text stringlengths 21 422k |
|---|
Las fechas obligan y un importante aniversario de un notable científico no puede ser olvidado.
Antonio José de Cavanilles, clérigo valenciano formado en la filosofía y las ciencias sagradas, se convirtió sin embargo en el primer naturalista científico de la España ilustrada.
Su estancia en París, su relación con principales personajes del momento, su interés por la ciencia y su utilidad... hacen de él un científico distinto.
En sus manos, la historia natural deja de ser un instrumento en las manos de médicos y boticarios, o un adorno en las de nobles y ociosos.
Aparte de sus herborizaciones, es capaz tanto de empezar a estudiar la clase Monadelphia, como de discutir las más modernas teorías sobre la clasificación de los vegetales.
Además, su viaje por el reino de Valencia, convierte su trabajo en una notoria aportación a la geografía, la historia natural, la antropología, la economía y la medicina.
Por fin, sus intrigas epistolares y cortesanas, le permiten enderezar la posible quiebra de la botánica española, convirtiendo el Jardín Botánico en centro de estudio, que su discípulo Mariano Lagasca mantendrá.
Como José Celestino Mutis, supo morir a tiempo, sin conocer los desastres de la guerra.
Vivió mundos distintos, siendo buen conocedor de Europa, de los distintos saberes y de gentes muy variadas, y consiguió un momentáneo esplendor tras sus peleas con botánicos y científicos, defendiendo a España, a la ciencia moderna o a sus aliados.
La revista Anales de Historia Natural que coeditó con muy destacados científicos y a la que imprimió un sello muy personal fue (dejando aparte la que escribía Proust) la gran publicación científica en la España de la época.
Al abordar este complejo personaje, piadoso y elegante, científico y pragmático, universal y patriotero, hemos procurado no olvidar los principales temas a que se consagró.
Así su inserción dentro de la botánica francesa de la
JOSE LUIS PESET Y MIGUEL ANGEL PUIG-SAMPER época ha sido analizada por Francisco Pelayo y Marcelo Frías; sus ricos y atractivos trabajos en su viaje por Valencia por Antonio González Bueno; y su interés por América y sus dificultades políticas e institucionales por Diana Soto.
María Pilar de San Pío y Aladren y Paloma Collar del Castillo nos presentan el archivo Cavanilles del Jardín Botánico de Madrid; y, en fin, José María López Pinero y María Luz López Terrada ponen al día la bibliografía de Cavanilles y los estudios sobre su vida y obra.
A todos ellos, agradecemos su excelente aportación en este primer dossier, su trabajo ha sido generoso y puntual.
A Andrés Galera también debemos mencionarlo por su revisión de algunas de estas páginas. |
El 10 de mayo de 2003 falleció inesperadamente el historiador de la medicina profesor doctor en medicina, en filosofía y honoris causa Heinrich Schipperges, poco después de su octogesimoquinto aniversario, que pudo celebrar colmado de vitalidad y de planes para el futuro tanto en el círculo familiar como en el de sus más próximos discípulos y colegas en Heidelberg.
Paralelamente llevaba a cabo su formación como especialista en Neurología y Psiquiatría en Zurich y Kiel, finalizándola en 1960 en esta ciudad, donde en 1959 había obtenido una plaza docente en Historia de la Medicina y de la Cultura.
En 1961 Schipperges aceptó la propuesta de incorporarse como profesor no numerario -numerario desde 1963-a la cátedra de Historia de la Medicina de la Universidad de Heidelberg, y en los años subsiguientes puso en marcha uno de los más renombrados institutos de Historia de la Medicina en Alemania; un instituto que, ajustándose a su credo antropológico y científico, mostraba en su estructura fundamental la íntima asociación de la historia de las ciencias de la naturaleza con las ciencias del espíritu.
Investigación y docencia fueron igualmente importantes para Heinrich Schipperges.
Casi inabarcable es el conjunto de sus conferencias, que por su intensidad programática y por su nivel literario a la vez cautivaban y estimulaban a sus oyentes.
Con el mismo placer, y siempre con gran éxito, hablaba para médicos y legos.
La política académica le interesaba menos.
Su propuesta de un curso obligatorio de Terminología Médica entendido como introducción al lenguaje y al pensamiento médicos, y no como un sucedáneo de filología clásica, encontró gran aceptación entre los estudiantes.
Su asignatura «Historia de la Medicina» cumplía en aquel tiempo la función encomendada en la reciente reforma del plan de estudios en Alemania a la asociación de Historia, Etica y Teoría de la Medicina.
Muchos estudiantes de medicina participaban activamente en los seminarios del Instituto; un número impresionante de tesis doctorales de tema historicomédico se realizaron bajo su dirección.
En el Instituto de Heidelberg se habilitaron como profesores de Historia de la Medicina Eduard Seidler, Dieter Jetter, Hans Hugo Lauer, Wolfram Schmitt, Dietrich von Engelhardt y Axel Bauer, quienes han llevado consigo a sus respectivos lugares de trabajo las ideas, conceptos y perspectivas de Heinrich Schipperges compartiéndolas con sus estudiantes, doctorandos y colegas.
Seidler, Jetter, Lauer y von Engelhardt han obtenido cátedras, así como la dirección de institutos de Historia de la Medicina (Friburgo, Colonia, Marburgo, Lübeck).
Desde 1966 hasta su jubilación trabajó en el Instituto de Heidelberg el biólogo e historiador de la Biología Hans Querner, primero como no numerario y luego, desde 1970 hasta 1984, como C3-Professor [equivalente a profesor titular de Universidad] y director de la Unidad de Historia de la Biología, en perfecta resonancia con la concepción abierta de la disciplina «Historia de la Medicina» sostenida por Heinrich Schipperges.
El espectro de los intereses intelectuales de Heinrich Schipperges era tan grande como su productividad científica, casi inagotable.
Hasta el último momento estuvo planeando futuras investigaciones y publicaciones, que incluían la de sus diarios con las vivencias de guerra en el Cáucaso.
Su última obra, aparecida recientemente, lleva el título, tan característicamente suyo de Gesundheit und Gesellschaft.
Entre los temas más destacados de sus numerosas monografías, muchas de ellas traducidas a otros idiomas, así como de sus artículos y colaboraciones en obras colectivas -unos mil títulos en conjunto-hay que señalar, junto a obras generales de Historia de la Medicina, temas específicos como dietética antigua, medicina árabe, medicina monacal, Pedro Hispano, Hildegarda de Bingen, Paracelso, Novalis, Nietzsche, educación para la salud, envejecimiento y vejez, calidad de vida, conceptos de enfermedad y terapéutica, o el papel del arte en la medicina.
En todos sus trabajos Schipperges buscó una comprensión del presente y el futuro basada en el pasado, así como del pasado en la perspectiva de problemas y preguntas que el presente y el futuro le planteaban, de lo que es buena muestra el conjunto de títulos de las siguientes monografías: Moderne Medizin im Spiegel der Geschichte [La medicina moderna en el espejo de la historia] (1970), Die Medizin in der Welt von Morgen [La medicina en el mundo de mañana] (1976), Wege zur neuer Heilkunst.
Traditionnen, Perspektiven, Programme [Caminos hacia una nueva medicina 1.
Fakten, Trends, Optionen [Medicina en el fin de siglo.
Mantuvo contactos muy amistosos y estimulantes intercambios con muchos colegas nacionales y extranjeros; en España, en lugar preeminente con el médico antropólogo e historiador de la medicina Pedro Laín Entralgo, quien por su parte visitó el Instituto de Heidelberg, donde sus publicaciones tuvieron gran repercusión.
La obra de Heinrich Schipperges logró un reconocimiento nacional e internacional por obra de numerosos nombramientos y premios.
Fue miembro ----de la Academia de Ciencias de Heidelberg, de la Academia Internacional de Medicina, de la Academia Real de Toledo, de la Academia Scientiarum et Artium Europaea, de la Sociedad Socrática de Mannheim y de muchas otras sociedades.
Fue cofundador de la Sociedad de Historia de la Ciencia, así como de la Sociedad de Educación para la Salud.
La línea de investigación sobre «Patología Teórica» que dirigió en la Academia de Ciencias de Heidelberg, con su propia serie de publicaciones, alcanzó un prestigio especial.
En este contexto estableció Schipperges una colaboración especial con el patólogo de Heidelberg Wilhelm Doerr.
Durante muchos años fue editor de los Heidelberger Jahrbücher.
Desde su jubilación vivía Schipperges en su casa de Dossenheim, cerca de Heidelberg, pero siguió acudiendo al instituto, dirigido desde 1992 por el historiador de la medicina Wolfgang U. Eckart.
No dejó de trabajar en casa y de viajar para dar conferencias.
La ciencia la hacen seres humanos, y se hace para los seres humanos; la ciencia aumenta el saber y está al servicio del obrar.
La Historia de la Medicina tenía un objetivo concreto para Heinrich Schipperges: el trato del médico con el paciente.
Pensaba que la medicina no puede reducirse a mera técnica terapéutica, sino que exige tanto la solidaridad empática del médico como la responsabilidad del paciente.
La medicina es arte y ciencia, asocia las ciencias de la naturaleza a las ciencias del espíritu, significa medical humanities.
Todo aquél que pudo conocer de cerca a Heinrich Schipperges no quedo impresionado tan sólo por su sabiduría y por su capacidad de trabajo, sino también, y sobre todo, por su modestia y su sinceridad, su respeto hacia los otros, su humor, su vínculo espiritual.
Con su personalidad y su estímulo, Heirich Schipperges permanecerá en nuestro recuerdo y seguirá actuando en nosotros.
Traducción de Luis Montiel |
igual que la higiene veterinaria, y su objetivo era proporcionar bases higiénicas para un plan de infraestructuras agrarias, lo que se tradujo en una ingente tarea de vigilancia epidemiológica sobre anquilostomiasis, paludismo, aguas y alimentación.
En este sentido resulta un perfecto epítome de la tradición informativa liberal, así como un complemento de la política hidráulica impulsada por Rafael Gasset.
para él la creación de la ISC fue «decisión realmente vejatoria», que significó un «escarnio», y su actividad fue «desconcertante», generó interferencias o resultó «francamente agobiante».
Personalidades destacadas de la década de 1920, como Gustavo Pittaluga y Marcelino Pascua, se refirieron a los errores factuales y metodológicos de la ISC en lo tocante al paludismo.
En particular gozan de autoridad las críticas de Pascua, en tanto que nuestro más destacado experto en estadística sanitaria, cuando señalaba los errores metodológicos que invalidaban como fuente los Avances de los inventarios de Paludismo y Aguas Potables (Madrid, Ministerio de Fomento.
Dirección General de Agricultura, Minas y Montes; 1918), -prácticamente la única publicación o resultado de la actividad de la ISC citada hasta 2005 3 -.
Por todo ello, nuestra percepción acerca del papel desempeñado por la ISC en el proceso de modernización de la Salud Pública española no le daba valor particular.
Sin embargo, un trabajo realizado conjuntamente con Alfredo Menéndez-Navarro sobre el problema de la anquilostomiasis mostró pruebas de que la intervención del mencionado organismo fue más allá de lo que su (escasa o mala) fama permitía suponer 4.
En efecto, encontramos que la ISC resultó decisiva para poner en marcha la primera legislación específica de prevención de una enfermedad del trabajo en un entorno industrial concreto, el de la minería.
Las medidas dispuestas en sendos decretos de 1912 y 1916 prefiguran en lo fundamental la legislación correctora que adoptó el gobierno de Primo de Rivera en 1926, tras el viaje de inspección que realizó Charles Bailey, enviado de la Fundación Rockefeller.
En sí mismo, nos encontramos con un interesante ejemplo de «olvido» (¿interesado?) de antecedentes inmediatos, producto de una indagación epidemiológica y cuyo contenido era perfectamente homologable con ----3 PITTALUGA, G. (1922), Trabajos de la Comisión para el Saneamiento de Comarcas Palúdicas, Anuario Dir.
La única otra publicación citada (memoria de 1912) en BARONA, J.L., BERNABEU-MESTRE, J. y PERDIGUERO, E. ( 2005), Health problems and public policies in rural Spain,.
4 RODRÍGUEZ-OCAÑA, E. y MENÉNDEZ- NAVARRO, A. (2006a), Higiene contra la anemia de los mineros.
Sin embargo, ni en 1926 ni con posterioridad nadie reclamó la recuperación de aquellos trabajos pioneros.
Esto condujo a que me replanteara el análisis de esta institución y que me decidiera a realizar una búsqueda sistemática de fuentes primarias, obviando, al menos provisionalmente, la imagen transmitida, y hacer caso así a la advertencia de Félix de Azúa, quien ha escrito que si bien la historia no suele repetirse, sí que lo hacen continuamente los historiadores5.
Para ello me propuse la recuperación sistemática de todos los fondos pertenecientes a dicho organismo.
Si bien el Archivo General de la Administración no se ha mostrado propicio hasta la fecha en cuanto a documentación, sí he encontrado numerosas informaciones de importancia en el Boletín de Agricultura técnica y económica, que se publicó mensualmente como órgano oficial de la Dirección general de Agricultura, Industria y Comercio desde 1909.
Igualmente he intentado verificar, con éxito nulo, los fondos procedentes de los Consejos Provinciales de Fomento, con los que mantuvo relación administrativa la ISC, con la dificultad de su natural dispersión y aleatorio estado de conservación.
En realidad los impresos encontrados de esta procedencia, salvo en un caso, no tenían relación con el tema de búsqueda.
Igualmente he realizado el examen completo y sistemático de un número de revistas médicas de la época (Revista de Medicina y Cirugía Prácticas, Revista Iberoamericana de Ciencias Médicas, Gaceta Médica Catalana -todas, entre 1910y 1918-y Medicina Ibera, 1917-18), considerando que El Siglo Médico ya había sido escrupulosamente revisado por Rico-Avello.
Junto con las revistas, tuve la suerte de localizar en la Biblioteca del antiguo Hospital Provincial de Granada (Hospital San Juan de Dios) los Boletines que acompañaban a dichas revistas, donde, con formato y numeración independiente, se recogía la mayor parte de las informaciones de actualidad, habitualmente no conservados.
Lo que sigue se sustenta en el análisis de lo encontrado en mi pesquisa.
LA INSPECCIÓN DE SANIDAD DEL CAMPO: SU ORGANIZACIÓN Y FUNCIONES
El 25 de noviembre de 1910, el Ministerio de Fomento regido entonces por Fermín Calbetón 6 en un Consejo presidido por José Canalejas, promulgó ----un Real Decreto por el que se creaba, dentro de la Dirección General de Agricultura, un órgano para llevar a cabo «la acción del Estado en cuanto se refiere a la higiene y salubridad del suelo, subsuelo y aguas de las comarcas y terrenos rurales» 7.
Ello requería, a juicio del legislador, añadir competencias médicas a las propias, agronómicas, sin por ello cuestionar que la jerarquía de las cuestiones sanitarias correspondía de manera «omnímoda y exclusiva» al Ministerio de Gobernación.
La justificación de motivos se amplió en la Memoria publicada al final del primer año de actividad del nuevo Servicio.
Partía de constatar la quiebra de lo que Josep Bernabeu ha denominado el mito de la salud rural: Y como quiera que el medio rural era el venero de la población, su saneamiento se postulaba por conveniencia general de la nación, en tanto que la atención a su bienestar garantizaría la fortaleza nacional.
Al mismo tiempo, podrían evitarse las pérdidas económicas anejas a la morbimortalidad rural, en particular por enfermedades como las fiebres tifoideas y el paludismo, esto es las «hídricas y telúricas», algo de lo que daba cuenta, aunque con deficiencias, la estadística demográfica del Instituto Geográfico.
En el preámbulo del RD se citaba que, en 1907, el total de fallecidos por causa de enfermedades hídricas y telúricas sumaba más de la cuarta parte del total de la mortalidad española, así como que se perdían al año 24 millones de días de trabajo por enfermedades intestinales.
En la Memoria de 1912 se añadían al «empobrecimiento nacional» así producido fenómenos como la «despoblación de muchísimas regiones» y la depreciación del valor de la tierra 9.
Existía un ejemplo histórico cercano: la campaña de saneamiento a gran escala practicada por Estados Unidos en Cuba después de la guerra hispano-----7 RD 25 noviembre 1910, Gaceta del 26, pp. 459-461.
En Parte de la Memoria del Director general de Agricultura, Minas y Montes D. Tesifonte Gallego García é Informe que el Inspector general de Sanidad del Campo D. A. Muñoz eleva como resultado de la inspección que ha practicado en las regiones de Castilla la Vieja, Leonesa, Galicia y Asturias, Extremadura, Andalucia y parte de Levante, Madrid, Ricardo F. de Rojas, pp. 4-8 (cita de p.
norteamericana, y una amenaza pendiente: el miedo a la extensión de la epidemia de cólera aparecida en Italia en ese año, argumentos ambos que hacían oportuna la iniciativa gubernamental.
El cólera se presentó, en efecto, en algunas localidades tarraconenses en 1911 y fue afrontado enérgicamente por el Instituto Nacional de Higiene y la sanidad oficial.
El ejemplo norteamericano no parece haber servido más que de sostén retórico a la norma legislativa, pues nada en lo realizado por el nuevo organismo se aproximó a la obra dirigida por William Gorgas.
En la Memoria de 1912 se insertaba la iniciativa española en una panorámica internacional donde figuraban el Servicio de Higiene del Departamento de Agricultura de los Estados Unidos y la Inspección de Sanidad rural belga, la legislación italiana sobre malaria y la figura de los inspectores de salubridad británicos, como ejemplos de acción gubernativa enfocada hacia el saneamiento agrícola y separada de los servicios sanitarios clásicos.
Como en estos países, pues, convenía preparar obras de ingeniería «tomando en cuenta la higiene» 10.
No hay duda de que el auténtico motor que propulsó la creación de este organismo fue la argumentación de corte poblacionista y economicista que es el nexo que integra la preocupación por la salud en el universo ideológico del desarrollo capitalista.
Esa fue también la argamasa del pensamiento médicosocial que, en líneas generales, se desarrolla en toda Europa por estas fechas, movimiento del que no queda exenta España11.
La ISC se componía de una dirección central formada por un Inspector general (IG), residente en Madrid, y dieciséis Inspectores regionales (IIRR), asentados en las ciudades capitales de provincia dotadas de Granjas-Escuelas prácticas de Agricultura (que en algún caso, como el de Palma de Mallorca, se creó con posterioridad a la dotación de la ISC), todos ellos médicos, si bien debían contar con la asesoría, en cada caso, de ingenieros.
En la reforma del Reglamento dispuesta en 1916 se incluyó la figura de los Inspectores Supernumerarios, adscritos a la Inspección General, preparados para sustituir interinamente a los IIRR que obtuvieran la excedencia 12.
También en 1916 se les imbricó más profundamente en el organigrama de Agricultura, ligándola a las Direcciones Hidráulicas y las Jefaturas de Obras Públicas y al disponer que los IIRR -convertidos en vocales na-----tos de los Consejos provinciales de Fomento-trabajarían en las Granjas-Escuela u otras dependencias de Fomento dotadas con laboratorio, «a las órdenes de los Directores o Jefes de servicio correspondientes» 13 -.
Las funciones de la nueva Inspección se definieron del siguiente modo (art. 3):
Esta Inspección estudiará, investigará, fiscalizará y propondrá al Ministro de Fomento las reformas y obras necesarias para evitar toda causa de insalubridad de los campos, de la propagación y diseminación de enfermedades endémicas o epidémicas al través de estos por sus vías fluviales, subterráneas y conducciones de aguas potables, o por las hortalizas y frutos regados con aguas impuras.
Es decir, se pensaba en un plan de obras públicas en el medio rural justificado por razones higiénicas.
Las obras propuestas correrían, según los casos, a cargo de la propia Inspección -supuesto que no hemos encontrado corroborado en la práctica-, a cargo de los municipios, solos o ayudados por el Gobierno, o bien por cuenta de los propietarios.
Estarían respaldadas por la enseñanza y popularización de las técnicas de saneamiento entre «los interesados y naturales de la comarca» (art. 4).
Es interesante advertir que se hace mención expresa de esta misión propagandística entre la población en general, al servicio de la cual se pondrían «personal y elementos materiales», por primera vez entre las competencias de un organismo sanitario nacional.
El capítulo X del Reglamento de 1913 (promulgado por Rafel Gasset como Ministro de Fomento) precisó que esta tarea se traduciría en clases regladas para los alumnos de las Granjas-Escuela y «a cuantas personas lo solicitaran» (art. 47), según programas aprobados previamente con antelación a cada año académico, y en la impartición de conferencias divulgativas en algunas de las poblaciones inspeccionadas, en todo caso procurando concederles un cariz práctico y de estímulo a la acción social.
Los cargos de la Inspección se ocuparían mediante concurso entre doctores (el IG) o licenciados en medicina (los IIRR) con experiencia profesional en el medio rural; mientras el primero debería poseer un puesto oficial ganado por oposición, cuyo desempeño sería compatible con el nuevo puesto, pertenecer o ----13 Art.
Sobre las Granjas-Escuela, ver FERNÁNDEZ DE LA ROSA, G. (1913), Apuntes históricos sobre los progresos de la agricultura española en los cincuenta años últimos.
Por RD 9 agosto 1917 (Gaceta del 10 y, rectificación, el 11) se convirtieron en centros de enseñanzas medias, perdiendo sus funciones experimentales, excepto la Central, incorporada a la Escuela Especial de Ingenieros Agrónomos.
haber pertenecido al Consejo de Sanidad, y haber publicado, preferentemente con premio, sobre higiene y salubridad, a los IIRR se les exigía conocimiento práctico de análisis bacteriológico y químico de aguas y al menos un año de estudio en el extranjero.
Se quería que los puestos se ocupasen inmediatamente, a fin de que la ISC se pusiera en marcha con el nuevo año, por lo que los respectivos concursos se convocaron en seguida14.
Pero en ese plazo solo se concedió la Inspección General, que fue para Antonio Muñoz Sánchez, médico de número del Hospital de la Princesa, nombrado el 28 de diciembre.
Para las plazas inspectoras se recibieron 280 solicitudes, número que llevó a ampliar el plazo y el número de vocales del Tribunal15.
Los puestos se cubrieron de entre una lista con los 81 seleccionados con puntuación superior a 20, establecida por una subcomisión compuesta por los tres médicos consejeros de Sanidad que formaban parte del Tribunal, incluyendo al propio Antonio Muñoz en su calidad de IG.
Los Inspectores Regionales se nombraron el 31 de marzo y tomaron posesión el 15 de mayo de 1911, con cierto retraso por la crisis ministerial sucedida en el ínterin16.
La relación de nombramientos y destinos se publicó a primeros de julio junto al recordatorio de los preceptos sobre residencia y modo de relación con las autoridades por los IIRR17.
La primera oficina central estaba formada por el IG y los agregados inspectores médicos Francisco Masip y Vicente Jimeno e ingenieros asesores Teodoro Moreno Suit, de montes, y Francisco Bilbao Sevilla, agrónomo.
El Reglamento denominó los puestos de inspectores agregados a la Inspección Central como Inspector secretario e Inspector de servicios, con ese mismo orden de prelación en el escalafón y en la capacidad de sustituir las ausencias del Inspector Jefe.
Con referencia a los IIRR, su lugar de residencia y la región correspondiente se indican en la Tabla 1.
Granja-Escuela práctica de agricultura regional, Valladolid
Región de Aragón y Rioja
Luis Cerezo Sainz Granja-Escuela práctica de agricultura regional, Zaragoza Región Leonesa (León, Zamora, Salamanca, Santander y Palencia)
Granja-Escuela práctica de agricultura regional, Palencia Región de Asturias y Galicia Tomás Gil de San Lorenzo Granja-Escuela práctica de agricultura regional, La Coruña Región de Navarra y Vascongadas
Granja-Escuela práctica de agricultura regional, Pamplona
José Suárez de Figueroa 19
Granja-Escuela práctica de agricultura regional, Barcelona Región de Levante (Valencia, Alicante, Castellón y Murcia)
Granja-Escuela práctica de agricultura regional, Burjasot, Valencia Región de Andalucía oriental (Granada, Jaén, Málaga y Almería)
Bonifacio de la Cuadra 21
Granja-Escuela práctica de agricultura regional, Jaén Región de Andalucía occidental (Sevilla, Cádiz, Córdoba y Huelva)
Región de Baleares Ángel Butrón 22
Granja escuela práctica de agricultura regional, Palma de Mallorca Región de Canarias José Selma Ballester 23
Granja escuela práctica de agricultura regional, Sta.
---- 18 García del Real es quien figura en la Gaceta, pero la única referencia inmediata posterior a este cargo que he localizado lo asigna a Julián Vara, Sanidad del Campo (1912), p.
20 Figura «Colmenar» en la Gaceta, pero firma como Colmenares sus publicaciones.
22 Obtuvo la excedencia, según la convocatoria de nueva provisión (Gaceta, 6 febrero 1917, p.
La Granja-Escuela práctica de Agricultura de Palma de Mallorca se creó por RO 14 febrero 1912 (Gaceta del 19) y tomó su tiempo el instalarla.
23 Obtuvo muy pronto la excedencia, según la convocatoria de nueva provisión (Gaceta, 8 mayo 1914, p.
ACTIVIDADES DE LA ISC
Las funciones asignadas por el RD de creación de la ISC se concretaron muy poco después, a mediados del mes de julio de 1911, por recomendación de su Inspector General, en forma de labor minuciosa de información que debía acometerse antes de poner en pie un plan de reformas que comprendiera las obras hidráulicas, nueva legislación sobre cultivos, el abastecimiento y purificación de las aguas potables, etc., mientras que, simultáneamente, desarrollaría una intensa labor de educación sanitaria24.
Con vistas a la tarea informativa se confeccionaron una serie de cuestionarios, cuyo texto reproducía el periódico oficial, para su compilación por los Inspectores en colaboración con los Gobernadores civiles, Ayuntamientos, y otras entidades interesadas.
Las instituciones, en particular municipales, a través de sus respectivos servicios médicos y técnicos, debían suministrar los datos y materiales requeridos por aquellos.
El Reglamento de la ISC, promulgado en octubre de 1913, detalló, sin ninguna contradicción con lo estipulado de antemano, los objetivos, contenidos y finalidad de los cuestionarios, regulación que se confirmó en el nuevo texto reglamentario de agosto de 1916, también promulgado por Gasset.
La organización de la oficina central seguía «un sistema de fichas norteamericano», de manera que todas las respuestas se almacenaban dentro de un expediente identificado con el número del municipio correspondiente, previamente extractadas25.
La documentación original no he conseguido localizarla y dudo de que se conserve.
La investigación fue dirigida hacia los aspectos considerados como más problemáticos de la salud rural, a saber: el paludismo, las aguas potables, la alimentación de los jornaleros, la fiebre de malta y la anquilostomiasis.
Se prometía recoger también en el futuro datos sobre actividades agrícolas, ganaderas y culturales, sobre enfermedades profesionales y sobre la vivienda.
A la vez que se hacía público el detalle de las funciones de la ISC, una circular del Ministerio de la Gobernación, firmada por Canalejas, expresaba la alta consideración con que los Gobernadores civiles deberían considerar las cuestiones de salud pública para combatir con la mayor eficacia las enfermedades evitables, y les ordenaba vigilar que se cumplimentaran los cuestionarios remitidos por la ISC 26.
En particular, destacaba la urgencia de la informa-----ción sobre aguas potables, en aquellos momentos en los que existía la amenaza del cólera.
Ahora bien, los cuestionarios eran realmente prolijos y debían completarse para cada Ayuntamiento y entidad de población menor de España, por lo que suponían una tarea absolutamente ingente y, en muchos casos, un trabajo original de investigación local, pues no cabe duda de que, si no la mayoría, muchos de los datos eran desconocidos.
Como prueba, baste citar las exigencias del cuestionario sobre alimentación.
La muestra tipo llena ocho páginas del periódico oficial.
Comienza con la identificación de la región, provincia, distrito, ayuntamiento y entidades menores, anotando, para cada lugar, número de habitantes y riqueza agrícola, número de agricultores y de jornaleros y precio medio del jornal.
A continuación se preguntaba sobre alimentos vegetales (legumbres secas, legumbres verdes, tubérculos y raíces, hortalizas y verduras, legumbres frutos, setas, frutas y cereales, cada caso desglosado en sus componentes individuales), alimentos animales (carnes de matadero, animales de corral, animales de caza, pescados, moluscos y crustáceos, igualmente descompuestos en sus distintas especies) productos animales (como leche, quesos, manteca, sebo y huevos, en cada caso según naturaleza), conservas (vegetales y animales, desglosadas), condimentos y bebidas (divididas en fermentadas, destiladas y no alcohólicas, con detalle).
Para todos y cada uno de estos elementos individualizadamente se debía anotar la producción anual, el consumo y el precio medio, separando en el primer caso las cantidades producidas según su procedencia (local, limítrofe, nacional y extranjera) y el consumo por día y por año, por habitante y por obrero.
De las conservas se debían precisar los procedimientos de conservación empleados, no se sabe si en proporción o en números absolutos.
A continuación se preguntaba sobre el régimen alimenticio, la ración y la preparación culinaria, el combustible y utensilios empleados en las cocinas.
El régimen alimentario se desglosaba en vegetal, mixto y animal, y había que indicar el horario, cantidad y composición de las comidas, separadamente las del invierno y las del verano.
La ración había que expresarla en número de calorías (formando los grupos de excesiva, suficiente e insuficiente) y descomponerla en hidratos de carbono, albuminoides y grasas.
El siguiente epígrafe hacía referencia al trabajo agrícola, subdividido en débil, moderado, fatigoso, muy fatigoso, y a los reposos o descansos, con mención del número de calorías consumidas en cada caso, así como duración de la jornada (horarios) en invierno y en verano.
Seguía un epígrafe sobre fraudes en alimentos y bebidas, desglosado por tipos y elementos alimenticios, que incluía la mención a los análisis bromatológicos realizados.
A continuación se trataban las enfermedades relacionadas con la alimen-tación (intoxicaciones y contaminaciones diversas, por continente o por contenido, de los distintos tipos de alimentos, bebidas y productos ya desglosados con anterioridad, incluyendo una pregunta por alcoholismo bajos sus diversas formas clínicas) y terminando con las derivadas de nutrición insuficiente (anemia, linfatismo, escrófula, raquitismo, tuberculosis, etc.).
Los dos últimos epígrafes hacen referencia a otros aspectos no tratados y a los «proyectos y reformas necesarias».
Como se puede observar a simple vista, la cantidad y minuciosidad de la información solicitada la convierte en un ejercicio muy exigente, de difícil compilación y no menos ímproba vigilancia y supervisión, a las que estaban obligados los IIRR.
Las respuestas, por otra parte, estaban formateadas de manera grosera (raciones alimenticias «excesivas», «suficientes» o «insuficientes», por ejemplo) y en muchos casos no recogían la observación inmediata, esto es, muchas respuestas debían ser previamente elaboradas a partir de una pluralidad, no determinada, de observaciones empíricas, para referirse a un «tipo» o «modalidad habitual», (por ejemplo, el régimen alimenticio) fuese cual fuese su fundamento empírico (el cual, por otra parte, no constaba en ningún sitio: de ahí las críticas retrospectivas que dirigió Marcelino Pascua a algunos de los Inventarios de la ISC, en tanto que metodológicamente inadecuados desde un punto de vista estadístico).
En algunos de los trabajos publicados, los Inspectores regionales hablan de sus fuentes.
El inspector catalán recurrió a diversos médicos y autoridades no identificadas, así como a su experiencia personal para informar sobre enfermedades relacionadas con la alimentación y el trabajo agrícola 27.
El inspector canario, por su parte, se dirigió a «la Dirección de Granja Agrícola y Jefatura Agronómica de la provincia, Ingenieros jefes de Obras Públicas y Montes, Jefe provincial de Estadística, Arquitecto municipal, Ingenieros militares [...]
Inspecciones provinciales de Sanidad y de Higiene Pecuaria, Subdelegados de Medicina y médicos anteriormente titulares, Cámaras de Comercio y de Agricultura [...]
Administración de Hacienda, Administración de Puertos francos, Diputación provincial, comerciantes al por mayor y gran número de particulares [...]» para encontrar que «no pudieron contestar [...] por desconocimiento [...] o carencia de antecedentes» 28.
Con estas obligaciones, de hecho, la ISC competía con ----la Inspección General de Sanidad del Ministerio de la Gobernación, que venía persiguiendo infructuosamente los mismos objetivos informativos a través de las Juntas locales o los Inspectores provinciales de Sanidad 29.
Pero si entendemos esto como un desafío, no hay duda de que la ISC lo ganó por goleada, como se justifica a continuación.
En junio de 1912 (con Villanueva como Ministro de Fomento) como en enero de 1914 (bajo Javier Ugarte) y en enero de 1916 (también con Ugarte) se reiteraron las órdenes para no cejar en la tarea informativa, enfocando particularmente hacia el paludismo, en el primer momento, paludismo, aguas potables y alimentación en la segunda ocasión, y apuntando a este último elemento en 1916 30.
En todos los casos se insistía en la colaboración de los Gobernadores (de hecho, la circular de enero de 1916 iba dirigida a los mismos Gobernadores, directamente) y se glosaba la importancia de la salubridad rural en términos de riqueza nacional, además de ordenarse explícitamente la intervención personal de los IIRR en forma de visitas de inspección a todas las zonas palúdicas o como compiladores directos de la información en lugares donde fuera necesario, lo que era una manera indirecta de apuntar a la falta de colaboración o impotencia de cierto número de municipios, en cuantía que no podemos precisar, pero sin duda elevada.
La actividad local de los Inspectores podía ser, además, promovida por los vecinos, como fue el caso de Villarrín de Campos, provincia de Zamora, que reclamó el auxilio real ante una masiva prevalencia de palúdicos en su término, o por propietarios individuales, como el del presidente de la Colonia agrícola de San Pedro de Alcántara (Marbella, Málaga) y expresidente del Senado Joaquín Sánchez de Toca, que solicitó el consejo de Fomento para sanear los focos palúdicos responsables de mantener un 40% de obreros agrícolas enfermos.
En el primer caso, la visita del Inspector regional se acompañó de una inspección ambiental, la toma de muestras de sangre y la impartición de una conferencia pública, y se siguió de un informe detallando los focos y los medios agrícolas (tipo de cultivos) convenientes para sanearlos 31.
----29 RO Ministerio de Gobernación, 31 de diciembre de 1910, disponiendo un cuestionario para la redacción de un informe sanitario del término municipal, Gaceta, 4 enero 1911, p.
58; RO Circular, Ministerio de Gobernación, 13 septiembre 1915, ordenando averiguar el número de enfermos de tracoma por provincia, Gaceta del 14, p.
El IR de Cataluña publicó por separado los datos de su zona 34.
La difusión de los mismos queda confirmada por su empleo por Hauser en la redacción del capítulo correspondiente de su Geografía médica de la Península Ibérica, aparecido en 1913, y que fueron calificados como «importantísimos trabajos» en una reseña al libro 35; también aparecieron en los textos premiados en 1921 del concurso de la Asociación de Ingenieros sobre «el problema sanitario de España», así como fueron citados por García Faria y otros en sesiones de la Sociedad Española de Higiene para exigir el inicio de una campaña nacional contra el paludismo 36.
Algún efecto práctico debió alcanzarse, aunque no podamos evaluarlo por falta de fuentes, en algunas de las cerca de 600 estaciones de ferrocarril ubicadas en comarcas palúdicas, pues los IIRR tuvieron la obligación de velar porque las Compañías aplicaran medidas de protección antimosquito 37.
Información sobre el tema llegó a la oficina central desde el primer año, así como el Inspector General se cuidó de atender este extremo en su viaje de inspección celebrado entre noviembre y diciembre de 1911, pues la alerta era máxima como producto de la amenaza ----del cólera.
«Estamos a la hora presente en una absoluta indefensión» contra ella, escribió en su informe, ante la generalizada contaminación de las aguas potables por materias fecales 39.
Los datos desprendidos de aquellas primeras aproximaciones (en el primer año llegaron más de 400 respuestas al cuestionario) produjeron una honda conmoción en el propio Inspector General, pues revelaban que «la extensión de nuestros males [...] era aún mucho mayor» de lo que se presumía 40.
Y sirvieron de argumento en el preámbulo del RD de 27 de marzo de 1914, que estipuló la contribución por el Estado a las obras de abastecimiento de agua para poblaciones 41.
Los avances del inventario de aguas hechos públicos en el otoño de 1915 42 catalogaban alrededor de 12.000 fuentes y manantiales que suministraban agua para consumo en más de 7.300 municipios, con mención de su cantidad y calidad, origen, riesgos higiénicos en su afloración y tipo, estado de conservación y salubridad de las conducciones.
Se incluyeron también los cálculos económicos requeridos por el cuestionario, resultando un coste total de sus consecuencias de 38.608.040 ptas. Como el coste estimado de las obras de mejora era menos de tres veces superior, estas cifras se barajaban como un acicate para su rápida acometida.
En datos totales se percibía una disminución de la prevalencia de las enfermedades asociadas, en morbilidad y mortalidad, que el Inspector General achacó sin dudarlo a la eficacia de la acción propagandística de su servicio de Sanidad rural.
El problema principal seguía siendo el de las conducciones, pues de 13.825 abastecimientos explorados, sólo en el 9,9% no se encontraba materia orgánica en suspensión, mientras que en el 31,4% ésta era abundante 43.
El último acto de la ISC fue precisamente la aparición en 1918 de los Avances de los inventarios de Paludismo y Aguas Potables, saludada como prueba de su talento organizativo y laboriosidad 44.
Estos datos sirvieron para fomentar discusión a nivel local y no hay que descartar que también animaran ----39 Sanidad del Campo (1912), pp. 78-85.
40 Sanidad del Campo (1912) ciertas acciones de mejora por parte de algunos ayuntamientos.
Colmenares publicó en una revista valenciana sobre «El problema del agua potable», en 1916 45 y Suárez de Figueroa también hizo por divulgar algunos datos en Cataluña 46, donde se dio la circunstancia de que las obligaciones de la ISC se convirtieron en ocupaciones de una institución rival.
En efecto, se debe a Miguel Trallero, Inspector provincial de Sanidad de Barcelona, la confección de un pormenorizado estudio de las aguas de la provincia, incluyendo su análisis bacteriológico, que fue dando a conocer entre 1915 y 1916, por el orden alfabético comarcal, a través del periódico de Rodríguez Méndez 47.
En el orden cuantitativo, el tercer elemento de importancia en la actividad de la ISC fue el dedicado a la información sobre alimentación.
A comienzos de 1914 en la oficina central constaban los datos «de la mitad o más del total de municipios españoles» 48.
Desgraciadamente, desconocemos que ese material haya sido utilizado y es más que probable su destrucción.
Uno de los primeros informes regionales, firmado por José Selma, se refirió de manera extensa a este asunto en la región canaria 49; posteriormente se dio a conocer otro, procedente de Valencia, a cargo de Ildefonso García Colmenares 50 y, por último, Suárez de Figueroa dio noticia acerca de enfermedades relacionadas con la alimentación entre los obreros agrícolas de la provincia de Barcelona 51.
Además, en 1915 se publicaron unos «Datos técnicos preliminares» para normalizar la recogida de informaciones regionales, con un interesante contenido divulgador sobre composición elemental de los alimentos, calorías y raciones alimenticias 52, y se complementó al año siguiente con otro folleto de ----libre distribución publicado simultáneamente por la Dirección General de Agricultura, que reproducía los datos de la región valenciana 53.
Es preciso insertar estas preocupaciones en las generales de la sociedad española sobre la carestía de alimentos durante la época de la Guerra Mundial, problemas que eclosionaron en 1916 (Ley de subsistencias) y obligaron a la creación de una Comisaría General de Abastecimientos en 1917 que alcanzó efímero rango ministerial entre 1918 y 1920.
De los dos informes regionales hechos públicos, el referido a Canarias había concluido que la alimentación habitual de los trabajadores del campo era suficiente para sus necesidades laborales e, incluso, su componente fundamental, el gofio (harina de cereales tostados, amasada con agua), resultaba «de primera calidad».
Teniendo en cuenta las pesadas realizadas por el IR en distintas comarcas, la alimentación media de los obreros agrícolas se componía de seis kg. de gofio, tres de patatas, kilo y medio de pescado seco y 300 gr. de queso para los seis días que trabajaba seguidos fuera de su casa cada semana, lo que suponía 4.600 calorías diarias 54.
El informe firmado a 20 de agosto de 1914 en Valencia, por el contrario, terminaba afirmando que la ración alimenticia familiar media, de 7.567 calorías para dos adultos y dos niños, aun cuando se podía considerar fisiológica por su composición proporcional de hidratos de carbono, grasas y albúminas, resultaba insuficiente para personas en situación de reposo y claramente deficitaria para el trabajo o situaciones como el embarazo y la lactancia.
García Colmenares seguía más fielmente el estadillo de preguntas del Cuestionario oficial y daba los datos etnográficos (tiempo de trabajo según temporadas, jornales, horario y composición de las comidas, etc.).
Según sus cálculos, una familia media empleaba 1,5 ptas. diarias en su ración de alimentos, en una región donde el jornal de los varones oscilaba entre las 2,50 ptas. en invierno y las 4,50 en verano, el de las mujeres, entre 1 y 2 ptas. y el de los niños, entre 0,5 y 2.
Los alimentos más comunes eran el arroz y el pescado seco y salado, mientras que verduras y frutas eran más habituales de las zonas de litoral y siempre de los desechos de los mercados interior y de exportación.
Una actividad más puntual, pero grandemente efectiva, fue la desarrollada en torno a la anquilostomiasis de las minas de Linares, que no voy a detallar al haber sido recientemente analizada 55.
---- Las labores informativas topaban con una barrera administrativa: la restricción de los desplazamientos fuera del lugar de trabajo asignado.
Los Reglamentos de 1913 y 1916 explicitaban que la IG asignaría el número de días y la época para realizar esas tareas, además de que podría asignar visitas específicas en cualquier momento.
Todas ellas recibirían la correspondiente asignación de dietas.
Esta norma restringía gravemente la iniciativa de los inspectores y se oponía de hecho a la ambiciosa descripción de tareas a cumplir, que exigía «inspeccionar, fiscalizar y estudiar, siempre que puedan, sobre el terreno los asuntos que afecten al servicio».
En la práctica, vendría a significar que no se desplazaban, salvo por orden expresa de la superioridad, como en los casos señalados antes de intervención real (Villarrín de Campos) o del Ministerio de Fomento (Linares, San Pedro del Alcántara).
Este mismo obstáculo fue señalado por Charles Bailey en su viaje por España al discutir la escasa efectividad de unos Inspectores provinciales de Sanidad limitados a ocupar un despacho en la capital 56.
De todos modos, entre las actividades de la ISC publicadas, destaca la extrema laboriosidad de su IR para Cataluña, José Suárez de Figueroa y Cazeaux.
Suárez no se limitó a recoger las noticias sobre paludismo, aguas o alimentación, que lo hizo y ganó incluso un Diploma de Honor para la ISC en el II Congreso de Médicos en Lengua Catalana 57, sino que escrutó el ambiente laboral que le era próximo, en concreto el cultivo del arroz 58 y la obtención ----del cáñamo 59, si bien antes de pertenecer a la ISC ya había prestado atención puntual a los efectos morbosos del trabajo 60.
Existe testimonio impreso, igualmente, de su cumplimiento del deber de propagandista sanitario 61.
Leyó su tesis de doctorado sobre La neurastenia y los trabajos mentales en noviembre de 1908, tras lo que se identificó como «especialista en enfermedades nerviosas y mentales»; figuró como alumno honoris causa en el Instituto Rubio, en el curso 1910 a 1911 62, cuando aparece interviniendo en sesiones tanto del Ateneo de Madrid como de la Academia Médico-Quirúrgica hablando sobre el paludismo 63.
Allí indicó que había pasado dos años (previsiblemente, 1908-1910) en la provincia de Tarragona, seguramente en la comarca del Bajo Ebro pues tiene publicada una topografía médica de Tortosa (1913) 64.
En la citada Academia, Pittaluga le recomendó que investigara la población de vectores, apuntando, sin decirlo directamente, hacia cierta afirmación peregrina dejada caer por Suárez.
En efecto, la explicación que este ofreció de la exacerbación palúdica vivida en las tierras del Delta mencionaba la construcción de un nuevo canal de riego y el consiguiente movimiento de ---las neuritis, Rev.
Varias de estas publicaciones se recogieron en un folleto, según da cuenta una reseña: Bibliografía.
José Suárez de Figueroa.
Las neuritis de los obreros de los arrozales, Madrid, 1915, Rev.
En el trabajo titulado «Los pequeños síntomas...», indica que en 1912 presentó a la Academia Médico-Municipal de Barcelona una memoria sobre «Hiperhidrosis en los obreros de los arrozales».
Todavía publicó en 1916, Las neuritis de los arrozales en las mujeres, Gac.
59 SUÁREZ DE FIGUEROA, J. (1916), Alteraciones nerviosas de los obreros trabajadores del cáñamo, Rev.
60 SUÁREZ DE FIGUEROA, J. (1911), Un caso de trastornos auriculares por accidente de trabajo, Rev.
61 SUÁREZ DE FIGUEROA y CAZEAUX, J. (1917), Conferencia dada en el Instituto Catalán de San Isidro sobre algunos conocimientos biológicos interesantes a los agricultores: para evitar las enfermedades en el hombre, en los animales de labor y en las aves de corral, Barcelona, Consejo Provincial de Fomento.
63 SUÁREZ DE FIGUEROA, J. (1911a), [en el Ateneo de Madrid, 31 de marzo] El paludismo en España, Rev.
64 SUÁREZ DE FIGUEROA y CAZEAUX, J. (1913), Estudio higiénico y médico del partido judicial de Tortosa con un resumen de las aguas potables de Falset y Gandesa, Barcelona, Imp. de Pedro Ortega.
tierras como favorecedora del parasitismo, como resultado del contacto entre el agua y restos vegetales, en la más rancia tradición miasmática.
El consejo no cayó en saco roto y, en el verano de 1917, Suárez publicó el resultado de sus investigaciones al respecto 65.
Dio por buenas las investigaciones de Pittaluga de 1902 sobre la existencia de anófeles y él localizó otra especie, estegomia fasciata (nombre anterior del Aedes aegypti), vector de la fiebre amarilla, en distintas localidades catalanas, que mostró en sendos mapas, así como se dedicó a localizar los lugares de reproducción de los mosquitos (pozos, arrozales, balsas del cáñamo, balsas de pesca) y analizar procedimientos para obstaculizarla, básicamente mediante medidas que evitaran el estancamiento del agua.
En 1915 actuaba como secretario del Comité del Claustro de Doctores de la Universidad de Barcelona 66 y era médico de la Asociación de la Prensa de la misma ciudad 67.
Si bien la actividad de Suárez de Figueroa ha de considerarse como excepcional, es posible, no obstante, que una revisión sistemática de publicaciones locales y regionales nos revelen un mayor grado de cumplimiento de las tareas teóricas de la ISC del que se le ha adjudicado tradicionalmente.
LA INSPECCIÓN DE SANIDAD DEL CAMPO: EL CONTEXTO POLÍTICO
La creación de la ISC ha de entenderse como parte de la llamada política de «regeneración hidráulica» que, como uno de los efectos más longevos del movimiento regeneracionista, sustentó los planes de modernización en el sector agrario que se fueron haciendo realidad paulatina a lo largo del siglo bajo los distintos regímenes políticos.
69 Periodista, director de El Imparcial, diputado inicialmente conservador, y, tras la muerte de Fernández Villaverde en 1905, liberal.
Fue reiteradamente Ministro de Agricultura la ISC y de varias de las disposiciones decisivas en su desempeño, y a otras figuras del Partido Liberal, como José Canalejas, Fermín Calbetón o el conde de Romanones, así como, en menor medida, a conservadores como Javier Ugarte y Eduardo Dato, proclives a la política hidráulica.
La fecha de su puesta en marcha coincidió, no por casualidad, con la de la existencia de una amenaza de cólera, característica enfermedad ligada al agua y, finalmente, su desaparición fue obra de un gobierno presidido por Antonio Maura, el cual se distinguió siempre por su hostilidad hacia la línea Gasset 70.
A diferencia de lo postulado por Carlos Rico-Avello en su Historia de la Sanidad española (1969), su creación no puede verse como un trastorno mental transitorio del gobierno de Alfonso XIII; antes bien, la vinculación entre las competencias de Fomento (recordemos: comercio, industria y agricultura) y las de Sanidad fue una decisión de gabinete, que obedecía, a mi parecer, a tres factores: la relevancia ganada por los aspectos de sanidad ambiental en el contexto de la ciencia bacteriológica, donde las enfermedades infecciosas se veían como «enfermedades evitables» 71; la (relativa) prioridad política alcanzada por la modernización agrícola (donde se iniciaron las campañas organizadas contra males colectivos, específicamente las plagas de langosta 72 y se organizó la sanidad veterinaria); y la madurez alcanzada por la ingeniería civil en España.
La sanidad veterinaria había comenzado en 1899 como responsabilidad de Gobernación, si bien un gobierno Maura la trasladó a Fomento en 1907-1908, donde se organizó la Inspección de Higiene y sanidad pe-----cuarias y se promulgó una ley de Epizootias en diciembre de 1914 73.
Hubo también intervención desde Fomento en cuestiones relativas a la higiene de los pasajeros en buques y trenes 74.
Por otra parte, a primeros de 1910, el Ministerio de la Gobernación, a solicitud de la Asociación de Ingenieros de caminos, canales y puertos, decidió aplicar una lectura de la Instrucción General de Sanidad de 1904 que convertía en vocales natos de las Juntas provinciales de Sanidad a los Ingenieros Jefes de Obras Públicas (cargo del Ministerio de Fomento) 75.
Y en 1911, se ordenaba desde Gobernación a los Gobernadores civiles el colaborar con la ISC, al igual que en 1908 se les había ordenado con los Inspectores de Sanidad pecuaria 76.
La primitiva descripción de funciones de la nueva Inspección, la contenida en el RD fundacional, parece dibujar la base médica de un plan de obras públicas en el medio rural.
Recordemos que uno de los elementos regeneracionistas de la línea política representada por Gasset, con plena complicidad de los Colegios de Ingenieros, fue la pretensión de establecer planes de obras públicas (pantanos, canales, carreteras, ferrocarriles secundarios) a partir de estudios técnicos y no por la influencia parlamentaria de uno u otro diputado como venía siendo el caso.
La aparición de la ISC parece indicar la apuesta por añadir la racionalidad salubrista a estas tareas, como complemento tentativo de los Planes nacionales de obras hidráulicas y el tímido inicio de la colonización agraria.
La concreción funcional del nuevo organismo, volcada hacia el acopio de informaciones detalladas sobre aspectos problemáticos de la salud rural, participaba igualmente de una tradición liberal, la de la información social como preámbulo y, las más de las veces, sustitutivo de cualquier otra intervención gubernativa sobre las condiciones de vida y de trabajo ----de la población.
El periodo de la Restauración significó el florecimiento de las indagaciones sobre la vida social, con especial intensidad a partir de la llegada al poder de los liberales en 1881, como señaló hace algún tiempo Guereña 77 -baste recordar la actividad de la Comisión (luego Instituto) de Reformas Sociales, que no dejó de incluir la vida campesina entre sus objetivos (procesos informativos en 1900, 1902, 1903, 1906, 1919, 1920 y 1923) 78 -.
En este contexto, la Higiene Pública mostró su reconocida «dimensión política» también en sus métodos, puestos al servicio de situaciones concretas y no menos necesitadas de reforma de la vida nacional como eran los problemas de salubridad, tal como ejemplificaron las contribuciones de un Felipe Hauser, por ejemplo 79.
Desde esta perspectiva el diseño de la ISC era perfectamente congruente con los supuestos políticos liberales de realizar estudios antes que producir una legislación rupturista y con los supuestos científicos clásicos de la Salud pública, que combinó con el recurso al laboratorio, la preocupación por la divulgación sanitaria y la evaluación económica de las medidas de impacto ambiental.
La historiografía no ha sido amable con esta institución, que se ha despachado sumariamente en general, siguiendo el juicio retrospectivo de Carlos Rico-Avello, como una competencia desleal al monopolio sanitario (entiéndase, del Cuerpo de Sanidad Nacional, el vinculado con Gobernación y al que dicho autor pertenecía) 80.
En efecto, la organización separada de la sanidad rural, sin vinculación alguna con la administración general sanitaria, ni si-----quiera en sus exigencias formativas, puede entenderse como un obstáculo para la consolidación profesional.
Sin embargo, la escasa entidad de la formación sanitaria reglada dependiente del Instituto Nacional de Sanidad en estos años relativiza este obstáculo en la perspectiva histórica.
En términos de efectividad, el Ministerio de Fomento se mostró mucho más activo y resolutivo que la Inspección General de Sanidad de Gobernación.
Así, puso en pie una Ley de profilaxis de enfermedades animales en 1914, mientras que las intervenciones defensivas sobre la salud humana no consiguieron rango superior al de Real Decreto (como los de Instrucción General de Sanidad, 1904; Bases para la profilaxis de las enfermedades venéreosifilíticas, 1918; Declaración de enfermedades infecciosas, 1919, etc.).
La legislación protectora contra la anquilostomiasis en las minas (1912 y 1916) de Fomento fue absolutamente pionera en cuanto a la intervención en el medio laboral.
Las descripciones cuantitativas del estado del servicio de abastecimiento de aguas, la prevalencia del paludismo y la alimentación campesina (esta última, no recogida en una publicación general) sirvieron de puntos de apoyo para medidas de fortalecimiento de las infraestructuras municipales (cofinanciación de proyectos de abastecimiento de aguas) y, eventualmente, como reclamo para justificar la implantación de la lucha antipalúdica a nivel estatal, iniciada en 1920.
A la vez, la propia existencia de la Inspección sanitaria rural y su diseño dentro de las políticas de regeneración hidraúlica elaboradas por Rafael Gasset nos remite a la manifestación de una conciencia pública de modernización agrícola que incluía como objetivo la defensa de la salud de la mayoría de la población española.
Que dicha conciencia fue limitada y que otros problemas de Estado alcanzaron prioridad sobre este asunto no tiene discusión, pero el fracaso o la falta de realización de las tareas desprendidas de dichas informaciones es achacable al propio régimen político oligárquico.
Ahora bien, el problema no planteado hasta la fecha es el porqué de su olvido radical.
El gobierno Maura de 1918 no unificó esta Inspección del Campo con las restantes sanitarias, contra lo que afirma Rico-Avello 81, sino que la clausuró, en medio de la grave epidemia gripal que soliviantó a las fuerzas vivas de la medicina española en busca de mejoras.
El cierre total desaprovechó cuantas ventajas podrían haberse derivado de su experiencia y de su relación con parcelas tan notables en materia de sanidad ambiental como la salud veterinaria y las obras públicas, así como su preocupación por la alimentación, algo que no se recuperaría para la Sanidad hasta la República. |
Nuestra investigación pretende visualizar el proceso de profesionalización de las enfermeras durante el peronismo desde dos ámbitos profundamente emparentados con espacios políticos peronistas: la
Las elecciones presidenciales de 1946 en la Argentina dieron como resultado un aplastante triunfo de Juan Domingo Perón.
Este triunfo, acompañado con una importante movilización popular, inauguró un período en el cual el anhelo de mayor intervención estatal se efectivizó por medio de un conjunto de medidas que dieron cauce efectivo a demandas históricas provenientes de diferentes grupos sociales.
Entre las mismas, el mejoramiento del estado sanitario de las masas tuvo un espacio notable dentro de la agenda del Estado.
Para concretar este ideal, no sólo fue necesario habilitar y construir hospitales sino que fue perentorio reclutar a personal médico y al llamado personal auxiliar, para que pudieran atender las múltiples necesidades sanitarias de poblaciones dispersas a lo largo y ancho del territorio nacional.
Este último aspecto, y a tono con las ansias de profesionalización de la práctica sanitaria acontecidas en otras latitudes, motivó la creación de espacios formativos dentro de la órbita estatal que tuvieron como fin brindar pautas actualizadas para curar a numerosos grupos humanos.
La Secretaría de Salud Pública (en adelante SSP) -creada en 1946-bajo la dirección del neurocirujano Ramón Carrillo tuvo un papel destacado en esta intención de profesionalizar la práctica sanitaria.
Para tal fin se creó la Escuela Superior de la SSP (1947) y dependiendo de ésta la Escuela de Enfermeras de la SSP 1.
En este último ámbito se abrió un espacio de inserción a las mujeres relacionado con la enfermería, para las que eran consideradas especialmente capacitadas en función de las nociones de género imperantes en la época.
Cabe señalar que la existencia de espacios formativos para las enfermeras no era algo novedoso del peronismo.
De hecho las primeras escuelas de enfermería en Argentina se remontan a fines del siglo XIX, y tuvieron como base a la Escuela Cecilia Grierson (1892), dependiente de la Asistencia Pública de la Ciudad de Buenos Aires 2.
No obstante, en el despuntar del siglo XX y a la luz del incremento de la red de hospitales, fue imperiosa la necesidad ----de formar auxiliares de la medicina y esto motivó la emergencia de variados espacios formativos.
Sin embargo, llegados a mediados del siglo XX, la enfermería no lograría extenderse como una práctica profesional y seguía estando en manos de personas que, en ciertas ocasiones tenían experiencia, pero carecían de la formación teórica adecuada que los tiempos parecían exigirles.
Nuestra investigación pretende visualizar el proceso de profesionalización de las enfermeras durante el peronismo desde dos ámbitos profundamente emparentados con espacios políticos peronistas: la Escuela de Enfermas de la SSP (1947) y la Escuela de Enfermeras «7 de mayo» de la Fundación Eva Perón (1950) (en adelante FEP).
Conscientes de que este recorte excluye otras escuelas, los objetivos de este trabajo justifican el acotamiento dado que el interés está centrado en las disputas institucionales entre entidades embanderadas en las lógicas políticas inauguradas por el peronismo.
Este artículo tratará de responder las siguientes inquietudes ¿Implicaron estos proyectos cambios en la organización del trabajo de las enfermeras?, ¿se les solicitaron a las aspirantes requisitos excluyentes, en consonancia con las imágenes estereotipadas que sobre las enfermeras y su labor se difundían?, el hecho de formar parte de proyectos del gobierno peronista, ¿conllevó una politización de la enseñanza sanitaria?, ¿qué elementos comunes y qué diferencias existieron entre ellas?, ¿cómo incidieron los cambios políticos que acontecieron durante el período? y, finalmente, ¿qué relaciones establecieron, si es que las mantuvieron, ambas escuelas entre sí?
LA FORMACIÓN DE LAS ENFERMERAS Y LA AMPLIACIÓN DE LA SANIDAD PÚBLICA El ideal pautado por Carrillo era que una enfermera atendiera cuatro camas, por lo que un hospital de 100 camas necesitaría un mínimo de 25 enfermeras 3.
Sin lugar a dudas, esto planteaba un desafío para la planificación sanitaria en tanto no se sabía a ciencia cierta, en los primeros años de la gestión, cuál era la relación estadística.
Con un corpus estadístico fragmentario y disperso en cuanto a la cantidad de enfermeras existentes era difícil cuantificar la relación entre camas y enfermeras.
Esa diferencia numérica iba acompañada del problema de la calificación.
Ya en 1945, Oscar Ivanissevich -destacado médico y futuro Ministro de Educación de la gestión peronista-planteaba: «La medicina argentina es una montaña, la enfermería argentina es un precipicio».
La solución, entendía Ivanissevich, era la «formación, disciplina y jerarquía de la enfermera profesional»5.
Las necesidades de la técnica médica y las problemáticas sanitarias obligaron, entonces, a programar un tipo de intervención de mayor envergadura que no quedara librada al voluntarismo individual ni al empirismo en la formación.
No obstante, algunos prejuicios de la época conspiraban contra tal proyecto.
Varias entrevistadas insistieron en la asociación de la enfermería con la «mala vida» en la que caían las mujeres de menores recursos6.
Frente a este imaginario inexorable, los publicistas apelaban al caso de Florence Nightingale, una mujer que había pertenecido a la alta nobleza inglesa y, no obstante su origen social, había decidido ayudar a las personas enfermas.
Su mención recurrente era también una forma de estimular a las clases más favorecidas a «dar el ejemplo» y optar por esta profesión7.
El peronismo se propuso redefinir los perfiles de algunas profesiones en las que se destacaba la vocación de servicio.
La apropiación de ciertas ideas del catolicismo trasladadas a ese espíritu solidario, de ayuda al prójimo, de concreción laica del ideal cristiano, influyeron para que muchas personas se sintieran convocadas para esta profesión8.
La necesidad de crear una Escuela de Enfermeras bajo los lineamientos estatales surgió a mediados de 1946.
La Comisión de Cultura Sanitaria propuso estudiar y unificar los múltiples títulos y programas de estudio existentes.
A la sazón, se seleccionaron cincuenta enfermeras diplomadas para dar un curso de capacitación a las futuras docentes de la Escuela de Enfermeras 9.
Así surge ---- la Escuela de Enfermeras de la SSP, a mediados de 1947.
La constitución de esta entidad debe vincularse con la sanción de leyes sanitarias y, a su vez, con las que propiciaban un nuevo status para la participación de las mujeres en la vida pública y política del país luego de la promulgación de la ley 13.010 de derechos políticos de las mujeres10.
Sin embargo, la empresa del peronismo era por demás ambiciosa y la acción social en la «Nueva Argentina» exigía los esfuerzos no sólo de las autoridades gubernamentales, sino también de las civiles.
Bajo esa amplia fundamentación, el 19 de junio de 1948, surgió -formalmente, pues ya había tenido actuación previa-la Fundación de Ayuda Social Doña María Eva Duarte de Perón a efectos de proporcionar asistencia social a aquellos sectores que, por diversas razones, estaban fuera del aparato asistencial estatal o sindical11.
Los primeros vínculos entre la agencia sanitaria y la Fundación de Ayuda Social Doña María Eva Duarte de Perón se hicieron públicamente manifiestos en la Primera Exposición de Salud Pública, realizada a mediados de 1948.
Los diferentes puestos de exhibición mostraron la evolución de las múltiples dependencias administrativas sanitarias y por medio de gráficos e imágenes señalaban los logros de los primeros años de funcionamiento de la SSP.
El verdadero protagonista de este evento, sin duda, fue el Secretario de Salud, quien mostraba características de una personalidad magnética y atractiva.
Allí, la Fundación de Ayuda Social Doña María Eva Duarte de Perón contó con un stand en el que se establecía cuál era la función de la institución respecto de la ayuda social y las relaciones establecidas con el organismo sanitario.
Los aspectos remarcados eran la entrega de bienes alimenticios, máquinas de coser, bicicletas y juguetes.
También se destacaba la donación de ambulancias, el desembolso de pasajes para enfermos, el obsequio de piernas y brazos ortopédicos, prótesis dentales, anteojos y sillas de ruedas, así como la entrega de medicamentos12.
----En este primer período que corre entre el surgimiento de la Fundación de Ayuda Social Doña María Eva Duarte de Perón y fines de 1949 puede clasificarse como un momento de complementación de las propuestas de ambas instituciones.
Entonces, respecto de la formación de enfermeras, la SSP era todavía la única institución que regía en ese terreno.
Hacia 1949, las relaciones de la SSP y la Fundación Eva Perón cambiaron de signo.
A partir de este momento se redujeron las partidas presupuestarias de la SSP.
Paralelamente, el subsidio que se extraía de los juegos de azar y del casino fue traspasado a la FEP 13.
El cambio se hizo notorio cuando la Fundación de Ayuda Social Doña María Eva Duarte de Perón pasó a denominarse FEP el 25 de septiembre de 1950.
Desde ese momento hasta la muerte de Evita en julio de 1952, se abrió un período de competencia y superposición de las intervenciones de ambas instituciones.
En este período la FEP, tanto en términos materiales como simbólicos tuvo un fuerte protagonismo 15.
El cambio de los lazos entre la administración sanitaria y la FEP puede remitir a varias razones.
En este período, la crisis económica generaba la necesidad de reorientar la distribución de ingresos.
En el contexto de la campaña para la reelección presidencial, los intereses políticos, sumados a la sensación de que el ambicioso plan sanitario formulado en 1947 estaba incompleto, hicieron que se privilegiara el traslado de ingresos de la SSP a la FEP.
Este proceso no es caprichoso, en forma simultánea la figura de Evita crecerá en popularidad y se multiplicarán sus intervenciones en distintas esferas.
Respecto del área sanitaria, específicamente, el momento culminante es la organización y puesta en marcha del «Tren Sanitario Eva Perón» realizada ----13 RAMACCIOTTI, K. (2010), Administración sanitaria: reformas y resultados obtenidos, Argentina (1946-1955) entre el 1 de agosto y el 14 de noviembre de 1951.
El impacto positivo que tuvo el «Tren Sanitario Eva Perón» tanto en lo que hacía a la integración de zonas prácticamente abandonadas por el sistema nacional como por el rédito político asociado, implicó que la FEP diera mayor importancia a la satisfacción de las múltiples demandas sanitarias.
Otro reflejo de este vuelco estuvo dado por el activo proceso de construcción de policlínicos 16.
Los orígenes de la Escuela de Enfermeras de la FEP, tema que aquí nos convoca, tienen como telón de fondo las pujas personales e institucionales entre Carrillo y Armando Méndez San Martín.
En septiembre de 1946 se decretó la intervención de la Sociedad de Beneficencia, y Méndez San Martín se convirtió en su interventor.
Dos años más tarde se creó la Dirección Nacional de Asistencia Social dependiente de la Secretaría de Trabajo y Previsión, en cuyo interior se integraron todos los institutos vinculados a la asistencia social que anteriormente dependían de la Sociedad de Beneficencia 17.
Así, la Escuela de Enfermeras que funcionaba en la Maternidad Peralta Ramos -hospital controlado por la Sociedad de Beneficencia-pasó a estar bajo la égida de la Dirección Nacional de Asistencia Social.
Su director le propuso a Teresa Adelina Fiora, secretaria del servicio, que la reorganizara.
Entonces, la Escuela pasó a denominarse «7 de mayo» en homenaje a la fecha en que había nacido Eva Perón.
Es probable que esta nominación pretendiera evitar las copiosas críticas que recibía la práctica de colocar el nombre de Evita o el de Perón a las obras públicas.
No obstante, ayudaba a remarcar determinadas fechas importantes en el calendario político peronista y a invocar a Eva de manera implícita en la fecha de su nacimiento.
Méndez San Martín, a la sazón, mantuvo desde ese momento una estrecha vinculación con Evita que, lentamente, minó las cordiales relaciones que ésta había establecido con Carrillo.
Aunque la cuestión no se reduce sólo a relaciones personales, el hecho de que el entramado institucional propiciara cierto ----16 Entre 1950 y 1954 la FEP construyó el Policlínico «Presidente Perón» en Avellaneda; Policlínico «Evita» en Lanús, el Policlínico «Eva Perón» en San Martín, el Policlínico de Niños «Presidente Perón» en Catamarca y el Policlínico «22 de Agosto» en Ezeiza.
17 Donna Guy ha demostrado el escaso asidero que tienen las historias que atribuyen como razón para la intervención de la Sociedad de Beneficencia el espíritu de venganza de Eva Perón y ha señalado los intereses políticos e institucionales que la originaron.
En ese sentido, con este estudio nos inscribimos en esa línea.
D. (2000), La verdadera historia de la Sociedad de Beneficencia.
En MORENO, J. (comp.), La Política Social antes de la Política Social (Caridad, beneficencia y política social en Buenos Aires, Siglos XVII a XX), Buenos Aires, Trama-Prometeo Libros, pp. 321-341. tipo de lazos hizo que los conflictos que se suscitaban en lo personal se trasladaran a lo público y viceversa.
La sesión de la Escuela de Enfermeras de la Sociedad de Beneficencia a la FEP parece haber quedado en el terreno de esas disputas.
Los primeros pasos de la acción de la FEP en la enseñanza de la Enfermería fueron bien recibidos por la agencia sanitaria, pues cuajaban con la lógica de complementación que caracterizó al primer período (1948-1949).
Así, se reconoció a la diplomatura que se obtenía en dicha escuela.
Para el recientemente creado MSP (1949), la posibilidad de que hubiera más enfermeras permitía acercarse a la deseada proporción estadística «enfermera-número de camas» planificada hacia 1947.
En efecto, no es un dato menor que las promociones de la Escuela de Enfermeras de la SSP fueran de un número muy acotado.
Aún cuando la ampliación de la planta hospitalaria -y con ella el número de camas-no se acercara a las propuestas de Carrillo, es indiscutible que éstas habían crecido significativamente en los primeros años y que, a ese ritmo de graduación, la Escuela oficial no iba a poder contribuir en mucho a alcanzar la proporción mínima estipulada 19.
Aunque las fuentes son discordantes, coinciden en señalar que en la Escuela de la FEP el número de egresadas era mayor.
Este número cobra relevancia si se tiene en cuenta que, para 1948, las 30 escuelas de enfermeras existentes en la provincia de Buenos Aires sumaban una matrícula de 512 mujeres21.
Esto demuestra la envergadura del emprendimiento de la FEP y su voluntad de hegemonizar el campo de la enfermería a partir de tan importante expansión.
Ahora bien, quienes impulsaban la Escuela de Enfermeras de la FEP vieron la necesidad de manifestar por qué se la concebía.
Para la FEP no eran importantes las estimaciones estadísticas.
La justificación trataba de establecer una diferencia de la acción social que antes había encarado la Sociedad de Beneficencia.
En este sentido, desde la FEP se recurría a la retórica del «antes y el después de Perón», y se señalaba todo período anterior bajo el signo de la defraudación a los más humildes.
En ese canon, se criticaba a la tradicional Escuela de Enfermeras de la Cruz Roja y los cursos dictados en el ámbito ----universitario, una retórica que Evita utilizaba habitualmente respecto del conocimiento profesional y académico.
Según un folleto de la FEP, la reparación social que venía a ofrecer el justicialismo era clave en la contraposición:
No está regida por el concepto liberal que caracteriza al sistema capitalista, no cree ofrecer la limosna de las almas que se suponen altruistas; no entiende que va a regalar una ayuda a los pobres que se sienten abandonados por incapacidad o por falta de adaptación social 22.
El eje de su acción institucional se anticipaba al llamado de los necesitados, se dedica[ba] organizadamente a buscar a quienes necesitan su auxilio, no supone que está regalando nada, entiende que la razón de su existencia es la contribución cristiana a la reparación de la injusticia social, de la cual se sabe un poco culpable por sentirse perteneciente a la sociedad que la produce 23.
Los supuestos argumentativos de la justicia social se sostenían sobre la base de la doctrina social de la Iglesia, de la cual el peronismo se postulaba verdadero legatario.
ANTAGONISMOS EXPLÍCITOS Y LA DEBACLE DE LAS PROPUESTAS
Después de la muerte de Evita, comienza un período de antagonismo entre la FEP y el agencia sanitaria.
Como adelantamos la SSP hacia 1949 fue transformada en Ministerio de Salud Pública (en adelante MSP) y a su cargo se mantendrá a Ramón Carrillo hasta 1954.
Pero, aquí distinguimos nuevos actores que se disputan recursos cada vez más escasos en un contexto político profundamente polarizado.
Fue en esta etapa en la que el conflicto entre Carrillo y la figura ascendente en el poder, Méndez San Martín, se manifestó más claramente luego de la muerte de Evita.
La relación inversa entre la presencia acentuada de la FEP y el menor peso del MSP, -expresado principalmente en la reducción de partidas presupuestarias-hablan a las claras de la virulencia de dicha confrontación.
En 1952, mientras el MSP reducía sensiblemente sus espacios de acción, la FEP los ampliaba y lo dejaba explícito por medio de normativas adminis-----trativas.
La Reglamentación Interna de la FEP estipuló tres funciones especialmente emparentadas con la mujer, el trabajo y la salud.
En primer lugar, ofrecer asistencia médica-preventiva y curativa -con o sin internación-a toda persona que carezca de recursos, procurando la mejor y más rápida atención y el más pronto reintegro a su hogar o a su trabajo.
En segundo lugar, brindar alojamiento transitorio o permanente a la mujer que trabaja o que esté imposibilitada de hacerlo; facilitar el recreo y descanso anual de la familia trabajadora; atender las necesidades de la ancianidad y la vejez.
En tercer lugar, fomentar y facilitar las prácticas deportivas de la infancia y propender con ello al perfeccionamiento de las condiciones físicas de la población.
Algunos incidentes en torno al lugar físico en el que funcionaría la escuela del Ministerio dejan entrever las tensiones manifiestas de este período.
El último nos interesa particularmente en la medida que permite reconstruir los espacios de acción reducidos que irá teniendo.
En 1951 la sede de formación de enfermeras se mudó al Hospital Beato Roque González en el barrio porteño de Pompeya (hoy Hospital Central de Aeronáutica).
En julio de 1953 este hospital fue entregado al Ministro de Aeronáutica y la escuela se trasladó al Centro de Investigaciones Tisiológicas.
Este último cambio no estuvo libre de tensiones.
El director del Hospital solicitó que se la removiera, ya que en ese lugar se estaban edificando diferentes dependencias para habilitar el futuro Hospital Aeronáutico, y el funcionamiento de la escuela entorpecía su construcción, pero el Ministro de Salud instó a que ésta se quedara donde estaba funcionando.
Sírvase respetar la escuela como algo sagrado, ya que meterse con ella sería destruir un principio fundamental de la organización de la sanidad, que vale más que los cuatro consultorios precarios y de los cuatro médicos que irán allí para atender a poca gente.
El tono de la respuesta del Ministro permite advertir su malestar, a la vez que apreciar las limitaciones de la planificación sanitaria después de cuatro años de iniciada la gestión.
Una cultura del empirismo sanitario se contraponía con la profesionalización de la enfermería que Carrillo intentaba llevar adelante: «¿Cómo piensan tener hospitales bien organizados con mucamas disfrazadas de enfermeras?».
En última instancia, Carrillo apeló a sus propias atribuciones para resolver la cuestión «Mientras esté yo, no molesten a las enfermeras» 24.
Esta expresión de su autoridad remite también a la disputa con la FEP del tercer pe-----ríodo, ya sin la presencia física de Evita y bajo la influencia de Méndez San Martín.
Las «mucamas disfrazadas de enfermeras» podían ser no sólo quienes no se capacitaban en la escuela del Ministerio, sino que también podía estar haciendo alusión a las formadas en la Escuela de la FEP.
No obstante, la Escuela de la FEP también entró en un proceso de debacle.
Por un lado, los usos políticos se hicieron más expresivos.
El 4 de mayo de 1953, y en consonancia con un marcado tono de adoctrinamiento político, una disposición del Consejo de la FEP estableció que «la Escuela que Eva creó para mitigar el dolor de sus semejantes, sin reparar en credos, razas ni fronteras» se llamara Eva Perón 25.
Este cambio constituyó una forma de encuadrar, según diría Michael Pollak, la memoria del presente 26.
En ese trabajo de encuadramiento, la disputa por la herencia de Evita obligó a reposicionamientos que los actores políticos efectuaron para mantenerse en el poder.
Por otro lado, el traslado de sus dependencias también atestigua las tensiones políticas que el gobierno debía sobrellevar por la confrontación cívico militar.
Luego de la muerte de Evita, las enfermeras de su fundación fueron trasladadas al Policlínico «22 de Agosto» ubicado en la provincia de Buenos Aires 27.
A partir de esta mudanza tuvo lugar un marcado cambio en el estilo de vida de las internas.
Al principio, sus deberes sólo se reducían a sus labores estudiantiles, pero en el nuevo hospedaje debieron dedicarse a otras tareas que ellas sintieron como «denigrantes» a las que, además, se les sumaron las agotadoras jornadas que debieron cumplir durante el prolongado velatorio de Evita.
Estas referencias generales al proceso sanitario y político son el escenario en el que se despliega la profesionalización de la enfermería.
A continuación, presentaremos comparativamente algunos aspectos referidos a la propuesta educativa entre ambas Escuelas.
----25 Fundación Eva Perón.
Actas del Honorable Consejo de la FEP, Sesión Especial n.o 17, fol. 120.
La producción social de identidades frente a situaciones límite, La Plata, Al Margen.
27 La Escuela de la Fundación Eva Perón tampoco fijó prontamente su sitio.
Las enfermeras de la FEP tuvieron dos mudanzas.
Entrevista a Clementina Gómez una ex enfermera de la FEP realizada el 31 de octubre de 2006 por Carolina Barry y Karina Ramacciotti.
LA PROPUESTA EDUCATIVA PARA LA PROFESIONALIZACIÓN DE LA ENFERMERÍA La manera en que cada institución pensó y diseñó las metas educacionales incidió significativamente en la orientación programática así como también en el perfil de la convocatoria al alumnado, a los docentes y directivos de la misma.
Los programas de estudios y la concepción de la profesionalización La intención de la Escuela de Enfermeras que dependía de la administración sanitaria era «formar personal auxiliar de la medicina, técnica y moralmente capacitado» 28.
Las preocupaciones estaban conectadas con la necesidad de satisfacer las demandas en los centros hospitalarios y en las actividades de difusión sanitaria -tanto en campañas de vacunación, educativas, talleres, escuelas, etc.-Los programas tenían una pesada carga teórica evidenciada en la cantidad de materias y horas de clase que debían tener las alumnas.
El régimen de estudio constaba de tres años, durante los cuales se incluían materias prácticas y teóricas.
Para estimular la entrada de postulantes a la Escuela, algunas mujeres recibían una beca.
Durante cada año lectivo se cursaban 700 horas de clases teóricas y 900 horas de clases prácticas hospitalarias.
Una de las materias que atravesaba el programa de estudio era «Arte de la Enfermería», la cual contenía un alto contenido normativo y era impartida exclusivamente por enfermeras; lo que daba respuesta a un histórico reclamo que éstas hacían a los médicos 29.
La asignatura ofrecía conocimientos éticos de cordialidad y respeto hacia el paciente, y nociones prácticas acerca de, por ejemplo, cómo armar una bandeja, tender una cama, desinfectar habitaciones, otorgar cuidados especiales, etc. Este aspecto no era menor, ya que en la cosmovisión de la época solía relacionarse a la enfermera con una actitud autoritaria, militarizada y poco considerada hacia el paciente, quien debía obedecerla sin cuestionamientos 30.
Asi-----28 Reglamentación de la escuela de Enfermería (1951), Ministerio de Salud Pública de la Nación, Digesto de Salud Pública, Buenos Aires, Departamento de Talleres Gráficos, p.
29 La inclusión de esta materia fue parte de la resolución aprobada en el I Congreso de Enfermería realizado en el Colegio Nacional de la Universidad de La Plata el día 5 de julio de 1949.
mismo, domeñaba las insubordinaciones respecto del personal médico y establecía el modo de relación con las pares 31.
El plan de estudios de la Escuela de Enfermeras de la FEP se extendía durante tres años.
En contraste con la Escuela de la SSP, las materias de la FEP estuvieron centradas tanto en temas médicos como políticos.
Ejemplo de los segundos son las asignaturas «Formación Política» y «Defensa Nacional y Calamidades Públicas».
La primera pretendía enmarcar las actividades de las enfermeras en la nueva teoría de derechos políticos femeninos.
En efecto, la adquisición de la ciudadanía política a partir de la ley 13.010 en 1947, más la efectiva intervención electoral en 1951 y la movilización a través de los partidos y entidades civiles, conformaban un contexto insoslayable en el que debía comprenderse la instalación del dispositivo formativo de la Escuela de Enfermeras.
En cierto sentido, la existencia de esta materia estaba justificada en la idea de que las mujeres trasladarían sus «naturales» condiciones morigerantes a la sociedad; el gobierno, entonces, debía asegurarse de que la manera de hacerlo no fuera contraria a sus propios ideales.
El programa de la materia «Formación Política» sufrió cambios en el transcurso del segundo gobierno de Perón, cuando pasó a denominarse «Doctrina Peronista».
De esta manera se respondía a un proceso de verticalización y adoctrinamiento partidario que había comenzado hacia 1949, cuando el universo simbólico del peronismo presentó tendencias a la unificación colocando al líder de gobierno en una posición privilegiada.
En 1951, la obtención de una aplastante mayoría favoreció ese proceso.
La politización, inscripta en marcos partidarios, fue parte consustancial del proceso de profesionalización de la enfermería en la FEP aunque ello de ninguna manera significaba resentir el contenido técnico profesional de la misma.
Además, este proceso no fue exclusivo en la FEP.
En efecto, la politización parece haber animado al MSP a modificar su código de enfermería en 1951.
En él, se invitaba a las enfermeras a «participar con otros ciudadanos -y especialmente con los empleados de sanidad-en el trabajo y esfuerzo que representa fomentar la salud pública» en distintas jurisdicciones, así como también a cumplir sus deberes de ciudadana como votante y representante 32.
La otra materia de tinte político, «Defensa Nacional y Calamidades Públicas», tenía como objetivo que las enfermeras se convirtieran en las nuevas heroínas del orden y la salud del cuerpo social.
Las enfermeras fueron vistas ----31 Por ejemplo, se prohibía «el tuteo entre las alumnas en presencia de superiores y enfermos».
Decálogo de la ética profesional de la enfermera, Enfermería (1950), I (4).
como la «reserva civil científica de la nación», idea vinculada al concepto de «Nación en armas» entendido como la «conjunción de potenciales, económicos, morales políticos, sociales, industriales militares y científicos en aras de un ideal común; defender el patrimonio o acervo moral, material y territorial de un país cuando es víctima de una provocación o agresión externa».
Es decir, ya no era sólo el personal militar el que tendría que formarse para un eventual conflicto bélico, sino que el «elemento civil» tendría que ser educado en los «momentos de paz» para ocupar «su lugar» en «los tiempos de guerra» 33.
Lo interesante es que el objetivo de la formación de las aspirantes no sólo era que aprendieran qué hacer y cómo hacerlo en caso de guerra, sino que esta educación se impartía también para enseñar cómo debían actuar frente a las «perturbaciones que provocan las sublevaciones y huelgas generales».
Este aspecto indica la clara alusión del término y la posibilidad de adaptar su significado a otro tipo de «perturbaciones».
Es decir, no sólo se las movilizaría en caso de provocación externa, sino que éstas también podrían actuar frente a «conflictos internos» que atentaran contra el orden social.
Asimismo, esta posible movilización social y política ante «las perturbaciones de las huelgas» es llamativa dentro de un gobierno históricamente asociado a las demandas de los trabajadores.
Este aspecto echa luz a los matices y ambigüedades dentro del peronismo.
Así, la Escuela de Enfermeras de la FEP no sólo se abocó a «preparar el personal técnico auxiliar necesario para proveer la gran demanda de los servicios hospitalarios», sino que también tuvo al menos dos objetivos sustancialmente diferentes a los de la Escuela estatal.
Primero, se propuso impartir «los conocimientos mínimos que todo ciudadano(na) debe poseer en salvaguardar la seguridad individual, colectiva y aún del país entero».
Es decir, sus propósitos eran más amplios, ya que no sólo se pretendía la formación profesional sanitaria sino que se aspiraba a la movilización de las enfermeras en caso de conflictos políticos y en las oportunidades que se organizaron viajes «solidarios» a otros países 34.
Dado que se pensaba que las enfermeras intervendrían en momentos de conflictividad social, se consideró necesario que su estado de ----33 FERNÁNDEZ ROZAS, F. (1949), Interés e importancia de la enseñanza de la asignatura Defensa Nacional y Calamidades Públicas en las escuelas de enfermeras y colegios secundarios, El Día Médico, pp. 2912 -2914.
34 Se realizaron viajes de ayuda social y sanitaria a Ecuador, Bolivia, Uruguay, Colombia, Chile, Honduras, Paraguay, Austria, España, Francia, Israel, Italia, Grecia, Hungría, Japón, Irlanda, Portugal, Alemania, Turquía, Checoslovaquia, Estados Unidos, Inglaterra, Holanda, El Salvador, Filipinas, Perú, República Dominicana, Cuba, Siria y Noruega; FERIOLI (1990), p.113. salud general estuviera preparado para afrontar situaciones de gran exigencia física.
Para ello estaban pautadas -sobre todo para las alumnas con régimen de internado-prácticas gimnásticas.
La preocupación por la «salud física» estaba relacionada con el segundo aspecto diferencial de la Escuela de Enfermeras de la FEP respecto del de la dependiente de Salud Pública: el tipo de alumnas que podían aspirar al ingreso.
En el perfil diseñado por la FEP se tendía a reclutar mujeres muy jóvenes y preferentemente de condición humilde.
En efecto, parecía importante ofrecer a las jóvenes, modelos menos centrados en vanidades materiales que exhibían públicamente como «culto de lo exterior» y reforzar los «valores morales y espirituales de la mujer» 35.
El límite de edad de las enfermeras del Ministerio era más amplio.
En 1951, ese límite se extendió hasta los 35 años y es probable que esta medida pueda explicarse como un intento de lograr una convocatoria más amplia en un momento en el que la FEP había abierto su escuela y su franja etaria era más reducida.
Debían ser solteras o viudas sin hijos.
Ambos requisitos, el corte por edad y la condición civil, se asociaban a la creencia de que toda mujer «normal» en su etapa de fertilidad posee el «instinto maternal».
Al no canalizarlo en la gestación y crianza de sus propios hijos, trasladaría esas dotes «naturales» a la atención de los enfermos.
Asimismo, se suponía que las que fueran madres no podrían cumplir con las tareas socialmente asignadas a la domesticidad y cuidado de los hijos, pues eran incompatibles con los horarios y turnos de la práctica de la enfermería.
Otro requerimiento era la relación entre talla y peso corporal.
En la Escuela del Ministerio esa relación era explícita.
Esta exigencia puede asociarse al fuerte peso del discurso biotipológico que establecía ciertos parámetros físicos como indicadores de la «normalidad».
Este bagaje de ideas a través de las cuales se aspiraba, por medio del uso de promedios cuantitativos, a obtener una mayor racionalidad científica, se constituyó en un discurso discriminatorio que pudo haber excluido a ciertas aspirantes36.
----No obstante, estas cuestiones no eran privativas de la escuela estatal.
Si bien la Escuela de la FEP no tenía una referencia explícita a estos requisitos, había una práctica que actuaba en este sentido.
La propaganda de la Escuela de la FEP tenía como modelo a una estudiante que más tarde obtendría reconocimientos en certámenes de belleza y modelaje -y que, de hecho, nunca se recibió de enfermera-: Kouka, cuya imagen quedó plasmada en numerosas propagandas políticas y folletos.
Asimismo, una entrevistada recordó que Evita «elegía» a las estudiantes más bonitas para participar en primera fila en los desfiles 37.
Respecto del origen social, la FEP privilegiaba «ayudar a las aspirantes de humilde origen» 38, y así lo constatan algunas entrevistadas 39.
En los años posteriores, la educación primaria completa fue un requisito excluyente 40.
Una marca de clase atravesó el discurso: «Los ricos todavía creen que cada hijo trae (...) su pan debajo del brazo; y que donde comen tres bocas, hay también para cuatro.
¡Cómo se ve que nunca han sentido de cerca la pobreza!».
En este sentido, la Escuela también buscaba diferenciarse de sus antecesoras de la Sociedad de Beneficencia 41.
Las preocupaciones por el aspecto físico y social se materializaron en los uniformes y el régimen de organización.
Los uniformes de las alumnas y egresadas de la FEP las asimilaban a un cuerpo militarizado, aunque permitía resaltar sus formas y admitía maquillajes.
Los uniformes de la escuela del Ministerio, en cambio, se insistía en el uso de guardapolvo y zapatos blancos, sencillos y de taco chato.
Todo signo de la sensualidad femenina tendría que ser erradicado.
Se prohibía explícitamente el uso del cabello suelto, cosméticos y perfumes, joyas, o llevar las uñas largas y esmaltadas.
Éste fue importante en términos de incrementar la obediencia y de brindar la imagen de cuerpo organizado 42.
Ambas escuelas contaron con dos regímenes de organización.
El externo, para las alumnas con mayores recursos económicos y que vivieran en zonas cercanas.
El interno, inspirado en las propuestas de Florence Nightingale, para aquellas que no podían trasladarse.
Las internas recibían alimentación, ----37 Entrevista a Nilda Cabrera.
Entrevista a Nilda Cabrera.
42 Ministerio de Salud Pública de la Nación, Escuela de Enfermería, Boletín de Calificaciones, s.f. habitación, vestido y estudio gratuito hasta su graduación.
No obstante, el que más ampliamente respondía a aquel modelo por su extensión y amplitud de cobertura era el de la Escuela de la FEP.
El régimen de internado propiciaba una reeducación que borraría aquellos aprendizajes para que en el futuro las enfermeras pudieran ser multiplicadoras de un nuevo tipo de prácticas de ciudadanía.
El día de las internas de la Escuela de la FEP estaba rigurosamente organizado en pos de «cultivar el espíritu, la mente y las condiciones físicas».
Las alumnas tenían espacios colectivos como el comedor, la biblioteca, terrazas; no obstante, las habitaciones eran individuales, seguramente, en pos de evitar conductas sexuales «inapropiadas» que el aglutinamiento femenino podía propiciar 43.
En los escasos escritos que conforman el acervo de la FEP, los principios cristianos fueron organizadores de las expectativas institucionales 44.
No obstante, éste, trasuntado en los escritos de la FEP, tuvo escasos correlatos en las imágenes que la misma institución difundió.
En efecto, sólo es posible encontrar dos fotografías con un contenido místico y algunos párrafos, lo que contrasta con las imágenes de enfermeras con uniforme que dan idea de militarización.
Por el contrario, los escritos del Ministerio de Salud Pública no eran elocuentes en sus referencias religiosas.
Pero en los registros fotográficos -muy escasos e insertos en la revista Enfermería-se aprecia una especial intencionalidad de mostrar la ceremonia de «Las Tocas» rodeada de un halo litúrgico, presidido por la figura del sacerdote y con la compañía de las «madrinas».
En ellas se destaca el tono ritual y el simbolismo iniciático del pasaje de mujer a enfermera.
La FEP becaba a alumnas argentinas y aspirantes latinoamericanas.
En la Escuela del Ministerio, las ayudas económicas se otorgaron sólo a las egresadas para perfeccionar sus estudios, privilegiándose a las más meritorias que, además, se adaptaran a los patrones físicos requeridos 45.
La Escuela del Ministerio tenía un claro perfil profesional -e incluso elitista en lo que hacía a los requisitos educativos y físicos-.
La de la FEP aspiraba a un recorte clasista que pretendía no sólo la habilitación de enfermeras sino también la pro----- visión de un medio digno de vida a las jóvenes de los sectores más humildes a la vez que asistentes para las políticas de Estado, aunque tampoco había estado exenta de estereotipos físicos.
LA FEMINIZACIÓN DE LA ENFERMERÍA En la actualidad, la presencia femenina en el campo de la enfermería es mayoritaria: el 70% son mujeres 46.
Si bien existía una larga tradición de femenización de dicha actividad a la luz de la influencia del sistema Nightingale, la misma fue un proceso extenso y heterogéneo.
En la ciudad de Buenos Aires a principios del siglo XX, la enfermería se mantuvo sobre un discurso sexista bien estructurado, que asignó rasgos femeninos a la ocupación.
Varias obras señalan que durante los años del peronismo, y por múltiples razones, la participación femenina era creciente en el mercado de trabajo 47.
Dentro de este espacio laboral, la enfermería ocupó un notable lugar.
Catalina Wainerman y Georgina Binstock han estudiado -a partir de fuentes cuantitativas y cualitativas-cómo la enfermería en la ciudad de Buenos Aires obtuvo rasgos cada vez más femeninos, y cómo esta situación provocó un alejamiento de los varones de esta actividad.
Se suponía que las mujeres poseían condiciones naturales de abnegación, suavidad, paciencia, minuciosidad y orden.
Estos rasgos, además, eran necesarios para el mejor desempeño de la ocupación 48.
Este proceso de feminización se hizo más profundo durante el peronismo.
Sin embargo, conviene no invisibilizar la presencia de los varones y marcar algunas singularidades.
Por ejemplo, la Escuela de Enfermeras de la Cruz Roja de Capital Federal no restringía el ingreso por razones de sexo y adaptaba los programas en función de ello: los varones debían cursar Venereología y Educación Sexual; las mujeres, Maternología e Infancia 49.
Asimismo, bajo la órbita del Ministerio de Salud de la Provincia de Buenos Aires funcionaba una escuela de enfermeras y enfermeros paracaidistas que tampoco hacía distingos de sexo entre sus ingresantes 50, y durante la década del'40, la Escuela ----dependiente de ese ministerio provincial otorgó títulos habilitantes a un número mayor de varones que de mujeres 51.
Distinto fue lo sucedido en la Escuela del Ministerio donde la reglamentación especificaba que el personal debía ser «especialmente del sexo femenino» 52.
Sin ser del todo excluyente, la preferencia significó la exclusividad de mujeres en el alumnado.
Las convocatorias por medio de afiches y radio interpelaban a las argentinas.
Un folleto sostenía que «en nuestro país hacen falta enfermeras, pléyades de enfermeras eficazmente preparadas; los hospitales y centros de sanidad del país reclaman y nuestros enfermos claman por ellas» 53.
El plantel administrativo-directivo estaba constituido exclusivamente por mujeres, no así el equipo docente.
Así, la dirección de la Escuela de Enfermeras del Ministerio estuvo a cargo de María Elena Ramos Mejía hasta septiembre de 1947.
Tras su renuncia, asumió Teresa María Molina.
Ambas fueron las únicas mujeres que ocuparon cargos en la estructura administrativa de salud pública 54.
En la Escuela de la FEP ocurría otro tanto y una mujer, Teresa Adelina Fiora, dirigía el establecimiento.
Ello expresa la influencia del modelo inglés.
Según la mayoría de los estudios, el discurso del gobierno peronista conminaba a las mujeres al hogar como lugar preponderante de la realización maternal -la biologización de su condición femenina-nunca superior a ningún otro fin.
Sin embargo, el lugar de las mujeres en el mundo laboral tensaban aquellas imágenes 55.
Las imágenes invocadas por el peronismo en torno a la relación mujer-mundo laboral también fue contradictoria.
La visión de la enfermería como un trabajo sería tan conflictiva como aquélla.
Por un lado, la FEP se había propuesto a través de su escuela brindar a las mujeres un medio de vida que las alejara de la inmoralidad.
Es decir, la enfermería era un trabajo.
Por otro lado, el Ministerio de Salud Pública al colocar como preponderante la profesionalización, remitió directamente a la inserción laboral.
---- La relación enfermería-trabajo sufrió transformaciones durante el período: se superpusieron significados, y no siempre se ampliaron los derechos de las enfermeras como trabajadoras.
Así, en el Primer Congreso Argentino de Enfermería (1949), el más importante del período, las principales consideraciones provenientes de las enfermeras se centraron en la profesionalización que entendieron tanto como instancias formativas, remunerativas y organizativas y ahondaron menos en la vocación y el espíritu de sacrificio 56.
No obstante, un año después, el Decálogo de Ética Profesional difundido por el Ministerio borró toda idea acerca de la enfermería como trabajo remunerado.
Más bien, en éste predominaron las prescripciones que destacaban los deberes de las enfermeras en la estructura jerárquica de la medicina y su carácter de auxiliares en las tareas médicas.
Asimismo, abundaba en recomendaciones de moralidad y se insistía en la esencialización de dotes supuestamente naturales acerca de la vocación de servicio, la sensibilidad, etc. 57 Para 1951, y al calor del discurso de la profesionalización y el nuevo estatus de la mujer en el ámbito público, el Código de Ética Profesional para las Enfermeras aunque consideraba necesaria una «remuneración justa y apropiada», diluía el interés económico en formulaciones relacionadas a la vocación de servicio 58.
Nuevas consideraciones se montaban sobre viejos tópicos acerca de la enfermería y la condición femenina.
En este sentido, parece haber resultado difícil romper con ciertos posicionamientos hegemónicos que veían a la enfermera en términos de relación complementaria con el médico:
La imagen de las enfermeras delinea un nuevo modelo de mujer que se acerca al modelo del varón protector de la sociedad: el médico/soldado. (...)
La inclusión de estas mujeres en ese universo aséptico, racional, higiénico, saludable, jerárquico y disciplinado se realiza de modo complementario, no igualitario, y por lo tanto subordinado a esa figura masculina [del médico] 59.
Una lógica de la complementariedad traducía la jerarquía implícita en esa visión al referirse al médico como el que reintegraba la salud y la mujer, sin ----establecer su adscripción profesional, como la que «ayudaba».
Desde lo simbólico, y aún cuando la evidencia mostraba una creciente participación femenina en la medicina, así como la enfermería se asimilaba a una feminización, el escalafón médico era identificado con una masculinización.
El médico Carlos Pereyra insistía en definir «hasta dónde la enfermera y desde dónde el médico» y reforzaba que la «enfermera sepa siempre ubicarse en la situación expectante, atenta a las prescripciones que el médico le formule (...) sólo debe actuarse de acuerdo a concretas instrucciones del médico» 60.
En el mencionado Código de Ética Profesional de las Enfermeras se señalaba su «obligación de llevar a cabo las instrucciones del médico inteligentemente, de evitar malos entendidos o inexactitudes y de rehusar su participación en prácticas que no considere éticas» 61.
Los límites de acción entre ambos planteaban un modelo bipolar desigual en el que la enfermera se subordinaba al médico.
Según hemos visto a lo largo de este trabajo, la profesionalización de la enfermería fue un proceso sinuoso que tuvo enormes dificultades para plasmarse y que, a la luz de los resultados de esa intención, no parecen haber sido del todo exitosos.
Durante el período en estudio hemos relevado los atravesamientos políticos e institucionales que lo caracterizaron y, a la vez, la férrea voluntad de llenar de contenido el concepto de profesionalización en la voz de dos de las figuras más importantes del concierto político de aquel entonces.
En efecto, así como Evita pretendía acabar con las «gallegas pincha culos» y en esa enunciación volvía al locus del peronismo acerca del pasado oprobioso y el futuro justicialista promisorio; Carrillo aludía a las «mucamas disfrazadas de enfermeras» para dar cuenta de un cierto tipo de profesionalización que lejos estaba del nivel de excelencia que se propiciaba en la Escuela del Ministerio que el defendía.
El surgimiento de cada una de las Escuelas de Enfermería aquí analizada fue entendido en un contexto de pujas y tensiones políticas que llevaron a delinear una periodización que permite matizar la lógica de funcionamiento de las instituciones durante el peronismo lo cual, en general, ha sido homogeneizado.
Hemos rescatado que cada una de las escuelas analizadas privilegió distintos ejes para la consecución de la formación de las ----60 PEREYRA, C. (1949-1950), Curso de enfermería sanitaria del Ministerio de Salud Pública de la Nación, Archivos de Salud Pública, Buenos Aires, VI-VIII, p.
61 Código de Ética Profesional para las Enfermeras, p.
enfermeras: la del Ministerio intentó un perfil más técnico y la otra, uno más político.
Sin embargo, como hemos visto, la Escuela del Ministerio no estuvo exenta de conexiones más políticas, en particular hacia 1952; así como la de la FEP tuvo un perfil técnico profesional avalado por el propio Ministerio.
Ambas escuelas, además, estuvieron condicionadas por cierta mirada acerca de la vocación y el espíritu de servicio que tradicionalmente signó esta tarea a medida que sufría el proceso de feminización, paralelamente al de invisibilización que sufrían los varones -que si bien eran cada vez menos, no estaban ausentes-.
En efecto, hemos resaltado desde una perspectiva de género cómo la manera de pensar a la enfermería, sus objetivos, espacios y reglas estaban relacionadas con un cierto modelo acerca de las expectativas sociales de los roles sexuados.
En este marco, las instituciones indagadas consideraron la enfermería como trabajo y reflexionaron sobre la relación entre la feminización de la profesión y bajas remuneraciones, sobreocupación horaria, informalidad y precarización de las enfermeras y de sus contextos laborales.
Ambas instituciones fortalecieron una ética del cuidado con la que tradicionalmente se asoció a la sensibilidad femenina, trasladándola en este caso, no al ámbito doméstico, sino a la esfera pública.
La mujer contribuía, así, a la salud del cuerpo social y a la defensa nacional.
Estos son aspectos resaltados por las investigaciones que analizan la profesionalización de la enfermería como un proceso en el que no se diferencian los espacios formativos y, en este estudio, hemos tratado de contribuir al reconocimiento de su especificidad y a complejizar la lectura sobre ese proceso. |
El presente trabajo se orienta a reconstruir el recorrido histórico de la producción de conocimiento, así como los debates acerca de la enfermedad del bocio endémico en Argentina, fundamentalmente entre 1916 y 1955.
Tomando en cuenta aspectos sociales, políticos y materiales, el trabajo explora la resignificación del conocimiento científico y médico en términos de medidas de prevención y tratamiento de la salud, a través del posicionamiento de diversos actores sociales implicados y de diversos contextos históricos e institucionales.
PALABRAS CLAVE: Bocio endémico.
Investigación científica y médica.
Problemas de salud pública.
El presente trabajo se orienta a reconstruir el recorrido histórico de la producción de conocimiento y los debates acerca de la enfermedad del bocio endémico 1 fundamentalmente entre 1916 y 1955, es decir, entre las primeras investigaciones científicas llevadas a cabo en el Instituto Bacteriológicoinaugurado en 1916 bajo dependencia del Departamento Nacional de Higiene y sobre la base de un laboratorio preexistente-y la instrumentación de las primeras medidas de profilaxis, luego del surgimiento de la primera institución especializada en la enfermedad: el Instituto del Bocio de la Universidad Nacional de Cuyo, creado en 1951.
Como veremos, entre los estudios acerca de la etiología y formas de tratamiento de la enfermedad y el establecimiento de medidas de profilaxis efectivas transcurrieron aproximadamente cuarenta años.
Sin embargo, no puede pensarse este desplazamiento en la resolución del problema como resultado de los altos costos de investigación y tratamiento, o como consecuencia de los escasos conocimientos acumulados por la ciencia básica: desde principios de la década del 50, los expertos en bocio endémico vinculados a la Organización Mundial de la Salud (OMS) afirmaban que la enfermedad era una de las más fáciles de prevenir, puesto que «la profilaxis no requiere, como la mayor parte de las campañas sanitarias, fuertes erogaciones en obras de ingeniería, hospitales o clínicas, ni precisa tampoco de instrumental o drogas costosas, tampoco necesita personal numeroso o muy especializado» 2.
