por las autoridades sanitarias para concienciar a la población de la importancia de ser vacunado.
El papel desarrollado por los medios de comunicación formaba parte de las acciones planificadas para sensibilizar a la población de la necesidad de vacunar a sus hijos.
A partir de ese momento, las cifras de afectados son publicadas en prensa junto con amplios titulares que anuncian el inicio de una nueva campaña de vacunación, ofreciendo una imagen de control y tranquilidad a la población al disponer los recursos necesarios para hacer frente, de igual modo que otros países, al avance de la polio.
Otras acciones contempladas en este planteamiento de difusión mediática, con influencia sobre la opinión pública, fueron las declaraciones de científicos de reconocido prestigio que visitaron España durante ese periodo.
Nos referimos a las conferencias realizadas en Madrid por Albert Sabin o Pierre Lépine, entre otros, en el año 1963, con el objetivo de proyectar confianza sobre la efectividad de la vacuna oral.
El mayor protagonismo de noticias, ocupando un destacado lugar en la prensa alicantina, son las referencias a las dos campañas de vacunación nacional desarrolladas durante el año de 1963.
En la primera, entre enero y junio, auspiciada por SOE, con vacuna Salk y con un total de 16 crónicas, la utilización de vacuna de primera calidad y su carácter voluntario para niños menores de siete años aparece en lugar destacado.
La escasez de recursos se justifica en prensa anunciando que la vacunación será dirigida hacia los grupos de población más desfavorecidos.
La segunda campaña, posterior a la de Salk, realizada con vacuna oral e iniciada entre noviembre y diciembre de ese mismo año, se refleja en prensa con un total de 37 noticias.
A diferencia de lo ocurrido en la campaña realizada con vacuna Salk, la prensa destaca las palabras del director general de sanidad, García Orcoyen, y del director de la campaña, Pérez Gallardo, sobre las ventajas de la vacuna oral, el esfuerzo realizado por la administración y la enorme cantidad de profesionales implicados.
El resto de sus dos fases, iniciadas a partir del siguiente año, y las primeras estimaciones, extraordinariamente positivas 10, son noticias destacadas en 1964.
La primera noticia que proclama el inicio de esta campaña en la provincia de Alicante, encabezada con el titular "Comenzó la vacunación antipolio en la pro-vincia", localiza esta iniciativa en la localidad de San Juan.
El mismo titular anuncia que "Los niños de Alicante serán vacunados del 9 al 14 próximo".
Las cifras de vacunados, tal como recoge la noticia, alcanzan numerosas poblaciones, al tiempo que se proyecta una imagen de actuación mucho más organizada.
Otro ejemplo de eficacia es la noticia reflejada en prensa, el 5 de diciembre de 1963, sobre la respuesta de la población censada en la localidad de Crevillente, en la que fueron vacunados un total de 3.000 niños en un periodo cercano a tres horas.
La reseña agradece la labor divulgativa prestada a aquellos por los que sin su ayuda no hubiera sido posible alcanzar esta tasa de éxito.
La prensa del día 8 de diciembre recoge la noticia del inicio programado de las vacunaciones en Alicante entre el 9 y 14 de diciembre.
Se estima que un total de 15.000 niños censados con edades comprendidas entre los dos meses y 7 años de edad fueron vacunados en alguno de los puestos fijos y equipos móviles estratégicamente dispuestos en la zona.
Durante 1964 se suceden constantemente noticias con cifras de vacunaciones, tanto en la provincia como en la capital.
Pero serán los excelentes resultados, amparados por el descenso de la mortalidad y la morbilidad de la enfermedad tras esta campaña, y el inicio de la inmunización con polio oral trivalente junto con la vacunación frente a la difteria, tétanos y tos ferina (DTP) 11, las referencias que obtuvieron una mayor representación durante 1965.
A partir de entonces se implantaron de forma continuada las campañas de vacunación frente a la polio y DTP.
En este año se suceden numerosos recordatorios de vacunación para los niños con edades comprendidas entre 3 y 12 meses, junto con noticias de cifras de inmunizaciones.
Los mensajes de victoria sobre la enfermedad se repiten, advirtiendo la importancia de la continuidad en el proceso de vacunaciones para no dejar opción al virus.
Las campañas de vacunación contra la difteria, tos ferina y el tétanos ocupan ahora un mayor protagonismo en prensa y son calificados como "tres enemigos de la paz de los niños".
A partir de 1966 el grupo de noticias se centra, fundamentalmente, en datos sobre la evolución de las campañas y recordatorios sobre las fechas, lugares de realización y horarios de vacunaciones, poniendo de manifiesto la importancia concedida desde el ámbito médico y político a la concienciación de los padres y a la importancia de completar la pauta vacunal.
Es a partir de 1966 cuando la progresiva reducción en el volumen de noticias publicadas se correlaciona con la reducción de las cifras de casos observados, tanto a nivel nacional (Porras Gallo, Báguena Cervellera, 2015) como a nivel local, siendo mucho más positivas en este último escenario.
No obstante, esta situación de relajación social, favorecida por la escasa actividad propagandística y por un sentimiento triunfalista ante la erradicación, intentó corregirse más tarde, a partir de 1970-71, dadas las elevadas cifras de morbilidad aún existentes y el repunte de nuevos casos observados entre 1972 y 1975 a nivel provincial.
Una nueva tendencia de progresivo aumento en el número de noticias publicadas se produjo entre los años 1970 y 1975, coincidiendo con el aumento de casos en la provincia de Alicante.
Resulta llamativo que, a pesar del aumento de los casos en la provincia de Alicante entre 1972-75, la prensa local sólo publicara una noticia sobre el tema.
Ésta se produjo el 14 de octubre de 1972, con la declaración de 15 nuevos casos en Alicante, Elche, Catral y Callosa del Segura.
El resto de noticias, hasta el final de la serie de estudio, son recordatorios de campañas de vacunación y noticias relacionadas con la sensibilización social de las discapacidades producidas por la enfermedad.
Las estructuras narrativas permiten organizar y dar significado a las experiencias (Turner y Bruner, 1986).
La cincuentena de testimonios recogidos mediante la técnica de la historia oral 12 nos permiten completar desde el otro lado, el de las personas afectadas, el análisis del problema estudiado.
Como comentamos arriba, y a diferencia de lo que constituye una herramienta de análisis usual en la salud pública actual (Abeysinghe, 2015), es mucho más infrecuente en la historiografía médica donde, sin embargo, hay un estimable número de estudios sobre experiencias de enfermedad en personas que contrajeron la enfermedad.
Además, aunque en algún caso se aborda el tema de las vacunas, éste está integrado en el marco más amplio de las historias de vida 13 o, como recientemente se ha abordado, en temas cercanos como el uso de las narrativas en los primeros ensayos clínicos con gammaglobulina (Mawdsley, 2016).
Todas las personas entrevistadas contrajeron la enfermedad en un abanico amplio de fechas, entre 1934 y 1974.
La mayor parte de ellas (70%), entre 1955 y 1963, coincidentes con el periodo presencia de brotes epidémicos en la provincia alicantina.
Todas ellas padecen, en mayor o menor medida, secuelas de la enfermedad y en algún caso, Síndrome postpolio.
La mayor parte de ellas (66%) no fueron vacunadas, otras lo desconocen (9%) y sí lo recuerda, el resto.
A través de aspectos como los conocimientos sobre las vacunas y campañas de vacunación, sentimientos sobre su propia experiencia personal y percepción de las causas del fracaso de las inmunizaciones, en algunos casos, las respuestas no son uniformes y revelan cómo las diferentes trayectorias biográficas modulan los significados que los informantes dan a estas cuestiones.
El conocimiento sobre las vacunas antipoliomielíticas o el tipo de vacuna que se suministraba antes de 1975, es escaso.
Hasta el punto que no es infrecuente la idea de que antes de que aparecieran los brotes de los años cincuenta, ni siquiera se conocía la enfermedad.
En cuanto al tipo de vacuna, de forma esporádica aparecen los nombres de Salk o Sabin, pero prácticamente todos los informantes refieren las gotas en el terrón de azúcar.
Una mezcla de sentimientos de rebeldía y de resignación se produce en aquellos para los que la vacuna llegó demasiado tarde, y ello es especialmente marcado en aquellos que contrajeron la enfermedad poco antes de que se iniciaran las campañas sobre las que hay disparidad y baile de fechas: "No existía la vacuna.
La vacunación comenzó poco después de que yo cayera enfermo.
El diagnóstico coincidió con las primeras vacunaciones"; "No fui vacunado porque aún no había salido la vacuna al mercado.
Salió, al final, en 1961 en algunos sitios y a partir de 1968 se hizo más extensiva"; en otro caso, "No llegué a vacunarme porque estaba con una bronquitis y no se podía".
Y una clara sensación de agravio hacia los responsables de las políticas sanitarias y a los médicos, con la sensación de vivir en un país atrasado.
"En aquella época no existía la vacuna.
Cuando me dio a mí (la enfermedad) en 1956, fue cuando en estados Unidos la sacaron.
Claro, aquí en España, ni se hablaba de ello"; "Fui vacunado, probablemente, a destiempo.
La vacuna estaba entre dos aguas.
Se suponía que la tenía el gobierno, pero no la había facilitado todavía".
"Sí, fui vacunado pero la vacuna estaba todavía en periodo de experimentación y en aquellos momentos no eran fiables al cien por cien.
Fui vacunado antes de las campañas y cuando me diagnosticaron, me volvieron a vacunar para tratar de solucionar el problema, pero ya era tarde"; y una frase común en los polios de aquí y de otros ámbitos geográficos: "Nací demasiado pronto" ("born too early"); "Para mí la vacuna llegó tarde, cuando empezaron a vacunar, ya era tarde para mí".
Pero no solo la fatalidad, también la falta de acceso: "No, no me vacunaron.
Tuve la desgracia de que en Alicante llevaban 8-9 meses vacunando, pero a Novelda, no llegó"; "No se vacunaba en pueblos tan pequeños como Dolores y menos, si se trataba de una familia pobre".
El tema de la pobreza como elemento que explicaba el no haber sido vacunado se repite en otros informantes.
"La gente más humilde no se vacunaba"; "No fui vacunado (en Orihuela) porque faltaban vacunas.
No había para todos", "no en todos los pueblos se vacunaba, había que llevar a los niños a la capital".
Y, junto a ello, otros factores dependientes de lo que consideran una mala práctica médica: "Sí que fui vacunada en 1969.
De hecho, por una negligencia médica la propia vacuna me ocasionó la enfermedad cuando yo estaba bien.
Aquella misma noche me subió la fiebre y me fallaban las piernas"; "La vacuna se llamaba Sabin.
Creó un cierto rechazo porque los primeros que se vacunaron quedaron polios".
La ignorancia o la actitud en contra de las familias.
"No fui vacunado por desconocimiento.
Si había vacunas mi familia no lo sabía"; "No fui vacunado porque mis padres tenían miedo a los efectos de la vacuna".
Aunque la campaña de vacunación Salk fue iniciada a nivel nacional en 1957, en el caso de Alicante ésta se desarrolló con cierto retraso y su implementación (desde abril hasta octubre de 1963) se produjo en un periodo inmediatamente anterior a la primera campaña de vacunación de masiva oral Sabin.
Quizás, esta continuidad en los programas de vacunación pudo influir en la tasa de éxito de inmunización posterior y ser considerado uno de los factores que contribuyera a una menor afectación de la provincia respecto al resto de provincias nacionales, especialmente llamativa por el diferente comportamiento nacional y local, entre los años 1966-1971.
Existe una abundante documentación, en forma de solicitudes, requiriendo dosis de vacuna a la jefatura provincial de sanidad.
Gracias a ella hemos podido reconstruir, en parte, la práctica de las vacunaciones en el caso de Alicante en el periodo previo a la primera gran campaña con vacuna oral.
Las cantidades solicitadas ofrecen una idea de la severidad del periodo epidémico y las noticias publicadas en la prensa alicantina recogen con fidelidad la situación vivida.
El protagonismo de la prensa en la campaña de vacunación oral de Sabin, junto con un mayor despliegue de medios, fueron factores decisivos en la reducción de casos observados en los años posteriores.
Los esfuerzos realizados por las instituciones y por aquellos que tomaron parte activa en su implantación, la facilidad de la vía de administración de la vacuna, su carácter gratuito y una adecuada publicidad sobre la importancia de la vacunación favorecieron el éxito.
A partir de 1966, la relajación de las medidas disuasorias, junto con la ineficacia de las campañas de vacunación en el control de la enfermedad, favoreció un repunte de casos entre 1966-75.
Este incremento también llevó asociado un mayor protagonismo de la poliomielitis en prensa.
Aunque del estudio comparado con otras capitales de provincia y con el territorio nacional se desprende que Alicante no fue una capital de provincia especialmente afectada por la enfermedad, el comportamiento se muestra de forma análoga hasta 1965.
En la década siguiente, desde 1966 a 1975, las cifras de morbilidad se comportan de forma diferente.
En una primera fase, 1966-71, tanto la capital como el resto de la provincia presentan cifras de morbilidad inferiores a las correspondientes a nivel nacional.
Es posteriormente, entre los años 1972-75, cuando se produce un cambio en la tendencia de los casos registrados, a favor de la provincia, frente a una inercia progresiva hacia la erradicación de la enfermedad, constatable tanto a nivel nacional como en Alicante capital.
A pesar de estas diferencias, los resultados revelan una cierta concordancia entre lo observado por otros autores (Porras Gallo y Báguena Cervellera, 2013; Porras Gallo y Báguena Cervellera, 2015; Rodríguez Sánchez y Seco Calvo, 2009; Rodríguez Sánchez, 2015) y lo reflejado en nuestro estudio a nivel local, y confirman la ineficacia en la implementación de las medidas de vacunación (Tuells Hernández, 2008).
Por otro lado, la prensa local y la documentación archivística revisada permite confirmar cómo los escasos recursos para llevar a cabo los programas de inmunización, junto con carencias en el procedimiento, influyeron de manera determinante en el no cumplimiento de las tasas de vacunación.
La conclusión más evidente, a la vista de resultados posteriores derivados de las acciones llevadas a cabo tras la campaña de 1963, es que la ineficacia en el control de las medidas adoptadas a escala nacional fue también trasladada a un ámbito local y justifica los esfuerzos de las autoridades sanitarias hacia una mayor disposición de recursos enfocados a la contención de la enfermedad en núcleos rurales, donde la provincia de Alicante ocupaba, en 1975, el séptimo lugar dentro del grupo de las 28 provincias con algún caso declarado.
En este marco general, las narrativas vacunales nos aportan información complementaria de cómo la población afectada vivió la experiencia de las vacunas y nos reflejan, además, la cara oculta de las vivencias personales en una población que, por un motivo u otro de los que hemos analizado, no se vieron favorecidas por la novedad de estas nuevas tecnologías al servicio de la salud pública. |
RESUMEN: Las encuestas serológicas, que adquirieron gran relevancia a mediados del siglo XX, siguen siendo herramienta clave para abordar las enfermedades infecciosas.
El artículo, utilizando fuentes archivísticas e impresas de la OMS, prensa médica y general, analiza el papel de médicos y científicos, gobierno y la OMS en la implementación de los estudios serológicos para evaluar la situación de la poliomielitis, sarampión y rubeola en España y establecer un plan de actuación contra ellas.
El trabajo muestra el protagonismo de Florencio Pérez Gallardo y su grupo de la Escuela Nacional de Sanidad, privilegiado por el régimen franquista para recibir el apoyo de los programas colaborativos de la OMS, tras la entrada de España en ella en 1951, y el impacto de dichos programas en la transformación científico-profesional del núcleo virológico de Madrid, acompañado del establecimiento de nuevas instituciones, que permitieron modernizar la virología, paralelamente al desarrollo y ejecución de las encuestas serológicas mencionadas.
El estudio revela igualmente el desarrollo paralelo de grupos científicos catalanes, que gozaron de reconocimiento internacional y dinamizaron la lucha contra las enfermedades estudiadas, pero también el papel clave de la circulación de los expertos de la OMS y los investigadores españoles para vehicular conocimiento científico y prácticas.
Como han señalado Jessica E. Metcalf y colaboradores, las encuestas serológicas son "la medida más directa para determinar el panorama inmunológico de muchas enfermedades infecciosas" (Metcalf et al., 2016, p.
Debido a este gran valor, estos autores solicitaban la creación de un Banco Mundial de Serología para explotar de modo más completo su potencialidad y, con ello, mejorar nuestro conocimiento y control de las enfermedades infecciosas.
Más recientemente, en nuestro entorno, uno de los objetivos del segundo estudio de seroprevalencia realizado en España por Aurora Limia y colaboradores, era "crear una colección de muestras de suero para posterior investigación de enfermedades transmisibles de interés para la Salud Pública" (Limia Sánchez et al., 2019, p.
Este gran valor de las encuestas serológicas, que proporcionan datos sobre los anticuerpos que posee una población determinada, como consecuencia de haber sufrido una infección natural o tras la vacunación, ofrecen una imagen bastante real de la presencia de una o varias enfermedades infecciosas en dicha comunidad.
A través de ellas se evidencian sus principales problemas infecciosos de interés para la Salud Pública, se pueden diseñar las estrategias de inmunización más adecuadas a realizar para lograr su control, pero también posibilitan la evaluación del resultado posterior a su aplicación y la detección de fallos o nuevas necesidades que deban ser atendidas.
En suma, los resultados de los estudios de seroprevalencia sirven de guía para la toma de decisiones político-sanitarias para la prevención y el control de las enfermedades infecciosas (Limia Sánchez et al., 2019, p.
Esta herramienta, como señaló John R. Paul en su ya clásica obra sobre la historia de la poliomielitis, revolucionó la epidemiología de dicha enfermedad a mediados de los años cuarenta del siglo XX y la convirtió en la "ciencia de la epidemiología sérica" aplicable igualmente a otras muchas enfermedades (Paul, 1971, p.
En opinión de Paul, esta transformación fue posible por la puesta a punto del test de neutralización en ratones, en sustitución de los monos, empleando la cepa Lansing (poliovirus, tipo 2) para detectar anticuerpos contra los poliovirus.
Tras el primer estudio de Hammon e Izumi en 1942, fue el trabajo de Thomas B. Turner y sus colaboradores, realizado tres años más tarde en la Escuela de Higiene Johns Hopkins para evaluar el estado inmunitario por grupos de edad de la parte más pobre y desfavorecida de la ciudad de Baltimore, el que mostró las verdaderas potencialidades de las encuestas serológicas como instrumento clave para el diagnóstico y la lucha contra la poliomielitis (Paul, 1971, pp. 358-359).
La Organización Mundial de la Salud (OMS) incorporó este recurso a su programa contra dicha enfermedad por considerarlo "un indicador más preciso" que los informes de casos diagnosticados clínicamente, especialmente en los países en desarrollo, y lo consideró igualmente clave para el resto de las enfermedades infecciosas, particularmente para las enfermedades víricas (Paul, 1971, p.
Una figura relevante en dicha incorporación fue Alfred M. Payne, Secretario del Comité de Expertos en Poliomielitis y miembro de la División de Enfermedades Transmisibles de la OMS, quien destacó su papel relevante para luchar contra la poliomielitis y la necesidad de que cada país realizara su propia encuesta serológica.
Conforme a esto, Payne pidió a la OMS que incluyera las encuestas serológicas en sus programas y proyectos (Payne, 1955, pp. 391-400).
Como veremos, esta demanda de Payne y su buena acogida por el organismo internacional, compartida también por la Asociación Europea contra la Poliomielitis (AEP) (Porras, Báguena, Ballester, de las Heras, 2012, p.
301), tuvo gran trascendencia para lo ocurrido en nuestro país.
En España, la incorporación sistemática del diagnóstico serológico ya había sido planteada en 1950 por la Dirección General de Sanidad en el caso de las enfermedades venéreas con el fin de evaluar su situación, sobre todo la de la sífilis.
Sin embargo, el informe del consultor de la OMS, Frank W. Reynolds, Jefe del Servicio de Enfermedades venéreas de dicho organismo internacional, realizado con el fin de valorar la puesta en marcha en nuestro país del programa país de asistencia técnica España 8 (E8), dirigido al control de esa patología, denunciaba la falta de condiciones y antígenos fiables para el serodiagnóstico (Castejón Bolea, Rodríguez Ocaña, 2017, pp. 102-103).
De hecho, Reynolds recomendó, entre otras cosas, un mayor control de los test serológicos para lograr un mejor diagnóstico, tanto individual como a nivel colectivo.
Cuando se aprobó el programa E8 en 1955, se señaló la necesidad de generalizar el diagnóstico serológico y su estandarización, lo cual requería una mejora de los laboratorios y de la especialización de su personal.
Antes de llevar a cabo en 1963 un programa nacional y masivo de vacunación contra la poliomielitis, a finales de los años cincuenta y principios de los sesenta se realizó una primera encuesta serológica para conocer la situación inmunitaria de la población española frente a esta enfermedad.
Estuvo a cargo del grupo de Florencio Pérez Gallardo, quien también se ocupó de evaluar los resultados de dicho programa de inmunización (Ballester, Porras, 2009).
La ejecución de esta encuesta no fue una tarea fácil en un país pobre que sufría aún los efectos de la guerra civil y se encontraba bajo un régimen dictatorial, pero que a la vez su incorporación a la OMS en 1951 le obligaba a seguir las recomendaciones de dicho organismo internacional, especialmente cuando quería beneficiarse de sus programas colaborativos para atender a los problemas de salud pública presentes y superar algunas de sus carencias científico-sanitarias 4.
De hecho, como se pondrá de relieve en este artículo, el esfuerzo realizado por Pérez Gallardo y su equipo para ejecutar esta primera encuesta serológica y evaluar la presencia de una enfermedad vírica en España, no tuvo continuidad inmediata para analizar la situación de otras infecciones por virus, sino que fue preciso esperar hasta 1968, cuando se pudo contar con el recién inaugurado Centro Nacional de Virología y Ecología Sanitarias de Majadahonda (Madrid) (Báguena, 2015; Ballester, Porras, Báguena, 2015a; Ballester, Porras, Báguena, 2015b).
A partir de ese año se llevaron a cabo nuevas encuestas y estudios serológicos, que permitieron conocer la situación de otras enfermedades víricas, como el sarampión y la rubeola, evaluar el efecto de las vacunas disponibles contra ellas y diseñar distintas estrategias de inmunización hasta la inclusión de las vacunas contra el sarampión y la rubeola en el calendario español de vacunación en 1978.
El significado histórico de las encuestas serológicas para evaluar la situación de la polio ha sido analizado en trabajos anteriores (Ballester, Porras, 2009) en el marco de la "nueva historia" de las tecnologías e innovaciones médicas, siguiendo a Jennifer Stanton (1999 y 2002) 5 y, particularmente, del papel que desempeñó la implantación de esta tecnología en la historia de la salud pública española, en la línea de algunos trabajos anteriores (Rodríguez Ocaña, 2004), pero nuestro artículo considera también la perspectiva de la historia de las agencias internacionales -como la OMS-y sus relaciones con los países miembros.
En las últimas décadas, el papel de la OMS ha recibido una atención creciente por investigadores de distinta formación -sociólogos y científicos sociales (Haas, 1992; Barnett, Finnemore, 1999; Jasanoff, 2004), historiadores de la Medicina y de la Salud Pública (Brown, Cueto, Fee, 2006; Brown, Cueto, 2011; Cueto, Brown, Fee, 2019) y equipos interdisciplinares (Sturdy, Freeman, Smith, 2013), completando con ello la imagen ofrecida sobre esta agencia internacional por los trabajos realizados por los sucesivos directores generales que tuvo la citada agencia (OMS, 1958; OMS, 1968; Hussein, 1998aHussein, y 1998b;;Litsios, 2009Litsios, y 2012)).
No obstante, son aún escasos los estudios realizados con un enfoque como el que proponemos que considere el papel de las relaciones de la OMS con un país concreto en la difusión de una tecnología tan relevante para el abordaje de los problemas de salud pública y contribuir a la modernización científico-sanitaria de ese país (Ballester, 2016; Ballester, Porras, Báguena, 2015a; Ballester, Porras, Báguena, 2015b; Rodriguez Ocaña, 2019).
Aceptando que la labor de la OMS va más allá del nivel tecnocrático, propio de este tipo de organizaciones, mostramos su papel para facilitar la producción y difusión de conocimiento científico relacionado con la implantación de las encuestas serológicas en España cuyo objetivo era evaluar la situación de las enfermedades víricas mencionadas.
Nos apoyamos para ello en el concepto de "comunidades epistémicas" (Haas, 1992), redes de expertos que comparten una serie de conocimientos e influyen en la instauración de políticas públicas y en línea con lo planteado por Sturdy, Freeman y Smith-Merry (2013), quienes señalaron la capacidad de la OMS para facilitar la constitución de comunidades epistémicas autónomas al proporcionar situaciones en las que compartir no solo conocimientos, sino también buenas prácticas 6.
Además y en relación con lo anterior, adoptamos la perspectiva de la historia transnacional al analizar la transformación científico-sanitaria y la modernización de la salud pública ocurrida en España paralelamente a la incorporación de los estudios y encuestas serológicas, centrando nuestra atención en la circulación de los programas, del conocimiento científico y su aplicación práctica, y de los expertos e investigadores, trascendiendo el ámbito de nuestro país y conectándolo con el internacional, supranacional o global (Barona, 2018, pp. 3-4).
Los objetivos principales de este artículo son analizar el papel desempeñado por los médicos y científicos nacionales y foráneos, el gobierno español y la OMS en la implementación de los estudios y las encuestas serológicas para evaluar la situación de la poliomielitis, el sarampión y la rubeola en España, identificar las diferencias habidas entre estas iniciativas, determinar el impacto de los programas colaborativos de la OMS con España y evaluar los cambios posteriores registrados en la lucha contra dichas enfermedades en el ámbito de la salud pública.
Respecto de esto último y referido al caso de la rubéola, nos preguntamos también qué impacto tuvo el resultado de dichas encuestas en la actividad asistencial de pediatras, obstetras y ginecólogos.
El marco cronológico elegido se justifica por ser 1958, cuando la OMS estableció las recomendaciones para las encuestas serológicas y comienza la primera encuesta serológica para evaluar el problema de la poliomielitis, y 1978 por ser el año en que la vacuna contra el sarampión y la rubeola fueron incorporadas al calendario español de vacunación.
Como fuentes principales hemos manejado documentación del Archivo histórico de la OMS (Ginebra) y publicaciones de la citada agencia internacional, junto a una selección de la prensa médica de nuestro país (Revista de Sanidad e Higiene Pública, Revista Española de Pediatría, Boletín de la Sociedad Catalana de Pediatría, Revista Española de Obstetricia y Ginecología, Clínica e Investigación en Obstetricia), pero también de la foránea (American Journal of Diseases of Children, New England Journal of Medicine, British Medical Journal, Proceedings of the Society for Experimental Biology and Medicine) en momentos clave, así como de la prensa general española (ABC, La Vanguardia) del período estudiado.
Primera encuesta serológica sobre la poliomielitis en España bajo la mirada de la OMS y del nuevo Director General de Sanidad
El contexto en el que se efectuó la primera encuesta serológica sobre la poliomielitis en España estuvo dominado a nivel interno, por un lado, por las luchas entre las diferentes facciones políticas que mantenían el régimen franquista (Molero, 2001; Rodríguez Ocaña, 2019) y la escasez general de recursos que impedía procurar los medios necesarios -atención sanitaria y vacunas-para luchar contra las graves epidemias de polio en España, que registraban en 1958 y 1959 las tasas de morbilidad más elevadas antes de la primera inmunización masiva de 1963 (De las Heras, Porras, Báguena, 2013, pp. 58-59).
Por otro lado, debido al cambio que se había registrado al frente de la Dirección General de Sanidad.
El médico militar e higienista José Alberto Palanca (1888Palanca ( -1973) ) fue sustituido por el tocoginecólogo Jesús García Orcoyen (1903Orcoyen ( -1974)), más proclive a la acción y a la introducción de algunas reformas imprescindibles, sobre todo a partir de 1963, año en el que se efectuó la primera campaña nacional de inmunización contra la polio.
A ello hay que sumar el impacto del cambio producido en su situación internacional, marcado por dos hechos: la incorporación de España a la OMS en 1951 y la firma del acuerdo de mutua colaboración con los Estados Unidos.
El primero propició el acceso a los 21 programas país, negociados con dicha agencia internacional por el gobierno franquista desde 1952 hasta el final de la dictadura.
Con dichos programas, que fueron complementados con algunas acciones de los programas interpaíses y de sus programas de becas de formación, se buscaba atender a los principales problemas sanitarios y corregir algunos de los déficits científico-sanitarios existentes.
Mientras que el segundo aportó beneficios más allá del ámbito político-económico inmediato, mediante la cooperación científica y tecnológica de los Estados Unidos con nuestro país (Ballester, 2016).
Además de las circunstancias y condiciones señaladas, es preciso destacar la falta de laboratorios virológicos modernos y de suficientes profesionales sanitarios especializados para llevar a cabo la encuesta serológica.
De hecho, como consecuencia del impacto de la guerra civil y del exilio 7, pese a que España había contado con laboratorios virológicos en Madrid y Barcelona, a finales de los años cincuenta no había ninguno bien equipado 8.
Esta situación había condicionado, entre otras cosas, el desarrollo del programa de vacunaciones contra la polio efectuado por la Escuela Nacional de Puericultura en el año 1957, utilizando vacuna Salk de importación.
Como indicó Ciriaco Laguna en el V Simposio de la AEP, se quiso hacer una determinación de anticuerpos en la población vacunada, antes y tras la vacunación, pero la falta de recursos materiales y humanos lo impidió (Laguna, 1958, p.
De modo que para poder llevar a cabo dicha encuesta serológica fue preciso introducir mejoras en el laboratorio de virus de la Escuela Nacional de Sanidad (Madrid), dirigido en esos momentos por Flo-rencio Pérez Gallardo (1917Gallardo ( -2016)), que contaba con el apoyo del régimen franquista 9, que además priorizaba el desarrollo del centro de Madrid frente a Barcelona como la institución central para la investigación sanitaria (Porras, Báguena, 2020).
Se requirió igualmente el acceso a los programas de formación de la OMS, que financiaron las visitas de expertos consultores de dicha agencia internacional y estancias de científicos españoles en los principales centros de investigación foráneos para mejorar su capacitación y conseguir la especialización que necesitaban.
Las visitas de los expertos de la OMS a España se realizaron con anterioridad al inicio de cada programa con la finalidad de valorar las condiciones previas de España y la viabilidad de las propuestas, pero también después, para evaluar su implementación y resultados (OMS, 1958, p.
A pesar de las limitaciones científicas indicadas y de la resistencia del régimen franquista a admitir el problema de la polio que alcanzaba su mayor magnitud, la pertenencia de España a la OMS y la negociación que se estaba llevando a cabo para lograr la aprobación del programa E25, obligaron al gobierno español y las autoridades sanitarias a admitir su existencia cuando se inauguró el V Simposio de la Asociación Europea contra la Poliomielitis (AEP) en Madrid en 1958, aunque indicando que ello correspondía a un país moderno y civilizado (Porras et al., 2013) 10.
Pese a señalarse su menor gravedad respecto de los países del entorno y no haber encontrado hasta ahora una mención expresa a la presencia epidémica de la polio en España, ésta parece haber sido la razón de la solicitud de España del programa E25 con la OMS.
Y es que era preciso darle una respuesta de mayor alcance que lo realizado hasta ese momento, que debía incluir la generalización de la vacunación contra dicha enfermedad, como indicó el consultor de la OMS, Dekking.
Este experto, que visitó España antes del inicio del E25, justificó para ello que se contara con un laboratorio para virus bien equipado en la Escuela Nacional de Sanidad.
Un laboratorio de esas características era imprescindible con fines diagnósticos e investigadores 11 y, por tanto, para la realización de una encuesta serológica previa, como Payne había solicitado en 1955 y la OMS había asumido -estable-ciendo unas recomendaciones sobre las mismas en 1957 (OMS, 1958) y 1958(OMS, 1959), compartiendo también dicha opinión la Asociación Europea contra la Poliomielitis (Porras, Báguena, Ballester, de las Heras, 2012, pp.301-307) 12.
Características y resultados de la encuesta serológica sobre la poliomielitis en España
En el contexto señalado y por las razones indicadas, se hacía imprescindible la realización de una encuesta serológica para determinar objetivamente y de modo más fiable la realidad del problema, dado que España no contaba con unas estadísticas sanitarias fidedignas correspondientes a uno o varios decenios.
De haberse dispuesto de ellas, como había indicado el Comité de expertos en su segundo informe, "se [podía] tener una idea bastante aproximada del estado inmunológico de la población examinando las tasas de morbilidad de las formas paralíticas en los diferentes grupos de edad" (OMS, 1958, p.
Sin embargo, ante la falta de datos y las dudas presentes sobre la exactitud de los mismos, según dicho Comité, "una encuesta serológica debidamente realizada sobre la frecuencia y sobre la distribución por edades de los anticuerpos específicos del virus poliomielítico [permitiría] hacerse una idea de la vulnerabilidad de una población" (OMS, 1958, p.
Ahora bien, su validez dependía del cumplimiento de una serie de requisitos como la determinación del nivel de los anticuerpos neutralizantes, en vez de los de fijación del complemento, realizada respetando las cuatro condiciones siguientes establecidas por dicho Comité: "1) El grupo de población estudiado debe ser suficientemente numeroso y representativo del conjunto de la población en todos los aspectos fundamentales.
2) La obtención, el transporte y la conservación de las muestras se harán por métodos que impidan cualquier deterioro importante de los anticuerpos.
3) La prueba de laboratorio empleada ha de ser específica, reproductible y de la precisión necesaria.
Importa que su técnica sea de la mayor sencillez posible.
4) Para facilitar la interpretación, conviene que los resultados sean comparables con los de las encuestas realizadas en distintos lugares" (OMS, 1958, p.
El Comité era consciente de la gran dificultad para cumplir estas cuatro condiciones, razón por la que su Segundo informe incluyó también recomendaciones sobre las técnicas de laboratorio y las células a em-plear, resaltando que "las células de riñón de mono y las células He La [eran] las empleadas con mayor frecuencia", y que habían dado "resultados igualmente satisfactorios" (OMS, 1958, p.
De ahí que lo realmente importante era que la encuesta serológica se realizara con el mismo tipo de células.
A pesar de la difícil situación de partida, Florencio Pérez Gallardo trató de seguir las indicaciones y cumplir los requisitos señalados por el Comité de Expertos en su primer (OMS, 1954) y segundo informes (OMS, 1958), como señaló en sus publicaciones (Pérez Gallardo, 1962a) y en la memoria presentada a la Fundación Juan March para justificar la ayuda recibida (Pérez Gallardo, 1961, vol. VII-2, p.
Proceder de esa forma le llevó tiempo y recursos.
No sólo contó con fondos de la Dirección General de Sanidad y de la Fundación Juan March, que le otorgó la Ayuda de Ciencias médicas en 1958, sino también con los del programa país de la OMS E25, que hicieron viable la encuesta serológica española sobre la poliomielitis y la investigación sobre la Epidemiología y la Profilaxis de esta enfermedad en España (Ballester, Porras, 2009).
La concesión de la ayuda de la Fundación Juan March fue recogida por el diario ABC 14, justificando la necesidad de realizar la encuesta serológica por la situación generada con el descubrimiento de las vacunas contra la polio.
Sin admitir la polio como problema para España -pese a la alta morbilidad de esos años-, sin embargo, se abría la posibilidad de que fuera preciso adoptar medidas profilácticas ante la mayor importancia que adquiriría la polio al mejorar las condiciones de vida.
En el citado diario se detallaban las 5 fases de la investigación que Pérez Gallardo debía llevar a cabo en 2 años, siendo la 3a la realización de la encuesta serológica tras la puesta a punto de la técnica de cultivos de tejidos indispensable para los trabajos sobre la polio, y la 5a la producción de vacuna propia.
Se admitía también la necesidad de introducir mejoras en el laboratorio de Pérez Gallardo, pero a la vez se destacaban sus méritos científicos y su pertenencia a la OMS, siguiendo la estrategia de apoyo del gobierno franquista hacia este investigador para justificar su protagonismo en el ámbito de la virología y su elección para la dirección del laboratorio virológico de la Escuela Nacional de Sanidad, frente a Eduardo Gallardo u otros investigadores de otras ciudades españolas (Porras, Báguena, 2020).
En este sentido, conviene recordar que, paralelamente al estudio realizado a nivel nacional por el grupo de Pérez Gallardo, Sanchís-Bayarri Vaillant, formado en el Hospital Rochester (Estados Unidos) y el Instituto Pasteur (París), efectuó estudios serológicos sobre la polio en el marco valenciano, desde el Laboratorio de Microbiología de la Facultad de Medicina de Valencia, para mejorar el conocimiento de la realidad valenciana sobre dicha enfermedad (Báguena, 2009).
Con la encuesta, Pérez Gallardo pretendía "conocer la situación inmunitaria frente a la poliomielitis, de los diversos grupos de edad de nuestra población" y, posteriormente, relacionar los datos de inmunidad natural con los datos de morbilidad y mortalidad de dicha enfermedad 15.
Esta información autorizaría a "preparar un programa racional de vacunación" contra la polio (Pérez Gallardo, 1962a, p.
Por cuanto, conforme lo expresado por el Grupo de Estudio sobre Encuestas Inmunológicas y Hematológicas, en su reunión en Ginebra del 15 al 19 de diciembre de 1958, "las informaciones sobre el estado de inmunidad en que se encuentra la población (...) permiten identificar los grupos demográficos que por ser susceptibles necesitan esa clase de protección" (OMS, 1959, p.
El laborioso trabajo realizado incluyó una muestra inicial de 5119 sueros, estudiándose 4185 únicamente.
3183 de estos últimos correspondían a personas que no habían sido vacunadas, ni habían padecido la polio (Pérez Gallardo, 1962a, p.
Estos resultados, que llegaron más tarde de la previsión inicial, fueron publicados en 1962 en la Revista de Sanidad e Higiene Pública (Pérez Gallardo, 1962aGallardo, y 1962b)), y revelaron que a los cuatro años un 57,09 % de las 3183 personas no vacunadas, y que no habían padecido la enfermedad, tenían anticuerpos frente a la polio (Pérez Gallardo, 1962a, p.
A su vez el estudio epidemiológico mostró que el 87% de los casos ocurría en menores de 5 años (Pérez Gallardo, 1962a, p.
Los resultados obtenidos apoyaban la urgencia del inicio de las inmunizaciones masivas, al menos, en niños menores de 5 años (Pérez Gallardo, 1962a, p.
517), pero finalmente se llevó a cabo en menores de 7 años, algo más de un año más tarde (1963)(1964) y con vacuna oral Sabin (Rodríguez Sánchez, Seco Calvo, 2009; Porras, Báguena, 2013), requiriéndose nuevamente la realización de nuevos estudios serológicos, de los que no nos vamos a ocupar ahora, para comprobar las características de las vacunas empleadas, el nivel inmunitario en la población va-cunada, y efectuar un diagnóstico certero de las parálisis que pudieran ocurrir en población vacunada (Ballester, Porras, 2009).
La primera encuesta serológica sobre la situación de la poliomielitis en España no habría sido posible sin las transformaciones y mejoras registradas en el laboratorio de virus de Pérez Gallardo de la Escuela Nacional de Sanidad, efectuadas también gracias al programa E25 y al programa de becas de la OMS.
Fue preciso disponer de un laboratorio de virología dedicado al aislamiento de los virus de la poliomielitis y otros enterovirus, y a la determinación de los anticuerpos antipoliomielíticos, que permitiera posteriormente actuar como laboratorio centinela de vigilancia epidemiológica (Ballester, Porras, 2009).
Éste se instaló en el denominado Centro Nacional de Virología, ubicado en la Escuela Nacional de Salud y financiado "con cargo a los créditos presupuestarios previstos" de la campaña masiva de vacunación 16.
Sin embargo, las mejoras introducidas en los métodos de diagnóstico fueron fruto, por un lado, de la decisión del consultor de la OMS, Frits Dekking, cuando visitó España con cargo al programa de formación de la OMS entre el 14 de octubre y el 15 de noviembre de 1959, de recomendar que, financiado por el mismo programa, fuera enviado un experto entrenado durante seis meses al laboratorio de Pérez Gallardo.
Por otro, de la ayuda ofrecida por Tore Wessalen, otro de los expertos que visitaron España en 1959, que estuvo ayudando a Pérez Gallardo durante dos semanas a poner a punto métodos para el diagnóstico de enfermedades víricas 17.
Los estudios serológicos sobre el sarampión y su vacuna: entre Barcelona y Madrid
Las diversas ayudas, que propiciaron la realización de la encuesta serológica sobre la polio, permitieron introducir mejoras en cuanto al equipamiento, a la puesta a punto de técnicas de laboratorio para poder realizar el diagnóstico de modo más preciso y el aislamiento de los virus de la polio, dejando atrás la imposibilidad de aislar virus en el laboratorio de Pérez Gallardo, indicada por el consultor de la OMS Tore Wessalen en su mencionado informe de 1959.
Sin embargo, aún existían muchas deficiencias, como pusieron de relieve los consultores de la OMS que visitaron España en el marco del programa E25, que subrayaron la falta de equipamiento, de profesionales a tiempo completo y de especialización del personal en el ámbito de la virología.
Estas deficiencias y el hecho de tener concentrados los recursos en el estudio de la polio, limitaron la capacidad de acción del grupo de Florencio Pérez Gallardo frente a otras enfermedades, como el sarampión, que provocaba mayor morbilidad y mortalidad que la polio entre la población infantil en España, pero también la de algunos investigadores de reconocido prestigio en Barcelona.
De hecho, cuando diferentes laboratorios comenzaron a fabricar la vacuna del sarampión, como paso previo a su comercialización, eligieron grupos de investigadores de reconocida solvencia en ensayos clínicos para que la probaran y pudieran detectar posibles defectos subsanables en su fabricación, nuestro país no estuvo en condiciones de asumir la realización de los estudios serológicos ligados al ensayo propuesto.
Esto fue lo que pasó con uno de los elegidos para dicho ensayo, el grupo de Martín Carbonell, director del Instituto de Puericultura de la Casa Provincial de Maternidad de Barcelona, que dirigió el primer ensayo clínico de una vacuna contra el sarampión en España en 1961.
Martín Carbonell, junto con su equipo, contaba con una probada experiencia en esta enfermedad, adquirida tanto en el Instituto de Puericultura como en el Hospital Municipal de Infecciosos de Barcelona bajo la dirección de Luis Trías de Bes.
La vacuna, elaborada con virus vivo atenuado (cepa Edmonston), fue suministrada en forma liofilizada por el laboratorio estadounidense Lederle, dirigido por Herald Cox.
En mayo de 1961 se administró dicha vacuna a cien niños de entre uno y cuatro años, ingresados en el Instituto de Puericultura y que no habían pasado el sarampión.
Como era preceptivo, antes de la vacunación y a los treinta días de la misma, se les realizó un análisis serológico para detectar la presencia de anticuerpos neutralizantes.
Sin embargo, las muestras de suero no pudieron ser procesadas ni en Barcelona ni tampoco en Madrid por el grupo de Pérez Gallardo.
De ahí que, una vez congeladas, se enviaron a los laboratorios Lederle en Nueva York para ser analizadas bajo la dirección de Cox.
La evolución clínica mostró la aparición de manifestaciones equiparables a un sarampión atenuado en la mayoría de los niños, el llamado sarampión vacunal, y los estudios serológicos mostraron una inmunización eficaz ligada a la presencia de anticuerpos neutralizantes, según los resultados obtenidos en los laboratorios Lederle.
Se concluyó que la vacuna era útil, pero que su valor práctico quedaba disminuido por la intensidad de la reacción posvacunal.
Una nueva oportunidad de realizar estudios serológicos se presentó en octubre de 1961, cuando Carbonell efectuó un nuevo ensayo, pero con la vacuna Philips Roxane, que difería de la anterior en el método de atenuación utilizado.
Se vacunaron 187 niños del Instituto de Puericultura y, nuevamente, los análisis serológicos debieron realizarse fuera de España, en los laboratorios de Philips Duphar en Holanda.
Frente a la vacuna de Cox, los resultados de este segundo ensayo mostraron que la vacuna de Philips producía un sarampión vacunal leve, pero su eficacia era menor, del 93%.
Es importante destacar que, al igual que en el caso anterior, ninguna casa comercial había sacado aún dicha vacuna al mercado y solo la proporcionaban a centros experimentados que ofrecían suficientes garantías para evaluar sus posibles defectos y poder modificarlos.
Sin embargo, las carencias existentes en la investigación virológica española y la prioridad otorgada por el régimen franquista al desarrollo del Centro Nacional de Virus de la Escuela Nacional de Sanidad con el apoyo también de los recursos del programa E25 de la OMS, para atender al grave problema de la polio, retrasaron la puesta a punto de un centro de virus en Barcelona adaptado a la nueva virología y la asunción de todo el estudio completo.
Éste tampoco pudo ser asumido por el Centro Nacional de Virus de Madrid, que no mejoró su situación hasta después de finalizada la primera campaña masiva de inmunización contra la polio en 1963-1964, cuando se registraron importantes transformaciones sanitarias al hilo del desarrollo socio-económico alcanzado en la década de 1960, que propiciaron el comienzo de la reestructuración de la Sanidad local (Rodríguez Ocaña, Atenza Fernández, 2018) 18.
Aunque el gran cambio llegó en 1968, cuando se pudo contar con el Centro Nacional de Virología y Ecología Sanitarias de Majadahonda, que fue uno de los frutos del desarrollo del programa E25 (Báguena, 2015; Ballester, Porras, Báguena, 2015a; Ballester, Porras, Báguena, 2015b).
Estas circunstancias y condiciones pueden explicar el retraso de nuestro país en el establecimiento de un programa de lucha contra el sarampión, pese a su elevada morbilidad y mortalidad entre la población infantil española y contar con profesionales médicos clínicos especialistas en dicha enfermedad bien valorados internacionalmente.
De hecho, no fue hasta los años 1964-1965, cuando el trabajo experimental sobre el virus del sarampión comenzó en la Escuela Nacional de Sanidad.
Ello fue posible gracias a la ayuda que el consultor de la OMS, G. Enders-Ruckle, brindó al virólogo Rafael Nájera (1938-) en la puesta a punto de técnicas de cultivo del virus del sarampión y métodos de diagnóstico.
Los resultados de esta investigación fueron plasmados en la Tesina del curso de Oficiales Sanitarios del español (Rafael Nájera, 1964-1965) y le capacitaron para abordar el problema del sarampión.
A partir de ese momento se encargó del análisis de los sueros enviados por las distintas Jefaturas Provinciales de Sanidad.
Ello le permitió, en 1966, aislar, por vez primera en España, el virus del sarampión en el Centro Nacional de Virus, a partir de diferentes muestras de 39 enfermos.
Nájera fue también el primero en estudiar los anticuerpos en 1500 sueros procedentes de la población general de 21 provincias españolas, con la finalidad de conocer su estado inmunitario y orientar la lucha contra la enfermedad mediante la administración de la vacuna (Nájera, 1966).
Estas investigaciones de Rafael Nájera le permitieron dar un paso mayor en 1968 en el Centro Nacional de Virología y Ecología Sanitarias (Majadahonda, Madrid), recién inaugurado, y hacerse cargo de un ensayo a mayor escala con una vacuna fabricada con la cepa Beckenham, promovido por la Dirección General de Sanidad.
Esta decisión fue tomada tras realizar en 1967, en colaboración con la clínica Nuestra Señora de La Paz de Madrid, un estudio serológico sobre la respuesta inmunitaria de la vacuna del sarampión en 100 niños (García Orcoyen, 1968, p.
18) y tras el éxito de las campañas con las vacunas de la polio, la difteria, el tétanos y la tosferina.
La Dirección General de Sanidad puso en marcha en 1968 una campaña piloto con la vacuna del sarampión en 11 provincias: Barcelona, Gerona, Teruel, Valladolid, Madrid 19, Vizcaya, Palencia, Huelva, Jaén, Valencia y Granada, dirigida a niños entre 9 y 24 meses, que la prensa también recogió 20.
El objetivo era comprobar si la protección conferida por la vacuna y el grado de tolerancia a la misma hacían aconsejable su extensión a todo el ámbito nacional.
Bajo la dirección de Alfredo Gimeno de Sande, Jefe de la Sección de Luchas y Campañas Sanitarias, se vacunaron diez mil niños con vacuna preparada con la cepa Beckenham y se realizó un estudio serológico a una muestra de 531 niños antes y después de la vacunación en el Centro Nacional de Virología y Ecología Sanitarias a cargo de Florencio Pérez Gallardo y de Enrique y Rafael Nájera (Gimeno de Sande et al., 1972).
El ensayo mostró que la vacuna confería inmunidad en el 90% de los niños vacunados sin inmunidad anterior, pero el 10% tuvo reacciones secundarias de moderada intensidad (fie-bre y exantema), que condujeron a su retirada del registro nacional en 1970.
Este tipo de vacuna había producido problemas similares en Gran Bretaña 21.
Finalmente, en 1972, un año tras la segunda visita del consultor de la OMS, Radovanovic, al Centro Nacional de Virología y Ecología Sanitarias para negociar el desarrollo del Programa E1901 como continuación del E25 22, se reintrodujo la vacuna contra el sarampión, respondiendo a la demanda de los pediatras catalanes, aunque esta vez estaba producida con la cepa hiperatenuada Schwarz.
Ese mismo año, la Jefatura Provincial de Sanidad de Navarra inició con ella la vacunación antisarampionosa sistemática en los Dispensarios de Higiene Infantil de la provincia, comenzando por los niños de entre 9 y 48 meses que acudían habitualmente a los dispensarios de Higiene Infantil de Pamplona, sin efectuar una selección previa (Viñes, Ariz, Abad, 1975).
Se vacunó a 187 niños, a los que se realizó un control serológico previo y otros dos a las 4 y 16 semanas, llevado a cabo por Florencio Pérez Gallardo y Rafael Nájera en el Centro de Majadahonda, cuyas condiciones habían mejorado con respecto a 1968, aunque persistían algunos problemas técnicos y la falta de personal especializado, tal y como señalaba Radovanovic en su informe 23.
Con la vacuna aplicada se obtuvo una seroconversión del 93.41%, con algunas reacciones secundarias discretas, lo que llevó a recomendar su administración a partir de los 9 meses con controles pediátricos individualizados y su inclusión en el calendario de vacunación en 1978.
Las encuestas serológicas, un elemento clave para evaluar y abordar el problema de la rubeola
En los años sesenta, paralelamente al camino recorrido para abordar el sarampión y la transformación socio-económico-sanitaria registrada en España, la rubeola emergió como un importante problema de salud pública tras el aislamiento del virus de dicha enfermedad en 1962 (Veronelli, Maassab, Hennessy, 1962) y el establecimiento de su relación con la producción de deformidades congénitas y el síndrome de rubeola congénita, con motivo de las graves epidemias de Europa en 1963 y de Estados Unidos en 1964 (Plotkin, Dudgeon, Ramsay, 1963) 24.
La relevancia social alcanzada promovió la búsqueda de una vacuna eficaz contra dicha enfermedad, considerándose primero la vacuna con virus muertos, pero sufría una pérdida importante de antigenicidad, optándose por utilizar virus vivos atenuados mediante su pase de forma seriada en cultivos de tejidos.
Hasta 1967 no se dispuso de una vacuna contra la rubeola, año cuando la OMS decidió patrocinar un estudio serológico corporativo para conocer la prevalencia de anticuerpos en las mujeres en edad fértil y poder diseñar una estrategia futura de vacunación, como señaló Luis Salleras (Salleras, 1980).
El resultado del estudio encontró que entre el 80 y el 87% de las mujeres de 18 a 22 años de las principales zonas continentales de Europa, Australia y Japón poseían anticuerpos antirrubéola.
Para poder llevar a cabo una nueva encuesta serológica que evaluara la situación de la rubeola en España fue preciso que Rafael Nájera realizara una estancia de investigación en Birmingham entre 1967 y 1968, gracias a una de las becas de formación de la OMS durante la ejecución del programa E25.
Durante dicha estancia, que fue clave a su regreso a España, trabajó con Thomas H. Flewett, experto en microscopía electrónica, en el Laboratorio Regional de Virus del Hospital East de Birmingham, y con Peter Wildy, director del Departamento de Virología de la Universidad de Birmingham.
Fruto de estas investigaciones fue el desarrollo por Nájera de un método sencillo de producción del antígeno fijador de complemento de la rubeola, clave para medir los anticuerpos contra el virus de dicha enfermedad.
A su vuelta a finales de 1968, en el recién inaugurado Centro Nacional de Virología y Ecología Sanitarias, Rafael Nájera montó las técnicas serológicas necesarias para determinar la inmunidad frente a la rubeola con vistas a realizar una encuesta serológica para evaluar el problema de las malformaciones congénitas con esta enfermedad.
Al mismo tiempo, puso en marcha las técnicas de aislamiento del virus que junto con las anteriores, permitirían evaluar los efectos de las vacunas antirrubeola.
Ese mismo año, R.G. Sommerville virólogo de la Universidad de Glasgow, experto de la OMS en la utilización de la inmunofluorescencia para el diagnóstico de laboratorio de las infecciones víricas, realizó una visita al Centro Nacional de Virología y Ecología Sanitarias, en el marco del programa España-25, para enseñar al equipo de la sección de virus respiratorios y exantemáticos a preparar sueros antivirales de calidad elevada y las bases de la técnica de inmunofluorescencia para la identificación rápida de los virus patógenos, como el de la rubeola 25.
Un año más tarde, en 1969, Nájera abrió en el Centro Nacional de Virología y Ecología Sanitarias un Laboratorio de Rubeola para el diagnóstico de la enfermedad mediante reacciones inmunológicas e identificación de los casos sospechosos de dar origen a malformaciones congénitas, que funcionaba a nivel nacional como servicio sanitario.
Ese mismo año puso en marcha una encuesta serológica, completada dos años después, para estudiar las edades en que se producían las seroconversiones en España y conocer así la población en riesgo de enfermar de rubeola.
Se recogieron 1.135 sueros procedentes de diversas regiones españolas, y se aplicó la técnica de la hemaglutinación.
En el grupo de 10 a 14 años la seropositividad total fue del 89%, manteniéndose a ese nivel en años posteriores.
La diferencia entre la seropositividad total y la antigua o bien establecida, era pequeña en las grandes poblaciones o en zonas bien comunicadas, pero mucho más marcada en zonas rurales alejadas de las grandes vías de comunicación.
Los resultados de esta encuesta fueron publicados en 1973 en el Bulletin of the WHO por Rafael Nájera, en colaboración con Enrique Nájera y Florencio Pérez Gallardo (Nájera, Nájera, Pérez Gallardo, 1973).
También, en 1969, y coordinado por el mencionado Laboratorio de Rubeola, se realizó un primer estudio para ver los efectos de la vacunación contra dicha enfermedad en 14 niños de la Inclusa de Madrid, al que siguieron otros dos al año siguiente en Navarra (en la Maternidad, 113 niños y en el Poblado de Potasas, 154 niños).
Todos recibieron una vacuna fabricada con la cepa Cendehill, desarrollada en Bélgica.
En 1972 se realizaron dos ensayos clínicos más en Navarra (en los valles de Lónguida, 66 niños y de Baztán, 27 niños), pero esta vez con vacuna intranasal fabricada con la cepa RA27/3, desarrollada en el Instituto Wistar de Filadelfia.
Todos estos estudios, coordinados por la Dirección General de Sanidad, a través de las Jefaturas Provinciales de Sanidad de Madrid y Navarra, dieron buenos resultados, comprobados tras la determinación en el laboratorio de rubeola de anticuerpos pre y posvacunales.
Como ya hemos señalado anteriormente, aunque las condiciones habían mejorado respecto a la situación en la que se realizaron las encuestas serológicas de la poliomielitis, seguía habiendo algunas insuficiencias, como la necesidad de formar adecuadamen-te en inmunología a los miembros del equipo de Rafael Nájera.
Se trató de subsanarlas concediéndoles becas de formación de la OMS, durante la ejecución del programa España-25, para ir a laboratorios importantes en donde conocer técnicas para su posterior puesta en marcha en el Centro Nacional de Virología y Ecología Sanitarias.
Estas necesidades fueron detectadas por los expertos de la OMS que visitaban el Centro, como Peter Wildy, quien en 1970 acudió para asesorar sobre cuestiones relacionadas con la biología molecular de los virus, entre ellos el de la rubeola 26.
Wildy aconsejó igualmente que J. Mateos acudiera durante dos meses al Laboratorio de Estandarización de la OMS en Lausanne, para estudiar métodos para separar, detectar y ensayar inmunoglobulinas.
Allí trabajaba D. S. Rowe, quien en 1971 también visitó el Centro Nacional de Virología y Ecología Sanitarias para asesorar sobre aspectos inmunológicos del diagnóstico de la rubeola y sobre la separación de macromoléculas.
A diferencia de los informes de los consultores de la OMS de los años sesenta, el informe de Peter Wildy mostró la madurez alcanzada en la virología española.
En él describió las secciones del Centro Nacional de Virología y Ecología Sanitarias y sus características.
La Sección de virus respiratorios y exantemáticos contaba con un servicio diagnóstico, que utilizaba técnicas serológicas, de aislamiento de virus, de microscopía electrónica y de detección de inmunoglobulina.
Mientras en la sección de epidemiología serológica se llevaba a cabo la encuesta serológica antes comentada, en la sección experimental se trabajaba en mejorar métodos para tratar con inhibidores inespecíficos de la hemaglutinina de la rubeola.
En 1972, Rafael Nájera y sus colaboradores publicaron los resultados de un nuevo estudio de más de 2000 sueros de embarazadas, remitidos al Centro Nacional de Virología y Ecología Sanitarias desde servicios hospitalarios y Jefaturas Provinciales de Sanidad, para determinar los anticuerpos antirrubeola, con el fin de establecer un diagnóstico de infección durante los primeros meses del embarazo tras haber estado en contacto con algún caso de rubeola (Nájera, Mateos, Pérez Gallardo, 1972).
Con la técnica utilizada, la inhibición de la hemaglutinación, era posible determinar el tipo de inmunoglobulinas del que eran dependientes los anticuerpos encontrados y saber si se trataba de una infección reciente (anticuerpos dependientes de la fracción IgM) o de una antigua (IgG).
Para estos autores, la rubeola como causa de malfor-maciones congénitas era de gran trascendencia sociosanitaria.
En su opinión, la sencillez de la técnica de medición de anticuerpos antirrubeola justificaba su inclusión en todos los grandes servicios de ginecología españoles y la incorporación de las pruebas serológicas en los exámenes generales de salud de las mujeres, que se podrían centrar en tres momentos de su vida: análisis prematrimonial, primera visita de la embarazada e inmediatamente después del parto.
Ello permitiría conocer a la población en peligro y adoptar las medidas preventivas necesarias.
Sin embargo, la revisión de las revistas ginecológicas y obstétricas españolas no ha ofrecido ninguna información sobre este tema, demorándose a los años ochenta del pasado siglo y quedando restringido a la primera visita de la embarazada.
En los años setenta se sucedieron las encuestas serológicas en diferentes provincias españolas.
M.C. Maroto realizó una en 1974 en Madrid en mujeres universitarias, encontrando un 89% de seropositividad (Maroto, 1974); Fernando Hita y Alfonso Pinedo efectuaron otra en 1975 en Ciudad Real en mujeres de distintos grupos etarios, con un 83% de población protegida (Hita, Pinedo, 1975); Manuel Domínguez Carmona dirigió otra en Santiago de Compostela en 1976 en mujeres que trabajaban en un hospital (Cembero, Sánchez, Jiménez, Domínguez, 1976), así como Agustí Pumarola en Barcelona en 1977 (Pumarola, Beltrán, 1977).
La información obtenida de las encuestas y de los ensayos clínicos con las vacunas disponibles llevó a la inclusión de la vacuna de la rubeola en 1973 en el calendario vacunal municipal de Barcelona.
Dos años después tuvo lugar una campaña piloto organizada por la Dirección General de Sanidad a través del Centro Nacional de Virología y Ecología Sanitarias, en la que se vacunaron 21.000 niñas de 11 años de Barcelona, Madrid, Guipúzcoa y La Coruña, que dio paso en 1976 a la primera campaña nacional de vacunación contra la rubeola en niñas de 13 años (Informe, 1979).
En su desarrollo colaboró el Centro Nacional de Demostración Sanitaria de Talavera de la Reina tras haber sido entrenado su jefe del Servicio de Laboratorio en el Centro Nacional de Virología y Ecología Sanitarias (Del Pozo Sarompas, 1979), nueva institución resultado del Programa colaborativo de la OMS Espa-ña30 (Rodríguez Ocaña, Atenza Fernández, 2018).
Se vacunó de forma gratuita, utilizando la vacuna fabricada con cepa de virus atenuados Wistar RA 27/3.
Dos años más tarde, en 1978, M. C. Maroto publicó un estudio serológico sobre la rubeola en Granada tras la vacunación, analizándose el suero de 1414 mujeres entre 17 y 30 años, universitarias, estudiantes de ATS y personal sometido a exámenes de salud en el Hospital Clínico.
Se encontró una susceptibilidad a la enfermedad en el 11.65% y una eficacia de la vacuna en el 82%, pero con títulos bajos (Maroto, Pérez, Gálvez, Piédrola, 1978).
Finalmente, en 1979, un año después de haber sido introducida en el calendario nacional de vacunación, se optó por aplicar la vacuna de la rubeola a las niñas de 11 años, con la finalidad principal de prevenir la rubeola congénita.
A partir de 1981, se administró en forma de vacuna triple vírica, junto a las vacunas del sarampión y de la parotiditis, en niños de 12 a 15 meses, manteniéndose la vacunación selectiva contra la rubeola en las niñas a los 11 años, la cual también se recomendaba a las mujeres seronegativas en edad fértil.
Los ejemplos analizados muestran el protagonismo de Florencio Pérez Gallardo y su grupo de la Escuela Nacional de Sanidad, privilegiado por el régimen franquista para recibir el apoyo de los programas colaborativos de la OMS, tras la entrada de España en dicha agencia internacional en 1951, y el impacto de dichos programas en la transformación científico-profesional del núcleo de estudios virológicos de Madrid, acompañado del establecimiento de nuevas instituciones (como el Centro Nacional de Virología y Ecología Sanitarias), que permitieron modernizar la virología, paralelamente al desarrollo y ejecución de las encuestas serológicas sobre la poliomielitis, sarampión y rubeola en España.
El estudio revela igualmente el desarrollo paralelo de grupos científicos catalanes, que gozaron de reconocimiento internacional y dinamizaron la lucha contra las enfermedades estudiadas, pero también el papel clave de la circulación de los expertos de la OMS que visitaron España y de los investigadores españoles que realizaron estancias en los principales centros de investigación europeos para vehicular el conocimiento científico y las prácticas asociadas a él, que permitieron la consolidación de una virología moderna, la especialización de nuestros médicos y científicos y el establecimiento de acciones que mejoraran la atención a esos tres problemas importantes de salud pública.
El gobierno, a su vez, se benefició de todo ello por cuanto le permitía conseguir legitimación nacional e internacional mediante esa lenta modernización y abordaje de los problemas sanitarios.
2 En España, el primer estudio de seroprevalencia se realizó en 1996, para evaluar el impacto de los programas de vacunación en la prevalencia de 9 enfermedades (difteria, tétanos, poliomielitis, sarampión, rubeola, parotiditis, varicela, hepatitis A y B).
6 La propuesta de estos autores fue fruto del estudio que, basándose en el concepto de las "comunidades epistémícas" (Haas, 1992), realizaron sobre el papel de la OMS en la reforma de la política de salud mental en su región europea (Sturdy, Freeman, Smith-Merry, 2013, p.
7 Recordemos, por ejemplo, el negativo impacto en la Escuela Nacional de Sanidad secundario al exilio y represión de un significativo número de sus mejores científicos (Barona, Bernabeu-Mestre, 2008).
9 El régimen franquista apoyó a Florencio Pérez Gallardo en vez de a Eduardo Gallardo Martínez (1879-1964), anterior jefe del Servicio del virus del Instituto Nacional de Higiene Alfonso XIII y de la Escuela Nacional de Sanidad antes de la guerra civil (Rodríguez-Ocaña, 2015).
10 Puesto que la poliomielitis estaba afectando de modo prioritario a países desarrollados como EEUU, Canadá o los países nórdicos europeos.
12 Alfred Payne, el representante de la OMS en el V Simposio de la AEP, celebrado en 1958, destacó la importancia que poseía la estandarización de las encuestas serológicas para facilitar la comparación de la situación de la polio en los distintos países, e igualmente habló de los esfuerzos que la OMS estaba realizando.
Señaló igualmente el valor de la estandarización de los tests de neutralización para la detección de anticuerpos, y efectuar estudios comparados sobre la eficacia y la inmunidad secundarias a la aplicación de las diferentes vacunas (Payne, 1958; Porras, Báguena, Ballester, 2010; Porras, Báguena, Ballester, de las Heras, 2012, p.
13 La cursiva es nuestra.
14 "Ayudas de la fundación March para investigar sobre Ciencias sagradas, filosóficas e históricas, Matemáticas, Físicas y Químicas y Médicas", ABC, 2-4-1958, pp. 25-26, p.
15 Para poder llevar a cabo dicha correlación, una ficha acompañó cada una de las muestras de suero recogidas.
La ficha contenía información epidemiológica sobre si estaba vacunado/a y el número de dosis recibidas, si había sufrido la enfermedad o alguien de su familia o de la vecindad, pero también relativa al medio (rural/urbano) en que vivía la persona, datos sobre densidad de población, hacinamiento, comunicaciones, o las condiciones higiénico-sanitarias (agua corriente, alcantarillado) o la situación económica, así como indicación de su profesión y de la de su padre.
18 El pago de los sueldos de los Médicos Titulares por el Estado, cambios en el acceso al cuerpo de Sanidad Nacional o la recuperación de elección de los Colegios de Médicos de sus dirigentes fueron algunas de estas transformaciones, que serían continuadas por la redacción de un Plan de Actividades Sanitarias en 1965(Rodríguez Ocaña, Atenza Fernández, 2018).
23 Con el fin de corregir esta situación, Radovanovic recomendó, por un lado, la concesión de becas para mejorar la formación de los médicos Mateos, Casal y Bermúdez de Castro en los laboratorios de Lausanne (Suiza), el laboratorio de referencia de Salud pública de Colindale (Londres) y el del Departamento de Virología de la Universidad de Birmingham, respectivamente, y, por otro lado, la conce- |
RESUMEN: Desde finales del siglo XIX, fue posible luchar contra varias de las enfermedades víricas (rabia, viruela, gripe, polio, sarampión, rubéola y parotiditis), que, a lo largo del siglo XX, afectaron masivamente a la población adulta e infantil, a través de programas de vacunación que se establecieron una vez que estuvieron disponibles vacunas seguras para prevenirlas.
España fue adoptando estas medidas preventivas progresivamente, especialmente a partir de su incorporación a la Organización Mundial de la Salud (OMS) en 1951.
Cuando se promulgó la Ley General de Sanidad, en 1986, algunas de estas enfermedades habían podido controlarse y/o eliminarse mediante la vacunación sistemática.
El tratamiento que ha realizado la prensa nacional de estos hechos ha sido escasamente estudiado.
Este artículo tiene como objetivo analizar la repercusión en la prensa nacional de las campañas de vacunación contra estas enfermedades víricas hasta el año 1986 y comprobar si los medios de comunicación escritos reflejaron las medidas epidemiológicas globales adoptadas por la OMS para combatirlas.
Junto a ello, estudiar su posible influencia, tanto en la puesta en marcha de políticas públicas de vacunación, como en el modo de transmitir dicha información a la población en los diferentes contextos sociopolíticos y científico-sanitarios cambiantes del periodo estudiado.
Desde finales del siglo XIX, cuando se desarrolló la vacuna antirrábica, ha sido posible prevenir varias enfermedades víricas (viruela, rabia, gripe, polio, sarampión, rubéola y parotiditis) que afectaban masivamente a la población adulta e infantil.
La historiografía global sobre inmunizaciones ha marcado una serie de etapas en su desarrollo (Moulin, 1996), que nos permiten enmarcar estudios particulares sobre una u otra vacuna o un conjunto de ellas, como ocurre con las que vamos a estudiar.
A lo largo del siglo XX, a medida que se iba contando con vacunas seguras para prevenirlas, se fueron estableciendo programas de vacunación.
España fue incorporando estas medidas preventivas, especialmente a partir de su incorporación a la OMS, en 1951, lo que supuso la aceptación por parte del país de las directrices de salud pública marcadas por esta institución internacional, materializadas posteriormente con la puesta en marcha de varios programa-país (Ballester Añón, 2016).
En la década de los 50, la elevada incidencia y letalidad alcanzada por algunas enfermedades transmisibles víricas, como la gripe y la poliomielitis, las convirtieron en uno de los problemas de salud pública más importantes a nivel mundial.
Por ello, uno de los ejes de acción de la OMS fue la lucha contra estas enfermedades en el contexto internacional.
En España, la asunción de estas nuevas directrices supuso un cambio en la política sanitaria del franquismo, que tuvo que adaptar y modernizar su precaria situación estructural para dar respuesta a estos nuevos requerimientos (Marset Campos, et al, 1995).
José Alberto Palanca y Jesús García Orcoyen fueron los responsables sucesivos de la Dirección General de Sanidad, el primero de ellos en la etapa inicial de incorporación de España al organismo internacional, el segundo desde 1957 a 1973, etapa en la que las políticas sanitarias y de salud pública estuvieron muy influenciadas por la lucha de poder entre las distintas familias franquistas (Molero Mesa, 1994).
Un hito fundamental fue la implantación del primer calendario oficial de vacunación infantil en 1975, que incluyó la poliomielitis y el sarampión.
Cuando se promulgó la Ley General de Sanidad, en 1986, algunas de las enfermedades víricas habían podido ser controladas y/o eliminadas mediante la implantación de campañas o programas de vacunación sistemática.
El doble papel de la prensa de información general, como suministradora de información y como creadora de opinión, ha sido clave en la materialización práctica de los programas de inmunización establecidos, con igual, mayor o menor peso de ambas facetas, dependiendo de los contextos particulares.
El tratamiento y seguimiento que la prensa española de carácter nacional ha realizado de la inmunización contra las enfermedades anteriormente citadas ha sido escasamente estudiado en su conjunto, aunque recientemente contamos con una serie de estudios valiosos que suponen aportaciones relevantes y que reflejan el interés que despierta el uso de la prensa general en la historiografía de las vacunas en España (Duro Torrijos, 2014; Duro Torrijos, Tuells Hernández, 2015; Martínez Martínez, 2016).
El trabajo de Martínez aborda un periodo que, en parte, se solapa con el nuestro, e incluye las noticias publicadas en la prensa española sobre inmunizaciones en enfermedades como la poliomielitis, meningitis, viruela y el virus del papiloma humano.
El presente trabajo pretende analizar la repercusión en la prensa nacional de las campañas de vacunación contra estas enfermedades víricas entre 1951 y 1986 y comprobar hasta qué punto los medios de comunicación escritos reflejaron las recomendaciones establecidas por la OMS para combatirlas.
Junto a ello, estudiar su posible influencia, tanto en la puesta en marcha de políticas públicas de inmunización, como en el modo de transmitir dicha información a la población en los diferentes contextos sociopolíticos y científico-sanitarios cambiantes del periodo estudiado.
Se han utilizado las noticias relacionadas con la vacunación contra las enfermedades infecciosas estudiadas, publicadas en tres diarios de tirada nacional: ABC (y la revista ilustrada semanal Blanco y Negro, vinculada a este diario), La Vanguardia y Ya.
Estas fuentes, aunque tuvieron en común la censura a la que fueron sometidas por el régimen franquista, pertenecían a diferentes núcleos de poder informativo e ideológico, razón por la cual constituyen una muestra representativa de la información general publicada en torno al tema de estudio.
Los diarios ABC, y La Vanguardia ofrecen acceso gratuito a sus hemerotecas electrónicas, mientras que ha sido necesaria una revisión manual de los ejemplares del diario Ya.
La delimitación del período de estudio a los años comprendidos entre 1951 y 1986 responde a los siguientes criterios.
En el año 1951 España se incorpora a la OMS, en una primera etapa de apertura internacional que termina con el período autárquico de los primeros años del franquismo, lo que supuso la adopción de ciertas recomendaciones de salud pública promovidas por este organismo internacional.
Por otro lado, en 1986, ya en época democrática, bajo el gobierno socialista de Felipe González, se publicó la Ley General de Sanidad, que supuso un cambio significativo en el modelo de atención sanitaria, incorporando los programas de inmunización.
Por tanto, el estudio de este periodo resulta fundamental para ver la evolución de la política sanitaria franquista en materia preventiva desde su incorporación a la OMS, pasando por el período de la Transición, hasta llegar a su consolidación democrática, tras la publicación de la Constitución Española en 1978 (Rodríguez Ocaña, Martínez Navarro, 2008; Perdiguero, 2015).
Para la búsqueda en la hemeroteca digital del diario ABC, se han utilizado los siguientes términos: viruela, rabia, gripe, polio, parotiditis, rubeola, rabia, combinados cada uno de ellos con el operador booleano "Y" al término vacunación en el periodo de tiempo objeto de estudio (1951-1986).
Se han analizado todas las noticias publicadas excluyendo aquellas que sólo se referían tangencialmente al tema de estudio o trataban sobre vacunación en animales.
De este modo se han obtenido los siguientes resultados:
-"Viruela y vacunación": 185 La Hemeroteca digital del diario La Vanguardia no permite la búsqueda utilizando operadores booleanos, por lo que se buscó por la palabra clave "vacunación", utilizando como límite el período de estudio.
Se obtienen 1.429 resultados de los que 150 están relacionados con el tema de estudio.
El diario "YA" se conserva en formato impreso en la Hemeroteca Municipal de Madrid, por lo que no ha sido posible la revisión de la totalidad de los ejemplares publicados en nuestro período de estudio, dado el amplio volumen de la colección.
Por esa razón, se ha llevado a cabo una revisión de algunos años completos y meses, seleccionados por fechas relacionadas a algún suceso o hecho de interés para nuestra investigación, según informaciones previas 2.
178 noticias se relacionaron con el tema de estudio.
CAMPAÑAS DE VACUNACIÓN CONTRA LA VIRUELA
En España, la vacunación antivariólica se inició en los albores del siglo XIX (Santamaría, 1990), pero la precaria estructura sanitaria y la carencia de un marco legislativo e institucional dio paso a una etapa de regresión que dificultó su difusión, por lo que las epidemias de viruela siguieron produciéndose (Campos Marín, 2004).
En 1860 la viruela fue incluida entre las enfermedades de Declaración Obligatoria y en 1871, una Real Orden creó el Instituto Nacional de la Vacuna 3.
En 1903 se implantó la vacunación obligatoria, desapareciendo la enfermedad en 1929, para reemerger posteriormente (Navarro García, 2002).
La Ley de 25 de noviembre de 1944 de Bases de Sanidad Nacional confirmó la obligatoriedad de la vacunación 4, permitiendo que la viruela dejara de ser endémica a partir de 1948.
En los años 50, la mayor parte de las noticias relacionadas con las campañas de vacunación contra esta enfermedad, se refieren a lugares y horarios para la vacunación, haciendo de la prensa un medio de promoción de esta práctica preventiva.
Como ejemplo "La vacunación antivariólica en Madrid.
Los servicios sanitarios del Ayuntamiento están en condiciones de vacunar a toda la población de Madrid contra la viruela, para lo que cuenta con la dosis de vacuna su-ficiente..." a la vez que se destacaba que "...aunque si es recomendable (la vacunación), por la constante afluencia de personas que llegan de lugares donde es endémico el mal", haciéndose eco la prensa, del brote producido en la Bretaña francesa que ponía en riesgo a los no vacunados y que obligó a establecer controles internacionales a todos los viajeros y buques procedentes de Francia 5.
De hecho, el Director General de Sanidad, Dr. Palanca, compareció ante los medios de comunicación para informar sobre la "ausencia total" de casos en España, la disponibilidad de "equipos de médicos, practicantes y enfermeras para llevar a cabo una rápida y eficaz intervención" y la conveniencia de la inmunización periódica.
Palanca concluía afirmando que "el estado sanitario del país no puede ser más satisfactorio 6.
No obstante, la alarma y la desconfianza de la población se prolongó durante meses, pues en el mes de abril se seguía desmintiendo en la prensa la aparición de casos de viruela, esta vez en Barcelona 7.
En 1958, la OMS aprobó un Plan para conseguir la erradicación de la viruela en el mundo, estableciendo la pauta para la producción, conservación y distribución de su vacuna, así como las pruebas para comprobar su efectividad, aspectos que quedaron recogidos en un informe técnico del Grupo de Estudio de la OMS de 1959 8.
España sufrió el último brote epidémico de viruela, ocurrido en Madrid, entre el 14 de febrero y el 5 de marzo de 1961, a partir de dos casos importados de la India, que ocasionaron veinte casos de viruela (Mariño y Báguena, 2016).
Esta noticia se recogió en los diarios nacionales, tratando de minimizar la alarma, a la vez que destacaban la participación ciudadana en la campaña de vacunación gratuita decretada ante el brote 9.
Una visita a Barcelona de García Orcoyen sirvió para que afirmara que su origen era un "hecho accidental... facilitado... por los rápidos transportes actuales", destacando la correcta actuación sanitaria, ya que los casos se habían "aislado totalmente en el Hospital del Rey y realizado todas las técnicas más completas de determinación de contactos y aislamiento" 10.
Posiblemente, este incidente generó bastante alarma social, apareciendo diversas noticias que insistían en la correcta actuación sanitaria adoptada, tanto con los enfermos, como con las medidas preventivas establecidas, concluyendo que las condi-ciones sanitarias de España eran excelentes, y justificando, así, la política sanitaria del régimen 11.
En 1962, España declaró a la OMS haber erradicado, por fin, la viruela.
No obstante, debido a una financiación insuficiente para la producción local de la vacuna, se requirió de la ayuda económica del Comité de la Región Europea de la OMS (programa España 25).
La necesidad de producir cantidad suficiente de vacuna también estuvo influida por la aparición de algunos brotes en otros países de Europa, como Suiza, Alemania y Gran Bretaña y por la obligación de vacunar contra la viruela a todos los viajeros procedentes de dichos países 12.
En 1964 se publicó el Primer informe del Comité de Expertos de la OMS en viruela 13 y la lucha internacional contra la enfermedad también se reflejó en la prensa española.
A partir de 1965, aparecieron varias noticias que trataban sobre la erradicación de la viruela a nivel mundial, destacando el liderazgo de la OMS, que usó esta enfermedad como lema del Día Mundial de la Salud en diversas ocasiones: en 1965, "La viruela, amenaza constante" 14, en 1975, "Viruela, imposible retroceder" 15.
Asimismo, la prensa mostraba estadísticas sobre la incidencia de la enfermedad en Europa y España, ya que, aunque ésta era muy baja, se insistía en la necesidad de controlar la enfermedad en todos los lugares del mundo.
En 1972, el director de la sección de Medicina de La Vanguardia celebraba el éxito en la lucha contra la enfermedad en el mundo gracias a la lucha liderada por la OMS 16, al igual que destacaba en diversos artículos la importancia de mantener la guardia sobre la enfermedad hasta su completa erradicación 17.
A partir de 1975, hallamos noticias anunciando la inminente erradicación global de la enfermedad 18.
En el Día Mundial de la Salud de 1976, la OMS recordaba que la erradicación de la viruela estaba muy próxima, aunque enfatizaba sobre la lucha contra otras enfermedades infecciosas aún presentes: poliomielitis, rubeola, parotiditis, sarampión, meningitis, e insistía en la necesidad de realizar campañas de vacunación eficaces, contando con medios económicos suficientes para promoverlas, facilitando la participación de la población, ya que, en ocasiones, la ignorancia o el temor a la inmunización suponían rechazar vacunaciones consideradas de alta eficacia 19.
A partir de 1977, diversos diarios publicaron la no declaración de nuevos casos de viruela en el mundo, aunque la OMS estableció un periodo de dos años para proclamar su erradicación oficial 20.
Aunque su erradicación mundial se declaró oficialmente en diciembre de 1979, por parte de un Comité científico independiente, y fue ratificada en la 33a Asamblea Mundial de la Salud de la OMS del 8 de mayo de 1980 21, España mantuvo la obligatoriedad de la vacunación antivariólica hasta 1982.
CAMPAÑAS DE VACUNACIÓN CONTRA LA RABIA
La Declaración Obligatoria de la rabia en España se estableció en 1863.
El Instituto Nacional de Higiene contó desde su fundación en 1899, con un Servicio de Rabia en el que se comenzó a elaborar la vacuna (Báguena y Mariño, 2017).
En 1952, la Ley de 20 de diciembre sobre Epizootias hizo obligatoria la declaración de las enfermedades de los animales que constituían zoonosis peligrosas para la población humana, estableciendo su registro, matrícula y la vacunación antirrábica de los perros en los Ayuntamientos, y creando las Juntas provinciales para luchar contra la rabia, aspectos desarrollados posteriormente en el Decreto de 4 de febrero de 1955 22.
La Primera Asamblea Mundial de la Salud de la OMS ya consideró la lucha contra la rabia como una prioridad en materia de Salud Pública.
El programa inicial de la OMS de asistencia y colaboración científico-técnica con España estableció un plan específico para la rabia, denominado España 1.3., que dio comienzo en 1952 (Báguena y Mariño, 2017).
La segunda sesión del Comité de Expertos sobre la Rabia, celebrada en 1953, informó sobre el estudio realizado para lograr un suero hiperinmune estándar internacional 23.
En 1956, este comité estableció las técnicas de laboratorio que debían aplicarse a partir de entonces en su tercer informe técnico, publicado en 1957 24.
La erradicación de la rabia en España se consiguió en 1959, tras la puesta en marcha de los programas de vacunación sistemática de los perros, aunque posteriormente se registraron algunos casos aislados de rabia animal (Navarro García, 2002).
Durante el periodo de estudio, la prensa, esporádicamente, publicaba alguna noticia sobre la rabia, destacando la necesidad de vacunar a los perros, los plazos y lugares de vacunación, o bien realizando llamamientos por algún caso de agresiones a humanos con resultados fatales, que requerían capturar al animal y vacunar a los contactos 25.
Así, se hizo eco de un caso de rabia humana en un niño de 9 años que falleció por la enfermedad en 1953 y de otro regis-trado en Málaga en el año 1975 26.
En ocasiones, se destacaba el éxito de las campañas antirrábicas desplegadas en diferentes localidades 27, aunque también hubo alguna publicación referida a la carencia de vacuna, al corto plazo dedicado a las campañas o a las dificultades para participar en ellas 28.
Se publicó también algún artículo divulgativo 29 que destacaba la importante labor de colaboración entre profesionales médicos y veterinarios en la "lucha integral" contra la enfermedad 30 y de la necesaria coordinación entre países.
Diversas noticias recogieron información referida a brotes de esta enfermedad en algunos países europeos 31, resaltándose la ausencia de casos en España, como modo de ensalzar la efectividad de las medidas preventivas llevadas a cabo 32.
En 1973, el diario ABC se hizo eco del anuncio por parte de la OMS de una nueva vacuna más eficaz, que simplificaba la inmunización contra la enfermedad 33.
A partir de 1976, se publicaron algunas noticias sobre la persistencia de una epidemia de rabia selvática en diversos países del norte de Europa, que avanzaba hacia el sur, según se refería,"a una velocidad de 40 km por año y a más velocidad aún en las zonas boscosas" y que podría alcanzar España, obligando a las autoridades a desplegar un plan de vigilancia especial en la zona pirenaica a través de un mayor control sobre las importaciones de animales de compañía procedentes de los países infectados 34.
La preocupación por esta circunstancia llevó a la promulgación de una Orden del Ministerio de Gobernación, estableciendo medidas especiales para el control de los animales domésticos, especialmente de los animales vagabundos en las ciudades 35.
A pesar de esta evolución favorable, en 1985, tras casi 20 años sin casos de enfermedad, se recogió la noticia de un brote de rabia canina que afectó a tres animales en Melilla, lo que obligó a reforzar las campañas de vacunación antirrábica, y llevó a prohibir la entrada o salida de perros y gatos de la ciudad 36.
La prensa solía destacar que se trataba de casos importados 37, pero lo cierto es que la zoonosis había presentado cierta incidencia ocasional a lo largo del periodo.
CAMPAÑAS DE VACUNACIÓN CONTRA LA GRIPE
Los principales esfuerzos para el desarrollo de una vacuna contra la gripe se realizaron tras la pandemia de 1918, aunque la prevención de esta enfermedad mediante una vacuna ha sido problemática, debido Asclepio.
La OMS, desde su creación, tuvo en cuenta el grave problema de salud pública que representaba la gripe y, ya en 1947, reconoció la necesidad de la colaboración internacional en la lucha contra la enfermedad, planteando su primer Programa Mundial para la Gripe.
En 1948 creó el primer Centro de Investigación de la Gripe (WIC) en Londres, con la función de recoger y difundir toda la información disponible sobre la enfermedad, además de coordinar y formar al personal de laboratorio para el estudio del virus, en colaboración con varios laboratorios regionales distribuidos por todo el mundo (Payne, 1953).
La gripe fue una enfermedad de Declaración Obligatoria en nuestro país desde 1904 y hubo diversas experiencias en relación con su profilaxis (Porras Gallo, 2008).
Las noticias publicadas sobre esta enfermedad fueron muy numerosas durante la pandemia de gripe asiática de 1957, apareciendo varios artículos escritos por médicos o especialistas en virología, en los que se describía el tipo de virus, la forma de contagio, la efectividad de la vacunación y el tiempo necesario para que esta mostrara su efecto profiláctico, así como otros aspectos que insistían en la rapidez de expansión de esta enfermedad por el mundo y en su benignidad 39, siempre tratando de destacar el nivel científico de España para afrontar la epidemia, al disponer de suficiente reserva vacunal para combatirla 40.
Con frecuencia se recurrió a escritos realizados por científicos, al ser mejores conocedores de la enfermedad y, de este modo, dar mayor verosimilitud a las recomendaciones e información que se proporcionaba.
Este tipo de noticias, avaladas por expertos o profesionales sanitarios, parecían dar respuesta al alto grado de alarma social que la citada pandemia provocó entre la población 41.
De hecho, en uno de estos reportajes, se manifestaba que "el miedo a la gripe asiática es más peligroso que la enfermedad misma", destacando que un comunicado de la OMS declaraba la gripe asiática "como de las más benignas", dada su baja mortalidad en población general" 42.
En enero de 1968, las autoridades sanitarias españolas, ante las noticias sobre "los casos de gripe ac-tuales... en otros países europeos y especialmente en Inglaterra" vuelven a lanzar una nota de prensa, advirtiendo que "No existe motivo de alarma", anunciando así que ya se habían tomado las medidas necesarias para que el Centro Nacional de Virología produjera la vacuna antigripal necesaria por "si llegara el momento de que fuera aconsejable una vacunación de amplios sectores de la población" 49.
En 1978, la prensa publicó la recomendación de la OMS en torno al uso, por primera vez, de una vacuna trivalente para la siguiente temporada, que contendría diferentes cepas del virus 50.
Encontramos entonces noticias divulgativas a favor del uso de la vacuna como medio preventivo de la enfermedad, basadas en que eran vacunas gripales polivalentes.
Se informaba que el sistema de vigilancia epidemiológica mundial de la OMS detectaba los cambios y mutaciones de los virus, lo que contribuía a hacer una vacuna acorde con las cepas circulantes, generalmente efectiva, aunque se reconocía que, en ocasiones, el virus podía sufrir una modificación no prevista 51.
Igualmente se hacía referencia a que el uso de la vacunación solo debía aplicarse a pacientes de riesgo: adultos y niños con enfermedades crónicas, mayores de 75 años y personal médico y sanitario, evitando la vacunación masiva de niños y adultos sanos, destacándose, en todas ellas, que las recomendaciones sobre la vacunación antigripal estaban avaladas por la OMS 52.
Este tipo de noticias solían publicarse en los meses de otoño-invierno, época de aparición de la enfermedad, y en ellas se aprecia un cierto carácter científico, describiendo las medidas preventivas, los síntomas y el tratamiento para su alivio 53, con el aparente objetivo de promover la educación sanitaria de la población sobre este tipo de enfermedades comunes.
Del mismo modo, se reflejaba la distribución de vacunas antigripales y su disponibilidad en farmacias, así como los avances en su investigación 54.
Finalmente, cabe destacar que el uso de la vacuna en España, como en muchos otros países del mundo, solo ha sido aplicada a determinados grupos de riesgo, por lo que se ha mantenido su morbilidad, si bien se ha conseguido disminuir ostensiblemente la mortalidad causada por ella (Navarro García, 2002).
CAMPAÑAS DE VACUNACIÓN CONTRA LA POLIOMIELITIS
En España, la poliomielitis se había presentado de manera esporádica, surgiendo como epidémica, como en otros países de Europa y del mundo, a finales del siglo XIX.
El cambio en el patrón endemoepidémico que empezó a mostrar la enfermedad en todo el mundo a lo largo de este siglo planteó la exigencia de dar una respuesta eficaz por parte de la comunidad científica inter-nacional, de manera que, en 1948, la I Asamblea General de la OMS incorporó la poliomielitis en su agenda 55 y poco después, en 1949, se creó la Oficina Regional Europea de la OMS, que asumió e inició el Programa de Polio de dicha Oficina Regional en 1953.
Hasta el desarrollo de la primera vacuna segura en 1955, por parte de Jonas Salk, el tratamiento de la enfermedad se basó en los cuidados del paciente (Théodorides, 1991), pero, progresivamente, fueron poniéndose en marcha las primeras campañas de vacunación masiva.
La prensa española fue prolífica en noticias sobre la poliomielitis desde los comienzos de la década de los cincuenta.
Especialmente extenso en noticias fue el año 1955, cuando se publicaron los resultados del gran ensayo de la vacuna Salk en los EE.
UU., al ser considerado el primer medio eficaz para prevenir la enfermedad, dando lugar a diversos titulares triunfalistas como "Absoluta eficacia de la vacuna contra la poliomielitis", "otro bastión que cede.
La poliomielitis" o "La parálisis infantil ha sido vencida" 56.
También se difundió ampliamente la preocupación por el incidente Cutter en Estados Unidos 57.
Este hecho sirvió de justificación a las autoridades sanitarias españolas para no implantar en ese momento un programa de vacunación antipolio, basándose en la falta de seguridad de la vacuna 58.
Poco después se recogería el esfuerzo realizado para investigar el problema y mejorar la seguridad de la "nueva" vacuna Salk 59 y el anuncio de haberse reiniciado las inmunizaciones en los EE.
UU., a pesar de algunas resistencias por parte de la población ante el grave incidente ("El cincuenta por ciento del país se resiste a ser inoculado con la vacuna Salk") 60.
No obstante, también llegaron noticias de los buenos resultados de la vacuna Salk en el control de la enfermedad 61.
Asimismo, se publicaron noticias sobre las vacunas vivas que, se afirmaba, iban a poder utilizarse con seguridad 62, y acerca de las recomendaciones de la OMS promoviendo la vacunación en masa contra la polio, por considerarla segura 63.
Asimismo, la prensa recogió la celebración en Madrid del V Simposium de la Asociación Europea contra la Poliomielitis, destacando que el representante español en ese foro había anunciado el inicio de la vacunación contra la polio en España con vacuna tipo Salk 64.
Poco después, se publicaron las declaraciones del delegado de sanidad de Madrid, reconociendo que la escasez de recursos hacía imposible el abordaje de una campaña masiva debido al alto coste y la escasez de recursos económicos para afrontarla 65.
La cuestión del alto coste económico que suponía la vacunación antipolio comenzó a divulgarse a partir de la celebración del VI Simposium de la AEP en Munich en 1959 66.
La vacuna Salk comenzó a utilizarse en nuestro país en 1957, aunque de modo muy restringido, pero la primera campaña de inmunización masiva fue la realizada en 1963 y 1964, con vacuna oral Sabin (Rodríguez Sánchez y Seco Calvo, 2009).
En esta primera campaña una de las estrategias de difusión utilizadas fue la de comunicar a los medios, entre ellos la prensa escrita, las noticias que surgían en torno a dicha campaña, en su comienzo y durante el desarrollo de sus fases, de modo que, tras su realización, los diarios nacionales se hicieron eco de tales acontecimientos 67, destacando los éxitos en el desarrollo de la campaña piloto e instando a los padres para que se responsabilizaran y participaran en ella "por el bien de sus hijos" 68.
También mencionaron lo relativo a la campaña del año siguiente, resaltando los buenos resultados obtenidos el año anterior 69, especificando que la primera fase se llevaría a cabo en la primavera de 1965 70.
Tras esta primera campaña, que abarcó a los menores de 7 años, la incidencia de la enfermedad descendió drásticamente, aunque el número de casos volvió a elevarse a partir de 1965.
La vacunación contra la polio en España fue voluntaria y gratuita, aunque no siempre se siguieron estrictamente las recomendaciones de la OMS y de la Asociación Europea contra la Poliomielitis en su aplicación.
Y aunque, efectivamente, los resultados de las campañas fueron buenos, y la morbilidad, a partir de esa primera campaña, disminuyó de manera importante, la información disponible en la prensa se hizo progresivamente más escasa, centrándose sobre todo en los brotes que ocasionalmente se registraban en zonas periféricas, más o menos marginales, de las grandes ciudades, como los registrados en Vallecas y Orcasitas en 1967 71.
En 1975 las campañas de inmunización fueron sustituidas por un calendario de vacunación infantil que conllevó el control efectivo de la enfermedad en los primeros ochenta, registrándose el último caso de poliomielitis autóctona en 1989 (Porras Gallo, y Báguena, 2013; Caballero Martínez y Porras Gallo, 2016).
CAMPAÑAS DE VACUNACIÓN CONTRA LAS ENFERMEDADES INFECCIOSAS INFANTILES (SARAMPIÓN, PAROTIDITIS, RUBEOLA)
El sarampión es una enfermedad de presentación epidémica, muy contagiosa y que se transmite por vía aérea y/o por contacto con las secreciones de los pacientes afectados (Domínguez García y Borrás López, 2008), siendo la vacunación sistemática la principal y fundamental estrategia de salud pública en la lucha contra la enfermedad 72.
La rubéola es una infección vírica, por lo general leve, que afecta principalmente a niños y adultos jóvenes.
Su importancia deviene del hecho de que la infección por rubéola en las mujeres embarazadas puede causar la muerte del feto o defectos congénitos en la forma de síndrome de rubéola congénita (SRC) 73.
En 1977, la vacuna contra la rubéola fue introducida en nuestro país para ser administrada a las niñas a los 11 años de edad (Nájera, et al, 1973), siguiendo las primeras recomendaciones de la OMS 74.
En 1981 se incluyó la vacuna combinada, triple vírica (sarampión, parotiditis y rubéola) en el calendario vacunal para ser administrada a los 15 meses de edad, aunque se continuó vacunando contra la rubéola durante unos años más a la cohorte de niñas de 11 años (Pachón del Amo, 2004).
La parotiditis es una enfermedad viral humana que afecta principalmente a niños adolescentes y adultos jóvenes.
La primera vacuna contra la parotiditis se descubrió en 1963, siendo autorizada por primera vez en los EE.
En España la vacunación contra la parotiditis se introdujo en 1981 con la vacuna combinada triple vírica, en una sola dosis, administrada a los 15 meses de edad.
Hasta finales de los años 60, la prensa no recogió noticias relacionadas con la vacunación contra este tipo de enfermedades infecciosas, ya que no se habían instaurado aún los programas de vacunación para combatirlas.
Tangencialmente, aparecen algunas noticias referidas a los estudios llevados a cabo por los servicios de virología para tratar de identificar y aislar los virus que provocaban estas enfermedades 76.
En España la primera campaña piloto de vacunación contra el sarampión se realizó en 1968; fue llevada a cabo en once provincias españolas, y se vacunó a los niños de 9 a 24 meses con una vacuna antisarampión, que contenía la cepa Beckenham 31.
La vacuna pro-vocó reacciones secundarias de moderada intensidad, por lo que en 1970 fue retirada (Gimeno de Sande, et al, 1972).
Esta campaña se mencionó en prensa a principios de junio del 68.
Se inició en Madrid y estuvo abierta a todo el vecindario de la ciudad interesado en vacunar a sus hijos para prevenir la enfermedad.
La administración de la vacuna se realizaba en los centros de higiene infantil dependientes de la Jefatura provincial de sanidad o en dicha jefatura 77.
Se informó que el día 1 de octubre de ese mismo año daría comienzo una campaña de vacunación contra la difteria, tétanos, tosferina, poliomielitis y sarampión publicitada a través de la prensa de la capital 78.
Sin embargo, sorprende que no se den más de detalles de la campaña piloto nacional, realizada en 11 provincias, en la que se vacunó a 10.000 niños de 9-24 meses de edad.
Tan solo encontramos una referencia a este hecho en una noticia publicada en enero de 1969, en la que se evidencia un error pues menciona que la campaña se llevó a cabo en 14 provincias 79.
En 1970 cabe destacar algunas noticias en las que profesionales médicos insistían sobre la importancia de la vacunación en enfermedades infecciosas, como el sarampión y la rubeola, si bien por entonces, estas vacunas no estaban aún disponibles en España 80.
En 1971 llegan las primeras noticias sobre las pruebas norteamericanas de una vacuna combinada, contra el sarampión y la parotiditis 81, y España se plantea, ya en 1972, reintroducir la vacuna contra el sarampión (Báguena, MJ, Mariño, L., 2017).
En 1973 ya se habían puesto en marcha las campañas de vacunación infantil contra la difteria, tétanos, tosferina y poliomielitis 82, antes de que la 27a Asamblea Mundial de la Salud de la OMS, celebrada en mayo de 1974, decidiera implantar a nivel global el Programa Ampliado de Inmunización (PAI), recomendando a los gobiernos el uso de vacunas para luchar contra seis enfermedades muy prevalentes en la infancia: tuberculosis (BCG), difteria, tétanos, tos ferina (DTP), poliomielitis y sarampión.
Siguiendo estos criterios de la OMS, España decidió implantar lo que sería su primer calendario de vacunación infantil en 1975, que inicialmente no incluía la vacuna del sarampión, aunque la Dirección General de Sanidad comenzó a mediados de ese año a ofrecer las vacunas del sarampión y la rubéola, tanto a los padres como a los centros educativos, para inmunizar a los niños en edad escolar con una nota de prensa que refería "Los directores y médicos de grupos escolares, guarderías y otros centros que alberguen grupos de niños pueden solicitar la presencia de los equipos de vacunación que precisen" 83.
En ocasiones la prensa divulgaba consejos en artículos firmados por médicos colaboradores, que apelaban a que "Los padres deben conocer perfectamente el calendario de vacunaciones" preguntándose "¿Por qué nuestros niños no se vacunan de sarampión? solamente por desconocimiento" 84, por lo que de alguna manera se culpabilizaba a los padres del problema, aunque en otras ocasiones se admitía que no siempre la disponibilidad de las vacunas era adecuada 85.
En 1977 se modificó el calendario vacunal, incluyendo la vacuna del sarampión, para ser administrada a los 9 meses de edad.
Este año también aparecieron en varias ocasiones noticias relativas a la Organización Mundial de la Salud y a la importancia que esta institución internacional otorgaba a las campañas de vacunación infantil para prevenir o erradicar enfermedades infecciosas asociadas a la infancia, que aún causaban una mortalidad elevada, sobre todo, en las zonas del mundo más empobrecidas.
En torno al Día Mundial de la Salud, promovido por la OMS y celebrado el 7 de abril, el diario ABC recogió su lema para ese año "Proteja a sus hijos vacunándolos".
La pauta propuesta por la OMS para la inmunización primaria de los niños pequeños era la de administrar la vacuna del sarampión a los 12 meses de edad, seguida de la de la parotiditis, y la de la rubeola 86.
La OMS recomendó a los Estados miembros la implantación de campañas de vacunación a largo plazo y se brindaba a prestar soporte técnico en la planificación y en la formación de personal 87.
En este marco de interés internacional en el tema de la prevención de enfermedades transmisibles de la infancia, la prensa recogió también la iniciativa de la Comunidad Europea para colaborar en las campañas de vacunación infantil a nivel mundial en países pobres 88.
Como ocurre con otras enfermedades de las estudiadas, al terminar la dictadura franquista, se incrementaron las noticias en las que se resaltaba la ventaja de las vacunas de virus vivos atenuados, promoviendo la vacunación contra estas enfermedades.
En su mayoría, estas noticias estaban firmadas por colaboradores médicos habituales de las secciones específicas dedicadas a la Medicina y, a veces, por figuras médicas de reconocido prestigio 89.
También se reflejó la organización de campañas vacunales en algunas épocas del año.
En una de las noticias recogidas, se publicita la campaña de vacunación de primavera que tendría lugar en Madrid contra la po-liomielitis, difteria, tétanos, tosferina, sarampión y rubeola, organizada por la Dirección General de Salud Pública.
Las vacunaciones se llevarían a cabo en la dirección de salud y centros dependientes, jefaturas locales de sanidad de los municipios de la provincia, centros de la Seguridad Social y Ayuntamiento, informándose de que se trataba de un servicio gratuito para todos los niños 90.
En otras se destacaba que los niños vacunados no podían transmitir la infección a los contactos y que podían combinarse con otras vacunas del mismo tipo, como la de la rubeola y la parotiditis, aunque no se llevó a la práctica hasta la modificación del calendario vacunal en 1981 91.
Asimismo, se insistía en la importancia de las vacunaciones infantiles contra estas enfermedades víricas 92, destacando una noticia publicada en 1984 sobre la vacuna triple vírica que, aun teniendo una alta eficacia comprobada, no se usaba en campañas de vacunación masivas, probablemente por su "alto coste económico" 93.
Así pues, el año 1981 fue clave en el proceso de prevención de las tres enfermedades estudiadas.
Por un lado, se había modificado el listado de enfermedades de declaración obligatoria, incorporando enfermedades como el tétanos, la tosferina, la parotiditis y la rubeola 94, dada su importancia epidemiológica, pues el anterior se había realizado en 1944.
Por otro lado, en abril, se anunció un nuevo calendario vacunal, en el que se incluyó como novedad la vacuna contra la parotiditis y la rubeola a los 15 meses, junto a la del sarampión 95.
Posteriormente, una segunda dosis con vacuna triple vírica comenzó a administrarse a todos los niños y niñas de 11 años, pero su incorporación fue desigual entre Comunidades Autónomas, como consecuencia de la diversidad en el traspaso de competencias en Salud Pública entre los años 1979 y 1985, siendo Cataluña la primera en introducirla en 1988.
Podemos decir que la prensa en el periodo de estudio no trató el tema de la vacunación de una manera homogénea.
En los años 50, la mayor parte de las noticias relacionadas con las campañas de vacunación contra la viruela fueron triviales, referidas a lugares y horarios de vacunación.
La rabia sólo fue noticia cuando se producía algún brote epidémico.
La poliomielitis tuvo mucha cobertura en prensa desde 1955, tras el descubrimiento de la vacuna Salk y la posterior preocupación por el incidente "Cutter", asi como durante la primera campaña de vacunación española.
En el caso de la gripe, las noticias fueron numerosas por las pandemias sufridas en esos años y la alarma social que provocaron.
No obstante, en los años 50 y 60, las noticias estuvieron parcialmente sesgadas, debido al uso propagandístico que se hizo de la prensa.
Las autoridades sanitarias, mediante notas de prensa o declaraciones públicas, intentaron mostrar un país con una buena situación sanitaria, dotada de suficientes recursos y adaptada a las recomendaciones internacionales, minimizando el problema real que suponían estas enfermedades, cuyos brotes, como el de gripe asiática de 1957 o el de viruela de 1961, fueron silenciados o atribuidos a casos importados.
En los años 70 y en el período democrático, se aprecia un cambio de enfoque: se multiplicaron las noticias sobre las recomendaciones de los organismos internacionales, como la OMS, acerca de la vacunación como medio para prevenir otras enfermedades infecciosas, como el sarampión, la rubeola o la parotiditis, aparecen más noticias firmadas por profesionales sanitarios, ofreciendo información veraz sobre su importancia y gravedad, contribuyendo, así, a la divulgación educativa en torno a su control y prevención mediante la inmunización, como medida más eficaz contra dichas enfermedades. |
1895), se analiza las propuestas que este autor desarrollo sobre el papel de la ciencia en el gobierno de las poblaciones.
Se presta atención a conceptos, como el de raza vagabunda en relación con la cuestión social, y racial, en el Chile de finales del siglo XIX y se identifican influencias científicas como el determinismo biológico y la teoría de la degeneración.
La línea de pensamiento y de intervención social inaugurada en Chile por Benjamín Vicuña Mackenna (1831Mackenna ( -1886) ) encontrará continuación y desarrollos precisos de la mano de otros intelectuales liberales.
El higienismo urbano fue dando paso a un discurso que trasciende los espacios de la ciudad para ocuparse, de una manera más genérica, del gobierno de las poblaciones.
La visión que las elites tienen, y pretenden transmitir, de las poblaciones populares adquiere, en muy buena medida, una fundamentación científica en la que el determinismo biológico desempeña un papel primordial y de cuyo análisis nos ocuparemos en las páginas que siguen tomando como objeto de nuestro estudio los aportes de una de las figuras más destacadas de la medicina chilena del cambio de siglo: Augusto Orrego Luco (1849Luco ( -1933)).
Si el abogado, político e historiador Vicuña Mackenna diseñó y ejecutó una tecno-utopía urbana en su calidad de Intendente de la ciudad de Santiago (Leyton y Huertas, 2012), será un médico político el que desarrollará todo un discurso de defensa e higiene social.
Orrego Luco, médico y psiquiatra, cultivó la literatura y el periodismo político, siendo redactor de El Ferrocarril y El Mercurio, así como director de la Revista Chilena y fundador de la Revista de Santiago.
Miembro del partido liberal, fue diputado, presidente de la Cámara de Diputados (1886-1888) y ocupó varias carteras ministeriales 1.
Pero lo que más nos interesa destacar aquí es que Orrego Luco fue uno de los más destacados representantes de lo que Ricardo Cruz Coke ha denominado "oligarquía médica chilena", para ilustrar que "unos pocos destacados profesores controlaban todos los altos cargos públicos médicos y de salud del Estado, en los ministerios, Parlamento, instituciones de higiene, Universidad, Facultad de Medicina, Sociedad Médica, Revista Médica" (Cruz-Coke, 1995, p.
Sus cargos políticos, antes mencionados, hacen de Orrego Luco uno de los médicos más influyentes de su época.
Merece la pena señalar que esta "oligarquía médica" puede identificarse en otros contextos.
Probablemente la influencia de la medicina francesa, tan evi-dente en los médicos chilenos del siglo XIX 2, al menos hasta la Guerra del Pacífico (1879-1883) cuando la medicina y el ejército vivieron una fuerte modernización prusiana, se extendió también a la organización del poder médico.
En Francia José Mateo Buenaventura Orfila (1787-1853), catedrático de Medicina Legal y decano de la Facultad de Medicina de París, llegó a configurar un entramado médico-político en apoyo de la "monarquía liberal" de Luis Felipe de Orleans (1725-1785) que ilustra perfectamente las dinámicas que estamos apuntando.
Desde su puesto de decano Orfila creó una "aristocracia científica" mediante la que controló la sanidad y la salud pública francesa y que, de algún modo, complementó el papel de la "aristocracia financiera" descrita por Karl Marx (1818-1883) como la fracción de la burguesía que comprende a "banqueros, reyes de la bolsa, reyes de los ferrocarriles, propietarios de las minas de carbón y de hierro, propietarios de las tierras" (Marx, 1850(Marx, / 2008)).
Una "aristocracia científica" que, en total convivencia con la clase dominante, ocupó importantes parcelas de poder y de influencia y colaboró, como poseedora de los conocimientos científicos necesarios, en el control social que el régimen político liberal precisaba (Huertas, 1988).
Volviendo a la figura de Augusto Orrego Luco, otros autores han matizado y profundizado en los conceptos que estamos manejando, al utilizar el término intelligentsia médica (Illanes, 2010), un selecto grupo de médicos cercanos al higienismo que, a partir de su discurso sanitario sobre las enfermedades y sus propuestas de defensa de la ciudad y de la raza chilena, penetraron el mundo social y político.
Estos médicos adquirieron un estatus social cercano a la tradicional elite y varias vacantes en el parlamento y ministerios, en su mayoría, bajo el alero del partido liberal (Cruz Coke, 1995).
Un sitial que posibilitó al Estado un naciente poder tecnocrático que se esforzó en ofrecer las soluciones que necesitaba la emergente república, la cual todavía no podía superar su origen productivo agrario, casi colonial, quedándose al margen del progreso industrial que inducía el cambio de siglo.
De la amplia producción científica y literaria de Orrego Luco, dos textos resultan especialmente significativos para nuestro análisis.
Por un lado, La cuestión social fue originariamente una colección de artículos que aparecieron en el periódico porteño La Patria a lo largo de 1884 para ser publicados más tarde, en 1897, de manera conjunta.
Por otro, el im-portante discurso de toma de posesión de su cargo de presidente de la Sociedad Médica, que fue transcrito y reproducido en la Revista Médica de Chile, en 1895.
Se trata de dos textos fundamentales para entender no solo el pensamiento médico-social de su autor sino también para valorar de qué medida se va construyendo un discurso que tiende a constituir una nueva forma de administración y gubernamentalidad de los sectores populares, a través de nuevos dispositivos o formas de control, relacionadas con una mirada socio-biológica de estos grupos relegados.
Teorías científicas basadas en un determinismo hereditario y/o ambiental que explicaría tanto sus patologías físicas y mentales, como su miseria social.
LA RAZA VAGABUNDA Y LA CUESTIÓN SOCIAL
Orrego Luco muestra su preocupación por lo que denomina la "raza vagabunda".
Los cambios del modelo productivo dieron lugar a la aparición de una población errante que se convierte en un fenómeno fundamental de la cuestión social:
Esa raza vagabunda es la expiación del régimen económico y social a que nuestras haciendas han estado sometidas, régimen que solo podía sostenerse mientras la dificultad de comunicación mantuviera separadas la población urbana y la rural y que naturalmente debía caer hecho pedazos el día que se estableciera una corriente entre las ciudades y los campos (Orrego, 1897, p.
Se trata de sujetos no productivos y no siempre movilizables como fuerza de trabajo: los vagabundos, gentes "sin juramento de fidelidad", sin ataduras, portadores de una libertad de movimientos que les sitúan al margen de la norma.
La vida errante sin oficio y sin domicilio fijo implica una fisura más en la pretendida estabilidad de la sociedad burguesa, en el equilibro de la jerarquía social, y supone, en definitiva, una desviación social y un problema de orden público.
Tras el fin del Ancien Régime el nuevo estado liberal facilita y canaliza la movilidad de la población siempre que ésta esté suficientemente codificada: el problema no está en el campesino que marcha a trabajar a la cuidad, o en el obrero que circula de una fábrica a otra, sino en el que rechaza la fábrica (o en el menor que huye de la escuela) (Gaudemar, 1979).
Es sabido que desde Karl Marx y su XVIII Brumario de Luis Bonaparte (Marx, 1853(Marx, / 2011)), los vagabundos han sido considerados integrantes del lumpen-proletariat y, con las crisis económicas, del "ejército industrial de reserva" (armée de réserve).
Sin embargo, pienso que el rasgo definitorio del vagabundo tiene que ver, fundamentalmente, con su peligrosidad social, con su asimilación a la otredad, a una representación de "nómada extranjero" que propicia un sentimiento de inseguridad porque interfiere y amenaza el buen orden burgués.
En este sentido, resulta oportuna la definición ofrecida por Robert Castel cuando escribe:
Pero, ¿quiénes son en realidad los vagabundos?
Peligrosos depredadores que acechan en el borde del orden social, que viven del robo y amenaza la propiedad y la seguridad a la gente?
Esta es la forma en que se presentan, y que justifica un tratamiento inusual: ellos han roto el pacto social -trabajo, familia, moralidad, religión-y son enemigos del orden público (Castel, 1995, p.97).
Desarraigo, transgresión y desorden confluyen en la figura del vagabundo, símbolo antiburgués tan atractivo como inquietante.
Se hace necesario actuar sobre esa errancia no canalizada, mediante una codificación estricta de los desplazamientos.
Determinadas instituciones reguladoras de entradas y salidas entran en juego: cárcel, reformatorio, manicomio, workhouse, etc., de tal modo que encierro y moralización; criminalización y patologización, constituyen ejes fundamentales de la estrategia de domesticación del vagabundo con el fin de que acepte e interiorice las normas establecidas y de que se integre en el sistema productivo (Fecteau, 2004; Huertas, 2008).
Lo crucial era saber por qué el vagabundo era un "otro" distinto, peligroso, perseguido, enjuiciado y condenado (Araya, 1999; Góngora, 1966).
En dicho proceso de patologización, algunos autores han llegado a afirmar que la medicina francesa de la segunda mitad del siglo XIX consideró de manera unánime que "todos los vagabundos eran enfermos mentales" (Durou, 1966) y que el fenómeno del vagabundaje "converge en el dominio intrínseco de la patología mental" (Beaune, 1983).
El problema es, sin embargo, más complejo, pues intervienen factores sociales y culturales locales que hacen que las relaciones entre vagabundaje y enfermedad mental (en particular la llamada fuga disociativa) sea más visible en unos contextos que en otros (Hacking, 1998); por ejemplo, al contrario que en Inglaterra y en el resto del mundo sajón, en Francia existe una amplia producción sobre les aliénés voyageurs.
Médicos de renombre, como el mismísimo Charcot (1825-1893), participaron en el debate sobre si la "enfermedad del vagabundaje" era debida a la histeria o a la epilepsia (Huertas, 2014; Vaschetto, 2010).
Llama la atención que Orrego Luco, alienista de formación francesa e, incluso colaborador de Charcot, no aluda en ningún momento a relaciones entre nomadismo y locura.
Resulta obvio que sus intereses son otros, ofreciendo un discurso más propio de un estadista y de un médico social que de un psiquiatra clínico.
El nomadismo, pues, rompe con el modelo económico, pero para nuestros objetivos, lo interesante es ver cómo es considerado como un mal endógeno objeto de la mirada médica.
(...) desde hace cuarenta o cincuenta años principió a aparecer el peón forastero, esa masa nómade, sin familia, sin hogar propio, sin lazo social, que recorre las haciendas en busca de trabajo.
Esa masa flotante no echa raíces en ninguna parte, no tiene nada que la ligue, y constituye la fuerza y la debilidad de Chile, su miseria adentro y su grandeza afuera (Orrego, 1897, p.
Las causas del nomadismo tienen que ver, según Orrego, con cambios en el clima y en la alimentación de la población:
Esa masa enorme y peligrosa ha salido del rancho del inquilino, ha principiado á salir hace cuarenta o cincuenta años, precisamente en la misma fecha en que los efectos del cambio de clima se principiaron a sentir, en que en el desequilibrio entre la alimentación y las condiciones atmosféricas se principió a acentuar, en que también las precipitaciones se principiaron a ser fáciles, rompiendo las vías públicas que vivían las haciendas (Orrego, 1897, p.
Las causas mesológicas y el determinismo ambiental 3 son muy evidentes en las argumentaciones del médico chileno.
De los cambios climáticos resultará una "grave y peligrosa anomalía": "la de un pueblo que habita un clima frio y tiene la alimentación vegetal de los países tropicales, y que está, por consiguiente, fatalmente condenados al abuso de las bebidas alcohólicas para poder sostener su lucha con el clima" (Orrego, 1897, p.
La importancia otorgada a la alimentación es fundamental, una alimentación propia de culturas asiáticas y mesoamericanas que el médico lamenta pues considera el origen de muchos males:
Bajo esa misma base se han levantado las sociedades antiguas, los grandes y dóciles imperios del Asia y América, desarrollándose sus castas a la sombra de los mismos principios económicos.
Y con la misma razón que se ha dicho, que el arroz ha hecho la China, el ragi ha hecho a la India, el maíz a los grandes imperios de Méjico y los Incas, podemos decir que nuestro alimento va desarrollando todo un régimen social, de clases y castas, régimen de honda división que tiene como base el bajo precio del jornal (Orrego, 1897, p.
Y será, precisamente, la alimentación vegetal la que explicaría, siempre según Orrego, la "notable fecundidad de nuestra raza" (Orrego, 1897, p.
Una fecundidad que es comparada con la de los pueblos asiáticos, inferiores y degenerados; pero también con la propia manera de ser de las clases populares, envueltas "en una atmósfera de enervante indiferencia, en esa resignación silenciosa de los pueblos orientales, sin iniciativa, sin esfuerzo por mejorar su condición" (Orrego, 1897, p.
Esto es, la antítesis de dinamismo y la iniciativa que exigen las elites liberales dispuestas a modernizar el país.
Se va constituyendo así una población subalterna que debe ser dirigida.
Los nuevos asalariados o jornaleros pueden ser libres, deben salir de su condición de esclavo feudal agrario; pero, aunque en otro contexto, se sigue fundamentando una naturaleza inferior de estas razas, destinadas a seguir siendo mano de obra para el proyecto comercial e industrial que se avecina.
Esta población "asiática", si no se controla adecuadamente, pone en peligro el sistema económico.
No cabe duda de que la masa campesina errante que abunda por todas las fronteras de la nación, que emigra a otras naciones, supone un problema de distribución territorial.
El médico Orrego Luco piensa que esa masa agraria poblará las ciudades, generando problemas sanitarios y políticos.
Por lo tanto, introducirá en su análisis el lenguaje de la prevención y las estadísticas, sobre todo, en las que tienen que ver con la reproducción y la distribución de la población.
Siendo estas causadas, mayoritariamente, por el alto índice de mujeres.
Esta mayoría de mujeres, se explica, por la emigración de muchos trabajadores fuera del país:
Es decir que vive fuera de los pueblos una población casi cuatro veces mayor que la que encierran sus ciudades (...)
Este es el primer rango que dibuja la diversidad de regiones, acentuada por otro hecho de gravísima importancia: la proporción en que se encuentran los dos sexos. (...)
Si ese predominio femenino no es debido ni al mayor nacimiento de mujeres, ni a una mortalidad mayor entre los hombres, solo puede ser el resultado de una emigración que arrastra las fuerzas vivas del país (Orrego, 1897, p.
16) La modernización ha provocado cambios materiales, que pueden traer consecuencias sociales.
El desarrollo de los medios de comunicación, caminos urbanos, carreteras a centros económicos, que unen los centros agrarios y urbanos, hace que esta población nómade comience a transformarse en un posible habitante de las ciudades, lo que se convierte en un motivo de inquietud, un peligro que comienza a acechar a las elites.
La ostentosidad que vive, puede convertirse en una atracción de aspiraciones para esta masa, que no tiene derechos económicos, ni políticos.
Los (nuevos) bárbaros, como plantea Orrego Luco, pueden tener ambiciones que atenten contra el monopolio de la riqueza.
La facilidad de los transportes y sobre todo los establecimientos bancarios, ha hecho posible la construcción de habitaciones elegantes y suntuosas, y lleva a los campos casi todos los refinamientos de la vida urbana, presentando al inquilino un nuevo ideal, una nueva y deslumbradora aspiración.
Esa brusca revelación de la riqueza ha debido lógica y necesariamente producir un sacudimiento moral muy semejante al que experimentaron los bárbaros al ver aparecer de una manera repentina los esplendorosos monumentos del imperio (Orrego, 1897, p.
Es evidente la llamada a los sectores políticos, que todavía no se dan cuenta de la formación del proletariado, para unirse en la defensa social, para conservar la organización social a pesar de la modernización industrial:
Esta organización social tiene elementos biopolíticos nada desdeñables: matrimonios y parentescos, vinculación sanguínea claramente definida, formando vínculos familiares y territoriales que lo identifiquen con el sedentarismo, abandonando la circulación como gañanes y su reproducción de "huacherío" (huérfanos o expósitos) sin vínculo social.
El mero higienismo queda completado por un depurado discurso político sanitario que se elabora en pleno proceso de reforma urbana y de discusión sobre cómo enfrentar la cuestión social y el control de la población.
El Estado liberal debe intervenir.
Economía e higiene aparecen como los elementos de una alternativa política que debería sacar al proletariado de su inferioridad, dejando atrás los vicios que lo condenaban a ser una masa etnológicamente primitiva:
Una masa aguijoneada por las implacables exigencias de la vida no puede consagrarse á su mejoramiento intelectual, no puede pensar en economías ni higiene, está condenada á vegetar en el trabajo y á que los vicios materiales devoren (Orrego, 1897, p.
Pero lo más importante es que este programa no podrá cumplir su objetivo de intervención, si no se articula un Estado de control.
La doctrina del laissez aller, laissez faire puede ser aplicada a la economía, pero no al control de las poblaciones.
Si la máxima liberal del laissez faire, laisser passer implica una aparente despolitización del Estado, para asegurar la libertad económica, política y social, la realidad es que la libertad de mercado se hace rápidamente compatible con un estado interventor en lo político que garantice la "tranquilidad social" y la producción.
Orrego Luco no tiene dudas al respecto:
Desde luego, en presencia de esa amenazadora y grave situación, la doctrina de la indiferencia impasible, del laissez aller, laissez faire, está juzgada de una manera inexorable.
Al amparo de esa doctrina imprevisora se ha desarrollado precisamente la situación que deploramos, y que de una manera natural se agravaría si permitiéramos que continúe desenvolviendo sus efectos.
Necesitamos, pues, intervenir para ayudar con mano vigorosa el establecimiento de nuevas condiciones económicas y nuevas condiciones morales, que nos saquen de la atmosfera en que las bajas capas sociales ahora se sienten asfixiadas (Orrego, 1897, p.
46) El programa higienista no solamente quiere acabar con las malas condiciones sanitarias del bajo pueblo, sino también con la peligrosidad que implica su descontento social.
Los criminales agrarios pueden emigrar a la ciudad y convertirse en la concretización del temor de la elite, atentando contra sus intereses de organización y de sistema económico.
Un diseño, que no termine en una coerción vehemente por parte del Estado, sino que ofrezca soluciones sin recurrir a las viejas formas de autoridad y soberanía de la muerte:
Si a esto se añade una aplicación más seria de los principios de la higiene, el establecimiento de la vacunación obligatoria, un servicio hospitalario para la asistencia de los párvulos y una organización menos estrecha de la caridad social, se tendrán en su conjunto las medidas primordiales que reclama de los hombres de Estado este problema que más adelante puede exigir soluciones de un carácter áspero y violento (Orrego, 1897, p.
Así pues, el programa higienista no solamente resuelve los problemas sanitarios y garantiza la reproducción de la fuerza de trabajo.
También previene la violencia social que puede detonar en los sectores populares.
Los reformadores como Vicuña Mackenna y Orrego Luco, planifican esta defensa de la ciudad y de la población, siendo el Estado el llamado a cumplir esta misión.
La peligrosidad social de las poblaciones que emigran a la ciudad generan un temor político que hay que resolver, que hay que predecir.
Los pobres pueden levantarse como criminales, como delincuentes (el salvaje de origen agrario) dispuestos a cobrar venganza (Salinas, 1986).
El problema no es nuevo pues, como advierte Orrego Luco, situaciones similares se dieron antes de la Guerra del Pacífico de 1879 poniendo de manifiesto el peligro de la rebelión social convertida en una "marea negra" arrolladora e imparable, a la vez que alude -en una línea de pensamiento lombrosiana que más adelante abordaremos-a los instintos atávicos de la criminalidad salvaje:
Y la posibilidad de esas situaciones no puede ser una quimera para el que recuerda el estado social que atravesamos cuando estalló la guerra hace cinco años.
Veíamos entonces que la cuestión social principiaba á hacer su sombría y tremenda aparición.
Las doctrinas mas disolventes flotaban en la atmósfera; los arrabales se presentaban á desafiar la fuerza pública en el corazón mismo de Santiago; partidas de bandoleros recorrían los campos; la policía estaba al acecho de incendiarios.
Y aquella marea negra iba subiendo, haciéndose cada día más amenazadora y más audaz, y dejando entrever más claramente la perspectiva de esos trastornos sociales que no gobiernan las ideas sino las ferocidades salvajes del instinto (Orrego, 1897, p.53.)
Tal como había ocurrido en otras naciones -y como ocurre hoy día-el crimen y la inestabilidad social genera desconfianzas al capital:
Se había entrado en un círculo vicioso de que la desagraciada Irlanda, á pesar de tantos esfuerzos, parece no poder salir.
El crimen crea la desconfianza, y la desconfianza, engendrando la miseria, provoca al crimen.
El capital no viene á fecundar el suelo porque no hay seguridad, y la seguridad falta porque el capital falta.
Era, pues, necesario aprovechar los momentos en que existía todavía la confianza, en que no había aparecido todavía el crimen agrario que dio origen al circulo vicioso de la Irlanda; ese momento en que unos solos pocos hombres previsores entreveían la cuestión social que se acercaba (...)
Esa inseguridad de la tenencia es la base, como ya hemos dicho, de la cuestión irlandesa, y esa inseguridad de la tenencia también se presenta en nuestros campos.
Allá produjo como primer efecto la emigración y el trabajador vagabundo -efectos que aquí también ha producido, -después los White boys, los steel boys, los black feet y los ribonmen, es decir, el terror y el crimen agrario.
Y por último los fenianos, que á todos los peligros de aquella situación vinieron á añadir las dificultades de complicaciones exteriores (Orrego, 1897, p.
Los gañanes criminales, la población vagabunda delictiva (bandoleros, salteadores rurales, cuatreros) es objetivo de las medidas de seguridad.
Se trata de grupos que pueden arribar a la ciudad y que es preciso detener situando los muros que los contengan, bulevares, defensas.
Para Vicuña Mackenna, la creación de una policía moderna es la solución, pero no deja de llamar la atención el papel de los propios sectores populares en la formación de los nuevos cuerpos de seguridad del Estado:
No tenemos la razón que nos place atribuirnos cada día para maldecir i desconocer una administración reciente i especial, gracias a la cual vivimos en mediana paz i confianza en medio del profundo desorden que trabaja las regiones inferiores del pueblo, en cuyo seno elegimos alternativamente nuestros esclavos y nuestros custodios (Vicuña, 2013(Vicuña, [1875]], p.129).
Esclavos y custodios, trabajadores y policías, reprimidos y represores, todos procedentes de una misma clase social desfavorecida.
Sin embargo, para Orrego, la criminalidad, como más tarde veremos, se puede enfrentar con criterios científicos.
La ciencia debe estar al servicio del Estado, pero para desempeñar tal misión se precisó investigación y tecnologías de medición que faciliten la información y el conocimiento necesario.
Las estadísticas y los estudios de población de Quetelet (1796-1874); la degeneración de Morel (1809de Morel ( -1873)), la criminología de Lombroso (1835de Lombroso ( -1909)), etc., irán conformando el marco en el que construir una normativa biológica y social que identifique e integre a los aptos y excluya a los residuos sociales incapaces de incorporarse al modelo productivo.
BIOLOGÍA, ECONOMÍA Y POBLACIÓN.
LA MEDICIÓN DE LA POBLACIÓN
La relación entre vida, economía y población es, pues, un tema que está muy presente en los ilustrados o incipientes liberales de la primera mitad del siglo XIX.
La continuidad del debate sobre las condiciones de la población se vuelve central en la segunda mitad de la centuria, cuando el modelo de crecimiento necesita de una mano productiva.
Orrego Luco aborda la cuestión, pero ya no es la despoblación del territorio lo que le preocupa sino la decadencia de la raza y el envejecimiento de la población.
Su reflexión se centra entonces en la emigración y en la "fecundidad de la raza", fenómenos que son identificados a través de las estadísticas, que le permiten cuantificar el problema y lamentar sus consecuencias:
No creemos que por ese camino se llegue a la despoblación del territorio, pero evidentemente estamos en presencia de un grave mal que por ahora obliga solamente a un número limitado de individuos al cruel abandono de la patria (Orrego, 1897, p.
10) La emigración como mal social de progreso y la fecundidad descontrolada, traerían consigo mortalidad infantil, hacinamiento, subalimentación, poniendo en peligro el futuro de la nación.
Hay que encontrar, por tanto, las causas de estos males que aquejan a la población.
Las preguntas sobre la relación económica, las condiciones sociales y la "forma de vida", irrumpen con fuerza en el discurso de Orrego: ¿Cuál es ese mal?
¿Dónde está la causa de esa corriente que emigra al exterior y de esa mortalidad que devora á nuestros párvulos?
¿Es la obra exclusiva de las condiciones económicas?
¿Es el resultado de dificultades sociales?
Ordenar la población en un territorio, crear las tecnologías (estadísticas) sobre la vida de las poblaciones, obtener información de cómo gobernarlas para el modelo productivo, crear una verticalidad de conducción del Estado que controle a estas poblaciones atrapadas en un mundo pasado es el secreto que busca resolver Orrego Luco.
Acabar con las limitaciones que condenan la vida de esta población especie, atajar la amenaza que, en un doble sentido, representan dicha población: La que limita la vida de esa masa productora, y posteriormente, la de la peligrosidad social que desafía a los gobiernos:
En las condiciones de vida que atraviesa la masa de esas poblaciones está, pues, el secreto del peligroso mal que las invade, que debilita nuestra fuerza productora y amenaza el desarrollo nacional (Orrego, 1897, p.
Toda una tecnología (bio) estadística, médica y criminológica se va desarrollando con el fin de identificar carencias, pero también de intervenir, conducir y someter a la población: Uno de los más hermosos triunfos de las investigaciones científicas del siglo es haber llegado á formular las grandes leyes que dominan el movimiento social, y haber conseguido poner de manifiesto que esas leyes están sujetas á condiciones materiales que la estadísticas puede formular (Orrego, 1897, p.
La confianza absoluta en la ciencia y sus leyes, en la investigación y conformación de estándares de vida, de objetivación de los seres vivos, al modo de la historia natural y sus clasificaciones de las especies, constituye el marco de referencia.
Las "leyes" estadísticas que motivan los "movimientos" de las poblaciones ofrecen una lectura sobre la voluntad de los individuos y permiten deducir, predecir y anunciar las conductas sociales.
Una tecnología capaz de elaborar una "cartografía de la voluntad", que mida para el Estado las variables del comportamiento humano.
Un "control a distancia", según la expresión de Yuri Carvajal (2013), que puede identificarse en el discurso de Orrego: Los actos individuales de mas caprichosas apariencias, que exigen un número mayor de circunstancias fortuitas para poderse producir y en que la voluntad del hombre parece dominar sin contrapeso,-están sujetos, sin embargo, á una regularidad que pone de relieve un factor extraño y superior a la simple voluntad del individuo (Orrego, 1897, p.
Quételet publicó en 1835 su obra Sur l'homme et le développement de ses facultés, ou Essai de physique sociale, obra importante y pionera de la aplicación de la estadística a la sociología.
Basándose en probabilidades matemáticas y partiendo de datos sobre determinadas conductas sociales (criminalidad, suicidio, locura, etc.), Quételet estudia y propone ciertos patrones de predicción de los comportamientos sociales (Quételet, 1827).
La ciencia aparece, una vez más, como el fundamento de un Estado laico que desplaza a la Iglesia en la contabilidad de las personas (nacimiento y defunciones), pero también que marca los contornos de la normativización social (Sánchez, 1999).
Contribución científica y política a la vez que fue recogida por Orrego Luco y aplicada a la realidad chilena: Todos sabemos que la criminalidad obedece á las fórmulas de una estadística casi absolutamente matemática, y que es posible decir de antemano no sólo cuál será la cifra de los crímenes que se van cometer el año próximo, sino hasta su forma y hasta el instrumento con que lo van a perpetrar (Orrego, 1897, p.
19) Medir y cuantificar la vida, su proyección, su muerte, es la función médica a desarrollar, como una fisiología, o una física social, inspirada en la estadística de Quételet.
Por eso el suicidio, la fecundidad, la alimentación, la emigración y los sexos, se ordenan, como factores que prolongan o limitan en el desarrollo de las poblaciones y determinan sus conductas:
El suicidio, que á primera vista es el acto que más difícilmente se puede sujetar á leyes regulares, las respeta sin embargo, y por más temerario que parezca, se puede decir: el año próximo tantos hombres y tantas mujeres se verán arrastradas por la desesperación á una muerte voluntaria, como se puede decir el número de hombres y mujeres que se van á unir en matrimonio (Orrego, 1897, p.
La construcción de fenómenos demográficos o de población, a través de fórmulas estadísticas, van con-figurando un sujeto, un hombre estandarizado, que Quételet denominó "hombre medio", concepto que surge en el marco de las sociedades con una alta densidad demográfica y que pretende "incluir" a la mayoría de la población "normalizada" y gobernada (Ellul, 1965).
En 1843 se funda la primera oficina Nacional de estadísticas en Chile con el objetivo de organizar censos modernos de la población.
A pesar de que ya se habían instaurado algunos en la época colonial, es a partir de la iniciativa del naturalista Claudio Gay (1800-1873), cuando se moderniza y funda como institución del Estado-nación.
Desde ese momento se establecen cincos censos nacionales que reflejan la política de Estado, de una administración moderna sobre la población.
Contabilizar la población chilena, homogeneizarla (étnica y culturalmente) en criterios descriptivos y de integración de territorios (territorios aislados en la zona austral y las nuevas zonas mineras y agrícolas integradas en la guerra del Pacífico y en la ocupación de la Araucanía) en un proceso expansivo que se produce a lo largo de todo el siglo XIX, son las aplicaciones centrales de la información obtenida (INE, 2009).
El primer censo de 1843, que, a pesar de cambiar la visión colonialista de una población dividida en diferentes castas raciales, no cumple con los objetivos de entregar información para la administración política y económica de la nación.
Sus metodologías arcaicas y su vinculación a la Iglesia, siguen arrastrando antiguas formas de conducir estas instituciones.
112), y se abogue por el hombre medio chileno: la raza única.
La construcción de un imaginario social, de una población homogénea, donde oficialmente no existe negritud, como en el resto de América latina, ni extranjeros subalternos, ni indígenas.
La raza única es un intento por introducir una identidad nacional y por excluir a los que no representaban los valores de la modernidad.
Esto es lo interesante de la doctrina poblacional de Quételet, su búsqueda estadística de un hombre medio con ciertas características físicas, morales e intelectuales, van conformando en palabras de Sandra Caponi, "una normalidad biológica y social" (Caponi, 2013).
Esta se constituye a través de la obtención de un biotipo poblacional homogenizado/higienizado; una construcción del "hombre medio" que es la que recoge Orrego Luco: la articulación entre lo físico, lo moral e intelectual y su relación con la historia y una determinada geografía.
Quételet compara el promedio de altura del hombre con la vivienda (Caponi, 2013, p.
837), para determinar que todo territorio posee su propio cuerpo, su propio tipo de individuo.
Su masa corporal (según el índice de Quételet: masa/ estatura), no es sino la media que identifica a un grupo racial de población.
Un modelo normativo "físicosocial" que representa al hombre medio, a la civilización.
Ahora bien, las estadísticas sobre crímenes, suicidios, locura, etc., agrupados por Quételet, permiten obtener datos de la población que se desvía del estándar del "hombre medio", por eso en los censos de población no solo se incorpora una mirada de identidad nacional, sino que se añaden la diferencia:
Por un lado, las categorías se amplían y se incorporan las sugerencias de los expertos extranjeros, que plantean lo importante de dejar explícito lo diferente, ya que eso constituye también las características generales de una población (INE, 2009, p.114).
Así, se van incorporando varios ítems de información, a partir de las influencias del método de Quételet, incluyendo datos obligatorios para el empadronamiento: nombres y apellidos, sexo, jefe de familia, estado civil, profesión, culto, lengua, conocimiento de lectura y de escritura, origen de nacimiento y nacionalidad (INE, 2009, p.
115); pero aparece también un ítem que, en cierta forma, busca identificar los niveles intelectuales de la población.
La ceguera, la sordomudez, el idiotismo i cretinismo i la enajenación mental 4.
Aunque la incapacidad física estaba considerada desde mediados del siglo XIX, hay ya un acercamiento al "desviado", al que se sale de la norma biológica y es portador de taras físicas, pero también mentales 5.
Había que identificar a los "otros", a los diferentes, a esos que no servían para el modelo modernizador.
En palabras de Zafaronni, las estadísticas socio-biológicas que encontraron un hombre medio, también identificaron al desechable orgánicamente, al "humano que no es persona", al enemigo interno, endógeno.
La propia estadística criminal, a partir del célebre belga Quételet, se valió de la construcción del concepto de hombre medio, una pretendida realidad que insensiblemente se convirtió en un ideal que, convenientemente manipulado, permitió considerar que el judío no era el hombre medio, que se apartaba de él, que no era ciudadano.
En momentos en que produce un enorme revuelo la propuesta de un derecho penal del enemigo -y se pretende que hay humanos que no son personas-es revelador observar que la idea del hombre medio civilizado no sería más que un homúnculo surgido de la retorta de una alquimia criminológica, como instrumento útil para la fabricación de enemigos (Zafaronni, 2012).
LA DEGENERACIÓN BIOLÓGICA DE LOS POBRES
Esos enemigos, esas "no personas", son los degenerados, los sujetos que se alejan de la media estadística del "hombre medio", que se alejan de la norma prototípica y que, por tanto, son "anormales".
Como es sabido, lo anormal, lo periférico, sufrirá un proceso de medicalización y de patologización hasta el punto de que, como nos explicó George Canguilhen (1904Canguilhen ( -1995)), la diferenciación no se hará entre lo normal y lo anormal, sino entre lo normal y lo patológico (Canguilhen, 1986).
Se trata de un proceso en el que la teoría de la degeneración desempeñó un papel fundamental que no podemos pasar por alto.
En 1895, año de la publicación de obras tan significativas como Les dégénérés de Valentin Magnan y Paul Maurice Legrain (1895), y Gli Anarchici de Cesare Lombroso (1895), la Revista Médica de Chile edita el ya citado Discurso de toma de posesión de Orrego Luco como presidente de la Sociedad Médica de Chile.
Aun tratándose de la transcripción de una conferencia, debe considerarse, tanto por la categoría del disertante como por sus propios contenidos, uno de los textos más significativos, y seminales, del degeneracionismo en Chile (Sánchez, 2014).
Cuando comienza la segunda mitad del siglo XIX tienen lugar importantes cambios en el conocimiento de las ciencias biológicas.
Alrededor de la publicación de El origen de las especies de Charles Darwin (1809-1882), la sociedad europea y americana va a reaccionar como temiendo las novedades que el evolucionismo hubiera podido presentar.
Racismo antropológico, somaticismo médico, persecución del anormal o del extraño, etc., son algunas de las aportaciones que la ciencia positivista muestra.
Los preludios de las crisis económicas y del liberalismo ponen en marcha, como ya hemos visto, mecanismos ideológicos que preparan el terreno.
En este contexto, el médico dirigirá una dura mirada encaminada fundamentalmente a los criminales y a los enfermos mentales en un intento de dar soporte científico a las exigencias de la sociedad burguesa finisecular.
Un buen ejemplo de ello fue la aparición del Traité des dégénérescences (1857), del alienista francés August En su Discurso 6, Orrego Luco, como presidente in pectore de la Sociedad Médica de Chile, se vale de conceptos degeneracionistas para argumentar sus propuestas de intervención social.
Si como alienista entiende la degeneración de manera individualizada, en el individuo concreto, como médico-social percibe sus importantes implicaciones higiénico-sociales.
Además, el papel de la herencia -elemento insoslayable en el discurso degeneracionista-otorga las claves necesarias para explicar las razones biológicasconstitucionales -, de la desigualdad, para intervenir en familias y poblaciones enteras afectadas por las "taras hereditarias" y, sobre todo, para medicalizar el control de individuos y colectivos.
Con una doble voluntad científica y política, pero también corporativa, Orrego reclama el monopolio 7 médico de determinadas parcelas de la defensa social en las que otros agentes sociales, como abogados, educadores, etc., no tendrían cabida: "He dicho que hay en los dominios de la higiene un terreno cerrado para otros y abierto á nuestro estudio y propaganda.
Me refiero, señores, á ese implacable y sombrío imperio de las leyes de la herencia" (Orrego Luco, 1895Luco, /2015, p.
El sombrío destino de la herencia morbosa, de la herencia degenerada, implica incurabilidad, muerte y miseria biológica y moral, en tanto que se tiende a relacionar con enfermedades sociales como la sífilis o el alcoholismo.
El pesimismo antropológico que caracteriza la teoría de la degeneración, queda bien patente en el discurso de Orrego cuando se refiere a la mortalidad infantil y a la sífilis congénita: Todos los días estamos viendo mujeres que, en medio de la juventud, se ven condenadas á la forma de esterilidad más deplorable: -á la serie de los hijos muertos por infección hereditaria.
Tienen hijos que mueren antes de nacer, hijos que mueren apenas han nacido; hijos que atraviesan la primera infancia en medio de una serie de accidentes patológicos, que van á sucumbir más tarde bajo la acción implaca ble de una infección hereditaria, á sufrir durante el curso entero de su vida el peso abrumador de aquella herencia sifilítica (Orrego Luco, 1895Luco, /2015, p.
La voluntad preventiva del médico no solo ante la amenaza venérea, sino ante la degeneración de la raza, le obliga a intentar intervenir, a través de la eugenesia y de la educación (y la propaganda), sobre una población potencialmente anormal:
Para que el niño viva, es necesario que la herencia no lo haya condenado á una muerte fatal é inevitable, es necesario que no muera antes de nacer.
¿No creéis, señores, que sería profundamente útil que vulgarizáramos con nuestros estudios el conocimiento de las leyes de la herencia, de las medidas necesarias para salvar a muchas madres de la enfermedad, á muchos hijos de la muerte, y á muchos padres de una desgracia que la vergüenza hace aún más amarga?
Resulta evidente que junto a las visiones más pesimistas y nihilistas que el degeneracionismo propicia, aparece una voluntad higiénica, más esperanzadora, que hace "totalmente compatible" -como ha señalado Marcelo Sánchez recientemente-"la puericultura y su afán preventivo, con las visiones hereditaristas más radicales; lo que establece más bien una continuidad, antes que una ruptura, entre la visión optimista de la puericultura y el ambientalismo con la creencia de un sistema de herencia fatídico y cerrado al cambio" (Sánchez, 2014, p.
Un planteamiento que, en efecto, puede identificarse en el discurso de Orrego Luco, pero que está presente ya en los primeros autores degeneracionistas pues, a pesar del peso indiscutible de la herencia en la etiología de la degeneración, el propio Morel remitía sus causas últimas a factores externos de carácter social (Huertas, 1993).
Especial interés tiene, en estas dinámicas preventivas, la preocupación de Orrego por las nodrizas:
Hay todavía otro punto á que sería tal vez oportuno llamar la atención pública.
Sabéis, señores, que el niño sifilítico infecta á su nodriza y de ese hecho se deriva un nuevo peligro para la sociedad y un nuevo deber para nosotros.
Se ha buscado una mujer joven, fuerte, sana, para que sirva de nodriza de ese niño.
Esa pobre mercenaria no sabe el peligro que corre; no sospecha, ni puede medir las consecuencias del servicio que va á desempeñar.
Los padres de ese niño enfermo, tampoco miden la responsabilidad que ellos asumen (Orrego Luco, 1895/2015, p.
La llamada lactancia mercenaria es, sin duda, un problema de salud pública que preocupa a higienistas y pediatras de todo el mundo a finales del siglo XIX (Navarro, 1982).
Se trataba de una práctica extendida mediante la que familias aristocráticas y burguesas contrataban los servicios de nodrizas, mujeres puérperas procedentes, en general, del bajo pueblo que, habiendo perdido a su propio hijo o no, se encargaban de la alimentación y cuidados de los hijos de los niños de dichas familias.
Como es lógico, las nodrizas eran cuidadosamente seleccionadas para que fueras mujeres sanas y fuertes, sin taras físicas ni morales.
Se produce así una explotación y proletarización biológica de mujeres, de las que se obtiene una plusvalía orgánica.
Sin embargo, como acabamos de ver, Orrego no desconfía de la mujer que ha de vender su leche materna, sino de sus empleadores, abogando por una serie de medidas que protejan: Estamos, señores, en el deber de amparar á esa nodriza.
No podemos hacernos la ilusión de que el resultado de nuestras discusiones pueda llegar á sus oídos, pero, en nombre de los deberes que la conmiseración humana nos impone, podemos crear una corriente de opinión que preste á esa mujer el amparo de la ley y podemos, sobre todo, despertar la conciencia social (Orrego Luco, 1895Luco, /2015, p.
Con todo, y a pesar de voluntades higienistas e intentos reformadores, la amenaza de la degeneración termina relacionándose con la degradación y la inferioridad hereditaria del bajo pueblo:
Aquí encontramos una poderosa causa de mortalidad infantil; pero encontramos, sobre todo, el origen de afecciones que condenan á sus víctimas á una existencia más desesperante que la muerte misma, al idiotismo, á la demencia, á la perversión moral, á la neurosis que degradan al hombre, á tendencias criminales, que degradan á la especie (Orrego Luco, 1895/2015, p.67).
La relación entre el alcoholismo y la heredointoxicación alcohólica, causas degenerativas de primer orden (Huertas, 1993; Campos, 1997), y la criminalidad es una constante en el discurso médico y criminológico de la época (Huertas, 1993; Huertas y Martínez, 1993).
Orrego lo expresa con mucha claridad cuando asegura que: La influencia hereditaria del alcoholismo en la "embriología del crimen" es ya un hecho que no admite discusión.
Á las vagas apreciaciones de épocas pasadas ha sucedido ahora una serie de trabajos documentados suficientes para formar un criterio irrecusable a este respecto (Orrego Luco, 1895/2015, p.67).
Una "embriología del crimen" que da lugar a familias marginales, y degeneradas, que amenazan y con-taminan una sociedad ordenada, pulcra y aséptica.
El origen social de la criminalidad desaparece porque la biología lo invisibiliza, lo naturaliza:
Conoceis el célebre ejemplo, tantas veces citado, de la familia Yuke de Estados Unidos en que se contaron doscientos ladrones y asesinos, doscientos ochenta y ocho valetudinarios y noventa prostitutas, descendientes todos de un mismo tronco, el alcoholista Max, en el espacio de ciento quince años (Orrego Luco, 1895/2015, p.67).
Orrego está haciendo alusión a la célebre familia Juke, sobre la que Richard Louis Dugdale (1841-1883) publicó en 1877 The Jukes: a study in crime, pauperism, disease, and heredity, que llegó a convertirse en un clásico del eugenismo y cuya trama de decadencia, crimen y degeneración a través de generaciones, se solía sacar a la luz hasta bien entrada la década de 1930, especialmente en los debates sobre la esterilización eugénica (Sánchez, 2014, p.
En todo caso, y como cabía esperar, cuando Orrego profundiza en su reflexión sobre el crimen y la criminalidad se muestra abiertamente lombrosiano:
Señores, sea cual fuere la manera como se aprecien las tentativas geniales de Lombroso, ellas han venido á establecer una serie de hechos que substancialmente modifican las hipótesis que servían de base á nuestras ideas sobre la criminalidad y la legislación penal.
En todo el mundo civilizado las doctrinas de Lombroso han tenido una profunda y viva resonancia, han modificado los procedimientos de la justicia criminal y modificado la organización del sistema carcelario (Orrego Luco, 1895Luco, /2015, p.68), p.68).
Orrego Luco, insta a la Sociedad médica a incorporar esta nueva criminología, dejando atrás la punición, comprendiendo e incorporando las novedades científicas y tecnológicas.
Frente a las viejas leyes, que es preciso modificar, una nueva ciencia se alza como garante de la defensa social:
Señores, ya es tiempo que á ese movimiento científico se asocie el de los médi cos chilenos; que nuestros estudios hagan ver cuál es el verdadero carácter de los hombres criminales, y que demostremos á nuestros legisladores que, á la vieja y bárbara teoría que veía en la pena un castigo impuesto al delito, es necesario subs tituir la noción más humana y más en armonía con la naturaleza de las cosas, que ha despojado á la pena de ese carácter de venganza, para ver en ella solamente una defensa de la sociedad en contra del crimen (Orrego Luco, 1895/2015, p.68).
Termina su disertación meditando sobre la joven raza americana.
Frente a la vieja estirpe europea, ca-paz de generar "hombres de genio" o "degenerados superiores", las elites americanas deben estar dispuestas a recibir y adaptar los conocimientos producidos en otras latitudes:
Como ha observado el mismo Lombroso que acabo de citaros, mientras más vieja es una raza, en su degeneración misma encontrará más fuentes de neurosis y por consiguiente de genialidad, y al mismo tiempo una razón para que en su población encuentren resistencias los descubrimientos nuevos.
Esto nos explica el hecho contradictorio que pueblos que son en masa ultra-conservadores en política y en religión, sean los que han producido los más grandes revolucionarios en los diversos ramos de la actividad humana.
Las razas nuevas no han desarrollado todavía en su seno esos gérmenes de dege neración de que brota la originalidad y el genio, no producen grandes revolucionarios religiosos y científicos, pero pueden, en cambio, apropiarse los descubrimientos y las ideas revolucionarias de los otros (Orrego Luco, 1895/2015, p.69).
En suma, las elites liberales del nuevo mundo estarías llamadas a importar conocimientos y destrezas con el fin de mejorar la raza y que las utopías tecnocientíficas sean posibles en nuevos territorios: Y así, las nuevas ideas que salen de la vieja Europa, donde deban morir estériles, por falta, no de quién las crea, sino de quien las comprenda, irán á encontrar en el Nuevo Mundo quién las perpetúe fecundándolas y aplicándolas; así como el fruto inspirador de la vid, el primer consuelo y el primer pecado del patriarca asiático, principia á volvernos ya modificados y mejorados del Nuevo Mundo, donde por tanto tiempo pareció extraño(...) así como la libertad política, sueño utópico y envidiada meta del viejo continente, echa raíces sólidas y seguras en el mundo americano, de donde los grandes pensadores europeos recibirán nueva fuerza para sus trabajos y la última mirada de consuelo para una vida desconocida y burlada (Orrego Luco, 1895/2015, p.69).
En 1908, en vísperas del centenario de la independencia (1910) y algunos años más tarde de los discursos y escritos del Dr. Orrego Luco, se celebró en Chile, el Cuarto Congreso Científico (Io Panamericano).
Las dos secciones con mayor número de trabajos fueron, la de Ciencias Médicas e Higiene, dirigida por el médico chileno-alemán Germán Greve (1869-1854) 8, y la de Ciencias Naturales, Antropología y Etnología, coordinada por el biólogo Carlos E. Porter (1867Porter ( -1942) ) 9.
Es en este congreso donde el higienismo, la medicina, la etnología y las ciencias naturales se entrecruzan con más claridad, y donde la biometría se comienza a incorporar como una teoría y tecnología científica a seguir (Calvo, 2011, p.108).
El nacio-nalismo y la identificación biológica habían triunfado, las elites latinoaméricas, habían incorporado estas tecnologías de depuración poblacional (bertillonage y dactiloscopia).
El criminólogo chileno, Robustiano Vera (1844Vera ( -1916)), anunciaba en este Cuarto Congreso, una nueva amenaza, la de la inmigración no deseada, el último eslabón de la cadena teórica de la herencia degenerativa lombrosiana, el criminal político o revolucionario:
Los pueblos de América acrecientan su población por la inmigración.
El beneficio es indiscutible.
Si en cada puerto de entrada se establecieran gabinetes de identificación, no tendríamos tantos criminales, hay que defenderse de los agitadores, de los gremios obreros y de los anarquistas (Vera, 1909, p.
Frente a anteriores oleadas inmigratorias, consideradas de manera positiva por la llegada de trabajadores y colonos europeos que iban a contribuir a la construcción de los estados nacionales y que dieron lugar consignas como la de "gobernar es poblar" del argentino Juan Bautista Alberdi (Vázquez, 1988), los inmigrantes europeos llegados al cono sur en el periodo comprendido entre 1870 y 1890 son percibidos de manera muy distinta.
La derrota de la Comuna de París, la caída de la primera República española, las leyes antisocialistas de Bismarck y la dura represión de las revueltas obreras en Italia, fueron causas desencadenantes del traslado a América de contingentes de trabajadores con una activa militancia política a sus espaldas.
Además, el proceso de industrialización dio lugar a una serie de problemas y tensiones sociales bien conocidas en Europa, pero que resultaban nuevos en el continente americano.
La creación de sindicatos, "gremios obreros" como los denomina Robustiano Vera (1909), y en general el surgimiento del movimiento obrero (Pizarro, 1986; Ortiz, 2005), de corte socialista o anarquista, causó honda preocupación en las elites y precipitó tanto su criminalización como el desarrollo de estrategias y técnicas de defensa social.
Unas elites que se preparaban para hacer frente a los "subversivos" y a las revoluciones sociales del siglo XX.