Las razones se encuentran en otras dimensiones: intentaremos dar cuenta de los aspectos sociales, materiales y políticos que atravesaron la relación entre producción de conocimiento y su utilización, tomando en cuenta la posición adoptada por diversos actores sociales implicados (políticos, científicos y médicos) y los contextos institucionales e históricos en los que se desenvolvieron.
Asimismo, se hará particular hincapié en el papel que desempeñaron médicos y científicos extranjeros en la introducción de las nuevas técnicas de medicina nuclear como método de diagnóstico, en un contexto local favorable ----al desarrollo de la física nuclear.
Por último, pondremos de relieve la intersección entre dimensiones regionales, nacionales e internacionales, por un lado, y sociales y cognitivas, por el otro, que influyeron en el abordaje de la enfermedad del bocio endémico.
INSTITUCIONES SANITARIAS E INVESTIGACIÓN CIENTÍFICA: LOS PRIMEROS PASOS EN EL ESTUDIO DEL BOCIO
Si bien el tratamiento del bocio con algas marinas es de larga data y ha sido utilizado por diversas culturas, el descubrimiento del yodo por Bernard Courtois y Joseph Louis Gay-Lussac en 1811 fue crucial en los primeros intentos de tratamiento de la enfermedad.
Poco después de ese descubrimiento, el médico suizo Jean François Coindet argumentó que era el yodo lo que daba a las cenizas de algas y moluscos sus propiedades benéficas para combatir el bocio y, en 1820, presentó a la Sociedad Suiza de Ciencias Naturales los primeros resultados del empleo de yodo en el tratamiento del bocio 3.
No obstante, debido a la escasez de conocimientos, la aplicación indiferenciada de ese método produjo casos de hipertiroidismo y aumento del tamaño del bocio por dosis excesivas de yodo.
El descrédito del tratamiento y profilaxis a través de ese método sólo comenzó a revertirse en 1895, cuando Eugen Baumann descubrió que el yodo era el constituyente normal de la glándula tiroidea.
A principios del siglo XX, el creciente interés en el estudio de las glándulas endócrinas en Estados Unidos impulsaría un proceso de institucionalización de la disciplina, cuyo primer paso fue la creación de la Association for the Study of Internal Secretions (luego Endocrine Society) en 1916, que un año más tarde empezaría a publicar Endocrinology (primera revista especializada en el tema a nivel mundial).
Fue en ese contexto que David Marine y sus colaboradores iniciaron una serie de investigaciones en Estados Unidos, que culminarían en un experimento a gran escala destinado a la prevención del bocio endémico entre escolares de Akron, (Ohio), cuyos resultados mostraron el efecto preventivo de un suplemento de yoduro de sodio 4.
4 MATOVINOVIC, J. y RAMALISGASWAMI, V. (1959), Tratamiento y Profilaxis del Bocio Endémico, Boletín de la Oficina Sanitaria Panamericana, Marzo, p.
La prevención del bocio en ese país se basó en las investigaciones de David Marine y colaboradores.
Marine estudió la estructura anatómica de la glándula tiroides, la naturaleza de la hiperplasia glandu-siendo aún muy fragmentario el conocimiento sobre el origen de la enfermedad, comenzaron a instituirse métodos probados de profilaxis.
En el plano local, si bien a lo largo del siglo XIX algunos viajeros extranjeros dejaron asentadas sus observaciones sobre el impacto de la enfermedad en determinadas poblaciones 5, el interés y la preocupación por la endemia cobró vigor en la segunda mitad del siglo XIX, particularmente luego de las cifras de bociosos arrojadas por el Censo Nacional de 1869, por lo que médicos de diversas provincias cordilleranas llamaron la atención acerca de la contundente propagación de la enfermedad, conectándola con aspectos sociales como la pobreza, la alimentación deficiente y las pobres condiciones de higiene, además de la mala calidad del agua 6.
A comienzos del siglo XX, el problema fue motivo de mayor atención por parte de las reparticiones oficiales y la prensa, aunque las autoridades no establecieron políticas sanitarias ---lar y la relación entre el contenido de yodo y la estructura de la glándula.
Encontró estos cambios y relaciones constantes en ovejas, perros, bueyes y cerdos.
Concluyó, en esta etapa de sus investigaciones, que la hipertrofia glandular y la hiperplasia (síntomas del bocio) se debían enteramente a la deficiencia de yodo en la glándula tiroidea y, años más tarde, señaló que el bocio simple era la más sencilla de prevenir de las enfermedades hasta ese momento conocidas.
5 Así, por ejemplo, Peter Schmidtmeyer, un viajero que pasó el verano de 1821 en Mendoza, anotó sus impresiones acerca de la cantidad y dimensión de los bocios en la población femenina y masculina, y realizó una de las primeras clasificaciones de la enfermedad (bocio difuso y bocio nodular) (SCHMIDTMEYER, P. (1824), Travels into Chile over the Andes in the years 1820 and 1821, London, Longman, Hurst, Rees, Orme, Brown & Green).
En 1823, Manuel Moreno relató en un artículo del primer número de los Anales de la Academia de Medicina la introducción del yodo como terapia en el bocio endémico.
También, el antropólogo y médico italiano Paolo Mantegazza que vivió en Argentina entre 1854 y 1858, tomó nota de las manifestaciones de bocio endémico en las poblaciones de Jujuy y Salta, asignando a la composición del agua de los ríos aledaños un papel importante en la causa de la endemia.
Véase MANTEGAZZA, P. (1949), Cartas Médicas sobre la América Meridional, Buenos Aires, Coni.
6 PERINETTI, H. (1969), Bocio endémico en la Argentina hasta fines del siglo XIX, Boletín de la Academia acional de Ciencias de Córdoba, XLIX (1-4), pp. 506-508.
Dos hechos que indican el creciente interés por el bocio endémico son la incorporación de varias regiones argentinas afectadas por el bocio endémico a la Géographie Medicale de A. BORDIER (1884), publicada en París, y la tesis doctoral de Francisco R. NIÑO presentada en la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad de Buenos Aires (1892) bajo el título Geografía Médica del Bocio en la República Argentina.
Ver PERINETTI (1969), pp. 508-509. concretas para combatir la enfermedad, o bien, para investigar sistemáticamente su origen y profilaxis.
Entre fines del siglo XIX y principios del XX comenzó a crearse un contexto institucional favorable para dar los primeros pasos: en 1893 se creó la Oficina Sanitaria Argentina, que fue el punto inicial de un despliegue institucional enraizado en el Departamento Nacional de Higiene (DNH).
Así, el estado asumía la agenda de la salud pública a la par de la conformación de todo el aparato administrativo en base a una modalidad de intervención centralizada 7.
Las diversas secciones de la Oficina Sanitaria Argentina (Química, Bacteriología y Demografía) tenían la función de asesorar al DNH sobre enfermedades humanas como el paludismo, la lepra, la fiebre tifoidea, la difteria, la rabia, la influenza, la viruela, la peste, el cólera y la tuberculosis.
Indudablemente, la preocupación central de las autoridades estaba ligada a las epidemias que ponían en peligro la estabilidad del comercio exterior (pieza clave del modelo agroexportador) y a la regulación del proceso de trabajo, en un momento en que las ciudades se encontraban desbordadas por los nuevos pobladores y por el ingreso de enfermedades contagiosas.
Con el objetivo de dar respuestas a las dificultades sanitarias, comenzaron a crearse en la Oficina Sanitaria una serie de laboratorios y secciones especializadas de institutos, que tenían por función no sólo la investigación, sino también la producción de sueros y vacunas, la construcción de estadísticas bio-demográficas, las tareas de diagnóstico y control sanitario, etc. 8 En 1916, el antiguo Laboratorio Bacteriológico del Departamento Nacional de Higiene, transformado ya en Instituto fue puesto bajo la dirección del bacteriólogo Rudolf Kraus, contratado en 1913 para elaborar el programa de la nueva institución 9.
El Instituto contaba con las secciones de parasitología y protozoología (a cargo de Arturo Neiva) 10, patología y organoterapia (Bernardo Houssay), ----7 ESTÉBANEZ, M.E. (1996), La creación del Instituto Bacteriológico del Departamento Nacional de Higiene: salud pública, investigación científica y la conformación de una tradición en el campo biomédico.
Bernardo Houssay y la fisiología argentina, Universidad Nacional de Quilmes, Bernal, 10 Bacteriólogo y parasitólogo brasileño formado en el Instituto Osvaldo Cruz de Brasil con estudios de posgrado en Estados Unidos. sueros y vacunas (Alfredo Sordelli)11, estudios experimentales del cáncer (Ángel Roffo)12 y terapia experimental (Kraus).
Es en este contexto institucional que se llevaron a cabo las primeras investigaciones sobre el bocio.
En 1919, el fisiólogo Houssay realizó una serie de investigaciones experimentales con ratas blancas, en las que consiguió producir bocio experimental a partir de aguas extraídas de territorio salteño, con lo que dejó asentada la necesidad de realizar investigaciones semejantes en gran escala, y sostuvo la hipótesis de que el agua constituía uno de los vehículos del bocio13.
El impulso para dichas investigaciones parece haber partido de algunas observaciones realizadas por Kraus para verificar la potencial conexión entre la enfermedad de Chagas y el bocio endémico sugerida por investigadores brasileños, y parcialmente descartada en esa ocasión por los investigadores argentinos14.
Poco tiempo después, a mediados de la década de 1920, León Goldemberg -médico argentino ligado a la Sociedad de Medicina Interna de Buenos Aires-, proponía la hipótesis de que el bocio observado en algunas áreas no se debía a una deficiencia de yodo, sino a un exceso de fluoruro ingerido a través de alimentos, agua o aire15.
Aún años más tarde, la falta de precisión en la identificación de las causas de la enfermedad puede constatarse en la Segunda Conferencia Internacional sobre Bocio Endémico (1932), donde se puso de manifiesto la dificultad para hacer frente a las diferencias en la terminología, la patología y los métodos de investigación entre diversos países y se intentó partir de tres preguntas bási-----cas: «¿qué es el bocio endémico? -¿cómo se origina?-¿cuáles son los medios para su prevención?»16.
En algunos trabajos se puso en duda la deficiencia de yodo como causal de la enfermedad, y en otros, incluso se propusieron otros factores causales, como microorganismos o algún «gas o sustancia coloidal» presentes en el agua.
Efectivamente, en la Argentina, los estudios eran aún escasos, las hipótesis endebles y las primeras investigaciones realizadas por Kraus y por Houssay eran más bien un derivado de la preocupación por enfermedades infectocontagiosas, entre las que la endemia del bocio parecía no encuadrarse.
Estas investigaciones fueron realizadas por algunos de los colaboradores y discípulos de Houssay, quien en 1920 estaba a cargo del Instituto de Fisiología de la Universidad de Buenos Aires (UBA), desde donde desarrollaría una estrategia de alianzas institucionales y una agenda de investigación en el campo de la fisiología 17.
En 1924, el nombramiento de Alfredo Sordelli (jefe de la sección Química del Instituto de Fisiología) al frente del Instituto Bacteriológico del DNH, galvanizó en Buenos Aires la existencia de dos polos de labor complementarios y coordinados entre sí18.
Ese año, frente al auditorio del Instituto Popular de Conferencias del periódico La Prensa, Sordelli instaló el problema del bocio dentro del ámbito de las deficiencias alimenticias, señalando la necesidad de crear un instituto de la nutrición, dada la severidad que revestían en las provincias del norte argentino el bocio y el cretinismo endémico19.
Sordelli avizoraba que los adelantos de la ciencia de la nutrición a partir de los trabajos de Hopkins, McCollum, Davis, Osborne y Mendel entre 1912 y 1915 iban camino a equipararse al descubrimiento pasteuriano de los gérmenes como causa de enfermedad20.
----En 1924, el DNH impulsó la realización de los primeros estudios sobre bocio endémico, a cargo de doctor Juan T. Lewis (discípulo de Houssay), quien llevó a cabo -de acuerdo a la técnica preconizada en esos tiempos por los norteamericanos David Marine y su asistente O. P. Kimball-una serie de trabajos estadísticos en las provincias del norte, que arrojaron las primeras cifras confiables de población afectada por la enfermedad 21.
En los años siguientes -aunque de manera desarticulada y poco sistemática-se realizarían estudios tendientes a establecer los niveles de prevalencia y los factores coadyuvantes de la endemia.
En 1929, como complemento de los trabajos de Lewis, el químico Pedro Mazzocco 22 (también colaborador de Houssay) estudió el contenido de yodo en la tiroides, el agua, la tierra y los principales alimentos de la provincia de Salta, y realizó algunos estudios similares en la región del Litoral 23.
Ese mismo año, Salvador Mazza, médico argentino especializado en bacteriología, fue nombrado director de la Misión de Estudios de Patología Regional Argentina (MEPRA) en Jujuy con el objetivo de determinar la extensión y las características de la enfermedad de Chagas en la Argentina.
Sus investigaciones realizadas en zonas donde, a pesar de la permanencia del parásito, no se observaba el bocio, terminaron de confirmar la inexistencia de una asociación entre la infección con Trypanosoma Cruzi y los síntomas de hipertiroidismo propuestos por Chagas 24.
Tres años después Mazza y Mazzocco hicieron mediciones comparadas de yodo en hombres y perros bociosos de Jujuy y con ---olvidando que la privación de elementos indispensables podía ser la causa de la misma importancia [...]»
21 Los resultados de sus trabajos pueden verse en LEWIS, J.T. (1924), Características del bocio endémico en las provincias del norte, La Semana Médica, 2, pp. 713-718.
22 El doctor Mazzocco trabajaba junto a Houssay en el Instituto de Fisiología de la UBA.
Los resultados de sus trabajos fueron presentados en la Quinta Reunión de la Sociedad Argentina de Patología Regional del Norte.
Consúltese MAZZOCCO, P. (1929a) poblaciones en condiciones normales de la capital jujeña y la ciudad de Buenos Aires25.
También, en 1937, Sordelli publicó en el Boletín Sanitario del D H el resultado de una inspección sanitaria efectuada en escolares de los territorios de Misiones y Formosa y en algunas localidades de la provincia de Corrientes26.
Por último, a mediados de la década del 30 se iniciaron estudios en la provincia de Mendoza para determinar el contenido de yodo de sus aguas y el porcentaje de la población afectada27.
Para esa época, los trabajos realizados en diversas regiones permitieron la confección de un informe presentado al DNH -y publicado en el correspondiente boletín-en el que se esbozaba un mapa de las zonas afectadas del país28.
Por otra parte, una vez definido (relativamente) el panorama de la endemia, la difusión de su impacto en Argentina alcanzaría el ámbito internacional con la publicación, entre 1938 y 1941, de cuatro informes referidos al tema en la sección «Foreign Letters» del Journal of the American Medical Association29.
LA ENFERMEDAD COMO PROBLEMA SOCIAL: CIENTÍFICOS, MÉDICOS Y POLÍTICOS
EN LOS INTENTOS DE INSTITUCIONALIZACIÓN
A partir de mediados de los años 30, los organismos internacionales y algunas instituciones filantrópicas como la Oficina Sanitaria Panamericana ----(OSP) y la Rockefeller Foundation (RF), comenzaron a conceder un espacio significativo a los problemas de alimentación entre sus políticas sanitarias para América Latina, generando nuevos espacios para su tratamiento30.
En abril de 1936, la III Conferencia Panamericana de Directores de Sanidad recomendaba a aquellos países que aún no lo hubiesen concretado, la creación de instituciones que realizaran actividades referidas a la alimentación y a la nutrición de la población con fines sanitarios31.
En 1937, luego de la modificación del plan de estudios de la carrera de medicina de la UBA, se creó la Cátedra de Patología y Clínica de la Nutrición, que fue ofrecida por el decano José Arce al doctor Pedro Escudero32.
Un año más tarde, el presidente Agustín P. Justo, fundó el Instituto Nacional de Nutrición33, dando así rango nacional al ex-Instituto Municipal de Enfermedades de la Nutrición (Hospital Rawson), creado por la Asistencia Pública en 1928 bajo la dirección del mismo Pedro Escudero34.
Desde el Instituto Nacional de Nutrición comenzaron a surgir propuestas para la creación de una institución de carácter público destinada al estudio, tratamiento y profilaxis de la enfermedad en Mendoza, una de las principales provincias afectada por la endemia.
A fines de 1939, el diario Los Andes anunciaba que, en una visita a la provincia de Mendoza realiza-----da por Escudero y su colaborador, Enrique Pierángeli, el primero recomendó la creación de un Instituto del Bocio 35.
La recomendación de Escudero confluyó con -o tal vez incluso impulsó-la iniciativa de algunos políticos, que iniciaron una campaña a favor de su tratamiento e investigación de la misma.
Uno de ellos fue el senador por Salta y presidente de la Comisión de Higiene y Asistencia Social del Senado, Carlos Serrey quien, ya en 1934, había gestionado la concesión de un subsidio para dar rango nacional al Instituto Municipal de la Nutrición.
El otro fue el senador socialista Alfredo L. Palacios -también miembro de la Comisión de Higiene y Asistencia Social-quien, desde su tesis doctoral en Medicina, La Fatiga (1918), había denunciado el efecto nocivo que las desigualdades sociales y económicas habían tenido sobre la salud física y moral de las clases populares en las provincias del Noroeste argentino.
A fines de la década del 30, luego de una gira por Santiago del Estero, Catamarca, Tucumán, Salta, Jujuy y La Rioja, Palacios llamaba la atención sobre los estragos del paludismo y el bocio endémico en las zonas de Los Cerrillos y San Lorenzo de la provincia de Salta 36.
Un año más tarde, coincidentemente con la recomendación de Escudero, Palacios participó en la elaboración de un proyecto para la creación de un Instituto del Bocio en Mendoza 37.
El 29 de agosto de 1939 Palacios y Serrey invitaron a Houssay a disertar acerca del proyecto de creación del Instituto de Bocio 38.
La motivación de los senadores a participar de este emprendimiento quedará expresada en el libro de Palacios titulado Pueblos desamparados 39, en el que la enfermedad del bocio endémico se enlaza con un conjunto de problemas sociales, entre ellos, los problemas de nutrición.
Allí, el senador se haría eco de la necesidad de ---- 37 En este punto debe tomarse en cuenta que Escudero mantuvo una relación fluida al menos con ciertos legisladores socialistas y consiguió canalizar algunas iniciativas por medio de legisladores de esa extracción.
Por otra parte, Palacios y Escudero habían compartido en el pasado sitiales en el Consejo Directivo de la Facultad de Ciencias Médicas (UBA).
38 Sobre este encuentro véase CARO FIGUEROA, G. (1997), Houssay, Alfredo Palacios, y el Senador Carlos Serrey en torno al Bocio endémico, Todo es Historia, pp. 90-92.
Sobre la posición pública de Houssay en torno a los fundamentos científicos de la lucha contra la endemia bocio-cretínica, véase HOUSSAY (1939).
El libro reúne sus discursos parlamentarios de 1941 y una síntesis de la información resultante de la visita al noroeste argentino que Palacios (acompañado por el senador Villanueva) transmitió a sus colegas.
instalar el tema en instituciones públicas de investigación, afirmando que la etiología del bocio permanecía desconocida, por lo cual era urgente la intervención de los poderes públicos para investigarla y la creación de un instituto de investigación, tratamiento y profilaxis del bocio con asiento en Mendoza.
Si bien se mostraba informado de las hipótesis más extendidas sobre las causas de la endemia, señalaba que la etiología del bocio obedecía a «causas específicas que deben ser estudiadas científicamente», pero además a problemas sociales como «la mala alimentación, a la falta de higiene personal y social, a la miseria, en una palabra».
Del mismo modo, en la reunión con los senadores, Houssay había señalado no las causas sino las consecuencias sociales de la endemia, haciendo alusión a uno de los tópicos centrales de la higiene social de los años 30: la preservación del capital humano 40.
El relativo consenso acerca de la necesidad de encarar el bocio endémico como problema de investigación y como problema social no aparece tan nítidamente al momento de definir el enclave geográfico-administrativo y el modelo organizativo del futuro instituto.
En primer lugar, desde mediados de la década del 20, los esfuerzos de Houssay por consolidar el modelo experimental y fisiológico para la medicina, distinguiéndola de la clínica, lo llevarían a privilegiar modelos institucionales basados en las ciencias fundamentales, en contraposición los modelos organizativos basados en el estudio de enfermedades específicas 41.
Basado en esta concepción, Houssay enfatizó, durante la reunión con los senadores, la necesidad de que confluyeran en el estudio del bocio especialistas representativos de las diversas disciplinas: endocrinología, metabolismo, anátomo-patología, química, veterinaria, geología e hidrología 42.
En segundo lugar, la propuesta de crear un instituto de alcance provincial (en Mendoza), se encontraba muy a tono con una serie de debates que se lle-----40 BELMARTINO, S. et al (1987), Las instituciones de salud en la Argentina: desarrollo y crisis, SECyT, Buenos Aires, p.
En este sentido, Belmartino (p.
107) señala que en un proyecto de reorganización de los servicios sanitarios de 1936, se ponía énfasis en enfermedades que hasta entonces habían recibido menos atención: «Esta higiene social comprende hoy, no ya tan sólo las enfermedades infecto-contagiosas o transmisibles, sino también otras de distinto tipo (...) (que) constituyen un motivo de invalidez para el individuo y para la sociedad».
Respecto del bocio endémico, aún en 1954, en un boletín de la Organización Sanitaria Panamericana, se afirmaba que «la incidencia de la debilidad mental, distinta del cretinismo, aumenta en forma marcada en las zonas de varon a cabo durante la década del 30 sobre la necesidad o no de descentralizar las funciones del DNH.
Dentro de la bancada socialista, al igual que entre algunos diputados del interior que defendían la autonomía provincial, había cobrado particular fuerza la apelación antiburocrática y descentralizadora.
Incluso, en algunos casos, la autonomía y la especialización eran defendidas en función del problema involucrado, afirmando que, estando la zona afectada a muchas leguas de Buenos Aires, no había motivo para mantener «ese cordón umbilical eterno de centralización burocrática» 43.
En contraposición a esta argumentación, Houssay negaba la posibilidad de encarar una profilaxis desde visiones fragmentarias de la enfermedad o desde parcelas administrativas desconectadas entre sí.
Para él la lucha contra el bocio requería de una política a escala nacional, que resolviera las carencias alimenticias y los problemas de suministro de agua potable y sal yodada a las poblaciones afectadas 44.
El modelo institucional descentralizado para el abordaje de enfermedades endémicas en distintas regiones se había puesto en práctica con la creación de la MEPRA instalada en la provincia de Jujuy en 1929.
La MEPRA fue creada por Mazza paralelamente a la fundación de la Sociedad de Patología Regional del Norte (SPRN) que, a lo largo de la década del 30, creó filiales en diversas provincias.
En ese marco, Mazza obtuvo la colaboración de una red de médicos -en su mayoría con escasa o nula tradición en investigación científicaentre los que difundió distintas patologías de la región 45.
Fue en una de las reuniones periódicas organizadas por la SPRN, que el químico Mazzocco presentaría los resultados de sus estudios sobre bocio llevados a cabo en Salta.
Tres años más tarde (en 1931) Mazzocco y Mazza realizarían estudios conjuntos en hombres y perros con bocio de la provincia de Jujuy 46.
El dato es relevante porque la novena Reunión de la SPRN (1935) fue llevada a cabo en Mendoza, hecho que posiblemente haya impulsado la creación, en 1938, de la sección andina de la MEPRA.
En la reunión de 1935, el médico mendocino Carlos Padín presentó un trabajo referido a las formas clínicas del bocio junto al médico Héctor Perinetti 47.
Ambos médicos tendrían un importante rol como impulsores del proyecto de creación de un Instituto del Bocio con asiento en Mendoza.
---- En 1941, el gobernador de Mendoza, Adolfo Vicchi envió a la Legislatura un proyecto para la creación del Instituto del Bocio y designó una comisión honoraria presidida por Enrique del Castillo e integrada por los Luis Carrer, Carlos Segura Walrond, José Freneau, Carlos Padín, Héctor Perinetti 48 y Ernesto Maneschi.
Previamente, Obras Sanitarias de la Nación había realizado estudios del contenido de yodo en el agua de Mendoza y, en 1940, el Cuerpo Médico Escolar efectuó, bajo la dirección de Perinetti y Freneau, una encuesta en la que examinó a la casi totalidad de los escolares de la provincia, demostrando la existencia de un 46% de la población afectada 49.
El proyecto de Instituto, que recibió el impulso de los senadores Gilberto Suárez Lagos (por la provincia de Mendoza) y Palacios, recién se concretó diez años más tarde 50.
Sin embargo, en 1942 se creó el Departamento de Nutrición de Mendoza, dentro del cual se crearía, años más tarde, la «División Bocio» 51.
La institución formaba parte del proyecto llevado a cabo por Escudero desde el Instituto Nacional de Nutrición, cuya versión original había contemplado el establecimiento de filiales provinciales, reclamadas sin éxito por Escudero 52.
La alternativa que ensayó el instituto fue el auspicio de departamentos de nutrición dependientes de las secretarias provinciales de sanidad, que estuvieron dirigidos por médicos y dietistas formados por el Instituto Nacional de Nutrición.
El primero en crearse fue el de Mendoza.
----48 Durante su estadía en Buenos Aires (donde estudió medicina), había trabado amistad con el endocrinólogo mendocino Enrique B. del Castillo, (entonces a cargo del consultorio del bocio del Hospital de Clínicas), que le recomendó estudiar el problema en Mendoza.
En 1932 Perinetti regresó a Mendoza y se desempeñó como médico agregado de la Dirección General de Salubridad de la provincia.
49 PERINETTI, H.A. (1990), Bocio endémico en Mendoza y el Instituto del Bocio, Boletín de la Academia acional de Medicina de Buenos Aires, 68, 2o semestre, p.
50 PERINETTI, H.A. ( 2007), Breve historia del bocio en América Latina y del Instituto del Bocio en Mendoza, Revista Médica Universitaria, Facultad de Ciencias Médicas-Universidad Nacional de Cuyo, 3 (1).
51 La iniciativa fue seguida por las provincias de Santa Fe, Entre Ríos, Buenos Aires, San Luis y Corrientes.
Véase ESCUDERO, P. (1945), La obra cultural y económico-social de los médicos dietólogos y dietistas graduados en el Instituto Nacional de la Nutrición (de 1935 a 1944), Revista de la Asociación Argentina de Dietología, 3, pp. 114-116.
CIENCIA, PRODUCCIÓN Y SALUD PÚBLICA: HACIA LA PROFILAXIS El debate en torno al tratamiento y profilaxis de la endemia, sostenido durante la Segunda Conferencia Internacional sobre Bocio Endémico (1932) puso en evidencia dos modos de encararla: como «problema social» o como «enfermedad».
El eje del debate estuvo en la necesidad o no de que la profilaxis alcanzara a toda la población a través de la obligatoriedad en el uso de sal yodada.
La diferencia es importante, puesto que la postura a favor de esta medida suponía considerar a la endemia como un problema social que requería la intervención del estado, mientras que su contraria suponía la existencia de un problema de salud, solucionable en el acotado ámbito de la interacción médico-paciente (prescripción individual de tratamiento con yodo) y en la «higiene personal y social» 53.
El debate pone de relieve el hecho de que las definiciones, las explicaciones causales y las resoluciones que sostienen los especialistas, es decir, los aspectos cognitivos del debate, tienen implicancias en términos de la interpelación (o no) a otros actores, en este caso, el estado y los empresarios productores de sal.
Si bien algunos de los estudios sobre bocio endémico realizados durante las décadas del 20 y del 30 fueron acompañados del establecimiento de medidas profilácticas, éstas resultaban onerosas y tuvieron resultados parciales 54.
La modalidad implementada fue similar a la utilizada en algunas regiones de Estados Unidos y en Suiza, y consistió en el suministro de una pastilla de yodo a todos los escolares 55.
Sin embargo, para el doctor Secco, médico del DNH, este mecanismo suponía dos dificultades: a) a pesar de cubrir una de las franjas de población más vulnerables (los adolescentes), no tenía alcance en las otras dos franjas más expuestas (el feto y las mujeres embarazadas o en período de lactancia); b) al no ser un procedimiento general y automático por el cual el yodo se incorpora junto con la ingesta de agua o alimentos, la efectividad de la profilaxis estaba sujeta a los avatares políticos y económicos o librada a la prevención y tratamiento individual.
Afirmaba, además, que las «autoridades competentes en el problema proponen que la profilaxis general se haga a base de sal, o agua, o ciertos alimentos de yodo... [pero]...en el caso de la yodación del agua de abastos públicos, un método ya probado en Rochester, Nueva York, no había podido comprobarse su inocuidad y eficacia» 56.
---- En base a cierto consenso internacional en torno al método de profilaxis considerado más adecuado, en 1946, Bernardo Leiva, médico y diputado por la provincia de Mendoza, presentó un proyecto de ley provincial sobre uso de sal yodada, que luego de numerosos debates fue promulgada el 26 de diciembre de 1946.
El método había sido ya recomendado en la Conferencia sobre Agricultura y Alimentación de la Naciones Unidas (1943) y comenzaba a legislarse en algunos países de América Latina: Perú en 1940, México en 1942, Brasil en 1944.
Sin embargo, la puesta en vigencia de la nueva ley no resolvía automáticamente el problema de la inexistencia de sal yodada en el país, que suponía la adquisición de nuevas técnicas y maquinarias para el procesamiento de la sal, la estandarización de los niveles óptimos de yodo y el establecimiento de mecanismos de comercialización entre las poblaciones afectadas.
Según F.C. Kelly, director de la Oficina Chilena del Yodo de la Corporación del Salitre Anglo-Chilena con asiento en Londres, hasta 1945 sólo tres grupos de investigación en el mundo habían realizado estudios representativos acerca de la estabilidad y fijación del yodo en sal de consumo humano 57.
El artículo de Kelly no mencionaba, sin embargo, las investigaciones realizadas por la Wisconsin Alumni Research Foundation, que lograron obtener y patentar un procedimiento de fijación de la sal yodada.
Según se afirma en un editorial del Boletín de la Sociedad Médica de Mendoza, fue ese el procedimiento ofrecido como donación a la Argentina 58.
---- 58 El texto decía: «Obra en poder de la Sociedad Médica de Mendoza copia de las referencias y de la correspondencia oficial mantenida entre el Instituto Nacional de la Nutrición y la Wisconsin Alumni Research Foundation.
Esta documentación se refiere a todas las tramitaciones que se realizaron para obtener el procedimiento de fijación de la sal yodada inventada por la Wisconsin Alumni Research Foundation, que dicha institución ofreciera a nuestro país y que divulgada por el Instituto Nacional de la Nutrición en la comunicación hecha a la Asociación Argentina de Dietología, hace que este procedimiento no pueda ser patentado por nadie, puesto que por este simple hecho su conocimiento ha pasado al dominio público.
La Sociedad Médica de Mendoza se complace en destacar el acto de la WRF que expresa por sí sólo la generosidad de este gesto de solidaridad humana».
Véase ESCUDERO, P. y ROTHMAN, B. (1946), Los fijadores de yodo en la fabricación industrial de sal yodada, Boletín de la Sociedad Médica de Mendoza, 25, pp. 1-17.
Sin embargo, como se puso de manifiesto en otros países de Latinoamérica, para lograr la erradicación de la enfermedad era necesario, además del manejo de las nuevas técnicas y la provisión del equipamiento para la yodación de la sal, la incorporación del sector productivo.
En 1937, México había iniciado una Campaña de Lucha contra el Bocio, dirigida por el doctor Herbert H. Stacpoole, que condujo a promulgar una ley que establecía el uso exclusivo de sal yodada y la composición química que ésta debía tener.
Sin embargo, Stacpoole explicaba que, en la época en la que se dictó la norma, durante la Segunda Guerra Mundial, solamente dos empresas tenían evaporadoras para refinar sal y resultaba imposible conseguir maquinaria y equipo, por lo que los fabricantes se mantuvieron indiferentes frente a las indicaciones de la ley, alegando no estar en condiciones económicas de cumplirla 59.
A eso debe agregarse el hecho de que muchos países en desarrollo no utilizaban sal refinada y no existían, hasta entonces, métodos de yodación de sal cruda.
La dificultad para poner en práctica las medidas establecidas en la legislación mendocina sobre la profilaxis del bocio se explica, por lo tanto, por diversas razones.
Según señala Perinetti, en julio de 1947, en el afán por perfeccionar su ley, Leiva presentó un nuevo proyecto que no obtuvo despacho, pero que derogó la ley anterior: es decir que parecía ser «peor el remedio que la enfermedad».
A ello se agregó la inexistencia de sal yodada en el país 60.
UNIVERSIDAD, ESTADO E INSTITUCIONES EXTRANJERAS EN LA CREACIÓN DEL INSTITUTO DEL BOCIO
En 1946, con la llegada a la presidencia de Juan Domingo Perón, se produjo un cambio significativo en el sistema y la política sanitaria.
Ese año se creó la Secretaría de Salud Pública (que tres años más tarde adquiría el rango de Ministerio), cuyo manejo sería confiado al médico Ramón Carrillo.
Carrillo adscribía a las ideas sanitaristas, cuyos principios se apartaban de la concepción estrictamente técnica que apuntaba a combatir los agentes infecciosos una vez que ingresaban en el organismo, para centrarse en la prevención y en las enfermedades regionales vinculadas a razones geográficas y socioculturales 61.
61 KOHN LONCARICA, A. y SANCHEZ, N. ( 2003), El sanitarismo argentino y su contribución a la Salud Pública: ejemplificado con la obra de Cecilio Romaña (Aproximación a algu-nó un informe estadístico de alcance nacional acerca del bocio endémico, que ocupaba un lugar dentro de ese grupo de enfermedades que preocupaban a Carrillo 62.
Del mismo modo, la nueva Secretaría se propuso reforzar la presencia simbólica del Estado en materia de salud, divulgando por diversos medios -charlas, proyección de películas, audiciones radiales y colocación de afiches en diversos ámbitos-pautas sanitarias que, según se creía, incidirían en el bienestar (anatómico y psicológico) de la población y en la riqueza material del país.
Entre los afiches confeccionados para esa campaña, llevada a cabo por el Instituto de Educación y Propaganda Sanitaria y la Dirección de Política y Cultura Sanitaria, se incluía al bocio endémico dentro de un grupo de enfermedades sociales, que también abarcaba el alcoholismo, la brucelosis y la sífilis 63.
En 1951 se creó la «División Bocio» del Instituto de la Nutrición dependiente del Ministerio de Salud Pública de la provincia de Mendoza, integrada por los cirujanos Luis N. Staneloni y Jorge Nacif Nora y dirigido por Héctor Perinetti (Decreto n.o 1699/51 del PE de la Provincia).
Simultáneamente, Perinetti ocupó la dirección del Instituto del Bocio de la recientemente creada Facultad de Ciencias Médicas «Tomás Perón», que trabajaría con la colaboración de la División Bocio del Hospital Central.
De hecho, ambos organismos funcionarían como una unidad dotada de una triple labor: asistencial, de profilaxis y de investigación.
El personal del Instituto del Bocio quedó así conformado por L.N. Staneloni, C.N. Colque, M.L. Olascoaga (médico militar) y, en el Laboratorio, el bioquímico militar Juan Eleazar Itoiz y Sara Barbeito.
Previamente a la conformación de ambas instituciones, Perinetti viajó a Estados Unidos para perfeccionarse en la patología tiroidea y estudiar la yodación de la sal, en la Clínica de Tiroides del Massachusetts General Hospital (MGH), establecida en la década del 20 por el Profesor James Howard Means 64.
En 1939, la Universidad de Harvard comenzó la construcción de un ---nos ejes temáticos centrales), Médicos y Medicina en la Historia, II (8), p.
Estadística preparada por el Gabinete de Investigaciones Técnicas, Archivo de la Secretaría de Salud Pública, 1 (3), pp. 56-59.
Relaciones de género en la propaganda sanitaria de la Secretaría de Salud Pública de la Argentina: 1947-1949.
En RAMACCIOTTI, K. y VALOBRA, A. (comp.), Generando el peronismo.
64 Means formó en 1936 un equipo con Robley Evans y Arthur Roberts -físicos del Massachusetts Institute of Technology (MIT)-para realizar estudios con radioyodo (I-128) en tiroides de conejos.
Véase MC GEEHEE, H. (1981), James Howard Means and his romance ciclotrón que permitiría la producción (entre otros radioisótopos) de radioyodo para los primeros tratamientos de hipertiroidismo e investigaciones llevadas a cabo bajo la responsabilidad del grupo MGH-MIT.
Sin embargo, la difusión de dichas técnicas fuera de los Estados Unidos debió esperar a la finalización de la Segunda Guerra Mundial.
Paralelamente, en la Argentina, el endocrinólogo Enrique B. del Castillo creó la Sociedad Argentina de Endocrinología, institucionalizando los intercambios de un grupo de endocrinólogos dedicados a la investigación 65.
Pasada la contienda mundial, la Clínica de Tiroides del MGH atraería a una permanente corriente de visitantes de otros países, entre los que pueden contarse Reforzo Membrives y Carlos Galli Mainini, discípulos y colaboradores de del Castillo en el primer servicio hospitalario de endocrinología, que posiblemente hayan contribuido a difundir las nuevas técnicas en el país 66.
Según Means, debido a la reciente introducción de nuevos métodos de estudio (yodo radioac----- 65 Enrique del Castillo, fue uno de los fundadores de la Sociedad Argentina de Endocrinología en 1939 y, poco más tarde, crearía el primer servicio de endocrinología clínica del país en el Hospital Rivadavia (Buenos Aires).
66 Ya en 1944 Membrives habría advertido a Houssay acerca de la importancia del uso del yodo radioactivo en el tratamiento clínico de problemas de la tiroides durante su estadía en la Mayo Clinic.
Consúltese BARRIOS MEDINA, A. ( 2002), Ciencias Biomédicas.
En DE MAR-CO, M.A. (coord.), ueva Historia de la ación Argentina, Planeta, Buenos Aires, IX, pp. 504 y 518.
En 1947, la Revista Farmacéutica, órgano de la Sociedad Nacional de Farmacia y Bioquímica, reflejaba la importancia de los usos pacíficos de la energía nuclear e instaba a los «profesionales argentinos a la investigación, a la creación de nuevos centros de investigación y a imitar la tarea de los investigadores de otros en el estudio del metabolismo de los organismos biológicos mediante el uso de los radioisótopos».
La novedad de los estudios llevados a cabo en cooperación con los estadounidenses consistía, por un lado, en la utilización de isótopos radioactivos (I-131) en el campo de la biomedicina y, por otro, en la realización de una investigación que apuntaba a comprender la fisiopatología de la enfermedad, además de las potenciales complicaciones derivadas de su tratamiento y profilaxis, como la enfermedad de Basedow 72.
Los resultados de estos estudios fueron publicados en inglés (1954) y en español ( 1956) en un libro que rápidamente se convirtió en referente a nivel internacional y que inspiró estudios similares en América Latina 73.
En esa experiencia intervinieron factores tanto locales como internacionales.
En primer lugar, a fines de la década del 40, el bocio endémico pasó a formar parte de la agenda de los organismos internacionales de salud, impulsando iniciativas por parte de los gobiernos nacionales.
Entre 1948 y 1953 se llevaron a cabo las tres primeras Conferencias Latinoamericanas de Nutrición, patrocinadas por la Organización Mundial de la Salud (OMS) y la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación.
En las dos primeras conferencias realizadas en Montevideo (1948) y Río de Janeiro (1950) se reconoció al bocio endémico como un serio problema sanitario en la mayoría de los países latinoamericanos, por lo que el tema fue incluido en el temario de la tercera Conferencia a realizarse en Caracas en 1953 74.
En 1949, la OMS había enviado circulares a los gobiernos, requiriendo información acerca de la incidencia del bocio en el país, las medidas tomadas para prevenirlo y las evidencias de su eficacia.
En una reunión realizada en 1949 con expertos en nutrición bajo los auspicios de la OMS y la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), se propuso también promover entre los gobiernos el uso de sal yodada ----72 Los estudios realizados en Mendoza demostraron que la enfermedad de Basedow podía presentarse si la dosis terapéutica de yodo era considerablemente mayor que la necesidad diaria de ese elemento; MATOVINOVIC y RAMALISGASWAMI (1959).
En 1954, investigadores del Instituto de Investigaciones Médicas de Caracas (Venezuela) señalaban que las investigaciones de Stanbury y col. «han mostrado la importancia de establecer patrones locales de fijación de yodo radioactivo, ya que la captación de esta substancia varía con relación a la disponibilidad de yodo en el agua y la zona en donde viven los sujetos estudiados».
Consúltese DE VENENZI, F., ROCHE, M. y GERARDI, A. (1955), Captación de yodo radioactivo (I-131) por sujetos eutiroideos de nuestro medio y algunas consideraciones sobre aplicación al diagnóstico de las enfermedades tiroideas, Acta Médica Venezolana, 3 (4), p.
74 SCRIMSHAW, N.S. (1954), El bocio endémico en la América Latina, Boletín de la Organización Sanitaria Panamericana, p.
277. y la realización de estudios sobre la etiología de la enfermedad 75.
Probablemente, esta «internacionalización» de la lucha contra la enfermedad, conjuntamente con la difusión de una agenda de investigación pueda explicar el apoyo y la colaboración brindado por la RF 76 a la experiencia mendocina, a la que también contribuyeron la Fundación Loomis y la Compañía Parke-Davis de Detroit (Michigan).
En segundo lugar, luego de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos inició (tímidamente) acciones de propaganda destinadas a exaltar los usos pacíficos de la energía nuclear, que derivarían años más tarde en la campaña Átomos para la Paz.
Así, en junio de 1947, el presidente Truman anunció que pondría isótopos radioactivos a disponibilidad de científicos extranjeros 77.
Según el periódico The Washington Post 78, Argentina formaba parte de un programa que estableció la Comisión de Energía Atómica de los Estados Unidos para la exportación de isótopos radioactivos producidos en los laboratorios atómicos de Oak Ridge (Tennesse) y destinados al la para tratamiento de enfermedades, de allí provendrían los radioisótopos utilizados en Mendoza en 1951.
En el plano local, desde mediados de la década del 40, la energía nuclear también pasó a ocupar un lugar central en la agenda de gobierno, algunas de cuyas iniciativas incluían a la Universidad Nacional de Cuyo.
En septiembre de 1945, se sancionó un decreto destinado a preservar los yacimientos de Uranio, a partir del cual dicha Universidad, junto con la Dirección General de Fabricaciones Militares, se hizo cargo de la prospección de uranio y torio.
En 1950 fue creada la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA), con el objetivo de dar soporte administrativo a las actividades de Richter en Bariloche 79.
Un año más tarde, con el fracaso de éste último, se creó la Dirección ----75 FAO/WHO (1949), Joint FAO/WHO Expert Committee on utrition Report of a meeting held 24-28 October 1949.
76 Debe destacarse el temprano interés de esta fundación en promover las investigaciones en medicina nuclear, que en 1940 instaló un ciclotrón en la Universidad de Washington para la producción de radioisótopos destinados a investigaciones médicas.
78 The Washington Post, 5 de septiembre de 1948 79 Ronald Richter era un físico austríaco graduado en le Universidad Alemana de Praga, que había sido colaborador de Manfred von Ardenne en Berlín durante la Segunda Guerra Mundial.
Richter llegó en secreto a la Argentina en 1947, como parte de un grupo de ingenieros y técnicos alemanes liderados por el diseñador aeronáutico Kurt Tank.
Se ha estimado que a fina-Nacional de Energía Atómica (DNEA) bajo dependencia del Ministerio de Asuntos Técnicos, que apuntó al entrenamiento de científicos y técnicos locales 80.
Simultáneamente, se creó la Comisión Nacional de Radioisótopos 81, a la que se le atribuyó la responsabilidad de promover y controlar el uso de los mismos.
La colaboración brindada por estas instituciones a los estudios sobre bocio realizados en Mendoza permitió, por un lado, la obtención de todos los equipos electrónicos necesarios y, por otro, la importación semanal de radioisótopos provenientes de la división de investigaciones médicas de los laboratorios de Oak Ridge (Tennesse), dependientes de la Comisión Nacional de Energía Atómica de EE.UU 82.
Por último, si bien la relación de Perón con la comunidad científica local, luego de la intervención de las universidades, fue bastante conflictiva 83, debe destacarse que la Universidad Nacional de Cuyo fue señalada como «la primera del país que ha tomado un ritmo verdaderamente justicialista» y se constituyó en uno de los jalones de un proceso de organización y creación de instituciones que, en la retórica oficial, adquirieron dimensiones de una cruzada fundacional de la nueva «Argentina científica».
En ese contexto fue creada, en 1950, la Facultad de Ciencias Médicas «Tomás Perón» dependiente de la Universidad Nacional de Cuyo, entre cuyas misiones estaba la resolución de problemas sanitarios de índole local/regional como el bocio endémico 84.
El apoyo oficial brindado a los estudios realizados en el Instituto del ---les de 1952, el gobierno había invertido en este proyecto más de 62 millones de pesos.
Véase MARISCOTTI, M. (1985), El secreto Atómico de Huemul, Sudamericana, Buenos Aires, p.
82 El periódico Los Andes exaltaba, así, el apoyo y la colaboración directa del Ministerio de Relaciones Exteriores y de la Dirección Nacional de Energía Atómica del Ministerio de Asuntos Técnicos, organismo este último que «ha proporcionado equipos electrónicos que, por primera vez, se incorporan al tratamiento científico de la enfermedad» (Los Andes, 21 de junio de 1951, p.
84 El informe de la comisión encargada de estudiar el proyecto de creación de la facultad, se consignaba la necesidad de «obtener la especialización de los profesores, y substancial investigación, de las modalidades regionales, trasuntadas a través de manifestaciones patológicas de trascendencia social como el bocio...».
Véase UNIVERSIDAD NACIONAL DE CUYO (1951), Revista de la Facultad de Ciencias Médicas de "Doctor Tomás Perón", enero-abril, 1, p.
Bocio fue tal que las actividades del equipo argentino-norteamericano recibieron una amplia cobertura periodística, los radioisótopos y el equipamiento fueron trasladados de Buenos Aires a Mendoza por la Fuerza Aérea y los científicos norteamericanos se entrevistaron en dos ocasiones con el Presidente de la Nación 85.
El corolario de la experiencia de cooperación internacional fue, en primer lugar, la instalación de una sección de Radioisótopos de la División e Instituto del Bocio 86 y, en segundo lugar, la sanción de una ley provincial que establecía el uso obligatorio de sal yodada en porcentajes estipulados en base al nivel de deficiencia de la población.
Desde entonces, el Ministerio de Asistencia provincial fue el organismo responsable de velar por la medida, y los análisis de yodo de la sal enriquecida quedaron a cargo de los laboratorios de Química de la División Bocio y del Instituto del Bocio de la Universidad Nacional de Cuyo.
En 1956 la Memoria Anual de la División e Instituto del Bocio de Mendoza evaluaba como satisfactorio el nivel de acatamiento de la norma por parte de los industriales de la sal 87.
Los números oficiales también parecían alentadores a la hora de mostrar los progresos sanitarios del programa institucional: calculando los 700.000 habitantes de la provincia mendocina y tomando como base que el consumo anual de sal por habitante era de 4 kg, se deducía que «la casi totalidad de la población estaba consumiendo sal enriquecida» 88.
Por último, se constataba que los bocios eutiroideos (bocios con función normal de tiroides) de Mendoza habían subsanado casi completamente su déficit de yodo, lo que daba un margen de optimismo para conseguir una disminución sustancial del bocio endémico en la provincia.
----85 STANBURY, J.B. ( 2004), Conferencia en Homenaje a la memoria del Prof. Dr. Héctor Perinetti (quinta parte), Revista Argentina de Endocrinología y Metabolismo, 41 (2).
86 Dicha Sección empleó, en 1956, 800 Mc de yodo radioactivo (I-131) y 140 Mc de fósforo radioactivo (P-32) enviados desde Gran Bretaña y suministrados por la Comisión Nacional de Energía Atómica para el estudio y tratamiento de los enfermos.
EPÍLOGO: NUEVAS AGENDAS DE INVESTIGACIÓN
Poco después de los estudios en Mendoza comenzó a concretarse el proyecto de «geomedicina» al que se refería el doctor Means.
En diciembre de 1952, la OMS organizó en Londres una reunión con un grupo de especialistas en bocio endémico, con el objeto de coordinar visitas a diversos países de Asia y Sud América y estudiar la manera de proporcionar una profilaxis eficaz.
Allí quedó constituido el Grupo de Estudio de la OMS sobre el Bocio Endémico -del que participaría Stanbury-que, por un lado, estableció una serie de recomendaciones para la realización de encuestas y la yodación de la sal (métodos, compuestos, cantidades, aspectos legales, etc) y, por otro, delineó una agenda de investigación: en clínica, en lo referido a la sal yodada y en estudios sobre el terreno 89.
Fue en ese contexto que los trabajos de Stanbury y Perinetti se constituyeron en referencia obligada.
También a fines de la década del 50, el comité consultor de la OPS eligió un grupo de enfermedades prioritarias en Latinoamérica, entre los que se encontraba el bocio endémico.
Poco después, con el asesoramiento de Stanbury, fue instituido un programa de desarrollo de centros de investigación, se estimuló a un grupo científicos y médicos de diversos de países para que desarrollaran investigaciones y programas de prevención, dando así lugar a un grupo de especialistas latinoamericanos que durante años llevaron a cabo investigaciones, reuniones y publicaciones 90.
En el plano local, el Instituto del Bocio de Mendoza sirvió de modelo para la posterior creación de instituciones similares en otras provincias, como el Instituto de Endocrinología y Nutrición creado por Arturo Oñativia -discípulo de Del Castillo-en Salta en 1957 y el Instituto del Bocio y la Nutrición de Chilecito (La Rioja), fundado por Mario Desio de la Vega en 1956.
Pocos años después se creó la Comisión Nacional de Lucha contra el Bocio Endémico (1958), integrada por Bernardo Houssay, Enrique B. del Castillo, Héctor Perinetti, Arturo Oñativia, Eduardo Trucco, Alberto Houssay, Juan M. Allende, Carlos R. Bravo y Mauricio Rapoport 91.
De su acción y la de sus antecesores resultó, en 1967, la sanción de la Ley Nacional que establecía el uso obligatorio de sal yodada y que comenzaría a aplicarse en 1970.
---- Asimismo, los estudios realizados en Mendoza dieron origen a un nuevo campo de estudios, que surgió fuertemente ligado a la endocrinología: la medicina nuclear.
Entre 1953 y 1955 la DNEA dictó los primeros cursos de radioisótopos para médicos y biólogos y un curso de defensa radiológica 92.
En junio de 1954, la revista Sanidad de Cuyo comentaba las conclusiones de las Jornadas del Bocio realizadas en Mendoza entre el 29 y el 30 de marzo, entre las que se mencionaba la necesidad de solicitar a la DNEA una más amplia disponibilidad de radioisótopos para diagnóstico y tratamiento, una mayor información acerca de las condiciones mínimas que deberían reunir los locales que trabajaran con radioisótopos, el equipamiento con el que debían contar (sus costos y vías de adquisición) y las condiciones para lograr la capacitación especializada de los médicos (cursos, becas, adscripciones, etc.).
Ese mismo año, la CNEA instaló tres equipos para captación de yodo radiactivo y medición de muestras de sangre en hospitales de Buenos Aires: Hospital Rivadavia, Hospital Rawson y Hospital Cínicas 93.
Asimismo, algunos de los investigadores que participaron de la experiencia llevada a cabo en Mendoza, realizaron en esa época estudios con yodo radioactivo: Alberto Houssay (Instituto de Semiología del Hospital Clínicas); Enrique B. del Castillo (Servicio de Enfermedades Endocrinas del Hospital Rivadavia); Vicente Cicardo, Juan Reforzo Membrives, Aldo Lanaro y López Verde (Centro de Investigaciones Tisiológicas del Hospital Tornú); Roberto J. Soto y Rodolfo Q. Pasqualini (Instituto Modelo de Clínica Médica Luis Agote del Hospital Rawson); José Solis (Servicio de Endocrinología del Hospital Ex Caridad de Rosario) 94.
Este nuevo campo contribuyó a su vez a consolidar las investigaciones sobre la hormona tiroidea, al punto que, en 1967, la Asociación Argentina de Medicina y Biología Nuclear organizó en la Comisión Nacional de Energía Atómica el Primer Coloquio Argentino de Hormonas Tiroideas, del que participaron quienes cuatro años antes habían presentado sus estudios sobre bocio ----92 Uno de los primeros cursos fue «Bases físicas para el uso de los Radiactivos» (1953), dictado por el Dr. Poggio de la Dirección Nacional de Energía Atómica en el Instituto de Medicina Experimental para el Estudio y Tratamiento del Cáncer.
Instituto de Medicina Experimental para el Estudio y Tratamiento del Cáncer.
Archivo y Mesa de la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires.
La publicación, en 1970, de un libro sobre bocio endémico por parte de tres especialistas de la Comisión Nacional de Energía Atómica 96 muestra el impacto que tuvo la introducción de nuevas técnicas en la consolidación de esa línea de investigación.
La cuestión que atraviesa todo el trabajo se refiere al entrecruzamiento de diversas lógicas, asociadas con la posibilidad de resignificar el conocimiento científico y médico en términos de medidas de prevención y tratamiento de la salud.
En este sentido, la historia del bocio endémico resulta ilustrativa de estos procesos, en la medida en que pudimos poner en movimiento las diversas racionalidades intervinientes, así como su relación con el papel del estado que, en diferentes momentos, asume las interpelaciones como propias y pone en prácticas políticas públicas para su implementación.
Así, pudimos mostrar que, en un primer momento, y a pesar de que la etiología del bocio era aún objeto de controversia, los actores comenzaron a reclamar la atención pública sobre la cuestión, es decir, a pugnar por colocarla en la agenda pública de las cuestiones de salud.
Este proceso que se despliega durante las primeras décadas del siglo XX (en parte análogo y en parte atravesado por los debates sobre la enfermedad de Chagas, como mostraron Kreimer y Zabala) 97, es coincidente con la institucionalización de una comunidad de investigación experimental en el campo biomédico en el país.
De hecho, personajes como Houssay, Kraus y Sordelli son los referentes de dicho proceso 98 y, por ello, el hecho de que sean ellos mismos quienes tematicen públicamente al bocio como «problema» -aunque ello no forme parte del núcleo de sus investigaciones-tiene un significado y unas consecuencias particulares: además del esperable efecto «legitimador» que provenía de lo «autorizado» de dichas voces, las consecuencias pueden ser analizadas en ---- términos de las redes y ramificaciones que se fueron irradiando a partir de la institucionalización de las investigaciones biomédicas.
De hecho, los discípulos formados en estas tradiciones se fueron estableciendo y/o referenciando en diversas instituciones, tanto en la ciudad de Buenos Aires como en diversas regiones del país (Rosario, Córdoba, Salta, Mendoza, etc.).
Particularmente interesante resulta la definición alternativa del bocio como «problema de investigación» o como «problema social», debido a las implicancias de ambas perspectivas en términos cognitivos y de modelos institucionales.
Otro tanto puede decirse sobre el enfoque de la enfermedad como «problema social» y como «problema de salud».
En el primer caso, su tratamiento debía movilizar a una red amplia de actores, liderados por el estado -nacional o provincial-entendiendo que la enfermedad no era el resultado de un mero fenómeno individual y fisiológico, sino de factores de orden social, económico, cultural.
Por el contrario, la resolución de un «problema de salud» quedaba restringida -en esos años-a una resolución individual y «caso por caso» de los médicos con los pacientes.
Los modos de intervención resultan, por lo tanto, directamente determinados por los modos en que las cuestiones -públicas o no-son formuladas públicamente y aceptadas por los otros actores 99.
En el caso del bocio endémico no resulta casual que la cuestión comenzara a dirimirse en términos de una intervención pública a partir de mediados de los años 40, cuando el gobierno de Perón, junto a su ministro de Salud Pública (Ramón Carrillo), instalara en forma fuertemente institucionalizada la intervención del Estado frente a los «problemas sociales vinculados con la salud pública».
Como mostramos, la cuestión distaba de ser novedosa, ya que décadas antes había sido formulada por Alfredo Palacios, médico y legislador socialista, quien había sido uno de los pioneros en abogar por esta perspectiva.
Lo que cambió entonces de un modo radical fue la concepción del estado acerca de su propio rol en estas cuestiones.
Al respecto, dos notas resultan salientes del proceso de instalación pública del bocio y de sus mecanismos de profilaxis: la primera de ellas está vinculada con la dimensión internacional.
En efecto, de todos los desarrollos que se emprendieron a nivel internacional sobre el tema durante las primeras décadas del siglo XX, sobresalen las experiencias realizadas por James Means primero, y luego por John Stanbury en Boston.
La relación que el médico mendocino Héctor Perinetti, estableció con ese grupo resultó crucial para el establecimiento de medidas efectivas de profilaxis.
Como muchas veces en la historia de los desarrollos científico-tecnológicos, las innovaciones en el pla-----no local son originadas por viajeros que, a través de relaciones de «cooperación», utilizan esta vía para legitimar sus propias estrategias cognitivas frente a los otros actores locales.
El segundo aspecto, que en realidad recorre todo el texto, se refiere a que las dificultades para establecer una adecuada profilaxis del bocio endémico (más allá de factores político-institucionales) responden al espacio de lo técnico más que a lo estrictamente científico: una vez establecida la función del yodo, la cuestión central radica en establecer la mejor forma de dosificarlo, los alcances de dicha operación y, elemento crucial, establecer los niveles adecuados con los que dicha dilución debe prepararse.
Lo que resulta particularmente novedoso en este caso, es que el aporte innovador fundamental provino de un campo completamente inesperado para la época: la física nuclear, que había tenido un impulso crucial durante el desarrollo de la Segunda Guerra Mundial (asociada con el conocido Proyecto Mannhattan) y que, a su fin, se fue reconvirtiendo parcialmente hacia los usos pacíficos de los conocimientos.
En la Argentina, la cuestión tuvo un rápido desarrollo, en parte como consecuencia del interés del gobierno de Perón por el desarrollo de un incipiente proyecto nuclear que, con un origen fallido y algo pintoresco, asociado con el físico Richter y la llamada experiencia de la Isla Huemul100, propulsó la creación de un organismo público para la investigación en física nuclear.
Al mismo tiempo se estaba desarrollando, de un modo relativamente temprano, en relación con los países más avanzados, un nuevo campo de investigaciones y de prácticas experimentales: la medicina nuclear.
Para terminar, digamos que, como en el desarrollo científico-tecnológico de la mayor parte de los países periféricos, el papel de los organismos internaciones también debe ser tomado en cuenta, ya que a menudo es la vía a través de la cual se difunden y legitiman tomas de posición que habrán de ser, en lo sucesivo, cuestiones que pasan a formar parte de las agendas nacionales de políticas.
En el caso que analizamos, el papel de la Organización Panamericana de la Salud y de la OMS no escapa a estas consideraciones.
A menudo, el cruce entre investigadores de países periféricos y países centrales, en particular en el campo de la salud y de la investigación biomédica, se ve fertilizado por los espacios internacionales de estos organismos.
Así, como señalamos, en la década del 50, la OPS eligió un grupo de enfermedades (cuyo estudio y tratamiento se considera prioritario para Latinoamérica), entre las que se encontraba el bocio endémico.
Ello implicó que la temática se difundió ----entre centros de investigación, investigadores y médicos de la región, impulsando el desarrollo de investigaciones, publicaciones y de espacios de socialización pública referidos a la enfermedad.
La intervención de todos estos actores, sus posicionamientos y concepciones acerca de la enfermedad, la puesta en marcha de diversas estrategias, alianzas, alineamientos, etc., en el marco de ciertos contextos institucionales e históricos, pone en evidencia un complejo entramado socio-cognitivo que atraviesa la relación entre la producción del conocimiento y su aplicación.
Fecha de recepción: 5 de mayo de 2009 Fecha de aceptación: 2 de febrero de 2010, Investigaciones sobre el bocio endémico y su profilaxis, Revista de la Sociedad Argentina de Biología |
actualidad, el tratamiento de los enfermos que cursan la etapa crónica es objeto de una controversia científica y médica que moviliza diferentes conocimientos, es motorizada por diversos actores y tiene consecuencias sobre los propios enfermos, quienes, sin embargo, carecen de voz y visibilidad.
En este trabajo identificamos y diferenciamos cuatro momentos centrales de esta controversia, analizando los posicionamientos de los distintos actores, los conocimientos científicos puestos en cuestión y sus consecuencias en la confección de normativas sobre el tratamiento.
Finalmente, mostramos que el objeto central de controversia no es lo que los actores implicados explicitan como tal sino los criterios (técnicos y cognitivos) mediante los cuales se miden y definen los estados de «enfermedad» y de «cura».
Este trabajo trata de un estudio de caso en la Argentina.
PALABRAS CLAVE: Controversias científicas.
La enfermedad de Chagas afecta a alrededor de 18 millones de personas en América Latina1 y casi tres millones en la Argentina, lo que la convierte en la endemia más significativa en la región2.
El agente causal es un parásito, el Trypanosoma cruzi, y su principal forma de contagio es a través de un insecto, que en Argentina se lo conoce con el nombre de vinchuca3.
Ésta anida en las paredes y techos de los ranchos (viviendas rurales hechas de adobe y paja), lo que da como resultado que la población rural, con mayores niveles de pobreza, sea la más afectada)4.
El proceso de desarrollo de la enfermedad se manifiesta en tres etapas5 claramente diferenciadas, que han sido caracterizadas por los especialistas como etapa aguda, indeterminada y crónica 6.
----Desde 1969, en Argentina y Brasil, se generó una controversia científica y médica sobre el tratamiento que debía darse a los enfermos crónicos de Chagas, cuya resolución tenía y tiene -dado que la controversia aún hoy sigue abierta-directas consecuencias sobre la población afectada 7.
A partir de aquel año, diversos médicos comenzaron a utilizar y probar las drogas parasiticidas en enfermos crónicos, valoradas unánimemente como efectivas para los casos agudos, pero de dudosa y controversial efectividad en el caso de los pacientes crónicos (Manzur y Barbieri, 2002).
Este trabajo se centra en el desarrollo de esta controversia en Argentina y su objetivo es mostrar las diversas tomas de posición de los actores involucrados (médicos clínicos, cardiólogos, investigadores científicos, funcionarios del estado nacional y de organismos internacionales) y analizar los enunciados, argumentos y conocimientos científicos confrontados.
A tal fin, identificamos cuatro momentos diferentes de la controversia en virtud de: a) las modificaciones que organismos internacionales y locales introdujeron en las regulaciones del tratamiento sobre la enfermedad, y b) los cambios de posición y argumentación del entorno médico científico local respecto al uso de los medicamentos parasiticidas en la etapa crónica de la enfermedad de Chagas.
Un primer momento, entre 1969 y 1983, está delimitado por el surgimiento de las primeras discrepancias cognitivas hasta la sanción de la primera normativa nacional de tratamiento; el segundo momento, entre 1983 y 1994, se caracteriza por la emergencia de nuevas investigaciones y disensos científicos y por la proclamación de las primeras normativas de tratamiento por parte de la OMS; el tercer momento, desde 1994 hasta 2005, está configurado por la producción de nuevas pruebas científicas y la segunda normativa de la OMS y el cuarto momento, entre 2005 y 2007, está recortado por la segunda normativa nacional y por la puesta en marcha y evolución de investigaciones clínicas con estándares metodológicos internacionales.
Pretendemos mostrar los modos de construcción de los discursos y los mecanismos mediante los cuales se valida una prueba científica.
Así, lo que conforma el objeto central de disputa son las concepciones de enfermedad y de ----7 Si bien en Brasil se originó la controversia y se desarrollaron investigaciones al respecto, con participación de actores médicos y expertos brasileños en el ámbito de definición de la misma -la OMS-, lo que podemos afirmar, teniendo en cuenta que la evolución de la controversia en Brasil no es objeto de este trabajo, es que en este caso no se encuentra la activación y dinamismo que la controversia tuvo en Argentina, en cuanto a publicaciones locales, tomas de posición públicas por federaciones y asociaciones médicas nacionales y consecuencias respecto al tratamiento realizado efectivamente a los pacientes crónicos. cura, tanto en el campo científico médico local, delimitado por las publicaciones y congresos científicos, como en el espacio más amplio de organismos nacionales e internacionales de políticas de salud.
Resulta importante observar que los pacientes siempre han sido aludidos e implicados en la controversia, pero en ningún momento participaron activamente en ella.
Ello se puede explicar por diversas razones8: por un lado, porque dado el carácter de la enfermedad, que afecta particularmente a poblaciones pobres rurales, distribuidas geográficamente de un modo muy disperso, en pequeños pueblos, donde las capacidades de organizar acciones colectivas son mínimas.
En segundo lugar, y por las mismas características sociales y demográficas, se trata de una población con escaso acceso a la educación, tanto formal como a la información acerca de las cuestiones de salud.
Sus vínculos institucionales suelen ser débiles y, a menudo, el contacto con los funcionarios del área de salud (nacionales y, sobre todo, provinciales) suele limitarse a contactos esporádicos, por ejemplo, en ocasión de los operativos de fumigación.
La tercera razón se relaciona con cierta «naturalización» que hacen los infectados acerca de la enfermedad de Chagas.
Frecuentemente, cuando se interroga a sujetos localizados en zonas endémicas acerca de los problemas de salud que perciben en su región, suelen mencionar espontáneamente otros problemas y «omitir» la mención al Chagas.
Así, cuando se les indaga específicamente sobre esta dolencia, recién entonces señalan que, efectivamente, una parte sustantiva de la población está afectada9.
De este modo, Chagas no es tematizado o percibido como un «problema» -y como algo sobre lo cual haya que intervenir-por los propios afectados.
Finalmente, el vínculo más importante de relación con el conocimiento para estos sectores son los médicos tratantes en los hospitales, en su mayoría cardiólogos, muchos de ellos ni siquiera especializados específicamente en las patologías asociadas al Chagas ni tampoco involucrados en la controversia.
Como corolario de lo anterior, es notable el contraste con la participación de otros grupos sociales que se han construido como actor colectivo en rela-----ción con una cuestión que es percibida como un problema socialmente relevante y, por lo tanto, sus modos de intervención (y las controversias que los atraviesan) resultan objeto de debate en la arena pública.
Sólo a título de ejemplo se puede citar la movilización colectiva de pacientes de cáncer cuando investigadores del CONICET declararon haber hallado nuevos tratamientos en base al veneno de la serpiente cascabel sudamericana (la droga era conocida como «crotoxina»)10, o bien los masivos reclamos públicos y colectivos de pacientes de SIDA en pos de obtener los nuevos cócteles de drogas que estaban disponibles para el tratamiento de dicha dolencia en el año 199711.
Para comprender el desarrollo de la controversia es necesario señalar que, entre fines de 1960 y mediados de los años 70, dos laboratorios transnacionales desarrollaron dos drogas parasiticidas, Nifurtimox (Bayer) y Benznidazol (Roche), cuya eficacia fue unánimemente valorada por la comunidad científico-médica como contundente en los enfermos agudos de Chagas, a pesar de que presentaba diversos efectos secundarios.
Respecto a los pacientes crónicos, existían posiciones divergentes encontradas acerca de su efectividad porque en éstos se demostraba que, con el suministro de estos medicamentos, se curaban desde el punto de vista parasitológico (desaparición del parásito) pero no serológico (los anticuerpos seguían en sangre)12.
Estos resultados controversiales provocaron que en 1983 se recomendara tratar exclusivamente a los pacientes con enfermedad de Chagas en fase aguda, tanto en Brasil como en Argentina13, quedando los enfermos crónicos al margen del tratamiento parasiticida específico.
----Por un lado, si bien se dictaron dichas normas de tratamiento, la controversia no se clausuró, por el contrario, creció el número de investigaciones tendentes a probar la efectividad de las drogas parasiticidas en la fase crónica de la enfermedad.
Más aún, ello también se explica dado que, hasta hoy, la industria farmacéutica no mostró interés en llevar a cabo ningún tipo de actividad de I+D para reemplazar o mejorar ninguno de los dos medicamentos existentes para la enfermedad 14.
De hecho, el Nifurtimox dejó de producirse alrededor de 1990, por una decisión comercial del laboratorio Bayer, que consideró que el mercado consumidor de dicho medicamento ya no resultaba atractivo.
El laboratorio Roche, por su parte, tomó la misma decisión unos pocos años más tarde, y en 1999 anunció que dejaba de producir el Benznidazol en la Argentina.
Ante la falta de reacción de laboratorios nacionales y de las autoridades del país, el Laboratorio Federal de Pernambuco en Brasil (LAFEPE) propuso comenzar a producirlo y, luego de arduas negociaciones, acordó que Roche les transfiriera los conocimientos técnicos para llevarlo a cabo, aunque no el principio activo, que desde entonces se sigue produciendo en la planta de Basilea, Suiza, y exportando al LAFEPE 15.
Así, el uso de los parasiticidas existentes para los grupos de enfermos sin tratamiento específico -Chagas congénito y crónico-se convirtió, en las décadas de 1980 y 1990 en uno de los principales temas de discusión e investigación terapéutica entre los médicos que trabajan en el marco de esta enfermedad.
Por otro lado, dado que las manifestaciones más importantes en la etapa crónica se presentan como disfunciones cardíacas, en particular conocidas ----14 Las razones del desinterés de los laboratorios farmacéuticos -locales e internacionales-por desarrollar drogas más eficaces para la enfermedad de Chagas son múltiples, pero es claro que la característica del mercado -población rural en situación de pobreza-y la ausencia relativa de los gobiernos explican buena parte de ello.
Para un análisis más detallado véase KREIMER, P. y CORVALÁN, D. (2009, en prensa), Conocimiento científico, necesidades sociales y dinámica industrial: Diabetes, Chagas, Benznidazol e Insulina en la Argentina.
15 Según las autoridades del laboratorio Roche en la Argentina, le propusieron a las autoridades locales realizar dicha transferencia con la participación de laboratorios nacionales -públicos y privados-pero, ante la falta de respuesta decidieron comenzar las tratativas con el LAFEPE.
Sin embargo, las autoridades del Instituto Fatala Chabén, especializado en parasitología y referente de la investigación sobre Chagas, declararon que recién se enteraron de la situación (decisión empresaria y transferencia) cuando el acuerdo con el instituto brasileño ya estaba cerrado.
KREIMER y CORVALÁN (2009), 20 años no es nada: conocimiento científico, producción de medicamentos y necesidades sociales, Desarrollo Económico, 49 (193), pp. 123-149. como «cardiopatía chagásica» 16, dichas investigaciones convivieron también con la creencia generalizada de muchos médicos de que, más allá de cuál fuera el origen de la cardiopatía, se trataba de enfermos cardíacos, quienes debían por lo tanto ser atendidos por médicos cardiólogos, con los tratamientos disponibles para ese tipo de cardiopatías.
OBJETO DE LA CONTROVERSIA
El objeto de la controversia es el de determinar si corresponde tratar o no con drogas parasiticidas a los pacientes enfermos de Chagas en la etapa crónica de la enfermedad.
Las primeras discrepancias surgieron con los resultados obtenidos por el investigador brasileño Romeo Cançado en 1969, quien describió la persistencia de anticuerpos (serología positiva) en pacientes crónicos tratados con drogas parasiticidas, lo cual sugería que continuaba el estado de enfermedad17.
Luego, entre 1977 y 1978, los resultados de las investigaciones sistematizadas por Cerisola y colaboradores argentinos y brasileños (1977) acerca de la efectividad del Nifurtimox en la fase crónica de la enfermedad, y por Barclay (1978) y colaboradores argentinos, sobre la efectividad del Benznidazol en la misma fase, demostraron altos porcentajes de cura de enfermos crónicos desde el punto de vista parasitológico (desaparición del parásito en sangre).
En este estado de incertidumbre e indefinición, en 1983, las normas de tratamientos elaboradas por el Ministerio de Salud de la Nación dejaron afuera del tratamiento parasiticida a los enfermos crónicos, primando el criterio serológico sobre el parasitológico para la determinación de cura.
Pese a lo cual, o debido a ello, en Argentina la controversia médica no se cerró y se siguieron desarrollando investigaciones tendentes a probar la eficacia de los medicamentos en los enfermos crónicos.
A lo largo del desarrollo de esta controversia se fueron poniendo en cuestión los conocimientos que definen el diagnóstico, la evolución y la cura de la enfermedad, así como los instrumentos mediante los cuales se miden y caracterizan los tres estados de Chagas.
Al mismo tiempo, también se puso en duda la legitimidad de las diversas prácticas de evaluación y validación de los tra-----tamientos, es decir, de los diversos parámetros metodológicos que coexisten en el marco de la investigación clínica sobre la enfermedad.
Con respecto al diagnóstico y la determinación de la cura, existen, en la actualidad, tres criterios diferentes, suficientemente estabilizados: a.
Parasitológico: se define por la ausencia de parásitos en sangre. b.
Serológico: se define por la ausencia de anticuerpos en el organismo 18. c.
Clínico: se observa la disminución de la cardiopatía y la mejora en la calidad de vida de los pacientes.
A cada uno de estos criterios le corresponde, respectivamente, las siguientes técnicas de diagnóstico: el xenodiagnóstico, la serología y, en el último caso, principalmente el electrocardiograma y la evaluación general realizada por el médico tratante.
Cada una de estas técnicas surgió y se generalizó como método de rutina en diferentes períodos a lo largo del siglo XX, por lo que vale la pena hacer una breve síntesis de este desarrollo histórico para mostrar qué métodos y creencias respecto al diagnóstico, la evolución y el tratamiento del Chagas se fueron instalando entre los médicos, investigadores y funcionarios.
En los primeros tiempos, bajo la orientación de Salvador Mazza, entre 1926 y 1946, en la Misión de Estudios de Patología Regional Argentina (MEPRA), se identificaron 1244 casos de enfermos de Chagas, utilizando la microscopía, la inoculación de animales, la biopsia, el xenodiagnóstico 19 y la ----18 Los anticuerpos son glucoproteínas (proteínas unidas a azúcares) también llamadas inmunoglobulinas.
Los anticuerpos son secretados por un tipo particular de células, los plasmocitos, y tienen una altísima afinidad con moléculas denominadas antígenos.
Los antígenos pueden inducir la formación de anticuerpos (cada antígeno está definido por su anticuerpo, los cuales interactúan por complementariedad espacial).
Los plasmocitos son el resultado de la proliferación y diferenciación de los linfocitos B. Su función es reconocer cuerpos extraños, como las bacterias y virus, para mantener al organismo libre de ellos.
La producción de anticuerpos forma parte de la respuesta inmune humoral.
19 Este método consiste en la reproducción en condiciones de laboratorio del ciclo natural del parásito en triatominos probadamente negativos a los que se alimenta con sangre del paciente.
Se utilizan cajas que contienen ninfas, obtenidas de criaderos de laboratorio, alimentadas con sangre de ave y ayuno previo de dos semanas antes de su aplicación.
Las zonas recomendadas para colocarlas al paciente son las del antebrazo y la pantorrilla.
El tiempo de alimentación de los insectos durante el procedimiento debe ser aproximadamente de 30 minutos.
Las cajas retiradas deben guardarse en condiciones de crianza del insecto, esto es, un lugar oscuro y a temperaturas entre 25 y 30 ̊ C (STORINO y MILE (1994), p.
La microscopía era una técnica parasitológica de observación y análisis directo del parásito mientras que el xenodiagnóstico y la inoculación de animales lo detectaban de forma tardía e indirecta.
Este conjunto de técnicas era particularmente eficaz para la detección de los enfermos que cursaban la fase aguda inicial, dado que en esta etapa abundan los parásitos en la sangre.
La reacción de Guerreiro-Machado es una técnica serológica, esto es, que detecta anticuerpos, y su utilidad radica en la detección de los enfermos con infección crónica, cuando los parásitos no se hallan fácilmente en sangre 21.
Durante la década de 1940, desde el Instituto de Medicina Regional (IMR) se trabajó en el mejoramiento de la reacción de Guerreiro-Machado, también denominada reacción de fijación de complemento (RFC), utilizada para la detección de enfermos crónicos 22.
En los cincuenta, en el Servicio Nacional de Profilaxis y Lucha contra la Enfermedad de Chagas (SNPLECH), se realizaron encuestas epidemiológicas que permitieron mostrar la relación entre el desarrollo de trastornos cardíacos específicos y la presencia del parásito Trypanosoma cruzi como signo típico del cuadro crónico de la enfermedad.
Asimismo, tendieron a institucionalizar una nueva técnica de diagnóstico de rutina (el electrocardiograma) y calcular el número de infectados en dimensiones regionales y nacionales, hasta entonces realizado de un modo azaroso, poco preciso y sin discriminar por zonas de diferente incidencia 23.
El uso y aplicación del electrocardiograma en forma rutinaria y generalizada en las encuestas epidemiológicas fue central para la producción de esos conocimientos, que luego se estabilizarían como una nueva técnica de diagnóstico que se sumaba a las tradicionales (xenodiagnóstico y la serología) que seguían realizándose de forma complementaria.
----20 MAZZA, S. (1949), La enfermedad de Chagas en la República Argentina, Memorias do Instituto Oswaldo Cruz, 47, pp. 1-2.
21 Un anticuerpo específico en presencia de antígenos de T. Cruzi es capaz de unirse formando la unión antígeno-anticuerpo, lo cual es capaz de fijar complemento, por la fracción Fc de la inmunoglobina.
Esta unión no visible es puesta en evidencia por un sistema indicador que permite que el complemento libre -esto es, en ausencia de anticuerpo-produzca la hemólisis del sistema hemolítico, formado por hematíes de carnero y hemolisina.
Esta técnica es compleja en su preparación pues el éxito de la misma depende de que los antígenos parasitarios pierdan sus lípidos, debidamente estandarizados, y que los constituyentes, complemento, hemolisina, glóbulos rojos, etc. hayan sido debidamente ensayados en sus cantidades relativas.
23 ZABALA, J. (2007), Producción y uso de conocimientos científicos vinculados a la enfermedad de Chagas.
Sin embargo, las técnicas mencionadas no eran suficientes para dar cuenta de todos los casos ni todas las etapas de la enfermedad.
En los últimos años, y como consecuencia del proceso de «molecularización» que se produjo en el conjunto de las ciencias biomédicas 24, se ha desarrollado un cuarto método, que se basa en la detección (o en la ausencia) de fragmentos de ADN del parásito Trypanosoma cruzi en la sangre y en los tejidos.
Se realiza a través de la difundida PCR (Polimerase Chain Reaction) que permite una mayor sensibilidad que las técnicas de diagnóstico tradicionales 25.
La legitimidad de los diversos parámetros metodológicos que coexisten en el marco de la investigación clínica sobre la enfermedad no resulta algo dado, sino que nos remite al modo en que se institucionalizó la investigación clínica sobre el tratamiento parasiticida en enfermos crónicos.
Desde hace algunas décadas, ya están muy difundidos en los países más avanzados los llamados ensayos clínicos aleatorizados (ECA) 26, propios de la Medicina Basada en la Evidencia (MBE) 27.
Estos están considerados como el «estándar internacio-----24 KREIMER, P. (2009), Ciencia y Periferia. acimiento, muerte y resurrección de la biología molecular en la Argentina.
Aspectos sociales, políticos y cognitivos, Buenos Aires, EUDEBA.
25 En el diagnóstico de la enfermedad de Chagas, el uso de PCR no se ha generalizado en las prácticas de rutina, puesto que se corresponde con las técnicas propias de la investigación en biología molecular y se realiza en laboratorios de investigación científica, más que en hospitales y centros de salud.
26 La investigación clínica terapéutica configurada bajo la modalidad ECA se organizó según una serie de elementos formalizados en un protocolo de investigación: una metodología con sus etapas de investigación definidas; una selección metódica de la población de estudio y la conformación del tipo y número de muestra según criterios de inclusión y exclusión explícitos y definidos previamente; la supervisión externa de los resultados por un comité de expertos que no participan en el protocolo; la aleatorización de la muestra, organizada en base a un grupo de prueba que recibe la terapia que se encuentra bajo estudio, y otro grupo control al que se administra placebo u otra terapia, y la lectura de «doble ciego», que supone que ni el paciente ni los investigadores conocen si aquel se incluye en el grupo de prueba o en el de control (GARCÍA, A. y TEIRA SERRANO, D. ( 2006), Normas éticas y estadísticas en la justificación de los ensayos clíncos aleatorizados, Crítica, Revista Hispanoamericana de Filosofía, 38, n.o 113, pp. 39-60).
27 La MBE reúne una variedad de significados: «El uso consciente, explícito o juicioso de la mejor evidencia disponible en procesos de toma de decisiones sobre la atención de los pacientes [...] incluye a la vez una orientación hacia una autoevaluación reflexiva y crítica, la producción de evidencia a través de la investigación y evaluación científicas y la habilidad para examinar la evidencia en términos de su validez y su aplicación clínica [...] denota también el uso de pautas fijadas sobre la práctica clínica en los procesos de producción de diagnósticos válidos y de conocimiento terapéutico» (TIMMERMANS, S. y BERG, M. (2003), The nal» de máxima legitimidad, lo que permite la formulación de recomendaciones de políticas de salud con mayor fuerza normativa.
Sin embargo, el desarrollo de estudios bajo estos estándares no es fácil de reproducir en los contextos periféricos: supone contar con una comunidad de médicos y de pacientes involucrados sistemática y cotidianamente en la investigación.
Ello demanda altos costos (entre otros, para la movilidad de los pacientes, su disponibilidad y repetida interrupción de su desempeño laboral), fuerte compromiso de los pacientes con la investigación y una infraestructura donde sea posible realizar el seguimiento y la atención sistemática de un número importante de pacientes.
Estas condiciones fueron difíciles de cumplir para los grupos que realizan investigación clínica sobre Chagas en la Argentina.
De hecho, existen sólo dos trabajos sistemáticos sobre la eficacia del tratamiento con drogas tripanocidas en los pacientes crónicos realizados según aquellos parámetros: el TRAENA (Tratamiento en Adultos) y el BENEFIT (Benznidazole Evaluation For Interrupting American Trypanosomiasis), ambos desarrollados en el Instituto Nacional de Parasitología Fatala Chabén (INP).
Con excepción de estas dos investigaciones, los trabajos que prevalecen en la Argentina son estudios: a) «retrospectivos», en los cuales se utilizan los datos clínicos disponibles (sobre pacientes ya tratados), se estiman evoluciones y se hacen comparaciones con grupos no tratados y, b) «transversales», en los que se analiza la prevalencia de ciertas patologías en un momento dado, sin análisis retrospectivo ni seguimiento prospectivo.
Vale la pena preguntarse acerca de las razones que dificultaron, en el marco de la investigación sobre esta enfermedad, el desarrollo de investigaciones clínicas con protocolos estándares, puesto que, en principio, la existencia de una fuerte tradición local en investigación biomédica, junto con un fuerte desarrollo de las diferentes ramas de la medicina, parecerían brindar un marco adecuado para la adopción de estos estándares.
Sin embargo, una hipótesis plausible que explique la inexistencia de estos estudios, en el marco de la investigación sobre Chagas, debería dejar a un lado el peso de dicha tradición y colocar, en cambio, en primer lugar, el desinterés que los laboratorios farmacéuticos industriales han tenido por dicha enfermedad, con excepción de las primeras y únicas experiencias realizadas por Bayer y Roche hace más de 30 años, debido a que afecta mayoritariamente a sectores sociales pobres, rurales y migrantes internos.
Como podemos observar, las controversias tienen diferentes focos y puntos de interés, en relación con los diferentes actores que toman partido.
Así, si consideramos que la efectividad de los estudios que se realizan sólo pueden operar en la resolución de la controversia en la medida en sean aceptados por los actores más significativos, el efecto «real» de las drogas sobre los pacientes crónicos es sólo uno de los tópicos en disputa.
Otra de las cuestiones que se dirime es la de poder establecer la validez, o la institucionalización de los ensayos clínicos sobre bases estandarizadas y que, por lo tanto, operen como una verdadera «prueba» en las posibles disputas que se suscitaren en el futuro.
De esta manera, no es sólo el «conocimiento» el que se pretende legitimar, sino las prácticas mismas de los investigadores clínicos, cuya institucionalización, a diferencia de lo ocurrido con la investigación «básica» (las definiciones son de los propios sujetos) lleva cierto retraso relativo en la Argentina.
Abordaremos esta cuestión en sus detalles en el acápite siguiente.
ACTORES Y DISPOSITIVOS POLÍTICO-INSTITUCIONALES VINCULADOS A LA
Desde el desarrollo de la controversia, y principalmente a partir de la primera norma de tratamiento nacional (1983), los médicos locales que investigaban y trataban el Chagas fueron adoptando las siguientes posiciones respecto al tratamiento parasiticida en enfermos crónicos: 1. a favor, 2. en contra y 3. sin una toma de posición activa (pero sin suministrar el tratamiento en la fase crónica).
Quienes conforman el grupo que está a favor se destacan por realizar investigación clínica orientada a probar la eficacia del tratamiento en cuestión.
Este grupo está conformado por el equipo de Rodolfo Viotti, radicado en la Sección Enfermedad de Chagas del Servicio de Cardiología del Hospital Interzonal de Agudos Eva Perón de la provincia de Buenos Aires, el grupo de Elsa Segura y Sergio Sosa Estani, del INP, Dr. Mario Fatala Chabén de la ciudad de Buenos Aires y el grupo de Diana Fabbro, del Centro de Investigación en Endemias Nacionales (CIEN), perteneciente a la Facultad de Bioquímica y Ciencias Biológicas de la Universidad Nacional del Litoral (UNL), en la provincia de Santa Fe.
Los tres grupos presentan radicaciones institucionales bien diferentes: el primero, dentro del ámbito hospitalario; el segundo, dentro del ámbito de investigación pública en salud y, el tercero, en el ámbito universitario.
Cada uno de estos ámbitos tiene misiones institucionales y funciones sociales propias y bien diferentes entre sí: mientras la universidad se define como ámbito de producción de conocimiento original y de enseñanza, el ámbito de investigación público en salud lo hace en función del establecimiento de agendas de investigación según problemas sanitarios nacionales, fijados como prioritarios desde el punto de vista de la política de salud de la población y, por último, el ámbito hospitalario, se orienta a brindar servicios profesionales de prevención, atención y asistencia y resolver así problemas de salud que se presentan en el día a día.
Esta divergencia de metas institucionales se vincula, a su vez, con que cada ámbito se ha conformado históricamente por tradiciones de investigación y culturas de trabajo específicas y divergentes entre sí, que atañen diferentes prácticas cognitivas: actividades de investigación propiamente dicha y actividades de servicio/asistencia (proporción que, en el caso del ámbito hospitalario y público de investigación, se inclina hacia el último tipo de actividades, mientras que en la universidad tiende a prevalecer lo opuesto).
Asociado al peso diferencial de estas prácticas en cada uno de estos ámbitos, es posible encontrar diferencias sustantivas entre el tipo de conocimiento producido, las formas de asignación de prestigio y de construcción de autoridad, los circuitos de acreditación y validación del conocimiento, la clase de usuarios/públicos al que se le orienta, el tipo de construcción de utilidad del conocimiento, las carreras socio profesionales conformadas, entre otros elementos.
Por dar un ejemplo, en el caso de la universidad, el producto en que generalmente cristaliza el conocimiento, y por el cual éste se legitima, es la publicación científica que, además, supone como principal usuario a sus pares.
En los otros dos casos, si bien el paper tiene presencia, lo que prevalece son productos tales como un kit de diagnóstico, una vacuna, etc., orientados a usuarios como el Ministerio de Salud, otros profesionales médicos o los pacientes mismos directamente.
Los principales argumentos movilizados por este grupo han sido, por un lado, que aunque la disminución o estabilización de los síntomas cardíacos no implique una cura absoluta, produce una mejora desde el punto de vista de la calidad de vida de los pacientes.
Y, por el otro, que, si bien los estudios retrospectivos no tienen legitimidad para la generación de recomendaciones, tienen valor desde el punto de vista clínico28.
----En el «grupo 2» («en contra») se destacan, por su participación activa en la controversia, Rubén Storino, miembro titular de la Sociedad Argentina de Cardiología, y Sergio Auger, médico del Servicio de Cardiología del Hospital Santojani de la ciudad de Buenos Aires.
El principal argumento movilizado por este grupo ha sido criticar el hecho de que «la cura se define únicamente según los criterios parasitológicos y serológicos, desestimando el criterio clínico», ya que las investigaciones que se orientan a observar «la eficacia del tratamiento parasiticida en enfermos crónicos no están realizadas con los estándares internacionales» (MBE).
Asimismo, otras razones de peso esgrimidas por ellos han sido que, en la etapa crónica, el parásito se encuentra en los tejidos (ya no en la sangre) donde las drogas parasiticidas no tienen acción, debiéndose atacar las lesiones cardíacas y no el parásito.
Así, concluyen, «no es posible determinar la eficacia de las drogas debido a la incertidumbre del criterio de curación» 29.
A ello agregan lo que consideran como un problema sensible: que la droga tiene muchos efectos adversos como para ser utilizada en pacientes en los que su efectividad es incierta (relación riesgo-beneficio) 30.
Finalmente, encontramos a quienes conforman el «grupo 3» que, sin definir una toma de posición activa y pública en uno u otro sentido, generalmente no tratan a los pacientes crónicos con drogas parasiticidas.
Aquí se encuentran los médicos clínicos y médicos cardiólogos que se dedican a tratar enfermos exclusivamente en servicios hospitalarios -y no realizan investigación-.
Estos distintos posicionamientos produjeron diferentes definiciones de cura y de enfermedad que no quedaron restringidas ni fueron elaboradas únicamente en el ámbito de la medicina o de la investigación biomédica, sino que se extendieron hacia otros escenarios institucionales en donde se debían negociar y dirimir los criterios de cura de las distintas etapas de la enfermedad ----Benznidazole versus no treatment.
29 La incertidumbre del criterio de curación alude a la coexistencia de diferentes técnicas de diagnóstico de cura -ya mencionadas en la sección anterior-.
Las posiciones en contra ponen en juego en la controversia el uso de la PCR y afirman que en muchos casos bajo estudio, la utilización de ésta arrojó resultados positivos en pacientes con xenodiagnósticos negativos, lo cual mostraba que, a pesar de la ausencia de parásitos en la sangre, la enfermedad existía en el nivel de los tejidos.
Según estos resultados, los criterios clásicos de curación (el xenodiagnóstico y la serología) estarían sobrevalorando la eficacia real del medicamento.
En este punto radica, según estas posiciones, la incertidumbre del criterio de cura, ya que por ahora la PCR no es utilizada de un modo rutinario en los estudios sobre efectividad de parasiticidas en enfermos crónicos.
30 STORINO, R. ( 2002), El tratamiento antiparasitario en la enfermedad de Chagas, ¿debe darse a todos o no?
En el plano nacional, se trató del Ministerio de Salud y la Administración Nacional de Medicamentos, Alimentos y Tecnología Médica (ANMAT) y, en el internacional, la OMS (a través de diversas consultas técnicas realizadas en la región).
En estos espacios confrontan los médicos que desarrollan hace mas de 10 años líneas de investigación que pretenden probar la efectividad del tratamiento parasiticida en pacientes crónicos, con los médicos que sostienen una posición en contra a dicho tratamiento, radicados en la Sociedad Argentina de Cardiología (SAC) y en el Consejo de Chagas de dicha sociedad.
Ambos grupos de médicos produjeron, en colaboración con personal técnico de la Oms, del Ministerio Nacional de Salud y de la AN-MAT, diferentes documentos en los cuales, a lo largo de veinte años, se fueron discutiendo, estableciendo y modificando los criterios para definir y aplicar el diagnóstico, la atención y el tratamiento para la enfermedad de Chagas.
Tales documentos cristalizaron en tres normas nacionales 31 y, en el plano internacional, en dos informes técnicos de la OMS 32.
Las definiciones de los estados de cura y de enfermedad fueron cambiando con el paso del tiempo, según los argumentos desplegados por los distintos actores.
Tomando en cuenta los cambios en los posicionamientos, las intervenciones y el tipo de argumento movilizado, podemos establecer cuatro momentos diferentes de la controversia: primer momento, entre 1969 y 1983, delimitado por el surgimiento de las primeras discrepancias cognitivas hasta la sanción de la primera normativa nacional de tratamiento; segundo momento, entre 1983 y 1994, caracterizado por la emergencia de nuevas investigaciones y disensos científicos y por la proclamación de las primeras normativas de tratamiento por parte de la OMS; tercer momento, desde 1994 hasta 2005, configurado por la producción de nuevas pruebas científicas y la segunda normativa de la OMS y; cuarto momento, entre 2005 y 2007, recortado por la segunda normativa nacional y por la puesta en marcha y evolución de investigaciones clínicas con estándares metodológicos internacionales.
Estos momentos fueron identificados en virtud de dos criterios: 1. las modificaciones que organismos internacionales y locales introdujeron en las regulaciones del tratamiento sobre la enfermedad, y 2. los cambios de posi-----31 Estas son: Resolución Secretaría de Programas de Salud.
Ministerio de Salud y Acción Social y COFESA (1983); Manual para la atención de pacientes infectados con Chagas.
Ministerio de Salud y Acción Social (1998); Manual para la atención de pacientes infectados con Tripanosoma Cruzi.
32 Estos informes son: Control de la enfermedad de Chagas.
Informe de un Comité de Expertos de la OMS (1991); Tratamiento Etiológico de la Enfermedad de Chagas, Conclusiones de una Consulta Técnica OPS/OMS (1998).
ción y argumentación del entorno médico local respecto al uso de los medicamentos parasiticidas en la etapa crónica de la enfermedad de Chagas.
Momento primero (1969-1983): primeras discrepancias y la primera normativa nacional de tratamiento En 1965 se iniciaron los ensayos de evaluación clínica del Nifurtimox para el tratamiento de la infección chagásica aguda y crónica en Brasil, Chile y Argentina.
Los primeros resultados obtenidos por los investigadores fueron analizados en una reunión realizada en Santiago de Chile en 1968, en la cual se comunicó que «el tratamiento de la infección chagásica aguda producía una tasa elevada de curación con negativización serológica (ausencia de anticuerpos)»33.
Las primeras discrepancias surgieron con los resultados obtenidos por el brasileño Romeo Cançado y otros investigadores en 1969, quienes describieron la persistencia de anticuerpos (serología positiva) en pacientes crónicos tratados con drogas parasiticidas, lo cual sugería que continuaba el estado de enfermedad.
Por otro lado, Cerisola, junto con colaboradores argentinos y brasileños, presentaron los resultados de sus investigaciones realizadas entre 1977 y 1978 acerca de la efectividad del Nifurtimox en la fase crónica de la enfermedad.
Al mismo tiempo Barclay 34 y otros, trabajando sobre la efectividad del Benznidazol en esta fase, demostraban altos porcentajes de cura de enfermos crónicos desde el punto de vista parasitológico (desaparición del parásito en sangre).
En 1983, en este estado de incertidumbre e indefinición, las normas de tratamientos elaboradas por el Ministerio de Salud de la Nación excluyeron del tratamiento parasiticida a los enfermos crónicos, haciendo primar el criterio serológico sobre el parasitológico para la determinación de cura y recomendaron la aplicación de fármacos «sólo para los casos de Chagas agudo y congénito» 35.
Pese a ello, en Argentina, la controversia científico-médica no se clausuró, sino que continuó y se profundizó, ya que se desarrollaron nuevas investigaciones tendentes a probar la eficacia de los medicamentos en los enfermos crónicos, mientras que nuevos actores de organismos nacionales e internacionales de políticas sobre salud pública tomaron parte de la cuestión.
----Momento segundo (1983-1994): emergencia de nuevas investigaciones, nuevos disensos y las primeras normativas de la OMS Desde 1983 surgieron en el país nuevas investigaciones científicas que, discutiendo la cuestión, avalaban el tratamiento parasiticida para enfermos de Chagas que cursaban la etapa crónica 36.
Por otro lado, algunos investigadores propusieron redefinir al Chagas como una enfermedad autoinmune 37 a partir de que, en ausencia del parásito, eran evidentes los signos en los tejidos 38.
En cambio, otros investigadores 39 sostenían que, si bien existían componentes autoinmunes, en última instancia la enfermedad era provocada por acción del parásito.
Esta cuestión está todavía en debate, y no existe un consenso unánime.
Resumiendo, las dos posiciones del debate (que aún continúa) son:
Los parásitos causan un desequilibrio en la regulación del sistema inmune, promoviendo la expansión policlonal de linfocitos B, con la consiguiente hipergammaglobulinemia y la aparición de autoanticuerpos 40. b.
El origen autoinmune del Chagas crónico se debe al mimetismo molecular, lo que se apoya en evidencias de la existencia de determinantes antigénicos compartidos por el parásito y el hospedador 41.
En este contexto, quedaba poco margen para una discusión acerca del suministro de una droga parasiticida en tanto la preeminencia de la teoría de la autoinmunidad apuntaba a correr la discusión hacia otro plano: la enfermedad era producida por la presencia del parásito pero su evolución se debía a que el siste-----36 SCHAPACHNIK, E. (2002), pp. 399-406; MANZUR y BARBIERI (2002); FABBRO, D., ARIAS, E., STREIGER, M., DEMONTE, M., DEL BARCO, M. y INGARAMO, M. (1994), Alteraciones electrocardiográficas en preconscriptos con serología positiva y negativa para infección chagásica en áreas de la provincia de Santa Fe, Revista Argentina de Cardiología, 62(1), pp. 69-74.
38 En una persona con una enfermedad autoinmune, su sistema inmunitario ataca erróneamente a células, tejidos y órganos de su propio organismo, de modo que el sistema inmunológico se transforma en agresor del propio organismo al que debería proteger.
Lett., 24, pp. 69-74. ma inmunológico se transformaba en el principal agresor para el organismo 42.
Desde esta perspectiva, no tenía sentido administrar drogas cuyo efecto era, precisamente, matar al parásito.
En el plano internacional, en 1991 la OMS realizó una Consulta Técnica en la que se recomendó no tratar a los pacientes con Benznidazol durante la fase crónica, debido a que «no se disponía de información sobre la eficacia del tratamiento en la prevención del desarrollo de la enfermedad» 43.
Desde la Sociedad Argentina de Cardiología (SAC) y, en particular, quienes componían el Consejo de Chagas de dicha sociedad, asumieron y sostuvieron una posición contraria al tratamiento con Benznidazol en las fases indeterminada y crónica, con una intervención activa en la controversia, sin compartir de forma absoluta la hipótesis autoinmune, o sin detenerse expresamente sobre ella.
La posición de esta sociedad ha sido una fuente muy importante de legitimidad y autoridad científica para los profesionales que tratan a los pacientes crónicos como «un tipo más de pacientes cardíacos» 44.
Momento tercero (1994-2005): nuevas «pruebas» y nuevas normativas de la OMS Aunque el debate sobre el carácter autoinmune continúa hasta hoy, el mismo perdió intensidad hacia mediados de los años noventa.
En 1994 se publicaron los primeros resultados 45 que pretendían mostrar la eficacia del Benznidazol en la fase crónica tardía.
En este trabajo, los autores «describían una disminución significativa de los anticuerpos y el desarrollo de menores alteraciones electrocardiográficas en aquellos pacientes que fueron tratados con Benznidazol en comparación con los pacientes no tratados» 46.
Otros investigadores 47, habían mostrado también que «si el seguimiento de pacientes se extendía un tiempo prolongado (más de cinco años), algunos de los pacientes tratados en la fase crónica que tenían anticuerpos durante los primeros años después de iniciado el tratamiento, sí negatizaban la serología (desaparecían los anticuerpos), en plazos mucho más extensos (de 10 a 20 años)» 48.
Estos trabajos sugerían que una parte de los enfermos de Chagas era susceptible de tratamiento, independientemente de la fase de avance de enfermedad en que se encontraran o de su edad.
La variabilidad de los resultados dependía del tiempo de seguimiento de los pacientes, el cual, en el caso de los enfermos agudos, se medía en meses; en la fase crónica temprana, en años; y en aquellos tratados durante la fase crónica tardía, en décadas 49.
La publicación del grupo del Hospital Higa Eva Perón reactivó la controversia sobre el tratamiento parasiticida en el grupo de pacientes crónicos.
Fue en este momento cuando más explícitamente -a través de publicaciones, foros y congresos sobre la enfermedad-se expresaron de modo más activo las posiciones «en contra» de la efectividad de este tratamiento debido a la falta de validez científica de esas investigaciones, es decir, no contar con los estándares de la MBE, entre otras razones 50.
Cuatro años más tarde, en 1998, se realizó una nueva Consulta Técnica realizada por la OMS, cuyas conclusiones determinaban que no existía límite de edad para indicar el tratamiento, quedando la decisión a criterio del médico tratante 51.
Esta propuesta se basaba en las «evidencias disponibles» sobre la relación entre el parásito y la inflamación a nivel miocárdico, en la regresión de lesiones cardíacas con el tratamiento específico y en la demostración de que el tratamiento podía reducir la aparición o la evolución de lesiones cardíacas evaluadas por medio del electrocardiograma.
En el plano nacional, en el mismo año se modificaron las normas de tratamiento y se recomendó incluir, entre los enfermos a ser tratados, a los adultos ----que se encontraran en fase latente o con alguna «patología cardíaca incipiente o asintomática».
Sin embargo, se recomendaba excluir del tratamiento al enfermo chagásico crónico con manifestaciones orgánicas52.
En 2005, las autoridades argentinas confeccionaron nuevas normas para la atención del paciente infectado con Trypanosoma cruzi, a partir de una revisión de la versión de febrero de 1998, cuya modificación más sustantiva radica en volver a establecer el límite de los 15 años de edad para administrar el tratamiento (más allá de esa edad, se dejaba librado al criterio del médico tratante53.
Según testimonios de investigadores pertenecientes al Instituto Nacional de Parasitología Fatala Chabén (INP), quienes participan de los mencionados proyectos TREANA y BENEFIT y colaboraron en el proceso de elaboración de estas nuevas normas, el hecho de haber establecido el límite para el tratamiento en 15 años obedece al despliegue de nuevas estrategias por parte de los grupos de investigación que trabajan para «producir nueva evidencia científica» acorde a las metodologías de última generación sobre terapéuticas médicas (MBE)54.
Así, esta estrategia constituye una apuesta por los resultados que arrojarían los estudios TREANA y BENEFIT en curso, realizados con los estándares del paradigma de la MBE.
Por lo tanto, si todos los actores aceptaran los resultados de estos estudios como aquello que conformaría «la prueba» o no del tratamiento, la controversia estaría en vías de resolución, es decir, de construcción de un nuevo consenso.
Dicho de otro modo, los estudios sólo podrán operar como «prueba» para la resolución de la controversia, si el grupo de médicos cardiólogos que, hasta ahora, se opone al tratamiento de pacientes crónicos de Chagas con parasiticidas, aceptara dichos resultados otorgándole entidad legitimadora.
El objeto central de la controversia parece, así, ligeramente desplazado: ya no se trata sólo ni principalmente de observar los efectos de las drogas sobre enfermos crónicos, sino de calibrar el valor de ensayos clínicos con poca tradición en la investigación farmacológica sobre esta enfermedad en el país.
CONSIDERACIONES FINALES: CONSECUENCIAS DEL DEBATE
El análisis de la presente controversia da cuenta de la circulación e injerencia de los científicos no sólo en el espacio de la investigación científica sobre la enfermedad, sino también en el ámbito de su gestión como problema de salud pública, acotado por el Ministerio de Salud Nacional, y en el espacio de las recomendaciones internacionales sobre el tratamiento de la enfermedad, delimitado por la OMS.
Existe una condición tanto política (en su calidad de expertos y consultores) como científica de los investigadores.
En el caso de la OMS, los resultados de muchas investigaciones han sido utilizados para confeccionar sus Informes Técnicos.
En el caso del Ministerio, combinan actividades de investigación con tareas de consultoría, interviniendo en el diseño de las Normas de Tratamiento.
En particular, hemos mostrado que, en el tercer momento de la controversia, la confección de las Normas de Tratamiento Nacionales y del Informe Técnico de la OMS fue modificada, incluyendo aspectos que se vinculaban y derivaban de los resultados de investigación de los grupos médicos locales.
Si bien las modificaciones no recomendaron la utilización del tratamiento en los enfermos crónicos, flexibilizaron, en cambio, los plazos para el caso del período indeterminado.
La OMS «dejó abierta la cuestión a criterio de cada médico» sobre cómo establecer el límite de edad para el tratamiento.
Ello puede ser leído como la expresión de la imposibilidad de conformar un consenso estable y aceptado por todos.
Asimismo, se otorgó mayor lugar a la perspectiva clínica (criterio basado en la evaluación clínica de los pacientes) en la concepción de la enfermedad que prevalecía hasta entonces.
El Ministerio de Salud recomendó, por su lado, tratar a adultos en fase latente o con patologías incipientes, pero excluyó al paciente crónico con manifestaciones orgánicas.
Ambas recomendaciones significaron cosas muy diferentes para los actores en juego en la controversia, y constituyeron señales distintas para la legitimación que necesitaban los médicos profesionales para brindar o no el tratamiento específico en pacientes crónicos.
El hecho de que la mayoría de los profesionales médicos no suministrara tratamiento ni revisara su posición en este tema a partir de la modificación que realizó la OMS en 1998 es debido a su más directo compromiso y responsabilidad legal ante las reglamentaciones de salud pública nacionales.
Para concluir, resulta interesante diferenciar tres tipos de perfiles profesionales -de los cuales el tercero contiene dos subtipos-que participan activamente a lo largo de la controversia: el primero de ellos lo componen los médicos cardiólogos que tratan a los pacientes, pero que no realizan investi-gación de un modo sistemático.
Su lugar de trabajo es, sobre todo, el consultorio médico y los servicios de los hospitales.
Dentro de este grupo debemos distinguir a los cardiólogos «generalistas» (es decir, que atienden patologías chagásicas entre otras muchas) de aquellos que se han especializado con mayor concentración en el tratamiento de las patologías chagásicas.
Un segundo perfil lo conforman los investigadores clínicos, que dividen de un modo variable su actividad entre la atención a pacientes y la investigación sistemática con parámetros de legitimación bien definidos.
Estos investigadores reparten su trabajo, digamos, «entre las camillas y los laboratorios», frecuentemente ubicados en las propias unidades hospitalarias.
El tercer y último perfil profesional se identifica con quienes se dedican a la investigación sobre la enfermedad.
En éste encontramos dos subtipos, diferenciados por su inserción y arraigo institucional y por el tipo de conocimiento que se espera produzcan uno y otro y a partir del cual se establecen circuitos de legitimación diferentes: 1. aquellos localizados en universidades o institutos del CONICET, que realizan investigación académica y cuyo producto de conocimiento, por lo general, es la publicación científica; 2. aquellos pertenecientes a institutos públicos de investigación, como el INP Fatala Chabén, que combinan actividades de investigación con tareas asistenciales y de servicios sanitarios, y por consiguiente, el conocimiento producido aparece sedimentado y codificado, ya no principalmente en el formato paper sino en algún producto como pueda ser una vacuna, un suero, un kit de diagnóstico o un mapa epidemiológico.
No resulta aventurado suponer que estos diferentes perfiles profesionales no son ajenos a las tomas públicas de posición sobre «aquello que está en cuestión» en el desarrollo de la controversia: para los que deben orientar sus prácticas sobre el modo de tratar a los enfermos, la decisión acerca de prescribir la medicación antiparasitaria o no, modifica de un modo sustantivo sus propias prácticas, e incluso las relaciones «médico-paciente».
En cambio, para aquellos que investigan acerca de las acciones del parásito en el organismo, no se trata sólo de orientar las relaciones con pacientes -si es que realizan tareas asistenciales-sino de la representación misma acerca de las características del conocimiento de ciertas entidades biológicas, del funcionamiento del sistema inmune, etc.
Por otro lado, es interesante observar que, entre los pacientes -y su sangre, o el plasma-y los investigadores científicos a menudo los médicos ofician como «intermediarios» que, naturalmente, no desempeñan en ese proceso un papel neutral.
Como en toda negociación, se debe conceder algo a cambio de otra cosa: si los médicos, para fundamentar su posición, deben requerir hacer estudios a través de la PCR (técnica de la que normalmente no disponen), deben pedir esos análisis a investigadores «de laboratorio», pero a cambio se ven llevados a convertirse, por ejemplo, en los proveedores del material que aquellos necesitan.
En síntesis, el análisis de esta controversia ha servido para ilustrar el carácter interrelacionado y a la vez diferenciado del espacio científico con respecto al ámbito más amplio de la sociedad y cómo los consensos científicos son mantenidos y negociados por parte de actores de naturaleza no sólo ni principalmente científica.
A su vez, hemos visto cómo el papel de la técnica (instrumentos o aparatos científicos) tiene un lugar central ya no sólo en la producción de lo observable55 en la investigación científica sino en la definición de aquello que se entiende por cura y enfermedad (parasitaria, autoinmune).
Estos criterios han ido cambiando según la técnica de diagnóstico de referencia (xenodiagnóstico, serología, PCR) utilizada, con consecuencias que van más allá del espacio estrictamente científico ya que dan lugar a la legitimación de determinadas prácticas e infraestructuras médicas de atención y tratamiento para los enfermos agudos e indeterminados y no para los crónicos.
Si bien la controversia aún no se cerró definitivamente, la mayoría de los actores dentro de la comunidad médica y científica se alinearon en una posición según la cual no debería realizarse el tratamiento con drogas parasiticidas.
Por lo tanto, las consecuencias concretas de esta posición mayoritaria en el plano de las prácticas de atención y tratamiento han sido que la mayor parte de los pacientes de Chagas crónico no han sido medicados con drogas específicas, sino que son tratados como un caso particular de «paciente cardíaco». |
La segunda mitad del siglo XIX es un periodo caracterizado por una muy importante presencia social de la ciencia, que incluso llega a permear las clases populares.
Las teorías evolucionistas y algunas figuras como la del propio Darwin aparecen así en ámbitos en principio alejados de los de la creación científica.
La utilización de conceptos y leyes de origen biológico para el diagnóstico y la práctica política frente a determinadas realidades sociales problemáticas, como la delincuencia o la pobreza, dio lugar al surgimiento de teorías y escuelas intelectuales que hicieron valer los principios evolucionistas de aplicación biológica al análisis de complejas realidades de desigualdad sociocultural.
La atracción por la diferencia y por el método científico, junto a la posibilidad de observación de situaciones de pobreza y desigualdad social que el desarrollo industrial y la modernidad ponían delante de los escritores, provocaron un interés literario por la degeneración, física y cultural, de la humanidad que confluía con el de naturalistas y biólogos.
Todo es determinado en la creación; todo es ocasionado; todo es necesario.
El determinismo es la imperante ley universal.
Realiza el hombre sus actos como el tigre que desgarra las carnes de su víctima; como la flor que abre su corola; como la catarata que se despeña en el abismo.
Ni hombre, ni tigre, ni flor, ni catarata, son responsables de su manera de obrar 2.
-¿Qué es usted? -Médico -dije yo un poco sorprendido de este interrogatorio de presidente de Audiencia. -¡Ah, médico! -Sí; también escribo algunos libros.
-De ciencia, claro es. -De ciencia... y de literatura.
-¿Qué clase de literatura? -Novelas.
-¿Qué tipo de novelas? -Así..., de observación de la vida 3.
BIOLOGISMO Y DIVULGACIÓN LITERARIA
Una de las características que con más generalidad se atribuyen al siglo XIX, y concretamente a su segunda mitad, es que durante esos años tuvo lugar en el mundo occidental una difusión y popularización sin precedentes de teorías, autores y conceptos científicos no precisamente asequibles ni fáciles de comprender ni aplicar en la vida cotidiana de las masas de población.
Se tratará a continuación de esbozar algunos elementos para una historia cultural de las teorías naturalistas puestas en circulación a partir del evolucionismo, viendo en qué formas fueron incorporadas por algunos de los movimientos literarios que, agrupados bajo la rúbrica de «naturalismo», se popularizan en la España del cambio de siglo.
----2 AZORÍN [J. MARTÍNEZ RUIZ] (1959), La sociología criminal.
Obras Completas, I, Introducción, notas preliminares, bibliografía y ordenación por Ángel Cruz Rueda, Madrid, Aguilar, segunda ed. (ed. original, 1899), pp. 441-574, p.
Las cursivas son del autor.
La mediación política entre ciencia y sociedad tiene en el transformismo darwinista, y el evolucionismo en general, un caso bien conocido.
Es esta una historia llena de paradojas en la que la fe en la ciencia pasaba a ocupar el sitio de la religión en la mentalidad de buena parte de las clases burguesas y trabajadoras.
Así, un caso de difusión masiva, más allá de toda lógica «científica» -aunque mucho menos famoso que el del propio Darwin-, es el de la larga vida y familiaridad entre las clases trabajadoras alcanzadas por el libro del etnólogo evolucionista Lewis Henry Morgan, Ancient Society (1877) que, a pesar de ocuparse de aspectos técnicos muy particulares, como las distintas clases de terminología del parentesco usadas entre los iroqueses o los hawaianos, fue considerado por Engels y Marx como una fuente recomendable para el conocimiento de la existencia del comunismo entre los grupos primitivos y, como tal, traducido a buena cantidad de lenguas, reeditado en múltiples ocasiones por editoriales obreras y socialistas, y su autor, un abogado burgués y cristiano, considerado como digno de ser incluido por la Academia de Ciencias Soviética entre los clásicos del pensamiento científico4.
Muchos autores han mostrado cómo la recepción y extensión social del darwinismo tuvo un carácter poco sistemático, dando lugar a interpretaciones -y lo que es más importante, aplicaciones prácticas en el terreno social y político-no sólo superficiales o erróneas, sino contradictorias, a lo cual hay que unir la variabilidad de los principios del evolucionismo: monismo, lamarckismo, mono-poligenismo, etc.5 Para el terreno que nos interesa aquí -es decir, el de la extensión social del evolucionismo-conviene detallar que, en general, los escritores, estudiosos, políticos, e incluso los científicos, se refieren al evolucionismo como teoría que explica el origen y la variabilidad de los seres vivos (incluida la humanidad) por la ley natural, y que esa ley natural funciona unilinealmente progresando desde lo más sencillo a lo más complejo.
Los principios de la lucha por la vida y la selección natural de los más aptos, la herencia de los caracteres adquiridos, etc., aunque también generalizados, fueron más discutidos o adaptados de forma interesada y variable, en función de la ideología o la filosofía social que se quisiera legitimar6.
----En un sentido general, habría que introducir el darwinismo y los evolucionismos decimonónicos en el contexto del biologismo o naturalismo como paradigma imperante en ese momento, y ponerlo en relación con la todavía más vieja confrontación filosófica entre naturaleza y cultura; a su vez, parte de la dicotomía espíritu-materia que conforma en buena medida el pensamiento filosófico occidental desde los clásicos.
Así, la influencia conseguida por el evolucionismo en su aplicación sociológica por Herbert Spencer depende de la facilidad con que se reconoce en la teoría de este un organicismo de base.
La comparación del cuerpo social con el organismo biológico es una idea pedagógica y plástica, fácil de retener y, como toda metáfora, plena de sugerencias y posibilidades de desarrollo, que explica la enorme influencia de libros como el de R. Worms 7.
Pero, si puede hablarse de ambigüedades y laxitud en las interpretaciones del evolucionismo en medios científicos e intelectuales de Alemania, Francia y los países anglosajones, en España, la introducción y las polémicas a que dio lugar el darwinismo no dejan de ser superficiales y miméticas en lo que se refiere a sus principales descubrimientos científicos (con las excepciones conocidas de Simarro, la escuela histológica de Cajal, etc.) 8 y, en cambio, podríamos decir que «floridas» o retóricas en cuanto a las confrontaciones filosóficas o ideológicas de que son el motivo 9.
Así, poco se escribe original sobre los propios procesos de la evolución de las especies o de los principios biológicos de la selección natural y mucho en cambio sobre el libre albedrío y la insensibilidad animal del materialista 10.
De un modo paralelo puede decirse que si la aparición del transformismo y del propio Darwin como motivos literarios en la novela inglesa produce obras de ficción tan considerables como El mundo perdido de Arthur Conan Doyle, o en otra clave, de crítica satírica al darwinismo biológico y social desde una postura religiosa, el libro de Gilbert Keith Chesterton, The overlasting Man (1925), o de difusión vulgarizadora como el influyente esquema de Wells, The Outline of History (1920), nada comparable puede contarse en España.
A pesar de ello, pueden señalarse entre los grandes escritores españoles, por ejemplo, los de la generación del 98, algunas obras importantes en cuyo trasfondo aparece claramente la polémica darwinista, insertada en la contraposición espíritu-materia, y más directamente herencia-educación o determinismo biológico-relativismo sociocultural.
En esta última, de resonante título evolucionista, no es tanto la cuestión del determinismo biológico y de la herencia, que Unamuno traía al meollo filosófico del argumento de Amor y pedagogía, lo que se pone en valor 12, sino aspectos que tienen que ver con la adaptabilidad del individuo en un medio social hostil, guiada su actuación, no por los principios morales básicos establecidos por la sociedad burguesa, sino por los biológicos de la supervivencia del más apto en un medio «natural» que es el de la pobreza y que, sobre todo en La busca, aparece tratado no siguiendo el clásico hilo argumental, sino como una serie de «observaciones minuciosas y fragmentarias de la vida captada al natural» 13.
El escritor observa desde arriba, con la distancia con que lo haría un naturalista, «un mundo en pequeño, agitado y febril, que bullía como una gusanera» 14.
Lo ----observa como un etnógrafo hace trabajo de campo; hasta el punto de que Caro Baroja mencionó estas obras de su tío y de otros coetáneos como un antecedente de la que será luego una corriente famosa de la antropología norteamericana: la antropología de la pobreza15.
En coincidencia cronológica, en 1905 se publica otra importante novela también ambientada en los cinturones de miseria que rodeaban Madrid, La horda, de Vicente Blasco Ibáñez.
Pero incluso, yendo un poco más allá en la comparación con el mundo anglosajón, puede apuntarse la influencia de escritores ingleses divulgadores del evolucionismo como H.G. Wells y Bernard Shaw (Back to Methuselah, 1921), reconocida por Ricardo Baroja en una obra de ciencia-ficción clasificable como darwinista, El pedigree (1926), que describe la utopía de un mundo regido por las leyes de la eugenesia, y que se adelanta en el tiempo a la mundialmente famosa de Aldous Huxley Un mundo feliz 16.
Con todo, a Julio Caro Baroja, buen conocedor de la antropología y la literatura españolas del cambio de siglo y que además mantuvo relaciones familiares o personales con muchos de los escritores españoles de este momento, el debate darwinista le «parece cosa un poco postiza o, si se quiere, de "Cultura traducida"»17.
Para un momento anterior, atestigua lo mismo Pérez Galdós cuando, en Fortunata y Jacinta, refiriéndose a las costumbres de los estudiantes madrileños de los años 1865-68, dice:
Por aquellos días no era todavía costumbre que fuesen al Ateneo los sabios de pecho que están mamando la leche del conocimiento [...]
Los temas más sutiles de Filosofía de la Historia y del Derecho, de Metafísica y de otras ciencias especulativas (pues aún no estaban de moda los estudios experimentales, ni el transformismo, ni Darwin, ni Haeckel) eran para ellos, lo que para otros el trompo o la cometa18.
Diego Núñez ha aludido también a la escasa presencia del darwinismo en la literatura coetánea a su introducción en España, aunque resaltando la frecuencia del uso de términos biológicos en obras de Clarín y Pérez Galdós, o casos más anecdóticos, como el del personaje de Máximo Juncal, médico rural gallego de Los pazos de Ulloa, apelando continuamente para justificar la ----autoridad de cualquiera de sus juicios a El origen de las especies 19.
Posteriormente, en La lucha por la vida de Pío Baroja, aparece una sencilla definición de este principio biológico, aplicado al sistema político español.
Para uno de los personajes anarquistas que aparecen en Aurora Roja:
Por otro lado, y aunque no puedan considerarse representativos de la calidad literaria general de los antidarwinistas, no dejan de ser significativos del tono general de la polémica en España los versos dedicados en 1887 por el canónigo Ramiro Fernández Valbuena, bajo el pseudónimo de D.a Clara de Sintemores 22, a criticar el libro El darwinismo, sus adversarios y sus defensores, de Máximo Fuertes Acevedo, director del Instituto de Badajoz, y que reproduce Diego Núñez 23:
---- Tanto estos versos como el texto antes citado de Pérez Galdós nos remiten a un momento anterior a la generación brillante de escritores del 98.
Vayamos ahora, pues, un poco hacia atrás en el tiempo, a las décadas de los ochenta y noventa del siglo XIX, y veamos una distinta plasmación del paradigma positivista, que no puede confundirse con el transformismo darwinista ni con otros evolucionismos, pero que, sin embargo, entronca directamente con esa visión biologista del desarrollo del organismo social y su funcionamiento anómalo -degeneración-que nos interesa relacionar con las teorías de la evolución.
NATURALISMO LITERARIO Y NATURALISMO BIOLÓGICO
Por naturalismo se conoce en la historia de la literatura a un movimiento surgido en Francia en la década de 1880 y que tiene a Zola y los Goncourt como sus máximos exponentes.
Este término, aplicado en primer lugar a la pintura, pretendía representar la Naturaleza con realismo 24, al modo en que el naturalista describe el mundo.
Es decir, partiendo de la observación minuciosa, la experimentación en el propio ambiente y aplicando una distancia moral a la mirada sobre la conducta de los seres naturales.
Pero en su práctica literaria, además, la realidad que interesaba representar fielmente era aquella más alejada de la «artística», bella o espiritual que tradicionalmente se consideraba de interés preferente para el artista y el escritor, y así, las cárceles, los barrios bajos de las ciudades, los manicomios, los mercados, serán el ambiente, ----el hábitat, en el que se muevan los «nuevos» personajes: golfos, prostitutas, degenerados, delincuentes, obreros.
En la obra literaria de Émile Zola y, desde luego, en su propuesta metodológica de que la novela debe ser una obra «experimental» y científica, son claras las influencias del método experimental de Claude Bernard, el determinismo biológico y racial de Prosper Lucas, el degeneracionismo de Morel y Magnan, la teoría del atavismo de Lombroso y los principios transformistas de Darwin 25.
Como se ha señalado 26, las décadas finales del siglo XIX representan una identificación sin precedentes de arte y ciencia, llevada a cabo a partir del principio de la investigación experimental positivista y, así, la psiquiatría y la medicina supondrán una fuente de inspiración constante para los seguidores de los principios expuestos por Zola en su obra doctrinal Le roman expérimental (1880).
El que será su seguidor más fiel en España, representante del «naturalismo radical», Eduardo López Bago, postulará la práctica de la «novela médico-social» 27, para la que hay un precedente en la «novela fisiológica» propuesta por otros autores, como Francisco de Sales Mayo en novelas como La condesita (Memorias de una doncella) (1869) y La chula.
Los aspectos más «darwinianos» de las novelas naturalistas tienen que ver con el ambiente de lucha encarnizada por la supervivencia que presentan y con la importancia dada a la herencia biológica 29, pero son sobre todo otros dos grandes temas, el determinismo, radical y pesimista, y la degeneración, junto al interés por los aspectos más materialistas (o cercanos a la animalidad) de los personajes -el sexo, fundamentalmente-, los que emparentan esta literatura, empeñada en mostrar pormenorizadamente las funciones más bajas -en el sentido de más cercanas a la naturaleza-del organismo social.
El mercado en El vientre de París de Zola, pero también el manicomio de Leganés o el personaje del niño monstruoso con macrocefalia que aparecen en La ----25 HUERTAS GARCÍA-ALEJO, R. (1985), Medicina y ciencia en el naturalismo de Emilio Zola, Madrid, Universidad Complutense.
26 HUERTAS GARCÍA-ALEJO, R. (1987), Locura y degeneración, Madrid, CSIC, p.
La novela y el mercado literario en el siglo XIX, Ámsterdam, Rodopi.
28 FERNÁNDEZ, P. ( 2004), La retórica de la intimidad y los orígenes de la novela médicosocial en la obra de Francisco de Sales Mayo.
En ORTEGA M.L. (ed.), Ojos que ven, ojos que leen.
29 HUERTAS GARCÍA-ALEJO, R. ( 2002), Darwinismo y darwinismo social en la obra de Zola.
En PUIG-SAMPER, RUIZ y GALERA (eds.), p.
118. desheredada (1881) de Pérez Galdós 30; y, más matizadamente, la degradación bestial de ciertos personajes de Emilia Pardo Bazán en Los Pazos de Ulloa (1886) y La madre naturaleza (1887), o la barbarie atávica de los labradores pobres que se presentan en La Barraca de Blasco Ibáñez son el retrato, al menos intencionalmente «fiel», de un marco social paralelo al que se plantea en obras científicas pertenecientes al darwinismo social o la eugenesia.
No obstante, serán los seguidores del bautizado por Alejandro Sawa como «naturalismo radical» -el mismo Sawa, López Bago, J. Zahonero, E. Sánchez Seña, R. Vega Armentero, E.A. Flores, J. de Siles, etc.-los que asumirán de forma más directa los postulados expuestos por Claude Bernard en su Introducción al estudio de la medicina experimental (1865).
Así, la fisiología, el positivismo, el evolucionismo y el determinismo serán los principios teóricos que estos autores llevarán a la práctica en sus novelas, que focalizan en el tratamiento de temas sexuales, ambientándolos además en buena medida en los lugares marginales o más sórdidos de la sociedad, y para cuya explicación recurren de forma general a modelos médicos, en concreto sexológicos y psiquiátricos 31.
La unión de la cuestión social y sexual, junto con la preeminencia de una imagen masculina tradicional de la sexualidad femenina, convierten a la prostituta en heroína y personaje central, casi arquetípico, de las novelas de estos autores, comenzando por La prostituta. ovela médicosocial de López Bago 32.
Aunque la obra de Zola y el resto de los naturalistas franceses no tenía un carácter revolucionario, su materialismo sin ambages, su feroz crítica de la hipocresía moral burguesa y la exhibición pública de aspectos de la intimidad, ----30 Sobre los elementos de degeneración, obscenidad y marginalidad en la obra de Pérez Galdós, ver la obra fundamental de FUENTES PERIS, T. ( 2003 considerados hasta entonces como tabú fuera de la vida privada 33, convirtieron al movimiento en un gran éxito de público y, a la vez, en el objeto preferente de las críticas más retrógradas, que veían como el «hombre», hasta entonces un ente trascendente y espiritual, era «naturalizado», es decir, convertido en un animal más.
En España, a pesar de que puedan contarse adhesiones al naturalismo de importantes escritores, muy pronto van desertando del movimiento, con alguna excepción como el Clarín de Su único hijo (1891).
Pérez Galdós, aunque ya en Fortunata y Jacinta habla de «naturalismo espiritual» 34, abandona método y temática desde Ángel Guerra (1890-91) y, en el mismo año, Pardo Bazán publica Una cristiana y La prueba, obras nada proclives al mantenimiento del dogma naturalista 35.
Las principales críticas y reticencias frente al zolismo en España se refieren a su intolerable pesimismo materialista y su inmoralidad en lo referente a la sexualidad, que chocan con el principio metafísico cristiano del libre albedrío, pero también con el sentido último transcendente y la psicología espiritualista y casta que, supuestamente, caracterizan al español 36.
En cambio, y teniendo en cuenta que la crítica se mueve exclusivamente en el plano ideológico, no parecen ser considerados tan «peligrosos» otros aspectos, como el ataque que se hace en muchas de estas obras a la injusticia de un sistema socioeconómico tremendamente desigual, ni a su presentación del sindicalismo obrero como un movimiento emergente.
Las florituras argumentales a que Emilia Pardo Bazán debe recurrir para intentar aunar su reconocimiento del «genio» de Zola con su ideología católica y socialmente conservadora quedan claras en La cuestión palpitante (1883) 37, obra paradójica que le sirve a la vez para manifestar las ideas del movimiento que supuestamente representa y para criticarlo desmedidamente.
A pesar de que el libro fue considerado como un manifiesto -y escrito además por una mujer-a favor de la «pornografía» francesa, lo cierto es que el ---- 37 Primero publicada en forma de artículos, recogidos después como libro: La cuestión palpitante, Madrid, Imp.
Ver respecto a estas cuestiones el libro de GARCÍA GUERRA, D. (1990), La condición humana en Emilia Pardo Bazán, La Coruña, Anteo.
determinismo hereditario y ambiental que preconiza Zola y la perspectiva científica, muy parecida a la del biólogo o el médico, que el escritor debía emplear para describir todo lo feo, lo miserable, lo proletario -incluyendo prácticamente todos los tabúes sociales y sexuales impuestos por las clases biempensantes-«no pudo por menos de repugnar a una mujer cuyo padre fue ennoblecido por el Vaticano cuando ella ya tenía veinte años» 38.
Si la ciencia -y en concreto las ciencias de la vida-ya vimos que ocupa un lugar preeminente en el pensamiento social decimonónico, el criminal (el delincuente y el loco) se convierte en un personaje central para esas ciencias y para los intelectuales en general 39.
Las nuevas condiciones de vida que habían creado la industrialización y el maquinismo habían -por así decirlo-abierto las esclusas a la masa desfavorecida, de forma que proletarios y golfos convivían en las ciudades, separados, desde luego, pero aún así demasiado cerca de los acomodados burgueses; hasta el punto de que podían observarse muy bien las condiciones de hacinamiento y miseria en que existían y las lacras físicas y morales que padecían.
Frente a esta nueva situación, la ciencia (la Medicina, la Antropología, el Derecho), y concretamente los principios darwinistas aplicados al análisis social, posibilitan establecer diagnósticos y correctivos que, de acuerdo con la moral burguesa, estarían en todo fundados en la razón y el conocimiento positivo, pero sin enfocar las causas económicas y políticas concretas de la marginalidad y el crimen.
OBSERVACIÓN DE LOS BAJOS FONDOS, CIENCIA Y LITERATURA
Estos nuevos mundos no hicieron sino atraer a los estudiosos convencidos de que el conocimiento de la sociedad según los principios de la ciencia positiva que ellos propugnaban era la base desde la que construir una política y un mundo mejor y más desarrollado.
Para ello, las nuevas metodologías de observación de la realidad llevarán asociadas una auténtica corriente de inmersión u observación directa sin intermediarios, en esta «otra», pero muy cercana, situación de la humanidad recluida en hospitales, manicomios, cárceles, barrios marginales, fábricas e inclusas.
Entre los muchos «observadores» de los bajos fondos que albergaban las grandes ciudades ya hemos visto que ocupan un lugar destacado Zola y los literatos naturalistas; incluso los menos ---- propiamente tales, como Pardo Bazán, hacen su inmersión en ese ambiente y, así, puede considerarse que la novela de doña Emilia La tribuna (1883) es uno de los primeros reflejos literarios españoles de la vida de la clase trabajadora urbana, para cuya elaboración la autora pasó dos meses observando y tomando notas sobre lo que acontecía en una fábrica de tabaco 40.
Pero quienes harán del estudio del delito y el delincuente una ciencia «positiva» y divulgarán sus saberes y sus procedimientos por toda Europa -hasta alcanzar ellos y sus principios un grado de popularidad considerable-serán los miembros de la escuela médico-legal italiana encabezada por Cesare Lombroso 41.
Como se ha señalado, la teoría de Lombroso podía ser muy útil para el control social, pero su principio del atavismo presentaba elementos muy poco fiables desde el punto de vista científico.
La identificación del delincuente con el hombre primitivo y la aparición de problemas en la evolución que harían surgir en individuos aislados rasgos atávicos filogenéticos son elementos difíciles de admitir en la ortodoxia evolucionista 42.
Pero la aplicabilidad predictiva del delincuente nato al asunto de la identificación de locos y criminales (L'uomo delinquente, 1876) y su extensión posterior al ámbito de la política (Il delitto politico e le rivoluzionni, 1890, con R. Laschi; Gli anarchici, 1894) y al mundo del arte y la literatura (Genio e follia, 1864; L' uomo di genio, 1889; Genio e degenerazione, 1897) harán de él una figura famosa y polémica que rebasa con mucho los límites de la práctica de la antropología o la biología y alcanza de lleno a la literatura.
Esta trascendencia queda clara en la influyente obra de Max Nordau, Degeneración 43, dedicada a demostrar, en la estela lombrosiana, que los supuestos «genios» Zola, Ibsen, Wagner, etc., no son sino degenerados 44, y en la de su seguidor en España, Pompeyo Gener 45.
También Enrico Ferri dedica al tema un libro, I delinquenti nell'arte (traducido al español en 1899).
Scipio Sighele, otro seguidor de Lombroso, jurista, alumno de Ferri, y autor de numerosas obras sobre las formas delincuentes de la masa (La folla delinquente, 1891; La delinquenza settaria, 1897; L'intelligenza della folla, 1903), publica varios ensayos -traducidos al espa----- ñol-dedicados a estudiar si los tipos de degenerados que nos presentan d'Annunzio, Eugenio Sué y Zola «responden o no a la verdad científica» y a analizar la figura de la mujer en la obra de escritores como Ibsen o Ellen Key 46.
En España, además de la influencia de estas obras, atestiguada por las numerosas traducciones que se hacen de ellas, pueden contarse también ciertas iniciativas propias.
Así, con un enfoque «ecléctico» y «espiritualista» que, en realidad, se encuadra bien en el pensamiento reaccionario católico español, presente en las polémicas darwinistas, se publica en Madrid en 1896 un libro -«bastante mediocre» en opinión de Maristany 47 -de Benito Mariano Andrade, La antropología criminal y la novela naturalista, que expone a la vez una crítica del naturalismo por pretender tener un carácter científico y de la antropología criminal por atentar contra el espiritualismo y el libre albedrío que «humanizan» al hombre, y hace un repaso de las coincidencias, en lo que se refiere a estos puntos, entre el movimiento literario y la corriente científica 48.
La bestia humana (1890) es la novela de Zola en que más directamente se aprecia la influencia de Lombroso.
Y sólo un año después se publica la que ha sido considerada como la única novela española lombrosiana, La piedra angular, obra que pertenece a la fase última de la carrera literaria de Emilia Pardo Bazán 49 y que ya en su momento sufrió severas críticas por ser más producto de la moda y la oportunidad que de verdadera calidad 50.
Si en otros casos se ha señalado como uno de los valores del «naturalismo» de Pardo Bazán la observación directa de las situaciones noveladas, en esta ocasión la documentación del ambiente carcelario parece perder sitio ante la «teoría» criminológica, escasa y no muy bien asimilada 51, que aparece, bien superpuesta y un tanto postiza, en boca de algunos personajes (discusiones profesionales de Moragas y Lucio Cebrero), o bien en la descripción mimética y superficial de los rasgos físicos (aparición de los estigmas del delincuente nato en el verdugo Juan Rojo) de una forma que fue también criticada en su época por Bernaldo de Quirós, diciendo que «no pasa de los cráneos a los ---- cerebros y a las actitudes» 52.
La misma falta de información y documentación científica de primera mano ha sido señalada para otros textos donde se nota la influencia de la antropología criminal italiana, como la pieza teatral El estigma de Echegaray (1895).
En dos novelas de Armando Palacio Valdés, La Fe (1892) y El origen del pensamiento (1894) aparece, en clave de parodia, una imagen de la antropología criminal como conocimiento engañoso que puede llevar, precisamente por su exceso de materialismo y experimentalismo, a producir resultados falsos y desastrosos 53.
La caricatura que se hace del procedimiento de dos investigadores en una ficticia «excursión antropológica» en El origen del pensamiento, no supera, a mi juicio, el mero carácter anecdótico.
Mucho más interesante es otra forma de relación entre la literatura y la antropología criminal, esta vez surgida de la pluma de científicos y no de dramaturgos o literatos.
En el debate sobre la imposibilidad de trasplantar a España el naturalismo francés -dado que éste era un producto local y extranjero, incompatible con el «alma» española-, hubo algunos naturalistas, como López Bago que, precisamente para enraizar su movimiento, reclamaron su filiación genética con la novela picaresca, género este al que no podía considerarse más que eminentemente hispánico 54.
Partiendo de conocimientos muy diferentes, habrá también científicos que se ocupen del pícaro y la picaresca, si no como un atavismo, sí como un rasgo permanente de «psicología colectiva» o como una condición adaptativa de vida igualmente propia del español.
El médico criminólogo, evolucionista y seguidor de los principios de la escuela lombrosiana, Rafael Salillas, a partir de su conocimiento exhaustivo de la realidad penal española (que muestra en La vida penal en España, 1888), se centrará en un amplio proyecto de estudio, dentro del cual llegará a publicar dos libros sobre El delincuente español 55, dedicados uno a la jerga particular de los grupos criminales y en concreto a la «germanía» (asociación delincuente y lenguaje marginal) y otro específicamente a hacer una especie de antropología de la picaresca española: su origen, actividades y grupos delincuentes y carcelarios, conductas y manifestaciones culturales del pícaro 56.
En estas obras, Salillas, más que al uso de las técnicas morfológicas y craneo----- métricas características de la escuela italiana, dirige su positivista acopio de datos empíricos hacia una observación más amplia -más etnográfica-de la realidad ambiental de las clases pobres y la delincuencia, que se completa con el uso masivo de fuentes literarias concretas, como el género picaresco.
Por otro lado, la influencia de la sociología organicista de Spencer le va alejando del morfologismo excesivo de los lombrosianos y haciéndole ver al delincuente como un tipo social que debe incluirse en una tipología más amplia, como parte del estudio comparativo de las estructuras sociales y su evolución 57.
La clasificación de estos grupos delincuentes se hace en función de su medio ambiente, de manera que tanto el ladrón como la prostituta y el mendigo tienen en común su parasitismo social y, a su vez, resultan comprendidos en un grupo más amplio, que sería el del «nomadismo».
La influencia de la escuela italiana se aprecia también en otro sentido en las obras dedicadas al hampa por Rafael Salillas.
Ferri, Garofalo y Niceforo ya habían hecho clasificaciones uniendo tipo de criminalidad y «carácter» o idiosincrasia propia de cada nación 58.
Siguiéndolos, Salillas busca las causas de la permanencia en España del «nomadismo» como sistema en las condiciones ambientales (por ejemplo, el tipo de suelos que determina la pobreza agrícola) y en las sociológicas (falta de clases medias), además de contar también con un origen fisiológico, que establecería en el hambre atávica que ha padecido el país.
Del examen minucioso de la literatura picaresca obtiene Salillas la conclusión de que la clase de delincuente pícaro y rufianesco que retrata sería el estado de criminalidad correspondiente al tipo de sociedad «normal» o constitucional española; es decir, la desviación hacia formas delincuentes del modo de ser colectivo normal del español 59.
De la misma manera, las manifestaciones culturales de este tipo de delincuentes estarían basadas en la raíz de la «cultura» normal o general que caracteriza a todo el país.
Refiriéndose a la jerga profesional delincuente -que es el tema de su libro-dice Salillas: ya en el léxico académico, ya en el léxico vivo en las distintas zonas que caracterizan el desarrollo de esa lengua.
Sus formas representativas obedecen a un modo de vivir y a un modo de sentir determinantes 60.
Entre los escritores de la generación del 98 es conocida la influencia de ciertas ideas extendidas por toda Europa que entroncan con la denominada «psicología de los pueblos» y, dentro de esta consideración, se repiten las metáforas en las cuales se traslada la idea de cuerpo enfermo o de biologíay psicología-de tipo inferior al juicio sobre la patria española 61.
Así, no es difícil expurgar textos literarios en que, no sólo las desviaciones y los vicios picarescos son resaltados, sino que el mismo tronco o la base general de la nación aparece ya de por si débil o malformada 62.
Como ejemplo, puede valer este de Pío Baroja en La feria de los discretos; por cierto, puesto en la boca de un personaje extranjero, un suizo naturalizado en España:
Este pueblo, como casi todos los españoles, vive una vida arcaica.
Todo tiene aquí un cúmulo enorme de dificultades [...]
España es un cuerpo con las articulaciones anquilosadas; cualquier movimiento le produce dolor; por eso el país, para progresar, tendría que marchar lentamente, sin saltos 63.
Otro antropólogo criminalista, perteneciente a una generación más moderna que Salillas -pero en relación directa con él a través del Laboratorio de Criminología-, que se ocupará más de los elementos ambientales y sociales del delincuente que de sus supuestos caracteres atávicos, aunque mantenga siempre una influencia grande de la escuela positivista italiana, será Constancio Bernaldo de Quirós 64.
Uno de sus primeros libros -que está dedicado precisamente a Salillas-, firmado con el farmacéutico y novelista José María Llanas Aguilaniedo 65, se ocupará de un asunto que era moda entonces en prácticamente todos los países de Europa; el estudio positivo y la descripción ----60 SALILLAS (1896), pp. 66-67.
Modernismo, anarquismo y fin de siglo, Barcelona, Anthropos, pp. 245-258.
Obras Completas, I, Madrid, Biblioteca Nueva, p.
La novela, fechada en El Paular en 1905, aparece en el primer volumen de las Obras Completas del autor entre las páginas 647 y 804.
65 BROTO SALANOVA, J. (1992), Un olvidado: José María Llanas Aguilaniedo, Huesca, Instituto de Estudios Altoaragoneses.
del ambiente marginal y cuasi delictivo de cada gran ciudad, lo que se llamaba «la mala vida» 66.
El modelo para el libro de Bernaldo de Quirós y Llanas, La mala vida en Madrid (1901) 67, fue el de Alfredo Niceforo y Scipio Sighele, La mala vita a Roma (Roma, 1897), que había traducido al español Llanas Aguilaniedo 68.
Este escritor, cuya prometedora carrera literaria quedó frustrada por problemas mentales y una muerte prematura 69, aprovecha la documentación y el modo de observación que le proporcionó su primera vocación como biólogo y criminólogo (de la que dejó constancia en otras publicaciones como Resumen de los trabajos realizados en el Congreso Antropológico Criminalista de Ginebra 70, El alcoholismo en Sevilla 71, «El obrero y la taberna» 72 ) en toda su producción literaria.
Así, puede apreciarse la experiencia de su trabajo sobre la mala vida en la que será su última novela, Pityusa 73, cuya heroína huye de su medio rural isleño para recalar en los bajos fondos barceloneses y posteriormente participar de la vida disoluta de París 74.
----Ya se ha hecho alguna alusión al tema de la prostitución y su explotación literaria.
Pero, formando parte de este entramado de construcción a través de la ciencia de las realidades más cercanas a la naturaleza humana con el fin de controlarlas social y políticamente, está otra «moda» literaria de las últimas tres décadas del siglo XIX, de la que participarán en España, entre otros, los seguidores del «naturalismo radical».
Según ella, en muchas novelas se presentan como episodios literarios -a veces sin mucha relación con la trama principal del relato-casos clínicos de patologías fisiológicas o psicológicas de carácter sexual, preferentemente femeninas, que tienen su trasunto en la abundante literatura coetánea de divulgación médica o pseudomédica sobre las conductas sexuales, normales o desviadas (ver las divulgadísimas obras de esta temática debidas a Puillet, Charcot, Proudhon, Monlau, Peratoner) 75.
CRIMINALIDAD RACIAL: ANARQUISTAS Y BANDOLEROS ENTRE LA CIENCIA Y LA FICCIÓN Se ha señalado el desinterés de Unamuno hacia la obra de la escuela de antropología criminal italiana, a pesar de su amistad con Pedro Dorado Montero, que puede considerarse uno de sus mejores conocedores en España.
Parece que no los consideraba suficientemente serios, y, por otra parte, la pretensión de Lombroso y Nordau de clasificar a los genios como degenerados le parecería inaceptable al escritor.
De muy distinta manera, la atracción que tenían los ambientes marginales para Pío Baroja sería una base para mostrar interés por la criminología, cuya plasmación más directa será un pequeño estudio titulado «Patología del golfo» (publicado en 1899 en la Revista ueva) que, parodiando el método de Lombroso, divide en apartados como: concepto del golfo, etiología, síntomas, variedades, diagnóstico y tratamiento 76.
No cabe duda de que el pobre, el anarquista, el criminal, son materia interesante desde el punto de vista dramático o novelesco 77.
El ambiente de los ----75 Ver, por ejemplo, ÁLVARO, L.C. y MARTÍN DEL BURGO, A. ( 2007), Trastornos neurológicos en la obra narrativa de Benito Pérez Galdós, eurología, 22 (5), pp. 292-300.
76 LITVAK (1990a), La sociología criminal y su influencia en los escritores españoles de fin de siglo.
Modernismo, anarquismo y fin de siglo, Barcelona, Anthropos, p.
Modernismo, anarquismo y fin de siglo, Barcelona, Anthropos, pp. 335-355. bajos fondos, con sus componentes no sólo de criminalidad, sino, sobre todo, de marginalidad: aberraciones sexuales, picaresca e incluso sindicalismo anarquista, conforma un mundo atractivo que las ciencias y la literatura retratan en este momento de cambio de siglo con técnicas expresivas lógicamente diferentes, pero intentando en ambos casos una reproducción fidedigna a partir de la observación directa, seguramente para un público común en buena medida.
Así, aparte de los ya citados, durante las décadas finales del siglo XIX se publican libros sobre esta temática de autores dedicados profesionalmente, diríamos, a este mundo: Crímenes españoles, de José Fernández de la Hoz y Rey (1880); Los malhechores de Madrid (1889), El anarquismo en España y el especial de Barcelona (1897) y Los problemas del trabajo y el socialismo (1897), de Manuel Gil Maestre, magistrado y durante un período Subdirector de Seguridad; Fauna criminal (1904), de Francisco de P. Alderete Vilches, delegado del Cuerpo de Vigilancia en Madrid; Vagabundos de Castilla (1903), de Juan Díaz Caneja, con prólogo de Bernaldo de Quirós, etc. Incluso, desde el otro lado de la cuestión, hay alguna novela de corte autobiográfico, como la publicada en 1890 por Remigio Vega Armentero, convicto de haber matado a su mujer por celos, que cuenta su historia médico-legal en ¿Loco o delincuente? 78.
También las traducciones fueron muy numerosas, por ejemplo, las que hace Ricardo García de Vinuesa de varias obras del célebre jefe de policía de París, Goron: A través del crimen, Hampa de París, Los anarquistas, Rabachol, Los vengadores, etc. 79 Un tipo de criminalidad y de criminal que se creía especialmente vinculado con el sur de Europa, concretamente con Italia y España, era el del bandolero y a analizar antropológicamente esta figura se dedican estudios importantes, como los de Bernaldo de Quirós: El espartaquismo agrario andaluz 80 (1912) y Criminología del campo andaluz.
El aspecto evolutivo que guiaba los esquemas teóricos sobre el desarrollo comparativo de unos y otros países europeos (el norte civilizado y más moderno, el sur bárbaro y menos avanzado) no podía dejar de ---- estar presente en las explicaciones sobre las causas de la criminalidad y su clasificación en distintos tipos.
Así pues, Bernaldo de Quirós no recurre a la tesis del atavismo ni al degeneracionismo cuando caracteriza al bandolerismo como el tipo de criminalidad que -por así decir-se corresponde con el estadio evolutivo de Andalucía en un sentido sociológico y antropológico:
[...] he comenzado a darme cuenta de lo que de étnico hay en esta forma de criminalidad de la baja Andalucía.
Lejos de ser figuras patológicas o degenerativas, estos malhechores que estoy empezando a ver son tipos de raza en quienes se exageran los caracteres étnicos, lo mismo el índice cefálico que cualquier otro, sin perjuicio de las modalidades individuales 82.
Sobre el método de trabajo seguido con estos delincuentes populares, que incluía desde exámenes craneométricos y fisiológicos hasta entrevistas con los reos, dejó Bernaldo de Quirós algunas notas en el capítulo quince de su libro con Ardila, donde resume las impresiones anotadas en su cuaderno de campo durante el viaje de reconocimiento de la situación delictiva realizado por Andalucía en 1911 83.
De un modo paralelo, Pío Baroja utiliza en su novela La feria de los discretos (1905) no sólo informes de personas que habían tenido contacto directo con el bandolerismo, sino sus propias impresiones obtenidas en un viaje reciente por Córdoba 84.
Otro «criminal» al que también se prestó una atención simultánea por literatos y científicos fue al «anarquista», convertido en tipo socialmente peligroso por su presencia en los medios periodísticos y en la opinión pública a través de acciones regicidas, como el caso de Oliva Moncasi, o de sindicalismo violento.
Como no podía ser menos, Lombroso patologiza al anarquista, incluyéndolo como un tipo entre los delincuentes atávicos y su libro, Gli anarchici (1894), tuvo influencia en escritores españoles importantes como Baroja -que recogió información sobre este tema y lo trató en La dama errante-y Azorín 85.
Aunque sólo durante una corta etapa de su carrera literaria, el joven abogado Martínez Ruiz se mostró proclive al movimiento anarquista y escribió dos folletos relevantes: Anarquistas literarios ( otas sobre la Literatura española) y otas sociales (Vulgarización) 86.
A esto hay que unir que Azorín ---- será seguramente el escritor más informado sobre las teorías criminológicas de este momento, como demuestra en un libro muy documentado y en buena medida de carácter académico, titulado La sociología criminal que publica en 1899 87.
Si bien critica a Lombroso su estrechez de miras en la condena como conducta anómala del anarquismo en general, en La sociología criminal hará un repaso ponderado de las aportaciones de Lombroso, Ferri y Garofalo, sopesando no obstante que no hayan tenido en cuenta de forma suficiente las condiciones sociales ni la desigualdad económica del sistema capitalista como origen del crimen, achacado siempre a causas fisiológicas y hereditarias:
Para Lombroso no existe la sociedad; todo lo es la anatomía.
No existe la lucha económica; todo lo es la Naturaleza 88.
Propone, así, aunque distinguiéndose de la crítica de Tarde a la escuela italiana -que también resume-y haciendo referencia a Pedro Dorado Montero en apoyo de su idea, que en el diagnóstico y corrección del delito, más razonable que apoyarse en las ciencias biológicas sería insistir en que su base está en las estructuras sociales y rechazar toda influencia de elementos como la raza, la herencia o el ambiente en esta cuestión 89.
Pero, además del reconocimiento de que entre las causas del delito, y en el control político del delincuente, son los factores de desigualdad económica y social los elementos a tener en cuenta, Azorín muestra incluso dudas respecto a la demostración científica del determinismo biológico basado en las leyes de la evolución unilineal:
Si todo fenómeno es efecto de una evolución; si toda evolución es concurrencia de fuerzas elementales que producen separadamente cada una su efecto, y si es esencial a cada una de estas fuerzas elementales no producir más que un efecto, siempre el mismo, tendremos la predeterminación universal, la repetición universal.
Tal es la conclusión del determinismo.
Sólo que es un poco aventurado suponer que la vida universal es repeticiones.
Imposible no ver que la vida universal puede ser definida como una repetición variada, o como una variedad que se repite, y que, en todo caso, «el elemento variación es inherente a la esencia de las cosas» 90.
---- Tampoco considera que la teoría lombrosiana se sostenga en lo que denomina la «fantasía del atavismo», dado que entre los pueblos primitivos no está documentada la existencia de matanzas, robos ni pillajes como forma de conducta habitual 91.
Finalmente, en lo que tiene que ver con las aportaciones teóricas a la corrección del delito, Azorín se adhiere claramente a las ideas abolicionistas de la pena de muerte y otros castigos correccionales, tal y como las planteaban los pensadores anarquistas Kropotkin y Hamon.
Como es sabido, Azorín abandonó pronto estos temas para practicar otras investigaciones más puramente estéticas.
Hemos visto que otros escritores como Baroja permanecen más en su atención observadora del mundo de los pobres, pero, en cualquier caso, ya en la segunda década del siglo XX, el evolucionismo, el transformismo, la polémica sobre la descendencia del mono, el criminal nato, parecían temas lejanos y, en gran parte, trasnochados.
El racialismo, el asunto de la superioridad e inferioridad de unos hombres frente a otros, era la herencia de ese biologismo que había impregnado el ambiente del cambio de siglo.
Tal vez por eso, después de haber leído como lo hizo a Gibbon, Gobineau y otros defensores del arianismo y de haber mantenido siempre un gran interés por la antropología desde sus tiempos de estudiante de medicina, Pío Baroja introduce en El laberinto de las sirenas (fechada en Rotterdam en 1923) un personaje antipático en la figura de un antropólogo, el Doctor Recalde.
Durante un viaje a Nápoles, éste se encuentra con una realidad: «Este es un pueblo corrompido, y el Mediterráneo es una cloaca mefítica» 92, que confirma sus teorías de superioridad de las razas septentrionales, pero que a la vez no responde a los parámetros científicos en que estas teorías se basaban, ya que la mayor parte de las personas con que se cruza son claramente braquicéfalas, en vez de tener cráneos dolicocéfalos, como a su atraso y mediterraneismo correspondería 93.
Lo que se ha intentado a lo largo de este texto es hacer un mero acopio de materiales, todos ellos literarios, aunque de orígenes y tendencias muy distintas, que ilustren sobre unos problemas -el libre albedrío y la determinación del destino; los orígenes de la humanidad, pero también de la desigualdad; el desarrollo y el progreso como camino necesario de perfección-que fueron considerados como de enorme trascendencia no sólo científica, sino, desde luego, ideológica e incluso política y que, por tanto, configuran el ambiente intelectual de la Europa de fines del siglo XIX y principios del XX.
La idea básica de la que se ha partido para el trabajo es la de que estos elementos de ---- descubrimiento intelectual de la naturaleza y la sociedad moderna contribuyen, tal vez mejor que otros aspectos de la historia política o económica -con los que evidentemente están en íntima relación-, a trazar un retrato de lo que era la sociedad burguesa europea de este momento; una clase no solamente dueña de la cultura y la ilustración, sino, por eso mismo, inmensamente poderosa en todo lo demás.
Los descubrimientos de las ciencias naturales pusieron delante de las clases europeas letradas unas posibilidades hasta entonces impensadas para el conocimiento y el control del mundo.
A su vez, el capitalismo burgués y el colonialismo pusieron a disposición de los científicos cosas nunca vistas hasta entonces: enormes avances técnicos y sus consiguientes masas de pobres, inmensos territorios vírgenes poblados por «salvajes».
La necesidad de conocer estas nuevas realidades, de experimentar con ellas, invadió así, no sólo a los investigadores, sino también a los escritores, y quizá podríamos pensar que la obra de estos últimos ha tenido efectos más duraderos.
Popularmente, el evolucionismo, como paradigma científico no sólo en biología, está fuertemente asociado con el siglo XIX.
En este sentido, Caro Baroja, refiriéndose a la generación de intelectuales españoles que sucede en el tiempo a la ya «vieja» del 98 y cuyo máximo exponente es Ortega y Gasset, escribió: «Para un joven universitario español de 1925 ser evolucionista era algo equivalente a llevar sombrero de copa y levita» 94.
Ahora bien, el mismo Caro cuenta cómo, tras la muerte de Pío Baroja en 1956, un crítico, en un retrato póstumo y tratando de desacreditar al escritor como una figura inactual, dijo de él que era un «evolucionista» [...]
«Pero resulta que cerca de cuarenta años antes de morir, en la primavera de 1918, el novelista lee en la soledad del pueblo la Historia de la creación natural de Haeckel [...]
Y él mismo [...] señala su falta de novedad» 95.
Así, pues, pudiera parecer, paradójicamente, que, a pesar de su enorme continuidad temporal hasta el día de hoy, y la dificultad y la tardanza de su imposición como paradigma científico en algunos países, la novedad del darwinismo fue una cosa efímera y propia del siglo XIX, que creció junto con el primer capitalismo y el colonialismo.
Jugando a los equívocos, no sólo con el tiempo, sino también con los géneros de escritura, podríamos pensar que la idea de que el hombre procede del mono fue, sobre todo, un gran hallazgo literario; el comienzo para una buena historia. |
En este artículo se ofrece un análisis del proceso de institucionalización del conocimiento psicológico en España por obra de las reformas educativas implementadas durante el segundo tercio del siglo XIX, que prescribieron su inclusión en el programa curricular de la nueva educación secundaria.
Tras un examen detenido de la orientación doctrinal, los supuestos ideológicos y la filiación sociopolítica de los contenidos transmitidos a los alumnos durante la mayor parte de la centuria, se interpreta su espiritualismo militante como un intento muy significativo por parte de las élites liberales de articular una pedagogía de la subjetividad destinada a contrarrestar las tendencias de reducción, naturalización y fragmentación del psiquismo alentadas por el desarrollo de la ciencia moderna.
El yo es siempre uno, idéntico y activo; y todo él es sensible, inteligente y libre.
José Soriano y Castro
Alumno del Instituto San Isidro de Madrid (1849)
«Individualismo se llama, en lo social y político, la nota específica del siglo XIX.
La corriente individualista es un nuevo incremento de la subjetividad» 1.
Estas palabras de Antonio Machado, escritas cuando la distancia histórica empezaba a permitir una mirada retrospectiva con respecto a la herencia del ochocientos, constituyen un excelente punto de partida para advertir las coordenadas culturales en las que cabe situar el notable impulso de los saberes psicológicos durante el siglo XIX.
Como una disciplina distintivamente burguesa cuya difusión e institucionalización acompañan de forma característica el despliegue de la Modernidad, la psicología ha sido objeto de un constante interés por parte de los historiadores de las ciencias humanas, advirtiéndose en los últimos años un notable esfuerzo por situar sus aportaciones en el marco más amplio de una historia social, cultural e incluso política de la subjetividad.
Desde este punto de vista, la evolución y la extraordinaria proyección del conocimiento psicológico en los últimos doscientos años resultan inseparables de la emergencia de un homo psychologicus, esto es, de una cultura de la subjetividad definida por la reflexividad, la promoción de la interioridad y la paulatina adscripción de las claves de la identidad personal al ámbito del psiquismo 2.
Consecuentemente, los trabajos inspirados por este ----planteamiento han tratado de analizar no sólo el modo en que este contexto cultural ha condicionado la formación de los saberes psicológicos, sino también su propia implantación en tanto que marcos de autocomprensión que mueven a los individuos a verse y a actuar de una determinada manera con respecto a sí mismos 3.
En el caso de la España del siglo XIX, el estudio histórico de la evolución y la difusión del conocimiento psicológico desde esta óptica cultural permanece como un territorio básicamente inexplorado.
Así, a pesar de la gran labor realizada en el ámbito de la historia de las ideas, apenas existen trabajos que hayan abordado la inserción de los saberes psicológicos en el contexto de las nuevas pautas culturales e ideológicas que acompañan el paulatino desmantelamiento político, económico y social del Antiguo Régimen a lo largo de las décadas centrales del siglo 4.
Este periodo, que en lo esencial coincide con el ----La desaparición del sujeto: Una historia de la subjetividad de Montaigne a Blanchot, Madrid, Akal.
Una interesante revisión del «progreso de la conciencia psicológica» como correlato de la Modernidad se ofrece en BÉJAR, H. (1993), La cultura del yo: Pasiones colectivas y afectos propios en la teoría social, Madrid, Alianza.
El estudio de Jan Goldstein, al que me referiré más adelante, constituye un ejemplo particularmente logrado de indagación histórica sobre los estrechos vínculos entre la ideología, la cultura y la evolución del conocimiento psicológico en el marco específico de la Francia pre y posrevolucionaria.
4 Cabe exceptuar, en este sentido, algunos de los estudios compilados en BLANCO, F. (ed.) (1997), Historia de la psicología española: Desde una perspectiva socio-institucional, Madrid, Biblioteca Nueva.
Desde el punto de vista de la historia de las ideas, la obra más completa sigue siendo CARPINTERO, H. (2004), Historia de la psicología en España, Madrid, Pirámide.
reinado de Isabel II (1833-1868), asistió, como se sabe, no sólo a la substitución del absolutismo por una monarquía constitucional inspirada en fórmulas de soberanía compartida, sino también a la emergencia de una incipiente economía capitalista y de un modelo clasista de organización social basado en la hegemonía normativa de los principios de libertad, igualdad y -sobre todopropiedad 5.
A nivel ideológico y cultural, se trata de una época marcada por el liberalismo y el romanticismo, que, si bien adquieren en España unos caracteres singulares derivados de las particularidades del país, también lo sitúan en una mayor consonancia con las coordenadas político-culturales de la Europa del momento 6.
Ambos movimientos suponen, como bien advertía Antonio Machado, la definitiva entrada en escena del individualismo contemporáneo, que, por un lado, entroniza la condición básica del individuo como sujeto de derechos y átomo social y, por el otro, promueve en él una reflexividad que le conmina a poner de manifiesto su originalidad y su singularidad 7.
Consecuentemente, la experiencia individual, la exploración de estados psicológicos o la búsqueda de la «verdad interior» se convierten en una motivación constante de la creación artística y literaria española del periodo, hasta el punto de que algunos de sus más lúcidos exponentes advierten en la centralidad de lo subjetivo el rasgo esencial del espíritu de los tiempos y lo vinculan de forma explícita con el programa de emancipación política articulado en el ideario liberal 8.
----5 Así, por ejemplo, la introducción de un aparato estatal y administrativo de corte burocrático o racional, la abolición de las viejas estructuras gremiales y la consagración de la libertad de industria y comercio, la universalización de la condición de ciudadano o el surgimiento de una burguesía urbana crecientemente numerosa e influyente son fenómenos muy característicos de la transición a la sociedad moderna que aparecen en España justamente durante este periodo.
6 Buenas visiones de conjunto de la evolución del pensamiento y la cultura española durante este periodo se ofrecen en ABELLÁN, J.L. (1984), Historia crítica del pensamiento español, Vol.
XXXV, Madrid, Espasa-Calpe; y SERRANO GARCÍA, R. (2001), El fin del Antiguo Régimen (1808-1868): Cultura y vida cotidiana, Madrid, Síntesis.
FERNÁNDEZ SEBASTIÁN, J. (2002), Individualismo.
En FERNÁNDEZ SEBASTIÁN, J. y FUENTES, J.M. (eds.), Diccionario político y social del siglo XIX español, Madrid, Alianza, pp. 371-379.
8 Testimonios en este sentido pueden encontrarse, por ejemplo, en las obras de dos autores tan representativos de la época como Larra o Alcalá Galiano.
KIRKPATRICK, S. (1991), En estas circunstancias, resulta muy significativo que la aparición de la psicología como disciplina académica se produjera en España precisamente con las reformas educativas liberales de la década de 1840, y que esta aparición, además, se diera por medio de su inclusión en el currículo formativo de la nueva educación secundaria.
Este hecho, que ha sido certeramente analizado en el marco de los cambios introducidos en la «filosofía oficial» por el nuevo Estado liberal 9, constituye también un fenómeno muy indicativo desde el punto de vista de la cultura de la subjetividad, y ello por varias razones.
En primer lugar, porque ratifica que el psiquismo y sus atributos han asumido ya una presencia cultural y una posición en el orden del saber que les confieren una cierta entidad o substantividad como objetos de conocimiento.
En segundo lugar, porque sugiere que el poder liberal atiende unas determinadas demandas ideológicas o persigue unos intereses específicos al fomentar la difusión y la orientación doctrinal de dicho conocimiento.
Y, por último, porque cabe suponer que la implantación pedagógica de una disciplina de estas características va a tener una notable resonancia cultural al incidir justamente en la visión que sus destinatarios tienen de sí mismos.
El presente artículo aspira a ser una primera aproximación al estudio de la evolución, las implicaciones sociopolíticas y la proyección cultural de este caudal de conocimiento psicológico que acompañó al advenimiento y consolidación de la España liberal.
Con este objeto, describiré brevemente el proceso histórico-legislativo que, paralelamente a la institucionalización de la nueva educación secundaria, condujo a la aparición de la psicología como disciplina académica por obra de las reformas educativas implementadas a lo largo del segundo tercio del siglo XIX.
Posteriormente trataré de mostrar los supuestos ideológicos y la impronta distintivamente burguesa del espiritualismo militante transmitido en las aulas de los institutos españoles de la época, ofreciendo un examen comparativo de sus versiones ecléctica, neoescolástica y krausista.
Centrado en el ámbito de lo que podríamos definir como una pedagogía o política de la subjetividad, el análisis mostrará cómo la introduc-----Las románticas: Escritoras y subjetividad en España 1835-1850, Madrid, Cátedra/Instituto de la Mujer, pp. 47-56.
9 Véase, en este sentido, la espléndida monografía de HEREDIA, A. (1982), Política docente y filosofía oficial en la España del siglo XIX: La era isabelina (1833-1868), Salamanca, Instituto de Ciencias de la Educación, donde se expone con gran detalle y precisión el paso desde la Escolástica tradicional a la Ideología espiritualista y al espiritualismo ecléctico consumado en España durante este periodo.
Para una visión crítica de este proceso resulta interesante todavía consultar las ácidas diatribas de MENÉNDEZ PELAYO, M. (1992), Historia de los heterodoxos españoles, Madrid, CSIC (original de 1882), Vol.
2, pp. 1257-1281. ción de la psicología y la difusión del espiritualismo burgués en la España del siglo XIX constituyen un fenómeno muy significativo no sólo desde el punto de vista de la historia de las ideas, sino también desde una perspectiva social y cultural más amplia.
LA PSICOLOGÍA EN LAS REFORMAS EDUCATIVAS LIBERALES
El 17 de septiembre de 1845, Pedro José Pidal, ministro de la Gobernación del primer gabinete del general Narváez y distinguida figura del liberalismo doctrinario español, obtenía de Isabel II la firma del Real Decreto por el que se aprobaba un nuevo Plan General de Estudios.
El Plan, en cuya elaboración desempeñó un destacado papel el entonces Director General de Instrucción Pública Antonio Gil de Zárate 10, supuso un hito decisivo en la consolidación del orden educativo impulsado por el nuevo Estado liberal, teniendo, a pesar de las múltiples reformas y modificaciones a las que fue sometido en años posteriores, un carácter seminal con respecto a las líneas maestras de la política educativa española durante buena parte del siglo XIX 11.
En lo que aquí interesa, el Plan Pidal supuso, por un lado, la consagración definitiva de la enseñanza media o secundaria como un nivel educativo con una organización, unos objetivos y unos contenidos singulares e independientes de la formación universitaria 12, y, por el otro, la emergencia en el currículo formativo de una materia con la denominación específica de «psicología».
Así, en el tercero de ----los cinco cursos de que había de constar la enseñanza secundaria elemental (a cuyo término se obtenía el grado de Bachiller en Filosofía) se incluyó una asignatura denominada «Principios de psicología, ideología y lógica» que aspiraba a compendiar los contenidos propiamente filosóficos del bachillerato y los escindía definitivamente de la enseñanza moral y religiosa, relegada a partir de ese momento a unos «Principios de moral y religión» impartidos en el segundo curso 13.
Más allá de repetidas menciones a la «educación moral» como elemento vertebrador y objetivo primordial de los estudios secundarios, ni el preámbulo expositivo del Plan ni los materiales compilados por Gil de Zárate contienen una justificación precisa de los fines de la nueva asignatura, si bien es posible inferir el lugar de ésta en el marco de la orientación renovadora con que el Plan, colmando una vieja aspiración del reformismo educativo liberal, acometió la reorganización de los estudios filosóficos.
Frente a la Escolástica, que, como soporte racional de la ortodoxia católica, había mantenido durante siglos una posición de privilegio en las instituciones educativas españolas, ya los liberales doceañistas y del Trienio habían propuesto la introducción de la lógica y la gramática general de inspiración empírico-sensista 14 como las materias filosóficas a impartir en los nuevos institutos o «universidades de provincias» 15.
Abortados estos intentos por el plan absolutista de 1824 (que reinstauró la Metafísica escolástica), el Plan presentado en agosto de 1836 por el Duque de Rivas establecía los «Elementos de ideología» como la asignatura que debía compendiar la formación filosófica del bachillerato 16, introdu----- 13 Véase el artículo tercero del Plan y el texto completo de éste en DE PUELLES, M. (Ed.) (1985), Historia de la educación en España, 2a ed., Vol.
No en vano, uno de los objetivos fundamentales de la reforma fue justamente la «completa secularización» de la enseñanza, que el mismo Gil de Zárate consideraba entonces como «una de sus primeras y más urgentes necesidades» (GIL DE ZÁRATE (1855), Vol.
14 El sensualismo o sensismo epistemológico tuvo una amplia difusión en España durante el primer tercio del siglo XIX, impregnando ampliamente el espíritu de renovación pedagógica de los primeros liberales.
Uno de los focos más activos en este sentido fue la llamada Escuela de Salamanca, cuyos miembros redactaron un importante informe sobre los proyectos de reforma de la instrucción pública propuestos a las Cortes de Cádiz.
15 Así lo recogen tanto el Proyecto de Decreto presentado en 1814 a las Cortes de Cádiz por una comisión encabezada por Manuel J. Quintana como el Reglamento General de Instrucción Pública aprobado en 1821.
Debido a los acontecimientos de La ciendo así una denominación que durante años serviría de facto para designar a la filosofía no escolástica.
En esas coordenadas, la psicología hizo su aparición efectiva en los contenidos de la educación secundaria española hacia finales de la década de 1830, asumiendo un protagonismo muy evidente en los libros de texto más influyentes de la época.
Así, el Manual clásico de filosofía de Étienne Servant-Beauvais, publicado en 1838 en traducción libre de José López de Uribe (Catedrático de Lógica y Gramática General en los Estudios de San Isidro de Madrid y, posteriormente, de Metafísica en la Universidad Central) y que fue el texto escolar que gozó de mayor implantación de entre los aprobados por la Dirección General de Estudios hasta 1843, incluía ya una amplia sección de psicología en la que ésta era definida como la «ciencia del alma o la conciencia», constituyendo así «la parte fundamental de la filosofía, [a la que] compete describir y explicar las propiedades del alma humana, así como las causas y principios de la inteligencia y la moralidad» 17.
Por su parte, el canónigo gaditano Juan José Arbolí, autor de otro de los manuales destacados del momento, llegaba a afirmar incluso que:
(...) la filosofía se comprende toda en la psicología [pues] para que las máximas reguladoras del entendimiento y de la voluntad del hombre sean acertadas y legítimas, es indispensable que se deriven del conocimiento profundo de su naturaleza intelectual y moral, cuyo estudio corresponde a la psicología 18.
En realidad, pues, las disposiciones del Plan Pidal no hicieron más que reflejar y sancionar oficialmente la prominencia del discurso psicológico en la cultura filosófica posrevolucionaria, reproduciendo un proceso que, de hecho, los liberales franceses habían completado en 1832.
Ese año, y tras la revisión de los programas de educación secundaria promovida por François Guizot, la enseñanza de la filosofía en los liceos empezó a incluir una extensa sección ----Granja, el Plan del Duque de Rivas fue derogado un mes después de su aprobación, si bien fue prontamente sustituido por un «Arreglo provisional de estudios» que, reintroduciendo la denominación de «Lógica y principios de gramática general», mantuvo la misma línea de renovación de los estudios filosóficos.
Véase el extenso comentario dedicado a los manuales de Servant-Beauvais y Arbolí en HEREDIA (1982), pp. 175-193 y 409-413, que los considera, respectivamente, como los textos escolares más representativos de la Ideología espiritualista y el espiritualismo ecléctico en la España isabelina. inicial de psicología cuyos contenidos fueron directamente propuestos por Victor Cousin 19.
Cousin, como es sabido, fue durante décadas el máximo exponente del eclecticismo filosófico francés, alentando desde sus diversos cargos públicos la institucionalización de una psicología espiritualista que, inspirada a partes iguales por el idealismo alemán y la escuela escocesa del siglo XVIII, se convirtió en seña de identidad del pensamiento doctrinario 20.
De este modo, la irrupción de la psicología en las aulas españolas y su posterior prescripción por el Plan Pidal han de verse en el contexto de la rápida penetración y difusión de la Ideología espiritualista y el espiritualismo ecléctico entre las élites del régimen isabelino, a las que, como en Francia, proporcionó un sistema filosófico que encajaba particularmente bien con los intereses del moderantismo político burgués.
Comentando este giro en el ámbito del «pensamiento oficial», Antonio Heredia ha señalado con acierto que:
Si en los tiempos de la Guerra de la Independencia y de Riego los liberales pudieron defender posiciones radicales en política y adscribirse sin ambages a la ideología pura y racional; ahora, después de una dura y rica experiencia, se hacen doctrinarios y matizan su sensualismo.
En el fondo, lo que estaba triunfando [...] era una nueva actitud social, una virtus civilis de alcance reformista: el espíritu ecléctico, llamado a convertirse en insignia de todo un reinado 21.
Los postulados psicológicos del espiritualismo ecléctico tuvieron, de hecho, una difusión masiva en España durante la década de 1840, consignándose en obras como las Lecciones de filosofía ecléctica (1843) impartidas en el Ateneo de Madrid por Tomás García de Luna y el ya citado Compendio de lecciones de filosofía (1844) de Arbolí 22.
Asimismo, habría que añadir las prontas traducciones y la rápida implantación de varios manuales escolares redactados por discípulos de Cousin, como las Lecciones de filosofía (1843) de J.P. Damiron, el Curso completo de filosofía para la enseñanza de amplia----- ción (1846) de M.J. Tissot, el Curso de filosofía (1847) de E. Géruzez, el Curso de filosofía sobre el fundamento de las ideas absolutas de lo verdadero, lo bello y lo bueno (1847) del propio Cousin o el Manual de filosofía para el uso de los colegios (1848) de A. Jacques, J. Simon y E. Saisset.
Cabe recordar, por lo demás, que Gil de Zárate fue repetidamente acusado de haber transcrito directa y discrecionalmente los programas de Cousin 23, apreciación que, al menos en lo que concierne a los contenidos de la nueva «psicología» del bachillerato, es, como pronto veremos, esencialmente correcta.
En cualquier caso, la asignatura se mantuvo, si bien con algunas modificaciones menores, en los planes educativos posteriores, formando parte integral de los contenidos filosóficos de la educación secundaria hasta bien entrado el siglo XX 24.
Así, por ejemplo, los planes de los ministros Pastor Díaz (1847) y Seijas (1850) simplificaron su denominación a la de «Psicología y lógica», ubicándola en el quinto curso de la enseñanza media 25.
Por su parte, la célebre Ley de Instrucción Pública de 1857 situaba los mismos «Elementos de psicología y lógica» en el sexto y último curso 26, si bien el Programa General de Estudios de Segunda Enseñanza hecho público un año después les añadía por vez primera una sección de ética 27.
A partir de 1861, de hecho, la asignatura pasó a denominarse «Psicología, lógica y filosofía moral» 28, denominación que, tras ser transitoriamente revisada en los planes del ministro Orovio ---- 23 Véase, por ejemplo, DE LA REVILLA, J. (1854), Breve reseña de la instrucción pública en España, con relación especial a los estudios de filosofía, Madrid, Imprenta de Eusebio Aguado; MENÉNDEZ PELAYO (1992), Vol.
24 Véanse UTANDE IGUALADA, M. (comp.) (1964), Planes de estudio de enseñanza media (1787-1963), Madrid, Ministerio de Educación Nacional; FEY, E. (1975), Estudio documental de la filosofía en el Bachillerato español (1807-1957), Madrid, CSIC; CASTRO, J., DE CAS-TRO, R. y CASLA, M. (1997), Las Cátedras de Filosofía de los Institutos de Segunda Enseñanza: el control ideológico de la educación.
28 Cf. el artículo segundo del Real Decreto de 21 de agosto de 1861 modificando el Plan de Estudios de Segunda Enseñanza (Colección Legislativa de España (CLE), Vol.
ESPIRITUALISMO Y SUBJETIVIDAD BURGUESA
El afán regulador y centralizador de los sucesivos gabinetes liberales en materia educativa facilita enormemente al historiador la tarea de reconstruir la orientación doctrinal, los supuestos ideológicos e incluso la filiación sociopolítica de los contenidos de la «psicología» impartida a partir de 1845 en las aulas españolas de secundaria.
Así, disponemos tanto de los programas de la asignatura elaborados en los años subsiguientes por la Dirección General de Instrucción Pública 32 como de una amplia serie de manuales y libros de texto que, de acuerdo con dichos programas, fueron siendo publicados por algunos de sus docentes en los institutos del país.
La política de «libre elección restringida» seguida por el régimen isabelino con respecto a los libros de texto hizo que sólo algunos de ellos contaran con aprobación oficial, observándose entre estos un claro predominio doctrinal del eclecticismo que, a partir de la década de 1860, se complementaría con la inclusión de algunos textos de inspiración neoescolástica 33.
----29 Orovio, en concreto, planteó inicialmente escindir la asignatura en tres cursos independientes de psicología, lógica y ética (Cf.
30 El Plan de Estudios aprobado el 3 de junio de 1873 a instancias del ministro Eduardo Chao pretendió sustituir la asignatura por una «Antropología o ciencia del hombre considerado en su espíritu, en su cuerpo y en la relación entre ambos» (Cf.
110, pp. 1443-1454), pero el Plan fue anulado y no llegó a entrar en vigor debido a la caída del gobierno republicano de Nicolás Salmerón en septiembre del mismo año (Cf.
32 Véase su compilación en Programas para la asignatura de filosofía publicados por la Dirección General de Instrucción Pública, Madrid, Imprenta Nacional (1846); y Programas para las asignaturas de segunda enseñanza mandadas observar por S.M. en todos los institutos, seminarios y colegios del reino por Real Orden de 20 de setiembre de 1850, Madrid, Imprenta Nacional (1850).
Dentro de su pretensión de uniformidad, el Plan Pidal había establecido que los manuales lectivos de las diversas asignaturas debían elegirse entre los incluidos en una lista a publi-En líneas generales, los contenidos prescritos en los primeros programas oficiales tenían, como ya se ha sugerido, un acusado perfil espiritualista, enfatizándose en ellos la dualidad esencial de cuerpo y alma, la naturaleza unitaria, activa e inmaterial del «yo» como elemento organizador de la interioridad psíquica y su división en las esferas tradicionales de la psicología de las facultades (sensibilidad, inteligencia y voluntad).
El programa de 1850, en este sentido, instaba al profesor de la asignatura a:
Definir la psicología manifestando detenidamente la existencia del alma, su distinción sustancial del cuerpo y de la materia, sus atributos de unidad, identidad y actividad y las facultades primarias e irreductibles del YO humano (sic), a saber: la sensibilidad, la inteligencia y la voluntad 34.
Por su parte, el «estudio analítico de las facultades del alma», que ocupaba la mayor parte del temario, era concebido en los términos de una «psicología experimental» especialmente interesada en avalar la legitimidad epistémica de los datos ofrecidos por la «percepción interna (conciencia)», la existencia de la «libertad moral» y la falsedad intrínseca y aberrante del materialismo.
Este esquema, que se completaba con un breve apartado final dedicado a la «síntesis de las facultades», fue seguido de forma reglamentaria por la práctica totalidad de los manuales escolares hasta las décadas finales del siglo XIX, si bien introduciendo algunos matices importantes en función de la filiación teórica e ideológica de sus autores.
En cualquier caso, si hay un libro de texto que representa la ortodoxia espiritualista a partir de la cual pueden apreciarse estos matices, éste es, sin duda, el curso de Elementos de psicología debido al polígrafo e higienista catalán Pedro Felipe Monlau (1808-1871), que, entre sus numerosos cargos y destinos, fue desde 1848 a 1857 Catedrático de Psicología y Lógica en el Instituto de San Isidro de Madrid 35.
El curso de Monlau, publicado junto con una ---car trianualmente por el Consejo de Instrucción Pública.
Esta práctica, formalmente abolida por el Ministerio de Manuel Ruiz Zorrilla tras la Revolución de 1868, fue retomada durante la Restauración hasta la introducción del sistema de cuestionarios en 1901.
VILLALAÍN BENITO, J.L. (1997), Manuales escolares en España, Vol.
34 Programas para las asignaturas de segunda enseñanza mandadas observar por S.M. en todos los institutos, seminarios y colegios del reino por Real Orden de 20 de setiembre de 1850, Madrid, Imprenta Nacional (1850), p.
MONLAU y SALA, J. (1864), Relación de los estudios, grados, méritos, servicios y obras científicas y literarias del Ilmo.
Sr. Dr. D. Pedro Felipe Monlau, Madrid, Imprenta y Estereotipia de M. Rivadeneyra, pp. 18-19.
Sobre la figura y la obra de Monlau pueden con-amplia sección de lógica redactada por el filósofo cordobés José María Rey Heredia (1818-1861), fue, de hecho, el libro de texto de psicología más recomendado por el Consejo de Instrucción Pública en sus listas trianuales 36, gozando inicialmente de una buena reputación entre los sectores más conservadores y afines al régimen y resultando después, en comparación con los manuales de la escuela ultramontana, igualmente aceptable para los docentes de tendencia más progresista.
Consecuentemente, fue reeditado hasta trece veces entre 1849 y 1894, lo que demuestra que su uso escolar llegó a estar tan arraigado que, a pesar de la paulatina aparición de textos más actualizados, pervivió hasta el periodo de entresiglos 37.
Desde el punto de vista doctrinal, y aunque algunos autores han querido ver en él un «positivismo primerizo», la presencia de «interesantes aportaciones psicofisiológicas» o un intento de «conciliar la psicología con los supuestos de la ciencia experimental» 38, lo cierto es que una lectura atenta de sus sucesivas ediciones desmiente estas apreciaciones y confirma su total adscripción al espiritualismo oficial de inspiración ecléctica.
En este sentido, y aunque ocasionalmente llegue a subrayar la «gran utilidad de los estudios fisiológicos para ilustración del psicólogo» 39, Monlau desarrolla los contenidos del temario (la existencia y la inmortalidad del alma, su substantivación ---sultarse las monografías de GRANJEL, M. (1983), Pedro Felipe Monlau y la higiene española del siglo XIX, Salamanca, Ediciones Universidad de Salamanca; y CAMPOS, R. (2003), Monlau, Rubio, Giné.
Curar y gobernar: Medicina y liberalismo en la España del siglo XIX, Madrid, Nívola.
36 En concreto, el manual fue recomendado por todas las listas oficiales de libros de texto para las asignaturas de educación secundaria hechas públicas entre el 22 de septiembre de 1849 y el 1 de agosto de 1868.
La importancia de los «Elementos» de Monlau desde el punto de vista gubernamental queda avalada por el hecho de que su exclusión momentánea de la lista publicada el 18 de septiembre de 1853 forzó, sólo una semana después, la promulgación de una Real Orden con el objetivo expreso de restituirlos.
El texto de esta orden puede consultarse en CLE, Vol.
En MONLAU, P.F. y REY HEREDIA, J.M., Curso de psicología y lógica, Madrid, Imprenta La Publicidad, p.
31. psíquica en el yo, los atributos de unidad, identidad y actividad de este, la división tripartita de las facultades, etc.) de un modo tan explícito y unívoco que no deja lugar a dudas 40.
Por todos estos motivos, su curso constituye una fuente de gran valor en la historia educativa y cultural de la España de la segunda mitad del siglo XIX, permitiendo acometer un análisis más detallado de los contenidos efectivamente transmitidos durante décadas a los alumnos españoles por medio de la psicología del bachillerato y, de este modo, de la pedagogía de la subjetividad implementada con ella por el régimen liberal.
De acuerdo con los planteamientos cousinianos, Monlau insiste, en primer lugar, en la gran importancia propedéutica de la psicología («punto de partida, antecedente necesario, y única base de todas las teorías filosóficas»), subrayando en todo momento su alto valor cultural y la gran relevancia social de sus aportaciones:
Desde el punto de vista individual, la psicología constituye, eso sí, una disciplina selecta y exigente (y, por tanto, incompatible con una «vida liviana y de pura exterioridad»), pues requiere «una naturaleza rica y profunda [y] una gran fuerza de reflexión para recogerse dentro de sí y fijar en el laboratorio mental los fenómenos de la vida anímica» 42.
Monlau, que, significativamente, situó como lema de su obra la célebre inscripción del templo de Delfos «conócete a ti mismo» (el gnothi sautou griego o nosce te ipsum latino), ----40 «La pura observación interna, y no el escalpelo, es con efecto la que tiene el derecho de contar y describir las facultades anímicas.
No recusamos el auxilio de las ciencias fisiológicas [...] pero sí decimos que sin ellas puede subsistir y ha subsistido la ciencia del alma» (MONLAU (1849), pp. 55-56).
otorga así a la introspección un papel esencial en el proceso de individuación, pues sólo ella puede permitir al sujeto su autoaprehensión como «fuerza cogitante, sensible y moral» y, por tanto, el ejercicio consciente de sus fines («sentir la belleza, conocer la verdad y obrar libremente el bien»):
La conciencia es el foco de todas las demás capacidades que tenemos: es el elemento esencial y la condición subjetiva invariable del ejercicio de todas las funciones.
Por la conciencia reflexiva el hombre es hombre, y se distingue de las cosas.
Por la energía mayor o menor de la reflexión un hombre se hace superior a otro.
Sin la conciencia, en fin, no habría verdadera vida moral o psicológica 43.
Ciertamente, el ejercicio de la reflexión debe practicarse con mesura, pues los excesos del «estudio» o de la «vida contemplativa» pueden conducir a una pérdida de la «energía corporal» e incluso de la salud de forma análoga a la imaginación, la cual, si no se halla gobernada por la razón, «crea quimeras, ilusiones y monstruos, hace castillos en el aire, hace soñar al hombre despierto y no pocas veces ocasiona la locura» 44.
Pero la indagación honesta de uno mismo es indispensable para aprehender el «yo», esto es, para desarrollar una adecuada «conciencia de sí», reconocerse como «sustancia espiritual» y, de este modo, instituirse como «criatura moral».
(...) todos empezamos siendo materialistas primero que espiritualistas, por la misma razón que todos empezamos a balbucear antes que a hablar con soltura [...].
Pero la educación y la reflexión hacen caer pronto todas esas ilusiones; la conciencia habla bien claro al que la consulta de buena fe. [...]
Examínese el lector a sí mismo, recójase por un momento en el silencio de la meditación, y pronto confesará que la existencia del alma, o de una sustancia distinta del cuerpo, es una verdad palpable, un hecho de conciencia inmediata, clara, distinta, fuera de toda duda, y que no necesita demostración. [...]
El que después de haberse observado interiormente, afecta creer que en el hombre no hay más que cuerpo, es un desgraciado que cierra los oídos a la voz de la conciencia, esperando neciamente encontrar la impunidad de sus vicios y devaneos 45.
En consonancia, el alma es definida por Monlau como una «fuerza libre e ilustrada» cuya naturaleza es, ante todo, la «actividad» o aquel «esfuerzo voluntario» al que aludía Maine de Biran:
En MONLAU y REY HEREDIA, Curso de psicología y lógica, 7a ed., Madrid, Imprenta y Estereotipia de M. Rivadeneyra, p.
La vida del alma es una vida que se conoce a sí misma, una fuerza autonómica o que se dirige por sí, y que tiene conciencia de su energía y de sus facultades; es una causa libre, es una vita sui conscia, sui potens, sui motrix. [...]
Las fuerzas físicas son autómatas; la fuerza psíquica es autócrata 46.
En estas coordenadas, el estudio de las facultades ofrecido en la extensa sección de «psicología experimental» va a definir la voluntad (y no la inteligencia o la sensibilidad) como el elemento verdaderamente distintivo e incluso constitutivo del psiquismo humano: la voluntad es, como afirmaba Descartes, «lo más propiamente nuestro que hay en nosotros, o mas bien la voluntad es nosotros mismos, y ella sola constituye, por decirlo así, la persona humana.
La voluntad es plenamente nuestra.
La voluntad es el YO (sic)» 47.
Si recopilamos brevemente los postulados básicos de todo este entramado doctrinal, vemos que, antes que nada, la progresión de la conciencia (de la espontaneidad a la reflexión) y la evolución doctrinal de la propia psicología (del materialismo al espiritualismo) se conciertan mutuamente al servicio del libre albedrío y en contra del determinismo.
Nos encontramos, pues, ante una psicología en la que la existencia de la libertad y la responsabilidad moral «se demuestra directamente por la conciencia»: «La conciencia de sí misma es a la vez la condición necesaria y suficiente para que una fuerza sea libre» 48.
Y esto es así hasta el punto de que, para Monlau, «todas las libertades naturales, civiles y políticas» se derivan, justamente, de la «libertad psicológica» que implica la autodisposición del yo 49.
Teniendo en cuenta el carácter prescriptivo de los contenidos representados canónicamente por el manual de Monlau, así como la identidad de sus destinatarios, no resulta difícil advertir cómo el campo del psiquismo fue definido por las élites liberales como un escenario conformado a la medida de una serie de principios ideológicos muy concretos.
En primer lugar, la «conciencia de sí» substantivada en el yo aparece, como hemos visto, como el fundamento último de la individualidad y como una posesión íntima e inalienable del sujeto que, de forma análoga a los bienes materiales, emerge de forma evidente y a priori del orden natural de las cosas.
De hecho, la legitimación de la propiedad privada a partir de la constitución «natural» del psi-----46 MONLAU (1849), pp. 41-42 (cursivas en el original).
En la séptima edición de 1866, Monlau define el yo justamente como «esa causa sentida dentro de nosotros mismos y conocida inmediatamente en sí» (MONLAU (1866), p.
16 (cursivas en el original)).
quismo fue una línea de argumentación muy extendida en la filosofía de la primera mitad del siglo XIX, y, muy particularmente, entre los Ideólogos y eclécticos franceses 50.
Y en España, por ejemplo, el presidente del Liceo Valenciano justificaba en una conferencia publicada en 1841 el origen de la idea de propiedad en unos términos muy similares:
Desde que el individuo conoce claramente su yo, su persona moral y su capacidad de gozar y sufrir y de hacer, ve también necesariamente que este yo es propietario exclusivo del cuerpo que él vivifica, de los órganos que mueve, de todas sus facultades, de todas sus fuerzas y de todos los efectos que producen sus acciones y pasiones. [...]
La idea de propiedad y de propiedad exclusiva, nace pues necesariamente del hecho solo de ser susceptible de pasión y de acción, y nace solamente porque está dotado de una propiedad inevitable e inalienable, que es la de su individualidad 51.
Unas décadas después, la irrupción del movimiento obrero y la difusión del socialismo reforzarían la vigencia de este argumento entre los sectores más conservadores, hasta el punto de que en 1880 Luis Laplana y Ciria, Catedrático del Instituto de Zaragoza, no vacilaba en asegurar a sus alumnos que «el socialismo anula por completo al individuo entero, quitándole hasta la conciencia de sí mismo» 52.
Asimismo, la desigual distribución del talento para la reflexión y la «sublime complejidad» de la ciencia psicológica hacen que, a pesar de que, como señala Monlau, sus virtudes «civilizadoras» deberían convertirla en el «punto de partida de todo sistema de educación», el conocimiento de esa «síntesis tan admirable y misteriosa» que es el yo deba quedar reservado a una pequeña élite.
En un contexto sociopolítico marcado por el sufragio censitario y la escasa integración de las masas populares, su estudio se incluyó, no por casualidad, en los planes formativos de la nueva educación secundaria, nivel que el propio Gil de Zárate describió con gran pompa como aquél que:
52 LAPLANA y CIRIA, L. (1880), Manual de psicología, lógica y ética, Zaragoza, S.E., p.
(...) se dirige a las clases altas y medias, esto es, a las más activas y emprendedoras; a las que se hallan apoderadas de los principales puestos del Estado y de las profesiones que más capacidad requieren; a las que legislan y gobiernan; a las que escriben, inventan, dirigen, y dan impulso a la sociedad, conduciéndola por las diferentes vías de la civilización; en suma, a las que son el alma de las naciones, conmueven los pueblos y causan su felicidad o su desgracia 53.
En este sentido, resulta altamente indicativo que la psicología no sólo se excluyera de la educación primaria, popular o profesional, sino también de los planes formativos de las Escuelas Normales encargadas de la preparación de los maestros, que no incluyeron disciplinas pedagógicas o psicológicas hasta bien entrado el siglo XX 54.
Cabe señalar, además, que, frente a la visión fragmentaria y pasiva del psiquismo alentada por la epistemología sensualista, el énfasis espiritualista en el carácter unitario y activo del yo y la asimilación de éste a la voluntad constituye un planteamiento muy afín a la comprensión que de sí misma tenía la burguesía liberal de mediados del siglo XIX, tan propensa a concebir su creciente influencia en términos de talento, esfuerzo y moderación 55.
Por último, conviene destacar también el interés de la nueva psicología en avalar la legitimidad gnoseológica y la importancia cultural del autoconocimiento, si bien alertando en todo momento de los riesgos del solipsismo introspectivo o los excesos de la imaginación.
La introspección, ese noble «movimiento de reflexión», debe arrojar, en todos los casos, un mismo y predecible resultado: la autodeterminación de la voluntad, que, por un lado, posibilita al hombre el ejercicio consciente de su libertad y la consecución de sus fines, pero, por el otro, lo sitúa en un universo moral del que no puede ni debe escapar.
En síntesis, pues, puede decirse que los contenidos psicológicos prescritos por las élites liberales proponían una reflexividad programática y plenamente secular, en tanto en cuanto ni sus métodos ni sus objetivos requieren ya la mediación ----53 GIL DE ZÁRATE (1855), Vol.
2, p.1 (cursivas mías, E.N.).
Para una revisión del debate sobre el carácter, contenidos y destinatarios de la nueva educación secundaria en la España del siglo XIX, véase VIÑAO FRAGO (1982), pp. 432-467, cuyas estimaciones sitúan para el año 1857-1858 el número de estudiantes de bachillerato entre el 2 y el 4,5 por 100 del total de la población en edad de cursarlo.
Por lo demás, véase JOVER ZAMORA (1992), pp. 192-207, para una discusión de la estricta oposición entre la élite de «ciudadanos» con derechos y los «súbditos» pertenecientes a las clases populares durante el régimen isabelino.
o se dirigen hacia el encuentro con la divinidad 56; pero se trataba, en cualquier caso, de una reflexividad poco ambiciosa cuyos atributos esenciales remitían, en última instancia, a las tradicionales virtudes burguesas de la laboriosidad, la contención y la responsabilidad moral.
BORDEANDO LA ORTODOXIA: NEOESCOLÁSTICA Y KRAUSISMO Una vez revisados los principios básicos y la impronta distintivamente burguesa de la psicología espiritualista mayoritariamente difundida a partir de 1845 en las aulas españolas, conviene completar la exposición con el tratamiento del discurso psicológico por parte de las dos corrientes de pensamiento que, a partir de la década de 1860, se disputaron la hegemonía ideológica en el campo de la educación filosófica.
Estas dos corrientes son, como es sabido, la neoescolástica católica y el idealismo krausista, que, una vez iniciado el declive del eclecticismo francés, consiguieron infiltrar con sus adeptos las cátedras de numerosos institutos de educación secundaria y tomaron a su cargo la enseñanza de las materias filosóficas llevada a cabo en ellos 57.
Lógicamente, cabe suponer que estos docentes trataron de transmitir a los alumnos los fundamentos de sus respectivas posiciones teóricas, las cuales, tomadas desde un punto de vista estrictamente filosófico, no podían resultar más contrapuestas.
Así, frente al énfasis de los pensadores neocatólicos en la primacía de la fe sobre la razón, su impugnación del giro subjetivista consumado por la filosofía moderna y su pretensión de restaurar la metafísica escolástica, el «racionalismo armónico» de los krausistas constituía un idealismo progresista que alentaba un espíritu de renovación ética, científica y política de hondas raíces ilustradas 58.
Sin embargo, constreñidos -a excepción del ---- 56 Véase GOLDSTEIN (2005), pp. 233-268, para una excelente contraposición de las vías religiosa y secular de acceso a la interioridad en el contexto de la Francia decimonónica.
De todos modos, la importancia de la experiencia religiosa en el proceso de constitución del sujeto psicológico moderno, intuida ya ferozmente por Nietzsche, ha sido subrayada por una larga lista de autores que pasa por Charles Taylor o el mismo Ortega.
Ambos, por ejemplo, atribuyen a San Agustín nada menos que la formulación paradigmática de la «reflexividad radical» que caracteriza la conciencia psicológica moderna.
58 Para una exposición sumaria de los principios filosóficos de la neoescolástica y el krausismo español pueden consultarse, respectivamente, FORMENT GIRALT, E. (1998), Historia de la filosofía tomista en la España contemporánea, Madrid, Ediciones Encuentro; y LÓ-breve interludio del Sexenio-en los márgenes impuestos por los diferentes programas y disposiciones oficiales, los contenidos psicológicos impartidos por los docentes de ambas orientaciones y reflejados en sus manuales y libros de texto más representativos no se desviaron tanto de la ortodoxia reinante como podría suponerse, si bien aportaron algunos matices importantes que merecen ser considerados aquí.
Por lo que respecta a la neoescolástica y al tradicionalismo católico, conviene señalar de antemano que siempre albergó profundas reservas frente al «psicologismo» de la nueva filosofía oficial, al que llegó a calificar como «un error que recibimos y saludamos sin conocerlo, llevados de la propensión que hemos tenido y aún tenemos a imitar y traducir todo lo malo de Francia» 59.
Así, Gabino Tejado, conocido publicista católico, traductor de un importante manual de filosofía escolástica 60 y discípulo de Donoso Cortés, glosaba la obra de éste en la prensa católica de 1853 en unos términos en los que se refleja con claridad la oposición de los sectores tradicionalistas a toda filosofía centrada en la epistemología o la psicología: racionalismo, grosero y miserable el uno, delicado y sublime el otro, pero ambos errores a cual más trascendentales» 62.
En su edición del 6 de junio de 1849, el periódico católico La Esperanza reconocía en este sentido que «ha hecho, eso sí, la filosofía contemporánea un servicio que nunca podremos desconocer [...]: reconocer la espiritualidad del alma, elemento de por sí muy poderoso contra la corrupción que ha soltado todos los diques».
En la misma línea, dos meses después el periódico se hacía eco de la publicación del Curso de Monlau y Rey con una reseña muy elogiosa, en la que se aseguraba que el libro:
(...) llena un gran vacío, y hasta nos hace presagiar una verdadera restauración de los buenos estudios filosóficos. [...]
En la psicología hemos advertido mucha exactitud y mucha profundidad de análisis, complaciéndonos en gran manera la verdad y hasta la elocuencia con que son combatidos los errores de Condillac, y pulverizadas las perniciosas teorías de las escuelas sensualistas. [...]
Es regular que existiendo una obra elemental tan recomendable, disponga el gobierno que sea sustituida como libro de texto a esos indigestos prontuarios y mal forjados compendios que inundan el mercado científico, llenando de absurdos la cabeza de la juventud, y pervirtiendo quizás su corazón 63.
De hecho, a pesar de que el espiritualismo ecléctico llegó a ser retrospectivamente definido por los autores neocatólicos como «recreativo, incoherente y vago» o incluso abiertamente acusado de panteísmo 64, los docentes cercanos a la neoescolástica respetaron en sus cursos, al menos inicialmente, una transmisión relativamente completa y fiel de los contenidos psicológicos prescritos en los programas oficiales 65.
Todavía en el curso 1861-62, por ejemplo, una figura clave del movimiento neocatólico como el filósofo Juan Manuel Ortí y Lara, Catedrático de Metafísica en la Universidad Central a partir de 1876, explicaba ----62 La cita procede de otro libro de texto incluido en las listas oficiales de la época (GU-TIÉRREZ DÍAZ, A. (1860), Curso completo de filosofía elemental, Santander, Imprenta de los Hijos de Martínez, Vol.
65 Como prueba un examen somero de sus manuales escolares, entre los que cabe mencionar los Elementos de psicología y lógica (1854) del presbítero Juan Díaz de Baeza (Director del Instituto de San Isidro en la década de 1850 y docente ocasional de la asignatura), las Lecciones de psicología (1863) del también presbítero Salvador Mestres (Catedrático en el Instituto de Barcelona) o los Cursos de Agustín Gutiérrez y Ortí y Lara citados, respectivamente, en las notas 62 y 64.
«Psicología y lógica» a sus alumnos del Instituto del Noviciado de Madrid con el Curso de Monlau y Rey como libro de cabecera 66.
Ciertamente, conforme la reacción neocatólica fue ganando en influencia a partir de la segunda mitad de la década de 1860, algunos de los catedráticos alineados con sus planteamientos fueron imprimiendo un sello más distintivo a sus manuales escolares.
En la edición de 1868 de su Psicología, el propio Ortí situaba ya su obra en el marco de la «restauración de las sanas doctrinas filosóficas que se va rápidamente haciendo no ya sólo en otras naciones sino también en nuestra patria», de manera que, sin alejarse por completo de los contenidos oficiales, alteró la división habitual de la materia en psicología «racional» y «experimental» e introdujo una extensa sección de metafísica escolástica en la que insistía en la jerarquía de las facultades volitivas e intelectivas sobre las sensitivas 67.
Otros autores, por su parte, se limitaron a desarrollar o privilegiar aquellos aspectos del temario que les parecían más importantes desde el punto de vista de los axiomas doctrinales del catolicismo, como la finalidad religiosa del autoconocimiento o la propia inmortalidad del alma.
Así, frente a la introspección «secular» promovida por la psicología ecléctica, el sacerdote Francisco Teodoro Mosquera explicaba a sus alumnos de Valladolid que el examen interior de los estados del alma sólo podía remitir, de acuerdo con los principios de la espiritualidad religiosa tradicional, a la idea de la divinidad:
El hombre, al reconocerse como un ser ó substancia, ve necesariamente que su existencia contingente es producto de otro ser; y la imposibilidad de afirmar que un ---- 66 Cf.
Siguiendo al neotomista italiano Sanseverino, Ortí distribuyó los contenidos en una «dinamilogía», una «idealogía» (sic) y una «antropología», a las que correspondía, respectivamente, el estudio de las facultades (o «potencias») del alma, las ideas y la naturaleza del alma.
Es interesante mencionar, además, que esta edición incluía dos apéndices destinados a combatir los supuestos de dos doctrinas psicológicas que Ortí consideraba particularmente perniciosas, a saber, el magnetismo animal y la frenología.
La denuncia de la frenología como un sistema que «echa por tierra o por lo menos pone en peligro la espiritualidad e inmortalidad del alma humana [y] se opone a la moral y la religión» fue asumida también por otra figura destacada de la neoescolástica de la época como Fray Zeferino González, que publicó en 1873 un manual escolar de filosofía que tuvo una amplia implantación en los centros educativos religiosos.
GONZÁLEZ, Z. (1873), Filosofía elemental, Madrid, Imprenta de Policarpo López, pp. 315-325. ser contingente no dependa [de] un ser necesario, criador y productor de todos los seres contingentes.
Esto creemos [...] de todos los seres corpóreos conocidos por la percepción externa, y de todos los inmateriales conocidos por el sentido íntimo y la inducción 68.
Manuel Polo y Peyrolón, que fue Catedrático de Psicología, Lógica y Filosofía Moral en el Instituto de Valencia antes de convertirse en un destacado diputado y senador del Partido Carlista, consideraba que la inmortalidad del alma no era sino el «término natural y consolador de la ciencia psicológica», por lo que su manual, muy reeditado, se completaba con un capítulo final destinado a «demostrarla» 69.
En todo caso, cabe retener que, bien por su prescripción gubernativa o por su mayor compatibilidad con los dogmas de la fe, los docentes neocatólicos participaron activamente en la difusión del espiritualismo psicológico oficial, al que consideraban, en suma, como un mal menor frente a los «errores más trascendentales, mas dañosos y más hábiles» encarnados por el sensualismo, la frenología o el positivismo 70.
Salvando las distancias, conclusiones similares pueden aplicarse al movimiento krausista, cuyos docentes y manuales escolares de psicología se movieron también, al menos hasta la inflexión positivista iniciada a partir de la segunda mitad de la década de 1870, en unas coordenadas netamente espiritualistas.
De hecho, a pesar de la conocida animadversión que Julián Sanz del Río, el fundador de la escuela, sentía hacia Cousin y la filosofía francesa 71, los contenidos psicológicos que recomendó para la Segunda Enseñanza no divergían en exceso de los consignados en los manuales eclécticos, como prueba el programa de «Psicología, lógica y ética» que publicó originalmente entre 1861 y 1862 en varias separatas de la Revista Ibérica de Ciencias.
Este programa constituye un documento ejemplar del ethos pedagógico krausista y reviste un gran interés por los comentarios didácticos con los que Sanz del Río orienta el desempeño del profesor en tanto «artista de enseñanza» encargado de transmitir a sus alumnos los «hábitos de reflexión psicológica, de ----razonamiento lógico, de recta, firme y elevada voluntad en toda su conducta científica y social, privada y pública» 72; sin embargo, sus contenidos doctrinales, como se ha dicho, reproducen en lo esencial los puntos fundamentales de la ortodoxia espiritualista.
Significativamente, Sanz del Río se abstiene, eso sí, de incluir la inmortalidad del alma entre los axiomas psicológicos, y, en su intención de «dar a la doctrina relaciones prácticas y de aplicación», subraya en varias ocasiones la importancia de instruir a los estudiantes en «reglas, consejos y máximas concretas de higiene del alma» 73.