Entre todo su arsenal, la ciencia no sería un arma menor.
Las observaciones científicas sobre el control social de la población, del psiquiatra chileno Augusto Orrego Luco, se sitúan en el marco de la industrialización y sus consecuencias.
El discurso de Orrego se articuló no solo desde la teoría médica, pero con vocación de ser incorporado a políticas públicas y registros del Estado.
Las modernas estadísticas biomédicas introducidas bajo la lectura racial y discriminatoria de las clases populares, ofrecieron herramientas para definir la anormalidad física y de las conductas, siempre mediante un claro determinismo biológico.
La "otra raza" -asiática, mesoamericana, vagabunda, criminal y degenerada-fue etiquetada así por el Estado liberal, para iniciar un proceso de proletarización o regeneración obrera (la construcción del Homo hygienicus), lo que se correspondió con un programa higienista y eugenésico de "depuración" de la población en un modelo económico que exigía el modo de producción capitalista.
La teoría de la degeneración y su adaptación a la realidad chilena fue clave en la elaboración, por parte de Orrego Luco de su análisis sobre la cuestión social y de sus propuestas de intervención para construir la nueva colectividad que parecía necesitar el proceso de industrialización.
La reproducción biológica de las masas obreras, sus enfermedades, el régimen alimentario, la influencia del clima o la geografía, etc., fueron los fenómenos biológicos estudiados por el médico chileno.
Podemos concluir, pues, que Orrego Luco fue pionero de las reformas liberales en Chile, que fomentó a partir del lenguaje científico, una categoría de inferioridad biológica de los sectores populares, lectura positivista y racista, que perdurará y repercutirá en el discurso médico, y en la futuras políticas públicas conservadoras de la elite chilena. |
Objetivo: comprender la semiología del delirio místico-religioso y la incidencia del contenido sociocultural en la configuración de los síntomas en la psicopatología moderna en Colombia, 1920Colombia, -1960.
Metodología: investigación histórico-hermenéutica, mediante análisis de una serie de historias clínicas del antiguo Manicomio Departamental de Antioquia y del Asilo Psiquiátrico San Isidro del Valle del Cauca.
Resultados: entre las psicopatologías más recurrentes en las que se manifestaron los delirios se encuentra el grupo de las manías, principalmente la intermitente, psicosis maniaco-depresiva y melancolía; seguido por la esquizofrenia paranoide, y también fue frecuente en la psicosis puerperal o posparto; asimismo, se presentó en la parálisis general progresiva (neurosífilis) y en el síndrome cerebral agudo o estado de confusión agudo, nosografía moderna dada al delirio.
Según las historias clínicas, la exaltación de ideas religiosas confluye en un delirio polimorfo.
Los síntomas más recurrentes fueron las alucinaciones visuales y auditivas, logorrea o locuacidad, insomnio, negativismo alimentario acompañado de miedo a ser envenenado, excitación psicomotora o hiperquinética, accesos de furia controlados con camisa de fuerza y otros medios de contención, intento de suicidio y tendencia a la fuga de la casa, por lo tanto, se consideraba de peligrosidad para sí mismos y para los demás.
ESCRÚPULO RELIGIOSO, ÉXTASIS MÍSTICO E HISTERIA
El "escrúpulo" (diminutivo scrupus, piedrecilla en el zapato), según el influjo de la teología moral, es la "inquietud de ánimo provocada por la duda acerca de si algo es bueno o malo, correcto o incorrecto, verdadero o falso" (Genicot, 1931(Genicot, /1992, p.
De ahí que, no proviene únicamente del ámbito del primer alienismo, porque está presente en épocas anteriores; por ejemplo, Huertas lo rastrea desde el siglo IV en Agustín de Hipona, quien "propició, en buena medida, el origen de una presencia duradera e incuestionable de las obsesiones en el marco cultural de la iglesia católica latina" (Huertas, 2014(Huertas,, p.
Así, se destaca el origen de la diferenciación entre "posesión" (possessio = captura del mal o pérdida de autocontrol) y "obsesión" (obssessio = asedio o temor al mal).
De este modo, la presencia de escrúpulos en la conciencia moral aparece en la literatura como un síntoma fundamental en la historia del concepto de obsesión.
Prosiguió una larga tradición de esta doctrina y, en el siglo XVII, Taylor, capellán de la corona inglesa, lo definió en su Ductor Dubitantium, or the Rule of Cons-cience...
(1660), como "un gran problema de la mente que proviene de un pequeño motivo y una gran indisposición, por el cual la conciencia, aunque suficientemente determinada por los argumentos apropiados, no se atreve a actuar, o si lo hace, no puede descansar" (p.
En el siglo XVIII, el teólogo Duguet publicó su Traité des scrupules (1718), en el que afirma que "es una duda en materia moral que no tiene fundamento o que es muy a la ligera...
Depende de la persuasión que llena la conciencia de problemas y de perplejidad" (Duguet, 1718, p.
En L'Encyclopédie (1751), compilada por Diderot y D'Alembert, en su entrada de "Scrupule" aportada por De Jaucourt, define que "este vicio es el resultado de la falta de inteligencia, la poca sensatez, la pusilanimidad, la ignorancia y una falsa opinión de la religión y de Dios" (De Jaucourt, 1751, p.
En el siglo XIX, Guislain, pionero de la psiquiatría belga, en sus Leçons orales sur les phrénopathies (1852), según la clasificación de Esquirol, en la categoría del "delirio acusador", incluye el escrúpulo melancólico; así como en la del delirio religioso, en la que distingue entre la demonolatría (posesión y culto) y la demonofobia (temor continuo al infierno con excesivos escrúpulos religiosos) (Guislain, 1852, p.
También se propuso una terapéutica teológica, como la de Grimes, en su Traité des scrupules (1854), en el que propone remedios como las oraciones contra los escrúpulos; la confesión; amor y corrección fraternales; consejos sobre el motivo de sus acciones; evitar pensar en la predestinación; prevenir las degeneraciones y las tentaciones (Grimes, 1854, pp. 62-86).
Según el jesuita Genicot, en su Institutiones theologiae moralis (1896), la conciencia escrupulosa se define, siguiendo a Alfonso de Ligoro, como aquella "que, por motivos leves, sin causa o fundamento razonable, a menudo teme el pecado donde de hecho no existe" (Genicot, 1931(Genicot, / 1992, p.
Estas ideas fijas, así como el miedo de haber cometido pecado mortal, guardan relación con los contenidos de los delirios de condenación y autoinculpación, como se encuentra en casos de asilos psiquiátricos de Colombia en la primera mitad del siglo XX.
En el campo de la psicología, Delacroix en sus Etudes d'histoire et de psychologie du mysticisme (1908), basado en testimonios autobiográficos, cartas y otros documentos de consagrados místicos cristianos, como son Teresa de Ávila, Madame Guyon, Francisco de Sales y Juan de la Cruz, se propuso diferenciar la experiencia mística, asumida como capacidad excepcional, forma de vida de grandes creadores y simplificadores del mundo; más allá de los estados patológicos que usualmente le han atribuido.
Así lo critica en tanto que "los bajos místicos, degenerados sin genio, neurópatas sin poder intelectual y voluntario, alienados conocidos por un séquito de piadosos, pululan y son legión..."
En efecto, expuso que en el campo de la medicina se consideraba que el éxtasis místico era un "accidente histérico, la inmovilidad cataléptica, la obliteración sensorial, la obnubilación mental, las visiones que aparecen al principio o al final, la frecuente amnesia consecutiva, parecen asegurar este diagnóstico" (Delacroix, 1908, pp. 338-339).
Para una autoridad en este campo, como Tanquerey, en su Précis de théologie ascétique et mystique (1930), el éxtasis místico se caracteriza por tres fases: a) El desfallecimiento que se produce dulcemente, y causa en el alma una herida dolorosa y deli-ciosa a la vez; el Esposo hace sentir al alma su presencia, mas solo por poco tiempo; el alma querría gozar de esa presencia de continuo, y padece por la privación... b) El arrobamiento se apodera del alma con impetuosidad y violencia, tanto que no se puede resistir a él... c) El vuelo del espíritu, el cual es tan impetuoso que parece separar al alma del cuerpo, y que no se puede resistir" (Tanquerey 1930, pp. 979-980).
Por otra parte, según estudios sobre la obsesión y psicastenia (debilidad del alma), nosología acuñada por el neurólogo Pierre Janet en 1893, el éxtasis oscilaba entre el estado de ánimo escrupuloso y el estado mental histérico (Janet, 1903, p.
La psicastenia se caracterizaba por periodos de miedo o ansiedad, obsesiones, ideas fijas, tics, sensaciones de insuficiencia, autoacusación y sensaciones extrañas de rareza, irrealidad y despersonalización.
Como se mencionó, con respecto de los escrúpulos religiosos, estos síntomas concuerdan con los diagnósticos de delirio místico-religioso en Colombia.
Por ejemplo, en una revista médica se publicó la traducción de un artículo de la revista Journal des Practiciens (1907), sobre una crítica a la atribución histérica de los místicos, en el que se cuestionaba el reduccionismo de estos seres, en tanto que "histérico o degenerado no hay término medio.
Desde que exista tendencia al misticismo hay tara mental: tal es la fórmula" (Varieté, 1907, pp. 177-179); de este modo, es establecía una distinción entre el éxtasis y la histeria, porque se consideraba que esta última no era una enfermedad, sino "un estado particular del dinamismo nervioso; en ella hay exceso de energía; solo que esta no se emplea útilmente y se convierte en convulsiones, contracturas, incoherencias en la conducta" (Varieté, 1907, pp. 177-179).
Pinel, en su Traité Médico-Philosophique sur l'aliénation mentale (1809), en la Sección IV, "Policía interior y reglas a seguir en los establecimientos dedicados a los alienados", estableció "Precauciones que se deben tomar ante la exaltación extrema de las opiniones religiosas", sobre las cuales indicaba que debían considerarse bajo estricto criterio médico y desechar cualquier interpretación popular y política, asimismo que se investigara si tenía incidencia impedir la exaltación de ideas y sentimientos de dicha índole en la curación de los "escrúpulos religiosos extremos" propios de la "melancolía devocional" (Pinel, 1809(Pinel, / 2012, p.
Estas fijaciones eran un riesgo porque muy a menudo conducían a la desesperación y al suicidio en alienadas del hospicio de La Salpêtrière, donde Pinel oficiaba como médico director.
Una segunda precaución era oponerse a los desdenes y el engreimiento de la arrogancia que, según Pinel, eran actitudes propias de la manía devocional, para lo cual se usaba un tono autoritario, con el fin de dominar su carácter, táctica que funcionaba en algunos casos, porque "muchos otros resisten con una energía inflexible a todos los medios de represión, bajo pretexto de que es mejor desobedecer a los hombres que al Ser supremo, del cual piensan recibir inspiraciones inmediatas" (Pinel, 1809(Pinel, / 2012, p.
Una tercera medida debía tomarse para que las "melancólicas devotas" no presenciaran rituales religiosos, en particular en la enfermería, porque podrían repetirse situaciones que ocasionaron recaídas por el estremecimiento frente al dolor, la enfermedad y la muerte, así como el recuerdo de la pérdida de un ser querido.
Finalmente, Pinel cuestionaba si ¿se debía consentir los pedidos reiterados que hacen las melancólicas por devoción de conservar, cerca de ellas, libros religiosos, para poder leerlos asiduamente y buscar nuevos consuelos de su confesor habitual?
Esto se resolvía como lo indicaba la experiencia clínica, la cual mostraba que este tipo de contenidos eran un riesgo por ser "el medio más seguro para perpetuar la alienación, o incluso para volverla incurable, y cuanto uno más consiente esas lecturas, menos llega a calmar las inquietudes y los escrúpulos" (Pinel, 1809(Pinel, /2012, p.
510), como ocurrió con una alienada en calma desde hace algún tiempo, que volvió a alterarse cuando "un libro que le prestaron le recordó que cada persona tenía su ángel guardián: a la siguiente noche se creyó rodeada por un coro de ángeles, se adujo haber escuchado una música celestial y haber tenido revelaciones.
Le sacamos su libro, que fue quemado, pero no dejó de tener una segunda recaída y el tratamiento se volvió más largo y más equívoco" (Pinel, 1809(Pinel, /2012, p.
En cuanto a la visita de sacerdotes al hospicio de alienadas, los casos expuestos por Pinel mostraban que las confesiones generaban nuevas inquietudes en las alienadas y en otros casos se resistían porque, como en el caso an-terior, solo obedecían a Dios, a Jesucristo o a otra divinidad.
Si bien en Colombia se mantuvo un alienismo tardío basado en el tratamiento manicomial francés, la administración de los asilos por parte de comunidades religiosas, emulaba su forma de administrar los claustros monacales y conventuales, por lo tanto, existió un fuerte influjo del dogma cristiano en la concepción de la locura, de su expiación de la culpa y la resignación a este designio impuesto por la divinidad.
De hecho, la devoción se consideraba un síntoma de recuperación y la blasfemia de perturbación (Gutiérrez, 2019, p.
Por cierto, en la definición del asilo psiquiátrico como "institución total", Goffman muestra que el orden interior, influido por la comunidad religiosa, concordaba con La regla benedictina, para el estricto funcionamiento de los monasterios, acogida por la mayoría de los fundados durante la Edad Media, desde el siglo VI (Goffman, 2009, pp. 31-35).
DELIRIO MÍSTICO -RELIGIOSO Y MANÍA DEVOCIONAL EN COLOMBIA
La teoría del delirio y la monomanía de Esquirol, fue apropiada por Nicolás Buendía en su estudio clínico y médico-legal de 1893, en el que atribuía a causas ocasionales dicho trastorno: "los excesos de todo género, la lectura de ciertos libros, las desgracias domésticas, las profundas preocupaciones del espíritu, la exaltación religiosa, en una palabra, todo lo que puede impresionar profundamente las facultades intelectuales puede dar nacimiento a la enfermedad" (Buendía, 1893, p.
Asimismo, la tesis de doctorado en medicina de Francisco Alvarado, analizó casos remitidos a la Oficina Médico Legal de Cundinamarca en 1904, en los que se manifestó el "delirio de persecución" y definió que se trataba de una "forma de enajenación mental caracterizada por un delirio parcial y sistematizado en el cual ciertas ideas llevan el sello de la insania, mientras que en otros puntos la razón queda aparentemente intacta" (Alvarado, 1904, 12).
Basado en Esquirol, estableció que el delirio tenía cuatro periodos: 1.
De interpretación delirante, 2.
De alucinaciones sensoriales y desórdenes de la sensibilidad general, 3.
De ideas de grandeza y transformación de la personalidad, 4.
Se observa la confluencia del delirio de persecución con el místico, el de grandeza, el erótico y el de celos, a los que Alvarado dedica un apartado de su tesis a cada uno y consideró que la influencia de las ideas religiosas exageradas en la producción de la locura era innegable.
El alienado antiguamente atribuía las voces y alucinaciones a presencias demonológicas y a creencias de condenación e impenitencia; pero, según él, en los tiempos modernos "acusa á las corporaciones, á los cuerpos colectivos como los jesuitas, los fracmasones, etc., ó bien da á sus acusaciones explicaciones científicas por medio de la física, la química, la electricidad o el magnetismo".
Asimismo, acude a Esquirol para afirmar que "las ideas amorosas son fijas, dominantes, como son fijas y dominantes las ideas religiosas en la teomanía ó en la lipemanía religiosa" (Alvarado, 1904, p.
Este episodio, también fue comentado por Rosselli, en cuanto al imaginario de la psicopatología en sus inicios, la cual "depende en gran parte de la actitud hacia la vida que adopta la población en general, incluyendo muchos médicos.
Se consideran los desórdenes mentales como resultado del pecado moral y la conducta contra la ética: creen que la pérdida de la razón es un justo castigo que la cólera divina descarga sobre el individuo" (Rosselli, 1968, p.
No en vano, la moderación de la devoción se consideró un síntoma de mejoría o el rechazo de la misma, perturbación mental.
De hecho, en algunos municipios los sacerdotes rendían declaración de la "conducta moral y religiosa" del enfermo.
El fanatismo religioso fue considerado entre las causas psíquicas de la locura, por parte de médicos como Putnam quien, en 1913, afirmaba que la raza colombiana estaba influida por atavismos ancestrales cargados de "supersticiones, los amuletos, la adivinación y la brujería con sus agüeros y la creación fantástica de un espíritu maligno que persigue a las criaturas humanas...", los cuales degeneraban en locura (Putnam, 1913, pp. 248-259).
En estas mismas atribuciones sobre el carácter fanático, reivindicador y sectario del pueblo colombiano, coincidieron autores adeptos a la teoría de la degeneración, como Jiménez (1920, p.
Según las narrativas clínicas, se observa que en el delirio místico-religioso, la mayoría de casos se presentaron en mujeres dedicadas a los oficios domésticos, en muchas se prestó atención a su "apariencia personal" como descripción relacionada con los síntomas, en la que entraron "desgreñadas" o desordenadas, delgadas o "enflaquecidas", desnutridas, entre otros calificativos que, según las concepciones de la imagen femenina de la locura, "en el semblante y en la gesticulación del cuerpo podemos leer una subversión de los códigos sociales y culturales que llevó al alienismo y la psiquiatría a patologizar y clasificar visualmente cualquier estado contrario al ideal normativo" (Montilla, 2016, p.
En efecto, la fisonomía de la bruja en la edad media, fue transpuesta en la histérica del siglo XIX, que Charcot y Freud remitieron desde los expedientes de la Inquisición, régimen que también refieren Szasz (2006, 87-88) y Ackerknecht (1993, p.
18) en sus historias de la psiquiatría.
Según Szasz, los psiquiatras franceses Pinel, Esquirol y Charcot, fueron "los responsables directos -dentro del campo médico-de la clasificación de las brujas como pacientes mentales".
Pinel, en su Tratado sobre la locura (1801), afirmó que "en resumen: los endemoniados de todo tipo deben ser clasificados entre los maniacos o entre los melancólicos.
Por su parte, Esquirol fue quien más influyó en que el acusado de brujo se enviara al asilo psiquiátrico en lugar de ir a la cárcel por impostor (Szasz, 2006, pp. 85-86).
Esta imagen pervivió hasta la primera mitad del siglo XX; no en vano, la presencia de la bruja en el contenido delirante estuvo asociada con la envidia (o ser miradas con malos ojos), intriga y calumnia por parte de vecinas, coasiladas y otras mujeres, así como ser tentadas por el diablo.
De hecho, el retrato pintado por Gèricault llamado "La monomanía de la envidia" (1820), por encargo de Georget -discípulo de Esquirol en la Salpêtrièrealude a que esta conducta era considerada particularmente un problema femenino, en tanto, "el afán de ascenso social de las féminas será visto como un mal o vicio moral que infringía la ética burguesa, una patología.
La envidia será entendida no en su acepción positiva (deseo de emulación, afán de ser como alguien) sino enfermiza (perversidad nacida de la soberbia y pecado capital).
Según cómo y hasta dónde se emule será un vicio y, en tanto que vicio, locura (Montilla, 2016, p.
Según la tesis de Pedro Anzola se consideró a la envidia como una forma de locura moral que la padecían más las mujeres que los hombres (Anzola, 1904, p.
En Colombia, la visión femenina de la época estuvo influida por el degeneracionismo, que afirmaba el prejuicio de que "el misticismo domina a la mujer, sobre todo, que depositaria inmaculada de la moralidad de la raza, se desvía hacia el idealismo asceta..."
(López de Mesa, 1915, pp. 115-117), puesto que estas actitudes menguaban la capacidad de defensa del hogar que debía asumir frente a la decadencia física, moral y mental, sobre todo el riesgo del alcoholismo declarado como "enfermedad social".
Asimismo, el ideal de la mujer estuvo consagrado por el dogma de la Inmaculada Concepción (invocada en el contenido delirante de pacientes) que, desde el siglo XVI estuvo presente como icono de hospitales coloniales y en la imaginería religiosa de la época en Colombia.
Desde entonces, se instauró la devoción mariana, culto que tuvo enorme difusión y arraigo, que influyó en la imagen de la madre en valores de pureza, abnegación y sacrificio (Rodríguez, 2004, p.
"SANTA LOCURA" O "ABNEGACIÓN INCOMPRENDIDA" EN LA MADRE LAURA MONTOYA
La Beata Laura Montoya Upegui (1874-1949), primera santa colombiana canonizada en 2013, célebre escritora de prosa poética y mística, en su autobiografía relató cómo sufrió una enfermedad neuropsiquiátrica a la edad de siete años, por la que fue declarada "incurable" con el diagnóstico del "Baile de San Vito" o Corea (que viene del latín chorea, baile), asociado a la fiebre reumática causada por la infección por estreptococos, esta se caracteriza por movimientos involuntarios anormales, la cual si bien era poco usual, algunos casos eran tratados en manicomios, como el Departamental de Antioquia.
Una reconstrucción de su historia clínica evidencia que a la edad de 75 años sufrió de linfangitis crónica, coloquialmente conocida como "envenenamiento de la sangre", asociada a la obesidad grave que desarrolló desde la adultez temprana, y que ocasionaron su muerte en 1949 por una insuficiencia cardiaca congestiva.
Sin embargo, el análisis científico realizado no incluyó el diagnóstico temprano de la enfermedad de Corea, ni en posteriores desordenes nerviosos y estados de delirio que pudieron ocasionar las infecciones y las fiebres altas, entre otras causas (Parra, 2018, pp. 170-172).
Un segundo momento de experiencia con la enfermedad, lo vivió a la edad de 16 años en 1890, cuando por una urgencia tuvo que reemplazar varios meses a la directora de la Casa de Locos de Medellín, María Jesús Upegui Moreno quien fuera su tía y en actual proceso de beatificación.
Fue entonces cuando habitó la Casa a cargo de un centenar de hombres y mujeres durante varios meses, labor que desempeñó con una entrega tal que ella misma decía haberse convertido en una loca por el cuidado de los locos, "parecía una vieja directora de manicomios..."
Tocada por el rayo de Dios, embriaguez espiritual y delirio de amor divino
En su testimonio de vida, en un apartado del capítulo II, "Primera gracia extraordinaria" relata la escena más característica de su experiencia extática, en la que sintió en su cuerpo una energía como si fuera eléctrica, que la atribuyó a la posesión de la presencia divina: Aquel rayo fue un conocimiento de Dios y de sus grandezas, tan hondo, tan magnífico, tan amoroso...
Por fin terminé llorando y gritando recio, recio, como si para respirar necesitara de ello.
Por fortuna estaba a distancia de ser oída de los de la casa.
Lloré mucho rato de alegría, de opresión amorosa, y grité...
Volvía los ojos al cielo y gritaba, llamándolo como una loca.
Lloraba porque no lo veía y gritaba más.
Siempre el amor se convierte en dolor.
En el capítulo IX, "Supremo dolor del pecado", sobre su sensación de contrición y delirio de amor divino, expresó: "Mi interior todo era clavos, sangre, cruz, pretorio, calvario, espinas...
Las lágrimas eran la savia con que salpicaba mi alma; estas cosas y un amor parecido a locura, acompañaban mi oración" (Montoya, 1971(Montoya, / 2008, p.
En el capítulo X, "Estudiar a Dios es el cielo", relató su experiencia de erotismo, éxtasis y delirio místicos: "Unos gozos de los atributos de Dios, me sacaban de casillas, como suele decirse y me ponían loca... que llamo locura ¿será lo que llaman embriaguez espiritual?
Sobre todo, con la vida divina tuve un día una terrible que me hizo lanzar gritos locos.
Por fortuna, estaba sola en un huerto y nadie vio ni oyó aquel escándalo (Montoya, 1971(Montoya, /2008, p.
Esta escena la describe en otros lugares de su testimonio como el momento en que fue "tocada por el rayo de Dios".
En el capítulo XIX, "Cedí las gracias", reitera la experiencia de incomprensión de sus acciones y declara la que va a ser su consigna combativa frente a los señalamientos de intransigencia y delirio: "Pero, como la locura es la característica de mi alma, estampo estas cosas aquí, con temor de escandalizar a quienes no alcancen a conocer muy bien las apreturas del amor encerrado en un miserable e impotente cuerpo de barro" (Montoya, 1971(Montoya, / 2008, p.
En el capítulo XXIX, "Cómo se mitigaban mis dolores", recurre a la sensación extática anteriormente descrita para afirmar su convicción de una legítima locura validada en el discurso de la mística cristiana:
Perdóneme padre de mi alma este arranque del cual sin embargo no puedo arrepentirme, porque él no expresa aun lo que siento, aunque sí me parece que estoy loca...
En estos días le pregunté al señor Builes si las almas se enloquecían y me contestó que sí...
Pues desde entonces me enloquecí.
¿No es locura llamar a Dios como entonces lo llamaba?
¡Yo creo que gente más juiciosa se contiene y además no se acorrala tanto en esas agonías!
Evangelizar a los "indios infieles", una "santa locura"
En 1914, la misión que emprendió la fundadora de la comunidad de las "Lauritas" en Colombia, consistió en la travesía de un grupo de mujeres jóvenes desde Medellín a la región selvática de Dabeiba en el departamento de Antioquia, con el propósito de intervenir con la catequesis a la comunidad indígena Catíos, asentamiento donde se instalaron durante 11 años hasta 1925.
Para la época, esta fue una arriesgada aventura que les valió la acusación de encontrarse en una verdadera locura.
Así lo expresa en el capítulo XVIII, "Sólo la gloria de Dios":
A muchos les parecía loca.
Por eso me presenté una vez al padre Muñoz y le dije: -Padre, a los locos les siguen la idea o los llevan al manicomio.
Si a mí me llevaran a aquel lugar, me harían mucha caridad porque allí al menos podré decirle a Dios: estas murallas me impidieron y quedaré tranquila convencida de mi locura.
El padre se rió y me dijo: -Es que no está tan loca que merezca el manicomio; pero si sigue, seguramente, habrá que llevarla (Montoya, 1971(Montoya, / 2008, p.
En el capítulo XX, "Quise servir hasta para rueda de carro", narra todas las actividades para reunir fondos para el viaje, muchas de ellas controversiales, como la del establecimiento de la adoración nocturna para las mujeres, según ella, "una de las tantas locuras que el deseo de esa gracia, que veía tan lejos, me hizo inventar" (Montoya, 1971(Montoya, / 2008, p.
En el capítulo XXI, "Dios dirige las cosas cuando son suyas", cuenta que un sacerdote en el confesionario la increpó: "Le prohíbo seriamente continuar en la empresa de los indios y aún pensar en ellos.
Eso no es factible ni es para su sexo, ni tiene trazas sino de una gran locura" (Montoya, 1971(Montoya, / 2008, p.
En el capítulo XXXII, "Abnegación incomprendida", un médico de confianza de la familia de la madre Laura las abordó en el camino y le dijo: Mira, yo quiero ver a tus hijas y saber si están locas... -¡Es que yo sé quiénes son ellas y lo que en Medellín dejaron y sólo estando locas rematadas, pueden haber venido a buscar estos negros tan asquerosos, sometiéndose a estas cosas!
Eso de consumir una juventud en una quijotada es cosa muy seria y, además, al principio creí que era espíritu de novelería y que pronto regresarían; pero la cosa va larga y todos nos hemos quedado esperándolas.
Dime, ¿qué las detiene o qué esperan?
¡Creo que sólo por un arranque de locura insigne pueden consumirse en esta clase de trabajos! -No te equivocas, le dije, sí, están locas, pero de una locura desconocida para ti y para cuantos ignoran lo que es amor de Dios.
Ya de esta locura no se curarán; pero a ellas las hace felices.
Contra todos sus opositores y obstáculos, las Lauritas lograron su osada misión en tiempos de hegemonía conservadora y en los que el rol social de la mujer era considerado pasivo e inequitativo, razón por la que desobedecer los impedimentos interpuestos era un síntoma de rebeldía, conducta que para la época era patologizada en el género femenino en términos de manía, histeria y delirio.
De hecho, en 1906 se pronunció en su "Carta abierta al doctor Alfonso Castro autor de Hija espiritual", por tratarse de una novela en la que el médico recrea a su propia hermana como a una "maestra monstruosa e impura; una falsa beata execrable y disociadora que, por envidia de solterona y por manía conventual, sugestiona y trastorna... una loca lastimosa y risible que arrulla una astilla de leña como al hijo de sus entrañas" (Montoya, 1906, pp. 4-5).
Se trató de una larga defensa, según ella, por la "disección psicológica" que el autor hizo de las beatas, en tiempos en los que sufrieron del escarnio público, razón por la que Laura recibió la orden de la Arquidiócesis de Medellín para detener todo el alboroto por sus acciones no ortodoxas para la época (Rodríguez, 2018, pp. 20-28).
La lucidez y fuerza de los argumentos en su carta contradecían las habladurías de su sinrazón y transgresiones al orden.
Según las historias clínicas de los primeros asilos psiquiátricos de Colombia (1903Colombia ( -1960)), la exaltación de ideas religiosas confluye en un delirio polimorfo, relacionadas con: persecución y sentimiento de rechazo; megalomanía y sentimiento de ambición; hipocondría o depreciación del cuerpo; erotomanía o exaltación sexual; celotipia o depreciación erótica; condenación y autoinculpación.
De esta forma de delirio emergieron seis categorías: la moderación de la devoción y la blasfemia como signo de perturbación; el manicomio, un infierno dantesco; sentirse en el cielo, en el otro mundo; asedio del diablo y otros espíritus; asedio de brujas; ver, oír, personificar a la Virgen y otros santos; exaltación de ideas místico-religiosas en el delirio polimorfo.
Los síntomas más recurrentes fueron las alucinaciones visuales y auditivas, logorrea o locuacidad, insomnio, negativismo alimentario acompañado de miedo a ser envenenado, excitación psicomotora o hiperquinética, accesos de furia controlados con camisa de fuerza y otros medios de contención, intento de suicidio y tendencia a la fuga de la casa, por lo tanto se consideraba de peligrosidad para sí mismos y para los demás, conductas que concuerdan con los casos expuestos por Pinel en La Salpêtrière, a principios del siglo XIX.
Entre las psicopatologías más recurrentes en las que se manifestaron los delirios se encuentra el grupo de las manías, principalmente la intermitente, psicosis maniaco-depresiva y melancolía; seguido por la esquizofrenia paranoide, y también fue frecuente en la psicosis puerperal o posparto; asimismo, se presentó en la parálisis general progresiva (neurosífilis) y en el síndrome cerebral agudo o estado de confusión agudo, nosografía moderna dada al delirio.
Por otra parte, se encuentra el estudio de Sacks (2013) sobre las alucinaciones, en particular sobre las migrañas visuales, en las que se perciben auras, sonidos, voces, tactos, etc., y puede llegar a sentirse levitaciones que, en lo cotidiano se asumen como experiencias místicas o "llamadas de Dios"; como se vio en los expedientes analizados en Colombia, era frecuente el dolor de cabeza intenso, sensación de ensanchamiento y estiramiento de la misma durante los accesos delirantes.
Según Sacks (2013), se han expuesto pruebas sobre este fenómeno en algunos estudios, entre ellos el de Kevin Nelson The spiritual doorway in the brain: a neorologist's search for the God experience (La puerta espiritual en el cerebro: la búsqueda de un neurólogo por la experiencia de Dios, 2011).
También refiere la novela Lying awake (Acostada despierta, 2000), de Mark Salzman, cuya protagonista es una joven monja carmelita que sufre ataques extáticos en los que entra en comunión con Dios.
Resulta que los ataques están provocados por un tumor en su lóbulo temporal, y hay que extirparlo antes de que sea grande y la mate.
Pregunta el autor, pero ¿si se lo extirpan, le arrancarán también su portal al cielo, impidiendo que vuelva a estar en comunión con Dios?
Los "ataques extáticos" y sus alucinaciones están relacionados con algunos casos de epilepsia del lóbulo temporal, similar a lo referido por Sacks (2013), no en vano fue llamada "enfermedad sagrada" desde los griegos, quienes le atribuían su origen a una posesión o inspiración divina, hasta que Hipócrates se opuso a esta creencia, al definirla como una enfermedad natural que, por ignorancia y superstición, tuvo esas atribuciones por parte de brujos y charlatanes.
Asimismo, esta reacción convulsiva estuvo rodeada de interpretaciones demonológicas en la Edad Media, con las consabidas consecuencias de la Inquisición.
Así decía Hipócrates en su texto titulado Sobre la enfermedad sagrada:...si se ha de considerar divina por sus extraordinarios rasgos, serán muchas las enfermedades sagradas y no una sola [...]
Por un lado, las fiebres cotidianas, tercianas y cuartanas, cuyo carácter no se considera extraordinario, no me parecen en modo alguno menos sagradas y de origen menos divino que esta enfermedad; por otro lado, veo que los hombres están fuera de sí y deliran sin ninguna causa evidente y que realizan muchos actos intempestivos, y sé que muchos hombres gimen y gritan en sueños, que otros se ahogan y que otros saltan del lecho y huyen de su casa y están delirando hasta que despiertan, y que luego están sanos y cuerdos como antes, aunque pálidos y débiles; y esto ocurre no una sola vez, sino muchas" (1970, p.
Más allá de los muros de las instituciones psiquiátricas, es conocida la historia médica de santas epilépticas como Juana de Arco (o "la loca"), Rosa de Lima, vulgarmente llamada "Santa loca de Lima", por sus ataques y delirios, así como los controvertidos diagnósticos de histeria que pesaron sobre Teresa de Ávila, llamada por Janet "santa patrona de las histéricas, cuando experimentaba sentimientos intensos de "bienestar", "placer" (no sexual), "plenitud", "paz", "belleza", entre otras calificaciones, en las que se revela una capacidad de autoobservación y de descripción para narrar lo "indescriptible" y relatar con precisión estos "inefables" sentimientos y estados de conciencia (García-Albea, 2012, pp. 91-112), virtudes literarias de las que también gozó Laura Montoya en su obra escrita.
La misión de la santa colombiana constituyó una resistencia a la patologización del delirio místico-religioso, una actitud inconfesa antipsiquiátrica.
En su testimonio revela la experiencia de institucionalización del delirio como consigna y actitud exigida en su misión evangelizadora, causa por la que luchó en contra de las acusaciones de que estaba loca y, por el contrario, apropió una retórica del delirio con la que caracterizó sus acciones de "santa locura" por la obra de Dios.
No obstante, frente a esta patologización de la devoción se plantea una crítica a la "hiperreligiosidad" atribuida a la epilepsia extática, que tradicionalmente obedece a interpretaciones filosóficas, ultramorales, sentimientos de culpa, entre otros lugares comunes; de este modo, se plantea una oposición a que se acepte la religiosidad como una categoría clínica, puesto que un individuo hipo o hiperreligioso correría el riesgo de ser considerado un enfermo (García-Albea, 2012, pp. 91-112).
La religión en el contexto colombiano es una forma simbólica fundamental de la cultura, por lo tanto, son predecibles sus expresiones en el contenido delirante de los pacientes, de ahí que, no toda alusión teológica y demonológica sea suficiente para declarar el delirio místico-religioso propiamente dicho (Miranda, 2004, pp. 172-181).
Diversos estudios epidemiológicos evidencian que las creencias religiosas también contienen atributos asociados a la voluntad de recuperación de la salud mental, a saber, conciencia de Dios, aceptación de la gracia y el amor de Dios, el arrepentimiento y la responsabilidad social, fe y confianza, participación en la religión organizada, compañerismo, ética, tolerancia y apertura a las experiencias de los demás (Moreira-Almeida, Lotufo-Neto, Koenig, 2006, pp. 242-250).
La correlación entre religión/espiritualidad y salud pública (R / S-salud) ha cobrado interés en los últimos 20 años, en los que se publicó un centenar de revisiones sistemáticas y una treintena de metanálisis sobre R / S-salud.
En efecto, en el campo de la salud pública tienen relevancia las implicaciones que cruzan entre la medicina, la psicología y la enfermería, disciplinas donde los factores R / S tienen mayor interés en la cuestión cultural de la salud colectiva (Oman, 2018).
Frente a la pregunta ¿cómo podemos distinguir la creencia genuina en Dios de la creencia loca en Dios, o, más generalmente, la religiosidad sana de la locura religiosa?
Se asume que no hay una manera objetiva y ética de hacer la distinción y que una de las posturas más aceptables puede ser la neurótica, en tanto, la locura y la cordura, la religión y el ateísmo, pueden ser vistos como dos extremos entre los medios neuróticos (Berman, 2006, pp. 359-370).
Según lo comentado sobre la interpretación psicoanalítica, se atribuye una analogía entre el ritual obsesivo y el ritual religioso, en tanto ambos se producen por sentimientos de culpa y deseos reprimidos, cuyos mecanismos de defensa recurren a lo ritual. |
al mundo visigodo plena de racionalidad, como un conocimiento erudito y bien asentado.
Sin embargo, cuando se buscan las evidencias de la práctica médica esta resulta más difícil de atestiguar.
El médico se presenta como una figura excepcional y sus cuidados dirigidos a una minoría privilegiada.
Cuando Isidoro enfrenta la enfermedad en su obra monástica parece claro que la salud del monje es objeto de su preocupación, pero enseguida apreciamos que su propio concepto de la enfermedad y sus causas ha tomado otros derroteros.
La enfermedad ya no es solo una alteración del equilibrio del cuerpo, la enfermedad puede convertirse en una prueba de la desaprobación de Dios.
Dentro de las opciones curativas propuestas por Isidoro en sus Etimologías: la dieta, el uso de medicamentos y la cirugía, solo la primera parece aplicarse en el contexto monástico.
Esta opción, que es común al resto de la literatura ascética y de las reglas del entorno, deviene tanto en un vehículo de prevención de enfermedades, como en un objeto de disciplina moral y de control de la voluntad de los monjes.
ISIDORO Y LA MEDICINA CLÁSICA
El estado saludable del cuerpo es una imagen que nosotros identificamos fácilmente con la ausencia de la enfermedad.
Un cuerpo sano es aquel que no necesita de medicina alguna para hacer frente a sus actividades cotidianas, que no sufre un dolor crónico o incapacitante, que no está atrapado por la debilidad, permanente o circunstancial, que goza de fuerza acorde con su naturaleza y constitución.
La medicina es el medio por el cual un cuerpo que ha perdido ese equilibrio busca restablecerlo, mientras el médico es el experto que dispone de los conocimientos para procurarlo.
Esas son las ideas esenciales que Isidoro recoge en el inicio de su obra De Medicina, inserta como libro cuarto en sus Etimologías:
Medicina es la ciencia que protege o restaura la salud del cuerpo, y su campo de acción lo encuentra en las enfermedades y las heridas.
A ella le incumben no solo los remedios que procura el arte de quienes con toda propiedad se llaman médicos, sino, además, la comida, la bebida, el vestido y el abrigo; todo aquello, en fin, que sirve a la defensa y protección, gracias a lo cual nuestro cuerpo encuentra salvaguardia frente a los ataques y peligros externos (Etym.
Este libro, complementado con las páginas que le dedica a la anatomía del cuerpo humano y a sus edades (Etym.
11.1-2), o las que, en otro contexto, consagra a las hierbas medicinales (Etym.
17.7-9), constituye un compendio enciclopédico que apenas nos informa de la práctica médica contemporánea.
La mayoría de los autores considera que Isidoro, en las Etimologías, se enfrenta a la medicina como un gramático, un celoso guardián del lenguaje (Fontaine, 1988; Díaz y Díaz, 2009, pp. 163-214; Kaster, 1988; Ferraces Rodríguez, 2005b), que no está especialmente interesado por la medicina y que sus destinatarios no son los profesionales médicos o los estudiantes de medicina, sino una élite culta a la que, además de otras materias, también interesa la medicina (Sharpe, 1964, p.
Eso no impide que su texto nos dé cuenta de cuál pudiese ser el conocimiento médico en la península ibérica del siglo VII, esencialmente de las ideas comunes y generalmente aceptadas.
Isidoro es un buen conocedor de Hipócrates (Kibre, 1945, p.
372), está familiarizado con Dioscorides y Galeno, mientras que no parece conocer con detalle la obra médica de Celso.
Con todo, su información parece derivar más directamente de Caelius Aurelianus, Casius Felix y el pseudo-Soranus (Fontaine, 1959, pp. 666-667; Fischer, 2000), autores africanos del siglo V, especialmente del primero, quien habría transmitido la obra del médico griego Sorano de Éfeso y cuyo método expositivo -etiología, diagnóstico y terapia de cada enfermedad-( Van der Eijk, 2005, pp. 299-327), así como su lenguaje, parecen reflejarse en el texto de Isidoro (Sharpe, 1964, pp. 12-14; Ferraces Rodríguez, 2005a; Vázquez Buján, 2005).
Atendiendo a lo dicho, parecería claro que no hay originalidad alguna en Isidoro.
Para él «todas las enfermedades tienen su origen en los cuatro humores» (Etym.
4.3), principio hipocrático derivado de los cuatro elementos esenciales de Empédocles (Etym.
Isidoro conoce las tres escuelas médicas definidas en la Antigüedad, la metódica, que atribuye a Apolo, acompañada de medicamentos y conjuros; la empírica, o experimental, patrocinada, dice, por Esculapio y que no atendía tanto a los síntomas como a la experiencia, y, por último, la lógica, o racional, que atribuye a Hipócrates (Etym.
En su percepción, que era la que había alcanzado mayor aprecio entre los contemporáneos, considera que esta última es la correcta, pues «investigaba, poniendo en juego la razón, cuál era la causa de las enfermedades» (Etym.
4.4.2), sin dejar de considerar que la experiencia del médico era igualmente importante, en lo que asumía una práctica ecléctica.
Por otro lado, Isidoro recoge los tres métodos curativos que siguen estando en la base de la práctica médica: el dietético, el farmacéutico y el quirúrgico.
La dieta es la observación de un sistema de vida.
La farmacia es la curación mediante medicamentos.
La cirugía, la intervención por medio de un instrumental; pues cuando no se experimenta reacción ante el remedio de los fármacos, es preciso operar con el bisturí (Etym.
A la hora de esa práctica, Isidoro recurre de nuevo a Galeno.
La dieta, la comida y la bebida, formaban parte de las sex res non naturales enunciadas por el médico clásico como elementos esenciales de la salud del cuerpo (Rather, 1968; García-Ballester, 2013).
Evidente es, igualmente, la referencia galénica al plantear que «toda curación comporta el empleo de elementos contrarios o semejantes» (Etym.
Aunque es poco probable que Isidoro haya llegado a Galeno de manera directa, sino recurriendo a las mencionadas simplificaciones de su obra que se habían extendido por todo el Occidente y que habían incorporado los escritores eclesiásticos cuando la Iglesia asumió que cuidar de los enfermos era uno de los mandatos de Cristo a los creyentes.
Aunque estos autores siempre mantendrán un equilibrio entre la eficacia de la medicina y la creencia en la omnipotencia de Dios, ya que, en última instancia, todo beneficio para el hombre procede de su voluntad.
De acuerdo a estos principios, Isidoro insiste en que los remedios medicinales no deben rechazarse, y recurre a referencias escriturarias para hacer convincente su argumento (Etym.
Se trataba de racionalizar la enfermedad; si esta se reducía a un castigo divino la práctica médica dejaba de tener sentido.
En cualquier caso, Isidoro parece rendirse ante la irreductibilidad de la peste, considerando que ha sido permitida por Dios, aunque sin negar su fundamento físico en el aire corrompido (Etym.
En apariencia, esta es la única etiología contemplada, lo que implica la idea de 'contaminación' y por tanto un alto sentido de racionalidad (Rosenberg, 1992, pp. 293-302).
De igual modo, ya en el siglo III, Cipriano de Cartago (De mortalitate) había interpretado la peste como una prueba divina, puesto que ante el temor de la muerte se hacía evidente la rectitud de cada hombre (Piazza, 2007).
Es probable que brotes recientes de peste en la península ibérica hubiesen proporcionado a Isidoro una percepción especial y próxima de dicha enfermedad (Kulikowski, 2007).
Como en el caso de los episodios de la plaga en el Imperio oriental a partir de los años 541-544, la explicación metafísica se impondría sobre una lectura racional de causalidad biológica (Noy, 2006, pp. 34-36; Stathakopoulos, 2006), más allá de la descripción de sus síntomas que transmiten Procopio y otros escritores contemporáneos (Stathakopoulos, 2004, pp. 134-143).
Con todo, aunque, especialmente en los relatos hagiográficos, el mal corporal puede llegar como una prueba o como un castigo de Dios, respuesta de la voluntad divina ante los pecados de los hombres (Laín Entralgo, 1961, pp. 78-84), el cristianismo antiguo asumió, hasta donde fue capaz, los criterios médicos clásicos y buscó una explicación física a la mayoría de las enfermedades (Temkin, 1991, pp. 126-147; Ferngren, 2009, pp. 13-41; Mayer, 2015).
Ahora bien, el estudio intrínseco de las nociones médicas contenidas en las Etimologías (García Pérez, 2001; López Piñero y Ferrandiz Araujo, 2008), la incesante búsqueda de sus fuentes informantes (Ferraces Rodríguez, 1994; Fischer, 2005; Maire, 2005), el apasionante rastreo desde el punto de vista léxico (Montero Cartelle, 2003; Ferraces Rodríguez, 2005a), la apabullante tarea cuando se trata de desentrañar la historia de su tradición manuscrita (Codoñer Merino, 2005a;2005b), o el alcance de la influencia posterior del texto (Fidora, 2000; Martínez Gázquez, 2005; Cardelle de Hartmann, 2014) apenas nos ayudan a conocer cuál era el nivel de la práctica médica en el momento en que Isidoro estaba redactando el texto en torno al año 620.
No conocemos con detalle el sistema de aprendizaje, aparentemente basado de manera exclusiva en la relación maestro/discípulo, y sustentado esencialmente en la experiencia, con el apoyo de recetarios anónimos.
Esta enseñanza aparece regulada en la legislación visigoda, donde se establece que por la instrucción de su aprendiz (discipulus/famulum) el maestro recibía la cantidad de doce solidi (LV 11.1.7; Menéndez Bueyes, 2013, pp. 26-32).
En términos absolutos no parece una cantidad muy elevada si, por ejemplo, la comparamos con las compensaciones económicas en caso de lesiones entre libres: doce solidi era la indemnización por la pérdida de un diente en una reyerta o como consecuencia de una agresión (LV 6.4.3).
Sin embargo, la misma legislación considera que un solidus es cantidad suficiente para mantener durante todo un año a un niño (LV 4.4.3).
En la segunda mitad del siglo VI, Vicente, obispo de Huesca, establece en su testamento la entrega de un puer de nombre Dalmaciano, probablemente un educando de la propia iglesia catedral, al médico (aciatro) Severo para que aprendiese con él el oficio (Fortacín, 1983, pp. 59-64; Díaz, 1998).
Dada la imprecisión del texto, no podemos concluir cuál era la condición social del joven, ni si este volvería como médico a la iglesia oscense tras completar su aprendizaje, lo que es probable ya que los obispos tenían muy limitado el derecho a liberar a los dependientes de la diócesis (Roca, 2015); lo único que establecía el testador era el pago de la formación como médico de un muchacho dependiente de la diócesis, en lo que constituiría la forma habitual del aprendizaje médico, basado en la relación maestro/discípulo, como hemos anotado, hasta muy avanzada la Edad Media (García Ballester, 1994).
La posibilidad de que el puer Dalmaciano fuese un dependiente de la diócesis no debe llevarnos a equí-voco sobre el lugar que la profesión médica pudiese ocupar en la sociedad visigoda.
No parece que la profesión médica esté en manos de siervos, o de judíos (Granjel, 1981, p.
La legislación visigoda establece que el servicio del médico se hace bajo contrato (ad placitum); tras haber visto la herida, o emitido un diagnóstico sobre los síntomas, y después de formulada una caución (cautione emissa), el médico procedía a prestar sus cuidados, donde las condiciones del tratamiento, establecidas incluso en un documento escrito, equivalen a un contrato (LV 11.1.3).
Esta prestación libre de servicios a cambio de dinero es algo absolutamente excepcional en el panorama legal y social del mundo post-romano, cuando casi todas las relaciones eran producto de un sistema de dependencias (Petit, 1982, p.
El contrato implicaría la fijación de la cuantía de la prestación (merces) y la obligación del pago.
Como en muchos otros negocios, es posible que existiese una fórmula predeterminada para este tipo de contrato, pero en la colección formular visigoda no se ha conservado, lo que puede ser un hecho casual y no necesariamente consecuencia de su limitado uso.
Isidoro pide a los médicos que tengan en cuenta la condición económica de los enfermos a la hora de fijar sus honorarios y que no se lucren a costa de los pobres: Pauperes attende medice censum atque potentis / Dispar condicio dispari habenda modo est / Si fuerit diues sit iusta occasio lucri / Si pauper merces sufficit mea tibi (Versvs 18; Temkin, 1979).
Ahora bien, el pago se efectuaba siempre y cuando el enfermo recuperase la salud, como establece la siguiente ley del código que, además, advierte que en caso de muerte del paciente no se podrá reclamar pago alguno, ni ninguna de las dos partes promoverá acción judicial, por cuanto las condiciones del contrato, que incluye la restitución de la salud, no se habrían cumplido.
Es posible que no siempre hubiese un acuerdo satisfactorio; Isidoro advierte al paciente que pague sus honorarios para garantizarse atención si vuelve a caer en la enfermedad: Quos debes medico redde aeger ne mala rursus / Occurrant, currit denuo nemo tibi (Versvs 17).
La cuantía del pago parece estar, por tanto, sujeta a un libre acuerdo, sin embargo, el legislador hace una excepción al marcar el precio estipulado para una operación de cataratas (hipocesim), que fija en cinco solidi (LV 11.1.5).
Queremos entender que el legislador pretende limitar los abusos.
De nuevo podemos intentar buscar valoraciones relativas, tres solidi era la paga de un año completo si un transmarinus negotiator contrataba un siervo, que además regresaba a su dueño transcurrido ese periodo (LV 11.3.4).
Debemos concluir de esta disposición que la práctica quirúrgica era excepcional, reservada, en todo caso, a una minoría privilegiada.
En las fuentes visigodas las referencias a su uso son muy escasas.
En el relato hagiográfico de las Vitas Sanctorum Patrum Emeretensium se alude a una intervención ginecológica (la extracción, mediante una punción con el bisturí, de un feto muerto), realizada por un griego, Paulo, en ese momento obispo de la ciudad pero que había ejercido la medicina con anterioridad (VSPE 4.2.1-7).
La fuente no desvela si llegó a Mérida con la intención original de ejercer como médico, lo que daría idea de una circulación de profesionales en un ámbito geográficamente amplio.
La descripción no es lo bastante detallada como para precisar si se trató de una cesárea como se ha interpretado tradicionalmente (Peset y Vidal, 1962, p.
18), o de una fetotomía por vía vaginal (Curado, 2004, pp. 153-155), pero abunda en la rareza del episodio, que es equiparado prácticamente a un milagro.
A pesar de que la familia de la mujer intervenida era excepcionalmente rica, no había encontrado nadie que pudiese atenderla, ninguno de los médicos proporcionados por la misma iglesia emeritense parecía capacitado y el protagonista de la actuación es un extranjero, un griego.
La absoluta reticencia que manifiesta a llevar a cabo la operación ha sido puesta ocasionalmente en relación con una hipotética prohibición de que los clérigos practicasen la medicina (Fernández Alonso, 1955, pp. 178-180).
Estrictamente no consta que existiese una norma específica que impidiese la práctica médica a los clérigos, aunque estos podían verse afectados por las normas de pureza que les impedían manchar sus manos con sangre humana pues, como dice el propio Paulo, con ellas no podría oficiar ante el altar.
La legislación conciliar alude a la castración y a la circuncisión de los judíos, que exigirían prácticas quirúrgicas, pero en contextos morales y sin valor médico (Zaragoza Rubira, 1968, p.
Isidoro en las Etimologías reduce su información sobre la cirugía poco más que a describir algunos de los instrumentos de su práctica: enchiridion, phlebotomum, angistrum, spatomele (Etym.
4.11.1-2); parquedad que contrasta con los hallazgos arqueológicos, incluso los procedentes de la Hispania romana, o con las descripciones de las fuentes clásicas (Borobia Melendo, 1988; Jackson, 1990; Bejarano Osorio, 2015).
En un símil empleado en la Regula communis, al que volveremos después, se anota que el médico no recurre a la cirugía si puede evitarlo (RCom.
Aspecto igualmente derivado de Galeno, que consideraba que el buen médico solo recurría al bisturí cuando la dieta y los fármacos habían fracasado (Grant, 2000, pp. 6-7; Nutton, 2004, p.
Este hipotético prestigio, y la condición privilegiada del médico, no impiden que la práctica esté sometida a numerosas cautelas.
La legislación visigoda prohíbe que un médico sangre a una mujer libre si sus parientes no están cerca, solo en caso de extrema necesidad puede hacerlo, pero tienen que estar presentes vecinos o siervos de calidad (LV 11.1.1).
El texto establece que caso de saltarse esta norma, el médico deberá pagar diez solidi a los parientes o al marido, para evitar que diese lugar a algún engaño (ludibrium).
El texto no especifica cuál pudiese ser el engaño, aunque parece implícita una preocupación moral.
En el caso de la ley siguiente la cautela es mucho más precisa.
El médico no podrá atender a prisioneros enfermos si los carceleros no están presentes, para evitar que por medio de aliquid mortiferum ayuden al reo a quitarse la vida, lo que supondría un perjuicio para rationibus publicis (LV 11.1.2).
El problema es que los prisioneros mencionados son claramente precisados: comites, tribuni aut vilici, lo que sitúa la ley en un contexto de represión política o legal que excede nuestro interés aquí (Petit, 1982, pp. 14-17); dada la posición social de los interesados debemos suponer que estos médicos eran contratados por ellos mismos, nada hace suponer que actuasen por iniciativa pública. de los códices de la regla (Mundó Marcet, 1957, p.
Isidoro declara su intención de construir un texto de disciplina asequible y de fácil comprensión; en la práctica construye la imagen de un edificio idealizado, mezcla de soluciones prácticas y erudición clásica, con unos elementos de cotidianeidad que parecen corresponderse con la realidad física más inmediata (Díaz, 2007).
El monasterio de Isidoro contempla un lugar para el tratamiento de los enfermos (locus autem aegrotantium), una enfermería que estará apartada de la iglesia y de las celdas de los monjes, con objeto de que no les perturbe ninguna clase de ruido ni voces (RIsid.
El cuidado de los enfermos ha de ponerse en manos de un monje sano y de vida observante que pueda dedicar toda su solicitud a los mismos y cumpla con la mayor diligencia todo lo que exija la enfermedad [...]
A los enfermos ha de servírseles alimentos más delicados hasta que recobren la salud.
Pero después que la recobren han de volver a los alimentos de antes.
Por el hecho de que a los enfermos se les trate con mayor delicadez, no deben por ello escandalizarse en manera alguna los sanos [...]
No es admisible que alguien oculte una enfermedad real o pretexte una supuesta, [...] mas, los que no pueden (trabajar) deben declarar su dolencia [...]
Bajo apariencia de enfermedad no ha de usar el monje de baños por el afán de lavar el cuerpo, sino tan solo por necesidad de enfermedad y de polución nocturna (RIsid.
Isidoro parece reducir el cuidado de los enfermos a su aislamiento en un lugar tranquilo y apacible, atento a la importancia que los tratadistas clásicos dieron a la interactuación entre el espacio y la práctica de la medicina (Rosen, 2012), acompañado de un trato solícito, una dieta especial (delicatoria praebenda sunt alimenta) y una atención específica a la higiene del baño (Borgongino, 2011).
Unos cuarenta años antes, en torno al 580, Leandro, hermano de Isidoro y su predecesor en la sede de Sevilla, había escrito una serie de consejos para su hermana Florentina, que había profesado en un monasterio (Velázquez, 1979, p.
Aunque el texto se ha transmitido bajo el nombre de Regula, se trata de una exhortación para ensalzar los beneficios y privilegios de la virginidad, para lo cual escribe una serie de amonestaciones y consideraciones.
Entre ellas, deja claro que el baño no ha de tomarse «por gusto o por dar hermosura a tu cuerpo, sino tan solo como remedio para la salud.
Es decir que usarás el baño cuando la enfermedad lo exija, no cuando el placer lo apetezca» (RLeand.
Excepcionalmente, los enfermos y los ancianos pueden utilizar, previa concesión del abad, una celda individual (RIsid.
La regla anota que «los que por debilidad corporal (infirmitatem corporis) no pueden trabajar, han de ser tratados con mucha suavidad e indulgencia» (RIsid.
5), probablemente alude en este caso a los de constitución muy débil, o aquejados de una dolencia crónica.
Sin embargo, no hay en el desarrollo de las disposiciones ni una sola alusión a la práctica de algún tipo de cura específica, por medio de medicamentos o cirugía.
De hecho, el monje enfermero es simplemente un miembro observante de la comunidad, de él se espera que no coma de los alimentos dedicados al enfermo (RIsid.
2), pero no se alude a que tenga una formación particular.
Fructuoso de Braga, que escribe una regla monástica en el entorno de la Gallaecia unas cuatro décadas después, recoge unas consideraciones similares:
Han de escogerse tales enfermeros, que puedan preparar con esmero los alimentos y atenderles con generosa entrega.
Con lo que sobra de los enfermos no cometan ningún fraude, ni se manchen ilícitamente comiendo de ello a ocultas (RFruct.
Da la sensación que Isidoro ha reducido la práctica médica en el monasterio al primero de los sistemas de curación, la dieta, que, como había anotado en las Etimologías, era un sistema de vida.
Su contenido cotidiano viene especificado en uno de los capítulos:
Durante toda la semana tomarán alimentos pobres de verduras y legumbres secas.
Sin embargo, los alimentos serán de muy poca carne con legumbres en los días de fiesta [...]
No se ha de prohibir que cualquiera que quisiere pueda abstenerse en la mesa de carnes o vino [...]
La refección de la mesa constará de tres platos, a saber, de verduras y legumbres; y, de haber, un tercero, de frutas.
Asimismo, la sed de los monjes se apagará con tres medidas de vino.
Para observar la cuaresma, como suele hacerse, después de cumplido el ayuno, se contentarán todos con solo pan y agua; también se abstendrán de vino y aceite (RIsid.
Sobre las características de la dieta de los enfermos, la única referencia es que es específica, diferenciada de la de los monjes y la de los huéspedes, correspondiendo al despensero hacer la distribución de lo necesario para cada régimen (RIsid.
Los enfermos tienen la posibilidad de comer antes de la hora de la refección (RIsid.
9), estando exentos de las obligaciones del ayuno (RIsid.
Exención que se extendía igualmente a los ancianos y a los niños o, en general, a los que están todavía desarrollando su cuerpo (RIsid.
La edad, la debilidad y la enfermedad eran causas también para que los jueces eximieran del ayuno a los reos condenados a una dieta de pan y agua (LV 2.1.19).
Es posible que la dieta para los enfermos in-cluyese un recurso más frecuente a la carne.
En el mencionado texto de Leandro de Sevilla queda claro el carácter terapéutico que se asigna a su consumo: ¿Qué otra cosa podrá hacer un cuerpo alimentado de carne, sino estallar en la concupiscencia y caer en el desenfreno con la lamentable barbarie de la lujuria? [...]
Alimentarse de carnes es incentivo de vicios [...]
Resérvese el uso de carnes para quienes precisan fuerza corporal [...]
Sin embargo, si la enfermedad la obliga a ello, podrá tomarla como medicina (RLeand.
Mismo valor sanador que Leandro da al consumo del vino:
En el uso del vino has de atenerte a la norma del Apóstol cuando dice a Timoteo: Toma un poco de vino por tu mal de estómago y tus frecuentes enfermedades.
Cuando dice un poco quiere dar a entender que debe tomarse como medicina, no hasta llegar a la embriaguez [...]
Por tanto, la virgen que posee una salud robusta hará bien en abstenerse totalmente del vino; la enferma o delicada, que lo tome como medicina, nunca hasta la ebriedad (RLeand.
La referencia escrituraria procede de San Pablo (ITim 5.23) y es una de las utilizadas posteriormente por Isidoro en las Etimologías (4.9.1) para justificar que no deben rechazarse los remedios medicinales.
Al margen las implicaciones del paralelismo de referencias, parece claro que ambos participan de un mismo criterio y que el uso del vino en la dieta de Isidoro tiene también unas motivaciones terapéuticas profundamente arraigadas en la medicina clásica (Jouanna, 2012).
Pueden verse, como contraste, los argumentos que el mismo Isidoro da contra el consumo de las bebidas alcohólicas, pues «la embriaguez engendra trastornos mentales, delirio del corazón y el ardor de la lujuria» (Sentent.
Las indicaciones de Isidoro y de Leandro, más allá de la idiosincrasia particular de cada una de las reglas, son similares a las de los demás legisladores monásticos que conocemos para el periodo.
Con mayor o menor profusión en los detalles, la mayoría de las reglas occidentales reflejaron en sus textos la necesidad de atender a los monjes enfermos o débiles y generaron normas de comportamiento o regímenes de alimentación acordes con sus necesidades (Crislip, 2005, pp. 68-99).
En el siglo anterior, Benito de Nursia, el más afamado de los legisladores occidentales, había establecido que «ante todo y por encima de todo lo demás, ha de cuidarse de los enfermos» (RBened.
Retornando al caso hispano, las reglas elaboradas en la segunda mitad del siglo VII en el no-roeste peninsular, sea la de Fructuoso o la Regula Communis, no se apartan mucho de lo que hasta aquí hemos visto; a pesar de que proceden de un ambiente aparentemente más aislado y más alejado de las tradiciones clásicas.
La Regula communis establece para el cuidado de los monjes unas disposiciones que apenas se diferencian de las vistas en Isidoro: Los enfermos, de cualquier enfermedad que adolezcan, han de residir en una sola casa y han de estar encomendados a un solo individuo apto para ello; y deben ser atendidos con tales servicios, que no echen de menos el afecto de los parientes ni las comodidades de la ciudad, sino que el despensero y el prepósito proveerán lo que fuere necesario.
Por su parte los enfermos deben estar advertidos con todo cuidado de que no salga de su boca ni la más pequeña ni ligera palabra de murmurador [...]; el monje que les sirve en modo alguno llegue a molestarles.
Por lo que si [...] saliere de su boca el escándalo de la murmuración [...] deba acusarlos el encargado de este ministerio (RCom.
Dado el peculiar carácter de los monasterios regidos por esta regla, donde profesan familias enteras y hay una residencia de hombres y otra de mujeres, la misma prevé que haya una enfermería masculina y otra femenina.
Aunque no está expresamente anotado, se desprende que sea así cuando manda «que todos los monjes enfermos yazgan en monasterio de varones [...] que ni la madre, ni hermana, ni esposa, ni hija, ni pariente, ni extraña, ni criada, ni cualquiera otra clase de mujer sirvan a los varones durante su enfermedad» (RCom.17), señalando a continuación la reciprocidad de su mandato en todo lo referido a la relación de varones y mujeres durante el periodo de enfermedad.
En el caso de Fructuoso no se hace alusión a un lugar específico de enfermería, pero la afirmación de que «los enfermos deben ser tratados con toda compasión y lástima, y sus dolencias aliviadas con los servicios convenientes» (RFruct.9), probablemente lleva implícita la existencia de una dependencia específica.
De hecho, el monasterio fructuosiano sí prevé una zona concreta para los ancianos, equiparados en su caso a los enfermos:
Se les coloca aparte en una celda más espaciosa, con servidores escogidos por el abad, se les da de comer a la hora sexta y el que no quiera comer no se le obliga.
Se seleccionan servidores entre aquellos que por naturaleza no sean débiles, para que atiendan a los demás ancianos, como también a los enfermos (aegrotis), y a los enfermizos (languentibus) a los que cuidarán con piadosos y benévolos servicios (RFruct.23).
Esta referencia a los ancianos tiene un interés específico.
Por un lado, ha introducido una gradación de salud entre enfermo y enfermizo, que marca la diferencia entre un estado circunstancial y una naturaleza permanentemente débil.
El capítulo insinúa, por otra parte, el papel que los monasterios desempeñan como lugar privilegiado de atención a un sector poblacional especialmente desprotegido.
Podemos imaginar que el texto de Fructuoso está aludiendo exclusivamente a los monjes que llegan a la ancianidad, sin embargo, es posible que fuesen, en sí mismos, centros de acogida de aquellos miembros de las comunidades del entorno que, llegados a una edad avanzada, resultasen un lastre para sus familias.
En el caso de la Regula communis no parece haber ninguna duda al respecto: «Suelen venir al monasterio muchos novicios ancianos, y reconocemos que muchos de ellos prometen el pacto más por su forzosa debilidad que por miras religiosas» (RCom.
El largo capítulo establece las condiciones en las cuales deben de ser admitidos, se trata de una colección de normas adecuadas a su edad, esencialmente la voluntad de renunciar al mundo pasado y de corregir los hábitos de conducta que una vida mundana ha marcado.
Colaborando, según las fuerzas que cada uno conserve, en trabajos ligeros, excluyéndoles «del servicio de la panadería y de la cocina; y libres del trabajo duro del campo».
En todo caso, solo en circunstancias extremas serán expulsados de la comunidad; el capítulo contempla catorce amonestaciones previas antes de ser sometidos al juicio de la asamblea, solo si llegados a este punto no muestran voluntad de corregirse deberán abandonar el monasterio.
De nuevo, en estas reglas tardías, el tratamiento de los enfermos parece reducirse a la dieta.
Isidoro considera que la carne debe tomarse solo cuando se sale para un largo viaje o para los monjes enfermos, en este caso se recomienda la carne de ave (RFruct.
En el resto de las ocasiones los monjes se alimentarán «solo de verduras y legumbres, y raras veces de peces de río o de mar», a lo que se añade el vino, un sextario (poco más de medio litro) a repartir entre cuatro monjes, aunque no puro.
En los días festivos se permite alguna excepción.
Y de igual modo en la Regula communis, donde carne, sidra o vino parecen reservarse a los enfermos, los ancianos o aquellos que evidencian una manifiesta debilidad, y siempre con el beneplácito de los superiores del monasterio (RCom.
En otro momento, la regla advierte que los pastores no deben descuidar las ovejas, porque «de ellas se sustentan los enfermos, de ellas se nutren los niños, de ellas se sostienen los ancianos, [...] de ellas se atienden a los huéspedes y viajeros» (RCom.
En ninguno de los casos se alude directamente a otros tratamientos.
La figura del medicus es ajena a los procedimientos curativos de los monasterios.
En dos ocasiones en que la profesión es mencionada, esta aparece en el contexto de dos símiles médicos empleados por la Regula communis.
Referencias que no dejan de ser curiosas, en un caso se alude a que el médico corta la carne en mayor o menor profundidad según el estado de putrefacción de la herida: Quia et medicus tantum profundius uulnera abscisit quantum pútridas carnes uidet (RCom.
8); en el otro recurre igualmente a un ejemplo médico-quirúrgico: «porque también el médico (medicus) suspende la incisión (incisione) del enfermo (aegrotum) cuando advierte que puede ser curado con medicinas (medicamina)» (RCom.
Sin embargo, en ninguna de las reglas aparece la figura de un médico, todo lo más un ministro infirmorum (RCom.
Las habilidades quirúrgicas parecen excepcionales y quedarían reducidas a aquellos profesionales elitistas mencionados en la Lex Visigothorum, ocasionalmente recordados en la epigrafía (Vives, 1942, p.
91, no 288), quizás a los servicios incluidos entre las urbium delicias mencionadas en otro momento (RCom.7); donde podían contarse los médicos de la misma iglesia (VSPE 4.2.21), o los ocasionales centros de atención, como el xenodochium que Masona habría fundado en la ciudad de Mérida (VSPE 5.3.13-26; Stasolla, 1998; Risse, 1999, p.
Ahora bien, la falta de testimonios no excluye que, al menos en el caso de los monasterios urbanos o periurbanos, los servicios de un médico profesional pudiesen ser solicitados en caso necesario.
Pero, como norma general, incluso los medicamina parecen fuera de las posibilidades de la enfermería monástica.
Más allá de las excepciones dietéticas, de los alimentos delicados, de la ingesta de carne y de vino o sidra, de la liberalidad en los horarios de comida, del descargo de actividades pesadas o de cualquier tipo de trabajo, del mejor acomodo a la hora del sueño en beneficio de incrementar las posibilidades de descanso, la única vez que se alude a la ingestión de algún principio activo curativo, se trata de los remedios que los parientes femeninos de un monje pueden llevar a este bajo supervisión de la abadesa, responsable de las pro-fesas en el contexto de los 'monasterios familiares' que la regla ampara.
El nombre adjudicado a la 'medicina' proporcionada es sorbitiuncula (RCom.
17), probablemente en el sentido de un brebaje, una pócima o bebedizo, no muy alejada en su composición de remedios populares anteriores a la introducción del medicamento (Riddle, 1990), como lo habría entendido el mismo Isidoro: Antiquior autem Medicina herbis tantum et sucis erat (Etym.
Quien, por otro lado, en uno de sus poemas, asume que los pobres no pueden recurrir a las caras hierbas, bálsamos y especias de Oriente y deben conformarse con pratorum germinis herbas, útiles para muchas curas (Versvs 19).
Otra evidencia de que existía una medicina para ricos y otra para pobres.
En el caso de cansancio extremo, los viajeros que llegan a la hospedería del monasterio reciben friegas de aceite (RFruct.9), la forma más elemental de aplicar un bálsamo relajante (Etym.
Es probable que, en las grandes ciudades occidentales de peregrinación, en torno a centros cultuales de importancia excepcional, algunos monasterios supliesen a los xenodochia, o conviviesen con ellos (Sternberg, 1991, pp. 277-279; Dey, 2004).
Ahora bien, el nivel médico que los monasterios visigodos parecen evidenciar no se asocia con un centro curativo, sus cuidados parecen esencialmente paliativos, asociados a una 'reparación' del cuerpo débil, o fatigado, y quizás algunas curas esenciales por medio de emplastes o hierbas.
No hay descripción de patologías específicas, cuyo conocimiento debemos esencialmente a las evidencias osteológicas (Menéndez Bueyes, 2013, pp. 32-50 y 67-115), salvo quizás las alteraciones de conducta y los súbitos cambios de humor asociados con la senectud: continuo in iracundian prosiliunt, et per diuturnum tempus tristitiae morbo stimulantur [...]
Lo que es seguro es que los monasterios se convirtieron en posadas para viajeros y peregrinos, sólo en este contexto de ejercicio de la caridad cristiana puede entenderse que los monasterios visigodos actuasen como hospitales, como lugares de atención a enfermos ajenos a la comunidad (Linage Conde, 1970, p.
Isidoro, cuando describe las tareas que corresponden a cada cual, especifica que los monjes elaborarán su propio pan, pero que a los legos les corresponde hacerlo para huéspedes y enfermos (RIsid.
Debemos entender en la contraposición que se trata de enfermos no monjes.
La hospedería es un lugar importante del monasterio, a ella se dedica mucha atención en las reglas, en ella se emplean, en lo que es considerado un trabajo especialmente duro, los que pretenden ingresar en el monasterio, durante tres meses en el caso de los monasterios isidorianos (RIsid.
4), un año completo en aquellos para los cuales fue escrita la regla de Fructuoso (RFruct.
Incluso, esa atención parece claramente especificada por este último, cuando en el capítulo de hospitibus suscipiendis precisa que «los enfermos deben ser tratados con compasión y lástima, y sus dolencias aliviadas con los servicios convenientes» (RFruct.
Ahora bien, no se trataría de una institucionalización de la atención médica, forma parte del ejercicio de las máximas evangélicas, aquí aplicadas a los peregrinos y a los pobres transeúntes.
Un texto anónimo de época visigoda, el De monachis perfectis, anota que una de las tareas de los monjes urbanos es visitar a los enfermos y a los encarcelados: infirmos et in carceribus positos visitant (Díaz y Díaz, 1958, p.
83), pero no parece que sea más que la aplicación de una obra de misericordia (Linage Conde, 1970, p.
La posibilidad de que el monasterio de Agali, en los suburbios de Toledo, hubiese tenido una vinculación médica, incluso un centro especializado de formación (Riche, 1962, p.
344), no parece tener otro apoyo que el de su advocación a los santos Cosme y Damián, que las tradiciones cristianas asociaban a los grandes médicos de la antigüedad: Cosmas Damianus Hippocrates Gal enus (Versvs 16).
En todo caso, y más allá de esta perspectiva marcada por la ausencia de testimonios, es posible que algunos monasterios guardasen recetarios.
Sabemos que el recurso a drogas, o fármacos, remedios basados esencialmente en compuestos de hierbas, ocasionalmente elementos biológicos animales, es un procedimiento universal que recibió un gran impulso en época helenística.
El mismo Galeno, que nos informa de esta tradición (Totelin, 2009), parece haber sido un entusiasta defensor de esta farmacología que se basaba, en el mejor de los casos, en el ensayo/ error, cuando no directamente en referentes de una magia simpática (Keyser, 1997).
Isidoro recoge esta amalgama de principios científicos y mágicos al tratar De remediis et medicaminibus (Etym.
4.9), donde des-cribe las cualidades curativas de algunas hierbas (dinamidia), a las que se añaden otras referencias en el libro dedicado a la agricultura (Etym.
7-9), pero en ningún caso podemos hablar de remedios explicitados con composición y proporciones, o modo de aplicación.
Por lo tanto, si estos recetarios pasaron a una forma escrita, su sistematización no resulta evidente para esta época, como, sin embargo, sabemos que proliferaron en la península ibérica a finales de la edad media (Cifuentes i Comamala, 2016).
El único testimonio positivo lo proporciona Alejandro de Tralles, un médico bizantino enciclopedista del siglo VI que viajó por el Mediterráneo recopilando remedios médicos, llegado a Hispania recogió una sofisticada receta contra la epilepsia (Scarborough, 1984; Vallejo Girvés, 2002); por desgracia, no sabemos de dónde la tomó.
Finalmente, tan tarde como en el siglo X, el visir de Abd-al Rahman III subió a uno de los monasterios de la montaña de Córdoba, sucesores mozárabes de la tradición visigoda, para buscar un remedio con el que atajar una otitis del Califa.
Le recomendaron aplicarle en el oído sangre caliente de un palomo recién sacrificado y el remedio parece haber resultado eficaz (Vernet, 1968).
Esta noticia podría considerarse una evidencia, tardía, de que los monasterios visigodos habían transmitido, junto a otros conocimientos, algunos de esos hipotéticos recetarios.
ENTRE EL CUIDADO DEL CUERPO Y LA SALVACIÓN DEL ALMA
Para entender mejor el alcance de las soluciones médicas, y de la misma definición de enfermedad, que aparecen implícitas en los textos monásticos visigodos, probablemente todo lo analizado hasta aquí resulte insuficiente.
Si contrastamos el conocimiento médico a disposición de los contemporáneos, sea simplemente a partir de las Etimologías de Isidoro, o de los parcos textos legislativos, con las soluciones aportadas por las reglas analizadas, da la sensación de que hay una traslación muy pobre.
En sus escritos enciclopédicos Isidoro parece tener claro que la enfermedad tiene un origen físico, que la medicina es una actividad legítima, que dentro de ella él ha asumido que la dieta es la primera forma de curación y que conscientemente, al aplicar sus conocimientos al desarrollo práctico de la regla monástica, ha renunciado a las otras dos.
No obstante, vimos que Isidoro definía la medicina dietética como una forma de vida, y esto puede in-terpretarse como algo más que una terapia.
De hecho, cuando nuestro autor abandona su faceta de enciclopedista y adopta una perspectiva teológica, no tiene inconveniente en clasificar las enfermedades del hombre desde otra escala de valores:
Por tres motivos sobrevienen las enfermedades corporales; esto es, por el pecado, por la tentación y por la pasión de la intemperancia; pero solo a esta última puede aplicársele un remedio humano; en cuanto a las otras, solo la piedad de la divina misericordia (Sentent.
La intemperantia es la falta de templanza, el abuso de los sentidos, la incapacidad de someter las pasiones.
La vinculación entre el vicio, siempre asociado al pecado, y la enfermedad va a ser un lugar común en el pensamiento cristiano medieval, aunque no es un elemento novedoso (Ferngren y Amundsen, 1985).
Si nosotros analizamos con detalle la percepción teológica de la enfermedad presentada por Isidoro, enseguida descubrimos que las ideas racionales de las Etimologías han pasado a un segundo plano.
Cuando Dios ve que algunos no quieren corregirse por propio impulso, les excita con el aguijón de la adversidad.
Asimismo, previendo que otros pueden cometer muchos pecados, quebranta su salud con la enfermedad corporal para que no pequen, a fin de que les sea más provechoso quedar abatidos por la debilidad para la salud de su alma que permanecer con buena salud para su condenación (Sentent.
Es más, una salud vigorosa es una invitación a los deseos ilícitos, una ocasión para el pecado, y, de manera especial, para la pasión de la lujuria (Sentent.
Estas ideas subyacen en todas las reglas analizadas, de manera clara en la del propio Isidoro:
No ha de alimentarse el cuerpo hasta la hartura, para que no se ahogue el espíritu, pues con la hartura del vientre se excita pronto la lujuria de la carne.
Y el que reprime la pasión de la gula, domina indudablemente los movimientos de lascivia (RIsid.
Aunque, como hemos comprobado en otros casos, los argumentos de Isidoro parecen ir apenas un paso por detrás de los esgrimidos por su hermano Leandro, quien en sus recomendaciones a la común hermana Florentina ha construido una auténtica antropología de la negación del cuerpo:
Cuando el cuerpo disfruta de salud, hay que imponerle ayunos, y aquellos a los que por ley del pecado se les subleva la carne rebelde deben domeñarla con ayuno frecuente.
La carne insumisa ha de doblegarse a base de ayunos y debe ser refrenada hasta que obedezca como una esclava a los dictados de la razón y a las órdenes del espíritu (RLeand.
Un poco más adelante insiste sobre el particular al advertir contra los inconvenientes del consumo de carne:
La que tiene suficiente vigor debe abstenerse de tomarla, pues es duro en extremo nutrir al enemigo contra el que se ha de luchar y alimentar la propia carne para que se torne rebelde [...]
Alimentarse de carnes es incentivo de vicios; y no solo de carnes, sino el exceso de cualquier otro alimento; porque no es la calidad del manjar lo que se reprueba como vicio, sino la cantidad.
Todo lo que se toma en exceso grava el espíritu; y el estómago debilitado por alimento abundante en demasía embota los sentimientos del alma.
La virgen simplemente ha de estar sana, no robusta; su rostro debe parecer pálido, no sonrosado (RLeand.
Resulta indudable que la salud del cuerpo ha pasado a un segundo plano.
El régimen alimenticio, que en la definición médica era una cura para restaurar el equilibrio del cuerpo, es ahora un mecanismo para buscar la salud del alma.
El discurso médico y el discurso teológico parecen ya definitivamente convergentes.
Leandro asocia directamente el consumo de carne con la voluptuosidad, pero no es solo una cuestión de calidad, sino también de cantidades, la saciedad puede encender el impulso sexual y eso debe evitarse a toda costa (Linage Conde, 1972; Castillo Maldonado, 2002, pp. 44-50).
La antropología cristiana sobre el cuerpo humano había vivido en un difícil equilibrio entre una percepción positiva, aquella que justificaba el uso de la medicina y la curación, y otra absolutamente negativa que la rechazaba (Amundsen, 1996), al considerar que el cuerpo era una cárcel para el alma, un recipiente pecaminoso que la arrastraba hacia la perdición (Cacitti, 1976; Brown, 1991, pp. 83-102, 160-165 y 428-447; Sfameni Gasparro, 1998).
El cuerpo debe ser controlado, dominado, sometido, modelado hasta convertirlo en un objeto capaz de reflejar la pureza de Dios que lo había creo a su imagen y semejanza (Miller, 1998, pp. 281-300; Clarke, 2005).
Reprimir la pasión de la gula y mortificarse con la abstinencia son las armas de las que el hombre dispone para dominar las pasiones (RIsid.
Y esto, que en origen habría sido una opción voluntaria, intelectual, del asceta cristiano o de sus equivalentes paganos, pasa a convertirse en una imposición colectiva, que alcanza en la disciplina monástica su mayor exaltación.
El abad Eutropio, que a finales del siglo VI sería obispo de Valencia, había anotado que el exceso de comida y de bebida atraía la lujuria y el deseo carnal (Díaz y Díaz, 1958, pp. 29-30).
Fructuoso tiene claro que el régimen alimenticio está en directa relación con la actividad sexual; al tratar de los desenfrenados (lasciuis) dice:
El que se jacta de su desenfreno debe quedar privado con frecuencia de alimento y mortificado con ayunos de dos o tres días [...]
Si después de sufrir estos castigos reiteradas veces no se corrigiere, se le corregirá con más energía por medio de azotes y se le encerrará en larga reclusión; se le alimentará con escasísima ración de pan y agua hasta que prometa que se apartará del vicio (RFruct.
La renuncia al consumo de carne se presenta como el elemento central en la dieta que prefigura el camino hacia la virtud.
La limitación en el consumo de agua, además de la comida, también está en Isidoro (RIsid.
9), quien en otro lugar afirmará «que para la castidad es conveniente también abstenerse de agua» (Sentent.
2.43.8; Di Marco, 2018); mientras que carne, sidra o vino se les prohíbe en la Regula communis, a quienes hubiesen cometido graves pecados en el siglo, y la razón es la misma, evitar el fomento de la lascivia (RCom.
Fructuoso se ve obligado a advertir que la prohibición de comer carne no se debe a que se considere a los animales que se consumen como criaturas indignas de Dios, sino porque su renuncia es útil para los monjes; castigando el quebrantamiento de la prohibición con seis meses de reclusión (RFruct.
Misma pena, agravada con un régimen reducido a solo un poco pan de cebada al atardecer, está prevista para aquellos monjes aficionados a los niños (RFruct.
Resulta evidente al legislador que, en estos casos, la dieta calórica mínima no ejercía suficiente fuerza apaciguadora, por lo que esta se reduce a aportes exiguos que garantizasen el aniquilamiento de su mismo ímpetu o voluntad (Riera Melis, 1999).
La dieta ya no es solo el camino para lograr el equilibrio del cuerpo (Temkin, 1991, pp. 149-180), es esencialmente una cura para el alma.
Isidoro, inmerso en una antropología marcada por el pesimismo, considera que quien se siente culpable cuando es arrebatado por las pasiones del cuerpo, siempre se halla en pena (Castillo Maldonado, 2004, pp. 38-39).
Como recuerda el hispalense en los Synonyma, el hombre será incapaz de vencer las tentaciones si no tiene al ayuno por aliado, por cuanto la gula engendra la lujuria que debe ser vencida por la sed y el hambre (Synon.
El monje debe comer poco, lo esencial para un equilibrio estable acorde con sus obligaciones cotidianas, «que no se agote por completo y que no goce demasiada libertad» (Sentent.
2.44.13); debe remitirse a una gama de alimentos perfectamente establecidos, aquellos considerados más adecuados para el apaciguamiento del deseo, un régimen hidratante y secante, la xerofagia, que el mismo Isidoro explica es la «abstinencia de consumir alimentos húmedos» (Etym.
En definitiva, el monje debe ayunar siempre que pueda, porque:
Los ayunos constituyen armas eficaces frente a las tentaciones diabólicas, ya que con la abstinencia se vencen pronto [...], pues los espíritus inmundos se lanzan con mayor violencia allí donde ven más abundancia de manjares y bebidas. // Los santos, mientras pasan la vida en este mundo, mantienen su cuerpo sediento por el deseo del rocío celeste [...]
Porque entonces la carne está sedienta de Dios cuando por el ayuno guarda abstinencia y languidece.
La abstinencia vigoriza y mata: vigoriza el espíritu y mata el cuerpo.
La imagen de Isidoro como transmisor de la medicina clásica ha sido objeto de una indudable atención.
Hoy en día es posible que nadie pueda defender su originalidad, es apenas un intérprete de Galeno, de los principios hipocráticos, a los que ha llegado a través de lecturas indirectas, muchas veces de resúmenes o simplificaciones tardías. |
El artículo analiza una controversia pública sobre el estado de los principales instrumentos del Observatorio Astronómico Nacional de Chile a fines del siglo XIX, las labores de reparación y mantención de estos y la producción científica de la institución.
En la controversia participaron una amplia gama de actores, entre los que se encuentran miembros del Congreso Nacional, ministros de Estado, astrónomos, mecánicos y arquitectos.
Este caso permite examinar la estrecha vinculación entre la esfera política y la tecnocientífica, evidenciándose en la administración, financiamiento, evaluación y fiscalización del quehacer del observatorio astronómico.
Acá podemos observar cómo el cuestionamiento sobre la calidad científica, como el estado de los instrumentos de la institución, enfrentó no solo los juicios, sino la autoridad de quienes los emitían.
Por otro lado, esta controversia permite observar cómo la necesidad de crear tecnologías asociadas y adaptar los instrumentos astronómicos dio un protagonismo a mecánicos, ingenieros y arquitectos, actores muchas veces invisibles en comparación con los astrónomos.
El presente artículo examina una controversia pública en torno al estado y uso de los telescopios del Observatorio Astronómico Nacional de Chile (OAN) hacia fines del siglo XIX.
Los cuestionamientos se centraron en la responsabilidad de su director, José Ignacio Vergara, en el resguardo y uso adecuado de los instrumentos.
Estas denuncias surgieron en una publicación sobre la situación de las instituciones científicas en Chile, lo que instaló una discusión en el Congreso Nacional en la que intervinieron algunos diputados, pero también funcionarios del OAN, quienes disputaban la legitimidad para evaluar el buen funcionamiento de los telescopios.
Este caso permite analizar la estrecha vinculación entre la esfera política y la tecnocientífica, tanto en la administración, financiamiento, evaluación y fiscalización del quehacer del observatorio astronómico.
Acá podemos observar cómo el cuestionamiento sobre la calidad científica y el estado de los instrumentos de la institución enfrentó no solo los juicios, sino la autoridad de quienes los emitían.
¿Quién tiene la palabra autorizada: el político que debe velar por el buen uso de los fondos públicos, el técnico encargado de la mantención de los equipos o el astrónomo que debe hacer las mediciones y observaciones?
Por otro lado, el estudio de esta controversia permite acercarse al fenómeno de los states of disrepair (Schaffer, 2011, 708).
Schaffer sostiene que en la reparación de instrumentos tiende a verse oscurecido el papel de los técnicos o artesanos en la medida en que no dejan registro de estas acciones.
Este estudio de caso espera visibilizar a estos actores.
La primera parte del artículo da cuenta de cómo el estudio de las controversias científicas ha sido abordado por la literatura internacional.
En la segunda parte se analiza la tensión entre las funciones políticas y científicas que ejercía el director del OAN.
La tercera parte examina la repercusión que tenía el estado de los instrumentos en la calidad de la producción científica en el caso de estudio.
En la cuarta y última parte se analiza la importancia que desempeñaron las tecnologías asociadas a dichos instrumentos.
CONTROVERSIAS, POLÉMICAS Y DISPUTAS
Desde diversas disciplinas de las ciencias sociales y humanidades se ha propuesto estudiar detenidamen-te las controversias y polémicas tecnocientíficas por ser una parte esencial de las actividades y prácticas científicas y tecnológicas, no constituyendo estas excepciones o anomalías ( Engelhardt y Caplan, 1987; Latour, 1991; Dascal, 1998; Machamer, Darden y Craver, 2000).
Sin embargo, pese a su importancia para comprender el quehacer científico, su tipología resulta difusa, dado que su definición es laxa.
Para algunos autores una controversia científica es una disputa cuyo objeto está claramente definido: sucede entre dos o más actores que saben que están envueltos en la controversia; se encuentra claramente delimitada en el tiempo; tiene un carácter epistémico y se soluciona con el reconocimiento de un error o mala interpretación, o bien, se disuelve mediante algún procedimiento arbitrario, como por ejemplo recurrir a alguna autoridad científica (Freudenthal, 1998; Dascal, 1998; Sismondo, 2010) 2.
Para otros autores la controversia difícilmente se logra delimitar en el espacio, tiempo y actores exactos que conforman el debate, ni sus resoluciones son tan claras (Latour, 1991).
Independiente de su tipología, como herramienta analítica ha demostrado su utilidad y para ello el Programa Fuerte, y los estudios STS en general, proponen que metodológicamente un análisis de controversias, debates y disputas tecnocientíficas debe ser necesariamente de tipo simétrico (Sismondo, 2010; Dascal, 1998).
Es decir, se deben analizar los mismos elementos para todas las partes en disputa.
Otros ponen énfasis en que se debe evitar debates esencialistas sobre quién posee o deja de poseer las supuestas 'verdades' de la ciencia, y analizar a cada uno de los protagonistas desde la perspectiva de su formación, retribución, prácticas, experimentos, publicaciones y otras estrategias de socialización (Nieto-Galan, 2011, p.
Si bien se tiende a suponer que la mayoría de las disputas tiene dos partes en conflicto claramente definidas, esto no siempre es así (Jasanoff, 1996).
Los participantes toman posiciones de acuerdo a sus intereses personales, profesionales, económicos o políticos, entre otros (MacKenzie, 1978).
Además, estas posiciones pueden ir mutando en el tiempo.
Analizar los argumentos debatidos, los espacios donde éstos se discutieron, así como también los instrumentos, técnicas, métodos o estrategias discursivas utilizadas, se vuelve relevante para dilucidar los intereses políticos, económicos, disciplinares y personales de aquellos involucrados en los debates (Shapin y Schaffer, 1985; Cambrosio, Keating y MacKenzie, 1990; Beder, 1991; Livingstone, 2007; Sismondo, 2010).
En este sentido, las herramientas que despliegan los actores para convencer a otros juegan un papel importante dentro de las controversias.
Muchos investigadores han estudiado las controversias sociotécnicas dentro de las comunidades disciplinares, sin embargo, resulta cada vez más interesante seguir la huella de estas disputas dentro del ámbito público.
En efecto, el traslado de un controversia a otras esferas permite estudiar ciertos intereses sociales, políticos y económicos que tienen los involucrados, como por ejemplo: que se les reconozca como autoridades en determinadas materias; su interés en obtener financiamiento para sus investigaciones o la búsqueda de una legitimación social (Shapin y Barnes, 1977; Beder, 1991).
Más aún, las propuestas de las corrientes constructivistas de la tecnología convocan a los investigadores a no separar lo político o social de lo técnico (Bijker, Hughes y Pinch, 1987).
Tanto lo técnico como lo político se constituirían como esferas interrelacionadas y coconstitutivas (Edwards y Hecht, 2010).
Al igual que en la disputa sobre las imperfecciones de los grandes telescopios entre astrónomos "amateurs" e institucionales en Gran Bretaña durante las últimas décadas del siglo XIX (Lankford, 1981), la disputa en torno al estado de los instrumentos del Observatorio Astronómico Nacional de Chile a finales del siglo XIX, permite observar dinámicas de la práctica científica dentro de la institución en cuanto al uso, mantención y reparación de los artefactos usados para la observación, como también el papel que desempeñaron las instituciones científicas para la sociedad, la fiscalización del quehacer científico y los discursos sociales en torno a la generación del conocimiento astronómico a finales del siglo XIX.
El desperfecto y desajuste de los instrumentos junto a su deseada perfección y ajuste, fue la clave en esta controversia.
En efecto, estas acciones son relevantes pues otorgan estabilidad, permitiendo la habilitación de prácticas y trabajos cotidianos dentro de las instituciones científicas.
Aunque los instrumentos muchas veces pasen desapercibidos dentro de las rutinas científicas diarias (Graham y Thrift, 2007), al momento de su rompimiento o desperfecto, desarticulan el trabajo científico y necesitan ser reparados para que este vuelva a su flujo normal (Jackson, 2014; Potthast, 2007) 3.
De esta manera, la mantención y reparación funciona como una bisagra entre el inevi-table fenómeno del rompimiento y desperfecto y el funcionamiento expedito de la práctica científica (Jackson, 2014).
En estos momentos de desperfecto y desajuste los técnicos o mecánicos encargados de reparar y mantener se hacen visibles y protagonistas.
No obstante, estos actores se han mantenido en el anonimato por largo tiempo.
Este manto de invisibilidad, como lo ha planteado Shapin (1989), se explica tanto por la situación misma de los técnicos como por la concepción del trabajo científico y la producción de conocimiento.
Separado el trabajo intelectual del manual, la historia occidental ha subvalorado este último, quitándole la posibilidad de ser reconocido como generador válido de conocimiento (Morus, 2016).
De esta forma, no ha sido extraño que, tanto en el discurso científico como en la historia de la ciencia, los técnicos solo aparezcan en pocas ocasiones.
Pese a esta carga histórica, existen algunas situaciones en las que los técnicos se hacen visibles, tales como accidentes en los laboratorios, experimentos fallidos o disputas entre técnicos y científicos (Shapin, 1989; Morus, 2016).
En este sentido, tanto las controversias como las acciones de reparación y mantención son una puerta para conocer y evaluar la labor de los técnicos.
LA INCOMPATIBILIDAD DE LO CIENTÍFICO Y LO POLÍTICO
En 1885 varios diputados habían solicitado al ministro de Justicia, Culto e Instrucción Pública datos sobre los trabajos científicos del OAN e incentivos de productividad de sus trabajadores.
Sin embargo, la petición no recibió respuesta durante ese año y tampoco se discutió extensamente en el Congreso.
El 3 de febrero de 1886, en cambio, el diputado conservador Manuel Balbontín (1845-1918) 4 solicitó al ministro de Instrucción Pública que explicara el estado en el que se encontraba el OAN "y cuanto se ha gastado en instrumentos y refacciones en el último año" 5.
A su juicio, el observatorio estaba en condiciones deplorables, opacando el liderazgo internacional que tuvo en administraciones previas.
Es posible afirmar que esta queja pudo haber nacido no de un interés genuino por el estado y quehacer científico nacional, si no por razones propiamente político partidistas.
El año 1886 fue de elecciones presidenciales en Chile, en un contexto social de constantes sospechas por fraude electoral (Portales, 2004).
Hasta ese entonces, el gobierno era liderado por el abogado Domingo Santa María (1824-1889), miembro del Partido Liberal 6.
El OAN, a su vez, estaba dirigido por el ingeniero geógrafo José Ignacio Vergara (1837-1889) 7, miembro también del Partido Liberal, quien era además desde 1885 ministro del Interior y, como tal, le correspondía hacerse cargo del proceso electoral 8.
Pese a las razones personales o políticas que pudieron haber iniciado esta controversia pública sobre el estado de los instrumentos del OAN, el cariz que fue tomando a lo largo de los meses y sus consecuencias para los astrónomos de la institución permiten analizar aspectos claves sobre las experticias en torno a los instrumentos.
¿Quién era la persona indicada para discernir la utilidad y calidad de un instrumento científico: quien realizaba las observaciones, quien se encargaba de su manutención o quien se encargaba de repararlos?
Más aún, ¿estaba el político capacitado para juzgar el estado general de una institución científica y la calidad de su productividad?
Esta controversia registrada en el Parlamento, además es significativa porque refleja una profunda imbricación entre lo político y lo tecnocientífico.
La figura de Vergara es el más claro ejemplo: un ministro de Estado como director de un observatorio astronómico estatal, en un periodo donde esta doble función científica-política no era una excepcionalidad y estaba amparada por la ley.
Asimismo, esta controversia iniciada en el Congreso generó divergencias en el equipo interno del observatorio, enfrentó experticias y concluyó con el despido de su primer astrónomo, el alemán doctor en astronomía Adolf Marcuse 9.
Para comprender la temporalidad de la controversia y sus argumentos, es importante señalar que en un primer momento el cuestionamiento dentro del Parlamento se debió al estado físico de los instrumentos.
El Ministerio de Instrucción Pública (del cual dependía institucionalmente el observatorio), argumentó que esto se debía a una falta sostenida de presupuesto 10.
Sin embargo, para los diputados el problema parecía ser aún más profundo.
Según ellos, las labores científicas eran incompatibles con las labores políticas.
En particular, el diputado militante del partido radical y férreo opositor al gobierno de Santa María, Guillermo Puelma Tupper (1851-1895) 11, acusó a José Ignacio Vergara de "abandonar" la institución científica para dedicarse a labores políticas de gobierno 12.
Vergara desestimó esta acusación y aclaró que su cargo como director era ad-honorem, pero coincidía con sus acusadores en que las labores administrativas eran in-compatibles con las propiamente científicas.
Esta era la razón por la cual, según él, no se dedicaba de forma personal a las observaciones astronómicas.
Según el ministro-director, para ejecutar estas tareas estaban contratados los otros astrónomos del observatorio: desde 1884 lo estaba el segundo astrónomo, Wilhelm Wickmann y, próximo a llegar a Chile en febrero de 1886, también lo estaría el primer astrónomo Adolf Marcuse 13.
En el transcurso de los meses, y a medida que avanzaba la discusión en la Cámara, fue tomando más fuerza la crítica respecto de la gestión de los recursos y los diputados comenzaron a responsabilizar a la dirección del OAN por no haber gastado dinero en instrumentos de observación, ni en sus refacciones.
La falta de instrumentos adecuados se consideró la principal razón por lo cual la producción científica de la institución era menor a la de otros observatorios extranjeros 14.
Para agosto de 1886, el juicio de los parlamentarios era lapidario.
En palabras del diputado Puelma Tupper: "Pocas veces han podido ser defraudadas más completamente las esperanzas que el país tenía derecho a fundar en un plantel científico creado bajo tan buenos auspicios" 15.
Ante los cuestionamientos de los parlamentarios de la Cámara de Diputados, hubo una réplica en la prensa por parte del segundo astrónomo de la institución, Wilhelm Wickmann.
Como trabajador, Wickmann no podía contestar directamente a las intervenciones de los políticos en el parlamento, por ello la prensa se constituyó como el espacio idóneo para sus réplicas.
En estas se anunciaba el problema de la autoridad y competencia que tenían algunos actores (como los políticos) para juzgar el quehacer científico de la institución.
Para el segundo astrónomo del observatorio, por ejemplo, sujetos que no tenían conocimientos astronómicos no podían ni debían pronunciarse respecto a los trabajos científicos producidos por la institución:
Es mui estraño para mí que trabajos astronómicos, sobre todo, siendo ellos orijinales, sean pedidos para presentarlos y exijir un juicio sobre ellos a un público que no puede entender gran cosa de estas especialidades, en las que, ni siquiera tienen para qué ocuparse injenieros y marinos; pero mas estraño es todavia el juicio que el señor Puelma enunció sobre estos trabajos en la sesion del 12 de agosto.
El que quiera formarse un juicio sobre el valor de trabajos astronómicos, no solo debe ser un astrónomo, sino que tambien debe conocer perfectamente la calidad y la construccion de los respectivos instrumentos 16.
Paralelamente a las discusiones dentro del parlamento, el diputado por el Partido Liberal, Jacinto Chacón (1820Chacón ( -1893) ) 17, realizó una inspección autónoma para informar sobre la situación de las instituciones científicas chilenas financiadas por el Estado.
Chacón elaboró un completo informe sobre la llamada "Quinta Normal de Agricultura", espacio dedicado al cultivo de las ciencias y el desarrollo tecnológico en Chile, que a fines del siglo XIX contaba en su seno con un Museo de Historia Natural, un Jardín Botánico, un Instituto Agrícola y el Observatorio Astronómico Nacional.
Para referirse a este último contó con ayuda del recién llegado primer astrónomo de la institución, Adolf Marcuse.
Según Chacón, el objetivo de su informe era manifestar la importancia (...) de todos estos establecimientos para que una vez, conocidos y apreciados en todo su valor, sean ellos vigilados por la opinión, el Congreso y el Gobierno, a fin de que se les dote de los elementos necesarios 18.
El texto de Chacón se publicitó como un ejemplo de que la labor de estas instituciones no era percibido como un aspecto aislado de la sociedad, sino como un asunto esencialmente público, resaltando la importancia de la fiscalización de estos establecimientos por parte del aparato político.
De igual forma, se dieron argumentos públicos de la experticia y pertinencia del autor para juzgar el estado y condiciones de las instituciones científicas analizadas en el libro:
Por su parte, los parlamentarios también hicieron hincapié en la exactitud de la producción científica del observatorio.
El 12 de agosto, el diputado Puelma Tupper pidió al ministro la recopilación de los manuscritos de observaciones realizadas en el OAN, además de la labor realizada hasta ese momento por el primer astrónomo Adolf Marcuse, para formarse una opinión.
Según él: "Los trabajos del Observatorio que se han publicado, de lo único que dejan constancia es del descuido con que han sido hechos y de las inexactitudes de que adolecen" 23.
En específico, se cuestionó el estado de cinco instrumentos del observatorio: dos ecuatoriales, dos círculos meridianos y un busca-cometas.
Este cuestionamiento político sobre el estado de los instrumentos implicó discusiones técnicas entre los miembros de la institución.
De esta forma, los trabajadores del observatorio presentaron informes y contra-informes al Ministerio de Instrucción Pública, entregando sus versiones sobre el estado de los instrumentos, la calidad de la producción científica y sus opiniones sobre quiénes eran los responsables de ambos asuntos.
Para algunos trabajadores de la institución, como el primer astrónomo Marcuse, la cantidad y precisión de los trabajos astronómicos realizados guardaban directa relación con el estado de los instrumentos.
En su caso particular, reclamaba que no podía realizar observaciones astronómicas de forma regular y exacta, aspecto que también había dificultado el trabajo del segundo astrónomo Wickmann:
(...) los pocos trabajos que he ejecutado no tienen importancia científica, cuando era imposible, por el mal estado de los instrumentos, hacer observaciones que sirviesen para algo en la astronomía y (...)
Wickmann expresa categóricamente que no ha podido, por esa misma causa, trabajar durante casi dos años en el Observatorio 24.
El informe de Marcuse apuntó a la mala administración de Vergara por la subutilización de los instrumentos y descuido en los trabajos de reparación y mantención que debía hacer el mecánico a cargo, Luis Grosch 25.
El director del observatorio, a su vez, acusó de la baja productividad científica de la institución al primer astrónomo Marcuse.
Los trabajadores, incluyendo a Wickmann y Grosch, decidieron apoyar al director-ministro en su acusación contra Marcuse.
Las partes enfrentadas no coincidían en su diagnóstico respecto del problema, ni tampoco sobre los responsables: había diferentes versiones con respecto al estado de los instrumentos, su capacidad y calidad de uso.
Vergara, Wickmann y Grosch (el director, el segundo astrónomo y el mecánico) se enfrentaron al primer astrónomo (Marcuse) defendiendo a la institución, su productividad y el buen estado de los instrumentos.
El primer astrónomo en cambio se mantuvo fiel hasta el final en su denuncia, acusando la existencia de instrumentos en mal estado que generaban datos inexactos.
Por ejemplo, para Marcuse el circulo meridiano estaba dañado.
Sin embargo, Grosch y Wickmann afirmaban públicamente que este instrumento funcionaba perfectamente y la prueba de ello era que se utilizaba para dar la hora oficial a la Estación Central de Ferrocarriles y al cerro de Santa Lucía en Santiago.
La disputa interna del OAN que se había transferido al Parlamento chileno tenía una data mayor.
Una carta escrita en 1885 por Wickmann al director del Observatorio Nacional de Brasil, Luiz Cruls, prueba la controversia respecto de la reparación de instrumentos entre el director, el segundo astrónomo y el mecánico.
En la misiva Wickmann denunciaba que el segundo ecuatorial era un instrumento viejo e inservible, debido a que su micrómetro filar estaba inutilizable y su círculo torcido, sumado a que el micrómetro anular estaba en las mismas condiciones.
Wickmann también acusaba en 1885 que el Gran Ecuatorial estaba prácticamente sin uso y dañado producto de su exposición al aire libre: con desechos de aves y puntas de fierro enmohecidas 26.
El propio Wickmann, en diciembre de 1885, le escribió a Marcuse contándole del mal estado de los instrumentos del OAN, dos meses antes de que este último llegara a Chile.
En esta misiva, Wickmann le contaba a su connacional que el mecánico Luis Grosch (que llevaba 32 años trabajando en la institución) había dañado la inclinación de un círculo meridiano al realizar una limpieza de los pivotes, haciendo que perdieran su forma cilíndrica.
Dado que el instrumento no permitía una observación precisa, el segundo astrónomo había solicitado al director enviar el círculo meridiano de vuelta a la fábrica original en Europa para su reparación.
Sin embargo, esta solicitud había sido rechazada por Vergara, quien habría afirmado que "no se pueden hacer las cosas con tanta exactitud, en otros Observatorios las cosas tampoco se hacen con tanta prolijidad" 27.
Cuando Wickmann encaró al director de la institución, amenazando con no realizar más observaciones con el instrumento, el director envió al me-cánico para que examinara el artefacto.
Esta acción generó una disputa en la que se enfrentaron los saberes del mecánico y del científico: Wickmann desacreditó la experticia del mecánico en la evaluación del estado del instrumento, explicando que le "era del todo indiferente lo que ese hombre dijese o examinase, que no era costumbre en otros países preguntar cuestiones astronómicas a un zapatero, sastre o mecánico, que lo mismo me importaba lo que dijera el portero" 28.
Por otro lado, el mecánico, quien realizó una serie de nivelaciones en el instrumento, le explicó al director que "el instrumento se hallaba en excelente estado, todo lo que Wickmann dice son tonterías, él no entiende nada de astronomía, las observaciones con ese instrumento se hacen con perfecta exactitud...!" 29.
Esta declaración fue sostenida por el mecánico también al año siguiente, dejando en claro que "El círculo meridiano del ala derecha, o como otros lo llaman, el viejo círculo, está en buen estado de arreglo y en actitud de ser usado, como ocurre al presente" 30.
En la carta de Wickmann a Marcuse también se puede observar cómo los instrumentos astronómicos requerían de tecnologías que los protegieran, sostuvieran, almacenaran, etc. Es decir: tecnologías asociadas al instrumento que permitieran su correcto funcionamiento, como los pivotes del círculo meridiano que afectaban su inclinación.
A este respecto también existieron disputas de autoridad, sobre quienes debían hacerlo y cómo debían diseñarse, instalarse y ajustarse.
Tal es el caso del busca-cometas del observatorio.
De acuerdo con Wickmann, el busca-cometas había sido armado a principios de 1886 y tras el examen del mecánico Grosch, se mandó a construir en la fundición Klein "la base de fierro necesaria para la altura polar" 31.
Realizado esto, el instrumento fue trasladado a petición de Vergara a un edificio construido con ese propósito por el arquitecto Eloi Cortinez, pero que se erigió "según las ideas del señor Marcuse" 32.
Las piezas que faltaban para instalar completamente el instrumento fueron trabajadas en la fundición Klein Hermanos.
Al respecto de este instrumento, la controversia entre los trabajadores del OAN permite observar las complejidades de la apropiación cuando los instrumentos están construidos para ser usados de una manera determinada o, en este caso, en una localidad diferente a la de creación.
En la discusión sobre el busca-cometas, por ejemplo, Grosch manifestaba la limitación de este instrumento en su contexto de uso en Chile, el cual tuvo que ser intervenido agregándole una pieza "para afianzar el eje del círculo horario en su movimiento giratorio.
Ella fue mandada construir, según indicaciones de Grosch, en el establecimiento de los señores Klein" 33.
Otro es el caso del montaje y uso del gran círculo meridiano de 6 pulgadas que requería pilastras, cuyo diseño había estado a cargo de Marcuse.
Para montar el instrumento, Marcuse mandó a construir en el ala izquierda del observatorio dos pilastras de ladrillo y cemento.
De acuerdo con el mecánico "la construcción fue mal dirigida, quedando las pilastras muy abiertas, y, a mi juicio, inapropiada para su destino, que [era] examinar por medio de ellos el instrumento con toda escrupulosidad" 34.
Según Grosch habría sido mejor montar el instrumento sobre unos caballetes de madera y, luego, haber generado un plano para construir las pilastras.
Cuando esto fue denunciado ante el congreso, el ministro de Instrucción Pública pidió un informe al arquitecto Cortinez, quien explicó al ministro que realizó los trabajos en el observatorio siguiendo las instrucciones de Marcuse, quien no le había proporcionado ningún plano para realizar los trabajos.
A juicio del arquitecto, el problema fue que el ladrillo absorbía humedad y la transmitía hacia arriba, advertencia que fue ignorada por el astrónomo, argumentando que un arquitecto "no podía tener más conocimientos que él en estos asuntos" 35.
El conflicto entre los astrónomos y el mecánico o el arquitecto revelaba la disputa por la autoridad para decidir cuándo un instrumento estaba funcionando.
¿Cómo se definió la controversia?
Finalmente, la resolución en torno al estado de los instrumentos y su responsabilidad en la deficiente producción científica de la institución estuvo en manos del poder político, representado por los diputados y ministros de Estado.
De esta forma, en septiembre de 1886, el director del observatorio y ministro del Interior, José Ignacio Vergara, solicitó al ministro de Instrucción Pública la cancelación del contrato del primer astrónomo Adolfo Marcuse.
Las razones del director para esta petición fueron los escasos trabajos que éste había realizado en los siete meses que había servido al OAN, así como su insuficiente valor científico.
El astrónomo fue desvinculado de la institución ese mismo año.
La disputa había concluido.
La controversia en torno a los instrumentos del Observatorio Astronómico Nacional en la administración de Vergara ha permitido analizar cómo los observatorios estatales dependían estrechamente de la esfera política: su financiamiento y fiscalización pasaba por el Congreso Nacional, pero también las instituciones científicas eran administradas por políticos de la época.
Sin embargo, no todos los parlamentarios estaban de acuerdo con esta imbricada relación.
Para algunos existía una imposibilidad radical de realizar ambas tareas (las científicas y las políticas) de manera eficiente.
La situación del OAN se volvió el ejemplo concreto de las consecuencias que esta doble tarea podía generar.
Un aspecto que resultaba esencial para la evaluación positiva del quehacer científico en la esfera política era el correcto funcionamiento de los instrumentos de la institución.
Este buen funcionamiento, le permitía (a juicio de los diputados) el cumplimiento de las tareas públicas y, por ende, justificaba el financiamiento estatal del quehacer científico.
En la evaluación de este quehacer estaban en disputa no solo los juicios, sino la autoridad de quienes los emitían ¿quién podía juzgar mejor la calidad de los instrumentos y del conocimiento científico que posibilitaban: el político, el astrónomo, el mecánico o el arquitecto?
Como se ha podido ver en diferentes relatos de los involucrados, esta es una permanente disputa entre quienes reparan instrumentos, construyen tecnologías asociadas y quienes los usan.
En este caso, epistémicamente, no se resuelve la autoridad en esta materia, pero sí hay una resolución práctica que zanja la discusión pública: finalmente quien determina el problema y los culpables es el político.
Pese a esto, el debate acerca del uso y mantenimiento de los instrumentos permite observar el papel que jugaron los técnicos, ingenieros y constructores.
Estos, al ejercer las acciones de reparación y mantención sobre los instrumentos, tuvieron en sus manos la posibilidad de habilitar las prácticas cotidianas dentro del observatorio: reparar un busca-cometas o círculo mediano era lo que posibilitaba cumplir con las labores que se asignaban a la institución.
No obstante, cuando la reparación era deficiente o cuestionada entre los mismos miembros del OAN, se tensionaba y desarticulaba el orden institucional, entorpeciendo el trabajo científico y dando pie para las críticas desde el mundo político.
En una línea similar, la necesaria adaptación de los instrumentos a condiciones diferentes a las existentes en los países de fabricación, o la urgencia de crear tecnologías asociadas, requirieron de soluciones locales.
Allí, los actores no propiamente "científicos" se volvieron más relevantes que los astrónomos gracias a que construyeron elementos claves como soportes, resguardos y protecciones que funcionaron de forma inseparable de los instrumentos, permitiendo su práctica científica diaria.
Los autores agradecen al programa su apoyo.
3 En los estudios de las trayectorias tecnológicas este problema ha sido abordado profusamente.
Ver al respect: (Lankford, 1997), sino también el control y organización de las redes de observación que las sustentaban (Rothenberg, 1981; Lankford, 1981).
Lo anterior, al mismo tiempo, permitió diferenciar entre una disciplina legitimada desde tales protocolos y procedimientos, de una astronomía más bien hecha por amateurs (Ogilvie, 2000).
25 Luis Grosch, alemán contratado en 1852 por el primer director del OAN (Carlos Moesta) para que sirviera como ingeniero óptico.
Se desempeñó en esta función dentro de la institución hasta que se jubiló en 1892, ocupándose también de las observaciones meteorológicas.
30 "Documentos relativos a los trabajos de este establecimiento remitidos por el señor Ministro de Justicia a la Honorable Cámara de Diputados y mandados a publicar el 17 del corriente" (1886), Santiago, Imprenta Nacional, p.18.
Cursivas del texto original.
En esta disputa de saberes también se evidencia lo que algunos autores como Edgerton y Henke han propuesto respecto a que quienes realizan tareas de reparación muchas veces se sitúan en una posición que les permite cuestionar los usos de los objetos e, incluso, a los diseñadores de los mismos.
Los reparadores generan nuevos saberes en torno a las prácticas y relaciones con los objetos que interactúan (Edgerton, 2008; Henke, 1999).
31 "Documentos relativos a los trabajos de este establecimiento remitidos por el señor Ministro de Justicia a la Honorable Cámara de Diputados y mandados a publicar el 17 del corriente" (1886), Santiago, Imprenta Nacional, p.15.
32 "Documentos relativos a los trabajos de este establecimiento remitidos por el señor Ministro de Justicia a la Honorable Cámara de Diputados y mandados a publicar el 17 del corriente" (1886), Santiago, Imprenta Nacional, p.15.
33 El detalle de las piezas se encuentra en un anexo presentado por Klein.
Estas piezas se mandaron a construir en 1885 y son: pieza f. acepillada número 314, a 35 centavos $109; gastos de modelo, $25; Recortado 2 esquinas en la parte quebrada de la pieza vieja i ajustado todo en la pieza nueva, $25.
"Documentos relativos a los trabajos de este establecimiento remitidos por el señor Ministro de Justicia a la Honorable Cámara de Diputados y mandados a publicar el 17 del corriente" (1886), Santiago, Imprenta Nacional, p.
34 Documentos relativos a los trabajos de este establecimiento remitidos por el señor Ministro de Justicia a la Honorable Cámara de Diputados y mandados a publicar el 17 del corriente" (1886), Santiago, Imprenta Nacional, p.17.
35 "Documentos relativos a los trabajos de este establecimiento remitidos por el señor Ministro de Justicia a la Honorable Cámara de Diputados y mandados a publicar el 17 del corriente" (1886), Santiago, Imprenta Nacional, p.19.
Figueroa, Virgilio (1928), Diccionario histórico, biográfico y bibliográfico de Chile.
Tomo II, Santiago de Chile, Balcells & Co. Figueroa, Virgilio (1931), Diccionario histórico, biográfico y bibliográfico de Chile.
Tomos IV-V, Santiago de Chile, Imprenta La Ilustración. |
Se pretende mostrar cómo ese concepto del ser humano incidió en la construcción de los distintos razonamientos científicos sobre la relación entre variedad, diferencia y desigualdad, condicionando una forma de identidad biológica marcada por la apropiación del valor de superioridad física y moral esencial que se atribuyó al primer hombre.
Ello da pie a una reflexión sobre la forma en que la relación entre la ciencia y el poder impuso límites al proceso de secularización en occidente.
La relación por la que, dispuestos dos o más seres similares, se establece su inequidad y, conforme a cualquier tipo de criterio pretendidamente objetivo, se cataloga su diferencia, ha sido, es y siempre será, una relación subjetiva, dependiente de criterios tan universales como los que abarca la propia individualidad de quien, al juzgarlos, los hace valer como formas de poder biológico (Foucault, 2000).
Históricamente, esta forma de poder tiende a justificarse sobre la consideración de que la variación entre términos de la misma naturaleza responde a diferencias consustanciales a esa misma naturaleza, hasta el punto de establecerse categorías distintas dentro de ella.
Tal como lo advirtiera Gayo Plinio Segundo: "... es un hecho breve de decir, pero infinito en su valoración, que hay tantos idiomas, tantas lenguas, tan gran diversidad de formas de hablar que un extranjero para el otro país apenas hace el papel de hombre" (Plinius Secundus, 77-79 ap., Lib.
Sin embargo, la propia disposición del argumento indica que, si la evaluación de la variación es la constatación empírica de un hecho natural, su valoración como diferencia responde a una construcción cultural concreta que se extiende a lo largo del tiempo y que se "disfraza de verdad" conforme a intereses variables.
No es de extrañar que a mediados del siglo XVIII Jean-Jaques Rousseau aún siguiera considerando confusos los criterios que reinaban en la explicación de las variaciones, dado que...... después de trescientos o cuatrocientos años que los habitantes de la Europa inundaran las otras partes del mundo (...) estoy persuadido que (sic) nosotros no conocemos otros hombres más que los solos europeos, y aun parece (...) que cada uno no sabe casi otra cosa, bajo el nombre pomposo de estudio del hombre, que el de los hombres de su país (Rousseau, 1754, pp. 177-178).
Esta longue durée a la que se acoge el sentido de la diferencia en occidente, pone en evidencia el desprecio con el que históricamente ciertas formas de pensamiento racional se han apropiado de un concepto puro de la humanidad utilizándolo en su beneficio, para concederlo a discreción, sobre aquellas culturas o individuos que, a su juicio, fueran dignos de poseerla.
La historiografía reciente, abierta a nuevas formas de pensamiento crítico con el poder es más consciente que nunca del papel principal, que desempeñó la ciencia en este proceso de construcción de la diferencia, necesario para legitimar los intereses políticos, económicos y sociales de los nuevos estados liberales modernos 1, sin embargo, ha perdido de vista el papel que la propia tradición cul-tural de occidente tuvo en el sustento de esas formas "científicas" de prejuicio moderno (Cesaire, 1955).
A la hora de tratar sobre las diferencias entre los seres humanos, la ciencia de los siglos XVIII y XIX se limitó en gran medida a redescubrir, y en este sentido a demostrar, que había una inequidad natural entre los hombres, que estaba basada en razones morfológicas, y que sobre ella podía construirse una jerarquización y un derecho de opresión de unos por otros (Peset Reig, 1983, p.
No obstante, dentro del pensamiento científico racional la certeza o la plausibilidad de la mayor parte de estas cuestiones ya había sido asumida de modo dogmático desde mucho tiempo atrás.
La idea de este artículo es poner en evidencia los mecanismos culturales que explican la continuidad entre esas formas de pensamiento racional que unen al pensamiento dogmático o pre-científico con la ciencia.
Dicho de otro modo, vamos a observar esas "formas de saber" que, sin llegar a ser ciencia, "dirigen la praxis de la vida humana (...) incluso cuando esta praxis se orienta ex professo a la promoción y aplicación de la ciencia" (Gadamer, 1960, p.
Para conseguirlo, nos vamos a centrar en un objeto concreto el principio del homo imago dei o la convicción profunda y constante en occidente de que, habiendo sido creado el ser humano a imagen y semejanza de Dios, y siendo la variedad una característica propia del ser humano, era el pueblo de occidente y no otro, el albacea de la forma original o esencia del individuo.
En este sentido, nuestra propuesta analítica pretende incidir sobre los límites del proceso de secularización en lo que se refiere a la condición humana.
Creemos que frente a la idea de los cambios de paradigma de Kuhn (1962) o de los "magisterios separados" de Gould, no existió, respecto al ser humano, una forma de separación aséptica, ni tampoco una complementariedad de conocimientos al mismo nivel, entre la religión y la ciencia (Gould, 1999), sino una clara continuidad basada en intereses políticos e ideológicos comunes, que permitió que ciertas ideas "esotéricas" o "sobrenaturales" consiguieran sobreponerse o adaptarse al rigor creciente de un método científico que a lo largo de los siglos, fue perfeccionando su desarrollo crítico y racional, modificando la función que ejercía dicho conocimiento, pero jamás hasta el punto de cuestionarlo de modo efectivo, ni mucho menos definitivo (Durand, 1978).
El análisis de la diferencia desde un punto de vista antropológico no es algo nuevo 2 y su uso conlleva ciertas carencias de las que es preciso advertir en 3 este momento.
La principal de todas ellas es que deforma, en cierta medida, la ambigüedad de la experiencia antropológica de la modernidad dentro del pensamiento occidental.
Nuestro análisis es significativo a este respecto, pues partiendo del estudio del principio dogmático del homo imago dei va a centrarse únicamente en la construcción de formas de poder basadas en la idea de la desigualdad antropológica.
En este sentido es sumamente importante no perder de vista que la influencia en la construcción del pensamiento científico moderno sobre la diferencia, estuvo íntimamente ligada al desarrollo de un pensamiento igualmente fructífero sobre el aspecto contrario, esto es, sobre la igualdad de todos los seres humanos y la unidad global del mundo 3.
Más allá de las evidentes razones de espacio, la decisión de centrarnos sólo en una parte de este pensamiento atiende a un interés concreto por observar, no tanto los argumentos antropológicos de la diferencia, como algunos de los recursos dialécticos o intelectuales que permitieron su utilización para la construcción de discursos de poder en el campo de la ciencia.
Ello explica a su vez la elección de una forma de análisis no menos problemática como es la longue durée.
En general, un análisis de larga duración nos permitirá evaluar la influencia, persistencia y capacidad de adaptación del argumento religioso dentro de la construcción del pensamiento dogmático que nutrió los distintos razonamientos antropológicos de la diferencia en occidente.
Sin embargo, ese mismo análisis no nos ofrecerá iguales garantías en lo referente al propio concepto de pueblo o cultura occidental, pues su definición depende en gran medida de las peculiaridades sociales, políticas o económicas de cada época, aspectos todos ellos en los que no podremos entrar en detalle si no es por el uso de métodos más concretos.
Algo similar ocurre a la hora analizar la influencia de la religión, pues si, como acabamos de señalar, la elección de un análisis de larga duración resulta adecuada para comprobar la persistencia e influencia del argumento religioso sobre el científico, la propia idea de la fe resulta un concepto demasiado resbaladizo y dúctil, insuficiente en todo caso para explicar la construcción de razonamientos antropológicos sobre la diferencia y menos aún de su transformación o uso para el desarrollo de políticas concretas, como pueden ser las dirigidas a la colonización 4.
Un análisis de estas cuestiones, requeriría de un enfoque y metodología distintos y de una forma de relato más densa, que permita atender con detalle al juego más amplio de fuerzas que definen la relación entre ciencia y religión en cada uno de los periodos que aquí simplemente sobrevolamos.
La lounge dure otorga de este modo un relato histórico con cierta apariencia de linealidad y unidireccionalidad, una suerte de plano fijo a partir del cual se pretende mover a una reflexión histórica más profunda.
LA RACIONALIZACIÓN DEL MITO DE LA CREACIÓN Y LA CONSTRUCCIÓN DE LA DIFERENCIA ENTRE LOS SERES HUMANOS
Parece lógico pensar que a la hora de construir relatos sobre el origen del mundo, las distintas culturas se hayan reservado como norma general un papel protagonista.
A fin de cuentas, la idea de esos relatos no es sólo la de entretener, sino también la de transmitir una serie de valores que se ajustan a las necesidades de los que los cuentan y los escuchan, por lo que su disposición varía necesariamente de unas culturas a otras.
En occidente, las distintas versiones del mito de las Edades del Hombre 5 o los mitos de la tradición órfica del siglo VI AEC, plantearon diferentes visiones teogónicas de la creación dentro de una visión historicista de la naturaleza, en la que el ser humano había sido creado como una criatura superior al resto de seres mortales (imagen1).
Grabado de Heindrik Goltzius para ilustrar la edición de la Metamorfosis de Ovidio de Claes Janszoon Visscher (1589).
La imagen narra en segundo plano el robo del fuego por parte del titán Prometeo.
En primer plano, rodeado de varias especies animales, Prometeo usa el fuego robado para animar a Epimeteo, el primer hombre.
Imagen cedida por http://www.britishmuseum.org ciso introducirse en los debates históricos de la Religionswissenchaft decimonónica, para comprobar que el paralelismo entre estas mitologías y los relatos de la soteriología hebrea que sustentan al cristianismo, responde a una tradición común compartida con antiguas tradiciones orientales (Alter, 1996), pero es curioso observar cómo en su representación lógica o racional, los primeros derivaron hacia un modelo de historia natural marcado por la figura de un Δημιουργός o maestro hacedor, que se limita a ordenar la materia preexistente, mientras que es un "Dios todopoderoso", capaz de crear ex nihilo, el que constituye el motor de la historia en los segundos (Herrero de Jáuregui, 2007) 6.
Esta diferencia marcó distintas formas de entender el mundo que, no obstante, compartieron un similar concepto de la esencia humana.
En ambos lados, el ser humano fue visto como una correlación de dos partes, una física o material, común al resto de animales, y otra anímica o inmaterial, mucho más acentuada en su especie.
El orden de esa correlación se configuró como contingente del carácter imperfectible que se atribuyó a la entidad creadora (Estrada Díaz, 2000), siendo igualmente destacable que esa cualidad de la obra no se consideró extensible, al menos no necesariamente, a su descendencia, sino que su reproducción se vio condicionada a la concurrencia de diversos tipos de causas, dispuestos sobre dos grandes explicaciones: una ambientalista, que priorizó el efecto de los factores externos sobre las partes material y anímica (Kennedy y Jones-Lewis, 2016), y otra, espiritualista o moral en la que lo definitivo fue la capacidad del individuo para guiarse, o dejarse guiar, por comportamientos inadecuados a la calidad de su parte anímica o inmaterial, la cual no podía ser modificada de modo permanente, pero sí llegar a forzar cambios sobre la parte material o corporal que completaba al individuo (Gagné, 2013, pp. 80-158).
Una y otra explicación aceptaron que el grado de perfección esencial de origen llevaba aparejado un grado igualmente esencial de imperfección, cuya prevalencia explicaría los cambios y variaciones de la reproducción natural en los individuos.
Puesta en concordancia con la especial correlación física y anímica del ser humano, la especulación sobre los mecanismos por los que se producía su reproducción, ofreció diversas explicaciones sobre el parecido o la diferencia de la descendencia con respecto a la forma de origen 7.
No obstante, en un orden estrictamente fisiológico esas explicaciones tardarían aun muchos siglos en salir del campo de lo especulativo y en ningún caso llegarían a establecer la actual relación entre los aspectos filogenéticos y ontogenéticos de la generación 8.
En cualquier caso, es evidente que la especificidad del ser humano impide en cierto modo, aplicar el esquema tradicional con el que la historia de la biología ha analizado las teorías sobre la generación.
En general, la idea de una oposición entre propuestas preformacionistas y epigenetistas resulta convincente desde un punto de vista estrictamente biológico (Needham, 1934, p.
Cabe recordar que para el preformacionismo, la constitución del nuevo ser era el resultado de una información esencial e inmutable, preconfigurada por naturaleza en el óvulo femenino (ovismo), o en el esperma masculino (animaculismo), mientras que el epigenetismo mostró un carácter más dúctil y un sentido procesual, agregativo o incluso evolutivo, en el que la generación debía observarse como un proceso biológico marcado por la mezcla de sustancias seminales que se organizaban durante el proceso de gestación.
Sin embargo, esta oposición no resulta igualmente convincente a la hora de afrontar el sentido antropológico que era inherente a la propia biología.
Desde ese punto de vista tanto el carácter preexistente del alma dentro de la esencia humana, como el sentido agregativo que el comportamiento debía ejercer sobre la misma, fueron elementos clave para construir un razonamiento científico sobre las variaciones (Bossi, 2003).
Esta relación adquirió especial importancia dentro de la tradición cristiana.
Durante el llamado Periodo Antiguo, las ideas sobre la generación propuestas por los Padres de la Iglesia admitieron cierto grado de predestinación en la configuración natural del ser humano, al tiempo que consideraron que el desarrollo correcto de sus facultades animales, incluida la propia generación, dependía del estado en el que se encontrara el alma de los agentes generadores, tanto en el momento de la concepción como en el proceso de gestación, lo que explicaba el carácter más marcado de las variaciones humanas (imagen2).
Su distinción, puramente preformacionista, se vinculó, no obstante, a una defensa del pecado original frente a distintas herejías que, como el pelagianismo, afirmaban que todos los seres nacían libres de las faltas y pecados de sus padres, siendo estos aprehendidos por la imitación de pautas culturales 10.
La inclusión del dogma del pecado original, hizo que la variación pasara a considerarse como el fruto de la transmisión diferencial de un potencial genésico, tan dependiente de la marca sensible que el pecado dejaba en los individuos, como de la reincidencia de éstos sobre él.
Por su parte, la inclusión del libre albedrío, implicaba abrir la idea preformacionista de la predestinación a la interferencia de causas externas y, el reconocimiento de grados de probabilidad e incertidumbre dentro del proceso de génesis.
Algunos autores como Avicena (ca.
II), identificaron momentos críticos en el proceso de gestación, cuya alteración produciría las variaciones en los individuos, llegando así a presupuestos claramente epigenéticos (ima-gen3).
No obstante, siguieron imputando a los individuos un grado de humanidad directamente proporcional a su relación con Dios, potenciando así el principio del homo imago Dei 12.
La racionalización de este principio permitió al cristianismo apropiarse de un tipo biológico "superior" propio del primer hombre 13 y construir, a partir de él, un criterio fundamental de humanidad útil para reconocer la diferencia dentro de la variación.
La vinculación de ese tipo original con el presupuesto de la acción de la divinidad, implicaba que toda relación variación-inferioridad podía explicarse por la conjunción entre el alma y el cuerpo.
La idea que se instaló definitivamente con Tomás de Aquino fue que mientras el pecado original era transmitido como "pecado de naturaleza", y por tanto, marca de origen dentro de nuestra esencia, la transmisión del pecado de la persona requería de un hábito y, como tal, de un comportamiento moral.
De este modo, el ejercicio del pecado pasó a entenderse como un elemento accidental para el cuerpo, y aunque el propio Tomás Imagen 2.
La Trinidad introduce la preformación humana durante el coito.
Códice de la Bibliothèque del Arsenal.
La representación el proceso de formación del alma durante la gestación del individuo.
(Saurma-Jeltsch, 1998, pp. 58-66) de Aquino reconociera que el acto en sí "no merece o desmerece a toda la naturaleza humana", la escolástica tomista no consideró su comisión como algo inocuo para la descendencia.
Reproduciendo, punto por punto, la propuesta aristotélica del fenómeno de la generación, añadió varias cuestiones de relevancia, como que la perfección humana residía en la "virtud divina" otorgada por Dios en esencia y transmitida en la parte material por una "virtud formativa" que residía en las "razones seminales".
También que la parte material o física del cuerpo debía ser completada por el alma que, aun siendo una entidad divina e imperfectible, era moldeable según el estado natural del cuerpo, por lo que se vería de algún modo condicionada por la incidencia del pecado original.
De este modo, al igual que la virtud, el pecado residía en el alma, pero era causado en el alma por el contagio del semen y está en él, es decir, en el semen, aunque no como un sujeto sino como la causa; por tanto, se transmite el pecado original por la transmisión del semen y no del alma (Aquino, ca.
La incidencia del pecado original se configuró así, como una inferioridad biológica cuya única solución radicaría en obtener "la gracia", un beneficio que Dios no otorgaba a cambio de nada:
de Cristo nacen los hijos de la gracia, no por la transmisión de la carne, sino por demérito de la acción: pero de Adán nacemos hijos de la ira por propagación, no por demérito (Aquino, ca.
Sólo la fe en Cristo permitiría alcanzar el grado mínimo de perfección en esa relación, en la que la disposición del cuerpo condicionaba y era condicionada a un mismo tiempo por el alma.
Por consiguiente, aquellos que no conocían a Cristo estaban destinados a cualquier forma de inferioridad, variable en la medida que la carencia de visión de Cristo, como la de visión de Dios, solo llegaría por dos medios, uno "privativo" por el que el propio Dios la niega (es decir, por castigo) y otro, más común, que implicaba un "defecto natural negativo" que era impropio de la naturaleza humana y estaba forzado por decisiones morales (Aquino, ca.
LA INMANENCIA DEL CONCEPTO DE PECADO Y LAS DIFERENCIAS ENTRE TIPOS
Como ya comentamos anteriormente, la convicción dentro del pensamiento cristiano de la existencia de una relación entre la moralidad y la constitución biológica de los individuos, condujo necesariamente a un relato monolítico sobre la condición humana.
En líneas generales, igualdad y diferencia constituyeron caras de una misma moneda o, por ser aún más concretos, establecieron una rica dialéctica que fructificó en una variada red de pensamientos sobre la naturaleza humana (Stuurman, 2017).
Dentro de los argumentos que apostaron por la diferencia, la paradoja del pensamiento racional cristiano en torno a las consecuencias biológicas del pecado original residió en que su capacidad original para extender la cualidad humana a todas las variaciones fue alimentada con una progresiva restricción de su calidad como "personas", estableciendo un criterio de exclusión que se endureció con el paso de los siglos.
Este fenómeno se observa en campos de conocimiento tan heterogéneos como la naturaleza de los monstruos (Boaistuau, 1564; Paré, 1575), la limpieza de sangre (Torrejoncillo, 1676) o el origen de los pueblos colonizados (Acosta, 1590; García, 1607), en los que abiertamente se planteó la diferencia de sus objetos como una variación biológica en grado de inferioridad con respecto al tipo original, estableciendo la causa probable de ese hecho en la ruptura con las normas de la moral o en una continuada reincidencia en el pecado 14.
No era preciso, por tanto, comprender los mecanismos fisiológicos de la transmisión hereditaria, para valorar que había un carácter consustancial entre la variación y el pecado, que se transmitía a la descendencia, en tanto que "generatio enim perversa est, et infideles filis" (Cruz, 1637, p.
La explicación dogmática estableció líneas difíciles de franquear para el espíritu secularizador de la ciencia moderna, precisamente porque el dogma del pecado original ofrecía al pensamiento racional, no sólo una forma de catalogar las diferencias como rasgos de inferioridad ajustada a los intereses político-económicos de la época (Mignolo, 1999;2011), sino también una forma de vincularlas con las acciones de los individuos, lo que informa sobre el sentido socioantropológico que la cultura estaba adquiriendo en occidente.
Evidentemente, esta idea tuvo mayor recorrido dentro de una mentalidad epigenética cristiana, en la que la generación se planteaba como un proceso guiado por la conjunción de Dios y la naturaleza, sin embargo, ni la imposición del preformacionismo mecanicista a partir del siglo XVII, ni la consecuente desacralización y desmitificación del proceso de gestación, impidieron que la idea del pecado man-tuviera un valor principal a la hora de dirimir la relación entre variación, diferencia e inferioridad, como tampoco para entender la fuente y motivo por los que dicha inferioridad había sido infundida.
Tal cambio de mentalidad se redujo a precisar cuándo era infundida y cuáles eran los factores que podían llegar a afectarla 15.
Es por ello que preformacionistas como Gottfried Leibniz (1646Leibniz ( -1716)), advirtieron que, aunque la variación era un fenómeno preexistente a la reproducción de los seres vivos, nada podía producirse que no hubiera estado inscrito en la naturaleza desde su origen y "nada milagroso" actuaba en la génesis del ser humano "exceptuando el comienzo de estas cosas", pues "el organismo de los animales es un mecanismo que supone una preformación divina" (Leibniz, 1715(Leibniz, -1716: 115): 115).
Desde esa misma perspectiva, Charles Bonet evaluó las diferencias entre especies, así como las de los individuos dentro de ellas, atendiendo a una "perfección relativa en el conjunto de los seres" a la que llamó "perfección mixta" ya que se definía por el grado de coordinación entre el alma y el cuerpo, una coordinación que era mayor en los humanos que en cualquier otro ser, a excepción de los ángeles y cuya presencia era en cualquier caso reminiscencia de Dios 16.
Esta pervivencia de la fe resulta explícita en la teodicea racional de los siglos XVII y XVIII (imagen4), pero fue igualmente importante dentro de las líneas directrices que definieron al proyecto racional ilustrado, aunque de forma mucho más matizada 17.
Finalizando el siglo XVIII, la preexistencia en la reproducción de las formas fue puesta en duda por la experimentación con embriones, y una parte importante del pensamiento ilustrado recuperó la idea del proceso formativo, propia de las posturas epigenéticas, sin que ello implicara un cambio radical de paradigma, ya que, en muy amplio grado, la preexistencia de la forma siguió siendo necesaria para dotar de sentido al fenómeno.
Uno de los autores principales en este punto fue Pierre Louis Moreau de Maupertuis (1698Maupertuis ( -1759)), quien consideró que el proceso de génesis estaba dominado por la existencia de elementos inmanentes que definían la "configuración interna" de los cuerpos, es decir, partes orgánicas "primitivas e incorruptibles" que se perpetuaban en todas las especies y a las que llamó "elemento similar".
La idea, posteriormente desarrollada por Georges Louis Leclerc Buffon (1707-1788) en la "teoría del molde interior", reclamó la existencia de una fuerza o "potencia activa" en los seres que de algún modo, contendría la información de las "partes originarias" del primer ser humano, y sería la encargada de reproducirlo "desde dentro", entendiendo por tal, no ya la simple ordenación de los órganos sino también, la correcta coordinación de las leyes físicas que regían sobre ellos, la forma en que éstos se desarrollaban y en la que finalmente se reproducían.
Dichas partes originarias se consideraron una reminiscencia del primer tipo de la especie por lo que, en efecto, "el molde interior" era a un tiempo contenedor y replicante de la información del primer ser humano al que, por otro lado, se le reconoció un grado de perfección inmanente, esto es, una "unidad de tipo" 18, que podía extrapolarse como grado de perfección de la especie. historia del Génesis" encontraría cómo ésta "nos enseña que todos los pueblos de la tierra han salido de un único padre y una sola madre" (Maupertuis, 1745, p.
Ciertamente, la persistencia de Dios como elemento creador ya no implicaba una relación directa entre creador y criatura, por lo que, como ya avanzaba Leibniz, fuera cual fuera el objeto de la historia natural, el fenómeno de la variación debía analizarse a expensas de la actuación divina, marcado en todos los casos por la acción de las mismas fuerzas naturales.
Esta premisa fue matizada por Buffon para el caso del ser humano, pues reconocía en él "una naturaleza muy diferente (...) tan superior a la de los brutos, que sería preciso ser tan irracional como ellos para confundirlos", por ello era preciso tener en cuenta "la historia más noble de su ser", esto es, la de su alma (Buffon, 1749, p.
La importancia de la obra de Buffon radicó en su capacidad para sentar los fundamentos de la jerarquización de los individuos dentro de su especie.
En su opinión, la variación era una alteración del tipo que conformó líneas de cambio superficial en relación a los tipos originales.
Esta desviación del desarrollo "natural" del tipo, a la que llamó degeneración, se había producido por el acondicionamiento del cuerpo a causas externas como el clima o la alimentación, salvo en el caso del ser humano en el que fue una "extensión de nuestra naturaleza (que) no proviene tanto de las propiedades del cuerpo como de las del alma" (Buffon, 1766, pp. 249-250).
De ahí que su materialización se marcara por una "pérdida de nuestro entendimiento" con respecto al del tipo original, así como de "la costumbre de emplearlo (que) ha permanecido sin ejercicio, en medio del tumulto de nuestras sensaciones corporales" (Buffon, 1749, p.
Al vincular la modificación biológica del ser humano con aspectos culturales e intelectuales, Buffon comprendió la degeneración en base a patrones civilizatorios más que fisonómicos.
Según su teoría, la primera civilización "digna de ese nombre, digna de nuestros respetos, como creadora de las ciencias y de las artes", se había situado en "las regiones septentrionales de Asia desde los 40 grados de latitud hasta los 55", zona que entonces se conocía como la Gran Tartaria (imagen5) (Buffon, 1778, pp. 303-304).
Buffon afirmaba que, en un tiempo remoto, aquella zona había contado con unas condiciones climáticas que favorecieron el desarrollo de las condiciones físicas e intelectuales de sus habitantes, provocando un crecimiento inusitado de su cultura.
BNE. ello era que aquella civilización había teorizado el "periodo lunisolar de 600 años", que Giovanni Doménico Cassini (1625Cassini ( -1712) ) había "redescubierto" en (1689) y que, según el historiador Tito Flavio Josefo (ca.
38-101), ya habían conocido los patriarcas antediluvianos Mahalaleel, Jared, Enoc y Matusalén, hasta Noe (Josepho,s.p.
En algún momento inmediatamente posterior a este último, las condiciones climáticas favorables desaparecieron y con ellas el equilibrio biológico y fisiológico especial que había provocado el desarrollo de su cultura, después de ello "las ramas estériles o degeneradas de este noble y antiguo tronco se extendieron por todas partes de la Tierra entre las naciones civilizadas" (Buffon, 1778, p.
Siguiendo al astrónomo Jean Sylvain Bailly (1775, pp. 109-128), Buffon dedujo que esa mediocridad científico-teórica comenzó a revertirse muchos años después cuando algunos grupos humanos iniciaron un lento y progresivo periodo de desarrollo de sus capacidades físicas y morales, que puso en línea ascendente a las ramas de la cultura de occidente, mientras que para el resto:... a 30 siglos de luces quizá siguieron otros tantos de ignorancia.
De todos estos bellos y primeros frutos del entendimiento humano no quedaron más que las heces (...) el hombre en fin sin educación, sin moral, reducido a pasar una vida solitaria y salvage (sic), no presenta en vez de su alta naturaleza, más que un ser degradado inferior al bruto (Buffon, 1778, pp. 313-314).
Si la naturaleza, y no Dios, era la única fuerza sobre la que cabía comprender el fenómeno de la variación del ser humano, la calidad de éste seguía midiéndose conforme a una constitución física y moral original que seguía requiriendo de la creación de Dios.
Sólo así se podía concluir de modo racional que "el blanco es el color primitivo de los hombres", y que todas las demás variedades debían considerarse para la ciencia como "monstruos (...) desviaciones de la Naturaleza que no se preservan sino por el arte o por el régimen" (Maupertuis, 1745, pp. 189-190).
Al señalar la influencia del arte o el régimen sobre el tipo, la excepcionalidad de la variación en el ser humano quedaba ligada a aspectos de carácter moral, condicionando así las teorías en torno a la existencia de un elemento preformado en la naturaleza del ser, ya que, si como afirmaba Buffon, realmente había un "molde interior" que, de forma natural y bajo condiciones ambientales similares a las del origen, reproducía el estado de perfección esencial del primer tipo humano, era lógico pensar que, dado que la propia idiosincrasia de la naturaleza humana giraba en torno a la capacidad de los individuos para controlar la influencia del medio ambiente, la variación de su tipo era, al menos en cierta medida, un fenómeno autoinflingido, por lo que también lo era su degeneración.
A lo largo del siglo siguiente, esta idea fue fundamental para evaluar las diferencias biológicas atribuibles al resto de las "variedades" no occidentales, pero sobre todo para catalogar la diversidad dentro de los propios tipos 19.
LA FUERZA CREADORA Y LA SUPERIORIDAD BIOLÓGICA DEL HOMBRE EN OCCIDENTE
Aunque el papel de Dios hubiera dejado de ser activo en la lógica de occidente sobre la variación, su poder seguía siendo en muchos sentidos determinante.
La inmanencia de Dios como elemento creador, reforzó el peso que dentro de las causas secundarias debía otorgarse a las cuestiones morales, relativizando a su vez la influencia unívoca que se atribuía a los factores ambientales (Caponi, 2008).
Esta resistencia a desprenderse de la idea de Dios como elemento creador bien pudo responder al difícil encaje teórico que las particularidades de la variación, y de su transmisión, tenían dentro de la visión holística y omnicomprensiva que tradicionalmente había mostrado la historia natural.
Esta última disciplina consideraba la particularidad de las distintas especies y la forma en que los tipos variaban, como simples capítulos accidentales de un complejo libro en el que se narraba la filogenia del conjunto de los seres vivos (Roger, 1963, vid. Cap.
Tal grado de desinterés por lo particular daría muestras de agotamiento desde finales del siglo XVIII, gracias a la confluencia de distintos factores.
Por un lado, el desarrollo del estudio sobre los mecanismos que gobernaban las variaciones de los tipos, ligado al estudio fisiológico de la especie humana (Williams, 1994).
Por otro lado, la aparición de teorías sobre la herencia de los caracteres biológicos (López Beltrán, 1992).
Y, de modo general, por la progresiva individualización de los objetos de conocimiento natural, que dio lugar a "nuevas disciplinas" (Foucault, 1966).
El interés por los mecanismos que regían los fenómenos naturales concretos, se tradujo en un análisis pormenorizado de la ontogénesis dentro de los tipos (Gould, 1977) y ligado a él por un restablecimiento teórico del vínculo entre las especies, animado por la recuperación del principio de la "escala natural" aristotélica, que impulsó los estudios sobre biología comparada (López Piñero, 1992, pp. 11-20).
Esta forma de desarrollo científico no impidió que la lógica dogmática del creacionismo monogenista siguiera aceptando que la superioridad del ser humano occidental emanaba de su mayor grado de cercanía con el creador, pero al menos abrió un espacio para la crítica.
Algunos naturalistas como el médico escoces John Hunter (1728Hunter ( -1793) ) 20, plantearon un modelo de gradación progresiva que, sin romper con el extremo de la idea original sobre la superioridad del tipo humano original, apostaba por dar una visión alternativa de su materialización (Hunter, 1786).
Su idea, en general, afrontaba la supuesta relación entre la morfología y la perfección progresiva de las funciones orgánicas, invocando la recapitulación ontogenética como único patrón racional del que cabía colegir la "inferioridad" o "superioridad" de una especie sobre otra 21, es decir, que al "tomar una serie de animales de los más imperfectos a los perfectos, probablemente deberíamos encontrar un animal imperfecto que corresponda con alguna etapa del más perfecto" (Hunter, 1861, p.
La apuesta de Hunter por explicar las diferencias desde un punto de vista secularizado era muy evidente.
Su gradación en tipos inferiores y superiores, establecía que la materia embrionaria era un elemento reproductivo común para todas las especies y que, por tanto, el proceso natural de formación era idéntico para todos los seres vivos, al menos en sus fundamentos, ya que a partir de cierto punto el proceso de formación se complejizaba según el grado de perfección que mostrara la especie.
Dicho desarrollo diferencial estaba marcado por el efecto de una fuerza o principio natural sensible, que conectaba con las partes del cuerpo, provocando la normalidad o la variación (Hunter, 1786, pp. 243-244).
En este sentido, el grado de perfección de la criatura respondía a unos criterios puramente naturales, sin embargo, había dos aspectos que seguían sin explicarse, el primero y más evidente, el origen de esa fuerza natural que, de modo general, podría enlazarse con el principio de fuerza vital propio de las posturas animistas y vitalistas (Duchesneau, 1985), y que, a falta de una explicación mejor, siguió siendo vinculado con la acción de la divinidad.
Así lo hizo, por ejemplo, el ya citado Charles Bonnet (1760), quien recurrió a la idea de una "fuerza creadora" como elemento diferenciador de los peldaños de su escala naturae.
El segundo aspecto fue la perdurabilidad del criterio de perfec-ción en el tipo humano, con el añadido de que, al vincular su normalidad con el estado previo de la materia formativa, la variación y la diferencia dentro de los tipos pasaron a manifestarse como fenómenos de carácter patológico, cambio del que dio cuenta la obra de Johan Friedrich Blumenbach.
Asumiendo como ciertas las propuestas de Hunter, Blumenbach identificó el elemento "fuerza" con el concepto de nisus formativus, al que dotó de la función de crear el embrión convirtiendo la masa informe de la mezcla seminal en "materia madura".
Asimismo, lo incluyó dentro del conjunto más amplio de "fuerzas vitales" y le atribuyó un papel determinante en la producción y reproducción de variaciones, en tanto que su efecto dependía de la condición previa de la materia seminal (Blumenbach, 1828) 22.
Al extrapolar este razonamiento natural hacia el estudio de la variación en la especie humana, Blumenbach terminó concluyendo 23 que había cierto carácter patológico en toda variación ajena al patrón de perfección original, es decir, que "las razas y las variedades son desviaciones de las formas originales específicas de los cuerpos organizados de especies individuales, que resultan de su variación o degeneración gradual" producida por la exposición a causas externas.
Un razonamiento que sin duda alguna se vio perfilado por la convicción de que "bajo cualquier principio fisiológico, la (raza) caucasiana debía considerarse como primaria o intermediaria" del resto de variedades (Blumenbach, 1788: ep.
La diferenciación racial de Blumenbach posicionó las variaciones del ser humano dentro de la escala natural, fomentando una forma de pensamiento antropológico que, desde finales del siglo XVIII y hasta mediados del siglo XX, daría cabida a formas de determinismo biológico cada vez más radicales (ima-gen6).
Sin embargo, la propuesta de Blumenbach no muestra esa forma de determinismo.
El sentido general y constante con el que concebía el nisus formativus implicaba que todas las razas humanas eran variaciones del primer tipo formado, por lo que la degeneración debía entenderse como un fenómeno intrínseco al conjunto de la especie y no a una única raza.
Por otro lado, la pertenencia al tipo racial superior no era un rasgo concluyente capaz de confirmar la superioridad del individuo.
Sólo la materialización individual de la cultura que se asumía como propia de ese tipo, permitía establecer un juicio en ese aspecto, por lo que la existencia de individuos de las "razas inferiores" superiores a algunos individuos de la raza superior, no sólo era posible, sino que además era bastante común (Blumenbach, 1828, p.
En cualquiera de los casos, dado el carácter constante de la fuerza formativa, el sentido patológico que Blumenbach imputó a las variaciones sólo podía radicar en la materia formativa, por lo que independientemente del grado de degeneración que la raza, o cualquier otra variación, produjeran sobre esa materia, siempre habría una marca de inferioridad con respecto al tipo original de la especie que sería reproducida en la descendencia.
Fue precisamente ese punto el que derivó la cuestión hacia la transmisión de las variaciones.
LA TRANSMISIÓN DE VARIACIONES Y EL SENTIDO MORAL DE LA HERENCIA
Aunque finales del siglo XVIII no hubiera muchas dudas sobre la superioridad natural de los rasgos del tipo humano occidental, las dificultades para concretar el proceso fisiológico por el que una parte de ellos se reproducía en la descendencia, mientras que otra se perdía o variaba, era más que evidente.
Incluso recurriendo a la idea de una fuerza formativa, que en esencia tampoco constituía un elemento cognoscible ni mesurable, el desarrollo teórico se había limitado a constatar la persistencia de unos "rasgos fuertes" (género, raza, familia) o herencia orgánica, cuya no reproducción se consideraba fuera de los límites naturales, mientras que la idea de variación se vinculaba con la transmisión de los rasgos accidentales o particulares (López Beltrán, 2004).
Esta explicación, que funcionó excepcionalmente bien dentro de los límites del razonamiento natural fijista y creacionista 24, fue puesta en duda desde principios del siglo XIX por Jean Baptiste Lamarck (1809), al señalar que el estado actual de las especies debía concebirse como el resultado de una larga transmisión de caracteres adquiridos, dentro de cadenas de variaciones extendidas a lo largo de escalas de tiempo geológico, lo que no sólo ponía en duda la existencia de caracteres fijos o rasgos inmutables, sino que reducía a la mínima expresión cualquier valoración moral sobre las causas del cambio (Lamarck, 1801, p.
La observación biológica del potencial de la herencia como transmisor de variaciones comenzó a tomar fuerza al analizar estas propuestas biológicas desde una perspectiva patológica.
Desde el campo de la teratología, dedicada al análisis exhaustivo de los mecanismos fisiológicos que regían sobre las variaciones en el estado embrionario, el zoólogo francés Étienne Geoffroy Saint-Hilaire (1772-1844), planteó la existencia de un plan general de formación que se materializaba en un proceso fisiológico común de formación de los seres vivos, "un plan único, que siempre ha sido el mismo en esencia, pero que ha variado de mil maneras en sus partes accesorias" (Saint-Hilaire, 1796, p.
Aunque no ponía en duda la existencia de una fuerza generatriz que, originada en Dios, ani-Imagen 6.
Cráneos de las cinco razas de Blumenbach, el caucásico aparece en el centro (3. feninae georgianae).
Pertenece la figura II que ilustra las últimas páginas de (Blumenbach, 1781). mara dicho plan, consideró que éste estaba sujeto a normas naturales, reconocibles en el análisis de las irregularidades, lo que significaba que la variación no era fruto del azar ni de la preexistencia, sino el resultado de errores formativos que podían ser reproducidos y, por tanto, también previstos (Saint-Hilaire, 1818-1822, vol. II, p.
Años después, su hijo Isidore Geoffroy Saint Hilaire, estableció una clasificación de esas variaciones en función de su gravedad, incluyendo entre ellas una serie de "anomalías simples poco graves", a las que llamó "vicios de conformación" (Saint-Hilaire, 1833-1836, vol.I, p.
Dentro de ellas, consideró la existencia de "embranchemens anomaux dissimilaires" o variaciones disimilares que afectaban a las terminaciones de los vasos sanguíneos o del sistema nervioso (Saint-Hilaire, 1833-1836, vol.I, p.
341-342), cuya reproducción alcanzaba a un número indeterminado de generaciones cercano a las tres o cuatro 26.
Cuanto más simple, o menos visible, parecían ser esos "vicios", más evidente parecía también su transmisión por herencia biológica de ascendentes (Saint-Hilaire, 1833-1836, vol.I, p.
Dado que los individuos que sufrían estas variaciones apenas diferían del "estado normal" de su especie I.G. Saint Hilaire las separó de aquellas que afectaban a "las monstruosidades más grandes" (Saint-Hilaire, 1833-1836, vol.I, p.
22), derivando su reproducción al aún difuso campo de la herencia:
Es un hecho conocido en todo tiempo, como los padres, del mismo modo que transmiten a sus hijos su constitución física, sus características, e incluso sus cualidades morales e intelectuales, transmiten también sus defectos de organización dirigidos a una o varias partes de sus cuerpos (...) a veces sucede que (...) los males de un individuo terminan convirtiéndose en los de toda una raza. (...)
La explicación completa de todos estos hechos está más allá del alcance de la ciencia actual...
Este tipo de variaciones genésicas resultó de especial interés para una parte de la medicina (López Beltrán, 1995).
A finales del siglo XVIII, los médicos que, como Alexis Pujol (1787Pujol ( -1788) ) o Jean-François Pagès (1798), establecieron las primeras relaciones de enfermedades hereditarias, concluyeron la necesaria existencia de un nexo causal entre las propiedades biológicas de organismos ligados por relaciones genealógicas y la transmisión de caracteres determinados.
Por conveniencia, sus propuestas se fundaron en principios análogos a los planteados por Blumenbach sobre la variación, aceptando una visión patológica de la herencia cuyo único sustento racional se limitaba a la disposición humoral supuesta a los ascendentes, una convicción que, a su vez, se veía reforzada por el reducido alcance de su objeto, limitado a las pocas generaciones de las que podían dar cuenta sus pacientes, así como por la correlación entre espíritu y materia planteada por un vitalismo fisiológico de marcada impronta cristiana (Barthez, 1778, Vol.
Al igual que ocurriera con la variación en biología, los médicos valoraron la herencia como un elemento fundamental en la transmisión de caracteres esenciales y significativo en la transmisión de caracteres adquiridos.
No obstante, y por motivos obvios, los médicos prescindieron de los largos espacios de tiempo que marcaba la perspectiva biológica, amplificando el valor de la herencia dentro del proceso de variación.
Esto, unido a falta de un conocimiento fisiológico acabado sobre los mecanismos de transmisión, llevó a muchos de ellos a sobrevalorar el carácter patológico de fenómeno, posición que llegó a extremarse cuando, iniciado el siglo XIX, la disciplina reivindicó su legitimidad para intervenir en la solución de diversos problemas sociales (López Beltrán, 1992; Vallejo, 2013).
En ese nuevo marco, parte importante del concepto patológico de la herencia se centró en el sentido fundamentalmente moral de sus causas.
Autores como Petit, rechazaron que la herencia tuviera relación directa con causas ambientales externas o que estuviera necesariamente vinculada con un elemento esencial propio de una raza, para concebirla como "un germen" generado por las decisiones que los individuos tomaban con respecto a su forma de vida o su moral, que se materializaba en hábitos capaces de modificar su fisiología, provocando cambios (lesiones) en su cuerpo, potencialmente transmisibles y capaces de producir "la degeneración de linajes completos", poniendo en riesgo al conjunto de la sociedad.
Si bien, al igual que cualquier otro germen, podía ser erradicada mediante una coerción higiénica (Petit, 1817, pp. V-VIII).
La contundencia ideológica de ese mensaje aumentó a partir de 1847, como consecuencia de la formulación de las "leyes de la herencia" del médico francés Prosper Lucas (1808Lucas ( -1885)), según las cuales la naturaleza producía al mismo tiempo formas improvisadas, dando lugar a tipos originales (loi de l'invention), pero también imitaba sobre patrones previos (loi de l'imitation) subordinándose a una composición aná-loga a la de los tipos ya creados (Lucas, 1847(Lucas, -1850, vol. I, pp. 24-25), vol. I, pp. 24-25).
La preeminencia de uno u otro valor dependería de varios mecanismos que fueron construidos sobre los mismos principios fisiológicos de los que se sirvió I.G. Saint-Hilaire para postular la existencia de los "vicios de conformación" o ramificaciones "disimilares".
La acción de alguno o varios de esos mecanismos era necesaria, por lo que siempre podría preverse, pero raramente podría concretarse, lo que seguía dejando abierto un amplio margen para la interpretación de sus causas.
De este modo, en la configuración del nuevo ser influiría la herencia directa, si mostraba rasgos de los ascendentes inmediatos; herencia indirecta, si esos rasgos provenían de ascendentes colaterales; herencia de retorno si provenían de generaciones anteriores a la de los ascendientes inmediatos; o herencia por impregnación, en caso de que provinieran de cónyuges previos (Lucas, 1847(Lucas, -1850, vol. I, p.
Durante un largo periodo de tiempo, la propuesta de Lucas satisfizo a una clase médica ávida por obtener unos criterios sólidos que permitieran explicar la variación patológica de los tipos, sin embargo, la imposibilidad de concretar una previsión de los mecanismos de la herencia a priori, hizo que dichos criterios se limitaran a canalizar "científicamente" el sentido moral e individualizador con el que tradicionalmente se había establecido la relación entre la variación, la diferencia y la inferioridad.
El propio Lucas asumió y reforzó los fundamentos del creacionismo desde una posición católica, abiertamente crítica con el razonamiento transformista, dado que la diversidad de formas que generaba la herencia, no podía abrirse al "horizonte sin fin, sin luz, ni base" en el que la habían encerrado autores como Lamarck.
Coherentemente con su postura, Lucas siguió requiriendo de un tipo original perfecto sobre el que apoyar la existencia de las variaciones y la vinculación de ese tipo con un principio abstracto directo como la divinidad, o mediado como la fuerza natural, lejos de ser un problema para la razón, siguió pareciéndole la respuesta más lógica a las causas de la organización de los cuerpos, que sencillamente surgirían "como la fuerza y la ley de nuestro ser (...) si sus bases son abstractas, es porque son profundas como las de las preguntas que transportan la mente a grandes alturas".
La diversidad seguía planteándose así, como una "intervención en acto o expresión orgánica en la vida", que penetraba en la uniformidad del primer tipo, produciendo una fuerza que lo alejaba de "lo similar" y que, transformando el modelo, lo reconfiguraba y lo devolvía sin salirse de los límites de la especie "inventando, en imitación incluso, por variedad, a la creación".
Esto había provocado la escisión racial de la especie como variación esencial, pero no determinante, dado que "muchas de (las razas) son para nosotros tan viejas como la especie", siendo más determinantes "las variedades de seres que las componen".
Variaciones individuales del tipo que, conforme al sentido de la fuerza que las había motivado, podrían llegar a convertirse en formas patológicas cuya mera existencia implicaba un riesgo.
Con las leyes de la herencia de Lucas, la inclusión de los principios dogmáticos que, conforme a la idea de un tipo creado, sostenían la relación entre la variación y la diferencia, permitiendo justificar la desigualdad dentro del campo de la ciencia, alcanzaron el grado de desarrollo necesario para prescindir del recurso a la acción de una fuerza sobrenatural dentro del proceso.
Aún en el punto más oscuro de su obra, marcado por el carácter disimilar de los mecanismos hereditarios y la consiguiente imposibilidad de establecer un análisis científico a priori de los mismos, la lógica de dichos mecanismos invitaba a pensar que necesariamente debían estar regidos por principios naturales, sobre los que poco tenía que ver el designio divino, pero para cuya prevención sería preciso realizar una evaluación moral del individuo, cuestión que pasaba a formar parte de la responsabilidad del médico.
Ello explica el inestimable valor que tendría la obra de Lucas para el desarrollo de la psiquiatría durante la segunda mitad del siglo XIX (Huertas García-Alejo, 1987) pero también, de modo más general, el marcado determinismo biológico con el que comenzó a interpretarse la problemática social en los años siguientes (Pick, 1989; Huertas García-Alejo, 1998).
Dentro de este giro biológico de lo social, la inmanencia del dogma de la creación en la construcción científica de la relación entre variación, diferencia y desigualdad, se observa claramente en la teoría de la degeneración, que le dio inicio.
Su promotor, el médico Benedict Auguste Morel, se basó en las leyes de Lucas para dotar de una historia natural a aquellas variaciones que consideró como tipos humanos patológicos, individuos "paralelamente distintos", seres "degenerados", cuyo origen radicaba en "las nuevas condiciones que debió crear en el hombre el gran acontecimiento del pecado original" (Morel, 1857, p.
2) y cuya persistencia hasta el presente debía explicarse por su alejamiento de la "ley de Dios", pues La ley moral (...) es una, es universal, es verdadera, y da la posibilidad a todos de aceptarla y practicarla, ofreciendo una prueba certera de la unidad de la especie, de la que se puede deducir la unión y difusión entre las distintas razas humanas. (...) estas razas, no han sido todas alcanzadas por un mismo grado de civilización, y en el seno de las propias naciones civilizadas, existen las clases caídas, que apenas entrevén el movimiento ascendente de las clases superiores, a las que no pueden acceder si son abandonadas a su suerte. (...) la aplicación del tratamiento moral a estas masas desheredadas se presenta como uno de los más nobles, pero también de los más difíciles sujetos de estudio a los que pueden aspirar los verdaderos amigos de la humanidad (Morel, 1857, p.
Morel fue uno de los últimos hombres de ciencia que, de modo explícito, recurrió al dogma del homo imago dei para seguir justificando la inferioridad por la relación entre la variación y la diferencia.
Dos años después, la aparición de la obra de Darwin pondría en duda los principios del creacionismo clásico imponiendo la idea de la adaptación como fundamento lógico de la evolución y variación humana (Darwin, 1859;1868), mientras que la recuperación de la obra de Mendel (1866) a principios del siglo XX, acabaría con el ya bastante cuestionado dogma de la trasmisión generacional del pecado.
Pero incluso tras la implantación de estas nuevas perspectivas, la pervivencia del dogma de la creación, dentro de las propuestas sobre la superioridad biológica occidental aún mantendría una amplia influencia en la ciencia desde un punto de vista ideológico y moral, cuestión esta que impone un tipo de análisis que no se ajusta a los objetivos precisos de nuestro artículo.
Llegado este punto, es preciso concluir que una amplia mirada hacia la inmanencia del principio dogmático del homo imago dei dentro del pensamiento racional, permite valorar su influencia no como una forma de pensamiento científico, sino como una forma de acceso al saber que emanó de una percepción cultural extendida sobre nuestro origen, y que ejerció una influencia trascendental en la construcción de la ciencia, cuya presencia va mucho más allá del grado de aceptación que cada autor, en cada época, mostrara hacia el principio.
Parece igualmente evidente que su uso generalizado no respondió tanto a la ne-cesidad de explicar la diferencia, como a su utilidad para reclamar un sentido autorreferencial de la superioridad frente al diferente.
De este modo, ningún arma ha sido tan afilada, tan destructiva, ni tan útil a los intereses de su dueño como la que, defendiendo la igual naturaleza humana, atribuye a las diferencias evidentes de sus términos un grado de desigualdad latente que trasciende lo accidental para convertirse en esencial y permanente, justificando así su inferioridad y el derecho a su sometimiento.
La construcción de esta forma de razonamiento siempre precisó de un elemento irracional más o menos evidente, la idea de una causa eficiente o Dios creador cuya perfección quedaría reflejada en la obra fue difuminada, naturalizada y reformulada por un pensamiento científico secular, pero raramente fue cuestionada, sino que más bien fue adecuada al sentir de cada época, dándole acomodo dentro de diversas ideas y teorías como el molde interior, la unidad de tipo, la fuerza formativa o la escala natural, cuyo sentido teleológico siguió aferrándose a formas de razonamiento similares, permitiendo extender ese principio de superioridad sobre fundamentos más sólidos.
La asociación de ese razonamiento con el ejercicio del poder fue igualmente un elemento de continuidad, que sirvió a la ciencia y la política para reafirmarse mutuamente.
El análisis en un espacio de tiempo dilatado nos permite, sin embargo, matizar la relación entre ambos términos.
La progresiva naturalización de la idea de la superioridad occidental, no fue consecuencia de las formas de poder establecido, sino que más bien ejerció como motor de ellas, reafirmando progresivamente el papel del científico hacia posiciones de poder, que no nacen de un ejercicio objetivo de la ciencia sino de su capacidad de mediación.
Resulta sintomático a este respecto que los argumentos dirigidos a señalar la superioridad biológica de occidente raramente fueron acompañados de una defensa explicita de los ejercicios de poder que sustentaban al colonialismo y que, no obstante, las ideas y teorías esgrimidas permitieran justificar en cada caso el sentido general de aquellos procesos, del mismo modo que permitieron legitimar el ejercicio del poder sobre los individuos por parte de los nuevos estados liberales.
A lo largo de la segunda parte del siglo XIX, las ideas que, fundadas en un sentido determinista de la ciencia, reconocieron como necesaria la imposición de unos individuos sobre otros, ya fuera señalando superioridad de una raza sobre el resto, la necesidad de someter a todo un sexo o la lógica natural de un orden social injusto, siguieron poniendo en evidencia la persistencia de una idea que nunca fue ciencia y que no obstante siempre dominó en la ciencia: que existía una superioridad biológica origi-nal, que había sido otorgada por un ente superior y que los pocos elegidos que contaban con ella, tenían el derecho y el deber de extenderla, por todos los medios.
1 La crítica sobre la construcción de la diferencia por parte de la ciencia ha tenido un desarrollo muy marcado especialmente tras la publicación de Foucault (1961) y posteriores trabajos en los que se analiza la patologización moderna de la diferencia vid. (Foucault, 2000).
Autores como Stephen Jay Gould (1981) analizaron la construcción científica y vulgarización de ese concepto y más recientemente ha pasado a analizarse desde distintas categorías, principalmente género y raza.
2 Un análisis de su desarrollo y utilidad puede consultarse el capítulo introductorio de la reciente obra de Christiansen y Jensen, (2019).
Por otro lado, su vigencia tiene una clara representación en trabajos como los de Smith (2015) o Davies (2016).
3 Esta visión, más progresiva o incluso positiva de la naturaleza humana, ha sido quizá la más analizada por la historiografía (Tuveson, 1949; Maravall, 1966o Gray, 2007).
4 Al respecto de la multiplicidad de argumentos y de los recursos para la construcción de los mismos, conviene revisar la obra de Joan-Pau Rubiés, especialmente (Rubiés, 2000).
5 La más conocida es la de Los trabajos y los días de Hesíodo (ca.
8, 6 La reflexión sobre el mito de la creación ofrece, en ambas tradiciones, una amplia variedad propuestas no siempre coincidentes con las que terminarían siendo dominantes.
En la tradición clásica las obras de Anaxágoras de Clazómenas o Tales de Mileto buscaron las causas de la génesis original en fenómenos estrictamente naturales llevando al extremo la máxima de que "nada puede ser generado de la nada" (Fuente Freyre, 2002, pp. 42-45).
La falta de sentido de esa búsqueda es puesta en evidencia en Fedón (Platón, ca.
82), donde se induce la necesidad de buscar un principio inmaterial como generador de la esencia de los seres.
Por su parte, dentro de la cultura hebrea no es raro encontrar propuestas que apostaran por una creación mediada y no directa, que contrastan con el relato dominante del judaísmo y el cristianismo (Graves y Patai, 1963, pp. 65-71).
7 Las principales teorías genésicas de la tradición grecolatina estuvieron marcadas por el modelo hipocrático de pangénesis, que hablaba de un líquido seminal constituido por información reunida de todo el cuerpo, transmitida por las venas y los nervios hasta los genitales, donde era eyaculado durante el acto sexual (Hipócrates, ca.
247) y por la propuesta aristotélica del περιττώματα o semen peritomático, construido como un residuo latente de la alimentación, que fluye por el organismo como parte de la sangre, y en el que se contiene la información necesaria para "duplicar" al individuo (Aristóteles, lib. I,.
La influencia de ambas es evidente, por ejemplo, en lib. XIV).
8 La idea de la transmisión en el sentido "genético", con el que hoy la entendemos como "herencia biológica", no se produciría hasta finales del siglo XIX (López Beltrán, 2004, pp. 41-44).
9 La idea de Dios como alfarero y el hombre como "vaso" o recipiente, responde a la metáfora usada por Pablo de Tarso en (Rom.
9:21-23), para señalar las dos cualidades de hombre los "preparados para la destrucción" que son fruto de su ira y los "preparados de antemano para la gloria", que serían el fruto de su misericordia.
Por otro lado, etimológicamente hablando el concepto ira,-ae, viene del indoeuropeo eisque viene a significar "mover rápidamente o pasión", lo que encajaría aún más con el significado pretendido en la obra de Agustín, quien ejemplifica a ese tipo de hombres con Ismael, el hijo engendrado en adulterio por Abraham y su esclava Agar, que al contrario que Isaac (engendrado por la gracia de Dios con su legítima mujer Sara), estaba sujeto al doble pecado, carnal y original.
10 Según el propio Agustín (ca.
418) el problema de la propuesta pelagianista no radicaba en la negación del pecado original, sino en negar éste como causa de la muerte de Adán y por tanto del resto de la especie humana.
En general la idea, planteada por el monje britano Pelagio (ca.
410), advertía que la transmisión generacional del pecado original se daba por la imitación del pecado de los padres y no por una forma de transmisión de carácter biológico.
11 La idea de la generación como proceso la muestra Averroes de modo general en sus comentarios sobre la generación de los animales de Aristóteles (ca.
Previamente a ello se observan anotaciones en este sentido dentro de las Kulliyyât (Averroes, ca.
12 Alberto Magno tomó de Averroes la idea de que en cuestiones de generación "la naturaleza no hace nada sin la dirección de las inteligencias superiores".
13 La superioridad biológica de ese tipo tiene un fundamento moral en tanto que se consideraba "en cierto sentido, poseedor de todas las virtudes (...) pues había (en él) una rectitud tal, que la razón estaba sometida a Dios; y las potencias inferiores a la razón" (Aquino, 1265(Aquino, -1274, vol. 1, C. 95/a.3), vol. 1, C. 95/a.3).
14 La variación de posturas con respecto a la cuestión de la colonización fue analizada en profundidad por Giuliano Gliozzi (1977).
Un ejemplo característico de una visión distinta sobre el origen genésico de los seres humanos y su influencia determinante sobre las diferencias y la inferioridad de algunos pueblos es la famosa obra de La Peyrère sobre los preadamitas (La Peyrère, 1655).
Por su parte, la importancia de estas diferencias ha sido valorada por Sánchez Villa (2017).
Asimismo, los distintos argumentos con respecto al poder del bautismo en la regeneración del alma y sus consecuencias para el cuerpo, fue analizada en profundidad dentro del seminario dirigido por Adriano Prosperi sobre la historia del bautismo (Prosperi, 2006).
15 Las diferencias entre epigenetismo y preformacionismo serían muy marcadas, sobre todo en lo que se refiere a las implicaciones ideológicas que subyacen a ambos modelos, así como en el consiguiente concepto político.
No obstante, la continuidad entre ambos modelos, marcada por los principios del creacionismo es advertida por autoras como Jennifer Mensch (2013) o Clara Pinto-Correia (1997).
16 La idea, claramente tomada de Tomás de Aquino, se desarrolla en Bonnet (1760, Cap.
17 Horacio Capel Sáez (1982) incidió en esa relación entre ciencia y religión en las ciencias naturales de los siglos XVII y XVIII.
Sobre la influencia que ejerció el razonamiento dogmático en el pensamiento ilustrado (Haakonssen, 1996; Arana Cañedo-Argüelles, 1999;2007; Sorkin, 2008) 18 Técnicamente, la expresión "unidad de tipo" no aparece en la obra de Buffon, pero se popularizó esta interpretación gracias a su alumno Jean Pierre Flourens (1844, pp. 89, 164 y sig.).
19 Sobre la primera de estas evaluaciones, dio cuenta el propio Buffon en un largo repaso sobre la inferioridad de los distintos pueblos del planeta en base a su alejamiento del patrón de perfección localizado en la mezcla del hombre blanco y la tradición cultural europea (Buffon, 1749).
La propuesta de Buffon dio lugar a la aparición de diversas obras en el mismo sentido.
Las más famosas fueron las de Cornelius de Pauw (1770) y Guillaume Raynal (1770), dirigidas a señalar la inferioridad del pueblo latinoamericano.
La polémica que generaron estas obras es analizada en la obra de Antonello Gerbi (1955), quien señala la oposición con respecto a las posiciones de autores como Alexander von Humbold, Francisco Javier Clavijero o Johann Wolfgang von Goethe.
20 Sobre John Hunter interesan los capítulos de François Duchesneau e Ian Rolfe dedicados a anatomía y fisiología en la obra editada por Bynum y Porter (1985, pp. 259-322), que trata sobre sobre su hermano, William Hunter.
21 Ciertamente, la idea de una gradación progresiva de especies sobre criterios de inferioridad y superioridad remite a la obra de William Harvey (Harveo, 1651), Ex.
En el prefacio de la reedición de aquel trabajo en 1837, el médico Richard Owen atribuyó a Hunter estas palabras: "si tomáramos una serie de animales, del más imperfecto al perfecto, encontraríamos probablemente un animal imperfecto correspondiendo con algún estado del más perfecto" (p.XXVI), es por ello que Moore (2005), p.
498, incluyó a Hunter dentro del grupo de "descubridores" de la Teoría de la Recapitulación.
22 El concepto nisus formativus o Bildungstriebes (fuerza formativa o impulso formativo) abrió la obra principal de Blumenbach (1781a, pp. 1-2), que recogía el texto de su tesis doctoral que leída en 1775.
23 Como es sabido, en las distintas ediciones de De generis humani varietate nativa que aparecieron entre 1775 y 1795, Blumenbach introdujo cambios importantes con respecto al número de razas, que pasaron de cuatro a cinco, y también en lo concerniente al sentido patológico de las variaciones, que no se plantea hasta (Blumenbach, 1781a, pp. 51-53).
Sobre esta cuestión vid. (López Beltrán, 2004).
24 La dominancia de dicho razonamiento se debió en gran medida al peso del razonamiento natural de Cuvier (1817).
Su influencia tuvo amplio desarrollo el pensamiento paleontológico y antropológico del siglo XIX (Pelayo López, 1999; Blanckaert, 2000).
26 Esta cifra se valoraba en base a los datos de distintos autores, entre ellos Maupertuis (1745) quien no precisaba generaciones de modo exacto, sino una valoración probabilística que suponía el caso de deformidad de un hombre con seis dedos, en 1x20.000 y la probabilidad de que se diera esa "monstruosidad" en tres generaciones consecutivas en 1x8 billones, (vid. pp. 277-278).
Asimismo, citaba un breve artículo de un cirujano (Renou, 1774), que afirmaba que la transmisión de estos defectos era más común de madres a hijos y de padres a hijas. |
Con este trabajo queremos llamar la atención acerca del hecho de que el lenguaje es uno de los pilares fundamentales sobre los que asienta la actividad científica; de ahí que su estudio, realizado desde una perspectiva histórica, deba ser atendido en el marco general de la historia de la ciencia.
Analizamos, además, las distintas formas en que tal estudio puede llevarse a cabo utilizando como punto de partida los seis elementos clave del acto lingüístico.
PALABRAS CLAVE: historia del lenguaje científico, historia de la comunicación científica, elementos del acto lingüístico.
-pero una posibilidad marcada-en una concepción del lenguaje que no puede prescindir de la comunicación de algo desde un emisor a un receptor.
Lo cual no termina en el propio ámbito de las relaciones entre los elementos agente y paciente del acto comunicativo, sino que alcanza incluso al propio mensaje científico.
Pues la ciencia está hecha de verdades provisionales que van desechándose a medida que se encuentran otras, también provisionales, que convencen más, que dan explicación a más detalles.
Esas segundas verdades, se apoyan en las primeras; pues la ciencia no surge de la nada sino que es resultado de todo lo anterior, cuyo conocimiento, por muy desechable que luego resulte, es necesario para seguir avanzando.
Pero no se trata sólo de que la ciencia necesite del lenguaje para desarrollarse en cuanto pensamiento y para transmitirse y validarse como tal ciencia.
Es que, además, ese lenguaje puede condicionar el desarrollo del pensamiento científico, en el sentido de que cuanto más preciso sea el uno, más lo será también el otro y a la inversa.
Una buena sistematización de los conceptos se traduce en una terminología coherente y fácil de normalizar; igual que tener a su alcance unas buenas posibilidades terminológicas le permite a nuestro pensamiento avanzar más cómodamente hacia la precisión.
Por su parte, la existencia de una terminología inadecuada, de un lenguaje científico desacertado, condiciona que el pensamiento científico también lo sea.
De ello nos proporciona sobradas muestras la historia de la ciencia, de entre las que vamos a espigar sólo dos: muchos de nuestros médicos decimonónicos, por ejemplo, se quedaron extasiados ante la «nueva» enfermedad llamada croup, de la que les informaban los trabajos llegados desde Francia e Inglaterra.
Tan extasiados, que fueron incapaces de reconocer, tras ese nuevo término acuñado en 1765 por F. Home, una vieja enfermedad bien conocida en España desde hacía tiempo, el garrotillo.
Y así, se hicieron eco durante más de un siglo del increíble caos terminológico y conceptual que sobrevino tras el «descubrimiento» de Home, elaborando, como sus colegas europeos, todo tipo de explicaciones, sobre todo anatomopatológicas, que pudieran justificar y defender la existencia de una enfermedad nueva, completamente inexistente.
Todo ello ante la mirada atónita de unos pocos médicos españoles que sí habían comprendido desde el principio que el croup y el garrotillo eran lo mismo 3.
Algo ----3 Una mirada atónita que debe parecerse a la de algunos de nuestros médicos actuales cuando otros colegas les dicen, por ejemplo, que un rash no es lo mismo que un exantema.
Sobre la confusión del croup, vid. GUTIÉRREZ RODILLA, B. M. (1998), «Errores conceptuales y sus repercusiones terminológicas: el caso del croup en la historia de la difteria».
En: FER-NÁNDEZ GARCÍA, J. y CASTILLO OJUGAS, A. (eds.), La medicina popular española, Oviedo, Asemeya, 303-309. similar sucedió con los varios anatomistas y fisiólogos que, durante mucho tiempo, trataron de explicar cómo, en la conocida Prensa de Herófilo, se producía una presión muy fuerte de unas columnas de sangre contra otras y discutieron entre ellos de qué manera ésta se llevaba a cabo; pues, obviamente, si a ese lugar se le llamaba así, sería por algo.
Lo que ellos no alcanzaban a imaginar es que tal nombre se debía a un error de traducción y, por tanto, esta supuesta función de presión, connatural con cualquier prensa, no existía 4.
El lenguaje forma parte, por tanto, del método científico pues, no sólo describe lo que hace el investigador, sino que puede contribuir a determinar sus tareas.
Por eso, no resulta factible aprender una ciencia y discurrir sin trabas sobre ella, sin partir del lenguaje.
De ahí que pueda resultar muy llamativa una reconstrucción de la historia de cualquier área de la ciencia que no le preste una atención especial a su lenguaje.
¿Es posible hacer, por ejemplo, diagnósticos retrospectivos para reconstruir la historia de la enfermedad, sin introducirse en la historia de los términos?
¿Se puede reconstruir la relación médico-paciente en cualquier momento histórico sin atender al lenguaje?
LA DOBLE DIMENSIÓN, INDIVIDUAL Y SOCIAL, DEL LENGUAJE
Dicho lo anterior, debemos ocuparnos ahora de la forma en que se puede realizar ese estudio y cómo se ha llevado a cabo hasta el momento.
Para acercarnos a ello, volveremos a referirnos a las dos grandes facetas del lenguaje: la simbólica y la normativa; el lenguaje en tanto que estructura de símbolos que representan conceptos y, por lo mismo, estructurador del pensamiento; y el lenguaje que trasciende las peculiaridades individuales para, mediante unas normas generales, permitir la comunicación entre todos los hablantes.
Dos facetas que son el reflejo de las dos dimensiones del lenguaje: la dimensión personal, que atañe a cada individuo y la interpersonal, que atañe a la relación lingüística entre unos individuos y otros.
Contar con ambas dimensiones y reflexionar sobre los elementos que las componen, le permitió a algunos lingüistas, como Bühler o Jakobson, a partir de unos determinados presupuestos teóricos en los que ahora no es el momento de entrar, postular cuáles son los factores imprescindibles de cualquier acto lingüístico.
Así, en 1958, Roman Jakobson, en su célebre «Lingüística y Poética» ----enuncia los factores que intervienen en el acto lingüístico5; factores a los que, en la segunda mitad del siglo XX, se les ha dado todas las vueltas posibles, pero que, básicamente, son los siguientes: en todo acto lingüístico hay un emisor que envía un mensaje a un receptor.
Tal mensaje, que tiene un referente -es decir, versa sobre un tema-, se cifra y se descifra por medio de un código, que emisor y receptor deben conocer para que el acto de comunicación no resulte fallido.
También deberán compartir el emisor y el receptor un mismo canal, a través del cuál se transmite el mensaje.
Seis son, por tanto, los elementos del acto lingüístico: emisor, receptor, mensaje, referente, código y canal; elementos que le permitieron a Jakobson inferir las seis funciones fundamentales del lenguaje: emotiva, referencial, fática, conativa, poética y metalingüística.
Si traemos a colación esta bien conocida organización de las funciones del lenguaje, es porque los estudios que durante muchísimo tiempo se han realizado en torno a los actos lingüísticos de contenido científico sólo le han prestado atención a alguno de estos seis factores; en concreto, al mensaje, al referente y al código.
Pero, en buena lógica, atender a sólo tres de esos factores, nos priva de muchos elementos de juicio que pueden ser fundamentales.
La historia del lenguaje de la ciencia y, como ella, la de la ciencia en su conjunto, debe contemplar los seis factores citados; a pesar de que alguien esté convencido de que el lenguaje es solamente código, mensaje.
Ciertamente que eso es el lenguaje, pero no de forma exclusiva, pues los restantes factores forman también parte de él, les demos el rango que les demos en la jerarquía de las funciones lingüísticas.
El hecho es que ninguno de nosotros habla de ----forma similar cuando se dirige a un guardia de tráfico que pretende ponerle una multa que cuando se toma una copa con un amigo el sábado por la noche; ni nos expresamos de idéntica manera cuando damos una clase que cuando elaboramos un artículo sobre los mismos contenidos de los que nos hemos ocupado en ella.
Tampoco nos comportamos igual cuando redactamos la solicitud de una beca que cuando evaluamos la que solicita otra persona.
Y no digamos nada de cómo cambia nuestra escritura cuando nos lanzamos al vacío y decidimos escribir una carta de amor...
Se trata simplemente de circunstancias comunicativas, relacionadas con el emisor, el receptor, el canal o el referente, pero cuyo influjo es tan notorio sobre el lenguaje, como el de la nieve, el hielo o la niebla sobre un viaje por carretera.
Y no hay razón alguna para pensar que a nuestros antepasados de hace 2, 4 o 6 siglos no les pasara lo mismo que a nosotros, tratándose, claro está, de los que sabían leer y escribir.
LA ATENCIÓN AL MENSAJE, EL CÓDIGO Y EL REFERENTE
Por tanto, insistimos en que la parte de la historia de la ciencia que se ocupe de estos asuntos ha de enfrentarse con los seis elementos en que hemos esquematizado el acto lingüístico.
Sin embargo, los historiadores de la ciencia clásicamente en lo que se han detenido, es en estudiar de forma específica el referente, el tema, es decir, el contenido de los mensajes científicos; algo que resulta imprescindible tomar en consideración.
Pero ese estudio necesita completarse con las conclusiones que aporten los trabajos realizados sobre los otros elementos.
Matizando un poco más, no es cierto que los historiadores de la ciencia sólo se hayan ocupado del referente.
Lo han hecho también del emisor del mensaje, si bien atendiendo sólo a uno de los posibles emisores: el profesional de la ciencia, el científico; sin prestar la debida atención a los coprotagonistas de la emisión, como los impresores o los mecenas, por ejemplo; y sin acordarse de otros posibles protagonistas, como puede ser el paciente que describe en su diario el encuentro que ha tenido con su médico.
Llevamos voluntariamente esto al extremo, pues de sobra sabemos que hay muchos historiadores de la ciencia que cuentan con todos estos factores, sobre todo, en los últimos años.
Pero el que poco a poco se vaya haciendo no significa, ni que ahora todos lo hagan, ni que siempre se haya hecho.
Si los historiadores de la ciencia de buena parte del siglo XX se han ocupado sobre todo del referente, no fue así en los orígenes de una disciplina en que se prestó una atención especial al mensaje y al código en el que éste está cifrado, en dos líneas de trabajo clásicas: la llamada historia textual, es decir, la historia de los textos y la llamada lexicografía histórica, que estudia la historia de las palabras, en nuestro caso, de los tecnicismos; ambas, con una rica tradición a sus espaldas.
Como es conocido, la historia textual con sus facetas de edición, reconstrucción y traducción de textos, es la que de alguna manera dio origen a nuestra disciplina, a la historia de la ciencia.
Su pertinencia quedó recogida en aquellas conocidas palabras de Daremberg: «¿Cómo escribir la historia de una ciencia cuando los textos no son correctos, cuando no se ha fijado su sentido literal, cuando su interpretación se ha dejado a la improvisación y cuando su origen no lo ha determinado la crítica sino la fantasía?»6.
Estamos ante una corriente que, durante la mayor parte del XIX, dio sus mejores frutos en Francia en manos de Daremberg y de su maestro Littré, mientras que, en la última parte del XIX y en la primera del XX, tuvo sus mejores exponentes en el ámbito alemán: Puschmann, Edelstein, Temkin, etc.
Pero, curiosamente y salvo notables excepciones, como la personalizada por Erna Lesky, actualizadora de los enfoques filológicos desde la cátedra que ocupó en Viena hasta 1979, éste que constituyó el origen de la disciplina, fue sufriendo en la segunda mitad del siglo pasado un progresivo abandono por parte de los historiadores de la ciencia, bien por su escasa formación filológica y su desconocimiento de las lenguas clásicas, bien porque lo consideraran un modelo un tanto pasado de moda y, en vez de renovarlo, prefirieran dejarse seducir por los indudables encantos de las grandes estrellas de ese siglo, como la antropología, por ejemplo.
De esta forma, la recontrucción de los textos científicos ha ido quedando, salvo excepciones, en manos de los filólogos.
Y es, sin duda, encomiable que ellos aceptaran encantados el testigo que les pasaron los historiadores de la ciencia y hayan editado -y continúen haciéndolo-nuestros textos más representativos.
Recordemos, sin embargo, las palabras de Jutta Kollesch, directora durante mucho tiempo del CMG (Corpus Medicorum Graecorum): «Resulta evidente que el historiador de la medicina tiene gran dificultad para leer un escrito antiguo original; como evidente es también que un filólogo clásico no puede pretender abarcar en todos sus pormenores un texto médico antiguo» 7.
Es necesaria, pues, la colaboración estrecha entre el filólogo y el historiador de la ciencia, porque, ante una lectio difficilior en un pasaje de un texto literario, el filólogo es el mejor preparado para decidir entre las dos o más opciones ----que se le plantean; pero si ese pasaje se encuentra en un texto científico, carece de criterios para poder tomar una decisión.
Quien los tiene -quien debería tenerlos-es el historiador de la ciencia.
Por otro lado, como adelantábamos antes, además de la historia textual y muy en relación con ella, se encuentra la lexicografía histórica que se ocupa de estudiar la historia de las palabras; en nuestro caso, la de los tecnicismos.
Es éste un campo de trabajo más abandonado, si cabe, que el anterior, por parte de los historiadores de la ciencia.
Pero es una tarea todavía más importante para nuestra disciplina, porque se encuentra en la esencia misma de la historia conceptual 8.
De este abandono se deriva que fueran nuevamente los filólogos quienes se encomendaran a estos menesteres.
Helenistas, latinistas, arabistas, hebraistas y romanistas atienden, desde hace tiempo, a diversos aspectos de la lexicografía científica antigua, medieval y del renacimiento.
Mucho más reciente y mucho más escaso es el interés por la lexicografía científica posterior.
Interés escaso que, seguramente, se debe a que los especialistas en lenguas modernas tienen mucho campo donde trabajar en el ámbito literario sin necesidad de adentrarse por un camino que les plantearía bastantes dificultades, como es el de la ciencia moderna.
En todo caso, las realizaciones que unos y otros han conseguido son muy interesantes y, por ellas, no podemos más que felicitarlos 9.
Pese a ello, no debemos ocultar que a la mayoría de estos trabajos, siendo muchos de ellos impecables, les falta la revisión crítica del historiador científico.
Esto sin contar con que hay temas absolutamente escabrosos en los que los filólogos, con muy buen criterio, no se meten, ni se van a meter.
¿Cómo va un filólogo en sus cabales, por muchas lenguas que sepa, a estudiar en detalle la historia de la nomenclatura química, por ejemplo?
No decimos su adaptación al español; que eso sí nos lo pueden explicar y, de hecho, lo están ----8 En palabras de Jacques Roger, fundador en 1978 del grupo de investigación «Histoire du Vocabulaire Scientifique» en el seno del CNRS francés, «la historia del vocabulario científico no se limita a la historia individual de las palabras.
Esta historia es indispensable desde luego para la comprensión de los textos antiguos pero también para la historia de los conceptos, lo que constituye una parte muy importante de la historia de las ciencias».
En: LOUIS, P. y ROGER, J. (dirs.), Transfert de vocabulaire dans les sciences, París, C.N.R.S., 7-8, p.
9 Recogemos varias de las aportaciones que se han hecho, tanto a este apartado, como al de la historia textual, en GUTIÉRREZ RODILLA, B. M. (en prensa), «La influencia de la historia de la medicina en las humanidades».
En: Actas del XII Congreso Nacional de Historia de la Medicina, [Albacete, 2002]. haciendo J. Gutiérrez o C. Garriga, por ejemplo 10.
Pero, la otra cara de la moneda, la que va más allá del nombre para relacionarlo con la materia, quien nos la tiene que contar es el historiador de la ciencia.
Por suerte, contamos en nuestro país con los excelentes trabajos de J. R. Bertomeu y A. García Belmar 11.
Pero no en todas las áreas resulta así.
Muy relacionada con lo anterior es la historia de la metalexicografía científica; es decir, la de los glosarios, los vocabularios o los diccionarios de contenido especializado.
Ésta, no es que haya sido abandonada, sino, simplemente, ignorada.
Desde luego, la historia de los tecnicismos se hace fundamentalmente a partir de los textos, estudiando las palabras en su interior.
Sin duda, los textos son los documentos primarios para el estudio del léxico especializado.
Pero, además de ellos, existen unos instrumentos que, por más que en la terminología documental actual se califiquen como documentos terciarios, proporcionan una información primordial para llevar a cabo esta tarea de la que estamos hablando: todos los repertorios lexicográficos, que son de una ayuda inestimable para completar el estudio de las palabras en los textos.
Pero, obviamente, es muy difícil recurrir a ellos, si no se sabe cuáles son.
Y no se conocen porque el historiador de la ciencia los ha despreciado sistemáticamente, negándoles siempre la categoría de texto científico como los demás, cargado, por otro lado, de información de primer orden.
Entre las contadas excepciones a esto que decimos se encuentra la de Loren McKinney 12, quien en 1938, publicó un magnífico -y bonito-trabajo sobre la lexicografía médica medieval, que, lamentablemente, no tuvo ninguna continuación entre los historiadores médicos, hasta épocas muy recientes 13.
INTENTANDO CERRAR EL CÍRCULO
Hasta aquí hemos hablado del análisis del mensaje científico, de su referente y de su código, llevado a cabo por los filólogos y los historiadores de la ciencia hasta los años 70.
Ese análisis, sin embargo, por exhaustivo que fuera, no permitía contestar completamente, a algunas de las preguntas que, por entonces, se barajaban, fruto de la renovación acaecida durante el siglo XX en los solares de la historia, la lingüística, la literatura, etc. Preguntas del tipo: ¿para quién se escribe un libro o un texto determinado?; ¿con qué fin se escriben?; cada género científico ¿qué función representa? y, de acuerdo con esa función, ¿qué rasgos lo caracterizan?; ¿quién, además del escritor, está detrás de la producción del texto científico?; ¿qué determina el uso de unas lenguas o de otras?, etc.
A éstos y otros muchos interrogantes han intentado contestar documentalistas, bibliófilos, lingüistas, traductores e, incluso, historiadores de la ciencia, desde diferentes ámbitos como la historia de la lectura, la de la escritura, la de la traducción, la de la imprenta, el estudio de los géneros científicos, la historia de la divulgación, el análisis del discurso, etc., en líneas de trabajo promovidas por diversas corrientes que se han desarrollado en la segunda mitad del siglo XX.
Una de las que más ha contribuido a ello es, sin duda, la conocida nouvelle histoire, movimiento difícil de caracterizar por su gran diversidad de enfoques, salvo si se recurre -como hacían los teólogos medievales para definir a Dios-, a la vía negativa, es decir, a definirla por lo que no es, o por aquello a lo que se opone 14.
Una de sus primeras objecciones era a considerar la política como el objeto esencial de la historia, tal y como establecía el paradigma tradicional.
Para la nouvelle histoire «todo tiene una historia», es decir, un pasado, que puede reconstruirse y relacionarse con el resto del pasado.
Eso ha hecho que, en el último tercio del siglo XX, hayan aparecido numerosas historias sobre asuntos que anteriormente no se contemplaban, como la niñez, la muerte, la locura, el clima, los gustos, la limpieza, el cuerpo... y, por supuesto, el libro y la lectura 15.
----14 La comparación es de Peter Burke.
(BURKE, P. (1993), «Overtura: la nueva historia, su pasado y su futuro».
En: BURKE, P. (ed.), Formas de hacer historia, ed. esp., Madrid, Alianza Editorial, 11-37, p.
15 Para ilustrar toda esta diversidad, se suele poner como ejemplo la obra colectiva dirigida por Jacques Le Goff y Pierre Nora, Hacer la historia, dividida en tres volúmenes dedicados, respectivamente, a los nuevos problemas, los nuevos enfoques y los nuevos temas.
Todas estas «nuevas historias», en su vocación por historiarlo todo y en su deseo de centrar el foco de atención, no en los de arriba, sino en los de abajo, como preconiza la famosa history from Below, se han enfrentado a un problema importante, el de las fuentes.
Porque una historia basada en los documentos oficiales, difícilmente podía permitir, al menos por sí sola, retratar a los socialmente invisibles -como las mujeres trabajadoras, por ejemplo-, o escuchar a los que no hablan -como los muertos o la mayoría silenciosa-.
Para la historia del libro y de la lectura 16, se ha recurrido a fuentes tales como los catálogos de las ferias de libros de Francfurt y Leipzig, en el caso de Alemania o, en el de Francia, al depósito legal, los registros de privilegios de libros y la publicación anual de la Bibliographie de la France.
Todo lo cual ha permitido realizar una tarea de macroanálisis, estudiando la evolución de los hábitos de lectura en series a largo plazo; esa longue durèe tan cara a la supuesta escuela de Annales.
Pero, también, se han llevado a cabo diversos «microanálisis», que sacan conclusiones interesantísimas, por ejemplo, de los libros presentes en las bibliotecas privadas de magistrados, curas, burgueses, artesanos o criados, elaboradas a partir de los inventarios post-mortem, es decir, los registros notariales de libros de los legados de personas difuntas 17.
Como la propia nouvelle histoire, la historia social del libro y la de la lectura es de una tremenda heterogeneidad.
No debe pensarse en una línea más o menos trazada o en una sistematización relativamente cerrada, porque dentro de estos campos existían muchos caminos por recorrer y se van transitando de manera desigual 18.
En todo caso, son trabajos aleccionadores.
Así, un volumen manuscrito misceláneo, en el que se han copiado varias obras para que estuvieran juntas nos habla de que su primer propietario, por la razón que fuera, consideró útil que esas obras estuvieran agrupadas y, al pensar en cuál pudo ser esa razón, podremos descubrir con qué fin las utilizaba.
Tampoco ---- 16 Seguimos de cerca a DARNTON, R. (1993), «Historia de la lectura».
En: BURKE, P. (ed.), Formas de hacer historia, ed. esp., Madrid, Alianza Editorial, 177-208.
17 Conclusiones interesantísimas, pero que hay que justipreciar porque, por las características de la propia fuente, sufren el sesgo que introduce el artífice del registro, que puede despreciar por la razón que sea un conjunto de libros y despacharlos con la frase «y una pila de libros» o «y cinco libros sin interés»; libros que pudieran ser, precisamente, los que a nosotros más nos interesaría conocer.
Y así, la visión general que podemos tener de la biblioteca no es completa, porque de ese grupo de libros que se ha despreciado no sabemos ni su contenido ni su peso real en el conjunto de la biblioteca.
18 No tiene sentido que intentemos dar cuenta aquí de unas cuantas de esas aportaciones, dado el número de las existentes.
El interesado puede dirigirse a la bibliografía de cualquier Historia de la Lectura, elaborada en los últimos años, donde se recogerán, sin duda, muchas de ellas. carece de interés que, de los libros que pertenecen a una biblioteca, como la de Unamuno por ejemplo, unos estén intonsos y otros estén abiertos.
Y que, en uno de estos, regalado al escritor por un novelista, aparezca una octavilla donde el novelista vasco esquematiza las ideas fundamentales contenidas en él.
Como no deja de ser relevante que la disposición tipográfica de un texto constituya un indicio sobre su sentido y sobre la manera en que tal texto se leía; de forma que, entre una edición y otra de una misma obra pueda haber muy pocos cambios en las palabras, pero sí una modificación notable en el diseño del libro, porque se publicara con una finalidad diferente.
Pensemos, por ejemplo, en el Coloquio breve y compendioso..., de Francisco Martínez de Castrillo, obra importantísima en el ámbito de la odontología, publicada por vez primera en 1557.
Como indica su título está escrita en forma de diálogo; lo cuál podría hacer pensar en un texto de carácter divulgativo.
Lo que se ha considerado siempre como segunda edición de esta obra, aparecida 13 años después, no lleva ya el título de Coloquio, sino el de Tratado breve y compendioso... y, coherentemente con él, sigue la disposición de un tratado, con divisiones en capítulos, etc.; lo que parece indicar que se va buscando otro tipo de público 19.
No digamos nada cuando la distinta disposición permite comprender que ha de contarse con la pérdida de una página de un texto y que esto sólo pudo ocurrir por la autocensura, hipótesis que Rosa Navarro ha aplicado a El Lazarillo de Tormes20.
Por su parte, las conclusiones que se extraen del estudio de los catálogos de las bibliotecas privadas, las subastas de bienes y la identificación de las personas que acuden y compran en ellas, desafían muchos lugares comunes de la historia literaria.
Recordemos el sorprendente ejemplo que nos ofrece Manuel Peña en su obra sobre libros y lenguas en la Cataluña renacentista, al respecto de la venta en almoneda de los libros de un cirujano difunto: mientras que es un canónigo el que compra un Regimen de sanidad, un cura un libro de cirugía y un chatarrero uno de medicina, es un médico que está presente quien se queda con una obra de Séneca y un barbero, con las apostillas de Nicolás de Lira al Salterio y una obra de Egidio Romano en latín.
Como dice M. Peña «menos mal que el canónigo Albanell compró el vocabulario de ----Maio y una obra de Santo Tomás y el cirujano Vilardaga adquirió entre otros libros, uno de medicina» 21.
Ejemplo sorprendente que debe servirnos de acicate para ir más allá, profundizando en las posibles explicaciones que este hecho pueda tener, una vez superada la perplejidad inicial, como oportunamente nos señala José Pardo en una interesante reseña sobre los encuentros y desencuentros entre la historia de la ciencia y la del libro, en la que se hace eco de este mismo ejemplo 22.
En esa reseña también se pone de manifiesto lo mucho que queda todavía por hacer en lo que a la literatura científica se refiere.
Porque, desde luego, las aportaciones realizadas desde la historia social del libro, la de la lectura o la de la escritura, que han ido asumiendo progresivamente un grado mayor de interdisciplinariedad, han sido muy enriquecedoras, especialmente por la novedad que representan en lo que al método de trabajo se refiere.
Sin embargo, a pesar de eso, y a pesar también de que de este tipo de estudios tenemos muestras excelentes en nuestro ámbito geográfico, como son los trabajos del citado Manuel Peña, Anastasio Rojo, Antonio Castillo o el propio José Pardo 23, por citar sólo algunos, la inmensa mayoría de lo realizado presta atención a otros tipos de literatura como la novela o el devocionario, por ejemplo, y no tanto al libro, al texto, de contenido científico.
Eso sin contar con que buena parte de esos trabajos se centra en periodos del mundo moderno, por lo que quedan muchas sombras que iluminar de épocas anteriores.
De gran interés también, para lo que nosotros estamos hablando es otra de esas «revoluciones», por ponerle algún nombre, acaecidas en el siglo XX: el famoso «giro lingüístico» cuyos efectos más importantes, en la esfera de la sociedad y la cultura, se han manifestado en los estudios literarios.
Arropado con etiquetas imponentes 24 -estructuralismo, deconstrucción, hermenéutica, ----semiótica, fenomenología...-sus resultados han sido muy discutidos y, en ocasiones, muy discutibles porque, en su forma más extrema, que a manos de la deconstrucción favorecía una eliminación gradual de la literatura propiamente dicha, ha permitido llegar a conclusiones tales como que se puede aprender -y practicar, por tanto-teoría literaria, sin leer literatura.
Josep Fontana, a quien parece no gustarle nada el giro lingüístico y sus consecuencias, resume la crítica que le hace al mismo en su obra La historia después del fin de la historia, con el siguiente aforismo de Oulipo 25: «nos hemos dado cuenta de que no somos más que lenguaje, de la cabeza a los pies.
Y que, cuando uno creía tener dolor de vientre, era en el lenguaje donde tenía dolor».
Y, añade, Fontana: «lo cual, puede contener una parte de verdad, pero es difícil que saberlo nos sirva para aliviar nuestro dolor de vientre».
Sea como fuere, ha permitido que se produzca un cambio en el estudio del mensaje lingüístico y de su código, introduciendo en el mismo aspectos antes poco explorados, en relación, por ejemplo, con las motivaciones del emisor del mensaje o las peculiaridades del receptor.
En el terreno de la historia sus efectos han sido tardíos y se han centrado básicamente en la realización de análisis del discurso; análisis que pueden aportar elementos útiles que nos eviten tropezar haciendo lecturas anacrónicas y, por tanto, incorrectas de los escritos del pasado; si bien, también pudieran llevar a una esterilización del trabajo histórico: primero, por agotamiento de nuestra capacidad de análisis al intentar desmontar el texto; pero también, al sustituir el estudio de los problemas reales de las personas por el de los discursos que se refieren a ellos 26.
Por tanto, habrá que calibrar y darle a este tipo de estudios su justo valor; pero, en cualquier caso, incorporar a nuestro trabajo una nueva y mejor conciencia crítica de la necesidad de analizar el sentido real de las palabras y de desmontar las ideologizaciones, es algo no solamente instructivo, sino necesario.
Una de las grandes utilidades de estos análisis de que hablamos reside en el examen de cómo se elaboran los discursos históricos legitimadores; discursos que, en el ámbito concreto de la ciencia, tienen como misión, no sólo, o no tanto, convencer a la comunidad científica sobre la validez de unas teorías concretas, sino, sobre todo, el dotarse de los medios necesarios para justificar el monopolio profesional de un saber científico novedoso; amén, desde luego, de la promoción científica, académica o profesional.
Tenemos magníficos ejemplos en nuestro país de este tipo de trabajos en los realizados por Rosa Medina sobre las estrategias retóricas utilizadas por los primeros radiotera-----25 FONTANA, J. (1992), La historia después del fin de la historia, Barcelona, Crítica, p.
100. peutas españoles, Guillermo Olagüe sobre uso de la retórica para justificar el monopolio profesional en unas parcelas médicas muy concretas o el recientemente publicado por Rafael Huertas sobre la legitimación de la medicina mental española 27.
Otras aplicaciones de gran interés que encuentran los análisis del discurso sobre la ciencia, tienen que ver con los intentos de clarificar y clasificar los géneros literarios científicos.
Para esta última tarea es necesario enfrentarse a los textos desde diversas ópticas que van desde las características lingüísticas -léxicas, sintácticas, etc.-hasta los estilos argumentativos, pasando por las lenguas en que están escritos, las disposiciones tipográficas, etc. El realizarlo, además, combinando una doble perspectiva -la sincrónica y la diacrónica-, nos permite comprender la evolución de un mismo género a lo largo del tiempo 28.
Todo esto, por otra parte, constituye la puerta de entrada a un mundo importantísimo y apasionante, pero relativamente poco estudiado desde una perspectiva histórica, que es el de la divulgación de la ciencia, con excepciones notables, como las que suponen, por ejemplo, los trabajos de Mortureux, Jacques y Raichvarg, Eamon o, en nuestro ámbito geográfico, los de E. Perdiguero sobre los tratados de higiene y su público 29.
Mundo tan amplio, que no podemos abordar en el estrecho margen de este trabajo.
Medical Discourses of Spanish Radiotherapists», Social History of Medicine, 10, 221-242; OLAGÜE, G. (2001), Del uso de la retórica en el discurso científico: a propósito de los programas de trabajo de Fidel Fernández Martínez (1890-1942) y Eduardo Ortíz de Landázuri (1910-1985) [Discurso de recepción de la R. Academia de Medicina y Cirugía de Granada], Granada, Real Academia de Medicina y Cirugía; HUERTAS, R. (2002), Organizar y persuadir.
Estrategias profesionales y retóricas de legitimación de la medicina mental española (1875-1936), Madrid, Frenia.
28 Así han tratado de mostrarlo Gross, Harmon y Reidy, a propósito del «Artículo Científico», en GROSS, A. G., HARMON, J. E. y REIDY, M. ( 2002
DESDE LA INTERDISCIPLINARIEDAD HACIA UNA VISIÓN INTEGRADORA
Señalábamos antes que existía una serie de preguntas, fruto de contemplar los distintos elementos del acto comunicativo y las relaciones que se establecen entre ellos.
Preguntas a las que se ha intentado contestar desde diferentes ámbitos, como hemos dicho, y que conforman entre todas lo que podríamos etiquetar con el nombre de «comunicación científica» 30, de la que, a lo largo de la historia, junto al científico, han sido artífices los traductores, los educadores, los promotores de instituciones dedicadas al conocimiento, los impresores, los editores, los mecenas, los compiladores, los bibliógrafos, los amanuenses, los bibliotecarios, los terminólogos, los documentalistas..., dedicados, desde Mesopotamia hasta la actualidad, a almacenar y difundir el saber 31; y, por supuesto, los destinatarios, el público, variopinto y diferente en cada momento, en cada situación.
Todos estos nombres representan la absoluta heterogeneidad que compone la comunicación científica y, por tanto, la completa interdisciplinariedad desde la que el estudio de su historia debe ser abordado.
Interdisciplinariedad que, no sólo participa de los esfuerzos que deben realizarse para llevar a cabo tal estudio, sino que se beneficia también de los frutos conseguidos con él.
Es decir, en los corpora de conocimientos que componen áreas del saber como la de la traducción o la de la filología, por ejemplo, necesariamente ha de repercutir que se analicen los documentos científicos desde la perspectiva del lenguaje y del acto lingüístico.
Así, y por citar sólo un par de casos, el haberse preguntado por los destinatarios de los textos científicos ha permitido caer en la cuenta de que las lenguas que se emplean en la transmisión científica no son meros accidentes, sino que constituyen un factor fundamental en la caracterización de los géneros científicos y en la discriminación del público a que se dirigen.
A partir de ahí, se ha ido poco a poco desarrollando una fecunda línea de trabajo en historia de la ciencia, a la que se conoce con el nombre de vernacularización, inte-----30 Nos gustaría precisar que empleamos esta etiqueta, aunque no nos guste demasiado, porque «comunicación» es el sustantivo que corresponde al acto de comunicarse y de lo que nos estamos ocupando aquí es precisamente de él y de los elementos que lo integran; sin embargo, el término «comunicación» está muy manido y nos transporta de inmediato a los medios de comunicación, por lo que, esta etiqueta nos puede llevar a pensar, por ejemplo, en la prensa de divulgación científica.
Algo que no es, evidentemente, de lo que aquí estamos tratando. resada en estudiar la ciencia transmitida, no por medio de las grandes lenguas clásicas -protagonistas absolutas hasta entonces-, sino a través de las lenguas vernáculas.
El estudio de los primeros textos científicos en vulgar, tanto los originales como los traducidos, proporciona claves ignoradas a los historiadores de la lengua y los de la traducción, quienes no han solido contar para construir sus discursos más que con los textos literarios.
La incorporación a tales discursos de los escritos científicos debe obligarles a revisar muchos detalles, empezando por los de índole temporal, a la vez que debe servirles para conocer mucho mejor aspectos relacionados con la producción de las obras científicas u otros que tienen que ver con el oficio de traductor 32 -como su formación o su competencia lingüística-, o con la teoría de la traducción.
Así nos lo muestran, por ejemplo, varios de los trabajos de L. Cifuentes 33.
Por su parte, el estudio del vocabulario, la lexicografía, se ha visto enriquecido por una aportación procedente de una de las áreas de la historia privilegiadas del siglo XX, como lo es la demografía histórica.
Uno de los principales obstáculos con los que tropieza el análisis de la mortalidad y de los diversos factores que confluyen en ella, lo constituyen los problemas de interpretación de los significados que plantean las fuentes escritas que informan de las causas de defunción.
Para intentar solventarlo ha habido diferentes propuestas, entre las que se encuentra la aplicación de los presupuestos básicos del análisis semántico documental a las expresiones diagnósticas de causas de muerte que aparecen en los registros parroquiales y en los registros civiles 34.
Tal aplicación conduce, en primer lugar, a la elaboración de glosa-----32 Oficio desempeñado por «monjes, estudiosos, peregrinos, exploradores, viajeros, soldados, escribas, poetas, impresores, médicos, filósofos, teólogos, diplomáticos e incluso monarcas».
Así lo resume V. Montalt en la reseña que hace sobre el libro de B.C. Vickery citado en la referencia anterior; reseña que sirve como ejemplo de lo que estamos diciendo: de qué forma este libro de Vickery, sin que sea ése su objetivo principal, puede servir a la historia de la traducción (Vid.
33 De forma especial, CIFUENTES COMAMALA, Ll.
34 Vid., por ejemplo, LÓPEZ PIÑERO, J. M. et al (1974), La semántica documental aplicada a la historia de la medicina y la epidemiología histórica, Valencia, Instituto de Estudios Históricos y Documentales sobre la Ciencia; MICÓ NAVARRO, J. A. y MARTÍNEZ MONLEÓN, F. (1993), «La utilización de las técnicas del análisis semántico-documental en el estudio e interpretación de las expresiones diagnósticas de las causas de muerte», Boletín de la Asociación de Demografía Histórica, 11 (3): 175-185. rios terminológicos, tras confrontar y completar la información que aparece en las fuentes citadas con la proporcionada por diccionarios, tratados y nomenclaturas normalizadas de la época; y, en segundo lugar, a la elaboración de tesauros, que sean útiles para los investigadores de esta área de la demografía histórica.
Excelentes ejemplos de esta línea de trabajo en nuestro entorno, los encontramos en los realizados y dirigidos por el profesor J. Bernabeu 35.
Antes señalábamos que las preguntas y respuestas que resultan de contemplar los distintos elementos del acto lingüístico de contenido científico y las relaciones que se establecen entre ellos, conforman lo que hemos etiquetado con el nombre de «comunicación científica».
Sin embargo, las más de las veces, todas esas preguntas y respuestas, que dan lugar a distintas líneas de trabajo, se realizan de forma independiente, sin mucha relación entre unas y otras; de suerte que, para quien trata de contemplar el fenómeno de manera global, resulta difícil percibir que son ramas que forman parte de un único árbol.
Si ciertamente se han hecho muchas cosas a este respecto, queda todavía mucho por hacer.
Y lo que falta, son tareas de dos tipos: de un lado, hay que seguir cubriendo todas las lagunas que todavía existen por medio de los trabajos que continúen realizando los profesionales de todas esas áreas de las que hemos hablado.
Y, de otro lado, se necesita que todas esas visiones dispares, procedentes de tantos ámbitos, vayan más allá de la simple síntesis acumulativa, se asimilen y se sometan a un proceso de integración; lo que, a nuestro entender, le corresponde llevar a cabo a la historia de la ciencia.
Ese proceso de asimilación e integración debe pasar, sin duda, porque los historiadores de la ciencia incorporen los métodos de trabajo y las preocupaciones de todas esas áreas citadas, así como las conclusiones a las que los investigadores de las mismas han llegado.
Algo que, aunque despacio, ya se va haciendo.
No tenemos más que fijarnos en una muestra excelente, como lo es La búsqueda de la salud de L. García Ballester 36.
Pero tal proceso debería ir más allá: debería proporcionar el marco desde el que contemplar la historia de la comunicación científica como un todo 37.
Una historia de la comunicación ----científica que haga suyos, tanto los aspectos de la producción del texto científico -sus formas materiales, el patronazgo, la distribución, la autoría, la censura...-como los de su consumo -las bibliotecas particulares, los préstamos y alquileres, las estrategias de apropiación del texto, etc.-; que integre, tanto las vicisitudes de la historia de la traducción especializada, como las del almacenamiento y custodia de los documentos científicos a través de los siglos; y lo realice sin despreciar nada de lo que se ha hecho hasta aquí: porque sin las excelentes -y generosas-reconstrucciones textuales filológicas del XIX, difícilmente se podrían realizar los análisis del discurso del XX.
Una historia de la comunicación científica que pertenece de pleno derecho a la historia general de la ciencia y que ésta no debería dejarse escapar.
---separados de forma artificiosa.
Por lo que su estudio integrador debe, ante todo, «reconstruir la compleja red de relaciones, dependencias y condicionamientos que lo ligan a los demás aspectos; dicho de otra forma, reintegrarlo en su contexto histórico real» (LÓPEZ PIÑERO, J. M. (1976), «Historia de la Ciencia e Historia», en Once ensayos sobre la historia, Madrid, Rioduero, 145-157, p. |
En este artículo se analizan los primeros intentos realizados por el Estado para implementar la beneficencia pública en Puerto Rico.
Se argumenta que los liberales lucharon por adelantar sus políticas en favor de la población desposeída, pero que sus acciones se vieron limitadas por las dificultades que encontraron en la Isla, entre ellas la falta de las instituciones de caridad.
En los dos primeros periodos constitucionales (1812-1814 y 1820-1823) se intentó actuar en favor de todos los pobres, pero solo se logró atender a los enfermos pobres en los hospitales de la ciudad de San Juan.
En el desarrollo del artículo se muestra que durante el siglo XIX importó mucho el género para ingresar a los hospitales: en el primer periodo constitucional solamente se asistieron a los hombres en el Hospital Militar; las mujeres fueron atendidas en el segundo periodo constitucional, cuando el Estado consiguió administrar el Hospital de Pobres.
A pesar de la intermitencia entre los proyectos políticos liberales y conservadores, se dieron los primeros pasos para comenzar a asistir a los enfermos puertorriqueños pobres en los hospitales de la ciudad.
Eran las seis de la tarde del 14 de marzo de 1823 cuando el presbítero Francisco Correa se encontró con el abogado Aniceto Ruiz, quien también paseaba por el barrio Santa Bárbara, en la ciudad de San Juan de Puerto Rico.
El hombre de Dios le contó al hombre de letras que en el campo posterior a la huerta del convento de los dominicos estaba abandonada una mujer enferma.
Unas señoras le habían contado que llevaba todo el día tirada en medio del campo porque no tenía un lugar en donde recogerse.
El doctor Ruiz se acercó a la mujer, una morena joven, y le preguntó las razones por las cuales se encontraba en aquellas condiciones.
Ella le contestó que la habían echado a la calle porque le faltaban los cuatro reales para pagar la barraca que tenía alquilada; que había pedido socorro, pero nadie la había ayudado.
Sin otra alternativa para evitar que aquella mujer permaneciera en la calle, el doctor Ruiz la llevó a su casa porque la madre de la joven tampoco podía recibirla; según explicaba la muchacha, el dueño del bohío en el que vivía su madre le había prohibido la entrada 1.
Al día siguiente, el abogado contó aquella experiencia en la reunión mensual de la Junta de Beneficencia Municipal, de la cual era miembro.
En ese momento argumentó, que, aunque la joven le causaba algunas incomodidades en su vida familiar, esperaba la pronta reapertura del Hospital de Pobres de la ciudad, que se encontraba en disputa con las autoridades eclesiásticas.
María Paula, la joven enferma, recibió atención médica de manos del licenciado Emigdio Antique, quien también era miembro de la Junta de Beneficencia y luchaba por el restablecimiento del hospital.
Dos semanas más tarde, María Paula murió en el seno de la familia que la había acogido, sin que aún se restableciera el Hospital de Pobres de la ciudad 2.
Una situación como la descrita, pudo ser común entre las mujeres pobres que enfermaban en la ciudad de San Juan de Puerto Rico a comienzos del siglo XIX: no recibían asistencia médica porque carecían de los medios necesarios para pagar por esos servicios.
Esto sin contar el limitado número de facultativos que había en la ciudad.
Por esa razón solían terminar en manos de los curanderos.
Entre los límites de las murallas de la ciudad había dos hospitales, pero ninguno tenía autorización para recibir a las mujeres pobres enfermas.
El Hospital Militar disponía de algunas camas para los hombres pobres del país y el Hospital de la Concepción, llamado comúnmente Hospital de Pobres, recibía solo a hombres pobres.
En el momento de la situación con María Paula, había dejado de recibir enfermos y era utilizado como residencia privada.
Por estas razones se puede afirmar que las mujeres pobres que enfermaban en la ciudad, se encontraban con una dificultad para curarse y muchas terminaban pidiendo limosnas para sobrevivir.
Es ahí donde radica la importancia de utilizar el concepto género para analizar la situación de la pobreza y la enfermedad; no era lo mismo ser hombre o mujer, al momento de entrar a un hospital.
Al analizar las actuaciones de los dos hombres que intervinieron en el caso de María Paula, se identifica que pareciera que se hubiesen desplazado los comportamientos esperados en cada uno de ellos.
No fue el sacerdote quien recogió a la mujer necesitada y la llevó a su casa, sino el abogado; y cuando este lo hizo, no estaba pensando en el beneficio suyo, sino en el bien de la mujer enferma.
Esta doble variación en el discurso de la caridad cristiana, que era el que imperaba en la Isla en aquel momento, se convierte en el punto de partida para analizar la incursión del discurso de la beneficencia pública en Puerto Rico.
Estas ideas sobre la asistencia a los pobres como responsabilidad del Estado fueron parte del proyecto político liberal del siglo XIX, que llegó a Puerto Rico como consecuencia de la política constitucionalista.
Esta distinción en la forma de concebir la ayuda que se daba a los pobres, a comienzos del siglo XIX, no aparece cuando Alfredo Montalvo Bardot habla de la historia de la caridad en la Isla; él se refiere indistintamente a la caridad privada y a la beneficencia pública, como si fueran lo mismo (Montalvo Bardot, 1995, pp. 150-1554).
Para insistir en la diferencia de estos conceptos se afirma en el título de este artículo que el pastoreo, el cuidado de la población, ya no buscaba salvar las almas, sino los cuerpos; y que ese cuidado por el cuerpo ya no lo realizaba la Iglesia, sino que intentaba implementarlo el Estado.
Para desarrollar este planteamiento se toma como punto de partida el argumento foucaultiano que sostiene que gobernar, desde el siglo XVIII, era gobernar a la población.
Este autor utilizó el concepto gubernamentalidad para referirse al proceso mediante el cual el Estado se dedicó a desarrollar las fuerzas productivas que le permitían subsistir (Foucault, 2006, pp. 135-136).
Entre esas actividades estaba el control de las actividades que iban dirigidas a fomentar su fortalecimiento, entre las que se destacan la vigilancia sobre el número de habitantes, la satisfacción de sus necesidades vitales y el mantenimiento de su salud.
Foucault llamó liberalismo a este nuevo juego de poder sobre la población, en donde se intentaba gobernar lo menos posible.
No obstante, esa poca intervención, el Estado debió buscar un mecanismo de compensación para el caso de los pobres, por la amenaza que representaban para este proyecto económico.
Ese mecanismo consistió en establecer una posibilidad para que los participantes del juego económico no perdieran todas las posibilidades de seguir jugando; es decir, se prevenían los efectos sociales extremos (Foucault, 2008, p.
El propósito de este artículo es analizar los primeros intentos del Estado para organizar la beneficencia pública en Puerto Rico, los que se encontraron con ciertas limitaciones.
Se sabe que el posterior desarrollo de esta beneficencia fue consecuencia de la implantación del régimen de las leyes especiales para las provincias, creado durante el reinado de Isabel II (1833-1868).
El establecimiento de la Casa de Beneficencia de la Isla se realizó en 1844 (Rivera Rivera, 1995, p.
Se evidencia que las acciones de la Iglesia local en favor de los pobres fueron mínimas, debido a la pobreza de esta institución, y que fueron las ideas modernas que llegaron con la política liberal las que intentaron implantar un sistema organizado de beneficencia, basado en la filantropía y no en la caridad.
En la primera parte del artículo se exponen los conceptos que permiten explicar el nuevo modelo de asistencia que proponía el liberalismo como instrumento de control social.
En la segunda parte se analiza el intento de implementar el sistema de beneficencia liberal durante el primer periodo constitucional (1812-1814), y se concluye que sus acciones se redujeron a la asistencia a los enfermos pobres en el Hospital Militar, porque era la única institución de la que podían disponer en ese momento.
En la tercera parte se analiza el segundo intento durante el trienio constitucional (1820-1823), y se concluye que solamente se logró atender a los enfermos y a las enfermas pobres con la Hospitalidad Domiciliaria y con la Hospitalidad Pública, porque el Hospital de la Concepción era la única institución que estaba disponible para aplicar las nuevas políticas de asistencia.
Con la reinstalación de este hospital, se abrió la posibilidad para que las mujeres pobres comenzaran a ser hospitalizadas.
EL ESTADO, LA POBREZA Y EL CONTROL SOCIAL
En los últimos años del siglo XVIII y en los primeros del siglo XIX, en Europa hubo unos cambios importantes en la forma de concebir al Estado.
Con el paso del antiguo al nuevo régimen, el Estado asumió nuevas responsabilidades con relación a la población; especialmente con los que no podían satisfacer sus necesidades básicas para vivir.
El pensamiento político liberal se preocupó por los pobres porque consideraba que esa parte de la población podía representar un problema para el nuevo orden social planificado, basado en el trabajo y en la producción.
Por eso su énfasis en la promoción de las formas de organización que hicieran eficientes las ayudas que se le prestaban (Cardona, 2005, p.
Un hecho significativo en ese cambio de régimen fue el cuestionamiento de las funciones asistenciales que desempeñaba la Iglesia, lo que trajo como consecuencia el tránsito del discurso de la caridad cristiana al de la beneficencia pública, que fue asumida por el Estado como una responsabilidad suya (García Hourcade, 1996, p.
Estos conceptos tenían unas distinciones precisas en el contexto general del siglo XIX.
La caridad se concebía como una compasión exclusivamente cristiana, a partir de la cual se ayudaba al necesitado por el amor a Dios; mientras que la beneficencia se definía como una "compasión oficial que ampara(ba) al desvalido por un sentimiento de orden y justicia" (Arenal de García Carrasco, 1861, p.
Es decir, que la asistencia que se le prestaba a los pobres no tenía otra intención que la de mantener un orden social particular.
Por eso, la filantropía fue una virtud respetada en la política liberal de este siglo, porque la asistencia que se daba al necesitado se consideraba que estaba inspirada en el amor a la misma humanidad, en la que se tomaba en cuenta la dignidad y el derecho del asistido y no el beneficio particular para el que ayudaba.
En la España de Carlos III (1759-1788) se pueden identificar algunas acciones dirigidas a implementar estas políticas: se recogía a los vagabundos y ociosos para llevarlos a los hospicios y obligarlos a trabajar.
Ese nuevo orden social defendía ideas relacionadas con la riqueza, la paz y la prosperidad de la población; por eso se asistía a los pobres que pudieran trabajar, para que fueran útiles a la sociedad (Hernández Iglesias, 1876, p.
Para los pobres considerados inútiles para el trabajo, como los niños, los ancianos, los inválidos o los enfermos pobres, había otro tipo de ayuda, entre las que se contaban los hospitales y los hospicios.
Es necesario aclarar que estos hospitales no formaban parte de una política sanitaria general para toda la población, sino dirigida únicamente a los pobres (Pons Pons y Vilar Rodríguez, 2014, p.
Una muestra de esos cambios que se fueron dando en España en la asistencia a los enfermos pobres se identifica en el reglamento que se estableció en Madrid en 1788, según el cual se creaba una normativa para asistir y curar a los pobres enfermos vergonzantes de esa ciudad (Maza Zorrilla, 1987, pp. 215-221).
Estos planteamientos políticos sobre la beneficencia pública comenzaron a generalizarse en el ámbito de los primeros periodos constitucionales.
En la Constitución de Cádiz de 1812, en el contexto del primer periodo constitucional, se establecieron artículos relacionados con la asistencia a los necesitados.
El 13 de junio de 1813 se aprobó La instrucción para el gobierno económico-político de las provincias, en la cual se encargaba a los Ayuntamientos de cuidar los hospitales, los hospicios y las casas de expósitos (Colección de decretos, 1820, p.
En el segundo periodo constitucional se articuló una legislación homogénea que garantizó el cuidado a los enfermos pobres.
El 27 de diciembre de 1821 se firmó en un decreto el Reglamento General de Beneficencia Pública, en el cual se recomendaba la Hospitalidad Domiciliaria y la Hospitalidad Pública como formas de asistencia para los enfermos pobres (Gil Andrés, 2003, p.
Los cambios relacionados con los asuntos de la beneficencia no se experimentaron en Puerto Rico hasta el primer cuarto del siglo XIX, cuando los avatares de la política liberal metropolitana repercutieron en la Isla.
Este retraso podría estar relacionado, entre otras cosas, con la ausencia de las instituciones caritativas que en España administraba la Iglesia, porque la pobreza de la Iglesia local no le había permitido involucrarse en estos asuntos.
La única institución caritativa que había administrado la autoridad eclesiástica isleña era el Hospital de la Concepción, que existía desde mediados del siglo XVI.
Durante el siglo XVIII, el obispo Manuel Jiménez Pérez había intentado construir un nuevo hospital para los pobres de la ciudad, pero el proyecto se desvaneció cuando entregó el edificio construido para que se convirtiera en el Hospital Militar de la Isla (Arana Soto, 1976, p.
La única función específica identificada para asistir a los pobres de la ciudad la desempeñaba el Cabildo Eclesiástico a través del reparto de las limosnas que los fieles dejaban en sus testamentos.
Estas limosnas se repartían en la puerta de la catedral sin ninguna sistematización y sin distinguir entre pobres enfermos y sanos, a pesar de que los testamentos eran muy claros en cuanto a quienes se deberían beneficiar.
dicantes o pordioseros 8.
Así que distinguían entre pobres vergonzantes y mendicantes.
El vergonzante era el pobre que procedía de un grupo social importante, que por alguna razón se había venido a menos y no tenía cómo satisfacer sus necesidades básicas; su origen le impedía salir a pedir limosnas de puerta en puerta, como hacían los otros pobres, porque el grupo social al que pertenecía les dictaba unas reglas de conducta (Guzmán Stein, 2009, pp. 230-231).
El padre Ruiz y Peña reconocía que entre sus familiares había algunos venidos a menos, por eso solicitaba en su testamento que se les diera prioridad a ellos en el reparto de los bienes.
El pobre mendicante era aquel que libremente pedía limosnas por la ciudad.
Este pertenecía a grupos sociales inferiores y no tenía preocupación en que reconocieran su pobreza; es más, vivía de esa pobreza (Guzmán Stein, 2009, p.
Entre estos últimos pobres se consideraban a diferentes grupos, como viudas, huérfanos, ancianos, ciegos o inválidos.
El testamento del padre don Lorenzo de Matos, máxima autoridad del Cabildo Eclesiástico de la Isla, sepultado el 3 de agosto de 1819, dejó en su testamento 100 pesos para que los distribuyeran de la siguiente manera: 25 para el hospital de pobres, 25 para los pobres vergonzantes, 25 para los pobres encarcelados y 25 para los pobres ancianos, ciegos e impedidos 9.
Es importante aclarar que las acciones benéficas planificadas por el Estado para la isla de Puerto Rico, durante los dos primeros periodos constitucionales, fueron triplemente limitadas.
Por un lado, la crisis económica que vivía la Isla en aquellos momentos afectó lo programado en la metrópoli para asistir a los pobres; por otro lado, fueron solamente los enfermos pobres los que recibieron la asistencia, no los pobres en general; y, por último, su breve duración en el tiempo.
El Estado se valió de la única infraestructura que existía para implementar la legislación sobre la beneficencia, los hospitales de la ciudad.
A continuación, se analiza cómo en el primer periodo constitucional se mejoraron algunas condiciones para los hombres pobres que enfermaban, y en el segundo periodo, para las mujeres pobres.
El siglo XIX comenzó en Puerto Rico con una importante limitación para que los pobres pudieran curar sus enfermedades en algún hospital.
El Hospital Militar se negaba a recibir a los enfermos del país y el Hospital de la Concepción continuaba operando con muchas limitaciones, como lo había hecho la mayor parte del tiempo.
El aumento de la población en la ciudad había reducido al mínimo la posibilidad para que los enfermos pobres pudieran ser admitidos en el llamado Hospital de Caridad.
La población debía contar ordinariamente con suficientes bienes de fortuna para que los médicos pudieran atenderlos en sus propias casas.
Miguel Xiorro, por ejemplo, dejó 300 pesos en su testamento para el doctor Tomás Prieto, médico mayor del Hospital Militar, por haberse dedicado a curar a su familia durante mucho tiempo 10.
En las autorizaciones que el Ayuntamiento de la ciudad concedía para que se ejercieran la medicina y la cirugía en la Isla, se recomendaba la atención gratuita a los pobres; aún así, muchos pobres no contaban con los bienes necesarios para enfrentar el proceso de enfermarse.
Esta situación fue identificada en 1805 por el obispo Juan Alejo de Arizmendi y pretendió resolverla, como habían hecho sus predecesores, solicitando al Rey la unificación de los dos hospitales de la ciudad en el Hospital Militar, pero que cada cual conservara su propia administración.
El argumento del obispo para elevar esa petición al Rey era que, como ese hospital había sido construido con fondos y limosnas del pueblo, los enfermos pobres debían beneficiarse de algo que les pertenecía.
Esa había sido, precisamente, una de las exigencias del obispo Manuel Jiménez Pérez al momento de entregar el edificio en el año 1780 para que se atendieran las tropas del Rey: que los enfermos del país se beneficiaran de sus servicios.
De Arizmendi repetía las exigencias del obispo Juan Bautista Zengotita: que se establecieran 50 camas para hombres de todas las clases, 12 camas para mujeres y 8 camas para enfermedades contagiosas.
De esta manera se resolverían las limitaciones de espacio que existían en el Hospital de la Concepcion 11.
No obstante, la argumentación que presentó De Arizmendi, muchos pobres continuaron sin la posibilidad de ser atendidos en un hospital, especialmente las mujeres que no tenían cabida en ninguno de los dos que existían en la ciudad.
La situación de la población pobre empeoró con la crisis económica que se agudizó como consecuencia de la suspensión del envío del Situado mexicano en 1810 (Sánchez Tarniella, 1984, p.
Por eso, entre las recomendaciones que las comunidades le dieron al diputado Ramón Power y Giralt para que presentara en las Cortes de Cádiz en 1810, estaba la falta de un hospital para atender a los pobres: "la numerosa población de la Isla, y la falta de arbitrios en los infelices, clama por un hospital más capaz y proporcionado que el que con el título de la Concepción existe en la ciudad" (Coll y Toste, 1914-1927, p.
En aquel ambiente adverso para que los enfermos pobres recibieran atención en los hospitales se proclamó la Constitución de Cádiz de 1812, en la cual se recomendaba a los Ayuntamientos que se encargaran de la policía de salubridad y de cuidar a los hospitales (Constitución política, 1812, art. 321).
El 20 de septiembre de 1812 se estableció el primer Ayuntamiento constitucional de la ciudad de San Juan, con el doctor Aniceto Ruiz y el teniente coronel del Ejército Juan Viñals como alcaldes de primer y segundo voto respectivamente.
Entre las nuevas funciones que se le atribuyeron a este Ayuntamiento estaban las diputaciones de sanidad y policía médica, y la de obras pías, hospitales y establecimientos benéficos; eso que posteriormente se llamó salud y beneficencia.
En estas nuevas funciones se identifica el carácter liberal del nuevo Ayuntamiento, en donde se asume, entre otras cosas, que la asistencia de la población era una responsabilidad del Estado (Actas del Cabildo, 1968, pp. 3-4).
Con el concepto policía médica se referían al control de las enfermedades contagiosas, la organización y la supervisión del personal médico, la sanidad ambiental y la atención médica a los pobres que debía llevar ese Ayuntamiento (Rosen, 2005, p.
Los diputados de sanidad y policía médica, Miguel Pizarro y Manuel de la Cruz, debían vigilar la salubridad de la ciudad; pero como carecían del conocimiento necesario para cumplir con esa función, solicitaron los servicios de un médico (Actas del Cabildo, 1968, p.
Varios días después se nombró a un graduado de la Universidad de Caracas, al licenciado Emigdio Antique, para que ejerciera la plaza de médico de la ciudad.
Según ese nombramiento, debía colaborar con los diputados en la vigilancia de la mencionada salubridad.
Ya el 20 de octubre de 1812 se veían los primeros resultados de esa vigilancia.
El Ayuntamiento aprobó el aislamiento de María de la Concepción, una demente leprosa, para que pasara a vivir al Partido de Guaynabo.
Se encargó a Eduardo Rodríguez para que la mantuviera aislada de la población, contando con una asignación de seis pesos mensuales.
Los diputados expresaron que habían optado por esta medida porque la ciudad no contaba con un lugar especializado para los leprosos (Actas del Cabildo, 1968, p.
El 4 de enero de 1813, el gobernador Salvador Meléndez Bruna firmó un decreto, según lo exigía la nueva Constitución política, para que se solicitara a las autoridades eclesiásticas que cedieran la administración del Hospital de la Concepción y lo pusieran a disposición de los enfermos pobres.
Se solicitaban las "rentas, censos y fincas de que disfruta, y de cuanto pueda convenir a beneficio de tan piadoso establecimiento" (Actas del Cabildo, 1968, p.
En ese decreto se nombró al diputado José Romero para que negociara el traspaso con el obispo De Arizmendi.
El argumento del Ayuntamiento para solicitar ese traspaso era la responsabilidad que tenía el Estado de conservar la salud de la población pobre.
La autoridad eclesiástica se negó a entregar el hospital con el argumento de que como aquel establecimiento no funcionaba con fondos de la Real Hacienda, no podía ser cedido al Ayuntamiento 12.
El poder que el Estado había desplegado en España para asumir las tareas que la Iglesia realizaba en beneficio de la población pobre, se encontró en Puerto Rico con una dificultad particular: la única institución relacionada con la Iglesia era el Hospital de Pobres.
Por eso, cuando, por disposición de la regencia, el Ayuntamiento se reunió el 14 de enero de 1813 para analizar las obras que estaban en función de la felicidad y riqueza de la población, la discusión se centró en las obras que no existían.
En ese momento, quedó demostrado que la Isla carecía de las instituciones básicas para prestarle ayuda a la población pobre.
Entre las instituciones que se sugirieron que debían construirse estaban: un lazareto para aislar a los leprosos, que se financiara con los fondos del derecho de anclaje de los barcos; un cementerio que permitiera enterrar a los cadáveres en las afueras de las murallas; un hospicio que recogiera a los huérfanos desamparados, el cual podría funcionar en el edificio del Hospital de Caridad; una casa de misericordia que asilara a los mendigos y pordioseros, y una casa de recogidas que retuviera a las mujeres que se dedicaban a la prostitución.
Con relación al Hospital de Caridad, se propuso que se mejorara el edificio existente, aunque continuaban los reclamos por el derecho de los pobres a ser admitidos en el Hospital Militar (Actas del Cabildo, 1968, pp. 55-60).
Ninguno de estos proyectos, a excepción del cementerio, llegó a realizarse debido, entre otras cosas, a la crisis económica que vivía la Isla y la breve duración de la aplicación de la Constitución.
En el contexto de las limitaciones que identificó el Estado para asistir a los enfermos pobres hay que destacar que el mayor acierto se dio a partir del 12 de febrero de 1813, con la llegada del intendente Alejandro Ramírez Blanco, quien, procedente de Guatemala, venía a manejar la situación económica de la Isla.
En un informe del 27 de octubre de 1815 comentaba, que una de las cosas que más lo conmovió a su llegada a Puerto Rico fue el clamor de los enfermos pobres porque carecían de un hospital en donde curar sus enfermedades y pedían que los admitieran en el Hospital Militar 13.
Al momento de asumir el cargo de Intendente de la Real Hacienda, el Hospital Militar estaba bajo el control del doctor Francisco Oller.
Después de 1804, cuando murió el doctor Tomás Prieto, médico mayor del hospital, Oller, que era el cirujano mayor desde 1789, permaneció como la única autoridad médica del hospital.
Pudo ser este cirujano quien negó a los enfermos pobres del país la admisión a ese hospital.
En el año 1809, el gobernador Meléndez Bruna insistía en que debía nombrarse al médico mayor del hospital, e indicaba que el estado general de la cirugía era lastimoso (Salcedo Chirinos, 2016, p.
El intendente Ramírez sostenía en su informe que no pudo más que concederles un "socorro propio de la caridad cristiana y de la beneficencia paternal del Rey" a los enfermos pobres; es decir, permitió que los pobres fueran atendidos en el Hospital Militar, subsidiados por los fondos de la Real Hacienda.
Esta información fue enviada al Rey con el argumento de que en el Hospital de la Concepción no había cabida para todos estos enfermos 14.
El resultado final de las acciones de Ramírez a favor de los enfermos pobres fue el reconocimiento de 10 camas en el Hospital Militar, financiadas con los fondos de la Real Hacienda.
Ese número de camas aumentó con el transcurso del tiempo.
El problema estaba en que en ese hospital no había cabida para las mujeres.
En el contexto de este primer periodo constitucional se nombró al doctor José Espaillat como médico mayor del Hospital Militar, el cual terminó por crear la primera Cátedra de Medicina que existió en Puerto Rico.
El 30 de junio de 1814 se suspendió la aplicación de la Constitución de Cádiz y con ella algunos de los cambios que se habían iniciado a favor de los enfermos pobres.
Lo que se salvó de todo lo iniciado en ese periodo fueron las 10 camas para los enfermos pobres en el Hospital Militar.
El 11 de septiembre de 1815, el gobernador Meléndez Bruna visitó el Hospital de la Concepción, y en su informe destacaba que al llegar al lugar solamente había encontrado a un cuidador con tres enfermos, que el médico del hospital era el doctor Oller, pero que tenía más de un año sin visitarlo, y que en su lugar enviada a un practicante del Hospital Militar.
Del edificio destacaba que el techo estaba en ruina 15.
El 6 de marzo de 1820 se restableció en España la Constitución de 1812, y como consecuencia se reinstalaron los ayuntamientos constitucionales en Puerto Rico.
El 16 de mayo siguiente, el gobernador Juan Vasco y Pascual juró lealtad a esa Constitución (Actas del Cabildo, 1978, p.
El 27 de diciembre de 1821, las Cortes extraordinarias firmaron la Ley de Beneficencia Pública, en la cual se afirmaba que las Juntas de Beneficencia se encargarían de cumplir las responsabilidades del Estado con relación a la asistencia de los pobres; por esa razón, ya los ayuntamientos no necesitaban crear comisiones especiales.
Toda la normativa que regulaba estas juntas se recogía en el Reglamento General de Beneficencia Pública.
Entre las funciones que este reglamento le atribuía a esas juntas estaban: informar a los ayuntamientos sobre los establecimientos de beneficencia; proponer y buscar fondos para la dotación de esos establecimientos, y ejecutar órdenes relacionadas con la mendicidad 16.
Ese reglamento distinguía cuatro tipos de establecimientos benéficos: Las Casas de Maternidad, Las Casas de Socorro, Los Hospitales de Enfermos, Convalecientes y Locos, y La Hospitalidad y Socorro Domiciliarios.
Los dos primeros establecimientos estaban dirigidos a prestar ayuda a los que no podían satisfacer sus necesidades básicas para vivir, en los cuales tomaban en cuenta al ser humano desde su concepción hasta su deceso.
Las Casas de Maternidad atenderían a las mujeres embarazadas y paridas, cuyos hijos hubiesen sido concebidos en una sexualidad llamada ilícita; en esas casas, los niños permanecerían hasta los seis años.
En Las Casas de Socorro se atenderían a los pobres, desde los seis años hasta la vejez; se tomaban en cuenta especialmente a los huérfanos, los impedidos y los mendigos.
Los últimos dos tipos de establecimientos estaban relacionados directamente con la curación de los enfermos pobres.
La Hospitalidad Domiciliaria consistía en atender el proceso de la enfermedad en la casa del mismo enfermo, de manera que se limitara el número de los recluidos en los hospitales; mientras que la Hospitalidad Pública se dedicaría a los enfermos pobres que no tuvieran residencia o fueran portadores de enfermedades sospechosas.
Aunque en la Hospitalidad Domiciliaria el médico debía visitar a los enfermos, el control de la asistencia estaba en manos de unos funcionarios que llamaban enfermeros.
Este término, que no se utilizaba con la connotación contemporánea de curar al enfermo, se utilizaba para nombrar a quienes simplemente administraban aquel servicio.
Toda la Hospitalidad Pública sí estaría bajo el control de los médicos en el hospital 17.
El 8 de julio de 1822, el gobernador Francisco González de Linares envió el Reglamento General de Beneficencia Pública al Ayuntamiento de la ciudad para que le diera cumplimiento a la ley.
El 22 de noviembre siguiente se constituyó la primera Junta de Beneficencia de San Juan.
Los dos miembros del Ayuntamiento seleccionados como parte de ella fueron el doctor Francisco Pimentel, que por ser el alcalde de primer voto debía actuar como presidente, y el regidor Juan Severo Malagón.
El clérigo nombrado por el Cabildo Eclesiástico fue Manuel Almanza.
El médico elegido, quien ya había colaborado como médico de la ciudad en el primer periodo constitucional, fue el licenciado Emigdio Antique y el cirujano, el licenciado José Calvo.
Los cuatro vecinos elegidos fueron: Aniceto Ruiz, quien también había participado en el proceso del primer periodo, Narciso Núñez, Francisco Matheu y Francisco Tadeo de Rivero 18.
Este último, comandante de Marina y miembro de la Sociedad Económica de Amigos del País, expresó en su carta de aceptación a la Junta que estaba identificado con el sistema constitucional, y que su deseo era cooperar con el bien y la prosperidad de esta Isla 19.
Estas ideas pueden relacionarse más con la filantropía que con la caridad cristiana.
El problema fundamental de la recién creada junta estaba relacionado con la falta de las instituciones que la Iglesia manejaba en la Península, así como la ausencia de los fondos necesarios para construirlas.
Este problema es el punto de partida para explicar los pocos éxitos conseguidos por la beneficencia en Puerto Rico en el primer cuarto del siglo XIX.
Entre los primeros fondos obtenidos por la Junta se cuenta el traspaso del Hospicio de las 15 Marías, el cual había sido fundado por el padre José María Ruiz y Peña, y que en esos momentos estaba custodiado por su hermano Aniceto Ruiz.
Cuando este custodio colocó los bienes de ese hospicio a disposición de la Junta de Beneficencia, expuso claramente el motivo por el cual lo hacía: "...manifestando que todos los establecimientos destinados a objetos de beneficencia pública no mencionados en la ley, deberían suprimirse según el artículo 134, adjudicándose sus fondos a los que queden existiendo" 20.
Entre los demás fondos se cuentan las limosnas recogidas en la ciudad, las mandas forzosas de los testamentos y lo obtenido en los sorteos de la lotería y las funciones de teatro, además de las donaciones particulares de importantes personalidades de la ciudad.
Los primeros esfuerzos de la Junta de Beneficencia se dirigieron a la instalación de una Casa de Socorro, que recogiera a todos los mendigos de la ciudad; la cual se pensaba establecer en algunos de los salones del convento de los franciscanos, recién expropiado y convertido en escuela.
Esta casa no llegó a instalarse.
La ley ordenaba que mientras se prepararan esas Casas de Socorro, había que controlar la presencia de los mendigos en las calles.
El reglamento establecía que después de verificar quiénes fueran verdaderamente pobres, se le expidieran unas licencias para mendigar.
Estos autorizados para pedir, eran los que llamaban pobres de solemnidad.
En la realización de los exámenes médicos a estos pobres, fue que las autoridades descubrieron que había algunos tan enfermos que necesitaban algo más que un permiso para mendigar.
El primer caso fue el de Marcelina Álvarez.
Ella se presentó a la Junta a finales de enero de 1823 para pedir un permiso para mendigar: era una mujer mayor con sus achaques; su marido, también anciano, y su único hijo estaban inmóviles en sus lechos.
El licenciado Antique confirmó que el anciano padecía una parálisis general y el hijo, un efecto reumático crónico que era incurable.
El médico recomendó que aquella familia recibiera una ayuda en su casa porque no había quien aportara lo básico para vivir 21.
En la sesión del 8 de marzo de 1823, la Junta acordó encargarse de asistir a los enfermos pobres en sus casas 22.
Al considerar esta fecha para argumentar a favor de la existencia de la Hospitalidad Domiciliaria en Puerto Rico, a principios del siglo XIX, se niega la fecha del 18 de junio de 1822 que propone Lidio Cruz Monclova (Cruz Monclova, 1979, p.
En la programación de esta asistencia a los enfermos pobres, se aprovechó la división de la ciudad en cuatro barrios, que existía desde finales del siglo XVIII.
Para la asistencia del barrio Santo Domingo se nombró al doctor José Espaillat, para San Francisco al doctor José María Vargas, para Santa Bárbara al licenciado Emigdio Antique, y para San Juan al doctor Francisco Oller.
Como enfermeros fueron nombrados dos vocales de la Junta de Beneficencia, Antonio Guerrero y Aniceto Ruiz; cada uno de ellos recibiría 25 pesos para asistir a los enfermos en sus casas.
Al final de cada semana, debían informar sobre los gastos y el número de enfermos curados o muertos 23.
Es importante aclarar que estos enfermeros no eran soldados, como sostiene Lydia Pérez González (Pérez González, 1997, p.
Ya se ha comentado que Aniceto Ruiz era abogado.
Esta atención a los enfermos pobres en sus casas, la llamada Hospitalidad Domiciliaria, representó un doble beneficio para el Ayuntamiento de la ciudad, porque se les prestaba ayuda a unos enfermos pobres sin tener que estar en un hospital, y se evitaba, al mismo tiempo, que estuvieran como mendigos en las calles.
Entre los atendidos podían incluirse las mujeres.
En los últimos cuatro meses de esta asistencia (23 de agosto al 15 de diciembre de 1823) se atendieron 56 pobres, con un gasto de 94 pesos aproximadamente.
Dos de aquellos enfermos murieron mientras recibían la ayuda 24.
Según el acta de la sesión del 5 de abril de 1823, en la realización de los exámenes para otorgar las licencias a los mendigos, se presentó Florentina Campos, una leprosa pobre con su hijo de 12 años, quien también era leproso.
Conforme al Reglamento de Beneficencia, este caso no era para autorizarle a mendigar, sino para llevarlo al hospital.
El problema estaba en que en el Hospital Militar no se recibían mujeres y el Hospital de la Concepción se había convertido en una residencia familiar.
En estas circunstancias, la Junta de Beneficencia pidió al Ayuntamiento que apresurara a las autoridades eclesiásticas para que entregaran el Hospital de Pobres, porque de acuerdo con la recién aprobada ley, era el Estado el que debía administrar ese hospital.
En esa misma fecha, el licenciado Antique informaba que había examinado a otras cinco mujeres enfermas y consideraba que podían restablecerse con la atención médica en el hospital, porque de lo contrario morirían.
En este contexto fue cuando el doctor Aniceto Ruiz llevó a María Paula a su casa porque no había un hospital que la admitiera.
La esperanza de la Junta estaba puesta en obtener la administración del Hospital de Pobres para atender aquellas mujeres enfermas.
Desde el 14 de diciembre de 1822, la Junta de Beneficencia había solicitado al Ayuntamiento que tramitara la entrega del referido hospital, pero el edificio se encontraba ocupado por la familia del coronel de Artillería don Rafael Riesch, un emigrado de Venezuela, quien había movido todas sus influencias para impedir la entrega 25.
El 12 de julio de 1823, las autoridades eclesiásticas entregaron el Hospital de la Concepción con todos los bienes que poseía.
Al recibirlo, la Junta comenzó las reparaciones necesarias para poner a disposición de aquellas mujeres enfermas las ocho camas con que contaba ese hospital.
Una de las primeras acciones en función de la apertura, fue la elaboración de un reglamento para su funcionamiento 26.
Este instrumento de gobierno fue concebido desde los planteamientos de la medicina moderna, según los cuales el hospital dejaba de ser un lugar para morir, y se convertía en un lugar para curar, en donde el médico tendría el control de todas las actividades (Foucault, 1996, pp. 107-116).
Según este reglamento, el hospital tendría un director, un capellán, un administrador, un médico o cirujano, un practicante, un cabo de sala y algunas enfermeras.
El administrador se encargaría, además, de llevar los libros, de suministrar ropas, muebles, utensilios, ornamentos, así como también de cobrar las rentas.
El médico o cirujano visitaría diariamente y trataría la condición de cada enferma, determinaría la salida de las curadas y supervisaría la ventilación, limpieza y fumigación del edificio.
El practicante acompañaría al médico en sus visitas, anotaría sus indicaciones y repartiría medicamentos y haría las curaciones.
El cabo de sala mantendría el orden entre las enfermas, y las enfermeras o asistentes se encargarían de limpiar y atender las necesidades de las enfermas 27.
Un hecho significativo en el proceso de traspaso del hospital fue la cantidad de donaciones recibidas; una de las más destacadas por la Junta fue el ofrecimiento de las medicinas para el hospital que hizo el licenciado Francisco Sellés, un farmacéutico emigrado de Venezuela.
La acción fue calificada con un acto filantrópico.
Es necesario aclarar que las donaciones no solo fueron en moneda, sino que también se recibieron utensilios y alimentos.
Entre ellas puede destacarse una cantidad importante de ron, el cual se utilizaba en las curaciones 28.
El Hospital de la Concepción comenzó a operar nuevamente el 8 de septiembre de 1823 29.
El director fue Antonio Guerrero, quien había ejercido como enfermero en la Hospitalidad Domiciliaria; el capellán y administrador, el presbítero Lorenzo de Sotomayor, quien se había desempeñado como capellán de este mismo hospital; el médico fue el doctor Francisco Oller, quien había sido nombrado por el obispo Francisco de la Cuerda en 1794; el practicante fue Joaquín Avendaño, el cabo de sala Antonio Blanco, y las enfermeras Basilia y Marcela Elías y Candelaria y Dionisia Lara.
Mientras comenzaron a ingresar las enfermas al Hospital de Pobres, continuó ofreciéndose la Hospitalidad Domiciliaria.
En el informe del 6 de septiembre de 1823, los enfermeros decían que en la última semana habían gastado 24 pesos en atender 11 enfermos y que uno de ellos había muerto.
Las acciones de la Junta de Beneficencia, dirigidas especialmente a implementar la legislación en favor de los pobres, se concentraron en la atención a los enfermos pobres, a esa parte de la población que carecía de los medios para enfrentar los procesos de las enfermedades.
Por esa razón se enfocaron en la Hospitalidad Domiciliaria y en la Hospitalidad Pública, porque disponían, entre otras cosas, de la arquitectura necesaria para alcanzar ese fin.
El Hospital de la Concepción representó la posibilidad para tomar en cuenta a las mujeres pobres enfermas.
En aquel contexto en el que florecía la atención hospitalaria a los enfermos pobres de la ciudad, el 4 de diciembre de 1823 llegó una noticia del Ayuntamiento: la Junta de Beneficencia debía cesar en sus funciones porque el Rey se había restablecido en la plenitud de su soberanía.
La última sesión se realizó el 13 de diciembre de ese año.
En ella se acordó entregar el Hospital de la Concepción a las autoridades eclesiásticas nuevamente; especialmente el dinero que se había obtenido de la venta de la casa del Hospicio de las 15 Marías 30.
No obstante, el regreso del Hospital de Pobres a las autoridades eclesiásticas, su dedicación al cuidado de las mujeres enfermas pobres continuó durante el siglo XIX.
Los cambios en la forma de comprender la asistencia a los pobres, en el tránsito del antiguo al nuevo régimen, trajeron como consecuencia que el Estado tuviera una nueva actitud ante esa parte de la población.
Ayudar al pobre era salvar a la sociedad y al nuevo proyecto político, porque el liberalismo no podía excluir a esa parte de la población.
En Puerto Rico, hubo que esperar hasta mediados del siglo XIX para que comenzaran a cristalizarse aquellas ideas sobre la beneficencia pública: fue en 1844 cuando se inauguró la Casa de Beneficencia.
Aquellos primeros intentos en favor de la beneficencia encontraron algunas limitaciones, entre otras cosas, la falta de instituciones de caridad para desarrollar el proyecto y la brevedad con que se ejerció el poder constitucionalista.
A pesar de esas limitaciones, estos primeros intentos abrieron un campo de acción para que los enfermos pobres de la ciudad de San Juan encontraran cabida en los hospitales de la ciudad.
En el primer periodo constitucional los hombres pobres consiguieron ser atendidos en el Hospital Militar, y en el segundo periodo fueron las mujeres pobres.
Esas conquistas en los espacios hospitalarios se mantuvieron durante el siglo XIX.
El Hospital Militar admitió una buena cantidad de enfermos locales, los que eran necesariamente pobres, y el Hospital de la Concepción cambió el nombre y recibió a las mujeres pobres enfermas.
A partir del segundo período constitucional, comenzó a considerarse un hospital de mujeres.
En la descripción de la ciudad de San Juan que hizo Pedro Tomás de Córdova en 1845, lo presentaba como el "Hospitalillo con la advocación de la Concepcion para las mujeres" (Coll y Toste, 1914-1927, pp. 21-22).
El 5 de enero de 1887 comenzó a ser administrado por las Siervas de María, una congregación religiosa dedicada a la atención a los enfermos (Hernández Aponte, 2013. p. |
Este artículo presenta una mirada panorámica de las técnicas de navegación fluvial desarrolladas por la población indígena en el mundo andino, con el propósito de discutir la visión dicotómica que convencionalmente distingue entre los saberes tradicionales y los conocimientos científicos.
Se describen los materiales, utensilios y prácticas de navegación utilizadas por los indígenas y se intenta visibilizar el conocimiento tácito arraigado en esta cultura técnica.
Se explica cómo fueron adaptadas al contexto americano las tecnologías traídas por los españoles y se muestra que los conocimientos técnicos tradicionales fueron un factor útil incluso para el éxito del propio proyecto de dominación europeo.
Se argumenta que el flujo mutuo de conocimientos y las hibridaciones tecnológicas surgidas a partir del encuentro entre ambas civilizaciones cuestiona la común inferiorización del saber tradicional con respecto al conocimiento científico.
Durante las últimas décadas los Estudios Sociales de la Ciencia y de la Tecnología (ESC) han mostrado como las interpretaciones deterministas del cambio tecnológico popularizaron la idea de que las tecnologías progresan de manera lineal, dejando atrás una estela de artefactos ineficientes y obsoletos.
Su versión sobre la historia de los instrumentos sustentó la creencia de que el conocimiento científico evoluciona para ser aplicado a artefactos eficientes, cuyo objeto es reemplazar a otros que ya no lo son o que han entrado en desuso.
En la actualidad, sin embargo, los ESC han propuesto que ningún paradigma reemplaza completamente a otro, y que cualquier innovación tecnológica debe ajustarse a los constreñimientos culturales o a las tradiciones cognitivas existentes en un lugar determinado.
De hecho, esta orientación ha conseguido mostrar que el carácter eficiente que se le atribuye a las innovaciones tecnológicas depende justamente de su capacidad de adaptación al espacio sociohistórico en el que se sitúan (Edgerton, 2006).
Durante los primeros años del encuentro entre los habitantes del nuevo mundo y los ibéricos el conocimiento de las técnicas de movilización ideadas por los indígenas y la adaptación de aquellas traídas por los extranjeros llegó a ser una meta esencial del proyecto de dominación europeo.
La población prehispánica había desarrollado múltiples técnicas de navegación fluvial para articular la red de circulación andina, debido a que innumerables ríos atravesaban tanto los valles hendidos bajo las enormes estribaciones de la Cordillera de los Andes como las sabanas próximas a los litorales.
Ambas condiciones geográficas habían sido obstáculos descomunales para la población nativa, la cual había logrado superarlos a través de la invención de diversos saberes y tecnologías.
Siendo este territorio la puerta de entrada de las expediciones españolas que fundarían el Virreinato de la Nueva Granada, fue claro para los extranjeros que necesitarían la cooperación de los nativos para sortear el desafío que imponía la geografía, y que tendrían que tomar ventaja de sus destrezas técnicas.
El uso de fuentes diversas para la realización de este trabajo, principalmente relatos de los viajeros que exploraron el mundo andino desde el siglo XVI hasta el siglo XIX, permitirá mostrar las realidades subyacentes y duraderas que caracterizaron la evolución de la navegación fluvial en estos territorios.
Estas fuentes contienen abundante evidencia, en primer lugar, del carácter sostenible de una práctica socioe-cológica que por siglos ha perpetuado la memoria y la identidad colectiva de los pueblos indígenas y, en segundo lugar, de la fuerza innovadora con que las comunidades crearon y transmitieron el conocimiento técnico para la construcción de embarcaciones.
El análisis de la dimensión socioecológica de esta práctica permitirá entender cómo se extendieron las conexiones entre el uso de los recursos naturales y las técnicas de navegación a lo largo de siglos, y por qué este conocimiento sería esencial para adaptar cualquier tecnología nueva a los ecosistemas andinos.
Al mismo tiempo, estas fuentes documentan las técnicas de transmisión del conocimiento generación tras generación, las técnicas de navegación compartidas por grupos vecinos, el uso de los recursos naturales para construir artefactos de flotación, el empleo de las técnicas nativas por parte de los extranjeros y las hibridaciones de sus culturas tecnológicas.
En resumen, estas fuentes muestran que los saberes técnicos de los indígenas fueron el resultado de innumerables pruebas de hipótesis realizadas por muchos individuos a lo largo del tiempo y el espacio.
A. EL LUGAR DE LA NAVEGACIÓN FLUVIAL EN LA RED DE MOVILIDAD ANDINA
Un punto en el que los saberes tradicionales y los conocimientos científicos coinciden plenamente es en el hecho de que ambos son el resultado de prácticas confiables.
Generados, preservados y utilizados de un modo habitual por los pueblos y las comunidades indígenas, debería ser una obviedad decir que, habiendo ayudado a comprender y resolver problemas sociales y materiales durante siglos, tales saberes son dignos de confianza.
Aun así, abundan los argumentos que cuestionan su legitimidad, señalando que su procedencia es dudosa o que constituyen formas de saber primitivas (Valladares y Olivé, 2015).
Sin embargo, del mismo modo en que nunca se ha puesto en duda el papel que jugó la artillería en el proceso de dominación americana y en la construcción del orden global europeo, tampoco debería olvidarse que las técnicas nativas fueron útiles y que los conocimientos científicos no siempre fueron tan sistemáticos y eficaces como se supondría.
Aunque hacerse a la mar en un viaje trasatlántico era de por sí una proeza, debido a la precariedad de las tecnologías de que se disponía en el siglo XVI, pertrecharse de los instrumentos necesarios para sobrevivir en un territorio desconocido y para asegurar un feliz regreso a casa, también constituía una fuerte preocupación.
Entre los grandes interrogantes que deparó la exploración del Nuevo Mundo, los viajeros debieron preguntarse, entre otras cosas, de qué instrumentos proveerse para penetrar en un territorio por completo desconocido.
Avezados en el arte de la ocupación, los españoles debieron haberse preguntado qué herramientas utilizar para explorar, con qué medios podrían dominar a los nativos, y cómo llegarían a abastecerse de los suministros necesarios para realizar largas campañas de reconocimiento.
Antonio Sánchez ha descrito con todo detalle el complejo ensamblaje de conocimientos que puso en marcha la Carrera de Indias y, en particular, el desarrollo que alcanzaron los oficios técnicos en los que se apoyó la empresa náutica.
Bajo la supervisión de los Armazéns da Guiné e Índia y de la Casa de la Contratación, los navegantes de Indias recibieron no sólo las instrucciones náuticas necesarias para sortear el viaje, sino un tipo de capacitación que los convirtió en agentes de un gran proceso de acumulación de conocimiento.
Eran expertos en el uso de documentos y artefactos náuticos, pero también en el manejo de los registros mediante los cuales se estandarizaría la información de la travesía, es decir, los datos sobre la localización de rutas o lugares, las condiciones físicas del terreno o los paisajes, las características continentales o marítimas, la vida animal o humana, o cualquier otra clase de hechos significativos para la exploración.
Los viajes hacia el sur del Atlántico habían dotado a los navegantes portugueses e ibéricos de avanzados conocimientos científico y técnicos, pero la incursión en el continente suramericano deparó grandes sorpresas, debido no sólo a la vasta extensión de la geografía andina y a su carácter abrupto, sino a la abrumadora falta de referentes sobre sus características (Moro-Romero, 2005, p.
Estudios sobre las primeras misiones de exploración realizadas por los jesuitas han demostrado que, aunque el primer objetivo de esta comunidad fue enseñar sus artes a la población nativa, en realidad sus miembros tuvieron que aprender de los saberes de los indígenas y conseguir su cooperación, a fin de avanzar en su tarea de evangelización 1.
Anne Godlewska segura, por ejemplo, que la exploración de la Amazonía Occidental y su descripción cartográfica no habría podido realizarse sin la colaboración de los bogas nativos que guiaron a los misioneros a través de la enmarañada red de caminos y ríos amazónicos (Chacua, 2016, p.
La travesía del Padre Samuel Fritz por la cuenca del río, la cual fue guiada a lo largo de todo su recorrido por los indígenas Yurimaguas y remeros de los pueblos ribereños, dio como resultado la primera representación cartográfica de la Amazonía Occidental.
A partir de entonces las orientaciones de los nativos y sus recursos técnicos se constituyeron en parte del amplio ensamblaje conformado por los saberes tradicionales de los indígenas y los conocimientos de los viajeros ibéricos.
Los caballos, por ejemplo, se convirtieron en instrumentos esenciales durante la primera fase de la conquista americana, pues tal como lo reconocía el cronista: "la vida de los españoles, después de Dios, estaba en el servicio de sus caballos" (Pacheco y De Cárdenas, 1864, p.
La inclusión de los caballos en la red de movilidad andina, no obstante, tuvo que superar múltiples escollos técnicos.
La falta de herraje para estos animales, cuyos desplazamientos se hacían en su mayoría por terrenos escarpados y durante interminables jornadas, fue con seguridad uno de los obstáculos técnicos más significativos para extender y establecer el dominio español.
Decían los primeros exploradores:
Viendo que no había herraje para los caballos, por lo cual no podía ir a ninguna parte, y era muy grande falta para la conquista de aquella tierra, dio orden é industria cómo se hiciese una fragua, la cual no habiendo el aparejo que para en Castilla fuera necesario se hizo juntar muchos é coserlos unos con otros, e se pegaran é se pusieron sus arquillos, e de unos tablones, en que los indios se sentaban, se hicieron paradas y, de unos árboles blandos, hizo cortar dos, é hiciéronse cuatro partes, partidos por medio; é cada uno socavábanle por de dentro y juntaban uno con otro; de que se hicieron los cañones.
Y porque no había con que los calafatear, con cordeles, por encima encerrados, apretaban uno con otro; é de una olla de cobre, se hicieron los cañones que entraban en el fuego y de una pala de yerro se hizo la tovera.
É los clavos y las herraduras se hicieron de cadenas é estribos de hierro, que muchos de los españoles traían (Pacheco y De Cárdenas, 1864, p.
La adaptación de prácticas tales como la forja del hierro y la producción de la pólvora requirieron que tanto los nativos como los españoles iniciaran una cadena de modificaciones y traducciones de su cultura técnica.
La historiografía ha destacado que la superioridad tecnológica de los europeos fue una de las principales causas para el éxito del proceso de dominación, pero cabe preguntarse qué tanta ventaja pudo haberles otorgado esta situación si, como ellos mismos narraron, tuvieron tantas dificultades para reproducir sus artefactos y las condiciones de su funcionamiento.
Sin desconocer el influjo que tuvieron las técnicas navales y la artillería en la globalización del comercio y la expansión europea, los historiadores también debieron señalar el papel que jugaron las tecnologías locales en el desarrollo de ambos procesos (Cipolla, 1967).
En el caso de la ocupación de los territorios que conformarían el Virreinato de la Nueva Granada, los recién llegados tuvieron que lidiar inmediatamente con las exigencias de una geografía cruzada por ríos portentosos.
Antes de tener acceso a los asentamientos poblacionales situados generalmente en las cimas de la Cordillera de los Andes, los exploradores debían sortear las corrientes de agua que se deslizaban desde las montañas hacia los valles o el sistema de ciénagas que anegaban buena parte del norte del país.
Las condiciones de este paisaje hacían ubicua la necesidad de desplazase por vía fluvial, por lo que no sorprende que los cronistas hubieran dejado amplias memorias sobre las dificultades que ofrecía el viaje a través de los ríos, y sobre las soluciones que el conocimiento tradicional ofrecía a las mismas.
No habiendo sido pocos los hombres y los caballos que se ahogaron al intentar cruzar las corrientes, ni escasos los esfuerzos de la población indígena para superar los obstáculos, hay varios relatos que ilustran el carácter de las travesías.
Cuando los pequeños grupos de exploradores no hallaban por dónde atravesar las corrientes, tras semanas de trasegar río arriba y río abajo las laderas, no tenían más opción que cruzar a nado, tal como lo relata el cronista:
La necesidad de buscar comidas y el poco remedio que hallaban desde donde les viniese, y pareciéndoles ser menos dañoso aventurarse al río que morir de hambre, haciéndolo así algunos, echándose a nado, que fueron a salir con harto trabajo por el fuerte raudal de la corriente a diferentes puestos de la otra banda, sacando algunos las espadas, rodelas y hatillo sobre la cabeza, de que otros quedaron despojados, perdiendo sus armas entre las aguas y el vestido, quedaron con sólo el que les dio la naturaleza (Simón, 1981, p.
Arrastrados con frecuencia por las corrientes o atrapados por sus remolinos, fueron los mismos viajeros los primeros en reconocer que sin los conocimientos de los indígenas y sus técnicas no habrían podido consolidar su proceso de adaptación.
Decía Fray Pedro Simón: bién describió el uso de un mecanismo similar para trasportar el correo en el río Huancabamba, donde los indígenas se lanzaban corriente abajo, manteniéndose a flote sobre troncos de árboles y dejándose arrastrar por las aguas.
Según su relato, más de 300 troncos eran arrojados al río para prevenir que las corrientes súbitas les desproveyeran de estos dispositivos, y luego nadaban río abajo cargando el correo sobre sus cabezas en una especie de turbante (Humboldt, 1816, p.
Por los lugares donde había pasos de vado, las comunidades transportaban la carga sobre una tabla, pero si perdían el pie, es decir, si dejaban de apoyarse en el fondo del río, nadaban hasta la orilla aferrándose a la misma tabla.
Es probable que las estructuras de flotación construidas con troncos de los árboles fueran las de uso más común en los ríos de la Nueva Granada, donde no se ha verificado que se utilizaran instrumentos de flotación elaborados con piel de animales, tal como ocurrió en algunas partes de Centroamérica, Brasil, Perú y Chile (Kenneth y Shackleton, 1983).
Las técnicas de flotación se construían, generalmente, con los recursos ambientales propios de las regiones donde se desenvolvían los nativos.
Sus abundantes riquezas forestales y la fuerza del músculo se combinaban para garantizar la seguridad del viaje y el ahorro de tiempo, dos factores que resultaban cruciales cuando era necesario realizar desplazamientos extraordinariamente prolongados.
También hay evidencia de que se utilizaron tinajas para atravesar el río Magdalena, aunque no es claro si se trataba de tinajas de barro o de calabaza.
Según Cieza de León, en las inmediaciones de Venadillo se utilizaban tinajas para pasar de una orilla a otra del río Magdalena.
Fabricadas comúnmente de barro cocido o calabazas, las tinajas eran unos recipientes grandes, más anchos en su parte media que en el fondo y en la boca.
El procedimiento desplegado por el bogador para transportar la carga consistía en colocar las ropas y los enseres dentro de las vasijas y atar a los pasajeros a las agarraderas.
"Una vez ligada la carga, se enrollaba una cuerda al cuello de la tinaja y el bogador halaba el bulto desde el otro extremo de la cuerda" (Cieza de León, 1877, p.
Dicha práctica también llamó la atención de José de Acosta en los ríos del Perú:
[...] tienen unas grandes calabazas, sobre las cuales echan las personas o cosas que han de pasar, y los indios, asidos a una cuerda, van nadando y tirando de la balsa de calabazas, como caballos que tiran un coche o carroza, y otros detrás van dando empellones a la balsa para ayudarla.
Pasados, toman a cuestas sus balsas de calabaza y tornan a pasar a nado (De Acosta, 1954, 78).
El hecho de que los nativos hicieran uso de artefactos de flotación idénticos en diferentes lugares de Suramérica evidencia el carácter colectivo de los conocimientos producidos por las comunidades indígenas.
La selección de los materiales para la elaboración de los artefactos, el cálculo de la profundidad de las aguas, la evaluación de los lugares donde se podía dejar la corriente y la estimación de las cargas que se podían trasladar, eran formas de conocimiento que estaban implícitamente incorporadas en las prácticas de las comunidades y, por lo tanto, eran compartidas por amplios grupos arraigados en el mismo contexto social.
Visualizar la dimensión tácita de este conocimiento es indispensable, porque permite entender que aun cuando no se describiera como una serie de reglas codificadas, tenía un carácter tan abstracto como el mismo conocimiento científico.
Puede que los indígenas no hayan explicado de un modo codificado el patrón matemático que convierte una tabla o una tinaja en un mecanismo de flotación, pero tampoco los artesanos que construyeron los techos cóncavos de las catedrales góticas explicaron cómo crearon sus moldes y estructuras sin tener nociones de geometría (Turnbull, 2003, p.
Esta perspectiva permite comprender asimismo la elaboración de objetos técnicos como los puentes y las tarabitas, cuya construcción también conllevaba la aplicación de conocimientos complejos.
Las primeras exploraciones de Cartagena se vieron obstaculizadas por la red fluvial que la rodeaba, un sistema de ciénagas tan complejo y extenso que algunas veces se requerían días para atravesarlo, y otras, simplemente, obligaba a los viajeros a buscar rutas alternativas para superarlo.
Cerca de la Ciénaga de Tescaactualmente Ciénaga de la Virgen-, los viajeros constataron que el tráfico era eminentemente fluvial y que los indígenas lo realizaban por medio de canoas y estructuras que conectaban las orillas.
Así, durante la expedición en la que se fundó Santa Cruz de Mompox, los exploradores tuvieron que hacer uso de puentes construidos de bejucos, los cuales describieron como
[...] una plataforma colgante, formada largos y delicados cordeles, de más de 150 brazas españolas [aproximadamente 270 metros].
Este tipo de puentes eran ordinariamente utilizados por los indígenas, pero la manera más común de cruzar los ríos era haciendo uso de bejucos.
Decían los cronistas, que largos cordeles de bejucos trenzados eran sujetados a un árbol, mientras el extremo contrario de la cuerda era conducido a la otra orilla por los indígenas que sabían nadar.
Una vez tensada y amarrada la cuerda en la otra orilla, cada viajero pasaba aferrado a la cuerda, tratando de estar atento para no ser arrastrado por el raudal (Simón, 1953, p.
Las cuerdas y los puentes de bejuco tuvieron tanta importancia para el desplazamiento de los indígenas como la canoa, ya que en los lugares donde las embarcaciones se introdujeron de modo tardío se hizo uso de estos artefactos.
Ese fue el caso, por ejemplo, de la población nativa ubicada en los territorios de la Bolivia pre-hispánica.
"Los indígenas Huari cruzaban los ríos sobre puentes simples de bejuco, y los Siriono lo hacían lanzado cuerdas de bejuco sobre el caudal o flotando sobre los troncos de los árboles" registró Nordenskiol (1930, p.
Los puentes de bejuco fueron tan importantes para apoyar los desplazamientos de los viajeros, que se convirtieron en objeto de disputa entre los indígenas y los españoles.
En el río Combayma "los indígenas echaron abajo los puentes de bejuco para impedir el paso de los conquistadores" decía De Aguado (1956, p.
488), y entre los esfuerzos que hicieron los indígenas Quimbayas por impedir el ascenso de los españoles hacia Anserma también se registró el derribamiento de puentes de bejuco y el consecuente ahogamiento de caballos y soldados españoles (Pacheco y De Cárdenas, 1964, p.
El relato del cronista señalaba que tal provecho se sacaba de aquellos puentes que, una vez reagrupados después de la caída, los viajeros tardaron ocho días en atravesar el río con sus alimentos y enseres.
Los hombres que sabían nadar cruzaron haciendo uso de cuerdas de bejucos, y aquellos que no dominaban esta práctica lo hicieron utilizando troncos flotantes.
El material para construir las cuerdas de bejuco se extraía de la corteza de los árboles, halando las ramas desde las raíces hasta el pico, o cortándolas mediante el uso de cuchillos de piedra.
Las sogas se produjeron a partir de las hojas de la cabuya, de la pita y de otras plantas de la familia de las Marantáceas, a las cuales se les hacían cortes longitudinales para raspar las fibras vegetales.
Después había que lavar las fibras, dejarlas secar al sol, y tejer los cordeles.
Puentes construidos con base en dichas sogas fueron encontrados entre los poblados de Remedios y la Victoria, en el río Nare; al igual que en las llanuras orientales de la Nueva Granada y en la villa de San Antonio de Zaruma, en Ecuador (De Aguado, 1956).
Estos puentes permitieron el acceso de los viajeros a la región del río Magdalena donde se desarrollaría la actividad minera, y también les abrió paso hacia La Plata y Popayán a través del río Guacana.
En el norte de Quito se daba cuenta de la existencia de los puentes de bejucos, aunque al parecer los caminos de herradura eran relativamente mejores (Jiménez de la Espada, 1897c, p.
Los materiales que se utilizaban para construir las criznejas eran en apariencia muy frágiles, pero la forma como se tejían garantizaba su resistencia.
Con tres cuerdas delgadas se construía una trenza gruesa, y repitiendo este procedimiento se elaboraba una última maroma tan gruesa como "el cuerpo de un muchacho" (Cobo, 1956, p.
Con cinco de las criznejas más gruesas se construía el tejido de un puente, el cual se trasladaba de una orilla a la otra arrastrando el armazón con ayuda de otra cuerda.
Debido a que el tejido final resultaba pesado, numerosos hombres tenían que tirar para montarlo en las estructuras que le servirían de soporte.
El puente se amarraba al estribo dándole una vuelta con el tejido, aunque por mucho que se tiraba para estirarlo, debido al gran peso de los bejucos, siempre adquiría la forma de un arco invertido.
En sus costados se tejían unas cuerdas delgadas para dar mayor estabilidad a la estructura, así que llegaron a ser artefactos sólidos y seguros, pese a que eventualmente se sacudieran o balancearan.
Un puente de esta magnitud llegaba a medir hasta doscientos pies y era necesario renovarlo aproximadamente cada año (Cobo, 1956, 263).
Puentes construidos con maderas más resistentes, como la guadua y el balzo, fueron hallados sobre los ríos Páez, Jamundí, Topo y Orinoco (Cieza de León, 1884, p.
Sobre los ríos Quiña y Mayo, a nueve leguas arriba de Pasto, se atravesaba por medio de un puente de madera, lo mismo que en el paso del río Piendamó, a cinco leguas de Cali.
Las construcciones de madera bordeaban las estrechas laderas de las montañas, y luego se extendían cientos de metros sobre los ríos, permitiendo el paso del comercio, de los viajeros y de las bestias de carga.
Ahora bien, las fuerzas españolas no sólo se apropiaron de aquellas tecnologías, sino que conforme fue progresando su empresa en el occidente del territorio, donde los ríos eran atravesados esencialmente a través de aquellos artefactos, "las autoridades coloniales se mostraban especialmente interesadas en que los mismos indígenas se ocuparan de la reparación de los puentes averiados y de la elaboración de otros nuevos" (Cobo, 1956, p.
Como poseedores de un tipo de conocimiento que combinaba varios campos de experticia, entre otros, la identificación de los materiales para elaborar las criznejas, el lavado y el secado de las fibras, el hilado de las cuerdas y el tejido de las cabuyas, los indígenas no podían ser fácilmente reemplazados en la construcción de estas estructuras.
Se puede decir que la elaboración de los puentes articuló el trabajo colectivo de los nativos experimentados, convirtiendo esta práctica en un sistema de producción manipulable y en un espacio de trabajo especializado.
Las tarabitas también tuvieron un uso muy extendido entre los artefactos que se elaboraron para atravesar los ríos de Suramérica.
Decía De Acosta: "usan los indios de mil artificios para pasar los ríos.
En algunas partes tienen una gran soga atravesada de banda a banda, y en ella un cestón o canasto, en el cual se mete el que ha de pasar, y desde la ribera tiran de él y así pasa en su cesto" (De Acosta, 1954, p.
Los cestos que colgaban de aquellas cuerdas tenían una apariencia similar a la de los canastos de mimbre que se usaban para recoger la vendimia española.
El cesto se deslizaba de una orilla a la otra suspendido por un mango, y en algunos lugares no se utilizaba esta vasija, sino una cincha de cuero que se suspendía a la maroma, la cual se deslizaba hasta alcanzar el puerto de destino.
Este medio de movilización se consideraba aún más seguro, porque el pasajero iba amarrado a la cincha.
Decía el cronista que "por mucho que languideciera el pasajero, no había manera de que cayera al vacío, y que a través de la cincha o del cesto era factible transportar tanto a los hombres, como sus ropas y mercancías" (Cobo, 1956, p.
En el siglo XVIII y XIX las tarabitas todavía se consideraban como mecanismos comunes para cruzar los ríos, porque su confiabilidad había sido cuidadosamente evaluada y precisada (Le Moyne, 1945, p.189).
De este modo, es seguro que atributos como la abstracción y la organización planificada de la transmisión del saber no han sido potestad exclusiva de los científicos, ya que otras culturas técnicas también han realizado experimentos, modelado soluciones, y estructurado estrategias para transmitir sus saberes a las nuevas generaciones.
C. LOS ARTEFACTOS PARA NAVEGAR LOS RÍOS: CANOAS, BALSAS Y PIRAGUAS
La enorme extensión de las corrientes hídricas convirtió en prioridad la construcción de artefactos du-rables y resistentes para realizar los desplazamientos fluviales.
En términos generales, donde los ríos eran rápidos y regulares fue común el uso de balsas, mientras que en aquellos trayectos más accidentados se hizo indispensable el uso de canoas.
Las balsas eran muy apropiadas para corrientes con escasa inclinación, porque tenían gran estabilidad.
Las canoas operaban mejor en corrientes con fuertes grados de inclinación, porque pese a tener una estabilidad inicial pobre, con el empuje del agua ganaban mayor equilibrio y disminuía la posibilidad de volcar (Díaz, 1969).
La proliferación de diferentes tipos de embarcaciones se explica, entonces, por la necesidad que tenían los indígenas de adaptar los artefactos a las diferentes características físicas de los ríos.
Aunque la historiografía no reconoce la navegación americana como una de las grandes tradiciones marítimas, los nativos americanos desarrollaron sofisticadas tecnologías para aplicarlas a la navegación fluvial 3.
Las crónicas mencionaban que las primeras expediciones de los españoles fueron hostilizadas por miles de canoas, y Fray Pedro Simón señalaba que "casi dos siglos después, todavía hacían tráfico permanente entre Mompox y Honda más de un millar de canoas" (1981, p.
La embarcación más común entre los indígenas americanos fue la canoa monoxila.
Estas naves se construían con un trozo de madera que los españoles llamaban monoxilum, el cual era horadado en la forma de una artesa o bandeja, tratando de generar toda la concavidad que se pudiera, sin rajar el madero y sin que el casco perdiera solidez (Cobo, 1956, p.
Los datos que se conservan en el Museo Arqueológico de España y en el Museo Naval de Madrid, sugieren que "estas embarcaciones llegaban a medir hasta 51 pies de eslora por tres de manga, o aproximadamente 14 metros de largo por 83 centímetros de ancho" (Monleón, 1892, p.
La capacidad de carga de aquellas embarcaciones mereció la admiración de los viajeros, para quienes no dejaba de ser extraño ver caballos y personas a bordo de aquellos grandes artefactos:
[...] cuarenta hombres de armada con seys caballos, y algunos afirman que más, pero esto basta y es cosa que se puede tener por estraña y no vista ahasta agora que en el gueco de un solo árbol, en la forma que este esta labrado, nabegase tanta gente y caballos; porque aunque en las primeras conquistas y descubrimientos de ríos caudalosos y lagos o lagunas que en muchas partes de las Indias han sido andadas y descubiertas por españoles se a hallado grandisimo numero de canoas de todas suer-tes y nunca jamas en sus primeros ni después mediante la industria de los españoles se ha hallado ni hecho canoa que solo sufra a llevar seguramente dos caballos y muy poca gente, ni que con muchas parte llegase al grandor desta (Cobo, 1956, p.
Aunque estas embarcaciones tenían suficiente magnitud para satisfacer las necesidades de los viajeros, la técnica de los indígenas evolucionó con la introducción de las herramientas españolas para excavar y doblar la madera, pues les permitió construir canoas con mayor capacidad de carga y reducir el tiempo necesario para manufacturarlas.
Con el uso de la pica de acero, un instrumento que los indígenas podían adquirir en los establecimientos comerciales, las canoas llegaron a medir hasta tres pies de manga -aproximadamente un metro de ancho (Monleón, 1892, p.
El método utilizado por los indígenas para horadar y perfilar la canoa consistía en macerar con golpes de hacha las partes del madero que se cortarían, y luego quemarlas lentamente hasta lograr que se desprendieran por completo de la parte intacta del madero.
Se hacía uso de hachas de piedra y de conchas para raspar el tronco, el cual era comúnmente de caoba o de cedro (Reichel-Dolmatoff, 1965, p.
Los indígenas marcaban los árboles que seleccionaban para la construcción de la canoa, y luego los cortaban tras el cuarto de luna menguante, o después de la luna llena, época que consideraban más adecuada para realizar esta práctica.
La construcción de una canoa de cuarenta pies de largo podía requerir el trabajo de hasta cinco personas y tardaba no menos de un mes, así que se trataba de una actividad que requería la coordinación del trabajo y las habilidades de un gran número de personas (Torres de Arauz, 1966, p.
Aunque los plazos requeridos para elaborarlas pudieron haberse reducido con la disponibilidad de las herramientas españolas, la concepción funcional de las embarcaciones continuó siendo la misma que se utilizó tradicionalmente.
El componente tecnológico central para la trasmisión del conocimiento era la construcción del casco de la canoa.
El área excavada de las embarcaciones utilizadas para pescar manatíes y cocodrilos debía, por ejemplo, ser cuadrada y no cóncava.
Los guamos, como llamaban los indígenas a este tipo de embarcaciones, eran pesadas y difíciles de maniobrar, así que hombres físicamente más fuertes debían realizar la boga, haciendo uso de remos más gruesos y resistentes.
Las canoas que se adecuaban para la pesca de pequeñas especies no medían más que un palmo y medio de ancho, es decir, aproximadamente treinta o cuarenta centímetros, de modo que su aspecto era tan particular que llegaban a ser "objeto de risas entre los demás indígenas" (Gilij, 1965, 78-79).
Las labores de pesca que se realizaban en las orillas del mar requerían un tipo de embarcaciones muy livianas, aunque las balsas utilizadas por los indígenas del Caribe resultaban asombrosas por la gran cantidad de hombres que las podían embarcar.
Los indígenas recogían manojos de una planta que según los españoles se parecía a la espadaña, es decir, a un tipo de arbusto que crecía en los estanques, acequias y pantanos de la región mediterránea.
Los indígenas ataban manojos de aquella planta con cuerdas de bejuco, creando artefactos flotantes que luego llevaban a la orilla para arrojarlos al agua.
Estos artefactos "se llevaban mar adentro hasta dos leguas, de día o de noche, mediante el uso de remos o palas de madera.
Una vez en mar abierto, los nativos tiraban las redes que cargaban en las balsas, realizaban la pesca y regresaban a la playa para deshacer las juncias, ponerlas al sol y permitir que se secaran" (De Acosta, 1956, p.
Dichos artefactos eran más livianos que las canoas monoxilas, así que los indígenas podían regresar con ellas al hombro después de la pesca, y reutilizarlas una vez se secaran.
Las balsas de uso más común se construían mediante la alineación de troncos de madera, los cuales se ataban utilizando juncias de cuero o bejuco.
Estas embarcaciones eran impulsadas por remos o pérdigas de madera, y sólo unas pocas utilizaban vela.
Miguel de Santiesteban describía las balsas que se movilizaban por el río Cauca así:
[...] una de aquellas fluctuantes casas que llaman balsas por estar ellas sobre palos que tienen ese nombre, largo de más de veinte varas -aproximadamente 17 metros-, de figura circular de diámetro de hasta una vara, y leves como el corcho, que unidos, unos a otros con maderas delgadas y más fuertes que atraviesen, y atan con cierta especie de sarmiento a manera de sogas de que hay abundancia de todos gruesos, en aquellas selvas y llaman bejucos, se hace el pavimento del ancho que se quiere ensolándolo con guadas aplanadas, de las cuales se sirven para sustentar el techo, poniéndolas enteras para pies derecho y como tablas para división del dormitorio dejando una gran sala con sombra y sin paredes para la ventilación y sirve de corredor espacioso para el paseo y de bodega para la carga a los lados las ponen balaustradas de una vara de alto de la misma (De Santiesteban, 1970, 51-52).
Para solventar la falta de quilla y controlar la estabilidad de la nave cuando cambiaba la línea de viento o la corriente, los bogadores introducían una tabla de dos tercias de ancho y tres varas de largo entre los palos acoplados en el centro de la balsa, y con dicha palanca daban dirección a la embarcación.
El uso de las balsas en el río Cauca se adecuaba plenamente a sus características físicas, porque el casco de la embarcación, plano y ancho, podía aprovechar la rapidez, el amplio caudal y ausencia de vientos que predominaban en aquella corriente.
Las piraguas tampoco eran exactamente como las canoas, ya que su casco no se componía de una sola pieza, sino que tenían partes añadidas en la proa, la popa e incluso en las estructuras a babor y estribor.
Sin embargo, pese a que tenían partes anexas, no se utilizaban clavos para fijarlas, y cada componente de madera, incluido el palo del que colgaba la vela, estaba asegurado por sogas o tiras de cuero.
Los indígenas añadían a estas embarcaciones tablas laterales, desde la proa hasta la popa, para evitar que penetrara el oleaje; y, según relataba Gumilla, no había en las hendiduras de aquellas naves ningún rastro de estopa, brea o alquitrán para impermeabilizarlas.
Entre los conocimientos indígenas relacionados con la navegación, el calafateo era casi con toda certeza el que más sorpresa causaba a los españoles.
Les parecía imposible que el golpe del oleaje, o los cambios de la fuerza de succión producida por el movimiento, no destruyeran las junturas de la nave.
Pensaban que si los navíos españoles eran vulnerables a tales fuerzas, resultaba admirable, y casi imposible de creer, que las embarcaciones de los nativos pudieran soportarlas.
Narraba Gumilla que "para calafatear estas embarcaciones se recogía una planta que crecía en la orilla de los ríos, similar al mangle, y se machacaba hasta conseguir una masa fibrosa y pegajosa, que luego se esparcía sobre la embarcación de modo uniforme" (1955, p.
La elaboración de los cascos de las naves, basada en saberes tácitos y en un sinnúmero de datos empíricos, se desarrolló en un contexto experimental que por siglos capacitó a los nativos para construir artefactos de una alta confiabilidad y un carácter novedoso.
En las orillas del río Amazonas los indígenas construían canoas de cascarilla, desprendiendo la corteza de los árboles más grandes, cortándola en piezas de igual tamaño y secándola sin permitir que los bordes se enrollaran hacia adentro.
El método que se utilizó para retirar la cascarilla de los árboles consistía en apisonar la madera con un hacha de piedra, teniendo mucho cuidado de no abrir grietas en el tejido vegetal (De Lima, 1950).
En las sabanas del norte del país, donde la mayor parte de los desplazamientos e intercambios se realizaban por las rutas fluviales, los indígenas eran diestros en el manejo de esta técnica.
Desde Simití hasta el río Magdalena, o desde Simití hasta Tamalameque, o desde Calamar hasta Malambo, era imposible trasladarse por más de dos o tres leguas sin tener que hacer uso de este tipo de embarcaciones.
Es evidente, entonces, el valor económico y ambiental que tenían estas tecnologías para la población indígena, así como el servicio que éstas prestaron al proceso de dominación.
Reconocía Fernández de Oviedo: "los cristianos que por acá vivimos no podemos servirnos de las heredades de estas tierras que están en las costas de la mar y de los grandes ríos, sin estas canoas" (Fernández de Oviedo y Valdés, 1959, 149-150).
Los bongos que circularon por el río Magdalena eran embarcaciones que conservaban algunas de las características de las canoas monoxilas y que al mismo tiempo habían incorporado las técnicas de construcción españolas.
Estos artefactos híbridos se convirtieron en objetos de gran tamaño, los cuales llegaban a medir hasta noventa pies de largo, nueve en la parte central y tres en los extremos.
Se construían con tablas de cedro de dos pulgadas de ancho, se pegaban con clavos de hierro y se impermeabilizaban esparciendo varias capas de alquitrán sobre la cubierta.
Al techo se le daba forma redondeada mediante un armazón de maderos, los cuales se ubicaban en el área media de la embarcación y luego se cubrían con hojas de cañabrava o de palmeras.
Debajo de esta cubierta, cuya estructura impedía el paso del agua y permitía cargar más mercancías sobre su lomo, se instalaba el único equipamiento de la embarcación: una cocineta formada con un cable de dos pulgadas de espesor y algunas piedras.
La quilla de los bongos era plana, como la de las canoas monoxilas, pero el casco estaba formado por tablas que cubrían los costados y se disponían verticalmente sobre la base, la cual sólo estaba unida por tres travesaños que se distribuían entre la proa y la popa (Gosselman, 1981, p.
Siglos más tarde, cuando el diseño de los barcos de vapor que navegaron por el río Magdalena mantuvo la estructura plana de los cascos, el conocimiento aplicado tradicionalmente por los indígenas adquirió la categoría de ingeniería.
Al convertirse en un principio común para la construcción de las embarcaciones modernas, el saber técnico de los nativos alcanzó el estatus de tecnología.
Finalmente, la propulsión de las embarcaciones también dependió del desarrollo de varios ingenios.
Los cronistas observaron, por ejemplo, que los artesanos abrían un orificio en la proa para instalar los remos con los que impulsarían las embarcaciones, al mismo tiempo que se instruía al timonel para que se ubicara en un lugar desde el que pudiera observar todo el bongo y orientar las acciones de los bogadores.
El contramaestre ocupaba un lugar en la proa de la embarcación, y nueve bogadores se organizaban en tres cuadrillas, delante y detrás del toldo, con el objetivo de que dos de ellas remaran hacia la popa para impulsar la nave y la otra lo hiciera en dirección a la proa para recuperarla y volver a propulsarla.
Los viajeros pernoctaban en la orilla de los ríos, donde generalmente se encendía una fogata y se tendían los mosquiteros para descansar y esperar el momento de reanudar la travesía (Gosselman, 1981).
Entre los utensilios necesarios para viajar en aquellas embarcaciones no se podía prescindir de los remos, ya que actuaban como los mecanismos de tracción.
En el Orinoco se utilizaban remos sin asa o sin agarradera, tanto para propulsar la nave como para anclar las canoas en los bancos de arena.
Bastaba con clavar el remo en la arena y amarrar a éste la canoa, para impedir que la corriente la arrastrase.
Según las investigaciones de Erland Nordenskiold (1930), ese tipo de remos pudieron haber antecedido a aquellos que tenían agarradera en el extremo.
En la descripción del viaje de Micer Ambrosio por el Lago de Maracaibo se describieron aquellos artefactos del siguiente modo:
En el Darién se elaboraban los remos con una sola pieza de madera seca, por lo general de una longitud de tres a seis pies de largo.
La hoja del remo que entraba en el agua tenía una forma puntiaguda y un realce longitudinal que aumentaba su resistencia y efectividad.
El mango cilíndrico que sobresalía del agua terminaba algunas veces en un asa aplanada y en otras en una punta alargada.
De Santiesteban (1970) señalaba que los remos que se usaban en el río Cauca y en el río Magdalena eran una pala de una tercia de ancho y de dos varas y media de largo, la cual estaba unida a un bastón que sobresalía del agua no más de media vara 4.
El remo se introducía en el agua con movimiento perpendicular, ejerciendo la fuerza de la boga hacia la proa.
Los españoles llamaban a los remos canaletes, pero según este cronista los indígenas les daban nombres distintos en las regiones donde se utilizaban.
Los remos y el modo de remar en el Magdalena ofrecían algunas singularidades, si bien no eran del todo diferentes a los del resto de la navegación americana.
Los indígenas Guamos usaban unos remos que tenían una longitud media de entre seis o siete palmos y cuyo mango era excavado en la forma de una media luna.
La forma en la que el indígena lo manipulaba consistía en apoyar la mano izquierda en el mango y empujar el agua desde la parte media del remo con la mano derecha.
En estas canoas los indígenas permanecían sentados y apoyaban ligeramente los remos sobre el borde de la canoa para conseguir mayor impulso y más fuerza en la tracción.
De manera coordinada con el boga que comandaba la operación, los demás indígenas imitaban el movimiento de impulso y recuperación de su remo para repetir el movimiento de manera precisa.
Debido a que los indígenas estaban adaptados al uso de este tipo de remos ligeros, encontraban el canalete español demasiado pesado y difícil de manejar (Gilij, 1965).
La capacidad de carga de los bongos llegó a ser de hasta ciento ochenta fardos y cada tres viajes se movilizaban en promedio doscientos cincuenta bultos 5.
En 1825, todavía transitaban por el río Magdalena al menos cuarenta de estas embarcaciones, las cuales eran administrados por comerciantes criollos que pagaban costos de aduanas y remuneraban a cada bogador con dieciséis piastras por tres meses de trabajo, esto es, aproximadamente ciento sesenta reales 6.
Al mismo tiempo, las canoas y los bongos que atiborraban las orillas esperaban para trasladar las mercancías desde las embarcaciones grandes hasta las bandas, cuando estas últimas quedaban encalladas en las arenas o cuando no podían acercarse debido a la escaza profundidad de las aguas.
El estudio de la movilidad fluvial en el mundo andino muestra que la cultura técnica local era robusta antes del arribo de los españoles, y que continuó siéndolo aun después de que se introdujeron las innovaciones tecnológicas europeas.
Tales innovaciones tuvieron que ser adecuadas a las tradiciones cognitivas locales y los recién llegados identificaron como una prioridad el dominio de los saberes y las técnicas indígenas.
Tras el encuentro entre estas dos civilizaciones ocurrieron una serie de negociaciones y adecuaciones que se expresaron en flujos mutuos de conocimiento e hibridaciones tecnológicas.
En este sentido, el sesgo con el que comúnmente se han considerado los saberes tradicionales, muchas veces calificados como parciales e ineficientes, ha impedido entender su magnitud e importancia.
La generalización de la idea de que sólo el conocimiento científico procede de la abstracción, o que ningún tipo de saber ha apoyado el desarrollo económico y social como éste, ha obscurecido el carácter complejo y eficiente del conocimiento tradicional.
Esta investigación ha intentado mostrar que se confunden los términos de la reflexión cuando se afirma que los indígenas no pensaban de una manera sistemática, pues se puede demostrar que esta manera de proceder estaba implícita en las actividades prácticas desarrolladas por los nativos cuando construían sus embarcaciones.
Igualmente, ha sustentado que las técnicas de navegación tradicionales fueron tan productivas que no sólo sustentaron el desarrollo económico y social de la población nativa, sino que incluso apoyaron el proceso de dominación europea.
Aunque comúnmente se ha argumentado que el conocimiento tecnocientífico se distingue del tradicional porque combina diferentes formas de experticia, al estudiar la navegación tradicional se ha puesto en evidencia que este saber también combinaba diversas prácticas cognoscitivas.
Se pudo mostrar, incluso, que estas prácticas dieron origen a una tradición coherente, y que, como consecuencia, los indígenas organizaron un sistema para transmitir su saber a las siguientes generaciones.
La confiabilidad de los métodos con que desarrollaron sus técnicas de navegación, en especial el diseño de las embarcaciones y su impermeabilización, debe relativizar las distancias que se establecen entre los procedimientos para producir el conocimiento experto y el saber tradicional.
En la medida en que ninguna forma de conocimiento existe separada de la acción humana, se puede, con base en el anterior ejemplo, apoyar el supuesto de que la práctica produce una traducción efectiva del saber tácito al explícito, y que el conocimiento tecnocientífico también podría describirse como un alargamiento del saber situado.
1 Según el trabajo de Andrés Prieto la empresa misionera de los jesuitas en América tuvo una particularidad, porque a diferencia de la acción que desplegaron en China, donde se dedicaron a direccionar recursos materiales y humanos a los colegios y universidades manejados por la orden, en el territorio americano se concentraron en la evangelización de las comunidades nativas.
Según este autor la misión estuvo orientada a entender, explicar y modificar los conocimientos y tecnologías indígenas como parte de su actividad evangelizadora.
Nashville, Vanderbilt University Press 2 Se le decía maroma a una cuerda gruesa de esparto, cáñamo u otras fibras vegetales o sintéticas.
3 En contraste con el carácter superficial que aún tienen los estudios dirigidos a entender cómo contribuyeron los saberes de los pueblos indígenas a la empresa de expansión europea, la historiografía de la ciencia más reciente ha venido mostrando la gran relevancia que tuvieron los conocimientos náuticos de los ibéricos tanto en el dominio de los territorios descubiertos como en la globalización de la ciencia occidental.
María Portuondo ha hecho grandes aportes a la comprensión de las implicaciones que tuvo el descubrimiento de América para la ciencia europea y el reto que significó para los cosmógrafos españoles la comprensión de la naturaleza americana.
En su obra titulada Ciencia secreta: la cosmografía española y el Nuevo Mundo, Portuondo mostró que la tarea realizada por los cosmógrafos desde el siglo XV, lejos de haber sido un mero ejercicio de descripción, se convertiría en el germen de una filosofía natural experimental y utilitaria.
Mauricio Nieto Olarte, por su parte, estudiando la construcción del orden global que surgió bajo el influjo de la conquista Ibérica del Atlántico, ha explicado el papel que jugaron los conocimientos náuticos en este proceso.
Así, por ejemplo, en su libro Las máquinas del imperio y el reino de dios: Reflexiones sobre ciencia, tecnología y religión en el mundo atlántico del siglo XVI, el autor describe las estructuras burocráticas, representaciones, y sistemas toponímicos que derivaron de las prácticas científicas relacionadas con la cosmografía y la navegación.
Del mismo modo, a partir del análisis de la cosmografía, la cartografía y la navegación ibérica en la temprana edad moderna, Antonio Sánchez Martínez ha mostrado qué impacto tuvieron estos conocimientos en la construcción del dominio imperial español y portugués, y qué transformaciones produjeron en la cultura marítima y la historia natural global.
Trabajos como La espada, la cruz y el Padrón: soberanía, fe y representación cartográfica en el mundo ibérico bajo la Monarquía Hispánica, 1503-1598 y Casa de la Contratación, Sevilla o Cádiz: la disputa por ser puerto de América, han fijado ideas seminales para entender la ciencia ibérica en las últimas décadas.
4 La tercia equivalía a la tercera parte de una vara, o a un pie castellano, es decir, aproximadamente a 27,8 centímetros.
5 Los fardos eran paquetes grandes de ropa u otros bienes, muy apretado, para poder transportarlo de un lugar a otro.
Se hacía comúnmente con las cosas que había que movilizar, cubriéndolas con arpillera o lienzo embreado para protegerlas del agua u otros factores climáticos 6 La piastra era la unidad monetaria de la Gran Colombia al comienzo de siglos XIX y equivalía a 10 reales o a 5 francos. |
Al igual que David Freedberg decía que El poder de las imágenes no era un libro sobre historia del arte, sino sobre las personas y sus relaciones con las imágenes, éste afronta las que una serie de mujeres (reinas, cortesanas, comadronas, embarazadas, parturientas) mantuvieron con un buen número de imágenes (sacras, médicas, devocionales).
La presente monografía trata de los nacimientos regios en la España altomoderna y lo hace a partir de fuentes visuales y escritas, manejando literatura de antropología médica, historia cultural e historia del arte.
Postergada por el primer feminismo, la maternidad -defiende su autora en la introducción-se ha erigido en los tiempos recientes como un objeto de estudio denso y prolífico.
Lo es para conocer las prácticas obstétricas de la Edad Moderna, para entender mejor los papeles de la mujer en la sociedad de corte y sin duda para explorar la agencia de las imágenes en un momento decisivo del ciclo de la vida de cualquier ser humano, pero verdaderamente crítico en el caso de la realeza.
Una dinastía se funda en la herencia y el linaje, en un legado y una expectativa de futuro.
La propia noción de la descendencia se pone en juego en el momento del nacimiento.
El libro consta de cuatro capítulos y se remata con varios apéndices que incluyen inventarios y testimonios de sumo interés sobre la cultura material y los acontecimientos de los partos regios.
El primer capítulo se titula "En busca de un heredero" y comienza presentando algunos de los hilos de la investigación, un embarazo de Margarita de Austria, un cuadro encargado y el nacimiento de una infanta que moriría tan solo dos años después.
La Monarquía entera se proyectaba en los alumbramientos y el potencial ma-terno de las reinas, un asunto magníficamente tratado a través de unas imágenes empleadas como baza diplomática para resaltar la fertilidad de las candidatas.
Cuando murió Isabel de Borbón en 1644, la cuestión del heredero se volvió acuciante.
Cuando dos años después murió el príncipe Baltasar Carlos, los presagios más funestos ensombrecieron la Monarquía.
En este primer capítulo también se repasan algunos de los tratados de obstetricia en español de la época, la mayoría en la estela del Rosegarten de Rösslin, así los de Damián Carbón, Núñez de Coria y Fontecha, textos que detallan las instrucciones, remedios y avisos para asistir al parto y criar a los niños.
El uso de la lengua romance expresa su voluntad de llegar a sujetos no eruditos, entre los cuales destacan las comadronas, personajes principales en todo el libro.
En el segundo capítulo De Carlos dirige la mirada hacia El nacimiento de la Virgen, el óleo de Juan Pantoja de la Cruz (1603) para llevarnos a los espacios de la maternidad regia relacionados con el nacimiento de la infanta María de la Presentación el 21 de noviembre de 1625, la propia sala del nacimiento y las habitaciones del puerperio.
Recompone el ajuar y los objetos que habitaban dichos espacios, la temperatura y humedad requeridas, las cajitas de plata, las tupidas cortinas carmesíes, el olor de los sahumerios, los regalos de huevos y palomas, ofrendas vinculadas a la purificación de la Virgen.
El embarazo, el parto y el puerperio estaban acompañados por ceremonias y rituales plagados de imágenes favorables al buen curso de los acontecimientos.
Las reliquias eran primordiales, como es el caso de la Santa Cinta de Tortosa, que se traía ex profeso desde la ciudad del Bajo Ebro y se colocaba en el relicario de la capilla real del Alcázar.
Gracias al testimonio del patriarca de Indias sabemos de las misas y los rezos, de la atención espiritual que guiaba el momento, así como de las apariciones fugaces pero frecuentes de los mismos reyes en los partos de sus vástagos, aunque en España los partos regios eran más reservados que en otros lugares de Europa.
Se describen las dos formas de parir, sobre la silla obstétrica o sobre el lecho, seguramente sin dosel, pese a las representaciones idealizadas.