Entre los manuales krausistas hay que destacar también las Lecciones sumarias de psicología de Francisco Giner de los Ríos, compiladas por sus discípulos Eduardo Soler y Alfredo Calderón a partir de las clases de Giner en la Escuela de Institutrices de Madrid.
En la primera edición, aparecida en 1874, el fundador de la Institución Libre de Enseñanza explota las virtualidades psicológicas del idealismo krausista de un modo más decidido que el propio Sanz del Río, si bien no se aparta en ningún momento del esquema tradicional y del consabido énfasis en la naturaleza espiritual del yo, el estudio convencional de las facultades y una visión de la psicología más cercana a la propedéutica filosófica que al saber especializado 74.
En este punto, sus comentarios sobre la «evidente utilidad de nuestra ciencia» resultan muy instructivos, pues reflejan en clave krausista la misma ecuación entre introspección, individuación y sentido ético de la existencia que veíamos articulada en la psicología de inspiración ecléctica: ascética de que necesitamos en la vida cuando para cumplir el deber tenemos que sofocar viciados impulsos.
Con el estudio de la Psicología se arraiga más en el hombre el sentimiento de su dignidad racional, y, en suma, se cumple el antiguo precepto sagrado: osce te ipsum 75.
La filiación espiritualista de la psicología krausista se atenuaría ostensiblemente a partir de la reedición de 1878 de las Lecciones de Giner, Soler y Calderón, que, «completamente refundida conforme a los últimos progresos de la antropología y la fisiología psicológica», suele considerarse como el primer testimonio de la llegada a España de las nuevas corrientes positivistas de la psicología europea 76.
Este giro, que ha de verse en el marco del proceso de «disolución doctrinal del idealismo krausista» consumado en los primeros años de la Restauración 77, encontraría su máximo exponente en la figura de Urbano González Serrano, que asumió en 1873 la Cátedra de Psicología, Lógica y Ética del Instituto de San Isidro de Madrid.
González Serrano, discípulo de Nicolás Salmerón y autor de varios estudios en los que dio a conocer los métodos y resultados de la psicología experimental francesa y alemana 78, redactó también un importante manual escolar en el que, a pesar de mantener algunos lugares comunes del discurso tradicional, ya no se impugnaban de raíz las posiciones materialistas y se ofrecía a los alumnos una documentada revisión de los trabajos de autores como Wundt, Fechner, Ribot o Spencer 79.
----75 GINER DE LOS RÍOS, F. (1874), Lecciones sumarias de psicología, Madrid, Imprenta de J. Noguera, pp. 3-4.
GINER DE LOS RÍOS, F., SOLER, E. y CALDERÓN, A. (1877), Lecciones sumarias de psicología, Madrid, Imprenta de Aurelio J. Alaria.
La cita procede del subtítulo de esta edición, prologada en junio de 1878 y cuya relevancia histórica ha sido analizada por LAFUENTE, E. (1987), Los orígenes de la psicología científica en España: Las «Lecciones sumarias» de psicología de Giner de los Ríos, Investigaciones Psicológicas, 4, pp. 165-187.
78 Entre ellos destacan las monografías La psicologia contemporánea: Exámen crítico de las opiniones y tendencias mas extendidas y autorizadas entre los modernos psicólogos sobre la ciencia del alma (Madrid, Imprenta de Gregorio Hernando, 1880) y La psicologia fisiológica (Madrid, Ricardo Fe, 1886).
Sobre la evolución de González Serrano desde la metafísica idealista y la crítica del positivismo a la psicología experimental, véase JIMÉNEZ GARCÍA, A. (1996), El krausopositivismo de Urbano González Serrano, Badajoz, Diputación Provincial de Badajoz.
79 «De toda esta abundantísima literatura psicológica -concluía González Serrano-pueden recogerse datos bastantes para refutar todo sentido estrecho al concebir la naturaleza humana» (GONZÁLEZ SERRANO, U. (1880), Manual de psicología, lógica y ética (y rudimentos de derecho), Madrid, Imprenta de Gregorio Hernando, p.
En cualquier caso, otros docentes de formación krausista, como Romualdo Álvarez Espino en Cádiz, Juan Sieiro González en Orense, Agustín Arredondo García en Canarias o Eusebio Ruiz Chamorro en Madrid (Noviciado) siguieron impartiendo todavía en esos años unos contenidos claramente espiritualistas80, con lo que cabe suponer que la irrupción de la nueva psicología experimental tuvo, al menos inicialmente, un impacto mas bien limitado en el ámbito especifico de la educación secundaria.
Así pues, con todas las diferencias doctrinales que es posible establecer entre el eclecticismo, la neoescolástica o el krausismo, puede decirse que los docentes formados o alineados en sus filas participaron durante décadas de un mismo programa pedagógico que, articulado por el nuevo estado liberal, les llevó a transmitir a los estudiantes de secundaria una serie muy similar de axiomas sobre el psiquismo y la naturaleza humana.
Desde un punto de vista educativo y cultural es, por tanto, esta confluencia espiritualista el hecho que interesa destacar aquí, y no las innumerables, innegables y consabidas divergencias entre estas corrientes filosóficas que, en un siglo que se había iniciado con la recepción del sensualismo y la ideología más radical y se cerraría bajo la égida de la ciencia positivista, se alternaron como reservorios ideológicos del poder político 81.
LA CULTURA DEL YO En una sesión celebrada el 21 de enero de 1856 en el Ateneo de Madrid, el gran Pedro Mata se refería despectivamente al discurso psicológico dominan-----te con el término de «yoísmo», calificándolo como una doctrina particularmente «falsa y estéril», incapaz de dar «una idea cabal de la razón humana» y generadora de un «divorcio absurdo de la fisiología y la psicología».
Los «yoístas» -afirmaba Mata-«han hecho una entidad, el Yo, la conciencia, y sobre esta abstracción, sobre esta creación ontológica, quimérica, han fundado una [...] verdadera torre de Babel, donde todos hablan y ninguno se entiende» 82.
Reafirmándose en sus posiciones materialistas, Mata se enfrentaba, más que a un autor o escuela concreta, a todo un entramado cultural del que el espiritualismo psicológico constituía, como hemos visto, un resorte esencial.
Pero, acorde con la autocomprensión, la inspiración ideológica y los intereses sociopolíticos de las élites liberales del segundo tercio del siglo XIX, su implantación educativa ha de entenderse, además, como un intento muy significativo de articular una pedagogía de la subjetividad, esto es, de aleccionar a los alumnos en una determinada visión de sí mismos y forjar en ellos un determinado patrón de reflexividad.
Desde este punto de vista, la doctrina espiritualista difundida en las aulas durante buena parte del siglo XIX aparece no sólo como un corpus deudor de ciertos valores e intereses, sino también como una singular «tecnología del yo» destinada a proyectarse en la sociedad española de la época y conformar una cultura psicológica muy correcta 83.
La pertinencia de esta perspectiva de análisis resulta manifiesta si se examinan, por ejemplo, los materiales escolares redactados por los propios alumnos en sus clases de «psicología» o se constata la extraordinaria proyección cultural del «yoísmo» en la España de la segunda mitad del siglo XIX.
Así, los apuntes tomados por el alumno José Soriano y Castro en el curso 1848-49 a partir de las lecciones de Monlau en el Instituto de San Isidro 84, consignan afirmaciones tales sobre la dualidad de cuerpo y alma, sobre la naturaleza de ----ésta como «fuerza que anima al hombre» o sobre las cualidades del yo (que «es siempre uno, idéntico y activo» a la par que «sensible, inteligente y libre»), que difícilmente pasaron desapercibidas a las decenas de miles de estudiantes de secundaria que hubieron de escucharlas durante décadas.
El mismo Santiago Ramón y Cajal, por ejemplo, refiere en sus memorias haber dedicado un gran esfuerzo a la lectura de la «psicología de Monlau» durante sus estudios de bachillerato en Huesca en la década de 1860.
Y cabe inferir que sus contenidos y su orientación doctrinal tuvieron una notable influencia sobre él, pues, todavía en sus años de estudiante de medicina en Zaragoza, Cajal reconocía haber sido un «ferviente y exagerado espiritualista» y llegaba a confesar que, por aquella época, sus veleidades filosóficas pasaban sistemáticamente por «refutar, ante mis camaradas un poco desconcertados, la existencian del mundo exterior, el noumenon misterioso de Kant, afirmando resueltamente que el yo, o por mejor decir, mi propio yo, era la única realidad absoluta y positiva» 85.
Con todo, el atractivo y la difusión del espiritualismo psicológico en la España del segundo tercio del siglo XIX deben verse, más allá de sus evidentes afinidades burguesas, en el marco de su mayor compatibilidad con los dogmas tradicionales en torno a la unidad, espiritualidad e inmortalidad del alma o la existencia de la libertad moral.
No por casualidad, el auge y la promoción educativa de la psicología ecléctica, neoescolástica y krausista que hemos revisado en este artículo se dio en un periodo en el que otras teorías y disciplinas que, como el darwinismo, la paleontología o la embriología evolucionista, implicaban un fuerte cuestionamiento de la imagen del ser humano sostenida por la ortodoxia religiosa, fueron objeto de intensas y enconadas controversias e inspiraron incluso diversos intentos de «conciliación» por parte de los científicos españoles 86.
Análogamente, el yo sustancial, unitario y activo de la psicología espiritualista decimonónica ha de entenderse, en última instancia, como un axioma orientado a contrarrestar las fuertes tendencias de reducción, naturalización y fragmentación del psiquismo implícitas en la aproximación objetivante, analítica y experimental propia de la ciencia moderna 87.
Por ese motivo, el sensualismo y la frenología primero, y la psicolo-----85 RAMÓN Y CAJAL, S. (2006), Recuerdos de mi vida, Barcelona, Crítica (original de 1923), p.
87 Una interpretación similar puede leerse en BLANCO, F. y CASTRO, J. (2005), La significación cultural de la psicología en la España restaurada.
En JIMÉNEZ, A., ORDEN, R. y AGEN- |
DESTREZA DEMOSTRADA Y CONOCIMIENTO DISTORSIONADO: LO AMATEUR Y LA PRECISIÓN EN LA ESPAÑA DE FINALES DEL SIGLO XVIII
En este artículo se analiza la relación entre el ejercicio científico y la precisión científica tanto en las redes de expertos como en la literatura popular en la España de la segunda mitad del siglo XVIII.
Se mostrará que los instrumentos científicos fueron utilizados y comprendidos de diferentes maneras en estas dos redes, lo cual requirió aplicar unas estrategias opuestas para visualizar el grado y la eficacia de las destrezas de los usuarios, y por lo tanto impulsó la emergencia de diferentes sujetos colectivos e individuales (epistémicos).
También demostraré cómo estas diferencias y afinidades de sujetos se construyeron alrededor de tres temas: en primer lugar, el grado de precisión necesario para establecer una correlación entre los datos y el mundo o, en otras palabras, el grado de fluidez admitido para conectar el mundo material y el mundo cultural; en segundo lugar, la importancia atribuida al cuerpo y al conocimiento del cuerpo para producir datos fiables y establecer la experiencia; y en tercer lugar, el peso atribuido a la opinión al respaldarse en datos efímeros o duraderos.
La primera parte del artículo se centra en las confluencias epistemológicas y políticas que en la España de finales del siglo XVIII impulsaron la emergencia tanto de una cultura de precisión como de una esfera de opinión pública, y de la tensa relación que existía entre ambas.
Los otros tres apartados analizan cómo los españoles utilizaron diferentes conjuntos de prácticas para construir diferentes imágenes de ellos mismos como defensores de una moral de la precisión.
In 1726 the first volume of the Benedictine Benito Jerónimo Feijóo y Montenegro's (1676-1764) most famous work, Teatro crítico universal (Discursos varios en todo género de materias, para desengaño de errores comunes), became a surprise best seller.
4 MORALES, J.I. (1797), Memoria matemática sobre el cálculo de la opinión en las elecciones, Madrid, Imprenta Real (Facsimile ed. in LARA RÓDENAS, M.J. (ed.) (2001), José Isidoro Morales, un matemático en la corte de Carlos IV, Huelva, Universidad de Huelva), p.
Firstly, in the extent and increase of accountability, mostly related to the implementa-----6 MORALES, J.I. (1805), Apéndice a la Memoria Matemática sobre el cálculo de la opinión en las elecciones, Madrid, Imprenta de Sancha (Facsimilar ed. in LARA RÓDENAS, M.J. (ed.) (2001), José Isidoro Morales, un matemático en la corte de Carlos IV, Huelva, Universidad de Huelva), p.
13 All three developments manifest not only the perceived need for ----10 For a detailed account of the nature and development of these works see CAMARERO BULLÓN, C. (2002), Vasallos y pueblos castellanos ante una averiguación más allá de lo fiscal: el Catastro de Ensenada, 1749-1756.
In El Catastro de Ensenada: magna averiguación fiscal para alivio de los Vasallos y mejor conocimiento de los Reinos, 1749-1756, Madrid, Ministerio de Hacienda-Dirección General del Catastro, pp. 113-387.
La erosión del determinismo y el nacimiento de las ciencias del caos, Barcelona, Gedisa, has explored in depth the connections between the development of calculus and the emergence of biopolitics.
In FUENTES QUINTA-NA, E. (dir.), Economía y economistas españoles, Vol.
La Ilustración, Barcelona, FCAC/Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores, pp. 331-420.
Estado y reformismo ilustrado, Madrid, Alianza Editorial, p.
184; LLOMBART ROSA, V. and ASTIGARRAGA GOENAGA, J. (2000), Las primeras antorchas de la economía: las sociedades económicas de amigos del país en el siglo XVIII.
In FUENTES QUINTANA, E. (dir.), Economía y economistas españoles.
La Ilustración, Barcelona, FCAC/Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores, pp. 680, 689, 690; LLOMBART ROSA, V. (2000), Campomanes, el economista de Carlos III.
Economía y economistas españoles.
La Ilustración, Barcelona, FCAC/Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores, pp. 227-236.
In POCOCK, J.G.A., Historia e Ilustración.
Ciencia, política y aventura en la expedición geodésica hispanofrancesa al virreinato del Perú en el siglo XVIII, Barcelona, CSIC/Serbal).
In Escritos geográficos, ed.
From 1737 to 1803 the meanings of the word in the Diccionario de ----20 GONZÁLEZ, J. ( 1760), ueva mágica experimental permitida: Ramillete o Manojo de selectas flores, tanto arithméticas como physicas, astronómicas, astrológicas, históricas, graciosos juegos, &c, [...], Madrid, Domingo Fernández de Arrojo, p.
93; SERRANO PALACIOS, I.J. ( 1759), El Jardín de Curiosas Questiones, y ramillete de los mejores remedios médicos [...], Madrid, Antonio Muñoz del Valle, p.
45 See ZAVALA, I. ( 1978), Clandestinidad y libertinaje erudito en los albores del siglo XVIII, Barcelona, Ariel, p.
(LÓPEZ COTILLA, J.A. (S.I.) (1753), Epiphania Mariana ó Manifestación Prodigiosa de María Santissima, Madre de Dios, y nuestra [...], Madrid, Vda. de Manuel Fernández, p.
Pronóstico, y Diario de quartos de Luna, ajustado al Meridiano de esta Corte, para el año de 1760.
Su autor [...], Madrid, Manuel Martín, «Prólogo al lector,» s/n.
Special issue Periodismo e Ilustración,[52][53]p.
49 MARTÍNEZ SALAFRANCA, J. ( 1736), Memorias eruditas para la crítica de artes y ciencias, Madrid, Juan de Zúñiga, p.
50 See ZAVALA, I. ( 1987), Lecturas y lectores del discurso narrativo dieciochesco, Amsterdam, Rodopi, pp. 64-65; ÁLVAREZ BARRIENTOS, J. ( 1990), El periodista en la España del siglo XVIII, Estudios de Historia Social.
Special issue Periodismo e Ilustración, 52-53, p.
Medida de la Tierra y división de sus climas [...], Madrid, Viuda de Manuel Fernández, pp. 1-2).
(MORALEJA Y NAVA-RRO, J.P. (1747), Piscator seri-jocoso, intitulado el nacimiento del año nuevo de 1748 [...] con exquisitos Quentos para reír; un Entremés famoso; aprobados naturales Secretos; y quarenta curiosas Enigmas, o Quisicosas [...], Madrid, s.n., p.
----54 MONTÓN, B. ( 1734), Secretos de artes liberales y mecánicas: recopilados y traducidos de varios y selectos authores que tratan de phisica, pintura, arquitectura, óptica, chimica, doradura, y charoles, con otras varias curiosidades ingeniosas [...], Madrid, Antonio Marín, prologue, s/n.
56 Secretos raros de artes y oficios (1806), 3a ed., Madrid, Villalpando, vol. VI, prologue, s/n.
61 GILLEMAN, A. de (1761), Discurso sobre el próximo tránsito del planeta Venus debaxo del Sol el día seis de junio de este presente año de 1761, y modo fácil de observarlo por cualquier curioso, Madrid, Francisco Xavier García, p.
65 To keep some control over the useful information that amateur observers could generate, standard mecha-----62 SALANOVA y GUILARTE, P.A. DE (1782), Disertación física sobre la formación, tamaño, pesos, figura, color, causas y efectos de el meteoro llamado Granizo [...], Madrid, Imprenta de Miguel Escribano, p.
70 GILLEMAN (1787b), Carta del Ingeniero en Jefe D. Antonio de Gilleman sobre las pretendidas satisfacciones de los Diaristas á sus fundados reparos publicados en el n.o 74 del correo de Madrid, Correo de Madrid, Correo Extraordinario, September 17, 1787, no. 96, 425-430, p.
74 SALANOVA Y GUILARTE, P.A. DE (1787), Respuesta que D. Pedro Alonso de Salanova y Guilarte hace a la carta del Sr. D. Antonio de Gilleman, coronel de ingenieros, inserta en el Correo de Madrid al n.o 96 del día 17 de septiembre de este año, s.l., s.n., p. |
Cronológicamente, la vida de Vicente Cervantes Mendo transcurrió en España, virreinato de Nueva España y México independiente.
Considerando que Vicente Cervantes Mendo nació con certeza en Ledrada (Salamanca, España) en 1758, que fue integrante de la mencionada expedición científica, y que después continuó en México hasta su muerte, se pueden distinguir tres etapas en su vida y obra: la primera etapa (1758-1787) es española, la segunda etapa (1787-1803), o etapa colonial, corresponde a la expedición científica novohispana, y la tercera etapa (1803-1829), o etapa hispano-mexicana, es posterior a esta expedición científica.
La primera etapa de su vida viene a coincidir con el reinado de Carlos III (1759-1788), reinado en el que hubo un renovado impulso de la ciencia española para superar el conocido «apagón científico» que se había producido en la anterior dinastía austriaca.
En particular, la sanidad de la Ilustración Española se benefició de las reformas borbónicas, principalmente entre 1780 y 1800, es decir, en los años finales del reinado de Carlos III y gran parte del reinado de Carlos IV 7.
En 1864, José García Ramos, individuo de número del Real Colegio de Farmacéuticos de Madrid y Ayudante Profesor de la Real Botica, escribió por encargo de la mencionada corporación profesional una monografía sobre Vicente Cervantes, que leyó en la sesión de aniversario de 21 de agosto de 1864 8.
Al revisar esta publicación, he concluido que los datos del lugar y la fecha de nacimiento son erróneos 9, y que otros datos biográficos aportados sobre su vida en España 10, algunos imprecisos y otros erróneos, pasaron también a diccionarios y publicaciones diversas hasta el presente.
Este artículo, escrito en el año en que las comunidades científicas de España y México conmemorarán el 250 aniversario del nacimiento de Vicente Cervantes Mendo, y como una continuación de los dos artículos recientemente publicados, versa también sobre la etapa española mencionada.
En concreto, el objetivo es revisar la información proporcionada en la monografía de José García Ramos sobre la formación inicial como boticario y botánico en el Madrid científico de los años finales del reinado de Carlos III, y de su breve ----7 CALLEJA FOLGUERA, M.C. (1988), La reforma sanitaria en la España Ilustrada, Madrid, Universidad Complutense de Madrid, pp. IX-XII.
8 GARCÍA RAMOS J. (1864), Elogio histórico del farmacéutico Don Vicente Cervantes, catedrático que fue de Botánica en la Universidad de México, Madrid, Imprenta R. Anoz.
10 PASTOR VILLEGAS (2008), Vicente Cervantes Mendo, insigne boticario, botánico y químico hispanomexicano: su vida en España, Revista de Estudios Extremeños, 64, pp. 413-424.
actividad profesional antes de pasar al virreinato de Nueva España.
Se revisa tal publicación porque ha sido fuente de publicaciones diversas que incluyen información sobre el científico estudiado, como son las publicaciones que se citan sobre la expedición botánica novohispana 11.
Durante el trabajo de investigación, además del elogio histórico escrito por José García Ramos y otras publicaciones diversas, el autor ha consultado documentación que se conserva en los archivos madrileños de la Real Academia Nacional de Farmacia, Real Jardín Botánico, Museo Nacional de Ciencias Naturales y Archivo Regional de la Comunidad de Madrid.
Todos los párrafos documentales reproducidos en las secciones que siguen se han escrito con ortografía actual.
INFORMES DE CASIMIRO GÓMEZ ORTEGA CONEXOS CON LA REAL EXPEDI-
CIÓN BOTÁNICA A NUEVA ESPAÑA (1787-1803) El Madrid del reinado de Carlos III, sede de la corte y del imperio, no tuvo universidad; tuvo instituciones científicas de nuevo cuño, involucradas en la modernización borbónica del Estado, muchas de ellas sitas en torno al actual Paseo del Prado12.
Una de tales instituciones fue el Real Jardín Botánico de Madrid, cuyo 250 aniversario se ha conmemorado en 2005 13.
Se ha señalado que el fin del Real Jardín Botánico de Madrid en su inauguración fue estudiar y cultivar las plantas medicinales 14.
Con el transcurso del tiempo, fue una ----institución polivalente: huerto real, centro docente de sanitarios y de botánicos, abastecedor de plantas medicinales a la Real Botica, aliado del Real Tribunal del Protomedicato en la centralización administrativa sanitaria, rector de los estudios florísticos nacionales, modelo del resto de los jardines botánicos y dirigente de las expediciones científicas ultramarinas 15.
En particular, tuvo importancia peculiar en la reforma farmacéutica y en las expediciones científicas a América, sobre todo durante los años 1771-1801 en que Casimiro Gómez Ortega fue catedrático primero 16.
Este científico cortesano ejecutó la política científica de la Corona, en lo referente a la Historia Natural en España y sus colonias ultramarinas 17; incorporó la Botánica al proyecto ambicioso, costoso, utópico y, en cierta medida original, de inventariar y comercializar las riquezas coloniales 18.
Como es ampliamente conocido, la Real Expedición Botánica a ueva España (1787-1803) se realizó en los reinados de Carlos III y Carlos IV; fue una compleja e importante expedición científica española encabezada por el médico aragonés Martín Sessé y Lacasta, conexa en parte con la Primera Expedición Científica a América (1571-1577) que había realizado el médico y naturalista toledano Francisco Hernández en el reinado de Felipe II.
La génesis de la expedición botánica novohispana comienza con una carta del mencionado médico aragonés establecido en México, fechada en La Habana el 30 de enero de 1785 19.
En el Museo de Ciencias Naturales de Madrid hay dos informes de Casimiro Gómez Ortega 20 cuando se estaba gestando esta expedición, uno de fecha 29 de marzo de 1786 y otro de fecha 21 de septiembre de 1786, que permiten precisar y corregir lo que se conoce sobre la formación científica y ejercicio profesional de Vicente Cervantes Mendo ---- en el Madrid de los años finales del reinado de Carlos III.
La segunda fecha ha sido mencionada por Maldonado Polo al tratar del científico José Longinos Martínez Garrido 21, sin hacer referencia alguna a Vicente Cervantes Mendo.
Con fecha 29 de marzo de 1786, Casimiro Gómez Ortega informó y dejó entrever en su informe la futura propuesta del joven Vicente Cervantes como integrante de la expedición científica que se comenzaba a organizar:
Que dicho joven con noticia de su nombramiento podrá acabar de perfeccionarse en toda la primavera y verano próximo, y llegar a México con ejemplares de la obra del Doctor Hernández, que para entonces estará ya impreso.
Concretamente, Casimiro Gómez Ortega propuso a Vicente Cervantes para integrar la expedición botánica novohispana el 21 de septiembre de 1786.
En esta fecha proporciona también una información breve sobre su formación inicial en dos párrafos que se trascriben a continuación, con precisiones entre corchetes:
Propone Don Casimiro Ortega [Casimiro Gómez Ortega] que para entregarse en el Jardín Botánico [Real Jardín Botánico de México] y regentar la Cátedra de esta facultad cuando el Dr. Sesé [Sessé] salga a viajar, según expuso en su anterior informe, es muy a propósito Don Vicente Cervantes, que además de hallarse suficientemente instruido en los conocimientos para el efecto, ha estudiado Medicina, aunque no está graduado en ella, es buen Filósofo, buen químico, y farmacéutico; en cuya facultad no sólo está aprobado, sino que en concurso público en el Hospital General de Madrid, ha merecido la preferencia sobre todos sus competidores; posee la lengua francesa, y es hombre de carrera, de capacidad, de instrucción, y de lucimiento como lo manifestará en las inmediatas oposiciones de Botánica que se están disponiendo para el regreso de la Corte.
Y que dicho Cervantes luego que llegue a México podrá abrir el curso de lecciones enseñando los fundamentos teóricos mientras se dispone el Jardín para continuar la explicación de la Práctica, para lo cual se le nombrará con la condición de que no ha de restituirse a España hasta que se haya concluido la expedición del Dr. Sesé [Sessé], y haya formado discípulos capaces de sucederle.
Como se puede observar en el primero de estos párrafos, Casimiro Gómez Ortega afirma que Vicente Cervantes había estudiado Medicina, que era un ----21 MALDONADO POLO, J.L (1997), La aventura ultramarina de un naturalista calagurritano, Kalakoricos, 2, pp. 135-152.
En la página 138 de este artículo figura la nota «3.
Informe de Casimiro Gómez Ortega, Madrid, 21 de septiembre de 1786, Museo Nacional de Ciencias Naturales (MNCN), Flora Mexicana, leg.2, carp.3».
buen filósofo, buen químico, buen farmacéutico y que antes de finalizar 1786 realizaría los ejercicios públicos botánicos.
En las tres secciones que siguen se trata de su formación como boticario y botánico, y de su ejercicio profesional en Madrid.
Su primera diligencia luego que llegó a Madrid, fue buscar una Botica donde le admitiesen como dependiente y discípulo, y en la cual, a la vez que pudiera aprender la parte empírica de la Profesión, dispusiese del tiempo necesario para asistir a las lecciones de Botánica, por cuya ciencia tenía una especial predilección.
No se le mostró la fortuna, en este caso, completamente adversa, pues su petición más esencial la vio pronto satisfecha, encontrando colocación en una Botica; pero [...]
Cervantes no pudo asistir, como eran sus deseos, a las lecciones de Botánica [...].
Muy cerca de su Botica, se hospedaba un joven, amigo suyo, el cual asistía diariamente a las lecciones botánicas de D. Casimiro Gómez Ortega, catedrático y director entonces del Jardín botánico, y Cervantes pudo lograr de su amistad que pasase todos los días por su casa a manifestarle particularidades que la lección hubiese ofrecido para tenerlas él presentes y poder seguir particularmente la misma marcha y encontrarse a la misma altura que los demás compañeros.
Pasó algún tiempo [...], hasta que un día, sintiéndose animado por las fuerzas que presta el convencimiento del propio saber, cuando este carece de arrogancia, se presentó al citado G. Ortega, que también era a la sazón presidente de este Colegio y alcalde examinador del Protomedicato, pidiendo se le admitiese a examen de farmacéutico a título de suficiencia y exponiéndole los motivos por los cuales no le había sido posible asistir a las lecciones para obtener las certificaciones correspondientes.
Quedó suspenso Gómez Ortega [...] y se encargó de proteger su solicitud, no sin advertirle de antemano que, caso de conseguir lo que pedía, tuviese entendido que los ejercicios de ----examen habrían de ser tan excesivamente rígidos, como corresponde a la magnitud de la gracia dispensada.
Así sucedió en efecto [...].
Sus respuestas fueron tan exactas y precisas, los argumentos tan victoriosamente refutados, las teorías tan bellamente desenvueltas, sus ejercicios, en fin, tan brillantes, que el tribunal, unánimemente admirado, le aclamó por ser muy digno de pertenecer a la clase farmacéutica, ordenando en su virtud que se le expidiese, como se verificó, el título correspondiente.
Para precisar estos párrafos conviene tener en cuenta cómo era la formación y examen de boticarios durante la Ilustración Española.
En particular, en los años finales del reinado de Carlos III, en los cuales la profesión farmacéutica no era todavía profesión universitaria.
La enseñanza de la Farmacia en España fue problemática en el siglo XVIII 23, y hasta principios del siglo XIX no existieron enseñanzas oficiales de esta ciencia 24, es decir, cuando experimenta su revolución, recogiendo los avances de sus ciencias afines: Botánica y Química 25.
La instrucción del aprendiz de boticario fue competencia del boticario hasta muy avanzado el siglo XVIII 26; por consiguiente, la formación de tal aprendiz dependía del maestro boticario.
Innovación importante en ese siglo fue la creación de los Colegios de Boticarios, que fomentaron el desarrollo científico de la profesión.
El Real Colegio de Boticarios de Madrid, fundado en 1732 e instituido oficialmente en 1737 (corporación antecedente remoto de la Real Academia de Farmacia del Instituto de España), tuvo carácter científico-profesional, con interés en el progreso de la Farmacia, Química, Botánica e Historia Natural 27; publicó la Farmacopoeia Matritensis en 1739 con validez en toda España, así como la segunda edición en 1762 28.
Los ilustrados españoles, impotentes ante la reforma universitaria, pero tenaces en su propósito de modernizar la sociedad, propiciaron las ciencias ----23 FOLCH, G. (1982), Problemática de las enseñanzas de farmacia en la España del siglo XVIII.
Intervención de los Colegios, An.
24 FOLCH (1977), El Real Colegio de Farmacia de San Fernando, Madrid, Instituto de España, Real Academia de Farmacia.
En PUERTO SAR-MIENTO, F.J. (dir.), Historia de la Ciencia y de la Técnica, n.
26 FOLCH ANDREU, R. (1941), La instrucción farmacéutica durante el siglo XVIII en los Hospitales Generales de Madrid, An.
27 Estatutos del Real Colegio de Profesores Boticarios de Madrid, aprobados y confirmados por su Magestad, que Dios guarde (1737), Madrid, Imprenta Real, Estatuto 1, p.
28 FRANCÉS, M.C. y ALIAGA, M.J. (2001), Intervención del Real Colegio de Farmacéuticos de Madrid en la edición de la Farmacopea Matritense, An.
útiles al margen de la universidad 29.
La Historia Natural, y, en concreto, la Botánica y la Química fueron consideradas ciencias útiles por los profesionales sanitarios ilustrados; la Botánica fue la ciencia útil por excelencia que repercutió significativamente en el proceso modernizador de las profesiones sanitarias del siglo XVIII: médicos, cirujanos y boticarios.
El proceso de modernización administrativa y docente de la sanidad culminó en los años finales del reinado de Carlos III.
Concretamente, la Real Cédula de 13 de abril de 1780, que comenzó a regir en 14 de septiembre de 1780, estableció la separación de los asuntos profesionales de médicos, cirujanos y boticarios; dispuso que en el Real Tribunal del Protomedicato se dirigiesen y gobernasen por sí mismas las tres Facultades de Medicina, Cirugía y Farmacia, teniendo cada una sus Audiencias separadas, haciendo cada una de ellas sus exámenes, y que administrasen justicia en sus asuntos respectivos 30.
Según Folch Andreu 31, fue el hecho de más categoría de la Historia de la Farmacia.
A raíz de tal disposición, el Real Jardín Botánico de Madrid se estableció como único centro docente donde los boticarios podían adquirir una formación científica en Botánica, y se proyectaba también para impartir clases de Química y Farmacia 32.
En lo concerniente a la Botánica, con anterioridad a 1780 hubo ya actividad docente; el Real Decreto de 17 de noviembre de 1762 estableció la asistencia obligatoria de los oficiales y mancebos de botica a las clases impartidas 33.
Establecida la división del Real Tribunal del Protomedicato de 1780, la formación de los boticarios continuó al margen de la universidad, pero fue más científica; la Audiencia de Farmacia recibió las competencias de la capacitación científica de los boticarios aprendices, quedando gobernada por el Protofarmacéutico, que era el Boticario Mayor de la Real ---- Botica, y tres Alcaldes examinadores, dos de ellos ayudas de la misma institución y uno de los Maestros del Real Jardín Botánico 34.
Botánica y Farmacia confluyeron con el inicio de los cursos de Botánica en el Real Jardín Botánico de Madrid el 16 de mayo 1781 35.
El Reglamento de 17 de marzo de 1783 estableció docencia botánica general y aplicada para médicos, cirujanos y boticarios 36, reglamento que ha sido comentado por Puig Samper 37.
Casimiro Gómez Ortega (catedrático primero) y Antonio Palau Verdera (catedrático segundo) se alternaron en la docencia a partir de 1784.
El curso general de Botánica impartido por el primero comenzó el primero de abril de este año, estando matriculados 153 alumnos, y concluyó el 31 de julio de 1784 38.
El día primero de septiembre del mismo año comenzaron las demostraciones prácticas, explicando este catedrático las plantas que tienen uso en la Medicina, y particularmente aquellas que no se habían explicado durante el curso de primavera y verano por no haber florecido 39.
Volviendo a los párrafos de José García Ramos, y teniendo en cuenta los cinco párrafos anteriores, se puede precisar que Vicente Cervantes Mendo obtuvo el título de boticario en Madrid conforme a la modernización administrativa y docente de la sanidad derivada de la Real Cédula de 13 de abril de 1780, que comenzó a regir cuando tenía 22 años de edad.
Es cierto que obtuvo el título de boticario en Madrid, pues así consta en su solicitud de Título de Colegial Honorario, que envió desde México al Real Colegio de Boticarios de Madrid con fecha de 2 de octubre de 1794, solicitud que se conserva en el Archivo de la Real Academia Nacional de Farmacia, reproducida en un trabajo anterior 40; afirma en ella ser «Boticario revalidado por el Real Protomedicato de Madrid».
Sin embargo, ni en su solicitud ni el informe de Casimiro Gómez Ortega de 21 de septiembre de 1786 hay fecha de aprobación de boti----- cario; no fue antes de 1784 pues Bellot Rodríguez 41 encontró una lista de los alumnos que fueron a examen a la Facultad de Farmacia del Real Protomedicato este año con certificación de Casimiro Gómez Ortega de haber aprobado la Botánica en el Real Jardín Botánico de Madrid, en la cual figura Vizente Zervantes (sic).
Así pues, no hay duda de que su formación botánica fue en el nuevo emplazamiento de tal institución, realizando después el examen establecido.
He revisado si entre las instancias de mancebos de botica solicitando examen de Botánica en 1784 figura la de Vicente Cervantes Mendo alegando motivos de no asistencia a clase o de asistencia irregular.
No figura tal instancia en el Archivo del Real Jardín Botánico de Madrid.
En otras palabras, no constan las vicisitudes que José García Ramos menciona en el aprendizaje de la Botánica antes de comparecer a examen.
Vicente Cervantes Mendo cumplió los requisitos vigentes entonces para obtener el título de boticario, que están recogidos en estudios que se han ocupado de la formación de boticarios durante la Ilustración Española 42.
Resumidamente, el aspirante a boticario debía iniciar su formación siendo admitido por un boticario aprobado para trabajar como aprendiz en su botica o en la botica hospitalaria que regentase.
El boticario aprendiz, cumpliendo los requisitos de edad (tener cumplidos veinticinco años), limpieza de sangre (ser hijo legítimo de padres honrados y cristianos viejos), conocimiento de latín y acreditar haber practicado cuatro años con maestro aprobado, comparecía a examen (teórico y práctico) ante el Tribunal de Farmacia del Real Protomedicato con acreditación de haber aprobado la Botánica en el Real Jardín Botánico de Madrid.
Este tribunal revalidaba o no al boticario aprendiz para ejercer la profesión.
Casimiro Gómez Ortega destaca en su informe de 21 de septiembre de 1786 que Vicente Cervantes tuvo una formación inicial interdisciplinar.
En mi opinión, además de la formación botánica en el Real Jardín Botánico de Madrid, resulta verosímil que consiguiera una formación farmacéutica clínica mucho más amplia que la formación teórica y práctica que se podía conseguir en cualquier botica pública.
Los Reales Hospitales de la Corte, General y de la Pasión, estaban cercanos al Real Jardín Botánico de Madrid, formando parte de las instituciones científicas matritenses en torno al actual Paseo del Prado.
El Real Hospital General de Madrid, inicialmente institución asistencial de hombres, aglutinó en sus dependencias tres instituciones docentes en el siglo XVIII: el propio Hospital, el Real Colegio de Cirugía de San Carlos (a partir del 1 de octubre de 1787) y el Estudio Real de Medicina (a partir de 1795) 43.
Folch Andreu 44 afirmó que la formación de boticarios en la Botica de los Reales Hospitales General y de la Pasión de Madrid fue una realidad en el siglo XVIII.
El Archivo Regional de la Comunidad de Madrid conserva las Constituciones y Ordenanzas de 1760 de los mencionados hospitales, reimpresas en 1780 45; el capítulo IX corresponde a la Botica en sus veintisiete apartados, siendo competencia del Boticario Mayor la docencia (apartado 16).
Dicho capítulo ha sido reproducido y comentado por Martínez Tejero et al. 46, quienes consideran que no es aventurado afirmar que se estudiaron los efectos de los medicamentos en la misma cabecera del enfermo.
Se ha apuntado también por Francés Causapé y Martínez Crespo 47 que la función del boticario responsable de la Botica del Real Hospital General de Madrid tuvo una mayor importancia clínica y asistencial gracias al asesoramiento del insigne boticario José Hortega y Hernández.
Tras la inauguración de la parte construida en 1781 (gran patio y edificio ocupado hoy por el Centro de Arte Reina Sofía) del magno proyecto de Fran----- cisco Sabatini, en el Hospital General de Madrid había 38 salas (24 para hombres y 14 para mujeres) y un total de 1561 camas 48.
Tal vez, Vicente Cervantes Mendo fuese aprendiz de boticario en este hospital con anterioridad a 1784, pudiendo conocer también la actividad médico-quirúrgica del hospital, en donde fueron boticarios aprendices y luego boticarios distinguidos del mismo sus amigos Antonio de la Cruz Martín y Benito Pérez Valdés.
Ambos son mencionados con afecto por Vicente Cervantes Mendo en la carta que envió al primero de ellos, fechada en México el 1 de abril de 1818, reproducida en un trabajo anterior 49.
Concerniente a las obras destinadas a la instrucción de boticarios en el siglo XVIII, ninguna de ellas fue publicada por una institución oficial 50; son breves en extensión y profundidad de contenidos, pareciendo más adecuadas para artesanos que para científicos 51.
Las dos primeras ediciones del Examen Pharmaceutico del boticario Francisco Brihuega, publicadas en Madrid en 1761 y 1775-76, respectivamente, sirvieron para la formación teórica de los boticarios aprendices en el reinado de Carlos III en gran parte de España.
Ambas ediciones, y otra posterior de 1796 publicada también en Madrid, están escritas en forma de diálogo (preguntas y respuestas); han sido analizadas en trabajos anteriores 52.
Por otra parte, las obras publicadas en Madrid Palestra Pharmaceutica Chymico Galenica (varias ediciones) del boticario Félix Palacios y Bayá, y la Farmacopoeia Matritensis (ediciones de 1739 y 1762) eran las guías para los boticarios y médicos de España y del Imperio español 53.
Todas estas publicaciones y otras, así como el ambiente profesional en que practicó Vicente Cervantes Mendo, debieron influir significativamente en su formación inicial, resaltada por Casimiro Gómez Ortega en su informe de 21 de septiembre de 1786.
----Tras su formación inicial, Vicente Cervantes Mendo compareció a examen ante el Tribunal de Farmacia del Real Protomedicato.
A partir de 1781, se conocen los miembros (Protofarmacéutico y Alcaldes Examinadores) que formaron tal tribunal.
Concretamente, los miembros del tribunal de 1784, año en que pasó a examen a la Facultad de Farmacia con certificación de Casimiro Gómez Ortega de haber aprobado la Botánica, figuran en la Tabla 1, elaborada con la información obtenida de una publicación oficial de ese año 54 Ejercicios Públicos de Botánica celebrados en el Real Jardín Botánico de Madrid, lo cual es erróneo.
Sus palabras sobre tal oposición fueron 55: Quiso la mala estrella de Cervantes que a poco tiempo le atacase una dolencia pertinaz que le imposibilitó dedicarse a trabajo alguno, viéndose obligado a retirarse a Alcalá de Henares, en cuya población creía encontrar y halló en efecto algún alivio a sus padecimientos.
Pero aún estaba en bastante mal estado, cuando recibió un día carta de su maestro y amigo G. Ortega [Casimiro Gómez Ortega], en la cual le participaba que había ocurrido la vacante de la plaza de farmacéutico del Hospital de esta Corte, y que debiendo proveerse por oposición, era necesario que remitiese a la mayor brevedad posible la solicitud debida. [...].
Fue por consiguiente nombrado farmacéutico del Hospital General de Madrid.
Como se puede observar al leer este párrafo, no se precisa la vacante que se había producido y cuándo se cubrió por oposición.
Referente a la Botica, estaba ordenado en las Constituciones, Ordenanzas, para el Gobierno de los Reales Hospitales General, y de la Pasión de Madrid, mencionadas en el apartado anterior, que la Junta de Gobierno de los Reales Hospitales de Madrid nombraría un Boticario Mayor aprobado por el Real Protomedicato; un Mancebo Mayor, también aprobado por dicho tribunal; un Mancebo del Almacén, un segundo Mancebo de Botica, bien instruido en la Facultad; y otros Mancebos.
La oposición que menciona José García Ramos no se debe confundir con los ejercicios públicos realizados anualmente por los mancebos Practicantes de Botica de los Reales Hospitales de Madrid aspirando a los premios ofrecidos por su Real Junta de Gobierno.
En tales ejercicios se trataron temas de Química y Farmacia, pero no de Botánica 56.
En los primeros ejercicios, que se celebraron los días 14, 15 y 16 de abril de 1784, actuaron todos los mancebos Practicantes, estando entre ellos el ya mencionado Benito Pérez Valdés, quien actuó también en el año siguiente.
Los censores de los ejercicios de los años 1784 y 1785 fueron Leoncio Álvarez y Francisco Icedo, Boticarios Mayores de tales hospitales.
No se celebraron los ejercicios de 1786, por ser año de mucha enfermería, y continuaron en los años siguientes.
Hay constancia de la actuación de Antonio de la Cruz Martín en los ejercicios celebrados en 1787, que correspondían al año anterior; los censores de esta convocatoria fueron Casimiro Gómez Ortega (Catedrático primero de Botánica del Real Jardín Botánico y Boticario Mayor Honorario de S.M.) y Benito Pérez Valdés ----55 GARCÍA RAMOS (1864), pp. 8-9.
(Mancebo Mayor), por enfermedad de Francisco Icedo.
En los ejercicios celebrados en 1788, actuó también Antonio de la Cruz Martín, siendo ya boticario; los censores, además de Casimiro Gómez Ortega, fueron José Poblet (Director del Real Colegio de Boticarios) y los mencionados Francisco Icedo y Benito Pérez Valdés.
Así pues, hay constancia de la actuación de los amigos de Vicente Cervantes, pero no de éste.
En el informe de Casimiro Gómez Ortega de 21 de septiembre de 1786 consta que Vicente Cervantes era boticario en esta fecha, y que en concurso público en el Real Hospital General de Madrid había merecido la preferencia sobre todos sus competidores.
Así pues, la oposición a vacante fue anterior a la fecha de tan mencionado informe.
Por consiguiente, rectificando lo escrito por José García Ramos, la oposición es anterior a los Ejercicios Públicos de Botánica celebrados en el Real Jardín Botánico de Madrid en diciembre de 1786, de los cuales se trata en la sección siguiente, y no tras actuar en ellos.
Sin duda, Vicente Cervantes Mendo debió contar al opositar con el apoyo de Casimiro Gómez Ortega, quien estaba muy bien relacionado con los cercanos Reales Hospitales, General y de la Pasión.
Hay una razón significativa que apoya tal vinculación profesional.
Morales Cosme y Aceves Pastrana 57 han analizado las actividades de Vicente Cervantes en la Botica del Hospital General de San Andrés de México entre 1791 y 1808; concluyen que hizo rentable esta botica, y que ejerció la docencia aportando conocimientos de Farmacia, Botánica y Química para superar el modelo gremial de aprendizaje de los boticarios e iniciar el reconocimiento institucional de la profesión farmacéutica.
En mi opinión, las observaciones que hizo en 1789 sobre la necesidad de adoptar un formulario, instrucción y adecuado empleo de los oficiales, así como de la disposición de los tres almacenes en el interior de la botica de dicho hospital, no las hubiera podido formular sin un conocimiento directo de la institución hospitalaria madrileña tenido en años anteriores.
BOTÁNICO POR EL REAL JARDÍN BOTÁNICO DE MADRID
Un aspecto importante del Reglamento del Real Jardín Botánico de Madrid de 1783 es la institucionalización de la figura del botánico 58.
esta fecha, botánico sería quien realizase los cursos, o bien quien la institución reconociese como tal, nombrándolo comisionado.
El Real Tribunal del Protomedicato expediría el título de aprobación con la adición de Botánico a quienes, cumpliendo los requisitos para ser admitidos a examen en su Facultad correspondiente, presentasen certificación de haber asistido y aprovechado las clases; con tal adición tendrían preferencia, en igualdad de las demás circunstancias, en las vacantes de plazas propias de la profesión sanitaria en la Casa Real, Ejércitos y Hospitales Generales y de Guerra.
La docencia, ajustada a los conocimientos linneanos, estaba dirigida fundamentalmente a los boticarios, pero entre los matriculados había muchos médicos, cirujanos, militares y eruditos, ya que el título de botánico tenía mérito preferente en las comisiones reales o del Real Tribunal del Protomedicato.
La Gaceta de Madrid anunció en 1783 la bibliografía botánica recomendada59.
Hasta diciembre de 1786, los textos publicados fueron: Principios de Botánica... de Miguel Barnades (Madrid, 1767), Disertación acerca de los métodos botánicos escrita en francés por el célebre Mr. Duhamel de Monceau y traducida e ilustrada... de Casimiro Gómez Ortega (Madrid, 1772), Tabulae Botanicae... de Casimiro Gómez Ortega (Madrid, 1773), Explicación de la filosofía y fundamentos botánicos de Linneo... de Antonio Palau (Madrid, 1778), Tablas botánicas en que se explican sumariamente las clases, secciones y géneros de plantas que trae Tournefort... de Casimiro Gómez Ortega (Madrid, 1783), y Curso Elemental de Botánica, teórico y práctico, dispuesto para la enseñanza del Real Jardín Botánico de Madrid de Casimiro Gómez Ortega y Antonio Palau Verdera (Madrid 1785).
José García Ramos 60 menciona la distinción que Casimiro Gómez Ortega hizo a Vicente Cervantes al poco tiempo de ser examinado de boticario:
Desde aquel día, ya no fue Cervantes, para G. Ortega [Casimiro Gómez Ortega] el desconocido aspirante a boticario [...].
Deseoso de llamar hacia Cervantes la atención del público ilustrado y amante de las ciencias naturales, y dar al mismo tiempo una pública prueba de la justicia con que apreciaba su verdadero mérito, declinó G. Ortega sobre él la señalada honra de componer y pronunciar el discurso de apertura de las clases de Botánica en uno de los años siguientes.
Llenó en esta ocasión Cervantes su cometido tan satisfactoriamente, que el Excmo.
Sr. Duque de Osuna, comisionado por la Majestad del Rey Carlos III para presidir el acto en su Real nombre, informó a éste del triunfo obtenido por Cervantes, en tales términos ----que creyó justo el mismo tomar la determinación de mandar que el discurso se imprimiese y publicase a sus expensas.
Y no pareciéndole esta medida suficiente recompensa para nuestro compañero, ni suficiente estímulo para sus ulteriores progresos en la ciencia, le hizo la señalada merced de regalarle un ejemplar de su propio discurso, lujosamente encuadernado, en el cual había puesto de su Real puño una dedicatoria al autor.
Los días 6 y 9 de diciembre de 1786 se celebraron los Ejercicios Públicos de Botánica dirigidos por Casimiro Gómez Ortega.
No se celebraron el 6 de julio de ese año, como figura en publicaciones de José Luis Maldonado Polo (tal vez por error involuntario) que tratan de José Longinos Martínez Garrido 61.
La Figura 1 muestra la portada del impreso de tales ejercicios 62, portada que ha sido publicada en trabajos previos 63, en la que figuran los alumnos elegidos para actuar; las demás páginas detallan sus profesiones, los asuntos señalados a cada uno de ellos y los alumnos elegidos para dificultar.
El primer párrafo del mencionado impreso explicita la intención de tales ejercicios (prueba pública del adelantamiento de los cursantes de Botánica), el criterio de selección de los alumnos cursantes de Botánica para actuar y dificultar (asistencia con regularidad a las clases y haberse distinguido en ellas por su aprovechamiento), y el texto seguido en las clases (Curso elemental de Botánica, de Casimiro Gómez Ortega y Antonio Palau Verdera, publicado en 1785).
Las profesiones de los tres primeros actuantes constan en las páginas interiores del impreso: José Longinos era cirujano, y Gregorio Bacas y Vicente Cervantes eran boticarios.
La profesión de Andrés Cuellar no consta, pero en el impreso de los ejercicios públicos de Botánica celebrados en 1788 consta que era presbítero, y aprobado en Botánica y Farmacia 64.
Los alumnos elegidos para dificultar a los cuatro actuantes son los que figuran en la Tabla 2, elaborada con los datos del impreso y la información del acto proporcionada por la Gaceta de Madrid 65.
---- De acuerdo con el impreso de los ejercicios de 1786, a Vicente Cervantes Mendo se le señalaba para tratar en su actuación de los asuntos que figuran en el párrafo que sigue: D. Vicente Cervantes explicará en particular los caracteres de la Clase séptima y siguientes hasta la duodécima inclusive, y los de sus respectivos Órdenes: determinará y describirá la especie o especies de ellas que se le indiquen: expondrá las leyes de la vegetación, o sea la germinación de la semilla, el crecimiento de la planta, su fecundación, los varios estados por donde pasa hasta la maduración del fruto, y los diversos medios naturales o artificiales de multiplicar y propagar los vegetales.
Defenderá asimismo con qué contribuyen hasta cierto grado muy apreciable las luces de la Botánica combinada con las de la Física y de la Chímica (sic) a la indagación de las propiedades de las plantas; es, a saber, así de las generales como de las económicas y medicinales.
Glosará los aforismos en que trata de Linneo de los nombres, de las diferencias, de las variedades y de las virtudes.
Por último, responderá a las dudas y objeciones que se han publicado en varios tiempos contra el sistema del docto Naturalista Carlos Linneo, que se han adoptado en esta Escuela y Jardín, y en general contra el modo de estudiar sistemáticamente la Botánica.
A los pocos días de celebrados estos ejercicios, las publicaciones periódicas de Madrid Mercurio Histórico y Político 66 y Memorial Literario y Curioso de la Corte de Madrid 67 dieron también informaciones sobre los mismos.
La segunda de ellas recoge que los ejercicios no se celebraron en el mes de julio, ----es decir, al finalizar el curso de primavera-verano, pues fueron aplazados hasta el regreso de la Corte a Madrid.
Se celebraron solemnemente, asistiendo ambos días el Excmo.
Sr. Protector del Real Jardín Botánico, conde de Floridablanca, y numerosas personalidades nacionales y extranjeras.
También recoge el discurso pronunciado por Vicente Cervantes Mendo el primer día, antes de iniciarse las actuaciones de los cuatro alumnos seleccionados, en el que mencionó el momento de la Botánica en España, América Española y Filipinas, dejó entrever la Real Expedición Científica a la ueva España (1787-1803), y mencionó también la próxima inauguración del Real Laboratorio de Química como complemento del Real Jardín Botánico de Madrid y destacó los Reales Hospitales de Madrid:
A vista de tantos, y tan eficaces auxilios dispensados por el Rey nuestro Señor a la Botánica, de tan loables, y distinguidos ejemplos suministrados por nuestros Españoles; de la benignidad con que V.E. se digna repetirnos el honor de presenciar como Protector de esta escuela, los ejercicios anuales de sus discípulos, y de los premios y honrosas distinciones que les ha conseguido de la Soberana piedad: ¿quién habrá ya que dude de que el Jardín Botánico de Madrid colocado como felizmente se halla dentro del recinto de la población, a corta distancia de su centro, en la vecindad de un Palacio Real, y del más frecuentado y magnífico paseo, y en la inmediación de los Reales Hospitales Generales, donde por el celo, y acertadas disposiciones de su Real Junta se educa tan numerosa, y floreciente juventud, competirá dentro de poco, sino se aventaja en hermosura, número, y variedad de plantas, y copia de frutos de la enseñanza, con los más famosos de Europa?
Pero V.E. va de una vez a añadir a su obra el complemento: la Academia de las Ciencias con su laboratorio Químico, y observatorio astronómico, que inmortalizará el Reinado de Carlos el Sabio [Carlos III] trasladando a la posteridad [...], y estimada de sus hermanas las demás naciones del Universo.
Es de señalar que pocos meses antes de su disertación se informaba de la publicación de la Oración apologética por la España y su mérito literario...68, conocida y estudiada obra cuyo autor es el hombre de letras extremeño Juan Pablo Forner.
Sin embargo, fue Vicente Cervantes Mendo quien precisa claramente el momento científico-político español y sus perspectivas de futuro en base al Real Jardín Botánico de Madrid y a su entorno científico de 1786.
A Vicente Cervantes Mendo, primero de los actuantes, le preguntaron y mandaron describir las plantas que eligieron Antonio Pineda, Jaime Miralles, José Albarrán, José Regato y Pedro del Carmen 69.
Estos cursantes dificultaron ----también a José Longinos Martínez Garrido 70, quien fue el segundo de los actuantes.
Es relevante que el primero de estos alumnos es Antonio de Pineda Ramírez, quien, además de ser militar de profesión (marino), fue el naturalista en la Expedición Malaspina (1789-1794); estuvo encargado de la Historia Natural hasta su muerte en Filipinas en 1792 71.
Así pues, precisando lo escrito por José García Ramos, Vicente Cervantes Mendo actuó como primer alumno distinguido en los segundos ejercicios públicos de Botánica que se celebraron con gran solemnidad los días 6 y 9 de diciembre de 1786 en el Real Jardín Botánico de Madrid.
Ambos días asistió el Excmo.
Sr. Protector del Real Jardín Botánico, José Moñino y Rodríguez, conde de Floridablanca, presidiendo el acto en nombre de Carlos III, y no el Excmo.
Casimiro Gómez Ortega y todos los discípulos que intervinieron como actuantes y dificultadores cumplimentaron el día 10 de diciembre de 1786 al conde de Floridablanca.
Se puede observar en la Figura 2 que los cuatro actuantes solicitaron conjuntamente el título de aprobación en Botánica tras la celebración de los ejercicios 72.
Es relevante que Vicente Cervantes Mendo y José Longinos Martínez Garrido pasaron, junto con sus esposas, al año siguiente a Nueva España 73.
Es también relevante que Vicente Cervantes Mendo y Antonio de Pineda Ramírez, condiscípulos del Real Jardín Botánico de Madrid, coincidieron en el Real Jardín Botánico de México transcurridos cinco años; Vicente Cervantes Mendo le entregó un manuscrito que había redactado referente a la flora medicinal, calificado de «discurso elocuente» por Antonio de Pineda Ramírez 74 y éste escribió al maestro común Casimiro Gómez Ortega el 19 de diciembre de 1791 desde la corbeta Descubierta, surta en el puerto de Acapulco y dispuesta para zarpar hacia las Islas Marianas, congratulándose de condiscípulo tan aventajado tanto por sus conocimientos como por su trato y conducta 75.
----Dos años después, Benito Pérez Valdés fue uno de los actuantes y Antonio Cruz Martín asistió para argüir76.
Así pues, ambos boticarios fueron también alumnos distinguidos del Real Jardín Botánico de Madrid.
No asistió el compañero y amigo Vicente Cervantes Mendo, porque ya se encontraba en México dedicado a la expedición botánica novohispana. ----
De todo lo expuesto anteriormente, se deducen las cuatro conclusiones siguientes sobre la formación científica y ejercicio profesional en España del insigne científico hispanomexicano Vicente Cervantes Mendo:
Se formó profesionalmente como boticario y botánico en el Madrid de los años finales del reinado de Carlos III, llegando a tener vinculación profesional con el Real Hospital General de Madrid.
Pasó a examen a la Facultad de Farmacia del Real Tribunal del Protomedicato con certificación de Casimiro Gómez Ortega, catedrático primero del Real Jardín Botánico de Madrid, de haber aprobado la Botánica en 1784, consiguiendo la aprobación de boticario.
En el tribunal examinador de este año figuran Juan Díaz como Protofarmacéutico y Casimiro Gómez Ortega como Alcalde Examinador perpetuo.
Se puede concretar que tuvo vinculación profesional con el Real Hospital General de Madrid con anterioridad al 21 de septiembre de 1786, antes de obtener el título de botánico.
Sin duda, en esta institución hospitalaria consiguió una formación farmacéutica clínica relevante, y conoció la actividad médico-quirúrgica propia del hospital.
Como alumno distinguido del Real Jardín Botánico de Madrid, pronunció un discurso y actuó en primer lugar en los Ejercicios Públicos de Botánica realizados solemnemente los días 6 y 9 de diciembre de 1786, obteniendo el título de botánico.
En el discurso pronunciado repasó el momento político-científico español.
En su actuación explicó lo que se le señaló en el impreso de tales ejercicios, en particular la defensa de la combinatoria científica Botánica-Física-Química a la indagación de las propiedades de las plantas (generales, económicas y medicinales). |
presenta ciertas singularidades respecto al proceso equivalente en medicina y farmacia.
La pugna y hegemonía del Real Tribunal durante casi sesenta años desde la creación de la Escuela de Veterinaria (1792), ha sido estudiada por la historiografía tradicional con una visión centrada fundamentalmente en aspectos veterinarios.
En el presente artículo se investigan en detalle los procesos conducentes a la absorción y se pone de manifiesto la relevancia de las motivaciones políticas y su predominio sobre las de carácter técnico, sanitario o profesional.
Por ello, se analiza el juego de instituciones y de agentes externos a la veterinaria implicados, en especial destacamos el papel desempeñado por el XV Marqués de Cerralbo.
La renovación y sustitución de la secular albeitería española por la veterinaria es, en su inicio, producto de la Ilustración.
Entre los factores desencadenantes del proceso se han considerado la creación de Escuelas de Veterinaria en Europa, los avances producidos en ciencias, y la necesidad de un profesional más eficaz y mejor formado para la asistencia de los équidos del ejército y el aumento de la riqueza pecuaria2.
En el resto de las monarquías europeas, la veterinaria emerge sin otra competencia que la de caballerizos y herradores3.
Sin embargo, en España se encuentra con la albeitería, un modo consolidado de ejercer y entender la práctica clínica veterinaria y unas instituciones que lo respaldan y articulan.
Esto, en lugar de ser una ventaja, produjo graves inconvenientes al entrar en conflicto la recién creada Escuela de Veterinaria con las veteranas instituciones de la albeitería: el Real Tribunal del Protoalbeitarato y la Real Caballeriza, de la que surgen los Alcaldes Examinadores de aquél.
En medicina, cirugía y farmacia, los nuevos centros docentes, producto de las reformas de finales del siglo XVIII, lograron la absorción de los cometi-----dos profesionales previos y de las instituciones que los regulaban (Tribunal del Protomedicato).
El proceso, a diferencia de veterinaria, se realizó en un periodo anterior (1822) y de modo más rápido, aunque no estuvo exento de complicaciones, con ceses y restablecimientos del citado Tribunal 4.
La supresión de la albeitería a favor de la veterinaria se verá condicionada por una serie de factores que se analizan en el artículo.
La nueva profesión, con mayores posibilidades de desarrollo, entró en competencia con la albeitería, estancada en planteamientos y práctica 6, aunque tenía a su favor la economía de tiempo, de recursos y su amplia implantación en toda la nación.
Esta pugna tenía como fondo la oposición entre dos criterios e ideologías presentes en muchos conflictos de la Ilustración española.
Lo que se dirime, mas allá de la formación de los nuevos profesionales encargados de la sanidad animal, es una lucha entre instituciones, entre el criterio conservador propio del Antiguo Régimen, partidario del modelo profesional gremial con formación por pasantía y evaluación delegada en tribunales más o menos dependientes, y el modelo liberal, sostenido por ilustrados y renovadores, que abogan por un ejercicio libre con formación organizada y regulada, de indudable mayor coste económico y social, y llevada a cabo en centros docentes con mayor control y capacidad evaluadora.
----4 Véase: IBORRA, P. (1987), Historia del Protomedicato en España (1477-1822), edición, introducción e índices RIERA J. y GRANDA-JUESAS J., Valladolid, Universidad de Valladolid; LÓPEZ TERRADA, M.aL. y MARTÍNEZ VIDAL, A. (eds.) (1996), El Tribunal del Protomedicato en la Monarquía Hispánica, Dynamis, 16; CAMPOS DÍEZ, M.aS.
(1999), El Real Tribunal del Protomedicato castellano (siglos XIV-XIX), Cuenca, Universidad de Castilla La Mancha.
5 El Real Tribunal del Protoalbeitarato gozaba de plena organización desde el siglo XV, como institución encargada de otorgar, previo examen, el título de Maestro Herrador y Albéitar que permite el ejercicio público de la profesión en toda España.
Los últimos exámenes de gracia y dispensas alcanzaron, según Sanz Egaña, hasta el año 1855; véase: SANZ EGAÑA, C. (1941), Historia de la Veterinaria Española, Madrid, Espasa-Calpe, pp. 86-90.
Para contrastar las diferentes razones de la absorción en medicina, farmacia y veterinaria, véase: BENITO HERNANDEZ (2003), pp. 53-57.
6 Como señala Dualde, el Real Tribunal a su vez arrastraba un cierto desgaste por los contenciosos con los tribunales gremiales, su evidente desfase en la formación y posteriormente la propia descomposición, con frecuentes irregularidades en sus representantes periféricos o centrales; véase: DUALDE PÉREZ, V. (1997), Historia de la Albeytería Valenciana, Valencia, Ayuntamiento de Valencia, pp.148,193,195.
Desde la historiografía veterinaria, la larga pugna con la albeitería y la excesiva permanencia del Tribunal han sido valoradas de una manera muy negativa por algunos autores, haciéndolas responsables del retraso de la naciente Ciencia Veterinaria 7.
Otros autores sólo han considerado el retraso en el aspecto de la formación y han justificado la permanencia del Real Tribunal al permitir éste paliar el reducido número de veterinarios que salían de la Escuela, insuficiente para atender las necesidades del país, y favorecer por otro lado la posterior penetración de los veterinarios gracias a la difusión de la albeitería 8.
Con independencia de la valoración que otorguen, es común en todos ellos el análisis centrado en aspectos veterinarios, con protagonistas, motivaciones y consecuencias veterinarias, en definitiva, un proceso visto desde la veterinaria y para la veterinaria.
Asimismo, coinciden en destacar entre las causas de la absorción las de tipo socio-económico y profesional, concediendo un excesivo peso a los protagonistas veterinarios.
Por lo anterior, un proceso de la relevancia histórica en el inicio de la veterinaria española como es la fusión del Real Tribunal del Protoalbeitarato y de la Escuela de Veterinaria de Madrid, requiere un análisis más amplio, que incluya otras instituciones implicadas y que profundice en los procesos colaterales concatenados en la absorción, hasta ahora no estudiados.
Abordamos por ello el juego de instituciones y personas en el complicado proceso que permitió que la veterinaria avanzara y destacamos el papel desarrollado por un notable liberal, el XV Marqués de Cerralbo.
VINCULACIÓN ENTRE REAL CABALLERIZA, REAL TRIBUNAL DEL PROTOAL-BEITARATO Y REAL ESCUELA DE VETERINARIA Los análisis efectuados por los historiadores de la veterinaria se han centrado en los dos contendientes, Tribunal y Escuela, omitiendo a un tercer actor, la Real Caballeriza, cuya importancia abordamos en este artículo.
Procede por ello, analizar primero la peculiar relación entre las instituciones implicadas.
----7 Este análisis más peyorativo es característico de los primeros autores veterinarios, como Casas de Mendoza, Llorente Lázaro y Morcillo y Olalla.
63; VITAL RUIBÉRRIZ DE TORRES, P. (1984), Historia de la Ciencia Veterinaria Española: del Antiguo Régimen al Liberalismo 1792-1847, tesis doctoral dirigida por PESET REIG, J.L., Madrid, UCM, p.
El nombramiento como Herrador y Albéitar de Número de la Real Caballeriza suponía alcanzar la máxima cualificación dentro de la profesión, llevaba anexo sin excepción, el título de Alcalde Examinador del Real Tribunal del Protoalbeitarato 9.
La vinculación, de antigüedad secular, entre Real Caballeriza y Real Tribunal del Protoalbeitarato es absoluta 10.
Un Ayuda de Herrador de la Real Caballeriza, el Maestro albéitar Bernardo Rodríguez, pensionado en 1776 en la Escuela de Veterinaria de Alfort (Francia), será el primer veterinario español e inicialmente el escogido para impulsar la veterinaria y renovar la albeitería.
Sin embargo, son los también pensionados para su formación veterinaria en Alfort (1784), Segismundo Malats i Codina e Hipólito Estévez y Vallejo, Mariscales Mayores de Regimientos de Dragones, los que finalmente desempeñarán este cometido.
De ambos, como describimos a continuación, el primero destaca por liderazgo e importancia en el proceso de la absorción.
En mayo de 1790 se produce el nombramiento de Malats como Herrador y Albéitar supernumerario de la Real Caballeriza 11, dos años después, en marzo de 1792, se le nombra por Real Orden Director Primero de la futura Escuela de Veterinaria, cuya apertura tiene lugar en octubre de 1793.
Ese mismo año ----9 Los albéitares de la Real Caballeriza estaban dedicados al herrado y la asistencia clínica de la numerosa caballeriza de la Real Casa.
Una vez producido el nombramiento como Mariscal de Número de la Real Caballeriza y la posterior toma de juramento en manos del Caballerizo Mayor, la Real Cámara de Castilla expedía el título de Alcalde Examinador, previo Real Decreto dirigido a ella por Mayordomía Mayor con el nombramiento realizado por el Rey, realizándose el juramento de la plaza en la Sala de Alcaldes de Casa y Corte del Consejo de Castilla.
Así lo constatamos después de haber estudiado numerosos nombramientos en la Real Caballeriza (Archivo General de Palacio, en adelante AGP) y tomas de juramento como Alcalde Examinador (Archivo Histórico Nacional, en adelante AHN) es nombrado Alcalde Examinador del Protoalbeitarato 12.
En la persona de Segismundo Malats confluyen las tres instituciones y se produce así una peculiar situación que podría haberse decantado en una firme apuesta por la veterinaria al haberle sido confiado el cargo de Director de la Escuela 13.
Su actitud se llega a calificar desde la óptica veterinaria como «traición al legislador» 14.
Sin embargo ¿era realmente la motivación del legislador del momento la sustitución de la albeitería por la veterinaria?
Un análisis que siga un discurso explicativo de tintes menos internalistas evidencia que la única escuela, ubicada en Madrid, no podía abastecer al país de suficientes profesionales.
Por otro lado, en un periodo histórico de sucesivas crisis resultaba mucho más económica la formación por pasantía y el examen por tribunales independientes 15.
La lucha de intereses marcará el futuro de la naciente Escuela de Veterinaria y, por ende, de la nueva profesión.
Entre los numerosos intentos de absorción producidos dedicaremos una especial atención a dos de ellos.
El primero, coincidente con la apertura de la Escuela, por su importancia y las secuelas que deja, y el último, en 1835, que será objeto de análisis detallado en nuestro artículo.
----12 Un día después del fallecimiento del Herrador y Albéitar de Número de la Real Caballeriza Francisco Morago, producido el 7 de agosto de 1793, se nombra por Orden del Caballerizo Mayor a Segismundo Malats para ocupar dicha plaza, prestando juramento a 10 de agosto.
Este documento tiene el valor adicional de ser el primer juramento en el que la denominación oficial de la plaza varía de Herrador y Albéitar de Número de la Real Caballeriza a Mariscal de Número de la Real Caballeriza; véase: SALVADOR, PÉREZ Y SÁNCHEZ DE LOLLA- NO (2006a).
El título firmado por el Rey a 9 de septiembre de 1793 es presentado por Segismundo Malats ante la Sala primera de Alcaldes de Casa y Corte del Consejo de Castilla junto con la solicitud de toma de juramento, que tuvo lugar ante los diez componentes de la Sala el 16 de septiembre; AHN, Consejo de Castilla, Sala de Alcaldes de Casa y Corte, libro de gobierno 1384, folios 482-487.
Resume el discurso de los historiadores veterinarios anteriores (Casas, Llorente y Morcillo y Olalla), emitiendo una rotunda valoración negativa de la actuación de Malats por su defensa del Tribunal del Protoalbeitarato, cimentada según estos autores en las prebendas y ventajas económicas que le reportaba.
Respecto del primero, aportamos nuevos datos y corroboramos con ellos el criterio mantenido por Vital Ruibérriz de Torres 16, quien considera que los intentos de absorber el Tribunal son simultáneos a la creación de la Escuela, mostrándose contrario a la primera de las fases del proceso establecidas por Sanz Egaña 17.
La documentación consultada resulta esclarecedora.
Segismundo Malats, doce días después de abrir sus puertas la Escuela de Veterinaria de Madrid, de la que es Director Primero y profesor, y cuarenta y cinco días después de ser nombrado Alcalde Examinador del Real Tribunal del Protoalbeitarato, aboga por la desaparición del Tribunal ideando una fórmula no traumática de absorción por la Escuela.
El 30 de octubre de 1793 realiza junto a Hipólito Estévez, Director Segundo de la Escuela y profesor, una solicitud ante Mayordomía Mayor en la que exponen la conveniencia de que a partir de ese momento, los dos Directores de la Escuela de Veterinaria junto con los tres Alcaldes Examinadores del Tribunal del Protoalbeitarato, sean los encargados de realizar conjuntamente los exámenes, tanto a los alumnos de la Escuela como a los aspirantes al título de Maestro herrador y albéitar.
Proponen asimismo ir reduciendo de forma paulatina el número de examinadores a medida que se produzca el fallecimiento de los miembros del Tribunal, cuyo nombramiento es vitalicio, hasta quedar formada la Junta Examinadora únicamente por los dos Directores de la Escuela y por un Alcalde Examinador.
De esta forma, la Escuela pasaría a tener el control del Tribunal.
Por último, proponen que se aplique la jurisdicción del Tribunal del Protoalbeitarato conforme a la Planta en vigor del Tribunal del Protomedicato, y que «a beneficio de la humanidad y de la escuela» no sean nombrados nuevos Protoalbéitares en Aragón, Cataluña y Valencia 18.
17 En los intentos de absorción del Tribunal por parte de la Escuela de Veterinaria, Sanz Egaña aprecia «tres fases perfectamente definidas»: 1.a, reorganización del Protoalbeitarato en 1794; 2.a, intentos de fusión entre ambas instituciones en 1818, 1822 y definitivamente en 1835; 3.a, supresión definitiva del Protoalbeitarato por Real Decreto de 19 de agosto de 1847, con prórroga hasta 1850; véase: SANZ EGAÑA (1941), p.
Los Directores de la Escuela de Veterinaria solicitan la Real aprobacion de la Junta que proponen para el examen de los Profesores de esta ciencia, San Lorenzo a 4-11-1793.
La solicitud, apoyada por el Protector de la Escuela y Consejero de la Cámara de Castilla Domingo Codina, fue aprobada a 29-12-1793, solicitando informe al Consejo de la Cámara de Castilla y al Ministerio de Gracia y Justicia.
Nuevamente, a 29-08-1794 los Directores de la Escuela repiten la solicitud en los mismos términos, sin obtener tampoco respuesta alguna.
Segismundo Malats cambiará su criterio, pasando a ser defensor a ultranza no sólo del mantenimiento del Real Tribunal, sino de su preponderancia sobre la Escuela.
Queda establecida así por mucho tiempo una situación difícil de resolver, coexisten dos profesiones, una maestría y una profesión liberal, con muy distinta formación pero con un mismo destino, la asistencia clínica y el herrado del caballo.
Desde ese primer intento se suceden otros de importancia e intensidad variables.
En 1795 se determina por Real Decreto que el Tribunal del Protoalbeitarato esté formado por cinco Alcaldes Examinadores, los tres Mariscales de Número de la Real Caballeriza y los dos Directores de la Escuela de Veterinaria.
Estos mismos términos están incluidos en el Artículo 5.o de la Ordenanza de la Escuela aprobada en el año 1800.
No afecta a Malats por ser ya Mariscal de Número de la Real Caballeriza, pero sí a Hipólito Estévez, que sin embargo no juró su nombramiento como Alcalde Examinador hasta 29 julio de 180219, desempeñándolo hasta su fallecimiento en abril de 1812.
De esta manera se vinculan ambas instituciones, pero el control del Protoalbeitarato lo sigue ostentando la Real Caballeriza20.
Tras la Constitución de 1812 se produjo la supresión de gremios y tribunales y esto afectó también al Protoalbeitarato.
Acogiéndose al Decreto de 8 de junio de 1813 la Escuela no sólo no se vio favorecida sino que el intrusismo tuvo las puertas abiertas.
Por otro lado, el Real Tribunal sería repuesto al poco tiempo por Fernando VII 21.
En 1818 se produjo otro intento, en el que se mostró el gran interés del Protector y del profesorado, salvo Malats, quien ----logró finalmente entorpecer el proceso 22.
Conscientes de la incapacidad de la única escuela para abastecer de profesionales veterinarios, lo que pretendían era absorber el Tribunal para elevar la formación del albéitar.
Hay que destacar que la Junta de profesores argumenta el ejemplo del Protomedicato, Protocirujanato y Protofarmaceuticato.
Para dar mayor rigor a los exámenes proponen, como en medicina y farmacia, que sean los profesores de la Escuela los que realicen los exámenes y que sean, como en aquellas, dos ejercicios, uno teórico y otro práctico y no sólo el teórico 23.
Durante el Trienio Liberal se produjo la absorción momentánea del Protoalbeitarato por la Escuela, al pasar a depender esta última de la Dirección de Estudios 24.
Contra esta medida, Segismundo Malats eleva una instancia al Rey el 22 de mayo de 1822 y en ella muestra su desacuerdo con el contenido de la Real Orden, califica la reunión de las dos instituciones como «carente de todo fundamento», y defiende enérgicamente sus privilegios como Alcalde Examinador, siendo apoyado en su informe por el Caballerizo Mayor, Marqués de Bélgida 25.
No lograron variar la resolución tomada, lo que lleva a Malats a solicitar la jubilación como Director Primero de la Escuela alegando motivos de salud 26.
La restauración del absolutismo por Fernando VII permite a Malats volver a hacerse con el control de la Escuela de Veterinaria y ejercer como Alcalde Examinador del Tribunal del Protoalbeitarato.
Y lo que es más importante para el futuro del Tribunal, el Caballerizo Mayor durante el periodo liberal, el Conde de Altamira, es destituido el 1 de octubre de 1823 y confirmado en la plaza en esa misma fecha el Marqués de Bélgida 27.
Éste se erigirá en defensor del Real Tribunal del Protoalbeitarato como institución del Antiguo Régimen.
Referente a este intento, Sanz Egaña afirma «nada extraño que la idea de la fusión surgiera espontáneamente y circulase con insistencia entre los profesionales, mucho mas después de haber sido reformados los tribunales del Protomedicato y del Protoboticariato, refundidos en las respectivas Escuelas de medicina y de farmacia».
Como caso ilustrativo de dicha defensa, citamos los intentos de preeminencia de la Escuela de Veterinaria sobre el Real Tribunal planteados por los Protectores Pedro de Sotomayor en 1824 28 y el Duque de Alagón en 1827 29.
Ambos se verán frenados por la frontal oposición del Caballerizo Mayor, que apoya los antiguos derechos de los Mariscales de Número de la Real Caballeriza y Alcaldes Examinadores del Tribunal del Protoalbeitarato en sus informes ante Mayordomía Mayor, que es finalmente quien toma las decisiones.
MOTIVOS DE LA SUBSISTENCIA DEL REAL TRIBUNAL DEL PROTOALBEITARATO La albeitería, destinada a desaparecer con el nacimiento de la veterinaria, perduró durante casi sesenta años más.
En la dualidad albeitería-veterinaria se ha concedido una importancia capital al papel desempeñado por ciertos profesores (Risueño y Bobadilla 30 ), la totalidad de la junta docente 31 o el Protector de la Escuela (Félix Colón 32, Pedro de Sotomayor 33 y especialmente al Duque de Alagón, quien demostrará una gran perseverancia en la defensa de los derechos de la Escuela y de sus Catedráticos 34 ).
Sin embargo, ninguno de ellos verá cumplido su objetivo hasta que no se produzcan cambios en los mediadores políticos.
Por otro lado, este análisis tradicional destaca entre los motivos que dificultan el fin de la albeitería, su trayectoria secular, la capacidad de influencia de los Mariscales de Número de la Real Caballeriza en la defensa de sus inte----tras ser nombrado por Regencia del Reino.
28 PÉREZ GARCÍA, J.M. (2001), D. Pedro Sotomayor, protector de la antigua escuela de Veterinaria de Madrid, sus gestiones para reunir a dicho Centro Docente el Tribunal del protoalbeitarato, Conferencia pronunciada en la Real Academia de Ciencias Veterinarias en la sesión de 8 de noviembre de 2000, Anales de la Real Academia de Ciencias Veterinarias, 9, pp. 39-51.
29 El Duque de Alagón es nombrado Protector de la Escuela de Veterinaria en marzo de 1825, en 1827 promueve un intento de absorción; véase: SANZ EGAÑA (1941) reses económicos o el escaso interés de ciertos Protectores de la Escuela 35.
Concede por ello gran importancia a la motivación social y fundamentalmente a la económica.
Sin embargo, en el desarrollo del análisis todo aparece mezclado, englobando el prestigio secular, la aceptación social y las razones económicas con el factor personal, a través de las intrigas e intereses de Segismundo Malats y el resto de Mariscales de Número 36.
Probablemente, las razones económicas, dentro de las apuntadas, sean de las de mayor peso y explican en buena medida la defensa del Protoalbeitarato por sus titulares y por qué la veterinaria tuvo que convivir después con el Tribunal 37.
Hay aquí un hecho diferencial con el Protomedicato: en éste los derechos de examen revierten al arca del Tribunal, teniendo asignado cada Protomédico un sueldo fijo 38.
En el Protoalbeitarato los titulares del Tribunal perciben la mayor parte de los ingresos.
Este lucro personal de los Protoalbéitares se contrapone, como veremos, con la penuria económica de la Escuela.
Respecto a este último factor, aportamos datos complementarios.
El Reglamento de la Escuela de Veterinaria aprobado por Real Orden a 12 de febrero de 1793, establecía que su financiación se realizará con la consignación del uno por ciento de «Propios y Arbitrios del Reino» 39.
Según este autor, hubo otros factores a considerar, como la difícil situación de la ganadería en el momento, el escaso nivel científico de los albéitares y la visión negativa de la ganadería por los agraristas y los círculos médicos ilustrados.
Especialmente se destaca la falta de interés político en la reforma sanitaria de la política borbónica referente a la sanidad animal.
Ello se tradujo en un apoyo inicial a la veterinaria pero después quedó en apoyo aparente.
La escasa inversión con una única Escuela en todo el país, a su vez poco dotada, como refleja el autor citado, sobre todo si se compara con los esfuerzos de inversión y reforma administrativa que conllevaron los Reales Colegios de Cirugía, coadyuvaron sin duda a una absorción por supervivencia.
Así lo prueba que reunidos Tribunal y Escuela en 1835, aquél no se extingue oficialmente hasta 1847.
Es entonces, en un contexto diferente, cuando se apuesta con mayor firmeza desde la administración y se crean dos escuelas adicionales (Córdoba y Zaragoza) permitiendo el relevo y final de la albeitería.
La Planta del Real Tribunal del Protomedicato establecida en 1780 asigna a Protomédicos, Protocirujano y Protofarmacéutico un sueldo de 8.000 reales anuales.
El Reglamento provisional de la Escuela de Veterinaria fue elaborado a 7-01-1793 por el Príncipe de Monforte y por el miembro del Consejo de Castilla Domingo Codina, Protectores de la Escuela.
Fue aprobado por Real Orden comunicada por el Conde del Campo de Alange al Príncipe de Monforte a 12-02-1793.
El cobro de las cantidades asignadas las realizan los cinco Gremios Mayores de Madrid, manteniendo el importe en ro, tras el fallecimiento de Fernando VII los cambios políticos y administrativos acaecidos hacen que se supriman la mayor parte de los arbitrios que daban lugar a una suficiente renta 40.
Por su parte, el Tribunal del Protoalbeitarato obtiene sus elevados ingresos a través del importe de los derechos de examen abonados por los aspirantes al título de Maestro herrador y albéitar.
La penuria económica de la Escuela y la importante percepción de derechos de examen por parte del Tribunal conducen a la ansiada absorción como vía de financiación para la Escuela.
Respecto al interés de los propios examinadores, presentamos datos de uno de sus representantes emblemáticos, el Director Primero Segismundo Malats.
El importe de los derechos de examen en 1814 asciende a 700 reales, cuyo desglose, hasta ahora inédito, describe el propio Malats en su Manifiesto 41: para los Alcaldes Examinadores, 496 reales, «si son o no excesivos, no lo diré; sí solo que así lo he visto siempre»; para la Real Hacienda por el derecho de media anata, 93 reales; por el sello estampado en el título, 32 reales; por los derechos de asesor, 40 reales; repartiéndose escribiente y portero los 39 reales restantes.
Este importe, admitiendo los 400 aspirantes anuales señalados por Nicolás Casas y corroborados por Sanz Egaña 42, supone unos ingresos para los Alcaldes Examinadores de 200.000 reales anuales, generados con un mínimo esfuerzo por no ser necesario desarrollar ninguna labor docente.
Esta elevada cantidad económica es la razón por la que los Mariscales de la Real Caballeriza quieren mantener vigente a toda costa el Tribunal del Protoalbeitarato, del que son Alcaldes Examinadores, pero la presión que pueden ejercer ante el Rey para imponer su continuidad nos parece insuficiente.
Por otro lado, las decisiones políticas no siempre se justifican en la defensa de intereses de una escasa minoría.
La historiografía veterinaria ha soslayado las causas de orden político en la pervivencia del Tribunal 43.
Pretendemos contraponer estas razones, en concreto ---depósito, con la obligación de entregar al Contador de la Escuela las cantidades expresadas en los libramientos, firmados por el Director Primero y visados por los Protectores de la Escuela.
«Principiaron á faltar los recursos mas indispensables, con tanto mas motivo cuanto las atenciones de la guerra civil todo lo absorbían».
41 MALATS, S. ( 1814), Manifiesto que en contestacion al aviso importante a los albeitares, impreso en esta corte en 24 de Octubre de 1813 por don Antonio Bobadilla, ofrece al publico DO SEGISMU DO MALATS, Madrid, Imprenta de Repullés, pp. 97-98.
Publicación no incluida en la bibliografía veterinaria de Sanz Egaña ni en la obra de Palau Claveras.
43 Sanz Egaña responsabiliza a los primeros historiadores veterinarios de no entrar en el fondo del asunto, de no proporcionar ninguna clave sobre este tema, especialmente a Casas y la defensa de las antiguas instituciones, como uno de los principales sustentos del Real Tribunal del Protoalbeitarato 44.
Concedemos así un mayor peso a estas motivaciones, asociadas evidentemente a razones económicas y de interés social, que prevalecieron sobre las de tipo técnico o de interés sanitario.
Queremos dirigir la atención en especial al papel de árbitro que juega el representante de la institución conservadora, el Caballerizo Mayor.
CONVOCATORIA DE OPOSICIÓN PARA CUBRIR LA PLAZA DE TERCER ALCALDE EXAMINADOR DEL REAL TRIBUNAL DEL PROTOALBEITARATO
Entre los antecedentes del intento de absorción definitivo de 1835, hay hechos previos que condicionan su desenlace y no han recibido la atención que requieren por parte de los historiadores.
El complejo proceso de la provisión de una vacante producida en el Tribunal en 1832 agudiza la pugna entre las instituciones antagónicas y se introduce en el contencioso de la absorción como un eslabón más.
El intento de ocupación a título personal de puestos en el Tribunal por parte de los Catedráticos, al margen de los intentos de fusión desde la Escuela, se plantea como vía paralela a la fusión.
Esta convocatoria y su desarrollo permiten sacar a la luz los intereses de cada institución y el papel de sus representantes.
Desde 1815 el Real Tribunal del Protoalbeitarato queda formado por el Mariscal de Número que tiene asignado cada uno de los dos Cuarteles 45, y por ---a Morcillo por haber convivido con la albeitería.
Sin embargo, Sanz Egaña sólo señala como motivos de mantenimiento del Protoalbeitarato factores de orden social y de carácter económico.
Por otro lado, el control ideológico ejercido durante la posguerra hace que el pasado político de Sanz Egaña, vinculado a la República, limite sus acciones.
Por lo que consideramos que Sanz Egaña no incluye los motivos políticos no porque no los aprecie o no los considere importantes, sino por el momento en el que escribe su obra, en plena posguerra española; véase SANZ EGAÑA (1941), p.
83-85; SÁNCHEZ DE LOLLANO PRIETO, J. ( 2005), La docencia de la Historia de la Veterinaria en España.
Pasado, presente y futuro.
En RAMÍREZ ZARZOSA, G., GIL CANO, F. y VÁZQUEZ AUTÓN, J.M.a (eds.), XI Congreso acional de Historia de la Veterinaria, Asociación Murciana de Historia de la Veterinaria, Murcia, pp. 57-69.
Este autor incluye factores políticos en la subsistencia del Real Tribunal, al considerar que los esporádicos periodos de prevalencia de la veterinaria durante la pugna coinciden con los momentos de emergencia liberal.
45 Tras la Guerra de la Independencia, la gran disminución del número de caballos y mulas pertenecientes a la Real Caballeriza da lugar a la Real Orden de 5 de abril de 1815, por la que los tres Cuarteles que formaban la Real Caballeriza quedan reducidos a dos, al unificarse el Cuartel de caballos de coche y el de coches con mulas en el nuevo Cuartel de Coches, man-Segismundo Malats, que por Real Orden de 21 de enero de 1800 fue expulsado del servicio activo en la Real Caballeriza, pero mantiene su plaza de Mariscal de Número y, por tanto, de Alcalde Examinador del Real Tribunal del Protoalbeitarato 46.
Tras el fallecimiento de Segismundo Malats el 24 de diciembre de 1826, la plaza de tercer Alcalde Examinador del Tribunal pasa a ser ocupada por el Herrador de Caminos de la Real Caballeriza más antiguo, nombrado Mariscal de Número honorario o supernumerario.
Al producirse el 11 de enero de 1832 el fallecimiento del Mariscal de Número honorario Francisco Reyes Cabero, se presentan dos instancias para ocupar la plaza vacante: la del Herrador de Caminos de la Real Caballeriza José Martínez, veterinario titulado, informada de forma favorable por el Caballerizo Mayor; y la del Mariscal Mayor del Regimiento de Cazadores a caballo de la Guardia Real, Isidro Espada, también veterinario titulado, cuya instancia es apoyada por la Comandancia General de la Guardia Real de Caballería.
La resolución final no se decanta por ninguna de las dos partes y por Real Orden de 26 de febrero de 1832 se convoca la, hasta ahora, inédita oposición 47.
Esta convocatoria supone la ruptura con el método tradicional de ascenso, en la que la prevalencia la detenta el más antiguo en la plaza inmediata inferior.
Unos días después de convocada la oposición, Carlos Risueño, Primer Catedrático de la Escuela de Veterinaria desde 1830, cargo equivalente a Director, eleva una instancia al Rey, instancia apoyada por el Duque de Alagón, Protector de la Escuela 48.
Esta solicitud, que no prosperará, representa un ---teniéndose el Cuartel de Regalada.
Real Orden comunicada por Mayordomía Mayor al Caballerizo Mayor convocando la oposición, «cuyos aspirantes han de reunir el merito e instruccion suficiente cual se requiere para componer el expresado Tribunal, añadiendose a estas cualidades el de ser adictos en todas epocas a los sagrados e imprescriptibles derechos de S.M.», en Palacio a 26-02-1832.
Informe de Protección de la Real Escuela de Veterinaria apoyando la instancia adjunta de D. Carlos Risueño, firmado por el Duque de Alagón y comunicado al Mayordomo Mayor, en Madrid a 9-03-1832.
«Siendo la soberana intención de S.M. lograr por medio de la oposicion el profesor mas inteligente y nuevo intento de control del Tribunal del Protoalbeitarato por parte de la Escuela de Veterinaria, de momento parcial, pues serían dos los miembros del Tribunal pertenecientes a la Real Caballeriza por sólo uno de la Escuela.
Los siete artículos que contiene la Real Orden de 27 de abril establecen las bases de la oposición a la plaza de Mariscal supernumerario de la Real Caballeriza, que ejercerá como tercer Alcalde Examinador del Real Tribunal del Protoalbeitarato 49.
El tribunal de la oposición estará formado por los dos Alcaldes Examinadores y por tres Catedráticos de la Escuela de Veterinaria, no determinándose quiénes han de ejercer como Presidente y Vicepresidente de la misma.
Esto dará lugar a numerosas fricciones entre ambas instituciones, producidas por el deseo de mostrar la hegemonía de una sobre otra.
Desde la Real Caballeriza, tanto los dos Mariscales de Número, José Victoriano Montero y José Foraster, como el Caballerizo Mayor, Marqués de Bélgida, basan sus solicitudes en el convencimiento de que el nombramiento como Mariscal de Número supone el término de la carrera profesional, ya que «el Tribunal siempre goza de un caracter superior al de la Escuela» 50.
---mejor practico para el servicio de sus Reales Caballerizas se conseguiria este importante fin sin perdida de tiempo con el nombramiento de Risueño».
49 Los ejercicios, tanto teórico como práctico, se desarrollarán en la Escuela utilizando la enfermería de la misma, y los aspirantes deberán haber sido alumnos de la Escuela de Veterinaria de Madrid.
Serán los Catedráticos de la Escuela de Veterinaria los que junto con los dos Alcaldes Examinadores del Protoalbeitarato fijen los términos de la convocatoria y el tipo de ejercicios que compongan el examen, así como su duración.
Los Mariscales de la Real Caballeriza se muestran en desacuerdo con que los ejercicios de la oposición se desarrollen en la Escuela, tanto por la existencia en la Real Caballeriza Regalada de enfermería bien dotada y con caballerías para los casos prácticos, como por estar ubicado el Tribunal del Protoalbeitarato en una dependencia del mismo edificio.
Además, se muestran recelosos ante la valoración política de los Catedráticos, ya que la Real Orden especifica que «los aspirantes han de ser adictos a los sagrados e imprescriptibles derechos de la corona», y a juicio de los Mariscales esto afecta tanto a los Catedráticos que se presenten a la oposición como a los que formen parte del Tribunal de la misma, por lo que de forma maliciosa piden que se designe quién debe reconocer la documentación aportada y cómo actuar «para evitar incidentes desagradables».
Los Catedráticos pretenden que todo el proceso se desarrolle como en las oposiciones convocadas para ocupar las plazas de Catedrático, de este modo la oposición se debería realizar en la Escuela, «para poder consultar la Ordenanza que la rige y los antecedentes de las oposiciones»; véase: AGP, Expediente personal de José Martínez, c.a 3644/91; AGP, Expediente personal de José Victoriano Montero, c.a 699/5; AGP; Reinado Fernando VII, Personal, c.a 271/11.
Instancia de los Mariscales de Número dirigida al Caballerizo Mayor, apoyada por éste en su informe remitido a Mayordomía Mayor, en Madrid a 31-05-1832.
Por su parte, la Junta de Catedráticos insta al Duque de Alagón a que sea el Primer Catedrático, Carlos Risueño, quien ostente la presidencia de la oposición, ya que al celebrarse ésta en la Escuela, consideran justo que los Catedráticos mantengan sus derechos 51.
El Duque de Alagón, además, pretende que todo el proceso se resuelva en el menor tiempo posible, para evitar las dilaciones que acertadamente teme que se produzcan por parte de los miembros del Tribunal 52.
Las solicitudes de ambas instituciones dan lugar a la Real Orden de 19 de agosto de 1832.
En ella se determina que los documentos que acrediten a los aspirantes a la oposición como adictos al Rey, serán evaluados por el Caballerizo Mayor y su Secretaría, y en su ausencia por el Alcalde Examinador de mayor antigüedad.
También establece que el Presidente de la Oposición será el Caballerizo Mayor, Marqués de Bélgida.
Ambas medidas sitúan en clara ventaja al Tribunal sobre la Escuela.
Enfrentamientos entre Real Caballeriza y Escuela de Veterinaria por poseer el control de la oposición Una vez más el Duque de Alagón demuestra su gran perseverancia en el mantenimiento de los derechos de la Escuela.
El 4 de noviembre de 1832, comunica al Marqués de Bélgida haber puesto en conocimiento de la Junta de Catedráticos que los Mariscales de Número acudirán a la Escuela en el día y hora que se acuerde.
Se da por enterado de la resolución que nombra al propio Marqués de Bélgida como Presidente del concurso e informa a éste de haber elevado a la Reina, a través del Ministerio de la Guerra «de quien unicamente depende el Establecimiento de mi cargo», la solicitud de cumplimiento del Artículo 578 de la Ordenanza de la Escuela aprobada en 1827, que especifica que los veterinarios titulados ocuparán las plazas de Mariscal de Número y de Herrador de Caminos de la Real Caballeriza mediante oposición celebrada en la Escuela 53.
----51 Archivo General de la Universidad Complutense de Madrid (en adelante AGUCM), Actas y correspondencia del Protector, año 1832, c.a V/01-006.
En oficio firmado por el Duque de Alagón y comunicado a Mayordomía Mayor, pide que se apremie a los Mariscales en el desarrollo de la convocatoria «para evitar los entorpecimientos que podrían sobrevenir, por las causas que alcanzará facilmente la penetración de V.S.», en Aranjuez a 13-05-1832.
La respuesta del Caballerizo Mayor no se hace esperar.
En instancia elevada a la Reina dice aceptar lo determinado en la Real Orden respecto a que las pruebas de la oposición se realicen en la Escuela, pero defiende que las sesiones preparatorias se lleven a cabo en el Tribunal del Protoalbeitarato, situado en el mismo edificio de la Real Caballeriza 54.
Son varios los argumentos expuestos para defender su postura, entre ellos, la Real Orden de 19 de agosto por la que se le nombra Presidente de la oposición y que según él, implica que el nombramiento para la plaza de Mariscal de Número es el término de la carrera, por lo que cree justo que sean los Catedráticos los que se trasladen a la Real Caballeriza para así cumplir con el orden de graduación, a cuyo final han llegado los Mariscales y aún no los Catedráticos.
Tergiversa las palabras del Protector de la Escuela y retuerce los argumentos por él expresados, de forma que afirma que éste pretende hacerle renunciar a su nombramiento como Presidente de la oposición apoyándose en el Artículo 578 de la Ordenanza de la Escuela, contrariando así la voluntad de la propia Reina expresada en la Real Orden con su nombramiento.
A propuesta del Duque de Alagón, la Junta de Catedráticos elabora en enero de 1833 un informe que recoge las razones que hacen conveniente la unión de Tribunal y Escuela: formación de profesionales instruidos, ingresos económicos suficientes para mantener la Escuela sin recurrir al Erario Público y apertura de nuevas Escuelas de Veterinaria 55.
Interviene en la polémica el Secretario del Despacho de Guerra, del que depende la Escuela de Veterinaria, argumentando su apoyo al Protector 56.
Pero es desde Mayordomía Mayor, ----54 AGP, Reinado Fernando VII, Caballerizas, c.a 269.
Instancia del Caballerizo Mayor elevada a la Reina, consta de siete páginas y dos notas adjuntas, en Madrid a 11-11-1832.
La iniciativa de la idoneidad del momento para solicitar al Rey la reunión de Tribunal y Escuela es, según explicación del Protector, del Contador de la Escuela.
Advierte el Duque de Alagón a la Junta que el informe, elaborado al día siguiente, «se haga con el mayor sigilo y reserva, pues conoce muy bien que á no ser asi pudiera encontrar obstaculos de consideración».
El Secretario del Despacho de Guerra, en oficio comunicado al Mayordomo Mayor a 12-03-1833, se muestra contrario al nombramiento del Caballerizo Mayor como Presidente de la oposición, aunque respeta la Real Resolución, «pero al ver que se trata de destruir una de las prerrogativas de la Escuela, como ya se ha anulado la de que los dos Catedraticos mas antiguos de ella sean individuos del Tribunal del Protoalbeitarato, sobre lo cual me reservo elevar despues a la soberana consideración de S.M. la correspondiente reclamacion, no puedo menos de recurrir ahora a V.E. solicitando una Real declaracion confirmatoria de la que comprende el referido articulo 578», del que según su opinión emana el que el Protector de la Escuela debe ser quien presida la oposi-favorable a las tesis de la Real Caballeriza, desde donde en última instancia se informa al Rey.
Mayordomía opta por ignorar las solicitudes realizadas desde la Escuela, culpa al Protector por insistir en presidir la oposición como la causa de que ésta no se haya realizado aún, confirma al Caballerizo Mayor como Presidente de la misma y establece que ésta se verifique en la Escuela por estar en ella la enfermería para los casos prácticos, «lo mismo que se ejecutan los ejercicios de cualquier plaza vacante de Medico-Cirujano en el Real Hospital General» 57.
El tiempo transcurre, el Marqués de Bélgida continua realizando sucesivas consultas aclaratorias que van produciendo el efecto deseado desde la Real Caballeriza, la dilación del procedimiento.
El Marqués de Bélgida, Caballerizo Mayor durante prácticamente todo el reinado de Fernando VII, ejerce como defensor de los valores absolutistas frente a los intentos reformistas 58.
Por otro lado, de acuerdo con Zarzoso 59, no había verdadero interés en desmontar estos argumentos, pues de haber existido voluntad política, hubiesen sido fácilmente modificables 60.
La pugna entre el Tribunal del Protoalbeitarato y la Escuela de Veterinaria, lo que es lo mismo, entre albéitares y veterinarios, surgida desde el mismo momento de la apertura de la Escuela, se agudiza.
El hecho de que, aunque con una preparación muy diferente, ambos tengan como principal función la asistencia clínica y el herrado de los équidos, hace inevitable el constante ---ción.
Señala como de absoluta necesidad que se conserven los privilegios de la Escuela de Veterinaria, para así promover la formación de veterinarios hábiles que propaguen las enseñanzas recibidas.
Se comunica desde Mayordomía Mayor la nota en forma de Real Orden al Caballerizo Mayor y al Secretario del Despacho de Guerra, a 4-07-1833.
Se complementa con el oficio enviado por el Duque de Alagón al primer Catedrático de la Escuela, dando cuenta de la Real Orden de 2 de agosto comunicada por el Ministro de la Guerra, a 5-08-1833.
58 Ante cada solicitud de unión de ambas instituciones realizada desde la Escuela, el Marqués de Bélgida informa apoyando incondicionalmente los antiguos privilegios de los Mariscales de Número de la Real Caballeriza y Alcaldes Examinadores del Tribunal del Protoalbeitarato, sirviendo de base a las decisiones adoptadas desde Mayordomía Mayor.
60 Como relata en acertada expresión la Junta de Catedráticos en informe dirigido al Duque de Alagón a 14-01-0833: «el mismo que tuvo facultades para espedirlas [Reales Órdenes y regalías que permiten el mantenimiento del Tribunal del Protoalbeitarato] las tiene para derogarlas»; AGUCM, Correspondencia del Ministerio de Fomento, año 1833, c.a n.o V/01-001.
El Duque de Alagón, firme defensor de la Medicina Veterinaria, lo expresa claramente en 183561.
EL MARQUÉS DE CERRALBO, CABALLERIZO MAYOR
A partir de 1833, el cambio de criterio y la hábil actuación que llevaría a cabo en todo el proceso el nuevo Caballerizo Mayor refuerza nuestro análisis.
Fernando de Aguilera y Contreras, XV Marqués de Cerralbo, nació en Madrid el 20 de agosto de 1784 62.
Por Real Decreto de 29 de noviembre de 1820, «en atención á sus méritos y conocida adhesión al sistema Constitucional», es nombrado Jefe Político superior de la provincia de Madrid, cargo que lleva unido la Protección de la Escuela Nacional de Veterinaria 63.
Desempeñó este cargo durante breves meses, ya que tenemos constancia de que en mayo de 1821 había sido sustituido.
A pesar de haber sido inicialmente un hombre de ----confianza de Fernando VII, su adscripción a las filas liberales le apartó de todo puesto de responsabilidad en torno al Rey 64.
Tras el fallecimiento de Fernando VII, los cambios en los cargos de confianza se suceden, inicialmente se le restituye la llave de Gentilhombre de Cámara con ejercicio, manteniendo la antigüedad en el empleo desde su primitivo nombramiento.
El 12 de octubre de 1833 es destituido el Marqués de Bélgida como Caballerizo Mayor, siendo nombrado en su lugar por Real Orden de ese mismo día el Marqués de Cerralbo 65.
Llegó a la Real Caballeriza con la intención de mejorar la gestión y para ello perseguirá disminuir los gastos y mejorar el servicio prestado.
Cuenta a su favor con el conocimiento previo de la burocracia de Palacio, por su experiencia como responsable de las compras del Gabinete Físico-Químico, y el de los problemas que impiden avanzar a la Ciencia Veterinaria, por su destino como Protector de la Escuela.
A ello se debe sumar su gran capacidad de trabajo y perseverancia 66.