La autora nos enseña por qué las imágenes de Santa Ana y el nacimiento de la Virgen eran más próximas a los padecimientos de las mujeres "reales" que el propio embarazo de María, arrodillada al poco, señal de haber permanecido al margen de las sufrientes mortales.
También cómo debían tomarse precauciones contra ciertas mujeres peligrosas, las viejas aojadoras que podían realizar el mal del "fascinio".
Así, entre supersticiones, creencias y saberes médicos, entre esmeraldas, corales e imágenes devocionales, transcurrían unos momentos cruciales donde se cruzaban biología, religión, ceremonia y Monarquía.
El capítulo tercero trata de las comadres y la autoridad femenina.
A diferencia de otros contextos, en el mundo hispánico hay pocos trabajos sobre el tema, apenas el pionero de Teresa Ortiz, el de Brigitte Jordan sobre los partos en Yucatán y un artículo de José del Corral.
No quedan muchos testimonios escritos.
El saber de las parteras y comadronas, además de en los tratados antes citados, escritos por hombres, era un saber fundado en la transmisión oral y el conocimiento tácito.
Cuesta seguir sus huellas.
Aquí nuestra autora logra rastrear la vida de unas cuantas en el Madrid de los Austrias, María Leal, la pastora, Ana López y fundamentalmente Inés de Ayala, una mujer que asistió a la reina, quizás a las amantes del rey y que posiblemente inspiró la defensa del arte de las comadres de Alonso de Carranza.
Inés de Ayala hizo carrera en la corte, obtuvo dispensa pontificia, fundó un mayorazgo y luego reclamó sus derechos, una mujer ambiciosa y consciente de su valía que hizo de su arte y sus conocimientos la base de su ascenso social.
Leemos cuáles eran las cualidades psicológicas y profesionales de una buena comadrona, los dedos largos y la pericia, la discreción, la capacidad para dominar las situaciones críticas y transmitir confianza.
Debían ser "argutas", esto es, agudas e inteligentes, mujeres de ingenio, ese rasgo otrora reservado a los varones.
El parto regio es un espacio dominado por las mujeres, investidas de una auctoritas opuesta a la potestas masculina.
El nacimiento y el puerperio permiten articular y desarrollarse una autoridad femenina que se refleja en el citado óleo de Pantoja de la Cruz de 1603, el mismo que ocupó un lugar central en palacio en las décadas siguientes y que ilustra la cubierta del libro.
Allí aparecen las dos hermanas de la reina asistiendo al parto y la misma reina madre ejerciendo de comadrona.
El último capítulo se ocupa del oratorio de la reina, el espacio simbólico donde se reunían las mujeres de la corte en el momento del alumbramiento.
Resulta muy lograda su descripción material y espiritual.
Las reliquias, jaspes y piedras se ven ambientadas por el ritmo controlado de las misas y ceremonias, la novena en honor a la virgen de la expectación, la celebración de las nueve fiestas de nuestra señora en los días inmediatamente anteriores a la Navidad y finalmente la misa de la purificación de la Virgen, también llamada la misa de parida.
Esta última era la que anunciaba la reincorporación de la reina a la vida social y las rutinas habituales, su salida de la cuarentena, una misa en la que la reina ocupaba el protagonismo, desplazando al propio rey.
El libro se cierra con el estudio de los lienzos encargados por Margarita de Austria para el retablo de las Descalzas Reales de Valladolid y con el fino análisis de la Coronación de la Virgen de Velázquez.
Este maravilloso óleo presidía el oratorio de Isabel de Borbón, la mujer de Felipe IV.
Fue confeccionado con púrpuras y pigmentos muy costosos y recogía un instante muy querido para cualquier reina madre, el momento glorioso en el que María adquiría su condición regia en virtud de su maternidad.
Son imágenes que nos hablan de las expectativas, los modelos que debían inspirar la incertidumbre y las tribulaciones del hecho biológico más perentorio y esencial para la función dinástica a la que las reinas debían responder.
La imaginación maternal debía ser conducida hacia referencias seguras y triunfales.
Nacer en palacio es un libro fruto de una investigación tejida durante muchos años, los suficientes para tramar fuentes originales, literatura médica y cultural.
Estamos ante un obra destacada y seguramente imprescindible para los estudios de género de la España moderna y para quien quiera saber más sobre la agencia de las imágenes, un título que se suma a la lista siempre escogida y cuidada del Centro de Estudios Europa Hispánica. |
Tres décadas antes que Francis Bacon, el humanista extremeño Benito Arias Montano (1527-1598) propuso una "gran restauración" del estudio de la naturaleza, llevado por un profundo escepticismo hacia los sistemas filosóficos de la Antigüedad y a la vez por una inquebrantable fe en la credibilidad del texto bíblico.
La obra, llamada por Arias Montano Magnum opus no por soberbia, sino por la abrumadora enormidad de la tarea que se proponía (p.
15), quedó inacababa a su muerte.
Se publicaron en Amberes la primera parte (Anima, 1593) y, póstumamente, la primera entrega de la segunda parte (Corpus, 1601).
El lector hispanohablante cuenta con ediciones y traducciones de ambas, elaboradas en el último cambio de siglo por un equipo de latinistas e hispanistas españoles para la Bibliotheca Montaniana de la Universidad de Huelva, esos preciados "libros verdes" (p.
5) que alaba María Portuondo en su Introducción (pp. 1-12).
El brillante volumen de la profesora Portuondo no sólo ofrece una monografía integral sobre la filosofía natural de Arias Montano -la primera por su extensión y por su concentración temática-sino que lo hace incorporándola de lleno tanto a la biografía intelectual del ilustre hebraísta como a un contexto general que la autora ha bautizado felizmente como Spanish disquiet o "inquietud española".
Esta "inquietud" -que en el caso del extremeño podría considerarse "ansiedad en grado máximo» (p.
210)-sería el denominador común de una considerable nómina de pensadores hispánicos del siglo XVI que descreyeron de la utilidad de la filosofía antigua para comprender el mundo, y en consecuencia ensayaron nuevos sistemas en los que se otorgaba un papel fundamental a la experiencia.
A juicio de Portuondo, en aquel siglo sólo los esfuerzos de los italianos podían equipararse a los que se llevaban a cabo en los territorios hispánicos por construir sistemas filosóficos (p.
El programático primer capítulo ("The Challenge Ahead", pp. 13-29) contiene una sucinta presentación de Arias Montano en la que la autora muestra su familiaridad con la abundante literatura secundaria en español (alrededor de la mitad de la bibliografía moderna citada en el libro está de hecho en esta lengua).
Una carta del humanista de Fregenal a su coetáneo Luis de León le sirve inteligentemente a Portuondo para introducir algunas líneas maestras.
Por un lado, esta carta muestra el profundo interés de un hombre de fe por la ciencia natural en la Castilla del siglo XVI; por otro, en la carta se aprecia el contraste entre el tratamiento de temas estrictamente teológicos -los sacramentos y la gracia, peligrosamente connotados por su cercanía al meollo de la controversia luterana-y los de filosofía natural: mientras los primeros se tratan con cautela, los segundos se abordan abiertamente aunque supongan un cuestionamiento de concepciones heredadas de Aristóteles y Ptolomeo.
Que Arias Montano no constituía una excepción por sus inquietudes naturalistas en el panorama hispánico contemporáneo se deja claro en el capítulo segundo ("The Spanish Disquiet", pp. 30-55).
En él se abordan las diversas formas que en el siglo XVI hispánico adoptó la teología natural, es decir, el antiguo empeño por acercarse al conocimiento de Dios mediante el estudio de la naturaleza.
El panorama hispánico se contextualiza dentro del europeo en general en el tercer capítulo ("Faith and Nature", pp. 56-86), donde se explora el desarrollo histórico de la especulación naturalista vinculada a la interpretación del primer capítulo del Génesis.
Este fundamental relato bíblico, que nuestro humanista, como casi todo erudito hasta bien entrado el siglo XVII, creía debido al propio Moisés, constituye el punto de encuentro entre el Arias Montano filólogo hebraísta y el Arias Montano filósofo natural.
Antes de abordar el segundo, Portuondo pasa revista al primero con una mirada atenta a los indicios de interés por la naturaleza detectables en la Biblia Políglota de Amberes (capítulos 4-5: "The Antwerp Polyglot: Hints of a New Natural Philosophy", pp. 87-121; "Arias Montano Castigated", pp. 122-152).
Por el camino la autora sostiene, basándose en su propia investigación de archivo, que lejos de encontrarse con hostilidad hacia su método y hacia la Biblia Regia por parte de la curia romana, Arias Montano encontró en Roma "un lugar acogedor donde se sintió comprendido y protegido" (p.
Es oportuno que me refiera aquí a algunas de las conclusiones de Portuondo sobre la censura de la obra montaniana, tratadas con mayor detalle en el capítulo 12 ("Expurgated", pp. 353-376): el proyecto de Arias Montano que más objeciones eclesiásticas causó no fue su Magnum opus sino la Biblia Regia, más en España que en Roma, y debido al uso de autoridades rabínicas y a un tipo de exégesis considerada cabalística por algunos de sus contemporáneos (Juan de Mariana) y también por estudiosos modernos, con quienes Portuondo se muestra en desacuerdo (pp. 148-152).
En cuanto a su filosofía natural, las reservas se debieron a la omisión por parte de Arias Montano de todo tipo de autoridades, incluidas patrísticas y escolásticas, es decir, a su falta de reconocimiento a la autoridad de la Iglesia en materia interpretativa; sus novedosas interpretaciones naturalistas no sufrieron en sí mayores objeciones.
En efecto, Arias Montano se había propuesto un sistema natural cuyos "únicos árbitros fueran la experiencia y la Palabra de Dios" (p.
En consecuencia, se esforzó por desterrar la terminología aristotélico-escolástica y por usar sólo palabras tomadas de la Biblia hebrea: una ardua metodología, de la que incluso sus más fieles seguidores, José de Sigüenza y Pedro de Valencia, preferirían prescindir (capítulo 11, "Disciples and Detractors", pp. 315-352).
En los enjundiosos capítulos centrales sobre el Magnum opus, Portuondo analiza magistralmente hasta qué punto el extremeño logró zafarse de las lentes aristotélicas a las que muy a su pesar, y quizás de forma inconsciente, a menudo recurría para mirar el mundo, así como los distintos grados de originalidad de sus interpretaciones con respecto a las tradiciones intelectuales de su tiempo (capítulos 7-10: "Premises of the Magnum opus", pp. 189-224; "Montanian Hermeneutics of Nature and Cosmology","Meteorology, Matter Theory, and Mechanics","A Biblical Natural History",.
Como toda filosofía natural, la de Arias Montano era profundamente antropocéntrica -se ve ya en los títulos de las tres partes del Magnum opus: "cuerpo", "alma" y la perdida o nunca escrita Vestis, "vestido"-; a diferencia de otras, la suya lo era por motivos declaradamente teológicos.
Si Dios ha creado el mundo natural para beneficio del ser humano, el mundo natural ha de entenderse en términos del provecho que reporta al género humano, y principalmente en la medida en que le permite conocer a Dios, por donde pasa su salvación.
Desde su misma raíz, pues, la filosofía natural de Arias Montano entronca con su filosofía moral, que Portuondo cree juiciosamente dignas de otro libro (pp. 226 y 263).
Dichas premisas epistemológicas le sirven a la autora para explicar, por ejemplo, la reluctancia de Arias Montano a ocuparse del estudio de los famosos plomos del Sacromonte, una investigación que el anciano erudito habría considerado movida por la vana curiosidad humana, no dirigida a la glorificación de Dios (final del capítulo 6: "Nothing New under the Sun", pp. 153-188).
En definitiva, María Portuondo ha escrito un libro fundamental sobre Arias Montano y sobre la historia de la ciencia en la Europa católica del siglo XVI.
Que sea sobre ambas cosas a la vez constituye probablemente el mayor de sus muchos méritos, pues se iluminan aquí mutuamente dos parcelas que suelen tratarse por separado.
Que sea un producto del mercado editorial anglófono garantizará, además, que junto con la novedosa investigación de la profesora Portuondo se difundan también los frutos de la literatura académica en español que sobre el humanista de Fregenal ha venido desarrollándose durante las últimas décadas.
El Epílogo presenta a Arias Montano como "el primer europeo que articuló una filosofía natural mosaica completa", adelantándose al siglo XVII, "la edad de oro de las filosofías mosaicas" (p.
El mismo año en que se publicaba en Amberes su Anima (1593), Arias Montano recibió, verosímilmente en Sevilla, la visita del pintor Francisco Pacheco (véase S. Hänsel, Humanismo y arte en España, Huelva, 1999, p.
El maestro de Velázquez le pintó al sabio extremeño el retrato que se reproduce al comienzo del libro de María Portuondo.
Fuera o no por sugerencia del hebraísta, la referencia bíblica que escogió Pacheco para coronar su retrato no podía reflejar mejor el sentido de la filosofía montaniana: "le dio los tesoros escondidos y los secretos muy guardados"; en la Biblia, el pasaje continúa: "para que sepas que yo soy Yahvé, el Dios de Israel, que te pongo nombre" (Isaías 45, 3).
El conocimiento natural como signo de elección divina y como punto de encuentro con Dios.
Cien años más tarde, es muy pro-bable que Isaac Newton hubiese reprobado la filosofía natural de Benito Arias Montano por gnóstica, por materialista, por confundir el libro de la Naturaleza con el de la Escritura y seguramente por más cosas; sin embargo, el inglés, que adoptó como lema personal las mismas palabras con las que el español había orientado su mirada sobre la naturaleza -Dios lo hizo todo "con medida, número y peso" (Sabiduría 11,21;-, no habría podido estar más de acuerdo con la finalidad que el viejo biblista había atribuido a la filosofía natural.
No en vano la física moderna nacía para dar respuesta a una "inquietud" emparentada muy de cerca con aquella que en el siglo anterior había empezado a sentirse en el sur de Europa. |
Life Embodied, de Nicolás Fernández-Medina, surge como una propuesta de rastrear cómo se conceptualizó la idea de la fuerza vital en España entre los siglos XVII y XIX, así como la forma en que dicho concepto influenció distintas posturas e ideas sobre la relación entre el cuerpo, la mente y el alma.
Según Fernández-Medina, la idea de fuerza vital "a menudo estuvo atravesada por inconsistencias, ocupando un espacio ambiguo entre lo científico y lo metafísico", estando dotada de un carácter adaptativo que desafió ideas lo que significaba ser un sujeto moderno y que sirvió como resistencia a instituciones como la Iglesia (34; mi traducción).
Para ejercer dicha reconstrucción, Fernández-Medina se centra en la obra de una serie de autores y textos históricos clave de una variedad de disciplinas tales como la medicina, la literatura y la filosofía.
El libro se enmarca dentro de la historia de las ideas: con gran claridad y precisión, el autor presenta cada fuente dentro de su contexto histórico, así como la trayectoria de su autor, examinando sus argumentos, estructura, lenguaje y recepción para abordar temas más amplios, como la relación de la idea de fuerza vital con las del cuerpo y la vida.
En ese sentido, la obra no solo analiza las prácticas y contextos científicos y culturales en los que surgieron dichas nociones en torno a la fuerza vital, sino el carácter performativo de los textos como creadores de significado, basándose en un aparato teórico compuesto por diversos autores de filosofía continental y crítica literaria.
El libro ésta dividido cronológicamente en tres partes, estando cada una de las cuales compuesta por dos capítulos.
La primera parte, titulada "Sangre, circulación y alma" se centra en el período comprendido entre 1680 y 1740 y los discursos de los novatores.
El primer capítulo se centra en la figura médica de Juan de Cabriada (1661-17743) y cómo su Carta filosófica, médica-química (1687) contribuyó a comprender la fuerza vital dentro de las teorías modernas de la circulación de la sangre, y cómo empezó a reconceptualizar el cuerpo alejándose de la medicina galénica tradicional.
El segundo capítulo analiza la influencia de la filosofía de Descartes en los trabajos de Marcelino Boix y Moliner (1636-1722) y Martín Martínez (1684-1734), así como la conceptualización del cuerpo y el papel del alma que dichos autores defendieron para explicar cómo se generaba el movimiento corporal.
En último término, analiza el contraste ofrecido por Diego de Torres Villarroel (1693-1770) en su Anatomía de todo lo visible, e invisible de ambas esferas (1738); un diario ficticio de viajes en el cual defendió la gobernanza del alma sobre el cuerpo, con cuyo análisis Fernández-Medina pretende demostrar que incluso aquellos autores que defendían paradigmas religiosos de interpretación del dualismo cuerpo-alma -como lo hizo Torres Villarroel -estuvieron fuertemente influidos por las nuevas ideas de la ciencia moderna que tanto criticaban.
En la segunda parte, "Reforma política y el orden de la naturaleza", el autor analiza el papel de la fuerza vital en la Ilustración y la España prerromántica en dos capítulos que abarcan el período comprendido entre 1740 y 1810.
El tercer capítulo se centra en el papel jugado por las teorías de Herman Boerhaave y Albrecht von Haller en la asunción de nuevas perspectivas sobre el cuerpo en España, demostrando cómo estas ideas informaron las investigaciones anatómicas de Sebastián Miguel Guerrero Herreros (1720-1790) e Ignacio María Ruiz de Luzuriaga.
El cuarto capítulo analiza cómo la cuestión de la fuerza vital influyó en artistas, científicos e intelectuales para generar nuevas interpretaciones de la naturaleza en Europa durante el periodo romántico.
La poesía, los diarios de viaje y el discurso de 1799 de Gaspar Melchor de Jovellanos (1744-1811) son la principal fuente analizada en este capítulo, con el fin de mostrar cómo su percepción organicista del reino natural estuvo influida por los argumentos vitalistas del Conde de Buffon en torno al misterio de la fuerza vital de la naturaleza y su sublimidad.
La tercera parte del libro, "Del Neohipocratismo a la vanguardia", describe cómo el concepto de fuerza vital evolucionó e influyó en la filosofía y la literatura española entre las décadas de 1810 y 1910.
El quinto capítulo se centra con la descripción del papel de la fuerza vital en el vitalismo fisiológico francés y su influencia en los académicos españoles en la conformación de la escuela neohipocrática durante el período entre 1808 y 1840, así como el diálogo (y disputa) que dicha escuela vivió con el positivismo médico, encarnado en la figura de Pedro Mata y Fontanet (1811-1877) como parte de una agenda de reformas que prometían modernizar la cultura española durante el asiento del liberalismo.
Acto seguido analiza el trasfondo vitalista de la filosofía krausista y su conceptualización de una sociedad armónica cuyo vigor y racionalidad debía encarnarse en los cuerpos saludables y enérgicos de sus ciudadanos, centrándose en el trabajo de Julián Sanz del Río (1814-1869).
Sorprendentemente, el capítulo no menciona los conceptos de energía y entropía, ni el desarrollo de las leyes de la termodinámica, a pesar de citar el trabajo seminal de Anson Rabinbach (1992).
El capítulo final del libro explora cómo la recepción de Nietzsche en la España modernista influyó en la concepción del cuerpo como un lugar poblado de fuerza vital intrínseca y resistencia a la corrupción, desviación y decadencia sociales, que debía instar al individuo a ser artístico, creativo, afable y racional, así como inconformista y nihilista.
Las obras filosóficas y literarias de Miguel de Unamuno (1864Unamuno ( -1936)), Pío Baroja (1872Baroja ( -1956) ) y Ramón Gómez de la Serna (1888-1963) son la pieza clave de un análisis centrado en cómo el concepto de fuerza vital aplicado al contexto histórico del regeneracionismo redefinió las percepciones del cuerpo y la subjetividad en los primeros años de la España del siglo XX.
Anticipando posibles críticas que podrían afirmar que este enfoque interdisciplinar es limitante, Fernández-Medina defiende que, de hecho, es una fortaleza.
En términos suyos, "no solo permite una mejor triangulación del tema, sino que también construye una imagen más variada de las nuevas e imaginativas relaciones entre el conocimiento y el cuerpo que se forjaron a través de varias disciplinas con el concepto de fuerza vital" (xxiii).
Sin embargo, mientras que Life Embodied brilla en su explicación de las ideas sobre la fuerza vital y sus implicaciones filosóficas en diferentes textos médicos y literarios, una de las principales limitaciones del libro es que el autor no dialoga con los debates actuales dentro de la historia de la ciencia y la medicina en España.
Fernández-Medina incluye pocas referencias secundarias posteriores al año 2000, y la mayoría de estas son obras de académicos estadounidenses.
Para contextualizar sus fuentes, se apoya principalmente en el trabajo de unos pocos académicos españoles de renombre cuyo trabajo se produjo principalmente en la década de 1990, como por ejemplo López Piñero, padre de la historia de la ciencia en España, a cuyo análisis recurre de manera acrítica sin tener en cuenta las limitaciones que esto pueda tener.
Cabe destacar que recientemente se ha señalado que el enfoque de López Piñero sobre la cuestión de la ciencia y la modernidad en España estuvo fuertemente mediado por el contexto político de la dictadura y su transición a una democracia a fines de la década de 1970, cuando el historiador intentaba situar a España dentro Grandes narrativas de la revolución científica (Pimentel & Pardo-Tomás, 2017).
Desde entonces, ha habido una gran cantidad de estudios que reevalúan y profundizan sobre las conclusiones de López Piñero, e incluso abordan preguntas similares a las que plantea Fernández-Medina desde una perspectiva de la historia social en lugar de la historia de las ideas.
Si bien es válida la postura de Fernández-Medina de que es necesario un enfoque interdisciplinario para abordar un tema tan trascendental como el de la fuerza vital, su falta de conocimiento de los debates y estudios actuales en torno a los períodos o temas particulares con los que se involucra -de los cuales hay muchos ejemplos recientes excelentes (por ejemplo, Sánchez Villa, 2017, que ha analizado las formas en que la profesión médica utilizó la idea de la fuerza vital para defender la reforma médica y social durante el siglo XIX; Pohl Valero, 2011, quien ha discutido las formas en que el concepto de energía y las leyes de la termodinámica se apropiaron en España y cómo sirvieron para desafiar a la Iglesia; o Girón Sierra, 2005, que ha explorado la forma en que el anarquismo se apropió del darwinismo social en España durante la segunda mitad del siglo XIX) -hace que el alcance de la contribución histórica de Life Embodied sea más bien limitada.
Como resultado, Fernández-Medina explora en exclusiva grandes hombres y autores de la historia de las ideas en España, como los mencionados Miguel de Unamuno, Miguel Sanz del Río, o Gaspar Melchor de Jovellanos, sin atender al peso que sus aportaciones pudieran tener en espacios más amplios de los períodos que analiza, pese a ser esa una de las intenciones manifiestas de su estudio.
Del mismo modo, aunque enmarca estas fuentes dentro del clima profesional y político en el que emergen, aún queda la impresión de que los distintos autores y obras surgen como una mera adaptación de ideas extranjeras acríticamente asimiladas, en lugar de ser el fruto de una apropiación creativa acorde a la propia formación y propósitos específicos de los autores analizados.
La ausencia de teoría historiográfica sobre la ciencia y la tecnología que preste atención a los procesos de apropiación científica y los sitios de producción de conocimiento local (un tema propuesto por Gavroglu et al. (2008) hace más de una década) es decepcionante en un texto que aplica con gran éxito una serie de marcos conceptuales de la filosofía continental de autores como Derrida, Deleuze o Foucault, cuando el diálogo entre ambos acercamientos habría sido muy enriquecedor.
Un diálogo más estrecho con los estudios actuales habría dado mucha más fuerza a su conclusión de que'el concepto del cuerpo vivido no solo enmarcaba la plétora de discursos durante este período que asistió a desarrollos en higiene, epidemiología y teoría de la degeneración, sino que también las fuerzas socioeconómicas dominantes de la modernidad que reaccionaron en contra de la vida' (303), y le habría impedido caer ocasionalmente en una metanarrativa del progreso del conocimiento científico que presenta a España como atrasada en relación a otras naciones (como ocurre en el capítulo 5).
No obstante, Life Embodied, describe exitosamente cómo la cuestión de la fuerza vital se desarrolló en variados discursos de índole literario, médico o filosófico en España entre los siglos XVII e inicios del XX, así como la manera en que su definición siempre ha estado vinculada a disputas y debates enmarcados por disputas de poder, con un estilo claro, atractivo, sugerente y accesible.
Life Embodied abre el terreno para futuras investigaciones sobre la cuestión de la fuerza vital y sus teorías, así como esferas sociales de más amplia aplicación en las cuales la noción de fuerza vital fue empleada como una forma de consolidación de o resistencia a la autoridad, ya sea de tipo profesional, religiosa, literaria o política. |
uso y distribución Creative Com mons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) Cruzar fronteras se ha erigido como un objetivo compartido por los historiadores de la ciencia que trabajan en los diferentes ámbitos de la historia social y cultural de la ciencia, la medicina y la tecnología.
Así, en los últimos años se ha abogado por la pertinencia de cruzar tanto fronteras disciplinares como fronteras geográficas locales, nacionales, regionales e internacionales.
La multidisciplinariedad en el marco de los Science Studies y la aproximación trasnacional en los estudios históricos sobre ciencia dan buena cuenta de esta apuesta académica por el cruce de fronteras.
Estos aspectos conviven con aproximaciones metodológicas de dilatada tradición historiográfica, como el género biográfico, el cual al mismo tiempo ha experimentado una considerable renovación en las últimas décadas.
En esta línea, cruzar las fronteras entre un físico y la física, entre lo biográfico y lo transnacional y entre la comunidad científica y las relaciones sociopolíticas interamericanas en las primeras décadas del siglo XX constituyen algunos de los ejercicios de análisis transfronterizos ofrecidos por la historiadora de la ciencia Adriana Minor García en su reciente libro Cruzar fronteras.
Movilizaciones científicas y relaciones interamericanas en la trayectoria de Manuel Sandoval Vallarta (1917-1942).
En esta obra, editada por tres prestigiosas instituciones académicas mexicanas como la Universidad Nacional Autónoma de México, el Centro de Investigaciones sobre América del Norte y El Colegio de Michoacán; Minor García utiliza la trayectoria del físico mexicano Manuel Sandoval Vallarta como una lente de aumento -en términos de Cristiano Zanetti-a fin de explorar relaciones disciplinares, institucionales y diplomáticas entre México y Estados Unidos, con especial atención a las décadas de 1930 y 1940.
La autora pretende así evidenciar las limitaciones de restringir el estudio de la trayectoria de actores históricos transnacionales a contextos nacionales, a la par que deconstruye los relatos sobre este personaje marginal en la ciencia norteamericana, pero encumbrado en las narrativas históricas sobre ciencia en México.
Minor García lograr acometer satisfactoriamente estos objetivos a través de un variado e imbricado andamiaje metodológico y analítico que el lector podrá encontrar a lo largo de los cinco capítulos que -junto con introducción, conclusiones y epílogo-componen la obra.
Así, en el primer capítulo (Migración científica de México a Estados Unidos), así como en el segundo (Un mexicano en la "generación afortunada" de físicos estadounidenses), se centra la atención en el cruce de fronteras disciplinares e institucionales llevado a cabo por Sandoval Vallarta, asumiéndolo como un actor transnacional, esto es, como un actor móvil con la capacidad de crear conexiones entre países, comunidades y culturas científicas que cruzan fronteras.
Minor García ilustra a través de la trayectoria del físico mexicano cómo la movilidad en ciencia no viene dada per se, sino que exige de alianzas entre diversos actores históricos en el marco de una serie de intereses y requisitos geopolíticos determinados.
Asimismo, el bios y el ergon de Sandoval Vallarta suponen una ventana privilegiada a la movilidad intelectual entre disciplinas.
El físico mexicano constituye un buen ejemplo de migrante intelectual que transitó de la fisicoquímica en la que se había formado en sus estudios de Bachelor en ingeniería electroquímica, hacia la física teórica, área en la que realizó su doctorado sobre teoría de la relatividad y cálculo de perturbaciones; siendo autor de la primera tesis doctoral que abordaba la resolución de un problema de teoría cuántica en el celebérrimo MIT (Massachusetts Institute of Technology).
En el tercer capítulo (Rayos cósmicos y el establecimiento de conexiones entre la ciencia en Estados Unidos y Latinoamérica), el foco se expande del individuo al contexto, del físico a la física.
Como muestra la autora, Sandoval Vallarta fue testigo y actor directo de un periodo histórico en el que la física se estaba reconfigurando como disciplina.
Precisamente, una de las cuestiones que marcó la agenda de la investigación en física de las primeras décadas del siglo XX fue el estudio de la radiación cósmica, una línea de trabajo ampliamente desarrollada por Sandoval Vallarta.
Si el físico Theodor Wulf se centró en la variable altura en sus populares estudios de rayos cósmicos sobre la Torre Eiffel, Sandoval Vallarta abordó el estudio de las asimetrías Este-Oeste, el conocido como efecto azimutal.
La obra de Minor García subraya que pese a que Sandoval Vallarta contribuyó a hacer de la investigación en rayos cósmicos un terreno fértil para la comunidad de ingenieros mexicanos, no logró consolidar un grupo de investigación en rayos cósmicos que tuviese continuidad.
Se trata de un aspecto que contrasta con la encumbrada imagen del físico mexicano, quien llegó a ser director del Instituto de Física de la Universidad Nacional Autónoma de México entre 1943 y 1945 y del Instituto Politécnico Nacional entre 1944 y 1947, entre otros cargos reconocidos.
La mirada biográfica ofrecida por Adriana Minor García se distancia así claramente de los relatos biográficos producidos en torno a Manuel Sandoval Vallarta, los cuales han oscilado frecuentemente entre el panegírico y la conmemoración, llegando a afirmaciones, como su nominación al Premio Nobel de Física, que carecen de respaldo por parte de las fuentes históricas; pero que han perdurado en las genealogías de la comunidad científica mexicana.
La mirada biográfica ofrecida por Minor García se situaría de este modo en las antípodas de una concepción de la biografía como labor-of-love, en términos de Thomas Söderqvist.
Por el contrario, en consonancia con el giro biográfico de las últimas décadas, la trayectoria del físico mexicano es empleada como una estrategia analítica para la contextualización del que-hacer científico.
De ello dan cuenta especialmente los dos últimos capítulos.
En los capítulos cuarto (Encuentros: Diplomacia cultural, relaciones interamericanas y movilización de la ciencia durante la Segunda Guerra Mundial) y quinto (Desencuentros: Límites al transnacionalismo, alineaciones nacionales y retorno a México), la trayectoria del físico mexicano permite a la historiadora de la ciencia reflexionar ampliamente sobre la geopolítica de la comunicación científica y la política del idioma en ciencia.
La autora muestra cómo Latinoamérica constituyó un laboratorio de política exterior para Estados Unidos, lo cual contribuyó a situar a la ciencia en un espacio destacado para la diplomacia en tiempos de posguerra.
Sandoval Vallarta se situó en un espacio "bisagra" a partir de su capacidad de mediación, al poder identificarse y dirigirse a las comunidades científicas latinoamericanas y estadounidenses.
En este ejercicio de análisis resulta clave el empleo del concepto de identidad híbrida en torno al que Minor García articula su reflexión sobre la encrucijada que llevó Sandoval Vallarta a abandonar su puesto en el MIT en 1942, regresando a México tras 25 años en Estados Unidos.
Si para el físico mexicano su labor tejiendo redes con Latinoamérica había sido un claro apoyo a la ciencia estadounidense, no fue esa la percepción por parte de las autoridades del MIT.
Minor García ilustra de este modo cómo las maneras de pertenecer a diferentes culturas convergen en la identidad (híbrida) del sujeto transnacional, pudiendo resultar beneficioso, indiferente o, como en este caso, perjudicial, al obligarle a definirse en términos de una única pertenencia.
Esta tensión queda perfectamente reflejada en la cita de Sandoval Vallarta que la autora retoma con frecuencia a lo largo de la obra: "Those who can, do; Those wo can't, teach".
Sandoval Vallarta se revela como un tipo de persona científica, en términos de Lorraine Daston y Otto Sibum, definida por una agenda transnacional, de modo que su relevancia historiográfica emerge como consecuencia de su carácter singular en el colectivo científico.
Una singularidad que en este caso estuvo vinculada a su posicionamiento en la interfase entre Estados Unidos y México que le llevó a regresar a su país natal, donde ante la imposibilidad de hacer, se limitó a enseñar.
Cruzar fronteras constituye un título de gran interés para todos aquellos historiadores de la ciencia, la medicina y la tecnología interesados en la reflexión metodológica sobre cómo la trayectoria profesional de un sujeto histórico permite explorar un contexto.
Sin ser una biografía, ofrece una amplia plétora de herramientas metodológicas y ejercicios de análisis que pueden actuar como núcleo de cristalización para el diseño de otras investigaciones sobre circulación del conocimiento científico a través de la trayectoria de actores transnacionales.
Si Sandoval Vallarta dedicó amplios esfuerzos a rastrear la trayectoria de los rayos cósmicos de Este a Oeste, Minor García logra emplear sobradamente la trayectoria del físico mexicano para explorar las relaciones disciplinares, institucionales y diplomáticas entre diferentes actores y comunidades interamericanas de Sur a Norte.
En definitiva, Cruzar fronteras se revela como una obra que nos ayuda a pensar críticamente la movilidad en ciencia y como un sólido trabajo de investigación histórica que puede contribuir a catalizar los esfuerzos de los últimos años en la construcción de una historia transnacional de la ciencia; interconectando escalas de análisis y evitando el nacionalismo metodológico que deja fuera a aquellos actores y fenómenos que -al igual que el quehacer de Sandoval Vallarta-se configuraron en las fronteras.
Luis Moreno Martínez Instituto Interuniversitario López Piñero |
Desde hace unos años existe un interés creciente por el cuidado y el estudio de la cultura material acumulada en los institutos españoles de enseñanza secundaria, creados originariamente por el Estado liberal a mediados del siglo XIX para romper el monopolio educativo de la Iglesia sobre las clases medias.
Diversos factores explican esa sostenida atención hacia lo que cabe denominar el "ajuar" de esos particulares lugares de la memoria educativa y científica.
Por una parte, la preocupación de colectivos de docentes por la salvaguardia del patrimonio científicoeducativo, dado su valor estético, económico, pedagógico e histórico-científico.
Por otro lado, el afán de determinados historiadores de la educación y de la ciencia por focalizar la atención en objetos científicos e instrumentos conservados a lo largo de más de un siglo en los gabinetes y laboratorios de los institutos, conscientes de que constituyen unas fuentes de gran valor para el estudio no sólo de los estilos pedagógicos sino también de las prácticas científicas y de los valores culturales asignados al uso de esos materiales.
Inscrita en el marco de dicha corriente historiográfica y resultado del proyecto de investigación "Dinámicas de renovación educativa y científica en las aulas de bachillerato: una perspectiva ibérica", la presente obra es una aportación de indudable relevancia por su carácter ambicioso, por su acertada combinación entre su sustrato teórico y sus aportaciones empíricas y por sus novedosas y abundantes aportaciones al papel desempeñado por una amplia gama de instrumentos científicos en las enseñanzas que se impartieron en las aulas de los institutos de bachillerato durante la segunda mitad del siglo XIX y primer tercio del siglo XX.
La ambición de la obra radica en la pretensión de su autor de aunar un doble objetivo en su investigación.
Por una parte, explorar los múltiples factores explicativos de las cuantiosas inversiones que se hicieron en determinadas etapas para dotar de material científico a las aulas del centenar de institutos de enseñanza secundaria que se crearon en el Estado español, aproximadamente, en el marco temporal establecido en el libro.
Por otro lado, analizar los efectos derivados de una doble apropiación, material e intelectual, que se llevó a cabo en las aulas, derivada de la interacción entre los instrumentos y sus usuarios.
Para alcanzar esos objetivos se presta atención a los tres agentes que intervinieron en la configuración de una cultura material y visual en la red de centros oficiales de enseñanza secundaria: la administración central, la industria de material científico y los docentes.
En cada uno de los ocho capítulos en los que está estructurada la obra se establece una inteligente interacción entre cada uno de esos agentes.
En el primer capítulo -"La formación del objeto científico educativo"-se ofrece el marco histórico y epistemológico en el que se sitúan las vicisitudes que a lo largo de casi un siglo van a tener los objetos científicos presentes en la labor docente llevada a cabo en los institutos españoles de enseñanza secundaria.
El segundo capítulo -"La mediación política" -se centra en el análisis del papel desempeñado por le-gisladores y gestores de la política educativa en la adquisición y circulación de los objetos científicos educativos prestando particular atención a las medidas adoptadas en 1845 -en el conocido Plan Pidalpara dotar de "medios materiales de instrucción" a los establecimientos públicos de enseñanza.
El tercer capítulo -"El fabricante mediador y la industria de la enseñanza científica"-ofrece un detallado análisis de la labor mediadora desempeñada por la "industria educativa" de material científico entre los docentes y los objetos científicos producidos de manera estandarizada, lo que facilitó su circulación global.
Los capítulos cuarto -"Dinámica de los gabinetes: la apropiación material"-y quinto -"Profesores, instrumentos y formas de vida académica" -trasladan el foco de atención hacia la acción docente de los profesores para abordar las claves del doble proceso de manipulación de los instrumentos llevado a cabo por los profesores, fundamentalmente en las clases de Física y Química.
Al abordar el proceso de apropiación material se diferencia tres etapas en la recepción de los objetos.
Entre 1845 y 1885 se establecieron las colecciones de instrumentos de los gabinetes de los institutos.
De 1886 a 1906 hubo una relativa parálisis en la adquisición de nuevos materiales debido a la aparición de nuevas corrientes pedagógicas que abogaban por el "learning by doing" estimulando a que los estudiantes se construyesen los propios aparatos.
En los inicios de ese periodo se dotaron recursos económicos extraordinarios para adquirir material científico educativo destinado a realizar ensayos experimentales más precisos y a estimular la enseñanza visual, proceso que condujo a la creación en 1910 del Instituto de Material Científico dirigido por Cajal.
Luego se expandió el manualismo como revela la gran aceptación que tuvo el libro del catedrático de instituto José Estalella "Ciencia recreativa" y la experiencia pedagógica del Instituto-Escuela, creado por la JAE en 1918 como centro de ensayos para la reforma de la enseñanza secundaria.
Respecto a la apropiación intelectual se muestran en el quinto capítulo los usos dados por los profesores a los instrumentos, según sus propósitos, representaciones mentales, competencias y contextos de su trabajo.
De esos contextos se destacan: la formación y ordenación del gabinete; la atención prestada a la exhibición de materiales científicos novedosos en exposiciones universales y nacionales; la conversión del profesor en un promotor de nuevos instrumentos; la elaboración de manuales en los que hay alusiones a los aparatos y la participación del centro docente en planes estatales científico-técnicos, entre los que el autor destaca la implantación nacional del sistema métrico decimal, la red meteorológica y la recolección de datos antropométricos, constituyendo estas cuestiones aportaciones relevantes de este libro.
El capítulo sexto -"Los objetos en el aula"-ofrece un análisis pormenorizado del alcance y significado que tuvieron la pedagogía de la demostración y de la experimentación como procedimientos usados en la enseñanza de las disciplinas científicas, y que constituyeron el fundamento de la adquisición y uso de los artefactos en las aulas.
Se intenta además responder a la cuestión que se plantea el autor de lo que significaba una demostración científica en las aulas de los institutos en los que se pretendía educar la experiencia, definiendo lo que era importante en el aprendizaje científico y lo que se debía ignorar.
Se argumenta entonces que la demostración se inscribía en un contexto en el que se reproducían verdades dogmáticas no llegando a realizarse experiencias específicas.
Se mostraban los aparatos pero no se manipulaban.
Pero a lo largo del último cuarto del siglo XIX se cuestionó el uso del objeto prefabricado y se introdujeron modificaciones en la enseñanza de los contenidos científicos.
Se dio entonces importancia al dominio del funcionamiento real del dispositivo.
Los docentes empezaron a participar activamente en el diseño de los artefactos que formaban parte de sus lecciones, como le sucedió al catedrático de Física y Química Tomás Escriche.
Además se focalizó el interés en los conceptos básicos que debían retenerse relacionados fundamentalmente con el uso del método científico que guía el proceso de investigación y en orientar a los alumnos en la fabricación de aparatos en madera o metal en el caso de ser necesario su uso.
Así sucedió en las aulas del Instituto-Escuela concebidas como un taller-laboratorio en el que docentes y alumnos participaban en la formación de los contenidos de una manera práctica, como consta en los cuadernos efectuados por los estudiantes.
Los dos últimos capítulos están dedicados a examinar los valores, percepciones colectivas e imágenes difundidas por las asociaciones promovidas por los instrumentos y por la autoridad que aportaban esos artefactos en determinados usos educativos.
Así el capítulo séptimo -"Artefactos y formación del imaginario científico: mediación y autoridad"-aborda la cuestión de la función mediadora de una parte de la cultura material en la configuración de significados en públicos diversos, tanto el formado por especialistas como entre los legos.
Los instrumentos científicos pueden ser concebidos tanto como medios tecnológicos para vincular subculturas diversas como la química, la economía política, las matemáticas, como sucede en el caso de la balanza estudiada por Bernadette Bensaude-Vincent, así como para establecer relaciones entre la teoría/ideología y la realidad.
Se muestra entonces cómo los gabinetes de los institutos fueron espacios concebidos para efectuar asociaciones que reforzaron los vínculos entre la física, la tecnología y la industria y la física y la medicina.
Y se aborda en detalle el papel desempeñado en la enseñanza científica por los aparatos de proyección que otorgaban autoridad a las imágenes expuestas pues se estimaba que a través de su exhibición se "graban" las cosas de una manera "más profunda, más más perdurable y más exacta".
Se presentan entonces, entre otras cuestiones, las características de esa tecnología de la representación y se ofrece un panorama de los fabricantes de esas representaciones que pueblan los institutos históricos españoles donde, por ejemplo, las placas sobre astronomía alimentaron la construcción de un imaginario científico entre los bachilleres.
El último capítulo, el octavo -"Artefactos y formación del imaginario científico: la difusión de valores"está destinado a mostrar la contribución de los instrumentos a la difusión de determinadas imágenes y valores relativos a la sociedad, el cuerpo y la mente.
Así, al prestar atención a las asignaturas de Fisiología e Higiene y de Gimnástica higiénica que se impartían en los institutos se resalta el papel de determinados instrumentos, como los craneométricos, en el establecimiento de conexiones entre diversas disciplinas como la fisiología, la antropometría y la psicología y en la promoción del estudio y cuidado del cuerpo en el marco de un movimiento higienista.
Ese movimiento estaba asociado a un reformismo social pues se pretendía mejorar mediante los recursos proporcionados por la ciencia la adaptación de los individuos a las exigentes condiciones de su entorno social.
Por otro lado, determinados catedráticos de instituto, como Eloy Luis André, se interesaron por las prácticas y utilidades educativas de disciplinas científicas emer-gentes a principios del siglo XX como fue la psicología experimental y la psicometría interesadas en determinar las relaciones entre el trabajo físico, el intelectual y la fatiga, que medía el ergógrafo, descrito en la p.
229 y visible en la figura 27, una de las ilustraciones que acompañan en un cuadernillo a esta singular obra.
El ambicioso y panorámico recorrido que se nos ofrece en este libro acerca de la cultura del objeto científico en la enseñanza secundaria en España entre 1845 y 1930 ilustra con claridad los dos modelos de enseñanza científica que hubo en los institutos españoles en el período considerado: el dogmático-demostrativo (la educación científica destinada a proporcionar una cultura general a un sector minoritario y a servir de preparación para la Universidad) y el integral-constructivo (una propuesta revisionista sobre la función del gabinete, con una mayor atención a la participación del estudiante, al aprendizaje desde las primeras etapas, a la formación física e intelectual y a la educación práctica).
Las dos propuestas estuvieron en tensión en determinadas etapas y no fueron siempre incompatibles, según sostiene y muestra el autor.
Se manifiesta asimismo en esta obra un uso inteligente no sólo de la mejor literatura existente sobre los instrumentos científicos, elemento fundamental de la cultura material de la ciencia, con la que está familiarizado Víctor Guijarro desde que publicara en 2002 su tesis doctoral sobre los instrumentos de la ciencia ilustrada, sino también de las nuevas aproximaciones de la historia cultural de la tecnología que han inspirado uno de sus libros recientes: La comprensión cultural de la tecnología, publicado en 2015 y escrito en colaboración con Leonor González de la Lastra.
Por todas las razones expuestas, indudablemente, la aproximación que nos ofrece Víctor Guijarro sobre la acción educativa de los artefactos en el universo de los institutos españoles, dada su solidez, se convertirá en una obra de referencia, en un vademécum, para todos los estudiosos del papel desempeñado por los institutos en el desarrollo científico de la sociedad española. |
He preguntado algunas veces a colegas italianos cómo se mantenía tan alto el nivel de muchos universitarios en el vecino país, siempre me han dicho que gracias a un buen bachiller de alta calidad preservado en Italia.
Desde luego, los estudiantes e investigadores que nos llegan de allá, confirman bien esta respuesta.
Sin duda el bachiller es un tramo esencial en la formación de la personalidad, de las inquietudes e intereses, pero también en la educación tanto en humanidades como en ciencias.
No es por tanto extraño que se atribuya a Max Aub -escritor de tan largos destierros-haber afirmado que se pertenece al lugar en que se cursan esos años, y tuvimos así la suerte de que se considerara también valenciano.
El primer tercio del pasado siglo fue época de rica cultura, esa cultura que se consideró argéntea, y en esa riqueza tuvieron mucho que aportar maestros y profesores.
Eran los años de María Montessori, quien tuvo la generosidad de venir por España en su dilatado exilio.
Hace poco moría el director de cine José Luis Cuerda, autor de La lengua de las mariposas, sobre texto que enriquece de Manuel Rivas y Rafael Azcona.
Nos mostraba bien en esa película el papel esencial de los profesores bien formados en los primeros pasos de la enseñanza.
Consigue el maestro interesar a los alumnos, con una enseñanza práctica y abierta a la naturaleza y a los valores racionales y morales.
Sin embargo, la brutalidad de la guerra y la dictadura acabó con esa calidad docente.
Lo más triste de ese dolor heredado es que no conseguimos recuperarsalvo más o menos en los primeros años de la Tran-sición democrática-ese espíritu de colaboración que permitió el acuerdo de políticos y sabios de diversa tendencia.
Pensar en que se sentaron en la misma mesa Ramón y Cajal y Menéndez y Pelayo en la Junta para Ampliación de Estudios puede proporcionarnos alguna esperanza en futuras mejoras, hoy tan inciertas.
Acuerdos amplios de las fuerzas dirigentes permitieron logros importantes y duraderos en el pasado, como fueron las reformas de los ministros Claudio Moyano y Eduardo Callejo, por cierto ambos conservadores.
Para conmemorar ese periodo se edita este libro que comento, con motivo de la exposición Ciencia e innovación en las aulas.
Centenario del Instituto- Escuela (1918Escuela ( -1936)), que tuvo lugar en el Museo Nacional de Ciencias Naturales del Consejo Superior de Investigaciones Científicas en el otoño de 2018.
Se ha querido así recordar la notable labor del Instituto-Escuela, resaltando el papel de la ciencia en la formación secundaria y en los métodos modernos y rigurosos de enseñanza; ensayando a la vez la reforma pedagógica y formando al profesorado.
Propuesto por la JAE, empezó de forma provisional en el Instituto Internacional, contando luego con dos sedes en las zonas de Retiro e Hipódromo, que se convirtieron en la postguerra en los institutos Isabel la Católica y Ramiro de Maeztu.
La dirección se encomendó a la JAE a través de su secretario Castillejo y quiso ser un laboratorio pedagógico, pensado para extenderse a los institutos españoles.
Los creadores de aquella institución no solo quisieron apoyar la ciencia española, tan necesitada de muletas, también mejorar la edu-cación e incluso la industria, como ha mostrado Francisco Villacorta Baños (La regeneración técnica, Madrid, CSIC, 2012).
Lejos de la lección magistral y el aprendizaje pasivo, se benefició el Instituto-Escuela de las becas de la JAE para sus docentes, que se dirigieron a países con moderna enseñanza.
Los profesores podían practicar la docencia y la investigación, con la colaboración del alumnado, participando en los laboratorios de la JAE.
El plan de los estudios no era rígido, tenía tres secciones, preparatorio de bachillerato (de 8 a 10 años, con dirección de María de Maeztu, con tres cursos), bachillerato (de 11 a 17 años y seis cursos, en quinto con opción de ciencias o letras) y también se añadieron párvulos.
Se dedicaron más horas, buenos laboratorios, se estudiaban ciencias, letras y artes, se contaba con excelente biblioteca y se practicaba deporte.
Eran frecuentes otras actividades, visitas a museos o fábricas, intercambios con estudiantes europeos, excursiones fuera y dentro de España...
Con alumnos y alumnas en el mismo número, estuvieron separados hasta la República.
Se creía en el diálogo entre profesor y alumnos, la enseñanza activa, el razonamiento y la experimentación.
Ajenos a los exámenes, se practicaba la evaluación continua, aparece la figura de profesor-tutor, y se desarrolla el influjo por medio de la sociedad de excursiones, la biblioteca circulante, la exposición de trabajos, los equipos deportivos, coros y fiestas.
No se extiende a otros lugares el modelo, tal como se planeaba, por la dictadura y luego por la penuria de la República, si bien esta crea otros en Barcelona, Valencia, Málaga y Sevilla.
En el libro que comento hay tres modos de enfoque, según los diversos autores.
Unos se ocupan de las instituciones, otros de los personajes, en fin algunos de los métodos e instrumentos.
Así Alejandro Tiana y Gabriela Ossenbach recorren el panorama de la educación en el primer tercio del siglo XX, el anterior a la guerra civil, mostrándonos la influencia que tuvo la Junta para Ampliación de Estudios.
Álvaro Ribagorda remonta el origen del Instituto Escuela a los grupos de Niños en la Residencia de Estudiantes, alrededor de 1915.
Leoncio López-Ocón muestra el camino seguido por el ministro Alba en su colaboración con Castillejo, en un marco político y económico propicio para nuevas ideas.
El edificio en Retiro es obra del arquitecto Javier de Luque, su puesta en pie se presenta por Francisco Javier Rodríguez Méndez, así como la de las obras de la sede de Hipódromo en que participan Carlos Arniches y Martín Domínguez.
Los otros Institutos que se crearon son presentados por Salvador Domènech, Alejandro Mayordomo y Carlos Algora, en esa extensión en el primer bienio republicano, en manos de ministros de varias tendencias.
Son estudiados los profesores -esenciales en la obra del Instituto-Escuela-por José Damián López Martínez y Ma.
Ángeles Delgado Martínez; los alumnos por Leticia Cabañas Agrela y María Poveda Sanz.
Sin duda es interesante este análisis de los aspectos educativos, así como de la coeducación.
Los muchos logros de estos maestros y estudiantes, se acompañan de las duras penas de la represión y el exilio que llegaron luego en muchas ocasiones.
Las mujeres tuvieron papel semejante, siendo notable su contribución a la cultura y la ciencia.
Y, en fin, en un tercer sentido, en el estudio de métodos de enseñanza, Carmen Masip y Santos Casado subrayan la importancia del aprendizaje de las ciencias y el método científico, fomentando tanto el espíritu crítico como la relación con la naturaleza.
Santiago Aragón, Carmen López San Segundo y Javier Frutos Esteban señalan la importancia de los dispositivos visuales en la formación en historia natural y agricultura.
Encarnación Martínez Alfaro muestra la riqueza de la biblioteca, tanto en terrenos de letras como de ciencias.
Analiza Mario Pedrazuela también la importancia otorgada a las lenguas y la literatura, no solo la castellana, como legado de Francisco Giner y los institucionistas.
Se enmarca este trabajo en la herencia del proyecto "Ciencia y Educación en los Institutos Madrileños de Enseñanza Secundaria, 1837-1936" (CEIMES), que entre 2008 y 2012 logró la recuperación de los patrimonios educativos de los centros madrileños más antiguos, Isabel la Católica, San Isidro y Cardenal Cisneros.
La recuperación del patrimonio por Encarnación Martínez Alfaro y Carmen Masip Hidalgo en el Instituto Isabel la Católica fue muy notable, así pueden Alfonso Martín Guallar, Lucía López Bisquert y Enrique Arjona Gallego mostrar la utilización actual del patrimonio histórico (archivo, biblioteca, laboratorios).
El salvamento de este tesoro y el estudio de los personajes e instituciones que estuvieron detrás muestran bien la importancia que la ciencia tenía en nuestra enseñanza.
No solo hubo buen conocimiento y docencia adecuada de la ciencia, también una participación activa en su adelanto.
Es evidente el interés que siempre se tuvo por parte de esos centros y esas personas, expresando bien que la ciencia española ha estado siempre viva.
Víctor Navarro afirmaba con gracia que todos los historiadores de la ciencia somos aquí "menendezpelayistas".
Y yo sugerí también que si la ciencia española no existía, era preciso inventarla.
Pero aparte de las bromas, la ciencia española ha estado siempre presente en nuestra sociedad, aulas, hospitales, institutos, escuelas, ejército, laboratorios, tecnologías...
Muy distintas son las dificultades que siempre ha tenido el saber científico en una sociedad que primaba otros intereses -algunos de ostentosa y brillante importancia, como los artísticos-y que tenía serios prejuicios contra novedades científicas.
En las duras "polémicas de la ciencia española" en torno a Menéndez Pelayo se evidenció bien cómo el terrible poder absoluto permitía algunas artes (escritura, pintura, música) y tecnologías (náutica, medicina, agri-cultura), pero el pensamiento crítico y novedoso fue con frecuencia maltratado.
Las duras reacciones contra el heliocentrismo o el evolucionismo -por otro lado, no exclusivas de estas tierras-muestran bien el difícil camino de los científicos en aulas y laboratorios.
Y las penalidades que siguieron a la época que aquí se trata, exilio, depuración, aislamiento, incluso muerte, permiten comprender por qué muchos hemos dedicado nuestra vida a homenajear a esos sabios que contaron con poca ayuda y con serios problemas.
Este libro y la exposición que lo acompañó siguen también este camino. |
RESEÑAS / BOOK REVIEWS
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia de uso y distribución Creative Com mons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) La publicación del trabajo de Silvia Lévy Lazcano, Psicoanálisis y defensa social en España, 1923España, -1959 implica, sin lugar a duda, una renovación paradigmática y metodológica sobre la historia del psicoanálisis en el país ibérico.
El libro, que analiza los pormenores de la recepción de las ideas freudianas en España durante las primeras seis décadas del siglo XX, generará un inevitable revisionismo en la historiografía psicoanalítica local, plegándose a una corriente de estudios que ya vienen realizándose desde hace, al menos, veinte años en distintas partes del mundo.
En este sentido, Silvia Lévy Lazcano se provisiona de una batería conceptual que le permite acercarse al devenir del psicoanálisis en su país desde la complejidad que su circulación y apropiación ha tenido en el mundo.
El psicoanálisis es uno de los grandes fenómenos culturales del siglo XX, un sistema de ideas y pensamiento de carácter transnacional que transformó dramáticamente las representaciones del ser humano y cómo afirmó John Forrester 1, es muy difícil volver a una etapa prefreudiana del mismo modo que es casi imposible pensar el universo de manera precopernicana.
Visto así, la historia general del psicoanálisis debería ser entendida -tal como lo plantea Mariano Ben Plotkin 2 -como la historia de los sucesivos procesos de recepción, implantación y apropiación que se han sucedido en los diferentes países en los que las teorías psicoanalíticas han llegado.
Bajo esta lógica el trabajo de Lévy Lazcano está organizado en seis grandes secciones, una Introducción y cinco capítulos temáticos (1.
Freud, el psicoanálisis y la higiene mental en España; 2.
Psicoanálisis y reforma sexual; 3.
La criminología psicoanalítica: una nueva comprensión del delito y de la delincuen-cia; 4.
Ciencia y moral: la depuración doctrinal del psicoanálisis durante el franquismo y 5.
Continuidades y discontinuidades en los usos del psicoanálisis durante el franquismo) en los que, de manera muy consistente y basándose en un nutrido número de fuentes documentales, se encarga de reconstruir una serie de episodios que estarían muy lejos de ser considerados como dentro de la historia del psicoanálisis por muchos psicoanalistas.
Al respecto, de manera muy aguda, la autora se encarga de desbaratar los supuestos e hipótesis que la historiografía "oficial" del psicoanálisis -sostenida principalmente por las asociaciones y reductos freudianos en el mundo y, en este caso, en España -ha utilizado para reducir este fenómeno, múltiple y diverso, a un relato de autolegitimación histórica.
Sigue siendo interesante, que después de tantos años y trabajos publicados, una buena parte de psicoanalistas en el mundo sigan teniendo dificultades para historizar su propia práctica, justamente donde la sospecha acerca de la historia más solemne de los sujetos es una de las piedras angulares del edificio freudiano.
Este es uno de los grandes méritos del libro, ya que la autora inspirada en una perspectiva antropológica, suspende sus certezas como representante del presente para mirar el pasado desde la perspectiva "nativa" de sus protagonistas.
Es más importante lo que los agentes en el pasado reportan qué es el psicoanálisis que lo que la autora defina cómo tal.
De esta manera, el libro abre discusiones sobre los usos y propósitos que los lectores de Freud en España hicieron de las ideas combinadas con otros movimientos de salud internacional, como la higiene mental impulsando a una resemantización psicologizada de los sujetos, la familia y la sexualidad.
Al parecer, la idea del inconsciente como reservorio pulsional lo hizo compatible con el proyecto modernizador que autores como Gonzalo Rodríguez Lafora, César Camargo y Marín y Emilio Mira y López plasmaron tomando en cuenta las ideas de Freud.
Si el inconsciente era el motor de la conducta humana y la educación el método de su domesticación, estos autores abrigaron la esperanza en que la civilización de la parte agresiva y sexual de la personalidad podía ser conducida hacia el progreso de la sociedad española.
La infancia fue vista como el reservorio de una lectura nacionalista que, desde una perspectiva menos determinista que la teoría de la degeneración mental, permitió pensar en una pedagogía para padres que ejercieran su rol tributando así al futuro de la nación.
La higiene mental, la que asentaba la idea de prevenir la aparición de la locura, vio en el psicoanálisis una herramienta de domesticación de esa porción atávica presente en todos los sujetos.
El estallido de la vieja idea de que la degeneración atacaba a una porción específica de la población -focalizada en locos, delincuentes, prostitutas y alcohólicos, por mencionar algunos -, para democratizarse parejamente a su presencia, mencionando que el mal estaba potencialmente en todos los seres humanos gracias al ello freudiano, hizo que la educación -y específicamente en la sublimación -fuera el mecanismo crítico del proceso civilizador del Estado.
El psicoanálisis, en este sentido, era una herramienta valorada porque permitía configurar a los sujetos orientándolos hacia el progreso y el trabajo, haciendo que la sexualidad originaria se elevara hacia productos culturalmente aceptables como el arte, el deporte, la intelectualidad y el gobierno de sí mismo.
El sujeto modelo era aquel que conocía su parte pulsional y era capaz de conducirla hacia el progreso de la nación.
Como lo ejemplifica muy bien la autora, el psicoanálisis en España -tal como ocurrió en muchos países de Latinoamérica -fue sinónimo de una nueva moral, expandiendo los límites de lo pensable en términos de educación sexual, disputándole a los sectores conservadores la circunscripción de este ámbito de la vida privada de los sujetos.
Usado así, el freudismo era sinónimo de nuevas discusiones sobre la sexualidad, el contagio venéreo y la educación genésica.
Aunque, como el libro lo muestra muy bien, las teorías psicoanalistas sirvieron para reforzar un progresismo sexual, también sus fines subrayaron propósitos donde las mujeres, por ejemplo, debían cumplir su rol de madres como eje central de sus vidas.
La autora, bajo esta óptica, muestra al psicoanálisis expresándose en una especie de progresismo conservador.
Mucho de lo anterior hizo que juristas y criminólogos fueran altamente receptivos al psicoanálisis, donde el criminal era pensado como el reverso del sujeto civilizado por la acción pedagógica del dominio de las pulsiones reveladas por el freudismo.
Los males sociales, sintetizados en sus debidos representantes como el delincuente, la prostituta y el alcohólico, por nombrar algunos, podían ser eludidos por el ejercicio educativo en la infancia.
Los niños y niñas, en este sentido, fueron vistos como el capital futuro del proceso civilizatorio del Estado.
Lo relatado por Silvia Lévy Lazcano es muy similar con lo ocurrido en países como México, Brasil y Chile, lo que de seguro alimentará investigaciones históricas comparadas 3.
Por otro lado, la introducción del psicoanálisis en términos judiciales amplió la acción del juez, quien, desde esta perspectiva, ya no sólo sancionaba las acciones transgresoras específicas, sino que también buscaba las motivaciones inconscientes de los criminales.
Figuras como las de César Camargo, son similares a las del juez mexicano Raúl Carranca y Trujillo -quien investigó el asesinato de León Trotsky, tal como lo muestra Rubén Gallo -y el chileno Samuel Gajardo Contreras, destacado abogado chileno y uno de los mayores vulgarizadores del psicoanálisis en el país sudamericano.
Otros de los méritos del libro es generar una lectura que permite aclarar cómo el psicoanálisis español, tan cercano a polos internacionales de difusión y consumo de las ideas de Freud, como Francia y la misma Austria tuvo una vinculación tan irregular con Freud.
Justamente, lo ocurrido con la dictadura franquista y su alianza ultra católica, vio en las ideas freudianas un potencial peligroso por su énfasis en el componente sexual de su teoría.
El blanqueamiento y condena del psicoanálisis en la época de Francisco Franco muestra el dinamismo al que las ideas científicas se ven expuestas según el escenario social y político de los distintas realidades locales en los que participa.
Si bien, antes de la dictadura el psicoanálisis era valorado por reconocer la potencia del factor sexual de los sujetos, tiempo después fue rechazado -o al menos atemperado -precisamente por ese mismo elemento.
La condena pansexualista que varias escuelas psiquiátricas europeas hicieron al psicoanálisis, criticándolo por reduccionista en términos explicativos fue recuperada en tiempos de Franco para tildar a las ideas del neurólogo vienés como inmorales.
Sin duda, el libro de Silvia Lévy Lazcano es un gran aporte a la escena histórica del psicoanálisis, generando un importante estudio de caso que servirá como matiz a las certezas históricas que presentaban a la historia española del psicoanálisis como cerrada, multiplicando los escenarios de recepción y propósitos para los que fue usado.
El psicoanálisis, en este sentido, supera la visión clásica que lo reduce a una práctica clínica específica y lo convierte en un instrumento con una alta dispersión, multiplicidad e hibridismo para el ejercicio historiográfico.
Ya no sólo es propiedad de la historia del mismo psicoanálisis, sino que, como la autora lo muestra, tributa a la historia de la medicina, la infancia, las disciplinas jurídicas y el catolicismo.
Leyendo este libro, queda la idea de que referirse al "psiconálisis" en términos históricos sería remitirse más bien a una serie de prácticas que superan ampliamente al clásico diván freudiano. |
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia de uso y distribución Creative Com mons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) While researching my book on psychiatry in Buenos Aires in the 1990s, I commented to an archivist about the deplorable conditions in Argentina's psychiatric hospitals. |
En este trabajo se enfoca el surgimiento del vocabulario especializado en el campo de la ciencia aplicada durante el período del renacimiento español.
Se analizan algunas de las principales características desde los planos gráfico-fonético, morfológico y semántico, de las que se aportan ejemplos concretos, y se recogen testimonios de préstamos procedentes, tanto de lenguas clásicas, como de otras de prestigio cultural en la época.
La renovación de las mentalidades promovida por el Renacimiento y el Humanismo provoca el despegue de la ciencia aplicada moderna.
Esta conciencia de avance va a sobrepasar los muros de los claustros universitarios y eclesiásticos para permear capas más amplias de la sociedad.
La Monarquía española estimula, asimismo, el desarrollo de disciplinas novedosas, que sur-----gen impulsadas por auténticas necesidades sociales.
Las posibilidades de difusión que proporciona la imprenta permiten que las diversas materias sean accesibles a destinatarios interesados y curiosos, no necesariamente poseedores de una vasta cultura.
Estas circunstancias facilitan la utilización y el auge del romance en la divulgación científica.
El castellano, aunque asentado y, para algunos gramáticos, situado en la cima de su esplendor, tiene que adaptarse a esta nueva función, desempeñada tradicionalmente por el latín.
En los prólogos de las obras científicas y técnicas, sus autores justifican el empleo del español; algunos, incluso, se enorgullecen de ser los primeros en tratar sus respectivas materias en esta lengua, pero, a continuación y por lo mismo, tienen que abordar diferentes problemas que se les plantean por primera vez.
De entrada, debían sopesar la elección de género y optar, bien por el formato de un tratado, lo que suponía mayor especialización y, por tanto, restringirse a un público minoritario, o bien decantarse por el diálogo, género más divulgativo, entretenido y asequible, que gozaba entonces de gran aceptación social y ofrecía mayor garantía de éxito editorial.
Por lo que respecta al estilo, coincidían en perseguir la claridad, la sencillez y la ausencia de ornamentación, aunque siempre existían posturas personales que dejaban en relieve claros planteamientos retóricos.
De modo general, la lectura de las 73 obras que configuran el corpus del Diccionario de la Técnica del Renacimiento 1, confirma que cuanto más técnicas son las obras, más simple y esquemática es la estructura sintáctica que las sustentan, de lo que ofrecen cabal testimonio, por ejemplo, las obras de geometría y matemáticas.
No obstante, las dificultades se concentran en el nivel de la palabra, que abarca los planos gráfico-fonético, morfológico y semántico, y alcanza otros aspectos más externos, como las variantes dialectales y diastráticas, los préstamos de otras lenguas o cuestiones de índole cronológica y cultural.
Por lo que respecta al plano gráfico-fonético, algunos de los rasgos son comunes a la lengua general, como sucede con la variación de timbre que atañe primordialmente al vocalismo átono.
Una muestra sintomática nos la proporcionan las modalidades que ofrece el tecnicismo hipotenusa: hipotenusa, epotemisa, heputhenusa, hypothumissa, potimisal.
Son especialmente frecuentes los casos de fluctuación entre e/ i -emposta/ imposta; húmedo, ----1 El corpus consta de 4.930.842 palabras y comprende las áreas de Arquitectura naval, Artillería, Astronomía, Comercio, Construcción, Destilación, Fortificación, Geografía, Maquinaria, Matemáticas, Metalurgia y minería, Náutica y Óptica.
húmido-, así como entre o/ u -brújula, brújola; corueña, curueña; horadar/ huradar, sin que falten ejemplos de vacilación entre las vocales del grado medio de abertura -laberintho, laborintho, leberinto-que alcanzan, incluso, a la más abierta a -berniz, varniz, çarcillo, cercillo, safira, zafiro-, etc. La proliferación de representaciones gráficas afecta hondamente al consonantismo, especialmente al subsistema de sibilantes: brújula, bússola, búsula, brúxula; cornisa, cornija, cornixa, corniza; macizo, maciço, maçiço, maçiso; fundiçión, fundizión, travesaño, travessaño, etc. Además, se hallan múltiples casos de seseo y ceceo históricos, en todas las posiciones dentro de la palabra: acequia, assequia; pieza, pieça, piesa, piessa; proproción, proporsión; vaçío, vasío, vazío; cercillo; sercillo; vernís, verniz, etc. La falta de criterio estable es igualmente perceptible en la representación de las labiales -balanza, valanza; berniz, varniz; bedriol, vedriol; estrivor, estribor; travesaño, travesaño-y en la de los descendientes de F-inicial latina, donde se puede encontrar f, h o ausencia gráfica: ferramenta, ferramienta, herramenta, herramienta, erramienta; foradar, horadar, huradar, oradar; fornaça, fornaza, hornaça, hornaza, ornaza, etc. Los cruces entre líquidas son, asimismo, bastante abundantes: alambre, arambre; bitácora, bitácula; práctica, plática, etc. En algunos casos, la complejidad gráfica puede llevar a errores y a interpretar como palabras distintas lo que no son sino variantes gráfico-fonéticas, como en los ejemplos siguientes, en los que se entrecruzan trueques de sibilantes con otros entre laterales y vibrantes:
Glaça/ glassa/ grassa: Otro betún para lo mismo.
Tomarase azercón, y alvayalde, y calcina viva, y glaça, y sean de cada uno ygual en cantidad.
Házese en esta manera: toma de olio de linosa 4 libras y de glassa, que es la goma del enebro, una libra.
Éstos son: sales, alumbres, caparrosas, azufre, oropimente, sandaraca, antimonio o alcohol, bitumen, que llaman grassa, blanco o negro y mangagitas.
----2 Pseudo JUANELO TURRIANO (mss. anterior a 1605), Los veintiún libros de los Ingenios y Máquinas de Juanelo Turriano, Madrid, Doce Calles-Fundación Juanelo Turriano, 1996.
3 COLLADO DE LEBRIJA, L. (1592), Plática Manual de Artillería, en la qual se tracta de la excelencia del arte militar y origen de ella, Milán, Pablo Gotardo Poncio.
4 ALONSO BARBA, A. (1640.), Arte de los metales en que se enseña el verdadero beneficio de los de oro, Madrid, Imprenta del Reino.
Simultáneamente, se revela en las grafías la tensión entre tendencias cultistas y otras más populares, no sólo explicables por adscribirse a diferentes campos de conocimiento -unos de raigambre más universitaria y otros de índole más artesanal y práctica-, sino debido al talante de cada especialista en su propia área, como vemos en las variantes que ofrecen palabras pertenecientes al campo de la matemática y geometría: aritmética, arisméthica, arismética, aristmética, arithmética; cantidad, cantitad, cantidás, cuantidad, quantidad; cociente, cotiente, quociente, quotiente, quoziente; circunferencia, circumferencia, çircumferencia, circumferençia, circumferentia, circumpherencia, circunferençia, çircunferencia, circunferencia, etc. Conviene delimitar claramente -y la tarea no es sencilla en muchas ocasiones-estas variaciones propias de la lengua de la época para diferenciarlas de las erratas o malas lecturas de impresores o de editores de manuscritos, como hemos podido detectar con cunco, en lugar de cúneo: ellos una buena cuerda afirmada en el carrucho O y T. (Pseudo Juanelo Turriano, fols.
Por lo que se refiere a la estructura morfológica de los términos, se revela una clara preferencia por afijos de origen griego y latino en áreas de tradición culta, como la geografía, la arquitectura, la matemática etc..
A modo de ejemplo, podemos mencionar: hidrografía, hipertiro, hipotíride, hipotraquelio, hexástilo, hemisferio, excéntrico, exacción, expeler, expugnación, extergente, extracción, inconmesuración, incomunicante, etc. En el marco de la derivación patrimonial, uno de los rasgos más llamativos es la abundante oscilación, en la clase léxica verbal, entre construcciones parasintéticas y lexemas sin prefijo.
Especial frecuencia reviste en el caso de a-: afirmar/ firmar; aminorar/ minorar, cuñar/ acuñar, quilatar/ aquilatar, etc. En algunas ocasiones, tal alternancia se descubre en un mismo autor, como en alamborar/ lamborar: El cubo A B C es redondo y va lamborado desde el principio hasta la fin, que es en D. (Pseudo Juanelo Turriano, fol. 296v).
Y estas gradas an de yr alamboradas, a modo de barbacana, como se acostumbran a hazer en las murallas de los castillos.
(Pseudo Juanelo Turriano, fol.135r).
La vacilación formal se atestigua no solamente con el prefijo a-, sino también con en-em-, como en barnizar/ embarnizar/ envernizar: Tienen grandes tiendas llenas de escritorios y caxones pintados y barnizados.
Algo pudiera hacerse en calderas de cobre o hierro, embarnizadas todas, como queda dicho.
Los que suelen envernizar los ladrillos suelen dar un baño con una greda blanca a causa que, después, queda muy más igual el verniz por ençima d'ellos.
(Pseudo Juanelo Turriano, fol. 267v).
Y la fluctuación se comprueba también en un mismo autor, como en el caso de lutar/ enlutar: Y todos los que se hazen por exalación conviene que se enluten bien las juntas, porque en la lutación va a cobrar los espíritus o perderlos.
----7 ESCALANTE, B. de (1577), Discurso de la navegación que los portugueses hazen a los reinos y provincias del Oriente, y de la noticia que se tiene de las grandezas del reino de la China, Sevilla, Biuda de Alonso Escribano.
8 SANTIAGO, D. ( 1598), Arte separatoria, Sevilla, Francisco Pérez.
Y al fin de este tiempo, se destile en rebervero, o sobre cenizas, o en vapor, hasta que quede bien secco el residuo, lutando bien las juntas del vaso y del recipiente, de manera que no respire ninguna cosa.
(Diego de Santiago, fol. 62r).
A veces, se producen oscilaciones entre los distintos prefijos:
Cómitres, son llamados una manera de hombres que son caudillos de mar so el almirante.
E cada uno d'ellos ha poder de cabdellar bien los de su navío.
Fazienda llamaron los antiguos do ay caudillos en las guerras de ambas partes, que faze cada uno su poder, atendiendo su señor e parando mientes, encaudillando su compañía.
(Hugo de Celso, fol. CLIXr).
Para que se acaudillasse cada uno debaxo de su capitán y de aquellos que los devían guiar.
(Hugo de Celso, fol. CXXXIVr).
Hay que resaltar que el balanceo entre presencia y ausencia de determinados prefijos se detecta asimismo, si bien con menor intensidad, en la categoría nominal: cepilladura, acepilladura; chiflón, achiflón; fletamiento, afletamiento; mezcla, amezcla; tahona, atahona; travesaño, atravesaño; vanguardia, avanguardia; zaguán, azaguán: Philón lo hizo con columnas próstilas en la frente ante el templo, assí, acrecentando el azaguán y la portada, hizo anchura a los que se sacrificavan y dio grande auctoridad.
Es perceptible un polimorfismo de diferentes sufijos para designar un mismo concepto: aclarar/ aclarecer; anchor, ancharia, anchura, ampleza, etc., en el que intervienen, no sólo preferencias personales, sino también geográficas o dialectales.
Esta variación es especialmente evidente entre formaciones cultas y populares, de modo particular en el ámbito de los sustantivos abstractos, como ocurre con crasseza/ crasicia/ crasitud/ groseza:
----9 CELSO, H. de (1553), Reportorio de todas las Premáticas, Medina del Campo, Juan María da Terranova y Jacome de Liarcari.
10 URREA, M. de (trad.) (1582), Marco Vitruvio Pollión, De Architectura, Alcalá de Henares, Juan Gracián.
11 LOZANO, F. (trad.) (1582), Los diez libros de Architectura de León Baptista Alberto traducidos del latín al romance, Madrid, Alonso Gómez.
Las aguas de las nieves tienen lo mismo [...] que, en siendo congelada por causa del frío, entonçes se va repretando en sí, y sale aquella parte subtil que ay en ella y quedásele en ella la crasicia o groseza.
La agua se haze crassa por hallarse con algún cuerpo terrestre, mezclada con algún jugo, que es poco, que la crasseza de los jugos naçe del mucho o grande cocimiento.
Y dentro d'estos dos ay otros dos, de deforme crasitud y corpulencia, los quales se han entre sí como los ya dichos.
En el ámbito de la especialización léxica, se comprueba que existen sufijos más productivos que otros, como -ción, -miento, -ura, -eza, entre los sustantivos, y -dor, -ivo, -orio, -nte, entre los adjetivos.
No obstante, una estructura morfológica puede entrañar, a veces, complejos problemas para el reconocimiento de la clase léxica de las palabras 13, lo que es particularmente evidente en los derivados en -dor, que pueden funcionar bien como adjetivos:
Estas sustancias son dos, y son de una especie de sulfre.
Y la una es conservadora y la otra destruydora, que es la que altera nuestros humores, y la otra, la que nos preserva nuestros humores de corrupción.
(Diego de Santiago, fol. 15r), o como sustantivos 14:
Acollador: es un cabo delgado, fixo en el obenque, que passa por la vigota de las cadenas y buelve otra vez al dicho obenque y, assí, passado muchas vezes por las dos bigotas, alta o baxa, junta y atessa los obenques de qualquier árbol de los de la nao.
Este instrumento de arriba, que es A C, es para sacar tierra de un lugar y llevarla a otro, y lo mismo haze con el lodo o çieno.
Llámase harona o allanador.
Es de muy poco artifiçio en su hechura.
(Pseudo Juanelo Turriano, fol. 382r).
----12 CHAVES, J. de (1545), Tractado de la sphera que compuso Joannes de Sacrobosco, Sevilla, Juan de León.
13 Véanse, al respecto, LACA, B. (1993), «Las nominalizaciones orientadas y los derivados españoles en -dor y -nte», en VARELA, S. (ed.), La formación de palabras, Madrid, Taurus, pp. 180-204; y PASCUAL, J. A. y SÁNCHEZ GONZÁLEZ DE HERRERO, Ma.
N. (1992), «Una forma particular de amalgama morfológica: Notas sobre la historia de -dor y -dero en español», en BAR-TOL, J. A.; GARCÍA SANTOS, J. F. y SANTIAGO GUERVÓS, J. (eds.), Estudios filológicos en Homenaje a Eugenio de Bustos Tovar, Salamanca, Publicaciones Universidad, pp. 675-698.
15 GARCÍA DE PALACIO, D. (1587), Instrución Náuthica para el buen uso y regimiento de las naos, su traça y gobierno conforme a la altura de México, México, Pedro Ocharte. si bien, su rentabilidad más fuerte corresponde a la creación de nombres de oficios y profesiones (administrador, afinador, alquilador, arrendador, aojador, aposentador, arbitrador, arqueador, asentador, etc.).
Estas características, en menor escala, se reproducen en en los derivados en -nte, que constituyen adjetivos 16: Quando la conjunctión verdadera de las dos luminarias fuere entre el grado de la eclíptica ascendente y el grado medio del cielo, entonces la visible conjuntión precede a la verdadera.
(Jerónimo de Chaves, fol. XCVIIv), pero también sustantivos:
La persona del general, dos tinientes suyos que le ayudan, veedor o contador, pagador, mayordomo, con los officiales o ayudantes necesarios.
De modo análogo, se produce una fluctuación de tendencias en la lexicalización de ciertos vocablos compuestos, como sucede con carromato / carros matos; aguardiente / agua ardiente, etc., lo que pone de manifiesto la falta de fijación terminológica en esta época.
Al lado de los lexemas simples, proliferan las unidades léxicas complejas, un mecanismo muy rentable para incrementar el vocabulario técnico.
Predominan las formadas por sustantivo más adjetivo: guerra rota; arco capialzado; círculo ártico/ antártico; vela mayor, etc., y las constituidas por sustantivo más preposición más sustantivo: Regla de la cosa; molino de sangre, molino de regolfo, navío de puente, etc., o por verbo más complemento: hacer la contra; hacerse a la vela; hacerse a la mar; etc., o locuciones de carácter adverbial: a la bretona; a esguiso; a orza; a pie firme; a plomo; a pospelo; a sen de nao; a soslayo;; de refresco; de través; por sano, etc.
Usar de una luna o balaustrillo para ver con el un ojo: qué daño se sigue.
Gradilla es otra moldura quadrada que semeja a la corona, excepto que no ha de aver socavadura por debaxo.
Lo mismo sucede con los formados por aumentativos, si bien éstos son menos abundantes:
Cada pieça tiene su cestón de tierra para cubrirse y en esta fuerça cabrán dozientos hombres.
En qué manera podrá conoscer el artillero si está el orejón en su lugar devido.
Como clases conceptuales, de manera global, pueden distinguirse: elementos, sustancias; procesos u operaciones; resultados o productos; propiedades o cualidades; ingenios y máquinas; herramientas, instrumentos; piezas, partes o elementos de los mismos; agentes que los manejan; oficios y profesiones, etc., etc.
Se aprecian procesos de especialización de palabras con el objeto de crear una terminología precisa En muchos casos se trata de voces con un significado normal a las que se les confiere un sentido específico; surgen, así, términos que a partir de ese momento reciben una acepción definitiva y diferenciada de la común.
Además, se comprueba cómo se van acumulando las significaciones especializadas.
Por ejemplo, las formaciones en -dor, primeramente adjetivas, pasan a funcionar como sustantivos agentes, para designar oficios; después, objetos, herramientas o instrumentos, pero también lugares o espacios: 1. asediador, atacador; 2. cogedor, contador; 3. aparador, asador; 4. cenador, corredor.
De modo parecido, los sustantivos en -ción denotan, en primer lugar, una acción o proceso: condensación, decantación, elijación, extracción, fermentación, ignición, etc. y, en segundo, un resultado de esa acción, ---- equivalente a una sustancia o producto: infusión, unción 'ungüento'.
Los participios en -ado pueden equivaler semánticamente a un adjetivo o a un sustantivo resultado de la acción verbal, como sucede con sublimado.
Los adjetivos en -orio, por su parte, no sólo son equiparables a una oración de relativo -'que + verbo' o'que puede + infinitivo' -arte destilatoria-, sino también a un intrumento: el separatorio.
La consecuencia es que estas palabras van engrosando su carga semántica y haciéndose polisémicas.
Se observa, asimismo, que las acepciones especializadas se van propagando de unos campos nocionales a otros: así la voz receta se encuentra en el de la farmacia, la destilación, y artillería:
El boticario no cumplió con la receta, o que quitó, o que añadió, o que mudó de lo recetado.
(Diego de Santiago, fol. 31v).
Otras muchas recetas y composiciones de fuegos artifficiales se hallarán diversamente, pero es tan poco lo que differencian en la congregación y pasta de los materiales he yngredientes que no ay para qué gastar el tiempo en la declaración y compossición de tal materia.
Mayor difusión alcanza el adjetivo compuesto, que puede inscribirse en diferentes áreas conceptuales:
Estos quatro, conviene a saber tierra, ayre, agua y fuego, aunque sean simples, son elementos de los compuestos e mixtos.
Como entre los compuestos, es el mejor el verde, assí entre los simples se aventaja el turquesado, escogiéndole para más supremo lugar, cuyo color se puso en el cielo.
Capitel toscano o compuesto.
18) D ́esto se siguen dos inconvenientes intolerables.
El primero y mayor es en los medicamentos compuestos.
El número generalmente se divide en dígito, artículo y compuesto (Juan Pérez de Moya, 1562, p.
Son dichos quebrados de otros quebrados, que por otro nombre se dizen quebrados compuestos.
El esmeril es un medio mineral compuesto, en forma de piedra dura, negra, muy corrosivo y fuerte, con el qual se labran todo género de piedras preciosas.
(Álvaro Alonso Barba, fol. 47r).
----Otra manera de incrementar la producción de tecnicismos es el recurso al sentido figurado.
La metáfora es un procedimiento de gran rentabilidad en el ámbito científico y técnico, primordialmente en lo que se refiere a partes o funciones relativas al cuerpo humano: de este modo, cabeza, boca, ojo, frente, cuello, mano, manecilla, brazo, codo, espalda, pierna, pie, etc., se aplican a múltiples campos designativos.
Lo mismo se constata en otros empleos, quizá menos esperables:
Garganta: Encerrada, pues, dentro la pólvora y acomodada como conviene, atiéndase a fabricar la garganta B C, de tal manera que la boca quede tan fuertemente cerrada que ni una mínima parte de flama pueda exalar por ella.
Gola: Que se entiende desde en medio de la gola del valuarte hasta la mitad de la gola del otro su compañero aya setecientos y cinqüenta pies.
Encía: Orlo o enzía de bronzo, que es lo que llama cámara el plático artillero.
Escupir: El gran peso de la madera haría endereçar las maderas del costado de sotavento, que sería causa que la nao escupiese la estopa y se anegasse.
En otros casos, la relación semántica, algo más compleja, consiste en la asignación de cualidades físicas a entidades abstractas, como ocurre en la utilización de roto, aplicado a número, en equiparación de quebrado en el terreno de las matemáticas, o sordo y sano, en lugar de desigual y entero26: Sano: Que aquella suma que saliere, agora sea por sano o por roto, que la tornes a partir.
Sordo: Pero si me dixesse: dame la raýz de 67, a esto diré que es raýz sorda, porque es compuesto de números desyguales.
----Aunque en todas las razones pasadas de las raízes cuadrada y cúbica, assí por sano como por quebrado, se aya dicho lo que pertenece a cada una d'ellas.
Existe otro tipo de metáforas de carácter más social, como sucede con el uso técnico de peinar:
Esto que así queda se dice respaldos, los cuales se vuelven después a sacar cuando no hay otra cosa de más provecho y se dice respaldar, andar a respaldos o peinar cajas.
(García de Llanos, 101) 29. o el recurso a las galanterías en la construcción:
En los remates de la parte de la calle están guarnecidos los tejados con muchas galanterías hechas de cal y no tiene necessidad de retejarse por muchos años.
Se pueden componer molduras, y artesones, y todas las galanterías y inbençiones que al architecto le pareciere.
Por otro lado, es bastante frecuente aludir figuradamente a productos gastronómicos 31:
En todas las partes dichas, manda hazer quantidad de faxinas de salchichas para salchichones, que son nombres que se an dado a la invención nueva que sirvió de ganar a Ostende; llamando salchichas a los líos de faxinas juntas y atadas por muchas partes, largas lo que pareze y gruesas como un muslo; salchichones a muchos líos de éstos, hecho uno tan gruesso como se quiere.
Incluso en este terreno técnico tampoco faltan metáforas más espirituales:
Ánima: Estando dentro del ánima del cañón, de arcabús, o pieça de artillería.
Ángel: No solamente ellas, pero aún tanbién los ramales de cadenas y las balas enrramadas y las aladas, las quales, comúnmente, se llaman ángeles.
(Luis Collado de Lebrija, fol. 53r).
----29 LLANOS, G. de (1609), Diccionario y maneras de hablar que usan en las minas, mss. 30 VANDELVIRA, A. de (1591), Tratado de Arquitectura, mss. 31 «Con cierta frecuencia las figuras descriptivas del lenguaje hacen referencia a la comida».
32 LECHUGA, C. (1611), Discurso del Capitán Christóval Lechuga, en que trata de la Artillería y de todo lo necessario a ella, Milán, Mateo Tulio Malatesta.
Con el auge de las relaciones internacionales, los traductores de obras científicas y técnicas hacen muchas veces de vulgarizadores, al precisar el sentido de las palabras nuevas mediante definiciones introducidas bajo forma de glosas.
En definitiva, los pioneros de la ciencia moderna en castellano se enfrentan a la tarea de crear una terminología, pero sus presupuestos todavía no son sistemáticos: los términos no establecen verdaderas relaciones, rigurosas y predecibles, entre ellos.
Con la revolución científica del XVII y XVIII, el vocabulario especializado se articulará en nomenclaturas complejas, estructuradas en sistemas, donde los términos no son independientes sino vinculados en familias organizadas.
Esta carencia terminológica da lugar a abundantes casos de sinonimia, manifiesta a veces mediante nexos conjuntivos de finalidad claramente didáctica, en forma de binomios, característicos de la prosa del quinientos y muy frecuentes entre tecnicismos cultos y voces más populares: «Cuerpos diáphanos o transparentes».
Los dobletes también se producen entre vocablos patrimoniales, de acuerdo con las preferencias personales de cada autor:
Ésta se sienta en una hornilla o trébedes y encima se pone otro vaso boca con boca y se lodan y embarran entrambos en las bocas, de manera que el vapor no se salga (Bernardo Pérez Vargas 34, fol. 105v) Este tipo de estructuras bimembres es particularmente abundante en las denominaciones metafóricas:
Pues pon el uno que ay delante de los dos trancados o rotos, y después pon una raya delante del uno y pon encima los 14 que sobran, y debaxo el común denominador, que son los 24.
Los autores de esta literatura científico-técnica dejan testimonio de su procedencia geográfica al introducir numerosos dialectalismos, entre los que sobresalen los aragonesismos:
----33 ONDÉRIZ, P. A. de (1585), La perspectiva y especularia de Euclides, Madrid, Viuda de Alonso Gómez.
Alguaza: Donde juegan estas alguaças, que son unos cardines de hierro muy rezios y muy bien assentadas en las piedras.
Cevilla: «El peso es A, la çevilla con que es llevado, D».
Vesque: Ay otro género de betún, el qual se haze de corteza de raýzes de olmo y de la yerba que se haze el besque.
Éste se haze picando juntas estas dos cosas.
(Pseudo Juanelo Turriano, fol. 279r).
Zaborra: El primer suelo de la lechada conviene que sea de grueso un palmo y medio; y el suelo de la çabora conviene que sea de grueso dos palmos.
(Pseudo Juanelo Turriano, fol. 304v).
Al lado, hay que contar con la presencia de voces procedentes de otras lenguas peninsulares, como el catalán: antena / entena, ascla, avería, cantimplora, etc.:
Entenas: son los mástiles y palos donde van asidas las velas, las quales assimesmo se llaman vergas.
(Diego García de Palacio, fol. 141v).
Averías: Y doze de averías, y aun con todo esso no ganan las naos lo que ganavan antes.
En una época de impronta humanista como ésta, muchos de los autores que lamentan la escasez de tecnicismos en castellano optan por la introducción de préstamos cultos, que deben adaptar a la estructura morfonológica del español, excusándose, además, por la 'oscuridad' que entraña su inserción, como, por ejemplo, en el campo de la óptica:
Catarata: Semejantes a esto son las cataratas, que se engendran debajo de la córnea y cubren la niñeta.
Hypóstasis: «La luz es hypóstasis de los colores».
Oftalmía: «Vale a optalmía y postema».
Junto a ello, parece corroborarse el declive del influjo árabe en el léxico, muy intenso, no obstante, aún en distintas disciplinas, como las matemáticas o la destilación: alambique, almirez, albayalde, alquitara:
----Alquitara: De la manera que mediante la calor del fuego sube en el alquitara la humidad de las flores que dentro en ella se ponen, assí los vapores mediante la calor del Sol suben de la tierra.
Albayalde: Los alchimistas usan de cal y alvayalde con intención de endurecer y dar color.
o en otras técnicas más emparentadas con la artesanía, como especialmente en la carpintería de lo blanco: alarife, albanecar, albañal, albernica, alfarda, alfarje, almarbate, almizate, etc. Son muy numerosos los préstamos de lenguas de prestigio en el ámbito de la cultura occidental de entonces, como el italiano, en los campos de la construcción y arquitectura, o en el de la terminología marinera mediterránea:
Aguantar: es sustentar con las manos alguna cosa que se mete o saca en la nao para que no dé golpe.
(Diego García de Palacio, fol. 129v).
Andana: Navío azorrado: se entiende quando va fuera de andana, muy sobrecargado, embalumado en tal manera que anda mal a la vela y govierna peor.
(Diego García de Palacio, fol. 149r).
También son frecuentes las voces procedentes de los países del entorno europeo con los que la nación española mantenía estrechas relaciones políticas, unas veces amistosas, otras inamistosas.
Así hacen entrada galicismos, lusismos, germanismos, etc., especialmente en áreas como la náutica, construcción naval, artillería, fortificación y arte militar en general.
Del mismo modo, la explotación del Nuevo Mundo explica la introducción de numerosos americanismos, especialmente en el campo de la minería y metalurgia: higuaya, hilacata, soroche: Soroche: «Llaman commúnmente soroches a los metales en que se cría el plomo».
La documentación de alguno de estos términos en nuestro corpus adelanta dataciones prestablecidas, como ocurre con álgebra, o revela el reforzamiento sinonímico de conceptos claves, como en el caso de la confirmación de la existencia en español de almucábala/ almucábola, lo que supone introducir precisiones cronológicas no sólo en el ámbito lingüístico, sino en el científico y cultural, dado que la historia del vocabulario de especialidad es una herra-----mienta de trabajo fundamental para el historiador de la ciencia, de la tecnología y de la industria 37.
En conclusión, los representantes del humanismo científico del Renacimiento hispano son responsables de un cultivo novedoso de la lengua española y de un enriquecimiento y dignificación de la misma.
Por esta tarea de defensa e ilustración lingüística merecen el reconocimiento, no sólo se sus coetáneos -como ellos aspiraban en sus prólogos-, sino de cuantos pretendemos conocer mejor la evolución histórica de este preciso instrumento de comunicación y de la cultura en general. |
DE ALEJANDRÍA A CÓRDOBA: LA MEDICINA SEGÚN IBN RUSHD Y LA TRADICIÓN ARABOISLÁMICA
Ibn Rushd consideró la medicina como un arte productivo en su al-Kulliyyāt fī l-ṭibb, escrito entre 1162 y 1169, y como una ciencia en su comentario al poema de Ibn Sīnā sobre la medicina (Sharḥ Urjūzat Ibn Sīnā fī l-ṭibb), escrito en 1180.
En Kulliyyāt, Ibn Rushd sigue de manera bastante estricta las ideas sobre el estatus de la medicina del filósofo al-Fārābī.
En Sharḥ Urjūzat Ibn Sīnā, Ibn Rushd sintetiza las concepciones de varias obras, entre las cuales Masā'il fī l-ṭibb de Ḥunayn ibn Isḥāq y Ḥubaysh, Qānūn fī l-ṭibb de Ibn Sinā y las obras sobre la lógica aristotélica de al-Fārābī.
El análisis conjunto de estas fuentes, más las aportaciones de un nuevo manuscrito de Sharḥ Urjūzat Ibn Sīnā, proporcionan una idea más clara de la concepción de la medicina expuesta en esta obra y, en consecuencia, podemos reconsiderar y relativizar la diferencia entre esta concepción y la que se expone en Kulliyyāt.
Las ideas de Ibn Rushd sobre el estatus de la medicina se analizan de acuerdo con el contexto sociopolítico en que fueron concebidas, considerando especialmente el hecho de que Sharḥ Urjūza Ibn Sīnā fī l-ṭibb fue escrito para las elites intelectuales y políticas del régimen almohade.
La concepción de medicina que Averroes (Ibn Rushd, m.
1198) expresa en Colliget es distinta a la que expone en una obra posterior, el comentario al poema didáctico sobre medicina de Avicena (Ibn Sīnā, m.
1037), conocido como Cantica Avicennae (Urjūza fī l-ṭibb).
Si en Colliget (Kitāb al-Kulliyyāt fī l-ṭibb) Ibn Rushd presenta una medicina concebida como arte, en el comentario (Sharḥ Urjūzat Ibn Sīnā) la muestra como ciencia (Mc Vaugh, 1990, p.
950) pero la del Sharḥ es fruto de la síntesis de diversas fuentes que Ibn Rushd combina de modo complejo e incluso irónico.
La concepción de la medicina de esta segunda obra no puede ser entendida de modo unívoco ni interpretada sin el análisis conjunto de sus fuentes.
Ibn Rushd concentra en el Sharḥ una parte sustancial de más de doscientos años de especulación de los médicos araboislámicos sobre qué es la medicina, y muchos más siglos de debate si tenemos en cuenta las hondas raíces de la discusión.
Uno de los problemas principales de Ibn Rushd y de los autores araboislámicos que
abordan el tema es la conocida ambigüedad de sus mayores referentes intelectuales sobre la medicina: tanto Aristóteles como Galeno definen la medicina en diversos tratados como epistēmē y tēkhnē, ciencia y arte y, dentro de la segunda categoría, ambos la califican como productiva y estocástica.
Por otra parte, la naturaleza de la medicina no es solamente una cuestión de epistemología, sino también de historia social de las ideas científicas.
La definición de la medicina constituye, como puede verse en Galeno (Vegetti, 1994), una de las más directas cartas de presentación de la disciplina ante la sociedad que la sostiene.
De ello son conscientes tanto los médicos araboislámicos como los europeos (Mc Vaugh, 1990, p.
81) y, también, Ibn Rushd.
En el contexto sociopolítico y cultural de la corte almohade a la que Ibn Rushd servía, sus ideas sobre la medicina reflejan, por un lado, la compleja relación que las disciplinas racionales mantenían con el poder, y por otro, la voluntad de los médicos-filósofos áulicos de influir en la orientación intelectual de las elites políticas.
LAS DISTINTAS VISIONES DE LA MEDICINA RECOGIDAS POR IBN RUSHD
La Urjūza de Ibn Sīnā empieza definiendo la medicina como "conservación de la salud y curación de la enfermedad"; no indica si es ciencia o arte, pero la divide en dos partes: teoría (lit. ʿilm, "ciencia") y práctica (ʿamal, lit. "trabajo").
La principal razón para tomar esta definición y división como punto de partida del estudio de Ibn Rushd es que expresan una visión de la medicina ampliamente difundida en los siglos IX y X. Aunque simple, esta definición dual parece desplazar en muchos libros a una de las definiciones más conocidas de Galeno, la que da en Ars medica a partir de Herófilo: "medicina es la ciencia de lo sano, lo insalubre y lo neutro"; es decir, un definición parecida a la fórmula dual que incluye el estado neutro.
En el Canon (al-Qānūn fī l-ṭibb), Ibn Sīnā plantea el asunto de un modo distinto que veremos más adelante.
Se puede, sin embargo, anticipar la causa de esta diferencia siguiendo a Jacquart (Jacquart, 2002 y 2003): la Urjūza no sintetiza la medicina expuesta en el Qānūn, sino la de un texto introductorio como las Masā'il fī l-ṭibb de Ḥunayn ibn Isḥāq y su sobrino Ḥubaysh (Isagoge
Esta introducción está basada en buena medida en Ars medica de Galeno y en el pseudo-galénico De Sectis (Jacquart y Palmieri, 1996, Jacquart, 1994).
El resumen de esta última obra contenido en los Summaria Alexandrinorum empieza con la división en teoría y práctica y sigue con la subdivisión de las mismas en fisiología, patología, semiótica, por una parte, y en higiene y terapia por otra; Masā'il, empieza del mismo modo.
La bipartición, por lo tanto, no procede del propio Galeno sino de los yatrosofistas alejandrinos tardíos, muchos de ellos maestros de medicina y filosofía a la vez, que veían en esta división una manera de poner de relieve el carácter científico de la medicina (Jacquart, 1998, p.
201), y, en consecuencia, transmitir una percepción de la misma como disciplina elevada semejante a la filosofía.
Los comentarios al De Sectis de Iohannes Alexandrinus (s. VI) y de Agnellus de Ravenna (fl. ss.
VI-VIII) insisten especialmente en esta equiparación.
El origen de la definición bipartita es más complejo y merecería un estudio que no podemos emprender aquí.
Sin embargo, podemos avanzar algunas ideas y datos que permitan una mejor comprensión de los textos de
Fórmulas similares a "mantenimiento de la salud y curación de la enfermedad" aparecen en algunas obras de Galeno, aunque no como definición de la medicina sino como expresión de los principales objetivos del médico y la medicina (Eijk, Van der, 2005, p.
En el pseudo-galénico Introductio sive medicus, la fórmula dual aparece como una definición inapropiada de la medicina, y en otro libro atribuido a Galeno, Definitiones Medicae, como una definición más entre otras.
En De Sectis, la fórmula dual figura también como explicación de los objetivos de la medicina, y, una variante de la misma, como definición.
En la traducción de Ḥunayn, que fue el texto que los médicos árabes leyeron, reza: "dicen los antiguos que la medicina es la ciencia de las cosas relativas a la salud y de las cosas relativas a la enfermedad".
Los comentarios al De Sectis contienen una definición similar, atribuida a Alexander Philaletes y a Sorano.
Parece posible que, debido a la influencia conjunta de De Sectis – junto a sus resúmenes y comentarios- y Masā'il de Ḥunayn, los principales manuales
médicos araboislámicos incluyeran la bipartición teoría/práctica y una definición de medicina construida sobre la fórmula "conservación de la salud y curación de la enfermedad".
Ambos elementos aparecen asociados como una unidad inseparable en los principales manuales de la medicina araboislámica anteriores al Qānūn, insertos en un contexto en el que la medicina se considera sistemáticamente como ciencia y se sitúa en un plano de excelencia similar al de la filosofía.
La calificación de la medicina como ciencia o arte es una cuestión relativa ya que, empezando por el propio Aristóteles, a menudo los autores no distinguen con precisión los límites de ambos conceptos y "arte" puede perfectamente subsumir "ciencia".
El significado preciso ha de buscarse en el contexto que, en este caso, está determinado por la voluntad de elevar el estatus de la medicina.
Parece, en consecuencia, que en los siglos IX y X, la percepción general del médico y de la medicina en sectores significativos las sociedades araboislámicas está determinada en buena medida por la imagen de la medicina como una disciplina científica tan elevada como la filosofía.
Una prueba de ello es el uso por parte de Ibn Sīnā de la definición y la división bipartitas que ponen énfasis en la palabra ʿilm, en un texto como la Urjūza, destinado a promocionar la medicina entre las clases altas de Persia, es decir, entre los
Ibn Rushd debe haber sido consciente de la carga simbólica asociada a la presentación de la medicina en la Urjūza.
La medicina según al-Fārābī
950), uno de los raros autores de máxima referencia en la filosofía araboislámica medieval que no fue médico, analiza la medicina de forma distinta prescindiendo tanto como le es posible de la noción "ciencia".
Esta postura está determinada por uno de los ejes principales del proyecto intelectual de al-Fārābī: centrar el discurso filosófico en Aristóteles.
Una de las principales consecuencias de este planteamiento consiste en la revisión crítica de los autores, especialmente Galeno, que presentan contradicciones con las doctrinas aristotélicas.
El discurso de al-Fārābī sobre la medicina presenta dos caras inseparables.
Por un lado, la solución de un problema epistemológico legado por Aristóteles, ya que al-Fārābī es un filósofo hondamente interesado por el método científico aristotélico (Endress, 1997) y parece haber aspirado a dar una síntesis harmónica de lo que dice Aristóteles sobre el estatus de la medicina; por otro lado, la crítica de la impostación filosófica, aunque dirigida no tanto a Galeno como a los seguidores araboislámicos de los alejandrinos.
El pensamiento farabiano tiene, en este sentido, una importante vertiente ideológica (Zimmermann, 1976, pp. 407-408): el filósofo reclama ante la sociedad su papel de principal director de la investigación científica y
educador de las elites.
Para ello, tiene que distinguir al filósofo puro del médico-filósofo como al-Ṭabarī que, durante el siglo IX, ha monopolizado la transmisión y la difusión de la filosofía, especialmente la lógica, y proclamar la primacía del primero sobre el segundo, de Aristóteles sobre Galeno, de la filosofía sobre la medicina.
Las referencias a la medicina en la obra de al-Fārābī son abundantes, y generalmente transmiten la idea de que es un arte y no una ciencia teórica y deductiva similar a las matemáticas.
En los epítomes de Dialéctica y Retórica de Aristóteles (Kitāb al-Jadal y Kitāb al-Khitāba, respectivamente, al-Fārābī considera que la medicina, al igual que la navegación, es un arte estocástico o conjetural, que, en contraposición a las ciencias deductivas, no garantiza la consecución de un resultado.
En este tipo de disciplinas, el artífice no utiliza el razonamiento deductivo propio de las ciencias teóricas sino la deliberación (rawiyya), que es un tipo de razonamiento basado en la opinión -y, por lo tanto, inadecuado para las ciencias-, cuya finalidad consiste en determinar los medios por los cuales se conseguirá un fin en el contexto de una situación complicada e incierta (las circunstancias de un viajero en una tormenta, o de un paciente en una enfermedad).
La definición de medicina más conocida se halla en unos
comentarios críticos a Galeno sobre filosofía natural centrados en anatomía y fisiología.
Al-Fārābī califica a la medicina de "arte productivo" (ṣināʿa fāʿila), como hacen Aristóteles y Galeno en alguna ocasión.
Concretamente, para al-Fārābī, es un "arte productivo basado en principios verdaderos con cuyas acciones se pretende conseguir la salud del cuerpo humano y de sus órganos."
Como tal arte productivo, la medicina se divide en: conocimiento del substrato, el cuerpo humano; los fines, restablecimiento y conservación de la salud; y las acciones y los instrumentos necesarios para alcanzar un fin.
Después divide la medicina en otras siete partes.
El filósofo natural investiga en el cuerpo humano y en la salud y la enfermedad con el fin de alcanzar el conocimiento puro, que le conducirá a la felicidad y la perfección.
El médico conoce en la medida necesaria para cumplir su fin.
Frente a la nobleza de la ciencia y el científico, la medicina y el médico son presentados por al-Fārābī como un arte y un artesano, respectivamente, y al-Fārābī insiste en ello comparando al médico con el carpintero y otros artífices y a la medicina con los correspondientes oficios.
Radd ʿalā Jālīnūs describe, aunque no desarrolle la cuestión, una disciplina teórico-práctica.
En este sentido, lo que dice en esta obra debe ser complementado con otra línea de análisis que al-Fārābī expone en su epítome de Analíticos Posteriores de Aristóteles, Kitāb al-Burhān.
La medicina se estudia aquí en el seno de una sección cuyo principal objetivo es la distinción entre tres clases de ciencias y artes: teóricas, prácticas, y compuestas de teoría y práctica.
La medicina es un arte del tercer tipo (ṣināʿa ʿilmiyya wa-ʿamaliyya); como arte compuesta, es una disciplina a la que la experiencia no le basta para para alcanzar sus fines y necesitará ser complementada con teoría.
Está teoría tendrá dos fuentes: por un lado, la teoría externa, que es la proporcionada por las ciencias teóricas puras, esencialmente la filosofía natural; por otro, la teoría propia, que consiste en la capacidad del médico de teorizar sobre los mismos objetos de conocimiento que la filosofía natural, pero, como hemos visto más arriba, sólo según el fin que le es propio y en la medida suficiente para cumplir dicho fin.
Lo que no deja claro al-Fārābī es el alcance de la capacidad de teorizar de la medicina, porque lo que dice explícitamente es que el conocimiento generado por la experiencia médica debe ser aprovechado por la filosofía
natural en forma de premisas que permitan obtener verdadera ciencia.
Sin embargo, el concepto de ciencia es relativo en Aristóteles: una cosa es lo que dice sobre el método científico y otra es su práctica de la ciencia, especialmente en los tratados sobre biología, donde es mucho menos riguroso y admite premisas que no pueden ser consideradas, en sentido estricto, conocimiento universal.
Al-Fārābī cita explícitamente esta circunstancia.
Además, al-Fārābī entiende el trabajo del científico como un proceso gradual en el que el resultado final, la certeza sobre algún asunto, es relativo, y por lo tanto, el resultado de demostraciones no apodícticas puede ser considerado, provisionalmente, como ciencia.
Podemos suponer, por lo tanto, que una parte del conocimiento que el médico genere en el curso de su praxis puede ser sometido a un cierto proceso de abstracción que permita considerarlo como ciencia, aunque no ciencia apodíctica.
La exposición más clara que al-Fārābī efectúa sobre la medicina entendida como teoría y práctica aparece en un tratado sobre política, religión y ética, K. al-Milla, en el cual habla del método de la medicina comparándolo con la política.
Al-Fārābī describe minuciosamente el tratamiento de la ictericia, que empieza en tres premisas generales ordenadas en grado descendente de abstracción (la curación por el contrario, la fiebre se combate mediante el frío y el agua de cebada cura la ictericia).
Al-Fārābī prosigue mediante una minuciosa descripción de la aplicación de estos principios al paciente concreto, que constituye un excelente ejemplo de aplicación del razonamiento deliberativo (Galston, 1990, pp. 111-112), en el cual la deducción es secundaria.
Seguidamente, al-Fārābī ofrece la descripción del "médico perfecto", al-ṭabīb al-kāmil:
Es evidente que su capacidad [la del médico para determinar un tratamiento destinado a un enfermo concreto] no le ha sido proporcionada por los libros de medicina en que ha aprendido y con los que se ha ejercitado, ni por su capacidad de conocer los universales (kulliyyāt) y los elementos generales establecidos en los libros de medicina, sino por la facultad que aparece mediante la realización repetida de las prácticas de la medicina (muzāwalat aʿmāl al-ṭibb) en cada uno de muchos cuerpos, en la prolongada observación de los estados de los enfermos, en la experiencia que se alcanza tras mucho tiempo dedicado a la curación y a cuidar de cada individuo.
En consecuencia, el médico perfecto es aquel cuya profesión se completa, hasta el punto de que es capaz de llevar a cabo las acciones posibles en esta profesión, mediante dos facultades: la capacidad de conocer los universales que constituyen las distintas partes de su arte de modo absoluto y sin que nada se le escape y la facultad que aparece en él mediante la prolongada realización de las acciones de su arte (ṭūl afʿāl ṣināʿāti-hi) en cada individuo.
Una de las fuentes principales de este pasaje es Ética Nicomaquea de Aristóteles (1139a3-15), donde se divide el alma racional en dos partes, la facultad científica que permite entender lo universal, y la facultad razonadora o deliberativa que permite tratar con lo variable.
Como vemos en K. al-Milla, el ámbito natural del médico es el segundo.
La teoría se aprende especialmente en los libros pero la capacitación para la práctica nace de la práctica, de la experiencia real.
Ello no significa, sin embargo, que una parte del conocimiento nacido de la experiencia proporcionada por la práctica no pueda ser susceptible de ser objeto de algún tipo de teorización, como demuestra el hecho de que Ibn Rushd hable de principios universales o generales (kulliyyāt) referidos tanto a la teoría como a la práctica de la medicina, e Ibn Sīnā se refiera a la "teoría de la práctica".
La medicina según Ibn Sīnā
Ibn Sīnā conoció bien la obra de al-Fārābī, que, en cierto modo, continuó.
Compartía muchas de las doctrinas y opiniones de al-Fārābī y, entre ellas, la superioridad del filósofo sobre el médico.
Sin embargo, presenta en el Qānūn una postura intermedia entre la de Ḥunayn y la de al-Fārābī basada en la fórmula dual de constante referencia:
La medicina es una ciencia en la cual se conocen los estados del cuerpo humano en tanto que está sano o deja de estarlo, para preservar la salud que se ha alcanzado o devolverla cuando se ha perdido.
Por lo tanto, Ibn Sīnā concibe la medicina como una disciplina unitaria a la que llama "ciencia", ʿilm.
La divide entre un "conocimiento teórico" (ʿilm ʿilmī; lit. "ciencia científica") y una "teoría de la práctica" (ʿilm ʿamalī, lit. "ciencia práctica") (Gutas, 2003, pp. 151-154).
La parte teórica consiste en el conocimiento de los fundamentos de la medicina en aquello cuyo aprendizaje "es útil para [formar] una convicción (iʿtiqād) y no interviene en la explicación de la naturaleza (kayfiyya) de la práctica".
Es interesante resaltar el hecho de que la palabra "convicción" no va seguida en el Qānūn del adjetivo "cierta" (iʿtiqād yaqīnī), que sí la acompaña para definir los fines de la filosofía teórica (matemática, filosofía natural, y metafísica) en una de las obras más conocidas de Ibn Sīnā sobre clasificación de las ciencias.
Para Ibn Sīnā, la medicina no alcanza, ni en su parte puramente teórica, un conocimiento cierto sino simplemente una opinión cualificada (Mc Ginnis, 2010, p.
233); es decir, la medicina se mantiene en los límites de una disciplina conjetural.
En este sentido, Ibn Sīnā subordina el médico al filósofo
concluyendo que el médico se equivocará si intenta definir los elementos y las complexiones a partir de su ciencia y no de la del filósofo.
La práctica consiste en aquella parte de la ciencia médica cuyo aprendizaje proporciona una opinión (ray') "relacionada con la explicación de la naturaleza (kayfiyya) de la práctica"; es decir, un conocimiento que nos permite deducir un tratamiento que no tendrá ninguna garantía de seguridad ya que, como Ibn Sīnā dice, la causa de la enfermedad puede ser distinta que la que se ha pensado en un principio.
Ibn Sīnā plantea, pues, una medicina muy similar a la que define al-Fārābī, es decir, una disciplina teórico-práctica (Mc Ginnis, 2010, p.
230), y deliberativa, a la cual se le puede aplicar el término "ciencia" por extensión, dentro de los límites de flexibilidad admitidos por al-Fārābī.
La diferencia más importante con al-Fārābī se halla en la práctica, ya que, en realidad, Ibn Sīnā excluye la práctica efectiva de la introducción del Qānūn: la práctica no tiene que ver con trabajo físico, ni es práctica en acto; el estudiante que aprende las dos partes de la medicina alcanzará un conocimiento de ambas "a pesar de no haber realizado nunca una práctica".
definitiva, es algo que puede aprenderse como la teoría, y sólo en el caso del aprendizaje de la anatomía se menciona la percepción mediante los sentidos y la disección.
Ibn Sīnā nos presenta dos paradojas interesantes conectadas entre sí: como filósofo y científico, es empírico (Mc Ginnis, 2003; Gutas, 2012), pero, como médico, es teórico y reticente a hablar de la práctica (Pormann, 2013; Álvarez Millán, 2010); no cree que la medicina sea una ciencia apodíctica, pero la presenta como ciencia.
La explicación de estas paradojas requiere un estudio que excede los límites del presente, pero podemos considerar, entre las hipótesis posibles que explicarían la segunda paradoja, la intención de prestigiar una disciplina que es el oficio que le permite ganarse la vida y acceder a las altas esferas.
IBN RUSHD Y LA MEDICINA
Las ideas de al-Fārābī sobre la aristotelización de la filosofía y la ciencia son seguidas en al-Andalus, donde Ibn Bājja (Avempace, m.
1139), las convierte en uno de los ejes principales de su obra y las transmite a la posteridad; en cierto modo, todos los grandes médicos-filósofos andalusíes del siglo XII son discípulos indirectos suyos.
La concepción farabiana de la medicina aparece ya reflejada en la obra médica de Ibn Bājja (Forcada, 2011b), y luego la recogen Maimónides (m.
Kulliyyāt pertenece a una etapa relativamente temprana de la obra de Ibn Rushd, ya que la escribió entre 1162 y 1169 (Álvarez de Morales y Vázquez de Benito 2001, 96-97 y 103 ss.), especialmente marcada por la influencia de la lógica de al-Fārābī y por lo tanto, de sus ideas sobre epistemología científica.
Ibn Rushd no sólo reproduce en Kulliyyāt, sin explicitarlo, la definición de la medicina que al-Fārābī da en Radd ʿalā Jālīnūs, sino que estructura el libro de acuerdo con las siete divisiones de la medicina de al-Fārābī (Gätje, 1986).
Podemos considerar, en consecuencia, que Ibn Rushd materializa el proyecto de manual
médico que al-Fārābī esboza en estas obras, estructurado alrededor de la idea de la medicina como arte productivo, y, a la vez, como arte estocástico: la medicina es un arte que debe producir salud, pero, al igual que la navegación y la dirección de un ejército, no puede garantizar el resultado final; en los procesos que sigue para conseguir los fines, utiliza la deliberación pero no la demostración.
En realidad, la deuda de Ibn Rushd hacia al-Fārābī es más profunda porque el proyecto completo expresado en K. al-Kulliyyāt, es decir, un manual sobre cuestiones generales más un manual sobre cuestiones particulares basado en la experiencia médica, nace del retrato del "médico perfecto" de al-Fārābī.
Los textos y los subtextos
Los pasajes más relevantes del Sharḥ sobre la naturaleza de la medicina aparecen en los comentarios a los versos 17 y 18 de la Urjūza de Ibn Sīnā y conviene releerlos a la luz de sus fuentes:
La medicina es conservación de la salud y curación de la enfermedad// Que aparece en el cuerpo por una causa
Sus palabras "conservación de la salud y curación de la enfermedad" constituyen una definición que estaría completa si dijéramos que la medicina es un arte cuya obra es la conservación de la salud y eliminación de la enfermedad a partir de la ciencia y la experiencia (...)
He dicho en la definición "a partir de la ciencia y la experiencia" porque no es suficiente en este arte la ciencia sin la experiencia ni la experiencia sin ciencia, sino que ambas son necesarias.
Galeno definió este arte como conocimiento de las cosas relacionadas y conectadas con la salud, la enfermedad y el estado en el que no se suceden ni la salud ni la enfermedad (...)
Puede parecer que esta definición carece de la diferencia que permite distinguir entre este arte y la parte del arte de la naturaleza que estudia la salud y la enfermedad.
El arte de la medicina enseña la salud, la enfermedad, sus causas y sus signos para preservar la salud y eliminar la enfermedad.
Por esto, [la medicina sólo] alcanza, del conocimiento de la salud y la enfermedad, la proporción que es útil para la práctica.
En cuanto a la filosofía natural, su propósito respecto al conocimiento de la salud y la enfermedad es el mero conocimiento.
Por esto, el filósofo natural debe alcanzar, del conocimiento de ambas, quiero decir, de la salud y la enfermedad, el máximo [conocimiento] sobre las naturalezas de ambas que puede alcanzar un ser humano. (...)
He distribuido la primera en ciencia y práctica// y la ciencia en tres se completa.
Quiere decir que la medicina se divide primeramente en dos grandes partes, una, llamada ciencia (ʿilm), y la otra práctica (ʿamal).
Y su afirmación "y la ciencia en tres se completa" significa que la parte de la ciencia alcanza la perfección con tres secciones que posteriormente [Avicena] menciona.
Sin embargo, ésta no sería una división real del arte de la medicina.
Galeno dijo en su definición que [la medicina] es el conocimiento de la salud y la enfermedad, las cosas relacionadas con ambas y el estado que no es ni salud ni enfermedad.
Si ello es así, las partes de la medicina sólo serán ciencias, no ciencias y práctica.
Esto es así porque, entre las artes que se denominan "prácticas", hay algunas que se consideran de este modo porque se aprenden con la práctica, como por ejemplo la carpintería o la sastrería, y hay otras a las que se denomina "científicas" porque se aprenden mediante la ciencia, quiero decir, mediante las demostraciones y las definiciones, aunque la finalidad de la ciencia en ellas sea la práctica.
Esta es la situación del arte de la medicina, porque no puede descartarse que haya artes que se aprendan de las dos maneras conjuntamente,, si aceptamos que estas artes son únicas.
Puede pensarse que el arte de la medicina es de esta manera porque la parte [de la medicina] en la cual se opera con las manos
se aprende en mayor medida mediante la práctica y la imitación.
La justificación de esta división [en teoría y práctica] es que, dado que la ciencia en el arte de la medicina se divide en dos ciencias –una de la que participa el filósofo natural, y quiero decir que se teoriza [en medicina] sobre las dos ciencias a la vez, que son [por un lado] la ciencia en que se examina la salud, sus causas y signos, y la enfermedad, sus causas y signos, y [por otro lado] la ciencia, aquella mediante la cual se singulariza el arte de la medicina y que consiste en teorizar sobre cómo y mediante qué se conserva la salud y cómo y mediante qué se elimina la enfermedad –, se denomina, a la parte de la ciencia que comparte la medicina con la filosofía natural, "científica",,
y quiero decir por ciencia aquello cuya finalidad predeterminada es solamente el conocimiento teórico
y no la práctica; y se denomina a la otra parte, aquella por cuyo teorizar se singulariza el arte de la medicina, "práctica", ya que está cercana a la práctica y, de forma particular y frecuente, se consigue la excelencia en su acción mediante la imitación (iḥtidhā'), esto es, mediante la práctica.
Por esta razón una de las condiciones del médico es que, además de basarse en la ciencia médica, realice repetidamente las acciones de la medicina (muzāwilan li-aʿmāli-hi).
La cirugía es, como dijimos, específicamente práctica y no se puede aprender mediante la palabra (bi-l-qawl) excepto en una pequeña parte, y.
El primero que dividió la ciencia médica de esta manera fue Ḥunayn ibn Isḥāq al-Mutaṭabbib, quien fue replicado por Ibn Riḍwān, que pretendía que los libros originales de Galeno sobre medicina indican que esta división es errónea.
Le venció Abū l-ʿAlā' Zuhr sosteniendo que esta división salía en algunos libros atribuidos a Galeno aunque la verdad sobre este asunto es la que yo explico.
La síntesis de estos textos puede empezar por el final, ya que, en v.
18§4, Ibn Rushd enseña posibles fuentes, indicando el origen de la división en teoría y práctica en Ḥunayn y mencionando que el debate de fondo estaba vivo en al-Andalus.
Había enfrentado a distancia a un médico como Abū l-ʿAlā' Zuhr (m.
1131, padre de Abū Marwān Ibn Zuhr), eminentemente empírico (Álvarez Millán, 2010), con un médico-filosófo egipcio, Ibn Riḍwān (m.
Abū l-ʿAlā' escribió un libro hoy perdido, que debe ser la obra aludida por Ibn Rushd, cuyo largo título parece un resumen de su contenido: "libro de la aclaración de los testimonios de la difamación sobre la refutación de Ibn Riḍwān referente a la refutación de este último a Ḥunayn ibn Isḥāq sobre su Libro de la introducción a la medicina".
La obra de Ibn Riḍwān refutada tampoco ha llegado a nosotros.
Por los comentarios de Ibn Rushd, parece que el andalusí defendió la división bipartita frente a otra división procedente de Galeno.
Cabe la posibilidad de que Ibn Rushd refleje ambas obras pero es imposible saberlo.
El conocido comentario de Ibn Riḍwān de Ars Medica, sin embargo, puede haber sido tenido en consideración por parte de Ibn Rushd, aunque, dado que no tenemos el texto árabe, es
difícil trazar paralelismos textuales que lo confirmen.
Al principio del comentario, Ibn Ridwān plantea cuestiones afines a las que trata Ibn Rushd pero son relativamente generales y pueden proceder del fondo común de lecturas filosóficas: la medicina subordinada a la física natural al igual que otras disciplinas empírico-prácticas como la agricultura y la veterinaria; las opiniones opuestas de Galeno y Aristóteles sobre el estado neutro, que Ibn Rushd rechaza e Ibn Riḍwān acepta con matices (Ottosson, 1984, pp. 168-9 y Van der Lugt, 2011, pp. 18-19).
Existe, sin embargo, una coincidencia que no parece casual.
Ibn Riḍwān analiza la definición tripartita de Galeno en función de los requerimientos de la lógica de Aristóteles y Porfirio, es decir, estableciendo género y diferencia: el género de la medicina es el de las ciencias; la diferencia, el estudio de la salud, la enfermedad y el estado neutro.
Ibn Rushd parece criticar este análisis en v.17§2 cuando dice que a la definición de Galeno le falta la diferencia que distinga la medicina de la filosofía natural.
La probable influencia de Ibn Riḍwān no deja de ser secundaria.
Las verdaderas fuentes son las que Ibn Rushd se calla, Ibn Sīnā y, muy especialmente, al-Fārābī.
Éste último aparece enseguida, cuando Ibn Rushd reformula la definición bipartita y la transforma en una versión de la definición de Radd ʿalā Jālīnūs y Kullīyyāt: la medicina como arte productivo (v.17§1), definida mediante un género y una diferencia que la distingue de la filosofía natural, y acompañada de la mención de su carácter empírico.
Le sigue una demarcación de las áreas de competencia del médico y el filósofo natural según el fin de acuerdo con Radd ʿalā Jālīnūs y Burhān de al-Fārābī.
En buena medida, el comentario del verso 17 recapitula los argumentos de al-Fārābī en Radd ʿalā Jālīnūs, repetidos en Kullīyyāt.
En el comentario del v.
18, Ibn Rushd presenta una concepción unitaria de la medicina parecida a la del Qānūn de Ibn Sīnā aduciendo, en cambio, la definición de Galeno.
Antes la ha criticado por imprecisa pero ahora la cita reconociendo que transmite la unidad de la medicina, seguramente con la intención de ocultar a Ibn Sīnā.
El largo comentario subsiguiente, consiste, por lo tanto, en una suma de matizaciones a Galeno e Ibn Sīnā, que empieza después de la afirmación de que la medicina es ciencia en v.18§1: en v.
18§2, Ibn Rushd dice que, en realidad, la medicina es,
por un lado, un arte estocástico que no se desarrolla mediante la deducción y la demostración apodíctica sino mediante el "pensamiento", es decir, cualquier actividad racional, y la "deliberación", es decir, la opinión; por otro, un arte compuesto de teoría y práctica.
18§3, se expone que la teoría y la práctica son "ciencias", mostrando de forma difuminada la bipartición inherente a la definición del Qānūn, el ʿilm ʿilmī y el ʿamal ʿilmī.
Sin embargo, se interpretan siguiendo la argumentación del K. al-Burhān de al-Fārābī que ya ha precedido en v.
18§2 y en la que se insiste en esta sección: la medicina es, finalmente, una disciplina teórico-práctica en la cual la teoría se halla al servicio de la práctica y la práctica es, fundamentalmente, la experiencia que capacita al médico.
A pesar de la identificación de la medicina con la ciencia, Ibn Rushd califica repetidamente a la primera de arte, poniendo de relieve que su aprendizaje ha de ser el mismo de las artes según al-Fārābī: la imitación del maestro, la práctica repetida, y, en menor medida, la palabra, es decir, la explicación directa del maestro.
Si a esto unimos las alusiones a la cirugía, que la introducción del Qānūn y al-Fārābī omiten por completo, está claro que el concepto de medicina y del médico que se transmite es esencialmente empírico y práctico.
Lo único que falta en el conjunto del comentario es la noción
de que "ciencia" puede tener un sentido relativo.
Veamos la posible razón.
El texto en el contexto de la corte almohade
El poema de Ibn Sīnā llegó a al-Andalus hacia mediados del siglo XII.
El primer testimonio relativamente seguro es un comentario de Abū Marwān Ibn Zuhr que alaba su condición de síntesis completa de la medicina (Forcada, 2018, p.
En esta época, tanto Ibn Zuhr como Ibn Rushd servían a la dinastía almohade, que dominó al-Andalus y el Magrib durante la segunda mitad del siglo XII y las primeras décadas del XIII.
Su régimen político trajo un mensaje religioso renovador caracterizado por una interpretación racionalista del islam, que permitió que los filósofos adquirieran una posición de cierta influencia en la corte, que promovió el saber científico-filosófico.
Es probable, además, que médicos-filósofos como Ibn Rushd e Ibn Ṭufayl fueran miembros de unos cuerpos específicos fundados por el régimen para promover y difundir el nuevo credo.
A la vez, Ibn Rushd e Ibn Ṭufayl formaban parte de un servicio específico de médicos, que lideraron sucesivamente.
En el mismo, aparece un núcleo relativamente amplio de médicos-filósofos, algunos de los cuales fueron discípulos de Ibn Rushd (Forcada, 2011a, pp. 309-310).
En un contexto de profunda reforma religiosa e intelectual, los almohades necesitaban educar a las nuevas elites político-religiosas y promovieron la elaboración de obras enciclopédicas y didácticas, destinadas a "educar a los educadores"
Dentro de esta iniciativa pueden enmarcarse diversas obras relacionadas con la ciencia y la filosofía, incluyendo una producción importante de poesía didáctica sobre diversos temas y, entre ellos, las ciencias (Forcada 2018, pp. 170-172).
1163-1184) promovió, instigado por Ibn Ṭufayl, el comentario sistemático de Aristóteles por parte de Ibn Rushd y también estaba hondamente interesado por la medicina: se dice que llegó a saberse de memoria amplios fragmentos de la parte teórica del Kāmil de al-Mājūsī.
En el prólogo, Ibn Rushd nos dice que el comentario fue el resultado de un encargo directo de la corte almohade, aunque sugerido por el mismo Ibn Rushd mediante un elogio del poema médico de Ibn Sīnā en términos parecidos a los de Ibn Zuhr.
La razón del encargo, según Ibn Rushd, fue, además de aclarar los conceptos que las exigencias del metro y la rima pudieran haber oscurecido, "dar prestigio al saber y contribuir al bien común", es decir
difundir el conocimiento médico-científico entre las elites.
El elogio se produjo en una reunión de cortesanos almohades presidida por Abū l-Rabīʿ Sulaymān ibn ʿAbd al-Mu'min (m.
604/1207), un miembro de la más alta nobleza almohade ya que ostentaba el título de sayyid, que distinguía a los miembros de la descendencia del primer califa almohade, ʿAbd al-Mu'min. Fue un notable literato de su tiempo (Haremska, 2009) que encarna como pocos la figura del noble almohade interesado por todas las manifestaciones de la alta cultura.
Hay que tener en cuenta, además, que su secretario en el momento del encargo era otro importante literato, Ibn ʿAbd Rabbihi al-Ḥafīd (m.
1205) que trató a Ibn Rushd y poseía conocimientos científicos y filosóficos además de literarios (Puerta Vílchez y Rodríguez Figueroa, 2009).
Como muestra su nombre, era descendiente de una familia que, en el siglo X se había dedicado a difundir la medicina entre los cortesanos omeyas (Forcada, 2018, 169), también mediante la poesía didáctica.
El momento del encargo coincide con una época especialmente importante en la vida de Ibn Rushd: alrededor del 1180, es nombrado juez de Córdoba, comienza la redacción de una de sus obras más importantes, Tahāfut al-Tahāfut que, como es bien sabido, es una obra que defiende el racionalismo, y se convierte en médico personal
Estamos, pues, ante un Ibn Rushd situado en la cima de su capacidad de influencia política e intelectual y el prólogo del Sharḥ constituye, en este sentido, un interesante documento de su papel de prescriptor intelectual en la corte.
En Kulliyyāt, un libro probablemente destinado a convertirse en un manual de los futuros médicos de los almohades, y posiblemente escrito para oponerse a la influencia del Qānūn (Arnaldez e Iskandar, 1975), Ibn Rushd presenta el concepto de medicina que mejor concuerda con el pensamiento de al-Fārābī, su principal maestro en lógica y epistemología.
La medicina entendida como "arte productivo" comporta la comparación directa del médico con el artesano.
Sin embargo, en una obra destinada a un público mucho más amplio e influyente, que reconoce a Ibn Rushd más como experto en ciencias religiosas y médico que filósofo, parece lógico suponer que el autor se aproveche de Ḥunayn e Ibn Sīnā para presentar la medicina con unos descriptores más positivos en términos simbólicos que transmitan la idea que el médico es un sabio de máximo nivel.
En realidad, ni la corte almohade ni ninguna otra reservan un espacio para el filósofo y, por lo tanto, el espacio destinado al médico, que sí existe, debería ser el ámbito del médico-filósofo, o, mejor dicho en este caso concreto, del filósofo-médico.
El rigor intelectual de
Ibn Rushd le impide abandonar la posición que él considera correcta: la medicina es una disciplina eminentemente empírica, compuesta de teoría y práctica, aunque mucho más de lo segundo que de lo primero y, por lo tanto, es más un arte que una ciencia.
"La verdad sobre este asunto es la que yo explico" termina diciendo Ibn Rushd y, en el resto del comentario intenta presentar esta verdad a los ojos de las elites magrebíes afirmando, como en Kulliyyāt, la superioridad de Aristóteles sobre Galeno y, mucho más que en Kulliyyāt, su propia autoridad frente a la de Ibn Sīnā. |
Ma = Madrid, Biblioteca Nacional de España, 9316
Pr = París, Bibliothèque nationale de France, Hébreu 977 |
MÁS ALLÁ DE LA PRIMERA CÁTEDRA DE MEDICINA EN EL NUEVO MUNDO: TIEMPO, VIDA Y OBRA DE JUAN DE LA FUENTE
En este trabajo se analizan distintas facetas de la vida del médico sevillano Juan de la Fuente, quien fuera el primer catedrático de medicina en la Nueva España y en el continente americano.
El objetivo principal es brindar una imagen más completa sobre este doctor, puesto que su figura ha sido frecuentemente estudiada haciendo énfasis en su magisterio en la Real Universidad de México, dejando de lado otros aspectos que lo muestran como un personaje más diverso, tales como su formación humanista y su fundamental participación en la creación de las primeras instituciones sanitarias novohispanas.
A través de distintos documentos de archivo y referencias bibliográficas de la segunda mitad del siglo XVI se hace una reconstrucción de su vida y obra.
La flor y nata de los de la Fuente, la familia de los veinticuatros y jurados, inmaculada en un examen somero, contrajo matrimonios con familias reconocidamente conversas (Alcázar, Arauz, Jerez, Zapata); en Toledo se habilitaron "personajes de algún relieve" (Cantera-León Tello, Judaizantes, p.
XLIII), que están emparentados con los sevillanos.
A la vista de su ejemplo, excusado es decir lo que hicieron los demás.
Juan Gil, Los conversos y la Inquisición sevillana.
A pesar de ser un personaje citado y referido en múltiples ocasiones dentro de la historiografía médica mexicana, la realidad es que Juan de la Fuente representa un episodio de la historia de la medicina con más interrogantes que respuestas.
Su vida y formación académica son temas de difícil esclarecimiento debido a que no legó ninguna obra que permita conocer sus tendencias en el campo de la medicina.
Asimismo, la documentación que sobre él se ha conservado es mínima y, a veces, contradictoria.
No obstante, algunos documentos, resguardados en archivos de México y España, ofrecen algunas pistas sobre la actuación de este médico en la sociedad mexicana de la segunda mitad del siglo XVI.
De igual forma, el estudio de la época que le tocó vivir puede ayudar a trazar un perfil más adecuado de su personalidad y a entender la conformación de las instituciones médicas novohispanas.
De la Fuente ha pasado a la historia de la medicina en México como el pionero de la docencia médica en México, y en el continente americano, y parecería que ese fue el único mérito que tuvo para ser recordado.
Sin embargo, cuando se hace un acercamiento con mayor amplitud histórica y social a su persona, su figura cobra mayor complejidad y relieve.
Entonces se comienza a esbozar un personaje culto, astuto, contradictorio, conflictivo y con ambiciones e intereses políticos.
El trasfondo de la historia de Juan de la Fuente es una España sumergida en una serie de paradojas resultante de los movimientos humanista, renacentista, reformista y contrarreformista.
Forma parte del mismo escenario la aventura imperial hispánica que comenzó a finales del siglo XV y que con la apropiación de los territorios de ultramar se ensanchó a proporciones nunca vistas.
Entonces fue necesario crear un Estado centralizado, cuya táctica de control político fue la instauración de un complejo sistema institucional y de servidores reales, que tenían que atender las diferentes necesidades de un imperio conformado por súbditos pertenecientes a diversos pueblos y culturas de una gran parte del orbe.
La política expansionista que la corona española inició en 1492 requirió de una cantidad ingente de recursos humanos, los cuales primero tuvieron que conquistar y después dominar a poblaciones que habían permanecido fuera de la historia de Occidente.
Juan de la Fuente fue uno de los tantos
administradores, que por ese entonces se formaban en las universidades españolas, y que después pasó a formar parte de la creciente masa administrativa que requería el gigantesco aparato burocrático de la monarquía española.
Las referencias al doctor De la Fuente prácticamente aparecen en todos los estudios dedicados a la historia general de la medicina en México.
Desde la obra de Francisco de Asís Flores y Troncoso, Historia de la medicina en México, desde la época de los indios hasta la presente (Flores y Troncoso, 1992), pasando por el trabajo de Fernández del Castillo, La Facultad de Medicina según el Archivo de la Real y Pontificia Universidad de México (Fernández del Castillo, 1953), hasta la Historia general de la medicina en México.
Siglo XVI (Aguirre Beltrán y Moreno de los Arcos, 1990).
En estos estudios hay una valoración del médico sevillano a partir de su imagen pionera como docente de la cátedra de prima de medicina en la Real Universidad de México.
Germán Somolinos D'Ardois, por otro lado, se encargó de la biografía de este doctor, aportando nuevos datos sobre él, en su trabajo Capítulos de historia médica mexicana.
Relación alfabética de los profesionistas médicos o en conexión con la medicina, que practicaron en territorio mexicano (1521-1618) (Somolinos D'Ardois, s.f.).
De la misma manera, los estudios biográficos más recientes que se han hecho refuerzan el vínculo de De la Fuente con la cátedra de medicina.
Por ejemplo, Carlos Viesca y Patricia
Aceves titularon un trabajo sobre De la Fuente: "Juan de la Fuente, primer catedrático de medicina en la Real y Pontificia Universidad de México" (Viesca Treviño y Aceves Pastrana, 2011).
En tanto, Enrique González González escribió el artículo "La enseñanza médica en la ciudad de México durante el siglo XVI" (González González, 1995).
Llama la atención que en estos últimos trabajos se siguiera repitiendo información errónea sobre De la Fuente, a pesar de que los autores consultaron documentos en los que se desmienten algunos datos.
Por ejemplo, en estos últimos trabajos se sigue repitiendo que Juan de la Fuente era de origen mallorquín o que estudió en la Universidad de Sigüenza.
Ahora bien, el presente trabajo es el culmen de una serie de investigaciones que se han realizado en torno a la figura del médico sevillano.
En primera instancia, se presentó un capítulo titulado "Juan de la Fuente y los inicios de la medicina académica en México" (Martínez Hernández, 2009).
Después se publicó el documento "Limpieza de sangre del doctor Juan de la Fuente, primer catedrático de medicina de la Real Universidad de México (1572)" (Martínez Hernández, 2014).
Con la elaboración de estos dos trabajos se hizo patente la idea de estudiar de manera más amplia la trayectoria de Juan de la Fuente, pues más que el primer catedrático de medicina en la Nueva España fue un administrador de la política sanitaria que ayudó a construir los cimientos institucionales de la medicina virreinal mexicana y también fue un personaje complejo que debe ser analizado en un contexto más amplio, tal como se tratará de mostrar en las líneas siguientes.
A continuación, se abordarán distintas etapas de la vida de Juan de la Fuente, tales como su historia familiar, su formación académica, su papel como protomédico de la ciudad de México, su paso por la Inquisición, su incorporación y magisterio en la Real Universidad de México y su interés los estudios anatómicos del siglo XVI.
VIDA Y FAMILIA DE JUAN DE LA FUENTE
Este dato se ha conjeturado a partir de su proceso de limpieza de sangre que en 1572 le fue hecho por la Inquisición novohispana.
Según la declaración de varios testigos en dicho proceso, Juan de la Fuente tenía en ese entonces entre 45 y 50 años.
Asimismo, todos los testigos aseveraron que era natural de Sevilla.
Su origen se corrobora en varias ocasiones, por ejemplo, en el listado de Pasajeros de Indias y en el grado de licenciado de la Universidad de Sevilla.
Por lo que respecta al ámbito familiar, se sabe que los padres de Juan de la Fuente fueron Antonio y Catalina de la Fuente.
Antonio de la Fuente era originario de Carmona, ciudad situada a unos 30 kilómetros de Sevilla.
Catalina de la Fuente, por su parte, era natural de Sevilla.
El padre fue señalado por diversos testigos de la limpieza de sangre como un comerciante de telas.
Aquí cabe acotar que en la época el comercio, al igual que la medicina, eran oficios que frecuentemente se asociaban a grupos de judíos o conversos.
Desde la Edad Media la medicina fue una profesión que habitualmente, y de manera sobresaliente, ejercían los judíos.
Se sabe que gracias a su reputada fama varios médicos sefardíes prestaron sus servicios a familias nobles y a representantes de las autoridades civiles y eclesiásticas de la Península.
Los descendientes de judíos y conversos continuaron con la tradición familiar y muchos de los médicos que en el siglo XVI ejercían su profesión dentro de los límites de la corona española tenían antecedentes hebraicos.
Asimismo, las familias conversas que lograron mantener cierto acomodo dentro de la sociedad española procuraron que sus hijos tuvieran una formación universitaria, la cual representaba en la época una forma de reconocimiento social.
De esta manera, los judeoconversos buscaban una mejor posición y al mismo tiempo trataban de superar las limitaciones que les imponían sus orígenes (Sarrión Mora, 2006, p.
Sin embargo, otra limitante con la que se tropezaron los descendientes de judíos y conversos fue el establecimiento de los procesos de limpieza de sangre, los cuales limitaban las aspiraciones de los hijos y nietos de los condenados por la Inquisición.
La expulsión de España llevó a muchos judíos y a sus descendientes a emprender el exilio.
Algunos fueron a Italia, otros a Portugal, otros cruzaron el estrecho de Gibraltar, y los más osados "se aventuraron en el océano, pero la mano de Dios se alzó en su contra..."
En el siglo XVI, los hijos de aquellos viejos judíos obligados a emigrar, o a la conversión, todavía buscaban evadir la vigilancia del Santo Oficio.
Al momento de embarcarse a la Nueva España, Juan de la Fuente fue acompañado por su esposa Isabel Garcés y por sus seis hijos: Antonio, Cebrián, Marcelo, Tiburcio, Jerónima y Teodora.
Todos sus vástagos eran solteros al momento de viajar a la Nueva España a principios de 1562.
Según el itinerario de los viajeros que cruzaban el Atlántico, la duración de la travesía entre Sevilla y la ciudad de México podía tener una duración de entre uno y dos meses, debido a las dificultades que implicaba sortear el océano y los precarios caminos que había entre Veracruz y la capital del virreinato.
Juan de la Fuente llegó entre el final del invierno y el principio de la primavera de 1562 a la ciudad de México.
Los primeros datos que lo sitúan en dicha ciudad están fechados en 1563.
En 1565 el ayuntamiento le hizo una donación de solares, aunque no se especificó en qué parte de la ciudad se encontraban éstos.
Sin embargo, más tarde, en las mismas reuniones del cabildo, se dio un pago de 2500 pesos al alarife Juan Francisco de Hojeda para que finalizara la obra del encañado de la ciudad.
Para señalar el trayecto del libramiento se puso como referencia la casa del doctor De la Fuente, la cual estaba ubicada en la esquina de la calle de Tacuba y la calle que "que va al hospital de San Lázaro".
Se tiene noticia de que una de las dos hijas de Juan de la Fuente contrajo matrimonio en la ciudad de México.
El 9 de marzo de 1589 el doctor De la Fuente otorgó un poder general a su yerno Antonio Beltrán para que, en su nombre, hiciera un inventario de sus bienes y pudiera "venderlos en pública almoneda y fuera de ella y cobrar en su poder".
También quedó acreditado que el médico era dueño de una estancia en el pueblo de Cuajimalpa, la cual la arrendó por un par de años, a partir de julio de 1591, a un tal Gonzalo Sánchez.
En el proceso de limpieza de sangre de Juan de la Fuente ya referido hay una declaración que llama la atención porque indica los lugares donde probablemente el médico sevillano aprendió el arte de la medicina.
Uno de los testigos, el boticario Tomé López, quien se presentó como un viejo socio comercial de Antonio de la Fuente, afirmó que don Antonio "enviava dineros [a su hijo] a Salamanca o Alcalá donde estudiava".
Al respecto se han buscado referencias que confirmen esta información, sin embargo, en los listados existentes para las facultades de medicina de las universidades de Salamanca y Alcalá durante el siglo XVI no se ha hallado ningún dato (Santander, 1984; Alonso Muñoyerro, 1945).
Durante la primera mitad del siglo XVI los estudios de medicina en las universidades de Salamanca y Alcalá eran diametralmente opuestos.
Salamanca era una universidad con una profunda raigambre medieval, en donde se privilegiaban los estudios en leyes y cánones (Peset Mancebo y González González, 1990, pp. 9-61).
Ahí la medicina era tenida en menor consideración y su enseñanza se mantenía muy apegada a la tradición escolástica que mantenía una línea arabizante heredada del Medioevo (Granjel, 1990, p.
Por su parte, Alcalá se había erigido como un referente de la cultura humanista de España.
En esta institución la enseñanza de la medicina tuvo una mejor aceptación y en ella, a partir de la primera mitad de dicha centuria, se comenzó a pasar de los estudios avicenistas al galenismo humanista (López Piñero, 2002, p.
En la Universidad de Alcalá los autores clásicos de la medicina empezaron a ser examinados con base en precisos estudios filológicos.
Hacia la cuarta década del siglo XVI en Alcalá se hallaba explicando medicina el doctor Reinoso, quien era un médico formado en Italia y amigo de Andrés Laguna.
Reinoso desempeñó un papel fundamental en la hegemonía del galenismo humanista en la universidad alcalaína al ocupar en 1538 una de las principales cátedras de medicina.
A partir de su magisterio, los imperantes estudios avicenistas
comenzaron a ser desplazados para dar paso al análisis de los tratados galénicos e hipocráticos, que en ese momento comenzaban a ser trabajados extensamente en Alcalá.
La ambigüedad que despierta la declaración del boticario Tomé López acerca de la educación universitaria de Juan de la Fuente puede matizarse con otro documento anexo a la ya referida probanza de limpieza de sangre: una carga de libros que el médico llevó consigo a la Nueva España.
La lista de libros, fechada en diciembre de 1561, contiene 108 entradas, de las cuales 82 refieren a obras sobre medicina.
Las características de la lista no permiten conocer más que a los autores y en algunas ocasiones los títulos.
No se precisa el número de volúmenes ni la edición.
El contenido de esta biblioteca permite deducir que Juan de la Fuente era un médico formado dentro de la imperante corriente humanista.
Entre los autores de medicina sobresalen los clásicos Galeno, Hipócrates, Celso, Dioscórides, los árabes Rhazes, Avicena y Mesue, los bizantinos Alexandro de Tralles, Aecio de Amida, Johannes Actuario y Paulo de Egina.
De los autores contemporáneos destacan los nombres de los médicos filólogos de la universidad alcalaína: Cristóbal de Vega, Fernando de Mena y Francisco Vallés.
Igualmente, destaca una Anathomia de Vesalio, la cual podría tratarse del De humani corporis fabrica.
En el repertorio de autores aparecen intercaladamente nombres que ratifican el perfil humanista de Juan de la Fuente: Virgilio, Ovidio, Luciano, Cicerón entre los clásicos, y los de Erasmo, Vives, Nebrija, Servet entre sus contemporáneos.
Otro dato importante que aporta la biblioteca es que Juan de la Fuente dominaba el idioma francés.
La mayoría de los títulos de la biblioteca se encuentran en latín, algunos pocos en castellano y, al final de la lista, aparecen varios libros en francés.
Por ejemplo, una Philosophia del amor del maestre León, unas Yllustraciones de Gallia, una Crónica de los reyes de Francia y unas Epístolas de Cicerón.
También hay un diccionario francés-latín.
El dominio de la lengua francesa que tenía el doctor De la Fuente no era superficial, pues fungió como intérprete de esa lengua en algunos casos inquisitoriales.
Esta información hace suponer que tal vez De la Fuente estudió o hizo una estancia en Francia, quizá en Montepellier o en París, sin embargo, en la actualidad no se conoce ninguna prueba documental que certifique la presencia de Juan de la Fuente en alguna de estas dos universidades francesas.
Acerca de sus grados mayores, Juan de la Fuente obtuvo los de licenciado y doctor en la Universidad de Sevilla en el verano de 1547, tal como lo indica el libro más antiguo de grados y matrículas que se conserva en el archivo de esa universidad andaluza: "[Al margen] Agosto.
Licenciamiento en medicina de Juan de la Fuente, vezino de Sevilla".
Su paso por la universidad sevillana se ratifica con una declaración que en junio de 1572 hizo en la Nueva España el bachiller Pedro de Maldonado, quien además aseguró que De la Fuente tenía una activa participación en la Universidad de Sevilla.
Maldonado argüía lo siguiente:...soy graduado de bachiller en artes y medicina por la Universidad de Sevilla podrá haber quince años poco más o menos, y como es público y notorio al tiempo que yo pasé a estas partes, me perdí en la flota en que venía por general Pedro de Roelas, que se perdió en los jardines de la isla de Cuba, donde yo me perdí con todo lo que traía y juntamente perdimos títulos y libros, y asimismo en la flota que presente va a los reynos de Castilla, en la nao en que era maestro un fulano que era noruego, se me perdió otro duplicado de los dichos títulos que me traía de la dicha ciudad de Sevilla, y porque yo quería en esta universidad repetir y entrar en examen de licenciado en dicha facultad de medicina.
Pido y suplico a vuestra merced, mande recibir juramento del doctor Juan de la Fuente, que fue el que presidió el acto que tuve en medicina y me dio el dicho grado de bachiller en medicina, y asimismo se reciban los dichos del doctor fray Agustín Farfán, que asimismo se halló al presente el darme el dicho grado, y al doctor Bravo y al licenciado Martel, los cuales saben que yo soy graduado de bachiller en medicina...
Según la declaración de Maldonado, su graduación como bachiller debió haberse celebrado hacia 1557.
La participación de De la Fuente en dicho acto es un dato difícil de confirmar, puesto que el fondo documental de esa universidad no permite establecer una relación clara de los participantes de los claustros en la facultad de medicina anteriores a 1621 (Ollero Pina, 1993, pp. 368-379).
Sevilla tenía una posición destacada entre las ciudades españolas del siglo XVI con mayor producción científica.
En aquel entonces era la primera ciudad en la elaboración y difusión de obras científicas y médicas.
Situación que no resultaba nada extraña puesto que era la puerta al comercio trasatlántico con América, lo cual le había permitido desarrollarse económica y urbanísticamente.
A finales del siglo XVI era la ciudad más grande de la Península; tenía aproximadamente 120,000 habitantes y albergaba a una importante comunidad comercial y financiera.
A pesar de la trascendencia geográfico-comercial de Sevilla, su universidad no se consideraba un centro científico importante (López Piñero, 1979, p.
En el siglo XVI Salamanca, Alcalá y Valladolid eran las ciudades universitarias por excelencia.
En ellas se concentraba gran parte de la población estudiantil de España.
En tanto, el estudio sevillano, específicamente su facultad de medicina, según José Antonio Ollero Pina, se hallaba inmerso en la mediocridad (Ollero Pina, 1993, p.
Entre los autores médicos que publicaron su obra en Sevilla se hallaban varios médicos adscritos a la universidad, los cuales, sin embargo, no superaban la media de publicación de los galenistas de las tres universidades castellanas principales, Salamanca, Valladolid y Alcalá, y de la Universidad de Valencia.
La facultad de medicina de Sevilla
tenía sólo las dos cátedras, prima y vísperas, y dentro de sus aulas no hubo ningún movimiento de renovación importante.
En la lista de médicos de la universidad sevillana se encuentran destacadas figuras como Nicolás Monardes, Alonso Díez Daza o Francisco Franco, quienes probablemente se hallaban en la ciudad atraídos más por las oportunidades comerciales y la clientela que por el prestigio de la universidad.
Baste recordar que el mismo Monardes tenía como principal actividad el comercio de plantas americanas y esclavos africanos.
Juan de la Fuente obtuvo sus grados de licenciado y doctor en esta universidad en el verano de 1547.
Más tarde, como doctor, se le encuentra participando en los claustros universitarios.
Estuvo en los claustros del 14 de enero de 1554, en que se trató sobre las condiciones de admisión de los licenciados al doctoramiento, y en el del 1 de diciembre de 1560.
Probablemente, fue entre estas fechas que coincidió por primera vez con el cirujano Alonso López de Hinojosos, pues según testimonio del mismo Juan de la Fuente, hecho en el permiso de impresión a la obra del cirujano, dijo: "hace muchos años que he visto curar y experimentar al maestre Alonso en su arte de cirugía en España y en esta dicha ciudad [de México]" (López de Hinojosos, 1977, p.
Se puede suponer, a partir de esta declaración, que Juan de la Fuente ejercía como médico en la ciudad del Guadalquivir, por lo que cabe preguntarse ¿por qué decidió partir hacia el Nuevo Mundo?
A principios de 1562 Juan de la Fuente se encontraba viajando, junto con su familia, a través del Atlántico.
En enero del siguiente año, se encuentra la más temprana noticia que se tiene de él en el Nuevo Mundo: su nombramiento como protomédico de la ciudad de México.
PROTOMÉDICO DE LA CIUDAD DE MÉXICO
Desde 1527 el ayuntamiento de la ciudad de México había asumido la responsabilidad de vigilar las profesiones sanitarias de la ciudad y sus alrededores.
En enero de ese año, el cabildo nombró al licenciado Pedro López como primer protomédico de la ciudad.
Subsecuentemente, continuó designando, por lo general, a dos protomédicos cada año hasta 1603.
El protomédico era un médico designado por alguna autoridad para que se encargara de certificar la adecuada formación de quienes ejercían distintas profesiones sanitarias como la de médico, cirujano, flebotomista, boticario, barberos, sangrador, etc. La conformación de un tribunal con estas competencias en Castilla fue un proceso paulatino.
Antes de 1477 la supervisión de las profesiones sanitarias recaía en una sola persona llamada protomédico.
En ese año, mediante real cédula, la vigilancia sanitaria fue delegada a un cuerpo colegiado de tres protomédicos que conformaban un tribunal (Granjel, 1980, p.
Después de su fundación, el Protomedicato fue modificado sustancialmente por Felipe II, quien le dio su estructura y reglamentación definitivas con las cédulas reales de 1588 y 1593.
A pesar de la creación de un tribunal real con competencia en asuntos sanitarios éste no tuvo jurisdicción en toda la Monarquía Hispánica.
La imposición de este órgano de carácter centralizador tuvo diferentes grados de aceptación a lo largo de la Península Ibérica.
Su presencia en otros reinos fue paliada por los poderes locales y el afianzamiento o debilitamiento de sus representantes fue temporalmente desigual durante el Antiguo Régimen (López y Martínez, 1996).
Con la conquista de América se dio un traslado de la cultura e instituciones españolas hacia los nuevos territorios.
Los conquistadores trataron de implementar un orden social basado en la imposición de los modelos de la metrópoli, sin embargo, en muchos casos fue preciso modificarlos para adecuarlos a realidad de la naciente sociedad.
La política sanitaria no fue la excepción dentro de este proceso de asimilación que se dio en el Nuevo Mundo.
Mientras en Castilla el Tribunal del Protomedicato se encontraba en una fase de consolidación institucional, en el Nuevo Mundo se nombraban a los primeros protomédicos.
Los primeros médicos llegaron a América junto con los conquistadores.
Apenas arribaron comenzaron los problemas en torno al ejercicio de su profesión.
La noticia más temprana que se tiene sobre la regulación de la práctica sanitaria en el nuevo continente data de 1517, cuando fueron nombrados los médicos López y Barreda como protomédicos para la isla de La Española.
Designación que fue rescindida dos años más tarde, por lo cual, Pedro López se dirigió a la ciudad de México, donde entabló una amistad cercana con Hernán Cortés.
En 1527, como se ha mencionado, López fue elegido como primer protomédico de la ciudad de México (Tate Lanning, 1997, p.
El ayuntamiento de la ciudad de México nombraba anualmente, a veces de forma muy irregular, a dos protomédicos, o visitadores médicos, ante quienes médicos y cirujanos tenían que "mostrar sus títulos e a dar razón por qué curan, porque visto por ellos lo que convenga e sy curan con justo título e causa se les dé licencia".
Igualmente, los protomédicos de la ciudad tenían la prerrogativa de visitar las boticas para revisar que los simples y los compuestos estuvieran en buen estado y de examinar a "hombres como mugeres que husan de oficio de medicinas, e de las otras cosas, e que según las premáticas de sus magestades deben ser examinados".
De esta forma, a menos de un año de su llegada a la Nueva España, Juan de la Fuente fue nombrado, en enero de 1563, protomédico de la ciudad de México, designación que compartió con el licenciado Francisco Toro:
Este dicho día los dichos señores México dixeron que por quanto en esta ciudad y república conviene que siempre y de hordinario haya médicos nonbrados, como los hay en España, para visitar las boticas y las medicinas della y para hesaminar las personas que quisieren husar de médicos, y cirujanos, y barveros, y boticarios, e comadres parteras, y especieros y otras muchas cosas que de cada día se ofrecen mayormente quel daño hubiere en esta república rredundará en general a toda esta Nueva España por ser esta ciudad tan insigne y cabeza de todos rreynos, y donde ocurren todos por las cosas necesarias a la salud y por médicos y cirujanos que los curen en sus enfermedades y den pareceres en ellas, de cuya causa esta ciudad cabildo e justicia e rregimiento della ha tenido siempre de costumbre, desde que se ganó esta tierra, de nonbrar tales médicos para el hefecto suso dicho.
E últimamente en siete días del mes de junio del año pasado de mill y quinientos y sesenta años, nonbraron para ello para el tiempo que fuere voluntad desta ciudad, y hasta tanto que su magestad proveyese en el caso lo que fuere servido, a los doctores Torres y Pedro López y el licenciado Toro, médicos.
Y porque conviene que de aquí en adelante del dicho nonbramiento se haga en cada un año.
Para este presente año de mill y quinientos y sesenta y tres años nonbraron para el dicho efecto al licenciado Toro y al doctor De la Fuente, a los quales dieron facultad para husar qual en tal caso se
rrequiere, y esta cibdad les puede y debe dar para visitar las dichas boticas y tiendas de especería con que cada y quando que se haya de castigar algún delito eseso procedan en el caso juntamente con la justicia diputados desta ciudad, y todos juntos lo determinen.
Y los exámenes que se hizieren los hagan asy mismo ante la justicia diputados y escribano deste cabildo, que de ello de fee, el qual hesamen hagan en las casas deste cabildo, y mandaron que ante todas cosas los dichos médicos nonbrados vengan a este ayuntamiento a hazer la solenidad del juramento que en tal caso se rrequiere.
Durante algunos años de la década de 1570 el ayuntamiento de la ciudad suspendió temporalmente el nombramiento de protomédicos, en específico entre los 1573 y 1576, debido a que en 1571 había llegado a la capital del virreinato el "Protomédico general de todas las Indias, Islas y Tierra Firme del Mar Océano" Francisco Hernández, quien, más que protomédico, fue el primer explorador científico enviado al Nuevo Mundo.
Hernández recibió el nombramiento de protomédico general en 1570 de manos del rey Felipe II.
Según las instrucciones recibidas, a Hernández se le daba "oficio de nuestro protomédico general de las nuestras Indias, yslas y tierra firme del mar océano, en que os avemos proveído".
Sin embargo, su autoridad como protomédico estaba limitada de origen, pues el mismo nombramiento real especificaba que
avéis de advertir que aunque se os da título de protomédico generalmente de todas las Yndias, avéis de ser obligado a residir en uno de los pueblos, en que oviere audiencia, y chancillería, qual vos escogiéredes, y exercer el dicho oficio en el tal pueblo, con cinco leguas alrededor, y no fuera de ellas, de manera que no avéis de visitar ni usar de jurisdicción, ni hacer llamamiento fuera de las dichas cinco leguas, aunque podréis examinar, y dar licencia a las personas de las dichas provincias, que de su voluntad vinieren ante vos, para este efecto al lugar donde residiéredes de asiento, no embargante que sean de fuera de las dichas cinco leguas.
Asimismo, a Hernández se le impuso la obligación de hacerse acompañar con alguno de los oidores de la Real Audiencia del lugar en el que se encontrara para dictar sentencias en los conflictos que debía resolver.
Esta disposición fue un gran inconveniente para el desarrollo de la tarea de Hernández como protomédico en el virreinato novohispano, pues subordinaba sus decisiones a la autoridad del virreinato.
Hernández presentó su título e instrucciones ante la Real Audiencia de la Nueva España el día primero de marzo de 1571.
Dando cabal cumplimiento a lo dispuesto por el rey, la Audiencia ordenó al doctor Pedro de Villalobos que acompañara al protomédico en las causas que tenía que resolver.
Al parecer, la llegada de un protomédico real no fue bien vista por los médicos del ayuntamiento de la ciudad de México, quienes tenían la costumbre de ser nombrados año con año para ejercer ese puesto dentro de la jurisdicción del ayuntamiento, que era de quince leguas alrededor de la ciudad.
El último nombramiento que hizo el cabildo después de la llegada del protomédico general data del 28 de enero de 1572, sólo que en esa ocasión las autoridades de la ciudad tuvieron la precaución de nombrar "médicos visitadores", y no protomédicos, a los doctores Torres y De la Fuente.
Luego, las designaciones de protomédicos o médicos visitadores desaparecen de las actas del ayuntamiento por los siguientes cinco años.
El 15 de abril de 1577, una vez que Francisco Hernández ya había partido de regreso a la Península, la ciudad eligió a los médicos Toro y De la Fuente "por visitadores de boticas, e de barveros e cirujanos e lo demás a ello anejo".
En la correspondencia que mantuvo con el rey durante su estancia en la Nueva España, Francisco Hernández relataba las adversidades a las que se enfrentaba.
Destacaba, en primera instancia, los problemas que tuvo con la audiencia y el virrey y, en segunda, las trabas que le ponían los médicos, que no querían acatar su autoridad.
A dos meses de su arribo, en mayo de 1571, Hernández denunciaba que la Real Audiencia apelaba las autorizaciones que él y el doctor Villalobos habían otorgado.
La audiencia, de esta manera, en contra de la disposición real, desautorizaba al protomédico general y a su propio oidor (Varey, 2000, p.
En otro asunto, completamente ajeno a las disposiciones sanitarias del virreinato y de la ciudad de México, aparece un dato que muestra las desavenencias que afrontaba el protomédico general para llevar a cabo sus tareas.
En mayo de 1570, el médico Pedro López fue denunciado ante la inquisición por tener un crucifijo en un lugar inadecuado, lo que se consideraba una desacralización de las imágenes.
En la lista de los acusadores aparecen varios socios comerciales del doctor Pedro López, algunas mujeres, criadas del dicho doctor, y los nombres de los médicos Francisco Hernández, un tal licenciado Contreras, y Juan de la Fuente.
Al parecer, el caso inquisitorial contra Pedro López tenía como trasfondo un problema de envidias comerciales, pues fueron los socios de negocios de Pedro López quienes hicieron la primera acusación.
Sin embargo, después, por la presencia de varios médicos en el asunto, parece que se sumaron otros intereses ligados al grupo de galenistas de la ciudad.
Al final del litigio, en los últimos días de agosto de 1571, se mandó llamar a declarar al protomédico Francisco Hernández, quien dijo que sólo tenía seis meses de haber llegado a la Nueva España.
En su alegato, Hernández detalló que había solicitado al licenciado Contreras que le presentara sus títulos universitarios.
Contreras, según detalló el protomédico, no sólo no presentó sus títulos, sino que, además, se dedicaba a hablar mal de él y de su gestión como autoridad sanitaria.
Contreras había salido a colación en el caso porque Eugenio Fernández de Castellanos, un conocido de Pedro López, dijo que había escuchado de boca del licenciado Contreras el caso del crucifijo de la casa del doctor Pedro López.
Entonces, continuaba explicando Fernández de Castellanos, él se acercó a Contreras para preguntar directamente por el asunto del crucifijo, y éste respondió que él a su vez lo había escuchado de los médicos Martel y De la Fuente.
En esta declaración se involucró al recientemente llegado protomédico general, quien no agregó nada concluyente al caso del doctor López.
Con gran tacto, el protomédico solamente dijo que sabía lo que se decía del crucifijo.
Probablemente, este caso inquisitorial sentó el precedente de una rivalidad entre los doctores Pedro López y Juan de la Fuente, pues como se verá más adelante no fue el único malentendido que tuvieron.
MÉDICO DE LA INQUISICIÓN
El proceso de Pedro López fue uno de los últimos que resolvió la inquisición episcopal de la Nueva España.
En 1571 se suprimió esta institución y fue sustituida por un tribunal real.
La tarea de conformar el nuevo Santo Oficio mexicano le fue encomendada a Pedro Moya de Contreras, quien intentaría someter al virreinato a los preceptos emanados del Concilio de Trento (1545-1563).
Este cambio tuvo como principal objetivo evitar que el movimiento protestante, que ya había incendiado Europa, se extendiera hacia los territorios hispánicos de ultramar.
En la Nueva España se realizó una campaña contra el protestantismo además de continuar con las medidas represivas hacia los grupos de judíos y/o conversos y contra otras prácticas religiosas heterodoxas.
El seguimiento inquisitorial por herejía en la Nueva España del siglo XVI estuvo principalmente dirigido hacia los españoles y extranjeros venidos a radicar dentro de los límites de los territorios hispánicos.
La presencia de estos grupos hizo que los inquisidores revisaran la ortodoxia en la colonia dentro del marco ideológico contrarreformista.
Una vez que se estableció el nuevo Tribunal de la Inquisición, el inquisidor Moya de Contreras avaló en mayo de 1572 el nombramiento de Juan de la Fuente como médico del tribunal, con un salario de cien ducados.
Se sabe que las tareas de De la Fuente no sólo se limitaron a los servicios médicos dentro del Santo Oficio, pues, como se ha mencionado líneas atrás, en algunos casos inquisitoriales fungió como traductor de la lengua francesa, sobresaliendo las causas contra el impresor Pedro Balli y el cirujano de un barco pirata francés Nicolás Halles (Fernández del Castillo, 1953, p.
Asimismo, este puesto, aunado a su condición de catedrático universitario, le dio autoridad para expedir los permisos de impresión a dos de los primeros libros americanos sobre medicina.
De hecho, tales permisos son los únicos escritos impresos de Juan de la Fuente que se conocen.
Las licencias fueron para las obras Suma y recopilación de cirugía (1578) del cirujano Alonso López de Hinojosos, la cual dice:
Vi este libro contenido en el parecer del doctor Bravo, fecho a veinticinco días del mes de enero de este año de 1578 y digo que habiendo sido visto y entendido por mí su propuesto y motivo, y haberlo enmendado el dicho doctor Bravo el cual es erudito y perito en medicina y cirugía lo cual es conocido por sus efectos; y también porque hace muchos años que he visto curar y experimentar al maestre Alonso en su arte de cirugía en España y en esta dicha ciudad, me conformo omhino [sic] con el parecer de el dicho doctor Bravo, y digo que el mío es que se le puede dar licencia por quien de derecho le compete, para imprimir este libro (López de Hinojosos, 1977, p.
Y para el Tratado breve de anatomía (1579), del médico Agustín Farfán, que expresa lo siguiente:
Yo el doctor De la Fuente, cathedrático de prima, de la facultad de medicina, vi este libro, intitulado tratado de anothomía y chirurgía, y del conocimiento y cura de algunas enfermedades, desde el principio hasta el cabo, el qual es de mucha erudición y muy necesario para médicos y cirujanos, y para las repúblicas de las Indias, el qual compuso el reverendo padre fray Augustín Farfán, doctor en medicina: de cuya sufficiencia, sciencia y práctica, de muchos años antes tengo bastante experiencia.
Y así me parece que este libro se imprima, y ande en las manos de todos, por la muy grande utilidad y provecho que dél se sacará, y lo firmé de mi nombre, que es fecho a dos de mayo de 1579 (Farfán, 1579, s. p.).
Bajo la supervisión de Moya de Contreras, el Tribunal de la Inquisición emprendió sus tareas para buscar cualquier indicio de heterodoxia religiosa.
De esta manera, ni siquiera el propio médico del Santo Oficio se salvó de ser llamado a declarar por poseer algunas lecturas no autorizadas.
Según una lista de libros prohibidos que se tenían que recoger, hecha probablemente en 1573, decía que
El doctor De la Fuente, médico, tiene todos los tres libros de las Instituciones Dialectarum de Pedro Ramos, y tiene Leriimi Lemni de Ocultis Nature miraculis y una Biblia; véase si está corregida por este Santo Oficio; y Adagios de Erasmo; también dice que tiene Opuscula Nicholay Leoni Leni; sépase si es el que está en el cathálogo y si son unos Diálogos, que están prohibidos (Fernández del Castillo, 1982, p.
Juan de la Fuente no tuvo mayor problema con las autoridades inquisitoriales, al contrario, siguiendo la documentación de la época, la amistad que tuvo con Pedro Moya de Contreras fue más allá de las relaciones que guardaban dentro del Santo Oficio, pues como se verá más adelante, fue el mismo inquisidor quien intercedió por él en un asunto académico al interior de la Real Universidad de México.
Sólo resta decir, que De la Fuente ostentó el cargo de médico de la Inquisición hasta el día de su muerte.
Cuando falleció fue relevado en el cargo por un antiguo alumno suyo: el doctor Jerónimo de Herrera.
LA REAL UNIVERSIDAD DE MÉXICO Y LA FORMACIÓN DE LA FACULTAD DE MEDICINA
En el año de 1551, después de varias peticiones para instaurar un estudio en la Nueva España, hechas tanto por encomenderos como por el arzobispado, el príncipe Felipe finalmente emitió en Toro la cédula fundacional de la universidad mexicana.
El documento aclaraba que "la dicha universidad se funde y se ponga en ella personas en todas las facultades para que dende luego lean liçiones e se hordenen e ynstituyan sus cátredas, como les paresçiere convenir" (Méndez Arceo, 1952, p.
Igualmente, estipulaba que "el dicho estudio e universidad, la qual tenga y goce todos los privilegios, y franqueças, y livertades y exenciones que tyene y goça el estudio e universydad de la çiudad de Salamanca" (Méndez Arceo, 1952, p.
Al igual que la Universidad de Salamanca, la de México tuvo, a la usanza de la universitas medieval, cinco facultades: cuatro mayores, teología, leyes, cánones, medicina y, una menor o preparatoria, artes.
A pesar de haber seguido el modelo salmantino, la de México significó un nuevo modelo de universidad; era una universidad colonial, creada a partir de circunstancias completamente nuevas (Peset y Palao, 1998, p.
El argumento principal de la corona para abrir un estudio general en tierras novohispanas fue "el veneficio que de ello se syguirá y que los prelados y rreligiosos desa tierra lo an pedido
Esto significa que la Real Universidad de México se abrió originalmente con la finalidad de formar a los evangelizadores de indios.
El patronato que los monarcas castellanos habían logrado sobre la iglesia indiana hacía que la universidad se enfocara en la adecuada educación del clero que llevaría a cabo la propagación de la fe en tierra de conquista.
De igual forma, la universidad brindaría la educación que requerían los cuadros de la burocracia virreinal.
Por tales motivos, los estudios con más prestigio fueron leyes y cánones, disciplinas imprescindibles para los burócratas civiles y eclesiásticos.
Las facultades de teología y artes eran estudios también de gran importancia, puesto que la primera estaba dirigida a los evangelizadores y la segunda significaba la antesala de los estudios mayores.
Al final, en orden de importancia, se encontraba la facultad de medicina.
En junio de 1553 Francisco Cervantes de Salazar leyó la cátedra inaugural de la Real Universidad de México.
En el transcurso de ese mismo año se fueron abriendo diversas cátedras en las facultades de leyes, cánones, teología y artes.
En ese primer momento no fue abierta ninguna cátedra de medicina.
A pesar de que lo anterior, la facultad de medicina estuvo presente desde el inicio mismo de la institución.
Dos meses después de la lectura inaugural, el 10 de agosto de 1553, se presentó ante el claustro universitario el doctor en medicina Joan Alcázar pidiendo que se le incorporara su grado.
Dos días después, el licenciado Pedro López pidió igualmente que "le incorporasen [...] en la dicha universidad e señalasen el primer domingo de septiembre para que se hacer doctor" (Fernández del Castillo, 1953, pp. 79 y 80).
Así, mediante la incorporación se fue conformando el cuerpo colegiado de la facultad de medicina de la Real Universidad de México.
De esta manera, el 14 de abril de 1563, Juan de la Fuente incorporó su grado de doctor.
Dos meses más tarde solicitó al claustro que le fuera otorgado el grado de maestro en artes, el cual le fue negado.
Fue en el año de 1586, por intermediación del inquisidor y visitador Pedro Moya de Contreras, que le se le dio dicho grado.
Precisamente en la cátedra de artes fue donde Juan de la Fuente inició su labor como catedrático en la universidad novohispana.
En mayo de 1570 se le asignó esta cátedra, que leyó por poco menos de un año.
Cuando De la Fuente inició la lectura de artes ya le había sido reconocido su grado de doctor en medicina, pero no se le había dado el de maestro en artes.
Parece que el claustro de la universidad no le exigió graduarse en artes, debido a que como doctor en medicina ya formaba parte del colegio de artistas, pues las facultades de medicina y artes formaban un solo colegio al interior de la universidad (González González, 1996, p.
Después de más de dos décadas de su fundación la Real Universidad de México no contaba todavía con cátedra en medicina.
Esta situación cambiaría pronto, pues aquel decenio fue de vital importancia para la consolidación de la medicina académica novohispana: en 1570 se había publicado la Opera medicinalia de Francisco Bravo; al siguiente año llegó al virreinato Francisco Hernández, primer emisario científico, quien fue enviado por orden del rey Felipe II; en 1576, a raíz de una epidemia de cocoliztli, se realizaron los primeros estudios anatomopatológicos en el Nuevo Mundo para investigar las consecuencias de aquella peste; y en 1578 y 1579 se publicaron, respectivamente, el primer tratado de cirugía y el Tratado breve de anatomía, libros, que como ya se ha visto contaron con el permiso de Juan de la Fuente.
Por lo anterior, se puede observar que hacia 1570 en la Nueva España ya se hallaba trabajando un grupo importante de médicos, cuya labor ya iba más allá del oficio particular de la medicina.
Ya se notaba, por aquellos años, una necesidad de hacer circular el conocimiento médico a través de las primeras publicaciones sobre la materia.
Igualmente, había un marcado interés por conocer la naturaleza del Nuevo Mundo y, por ende, los remedios de la herbolaria mexicana.
Por último, los primeros estudios post mortem reflejaban el interés surgido de la corriente renacentista de indagar directamente los fenómenos naturales.
Este periodo tan importante para la medicina mexicana se vio coronado con la creación de la primera cátedra universitaria del Nuevo Mundo.
El 9 de septiembre de 1575, el rector de la Real Universidad de México, Bernabé Valdés de Carcamo, propuso al claustro universitario la creación de una cátedra de medicina:...sería conveniente remover la cátedra de retórica que leía el maestro Diego de Frías, e instituir en su lugar de la facultad de medicina, dando para ello algunas causas y razones que oídas y entendidas, y dando sus votos los que asistieron a claustro, pareciéndoles cosa conveniente determinaron se instituyese la dicha cátedra de medicina, porque las dichas escuelas fuesen en aumento, con tal que al dicho Diego de Frías se acomodase y mejorase con otra cosa (Fernández del Castillo, 1953, p.
Sin embargo, al parecer, la idea de abrir una cátedra de medicina no fue bien acogida por el cuerpo colegiado de médicos universitarios, puesto que el doctor con mayor antigüedad dentro esa facultad, Pedro López, respondió "que quedase la dicha cátedra de retórica, y que para vacarla, antes se le había de dar otra cosa conveniente y de más importancia al maestro Diego de Frías" (Fernández del Castillo, 1953, p.
Dos años después, el claustro universitario insistió en la instauración de la enseñanza médica y acordó escribir al rey acerca del estado de las cátedras ya instituidas y pedir que "diese orden cómo hubiese en esta universidad cátedra de medicina y señalase de dónde se había de pagar" (Fernández del Castillo, 1953, p.
Se crie en ella [la universidad] una cátedra de medicina, attento que por las causas que refiere, dixo ser muy necesaria, dixeron que mandavan y mandaron que en la dicha universidad se críe e ponga la dicha cáthedra de medicina, e para que de aquí adelante se lea y aya curso della, la señalava y señalaron ciento y cinquenta pesos de oro de minas para que los aya y lleve de salario la persona que la leyere.
A este llamado, el único médico que presentó oposición para hacerse cargo de la cátedra fue Juan de la Fuente:
El doctor Juan de la Fuente, digo, que por V. M. fue mandado poner edictos sobre una cátedra de medicina que V. M. cría en esta universidad, a la cual yo me opongo, y como opositor V. M. me aya opuesto y pido justicia.
Al no haberse presentado ningún otro opositor, el día 21 de junio se "mandaron y dieron la dicha cátedra al dicho doctor De la Fuente para que la lea y la rija conforme a los Estatutos de esta universidad que son los de Salamanca, por tiempo de cuatro años".
La primera lección de medicina se comenzó a leer el "miércoles que se contaron siete días de enero de 1579" (Fernández del Castillo, 1953, p.
Resulta llamativo que ningún otro médico se haya presentado a la oposición.
Pedro López, como se ha visto, era el doctor con mayor antigüedad dentro de la institución, cuestión que lo hacía ver como un candidato idóneo para ocupar la cátedra de prima de medicina.
No obstante, también se ha observado que el mismo Pedro López había estado en contra de la creación de una cátedra de medicina en la universidad.
Una probable explicación al desinterés mostrado por Pedro López puede ser la aparente enemistad que tenía con De la Fuente.
Ya se ha señalado que Juan de la Fuente apareció como uno de los médicos que estuvo difundiendo el rumor de la supuesta desobediencia religiosa de Pedro López durante el caso que le fue abierto a éste en la Inquisición novohispana a principios de la década de 1570.
Por otra parte, en 1579, Pedro López rechazó asumir el cargo de protomédico de la ciudad de México.
Coincidentemente, en aquella ocasión dicha encomienda debía cumplirla al lado de Juan de la Fuente.
Sin embargo, pueden aducirse otros motivos por los cuales Pedro López no estuvo interesado en regentar la cátedra de medicina, por ejemplo, la prioridad que tenía por sus negocios y por la administración de sus obras hospitalarias.
Cuando fue creada la cátedra de medicina se estipuló que tendría un carácter temporal de cuatro años.
Cuando terminara tal periodo se convocaría de nuevo a concurso.
Así, el 10 de julio de 1582 la cátedra se declaró vacante y se llamó nuevamente a oposición, siendo nuevamente el único opositor el doctor Juan de la Fuente, quien volvió a recibir el nombramiento de catedrático a finales de ese mes.
Cuatro meses después el claustro universitario, órgano rector de la institución, determinó
dar la posesión de propiedad [a Juan de la Fuente] para que lellese, como hasta aquí, con el mesmo salario y la misma preminencia que en los tales casos suelen los tales cathedráticos tener, y en cumplimiento dello Sebastián Flores, bedel de la dicha universidad, tomó de la mano al dicho doctor y le subió a la cáthedra que está en la dicha sala, y tomó y pretendió la dicha posesión (Fernández del Castillo, 1953, p.
La propiedad de una cátedra significaba que el catedrático era el lector vitalicio.
De esta forma, se puede ver que en 1578 la cátedra de medicina fue declarada temporal, es decir que vacaba y se concursaba cada cuatro años, pero en su primer concurso de oposición, en 1582, las autoridades universitarias decidieron convertirla en cátedra de propiedad o vitalicia.
Tener una cátedra de este tipo daba un gran prestigio social a quien la poseía.
Además, a los 20 años de lectura consecutivos el propietario podía jubilarse.
A partir de la jubilación del propietario, la cátedra se convertía en cátedra de sustitución, lo que quería decir que cada cuatro años se iba a convocar a oposiciones para designar un catedrático sustituto del propietario jubilado por un tiempo de cuatro años.
Sólo hasta la muerte del propietario se volvía a llamar a oposición para una cátedra de propiedad.
Es por eso que en 1595, cuando aconteció la muerte de Juan de la Fuente, la cátedra de prima de medicina se declaró vacante y se llamó a concurso.
Fue Juan de Contreras, un antiguo discípulo de De la Fuente, quien en ese mismo año ganó la cátedra de propiedad de medicina:
La cátedra de prima de medicina fue regulada por primera vez dos años después de su creación.
En 1580, en los primeros estatutos de la Real Universidad de México, se estableció que el catedrático de medicina
En el primer año leerá el título De elementis et temperamentis, los capítulos más necesarios del libro De humoribus, lo más necesario y algo de Anatomia y Facultatibus naturalibus, lo que conviene asimismo de Pulsibus et urina.
El segundo año De diferentia febrium, y De arte curativa ad glauconem y De sanguinis missione.
El tercer año Afhorismos de Hipócrates y el libro Quos et quando oporteat purgari, y el libro nono De Rasis ad Almazorem.
El cuarto año De crissibus et De decretoriis y algunos libros del Metodo Medendi de Galeno (Jiménez Rueda, 1951, p.
Las materias de la cátedra de medicina mexicana reflejan claramente una tendencia contrarreformista en la que predominaba el neoescolasticismo, corriente que había comenzado a imperar en los estudios universitarios hispánicos a partir de la década de 1570 y se apegaba más a la línea galénica arabizante de la Edad Media.
Es casi seguro que Juan de la Fuente haya sido el autor de esta disposición estatutaria o por lo menos haya participado en la redacción de ésta, puesto que él era el único catedrático de medicina de la universidad.
Aquí surge la duda de lo que realmente fue leído en la cátedra de medicina de la Real Universidad de México durante sus primeros quince años, pues mientras que los estatutos mandaban que se dictaran una serie de lecciones de corte neoescolástico, el catedrático era, en apariencia, un hombre formado dentro de las corrientes del humanismo médico del siglo XVI.
Algunos autores han planteado que a partir de la amistad con Pedro Moya de Contreras, Juan de la Fuente tuvo un repliegue ideológico, sometiéndose a los mandatos del inquisidor, cuestión que hoy en día es muy difícil de comprobar.
Respecto a la labor que realizó De la Fuente como docente de medicina en la Real Universidad se cuenta con el testimonio de uno de sus alumnos, el también sevillano Juan de Cárdenas, quien en 1591 escribió en su tratado Problemas y secretos maravillosos de las Indias lo siguiente:
Si este mi pequeño tratado fuere por ventura despojado de aquella erudición, perfección, y hornato que la delicadeza de tan ardua materia requería, muchas causas puedo alegar, que de tal efecto bastantemente me disculpen.
Por primera disculpa alego, que la falta que en Indias he tenido de maestros, porque aunque es verdad que por muy dichosa suerte mía alcancé por maestro al sapientísimo doctor Juan de la Fuente, catedrático de prima de la facultad de medicina (hombre por cierto a quien todo este reino deve juzgar, y tener por padre pues realmente lo es de casi todos los que esta facultad professamos) con todo esso, siendo él sólo nuestro maestro, no podemos los discípulos tan por entero de aquel bien que gozan los estudiantes, que en essas universidades de la Europa professan la medicina donde así la copia y multitud que oyen de liciones, como de las continuas conferencias, y actos públicos que ven cada día, sacan galanas, y no pocas curiosas dubdas de que quando viene a escrevir, adornan, y hermosean sus libros (Cárdenas, 1591, ff.
INFLUENCIA DEL MOVIMIENTO ANATÓMICO
A lo largo de este trabajo se ha ahondado en la probable formación humanista de Juan de la Fuente, no obstante, después de revisar los contenidos de la cátedra de medicina que él leyó surge la duda acerca de sus tendencias teóricas en este campo.
En este sentido, resulta interesante examinar otro acontecimiento que tuvo lugar en el año de 1576 y en el que, aparentemente, De la Fuente tuvo participación: las autopsias realizadas en la ciudad de México durante la epidemia de cocoliztli.
Dichas prácticas anatómicas tuvieron como finalidad identificar la enfermedad que atacó de forma masiva a los pueblos indios de la Nueva España.
La referencia a la intervención de Juan de la Fuente en las autopsias se encuentra en la obra del fraile dominico Agustín Dávila Padilla:
El año de setenta y seys (que fue la gran peste) tuvo curiosidad digna de muchas letras el doctor Ioan de la Fuente cathedrático de medicina en la Universidad Real de México, y no contentándose con su advertencia, ni satisfaciéndose de que ha mas de quarenta años que es doctor, y casi cinquenta que es famoso médico: llamó a otros de ciencia y experiencia, en cuya presencia hizo anatomía de un indio en el Hospital Real de México (Dávila Padilla, 1625, f.
En el verano de 1576 en varias regiones de la Nueva España había comenzado a sentirse una rara enfermedad, de la cual quedaron diversos testimonios; por ejemplo, el cirujano Alonso López de Hinojosos dedicó un capítulo completo de su Suma y recopilación de cirugía a este hecho.
Por otra parte, el religioso fray Bernardino de Sahagún también dejó constancia en su Historia general de las cosas de la Nueva España, diciendo que era "una pestilencia universal y grande [...] y ha muerto mucha gente y va muriendo cada día más" (Sahagún, 1988, p.
La gran cantidad de fuentes civiles y eclesiásticas que describen la epidemia de 1576 no mencionan una enfermedad en específico.
Ante la inespecificidad de la sintomatología y la alta tasa de mortalidad entre los indios, el cirujano Alonso López de Hinojosos y el protomédico Francisco Hernández decidieron investigar la etiología de la enfermedad mediante la disección de varios cuerpos de indios que fallecieron en el Hospital Real de Naturales.
En su libro López de Hinojosos señala que estaban "los heridos de este mal muy amarillos y atiriciados.
La orina que echaban los enfermos era muy retinta como vino de aloque y la orina muy gruesa y espesa".
Asimismo especificaba que, sufrían "apostemas tras las orejas [...] cámaras de sangre y flujo de sangre por las narices" (López de Hinojosos, 1977, p.
En tanto, Francisco Hernández apuntaba que "Las fiebres eran contagiosas, abrasadoras y continuas, todas pestilentes y, en gran parte letales" (Hernández, 1984, p.
El protomédico aseguraba que la enfermedad raramente afectaba a las personas de avanzada edad; la mayoría de las víctimas eran niños y jóvenes.
Tanto López de Hinojosos como Hernández comentan que fueron pocos los casos en los que se logró el restablecimiento de la salud de los enfermos.
Ellos atendieron a un gran número de infectados en el Hospital Real de Naturales de la Ciudad de México.
En los escritos de ambos autores sobresalen las indicaciones terapéuticas que incluían remedios de tradición indígena.
En los procesos terapéuticos descritos por estos dos personajes se percibe de manera muy marcada el intercambio de conocimientos entre las culturas occidental e indígena.
Las descripciones de Hernández y López de Hinojosos son una prueba inestimable para conocer el grado de aculturación de la medicina mexicana durante la segunda mitad del siglo XVI.
Ante la adversidad que representaba la epidemia y los magros resultados que tenían los tratamientos aplicados por los médicos fue necesario recurrir a un método de investigación que de manera reciente se había usado en Europa: las anatomías de carácter patológico, es decir, las autopsias.
Sabido por el muy excelente señor virrey que los remedios de tan famosos médicos y sus pareceres no aprovechaban, mandó que se hiciesen anatomías; y por ser el hospital real más acomodado y donde hay mayor refrigerio que en toda la Nueva España por favorecerlo tan ampliamente como siempre lo favorece su excelencia por respeto de ser este bien para los naturales, y haber en el dicho hospital, en el dicho tiempo, más de doscientos enfermos de ordinario, y así se hicieron en él anatomías y yo propio por mis manos las hice estando presente el doctor Francisco Hernández, protomédico de su majestad que al presente estaba haciendo experiencia de las yerbas medicinales, purgativas y otras cosas naturales de esta Nueva España, las cuales hacía por mandato de su majestad; el cual después de haber visto las anatomías que se hicieron dio noticia de ello a su excelencia (López de Hinojosos, 1977, p.
En la Biblioteca Nacional de España se encuentra un manuscrito en latín, que permaneció varios siglos oculto, en el que el protomédico Francisco Hernández describe lo que observó en las anatomías realizadas en la Nueva España en 1576.
El escrito detalla que los indios enfermos "mostraban el hígado muy hinchado, el corazón negro, manado un líquido pálido (amarillo) y después, sangre negra, el bazo y el pulmón negros y semi putrefactos; la atrabilis podía ser contemplada en su vasija, el vientre seco, y el resto del cuerpo [...] palidísimo" (Hernández, 1984, p.
Los informes de López de Hinojosos y de Hernández describen con gran rigurosidad lo observado en las autopsias, pero ninguno define el tipo de enfermedad de la que se trataba.
El vocablo náhuatl cocoliztli es un término que hace referencia a una epidemia.
Algunos historiadores, basándose en descripciones de la enfermedad, han propuesto varios diagnósticos, siendo el más aceptado el que señala que se trató de tifo exantemático, conocido en la época como tabardillo entre los españoles y matlazahuatl entre los indios (Malvido y Viesca, 1985, pp. 27-33).
Estas son las referencias con las que actualmente se cuentan sobre los estudios anatomopatológicos de 1576.
Se puede observar que se trató de varios estudios post mortem con carácter etiológico, los cuales habían comenzado a tener vigencia a partir de la expansión del movimiento de renovación anatómico en tierras españolas.
La práctica de este tipo de estudios en la Nueva España no puede verse como un hecho simplemente circunstancial debido a la enfermedad de 1576, pues si se revisa la formación de los médicos que en ellas participaron se puede notar que todos, de una u otra forma, estuvieron influidos por la corriente de renovación anatómica.
Francisco Hernández trabajó al lado de Francisco Micó en el monasterio extremeño de Guadalupe, en donde juntos se dedicaron a la práctica de la disección humana.
Asimismo, se puede notar que el trabajo de los cirujanos, como el que realizaba Alonso López de Hinojosos, a mediados del siglo XVI comenzaba a tener una notable transformación, pues varios cirujanos con formación universitaria, sobre todo de Alcalá, habían empezado a desplazar el saber bajomedieval de la enseñanza y práctica quirúrgicas para dar paso a la explicación de la anatomía fundamentada en la cirugía y en los saberes morfológicos derivados de la renovación anatómica.
En este contexto, los saberes médicos académicos constituyeron una de las áreas del conocimiento en donde se dio una gradual ruptura con lo tradicional (López Piñero, 1979, p.
Finalmente, aunque no hay más referencia que la de fray Agustín Dávila Padilla respecto a la participación de Juan de la Fuente en las autopsias de 1576, se ha visto que Juan de la Fuente pudo estar influido por la corriente renovadora de la anatomía en su formación universitaria, pues probablemente estudió en Alcalá o Salamanca, instituciones que aceptaron los postulados anatómicos del Renacimiento.
De igual modo, se ha apuntado que entre los libros de De la Fuente había una Fabrica de Vesalio y su estrecha colaboración en el Hospital de Naturales al lado del cirujano López de Hinojosos está bien documentada.
Por último, vale la pena reflexionar sobre la autoría de las autopsias de 1576, pues las observaciones hechas por Alonso López de Hinojosos dan la pauta para cuestionar si Juan de la Fuente y Francisco Hernández participaron en realidad como disectores.
De todos los testimonios de las disecciones, el de López de Hinojosos es el único que menciona que él las hizo por propia mano.
A mediados del siglo XVI la anatomía fue impuesta como una disciplina obligatoria en algunas universidades hispánicas, lo cual no significaba que los médicos hicieran manualmente las demostraciones anatómicas.
Posiblemente De la Fuente y Hernández, todavía a la usanza medieval, dirigieron las autopsias y fue López de Hinojosos, como cirujano, quien diseccionó los cuerpos de los indios víctimas del cocoliztli.
Hay que recordar que en la Edad Moderna todavía era muy común que los médicos se apoyaran en los cirujanos para hacer las demostraciones anatómicas.
Por lo tanto, cabe preguntarse si la relación profesional que tuvieron De la Fuente y López de Hinojosos hizo que el Hospital Real de Indios fuera una especie de centro de investigación anatómica no oficial durante el siglo XVI, en donde se realizaban demostraciones acordes a la tradición escolástica.
A MANERA DE REFLEXIÓN
La cátedra de propiedad de prima de medicina, que vacó por fin y muerte del doctor Juan de la Fuente, primer catedrático de dicha cátedra, se declaró vacante; y en el término de los edictos se opusieron los bachilleres Juan de Contreras, Jerónimo de Herrera, Alonso Diosdado, Cristóbal de Villalobos, Juan de Cárdenas y Juan de Placencia.
Hechos los actos literarios, se procedió a la provisión de esta cátedra por votos del Claustro pleno de los doctores y maestros de la Universidad.
Tuvo el doctor Juan de Placencia dos votos; Juan de Contreras, diez y ocho; el doctor Juan de Cárdenas, nueve; Jerónimo de Herrera, dos; Alonso de Diosdado, once, Con que se le adjudicó dicha cátedra al doctor Juan de Contreras, con siete votos de exceso (Plaza y Jaén, 1931, p.
El texto anterior refiere una serie de hechos acontecidos durante el primer semestre del año 1595.
La muerte de Juan de la Fuente sucedió el día 27 de febrero.
En tanto, el proceso de adjudicación de la cátedra de prima de medicina se definió en junio.
Pero, una lectura entre líneas del párrafo anterior desvela otro orden de cosas en torno a la política sanitaria del virreinato novohispano: con la muerte de Juan de la Fuente iniciaba el cierre de un ciclo en la medicina académica de la Nueva España.
En las últimas décadas del siglo XVI la política sanitaria del virreinato se sostenía en la omnipresente figura de este reputado médico, quien al momento de su muerte no sólo fungía como catedrático de medicina, sino que también era médico de la Inquisición y, como se ha podido observar, fue comisionado en diversas ocasiones por el Ayuntamiento de la ciudad de México como protomédico.
Por otro lado, los opositores que buscaban sustituir a Juan de la Fuente al frente de la cátedra de prima fueron, todos, alumnos de éste.
Juan de Contreras, Jerónimo de Herrera, Alonso Diosdado, Cristóbal de Villalobos, Juan de Cárdenas y Juan de Placencia formaban parte de la primera generación de médicos formados en la Real Universidad de México (Martínez Hernández, 2012, pp. 3-44).
En la última década del siglo XVI esta generación ya estaba buscando espacios para incorporarse a la creciente burocracia universitaria y virreinal.
En otras palabras, lo que se ve aquí es un cambio generacional y, por lo tanto, el inicio de una nueva etapa en la política sanitaria.
De la Fuente fue, según Germán Somolinos D'Drdois, el "figuron" de la medicina novohispana de la segunda mitad del XVI (Somolinos D'Ardois, 1977, p.
Una medicina que carecía de instituciones fuertes y que, por lo tanto, se sostenía en figuras como la del médico sevillano.
De la Fuente tuvo el honor de haber sido el primer educador de médicos fuera de tierras europeas.
Su magisterio significó un paso hacia la consolidación de las primeras instituciones médicas virreinales, pues se verificó en una etapa en la que se estaba fraguando la conformación institucional de la Nueva España.
Por otra parte, se ha observado que la formación académica del médico sevillano todavía es un tema que no se ha podido esclarecer debido a la falta información.
Acorde a la documentación conservada no se puede asentar con certeza en qué universidad cursó sus estudios de medicina.
Esta cuestión actualmente no es fácil de resolver, puesto que la reconstrucción de su trayectoria académica resulta a todas luces discordante, lo cual, sin embargo, no significa que fuera incoherente.
La segunda mitad del siglo XVI español estuvo marcada por las contradicciones doctrinales, religiosas y académicas, que imprimieron a varios niveles los movimientos de Reforma y Contrarreforma.
Así, por ejemplo, se puede observar en la limpieza de sangre que el Santo Oficio le hizo a Juan de la Fuente en 1572 a un testigo señalar que el médico había estudiado en Salamanca o Alcalá.
Por otro lado, en la lista de los libros que trajo De la Fuente de España se enumeran algunos de los autores médicos más importantes de la Universidad de Alcalá.
Es posible que Juan de la Fuente haya cursado medicina en esta universidad en la década de 1540.
La única certeza que existe sobre el paso de De la Fuente por alguna universidad son sus grados de licenciado y doctor en Sevilla, los cuales le fueron otorgados en el verano de 1547.
No obstante, en la carga de libros que llevó de España a Nueva España en 1563 se apuntó que venía un "Vesalio de Anathomía".
Conforme con lo anterior, se puede conjeturar que Juan
de la Fuente tuvo una educación acorde a los dictados humanistas de la época, pero esto no es posible sostenerlo por la carencia de algún documento que así lo corrobore, pues De la Fuente no legó ninguna obra escrita sobre medicina.
De esta forma se puede concluir que Juan de la Fuente arribó a la Nueva España hacia 1562 con una consistente educación humanista y médica, pero al convertirse en catedrático de medicina de la Real Universidad en 1578 parece que tuvo que limitarse a los dictados de los primeros estatutos universitarios mexicanos, hechos dentro de la ortodoxia tridentina traída a la Nueva España por Pedro Moya de Contreras, inquisidor y amigo personal de Juan de la Fuente.
Es probable que Juan de la Fuente haya intervenido, como único catedrático de medicina de la Real Universidad, en la redacción de las disposiciones estatutarias sobre los contenidos de su lectura.
Al hacer un análisis de las materias de las lecciones universitarias de medicina se alcanza a observar que éstas se ceñían a un galenismo arabizado, y la parte dedicada a la anatomía se basaba en el De usu partium de Galeno, por lo que se puede deducir que el movimiento anatómico renacentista no llegó, al menos oficialmente, a la Real Universidad de México.
Las contradicciones que convergen en Juan de la Fuente lo muestran como un hombre de su tiempo.
En su figura se produjo una de las tantas paradojas que abundan en la ciencia española del Renacimiento, pues siendo un médico universitario con una consistente formación humanista se vio obligado, por las circunstancias, a enseñar una medicina de tipo medieval en una universidad fundada en una tierra situada al otro lado del Atlántico, en donde se estaba levantando una nueva sociedad, cuyo cimiento era la implantación de algunos modelos institucionales metropolitanos, pero que, en muchos casos, la realidad americana los transformó de manera radical. |
La historiografía ha mostrado extensamente cómo los médicos irlandeses tuvieron un papel de primer nivel en la medicina del siglo XVIII a lo largo de toda la Monarquía Hispánica.
Sin embargo, más allá de las prominentes figuras ligadas a los círculos cortesanos y militares –tales como, Higgins, Purcell, Gorman u O'Scanlan–, puede reivindicarse todo un número de doctores irlandeses que desempeñaron su ejercicio en ámbitos público-privados de menor proyección, pero con sólidos posicionamientos profesionales, y en muchos de los casos, vehiculizando las nuevas corrientes ideológicas del continente, adquiridas en la trayectoria de su emigración.
Así, Raymond Everard, natural del condado de Waterford (Irlanda), representa muy fielmente el arquetipo de médico irlandés que, tras un paso por las universidades y los círculos pre-ilustrados franceses, recaló en Bilbao como médico municipal, atendiendo a la villa durante casi cuarenta años, e impregnándola de la modernidad técnico-científica del momento a través de su labor médica.
Durante la Edad Moderna la diáspora irlandesa hacia el continente europeo manifestó múltiples corrientes y facetas políticas, socio-demográficas, culturales, profesionales y, por añadido, las particulares vicisitudes que sufrió cada emigrante a lo largo de su singular exilio.
Durante las últimas dos décadas han sido numerosos y variados los estudios historiográficos llevados a cabo desde diferentes perspectivas, ámbitos geográficos y colectivos socio-profesionales –nobleza, militares, clero, comerciantes, etc (O'Connor, 2001; O'Connor, 2006; Worthington, 2010; Villar García, 2000; Eiras Roel, 2004; Lario de Oñate, 2001; Recio Morales et al., 2002).
La llegada a España de los exiliados católicos irlandeses comenzó ya desde el siglo XVII, asociada a la invasión inglesa de Irlanda y la instauración de las leyes represivas y discriminatorias decretadas por Oliver Cromwell contra la población católica.
Y tuvo lugar, aún en mayor medida, en dos momentos históricos posteriores.
El primero se dio a finales del siglo XVII y el segundo, a comienzos del XVIII –que aún tuvo continuidad durante toda la primera mitad de la centuria.
La primera fase se produjo a resultas del tratado de Limerick donde se rubricaba la derrota de las tropas católicas irlandesas, y la mayor parte de las tropas y la población irlandesas se dirigieron hacia Francia y, en menor medida, aunque también notablemente, hacia España.
La segunda fase del movimiento migratorio tuvo lugar a comienzos de este último siglo, cuando, tras la Guerra de Sucesión española, se instauró en España la monarquía borbónica y gran parte del contingente irlandés –principalmente militar– establecido en Francia se trasladó a tierras españolas.
Una pequeña parte de los grupos militares irlandeses lo integraban los médicos y cirujanos que, formados mayoritariamente en las universidades francesas, atendían las demandas asistenciales de los activos regimientos irlandeses al servicio de las coronas francesa y española.
Muchos de ellos progresaron rápidamente en sus carreras alcanzando puestos de alta relevancia en los estamentos españoles, alineado en parte con los puestos de poder que ciertas figuras irlandesas representaron en la monarquía borbónica.
Así pues, la carrera de estos profesionales de la medicina de origen irlandés merece un estudio detallado y particular, el cual ha sido ya abordado por ciertos autores en cuanto a las pautas genéricas de este grupo (White, 2008) y, más concretamente, para alguna figura individual de particular interés (Amenedo Costa, 2010; Beltrán, 1939).
La preeminencia de los doctores irlandeses durante la Edad Moderna se relaciona con varios ámbitos de relevancia.
Por un lado, se apunta como objeto de análisis su papel en las comunidades irlandesas en el exilio continental.
En segundo lugar, el estudio de la evolución de sus carreras profesionales se presenta como un enfoque singular, pero muy representativo a la vez, del colectivo de emigrados irlandeses: educación y formación, y puestos y cargos desempeñados en las sociedades de acogida.
Además, asociado a esta formación, los médicos irlandeses jugaron un papel fundamental desde el punto de vista de los avances científico-médicos, particularmente en un período caracterizado por las ideas e inquietudes de la Ilustración o, en general, del caldo de cultivo ideológico pre-ilustrado.
Los practicantes de la medicina irlandeses podrían categorizarse en dos grandes grupos en cuanto a las posiciones profesionales que ocuparon en la monarquía hispánica: cargos institucionales de alto estrato –bien en la corte, en el ejército o en las corporaciones médicas de la Corona– y cargos público-privados de menor proyección.
Entre los primeros, asociado a esa proyección institucional y notoriedad histórica, se han llevado a cabo diversos estudios, tal como son el caso de Timoteo O'Scanlan, Juan Higgins, o Miguel O'Gorman.
Para los segundos, aunque más numerosos de lo imaginado a priori, la atención ha sido menor, puesto que en muchos casos las fuentes y las referencias documentales son escasas y dificultan el seguimiento de estas figuras (Walsh, 1989; Tena, 2008, p.
A pesar de que este último grupo podría presentar un interés histórico de menor entidad, sí que proporciona un modelo de profesional emigrado con mecanismos de inserción, interacción y evolución en las sociedades receptoras bien diferenciados y definidos; y denota que, en muchos casos, la proyección social y el impacto de su trabajo se produjo también de forma notoria, pero de un modo más geográficamente localizado, esto es, ligado al desarrollo de una región o de una ciudad.
Es este segundo perfil el que pretende reflejar la presente publicación a través de la figura de Raymond Everard, quien, a pesar de no haber transcendido al nivel de otros médicos irlandeses en tierras hispanas, sí que se asentó en la villa de Bilbao con una proyección socio-profesional consolidada y duradera.
Raymond Everard llegó a Bilbao a comienzos del siglo XVIII, en un momento en el que el puerto de la villa comenzaba su época dorada, fruto de un comercio pujante asentado en las relaciones comerciales de la red portuaria del Atlántico.
Los comerciantes vizcaínos fomentaban una vocación aperturista y los extranjeros vislumbraron la villa vizcaína como un nodo comercial estratégico.
Así, la exportación de la lana castellana y el hierro vizcaíno, y la importación de otros productos como bacalao, lienzos, cueros, y otros artículos consiguieron colocar a Bilbao en las triangulaciones de transacciones comerciales que se daban habitualmente entre el norte de Europa, las islas británicas, los puertos norteamericanos muchas veces, y los puertos peninsulares (Guiard, 1972; Zabala, 1994; Basurto Larrañaga, 1983).
En definitiva, esta apertura al comercio exterior redundó en una mayor interacción con las grandes potencias europeas, no solo a nivel mercantil, financiero y económico, sino también a nivel social, cultural, ideológico, científico e, incluso, artístico.
La nobleza –activa en el comercio– y, quizá en menor medida, la burguesía mercantil bilbaínas manifestaron una atracción por los avances técnico-científicos, el aprendizaje y el conocimiento de las nuevas ideas y movimientos culturales europeos.
Un buen indicador de ello, son las numerosas y bien nutridas bibliotecas que ostentaban estas clases privilegiadas en sus casas.
Era este un Bilbao que ya se preparaba para las corrientes ilustradas –que se consolidarían años después–, que recibía con agrado los nuevos hilos de pensamiento, y que gestaba en cierto modo los perfiles de hombres ilustrados que surgirían algún tiempo después –formados en universidades europeas y que viajaban visitando las grandes ciudades del continente (Astigarraga, 2003, pp. 23-35).
En particular, se ajustaba a un gusto por lo afrancesado, de donde se asumía que procedían las pautas de la modernidad en ese momento.
Esta inquietud intelectual era emergente en la villa vizcaína y así, concretamente en el caso de la medicina, las propias instituciones bilbaínas buscaron atraer a la ciudad a talentos que ejercieran su trabajo al amparo de las doctrinas médicas más innovadoras.
En este escenario se enmarca la figura de Everard, cuya formación y –presumiblemente– capacidades respondían a las inquietudes despertadas y demandadas entre las instituciones de Bilbao y que, de algún modo, se ajustaba al perfil de hombre pre-ilustrado formado y educado en las universidades francesas más innovadoras y reformistas.
De este modo, su trayectoria profesional y personal dibuja un recorrido histórico que aglutina muchos de los grandes escenarios asociados al dinámico siglo XVIII.
Por un lado, su huida de Irlanda refleja las cruentas guerras de religión que marcaron el devenir de la Edad Moderna europea.
Su formación francesa manifiesta el despertar a un nuevo modo de entender el mundo, tanto a nivel ideológico –tal como acabaría eclosionando a final de siglo– como a nivel científico –con el cambio de paradigma médico impulsado desde las universidades europeas.
Por añadido, su estancia en Saint Malo representaba las vivencias de una comunidad exiliada –la irlandesa– que subsistía y progresaba en tierras extrañas, viviendo de primera mano los avatares marítimos del siglo –actividad mercantil, corso, contrabando, piratería, etc. Al igual que en Saint Malo, se estableció más tarde en una ciudad como Bilbao donde pudo vivir de primera mano el florecimiento de una villa basado en las redes comerciales europeas, e incluso americanas, de su puerto.
Y por añadido, sus múltiples episodios de vida en diferentes localizaciones y su clase social le permitieron interactuar con personalidades de alta relevancia o posición –de la nobleza, el clero, o la burguesía– y muy posiblemente con influyentes mentalidades (pre)ilustradas de las ciencias, la cultura, o el pensamiento; que a buen seguro enriquecieron su personalidad.
WATERFORD: ORIGEN Y FAMILIA
No hay referencias directas al nacimiento de Raymond Everard; sin embargo, existen otras fuentes que permiten estimar la fecha del mismo, aunque con ligeras discrepancias.
A partir de ciertos testimonios surgen dos posibles años de nacimiento, 1675 o 1676 siendo mayoritaria la primera fecha.
Así pues, su nacimiento se sitúa en plena ocupación inglesa tras la conquista de Cromwell años atrás y en los albores de las Williamite Wars.
Raymond nació en el condado de Waterford, aunque no está claro en qué localidad.
Los padres de Raymond fueron Philip Everard y Margaret O'Kane; sus abuelos paternos, William Everard y Julianne O'Coultan; y sus abuelos maternos, John O 'Kane y Margaret O' Carroll.
Todos ellos procedían del mismo condado de Waterford.
En cuanto a las casas solares de sus apellidos, parece claro que la ascendencia de Raymond Everard era de familias nobles bien posicionadas en el entorno geográfico de la frontera entre el condado de Tipperary y el condado de Waterford.
No se dispone de ninguna referencia a sus primeros años de vida en Irlanda.
Sin embargo, se sabe por propia declaración de Raymond que abandonó la isla con aproximadamente 18 años: (...) en el tiempo que estuvo en Vaterfordia de dho reino de Yrlanda de donde es natural que abra que salio veinte y siete años poco mas o menos [declaración de 1720] (...).
Esta fecha se corresponde con la finalización de la Guerra de los Dos Reyes, la cual se decantó a favor de Guillermo de Orange y provocó la vuelta al reinado protestante en Inglaterra.
Como consecuencia, miles de católicos irlandeses buscaron refugio en las tierras de su aliado francés, y así pareció hacerlo también el joven Everard, quizá en compañía de algún pariente o compañero que militó en el ejército jacobita.
Sin embargo, más allá de la motivación socio-política para la migración francesa, Everard se encontraba en estas fechas en plena edad de comenzar estudios superiores.
Así, perteneciendo a lo que parecía ser una familia católica bien posicionada económicamente, la educación que requería debía llevarse a cabo fuera de Irlanda.
Se desconoce si buscaba ya una formación médica antes de dejar Irlanda o fue más tarde cuando cultivó esta vocación.
En cualquier caso, la educación parisina era una de las mejores ofertas europeas tanto para los estudios de teología –propios de muchos exiliados irlandeses– como para los de derecho, medicina u otras carreras.
De este modo, la fecha de salida de Raymond hacia París concuerda con la enseñanza médica, que requería en esa época entre cuatro y cinco años, a los cuales había que añadir ciertos cursos previos –por lo general, una titulación de bachiller en artes– que se exigían, en ocasiones, como requisito de acceso a los estudios superiores (Ridder-Symoens, 2010, pp. 47-8).
Asumiendo, como se verá más adelante, que Everard se graduó como médico con el nacimiento del nuevo siglo, el comienzo de su instrucción francesa se correlaciona con el abandono de su patria.
PARÍS: EDUCACIÓN Y JACOBITISMO
Tras el Tratado de Limerick, la corte de Saint-Germain-en-Laye acogió el exilio del rey Jacobo II, y de forma genérica, toda Francia albergó el destierro de miles de católicos irlandeses.
En este contexto histórico, París representaba un destino con múltiples atractivos para los exiliados irlandeses.
Por un lado, era la capital de la nación católica que, durante finales del siglo XVII, dio asilo en mayor medida a miles de expatriados irlandeses.
La corte del rey Jacobo se encontraba en Saint-Germain-en-Laye, a las afueras de París, lo que permitía mantenerse cerca de los círculos de poder en el exilio.
Pero, además, la Ilustración parisina ofrecía numerosas oportunidades en los múltiples ámbitos de la ciencia y de las artes.
Así, este centro neurálgico del conocimiento dieciochesco se convertía en destino de todos aquellos que ansiaban una educación de calidad.
Fue este escenario el que llevó a muchos irlandeses a continuar o iniciar su formación en varias carreras profesionales en París.
Particularmente, en el ámbito de la medicina la capital francesa monopolizaba, junto con Montpellier, los centros de excelencia para la formación de los futuros profesionales médicos (Gelfand, 2010), y como consecuencia, sirvió de centro educativo para muchos de los médicos irlandeses que ejercerían por toda Europa durante el siglo XVIII.
Bajo tal perspectiva, los estudiantes católicos irlandeses manifestaron un patrón que respondía, en mayor o menor medida, a un perfil uniforme y homogéneo de formación médica e integración social.
En su mayor parte procedían de familias con la suficiente posición económica como para sufragar los gastos de su formación académica –lo cual suponía varios años de estudios– y la manutención en la capital parisina –una de las ciudades más caras de la época.
Sin embargo, la educación en medicina era en muchos casos una vía de progreso social y económico que posicionara al futuro médico de forma privilegiada, comúnmente integrándose en los regimientos irlandeses que servían en Francia (Brockliss, 2010, p.
En cualquier caso, la formación y la obtención del título de doctor eran aspectos muy distintos en términos económicos.
La graduación en prestigiosas facultades de medicina requería la superación de una exigente serie de pruebas y exámenes, que más allá de la dificultad técnica, representaban un elevado coste monetario.
Graduarse en París suponía estudiar durante, al menos, seis años y un coste entre 5000 y 7000 livres.
Y es en este punto donde se manifestaba claramente la escasez de recursos financieros de los estudiantes irlandeses.
De los aproximadamente 700 médicos irlandeses graduados en Francia entre los siglos XVII y XVIII, alrededor de 600 lo hicieron en la universidad de Reims.
Esta facultad no constituía en ningún sentido un centro de particular relevancia educativa y, lo que es más, no hay evidencias de que ninguno de los 600 irlandeses graduados allí estudiaran en tal centro académico.
La exclusiva justificación de esta práctica era la facilidad –a menudo se realizaba en un examen de un único día– y el coste del título que ofertaba la Facultad de Champagne –alrededor de 300 livres.
No obstante, la formación médica de los estudiantes irlandeses previa a su examen en Reims se llevaba a cabo París.
Los datos disponibles apuntan a que los médicos en formación dedicaban entre 3 y 4 años a la amplia oferta médica que ofrecía la capital francesa (Brockliss, 2009, p.
Durante el siglo XVIII, se impartían lecciones de medicina principalmente en cuatro lugares de París: las Escuelas de Medicina y Cirugía, el Collège Royal y el Jardin du Roi.
Sin embargo, los estudiantes solían complementar la asistencia a estos centros con lecciones privadas, visitando los hospitales o acudiendo a sesiones de la Academia de Ciencias (Gelfand, 2010, pp. 225-7).
En cualquier caso, los títulos obtenidos en Reims a reducidos costes tenían su contrapartida, puesto que no proporcionaban la posibilidad de ejercer en París o en la propia ciudad de Reims, lo cual obligaba a los recién graduados a buscar su futuro lejos de sus centros formativos, y muy a menudo fuera del territorio francés (Brockliss, 2009, pp. 81-104).
De hecho, esta laxitud en la obtención del grado médico en Reims tuvo su repercusión en un muy limitado número de profesionales que alcanzaron carreras ilustres en Francia.
En cuanto a la integración social de los estudiantes de medicina procedentes de Irlanda durante los siglos XVII y XVIII puede apuntarse que se realizó con cierta facilidad, dado que en el centro de París se había consolidado una importante comunidad irlandesa a lo largo de los años precedentes.
Principalmente el núcleo de este grupo se asentaba en el Irish College de la capital, fundado años atrás, y en el grupo de clérigos que recibían su formación y ordenación en Francia con objeto de volver a Irlanda como sacerdotes católicos.
Sin embargo, el carácter religioso de los centros educativos irlandeses en París se fue diversificando y a principios del siglo XVIII el Irish College también sirvió de residencia a estudiantes no ordenados, de los cuales no todos seguían la vía religiosa.
Además del propio Irish College, se tiene constancia de que hubo estudiantes irlandeses que residieron durante finales del siglo XVII y principios del XVIII en el Collège des Grassins y en la rue Traversine (Chambers, 2006, pp. 103-129).
Estas tres ubicaciones se encontraban en un entorno muy próximo entre sí, y casualmente muy cercanas a los centros de enseñanza médicos citados anteriormente.
La red educativa de irlandeses en París se encontraba soportada en cierta medida por las boursiers destinadas principalmente a la formación de clérigos, aunque podría haber ocurrido que puntualmente dieran apoyo a otro tipo de instrucción o bien a sacerdotes que, habiendo comenzado sus estudios hacia la misión clerical, redirigieran con el paso del tiempo sus metas profesionales (Chambers, 2008).
A pesar de que no se dispone de demasiadas referencias relativas a la estancia de Raymond Everard en París, hay ciertas pruebas documentales que confirman un perfil de estudiante de medicina muy similar al presentado por la bibliografía.
Al igual que sus muchos compatriotas médicos, obtuvo su título de medicina en la facultad de Reims, otorgado por el médico Rodolphe Le Large (Paris, 1838, p.
Se desconoce la fecha exacta de su graduación dado que no figura en el registro de graduados de Reims; sin embargo, la edad promedio de titulación de otros médicos irlandeses formados en Francia se situaba en torno a los 26 años, lo que apuntaría al año 1702.
Casualmente, esta fecha se corresponde con el año de su matrimonio, lo cual podría confirmar esta estimación considerando que con su título de médico disponía de un medio para el sustento de los suyos y poder ganarse así el favor de la familia de su mujer para desposarse con ella.
Por añadido, ese mismo año residía en la demarcación de la parroquia de Saint Étienne-du-Mont, la cual se ubica en el mismo entorno urbano de París donde se concentraba la comunidad de irlandeses detallada previamente y los principales centros de formación médica de la capital francesa.
A partir de todo ello se puede proponer el siguiente perfil.
Raymond Everard procedía de una familia bien posicionada en su Waterford natal –ciertos parientes suyos pertenecían a la nobleza–, aunque no propiamente con títulos nobiliarios, sino perteneciente a la clase media.
La posición de la familia proporcionó a Raymond los medios para estudiar medicina en París, a donde se dirigió probablemente siguiendo el exilio jacobita posterior al Tratado de Limerick.
Es probable que, ya en Irlanda, recibiera parte de su educación básica –incluyendo las materias propias de la propedéutica de la época–, necesaria para acceder a los estudios de medicina (Ridder-Symoens, pp. 47-89).
La intención de su instrucción médica sería la de dotarle de unas oportunidades de futuro y una vía de progreso social que recuperara o mantuviera al menos la posición social de una rama de la familia Everard, tal vez, en cierto declive.
Aprovechando esta oportunidad se formó en París durante la década de 1690, y obtuvo su titulación en Reims poco después de 1700.
Es muy probable que compartiera con muchos de ellos sus vivencias académicas y vitales en París.
Residió en el entorno de Saint-Étienne-du-Mont, lo que induce a suponer que conviviría con otros irlandeses vinculados a tal distrito parisino: el Collège de Irlandais (o por aquel entonces Collège des Lombards), el Collège de Grássins o en la rue Traversine.
No hay constancia documental de su formación en París ni en los centros apuntados anteriormente, pero todos ellos se ubicaban cercanos a su residencia, lo que ratifica muy probablemente su instrucción parisina.
Aunque es probable que viviera mayoritariamente en el centro urbano de París, mantenía vínculos con la corte jacobita.
Y, en efecto, su matrimonio se ofició en la parroquia de Saint-Germain-en-Laye, además de que ciertos testimonios apuntan a su presencia en los círculos cortesanos: "asi en la ciudad de París como en la corte de San German, hallandose el testigo estudiando (...)
Diego Linch Arzobispo que fue de Tuam a qn conozio en dichas ciudades de París y Corte de San German".
Es previsible que la relación con el arzobispo Lynch fuera exclusivamente circunstancial, dada la relevancia que tenía la figura del arzobispo de Tuam y dado que este hacía visitas esporádicas a la corte jacobita, estableciendo únicamente su residencia en Francia durante los últimos años de su vida (O'Connor, 2004); no obstante, el solo hecho de moverse en ámbitos en los que coincidiera con él apunta a que Everard estaba en contacto con ciertos colectivos de elevado estrato entre la comunidad irlandesa del continente.
En 1702, probablemente tras finalizar sus estudios, Raymond Everard contrajo matrimonio con Mary Grace Butler en la parroquia de Saint Germain-en-Laye.
Es de suponer que ambos se conocieran en la corte del rey Jacobo, puesto que ella residía en Saint Germain-en-Laye.
Mary Grace Butler fue hija de James Butler y Grace Norton, nativos del condado de Waterford, al igual que la familia de Everard.
Las amonestaciones para el matrimonio de Everard y Butler se hicieron públicas el 27 julio de 1702, y los esponsales se celebraron el 9 de septiembre de ese mismo año.
Con un título de médico que no le permitía trabajar en París, era necesario buscar un destino en el que ejercer la medicina para ganarse la vida.
Así, tres años después de su matrimonio Everard se encontraría en Saint Malo, enclave bretón con una importante colonia de irlandeses.
SAINT MALO: FAMILIA Y EXILIO IRLANDÉS
Desde finales del siglo XVI las costas bretonas fueron foco de cierta presencia irlandesa, principalmente ligado a las relaciones comerciales establecidas entre ambas regiones.
Durante el siglo XVII el asentamiento irlandés en Bretaña fue en aumento y en 1660 ya se contabilizan, de forma conservadora, alrededor de 1000 irlandeses en dichas tierras.
A finales de siglo y comienzos del XVIII, como consecuencia de la diáspora jacobita, la migración fue aún más considerable llegando a formarse numerosas comunidades irlandesas a lo largo de toda la costa francesa, en enclaves tales como Morlaix, Quimper, Quimperlé, Nantes, La Rochelle, etc (Ó Ciosáin, 2001; Le Noac'h, 2006; Clarke de Dromantin, 2005).
Las razones para la elección de las costas bretonas como destino tuvieron, en origen, una motivación puramente comercial al abrigo del floreciente comercio de sus puertos.
Sin embargo, a medida que trascurría el siglo XVII y las guerras de religión europeas marcaban las pautas socio-demográficas, el interés de Bretaña se complementó con otro tipo de propósitos, tales como el acuartelamiento de tropas militares para un eventual ataque del ejército francés –incorporando los regimientos irlandeses– con el propósito de recuperar Irlanda o de atacar Inglaterra, como la cercanía marítima que facilitaba el numeroso tránsito de navíos en los cuales se permitía a los clérigos irlandeses formados en Francia regresar a su tierra a difundir la fe católica en la llamada Misión de Irlanda, como el establecimiento de una flota de navíos corsarios que asediaran el comercio inglés en el Canal de La Mancha, etc. (Téllez Alarcia, 2002; Ó Ciosáin, 2006).
Entre las ciudades bretonas que acogieron comunidades de emigrantes irlandeses destaca particularmente Saint Malo, donde desde principios del siglo XVI habían existido intercambios comerciales con ciudades irlandesas.
A comienzos del siglo XVIII la comunidad malouine de irlandeses estaba fuertemente consolidada y cohesionada.
Aunque el origen de los irlandeses de Saint Malo fue diverso, cabe destacar ciertas ciudades de procedencia, como Cork, Galway, Limerick y Waterford.
Mayoritariamente la actividad de esta comunidad estaba asociada, como se ha indicado, a las redes comerciales, incluyendo mercaderes, capitanes de barco, armadores y marineros; sin embargo, con el exilio jacobita y el aumento de la emigración, aparecieron otros muchos perfiles: militares, clérigos, doctores y cirujanos, sastres, profesores, etc. (Lyons, 2000).
Alrededor de 1703, tras su graduación y matrimonio, Raymond Everard se trasladó a Saint Malo.
Son varias las razones que pudieron llevarle a este cambio de residencia.
La primera, y más genérica, atendería al establecimiento en una comunidad irlandesa, tal como la descrita, fuertemente asentada en la ciudad donde la integración no representaría graves problemas y permitiría un proceso de asimilación más natural.
Por otro lado, podrían existir lazos familiares que le llevaran a cohabitar con algún pariente asentado en el puerto bretón.
La bibliografía describe la presencia de la familia de origen irlandés Everard en Bretaña (Silke, 1991, pp. 613-4); no obstante, la presencia del apellido en los registros parroquiales de Saint Malo no es particularmente destacada y, en cualquier caso, al ser un apellido de origen normando con una evolución grafológica similar en Irlanda y en Francia parece complicado discriminar entre los individuos de ambas ramas o ascendencias.
Sin embargo, resulta más plausible que los lazos familiares que le acercaran a Saint Malo fueran los de su mujer, Grac(ienn)e Butler.
Al contrario que con Everard, el apellido Butler surge recurrentemente en los archivos de la villa bretona durante la primera década de 1700 (Nicolas, 2000), y a pesar de no poderse establecer ninguna conexión directa entre Grace Butler y algún familiar, puede especularse con ello, más teniendo en cuenta que mayoritariamente procedían de Waterford, al igual que ella.
Una tercera motivación para el traslado de Raymond desde París hasta Bretaña podría relacionarse con su profesión médica.
La obtención de un título de médico para ejercer en París o en otros núcleos de población franceses importantes era dificultosa en términos de tiempo y dinero, y el título obtenido en la Facultad de Champagne impedía a Everard ofrecer sus servicios médicos tanto en París como en Reims.
Saint Malo contaba con un importante hospital a comienzos del siglo XVIII y es posible que ello atrajera al recién graduado médico a la villa bretona como lugar para ampliar sus conocimientos y obtener un salario, bien trabajando en el citado hospital o bien como médico libre en una ciudad con numerosos potenciales pacientes de origen irlandés.
Incluso pueden encontrarse perfiles académico-profesionales como el de Everard, que podrían haberle servido de modelo a seguir.
En 1694, Pierre Archibold –de origen dublinés– ejercía como médico en Saint Malo, quien había obtenido su título –al igual que Everard– en la facultad de medicina de Reims años antes.
La primera referencia del matrimonio Everard-Butler en Saint Malo aparece en 1705, cuando Raymond figura como testigo del enlace entre Felix McCabe y Marie Michelle.
En la primavera de 1706, Grace Butler traía al mundo dos hermanas gemelas, Marie Anne y Anne Grace.
La segunda moriría pocos días después de su nacimiento y sería enterrada en la cercana parroquia de Saint-Meloir-des-Ondes, a unos 10 km de Saint Malo.
No se dispone de información para explicar por qué Anne Grace Everard fue enterrada en una parroquia que, aunque próxima, no fuera malouine.
Podría sugerirse que por aquel entonces la pareja Everard-Butler viviera a medio camino entre ambos enclaves, o tal vez alguien se hiciera cargo de la recién nacida mientras su madre se recuperaba del parto doble.
Dos años más tarde, en octubre de 1708, Grace Butler alumbraría una nueva hija, Elisabeth Gratienne.
Esta vez el desenlace del nacimiento tendría peores consecuencias aún.
Como resultado de lo que parece que fue un parto complicado, la niña moriría a los tres días y la madre lo haría nueve días después, siendo enterrada en la catedral de Saint Malo.
Además de las tres niñas se conoce que Raymond tuvo un cuarto hijo, Diego –ó Jacques–, probablemente en Saint Malo entre 1702 y 1706.
Durante la estancia de Everard en Saint Malo existían dos hospitales: el Hôtel-Dieu, que llevaba operativo desde el siglo XIII y tuvo una importante ampliación a comienzos del XVII; y el Hôpital Général, recientemente establecido en 1679 en el área de Saint Servan.
La documentación relativa a ambos hospitales durante la primera década de 1700 es compleja y de difícil revisión, y entre la información estudiada no aparece el nombre del médico irlandés.
Sin embargo, pudo haber ejercido en el hospital en un puesto secundario y esporádico –los propios médicos titulares atendían el hospital en turnos trimestrales– y compaginar esas labores con las visitas realizadas como médico libre.
Dado que la regularización de la profesión médica en Saint Malo no llegó hasta algún año después, la normativa era más indulgente con el ejercicio libre de tales prácticas y es muy probable que Everard actuara de este modo (Hervot, 1905, pp. 91-133).
16); por añadido, el tráfico de navíos en su puerto era muy elevado, con las numerosas enfermedades asociadas a las prácticas marítimas de la época, esto es, las propias de las largas travesías oceánicas, así como las asociadas a los encuentros violentos entre embarcaciones militares, y las capturas de corsarios y piratas sobre las vías mercantes.
Ello aseguraba, sin duda, la necesidad de los servicios médicos en la villa, más si cabe, en una época en la que los índices de asistencia médica de población eran muy bajos.
Como era habitual durante los s. XVII-XVIII, las comunidades irlandesas establecidas a lo largo del Atlántico se encontraban muy cohesionadas y, aunque su integración en el lugar de acogida era efectiva en mayor o menor grado, se practicaban comportamientos con cierto carácter endogámico o de apoyo del colectivo.
A través de la información relativa a Everard durante su estancia en Saint Malo este parecía ser el caso.
Tal hecho se manifiesta particularmente en el apadrinamiento de sus hijos, que tuvo carácter irlandés casi en exclusiva.
Anne Grace fue apadrinada por Pierre Nicolas Geraldine –hijo de irlandeses e importante armador de la villa–, y Helene Cheneau –esposa del irlandés Francis Browne.
Marie Anne compartió el padrino de su hermana, mientras que su madrina fue Marie Lombard –hija de irlandés.
En el caso de Elisabeth Gratienne el padrino fue Jan Talbot –capitán de navío irlandés, en ocasiones al servicio del armador Richard Butler– y Elizabeth Knowles.
Por añadido, el único registro en el que aparece Raymond como testigo o padrino resulta ser el enlace matrimonial de Felix McCabe y Marie Michel, en el que aparecen testigos irlandeses en exclusiva.
Es relevante que, más allá de la procedencia irlandesa de los padrinos, en su mayor parte eran personalidades bien establecidas en la sociedad malouine y con cargos o actividades socio-económicas que les otorgaban cierta prominencia en los asuntos de la ciudad.
Todo ello induce a pensar que Everard se relacionaba con una clase socio-económica de elevado estrato, en la cual se habría asentado bien por la posición que su familia política –los Butler– podía ostentar o bien por haber conseguido un estatus asociado a su condición de médico (Sée, 1925, pp. 140-2).
En 1710, Raymond Everard se encontraba ya en Bilbao junto con su hijo Diego.
Este cambio de residencia puede apuntarse que fue debido a un conjunto de varias circunstancias y razones.
A nivel personal, la pérdida de su mujer debió marcarle profundamente y pudo ser un motivo para cambiar de aires y comenzar una nueva vida.
Por añadido a la muerte de su mujer, hay que hacer notar que en un período de dos años había perdido tres hijas, lo cual tuvo que resultarle difícil de asimilar.
De este modo, más allá de sus logros y progresos profesionales, los pocos años vividos en Saint Malo representaron una etapa que se saldó de un modo aciago.
Este único aspecto pudo haber llevado a Everard a buscar nuevos horizontes en las tierras peninsulares.
A nivel socio-profesional, hubo otros condicionantes que pudieron facilitar esta migración.
A comienzos del siglo XVIII, la monarquía española pasó a ser borbónica y toda influencia francesa era vista con buenos ojos.
Así, los médicos procedentes del país de Luis XIV –abuelo del rey español– encontraban fácil acomodo en España.
Por otro lado, desde la época de Carlos V los irlandeses podían obtener la naturalización española con los mismos derechos que los propios españoles, lo cual proporcionaba la posibilidad de acceder a cargos públicos, y en general, unas mayores alternativas de progreso.
Desde el punto de vista profesional, los médicos formados en las grandes universidades europeas –como la de París–podían ofertar unas capacidades que les posicionaran, a los ojos de ciertos clientes, de forma preferente respecto al ejercicio médico español (White, 2008).
En cuanto al por qué de la elección de Bilbao como destino en su nueva etapa cabe pensar en varios motivos.
Bilbao se situaba por aquel entonces entre los puertos comerciales más importantes del Atlántico y, por lo tanto, la conexión con el puerto de Saint Malo era común (Zabala, 1983).
Esta comunicación permitía la llegada de noticias sobre la próspera comunidad irlandesa asentada en el Señorío de Vizcaya a comienzos del siglo XVIII, e incluso la visita de los propios comerciantes irlandeses residentes en Bilbao que viajaban a las importantes plazas de comercio para ampliar sus negocios.
Las redes familiares de los emigrados irlandeses eran extensas, en un sentido geográfico, a lo largo del siglo XVIII, de tal modo que las relaciones que estableciera Everard en Saint Malo pudieron haber condicionado su destino.
Por ejemplo, en el puerto bretón mantuvo amistad con Edmundo Shee, oriundo de Dublín, quien acabaría emigrando también a Bilbao, se desconoce si en compañía de Raymond, antes, o después del traslado de este último.
Por añadido, el consistorio bilbaíno demostró a lo largo de la primera mitad de siglo un manifiesto interés por la contratación de profesionales de la medicina de probadas capacidades y formados en las corrientes más avanzadas del momento, tal como fue el caso de Juan Cabriada –a quien se intentó captar como médico municipal cuando ejercía en la propia corte española– o el cirujano francés Juan Dargain –cuyas buenas artes se disfrutaban en la corte francesa (Gondra, 2003, p.
Es posible que esta inquietud de las instituciones de Bilbao ya se hubiera declarado desde los primeros años del siglo XVIII y, enterado Everard de este empeño, supusiera un estímulo añadido para su traslado.
En 1710 Everard comenzaba una nueva etapa de su vida en una nueva ciudad y con una nueva esposa.
El 10 de junio de 1710 contraía matrimonio con María Murphi (sic) en la parroquia del Señor Santiago de Bilbao.
Mary Murphy, era otra irlandesa emigrada a Bilbao a finales del siglo XVII.
Mary nació en 1682 en el condado de Waterford, donde vivían sus padres Gerard Murphy y Katherine FitzPatrick.
Siendo Mary aún de tierna edad su madre falleció, y su padre, viudo y ante la inestable situación socio-política del momento, decidió emigrar a Bilbao con su hija.
Aunque Gerard Murphy no parece que llegara a ser un personaje particularmente notorio de la villa bilbaína, sí hay referencias a su participación en el incipiente comercio de la ciudad, operando al menos a lo largo de la cornisa cantábrica, y quizá con otros puertos europeos (Zabala, 2006, p.
Así, puede considerarse que María se crio desde muy joven en la sociedad bilbaína; sin embargo, su enlace se mantuvo fiel a las prácticas habituales de la comunidad irlandesa, por la cual la principal vía de integración de los recién llegados se apoyaba en los enlaces con otras irlandesas o hijas de irlandeses residentes en Bilbao.
Puesto que a comienzos del siglo XVIII primaban las pautas sociales del Antiguo Régimen y los enlaces entre diferentes clases sociales eran atípicos, se podría pensar que los Murphy habrían alcanzado una cierta posición en la sociedad bilbaína, y que el enlace de Mary con Raymond Everard mantenía esa homogeneidad de capas sociales.
En efecto, se conoce que esta última era pariente cercana del arzobispo de Dublin.
De todos ellos, pocos se mantuvieron en Bilbao, salvo su primogénito Eduardo, que tomó los hábitos religiosos y falleció en la misma ciudad.
En 1726 Raymond presentaba su solicitud de avecindamiento y su hidalguía en la villa bilbaína, acreditando para ello tanto su condición de católico –indispensable para residir en los territorios de la monarquía hispánica en igualdad de derechos que los españoles, según decreto real– como su genealogía, origen y nobleza de sus apellidos.
Ese mismo año, pues, se le concedía el Sello Mayor para la residencia en tierras vizcaínas, tal como exigían los fueros.
Curiosamente, para ejercer como médico municipal era preciso, además del título de doctor, la presentación de su hidalguía, trámite que como se indica, no se concluyó hasta 10 años más tarde de ser contratado por el consistorio bilbaíno.
Y Raymond lo haría siete años más tarde, el 3 de julio de 1754, siendo sepultado un día después en la catedral de Santiago junto a su esposa.
El hecho de que la pareja recibiera sepultura en la parroquia de Santiago –la principal de la villa– apunta de nuevo a un cierto estatus dentro de la sociedad bilbaína, puesto que la mayor parte de los irlandeses residentes en Bilbao eran enterrados en el convento de San Agustín, extramuros de la ciudad.
EL EJERCICO MÉDICO DE EVERARD EN BILBAO
En 1710, una vez casado y asentado en Bilbao, Everard trató de seguir ejerciendo su profesión de médico en la villa vizcaína.
Para cualquier profesional que quisiera trabajar como tal en los territorios de la Corona de Castilla era preciso que dispusiera de la autorización y aprobación de su título por parte del Protomedicato de Castilla.
Y así lo realizó el médico irlandés.
Un año después de su llegada, en 1711, Everard se desplazó a Madrid con objeto de presentar su acreditación académica en Medicina por la Universidad de Reims y someterse a examen ante el Protomedicato.
Este fue llevado a cabo por el tribunal conformado por los doctores Don Juan Guerrero, Don Juan Jiménez Cortes y Don Francisco de la Cruz, y fue superado satisfactoriamente.
De tal modo, el 8 de abril de 1711 Claude Burlet y Fulgencio Benabent –médicos reales y Protomédicos de Castilla– libraron título de doctor a Raymundo Everardo para que ejerciera libremente en la Corona de Castilla.
Superado este trámite administrativo, pocos meses más tarde Everard ejercía ya como médico libre en Bilbao, tal como atestiguan algunas recetas emitidas para el tratamiento de Juan Antonio de Basurto.
Es indicativo que al poco tiempo de establecerse en la villa de Bilbao atendiera a personalidades bien posicionadas en la sociedad bilbaína –como la familia Basurto–, lo que hace presumir que o bien estaba avalado por buenas referencias o bien sus buenas artes se hicieran manifiestas rápidamente en la capital vizcaína.
Tras unos años actuando como médico suelto, el 1 de mayo de 1716 Raymond Everard comenzó a trabajar como médico municipal para el ayuntamiento de la villa de Bilbao.
El contrato se firmó en 1717, con carácter retroactivo y por una duración de cuatro años.
Así pues, Raymond Everard ejerció como médico municipal de Bilbao por más de 38 años, entre 1716 y 1754, si bien hay constancia de que durante sus últimos años la edad limitaba sus capacidades y, por tanto, sus obligaciones como representante municipal: "don Raymundo Everardo se halla en avanzada hedad y por lo tanto imposibilitado a la prompta asistencia de los accidentes que pueden acaecer de noche".
A la vista de estos registros puede referirse al médico irlandés como uno de los que más tiempo se ocupó de la población bilbaína, tanto en su cargo como médico oficial como en la totalidad de su carrera.
Los acuerdos recogidos en el contrato de Everard –así como para los demás médicos municipales– con el consistorio bilbaíno contemplaban una serie de obligaciones reguladas en las ordenanzas municipales redactadas ya desde 1515, y que consideraban los siguientes aspectos:
Atender gratuitamente a los pobres del hospital y de la cárcel.
De acuerdo con las escrituras de su contrato, los tres o cuatro titulares se solían distribuir esta actividad por trimestres o cuatrimestres, de tal forma que cada uno atendía en exclusiva a los enfermos del hospital durante tres o cuatro meses y quedaba libre de esta obligación el resto del año.
Residir en el casco urbano y asistir a los vecinos de la Villa en todas las horas del día y de la noche, cuando sea solicitado su servicio, cobrando los estipendios acostumbrados.
No ausentarse de la Villa sin permiso del alcalde, y cuando así lo hiciera, deber de poner un sustituto a su cargo.
También en caso de enfermar debía seguir la misma conducta.
Obligación de escribir él mismo las recetas y comprobar su ejecución por parte del boticario, así como su precio.
A partir del año 1661 suele constar la obligación de extender los volantes de ingreso en el hospital de los enfermos, indicando las causas del mismo (Gondra, 2005, p.
De muchos de estos aspectos queda constancia en la documentación de archivo relativa a Everard.
Así, las visitas a la cárcel parecían ser comunes.
En 1723, Everard, junto con el cirujano municipal Ignacio de Ibarreche, reconoció a un preso inglés, que aquejaba de dolores renales.
Entre finales de 1741 y durante los primeros meses de 1742, fue requerido por el alcaide de la cárcel de Bilbao para la asistencia médica de numerosos presos ingleses, fruto de una captura corsaria.
De igual modo, son varias las recetas que pueden encontrarse firmadas por Raymundo Everardo a lo largo de sus años de ejercicio en Bilbao para los habitantes de la villa: Juan Antonio y Agustín de Basurto, Isabel Pau, Francisco de Lecanda, Antonio de Maruri, etc.
En cuanto a su residencia hay constancia de que la familia Everard residía en una céntrica vivienda ubicada en la confluencia de la calle Correo y el Arenal bilbaíno.
Además de la buena ubicación en el casco urbano de la villa –como requerían las ordenanzas para sus doctores–, la residencia debía estar dotada de cierto toque de distinción, puesto que en la misma calle Correo habitaba el señor Corregidor del Señorío de Vizcaya (Kerexeta, 1992, p.
A lo largo del siglo XVIII, la villa bilbaína estuvo atendida por tres o cuatro médicos titulares en función del momento y las circunstancias asociadas (Gondra, 2005, pp. 47-8); que, como se ha indicado, se repartían las asistencias comunitarias de hospital y cárcel, así como las visitas particulares al resto de ciudadanos.
En estas fechas, ya no se realizaba una distinción en base al salario recibido como médico principal o médico ayudante, sino que todos ellos –tres o cuatro según el año–, recibían una cantidad de 300 ducados anuales por igual.
Sin embargo, esta cantidad cambió precisamente a la firma del primer contrato de Everard, donde los nuevos firmantes –el propio Everard y Juan Florencio de Miranda– pasaban a cobrar 200 ducados anuales.
Esta remuneración discriminatoria respecto de las soldadas del tercer médico Francisco Lloret, quien había firmado su contrato en 1714 por los indicados 300 ducados, incitó a ambos médicos a llevar a cabo una reclamación formal contra el consistorio bilbaíno el mismo año del inicio de su titularidad municipal de 1717.
La resolución del ayuntamiento fue otorgarles la subida de 100 ducados solicitada; sin embargo, dos meses después del dictamen de la villa una Provisión Real anulaba el auto y ordenaba que tales salarios se atuvieran a la escritura firmada manteniendo la retribución en 200 ducados.
De este modo, la cantidad se mantuvo hasta la siguiente renovación de contrato donde Everard recuperó de nuevo los 300 ducados que establecía la villa para sus médicos titulares.
A lo largo de todo el siglo XVIII se produjo en Bilbao una fuerte disputa entre el gremio médico, por la cual los médicos titulares o asalariados por el ayuntamiento reclamaban que no se permitiera el ejercicio médico de otros profesionales que lo hacían de modo libre como médicos sueltos.
Esta querella se hizo pública recurrentemente en varios momentos y de formas diversas.
El propio Everard, junto con los otros médicos titulares del momento –Irigoiti y Ezquerra–, realizó en 1744 una protesta formal ante el consistorio sobre la práctica ilegítima de otros profesionales que cultivaban sus artes libremente.
Años antes, en 1733, fueron las propias instituciones municipales las que, a través del Corregidor y por orden del Consejo de Castilla, habían solicitado la ratificación de los títulos de médicos, cirujanos, boticarios y sangradores que ejercían en la villa de Bilbao, con el fin de evitar la práctica fuera del control y de la autorización del Real Protomedicato de Castilla.
La pugna llegó a su momento más extremo cuando Juan Miranda, médico titular a la vez que Everard en 1716, fue a visitar a un enfermo y al llegar al hogar de este encontró a uno de los médicos sueltos –Manuel Lahaz– atendiendo al convaleciente.
La discusión entre ambos en torno a su derecho a tratar al paciente se elevó de tal modo que acabaron sacando sus espadas y comenzaron a batirse en la propia casa de la visita (Gondra, 2005, pp. 119-123).
En los albores de las ideas ilustradas y tras un largo período de tinieblas en el desarrollo de la medicina, durante el cual los médicos españoles habían ejercido anclados en el galenismo clásico como consecuencia de la Contrarreforma, surge en España –al igual que en el resto de Europa– a finales del siglo XVII y comienzos del XVIII una nueva corriente en el modo de entender la medicina, que apunta a nuevas formas y nuevos conceptos.
Se trata del movimiento novator, que abarcando en sentido estricto una corriente de pensamiento mucho más amplia, se materializa en la medicina de un modo mucho más rupturista.
Fruto de estas nuevas ideas, basadas en el empirismo y el racionalismo, comienza una era de debate científico-médico con posturas muy polarizadas entre los profesionales defensores del galenismo tradicional y los novatores seguidores de las doctrinas promulgadas a lo largo del continente por Boerhaave, Stahl o Hoffman.
Sin embargo, esta simplificación del enfrentamiento dual propia de las aproximaciones más clásicas (López-Piñero, 1969, 1979) ha sido recientemente enriquecida con análisis más profundos y con perspectivas más poliédricas que revisan los planteamientos de la historiografía (Pardo-Tomas, 2007).
En todo caso, la división ideológica tomó forma en el territorio peninsular instaurando un debate abierto entre los profesionales médicos.
A comienzos del siglo XVIII, la coyuntura socio-económica de Valencia propició la aparición de un grupo de intelectuales y científicos que propugnaban las nuevas corrientes europeas y que abanderaron el movimiento seminal de la medicina de los novatores en España, junto con el núcleo surgido en Sevilla.
Entre ellos, destacó la figura de Juan de Cabriada.
Su presencia en Madrid entre los médicos reformistas de la corte y sus tempranos escritos –principalmente su Carta filosófica, médico-chymica–, que defendían las transgresoras corrientes de la iatroquímica y otros principios renovadores, le confirieron notoriedad rápidamente, tanto entre sus seguidores como entre sus detractores.
Fue miembro, acogido a posteriori como fundador, de la Regia Sociedad de Medicina y otras Ciencias de Sevilla, fundada por Muñoz, Peralta y otros novatores sevillanos.
En 1709 la carrera de Cabriada se aproximó a Bilbao, fruto de una ostentosa oferta realizada desde el consistorio de la villa; sin embargo, este contrato no llegó a ser efectivo pues el propio monarca anuló su validez (López-Piñero, 1994).
En cualquier caso, el desmesurado interés del ayuntamiento de Bilbao por la contratación de este insigne novator apunta, junto con otros hechos, a unas inquietudes por la incorporación a la asistencia médica de la ciudad de las nuevas prácticas reformistas de la época pre-ilustrada.
Otras muestras de la disposición renovadora de Bilbao fueron, por ejemplo, las "anatomías públicas" realizadas por el cirujano Dargain.
Asimismo, la reestructuración del Hospital de los Santos Juanes de Achuri respondía a las nuevas ideologías en el concepto de hospital, que tendía hacia una función más asistencial que como asilo, además de llevar asignado personal propio y establecer una reglamentación sobre el funcionamiento del mismo.
También otro de los indicadores de esta vocación modernista bilbaína apunta a la traducción que realizó en 1736 el cirujano de la villa Pedro de Arechabala de la obra Observationes medico-practicae, publicada unos años antes en París por el insigne médico Louis-Jean Le Thieullier, doctor regente de la Facultad de Medicina de la Universidad de París y médico de cámara de Luis XV, quien representaba la vanguardista posición de la medicina francesa del siglo XVIII.
En definitiva, Bilbao respondía desde el punto de vista de la medicina a las nuevas ideas y corrientes (pre)ilustradas europeas.
Se desconoce la orientación profesional de Raymond Everard en la encarnizada polémica de la práctica médica a principios del siglo XVIII.
No obstante, hay varios factores que parecen apuntar a una tendencia renovadora en la práctica del médico irlandés.
En primer lugar y quizá lo más relevante, Everard se formó en las facultades y escuelas médicas de París, que aglutinaban buena parte de las nuevas corrientes de pensamiento europeas en el campo de la medicina, lo que indica que entraría en contacto y, probablemente, asistiría a las lecciones impartidas por los grandes nombres que postulaban los nuevos modos de abordar la anatomía, la fisiología y la química.
En este sentido, otros médicos irlandeses formados en Francia y que ejercieron en España, tales como Sebastian Creagh o Timoteo O'Scanlan, mostraron perfiles profesionales rupturistas y prácticas médicas innovadoras.
Por otro lado, el fallido intento del consistorio bilbaíno por contratar a Cabriada a finales de 1709 coincidió con la llegada a Bilbao de Everard en 1710, de tal modo que las prácticas médicas de este último pudieron haber servido como sustitutivas de los servicios esperados del valenciano.
Aunque Raymond Everard no fue contratado por la villa hasta 1716, ejerció la medicina en Bilbao con título del Protomedicato de Castilla desde 1711 y durante su asistencia como médico no asalariado las autoridades bilbaínas pudieron identificarle como una alternativa para suplir los servicios de Cabriada.
En cualquier caso, el estudio de la inserción de Everard en la coyuntura médica de la Monarquía hispánica en el siglo XVIII parece resultar extremadamente ambicioso en el marco del presente trabajo, bien bajo la mirada más clásica de la controversia dual tradición-novator o bien bajo los múltiples enfoques de las aproximaciones revisionistas más recientes en relación a la llamada "revolución científica" y el propio movimiento novator (López Pérez, 2016; Schmitz, 2018), relegando este análisis a futuros estudios sobre la figura de Everard, junto con otros perfiles afines al del doctor irlandés.
Con esta limitación de alcance nacional, se circunscribe el estudio de Everard a un marco mucho más restringido, como el de la villa de Bilbao; y en este sentido, se constata que los médicos irlandeses ocuparon también espacios locales y menos prominentes que los habitualmente resaltados por la historiografía –como pudo ser la corte o las instituciones militares.
Sin embargo, incluso a una menor escala, este colectivo de "segunda línea" jugó su papel como uno de los canales de transmisión de conocimiento, enmarcado en las vías migratorias genéricas de la diáspora irlandesa. |
LOS INICIOS DE LA CIENCIA MODERNA EN EL CARIBE NEOGRANADINO: PEDRO LÓPEZ DE LEÓN TEORÍA Y PRÁCTICA EN LA CIRUGÍA DE LA CARTAGENA DEL SIGLO XVII
La pregunta de quién fue el cirujano sevillano Pedro López de León y qué significó el manual de medicina y cirugía que escribió en Cartagena de Indias a comienzos del siglo XVII, es el objetivo central que persigue nuestro trabajo.
A través de la reconstrucción de su vida, de las reflexiones en torno a su obra y de un análisis de los referentes bibliográficos que usó, resaltaremos la notoriedad trasatlántica que alcanzó en el esfuerzo por desarrollar el conocimiento científico de la medicina moderna en un puerto central del Caribe en el comercio Atlántico en la edad Moderna.
La expedición botánica, impulsada por el científico andaluz Celestino Mutis, ha sido considerada por la historiografía iberoamericana la máxima empresa científica del periodo colonial, tal vez porque su contribución fue al tiempo educativa y científica.
Leal, 2018) Procesos modélicos de la Ilustración fueron las expediciones promovidas por la Corona Española en la segunda mitad del siglo XVIII, entre ellas la geodésica a las regiones equinocciales, adelantada por Jorge Juan y Antonio de Ulloa en compañía de La Condamine, Bougier y Goudín; (Jorge y Ulloa, 1748) las exploraciones de Humboldt y Bompland; (Von Humboldt, 1820) el inconcluso intento de Damián Churruca y José Joaquín Fidalgo de llevar a cabo el Atlas de América septentrional; (Fidalgo, 2011) los experimentos agrarios y educativos de José de Astigarraga en la remota gobernación de Santa Marta (Vidal, 2018)y la Expedición Botánica enmarcan un periodo de revolución del conocimiento y el uso regular de la estadística.
Con Celestino Mutis se formaron Francisco José de Caldas, que estimuló la física y las ciencias naturales en la Nueva Granada; Eloy Valenzuela, Francisco Antonio Zea; quien fuera director del Jardín Botánico de Madrid, José Tadeo Lozano, zoólogo, botánico y pedagogo; el pintor Salvador Rizo; y José Ignacio de Pombo, promotor de la ciencia en el caribe neogranadino; (Soto, 2004, 2005) el cartagenero Fray Diego García, explorador en busca de las especies granadinas de la Quina (Mantilla y Díaz, 1944) y Pedro Fermín de Vargas, exponente de los estudios en las áreas agropecuarias (Tisnés, 1979).
Entre todos, ligados al magisterio de Mutis, sentaron las bases y precedentes de la ciencia moderna en Colombia.
Sin desconocer las razones que asisten a los impulsores de este enfoque dominante, aplicado incluso al estudio de los avances médicos, cuya modernización se asocia al reformismo borbónico y la acción de Mutis y Miguel de Isla como impulsores ideológicos de la renovación de la medicina (Quevedo, 2008), pensamos que es importante poner en valor los primeros tratados médicos y de cirugía escritos en el siglo de oro cartagenero a orillas del mar Caribe, libros que sistematizaron la experiencia del ejercicio de la medicina en un puerto central de la Carrera de Indias y que fueron escritos ante todo por hombres innovadores e inquietos.
Señalamos de todas formas, al igual que otros autores, la diversidad de ritmos históricos y niveles de desarrollo que plantean para su estudio los siglos XVI y XVII en el imperio de los Austrias.
Las áreas científicas entonces existentes pueden dividirse en dos grandes grupos: el primero, integrado por saberes teóricos como las matemáticas, la cosmografía y la astrología, cristalizadas como discursos científicos a través de una larga tradición histórica; y el segundo, que tuvo un carácter muy heterogéneo, derivado de quehaceres pragmáticos que oscilaban entre el empirismo apenas organizado y la técnica sólidamente constituida, de origen autónomo, desarrollado en el seno social que cultivaba la tarea correspondiente.
Como sostiene el historiador López Piñero, la medicina en este período ocupaba desde luego un lugar especial.
De un lado, disponía de la tradición histórica más sólida, y de otro, constituyó un área que alcanzó autonomía social por su enorme importancia en el conjunto de la actividad científica de la época.
Este campo del conocimiento, sin entrar en lo complejo de su estructura, tuvo múltiples relaciones con áreas teóricas como la historia, la filosofía natural y la cosmografía e incluso con la geografía y las matemáticas.
El control eclesiástico de las producciones intelectuales no solo alejó a España y sus dominios del punto de partida de la revolución científica europea, sino que detuvo el avance experimentado durante el siglo XVI y la rica fase post renacentista en los países mediterráneos Lain Entralgo, 1972).
Esto implica que sus saberes médicos y quirúrgicos se caracterizaban por dos grandes tendencias paradigmáticas: el escolasticismo arabizado bajomedieval y un emergente humanismo científico renacentista, opciones metodológicas que rivalizaban en la concepción del organismo humano saludable y los saberes acerca de la enfermedad y la intervención manual sobre el cuerpo.
Estas dos tendencias, ligadas al papel progresivo de los árabes en el mediterráneo, contribuyeron a difundir los avances y hallazgos de médicos cirujanos italianos y franceses, entre ellos los del cirujano militar Ambrose Paré inspirador del cirujano Pedro López de León.
Del trabajo de López Piñero se desprende que, si bien gradualmente la cirugía buscaba una aproximación teórica a la medicina, en general, no se pudo evitar el colapso de la ciencia, y la medicina no fue una excepción (López Piñero, 1991).
Quizá por eso, hasta finales del siglo XVII se llevaron a cabo reimpresiones de los textos escritos a finales del siglo XVI y comienzos del XVII, entre los que encontramos los tratados de los cirujanos romancistas como López de León, marcados por un galenismo moderado, que a pesar de conocer los avances del inglés Harvey frente a la circulación de la sangre, conocidos en 1616 y que significaban una ruptura frente al pasado medieval, se comportaban ante estos trascendentales avances con la precaución propia de las limitaciones impuestas por las jerarquías eclesiásticas y la Santa Inquisición.
Tomando las palabras de Paula Ronderos en el siglo XVI y XVII, en España, se puede hablar de un renacimiento médico que incluyó dentro de la tradición galénica las obras de autores de origen islámico como Avicena y Mesue.
Si bien es costumbre creer que la España de la Conquista, recién salida de la Reconquista, profesaba una aversión por todo aquello que fuese moro o judío, en el ámbito de la medicina, la cirugía y la farmacia se acoplaron las teorías útiles de ambas tradiciones culturales.
Centrándonos en lo anterior, nuestro trabajo pretende modestamente proponer la idea de que la Ilustración no fue el único momento de producción del conocimiento científico en el Nuevo Reino de Granada.
Durante los siglos XVI y XVII, fundamentalmente en los puertos y ciudades conectadas al sistema de la economía mundo, se produjo un vital desarrollo del conocimiento científico y técnico.
Los centros neurálgicos del poder político y comercial dan cuenta de ello durante el último tercio del siglo XVI y el interesante siglo XVII, sobre todo en lo que respecta a Lima, México, Veracruz y Cartagena de Indias, donde siempre estuvo presente la imperiosa necesidad de la realidad y se vivía un vigoroso combate entre la tradición y la innovación.
A finales del siglo XVI, muchas fueron las dificultades para los avances de pensamiento científico en el Nuevo Reino de Granada.
La sociedad y la cultura se vieron condicionadas por las políticas emanadas de la Contrarreforma.
El rey Felipe II desplegó en Europa, África, y Asia un represivo proceso de evangelización que propició en la mayoría de sus extensos reinos, un estancamiento social.
Procedimientos inquisitoriales de libros, como la indización de las obras científicas universales y el aislamiento ordenado por la Corona, frenaron el intenso combate entre tradición e innovación que nutrió los avances de la medicina, la cirugía, el arte de navegar, la ingeniería civil y militar y las matemáticas, en los siglos previos a la revolución industrial.
LA ISLA DEL NUEVO MUNDO
Como argumenta el historiador de la medicina Sotomayor Tribín la isla ecológica de la América prehispánica recibió el impacto de las invasiones trasatlánticas.
En este experimento biológico a escala planetaria, los hombres europeos y africanos trajeron epidemias como la peste y la viruela, que diezmaron a las poblaciones originarias.
A su vez, los blancos sufrían del vómito negro y todos en su conjunto estaban amenazados por la lepra y la sífilis, sin olvidar la conformación de una sociedad esclavista con condiciones laborales extremas y donde los accidentes abundaban, poniéndose en riesgo continuo la inversión en la mercancía humana.
La Carrera de Indias fue un experimento que formalizó las relaciones comerciales trasatlánticas entrelazando entre si varios continentes, lo cual facilitó que las epidemias se expandieran con rapidez.
Las flotas de galeones, las naos de esclavos y otras mercancías facilitaron su aparición.
La malnutrición, la falta de higiene y las picaduras de insectos hicieron el resto golpeando a la población portuaria y, sobre todo, a las tripulaciones.
Desde 1541, cuando se estableció el monopolio comercial, Cartagena de Indias quedó como puerto único de escala hacia el virreinato del Perú y desde entonces empezó a recibir flotas de armadas y galeones periódicamente, volviéndose así propensa a este riesgo.
Escasos historiadores conceden a Cartagena de Indias importancia desde el punto de vista científico y cultural en el siglo XVI y XVII, como si se entendiera que todas las condiciones sociales dadas parecían vedadas a las prácticas de los saberes modernos.
Sin embargo, no tienen en cuenta que desde finales siglo XVI y hasta la primera mitad del siglo XVII, ejerció como el puerto más importante del imperio en el Caribe y, por ende, como un centro de gestión comercial trasatlántica, avanzada financieramente (Bernal, 1992), celosamente protegida y con poderosas casas comerciales instaladas (Vidal, 2002).
Todo ello brindó las condiciones necesarias para el desarrollo de una estructura hospitalaria y un excelente marco de actuación de reconocidos médicos y cirujanos.
Entendemos válido y pertinente hacer el esfuerzo en esa dirección.
A finales del siglo XVI, en la ciudad puerto se escribieron dos tratados de medicina.
El primero, más conocido y objeto de atención incluso por el nobel Gabriel García Márquez, Los discursos medicinales de Juan Méndez Nieto, escrito en Cartagena de Indias en 1607 con fines didácticos y educativos de las prácticas médicas y con una valiosa información etnográfica que además ofrece un fresco variado de la vida cotidiana de la ciudad.
El segundo, en el que centramos nuestra atención, escrito por el cirujano de la ciudad de Cartagena de Indias Pedro López de León, quien después de una dilatada trayectoria profesional en los abigarrados puertos de Sevilla y Cartagena a ambos lados del océano, escribió Práctica Teórica de los Apostemas, en general y particular cuestiones prácticas de cirugía publicado en Sevilla en 1628 (Solano, 2007).
Por este tratado fue referencia de la cirugía durante el siglo XVII y su obra, reconocida y difundida en el imperio hasta inicios del siglo XVIII, ya que practicó una de las líneas más progresivas de la cirugía renacentista española y europea, la Vía particular.
La propuesta de López, que seguía a su maestro Agüero, apostaba por la técnica de la vía particular o secante, innovación que acogieron ambos cirujanos sevillanos en el Hospital del Cardenal de Sevilla.
Esta opción tuvo dos fuertes contradictores: el cirujano de la Universidad de Alcalá Juan de Fragoso y Dionisio Daza Chacón cirujano de Felipe II.
Ambos se desmarcaban de la propuesta de desecar las heridas y cerrarlas mediante puntos y apostaban por la vía común que privilegiaba el Pus Loable.
El conocimiento de la existencia de la obra y la escasa atención prestada a su autor, sobre todo en Colombia, nos motivó a revisarla para entender su significado y comprobar que se trató de un intento de construir conocimiento científico con base en un escenario de urgencia y necesidad de vida como lo fueron los puertos, donde la vida era el comercio y este jamás debía detenerse.
EL EJE PORTUARIO CARTAGENA DE INDIAS-PORTOBELLO Y SUS GRANDES FERIAS COMERCIALES
A mitad del siglo XVI, los corsarios europeos atacaban las rutas comerciales y los puertos españoles en toda la cuenca del Caribe, acciones mantenidas gracias a una red de refugios y puntos de abastecimiento en pequeñas islas, y, sobre todo, en las inabarcables costas continentales.
La Carrera de Indias atrajo a los enemigos del imperio y con ello el peligro al creciente número de barcos provenientes de España.
Ello obligó a instaurar un sistema convoyar de flotas.
La consolidación de una economía minero-extractiva en la América española provocó un aumento de la producción de metales preciosos -plata y en menor medida oro- y ello tuvo efecto en el comercio trasatlántico y el número de barcos que componían las flotas.
En 1564, las flotas se dividieron en dos: una, la de Nueva España, con destino las ferias de Veracruz y otra, hacía Cartagena de Indias y las ferias del Istmo, llamada la flota de Tierra Firme.
Durante la segunda mitad del XVI hubo un incremento en la actividad portuaria que sustituyó a Santo Domingo como lugar central del comercio con España por el complejo portuario Cartagena-Portobelo, convertido en el eje articulador del espacio regional del Caribe como lo demuestran las cifras del comercio.
La fragilidad de los fondeaderos del Istmo y la precariedad de condiciones para albergar un puerto funcional benefició a Cartagena de Indias.
El desarrollo de este complejo portuario hubiera sido impensable sin esta; fue guardiana y defensora de la ruta de la plata y sus ferias.
En realidad, como expresó Chaunu, fue un puerto levantado para la escala, un puerto de guerra.
Como puerto central de las rutas oceánicas ejerció funciones de control fiscal, administrativo y militar, con el consiguiente crecimiento de un mercado local que le proporcionó liderazgo económico a comienzos del siglo XVII.
La función geoestratégica y comercial generó un ambiente social que acogió una abundante población extranjera, llegando este colectivo a participar de manera determinante en todos los ámbitos de la sociedad y de manera especial en su contratación.
El Obispo Juan de Ladrada lo expresaba en una carta del 22 de junio de 1599:
El haber hecho esta ciudad tan grande y populosa, y haberse avecindado en ella tanto forastero, ha sido lo principal las galeras, porque se gastan muchos mantenimientos y con lo que se gasta y consume en ella de situado cada año, se hacen ricos muchos hombres; y esto no disminuye la hacienda real si no que la acrecienta, pues crecen los derechos reales creciendo el comercio.
Gracias al desarrollo del comercio a larga distancia, como puerto de armadas y flota primero y luego como puerto único negrero entre 1580 y 1640, se transformó en una ciudad de servicios.
Los gobernadores responsables de la ciudad tenían contraída la obligación de defender y abastecer el puerto en lo relativo al buen funcionamiento del comercio como centro de reabastecimiento del servicio de comunicaciones con la metrópoli.
Fray Antonio de Hervía en 1589 decía "Que proveer esta tierra a tan grandes flotas, galeras, soldados, y mantenerse así, no es pequeño negocio" (Martínez, 1986, p.
La diversidad de las prácticas comerciales que se desarrollaron en este tiempo y sus condiciones naturales, la hicieron una pieza básica en la estructura del comercio Atlántico.
La trata, el cacao, el añil, el tabaco, las perlas, los cueros y maderas, entre otros, encontraron un lugar privilegiado de lanzamiento para salir al mercado tanto europeo como americano.
En este contexto llegó el Cirujano de Indias, para ocupar un destacado lugar como médico clave para la supervivencia de una ciudad-puerto expuesta a continuas epidemias y enfermedades.
PEDRO LÓPEZ DE LEÓN, EL CIRUJANO DE LA CIUDAD DE CARTAGENA DE INDIAS
El cirujano Pedro López de León fue partícipe activo de los debates que se adelantaron en su tiempo frente a la Medicina y la Cirugía, y que conciernen en la vía particular, y vía Común.
No tenemos mucha información de los primeros años de su vida, aunque sabemos que nació en Sevilla a mediados del siglo XVI y que, siendo estudiante de la Universidad, practicó la cirugía con el médico Bartolomé Hidalgo de Agüero de quien aprendió el sentido clínico, la destreza quirúrgica y el método de la vía seca.
Concluida su carrera, y tras unas breves prácticas, ocupó la plaza de primer cirujano en el Hospital del Cardenal de Sevilla desde 1578 hasta 1590, año en el que fue nombrado cirujano real de galeras y fue enviado en la flota de Tierra firme con destino a Cartagena de Indias.
En este puerto caribeño vivió los mejores años de su vida profesional y dio continuidad a los presupuestos de su maestro, enriqueciendo su legado con la experticia adquirida por casi 30 años, la mitad de su vida, mientras ejercía la medicina en un puerto central de la Carrera de Indias, tiempo en el que escribió Práctica y Teórica de apostemas en general, y particular.
Por el licenciado Pedro López de León, cirujano en la ciudad de Cartagena de Indias.
En la cirugía, su posición era la de usar la vía particular alternativa basada en la opción secante y aséptica para la cura de heridas frescas, que rompía con las tendencias tradicionales basadas en el uso de emolientes.
Como afirma Hugo Sotomayor, la obra de López de León, al igual que la de su mordaz antecesor y también contemporáneo en Cartagena, el médico Méndez Nieto, contrasta con la ausencia de una similar escrita en cualquier otro lugar de la Nueva Granada durante los dos primeros siglos de la colonia (Sotomayor, 2009).
Lo único parecido con lo que se puede comparar es con la que escribió en Santafé de Bogotá el jesuita Pedro de Mercado, que publicó en Sevilla en 1680 Recetas de espíritu para enfermos del cuerpo.
Si bien las primeras permiten al investigador ver la claridad y brillantez alcanzada por la medicina española en el siglo XVI, la segunda deja entrever el poder que tuvo el aparato religioso durante el siglo XVII sobre el ejercicio médico profesional y su terrible influencia sobre los conceptos de enfermedad y salud.
Cartagena de Indias, por su conexión al mar durante el periodo colonial, siempre se anticipó al conocimiento de los avances científicos y de las nuevas ideas políticas.
Pedro López de León fue heredero no solo del legado teórico de Hidalgo, sino de un dispositivo técnico que le brindó la pericia manual y experimentación de sus teorías, practicadas frente a un mosaico de razas y enfermedades en un puerto caribeño sin imaginarnos la sociedad que dejó atrás en la Península ibérica.
Ello deja entrever la trascendencia de una obra que lo elevó a figura principal de la cirugía durante el claro oscuro del barroco.
Publicó su obra en medio de una época difícil para el estímulo científico, pues la Corona, en su afán por aplicar la Contrarreforma en todos los rincones del imperio, llevó hasta el extremo el papel mesiánico de la Evangelización del nuevo Mundo que cedió a la Inquisición.
Dicha obra representa para el siglo XVII español la prolongación del legado de la cirugía renacentista de vanguardia (García, 1976).
Además de su empirismo, en su trabajo se condensa no sólo la influencia de los clásicos griegos redescubiertos por el humanismo, sino los aportes teóricos y técnicos alcanzados en Europa.
Vivió y ejerció la profesión en Cartagena de Indias, aunque el ejercicio de su destreza lo llevó a otros puertos, como al de Santa Marta.
Fue uno de los autores más leídos en la península en el siglo XVII y su prestigio atravesó fronteras, haciéndose conocido en distintas regiones de Europa, y sus tesis perduraron hasta el cambio de paradigma de la cirugía producido en el siglo XVIII.
Por esta razón, los historiadores de la medicina López Piñero y García Ballester lo consideran el más importante cirujano español del XVII, puesto que prolongó el legado de Hidalgo de Agüero y en medio de las sombrías y confusas circunstancias, representó el límite superior de la cirugía española de entonces.
Cartagena de Indias, equiparada entonces a los avances europeos, fue un centro que brindaba los avances de la cirugía moderna en Tierra Firme y el Nuevo Reino gracias a López de León.
Por otra parte, las circunstancias propias de la ciudad, volcada hacia el exterior y con una población flotante de gentes de todas las razas y confines, hacían propicia la coyuntura para ser un verdadero centro de experimentación y confrontación de sus teorías, puesto que el primado de la práctica caracterizó la labor de López en el Hospital de Cartagena.
Lo explica en su libro de la siguiente forma:
"En el hospital de Cartagena de las Indias se curan de bubas cada año, quinientos enfermos o poco más o menos y a que curo en él 23 años...en las ocasiones que se ofrecen de Flota y Armadas que a éste puerto vienen...suele haber ciento cincuenta y doscientos enfermos, y como aquí acuden tantos baxeles de Guinea y otras partes, siempre está el hospital lleno: demás que de Panamá y Puerto Belo vienen a este hospital y assi mismo de Santa Fe y de todo el Nuevo Reyno, y assi mismo vienen de Santa Marta, Río de la Hacha, Caracas, Margarita y de todas las Islas de Barlovento a fama de las grandes y estupendas curas que en este Hospital se hacen de todas las enfermedades."
UNA APROXIMACIÓN BIBLIOMÉTRICA A LA PRÁCTICA Y TEÓRICA DE LAS APOSTEMAS EN GENERAL Y PARTICULAR
Pedro López de León vivió en un tiempo de control, no sólo de la lectura de libros extranjeros, sino principalmente de autores españoles que debían pasar la censura eclesiástica.
Esta expurgaba los contenidos de acuerdo a la doctrina católica: el doctor Román, quien tuvo a su cuidado la lectura del tratado de López de León por comisión del Vicario de la Villa de Madrid, comentaba así el contenido del libro en la introducción:
Aviendo se me cometido por el señor Vicario de la villa de Madrid, el examen de la obra del licenciado Pedro López de León, Medico y ciruxano vezino de la ciudad de Cartaxena de las Indias, que trata de la Teórica y Práctica de las apostemas en general y en particular de las Questiones prácticas de cirugía y de las heridas y llagas y aviéndole visto con particular diligencia: Hallo ser la doctrina no solamente sana y muy catholica a más de la grave y provechosa que se aya escrito en mi lengua española, y que muestra el autor aver trabajado y visto muchos autores griegos y modernos que tratan de cirugía y porque esto me parece, lo firmo en mi nombre.
La obra usa un método lógico formal que, aunque fundamentado en principio en los criterios de autoridad de Aristóteles, no permanece sólo en el ámbito deductivo heredero de la escolástica, sino que promueve la inducción como elemento que sustenta verdades generales.
Propone una dialéctica Teoría-Práctica-Teoría que se asemeja al clásico método científico positivista.
El libro, conforme a su tiempo, está concebido con una parte general y una particular que se traduce en una síntesis de reglas generales al final.
A continuación, usaremos las citas bibliográficas que aparecen en la obra para acercarnos a las lecturas que utilizó para elaborar el libro y con ello ver la información médica que usó durante el ejercicio de su profesión.
Tras analizar los datos podemos sostener que su contenido prolonga los hallazgos de la medicina renovadora del Renacimiento, aunque es evidente el sesgo del legado greco árabe: En síntesis, la obra es resultado de la larga tradición mediterránea en los inicios de la primera modernidad de la ciencia.
Estudiando las citas bibliográficas del libro como referente principal aparece Galeno (27.02%), a continuación, se destaca Avicena (10.4%) pero no se puede soslayar el uso que hace del Corpus Hipocrático (10.35 %).
Sobresale la presencia innovadora del discurso quirúrgico español e italiano de la época: de la Península Ibérica cita cirujanos de la renovación como Fragoso, Dionisio Daza, Alcázar, Falcón y Juan Calvo (10.12 %) sin olvidar a Bartolomé Hidalgo de Agüero.
Usa referentes de la Universidad de Alcalá, como Vega y Luis de Lemos.
Italianos y franceses como Ambrosio Paré, Bartolomé Maggio, Giovanni Da Vigo, Dino de Florencia, Antonio Musa Brassavola, Gianbattista Theodosio, Valleriolla, Nicolao Massa, Andrés Mattiolli y Gianbattista Montagnana, que suman el 6.85% de las referencias.
Otros autores árabes mencionados son Rhazes, Avenzoar, Alfarabio, Mesué y Ali Abbas, entre los que destaca el cirujano hispano Abulcasis.
Tabla tomada del libro Salud, cultura y sociedad en Cartagena de Indias siglos XVI y XVII.
Cita clásicos latinos y griegos.
Encontramos dentro de los primeros, a Dioscórides y Cornelio Celso (5.29 %), entre los bizantino-alejandrinos aparecen Aecio, Oribasio y Alejandro de Tralles y en especial Pablo de Egina (9.19%), cuyos textos quirúrgicos todavía tenían audiencia y reputación.
Presenta autores redescubiertos en el Renacimiento, tales como Herófilo, Erasístrato y Eudemo (1.55%), que acompañan a Aristóteles y a Platón, quienes brindan el marco de la lógica y la reflexión filosófica (1.4%).
Los clásicos tienen una presencia cercana a la de los de su tiempo y lo inscriben, a pesar de su acento técnico mediterráneo dentro del humanismo revivido del siglo XVI.
Las relaciones de causalidad establecidas, así como la indispensable deducción e inducción, lo general y lo particular, el género propio y la diferencia específica, fueron operaciones extraídas de la filosofía aristotélica.
Entre los soportes más fuertes en lo concerniente a la cirugía, están las escuelas de Paris y Montpellier presentes con Guy de Chauliac, tras del cual encontramos la sombra de Guillermo de Saliceto, Hugo y Teodorico de Lucca y la tradición de la cirugía medieval vinculada a Bolonia, a la cual se pueden sumar Lanfranchi y en alguna medida, Arnau de Vilanova representados en el 6.69% de las citas, que sumados al 1,24 % que representan Valesco de Taranta, Pietro D'Abano, Gentile da Foligno, Rogerio y Gilles de Corbeil, denotan una línea relevante.
Muestra en su obra una absoluta claridad acerca de los caminos que transitaban la anatomía vesaliana y posvesaliana.
Aunque se deja seducir a veces por la tendencia de la época, donde predominaba el autor de La Fábrica de Vesalio, no desconoce la gran obra crítica del español Valverde de Amusco, puesto que los cita en conjunto con Renaldo Colombo y Silvio Jacobus, también rivales de Vesalio e inspiradores del primero.
En todo caso, usa con asiduidad a estos anatomistas a los que suma, en un sentido más general, a los francesesTagault y Houllier que suman en total el 2.95% de las citaciones bibliográficas.
Otros autores, como Antonio Calmetheo, Michelangelo Blondo, el propio Laguna y Mattioli influyen en lo médico y lo farmacéutico.
También encontramos a Antonio Musa Brassavola, Juan Andrés de la Cruz y Luis Lemos que representan un porcentaje que llega al 1.16%.
Por último, se referencian autores de otras épocas como Sorano, Mariano Santo, Leonitello, Bruno... etc.
En resumen, a lo largo del tratado se referencian casi medio centenar de autores de primera línea, lo cual evidencia que Pedro López de León era un profesional actualizado de su tiempo.
Con seguridad, su biblioteca médica debió estar en Cartagena, como sabemos de su propia versión que también estaba la de Juan Méndez Nieto.
Desde el punto de vista de la literatura humanista, se aprecia un manejo probable de las traducciones de Francisco Valles (1577), o incluso los trabajos de Pedro Jaime Esteve (1551) sobre el texto de las Epidemias de Hipócrates, o los trabajos de Laguna sobre Dioscórides.
Apoyado en su nutrida biblioteca, López de León reclamaba un espacio inédito para el ejercicio de la cirugía y así desalojar a barberos y albéitares, que actuaban empíricamente sin formación académica.
En este sentido, los médicos y cirujanos como Pedro López de León empezaron a transitar un nuevo camino en una ruptura categórica con el pasado.
No obstante, hay que resaltar su propósito de ampliar el auditorio a los llamados cirujanos romancistas, personal autodidacta que no tenía oportunidad de asistir a la academia ni poseía conocimientos de latín o griego pero que requería complementar su formación.
Para ellos también escribían los científicos de entonces, en lengua romance, que fue la búsqueda de un nuevo soporte para la implantación de este nuevo discurso, que luchaba entre tradición y renovación.
La lectura, en lo relativo a lo técnico, permite detectar aspectos específicos vinculados con lo que él denomina obra de manos, que nos deja ver su habilidad y experticia en el tratamiento del cuerpo humano.
Esta pericia, exhibida con seguridad y autoestima, queda plasmada en el libro con un sentido claramente pedagógico.
Como soporte de este discurrir técnico encontramos toda una base conceptual clásica, reformulada por los modernos a la cual añade su experiencia.
El propio autor deja claros sus propósitos generales en el texto:
Sustentar la argumentación y la acción en criterios de autoridad teórica, esencialmente médica más que quirúrgica, en virtud de lo cual se acude a los clásicos rescatados por la renovación humanista para legitimar y actualizar el discurso.
Proporcionar definiciones positivas con un grado de elaboración científica que sitúe a la cirugía en un nuevo terreno, superando el empirismo que caracterizó su fase pre-sistemática.
Apoyar en elementos de la lógica formal el orden del discurso y la exposición pedagógica a su población objeto: los cirujanos romancistas.
Propiciar el debate con los cirujanos y médicos practicantes y con los entendidos en la teoría.
Son fácilmente distinguibles en el libro cuatro partes distintas y complementarias: Fase teórica, contenida en los tres primeros Libros.
Fase Polémica, en la Segunda Parte "El Agregado de Cirugía". ase técnica, que discurre de los Libros III, "De las Llagas Frescas,"; IV, "De las heridas del vientre y región del Abdomen"; V, "De las Ulceras"; VI, "De las Fracturas y Dislocaciones" y libro VII, " Del morbo Gálico". l antidotario
Influencias teóricas de Pedro López de León
REFLEXIONES DE LA PRÁCTICA DE PEDRO LÓPEZ DE LEÓN Y SUS INSTRUMENTOS QUIRÚRGICOS Y DE LABORATORIO
La referencia a la praxis se sustenta en el grado de importancia que concedía como factor de confrontación a la teoría.
Sus ideas quedan claramente expuestas en el apartado que denomina "Reglas de Cirugía" y donde plasma tres propósitos científicos elocuentes:
"La práctica es una obra que se acomoda con las reglas y leyes de la teórica".
"La salud no se restituye con palabras sino con remedios tomados como conviene."
"La ciencia sin la experiencia no acarrea mucha confianza de médico para paciente".
Con referencia al oficio de médico, entendido como profesión moderna y distante de las posturas taumatúrgicas sostiene, "El oficio del buen médico, es sanar la enfermedad, o por lo menos reducirla a mejor estado o en aquel que la Naturaleza es capaz."
368) Los médicos que buscaban la aceptación y aprobación de las autoridades reales también se transparentan en este juicio: "El artífice que desea hacer alguna cosa grande y digna de alabanza, ha de obrar con mucha diligencia en el conocimiento del sujeto propio".
Esta postura socrática no excluye la pedagogía del arte médico "El que no asistió muy de ordinario a las obras del arte y a las lecciones, de los Doctores, y que sólo por aver leydo mucho se vende por Cirujano noble, mucho se engaña y es desvergonçado."
Es clara la complementariedad de la teoría y la práctica que exige López de León: "El que huviere acarreado para si el magisterio de la cirugía con dineros y no con el uso, jamás hará cosas que sean dignas de alabanza," (López, 1692, p.
368) en síntesis el imperativo es: "Conviene que el cirujano sea ágil y que tenga industria y sea de muy buenas manos y que no se fíe en los libros."
Queda evidenciado su actualización en la discusión médica de la época, en la cual prevalecía la lógica de la escolástica, o bien el pragmatismo de los empíricos.
Por el contrario, se abría paso la academia como una reconceptualización radical de la cirugía, línea que representaba el sevillano.
Deja clara su preocupación por la necesidad obligada de erradicar a los impostores, revela así mismo que los cirujanos empíricos y barberos empezaban a ser desplazados por médicos cirujanos, de los cuales él es una muestra.
Recomienda que los prácticos deben reconocer una necesaria jerarquización:
"...deviendo los cirujanos, boticarios y barberos reconocer a los señores médicos por superiores en la medicina y la cirugía y en elección de drogas y todo lo demás, que en cuanto a la teórica saben más en todas las facultades dichas que el cirujano ni el boticario si no es que el cirujano es médico y aunque lo sea siempre es inferior quanto al ejercer el arte, mayormente si el médico está graduado de doctor que tiene en la medicina mucho más autoridad como consta por sus títulos."
Es evidente la preocupación por la situación que atravesaba el ejercicio del arte médico y farmacéutico en las Indias hacia donde se desplazaban una gran cantidad de aventureros y charlatanes.
Es cierto que la Institución del Protomedicato arbitró mecanismos de control y legislación al respecto.
No obstante, cuestiona la calidad de los Protomédicos de Tierra Firme como comprobamos en varias ocasiones a lo largo de su obra.
Denunciaba a las autoridades locales que permitían el abuso y el desorden de personas ajenas al conocimiento médico profesional, tales como albéitares, barberos, falsos boticarios, mohanes y comadres, personajes abundantes en las inmediaciones del puerto.
Por ello mantiene la posición de exigir títulos de médicos universitarios, lo cual consideraba crucial para la vitalidad de la república
Su reflexión y sumada a ella, las irónicas críticas de Méndez Nieto, les sitúan en la perspectiva de profesionales que quieren dignificar la actividad médica venida a menos con los excesos y ligerezas del proceso conquistador, para con ello afianzar instituciones de salud confiables.
Lo que diferenciaba a Pedro López de los llamados "médicos latinos" consistía en que éstos últimos acudían esencialmente a la teoría, pero se mantenían distantes de la práctica, manteniendo la separación entre trabajo manual e intelectual, tradición procedente de la antigüedad grecolatina.
Por el contrario, López de León y la escuela sevillana reconocían el valor de la "obra de mano" y con ello los médicos cirujanos empezaron a desarrollar un instrumental obligado para intervenir el cuerpo humano, consolidándose con ello el reconocimiento de la práctica.
La tradición de Pedro López reconoció tres tipos de instrumentos técnicos para el ejercicio de la cirugía, algunos procedían de la medicina castrense y acompañaban a cirujanos militares destinados a las galeras.
Utilizaba tres tipos de instrumentos:
Instrumentos ferrales para las intervenciones quirúrgicas.
Instrumentos de laboratorio para la práctica de preparaciones químicas curativas.
Instrumentos ortopédicos para las afecciones de los huesos: fracturas, dislocación, etc.
Este aspecto lo consideró tan importante, que la primera edición de su libro en 1628 anuncia la presentación gráfica del instrumental quirúrgico para sus lectores, especialmente para los cirujanos romancistas.
Observemos la explicación que nos brinda:
"...he puesto dibuxados en las láminas al fin del libro a número 28 para los cirujanos romancistas, esta variedad de cauterios actuales, que los authores traen para diferentes partes de nuestro cuerpo, y unos sirven para las llagas podridas de las canillas y piernas, los quales son quadrados y triangulares.
Otros hay como media caña, para las canillas y huesos de los bracos.
Prosigue señalando otros tipos de cauterios que llama "datilares," para el miembro viril y otras úlceras; otros incisorios llamados cuchillares para cortar y otros para abrir los abscesos de diferentes formas y tamaños; otros para abrir apostemas entre las costillas, en "la cavidad vital" y en el hígado, también para las hernias y de otros tipos.
Diversos tipos de puntas, incluso algunas especiales para las mucosas y los ojos.
Sostiene con tono pedagógico, pero no sin firmeza, que el cirujano debe estar provisto de todos los instrumentos que puedan ser necesarios.
Concluye estableciendo la diferencia con otros practicantes del arte: "y el cirujano que le faltan las herramientas que su arte manda, no le llaméis sino medio cirujano, que este nombre merece como el carpintero sin su hachuela".
298) Finaliza el libro dibujando una tabla con todos los instrumentos y detallando el uso de cada uno.
Si bien el manejo de los problemas ligados a la ortopedia, dislocaciones y fracturas óseas las expone en el Libro Sexto-De las fracturas y Luxaciones, es preocupación de la época clásica.
Esto queda plasmado en el libro en la clasificación de utensilios que dibuja, explica y anexa al final.
Para cerrar el libro, centró su atención en los Hornos y elementos de lo que llamaba la Iatroquímica, utensilios que reflejan el grado de avance y experimentación de su conocimiento, pues con ellos está presente el proceso de transformación de sustancias botánicas para la búsqueda de remedios a las enfermedades, donde experimentó con plantas europeas y americanas.
Hornos, alambiques, baldes, entre otros, detallados minuciosamente en sus dibujos refuerzan la idea, una vez más, de la práctica y la teoría.
A MANERA DE REFLEXIÓN FINAL
Para cerrar el presente trabajo de análisis y lectura del libro de Pedro López de León, queremos señalar algunas reflexiones para sugerir pensar la historia del siglo XVII de una manera más compleja en relación al compromiso de los profesionales con sus saberes y con la producción de conocimiento científico que, sin señalar cambios dramáticos en la evolución del conocimiento, hicieron sus aportes en el punto de partida de la ciencia moderna occidental.
Con nuestro modesto trabajo, hemos querido sostener que, a veces, este siglo se ha estudiado sin la profundidad necesaria, o más bien, se han hecho generalizaciones simplistas en torno a él.
Esto ha ocasionado la omisión de cualquier desarrollo científico en general en Iberoamérica, y en particular en Colombia, en el tiempo de la configuración de las sociedades criollas, con el peligroso sesgo ideológico que excluye a nuestra historia del punto de partida de la revolución científica y de cualquier forma del desarrollo del conocimiento.
El libro de Pedro López, escrito en Cartagena de Indias, fue referente médico en todo el imperio donde no se ponía el sol y usado en varios continentes; tuvo vigencia hasta las primeras décadas del siglo XVIII, evidenciado en las 5 ediciones del libro que se imprimieron durante el siglo XVII.
Otro aspecto para subrayar es que nuestro médico, a pesar de vivir en el lejano Caribe occidental, tuvo acceso a la bibliografía especializada, moderna y clásica del conocimiento médico y quirúrgico de la época, como lo demuestran sus más de 1200 citas y los casi 50 autores referenciados a lo largo de libro, además de un uso incipiente de la estadística en el registro de sus casos.
Por último, cerramos nuestras consideraciones con dos reflexiones más en torno al carácter científico y pedagógico de la obra.
En primer lugar, cabe resaltar el Antidotario escrito en la parte final de la obra, que revela el ejercicio del conocimiento experimental con el uso innovador de plantas de ambos lados del Atlántico y las representaciones por medio de dibujos minuciosos de un laboratorio equipado con instrumentos de la época, que describe detalladamente en una relación de instrumentos ferrales y clínicos que creemos refuerza nuestra idea del profesionalismo de su trabajo.
En segundo lugar, se debe señalar el rasgo de modernidad que implica que la obra sea escrita en lengua romance para transferir el conocimiento a los cirujanos romancistas que no tuvieron oportunidad de acceder a centros de estudios y universidades. |
"UN PERIÓDICO DE CONSIDERABLE INTERÉS" EN ESSEX Y "SOTTO-PANCIA" EN FLORENCIA.
DOS PUBLICACIONES, PIONERAS Y OLVIDADAS, EDITADAS EN ESTABLECIMIENTOS PSIQUIÁTRICOS
Resulta sorprendente que algunas publicaciones periódicas, editadas por personas con enfermedad mental en diversos entornos psiquiátricos, se remontan a hace casi dos siglos.
Primero en las grandes instituciones psiquiátricas como parte integrante del tratamiento moral, para más recientemente dar el salto a otros entornos asistenciales y comunitarios, como son hospitales de día y comunidades terapéuticas.
Sin embargo, a pesar de su dilatada historia y haber sobrevivido a las diferentes corrientes teóricas y asistenciales, siendo un fiel reflejo de sus postulados y métodos, llama la atención el poco caso e interés despertado en los ámbitos académicos en relación con su estudio y conservación, habiéndose perdido irremediablemente muchas de ellas para el futuro.
El trabajo pretende rescatar del olvido dos de aquellos pioneros periódicos.
Uno, "un periódico de considerable interés" en Essex (Inglaterra), que reclamaría para sí el honor de ser el primero de esas características en la historia, desplazando de esa posición a la Retreat Gazette de Connecticut (Estados Unidos).
El segundo, el Sotto-Pancia, en Florencia, que precedió en el tiempo al Diario dell' ospizio di San Benedetto promovido por Lombroso en Pesaro y considerado hasta ahora el primero en Italia.
En general, no se conoce suficientemente que algunos periódicos y revistas editadas por personas atendidas en entornos psiquiátricos aparecieron hace ya mucho tiempo, sorprendiendo cuando se explica que su historia se remonta a hace ya casi dos siglos.
Sin embargo, a pesar de su dilatada y rica historia, fiel reflejo temporal de los postulados teóricos y métodos asistenciales de cada época, llama la atención el escaso interés despertado en ámbitos académicos en relación con su estudio y conservación, habiéndose perdido muchas de ellas ya irremediablemente para el futuro.
Más allá de algunos contados trabajos realizados sobre ciertas publicaciones concretas, solo en contadas ocasiones ha habido quien se ha ocupado de realizar un inventario de las publicaciones existentes y sus características en un determinado momento en su país e intentarlo tímidamente más allá de sus fronteras (Benoiston, 1952), o se ha preocupado de preservarlas, como el más reciente proyecto italiano para recoger y conservar este tipo de publicaciones en la biblioteca de Roma (Zaccardi, 2016).
Sin embargo, aun reconociendo las limitaciones de este tipo de textos, derivadas tanto de la censura que sin duda se ejerció, y se ejerce, sobre su publicación, así como el sesgo de deseabilidad social frente a la institución, exigida por esta directamente o autoimpuesta por los propios autores, las más modernas corrientes historiográficas han empezado a considerarlas como una importante fuente de recursos para reconstruir la historia desde el punto de vista de sus principales protagonistas, los pacientes.
En definitiva, una importante fuente de estudio para el conocimiento de ciertos aspectos, más o menos objetivos, relacionados con la cotidianeidad institucional de la locura, así como para la reflexión en base a las diferentes narrativas de sus experiencias.
Esto último no tanto como reflejo de la psicopatología de sus autores, si no de sus vivencias subjetivas y mundo interno y relacional dentro de la institución.
Una perspectiva que adquiere finalmente su máxima relevancia para los denominados mad studies, interesados en la profundización en torno a las subjetividades contrapuestas a la psiquiatría institucional (Huertas, 2019).
Con esa perspectiva presente, y tras una breve contextualización del desarrollo histórico de las publicaciones de personas en diferentes entornos psiquiátricos, el objetivo de este trabajo será dar a conocer dos publicaciones no reconocidas históricamente hasta este momento.
La primera, en Inglaterra, anterior incluso a la que se considera la primera revista de este tipo y que vio la luz en Estados Unidos.
La segunda, algo posterior, cuya edición es anterior a la promovida por Lombroso en Pesaro, que es la reconocida hasta ahora como la primera de Italia.
BREVE CONTEXTUALIZACIÓN HISTÓRICA DE LAS REVISTAS EDITADAS EN ESTABLECIMIENTOS PSIQUIÁTRICOS
Su más que centenaria existencia tomó vida primero en las grandes instituciones psiquiátricas como parte integrante del tratamiento moral.
A partir de aquellas pioneras experiencias, iniciadas durante la primera mitad del S. XIX, este tipo de publicaciones psiquiátricas se extendieron con rapidez, principalmente en Estados Unidos, Escocia e Inglaterra, para pasar seguidamente al continente europeo, desarrollándose con profusión para, más recientemente, dar el salto a otros entornos asistenciales y comunitarios, como son hospitales de día y comunidades terapéuticas.
A lo largo de todo este tiempo, se puede observar su camaleónica adaptación, no solo a las diferentes tecnologías existentes en cada momento, desde la imprenta y linotipia, hasta la edición digital a través de Internet, pasando por las fotocopiadoras e impresoras, en blanco y negro y luego color, sino también a las diferentes corrientes teóricas y modas asistenciales imperantes en cada época (Martínez Azumendi, 2016, 2018), con desarrollos especialmente interesantes como el promovido por el movimiento de psicoterapia institucional que hizo de los periódicos y diarios internos piedra angular del tratamiento colectivo (Martínez Azumendi, 2019).
Si en un primer momento, estas publicaciones remedaron los formatos del resto de periódicos, boletines y revistas tradicionales, más recientemente dan paso a fanzines y blogs, primero en el contexto del mismo encuadre asistencial, como parte del propio proceso terapéutico, para en los últimos años distanciarse de este y adoptar una postura más crítica, incluso beligerante, frente a la psiquiatría.
En ese proceso evolutivo, son también utilizadas como vehículo narrativo y de superación personal, como ocurre con los más modernos "perzines" o fanzines de carácter personal y limitada distribución.
Tras aparecer los primeros estudios académicos sobre su desarrollo (American Journal of Insanity, 1845; Andrews, 1876), también captaron la atención de los medios, siendo presentadas ante el público general como "lunatic literature" (Raymond-Barker, 1885), "crazy journalism" (The Hutchinson News, 1899) o "freak journals" (The Ashburton Guardian, 1921).
No pudiendo extendernos mucho más en todo ello, simplemente apuntar que, en España, hemos de reseñar que la primera de ellas fue La Razón de la Sin Razón, promovida en 1865 por Antonio Pujadas (1812-1881), director del "Instituto manicómico de San Baudilio de Llobregat" de Barcelona (Martínez Azumendi, 2015).
En las tablas 1 y 2 se sintetizan de manera esquemática las principales características de estas publicaciones según el momento histórico al que nos remontemos, incluyendo como ejemplo algunos títulos, unos de muy efímera existencia y otros persistiendo incluso por décadas.
Evolución conceptual de revistas y otras publicaciones periódicas realizadas por pacientes psiquiátricos.
Ejemplos de publicaciones periódicas realizadas por pacientes psiquiátricos.
La inclusión en una u otra columna no excluye otras características del resto.
"UN PERIÓDICO DE CONSIDERABLE INTERÉS" EN ESSEX
¿Algo nuevo bajo el sol?
Hasta ahora, el honor de ser la primera publicación realizada por pacientes psiquiátricos en una institución mental se le reconoce a la Retreat Gazette, que vio por primera vez la luz en agosto de 1837 en el Hartford Retreat for the Insane de Connecticut, Estados Unidos (De Young, 2015).
De forma sorprendente, incluso varios años antes que el American Journal of Insanity, precursor del actual American Journal of Psychiatry, la primera revista psiquiátrica en lengua inglesa nacida siete años después en 1844 (Shepherd, 1992).
Aunque actualmente podamos encuadrar dicha publicación dentro de los postulados del tratamiento moral (Clouette & Deslandes, 1997), que por aquellos años aparecía como alternativa a las terribles condiciones asistenciales, deshumanización y nihilismo terapéutico existente, no fue precisamente esa su inspiración.
En este caso, su publicación fue secundaria a las más mundanas necesidades económicas de su promotor, Barbour Badger, un paciente allí ingresado y que, no sin cierto matiz comercial acompañante al meramente histórico, en el editorial del primer número de su Gazette glosaba su aparición de esta irónica manera: "En cualquier caso, creemos que hemos producido algo "nuevo bajo el sol".
Porque, aunque hay muchos periódicos lo suficientemente locos, sin embargo y en conciencia, no conocemos ninguno que se reconozca como tal" (Badger, 1837).
Pero ¿era realmente esa publicación algo nuevo bajo el sol?
Es posible que no, al menos si hacemos caso de algunos indicios que se han pasado por alto hasta ahora que apuntan a la existencia previa de un periódico de similares características.
Un semanario editado al menos uno o dos años antes que la Retreat Gazette y, lo que puede ser también más importante a la hora de reclamar paternidades históricas, alumbrado a este otro lado del Atlántico, en el High Beach Asylum de Essex (Inglaterra), dirigido en este caso por su superintendente Matthew Allen.
Matthew Allen y el High Beech Asylum.
James Allen, de quien tomó prestados muchos de sus sermones durante parte de su vida como predicador.
Con 16 años fue reclamado por su hermano mayor, Oswald, apotecario del dispensario de York, que le socorrió económicamente y ayudó en momentos complicados a lo largo de su vida, siendo ya entonces evidente su carácter particular.
Durante años no pudo mantener trabajos estables, viviendo con la ayuda de su hermano, al parecer llegando a descuidar a su propia familia e incluso enfrentando diversas demandas por cuestiones económicas que le llevaron a la cárcel en varias ocasiones.
A los 36 años, de nuevo con el apoyo de Oswald, accedió al puesto de apotecario en el manicomio de York, consiguiendo poco tiempo después el grado de Doctor en Medicina.
Tras su salida de York en 1824 por motivos poco claros, se ocupó un tiempo conferenciando sobre frenología, para luego marchar al sureste de Inglaterra, a Epping Forest (Essex), donde en 1825 abrió una residencia psiquiátrica.
Realmente la residencia, High Beech Asylum, estaba compuesta por tres casas separadas (Fairmead, Springfield y Leopard 's o Leppit' s Hill) (imagen 1), entre las que desplazaba a los pacientes ingresados dependiendo de su sexo y estado psicopatológico, base de un "sistema de clasificación" que proponía como estimulante para la mejoría clínica y que desarrolló en su libro Essay on the Classification of the Insane (Allen, 1837).
Una obra que hay quien considera iniciaba exagerando, sino falseando, sus propios méritos como alienista en York, donde realmente había trabajado como boticario (Barnet, 1965), aunque también hay autores que le disculpan este extremo explicando de diferente manera esta y otras aparentes inexactitudes biográficas (Faithfull, 2001).
En cualquier caso, lo que sí pudo importar desde York fueron las ideas caritativas y humanitarias promovidas por el movimiento
Detalle del plano de las instalaciones.
En High Beech estuvo ingresado, por mediación del editor de Allen, el gran poeta John Clare (The Northamptonshire Peasant Poet).
Así como allí, otro gran poeta, Alfred Tennyson, perdió su fortuna y salud mental al haber confiado en un especulativo proyecto promovido por el propio Allen, el "Pyroglyph", dirigido a la producción de muebles tallados en madera mediante un sistema mecánico de vapor (Cox, 1994; Robertson, 1842).
Sea cual fuera la exactitud de los hechos que se le atribuyen en sus diversas biografías, es evidente que Allen fue una persona idealista, incluso entusiasta visionario, embarcado en múltiples proyectos entre los que impulsar una publicación periódica en su institución no debiera sorprendernos, así como se encuadra perfectamente en sus postulados de tratamiento (imagen 2).
Detalle de manuscrito de Matthew Allen (1829), explicando parte de su sistema de separación y algunos de los entretenimientos existentes en sus instalaciones de Fair Mead y Leopard Hill Lodge.
Aunque desconocemos el título de su cabecera, el mismo Matthew Allen dejó constancia de la existencia de tal periódico en su libro anteriormente citado, donde escribía: "Durante algunos meses publicamos un periódico semanal de considerable interés".
Para seguidamente, como testimonio de la importancia que se daba a la escritura en su institución, añadir: "Tampoco es desdeñable señalar, que algunos artículos de muy alto nivel en nuestros críticos Diarios han sido escritos en este lugar; todo lo cual le da más un aire de disfrute social y comodidad, que la frialdad y repulsión usualmente asociadas a la pérdida de la libertad, y conforma entre nosotros un pequeño mundo de interés, más adecuado, creo, al estado de los habitantes que lo que el mundo real podría ser para ellos" (Allen, 1837, p.
Si bien no dejó constancia alguna del nombre de la publicación, ni tenemos referencia a ninguna otra circunstancia relativa a la misma, sí podemos aventurar sin mayor riesgo de equivocación, que el semanario existió meses, sino años, antes que la anteriormente referida Retreat Gazette americana, nacida en agosto de 1837.
Y esto tuvo que ser así si tenemos en cuenta la existencia de una crítica al libro de Allen fechada el mes de septiembre de ese mismo año de 1837 en un semanario británico (The Spectator, 1837), fecha para cuando la obra podemos suponer estaría ya impresa y en la calle.
De igual forma, podemos conjeturar que, previamente, entre que la obra se escribió, luego se compuso y finalmente se imprimió tuvieron que pasar varios meses, sino años.
Es decir que, si la referencia al "periódico semanal de considerable interés", que fue publicado durante varios meses, se hace en un texto que vio la luz antes de septiembre de 1837, no resulta difícil apostar que dicho periódico se publicó al menos durante 1836, si no antes.
Sin noticias de dicho periódico de otras fuentes, Allen tampoco hace referencia al mismo en otros textos previos (Allen, 1831, 1833), ni tampoco en el manuscrito inédito que se conserva en el Archivo del Condado de Essex donde explica el funcionamiento de alguna de sus casas (Allen, 1829).
Habiendo ingresado John Clare en la institución de Allen en junio del mismo año que se publicó el libro (Bate, 2004), no queda constancia de la existencia del periódico en esas fechas, lo que hubiera sido un medio ideal donde hubiera podido colaborar con sus poemas y de forma indirecta perpetuar la memoria del periódico para el futuro.
Por otra parte, si tenemos en cuenta que Clare ingresó por mediación de John Taylor, el editor de Allen que habría estado en contacto con él ya previamente por el libro, añadimos un dato más a favor de que el semanario británico precedió en el tiempo al americano.
Finalmente, aquel semanario quedó relegado al olvido, salvo en ocasiones concretas en que el libro de Allen fue citado con otros fines.
Así lo hizo John Minson Galt II (1819-1862), pionero de la biblioterapia en Norteamérica (Weimerskirch, 1965), cuando cita, casi literalmente, el párrafo referido al periódico semanal (Galt, 1846), pero aparentemente sin caer en la cuenta de su novedad asistencial ni relevancia histórica.
ÓRGANO SEMANAL DEL REGIO MANICOMIO DE BONIFAZIO
Giornales, diarios y Gazzettas en los manicomios italianos.
Dando un pequeño salto en el tiempo, en Italia se reconoce a Lombroso el haber impulsado en 1872 el Diario dell' ospizio di San Benedetto in Pesaro, al que se refirió también como "Giornale dei pazzi" o "Giornale manicomiale", con ocasión de su intento de reorganización y mejora de la institución según los principios del tratamiento moral y terapéuticas ambientales.
Esta publicación inspiró seguidamente otra multiplicidad de boletines similares en diversos manicomios italianos.
Sin embargo, con cierta rapidez los textos de los pacientes fueron cediendo su espacio a breves anotaciones utilizadas para dar noticia del grueso de asilados a sus familiares, para lo que se enviaban copias a las autoridades civiles o eclesiásticas de su lugar de origen, a la vez que se buscaba el anonimato con un sistema de códigos de iniciales y número de cama, mediante lo que sus allegados lejanos pudieran identificarles.
Pasando así estos boletines a cumplir una función meramente informativa o divulgativa sobre los asilados y la institución, más que expresiva y narrativa de sus capacidades e intereses.
El propio Lombroso, así como su hija y biógrafa Gina, quien siguió desarrollando las teorías de la degeneración con aportaciones propias a la escuela positivista italiana (Peset, 2001), consideraban que el Diario dell' ospizio di San Benedetto in Pesaro fue la primera publicación de su tipo en Italia, "al estilo de las que ya existían en Inglaterra y Alemania" (Lombroso, 1888; Lombroso-Ferraro, 1915), una convicción equivocada que ha subsistido hasta la actualidad (Vecchiarelli, 2017) reconociendo a Lombroso el honor de haber impulsado la primera publicación de este tipo en Italia.
Sin embargo, hemos de señalar la existencia de una previa en aquellas tierras.
El semanario Il Sotto-Pancia, manuscrito e ilustrado, ya en 1871 (existe referencia expresa a un número publicado en junio de ese año), en el manicomio de Bonifazio en Florencia, siendo Francesco Bini su director en aquel momento.
Desconociendo si en algún lugar se conserva algún ejemplar, ni tampoco el número exacto de su tirada, podemos asegurar su existencia gracias a un interesante artículo publicado bastantes años después, en el suplemento mensual del Corriere della Sera de mayo de 1913, por un periodista que conservaba entonces una colección de ejemplares.
Con el explícito título de "Un giornale in un manicomio", el articulista muestra su sorpresa ante su mera existencia, asegurando ser "digna, no solamente de la curiosidad de los profanos, si no del atento examen de los frenólogos, incluyendo páginas en las que chispas de genialidad y lúcidos retazos de erudición, o al menos de importante cultura, se apagan lastimosamente en las tristes brumas de la demencia" (Sbragia, 1913, p.
¿Fue el español Leonardo Sánchez Deus el Sotto-Pancia del Bonifazio?
Por ese breve artículo, conocemos también el importante papel que el español Leonardo Sánchez Deus tuvo en la existencia del Sotto-Pancia.
Leonardo Sánchez fue una figura controvertida, que Manuel Murguía (1833-1923), impulsor del Rexurdimento gallego, recogió en su libro Los Precursores junto otras figuras relevantes de la vida cultural gallega (Murguía, 1885), aunque en su caso no parece que su contribución personal tuviera una especial relevancia en la reivindicación de Galicia (Alonso Montero, 2000, p.
En uno de los capítulos del libro de Murguía se esboza una resumida biografía de Sánchez Deus (Santiago de Compostela, 1835 – Florencia, 1872), si bien su figura no ha sido investigada en profundidad.
De origen modesto, tras iniciar estudios de derecho que luego abandonó, se dedicó a dar clases de latín, acompañándose de una importante actividad cultural y política.
En 1856 se instaló en Madrid acercándose al Partido Progresista para, en 1859, trasladarse a Italia con la Legión Ibérica de Sixto Cámara en apoyo de los revolucionarios garibaldinos.
Ascendiendo militarmente y llegando a tener una muy cercana relación con Garibaldi, quien dio diversas muestras de afecto por él (Pascual Sastre, 1994),
participó en algunos episodios históricos como la "Expedición de los Mil" a Sicilia y luego Nápoles, siendo detenido en 1862 tras la derrota en Aspromonte.
Una inestabilidad que cristalizó tras el viaje que hizo a final de marzo de 1864 acompañando a Garibaldi a Inglaterra, cuando Leonardo Sánchez desembarcó en Gibraltar con la idea de desplazarse a Madrid y Zaragoza.
Etapas que al parecer no llegó a realizar, intentando suicidarse pocos días después clavándose un puñal en el pecho en el campanario de la catedral de Córdoba (La Época, 1864).
Tras reponerse de las heridas en su Galicia natal durante un breve periodo de tiempo, regresó a Italia, donde poco después, en enero de 1865, ingresó en el manicomio de Florencia.
Así consta en la carta que, en enero de 1870, se dirige a la legación española en esa ciudad solicitando el auxilio económico para su repatriación dada su aparente mejoría (De Paula Montemar, 1870).
Sin embargo, la vuelta a España nunca llegó a realizarse, falleciendo en aquellas tierras, si bien hay quien apunta que lo hizo en el manicomio de Génova, fruto seguramente del desconocimiento relativo de su biografía: "Morreu nun manicomio de Xénova sen que ninguén, nestes 130 anos, se teña ocupado da súa biografía, romántica e interesante onde as haxa" (Alonso Montero, 2000, p.