El Marqués se decantó por la veterinaria como atestigua su informe de 1834, que analizamos en detalle.
Por otro lado, la trayectoria histórica de los ----64 AGP, Reinado Fernando VII, Caballerizas, Personal, c.a 334.
Al restablecerse el absolutismo, Fernando VII dicta en Andújar, a 31 de octubre de 1823, un Real Decreto con las personas que a partir de ese día deberán dejar de prestar servicio en la Real Casa; incluido en la lista y formando parte de la comitiva que acompaña al Rey desde Cádiz a Madrid, está el Marqués de Cerralbo, que es separado del cargo de Gentilhombre de Cámara y anulada la tenencia de la llave que lleva aparejada su destino: «he tenido a bien separar de mi Servidumbre los sujetos contenidos en la adjunta lista, y quiero que se guarde el mayor sigilo hasta que esten comunicadas todas las ordenes, en las que no se insertara este Decreto.
Los sujetos separados, y que vengan en la comitiva, continuaran hasta Madrid y alli se les comunicara la orden».
Jura el Marqués de Cerralbo la plaza en manos del Conde de Torrejón, Mayordomo Mayor, a 20-10-1833.
Comenzando a percibir 60.000 reales de sueldo anual y 20.000 reales más para mantenimiento del Tren asignado, descontándosele los dos primeros meses de sueldo, así como la media anata, durante los doce meses siguientes.
Elaboró, entre otras, una Instrucción destinada a los Mariscales de Número, que entró en vigor a 1-06-1836.
A pesar de la oposición del Boticario Mayor, logró que de forma efectiva por Real Orden de 7-09-1836 comenzase la elaboración y dispensación de medicamentos por la Real Botica con destino al ganado de la Real Caballeriza, siempre a través de prescripciones realizadas por los Mariscales de Número.
AGP, Administrativa, Reglamentos, legajo 1114.
Realizó un minucioso Proyecto de Reglamento de la Real Caballeriza, remitido a Mayordomía Mayor a 1-05-1838.
A las siete y treinta y cinco de la tarde del día siguiente se produjo el fallecimiento del Marqués de Cerralbo, lo que paralizó los trámites para su aprobación. sucesivos intentos de absorción, siempre fallidos, hizo que al margen de la absorción planteada de forma oficial, a resultas de una serie de factores que analizaremos, concibiera un plan alternativo a través de una contrata.
Informe del Marqués de Cerralbo a favor de la Ciencia Veterinaria En noviembre de 1833, un mes después de su nombramiento como Caballerizo Mayor, desde Mayordomía Mayor se requiere al Marqués de Cerralbo para que emita su opinión sobre la convocatoria de oposición a Mariscal supernumerario.
Manifiesta conocer el expediente y estar de acuerdo en realizar una oposición para cubrir la plaza, porque con el método tradicional de promoción por rigurosa antigüedad no le parece posible formar buenos profesionales.
Se muestra además proclive a que se instruya el oportuno expediente para evaluar si el Real Tribunal del Protoalbeitarato debe continuar formado por los tres Mariscales de la Real Caballeriza o que los Catedráticos de la Escuela de Veterinaria formen también parte de él «y asi proporcionar a la Ciencia Veterinaria los adelantos de que es susceptible» 67.
Sucede entretanto un hecho al que la veterinaria ha concedido una importancia capital en la absorción del Tribunal, argumentando con gran énfasis el papel desempeñado por los profesores de la Escuela.
Se trata de la visita que con fecha 9 de enero de 1834 realiza la Reina Gobernadora, M.a Cristina de Borbón, a la Escuela de Veterinaria de Madrid.
En ella adquiere el compromiso ante el Duque de Alagón y los Catedráticos de llevar a cabo la unión del Tribunal del Protoalbeitarato y de la Escuela 68.
De modo paralelo, Mayordomía Mayor aprecia síntomas de cambio en el informe del Marqués de Cerralbo que apoyan el compromiso adquirido por la Reina Gobernadora, por lo que su propuesta es bien recibida y se le conmina a 20 de enero de 1834 «para que sin demora proponga a S.M. el modo de formarse el Tribunal donde sean examinados los que aspiren a ser profesores ----67 AGP, Reinado Isabel II, Veterinaria, c.a 1/38.
Desde Mayordomía Mayor se solicita informe al Caballerizo Mayor mediante Real Orden comunicada a 23-11-1833.
El informe del Marqués de Cerralbo es apoyado desde la Secretaría de la Real Caballeriza y comunicado a Mayordomía Mayor a 7-12-1833 68 RODRÍGUEZ GARRIDO, N. y SALVADOR VELASCO, A. ( 2007), Visita de la Reina Gobernadora a la Real Escuela: consideraciones en torno a su papel en la absorción del Tribunal del Protoalbeitarato.
En Asociación Catalana de Historia de la Veterinaria (coord.), XIII Congreso acional de Historia de la Veterinaria, Girona, pp. 116-120.
Sin embargo, ese mismo día, a modo de contrasentido, otra Real Orden comunicada al Caballerizo Mayor y al Protector de la Escuela de Veterinaria establece que sean los Alcaldes Examinadores del Tribunal del Protoalbeitarato, tomando como base los ejercicios de las oposiciones a las plazas de Catedrático de la Escuela de Veterinaria, quienes elaboren los términos de la convocatoria y la clase y duración de los ejercicios, y que transcurridos los cuarenta días que se dan de plazo propongan los tres Catedráticos que como Censores intervendrán junto a ellos en la oposición 70.
Esta última Real Orden, por intervención del Marqués de Cerralbo como en su posterior informe se deduce, no tendrá ningún desarrollo.
Transcurridos los cuarenta días indicados en la misma, los Catedráticos de la Escuela de Veterinaria elevan una instancia a la Reina Gobernadora proponiendo una nueva fórmula para cubrir la vacante de Alcalde Examinador, «para evitar los abusos y perjuicios que la ignorancia y malicia de los Mariscales ocasionaban a la Real Caballeriza», solicitan que las plazas de Mariscal de Número de la Real Caballeriza sean ocupadas por los Catedráticos de la Escuela por orden de rigurosa antigüedad, con retención de sus respectivas Cátedras, por lo que la actual vacante sería ocupada por el más antiguo 71.
Este nuevo intento de control del Tribunal por los Catedráticos, con cuya motivación el Marqués de Cerralbo expresará su conformidad aunque no con la solución propuesta, tampoco prosperará.
En mayo de 1834, el Marqués de Cerralbo presenta el informe que le había solicitado Mayordomía Mayor cuatro meses antes 72.
Es un extenso trabajo de veintisiete páginas en el que demuestra su conocimiento sobre la formación científica que proporciona la veterinaria y su convencimiento de la superioridad de ésta sobre la vetusta albeitería, a la que considera de desfasada prepa----- ración y a la que se debe privar de sus antiguos privilegios 73.
Propone la realización de un Reglamento «modificando las viciosas ordenanzas actuales de la Escuela Veterinaria», en cuya elaboración participen Profesores veterinarios, el Ministerio de Fomento por ser de quien depende la Dirección de Estudios y el propio Caballerizo Mayor.
Esta propuesta implica la pérdida de la dependencia militar de la Escuela de Veterinaria, tanto por dejar de depender del Ministerio de la Guerra como por la desaparición de la Secretaría de la Protección de la Escuela, a cuyo frente se encuentra el militar propuesto por la Junta de Caballería, con un coste anual de 60.000 reales.
Sería sustituido por el propio Caballerizo Mayor que, sin recibir sueldo, haría la misma función 74.
Presenta un nuevo método de financiación para la Escuela, basado en los derechos de examen de los aspirantes al título de Maestro herrador y albéitar, cuyo importe, al ser realizado el examen por los Catedráticos, sería percibido por la Escuela 75.
También emite su opinión sobre el hecho de que los Catedrá-----73 En su informe, el Marqués de Cerralbo deja asentada la necesidad de que los albéitares se sometan a examen para obtener su título, que deberá realizarse por «examinadores de carrera cientificamente concluida, practica reflexiva, y de opinion y concepto merecidos», cualidades que según él no poseen los miembros del Protoalbeitarato, con los que es muy duro en sus opiniones: «los actuales Alcaldes deben sin duda desecharse como examinadores de todos los de su ramo, por ser puramente practicos».
Y continúa abogando por su destitución, «ninguna duda parece ocurre en desechar de este cargo a los Alcaldes nombrados segun costumbre, en proponer a V.M. le tengan los Catedráticos de la Escuela Veterinaria».
Afirma sorprenderse por el hecho de que «el actual Proto-albeiterato establecido en el año de 1.500 sin Reglamento alguno sin bases como Gefe de todos los Albeitares, haya podido mantenerse sin modificacion ninguna hasta el dia de hoy».
Teniendo además en cuenta que, desde la puesta en funcionamiento de la Escuela de Veterinaria las controversias entre ambas instituciones han sido numerosas, resolviéndose siempre a favor del Protoalbeitarato «por el solo interes y la costumbre».
Califica como «lucro desmesurado» los ingresos de los Alcaldes Examinadores, ganancia basada en «privilegios antiguos y costumbre embegecida».
74 Para el Marqués de Cerralbo la dependencia militar de la Escuela de Veterinaria es también causa del retraso de la Ciencia Veterinaria. opina que si la Escuela, «como todas las del arte de curar», hubiese dependido del Ministerio de Gracia y Justicia, con el Caballerizo Mayor como Jefe, no hubiesen prevalecido ni los intereses de los empleados militares de la Escuela ni los de los Protoalbéitares, «y las Escuelas de Veterinaria estarían extendidas por España dando los frutos apetecidos».
A modo de ejemplo de buen funcionamiento y «por razón de analogia» cita la Escuela de Medicina.
Refiere al respecto: «La Escuela Veterinaria llora su dependencia del Cuerpo militar, y desea con ansia libertarse de este yugo oneroso pretendiendo y clamando que su Gefe u órgano en comunicación con el Ministerio de Fomento sea el Caballerizo Mayor de V.M.».
75 Estima el beneficio anual así obtenido en 218.135 reales, importe al que añadiendo algún pequeño arbitrio, considera suficiente para el mantenimiento de la Escuela y para abrir las Escuelas de Veterinaria que cree tan necesarias en España. ticos de la Escuela de Veterinaria hayan realizado numerosos escritos proponiendo ser ellos mismos los que únicamente ejerzan como Alcaldes Examinadores del Tribunal del Protoalbeitarato.
Curiosamente, al Marqués de Cerralbo las razones que alegan los Catedráticos no le parecen concluyentes 76.
Asimismo, se muestra abierto a establecer contactos con otros establecimientos equivalentes del extranjero, que permitirían el conocimiento de los avances experimentados en las diferentes especies de ganado, lo que redundaría tanto en el Real beneficio como en el general de la Nación.
Con la designación del Caballerizo Mayor como responsable de la Protección de la Escuela de Veterinaria, el Marqués de Cerralbo quiere lograr la interconexión entre la que denomina Junta Superior Directiva de la Facultad Veterinaria, la Escuela de Veterinaria y la Real Caballeriza.
Concluye su informe concretando ocho propuestas, de las que resaltamos:
-Los examinadores de los Maestros albéitares y de los Profesores veterinarios serán los Catedráticos de la Escuela de Veterinaria y un miembro del Tribunal del Protoalbeitarato, institución que pasaría a denominarse Junta Superior Directiva de la Facultad Veterinaria. -Que sea la Escuela de Veterinaria quien, en lugar de los Alcaldes Examinadores del Protoalbeitarato, perciba los derechos de examen, sirviendo estos ingresos para el fomento de la Facultad Veterinaria. -Debido a la escasa formación de la mayor parte de los albéitares españoles y su gran importancia para el pueblo, se elaborará un Reglamento de esta Facultad, realizado por un Cuerpo Facultativo del que será Jefe el Caballerizo Mayor. -Este Cuerpo Facultativo o Junta Superior Directiva de la Facultad Veterinaria estará formado por los dos actuales miembros del Protoalbeitarato y los tres primeros Catedráticos de la Escuela de Veterinaria. -Además de solicitar la derogación de la convocatoria de oposición en curso, dos de las propuestas hacen referencia a la absorción de cargos por parte del Caballerizo Mayor.
Al ser nombrado Protector de la Es-----76 Afirma que no son los únicos dotados de talento eminente y superior entre los de su profesión, que la larga carrera de que se jactan pueden poseerla veterinarios que, ejerciendo ajenos a las Cátedras, progresan en teoría y en práctica y estudian para aumentar sus conocimientos, haciéndose así acreedores a ocupar la plaza de Alcalde Examinador «de preferencia a cualquier Catedratico sin otra disposición ni talento estraordinario, que el unico e indispensable a los ejercicios hechos para obtener la Catedra y esplicar en su asignatura por el autor testual correspondiente». cuela y Jefe de la Junta Superior Directiva de la Facultad Veterinaria, sin dotación económica alguna, actuaría como interlocutor entre el Ministerio de Fomento y Mayordomía Mayor de la Real Casa.
En el caso de que sus propuestas sean aceptadas, el Marqués de Cerralbo presenta, además, un listado con catorce medidas secundarias que estarían vigentes mientras se elaborara el Reglamento por él solicitado.
Entre estas medidas secundarias destacamos tres por su intencionalidad: en una de ellas expone que «a proporcion que bayan faltando los individuos de esta Junta» se suprimirán sus plazas hasta quedar reducidas a tres; en otra, determina que mientras se aprueba el propuesto Reglamento, si se produjera alguna vacante, ésta será ocupada por los Catedráticos o por algún destacado profesional; y en la última, propone que los cinco miembros de la Junta Superior Directiva ejercerán como Mariscales de la Real Caballeriza.
Estas tres medidas están claramente destinadas a potenciar a los Catedráticos de la Escuela frente a los Alcaldes Examinadores del Protoalbeitarato 77.
La finalidad de todo el contenido del informe se centra en la absorción del Real Tribunal del Protoalbeitarato por una Escuela de Veterinaria reconvertida en institución civil, permitiendo a esta última ostentar la hegemonía de la enseñanza de la Medicina Veterinaria en España.
Una vez recibido el informe del Marqués de Cerralbo, desde Mayordomía Mayor se solicita un dictamen sobre su contenido a la Junta de Gobierno de la Real Casa.
Dos meses después, la Junta de Gobierno manifiesta en un escueto informe no comprender el objeto de los cambios propuestos, centrándose únicamente en la denegación de la solicitud del Caballerizo Mayor de asumir la Protección de la Escuela 78.
No sólo no se aprueba ninguna de las propuestas, sino que ni siquiera son discutidas o rebatidas.
Nuevamente el Tribunal del Protoalbeitarato vence en su pugna con la Escuela de Veterinaria.
Sin ----77 La primera de ellas se encamina a la eliminación de las dos plazas ocupadas por los actuales Alcaldes Examinadores a medida que se produzca su fallecimiento.
La segunda asegura que durante el periodo de transición, a la vacante que pudiera producirse en el Tribunal del Protoalbeitarato, no promocione el Herrador de Caminos más antiguo de la Real Caballeriza.
Y la última, a que los tres Catedráticos miembros de la Junta ejerzan como Mariscales de la Real Caballeriza como ya lo hacen los dos Alcaldes Examinadores, de forma que cuando estas dos últimas plazas desaparezcan sean los Catedráticos los únicos Mariscales de la Real Caballeriza.
Desde Mayordomía Mayor se solicita informe a la Junta de Gobierno de la Real Casa a 3-08-1834.
embargo, las medidas contenidas en el informe del Marqués de Cerralbo se irán paulatinamente desarrollando hasta lograr la hegemonía de la Ciencia Veterinaria.
Únicamente escapó a su acertada estrategia de renovación veterinaria su propuesta de mantenimiento de la relación entre la Real Caballeriza y la Escuela de Veterinaria, a través de la vinculación del Caballerizo Mayor a ambas instituciones.
No obstante, como analizamos en el punto 5.5, supo subsanar este aspecto.
La negativa respuesta de la Junta de Gobierno de la Real Casa a la propuesta de fusión entre Tribunal y Escuela realizada por el Marqués de Cerralbo, se produce unos días después de dictarse la Real Orden de 1 de octubre de 1834, que ordena la creación de la Comisión encargada de proceder a la redacción del Reglamento a observar una vez producida la reunión de ambas instituciones79.
Se prefiere esperar a la resolución consensuada por una comisión80 que aceptar la decidida propuesta personal del Marqués de Cerralbo.
----Retrato de don Fernando de Aguilera y Contreras, XV Marqués de Cerralbo.
Óleo sobre lienzo realizado por Valentín Carderera en 1833.
Sobre el hombro izquierdo se aprecia la fusta, atributo representativo del cargo que ostenta como Caballerizo Mayor.
El papel del Marqués de
Cerralbo en el nombramiento de los Catedráticos de la Escuela de Veterinaria como Mariscales de Número de la Real Caballeriza y Alcaldes Examinadores del Real Tribunal del Protoalbeitarato El análisis tradicional de la absorción del Tribunal del Protoalbeitarato por la Escuela de Veterinaria no refleja en su real dimensión la compleja situación creada y otorga el mérito de su resolución principalmente a los Catedrá-ticos de la Escuela 81.
Aunque Sanz Egaña apunta que de modo indirecto y subrepticio se logró la anhelada absorción, el proceso no ha sido debidamente investigado.
En efecto, la solución efectiva a la absorción del Tribunal vendría de la mano de la formalización de una contrata con la Real Caballeriza.
Los cinco Catedráticos de la Escuela de Veterinaria pasan a ser Mariscales de Número de la Real Caballeriza el 24 de febrero de 1835, al ser aprobada por la Reina Gobernadora la contrata suscrita por éstos con el Caballerizo Mayor, Marqués de Cerralbo.
Poco después serán nombrados Alcaldes Examinadores del Tribunal del Protoalbeitarato.
El Marqués de Cerralbo, represaliado por Fernando VII por su condición de liberal, cuenta con la confianza de la Reina Gobernadora y con su anuencia en las reformas emprendidas, de ningún modo posibles sin el Real apoyo.
La contrata promovida por el Marqués de Cerralbo es un subterfugio para no esperar a la resolución final de la Comisión creada para redactar el Reglamento de unión entre la Escuela y el Tribunal, que puede decantarse a favor de éste último como se había venido produciendo en los litigios anteriores entre ----81 CASAS, N. y SAMPEDRO, G. (15-05-1845), Necrología de Don José Maria de Estarrona, Boletín de Veterinaria, 5, p.
Escriben ambos Catedráticos en la necrológica a su compañero: «fue nombrado a 27 de Marzo de 1835 Mariscal de Número de Reales Caballerizas, por el Caballerizo Mayor, y previa la aprobación de S.M.».
Damos explicación a esta fecha en el Apartado 5.3.
Escribe al respecto: «de resultas de la peticion hecha por los catedráticos á la gobernadora del reino, Da Ma Cristina, en una visita que hizo á la Escuela en 1834, el Tribunal del Protoalbeiterato se suprimió, incorporándole á la Escuela, cuyos catedráticos habian de desempeñar las plazas de las caballerizas».
Complementa este acontecimiento: «en tanto que la Comisión reúne antecedentes y redacta su informe, los Catedráticos de la Escuela, que tan bien impresionados quedaron de la visita de la Reina Gobernadora, consiguen en 27 de marzo de 1835 ser nombrados mariscales de las Reales Caballerizas, nombramientos, como todos los anteriores en estos cargos, expedidos por el caballerizo mayor de Palacio».
Forma y fecha del acontecimiento son recogidos por Sanz Egaña, aunque sin citarlos, de Nicolás Casas y Guillermo Sampedro.
Estos datos han sido repetidos por diversos autores, si bien, Sanz Egaña aclara en la nota 9 al Capítulo III que no ha conseguido ver la Real Cédula original de los nombramientos a favor de los cinco Catedráticos.
Nuevamente Sanz Egaña incide sobre su explicación anterior aportando nombres concretos.
«En 1835 no se logró una suspensión total del Protoalbeitarato, mediante una hábil estratagema inspirada por Casas, dirigida por Risueño y secundada por los cinco catedráticos: Se apoderaron del Proto-albeitarato de modo indirecto, los cinco profesores titulares de la Escuela fueron nombrados, con anuencia de Su Majestad, mariscales de las Reales Caballerizas destituyendo a los dos que existían.
De esta forma un tanto extraña la Escuela se incorporó al Proto-albeitarato».
Como ya se produjo en la persona de Segismundo Malats, con la contrata suscrita tiene lugar nuevamente la vinculación entre Real Caballeriza, Escuela de Veterinaria y Tribunal del Protoalbeitarato, esta vez en la figura de los Catedráticos 82.
El ansiado control del Tribunal del Protoalbeitarato por la Escuela de Veterinaria, realizado a través de la Real Caballeriza, se produce sin esperar a la resolución de las propuestas de la Comisión creada al efecto.
La Real Orden que debía aprobar la contrata debió ser interpretada como una mera formalidad por el Marqués de Cerralbo, únicamente necesaria para promulgar la Orden de destitución de los anteriores Mariscales.
Tan seguro estaba de su aprobación que de hecho durante todo el mes de febrero fue el Catedrático y Director de la Escuela, Carlos Risueño, quien realizó la asistencia clínica y el herrado del ganado de la Real Caballeriza 83.
Oficialmente los ----82 El motivo por el que no existe ninguna referencia a los nombramientos de los Catedráticos como Mariscales de Número de la Real Caballeriza en la Sección de Expedientes personales del Archivo General de Palacio, hecho que causó extrañeza en Sanz Egaña, es porque la única vinculación de los Catedráticos con la Real Caballeriza se produce a través de una contrata, por la que se comprometen a realizar las obligaciones profesionales de los Mariscales de Número a cambio de un precio establecido.
Es decir, no pertenecen a la Planta de la Real Caballeriza, ni hay toma de juramento de la plaza en manos del Caballerizo Mayor, ni tienen asignado sueldo alguno.
Históricamente el nombramiento oficial como Mariscal de Número conlleva la asignación de un sueldo a percibir de la Real Caballeriza, que es el menor de los estipulados a categoría alguna de sus dependientes; esto es debido a la mayor consideración que los Mariscales tienen como Oficiales de manos que como profesionales sanitarios, por lo que la mayor parte de sus ingresos provienen de la contrata que mantienen con la Real Caballeriza, en la que se establecen unas determinadas cantidades a percibir por cada caballo y mula herrado y por cada acto profesional realizado; la contrata compensa así el reducido sueldo asignado, algo que no ocurre ni con Médicos ni con Boticarios.
En cambio, según la contrata firmada por el Caballerizo Mayor y los Catedráticos, éstos no tienen asignado sueldo alguno y perciben por la asistencia clínica y el herrado de cada caballo y mula 14 reales, no recibiendo ninguna cantidad suplementaria por la realización de cada acto profesional como se producía con anterioridad, siendo abonado por la Real Caballeriza el importe de los medicamentos y productos extraoficinales necesarios para la precisa asistencia; véase: SALVADOR VELASCO y ANDRÉS TURRIÓN (2005), pp.149-155.
83 Queda corroborado al presentar la correspondiente cuenta de gastos al finalizar ese mes, en concreto fueron tres las cuentas presentadas por Carlos Risueño por la asistencia clínica y el herrado durante el mes de febrero, que suman un importe de 3.850 reales; véase: AGP, Reinado Isabel II, Cuentas Generales, Caballerizas, c.a 32.
Los cinco Catedráticos de la Escuela de Veterinaria de Madrid que ejercen como Mariscales de Número durante los catorce meses que se mantiene en vigor la contrata, se van alternando mensualmente en sus obligaciones en la Real Caballeriza y en la asistencia a las Jornadas a los Reales Sitios acompañando a Catedráticos pasan a ser Mariscales de la Real Caballeriza el 24 de febrero de 1835 al ser aprobada por Real Orden la contrata suscrita con el Caballerizo Mayor, aunque desde el 1 de febrero desempeñaban oficiosamente sus obligaciones.
Por Orden del Caballerizo Mayor de 26 de febrero de 1835 84, dos días después de ser aprobada por la Reina M.a Cristina la contrata con los Catedráticos, se produce la radical destitución de los dos Mariscales de Número que hasta ese momento ejercen en la Real Caballeriza 85, José Victoriano Montero 86 y José Foraster 87.
La asistencia a las Jornadas impide a los Catedráticos impartir la asignatura correspondiente en la Escuela y esta ausencia es acreditada por el Catedrático ante el Protector, que concede permiso quincenal o mensual para que acuda al Real Sitio en el que se realiza la Jornada, nombrando en el mismo oficio al Catedrático que impartirá la asignatura durante la ausencia; véase: AGUCM, Correspondencia del Ministerio de Fomento, c.a V/01-016.
84 La Orden explica claramente el motivo de la destitución: «como consecuencia de la contrata celebrada el 29 de Enero ultimo con los cinco Catedraticos de la Real Escuela de Veterinaria de Madrid para la asistencia, herrado y curacion del ganado de la Real Caballeriza aprobada por S.M. a 24 de Febrero del mismo año».
Son cesados en sus funciones profesionales y en el cobro de los 2.000 reales anuales que perciben como sueldo, que se les abonan hasta el final del mes de febrero; véase: SALVADOR VELASCO (2004), pp. 273-278.
85 Ambos nombramientos como Mariscales de Número de la Real Caballeriza se habían producido por Orden del Caballerizo Mayor comunicada al Rey a través de Mayordomía Mayor, realizándose la toma de juramento de la plaza en manos del propio Caballerizo Mayor, habiendo permanecido sus predecesores en el cargo de forma vitalicia.
Fue necesaria una Real Orden comunicada a la Real Cámara de Castilla con el nombramiento y la solicitud de que por esa institución se les extienda el título de Alcalde Examinador del Tribunal del Protoalbeitarato.
Sin embargo, la destitución se realiza por una simple Orden del Caballerizo Mayor.
José Victoriano Montero obtuvo el título de Profesor veterinario en la Escuela de Veterinaria de Madrid.
Su primer nombramiento en la Real Caballeriza se produce en abril de 1811, viéndose favorecido en sus promociones por su labor como Mariscal Mayor en diferentes Regimientos durante la Guerra de la Independencia (y también de su padre, José M.a Montero, Mariscal de Número de la Real Caballeriza).
Ejerce como Mariscal de Número y Alcalde Examinador del Tribunal desde septiembre de 1818.
José Foraster es Maestro albéitar, su primer nombramiento en la Real Caballeriza data de noviembre de 1807.
Cuenta con el favor continuo, incluso promocionando sin respetar el escalafón, del Marqués de Bélgida, Caballerizo Mayor.
Ejerce como tercer Alcalde Examinador desde febrero de 1827 al ser habilitado como Mariscal de Número honorario, siendo nombrado como titular de la plaza en abril de 1831.
Nuevo nombramiento de los Catedráticos de la Escuela de Veterinaria como Mariscales de Número de la Real Caballeriza y Alcaldes Examinadores del Tribunal del Protoalbeitarato La absorción estaba realizada de facto, pero surgieron complicaciones.
Una serie de trabas de carácter administrativo y de jerarquía de poderes y competencias, propias del entramado político-administrativo del momento, produjo esta última complicación.
Estas trabas, como describimos a continuación, derivan tanto de la tajante forma elegida por el Marqués de Cerralbo para realizar la unión entre ambas instituciones como de la arrogancia mostrada por los Catedráticos durante la tramitación de la misma.
El desconocimiento por el Ministerio del Interior tanto de la existencia de la contrata como del nombramiento de nuevos Alcaldes Examinadores, origina la anulación de esto último, dando al traste con el proceso. ----5.4.
Creación de la Facultad de Veterinaria La Facultad de Veterinaria se crea por Real Decreto de 6 de agosto de 1835, por unión de la Escuela de Veterinaria y el Tribunal del Protoalbeitarato 93.
Lo que oficialmente se presenta como la unión de las dos instituciones, en la práctica, es la absorción del Tribunal por parte de la Escuela.
El Real Tribunal del Protoalbeitarato camina hacia su desaparición.
Previa reclamación del Duque de Alagón al Marqués de Cerralbo, realizada en base al Artículo 3.o del Real Decreto de creación de la Facultad, se dicta la Real Orden de 8 de septiembre de 1835, que determina que se ponga a disposición de la Escuela cuanto pertenezca al Tribunal (fondos, archivos, muebles y demás efectos) y no haya sido comprado con fondos de la Real Casa 94.
El Artículo 6.o del mismo Real Decreto recoge el manifestado deseo del Duque de Alagón de elevar los derechos de examen de los aspirantes a los títulos de Albéitar y de Herrador, en contra de la propuesta inicial de la Comisión de rebajarlos 95.
Según sus cálculos, esta cantidad ascendería a 183.764 reales durante ese año y sería aplicada al mantenimiento de la Escuela.
El Real Decreto determina que los derechos de examen y la expedición de títulos se ingresarán íntegros en la Tesorería de la Escuela, siendo de 1.100 reales el de albéitar, 800 reales el de herrador y 500 reales el de castrador.
La Albeitería seguirá siendo una competencia desleal, pero al ser estos ingresos computados a favor de la Escuela, al menos son utilizados en la formación de los nuevos veterinarios.
Es general la opinión entre los historiadores veterinarios que la albeitería sufragó los costes de la veterinaria en una época de penuria económica.
Esta medida fue una solución a medio plazo, pero sentó las bases de ----93 AGUCM, Correspondencia del Ministerio de Fomento, c.a V/01-016.
El Real Decreto es comunicado al Protector de la Escuela de Veterinaria por el Secretario de Estado y Ministro del Interior a 8 de agosto de 1835.
Este mismo Real Decreto se comunica también a Carlos Risueño, primer Catedrático de la Escuela de Veterinaria, en su calidad de Decano del Tribunal del Protoalbeitarato.
Oficio comunicado por Secretaría de Reales Caballerizas a Mayordomía Mayor, firmado por el Marqués de Cerralbo: «segun comunicacion que se me hace por el Secretario del Despacho de lo Interior, V.M. por Real Decreto de seis del presente, tuvo a bien determinar quedasen unidos la Real Escuela de Veterinaria y el Real Tribunal del Protoalbeitarato, denominandose en lo sucesivo Facultad de Veterinaria», en San Ildefonso a 27-08-1835.
El Caballerizo Mayor, en oficio de 27-08-1835 dirigido a Mayordomía Mayor, solicita permiso para realizar la entrega de efectos.
Se opone con diversos argumentos a la propuesta inicial de la Comisión de rebajar el importe exigido por los derechos de examen de los albéitares.
una prolongada agonía, ya que hasta el Decreto de 1847 no se suprime definitivamente el Real Tribunal y los exámenes de gracia perdurarían algunos años más (1852-55).
La dualidad de títulos pervivió con sus poseedores, creando una división en la veterinaria que tardaría generaciones en subsanarse 96.
Por otro lado, para algunos autores la mejora económica que supuso la absorción conllevó una merma en el estado moral de los alumnos de la Escuela, que preferían la obtención de títulos en breve plazo dejando aparte los conocimientos de la Veterinaria 97.
Negativa del Marqués de Cerralbo al intento de renovación de la contrata efectuado por los Catedráticos de la Escuela de Veterinaria Una vez más el Marqués de Cerralbo refuerza la evolución de la veterinaria.
Conseguida la absorción en la normativa y en la práctica, se corría el peligro, como en la situación inicial, de que los intereses personales se opusieran al futuro para la profesión: faltaba romper el vínculo con la Real Caballeriza para lograr una veterinaria autónoma.
La permanencia como Mariscales de Número debió resultarles rentable económicamente a los Catedráticos, ya que en enero de 1836, próxima la conclusión de la contrata inicialmente suscrita, presentaron nuevas condiciones con la intención de prorrogarla.
El motivo de fondo de los argumentos esgrimidos por los Catedráticos es el económico: quieren seguir percibiendo el dinero que les reporta la asistencia clínica al ganado de la Real Caballeriza 98.
Se encontraron con la firme oposición del Caballerizo Mayor a la reno-----96 Como se afirma en el libro conmemorativo del bicentenario de la Escuela de Veterinaria de Madrid: «creando problemas de competencias que tuvieron que ser legisladas cuidadosamente con disposiciones como la del 31 de mayo de 1856, y la del 3 de junio de 1857, regulando las atribuciones correspondientes a los dos colectivos»; SUÁREZ (1994), p.
Discurso de ingreso en la Academia de Medicina del Distrito de Zaragoza, leído el 20 de octubre de 1935, Zaragoza, Cesaraugusta, p.
98 Los hechos expuestos en nuestro trabajo contravienen claramente la versión de Llorente Lázaro, que afirma que los Catedráticos no renovaron la contrata por voluntad propia, ante la dificultad que suponía compatibilizar Cátedra y desplazamientos, debido al servicio en la Real Caballeriza, «mientras la corte estaba en Madrid el servicio de las caballerizas se hacia sin dificultad: pero las habia muy grandes en las llamadas jornadas, al Escorial, Granja, Pardo y Aranjuez, por lo que los catedráticos hubieron de abandonar estos puestos, y en su lugar se colocaron dos ilustres veterinarios militares»; véase: LLORENTE (1856), p.
vación, por parecerle, entre otros motivos, demasiado elevado el importe de los servicios ofertados, por lo que inicialmente propone que la asistencia clínica y herrado del ganado se realice mediante subasta pública 99.
El escrito enviado por el Marqués de Cerralbo a la Reina Gobernadora en mayo de 1836 proporciona las claves de los nombramientos como Mariscales de Número de los Catedráticos, y de por qué una vez conseguido su propósito no deben seguir ejerciendo como tales: «cuando en el año proximo pasado los Catedráticos de la Real Escuela Veterinaria convinieron en ser Mariscales de numero de vuestra Real Caballeriza obligandose a asistir, cuidar y herrar el ganado de ella a razón de catorce reales mensuales por cada cabeza, no llevaron otro objeto que el de ser Alcaldes examinadores del Proto-Albeyterato, entonces anexo a aquellas plazas; pero habiendo cesado este pribilegio y de consiguiente sus utilidades, no tuvieron reparo en hacer, finalizado el tiempo de su contrata, nuevas proposiciones» 100.
No cabe duda, la aprobación de la contrata por la que los Catedráticos se comprometen a desempeñar las obligaciones como Mariscales de Número obedece a una única finalidad, que al dejar de ejercer en la Real Caballeriza se mantengan como Alcaldes Examinadores del Real Tribunal del Protoalbeitarato.
A 31 de marzo de 1836 los Catedráticos dejan de prestar servicio en la Real Caballeriza.
El puesto es entonces cubierto por Julián Gati, único Herrador de Caminos en activo durante el periodo de permanencia de los Catedráticos como Mariscales de Número.
Por Real Orden de 31 de mayo de 1836, con efecto retroactivo desde primero de mayo, se aprueba la nueva Planta, que por iniciativa del Marqués de Cerralbo queda formada únicamente por dos Mariscales de Número 101.
Cuando los Catedráticos de la Escuela de Veterinaria de ----99 AGP, Expediente personal de Julián Gati y Miguel, c.a 428/9.
Se impone el criterio del Marqués de Cerralbo, y por Real Orden de 5 de marzo de 1836 se desestima la nueva contrata con los Catedráticos por el elevado precio presentado para el herrado y por las dietas que solicitan se les abonen durante las Jornadas a los Reales Sitios formando parte de la Real comitiva, ordenándose realizar subasta pública para la adjudicación del servicio.
Los Catedráticos vuelven a insistir, aunque sus argumentos no hacen variar la resolución adoptada.
Para zanjar definitivamente la polémica con los Catedráticos, el Marqués de Cerralbo solicita a la Reina Gobernadora a 9-05-1836 la aprobación de una nueva Planta, que implica el nombramiento de dos nuevos Mariscales de Número.
El Caballerizo Mayor destaca, entre los argumentos aportados, tanto el ahorro económico que supondría el coste anual del servicio como el logro de una mejor asistencia del ganado, tanto Madrid cesan como Mariscales de Número de la Real Caballeriza siguen manteniendo su condición de Alcaldes Examinadores del Real Tribunal del Protoalbeitarato, lo que permite el control del Tribunal por la Escuela.
Martín Grande García 102 y Julián Gati y Miguel 103 son los Profesores veterinarios nombrados Mariscales de Número de la Real Caballeriza.
Cumpliendo las directrices del Marqués de Cerralbo, los nuevos Mariscales de Número tienen únicamente consideración de profesionales sanitarios al servicio de la Real Caballeriza 104.
Por primera vez desde hace más de tres siglos, al ocupar las plazas vacantes los dos nuevos Mariscales de Número de la Real Caballeriza, sus nombramientos no llevarán anexo el de Alcaldes Examinadores del ---de día como de noche, al facilitarse la presencia permanente de los Mariscales en la Real Caballeriza, en cuyo edificio se les ha asignado su residencia, frente a la asistencia prestada por los Catedráticos, que vivían fuera de la Casa y debían acudir a sus Cátedras.
102 Martín Grande es Mariscal Mayor del escuadrón de Guardias de la Real Persona en el momento de producirse su nombramiento, siendo destinado al Cuartel de Regalada con un sueldo de 12.000 reales anuales.
Era hijo de albéitar.
Tuvo una destacada carrera veterinaria: en 1830 recibió del Duque de Alagón un primer premio por su trabajo Memoria sobre el Muermo; ganó por Oposición la Cátedra de Materia Médica, concediéndosele por Real Orden el nombramiento como Catedrático Honorario de la Escuela de Veterinaria; realizó comisiones para la compra de caballos destinados a la Real Caballeriza, desplazándose a Londres, París y Constantinopla.
Impugnación al sistema de año y vez, al que seguirá una 2a Impugnación, motivadas ambas publicaciones por el sistema de reproducción seguido por Pedro Cubillo, destacado veterinario que ejerce como Mariscal en la Real Yeguada de Aranjuez.
Fue nombrado Caballero de la Real y distinguida Orden de Carlos III.
Fue miembro fundador de la Real Academia Central de Veterinaria, de la que posteriormente será elegido Vicepresidente.
En el Centenario de la Enseñanza de la Zootecnia, celebrado en 1946, se destaca en el n.o 134 del Boletín de Ciencia Veterinaria, la escuela creada a partir de la obra Zootécnica del Catedrático Agustín Pascual, entre cuyos continuadores sobresalen Pedro Cubillo, Julián Soto «y, sobre todos, Martín Grande».
Al ser nombrado Mariscal de Número fue destinado al Cuartel de Coches con un sueldo de 10.000 reales anuales, igualándose en 1847 al percibido por Martín Grande tras propia solicitud.
Gati se mantuvo como Mariscal de Número durante todo el reinado de Isabel II, siendo confirmado tras el derrocamiento de la Reina como Profesor de Veterinaria de la Caballeriza Nacional por la Dirección General del Patrimonio que fue de la Corona.
Fue cesado en julio de 1870, aduciéndose como motivo la reducción del número de cabezas de ganado.
104 Se les asigna un sueldo más acorde a su categoría profesional y responsabilidad, sin relación contractual a través de contrata como históricamente había sucedido por considerar a la albeitería como un Oficio de manos.
Dejan así de percibir las cantidades estipuladas en la contrata por cada acto profesional realizado y por cada medicamento aplicado, pasando el herrado a ser considerado una más de las obligaciones de su actividad profesional.
Real Tribunal del Protoalbeitarato, la institución que durante tanto tiempo reguló el acceso a una profesión, la albeitería.
El proceso de absorción del Real Tribunal confirma una tendencia secular: la reiterada mirada puesta por la veterinaria, y su precedente la albeitería, en su discurso legitimador, en las iniciativas y evolución de las otras profesiones sanitarias, fijando éstas como modelo a seguir.
La absorción aquí estudiada es un eslabón dentro de una amplia cadena en la que la albeitería gremial fue desplazada por el Real Tribunal del Protoalbeitarato y sus subdelegaciones y éstos a su vez por la veterinaria.
Resulta evidente que la transición fue más compleja y larga de lo deseado por la nueva profesión.
La historiografía precedente ha destacado como causa de lo anterior los factores económicos y sociales, pero los políticos, señalados por alguno de ellos, no habían sido suficientemente valorados.
Como hemos analizado, éstos últimos prevalecieron sobre los restantes, incluidos los técnico-profesionales o sanitarios.
Queda dilucidar la verdadera cuota de causalidad entre los factores referidos en la bibliografía.
Por lo descrito, creemos que el discurso histórico desde la veterinaria debe matizarse, y si el análisis de la mayor parte de los historiadores más recientes asigna a la albeitería los valores positivos que en su momento desempeñó, se debe reconocer el juego de intereses en el que la veterinaria también se sumió.
Asimismo, la documentación consultada otorga al contexto históricopolítico un gran peso, que sin empañar los méritos de los protagonistas veterinarios, sitúa a éstos en su justo término y nos permite añadir que el Marqués de Cerralbo desarrolló un papel crucial en la absorción del Real Tribunal del Protoalbeitarato por la Real Escuela de Veterinaria. |
En este trabajo presentamos un catálogo de productos medicinales conservado en copia manuscrita entre los papeles de un droguero, que falleció en Madrid en 1599.
Este catálogo, cuyo título expresa su carácter normativo, contiene 423 entradas y está suscrito por Andrés Zamudio de Alfaro, Protomédico general de Castilla desde 1592 hasta su muerte en 1599.
Cabe suponer que fue emitido por el Real Tribunal del Protomedicato durante la última década del siglo XVI para el uso de los protomédicos y examinadores que llevasen a cabo las visitas oficiales de boticas realizadas bajo los auspicios del Tribunal, de acuerdo con las pragmáticas de 1588 y 1593, distribuyéndose igualmente entre los propios boticarios y sus proveedores, como el droguero que poseía la copia aquí editada.
El documento nos ofrece un valioso testimonio de la política de normalización de las prácticas médicas, y concretamente farmacéuticas, impuesta durante este período por el Estado a través del Protomedicato.
PALABRAS CLAVE: Real Tribunal del Protomedicato.
Andrés Zamudio de Alfaro.
El 13 de octubre de 1599, murió en Madrid un droguero llamado Pedro de Brines.
Entre sus papeles se incluye un documento manuscrito encabezado «Catálogo de las cosas que los boticarios an de tener en sus boticas» 1.
Ocupa tres páginas de un pliego de marca ordinaria, a tres columnas por página.
En total, contiene 423 entradas, distribuidas en 23 secciones.
No está fechado; evidentemente, es anterior a la muerte de Brines.
Éste lo utilizaba seguramente como lista de consulta al suministrar drogas a boticarios (actividad atestiguada por numerosas cartas de pago conservadas entre sus papeles).
Parece que lo copió él mismo 2; la letra es similar a la de su firma:
----1 Los papeles de Brines se conservan en el correspondiente protocolo notarial del escribano (Antonio Fernández) que tramitó su testamentaría: Archivo Histórico de Protocolos de Madrid (en adelante AHPM), protocolo 1.744.
El catálogo está en fols.
La fecha de muerte de Brines consta en fol. 738r.
2 Algunas entradas anómalas, como por ejemplo «elmatitis» (núm. 38), por «hematitis», o «elbartetico» (núm. 175), por «hierba artética», parecen deberse a errores auditivos y sugieren que el documento se copió al dictado.
Al pie de la última columna, aparece, en la misma letra, el nombre «El dotor Andrés Çamudio de Alfaro».
Esta suscripción confiere al documento un interés especial, porque Andrés Zamudio de Alfaro fue Protomédico general de Castilla.
Por tanto, parece tratarse de una copia de un catálogo farmacéutico oficial, desconocido hasta ahora, de carácter normativo, redactado por Zamudio de Alfaro o bajo su autoridad y emitido por el Real Tribunal del Protomedicato.
VIDA DE OBRAS DE ZAMUDIO DE ALFARO
Andrés Zamudio de Alfaro nació en Sevilla 3.
Era hijo del licenciado Francisco de Alfaro, médico y cirujano en la colación de Santiago, y nieto de Andrés Núñez de Garoza, médico de la Inquisición de Sevilla.
Se casó con María Osorio, hija de Alonso Álvarez Osorio, jurado de Sevilla, con quien tuvo un hijo, Francisco de Alfaro y Osorio.
En 1572, junto con su hermano, el licenciado Diego de Alfaro, fiscal de la Real Audiencia de Sevilla, litigó ante la Chancillería de Granada una ejecutoria de hidalguía 4.
Zamudio de Alfaro estudió en la Universidad de Salamanca 5 y ejerció como médico en Sevilla, donde alcanzó un gran prestigio, como lo indican su nombramiento ----3 Sobre la vida y obras de Zamudio, véase HERNÁNDEZ MOREJÓN, A. (1842MOREJÓN, A. ( -1852)), Historia bibliográfica de la medicina española, Madrid, viuda de Jordán e hijos, III, pp. 414-415 y IV, pp. 69-73.
El apellido Zamudio, según consta en la misma página web, le vino de su abuela paterna, Isabel de Zamudio, de ascendencia vizcaína.
Pérez de Herrera relata un caso clínico que le contó Zamudio («cum Doctori Andreae Zamudio de Alfaro viro felicis & tenacis memoriae, Regio Protomedico») y que éste había visto «cum Salmanticae cultum ingenii caperet».
15, abajo. como médico de la Inquisición 6, o el que, al igual que Nicolás Monardes, formara parte del claustro de médicos de la Universidad de Sevilla, aunque nunca dictó clases 7.
En 1568, a raíz de la declaración de una epidemia de peste en Sevilla, las autoridades urbanas le pidieron a él y a otro médico, el entonces catedrático de la Universidad, Francisco Franco 8, que redactasen sendos tratados sobre la enfermedad 9.
Al parecer, se trataba de una tradición familiar; en el preámbulo de su Regimiento curativo y preservativo de pestilencia, de 1568 (citado abajo), Zamudio se dirige a la Inquisición de Sevilla: «teniéndome por muy más obligado a esto por la mucha merced y favor que mis pasados y deudos habemos recibido y recibimos del Santo Oficio, en cuyo servicio dende su principio siempre muchos de ellos se han ocupado, y de vuestras mercedes en particular han recibido y reciben hoy particular merced y favor, y en señal de reconocimiento de lo mucho que todos debemos y por imitar las pisadas de mis abuelos, tíos y hermanos, me atreví a hacer este breve compendio» (Biblioteca Nacional, Madrid, Ms. 11.317/12, hemos modernizado la ortografía del pasaje citado).
7 SERERA, R.M. y SÁNCHEZ MANTERO, R. (eds.) (2005), La Universidad de Sevilla: 1505-2005: V Centenario, Sevilla, Universidad de Sevilla/Fundación El Monte, p.
Sí fue catedrático y dio clases regularmente Francisco Franco, al que en este texto se considera erróneamente un marrano.
8 Francisco Franco, natural de Xàtiva, probablemente de familia judeoconversa.
Se graduó de bachiller en artes en la Universidad de Valencia (1538), pero desarrolló toda su actividad científica en otras localidades peninsulares.
Estudió medicina en Alcalá, donde tuvo como condiscípulos a Francisco Hernández, Nicolás Monardes y Juan Fragoso, entre otras figuras relacionadas con la historia natural.
Entre 1549 y 1555 residió en Portugal como profesor de medicamentos simples en la Universidad de Coimbra y fue médico de cámara de João III.
Tras viajar durante algún tiempo por algunos países europeos, volvió a la Península en una fecha anterior a 1560.
Se asentó entonces en Sevilla, donde fue catedrático de medicina, seguramente hasta su muerte.
Véanse FRESQUET FEBRER, J.L. y LÓPEZ TERRADA, M.L. (dirs.) (2001), Archivo Rodrigo Pertegás.
Siglo XVI, publicado en CD, Valencia, Universitat de València-Fundación Marcelino Botín; BÁGUENA CERVELLERA, M.J. (2002), La naturaleza de la peste a través de las obras de Juan Tomás Porcell y Luis Mercado, publicado en CD, Valencia, Universitat de València; LÓPEZ PIÑERO, J.M., GLICK, T.F., NAVARRO BROTÓNS, V. y PORTELA MARCO, E. (1983), Diccionario histórico de la ciencia moderna en España, Barcelona, Ediciones Península; LÓPEZ PIÑERO, J.M. ( 2004), La medicina y las ciencias biológicas en la historia valenciana, Valencia, Ajuntament de València, pp. 87-89.
9 Véanse DÍAZ SALGADO, J. ( 1800), Sistema físico-médico-político de la peste..., Madrid, Villalpando, p. xvii, y PIKE, R. (1972), Aristocrats and Traders: Sevillian Society in the Sixteenth Century, Ithaca/London, Cornell University Press, p.
Durante el siglo XVI fueron numerosos los estudios dedicados a la peste publicados en la Monarquía Hispánica; de hecho, como ha señalado López Piñero, esta enfermedad fue «por razones obvias [...] la que mayor número de estudios motivó» (LÓPEZ PIÑERO, J.M. (1979), Ciencia y técnica en la sociedad española de los siglos XVI y XVII, Barcelona, Labor,p.
Los diferentes tratados Franco, titulado Libro de enfermedades contagiosas y de la preservación dellas, fue publicado en Sevilla, en la imprenta de Alonso de la Barrera, en 1569.
En este texto, que corresponde plenamente al llamado galenismo «hipocratista», Franco defendía la teoría del contagio de Fracastoro, según la cual la peste dependería «de unos seminaria o partículas invisibles formadas en el cuerpo del enfermo y que el calor febril hace que se desprendan por las vías respiratorias y los poros»; además, ilustra el texto con casos clínicos procedentes de su propia experiencia, y se detiene especialmente en la prevención, así como en el tratamiento 10.
En cuanto a la obra de Zamudio, parece que no se conservan ejemplares impresos, y no hemos localizado estudios al respecto; pero existe una copia manuscrita, de 15 folios, titulada Regimiento curativo y preservativo de pestilencia, fecho por el Doctor Andrés Çamudio de Alfaro, vecino de Sevilla, por mandado del Ylustre Sr. conde de Monteagudo, Asistente de Sevilla, y con su licencia, y con licencia del Ylustre Sr. don Pero Veles de Guevara, Provisor de Sevilla, año de 1568 11.
Una década después, según Nicolás Antonio, Zamudio publicó otro tratado, titulado Orden para la cura y preservación de las viruelas (Madrid, 1579) 12.
El que se imprimiera en Madrid sugiere que sus perspectivas ya se extendían más allá del ámbito sevillano.
Al año siguiente, tuvo lugar un hecho que le consagró como médico experto y le abrió el camino hacia la Corte, es decir, a la posibilidad de alcanzar lo que era la cumbre de la carrera profesional para un médico de la época: ser nombrado médico de cámara y protomédico 13.
El suceso es el siguiente: a principios de marzo ---y ediciones publicados en el periodo han sido recogidos en LÓPEZ PIÑERO et al. (1987), Bibliographia medica hispanica, 1475-1950, vol. I: Libros y folletos, 1475-1600, Cuadernos Valencianos de Historia de la Medicina y de la Ciencia, Serie C: Repertorios biobibliográficos, 30, Valencia, Instituto de Estudios Documentales e Históricos sobre la Ciencia, Universitat de València-CSIC.
Asimismo estos tratados han sido estudiados desde un punto de vista historicomédico por CARRERAS PANCHÓN, A. (1976), La peste y los médicos en la España del Renacimiento, Salamanca, [s.n.], y BÁGUENA CERVELLERA (2002).
Según una nota anónima al final de este texto, el tratado de Zamudio fue impreso en Sevilla en casa de Alonso Escribano, «y por no hallallo a comprar, lo trasladé el año de 1599, que empesó la peste en Sevilla» (fol. 15v).
Estamos preparando actualmente una edición y estudio de este manuscrito.
No se ha localizado ningún ejemplar de este tratado, lo que puede plantear dudas acerca de su existencia.
De hecho, HERNÁNDEZ MOREJÓN (1842-1852) dice que «Esta obrita de Zamudio se ha hecho tan rara, que no he podido verla, y por consiguiente nada puedo decir de ella» (IV, p.
13 Sobre este aspecto, véase LÓPEZ TERRADA, M.L. ( 2002), Los tribunales del Protomedicato y el Protoalbeiterato.
En Historia de la ciencia y de la técnica en la Corona de Castilla, vol. III: Siglos XVI y XVII, J.M. López Piñero (ed.), Valladolid, Junta de Castilla y León, de 1580 Felipe II y su familia emprendieron viaje a Badajoz, de camino a Portugal para tomar posesión de la recién obtenida Corona.
En esos años había un proceso epidémico en la Península de lo que la medicina de la época denominaba catarro o romadizo, una afección pulmonar acompañada de fiebre.
El duque de Alba diría de este mal: «es más andariego que mujer rezadora», aludiendo a su rápida expansión.
Cuando la Corte abandonó Madrid ya se había detectado algunos casos y a primeros de septiembre, ya en Badajoz, Felipe II se puso gravemente enfermo de catarro 14.
Según el relato del médico contemporáneo Miguel Martínez de Leiva, Zamudio de Alfaro fue llamado por orden del Rey desde Sevilla a Badajoz, donde logró curar al Monarca, y a raíz de este servicio le nombró médico de cámara el 5 de noviembre de 1580, cargo que desempeñó hasta su fallecimiento en 1599 15.
De hecho, el 20 de julio de 1583, estando ya en Madrid, firmó un poder para cobrar «mi salario de médico de cámara de su Magestad de su casa de Castilla» 16.
Lo que confirma definitivamente su ascenso y consolidación en la Corte es el nombramiento como primer médico de Felipe II y Protomédico de Castilla, como sucesor de Francisco Valles de ----Consejería de Educación y Cultura, pp. 107-125; ROJO VEGA, A. (1993), Enfermos y sanadores en la Castilla del siglo XVI, Valladolid, Universidad de Valladolid.
14 ALVAR, C. y SEVILLA ARROYO, F. (eds.) ( 2006), Gran Enciclopedia Cervantina, II, Madrid, Castalia-Centro de Estudios Cervantinos, p.
15 El episodio se relata en MARTÍNEZ DE LEIVA, M. (1597), Remedios preservativos y cvrativos para en tiempo de la peste, y otras curiosas experiencias: diuidido en dos cuerpos, Madrid, por Iuan Flamenco, lib. II, cap. 7 («Al Doctor Alfaro protomedico del Rey nuestro señor.
Amigo carissimo, recebid esta carta mia»): «por tanto como yo de muchos años conociesse vuestra excelencia y el valor de vuestra persona y dotrina, acompañada de gran virtud y genealogia, como es publico, desde que nos conocimos en Salamanca, como en la ciudad de Seuilla vuestra dulce patria, de donde su magestad del Rey don Felipe segundo nuestro señor os hizo llamar a la ciudad de Badajoz, donde estaua enfermo, y auiendola [sic] curado esta enfermedad de peste, fuystes por su Magestad elegido para medico de los Principes, en cuyo seruicio al presente estays» (fol. 150rv).
De allí lo recogió HERNÁNDEZ MOREJÓN (1842MOREJÓN ( -1852)) Como es bien sabido, a partir de 1596 y hasta 1602, la Península, y en particular Castilla, sufrió una de las epidemias más terribles de peste.
Como ha señalado Antonio Carreras, «todo en ella es excepcional, penetra por el norte, invade todo el país, produce una mortalidad elevadísima, permanece durante seis largos años triturando al pueblo» 20.
Ante la gravedad de esta epidemia, la monarquía actuó de diversas maneras y, entre ellas, con el encargo en 1597 de Felipe II a Luis Mercado, entonces protomédico, de un libro que pusiese fin a las incesantes polémicas sobre la naturaleza de la enfermedad.
Es en este contexto donde hay que situar la última obra de Andrés Zamudio, Orden para la cura y preservación de las secas y carbuncos, compuesta también a instancia de la corona, del nuevo rey Felipe III, para que determinara las causas y el tratamiento de esta misma epidemia de peste 21.
Dicho tratado, de tan sólo 27 hojas, fue el resultado de las polémicas en que se vieron envueltos todos los médicos finiseculares ante la epidemia y resume las propuestas que dio una comisión, compuesta por los médicos Francisco Porras, Bermejo, Orozco y Pablo Salinas y los cirujanos Andrés Espinosa, Antonio Pérez y Cristóbal de Montemayor, nombrada por el Consejo de Castilla, a las dudas planteadas por Cristóbal Pérez de Herrera sobre la curación de un brote de peste.
En él concluía que la peste era contagiosa y mataba con gran rapidez, opinión que compartía con el resto de médicos de la Corte.
Este texto es uno más de los muchos publicados en la Península durante los últimos años del siglo XVI a raíz de la epidemia de peste.
Parece ser que está directamente inspirado en el texto de Luis Mercado, con el que Zamudio tuvo una estrecha relación, y fue, en definitiva, un intento por parte de las autoridades de ---- unificar criterios oficiales ante la enfermedad 22.
El título de la obra, con su alusión a «secas y carbuncos», responde a lo que se ha denominado, según Carreras, «miedo a la palabra», por el que evitaba, como otros autores de tratados similares publicados en esas fechas, utilizar el término peste en la portada de su libro.
Pero además, al utilizar un término u otro para referirse a la enfermedad, los médicos «intentan enfrentarse siempre a la enfermedad desde sus particulares presupuestos ideológicos» 23.
Andrés Zamudio de Alfaro hizo su testamento el 2 de octubre de 1599 24, y murió, por una extraña casualidad, el mismo día que el droguero Pedro de Brines, el 13 de octubre 25.
EL REAL TRIBUNAL DEL PROTOMEDICATO A FINALES DEL SIGLO XVI Para poder entender adecuadamente el documento que aquí presentamos hay que tener en cuenta que Zamudio de Alfaro había llegado al Protomedicato en un momento significativo de su historia.
Tal y como ha señalado Soledad Campos, el Real Tribunal del Protomedicato era un «órgano colegiado y supremo, de carácter técnico y destinado a controlar las profesiones sanitarias en Castilla, con jurisdicción especial personal y material, independiente y no subordinado al Consejo Real, aunque en ocasiones mediatizado por él».
Era Real porque se integraba en la administración central de la Monarquía y dependía del Monarca, quien nombraba libremente como ministros principales de la institución a los médicos de su Real Cámara y como examinadores a los facultativos de la Real Familia.
Se le denominaba Tribunal por su capacidad de dictar sentencias y resoluciones administrativas, como, por ejemplo, sus decisiones en la aprobación o reprobación de las personas que ante él se examinaban 26.
Es decir, fue el marco institucional desde donde el incipiente Estado Moderno trató de controlar todo aquello relacionado con el ejercicio y práctica de la medicina, así como a las personas dedicadas a cualquier tarea relacionada con la sanidad.
Por todo ello, hay que diferenciarlo totalmente de la figura de «protomédico», es decir, ---- de un médico real, título relativamente habitual de las cortes medievales y también, en el periodo que nos ocupa, en otros ámbitos geográficos.
En estos casos, no se puede hablar de organismo real, sino de un cargo dentro de la Corte o de un mero nombramiento honorífico, sin el correspondiente aparato burocrático 27.
La organización del Protomedicato como tribunal se produjo a raíz de la pragmática de 11 de noviembre de 1588 dada por Felipe II 28 y definitivamente en 1593, es decir, muy poco después del nombramiento de Zamudio.
La reorganización supuso, entre otras cosas, que se nombró a tres protomédicos y a tres examinadores como sus sustitutos, con el objeto de que todas las actuaciones llevadas a cabo por el Protomedicato las hicieran siempre tres miembros, lo que era necesario para que pudiera quedar constituido válidamente el Tribunal.
Además, se estableció la presencia de una larga serie de oficiales que permitiera el funcionamiento del tribunal.
Se llegó incluso a legislar el recurso a los médicos de la Casa Real -los doce médicos de la Casa de Borgoña-cuando fuese imposible la presencia de al menos tres protomédicos o examinadores 29.
Según Muñoz, este tribunal celebraba audiencias para la realización de éxamenes y despacho de pleitos tres días a la semana, los lunes, miércoles y viernes 30.
Desde 1588 hasta su desaparición, pese al establecimiento de subdelegaciones en el siglo XVIII, no varió la estructura colegiada de la institución.
Los protomédicos y el resto de oficiales formaban parte del aparato del Estado, de tal modo que a los ----27 LÓPEZ TERRADA, M.L. (1996), Los estudios historicomédicos sobre el Tribunal del Protomedicato y las profesiones y ocupaciones sanitarias en la Monarquía Hispánica durante los siglos XVI al XVIII, Dynamis,16,p.
Sobre las características del protomedicato en otros territorios de la Monarquía Hispánica, véanse los estudios aparecidos en el número monográfico de la revista Dynamis dedicado al tema (16,1996), especialmente FER-NÁNDEZ DOCTOR, A. (1996), El control de las profesiones sanitarias en Aragón: el Protomedicato y los Colegios, 173-186; SÁNCHEZ ALVAREZ, J. y GIL SOTRES, P. (1996), El Protomedicato navarro.
28 CAMPOS DÍEZ (1999) considera que la gran reforma llevada a cabo por Felipe II en 1588 estuvo en gran medida preparada por las continuas críticas de las Cortes contra el Protomedicato, los estudios sanitarios y el ejercicio legal de las profesiones y ocupaciones sanitarias.
29 Sobre los médicos de la casa real, véanse PARDO TOMÁS, J. y MARTÍNEZ VIDAL, À.
30 MUÑOZ, M.E. ( 1751), Recopilación de las leyes, pragmáticas reales, decretos, y acuerdos del Real Proto-Medicato, hecha por encargo, y dirección del mismo Real Tribunal, Valencia, en la imprenta de la viuda de Antonio Bordazar; reimpresión en facsímil, Valencia, Librerías París-Valencia, 1991, p.
61. primeros se les consideraba «ministros que han de exercer su jurisdicción y forman parte de tribunal», por lo que juraban sus cargos en el Consejo de Castilla.
Tenían asignado un salario fijo, que ascendía a los 100.000 maravedíes anuales para los protomédicos y 80.000 para los examinadores, que se cobraban de la llamada «arca del protomedicato» 31.
Aunque los protomédicos actuaban de forma colegiada, el más antiguo de ellos tenía inevitablemente una cierta preeminencia, que se reflejaba encargándole las llaves de dicha arca 32.
Así, podemos afirmar que a finales de siglo, el protomédico más antiguo era Zamudio de Alfaro, ya que consta que el 16 de febrero de 1595 el arca «estaba a cargo del Dr. Alfaro, Proto-Médico de S.M.» 33.
Por esta misma razón hay que preguntarse por el hecho de que aparezca la firma del protomédico más antiguo en un documento como el que hemos localizado.
El motivo es bastante evidente si se tiene presente que las funciones del Protomedicato durante el siglo XVI comprendían todos los asuntos concernientes a los que de una manera u otra se ocupaban de la salud de la población, tanto en el aspecto administrativo como judicial, siendo una de sus tareas fundamentales las visitas a boticas y a tiendas donde se vendieran medicamentos o especias.
Eso sí, tan sólo en la Corte, ya que, dadas las limitaciones que existieron para que este organismo pudiera desarrollar en la realidad todas sus funciones, esta tarea siempre la compartió con las autoridades locales 34.
De hecho, esta situación fue regulada en la pragmática de 1588, en la que se distinguen dos tipos de visitas a boticas: la realizada a las boticas de la Corte por el Protomédico y los examinadores, y la realizada a las boticas situadas fuera de las cinco leguas alrededor de la Corte, en las que el Protomédico o examinador más antiguo debía nombrar a un examinador para que hiciera la visita en compañía de un boticario, un fiscal y un escribano nombrados a tal efecto y pagados del arca de derechos, donde se depositaban las condenas.
Este último tipo de visita fue modificado en 1593, desapareciendo la figura del examinador, y estableciéndose que fueran realizadas una vez al año por los corregidores y justicias, junto con un médico aprobado del lugar 35.
Por todo ello es lógico que fuera Zamudio el que firmara la relación normativa de los productos que debía haber teóricamente en una botica.
Esta lista debería ser conocida y usada no sólo por los que realizaban las visitas, sino también por los propios boticarios y, como es el caso, por sus proveedores.
Además, hay que tener presente que en la pragmática de 1593 se mandó que se convocara una comisión, constituida por los tres Protomédicos, tres médicos y tres ----31 MUÑOZ (1751), pp. 61 y 93-95.
El resto de oficiales juraba su cargo en el mismo tribunal; información sobre los salarios que debían percibir éstos en el periodo que estudiamos en MUÑOZ (1751), p.
Sobre los problemas contables de dicha arca, CAMPOS DÍEZ (1999).
235. boticarios, para redactar en el plazo de dos años una Farmacopea general, «por la qual los boticarios destos Reynos compongan y tengan hechas todas las medicinas, y todas las demas cosas que tuvieren en sus boticas, para que por ella sean visitados, y penados, sino las cumplieren, y guardaren» 36.
En principio, formular una Farmacopea suponía establecer una lista oficial de fármacos y estipular la composición, preparación y dosificación de cada uno.
Parece que el Protomedicato, con Zamudio de Alfaro al frente, no completó esta tarea en este periodo; de hecho, no se cumpliría, por lo que se refiere a Castilla, hasta la publicación de la Pharmacopea Matritense en 1739 37.
Sin embargo, es posible que realizase la primera parte del proceso, redactando una lista de fármacos, y que el presente catálogo fuera el resultado de los primeros intentos de regular legalmente los medicamentos que debían estar en poder de un boticario, en especial, para las habituales visitas realizadas por diferentes instancias, entre ellas, el Protomedicato.
Todo esto se produce en un contexto en el que los intentos por parte de la Monarquía de regular la práctica de los boticarios habían ocasionado numerosos conflictos.
Por ejemplo, las nuevas normas sobre aguas destiladas, pesos y medidas redactadas por el protomédico anterior, Francisco Valles, encontraron la firme oposición de los boticarios, manifestada en las Cortes de 1590, alegando que las propuestas de Valles eran perjudiciales para la salud.
A pesar de ello, se impuso la reforma; el tratado de Valles salió en 1592, y se mandó en la pragmática de 1593 «que se pregone de nuevo la orden que se dio cerca de los pesos y medidas, y se execute» 38.
Esta decisión demuestra una firme voluntad de llevar a cabo una normalización de las prácticas farmacéuticas en Castilla, al igual que ya se había producido en otros territorios de la Monarquía Hispánica.
Así, los colegios de boticarios de la Corona de Aragón iniciaron muy tempranamente la publicación de farmacopeas.
El primero fue el Col.legi de boticaris de Barcelona, que publicó en 1511 una Concordia apothecariorum Barchinonensium, el de Zaragoza editó en 1546 su Concordia aromatoriorum Caesarauguste, y el de Valencia su Officina medicamentorum en 1601 39.
Es en este contexto en el que hay que encuadrar el presente catálogo que, aunque no se trata ni lejanamente de una farmacopea, es decir, un código oficial para la preparación de medica----- mentos, sí es un listado de carácter oficial y normativo destinado tanto a los boticarios y a sus proveedores, como era Brines, como a los protomédicos que debían controlar el estado de las oficinas de farmacia castellanas.
MÉTODO DE TRANSCRIPCIÓN Y EDICIÓN
Presentamos a continuación una transcripción paleográfica del catálogo, con las palabras del original en letra negrita y los títulos de las secciones en mayúsculas.
Hemos numerado las entradas, para facilitar las referencias, añadiendo a la derecha una versión normalizada de cada entrada, con el nombre científico de los simples y una breve descripción de los compuestos.
Para realizar las identificaciones se ha recurrido a diversos estudios y textos de carácter farmacéutico de la época.
Los medicamentos simples han sido identificados a partir de estudios que previamente se realizaron de los contenidos en uno de los textos de materia médica de mayor circulación, el Libro de los medicamentos simples atribuido a Mateo Plateario 40, así como de la traducción castellana de Dioscórides realizada por Laguna 41 y la de Juan de Jarava del herbario de Leonhart Fuchs 42.
Para la identificación de los productos minerales hemos seguido básicamente las identificaciones de J.L. Fresquet de los que aparecen en dos textos contemporáneos de materia médica al catálogo que aquí presentamos 43.
Muy diferente ha sido el proceso de lograr una descripción básica de los compuestos, para lo cual el manual del boticario Luis de Oviedo ha sido especialmente relevante en relación con el presente catálago.
Publicado por primera vez en 1581, salió ampliado en 1595 44, con una sección nueva sobre compuestos, que nos ha sido de gran utilidad.
Esta segunda edición de 1595 está dedicada precisamente al ----40 PLATEARIO, M. (2000)(2001), Libro de los medicamentos simples [Circa instans], edición facsímil con estudios, M. Moleiro Rodríguez (dir.), con traducción al castellano de M.a Luz López Terrada, Barcelona, M. Moleiro.
41 LAGUNA, A. de (1566), Pedacio Dioscorides Anazarbeo, acerca de la materia medicinal y de los venenos mortiferos: traduzido de lengua griega en la vulgar castellana & illustrado con claras y substantiales annotationes... por...
Andrés de Laguna, Salamanca, por Mathias Gast.
42 LÓPEZ PIÑERO, J.M. y LÓPEZ TERRADA, M.L. (1994), La traducción por Juan de Jarava de Leonhart Fuchs y la terminología botánica castellana del siglo XVI, Cuadernos Valencianos de Historia de la Medicina y de la Ciencia, Serie A: Monografías, 46, Valencia, Instituto de Estudios Documentales e Históricos sobre la Ciencia, Universitat de València-CSIC.
43 FRESQUET FEBRER, J.L. (1999), El uso de productos del reino mineral en la terapéutica del siglo XVI.
44 La edición utilizada, por coincidencia cronológica, ha sido: OVIEDO, L. de (1595), Methodo de la coleccion y reposicion de las medicinas simples, y de su correcion y preparacion: va añadido el tercer libro, en el qual se trata de los letuarios, xaraues, pildoras, trociscos, y azeytes que estan en vso, Madrid, por Luis Sanchez.
protomédico Andrés Zamudio de Alfaro.
No obstante, algunas descripciones proceden del texto de Fuente Pierola 45, algo más tardío, así como de otros textos y estudios cuya enumeración sería excesivamente prolija.
Por otra parte, queremos expresar nuestro agradecimiento a José María López Piñero, que ha tenido la amabilidad de darnos sus sabios comentarios sobre la identificación de algunos de los fármacos incluidos en este catálogo. ----51 Se refiere al médico árabe Johannes Mesue (Yuhanna Ibn Masawaih al-Mardini, m.
CATALOGO DE LAS COSAS QUE LOS BOTICARIOS HAN DE TENER EN SUS BOTICAS
52 «Nicolao» se refiere a Nicolaus Salernitanus, supuesto autor del Antidotarium icolai (s. XII).
DIAPRUNIS LAXATIVO: electuario de ciruelas (Prunus sp.) con vino blanco, muy buen laxante para purgar la cólera.
288 yndo menor ELECTUARIO INDIO MENOR: se preparaba con miel, azúcar, turbit y escamonea.
289 diasen DIASÉN: compuesto principalmente de seda quemada, además de perlas, coral y lapislázuli.
290 jera picra HIERA PICRA SIMPLE de Galeno: un medicamento compuesto que asociaba un determinado peso de áloe y uno equivalente repartido entre otros doce simples con el doble de miel espumada o de jugo de ajenjo.
291 benedita BENEDITA (o benedicta): medicamento compuesto preparado incorporando en miel espumada turbit raspado, azúcar blanca y hermodáctiles, diagridio, pétalos de rosas rojas, clavos de especia, espinacardo, azafrán, saxífraga, semilla de perejil, pimienta larga, amomo, semilla de apio, sal gema, galanga, macis, alcaravea, agárico, hisopo, semilla de espárrago y brezo y milenrama, todo ello reducido a polvo.
292 yera logodion HIERA LOGODION: compuesto que se preparaba de la siguiente manera: en un poco de miel espumada se incorporaba pulpa de coloquíntida, polipodio, euforbio, poleo de monte, semilla de lauréola, ajenjo, mirra roja, centaurea menor, agárico, goma amoníaco, etc.
293 confo alquermes CONFECCIÓN ALQUERMES (o alchermes): confección cuyo principal ingrediente era quermes o grana (Coccus ilicis o Kermes ilicis), utilizados habitualmente para teñir de color rojo la seda.
294 de xacintos CONFECCIÓN DE JACINTOS napolitana: compuesto cuya receta fue enviada a Felipe II desde Nápoles y cuyo uso era muy frecuente en la Corte 53.
Se preparaba con jacintos, esmeraldas, zafiros, perlas, coral blanco y rojo, azafrán, espodio, rasuras de marfil, lináloe crudo, huesos de corazón de ciervo, cuerno de ciervo quemado, verdolagas, cilantro, acederas, behén blanco y rojo, díctamo crético, raíz de tormentilla, terra sigillata, bolo arménico, rosas, simiente de cidra, ámbar y almizcle.
Todos estos simples se reducían a polvo y se mezclaban con jarabe de limones.
295 triaca desmeraldas TRIACA DE ESMERALDAS: se preparaba con esmeraldas, jacintos, simientes de peonía, azafrán, canela, cidras, díctamo crético, acederas, rasuras de marfil, galanga y coral rojo, todo en polvo mezclado con miel de limón.
ÍNDICE DE NOMBRES DE MEDICAMENTOS SIMPLES Y COMPUESTOS, ANIMALES, PLANTAS Y MINERALES |
Sin duda, nos encontramos ante uno de los autores más interesantes de la historiografía médica del siglo pasado.
Otras revistas, como Dynamis, se han ocupado de recordar la figura de este historiador tan triste y recientemente desaparecido.
Así, en las páginas que la revista granadina le dedica Teresa Huguet, en su escrito «En recuerdo de Roy Porter» (Dynamis 22, 2002, 523-528), nos señala el papel esencial que tuvo en los estudios que relacionan ciencia y cultura, historia social e intelectual, en especial en Londres y en el siglo XVIII, el siglo de la Ilustración.
Sus trabajos fueron desde las ciencias duras a las del hombre, desde la enfermedad al paciente, desde el médico al intruso, desde unas clases sociales a otras.
Enriqueció, en sus estudios en la Wellcome Foundation, las posibles fuentes de la historia de la medicina, literatura, diarios, cartas, caricaturas, prensa, etc., y facilitó con sus diccionarios y enciclopedias nuestro trabajo.
Supo hacernos llegar el mundo anglosajón, que tan bien dominaba.
Su papel junto con Germán Berrios al frente de la revista History of Psychiatry fue muy importante.
El libro que comento tiene en su versión inglesa un título sugerente, algo así como «sangre y tripas», mientras que en la española se llama «las personas, la enfermedad y la atención sanitaria».
Desde luego el título inglés tiene mucha más garra, propio de un autor con gran tirón de público.
Según se nos dice, el material procede de otra obra anterior, en que enfoca con más detalle la historia de la medicina, desde un punto de vista social.
Aquí parece que vuelva a la tradicional historia de las ideas médicas, lo que plantea la pregunta de si se trata de una puesta al día con la historia cultural, o bien una aprovechamiento de restos y retales de otras obras.
El primer capítulo es una historia de la enfermedad, tomada en dos frentes, el biológico y el social, comprendiendo desde la prehistoria hasta el día de hoy, en que el SIDA sobre todo en África vuelve a diezmar la población.
Viene luego, en el segundo, un amplio recorrido por los profesionales de la salud, entendidos en un amplio sentido, comprendiendo también saberes, públicos e instituciones que los caracterizan, así como charlatanes y medicinas alternativas.
No olvida la entrada de la mujer en el campo de la salud.
El estudio del cuerpo se hace desde la anatomía más tradicional, olvidando los aspectos antropológicos tan necesarios hoy y terminando con la formulación del
concepto de tejido por Bichat, deteniendo en tiempos de Napoleón la evolución de estos estudios.
Al parecer desde entonces, cuando precisamente nace la anatomía moderna, el estudio del cuerpo se realiza en los laboratorios, lo que da lugar al nombre del siguiente capítulo.
Desde las mesas de trabajo de éstos analiza la evolución de la fisiología y la patología de los dos siglos siguientes, completando así el recorrido por la historia de la medicina teórica.
En el capítulo dedicado a las terapias se enfrenta con la farmacológica, en especial contra las infecciones, tan eficaz en el siglo XX.
Abre el capítulo quirúrgico con un dicho de Hipócrates, la guerra es la mejor escuela de la cirugía.
Comienza en el mundo preclásico con las cataratas, rinoplastia y antes trepanación, en su recorrido da su merecida importancia al tratamiento de las heridas y a la cirugía de guerra, llegando a los grandes logros de la asepsia, la anestesia y la hemostasia.
No olvida grandes temas, como la ginecología, la exploración, así con los rayos X, y desde luego el mundo apasionante de los trasplantes.
En fin, el hospital es estudiado con su lenta medicalización y la aparición de los diversos cuerpos de sanitarios, como el de enfermeras.
Por fin, en un epílogo a modo de testamento, reflexiona sobre las contradicciones de la medicina de hoy, su poder, sus peligros y sus insuficiencia, sus servicios al individuo y a la sociedad, los problemas de socialización de la medicina, con el distinto papel de sectores públicos y privados.
Desde luego, no olvida la diferencia de la medicina norteamericana con la europea.
El libro permite una apertura al mundo anglosajón, si bien las historias de la medicina que han aparecido entre nosotros, como las de Pedro Laín Entralgo o José María López Piñero, son mucho más instructivas y adaptadas al público español.
De hecho, la bibliografía que nos proporciona Roy Poter es casi por entero anglosajona, permitiendo así al lector español entrar en un mundo distante, pero también imposibilitando al lector medio la llegada a esas fuentes.
Las ilustraciones, también de esta procedencia, son como siempre magníficas.
Entre los autores de otras procedencias que aparecen, debemos señalar a Luis García Ballester y a Jon Arrizabalaga, dos excelentes medievalistas, el primero por desgracia ya desaparecido.
Pero hay una amplia bibliografía no anglosajona, que queda al parecer olvidada.
Pese a la amplísima obra de Roche, en España sólo se cuenta con su presencia en libros colectivos, como la clásica revisión historiográfica Hacer la historia, Barcelona, Laia, 1985(or.
París, 1974, dirigida por Le Goff y Nora), donde participó con R. Chartier -«El libro, un cambio de perspectiva»-, o mejor el excelente Diccionario histórico de la Ilustración, dirigido por él mismo y V. Ferrone (Madrid, Alianza, 1998; or.
Pero es bien conocido, por los historiadores de aquí, este profesor parisino, colaborador temprano en la École Pratique (sobre Livres et société, 1965(sobre Livres et société, y 1970)), y hoy miembro del Collège de France, donde ha dado anualmente cursos variados sobre la Ilustración.
De todos modos, Roche había destacado ya con su tesis sobre las academias en la provincia, de 1973, que publicó en un libro, muy reconocido, Le siècle des Lumières en Province, académies et académies provinciaux, 1680-1783(Mouton, 1978), donde con un vasto rastreo supo manifestar el limitado peso de la burguesía en esas instituciones, tan importantes sin embargo para la renovación científica y cultural.
Más adelante, amplió esta investigación en Les républicains des lettres (Fayard, 1988), al presentar diversas personas de la cultura y sus relaciones con la Ilustración; y ofreció poco después su visión global sobre el período en La France des Lumières (Fayard, 1993), obra que, como las anteriores, tiene su reflejo en estos Humeurs vagabondes.
Pero asimismo Roche había empezado a estudiar la cultura popular (Le peuple de Paris, Aubier, 1981), la naciente autobiografía (con Ménétra) o la idea de paternidad (con Delumeau, 1990).
Por añadidura, fue revisando -con manifiesta eficacia y novedad-aspectos dinamizadores del Setecientos, como son el vestido (La culture des apparences, Fayard, 1989), el nacimiento del consumo (Histoire des choses banales, XVII e -XIX e siècles, Fayard, 1997), o el tema del movimiento al describir la movilidad y la acogida en la ciudad de París (La ville promise, Fayard, 2000), así como, colectivamente, los coches de tiro o el caballo y la guerra en trabajos de 2000 y 2002 -que ahora se revelan decisivos-.
De la circulation des hommes et de l'utilité des voyages es una obra gigantesca que quiere ser el resumen de su vida intelectual, pues está firmada en París: 1955 y 2000.
Si retenemos, por ineludibles, los inicios de Roche -el libro como mercancía y como signo cultural, el libro como condensación del trabajo ilustrado-, cabe decir que los impresos y los viajes, cada uno por su lado, han venido a cerrar el periplo de este historiador.
En realidad, las dos palabras precedentes libro y viaje son dos referencias fundamentales de la Ilustración (aunque ambas enlacen con logros del Renacimiento tardío).
Desde el punto de vista material y desde el intelectual, la presencia clara del libro y la expansión territorial son definitorias de un mundo que de pronto se acelera en el tiempo, que se rompe y revoluciona; un mundo que va quebrando muchos conceptos seculares, en parte por los relatos de viajeros o -desde luego-por lo que ellos suponen.
Este nuevo periplo histórico de Roche está dividido en tres partes bastantes diferenciadas: sobre el conocimiento de los viajes (descripción, memoria, utilidad), la primera; luego, sobre sus limitaciones y las posibles libertades (modos de moverse, control e identidad, el don y la economía de la hospitalidad); finalmente, sobre el descubrimiento del individuo y del mundo, incluyendo la pedagogía a la nueva sociabilidad.
Cabe resaltar que algunos de estos aspectos pueden contabilizarse y pormenorizarse mejor, según nos hace ver de entrada el autor, porque en el siglo de las Luces hubo unos tres mil quinientos textos viajeros (pero la mayoría no la ostentó ya la lengua francesa); y el aceleramiento de la historia se refleja incluso en que más de mil de ellos se publican en las dos décadas finales del siglo, cuando el proyecto de las Luces se mezcla con las dos grandes revoluciones setecentistas.
Por supuesto que esos aspectos circulatorios del mundo social tienen que ver con las artes, las letras y ciencias renovadas, con esas manufacturas y ese comercio en alza por parte de las zonas más expansivas.
Pero este orden teórico-práctico no es el que sigue Roche: su inmensa enciclopedia sobre el nacimiento de la circulación logra -mediante meandros de noticias muy dispares y valoraciones múltiples-fundir en un ensayo muy bien trabado y originalmente concebido los circuitos ilustrados y sus posibilidades materiales e intelectuales en todos los terrenos (sin olvidar los científicos).
Por lo demás, la bibliografía que emplea, verdaderamente plural al recorrer todas las ramas de los conocimientos y las vetas de la historiografía, es obra de la vida de Roche, como lo es su propia obra, que se ve incorporada y relanzada desde esta perspectiva viajera.
El único apartado que resulta más esperable corresponde a la páginas que dedica a las errancias -tan distintas-de Voltaire y Rousseau (parte III, capítulo XI); pero también aparece retratado el poco viajero Condorcet que, sin embargo, viajó mentalmente mucho por Norteamérica y por toda Europa, pues los encierros interiores forman parte de las descripciones tan sutiles que este libro nos ofrece.
Gracias a trabajos como el de Roche, entre otros, se hablará más del XVIII como el siglo del movimiento.
En el artículo «Voyage» de la Enciclopedia de Diderot se destacaba la educación que procuran los desplazamientos; que la mejor escuela posible sería el viaje y la idea pedagógica para el futuro consistiría en desplazarse buscando a la vez ciencia e intensidad.
El mundo, en efecto, de pronto se acelera en el tiempo, va quebrando muchos conceptos seculares, pierde el centro, se rompe y revoluciona (por su comercio transoceánico o interior, por su fisiocracia en acción, por sus medios de comunicación).
Los filósofos viajan, en libertad total, y las ideas corren raudas; todo es comparable, y se percibe la diferencia cultural en marcha.
Ello supone un modo de dominar el espacio y el tiempo, de adueñarse de ellos, de dejarse invadir controladamente por lo que sucede, como dice Roche; también es un modo intermitente de dar noticias (de enlazarse con el mundo dejado atrás), y, por tanto, de poner en juego unos mecanismos basados en la ruptura y en la distancia al servicio de cierta pedagogía social, sobre todo a medida que el siglo avance.
En fin, toda esa secuencia de ideas expresan un hecho fundamental: que la perspectiva moderna que se perfila en las Luces supone la centralidad del hombre, en su autonomía y capacidad de decisión.
Pero esa centralidad se halla lejos hoy de la justicia que persiguieron las más generosas personas que se movieron, de un modo o de otro, por el siglo XVIII; de modo que seguimos a la espera de «otra Ilustración» donde se mitiguen en lo posible las 'imposiciones de movimiento', esto es, la fuerza del exilio o la mera fuerza del trabajo, y donde pueda aparecer, dice Roche, «una movilidad sin fronteras y sin rupturas».
A comienzos de 1960, Michel Foucault concluye la redacción de sus tesis para el doctorado de Estado.
El texto defendido ante las autoridades académicas se publicará, un año más tarde, bajo el título inicial de Locura y sinrazón, historia de la locura en la Edad Clásica.
Foucault tenía treinta y cuatro años y acababa de escribir el primer volumen de una obra que pronto lograría resonancia universal.
La Historia de la locura de Foucault no es un libro sencillo.
Por sus ideas y su diseño estamos ante una trama argumental y discursiva difícil de desentrañar.
En general, se acepta que en su interior se puede distinguir un doble caudal de ideas, ambas de gran densidad y en ocasiones de difícil separación.
Una de ellas, puramente epistemológica, estudia la sinrazón, esto es, el contingente de prácticas, discursos, racionalidades y masas verbales -según los términos del autor-que configuran el concepto tradicional de locura.
Desde de ese trasfondo histórico que le precede, la Psiquiatría primitiva, culminando un proceso iniciado en los siglos XVII y XVIII, habría reducido a un solo rostro el suelo de múltiples caras que constituía la locura.
Inventando la enfermedad mental mediante un giro positivista, la Psiquiatría intensificó al máximo la discontinuidad histórica que, a juicio de Foucault, separa la razón y la sinrazón a partir de Descartes, para acabar secuestrando al loco del seno de la locura transformándole en un enfermo sin más.
Ahora bien, junto al enfoque conceptual, el estudio de Foucault se centra también en la disección de una experiencia institucional que corre paralela a esa otra discursiva.
Se trata de la fundación en París, en 1656, del Hospital General, un espacio de reclusión que va a acoger todas las formas de marginación y miseria, y donde se interna también, de forma indiferenciada, a la locura.
La misma decisión que encierra a los locos lejos de los cuerdos, es la que impulsa a la razón para separarse de un modo tajante, bajo una intensidad hasta entonces desconocida, de las elaboraciones de la sinrazón.
Sinrazón que, por otra parte, se nos repite con frecuencia que nada tiene que ver con la irracionalidad, esto es, con la superstición, la barbarie, los prejuicios, los dogmas, la ignorancia o la violencia.
Estos dos mundos de conocimiento y de acción son los que Foucault analiza en su primer libro mostrando las sorprendentes interrelaciones que les confunden, dado que el mismo silencio que se cierne sobre el discurso de la sinrazón amordaza a la locura tras los crueles muros del Hospital.
Pues bien, bajo este horizonte de trabajo hay que entender el Curso que impartió en el Colegio de Francia entre 1973 y 1974, objeto ahora de nuestra atención.
Se ha dicho, probablemente con acierto, que todos los grandes temas de Foucault se encuentran prefigurados en su Historia de la locura.
Allí tropezamos con sus principales figuras subjetivaslocura, muerte, crimen, poder y sexo-y encontramos también los instrumentos técnicos, genealógicos y arqueológicos, que va perfilando.
A su vez, la locura puede comprenderse como un invitado constante en el resto de su obra, aunque es cierto que en ninguna otra ocasión le aborda tan directamente como vuelve a hacerlo en este Curso que dicta doce años después.
En este nuevo texto, desarrollado a lo largo de doce lecciones, no intenta, según afirma, volver a un estudio de las mentalidades en torno a la percepción de la locura en los siglos XVII y XVIII, sino que se propone estudiar el diagnóstico de poder que envuelve el ejercicio de la psiquiatría.
El asunto del poder había ocupado progresivamente la atención de Foucault hasta que tras la publicación, en 1976, de La voluntad de saber, el primer tomo de una particular historia de la sexualidad, confiesa sentirse obsesionado por el tema y esclavizado en la vertical de sí mismo.
Percepción que le obliga a permanecer siete años en silencio hasta que logra desplazar su interés a la Antigüedad clásica, donde cree encontrar algo nuevo, algo que, de acuerdo con la ética de su método, le permita «pensar de otro modo» y zafarse en parte de su recalcitrante preocupación.
Pero, en 1973, lo que aún le atrae por encima de todo es el análisis del poder, y desde ese ángulo, ya presente en la interpretación institucional de su primer libro, vuelve ahora, con motivo del Curso, a interpretar la Psiquiatría.
Ahora bien, no por confesar un propósito estricto consigue desentenderse del todo de sus inclinaciones epistemológicas, pues pronto comprobamos que, en la décima lección, con indudable tono nietzscheano, aborda nada menos que «una pequeña historia de la verdad en general».
Momento del Curso donde el autor alcanza alguno de los momentos más intensos de su análisis, y puede, si se admiten estas estimaciones personales, que logre alguna de las páginas más penetrantes del texto.
Coincidiendo con la presentación del 23 de enero de 1974, Foucault expone su concepción de la «verdad acontecimiento» contrapuesta a la «verdad demostración».
Una verdad, la primera, que define de choque, de rayo o relámpago, de poder más que de descubriendo o método.
Una verdad de dominación y victoria de la que deriva la «verdad demostración» como una simple región que en nuestros tiempos se ha vuelto pletórica, y que si ha tomado proporciones gigantescas y una capacidad dominante, no debe hacernos olvidar que la demostración científica es sólo una modalidad de la verdad, la misma que a lo largo del siglo XIX, y a propósito de la psiquiatría, ha intentado recubrir la «verdad acontecimiento» de la locura.
Desde esta perspectiva interpreta la crisis del enfermo como un momento donde la enfermedad explota en su verdad -de acontecimiento-, y debe decidir entre la vida y la muerte, entre la recuperación o el paso a la cronicidad.
La disciplina psiquiátrica, a su juicio, en un ejercicio desconsiderado y abusivo del poder, se habría encargado de neutralizar el valor de la crisis, forzando a la locura a suprimir los síntomas por sumisión a la demostración, lo que paradójicamente no la conduce a la curación sino a la famosa evolución demencial que defendió la psiquiatría del XIX.
El resto del Curso está mucho más centrado en aspectos menos teóricos y más previsibles por su continuidad con la Historia de la locura.
Aquel gesto liberador de Pinel, que en su momento Foucault valoró como iniciador de otra forma distinta de opresión, la del tratamiento moral, se prolonga ahora en la estimación de la Psiquiatría como una ciencia orientada, antes que a un saber, a mantener un orden disciplinar.
Si se sueltan las cadenas es bajo la condición de asegurar la obediencia del loco a las órdenes y a la disciplina impuestas por el médico.
Durante el tiempo de consolidación de la que llama protopsiquiatría, subraya que se da mucha importancia a la fuerza física del psiquiatra y al choque de fuerzas entre el tesón del médico y la obstinación del delirante.
Al autor, en este orden de cosas, le parecen reveladoras las palabras que Foderé escribe en su Tratado del delirio de 1817: «Un bello físico, es decir, un físico noble y varonil, es quizá, en general, una de las primeras condiciones para tener éxito en nuestra profesión; es sobre todo indispensable junto a los locos para poder imponerse a ellos.
Cabellos castaños o blanqueados por la edad, ojos vivos, una compostura fiera, miembros y pecho anunciando la fuerza y la salud, rasgos prominentes, una voz fuerte y expresiva: tales son las formas que en general causan un gran efecto sobre los individuos que se creen por encima de los demás».
La locura, durante esos primeros años que discurren entre 1800 y 1830, es entendida como una insurrección que debe ser sofocada con la fuerza del psiquiatra, como una confrontación que se traslada a un escenario donde se enfrentan las ideas delirantes del enfermo y su temor al castigo.
Llegado a este punto, Foucault aprovecha para sugerir una conclusión de amplios vuelos, la idea trascendente de que sea cual fuere la forma del poder, éste, finalmente, se ejerce siempre sobre el cuerpo: «Me parece que lo que hay de esencial en todo poder es que su punto de aplicación es siempre, en última instancia, el cuerpo.
Todo poder es físico, y hay entre el cuerpo y el poder político una conexión directa».
Frente a las estratagemas del poder psiquiátrico no hubo reacción, según Foucault, hasta la llegada del psicoanálisis, que vino a desvelar la verdad que se oculta en el juego de mentira que constituyen los síntomas.
Pero antes que él, de forma previa a la corrección psicoanalítica, reaccionaron los propios locos a través de todas las formas de simulación de la locura.
Impostura que no es referida a la simulación del no loco cuando se hace pasar por tal, sino a la simulación interna de la locura.
Es decir, que el modo como el loco llega a hacer del verdadero síntoma una forma de mentir y de un falso síntoma una forma verdadera de estar enfermo, se convierte inesperadamente en un problema insoluble para el siglo XIX, forjando el esfuerzo depsiquiatrizador más intenso, el anti-poder más efectivo, llevado a cabo, en este caso, por una tropa de simuladores que se hacen los locos sin dejar por ello de serlo.
Si La historia de la locura despertó la irritación de la psiquiatría y suscitó todo tipo de descalificaciones, en la medida en que el poder psiquiátrico se sintió desenmascarado y puesta en entredicho su verdad, es de prever que la psiquiatría actual no se sentirá, en cambio, ni afectada ni irritada ni conmovida por este Curso de Foucault.
Los saberes críticos están tan desarmados en la actualidad, resultan tan anacrónicos ante la monolítica potestad de la ciencia y su ejercicio de poder, que la recepción positiva de estos análisis parece imposible o muy limitada.
Es de suponer que habrán de pasar varios años, si no décadas, para que el penetrante análisis que se nos propone alcance los efectos deseados por el autor y por quienes se avergüenzan de la fácil obediencia a la que están sometidos los discursos psiquiátricos en la actualidad.
Para entonces, este Curso tan fiero y radical logrará el eco que se merece.
¿La ciencia, tiene algo que ver con la pasión?
Quizá sí, al menos así puede parecer si recordamos las palabras de Condorcet poco antes de morir.
Perseguido y atemorizado, encontraba tan solo consuelo en la visión de una ciencia que progresaba de forma rápida y constante.
La pasión por la sabiduría era, por tanto, la única que el sabio estoico podía permitirse.
En el título que González Bueno ha puesto en la cabecera de su libro, se nos habla de la pasión del valenciano Cavanilles por el saber y, en efecto, así transcurrió su vida.
El botánico es un buen ejemplo del clérigo ilustrado, preocupado por sus relaciones, sus conocimientos, sus posesiones, su patria y sus escritos.
Encauzado por la iglesia ilustrada, relacionado con poderosas casas nobles, vivió unos años de intenso aprendizaje en París.
Sus relaciones con científicos europeos, con ministros avanzados, como Urquijo, sus rivalidades con sabios ignorantes, como Gómez Ortega, su interés por mejorar la vida de sus compatriotas, así como las instituciones científicas lo convierten en una de las principales figuras de la ciencia ilustrada.
La revista que promovió, las reformas del Jardín Botánico, su escuela... hacen que con él la ciencia moderna penetre en nuestro país.
Una ciencia que se independiza de la medicina y de la farmacia, pero que a la vez es consciente del papel motor del progreso que la Ilustración le confería.
Antonio González Bueno ha estudiado durante muchos años todos estos complejos aspectos del clérigo botánico.
Lo ha hecho con extremo rigor y gran inteligencia, redactando un libro que es ameno, hermoso e instructivo.
Sin duda, será por muchos años la biografía básica de Antonio José de Cavanilles.
Añade un interesante capítulo sobre los «bienes terrenales» que recuerda el libro de Die y Alberola sobre la herencia de Jorge Juan.
La bibliografía y cronología, los índices onomástico y general hacen que la obra sea de gran utilidad.
La Fundación Jorge Juan, una vez más, ha sido capaz de elegir una obra excelente y publicarla con la dignidad y la belleza que merece.
MERCEDES GRANJEL, Las Hurdes, el país de la leyenda.
Entre el discurso ilustrado y el viaje de Alfonso XIII, Lleida, Editorial Milenio, 2003, 179 pp.
Habíamos esperado con ilusión el libro de Mercedes Granjel, tras conocer algunas de sus aportaciones previas al tema.
Un tema que es una herida en la historia de España, el estudio de un país en el que la leyenda se cebó creando el mito de una raza degenerada y, por tanto, culpable.
El mito la degeneración, que toma sus raíces en las páginas que el conde de Buffon dedicó a la degeneración de algunas especies domésticas, es un mito cristiano y romántico.
Se basa en la figura del ángel caído, el diablo, que pecó contra Dios y fue castigado con la fealdad y la maldad.
Aplicado a individuos y grupos considerados inferiores, tuvo un importante renacer en la obra de los estudiosos franceses y españoles de la degeneración, como han mostrado Huertas, Campos y Martínez, así como en la escuela positivista italiana, de manos de Lombroso.
La llegada de estas maldiciones a las tierras hurdanas, es una herida abierta en la historia de España, herida que estudia Mercedes Granjel con la devoción y el acierto que un médico debe poner en tales empresas.
Utiliza una bibliografía abundante, incluso manuscrita y de prensa, analizando sus materiales con una pertinencia y una calidad realmente magistrales.
Se nota el estilo literario tan caro en su círculo intelectual, así como el interés por construir una historia de la medicina sabia y progresista.
Empieza la autora con los primeros intentos de estudio de la Hurdes hechos por los ilustrados, autoridades, viajeros y sabios.
Recrimina luego a Pascual Madoz por haber apoyado y difundido las ideas negras que sobre esta tierra se heredan.
Analiza la interesante figura de Romualdo Martín Santibáñez, estudioso y propagandista de los problemas de las Hurdes, desde un punto de vista social y científico.
No menos interesante es su protector Vicente Barrantes, así como las aportaciones de Lucas Mallada y Pedro González de Velasco.
Analiza el Cuestionario del Ateneo de 1901 y el Congreso hurdanófilo de 1908, así como el papel de regeneracionismo, positivismo y catolicismo social en el estudio de los problemas sociales, económicos y administrativos.
Las visitas de Gregorio Marañón, así como la del rey Alfonso XIII, constituyen una cima en la preocupación por estos problemas.
La prensa se divide, dado los problemas políticos, económicos e intelectuales del momento.
Colaboraron Marañón, Goyanes, Bardají y Hoyos Sáinz.
El seguimiento del viaje fue muy bueno, pero las consecuencias inmediatas escasas.
Se conoció el hambre, el paludismo, el bocio, el enanismo, pero también brillantes imágenes a través de la cámara de Buñuel o buenas ideas como la introducción de la sal yodada en la alimentación hurdana.
Esta es la primera versión al castellano íntegra, de la parte griega conservada, de un libro central para la historia de la medicina, que le ocupa a Galeno desde que llega a Roma, en el año 162, hasta su muerte.
El resto -hasta los quince libros de que constaba el original-se conoce parcialmente por la versión que en el siglo IX hizo Hubaish, un discípulo de Ibn Isaq.
El prólogo de Mercedes López Salvá, consumada traductora, resume a la perfección el contenido del libro y el estado de las versiones del texto galénico, incluyendo una síntesis de lo que falta del IX y su contenido hasta el libro XV.
El índice analítico -entre el interesante aparato textual-es un excelente apéndice, que hace del tratado un utensilio vigente.
El libro, especialmente técnico pero de gran riqueza por sus noticias particulares y por sus constantes añadidos más discursivos, nos permite comprobar su visión -como hijo de arquitecto-de que la forma del cuerpo se asemeja a la de los huesos.
Así pues destaca la parte dura del cuerpo en primer lugar, cuya sustancia sería como los muros de las casas y las estructuras de una tienda de campaña, según dice.
Y entre los grandes hallazgos galénicos cabe recordar sus precisiones de los huesos en general, con o sin cavidad medular (caja craneana, apófisis, epífisis, diáfisis), pero asimismo de los músculos (así los del tórax, destacadamente) y tendones (así el de Aquiles), y de ciertos los nervios (cervicales, raquídeos, craneanos, recurrentes), así como del sistema nervioso en general (ganglios, sistema simpático).
Por otra parte, él mismo da noticias -una y otra vez en este libro-de sus antecesores, además de exaltar su propia formación y sus hallazgos y de exponer con claridad aspectos centrales de la formación del anatomista, aspecto que como avanzábamos le había ocupado la mitad de su vida.
El médico que deseara instruirse debería ir a Alejandría, dice aquí Galeno, dadas las enseñanzas sistemáticas de ese museo, mediante cuerpos diseccionados.
Y si no, ha de recurrir al empleo de animales como el mono: «el simio es de todos los animales el más parecido al hombre en sus vísceras, en los músculos, en las arterias y en los nervios» (I, 219).
Pero asimismo Galeno apela a varias veces al elefante, por ejemplo, aunque incluso abriendo su gran cuerpo -teatro anatómico en vivo-puedan escaparse detalles (VII, 619).
Y también a muchos otros más, como vemos de un solo golpe en el índice de animales usados en sus disecciones (aves, mamíferos como el ratón, caballo, buey, cabra, cerdo o camello, cocodrilos y serpientes).
De hecho, como es bien sabido, pocas veces utilizó hombres, pero aquí describe bien las circunstancias en que pudo hacerlo: una tumba reciente que se abrió por una corriente de agua, dejando ver bien el esqueleto; otro de un salteador de caminos, muerto y dejado sin enterrar; una peste de carbunclo, que dejó privada de piel varias partes del cuerpo en los apestados; ciertos enfermos cuyas heridas abiertas permitían ver músculos, arterias o nervios (I, 221, 224, 225).
Es imposible repasar cada uno de los aspectos que toca este creador del arte por antonomasia (por ejemplo, pulmón, riñones, hígado y, sobre todo, corazón).
Pero subrayemos, una vez más, que gracias al insólito empeño madrileño de Gredos -que ha abierto definitivamente nuestras posibilidades de acceso a los antiguos clásicos-podemos acercarnos en castellano, más que fiablemente, a una de las fuentes más importantes para nuestra formación, científica o cultural.
La contribución a este proceso recuperador básico, en el caso galénico, parte sólo de 1997, pero ya hay cuatro volú-menes, que esta editorial ha cuidado con gran fortuna, al sumarse el libro que comentamos a Sobre la localización de las enfermedades, los reveladores Tratados filosóficos y autobiográficos y recientemente Las facultades del alma.
Estas obras, por otra parte, son muestra a la vez de la excelente helenización de la cultura romana en el siglo II, a la que Galeno contribuyó con gran efectividad, y del desarrollo del campo médico que fue en verdad decisivo en esa centuria esencialmente civilizadora, como seguimos percibiendo en toda la nomenclatura médica del presente.
Sin duda, es una gran noticia la aparición de la edición del viaje de Simón de Rojas Clemente.
Como el editor nos dice, es un manuscrito del Jardín Botánico, en donde recibe una gran ayuda, en especial de Pilar de San Pío, quien se ocupa de la catalogación de los materiales gráficos.
La edición es hermosa y cuidada, con índices de gran interés.
Es muy importante que se vaya conociendo la gran aportación a la ciencia ilustrada que queda en manuscritos de muchas instituciones.
Nacido en 1777 en Titaguas, partido de Chelva, inicia una carrera eclesiástica, aficionado a la música y a las lenguas; pasa por instituciones ilustradas como el Seminario de Nobles y el Jardín Botánico; emprende viaje a Francia e Inglaterra, para ir luego al norte de África; más tarde recorrerá el reino de Granada (Almería, Granada y Málaga) por encargo de Manuel Godoy y Pedro Cevallos.
Estudia mucha historia natural, estando tal como Horacio Capel señala en la órbita de Cavanilles y de Francisco Antonio Zea.
No sólo se preocupa de los vegetales, también de los minerales, criticando a Bowles con frecuencia.
Estudia la geografía física, las alturas de valles y montañas, a pesar de la dificultad de los instrumentos.
«Logré echar en Andalucía los cimientos de la Botánica geográfica, que aún no tiene otro país de Europa, mientras el célebre Barón de Humboldt, con más medios y conocimientos que yo abarcaba en grande la del Nuevo Mundo.
La empresa del Príncipe de los viajeros aventajaba tanto a la mía en estos respectos cuanto le es inferior en el número de pormenores, que sólo requieren de parte del observador infinita paciencia y aquel grado de celo, pues se confunde con el entusiasmo» (p.
Es un viaje por encargo real, en el que también preocupan aspectos sociales, como cuando habla de un pueblo con una iglesia pobre pero un rico curato.
Se dio a conocer alguno de sus trabajos en el Semanario de Agricultura, ahora aparece por fin este monumento de la historia de la ciencia y de Andalucía.
José Luis Peset J. MONTESINOS; C. SOLÍS (eds.), Largo campo di filosofare.
La obra de Galileo, filósofo, matemático, astrónomo, ingeniero..., protagonista de una revolución de la que seguimos tenazmente investigando todos y cada uno de sus detalles, independientemente de nuestra opinión respecto de su existencia y carácter: la Revolución Científica del siglo XVII, es el objeto de este elegante volumen, que recoge todas las contribuciones (54) al simposio que tuvo lugar en el Puerto de la Cruz entre los días 19 y 23 de febrero de 2001.
Los distintos ensayos, que se publican conservando su lengua original, inglés, francés, italiano y castellano, abordan todas las facetas mencionadas de la carrera de Galileo y aún algunas otras, en lo que constituye casi una enciclopedia galileana y es, desde luego, una fiel instantánea del estado de la cuestión en los estudios galileanos.
Hay que subrayar de entrada que desde el congreso internacional celebrado en Italia en 1983, cuyas actas se publicaron con el título Novità celesti e crisi del sapere (1984), no se había llevado a cabo una reunión internacional de especialistas de este nivel.
Es de justicia, por tanto, felicitar por su iniciativa a la Fundación Canaria Orotava de Historia de la Ciencia y, asimismo, felicitarnos por el hecho de que el simposio se haya celebrado en nuestro país.
El libro está dividido en tres partes: «La ciencia de Galileo», «Galileo y la Iglesia» y «El siglo de Galileo».
Las contribuciones a la primera parte abarcan la obra de Galileo en matemáticas, astronomía y cosmología, mecánica y la ciencia del movimiento.
Nos encontramos con el Galileo astrónomofilósofo copernicano que analizan Clavelin y Shea, pero también con sus ideas cosmológicas, lo suficientemente dispersas y poco definidas como para que se pueda hablar de una cosmología «oculta», como señala Solís en su interesante reconstrucción que, si bien se presenta como conjetural, habida cuenta de lo fragmentario de la evidencia, sin duda abre nuevos caminos para estudios futuros de la cuestión.
En lo que respecta a la ciencia del movimiento, Sellés proporciona un análisis iluminador de las limitaciones de la teoría de indivisibles que utiliza Galileo, subrayando sus diferencias con el método de los indivisibles de Cavalieri y con una especie de concepción protoinfinitesimal, y sus consecuentes dificultades para fundamentar la ciencia del movimiento en su presentación final en los Discorsi (1638).
Asimismo, destaca en esta parte la atención concedida a Le Mechaniche, el tratado perteneciente al periodo que Galileo pasó como profesor en la Universidad de Padua (1592-1610), una obra que nunca publicó, pero que circuló abundantemente en manuscrito, y en la que Galileo aborda el análisis de las máquinas simples.
Gatto proporciona un minucioso análisis de los manuscritos (ninguno de ellos autógrafo) de la obra que nos han llegado, mientras que Helbing y Laird exploran la conexión del análisis de Galileo con las Cuestiones mecánicas, una obra de la escuela peripatética que la época de Galileo considera escrita por el mismo Aristóteles.
En su contribución, Büttner, Damerow y Renn proponen abordar la obra de Galileo desde la categoría historiográfica del «conocimiento compartido», una noción que abarca las distintas tradiciones que reciben, y se apropian, Galileo y sus contemporáneos.
Se rechaza con ello un modelo de desarrollo del conocimiento científico que tiene como momentos fundamentales los descubrimientos del individuo aislado, la publicación y la influencia sobre otros.
Una consecuencia es que este enfoque privilegia el análisis de manuscritos, notas, borradores, etc., porque es allí fundamentalmente donde se pueden encontrar los vestigios del conocimiento compartido que está operando en la reflexión del individuo y sus contemporáneos.
En el caso de Galileo, el «conocimiento compartido» incluiría, entre otros componentes, las distintas tradiciones mecánicas, las elaboraciones medievales de la teoría del movimiento aristotélica, o problemas concretos generados por prácticas como la balística.
La potencialidad de este enfoque empieza a mostrarse en el análisis de algunos manuscritos de Thomas Harriot (1560-1621) que lleva a cabo Schemmel en su ensayo.
Basándose en estos documentos, Schemmel sostiene que Harriot, independientemente de Galileo, conocía la forma parabólica de la trayectoria de los proyectiles y la ley de caída de los cuerpos.
Más aún, el análisis de los manuscritos lleva a Schemmel a señalar que Harriot, en su análisis de la trayectoria de los proyectiles en el caso de proyección oblicua, se ha encontrado con los mismos obstáculos que Galileo y ha intentado determinar la trayectoria en este caso utilizando el mismo modelo que Galileo, esto es considerando el movimiento a lo largo de la línea de disparo como un movimiento decelerado por un plano inclinado.
En 1616 la Iglesia condenó el copernicanismo, pero la subida al trono papal del cardenal Maffeo Barberini con el nombre de Urbano VIII en 1623 parece anunciar un cambio de clima en Roma que Galileo interpreta como una «maravillosa coyuntura» que quizá permita volver sobre la cuestión copernicana.
Esperanzado, se concentra en la redacción del Diálogo sobre los dos máximos sistemas (1632), cuya publicación acarreará su condena en 1633.
La segunda parte del libro, «Galileo y la Iglesia», está dedicada a las diversas ramificaciones de este episodio, uno de los grandes temas de la historiografía galileana.
Las distintas contribuciones discuten el proceso de Galileo, sus principios hermeneuticos bíblicos y su reciente supuesta rehabilitación por la Iglesia católica, pero también apuntan cuestiones menos estudiadas, proporcionando análisis que servirán de referencia a estudios posteriores.
Una de estas es la cuestión de la difusión en Europa de la condena de Galileo.
Lerner proporciona un estudio preliminar referido al caso francés y muestra que la publicidad de la condena no se ha hecho en Francia siguiendo canales eclesiásticos sino, probablemente, a iniciativa del poder político.
Destaca en esta parte el ensayo de Beltrán, que avanza una hipótesis nueva para explicar por qué habiendo propuesto Maculano, Comisario del Santo Oficio, a Galileo un trato extrajudicial que le ofrecía una pena leve, o incluso la absolución, a cambio de su confesión, el proceso termina con la abjuración y el arresto.
No se trató de una iniciativa benévola de Maculano que, posteriormente, y debido a las presiones sobre Urbano VIII de la facción más rigorista de la Iglesia, dejó de ser viable, sino de un engaño planeado por el Papa, su sobrino el cardenal Francesco Barberini y Maculano, para conseguir la confesión de Galileo y así poder presentar luego la dura condena, ya decidida de antemano, como el resultado inexorable de la mecánica procesal.
La hipótesis recibe un apoyo significativo del examen del manual para inquisidores más usado en el momento.
El manual deja claro que el engaño forma parte del arsenal de argucias que el inquisidor puede utilizar legítimamente para conseguir la confesión del procesado.
Por su parte, Beretta explica la intervención de Urbano VIII en la condena de Galileo como el producto de dos lógicas: en tanto que inquisidor supremo, el Papa considera que la defensa de la verdad del copernicanismo que Galileo hace en el Diálogo no respeta el decreto anticopernicano de 1616; en tanto que mecenas, se siente injuriado por el uso que Galileo hace de su argumento favorito, el que se apoya en la omnipotencia divina para mostrar la imposibilidad de demostrar la verdad del copernicanismo, para precisamente mostrar la legitimidad de la hipótesis copernicana, y no duda en aplicar un castigo ejemplar a su antaño cortesano favorito.
Como apéndice a su artículo se reproduce un documento recientemente descubierto, una carta de Maculano al cardenal Francesco Barberini fechada el 22 de abril de 1633, donde el primero informa de sus conversaciones con Galileo.
Las contribuciones que aparecen en la tercera parte del libro, «El siglo de Galileo», proporcionan claves para la reconstrucción del contexto sociocultural en que se desarrolla la obra de Galileo y las reacciones que provoca en la Europa culta.
Bucciantini proporciona un análisis preliminar de una cuestión poco explorada: el debate sobre la interpretación teológica de los descubrimientos telescópicos de Galileo, en particular las manchas solares, que se desarrolla entre los años 1610 y 1615, o sea en el periodo de libertad que se cerrará con el decreto anticopernicano de 1616.
Torrini subraya la singularidad del doble papel de Galileo como promotor y protagonista de la renovación del saber, y discute las repercusiones de su condena en esa república de los sabios que se había ido constituyendo.
Es el Galileo que se ha convertido en un símbolo cultural de tal calibre que su muerte, escribe Holste a Doni en enero de 1642, nueve días después de la muerte de Galileo, supone una pérdida «para el mundo entero y todo nuestro siglo».
La lectura de las contribuciones que recoge el volumen, de cuya riqueza es imposible hacer justicia en una breve reseña, deja al lector con la impresión de que la historiografía galileana no ha podido resolver aún una tensión presente de antiguo.
La que existe entre el Galileo filósofo natural que pone en cuestión y supera elementos fundamentales de la filosofía natural aristotélica entonces dominante y el Galileo científico-ingeniero, en el que tanto énfasis se pone en las contribuciones de los estudiosos vinculados al Max Planck Institute, que trabaja dentro de contextos teórico-prácticos concretos que determinan la gama de problemas planteables y los recursos accesibles para abordarlos, es decir, el Galileo que se sitúa dentro de lo que se ha llamado la «mecánica preclásica».
En un fragmento relacionado con su Discurso acerca de los cuerpos flotantes (1612), Galileo, refiriéndose a la actitud de los filósofos aristotélicos, que rechazaban la pertinencia de las matemáticas para el estudio de la naturaleza, escribía que pareciera que «la geometría de nuestro tiempo fuera un obstáculo para la adquisición de la filosofía verdadera; como si fuera imposible ser un geómetra y también un filósofo».
Creo que sigue siendo legítimo preguntarse si Galileo, por su parte, consideraba a la filosofía como un obstáculo para el conocimiento de la naturaleza.
José Romo EMILIO BALAGUER PERIGÜELL, Balmis o l'esperit de la Il.lustració en la medicina espanyola, Valencia, Generalitat Valenciana, Consell Valencià de Cultura, 1996, 73 Recuerdo que Rico Avello se quejaba de que estaba olvidada la expedición de la vacuna.
Para algo sirven los centenarios, en estas fechas tenemos importantes nuevos estudios, que actualizan y renuevan nuestros puntos de vista.
Señalemos los libros que firman Emilio Balaguer y Rosa Ballester, quienes continúan con brillantez sus temas tradicionales de estudio.
El interés del primero por la medicina del país valenciano le llevó a escribir su interesante libro Balmis o l'esperit de la Il.lustració en la medicina espanyola.
Rosa Ballester continúa sus interesantes estudios sobre la infancia y la medicina pediátrica en el mundo moderno y contemporáneo.
Se han unido ahora en un nuevo libro titulado En el nombre de los niños.
Su muy interesante enfoque se dirige a los que fueron de alguna manera los principales protagonistas de la hazaña, los niños que portaron las linfas curadoras de la terrible epidemia.
Se analiza así la consideración de la infancia en la España del Antiguo Régimen, para centrarse luego en esos huérfanos que vivieron una de las más grandes aventuras infantiles de la historia, que merece ser llevada a la pantalla.
Se inserta, desde luego, en la historia de la enfermedad y en la descripción de los protagonistas de la expedición y de sus recorridos.
Las imágenes y los mapas de gran calidad, permiten un recorrido casi turístico por esos difíciles territorios.
La gran hazaña de Susana Ramírez ha sido estudiar de forma minuciosa la expedición, apoyada en sus propias fuerzas.
Ha visto archivos españoles y americanos y ha sabido trazar con gran calidad las líneas maestras de la expedición, en especial en la división de Salvany hacia el sur.
Su preocupación por las criaturas que llevaron en la expedición, o por la herencia a través de los bancos de las medidas preventivas, aportan gran calidad a su trabajo.
Su estudio de la llegada de la vacuna a la real audiencia de Quito es muy notable.
También José Tuells y Susana Ramírez dedican un atractivo libro, de carácter literario, a algunos de los aspectos más interesantes de la expedición.
La historia de la enfermedad, Balmis, sus compañeros y sus hazañas, las juntas de vacunación, los niños que llevaron la linfa... son algunos de ellos.
En fin, algo se ha saldado la deuda que según Gregorio Marañón y Carlos Rico Avello teníamos con los héroes protagonistas de estas gestas científicas.
No puedo dejar de mencionar las páginas que Ricardo Campos ha insertado en el primer fascículo de este año de Asclepio (56 (1), 2004, 3-168) reuniendo un interesante dossier titulado «La vacunación antivariólica en España durante el siglo XIX», sobre la historia de la vacunación en la España decimonónica.
Se combina allí el estudio de aspectos científicos y legales, con otros más cercanos a la realidad, como instituciones, prácticas, resistencias y consecuencias, así la desfiguración que hacía penosa la supervivencia.
Son caminos nuevos, que suponen el interés por el método más eficaz jamás encontrado de prevenir la enfermedad epidémica.
GONZALO DÍAZ DE YRAOLA, La vuelta al mundo de la Expedición de la Vacuna (1803de la Vacuna ( -1810)), prólogo de Gregorio Marañón, Sevilla, Escuela de Estudios Hispano-Americanos, CSIC, 1948, edición facsimilar en Biblioteca de Historia de América, Instituto de Historia, CSIC, Madrid, 2003, 266 + 132 pp., versión inglesa traducida y editada por Catherine Mark.
Al acabar la década de los cuarenta, aparecía el magnífico libro de Gonzalo Díaz de Yraola sobre la expedición de la vacuna.
Llama la atención, en años difíciles para la historia de España, la aparición de un libro, escrito con cariño, erudición e inteligencia.
Proviene del Anuario de Estudios Americanos, siendo premiado por la Real Academia de Sevilla y publicado como libro por la Escuela de Estudios Hispano-Americanos.
Hoy se edita de nuevo como facsímil por el Instituto de Historia, en su colección Biblioteca de Historia de América.
Se ha traducido y editado con la misma dedicación y afecto por Catherine Mark.
Hay que resaltar la calidad de la traducción, así como los apéndices, bibliografía, notas introductorias, e índices de lugares y términos castellanos.
El libro sobre la expedición de la vacuna, casi único por décadas, procede del esplendor de la etapa de entreguerras, con una medicina y una historiografía magníficas.
Sin duda, entre las dos guerras nace la hematología y la inmunología, así como la aplicación de las nuevas ideas biológicas a la historia de la enfermedad, en especial la epidémica a la que la microbiología venía cercando.
La publicación a mediados de los treinta del libro de Hans Zinsser titulado Rats, Lice and History es un hito en esta historia.
Díaz de Yraola trabajaba en el Instituto de Hematología y Hemoterapia de Sevilla, habiendo estado en relación con Pittaluga y Elósegui, así como con Marañón.
Se sumergió en el Archivo de Indias, exhumando viejos papeles, a los que quedó fiel con erudición y afecto.
La traducción de algunos, sin duda habrá supuesto difíciles quebraderos de cabeza.
El libro muestra el papel filantrópico de Godoy y de la corona, así como la calidad de la marina ilustrada y sus expediciones.
El cuidado de la salud pública en el siglo ilustrado se combina con la importancia dada a la observación y a la experiencia, tal como predicaron Feijoo y Sarmiento.
No menos con el despertar de una América, que se acerca a la mayoría de edad de su independencia.
Gregorio Marañón, quien tantas páginas dedicó a aquel sabio monje, fue un admirador del siglo XVIII, en que la vida pública se hizo universal, sin dejar de ser española.
Fue época de polémicas, pero también de esforzados trabajos médicos y científicos.
Siglo en el que se formaron Balmis y Salvany, que a su manera contribuyeron de forma importante a la ciencia universal, contribución que siempre según Marañón había quedado como un «mal pagado amor a la humanidad».
José Luis Peset J. GRIBBIN, Historia de la Ciencia, 1543-2001, Barcelona, Crítica, 2003, 552 pp. La idea de que la historia de la ciencia, instrumento formativo de gran valor, puede verse como un conjunto orgánico de conocimientos tomó cuerpo en el siglo XX; por ello circulan, trabajos de conjunto accesibles además de agudos.
Es evidente que muchas obras clave no se han vertido al castellano y que, para acceder a aspectos particulares de esta información específica, hay que apelar casi siempre a textos en otras lenguas.
Además, pocas historias generales de la ciencia están vivas hoy (ni la dirigida por R. Taton, ni la coordinada por F. Cid), y sólo se hallan disponibles los cuadernos temáticos de la Historia de la ciencia y de la técnica, de Akal, así como el sencillo y envejecido relato de S. F. Mason, reimpreso en 2001.
En este sentido, sea bienvenida la Historia de la ciencia de Gribbin, bien editada, como suele, por la editorial catalana, y apoyada se supone por Universidad de Sussex, de la que depende el autor.
Pues el libro, y no lo oculta, tiene un carácter divulgativo, aunque suficientemente extenso en sus diversos apartados como para que el lector medio pueda quedar satisfecho por sus visiones sucesivas de problemas (más que de procesos).
El grupo de investigación de la Facultad de Farmacia de la Universidad Complutense de Madrid siempre nos sorprende con la abundancia y la calidad de sus publicaciones.
Aparece ahora, editado con mimo por la Junta de Castilla y León, el libro de Francisco Javier Puerto sobre la ciencia en la corte de Felipe II.
Tan buen escritor como siempre, el autor de El hijo del centauro, nos muestra la sabiduría científica de la época desde la cultura renacentista y desde los caracteres del rey Prudente.
Enfermo crónico, preocupado por el poder y los recursos naturales apoyó una ciencia que era útil para la corona y la iglesia.
Una ciencia que se movía en el difícil campo de las creencias religiosas, entre la alquimia y la historia natural, la medicina y la farmacia, por no hablar de la tecnología necesaria para sus ciudades y caminos, puertos y fortalezas.
Surgen primitivos laboratorios, ricas explotaciones mineras, hermosos jardines, cuidados mapas, complejas instituciones científicas, como las cátedras de la Academia de Matemáticas, o los médicos de cámara y el Protomedicato.
Surge así una ciencia cortesana, en la que la personalidad del monarca cuenta de forma esencial.
A la leyenda negra y a la blanca, en que se denigra o alaba al Prudente, se añaden la rosa y la verde, intentando conocer de forma verídica la aportación del rey Felipe al apoyo de la ciencia.
Javier Puerto ha estudiado estos temas de forma erudita, inteligente y elegante.
Ha escrito un libro ameno, hermoso, así como básico para entender la ciencia europea del Renacimiento.
Miguel López Pérez analiza de forma cuidada y atractiva el papel de los medicamentos químicos en la medicina moderna.
Los medicamentos en general procedían de la farmacia botánica, son productos que la naturaleza ha puesto a nuestro alcance para protegernos de las mismas enfermedades que nos envía.
Pero a partir de la obra de Paracelso empieza el interés por los medicamentos de origen químico, así como por la manipulación química de los productos naturales.
Desde luego, el trabajo de estos artesanos tenía un gran interés, pues era útil para la farmacia y la minería, entre otros sectores.
Comienza su estudio con los médicos humanistas y galenistas, con los alquimistas de la corte y de las órdenes religiosas, como franciscanos y dominicos, también con el papel de la Inquisición, pasa luego por algunas figuras señeras y termina con las luchas en el cambio de dinastía por imponer la química en los remedios.
Al fin, tras la aceptación por la corte, el galenismo aceptó la tradición de Paracelso, y la destilación cobró importancia.
Hay que señalar las excelentes páginas dedicadas a Alejandro Quintilio, quien consiguió en el paso de Felipe II a Felipe III que su «quinta esencia de oro potable» fuese oficialmente reconocida.
O las que se ocupan de la biblioteca y las prácticas químicas del aragonés Juan Vicencio de Lastanosa. |
Con admiración y agradecimiento a la memoria de Don Pedro Laín Entralgo, quien, desde que presidiera la defensa de mi tesis doctoral, siempre me alentó al estudio de los médicos griegos
Laín mantuvo trato cordial con varios helenistas de Madrid.
La amistad facilitó la participación de algunos de éstos en la Historia universal de la medicina dirigida por el primero.
Discípulos de los anteriores, y, a su vez, alumnos de éstos, han seguido cultivando el amplio campo de la medicina griega y romana, con aportaciones diversas: artículos de revista, tesis doctorales, traducciones, comentarios, etc. Este trabajo revisa de modo sumario la evolución y resultados a que han llevado las buenas relaciones, amistosas y científicas, de Laín con diversos helenistas formados en la ahora Universidad Complutense.
En una reseña al libro de Laín, La curación por la palabra..., leemos: «Cuando un maestro como Pedro Laín aborda un tema con cariño y después de muchos meses de cuidadosa documentación, el resultado no puede ser dudoso.
Así ha ocurrido ahora con esta monografía que sigue paso a paso la lección de los textos clásicos acerca del poder curativo de la palabra»...
«Las traducciones, cuando no se toman de versiones autorizadas, son perfectas...».
Galiano subraya que Laín usa un buen sistema de transcripción de términos helénicos, «apenas empañado por inevitables errores» 4.
FRANCISCO RODRÍGUEZ ADRADOS 5
Dedicó, asimismo, una reseña al libro de Laín, La curación por la palabra..., donde, entre otras cosas afirma: «Arrancando de raíces primitivas, como el valor mágico de la palabra como epōidē, a través de sucesivos estudios se llega a una racionalización de la interpretación de la fuerza de la palabra...; no solamente las aplicaciones a la medicina de la teoría de la palabra son objeto de estudio...; el uso de la palabra (entiéndase, dentro de la medicina hipocrática) sufre una limitación respecto a Platón por reacción excesiva contra la antigua medicina pre-científica;... interesante libro éste de Laín, que, a más de contener aciertos sobresalientes, remueve problemas trascendentales dentro del pensamiento griego e invita a pensar en todo momento» 6.
JOSÉ S. LASSO DE LA VEGA 7 En los últimos años sesenta colaboró con Laín en la Historia universal de la Medicina.
Primero, se interesó por la idea de la salud presente en los Presocráticos 8.
Poco después, aparecieron sus aportaciones en la Historia ya mencionada: concretamente, sobre los Presocráticos y los grandes ----3 Cf.
Bibliografía del Prof. M. Fernández-Galiano (1984), en GIL, L. y AGUILAR, R.M. (eds.), Apophoreta Philologica Emmanueli Fernández-Galiano a sodalibus oblata, Estudios clásicos, 87, pp. 15-40.
5 Hasta el momento de la publicación, sus aportaciones fueron recogidas por MARTÍNEZ FRESNEDA, M.E. (1984), Bibliografía del Profesor Francisco Rodríguez Adrados.
En BERNABÉ, A., DE CUENCA, L.A., GANGUTIA, E. y LÓPEZ FACAL, J. (eds.), Athlon.
7 Publicaciones del Profesor D. José Lasso de la Vega en GIL, L., MARTÍNEZ PASTOR, M. y AGUI-LAR, R.M. (eds.) (1998), Corolla Complutensis in memoriam Josephi S. Lasso de la Vega contexta (Homenaje al Profesor José S. Lasso de la Vega), Madrid, Complutense, pp. 21-30.
Años más tarde estudió la analogía entre filosofía y medicina en las obras de Platón y Aristóteles10.
En 1963 se publica, en Madrid, la importantísima Introducción a Homero, editada por Luis Gil 12.
Este libro contribuyó en alto grado a la formación de muchos filólogos clásicos que por entonces estudiábamos en la universidad española; era de los pocos volúmenes de nuestra especialidad, sólidos, escritos íntegramente por españoles, y, además, a la altura de cualquier publicación extranjera de aquellos días.
Tal Introducción fue de tan extraordinario valor y estuvo tan bien coordinada que fue utilizada durante muchos años en las aulas universitarias como libro de referencia; aún hoy continúa siendo útil, cuarenta y seis años después.
Ha merecido varias reediciones.
Por lo que a nosotros concierne, Gil se ocupó, entre otros aspectos, de la parte séptima (y última), casi un libro por sí sola, «El individuo y su marco social» 13, uno de cuyos seis capítulos se titula «Los demiurgos».
Pasa revista allí a sacerdotes, adivinos, el mántis, mántica intuitiva e inductiva, sueño y ensueño, el oneiropólos, los térata, la ornitomancia, credulidad y crítica, médicos, anatomía y fisiología, enfermedades internas, la cirugía, heraldos y aedos.
Todas esas ocupaciones merecieron el calificativo homérico de dēmioergoí, es decir, personas que desempeñan una actividad de utilidad común 14.
A casi todas ellas se las podría catalogar hoy día con el anacrónico título de «intelectuales».
En el apartado de los médicos, vemos que esos profesionales aparecen en los poemas homéricos gozando de estima general y exentos de toda pretensión mágica o teúrgica.
En efecto, los médicos, en el epos homérico, son profanos.
Es una situación de la medicina muy distinta de la que encontramos tres siglos más tarde, ya en el V a.
C., cuando una parte de la actividad curativa estaba en manos de los sacerdotes de Asclepio, que utilizaban procedimientos sanadores como la incubatio.
Dos buenos médicos aparecen en la Ilíada: Podalirio y Macaón 15, hijos de Asclepio, príncipe de Trica e Itoma 16, en Tesalia, y, a la vez, médico y discípulo del Centauro Quirón.
Adviértase cómo ciertas noticias esenciales sobre los orígenes de la medicina griega están estrechamente relaciona-----das con los mitos.
Pues bien, los dos hermanos citados son príncipes y toman parte activa en el combate.
Además, conviene destacar la opinión del poeta a propósito de Macaón: «médico es un varón que vale por muchos otros» 17.
Puntualiza Gil el elevado grado de desarrollo alcanzado por la cirugía en los poemas homéricos, a pesar de los escasos conocimientos médicos entonces posibles; se detiene, de modo especial, en la curación de los heridos en el campo de batalla cuando habían recibido el impacto de alguna arma arrojadiza; sorprenden los cuidadosos relatos, las técnicas para extraer el cuerpo extraño, los vendajes posteriores y hasta los emplastos y polvos de virtudes calmantes y cicatrizantes.
Son de señalar los muchos conocimientos prácticos que tenían algunos guerreros, como Patroclo, quien, llevándose del campo de batalla a Eurípilo, lo curó en su propia tienda: tras extraerle del muslo el dardo agudo con una incisión hecha con su propia espada, le lavó con agua templada la sangre que aún brotaba, y, tras triturar con sus manos una raíz amarga, la aplicó encima.
Triple virtud tenía la planta: calmar el dolor, secar la herida y cortar la hemorragia 18.
Relevante es, asimismo, que en una ocasión se acuda al ensalmo (epaoidē) para cortar la hemorragia de la herida que un jabalí le hiciera a Odiseo19.
La relación de Gil con la medicina griega iba a ser ya permanente.
Por ejemplo, se ocupó de la diagnosis onírica en la colección hipocrática, y luego, muchos años después, haría lo mismo en las obras galénicas20.
Otro trabajo pionero de Gil, muy relacionado con la medicina, fue su Therapeia21.
La presentación la hizo Laín, destacando el valor del libro a partir de dos puntos principales: la actitud ante el inframundo de la cultura griega y la maestría con que había tratado un aspecto tan complejo como la medicina popular de la Grecia antigua.
En palabras de Laín, lejos ya del canon de Winckelmann (Grecia como luz, armonía y perfección irrepetible), hay otra visión que toma fuerza de modo especial con los estudios de Nietzsche y Rohde, precedidos de modo claro por Hölderlin y Hegel, todos los cuales pusieron el acento en el tormentoso reverso dionisiaco que venía a contrapesar el anverso apolíneo que hasta entonces había prevalecido.
Ya en el XX los helenistas aplicaron a la vida primitiva de la Hélade los métodos y presupuestos propios de la etnología y la antropología cultural.
A diferencia de otras formas antiguas de medicina popular, la griega parece destacar por tres motivos: la imaginación de quienes la hicieron posible, la ausencia total de dogmatismo y el convencimiento de que la realidad pone límites a la acción mágica.
Del fructífero contacto de Gil con las obras de Laín nos dan cierta idea las dieciséis veces en que este autor aparece en el estudio que acabamos de mencionar 22.
El libro está estructurado en nueve ----partes, de las que simplemente enumero los títulos: Enfermedad, sociedad e individuo; médicos, iatrománteis y «hombres divinos»; enfermedad y curación en la mitología griega; contagio, mancilla y transferencia; terapéutica y farmacopea epódicas; la enfermedad como posesión demoníaca; terapéutica y profilaxis expulsatoria; la medicina sacra de Asclepio; la iatromatemática o medicina astrológica 23.
Gil se propuso hacer un estudio sistemático de la medicina popular griega, con sus prolongaciones en el mundo romano hasta los umbrales de la Edad Media.
Afirma que el filólogo clásico tiene la necesidad de salirse de su campo y recabar auxilio de otras ciencias: «Por esa misma razón nos es imprescindible, dado el tema que tratamos, conocer los métodos de trabajo empleados por los historiadores de la medicina que han investigado campos afines al nuestro.
Y estas afinidades, nos guste o no a los filólogos clásicos, no pueden hallarse más que en el terreno de la etnología»; «A la luz de la comparación etnológica, hechos incomprensibles, desde el punto de vista de un estadio cultural avanzado, se revelan como reliquias de un pasado ancestral sumergidas, por decirlo así, en lo más profundo del subconsciente colectivo» 24.
Indudable importancia tiene otra aportación, en la ya citada Historia universal de la medicina, respecto a esta disciplina en el periodo pretécnico de la cultura griega 25.
Entre los temas abordados allí figuran la medicina mágica y sacra, terapéutica, amuletos, ayuno profiláctico, incubatio, medicina astral y logoterapia mágica.
Otros asuntos bien trabajados por Gil han sido, por ejemplo, los aspectos médicos de la comedia 26, ---para interpretar de modo coherente ciertos aspectos espirituales de la Grecia arcaica descubiertos por la investigación filológica e histórica.
El enjuiciamiento punitivo de la enfermedad presupone tener una sensibilidad agudizada a sus aspectos dolorosos, por cuanto que, de lo contrario, no hubiera podido sentirse como castigo; presupone, asimismo, un reconocimiento de la indefensión del hombre y una alta estima del cuerpo, que deja traslucir, siquiera negativamente, el temor al dolor físico» ( GIL (1969) p.
Asimismo, partiendo de la traducción del propio Laín de un párrafo del tratado hipocrático De arte en donde se propone la obligada abstención del médico en las enfermedades incurables, encontramos esta secuencia: «Laín... ve aquí un imperativo ético y religioso, basado en la creencia de la índole divina de la naturaleza: oponerse a su necesaria ordenación presupondría un acto de hybris...
Laín ha insistido con razón en la coherencia de esta actitud profesional con la ética común del pueblo griego...»
He aquí otras referencias: «Laín, autor del más pormenorizado estudio sobre el concepto de katharsis en Platón» (GIL (1969) p.
146); «Pero antes que himno propiciatorio o cultual el peán fue fundamentalmente un «cántico para el cese de las pestes y de las enfermedades», como subraya con un certero instinto en su Crestomatía Proclo, muy acertadamente citado por Laín» (GIL (1969) p.
De otro lado, con respecto a la farmacopea musical establecida por los pitagóricos (arreglos musicales, combinaciones de sonidos, toques de lira para los distintos tipos de pasiones y momentos del día), leemos: «Laín señala la analogía entre dicha práctica y la que Hofmann observó en los indios ojibua, entre los cuales el futuro chamán debe aprender a preparar cantos para las distintas necesidades, exactamente igual a como un alumno de farmacia ha de aprender a preparar medicamentos» (GIL (1969) p.
23 Varios de esos apartados, en autores y épocas diversas, iban a constituir el estudio esencial de sucesivas tesis doctorales dirigidas por Gil.
25 GIL, L. (1971), La medicina en el periodo pretécnico de la cultura griega.
26 GIL, L. (1972), La figura del médico en la comedia ática, Cuadernos de Filología clásica, 3, pp. 35-91 (trabajo compartido con I. Rodríguez Alfageme); GIL, L. (1973), Ärztlicher Beistand und attische Komödie.
Zur Frage der demosieuontes und Sklaven-Ärzte, Sudhoffs Archiv, 57, pp. 255-274. los sueños y ensueños 27, las curaciones milagrosas 28, la medicina en el Deán Martí 29, y un número especial de Cuadernos de Filología clásica (Estudios griegos e indoeuropeos) 30, dedicado a Laín 31.
En torno a un Proyecto de Investigación sobre el Corpus Hippocraticum, García Gual reunió un grupo de helenistas que inició la traducción de la Colección hipocrática al español, a cuya culminación aludiría años más tarde 32.
Aparte de la introducción general 33 correspondiente al volumen primero de la serie, así como sus traducciones de varios tratados, cuenta con otras aportaciones de contenido médico 34.
Allí mismo publicó el trabajo Pedro Laín Entralgo y la Historia de la Medicina griega, pp. 9-14, donde subraya la deuda que los helenistas españoles tienen con aquél.
31 Sobresalen dos reseñas.
32 GARCÍA GUAL, C. ( 2004), Sobre la traducción completa de los Tratados hipocráticos, Cuadernos de Filología clásica (egi), 14, pp. 135-138 2003),VIII (de la Villa, J., Rodríguez Blanco, M. E., Cano, J., Rodríguez Alfageme, I.).
34 GARCÍA GUAL, C. (1984), Del melancólico como atrabiliario, según las antiguas ideas griegas sobre la enfermedad de la melancolía, Faventia 6, pp. 41-50; GARCÍA GUAL, C. (1999), El cuerpo humano y su descripción en los tratados hipocráticos.
En PÉREZ JIMÉNEZ, A. y CRUZ AN-DREOTTI, G. (eds.), Unidad y pluralidad del cuerpo humano.
La anatomía en las culturas medite-
Traductor de textos hipocráticos y galénicos, dirige, en la Universidad Complutense, desde 1990, sucesivos Proyectos de investigación dedicados a distintos aspectos del Corpus Hippocraticum.
A su alrededor se ha formado un buen equipo, del que han salido varias tesis doctorales y bastantes trabajos.
Su contacto con la medicina griega surge con la preparación de su tesis doctoral en la que se ocupó de la presencia de la medicina en la comedia ática 35.
A ese particular le ha dedicado otros estudios 36, en los que sobresale su preparación lingüística y un gusto especial por ciertos problemas literarios como la cronología relativa.
Partiendo de estudios lingüísticos actuales, se detuvo en un punto relevante: las palabras gramaticales tienen una frecuencia constante en cada época.
Así, en el coloquio hipocrático de Madrid, vio que el autor del tratado De glandulis no puede ser anterior al II a.
C.; la lengua utilizada está llena de términos poéticos y palabras técnicas raras en el resto del Corpus Hippocraticum; además, las coincidencias con la lengua del uevo Testamento inclinan a aceptar el I a.
C. como fecha de composición; es muy probable que el autor tuviera contactos con la escuela pneumática, a la luz de la presencia de influjos estoicos en el tratado, de modo evidente en el uso del vocabulario 37.
Por su lado, el estudio estadístico de las conjunciones y del asíndeton muestra que De visu está muy próximo al tratado De affectionibus: se propone como fecha el siglo IV a.
En el hipocrático de Pisa insistió en que la Comedia ofrece numerosos procedimientos terapéuticos paralelos, en buena medida, a los que cabe ver en el CH.
La Comedia se guía, en esencia, por dos principios: la espectacularidad del tratamiento (ante todo, respecto al instrumental utilizado) y la posibilidad de que la terapéutica se preste a burla de algún modo 39.
A su vez, en el hipocrático de Niza, subrayó que un grupo de tratados hipocráticos presta atención especial a cualquier trastorno del habla, desde los cambios de las cualidades de la voz del enfermo a su ---rráneas (VIII Curso-seminario de otoño.
Estudios sobre el Mediterráneo antiguo), Madrid, Ediciones clásicas, pp. 63-79; GARCÍA GUAL, C. (2000), Dieta hipocrática y prescripciones alimenticias de los pitagóricos.
En PÉREZ JIMÉNEZ, A. y CRUZ ANDREOTTI, G. (eds.), Dieta mediterránea: comidas y hábitos alimenticios en las culturas mediterráneas, Madrid, Ediciones clásicas, pp. 43-67.
35 RODRÍGUEZ ALFAGEME, I. ( 1981), La medicina en la comedia ática, Madrid, Univ.
En LÓPEZ EIRE, A. (ed.), Sociedad, política y literatura: Comedia griega antigua, Salamanca, Logo, pp. 151-172.
37 RODRÍGUEZ ALFAGEME, I. (1992), Las fuentes del tratado De glandulis, En LÓPEZ FÉREZ, J.A. (ed.), Tratados hipocráticos (Estudios acerca de su contenido, forma e influencia.
Actas del VII Colloque international hippocratique), Madrid, UNED, pp. 421-435; véase, además, RODRÍGUEZ ALFA-GEME, I. (1992), Sobre la fecha de Hipp, De glandulis.
39 RODRÍGUEZ ALFAGEME, I. (1999), Terapéutica hipocrática en la comedia griega.
Después, me encargué de cinco tratados hipocráticos: traducción, abundantes notas, revisión del texto griego e introducciones 46.
He participado desde 1984, siempre con aportaciones, en todos los trienales Coloquios hipocráticos 47, de los que me cupo el honor de organizar el VII.
De las Actas de éste, desgrano algunas frases de las palabras de Presentación a cargo del Profesor Laín: tenía la convicción de que no puede haber un hombre culto, y menos un intelectual culto (no es vana la adición del adjetivo al sustantivo) si no tiene una cuestión personal con el mundo antiguo, más concretamente, con la Grecia clásica...; manejando las briznas del griego que yo por mi cuenta había aprendido hasta entonces, empecé mi contacto con la Medicina antigua...; Dos hitos, pues, en mi vida: la dedicación a la medicina antigua y la participación en el I de estos Coloquios hipocráticos...; adquirí una profunda convicción..., la Medicina hipocrática no podría ser bien entendida, bien cultivada, si en el empeño no colaboraban a la vez filólogos, filólogos clásicos, e historiadores de la medicina, médicos que sepan lo que es la disciplina histórica y que la cultiven con responsabilidad...
Puedo decir que de las cincuenta y tres comunicaciones que se editaron en esas Actas, veintiuna lo fueron en español, que, por primera vez, fue aceptado como lengua oficial en ese tipo de eventos; eso mismo sucedió también a la hora de publicar los resultados de tales encuentros hipocráticos, con una excepción y sin previo aviso 48.
Destaco, después, mi asistencia, siempre con trabajos, a ----algunos Coloquios de Galeno 49, de dos de los cuales fui responsable (uno ya publicado; y otro, celebrado en octubre de 1999, dedicado a la lengua, composición literaria y el estilo, que, por sucesivos inconvenientes, y no sólo de financiación, no ha tenido luz verde hasta hace poco, de tal modo que podremos tenerlo a lo largo del 2011).
Además, he asistido puntualmente a los Coloquios organizados conjuntamente por las universidades de Nápoles y París-Sorbona, dedicados a la edición y crítica de los textos médicos griegos antiguos 50.
Asimismo, he publicado otros trabajos relacionados con los autores médicos griegos 51.
Los italianos, por ejemplo, no lo aceptaron, presionaron y publicaron sus textos en su lengua.
Algunos españoles, molestos, nos negamos rotundamente a preparar la versión inglesa.
49 (199l), LÓPEZ FÉREZ, J.A. (ed.), Galeno: obra, pensamiento e influencia, Madrid, UNED.
(El Coloquio, con el mismo título, se celebró en 1988, y en sus Actas publiqué Acerca del comentario de Galeno a los Aforismos hipocráticos, pp. 161-203; y Ediciones de Galeno, bibliografía e índices, 309-370.
En tal ocasión, intervinieron, entre los historiadores de la Medicina, y siguiendo el orden del volumen, Laín, Moreno Rodríguez, Gracia Guillén-Álvarez Vizcaíno y García Ballester).
Véase, además, (1993), Aspectos teóricos, empíricos y léxicos del agua en Galeno.
En GARZYA, A. (ed.), Tradizione e ecdotica dei testi medici tardoantichi e bizantini, Nápoles, D ́Auria, pp. 197-209; LÓPEZ FÉREZ, J.A. (1996), Observaciones filológicas útiles para la crítica textual y la ecdótica de Galeno.
En GARZYA, A. y JOUANNA, J. (eds.), I testi medici greci.
En Actas VII Congreso español de estudios clásicos, Madrid, Ed.
Con respecto a Galeno, ha revisado algunos aspectos lexicográficos 62.
ELSA GARCÍA NOVO Dentro de la Colección hipocrática, además de traducir algunos libros, ha subrayado, de modo singular, diversos aspectos sintácticos 63.
A propósito del adverbio prín («antes») ha visto su alta frecuencia en de morbis IV, de genitura, de natura pueri y de morbis mulierum I y II; esa realidad, basada en datos sintácticos y estilísticos, permite pensar en un estrato único (C), atribuible a un solo autor.
Con respecto a la expresión temporal «antes que» (en sus varios sintagmas griegos) se ha fijado en la urgencia con que hay que tratar al enfermo antes que la situación sea desfavorable, y, además, no intervenir antes que la situación sea la más favorable o cesar el tratamiento antes que la situación se convierta en desfavorable 64.
Ha examinado también diversas expresiones y términos que sirven para generalizar o dar una noción temporal imprecisa; y, asimismo, se ha fijado en la individualización y temporalidad 65.
En lo concerniente a la estructura sintáctica y el estilo se ha centrado en Predicciones II 66.
También ha revisado el avance desde la analogía a la diferenciación de conceptos, y desde la polaridad hasta la graduación de diferencias, así como la relación entre medicina griega y filosofía 67.
Ha comparado, de otra parte, el camino hacia el saber tal como lo leemos en el Fedro platónico y en los tratados hipocráticos 68.
Se ha ocupado, asimismo, de las Epidemias hipocráticas a la luz de Galeno 69.
En los ya citados coloquios de Nápoles-París ha visto ciertos escolios y comentarios a Galeno, así como algunos puntos referentes a sintaxis y crítica textual70.
Dentro de la medicina romana ha revisado las fiebres en Celso 71.
Aparte de sus traducciones hipocráticas, se ha detenido en diversos aspectos de las Epidemias.
Así ha reparado en que los autores de Epidemias V y VII 72, al comenzar las historias clínicas, dan unas indicaciones precisas sobre el espacio y el tiempo, lo que es nuevo con respecto a I-III, donde no se menciona la época del año al hablar de cada caso particular.
En V-VII el esquema es el siguiente: identidad del paciente, ciudad, época, causa, indicación inicial sobre la enfermedad, descripción de los síntomas, altibajos, terapia, transcurso del tiempo, desenlace, reflexiones posteriores a tal momento.
Por otro lado, ha visto que el aspecto terapéutico permite establecer tres grupos bien definidos en las Epidemias: I-III, II-IV-VI, y V-VII.
Las diferencias se manifiestan en el contenido, es decir, el tratamiento en sí, en lo concerniente al interés mostrado por la terapia, y en las opiniones dadas por el médico sobre la eficacia o ineficacia del tratamiento prescrito 73.
Finalmente, ha revisado dos puntos concretos de indudable interés: la descripción de la enfermedad y el trance de la muerte 74.
ROSA AGUILAR FERNÁNDEZ Dentro de la Colección hipocrática ha revisado las expresiones y los términos que indican normalidad: entre ellas, katà phýsin «de acuerdo con la naturaleza», (103; abundante, sobre todo, en ----formas (femenino, masculino, singular o plural) para usos diferentes respecto a la definición o generalización de sus antecedentes 112.
MARÍA TERESA GALLEGO PÉREZ Atenta a la relación del léxico con el pensamiento, y siguiendo un enfoque filológico en sentido amplio, estudió, dentro de los tratados hipocráticos 113, las estaciones del año y, además, los términos «salvaje» y «doméstico».
Dentro de su participación en los coloquios hipocráticos, elaboró los índices del VII 114; en el siguiente, examinó el término phýsis en la Colección hipocrática, donde aparece 621 veces, haciendo ver toda la riqueza de valores y usos en los médicos 115; en el IX, puso de relieve la importancia de gymnós (2)(«desnudo, ligero de ropa»), gymnázō, («hacer ejercicios gimnásticos», 32), gymnásion (52), tanto con el valor general de «ejercicio físico», como con el sentido minoritario de «gimnasio», gymnasíē (4: «ejercicio gimnástico», que es una innovación léxica), gymnastikós (3: vocablo innovador también, con el que se menciona, en femenino, a la gimnástica, como arte especial, y, en masculino, a los especialistas en gimnasia 116 ); y, en el X, se centró en el análisis de los vocablos referentes a la vida, especialmente aiōn, bíos, díaita, zōē, psychē, con sus derivados correspondientes, poniendo el acento en las aportaciones hipocráticas dentro de ese campo léxico tan relevante 117.
Su tesis doctoral ha revisado el léxico de la vida y la muerte dentro del Corpus hippocraticum, ofreciendo los pasajes con traducción española y destacando numerosos aspectos de carácter textual, sintáctico y estilístico 118.
Y hasta aquí estas líneas que no pretenden sino subrayar la cordial relación de Laín con los helenistas de Madrid y, asimismo, aludir a los trabajos que éstos y sus discípulos han realizado hasta nuestros días en el campo de la medicina griega y romana., |
La oportunidad que generosamente se nos brinda, por parte de sus discípulos directos, Pedro Gil Sotres y Pilar León y de la dirección de Asclepio, de realizar este obituario en torno a la figura del historiador de la medicina Profesor Paniagua, nos permite hacer un alto en el camino e intentar desvelar aquellos rasgos distintivos que, a nuestro parecer, hacen de él una figura singular, especial y muy querida.
Era Don Juan Antonio una persona de extremada finura intelectual, profunda y amplia cultura, muy respetado como profesional y excelente colega y amigo.
Nuestro primer contacto con don Juan Antonio (siempre le hemos llamado así) se produjo en Valencia a través de José María López Piñero, en el periodo que iniciábamos con él nuestra formación como historiadores de la medicina, en los comienzos de los años 70 del siglo pasado, y de Luis García Ballester, que actuaba de algún modo como hermano mayor de todo el grupo de jóvenes (Pedro Marset, Francesc Casas Botellé, Guillermo Olagüe, Francesc Bujosa y nosotros mismos).
Iniciábamos nuestra andadura investigadora y docente con un entusiasmo y espíritu de trabajo que compartíamos y disfrutábamos, y Paniagua venía precedido por un aureola, que tanto López Piñero como García Ballester habían subrayado, de sabio medievalista, riguroso y reconocido por la excelencia de sus trabajos.
A lo largo de los casi seis años que estuvimos en la Universidad de Zaragoza, el conocimiento se transformó en una auténtica amistad por la cercanía geográfica y por la oportunidad de contactar mas a menudo con una persona entrañable, que visitábamos en Pamplona y nos visitaba en Zaragoza y que estaba siempre al tanto de nuestra trayectoria personal y profesional.
Tanto es así que, en la lección elegida por el tribunal de oposiciones para una plaza de profesor adjunto que tuvo lugar en 1978, «La medicina escolástica bajomedieval», fue para uno de nosotros fundamental la ayuda prestada por Paniagua que nos auxilió en la preparación del tema con una síntesis excelente, que sólo un profesional como él podía hacer en aquellos momentos.
La conexión navarro-aragonesa se mantuvo con los historiadores que en la Universidad de Zaragoza continuaron o se incorporaron tras nuestra marcha a la Universidad de Alicante: Jon Arrizabalaga, discípulo de Paniagua y después, también, de García Ballester, con el que tuvimos la suerte de coincidir en la universidad aragonesa; Consuelo Miqueo, quien inició su andadura profesional con nosotros; y naturalmente, Francesc Bujosa quien encabezó el grupo zaragozano al incorporarse a la Cátedra de Historia de la Medicina y que, junto al pequeño grupo allí constituido, organizó el Congreso Nacional de Historia de la Medicina en 1989.
La línea de publicaciones que, desde la llamada entonces Cátedra de Historia de la Medicina, se puso en marcha, se denominó Cuadernos Aragoneses de Historia de la Medicina y de la Ciencia de un modo similar a lo que desde otras universidades españolas (Salamanca, Valencia, Valladolid) se llevaba haciendo.
El segundo de los números, editado en 1980, fue precisamente una monografía de Paniagua en la que realizó un magnífico estudio introductorio sobre una versión castellana del Regimen sanitatis ad Regem Aragonum dedicado a Jaime II, una pieza clave en la obra de Arnau de Vilanova.
Su inserción en la propia trayectoria investigadora de Paniagua, la indica él mismo: «esta valiosa copia del Regimen sanitatis... fue, en 1951, mi primer hallazgo de novel arnaldista».
El relato de este «valioso hallazgo» es muy revelador de la forma de trabajar de Don Juan Antonio.
Se encontraba en esos inicios de los años cincuenta, en el Archivo Histórico de la Catedral de Valencia, trabajando sobre un códice en pergamino del siglo XIV, interesado por la referencia que en el catálogo de dicho archivo se daba de una traducción del árabe al latín hecha por Arnau, cuando advirtió de la presencia del texto entre los folios 54 a 57v de aquel códice, catalogado con el número 123.
Sin duda, no fue percibido por el canónigo arcediano causa de que la rúbrica que expresaba el título, estaba medio borrada y, de ese modo, ese texto había quedado englobado bajo la denominación de De cibaris et cibis, con el que le seguía inmediatamente después, escrito por la misma mano.
Es, como se ve, todo un ejemplo de curiosidad intelectual, minuciosidad, preparación sólida y, en definitiva, el gusto por el trabajo bien hecho.
Con algunos de los colegas mas veteranos, hemos comentado a menudo la capacidad de Paniagua de hacer comprensibles las cosas mas complejas y su capacidad excepcional de síntesis.
Véase al respecto su trabajo sobre la patología general en la obra de Arnau de Vilanova (Archivos Iberoamericanos de Historia de la Medicina, 1(1949), pp. 49-119, en el primer número de la revista antecesora de Asclepio).
Este número inicial no tiene desperdicio, es como una pequeña joya.
A destacar dos trabajos de Laín, el primero sobre la historia clínica hipocrática (preámbulo de lo que mas tarde será su monumental La historia clínica.
Historia y teoría del relato patográfico, 1950; reeditada en 1998 por la editorial Triacastella), y el relativo a los conceptos fundamentales para una historia de la anatomía (otro estudio indispensable).
El estudio de la psicología de Jung en la historia de las relaciones entre medicina y religión de Luis S. Granjel, es otro buen ejemplo.
Por su parte, el artículo de Paniagua es toda una lección de maestría y de clarificación de conceptos del muy complejo sistema del galenismo medieval.
Es un trabajo clásico, al que uno vuelve siempre, porque se transforma en un auténtico referente y de lectura obligada para cualquiera que quiera especializarse en el mundo de la historia de la medicina.
La fuente fundamental en la que se apoyó para reconstruir las ideas arnaldianas sobre Patología General, es la que lleva por título Introductionum medicinalium speculum, compuesta en Montpellier, una de las obras de madurez de Arnau.
El análisis de las seis cosas no naturales (que mas tarde estudiará sistemáticamente su colega H. Schipperges en su Lebendigen Heilkunde, Freiburg, 1962) y, sobre todo, el contenido del epígrafe sobre la clasificación de las enfermedades, son excelentes muestras de su maestría y oficio.
Don Juan Antonio, nos había comentado más de una vez su pasión por la historia.
Por su profundo sentido ético se planteaba el problema del papel que la historia de la medicina debía ocupar en la formación del médico ¿no sería un lujo innecesario?
La respuesta a sus reticencias se la dió el Profesor Laín Entralgo: No, si una revisión crítica de método histórico-médico, basada en el análisis de la capacidad de aclaración sistemática de la historia nos permite conocer la estructura de la propia medicina.
La historia de la medicina se convierte de este modo en el método que permite la edificación objetiva de una «teoría de la medicina» y una «teoría del ser humano» desde la misma medicina.
Ese es el objetivo de los estudios arnaldianos de Paniagua y el ejemplo más paradigmático lo encontramos en el trabajo que hemos comentado arriba sobre la Patología General arnaldiana, uno de los capítulos más complejos y pletórico de significados de la Historia de la Medicina.
Don Juan Antonio ha sido un ejemplo y es, en gran medida, junto al resto de nuestros maestros -los que ya no están entre nosotros y los que, afortunadamente, continúan estando-responsable de lo mejor de la tradición de historiadores de la medicina española del siglo XX: rigor en el método y siempre al servicio de la medicina.
Desgraciadamente, ciertas veleidades de los tiempos, pueden poner en duda quizá, entre los más tiernos, la pertinencia de tanta erudición y meticulosidad; pero eso son «enfermedades oportunistas» que se curan con la sazón.
Entonces solemos recordar aquella máxima de Diego de Estella (1524-1578): Pygmaeos gigantum humeris impositos, plusquam ipsos gigante videre.
O como solía decir, con solemnidad, el maestro indiscutible de todo los historiadores de la medicina en España.
Pedro Laín Entralgo: «no es de bien nacidos no reconocer lo mucho que debemos a quienes nos precedieron». |
PROFESOR JOSÉ MARÍA LÓPEZ PIÑERO.
EN RECUERDO DE UN MAESTRO Y AMIGO José Luis Peset
Instituto de Historia, CCHS-CSIC En la Facultad de Medicina de la Universidad de Valencia, en los años sesenta en que estudié, la figura de José María López Piñero era un viento de renovación.
Para los que pensábamos que la ciencia era el camino de la necesaria mejoría, el entusiasmo de José María fue sin duda una emocionante posibilidad.
En esos años en que algunas esperanzas de cambio se apuntaban, en una sociedad todavía atemorizada por el franquismo, el estudio y la cultura parecían nuevas vías a la luz.
Recuerdo la visita a la Facultad del ministro Villar Palasí, rodeado de una aureola de valenciano culto e interesado en la renovación.
Lo pude ver entrando desde la puerta hacia el Decanato y me impresionó su solemnidad y su traje oscuro e impecable.
Sin duda, para la Universidad se planteaba el último intento sensato de puesta al día.
Esos nuevos tiempos permitieron que personas distintas a las familias franquistas entrasen en la Universidad.
Profesores como él o como Luis García Ballester iban a introducir un entusiasmo nuevo por la enseñanza y la investigación.
La creencia en el poder del estudio y la dedicación haría concebir esperanzas en que una nueva cultura académica estaba surgiendo.
Un nuevo profesorado dedicó muchas horas a las bibliotecas, a los laboratorios y a la formación, introduciendo métodos rigurosos; se importaron nuevas metodologías y se abrió la relación con el extranjero que tantos años de dictadura habían ahogado.
Animado por Pedro Laín Entralgo, comenzó su tesis doctoral sobre la psiquiatría del siglo XIX, trabajo que más tarde se convertirá en un excelente libro en colaboración con José María Morales Meseguer, que se tituló eurosis y psicoterapia.
Un estudio histórico (Madrid, Espasa-Calpe, 1970).
Las relaciones del médico alienista con las mentalidades clínicas de la época son allí analizadas.
Un cuidadoso manejo de fuentes, unos buenos conocimientos lingüísticos y las aportaciones que sobre el psicoanálisis añadió éste último, convierten el libro en esencial en la historia de la psiquiatría.
En el futuro, se interesaría por la historia de la escuela histológica española, en especial por la figura de Santiago Ramón y Cajal.
La colaboración de Roberto Marco, que analizó las aportaciones de los histólogos españoles anteriores a la obra del premio Nobel, fue un preámbulo importante para este trabajo.
Se ocupó además de Nicolás Achúcarro y Pío del Río-Hortega, así como de John H. Jackson, mostrando en él la interrelación entre neurología y evolucionismo.
Muy pronto empezó sus estudios sobre la ciencia española del Siglo de Oro.
Sin duda, era una tarea difícil.
Entre las leyendas negras sobre España, siempre está presente el desprecio en estas tierras por la ciencia.
España sería país de pintores y escritores, pero no de sabios.
Las peleas de Cavanilles en el siglo XVIII o de Menéndez Pelayo en el XIX intentaron rescatar el papel de muchos científicos españoles a lo largo de una larga historia.
Sin duda, en el panorama cultural español, no hay muchos sabios de primera importancia.
Y en un campo de la historiografía en que se sigue manteniendo la creencia en el progreso continuo y en la preeminencia absoluta de primeras figuras, los científicos españoles -con brillantes excepciones-tienen poco relieve.
Pero sin duda ha habido sabios importantes, la ciencia ha formado parte de la cultura peninsular desde el Renacimiento -incluso desde antes-y quedaba mucho por estudiar.
Este respeto por las figuras menores, por las generaciones intermedias configura la tarea de José María López Piñero.
Su libro Ciencia y sociedad en la España de los siglos XVI y XVII (Labor, Barcelona, 1979) fue una obra esencial para el entendimiento de la cultura española de la época.
Supo incardinar el saber científico en la sociedad de esos dos siglos, mostrando bien el esfuerzo que muchos personajes hicieron por poner al día la ciencia.
Entendió bien que figuras ambivalentes como Felipe II estuvieran interesadas en el desarrollo de la ciencia y la técnica.
Era lógico, pues no solo la lengua es compañera del imperio como Nebrija quería, también lo son la ciencia y la técnica.
Unos reyes que eran dueños del mundo, necesitaban agricultura, comercio e industria, barcos, cañones, mapas, medicinas... y por tanto, física y química, matemáticas y geografía, medicina y farmacia y, sobre todo, técnica, una poderosa técnica.
Esto no impide que la tecnología fuera traída con frecuencia de dominios extranjeros, así Flandes o Italia, o que la ciencia fuera poco valorada en la época.
O bien que se permitiera a la Iglesia perseguir a estudiosos y disidentes, o que las minorías fueran oprimidas o perseguidas.
Las extraordinarias tradiciones árabe y hebrea fueron de forma brutal cortadas.
También es cierto que con el tiempo la corona fue perdiendo su interés por el saber, prefiriendo las artes y las letras.
Pero incluso algún ministro o valido se interesó más tarde por el saber y sus posibilidades, y muchos sabios intentaron sacar a este país del retraso científico casi constante.
Era justo que José María López Piñero sacara del olvido -o de los viejos repertorios positivistas-muchas figuras que fueron importantes en la ciencia.
Se ocupó de naturalistas y médicos en colaboración con María Luz López Terrada y José Pardo, de físicos y químicos con Víctor Navarro y Eugenio Portela.
Pero no descuidó ni la náutica ni la geografía, ni la minería ni la anatomía.
Así se interesó por el mundo americano, imprescindible para entender la España moderna.
También fue intensa su dedicación a la historia de la ciencia valenciana, estudios a veces compartidos con Víctor Navarro.
Algunos de los autores que fueron sus preferidos tuvieron ese origen, como puede ser el botánico Cavanilles, que cultivó de forma constante.
Su interés por la botánica -desde Valencia a América-se muestra en sus trabajos sobre Pere Jaume Esteve, o bien en su atlas y diccionario histórico de plantas medicinales.
En sus estudios sobre botánica, y sobre medicina, tenemos al científico con fuerte afición que intenta entender su disciplina desde la historia.
Médico por sus títulos y botánico por devoción y estudios, supo escribir una historia desde el interior de la ciencia.
Una historia que si bien se dirigía en primer lugar a los científicos, consiguió el interés de los historiadores, los filósofos y un buen número de lectores.
Se preocupó también por los grabadores ocupados en las láminas y libros científicos, como fue Crisóstomo Martínez y su atlas anatómico, también por el grabador Juan Bautista Bru, sus animales y el megaterio, estando siempre interesado por las imágenes en la medicina y la ciencia.
También se ocupó, como no podía ser menos, de Andrés Piquer -aragonés afincado por años en Valencia-y la renovación de la clínica médica.
La salud pública siempre le interesó, en trabajos en un área que también cultivaron bajo su influjo, entre otros muchos, Jorge Navarro, M.a José Báguena o Vicente Salavert.
Así se ocupó de la valenciana, en el caso de Ferrán y la vacunación anticolérica, o de otros autores de la talla de Mateo Seoane.
La medicina fue su vocación principal, destacando sus trabajos sobre Juan de Cabriada y la renovación científica de los novatores, Francisco Hernández y su expedición y el divino Francisco Valles y sus controversias, con Francisco Calero.
Uno de sus primeros libros con Luis García Ballester y Pilar Faus fue un programa renovador, Medicina y sociedad en la España del siglo XIX (Madrid, Sociedad de Estudios y Publicaciones, 1964).
Tampoco se puede olvidar un libro de los iniciales con José Luis Pinillos y Luis García Ballester, Constitución y personalidad: historia y teoría de un problema (Madrid, CSIC, 1966).
Los mencionados libros y otros muchos trabajos fueron puntos de partida para esenciales renovaciones entre nosotros de la historia de la medicina y de la ciencia.
Siempre preocupado por las novedades metodológicas, su preocupación por la terminología y documentación médicas junto a María Luz Terrada, y también por la bibliografía y los estudios bibliográficos y bibliométricos así lo muestran.
Esencial fue la publicación del Diccionario histórico de la ciencia moderna en España (Barcelona, 2 v.
Península, 1983), con Thomas Glick, Víctor Navarro y Eugenio Portela.
Con abundantes colaboradores, sus repertorios bibliográficos sobre ciencia y medicina fueron y son importantes.
Sus series y compromisos editoriales, así como su contribución a la revista Asclepio, permiten comprender el excelente desarrollo que la historia de la medicina y de la ciencia ha tenido en aulas y publicaciones.
No es extraño el dolor que sentimos ante la pérdida de un amigo y maestro, como fue José María López Piñero. |
Desde el año 2005 se viene publicando en Alemania (en la ciudad de Baden-Baden) una nueva revista dedicada a la literatura técnica.
Tiene por título Fachprosaforschung -Grenzüberschreitungen y es fruto de la colaboración entre el «Gerhard-Möbus-Institut für Schlesienforschung» y el «Wullstein-Forschungsstelle für deutsche Medizinliteratur des Mittelalters», ambas instituciones, como es sabido, con sede en la famosa ciudad universitaria de Würzburg.
Dicha publicación es editada bajo la dirección del profesor Gundolf Keil y su redactor jefe es el profesor Christoph Weisser.
Con el objeto de proporcionar una idea de lo que esta nueva revista ofrece, en las siguientes líneas realizaremos una breve reseña del volumen doble 2/3 (2006/2007), publicado en el año 2008, cuyos contenidos se distribuyen de la siguiente manera.
Tras el índice (páginas 5-7), tenemos treinta y dos artículos originales de investigación (páginas 9-539), que versan sobre diversas materias relacionadas con la literatura técnica.
A continuación, hay un apartado que bajo el epígrafe de «Personalia» (páginas 541-566) incluye tres escritos en homenaje a tres estudiosos alemanes con motivo de su cumpleaños: Hans Schadewaldt, Kurt Kochsiek y Bernhard Dietrich Haage 1.
En el siguiente apartado, bajo el título «Contemporanea» (páginas 567-582), encontramos cinco breves artículos que recogen varios discursos pronunciados en diversos actos y acontecimientos de carácter académico, como por ejemplo, con motivo de la presentación de un libro, que es el tema del primero de ellos.
Tras esta parte, tenemos las habituales reseñas de libros (páginas 583-603) y, cerrando el volumen (páginas 604-605), las instrucciones para los autores.
En total, pues, el volumen consta de más de 600 páginas repletas de interesantes artículos.
Dentro del ámbito de la literatura técnica (entendiendo como tal toda aquella literatura cuyo tema es una materia de carácter técnico o científico), la disciplina predominante en Fachprosaforschung-Grenzüberschreitungen es la medicina en sus distintas ramas, sin excluir tampoco artículos sobre disciplinas afines como la veterinaria.
No obstante, a pesar de ser la medicina el eje principal, a lo largo de los numerosos artículos encontramos una gran variedad de contenidos y puntos de vista, pues los estudios son realizados, dependiendo de la formación y orientación de sus autores, desde diversas perspectivas como la del historiador (antiguo, medieval, etc.), el filólogo (germánico, clásico, etc.), el arqueólogo, el lingüista, el filósofo, etc., lo cual da al volumen un marcado carácter interdisciplinar (de ahí la segunda parte de su título Grenzüberschreitungen), que constituye una de las características más interesantes y atractivas de esta publicación.
Dada la gran cantidad de artículos, sería muy extenso reseñar todos y cada uno de los trabajos, por lo que daremos una visión general para que se pueda apreciar su diversidad.
El marco cronológico de los temas tratados se extiende desde el primer milenio antes de Cristo (uno de los trabajos nos lleva a esa época a través de la trepanación en el mundo celta) hasta la actualidad (con temas como los problemas éticos que plantea la tecnología genómica) pasando por la Roma imperial, la Edad Media y épocas subsiguientes.
Desde el punto de vista temático, además de los artículos de investigación sobre los más diversos temas (como, por ejemplo, el papel despempeñado por los médicos en la corte del emperador romano Claudio; la identificación de enfermedades descritas en tratados medievales como la Aegritudo Arnaldia; el médico árabe Ibn an-Nafis y la circulación pulmonar; la historia y desarrollo de la ginecología; Roentgen y los rayos X, etc.), encontramos dos ediciones críticas de textos inéditos hasta el momento: un fragmento de un texto medieval alemán sobre la alimentación y curación de las aves de presa y, por otro lado, un breve manual de fines de la Edad Media (en torno al año 1400), escrito también en alemán, que ofrece el tratamiento de emergencia para los traumatismos producidos en las campañas bélicas.
También se incluyen dos artículos donde se nos ofrecen dos útiles y detalladas descripciones de manuscritos medievales de contenido médico: el manuscrito Badische Landesbibliothek, Kalsruhe, Codex Donaueschingen 792, redactado en torno al año 1450, y un códice escrito en el siglo XIV y conservado en la Biblioteca Nacional en Madrid con la signatura Mss/8769 (antes X 240).
Desde un punto de vista más externo y formal, los artículos, cuando así lo requiere el tema, están acompañados de textos, ilustraciones, gráficos, mapas y tablas que enriquecen los contenidos y permiten una mejor comprensión de los mismos.
Al final de cada artículo, se incluye, además, el resumen en inglés, la dirección del autor y la bibliografía.
Todo ello hace de esta revista una publicación sumamente interesante y un instrumento muy útil y riguroso para la difusión de trabajos dentro del ámbito de la literatura técnica, por lo que el mundo científico dedicado a esta disciplina debe alegrarse por esta nueva revista que ha comenzado a dar sus primeros, pero seguros pasos, y a la que deseamos una larga y feliz vida.
GONZÁLEZ REDONDO, Francisco A., Protagonistas de la Aeronáutica: Leonardo Torres Quevedo, Madrid, AENA, Aeropuertos Españoles y Navegación Aérea, 2009, 160 pp.
[ISBN 978-84-924991-6-8] El Centro de Documentación y Publicaciones de AENA, en su tarea de difusión de la Historia de la Aeronáutica, ha iniciado una nueva colección de libros con el título de «Protagonistas de la Aeronáutica»; y ha decidido hacerlo publicando la biografía de Leonardo Torres Quevedo, al que Maurice d'Ocagne (Presidente de la Société Mathématique de France) consideró en 1930 «el más prodigioso inventor de su tiempo».
Su autor es Francisco A. González Redondo, profesor de la Universidad Complutense de Madrid quien, junto con su padre y maestro, Francisco González de Posada, Presidente de Amigos de la Cultura Científica, llevan veinte años difundiendo la vida y la obra del ingeniero español organizando simposios, ciclos de conferencias y exposiciones, y publicando numerosos artículos, libros de actas y catálogos que se han convertido en la principal fuente de información en los últimos tiempos para conocer la trayectoria vital y científica del genial ingeniero de Caminos.
Como es natural, esta obra se ha visto precedida de diferentes aproximaciones biográficas anteriores.
Leonardo Torres Quevedo falleció en Madrid el 18 de diciembre de 1936, a unos días de cumplir los 84 años y, con ese motivo, diferentes autores publicaron breves reseñas biográficas, entre las que pueden destacarse la de Blas Cabrera (en los Procés Verbaux des Sciences del Comité Internacional de Pesas y Medidas), Pedro M. González Quijano (en la Revista Matemática Hispano-Americana) o Maurice d'Ocagne (en la Revue des Questions Scientifiques).
En 1952 y, muy especialmente, lo largo de 1953 y con unos meses de retraso, se fue conmemorando en diferentes medios el centenario del nacimiento del ilustre inventor, que había tenido lugar en Santa Cruz de Iguña (Molledo, Cantabria), el 28 de diciembre de 1852.
Con ese motivo volvió a recordarse su vida y su obra en artículos de Marcos López del Castillo (en úcleo), de Juan Campos Estrems, Louis Couffignal, Charles Manneback y Pedro Puig Adam (en la Revista de la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y aturales), de Julio Rey Pastor, Antonio Manuel Campoy, Juan Ma Torroja y Emilio Novoa (en ABC), e, incluso, de su propio hijo, el también ingeniero de Caminos Gonzalo Torres-Quevedo Polanco (en Revista de Obras Públicas).
Pero sería el crítico literario montañés, Leopoldo Rodríguez Alcalde, el que por primera vez plasmase la biografía del sabio español en dos libros aparecidos sucesivamente en 1966 (Leonardo Torres Quevedo y la Cibernética) y 1974 (Biografía de D. Leonardo Torres Quevedo).
Las dos obras, que tenían un carácter divulgativo y suponían más un ejercicio literario que científico, estaban construidas a partir de los recuerdos y documentos de los familiares.
En 1980, José García Santesmases escribió la biografía científica de referencia clásica (Obra e inventos de Torres Quevedo), dedicando capítulos independientes, prácticamente disjuntos, al desarrollo de los diferentes campos en los que se concentró la inventiva del insigne ingeniero, construidos a partir de la ingente documentación conservada en el archivo de la familia.
Doce años más tarde, en 1992, reuniendo toda la información de las referencias anteriores junto con la aportada por los diferentes autores que contribuyeron con sus ponencias a los Simposios «Leonardo Torres Quevedo: su vida, su tiempo, su obra», Francisco González de Posada, a modo de presentación de una selección de facsímiles de los trabajos escritos más importantes del insigne sabio, escribió para la colección «Biblioteca de la Ciencia española» de la Fundación Banco Exterior, la obra (de título Leonardo Torres Quevedo) que supuso un antes y un después en el conocimiento y difusión del ilustre ingeniero español.
De nuevo, González de Posada exponía la contribución de Torres Quevedo en capítulos independientes, uno para cada ámbito en el que se desarrolló la inventiva de D. Leonardo, ahora con puentes entre ellos y perspectivas que trascendían las de García Santesmases.
Con todos estos antecedentes, la obra de González Redondo que ahora comentamos aporta numerosas novedades.
La primera, motivada por la naturaleza de la entidad editora (AENA), es que constituye la primera biografía que se escribe desde la perspectiva de la aportación de Torres Quevedo a la Historia de la Aeronáutica.
La segunda es que en ella, transcurridos más de quince años desde la publicación de la última biografía, se integran varias decenas de investigaciones del autor sobre la vida y la obra del sabio español más universal, que han ido aportando innumerables datos y nuevas valoraciones de su obra, especialmente en lo que refiere a su contribución a la solución del problema de la navegación aérea.
Y este punto de vista, el de la Aeronáutica, es el que ha permitido a González Redondo resolver el problema de la organización cronológica de una obra, la de Torres Quevedo, en la que, como reconoce en la presentación el autor, las invenciones se suceden, se solapan, se superponen, culminan, se abandonan para resurgir de nuevo, en otro momento, desde otra perspectiva, cuando parece que está dedicado a temas completamente distintos.
Y es que, como destaca González Redondo, organizar en un libro la biografía de Torres Quevedo es muy problemático.
Su primer invento, el transbordador, un teleférico concebido específicamente para personas, fue rechazado en Suiza en 1890, fracaso que superó a partir de 1893 dedicándose a un tema completamente nuevo, el de las máquinas de calcular de tecnología mecánica.
Cuando se había consagrado internacionalmente en 1900 con sus máquinas algébricas, pasó a dedicarse al mundo de los globos dirigibles, patentando en 1902 el sistema más original de su tiempo.
Sin embargo, antes de poder desarrollar su dirigible semirrígido, se centraría a partir de 1903 en el ensayo del primer dispositivo de mando a distancia de la historia, el telekino, precisamente para poder efectuar las pruebas con los aerostatos sin arriesgar vidas humanas.
Además, mientras completaba la construcción de un primer dirigible que ya no seguiría la patente de 1902, sino un nuevo sistema autorrígido patentado en 1906, en 1907 asistía, por fin, veinte años después de patentarlo, a la inauguración de su primer transbordador en San Sebastián.
En esos mismos años Torres Quevedo había decidido dar por terminado el desarrollo del telekino en tanto que mando a distancia, convirtiéndolo en el punto de partida de su obra en Automática al redescubrir, sobre todo a partir de 1910, toda su dimensión como dispositivo electromecánico, como autómata, en unos años en los que estaba consiguiendo el reconocimiento internacional de sus sistema de dirigibles.
Así, mientras recibía importantes cantidades de royalties por la comercialización de sus dirigibles desde Francia en el entorno de la Primera Guerra Mundial, en realidad estaba dedicado casi monográficamente a partir de 1912 a la Automática, a sus ajedrecistas y a las máquinas de calcular electro-mecánicas.
Y, sin embargo, antes de presentar, en 1920, el primer ordenador de la historia, el aritmómetro electromecánico, retomaba en 1919 el tema de los dirigibles proyectando a petición de Emilio Herrera, para resolver el problema de la travesía transatlántica, el «Hispania».
Esta realidad es la que hizo que Santesmases y González de Posada renunciasen a exponer cronológicamente la obra de Torres Quevedo y optasen por dedicar un capítulo diferente a cada invención.
Por el contrario, González Redondo ha observado en su libro que, si se sitúa como referencia básica la aportación del inventor a la solución del problema de la navegación aérea, el conjunto de su obra puede dividirse coherentemente, con un «antes» y un «después» de la que puede considerarse su época aeronáutica.
Y es que durante algo más de diez años el Centro de Ensayos de Aeronáutica constituyó la ocupación principal de nuestro sabio; los años transcurridos entre los primeros contactos sobre Aerostación documentados en 1901, y la solicitud presentada a finales de 1913 en el Ministerio de Fomento, para trasladar los recursos del Centro al Laboratorio de Automática.
Así, González Redondo, atendiendo al objetivo primordial de abordar la biografía aeronáutica del ilustre ingeniero español, ha organizado su libro en cinco capítulos.
En el primero presenta los orígenes de Torres Quevedo en las provincias del Cantábrico (padres vizcaínos y montañeses) y sus primeras invenciones: el transbordador, patentado en 1887, las máquinas algébricas y el telekino, extendiendo las consideraciones hasta el éxito inicial del transbordador del Monte Ulía en 1907 y la gloria final de su sistema de teleférico de cables múltiples consagrado con el transbordador del río Niágara en 1916, construido casi treinta años después de la primera patente y que aún hoy surca los cielos de Canadá y Estados Unidos sin haber tenido ni un solo accidente tras más de noventa años de servicio.
A continuación se recoge el mundo aeronáutico de Torres Quevedo en tres capítulos: el segundo, dedicado al origen y las actividades emprendidas en el Centro de Ensayos de Aeronáutica; el tercero, en el que se da a conocer la colaboración del inventor con los ingenieros militares en torno a su primer dirigible hasta el desencuentro con ellos en el verano de 1908; y el cuarto, en el que el extraordinario éxito internacional de sus invenciones aeronáuticas se ve ensombrecido por la incomprensión en España.
Finalmente, en el quinto y último capítulo, González Redondo retoma el discurso temporal de la obra del inventor, quien entraba a partir de 1913 en los trabajos de Automática con dispositivos electromecánicos, tarea que había adelantado en 1911, en espera de unos apoyos del Gobierno para continuar los trabajos aeronáuticos del Centro que nunca llegarían.
Y, realmente, Automática, Informática, Inteligencia Artificial son los ámbitos en los que Torres Quevedo se erigiría como pionero y los que le harían entrar en la Historia mundial de la Ciencia.
Pero si todas las consideraciones precedentes destacan aspectos del pasado, glorioso, pero pasado, el capítulo y el libro terminan con una novedad historiográfica: el autor nos muestra (y demuestra) cómo las aportaciones de Torres Quevedo a la Aeronáutica, presentadas entre 1902 y 1913, han conti-nuado siendo actualidad a lo largo del siglo XX y siguen vigentes hoy en día, a comienzos del siglo XXI, constituyendo presente de la Aerostación dirigida, hasta el punto de que en nuestros días no se construye ningún dirigible que no haga uso, consciente o inconscientemente, de alguna de las ideas presentadas hace ya más de cien años por «el más prodigioso inventor de su tiempo».
Existe en la Argentina un relativo vacío historiográfico con respecto a la reconstrucción histórica de las oscilantes dinámicas que reinan en las instituciones dependientes del organismo estatal.
En los últimos años lo que podríamos denominar como la cuestión social ha puesto nuevamente sobre el tapete el rol que en función del bienestar de la sociedad debería jugar el Estado.
A juzgar por la crisis que atraviesan las ciencias sociales en un nivel local, las cuales no han podido explicar los cambios generados en la estructura social, ha ganado terreno en la agenda de los investigadores una incipiente mirada sobre el funcionamiento del Estado en torno a las respuestas que brindó a las demandas que fueron emergiendo de la sociedad civil a lo largo del siglo XX: participación política, democratización de la educación, asistencia médica y mayor equidad en la redistribución del ingreso.
En esta dirección se propone estudiar la oscilante correlación de fuerzas políticas, las ideas y las realizaciones administrativas y materiales en el ámbito de la esfera sanitaria señalando los cambios administrativos y normativos y el funcionamiento de un entramado sistema en el cual se superponían los sindicatos, la asistencia privada, la Fundación Eva Perón y la Dirección de Asistencia Social.
La obra se encuentra dividida en cinco partes bien estructuradas que permiten realizar una lectura dinámica e invita al lector a sumirse en los derroteros de la asistencia pública en la Argentina desde fines del siglo XIX hasta el primer peronismo: las tentativas de centralización,(cap. 1) los años formativos de Ramón Carrillo (cap. 2); la institucionalización de la salud pública (cap. 3), los hospitales, una política de Estado (cap. 4) y las huellas de la educación sanitaria de masas (cap. 5).
Así las cosas, el primer capítulo da cuenta de los intentos del Estado por centralizar la salud pública en el territorio nacional desde fines del siglo XIX para paliar los efectos negativos de la modernización, entre ellos los brotes epidémicos que impulsaron a la tarea de vacunación e higienización y control sanitario mientras que, por otro lado, los grupos profesionales desde el espacio público llamaron al Estado para intervenir mediante el desarrollo institucional de organismos de salud.
Las diversas formas de intervención sanitaria partieron del Departamento Nacional de Higiene (1880) y el organismo de Asistencia Pública (1883).
Pero estas incipientes políticas de salubridad -editorializada la autora-se encontraron obstaculizadas por el accionar de la Sociedad de Beneficencia, cuyas damas administraban un conjunto de hospitales en la ciudad de Buenos Aires.
Otro de los obstáculos a los cuales se enfrentó el Estado estaba entroncado con la cuestión del federalismo ya que las provincias observaron con desconfianza los intentos de monopolizar la asistencia médica por parte de la repartición central.
El capítulo dos tiene como objetivo desentrañar los años formativos y el recorrido político entre 1930 y 1946 de Ramón Carrillo.
La contribución empírica es valiosa por el compendio de fuentes que utiliza entre las que se encuentran una serie de artículos publicados por el neurocirujano en los que bregaba por la búsqueda de un «biotipo argentino», a los cuales la investigadora suma la revista universitaria «La Semana Médica» y los expedientes extraídos de la Facultad de Ciencias Médicas con la contribución periférica de diarios locales.
Gracias a este corpus documental el lector puede auscultar la meteórica carrera iniciada por Carrillo en la Universidad de Buenos Aires en el año 1938, hasta su designación como decano interino de la misma Universidad, sus lazos con el ámbito castrense y las idílicas relaciones con el mismo Perón hacia el año 1945 a quien Carrillo conoció en el Hospital Militar.
El capítulo finaliza con la convocatoria de Perón para que Carrillo siente las bases de la Secretaria de Salud y de la política sanitaria en general.
Renglón al margen, hay que subrayar que la reconstrucción histórica se erige como una un retazo del pasado que es seleccionado por el investigador desde un presente y que siendo la disciplina histórica un constructo humano, la misma puede hallarse colonizada por falacias, reconstrucciones tendenciosas o meras ilusiones mitológicas basadas en un compendio de literatura partidaria.
Puede transformase en una legitimación discursiva del poder de turno y más aún, si se aborda una temática tan sensible como fue y sigue siendo el fenómeno peronista.
Al encarar la figura de Carrillo, Ramacciotti se aleja de estas tendencias tratando de mantener el hilo conductor de la pretendida objetividad científica.
En consecuencia, esto no le impide, en base a los expedientes reclutados en el Archivo de la Facultad de Ciencias Médicas, dar a luz a la acusación que sufrió Carrillo por parte del neurocirujano Ricardo Morea quién señalo al primero por cometer «plagios y omisiones» en su tesis doctoral «Yodoventriculografía» en un folleto editado por el propio Morea.
Carrillo sólo atinó a recusar la denuncia alegando que había copiado «de memoria» las definiciones que aparecen en su tesis (p.
Esta anécdota puede resultar intrascendente para la estructura del libro, pero Ramacciotti prefirió no ocultar el hecho en cuestión alejándose de ese jalón interpretativo en el cual la historia aparece como una herramienta política que «transforma a ciertas figuras en el botín de interpretación de fenómenos políticos coyunturales» (p.
45) por lo que ella misma se convirtió en el blanco de criticas insustanciales por parte de un sector político ajeno o renuente al debate historiográfico que dificulta la comprensión y la heterogeneidad de los fenómenos históricos.
El capítulo tres nos lleva a inmiscuirnos en el armado institucional de la salud pública durante el primer peronismo y las características que asumió el reclutamiento y la especialización de los denominados «técnicos».
Los médicos que detentaron el control del organismo auspiciaron la formulación y la implementación de objetivos políticos que permitían guiar la acción pública.
Estas aspiraciones técnicas fueron volcadas en el Plan analítico de salud pública de 1947 esbozado por Carrillo.
Los prolijos organigramas citados y analizados por Ramacciotti describen el complejo sistema de administración de la Secretaria de Salud y la expansión cuantitativa sufrida a partir de 1947 respecto de la cantidad de personal.
Este tipo de organización se debía según la historiadora a que «la burocratización fue considerada la mejor forma por medio de la cual los profesionales podían organizarse técnicamente» (p.
El voto de confianza otorgado por el peronismo a la gestión de Carrillo fue acompañado por un destacado presupuesto que permitió duplicar la oferta de camas disponibles en los hospitales, la creación de nosocomios y las campañas sanitarias en el territorio nacional en el período 1947-1950, temática que retoma en el último capítulo del libro.
A su vez, los médicos sanitarios fueron interpelados por el Estado y se vieron envueltos en una suerte de profesionalización siendo la Escuela Superior Técnica de Salud Pública la que monopolizaba el dictado de cursos para mejorar el desempeño del personal técnico, profesional o auxiliar.
El otorgamiento de becas, la profundización de los vínculos médicos internacionales y los planes de erradicación de epidemias evidenciaron un marcado sesgo de profesionalización pero con una variante negativa.
Según Ramacciotti, para el caso de la Secretaria de Salud Pública «...la permanencia y los ascensos de los cuadros técnicos estuvieron fuertemente ligados a la lealtad política o a la fidelidad jerárquica» (p.
En este pasaje del texto nos deja una deuda que saldar ya que en definitiva dada la complejidad de la temá-tica la autora pudo haber egresado por un instante de la especificidad del caso e incorporar un apartado reducido con la «lógica administrativa» y de «sumisión» que primaron en el resto de los Ministerios como el de Educación.
Las conclusiones a las cuales arriba no se correspondieron como una novedad del organismo sanitario, sino que, por el contrario, se erigió como un común denominador en las instituciones dependientes del Estado en la misma coyuntura.
El capítulo cuatro nos brinda un panorama sobre la construcción y habilitación de los centros hospitalarios con la duplicación del número de camas en el cenit de la gesta sanitaria y la intención de fundar ciudades-hospitales en las zonas rurales o suburbanas y monoblocks para internados.
En la práctica, «ésta intención planificadora se plasmó sólo en forma parcial» (p.
95).Bajo la administración de Carrillo se destacaron la anexión de pabellones a las estructuras sanitarias existentes, la creación de hospitales generales y los hospitales para enfermedades específicas.
No obstante, una de las cuestiones más interesantes analizadas es la conflictiva superposición entre el Ministerio de Salud y la Fundación Eva Perón quien también brindó ayuda médicoasistencial preventiva y curativa a los sectores más postergados en la pirámide social y financió la construcción de policlínicos gracias a la estimación material del Estado, los aportes laborales y las donaciones a las cuales estaban sujetos obreros y empresarios.
En este escenario de luchas parcelarias por obtener los recursos necesarios, El Ministerio de Salud sufrió una reducción presupuestaria y una pérdida de protagonismo que la historiadora nos ilustra de forma concreta: tomando el período 1948 y 1951 los ingresos que obtuvo el Ministerio en esta etapa decrecieron en 59 millones de pesos mientras que los de la Fundación Eva Perón aumentaron en 805 millones en un contexto signado por la retracción económica y la crisis del modelo distributivo característico de los primeros años de gobierno.
La crisis económica que estigmatizó la política distributiva del peronismo no incidió en los ingresos ni en los planes constructivos de la Fundación.
Quizás aquí la exploración sobre las causas de esta superposición amerita una mayor profundización analítica.
Si este traspaso de recursos se debió a rencillas personales entre Carrillo y Eva Perón; a una nueva distribución simbólica que reemplazó a la distribución material producto de la crisis del modelo o a la propia dinámica de las instituciones peronistas nos deja un interrogante abierto para la discusión.
La construcción de hospitales y las campañas de educación sanitaria en fabricas, escuelas y colonias de vacaciones son temáticas retomadas en el último cuerpo del libro cuyo tópico se resume en la idea de «Patria Sanitaria», es decir, la extensión de los servicios de salubridad a lo largo del territorio nacional con el fin de acercar la salud a la población.
La idea se materializó en 1947 con la planificación de la Primera Caravana Sanitaria.
En rigor, estas campañas fueron «...las herramientas que mejor pudieron sobrevivir al desgaste político y a la reducción de recursos» (p.
En síntesis, este libro se transformará en una obra de consulta indispensable para los fututos historiadores que quieran incursionar en el campo de la historiografía social.
La autora cumple de manera eficiente el objetivo de su trabajo gracias al rigor analítico con el cual encaró el objeto de estudio utilizando un conjunto de copiosas fuentes (muchas de ellas inéditas) que permiten vislumbrar una mirada sistemática sobre los vaivenes, las fortalezas, debilidades y contradicciones de la política sanitaria durante el período reseñado por fuera de los márgenes de la mitología partidaria.
Más allá de reportarnos una sugestiva mirada sobre el funcionamiento de la burocracia estatal, su interacción con las ideas circulantes en el espectro político y profesional de la época el libro nos invita a reflexionar, a pasos del Bicentenario de la Nación Argentina, sobre los márgenes de injusticia que reinan en la actualidad producto de la verticalización de los poderes económicos que han diezmado en los últimos años las políticas sociales.
Universidad Nacional General Sarmiento, Argentina VÁZQUEZ GARCÍA, Francisco, La Filosofía española.
Existen muchas y muy variadas maneras de emprender la historia de un cuerpo de conocimientos socialmente institucionalizado.
También son muy conocidos los estudios que explican cómo a partir de saberes matrices se va desplegando el árbol de filiaciones y las ramas que conducen a las cada vez más especializadas disciplinas científicas de nuestros días.
A pesar de que la historia social de la ciencia ha hecho brotar frutos muy sabrosos y gracias a ello se va reactualizando el aserto foucaultiano de que toda verdad tiene su historia, es todavía moneda frecuente e indeseable la presencia de esas historias heroicas e idealistas de las disciplinas según las cuales la génesis del conocimiento se dispone como una batalla infatigable contra el error hasta llegar a la conquista de la auténtica ciencia.
Esa lectura complaciente, idealista y teleológica de la evolución de los campos de conocimiento suele convivir con una aproximación internalista dentro de la que los postulados científicos emanados de cada materia se despojan de los contextos sociales y de las relaciones de poder en los que se inscriben.
Ciertamente, en España existe ya una fecunda tradición de historia de la ciencia (recientemente, en 2009, Julio Mateos acertadamente glosó en el número 13 de Con-Ciencia Social, la obra de José Luis Peset, uno de los más competentes cultivadores de esa excelente tradición), aunque no es infrecuente, en el terreno de la pedagogía y la educación, la persistencia de la inveterada proclividad idealista que considera la historia de la Pedagogía y de la educación como la narración en orden cronológico de las ocurrencias, instituciones y textos generados en un devenir que pareciera estar guiado por una suerte de destino inescrutable, impulsado por un misterioso y autosuficiente dispositivo lógico.
De este modo y por todo ello suele imperar en las pesquisas sobre estos temas el coleccionismo de textos, ideas y autores dispuestos sobre un enjuto bastidor teórico deudor del más rancio, pobre y ciego de los empirismos.
En cambio, el libro que comentamos tiene la virtud de afrontar un desafío: la aplicación de categorías sociológicas para el estudio histórico de un ámbito disciplinar (la Filosofía española entre 1963 y 1990).
Se diría que su autor, Francisco Vázquez, catedrático de Filosofía de la Universidad de Cádiz, acreditado estudioso de las corrientes de pensamiento francés vinculadas a Michel Foucault 1 y Pierre Bourdieu, acepta en esta obra lo que llamaremos el «desafío Bourdieu», es decir, la utilización y aplicación sistemática de las herramientas conceptuales con las que este sociólogo, siguiendo su teoría de la acción humana en el espacio social, ha desentrañado las reglas que gobiernan los campos escolásticos (los saberes institucionales donde habita el homo academicus).
Bien es verdad que esta tarea individual que ahora reseñamos vino precedida por varios estudios acerca del sociólogo francés, alguno de gran interés divulgativo y de título más que sugestivo: Pierre Bourdieu.
La sociología como crítica de la razón (Montesinos, 2002), y que además se integra dentro de un proyecto de investigación más vasto y compartido que obedece al título de Intelectuales y calidad democrática en España.
Dentro de esa órbita se han dado interesantes resultados colaterales como los trabajos de sociogénesis de José Luis Moreno ----1 En Transiciones, cambios y periodizaciones en la historia de la educación (CUESTA, MAI-NER y MATEOS, 2009, 68-69) hemos dejado constancia expresa de nuestra idea sobre el tratamiento del cambio y la continuidad, y, en relación con ello, sobre algunos de los itinerarios de la huella genealógica en España, a la que el autor del libro que comentamos ha hecho aportaciones de mucho fuste, desde su ya clásica incursión en la historia de la sexualidad (Sexo y razón.
Una genealogía de la moral sexual en España, Akal, Madrid, 1997), tema al que ha regresado en varios trabajos posteriores, hasta su reciente inmersión en el terreno de la biopolítica de raigambre foucaultiana (La invención del racismo. acimiento de la biopolítica en España, 1600-1940, Akal, Madrid, 2009).
Pestaña, profesor también afincado en la universidad gaditana, sobre Foucault (Convirtiéndose en Foucault, Montesinos, 2006) o sobre otros pensadores (por ejemplo, Filosofía y genealogía en Jesús Ibáñez, sociogénesis de un pensador crítico, Siglo XXI, 2008).
En el caso que nos ocupa estamos ante el intento más serio, sistemático y documentado de practicar en España una nueva sociología de la filosofía, una innovadora perspectiva que, según confiesa el propio autor, se alimenta de tres fuentes: el francés Pierre Bourdieu, el norteamericano Randall Collins y el británico Martin Krusch.
Triple inspiración que permite, en expresión de Francisco Vázquez, aunar un «ejercicio de objetivación sociológica y de reflexividad filosófica» evitando los sesgos subjetivistas, la sacralización de los textos y la ignorancia del contexto histórico (p.
Pero de estas tres fuentes nutricias es la bourdieana la que fluye más caudalosa, empapando toda la problemática y el aparato heurístico de la investigación hasta el punto que el libro constituye hasta la fecha el más estimable y provechoso intento hispano de aplicar la caja de herramientas teóricas de las que se sirvió el sociólogo francés durante su brillante vida profesional.
Es cierto que algunas categorías como las de campo y habitus son moneda corriente en la plataforma intelectual desde la que también nosotros operamos en el Proyecto Nebraska de Fedicaria, como puede verse en el excelente trabajo de Juan Mainer (La forja de un campo profesional.
Pedagogía y didáctica de las Ciencias Sociales en España, 1900-1970, CSIC, Madrid, 2009), pero aquí se trata de otra empresa intelectual mucho más pegada y dependiente de la sombra teórica y el universo conceptual de Bourdieu.
Así se pretende, en efecto, ensamblar la aproximación sociológica con la reflexión filosófica a fin desnaturalizar, des-esencializar la propia dinámica, flujo y circulación de las ideas filosóficas dentro de un determinado espacio social (España entre el franquismo y la democracia).
Tarea, sin duda, nada fácil pues eso que llamamos «desafío Bourdieu» resulta un hueso difícil de roer, especialmente si se quiere unir la dimensión estructural del análisis del campo filosófico (un espacio de fuerzas, relaciones, e ideas) con la génesis y metamorfosis del mismo.
Ahora bien, el quid de la cuestión radica en la manera de deshacer el nudo de una recurrente paradoja: cómo soldar, sin forzar la coherencia del conjunto, las contribuciones que proporciona un punto de vista sociológico-estático con las que provienen de otro más histórico-dinámico.
Aunque sin tiempo aquí y ahora para verificar cómo se plasma esta dicotomía en la obra que comentamos, sí conviene al menos apuntar que juzgamos mucho más lograda y profunda la acotación y descripción sociológica del campo filosófico que la explicación de su devenir histórico, especialmente por lo que hace al manejo de las periodizaciones de la «transición filosófica» en España entre 1963 y 1990, carencia que, por lo demás, apreciamos en otros trabajos de su autor, tanto los de raíz bourdieana como en los de raigambre foucaultiana.
Pese a ello, el estudioso de temas educativos podrá encontrar en este libro estimulantes sugerencias y orientaciones teórico-prácticas sobre cómo afrontar el estudio de la Filosofía o de cualquier otro campo de la esfera simbólica de la sociedad.
El contenido se dispone en una articulación convencional de capítulos, seguidos de esquemas gráficos del campo y de una bibliografía.
El autor, tras mostrar su enfoque metodológico en el capítulo inicial, identifica y describe en los siguientes, a modo de despliegue arborescente, las «redes», «nódulos», «ejes» y «polos» en los que se configura y evoluciona el campo filosófico español.
De partida, identifica dos grandes redes en competencia: la oficial-tomista heredera de la Universidad de posguerra franquista, y la alternativa iniciada en los cincuenta a partir de fragmentos de preguerra, la segunda de las cuales finalmente consigue una hegemonía intelectual e institucional en los años setenta y ochenta.
Ésta, organizada en torno a lo que llama nódulos Aranguren y Sacristán, cobija un amplio y plural abanico de «pretendientes» que buscan y consiguen finalmente desplazar del poder legítimo e institucional a los filósofos guardianes de la vieja casta y a los «herederos» de la valetudinaria tradición.
Con este esquema, realizado a partir de la muestra y estudio de cincuenta filósofos españoles nacidos entre los años veinte y cincuenta, dibuja las reglas y fronteras del campo y traza expresivos y coloristas retratos (no exentos a veces de una cierta superficialidad sociográfica) de las trayectorias socioprofesionales y del tipo de capital manejado (escolar, familiar, social, institucional, etc.) por los individuos que orbitan en torno a los nódulos y polos (escatológico, científico y artístico dentro de la red alternativa) en los que se agrupan los miembros de las dos redes en pugna.
Desde luego, las hipótesis y trayectorias personales que sociologiza se procuran narrar y reconstruir sin recurrir a las descalificaciones ad hominem y sin caer en una posición meramente irenista, aunque muy posiblemente el retrato personal y colectivo de la filosofía española de estos años pueda levantar más de una airada queja y ocasionar no pocas desazones.
En el fondo, el profesor Vázquez García trata de explicar cómo acaeció la transición filosófica dentro de la transición política hacia la democracia.
Es, pues, un libro que versa sobre el cambio y la continuidad.
Por su lado, ignora conscientemente, quizás con algo de imprudencia, todo el aparato conceptual de la filosofía e historia social de la ciencia, la tradición kuhniana sobre evolución de los paradigmas y otras aproximaciones sociohistóricas.
En cambio, subraya su propia tesis frente a las interpretaciones opuestas de Javier Muguerza y Gustavo Bueno, la idea de ruptura con todo lo anterior que defiende el primero y la de una cierta continuidad que sostiene el segundo.
Para Francisco Vázquez el proceso que lleva al triunfo de la red alternativa, la de los «pretendientes», no significó un corte de todo o una mutación radical pues la nueva red nace y se nutre de un medio permeabilizado por las distintas familias del régimen (p.
En su opinión, la cesura, la ruptura con la tradición liberal-progresista estaría en lo sucedido como consecuencia y después de la guerra civil de 1936.
Llevada esta investigación al terreno que más nos interesa, creemos que, independientemente del acierto en asuntos de detalle (algún ofendido pensador quizás no tarde en hacer oír su voz discrepante), en ella hay motivos muy atractivos e ilustrativos que nos facultan para abordar el uso en la historia de la educación de conceptos tan ricos como los de «campo», habitus, «tipos de capital», «disposiciones», etc. Y también cabe decir que de tales herramientas podrá beneficiarse la historia más general de la cultura «culta» y de la literatura (el autor se refiere a los trabajos de José Carlos Mainer o Jordi Gracia), donde se producen frecuentemente importantes encrucijadas, coincidencias y desavenencias en torno a cómo periodizar y valorar el cambio y la continuidad que supuso el franquismo, y se ocasionan no pocos debates a propósito de cómo interpretar los ritmos de las transiciones de los diferentes ámbitos de la vida social hacia la democracia.
Aquí, sin duda, estamos, a pesar de algunas de sus limitaciones a la hora de captar el tempo del cambio, ante una magnífica muestra del valor que posee Bourdieu con vistas a estudiar y reconstruir la sociogénesis de las disciplinas escolares y de los campos profesionales (el campo docente y el habitus propio del mismo), premisa para comprender mejor no sólo el conocimiento que se da en las aulas, sino también las razones profundas que dificultan las transformaciones y favorecen las permanencias de los códigos disciplinares y la propia «gramática» de la cultura escolar.
En una palabra, saludamos este valiente envite que supone el «desafío Bourdieu» y esperamos que contribuya a engrasar nuestras mentes y profundizar nuestra mirada sobre el espacio escolar.
Para finalizar, nos tomaremos la licencia de afirmar que, por añadidura, frente a lo que pudiera parecer por su densidad, se trata de una obra amena e incluso divertida, que lo sería mucho más si estuviera dotada de un inexistente índice onomástico para poder guiarnos mejor en esta cartografía del intrincado campo profesional de los filósofos.
El libro nos da cuenta y razón (o sinrazón) de las piruetas teóricas, las espectaculares metamorfosis y los juegos de poder/saber de muchos de los que hoy son más insignes protagonistas y a veces cuasimonopolizadores del espacio público de nuestra enteca democracia.
Muchos de estos maestros del pensamiento, cansados hoy del duro batallar por el cambio social, como buenos pretendientes de ayer, después de haber conquistado el poder académico y mediático, optan por aconsejar a los demás sobre la vida buena y otras recomendaciones del alma.
Por lo demás, esta obra fabricadora de una nueva y rica memoria acerca de nuestras más ilustres cañas pensantes, a menudo tan débiles como Pascal atribuía a la condición humana y tan acomodaticias como el viento de la historia sople, ha de elogiarse porque cumple el clásico precepto de instruir deleitando.
IES Fray Luis de León y Fedicaria-Salamanca |
Este trabajo presenta una síntesis histórica con objeto de hacer inteligible el desgaste de la creencia colectiva en la existencia de hermafroditas y cambios de sexo, emplazando este proceso en el contexto médico y cultural de la España ilustrada.
Analiza en este sentido tres procesos convergentes.
En primer lugar, la naturalización del monstruo y el retiro de lo «maravilloso» en la ciencia de la Ilustración.
En segundo lugar, el despegue de la Medicina legal moderna y la conversión del facultativo en la autoridad competente relacionada con la identidad sexual.
Por último, se describe la tentativa de fundamentar biológicamente las diferencias entre los sexos.