De la enfermedad que motivó su hospitalización psiquiátrica poco sabemos, aunque su personalidad tuvo que ser cuando menos peculiar.
Si tenemos en cuenta un informe que la prefectura de policía florentina realizó a requerimiento del Ministerio de Interior italiano, donde de forma quizás un tanto hiperbólica se decía: "Desde que era un niño, se convirtió en un monstruo de lujuria desde su más tierna infancia. - La historia de sus conquistas sensuales presentaría lo extraño y lo increíble, si no tuviéramos en su persona la prueba de su depravación, ya que por tal abuso de concupiscencia debilitó su vista hasta la desesperación absoluta de su recuperación. - Es un monstruo original, nunca come pan y carne" (Pascual Sastre, 2001, p.
Con 1,35 m. de estatura, siempre con anteojos y de seda verde, según el informe policial, desde luego no tuvo que pasar desapercibido.
La descripción la amplía Murguía cuando escribe: "Era Deus de más que baja estatura, rehecho y de miembros acerados, resuelto y vivo, enérgico y sin temor, pero de rostro y aspecto mezquino" (Murguía, 1885, p.
En la noticia periodística de su intento suicida se explicita que "se calcula que padece rasgos de demencia" (La Época, 1864), aunque esta valoración bien pudiera deberse en un primer momento a lo aparentemente bizarro de su discurso, que podemos imaginar sería la primera impresión que pudo dar derivada de lo sucedido y su discurso acompañante.
Tal vez relatando batallas y relaciones con Garibaldi y otros personajes ilustres de la época, en una ciudad en la que era un extraño, quizás todo ello también acompañado de los temores que luego explicaría él mismo por carta, desde Oporto a Giuseppe Dolfi en Florencia, motivados en un encuentro con la policía y sentirse perseguido de muerte (Pascual Sastre, 2001, p.
Si tenemos en cuenta el libro de Murguía, no sin ciertas dudas en cuanto a su nivel real de información, tras el episodio de autoapuñalamiento parece reconocerse una fase claramente depresiva: "...dentro de sí llevaba ya el mal que debía devorarle.
Creció su tristeza, selláronse sus labios, su rostro tomó desde entonces la severidad inalterable de la muerte..."
(Murguía, 1885, pp. 89-94), clínica que, junto a otras referencias a ciertas convicciones de grandeza en otros momentos de su vida, quizás apuntarían a una patología de tipo afectivo bipolar.
Volviendo de nuevo al artículo en La Lettura, el gallego es presentado como de "Campostelano Paese (Spagna)", dedicándosele varias líneas narrando sus vicisitudes y logros bélicos en España e Italia, además de apuntarse sus otras aportaciones y papel relevante en el periódico.
Así, es mencionado como el encargado de los aspectos político-literarios y notas biográficas de importante valor histórico, además de reconocerle "fluidez de estilo (considerando que es un español que escribe en italiano asombra la lucidez con la cual, casi siempre, son recordados nombres, fechas, episodios históricos)" (Sbragia, 1913, p.
Una cualidad que sin embargo no reconocía Murguía, quien opinaba: "...no siendo nuestro amigo un escritor, ni una palabra elocuente, ni una gran inteligencia, ni otra cosa que una voluntad que tomaba por algo real los impulsos de una fuerza sin empleo..."
En cualquier caso, su producción literaria en el Sotto-Pancia hubo de ser muy prolífica, ocupándose de los argumentos más dispares y, tal y como lo valora Sbragia "no hay página, se puede decir, sobre la cual este pobre desequilibrado no haya dejado huella de su simpática actividad".
Así parece abordó una diversidad de temas, desde los políticos y crónicas históricas, hasta el teatro, sobre lo que escribe en extenso, llegando a proponer un "Proyecto para la erección de un teatro en alguna estancia sobrante".
Muy posiblemente inspirado por una breve experiencia que tuvo como editor en Madrid de una revista teatral, El Teatro Español, de la que se publicaron 12 números entre febrero y abril de 1859, mes en que se interrumpe la publicación con la intención de retomarla en septiembre de ese año, algo que no sucedió debido a su marcha a Italia (Gómez Rea, 1995).
También parece que, de vez en cuando, no desdeñó "alguna leve mención a sus pasioncillas eróticas", pasiones que no debieron ser menores si hacemos caso a la descripción que hemos visto hizo de él la policía.
Otros autores colaboradores del diario manicomial
Pero, además de Leonardo Sánchez, también hubo otros autores que contribuyeron en el Sotto-Pancia.
Entre ellos parece destacaron algunos, como Egisto Nardini, clérigo erudito y poeta quien, como tantos otros y a decir del articulista, evocaba en sus escritos "el pasado con angustioso lamento y nostálgico deseo de libertad, de alegrías, de honores, y reprimidos gritos de rebelión y resignado abandono de todo bienestar".
Algunos de los sugerentes títulos de sus trabajos fueron: "Dios y Patria", "Ordenaciones divinas", "Votos y plegarias del detenido en el Manicomio", "Las visiones del maniaco", o el poema "Italia y Francia... dedicado a S. S. Pío 9o, a S. M. el Rey de Italia Vittorio Emanuele II y a sus queridos hijos Príncipes Umberto y Margherita".
De las "visiones de un maniaco", Sbragia entresaca lo siguiente: "...No puede estar quieto, se mueve por aquí, se mueve por allá: quiere hablar, no puede: habla, le faltan interlocutores.
Se entristece entonces... le empiezan las manías... ¡en vano intenta protegerse de su dolor!...".
"Los Maniacos no nacen en Bonifazio.
Por lo que sabemos, en el Manicomio no brotan, como de la tierra, los locos.
A los locos se les lleva y se les recluye, una puerta de bronce impide la salida, parece que les sea dicho: ¡dejad toda esperanza, aquí moriréis!"
Otro autor peculiar, calificado como grafómano (Lourié, 1920), fue el "Señor Ernest Hoüet de París", tal era su firma, quien repetía de forma incansable palabras o frases sin aparente sentido.
De lo que leemos en La Lettura referido a sus aportaciones, no nos queda claro si parte de sus reiterativos textos fueron escritos posteriormente sobre los números ya publicados, quizás solo en la colección que conservaba Sbragia quien explica: "Y aquí y allá, sobre folios que acaban en sus manos –a menudo ocupando el espacio destinado a la continuación de artículos que han quedado momentáneamente interrumpidos– escribe y escribe repitiendo diez, cincuenta, cien veces la palabra que llega primero a su pobre mente enferma".
Aunque también parece que su grafomanía formaba parte de alguno de los semanarios por naturaleza propia: "Ocupa casi por entero un número del Sotto-Pancia para repetir cientos de veces en francés: "As-tu jamais vu la lune, mon gas?
471), algo sorprendente que nos habla de una tolerancia y respeto a la idiosincrasia de los colaboradores de la revista, así como a sus particularidades y necesidades expresivas, que muy pocas veces se puede encontrar en una publicación de este tipo.
F. Pepi, otro articulista habitual, dedicó su ingenio a notas y poesías humorísticas con títulos tan inesperados como: "Intercesión a los Señores Dignatarios del Gran Comando de los Mentecatos", "Gran pregunta para la excursión a Orbetello", "Pequeños cuartetos para el deleite", "Para fumar", entre otras.
Textos en los que se ocupaba de pequeñas reclamaciones y reivindicaciones frente a la institución, una sección relativamente frecuente también en otras revistas y posiblemente el único espacio donde era permitido un atisbo de inconformismo con la existencia intrainstitucional.
Tal fue el caso del "café con leche", un pequeño placer reiteradamente demandado y al que incluso dedicó un suplemento, en el que paradójicamente ¡no se hablaba del café!
Existen otros colaboradores, como Niccolò Valdelebuona, el megalómano Federigo Forbert, o el veneciano Rizzeto, aunque por finalizar nos ocuparemos únicamente de Giuseppe Spinetti, dibujante, posiblemente autor de los numerosos e interesantes dibujitos que La Lettura reproduce intercaladas entre el texto del artículo, todos ellos acompañados de su correspondiente pie explicativo y generalmente referidos al propio manicomio desde un punto de vista humorístico.
Estas ilustraciones, de forma poco habitual, dejaron constancia de algunos sucesos o momentos que jalonarían la cotidianeidad institucional, para interrogarnos hoy frente al significado último de los episodios ingenuamente retratados (imagen 3).
Dibujos en formato de historieta (1.
Por falta de enfermos otros animales ocupan las habitaciones.
Traje de paseo del pintor (artista) Spinetti...
4....que se vuelve pintor de brocha gorda para acercarse al bello sexo...
5....por el que corre cada vez que oye su voz...
Precisamente, basándonos en alguno de esos dibujos, resulta sugerente como posibilidad apuntar la idea de que el mismo título de la publicación hiciera referencia al propio Leonardo Sánchez.
El significado más extendido de Sottopancia en italiano es la cincha con la que se sujeta la silla de montar alrededor del pecho del caballo, que poco sentido tendría como nombre de una revista publicada en un manicomio, salvo una metafórica referencia a otro tipo de correas.
Una segunda acepción hace referencia al asistente de un oficial militar, y por extensión a quien se consagra a un personaje, generalmente poderoso y autoritario, mostrando una actitud de obediencia ciega.
Una descripción que se antoja aplicable a Sánchez Deus, a quien quizás entonces reconoceríamos retratado en algunas de las inocentes ilustraciones de Spinetti (imagen 4).
Referencias a "Sotto-Pancia" como persona y al diario (Regreso de Sotto-Pancia al Manicomio después de un baño frío en el río Arno por amor apasionado a la patria.
Aprobación del superior para la continuación del periódico.
Estudios de Sottopancia para convertirse en bailarín...... que pronto estallará si no imprimen el periódico.).
Puede sorprender que las publicaciones periódicas editadas en instituciones psiquiátricas por personas con una enfermedad mental, incluidas las autoeditadas de tiempos más recientes, tengan ya una tan dilatada historia, lo que permite además descubrir importantes matices diferenciales entre ellas.
El estudio de sus características, tanto de contenidos y planteamientos, no solo debe servir como reconocimiento a todos aquellos que desde su infortunio pretendieron (y pretenden) hacer (y hacernos) la existencia más plena y llevadera, sino que pueden resultar un material valiosísimo para ayudar a reconstruir una historia de la psiquiatría desde el punto de vista de los pacientes, sus principales protagonistas, aun considerando las trabas externas que estos han tenido y tienen para reflejar la realidad institucional y asistencial sin limitaciones.
Sin embargo, a pesar de la abundancia de experiencias existentes, llama la atención que en general estas publicaciones han pasado relativamente desapercibidas, habiéndose perdido algunas para siempre, mientras que de otras solo se conservan unas pocas colecciones incompletas y muchas veces en manos particulares.
Ejemplos de ellas son los dos periódicos referidos en el presente trabajo, uno en Essex, probablemente la primera en la historia con estas características, el segundo en Italia, antecesor en el tiempo a la publicación promovida por Lombroso, pero de los que desafortunadamente solo conservamos referencias indirectas.
Incluso las publicaciones más recientes se encuentran en serio riesgo de no sobrevivir para el futuro si no se desarrollan estrategias activas dirigidas tanto a su catalogación, como a su conservación física.
Experiencias pioneras, aunque desafortunadamente demasiado aisladas, son las de la Biblioteca Cencelli (Roma), en el caso de las publicaciones editadas por personas con enfermedad mental, y más recientemente la Biblioteca Wellcome (Londres), en el caso de los "perzines" con temática relacionada con la salud, física o mental, recogidos para su colección médica gráfica.
Mientras tanto, hoy no podemos menos que animar a recuperar y fotocopiar, escanear e intercambiar ampliamente lo poco que todavía se conserve a título individual, todo ello como mejor forma de proyectarlo hacia el mañana. |
SI NO LO CULTIVAS, SÁCALO DE LA MINA 1
La transferencia de tecnología minera entre Hispanoamérica y España no ha quedado reflejado en nuestras obras lexicográficas.
Un análisis de estas últimas revela que el corpus actual de términos marcados como Min es escaso en su numero y arbitrario en su selección, si lo comparamos con la realidad de uso en los textos mineros que dan cuenta de la lengua utilizada en los enclaves mineros hispanoamericanos.
La revisión de estos tecnicismos en las distintas ediciones del Diccionario Académico y en diversas obras especializadas nos permite un primer acercamiento a la historia de la terminología minera.
PALABRAS CLAVE: tecnología minera, Hispanoamérica, España.
No sólo las distintas evoluciones tecnológicas de la humanidad han venido precedidas del descubrimiento de un nuevo metal 2, también los grandes conflictos y guerras se han originado en la búsqueda e intento de controlar las materias primas.
Nuestra sociedad ha dependido en gran medida de recursos ----1 «If it isn 't grown it has to be mined» fue el eslogan de una campaña de la Nevada Minig Association que, en traducción libre, hemos escogido como título de este trabajo.
2 Los principales hitos minero-metalúrgicos coinciden con los de la historia de la humanidad: Edad de Piedra, del Cobre, del Bronce, del Hierro, del Carbón, Revolución Industrial, Edad del Petroleo, etc. minerales y a las labores mineras ha dedicado buena parte de su actividad: desde las industrias líticas, pasando por las labores de extracción, refinamiento y aleación de los metales hasta llegar a la invención de la metalurgia, con sus múltiples aplicaciones técnicas actuales.
Dentro de la cuenca mediterránea España ha sido un territorio importante en recursos minerales desde la más remota antigüedad 3: explotaciones de cobre en la zona de Huelva que datan de la transición de la Edad de Piedra a la del Bronce; explotaciones argentíferas en la zona levantina, asi como en Cartagena y Linares, de época fenicia y tartesa; abundantes explotaciones de época romana que coinciden en buena parte con las actuales de Almadén, Río Tinto, Cartagena o Sil.
La minería romana en nuestro país alcanzó un alto nivel, perfeccionado más tarde por los árabes.
Aportaciones suyas de interés son, por ejemplo, la utilización del hierro para la fabricación de armas, el uso del mercurio para separar el oro (obtenido por destilación del cinabrio), el hallazgo en el siglo III d.
C. de aleaciones como el peltre y el latón.
Por lo que respecta a la Edad Media los cambios más importantes se produjeron en la utilización de maquinaria para el vaciado del agua de las minas y la extracción del material.
Con el descubrimiento de América, los españoles iniciaron el desarrollo de la minería americana, en estrecha relación con la de la península: el mercurio de Almadén se hizo imprescindible para la amalgamación del oro y plata americanos.
La explotación minera del Nuevo Mundo fue, sin duda, la causa -económica-de la presencia española en aquel continente durante más de tres siglos 4: la producción minerometalúrgica colonial y el empleo de mano ----3 El capítulo 7 de la Historia natural y moral de las Indias de José Acosta, «De la riqueza que se ha sacado, y cada día se va sacando, de el cerro de Potosí» puede ilustrar esta afirmación:
«Dudado he muchas vezes si se halla en las historias y relaciones de los antiguos tan gran riqueza de minas, como la que en nuestros tiempos hemos visto en el Pirú.
Si algunas minas uvo en el mundo ricas y afamadas por tales, fueron las que en España tuvieron los cartaginenses y después los romanos; las quales, como ya he dicho, no sólo las letras profanas, sino las sagradas, también encarecen a maravilla».
4 Fue la búsqueda y explotación de los yacimientos de metales preciosos la actividad que impulsó la creación de nuevas ciudades y pueblos.
Sirvan como ejemplo, en Chile La Serene, Concepción, Valdivia, Imperial o Villarrica.
Resulta sumamente elocuente la opinión que Antonio de Ulloa nos ofrece en el Entretenimiento XIII de sus Noticias americanas acerca de lo que supuso para el mundo la explotación de los metales americanos: «Antes del descubrimiento de las Indias, y en lo que alcanza la memoria del Mundo, había Oro y Plata, que en todos tiempos han servido al destino que va expresado; pero después de aquel famoso suceso, han venido a ser el poderoso incentivo de mantener á todas las Naciones en movimiento, y de inducirles a un continuado empeño y emulación para adquirirlos.
La solicitud de estos metales de obra indígena se orientaron a hacer rentables los recursos minerales y establecer un control real sobre el beneficio de los yacimientos, que llevó aparejadas importantes innovaciones tanto en las técnicas extractivas como en el tratamiento de la plata y el oro con mercurio.
Antes de la llegada de los españoles los pueblos aborígenes tenían actividades mineras, aunque, en un nivel de desarrollo bastante inferior al europeo.
Las palabras de Antonio de Ulloa, en el Entretenimiento XIV de sus Noticias Americanas pueden dibujar la situación: «La gran riqueza de las Minas antiguas está confirmada en la circunstancia de sacar Plata de ellas los Indios, porque estos no conocían otro beneficio que poner al fuego, en tiestos, el Metal donde la Plata estaba visible y abundante, y derritiéndose la recogían: en cuyo modo sencillo, sólo la que estaba limpia de otros metales podía fundirse.
De esto ha nacido conservar el nombre de Cayana los hornos en donde se hace la fundición de la Piña; porque en la Lengua de los Yacas significa tiesto».
Y en los primeros años de la conquista el panorama no cambió demasiado: mientras que la minería europea del XVI utilizaba vagonetas de madera para transportar el mineral, disponía de sistemas de ventilación en las minas y aplicaba técnicas de entibado para evitar los derrumbes en los pozos, las explotaciones auríferas y argentíferas de Hispanoamérica continuaban utilizando a los terateros o a los apiris que en sus sacos o cotamas sacaban a las canchas el mineral que los barreteros habían desprendido.
Las innovaciones técnicas difundidas en De Pirotecnia libri X (Biringuccio, 1540)o en De Re Metálica libri XII Agrícola, 1556) tardaron en llegar a las explotaciones del Caribe, México y Perú 5.
Muy pronto, sin embargo, se hizo necesario, trasvasar al nuevo continente la experiencia y conocimientos de los mineros españoles para la explotación y beneficio de los minerales.
Así, tras unos primeros años en los que los peninsulares que se hicieron cargo de las explotaciones mineras eran soldados o navegantes, poco después se inició un verdadero ---ha sido causa de civilizarse las gentes entre sí con el trato; de poblarse los Mares de flotas numerosas, que navegan sobre las aguas, como si fueran Republicas enteras; ha adelantado las Artes, sutilizado la industria, ilustrado las gentes, y les ha proporcionado el conocimiento de la tierra, que antes estaba muy incompleto, ignorándose muchas de sus producciones propias, y sus particularidades».
5 En México, donde no existía una sólida tradición metalúrgica, se impusieron antes las técnicas europeas.
En Perú, en cambio, los conocimientos técnicos autóctonos fueron suficientes mientras en Potosí o Porco abundaron los metales ricos y sólo con la escasez empezaron a resultar antieconómicas las guairas, hornos indígenas.
La reactivación de la producción en esta zona, como antes en México, vino de la mano de la transferencia de técnicas europeas. proceso de transferencia tecnológica: si el primer sistema utilizado por los españoles en las minas de Nueva España fue la fundición6, ya en 1555 Bartolomé de Medina7 puso en práctica el que habría de revolucionar la minería de la época, la amalgamación o «beneficio de patio» utilizando el mercurio, sistema que arraigó en América -porque requería pocas inversiones, lo que compensaba su lentitud-, donde fue perfeccionado, primero por Gaspar Loman y más tarde por Alonso Barba con la amalgama en caliente en calderos de cobre, y donde permaneció vigente hasta mediados del siglo XIX.
En el siglo XVII se recurrió a la pólvora para procurar filones más ricos, si bien la innovación más importante de este siglo fue el horno de aludeles, que ahorraba combustible y reducía el riesgo de intoxicación.
Este horno fue experimentado por Lope de Saaavedra Barba en Huencavelica y llevado inmediatamente a Almadén por Juan Alonso de Bustamante.
Y ya en el XVIII la innovación más sobresaliente fue el malacate, en la minería mexicana y apenas utilizado en Perú, que servía para elevar agua o materiales desde grandes profundidades.
No menos importantes fueron otros avances como los tiros verticales que unían pisos de galerías horizontales o las grandes haciendas de beneficio con martinetes, tahonas o arrastres.
Mientras que en materias como la Medicina o la Botánica la contribución americana al enriquecimiento de la lengua peninsular ha sido objeto de numerosos trabajos de investigación8, por lo que respecta a materias de carácter aplicado, como la que nos ocupa, ha sido menor el interés por parte de los estudiosos.
La minería, como actividad humana, no precisó de conceptualización previa, sino de transmisión de unos saberes quasi populares que se expresaban en lengua vulgar, como también lo hacían otras disciplinas eminentemente prácticas: navegación, arquitectura, ingeniería, albeitería, caza, etc. Los primeros españoles que entraron en contacto con la minería hispanoamericana se en-----contraron con una realidad que conocían parcialmente: no tuvieron que nombrar nociones nuevas -como ocurrió con frutos o animales-, sino que unas veces asimilaron términos indígenas, otras buscaron la equivalencia en su propia lengua y otras impusieron voces castellanas para alcanzar el grado de comprensión que les permitiera realizar el laboreo en las mejores condiciones posibles.
Consideramos que la llegada de Cristóbal Colón a América en 1492 supuso un descubrimiento en ambos sentidos.
El concepto de «encuentro entre culturas» no lo empleamos aquí para alejarnos de las connotaciones negativas del término descubrimiento, sino para explicar la transferencia tecnológica y lingüística que, en el caso de la minería, se produjo a partir de la histórica fecha entre España e Hispanoamérica: el intercambio de conocimientos y de las palabras que sirvieron para hacerlo efectivo.
De acuerdo con lo expresado por Bertha Gutiérrez (Gutiérrez 1998:40) «la terminología científica guarda una relación muy estrecha -que se puede demostrar históricamente-con el lugar geográfico donde se han ido realizando los principales descubrimientos científicos o técnicos, así como con la lengua en que estos se expresan», la terminología minera debe ofrecernos un buen número de términos procedentes de las explotaciones mineras hispanoamericanas, al servicio de la Corona española desde los primeros años del Descubrimiento, que pueden ser tanto términos patrimoniales del castellano (sean de procedencia latina, griega o árabe) que desde la lengua peninsular se incorporaron al español americano, como americanismos 9 que penetraron en el español.
En las líneas que siguen intentaremos evaluar la acomodación que el lenguaje técnico de la minería alcanzó en la lexicografía académica desde Autoridades a nuestros días en comparación con la realidad de uso de esos términos en los textos que conservamos, que son los que nos han permitido familiarizarnos con la lengua utilizada en los enclaves mineros hispanoamericanos.
LA MINERÍA EN EL DRAE: UNA MINA DE PROBLEMAS Nuestro acercamiento al tecnolecto minero recogido en los diccionarios tiene en cuenta que el uso de marcas diatécnicas no siempre es homogéneo y ----9 Consideramos americanismos las voces que diferencian al español del América del de la península y que pueden ser tantos términos procedentes de los dialectos y lenguas aborígenes como términos hispanos desusados en la península y que se han mantenido o han resurgido en alguna región de Hispanoamérica. con frecuencia es incongruente: algunas voces mineras aparecen marcadas únicamente con indicaciones sobre su etimología -procedencia de una determinada lengua indígena-, o sobre su uso en una zona concreta y no son pocas las voces que no presentan marca alguna.
Debemos tener presente que las marcas temáticas no aparecen en nuestra lexicografía hasta 1780 y que la Academia las ha reestructurado en diversas ediciones, siendo la edición de 1884 la que afecta a nuestras consideraciones, por ser la que distingue entre Minería y Mineralogía; es también la que aumenta considerablemente el número de americanismos y será a partir de esa fecha cuando encuentren su sitio en el diccionario muchos de los términos que vamos a comentar.
La trascendencia social y económica que para España supuso el desarrollo de la minería en Hispanoamérica contrasta con la escasez de términos marcados como tecnicismos mineros que nos ofrece la Academia localizados o procedentes de aquel continente.
De las 264 entradas que DRAE 1992 marca con Min 10., sólo yapa (del quechua) y callapo (del aimara callap) tienen procedencia indígena.
Términos marcados con Min. que incorporen también alguna localización de uso en Hispanoamérica aparecen únicamente los siguientes: Escaso su número y arbitraria su selección: no todas las fases del proceso minero están representadas de una manera equilibrada ni todas las zonas ven recogidas sus voces específicas.
----10 Hay que tener en cuenta que algunas de ellas son simples remisiones como adema / ademe, escapulario / escalera de escapulario, franco / terreno franco, labor / excavación, lave / lava 2, machacado / metal machacado, superficie / cánon de superficie.
Para formarnos una idea de cómo se ha constituido el corpus actual de términos marcados como Min. en el DRAE hemos revisado esos doscientos sesenta y cuatro términos en las distintas ediciones en busca del momento de su incorporación y su posible evolución.
Empezaremos diciendo que ya estaban presentes en el Diccionario de Autoridades 11 con el mismo sentido o con muy pocas variaciones azoguero 12, barra, bolsa, entibador, entibar, entibo y piña.
No aparecen, en cambio, en ese primer diccionario académico las formas adema, ademador, ademar, ademe, agogía, aguada, ahonde, andalucita, apure, arbolillo, aterrear, atibar, atierre, atinconar, azanca, bancada, barretero, bismutina, bismutita, bolsada, bonanza, brasca, brocearse, broceo, cajonero, calicata, calón, callapo, camada, campista, cateador, catino, cementar, cendradilla, cochizo, cochurero, conacho, corpa, chiscarra, denuncio, derrabe, desatibar, desatoar, deslamar, despilarameinto, despilarar, despinte, desviación, desviamiento, desvío, echado, encamación, encapado, encapillar, encarre, encofrado, encostillado, endoble, enmaderación, entrepiso, escopetar, estemple, ferrificarse, filón, fisura, jabeca, jaula, laboreo, lava, lave, licuar, llapar, metal machacado, mechazo, mineralizar, miñón, muletilla, nata, plecbenda, pegador, petanque, pileta, piso, plata de piña, pueble, punterola, recuñar, relave, remolido, revenimiento, rodado, salbanda, soplado, terreno franco, trecheador, trechear, trecheo, varada, yapa, zaca, zafra y zafrero.
Y el grupo más nutrido lo constituye el de las voces que ya aparecían en Autoridades, aunque con acepciones no relacionadas con la minería.
En muchos casos la acepción que más tarde se incorporará con marca temática está incluida en una definición general o es lógicamente deducible, como ocurre en apartar, cabecera, cochura, ganga, encamarse garbillar y garbillo, tanda, lavar y lavadero.
En otros casos se han creado usos metafóricos a partir de la entrada que aparece en Aut., como en dique, matriz, bolsa, bigote.
En otros un tecnicismo de otro área, generalmente de Náutica, Arquitectura o Militar, ha desarrollado un significado técnico minero, como, atrio, capellina, contramina, hastial, lampazo, mena, metralla, compás.
En la edición de 1770 se incorporan unas pocas voces, entre las que destacamos, azoguería, que lo hace con la indicación inicial de «En Nueva Espa-----11 Para los problemas de selección del vocabulario técnico por parte de la Academia, vid.
12 Sin marca entonces, como «el que trata y contrata en azogues.
En la villa Imperial del Potosí en Indias hai gremio de azogueros».
Idéntica andadura tendrá su derivado azoguería. ña», que conservará hasta 1852 y que en 1869 recibirá la marca Méj y a partir de 1884 Min.Y barretero que presenta entonces la restricción «en las minas».
Destacamos adema porque el resto de términos de su familia -ademe, ademador y ademar-lo habían hecho en la edición anterior.
A partir de este momento ademe será sólo una remisión a adema, voz que en la edición de 1925 incorporará una segunda acepción -«forro o cubierta de madera para asegurar tiros, pilares, etc».-La edición de 1803 tiene entre otras novedades guía, marcado como Min, y con la definición de «Terreno o señal que está cerca de alguna veta o indica su proximidad o abundancia».
Desde 1899 será «Vetilla a que algunas veces se reducen los filones y que sirve para buscar la prolongación».
Lama, en cambio se incorpora sin marca, con la restricción «entre mineros», que conservará hasta la edición de 1869; a partir de 1884 aparece con la marca temática y definido como «Harina o tierra sutil de los metales», definición que en la siguiente edición, la de 1899, se convierte en la que llega hasta la actualidad: «Lodo de mineral muy molido que se deposita en el fondo de los canales por donde corren las aguas que salen de los aparatos de trituración de las menas».
Por su parte lava se definirá «En las minas se llama así el baño o loción que se da a los metales para limpiarlos de las impurezas» hasta la edición de 1869 y la marca Min se le añade en 1884, como a tantos otros términos mineros.
En 1925 se redacta la definición que llegará a nuestros días: «Operación de lavar los metales para limpiarlos de impurezas».
También encuentra su lugar en la lexicografía académica en este 1803 la voz negrillo, de la que se nos dice que «Se aplica a ciertas piedras metálicas de las quales se saca plata de muy buena calidad»; en 1817 se transforma en: «Nombre que dan los mineros a la variedad de la plata nativa que es de color negro», definición que se repetirá en 1884, cuando la Academia decide marcarla como término específico de la minería; una nueva redefinición y remarcación sufrirá en 1914: «Min.
Mena de plata cuprífera cuyo color es muy obscuro».
De la edición de 1817 destacamos mena, como «La veta del mineral y el mismo mineral», que a partir de 1869 será «Min.
Los minerales o metales mezclados todavía con la ganga o con la piedra y tierra de la mina»; en 1884 se indicaba que procedía del celta men 'piedra', mientras que en 1992 se le atribuye la misma procedencia que a mina 2, esto es, el francés mine.
La de 1822 incorpora sólo unos pocos términos, entre los cuales nos hemos fijado en mineralizar porque entró con la marca Quím. y definido como «Reducir un metal a forma de mineral» y en 1884 se cambia por Min. y se ofrecerá la definición que ha llegado hasta hoy: «Comunicar a una sustancia las condiciones de mineral o mena».
En 1869 barra entra con una doble caracterización a través de las marcas: término minero usado en América.
Se le añade la marca a dos términos incorporados en 1852 sin ella, como son filón y ganga.
Se acepta además la voz mechazo, como Min., aunque con una definición poco técnica: «Se dice de un barreno cuando se consume la mecha sin inflamarse la pólvora», que a partir de 1884 será: «Combustión de una mecha sin inflamar el barreno.
U. por lo común en la fr. dar mechazo».
La voz miñón que desde 1817 aparecía para designar un soldado de tropa ligera en esta edición de 1869 incorpora dos nuevas acepciones 13: «En algunas provincias, la escoria del hierro. /Min.
Mena de hierro de aspecto terroso»; esta última en 1989 cambia la marca por Min. pr.
Del grupo de doscientos sesenta y cuatro términos que hemos tomado como punto de partida son novedades en 1884 bigote, que en esta edición recoge dos sentidos técnicos de la minería: llamas que salen de la bigotera del horno e infiltraciones del metal en las grietas del interior del horno; en 1899 se aceptará una nueva acepción, también de la minería: abertura semicircular en los hornos de cuba para que salga la escoria fundida.
Caña entra referido sólo a las minas de Almadén, restricción que desaparecerá en la edición de 1899.
El término contramina llegó al Diccionario en 1780 como segunda acepción de la entrada, pero sin marca temática hasta la edición de 1884.
Criadero presentaba en su debut académico una definición sencilla y comprensible -«Sitio abundante en algún mineral»-que se convirtió en 1914 en la más rebuscada y oscura «Agregado de sustancias inorgánicas de útil explotación que naturalmente se halla entre la masa de un terreno».
Y encamación consigue ahora su derecho a marca Min, aunque estaba presente en el DRAE desde 1791 con la delimitación en la definición «en las minas».
Acción de denunciar una mina» y a partir de 1936 incorpora una segunda acepción: «Concesión minera solicitada y aún no obtenida».
Sólo aparecerá definido en esta edición que le dio entrada estemple, que en las sucesivas se convierte en una remisión a ademe.
Por su parte jábeca 14 definido aquí como «Aparato destilatorio que se usaba antiguamente en Almadén para el beneficio de los minera-----13 Que a patir de 1884 se recogerán en una entrada independiente.
14 La propia Academia ha vacilado de unas ediciones a otras entre acentuar la palabra o no. La última hasta ahora es con acento. les de azogue, en la siguiente edición, la de 1899 ya se considera «horno de destilación» y se ofrece una descripción pormenorizada del mismo.
En la edición de 1899 también son numerosas las novedades en cuanto a voces de la Minería.
Así, se incorpora amainar, mientras que su derivado amainador no lo hará hasta 1925.
En la edición anterior había entrado chacuaco con una única acepción -Mej.
Horno pequeño para fundir metales-, que ahora consta como «(Voz americana) Min.
Horno de manga para fundir minerales de plata» y que en 1992 ofrece la misma e incorpora una segunda: Mej., chimenea, conducto.
Dos voces entran juntas en esta edición, la una -desatibar-como remisión a la otra -desatorar-hasta 1927 en que obtiene el derecho de definición.
Dos acepciones recoge de fajado si bien la segunda -madero en rollo para entibar pozos-no consiguió el distintivo Min. hasta 1914.
En la edición anterior ya aparecía haba, sin marca, como «Gabarro cristalino fuertemente adherido al sillar en que se encuentra», acepción que a partir de ésta se convertirá en un reenvío a la acepción correspondiente de gabarro, incorporando a la vez una nueva que recoge el sentido de 'trozo de mineral más o menos redondeado y envuelto por la ganga'.
Desde su aparición como tecnicismo minero en esta edición de 1899 la Academia ha resuelto labor con una remisión a excavación y con la indicación U. m. en plural.
Además de Min. nata presenta la marca Amér. desde su incorporación en esta edición.
En 1914 la Academia aumenta su corpus de tecnicismos mineros con voces como atibar, que lo hace en el Suplemento y cochura y cochurero, ambas con la restricción, dentro de la definición de «en los hornos de Almadén».
La edición de 1925 es también importante para la terminología minera del DRAE, que da entrada a términos como broceo, que lleva también la etiqueta Amér.
Merid., caballete, que es la forma Mej. de decir caballo, según el Diccionario académico, campista y ateador, que llevan además la marca Amér, mientras conacho lleva además Perú -es el único término marcado como Min y Perú a la vez-, despilarar la etiqueta Amér. y despinte la de Chile, compás, en el que se añade la marca Min. a la acepción que en 1899 se había marcado sólo con Mar.
Andalucita y bismutita -que no consiguió el distintivo Min hasta 1992fueron acogidas por la Academia en 1927.
Ambos términos nos muestran en el DRAE falta de organización conceptual de las áreas temáticas Así carbonato es un término marcado como Quím., mientras bismutita, definida como «carbonato natural hidratado de bismuto» es considerado término de la Minería.
Otro tanto ocurre con silicato (Quím.) y andalucita (Min.) «silicato de alúmina natural».
En 1936, entre otras, entraron cuesco, una de cuyas acepciones mineras aparece también como Méj. y dique, que desde 1899 a 1925 mantuvo la marca Geol., aunque la definición era la misma que podemos leer en la última edición, y en el volumen que apareció en 1936 se cambió por Min.
Del año 1947 es la edición que acogió a una de los tecnicismos de la minería más crudos que podemos encontrar en DRAE: pecblenda, préstamo del alemán que designa a un determinado mineral de uranio.
En 1989 el derrumbamiento de una mina encuentra su expresión técnica en el término derrabe, mientras que en 1992 entra bismutina.
También en este año deslamar, que estaba presente ya en el DRAE desde 1791 sin marca y como «quitar la lama», sufre un cambio en la definición -«Limpiar un material de sus fracciones más finas»-y consigue la marca técnica.
Y desviamiento, que desde 1970 a 1989 era, sin marca, un «cruce de una vena mineral con otra» pasa a tener marca y se convierte e una remisión a desvío.
LA MINERÍA EN LOS TEXTOS: UN FILÓN PARA EXPLOTAR
Ya hemos apuntado que en el corpus de Minería del DRAE no están todos los que son: términos pertenecientes al ámbito minero que carecen de marca temática, aunque disponen de marcas de uso o de origen etimológico americano, forman también parte del Diccionario.
Por este motivo hemos recurrido a la lectura de algunas obras para entresacar algunas voces que parecen haber gozado de cierta difusión, aunque muchas de ellos no llegaron nunca a los diccionarios generales15 o tuvieron un paso efímero por ellos, como anco, o desaparecieron por considerarse desusadas o anticuadas en la metrópoli.
Y, sin embargo, son esos términos los que nos muestran los resultados del fecundo contacto entre españoles e indígenas.
Consideramos que la veta principal en la búsqueda que planteamos ha de ser el Diccionario y maneras de hablar que usan en las minas de García de Llanos (Molina Barrios:1983) 16----porque es la primera compilación formal y especializada sobre la minería colonial de que disponemos y porque, como hemos apuntado (Alonso González:2002) ofrece un panorama bastante completo de todos los aspectos que se pueden considerar en la minería: desde los tipos de metales a los procesos de extracción y beneficio, pasando por la maquinaria y herramienta empleadas, los diferentes obreros especializados y la situación social y legal.
Para verificar la validez de los datos recogidos por García de Llanos hemos consultado algunos tratados relacionados con la minería, como los de Barba o Pérez de Vargas, y obras de escritores europeos que dan cuenta de la realidad americana, como Acosta, Antonio de Ulloa17 o Acarate du Biscay.
Lo que ofreceremos ahora es sólo una calicata, dejando para otros trabajos más extensos la verdadera explotación y beneficio de los mismos.
De las 258 entradas que García de Llanos recoge, DRAE 1992 da cabida a las siguientes18: a chiflón y achiflonarse (s.v. chiflón), achupas (s.v. achura), aquijado (s.v. quijo), apiri, ataucado y ataucar (s.v. tauca), ayllo (s.v. ayllu), barbacoa, calichal (s.v. callapo), cancha, cimba, coca, cocaví, cochas (s.v. cocha), viracocha, coya, concho, cotamas (s.v. cutama), huasca, chasquear y chasquis (s.v. chasqui), chile (s.v. chile), chumbe, pallar, guasca, galpones (s.v. galpón), bohío, curaca, huasis (s.v. guaso), huaicu (s.v. huaico), huaira, huairar y huairadores (s.v. guaira), huasca (s.v. guasca), llancana y llancar (s.v. llanca), mingar indios y mingas (s.v. minga), mita y mitayos, paco, palca, pallar, pampa, pirca, pongos (s.v. pongo), quipi (s.v. quipu), quisca, taucado y taucar (s.v. tauca), pallaco, topo.
En su Diccionario encontramos algunos términos que nunca tuvieron un espacio en la Academia, como vilaciques, que García de Llanos, s.v. metal, párrafo 22, define así: «Quiere decir ciques colorados, porque tienen unas manchas de este color y vila en la aymara quiere decir ́sangre`.
En lo demás son del color mismo de los ciques, porque lo son, que solamente se diferencian en esta señal, que lo es de riqueza.
Y, así, tienen mucha más ley que todos los demás metales de caja, y tanta como los razonablemente buenos de vetas y que han competido con metales ricos de ellas.
Están ya muy apurados y no se halla sino una piedra acaso.
Fueron los mejores de ----la Muñiza, cierta parte de la Veta Rica al sol del Cerro, y no se han hallado hasta ahora vilaciques sino en Potosí».
Y que Alonso Barba explica en este fragmento: «Ciques llaman a las otras piedras que nacen con los metales, o a sus lados, que también se dicen caxas; son toscas y no muy duras ni macizas; no participan de metal de ordinario, aunque en algunos minerales y vetas ricas también se les pega algo de su vecindad.
Famosos han sido y son los vilaciques de este riquíssimo cerro de Potosí, por la mucha plata que de ellos se ha sacado, y no es ésta la menor prueba o alabanza de su propriedad sin igual.
Vila significa sangre o cosa colorada, en la lengua natural de esta provincia y, por unas pintas o señales pequeñas que tienen de este color, llaman a las piedras vilaciques.»
Tampoco es académico puruña, que para Llanos s.v.:
Es en la general vasija o almofia de barro cocido.
Es cosa ordinaria en los ingenios para ensayar Mientras que Barba nos ofrece varios ejemplos de su uso:
«Descúbrese como una ceja en la puruña, quando el metal se ensaya, y de ella toman los experimentados indicación de la calidad del metal y estado de los caxones». «...muéstrase la lis de azogue muy sutil, blanca, sin viveza, y al baxar el relabe con el agua de la puruña, no corre, antes se va quedando como pegada al suelo y, si con el dedo se refriega, se junta en granos de azogue vivo».
Y Stubbe s.v. poruña indica su uso en Argentina, Chile y Bolivia como «un pequeño receptáculo alargado, hecho de un cuerno de vaca, cortado longitudinalmente, en el cual hacen los mineros la primera, rápida prueba de las arenas de aluvión para ver si contienen oro».
Tuvo su momento de gloria anco, introducido en la edición académica de 1817 con la etiqueta Min. y definido «Lo mismo que plomería», pero sólo pervivió hasta 1869.
García de Llanos s.v. metal con toda profusión de detalles nos explica que: «Quiere decir en la general nervio, y en los metales significa plomo por metáfora y semejanza, porque partiéndolo hace correa si tiene mucho plomo, a cuya causa le dieron los indios este nombre, aunque tenga el metal tanto menos que no pueda servir de nervio.
El buen anco o plomo es grueso y casi negro, del mismo color que él se tiene no estando en el metal, sino solo.
Y los metales de plata que por donde-quiera que se partan muestran y descubren mucho plomo de éste son ricos, y algunos no se diferencian en ley del metal tacana, antes en rigor es lo mismo, que sólo se diferencia en tener aquella señal de riqueza más que estos otros, de manera que todo metal tacana tiene plomo o anco, mas no al revés, que todo metal que tenga anco será tacana.
Finalmente, todos los metales pacos en general se tienen por de más o menos ley según el plomo tienen, y no hay otra manera de conocerlos en piedra sino ésta.
Y cuando el anco o plomo es grueso y todo el metal plancheado de él por dondequiera que se parta, es lo más que puede tener y se dice por encarecimiento que lo pueden cortar con un cuchillo.
Y pasando la uña por encima, señala en él como en un pedazo de plomo ordinario.
Otras veces se halla muy menudo y como puntillas muy sutiles que apenas se descubre y es menester destreza para echarlo de ver, que también siendo mucho es señal de riqueza.
Y otros se ven en algunos olas o huequecillos que tiene el metal, como cabezas pequeñas de alfileres de su mismo color de plomo, a que llaman dados de plomo.
Sin el cual hay otro plomo que dicen los indios comereanco, que quiere decir plomo verde, porque lo es, y se descubre y parece más que el primero, mas no tiene que ver con él en ley porque, aunque es bueno a falta de otro mejor, es mas pobre y se halla en metales que lo son.
Además de los cuales, hay otro plomo que llaman volador, del mismo color y parecer que el bueno que primero se dijo, mas no se halla sino en las junturas y coyunturas de algunos ciques sin género de ley y no dentro del migajón, y en dándole con la mano se cae.
Tiénese por común manera de hablar, en tratándose de metales, que no hay más ciencia en ellos que ancoyo, manancoyo, que es decir, no hay más que saber para conocer de ellos el bueno y el que no lo es, que si tiene plomo o no lo tiene, y es así.»
Barba lo utiliza en varias ocasiones: «Ordinaria cosa es ésta en las vetas que crían anco o plomería, y experiencia común entre mineros, que también, como con la vista hacen prueba con el olfato, del metal que aún no conocen.»
«Hay metales muy ricos sobre ellas, llenos de anco, o plomería, y a los que más ordinariamente acompaña, son los cobrizos.»
«Y esto particularmente sucede quando se cuecen metales de mucho plomo gruesso, que llaman anco, que, como queda dicho, es plata bruta».
Y en el Vocabulario minero antiguo de Stubbe encontramos el mismo concepto con la denominación anquería.
Tampoco tuvo gran trascendencia el paso de llampo por la Academia: fue novedad en la edición de 1927 como «Chile.
Polvo o tierra metalífera que suele hallarse en las oquedades de las minas» y así se mantuvo en la de 1950, donde reapareció.
En 1984 y 1989, su tercera y cuarta aparición fue desplazado a segunda acepción, siendo la primera para el regionalismo andaluz en el sentido de 'relámpago'.
Stubbe lo recoge en dos entradas dando cuenta tanto de su procedencia del quechua llampu,'blando', como de su uso regional en Bolivia como «pequeños cristales de cassiterita dentro de una arcilla blanca...».
El Diccionario de Llanos lo recoge como «llampos: Dícese de llampu, que en la general significa cosa blanda y suave al tacto, y así se les da este nombre a las tierras muy molidas que se causan de los metales partiéndolos y de la lama y tierras que en las vetas se halla a vuelta de ellos.
Y, así, hay llampos de estos en las labores tan ricos como el mismo metal y más, sin los cuales hay otros que se juntan, pallan y recogen en la haz de la tierra donde ha habido canchas y buhíos que han tenido buenos metales, que son de la utilidad que los pallacos como se dirá.»
Azarosa ha sido la presencia de quijo en los diccionarios académicos.
Entró en 1817 como «Especie de piedra sumamente sólida y dura, en que regularmente se cría el metal en las minas.
Es voz usada en las Indias y principalmente en el reino de Perú» y mantuvo esta redacción hasta 1899, si bien en 1884 se sustituyó «en las Indias» por «en América».
En 1899, con la misma indicación de uso de la edición anterior se definió como «Cuarzo que en los filones sirve regularmente de matriz al mineral de oro o plata».
Esta definición se mantendrá hasta nuestros días, aunque la información con que fue acompañada también sufrió modificaciones: En 1984 se indicaba que procedía del latín «capsus, caja», mientras que en 1992 ya se indica que procede del aimara kisu kala; en 1985 y 1989 se marcaba como voz de Chile y Perú y en 1992 ya se considera voz propia de América en general.
Stubbe ofrecía una definición general como «Ganga y generalmente la ganga cuarzosa» y otra localizada en Cerro Negro, Famatina y Argentina como «cuarzo con inclusiones de plata nativa y diferentes minerales de palta, o de una galena de grano fino y muy argentifera».
Para García de Llanos los quijos «... son metales pobres y en el nombre se echa de ver que lo mismo es quijo que guijo o guijarro.
Tratando de piedras, y así lo parecen y bien ordinarias, su color es pardisco que tira algo a azul...De algunas vetas se dice comúnmente que van en quijos, mas a la hora que forme veta se puede tener por metal aquijado y no quijo».
«Llaman quijos a las piedras de casta de guijarros, que participan de oro, o plata, o otro metal qualquiera, y son de mayor duración y fundamento las vetas que sobre aquesto arman.»
Pallar fue aceptada por la Academia en su edición de 1803 -junto a pallón-y hasta 1884 aparecía sin marca alguna como «Entresacar o escoger la parte metálica, o más rica de los minerales».
En 1899 se indicaba que procedía de palacra 'grano de oro', aunque se daba entrada a pallador como procedente del quichua paella, campesino, con el significado de «coplero y cantor popular y errante en la América del Sur».
Esta última nos ofrece palla, usado en Argentina y Chile como «Selección de los minerales según la ley de los mismos» y usado en Chile como «Canto del pallador»; pallaco, del quechua pallákuy, «recoger para sí Mineral bueno que se recoge entre los escombros de una mina abandonada»; pallar, indicando su origen en el quechua pállay; pero pallador, con el mismo origen, sólo lo ofrece como «cantor popular errante», usado en América Meridional.
Pallar está incluido en la obra de García de Llanos con una definición enciclopédica en la que da cuenta del uso de otros derivados:
«pallar: Dícese de pallani, que en la general quiere decir coger del suelo, como cuando se coge grano a grano.
Hay en el Cerro tres maneras de pallar.
Una es pallar en la haz de la tierra, que es rebuscar desmontes y todo lo que en ella hay que se pueda aprovechar, así desecho de las minas y canchas, como quitamama.
Y lo que así se junta se dice pallaco, lo cual se vende por cargas para revolver con otros metales, y los indios que se ocupan en esto se dicen palladores, que por la mayor parte son uruquillas, porque los de aquel pueblo tratan de éstos.
De esta manera de pallar también se dice repallar al volver a rebuscar de nuevo lo que ya se ha pallado; y hay desmontes que se les han dado así muchísimas vueltas.
También algunas personas tratan de juntar de estos pallacos con indios que alquilan y los revenden y benefician, y otros, asimismo, que traen labores a metal en las minas echan también indios a rebuscar en ellas, todo lo cual se dice pallar.
La segunda manera de pallar es limpiar el metal en las canchas donde se pone luego que se saca de las minas, como se dijo en la palabra cancha, no 36, que es apartar lo malo y desecharlo sin recibirlo en cuenta de lo que a cada indio se le manda sacar, y los que hacen esto se dicen palliris, en que de ordinario se ocupan muchachos y algunos indios viejos.
En esta manera de pallar, quiere decir repallar volverlo a limpiar.
La tercera y última se dice pallar el tomar cuenta a los indios de lo que cada uno ha trabajado y sacado, como se dijo en la palabra días de cancha, no 91, y dícese así porque en acabando de tomarles cuenta, recoge cada uno al buhío el metal que sacó, cogiéndolo del suelo [pág. 98] (que es pallar), aplicándolo los españoles a lo que precede, y, así, se dice pallar los indios al tomarles cuenta y asentarles lo que han trabajado, lo cual, asimismo, se dice quilcar, como se dirá en su lugar, y por qué razón en la palabra quilcar, no 202.
Sin las maneras de pallar referidas, hay otra en la ribera donde están los ingenios, que es andar en ella al rebusco del azogue y pella que se lleva el agua del beneficio cuando sale de las tinas, en que se ocupan más mujeres que indios, y hacen para el efecto pozuelos en que se va juntando y de ellos sacan la arena que se recoge y, lavándola en bateas, apartan el azogue y pella que se junta; y éstos se dicen palladores de la ribera o de pella.»
Barba también lo utiliza:
El buen acierto para sacar la ley a los metales, comienza a zanjarse cuando se pallan o escogen En las Noticias americanas de Antonio de Ulloa, quien declara que los mineros «usan de un lenguaje particular de Minas, que tiene la virtud de apartar de la imaginación todo otro asunto, y de recrearla» encontramos también pallaco y pallaquear.
Y Stubbe incluye en su obra tanto pallacos, como pallador y pallaquear o pallar.
Llanos ofrece numerosos datos de interés no sólo en las entradas, también algunas definiciones internas tienen interés lexicográfico.
Nos detendremos un poco más en una de ellas: carnerero, que, a nuestro entender, es un ejemplo de transferencia lingüística de ida y vuelta España-Hispanoamérica-España.
Aunque pueda parecer a primera vista una palabra ajena al campo terminológico de la minería, la lectura de algunos textos nos convence de lo contrario.
Encontramos abundantes referencias a los «carneros de la tierra» y su utilidad para la minería hispanoamericana.
Juan del Pino Manrique en su Descripción de la villa de Potosí y de los partidos sujetos a su intendencia nos informa de que «El trueque, cambio y venta de carneros de la tierra, que crían en crecidos rebaños, les ofrece también tal cual pasadía, por la estimación con que los conducen al mineral de Guantaaya, y Asiento de Tarapaca de la intendencia de Arequipa, por lo escaso de estos en todo comestible».
Antonio de Ulloa en Noticias americanas afirma que «El animal mas útil para los Indios, y que se acomoda mas á su carácter es la Llacma, ó Carnero de la tierra: con él hacen toda suerte de carguíos, no solo en las minas, sino para transportar lo que se ofrece de unas partes á otras[...]
Los Metales se conducen de las Minas á los Asientos en Llacmas, ó Carneros de la tierra, y en Alpacas».
Acarate du Biscay escribe en la Relación de un viaje al Río de la Plata y de allí por tierra al Perú con observaciones sobre los habitantes, sean indios o españoles, las ciudades, el comercio, la fertilidad y las riquezas de esta parte de América: «Entre estos salvajes ordinariamente eligen los mejores obreros para separar la ganga entre las rocas, lo que hacen con barras de hierro que los españoles llaman palancas, y otros instrumentos de hierro; otros sirven para acarrear lo que excavan en canastitas, hasta la entrada de la mina; otros para ponerlo en sacos y cargarlos sobre una especie de grandes ovejas, que llaman «carneros de la tierra»: son más altos que los asnos y comúnmente llevan un peso de doscientas libras.
Estos animales sirven para llevar el mineral a las casas de laboreo que están en la ciudad a lo largo del río, que viene del lago del cual he hablado antes».
A los hispanohablantes no puede sorprendernos que la persona que cuida esos «carneros de la tierra» sea el carnerero, no porque conozcamos en la península pastores dedicados exclusivamente a los rebaños de machos ovinos, sino porque es la formación esperable de acuerdo con nuestras reglas morfológicas y porque culturalmente es un término cercano y no perturbador.
Ausente del Tesoro de Covarrubias, aparece por primera vez en una obra lexicográfica en el Diccionario de García de Llanos, de 1609: «bajas: Dícense bajas la bajada de los metales del Cerro a los ingenios.
Y, así, dar un minero el trajín de los suyos a un carnerero (que son los arrieros que los bajan), se dice que le da sus bajas; y tener el carnerero muchos fletes de éstos, dicen tener muchas bajas; y preguntar a cómo andan las bajas es como decir a cómo se baja o fleta el metal por quintales».
«chacanear: Dícese de chacnani, que quiere decir cargar y trajinar como lo hacen los arrieros.
Y, así, aunque generalmente se entiende chacanear en cualquier género de trajín o acarreos en Potosí, se toma entre la gente del Cerro por lo más principal, que es el trajinar el metal de las minas a los ingenios, lo cual se hace en carneros que para el efecto tienen los tratantes de esto o carnereros.
Y carga cada uno de seis a ocho arrobas y a veces más.
Tienen los dueños cantidad de ellos en los pastos de la comarca, a diez, a quince y veinte leguas y más del asiento, para remudar; y los que vienen al trajín, cuando les cabe se dice mita como en los indios, porque les toca la vez de trabajar, y duran en el chacaneo de tres a cuatro semanas, con lo cual no quedan de provecho en un año, así por no ser para más, como porque casi no comen en este tiempo, respecto de no haber pastos junto al asiento ni en su comarca.
Los indios que sirven de arrieros se dicen chacanas o chacaneadores y el trajín chacaneo.»
El primer diccionario académico lo recoge como «El que conduce los hatos de carneros y los lleva por su cuenta» y alega la autoridad del Padre José de Acosta en el libro IV de su Historia natural y moral de las Indias: «Tienen sus paradas sabidas los carnereros que llaman, que son los que llevan estas recuas».
Después de ese debut la Academia ha mantenido el término en todas sus ediciones.
El Histórico no aporta novedad alguna: la misma definición y como documentaciones Acosta y el propio Autoridades.
Carnerero ha llegado a nuestros diccionarios actuales y aparece definido como «Pastor de carneros» no solo en DRAE 1992, sino también en María Moliner, Casares, DEA e incluso en enciclopedias como Larousse.
El DEA allega un ejemplo entresacado de Usos y decires de la Castilla tradicional (Emilio Martín Calero:1984): «El rabadán y carnerero, ayudados por los zagales, también tenían su labor».
El CORDE nos devuelve tres localizaciones de la palabra, dos de las cuales corresponden a la obra de García de Llanos, que ya hemos visto, y una tercera presente en Documentación medieval de la Corte del Justicia de Ganaderos de Zaragoza (1472-1492) que califica a un tal Peyrot como «carnerero, pastor suyo».
Con todos los datos que acabamos de repasar, creemos que carnerero hizo su entrada en el limbo académico referido a la acepción regional, esto es al «carnero de la tierra», nombrado así por los españoles que por primera vez vieron las llamas y que disponían de un referente peninsular para denominarlas -el macho de la oveja.
La existencia del término con anterioridad al Descubrimiento sólo cuenta con el apoyo de ese único ejemplo en documentación medieval de Zaragoza19, en cambio, tras la conquista el vocablo se hace más frecuente y su presencia en Autoridades se debe, sin duda, a su uso por parte de Acosta.
Aunque el análisis que podemos hacer basándonos en los términos que acabamos de comentar no es exhaustivo, si nos permite apreciar que la realidad de la lengua de especialidad relacionada con la minería y la realidad que recoge el Diccionario de la Academia son bien diferentes.
Aun aceptando que los diccionarios generales no son el espacio lexicográfico adecuado para los tecnicismos, puesto que en nuestra tradición lexicográfica no se ha respetado, aunque si reconocido, esta independencia, hemos tomado como referente la presencia/ausencia de los términos mineros en la Academia.
Hemos podido comprobar que términos documentados en obras literarias y científicas nunca encontraron su espacio en la Academia; otros gozaron de un efímero paso por ----sus páginas; otros fueron recogidos con acepciones que nos responden al sentido con que las usaron los autores que hemos revisado.
Pensamos, además, que algunos de los términos que entraron en el paraíso académico lo hicieron por su condición de americanismos, no de voces específicas de la minería.
Así la Academia incorpora apiri -que para García de Llanos «en las minas son los indios que se ocupan en sacar el metal que otros barretean o juntan en la mina a la haz de la tierra»-en su edición de 1914 como voz aimara, que a partir de 1925 aparecerá ya como de origen quechua, pero que en ningún momento ha tenido marca diatécnica.
También carece de marca temática cochas que en 1780 «En el beneficio de los metales es lo mismo que un estanque que se separa con una comporta de la tina o lavadero principal», acepción mantenida en 1992 y a la que se ha añadido /2 Ecuad.
«Laguna, charco»; en 1925 ya señala la procedencia del quechua, mientras que la edición de 1899 todavía afirmaba que era del latín cochlea.
Otro tanto ocurre con guaira, introducido en DRAE 1989 -aunque, según el DCECH; aparece documentado en Cieza de León en 1554 y en Lic.
Cepeda en 1590, y, como hemos comprobado, en 1609 en García de Llanos-, como «Del quechua guaira, viento.
Hornillo de barro en que los indios fundían los minerales de plata».
Y lo mismo podemos comprobar en callana, del que ya desde DRAE 1925 indica tanto su origen quechua como su uso en América, sin marcar que «escoria metalífera que puede beneficiarse» sea un término técnico.
(En 1914 aparecía con la acepción de «vasija tosca que usan los indios americanos para tostar maíz o trigo» que se mantiene en 1992.)
Pirca es otro ejemplo de lo mismo, que ya en 1989 aparecía como «Del quichua pirca, pared.
La primera documentación que ofrece el DCECH es de 1875, en el Diccionario de chilenismos.
No recogen, en cambio pirquiris, que encontramos en García de Llanos como «Los indios diestros de hacer estas pircas y reparos (que los hay con mucho extremo), se dicen pirquiris, y son los mismos que se nombraron ayciris o llamadores en la palabra ayzar, no 7.
Son muy estimados y con razón» CONCLUSIÓN De los datos vistos hasta aquí podemos colegir que el rigor terminológico no es precisamente una característica del trabajo de la Academia en el ámbito de la Minería, ni en los aspectos onomasiológicos, ni en los semiológicos, como revela lo ocurrido con bismutita y andalucita.
Por otra parte, la selección de términos responde a criterios poco homogéneos: junto a voces específicas de un área minera muy reducida -cochura, cochurero y jábeca en Almadén, cuesco en Riotinto, encarre en Andalucía, altar y miñón en Vizcaya-, encontramos términos de uso más general como barretero, entibar, adema, o ganga.
Poco coherente resulta también el diferente tratamiento en cuanto a la marca diatécnica de Minería de palabras derivadas de una misma raíz, como podemos ver en el Cuadro 2: CUADRO 2 La consecuencia última es que el corpus de Minería del DRAE presenta palabras procedentes de textos literarios con más de trescientos años que ya no tienen un uso real, como azoguería, definida como «Oficina donde se hacen las operaciones de la amalgamación», magistral «Mezcla de óxido férrico y sulfato cúprico... que se emplea en el procedimiento americano de amalgamación», ahonde «Excavación de siete varas que, según las ordenanzas, debía hacerse a un plazo determinado en las minas de América, para conseguir la propiedad»; pero no recoge denominaciones actuales20 que cualquier persona curiosa puede encontrar en revistas, periódicos, páginas de Internet.
En cuanto a las definiciones lexicográficas, junto a las que responden con bastante rigor al paradigma científico, como pueden ser las ya vistas bismutita, andalucita o cementar «Meter barras de hierro en disolución de sales de cobre para precipitarlo», encontramos otras más propias de un diccionario general, como pega «Acción de pegar fuego a un barreno», pozo «Hoyo profundo para bajar a las minas».
Además, en ocasiones, para definir una voz utiliza términos técnicos que en su respectiva entrada carecen de marca: como barrenero s.v. banderilla, cuña s.v. barretero, calcinación s.v. cochura, desmontes s.v. contramina, hormigo s.v. jabeca, copelación s.v. nata.
En otras no recoge la acepción de la voz técnica que utiliza para definir; así s.v. amigo «Palo que se coloca atravesado en la punta del tiro o cintero para que, montándose los operarios bajen y suban por los pozos» utiliza cintero, voz que en su respectiva entrada no ofrece acepción alguna aplicable a la descripción de amigo. |
56), principalmente à época, de grande vulnerabilidade. |
CON LOS NERVIOS DE PUNTA: DE LA MEDICALIZACIÓN A LA PSICOLOGIZACIÓN DE LOS QUEBRANTOS MENTALES EN EL TRABAJO.
En este artículo se analizará el modo en que la neurastenia y la fatiga fueron objetivadas por la medicina dentro del ámbito laboral en las ciudades de Bogotá y Medellín, durante la primera mitad del siglo XX.
De ahí la necesidad de tomar como referencia la identificación de los presuntos padecimientos ligados a la esfera del trabajo intelectual y físico.
A la reivindicación de los comportamientos frugales para aminorar los efectos de aquellos padecimientos, se le vino a adicionar la creciente psicologización del mundo del trabajo promediando dicha centuria.
Aquella psicologización se volvió una herramienta que amplió el espectro de la anormalidad, en medio de la metamorfosis experimentada por el aparato productivo y la diversificación de la estructura laboral a nivel nacional.
En la primera parte de este artículo se analizará el modo en que ciertas categorías nosográficas como la neurastenia y la fatiga fueron objetivadas desde el ámbito médico, justo en un momento de incipiente industrialización durante el periodo propuesto.
También se examinarán las continuidades y discontinuidades alrededor de estos presuntos padecimientos ligados con el mundo del trabajo intelectual y físico.
De allí precisamente la pretensión aún incipiente, y en ausencia de una legislación sobre salud laboral referida a los padecimientos mentales, de visibilizarlos desde ciertas disciplinas como la medicina.
En segundo lugar, se examinará el paulatino tránsito de lo estrictamente médico a una estrategia de psicologización más amplia, en la medida que la psicología, la psiquiatría y el psicoanálisis se institucionalizaron en Colombia.
A ello se le vino a sumar la divulgación de estos discursos en otro tipo de publicaciones no científicas.
Lo anterior permite plantear el problema investigativo en torno a cómo se fue configurando una nueva manera de gestionar la fuerza de trabajo, vista como un recurso económico y mental.
Se trató de un proceso orientado a la identificación y creciente patologización de comportamientos que presumiblemente ponían en riesgo el desarrollo del aparato productivo.
La periodización elegida responde a dos fenómenos claves.
El primero correspondió a la publicación de la tesis de Julio Rodríguez Piñeres en 1898, titulada Neurastenia, en la cual se señala el temor hacia la neurastenia por cuenta de las sobrecargas sociales y laborales, particularmente en lo concerniente al trabajo intelectual.
Dicha publicación señala un punto de partida de los procesos de medicalización de lo mental en el mundo del trabajo intelectual.
La fecha de cierre corresponde al año 1961, pues durante ese año se creó la Sociedad Colombiana de Psicoanálisis y la Sociedad Colombiana de Psiquiatría.
Lo anterior coincidió con la emergencia de una serie de publicaciones en las que el ámbito laboral comenzó a ser examinado desde la psiquiatría, la psicología y el psicoanálisis, y ya no sólo desde la medicina como disciplina hegemónica.
Si bien la extensa temporalidad elegida puede verse como una elección problemática en términos metodológicos, lo cierto es que responde a la intención de examinar, en ausencia de un mayor acopio de fuentes disponibles, la modulación en la forma de objetivar lo mental en el mundo del trabajo; es decir, explorar y analizar el tránsito de la medicalización a la psicologización de lo mental y lo que ello acarreó en el ámbito laboral.
En ese sentido, la elección metodológica de los autores de las fuentes consultadas no respondió exclusivamente a la necesidad de referenciarlos como médicos, psiquiatras, entre otros, sino más bien al apremio de problematizar la emergencia y circulación de estos discursos "psi" sobre el ámbito laboral.
A ello cabría añadir la ausencia de información y, por consiguiente, la dificultad de realizar un rastreo minucioso de las trayectorias profesionales de cada autor citado en las fuentes primarias, lo cual excede por mucho los alcances y propósitos planteados en este artículo.
A partir de dichas fuentes sobresalen algunos autores, como el ya mencionado médico Julio Rodríguez Piñeres, interno del hospital San Juan de Dios en Bogotá, los médicos Miguel María Calle (empleado de la Empresa Minera del Zancudo), Braulio Mejía, José Miguel Restrepo, Julio Ortiz Vásquez y Eduardo Vasco, docentes de la Universidad de Antioquia.
Además de este conjunto de prestigiosos médicos, quienes desarrollaron sus carreras profesionales durante la primera mitad XX, es posible identificar a otro tipo de autores, como el Psicólogo social y sacerdote Ireneo Rosie, el Psicólogo y Antropólogo social Enrique Valencia y el Psiquiatra Luis Gabriel Jaramillo.
Más allá de dichas trayectorias individuales, interesa más destacar la creciente objetivación de ciertos padecimientos emocionales en publicaciones de origen médico durante la primera mitad del siglo XX (además de las tesis), como el Boletín Clínico.
Órgano de la Facultad de Medicina y Ciencias Naturales de la Universidad de Antioquia; Anales de la Academia de Medicina de Medellín; Orientaciones médicas.
A lo señalado acá cabría agregar, por un lado, otras publicaciones especializadas, como la Revista Colombiana de Psiquiatría, fundada en 1964, la cual puso de relieve el paulatino tránsito que se desea problematizar en el presente artículo.
Y, por otro lado, algunos artículos de revistas no especializadas y magazines, como El Correo de Medellín y la Revista
A ello se le añade la necesidad de articular lo anterior con algunos cambios socioeconómicos experimentados durante el periodo propuesto, con el propósito de realizar un análisis histórico más profundo.
Por lo tanto, lo abordado hasta ahora no se orienta a dilucidar la maquinaria moral-religiosa destinada a reconducir los comportamientos de las clases trabajadoras, por causa de la pobreza y las pésimas condiciones socio-ambientales (Foucault, 2000, p.
Lo que subyace es una perspectiva diferente a aquella vinculada con la teoría de la degeneración racial y la moral religiosa, pero sí más ajustada, a partir de la segunda posguerra, a la psicologización del proletario y los movimientos organizativos.
Si bajo los principios deterministas el ser humano era concebido como una máquina movida por el espeso combustible de las circunstancias biológicas y la herencia, el aspecto psicológico, según escribía Prospero Rueda, en la revista Temas en el mes de enero de 1944, estaba sujeto a la personalidad, abordada desde lo individual y lo social.
Como telón de fondo se hallaba, por un lado, la creación del ya mencionado grupo psicoanalítico en Colombia, su reconocimiento internacional en 1959 con la consiguiente organización del Instituto Psicoanalítico ese mismo año, además de la creación de la Sociedad Colombiana de Psicoanálisis en 1961; pero, por otro lado, se observó un
contexto social caracterizado por la consolidación del Frente Nacional en Colombia y el fortalecimiento del movimiento obrero durante la segunda mitad del siglo XX (Archila, 2003a, p.
Fue este periodo de auge del dispositivo industrial el que consolidó un imaginario del movimiento obrero como objeto de sospecha y presunto enemigo del progreso dentro de ciertos círculos económicos, políticos e intelectuales (Castaño, 2015b, p.
Por otro lado, la elección de las ciudades de Bogotá y Medellín para el rastreo de fuentes obedeció a tres motivos: el primero, porque estas ciudades, desde finales del siglo XIX y comienzos del XX se constituyeron en los principales centros urbanos del país.
En segundo lugar, porque ambas se establecieron como los principales núcleos del proceso de industrialización durante todo el siglo XX en Colombia.
En tercer lugar, y partiendo de los dos motivos anteriores, así como de las fuentes disponibles para el desarrollo del presente artículo, estas dos ciudades se erigieron en los primeros y principales centros de divulgación de saberes sobre los procesos de medicalización y psicologización de los trabajadores colombianos, lo que no significa que fuesen los únicos.
La disparidad, heterogeneidad y escasa disponibilidad de las fuentes tornó difícil examinar ambas ciudades como estructuras analíticas separadas dentro del artículo; aun cuando, en la medida de lo posible, se evitó establecer generalizaciones con alcances nacionales en las interpretaciones realizadas.
Es preciso aclarar que este artículo no se ajusta a un enfoque ligado con la historia de la disciplina médica, psiquiátrica o psicológica.
Tampoco se pretende realizar un análisis epistemológico de la fatiga o la neurastenia, lo cual ya ha sido abordado de manera más detallada por otros autores (Vásquez, 2015).
Para efectos del presente artículo, se desea abordar y re-problematizar dichas dolencias, sus continuidades y discontinuidades, a la luz de los excesos en los trabajos intelectuales y físicos desempeñados durante el periodo analizado.
Para esto, se examinó en la primera parte del artículo la forma en que dichos padecimientos fueron objetivados como enfermedades desencadenadas por las características del trabajo intelectual.
Con ello también se pretende explicar los potenciales riesgos que ofrecía para la psique un trabajo mal encauzado, en medio de entorno urbanizado y con un aparato productivo más diversificado.
Se trata de dar cuenta de la forma cómo la realidad del mundo del trabajo comenzó a ser considerada en función de los desequilibrios mentales que era capaz de acarrear, lo cual hizo parte de una estrategia de racionalización y optimización de la fuerza productiva.
Tomando en consideración lo anterior, al revisar la producción historiográfica a nivel internacional sobre la relación histórica entre el mundo del trabajo y la objetivación de lo mental, es posible identificar algunos enfoques investigativos.
Este enfoque examina cómo se desarrolló el estudio de la actividad corporal y mental de los trabajadores desde una perspectiva psicofisiológica.
Para ello abordan el asunto del cuerpo como motor, la orientación, selección y reclutamiento de obreros durante la primera mitad del siglo XX, con el objetivo de determinar las aptitudes laborales desde la psicología experimental.
Si este primer enfoque vuelca la atención en la primera mitad del siglo XX, los estudios sobre la gubernamentalidad desarrollados en el ámbito anglosajón, en cabeza de Nikolas Rose (1990, p.
352), se ocupan de la implementación de prácticas de subjetivación laboral en el ámbito europeo y norteamericano durante el siglo XX y XXI, partiendo de ciertos
Con base en las pesquisas desarrolladas por estos autores es posible identificar tres ámbitos de trabajo muy vinculados.
El primero corresponde a la exploración de fenómenos como la fatiga en el ámbito laboral y sus formas de objetivación durante la primera mitad del siglo XX.
Se trata de un tipo de análisis histórico que pone de relieve -en un contexto de creciente industrialización -la intención de regular los cuerpos para reformar las mentes con el fin de optimizar rendimientos.
Un segundo ámbito de trabajo se desprende de las pesquisas históricas sobre el concepto del factor humano, vinculado con la emergencia de la fatiga, el estrés, además de otros fenómenos como la psicotecnia, el conductismo y el psicoanálisis.
Lo anterior procuró dar un paso adelante en ese proyecto de psicologización del ámbito laboral, tal como se puede examinar en Ruperthuz (2019) para el caso chileno y de los análisis del cuerpo humano desde la metáfora del "motor", tal como lo plantea el colombiano Valero.
El tercero se enfoca en el problema de la simulación.
Se trata de resaltar el rol desempeñado por la psiquiatría francesa, la práctica médico-legal y la medicina del trabajo en la objetivación de este padecimiento en situaciones de accidentalidad laboral (Gallo, 2016a).
Existe un punto en común entre estos tres ejes investigativos en torno al esclarecimiento de los mecanismos orientados a la optimización de los rendimientos laborales desde el plano emocional, guiados por una experiencia de reingeniería mental en las
sociedades modernas y contemporáneas.
Si el anterior balance refleja una escasa atención por estos temas como fuente de reflexión historiográfica en el plano internacional, en el plano nacional esta tendencia es mucho más notoria.
A pesar de que Gallo ha explorado el fenómeno de la fatiga, la simulación y el factor humano, sus pesquisas, por un lado, se han ubicado temporalmente en la primera mitad del siglo XX; y, por otro lado, su principal objeto de estudio ha sido el análisis de la legislación laboral en Colombia, las enfermedades profesionales y las prácticas médicas, especialmente en zonas como la antigua Mina del Zancudo, ubicada en el departamento de Antioquia.
De allí se desprende que, a la escasa inquietud por emprender investigaciones históricas situadas en la segunda mitad del siglo XX, se le suma la atención inexistente de la historiografía colombiana por examinar en profundidad estos discursos psicológicos dentro del ámbito laboral.
Es frente a esto último que cobra relevancia el presente artículo, en la medida que pretende centrar la atención en dichos vacíos, enfocándose específicamente en el punto de intersección entre lo médico y lo psicológico.
LA NEURASTENIA Y LOS EXCESOS CIVILIZATORIOS
Si por un lado el control sobre el tiempo de los demás se convirtió en un mecanismo fundamental para hacer más fluida y adaptable la mano de obra, por otro lado, el factor tiempo en el trabajo se tradujo en una creciente presión psicológica y física que obligó a los individuos a adaptarse a un ritmo cada vez más vertiginoso (Hopenhayn, 2001, p.
Los efectos mentales de la dilatada vida urbana comenzaron a ser objeto de preocupaciones.
En 1881 George Miller Beard identificó la vida moderna con la neurastenia en el American Nervousness, al igual que Adrian Proust, autor francés del manual sobre neurastenia L ́higiene du neurasténique (Rabinbach, 1996).
Ambos autores concebían la neurastenia como un padecimiento que tendía a predominar en las ciudades y sus intensos ambientes, particularmente entre la clase media y alta, y en medio de la cultura intelectual.
Para el primero de ellos, el análisis de esta enfermedad tenía como referencia el equilibrio de la energía nerviosa de los individuos, por lo que existían personas con muy pocos recursos energéticos y otras a quienes les sobraba.
Se afirmaba que los neurasténicos mostraban con frecuencia una extrema falta de voluntad, cansancio, abulia, lo cual se veía reflejado en su desidia hacia el trabajo.
Esta ausencia de voluntad, según Théodule Ribot en su Les Maladies de la volunté, reseñada
por Rabinbach (1996), era susceptible de padecerse debido al estilo de vida de las clases más acomodadas, particularmente las mujeres con una posición económica solvente.
La evocación de estos padecimientos despertó las alarmas de la Europa decimonónica, pues la resistencia a la ética laboral, a la productividad y a la prodigalidad del trabajo duro, se tornaba en una amenaza a los valores existentes (Rabinbach, 1996).
Para el caso colombiano, la referencia más antigua que se tiene sobre el tema se halla en el texto del italiano Pablo Mantegazza, traducido por Baldomero Sanín Cano en el año 1888 y publicado por la Imprenta La Luz en la ciudad de Bogotá.
Este libro es bastante interesante porque, en principio, pone de relieve una relación inextricable entre los discursos de la pastoral católica con ciertas premisas médicas, a la hora de abordar el problema de la neurosis.
La mezcla entre ambos postulados da cuenta de la manera cómo el concurso de estos principios religiosos, a tan solo un año de haberse firmado el concordato entre el gobierno de Colombia con la Santa Sede, respondía a la intención de brindar legitimidad a un nuevo campo de saber sobre lo mental.
De manera que la previsión económica, la virtud ligada a la prudencia en el gasto y la pericia para adentrarse en los sucesos del futuro, propio del individuo cuerdo, trabajador y acomodado, limitaban las posibilidades de ser víctima de la neurosis.
Es llamativo constatar el contraste entre este arquetipo del burgués previsor y metódico, con la descripción realizada por Mantegazza sobre un individuo dedicado al periodismo.
El contraste entre el hombre trabajador, consagrado a los negocios, y el periodista que despilfarraba su dinero y su tiempo para sucumbir luego ante la neurosis, se
erigió, en este caso, en un modelo de conducta para afrontar los desafíos impuestos por el siglo venidero.
Esta forma de definir la neurosis como la enfermedad del siglo, tuvo una enorme influencia en el vasto aparato teórico desarrollado por autores nacionales como Lázaro Escobar, según Roselli (1968), y por el médico bogotano Julio Rodríguez Piñeres (1898).
Diez años después de traducido el texto de Mantegazza, el 10 de noviembre de 1898 se publicó en Bogotá la tesis de grado en medicina y cirugía de Piñeres, titulada Neurastenia.
La importancia de dicho documento reside en que, probablemente, fuese el primer texto escrito por un colombiano en el que se estudiaba en detalle el fenómeno de la neurastenia y su relación con el mundo laboral.
Si bien el documento traducido por Sanín Cano hacía alusión a la neurosis o neurosismo, la publicación del médico bogotano hacía una mención más directa y precisa al concepto de neurastenia o neurosis neurasténica.
Según él, y en correspondencia con lo afirmado por el autor italiano unos años atrás, esta forma de neurosis denominada neurastenia se expresaba a través de un abuso de las sensaciones, el sobrecargo permanente del cuerpo y el espíritu por el trabajo intelectual que, articulado con la predisposición hereditaria, era capaz de excitar el sistema nervioso.
El temor frente a la capacidad desestabilizadora de los centros urbanos, sumado a las posibles
insuficiencias hereditarias de los individuos, despertaba una enorme expectativa por el futuro más próximo del país y su capacidad de producción.
El cruce entre los desarrollos teóricos sobre la raza, el trabajo y los estilos de vida (Solano, 2011; Villegas, 2014), se establecieron en elementos claves para comprender este tipo de afirmaciones.
De igual forma, el querer ir más allá de sus posibilidades inmediatas, la tenaz lucha por hacerse un lugar respetable en los lugares de trabajo, el deseo de sobresalir laboralmente en un ambiente colmado de estímulos mundanos, instauraba en la mente de los individuos una sobrecarga general en el sistema nervioso.
Para Rodríguez Piñeres (1898), igual que Mantegazza, en los grandes trabajadores del pensamiento, como los escritores o entre quienes se sumergían en la vorágine de los negocios, el comercio, la política, la medicina, el ejército, la docencia, se podía constatar verdaderos raptos de depresión cerebral.
LOS OBREROS TAMBIÉN SUFREN
Si para ambos la neurastenia no parecía aquejar a las profesiones que requerían poco esfuerzo intelectual, otros autores de la época desarrollaron una visión diferente sobre los efectos del trabajo mental en los obreros.
Por ejemplo, Miguel María Calle, médico de la empresa minera del Zancudo, ubicada en el departamento de Antioquia, escribió un artículo en el año 1910 titulado "Astenia de los obreros".
Allí afirmaba que la categoría neurastenia, que definía un sinnúmero de manifestaciones mórbidas, estaba siendo reemplazada por la categoría astenia, la cual abarcaba distintas modalidades de agotamiento físico y psíquico.
La relación entre las precarias condiciones sociales y aquel padecimiento, trajo aparejado una connotación mucho más estrecha en relación con la pobreza y con enfermedades orgánicas como la tuberculosis, gripa y albuminuria.Así, a diferencia de la neurastenia, que parecía aquejar a un sector poblacional privilegiado y vinculado con los trabajos intelectuales a comienzos de siglo, la astenia se describía como un padecimiento que afectaba a un sector poblacional mucho más amplio y ubicado en la base de la pirámide social.
Esta situación debía poner a los galenos frente al reto de analizar cómo los acontecimientos políticos sucedidos en Colombia durante aquella época, habían contribuido
a deteriorar las condiciones fisiológicas y mentales de los jornaleros más desfavorecidos.
Antes de la guerra de los mil días, según él, había mejores salarios y los artículos de primera necesidad no ostentaban, al parecer, los precios escandalosos que se vislumbraban en el año en el cual se escribió el artículo.
Por tal razón, la reivindicación de un pasado bucólico contrastaba con la visión pesimista presentada por Sanín Cano en su traducción del libro de Mantegazza (1888).
Si en este último se vislumbraba un nuevo futuro con el cambio de centuria, quizás más promisorio, que dejaba atrás las incidencias nefastas del siglo XIX sobre la psique de los trabajadores europeos, en el planteamiento de los autores colombianos se invertían los términos del análisis para dar cuenta de la crítica situación nacional.
Dicho de otra forma, si la neurastenia parecía replegarse en el ámbito europeo, de acuerdo con el planteamiento del autor italiano, para los autores colombianos como Calle (1910), sucedía todo lo contrario.
Para este último, por ejemplo, era necesario volcar la atención sobre las transformaciones culturales, económicas y sociales que experimentaba el país durante el cambio de siglo.
Con ello, según él, se dejaba atrás un periodo caracterizado por un estilo bucólico y carente de estímulos para la psique humana, en espera de ingresar a una nueva época más agitada.
A finales de siglo no existía un proyecto consolidado de economía nacional integral, lo cual se veía reflejado en la fragmentación regional y el escaso desarrollo de la infraestructura industrial (Sánchez, 2009).
Así mismo, a pesar de que la política proteccionista iniciada por el presidente Rafael Reyes, a comienzos del siglo XX (1904-1909), tuvo una influencia decisiva en la industria de los ladrillos, las gaseosas, empresas textileras, además de la ampliación de algunas vías férreas, la incidencia del sector industrial en la economía nacional seguía siendo marginal.
Por tal razón, dar vida a la nación industrial soñada por los letrados del siglo XIX y comienzos del XX conllevaba superar las barreras geográficas a través de la implementación
de medios de transporte capaces de acortar las distancias entre las regiones, y de estas con el mundo (Kalmanovitz, 2015, p.
No obstante, el aumento de tamaño de ciudades como Bogotá y Medellín (Castro, 2009, p.
274), el incremento de la velocidad en los desplazamientos por los nuevos medios de transporte como el tranvía y los ferrocarriles, el mejoramiento en el sistema de alcantarillado e iluminación, fue el reflejo de esa mixtura entre aquella comunidad de trabajadores intelectuales decimonónicos, con los artesanos, comerciantes y aquellos otros vinculados con la incipiente economía industrial.
Como telón de fondo de este lento proceso de industrialización yacían las denuncias por la presunta pérdida de la rectitud moral y la avidez de la nueva economía industrial en ciernes.
Este frenesí se proyectaba en el anhelo de emprender fantásticas empresas de minas, ferrocarriles y bancos.
Para Basilio Uribe, detrás de ello reinaban una serie de personajes salidos del quicio, individuos que emigraban a la ciudad con deseos desbordados de reconocimiento y obtención de méritos laborales que creían merecer, convirtiéndose en árbitros para todas las cuestiones políticas, sociales y económicas.
Así, todo aquel que pasaba los muros de ciudades como Medellín y Bogotá, era confundido, arrastrado por la multitud y por aquella atmosfera caldeada por la neurosis y el servilismo.
Cabe destacar que dichos señalamientos no ponían en cuestión el valor supremo del trabajo por las riquezas que proveía, o bien por su capacidad redentora.
Existía un cierto principio moral ligado al desarrollo del mundo moderno, en donde el trabajo se fue estableciendo en el soporte cotidiano del vínculo social.
Todas las facultades eran vistas como poderes activos que debían ponerse en marcha por medio de la acción permanente, una especie de engranaje que requería de una vigorosa fuerza propulsora.
Algunos rotativos que circulaban a comienzos de siglo, como el caso del periódico El SOL, hacían de la experiencia y el gusto por la vida un elemento inextricablemente unido al trabajo arduo.
La vida en ocio era vislumbrada como una ausencia, una carencia de fibra vital para el alma, un instrumento de acero en estado de lenta e inexorable oxidación.
En resumen, la representación de la vida moderna de comienzos de siglo, caracterizada por el creciente proceso de diferenciación social y laboral, aunque muy incipiente para el caso colombiano, promovió un debate alrededor de padecimientos mentales asociados al torbellino ofrecido por el trepidante ritmo del trabajo intelectual.
Sin embargo, visto desde el otro extremo, la ausencia de actividad también fue concebida como un elemento capaz de alterar el equilibrio psíquico, además de atentar contra el "progreso nacional".
Incluso, a mediados de siglo, Mora (1949) afirmaba que uno de los riesgos en la iniciación en la vida del trabajo manual, arduo, disciplinado y constante, era la educación mal orientada.
De modo que, si el trabajo intelectual se veía como un desencadenante de padecimientos psíquicos, también se representó, para el caso específico de las cavilaciones literarias, como una actividad poco productiva derivada de una mala orientación en las instituciones educativas (Mora, 1949).
A ello cabría añadir que la crisis económica por la que atravesó el país durante la década del treinta, fue vista como un fenómeno que dio lugar a presuntos estados patológicos durante los años siguientes.
A la exigente vida de los abogados, médicos, profesores, soldados, literatos y sacerdotes, entre otros, se le
añadieron, a partir de la tercera y cuarta década del siglo XX, los señalamientos cada vez más recurrentes contra la población obrera y los empleados.
El incremento de los dispositivos fabriles y, por ende, la mayor representatividad del obrero dentro de la estructura productiva del país, puso en juego una atención más marcada por los conflictos y los peligros suscitados dentro de los lugares de trabajo.
En términos generales, no solo la lectura, la comodidad, los placeres y el reposo físico en favor de las labores intelectuales, despertaron las alarmas por lo que pudiesen provocar.
El sufrimiento y las penurias, el sometimiento a otros entornos malsanos y hostiles, el abuso de estimulantes y enfermedades como la influenza, además de las características propias del trabajo obrero, también fueron vistos como potenciales elementos desestabilizadores de la psique.
LA FATIGA Y EL PELIGRO DE LA IMPRODUCTIVIDAD
La paulatina diversificación de la estructura laboral en el país también tuvo su correlato en la objetivación de las carencias y los esfuerzos realizados por los trabajadores, a través de una red de padecimientos como la fatiga mental.
El anhelo por escudriñar los desórdenes espirituales a finales del siglo XIX y durante el transcurso de la siguiente centuria, así como la búsqueda por clasificar comportamientos y sufrimientos, no sólo se tradujo en la objetivación de categorías nosológicas, sino que también puso en marcha toda una batería sintomatológica estrechamente atada a la neurastenia, como fue el caso de la fatiga.
Esta última se asoció con los desórdenes modernos, enfermedades ligadas a la industria, algunas de ellas supeditadas al desgaste de energía y a la propia neurastenia.
Estos puntos de análisis marcaron una diferencia en relación con lo planteado por la neurastenia.
Si en esta última el motivo del desarreglo mental estribaba en la desmesura experimentada por ciertas acciones introspectivas y reflexivas, ligadas a la vorágine "civilizatoria" y al trabajo inmaterial de comienzos de siglo, la fatiga, orientada hacia un enfoque psicopatológico (Vatin, 2004, p.
244), pareció establecer una relación un poco más estrecha con una franja poblacional ubicada en la base de la pirámide social.
Así, en 1937 el médico Emilio Morales hacía mención a la monotonía en el trabajo y la reacción del individuo, ligado a la fatiga, además de señalar el vínculo existente entre la fatiga y la neurastenia.
Tal como lo menciona Gallo, Morales abordaba el problema de la fatiga a partir de la fisiología del trabajo o fisiología industrial, esta última asociada con una perspectiva psicosocial (Gallo, 2016a).
Dicha perspectiva parecía tornarse cada vez más visible en diferentes ámbitos laborales, como los trabajos de oficina.
El escritor bogotano J. A. Osorio Lizarazo realizaba una sombría descripción de las labores realizadas en aquellos sitios:
Todas las mañanas, cada pieza, cada empleado, se inclina sobre los papeles y penetra dentro de la rutina.
Una perezosa rutina de laxas esperanzas, de tibias ejecuciones, de limitadas y problemáticas perspectivas, dentro de la cual se va diluyendo la personalidad, perece la iniciativa y se asfixia el individuo.
La espontaneidad ha perecido.
Después se extiende una ficción de trabajo, en la cual cada uno trata de dar una sensación de laboriosidad, cuando en realidad sólo espera con impaciencia la hora de salida o el día de fiesta.
A lo señalado por Lizarazo en la anterior cita se le añaden otros factores mentales para analizar asuntos como la experiencia del trabajador, el interés, el grado de responsabilidad, el temor, la emoción, la ansiedad y la pena.
De manera que las condiciones socio-espaciales, además de los hábitos del trabajador, jugaron un papel importante en los planteamientos de Morales en aspectos puntuales como las obligaciones con la familia y el país, algunos excitantes como el alcohol y el tabaco, las relaciones sexuales, la distribución espacial de las viviendas, la distancia entre los hogares y el trabajo, la incomprensión del trabajo, los excitantes de velocidad, la actitud mental frente a la dirección de la empresa o fábrica, los sentimientos religiosos, patrióticos, entre otros.
El carácter individual también entrañaba una serie de rasgos morales y sociales cuestionables, tales como actitudes negligentes, inquietas, indiferentes, que buscarían excitaciones mal sanas capaces de alterar el orden establecido.
Los reflejos sociales de la fatiga mental promovieron la alerta sobre el riesgo de un nuevo tipo de enfermedad social, expresada a través de la desconfianza y la nefasta improductibilidad de las masas.
De allí que esta preocupación por las consecuencias nefastas de aquellos dolencias derivaron en que, a partir de la segunda mitad de la década del cuarenta, el ingeniero e inmigrante español César de Madariaga comenzara a prestar atención sobre los efectos de la mencionada monotonía en el sistema nervioso, recomendando el reposo como forma de aminorar los impactos sobre la psique de los trabajadores colombianos.
El objetivo de ponderar y maximizar el tiempo laboral se constituyó en una estrategia orientada a delimitar unos perfiles psicológicos y ocupacionales requeridos por los empresarios de la época.
Lo anterior se llevó a cabo en medio de un previo contexto histórico, caracterizado por una creciente mixtura entre aquella comunidad de trabajadores intelectuales decimonónicos, con los artesanos, comerciantes y otros vinculados con la incipiente economía industrial que empezó a despuntar durante las primeras décadas del siglo XX.
El arribo de los gobiernos liberales de la década del treinta, comenzando por Enrique Olaya Herrera (1930), se articuló con un crecimiento significativo de la industria.
Las élites fueron abandonando el modelo de libre cambio por uno de mayor intervención estatal, lo cual se vio expresado en que para la década del treinta el proceso de industrialización, concentrado fundamentalmente en bienes de consumo, ya no fuese un fenómeno tan poco usual como a comienzos de siglo (Archila, 2003b, p.
De modo que, si durante las primeras décadas del siglo XX se experimentó un crecimiento de la industria nacional, a partir de la década del cuarenta y, especialmente, luego de la segunda posguerra, se acentuó dicha tendencia a través de un proceso más consolidado de sustitución de importaciones y de diversificación del mundo laboral.
La intervención estatal, producto de las restricciones del flujo comercial ocasionado por la guerra, se hizo mucho más notoria en varios aspectos económicos, entre ellos el otorgamiento de subsidios directos e indirectos a empresas industriales que generaran empleo (Ocampo et al., 1987).
Precisamente, a partir de aquel periodo, caracterizado por aquellas transformaciones anteriormente mencionadas, se hizo mayor énfasis en la necesidad de alejar las preocupaciones y la indisciplina mental, capaces de alterar las funciones del organismo y hacer menos eficientes a los individuos en la industria.
La relación entre el ejercicio de una profesión o una labor determinada, con posibles estados mentales, permitió valerse de todo un caudal teórico orientado a describir, analizar, clasificar y prescribir comportamientos aparentemente patológicos que pondrían en riesgo la producción del país.
La búsqueda de constantes objetivas como parámetros de medición y clasificación de lo normal y lo anormal (Canguilhem, 1986, p.
242) en el ámbito laboral, comenzó a valerse cada vez más del recurso a una idea de regularidad global y vital.
Lo normal fue entendido por autores como Eduardo Vasco, a finales de la década del cuarenta, de manera semejante a lo desarrollado por Quetelet y Durkheim (2008), tomando como base los planteamientos estadísticos y la determinación de frecuencias.
La propuesta de Vasco consistía en concebir lo normal como promedio existente y como modelo de perfección (Hacking, 2006, p.
No cabe duda que ello entrañó una producción de valoraciones sobre
entornos y conductas cada vez más complejas que las del simple neurasténico de comienzos de siglo y luego del aquejado de fatiga.
Se trataba con ello de trazar otro tipo de rumbo vital de los seres humanos en sus rendimientos laborales, en términos de diferencias y deficiencias.
El autor traía a cuento la capacidad intelectual del individuo y su correlación con la respectiva capacidad productiva, por lo que la detección previa de un estándar "normal o anormal" de desarrollo psíquico en la niñez dentro de la escuela, debería de servir para pronosticar y encasillar los futuros niveles de éxito o de fracaso en los lugares de trabajo.
A este hecho se le añadía la necesidad de enaltecer los factores de orden afectivo y ambiental del niño, como ingredientes determinadores del futuro éxito o fracaso en el desempeño de los roles ciudadanos y laborales.
De lo anterior concluía que el niño superdotado sería capaz, en un futuro, de producir para él y su familia, podría ahorrar y ejercer influencia sobre los demás.
El niño normal produciría para él y su familia, asegurándose el porvenir a través del ahorro.
El definido como lerdo podría sostener una pequeña familia, pero no estaría en capacidad de entender la importancia de la economía para el futuro.
El débil mental alcanzaría a ganar su propio sostenimiento.
El imbécil podría producir media ración y la otra media se la tendría que dotar la beneficencia o bien a través de medios ilícitos.
Por último, el idiota sería carga social.
Dichas conclusiones serían aceptadas favorable o desfavorablemente por las líneas generales del carácter, pues un imbécil, disciplinado y de buena índole, estaría en capacidad de ganar su ración completa; y, por el contrario, un intelectual, ya fuese por condiciones de temperamento, de desadaptación o por las propias condiciones ambientales, podría llegar a convertirse en un valor negativo para la sociedad en que residía.
Esta necesidad de identificar, patologizar comportamientos, además de buscar optimizar rendimientos, coincidió con la creación del Instituto de Fomento Industrial en 1940 por el entonces presidente Eduardo Santos.
A ello se le añadió que la segunda pos guerra dio paso a la consolidación de otras actividades económicas como el
transporte, sector financiero, comunicaciones, servicios públicos modernos.
Lo anterior se tradujo en el incremento del trabajo asalariado (distribuido en peones, obreros y empleados) entre finales de la década del treinta y comienzos de la del sesenta (Sánchez, 2009, p.173).
EL MIEDO AL PROLETARIO Y LA PSICOLOGIZACIÓN DE LO MENTAL
La diversificación del aparato productivo y del trabajo asalariado puso en juego una creciente y compleja atención hacia la psique en las relaciones laborales, como fuente de productividad.
Por ejemplo, en otro tipo de magazines, como la revista Cromos, se describieron las tipologías de lo que allí referían como "homeotermos degenerados", caracterizados por su incapacidad para restablecer las maquinarias biológicas y psíquicas.
Si la falta de interés se asoció con el rigor de ciertas condiciones deficitarias, propias del entorno del individuo, o bien dentro del individuo mismo, lo que pregonaron otras publicaciones como Cromos, por el contrario, era que la comodidad misma se había constituido en el fermento propicio de la fatiga.
La característica de este fenómeno, según el artículo de Cromos de finales de la década del cincuenta, radicaba en lo errado de intentar explicar la manifestación de la fatiga como efecto del exceso de trabajo:
Muchas gentes se quejan de que sus trabajos los están matando.
Pero es difícil imaginar una tarea que cuadre realmente con esa descripción.
No es el trabajo el que afecta la energía emocional de la persona.
Cuando está descontento con su trabajo o sufre de presión imaginaria o real de sus superiores, excusa la falta de entusiasmo en la tarea con la queja de que el trabajo es excesivo, enfermizo y matador.
Esto es injusto no sólo hacia el patrón, sino también hacia la familia.
Aquella publicación puso en evidencia la necesidad de incorporar un régimen de vida capaz de conminar los efectos mentales de la fatiga, sin menoscabar con ello los intereses productivos, en plena etapa de sustitución de importaciones.
Si durante la primera mitad del siglo XX la neurastenia y la fatiga presuntamente se desencadenaban por la sobrecarga laboral y un entorno social vertiginoso, a partir de la década del cincuenta la sospecha también recayó en la comodidad que ofrecía la ausencia de trabajo, o una labor poco o nada estimulante.
Esta preocupación por las manifestaciones mentales de la fatiga, no solo invirtió la escala de valoración sobre el régimen recomendado para combatir la neurastenia, sino que también reveló un creciente temor sobre los efectos desestabilizadores en los asalariados.
A los trabajadores colombianos se les exigió adecuarse a las necesidades de unos empresarios privados, quienes exigían docilidad, disciplina, productividad y mucha fe.
La cantina, los cafés, el billar, el cine y la vagancia también ofrecieron una imagen de decadencia espiritual, de suciedad e "infección" psicológica para los trabajadores.
La relación inextricable entre el entorno social y laboral evidenció una representación más alarmista que a comienzos de siglo, poniendo de relieve el supuesto incremento de las patologías mentales en Colombia durante la década del sesenta y
Esta mayor atención a los padecimientos psíquicos tuvo una relación estrecha con varios acontecimientos claves, como fue la creación de la Facultad de Psicología de la Universidad Nacional en 1947, el establecimiento de la Sociedad Colombiana de Psicoanálisis y la creación de la Sociedad Colombiana de Psiquiatría en 1961 (Roselli, Otero y Heller, 2000).
La emergencia de nuevas dolencias hizo apremiante la necesidad de intervenir los presuntos desarreglos mentales de ciertos individuos, con el apoyo de otras especialidades como la endocrinología, neurología, cirugía, cardiología, la psiquiatría y la psicología.
Se definieron nuevos síndromes y cuadros clínicos, lo cual obligó a ampliar la atención sobre el ámbito laboral y lo que podría acarrear.
Entre dichos síndromes destacaban las neurosis de las telefonistas, de los pianistas, los calambres de los escribanos y de los mecanotaquígrafos, la hipocondría de las secretarias, las obsesiones de los dibujantes, los complejos de ejecutivos que podrían desembocar en úlceras pépticas o colitis ulcerosas.
Los conglomerados fabriles también ocuparon un espacio como proveedores, no sólo de oportunidades de realización laboral, de plenitud individual y familiar, sino que también fueron señalados de desencadenar nuevas dolencias, indisposiciones, perturbaciones en mentes que presumiblemente jamás tendrían sosiego.
Por otro lado, si en los planteamientos de autores como Uribe Cualla se prestó atención al fenómeno de la inmigración como medida de salvaguarda para conservar las dotes mentales de los individuos aptos para el trabajo en las ciudades colombianas, lo que se observó luego fue un detenido escrutinio de la personalidad del obrero incorporado a los complejos engranajes sociales y productivos.
No se trataba solo de develar los secretos y oscuros problemas psíquicos ocasionados por la ciudad, por el trabajo intelectual en el caso de escritores, maestros, periodistas, entre otros, tal como se apreció a comienzos del siglo XX.
En este caso, se trataba de identificar un cortejo de sufrimientos psicológicos asociados con las propias dinámicas del trabajo asalariado en expansión.
De manera que asuntos como las relaciones interpersonales, la inconformidad con el salario, el disgusto por el ascenso de los compañeros a quienes no se estimaba, la dureza de algunos jefes para ordenar y hacerse obedecer, también fueron objetivados como estímulos desencadenantes de estas supuestas dolencias psíquicas.
En un artículo escrito a finales de la década del sesenta por Restrepo, Jaramillo, Valencia y Rosie, se señalaba que tan sólo al hablar en términos amistosos con los proletarios y al analizar sus palabras "explosivas", era suficiente para comprobar sus expresiones anómalas.
Por ello era necesario ampliar la capacidad de lectura del comportamiento humano para adentrarse en los máximos reductos de la intimidad.
En este tipo de abordajes las posiciones racialistas parecieron dejar paso a los postulados psicoanalíticos, los cuales volcaron la atención sobre rasgos ocultos de la intimidad, los afectos y la emocionalidad.
De modo que el individuo asalariado estaría caracterizado, presuntamente, por una nerviosidad casi inherente a su condición, además de estar aquejado por un intenso complejo de inferioridad.
Así, pues, Restrepo, Jaramillo, Valencia y Rosie (1968), se apoyaron en un corpus teórico desarrollado por ciertos autores, como el político socialista y profesor de psicología social, Herman de Man, en su texto Au-delá du marxisme, el psicoterapeuta Alfred Adler, con su texto Le temperament nerveux, Emmanuel Moinier y su Traité du caractere; Jean Lacroix, Force et faiblesses de la famille; E de Greef, Notre destineé et nos instincts.
Recurrir a categorías conceptuales como proletario, fuerza de trabajo y marxismo para referirse a las carencias mentales de los trabajadores, revelaba en este caso un cierto conocimiento del vocabulario marxista.
Ello también supuso una visión alarmista, desde lo psicológico, respecto a la situación misma del trabajador colombiano a partir de la segunda mitad del siglo XX, debido a su fuerte potencial organizativo.
A modo de ilustración, Jaramillo, Valencia y Rosie (1968), señalaban que, en una calle cualquiera, una mujer asalariada tendría más razón de volverse nerviosa que la esposa de un alto funcionario, en virtud de sus inhibiciones y complejos.
Incluso en una conversación casual, el asalariado, en general, se irritaría con mayor facilidad por las desigualdades percibidas, mientras que los demás no las notarían.
En este caso, la susceptibilidad frente a la desigualdad, aceptada por estos autores en 1968, se constituyó en un signo clínico de nerviosidad y de múltiples traumas.
Desde aquel momento estaría en capacidad de proyectar a las figuras de autoridad como el capataz, el burgués, el sacerdote, los ricos y políticos, su dolorosa oposición a la soberanía paterna.
La libertad entrañaría una "emancipación del padre" y el ideal de igualdad escondería la necesidad de una relación de hermanos.
El egoísmo, el instinto de conservación, el ideal de igualdad y de dignidad humana, la voluntad de poder y de compensación de traumas infantiles, la necesidad de liberarse de la autoridad severa de los padres, en fin, la agresividad contra toda autoridad bajo el ideal de la "fraternidad
democrática", se erigieron en una nueva armadura sintomatológica que fungió como correlato psíquico para deslegitimar cierto tipo de efervescencia social de la época, diferente al innatismo de comienzos de siglo.
La naturalización de las desigualdades, la responsabilidad individual y la omisión de los múltiples condicionantes sociales, se vieron acreditadas, en este caso, por una verdad sobre la biografía del individuo en su recorrido vital y construido a la luz del registro psicológico.
Si bien se le reconocía al proletario el sentimiento de la igualdad y de la defensa de los derechos del hombre, detrás de ello, según este tipo de principios, se abría paso una fuerza primitiva mucho más peligrosa y oscura.
Así, pues, no solo la psicologización de los trabajadores se orientó a señalar los presuntos defectos emocionales e inclinaciones políticas, sino que, desde el ámbito estatal, Jueces Militares y el Ministerio de Trabajo comenzaron a ejercer presión sobre los cuadros sindicales (Castaño, 2015a, p.
Estas expresiones reivindicativas permiten considerar que la patologización de ciertas conductas respondió a un entorno crecientemente conflictivo en las relaciones obrero-patronales, en el que se esperaba que este tipo de saberes diesen una explicación satisfactoria y con pretensiones científicas a estos fenómenos.
Se pretendía que dicha explicación causal sobre un panorama convulso en lo social y laboral, contribuyera a sentar las bases para un tipo de intervención psicológica que neutralizara los conflictos de clase.
Lo examinado hasta ahora permite vislumbrar dos fenómenos en relación con las formas de comprender el "problema" del trabajador durante el periodo analizado.
En primer lugar, es posible identificar un proceso de objetivación de lo mental desde el campo médico, en relación con enfermedades como la neurastenia y la fatiga.
Dicho proceso tuvo como finalidad examinar los efectos acarreados por el trabajo intelectual de un sector poblacional bastante minoritario para la época.
En segundo lugar, el proceso de psicologización experimentado durante la segunda mitad del siglo marcó distancia respecto de las viejas corrientes ligadas al movimiento higienista, el movimiento de las ciencias morales y el movimiento de los grandes alienistas (Dejours, 2001, p.
No se trataba de unos principios epistémicos herederos de Eugene Buret, con sus reflexiones sobre la miseria de las clases laboriosas durante el siglo XIX, ni de Louis René Villermé (1971), quien, por intermedio de la Academia de Ciencias Morales de París, había trazado el camino en torno a las reflexiones sobre las miserias materiales y morales de los obreros (Perrot, 2011, p.
Ni siquiera se hace referencia a las nosografías y etiologías ligadas a las amenazas de la degeneración (propias de la primera mitad del siglo XX), cuya función se centró en el anhelo de protección para evitar así la
decadencia de las poblaciones más pobres (Foucault, 2000, p.
Todo ello, en síntesis, permitió examinar de qué manera la neurastenia comenzó a ser objetivada desde la medicina, no solo como efecto patológico de la civilización, sino también como consecuencia de los trabajos intelectuales desarrollados a comienzos del siglo veinte, entre los cuales sobresalían escritores, periodistas, sacerdotes, entre otros.
De igual modo, el análisis de la astenia y la fatiga acarrearon una paulatina extensión de los padecimientos mentales sobre otras categorías ocupacionales, como los obreros.
Lo anterior reveló un fenómeno ligado con la ampliación, no solo de dichas categorías ocupacionales, sino también del aparato productivo entre la primera y la segunda mitad del siglo XX.
Se pudo constatar cómo la neurastenia y la fatiga se constituyeron en unas categorías destinadas a objetivar unas presuntas averías mentales que aquejaban a un sector laboral minoritario.
En ese sentido, la astenia de los obreros y la fatiga se enfocaron en el análisis de los impactos mentales ocasionados por el trabajo físico desempeñado por un sector poblacional, ubicado en la base de la pirámide social.
A su vez, el tránsito de la medicalización a la psicologización de lo mental permitió constatar una relación cada vez más estrecha entre el ámbito laboral con la esfera privada de los trabajadores de ambas ciudades.
De acuerdo con lo desarrollado en este artículo, es posible plantear una última consideración.
La irrupción de ese proceso de psicologización (a diferencia de la medicina "somática" de la primera mitad del siglo XX) pretendió funcionar como un mecanismo sofisticado de intervención y encauzamiento sigiloso sobre los diferentes planos de la esfera personal y laboral.
Lo anterior revela cómo la reacción frente a la desigualdad social y laboral, se tornó en un importante elemento de cautela y prescripción por parte de este tipo de discurso "psi".
Las inmensas expectativas frente a lo ofrecido por el desarrollo industrial en Colombia, especialmente en Bogotá y Medellín, desviaron la crítica del complejo marco social, para centrar la atención sobre la psique de los individuos, su intimidad y su presunta incapacidad "patológica" para amoldarse al rol de un obrero y trabajador dócil. |
TRAYECTORIAS Y DESAFÍOS EN LA HISTORIOGRAFÍA DE LA CIENCIA Y DE LA MEDICINA EN AMÉRICA LATINA
El objetivo de este artículo es contribuir a la historiografía de la ciencia y la medicina Latinoamericana analizando cuatro perspectivas utilizadas por los investigadores desde mediados del siglo XX hasta comienzos del siglo XXI.
La primera perspectiva fue fuertemente influenciada por un supuesto eurocéntrico según el cual la ciencia era un producto intelectual moderno, una forma de conocimiento racional superior y deseable a todas las culturas.
La segunda y tercera perspectivas consideraron a la ciencia como un emprendimiento social y cultural que tenía una dinámica propia en los países latinoamericanos.
Estas dos perspectivas le dieron mucha importancia a las nociones de recepción, negociación e interacción.
Asimismo, resaltaron la capacidad proactiva de actores locales y nacionales.
La cuarta perspectiva –asociada a una corriente más amplia conocida como Historia Global– enfatiza la circulación transnacional del conocimiento entre culturas que a veces va más allá de la región latinoamericana, desafiando algunas de las bases de las perspectivas anteriores como la centralidad del Estado Nación.
En las últimas décadas la historia de la ciencia latinoamericana ha sido reconocida como un área de investigación legítima y creativa en las universidades de la región y entre sus pares de otros continentes.
Sin embargo, sus orígenes, su diversidad y los desafíos intelectuales que enfrenta, son menos conocidos.
El propósito de este artículo es sumar a estos estudios analizando cuatro perspectivas que priorizaron los problemas de investigación a ser abordados.
Nos concentramos a las publicaciones de Argentina, Brasil y México, así como en las investigaciones latinoamericanistas hechos por historiadores norteamericanos y europeos, por la mayor densidad de esta literatura; pero no descartamos comentar estudios relevantes producidos en otros países.
Nuestro trabajo es especialmente complementario con el de Barahona, en que la autora analiza la historiografía de la biología inicialmente informada en las nociones de centro y periferia y la transición a estudios que le dan más importancia a las perspectivas transnacionales y globales (Barahona, 2018).
Este artículo no es el clásico análisis historiográfico que presenta etapas cerradas y tampoco es un recuento de lo realizado en todas las áreas; algunas crecientemente especializadas como la historia ambiental (Duarte, 2013), la historia de la salud mental (Plotkin, 2001), la historia de la historia natural (Kury, 2001) y la historia de la física (Freire Junior, 2014).
En nuestro análisis se intercalan la historia de la ciencia y la historia de la medicina porque muchas veces no existieron fronteras claras entre ambas.
La primera —que se concentró en la historia natural— aspiraba a estudiar los conocimientos y las políticas generadas para comprender y controlar la naturaleza que cercaba a los seres humanos y la segunda —que empezó en los años cuarenta como un estudio de lo que pensaban y hacían los médicos profesionales— se fue convirtiendo en los noventa en un estudio de los saberes y las prácticas oficiales y populares sobre la salud y el cuerpo humano.
LA PRIMERA PERSPECTIVA: EL AUGE DEL UNIVERSALISMO
Aunque médicos y naturalistas del siglo XIX escribieron relatos históricos para legitimar su labor; solamente en los años treinta comenzaron a aparecer investigaciones cuyo objetivo principal era comprender el pasado científico.
Ello ocurrió porque un grupo de profesionales – generalmente formados en ciencias o en medicina y no en historia —dedicaron la mayor parte de su tiempo al estudio, la escritura y la enseñanza en historia de la ciencia.
Una profesionalización incipiente ocurrió en la Argentina que desde 1933 tenía un "Grupo de Historia de la Ciencia" que reunía a profesores universitarios como el matemático español Julio Rey Pastor (1888-1962) quien era catedrático de la Universidad de Buenos Aires (Rey Pastor, 1942).
Un acontecimiento importante para ellos fue la llegada a la Argentina del historiador de la ciencia italiano Aldo Mieli (1879-1950) quien desde 1919 editaba la revista Archivio di Storia della Scienza y fue clave tanto en la organización de la Academie Internationale d'Histoire des Sciences en 1928 como en el primer congreso de historia de la ciencia realizado en París el mismo año (Chimisso 2011).
Aunque Mieli no era legalmente un refugiado, en la práctica lo era.
Fue discriminado en la Europa crecientemente conservadora de los años treinta porque era judío, socialista y homosexual.
Desde 1938, Mieli fue profesor en la Universidad de Santa Fé, ubicada a unas 240 millas hacia el noreste de Buenos Aires; que siguiendo la reforma universitaria argentina de 1919 promovía la enseñanza de cursos en ciencia e ingeniería.
El italiano fue director de un novísimo Instituto de Historia y Filosofía de la Ciencia que contó con su espléndida biblioteca que se convirtió en una mina de oro porque en aquella época los historiadores trabajaban casi exclusivamente analizando libros.
Según Mieli el Instituto Argentino podía ser el mejor del mundo; sugiriendo que podía competir con los esfuerzos del belga George Sarton quien desde la Universidad de Harvard impulsaba la Sociedad de Historia de la Ciencia e Isis (Babini, 1967).
Un grupo de jóvenes lo acompañaron.
Lamentablemente, desde fines de 1943 la Argentina experimentó un período de regímenes militares autoritarios con líderes antisemitas que decidieron intervenir las universidades.
Mieli y Babini fueron despedidos sin ninguna razón explícita, pero probablemente porque el primero era judío y gay y la esposa del segundo era una líder socialista.
El despido fue parte del deterioro de las universidades argentinas asaltadas por los militares.
Según Kreimer, la modernización de las universidades argentinas de entonces se produjo en una sociedad marcada por inequidades y donde las élites académicas fueron víctimas de discursos populistas (Kreimer, 1996).
Después de vivir en Santa Fé por menos tiempo del que esperaba, Mieli se mudó a un poblado cercano a Buenos Aires con la ayuda de un centro de exilados de la Guerra Civil Española.
Desafortunadamente la continuidad de Archeion fue afectada --la revista solo reapareció en 1947 en Europa-- y los problemas de salud de Mieli se deterioraron hasta su muerte en 1950 (Asúa, 1997).
A pesar de estos problemas, Mieli, Babini y Papp se embarcaron en el ambicioso proyecto enciclopédico Panorama general de historia de la ciencia.
Esta fue la primera obra general de historia de la ciencia publicada en español.
El primer volumen de 1945 trataba de los "griegos y romanos" y anunciaba el eje organizador de la colección: la emergencia y desarrollo del conocimiento racional surgido en Europa Occidental (Panorama no estudiaría la ciencia hindú o china porque los autores consideraban que no tuvo trascendencia).
Asimismo, lo local – o mejor dicho lo latinoamericano- no era muy importante.
Babini llegó a publicar trabajos sobre el período precolombino y la historia de la ciencia en la Argentina (para diferenciarla de una ciencia argentina) alimentando estereotipos sobre los obstáculos anticientíficos: la superstición indígena, el legado escolástico de la religión católica y la precariedad del Estado.
Para ellos, inmigrantes europeos del siglo XIX fueron los primeros en hacer trabajo científico verdadero (Mieli, 1952, 4-5; Babini, 1967).
En un momento en que la Revolución Científica de Inglaterra del siglo XVII no era aún consagrada como un momento fundacional, el período ejemplar para Mieli era el Renacimiento y el arquetipo del conocimiento holístico, Leonardo de la Vinci (Mieli, 1950).
Dos volúmenes más aparecieron
Durante los siguientes años y a partir de borradores de Mieli; Papp y Babini completaron el Panorama en diez volúmenes.
Babini aprovechó su situación de no trabajar en la Universidad –adonde la enseñanza y administración podrían consumir su tiempo-- para escribir artículos periodísticos y libros en un país que experimentaba un auge editorial.
Hacia el final de esa década se produjo un breve interregno democrático y en 1958 Babini fue presidente de la editorial de la Universidad de Buenos Aires (Eudeba) desde donde promovió la historia de la ciencia.
Además, tradujo The History of Science and the New Humanism; un texto de Sarton, que –como Mieli aspiraba— quería reforzar la historia de la ciencia como un puente entre las humanidades y las ciencias (Sarton, 1948).
Sería fácil descalificar el trabajo de Mieli y de Babini como positivista (es decir como una interpretación teleológica del devenir histórico como el triunfo de la racionalidad).
Era algo más que esto.
Mieli, Babini y Papp pensaban que tenían la misión de mostrar la importancia del diálogo entre las disciplinas académicas en cualquier parte del mundo.
Mieli tuvo asidua correspondencia con historiadores de la ciencia europeos y norteamericanos, y Babini fue miembro de la Academia Internacional de Historia de la Ciencia.
Su trabajo tuvo además un componente misionero en la Argentina.
Su convicción que existía un saber universal era como una herramienta civilizatoria y un antídoto a los estridentes discursos nacionalistas en la Argentina.
Ellos creían que era un imperativo presentar un ideal al cual los argentinos podían aspirar.
Investigadores contemporáneos de otros países realizaron un trabajo similar al de Argentina y algunos tuvieron una actitud ambivalente, y hasta positiva, hacia las herencias precolombinas y coloniales.
El sociólogo brasileño Fernando de Azevedo (1894-1974), profesor y fundador de la moderna Universidad de São Paulo creada en 1934, suscribía la idea de la importancia de los lazos entre las ciencias y las letras.
Los dos volúmenes de su libro As Ciências no Brasil de 1956 sistematizaba el desarrollo de las disciplinas científicas establecidas (Azevedo, 1955).
Una idea parecía a la de Babini de registrar el pálido camino de los saberes científicos en el devenir histórico nacional –aunque con una mayor reivindicación de los conocimientos indígenas precolombinos y en una clave marxista—la seguiría el ingeniero y filósofo de la ciencia mexicano Eli de Gortari quien publicó un libro con un título revelador: La ciencia en la Historia de México (Gortari, 1963).
En el Perú de los cuarenta, profesores de la Facultad de Medicina de la Universidad de San Marcos fundaron una Sociedad de Historia de la Medicina y tuvieron nutrida correspondencia con Henry Sigerist, el suizo-norteamericano quien desde la Universidad de Johns Hopkins revolucionó la historia de la medicina (y que mantuvo correspondencia con los historiadores de
la medicina de México y la Argentina como Izquierdo y Beltrán que ha sido analizada en otros artículos (Castañeda López y Rodríguez de Romo, 2007; Asúa, 2005).
Entre los sanmarquinos estuvieron Juan B. Lastres quien publicó tres tomos de una historia de la medicina peruana cuyo primer volumen estuvo dedicado a la medicina precolombina.
Los historiadores de la medicina peruanos y mexicanos se enfrentaron a un asunto soslayado por Mieli: el legado del conocimiento indígena precolombino (seguramente porque ese legado era evidente en, por ejemplo, la trepanación craneana en los Andes).
Lastres dio una solución que pareció concertar los intereses de quienes creían en la superioridad de la ciencia y la medicina europeas y quienes defendían el pasado indígena.
Según el peruano, practicantes especializados de las élites de los Incas y de otras culturas precolombinas habían alcanzado un alto grado de conocimientos médicos, astronómicos y agrícolas.
Lamentablemente la conquista española del siglo XVI, no solo por la violencia que implicó sino por las enfermedades nuevas que trajo a las Américas, eliminó a estos practicantes y a estas elites, y sus avanzados conocimientos se perdieron o se convirtieron en un pálido reflejo de su antiguo esplendor en los saberes populares.
Entonces, según Lastres, fueron los médicos y sabios europeos que llegaron al Virreinato peruano —adonde se fundó tempranamente la Universidad de San Marcos a mediados del siglo XVI— quienes mantuvieron la continuidad del progreso del conocimiento.
De esta manera, la solución de Lastres cumplía tres objetivos.
Primero creaba una ilusión de progreso linear.
Segundo, explicaba la relación de los saberes precolombinos con la irrelevancia de los saberes indígenas populares.
En tercer lugar, enlazaba su trabajo con el tema de los "grandes
médicos" que predominaba entre los historiadores norteamericanos y europeos.
De hecho, Sigerist —autor de The great doctors; a biographical history of medicine una obra publicada en español en 1949— escribió a Lastres felicitándolo por su fascinante primer tomo de la "medicina Inca" y asegurando que iba a citarlo varias veces en la obra general de historia de la medicina que estaba escribiendo.
Otro ejemplo de la primera perspectiva fue José López Sánchez (1911-2004), profesor de historia de la medicina en la Universidad de La Habana y autor de biografías como la de Carlos J. Finlay.
En México, el biólogo profesor de la Universidad Nacional Autónoma de México Enrique Beltrán (1903-1994) explicó en su Medio Siglo de la Ciencia Mexicana 1900-1950 de 1952 que no obstante las "viejas raíces" de la cultura mexicana, no había existido hasta años recientes "un clima favorable al progreso científico."
Pero también es importante mencionar que en algunos textos Beltrán defendería los saberes precolombinos y que tuvo un papel fundamental en la organización del primer Coloquio Mexicano de Historia de la Ciencia realizado en 1963.
Todos ellos de una u otra manera comulgaron con el supuesto hegemónico –no enunciado claramente en una política consistente por parte del Departamento de Estado de los Estados Unidos—de la Fundación Rockefeller (que reorganizó la enseñanza científica y médica en buena parte de las universidades y sistemas de salud de las Américas en los años treinta y cuarenta).
Según este supuesto los países científicamente "menos avanzados" tenían que imitar a los países más desarrollados en un desarrollo que era considerado lineal y progresivo adonde la racionalidad iría haciendo desaparecer la "magia" y la "superstición"; o mejor dicho en términos modernos saberes alternativos de la naturaleza y el cuerpo humano (Cueto, 1994).
Estas ideas cambiarían con otra generación de historiadores.
SEGUNDA PERSPECTIVA: RECEPCIÓN Y DINÁMICAS LOCALES
Un giro hacia lo local caracterizó la historiografía latinoamericana en los años setenta y noventa.
Los conceptos clave fueron la recepción, la recreación y la adaptación locales, así como el estudio de las dinámicas institucionales locales.
Según las nuevas investigaciones los latinoamericanos no fueron receptores pasivos de la ciencia europea y los factores contingentes locales, antes ignorados, eran decisivos.
Esta perspectiva estuvo enmarcada por una crítica al artículo "The Spread of Western Science" de George Basalla que describía –y prescribía de una manera más explícita a como lo había hecho la Rockefeller en los años treinta y cuarenta—como la difusión cultural realizada desde sociedades industrializadas era decisiva para la modernización científica de los países en desarrollo (Basalla, 1967).
Según Basalla, muchos de estos países estaban en una etapa de "ciencia colonial" enfrascada en la imitación de la ciencia de los centros metropolitanos europeos y los Estados Unidos.
Su modelo reflejaba las políticas norteamericanas de la Guerra Fría que buscaban la hegemonía cultural en el hemisferio occidental y la supervisión del desarrollo (Rostow, 1960).
Se esperaba que la influencia norteamericana fuese un agente de cambio en la medicina y la ciencia latinoamericanas, de una manera parecida al papel que se creía habían tenido la investigación alemana en las universidades norteamericanas
Historiadores latinoamericanos alineados con esta segunda perspectiva criticaron la interpretación de Basalla como eurocéntrica y lineal.
Varios asistieron al Congreso Internacional de Historia de la Ciencia que se realizó en Bucarest (1981) y se comprometieron a realizar actividades en la región.
En agosto del año siguiente varios de ellos se reunieron en Puebla, México, para organizar la Sociedad Latinoamericana de Historia de la Ciencia y Tecnología (SLHCT).
En 1982, la Sociedad empezó a publicar en Ciudad de México la revista Quipu, teniendo como editor a Juan José Saldaña; un discípulo de Rene Taton, que estuvo en Bucarest y había sido nombrado Presidente de la SLHCT (un cargo en el que se mantendría por varios años).
Al referirse a una técnica precolombina de llevar cuentas, el título sugería que el desarrollo científico regional tenia raíces nativas (Saldaña, 1984).
Nuevas o renovadas sociedades nacionales de historia de la ciencia -las más importantes fueron las de México, Cuba, Colombia, Venezuela y Brasil —alentaron reuniones con regularidad como el Seminario Internacional para el Estudio de la Metodología de la Historia Social de las Ciencias en América Latina realizado en noviembre de 1983 en Bogotá.
independiente a la SLHCT, Elías Trabulse, quien era químico, doctor en Historia y profesor en el prestigioso Colegio de México, venía produciendo valiosos estudios sobre la dinámica local de la ciencia colonial mexicana y de su desarrollo en el siglo XIX (Trabulse, 1984).
La investigación, los lectores y el contexto de estos estudios sobre el desarrollo de la ciencia nacional tuvieron elementos en común.
Desde comienzos de los años sesenta intelectuales y científicos renombrados de América Latina criticaron los programas de transferencia de ciencia y tecnología que suponían un desarrollo imitativo de los países desarrollados.
Algunos estaban interesados en elaborar políticas coherentes para los relativamente recientes consejos nacionales de investigación o creían que una ciencia nacionalmente comprometida con el desarrollo promovería una industrialización menos dependiente del exterior.
El supuesto de muchos trabajos era que una historia políticamente orientada de la ciencia contribuiría al desarrollo.
Muchos historiadores estuvieron influenciados por la Teoría de la Dependencia que argumentaba que los latinoamericanos podían escapar de un diseño imperial que dictaba que el flujo de materias primas de la "periferia" (o países "subdesarrollados") estaba destinado a enriquecer el "centro" (o los países industrializados) (Prebisch 1981).
Historiadores de la ciencia de América Latina empezaron a prestar atención a los esfuerzos por superar la tendencia a utilizar la región como un enclave científico adonde los europeos recogían información que sería procesada en Europa y publicada en francés, alemán o inglés.
Varios historiadores redescubrieron el libro La disputa del nuevo mundo: historia de una polémica, 1750-1900 de Antonello Gerbi (publicado en italiano en 1955 y en español en 1960) quien mostraba que los latinoamericanos polemizaron con los naturalistas europeos que pintaban a la fauna y flora de las Américas como inferior a los modelos ideales del viejo continente (Gerbi, 1960).
La segunda perspectiva también implicó un cambio metodológico al utilizar archivos, fuentes documentales primarias y entrevistas orales.
Los historiadores latinoamericanos se alimentaron del giro social y constructivista que atravesaba la historia de la ciencia en distintas partes del mundo y comenzaron a entender la ciencia como un proceso de construcción de discursos, organizaciones y prácticas, más que un simple producto.
Esta fue la preocupación del sociólogo Schwartzman en su recuento del desarrollo científico brasileño desde las postrimerías del período colonial que buscaba valorar y promover un contexto político favorable para las instituciones de investigación (publicado en portugués en 1977 y reeditado en el 2001; Schwartzman, 2001).
Esta segunda perspectiva se consolidó en el Brasil con los profesores Motoyama y Dantes del Departamento de Historia de la Universidad de São Paulo (Ferri y Motoyama, 1979).
Dantes y sus alumnos estudiaron no solo universidades, también museos, laboratorios privados, jardines botánicos y centros de investigación, lo cual era novedoso en relación al trabajo de Azevedo e importante en el Brasil, país adonde la creación de las universidades recién ocurrió en el siglo XX (Dantes, 2001).
Otra característica de esta perspectiva fueron las alianzas con investigadores de Estados Unidos y Europa.
Entre los norteamericanos interesados en la historia latinoamericana estuvieron la profesora de la Universidad de Columbia Nancy Stepan (posteriormente Nancy Leys Stepan) y Thomas F. Glick, primero profesor de la Universidad de Texas y después de la de Boston.
Coincidió con ellos uno de los pioneros en el análisis del tema de ciencia e imperialismo: el historiador norteamericano Lewis Pyenson, entonces profesor en la Universidad de Montreal.
A ellos se sumó Nathan Reingold del Instituto Smithsonian-- que, si bien no trabajó en archivos latinoamericanos como Stepan, Pyenson o Glick, publicó sobre ciencia y colonialismo y tuvo contacto regular con los latinoamericanos.
Al mismo tiempo, los investigadores de la región participaron en mayor número de eventos internacionales como los congresos de historia de la ciencia de Berkeley en 1985, de Hamburgo en 1989 y de Zaragoza en 1993.
Un modelo de la segunda perspectiva fue el libro de Stepan sobre el instituto que fundó en Río de Janeiro el microbiólogo Oswaldo Cruz a comienzos del siglo XX.
Según Stepan, esta fue una institución médica de primer nivel porque adaptó creativamente el modelo francés pasteuriano (Cruz estudió en el Instituto Pasteur en París).
Los científicos locales consiguieron legitimar la bacteriología en el Estado como parte de los programas sanitarios de control de enfermedades y de discursos sobre el desarrollo del país.
Su libro no fue una ruptura radical con las ideas de Basalla sobre la ciencia colonial.
Stepan consideraba que el brasileño era un caso inusual de la "ciencia colonial" que había predominado durante el siglo XIX (por eso el uso de "Beginnings" en el título).
Pero según ella, la transición de la ciencia colonial a la ciencia nacional era compleja y se debía sobre todo a factores locales (Stepan, 1976).
Otros estudios siguieron a Stepan y demostraron que la institucionalización científica se entrelazaba con discursos de la utilidad de la investigación en la educación, el comercio, el crecimiento poblacional o el desarrollo económico.
Estas investigaciones enfatizaron la idea que no toda la ciencia de la periferia era periférica al conocimiento local y mundial (Cueto, 1989; Peard, 1999).
Pyenson vinculó la recepción de las ciencias exactas, especialmente la física y la astronomía en Buenos Aires y Córdoba, con el imperialismo alemán, holandés y francés de fines del siglo XIX.
Su interpretación privilegiaba al imperialismo más que a la recepción local; según Pyenson las motivaciones imperialistas obstaculizaron la apropiación local (Pyenson, 1985, 1989, 1993).
Glick, quien ya tenía una trayectoria en la historia de la tecnología medieval española, editó un libro seminal sobre la recepción del Darwinismo, que incluyó un capítulo sobre México escrito por Roberto Moreno de los Arcos (Glick, 1988; Domingues, Sá, Glick, 2003).
Es importante mencionar que Moreno de los Arcos fue un distinguido historiador mexicano cuyo trabajo –como otros lo harían después—fue un puente entre la primera y la segunda perspectiva mencionada en este artículo (Azuela, 1997).
Posteriormente, Glick analizaría la recepción de otros paradigmas, como la Teoría de la Relatividad y el Psicoanálisis y esbozó un marco teórico sobre la recepción en el que los factores locales eran fundamentales (Glick, 1987).
No menos importante fue que animó a otros estudios de recepción (Domingues, Sá y Glick 2003).
Los latinoamericanos también establecieron lazos con
investigadores españoles como José Luis Peset, Antonio LaFuente, Horacio Capel, José Sala Catalá y Leoncio López Ocón, quienes estudiaban las expediciones científicas, los legados de la ciencia borbónica del siglo XVIII y la relación entre ciencia y nacionalismo (Lafuente y Mazuecos, 1987; Lafuente, Elena, y Ortega, 1993).
Gracias a esta relación se realizó la primera reunión de Historia de la Ciencia y de la Técnica de los Países Ibéricos e Iberoamericanos en Madrid en septiembre de 1984 con participación de varios historiadores de la región (Peset, 1985).
Asimismo, ellos mantuvieron contacto con investigadores franceses como Patrick Petitjean, Anne Marie Moulin y Catherine Jami, quienes organizaron en 1990 en París el coloquio "Ciencia e Imperios" que comparaba países asiáticos, africanos, americanos y de Oceanía (Petitjean, Jami, Moulin, 1992).
El tema del evento se convirtió en una importante materia de investigación durante los siguientes años.
Al mismo tiempo, Roy McLeod y David Wade Chambers de Australia tuvieron un importante rol al participar en reuniones en América Latina, cuestionar el modelo difusionista de Basalla y presentar versiones complejas del imperialismo científico y de la ciencia nacional (Chambers, 1987).
En parte por estas alianzas con investigadores de otros países se empezó a dar mayor
importancia a nuevos archivos en Europa y en Estados Unidos.
El Rockefeller Archive Center de Nueva York, que conservaba los papeles de la Fundación Rockefeller activa en la región desde 1918, se convirtió en un repositorio central para analizar la norteamericanización de la ciencia y la medicina latinoamericanas (Cueto, 1994; Birn, 2006).
Otra característica de esta segunda perspectiva fue enfocarse en pocas instituciones.
Ello tuvo ventajas y riesgos.
Fue productivo porque en la mayoría de los países latinoamericanos los discursos y las prácticas científicas se concentraron en unas cuantas ciudades e instituciones adonde la creatividad científica se manifestó no solo en las ideas sino en la capacidad de los investigadores de enfrentarse a condiciones adversas muchas veces improvisando instrumentos y encontrando estabilidad en su trabajo.
El riesgo de escribir historias locales fue que estas acabaron siendo a veces parroquiales y no siempre estaba clara la relevancia internacional de los científicos latinoamericanos.
Por otro lado, el énfasis en la recepción local no objetaba las grandes narrativas que suponían que los paradigmas científicos se habían generado en el exterior.
Otra desventaja fue que a pesar de que se trató de reconstruir las conexiones regionales; las investigaciones comparativas acabaron siendo historias paralelas similares con puntos de conexión no claramente establecidos.
De todas maneras, en esta segunda perspectiva el número de historiadores de la ciencia latinoamericanos creció y modernizó --muchos de ellos a diferencia de la primera perspectiva eran formados en historia y ya no en las ciencias.
Un reflejo de lo anterior fueron el segundo y tercer congreso de historia de la ciencia y la tecnología latinoamericanas, realizados en La Habana en 1985 y São Paulo en 1988 por la SLHCT.
Finalmente, el legado de esta segunda perspectiva se sintió hasta el 2001 en el Congreso Internacional de Historia de la Ciencia que se realizó en México con el provocador título: "Ciencia y Diversidad Cultural" (De Greiff y Nieto, 2008).
LA TERCERA PERSPECTIVA: REDES INTERNACIONALES Y NUEVOS ACTORES SOCIALES
La tercera perspectiva se concentró en dos grandes temas.
Primero, la interacción de científicos de un país específico de Latinoamérica con sus pares europeos o norteamericanos; poniendo énfasis en la capacidad de los primeros en ser protagonistas de redes internacionales.
En segundo lugar, la importancia de actores no profesionales –como periodistas, curanderos y charlatanes—en discusiones que trascendían los ámbitos universitarios.
La inspiración teórica provino delos innovadores estudios de actor-redes de Bruno Latour y Michel Callon (Latour, 1984; 2003; Callon, 2006).
Aunque los trabajos de esta perspectiva se multiplicaron con mayor intensidad durante la década de los noventa, el contexto que los explican se remonta a mediados de la década de 1980 cuando comenzó el derrumbe de los regímenes militares de la región.
Movimientos sociales civiles en los que participaban sindicatos, Organizaciones No Gubernamentales, y grupos feministas trabajaban en un mundo globalizado adonde las distancias parecían disminuir al ritmo acelerado de las tecnologías de la informática y de la comunicación.
Nuevas preocupaciones, como el medio ambiente en que cada vez había más estudiosos, influenciaron la historia de la ciencia.
Ninguna localidad parecía remota y una diversidad de voces y actores parecían indispensables para sustentar la democracia que regresaba a la región.
Fue también importante que, en
temas como el SIDA y el medio ambiente intervinieran no solamente expertos sino activistas que desafiaban a las autoridades.
En parte por este contexto, los historiadores de la región prestaron atención a los saberes populares sobre el cuerpo, la enfermedad y la naturaleza (Chalhoub, 1996; Sampaio, 2001).
Los debates científicos atrajeron la atención porque eran una lupa que magnificaba disputas que trascendían los marcos profesionales convencionales y revelaban la injerencia del género, la raza y la pobreza en el quehacer científico.
También se estudió cómo las historias locales se entrelazaban con fuerzas metropolitanas e imperiales y cuyos protagonistas participaban activamente en redes del conocimiento.
Esta tercera perspectiva disputó la validez de nociones binarias de ciencia moderna vs ciencia colonial y cuestionó el supuesto que factores contingentes locales explicasen por sí solos dinámicas científicas nacionales (López Beltrán, 1997).
Asimismo, a veces, los estudios comparativos adquirieron entonces cierta relevancia (Stepan, 1991).
Esta perspectiva coincidió con un desarrollo más consistente de programas académicos, eventos y publicaciones especializadas.
En 1994 se creó en Río de Janeiro la publicación periódica História, Ciências, Saúde–Manguinhos y la revista Saber y Tiempo fue lanzada en Buenos Aires dos años después.
Una nueva generación de historiadores estuvo influenciada por estudios feministas, subalternos y postmodernos con cuyos referentes no siempre tenían un contacto regular (como Bruno Latour, Pierre Bourdieu, Gian Prakash y Mary Louise Pratt).
Hubo también un mayor diálogo entre la historia de las ciencia y marcos teóricos de la historia social, como la micro historia italiana y la historia de las clases populares "desde abajo" de E. P. Thompson.
Algunos investigadores europeos, como Ilana Löwy, cultivaron una relación cercana con América Latina.
Entonces, se consolidaron subáreas de investigación como la historia de la medicina, la historia de la ciencia natural y la historia de las ciencias exactas.
Sobre estas últimas las disciplinas que recibieron más atención fueron la historia de la física, la historia de la geografía y la historia de la geología (Figueirôa, 1997).
Poco a poco la interacción de la historia de la ciencia con la historia ambiental se convirtió en una preocupación central de los investigadores.
Un problema de la profesionalización
de la historia de la ciencia latinoamericana y su reconocimiento en las universidades vino con los problemas generados por una hiperespecialización; fragmentación y una multiplicación de debates, a veces complejos y limitados.
Ello en parte explica porque, después de un congreso de historia de la ciencia y la tecnología realizado en Río de Janeiro de 1998, la SLHCT se fue diluyendo hasta extinguirse, y los historiadores expertos en subtemas comenzaron a reunirse en reuniones especializadas.
De cualquier manera, esta perspectiva produjo libros importantes.
Un ejemplo fue el de Benchimol sobre la compleja transición de las ideas miasmáticas a las bacteriológicas en Brasil.
Benchimol se concentraba en un "perdedor" del pasteurianismo, Domingos José Freire, quien ganó reconocimiento en redes transnacionales pero que sería posteriormente suplantado en la historia canónica de la microbiología nacional por Oswaldo Cruz.
Benchimol describió las estrategias heterodoxas de Freire para legitimar sus ideas (como sus artículos periodísticos, sus publicaciones en francés en la capital carioca y sus presentaciones en teatros) revelando la frágil frontera entre los saberes académicos y populares (Benchimol, 1999).
Otro ejemplo de esta perspectiva fue el libro sobre las epidemias del Perú durante el siglo XX por Cueto, que ganó el Premio Iberoamericano del Latin American Studies Association, que confrontó las prácticas y discursos de diferentes actores ante las principales epidemias (como los médicos, el Estado, los religiosos, y las clases populares) (Cueto, 1997).
De una manera parecida, Armus analizó las ansiedades populares en la búsqueda de medicamentos contra la tuberculosis en la Argentina y Agostoni, la popularidad de los sanadores religiosos mexicanos a comienzos del siglo XX (Armus, 2007; Agostoni, 2018).
Vinculados a lo anterior estuvieron las investigaciones sobre las repuestas a las endemias y epidemias (Carrillo, 2005), el surgimiento de políticas oficiales sanitarias y la profesionalización en la medicina—en especial de áreas poco estudiadas hasta entonces como la enfermería lo que permitió incorporar un enfoque de género (Ramacciotti, 2009; Hochman, 2012; Biernat et al., 2015).
La intención de vincular estrechamente lo local y lo global apareció en el libro de Rodríguez sobre la criminología en la Argentina.
Ella analizó el trabajo del inmigrante croata Juan Vucetich, quien diseñó un sistema de identificación mediante impresiones digitales, que fue adoptado por la policía y sanitaristas de otras partes del mundo y que moduló la definición de ciudadanía en la Argentina (Rodríguez, 2006).
Un libro que avizoraban la nueva—cuarta-- perspectiva de las investigaciones fue el de Nieto sobre la botánica, la farmacia y la medicina de fines del período colonial en Colombia que le daba atención tanto al contexto comercial y político español como al de las colonias americanas para explicar la disputa del poder económico, social e intelectual (Nieto Olarte, 2000).
Asimismo, este tipo de análisis a los dos lados del Atlántico fue cultivado con
brillo por Cañizares-Esguerra, autor de estudios sobre el período científico colonial (Cañizares-Esguerra, 2001).
LOS DESAFÍOS DE UNA CUARTA PERSPECTIVA: EL GIRO GLOBAL
En los últimos años un giro global ha impactado en la historia en general y en la historia de la ciencia.
Esta perspectiva se propone examinar el movimiento transnacional de documentos, libros, mapas, materiales de laboratorio, artefactos técnicos, imágenes e ideas de diferentes países, entre distintas culturas e inclusive en diferentes idiomas (Safier, 2010).
El objetivo es trascender las fronteras nacionales y no limitarse a lo que hacía —o dejaba de hacer— el Estado Nación.
Complementariamente, esta perspectiva se concentra en los personajes intermediarios, como comerciantes, misioneros, divulgadores y viajeros, que hicieron inteligibles productos científicos en diferentes culturas (Schaffer, 2009).
Un supuesto importante es que el contenido del conocimiento se transforma en la circulación del mismo (Raj, 2013).
Un comentario pertinente es que los autores difieren entre enfatizar la fluidez de la circulación de conocimientos o en resaltar los obstáculos
que esta circulación encuentra y la necesidad de registrar las adaptaciones del mismo (Secord, 2004).
El contexto de estos estudios es todavía la era de la globalización que también influyó en la perspectiva anterior.
Sin embargo, la cuarta perspectiva apareció durante la intensificación de procesos políticos y económicos algo diferentes como la franca debilidad de los Estados en los países en desarrollo, el poder de las corporaciones transnacionales y la visibilidad de las corrientes antiglobalización.
Nuevos estudios históricos intentan ser supranacionales y demostrar cómo la generación y reconfiguración del conocimiento no están constreñidos a marcos nacionales.
Como bien señala Cañizares-Esguerra lo "global" y lo "local" no son nociones excluyentes, sino que presuponían una a la otra (Cañizares-Esguerra, 2006).
De una manera parecida otros estudios buscan escapar a la dualidad "centro" y "periferia" e identificar los itinerarios, conexiones, encuentros y desencuentros culturales y políticos.
Y también algunos estudios tratan de trascender el ámbito latinoamericano para colocar en el centro de su análisis localidades asiáticas o africanas cuestionando el supuesto que la región tenga características culturales únicas.
Paradójicamente con esta perspectiva han aparecido estudios comprensivos que abarcan toda la historia de la ciencia o de la medicina de un país, de la región o de una disciplina pero que a diferencia de los panoramas generales producidos anteriormente tratan de enfocarse en un problema de investigación como el
Algunos trabajos ejemplifican esta perspectiva.
Al analizar los programas médicos de la Rockefeller en varios países de Centroamérica y el Caribe, Palmer reescribió la historia de la agencia filantrópica y prestó atención a los cambios en su agenda imperialista por presiones de actores locales postcoloniales no profesionales como los curanderos.
El estudio de Palmer indica que la producción y el consumo del conocimiento fue local y global simultáneamente (Palmer, 2010).
Otro ejemplo de esta simultaneidad es el libro de Soto Laveaga que tiene un título provocador "Los laboratorios de la Selva."
Ella analiza como en el México de los cuarenta, cuando se descubrió que el tubérculo conocido como barbasco era indispensable para la producción del primer anticonceptivo oral, los campesinos, que conocían bien esta planta, negociaron con científicos, farmacéuticas multinacionales y con el gobierno mexicano para hacer valer sus derechos (Soto Laveaga, 2009).
Ella regresa a un tema mal tratado por los argentinos y peruanos de mediados del siglo XX: la importancia fundamental de los conocimientos populares en la formación de los saberes y las políticas oficiales y en la globalización de conocimientos (Gómez, 2017).
Este libro también coincide con un tema registrado años atrás por el investigador ecuatoriano Eduardo Estrella.
En su estudio de las expediciones
científicas en los Andes sobre el poder curativo de la quina, Estrella encontró que los europeos invisibilizaron en sus publicaciones oficiales el papel de guías y curanderos nativos.
De esta manera, aunque el trabajo científico había implicado ideas y prácticas indígenas; estas acabaron escondidas.
El trabajo de Rosenblat sobre México subraya los intercambios transnacionales para entender la construcción de categorías raciales y políticas de asimilación de los indígenas a comienzos del siglo XX (Rosemblatt, 2018).
Además, otros temas han sido estudiados en una perspectiva transnacional como la eugenesia, los públicos de la ciencia y la movilidad del conocimiento (Miranda y Vallejo, 2012; Correa, Kotto, Vetö, 2016; Sanhueza Cerda, 2017).
De una manera parecida, pero para el periodo colonial, Gómez estudio las ideas y practicas sobre el cuerpo, el clima y la naturaleza entre esclavos y exesclavos del Caribe quienes eran consultados por jesuitas, farmacéuticos, médicos y curanderos indígenas de distintos orígenes.
Su libro —que recibió el William H. Welch Medal de la Asociación de Historia de la Medicina en Estados Unidos— es además una crítica a la noción tradicional de la "Revolución Científica" como un fenómeno exclusivamente europeo que ignora el
conocimiento generado en prácticas populares durante el siglo XVII.
En el caso del Caribe estudiado por Gómez, estas prácticas priorizaban la experiencia empírica sobre el dogma, privilegiaban el eclecticismo, y consideraban al olfato y los otros sentidos fundamentales en la legitimación del conocimiento (Gómez, 2017).
Recientemente, Matheus Duarte da Silva mostró que el surgimiento de dos laboratorios brasileños de comienzos del siglo XX (Manguinhos en Rio de Janeiro y Butantan en São Paulo) fue parte de una circulación de saberes sobre la peste bubónica en la que participaron activamente el Instituto Pasteur de Paris y laboratorios en Bombay, entonces una colonia británica.
Duarte da Silva estudió la dinámica e interacción transnacional entre centros ubicados en Brasil, Francia y la India alrededor de la producción de conocimiento sobre la peste.
Duarte da Silva cuestiona algunos supuestos sobre la emergencia casi autosuficiente de la microbiología brasileña, mostrando la importancia de la India e investigadores franceses en los conocimientos elaborados en el Brasil (Silva, 2018; 2020).
Sin embargo, esta cuarta perspectiva tiene problemas pendientes que aparecieron en perspectivas anteriores como el eclecticismo y la falta de consistencia.
Esto último significa que la glorificación de la Historia Global es muchas veces retórica.
En parte porque la definición de esta Historia no está clara –como tampoco están claros los términos de historia transnacional del conocimiento o histoire croisée usados en algunas investigaciones-- algunos estudios anuncian en su introducción que van a hacer una historia global, pero después repiten perspectivas anteriores como la recepción de paradigmas internacionales.
Otro asunto irresuelto es la relación entre la Historia Global de la Salud y la Historia de la Salud Global (esta última, que es más común, puede ser un estudio del período posterior a la Guerra Fría y la primera una historia transnacional de la salud).
Asimismo, nuevos paradigmas sanitarios que quieren reemplazar la Salud Global, como la Salud Planetaria apoyada con entusiasmo por la revista Lancet y la Fundación Rockefeller desde 2015—todavía no parecen haber reclutado a historiadores latinoamericanos a diferencia de otras regiones del así llamado "Sur Global" (Dunk et al., 2019).
Por otro lado, no están claras las ventajas para los latinoamericanos de deshacerse de una dimensión regional.
Es cierto que América Latina fue un concepto creado por Francia en el siglo XIX; pero
también es verdad que durante el siglo XX el populismo, el autoritarismo y las inequidades sociales hicieron a los países latinoamericanos más parecidos.
Asimismo, por lo menos desde la década del ochenta los frecuentes contactos entre historiadores de la región han creado una densidad de conocimiento que no debería ser desperdiciada.
Coincidimos con otros autores que defienden la idea de la relevancia de fronteras culturales regionales en el estudio histórico de la circulación mundial del conocimiento (Fan, 2007).
Otro problema para instaurar esta perspectiva es que persiste una fuerte tradición para trabajar en archivos nacionales y dialogar con historiadores especializados en ellos.
Una razón que explica lo anterior es que los historiadores latinoamericanos tienen problemas en obtener recursos financieros para visitar archivos metropolitanos que se encuentran en países desarrollados; esenciales para una visión transnacional (una dificultad que se incrementa porque algunos consulados exigen costosos trámites y tortuosos formularios para obtener una visa).
Otra razón es el idioma.
Buena parte de los historiadores latinoamericanos no tienen la fluidez necesaria como para investigar documentos en el exterior en un idioma diferente al suyo (Paz, 2016).
Es último está vinculado a su visibilidad internacional porque casi no publican en el latín de la ciencia moderna; el inglés.
Finalmente, otro problema por el cual no se consolida el giro global es por el difícil contexto político actual.
En la secuela de la crisis económica del 2008, el populismo de derecha ha criticado la globalización, minado los recursos para las universidades y alentado los ataques irracionales a la ciencia; incluyendo a las humanidades y la historia.
En la primera perspectiva analizada en este artículo existe un esfuerzo por hacer de la historia una herramienta que coloque a América Latina a la par de procesos intelectuales y profesionales europeos y norteamericanos.
La segunda y tercera perspectivas no objetan por completo una jerarquía adonde la ciencia y la medicina de los Estados Unidos y Europa sean el ápice.
Sin embargo, enfatizan la búsqueda del conocimiento como una empresa social y cultural que tiene una dinámica propia en los países latinoamericanos y resaltan la capacidad de los actores locales de adaptar y transformar influencias foráneas.
Estas dos perspectivas han tenido y siguen teniendo una gran influencia en la investigación.
Aunque la cuarta perspectiva coincida en la atención a las dimensiones culturales y sociales; no las considera separadas de la historia intelectual de la ciencia y desafía algunas de las bases intelectuales de las perspectivas anteriores.
Por ejemplo, no asume una primacía del viejo continente ni una subalternariedad de América Latina como hechos consumados, le interesa las urdimbres internacionales más que las dinámicas nacionales, le da atención a los intermediarios transnacionales y busca revelar procesos invisibilizados en las historiografías tradicionales.
Asimismo, supone que la construcción de jerarquías y de un liderazgo científico global, anclado en las metrópolis de los países industrializados, es un proceso global en la que intervinieron los científicos y otros
actores de América Latina.
Estas perspectivas presentan visiones a veces contrastantes, pero no necesariamente antagónicas.
De hecho, las cuatro coexisten hasta el día de hoy.
Un aspecto en común de las tres últimas es el desafío de explicar la relación entre lo local y lo global (como se reflejó en el subtítulo "Between the Global and the Local" del congreso internacional de historia de la ciencia realizado en Río de Janeiro en 2017).
Es probable que en el futuro más historiadores latinoamericanos se aventuren en la cuarta perspectiva o se dediquen a la atractiva historia del medio ambiente.
Y también que investigadores tengan una actitud ecléctica que combine algunas perspectivas.
En todo caso, esperamos que al estudiar la historia de la historia de la ciencia como pretende este artículo, puedan conocer mejor los problemas, las posibilidades y los desafíos que existieron y que existen. |
HACIA UNA HISTORIA REVISADA DE LA TEORÍA ORGANIZACIONAL-ACTIVACIONAL
En las últimas décadas la neuroendocrinología del comportamiento ha pasado de un área marginal de la incipiente revolución neurocientífica a una disciplina bien consolidada, hasta el punto de convertirse en el abordaje estándar para las diferencias y la diferenciación sexual de la conducta.
Tanto en los trabajos de historia general de la endocrinología, como en las reviews de la especialidad y las aproximaciones críticas desde el feminismo académico, se ha generado un racconto según el cual la teoría central de la neuroendocrinología, esto es, la Teoría Organizacional Activacional habría sido fundada en 1959 por W. C. Young y sus colaboradores al descubrir los efectos de la testosterona fetal sobre conejillas de indias hembra.
En el presente artículo se propone una revisión de tal historia oficial, comenzando con los trabajos de Arnold Berthold, profundizando en los desarrollos endocrinos de los años veinte y treinta del siglo pasado y revisando las disputas entre Young y Beach en los años previos a la publicación del 59.
Con esta revisión, se pretende mejorar el conocimiento histórico de la teoría organizacional activacional, lo cual de forma derivada puede ayudar a iluminar algunas polémicas en torno a las explicaciones biológicas de la sexualidad humana.
A lo largo de las últimas seis décadas, la neuroendocrinología del comportamiento (NEC) se ha convertido en un sólido programa de investigación científica, pasando de ser un área marginal en el estudio de la conducta, al enfoque estándar sobre las diferencias conductuales entre machos y hembras (en mamíferos y buena parte de los vertebrados), Presenta todos aquellos síntomas esperables de una disciplina en auge: revistas especializadas, cursos y programas de doctorado, tesis, revisiones (tanto críticas como complacientes) e incluso algunos conatos de reflexiones historiográficas.
No obstante, la NEC posee algunas peculiaridades que la hacen aún más interesante desde cualquier perspectiva metateórica (ya sea histórica, filosófica o sociológica), Por la naturaleza de su explanandum (las conductas sexualmente dimórficas) en torno a la neuroendocrinología se han generado robustas polémicas, no sólo y no principalmente en la arena científica, sino también social y política.
En este escenario, retomar aquellos conatos de reflexiones historiográficas para revisarlos, refinarlos y ampliarlos se torna provechoso.
Al interés historiográfico intrínseco, se le suma el potencial iluminador que toda historia de tiene en el contexto de sustantivas polémicas.
Y esto, justamente, porque en aquellas dispersas aproximaciones historiográficas disponibles, se ha ido generando una historia oficialsobre la teoría central de la NEC, la teoría organizacional-activacional (OA), Como es largamente aceptado desde Kuhn, la dimensión sociológica de las disciplinas (las comunidades científicas) se constituyen a partir de la adhesión a una teoría común.
Por ello, es condición necesaria (pero no suficiente) para reconstruir históricamente una disciplina, historiar la teoría paradigmática en torno a la cual aquella se genera.