El trabajo concluye examinando la proyección de esta herencia intelectual ilustrada en la medicina española de las primeras décadas del siglo XIX.
evitando a sus compañeras y utilizando estrictas penitencias (cilicios de hierro, disciplinas y cruces con puntas), a lo que se unieron más tarde las sangrías regulares prescritas por los facultativos.
Por último, tras reiterar su condición viril ante los galenos, éstos la examinaron y la declararon varón.
Acto seguido comenzó en el Obispado la tramitación de los autos para dispensarla de sus votos.
Comunicado a sus padres el resultado, Fernanda, convertida ya en Fernando, se vistió de hombre.
Aún habría de costarle acostumbrarse a su nueva identidad; conservó las destrezas aprendidas durante su etapa de monja y mostró tristeza al saber que no regresaría al convento.
Lo que más sorprende del suceso es que éste tenga lugar en 1792 y que todos los que intervienen en él -empezando por los facultativos-no parezcan poner en tela de juicio la posibilidad de tales transmutaciones sexuales.
Se limitan a constatar, a través del examen anatómico, la propia experiencia vivida por Fernanda, pero en ningún caso se arguye que en el fondo ésta siempre hubiera sido varón o que este fuera su verdadero sexo biológico.
Y sin embargo, a estas alturas, el saber médico y la opinión ilustrada tendían a juzgar esta clase de metamorfosis y en general el hermafroditismo 3, como burdas supercherías o creencias supersticiosas, producto de la ignorancia y de la barbarie reinantes.
¿Cómo se planteaba esta polémica en la cultura española del final del Antiguo Régimen?; ¿cómo se llegó a desterrar del pensamiento médico y del mundo letrado español en general la creencia en estos fenómenos a lo largo del siglo XIX?
LA EXPULSIÓN DE LO MARAVILLOSO Y LA NATURALIZACIÓN DEL MONSTRUO
Como pone de manifiesto el caso de Fernanda Fernández, la creencia en las hembras masculinizadas y en los hermafroditas seguía gozando de muy buena salud en la España de finales del siglo XVIII.
Lejos de desaparecer, la literatura de maravillas, bajo la forma de «observaciones raras» o de exposición de «curiosidades», seguía bien viva.
Se continuaba discutiendo acerca de si era posible mantener concurso carnal con el demonio y si, dándose el caso ----3 «¿Pero hay verdaderos hermafroditas?
Se podía presentar esta pregunta en los tiempos de ignorancia; no se debe formular en los siglos ilustrados (...) el hermafroditismo es una quimera y que los ejemplos que se dan de hermafroditas casados que tienen hijos el uno del otro, cada uno como hombre y como mujer, son fábulas pueriles, formadas en el seno de la ignorancia y en el amor a lo maravilloso, del que hay tanto por deshacer» (DE JAUCOURT, L. (1978), Hermaphrodite.
de que el coito fuera fecundo, sería preceptivo bautizar a la criatura recién nacida 4.
Autores con reputación de ilustrados y «experimentales» avant la lettre, como el Padre Feijoo, creían en la fecundidad de coitos entre animales y personas 5 o en la existencia de monstruos humanos bicípites capaces de sobrevivir durante años y de poner a dialogar ambas cabezas 6.
En suma, del ----4 RODRÍGUEZ, R.P.A.J. (1753a), Dissertación II.
Sobre la imposibilidad de generación ni comercio por el Demonio íncubo.
En uevo Aspecto de Theologia Médico-Moral y ambos derechos o Paradoxas phísico-teológicas-legales, t.
F. (1790), Si la muger que pare un Monstruo especie de Bruto, se deba presumir Reo de feo crimen por el Magistrado y como procederá contra ella.
En Memorias Académicas de la Real Sociedad de Medicina y demás Ciencias de Sevilla, t.
V, sevilla, pp. 108-120; LORENZO ZAMBRANO, M.R.P.M. ( 1790), Si es posible el concurso carnal del demonio con criatura humana y en este caso habiendo prole, si es capaz de bautismo.
En Memorias Académicas de la Real Sociedad de Medicina y demás Ciencias de Sevilla, Sevilla, t.
IX, No hay que olvidar que el último reo quemado por la Inquisición -en 1781fue una mujer acusada de fornicio con el demonio (SALAMANCA BALLESTEROS, A. (2007), Monstruos, Ostentos y Hermafroditas, Granada, Universidad de Granada, p.
Sobre la creencia -largo tiempo mantenida-en la intervención diabólica sobre los sueños o en las alteraciones de la imaginación de la mujer encinta como causa de monstruosidad, cf. BOUCÉ, P.G. (1987), Imagination, pregnant women and monsters in Eighteenth-Century England and France.
En ROUSSEAU, G.S. y PORTER, R. (eds.), Sexual Underworlds of the Enlightenment, Manchester, Manchester U.P., pp. 86-100.
La «posesión diabólica» seguía figurando como cuestión en el tratado de medicina y cirugía forense de Plenck (PLENCK, J.J. (1825), Elementa Medicinae et Chirugiae Forensis, Madrid, Michaelis Burgos, pp. 120-121) utilizado en los Colegios de Cirugía españoles, particularmente en el de San Carlos, en Madrid -que incluía la cirugía forense en sus planes de estudio-y traducido en 1796 (GRANJEL, L.S. (1979), La Medicina Española del siglo XVIII, Salamanca, Universidad de Salamanca, p.
Sobre la popularidad de las noticias y relatos acerca de seres teratológicos en el siglo XVIII, GRANJEL (1979), pp. 153-154.
5 «Supongo ciertísimamente en lo sustancial la relación del monstruo en la villa de Fernán Caballero», FEIJOO, B.J. (1774), Reflexiones filosóficas, con ocasión de una criatura humana hallada poco ha en el vientre de una cabra.
El Padre Antonio José Rodríguez refutó a Feijoo sosteniendo la imposibilidad de coito fecundo entre hombre y bruto, cf. RO-DRÍGUEZ, R.P.A.J. (1753b), Carta respuesta a un ilustre Prelado sobre el feto monstruoso hallado poco ha en el vientre de una cabra y reflexiones críticas que ilustran su historia, Madrid, Imprenta Real de la Gaceta.
Sobre la creencia de Feijoo en «hombres peces», en nereidas, tritones y otros fabulosos monstruos acuáticos, MARAÑÓN, G. (1954), Las Ideas Biológicas del Padre Feijoo, Madrid, Espasa Calpe, pp. 223-243.
Marañón, como hace con todas las tesis de Feijoo en el ámbito de la Historia Natural y la Medicina, las traduce al lenguaje de la Biología contemporánea, actualizándolas.
6 FEIJOO, B.J. (1777), Respuesta a la consulta sobre el infante monstruoso de dos cabezas, dos cuellos, cuatro manos... que salió a luz en Medina Sidonia el 24 de febrero del año mismo modo que, como mostró el celebrado texto de Arno J. Mayer 7, el Antiguo Régimen político, económico y social fue capaz de perdurar más allá de su supuesta defunción, lo que podríamos denominar «el Antiguo Régimen sexual» tuvo a bien sobrevivir mucho más tiempo de lo que dictan las cronologías convencionalmente aceptadas.
Dicho esto, sería por otro lado una ceguera de nuestra parte, no admitir que, en el curso del siglo XVIII y también en España, se puso en marcha una enconada ofensiva que, contando cada vez con más partidarios, se empeñó en rebatir la creencia en lo maravilloso, impugnando también los relatos sobre hermafroditas verdaderos, capaces incluso de engendrar, y acerca de mujeres que se tranformaron en hombres.
Para dar cuenta de esta ofensiva es necesario discernir tres procesos mutuamente relacionados: la naturalización del monstruo, el despliegue de la Medicina Legal moderna y la fundamentación biológica de la diferencia sexual.
El trasfondo de este triple proceso lo constituye el desgaste paulatino de ese orden trascendente que encofraba a la Naturaleza y la convertía en expresión de la voluntad divina.
La Naturaleza comenzó a afrontarse como mera Naturaleza, la vida emergió como nuda vida, un proceso regido exlusivamente por sus propias leyes internas.
Desaparecida la coraza protectora de la Providencia, la Vida y la Naturaleza se convirtieron en un ámbito frágil, desvalido y peligroso; su conservación y protección se transformaron en asunto político.
Gobernar va a consistir por encima de todo en conducir la vida, administrar sus flujos aleatorios, gestionar sus riesgos, asentar en ella, quebrado el viejo orden estamental, las divisiones y taxonomías de los seres humanos 8.
Si la Naturaleza es sólo Naturaleza, el monstruo, que es uno de sus productos, ya no puede ser concebido como signo -sea de la omnipotencia divina o de una advertencia o castigo transmitido por la Providencia.
En el curso del siglo XVIII comienza en efecto un proceso de naturalización del monstruo que culmina en la primera mitad del siglo XIX con la explicación científica de la monstruosidad.
Nace, principalmente en los escritos de Isidore Geoffroy Saint Hilaire, la Teratología.
La naturalización del monstruo es su definitiva desvinculación de las intervenciones diabólicas, de las aberraciones de la ----1736.
83; el monstruo de las dos cabezas polemizantes habría nacido en Oxford, sobreviviendo hasta los 28 años; el de Medina Sidonia murió al nacer.
Europa hasta la Gran Guerra, Madrid, Altaya.
8 VÁZQUEZ GARCÍA, F. ( 2009), La invención del racismo. acimiento de la biopolítica en España, 1600-1940, Madrid, Akal. imaginación y de los sueños 9, implica su conversión en una entidad más del orden natural y de sus leyes descubiertas por la razón 10.
Esta naturalización del monstruo es un requisito epistemológico necesario para hacer entrar al hermafrodita en el campo de lo teratológico; bajo la aparente duplicidad de los sexos no hay sino una malformación genital más o menos anómala.
En el curso del siglo XVIII el monstruo se convirtió en objeto e instrumento de investigación.
Se buscaron en él claves decisivas para conocer la verdad de los seres vivos de conformación regular; el monstruo sirvió para realizar experiencias cruciales que permitían decidir entre los sistemas del preformacionismo y de la epigénesis 11, y -dentro del primer sistema-entre el ovis-----9 A pesar de su creencia de en entidades que hoy se nos antojan «fabulosas», el Padre Feijoo, a diferencia de lo que se constataba aún en RIVILLA BONET, J. ( 1695), Desvíos de la naturaleza o Tratado del origen de los monstruos, Lima, Imprenta Real, fols.
35 v.-36 r., ya no invoca las influencias astrológicas, el castigo divino o la fornicación con demonio íncubo como causas del monstruo.
Por otra parte, como sucedía con Martín Martínez o con el Padre Antonio José Rodríguez (1703-1777), se muestra escéptico respecto al engendramiento de monstruos por la fuerza de la «imaginativa» (GRANJEL (1979), p.
Sobre la popularidad de las noticias y relatos acerca de seres teratológicos en el siglo XVIII, GRANJEL (1979), p.
No obstante la fuerza de la imaginación de la madre para el engendramiento de monstruos todavía será invocada por autores de comienzos del siglo XIX como Virey -pronto traducido al castellano-o Hurtado de Mendoza (SALAMANCA BALLESTEROS (2007), pp. 228-240).
10 El célebre anatomista Martín Martínez (1684-1734), amigo de Feijoo y uno de los renovadores de la medicina española del Setecientos -se situaba tanto frente al tradicionalismo como frente al extremismo mecanicista de los seguidores de Gassendi y Descartes, intentó explicar la génesis y cortísima vida de un niño nacido en Madrid (1706) con el corazón fuera del tórax, excluyendo la apelación al milagro.
Sobre este estudio clínico, MARTÍNEZ, M. (1750), Observatio Rara de Corde in Monstroso Infantulo ubi obiter et noviter de motu cordis et sangunis agitur, Madrid, Francisco Rodríguez, pp. 231-236.
Su explicación de la monstruosidad, realizada a partir de la teoría animalculista, apela exclusivamente a causas naturales (MARTÍNEZ, M. (1764), Anatomía Completa del Hombre, Madrid, Imp. de la Viuda de Manuel Fernández, (ed. or.
El análisis del monstruo proporcionó también una vía para solucionar el problema planteado por el análisis del sistema circulatorio del feto13 y permitió a los naturalistas del siglo XVIII dirimir las dificultades planteadas por el concepto de serie animal: ¿cómo pensar las identidades, las transiciones continuas y las diferencias, las variaciones en la gradación jerárquica del cuadro de las especies?
Desde Leibniz hasta Robinet las variaciones introducidas por el monstruo serán concebidas, ora como formas de transición entre especies distintas (garantía de continuidad), ora como signo de la infinidad de combinaciones que hace posible el orden de la Naturaleza (fuente de diferencia)14.
Finalmente, la unión de una Embriología surgida del triunfo de las tesis epigenetistas (Meckel) con una Anatomía Comparada desligada de la idea de «serie animal» (Cuvier), dará lugar en el primer tercio del siglo XIX a la Teratología (Geoffroy Saint Hilaire) que emplaza a la monstruosidad entre los diversos tipos de anomalía (anomalía funcional) y la inscribe en el registro evolutivo como «detención del desarrollo».
Las observaciones sobre monstruos, extrardinariamente frecuentes en las publicaciones de las grandes Academias científicas europeas entre finales del siglo XVII y la primera década de siglo XVIII, ven reducida drásticamente su frecuencia a partir de 1710 15.
Se impone una estricta selección, tanto para evitar la acumulación reiterativa de casos como para escoger los que resultan pertinentes, de modo instrumental, en relación con la investigación de problemas concretos.
Por encima de todo se trataba de disociar el estudio de los monstruos de todo lo relacionado con la admiración de lo «maravilloso» 16.
En España, la ----recusación de la literatura de maravillas 17 es paralela a la divulgación de los procedimientos de crítica textual -destacando las obras de Feijoo y Mayans 18 -con objeto de distinguir las fábulas y las leyendas de las auténticas fuentes históricas.
En este contexto se desarrolla la descalificación decidida de las transmutaciones sexuales y en menor medida, pues sigue siendo una cuestión muy controvertida en pleno siglo XVIII 19, el rechazo a la existencia de hermafroditas verdaderos.
Anatomistas españoles de reconocido prestigio, como Martín Martínez 20, religiosos con vocación de naturalistas como Hervás y Panduro (1735-1809) 21 y Barco y Gasca (fl.
1775) 22 y tratadistas de cirugía forense ----17 «Porque entre los autores compiladores de prodigios, hay no pocos fáciles en creer, y ligeros en escribir.
Son muchos los hombres que se complacen en referir portentos y rara vez falta quien eternice con la estampa sus ficciones, como si fuesen realidades» (FEIJOO (1777), p.
19 Sobre la importante proliferación de monografías consagradas al hermafrodismo en la Europa del siglo XVIII (textos médicos, literatura de viajes, diarios novelescos de hermafroditas, etc.) y de discusiones acerca de la existencia de verdaderos hermafroditas, VÁZQUEZ GARCÍA, F. y MORENO MENGÍBAR, A. (1997), Sexo y Razón.
Una genealogía de la moral sexual en España (siglos XVI-XX), Madrid, Akal, pp. 199-200.
20 Para Martín Martínez las mujeres masculinizadas son en realidad hembras macroclitorídeas: «en el fervor de acto venéreo [el clítoris] se hincha y enfurece como el miembro viril; y en algunas ha crecido tanto, que han podido abusar de la Venus con otras mugeres, y dar ocasión al vulgo para creer las fábulas de hembras convertidas en varones, ansí como a las de hombres transformados en mugeres, ha dado motivo el ocultarse del todo el pene» (MARTÍNEZ (1764), p.
Esta obra se ha calificado como «el mejor tratado morfológico español de la primera mitad del siglo XVIII» (LÓPEZ PIÑERO, J.M., GLICK, T.F., NAVARRO BROTÓNS, V. y PORTELA MARCO, E. (1983), Martínez, Martín.
En Diccionario Histórico de la Ciencia Moderna en España, t.
2, Barcelona, Península, p.
21 «De la mutación de sexos en una misma persona no discurro, porque repugna totalmente al orden y leyes de la naturaleza; y cualquiera a la menor reflexión la conoce imposible» (HERVÁS Y PANDURO, L. (1789), Historia de la Vida del Hombre o idea del Universo, t.
22 Antonio Jacobo del Barco y Gasca, Vicario de Huelva desde 1747, fue un clérigo ilustrado que aplicó el procedimiento crítico al estilo de Feijoo, refutando la supuesta transmutación de sexo, BARCO Y GASCA, A.J. del (1770-1771), Examen crítico de una rara transmutación de sexos en persona del femenino.
En Cartas Familiares, Varias y Curiosas, dispuestas para honesta diversión, t.
Se trata del caso de una monja de Córdoba llamada Mariana que, tras dos años como profesa en el Convento de las Agustinas, fue exclaustrada por ser considerada «machihembra».
Posteriormente se casó con D. Francisco Gómez Linares yéndose a vivir a Montilla.
Enviudada de D. Francisco, tiene ahora la intención de casarse con una sobrina de su marido, «haciendo papel de varón».
Barco y -una materia incluida en el plan de estudios de los Colegios de Cirugía desde 1780-como Juan Fernández del Valle (fl.
Éste y Hervás y Panduro, por otra parte, rechazaron la existencia de hermafroditas 24 verdaderos 25.
----Gasca admite que debe tratarse de un hermafrodita y aplica al caso los preceptos del Derecho Canónico, esto es, elegido un sexo para casarse, no puede lícitamente renunciar a él.
Por otra parte estima que el hermafrodita perfecto, varón y hembra completos, es naturalmente imposible.
En rigor el hermafrodita no puede nunca engendrar; por eso no debe permitírsele entrar en el estado conyugal; de otro modo se legitimaría una cópula infecunda a sabiendas, tan contraria a la naturaleza como la molicie o la sodomía.
23 «Aquí pertenece refutar las "historietas" que se refieren a la alteración o cambios de los sexos; la doctrina expuesta sobre las causas de la nymphomania y del hermafroditismo, son las que han hecho se crean estas apariencias» (FERNÁNDEZ DEL VALLE, J. (1797), Cirugía Forense General y Particular, t.
24 «Por lo que en fuerza de las observaciones exactas de los físicos modernos, y del ningún fundamento que tenía la opinión popular de los antiguos, se deberá decir que el hermafroditismo es una verdadera ficción, que el amor de la novedad inventó en los siglos de la ignorancia; y la vana persuasión creyó confirmada con experiencias, que se deben llamar pueriles» (HERVÁS Y PANDURO (1789), p.
Hervás y Panduro arguye en su favor los argumentos de Riolan, Parsons y Schenck.También señala que, si bien es cierto que hay niños nacidos con un sexo dudoso, finalmente el verdadero sexo acaba mostrándose: «sucede frequentemente, que está confuso el sexo del infante por causa de algunas excrescencias carnosas, u otras señales accidentales que más comúnmente se suelen encontrar en las mujeres (...).
Si el sexo del infante no está claro, convendrá vestirle con hábitos talares hasta que aparezcan señales claras de un sexo determinado» (HERVÁS Y PANDURO (1789), pp. 188-189).
Fernández del Valle, sin embargo, es aún más contundente: «ya es tiempo que se borren en nuestros escritos las descripciones de los "Andróginos" y que no se les exhiba el juramento que mandan los Canonistas, para que con el dictamen de los Anatómicos, elijan aquel sexo para que sean más aptos, siempre que intenten contraer matrimonio, a menos que los dos contrayentes disfruten iguales privilegios» (FERNÁNDEZ DEL VALLE (1797), p.
25 La voz «hermaphrodita» recogida en el Diccionario de Autoridades (1732), no parece albergar duda alguna acerca de la existencia de estos seres, aunque a diferencia del Tesoro de Covarrubias, los considera monstruosos: «Hermaphrodita.
La persona que tiene los dos sexos de hombre y muger, que por otro nombre se llama Andrógeno.
Tienen los autores varias opiniones del motivo o causa de esta monstruosidad y por extensión se dice de otras cosas» (AAVV (1732), Diccionario de la Lengua Castellana en que se explica el verdadero sentido de las voces, su naturaleza y calidad, Madrid, t.
III, Imprenta de la Real Academia Española, (ed. fascímil, Madrid, Ediciones Turner, 1977), p.
No está claro si Feijoo rechazaba la existencia de hermafroditas; no es un asunto que abordara directamente.
No obstante, en una enumeración de monstruos con dos cabezas incluye los que tienen dos sexos diferentes sin verse obligado a rechazar su existencia: «unos [de los monstruos bicípites] tenían el órgano de la generación duplicado, otros no; y entre los que le tenían duplicado, en unos le había de Sin embargo este rechazo distaba aún de ser la norma intelectual en el siglo XVIII.
Así lo revela uno de los manuales más utilizados en los Colegios de Cirugía españoles durante el siglo XVIII; se trata de los Elementa Medicinae et Chirugiae Forensis del cirujano y profesor austríaco Joseph Jacobo Plenck (1733-1807), editado en castellano por primera vez en 1796.
El texto pertenece aún, en algunos aspectos 26, a una dinastía de obras médico-legales de signo premoderno, como la del célebre doctor italiano Paolo Zacchias (1584-1659), cuyas Quaestiones Medico-Legales (1621-1635) constituyen la referencia fundadora de la disciplina.
En este género el peritaje médico se vincula a una justicia aún no plenamente secularizada, por ello un apartado importante de la jurisprudencia médica se refiere al derecho canónico.
En este epígrafe incluye Plenck las cuestiones relativas a los monstruos, la duda en la asignación del sexo y los endemoniados.
En el apartado dedicado al análisis de los signos que hacen dudar del sexo de un sujeto, examina la cuestión del hermafroditismo.
Considera que el asunto se plantea en relación con cinco importantes problemas: la asignación del nombre en el bautismo, la celebración legítima del matrimonio, sólo posible entre hombre y mujer; la determinación de los sexos de los cónyuges si ambos fuesen hermafroditas; la licencia para desempeñar oficios masculinos o femeninos y finalmente la decisión acerca del atuendo apropiado para el suje----ambos sexos, en otros de uno sólo» (FEIJOO (1777), p.
Por su parte Martín Martínez, en la Anatomía Completa del Hombre se muestra a favor de admitir la existencia de hermafroditas verdaderos: «si por alguna contingencia (...) quedan colocadas, más o menos partes de las que debían, y mejor o peor elaboradas, sale el fetus monstruoso (...) ansí como si los genitales de ambos sexos hallan oportuno lugar de colocación en el debido sitio, puede engendrarse un verdadero hermafrodita, de que hay muchas observaciones, que trae Bonet, contra la opinión de Diemerborcch, que no admite hermafroditas verdaderos, sino aparentes» (MARTÍNEZ (1764), p.
No obstante recuerda que algunas mujeres con prolapso del útero han sido confundidas con hermafroditas: «ha havido mugeres tenidas por hermafroditas, por haver salido la vagina y parecer el cuello con su orificio interno la glande de un miembro viril» (MARTÍNEZ (1764), p.
26 No en el alcance; para Zacchias el médico legal es simplemente un asesor del juez en ciertos asuntos (hechicería, envenenamiento, agresiones violentas, partos, pleitos eclesiásticos, etc.); para Plenck, formado en la tradición del cameralismo germánico, la medicina legal es una rama del arte de gobernar, que contribuye decisivamente al incremento de la población y de la salud pública.
Véase el apartado dedicado a los aspectos «políticos» de la Medicina en PLENCK (1825), pp. 120-125 -utilizamos la edición latina traducida y publicada en España por el el Dr. A. Vallejo.
En Lombroso y la Escuela Positivista Italiana, Madrid, CSIC, pp. 80-81.
Considera el hermafroditismo como una monstruosidad que afecta a los genitales, de modo que en parte parecen masculinos y en parte femeninos.
Distingue tres especies de hermafroditas y los especifica teniendo en cuenta sus rasgos anatómicos y fisiológicos, los caracteres secundarios y las inclinaciones sexuales.
El primer tipo es el «andrógino» o hermafrodita masculino.
Éste posee pene con capacidad de inseminar y testículos, además de una hendidura en el perineo que parece una apertura vulvar.
Explorando con el instrumental se muestra que no conduce a ningún útero sino a la vejiga.
Estos hermafroditas sienten atracción por las hembras, poseen abundante pilosidad y barba, pero carecen de mamas.
Por último, presentan el fémur más estrecho y el húmero más ancho 28.
El segundo tipo es la «andrógina» o hermafrodita femenino, dotado de un clítoris desmesurado que simula ser un pene y se distiende.
Suele presentar dos hendiduras; una conduce a la vejiga y otra al útero, y carece de testículos y de vasos espermáticos.
Posee mamas, escasa pilosidad corporal y muestra más ancho el fémur y más estrecho el húmero 29.
Por último, Plenck admite la existencia de un tercer tipo de hermafroditas; los «hermafroditas verdaderos».
Estos presentan una mezcla de sexos en la misma persona.
Poseen testículos y ovarios, útero y miembro viril.
Para demostrar que esta clase de hermafroditas son posibles cita observaciones realizadas y recogidas en las obras de Haller, en disertaciones de los franceses Mavret y Petit -expuestas respectivamente en la Académie de Dijon y en la Académie Royal des Sciences-y del italiano Colombo.
30 El capítulo finaliza formulando cinco tesis a modo de conclusiones: a) los andróginos pueden inseminar a las mujeres; b) las andróginas, valiéndose de su clítoris, pueden tener ayuntamiento con hembra, pero son incapaces de eyacular; c) los hermafroditas verdaderos son posibles 31; d) la existencia de estos hermafroditas verdaderos explica las fábulas acerca de mujeres convertidas en hombres y viceversa; lo que sucedería es que los genitales del sexo opuesto emergerían del interior -bien por una operación quirúrgica o por llegar a la edad núbil-haciéndose visibles; e) las antiguas leyes castigaban severísimamente a estas infortunadas personas de sexo dudoso, ya suficientemente penadas por la propia Naturaleza 32.
---- La exposición de Plenck puede considerarse como una pieza de transición.
Por una parte sigue manteniendo la creencia en verdaderos hermafroditas; por otra niega la posibilidad de cambios de sexo, pero lo hace utilizando un añejo argumento: los mutantes de sexo son hermafroditas ocultos.
Por último incluye un elemento que forma parte de la herencia intelectual de la Ilustración y que se verá reiterado en los médicos forenses españoles de la primera mitad del siglo XIX: la condena de las leyes antiguas, consideradas como residuos de barbarie por castigar atrozmente a los individuos de sexo dudoso, y la actitud de conmiseración hacia estos «seres desgraciados» castigados por la Naturaleza con una horrenda deformidad 33.
EL MÉDICO FORENSE, ÚLTIMA AUTORIDAD EN MATERIA DE IDENTIDAD SEXUAL
La obra de Plenck forma parte de una primera generación de escritos de Medicina Legal, que incluye asimismo la Cirugía Forense (1783) de Domingo Vidal 34, la Cirugía Forense, General y Particular (1797) de Juan Fernández del Valle y hasta cierto punto el Compendio de Policía Médica (1803) de Vicente Mitjavila 35.
En estos textos, utilizados como manuales en los colegios ----33 En esta misma coyuntura transitoria se encuentra el caso del marinero gaditano Antonio Martínez (natural de Chiclana), a comienzos del siglo XIX.
Este individuo, de 19 años, bautizado como mujer, se embarcó haciéndose pasar por hombre.
Fue reconocido por importantes autoridades médicas de la Isla de Cuba, porque arguía poseer condición de hermafrodita, pretendiendo de este modo zafarse del reclutamiento en la Armada.
El Dr. Romay, que publicó un breve relato del caso en 1813 (Diario del Gobierno de La Habana, Mayo de 1813) admite que se trata de un hermafrodita, aunque no deja de señalar que en las especies superiores estos seres son incapaces de inseminar o concebir.
El facultativo cita también el caso ya comentado de Fernanda Fernández (Tomás Romay, cit. en MARQUÉS DE ARMAS, P. ( 2002), El Monstruo Humano, en http://www.habanaelegante.com/Summer2002/Panoptico.html, (consultado el 28 de febrero de 2011)).
34 VIDAL, D. ( 1814), Cirugía Forense o arte de hacer las relaciones chirurgico-legales, Zaragoza, Imprenta de las Heras, (1a ed. 1797).
Vidal no menciona el hermafroditismo, ni en el apartado dedicado a la impotencia como causa de anulación del matrimonio ni en el consagrado a las exenciones del servicio militar («si padece alguna enfermedad en los testículos y demás partes externas de la generación; asimismo, si está o no castrado», VIDAL (1814), p.
En un ejemplo de relación médico-legal sobre impotencia, se refiere a un individuo «testicondo», esto es, con los «testículos ocultos en el vientre» (VIDAL (1814), p.
149), lo que con posterioridad se denominará «criptorquidia».
35 MITJAVILA, V. (1983), Compendio de Policía Médica, reed. fascímil, con prólogo de J.M Calbet y Jacinto Corbella, Barcelona, Universidad de Barcelona, (1a ed., 1803).
Este autor de cirugía y -el último citado-en la Academia Médica Práctica de Barcelona 36, la medicina forense trasciende con mucho el marco estrecho en el que se movía desde la época de Paolo Zacchias.
Ya no es simplemente una disciplina que pretende asesorar a la justicia en determinados asuntos (muertes violentas, envenenamientos, hechicería, desfloraciones, etc..); se trata de una ciencia de Estado.
Como se ha indicado al exponer la naturalización del monstruo, ésta sólo fue posible a través de un desgaste del concepto de Naturaleza entendido como lenguaje mediante el que Dios se comunicaba con los hombres.
El papel desempeñado por un orden trascendente que encofraba la vida dotándola de significado y de protección, empieza a adoptarlo un poder disciplinario, característico de las Monarquías absolutas, que intenta regular meticulosamente la vida administrándola hasta en sus detalles más cotidianos.
La Ciencia de la Policía, tanto en su versión francesa como alemana, es la teorización de este tipo de poder 37.
La variante germánica, que tuvo una importante difusión en la España del siglo XVIII, constituía un conjunto de saberes destinados a formar funcionarios de la administración estatal, lo que se conoció con el nombre de «ciencias camerales» o «cameralismo» 38.
Pues bien, formando parte de estos conocimientos, se encontraba la «policía médica» 39.
Si la gestión de la vida y de la salud eran cometido principalísimo de un Estado que velaba por la felicidad pública, no era de extrañar esta importancia reconocida a la Medicina, un reconocimiento que se hizo palpa----tampoco se refiere al hermafroditismo en el capítulo dedicado a la «impotencia para el matrimonio», MITJAVILA (1983) ble en la España de Carlos III 40.
De hecho, la primera serie de textos médicolegales que se ha mencionado, se inscribe en cierto modo en este marco de la «policía médica».
Si el Estado y las leyes deben proteger la vida, esto sólo es posible conociendo los principios y regularidades que la conforman, empezando por los que afectan a la «población», considerada entonces como la mayor riqueza de las naciones 41.
Los médicos legistas, por tanto, máximos especialistas en la salud como bien público -en esta época la Higiene Pública no estaba aún totalmente separada de la Medicina Legal-42 no se limitaban a asesorar a los magistrados; su saber debía intervenir en la ceñida reglamentación de la vida que hacía posible la armonía del Estado 43.
Esta idea de subordinar la ley a la norma biológica se piensa en estos primeros textos médico-legales desde un planteamiento extraordinariamente centralizado e intervencionista, como correspondía al Estado de Policía característico del Despotismo Ilustrado 44.
El advenimiento del Estado liberal, que en España, tras las experiencias frustradas de 1812 y 1820, se entroniza con el reinado de Isabel II, implicará una manera distinta de afrontar el gobierno de la salud y los objetivos propios de la Medicina Legal.
En este nuevo contexto el facultativo forense no colabora con un Estado que pretende reglamentar meticulosamente la vida, como sucedía en el cameralismo y la policía médica.
El gobierno liberal de los procesos vitales consiste en eliminar los obstáculos que impiden el desenvolvimiento de las propias regulaciones internas de la vida y que marcan el límite y la condición de la acción estatal.
No se trata de someter la Naturaleza a un sinfín de preceptos sanitarios orquestados por el Estado, sino de conocer la propia dinámica de los procesos vitales para que el legislador ajuste a ella sus principios 45.
Desde comienzos del siglo XIX, con ----40 RODRÍGUEZ OCAÑA, E. ( 2005), El resguardo de la salud.
Administración sanitaria española en el siglo XVIII.
En Salud Pública en España.
Ciencia, Profesión y Política, siglos XVIII-XIX, Granada, Universidad de Granada, pp. 17-48.
43 «Los objetos de la Cirugía forense se pueden reducir a dos, uno próximo y otro remoto: el primero se dirige a saber y conocer la verdad; el segundo es consiguiente y conspira a conservar la buena armonía y tranquilidad de un Estado» (FERNÁNDEZ DEL VALLE (1797), p.
45 «Y como las leyes no pueden ser buenas si no están de acuerdo con el hombre, con su corazón, necesidades, clima y género de vida a que están sujetos los diferentes pueblos, deben los legisladores y los magistrados consultar la medicina, vasto código de las leyes de la física animal, antes de pensar en establecer nuevas instituciones o para darlas todo el grado de utili-la traducción castellana de la obra de Foderé, Les Lois éclairées par les sciences physiques, ou Traité de médecine légale et d'hygiène publique (1797), editada en Madrid entre 1801 y 1803, se abre una segunda generación de tratadística médico legal.
Las obras de Ramón López Mateos (1771-1814), Pensamientos sobre la razón de las leyes (1810) y Francisco Fabra Soldevilla (1778-1839), Filosofía de la Legislación atural (1830), inauguran un corpus de textos médico-forenses españoles 46 consonantes con el modelo de gubernamentalidad liberal, donde se estima que el legislador debe ajustar sus preceptos «a las insinuaciones de la naturaleza» 47.
---- 47 «Las leyes entienden en arreglar la moralidad de las acciones; y la medicina en averiguar los instrumentos que la determinan y modifican.
Sin un exacto discernimiento de la variedad de circunstancias que pueden concurrir a determinar y modificar esta moralidad, sugerido por la ciencia de la vida y de la muerte, mal podrá el legislador ajustar como debe sus preceptos a las insinuaciones de la naturaleza» (LÓPEZ MATEOS, R. (1810), Pensamientos sobre la razón de las leyes, Madrid, Imp.
Gómez Fontenebro y Compañía, p.
Sobre la Entre las competencias que la Medicina Legal anexionó se encuentra una especialmente relevante a la hora de optimizar el número y la calidad de las poblaciones.
El médico forense se convirtió en autoridad última en materia de asignación del sexo de los sujetos «dudosos».
Ya no se habla del «sexo predominante» ni de elección en casos de auténtico hermafrodismo.
Se entiende que todo individuo posee en exclusiva un sexo determinado, de hembra o de varón, garantizando su identidad civil y asegurando la institución del matrimonio, instancia clave en la reproducción biológica de la nación 48.
La pareja procreadora legítima es la pareja conyugal y esta exige la inconfundible identificación de sus componentes respectivos como hembra y como varón 49.
La preocupación por regular -más allá de los intereses familiares-los enlaces matrimoniales de modo que contribuyeran a engendrar una población abundante y sana es lo que hizo que un buen número de ilustrados españoles criticara con saña los matrimonios de conveniencia y ridiculizara la desproporción de edad entre los contrayentes.
La inadecuación de estas alianzas no era sólo moral sino que afectaba también al poderío biológico del reino.
Aquí se inscriben las comedias de Leandro Fernández de Moratín, El Sí de las iñas y El Viejo y la iña o las sátiras de Jovellanos -sátiras «a Arnesto» o «a la tiranía en el matrimonio»-sobre el mismo asunto 50.
En ellos se representa de forma grotesca una suerte de ceremonia de enlace conyugal, cuyos protagonistas son figurantes enmascarados en una escena de carnaval.
48 «Todo hombre, generalmente hablando, en habiendo llegado a la pubertad, siente en su interior un poderoso estímulo que le incita a la propagación de su especie; pero tanto como una unión desarreglada e ilegítima no conviene al Estado, se debe favorecer, quanto sea posible, la conyugal, con atención a que tiene cuenta a todo gobierno que sus Reynos y Provincias estén competentemente poblados; y supuesto que las ventajas y prosperidad de una población están en razón directa de la robustez y sanidad de sus moradores, porporcionadas a la naturaleza del suelo en que viven» (MITJAVILA (1983), p.
49 Sobre el hermafroditismo y el problema de los «same-sex marriages», DREGER, A.D. ( 1998 rostro y otra en sus genitales, simulando el doble sexo de los hermafroditas.
Precisamente uno de los dibujos (Dibujo B.59) de esta serie se titula Máscaras.
La apunta por hermafrodita.
Un escribano, trasunto del sacerdote, empuña un cuaderno donde simula levantar acta.
Detrás se ve a un espectador que levanta los brazos, escandalizado.
La estampa se ha interpretado51 como una alusión a la lujuria femenina, propia de esas novias que apañan un matrimonio, con el beneplácito del novio, para poder desfogar su depravada conducta licenciosa.
El hermafrodismo simbolizaría por tanto el exceso sexual, emparentándose con la vieja tradición que lo asocia con significados nefandos.
Pero al mismo tiempo, este hermafrodismo no es real, no coincide con el representado en la literatura de prodigios o en las relaciones de sucesos ni se identifica con los malos presagios ligados al monstruo.
No es más que una máscara, una apariencia que oculta el verdadero sexo del sujeto.
De esta manera la imagen de Goya parece participar de esa condición transitoria de otros testimonios ilustrados; sugiere a la vez los vestigios del Antiguo Régimen sexual y anuncia el reinado del sexo biológico captado en su verdad desnuda.
Esta formulación implica desligar la identidad sexual de los sujetos de la vieja red comunitaria y de grupos de parentesco que conformaba el Antiguo Régimen Sexual.
En éste, la identidad civil del sujeto era definida por sus lazos externos de sociabilidad; era necesario precisar el sexo del sujeto para permitir su entrada en las relaciones de alianza; en la comunidad eclesiástica por la participación en los sacramentos; en los clanes y linajes, en los circuitos de transmisión de bienes por el sello matrimonial; en los gremios y corporaciones por el reconocimiento del nombre y de la tradición.
La determinación del sexo en los casos dudosos era principalmente responsabilidad de la familia o de los tutores -que con frecuencia recurrían al asesoramiento de médicos, cirujanos y parteras-vehículos de la exposición pública del sujeto; de hecho el individuo se definía por sus vínculos con los demás antes que por su identidad sexual.
Si un sujeto poseía un sexo u otro, esto se debía en último extremo, a que tal identificación estaba prescrita si se quería formar parte de la densa red de relaciones de dependencia (familia, juramento de fidelidad, protección) que conformaba el dispositivo de las alianzas.
El nuevo Estado liberal, que borra la representación de una sociedad dividida en tres órdenes inmutables y la sustituye por la imagen de un campo homogeneizado bajo las relaciones de propiedad, define la identidad social de los individuos, no sólo por su nombre, no por sus relaciones externas, sino a ----partir de su «interioridad»: su cuerpo, sus fuerzas, su pensamiento, requisitos que permiten reconocer al individuo responsable, capaz del ejercicio de sus derechos y contractualmente disponible.
La fijación de la identidad sexual -que reemplaza al estamento como marca distintiva e innata de los individuos-no dependerá ya de los miembros de la familia ni del propio sujeto, aunque éste se vea obligado e incitado a decir la verdad de sí mismo; recae sobre aquellos que detentan un saber positivo acerca del cuerpo y del alma, capaces de descifrar sus signos definitorios más allá de las caprichosas deformidades de la Naturaleza y de las desastrosas equivocaciones de los legos 52.
Una racionalidad técnica, de la que son depositarios nuevos agentes sociales definidos por su capacitación experta, se superpone a la autoridad jurídica para decidir acerca de la identidad del sujeto.
Por otra parte, las nuevas formas de racionalidad administrativa se dedican a aprovechar con el mayor rendimiento posible las fuerzas de la nación.
La Ciencia de la Policía del Antiguo Régimen y la Economía Política del liberalismo coinciden en considerar a la población como una riqueza, un recurso que se debe gestionar óptimamente, un tesoro cuyo incremento -en cantidad y calidad-redunda en el poderío militar y productivo de los Estados.
La formación de una milicia nacional bajo el sistema de conscripción y la preocupación especial por regular la edad y pertinencia de los matrimoniosúnicas parejas procreadoras reconocidas como legítimas-son medidas en directa relación con esta preocupación por maximizar el número, la salud y la capacidad procreadora de las poblaciones.
En ambos casos la determinación del auténtico sexo se convierte en tarea indispensable.
En primer lugar para salvar la bonanza y poder genésico de los matrimonios -autorizando o no a un sujeto a contraer enlaces o anulando las alianzas erróneas.
Aquí se plantean los problemas de la impotencia, la esterilidad, la edad conveniente, la salud, las enfermedades hereditarias y la asignación de sexo en los casos dudosos, lugares comunes de la literatura médico-legal 53.
En segundo lugar para ----52 «Durante mucho tiempo el individuo se autentificó gracias a la referencia de los demás y a la manifestación de su vínculo con otro (familia, juramento de fidelidad, protección); después se lo autentificó mediante el discurso verdadero que era capaz de formular sobre sí mismo o que se le obligaba a formular» (FOUCAULT, M. (1977), Historia de la Sexualidad.
Tomo I. La Voluntad de Saber, México, Siglo XXI, p.
53 Foderé rechaza la existencia de casos reales de «androginia», aunque reconoce que las monstruosidades han podido dar lugar a este tipo de errores.
Entiende que a través del examen físico y visual se puede salir de dudas, de modo que los matrimonios afectados puedan anularse por causa de «impotencia» (FODERÉ, F.E. (1813), Les lois éclairées par les sciences physiques, ou traité de médecine légale et d'hygiène publique, Paris, chez Croullebois et chez De-permitir la incorporación al servicio militar.
No es una casualidad el hecho de que buena parte de los casos de supuesto hermafroditismo que registra la medicina legal en el siglo XIX se descubrieran en aspirantes a cónyugues o en cónyugues errados; en candidatos a la milicia o en soldados ambiguos.
LA FUNDAMENTACIÓN BIOLÓGICA DE LA DIFERENCIA SEXUAL Junto al despegue de la Medicina Legal moderna y la naturalización del monstruo, se bosqueja en la misma época un tercer proceso decisivo para dar cuenta del eclipse de los hermafroditas y del rechazo a las transmutaciones sexuales.
Se trata de la fundamentación biológica de la diferencia sexual, un acontecimiento que, como ha analizado Thomas Laqueur, converge con los supuestos del pensamiento ilustrado y de la democracia liberal.
Las pistas de este triunfo del «biologismo dicotómico» en relación con los sexos también pueden rastrearse en el caso español.
El énfasis en la dualidad de los sexos frente al esquema monista característico del galenismo hipocrático, se puede ver funcionando en algunos textos médicos (Bravo de Sobremonte, García Carrero) y no médicos (Martín de Río) del siglo XVII 54.
Pero en esta literatura siempre se invoca la voluntad divina: existen dos sexos porque Dios así lo dejó establecido -y lo prueba el libro del Génesis-para permitir la conservación y propagación de la especie humana.
Este argumento teológico, característico del Antiguo Régimen sexual, va a situarse cada vez más en un segundo plano.
El sexo no es más que nuda vida; no hay que leer las Sagradas Escrituras o a los Santos Padres para constatar las diferencias entre hembras y varones; hay que saber descifrar los matices diferenciales que presentan las estructuras anatómicas, la fisiología y los temperamentos.
En este pedestal epistemológico se encuentran ya, aun sin renunciar del todo al viejo arsenal teológico-moral, los argumentos de Feijoo y Martín Martínez, dos autores que preludian, en la primera mitad del siglo XVIII, la apertura española al movimiento europeo de las Luces 55.
FODERÉ (1813), vol. II, pp. 178-179, indica que a menudo se discute el sexo dudoso de los recién nacidos, pero atribuye estos titubeos a la falta de precisión y conocimiento de las «sages-femmes illitérées».
55 «Macanaz, Martín Martínez y Feijoo, cada uno en su campo limitado de actividad, abren el camino a quienes ya en la segunda mitad de la centuria se esfuerzan por incorporar a España al movimiento cultural europeo» (GRANJEL, L.S. (1967), El Pensamiento Médico de En el Teatro Crítico Universal, el Padre Feijoo se declara extremadamente crítico con la doctrina hipocrática 56.
En materia de teoría de la generación sostiene las tesis preformacionistas y niega por tanto la supuesta ubicación de los fetos femeninos en el lado izquierdo y del masculino en el derecho 57.
Pero no es en estas reflexiones sobre Hipócrates donde se pueden vislumbrar las posiciones del benedictino en relación con la diferencia entre los sexos.
Para ello es necesario consultar su célebre «Defensa de las Mujeres», inserta también en el Teatro Crítico Universal, texto que, como ha demostrado Mónica Bolufer, da fin en España al debate, iniciado en la Edad Media, acerca de la inferioridad o mayor excelencia de las mujeres en relación con los varones.
Aquí, siguiendo un argumento ya advertido en autores del siglo XVIII, Feijoo se opone a la caracterización aristotélica de la mujer como un «monstruo», esto es, como un «varón imperfecto» 58.
Se trata de un ser completo, perfecto en su intención y biológicamente necesario, «pues no puede conservarse la especie sin la concurrencia de ambos sexos».
Siendo consecuente con esta tesis, rechaza la especulación teológica que anticipaba la conversión de todas las mujeres en varones cuando se produjera la Resurrección Universal 59.
Por otra parte, el benedictino reconocía que hombres y mujeres eran de «diferente organización» y que esta diferencia física condicionaba las diferencias de orden moral e intelectual, pero insistía en que de ahí no se derivaba la inferioridad intelectual de la mujer, puesto que el estado actual de la ciencia no permitía identificar el soporte material de semejante jerarquía.
En este aspecto había que considerar a ambos sexos en pie de igualdad 60.
La distinción entre hombres y mujeres no residiría en el entendimiento.
Ciertamente se reconocía que el cerebro femenino estaba formado por fibras más blandas, pero esto no aminoraba su «facultad discursiva», como probaban las mujeres «ilustres» e inteligentes testimoniadas por la historia 61.
La disparidad no se asentaba en ese nivel («en los órganos que sirven a la facultad discursiva; sí sólo en aquellos que destinó la naturaleza a la propagación de la especie») 62.
Por tanto, las consideraciones puramente físicas no permitían sustentar el modelo jerárquico y monista avalado por Aristóteles (la mujer como varón fracasado) y por la tradición galénico-hipocrática.
Mujeres y hombres diferían por naturaleza, aunque esa diferencia no permitía fundar una supremacía entre los sexos.
Hasta aquí el Padre Feijoo parecía anticipar todos los elementos del modelo dimórfico y naturalista.
Sin embargo, esta «modernidad» del benedictino es en el fondo bastante precaria.
Si ambos sexos eran iguales en talento aunque diversos en lo físico, ¿cómo se justificaba la supremacía masculina?
Para resolver este dilema el benedictino apelaba a la teología.
Dios quiso que el hombre ejerciera el gobierno sobre la mujer, no por su inteligencia superior, sino por otras virtudes que suelen adornar a los que están destinados al mando: la constancia y la fortaleza 63.
La Anatomía Completa del Hombre (1728), de Martín Martínez, coetáneo amigo de Feijoo 64, y partidario de su postura en la «Defensa de las Mujeres», muestra ya de modo fehaciente un esquema de representación que destaca el dimorfismo sexual.
En las lecciones cuarta y quinta, dedicadas respectivamente a examinar «las partes de la generación» en el varón y en la hembra, se recalcan continuamante las diferencias de organización.
La lección cuarta se abre señalando las partes comunes y dispares que corresponden a los dos sexos 65.
No ----60 Un enfoque similar pero donde las diferencias físicas aparecen más atenuadas lo ofrece AMAR Y BORBÓN, J. (1994), Discurso sobre la Educación Física y Moral de las Mujeres (ed. or.
61 BOLUFER PERUGA, M. ( 2000), Galerías de 'Mujeres Ilustres' o el sinuoso camino de la excepción a la norma cotidiana (ss.
65 «El tercer género de partes contenidas en el vientre inferior, son las que sirven a la generación, y de éstas unas son comunes a ambos sexos, como los vasos espermáticos, testículos y vasos deferentes, y otras propias de cada sexo, como en los varones la epídidimis, vesículas seminales y miembro viril, y en las mugeres el útero.
Estas partes son nobilísimas y principales en orden a la especie, y fueron dadas por la naturaleza, para que ya que los individuos no obstante, en el detallado examen de estas partes se enfatizan siempre hasta las más pequeñas diferencias que conciernen a esas partes comunes 66.
Por otra parte, en la descripción de los órganos femeninos se pone mucho cuidado en resaltar la función que desempeñan, sea en la concepción o en el parto, como si toda la anatomía genital femenina estuviera destinada a hacer fecundo el semen y viable el feto 67.
Respecto al clítoris, aunque se mantiene su comparación con el pene, en la tradición de los isomorfismos galénicos, se indican también sus diferencias de estructura y de función (sus músculos no sirven para mantenerlo en erección o expulsar semen sino para cerrar el orificio de la vulva comprimiendo el pene durante el coito) respecto al miembro masculino.
También forma parte de la tradición, ya advertida en algunos médicos de los siglos XVI y XVII la insistencia en caracterizar el clítoris como órgano principal del «deleite sensual» femenino 68 y la referencia a mujeres macroclitorídeas que pueden seducir y tener ayuntamiento con otras mujeres 69.
Las láminas que representan los aparatos genitales del hombre y de la mujer en la obra de Martín Martínez, aun privilegiando todavía la sección frontal, no exhiben ya el paralelismo que se advertía aún en los textos médicos del siglo XVI -donde descuellan las láminas incluidas en la Historia de la Composición del Cuerpo Humano de Valverde de Amusco-y XVII.
La representación de la vagina como pene ha desaparecido al recalcarse el ensanchamiento del útero y de la matriz, formando un conjunto de forma cónica, mientras que se mantiene la imagen cilíndrica del pene.
Tampoco se reco----pueden perpetuarse, se perpetúe y no se envejezca la especie, renovada en cada individuo» (MARTÍNEZ (1764), p.
66 Sobre la diferencia entre los vasos espermáticos y los ovarios femeninos respecto a sus correspondientes masculinos, MARTÍNEZ (1764), p.
67 Sobre la forma del cuello de la matriz, conveniente para la expulsión del feto, MARTÍ-NEZ (1764), p.
182; sobre el papel de los «ligamentos redondos» facilitando la salida del feto en el parto, MARTÍNEZ (1764), p.
184; sobre la función de las ninfas ayudando a abrir la vulva en el parto, MARTÍNEZ (1764), p.
Respecto a los músculos del clítoris, se insiste en que «parece que sirven de cerrar el orificio de la vulva y comprimir en el coito el pene, y no de elevar el clítoris o arrojar el esperma, como otros presumen» (MARTÍNEZ (1764), p.
De este modo se marca la asimetría entre pene y clítoris.
Por último la vagina posee un esfínter cuya función sería evitar la entrada de aire externo «y enfriar el esperma espirituoso masculino antes que penetre por las tubas a los ovarios» (MARTÍNEZ (1764), p.
noce ya el isomorfismo entre ovarios y testículos.
En suma, se advierte ya la constancia de un modelo dicotómico 70.
La ruptura con el modelo del sexo único, planteada ya en algunos autores representativos de la primera Ilustración española, como Feijoo y Martínez, se verá consolidada en los albores de la Medicina Legal moderna.
La «nueva ortodoxia ilustrada» 71, como la denomina Mónica Bolufer, no limita la diferencia biológica a los «órganos de la generación»; al cuestionar el viejo dualismo cartesiano, considera aquélla como soporte material que atravesaba la vida física y mental de los sujetos.
Así, los forenses Foderé 72 y López Mateos 73 no subrayan sólo la diferente conformación física de hombres y mujeres, sino que hacen depender toda diferencia social de diferencias fijadas en la constitución orgánica.
De este modo la igualdad universal conquistada con el derrumbe de la sociedad estamental se encuentra cuestionada al situarse las diferencias, no ya en el orden jerárquico de los rangos y las prerrogativas, sino en la disparidad complementaria de las estructuras orgánicas y de la fisiología.
Los médicos, como los autores de novelas moralizantes de fines del siglo XVIII 74, apelaban a la «naturaleza» frente al «artificio» como un modo de cuestionar las formas de vida características de los grupos privilegiados del Antiguo Régimen.
Pero esto no eliminó el discurso de la desigualdad femenina sino que lo recodificó situándolo en el plano de las diferencias biológicas presentadas como complementarias.
Lo social se disocia y simultáneamente se hace derivar de lo biológico.
Mujeres y ----70 Este fenómeno se analiza en cuanto a las diferencias en los esqueletos entre hombres y mujeres, que se van elaborando en textos de anatomía durante los siglos XVII y XVIII.
73 «Lo muy débil y sensible de la muger la inutilizó para grandes fatigas, y para negocios de discusión seria y detenida; al paso que la proporcionó a impresiones las más ligeras, y a que tomase interés en cosas despreciables o de poca importancia.
La conformación particular de lo huesos de las caderas y demás que conforman la pelvis facilitaba la postura sentada, como también lo más abultado de sus músculos por su gran texido celular, y mayor diámetro de su base, haciéndola declinar a ocupaciones sedentarias y tranquilas.
Sintió su flaqueza, reconoció el poder en el varón y fió el dominarle a otro imperio que el de la fuerza.
De ahí su propensión a ocupaciones de más paciencia que talento, su comprehensión pronta, pero variable, su carácter blando, insinuante y susceptible de infinitas modificaciones, su genio perspicaz para conocer y manejar los resortes del corazón del hombre, su economía moral y política» (LÓPEZ MATEOS (1810), p.
74 BOLUFER PERUGA, M. ( 2002), Literatura encarnada: modelos de corporalidad femenina en la Edad Moderna.
En METTALÍA, S. y GIRONA, N. (eds.), Aún y más allá: mujeres y discursos, Caracas, Ex Cultura, hombres son iguales teóricamente en su condición de sujetos jurídicos, sin embargo las peculiaridades físicas de cada sexo los hacen aptos en cada caso para unas ocupaciones e inaptos para otras.
Las nuevas particiones que vertebran la sociedad industrial -producción/reproducción, público/privado, fábrica/hogar-encuentran su fundamento en esta diferencia puramente biológica, referida al ámbito de la «nuda vida» y no a la decisión de la voluntad divina.
Al mismo tiempo, las ciencias de la vida son invocadas para encontrar las raíces orgánicas de las distinciones entre edades, razas y clases, consolidando así una suerte de virtual «racismo de Estado» paralelo a la soberanía democrática del liberalismo 75.
El énfasis en las discordancias y en las complementariedades entre la naturaleza femenina y la masculina se encontró consolidado en un género médico emergente a comienzos del siglo XIX.
Se trata de los tratados de «ginecopatía» o de enfermedades de las mujeres.
La obra de Julien Joseph Virey (1775-1846), traducida en España por el anatomista Manuel Hurtado de Mendoza (1780/85?-1849), había subrayado que la diferencia de sexos era tanto más importante cuanto más se ascendía en la escala de los seres vivos 76, distinguiéndose la mujer por su fragilidad y sensibilidad exacerbada 77.
Esta condición especialmente quebradiza y enferma es la que dio lugar en España -en ----75 PESET, J.L. (1983), Ciencia y Marginación.
Sobre negros, locos y criminales, Barcelona, Crítica, p.
76 Lo que llevaba a excluir el hermafroditismo en las especies más desarrolladas, intensificando en éstas la intensidad de la inclinación sexual: «el hermafroditismo era menos aplicable a las especies que, poseyendo sentidos y membranas, podían más fácilmente moverse y conocer sus semejantes: también la naturaleza ha separado los sexos en los animales que se transportan con facilidad y están provistos de sentidos.
Pero para obligar a los sexos a que se buscasen, ha sido necesario darles el sentimiento del gozo más vivo y delicado que a los hermafroditas.
Estos, al contrario, debían tener deseos más moderados y limitados para no destruirse a sí mismos con solicitaciones continuas de amor.
¿Qué abuso, que pronta muerte no se seguiría al hermafrodismo completo en seres tan ardientes en amor como las aves, los cuadrúpedos y el hombre?
Este estado no conviene sino a las especies frías y poco sensibles, como los animales imperfectos y las plantas» (VIREY, J.J. ( 1821), Tratado Histórico y Fisiológico Completo sobre la Generación, El Hombre y la Muger, Madrid, Imprenta de Antonio Martínez, pp. 24-25).
77 «¡Cuántas precauciones y cuánta prudencia necesita el médico para dirigir la salud de una organización tan frágil y movible como es la de la muger en todos los estados de su vida!
¡Qué alternativa en sus inclinaciones, qué soltura, qué giros, qué rodeos en aquella inconstante sensibilidad¡ ¡Cómo ha de sujetarse aquella imaginación flexible, que siempre está en movi-miento¡» (VIREY (1821), p.
plena cultura del romanticismo-a un género ginecopatológico de procedencia francesa y sin equivalente en relación con el sexo masculino.
Esta literatura, desde el tratado de Vigarous, traducido en 1807 78, hasta el de Baltasar de Viguera (1827) 79, pasando por los de Roussel 80 y Capuron 81, ambos vertidos al castellano en 1821, consagraron esta determinación biológica de la diferencia sexual y la convirtieron en una instancia explicativa de todas las peculiaridades femeninas, tanto psíquicas como sociales.
La consolidación del dimorfismo sexual conducía a excluir por principio toda figura de transición entre las inconmensurables naturalezas masculina y femenina.
Las metamorfosis sexuales se habían convertido en fábulas y el hermafroditismo era, cada vez con más asiduidad, calificado como aparente, excluyéndose los casos de hermafroditismo «perfecto», aunque la teratología lo admitiera como una posibilidad puramente asintótica dentro de sus taxonomías 82.
----78 VIGAROUS, J.M.J. ( 1807), Curso Elemental de las Enfermedades de las Mugeres, Madrid, Imp. de Juan de Brugada.
79 DE VIGUERA, B. ( 1827), La Fisiología y Patología de la Muger o sea historia analítica de su constitución física y moral, de sus atribuciones y fenómenos sexuales y de todas sus enfermedades, Madrid, Imprenta de Ortega y Compañía.
80 ROUSSEL, P. ( 1821), Sistema Físico y Moral de la Muger, Madrid, Imp. de D. José del Collado.
Laqueur considera esta obra de Roussel como una de las más representativas del dimorfismo sexual y del biologismo inaugurado por las Luces, LAQUEUR (1992), p.
Sus argumentos se sitúan en sintonía con lo señalado por Virey: «Parece pues que el temperamento que se llama sanguíneo es en general el de las mugeres (...)
Unas fibras débiles y fáciles de moverse deben necesitar un género de sensibilidad viva pero pasagera (...)
Los sentimientos más disparatados se suceden en ellas con una rapidez que espanta, de suerte que no es raro verlas reír y llorar muchas veces en un mismo momento» (ROUSSEL (1821), p.
81 CAPURON, J. ( 1821), Tratado de las Enfermedades de las Mugeres desde la edad de la pubertad hasta la crítica inclusive, Madrid, Imprenta Calle de la Greda.
82 «A pesar de los escritos llenos de ideas juiciosas de los sabios Geoffroy de Saint Hilaire y de otros, no es fácil esplicar la causa de otras muchas monstruosidades» (HURTADO DE MENDOZA, M. ( 1839), Instituciones de Medicina, t.
Geoffroy Saint Hilaire, referencia primordial -junto a Meckel-entre los anatomistas españoles del siglo XIX, en materia de embriología y anatomía comparada, dividía los hermafrodismos en dos grandes clases generales: sin exceso en el número de partes sexuales y con exceso en las mismas.
Dentro del primer conjunto distinguía los casos de hermafrodismo masculino, femenino, neutro y mixto.
El hermafrodita neutro era hasta tal punto indiferenciado que podía considerarse como de LA HERENCIA DE LA ILUSTRACIÓN EN LA PRIMERA MEDICINA DECIMONÓNICA El pensamiento médico español de las primeras décadas del siglo XIX, situado en la confluencia de los procesos que se han analizado -naturalización del monstruo, despegue de la medicina legal moderna y fundamentación biológica del dimorfismo sexual-consigue unificar toda una serie de motivos que, en relación con el hermafroditismo y las transmutaciones sexuales, se podían encontrar de forma dispersa en la herencia intelectual de la Ilustración.
En primer lugar el rechazo más o menos vehemente del hermafrodismo verdadero como posibilidad biológica en la especie humana.
Este, por otra parte, no recibe una definición unívoca en el ámbito fisiológico y sobre todo médico legal.
La Historia Natural, la Anatomía, la Medicina Legal del siglo XIX, heredan de la Ilustración -aunque como se ha visto el criterio distaba de ser unánime en el siglo XVIII-el rechazo a admitir la existencia de seres humanos dotados de una doble naturaleza sexual.
La creencia en los hermafroditas formaría parte de las fábulas mágicas y las supersticiones del vulgo; se trataría de un aspecto más de la fascinación por el prodigio y lo maravillo----ningún sexo.
Por otra parte, el hermafrodita mixto ofrecía los caracteres de los dos sexos repartidos de tal modo que una porción entera correspondía a un sexo y otra porcíon al otroa diferencia de la diseminación desordenada, característica del neutro.
El segundo conjunto estaba constituido por los hermafroditas con exceso en el número de partes sexuales.
Estos se subdividían a su vez en masculinos, femeninos y bisexuales.
Estos últimos reunían duplicados los órganos sexuales de los dos sexos.
Podían ser imperfectos si uno de los aparatos genitales o los dos estaban incompletos y perfectos, cuando ambos estaban completos en un mismo individuo.
Sobre la condición asintótica del «hermafrodita perfecto» en Geoffroy, cf. TORT, M. (1989), Le mixte et l'Occident.
Sobre la incidencia de Geoffroy Saint Hilaire en la obra anatómica del valenciano Lorenzo Boscasa e Igual (1786-1857), ARECHAGA MARTÍNEZ, J. (1977), La Anatomía Española en la Primera Mitad del Siglo XIX, Granada, Universidad de Granada, p.
La recepción de Meckel -cuya clasificación de hermafroditas inspira en parte la de Geoffroy, GEOFROY SAINT HILAIRE (1836), p.
35)en España fue más importante que la de Geoffroy, aunque esta acogida fue favorable en algunos casos -Hurtado de Mendoza, Agapito Zuriaga y Clemente (1814-1866) y Mariano López Mateos (1802Mateos ( -1863)), hijo del médico forense Ramón-y contraria al evolucionismo meckeliano en otros (Fabra y Soldevilla y Boscasa e Igual (ARECHAGA MARTÍNEZ (1977) p.
De la misma manera que las prácticas de la medicina popular debían ser desterradas por una medicina profesionalizada y sabia, las ideas corrientes sobre la naturaleza y la división de los sexos, tenían que ser definitivamente arrinconadas.
El hermafrodita, del mismo modo que el mutante sexual, era una figura de la sinrazón, portadora de una doble negatividad.
En efecto, por una parte se trataba de un error; el mismo término que servía para designarlo («hermafrodismo») -señalaba Orfila 84 -induce a la falsedad, una falacia del lenguaje que debe ser expulsada del discurso médico ----83 «Hermafroditismo o reunión de los dos sexos que comúnmente llaman hermafroditas, es una fábula transmitida de la antigüedad, en que en aquellos tiempos se carecía de los conocimientos anatómicos exactos, pues es imposible que en el hombre y en la numerosa familia de los animales de sangre roxa se verifique semejante unión.
Las observaciones exactas que se han podido recoger por los más distinguidos profesores no ofrecen testimonio alguno auténtico que lo confirme, y todos los hermafroditas que se han podido ver hasta ahora, y de que hacen mención algunos autores, no han sido más que unos seres mal conformados» (BALLANO, A. (1817), Hermafrodita en Diccionario de Medicina y Cirugía o Biblioteca Manual Médico-Quirúrgica, t.
Prácticamente de forma literal se recoge esta misma consideración en HURTADO DE MENDOZA, M. ( 1840), Vocabulario Médico-Quirúrgico o Diccionario de Medicina y Cirugía, Madrid, Boix Editor, pp. 478-479.
El mismo Hurtado de Mendoza se ve aún obligado a refutar la teoría que explica el hermafrodismo como el resultado de una «impresión moral» acaecida a la madre durante el embarazo; este argumento, «aunque desgraciadamente sea el más acreditado en el público, es el menos fundado de todos» (HURTADO DE MENDOZA (1839), p.
Sobre la influyente obra de Hurtado de Mendoza, ARECHAGA MARTÍNEZ (1977), pp. 31-102; «La etimología de la palabra (...) prueba que, desde la más remota antigüedad, se ha creído en la existencia de estos seres quiméricos (...)
La ignorancia y la credulidad aumentaron y perpetuaron este error de siglo en siglo, hasta el punto que, en tiempos más modernos, se han visto personages graves, y aun médicos que, engañados por apariencias, llevaron su absurdo hasta citar ejemplos de conversión de muchachas en muchachos, a la época de la menstruación, o en la primera noche de matrimonio» (HURTADO DE MENDOZA, A. (1823), Hermafrodismo.
En Suplemento al Diccionario de Medicina y Cirugía del Profesor D. Antonio Ballano, t.
1135); «lo más extraño es, que tanto entre los antiguos como entre los modernos, los patronos del hermafrodismo partieron de hechos fantásticos y muy mal contestados; y sin embargo fueron bastante para cohonestar el error, y deslumbrar la imaginación, aun de los hombres despreocupados, hasta que la brújula del escalpelo desentrañó por fin el simulacro del prodigio e hizo desaparecer lo maravilloso» (Apuntes sobre el hermafrodismo.
De este autor véase también Apuntes sobre la metamorfosis sexual.
84 «Debería borrarse del lenguage [sic] médico la palabra 'hermafrodismo' siempre que se tratase de la especie humana.
Consecuente yo con esta opinión, no la usaré de manera alguna» (ORFILA, M. (1847), Tratado de Medicina Legal, t.
cuando se trate de la especie humana.
El hermafrodita llega a ser definido negativamente; es un engaño que la naturaleza parece fabricar para burla de la observación positiva 85.
«Apariencia», «simulacro», «engaño», son los términos que se asocian a la figura del hermafrodita.
Esta negatividad no es sólo epistemológica, como se ha indicado hasta ahora, debida a la «ignorancia» y al «retraso» de los conocimientos positivos.
La creencia en estos seres se hace también portadora de una negatividad moral.
Como pensaban los filósofos de las Luces -este argumento ya estaba presente en Plenck-, las supersticiones se articulaban performativamente en actos bárbaros, crueldades tachadas de aberraciones de la razón; por ello esta absurda fe llevaba a sacrificar a los seres inocentes reconocidos como hermafroditas, del mismo modo que la fe en la brujería o en la posesión demoníaca conducía directamente a las hogueras inquisitoriales 86.
Este gran rechazo se sostiene parcialmente en una crítica histórica de las observaciones realizadas en el pasado en torno a supuestos hermafroditas.
Los testimonios artísticos, literarios y las especulaciones pretendidamente científicas legadas desde la Antigüedad compondrían un museo de horrores que la razón sólo ha podido desenmascarar sustituyendo el prejuicio por el imperio de la observación positiva 87.
----85 «Por hermafroditismo en el hombre o la mujer se entiende aquella disposición viciosa de las partes genitales en la que el individuo parece ser de un sexo, a que realmente no pertenece, o no se puede determinar cuál sea el verdadero sexo» (MATA (1844), pp. 45-46).
86 «La ignorancia y la credulidad aumentaron y perpetuaron este error de siglo en siglo, que sería en cierto modo escusable por el estado en que yacían las ciencias naturales si algunas veces no hubiese hecho correr la sangre del inocente.
Los atenienses arrojaban al mar y los romanos en el Tíber a los reputados hermafroditas.
Una sirvienta escocesa, acusada de haber hecho embarazada a la hija soltera de su amo, fue condenada a ser enterrada viva: y una mujer casada de las cercanías de Plombières fue ahorcada luego que se hubo reconocido su estado, porque se decía que había abusado del estado irregular de sus órganos» (PEIRÓ y RO-DRIGO (1832), citamos por la 3a ed. de 1841, p.
Pedro Miguel de Peiró, aragonés, era doctor en Leyes y llegó a ser profesor de mérito en la Academia Matritense de Jurisprudencia y Legislación.
Su paisano, José Rodrigo, era doctor en Medicina y Cirugía.
Su texto, primero de su género publicado -editado por primera vez en Zaragoza en 1832-se convirtió en el manual utilizado en Universidades y Colegios de Cirugía de toda España.
Sobre este tratado, PÉREZ DE PETINTO Y BERTOMEU (1999), p.
Las palabras de Peiró-Rodrigo repiten casi al pie de la letra -salvo los dos últimos ejemplos citados-las utilizadas por HURTADO DE MENDO-ZA (1823), p.
En la misma línea argumental, DE VIGUERA (1827), Apuntes sobre el hermafrodismo, p.
87 «Los progresos de la anatomía y fisiología, señaladamente desde que se hace una aplicación exacta y rigurosa de las ciencias a la medicina legal, han hecho que se estudien con un Del mismo modo que en otros dominios -disección de cadáveres en Anatomía Patológica, reconocimiento nosográfico de la enfermedad mental en la medicina alienista-, el prejuicio y la superstición son expulsados al quedar liberada la mirada clínica.
El apoyo en la observación, a través de la inspección anatómica, el recurso al microscopio 88 y los estudios de fisiología de la reproducción, serán los argumentos principales contra la creencia en los hermafroditas.
Sin embargo, no se da una completa unanimidad en estas razones extraídas inductivamente; por una parte se señalaba que los supuestos hermafroditas hasta entonces observados no eran capaces de reproducirse mediante autosexualidad, como sucedía en el hermafrodismo vegetal; otros autores -y esta será la opción que acabará imponiéndose-señalaban que estos seres eran incapaces de quedar fecundados o de procrear, de modo que en ningún caso se trataba de verdaderos andróginos 89.
Junto a estos argumentos, fundados en la inducción, algún autor subrayaba que el hermafrodismo era una imposibilidad a priori, una contradictio in ad----cuidado particular los diferentes casos que se confundían en otro tiempo con la designación vaga de hermafrodismo, y que se fijen de un modo incontestable sobre esta materia los profesores del arte de curar y los jurisconsultos» (HURTADO DE MENDOZA (1823), p.
88 S.N. ( 1841), Nueva aplicación del microscopio a los experimentos médico-legales, Boletín de Medicina, Cirugía y Farmacia, t.
89 El Doctor Henri Marc (1771-1840), autoridad decisiva al elaborar una serie de reglas para el diagnóstico forense del verdadero sexo, que se mantuvieron como criterio válido durante varias décadas, consideraba que el problema de la posible reproducción de los hermafroditas era un asunto donde no existía unanimidad entre los facultativos, MARC, H. (1817), Hermaphrodite.
El Doctor Juan Mosácula (1794-1831), catedrático de Fisiología del Colegio de San Carlos, rechazaba el hermafrodismo en la especie humana, «pues de ningún modo puede verificarse la cópula a que sucede la concepción.
Lo que sí podría suceder que un individuo así organizado pueda desempeñar las funciones de los dos sexos, pero con asociación de otros; o que habiendo órganos masculinos y femeninos y comunicando o los testículos o las vesículas con los ovarios o matriz pueda en un orgasmo venéreo verificarse una concepción aunque sin cópula» (MOSÁCULA, J. ( 1830), Elementos de Fisiología Especial o Humana, t.
Otros autores señalan la imposibilidad reproductiva en todos los casos: BALLANO (1817), p.
Pedro Mata señala que, incluso el «hermafrodita neutro» podrá ser declarado potente si se dan las circunstancias; no son válidos pues los apriorismos, MATA (1844), t.
jecto con independencia de cualquier desmentido empírico; se trata de un argumento que parece reactivar añejas doctrinas.
El hermafrodita sería una «derogación de las leyes que le plugo al Supremo Hacedor establecer en orden a la reproducción de los seres animados» 90.
El hermafrodita verdadero desaparece de la escena; será recluido en los órdenes más bajos de la escala de los vivientes (casi todo el reino vegetal, animales inferiores) o a lo sumo identificado con una cierta indiferenciación sexual que caracterizaría a la infancia y a la vejez de los seres humanos 91.
Humanidad y hermafroditismo se muestran como conceptos mutuamente exclusivos; sólo cuando el hombre no lo es todavía o cuando comienza a dejar de serlo, corroído por la edad y la muerte, parece que el sexo se borra y emerge una pérdida de identidad semejante a la androginia.
El pretendido hermafrodismo quedaba completamente despojado de sus poderes mágicos y de sus saberes ocultos; se trataba en realidad de alteraciones anatómicas y funcionales que dificultaban la asignación del verdadero sexo.
La discusión médica se desarrolla definitivamente en un nuevo escenario; ya no se trata de responder al problema en los términos formulados por la medicina de los siglos XVI y XVII: dado un individuo de sexo impreciso, ¿se puede determinar un sexo predominante?; ¿cuál es éste?
Se produce una transformación en el objeto interrogado y en la forma de enunciar su interrogación.
Dado un sujeto de sexo dudoso, dirán la Embriología y la Teratología, ¿de qué clase es la alteración que presenta?; ¿se trata de un vicio de conformación o de una monstruosidad?; ¿es producto de un retraso en el crecimiento o de una detención del desarrollo?
La Medicina Legal, por su parte, preguntará: ¿qué sexo verdadero ----90 MONLAU, P.F. (1868), Higiene del Matrimonio o el Libro de los casados, Madrid, M. Rivadeneyra, (ed. or.
Pedro Felipe Monlau (1808-1871), miembro del Consejo de Sanidad del Reino y cabeza de la Higiene española a mediados del siglo XIX, reeditó varias veces este manual, que tuvo una difusión extraordinaria (siete veces reeditado hasta 1898 y traducido al francés en 1879), GRANJEL, M. (1983), Pedro Felipe Monlau y la Higiene Española del siglo XIX, Salamanca, Universidad de Salamanca 91 «Diferentes hechos atestiguan que hay seres monstruosos que reunen los atributos de ambos sexos; y otros en quienes no se observa carácter ninguno distintivo: y esto es lo que ha hecho decir a Blumenback, a Meckel, a Geoffroy Saint Hilaire, que los dos sexos presentan en su estado primitivo, una sola y misma forma, y que solos los progresos del incremento son los que desenvuelven los caracteres propios de cada uno de ellos» (DANY, M. (1835), Observación que puede servir para la historia del hermafrodismo, Gaceta Médica de Madrid, 1, p.
Análogo razonamiento en HURTADO DE MENDOZA (1840), p.
La indiferenciación de la infancia y de la vejez es subrayada por VIREY (1821), p.
se encuentra enmascarado por esa deformidad?; ¿de qué tipo de hermafroditismo aparente se trata?; ¿puede ser corregido mediante una intervención quirúrgica que ponga al descubierto el auténtico sexo?
El discurso biológico asume la tarea de especificar el género de anomalía al que corresponden las alteraciones antaño presentadas como hermafroditismo.
Valiéndose de criterios anatomofisiológicos, la Teratología de Geoffroy Saint Hilaire ofrecía una clasificación de las anomalías que servía de hilo conductor: variedades (anomalías que no obstaculizan funciones), vicios de conformación (anomalías poco graves), heterotaxias (anomalías severas pero sin obstaculizar funciones) y monstruosidades (anomalías graves que imposibilitan funciones) 92.
Los casos de aparente hermafroditismo eran localizados mayoritariamente entre los vicios de conformación (deformidades no muy severas sin que coexistan trazas anatómicas de ambos sexos) y las monstruosidades (coexistencia de los órganos de ambos sexos que impedía la relación sexual o la reproducción).
Ambas anomalías quedaban inscritas en el registro de la evolución ontogenética; se trataba de retrasos del desarrollo debido a la fijación o detención del crecimiento en un órgano sexual producido en un estadio sobrepasado por el órgano correspondiente del sexo opuesto 93.
Desde el registro discursivo de la Teratología, por tanto, el hermafroditismo humano era en realidad un desarrollo frustrado; el organismo permanecía inacabado, más próximo de su origen que de su conclusión.
Esto encontraba su correspondencia a escala filogenética: las especies en las que el hermafrodismo es común eran precisamente las que ocupaban el «último peldaño», en palabras de Mata, más próximas a la frontera que separaba lo vegetal de lo animal, lo vivo de lo inerte.
El hermafrodita habitaba el límite por su proximidad al origen; era pura negatividad que aún no había llegado a ser y que nunca existiría como tal.
Esta experiencia del límite, de la negatividad, era distinta en el caso de la Medicina legal.
Aquí, como se señaló, el hermafrodita no es vecino del origen ----92 CANGUILHEM, G. (1971), Lo ormal y lo Patológico, Buenos Aires, Siglo XXI, pp. 96-100.
93 El giro médico-legal en el modo de abordar el problema del hermafrodismo en Francia y sus consecuencias en la legislación matrimonial, es recogido por el Dr. José De Lletor Castroverde, profesor de la Universidad de Granada, DE LLETOR CASTRO VERDE, J. (1835), Repertorio Médico Extranjero, t.
Sobre la diferencia entre vicios de conformación y monstruosidad en los casos de «hermafrodismo», ORFILA (1847), t.
Es una ficción que el forense debe desenmascarar dictaminando el verdadero sexo.
Éste se identificará primero con la «verdadera anatomía genital», siguiendo las reglas de diagnóstico fijadas por el francés Henri Marc en 1817 94 y más tarde con las «verdaderas gónadas», cuando el alemán Theodor Albrecht Edwin Klebs (1834Klebs ( -1913)), establezca el criterio histológico 95.
Pero estas nuevas indagaciones en el «hermafrodita» se emplazan ya fuera de las fronteras de este trabajo. |
En el siglo XVIII tuvo lugar un creciente interés en torno a la naturaleza de la piel negra y el origen de los pueblos clasificados a través de ella que iría acompañado de una diferenciación cada vez mayor de su naturaleza respecto a los europeos blancos, llegando a ser considerados una variedad humana degenerada, una especie distinta o, en ocasiones, animales inferiores.
La piel y la raza fueron de la mano en la historia natural del hombre, la cual comprendía no sólo aspectos anatómicos y fisiológicos, sino también la historia de las naciones, la historia sagrada y la reflexión estética.
Historia de las naciones.
«Des hommes noirs», y no «des vrais Nègres»; así identificó Petrus Camper a los Magos de Oriente representados por maestros como Rubens o van den Tempel: la piel era negra, «mais cette peau couvroit un corps de charpente européenne» 1.
El creador del ángulo facial, conocido en siglos posteriores más por su contribución a la anatomía comparada y la craneometría que por su dedicación a las artes, expresaba de este modo en su Dissertation sur les variétés naturelles qui caractérisent la physionomie des hommes des divers climats (1792, en publicación póstuma) la necesidad de elucidar la diferente complexión y aspecto físico de las naciones a través de la historia natural del hombre -defendiendo la influencia del clima y el medio-y de una fórmula métrica basada en dos líneas trazadas del oído a la nariz y de la frente a los incisivos.
La piel, junto a los distintos grados del ángulo formado por estas líneas, indicarían el origen de un individuo, o al menos el individuo sería correctamente representado gracias a ambos factores -color y complexión craneal-, obteniendo de este modo el negro un aspecto simiesco nunca antes visto y que, no obstante, se generalizará en este siglo 2.
----1 «Pero esta piel cubría un cuerpo de complexión europea»; CAMPER, P. (1792), Dissertation sur les variétés naturelles qui caractérisent la physionomie des hommes des divers climats..., París, Francart, p.
2 Es muy conocida la ilustración, dentro de la mencionada obra de Camper, de una serie de perfiles con diverso ángulo facial: la medida de una estatua griega clásica era de 100 grados, el europeo medía 80 grados, asiáticos y africanos compartían 70 grados, siendo éstas las poblaciones con el ángulo más semejante al del orangután y el mono, de 58 y 42 grados respectivamente.
Camper encuentra sobre todo «une analogie marquée entre la tête du Nègre et celle du Singe»/«Una marcada analogía entre la cabeza del negro y la del mono»; CAMPER (1792), p.
Según MEIJER, M.C. (1998), Race and Aesthetics in the Anthropology of Petrus Camper (1722-1789), Amsterdam, Rodopi, la intención de Camper era naturalizar la fisionomía de los no europeos frente a una opinión bastante frecuente en la época sobre la artificialidad o intervención intencionada en la formación de sus rasgos, algo que los hacía más depravados y bárbaros a los ojos de los europeos.
Meijer intenta suavizar los propósitos de este anatomista que defendía el origen común de todas las variedades de la especie humana contrastándolo con las posteriores teorías en torno al prognatismo, basadas en la obra de Camper, que supuestamente defendían una interpretación poligenista.
En mi opinión, la dicotomía monogenismo/poligenismo apenas es determinante en la emergencia de las razas, ambas posturas tienen más puntos en común que de controversia y participan de igual modo en la conformación de este nuevo objeto.
Ambas, por ejemplo, fueron capaces de admitir esa geometrización de los individuos para alcanzar una medida común, la complexión física de todo un pueblo que Camper halló curiosamente a partir de ocho cráneos africanos y asiáticos, junto a otros cráneos europeos -no dice el número-, que el anatomista poseía en su gabinete.
La expresión de «vrais Nègres», «auténticos negros», aparece con frecuencia en la época para aludir a lo que ya empezaba a llamarse raza negra, una complexión física profundamente determinada -en la mayoría de los casos con capacidades morales igual de condicionadas-aplicable a toda una nación, que se contrapondría a la idea de la negritud como un simple y superficial color de piel, la de los «hommes noirs» cuyo color era adjetivo y no sustantivo como en los «Nègres».
Para algunos autores -Henry Home o Charles White-esta última denominación, o su correlato inglés «Negroe», resultaba más correcta al considerar que tales individuos no debían ser tratados siquiera de hombres.
Llegando o no a tal extremo, eran ya pocos quienes podían hablar de los africanos negros sin encontrar en ellos algo más que un color o que unos meros rasgos locales.
Miradas como la de Rubens o como la de Hogarth, quien en su Analysis on Beauty afirmaría que negros y blancos eran iguales si se les quitaba la piel, resultaban caducas3.
Las condiciones que dieron lugar a esta determinación esencial del color de piel, que dejó de ser considerada como un fenómeno intrascendente para convertirse en la marca externa de una profunda separación racial, es lo que se analizará en las siguientes páginas.
Tales condiciones pueden ser resumidas en dos nuevas perspectivas que influirían en esta incipiente visión de la piel: la historia del hombre y de las civilizaciones, de las que se ocupa el primer apartado, en las que la historia natural y las teorías de la generación se vinculan tanto a la historia social como a la sagrada; y las experiencias anatómicas aplicadas a las distintas naciones, que se analizarán en el segundo, centradas ante todo en la piel del negro para atribuirle una naturaleza ruda y esclava, así como una imagen grotesca u horrenda desde la percepción estética.
LA PIEL COMO VESTIGIO DE LA HISTORIA
En 1787 el conde de Volney describía la esfinge de Giza como un rostro de rasgos «típicamente negros» para expresar una idea bastante peculiar en la época: la gran cultura egipcia, tan influyente en las civilizaciones griega y europea, había sido fundada originariamente por una población de «vrais Nègres».
Los egipcios habían perdido ya en el siglo de Volney el color de sus prósperos antepasados mezclándose con la sangre de griegos y romanos, pero ----mantenían esa impronta común -esa constitución y rasgos de auténticos negros-tal y como la conservaba la impertérrita esfinge.
Volney no entendía la raza como una constitución física y moral determinante en capacidades como la inteligencia, o el grado de civilidad y de progreso -prueba de ello era el desafío de atribuir la sofisticación egipcia a población negra-, pero sí compartía una impresión muy común forjada en este siglo: la legibilidad de la línea genealógica de un pueblo ancestral en el cuerpo de un individuo.
El color no está presente en la esfinge, pero con ella Volney hace evidente la utilidad que comenzaba a tener la raza para interpretar la historia del hombre y de las naciones, en muchos casos para dirimir a su vez la vejez de los continentes y la evolución de la Tierra.
Las hipótesis sobre la historia de las migraciones, por ejemplo, podían verse esclarecidas gracias a la comparación de las diferencias o semejanzas fisionómicas, y esto a su vez permitía dar cierta luz a la reflexión sobre la unidad o diversidad de la especie humana y sobre el desarrollo de sus diferencias.
Una de las hipótesis sobre las migraciones más influyentes en este sentido fue la del conde de Buffon, quien a través de ellas identificó el blanco como el color auténtico y original del hombre, y el clima como la principal causa de las diferencias entre las naciones tras su expansión por las diversas latitudes de la tierra5.
Tal hipótesis había surgido de las semejanzas observadas entre determinados animales de América respecto a los de Asia o Europa.
En el caso del hombre, la semejanza era también notable, por lo cual Buffon encontró razonable sospechar el origen común de la especie humana -igual que en aquellos grupos animales-y su posterior diversificación a través de las migraciones, de las cuales daba cuenta, sobre todo, el diverso color de piel acorde a cada clima: más oscuro cuanto más tórrido.
----Miembros de la expedición de Egipto miden las pirámides.
1798-1801, este grabado forma parte de las láminas de Dominique Vivant Denon, Voyage dans la Basse et la Haute Égypte, París, 1802, colección privada, París, Francia.
Es significativo el hecho de que esta hipótesis se diera dentro de lo que Jacques Roger identifica como la primera auténtica historia natural tras la obra de Plinio 6, es decir la única que, entre otros aspectos, no necesitará del apoyo de la historia sagrada en sus argumentaciones.
No es en el Génesis en lo que piensa Buffon cuando habla de un hombre original blanco, y esto resulta relevante teniendo en cuenta el gran uso que se hizo de la interpretación bíblica respecto a la historia natural del hombre.
Era muy recurrente aún en el siglo XVIII la tradición que atribuía el color negro de la piel a la maldición ----proferida por Dios sobre la descendencia de Cam, hijo de Noé.
Siendo ésta la más conocida, surgieron además en la época otras interpretaciones apoyadas en las Escrituras que, como veremos, adquirieron gran importancia.
Buffon se ciñe a lo estrictamente natural: el color blanco de piel es escogido como el original por ser el propio de climas temperados, y en concreto los correspondientes al norte de Europa, donde suponía que la influencia climática era más suave y por tanto neutra.
A pesar del origen compartido en el pasado, existía una gran separación en el presente: el hombre europeo era el más parecido a aquel prototipo ancestral; el negro africano, en cambio, debía ser el más alejado y sobre quien recayera por tanto la posibilidad de «regenerarse», volver al color y complexión originales, una vez habitara de nuevo los climas templados y se mantuviera allí durante varias generaciones 8.
La hipótesis de la degeneración se servía de la literatura sobre casos de alteraciones de color en la piel, sobre los negros blancos, o sobre hijos nacidos con un color distinto al de sus padres, un tipo de literatura que en el XVIII va a ser cada vez más prolífica.
En muchas ocasiones, sin embargo, las observaciones narradas no conducían siempre a las mismas conclusiones, no siendo aceptada por todos los autores la acción del clima en este tipo de cambios de la piel e imponiéndose como causa la transmisión generacional.
Casi como en una comedia de enredo con un final feliz, en muchas de estas historias se descubría, tras una serie de dudas y conjeturas descartadas, que el sujeto en cuestión tenía un antepasado del mismo color que ahora compartía el descendiente, salvando de este modo el honor de la madre 9.
No es de extrañar la mirada cómica de William Hogarth sobre este ----tipo de casos y sobre la recreación y curiosidad de aristócratas y médicos que los atestiguaban, expuesta en su grabado The Discovery, donde una mujer negra -que antes debía ser blanca, por el retrato que de la misma aparece y la leyenda: «qui color albus erat, nunc est contrarius albus»-es hallada y observada con sorpresa y casi alborozo en su propio lecho y con el pecho descubierto, a la manera satírica con la que el mismo pintor y Alexander Pope habían tratado el parto de los diecisiete conejos de Mary Toft.
---obra de P.-L.M. de MAUPERTUIS (1744), Dissertation physique à l'occasion du nègre blanc, Leyden, conocida sobre todo por la edición ampliada de 1745, Vénus physique, utiliza el fenómeno del negro blanco como prueba contra el preformacionismo.
Para Maupertuis un sujeto tan distinto a sus progenitores y antepasados sólo podía explicarse como resultado de un proceso de generación epigenético.
También existían casos de metamorfosis de blanco a negro, como el que describe G. IMLAY (1797), A topographical description of the Western territory of orth America, Londres, J. Debrett.
La idea de la degeneración y la posibilidad de la regeneración propuesta por Buffon, marcará la historia de las variedades humanas, siendo utilizada sobre todo por quienes defendieron la unidad de la especie.
Para el médicoy firmante de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos-Benjamin Rush no sólo existía la posibilidad de la regeneración en los negros, sino que debían -era aconsejable para ellos-regenerarse, pues su color de piel era síntoma evidente de una enfermedad de características semejantes a la lepra.
Una lepra benigna, empero, cuyas molestias no iban más allá de un pelo «lanoso», una cara abotargada, o insensibilidad en el tacto.
Las dolencias eran de una índole más bien moral, su color les hacía infelices, pues aunque «they appear to be satisfied with their color, there are many proofs of their preferring that of the white people» 10.
Con este cuadro médico Rush modificaba el concepto de degeneración de Buffon tras haber considerado que ciertos rasgos físicos del negro no podían ser explicados por el clima, como eran los labios «hinchados» o la nariz «aplastada».
Además, la regeneración podía ser más rápida al no depender tanto del tiempo como de la ciencia que pudiera hallar una cura 11.
Más cercano a la interpretación buffoniana, esto es, aceptando la influencia climática, Samuel Williams llegó a calcular el tiempo concreto que habría de pasar para que el negro deviniera blanco en un clima apropiado 13.
Si se mantenían cruzamientos continuos con blancos eran necesarias cinco generaciones que, siendo cada una de veinticinco años aproximadamente, equivalían a unos ciento veinticinco años para dar lugar a la regeneración completa.
11 Rush menciona diversas experiencias médicas que podían ir bien encaminadas para esta cura, como el uso del zumo de melocotón restregado sobre la piel; RUSH (1799), pp. 296-297.
12 «Si el color de los negros es el efecto de una enfermedad, en lugar de incitarnos a tiranizarlos, esto les daría derecho a una porción doble de nuestra humanidad, pues la enfermedad ha sido siempre y en todo lugar la señal para la compasión inmediata y universal»; RUSH (1799), p.
diante la sola acción del clima y sin cruzamiento alguno con blancos, el lapso debía ser de cuatro mil años.
Para los indios se precisaba sólo de seiscientos años, sin necesidad de mestizaje, pues su tez era más clara y, por consiguiente, su estado de degeneración debía ser menor.
Existía, no obstante, una dificultad objetada tiempo atrás por autores como Thomas Browne, el propio Robert Boyle o el barón de La Hontan sobre este tipo de hipótesis basadas en el clima, que radicaba en la observación de que en las mismas latitudes donde se encontraban pueblos de piel negra existían otras naciones a quienes el ardor del sol no afectaba del mismo modo, como ocurría en los climas tropicales del Nuevo Mundo, donde el color de la piel no llegaba a ser tan oscuro como en las mismas latitudes de África 14.
Buffon había sorteado este problema gracias a una conjetura propuesta en su Histoire naturelle, y era que el Nuevo Mundo había emergido de los océanos mucho más tarde que el viejo continente.
De esta manera se podía explicar que pueblos como los peruanos o los mejicanos, al haber habitado estas nuevas regiones en tiempos posteriores a la población de África, no hubieran tenido tiempo de adquirir a través del sol el intenso color de los africanos.
No habían tenido tiempo de degenerar del todo 15.
Benito Jerónimo Feijoo había discutido esta objeción -en concreto la del barón de La Hontan-de un modo quizá más audaz aún que Buffon, al no considerar imprescindible el cambio del color tras habitar nuevos climas: «Puede el Clima Etiópico producir la negrura, sin ser necesario para conservarla.
Las causas segundas muy frecuentemente no son necesarias para la conservación de los efectos que producen.
El oro se produce en las entrañas de la tierra, que viene a ser como patria suya; y extraído de ella se conserva siglos, y más siglos, sin que cosa alguna elemental altere su intrínseca textura.
¿Qué repugnancia hay en que la influencia del País Etiópico induzca tal textura en el semen prolífico de sus naturales, que después en ningún País extraño pueda alterarse, o por lo menos no pueda alterarse, sino en mayor espacio de tiempo, que el que hasta ahora se pudo observar?» 16.
Para el benedictino español no suponía ninguna enfermedad o abe-----14 En el siglo XVII el color de la piel negra ya suscitaba curiosidad entre anatomistas y filósofos de la Naturaleza.
En 1646, Thomas Browne expuso sus observaciones al respecto en Of the blackness of Negroes; BROWNE, Th.
R. BOYLE (1664) esgrimirá razones similares a las de Browne en oposición a una explicación ambientalista del color de piel, dentro de sus Experiments and considerations touching colours, Londres, Henry Herringman.
Según el médico portugués con el que el barón de La Hontan conversa en la relación de sus viajes, el color negro de los etíopes no se desvanecía en ellos ni tan siquiera cuando habitaban latitudes más frías durante generaciones.
15 BUFFON, G.-L. Leclerc, conde de (1778), Suplementos a la Histoire naturelle, tomo V, París, Imprimerie Royale, p.
16 FEIJOO, B.J. (1778), Color etiópico, Teatro crítico universal, tomo VII, Madrid, Real Compañía de Impresores y Libreros, p.
La originalidad, erudición y rigor con que Feijoo resolvió problemas como las causas del color del pueblo etíope, el origen de la población rración el que los etíopes y sus descendientes se mantuvieran negros a lo largo de sus vidas y de las generaciones.
La de Buffon no fue la primera conjetura sobre la degeneración de la especie humana, aunque sí fue él mismo quien acuñó el término.
Tampoco debía ir acompañada necesariamente de una explicación ambientalista, a pesar de ser lo más usual.
A principios de siglo, el jesuita Joseph-François Lafitau había sugerido la idea de que los indios americanos de Canadá hubieran provenido originariamente de pueblos helenos y pelasgianos, subrayando así el origen común de americanos y europeos.
La semejanza en las costumbres de estos indios con las de los primeros habitantes griegos, incitó al jesuita a sostener tal hipótesis 17, pero las diferencias no podían ser explicadas por el clima, sino por la imaginación maternal.
El color diverso de cada nación era explicado por su gusto primigenio en embadurnarse de colores negros -los africanos-, o rojos -los indios norteamericanos-.
Estos colores impresionaban de tal manera la imaginación de las mujeres que los niños nacían finalmente con la tonalidad preferida.
Como apoyo a esta teoría, Lafitau recurre al capítulo treinta del Génesis donde se explica la estrategia de Jacob para criar corderos con el color y manchas deseados, situándolos frente a vallas del mismo color y formas, para distinguirlos de los corderos de Labán 18.
También a la imaginación maternal atribuye Lafitau los demás rasgos característicos:
----una nariz «aplastada», unos labios gruesos, siempre dependiendo de los gustos del lugar.
El relativismo estético es asumido con naturalidad por Lafitau, a diferencia de otros autores como el propio Buffon.
A pesar de la aparente correspondencia entre los climas y las distintas variedades humanas, la explicación ambiental no era para muchos del todo satisfactoria.
En la época aparecieron otras posibles maneras de relacionar el color de piel con el clima sin necesidad de atribuir a éste la causa última, sino haciendo intervenir a la providencia en la historia del hombre.
Eran las hipótesis de Henry Home, o del propio Kant.
El jurista Henry Home, lord Kames, en sus Sketches of the history of man (1774), criticó con vehemencia la explicación buffoniana del clima.
El escocés esgrimía la antigua objeción sobre la conservación del color de los ancestros en los individuos trasladados a otras latitudes: «Those who ascribe all to the sun, ought to consider how little probable it is, that the colour it impresses on the parents should be communicated to their infant children, who never saw the sun» 19.
La desemejanza en el color, rasgos, complexión y actitud moral de las naciones era para Home de tal magnitud que debía ser atribuida a una naturaleza distinta e innata en cada una de ellas.
No podía ser sino la providencia divina la que hubiera dotado desde los orígenes a cada especie humana de una complexión adecuada para su clima, y era por ello que, a su vez, cada clima proporcionaba los alimentos más adecuados a cada constitución 20.
El color de los negros, por ejemplo, era la mejor forma hallada por la providencia para que soportaran un clima tan feroz.
Paradójicamente, fue a través de la tesis de Buffon según la cual el Nuevo Mundo había emergido de los océanos tiempo después de la formación del viejo continente, que Home logró dar una explicación coherente con el Génesis sobre el origen separado de las especies humanas.
Según Home, Dios había creado un segundo Adán en el nuevo continente, ascendiente de los nativos americanos, y esto lo había hecho en tiempos ulteriores a la época de Moisés, razón por la cual no era mencionado en la Biblia este nuevo linaje de hombres 21.
Además, para el resto de razas, Home adujo el episodio de la torre de Babel.
Los primeros hombres habían alcanzado una diversidad lingüística y una incomprensión mutua tales que Dios decidió separarlos distribuyéndolos por distintos climas y dotando a cada pueblo de una constitución física ----19 «Aquellos que todo lo atribuyen al sol deberían considerar cuán improbable es que el color que éste imprime sobre los padres sea transferido a los hijos, que nunca vieron el sol»; KAMES, H. Home, lord (1807), Sketches of the history of man, Edimburgo, Creech, p.
21 POPKIN (1987) enmarca la teoría de este segundo Adán en la tradición preadamita, p.
adecuada a su latitud asignada.
Es por ello, dice Home, que a partir de ese momento cada raza -por su naturaleza o, esta vez sí, por el clima-derivó en una grado de civilización distinto.
Una explicación teleológica muy semejante fue la planteada por Immanuel Kant, quien propuso una definición de las razas humanas a través de una interpretación bastante ecléctica.
Asumiendo una concepción de la generación preformacionista y ovista, el filósofo asumió el origen común de la especie humana afirmando que ya en los ovarios de Eva se encontraban determinadas las futuras generaciones, definidas ya con una complexión diversa para adaptarse adecuadamente a los diversos climas a los que en un momento dado habrían de emigrar separándose.
Junto a esta explicación teleológica, Kant presentaba asimismo el criterio de fertilidad de Buffon como prueba de la unidad de la especie, otro aspecto que lo diferenciaba de Home, quien lo había tachado de ineficaz señalando que el propio philosophe se había visto obligado a admitir como especies distintas determinados tipos de animales que podían reproducirse entre sí, como era el caso de ovejas y cabras, o camellos y dromedarios 23.
Kant no encuentra problema alguno en el principio de fertilidad para definir una especie, pero para las razas cabía preguntarse además cómo identificarlas acertadamente.
Para el filósofo de Königsberg la respuesta estará en el color de piel, éste era el rasgo más evidente de la distinción racial, pues era el único que se transmitía invariablemente de generación en generación.
Se trataba además de un rasgo superficial que indicaba una constitución interna distinta, una constitución que permitía sobrevivir a cada raza en las condiciones ambientales de su latitud correspondiente -la separación geográfica era necesaria por naturaleza-.
Para Kant eran cuatro los colores de piel básicos correspondientes a las razas: blancos, cobrizos, negros y oliváceos, el resto eran colores mixtos derivados de ellos.
El color influía además en características más profundas; así, en los negros, las propiedades de la dermis -que acumulaba excesivo flogisto por las altas temperaturas y las zonas pantanosas que a menudo habitaban-, hacían que olieran mal e ----22 «Por tanto, si los hombres no hubieran tenido ese impulso frenético por construir una torre cuya cima alcanzara el cielo, no sólo habrían conservado el mismo lenguaje, sino que habrían desarrollado el mismo progreso hacia la madurez del conocimiento y la civilización»; KAMES (1807), p.
influían en su carácter 24.
Una interesante réplica a la defensa del origen común fue la del capitán Bernard Romans en A concise natural history of East and West Florida (1775), donde critica la presunción de creer más fiel a la historia sagrada la hipótesis según la cual había un único tronco genealógico para el género humano y no varios.
Para Romans, debía ser más acorde al designio divino una creación múltiple y separada de distintos tipos humanos que la creencia en una naturaleza sujeta a cambios accidentales -como defendió Buffon-, o a maldiciones divinas -como aquella interpretación de la condena de Cam-25.
Según la hipótesis de Romans, Dios había creado un Adán y una Eva de una especie distinta en cada parte del globo.
Era ésta una idea atrevida, pero a su vez bastante interesada si consideramos la defensa del esclavismo por parte del autor, con cuya práctica intentó enriquecerse, y su notable desprecio hacia las supuestas cualidades de las razas no europeas.
Respecto a los nativos norteamericanos, Romans los estima incapaces de desarrollar una civilización.
Éstos intentan imitar las maneras europeas, pero a la mínima oportunidad «they will return like the dog to his vomit».
«See there the boasted, the admirated state of nature», concluye Romans, con irónica referencia a las ideas rousseaunianas 26.
Los negros, por su parte, son descritos como traicioneros, ladrones, testarudos y holgazanes, no siendo estas cualidades tampoco accidentales o fruto de las circunstancias sociales y ambientales, sino más bien «natural to them, and not originated in their state of slavery» 27.
Romans responde así a la extendida opinión según la cual el negro poseía penosas cualidades debido a circunstancias sociales como la esclavitud.
Para el propio Benjamin Rush, con su optimismo etnocéntrico, no sólo el color de los negros era una enfermedad reversible, sino que además sus «vicios», tales como «Idleness, Treachery, Theft, and the like, are the genuine off-spring of slavery, and serve as an argument that they were not intended by Providence for it» 28.
----Los negros podían por tanto para Rush devenir blancos y civilizados.
Otro ejemplo significativo del modo en que la historia sagrada intervenía aún en el XVIII en la explicación sobre el desarrollo de las razas humanas, es el del suizo Samuel Engel, para quien el color de los negros, «les Nègres véritables avec leur réticule, leurs cheveux crêpus ou lainés, leurs visage et nez écachés, ce que leur a fait donner de toute ancienneté le nom de Simes, leurs gosses lèvres, et enfin tout ce qui les caractérise, ne fauroit provenir d 'aucune cause naturelle», sino de una causa sobrenatural: la maldición de Dios contra Caín, de quien los negros eran descendientes.
Para explicar que éstos hubieran perdurado, Engel asume que el diluvio no pudo ser universal 29.
Tampoco acepta como explicación del color de los africanos la maldición que Dios pronunció sobre Cam, pues no todos sus descendientes habían sido negros, como babilonios, árabes o egipcios hacían patente 30.