Lo que sigue es, justamente, la historia de la OA.
La secuencia es conocida y en sus diversas versiones sólo cambian detalles menores y acentos.
Según la historia oficial de la OA, en 1959 el grupo dirigido por William C. Young publica el artículo "Organizing Action of Prenatally Administered Testosterone Propionate on the Tissues Mediating Mating Behavior in the Female Guinea Pig" en el cual se reportan los resultados obtenidos en diversos experimentos.
Charles H. Phoenix, Robert W. Goy, Arnold A. Gerall y William C. Young inoculan propionato de testosterona a conejillas de indias preñadas obteniendo crías hembras que muestran un descenso o desaparición de la conducta lordótica y un aumento de la conducta de monta.
Lo interesante de este hallazgo es que, cuando dicho tratamiento prenatal se realiza en las dosis y en los períodos adecuados, no afecta al desarrollo del aparato sexual, es decir, no hay hermafroditismo anatómico, pero sí reversión de la conducta.
Las conclusiones, según narran las historias oficiales, eran obvias: (i) (al menos algunas de) las conductas dimórficas dependen de la acción hormonal durante ciertos períodos del desarrollo embrionario o perinatal y (ii) dicha acción hormonal se da organizando (programando) el tejido que es responsable de (al menos algunas) conductas dimórficas.
A partir del sorprendente hallazgo se desarrolla un programa de investigación que conocemos como "neuroendocrinología del
Esta historia, con ligeras variantes, es la que puede encontrarse en las escasas referencias históricas de la OA:
Todo comenzó con conejillas de india, y, por supuesto, con sexo.
La Teoría Organizacional-Activacional nació oficialmente en 1959 cuando William Young y sus colegas de la Universidad de Arkansas publicaron su pionero artículo "Organizing Action of Prenatally Administered Testosterone Propionate on the Tissues Mediating Mating Behavior in the Female Guinea Pig".
Este descansa sobre una idea muy simple: el cerebro es una especie de órgano reproductivo accesorio.
El trabajo seminal de Young y sus colaboradores sobre conejillas de india demostró que tales diferencias resultan mayoritariamente de la exposición temprana de los embriones a altas dosis de testosterona para los machos y una mucho menor (¿inexistente?) para las hembras.
Estas investigaciones demostraron que solo los machos expuestos a altos niveles de testosterona in utero exhiben conducta sexual masculina en la adultez, cuando de nuevo experimentan altos niveles de testosterona.
Las hembras expuestas artificialmente a altas dosis de testosterona durante el desarrollo exhiben comportamientos sexuales masculinos [...]
Esta interacción entre carga hormonal en la vida temprana y la sensibilidad en la adultez recibe el nombre de hipótesis organizacional/activacional.
La idea de que las diferencias sexuales en el cerebro y la conducta adulta se producen a lo largo del desarrollo por la acción de las hormonas gonadales fue primeramente ilustradas por el hallazgo de que las conejillas de indias expuestas a testosterona en el período fetal tienen una tendencia permanente a copular como machos en lugar de como hembras.
Este estudio icónico proveyó el marco concetpual para distinguir dos tipos de acción hormonal: organizacional y activacional.
En este artículo seremos especialmente críticos con aquellos pasajes resaltados de las citas, que toman como hito fundacional de la OA el artículo publicado en 1959 por William C. Young y su equipo.
Consideramos que esa afirmación constituye una errónea simplificación de un proceso complejo e interesante.
Debe enfatizarse, no obstante, que ninguno de dichos abordajes es específicamente un abordaje histórico.
La literatura disponible al respecto puede dividirse en dos: reviews y artículos científicos, por un lado, y trabajos científicos y metacientíficos centrados en el análisis crítico de las teorías biologistas sobre las diferencias, la diferenciación y otras conductas sexualmente relevantes, por otro.
En la más reciente historia biográfica de la endocrinología de Loriaux (2016) no hay ninguna referencia.
Estos silencios relativos son evidencias de la necesidad de una historia específica y separada, en tanto la endocrinología general y clínica suele desentenderse de los desarrollos neuroendocrinos.
Si existe una excepción a la regla historiográfica oficiosa es el trabajo de Marianne van den Wijngaard (1997) "Reiveinting Sexes, The Biomedical Construction of Femininity and Masculinity".
Claramente enmarcada en el grupo de la crítica feminista a los abordajes biologistas de las diferencias y la diferenciación sexual, su propuesta historiográfica sondea algunos de los antecedentes científicos del artículo del 59, dando una visión general acerca del ambiente intelectual en el que emerge, es aceptada y posteriormente modificada la OA.
El explícito interés de van den Wijngaard es mostrar el modo en el cual las preconcepciones acerca de las diferencias entre machos y hembras (sobre todo, en la especie humana) son codificados en la nueva neuroendocrinología, sofisticando pero manteniendo, la visión dualista de las hormonas de la endocrinología comportamental de los 20, 30 y 40.
En segundo lugar, hace referencia al paralelismo explícito entre la teoría del desarrollo de la diferenciación fisiológica, genital, de Alfred Jost y la OA.
Finalmente, se refiere a la discusión con Frank A. Beach.
Todos estos aspectos son
fundamentales, pero ni son los únicos a tener en cuenta, ni se hayan lo suficientemente desarrollados.
En cualquier caso, no tenemos demasiadas objeciones al trabajo de Wijngaard y en algún sentido este artículo es una profundización y ampliación de su revisión de la historia oficial.
¿QUÉ FUE PRIMERO, EL GALLO O LOS TESTÍCULOS?
Comenzamos el recorrido a mediados del S. XIX con el trabajo de Arnold Berthold, sin embargo, podríamos empezar por, al menos, Aristóteles (ca.
347-335 BCE), La vinculación entre los caracteres sexuales secundarios (conductuales o no) y las gónadas es recogida por el estagirita en "La reproducción de los animales", retomada desde la ganadería y la experiencia con humanos castrados.
Ya en la época se establecía que aquellos machos que eran castrados perdían sus rasgos distintivos conductuales.
Sin embargo, la historia moderna arranca en el S. XIX.
Los famosos experimentos de Arnold Berthold (1849) han sido consistentemente señalados como eventos fundacionales de la endocrinología (véase por ejemplo, Forbes, 1949 y Setchell, 1984), Más recientemente, en la segunda edición de uno de los manuales contemporáneos fundamentales del área se señala explícitamente que:
Probablemente, las conductas sexuales típicamente masculinas y el comportamiento agresivo de los machos fueran los primeros rasgos relacionados experimentalmente con las secreciones testiculares, y con este vínculo, nacieron los campos científicos de la endocrinología y la endocrinología conductual.
Aunque no tuvo un sucesor inmediato en este campo o investigación, los métodos y el diseño experimental de Berthold se convirtieron en la base para el estudio de la endocrinología.
Si fuera el caso que los trasplantes de Berthold fuesen, como se afirma en la cita, un hecho fundacional de la endocrinología, entonces tendrían un lugar en esta revisión historiográfica por derecho propio.
No obstante, en los últimos años, el rol jugado por el trabajo de Berthold en el surgimiento de la endocrinología ha sido relativizado.
Tanto Loriaux (2016) como Medvei (1982) siguen la estela de la monografía de Jørgensen (1971) en la que se defiende que Berthold puede ser considerado, en el mejor de los casos, un vanguardista sin legado relevante en las décadas que le prosiguieron.
Por lo que el médico alemán ha pasado a la posteridad es por su éxito, al parecer relativamente fortuito, al extirpar y posteriormente reimplantar los testículos a un grupo de gallos.
Al menos desde el clasicismo griego, la castración de animales era una práctica corriente, tanto en la cría de animales como en la reflexión sobre la diferenciación sexual.
Al castrar gallos, se obtienen capones, que presentan cambios notables respecto a los gallos control: las crestas y espolones no se desarrollan, no cantan, no pelean y no corren tras las hembras.
Lo que hace notable al procedimiento de Berthold es que, en dos de los seis ejemplares castrados, les fue reimplantado uno de sus testículos en la cavidad abdominal.
Los capones des-capados llegaron a desarrollarse como gallos corrientes, frente a los capados que se quedaron en capones.
Posteriormente, implantó un testículo en dos de los capones castrados, pero de forma cruzada.
En ambos casos, los antes capones se convirtieron en gallos estándar.
A partir de los resultados obtenidos, el "padre de la Endocrinología" dibuja distintas conclusiones:
Los testículos son órganos autotrasplantables y homotrasplantables, independientemente del lugar en donde se implanten.
La presencia de spermatozoa permite afirmar, además, que los órganos mantienen su función incluso deslocalizados.
Dado que los tejidos nerviosos no se recompusieron tras el trasplante, y sí las conexiones venosas, entonces los efectos vistos en la fisiología y la conducta de los gallos trasplantados responden a la función productiva de los testículos.
Se sigue que los resultados en cuestión están determinados por la función productiva de los testículos (productive Verhältniss der Hoden), esto es, por su acción sobre el torrente sanguíneo y por la correspondiente acción de la sangre sobre todo el organismo, del cual, si esto es cierto, el sistema nervioso representa una parte considerable.
La primera conclusión no es para nada original, sino más bien una confirmación de lo que casi un siglo antes, Hunter había mostrado que era posible trasplante de testículos.
De hecho, en la segunda versión del reporte de Berthold, el propio autor reconoce la influencia de los trabajos de Hunter, quien había logrado implantar testículos en el abdomen de gallinas, resultando en hembras con cresta y espolones, pero siendo en lo conductual y en el plumaje, hembras estándar.
Según el propio Hunter, la implantación "nunca llegó a la perfección", en referencia a una transformación completa del sexo.
Como Jørgensen señala, los intereses de ambos autores son bien distintos, mientras que Hunter está fuertemente interesado en los procedimientos quirúrgicos en sí, Berthold entra de lleno en la discusión acerca de mecanismos simpatéticos que conectan partes distantes del cuerpo.
Respecto a la segunda conclusión, cabe afirmar lo mismo.
En el museo Hunteriano se pueden ver aun hoy cortes transversales de los trasplantes de Hunter, los cuales muestran una revascularización correcta.
Lo que parece claro es que la conclusión por la que se le colgó la medalla a Berthold es la III: leído con los ojos de la comunidad de endocrinólogos, lo que se está concluyendo es que las hormonas gonadales juegan un rol crucial en el desarrollo, mantenimiento y regulación de los caracteres sexuales secundarios.
Así lo manifiesta por ejemplo Blaschko al afirmar que "Berthold ha dado un claro y elegante análisis de los efectos [...]"
El interés primario de Berthold no es estudiar el mecanismo específico responsable del desarrollo y el mantenimiento de las conductas dimórficas y las características sexuales secundarias, sino más bien el modo en el cual ciertas partes del cuerpo actúan sobre otras, es decir, los mecanismos simpatéticos generales.
El propio Berthold ve sus resultados como evidencia en favor de sustancias en el torrente sanguíneo frente a las conexiones nerviosas.
Notablemente, la imposibilidad de reproducir sus resultados por parte de otros autores como Wagner en 1851 y el abandono de esta línea de investigación por parte de Berthold, supusieron una breve victoria para la teoría nerviosa frente a la integración humoral.
Recién en los últimos compases del siglo, y sólo tras la aceptación general del concepto de secreciones internas debidas fundamentalmente a Brown-Sequard y Claude Bernard, el trabajo de Berthold sería revalorizado y la práctica experimental
de manipulación gonadal (ahora sí, hormonal) sería retomada.
Ahora bien, si es cierto que Berthold no fundó la endocrinología del comportamiento en tanto carecía de (y no propuso él mismo) los conceptos distintivos de la disciplina ¿por qué otorgarle un rol preponderante en la historia no oficial de la OA?
La primera herencia bertholdiana recibida por la OA es el tratamiento de las conductas dimórficas como una variable dependiente de la acción gonadal (hormonal), No obstante, como decíamos respecto de Aristóteles y de las tradiciones ganaderas o de criadores, esto no es enteramente original.
A lo sumo, Berthold retoma la práctica de la manipulación gonadal que data de la antigüedad y le da un nuevo impulso al vincularla con la acción de las gónadas sobre la sangre.
La segunda herencia es más fundamental y suele pasar desapercibida en la bibliografía.
"Trasplantation Der Hoden" supone un salto hacia adelante en la investigación de las diferencias y la diferenciación sexual en tanto muestra no sólo que la inversión sexual es posible y que esta depende de la acción de las gónadas sobre la sangre sino, sino que además dicha inversión es metodológicamente relevante para el abordaje científico de la ontogénesis de las diferencias sexuales.
La segunda herencia es entonces metodológicamente ejemplar: para abordar la génesis de las diferencias sexuales, se debe experimentar con aquellos factores que conducen a una inversión sexual de la conducta.
Tras un largo abandono del camino iniciado por Berthold, a partir de los años 20 del siglo XX comienza un ciclo de acumulación experimental que conducirá a los trabajos de Dantchakoff primero y de Beach y Young unas décadas más tarde.
El cambio sustantivo respecto a los mediados del XIX no es otro que el establecimiento en los albores del siglo XX de la Endocrinología como disciplina separada.
Desde la primera descripción de una enfermedad vinculada con las cápsulas suprarrenales por parte de Addison (1849), a la introducción del término hormona por Bayliss y Starling (1904) hay medio siglo de desarrollo experimental, clínico y conceptual que cambia el modo general de concebir el funcionamiento del organismo.
Con el establecimiento de la endocrinología, los estudios de la diferenciación sexual retoman un nuevo impulso, a partir de la segunda década del S. XX.
El estado de la cuestión en este nuevo período puede verse en la lista de temas pendientes propuesta por Lillie en 1922 (Aberle y Corner, 1953):
Influencia de las hormonas homólogas y heterólogas en la vida embrionaria.
¿En qué medida los caracteres sexuales son reversibles?
Modificación del sexo en el útero por otras hormonas o por anticuerpos.
Modificación sexual después del nacimiento por hormonas: castración, injertos homólogos y heterólogos, extractos de glándulas sexuales, etc., incluyendo estructura, función y psique.
Notablemente, lo que Lillie considera relevante para las próximas décadas es la pregunta por la reversibilidad sexual a partir de la manipulación hormonal en determinados períodos sensibles, apuntando especialmente al desarrollo embrionario.
Para quien ha sido formado en la historia oficial incluso en su versión mejorada por parte de Wijngaard, esto puede parecer sorprendente.
En el mejor de los casos, se reconoce en estas historias el rol que jugó Dantchakoff como pionera experimental (no conceptual) de la OA.
Lo que se pone en duda aquí es la misma idea de descubrimiento.
Más bien parece que el artículo del 59, aun teniendo innovaciones importantes, es el resultado de un programa de investigación que fue delineándose a lo largo de más de un siglo.
Lillie no meramente expresa el clima de una época con su lista, sino más bien es parte activa de este.
En 1917 presenta su reporte sobre las freemartin (Lillie, 1917), vacas estériles que presentan genitales internos masculinos y externos femeninos.
Las freemartin aparecen sólo en caso de gestaciones gemelares mixtas.
La explicación propuesta por Lillie es que, en aquellos casos donde el corio de ambos fetos se conecta basalmente, entonces hay un flujo mixto de sangre, lo que implica un milleu hormonal mixto.
El autor denomina su explicación teoría hormonal defendiendo que, frente a la dispersión de la evidencia reunida hasta la fecha acerca de la diferenciación sexual (particularmente proveniente de la experimentación en reversión sexual), era necesario postular un marco conceptual general al respecto.
Con ello, puede verse con mayor claridad el sentido programático de la lista del 22.
Y su propuesta no pasaría desapercibida.
Los años 30 son el escenario de un notable aumento de publicaciones que comparten la visión general de que la diferenciación sexual es un proceso steroid driven En la década del 30, prodigan los avances en este eje programático, tal y como detalla Beach (1981), Pfeiffer (1935, 1936) muestra que las ratas macho castradas al momento de nacer presentan una feminización de la glándula pituitaria.
Hamilton y Gardner (1937) describen la masculinización anatómica de las crías de rata tratadas hormonalmente.
En similares experimentos, Raynaud (1938) reporta que las crías resultantes de hembras embarazadas son intersexuales, haciendo, por vez primera, comentarios acerca de la conducta de estas.
Debe notarse que hasta aquí, con la excepción relativa de Raynaud, lo que se enfatiza es el rol de las hormonas pre y peri natalmente administradas sobre la diferenciación sexual estructural y anatómica.
Vera Dantchakoff, la primera profesora universitaria rusa, seguirá la estela trazada por sus colegas, pero redirigiendo su atención hacia la conducta.
En sus artículos del 38 (Dantchakoff, 1938a, 1938b), Dantchakoff reporta los resultados obtenidos a partir de la inyección de testosterona en ratas preñadas: por un lado, las crías machos son hipermachos y por el otro, las hembras son sexualmente inversas.
Estos resultados no son sorprendentes a la luz del conocimiento firmemente establecido por los autores inmediatamente precedentes, pero el caso de Dantchakoff es distinto.
Ella, por primera vez desde Berthold, reporta las modificaciones en los instintos sexuales, es decir, en las conductas asociadas con machos y hembras en el apartado de la reproducción.
Cuando las ratas hembras modificadas son provistas de testosterona en la madurez sexual, las mismas presentan una disminución o desaparición de la Lordosis y un aumento de la monta.
En el caso de los machos, lo que hay es un desarrollo precoz de las facultades sexuales y una hiperactividad sexual.
Como en el caso de sus predecesores, Dantchakoff apunta a la formación de la sexualidad en el proceso embrionario, pero atendiendo ahora a la conducta.
Esto supone la culminación de los objetivos marcados por Lillie en el 22.
Notablemente, Dantchakoff advierte que las modificaciones en la conducta no son transitorias sino persistentes.
El interés de Dantchakoff va más allá del mero efecto hormonal, su intención es determinar los factores de la constitución de la sexualidad:
¿Cuál será el desarrollo sexual de un animal así en el futuro?
Durante su vida embrionaria, fue afectado por dos factores: el determinismo genético femenino, que logró causar la construcción de órganos sexuales femeninos y la hormona masculina inyectada, que a su vez logró construir un complejo de los órganos sexuales masculinos.
En un animal de dos meses y medio de edad, genéticamente femenino, sistemáticamente tratado con la hormona masculina, el conjunto de los órganos femeninos está en regresión, y el complejo de órganos masculinos en evolución progresiva.
Aquí, entonces, hay un animal, del cual uno puede influir a voluntad en la doble tendencia del desarrollo: genéticamente femenino, masculino según un sistema muy completo de órganos sexuales, masculino según las manifestaciones psíquicas de su sexualidad.
En la cita, Dantchakoff pretende encajar sus resultados en una visión global acerca de la diferenciación sexual.
Así, explica la intersexualidad resultante por los diferentes factores: genéticamente hembra, gonadalmente intersexual (con tendencia al complejo de órganos masculino) y conductualmente macho.
Las conclusiones de la autora son notables: la sexualidad (entendida, ahora, como un complejo cromosómico, gonadal y conductal) es manipulable a voluntad a partir del tratamiento hormonal pre y peri natal.
En ocasiones se ha afirmado que Dantchakoff es la auténtica descubridora de la OA, se debe ser cuidadoso con las afirmaciones al respecto.
La innovación conceptual de la OA reside justamente en postular, por un lado, la doble acción organizacional y activacional de las hormonas sexuales, y por el otro, afirmar que el soma o substrato que es organizado, primero, y activado, después, forma parte del SNC.
Está claro que en Dantchakoff se encuentran las nociones de acción dual y de permanencia de la acción organizacional.
La endocrinología comportamental de los 40: Beach vs Young
William C. Young era el investigador jefe en el laboratorio de endocrinología de la Universidad de Kansas en el que se llevaron adelante los experimentos contenidos en el artículo del 59.
En este sentido, es protagonista fundamental del hito fundacional de la historia oficial.
No obstante, la trayectoria previa a dicha publicación es crucial para comprender el surgimiento del nuevo marco conceptual.
Se doctoró bajo la dirección de Carl Moore quien lo puso en el camino de la especialización en la biología reproductiva.
Su tesis (publicada como cuatro artículos independientes Young 1929a, 1929b, 1931; Young & Simeone 1931) versaba sobre el trasporte del esperma a través del epidídimo en distintas especies, discutiendo las tesis de Benoit (1926) y convirtiéndose en una de las fuentes básicas para el desarrollo posterior de la temática.
No obstante, su director desincentivó enérgicamente el emergente interés de Young en la conducta reproductiva y su regulación hormonal, aduciendo que la variable conductual es caprichosa e inútil (véase Goy 1967),
Tras este inicio algo tortuoso, el trabajo de Young se divide en tres períodos, uno inicial en Brown, un breve paso por los Yale Laboratories of Primate Biology at Orange Park y un período maduro en Kansas y Oregon.
Durante los inicios en Brown, se publican una decena de artículos en colaboración (distintos de la tesis publicada como diversos artículos antes referida) cubriendo una variedad de campos.
Aquí son relevantes los vinculados con la regulación hormonal del ciclo ovárico que regulan el estrus, esto es, el conjunto de conductas reproductivas de las hembras (Young, Myers y Dempsey 1933, Young Dempsey y Myers 1935, Dempsey, Hertz y Young 1936), Dichos estudios fueron fundamentales para establecer el rol activacional de los estrógenos sobre la función reproductiva, si bien todavía la distinción organizacional/activacional no había sido claramente delimitada.
En notable que los experimentos reportados son prácticamente idénticos a aquellos contenidos en el artículo del 59.
No obstante, y pese a los resultados exitosos obtenidos (desaparición de la lordosis y manifestación de monta, esto es, reversión completa de la conducta sexual) al inyectar propionato de testosterona durante el período embrionario, los autores no proponen las conclusiones teóricas que aparecen en 1959.
Es en este punto en el que se hacen evidentes las diferencias entre Young y Frank A. Beach.
Este último se considera uno de los fundadores de la endocrinología del comportamiento y la psicobiología en Estados Unidos.
De su extenso trabajo, nos interesa aquí particularmente su escepticismo respecto a la teoría organizacional, que en los años 40 estaba en fase formativa.
La posición de Beach (1945, 1946) es que la acción hormonal en las fases pre y peri natal tiene resultados relevantes para la conducta sexual, pero el soma o substrato sobre el que las hormonas actúan no es el SNC sino las estructuras nerviosas periféricas, particularmente las estructuras nerviosas sensomotoras del pene.
Beach representa, hasta 1969, el último bastión del reproductivocentrismo.
Sin negar la acción sensibilizadora (como él prefirió llamar a lo que hoy decimos organizacional) de las hormonas, discutió (incluso ácidamente) que el substrato de la diferenciación sea el sistema nervioso central.
Las estructuras reproductivas (periféricas en términos del sistema nervioso) eran suficientes para explicar la acción hormonal sobre la conducta.
El propio autor reconocerá que parte de sus errores en la interpretación de la investigación durante la década de los 40, estaba motivado por la no inclusión de hembras en sus experimentos.
Beach sostenía en aquel momento una visión de la conducta sexual centrada en los machos, en la que el rol
El debate entre la escuela de Young y la de Beach se resolvería definitivamente con la explícita claudicación de Beach (1969, 1975, 1976), En este escenario de disputa fue importante el aporte de los brasileros Martins y Valle (1948) acerca de la micción dimórfica en perros.
Tras castrar y tratar hormonalmente a perros y perras, concluyen que "el patrón de micción canina depende de las hormonas sexuales actuando sobre el patrón de micción canina depende de las hormonas sexuales que actúan en los arcos reflejos de una diferenciación muy temprana.
Puede considerarse un carácter sexual funcional".
En este sentido, encaja bien en los estudios conductuales inaugurados a finales de los 30 y continuados por Young y su grupo.
No obstante, lo más importante de este trabajo es que por primera vez se plantea un marco teórico sustantivo para interpretar sus resultados.
Con respecto al mecanismo de la acción hormonal, es necesario determinar si, durante la diferenciación embrionaria o al principio del período postnatal, las hormonas actúan como organizadores que inducen ciertas conexiones entre los centros nerviosos especiales; o si solo son activadores de arcos genéticamente predeterminados y, por lo tanto, modifican los umbrales de excitabilidad.
Los efectos funcionales aquí descritos indican que la hormona posee una acción selectiva, una cierta neurotropía que, durante el período de desarrollo, bien podría ejercer una acción organizadora, estimulando el desarrollo de centros o conexiones específicas.
Sin embargo, tales interpretaciones son actualmente meramente especulativas.
Aun con su carácter "meramente especulativo" este párrafo contiene un esbozo de la OA.
Se introduce el concepto de acción organizacional de las hormonas, se establecen ciertos períodos críticos en el desarrollo embrionario y perinatal y se apunta a centros nerviosos específicos como soma o substrato de dicha acción organizacional.
Está claro que no es una presentación ni completa ni sistemática de la teoría, pero contiene alguno de sus conceptos fundamentales.
Sorprendentemente, este trabajo ha sido poco considerado en la bibliografía y tampoco es mencionado en el artículo del 59, pese a constituir un antecedente flagrante de las propuestas teóricas allí esgrimidas.
Las razones de dicha exclusión nos son desconocidas.
El hito fundamental, pero no fundacional.
Se arriba así al momento inicial del relato oficial.
El equipo del laboratorio de Arkansas capitaneado por Young publica el celebérrimo "Organizing action of prenatally administered testosterone propionate on the tissues mediating mating behaviour in the female guinea pig" en el último año de la década de los cincuenta.
No cabe duda de que este artículo tiene una significación histórica muy notable, habida cuenta no sólo del creciente número de citas al mismo (véase Wallen, 2009), sino el rol que las reviews históricas le han otorgado.
No obstante, hasta aquí este artículo ha sido un intento por mostrar que, independientemente de la importancia que se le ha otorgado, lo que los autores proponen en el artículo es una explicitación de un conjunto más o menos disperso de ideas preexistentes.
Phoenix et al. administraron propionato de testosterona a conejillas de indias preñadas para estudiar la conducta reproductiva de sus crías genéticamente XX.
Como vimos en el caso de Vera Dantchakoff, este procedimiento no era del todo original, en tanto (al menos) ella ya había realizado experimentos similares (como reconocen los propios autores del artículo), La innovación parece venir por las intuiciones de partida, en tanto el grupo de Arkansas no sólo va a atender a la manifestación de la conducta típicamente femenina en la adultez, sino también a la acción típicamente masculina.
A partir del tratamiento hormonal, obtuvieron conejillas de indias intersexuales (al momento del nacimiento, sus incipientes genitales eran indiferenciables de los de sus hermanos macho) y no intersexuales.
El conjunto de sujetos experimentales se completaba con las crías XY de las conejillas de indias tratadas hormonalmente y grupos control respecto de cada uno de los subgrupos (conejillas de indias no tratadas hormonalmente, crías XX y crías XY), Todas las crías fueron castradas previamente a la adultez.
Los experimentos consistieron en comparar la respuesta de los distintos grupos, en distintos momentos del lifespan, a diferentes hormonas y diferentes estímulos externos.
Aquí nos interesan particularmente dos de los resultados obtenidos.
Por un lado, las conejillas de indias nacidas de progenitoras tratadas hormonalmente durante el período embrionario (tanto hermafroditas como no hermafroditas), en la adultez, ante la administración de hormonas y la estimulación manual, manifestaban un descenso de lordosis y un aumento de monta respecto del grupo control.
Es decir, aquellas conejillas de indias que habían sufrido una exposición a testosterona durante el período pre natal, ante el adecuado estímulo hormonal y ambiental, en la adultez presentaban una conducta sexual masculinizada y defeminizada.
El segundo resultado que se considera aquí relevante es referente a la perdurabilidad de esa masculinización y defeminización de la conducta.
Las pruebas se repitieron meses después y el resultado fue el mismo.
Cabe señalar que, como era de esperar atendiendo al trabajo de Young en la década anterior, mientras no hubo estímulo hormonal, en la vida adulta los y las especímenes no manifestaban ninguna conducta.
El hecho de que la masculinización y defeminización no se extinguiese a lo largo de la vida de los y las sujetos, muestra que los efectos de los tratamientos realizados durante el período prenatales son definitivos.
Los resultados obtenidos por Young y sus discípulos son en general equiparables no sólo a los obtenidos por el propio Young casi veinte años antes sino también a los obtenidos por Valle.
No obstante, y frente a las afirmaciones meramente especulativas de los investigadores brasileros, en el artículo del 59 se propone una interpretación teórica apoyada por estos resultados:
El rol que las hormonas juegan en el marco de las conductas sexualmente diferenciadas –o dimórficas- es doble, atendiendo al período en que ocurre la circulación hormonal.
Cuando ocurre en la adultez o madurez sexual, es transitorio (activación/inhibición), Cuando ocurre en períodos críticos o sensibles del desarrollo embrionario, es persistente dando lugar a irreversibles efectos organizacionales:
Los datos procedentes de los cuatro experimentos resumidos en las secciones precedentes apoyan la hipótesis que los andrógenos recibidos prenatalmente tienen un efecto organizacional en los tejidos responsables de la conducta de apareamiento, en el sentido de alterar permanentemente las respuestas que las hembras normalmente manifiestan como adultas.
El sustrato biológico que es organizado en el periodo embrionario y que determina las conductas sexualmente dimórficas, forma parte del sistema nervioso central.
Involucrado en esta sugerencia está la visión de que el comportamiento puede ser tratado como una variable dependiente y, por lo tanto, que podemos hablar de dar forma al comportamiento mediante la administración de hormonas, del mismo modo que el psicólogo habla de dar forma al comportamiento manipulando el entorno externo.
Una suposición rara vez explicitada es que la modificación del comportamiento sigue a una alteración en la estructura o función de los correlatos neurales del comportamiento.
Estamos asumiendo que la testosterona o algún metabolito actúa sobre aquellos tejidos nerviosos centrales en los que se organizan patrones del comportamiento sexual.
Ahora bien, entre las razones plausibles por las cuales los autores del artículo del 59 sí dan este paso hacia adelante en la elaboración de un marco conceptual comprehensivo a partir de sus resultados, se cuenta la explícita analogía con los desarrollos de Jost en el campo de la embriología del desarrollo.
Es van der Wijngaard quien ha hecho hincapié en este vínculo.
Sería van der Wijngaard quien exaltaría este punto: El interés de la autora es hablar del "Principio de Adán" que, según sostiene, hereda el grupo del 59 de la embriología de Jost.
Para discutir este punto debemos tener en cuenta al menos dos elementos importantes.
Por un lado, en efecto, los autores se refieren expresamente al proceso de diferenciación de los tractos genitales en el período embrionario.
Los periodos embrionario y fetal, cuando los tractos genitales están expuestos a la influencia de sustancias morfogénicas aún no identificadas [...] son períodos de diferenciación.
El período adulto, cuando los tractos genitales son órganos diana de las hormonas gonadales, es un período de respuesta funcional [...].
La respuesta depende de si los derivados de los conductos müllerianos o wolfianos se han desarrollado [...]
Para los tejidos neuronales que median el comportamiento de apareamiento, las relaciones correspondientes parecen existir.
Los períodos embrionario y fetal son períodos de organización o "diferenciación" en la dirección de masculinización o feminización.
La edad adulta, cuando las hormonas gonadales se secretan, es un período de activación; los tejidos neuronales son los órganos diana y el comportamiento de apareamiento es llevado a la expresión.
Ahora bien, la analogía propuesta por los autores es interesante, pero no un préstamo necesario de la embriología.
La idea de dos períodos distintos de la acción hormonal, como ya vimos en los apartados precedentes, ya se encontraba explícitamente tratada en la literatura específica de la conducta sexualmente dimórfica.
Los mismos autores refieren a los trabajos de Dantchakoff y Raynaud al respecto.
Entonces, ¿por qué equiparar los hallazgos obtenidos con la embriología del desarrollo?
Responder a esta pregunta nos lleva al segundo elemento importante que señalábamos antes: el Principio de Adán.
Wijngaard caracteriza dicho "principio" como la idea según la cual sólo las hormonas masculinas tienen efectos en la diferenciación sexual, lo cual implica que por defecto los tejidos susceptibles de diferenciación tienen la forma femenina.
En la década del 30 y el 40 se realizaron sustantivos avances en la comprensión de la diferenciación sexual del aparato gonadal.
Unos de los resultados interesantes obtenidos por Jost y asociados se sintetiza como sigue:
La castración temprana de las hembras no previene la organogénesis femenina, pero la reducción en el tamaño de los derivados müllerianos sugiere cierta actividad ovárica.
La castración temprana de los machos también conduce a embriones de morfología femenina, que son muy similares a los castrados femeninos.
Este resultado fue interpretado como evidencia de que el testículo fetal estimula el desarrollo de las estructuras masculinas y suprime el conducto mülleriano.
La traducción es nuestra)
Y unos años más tarde:
La castración de fetos de conejo [...] en el útero mostró que en ausencia de testículos (es decir, en hembras normales o castradas y en machos castrados) todos los caracteres sexuales del cuerpo se vuelven femeninos; experimentos complementarios reforzaron la conclusión de que la tendencia básica de desarrollo del cuerpo sin gónadas es esencialmente femenina, y que los testículos imponen la masculinidad y reprimen la feminidad.
Efectivamente, la castración del feto masculino evita la diferenciación en dirección masculina, propiciando la diferenciación en dirección femenina.
En cambio, en el caso de la castración de fetos hembra, la diferenciación se mantiene en dirección femenina.
La interpretación obvia en aquel momento es que sólo los andrógenos juegan un rol diferenciador en las estructuras reproductivas.
Este es el "Principio de Adán", la idea de que el feto pre diferenciado sexualmente se desarrollará por defecto hembra y que es la acción de las hormonas gonadales masculinas la que propician el desarrollo en dirección masculina.
Phoenix et al. sostienen que similar situación se da en los tissues mediating mating behavior: sin la intervención de la testosterona, las áreas neurofisiológicas asociadas a las conductas sexualmente dimórficas se desarrollan de forma femenina.
Posteriormente, en los años 70 (McDonal et al. 1970), el llamado "Principio de Adán" se abandonaría ante el hallazgo de que la testosterona sólo actúa como agente organizador al aromatizarse a estradiol.
Es decir, la hormona responsable de la diferenciación en dirección masculina es, de hecho, una hormona femenina.
Esto tuvo importantes corolarios para la endocrinología, pues la distinción neta entre hormonas sexuales masculinas y femeninas se problematiza.
Así pues, el (no tan) nuevo marco conceptual quedaría articulado.
Un último corolario, que no aparece en el artículo del 59 explícitamente, pero que sí se desarrolla en algunos trabajos posteriores de Young, es que no todas las diferencias sexuales son reproductivamente relevantes.
Existen conductas (como la agresividad, o la micción canina), que no son estrictamente reproductivas pero que son dimórficas.
La OA es lo suficientemente general como para explicar no sólo aquellas conductas que son estrictamente reproductivas (monta y lordosis, en el caso de las ratas) sino también toda conducta dimórfica.
Es a este punto al que nos referíamos antes al hablar del fin del reproductivocentrismo.
Como el propio Young propone:
Los datos acumulados hasta [...] ahora sugieren que esta acción hormonal temprana también es responsable del establecimiento de gran parte del comportamiento relacionado con el sexo que es parte de la masculinidad o feminidad de un individuo pero que no está directamente relacionado con los procesos reproductivos.
Con la OA las diferencias sexuales dejan de ser materia exclusiva de la reproducción o de ser explicables a partir del rol reproductivo de machos y hembras.
Hemos revisado la historia oficial de la OA con el objetivo de brindar una visión más precisa y minuciosa del desarrollo histórico de la teoría.
Hemos recorrido el largo camino que va desde los célebres gallos de Berthold hasta la endocrinología comportamental de los años 40.
Aceptando la relativización del rol que Berthold jugaría para el surgimiento de la endocrinología, resaltábamos el modo en que su tratamiento de la conducta como dependiente y su modelo experimental centrado en la manipulación gonadal de las conductas dimórficas.
Una vez establecido el marco general de la endocrinología como disciplina separada, los experimentos de Berthold pudieron ser leídos con una nueva luz.
De esta manera, a partir de las primeras décadas del S. XX hay un proceso de acumulación de evidencia experimental, guiada por la presunción de que las hormonas tienen un rol fundamental en la determinación de las conductas sexualmente dimórficas.
La primera formulación explícita de dicha suposición durante esta etapa se debe a Lillie y tiene sus puntos álgidos en los años 30 y 40 con los trabajos de Raynaud, Dantchakoff y Martins y Valle.
Young y Beach protagonizan la escena de la Endocrinología del comportamiento dando lugar a la polémica en torno a la acción hormonal sobre el sistema nervioso central versus sistema nervioso periférico.
Finalmente, analizamos el supuesto hito fundacional mostrando que debe concebirse mejor como hito fundamental.
Juntamente con la formulación explícita y programática de la OA analizábamos el "Principio de Adán" y las razones por las cuales la embriología sirvió como analogía para la postulación de la OA.
En nuestros últimos apartados mostramos algunos de los resultados de la aplicación sistemática de la OA en tanto programa de investigación: la expansión del marco conceptual a nuevas aplicaciones y la revisión reciente de algunos de sus fundamentos.
Consideramos con esto cumplido los objetivos y fundamentadas nuestras hipótesis metacientíficas de partida. |
DISPUTA POR LA AUTORIA DEL DESCUBRIMIENTO
Existen temas y problemas de investigación cuya naturaleza, estructura y dinámica provee la ruta analítica y la perspectiva metodológica para desentrañar su dimensión global.
Este es el caso del eritronio, un elemento químico que fue descubierto en 1801 por el mineralogista español Andrés Manuel del Río Fernández (1764-1849) en el laboratorio del Real Seminario de Minería de la Ciudad de México, Nueva España.
El descubrimiento dio la vuelta al mundo occidental inmerso en una polémica sobre su autenticidad, hasta que la comunidad científica europea determinó cerrar el caso otorgando la paternidad al químico sueco Nils Gabriel Sefström (1787-1845), quien 30 años después la había redescubierto, oficializando su nombre como vanadio en 1831.
Los 30 años que pasaron dejaron ver también la disputa entre Francia, Alemania y Estados Unidos por la apropiación de la naturaleza y el desplazamiento paulatino que experimentaron en su hegemonía sobre la ciencia química, como una herramienta científica de poder y control global.
El descubrimiento del eritronio/vanadio, elemento 23 de la Tabla Periódica, fue obra del mineralogista Andrés del Río, (Madrid, 10 de noviembre de 1764, Ciudad de México, 23 de marzo de 1849).
Del Río fue parte de una comunidad profesional que cultivó las ciencias naturales entre los siglos XVIII y XIX, como sus profesores, colegas y condiscípulos Heinrich Christophe Störr, Jean D'Arcet, Abraham Gottlob Werner, Antón von Rupprecht, Christian Leopold von Buch; Antoine Laurent Lavoisier; René Just Haüy, Josef Ricarte, Enrique Schnellenbühe, Dieudonné Sylvain Guy Tancrède de Gratet de Dolomieu, Alexander von Humboldt, Horace Benedict Saussure, Luis Lindner, Hippolyte Victor Collet-Descotils, Nils Gabriel Sefström, Jöns Jacob Berzelius, Friedrich Woehler; George William Featherstonhaugh, Richard Taylor, James Finlay Weir Johnston y Henry Enfield Roscoe, entre muchos más.
Con ellos estableció redes intelectuales, en tanto que dio seguimiento a sus aportaciones a las ciencias en algunos casos, y en otros hubo colaboración en su etapa formativa y en su vida profesional, en ambos lados del Atlántico.
Como muchos otros científicos de la época, Andrés del Río se formó en las mejores instituciones de educación de Europa, entre las que cabe mencionar a la Universidad de Alcalá de Henares, Real Academia de Minas de Almadén, España; l ́Ecole Royale des Mines, Francia; Collège de France, Francia; Bergakademie de Freiberg, Alemania; Real Academia de Minas y Bosques, Hungría; o el Laboratorio del Arsenal, Francia.
En ese sentido, él formaba parte de una comunidad mayor, interesada en la Historia Natural y en el desarrollo de las ciencias, en cuyo seno aprendió los paradigmas de la revolución científica de los siglos XVI y XVII que trajo consigo nuevas ideas, conocimientos y prácticas experimentales en física, astronomía, geología, botánica, zoología, medicina y química.
Del Río llegó a Nueva España en diciembre de 1794, con 28 años, contratado por el gobierno de su país, para formar funcionarios mineros calificados en las artes de los metales; impulsar la investigación sobre los recursos minerales; y promover en los reales de minas del virreinato innovaciones tecnológicas que asegurasen la buena marcha de las explotaciones mineras y las finanzas del reino (Uribe y Cortés, 2006).
En Nueva España realizó su labor de investigación y docencia en el Real Seminario de Minería de la Ciudad de México, institución que se transformó en Colegio de Minería tras el proceso de independencia de 1810-1821 (Uribe, 2006, pp. 231-260).
Su práctica científica en Nueva España (1795-1849) estuvo sedimentada en la lectura y en el diálogo con científicos europeos y estadounidenses, que estuvieron involucrados de alguna manera en el descubrimiento y validación posterior del vanadio (1801-1831).
Su obra contiene unos 75 trabajos científicos, entre libros, traducciones, artículos, folletos y notas, que publicó en cuatro idiomas: español, francés, alemán e inglés.
En ellos dio a conocer especies minerales existentes en el territorio de Nueva España, y a través de ella sostuvo un diálogo permanente con sus colegas en dos dimensiones: la primera tiene que ver con el afán de mantenerse informado de las novedades que se registraban fuera de su entorno, aunque las más de las veces llegaron a sus manos con un retraso de años que lo colocó en desventaja frente a aquellos; la segunda, a través de la publicación de sus propios hallazgos en periódicos y revistas, primero solo en lengua castellana, después en francés, inglés y alemán cuando se percató de que los expertos de otros países no leían en español los adelantos de las ciencias que se producían en el «Nuevo Mundo» (Río, pp. 176-179).
Es a través de esa red intelectual que Andrés del Río estableció los criterios experimentales del descubrimiento del «eritronio», y sustentó la defensa de su autoría a través de la prensa y revistas científicas de la época (1801-1832), en las que también otros científicos debatieron sobre el hecho.
El artículo aborda en primer lugar el entorno del descubrimiento del «eritronio», en un escenario internacional marcado por los intereses imperiales sobre el conocimiento y la explotación de los recursos naturales.
En segundo lugar, se analiza el hecho científico y los procesos de validación en los que se vieron involucrados instituciones y hombres de ciencia.
El descubrimiento del eritronio
Con la creación del Real Seminario de Minería de la Ciudad de México en 1792, primera institución laica para la enseñanza de las ciencias en el continente americano (Ramírez, 1982; Izquierdo, 1958; Flores, 2000), se estimuló la constitución de un campo científico fuera del ámbito metropolitano que devino en una compleja trama de relaciones culturales, sociales y económicas que entrelazó lo local con lo global, en una carrera desenfrenada por la explotación de los recursos naturales y la paternidad de los descubrimientos científicos que tenían lugar en Europa, como símbolo de civilización y progreso, pero también de dominio y control político y económico (Barnes, 1988; Rouse, 1987).
A los 35 años de edad, en plena capacidad de sus facultades, Andrés del Río dedicará su tiempo y energía en aplicar sus conocimientos a la realidad americana y a difundir sus pesquisas en libros, artículos y notas periodísticas.
El descubrimiento más sonado, que al mismo tiempo inauguraba el siglo XIX como una premonición del desarrollo vertiginoso que alcanzarían los saberes científicos en el mundo, fue obra suya.
Entre 1800 y 1801, Del Río analizó en el laboratorio del Real Seminario de Minería de México una sustancia metálica procedente de la mina de la «Purísima del Cardonal», distrito minero con gran abundancia de minas de plata, limítrofe entre los actuales estados de Hidalgo y Querétaro, entre Zimapán y Maconí.
En ese trabajo Del Río invirtió tiempo y recursos, que junto con la observación y la experimentación fueron detonantes de situaciones novedosas u originales acerca de algún aspecto de la realidad natural no conocida hasta entonces (Uribe, 2008, pp. 149-160).
El ejercicio de separar metales lo había aprendido en la Academia de Schemnitz, pero ahora se enfrentaba a algo totalmente desconocido en la literatura de la época.
Su análisis químico (Castillo, 2005, pp. 224-229 y 265-270) arrojó la existencia de un extraño elemento que puede encontrarse mezclado con algunos minerales, el cual pudo reducir a un polvo gris-blanco y metálico.
Al concluir el examen analítico de las muestras de plomo, el madrileño comprobó que contenían un metal nuevo, parecido al cromo y al uranio, a partir del cual se obtenían compuestos de diferentes colores.
En primer lugar analizó el mineral, que bautizó como «zimapanio» o «plomo pardo de Zimapán».
Del zimapanio extrajo una sustancia a la que llamó pancromo, por la variedad de colores que presentaban sus compuestos químicos y que después renombró como eritronio, por el color rojo que adquirían sus sales al exponerlas al fuego (Río, 1811, pp. 294-295).
En el análisis y caracterización de los restos fósiles, del Río no contaba en la Nueva España con más interlocutor que los libros que había traído consigo de Europa, circunstancia que seguramente limitaba sus consideraciones analíticas y lo hacían dudar de sus alcances.
Como él, la mayoría de los profesionales de la ciencia trabajaba en solitario, al abrigo de las primeras instituciones oficiales que promovían la actividad científica.
Esta era una tarea individual mientras realizaban sus experimentos, y solo después de ordenar y sistematizar los pasos seguidos en el laboratorio se sentaban a describir los cambios que experimentaba la materia y a exponer diferentes teorías sobre los fenómenos de la naturaleza, sin más pretensión que la de compartir con sus colegas la experiencia personal.
Es bien sabido que, en el tránsito del siglo XVIII al XIX, la circulación del conocimiento era lenta, primero por lo que implicaba la publicación de notas o memorias en forma de artículos y por la escasez de periódicos y revistas dedicadas a reunir los conocimientos que se creían novedosos; en segundo lugar, por las capacidades para distribuir los impresos en una geografía carente o limitada en medios de transporte terrestre o marítimo; y por último, por la incertidumbre de que estos llegaran a manos de las personas interesadas y capaces de descifrar y validar las novedades de los conocimientos producidos.
Andrés del Río, al pasar del ambiente científico de Europa
a América, experimentó en carne propia no solo lo descrito líneas arriba, sino el incipiente proceso de institucionalización de la práctica científica local, la débil y frágil integración de una comunidad de interés y, por si esto fuera poco, el «distanciamiento» espacio-tiempo con las dinámicas de las instituciones, las comunidades y las publicaciones que en Europa encabezaban el desenvolvimiento de las ciencias.
La idea de haber encontrado una sustancia fuera de los registros oficiales, la hizo pública intramuros del Real Seminario de Minería al concluir el curso académico en 1802.
En el ceremonial de fin de curso, en el que los estudiantes disertaban sobre lo aprendido o los profesores daba a conocer los adelantos que se registraban en sus materias y los resultados experimentales de su trabajo en el gabinete, del Río expuso por primera vez el entorno geognóstico y mineralógico del plomo pardo de Zimapán en el «Discursos de las vetas», frente a estudiantes, profesores, autoridades civiles y eclesiásticas interesados en los avances del conocimiento.
Casi en seguida, el 26 de septiembre de ese mismo años, también le remitió al científico Cavanilles la «Memoria» escrita en donde daba a conocer su descubrimiento.
Se desconoce qué hizo el abate Cavanilles y Palop con la Memoria, pero el mineralogista Ramón de la Quadra (1774-1860) tuvo acceso al escrito, o a una parte de él, ya que integró el pancromo (eritronio) de del Río en la «Introducción a las Tablas Comparativas de las Substancias Metálicas» que publicó en el número 16, tomo sexto de los Anales, en mayo de 1803, con una escueta nota que atenuaba su trascendencia:
Nota: Nueva sustancia metálica anunciada por don Manuel del Río en una memoria dirigida desde México al señor don Antonio Cavanilles con fecha de 26 de septiembre de 1802 (Quadra, 1803, pp. 1-46).»
Andrés del Río tenía claro que la revista Anales era el principal referente metropolitano, en lengua castellana, del movimiento de las ciencias naturales, y el espacio social para exponer de manera pública el cumplimiento de sus tareas en la Nueva España.
Se aprecia que del Río no solo daba a conocer sus trabajos en periódicos y revistas que se publicaban en la capital del virreinato; buscó siempre que estos llegaran a manos de la comunidad peninsular de la cual formaba parte, consciente de que era en ella donde se podían dirimir sus alcances y novedades.
Hasta aquí el horizonte intelectual de Andrés del Río se inscribía, en términos de sus publicaciones, a la comunidad de habla castellana, con epicentro en las ciudades de Madrid y México, aunque hasta ahora no se cuenta con algún registro documental que nos permita saber qué tipo de repercusión tuvo en el ambiente científico de esos años.
Pero era evidente que las redes intelectuales que otorgaban sustento a su práctica científica provenían de la lectura y el diálogo con sus pares que, como él, habían estudiado en prestigiadas instituciones de Francia, Alemania, Hungría o Inglaterra.
El hecho científico y el debate global
En su etapa formativa, Andrés del Río conoció el espíritu innovador y la práctica científica de profesores y colegas que se encontraban a la vanguardia de los nuevos conocimientos que estaban cambiando las fronteras de las ciencias naturales.
Sabía por propia experiencia que el punto culminante de un posible «descubrimiento» radicaba en que éste fuese conocido, discutido y aceptado por la comunidad especializada.
También era consciente de que los miembros más avezados de esa comunidad radicaban en Francia, país que desde su época de estudiante mantenía la supremacía en los saberes de la química moderna.
Por lo mismo, no dudó en hacer partícipes a los afamados químicos franceses del hallazgo de una nueva sustancia química en su trabajo de laboratorio, de la cual, creía, no existía registro alguno en los tratados correspondientes.
La circunstancia más propicia para sacar del ámbito hispano su pretensión científica llegó cuando el viajero Alexander von Humboldt (1769-1859) visitó Nueva España en 1803, procedente de Quito.
Andrés del Río, que había coincidido en dos ocasiones con él en Centroeuropa durante sus tiempos de estudiantes, aprovechó la estadía de su condiscípulo para mostrarle sus investigaciones, hallazgos y descubrimientos más recientes.
Sentados uno frente al otro en su modesto gabinete de mineralogía, del Río le expuso la descripción detallada de su descubrimiento, a quien solicitó su fundada opinión, a sabiendas de que sus conocimientos en la materia eran menores (Caswell y Wa, 2003, p.
Lyman R. Caswell y Seattle Wa sostienen que en cuanto del Río informó a Humboldt de su experimento con el «plomo pardo», éste se mostró escéptico de que el «eritronio» fuese en realidad una nueva sustancia química.
Aunque Humboldt afirmó que el eritronio era «muy diferente del cromo y del uranio», se inclinó por la posibilidad de que lo que había encontrado del Río era más parecido al cromo, sustancia que Del Río desconocía en ese momento (Caswell y Wa, 2003, p.
Patricia Aceves aduce, por su parte, que Humboldt ya conocía la obra del químico francés Nicolas-Louis Vauquelin (1763-1829), quien 4 años antes, en 1797, había descubierto el cromo que también formaba sales rojas y amarillas.
Que seguramente le habló de él y del cromo, y ejerció una influencia sobre la opinión de del Río «relacionado con el descubrimiento de un nuevo elemento químico» (Aceves, s/f).
Efectivamente, del Río no conocía la obra de Vauquelin ni la composición química del cromo.
Tampoco conocía la obra culminante del abate Haüy (1743-1822), en cinco tomos, sobre la importancia de la cristalización y de las reacciones químicas de sus componentes sometidas a diferentes pruebas (Brock, 1910), más allá de la manifestación de colores, que le hubiesen servido para asegurarse que lo que había encontrado era en efecto una nueva sustancia
en la costra terrestre.
El precio que pago con ello fue creerle a Humboldt.
En los meses que siguieron, tuvieron lugar dos hechos o circunstancias que vale la pena aclararlos, porque en ellos se condensa en buena medida los encuentros y desencuentros entre del Río y Humboldt y en la modelación de aciertos y errores en el proceso de verificación del «hecho científico».
A pesar de las dudas que Humboldt sembró en el ánimo de del Río, éste tuvo en consideración el prestigio y reconocimiento que el barón Humboldt mantenía en la comunidad internacional para aprovechar su conducto y presentar su hallazgo a los franceses.
Por esa razón le entregó, antes de que abandonara Nueva España y se dirigiera a la isla de Cuba y después a Filadelfia (Bargalló, 1965, p.
9; Bargalló, 1966), una relación pormenorizada de la metodología utilizada y una muestra de dicho mineral, con el propósito de que a través de él los sabios europeos que trabajaban en el Instituto Nacional de Francia, particularmente el químico Jean-Antoine Chaptal (1756-1832), pudieran reconstruir el procedimiento en sus laboratorios mejor equipados y validar, si fuese el caso, la existencia de una nueva sustancia química en la naturaleza (Río, 1811, pp. 294-295).
En el mes de julio de 1803, Alejander von Humbolt y Aimé Bonpland escribieron dos cartas: la primera fue dirigida al químico francés Jean-Antoine Chaptal, ministro del Interior de Francia hasta antes de la administración de Napoleón Bonaparte; la segunda, a los químicos del Instituto Nacional de Francia, entre los que se encontraban Nicolas-Louis Vauquelin (1763-1829), Louis Bernard Guyton de Morveau (1737-1816), Antoine François, conde de Fourcroy (1755-1809) y Claude Louis, conde Berthollet (1748-1822), quienes junto con Antoine-Laurent de Lavoisier (1743-1794) habían ya establecido un sistema de nomenclatura química para la denominación de los compuestos químicos (de Morveau, de Lavoisier, de Fourcroy, 1787).
Ambas cartas fueron acompañadas por la Memoria en la que del Río describía su análisis y una muestra del mineral.
De las dos cartas, solo se conoce el contenido de la segunda, fechada el 21 de julio de 1803, con lo que se comprueba que el barón Humboldt cumplió de manera expedita con su palabra.
En los Annales du Muséum National D'Histoire Naturelle, año XII, volúmen tercero de 1804, se publicó un fragmento de la carta que Humboldt y Bonpland enviaron al Instituto Nacional de Francia, en la que explicaban:
Alejandro de Humboldt y el ciudadano Bonpland, al Instituto Nacional de Francia.
Ciudadanos: no podemos ofrecer esta vez más que lo poco que encierra el arca adjunta.
14 mineral de plomo de Zimapán, semejante al de Zschopan en Sajonia, al de Hoffen en Hungría y al de Polawen en Bretaña.
En este mineral de plomo de Zimapán, es donde M. del Río, profesor de Mineralogía de México, ha descubierto una sustancia metálica muy diferente al cromo y al uranio, y de la cual ya hemos hablado en una carta al ciudadano Chaptal.
M. del Río la cree nueva y la llama eritronio porque las sales eritronatos tienen la propiedad de tomar un bello color al fuego con los ácidos.
El mineral contiene 80.72 de óxido amarillo de plomo, 14.86 de eritronio, un poco de arsénico y de óxido de hierro».
Cuando Humboldt parte de la Nueva España en marzo de 1803, Andrés del Río retoma nuevamente su experimento y es posible que ya tuviese en mano la obra del químico Antoine François, Conde de Fourcroy, titulada A General System of Chemical Knowledge.
En esa obra del Río verifica que el cromo era un mineral de color rojo procedente de Siberia, que además daba el color verde a la esmeralda.
Estupefacto por lo que decía Fourcroy, recompone y actualiza su «Discurso de las vetas», y lo vuelve a enviar a los Anales de Ciencias Naturales, donde vio la luz en febrero de 1804, ampliando de esa manera su difusión en la tierra donde había nacido, para consumo de los mineralogistas europeos.
En una nota a pie de página, que no se encuentra en las publicaciones anteriores, refiere:
«De ese plomo pardo saqué 14.80 por 100 de un metal que pareciéndome nuevo llamé pancromo, por la universalidad de colores de sus áxidos, disoluciones y precipitados; y luego eritronio, porque daba álkalis y las tierras sales que se ponían roxas al fuego y con los ácidos; pero habiendo visto en Fourcroy que el ácido crómico da también por evaporación sales roxas y amarillas, creo que el plomo pardo es un cromato de plomo con exceso de base en estado de óxido amarillo.
Klaproth analizó algún plomo verde de los que pardean.
Esto y su cristalización me induxo también a error en la primer análisis que hice antes de conocer los caracteres de Werner» (Río, 1804, pp. 30-48).
En la nueva versión del «Discurso de las vetas», influenciado ahora por Fourcroy, del Río creyó que su eritronio era «un cromato de plomo con exceso de base en estado de óxido amarillo».
Pero aún así dejaba en pie las proporciones que había arrojado su experimento inicial, entre ellas el 14.80 por 100 de un metal «nuevo».
Como ya se indicó, el escrito llegó a Madrid y se publico sin dilación en los Anales.
Lo que nunca llegó a su destino fue la «Memoria científica», las cartas escritas por Humboldt y Bompland ni las muestras de plomo pardo que del Río entregó a Humboldt para los químicos franceses.
En esa época las noticias entre Europa y América viajaban en barco, y en ocasiones, según el itinerario del navío, tardaban en llegar a su destino de dos a cuatro meses, para continuar su recorrido por tierra hasta llegar a su punto final.
Mucho tiempo después se supo que ni la Memoria ni las muestras de plomo pardo de Zimapán llegaron a su destino, porque el barco que los llevaba naufragó cerca de Pernambuco, Brasil (Bargalló, 1965, p.
9, Bargalló, 1966), en su recorrido de Veracruz a Cádiz, España.
El naufragio del barco que llevaba las noticias a Europa de un nuevo descubrimiento científico realizado por primera vez en el «Nuevo Mundo», fue un factor extracientíficos, fortuito, que dilató 30 años para que la comunidad internacional pudiese comprobar la existencia de una nueva sustancia química y otorgar a quien lo
descubrió el mérito universal.
Sobre este hecho circunstanciado, del que ni Humboldt ni del Río tuvieron responsabilidad alguna, se han elaborado diversas teorías y explicaciones sobre los encuentros y desencuentros entre el descubrimiento de un nuevo elemento químico y su proceso de certificación por la comunidad internacional (Trífonov y Trífonov, 1984, pp. 122-124; Rubinovich, 1992, pp. 25-29).
Pero la historia del eritronio no terminó con el naufragio del barco, del que la historiografía no tiene registro alguno.
Se sabe que Alexander von Humboldt regresa definitivamente a Europa entre el 10 y el 27 de agosto de 1804, y se establece en París, después de una breve estadía en Estados Unidos.
Es posible suponer que estando ya en París, entró en contacto con los destinatarios de sus cartas: los químico Chaptal, Vauquelin, Guyton de Morveau, Fourcroy y Berthollet.
Pero se desconocen las circunstancias del encuentro o los encuentros y las opiniones de unos y otros respecto de la información remitida desde la Nueva España, o del posible naufragio del barco que la transportaba.
Ahora bien, mientras eso ocurría en París, y Andrés del Río esperaba noticias del Instituto Nacional de Francia, como destinatario final de su encargo, trascribió su proceder en la traducción anotada al español de las Tablas mineralógicas dispuestas según los descubrimientos más recientes e ilustradas con notas por D. L. G. Karsten, que publicó en la Ciudad de México en 1804 (Río, 1804, pp. 60-64).
A diferencia de las escuetas notas que aparecieron en la Gazeta de México (1802) y en los Anales de Ciencias Naturales de Madrid (1802, 1803 y 1804), una en la Introducción a las Tablas Comparativas de las Substancias Metálicas y la otra en el Discurso de las vetas, con nuevas anotaciones, aquí del Río expone con entera claridad lo que quizás sea su alegato mejor fundamentado sobre su práctica científica relacionada con su descubrimiento.
Se puede sugerir que su contenido, referido al eritronio, era parte de la Memoria Científica que entregó a Humboldt y que se perdió en la profundidad del Océano Atlántico, porque nunca nadie más habló de ella, ni el propio Humboldt.
Ahora bien, ni la introducción a las Tablas mineralógicas de Karsten, ni la obra en sí, resarcieron el proceso anterior ya que tuvo escasa o nula circulación en la comunidad europea, porque tampoco repararon en ella.
De haber sido conocida, más de alguno químico galo
hubiera aclarado el asunto diferenciando el cromo del eritronio.
Por otro lado, como ya se indico, Humboldt se mantuvo escéptico desde un inicio a considerar al eritronio una sustancia desconocida hasta el momento (Caswell y Wa, 2003, p.
38), y es posible que esa duda la haya trasmitido primero al químico Chaptal en la carta que no llegó a su destino.
En la segunda que dirigió a los ciudadanos del Instituto, que es la que se conoce, también deja ver su escepticismo al afirmar que «M. del Río la cree nueva y la llama eritronio».
Aquí cabe la hipótesis de que los químicos galos prestaran poca atención al «eritronio» sin contar con la Memoria de su descubrimiento, o también, un rechazo velado a la posibilidad de que en tierras lejanas y sin tradición científica se pudiera realizar descubrimiento alguno.
También entran, desde luego, dos componentes esenciales de las sociedades imperiales que luchaban por la hegemonía científica y la apropiación de la naturaleza con fines económicos: la jerarquía respecto de las colonias y la asimetría, es decir, la ausencia de capacidad de éstas para la innovación.
Se conoce, sin embargo, que Alexander von Humboldt, a su arribo a París en 1804, entregó a Hippolyte Victor Collet-Descotils (1773-1815) –ingeniero de minas, afamado químico francés predecesor del descubrimiento del elemento químico iridio y director del Laboratorio de la Escuela de Minas de París—, alguna muestra de plomo pardo para su análisis, que llevaba consigo.
Una autoridad, desde luego, en analizar componentes químicos en minerales de distinta naturaleza.
La pregunta es ¿por qué Humboldt no hizo lo mismo con los químicos Chaptal, Vauquelin, Guyton de Morveau, Fourcroy y Berthollet, con los que tenía el compromiso original?
No obstante lo anterior, es claro que sin la Memoria científica, el «eritronio» regresaba a su estado primigenio como «plomo pardo" de Zimapán, es decir, sin evidencia de haber sido sometido a escrutinio previamente.
A decir de Lyman R. Caswell y Seattle Wa, «Collet-Descotils pudo haber sido también influenciado por la expectativa de Humboldt de que el eritronio era en realidad cromo» (Caswell y Wa, 2003, pp. 37-38).
Se sabe que Collet-Descotils analizó las muestras del mineral que recibió de manos de Humboldt en el laboratorio de la l ́Ecole Royale des Mines antes de que finalizara el año de 1804.
El análisis lo realizó sin conocer la Memoria escrita por Andrés del Río, y sin que ningun otro afamado químico francés, aquí mencionados, participaran en el estudio y sus resultados.
El análisis completo reportó 69% de plomo metálico, 5.2% de «oxígeno presunto», 3.5% de óxido de hierro insoluble en ácido nítrico, 1.5% de «ácido muriático seco», 16% ácido crómico, y una pérdida del 4.8%.
En la conclusión de su informe, Collet-Descotils escribió: «Los experimentos que he informado me parecen suficiente para probar que este mineral no contiene nada de metal nuevo», sino cromo (Collet-Descotils, 1805, pp. 268-271).
El cromo había sido descubierto en 1797 por el naturalista, farmacéutico y químico Vauquelin, a quien seguramente del Río conoció en París en su época de estudiante, y uno de los destinatarios para replicar su experimento (Kyle y Shampo, 1989, p.
La opinión autorizada de Collet-Descotils le dio la razón a Humboldt quien terminó
Para Humboldt como para otros científicos de la época, el proceso de verificación y validación del eritronio quedó cerrado en 1805 cuándo Collet-Descotils publicó su informe en la prestigiada revista francesa Annales de Chimie (Collet-Descotils, 1805, pp. 268-271; Castillo, 2005, pp. 231-241).
No se tiene un registro fehaciente del momento en que Andrés del Río se enteró del contenido del informe de Collet-Descotils, en donde se notificaba la falsa pretensión del descubrimiento, y que pasaron varios años antes que tuviese acceso a la publicación debido al bloqueo británico impuesto a la Francia napoleónica (Esdaile, 2006, pp. 111-156; Esdaile, 2007, pp. 59-77).
Tampoco del Río conoció en su momento el Traité élémentaire de Mineralogie que publicó Alexandre Théodore Brogniart (1739-1813) en 1808, en el que se alude al espato de plomo cromado que Humboldt había traído de la Nueva España, sin hacer mención o referencia a su persona o a su pretensión científica (Brogniart, 1808, pp. 204-205).
También hay que decir que el descubrimiento del eritronio por Andrés del Río en 1801 no tuvo ninguna repercusión en la comunidad académica del Real Seminario de Minería de México, quizá porque su autor prefirió guardar silencio hasta estar seguro de su descubrimiento, como era común entre los profesionales de las ciencias de esos años.
Lo cierto es que en la esfera local pocos se enteraron de que Andrés del Río creía haber descubierto una nuevo elemento químico en su modesto laboratorio del Real Seminario de Minería, y menos que había puesto en manos de Alexander von Humboldt en 1803 unas muestras del plomo pardo de Zimapán y la Memoria en la que describía su procedimiento para ser entregada al Instituto Nacional de Francia para su verificación.
Los años subsecuentes no fueron los más apropiados para que del Río pudiera dar seguimiento a la validación de su descubrimiento por expertos franceses, que al momento mantenían la hegemonía en el conocimiento de la ciencia química.
Esos acontecimientos interrumpieron las comunicaciones y el comercio entre la metrópoli y sus colonias en el Nuevo Mundo, y obligaron a suspender las actividades académicas en el Real Seminario de
En el ámbito peninsular la noticia del eritronio se diluyó primero con los conflictos que enfrentó España con Inglaterra y Francia, y perdió interés en el discurso científico ilustrado español a raíz de que el virreinato de la Nueva España entró en una confrontación político-militar interna en 1810, que se prolongó con la guerra de Independencia hasta 1821.
El respaldo de la comunidad científica metropolitana, como fuente legitimadora de los conocimientos producidos en sus posiciones de ultramar, siguió la lógica de la guerra y se distanció definitivamente del hecho científico cuando Nueva España se declaró independiente y del Río optó por quedarse en México.
Algunas de esas circunstancias ayudan a explicar el silencio que guardó Andrés del Río hasta 1811, año en que seguramente conoció el dictamen de Collet-Descotils.
Para entonces ya había transcurrido una década y poco margen de acción le quedaba ante el prestigio del químico francés y de la propia revista en la que se habían publicado los resultados.
Esa situación debió contrariar aún más el espíritu de del Río, y presto, escribió y publicó en ese año su artículo «Sobre el primer descubridor del cromo, en el plomo pardo de Zimapán», en el Diario de México (Río, 1811, pp. 294-295), en donde realizó de manera equivocada la primera defensa pública de su descubrimiento y, molesto por el tiempo trascurrido, hizo una recriminación a los científicos europeos que no leían en español lo que de ciencia se publicaba en el continente americano (Cintas, 2004).
En este caso, aludía a la traducción y publicación en 1804 de las Tablas mineralógicas de Karsten, en donde había expuesto su proceder para persuadir a la comunidad internacional de la existencia de un nuevo elemento química en la Tierra.
Incluso el mismo Humboldt, al concluir y publicar en París su Essai politique sur le royaume de la Nouvelle-Espagne en 1811, hizo caso omiso del hecho científico y solo consignó en sus páginas que «Andrés Manuel del Río con sus conocimientos transformó el
sistema de explotación de las minas mexicanas, desterrando el empirismo que hasta entonces había imperado» (Humboldt, 1941, p.
El alegato que realizó Andrés del Río en 1811 no prosperó, y seguramente tampoco tuvo en ese momento resonancia entre las elites cultas del virreinato y de Europa.
Nueva España había entrado en un proceso de confrontación interna, como se ha dicho, y los acontecimientos político-militares que tuvieron lugar con la Insurgencia primero y la Independencia despues dificultaron aún más la circulación de libros o revistas entre ambos lados del Atlántico.
En los años que siguieron nadie más se ocupo del caso y el eritronio paso al olvido en la comunidad francesa.
Ni la muerte de Collet-Descotils en 1815 revivió el debate, antes bien termino por sepultar los pormenores de su fallido diagnostico.
Lo cierto es que en cuanto del Río tuvo en sus manos y leyó años después el Ensayo político sobre el Reino de la Nueva España, y se enteró del silencio guardado por Humboldt, no dudó en refrendar la defensa de su hallazgo.
El 14 de octubre de 1817, del Río envió una carta a Alexander von Humboldt firmada en la Ciudad de México, en donde realizó una defensa de su descubrimiento, al tiempo que sometió a una dura crítica los sistemas de valores, las estructuras y las prácticas imperantes entre la comunidad científica europea para validar los descubrimientos acaecidos fuera de su ámbito y dados a conocer en revistas fuera del círculo privilegiado de la ciencia y en un idioma –el castellano– que no representaba el idioma oficial del movimiento científico (Río, 2003, pp. 176-179).
Ante el silencio que guardó Von Humboldt, del Río envió la carta al Mercurio de España, que la publicó dos años despúes, en 1819.
Tampoco en esta ocasión su reclamo obtuvo respuesta.
El movimiento independentista inhibió temporalmente el dinamismo de las instituciones y distrajo la vocación de los profesionales de la ciencia, al grado de que Andrés del Río se desentendió del plomo pardo de Zimapán, al cumplir funciones políticas como diputado en las Cortes de España (Lee Benson, 2014, p.
En ese contexto, y fiel a sus principios, expresó en vísperas de la declaración de independencia de Nueva España, su firme decisión de retornar al país de adopción: «...en tiempos de servidumbre estaba nuestra ilustración atrasada respecto a la Europa; mas ahora por fortuna pronto nos pondremos de nivel» (Río, 1821, pp. 173-182; Río, 1829, pp. 246-257).
Se distanciaba así de la comunidad metropolitana.
A partir de entonces no había ya nada que reclamar para la ciencia española, y la comunidad científica de ese país se desentendió del eritronio como parte de su propia historia.
Pero la euforia que mostró del Río sobre los nuevos tiempos que impulsarían la ilustración científica en el México republicano, topó con una comunidad profesional desarticulada, una institución que tuvo muchos cambios y un país
en ciernes que buscaba establecer sus propias instituciones de gobierno (Uribe, 2010, pp. 44-58).
En solitario, inmerso en circunstancias desfavorables, volvió a retomar el asunto del eritronio, pero ahora con una estrategia renovada, es decir, ampliar la discusión fuera de México.
A partir de 1822, del Río sacó el asunto del ámbito doméstico para colocarlo en un plano global.
Y la primera acción fue publicar un artículo en la revista alemana Annalen der Physik (Río, 1822, pp. 7-12), con el propósito de atraer la atención de sus pares germanos sobre el tema.
En 1829 se traslada a Estados Unidos y se vincula con la comunidad científica internacional que representaban los naturalistas, químicos y geólogos de Filadelfia, Boston, Washington y New York, y al año siguiente fue elegido miembro de la American Philosophical Society, fundada por Benjamin Franklin en las postrimerías del siglo xviii.
Esta corporación era considerada una de las más antiguas, selectas y respetadas entre las sociedades científicas del hemisferio occidental.
El reinicio del debate sobre el hecho científico del eritronio encontró a Andrés del Río en Filadelfia, donde permaneció hasta 1835.
Debieron pasar 30 años para que los análisis del químico sueco Nils Gabriel Sefström (1787-1845), director de la Escuela de Minas de Falum, confirmaran la existencia en 1831 de un nuevo metal «que fue encontrado con brozas de hierro» en Taberg, Sinaland, Suecia, al que denominó vanadio en honor de Vanadis, diosa escandinava de la juventud y la belleza (Gomis, 2002).
Sefström publicó los elementos y resultados de su investigación en la revista alemana Annalen der Physik and Chemie con el título «Ueber das Vanadin, ein Neues Metall, gefunden im Stangeneisen von Eckershalm, ainer Eisenhutte, die ihr Erz von Taberg in Sinaland bezieth» (Sefström, 1831, pp. 43-49; Sefström, 1831, pp. 105-111).
Su publicación y posterior difusión en los círculos del conocimiento reabrió el debate.
Para entonces los alemanes ya habían desplazado a los franceses en el predominio de la ciencia química.
Woehler disertó ante la Academia de Ciencias sueca en el año de 1831, y en su discurso demostró que el vanadio de Sefström no era otro que el eritronio descubierto por Andrés del Río 30 años antes.
En seguida, el propio químico Jacob Berzelius –a quien se debe la identificación de otros elementos químicos como el selenio, torio y cerio, y el primero en aislar el silicio, el circonio y el titanio–, hizo una descripción del vanadio que publicó el físico alemán Johann Christian Poggendorff en 1831, en la revista Annalen der Physik und Chemie, en la siguiente forma:
«Este metal, últimamente descubierto por el profesor Sefström en un hierro de minerales de Taberg en el Smaland, ya se había encontrado también en un mineral de Zimapán, en México, poco después de la primera publicación en el Boletín de la Real Academia de Suecia.
Este mineral ya lo había analizado el señor Del Río en el año de 1801, y fue quien primero pretendió haber descubierto un nuevo metal, llamado por él erythronio; más tarde analizó el mismo mineral el químico M. Collet-Descotils, quien afirmó que el supuesto metal nuevo no era más que cromo.»
En virtud de la competencia de M. Collet-Descotils, el señor Del Río quedó convencido de que había creído en algo que era un error, y el que verdaderamente era un nuevo metal cayó en el olvido, hasta que Sefstroem tuvo la suerte de descubrirlo otra vez de una manera sorprendente.
El reconocimiento de que el mineral de Zimapán es un vanadato y no un cromato, lo hizo el profesor Dr. Fr.
Al enterarse Alexander von Humboldt del trabajo de Sefström y de las réplicas realizadas por Woehler y Berzelius a su descubrimiento, no dudó en presentarse en la Academia de Ciencias de Francia en la que comunicó que el dicho metal había sido descubierto por del Río, en la Nueva España, en un mineral de plomo pardo de Zimapán, llamándole erythronium (Heliodoro, 1954, pp. 115-123; Puche, 2017, p.
De su comparecencia en la Academia se desconocen las ideas y los argumentos a favor de del Río.
La disertación de Humboldt se recogió en una breve nota titulada «Vanadium», que fue publicada en Revue bibliographique pour servir de complément aux Anuales des Sciences Naturelles, en 1831 (Humboldt, 1831, pp. 42-43).
Por los escritos posteriores que dio a conocer Del Río en su defensa, queda claro que tampoco tuvo conocimiento del posicionamiento de Humboldt en torno al hecho científico.
El debate no tardó en llegar al ámbito académico estadounidense y algunos de los miembros de la American Philosophical Society se sumaron a la discusión en defensa del mérito original de Andrés del Río.
En 1832, George William Featherstonhaugh, el geólogo inglés-norteamericano considerado el padre de esa disciplina en Estados Unidos, invitó a Andrés del Río a publicar su descubrimiento de 1801 (Río, 1832, pp. 438-444) en el Monthly American Journal of Geology and Natural Sciences, una de las primeras revistas científicas de Estados Unidos.
En su contribución del Río incluyó una traducción al inglés de las notas publicadas en su traducción de las Tablas de Karsten, así como su malestar por la manera en que Humboldt y otros eruditos europeos habían menospreciado su trabajo.
Varios químicos estadounidenses, miembros de la American Philosophical Society, salieron en defensa de del Río y reprocharon a Humboldt no haber entregado al Instituto Nacional de Francia el encargo hecho por su condiscípulo.
Fue Featherstonhaugh uno de los más fervientes defensores de atriuir el descubrimiento a del Río, incluso llegó a proponer, sin éxito, que el elemento fuera llamado rionio en honor a su primer descubridor (Featherstonhaugh, 1831, pp. 67-69).
El debate se cerró con un artículo de Andrés del Río que publicó en la revista Monthly American Journal of Geology and Natural Science, con el título de «The brown lead ore of Zimapán», en el que concluye:
«Confieso, sin embargo, que no pude reprimir mi asombro, que nadie se fijó en lo que yo creía que era un óxido azul, ni en el hermoso fenómeno de la coloración de las sales rojas, con ácido nítrico o con el calor.
Sin embargo, estoy contento de haber sostenido siempre que el mineral de plomo pardo no era un fosfato, creyéndolo idéntico al plomo pardo de Schemnitz, en Hungría, y al de Huelgoat, en Bretaña» (Río, 1832, pp. 438-444).
Andrés Manuel del Río Fernández falleció el 23 de marzo de 1849 en la ciudad de México.
En la ceremonia fúnebre que la comunidad de profesores, alumnos y autoridades del Colegio de Minería realizaron en honor y despedida del sabio mineralogista español-mexicano el 31 de mayo de ese mismo año, toco al profesor de Geología y Zoología Joaquín Velázquez de León, alumno de Andrés del Río en la década de 1830, y nieto del criollo ilustrado Joaquín Velázquez de León y Cárdenas, fundador del Real Seminario de Minería en 1792 (Uribe, 2018, pp. 10-29), reconocer por primera vez en tierra mexicana y al abrigo de la institución en donde se descubrió por primera vez el ertronio/vanadio, su mérito universal:
«El plomo pardo de Zimapan (plomb phosphaté) de todos los mineralogistas, fue descrito y publicado su análisis por el señor del Río en la página 61 de las Tablas Mineralógicas de Karsten, que, como se ha indicado, dio al público en esta ciudad desde el año de 1804, y allí y en la relación en francés que puso en propia mano del Sr. Humboldt á su salida de aquí, manifestó encontrarse una sustancia nueva, que llamó entonces pancronio y eritrono, y que después de treinta años han reconocido los mineralogistas europeos y bautizado con el nombre de vanadio.
No queda duda de que este descubrimiento pertenece á nuestro perspicaz é inteligente maestro desde aquella época» (Vázquez de León, 1849, p.
La historia del vanadio tiene su punto culminante en 1869, cuando sir Henry Roscoe dio lectura en la Royal Society de Londres a un documento en que se anunciaba el aislamiento del vanadio metálico, después de largos años de polémica e investigaciones en las que se habían descubierto y descrito un buen número de los compuestos de este metal (Alessio, 1927, pp. 4-30).
Andrés Manuel del Río fue un hombre de ciencia de los siglos XVIII y XIX, heredero de la revolución científica de los siglos anteriores.
Realizó sus estudios profesionales en las principales instituciones europeas que se encontraban a la vanguardia de los descubrimientos científicos de la época, y a través de ellas entró en contacto con los hombres de ciencia más conspicuos que estaban revolucionando el conocimiento en distintos campos del saber.
Entre ellos destacan Heinrich Christophe Störr, Jean D'Arcet, Abraham Gottlob Werner, Antón von Rupprecht, Christian Leopold von Buch, René Just Haüy, Dieudonné Sylvain Guy Tancrède de Gratet de Dolomieu, Alexander von Humboldt, Horace Benedict Saussure, entre otros, con quienes perfeccionó los conocimientos y la práctica científica que desarrollaría en Nueva España/México entre 1795 y 1849.
Como sus colegas, europeos y estadounidenses, formó parte de una red global que entabló un diálogo sobre los adelantos de las ciencias a través de los escritos que circulaban en el mundo Atlántico; convergió con ellos en sus planteamientos y hallazgos, o debatió procedimientos e ideas contarios a su propia cognición y práctica científica.
Esa red, con epicentro sucesivo en Francia, Alemania y Estados Unidos, formó el tejido intelectual que lo llevó a descubrir el eritronio en 1801, en un mineral de plomo pardo procedente de Zimapán.
Con excepción de Christian Leopold von Buch y Alexander von Humboldt, ninguno otro de sus profesores y
compañeros de estudio sobrevivió para dejar testimonio del dilatado proceso de verificación y validación de su descubrimiento científico.
El otro nodo de la ciencia, aquí estudiado, lo articuló el descubrimiento del eritronio a principios del siglo XIX.
En la validación del hallazgo participaron abiertamente el propio Andrés Manuel del Río Fernández; Alexander von Humboldt; el químico francés Hippolyte Victor Collet-Descotils, quien falló en contra de la pretensión de Del Río en 1805; los químicos suecos Nils Gabriel Sefström, quien redescubrió el vanadio en 1831, y Jöns Jacob Berzelius; el químico alemán y catedrático de la Universidad de Berlín, Friedrich Woehler; el geólogo británico-estadounidense George William Featherstonhaugh; el naturalista inglés Richard Taylor; el químico y mineralogista escocés James Finlay Weir Johnston, y el químico británico Henry Enfield Roscoe.
De este grupo, solo del Río, Humboldt y Collet-Descotils estuvieron en el origen del debate; el resto se incorporó al mismo cuando Sefström dio a conocer su redescubrimiento en 1831, en un contexto internacional en el que Alemania ya había desplazado a Francia en el predomino de los saberes químicos y se encontraba mejor articulada para el desarrollo de las ciencias.
El químico francés Collet-Descotils, actor clave del desatino científico al confundir erróneamente los atributos del eritronio con las propiedades químicas del cromo, había muerto en 1815.
Le sobrevivieron, sin embargo, del Río y Humboldt, dos de los actores fundamentales del dilatado proceso que concluiría 30 años después.
Hay que destacar también la incorporación de una nueva generación de expertos como el alemán Woehler o el inglés-estadounidense Featherstonhaugh.
A estos dos científicos, que vivieron en países y circunstancias diferentes, les tocó replicar los estudios realizados por del Río y Sefström, en una escala analítica que comprometió lo local y lo global de las ciencias, y reconocer finalmente la veracidad y el valor científico del trabajo de Andrés del Río, aunque oficialmente núnca se repuso el proceso. |
LOS CUERPOS INDÍGENAS ENTRE TEXTOS Y SILENCIOS.
EL CASO DE UNA NIÑA ACHÉ
La formación de colecciones de restos humanos de distintas "razas", hacia fines del siglo XIX y comienzos del XX, se asoció con la elaboración de un corpus documental que permitiese acreditar la autenticidad de los especímenes.
En estos archivos constan datos individuales, como la procedencia, sexo, edad y el nombre, pero también sobre el colector o donante.
A partir de las prácticas materiales y textuales efectuadas sobre una joven indígena Aché por el antropólogo alemán Robert Lehmann-Nitsche (1872-1938), jefe de la Sección Antropológica del Museo de La Plata (Argentina), este trabajo analiza las distintas estrategias para otorgar valor epistemológico al cuerpo indígena y la autoridad científica del propio investigador.
Se discute además cómo algunas prácticas estuvieron inspiradas en instrucciones escritas o no escritas, pero a veces las motivaciones personales condujeron a interrumpir los procedimientos de producción de objetos de estudio, dejando "silencios" que solo recientemente pueden ser interpretados a la luz de los cuestionamientos que existen sobre los museos que albergan restos humanos.
A fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX antropólogos de distintos países tenían referencias sobre unos indígenas identificados como "guayaquíes", pero por el escaso conocimiento que se tenía de los mismos se los consideraba un "desiderátum pour la science" y así lo afirmaba el antropólogo holandés Herman ten Kate (1858-1931) (De la Hitte y ten Kate, 1897, p.
Autodenominados Achés, estos indígenas de las selvas orientales de Paraguay habitaban un territorio que funcionó como barrera natural y metafórica para el avance del conocimiento, tanto por la inconmensurabilidad material que dificultó adentrarse en el mismo como por lo inaccesible que aún estaba de la "civilización".
Frente a esas barreras diversas estrategias fueron válidas para las aspiraciones científicas.
Para la naciente antropología decimonónica, que tuvo como una de sus ambiciones constitutivas el mapeo de razas humanas, fue necesario comprometer a viajeros, naturalistas, religiosos, médicos, funcionarios y militares en la realización de relevamientos de individuos vivos o muertos mediante métodos rigurosos.
Muchos de estos actores participaron de la organización de colecciones de restos humanos para los museos a través de la exhumación de sepulturas o colecta en el campo, la disección de cadáveres no reclamados en los hospitales, la venta, donación o intercambio entre coleccionistas privados, museos y sociedades científicas.
Pero estas estrategias se acompañaron de la generación de información textual o, como dice Ricardo Roque (2018), de "pequeñas historias", las cuales podían incorporar datos biográficos del individuo, tales como
nombre, género, edad, estado físico y mental al momento de la muerte, la causa de la muerte, su grupo étnico o 'tribu', etc. Además, el nombre del donante, vendedor, o colector fue usualmente incluido, junto con la fecha de adquisición, el lugar o región donde el cráneo fue colectado, información etnográfica relevante y referencias a otros ítems o textos colectados al mismo tiempo.
Finalmente, también eran usuales las narrativas históricas cortas detallando las circunstancias en que un espécimen fue obtenido (Roque, 2018, p.
Esas historiografías se evidencian en catálogos, publicaciones, inscripciones sobre los huesos, tarjetas, recibos o notas; los cuales constituyeron una tecnología para acreditar autenticidad del testimonio material.
Por lo tanto, todo testimonio respecto de la raza, región de procedencia o identidad fue un componente fundamental para que un cráneo o esqueleto adquiriese autoridad epistemológica y, con ello, administrar la credibilidad de las teorías raciales.
Esta credibilidad se produjo por tres tipos de certificación o validación: sociológica, retórica y anatómica.
La primera de ellas estuvo dada por el nombre del colector o donante, privilegiando su status social; la segunda, por la producción de narrativas que dramatizaron el modo de adquisición de los restos; la tercera, en tanto, se dio a través del ojo entrenado del antropólogo que confirmó o refutó, por ejemplo, la pertenencia de un cráneo a determinada raza (Roque, 2018).
La construcción de autoridad epistemológica en torno de los restos humanos u objetos de museo puede considerarse fuertemente vinculada a la construcción y/o validación de la autoridad del propio investigador, también a través de la producción textual.
El lingüista Ken Hyland (2002) propone que la escritura académica presenta el contenido disciplinario, pero también una representación del escritor y, por lo tanto, es un acto de identidad.
El discurso es una práctica social situada; más que texto, es interacción ya que cada acto de escritura involucra supuestos sobre las relaciones entre quienes participan (lectores, editores) lo que influye en el modo en que la información se estructura y se negocia (Hyland, 2005).
El propósito de este trabajo es analizar las dimensiones materiales y textuales del conocimiento antropológico a partir del modo en que el cuerpo de Damiana, una niña Aché, fue estudiado, relatado, diseccionado y negociado, centrándonos en el trabajo del antropólogo alemán Robert Lehmann-Nitsche (1872-1938) en el Museo de La Plata (Argentina).
Con este caso esperamos mostrar cómo a través de distintas estrategias el cuerpo indígena adquirió valor epistemológico, articulado con un discurso de objetividad; cómo circuló por instituciones generadoras de saber experto -hospital, museo, sociedades científicas-; y, finalmente, discutir que si bien ciertas prácticas estuvieron determinadas por gestos y rituales inspirados en instrucciones escritas o no escritas, otras veces las motivaciones personales condujeron a interrumpir los procedimientos de producción de objetos de estudio, generando silencios que requieren ser interpelados.
DAMIANA BAJO LA MIRADA ANTROPOLÓGICA
La vida de Damiana nos es conocida, en primer lugar, a través del relato Herman ten Kate y del jurista francés Charles De la Hitte (1856-1927).
Entre diciembre de 1896 y enero de 1897, ambos emprendieron un viaje auspiciado por el Museo de La Plata a Paraguay, cuyo resultado fue una colección, entre otras, de objetos (hachas de piedra, canastos, etc.) y restos humanos de origen Aché a partir de los cuales ambos exploradores elaboraron un informe con notas etnográficas y características físicas (De la Hitte y ten Kate, 1897).
Como era frecuente en los registros antropológicos de la época abundan en dicho informa las anécdotas sobre el modo en que "accedieron" al estudio de este pueblo; casi siempre en las estancias donde los indígenas trabajaban como sirvientes –a veces reconocidos como "hijos adoptivos"- de familias o funcionarios influyentes, cuyos nombres propios no son ajenos al texto científico.
En sus notas, De la Hitte cuenta que en el viaje entraron en contacto con unos colonos cerca de Villa Encarnación (Paraguay), quienes relataron que en septiembre de 1896 salieron en busca de unos indígenas Aché porque éstos habían matado uno de sus caballos.
Según el relato, luego de encontrar un grupo en el bosque, los colonos dispararon sus armas provocando la dispersión de la mayoría y matando a dos hombres y una mujer.
Con esta mujer había una niña que fue tomada por los mismos colonos, llevada a una estancia como criada y bautizada como Damiana.
Tres meses más tarde De la Hitte y ten Kate fueron conducidos al sitio de la matanza en el bosque, quienes hallaron el cuerpo sin sepultar de la mujer que cuidaba de la niña y lo recuperaron casi íntegramente.
Los acompañaban los mismos colonos, quienes
ayudaron inclusive a disecar in situ el cadáver de su víctima.
Lejos de mostrar el mínimo remordimiento, de tan natural que les parece tratar a los Guayaquís como lo hicieron, bromeaban inclusive recordando a esos desdichados [...]
Reflexionaba De la Hitte que:
Hechos análogos a éste no son raros en Paraguay, pero la mayoría de las veces quedan sepultados en el silencio de los bosques donde se desarrollan sin testigos.
Es así que pesa sobre los Guayaquís esta amenaza inexorable de desaparición [...]
En el mismo viaje estos investigadores hicieron observaciones, mediciones y fotografías de la niña a quien ten Kate le atribuía tener unos 3 a 4 años y cuyas características cefálicas y corporales parecían expresar un estado enfermizo y triste (De la Hitte y ten Kate, 1897).
En 1898 Damiana fue trasladada desde Paraguay a la localidad de San Vicente, en la provincia de Buenos Aires, para trabajar al servicio de la familia Korn, familia de origen alemán.
En 1907, con aproximadamente 14 años, la niña fue internada en el Hospital Neuropsiquiátrico de la localidad de Melchor Romero, próxima a la ciudad de La Plata, dirigido por el médico Alejandro Korn (1860-1936).
En dicha institución Alejandro Korn invitó al antropólogo Lehmann-Nitsche, quien estaba a cargo de la Sección Antropológica del Museo de La Plata desde el año 1897, a realizar una serie de estudios antropológicos.
El hecho de poder registrar a un mismo individuo en dos etapas de su vida en contextos distintos era una "circunstancia especialísima" (Lehmann-Nitsche, 1908, p.
91) y asistió al hospital en mayo de 1907, donde realizó observaciones, mediciones y registros fotográficos; información que sería publicada al año siguiente en el tomo XV (tomo II de la Segunda Serie) de la Revista del Museo de La Plata como un "Relevamiento Antropológico de una India Guayaquí".
Damiana estaba enferma y poco tiempo después del estudio la niña murió.
Su cuerpo observado, medido, sometido a disección anatómica y repartido entre instituciones de La Plata y Berlín se convirtió en "objeto de estudio" a través de numerosas estrategias para demostrar autenticidad y otorgarle autoridad.
A comienzos del siglo XX un volumen importante de las noticias sobre los Achés había sido publicado en la prensa local o extranjera, como La Nación (Argentina) o el semanario alemán Paraguay-Rundschau que, además de acercar información al gran público, ofrecía a los estudiosos de las metrópolis una valiosa fuente de datos sobre una raza "primitiva".
El relevamiento antropológico de Damiana, en cambio, fue construido a través de las tecnologías literarias y de la autoridad provista por la pertenencia al "mundo lego" como un texto científico realizado sobre la observación de un único individuo.
Al momento de abordar su objeto de estudio, Lehmann-Nitsche siguió los lineamientos generales propuestos por los antropólogos alemanes lo que no implicó descartar datos, métodos o instrumentos propuestos por otros estudiosos, sino reconsiderar los mismos a partir de las recomendaciones establecidas por la llamada Convención de Frankfurt de 1882.
De acuerdo con Zimmerman (2001), la antropología, en particular aquella gestionada desde Berlín, se presentaba como una ciencia natural objetiva que estudiaba las propiedades físicas de los "pueblos naturales", desarrollando una perspectiva visual que
en la inmediatez pura de la mirada los antropólogos creían que podían ver las cosas tal como eran, en un orden atemporal separadas de las interpretaciones y narrativas que son constitutivas del lenguaje (Zimmerman, 2001, p.
Un aspecto insoslayable es el contexto en el que se realizó la observación de Damiana -el hospital-, que en este caso funcionó más como un sitio de aislamiento y punición que como un lugar de cura ya que la razón del encierro de la joven había sido su comportamiento sexual.
Señalaba Lehmann-Nitsche, sin duda a instancias de Alejandro Korn, que
la familia donde vivía ya no pudo aguantar semejantes cosas y envió a la muchacha a Melchor Romero a disposición del doctor Korn quien, provisoriamente, la dejó al cuidado de las enfermeras del establecimiento bajo su dirección, para entregarla oportunamente a una casa de corrección de Buenos Aires (Lehmann-Nitsche, 1908, p.
El encierro puede entenderse dentro del dispositivo psiquiátrico desarrollado en Argentina desde la década de 1880 (Golcman y Ramos, 2017) y por la adhesión de Korn a la corriente de higienistas sociales, quienes consideraban necesario imponer prácticas reguladoras sobre las conductas grupales e individuales (Cammarota, 2016).
Tanto la profilaxis como la higiene constituyeron herramientas que justificaban aislar o desterrar a los "elementos perjudiciales" con el objeto de prevenir y disciplinar (Lionetti, 2011); más aún en los albores del siglo XX, cuando las enfermedades venéreas constituían una amenaza social y se creía necesario tomar medidas de profilaxis sanitaria y moral (Zabala Martínez, 2016).
El castigo de los cuerpos, por otro lado, era, según Korn, necesario para encauzar el comportamiento humano, el cual, según este último, estaba sujeto perpetuamente a la herencia social y biológica (Korn, 1883).
De esta forma el hospital se alejó de su función médica, siendo una instancia de orden de la sociedad, un sitio donde se entrecruzaron necesidades políticas, relaciones de poder y constitución del saber; un espacio a través del cual se materializó el poder disciplinario y se garantizó la soberanía de los sectores dominantes
ante los problemas biológicos y sociales impuestos por una creciente demografía poblacional (Foucault, 1963).
Muchas instrucciones y manuales antropológicos recomendaban recurrir a los hospitales para realizar estudios antropológicos, tal como lo formalizó el médico francés Paul Broca (1824-1880) en sus Instrucciones Generales para las Investigaciones y Observaciones Antropológicas (1865), quien sugería a los médicos realizar observaciones en aquellos hospitales donde los indígenas fuesen admitidos y, además, las autopsias estuviesen permitidas, ya que era un campo inexplorado "que no dejaría de ser fecundo, cualquiera fuese el resultado obtenido" (Broca, 1865, p.
Asimismo, el médico suizo Rudolf Martin (1864-1925), fundamental en la llegada de Lehmann-Nitsche al Museo de La Plata, junto con Adolf Bastian o Rudolf Virchow, recomendaban enfáticamente a sus estudiantes el uso de los hospitales como un espacio privilegiado en la adquisición de conocimiento teórico y, principalmente, experiencia práctica en el estudio de los vivos y los muertos.
En su relevamiento, Lehmann-Nitsche realizó un primer procedimiento textual a fin de otorgar valor a su estudio a través del recorrido biográfico de Damiana, con referencias solo sobre personas de prestigio social y académico –e.g. ten Kate, De La Hitte y Korn-, dando cuenta de su origen en Paraguay, del modo en que su familia había sido asesinada y ella tomada, hasta su traslado de Villa Encarnación a San Vicente, certificado a través de la inclusión de fechas, lugares y fotografías.
La contribución de un caso aislado, destacando "la gran rareza de observaciones sobre indios guayaquíes" (Lehmann-Nitsche, 1908, p.
93) fue otro recurso valioso para agregar valor a las observaciones, pero también para la construcción de la propia autoridad de Lehmann-Nitsche; hecho que se vio fortalecido por el uso del lenguaje científico, descripción de métodos y resultados y la inclusión de datos numéricos.
La lectura que Lehmann-Nitsche realizó sobre el cuerpo de Damiana se apoyó también en su fotografía (Fig. 1), técnica fundamental en la construcción de la evidencia sobre los tipos raciales e introducida ampliamente desde el siglo XIX en diversas instituciones disciplinarias (Bank, 2001; Zimmerman, 2001).
La construcción de una imagen requería de estandarización de métodos (Morris-Reich, 2012) y Lehmann-Nitsche supo conciliar las tradiciones francesa y alemana en su intento de aportar y comparar sus observaciones con trabajos realizados en el exterior.
En el caso de Damiana, empero, parece haberse guiado por la tradición alemana, que recomendaba mostrar las características físicas de frente y perfil, con la menor cantidad de ropa posible, con el sujeto parado delante de un fondo claro, tomando una postura en la que preferentemente un brazo colgara al costado (para evidenciar la longitud) y otro brazo se flexionara colocando la palma de la mano justo debajo del pecho (para mostrar la forma de la mano) (Zimmerman, 2001).
Sabemos que Lehmann-Nitsche tomó varias fotos de Damiana del cuerpo entero y del tercio superior.
Eligió para publicar una en que Damiana aparece delante de una pared exterior del Hospital (Fernández Mouján, 2015) con la
mano izquierda colocada por detrás de la espalda (Fig. 1), fotografía que probablemente seleccionó por razones técnicas.
En el original el cuerpo está completamente expuesto.
Fuente: Lehmann-Nitsche, Robert (1908), "Relevamiento antropológico de una india guayaquí", Revista del Museo de La Plata, XV (segunda serie, tomo II), pp. 91-101, p.
Para la tradición alemana, la observación de cuerpos, especialmente desnudos, demandaba la misma rigurosidad que el examen de los objetos materiales.
Para esto el científico debía ser capaz de escrutarlos de manera fría y desapasionada, evitando las idealizaciones, como ocurría en el arte, y las miradas sensacionalistas de los sectores populares (Zimmerman, 2001).
Abstraído de cualquier tipo de condicionamiento sobre su mirada, el observador se ubicaba en un espacio donde el propio sujeto de enunciación era borrado y el acto de lectura del cuerpo, revelado a través de la escritura científica, expresaba la identidad del antropólogo posicionado en un espacio neutro de observación que, según Zimmerman (2001), en su afán de objetividad diluyó al sujeto bajo estudio.
En su cuerpo se revelaba una tensión entre lo natural y lo civilizado ya que
la libido sexual se manifestó de una manera tan alarmante que toda educación y todo amonestamiento por parte de la familia, resultó ineficaz [...]
Consideraba los actos sexuales como la cosa más natural del mundo y se entregaba a satisfacer sus deseos con la espontaneidad instintiva de un ser ingenuo (Lehmann-Nitsche, 1908, p.
y que a Lehmann-Nitsche le había provocado a la vez
honda impresión el oírla hablar en alemán, idioma que había aprendido en San Vicente y que dominaba bastante bien (Lehmann-Nitsche, 1908, p.
En su cuerpo se revelaba, además, la tensión entre la niña y la adulta expresada en las características de la glándula mamaria que
no ha alcanzado su máximum de desarrollo aunque se muestra marchita y flácida, lo que no debe extrañarnos si recordamos la vida sexual de la india (Lehmann-Nitsche, 1908, p.
El análisis craneométrico, siguiendo métodos alemanes, le permitió a Lehmann-Nitsche descartar que la joven estuviese enferma, como había sugerido ten Kate al observar su pronunciada braquicefalia (De la Hitte y Ten Kate, 1897).
Si bien el científico alemán había utilizado en trabajos previos métodos e instrumentos promovidos por la escuela francesa de antropología física, esta vez se mostró escéptico y, sin descartarlos terminantemente, rectificó los resultados obtenidos para las extremidades superiores e inferiores y el índice cefálico y prefirió contrastar sus propios resultados con aquellos obtenidos por los médicos alemanes Carl Stratz (1858-1924) y Carl Röse en sus investigaciones en torno al estudio estadístico de la "raza" en las escuelas alemanas (Ballestero, 2013).
Constató, por ejemplo, que
el diámetro transversal (148 mm) corresponde exactamente al término medio de 896 niñas germánicas de la misma edad (148,2 mm) mientras que el diámetro antero posterior en algo lo supera (182 y 177,2 mm respectivamente), el desarrollo de la región frontal, sitio de la inteligencia, se ha producido pues de una manera muy halagüeña en la indiecita."
En este sentido, este relevamiento antropológico no arrojó resultados relevantes en cuanto a distinción racial.
Damiana no difería de las alemanas de su misma edad.
El hecho de poner en diálogo sus datos con los de investigadores alemanes formó parte de los intentos de Lehmann-Nitsche para estandarizar y sistematizar las prácticas antropológicas realizadas en Argentina e insertarlas dentro de los proyectos estructurados desde Alemania.
Este investigador, como muchos otros alemanes y franceses residentes en América, buscaban acumular experiencia y publicaciones para insertarse en el mundo académico europeo, no tanto para aportar innovaciones sino reproduciendo métodos y técnicas y favoreciendo la circulación de datos, mientras aprovechaban el acceso casi exclusivo al estudio de pueblos que era imposible observar si hubiesen residido en Europa.
Al morir Damiana, en ausencia de vínculos familiares, su cuerpo devino en una oportunidad para anatomistas y antropólogos e inmediatamente fue sometido a disección.
La cabeza con tejidos blandos y su cerebro fueron enviados por Lehmann-Nitsche a Alemania; el esqueleto postcraneal, una muestra de cabello y un frasco con fragmentos de piel en fluido se incorporaron al Museo de La Plata y probablemente otros órganos tuvieron otro destino.
Los procedimientos de registro y catalogación que no mostraron dificultades para la mayoría de las colecciones del Museo de La Plata, en los restos de Damiana se revelaron, como veremos, más erráticos.
Las prácticas materiales sobre el cuerpo muerto respondieron rigurosamente a los métodos propuestos por Broca (1865), quien invitaba a aprovechar todas las ocasiones posibles a fin de procurarse de esqueletos enteros; por ejemplo en los campos de batalla o los puertos en los que hubiese hospitales para indígenas (Broca, 1865).
El esqueleto de Damiana fue destinado al Museo de La Plata, según consta en el informe remitido a su Director, Samuel Lafone Quevedo, el día 20 de diciembre de 1907 (Lehmann-Nitsche, 1907, p.
En dicho informe se da cuenta de las colecciones de restos humanos y de objetos ingresadas a lo largo de ese año, entre las que se incluyen también el esqueleto de una mujer enana donado por el mismo Alejandro Korn.
Por aquellos años, Lehmann-Nitsche se encontraba organizando las colecciones antropológicas en la sala de exhibición, trabajo que culminaría con la publicación del Catálogo de la Sección Antropológica en 1910.
El cuerpo de Damiana no fue registrado en dicho catálogo.
En cambio, sí fueron incorporados al catálogo y a la exhibición otros restos Aché y otros esqueletos que el mismo Alejandro Korn había donado en 1906 (Lehmann-Nitsche, 1910).
Recién en el año 1913 Lehmann-Nitsche lo incorporó a las colecciones del Museo de La Plata, lo que significó traspasar los restos a la esfera pública del patrimonio del mencionado museo, dejando de ser un objeto de estudio de usufructo privado por parte del investigador alemán, registrándolo formalmente con el número 5602 bajo la inscripción
Esqueleto (sin cráneo) de una india Guayaqui, "Damiana", fallecida en Melchor Romero en 1907.
La cabeza con el cerebro fue remitida al profesor Hans Virchow, de Berlín (Libro de Entradas de la Sección Antropológica del Museo de La Plata, p.
Luego de un intercambio epistolar iniciado inmediatamente luego de fallecida Damiana entre Lehmann-Nitsche y Hans Virchow (1852-1940), hijo del médico alemán Rudolph Virchow, la cabeza fue enviada a Alemania a través de una compleja logística que implicó trasladar y conservar partes blandas, en particular un órgano tan delicado como el cerebro, cuya extracción y preparación exigía habilidades y precauciones particulares (Sardi y Ballestero, 2017).
Este órgano se consideraba valioso en términos de conocimiento porque se asumía que su tamaño y forma eran indicadores de la inteligencia y, por lo tanto, de las capacidades intelectuales de las razas.
Tanto era así que Broca (1865), especializado en el estudio de cerebros alentaba a superar cualquier dificultad ante la oportunidad de obtenerlo; mejor aún si se guardaba junto con partes óseas, lo que permitiría conocer qué tanto se correspondían los huesos con sus tejidos blandos.
El preparado de la cabeza de Damiana fue un procedimiento complejo que requirió el corte de la calota para enviar separadamente el cerebro.
La donación, finalmente, se testificó como colección "salida" del Museo de La Plata con la indicación:
La cabeza con musculatura de una india Guayaquí, donada por el Dr. Al.
Korn la que fue remitida al Profesor Virchow hijo para un estudio especial (Lehmann-Nitsche, 1907, p.
Estos restos fueron recibidos en Berlín el 7 de enero de 1908 sin ningún tipo de documentación adjunta, aunque la carta escrita por Lehmann-Nitsche llegó el 9 de enero de 1908 ofreciendo detalles sobre cómo se había efectuado la disección de Damiana.
Virchow certificó, en la correspondencia dirigida a Lehmann-Nitsche, que el envío de este último era un "maravilloso regalo", lo cual se entiende dada la rara oportunidad que tenían los estudiosos europeos de contar con fotografías, huesos o muestras de tejido blando de los Aché (Virchow, 1908a).
A la vez, y a fin de obtener más provecho del acceso de Lehmann-Nitsche a objetos de estudio tan valiosos, Virchow lo consultó sobre la posibilidad de obtener el cráneo de algún niño de entre 6 a 10 años y el de un adulto, preferentemente del mismo grupo étnico a fin de poder establecer comparaciones (Virchow, 1908a).
En el Instituto Anatómico de Berlín la cabeza fue parte de otro proceso de disección en el cual se separó el cuero cabelludo, la lengua, los músculos de la lengua y la glándula submandibular a partir de los cuales Virchow buscó determinar las características raciales.
Los resultados fueron presentados el 18 de enero de 1908 ante la Sociedad Antropológica de Berlín, donde este investigador remarcó la importancia de contar con elementos tan poco comunes como el cráneo y el cerebro de un representante de esta
[...] extraña tribu, cuyos miembros, a pesar de que no se encuentran muy apartados de la vida de los asentamientos, e incluso las ciudades de los blancos, viven en la selva virgen, tímidamente y escondidos, desapareciendo ante cualquier intento de acercamiento, teniendo aun hoy una cultura de la edad de piedra" (Virchow, 1908b: 117).
En febrero del mismo año las mencionadas partes anatómicas fueron incorporadas a las colecciones del Instituto de Anatomía de la Facultad de Medicina de Berlín (Koel-Abt y Winkelmann, 2013), en tanto que el cráneo de Damiana recién fue incorporado en marzo de 1911, mientras Virchow continuó publicando trabajos sobre los músculos faciales, el esqueleto facial y la nariz (Virchow, 1910; 1912; 1915; 1924).
Así, con poco o casi nulo esfuerzo, Virchow pudo obtener partes corporales de un grupo indígena con una alta demanda latente dentro de los proyectos de investigación antropológicos alemanes.
Las mismas contaban con el plus de corresponderse a elementos "poco comunes", como el cráneo y el cerebro.
Los tipos de colecciones de restos humanos a fines del siglo XIX fueron variados.
Las muestras de cabello se cotizaban no solo por el supuesto valor en la distinción racial sino por la facilidad de su obtención ya que una colección como esta no exigía demasiado cuidado más que el de registrar la proveniencia de la muestra con "edad, nombre, lugar, raza" (Broca, 1865, p.
Así, siguiendo estas indicaciones, Lehmann-Nitsche sumó una muestra a la incipiente colección tricológica que organizaba en las primeras décadas del siglo XX (Lehmann-Nitsche, 1910), pero que nunca fue documentada formalmente.
El pequeño mechón de cabello oscuro fue rotulado como "Guayaki 1907" que la fecha, la identidad étnica y la pigmentación permite suponer que habría pertenecido a Damiana.
Del cuerpo de Damiana también se extrajeron fragmentos de piel, colocados en un frasco con líquido y sellado, siguiendo las instrucciones de Broca, quien recomendaba que bastaba
con sumergirlos de una vez por todas en alcohol y evitar la evaporación del líquido; cada fragmento de piel será conservado en un pequeño vaso etiquetado.
Un fragmento de 10 centímetros cuadrados es perfectamente suficiente.
Sin embargo, siendo a veces la coloración del tegumento externo muy variable en las distintas regiones del cuerpo, será bueno en tal caso tomar muchos fragmentos del mismo sujeto (Broca, 1865, p.
Así lo hizo Lehmann-Nitsche con el aditamento de que de cada porción de tejido se desprende una pequeña etiqueta con un número, atada de un hilo.
Pero el frasco presenta la particularidad de que los trazos hechos en lápiz de su etiqueta son ilegibles, tal vez por la mala conservación de la información o porque nunca fue adecuadamente rotulado.
Ni en el Catálogo (Lehmann-Nitsche, 1910) ni en otro documento oficial hay registros de este objeto.
Su vínculo documental es un sobre dirigido a Lehmann-Nitsche sin indicación del remitente con la indicación
Clasificación que corresponde a los trocitos de epidermis sacado a una indiecita en el Hospital Melchor Romero.
Los números corresponden a los de los pomitos (División Antropología, Museo de La Plata).
Asociado a este sobre hay una nota que menciona en su encabezado "Hautproben (prueba de piel, en alemán) des Guayaqui indiens Damiana", haciendo referencia a la publicación en el tomo II de la Revista del Museo de La Plata (Lehmann-Nitsche, 1908), seguido del número e indicación de 36 regiones anatómicos, entre las que se incluyen la cara, el torso y los miembros.
Estos números son la referencia entre cada fragmento de epidermis y la parte del cuerpo de la que fue obtenido.
Este objeto, único entre las colecciones antropológicas del museo platense, permite suponer que Lehmann-Nitsche habría visto la oportunidad de iniciar una colección.
Sin embargo, la falta de catalogación, siguiendo los procesos usuales de validación de objetos de estudio, nos lleva a preguntarnos por qué en este caso hay espacios en blanco.
Un punto fundamental de la gestión de las colecciones en un museo es la documentación y su ordenamiento en algún tipo de índice o inventario.
Con la realización del Catálogo de la Sección Antropológica Lehmann-Nitsche cumplía con uno de los propósitos por los cuales había sido incorporado al Museo de La Plata en 1897, ya que muchos restos que conformaban las primeras colecciones de la institución aún permanecían en los envoltorios en los que habían llegado (Ballestero, 2013).
El principal criterio de catalogación de los restos humanos que siguió el antropólogo alemán fue mediante la distinción de unidades anatómicas, destinándose capítulos para cráneos sueltos, mandíbulas sueltas, huesos sueltos, esqueletos y una categoría llamada "varia" que incluyó cerebros, máscaras mortuorias, cueros cabelludos, objetos conservados en formol, objetos modelados en yeso, entre otros; siguiendo al interior de cada capítulo un criterio geográfico (Lehmann-Nitsche, 1910).
Al momento de publicarse el Catálogo, hacía como mínimo dos años que los restos de Damiana estaban en el museo.
En dicho Catálogo figuran otros restos de origen Aché, entre ellos el de la mujer que acompañaba a la niña y que murió durante la matanza en 1896, junto al cual pudo ser incorporado el esqueleto de Damiana.
Un dato adicional es que, contrariamente a lo que ocurrió con la gran mayoría de los esqueletos disponibles en el mismo museo, el de Damiana nunca fue articulado y montado en las salas de exhibición.
Esta interrupción de los procedimientos curatoriales habituales no puede explicarse solo por el hecho de que las colecciones de la Sección Antropológica hubiesen estado años antes en un estado caótico.
Un esqueleto como el de Damiana, que poseía enorme valor epistemológico por su rareza, carecía del elemento más preciado para la clasificación racial, el cráneo, lo que nos lleva a pensar que en el sistema asumido por Lehmann-Nitsche resultaría tal vez difícil ubicar un "esqueleto sin cráneo" y por esta razón tampoco se habría articulado y exhibido, ya que discreparía fuertemente con los modos tradicionales de exhibición en los que se realiza el montaje de esqueletos prácticamente completos.
Roque (2007) plantea que si bien los objetos de museo están vinculados a palabras a veces hay silencios, ausencias y espacios en blanco.
Estos silencios no son una propiedad preexistente sino una consecuencia del vínculo dinámico entre textos y objetos, en el intento de organizarlos como una colección.
Es decir, que las mismas prácticas discursivas que crean un sistema de clasificación simultáneamente crean las condiciones para producir silencios sobre aquellos objetos que no se acomodan adecuadamente en el sistema de clasificación preestablecido.
Es así que el "esqueleto sin cráneo" de Damiana pudo no ser incluido en el Catálogo ni exhibido en las salas junto con otros esqueletos porque no respondía a las categorías de clasificación de las colecciones antropológicas y, por esta razón, es posible que no existiera la necesidad de catalogarlo inmediatamente.
En cuanto al frasco con fragmentos de piel, éste podría haber sido incorporado al Catálogo en la sección "Varia" y exhibido junto con otros tejidos en formol, ya que no requería ningún otro tratamiento físico adicional.
Si Lehmann-Nitsche no lo hizo podría deberse a que tuvo la intención de organizar una colección y las dificultades en la obtención de nuevas muestras la habrían vuelto una empresa difícil.
Sumado al hecho de que el interés por la piel humana a través de este tipo de fragmentos no prosperó como tema de estudio, se habría desvanecido entonces el propósito de la colección, motivando el abandono de las prácticas curatoriales que se requerían para preservar la información.
Así, este frasco con piel quedó como un objeto aislado, sin memoria textual, discordante en la economía de partes corporales, con escaso o nulo valor epistemológico, volviéndose ininteligible para los antropólogos que sucedieron a Lehmann-Nitsche.
Queda la posibilidad, no obstante, de que este investigador no se propusiese organizar una colección, sino una negociación.
ECONOMÍA DE LOS DONES
El gesto de Alejandro Korn de permitir el acceso de Lehmann-Nitsche al estudio de Damiana fue finalmente compensado por el antropólogo con la dedicatoria del trabajo "en testimonio de agradecimiento" (Lehmann-Nitsche, 1908, p.
91), junto con la mención del título de Doctor y su cargo de Director del hospital.
Los registros y observaciones de una raza difícil y con la amenaza de extinción constituirían "materia prima para futuros estudios comparativos" que le permitiesen realizar su contribución a la empresa antropológica de dar al mundo la descripción de los indígenas sudamericanos (Lehmann-Nitsche, 1908, p.
Así mismo, cuando Lehmann-Nitsche señala que ha enviado la cabeza con el cerebro a Virchow, que había sido presentada a la Sociedad Antropológica de Berlín y que los investigadores pronto iban a disponer de "publicaciones más amplias" (Lehmann-Nitsche, 1908, p.
98) el antropólogo hizo público el círculo al que pertenecía y puso en valor la empresa a la cual contribuía.
Este tipo de declaraciones fue parte de las contraprestaciones establecidas en las normas de la sociabilidad científica de la época, incrementando el capital social de las personas involucradas.
En estos actos se evidencia un aspecto relevante de la dimensión textual de la práctica científica, que es la economía de los dones, por la cual las transacciones aparecen como desinteresadas, pero están regidas por obligaciones (Baird, 2004; Roque, 2018).
Al expresar el nombre de los donantes con sus títulos o de los investigadores que intermedian, generalmente personas con indicadores de prestigio social, se jugaron valores como el crédito y el honor dentro de redes de cooperación a veces formales, pero otras informales y basadas en afinidades o estatus social.
La mención pública de personajes relevantes, como en este caso Korn y Virchow, constituyó también parte de las estrategias argumentativas en la cual un investigador utilizaba el capital social y cultural de otros a fin de validar los resultados de sus propios estudios; el trabajo publicado, puesto a circular, se vuelve en este contexto el principal instrumento de retorno de un investigador a los dones recibidos de otros (Baird, 2004).
Consciente de este rol, Lehmann-Nitsche funcionó como un importante proveedor dentro de los circuitos antropológicos europeos acerca de los grupos indígenas sudamericanos.
Este lo comprendió bien y así lo declaró al finalizar su trabajo sobre Damiana, donde expresaba su deseo de que sus datos
[...] constituyan un ladrillo para una futura obra que, en un porvenir aún lejano, reasuma nuestros conocimientos sobre las tribus indígenas de la América del Sur (Lehmann-Nitsche 1908, p.
Pero no todo se trató de palabras.
Alejandro Korn fue un frecuente donante de cuerpos al Museo de La Plata, quien además de obtener una contraprestación inmaterial como dedicatorias en las publicaciones, obtuvo otros beneficios concretos de Lehmann-Nitsche para el desarrollo de su carrera: contacto con investigadores extranjeros, bibliografía e instrumentos que, en muchos casos, fueron de difícil consecución en el plano local.
Lehmann-Nitsche, por su parte, incorporó a su red de abastecimiento de cuerpos a uno de sus principales proveedores: los hospitales.
Es decir, que estos intercambios se sostenían al fin en la expectativa de retorno, cristalizados mediante objetos (restos humanos, en este caso) o expresiones que permitiesen construir capital simbólico, social o económico (Roque, 2018).
Si prestamos atención, por otro lado, a las redes por las que el cuerpo de Damiana circuló, así como los gestos involucrados en los intercambios de partes corporales y de información, es posible pensar que Lehmann-Nitsche "guardó" los restos a la espera de otras eventuales donaciones, algo que no sería posible al colocarlos dentro de la esfera pública de las colecciones del Museo de La Plata.
La falta de conocimiento sobre los Achés implicaba que estos restos podrían tener gran demanda, proveyendo a su poseedor un gran prestigio y un importante valor de negociación dentro de las dinámicas de la práctica antropológica.
No es casual, en este sentido, que Lehmann-Nitsche publicara su relevamiento en 1908, contemporáneamente al aporte de Virchow (1908b); y mientras éste siguió publicando estudios de los restos Achés, aquel ya no realizó ulteriores aportes ni una exhaustiva documentación de sus restos, lo que nos permite sostener que la intención de Lehmann-Nitsche, menos inmediata y un poco más terrenal, era la de posicionarse dentro de la compleja estructura transnacional de la investigación antropológica, motivado por el deseo de conseguir un puesto en el medio alemán, cosa buscó a lo largo de muchos años de su residencia en La Plata y que finalmente no consiguió (Ballestero, 2013).
Lehmann-Nitsche, en consecuencia, viró sus intereses de estudio hacia la etnoastronomía, la etnomitología y especialmente el folklore argentino, siendo este último tópico el que investigó en forma más sistemática (Ballestero, 2013; García y Chicote, 2008).
Mientras tanto, Hans Virchow al igual que otros estudiosos, supieron explotar la ambición y el anhelo de Lehmann-Nitsche.
Ofreciéndole nimiedades como menciones en publicaciones, nombramientos como corresponsal extranjero o invitándolo a recepciones de la burguesía política y científica de la época, fueron capaces de asegurarse un flujo continuo y exclusivo de restos y objetos de pueblos "raros".
La construcción de "objetos de estudio" requirió de una serie de prácticas para garantizar el acceso al cuerpo del indígena, donde cobran un rol relevante la socialización de los investigadores y potenciales donantes o intermediarios.
Estos cuerpos, vivos o muertos, fueron objeto de observación, medición, inclusión en el discurso científico, intercambio y circulación por redes de conocimiento e instituciones; en tanto expresión de la distinción racial, así como sitio de conocimiento científico de las enfermedades y de la moral (Livingstone, 2003).
La empresa de registrar razas "difíciles", "en vías de extinción" o désidératum pour la science como los Aché hizo que muchos métodos fuesen incorporados al repertorio de lo posible.
Cualquier resto u observación de un representante de estas razas adquirió enorme valor en términos del conocimiento, pero también valor de cambio.
Pero ese valor debió ser construido a través de prácticas materiales para conservar "evidencias", tal como los fragmentos de piel en un frasco, y también de estrategias textuales bajo la forma de publicaciones, notas, sobres o rótulos para convertir las partes corporales en objetos inteligibles dentro de un sistema de clasificación atravesado por criterios anatómicos, raciales, geográficos y temporales, que permitieron otorgar autoridad a la evidencia, así como construir la autoridad de los investigadores.
El valor científico y económico de un espécimen estuvo íntimamente vinculado a su asociación con una buena "historia" a través de la narración de la vida de la persona, del modo de adquisición de los restos, del reconocimiento público a familias y funcionarios implicados, o de las conclusiones resultantes de la experticia del antropólogo (Roque, 2018).
Ese vínculo entre palabras y cosas, sin embargo, se mostró frágil allí donde las propias prácticas museológicas de ordenamiento y clasificación, paralelamente a las motivaciones de los investigadores que debían llevarlas adelante,
condujeron a la producción de silencios, olvidos y abandonos, determinando finalmente la trayectoria epistémica de esos objetos.
La importancia del vínculo entre las "historias" y los restos humanos es de suma importancia en los procesos de restitución (Sardi y Ballestero, 2017).
El esqueleto de Damiana alojado en el Museo de La Plata fue restituido al pueblo Aché en el año 2010.
En 2012 se restituyeron los restos cefálicos que se encontraban en el Hospital de la Charité de Berlín.
Los restos de piel, sin embargo, recién pudieron identificarse como perteneciente a la joven cuando en 2016 personal de la División Antropología encontró la nota escrita por Lehmann-Nitsche.
Estos, junto con la muestra de cabello, aguardan su restitución. |
EL "DARWINISMO PURO" DE ALFRED RUSSEL WALLACE: APORTACIONES A LA TEORÍA EVOLUTIVA MODERNA
La historia suele ser insistente en recordar el caso de Alfred Russel Wallace como quien, de manera secundaria, apoyó la propuesta de Darwin.
Para efectos de este trabajo se presenta lo que Wallace denominó en su obra Darwinism (1889) los elementos básicos del darwinismo puro, que servirían de base para lo que George John Romanes llamaría neodarwinismo, a partir tanto del trabajo de Wallace como del de August Weismann.
Esos elementos abarcan ideas que comúnmente se asocian de manera exclusiva con el trabajo de Charles Darwin, como el concepto biológico de especie, los diferentes tipos de variación y su origen, la importancia de la selección natural como el mecanismo preponderante para entender la evolución, el rechazo a los mecanismos lamarckianos, entre otros puntos.
A partir de lo anterior, los objetivos de este trabajo son dos: por un lado, rescatar esos conceptos básicos del darwinismo puro de Wallace; y por el otro, establecer algunas posibles explicaciones sobre por qué persiste la idea de que el trabajo de Wallace no parece haber sido de importancia para el desarrollo de la Síntesis Moderna.
Uno de los más importantes biólogos del siglo XX, Ernst Mayr (1904-2005), resolvía así la pregunta sobre el impacto de la teoría de la evolución a partir de las ideas de Charles Darwin (1809-1882) dentro de la biología moderna, respecto a la diversidad de maneras de llamar a la teoría evolutiva moderna: "En realidad, la mejor solución sería volver a llamarlo simplemente darwinismo.
De hecho, es esencialmente la teoría original de Darwin con una teoría válida de la especiación y sin herencia blanda" (Mayr, 2004, p.
Sorprende, en parte, que su reconstrucción histórica no incluye a Alfred Russel Wallace (1823-1913), por lo menos en la medida en que fue el codescubridor, o co-originador, de la teoría de la selección natural, en sus propios términos, la base de la teoría moderna de la evolución.
La cercanía entre Darwin y Wallace, en cuanto a la propuesta conjunta de la teoría de la selección natural en julio de 1858, suele traer como consecuencia que se asuma que ambos autores defendieron desde el principio una misma teoría, al menos en términos generales.
Bajo la presunción de que se debe hablar de un solo darwinismo, es decir, un solo conjunto de ideas atribuible en este caso a Darwin, se ha llegado incluso a afirmar la validez única de la propuesta de Darwin por sobre la de Wallace, al afirmar que "la teoría de la selección natural no estaba realmente en el paper de Wallace [el ensayo Ternate de 1858]" (Caponi, 2016, p.
Cursivas como en el original).
Recientemente se ha afirmado que, a partir de una "reconstrucción racional de la teoría de la selección natural", las propuestas tanto de Darwin como de Wallace son diferentes, que es la capacidad explicativa y unificadora de la visión de Darwin la que debe de prevalecer, al punto de conceder que el carácter "revolucionario" de la teoría de selección natural es mérito de la propuesta de Darwin (Ginnobili y Blanco, 2019).
Estas afirmaciones tienen sentido únicamente bajo la premisa de una visión anacrónica, en la cual se privilegia el desarrollo de una idea (o conjunto de ideas) por sobre otra, sin tomar en cuenta el contexto histórico en el que se desarrollaron los eventos, o que, como se verá más adelante, excluyen evidencias que resaltan la importancia de Wallace y su teoría, por escasas que puedan parecer.
Incluso, propuestas históricas como la de Peter Bowler en su libro Darwin Deleted (2013), desde el marco del contrafactualismo histórico, considera que la propuesta de Darwin precede cronológicamente todo lo hecho por el propio Wallace, para concluir que, a pesar de seguir líneas similares, este último no habría conseguido llegar nunca a una propuesta realmente como la original de Darwin.
Sin embargo, aun en este último caso, Bowler se remite a una visión sesgada de la época victoriana, y sobre todo del trabajo de Wallace, que puede deberse a que su trabajo no contempla en un sentido amplio todas las fuentes disponibles, como los diarios y la correspondencia, no solamente de Darwin, sino de otros personajes de la época.
Lo anterior contrasta radicalmente con lo dicho por historiadores como M.J.S. Hodge (2015), quien se pregunta qué fue lo que distinguió tanto a Wallace como a Darwin en su época para ser ambos catalogados como "los dos primeros darwinistas", una idea que veremos más adelante, fue concedida a Wallace como resultado de su defensa del "darwinismo".
Aun cuando son varios los elementos que tienen en común ambas propuestas, el carácter darwinista de ambos autores estaría en haber recuperado la obra de Charles Lyell, y trasladar las discusiones de la geología a las ciencias de la vida.
La propuesta inicial de la teoría de la selección natural, en la que por circunstancias ya discutidas ampliamente en el pasado (Himmelfarb, 1996 [1959], pp. 242-254; Beddall, 1968; Desmond y Moore, 2009) se acordó la presentación conjunta de las ideas tanto de Darwin como de Wallace, ha traído consigo una discusión estéril sobre la relación entre ambos conjuntos de ideas.
El análisis de la obra de ambos autores es claro que revela dos perspectivas diferentes que buscaban explicar la transmutación de las especies, a veces a partir de ejemplos similares y otras veces con énfasis en temáticas totalmente diferentes.
Afirmar la existencia de un solo conjunto de ideas denominado darwinismo, es de poca utilidad en términos históricos, una cuestión que se verá más adelante con mayor detalle.
Lo que aquí se va a señalar tiene más que ver con una perspectiva que surge del propio trabajo de un autor como Wallace, y lo que en sus palabras debería de ser lo que él mismo va a denominar darwinismo.
Otra parte de la discusión tiene que ver con las interpretaciones historiográficas, que tradicionalmente han brindado un lugar preponderante a Darwin por sobre cualquier otro autor al momento de reconstruir la historia de la biología, y en particular del desarrollo de la teoría de la evolución, una situación que incluso autores que han promovido la llamada "industria Darwin" lamentan, como el caso del historiador de la Universidad de Chicago, Robert J. Richards, o el historiador y filósofo de la ciencia de la Universidad de Florida, Michael Ruse (Richards en Cahan, 2003; Ruse, 2005).
A diferencia de la interpretación tradicional que ubica a Wallace como un mero actor secundario en el desarrollo de la teoría de la evolución, situación derivada de sus intereses "extra-cientificos", la intención en este trabajo es reconocer con mayor detalle las aportaciones de su obra al desarrollo teórico de la teoría de la evolución.
La cuestión es valorar que conceptos e ideas clave de la biología evolutiva del siglo XX parecen tener más que ver con lo dicho por Wallace que con Darwin, por lo menos en la medida en que el primero defendió a ultranza cuestiones como el gradualismo extremo o la omnipotencia de la selección natural, todo ello recuperado en su momento por la Síntesis Moderna.
Lo que se busca es contribuir a comprender la pluralidad y complejidad en el desarrollo de la práctica científica, y en particular, de la construcción de la teoría evolutiva.
Derivado de lo anterior, este trabajo presenta en primera instancia una reflexión histórica sobre el propio término darwinismo, para mostrar con ello la polisemia del término a lo largo del siglo XIX, pero, sobre todo, el uso que el mismo Darwin le dio a lo largo de su obra, que como veremos, no contribuye necesariamente a dilucidar de manera clara cuál podría ser su significado apropiado.
Posteriormente, se describe lo que Wallace denominó darwinismo puro en su obra Darwinism (1889), ya que fue ahí donde planteó los conceptos básicos que posteriormente serían asociados con la visión más tradicional del neodarwinismo.
Finalmente, se discute la relación de las ideas de Wallace con las propuestas concretas desarrolladas como parte de las discusiones modernas sobre evolución, que usualmente se asocian exclusivamente con la propuesta de Darwin.
¿EXISTE SOLAMENTE UN DARWINISMO?
Puede resultar extraño en principio hablar de que no existe un solo darwinismo, aunque inicialmente habríamos de pensar a qué se hace referencia realmente cuando se menciona tal término.
Una búsqueda a nivel de diccionario nos remite a valorar los cambios que sufrió el término a lo largo del siglo XIX, por lo menos en el inglés: un primer uso sería el que dio el médico Benjamin Ward Richardson (1828-1896) en 1856 para referirse a la postura del abuelo de Charles, Erasmus Darwin (1731-1802), como "la hipótesis del desarrollo de los seres vivos desde un centro primordial".
En 1864, el zoólogo Thomas H. Huxley (1825-1895) consideraba que darwinismo se refería a una posición filosófica, que ponía a la evolución como eje central en un sentido antiteleológico, todo esto como parte de una serie de críticas del anatomista suizo Rudolph Albert von Kölliker (1817-1905), que afirmaba que Darwin era un teleólogo.
Otra mención fue en 1871 en la influyente revista literaria The Athenaeum, en una reseña de On the Genesis of Species, del anatomista George Jackson Mivart (1827-1900), quien proponía, entre otras cosas, una reconciliación entre el catolicismo y la evolución, a lo que el autor de la reseña responde: "La verdad es que es imposible reconciliar a los Doctores de la Iglesia con los Doctores del Darwinismo".
En la traducción que hizo el naturalista británico Edwin Ray Lankester (1847-1929) de The history of creation, or, The development of the earth and its inhabitants by the action of natural causes: doctrine of evolution in general, and of that of Darwin, Goethe, and Lamarck in particular (1876) del naturalista y filósofo alemán Ernst Haeckel (1834-1919), se plantea en la introducción que el darwinismo es un fragmento de una doctrina mucho más amplia que tiene como objetivo explicar el desarrollo, o transformación, natural de los organismos.
La última definición corresponde a la planteada por Wallace en su obra de 1889, que se expondrá con mayor detalle más adelante.
Ernst Mayr dedicó buena parte de su labor como historiador y filósofo de la biología a la defensa del papel de Darwin como el originador del pensamiento evolutivo moderno, y en ese sentido, a reflexionar sobre la importancia de las ideas de Darwin para la consolidación de la biología del siglo XX.
Su recuento sobre lo que en su opinión era el darwinismo, empieza por una afirmación tajante sobre el carácter no monolítico de la teoría evolutiva, que concede que en todo caso inició con el propio Darwin (Mayr, 1991, p.
90), quien se refirió a su propuesta desde la primera edición de On the Origins como la "teoría de la descendencia con modificación mediante la selección natural" (Darwin, 1859, p.
459), una idea que como se verá más adelante, será retomada profusamente por Wallace, en una postura que mostraba que "estaba muy adelantado a su tiempo en su campaña por la selección natural" (Mayr, 1991, p.
El listado que proporciona Mayr abarca interpretaciones de lo más variadas: darwinismo como la "teoría de la evolución de Darwin"; darwinismo como evolucionismo; darwinismo como anticreacionismo; darwinismo como anti-ideología; darwinismo como seleccionismo; darwinismo como evolución variacional; darwinismo como el credo de los darwinistas; darwinismo como una nueva cosmovisión; y darwinismo como una nueva metodología (Mayr, 1991, pp. 92-106).
A pesar de tal pluralidad, que incluso lleva a Mayr a afirmar que la mayoría de estos significados "son claramente engañosos o no representativos del pensamiento de Darwin" (Mayr, 1991, p.
106), concluye que hay dos que se distinguen por su amplia aceptación: de mediados del siglo XIX hasta inicios del XX, darwinismo como la manera de explicar los procesos naturales del mundo vivo; y en un sentido "moderno", como "cambio evolutivo adaptativo bajo la influencia de la selección natural, y evolución variacional en lugar de transformacional" (Mayr, 1991, p.
Vale la pena recordar aquí, que, aunque la reconstrucción de Mayr se plantea en términos históricos, como se ve en la introducción de este trabajo, para él hay una definición que debe ser defendida por los autores modernos, para evitar con ello malas interpretaciones.
Sin embargo, aun con las mejores intenciones, si se parte de reconocer el pluralismo de Darwin, es claro que decantarse por algún elemento en particular de su explicación evolutiva parte de los intereses y sesgos de quien lo esté leyendo.
Después de estas interpretaciones, cabe preguntarse qué se discutía en términos amplios durante los tiempos de Darwin mismo.
El historiador británico James Moore nos recuerda que hablar de darwinismo en el siglo XIX es pensar en un "término cargado" (Moore, 1991, p.
355), un punto de coincidencia con lo dicho por Mayr, pero el análisis de este último no proporciona a veces muchos detalles de lo que se discutía en la época.
La propuesta de Moore nos remite a muchas de las discusiones que se dieron a lo largo de la década de 1860, de particular importancia si se considera que ese periodo se ubica entre las dos publicaciones más conocidas de Darwin, El origen de las especies (1859) y El origen del hombre (1871).
Resulta particular ver que las ocasiones en que el propio Darwin se refiere al término "darwinismo" es para hablar de lo que otros autores entienden.
En su obra escrita, como en el primer volumen de The Descent of Man (1871), las únicas referencias al término son notas al pie a obras que en su mayoría eran críticas ("Anti-darwinism", del reverendo James McCann, presentada el 20 de agosto de 1869 en la reunión de la British Association for the Advancement of Science (BAAS) en Exeter; "Darwinism and National Life", publicado en Nature el 16 de diciembre de 1869 por Ladies' Educational Association de Londres), o aplicaciones de su propuesta ("Philology and Darwinism" publicado en Nature el 24 de marzo de 1870 por el reverendo Frederic William Farrar (1831-1903)); la traducción al inglés Darwinism tested by the Science of Language (1869), del lingüista alemán August Schleicher (1821-1868); en el segundo volumen también se encuentra una mención a un artículo escrito por el botánico alemán Matthias Jakob Schleiden (1804-1881), "Ueber des Darwinismus und die damit zusammenhängenden Lehren" ["Sobre el darwinismo y sus enseñanzas relacionadas"], publicado en 1869 en el periódico Unsere Zeit.
En la segunda edición incluyó referencias como: "Darwinism and Divinity, Essays on Free-thinking", un ensayo del historiador y editor del Oxford English Dictionary, Leslie Stephen (1832-1904), publicado en Essays on Freethinking and Plainspeaking (1873), que planteaba la existencia de límites entre las capacidades mentales de seres humanos y animales; Darwinism in Morals, and Other Essays (1872), de la líder sufragista irlandesa Frances Power Cobbe (1822-1904); Le Darwinisme et L 'Origine de L' Homme (1873), del padre Alphonse Joseph Lecomte (1845-1927); "Ueber der Tonapparat der Locustiden, ein Beitrag zum Darwinismus" ["Sobre el aparato de sonido de los lóbulos, una contribución al darwinismo"], publicado en 1872 en Zeitschrift für wissenschaftliche Zoologie [Revista de Zoología Científica] por el entomólogo austríaco Vitus Graber (1844-1892).
En primera instancia, es claro que, a partir de estas evidencias, el propio Darwin no habló en ningún momento de un conjunto de ideas denominado como darwinismo, o incluso, no reconoció explícitamente a qué se refería el término como tal a lo largo de su obra.
Más bien, parece dar por sentado que es la manera en que otros autores se referían a su obra en general, es decir, a las interpretaciones y alcances que se podían asociar con sus dichos.
Vale recordar que Darwin se distinguió a lo largo de su obra por "su retórica maravillosamente ambigua" (Kohn, 1989, p.
215), que en ocasiones se veía reflejada en esa falta de claridad conceptual.
Pero, al mismo tiempo, es una muestra de la enorme diversidad de formas de entender el impacto de las ideas de Darwin, que se puede resumir así:
Desde el "darwinismo puro" como lo que Darwin enseñó originalmente (Wallace, Gray), hasta el "darwinismo" como lo que Darwin realmente enseñó (Romanes, Hodge), o lo que su abuelo enseñó y que él mismo debería haber enseñado (Butler), al "verdadero darwinismo" como lo que Darwin habría enseñado si se le hubiera presentado la oportunidad (Henslow), y finalmente, al "darwinismo puro" como lo que Darwin enfáticamente no enseñó (Driesch) – las opciones hermenéuticas son lo suficientemente desordenadas como para hacer que un erudito ordenado quiera tomar partido.
Después de todo, ¿quién tiene razón?
¿Quién interpretó correctamente lo que dijo Darwin?
¿Quién entendió lo que Darwin realmente quería decir?
¿Quién tiene derecho a representar al auténtico darwinismo?
Cursivas como en el original)
Esto se puede complementar con una breve descripción de algunos de esos diferentes darwinismos, que permite valorar así los alcances de la propuesta de Darwin.
Una de las más arduas críticas vino del teólogo presbiteriano estadounidense Charles Hodge (1797-1878), una propuesta cuya importancia reside en la profunda influencia que mantiene entre el protestantismo más conservador (Marsden, 2006, p.
Dentro de la larga exposición que hace Hodge en el libro, hay un resumen que deja clara su posición: "¿Qué es el darwinismo?
Esto no significa, [...] que el Sr. Darwin mismo y todos los que adoptan sus puntos de vista son ateos; pero significa que su teoría es atea; que la exclusión del diseño de la naturaleza es, como dice el Dr. Gray, equivalente al ateísmo" (Hodge, 1874, p.
La preocupación de Hodge estaba en la defensa de la visión propuesta por William Paley (1743-1805) en contra del papel ciego que se buscaba otorgar a la selección natural como explicación de las causas naturales, argumento sustentado en buscar desde la ciencia encontrar nuevas maneras de interpretar las Escrituras, una situación que no necesariamente lo alejaba de su firme convicción calvinista sobre el papel absolutamente soberano de Dios (Gutjahr, 2011, p.
Uno de los casos más llamativos que se pueden mencionar aquí, es la discusión que sostuvieron el propio Wallace y el fisiólogo canadiense George John Romanes (1848-1894), "el principal discípulo de Darwin" (Elsdon-Baker, 2008, p.
75), en la que puede ser la disputa más áspera que en términos intelectuales tuvo el propio Wallace a lo largo de su vida, incluyendo las numerosas diferencias con Darwin.
Poco tiempo después de la publicación de Darwinism, Romanes afirmaba que la doctrina de Darwin no implicó en ningún momento la defensa a ultranza de la selección natural como la única causa de la evolución orgánica, a la par de reconocer la importancia de lo que él denominaba "la teoría fisiológica de la selección" (Romanes, 1889a, p.
Poco tiempo después, en una reseña mucho más amplia, Romanes llevó la crítica a Wallace mucho más lejos.
A expensas de resaltar la enorme importancia de la obra de Darwin, Romanes deja una afirmación que permite apreciar la eterna discusión sobre Wallace y Darwin: "Es notorio que, desde el momento en que publicaron su teoría conjunta de la evolución por selección natural, Darwin y Wallace no lograron ponerse de acuerdo sobre ciertos puntos de la doctrina que, aunque de importancia comparativamente pequeña en relación con cualquier cuestión de evolución considerada como un hecho, eran, y siguen siendo, de la mayor importancia posible en relación con la cuestión de la evolución considerada como un método" (Romanes, 1889b, p.
En términos generales, y de manera análoga a lo que el propio Wallace hacía en Darwinism, Romanes hacia suyas las palabras de Darwin para establecer las diferencias entre ambos autores en temas como la selección sexual, la herencia de caracteres adquiridos, y la esterilidad de especies, para concluir que, salvo la manera en la que Darwin abordó esos temas de manera adecuada, "[...] me parece que el último trabajo del Sr. Wallace es uno de los más interesantes y sugestivos de toda la literatura darwiniana" (Romanes, 1889b, p.
Al momento de valorar esta crítica no hay que olvidar que Romanes veía a Darwin en términos básicamente religiosos, era un auténtico converso a su doctrina (Pleins, 2014, pp. x-xii), situación que se puede valorar ampliamente a partir del poema que Romanes escribió, Charles Darwin: A Memorial Poem (Pleins, 2014, pp. 299-348).
El planteamiento de Hans Adolf Eduard Driesch (1867-1941) en The Science and Philosophy of the Organism: The Gifford Lectures delivered before the University of Aberdeen in the Year 1907 and 1908 (1908), fue por decir lo menos, extravagante.
Driesch fue un filósofo y biólogo prusiano, ampliamente reconocido por sus trabajos sobre embriología y por su defensa de la filosofía neovitalista de la entelequia.
La definición inicial que encontramos en la obra deja clara una visión de Darwin y sus ideas diametralmente diferente a lo dicho por otros autores: "Darwin, el mismo tipo de hombre dedicado sólo a la ciencia y no a los intereses personales, Darwin era todo menos dogmático, y sin embargo el darwinismo es el dogmatismo en una de sus formas más puras" (Driesch, 1908, p.
Se concede que la fuerza de su razonamiento estuvo en conceder un papel vital a las variaciones y la selección natural, pero, además: "Era lamarckiano hasta cierto punto.
Y no tenía una opinión definitiva sobre el origen y la naturaleza más íntima de la vida en general.
Estos pueden parecer defectos, pero en realidad son ventajas de su teoría" (Driesch, 1908, p.
Driesch plantea así a Darwin como un auténtico hombre de ciencia, que no busca la verdad absoluta, ya que, por el contrario, son los seguidores de Darwin quienes, en su opinión, terminaron por remover las enseñanzas de Darwin del darwinismo.
De hecho, Driesch no solamente va a considerar al darwinismo como una teoría incompleta – al menos en lo que él denomina su versión dogmática – sino también al lamarckismo, ya que considera que la única manera de entender la transformación de las especies es a través del estudio de la filogenia de los individuos (Driesch, 1908, p.
El último ejemplo para considerar también tiene una parte que ronda la ironía y el morbo.
El autor de la crítica fue el clérigo anglicano y botánico George Henslow (1835-1925), quien fue el tercer hijo del Reverendo John Stevens Henslow (1796-1861), ampliamente conocido por haber sido mentor de Darwin en Cambridge, y quien le consiguió un lugar en el famoso viaje del Beagle (1831-1836).
Resultado de una conferencia presentada ante la Royal Horticultural Society el 5 de marzo de 1907, se publicó en la revista de la sociedad "The True Darwinism" en ese mismo año.
Su primera aproximación fue hablar del darwinismo como una derivación lógica de la obra de Darwin publicada en 1859, con énfasis en las variaciones y en la selección natural, pero, Henslow recordaba que el propio Darwin reconoció que había otros medios para explicar la adaptación de los organismos, y es a partir de ahí que recuperó "la versión lamarckiana" de Darwin, para justificar que, a partir de la evidencia experimental en plantas que se acumuló a lo largo del siglo XIX, el "darwinismo verdadero" – en contraposición del "nuevo darwinismo" – surgía de la siguiente conclusión: "Es que el darwinismo, o 'El origen de las especies por medio de la selección natural', debe ser reemplazado por 'El origen de las especies por medio de la respuesta con adaptación a la acción directa de las nuevas condiciones de vida'.
Esta es la base real de la Evolución" (Henslow, 1907, p.
Este no es más que un muy breve listado de las posiciones que surgieron como parte de las discusiones alrededor del darwinismo, y es que, en la práctica, es un trabajo pendiente de los historiadores valorar adecuadamente muchas de las obras que, sobre todo, criticaban la obra asociada con Darwin.
La discusión se puede llevar incluso a la manera en la que Wallace concedía la importancia de Darwin al momento de hablar de su teoría conjunta, y a la percepción de sus contemporáneos sobre su lugar dentro de las discusiones sobre la evolución de las especies.
El conocido escritor británico Samuel Butler (1835-1902), un arduo crítico de la teoría de la selección natural, decía lo siguiente, como parte de su análisis del darwinismo decimonónico:
Pasemos ahora al exponente más autorizado de la evolución de los últimos días – me refiero al Sr. Wallace, cuya obra, titulada "Darwinismo", aunque debería haberse titulado "Wallaceísmo", sigue siendo tan darwinista que desarrolla la enseñanza del Sr. Darwin en la dirección que le dio el propio Sr. Darwin.
En esa misma línea de diferenciar las propuestas de Darwin y Wallace, hubo dichos similares con el paso de los años.
El naturalista británico Frederick Wollaston Hutton (1836-1905) comentaba en una breve nota en Science que, aunque efectivamente la propuesta de Wallace y de August Weismann (1834-1914) daba protagonismo a la selección natural al mismo tiempo que se rechazaba la herencia de caracteres adquiridos, lo más apropiado era llamar a esa propuesta nuevo darwinismo, ya que algunas de las ideas propuestas por ambos autores "estaban en desacuerdo con las que siempre tuvo Darwin hasta su muerte" (Hutton, 1900, pp. 588-589).
De hecho, la propuesta de Hutton es que la propuesta de Wallace se denominara como wallaceísmo, para diferenciarla de la visión original de Darwin.
En un sentido similar, el zoólogo holandés Ambrosius Arnold Willem Hubrecht (1853-1915) declaraba en un artículo en Contemporary Review de noviembre de 1908, que, desde su punto de vista, la propuesta original de Darwin, el darwinismo, hacía hincapié en el papel de las variaciones – ya que sin ellas no podría funcionar la selección natural –, a partir sobre todo de trabajos como los de Hugo de Vries, lo que confirmaba las intuiciones iniciales de Darwin, mientras que la propuesta de Wallace, con ese marcado énfasis en la selección natural, es a lo que se debería llamar wallaceísmo (Hubrecht, 1908, pp. 632-634; Fichman, 2004, p.
¿Y cuál era la opinión de Wallace en toda esta discusión?
La única respuesta fue a los comentarios de Hubrecht, en el mismo Contemporary Review, en donde en una pequeña nota afirmaba que no había ninguna divergencia entre su visión y la de Darwin, al recalcar que ambos defendían la importancia de las variaciones individuales, en contraposición con los "sports", posición defendida por el propio Hubrecht y otros mutacionistas.
Esta frase deja clara su posición: "Es sólo la inmensa acumulación de hechos durante el último cuarto de siglo, tanto en cuanto a la cantidad y universalidad de las "variaciones individuales", como en cuanto a la extrema rigidez de la "selección natural", lo que ha llevado a la mayoría de los darwinianos y a mí mismo a dar un paso más allá de lo que Darwin fue capaz de hacer, y a dudar si alguna vez se han originado "variaciones individuales" en una "especie" natural" (Wallace, 1908, p.
Es posible que, ese continuo afán de poner a Darwin por delante, y colocarse a sí mismo como su defensor e intérprete, hiciera muy complicado tener mayor protagonismo.
Y es que, como se verá a continuación, hubo razones prácticas que llevaron a Wallace a defender su darwinismo.
EL "DARWINISMO PURO": PROPUESTAS GENERALES DE UN DEFENSOR DEL DARWINISMO
Una de las observaciones que hace Wallace en su autobiografía respecto al proceso de escritura de Darwinism, tiene que ver con las razones que lo llevaron a considerar llevar a un público más amplio las conferencias que por esos años, entre 1886 y 1887, había presentado a lo largo de Canadá y Estados Unidos.
La opción del viaje surgió de las pláticas que tuvo con el paleontólogo estadounidense Othniel Charles Marsh (1831-1899) durante la visita que realizó este último a Inglaterra a finales de la década de 1870 (Wallace, 2013a, p.
6), y de las que sacó la siguiente conclusión:
Muchos de mis corresponsales, así como personas que conocí en América, me dijeron que no podían entender el "Origen de las Especies" de Darwin, pero sí mi conferencia sobre el "Darwinismo"; y por lo tanto, se me ocurrió que una exposición popular sobre el tema podría ser útil, no sólo para que el lector en general pudiera entender a Darwin, sino también para que sirviera como respuesta a los muchos artículos y libros que profesan refutar la teoría de la selección natural.
Esas conferencias fueron patrocinadas por el Lowell Institute de Boston, Massachusetts, una fundación con fines educativos fundada en 1839 a partir del apoyo financiero del filántropo estadounidense John Lowell, Jr. (1799-1836).
Como parte de los esfuerzos por ampliar los alcances de la educación, se propuso la existencia de espacios en que se "destacaran las "conferencias-demostraciones" nocturnas sobre "ciencias prácticas" como medio para llegar al obrero" (Rossiter, 1971, pp. 602-603).
Si se considera este último en relación con lo dicho por Wallace en su autobiografía, es claro que buena parte del público no contaba posiblemente con los elementos necesarios para en principio entender a cabalidad la obra más conocida de Darwin.
Aunque la idea de la transformación era de sobra conocida por el público británico gracias a obras como Vestiges of the Natural History of the Creation (1844) del periodista escocés Robert Chambers (1802-1871), las ideas de Darwin fueron recibidas de manera controversial – sobre todo aquellas relacionadas con el ser humano – debido a su continuo uso ideológico en la prensa:
El darwinismo era un tema muy controvertido, y se utilizaron todo tipo de argumentos en la batalla ideológica en torno a él.
Uno de estos argumentos –quizás el más eficaz entre los no especialistas- era representar al propio bando como fuerte y triunfante, y al bando contrario como débil y dividido.
La verdad, como la victoria, está del lado de los grandes batallones (Ellegård, 1990, p.
Y es que, aunque hoy en día tenemos relatos como los del propio Mayr sobre la relevancia de las ideas de Darwin y su capacidad "revolucionaria", o los de filósofos de la ciencia que afirman que la misma propuesta de "un largo argumento" tiene que ser vista como el resultado menor de la obra que estuvo desarrollando desde que regresó del viaje del Beagle, cuya escritura había iniciado en 1856 y que estaba destinada a ser titulada Natural Selection (Hodge, 1977, p.
237), estaba estructurado como un resumen que "no estaba en un estilo técnico ni copiosamente referenciado", centrado en dos ideas: el árbol de la vida y la selección natural (Waters, 2009, pp. 120-121).
Esto no habla necesariamente de que el escrito en sí mismo fuera de fácil lectura, o que la comprensión de los temas presentados fuera sencilla para los lectores, aun para aquellos con formación científica.
De hecho, el mismo Waters señala una situación que fue común entre los lectores de la obra de Darwin:
Aunque Darwin puede haber diseñado su libro para ser leído como un largo argumento para la evolución por medio de la selección natural, muchos de sus lectores deben haberlo leído de manera diferente.
Sabemos esto porque el Origen persuadió a muchos lectores a aceptar la idea de la "evolución", pero no la parte de la visión de Darwin de la "selección natural" (Waters, 2009, pp. 120).
Y es que, aunque pueda sonar controversial, es posible que la intención inicial de Darwin, aun con el caso del "resumen", fuera no convencer a un público amplio sobre la realidad de la transformación de las especies, o de la importancia de mecanismos como la selección natural, sino más bien, convencer a una sola persona.
Y no a cualquier persona, sino al hombre de ciencia más importante de la época victoriana, el geólogo escocés Charles Lyell (1797-1875) (Dixon y Radick, 2009, p.
26-27), una situación que se debe entender a partir de que la metodología y el enfoque que Darwin – y también Wallace – va a retomar para explicar la transformación de las especies derivó en su totalidad de la propuesta lyelliana (McKinney, 1972; Hodge, 2015).
Retomando el viaje de Wallace por Norteamérica, es importante ubicar su lugar dentro de la comunidad científica de la época, y es que a pesar de su discreción y hasta su timidez en público, la invitación del Lowell Institute servía para ratificar que: "En ese momento, tras la muerte de Darwin en 1882, era el naturalista más famoso del mundo" (Wallace, 2013a, p.
Una clara muestra de esa posición, y de su lugar como el auténtico defensor de las ideas de Darwin, se puede ver en la mención aparecida en el periódico Boston Evening Transcript:
El primer darwinista, Wallace, no dejó una pierna para que el anti-darwinismo se parara cuando había terminado su primera conferencia de Lowell anoche.
Fue una obra maestra de declaración condensada – tan clara y simple como compacta – un hermoso espécimen de trabajo científico.
El Sr. Wallace, aunque no es un orador, es probable que se convierta en uno de los favoritos como conferenciante, su manera es tan genuinamente modesta y directa.
Una perspectiva que suele perderse de vista cuando se recuerda a Wallace es que, junto a personajes como Thomas Huxley fungió un papel fundamental en la defensa y difusión de las explicaciones evolutivas.
Simplemente, Darwinism fue el resultado de un viaje realizado por Estados Unidos y Canadá, cuyo objetivo principal fue, tanto aclarar qué era la propuesta de la selección natural, como defenderla de los embates y constantes críticas.
Aquí, el objetivo es recuperar la propuesta que en propias palabras de Wallace sería el "darwinismo puro", a partir de una obra cuyo título resulta un tanto controversial: Darwinism (1889).
La aclaración inicial puede ser reveladora:
El presente trabajo trata el problema del Origen de las Especies en las mismas líneas generales que fueron adoptadas por Darwin; pero desde el punto de vista alcanzado después de casi treinta años de discusión, con una abundancia de nuevos hechos y la defensa de muchas teorías nuevas o viejas (Wallace, 1889, v).
Una de las particularidades de la obra, que sirve además como un homenaje a Darwin y On the Origin of Species (1859), es recuperar su estructura argumental, con algunas diferencias nada sutiles.
Al igual que la obra de Darwin, la primera parte la enfocó Wallace en explicar la base de la teoría: la importancia de la variabilidad, en su propias palabras: "El fundamento de la teoría darwiniana es la variabilidad de las especies, y es bastante inútil tratar de comprender esa teoría, y mucho menos apreciar la integridad de la prueba de la misma, a menos que primero obtengamos una concepción clara de la naturaleza y el alcance de esa variabilidad" (Wallace, 1889, p.
41), para así recalcar el papel de la domesticación de especies, en la lucha por la existencia y la selección natural.
Sobre la importancia de la lucha por la existencia menciona:
No hay ningún fenómeno de la naturaleza que sea a la vez tan importante, tan universal y tan poco comprendido, como la lucha por la existencia que se libra continuamente entre todos los seres organizados.
A la mayoría de las personas la naturaleza les parece tranquila, ordenada y pacífica. [...]
Pero no ven, y casi nunca piensan, en los medios por los cuales se produce esta belleza, armonía y disfrute.
No ven la búsqueda constante y cotidiana de alimento, el fracaso en la obtención que significa debilidad o muerte; el esfuerzo constante por escapar de los enemigos; la lucha siempre recurrente contra las fuerzas de la naturaleza (Wallace, 1889, p.
El papel de la variación en estado doméstico se vuelve fundamental en esta propuesta, como una manera de incrementar las variaciones, en un proceso que se da tanto de manera consciente como inconsciente por parte del ser humano (Wallace, 1889, pp. 83-101).
Un punto importante que resalta Wallace es el caso de la divergencia de carácter, que para él tiene dos propósitos:
En primer lugar, permite que una especie que está siendo superada por los rivales, o está en proceso de extinción por los enemigos, se salve adoptando nuevos hábitos u ocupando lugares vacantes en la naturaleza.
Este es el efecto inmediato y obvio de todos los numerosos ejemplos de divergencia de carácter que hemos señalado.
Pero hay otro resultado menos obvio, que es que cuanto mayor sea la diversidad de los organismos que habitan en un país o distrito, mayor será la cantidad total de vida que se puede mantener allí (Wallace, 1889, pp. 109-110).
Ahora, una de las diferencias más notorias de la obra es que desde el inicio expresamente define qué es una especie, algo que Darwin no hizo de manera explícita en su obra de 1859.
La intención inicial de Wallace es proporcionar una base conceptual a partir de la que cualquiera pueda entender realmente los alcances de la teoría.
A partir de las propuestas del botánico suizo Augustin Pyrame de Candolle (1778-1841) y del zoólogo británico William John Swainson (1789-1855) resalta que una especie se distingue en primera instancia por una morfología particular, y por la particularidad de cruzarse entre individuos del mismo tipo, lo que permite que los individuos se parezcan a sus progenitores (Wallace, 1889, pp. 1-2).
Es importante señalar que esta idea no era nueva para Wallace, en la medida en que ya las había desarrollado en términos similares tanto en su "cuaderno de especies", escrito entre 1855 y 1859 (Wallace, 2013b), en sus estudios sobre las mariposas de la familia Papilionidæ (Wallace, 1865; Mallet, 2009), y de manera muy clara y concisa en la discusión que hace sobre lo que denomina "leyes y modos de la variación" en 1870, en donde define a la especie verdadera como: "Las especies son simplemente aquellas razas o formas locales fuertemente marcadas que cuando están en contacto no se entremezclan, y cuando habitan áreas distintas se cree generalmente que han tenido un origen separado, y que son incapaces de producir una descendencia híbrida fértil" (Wallace, 1870, p.
Dado que una parte importante de los objetivos de Wallace con Darwinism era el afirmar la validez de las explicaciones seleccionistas, siempre bajo un marco estrictamente utilitarista, defendió a ultranza la utilidad de las adaptaciones, en lo que posteriormente se denominó como adaptacionismo.
La defensa del principio de utilidad, que tantas críticas le han generado a Wallace en términos historiográficos, no es sino la extensión de lo afirmado por el propio Darwin, cuando en Origins afirma que la selección natural no puede producir ni una estructura dañina a un organismo ni una estructura que sea demasiado perfecta de acuerdo con las necesidades de un organismo en una etapa particular de su desarrollo evolutivo (Darwin, 1859, pp. 201-202; Fichman, 2004, p.
Para Wallace entonces, todas aquellas características que no representen utilidad para los organismos, serán inestables y consecuentemente, desparecerán por la acción de la selección natural (Wallace, 1889, pp. 138-142).
Otro aspecto importante de la explicación de Wallace fue el papel de la infertilidad entre diferentes especies: "[l]a esterilidad entre especies cercanas era resultado de la acción de la selección natural; y pensaba que los distintos grados de esterilidad eran pasos graduales hasta llegar a la esterilidad absoluta, y que esas variaciones en los niveles de esterilidad podían acumularse y ser favorecidas por la selección natural" (Darwin y Wallace, 2009, pp. 28-29).
En los términos del propio Wallace:
Si aceptamos la asociación de algún grado de infertilidad, por leve que sea, como un acompañamiento no poco frecuente de las diferencias externas que siempre surgen en un estado de naturaleza entre variedades y especies incipientes, se ha demostrado que la selección natural tiene poder para aumentar esa infertilidad de la misma manera que tiene poder para aumentar otras variaciones favorables.
Este aumento de la infertilidad será beneficioso siempre que surjan nuevas especies en la misma zona que la forma parental; y así vemos cómo, de las cantidades fluctuantes y muy desiguales de infertilidad correlacionadas con las variaciones físicas, puede haber surgido esa cantidad mayor y más constante que parece caracterizar normalmente a las especies bien marcadas (Wallace, 1889, p.
Todo lo anterior, era sustentado en dos conjuntos de evidencias, que fueron clave tanto para Darwin como para Wallace desde su inicio como naturalistas: la geografía y la geología.
Sobre esta última, vale la pena recordar lo mencionado anteriormente en este trabajo sobre la influencia clave de la obra de Charles Lyell, que, planteó ideas como el tiempo profundo y el gradualismo, conceptos que permitieron tanto a Darwin como a Wallace entender la naturaleza de los fósiles y la extinción, aunque uno de los problemas comunes a que se enfrentaron ambos fueron los huecos en el registro fósil.
A esto último, con gran optimismo, Wallace decía que con el paso del tiempo las evidencias necesarias para llenar esos huecos se irían descubriendo (Wallace, 1889, p.
Por otro lado, la geografía, es posiblemente el área donde mayor reconocimiento ha tenido, de la que se le reconoce como "padre de la biogeografía", o por lo menos de la zoogeografía.
Wallace proporciona con esto una síntesis de zoología, geología y evolución por selección natural, que da como resultado un marco causal a partir del cual explicar la distribución de los organismos en términos evolutivos (Fichman, 2004, p.
Esto permitiría la consolidación de regiones zoológicas en términos geográficos (Wallace, 1889, pp. 348-349) que le permitirían explicar diferencias regionales, como las existentes entre el sur de Asia y Oceanía, lo que en su momento fue denominado como "línea de Wallace" (Fichman, 2004, p.
Hay dos temas que destacan dentro del discurso darwiniano de Wallace: su contundente rechazo al lamarckismo y el controvertido caso de la evolución humana.
Es de sobra conocido que el rechazo a los mecanismos lamarckianos fue una de las grandes diferencias entre la propuesta de Wallace y la de Darwin.
Wallace consideraba que no existían suficientes evidencias en la naturaleza que pudieran explicar realmente la herencia de caracteres adquiridos, o el uso y el desuso de ciertas características que posteriormente serían heredadas, más allá de similitudes morfológicas (Wallace, 1889, pp. 411-423).
Las críticas eran dirigidas particularmente al polímata británico Herbert Spencer (1820-1903) y al anatomista y paleontólogo estadounidense Edward Drinker Cope (1840-1897), como los principales difusores de esas ideas a finales del siglo XIX.
Sobre la imposibilidad de la herencia de caracteres adquiridos, retoma la propuesta de Weismann para afirmar que "un resultado lógico de la teoría [de la herencia] es la imposibilidad de la transmisión de caracteres adquiridos, dado que la estructura molecular del germoplasma está ya determinada dentro del embrión" (Wallace, 1889, p.
440), con lo que buscaba dar una respuesta actualizada sobre las explicaciones lamarckianas.
Sobre el caso del ser humano, vale la pena resaltar que, a pesar de los diversos intereses académicos de Wallace, estudiar al ser humano en sus más variados aspectos fue el eje fundamental de su labor como naturalista (Rodríguez Caso, 2019, p.
El primer paso para Wallace es reconocer la "animalidad" del ser humano, en virtud de las evidencias morfológicas disponibles, que sobre todo permiten ver las continuidades – haciendo hincapié en los órganos rudimentarios y las variaciones en los mismos a lo largo del tiempo – entre diferentes especies animales, aunque planteando ya una distancia con la propuesta de Darwin: "El punto que quiero especialmente llamar la atención es que, probar la continuidad y el desarrollo progresivo de las facultades intelectuales y morales de los animales al hombre, no es lo mismo que probar que estas facultades hayan sido desarrolladas por selección natural" (Wallace, 1889, p.
Esta afirmación tiene que verse a partir de una defensa a ultranza del gradualismo como la forma de explicar el proceso evolutivo, y es que la explicación de Wallace sobre el origen y desarrollo de facultades intelectuales como la capacidad matemática, musical y artística no surgieron a partir de "condiciones rudimentarias" en grupos de "salvajes", sino que "aparecen casi de repente y en perfecto desarrollo en las razas civilizadas más avanzadas" (Wallace, 1889, p.
En cierta medida, Wallace abre la discusión sobre el papel que juega la cultura – o más propiamente, el avance cultural – en el desarrollo pleno de capacidades de los seres humanos.
Wallace admite entonces que: "No cabe duda de que la continuidad admitida del progreso del hombre desde el bruto no admite la introducción de nuevas causas, y que no tenemos pruebas del cambio repentino de la naturaleza que tal introducción provocaría" (Wallace, 1889, p.
474), y define que el proceso evolutivo del mundo orgánico se debe entender en tres etapas: 1) el cambio de lo inorgánico a lo orgánico, 2) la introducción de la sensación o conciencia, y 3) la aparición de características distintivas del ser humano (Wallace, 1889, p.
El cierre del libro, a pesar de que la intención inicial es defender las ideas de Darwin, deja clara la particular manera en la que Wallace va a entender su darwinismo:
Encontramos así que la teoría darwiniana, incluso cuando se lleva hasta su conclusión lógica extrema, no sólo no se opone a la creencia en la naturaleza espiritual del hombre, sino que le presta un apoyo decidido.
Nos muestra cómo el cuerpo del hombre puede haberse desarrollado a partir del de una forma animal inferior bajo la ley de la selección natural; pero también nos enseña que poseemos facultades intelectuales y morales que no podrían haber sido mayormente desarrolladas, sino que deben haber tenido otro origen; y para este origen sólo podemos encontrar una causa adecuada en el universo invisible del Espíritu (Wallace, 1889, p.
WALLACE Y SU "NO INFLUENCIA" EN LAS DISCUSIONES MODERNAS
Los elementos planteados por Wallace en Darwinism son una extensión de los planteados por el propio Darwin, en la medida en que como ya se mencionó, la intención de la obra era aclarar las propuestas presentadas sobre todo en El origen de las especies, pero es claro que sobre todo en temas como la herencia y el caso del ser humano, es la visión muy personal de Wallace la que se impone.
Ahora bien, los elementos defendidos por Wallace en Darwinism, y que conformaron la base del neodarwinismo de finales del siglo XIX, como la importancia absoluta del mecanismo de la selección natural, el concepto biológico de especie, el énfasis en el aspecto utilitarista de las adaptaciones, la divergencia de caracteres, o la aparición de características en los seres humanos como el lenguaje como parte de un proceso cultural, están presentes en formas muy similares dentro de las propuestas que resultaron en la base conceptual de los puntos básicos defendidos por la Síntesis Moderna de la evolución a mediados del siglo XX.
Recientemente, con la excusa del centenario del fallecimiento de Wallace, se hicieron recuentos que buscaron valorar el lugar de Wallace dentro de la biología evolutiva moderna (Ruiz, Noguera y Rodríguez, 2015), aunque es claro que el resultado fue que, a pesar de los posibles avances históricos alrededor de la figura y la obra de Wallace, se mantiene largamente ignorado (Kutschera y Hossfeld, 2013; Hossfeld y Osslon, 2013), por cuestiones que parecen ir encaminadas, de manera implícita o explícita, por el "descrédito" generado por sus intereses "extra-cientificos".
Si se hace caso a esto último, se promueve así una visión anacrónica de la historia de la ciencia.
Wallace, como cualquier otro personaje histórico – o de hecho, como cualquier otra persona – es complejo, y juzgarlo a la distancia a partir de sesgos contemporáneos, es injusto.
Si se parte de las propias evidencias proporcionadas por Wallace en obras como Darwinism, como el concepto de especie biológica, el énfasis en el gradualismo, la importancia de la selección natural por encima de los mecanismos lamarckianos, entre otros, por lo menos queda la impresión de que en su papel de neodarwinista, sentó las bases de buena parte de las discusiones que se dieron alrededor de temas evolutivos hacia finales del siglo XIX y principios del XX.
Una reconstrucción histórica no implica remover personajes o teorías, ni validar las propuestas bajo premisas contemporáneas.
Por ejemplo, conocer un poco más las ideas de Wallace no le resta ninguna importancia a lo dicho por Darwin, sino por el contrario, se propicia una mejor comprensión de las discusiones científicas en el siglo XIX británico.
El punto es buscar las conexiones que se dieron en su momento, y, sobre todo, desentrañar la compleja trama en la que se crean las diferentes historias, no solamente de personajes de sobra conocidos, sino de todos aquellos que han contribuido al desarrollo de la ciencia.
Wallace, como tantos otros personajes, está todavía por ser descubierto en toda su extensión, en la medida en que, por ahora, tenemos solamente algunos pequeños reflejos de su amplia y diversa labor como naturalista.
Sin embargo, no se debe olvidar que en su época a partir de su incansable labor como defensor y promotor de las ideas de Darwin se ganó el título del "primer darwinista", una descripción que podríamos replantear como el "más influyente intérprete del darwinismo". |
PIEZAS OWENIANAS EN EL ROMPECABEZAS DARWINIANO
En este trabajo discutimos la extensión de la influencia que el pensamiento de Richard Owen tuvo sobre el de Charles Darwin.
Además, se intentará mostrar lo heterogéneo de tal influencia, que va desde teorías específicas a giros retóricos.
Esta influencia es en muchos casos subestimada, dando la sensación de que la novedad darwiniana consistió únicamente en mirar con ojos desprejuiciados lo que los otros no habían visto.
Esta visión resulta injusta con Owen, y también con el esfuerzo conceptual llevado adelante por Darwin con las piezas brindadas por sus precursores.
Finalmente, este es un caso interesante para entender el tipo de novedad aportada por las revoluciones científicas y el modo sofisticado en que tal novedad se sustenta sobre el trabajo de los enfoques previos.
La revolución darwiniana es probablemente el caso de revisión más abrupto de los registrados en la historia de la ciencia.
Una vez concluida (en la medida en que pueda admitirse que concluyó), el mundo predarwiniano se volvió extraño, de una racionalidad difícil de inteligir.
Otra característica peculiar de esta revolución es que se piensa alrededor de un único héroe.
Esto se debe a que casi todos los elementos que configurarían el "nuevo mundo" fueron presentados de manera extensa y convincente en un único libro: El origen de las especies (OS en adelante).
El resto de los guerreros, incluso quien codescubrió su teoría más famosa, aceptaron su subordinación al autodenominarse "darwinianos".
El calibre de esta revolución lleva a pensar que el genio de Darwin consistió en mirar de modo desprejuiciado aquello que a sus pares permanecía oculto, probablemente porque la pesada herencia obnubilaba su visión.
Como su maestro Lyell, que había intuido que la erosión suave y el tiempo extenso podrían configurar cañones cuya enormidad parecían implicar catástrofes, Darwin había notado que leves variaciones en ese tiempo profundo podrían configurar lo que por su enorme complejidad sólo parecía poder haber surgido por un diseño preconcebido y deliberado.
El "cómo no se me ocurrió a mí" de Huxley va en la misma doble dirección: el darwinismo sería un producto único que habría surgido espontáneamente en la mente de su creador.
Aunque Thomas Kuhn nos advierte de no caer como historiadores de la ciencia en el maniqueísmo de las historias oficiales que se tejen como legitimadoras de las teorías científicas triunfantes, su presentación general de la naturaleza de las revoluciones en ciencia (aunque no así los trabajos en los que aplica su enfoque a casos específicos) suele caracterizarse como revisiones disruptivas que abandonan vanos esfuerzos pasados.
Sin embargo, concediendo que existen diversos tipos de inconmensurabilidad entre paradigmas sucesivos, y que eso lleva a que no exista ningún modo objetivo de compararlos, si la revisión fuese absoluta, no habría modo alguno (local o subjetivo) de comparación, lo cual dificultaría entender cómo es que alguna revolución es siquiera posible.
Kuhn (1970) tiene este punto en claro, y autores posteriores como Larry Laudan (1984) lo enriquecieron al mostrar cómo las revoluciones nunca revisan todo, utilizando lo no revisado como plataforma móvil, frágil e intersubjetiva, desde la cual la discusión es posible.
Este punto es especialmente relevante para nuestro caso.
Pues si queremos entender el genio de Darwin, la imagen del científico despertando con un "eureka" con lo fundamental del paradigma por venir, sencillamente no es adecuada.
No lo es, porque no se condice con el lento esfuerzo plasmado en correspondencias y notas; y no lo es, porque omite la importancia de los enfoques previos que Darwin decide desarrollar.
No tomar en cuenta esto implica no sólo ser injustos con los gigantes sobre cuyos hombros Darwin se asienta, sino que, además, nos lleva a una imagen falsa de su propio método y de la naturaleza de su genialidad.
Por otro lado, el héroe que crea ex nihilo no es uno que genere escuela, uno que sirva de modelo a seguir.
La tarea de Darwin, en cambio, constituye un hermoso ejemplo para todos quienes quieran pensar original, osada y críticamente.
En realidad, Darwin construye su edificio bebiendo de fuentes diversas.
En esta contribución trataremos una de ellas: la de Richard Owen, que probará ser especialmente interesante por varias razones:
En primer término, porque la historia ha sido especialmente injusta con él (Darwin incluido), probablemente debido a que se convirtió en opositor al darwinismo.
En segundo lugar, porque a pesar de ser reconocido como un enemigo del nuevo programa, Owen fue en algún sentido limitado, pero genuino, su precursor; y nos hemos propuesto aquí explicitar en qué sentido heterogéneo es que decimos tal cosa.
En tercer lugar, este estudio mostrará lo complejo que resulta discutir las influencias de parte de convicciones previas.
Owen es un autor predarwiniano, que habita el mundo platónico de arquetipos, cadena del ser, diseño, etc. La reinterpretación que realiza Darwin sobre sus ideas es extrema, porque inaugura una nueva mirada; y a la vez, mínima, porque se aprovecha y mucho del trabajo realizado por Owen (y otros) casi sin modificación.
Colaborar con entender la extensión de la influencia de Owen sobre Darwin, y con la elucidación de su naturaleza, es el objetivo de nuestro trabajo.
Concretamente, mostraremos cuánto del contenido conceptual del paradigma reemplazado –siempre acotándonos a las contribuciones de Owen– se encuentra heredado en el contenido conceptual del paradigma evolucionista reemplazante.
A partir de esta conmensurabilidad parcial, reflexionamos acerca de la naturaleza de esta revolución científica particular confiando en que tal cosa permitirá entender mejor el modo en que se construyen los nuevos paradigmas.
El escrito está organizado del siguiente modo.
En primer término (sección 2), comentamos brevemente el posicionamiento de Owen y Darwin respecto del debate forma-función.
Luego, en segundo lugar, pasamos a explicitar la deuda de Darwin para con Owen, tratando de elucidar su significación metateórica.
Veremos cuánto de las obras de este último (prominentemente, Owen, 1843; 1847; 1849) es utilizado/reciclado por parte de Darwin en OS, incluso en aquellos aspectos teóricos en los que se diferencian.
Tematizamos aquí influencias diversas relativas a: teorías subyacentes (sección 3), estrategias ofensivas (sección 4), argumentos explicativos (sección 5), el ordenamiento de la biodiversidad (sección 6), las fuerzas actuantes en la naturaleza (sección 7) y cuestiones programáticas (sección 8).
Finalmente, ofrecemos nuestras conclusiones.
OWEN Y DARWIN FRENTE AL CONFLICTO FORMA Y FUNCIÓN
El debate entre forma y función que permeó a la Europa continental durante varias décadas antes de la aparición de OS, tuvo su versión inglesa en el choque entre dos líneas de investigación.
Una, con asiento en Oxford y Cambridge, acentuaba la relevancia del funcionalismo a la hora de pensar la biodiversidad; y otra, en Edimburgo, que hacía lo propio con el formalismo.
Ambos enfoques, aparentemente irreconciliables, contribuyeron empero con un suelo fértil para el florecimiento del creacionismo en dos sentidos (Rupke, 2009b).
Por un lado, el énfasis en la estructura común de los organismos llevó a pensar que había un solo arquitecto detrás de la creación, y no muchos.
Es aquí, y en deuda con autores continentales tales como Johann von Göethe, Carl Carus, Lorenz Oken, Félix Vicq d'Azyr, Geoffroy Saint-Hilaire y Étienne Serres, donde encontramos la enorme obra de Richard Owen.
Owen, justamente (y apartándose en esto de sus precursores), afirmó, en primer lugar, que el encuentro de la estructura constante en el grupo Vertebrata revela que existe "una sola causa de toda organización" (Owen, 1849, p.
En segundo término, Owen propuso que el plan base del creador era susceptible de ser descubierto científicamente merced a un nuevo programa en anatomía comparada (Owen, 1849, p.
En tercer lugar, Owen pretendió haber encontrado dicho plan en el arquetipo, un modelo –abstracto, según su propia adjetivación (Owen, 1849, p.
82)– a partir de cuya modificación, pérdida o enriquecimiento de partes se moldearon todas las formas del grupo.
Por otro lado, el enfoque funcionalista y su irrestricta búsqueda de "oficios" para virtualmente cada rasgo, fortaleció la confianza en la teología natural (cuéntese aquí los textos de John Ray, William Paley, o los Bridgewater Treatises) que infería a partir del ajuste entre rasgo y ambiente, el diseño de un constructor.
La existencia y protagonismo de un creador inteligente se concluye a partir de la innegable adecuación de los organismos a sus respectivos roles en la naturaleza.
Owen también adhería a esta postura (entonces un tanto relegadas), pero con dos mayúsculas notas al pie: (1) el origen de no todo rasgo habría de explicarse por razones funcionales, y, (2) el origen de rasgos que sí son funcionales (adaptaciones) han de explicarse por causas secundarias: el creador "previó" las distintas formas, pero no las creó individualmente ex nihilo de manera directa.
En parte es por eso que, a su tiempo, a Owen no lo escandalizarán ni en el transformismo ni el naturalismo de Darwin.
Ambos creacionismos son compatibles: un anteproyecto divino es perfectamente integrable con el argumento del diseño (Rupke, 1993, pp. 248–249; 2009b; Bowler 2013), ya sea en la forma de creación especial o por causas secundarias.
Como veremos, durante la década de 1840, Owen intentó justamente ligar el formalismo con el funcionalismo.
La revolución darwinista vino a cambiarlo todo en muchos sentidos.
Acotándonos sólo al ámbito que venimos comentando, nos interesa subrayar:
(1) Darwin ofreció dos explicaciones científicas para ambos fenómenos: la teoría de la selección natural explicará la emergencia de las estructuras y sus roles en la economía de la vida, desplazando la teología natural derivada de la creación especial (que estrictamente no era, reiteramos, lo que Owen defendía); y la teoría del origen en común explicará la presencia de estructuras compartidas que reflejan un patrón común distinguible en la biodiversidad, desplazando la teoría arquetípica de Owen.
(2) En lo que puede considerarse uno de los esfuerzos más notables de unificación en la historia de la ciencia, Darwin logró mostrar lo que Owen sólo pudo vislumbrar: que las dos parcialidades del debate no eran excluyentes ahora fuera del marco creacionista.
Por el contrario, ambos enfoques eran perfectamente armonizables, y podrían/debían aceptarse como facetas distintas, pero igualmente legítimas de la biología.
Todos los rasgos organísmicos, forma y función, similitudes y diferencias, son resultados de una historia evolutiva, enlazándose así las dos posturas antes interpretadas como en conflicto.
En tanto que el objetivo compartido era acercar posiciones en la discusión dicotómica más importante de la época (ver sección 8); y en tanto Owen se ocupó del tema antes que Darwin, es que resulta deseable evaluar en qué sentido puede defenderse que aquel es precursor de este.
Fuera de las interpretaciones de los historiadores, los precursores del darwinismo son listados por el propio Darwin en el Historical Sketch que incluyera en OS a partir de 1861.
Allí aparece, entre otros, el nombre de Owen, aunque involucrado en un relato que Darwin fue cambiando en sucesivas ediciones.
En las secciones que siguen esperamos mostrar en qué medida el número y la profundidad de tales influencias han sido mayor e injustamente desmerecidas por muchos, en cierta medida, como veremos, Darwin incluido.
El modo más contundente de señalar influencias sobre un autor es mostrar su aceptación de teorías previas.
Sin embargo, en las discusiones de corte kuhniano, esto resulta difícil de identificar tal vez por la renuencia de los enfoques historicistas a dar cuenta de la estructura de las teorías.
Para empeorar las cosas, el mismo Darwin no se esfuerza en distinguir entre las diferentes teorías que sostiene.
Esto es bastante usual: muchas veces sucede que las teorías utilizadas en la práctica científica nunca son explicitadas, operando como conocimiento tácito, al modo en que lo hacen las reglas gramaticales de un lenguaje.
Esto suele ocurrir especialmente con teorías presupuestas en la determinación de los fenómenos de los que se quiere dar cuenta: se vuelven parte del arsenal implícito con el cual el científico categoriza lo que ha de explicar; y que son caracterizados, ingenuamente, como "hechos" (Blanco, 2011).
La primera influencia (que es también la más notable) que Owen tuvo sobre Darwin es de este tipo.
Darwin acepta sin modificación alguna las teorías owenianas que permiten detectar homologías, concretamente, lo que Owen denomina "homologías especiales".
Esta conexión es la más discutida en el ámbito metateórico, prominentemente por la relevancia que tiene para juzgar la acusación contra la teoría del origen en común de incurrir en circularidad explicativa, cuestión heredada también en discusiones contemporáneas acerca de la cladística (cf. Rupke, 2009b; Pearson, 2010; Roffé et al., 2018; Roffé, 2020).
El punto es que el modo en que Owen caracteriza las homologías –que, como esperaríamos, no hace mención alguna al monofiletismo– se ve heredado sin modificación en Darwin (Blanco, 2012).
Por el contrario, estas homologías no-históricas constituyen una conceptualización que Darwin incorporó en sus extensos estudios anatómicos de los cirrípedos (Darwin, 1851); en 1859, escribió de ellas aproblemáticamente, eran los "hechos" a explicar; y, en la última edición del libro, aprobó la inclusión de un glosario escrito por William Dallas donde aparecen descritas (cf. Darwin, 1872, pp. 383–386; Wood, 1995; Griffith, 2007; Padian, 2007).
Para el diagnóstico de homologías, Owen utiliza mayormente la receta de Saint-Hilaire que referencia una constancia en la posición relativa y conexión entre las partes de un rasgo (Owen, 1847, p.
Este protocolo de reconocimiento constituye una arista heurística para una "anatomía comparada homológica", y Owen propone una estandarización terminológica destinada a reflejar el reconocimiento de los mismos huesos en toda la serie Vertebrata.
Darwin (y en gran medida también los sistemáticos del presente) debe la determinación de homologías a los criterios operativos sistematizados por Owen, disponibles con anterioridad a 1859, y de los que se apropia acríticamente, asumiéndolos como fenómenos del mundo que los usuarios de la teoría del origen en común pretenderán explicar.
De este modo, Darwin coincide con Owen tanto en que hay unidad en la diversidad, como en la manera en que hemos de proceder para detectarla.
Darwin también apela a estrategias argumentativas owenianas (resignificándolas) cuando se ocupa de negar ciertas explicaciones para la presencia de homologías.
Owen menciona tres alternativas (Owen, 1849, p.
(1) Aparecieron por casualidad.
(2) Aparecieron para cumplir funciones adaptativas compartidas (principios cuvieranos).
(3) Son manifestaciones de un tipo superior de conformidad estructural orgánica sobre la cual "ha complacido al creador enmarcar algunas de sus criaturas vivientes".
Owen no se toma siquiera una línea para refutar al azar, la primera alternativa.
Sobre la segunda alternativa, la explicación funcionalista, la juzga insatisfactoria.
Como justificación, esgrime el caso de los múltiples puntos de osificación en el cráneo del feto humano.
En principio, el funcionalista podría argumentar que la osificación tardía facilita el trabajo de parto para la madre.
Pero esta explicación es inapropiada porque la situación se replica en las aves (donde no hay función paralela para la osificación vinculada con la rotura del huevo); en los pequeños embriones de marsupiales (donde el parto no es riesgoso para la madre); y también en cocodrilos y muchos peces.
La hipótesis funcionalista simplemente no da cuenta de estas concordancias homológicas (Owen, 1847, p.
Ingeniosamente, concluye que la unidad de tipo denuncia la inadecuación de la entonces muy empleada analogía entre el diseño natural y el diseño humano (Paley, 1802): cuando construimos un dispositivo con cierta funcionalidad en mente desde cero, por separado de otras construcciones, no estamos atados al modo en que se hicieron otros aparatos.
Si el diseño natural fuera como el humano, y por lo tanto "el único principio que gobierna la organización" fuera el funcional, no habríamos de esperar encontrar conformidad en las distintas adaptaciones a distintos fines.
Sin embargo, en la naturaleza sí hay una constricción: la construcción de un ala, un remo, o un brazo se efectúa con las mismas porciones óseas, con las misma "materia prima" básica.
Luego, la acción del creador no es analogable a la acción de un arquitecto humano.
Descartada la explicación funcionalista, Owen se inclina por la tercera alternativa, la explicación estructural.
Concluye que la "hipótesis más probable" para explicar la unidad que revela la anatomía comparada es que existe una ley general de conformidad respecto del arquetipo vertebrado, el (único) plan básico predeterminado en la mente del (único) creador.
Como comentamos en la introducción, Owen cree que el creacionismo está todavía a salvo si suponemos que el creador se basó en un plan original para derivar la biodiversidad.
Sin embargo, nótese que una vez que se acepta la unidad de tipo, la teleología experimenta una subordinación con el estructuralismo impensable en autores como George Cuvier o Paley.
Darwin, por su parte, concuerda con Owen sobre las primeras dos alternativas, y lo hace citándolo.
El azar es insatisfactorio, como también lo es el funcionalismo (Darwin, 1872, p.
Alude incluso a exactamente el mismo ejemplo que introdujera Owen para descartar la explicación adaptativa: las suturas craneales en organismos que no nacen a través de un canal de parto estrecho (Darwin, 1859, p.
Aunque Darwin sigue al pie de la letra a Owen en lo que niega: ni el azar ni el funcionalismo pueden explicar estas similitudes, utiliza la estrategia argumentativa en dirección no de los arquetipos sino del origen común (ver sección 5.1).
Ron Amundson nota incluso algo más: si bien hacia 1844 Darwin había visto que la unidad de tipo podía ser explicada por ancestría en común, probablemente sea gracias a Owen que asumiera la incapacidad de dar cuenta de ésta adaptativamente (Amundson 2007; Appel, 1987).
Señalemos la magnitud de la incomunicación que puede existir en discusiones entre enfoques opuestos en un período revolucionario.
Inconmensurabilidad mediante, no sólo ocurre que científicos pertenecientes a distintas tradiciones apelan a diferentes conjuntos de argumentos en su beneficio.
En este caso, el mismo tipo de argumentos que para Darwin apuntaba hacía ancestros terrenales e imperfectos, apuntaban para Owen a la mente divina.
Veremos en la sección siguiente, sin embargo, que las semejanzas importantes se encuentran no sólo a nivel de teorías subyacentes y/o a nivel de estrategias argumentativas, como hemos visto hasta aquí, sino también a nivel de las explicaciones ofrecidas para dar cuenta de la unidad de tipo.
INFLUENCIAS A NIVEL EXPLICATIVO
La conexión entre arquetipos y ancestros
Aunque coinciden en lo que niegan, Darwin y Owen defienden explicaciones distintas.
Sin embargo, advertiremos que a pesar de la disparidad queda el resabio indisimulable de otra notable coincidencia, difícil de caracterizar metateóricamente.
Primeramente, Darwin objeta la alternativa creacionista de Owen por razones de cientificidad, y lo hace utilizando explícitamente sus palabras:
La perspectiva ordinaria de la creación independiente de cada ser, sólo podemos decir que así son las cosas; que le ha complacido al Creador construir a todos los animales y las plantas en cada clase abarcante en base a un plan uniforme; pero esta no es una explicación científica.
Debe haber, entonces, una cuarta alternativa que Owen no advirtió.
David Hull (1973) y Amundson (1998) coinciden en que mientras se considere al plan (el esquema arquetípico abstracto) como un pensamiento generado en la mente de un creador, podría considerarse que se dispone de una explicación.
Ahora bien, sacar a Dios de la escena no implica renegar del plan.
Ahora el plan, más que constituir una explicación, es un fenómeno que demanda de una, algo que Owen no provee en términos aceptables para Darwin.
La explicación de Darwin es, claro está, la ancestría en común y la consecuente preservación hereditaria.
Es en esto que damos con la concurrencia: Darwin, con la teoría de comunidad de origen, no hace más (ni menos) que "corporizar" lo que Owen idealizó (hay algunos matices sobre esto que serán introducidos luego).
El arquetipo de Owen es ahora un ancestro remoto de todos los organismos que comparten el plan Vertebrata.
En el margen de su copia de On the Nature of Limbs, Darwin escribió:
Veo a los arquetipos de Owen como algo más que ideales, los veo como una representación real en tanto que una habilidad consumada y una generalización elevada pueden representar la forma parental de los vertebrados.
Si suponemos que el progenitor ancestral, el arquetipo, como se lo ha llamado, de todos los mamíferos, poseía sus miembros construidos sobre un patrón general existente, para cualquier propósito al que pudieran servir, podemos percibir rápidamente el pleno significado de la construcción homóloga de los miembros a través de la clase entera.
Darwin reemplaza el plan anatómico abstracto de Owen por un ancestro real, de "carne y hueso", conservando el resto de las intuiciones, incluyendo el término "arquetipo".
En resumen, el conjunto de homologías en Vertebrata preserva su modo de determinación y extensión, con independencia de que sus elementos remitan a una figura arquetípica en la mente del creador o a un ancestro en común.
La "forma básica" y el lugar de los humanos
2) ha sido cuestionado por el hecho que su arquetipo, a diferencia, p.e., del de Joseph Maclise, es mínimo, elemental, incipiente, y no completo y acabado como requeriría un platonismo auténtico (Rupke 1993, pp. 235, 243).
La diversificación se obtiene más por modificación y agregado de partes, que por sustracción.
No se trata de la suma de todos los endoesqueletos de la naturaleza, sino de un patrón básico compartido.
Mientras que Maclise vincula al arquetipo con el esqueleto humano (el que supone el más completo y de mayor organización, que es lo que correspondería a un platonista genuino, el ejemplar más perfecto), Owen lo aparta de él.
Poco tiene en común la noción de comunidad de origen darwiniana con un arquetipo de corte platónico como el de Maclise, en donde el arquetipo es la versión más plena y perfecta.
En cambio, su relación con el arquetipo oweniano, aunque compleja, es mucho más cercana.
Al igual que Owen, Darwin sostiene que el ancestro común remoto en casos de grupos amplios (como Vertebrata) debió haber sido extremadamente simple (Darwin, 1859, pp. 330–331).
Cuanto más complicado el esqueleto, más diferenciado estará de dicho antecesor.
Además, ambos admiten la complejización, agregado, y pérdida de partes, por lo que ninguno sostiene el aumento de complejidad como flecha del tiempo.
La intuición de Darwin es la de Owen, sólo que liberada de todo platonismo.
Tanto el individuo remoto como la noción arquetípica unifican al mismo grupo de idéntica amplitud.
La coincidencia está en la caracterización de simplicidad tanto del esbozo general como del ancestro primigenio.
Por otra parte, el modo en que Owen incluye a los humanos en la escena no debe desdeñarse.
Éstos, en tanto que organismos extremadamente especializados, están en el ápice de la diversidad (Owen, 1843, p.
Por eso es que Owen insiste en que la anatomía comparada del grupo Vertebrata habría de ser útil a la medicina (Owen, 1843, p.
Aprendemos acerca de los humanos estudiando al pez, pues en ambos es detectable el mismo arquetipo, el mismo plan básico (Owen, 1849, pp. 110–119).
En este contexto, Owen se preocupa en mostrar el cariz empírico de su programa anatómico: rastrear el arquetipo desde el hombre al pez no es "un mero sueño trascendental, sino un conocimiento genuino y el fruto legítimo de la investigación inductiva" (Owen, 1849, p.
Darwin, por supuesto, pondría a los humanos como parte del mundo animal (relativizando sus privilegios), aunque inicialmente apenas haya aludido a las consecuencias que conllevaría esta inclusión en su propia esfera transformista (Darwin, 1859, pp. 488).
En definitiva, ambos coincidirían en que la anatomía comparada tiene resultados prácticos para la medicina humana.
Primitivismo de la "forma básica"
Esto queda plasmado en su conocida representación del arquetipo de 1849 (ver Figura 1), el cual recuerda al por entonces recientemente descrito cefalocordado Amphioxus lanceolatus (Goodsir, 1844; Rupke, 1993; Padian, 2007).
El arquetipo de Owen según aparece en On the Nature of Limbs.
Dicho grabado refleja la herencia en Owen de la teoría de la vértebra de Oken y Goethe (Owen, 1849, p.
El arquetipo está compuesto por una serie de vértebras segmentadas desde el sacro al cráneo, y, ya sea el espécimen un pez, un reptil, un ave o un mamífero, remite a él (ver sección 8.1).
Esta composición secuencial del arquetipo es lo que Owen llama "homología general".
En On the Nature of Limbs, Owen presenta las modificaciones típicas del esqueleto de cada grupo, mostrando que el arquetipo es siempre rastreable, incluso "bajo todas sus modificaciones teleológicas".
Pero, otra vez, a mayor primitivismo, menor modificación respecto del bosquejo original, es decir, más claras las huellas de las retenciones esenciales (Owen, 1849, p.
Aunque no se manifiesta respecto de la teoría de la vértebra, Darwin concordará, como decíamos, en que las especies más primitivas nos ayudan a vislumbrar el aspecto del ancestro primitivo de todos los vertebrados.
A mayor simplicidad, normalmente (definitivamente no siempre) más troncal será su posición en el árbol de la vida, localización que lo vinculará con formas muy divergentes entre sí (cf. Darwin, 1859, pp. 330–331).
La construcción de una sistemática natural
Existen tres acuerdos principales entre Darwin y el formalismo de Owen respecto de la sistemática.
En primer lugar, Darwin se pone del lado de Owen en la cuestión general de que los sistemáticos deberían atenerse a aspectos estructurales, más que funcionales, a la hora de efectivizar su tarea, enfrentándose así a coro a Cuvier, una discusión que, como vimos en la sección 2, fuera de enorme relevancia en la época (Appel, 1987; Russell 1916; Asma 1996; Ochoa y Barahona 2009).
En segundo término, coinciden en el doble objetivo de la sistemática: ordenar, sí, pero también plasmar con ese ordenamiento algo significativo, algo "real".
Owen, al igual que Saint-Hilaire (y también Cuvier), estaba convencido de que los esfuerzos en anatomía serían de enorme utilidad para la construcción de una sistemática verdadera, esto es, una que no fuera un mero catálogo del caos de la biodiversidad, sino, desde una impronta realista, también un reflejo de algo que efectivamente está "ahí afuera".
La taxonomía debía revelar un orden natural, y no uno arbitrario según criterios artificiales forjados por cuestiones pragmáticas específicas cambiantes.
Independientemente de la discusión que existe respecto de la noción de especie en Darwin, éste afirma que "las clasificaciones no son un agrupamiento arbitrario como sucede con las estrellas en las constelaciones" (Darwin, 1859, p.
411), aceptando este realismo taxonómico.
Por supuesto, el cambio de arquetipos por ancestros involucra una importante novedad.
Lo que está "ahí afuera" que la taxonomía vendría a mapear son relaciones parentales.
Bajo la impronta distintiva del monofiletismo, Darwin dirá que "toda clasificación verdadera es genealógica" (Darwin, 1859, p.
400); es decir, una clasificación genuina, "natural", es la que reproduce los grados de parentescos que unifican todas las formas en un único árbol (o unos pocos árboles) de ascendencia en común.
Por último, en tercer lugar, Darwin se suma a Owen (1847, p.
139) en sostener el mismo criterio clave como guía para la clasificación: el encuentro de homologías desde la anatomía comparada (y la embriología y la histología), en oposición con el funcionalismo de Cuvier.
El resultado constituirá un esquema taxonómico que revele el distanciamiento que sus poseedores tienen respecto de un origen/plan compartido.
Que la explicación esgrimida para ese orden sea genealógica (Darwin) o trascendentalista (Owen) es irrelevante respecto de la posibilidad de organizar la biodiversidad bajo el mismo criterio que, al menos en principio, y como veremos en la siguiente sección, determinará un ordenamiento coincidente.
Cantidad de tipos en la naturaleza
No sólo hay acuerdo respecto del modo de ejecución en sistemática, sino que además no existen discrepancias sustantivas respecto de los resultados de dicho ordenamiento.
12) pensaba que había cuatro grupos identificables en la naturaleza, y aunque se concentró en el tipo ideal para los organismos con endoesqueletos, también anticipó que tal vez una tarea análoga podría efectuarse en los otros grupos.
Mantener estos tipos separados lo diferencia de Saint-Hilaire, de aceptar una cadena del ser sin hiatos, y/o de una concepción evolucionista que involucre a toda la vida.
¡Cuán vasto el hiato que separa al insecto del pez ápodo, el cangrejo de la tortuga, y el insecto volador del ave o el murciélago!
No existe un ascenso regular e ininterrumpido en la escala de la organización; ninguna continua cadena del ser. [...]
Ni siquiera con la idea que ahora tenemos de las formas vivientes que poblaron este planeta durante épocas pasadas remotas de su historia, se pueden completar todas las brechas que existen y conectar juntas en una serie linear los miembros existentes y extintas del reino animal.
Esta declaración no debe leerse como una oposición al cambio orgánico como un todo.
Por el contrario, a esta fecha (Richards, 1987), Owen está plenamente dispuesto a aceptar cierto transmutacionismo, tal vez no lejos de lo que pronto publicaría Robert Chambers.
56) sostiene que hubo un tiempo en la Tierra que los peces eran los únicos representantes del grupo, y que cambios subsecuentes en las condiciones de existencia provocaron modificaciones organísmicas.
Owen no niega vínculos entre miembros de uno y el mismo grupo, aunque sí respecto de vínculos entre los grupos.
La anatomía del pez puede enseñarnos de la de los humanos, pero no así la de los invertebrados en tanto que pertenecen a otro grupo de conexión inexistente con los humanos (Owen, 1843, p.
Por último, que Owen escriba precisamente de cuatro tipos (Owen, 1849, p.
87), es legado de Cuvier y de von Baer, quienes reconocen ese número exacto de formas: Vertebrata, Molusca, Articulata y Radiata.
Darwin, a su vez, preserva el número:
No puedo dudar de que la teoría de la descendencia con modificación abarca a todos los miembros de una misma Clase.
Creo que los animales han descendido de al menos cuatro o cinco progenitores, y que las plantas lo hicieron a partir de un número igual o inferior.
La analogía me llevaría un paso más allá, esto es, a creer que todos los animales y las plantas han descendido de un único prototipo.
Pero la analogía puede ser una guía engañosa. [...]
Debería inferir por analogía que probablemente todos los seres orgánicos que han vivido en esta tierra han descendido de una forma primordial, en la que la vida fue insuflada por primera vez.
Darwin veía difícil la unidad entre estos grupos, pero ensaya de todos modos la idea de un ancestro en común muy antiguo para todos los organismos.Para Owen, tal unidad es simplemente impensable, aunque admite la posibilidad de hacer un trabajo análogo al que él hizo con Vertebrata, en el seno de los otros tres grupos.
Después de todo, consideraba a su grupo preferido como la clase más diversificada (Owen, 1849, p.
52), por lo que si ha podido reconocer unidad de tipo allí, bien podría hacerse lo mismo en otros.
FUERZAS ANTAGÓNICAS EN LA NATURALEZA
Conservación y diversificación de las formas
El origen en común y la selección natural son antagónicas en un sentido análogo al advertido por Owen entre la fuerza conservadora ("polarizadora", "vegetativa") que retiene los rasgos arquetípicos, y la fuerza adaptativa que diversifica generando rasgos adaptados ("fitness", Owen, 1849, p.
38) a distintas funciones.
Estas dos fuerzas son las responsables, respectivamente, de la unidad y de la diversidad entre las especies (Amundson, 2007).
La idea platónica de un principio organizador específico o fuerza parecería estar en antagonismo con la fuerza general polarizadora, y la supera y la moldea en subordinación a las exigencias de la forma específica resultante.
Así, la fuerza adaptativa vence a la conservativa torciendo la homogeneidad.
Porque el instrumento debe estar en armonía con su oficio (Owen, 1849, p.
9), y, sin embargo, la modificación resultante no es lo suficientemente fuerte como para desdibujar completamente la unidad de tipo.
Esto garantiza la promesa heurística de su propio programa (Owen, 1849, pp. 44, 64): los cambios podrán ser muchos, pero el anatomista avezado siempre podrá diagnosticar estar frente al mismo rasgo en distintas formas según convenga a la función de turno.
Como se ve, Owen adopta –todavía vagamente– una suerte de evolucionismo adaptacionista, esto es, guiado por una organización especificadora y funcionalista.
Parece sugerir implícitamente que las especies, construidas todas en base al plan arquetípico (en On the Nature of Limbs, directamente es el modelo primigenio en la mente planificadora divina), han sido modificadas en direcciones adaptativas por una energía/fuerza de la naturaleza que procede de los individuos mismos.
Tengamos en cuenta que la sucesión de faunas en el registro fósil había sido aceptada a comienzos del siglo XIX, y que, como hemos dicho, Owen (1849, pp. 56, 60-62) explícitamente dice que hubo un tiempo en que los únicos vertebrados existentes eran los peces.
Aceptar ambas cosas, naturalmente, no involucra una adhesión al transformismo (Owen, 1849, pp. 55–63), pero el subsecuente papel diversificador que ocupa el adaptacionismo en su pensamiento ciertamente no está en conformidad con el fijismo.
Igualmente, para Darwin, las distintas formas son resultado de esas mismas dos fuerzas en operación: la unidad de tipo, y la adaptación.
Ambas son contempladas por sus dos teorías más importantes: la ancestría en común explica las semejanzas estructurales, y la selección natural esculpe adaptaciones en esas estructuras, explicando así la diversificación adaptativa.
La contraposición entre ambas fuerzas, aunque no su explicación, se lee claramente en Owen.
Dos diferencias importantes pueden subrayarse aquí:
(1) Para Darwin, la fuerza adaptativa viene "desde afuera", desde la exigencia ambiental, mientras que Owen la piensa como una fuerza inherente a los organismos.
(2) Para Darwin, la fuerza adaptativa es todavía más fuerte que la fuerza conservadora; más de lo que Owen estuvo dispuesto a admitir.
Con todo, más allá del poder disolvente relativo que pueda tener el adaptacionismo, ambos autores coinciden en lo que éste logra/intenta: velar los indicios de la existencia de un plan común/comunidad de origen.
En este sentido, Darwin está defendiendo algo bastante similar a lo que sostenía Owen, lo cual nos lleva al siguiente punto de contacto.
El papel desorientador del adaptacionismo
Owen advierte que las fuerzas adaptativas generan estructuras que, en su modificación, borran las pistas arquetípicas que contribuyen a identificar homologías:
[Las homologías] son progresivamente anuladas y enmascaradas por el acaecimiento de la ley superior de las modificaciones y adaptaciones especiales a las exigencias y hábitos y esfera de la vida de la especie.
Sin embargo, como anticipamos, las modificaciones a lo largo de la serie natural de los animales altamente organizados no se apartan completamente del tipo fundamental a pesar de la adaptación de las especies a sus diferentes oficios en la creación:
Hasta qué nivel las operaciones de la fuerza polarizante está sujeta a la organización de una forma animal específica se convierte en el signo de tales especies, y en el lugar en el que asciende en la escala del ser.
Los lineamientos del arquetipo común son oscurecidos en el mismo grado.
Pero incluso en el hombre, donde las fuerzas organizadoras específicas han ejercido sus poderes más altos, las características arquetípicas son rastreables.
Notemos otra vez su lejanía de un platonismo genuino: el hombre es ejemplo de especialización, no del modelo arquetípico.
De hecho, es lo más alejado de éste.
Pero, por relevantes que fueran estas "máscaras adaptativas", estos "disfraces" (Owen, 1847, p.
41, 81), de todos modos, no alcanzan a obstaculizar el diagnóstico de homologías o el reconocimiento del arquetipo en cualquier modificación.
La pericia del anatomista se juzga por su eficiencia en distinguir esos vestigios.
(Advirtamos nuevamente el carácter programático de la propuesta.)
Darwin sigue casi totalmente a Owen en esta intuición.
La acción de la selección natural (la fuerza adaptativa) enmascara las huellas de comunidad de origen.
Peor: al generar similitudes por convergencia, produce incluso falsas pistas.
Así, se mantiene la idea de una fuerza adaptativa que echa un velo sobre la unidad de tipo, cubriendo con la modificación de las partes, según objetivos funcionales específicos, las similitudes que prueban la pertenencia al mismo plan de organización.
Como dijimos, la diferencia está en el origen de la fuerza adaptativa, y en el poder distorsionador relativo que ésta tiene sobre la unidad de tipo.
Otra vez, para Darwin, la fuerza adaptativa (la selección natural) podría prevalecer frente a la unidad de tipo, provocando en tal caso extremo la desaparición del patrón común.
Si suponemos que un progenitor temprano –llamémoslo el arquetipo– de todos los mamíferos, aves y reptiles, tuviera sus miembros construidos bajo el patrón general, para cualquiera que fuera el propósito para el que servían, podemos percibir la significación plena de la construcción homóloga de las extremidades a lo largo de toda la clase [...]
Sin embargo, es concebible que el patrón general de un órgano pueda tornarse tan oscurecida hasta el punto de que finalmente desapareciera, por la reducción y al final completa remoción de ciertas partes, por la fusión de otras partes, y por la duplicación o multiplicación de otras [...] en las aletas de los gigantes y extintos saurios marinos [...] el patrón general parece así haberse parcialmente oscurecido.
Más allá de las diferencias que hemos apuntado, notemos la terminología: (1) escribe utilizando "arquetipo", y (2) menciona como ejemplo de distanciamiento de éste a la clase mamífero, en la cual el progenitor temprano (el arquetipo) está enmascarado, "oscurecido".
Owen sostiene que la presencia de órganos "rudimentarios" sólo puede ser explicada por la unidad de tipo (Owen, 1849, pp. 12, 15), pues no podría obedecer a razones adaptativas.
Son porciones del arquetipo esencial no "aprovechadas" funcionalmente.
Darwin retoma ese rol para tales elementos, aunque traducido a su marco, cuando sostiene que su presencia no puede explicarse por la teoría de la selección natural, y sí por la teoría del origen en común.Para ambos, estos órganos son la pista perfecta para encontrar homologías.
Al buscar homologías de la misma parte en diferentes miembros de una clase, nada es más común, o más necesario, que el uso y descubrimiento de rudimentos.
Este es bien conocido a partir de los dibujos de Owen sobre los huesos de las patas del caballo, el buey, y el rinoceronte. [...]
En las obras de historia natural los órganos rudimentarios se dice que han sido creados en general "en nombre de la simetría", o con el fin de "completar el esquema de la naturaleza"; pero esto no me parece constituir explicación alguna, sino más bien la mención de un hecho. [...]
Desde mi perspectiva de la descendencia con modificación, el origen de los órganos rudimentarios es simple.
Naturalmente, la importancia que revisten estos rasgos para la detección de homologías se traslada a la empresa clasificatoria (Darwin, 1859, pp. 455–456).
Como vimos, Darwin sostiene que, para un creacionista, para quien las partes animales están prediseñadas para sus respectivas funciones, resulta anómalo encontrar órganos inútiles.
En cambio, su presencia resulta una expectativa para su teoría evolutiva.
Esta misma idea aparece en Owen en su ataque a los funcionalistas (Owen, 1849, p.
84), y probablemente, otra vez, Darwin la tomara de aquél.
Para Owen y su conformidad de tipo, es plenamente esperable la presencia de rudimentos e imperfecciones.
Otra vez: lo que parece refutatorio para el teleologista, es confirmatorio para el enfoque oweniano, en el mismo sentido en que posteriormente lo será para el darwiniano.
Finalmente, existe un detalle nomenclatural.
Si bien Darwin llama a estos órganos "rudimentos", como hiciera Owen, en un par de ocasiones los denomina "vestigios".
"Rudimento" suena a algo que todavía resta desarrollarse/evolucionar, algo cuya función plena está en el futuro.
"Vestigio", por su parte, suena a "reliquia", algo cuya funcionalidad está en el pasado.
Pareciera aquí que la expresión "rudimento" refleja la convicción de Owen de que pueden potencialmente convertirse en brazos, patas, alas o pies (Owen, 1849, p.
65), mientras que para Darwin, si bien también están "disponibles" para un reclutamiento funcional posterior, "por ahora" constituyen sólo un "vestigio" de un ancestro de su portador.
No obstante, también Owen veía a algunos órganos rudimentarios como reducciones de viejos rasgos plenamente adaptativos (Owen 1850, p.
16), esto es, como vestigios.
El papel de la redundancia
Como vimos, para Owen el arquetipo es resultado de la multiplicación de una vértebra ideal de cuyos segmentos constituyentes los huesos vertebrados no son más que realizaciones o actualizaciones modificadas, algunas de ellas muy sofisticadas.
La vértebra ideal se repite serialmente gracias a fuerzas estructurales que actúan en el embrión.
Cuanto más simple el organismo, mayor la incidencia de estas fuerzas respecto de la adaptativa.
La iteración no sólo da la heurística de qué buscar (vértebras, o partes de vértebras, modificadas, en cualquier porción del esqueleto), sino que también muestra que la fuerza adaptativa destina distintas instanciaciones de la misma cosa a multiplicidad de funciones.
Sin esa pluralidad de vértebras, no habría suficiente "material" sobre el cual pudieran conformarse las adaptaciones.
La redundancia, en resumen, es lo que posibilita la asignación diferencial de formas específicas para funciones específicas.
La misma intuición tiene Darwin, aunque sin evocar la teoría de la vértebra:
También hemos visto antes que las partes que se repiten muchas veces están más sujetas al cambio, no sólo en número, sino en forma.
Consecuentemente, tales partes, estando ya presentes en un número considerable, y siendo altamente variables, naturalmente proporcionan materiales para la adaptación a los propósitos más diferentes; aunque en general retendrían, a partir de la fuerza de la herencia, sendas huellas de su parecido fundamental u original.
Aunque reinterpretada en Darwin, la noción de redundancia se conserva.
Casos de aplicación coincidentes
La coincidencia en los casos de aplicación de dos teorías rivales no es explicitada regularmente.
Es curioso que así sea, porque, después de todo, la rivalidad está generada usualmente por una disputa sobre ámbitos de aplicación compartidos de modo que uno esperaría que este tipo de convergencias sea la regla más que la excepción siempre que "las regiones del mundo" a explicar por la teoría desplazante sea al menos parcialmente coincidente con las de la desplazada.
Kuhn utiliza el lenguaje hansoniano de la carga teórica al escribir acerca de la inconmensurabilidad a través de la noción de cambio gestáltico, aunque generalmente la utiliza de manera metafórica, no siempre implicando lo que suele caracterizarse como inconmensurabilidad empírica.
En nuestro caso, Darwin retiene casos de aplicación de la teoría arquetípica, como casos de aplicación de la teoría del origen en común.
Esto permite decir, con cierta fiabilidad, que ésta conserva la capacidad explicativa de aquella teoría previa.
Cuando Darwin piensa en sitios donde aplicar la teoría de comunidad de origen, incluye ejemplos que se pueden leer en Owen (y algunos también en Saint-Hilaire), incluyendo ejemplares o casos de aplicación exitosa paradigmáticos de dicha teoría.
(a) Las mandíbulas de los insectos (Owen, 1843, p.
(b) "Los sospechosos de siempre", con los que ilustra cómo los "incontables propósitos a las que las partes animales llamadas 'extremidades', [generan] la consecuente diversidad en sus formas y proporciones visibles" (Owen, 1849, p.
9): las extremidades anteriores en el dugón, el topo, el murciélago, el cuadrúpedo y el hombre.
Todas ellas presentan unidad de tipo sin un correlato funcional (Owen, 1847, p.
Otra vez, la teoría del origen en común de Darwin es rival de la teoría de los arquetipos de Owen.
Esto logra facilitar, más que obstaculizar, el que todo el esfuerzo de encontrar casos de aplicación que Owen hace para la aceptación de su teoría de los arquetipos sea capitalizado por Darwin, sin pérdidas ni agregados.
El campo de aplicación de la teoría de los arquetipos es el campo de aplicación de la teoría del origen en común.
El valor de la unificación
Hemos dejado para el final un punto clave en esta consideración programática.
Esta vez, y a diferencia de los otros casos, la coincidencia tal vez sí pueda deberse más a un clima de época que a una influencia directa.Nos referimos a que más de veinte años antes de la aparición de OS –y en sincronía con las inquietudes de Darwin sobre el mismo tema–, Owen tenía en mente concretar un proyecto unificador que permitiera eclécticamente curar las heridas de la dicotomía unidad de tipo–condiciones de existencia que permeó el debate entre Saint-Hilaire y Cuvier en 1830.
En 1837, Owen escribe una carta a William Whewell en la que dice que el objetivo autoimpuesto en su tarea en anatomía comparada era la de formular "una teoría armoniosa que combine los enfoques transcendentalistas y teleológicos" (Fide Sloan, 1992, p.
Amundson (2007) apunta correctamente que Owen incluso supone haber logrado esta mediación en On the Nature of Limbs.
La comparación de los huesos de las extremidades está repleta de estas hermosas evidencias de diseño; pero nuestro propósito actual es reunir las indicaciones de que lo que a veces ha sido erróneamente considerado como el principio antitético, esto es, la unidad de plan que yace en el fondo de todas las modificaciones adaptativas.
El esfuerzo de Owen tendrá un éxito sólo parcial.
Por un lado, sí logra mostrar que no se trata de enfoques incompatibles sino perfectamente integrables a la historia natural.
Como vimos anteriormente, las formas organísmicas están determinadas tanto por fuerzas estructurales conservadoras ("la relación entre los Vertebrata y el arquetipo") como por fuerzas adaptativas productoras de variantes ("el principio de adaptación [fitness] de las cosas") actuando en su oposición (Owen, 1849, p.
Ambas coexisten en la naturaleza, y forma, proporción y función, unidad de tipo y diversidad, son consecuencias de ellas.
Como hemos dicho, este esquema conciliador suma, en Owen, al creacionismo, en tanto que el creador del arquetipo conoce desde el comienzo todas las instanciaciones de sus metamorfosis (Owen, 1849, p.
El reconocimiento de un Ejemplar ideal para los animales vertebrados prueba que el conocimiento de un ser como el Hombre debe haber existido antes de que el hombre apareciera.
Porque la mente divina que planeó el Arquetipo también previó todas sus modificaciones.
La idea arquetípica se manifestó en la carne bajo tal diversas modificaciones, sobre este planeta, mucho antes de la existencia de aquellas especies animales que realmente lo ejemplificaron.
A su vez, y por otro lado, tanto la iteración vertebral como sus modificaciones adaptativas se deben ambas a causas secundarias internas actuando en la embriogénesis, aunque nunca las explicita:
A qué leyes naturales o causas secundarias la sucesión y progresión ordenadas de tales fenómenos orgánicos pueden haber estado sujetas somos hoy día ignorantes.
Pero si, sin la derogación del poder Divino, podemos concebir la existencia de tales ministerios, y los personificamos bajo el término "Naturaleza", nos damos cuenta de que desde la historia pasada de nuestro globo ella ha estado avanzando con pasos lentos y señoriales, guiada por la luz arquetípica, en medio del naufragio de los mundos, a partir de la primera encarnación de la idea Vertebrata bajo su antigua vestimenta ictícola, hasta su despliegue en el glorioso traje de la forma Humana.
Owen prueba que se puede ser idealista –existe un plan en la mente de Dios– y no por eso adherir al fijismo (Amundson, 2005), en tanto que la forma sí cambia, sí evoluciona, y por razones naturales (Richards, 1987).
Esta inclusión de causas secundarias para la diversificación involucra que Owen quiere aplicar un enfoque naturalista para el problema del origen de las especies (Amundson, 2005, p.
76), siempre con un acento en aspectos embriológicos más que ambientales, herencia esta de von Baer.
De hecho, más tarde escribió que hacia 1850, él mismo había sostenido que las especies deben haber aparecido por "leyes naturales o causas secundarias" (Appel, 1987, p.
Con todo, nada de esto afectó su confianza en la providencia divina que lo planificó todo desde el principio.
Sin embargo, tanto su morfología idealista como sus vagas apelaciones a fuerzas adaptativas internas no resultaron del todo convincentes, o, en el mejor de los casos, apenas pudieron instalarse cuando en 1859 irrumpen las más plausibles explicaciones darwinistas.
Será entonces –y no antes– que se logra la reconciliación entre las partes del "gran debate en París".
Pero, notemos, el plan de ambos era idéntico, y las soluciones, aunque distintas, están íntimamente conectadas.
Esta conexión programática bien puede deberse a una preocupación de época, pero las numerosas afinidades que sucintamente hemos mencionado aquí difícilmente puedan conjuntamente ser atribuidas con justicia al azar.
Por el contrario, Darwin adopta ex profeso muchas de las convicciones de Owen aprovechándolas argumentativamente en su favor (Appel, 1987, p.
230; Amundson, 2007), cuando no haciéndolas encajar como un todo en sus propios constructos teóricos, o modificándolas al punto de generar un cambio en nuestra visión del mundo de un calibre tal vez sin par en toda la historia de la ciencia.
Aunque en lo personal la relación entre Owen y Darwin experimentó en 1859 una inflexión, de una de colaboración, respeto y aun simpatía mutua, a una de enconada enemistad, es también entonces que todas las influencias del primero sobre el segundo quedan plasmadas.
Aunque suela pensarse en ellos como sendos representantes de dos visiones del mundo distintas y en rivalidad, hemos mostrado que la nueva visión de mundo propuesta por Darwin se construyó sobre esfuerzos conceptuales previos aportados en gran medida por Owen, y en lo que fuera probablemente una de muchas otras influencias de parte del buen número de naturalistas de los cuales Darwin sin dudas se nutrió.
En un sentido, esto es inevitable.
Por ejemplo, los autores revolucionarios no pueden inventar un nuevo lenguaje para comunicar sus nuevas ideas.
En cambio, se ven obligados a expresarlas (y pensarlas) en los vehículos terminológicos antiguos y ya disponibles.
Por eso es que Darwin utiliza los mismos términos que Owen para expresar ideas diferentes ("arquetipo", "unidad de tipo", "fitness"), modificando su significado, apelando a metáforas, analogías, y otras estrategias discursivas.
Pero la influencia es mucho más profunda.
No es sólo el término "arquetipo" el que Darwin hereda de Owen, sino también los métodos y teorías que permiten construirlo.
¡Qué paso pequeño, convertir al arquetipo en un ancestro!
Y, sin embargo, esta reinterpretación involucra el cambio más sustancial respecto de las tareas del biólogo, de la naturaleza de la ciencia misma, y, finalmente, de nuestro lugar en el mundo.
A su vez, hemos mostrado cuán heterogénea es esta influencia.
El listado que –sin ánimos de exhaustividad– hemos comentado aquí, nos fuerza a tomar distancia del modo en que Kuhn presenta las revisiones abruptas supuestamente involucradas en las revoluciones científicas, una caracterización que ha llevado incluso a comparar maliciosamente la elaboración de un paradigma con la de un café instantáneo (Watkins, 1970, pp. 35-36).
Sin embargo, cuando Kuhn se detiene a considerar estudios de caso específicos de estas etapas revolucionarias, los matices no tardan en aparecer, y es con este segundo enfoque con el que nos encontramos –al evaluar nuestro caso– identificados.
Creemos que repensar estas cuestiones contribuye a hacer justicia con Owen y con el genio de Darwin.
La propuesta de Darwin consistió, al estilo de Newton, en tomarse en serio los avances de sus predecesores, muchos de ellos aparentemente incompatibles entre sí, armando un rompecabezas cuyas piezas, a primera vista, resultaban imposibles de encajar en un único cuadro coherente.
No se trató de la generación espontánea de un nuevo paradigma.
Sin embargo, esto no minimiza la ruptura que Darwin produjo con el mundo antiguo y su justificación trascendente, pero es un ejemplo que nos invita a sofisticar nuestras herramientas metateóricas para pensar el modo en que las ideas antiguas pueden reclutarse para nuevos fines, mostrando que en la historia de la ciencia, así como en la historia de la vida, la estructura se explica más por lo heredado, que por lo elaborado de cero para lidiar con el ambiente de turno.
Este es el sentido es que puede plantearse, sin caer en la exageración de Dobzhansky (1973), la relevancia de la luz que la historia de la ciencia arroja sobre la filosofía de la ciencia, análogamente con la de la teoría de la evolución orgánica sobre la biología. |
Desde la Edad Media las cenizas de las plantas solían emplearse en toda Europa en la elaboración del jabón y del vidrio.
Estas cenizas eran conocidas con diferentes términos derivados de los vegetales empleados y la cualidad del producto.
En España la sosa y la barrilla eran las más extendidas.
Debido a la reconceptualización de sus referencias iniciales, ambas denominaciones sufrieron considerables cambios semánticos durante los siglos XVIII y XIX.
El propósito de este artículo es observar estos cambios subrayando los factores intralingüísticos.
A pesar de que tanto la ciencia positivista como la primera terminología insistieran en propugnar definiciones muy rígidas de término (monosémico, biunívoco), desde siempre se ha sabido que no podían ser otra cosa que idealizaciones, pues la realidad las desmentía con incesantes ejemplos de polisemia, sinonimia, tránsito léxico entre disciplinas, etc. 2 Fenómenos léxico-semánticos como los anteriores intervinieron en la evolución histórica de los términos sosa y potasa.
Nacidos en otros campos, en el siglo XVIII se inocularon a la nomenclatura química sin perder los significados anteriores a su empleo como términos, de modo que generaron a su alrededor una polisemia y una sinonimia asombrosa si tenemos en cuenta que ambos pertenecían a una disciplina que se jactaba de tener un lenguaje sistemático 3.
En estos «alrededores» se encontraba también barrilla, una voz de origen peninsular.
Durante los siglos XVII y XVIII la magnitud e importancia comercial 4 del producto que nombraba había reforzado y extendido su empleo ----2 Las nuevas definiciones del lenguaje científico han reinterpretado su significación al incorporar su naturaleza textual y pragmática.
También el abandono de la imagen naif que la idea de traducción arrastraba para los textos de especialidad ha ayudado a matizarlos.
En estos nuevos planteamientos está bien presente la simbiosis entre los estudios de lengua y ciencia alcanzada en los últimos años.
Para estos nuevos enfoques dentro del panorama español pueden consultarse, entre otros, a GUTIÉRREZ RODILLA, B. (1998), La ciencia empieza en la palabra, Barcelona, Península; GARCÍA BELMAR, A. y BERTOMEU SÁNCHEZ, J. R. (1999), Nombrar la materia.
Una introducción histórica a la terminología química, Barcelona, Ediciones del Serbal.
Desde el campo de las humanidades, los Coloquios sobre la Historia de los Lenguajes Iberorrománicos de especialidad, celebrados en la Universidad Pompeu Fabra los años 1997, 1999 y 2001, ofrecen una buena panorámica sobre este tema.
Por último, para una reflexión sobre la idea de traducción científica es muy recomendable el artículo de SAKURAI, S. ( 2001), «Translation and Science», Meta, XLVI,4, La polisemia resulta asombrosa no tanto por la cantidad de significados como por la confluencia de estos en los mismos contextos.
4 Aunque la barrilla ya era un producto comercial importante antes, desde las últimas décadas del XVII el aumento de la demanda por otras economías europeas expande e intensifica su cultivo.
Durante la Ilustración su explotación formó parte de la retórica sobre el malogro de lo recursos naturales del país por falta de infraestructuras.
Véase por ejemplo ULLOA, B.D. (1740), Restablecimiento De Las Fábricas Y Comercio Español, Madrid, Instituto De Cooperación Iberoamericana.
Sociedad Estatal Quinto Centenario.
Antoni Bosch, Instituto De Estudios Fiscales.
Sobre la comercialización de la sosa y la barrilla en Inglaterra puede consultarse CLOW, A. y CLOW, N. L. (1992), The chemical revolution, Philadelphia, Gordon and llegando a equipararse con sosa.
El declive de la demanda tras la puesta en marcha de los procedimientos de Leblanc y Solvay, que sustituían los productos que ambas denominaban, las afectó de manera desigual.
A finales del siglo XIX el uso de barrilla había menguado fundamentalmente a una sola acepción, la botánica, mientras que sosa, por el contrario, había sido agraciada con nuevos significados.
Mi intención en este artículo es examinar la trayectoria de ambos términos e intentar desentrañar los aspectos más lingüísticos que contribuyeron a tal desenlace.
No obstante, sus peripecias evocarán entre otras cosas las interacciones entre disciplinas o, en la medida en que es descrita su situación en la lengua española, cómo el conocimiento científico se acomoda en los contextos locales caracterizándolos.
Espero que pueda ser de provecho para los interesados en la historia de la lengua y de la ciencia.
EL MUNDO DE LAS ARTES: LAS CENIZAS DE LAS PLANTAS
Ya en la Edad Media se utilizaban las cenizas de varias plantas para fabricar jabón y vidrio así como para cauterizar las heridas.
Eran un producto comercial de primer orden para cuyo transporte se reducían lo máximo posible en masas compactas, y así se vendían.
Con anterioridad se habían utilizado con este fin los yacimientos de sosa del Bajo Egipto.
A este producto se le conocía como natrón.
A las cenizas, en cambio, era impensable nombrarlas bajo un mismo nombre, a pesar del similar proceso de elaboración, puesto que su calidad variaba enormemente según su procedencia.
Unas se extraían de las cenizas de los árboles leñosos; otras de plantas que crecían en los saladares o cerca del mar.
Los nombres que recibían en las distintas lenguas o países podían recordar la materia prima de donde se extraían como en tartre (tártaro, rasuras de vino), salicor 5, weedash (cenizas de maleza) o varech 6; el color, como en pear-----Breach Science Publication.
Para España, FERNÁNDEZ PÉREZ, J. (1998), «La elaboración de la sosa en España: de la barrilla a la fábrica de Solvay de Torrelavega», Antilia, 4, art. 1o.
5 La voz, procedente del catalán, nombraba también las cenizas de varias plantas.
El Diccionari català valencià balear distingue entre un salicor fino (Salsola soda) y otro grueso (Salicornia fructicosa) en Valencia.
En los alrededores de Narbona nombraba principalmente a la Salicornia geniculata.
De ahora en adelante DCVB. lash (cenizas perladas) y blanqueta7; o por metonimia el de los recipientes donde se producía, como en pottaschen (cenizas de pucheros).
En España los más corrientes eran sosa y barrilla8.
Sosa procede de la voz arábica sauda, originalmente adjetivo con el sentido de 'negra' por el color de una de las plantas, que el castellano tomó a través del catalán9.
En castellano el Corpus diacrónico del Español (CORDE) proporciona ocurrencias desde 130010.
Estas documentaciones más tempranas aluden a transacciones económicas y en ellas sosa se refiere al producto elaborado.
El mismo étimo se halla en la base del italiano soda, que pasó al francés con posterioridad.
A juicio de Joan Corominas, en el Principado sosa se refería en exclusiva a la Salsola soda, pero como producto elaborado podía nombrar a las cenizas de esta y otras plantas11.
La popularización tanto de la técnica como de su mercadeo habría provocado que especies explotadas con el mismo fin adoptaran también sosa con algún tipo de especificación para poderlas distinguir correctamente12 o en alternancia con nombres autóctonos.
Pero a la hora de vender todas intentarían ser sosa a secas, dado su valor de venta.
Por otro lado, la etimología de barrilla fue discutida largo tiempo en varias ocasiones hasta que el mismo Corominas la esclareció.
Procede de barrella, voz mozárabe del País Valenciano y las Tierras del Ebro para la Salsola ----kali, que se documenta como nombre de lugar desde el siglo XIII.
Esta voz habría partido de parrella, seguramente diminutivo de parra, que es como los pobladores desplazados hasta el reino de Valencia habrían llamado primero a la planta por su similitud con una parrilla.
Al entrar en contacto con la población mozárabe habría evolucionado a barrella 13.
Después se extendería al Reino de Murcia y se castellanizaría como barrilla, no antes del siglo XIV, tras lo cual amplió su área de uso a Almería y Granada.
En todo caso el proceso de incorporación al castellano se habría completado en el siglo XVI, momento en que el CORDE dispone de su primera atestación 14.
Si bien en el Principado parrella aludía tan sólo a la Salsola kali, en zonas levantinas amplió su referencia a otras especies de Salsola, como la S. soda.
Otra, cultivada en Alicante, sobresalía por la calidad de sus cenizas, motivo por lo cual se la distinguía como barrella fina.
El adjetivo ya trasluce que se trataba de un producto para las artes, como en efecto así era: para la fabricación del vidrio se la prefería a cualquier otra.
Por lo demás, la antigüedad del adjetivo permite augurar a la lexía cierta solera a pesar de no poder documentarla 15.
14 «Y, assí, digo que el primero y mejor vidro es el de Valdepeñas, en la sierra de Jaén, quando es mezclada la varrilla con la arena del Peñón de Susaña, que es en el término de Martos, junto al río de Víboras, que no quando la mezclan con la arena de Cambil.
Y la de Cambil haze el vidrio más claro, aunque no es tan denso como quando se mezcla con la del dicho.
El segundo, el de María.
El tercero es el de Sevilla, quando se labra la barrilla de Levante, porque la que se coxe en la tierra de Sevilla no es buena para esta arte».
SANTIAGO, D. DE (1598), Arte separatoria y modo de apartar todos los licores que se sacan por vía de destilación, p.
Hay una documentación anterior con fecha de 1527 en el ejemplo del artículo ALMARJO del Diccionario histórico de la lengua español (1933), Madrid, Real Academia: «Otrosi los vecinos de Sevilla... que ficieren el mazacote, barrilla ó almarjo en las tierras de Sevilla que lo fagen... que el señor del mazacote é barrilla, é almarjo lo pueda sacar».
Orden. de Sevilla, Tít. de islas y marismas ed. 1527, f.
15 El adjetivo fino/a se propagó desde el occitano a las demás lenguas románicas.
Primero lo acogió el catalán, donde Corominas lo atesta en documentos tan antiguos como los occitanos (1a doc. 1094).
Los ejemplos subrayan su uso en las artes y el comercio con el significado de 'puro''afinado'.
No es impensable entonces una lexicalización temprana al lado de barrilla o sosa.
Puede decirse por tanto que el mismo proceso de generalización-especificación que se producía con la voz sosa/soda en zonas más septentrionales, estaba repitiéndolo barrella/barrilla en el Reino de Valencia y el de Murcia.
También la voz salicor (con variantes según se dijera en Valencia, Cataluña o Llenguadoc) pertenecía a ese grupo, y como ellas entró en la misma dinámica, aunque en menor medida 16.
Entre ellas, el criterio de distinción lo daba más la calidad del género producido que la morfología de la planta.
Aunque fenómenos como estos son habituales en el campo semántico del reino vegetal 17, más aún si, como en el caso que nos ocupa, coexiste el consumo doméstico con la comercialización, el auge de estos artículos en el mercado estaba jugando a favor de barrilla por poseer la referencia de la variedad más estimada 18.
De hecho, aupada por los intereses internacionales, se instaló en el vocabulario de las artes de otras lenguas europeas.
El caso más claro lo ofrece el inglés 19.
Fruto del intenso comercio durante los siglos XVII y XVIII, los británicos terminaron por adoptarla incluso en su acepción genérica 20.
No será hasta que la influencia de la química francesa penetre en el mundo industrial inglés a finales del XVIII cuando soda la sustituya en estos usos.
En Francia, por el contrario, no traspasó los círculos comerciales y artesanales 21 debido a que una producción más diversificada afianzó soude.
18 No sería algo extraño en la historia de la lengua.
Ciruela, por ejemplo, surgió de un proceso de este tipo.
19 Las primeras noticias de la planta y del procedimiento de elaboración de la barrilla en inglés datan de 1618: «I am now, thanks to God, come to Alicant in Spain, for I am to send thence a commodity cald Barillia for making crystal glass, and I have already treated with Signor Andriotti for a good round parcel of it to the value of £ 2, 000.
713. por sustituir a su predecesor parrella en todo el territorio, pero sin conseguir desbancar a sosa.
En occitano barrilha tampoco lo logró.
En fin, la referencia de sosa y barrilla en contextos artesanales se caracterizaba por una gran falta de precisión.
Ambas podían aludir a un tipo de plantas y a un tipo de productos distintos entre sí pero de la misma clase.
Es decir, eran co-hipónimas.
Por lo demás, cada una por su lado desarrolló una referencia genérica más amplia, hiperonímica, que nombraba a todo el grupo.
En estos casos sosa pasaba a ser hipónimo de la barrilla, y viceversa.
Sin embargo Sebastían de Covarrubias en su diccionario de 1611 sólo consignó la acepción botánica de sosa 22 y barrilla carece de entrada.
¿Cómo encaja esto con la situación anterior? llamaban sal alkali 25.
Sin embargo, como aún así las cenizas manifestaban propiedades diferentes se creía que su composición era distinta, aunque les reconocían un principio común, justamente esa capacidad de dar sales cáusticas.
Como quiera que los descendientes de sauda se habían integrado en los principales idiomas europeos, es lógico entonces que sosa se abriera paso en otro tipo de textos, tal como atestiguan para el español sus ocurrencias en el CORDE 26.
No obstante, su paso al mundo erudito se acompañó en primer lugar de una notable reducción semántica puesto que perdió su valor de hiperónimo tanto para el grupo de plantas como el de las cenizas, desempeñado por kali y sal alkali 27 respectivamente.
En segundo lugar, su relación con el hiperónimo de la categoría no era de tipo lógico sino ontológico.
Antes de seguir adelante, es importante recordar que la ausencia de barrilla en estos textos es igualmente significativa, más aún cuando falta en los escritos en España.
Esto último es índice de dependencia científica pero, sobre todo, de incomunicación entre los sectores artesanales y eruditos del país, puesto que no debemos olvidar que Valencia era su principal productor.
Sirva como contraste el ejemplo de Amatus Lusitanus quien a mitad del siglo XVI recogió la voz barrilla en su obra y la identificó como el Kali maius de otros autores (Salsola soda) 28.
Es decir, describió la correspondencia vigente entre planta y término en la Península.
De ahora en adelante OED.
26 «E al tiempo de agora hazen el vidro de la çeniza de los arboles & de las yervas por la fuerça del fuego; mayormente de la çeniza de la sosa se hazen muy lindos vasos & muy claros».
FRAY VICENTE DE BURGOS, (1498), traducción de El Libro de Propietatibus Rerum de Bartolomé Anglicus, una compilación medieval con 197 capítulos dedicados a hierbas y plantas.
Un ejemplo más: «Vsnen, ceniça para vidrio, la sosa» ALONSO Y DE LOS RUYZES DE FON-TECHA, J. ( 1606), Diez privilegios para mujeres preñadas.
27 En 1612 WOODALL comenta que Paracelso «termeth every vegetable sal Alkaly».
28 Amatus Lusitanus es el pseudónimo de Joao Rodrígues, portugués de origen judio que se formó en la Universidad de Salamanca y después tuvo que exilarse a Italia por las persecuciones religiosas.
J. Bauhin lo citó en su obra: «kali magnum (& Italis Soda in) Obs.
UN MUNDO REVUELTO: PLANTAS BARRILLERAS Y SOSAS ARTIFICIALES
Hemos visto en el apartado anterior cómo la posición de fuerza con que contaba barrilla en los ámbitos de las artes y los oficios se compensaba a favor de sosa en los círculos instruidos.
Esta coyuntura se desmoronó en el siglo XVIII, aunque ya en la centuria anterior había empezado a romperse.
Los botánicos: kalis y soudes
A finales del s. XVI cambia el rumbo de los estudios del reino vegetal.
A partir de entonces todas las plantas sin excepción merecerán análisis, descripción y un nombre 29.
Debido al incremento de los especímenes, la mayor circulación de las publicaciones (recientes y clásicas) y la generalización del empleo de las lenguas vernáculas emergieron graves problemas de comunicación 30.
Como parte de la solución, el discurso se reorienta.
A lo largo del siglo XVII se eliminan algunos temas como leyendas y creencias populares a la vez que se refuerza la descripción de la planta, centrada ahora en su estructura.
También se sistematiza ésta, estrechando el paradigma léxico hábil en ella y dejándola en unas pocas frases.
En paralelo empieza la búsqueda de un sistema de clasificación natural para organizar el creciente número de especies.
A finales de siglo Joseph Pitton de Tournefort propone identificar todas las especies con un genus y una phrase con sus caracteres específicos, una clasificación metódica para la totalidad de los vegetales.
Hay que tener presente que esta parte estaba redactada en latín, que ya no era una lengua de comunicación corriente sino de «laboratorio» destinada a los especialistas.
De hecho, el nombre popular se alejaba de las preocupacio-----29 Así lo proclamó la Enciclopedia.
30 Una cita que incumbe precisamente a sosa servirá de ejemplo: «Ay otra sal artificial que se dize sal álcali; otros le dizen sal vidrio, otros alumbre catina.
Otros la llaman diselti.
En castellano se dize sosa.»
El que todos los equivalentes se refirieran a una especie en concreto es como mínimo dudoso.
Seguramente las especies a las que aludían las tres «yerbas» no eran la misma.
Por lo tanto, es muy posible que quien lo escribiera o tradujera, y más quien lo leyera, no fueran capaces de identificar la realidad vegetal detrás de sosa aunque a lo mejor estuvieran familiarizados con el producto manufacturado.
nes del botánico, pues era en la descripción biológica de la planta donde expresaba cómo la concebía.
En 1717 A. de Jussieu va a tener la oportunidad de aplicar el patrón de Tournefort en una memoria sobre la barrilla fina, que había conocido durante su viaje por España.
En ella el francés describe tanto la planta como el producto de su lejivación.
A la primera la clasifica dentro del género Kali y la distingue de las demás de su grupo con la frase Hispanicum supinum, annuum, sedi foliis brevibus.
Al principio asegura que es la primera descripción de la misma, pero más adelante revela que Amatus Lusitanus pudo haberla conocido bajo el nombre de barilla, barille en francés, y comenta que así se designaba planta y producto en el comercio galo.
También admite que Tournefort reparó en ella durante su viaje a Levante sin que llegara a más.
Se trataba, pues, de una planta identificada pero no descrita.
Nada de esto fue obstáculo para que intentara enmendar su denominación en las lenguas vivas, al descubrir la gran confusión léxica que reinaba en el grupo de las plantas marítimas saladas.
A su juicio soude resultaba equívoco y vago 31.
Era vago porque remitía tanto a la sal como a la planta; era equívoco porque plantas de distinto género recibían el mismo nombre.
Esto último era bastante reciente.
Joseph Pitton de Tournefort había escindido en dos géneros la serie de Kalis.
A uno de ellos le dejó el mismo término.
Al otro en 1703 ya lo había bautizado como Salicornia, reciclando un término ya utilizado por Dodoneus, que no era desconocido en francés porque en Narbona se conocía a una de sus especies con este nombre.
Sin embargo, salicor aparecía como sinónimo de soude en obras de referencia muy populares 32, lo que indujo al error a algunos ---- autores posteriores que las consultaron y, despistados por la vieja sinonimia, no atinaron a identificar correctamente una y otra, como les sucedió a Guyton de Morveau, Maret y Durande 33.
De ahí la urgencia de Jussieu por cambiar el nombre popular para la planta: difundir a círculos más amplios la nueva partición genérica requería distinguirla también en la lengua común para así zanjar los errores y malentendidos que el uso de los nombres populares perpetuaba.
Con este objetivo en mente decide aprovechar el nombre científico del género botánico kali, mientras que los productos, por el contrario, deberán ser conocidos todos con el mismo nombre, soude, que ya poseía valor genérico.
Además, como sus subclases también llevarán el mismo término, su emparentamiento quedará verbalizado.
De este modo, la especie de Alicante que acababa de describir se llamará a partir de entonces Kali d 'Alacant y Soude d' Alacant será su producto; el varech dará soude de varech, etc.
Al menos en francés, la medida significaba la supresión de barrilla.
A cambio, sólo acarreaba la modificación del espectro semántico de soude al normalizar su valor como hiperónimo.
Por último, Jussieu dio entrada a un neologismo de forma y sentido, kali, filtrado de la lengua de laboratorio de los «metodistas», cuya forma fonológica y gráfica resaltaba su exogenia.
Como es de suponer, los artesanos permanecieron impasibles a los cambios.
Sin embargo Jussieu logró sus objetivos a largo plazo, aunque más en el fondo que en la forma, ya que Linneo sustituyó Kali por Salsola y después el género fue remodelado de nuevo.
En cambio, en los círculos químicos su medida logró una mayor repercusión.
Ya fuera por la admiración de ciertos sectores hacia la normalización terminológicas de los botánicos, ya fuera por propia conveniencia al ser sosa una voz presente en sus textos, lo cierto es que primero kali 34 y después salsola 35 reemplazaron efectivamente al rosario de nombres más o menos locales de las plantas saladas.
---- Con independencia del respaldo que consiguió Jussieu, es importante tener presente que a través de su propuesta estaba respondiendo a cuestiones que serán claves en las discusiones lingüísticas de la Ilustración: la arbitrariedad del signo, los niveles funcionales de lengua y la relación de poder entre disciplinas científicas, o de éstas sobre el pueblo, bajo la forma de imposiciones léxicas.
Cuando hubo que adaptar en español la terminología de la botánica moderna, nuestros ilustrados tuvieron que contestar a las mismas preguntas.
Los químicos: alkalis y soudes
No es extraño que fueran los químicos los que más se aprovecharon del nuevo reparto referencial entre soude y kali.
A ellos, que también habían empezado su andadura hacia la normalización terminológica, les afectaba por igual la colisión de acepciones de sosa.
Ésta ocurría naturalmente en los contextos que describían las fuentes de extracción de los álcalis o la fabricación del vidrio y el jabón.
Conforme avanza el siglo, la distinción léxica entre planta y producto revela su acierto, porque deja vía libre a la posterior terminologización de sosa en la nomenclatura química.
Cuando las investigaciones de Duhamel (1736) y Black (1755) reconceptualizaron la clase de los álcalis parcelándola en nuevas divisiones y subdivisiones 36, ambos lo expresaron expandiendo el término genérico con sucesivas especificaciones adjetivas: alkali-alkali fixo-alkali fixo mineral o marino -alkali fixo mineral cáustico.
La inviabilidad de las últimas salta a la vista.
Su situación empeoró al imponerse en la disciplina criterios de denominación conforme la composición de las sustancias.
Cuando una sal tenía una base alcalina, como en nitro a base de álcali fixo mineral (nitrato de potasa), nombrarla entera resultaba extenuante, no digamos redactar un texto.
Berzelius se limitó a apuntar que la mayoría proviene de los género Salicornia y Salsola y que de entre ellos la Salsola soda y la Salsola kali son las que se explotan con preferencia.
BERZELIUS, J. (1830), Traité de chimie, París, Didot, 8 vols. 36 Duhamel du Monceau distinguió dos tipos de álcalis fijos, uno vegetal (la potasa) y otro marino o mineral (sosa).
J. Black relacionó los dos estados (dulce y cáustico) de los álcalis con la presencia del ácido carbónico. cuerpo de la obra.
El propio Black (1803) los reprobó a posteriori por «cumbersome and desagreable» 37.
Como remedio a estos problemas estilísticos, lo más normal era recurrir a una elipsis y dejar que el contexto supliera la información suprimida.
No obstante, era una práctica desaconsejada porque en ella anidaba la vaguedad.
Otra alternativa era utilizar un sinónimo.
Para el álcali fijo mineral soude era la mejor opción una vez que el otrora popular tartre se quedara en el grupo de los álcalis vegetales.
El otro candidato que parecía desprenderse de la memoria de Duhamel base du sel marin tenía el mismo problema que alkali fixe mineral/marin.
En la década de los setenta, la identificación con sosa es ya muy fuerte 38.
De esto se valió Guyton de Morveau para sugerir la sustitución de alkali fixo mineral por el artesanal soude en la «Mémoire sur les dénominations chimiques» de 1782 39.
Al otro alkali fixo, el vegetal, lo llamó potasse, que había experimentado un proceso de terminologización paralelo a soude.
Decía cumplir así su promesa de no incomunicar la química de otras disciplinas colindantes, con un vocabulario extraño.
Cinco años después, sus compañeros en la redacción del Méthode de Nomenclature, Lavoisier, Berthollet y Fourcroy, apoyaron esta medida.
Sin embargo, su elección se interpretó menos como un gesto conciliador con el mundo de las artes que como un paso atrás en el avance de la química por culpa de la polisemia que comportaba.
Por esta razón, desde 1782 hasta la primera década del siglo XIX se presentaron numerosos pretendientes alternativos a los puestos de los álcalis fijos 40.
----37 BLACK, J. ( 1803 De hecho, tanto la decisión de Guyton como las reacciones posteriores pueden considerarse una nueva instancia del debate sobre las fuentes de la lengua científica.
Guyton revivió el dilema de Jussieu al tener que decidirse entre un neologismo de forma y uno de sentido.
En el primer caso favorecía la comunicación entre especialistas; en el segundo acercaba sectores sociales.
Él, al contrario que el botánico, se inclinó excepcionalmente en esta ocasión por la segunda opción.
El siglo XVIII fue el momento de máximo esplendor de su exportación a Europa.
Como es lógico, la presencia de la voz fue general en las obras químicas de la centuria.
Al abordarse los usos y las fuentes del álcali mineral surgía inevitablemente el nombre de barrilla, pero siempre en referencia a esa variedad tan apreciada cultivada en Alicante.
En las artes fija su posición hiponímica respecto a sosa, con un significado que podría parafrasearse como «sosa de primera calidad».
En conjunto puede decirse que ambas asientan su referencia con respecto a las vacilaciones de años atrás.
Luego, las reformas de los años ochenta no hacen sino consumar su descarte de la terminología química.
La memoria de Guyton superpuso a ambas palabras una nueva relación conceptual, esta vez de tipo ontológico, al ser la sosa uno de los componentes de la barrilla.
Sosa se hará omnipresente en los textos a partir de entonces, ambigua y polisémica a pesar de la voluntad de los reformadores, como lo prueban las expansiones terminológicas que desarrolla a partir de entonces (sosa común, sosa del comercio, sosa cáustica).
A barrilla le queda la mención anecdótica en el apartado dedicado a la preparación y, con suerte, la aplicación de la sosa en las artes 41.
Una vez los métodos de Solvay y de Leblanc coparon el mercado de sosas artificiales, ni eso.
Sin embargo, los hombres de ciencia se equivocaron al creer que era posible imponer sus dictados en cuestiones lingüísticas y modificar los hábitos de los hablantes fuera de los círculos especializados.
Así lo corroboran las constantes aclaraciones de los manuales de química para uso en las artes 42 o el mantenimiento durante todo el siglo XIX de una entrada para barrilla, con acepciones para la planta y las cenizas, en diccionarios generales y especializados 43.
El propósito con que emprendieron unos y aceptaron otros las modificaciones en el léxico de la plantas saladas y sus productos fue el de conseguir un término genérico distinto con el que evitar inexactitudes y ambigüedades.
A poder ser, los candidatos tampoco deberían coincidir con ninguno de los de su subclase, pero, sobre todo, no podían entorper la expresión de los cambios acaecidos en la reconceptualización de la categoría.
Al interrogante de cuáles eran las fuentes léxicas más apropiadas a tal efecto responden proponiendo los cultismos salicornia y kali, luego salsola, para las plantas.
Después cada lengua vernácula tendría que naturalizarlos.
En cambio, para las cenizas respetan la voz popular vigente en las artes, aunque el progreso de la ciencia la iba alejando cada vez más de su referente primigenio.
El empleo de otras voces quedaba descartado en virtud de la comunión internacional que quería alcanzarse en el lenguaje científico.
La respuesta en España: barrilla y sosa
En España, la reordenación léxica de plantas y productos empezó ya entrado el siglo XVIII, a raíz de la introducción de la práctica botánica moderna que estaban llevando a cabo los sectores ilustrados del país 44.
Por otra parte, el que sosa y barrilla hicieran referencia a una realidad cotidiana provocó que dicha labor la asumieran tanto los interesados en la práctica científica como en su divulgación al público culto.
Sus soluciones, pese a ser deficientes, manifies----- 44 Como referencia general del estado de la ciencia en la Ilustración, véase SELLÉS, M., PESET, J. L. y LAFUENTE, A. (coords.) (1988), Carlos III y la ciencia de la Ilustración, Madrid, Alianza Universidad; FERNÁNDEZ PÉREZ, J. y GONZÁLEZ TASCÓN, I. (eds.)
Ciencia, técnica y estado en la España ilustrada, Zaragoza, Ministerio de Educación y Ciencia, Secretaría de Estado de Universidades e Investigación.
Para la botánica, PUERTO SARMIENTO, F. J. (1988), La ilusión quebrada, Madrid, CSIC.
Es bien sabido que el primer diccionario académico de 1726, se planteó seriamente el tema de la relación entre el léxico facultativo y el general, aunque después lo aparcara con la promesa de un futuro diccionario de voces técnicas.
Sobre estos dos diccionarios, véase ÁLVAREZ DE MIRANDA, P. (1992), «En torno al diccionario de Terreros», Bulletin Hispanique, 94-2, pp. 559-572; AZORÍN FERNÁNDEZ, D. (2000), Los diccionarios del español en su perspectiva histórica, tan una clara voluntad de sentar criterios propios para la fijación de un vocabulario científico español.
Autoridades, que aún participa de la visión unitaria del grupo de las plantas saladas, traslada ese kali culto, francés e internacional a la vez, como alkali, a pesar de que éste no falte en la macroestructura con una remisión (v. las entradas de los dos diccionarios y el de Trévoux en el Apéndice I).
Es decir, optaron por ampliar el significado de un término culto ya en uso, porque la acepción vegetal de alkali, si es que existió, era de lo más insólita.
A Terreros le corresponde el mérito de querer aclimatar al español los géneros tournefortianos Kali y Salicornia.
El padre jesuita muestra una vez más su independencia respecto al modelo académico, enfocando diferentemente el problema de la expresión de los progresos científicos.
Cuando juzga que el idioma carece de voz no tiene reparos en acudir al latín salicornia, que ajusta como salicornio por intermedio del francés 46.
En cambio, kali y alkali no le merecen más que una referencia cruzada a sosa porque, con una voz patrimonial aludiendo a la misma realidad, elegir una voz extrajera clásica o moderna sólo alejaría a los instruidos de la ciencia.
En la redacción de este artículo en particular es posible que intervinieran indirectamente José Quer o Miguel Barnades.
El pormenor de la información que se agolpa al final de la entrada, con el aire de un añadido, me hace sospechar que hubiera podido consultarlos, tal como asegura en el Prólogo 47.
Ciertamente, los dictámenes de ambos diccionarios encarnan la postura de sus responsables sobre las relaciones entre lengua científica y lengua vulgar.
Autoridades se inclina por cortar cables entre ellas, Terreros por acercarlas.
Para éste último los tecnicismos son parte integrante de la lengua común y el castellano un material apto con que darles cuerpo.
Sus divergencias reproducen a pequeña escala la polémica ilustrada acerca de qué lenguaje era el mejor para expresar y divulgar la ciencia.
----Alicante, Universidad de Alicante.
La introducción de la nomenclatura química en el diccionario académico ha sido tratada en varias ocasiones por Cecilio Garriga Escribrano.
Los trabajos de Juan Gutiérrez Cuadrado sobre la historia del léxico especializado en los siglos XVIII y XIX aluden también a la difusión de tecnicismos en obras lexicográficas.
Puede obtenerse bibliografía de ambos en GARRIGA, C. et al. (2001), «Proyecto: la formación de la terminología química en español» en BRUMME, J. (ed.)
La historia de los lenguajes iberorrománicos de especialidad, Barcelona, Vervuert, Cf. con salicor, la forma que incorporó el castellano, que corresponde al préstamo del catalán.
Sin dejar de tener presente lo anterior ni desmerecer su apuesta por la introducción de términos y definiciones científicas es forzoso lamentar su poco oído, porque si bien el significante ya existía el significado era nuevo.
Muy pendientes de sus fuentes francesas, se echa de menos una comprensión más profunda y global de los cambios en la conceptualización del campo.
En ambas obras el artículo de barrilla parece el pariente pobre del grupo.
Destaca sobre manera que ninguno de ellos constatara la acepción de producto 48, que sí consta en sosa, cuando su comercio estaba en el máximo apogeo.
Finalmente, quizá confiados por una equivalencia latina que no le correspondía (parietaria), tampoco se percataron de su identidad con sosa, ni de que la barrilla pertenecía al género kali.
Hay que añadir además que Terreros, ya fuera confundido por sus fuentes 49, ya arrastrado por otras decisiones, ya por falta de referentes, emparejó la Salicornia europea con el nombre de soda y la Salsola soda con salicornio.
Es decir, las intercambió 50.
Realmente, las quejas de Clavijo y Fajardo sobre «la confusión en todos los Diccionarios, aún los más acreditados, en cuanto a las correspondencias Castellanas de las voces latinas y Francesas de la Historia Natural» cobran sentido a la vista de tales artículos 51.
En la segunda mitad de XVIII los botánicos les tomaron el relevo y afrontaron de nuevo la cuestión.
Desde el Real Jardín Botánico de Madrid J. Quer, M. Barnades, J. Minuart, C. Gómez Ortega, A. Palau Verdera y J. Cavanilles llevaron a cabo puesta al día en la descripción, clasificación y denominación de las plantas autóctonas que publicaron en compilaciones más o menos actualizadas en lo científico 52.
En 1804 la institución inició una nueva etapa con ----48 Este descuido sobresale en especial en Autoridades, porque justo del ejemplo que acompaña la definición se desprende el sentido de barrilla como producto.
50 Sólo de esta manera tienen sentido sus afirmaciones de que «el salicornio» sea mucho más útil que «la barrilla» para la fábrica de cristales o que ésta última sea «defectuosa» sin la sosa.
51 Prólogo del traductor p.
III y IV en BUFFON, G. L. COMTE DE (1785), Historia Natural general y particular, Madrid, Ibarra, 21 v., citado en GÓMEZ DE ENTERRÍA, J. (1998), «Consideraciones sobre la terminología científico-técnica de carácter patrimonial en el español del siglo XVIII» BRAE,78,p.
52 La Flora española de J. Quer (1762-64) sigue el sistema de Tournefort; los Principios de Botánica de M. Barnades (1767), el sistema linneano.
La generalización definitiva del sistema del sueco llegó en la década de los ochenta tras un periodo ecléctico representado por las primeras obras de C. Gómez Ortega y A. Palau Vardera, ambos profesores del Real Jardín Botánico.
V. LAFUENTE, A.; PUIG-SAMPER, M. A.; HIDALGO CÁMARA, E.; PESET, J. L.; PELA-YO, F. y SELLÉS, M. (1996), Historia literaria de España en el siglo XVIII, Madrid, CSIC. la entrada de Francisco Antonio Cea a la muerte de Cavanilles, pero para entonces la decisión acerca de cómo debían llamarse en español salsolas y salicornias ya había sido tomada.
A pesar de que un punto de partida distinto su respuesta les alinea en lo lingüístico con Terreros.
Al igual que el jesuita prefirieron acudir a formas patrimoniales para la organización del campo.
Pero ellos, con un conocimiento más completo optan por barrilla para las Salsolas 53.
Quizá tuviera que ver que muchos de ellos, pese a estar vinculados profesionalmente a la farmacia, tuvieran fuertes lazos con la zona de Levante (Quer, de Perpignan, herborizó Cataluña y Valencia; Minuart y Barnabés era catalanes y Cavanilles valenciano); pero lo que interesa aquí es que lograron cristalizar en el léxico la distinción entre el producto y la planta sin buscar en otras lenguas 54.
Con ello demostraron una conciencia lingüística muy viva, característica de la Ilustración.
El influjo de la botánica, claro está, también se dejó notar en dominios colindantes como la química.
Como hicieran sus colegas europeos, los españoles actualizan la terminología de sus libros y traducciones.
Un buen ejemplo de esta puesta al día lo proporciona la versión española de los Elementos de Química teórica y práctica de Morveau, Maret, Durande a cargo de Melchor de Guardia y Ardèvol.
El traductor sigue fiel al original cuando traduce los productos derivados de la combustión de las plantas pero se aparta en cuanto debe trasladar el nombre de las plantas proveedoras de sosa.
A diferencia de Terreros, Guardia ----53 CAVANILLES, J. (1795-97), Observaciones sobre la historia natural, geografía, agricultura, población y frutos del reyno de Valencia, Madrid, Imprenta Real.
«En las arenas y sus cercanías crecen muchas plantas, entre las quales hallé tres nuevas, que son la ipomea asaetada, la agróstide que punza, y la poa marítima: es comun el senecio doria, la genciana espigada, los tártagos peplis y paralias, la correhuela de mar, la salicornia leñosa, las barrillas de Alicante y tragus, el lenitisco, el torbisco y otras muchas.»
Las páginas de Internet también confirman el triunfo de su proposición.
54 Hernández de Gregorio expuso el reparto léxico para sosa y barrilla con razones muy parecidas a las esgrimidas por Jussieu casi cien años antes: « Hasta ahora se extraía la sosa solamente de una planta, que Linneo llama salsola tragus, y en castellano kali sosa ó barrilla, de donde ha tomado el nombre; pero como se ha extraido posteriormente de muchas plantas que crecen en las orillas del mar, llamadas por esta misma razón plantas marítimas, como la salicornia y otras especies de la salsola, ha sido preciso sustituir el nombre de sosa, para significar de una vez así esta sal de barrilla, como de otra cualquiera planta marítima que tenga las mismas propiedades, y de borrar de una vez tantos nombres distintos que se aplican a una misma cosa» HERNÁNDEZ DE GREGORIO, J. (1798), Diccionario elemental de farmacia, Madrid, Imprenta Real, 2 vols., t.II, p.
88 y Ardèvol no cae en la trampa y rectifica el salicor del original francés con el término linneano Salsola soda en todas las ocasiones 55.
Los diccionarios también dieron cabida en sus páginas a la normalización terminológica orquestada por los botánicos.
En 1770-1783 barrilla gana en precisión descriptiva sin que varíe sustancialmente el resto; sosa en cambio permanece igual.
En 1803 entra en el diccionario salicor y al cabo de catorce años la nomenclatura linneana reemplaza las paráfrasis latinas.
En esta edición, barrilla sufre una reestructuración completa.
Se le otorgan cuatro acepciones, todas definidas con lenguaje técnico: la primera es para la Salsola soda; la segunda, para las cenizas; la tercera y la cuarta son las lexías barrilla borde y la barrilla de Alicante a las que corresponden los términos linneanos Salsola tragus (hoy Salsola kali subs.
Tragus) y Salsola sativa (hoy Halogeton sativus), respectivamente.
Más tarde los suprimieron, pero la organización y definición de barrilla se ha mantenido sin grandes cambios.
Desde 1899 el artículo de sosa sólo define la acepción química del óxido de sodio, las demás remiten a barrilla.
De hecho, la química dieciochesca española no mostró interés alguno por arrebatar a sosa este último sentido en favor de barrilla, pese a que podían haber encontrado sin dificultad argumentos para ello.
A principios de siglo, el boticario Félix Palacios colocó una al lado de la otra en su traducción del Curso de Química de N. Lémery 56; mientras lo acababa, J. M. Aréjula en las Reflexiones sobre la reforma de la nomenclatura química (1788) ni siquiera se planteaba que barrilla fuera alternativa a soude, que consideraba inconveniente 57.
Hasta el momento no he encontrado ningún indicio de reivindicación de barrilla para estas funciones.
Más bien al contrario, todas las traducciones al español de la sinonimia entre la vieja y la nueva nomenclatura del Méthode la añaden, pues estaba ausente en el original, pero como equivalencia del carbonato de sosa.
F. Carbonell y Bravo hará lo propio en la edición castellana de los Elementos de Farmacia en 1805.
Es claro que en su contra habían actuado su especialización en la terminología botánica, el arraigo secular de sosa en la ----55 «La salsola soda crece á orillas del mediterráneo (kali maius cochleato semine)» GU-YTON DE MORVEAU, L. B., MARET, H. y DURANDE, J. F. ( 1788), Elementos de Química teórica y práctica, Madrid, Imprenta de Benito Cano, p.
56 Este dato lo conocí de forma indirecta en la reproducción de la tabla que ofrecen GAR-CÍA BELMAR, A. y BERTOMEU SÁNCHEZ, J. R. (1999), Ilustración IV.
No sé por lo tanto si Félix Palacios lo utilizó en el cuerpo del texto.
Aréjula en cambió reivindicó el patrimonial alabandina como traducción de manganèse.
disciplina y el peso de la química gala.
Desde entonces, si ha de aparecer barrilla en un manual de química, siempre lo hará en el capítulo dedicado a las sales definidas como carbonato sódico impuro.
Por otra parte, la comunidad científica española tampoco fue una excepción en lo concerniente a eliminar el significado popular de soda y de barrilla.
Es cierto que algunos autores muy en contacto con la ciencia vecina, como S. Francisco y Garriga, cumplieron los dictados franceses y hablaron de la sosa de Alicante en vez de barrilla.
Otros, como el mismo Carbonell y Bravo 58, infiltraron el esquema galo al completo en sus traducciones o adaptaciones al español.
Es decir, aludieron a barrilla como la planta o el producto de la Salsola sativa en exclusiva.
Ésta no era una atribución falsa, pero sí inexacta.
Con todo, fueron los menos.
Barrilla subsistió en el mundo del comercio, tal como certifica su puntual mención en los manuales de química a lo largo del siglo XIX, con cierta preferencia por asociarla a los productos naturales.
Para los industriales se tendía a reservar sosas 59.
Es comprensible entonces que su mención vaya trasladándose hacia apartados dedicados a la historia de la disciplina.
De todos modos, no es una raíz muerta para la ciencia.
A la acepción vegetal ya apuntada hay que añadir el adjetivo de relación barrillero, de uso restringido pero especializado, y aún hoy vivo en la colocación plantas barrilleras 60.
De todo lo expuesto podemos concluir que en español se superponen en las voces barrilla y sosa tres parcelamientos semántico-conceptuales: uno ----58 CHAPTAL, J. A. (1816-21), Química aplicada á las artes, Barcelona, Imprenta de Brusi, 4 vols., t.II p.
59 CASARES, A. (1857), Manual de química general, Madrid, Librerías de Ángel Calleja, ilustra lo más típico en los manuales: «En las costas del Mediterráneo, principalmente hacia Málaga, Alicante y Cartagena, crecen plantas del género Salsola llamadas barrilla. [...]
Esta misma masa [la que queda después de secar y quemar las plantas] corre en el comercio con el nombre de barilla», p.
233; «El valor de las potasas, barrillas, sales de sosa y sosas brutas que corren en el comercio, varía según la cantidad de álcali libre o carbonato que tienen».
60 En internet se encuentran numerosas páginas que contienen el adjetivo barrillero/a: «La barrilla, obtenida de diversas sosas barrilleras que crecían en los saladares y utilizada en la fabricación de vidrio y jabones, daba lugar asimismo a un floreciente comercio que sólo se vería afectado por la fabricación de productos químicos alternativos en el siglo XIX» en http://www.ub.es/geocrit/b3w-6.htm. popular, otro especializado patrimonial y un tercero especializado, pero extranjero, más minoritario.
Esta triple superposición semántica es el resultado de un proceso histórico en el que influyeron, además del progreso de la ciencia, el lenguaje de diferentes naciones y el de diferentes clases de personas.
Además, el seguimiento de dicho proceso ha desvelado que el cambio terminológico suele ser la culminación de un proceso incubado desde tiempo atrás, incluso cuando se presenta como súbito.
Así mismo hemos podido comprobar cómo las llamadas al orden hechas por los expertos en lengua y en ciencia para racionalizar las correspondencias entre un concepto y su término son luego incumplidas por unos y otros sin excepción, y la comprensión del mensaje no se resiente.
Esto último nos lleva a reflexionar sobre la sinonimia y la polisemia terminológica.
La fusión en los textos, también en los especializados, de diferentes estratos lingüísticos (geográficos, funcionales, históricos, teóricos) se concreta en el empleo de sinónimos parciales como recurso estilístico que en un momento dado puede amenizar el escrito e, incluso, desambiguar otro término polisémico.
Es factible hablar entonces de una terminología en la sombra que surten esos otros niveles de lengua.
Ésta, ausente de las nomenclaturas oficiales, pero viva en la literatura, se caracteriza por estar pendiente de la actualización contextual para conseguir un significado, de ahí la dificultad de definir sus miembros, frente a la relativa autonomía contextual que disfrutan los verdaderos términos.
Sosa y barrilla pertenecerían a este grupo.
Finalmente ha dejado claro que en la formación del léxico científico español el XVIII fue el siglo de decisiones que sentarían precedente, de pruebas y de rectificaciones.
Si el XIX fue el del levantamiento de ese edificio, sus cimientos se echaron en el siglo anterior.
En este sentido, con esta aportación espero haber colaborado a demostrar la importancia de los estudios sobre la formación y desarrollo del lenguaje especializado para conocer el camino por el que transcurrieron, y transcurren, la lengua y la ciencia. |
El léxico de la química registra un cambio importante a partir del último cuarto del siglo XVIII.
La traducción de la Nueva nomenclatura química conlleva la llegada de los nuevos términos al español.
En este estudio se explican y ejemplifican las tensiones que la llegada de nuevos términos provoca en el sistema léxico.
Todo ello teniendo en cuenta los últimos datos proporcionados desde la historia de la ciencia.
hacia la lengua del siglo XIX 2.
Las posturas ideológicas que alimentaron la llamada «polémica de la ciencia española» 3 y que impedían aclarar la realidad histórica, han tenido también su reflejo en el ámbito de la filología 4.
Para superar este enfoque, en este estudio se trata precisamente la lengua de una de las ciencias más características, la química, que puede servir como modelo para el análisis de otras lenguas de especialidad por varias razones: por su proceso de institucionalización durante el siglo XIX, por la importancia de las discusiones lingüísticas que tienen lugar entorno de esta ciencia 5, porque combina una nueva nomenclatura con términos tradicionales, y por tratarse de un léxico importado y adaptado por el español desde otras lenguas, fundamentalmente el francés.
En su planteamiento trataré paralelamente del estado y desarrollo de la química desde el punto de vista de la historia de la ciencia, de las actitudes lingüísticas ante el desarrollo de la lengua científica y técnica y de los instrumentos al alcance del filólogo para su estudio en el siglo XIX.
Después mostraré algunos ejemplos de cómo el nuevo vocabulario va penetrando en el español, y de las tensiones lingüísticas que esta situación genera.
HISTORIA DE LA CIENCIA E HISTORIA DE LA LENGUA
Cabe decir, en este sentido, que el punto de partida de la química al inicio del siglo XIX era bastante modesto, ya que hasta ese momento no había dispuesto de un amplio cuerpo de conocimientos compartidos, ni de una indus-tria demasiado importante que aprovechara los avances de la ciencia 6.
Sin embargo, esta situación estaba empezando a cambiar, ya que la propuesta de una nueva nomenclatura para la química inorgánica por parte de Lavoisier y sus colaboradores, y las aplicaciones al tratamiento de los tejidos, a la minería o a la fabricación de pólvoras, estaban dando a esta ciencia un mayor protagonismo.
Durante el siglo XIX el desarrollo fue espectacular, hasta el punto de llegar a calificarlo como «el siglo de la química», sobre todo debido a los avances obtenidos en la química orgánica y en la clasificación de los elementos químicos a través del sistema periódico.
Pero el desarrollo de la química en España no fue uniforme con respecto a los avances europeos.
Los últimos años del siglo XVIII habían sido realmente florecientes, si no en grandes logros, sí en la penetración de las últimas propuestas de los químicos franceses.
La Corona se interesa por los resultados aplicables con fines militares y económicos, y protege y promociona el cultivo de esta ciencia 7.
Su política de contratación de químicos extranjeros para que enseñaran y ejercieran en España da los frutos esperados 8.
A la vez, se envía a científicos pensionados para que se formen en los laboratorios de los centros más activos del continente, entre los que destacan Aréjula y Carbonell 9.
El resultado es una nómina de químicos españoles que están al día de ----6 PORTELA, E. (1998), La química en el siglo XIX, Madrid, Akal, p.
7 Véase, a este respecto, el estudio de PESET, J. L. y LAFUENTE, A. (1988), «Las actividades e instituciones científicas en las España ilustrada», en SELLÉS, M.; PESET, J. L. y LA-FUENTE, A. (eds.), Carlos III y la ciencia de la Ilustración, Madrid, Alianza, 29-79.
8 En PORTELA, E. (1999), La química ilustrada, Madrid, Akal, p.
48, se destacan los casos de L. J. Proust y F. Chavaneau que llegan para dirigir la cátedra de química de Vergara, C. Storr y J. M. Hoppensack para dirigir las minas de Almadén, etc. Véase este mismo proceso en GAGO, R. (1988a), «The New Chemistry in Spain», Osiris, 4, 169-192.
Una visión general en el marco de las ciencias, en SARRAILH, J. (1985), La España Ilustrada de la segunda mitad del siglo XVIII, Madrid, FCE.
Sobre la cátedra de química de Vergara, véase GAGO, R. (1978), «Bicentenario de la fundación de la Cátedra Química de Vergara.
El proceso de constitución», Llull, 2, 5-18; y GAGO, R. y PELLÓN, I. (1994), Historia de las Cátedras de Química y Mineralogía de Bergara a finales del siglo XVIII.
Sobre Proust, véase GAGO, R. (1990), «Luis Proust y la cátedra de química de la Academia de Artillería de Segovia», en PROUST, L., Anales del Real Laboratorio de Química de Segovia, Segovia, A. Espinosa [1795]; facsímil en Segovia, Academia de Artillería, 5-51.
9 Los dos casos más representativos son Carbonell, que va a estudiar a Montpellier con Chaptal, y Aréjula que estudia en París con Fourcroy.
Sobre Carbonell véase NIETO, A. (1996), «Martí i Franquès, Carbonell i Bravo, i els usos de la nova química a la Catalunya il.lustrada», en IZQUIERDO, M. et alii (eds.), Lavoisier i els orígens de la química moderna, 200 anys després (1794-1994), Barcelona, SCHCYT, 159-184; y sobre Aréjula, GAGO, R. y las más recientes novedades, ya que a los dos ya mencionados, hay que añadir nombres como los de Gutiérrez Bueno, Munárriz, Martí i Franquès, García Fernández, los hermanos Elhuyar, Garriga y Buach, Sancristóbal...
Como fruto de este proceso, se traducen al español las principales obras de los autores franceses 11, lo que motiva la llegada al español de las propuestas léxicas que designan no solo los nuevos elementos químicos y sus combinaciones, sino los nuevos conceptos, operaciones, utensilios, etc...
El estudio de estos textos permite describir con detalle el proceso de incorporación de voces químicas al español 12.
Para esta tarea, el filólogo cuenta con obras lingüísticas de referencia con las que contrastar lo hallado en los textos, como son los diccionarios del siglo XVIII y comienzos del siglo XIX.
Cabe destacar, en este sentido, la labor realizada por la Real Academia Española, que a partir de su primer diccionario, conocido como Diccionario de Autoridades 13, asume el carácter de organismo normativo.
El siglo XVIII está marcado por la intención de diferenciar el léxico común del «facultativo», de manera que la propia Academia se plantea elaborar otro diccionario que reúna «las voces propias pertenecientes a las Artes liberales y mechánicas» 14.
Sin embargo, lo cierto es que el diccionario contenía numerosos tecnicismos, y entre ellos, abundantes voces del campo de la química 15.
Pero la Academia no llegará a cristalizar el proyecto mencionado.
Será Terreros quien elabore un Diccionario castellano con las voces de ciencias y ---mica, enseñanza y divulgación de la terminología, las Lecciones de química teórica y práctica de Morveau, Maret y Durande», en BRUMME, J. (ed.), La historia de los lenguajes iberorrománicos de especialidad (siglos XVII-XIX); soluciones para el presente, Barcelona, UPF, 163-174; los Anales de Proust en GARRIGA, C. (1998b), «Luis Proust y la consolidadción de la terminología química en español», en GARCÍA, J. L.; MORENO, J. M.; RUIZ, G. (eds.), VI Congreso de la Sociedad Española de Historia de las Ciencias y de las Técnicas, Segovia, Junta de Castilla y León, 691-699; diversos textos de Carbonell, en GUTIÉRREZ CUADRADO, J. (1998b), «F. Carbonell y Bravo y su texto Curso analítico de química escrito en italiano por F. Mojón», en GARCÍA TURZA, C.; GONZÁLEZ, F.; MANGADO, J. (eds.), Actas del IV Congreso Internacional de Historia de la Lengua Española, Logroño, AHLE -Gobierno de La Rioja -Universidad de La Rioja, 219-230; y BAJO, F. (1999), «El Arte de hacer y conservar el vino de Francisco Carbonell y Bravo, primer manual de enología científica española», en BRUMME, J. (ed.), La historia de los lenguajes iberorrománicos de especialidad, la divulgación de la ciencia, Barcelona -Frankfort del Meno -Madrid, Universitat Pompeu Fabra -Vervuert -Iberoamericana, 131-144; la traducción del Diccionario universal de química de Brisson en GARRIGA, C. (1998c), «El Diccionario Universal de Física de Brisson (1796-1802) y la fijación lexicográfica de la terminología química en español», en GARCÍA TURZA, C.; GONZÁLEZ, F.; MANGADO, J. (eds.), Actas del IV Congreso Internacional de Historia de la Lengua Española, Logroño, AHLE -Gobierno de La Rioja -Universidad de La Rioja, 179-190, etc. 13 R.A.E. (1726-1739), Diccionario de la lengua castellana, Madrid, Francisco del Hierro; facsímil en Madrid, Gredos, 1984.
14 En el prólogo del primer tomo (p.
V) así lo declara, y luego insiste en esta idea de nuevo en el tomo VI (p.
15 CLÉMENT, J. P. (1993), Las instituciones científicas y la difusión de la ciencia durante la ilustración, Madrid, Akal, p.
49, señala que este primer diccionario recoge numerosos tecnicismos de la época.
Para la presencia del léxico químico en Autoridades, véase el estudio de GARRIGÓS, Ll.
(1990), Contribución al estudio de la constitución del lenguaje químico en castellano, Valencia, Universidad (edición en microficha).
artes, donde se recoge el léxico «de las ciencias y artes mecánicas y liberales» que la Academia dice desatender16.
Se trata, por tanto, de un repertorio útil para el estudio de este léxico, aunque hay que tener en cuenta, por un lado, que la fecha real de elaboración del diccionario fue 1745 -a pesar de que no se publicó hasta 1786-, y que el propósito de Terreros no era elaborar un diccionario «de voces de ciencias y artes», sino un diccionario «con voces de ciencias y artes» 17.
Otro hecho importante en lo lingüístico sucede hacia los años en que se está proponiendo la nueva nomenclatura.
Se trata de la publicación de la primera edición del Diccionario de la Real Academia en un tomo, ante la lentitud de los trabajos de revisión de Autoridades18.
A partir de ahí, el Diccionario en un tomo se va reeditando, con la incorporación de las revisiones que se iban haciendo para la segunda edición de Autoridades.
El cambio de siglo no constituyó en sí mismo el fin de un periodo, sino que el cultivo de las ciencias mantuvo su importancia aun cuando la crisis de la monarquía era más que evidente, como ya han puesto de manifiesto los historiadores de la ciencia 19.
La periodización propuesta por López Piñero sitúa en 1808 el punto de inflexión 20.
----Por lo que respecta a la química, mantiene el digno nivel de los últimos años del siglo XVIII, aunque como señalan Portela y Soler a partir del estudio de la producción bibliográfica, desde 1790 la publicación de obras químicas va decreciendo, para caer estrepitosamente entre 1806 y 1810 21.
Precisamente estos primeros años del siglo XIX son estudiados por Gago 22, quien describe la evolución de los centros más importantes para el cultivo de la química con los personajes más representativos, como Proust en su peregrinaje por Vergara -donde también se ubican Chabaneau y Jerónimo Mas-, Segovia -con su alumno Munárriz-o Madrid -donde también ejercía Gutiérrez Bueno-; Aréjula y Rodríguez Jaén en Cádiz; Otano, Andreu y Brunete en Zaragoza; Ponce de León en Granada; Villanova en Valencia o Carbonell en Barcelona.
Además, se mencionan las obras publicadas por estos autores y utilizadas, en muchos casos, como textos oficiales para la enseñanza, lo que proporciona pistas importantes para el filólogo a la hora de seleccionar los textos más representativos para el estudio del léxico.
Durante estos primeros años del siglo, las actitudes lingüísticas frente a la llegada de galicismos a la lengua española se mantiene en la línea de lo sucedido en el siglo XVIII.
La necesidad de traducciones rápidas y poco cuidadas de todo tipo de textos, especialmente los de ciencia, hace cundir la alarma en ciertos autores, y aumenta la conciencia lingüística que en muchos casos llega a un rechazo de las aportaciones léxicas provenientes del francés 23.
En efecto, los textos químicos de finales del siglo XVIII y de los primeros años del siglo ----XIX registran en sus prólogos numerosas consideraciones acerca de la lengua utilizada 24.
En lo que respecta a la labor lexicográfica, vale la pena tener en cuenta el diccionario francés-español de Capmany, donde se pueden documentar numerosas voces técnicas 25.
También conviene destacar la traducción de algún diccionario especializado, como el Diccionario universal de física de Brisson, donde se recogen las voces más actuales de la física y de la química vertidas al español 26.
La Academia, por su parte, no da a la luz una nueva edición hasta varios años después de acabada la contienda.
Se trata de la 5a edición 27, en la que se constata la renuncia a seguir con la reedición del diccionario de Autoridades, de manera que el diccionario en un tomo se convierte en la obra lexicográfica normativa de referencia para la lengua española 28.
Pero estas circunstancias van acompañadas de cambios más profundos en la estructura del diccionario, especialmente en lo que se refiere a los tecnicismos 29.
Esta ----revisión tiene una incidencia especial en algunos conceptos nuevos de la nomenclatura química que aún no se habían recogido en el diccionario, y en otros términos tradicionales como aire y agua que cambian su significado a raíz de los nuevos hallazgos químicos 30.
Esta edición se encabalga con el llamado «periodo catástrofe» de la ciencia española contemporánea, que se inicia con la Guerra de la Independencia y el reinado de Fernando VII.
La química también refleja ese colapso que se observa en otras ciencias, como muestran los recuentos bibliográficos de Portela y Soler 31.
En este periodo solo destaca un químico, Orfila, pero sus numerosos textos son de poco interés para la historia de la lengua española, ya que su obra estaba fundamentalmente en francés.
Tras el reinado de Fernando VII, con la vuelta de los exiliados liberales, la situación de la ciencia mejora apreciablemente: aumentan las publicaciones y las traducciones, se empieza a desarrollar el periodismo científico, circulan los libros extranjeros, se crean instituciones científicas...
También en este periodo se acomete, aunque con titubeos, la reforma de las enseñanzas universitarias, dando más protagonismo a las ciencias 33.
La química aparece junto a la física en las primeras cátedras, desempeñadas por personajes como González Valledor, Santiago Masarnau o Andrés Alcón.
Pero la situación de estas prime----voces técnicas porque «(...) la autoridad de nuestros mejores escritores ó el uso comun, constante y continuado de las personas cultas obliga á admitir(las) en el Diccionario, á pesar de la pausada circunspeccion con que en esto procede la Academia, y que quizá parecerá á algunos excesiva».
Para el debate que a partir de esta edición se inicia sobre la conveniencia o no de abrir el Diccionario a los tecnicismos y darle un carácter más enciclopédico, véase ALVAR, M. (1992), «El caminar del diccionario académico», en Euralex'90, Proceedings, Barcelona, Biblograf, 3-27; ANGLADA, E. y BARGALLÓ, M. (1992), «Principios de lexicografía moderna en diccionarios del siglo XIX», II Congreso Internacional de Historia de la Lengua Española, Madrid, Pabellón de España, 955-962; y los ya clásicos trabajos de SECO, M. (1987a), «El nacimiento de la lexicografía moderna no académica», en Estudios de lexicografía española, Madrid, Paraninfo, 129-151; y SECO, M. (1987b), «Ramón Joaquín Domínguez», en Estudios de lexicografía española, Madrid, Paraninfo, 152-164.
En BATTANER, M. P. (1996), «Terminología y diccionarios», en Jornada Panllatina de Terminologia, Barcelona, Universitat Pompeu Fabra, 93-117, se estudia la evolución de las voces científicas y técnicas en el Diccionario de la Academia.
De nuevo resultan elocuentes los índices sobre producción bibliográfica ofrecidos por PORTELA, E. y SOLER, A. (1992).
ras cátedras era muy precaria, y no incorporaban las innovaciones científicas propias del momento, sino que tenían una finalidad divulgadora de conocimientos útiles para alumnos que no se iban a dedicar a la química 34.
En los años siguientes, la situación va mejorando, debido básicamente a la creciente presencia de la química en la universidad.
Los nombres de Antonio Casares, Mariano Echevarría, Torres Muñoz de Luna, Sáenz Díez, Sáez Palacios, Montells y Nadal, Bonet y Bonfill, etc., están unidos a un esfuerzo de normalización de la enseñanza de la química.
Se traducen las principales obras de Berzelius, Liebig, Dumas, Fresenius....
Todos ellos son textos de gran utilidad para la descripción del desarrollo lingüístico de la química a mediados de siglo 35.
Es importante señalar, en este sentido, un fenómeno también relevante para la historia de la lengua técnica: las dos terceras partes de los textos químicos traducidos en este periodo son franceses, y solo un diez por ciento se vierte desde el alemán.
Este hecho contrasta con la situación real de la investigación de la época, en la que el predominio alemán era abrumador 36.
La consecuencia fue que el español siguió bajo la influencia del ----34 MOYA, T. (1994), «La enseñanza de la química en la universidad española del siglo XIX», en Asclepio, XLVI-2, 43-57; p.
35 Análisis de datos bibliográficos de nuevo en PORTELA, E. y SOLER, A. (1992), p.
Aspectos relacionados con las decisiones terminológicas de Torres Muñoz de Luna, en GUTIÉRREZ CUADRADO, J. (1998a), «Torres Muñoz de Luna y la lengua de la química en el siglo XIX», en GARCÍA, J. L.; MORENO, J. M.; RUIZ, G. (eds.), VI Congreso de la Sociedad Española de Historia de las Ciencias y de las Técnicas, Segovia, Junta de Castilla y León, 701-711.
La traducción del Tratado de química orgánica de Liebig está estudiada en GARRI-GA, C. (2001b), «Notas sobre el vocabulario de la química orgánica en español, Liebig y la divulgación de los derivados en -ina», en BARGALLÓ, M.; FORGAS, E.; GARRIGA, C.; SCHNIT-ZER, J.; RUBIO, A. (eds.), Las lenguas de especialidad y su didáctica, Tarragona, Universitat Rovira i Virgili, 169-180; y la del Léxico histórico y sinonímico de Hoefer en GARRIGA, C. (2002a), «Notas sobre la incorporación de los términos de elementos químicos en español en el s. XIX, el Léxico histórico y sinonímico de Ferdinand Hoefer», en PÖLL, B. y RAINER, F. (eds.), Vocabula et vocabularia.
A estos textos cabría añadir las traducciones de Daguerre, estudiadas por GÁLLEGO, R. ( 2002), «Notas sobre la historia del léxico de la fotografía en español», en ECHENIQUE, M. T. y SÁN-CHEZ, J. (eds.), Actas del V Congreso internacional de historia de la lengua española, Madrid, Gredos, 2051-2062, que aunque tenían finalidades técnicas aplicadas a la fotografía, también son de gran interés para la historia de la lengua.
Estos autores explican la situación debido a la dependencia de la química española respecto de la francesa en el momento de la desconexión, lo que habría llevado a retormar los mismos canales de influencia en el momento de la reincorporación.
En efecto, incluso un manual original alemán como francés más allá de lo esperable, en lo que a lenguaje científico y técnico relacionado con la química se refiere.
Otro aspecto de relevancia para la historia de la lengua española es la aparición, a mediados de siglo, de una importante actividad lexicográfica de tendencia enciclopedista, paralela a la académica, que busca aumentar el caudal del repertorio léxico oficial a través de la incorporación de voces técnicas.
Los diccionarios de autores como Salvá, Domínguez, Chao, etc., permiten documentar las voces de ciencias y técnicas mucho antes de que las acoja el diccionario académico 37.
En este sentido, el léxico químico adquiere un protagonismo que no tenía hasta ese momento, consolidando así su presencia en la lengua.
El último cuarto del siglo XIX, periodo denominado «la generación de los sabios», se caracteriza por la extensión en el estudio y la práctica de la ciencia y por la aparición de investigación original, ausente desde la Ilustración 38.
Sin embargo, en España la química no se desarrolla al mismo ritmo que otras ciencias, dada la precariedad de los laboratorios universitarios y la complejidad a la que la ciencia había llegado, así como la necesidad de formar equipos profesionalizados que fueran más allá del esfuerzo aislado de un científico.
Los químicos más sobresalientes de este periodo, como Casares Gil, Rodríguez Carracido o Gregorio Rocasolano proyectan sus trabajos ya en el siglo XX, por lo que quedan fuera del ámbito de este estudio.
---el Tratado de química orgánica de Liebig se traduce al español desde la traducción francesa de Gerhardt, como se muestra en GARRIGA, C. (2001b), p.
Esta situación lleva a GUTIÉ-RREZ CUADRADO, J. (2001), p.
184, a describir la evolución de la lengua química en español como la historia de una dependencia.
37 Estos aspectos están tratados en SECO, M. (1987a), BAQUERO R. (1992), «Notas en contribución a la historia de la lexicografía española monolingüe del siglo XIX», en Euralex'90, Proceedings, Barcelona, Biblograf, 455-461; ANGLADA, E. y BARGALLÓ, M. (1992), o AZORÍN, D. (1996), «La lexicografía española en el siglo XIX, desarrollos y tendencias», en SERRA ALEGRE, E. et al. (eds.), Panorama de la investigació lingüística a l'Estat Espanyol, València, Universitat de València, 48-54.
Algunos estudios de estos autores en SECO, M. (1987b) para R. J. Domínguez; para Salvá, AZORÍN, D. y BAQUERO, R. (1994-95), «De la teoría a la práctica lexicográfica, el «Nuevo Diccionario de la Lengua Castellana» de Vicente Salvá», Estudios Lingüísticos de la Universidad de Alicante, 10, 9-20; para el editado por Gaspar y Roig, BUENO, A. Ma.
(1996), «La lexicografía no académica del siglo XIX, el Diccionario Enciclopédico de la Lengua Española publicado por la editorial Gaspar y Roig», en ALVAR EZQUERRA, M. (coord.), Estudios de Historia de la Lexicografía del Español, Málaga, Universidad, 151-157, etc. Para el léxico químico, resulta especialmente interesante el de IGLESIA, S. ( 2002), Las voces de la química en el Diccionario Nacional de R. J. Domínguez, la marcación y la definición, Barcelona, Universitat Pompeu Fabra (trabajo de investigación).
Lingüísticamente, cabe mencionar la transformación que el diccionario académico experimenta a partir, sobre todo, de la duodécima edición 39 con la incorporación de voces técnicas en su repertorio, y que se proyecta en la última edición del siglo 40.
Paralelamente se siguen produciendo diccionarios enciclopédicos en los que el léxico científico y técnico se recoge en abundancia 41, y se debate abiertamente sobre temas relacionados con el lenguaje científico y la adaptación de tecnicismos, con el telón de fondo de la unidad del idioma 42.
HISTORIA DE LA LENGUA
La renovación léxica en una lengua se manifiesta de manera más clara en la adopción de nuevos términos que hasta ese momento no existían, pero no es menos importante el cambio de signficado que se produce en algunas voces tradicionales debido a los avances científicos.
Por último, los procesos de formación de palabras también son aprovechados por la lengua para la creación de nuevos términos.
A continuación mostraré algunos ejemplos de estos tres fenómenos.
----39 R.A.E. ( 1884), Diccionario de la lengua castellana, Madrid, Gregorio Hernando, 12a ed. 40 R.A.E. (1899), Diccionario de la lengua castellana, Madrid, Hernendo y compañía, 13a ed. En GARRIGA, C. (2001a), «Sobre el diccionario académico, la 12a ed. (1884)», en MEDINA GUERRA, A. M. (ed.), Estudios de lexicografía diacrónica del español, Málaga, Universidad, 261-315, se describe la edición de 1884 y se pone de manifiesto el aumento de voces técnicas en el vocabulario académico.
A este respecto, véase GUTIÉRREZ CUADRADO, J. y PASCUAL, J. A. (1992), «Prólogo a propósito de las Actas del Congreso Literario Hispano-americano de 1892», en ASOCIACIÓN DE ESCRI-TORES Y ARTISTAS ESPAÑOLES (1893), IX-XXXI.
La aparición de un nuevo término produce tensiones en la lengua encaminadas a la reorganización del sistema.
Además, hasta que ese nuevo término se asienta en el uso, frecuentemente debe competir con otras propuestas léxicas que aspiran a ocupar el mismo espacio lingüístico.
Aquí se trata un ejemplo muy característico que, aunque se acuña en el último cuarto del siglo XVIII, se proyecta como ningún otro en la química del siglo XIX: el de oxígeno 43.
Este término es seguramente el más conocido de los introducidos por Lavoisier y sus colaboradores, aunque el descubrimiento se debió a Priestley, químico partidario de la teoría del flogisto, quien le dio el nombre de aire desflogisticado.
El Diccionario de la Academia lo recoge en la 5a edición 44, pero para entonces el término estaba sobradamente consolidado, tras haber competido con otros términos rivales.
Además de la denominación de Priestley, recibía los nombres de aire puro y aire vital, y debido a su importancia en la teoría de la acidez de Lavoisier, este autor lo llamó también principio acidificante.
La primera documentación hallada de la voz oxígeno en español se encuentra en un texto de Martí i Franquès (1787), quien afirma que: sier decía al proponer el término.
Así, además de las lexías formadas a partir de aire (desflogisticado, puro y vital) y de la forma principio acidificante, el término oxígeno compite en español con las siguientes propuestas léxicas:
La propuesta es de Aréjula (1788), quien obtenía la palabra de acuerdo la etimología griega (αρκη 'principio' y καιαν 'quemante') 48.
El Diccionario de la Academia no llegará a incluir este término, aunque sí que se encuentra en el Diccionario enciclopédico de E. Chao, definido como'Quím. ant.: gas oxíjeno' 49.
Lo propone Porcel 50, de acuerdo con las observaciones de Aréjula, argumentando como ventaja frente a arxicayo que la voz comburente ya existía en español, lo que hacía innecesario crear otra nueva 51.
El Diccionario de la Academia no registra comburente, pero se puede hallar en el Diccionario Nacional de Domínguez 52 y en el Enciclopédico de Chao 53:'Quím.: lo que combinándose con otro cuerpo, produce el fenómeno de la combustión; calificación que merece solo el oxíjeno (...)'.
Esta solución, que busca la analogía con otros términos como oxígeno e hidrógeno, es propuesta por Chabaneau, también de acuerdo con las objeciones de Aréjula 54.
Pero la voz pyrogeno no se ha llegado a documentar en ningún diccionario del siglo XIX.
A estos autores, sin embargo, se les escapaba que lo fundamental de un término científico no es que su significado responda a la etimología de sus formantes, sino que la comunidad científica esté de acuerdo en atribuirle ese valor.
Y eso ocurrió con oxígeno, que debido a su rápida divulgación, se había asentado ya entre la comunidad científica, y no se vería desbancado por ninguno de sus competidores.
Es de nuevo en el siglo XIX cuando los cambios se reflejan en el Diccionario.
En la 4a edición agua se define como'Cuerpo fluido, húmedo, y transparente, sin olor ni color, y capaz de apagar el fuego' 61, sin hacer referencia al concepto de sustancia simple, y ya en la 5a edición, la definición se transforma definitivamente: Sustancia en su estado mas comun fluida, elastica, trasparente, insípida y sin olor, la mas abundante derramada por todos los cuerpos de la naturaleza.
Hasta nuestros dias fue reputada por simple, y como tal por uno de los elementos ó principio de los cuerpos 62.
Habrá que esperar, sin embargo, hasta la 11a edición para que el Diccionario defina agua como un compuesto de oxígeno y de hidrógeno 63.
De nuevo, los textos sirven para avanzar lo que se documenta en las obras lexicográficas 64.
A mediados del siglo XIX se produce el momento del desarrollo de la química orgánica.
Uno de los síntomas de progreso en la nomenclatura de la química orgánica fue la utilización de nombres formados con sufijos comunes para las sustancias de una misma característica, sistema inspirado, en principio, en la nomenclatura propuesta para la química inorgánica, pero desvirtuado tempranamente por su falta de sistematicidad 65.
El ejemplo más claro es el del sufijo -ina, utilizado para los alcaloides desde que la traducción francesa de morphium consagró morphine (1817), y a partir de aquí se utilizara ese formante -ine como identificador de los alcaloi----- des 66.
La terminación -ine se traduce al español como -ina.
En la adaptación al español del Tratado de química orgánica de Liebig (1847-48) 67, en un capítulo del tomo III titulado «Alcaloides», se recoge y explica un total de 73 sustancias.
Muchas de ellas tienen denominaciones que han quedado anticuadas, o que no han penetrado, por su especificidad, en los diccionarios generales.
En cambio, otras han traspasado la frontera de la lengua científica y se usan habitualmente en la lengua común debido a sus frecuentes aplicaciones médicas.
Una de las sustancias que se documenta en Liebig es, desde luego, morfina 68.
Sin embargo, no tendrá cabida en el Diccionario hasta la 11a ed. 69.
Pero no es esta la primera documentación lexicográfica del término, ya que Domínguez (1846-47) lo recoge en su diccionario.
Hay que tener en cuenta que este alcaloide se descubre en 1817, un momento en que la ciencia española estaba sumida en una grave crisis.
No es de extrañar que, dada la ausencia de textos sobre la materia, la primera documentación estuviera en un diccionario enciclopédico, que, por otro lado, confiesa sus fuentes francesas 70.
La trayectoria académica de morfina es también característica de otros términos científicos y técnicos, que entran en las ediciones de la segunda mitad del siglo XIX, y a partir de ahí se mantienen prácticamente inalterados.
Alcali vegetal amargo que se extrae del opio' 71.'(De Morfeo, dios del sueño, á causa de la virtud soporífica de esta substancia.) f.
Álcali vegetal amargo que se extrae del opio.
Combinada con los ácidos, produce sales muy venenosas' 72.'(De Morfeo, dios del sueño, á causa de la virtud soporífica de esta substancia.) f.
Alcaloide sólido, muy amargo y venenoso, que cristaliza en prismas rectos e in-----66 La sucesión de alcaloides descubiertos y cómo se llegó a sus denominaciones, en CROSLAND, M. (1962) Si se compara la definición de 1899 con la de la última edición del Diccionario, se verá que es prácticamente la misma 74.
Sin embargo, la primera denominación de un alcaloide que entra en el Diccionario no es la voz morfina, sino el término quinina, introducido en la 8a edición 75.
Pero es un caso esporádico, porque no aparece ningún otro hasta la 11a edición 76, cuando junto a morfina se incorpora nicotina, y hay que esperar a la 12a edición 77 para encontrar las voces atropina, codeína, estricnina, narcotina y teína, y a la 13a edición 78 para hallar cafeína y anilina.
Todas estas voces están documentadas en Liebig 79 y aparecen en los diccionarios de Domínguez y Chao, anticipándose siempre al repertorio académico 80.
Este sufijo, ya en el siglo XX, ha alcanzado cierta productividad en la lengua común, asociado al significado de 'droga' (cocaína, heroína, morfina, etc.) y de 'medicamento' (aspirina, penicilina, insulina, etc.) 81.
Otro ejemplo con menos fortuna lexicográfica en el siglo XIX fue el de las sustancias con denominaciones acabadas en -ona.
En este caso fue acetona el término que dio lugar a la regularización.
Aunque descubierto en 1833 82, y documentado en la traducción de Liebig 83 y en el Diccionario de Chao 84, no se encuentra en el repertorio académico hasta la 15a edición 85.
La historia de la lengua del siglo XIX requiere el estudio de otros textos, además de los literarios.
El filólogo no puede limitarse a las obras literarias e ignorar otro ámbito de gran dinamismo para la lengua, como es la actividad científica y técnica, especialmente en un siglo en el que el avance de la ciencia y el desarrollo de la técnica se convierten en motor del conocimiento.
Es verdad que hay dificultades para acercarse a los textos técnicos y seleccionar aquellos que sean los más repesentativos para estudiarlos filológicamente, pero es indispensable, ya que no sirve quedarse en los diccionarios de lengua general que, como no puede ser de otra manera, actúan de notarios del uso y recogen las voces siempre con una acusada posterioridad respecto al momento de entrada en la lengua.
Hay que acercarse a los textos.
Y aquí es cuando el conocimiento de la historia de la ciencia acude en apoyo del filólogo.
Hemos visto que la lengua se renueva al ritmo que evoluciona la ciencia.
La lengua no es más (ni menos) que el vehículo que sirve para expresar las nuevas ideas, los conceptos innovadores, los descubrimientos.
Las traducciones de los textos orginales se convierten en vía de penetración de neologismos, dan fe de las tensiones que experimenta la lengua al dar cabida a una nueva unidad, o a varias que compiten para acabar imponiéndose una de ellas.
Pero a veces este mecanismo es más sutil, y consiste en cambiar el concepto de una palabra que ya existe desde hace largo tiempo en la lengua.
Otras veces, el fenómeno consiste en penetrar hasta los más esenciales mecanismos léxicos e introducir nuevos elementos en el sistema que, mediante los procesos de formación de palabras, den lugar a nuevos términos.
Aquí se han repasado algunos ejemplos de estos fenómenos, que muestran cómo se renovó el léxico científico del español del siglo XIX. ----(eds.), Actas del V Congreso Internacional de Historia de la Lengua Española, Madrid, Gredos, 2093-2106. |
Cuidados y Sociedad en la España Moderna.
Materiales para la Historia de la Enfermería en los siglos XVI y XVII.
Cuidados y Sociedad en la España Moderna, de Manuel Amezcua, se comenzó a gestar hace unos cuarenta años, cuando el autor empezó a profundizar en algunos aspectos del pasado de la enfermería.
Ciertamente, la historia de la enfermería ha estado siempre presente, de una manera u otra, en los diferentes planes de estudio académicos desde que el Real Decreto 2128/1977, de 23 de julio, reguló la integración en la Universidad de las Escuelas de Ayudantes Técnicos Sanitarios como Escuelas Universitarias de Enfermería.
Sin embargo, durante mucho tiempo, esta materia ha vivido "a la sombra de un régimen con una mirada tan estrecha que para reafirmarla tuvieron que buscar en terrenos colaterales, como era la historia residual de la medicina" (p.17).
Del mismo modo, a la historiografía relacionada con la enfermería le ha costado avanzar sin tener encima el yugo de las "distorsiones, falsedades y falacias, que tanto daño vienen realizando en la identidad profesional" (p.
No ha sido, pues, hasta hace pocas décadas cuando estimulantes publicaciones, como la que origina esta reseña, están permitiendo matizar algunos de los tópicos que se habían ido anquilosando, con cierta terquedad, a la vez que contribuyen a abrir nuevas vías de investigación.
Uno de estos tópicos, que aún hoy en día se sigue repitiendo como si de un mantra se tratara, es el consistente en explicar que la historia de la enfermería se inició con el legado de Florence Nightingale.
Aunque hay consenso en aceptar que la figura histórica de esta enfermera británica fue fundamental para establecer las bases sobre las que, a finales del siglo XIX y principios del XX, la enfermería se desarrolló como profesión, no es menos cierto afirmar que el «cuidar» es una actividad que se remonta a los orígenes de la humanidad.
En este sentido, en el Mundo Antiguo (Corvisier, 1985; Terray, 1990) ya se pueden documentar conceptos como los de «tutela», «asilo» y, en general, «hospitalidad» (Comelles, Conejo, Barceló, 2018: 9-13), todos ellos vinculados al cuidar, que remiten a prácticas sociales y culturales destinadas a tener cuidado de personas que no disponían de apoyo social o cuyos grupos primarios de referencia eran incapaces o tenían limitaciones para hacer frente a la gestión del infortunio provocado por cualquier tipo de «mal» (Augé y Herzlich, 1984).
Lo cierto es que en el Occidente judeocristiano y también islámico, el desarrollo de estas prácticas evolucionó hacia un
discurso ético, moral y, sobre todo, cultural alrededor de la hospitalidad que terminó implicando la creación de instituciones hospitalarias o de acogida (Miller, 1985).
La aparición y expansión del cristianismo convirtió la hospitalidad en una obligación religiosa y, a pesar de mantener las mismas raíces, el aparato ideológico del concepto se hizo más complejo, dado que tuvo que articular conceptos morales como la infidelitas o la avaritia con otros de políticos como el bonum commune y la utilitas pública (Barceló-Prats, 2018: 15-16).
Ya durante la Edad Media, la renovada espiritualidad cristiana difundida por las órdenes religiosas mendicantes, como los franciscanos, acabó por desarrollar una nueva ética de la responsabilidad frente a los problemas de la colectividad (Todeschini, 2008; Arrizabalaga, 2013).
Del mismo modo, durante la Edad Moderna, las órdenes religiosas contrarreformistas de los países católicos continuaron manteniendo, entre sus mandatos, el voto de la hospitalidad.
Concretamente, debemos situar la obra reseñada dentro de este último período (siglos XVI y XVII), donde profundiza en las relaciones entre el cuidar y el proceso reformador que se experimentó en España.
El autor muestra, a partir del análisis exhaustivo de 64 documentos originales o «primarios», como se construyen estas relaciones y qué consecuencias se originaron.
Por consiguiente, nos encontramos ante un libro que, además de desmontar el mito ya mencionado consistente en que la historia de la enfermería apenas tiene 200 años, ayuda a entender la organización social del cuidar durante la Edad Moderna.
Del mismo modo, el libro también facilita la comprensión de las genealogías que terminaron por configurar la hegemonía del actual modelo biomédico (Menéndez, 2005).
En este sentido, la complejidad del sector salud, como objeto de estudio, pone de relieve la necesidad de recordar que el binomio «care» [cuidar] y «cure» [curar] no está necesariamente presente en otros sistemas de medicina diferentes al del modelo biomédico (Comelles, 1992).
En nuestro contexto, mientras el cure remite a un papel activo caracterizado por la «interpretación-adivinación» –lo que hoy conocemos por diagnóstico– con el objetivo de intentar establecer una «terapéutica», ya sea de naturaleza empírica, ritual o simbólica; el care –en cambio– conduce a
un papel más pasivo de «protección» y/o «acompañamiento» y sus aspectos relacionales con el cuidar (Saillant, 2009).
El «cuidar» y el «curar», pues, constituyen dimensiones diferentes que no operan en un mismo plano social de igualdad y ello ha conllevado, como bien ejemplifica el libro, el desarrollo de formas de asistencia o de institucionalización diferenciadas.
Una lectura a fondo del libro permite captar los orígenes de esta gradación de representaciones, cuyas imágenes culturales han sido fundamentales en la consolidación de los procesos asistenciales y de toma de decisiones que constituyeron ambos «saberes» (Comelles, 1985).
En efecto, el libro contribuye a evidenciar el «saber» existente en el pensamiento y la práctica enfermera de los siglos XVI y XVII.
Los documentos de que se nutre el libro para reflejar esta última premisa sirven, también, para explicar el proceso de institucionalización del «cuidar» mediante el análisis en profundidad de aspectos como el rol del «cuidar» en la mentalidad de la época; el «cuidar» en el contexto de la ciencia de la época; el perfil de los que dispensaban los «cuidados»; así como la propia organización del «cuidar».
Para ello, los corpus documentales que conforman la base de esta obra, cuidadosamente seleccionados, reúnen textos clásicos dentro de la historia de la enfermería con otros que se alejan de los quehaceres enfermeros pero que, sin embargo, ayudan a ilustrar el amplio abanico de concepciones que los diferentes sectores de la sociedad de aquella época tenían sobre la práctica del cuidar.
A grandes rasgos, en el primer capítulo ("Institucionalización del pensamiento y la práctica de la Enfermería en la España Moderna", pp. 21-96), el autor muestra una visión compleja y bien contextualizada del cuidar y de sus significaciones durante la Modernidad.
A raíz de ello, se relacionan los debates en torno al socorro de los pobres con los intentos reformadores que condujeron al establecimiento de Casas de Misericordia, hospicios y otras workhouses.
El desarrollo de este primer capítulo deja entrever una de las consecuencias de la primera fase de medicalización.
Eso es, la progresiva especialización de los hospitales generales –que originariamente se dedicaban a la asistencia a todo tipo de «pobres»– hacia solamente los «pobres enfermos» (Arrizabalaga, 2006: 204), conllevó la creación de instituciones específicas para el campo más genérico de la acción social.
Además, se detallan los elementos que ayudaron a construir el saber enfermero dentro del hospital moderno y que, en España, desembocaron en el inicio de la «Época Aurea de la Enfermería».
El autor no esconde, al proponer este nombre para definir esta época, la intención de desmitificar la visión estereotipada que la historiografía anglosajona ofreció sobre esta época llamándola «Período Oscuro de la Enfermería» (Donahue, 1985: 193).
En el segundo capítulo ("Corpus documentales en la Historia de la Enfermería, entre la ausencia y la necesidad", pp. 97-128), el autor describe las fuentes y las miradas, así como las problemáticas que tuvo que afrontar para realizar la selección de documentos, que le llevaron a elegir los nueve «Corpus Documentales» que se analizan bastamente a lo largo del tercer capítulo ("Antología de Textos: 9 corpus documentales para la historia de la Enfermería en los siglos XVI-XVII", pp. 129-396).
Finalmente, el libro concluye con un apartado de "Fuentes y bibliografía" (pp. 397-419) y un "Índice de textos incluidos en la antología" (pp. 420-423).
A modo de conclusión, nos encontramos ante una obra abundante en datos, cuya interpretación ayuda a hacer visible la aportación enfermera en diferentes ámbitos de la sociedad española durante la Edad Moderna.
Sin embargo, además de ampliar la comprensión de la organización social del cuidado durante los siglos XVI y XVII, el análisis de los corpus documentales muestra algunas claves para conectar el pasado con el presente.
Eso es, mediante la comprensión del pasado, la obra invita al lector a reflexionar sobre las complejas dimensiones del cuidado en nuestra actual sociedad. |
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