Cualquiera de estos casos, a pesar de las discrepancias, muestra cómo el sentido de linaje, que el término raza había detentado anteriormente -en su acepción de familia o estirpe-, no se perderá en su nuevo uso.
La estirpe deviene raza, se amplía la extensión y se precisa la intensión.
Hemos visto cómo la extensión llega al origen de los tiempos y se aplica a toda la humanidad, dividida o no en grandes grupos, veamos ahora cómo la intensión se especifica para dar un sentido a la raza aún más determinado, a través del análisis minucioso de la piel.
Adoptemos ahora, para ello, la propuesta de Le Cat:
29 «El auténtico negro con su retícula, sus cabellos crespos o lanosos, su rostro y nariz aplastados, lo que desde la antigüedad le dió el nombre de simus, sus lozanos labios, y en suma todo lo que le caracteriza, no provendría de una causa natural»; ENGEL, S. (1767), Quand et comment l'Amérique a-t-elle été peuplée d 'hommes et d' animaux?, tomo IV, Amsterdam, Marc Michel Rey, p.
31 «Dejemos pues a los teólogos, a los historiadores, a los anticuarios, etc., discutir sobre estos orígenes que se pierden en el cahos del que surgió el mundo; tomemos las cosas en el estado en que están, provengan de donde provengan, y examinemos en tanto que anatomistas, en tanto que físicos escrutadores de hechos, las causas del color de todos los hombres blancos, morenos, negros, cobrizos, etc.»; LE CAT, C.-N. (1765), Traité de la couleur de la peau hu-
DESCRIPCIONES Y CAUSAS ANATÓMICAS
El origen del color y naturaleza del africano negro desconcertaba al europeo.
En 1739, la Académie de Bordeaux proponía como tema anual de su concurso «la cause physique de la couleur des nègres».
La piel del negro, su color, necesitaban ser explicados.
Pierre Barrère, ganador del premio, proponía una solución a la cuestión hallando un proceso fisiológico interno y ciertos rasgos anatómicos diferentes respecto de los blancos.
Las pruebas que aportaba Barrère se basaban en observaciones sobre cadáveres de esclavos analizados por él mismo en Cayena, en la Guayana francesa.
Así, había hallado, con una experiencia semejante a la de Alexis Littre 32, esto es, tras macerar un trozo de epidermis en agua, cómo ésta mantenía cierta tonalidad oscura que normalmente se atribuía a la membrana reticular de Malpighi, pero que llegaba a ser semejante a la de otros cuerpos de europeos blancos.
Por ello, Barrère no aceptó que la tonalidad de la membrana reticular fuera el factor decisivo del color de los negros, debía haber alguna otra sustancia en la piel que la oscureciera 33.
Barrère sospechó que debía tratarse de una sustancia análoga a la bilis que él mismo había hallado en los cadáveres de esclavos.
32 Alexis Littre llevó a cabo la disección de la piel de un «maure» para comprobar si la suposición de Malpighi era cierta, a saber: que las dos capas, dermis y epidermis de la piel, al separarlas eran blancas, mientras que por otro lado la membrana mucosa aparecía negra, por lo que sería sobre ésta donde recaería la causa del color de los negros.
Littre puso a macerar un trozo de epidermis en agua templada, considerada por los anatomistas como un poderoso disolvente, y otro trozo en alcohol, ambos durante siete días, pero de ellos no se desprendió tinte alguno.
Asimismo metió otro trozo en agua hirviendo, que produjo sobre la superficie exterior de la epidermis ciertas ampollas con un licor claro en el interior que al enfriarse adquirió cierta textura gelatinosa; tampoco había el menor indicio de algún jugo oscuro que hubiera emergido con la ebullición.
Littre concluyó, al no ver desprenderse tinte alguno, que esta membrana no contenía ninguna sustancia que diera color a la piel.
El color debía atribuirse a la acción del sol sobre las capas más superficiales de la dermis.
3. observado que esta sustancia en los negros era muy oscura, de manera directamente proporcional a la intensidad de su color de piel, llegando a ser en los blancos de color amarillento.
De igual modo, en los negros la sangre era de un rojo negruzco, y su intensidad también variaba en proporción al color de la piel, lo cual debía indicar una relación causal.
A estas observaciones Barrère añadía otro curioso indicio a favor de su hipótesis: la exudación por parte de los negros de una grasa o sudor oscuro, de tal modo que si se les pasaba un paño sobre la piel, éste quedaba impregnado de un tinte negro 34.
Según Barrère, la bilis era segregada con mayor facilidad en la dermis gracias a las numerosas glándulas que a través de ella se disponían, por lo que quedaba más tintada que el resto del cuerpo.
Los negros retenían este tinte con mayor facilidad por la peculiar pequeñez de sus poros.
Lo mismo explicaba el color de los cabellos de los negros, siendo las raíces de éstos uno de los lugares donde se segregaba la bilis negra.
Además, la causa de la forma de este tipo de cabello, que Barrère define como la lana -observación muy común en la época, que animaliza sin duda al negro-, sería la forma espiral y la angostura de los propios folículos por donde salía cada pelo.
La bilis y la forma de los folículos pilosos eran entonces la causa inmediata del color de la piel y de la naturaleza de los cabellos; pero además, la razón por la cual se mantenía este color a través de las generaciones era la transferencia seminal de los rasgos de familia.
Pierre Barrère abría con sus observaciones una puerta a la explicación humoral del negro, que seguirían autores tan destacados como Le Cat, Friedrich Meckel o Blumenbach, y que en gran medida convertiría el color en un rasgo temperamental, que afectaba a la actitud moral de la raza 36.
35 «Es ya un hecho reconocido en el mundo académico que en la semilla de los animales se encuentran como concentrados todas las partes que lo componen, con su figura y color determinados; que estas partes se desarrollan, se expanden y brotan en cuanto son puestas en juego y se las hace penetrar a través de un fluido muy fino y sutil, es decir, a través de la simiente del macho»; BARRÈRE (1741), p.
Categories of difference in eighteenthcentury culture, University of Pennsylvania Press, indica el componente humoral y temperamental que mantenía en este siglo el término inglés para designar el color de piel, complexion.
de-Nicolas Le Cat, la membrana mucosa de Malpighi se encontraba únicamente en los negros, y estaba formada por jugos de color oscuro segregados por las terminaciones nerviosas.
No se trataba ya de bilis, pues ésta, a diferencia de lo que había observado Barrère, tenía el mismo color amarillento en todos los tipos humanos 37.
El color negro se debía, antes bien, a una sustancia compuesta de mercurio y azufre, a la cual llamó «aethiops», que ya había tenido ocasión de analizar en el ojo, en la membrana de la coroides 38, así como en la tinta de una especie de calamar 39.
Le Cat había realizado una experiencia sobre esta tinta animal y el líquido contenido en los nervios humanos para mostrar que eran análogos al responder de manera similar: los mezcló con nitrato y con aguafuerte, fuertes disolventes que eliminaban el tinte de cualquier sustancia, y el resultado fue que ambos licores se habían mantenido incorruptibles en su color.
A tal experiencia Le Cat añadía la consideración de que la tez de los negros se volvía aún más oscura cuando fallecían, de la misma manera que ocurría con aquellos calamares al morir 40.
Le Cat secundaba las observaciones del anatomista Johann Friedrich Meckel, quien había diseccionado a un negro hallando que su glándula pineal era de un color más intenso y de una textura más consistente que la de los blancos, por lo que hizo recaer la causa del color de los negros en esta sustancia nerviosa, la cual daba su tinte característico a la piel a través de las terminaciones nerviosas y la membrana reticular formada por la segregación de éstas 41.
Por su parte, Le Cat había realizado también experiencias sobre el cerebro de un paciente negro de diecisiete años, hallando aquella tonalidad negra azulada que había mencionado Meckel.
Afirmó haber repetido la misma observación por él mismo pero también «par plusieurs yeux anatomistes et non anatomistes» 42, a los que presentaba el cerebro del negro y el cerebro del blanco sin desvelarles a quién pertenecía cada uno.
Todos coincidían en que el cerebro de los negros tenía tonalidades más oscuras que el de los blancos 43.
---- Por otro lado, siendo la sustancia nerviosa del cerebro la causa fundamental del color de piel, así como del tipo de cabello, la transmisión generacional era explicada, como en Barrère, a través del semen, «car personne ne doute que le cerveau ne soit une partie spermatique, et comme l 'amande féconde qui produit tout le reste de l' animal» 44.
Claudia Benthien señala cómo esta nueva concepción convertía el color oscuro en una contaminación de la piel por parte de aquellas sustancias biliosas o nerviosas, consideradas, por su exceso o cualidad, como insanas.
La piel era concebida como un órgano de excreción que debido a la peculiar anatomía dérmica del negro -muy gruesa y compacta, o con poros diminutos-, y a su sistema glandular -Barrère-o nervioso -Meckel, Le Cat-, quedaba tintada con peculiar intensidad 45.
Este tipo de experiencias y conclusiones llegaron a ser asumidas por los considerados padres de la clasificación racial, Johann Friedrich Blumenbach y el propio Kant 46, quienes establecieron el número de razas basándose en sus colores básicos característicos -cinco para Blumenbach, cuatro para Kant-.
Pero no todo era consenso respecto a la interpretación humoral.
El cartógrafo y botánico John Mitchell consideraba que «that strange phaenomenon in Nature, the cause of the colour of negroes» 47 era debido absoluta y únicamente a la acción del sol.
Esto no era nuevo, ya vimos la explicación de Buffon, e incluso algunos de los que aceptaban la explicación humoral a su vez estimaron que ésta se debía en última instancia a la acción climática, como era el caso de Blumenbach.
Lo insólito en Mitchell era que afirmaba no haber sido capaz de encontrar jamás la membrana reticular de Malpighi, y sospechaba ----44 «Pues nadie duda de que el cerebro sea una parte espermática, como la almendra fecunda que produce todo el resto del animal»; LE CAT (1765), p.
46 Es Robert Bernasconi quien más ha defendido la importancia de Kant en la clasificación racial, quizá por haber pretendido dar una definición rigurosa al término raza.
Existe, no obstante, cierto disenso a este respecto, pues para autores como John H. Zammito las hipótesis de Kant no tenían más que un carácter provisional, al ser expuestas como meras lecturas dentro de su universidad.
Sobre tales interpretaciones, ver: BERNASCONI, R. ( 2001 del estado cadavérico de la materia observada como medio poco seguro para conocer la piel tal como era en su estado natural.
Mitchell estaba poniendo en duda a una de las máximas autoridades en el campo de la anatomía, Marcello Malpighi; más aún, se estaba mostrando suspicaz ante la experiencia de uno de los más diestros observadores al microscopio.
Como apoyo a su observación, Mitchell hizo mención al cirujano y anatomista William Cowper, que tampoco había hallado la membrana, y quien había llegado a afirmar que en realidad nadie había logrado encontrarla jamás 48.
Por otro lado, Mitchell negaba la observación de Barrère según la cual al pasar un pañuelo sobre la piel de un negro quedaba impregnado de cierto aceite oscuro.
Para Mitchell el sudor de los negros era tan transparente como el de los europeos 49, afirmación que esgrimió como un argumento más contra las hipótesis en torno a la influencia de la bilis en el color de piel.
También Alexis Littre había aportado otra observación a favor de la acción del sol sobre el color de la piel, aunque no tan radical como la de Mitchell, pues no negaba la existencia de la membrana reticular y de cierta influencia de su color.
Según Littre, el glande del hombre negro, en la zona cubierta por el prepucio, era completamente blanco, a diferencia de la zona que estaba al descubierto, lo cual tomó como prueba de que las partes humanas no expuestas al sol permanecían blancas, siendo la acción solar un agente fundamental en el color de piel.
Curiosamente, el comentarista de tales experiencias en las Mémoires de l'Académie des sciences se permitió oponer a esta observación de Littre otra según la cual los recién nacidos de etíopes tenían en la punta del pene una pequeña mancha negra que, afirmaba, se extendería pasado el tiempo por todo el cuerpo.
El autor sostenía que si bien tal propagación podía deberse a la acción del aire, del clima, su origen era en primer lugar innato 50.
Las experiencias y explicaciones sobre el color de piel se vertebraban en torno a la controversia respecto a la influencia externa -medio, sol-o interna -fluidos-.
Si bien las publicaciones sobre el tema se multiplicaron a lo largo -sobre todo en la segunda mitad-del XVIII, ya en el siglo anterior había aparecido en cierto grado la polémica.
En 1618, el anatomista parisino Jean Riolan publicaba en su Anthropographia la experiencia por la que había separado un trozo de piel negra en dos tejidos, mediante la formación de una ampolla provocada artificialmente con ciertas sustancias químicas.
Esto le había permitido observar el color y la textura de ambas capas, advirtiendo que ---- la capa superior mantenía un color oscuro, mientra que la inferior resultaba ser blanca, de lo cual infirió que el color de este tipo de piel estaba producido por la luz solar, pues si el color se hallaba en la capa superior, que era la que estaba en contacto con el sol, y no en la interna, no debía haber ningún elemento subcutáneo que la oscureciera, sólo podía ser externo 51.
La misma experiencia fue llevada a cabo por el anatomista del College of Physicians de Londres Alexander Read, quien en The Manual on the Anatomy or Dissection of the Body of Man (1642) describía cómo halló los mismos resultados llegando, sin embargo, a conclusiones radicalmente distintas.
El color de la parte superior de la piel provenía de los humores internos del cuerpo, no del contacto con la luz solar.
Estos humores, al ser exudados a través de la piel, tintaban la capa superior de la dermis con los restos que no lograban salir del todo al exterior 52.
El hecho de que la piel del hombre negro quedara mucho más tintada que la del blanco radicaba en una diferencia morfológica entre ambos tipos de piel: la negra tenía los poros más amplios que la blanca, por lo que transpiraba más, dando paso a una mayor cantidad de sudor y humores negros que dejaban sedimentos oscuros, lo cual dotaba a la piel de su color característico.
Esta experiencia, muy semejante a la de Barrère, coincidirá con observaciones muy recurrentes en el siglo XVIII, que mostrarán la piel del blanco como más abierta, traslúcida, no sólo respecto al color, sino en referencia a la propia transparencia de las emociones.
El poeta Oliver Goldsmith en su History of the earth (1774) ensalzaba la piel blanca como la más bella, pues era «a transparent covering to the soul» 53, a través de la cual se revelaba toda la gama de las pasiones 54.
El recurso al principio de variedad como criterio de belleza para enaltecer la piel blanca fue bastante común en la época.
Esta variedad hacía referencia a la diversidad y contraste tonales, a la emergencia del color, como ocurría con el rubor, o de una expresión en el rostro, que se solía atribuir únicamente a pieles blancas.
William Hogarth, por el contrario, proporcionó soberbios contraejemplos frente a esta idea: en Marriage à la mode o en Captain lord George Graham in his cabin, la tez del negro se pre-----senta igual o más vívida y llena de matices de expresión y color que en la del blanco 55.
La transparencia de la piel tenía en gran medida relación no sólo con el color, sino con el grosor de la piel negra.
El cirujano y miembro de la Royal Society Charles White había señalado en su conocido ensayo An Account of the Regular Gradation in Man, and in Different Animals and Vegetables; and from the Former to the Latter (1799) el grosor de piel como indicio del distinto lugar ocupado en la gran cadena del ser, una concepción asumida dentro del creacionismo fijista, que consideraba igual de determinadas e inmutables la complexión e inteligencia de los seres en una escala jerárquica 56.
La piel en los negros era más gruesa que en los blancos, y en los monos lo era algo más que en los negros, estando estos más próximos a aquellos animales que a los blancos.
El grosor de la piel negra, además, pese a servirles de protección frente al medio, hacía que tuvieran menos sensibilidad, lo cual les convertía ---- en menos refinados y sensibles en general 57.
El hecho de que la piel fuera más gruesa hacía asimismo que sudaran menos y olieran por ello peor, al acumularse los fluidos en la piel.
Si el color era para Kant la evidencia de una raza, yendo en los negros acompañado del hedor de su piel contaminada, también para Henry Home el olor sería una de las diferencias fundamentales para distinguir a los africanos negros como raza aparte.
Su fetidez no podía ser explicada por el clima, pues otros pueblos, como los abisinios, con clima semejante, no olían de tal modo.
Tampoco podía ser explicado como falta de higiene; formaba parte de su naturaleza 58.
El juez jamaicano Edward Long había identificado de igual modo en su History of Jamaica (1774) el olor propio de los negros como confirmación de su diferenciación racial así como de su inferioridad.
El clima no cambiaba esta naturaleza, tampoco cambiaba el hecho de que tuvieran piojos negros como los animales -los blancos sufrían de otro tipo de piojo blanco-, lo cual se debía a que el negro tenía más consanguinidad con el orangután que con el hombre blanco, que en realidad podía considerarse como el hombre, a secas 59.
En numerosas ocasiones, la descripción del grosor de piel en los negros fue utilizada como justificación para el trabajo esclavo.
Charles White ya había señalado su mayor resistencia y por tanto su aptitud para este tipo de trabajos; el hombre blanco, por el contrario, no tenía una constitución adecuada para trabajar la tierra de las colonias.
Edward Tyson en A Philological Essay Concerning the Pygmies of the Ancients -publicado en 1699, pero cuya más famosa edición fue la de 1751-, también había sostenido que el clima había alterado las glándulas de los negros de manera que segregaban un humor diferente, dando lugar al color y cualidades de la piel negra, lo cual les había servido para soportar y trabajar mejor bajo el ardor de sus latitudes 60.
Además de convertirlo en un ser afín a las bestias de carga, las nuevas descripciones de la piel hicieron del negro una figura horrible.
No sólo los sentidos de los negros eran distintos -como el del tacto, por la densidad de su piel-, sino que, ante todo, ellos mismos eran extraños para los sentidos de los blancos.
En 1766, en su Laocoonte, el poeta Lessing describía al hotentote como una figura ejemplar de lo que podía provocar disgusto estético.
La misma idea se reflejaba en la Enquiry de Edmund Burke (1757), quien describía cómo un ---- ciego de nacimiento al recobrar la vista había mostrado su horror al ver una mujer negra por vez primera.
La experiencia del ciego de Molyneux era de este modo aplicada para asumir una conclusión bien diferente, que el disgusto ante el negro no era una respuesta adquirida, sino innata 61.
La observación de la piel blanca estaba hecha a la medida del hombre blanco, lo semejante era lo hermoso y natural, no sólo en la creación artística, sino en la naturaleza.
Sólo un yahoo inglés consciente de ello podía realizar tal crítica a los juicios de valor esgrimidos por quienes decían basarse única y exclusivamente en matters of fact para presentar al inglés o al europeo como el hombre más bello, en lo físico y en lo moral.
Las observaciones de la piel negra dieron siempre resultados denigrantes para su morador, marcando su diferencia.
Henri Grégoire ya había señalado esta jerarquización del color de piel como una «invention moderne», que había aparecido con «l 'avarice coloniale».
El color blanco se había convertido en un signo externo de distinción para la sociedad europea y colonial -como los bastones, los turbantes o los tatuajes en otros pueblos-a través del cual se pretendía marcar el rango.
«On les a vus invoquer la Bible, en dénaturer le sens pour faire descendre du ciel l'esclavage, puis la contredire en niant l'unité de type dans la nature humaine, en soutenant que le noir est une race ---- 62 «Esto me hizo meditar sobre la diáfana piel de nuestras damas inglesas, que nos parecen tan bellas sólo porque son de nuestro tamaño, y sus defectos no pueden ser vistos sino a través de una lente de aumento».
La desmitificación que Swift hizo de la piel blanca y su delicadeza en sus Viajes de Gulliver es interpretada en su contexto colonial de manera muy sugerente por HAWES, C. (1991), Three times round the globe: Gulliver and colonial discourse, Cultural Critique, (18), pp. 187-214, p.
Laura Brown llama la atención sobre la cronología de los poemas misóginos de Swift, que coinciden con su época más crítica respecto a las políticas coloniales de Gran Bretaña.
La mujer engalanada sería la imagen del capitalismo y el imperialismo en Swift.
Para comprender la crítica de Swift al proyecto de la Royal Society y su impostura al pretender basarse únicamente en matters of fact y emitir no obstante contínuos juicios de valor respecto al no europeo, ver MALCOLMSON, C. (2006), Gulliver's travels and studies of skin color in the Royal Society.
Desde cualquiera de las posiciones mantenidas dentro de las controversias en torno a la piel negra -sobre su origen ambiental o interno, su naturaleza fija o susceptible a cambio, indicio de una especie separada o común-, la filosofía natural había situado a los «vrais Nègres», como bien afirma el abbé Grégoire, «au bas de l 'échelle des êtres» 64. |
La evolución de la novela corta de Amado Nervo muestra una comunicación constante con las transformaciones paradigmáticas en el campo de la psicopatología.
Las construcciones metaficcionales hacen patente un tratamiento lúdico de algunas ideas clave de la disciplina médica.
En algunos casos se superan los estrechos límites de la psicopatología positivista para anticipar planteamientos que adquieren estatuto científico con la psicología moderna.
Debido a este carácter literario, el vienés obtiene la reprobación de sus colegas y modifica su escritura para alcanzar mayor cientificidad.
La construcción de los fenómenos patológicos por medio de recursos literarios no es exclusiva de la obra freudiana.
Durante todo el siglo XIX, muchos de los exploradores de los sueños y del inconsciente emplean metáforas y modelos tomados de la literatura.
Al mismo tiempo, el discurso científico permite esbozar una perspectiva epistemológica sobre la poética del fin de siècle para analizar la configuración textual: la trama, los personajes, los motivos, los símbolos, las técnicas narrativas, los posicionamientos ideológicos.
La narrativa incorpora elementos científicos y los resignifica.
Esta resignificación remite a los límites del potencial heurístico de la ciencia e igualmente prefigura teorías que posteriormente adquieren cientificidad.
Por otro lado, la literatura proyecta teorías científicas a otros campos semánticos y los readapta de acuerdo con una intención específica.
La evolución ideológica de las novelas cortas de Amado Nervo (1870-1919) permite rastrear las transformaciones de la medicina mental a lo largo de cinco lustros, pues el novelista establece un diálogo fructífero con los fundamentos teóricos y los cambios paradigmáticos del campo científico.
Como cualquier otro fenómeno cultural, la ciencia está vinculada con la episteme de un momento histórico y se relaciona de manera intertextual con otros discursos.
En el México porfirista, la idea del progreso penetra en todos los discursos.
En los textos modernistas, en cambio, se tiende a desarticular la historicidad implícita en las construcciones teóricas positivistas.
La taxonomía psiquiátrica acusa una construcción teleológica de la historia.
Los médicos buscaban el eslabón perdido en mexicanos indígenas porque eran considerados representantes arcaicos de la humanidad.
En el otro lado de la dicotomía civilización-barbarie, se celebraba la llegada de la modernidad con patologías como la histeria y la neurosis en los enfermos de la clase mediaalta capitalina; enfermedades supuestamente causadas por el alto avance de la civilización 2.
Asimismo, se construyen casos como el del asesino serial, el Chalequero -el Jack the Ripper mexicano-, comprobación de la llegada de ----1 MENTZOS, S. (1971), Einleitung.
2 GORBACH, F. ( 2007), El encuentro de un monstruo y una histérica.
Una imagen para México en los finales del siglo XIX, uevo Mundo Mundos uevos, 7, s. p.
Artículo en línea, disponible en http://nuevomundo.revues.org/document3123.html (consultado el 11 de marzo de 2011).
los tiempos modernos, ya que elevaba la delincuencia a la altura de Londres3.
La tautología médica del Porfiriato es la siguiente: los fenómenos patológicos debidos a un exceso de civilización están en continuo aumento, ergo se está viviendo en condiciones modernas.
La obsesión progresista se vislumbra en la mayoría de las áreas del conocimiento y les otorga un sentido temporal.
También los poetas decadentistas definen su modernidad por medio del estigma positivo de la hiperestesia y de la neurosis.
Así, la episteme ordena y configura los enunciados en un momento histórico específico y la literatura aparece como plataforma que hace surgir estos (con)textos, a menudo de manera lúdica y controversial4.
La misma época supera los estrechos límites heurísticos de la psiquiatría decimonónica, que comparte el materialismo y la obsesión del positivismo por lo empírico.
La disciplina psiquiátrica se abre hacia los modelos hermenéuticos a partir de los primeros esbozos teóricos de la psicología moderna.
Parte de esta transición se manifiesta en la pérdida de verosimilitud de los modelos somáticos y hereditarios, así como de las categorías deterministas de la psiquiatría positivista.
Se concibe un paradigma diferente sobre la base de explicaciones psíquicas y de la biografía del paciente.
Sus experiencias traumáticas inconscientes surgen en el sueño o en el delirio, por lo que el tratamiento orgánico pierde vigencia y el «texto» que producen los pacientes adquiere importancia 5.
Algunos correlatos de los modelos científicos positivistas se encuentran en el naturalismo.
Émile Zola descarta, al igual que los psiquiatras positivistas, la posibilidad de introspección y de actividad anímica 6.
A pesar de ello surgen transfiguraciones del deseo carnal en su obra: sobre todo la figura de la bête humaine, determinada por las categorías de Hyppolite Taine: la raza, la clase y el momento.
La distancia del naturalismo frente a una psicología introspectiva se manifiesta en el estudio del carácter de los personajes, que se genera en términos de una autopsia, eco del modelo empírico de la medicina experi-----mental de Claude Bernard 7.
A finales del siglo, en cambio, la estética novelesca gira hacia la introspección con el naturalismo espiritual de Joris-Karl Huysmans y con la poética simbolista que reduce el enfoque narrativo a un solo protagonista, cuya percepción distorsiona la representación del mundo diegético 8.
Con ello, se pone en tela de juicio la vigencia de la autopsia como núcleo del modelo analítico, se refina el método introspectivo con técnicas parecidas al stream of consciousness o a la écriture automatique y se rehabilita cierta concepción del inconsciente romántico despojándola de sus connotaciones metafísicas.
REFLEXIONES DEL CRONISTA EN TORNO A LA MEDICINA
Los modernistas mexicanos reflejan críticamente los patrones de la narrativa naturalista.
Nervo contrasta la labor del cirujano con la creación poética en la crónica «Un ideal» (1896) donde se opone la «verosimilitud» de la autopsia y la búsqueda del tópico de la bella muerta, que figura como contrapunto idealista del realismo crudo, simbolizado en la obducción.
El anhelado encuentro con ese motivo decadentista es frustrado por los hechos reales: «El 'lindo' cadáver, tuve que confesarlo, era bien feo» 9.
En una columna del periódico La Semana, Nervo es más irónico al comentar que fue Antenor Lescano quien lo llevó a presenciar la autopsia: «Mi amigo tiene una dualidad macabra: doctor y poeta decadente.
¿Se compadecerán ambas cosas?
Anatomizar un cadáver y vertebrar una estrofa, ¿quién acertará a hallar oposición en esto?» 10.
La detallada descripción de la autopsia reconstruye la mirada del anatomista y su empeño en la «documentación literaria» 11 que penetra por debajo de la superficie del cuerpo y recorre la anatomía guiada por el bisturí.
El texto muestra cierto desencanto acerca del potencial revelador de la autopsia, ya que el método sólo arroja luz sobre el funcionamiento de los órganos, sobre su utilidad y su mecánica.
La conclusión irónica, en ---- cambio, remite a los límites de la psicología literaria contemporánea y pone en entredicho la relación entre lo orgánico y lo psíquico:
Antenor sonreía: ha visto tantas vísceras, que si éstas revelaran los abismos de la conciencia habría que discernirle, además de los títulos de médico y de poeta, el de psicólogo, que ni los más sonados novelistas han logrado merecer en toda su latitud ya que un Bourget, por ejemplo, no hace otra cosa que poner faldas a su espíritu y presentárnoslo luego con el nombre de una condesa X 12.
La crónica alude a la posibilidad de rebasar los límites impuestos por las categorías de la escritura naturalista.
Esta reflexión nerviana se rebela en contra del determinismo orgánico del positivismo, que proclama la imposibilidad de la introspección psicológica 13.
Nervo se distancia de la narrativa naturalista y se inserta en los límites de la construcción psicológica inherentes a los modelos anatómicos.
En consecuencia, su narrativa elabora una oposición semántica entre la dicotomía autopsia-imaginación y, análogamente, entre lo orgánico y lo psíquico.
En relación con los límites de la psicología positivista, debe mencionarse la rehabilitación del inconsciente en el modernismo.
El positivismo, en cambio, se apoya sobre modelos materialistas, por ejemplo la craneología y la metáfora del telégrafo para referirse a la tensión nerviosa.
Así, la mente opera sobre la base del epifenomenismo de la conciencia, es decir, se esgrime la idea de que lo interior es un mero reflejo de lo exterior 14.
En «De lo inconsciente en la creación literaria» (ca.
1914), Nervo comenta cómo el inconsciente cobra estatuto científico, aunque sigue siendo una función todavía indeterminada:
La "masa mental" [...] el conjunto de las manifestaciones mentales se compone de dos partes: una que se revela directamente y de pronto a la conciencia, y es la que constituye el dominio de la psicología ordinaria, "oficial", y otra de la que no tenemos sino conciencia indirecta [...]
Esta segunda parte, que casi no ha sido estudiada antes de los últimos años [...] se ha dado llamar cerebración inconsciente, subconciencia, subliminal, etcétera 15.
13 En relación con este concepto, debe mencionarse el hibridismo que se desprende de la obra de Paul Bourget donde el modelo anatómico naturalista se combina con la introspección, lo que se expresa en la idea de la «vivisection de un état de âme»; cf. MEYER-MINNEMANN, K. (1979) Esta perspectiva sobre el punto de vista «oficial» se enriquece mediante el tono irónico con el que Nervo suele comentar los «logros» de la ciencia.
Además, presenta una extensa colección de citas filosóficas y literarias sobre el inconsciente para relativizar el descubrimiento.
Finalmente, durante el Porfiriato se construyeron nuevos hospitales para recluir a los pacientes que presentan desviaciones mentales de acuerdo con la psicopatología.
El dispositivo psiquiátrico penetra en muchos aspectos de la vida cotidiana 16.
Esta transformación le sugiere a Nervo reflexiones sobre la relatividad de los diagnósticos de la locura en tres textos representativos de 1896, año clave en el que se refuerza marcadamente la presencia del discurso psicopatológico en los periódicos y en la literatura.
En «Medidas represivas», relaciona el aumento del número de personas locas con la instauración del manicomio.
La deducción nerviana es esta: el nuevo enfoque médico produce automáticamente más casos clínicos 17.
En «¡¡Acromigalia!!» ridiculiza la noción del progreso y su correlación con las enfermedades, asimismo expone el caso de una enfermedad ficticia que consiste en la involución repentina del ser humano al simio.
En el trasfondo discursivo de esta sátira de la ciencia se encuentra el debate contemporáneo sobre la degeneración y el sentido histórico retrógrado que adquiere esta patología.
La reflexión da lugar a un juego de palabras en el que la «mono-manía» aparece dentro del cuadro clínico de la involución al simio 18.
Otra crónica titulada «Las monomanías» hiperboliza el diagnóstico de la enfermedad al encontrar en cualquier comportamiento cotidiano un indicio de locura.
Una larga enumeración combina ámbitos, personajes y actitudes absolutamente dispares -poniendo en tela de juicio la sola posibilidad de esquematizar los fenómenos de la locura-, y culmina con lo siguiente: «Proporcionaría una jaqueca a mis lectores si les diese la lista completa y acaso, acaso les preocuparía, con lo que se despertaría en su cerebro la monomanía de las monomanías, es decir la creencia de que las tenían todas: forma la más compleja y temible de la locura incipiente» 19.
La sátira revela una clara conciencia de la construcción del fenómeno.
El texto alude a las instituciones de San Hipólito, Belem y a los jurados en los tribunales, es decir evoca la infraestructura completa (el manicomio y el marco jurídico) que determina y produce los casos de locura.
Consecuentemente, la crónica cierra ----con un comentario sobre la relatividad de la razón en la época contemporánea: «Después de todas estas grandes verdades, sólo se ocurre una pregunta: ¿Cuál es la excepción en asuntos de cerebros: la locura o el juicio?
Yo creo que lo segundo»20.
Estas reflexiones sobre la relatividad de la locura son indicios de una ruptura epistemológica que acontece en la última década del siglo XIX, se impone una nueva racionalidad y se transforma la interpretación de la cultura.
EL REGIONALISMO EN CLAVE PSICOPATOLÓGICA
La primera novela corta de Nervo muestra el declive de su protagonista a partir de la psicopatología.
Pascual Aguilera (1892-1893) trata de un personaje del mismo nombre, presa de sus pulsiones irrefrenables.
La concepción de la obra es de cuño naturalista, aunque su hibridismo permite atisbos de la sensibilidad de fin de siglo y traba relaciones intertextuales con la tradición regionalista y costumbrista.
Como antecedente importante destaca La navidad en las montañas (1871)21, donde Ignacio Manuel Altamirano traza una utopía del progreso e idealiza la convivencia pacífica en una comunidad rural.
En esta novela fundacional existen varios elementos que permiten hablar de un ejemplo modélico de una comunidad imaginada, de una metonimia de la nación.
Entre esos elementos, destaca la trama amorosa que expresa el anhelo por la reconciliación nacional y simboliza la fundación de un enclavado de la civilización en el monte silvestre.
La transformación de la naturaleza salvaje en tierra cultivada debe entenderse en el contexto de la dicotomía civilización-barbarie.
También se describe un héroe inicialmente caído, que se regenera por su anhelo de una mujer.
Pascual Aguilera entreteje un diálogo con este modelo por medio de la inversión de sus características; así, anuncia la distancia de la literatura patriótica que prevalece en el modernismo maduro.
La comunidad rural en la novela corta es una manifestación de lo retrógrado, una oposición al pueblo progresista que describe Altamirano.
Cabe resaltar el énfasis en el primitivismo de las costumbres y en el determinismo telúrico que subraya la condición atávica de los habitantes.
Este tratamiento deshabilita las estrategias narrativas del regionalismo.
En lo que toca a la medicina, Pascual Aguilera hace patente un punto de ruptura en la tradición novelística mexicana, ya que hasta los años noventa el ----personaje del cura tiende a representar el sentido común.
Mientras en la novela de Altamirano el sacerdote figura como principal impulsor del progreso de la comunidad rural, en Pascual Aguilera garantiza la pervivencia de la estirpe condenada del protagonista.
En los años noventa del siglo XIX, se observa una nueva racionalidad, cuya encarnación es el médico, emblema de la secularización.
En la novela corta nerviana este personaje dictamina el caso patológico del protagonista: «El médico llegó sólo para diagnosticar una hemorragia cerebral con inundación ventricular, ocasionada por alguna intensa conmoción fisiológica debida a la histeria mental.
Pascualillo, víctima hacía tiempo de un erotismo del cerebro, era idóneo candidato para un fin semejante»22.
A lo largo de la novela se recurre al lenguaje psicopatológico, expresión de esta nueva racionalidad, que clasifica al protagonista como un caso de degeneración hereditaria dentro de una sola generación.
Según la psicopatología de la época, esta retrogradación se genera a causa de una modificación orgánica del sistema nervioso que en la novela se deriva del linaje hereditario, pues el mismo Pascual es hijo ilegítimo de una alcohólica y de un progenitor cuya vida excesiva agotó precozmente su fuerza vital.
Nervo se distancia en relatos posteriores de las teorías positivistas y elabora una complejidad psicológica mayor en sus personajes.
El texto se inserta en la dicotomía de progreso y salvajismo construida en el discurso psicopatológico de manera que su protagonista alegorice la ineptitud para el progreso.
La construcción del personaje pone énfasis en su falta de adaptación en todos los ámbitos: es asociado con los trogloditas, lleva una sexualidad precoz y tiene una obsesión voyeurista.
La caracterización de sus desvaríos eróticos recurre a una amplia gama del léxico psicopatológico y a la animalización; esta última es una constante en el naturalismo para señalar la condición atávica de los personajes.
El campo semántico médico debe comprenderse en el sentido de una involución: el retorno de un estado civilizado a lo primitivo.
Se hace hincapié en que el protagonista muestra un «histerismo sospechoso» desde su niñez y se menciona la «libidinosidad» del «erotómano» o del «ninfómano», que padece finalmente una «horrible hiperestesia sexual» 23.
Cabe añadir que esta construcción es abiertamente irónica, pues se trata de un juego narrativo con la ingenua fe positivista (que confiaba en la perfectibilidad del género humano) y con la idea de regeneración de un personaje caído a causa de la mujer anhelada.
Antes de que el desvarío erótico de Pascual acabe con su vida, viola a su madrastra y así se perpetúa el degenerado linaje.
----El amor no correspondido, que en La navidad en las montañas es ascendente y culmina con la celebración de un noviazgo, forma parte del proceso de deterioro en Pascual Aguilera.
La novela de Nervo describe la ruptura con el orden de la civilización por medio de un final cuasi incestuoso.
Por ello, el relato rompe con el discurso nacionalista sobre los papeles de género; el narrador concluye que «¡La mujer es más amarga que la muerte!»24.
En el mismo sentido, el relato asimila el discurso de la medicina mental y del determinismo psicopatológico de modo que las estrategias narrativas del regionalismo idealista quedan deshabilitadas.
Si el lema de las ficciones fundacionales latinoamericanas -las novelas que están en la base de la construcción nacional-es «ahora es tiempo de procrear» 25, Pascual Aguilera puede considerarse como una hipérbole de esta máxima.
En la segunda mitad del siglo XIX prevalece una visión biológica y determinista de la sociedad que considera que «la atracción sexual era el principio subyacente de todas las formaciones sociales» 26.
En el Porfiriato, a esta ética biológica se agrega cierto imperativo categórico de la procreación, derivado de la obra de Herbert Spencer.
Esto se aprecia en los críticos literarios que reaccionan contra la novela nerviana El bachiller.
La novela es complementaria de Pascual Aguilera por su oposición a la sexualidad productiva, pues relata el intento fracasado de sublimar la pulsión sexual, lo que sus críticos sancionarán como un atentado en contra de la «sana» moral.
En El bachiller (1895) el protagonista es un joven seminarista cuyo afán de pureza espiritual culmina en una autocastración.
En lo que toca a la elaboración psicológica, el texto marca un salto cualitativo hacia técnicas introspectivas.
Esta novela corta incursiona en el ámbito de la figuración del deseo, pues se describe una alucinación del protagonista a quien se le aparece una ----mujer fantasmal en un momento devoto frente al altar.
Esta alucinación es reflejo de una escritura que opera más allá de lo expresable según los modelos somáticos del positivismo.
Al mismo tiempo, el texto muestra una reapropiación subversiva de la psicopatología a la cual se debe su impacto polémico.
Es sabido que se produjo una amplia popularización de la psicopatología positivista y de sus implicaciones culturales por medio de la obra Entartung (Degeneración) (1892-1893), el best seller del médico húngaro-austriaco Max Nordau, donde declara que la totalidad de los artistas contemporáneos son un caso para el manicomio.
En otra obra de divulgación científica, la Psico-fisiología del ingenio y del talento (1898), Nordau describe el proceso perceptivo en términos epifenomenistas: «El sistema nervioso central lleva [...] la tarea general de establecer relaciones entre el 'yo' y el 'no yo', o para emplear mejor una expresión menos filosófica, entre el mundo exterior y el individuo, transformar impresiones en conciencia»27.
Esta explicación del funcionamiento del sistema nervioso y, por extensión, de la conciencia, no permite la interferencia del inconsciente; el ser humano es completamente racional.
El bachiller, en cambio, deforma el mundo fenoménico a partir de la pulsión de su protagonista.
Por tanto, la obra se acerca a los primeros escritos de Freud, pues vincula la libido, una noción energética, y su impacto inconsciente, lo que el positivismo ortodoxo debería rechazar como un planteamiento metafísico.
La narrativa modernista en general comparte este énfasis con los primeros escritos de Freud, aunque puede descartarse una recepción directa o indirecta de la obra del vienés en el caso de Nervo.
No obstante, la cercanía a Freud se debe a la recepción de modelos literarios en el modernismo que fomentan la introspección y la transfiguración de la pulsión en el imaginario individual y el inconsciente de los personajes.
Entre los modelos literarios más productivos debe mencionarse la narrativa fantástica francesa, de Gérard de Nerval y de Théophile Gautier (cf. infra), que tiende a configurar un segundo nivel ficcional que describe las alucinaciones de los personajes.
A ello se suma el interés en la sexualidad de la literatura finisecular.
Al mismo tiempo, El bachiller tiene las características de un estudio de caso degenerativo.
A partir de la obra de Nordau la figura del seminarista, al igual que la del solterón y del místico, se concibe en términos patológicos.
El bachiller se centra en la hipersensibilidad del personaje, quien se esfuerza por suprimir su vitalidad.
La trama pormenoriza su empeoramiento físico y men-----tal, el personaje padece de reuma y anemia; al mismo tiempo, es atormentado por alucinaciones y angustias.
En el claustro se muestran las prácticas de mutilación que culminan en la castración.
De este modo, la concepción de El bachiller es híbrida, ya que por un lado se hace referencia a la etiología que surge en el contexto de la teoría de la degeneración; por el otro lado, se muestra el vínculo entre el deseo y su figuración, que permite traerla a colación con la psicología freudiana temprana.
El texto es emblema del giro en la narrativa mexicana, en la cual la racionalidad médica sustituye a las concepciones tradicionales.
Aunque la trama se desarrolla en un medio acuñado por los ritmos de la iglesia católica, el protagonista llega a ser representante de una sensibilidad moderna manifiesta en términos médicos: «La fibra mística, esa fibra latente en todo el organismo moderno, habíase estremecido en el seno del silencio»28.
Esta metáfora puede entenderse como una alusión al tejido nervioso, supuesto origen de la degeneración.
De acuerdo con este esquema orgánico, se caracteriza la condición mental del personaje: «Parecía su organismo fina cuerda tendida en el espacio, que vibra al menor golpe de aire»29.
El organismo enfermo figura como arpa eólica y, en consecuencia, los extremos de la dicotomía cuerpo-espíritu coinciden en la imaginación del protagonista.
En los juicios críticos que reproduce Nervo en la segunda edición de 1896 se hace patente que algunos de los críticos contemporáneos identifican la narración como un estudio de caso.
Los críticos mexicanos procuran discutirla en términos científicos, de modo que se ponen en relieve las limitaciones del discurso psicopatológico de la época.
Así, se aprecia que El bachiller se inserta en la transición histórica entre distintas concepciones de la enfermedad mental.
En su crítica del texto, José Riveras amonesta la brevedad del texto y alude al tratamiento del tema patológico: «Sin duda, esta enfermedad no era otra que una de las muchas manifestaciones de la neurosis; pero en esta época de dudas y de análisis, la neurosis debe quedar ampliamente comprobada»30.
Según la etiología positivista, la neurosis se debe a un exceso de civilización, es la enfermedad moderna por excelencia; sin embargo, el tratamiento de la enfermedad en El bachiller apunta hacia nociones freudianas, ya que las disfunciones psíquicas del personaje se relacionan con la represión de la sexualidad.
En consecuencia, el personaje sufre trastornos mentales y alucinaciones.
----En el texto firmado por el Portero del Liceo Hidalgo, seudónimo del médico Hilarión Frías y Soto, se reprueba la novela corta: «La persecución del ideal es la enfermedad orgánica y secular de la raza humana, tan vieja como ésta, y no del siglo XIX.
Y el ideal que hoy enferma, sobre todo a los pueblos educados en la civilización latina, es el misticismo» 31.
Para un positivista la noción de la ciencia sobre la condición mental humana significa exclusivamente fisiología y está vinculada a una teleología progresista.
La psicología, en cambio, forma parte de la esfera del idealismo.
Frías y Soto niega la existencia del inconsciente: «Este joven escritor estudia en la novela más el fenómeno psicológico que sirve de trama a la obra, que el conflicto fisiológico que determina y precipita la tragedia: yo veo en el protagonista un caso patológico, sin duda, porque no creo en la Psiquis, y esta idealidad sólo me parece el conjunto de las funciones orgánicas del sistema nervioso» 32.
En el mismo sentido, en En Turania, de Ciro B. Ceballos, se considera que la verosimilitud de la novela es poco plausible señalando que el desenlace le parece «ilógico» y «antifisiológico», aunque ve al personaje plenamente determinado por sus «animales circunstancias» causa de «la neuropatía que exaltaba los impulsos de la carne» 33.
De este modo, una categoría estética, la verosimilitud, se deriva de la racionalidad médica y el inconsciente no puede ser objeto para su inscripción en el relato.
La reseña de Ezequiel A. Chávez aborda el conflicto entre la carne y el ideal.
Según el psicólogo, la novela corta se centra en «ese conflicto perenne entre el yo absurdo, excesivo, que trata de borrar todo de sí mismo para no dejar más que una idea y el no yo inmenso, fecundo y rico» 34.
Esta tensión entre yo y no yo es, según el psicólogo mexicano, un proceso de despersonalización anhelada por el protagonista que desemboca en el ideal de fundirse con el mundo fenoménico.
Chávez describe al protagonista como «alma neurótica [...] bajo el imperio demoníaco de una idea fija» 35.
Como veremos, esta amenaza de un elemento irracional apunta hacia la concepción de la literatura fantástica de la época, pues por medio del deseo se abre otro espacio ficcional, más allá de la configuración realista del texto.
---- En varios juicios críticos se distingue la presencia de la ética biológica de Herbert Spencer, fundamento del darwinismo social en el Porfiriato.
Respecto de la castración del bachiller se hace patente una marcada ambigüedad en los críticos.
Rafael Ángel de la Peña procura construir un ámbito libre para las artes e intenta salvar la novela corta de la acusación de «inmoralidad».
Sin embargo, alude inicialmente a Spencer quien «declara obligación moral el ejercicio de las funciones fisiológicas, sin exceso ni defecto y considera como inmorales las acciones que dificultan y con más razón las que imposibilitan cualquiera de las formas de la existencia» 36.
Manuel Larrañaga Portugal condena la novela corta «porque esquiva el cumplimiento del deber de los seres creados [...] he meditado con Spencer: es moral el cumplimiento de las funciones naturales, sin exceso ni defecto en ellas» 37.
Finalmente, un comentario de Luis G. Urbina sobre el desenlace del relato muestra el prestigio del que gozó la ética de Spencer, puesto que el mexicano la describe como perfectamente racional, inclusive en oposición a su idea de la ideología burguesa: «Es inmoral, antihumano y antiartístico.
Inmoral -hablo de moral alta, no de la hipócrita que proclaman y no practican los lectores burgueses-porque nadie tiene derecho de variar los cursos de la vida que nos manda amar, multiplicarnos y crecer» 38.
El planteamiento ideológico en la novela corta se configura por medio de un leve pesimismo decadentista y parte de la represión sexual y sus trazos en el inconsciente.
El monólogo final de Felipe, que precede a su castración, no deja lugar a dudas de que arremete contra el imperativo de procreación positivista.
El monólogo interior muestra la escisión del protagonista mediante el uso de dos voces interiores.
Por ello, El bachiller se posiciona sistemáticamente en contra de la ética spenceriana:
Cuchicheábale una voz allá dentro; ¿por qué desertar de una vida donde tus energías pueden significar mucho bien de tus semejantes?
¿No eres acaso una fuerza encaminada, como todas las creadas, a lograr un fin universal?
¿Por qué intentas, pues, defraudar a la Naturaleza, que aguarda tu grano de arena?
¡Qué vas a hacer en un convento!
¡Qué hallarás ahí! -¡Paz! -respondía mentalmente Felipe.
Y la voz íntima añadía:
La paz es el premio de la lucha.
La paz es la recompensa del deber cumplido y tu deber es permanecer en la liza.
Naciste para trabajar y amar.
En el universo todo trabaja y ama.
Desde la abeja que labra el panal, después de besar la rosa, hasta el planeta que, tendiendo eternamente a acercarse al centro de su sistema, se perfecciona a través de los siglos.
La atracción, en el espacio, es el amor de astro a astro, y en la tierra el amor es la atracción necesaria que mantiene unidos los seres.
¡Ay de ti si pretendes escapar a esa ley soberana!
¡Ser el rebelde cuando todo se doblega, el soldado que se aparte de la pelea cuando todos combaten y mueren o triunfan 39.
En este monólogo interior se nota la intercalación polifónica de los lugares comunes del positivismo.
Sin embargo, la ironía del pasaje se aprecia solamente al recurrir a la noción de la evolución de Spencer, la cual comprende un principio universal que abarca desde el sistema solar hasta los seres vivos y la sociedad humana 40.
Desde esta perspectiva, el personaje es un escéptico enfermizo que pone en tela de juicio las bases de la sociedad y los fundamentos ideológicos de la ciencia.
UN MELODRAMA BASADO EN LA ANATOMÍA CEREBRAL La oposición entre la racionalidad positivista y la sensibilidad poética es el punto de partida para El donador de almas (1899).
Esta novela corta marca una distancia de los modelos naturalistas y de su correlato científico, el positivismo, pues ambos son tratados de modo metaficcional y se señala sus límites heurísticos.
Por ejemplo, la descripción del interior del cuarto del personaje protagónico -un médico desencantado-muestra una serie de dicotomías entre medicina y poesía, así como entre lo tangible y lo espiritual:
La tarde caía en medio de ignívoma conflagración de colores, y una nube purpúrea proyectaba su rojo ardiente sobre la alfombra, a través de las vidrieras.
Chispeaban tristemente los instrumentos de cirugía, alineados sobre una gran mesa como los aparatos de un inquisidor.
Los libros dormían en sus gavetas de cartón con epitafios de oro.
Una mosca ilusa revoloteaba cerca de los vidrios e iba a ----39 NERVO (1991), p.
En GLICK, T. (coord.), El darwinismo en España e Iberoamérica, México, UNAM, pp. 300-323, p.
300. chocar obstinadamente contra ellos, loca de desesperación ante aquella resistencia e incomprensible diafanidad 41.
La cita alude al bisturí como instrumento que refleja la realidad, es un elemento metaficcional que pone de relieve el modelo mimético y, sobre todo, sus limitaciones.
El reflejo de la luz, descrito de manera ostentosamente lírica, manifiesta únicamente tristeza.
Así, el momento de aprehensión de lo real, tal como lo caracteriza el destello en los instrumentos, forma parte del desencanto del protagonista.
Desde este punto de partida, se describe un proceso de reflexión íntima por parte del personaje que se genera de modo paralelo a un reencantamiento poético del mundo y a un redescubrimiento de la psicología introspectiva.
La trama lleva al protagonista del desencanto a la restitución de la imaginación; del credo de un científico materialista a la apertura del horizonte del conocimiento de un creyente en la vida anímica.
De esta forma, el texto deja ver el cambio paradigmático en la ciencia, el cual culmina con la fundación de la psicología moderna.
Las mencionadas oposiciones se elaboran por medio de dos personajes complementarios: el poeta y el científico.
Los respectivos campos de conocimiento son polarizados, pues el acto de escritura realizado por el médico lo describe el narrador «como queriendo coger el postrer eslabón a que debe soldarse uno nuevo» 42.
Los razonamientos del personaje dentro de las pautas del sistema positivista tienen la connotación de un autoencadenamiento.
Asimismo, los tomos de su biblioteca llevan «epitafios» 43, lo cual permite una asociación entre la falta de vitalidad de la escritura y la del personaje, superada en el desenlace con una nueva concepción del acto de escritura, que adquiere el sentido de una rehumanización del mundo mediante la poesía.
Este punto culminante se genera por medio del alma donada, el elemento que le permite superar su estado abúlico.
Este espíritu habita una parte de su cerebro y es el eslabón entre ambos personajes: el poeta y el doctor, el donador y el donado 44.
En NERVO, A., El libro que la vida no me dejó escribir, México, Fondo de Cultura Económica-UNAM-Fundación para las Letras Mexicanas, pp. 244-286, p.
44 Adicionalmente, el poeta aparenta ser una invención del médico, como si fuese un desdoblamiento de su personalidad, hecho también inherente al ser nombrado: Esteves, que leído por separado resulta ser «Éste ves».
José Ricardo Chaves interpreta a este dúo «como el desdoblamiento de una entidad masculina abstracta, enfrentada a otra femenina, y con la que Gracias al alma donada, el médico es capaz de diagnosticar infaliblemente cualquier enfermedad y curar a la mayoría de sus pacientes.
Los periódicos informan que se sirve de «agentes hipnóticos» y ejerce temporalmente en la Salpêtrière 45, lugar al cual Charcot otorgaba notoriedad en aquella época.
Asimismo, el único caso que se menciona explícitamente es «un complicado caso de histeria» 46, las demás enfermedades que trata el protagonista permanecen indefinidas.
Al igual que Charcot, el protagonista de la novela adquiere fama porque sabe escenificar las dolencias de sus pacientes: «Cuatro años de triunfo, cuatro años de exhibición, de teatralismo médico -el énfasis y el teatralismo son indispensables en el mundo, aun a los verdaderos sabioshabían hecho en él una celebridad universal» 47.
Durante su carrera profesional, el personaje supera las limitaciones de la disciplina y se dedica a la «filosofía de la medicina» 48.
Así, se perfila simbólicamente la profesión del psicólogo moderno.
La dicotomía de lo somático y lo psíquico está presente en el juego irónico de los hemisferios cerebrales del doctor, relacionados con la representación del alma.
El juego con el esquema positivista se inicia con un comentario del personaje a su cocinera sobre las predilecciones culinarias de éste: «-No sé por qué odia usted los sesos... -Se me figura que me como el pensamiento de las vacas» 49.
Con la muerte del cuerpo del alma donada y su consecuente desencarnación, comienza un juego entre los hemisferios cerebrales, ya que el alma reencarna en el lado izquierdo.
La reiteración de la topología cerebral puede entenderse como una serie de alusiones chuscas sobre el supuesto potencial heurístico de la craneología.
Atendamos al siguiente comentario del narrador: «La naturaleza [...] tuvo a bien dotarle de una bien calibrada cavidad craneana, repleta de sesos de calidad» 50.
Adicionalmente, el modelo para el alma donada y su cuerpo es la figura histórica de santa Teresa.
A finales de ---no hay comunión posible de forma permanente» (cf. CHAVES, J.R. ( 2002), Mujer y erotismo en la prosa inicial de Amado Nervo.
En I Coloquio de Amado ervo: Una obra en el tiempo, Nayarit, CECAN,p.
Mientras que el médico simboliza la racionalidad científica, el poeta encarna el imaginario que el fin de siglo concibe dentro de categorías patológicas, afirmación que se evidencia en los calificativos de «hiperestesiado» y «desequilibrado» (NERVO ( 2006 siglo, los éxtasis de la monja representan la posibilidad de la introspección en la psique.
En El donador de almas, es posible la curación a partir de las capacidades visionarias de sor Teresa, de su «sueño hipnótico» 51 o de su «sueño misterioso que en el convento se llamaba éxtasis» 52.
La presencia de las dos conciencias en el cerebro del doctor, después de la metempsicosis, genera un cambio en la narración.
El narrador alude a la situación resultante con esta frase: «¡En su cerebro había algo de inverosímil!» 53.
El relato, que en un principio se centraba en las distintas escalas de los viajes del doctor y se constituía por los diálogos que conformaban la trama, pasa a describir la convivencia anímica.
Después de esbozar una retrospectiva sobre el vínculo complementario entre el doctor y el poeta, la novela corta abandona el nivel de verosimilitud y abre paso a lo fantástico.
La falta de plausibilidad científica se aprecia análogamente en la disolución del mundo diegético realista.
De este modo, dicho mundo diegético se relaciona con los paradigmas médicos y lo fantástico comienza en los límites heurísticos de la ciencia positivista.
DE LO FANTÁSTICO ESPIRITISTA A LA CIENCIA FICCIÓN BERGSONIANA
Al igual que en El donador de almas, en El sexto sentido (1913) se aprecia una doble codificación del relato, una metalepsis que recuerda la estructura ficcional de algunas novelas de Théophile Gautier.
En el caso de El donador de almas sobresale el aspecto paródico que pone de relieve el modelo poético de la novela espiritista por medio de las alusiones a Espirita y a Avatar.
Asimismo, se manifiesta cierto pesimismo acerca de la figura del andrógino, idealizada a lo largo del siglo XIX 54.
No obstante, la adaptación de las estrategias de representación de Espirita desempeña un papel fundamental, pues permite una consideración sobre el vínculo entre la narrativa y otros discursos, entre ellos la ciencia.
Es preciso recordar que la novela de Gautier es dictada por un espíritu.
En El donador de almas esta experiencia se expresa por medio de las dos voces en la mente del protagonista.
Esta conjunción deja ver una especie de doble cerebral.
A finales del siglo XIX, la figura del Dop----- pelgänger se vuelve un elemento explícitamente psicológico y simboliza los dos lados de la dicotomía consciente-inconsciente.
Una síntesis parecida se observa en las metalepsis de la narrativa de Gautier que operan en diferentes niveles espacio-temporales, como en La mort amoureuse.
A finales del siglo XIX y en la novelística de corte fantástica de Nervo, ambos niveles tienden a representarse por medio de la disyunción entre el mundo diegético codificado como real y las alucinaciones de un personaje, muchas veces construidas como universo paralelo, fantástico.
Este tipo de ficcionalidad le sirve también a Freud en su análisis del deseo y su figuración en la novela Gradiva de Wilhelm Jensen en la que el psicoanalista distingue entre el nivel cotidiano, consciente -entretejido con un viaje imaginario a la Pompeya clásica-, que se desprende del deseo del protagonista por una mujer idealizada (en la narrativa de Gautier se trata de mujeres vampirescas, motivo que inicia el traslado a épocas y lugares lejanos) 55.
En términos de psicoanálisis, es un paso pequeño de ese tejido ficcional a los enunciados del analizante que son interpretados por el analista en términos de lo reprimido que se desplaza de manera desfigurada en la conciencia.
Ambos, el psicoanálisis temprano y la poética de la narrativa finisecular, comparten este trasfondo epistemológico.
La narrativa tiende a ficcionalizar esa dualidad por medio de la desarticulación del eje espacio-temporal, de la escisión de los personajes, o de la intrusión de un elemento fantástico en un cosmos diegético configurado como realista.
En El donador de almas la búsqueda de la amada ideal es un acto de fe o una autosugestión, así lo da a entender el epígrafe que, según el autor, es una máxima de la Cábala: «Ten cuidado: jugando uno al fantasma, se vuelve fantasma» 56.
El alma donada aparece a partir de una carta y de la promesa de donación del poeta, es decir, la escritura se transforma en realidad.
Así, existe una similitud con la teoría de la sugestión de Hippolyte Bernheim, emblema de la transición en la medicina mental hacia los modelos psíquicos: «Toute idée suggérée et acceptée tend a se faire acte» 57.
Al igual que en la literatura fantástica nerviana, el sentido literal se transforma en sentido figurativo.
En El sexto sentido, las visiones de la amada son descritas como apariciones de ----55 Un juego barroco con esta doble configuración del relato es la novela corta Mencía (Un sueño) (1907) de Nervo, que se sitúa por un lado en el Toledo del siglo XVI y por el otro, en una ciudad contemporánea a su escritura.
Al igual que en el drama de Calderón, La vida es sueño, el personaje no logra distinguir entre su vida onírica y su existencia real.
Asimismo, se describe la supuesta desarticulación entre lo conciente y lo inconsciente.
El sexto sentido puede considerarse una novela complementaria a El donador de almas, porque parte de la especulación científica de la anatomía cerebral y, se observa cierta revitalización del inconsciente visionario del romanticismo desde una perspectiva cientificista.
Si en El donador de almas, el alma donada es la presencia inmaterial que visita al protagonista, en El sexto sentido, el protagonista acecha a su amada ideal sin que ella pueda percatarse de su presencia.
En ambas novelas cortas se combinan dos campos irreconciliables desde el punto de vista del positivismo: la ciencia empírica y la metafísica, que, no obstante, no se excluyen mutuamente desde la perspectiva de las ciencias ocultas a finales del siglo XIX 58.
Es significativo que a partir de esta conjunción Nervo construye la introspección en la novela corta, mofándose de las simplificaciones positivistas.
El inicio de El sexto sentido tiene elementos de la ciencia ficción.
Nervo esboza un paradigma racionalista a partir de la anatomía cerebral, relatando un caso de cirugía experimental en el cual se deshace la separación entre lo consciente y lo inconsciente «desplazando ligeramente un lóbulo cerebral» y «desviando un haz de nervios» 59 (Nervo 1991: 361).
La meta del experimento es extender la percepción temporal de modo que el paciente sea capaz de ver el futuro.
Una vez derribado el «muro invisible que le esconde el futuro» 60 el protagonista contempla a la amada ideal, cuya futura venida espera.
Esta segunda parte es de clara filiación romántica pues recuerda las visiones en Aurélie, de Gérard de Nerval.
Así, el comienzo pseudo-científico es un pretexto para restaurar una visión romántica dentro de un contexto fantástico.
Respecto de la codificación psicológica, se observa el planteamiento psico-filosófico de Henri Bergson.
De esta manera, el texto opera sobre una base epistemológica que supera el prejuicio positivista de la imposibilidad de la introspección y desarticula los fundamentos objetivistas del empirismo.
El paciente describe su percepción modificada en términos idénticos al segundo capítulo del Essai sur les données immédiates de la conscience (1888):
Mi situación era análoga a la de un hombre que se encontrase en la cima de una montaña, y viese desde ella, de una parte el camino recorrido, de la otra el camino ----58 Cf.
CHAVES, J.R. (2000), Teosofía y ocultismo en la España literaria de fines de siglo XIX.
Sólo que aquí, esos dos caminos estaban llenos de cosas y figuras, no en movimiento, sino inmóviles, a lo largo de los mismos.
Es decir, que mi vida, ante la clara contemplación interior, se hallaba partida en dos porciones por el presente, en dos panoramas, mejor dicho, cada uno de los cuales, sin confusión, sin enredo ninguno, se desarrollaba dentro de una variedad que era unidad y una unidad que era variedad.
Imposible expresar esto (y de ello me duelo y me desespero) sino con imágenes inexactas tomadas del diario vivir nuestro, y de la vieja normalidad de las cosas que nos rodean 61.
Esta metáfora heurística hace referencia a un estado inefable, en el que se supera la diferencia entre la multiplicidad y la unidad; describe un concepto de tiempo, no medible, que se expresa intuitivamente por medio de imágenes y se opone categóricamente a un tiempo especializado, mesurable, construcción de la racionalidad científica.
En otras palabras, procura describir su experiencia de la durée bergsoniana, aunque la idea del filósofo no incluía las visiones del futuro 62.
La construcción fantástica disuelve las categorías del racionalismo como la unidad del yo, del tiempo y del lugar.
La disolución del tiempo lineal como ilusión de los sentidos, tiene consecuencias en otros planteamientos relacionados con el sentido de la historia.
El progreso de la humanidad, por ejemplo, se denuncia como construcción idealista.
Así, el argumento de la novela corta es abiertamente irónico, ya que parte de un paradigma médico que simboliza plenamente la ideología progresista del positivismo.
La cirugía cerebral hace posible una modificación neuronal que pone de relieve la relatividad de las construcciones heurísticas de la ciencia positiva en particular y la concepción teleológica del tiempo histórico en general.
Esta argumentación circular se evidencia en el cuarto capítulo del texto donde el yo narrador divaga ensayísticamente sobre la imposibilidad del género humano para evolucionar.
El paradigma médico inspira reflexiones sobre el progreso y el tiempo histórico en la novela corta porque, en ese momento, la medicina metal es la ciencia «moderna» por excelencia, inclusive modifica el entendimiento de la cultura.
De este modo, la última frase de la novela, enunciada por el protagonsita -que descubre la relatividad del tiempo y la imposibilidad del progreso histórico-, puede entenderse de modo irónico, no sólo en referencia a la trama novelesca (que parece ser paradójicamente inevitable), también en referencia ---- a la alusión de las construcciones temporales humanas: «Esta historia no debe tener fin, creédmelo...» 63.
LO PSICOPATOLÓGICO COMO JUEGO QUIJOTESCO La ficcionalidad en la novela corta Amnesia (1918) se presenta por medio de un narrador homodiegético cuya esposa sufre una hemorragia durante el parto y pierde la memoria y su personalidad.
Esto agrada al narrador que declara padecer los caprichos de su esposa.
Las construcciones ficcionales nervianas sobre la base de la psicopatología están vinculadas con el discurso de género de la época 64.
Así, la enfermedad en Amnesia es descrita con misoginia, pues para el narrador, la amnesia brinda la posibilidad de moldear un ser sumiso, reeducando a su mujer a partir de un estado de tabula rasa.
Aquí se observa el mito de Pigmalión en un marco moderno constituido a partir de la medicina.
Asimismo, la complementariedad de ambas personalidades, Luisa, una mujer fatal, y Blanca, infantil y frágil, recuerda el dualismo manifiesto en la pareja del doctor Jekyll y el señor Hyde.
La presencia de la medicina mental en este texto radica en que esta ciencia opera en diferentes niveles ficcionales.
Así se evidencia la función lúdica de la literatura que se apropia de otros discursos para emplearlos de acuerdo con sus propias reglas.
En el caso de Amnesia, la medicina forma parte de un juego quijotesco entre el engaño y el desengaño, es decir, el discurso científico se encuentra en el nivel metaficcional.
En la primera parte del relato, el narrador expone tres estudios de casos y teorías relacionadas con la amnesia para explicar la dolencia de su esposa.
El cambio de personalidad repentino en su mujer lo explica por medio de la teoría de «la doble personalidad» 65; después, trae a colación el caso de una mujer que tenía «diez personalidades distintas y enteramente independientes una de otra», lo que para el teórico apócrifo, mencionado por el narrador, equivale a «diez cerebros diferentes» 66; finalmente, en el último caso citado, la personalidad del individuo se compone por diferentes «almas» y se habla de un «do----- minio psíquico» 67.
De este modo, se remite a los límites de la psicofisiología para explicar la conformación de la personalidad.
Tras señalar casos de sonambulismo y fenómenos parapsicológicos que se oponen al empirismo positivista (haciendo eco de la típica conjunción de ciencia y esoterismo en la psicología inicial y en las ciencias ocultas), el narrador puntualiza:
Son estos, se dirá, hechos aún insuficientemente conocidos.
Nosotros pretendemos que un hecho experimentado, observado por autoridades competentes, por inexplicado que sea, se convierte en una verdad empíricamente probada, lo que basta para que se le admita como base de deducciones futuras.
El caso es inexplicable fisiológicamente: verdad útil de retener [...]
Y con tales lecturas, quedé más perplejo que antes, sin rumbo en este abismo de lo fisio-psicológico inexplicable 68.
La búsqueda de una explicación de la enfermedad lleva a la ruptura con el paradigma médico positivista.
En la segunda parte del relato, el narrador estudia los hechos que se desprenden de la convivencia con su «nueva» esposa.
Sobresalen, en oposición a los teoremas fisiológicos, nociones que comprueban una formación de la conciencia y por ende, de la personalidad a partir del lenguaje, lo que en términos ficcionales configura un juego con nociones centrales del discurso sobre el funcionamiento de la mente.
A partir del tercer capítulo, la medicina mental opera a nivel de la interacción de los personajes.
Durante el segundo viaje de bodas se producen los primeros indicios de recuperación, pues la mujer comienza a reconocer algunos lugares visitados con anterioridad, esto evoca destellos de la personalidad original.
Ya que teme que retorne el carácter indeseado, el narrador le explica que padece déjà vus.
Esa ficcionalización es parte de un juego quijotesco en el que ya no se intercalan teorías médicas, como en la primera parte del texto, sino que la intertextualidad se establece con textos literarios que refieren temas médicos, como las obras del literato y médico Eduardo Wilde y de Charles Dickens.
Las historias sobre el fenómeno del falso reconocimiento son utilizadas por el narrador para convencer a su mujer de que su reconocimiento incipiente es una ilusión:
Pero sí le referí, por curioso, lo que el mismo doctor nos recuerda de Dickens.
En una de las novelas de éste, "figura un vendedor de baratijas que ejercía su comercio en la vía pública, junto a una casa grande y solemne; este hombre al ver entrar a la casa y salir de ella constantemente, ciertos individuos, dedujo que ellos la habitaban, ----67 NERVO (1991), p.
349. y no deteniéndose en esto, les puso nombres, los acomodó en sus diversos departamentos y les atribuyó en su fecunda imaginación costumbres determinadas.
"Un día, por orden de autoridad competente, entró en la vetusta mansión la justicia, y tras de ella el público con el vendedor aludido a la cabeza, el cual hubo de desmayarse, al saber que el sujeto a quien él por tantos años había llamado mister Williams, no era tal mister Williams; que la tía Marta, era miss Peggi; que el dependiente Frank no era dependiente, sino socio y se llamaba John (no eran éstos precisamente los nombres, pero para el caso es lo mismo).
En fin, que los aposentos no estaban distribuidos en la forma que él lo había adjudicado, ni respondían al plan trazado en su mente, con líneas indestructibles; en resumen, el pobre diablo experimentó una desilusión completa y dolorosa, como si la destrucción de lo que su fantasía había creado, fuera una desgracia" 69.
Este juego de engaño y desengaño no sólo refleja la ilusión que el narrador procura construir para conservar el carácter sumiso de su esposa.
De modo irónico, la realidad que busca construir mediante sus conocimientos médicos se evidencia como ilusoria, ya que se restituye plenamente la personalidad indeseada.
Este juego metaficcional reduce la teoría médica a un «puro cuento» y muestra la inestabilidad heurística de las teorías.
Los psiquiatras y médicos William James, Pierre Janet, Henri Bergson, Jean Martin Charcot, Théodule Ribot, Eugène Azam y Santiago Ramón y Cajal, entre otros, desfilan por las novelas cortas de Amado Nervo, sobre todo en El sexto sentido y en Amnesia.
La figura del médico gana presencia a lo largo de las obras de Nervo y representa un nuevo paradigma racional opuesto a la tradición.
En algunos casos, se mencionan explícitamente a esas médicos para otorgarle verosimilitud a la narración.
Sin embargo, los textos se trasladan al terreno de la ciencia ficción o de la literatura fantástica.
Ambos géneros ponen en entredicho el materialismo limitado del paradigma científico positivista.
La ficción se acerca a los presupuestos de la psicología moderna, ante todo, por medio de una combinación de ciertos elementos del legado romántico (las nociones del sueño y del inconsciente) 70 y de la literatura fantástica.
Dichos elementos son despojados de sus connotaciones metafísicas en el marco pseudocientífico de las narraciones, que, de esta forma, se vuelven metáfora heurística.
Asimismo, con el desarrollo de la obra nerviana, las alusiones a la medicina se vuelven más explícitas y más lúdicas.
70 BÉGUIN, A. (1954), El alma romántica y el sueño, México, Fondo de Cultura Económica. |
Pretendemos rescatar del olvido a una de las firmas habituales en la prensa médica española del tercer cuarto del siglo XIX.
Médico polifacético, de ideas filantrópicas, pionero del periodismo médico extremeño, higienista convencido, y reputado colaborador de diversas publicaciones nacionales.
Cimentó su prestigio en una concepción moderna de la medicina, en la claridad a la hora de exponer sus principios y en la aplicación de los mismos en su trabajo diario.
Buena parte de su filosofía médica quedó reflejada en la prensa médica y en la correspondencia que mantuvo con los profesionales que en ella escribían.
comunicación1, siendo la prensa escrita la que inicia un período que duraría más de un siglo como único medio de comunicación entre masas2.
La aparición de sociedades científicas, la celebración de reuniones y congresos, la necesidad de una formación actualizada y la inestabilidad en todos los órdenes de la sociedad española justifican la actividad editorial que emerge en este siglo 3.
Los primeros estudios sobre el periodismo médico español se remontan a la misma centuria que nos sirve de marco.
Al ya clásico -y de obligada referencia-trabajo de Méndez Álvaro 4, se unen otros de esa misma época, aunque de ámbito más local 5.
A lo largo de la siguiente centuria, van surgiendo obras de variado carácter, pero con predominio de los estudios localistas y regionalistas 6, aunque también los hay que no pierden la visión de conjunto 7.
Otros autores han estudiado la prensa médica como exponente de un campo médico concreto 8, o para aproximarse a determinadas realidades sociales del momento 9.
Los trabajos relacionados con los profesionales que publica-----ban en periódicos y revistas médicas normalmente los encontramos enmarcados en las correspondientes biografías.
Actualmente, las razones para continuar el estudio de la prensa médica son muy diversas, como vemos en algunos trabajos recientes que se reseñan, incluyendo nuevos intentos de catalogación de la misma 10.
En las páginas siguientes, procederemos a analizar una pequeña parte de esta prensa médica decimonónica.
Corresponde a los artículos salidos de la pluma de un autor que gozó de cierto predicamento en vida y que tienen la particularidad de ser el reflejo, no ya de su filosofía médica, sino también de su trabajo diario.
Nos ayudaremos en el análisis, de la correspondencia que mantuvo con el entorno del periodismo médico, pues no en vano fue el correo la causa antecedente del periodismo científico 11.
EL AUTOR Defensor de su profesión y de los profesionales de la salud.
Combativo, generoso, despiadado en su dialéctica, filántropo, inquieto, comprometido, vanidoso y por encima de todo, olvidado.
Éste sería el calificativo actualmente más apropiado, entre una larga lista, que podríamos adjudicar con más rigor a nuestro protagonista, Francisco Ramírez Vas.
Nació en la localidad cántabra de Santoña en 1818, por estar allí destinado su padre, alistado en el Ejército en 1812 para combatir a las fuerzas napoleónicas.
Antes de finalizar ese año, su familia regresó a Olivenza, pueblo natal de su madre, en donde había nacido su hermano mayor y en donde vendrían al mundo el resto de sus hermanos.
Destinado al sacerdocio, el cierre en 1835 de los centros de enseñanza religiosa, le empujó hacia la medicina, cuyos estudios inició en la misma Salamanca en la que estuvo más de tres años aprendiendo Filosofía y Teología.
Concluyó brillantemente en Madrid en 1848, tras un amplio paréntesis de cinco años que pasó en La Habana, cumpliendo sus deberes militares como practicante del regimiento destinado al Castillo del Príncipe.
En este mismo año de 1848 se asienta en la población pacense de Olivenza como médico de la Santa Casa de Misericordia y como médico-cirujano titu-----10 FERNÁNDEZ SANZ (1995).
11 LLORENTE SANTACATALINA, S. (2005), Las revistas médicas españolas.
Desarrollará su labor en esta población hasta su muerte, que tendrá lugar en 1880.
El desempeño de su trabajo lo fundamenta en sus buenos conocimientos científicos.
En su contra señalamos su carácter inflexible en lo tocante a su profesión.
De su actividad profesional se benefician no sólo los oliventinos, sino poblaciones cercanas, incluso de la vecina Portugal 13.
La epidemia de cólera que en 1855 asola Olivenza dará ocasión a que Ramírez muestre su verdadera dimensión como médico y como persona.
Con respecto a lo primero, pone en práctica su convencimiento sobre la contagiosidad del cólera, procurando el aislamiento de los enfermos, a la vez que critica ciertas prácticas extendidas por Europa 14.
Las medidas por él adoptadas ----12 Se establece en Olivenza tras la firma de un acuerdo con el médico titular de la localidad, Ignacio Arviña, por el que Ramírez se hace cargo de las obligaciones de aquél a cambio de un reparto equitativo de los ingresos, según consta en el archivo de Francisco Ramírez Vas (en adelante, ARV).
El archivo de Francisco Ramírez Vas permaneció en la casa de la familia Ramírez, en Olivenza, hasta 1990, siendo trasladado entonces a Mérida, permaneciendo en manos de sus descendientes.
Conserva la ordenación que le dio su dueño, que, con no ser la más adecuada, es bastante operativa.
Los dos primeros legajos contienen datos familiares, en especial de su padre.
En los posteriores, se almacena información agrupada por temas: sus años de estudiante, sus inicios como médico (con datos sobre la epidemia de cólera y sobre su periódico), instituciones a las que perteneció, sanidad militar, la Subdelegación de Sanidad, el caso de la ciega de Villafranca, su producción literaria no científica, parte de los artículos científicos y, algo fundamental, dos legajos que contienen la correspondencia.
Completa el archivo un grupo heterogéneo de documentos que incluye información sobre algunos miembros de la familia.
Hay que señalar la existencia de documentos sin catalogar.
Es importante la presencia de varios libros de registro, entre los que cabe destacar dos de ellos, dedicados a la contabilidad de sus actividades económicas, incluyendo todo lo referente a su actividad profesional.
13 De ello encontramos datos en los libros de registro de sus actividades, conservados en su archivo.
Los mencionados libros recogen, en apartados específicos, todos sus asuntos económicos.
En el relativo a la actividad médica, refleja las visitas realizadas desde 1851 hasta 1879 mediante un registro diario en el que figuran datos identificativos del paciente, su dirección, el número de visitas diarias al mismo y, por supuesto, el importe de la asistencia.
Entrado 1870 y hasta 1879, introduce, además, el motivo de su actuación con respecto al paciente, bien sea una operación, un parto, una autopsia o un certificado.
Y, lógicamente, en los casos de enfermedad, el diagnóstico de la misma, dando lugar a un registro de morbilidad extraordinariamente raro en el ámbito extrahospitalario en esa época.
14 Archivo Histórico Municipal de Olivenza, leg.
En la sesión de la corporación municipal celebrada el 25 de julio, en la que se acordaba la contratación de un nuevo médico, por enfermedad del otro titular y Subdelegado médico, con respecto a la población en general como en el hospital de coléricos limitarán a un centenar las defunciones a causa de la epidemia 15.
En cuanto a los acuartelamientos militares de la población, el número de víctimas se reducirá a dos 16.
Referente a lo segundo, se produce un hecho que a la postre ha eclipsado la valía de Ramírez como médico para algunos de los pocos historiadores que se han ocupado de él, quedando para la posteridad exclusivamente como un filántropo 17.
El asunto en cuestión es el ofrecimiento de Ramírez para asistir de forma gratuita a los pobres mientras durara la epidemia de cólera.
Y si eso no bastaba, renuncia a un tercio de su sueldo como médico de la Santa Casa de Misericordia para que a la Institución le sea menos gravosa la asistencia que presta a los contagiados 18.
El gesto es ya de por sí loable, pero mucho más en las circunstancias en que se produjo.
Los dos primeros casos de cólera, con desenlace fatal, se produjeron en la sala de cirugía de la Casa de Misericordia, inhibiéndose el cirujano (Victoriano de Parra) y siendo Ramírez el que da la voz de alarma.
La consecuencia de este hecho no pudo ser más inesperada ni desmoralizadora para un profesional de la medicina.
Lo vemos en las propias palabras de las autoridades locales 19:
----Victoriano de Parra, se determinaba el cierre de las escuelas a causa del cólera.
Entre las medidas adoptadas llama la atención la que sigue: «A invitación de los facultativos se acordó que los vecinos hagan hogueras de romero á las puertas de sus casas y que se introduzca ganado vacuno por las noches en la población».
Las hogueras de romero era una medida bastante extendida, y contra ella manifiesta su desacuerdo Ramírez.
15 Valgan como comparación los datos relativos al cólera del año anterior en la vecina Badajoz, que duplicando la población de Olivenza, multiplicó por ocho el número de víctimas.
Memoria de la Junta Municipal de Sanidad de Badajoz, 1854, Badajoz, pp. 3-7 16 Ramírez realiza una tosca estadística del desarrollo de la epidemia con la anotación nominal diaria de los enfermos y el desenlace final de cada uno: curación o fallecimiento.
17 VALLECILLO TEODORO, M.A. (1999), Olivenza en su historia, Badajoz, Indugrafic, p.
En similares términos se expresan otros autores de obras menores.
Se le comunica la aceptación al día siguiente, expresándose el Proveedor en los siguientes términos: «Con satisfacción recibió esta Junta en sesión de ayer el oficio que v. me remitió, brotando en él filantrópicos sentimientos, de los que se halla v. adornado; y maxime prestando sus servicios espontáneos y gratuitos en el Hospital provisional, situado en el cuartel de la Panadería, y además ceder en beneficio de este Establecimiento la tercera parte de sus dotaciones mientras duren las tristes circunstancias actuales...».
Aunque en el escrito se mencionan las salas de medicina como el origen de la epidemia, en el informe remitido por el propio Ramírez al Gobierno Civil, bajo el título de Ocurrencias del cólera (ARV, 4/24), se nos relatan los hechos tal y como hemos expresado.
D. Vicente Carvallo, Alcalde Segundo Constitucional de esta villa, Certifico: Que a consecuencia de haber sido el Licenciado en Medicina y cirugía D. Francisco Ramírez Vas el que franca y lealmente declaró la aparición de los primeros casos de cólera en las salas de medicina, que dignamente visita en el hospital de Caridad de esta villa, se hizo blanco inmerecido de calumnias y denigrantes suposiciones, llegando a tacharlo la opinión pública hasta de envenenador; pues se decía que daba unos polvos con los que mataba á los enfermos, para hacer creer que era cierta la existencia del cólera: que esto lo hacía porque declarándose la epidemia, le iban a dar una cruz y cinco duros diarios (...) llegando á predisponer los ánimos de tal modo en contra del citado profesor, que yo mismo le aconsegé no saliese de noche de casa sin ir acompañado.
A pesar de tantas calumnias y de haber sufrido varios insultos en una plaza pública delante de muchas personas, el Sr. D. Francisco Ramírez se condujo con el mayor comedimiento, no queriendo proceder contra sus detractores (...) con cuya noble y delicada conducta vencio a sus enemigos y se granjeó el cariño y confianza de todo el pueblo...
A pesar de todo, no renuncia a su cometido, llegando incluso a manifestar síntomas de haber contraído la enfermedad 20.
Una vez concluida la epidemia, recibe numerosas muestras de agradecimiento de diversas autoridades civiles y militares, siendo de especial relevancia la del Gobernador Civil de la provincia 21.
Como colofón a la larga nómina de reconocimientos, a finales de 1855 y durante 1856, le serán concedidas varias distinciones: la Real Orden de Carlos III 22, la Cruz de Epidemias y la Cruz de la Orden Civil de Beneficencia, estas dos últimas en el verano de 1856.
Como ya se ha dado a entender al mencionar el hospital militar de coléricos, la asistencia de las tropas destacadas en Olivenza solía estar a cargo de los médicos civiles de la población.
Recordemos aquí que Olivenza perteneció a Portugal hasta 1801, en que, merced a la Guerra de las Naranjas, pasó a la Corona española.
Hasta entonces la Santa Casa de Misericordia, fundada en 1501, se había ocupado de asistir a los militares.
Aunque el cambio de nacionalidad no supuso ninguna alteración sustancial en el cometido ni en la es-----20 ARV, 4/21.
Certificación de haber padecido cólera, expedido por el doctor Gómez.
También carpeta 22, id. por el doctor Ramos.
Ambos facultativos le diagnosticaron la enfermedad la noche del 8 de agosto.
Igualmente se reconoce en diversos documentos como el de la carpeta 28, correspondiendo la certificación al Ayuntamiento de Olivenza.
En este Boletín Oficial de la Provincia de Badajoz se da cuenta de diversos agradecimientos a instituciones y personas.
Y entre los escasos médicos que figuran en ella, encontramos a Ramírez.
El 27 de noviembre de 1855, mediante oficio firmado por Pedro Felipe Monlau, se le comunica la mencionada distinción. tructura de la Institución 23, sí apreciamos algunas novedades, consecuencia de las dificultades para establecer en la población una asistencia médica que tuviera continuidad 24.
En 1822 se produce un hecho insólito que origina un grave enfrentamiento entre el Ayuntamiento y el Gobernador Militar de la plaza, motivado por la imposición por parte del estamento castrense del cirujano de Coraceros como cirujano de la localidad 25.
Esta medida suponía en la práctica que la población civil sería asistida por militares, justo lo contrario de lo que siempre había ocurrido.
Con respecto a la Santa Casa, otra medida tomada en 1841 viene a trastocar, sobre el papel, su normal funcionamiento: los militares serán asistidos por militares 26.
Lo cierto es que en ningún momento volveremos a ver a personal militar asistiendo a civiles y en muy pocas ocasiones, y de corta duración cuando se producen, veremos a las tropas asistidas por la sanidad castrense 27.
La asistencia médica a los militares estará casi siempre en manos de los médicos civiles, pero para cumplir en lo posible con la Real Orden de 1841, se procederá al nombramiento de médicos militares honora-----23 RODRÍGUEZ MATEOS, M.V. ( 2003), Los hospitales de Extremadura 1492-1700, Cáceres, Consejería de Sanidad y Consumo, Junta de Extremadura, p.
24 Desde la primera convocatoria de plazas de médico en la Olivenza española (Archivo Histórico Municipal de Olivenza, Libro de actas, 7/1-82), vemos continuas desavenencias entre el municipio y sus médicos y cirujanos, fundamentadas en ocasiones por la falta de fondos en las arcas locales.
26 Una Real Orden de 5 de septiembre de 1841 dispone «que los militares enfermos que ingresen en hospitales civiles sean asistidos por profesores Castrenses, si los hubiese en la población».
La misma, dice más adelante en su punto cuarto, «que se evite, en cuanto sea posible, el nombramiento de facultativos para hospitales civiles, en atención á que el sueldo ó gratificación que se les señala es un verdadero gravámen al presupuesto de este ministerio».
27 Desde 1842 hay referencias a la asistencia de la guarnición militar de Olivenza por parte de los médicos civiles de la localidad.
El 21 de marzo 1868 se suprime la plaza de médico civil, según comunicación de la Jefatura de Sanidad de Andalucía en el mismo sentido, y que nos aporta más información: «cumpliendo lo prevenido en el artículo 3o de la Real orden de 13 de Febrero próximo pasado referente á hacer las reducciones que las atenciones del servicio permitan en el personal de Profesores civiles empleados en algunos de los hospitales militares, la Reyna (q.
D. g.) se ha servido resolver lo siguiente. = 1o: se suprimen los servicios que en la actualidad se desempeñan en los hospitales militares que se indican en la adjunta relación no 1, los ocho profesores civiles que en la misma se espresan (...).
Y hallándose incluidos en la relación no 1 que se cita los Médicos auxiliares de los Hospitales de Olivenza, Cáceres y Tarifa (...), lo traslado á V. S. para su conocimiento noticia de los interesados y á fin de que disponga sean dados de baja por fin del presente mes =». rios en las personas de los profesionales locales.
El término «honorario» implicaba el no cobrar sueldo, aunque en ocasiones percibían gratificaciones.
De esta manera, a partir de 1848 Ramírez aparece por primera vez como médico militar honorario, sin sueldo28.
A partir de 1862, según señala en su libro de registro de haberes, y hasta 1868, año en que se suprime la plaza de Olivenza, Ramírez percibe de forma regular un sueldo como médico militar, a razón de 295 reales mensuales.
Finalizamos estas notas biográficas mencionando otros cargos desempeñados por Ramírez a lo largo de su vida profesional: forense29 (1862), Subdelegado de Sanidad30 (1871) e higienista (hasta 1873, sin conocerse el año de nombramiento)31.
Sobre la concesión del título de higienista debió de influir bastante el interés que se tomó por este campo y que plasmó en diversos trabajos.
----A mediados de siglo, Ramírez inició su actividad como colaborador con diferentes publicaciones médicas, creando incluso su propio periódico médico.
Precisamente de la actividad literaria de Ramírez trataremos en estas páginas, o de parte de ella, puesto que de su labor como autor de dramas y composiciones poéticas -algo en lo que tuvo mucho que ver su amistad con el célebre dramaturgo Antonio García Gutiérrez, allá en Cuba37 -, no trataremos aquí.
Más exactamente, lo haremos de su relación con el mundo de las publicaciones periódicas médicas38.
Para ello nos apoyaremos en dos pilares: las publicaciones y las relaciones epistolares que Ramírez mantuvo con los artífices de las publicaciones.
Los trabajos escritos de Ramírez tratan temas variados.
Junto a artículos de escaso relieve encontramos otros realmente atractivos, por cuanto son un reflejo de la medicina de la época, de sus teorías y tendencias, y de la confrontación entre distintas corrientes.
Una buena muestra de todo ello la encontramos en el periódico que él mismo fundó y dirigió: El Estandarte Médico.
Ramírez publicó en diferentes medios escritos, generalmente españoles 39; ----destacando inicialmente La Crónica de los Hospitales y siendo el Boletín del Instituto Médico Valenciano el que más trabajos atesora 40.
Básicamente podríamos hablar de los de contenido corporativista y de los de tema científico.
Entre los del primer grupo, destaca el publicado en 1854 con motivo de la muerte en ese año de un farmacéutico de Almendralejo durante la epidemia de cólera.
Bajo un extenso y prometedor título 41, se esconde una descarnada crítica a los poderes públicos por el tratamiento dado a los sanitarios durante la presente epidemia de cólera.
Viene a ejemplarizarla en el trato recibido por la familia de Antonio Marcello, el joven boticario fallecido en Almendralejo en cumplimiento de su deber durante la citada epidemia.
Entresacamos un párrafo clarificador, muestra también de la fina ironía que posee su autor 42:
Al publicarse en la 'Gaceta' los nombres de los que han huido y de los que permanecieron firmes en sus puestos en Almendralejo, no se hace mención del malogrado farmacéutico Marcello; pero en cambio se condecora á los particulares con las cruces de Carlos III y de Isabel la Católica: es verdad que también se manda que á los facultativos titulares se les den... las gracias!!
El núcleo de los trabajos de esta índole lo encontramos en el debate originado en torno a la creación de una Ley de Sanidad que se hacía necesaria, lo que se denominaba en la prensa de entonces «Proyecto de arreglo de los partidos», o también «Asociación Médica».
Estos trabajos conforman buena parte de las páginas del periódico que va a ver la luz en Olivenza.
EL NACIMIENTO DE LA PRENSA MÉDICA EXTREMEÑA: EL ESTA DARTE MÉDICO Este ambiente convulso, perfectamente perceptible en la prensa especializada de entonces, es el caldo de cultivo para nuevas publicaciones cuya finalidad primordial es el intentar dar un impulso definitivo a una ley que satisfaga las expectativas de las clases sanitarias.
La sorpresiva abolición del decreto de abril de 1854, que tantas esperanzas había despertado entre éstas, encrespó ----40 Todos los trabajos publicados en él se encuentran relacionados en el índice del Boletín, en http://hicido.uv.es/IMV/IMV/index.html (consultado el 9 de marzo de 2011).
41 RAMÍREZ VAS, F. (1854a), Reflexiones acerca de los importantísimos servicios que las clases médico-farmacéuticas han prestado en todos los tiempos, y principalmente en la actualidad, y de la indiferencia con que son atendidas, La Crónica de los Hospitales, pp. 629-634.
Mirando el análisis numérico que Méndez Álvaro hace de la aparición de publicaciones médicas durante el siglo XIX, salta a la vista, y él mismo lo hace notar, que el alumbramiento de éstas aumenta en torno a las fechas de la aparición de la Ley de Sanidad de 1855 43.
Otra causa de malestar para los sanitarios era la situación creada con motivo de la mencionada epidemia de cólera.
Esta epidemia actuará como uno de los factores precipitantes de la aparición de la ansiada Ley de Sanidad 44.
Parece claro que Francisco Ramírez, habiendo dado muestras de sus inquietudes gremiales, como acabamos de ver, pudiera ser un candidato a iniciar una de estas publicaciones.
En su contra jugaba el hecho de encontrarse en una localidad pequeña y periférica.
Aún así juzgó pertinente lanzarse a la aventura editorial, creando en enero de 1855 El Estandarte Médico, periódico reseñado por el mismo Méndez Álvaro 45 y citado por autores posteriores 46.
Aunque no entraremos en pormenores de la publicación, sí dejamos constancia aquí de estar ante el primer periódico médico extremeño 47.
El siguiente llegaría tres décadas después.
La vida de la publicación sería muy corta, tan sólo nueve números, dejando de publicarse a finales de marzo de 1855.
Apenas contó con artículos de carácter científico, abundando en los llamados «filosóficos», en los que el director, esto es, Francisco Ramírez, expone su parecer sobre determinadas cuestiones de actualidad.
Fundamentalmente trata en diversos números el «proyecto de arreglo de los partidos», criticando duramente una serie de puntos, lo que dará lugar a la respuesta de uno de sus suscriptores y, a la vez, uno de los autores de dicha propuesta, Anastasio García López 48.
Tampoco se salvan de sus críticas los médicos dedicados a la política, como deja patente ---- 48 Médico conquense, destacado hidrologista y homeópata.
Su dilatada trayectoria es estudiada, entre otras, en la obra de ALBARRACÍN TEULÓN, A. (1989), Conferencias sobre cosmología, antropología y sociología bajo el criterio espiritualista científico, Asclepio, 41 (2), pp. 87-102.
en uno de los números de su publicación49.
Este artículo, entre otros motivos, originó una respuesta de El Siglo Médico, en su número 59, pidiendo paciencia a los médicos, lo que a su vez provocó la de Ramírez, molesto con «el citado periódico que siempre toma con calma las cuestiones de interés profesional» 50.
Otros de sus artículos «filosóficos» tratan temas candentes del momento y los analizaremos en otro contexto para su mejor entendimiento.
LOS GRANDES DEBATES DE LA MEDICINA DE MEDIADOS DEL XIX
La medicina europea de inicios del siglo XIX necesitaba dotarse de rigor.
En 1801 Bichat sentencia que «la Medicina ha sido rechazada durante mucho tiempo del seno de las ciencias exactas».
Salvo en los casos de las denominadas «patologías externas», todo eran conjeturas51.
En esta transición de siglo, la medicina francesa recurrió al empirismo y al sensualismo de tradición hipocrática y aplicó el riguroso método analítico.
A pesar de la aparición del método anatomoclínico, los médicos franceses siguieron recurriendo, en mayor o menor medida, al vitalismo para explicar el origen de la enfermedad52.
En este marco se mueven las teorías de los más relevantes médicos del momento: Broussais, Pinel, Bichat, Brown y otros.
La aparición de la fisiología experimental de Magendie vino a poner luz en este bosque de teorías y sistemas, aunque no faltarán nombres de relieve, como el destacado clínico Trousseau, que despreciarán el análisis y el microscopio.
Por lo que a España se refiere, el proverbial retraso en el que la pervivencia del absolutismo del Antiguo Régimen había sumido a nuestra medicina nos hace ir a remolque de la francesa, pero siempre con un notable desfase.
Curiosamente tengan algo que ver en ello algunos de nuestros médicos más sonados de la época53.
----En el primer número de El Estandarte Médico, Francisco Ramírez, «para inaugurar dignamente sus tareas» -afirma en la primera página-entra en el debate existente en la medicina del momento:
(...) de la misma manera que en las escuelas filosóficas la exageración del espiritualismo condujo al materialismo más grosero y repugnante; en medicina el arqueismo de van-Helmont produjo el mecanismo de Boerhave, el humorismo engendró el solidismo, y nótase la misma lucha, sin que se pueda presentir el triunfo, entre la escuela organicista de París y la vitalista de Montpellier.
Las doctrinas solidistas, aunque no exentas de trascendentales errores, serán siempre acreedoras a nuestra gratitud (...)
La inauguración en nuestro siglo del solidismo, apellidado después por Broussais medicina fisiológica, ha dado el ser a la anatomía topográfica, tan necesaria para el estudio de los efectos quirúrgicos (...)
Como no podía menos de suceder, el esclusivismo sistematico e insostenible del solidismo (...) relegando a un olvido injusto al antiguo humorismo (...) debía producir (...) nuevos estudios y multiplicadas observaciones químicas y microscópicas que declaren la parte de verdad que encerraban uno y otro sistema 54.
El autor refleja en el artículo la pugna de los que sostienen que el origen de la enfermedad radica en la alteración de los órganos («solidistas») y los que se siguen aferrando a las teorías galénicas («humoristas»).
Desde finales del siglo XVIII, las teorías solidistas, en sus distintas variantes, habían ganado terreno.
No obstante, un solidista como Bichat ya había enunciado que si la causa de la enfermedad asienta en los sólidos, la causa pueden ser los sólidos o los fluidos, por lo que no puede aceptarse un solidismo o un humorismo puro 55.
Pocos años después, Ramírez volverá sobre el mismo asunto en las páginas del Boletín del Instituto Médico Valenciano 56:
Cualesquiera que hayan sido las doctrinas médicas, se las ha visto siempre girando en el mismo círculo vicioso en pos de la verdad absoluta.
Se ha visto en efecto a la filosofía médica proclamar el vitalismo, abrazar después el humorismo, y echarse últimamente en brazos del solidismo para volver a empezar de nuevo en el mismo punto de partida, aunque muchas veces con nombres distintos y ligeras modificaciones esenciales.
Y es que al desplomarse un sistema á impulso de sus ---rentes discursos que en la mencionada Academia pronunciaron en defensa de la medicina hipocrática académicos como Santero, Méndez Álvaro o Nieto Serrano.
54 RAMÍREZ VAS, F. (1855c), Ligero bosquejo del estado actual de la medicina, El Estandarte Médico, 1, pp. 2-4.
56 RAMÍREZ VAS, F. (1861), ¿Existen las enfermedades de los líquidos?, Boletín del Instituto Médico Valenciano, 7, p.
448. exageraciones y de sus absurdos, el que le sucede, lejos de utilizar las verdades descubiertas, se empeña en fundar con principios diametralmente opuestos, una nueva escuela (...).
Decir que los fluidos no sufren ni son molestados en su acción molecular, es negarse á la evidencia (...)
De lo dicho se desprende toda la importancia que tiene la patología humoral y su valor semiológico tan lastimosamente olvidado, y sin cuyo examen sería en algunos casos difícil y en otras imposible el diagnóstico de la enfermedad.
Aunque defiende expresamente el «humorismo» en el párrafo que acabamos de ver, no cabe interpretarlo como tal, puesto que no está hablando del origen de la enfermedad que asienta en una alteración de los líquidos, sino en las alteraciones de los líquidos, cuyo estudio nos puede ayudar en el diagnóstico de la enfermedad.
Ramírez parece estar muy al tanto de lo que ocurre en la vecina Francia y sus progresos en la medicina fisiológica 57.
Pero no acaba de ser tajante en sus aseveraciones y romper definitivamente con las tendencias que ha criticado con anterioridad, algo que sí haría años después Bernard 58: La medicina experimental (...) no será vitalista, ni animista, ni organicista, ni solidista, ni humoral, será simplemente la ciencia que procura remontarse a las causas próximas de los fenómenos de la vida, en el estado sano y en el morboso.
Dentro de esta controversia sobre el origen de la enfermedad, sobresale por su actualidad el tema de la contagiosidad de algunas enfermedades.
El concepto de contagiosidad es muy antiguo, siendo la concepción moderna del término atribuible a Fracastoro, con lo que nos remontamos a la primera mitad del siglo XVI.
El creciente intercambio de materias primas y de manufacturas a finales del XVIII implicaba un mayor riesgo de importación de enfermedades epidémicas, siempre desde el punto de vista de la teoría miasmática, defendida por los contagionistas, que situaba el origen de estas enfermedades en los efluvios procedentes de la descomposición de la materia orgánica, en la que tenían gran influencia las condiciones atmosféricas.
Estos miasmas eran productos volátiles y, en consecuencia, eran transportados por el aire.
Las medidas profilácticas de los contagionistas pasaban por las cuarentenas en lazaretos, los cordones sanitarios y las fumigaciones.
Los anticontagionistas, ----57 Tenemos constancia de suscripciones de Ramírez a diversas publicaciones francesas como Journal de Médicine et de Chirurgie, Gazette des Hospitaux y Suplément á l ́annuaire de thérapeutique, de los que se conservan diversos ejemplares en su biblioteca.
Introducción al estudio de la medicina experimental, Madrid, Dirección General de Publicaciones, Facultad de Medicina, UNAM, p.
402. más que un discurso coherente sobre el origen de las epidemias, aprovechaban los puntos débiles de los contagionistas para rebatir sus teorías.
Así lo manifiesta el químico francés Raspail 59: ¿de qué sirven las cuarentenas y cordones sanitarios si la enfermedad se transmite por el aire?
El principal problema de los contagionistas era no poder aislar al agente causante de la enfermedad, con lo que no podían demostrar el origen de la enfermedad.
Por otro lado, esta circunstancia facultaba la aparición de múltiples variantes dentro de la teoría contagionista.
Esta falta de unidad reforzaba las teorías anticontagionistas.
A pesar de que Acerbi, en 1822, y Henle, en 1840, habían mostrado su convencimiento sobre la contagiosidad del cólera 60, las tesis anticontagionistas poseían más adeptos.
En 1854 Pettenkofer, tras estudiar la epidemia de cólera de Munich, elaboró una nueva teoría, atribuyendo al suelo el origen de la enfermedad.
Su Bondentheorie sería publicada al año siguiente y tuvo tal influencia que ni el descubrimiento del germen por parte de Koch en 1883 hizo cambiar de opinión a sus partidarios 61.
Existían otras teorías científicas, como la infeccionista, propuesta por Broussais, defendiendo que el origen de las enfermedades era una infección secundaria a la irritación de los intestinos 62.
La repercusión de las medidas propuestas por los contagionistas en caso de epidemia tenía una influencia negativa para el comercio.
Esta situación, que afectaba más a los países industrializados, acabó por convertir el debate de la contagiosidad en un asunto más político que sanitario.
Países como Gran Bretaña y los del norte europeo despreciaban las cuarentenas, por creerlas inútiles; pero, sobre todo, por la negativa repercusión sobre su comercio.
Enfrente, los países mediterráneos, defendiendo las medidas ya enunciadas 63.
Las suce----- sivas conferencias sanitarias internacionales convocadas a partir de 1851 con el fin de unificar criterios de lucha contra las epidemias acabaron por convertirse en el escenario de la lucha de intereses comerciales, en el que se buscaban siempre las medidas menos lesivas para los países más desarrollados 64.
Incluso en países mediterráneos como España, no faltarán voces que se alcen contra las medidas ejercidas contra la libre circulación del comercio 65.
En este contexto, Ramírez escribe en 1854: «¿Debe aconsejarse el aislamiento de los coléricos y la incomunicación completa de los pueblos contagiados?» 66.
El artículo en cuestión de Ramírez nos parece doblemente interesante.
Por un lado, porque en él expone sus propios razonamientos, en contraposición a las teorías más extendidas.
Por otro, porque en él encontramos los fundamentos de su actuación durante la epidemia que se desencadenará en Olivenza unos meses después.
Para ilustrar lo primero recurrimos a citas textuales, comenzando por la polémica de los cordones sanitarios, «... por su influencia más o menos directa en la paralización del comercio y de la industria...» 67, añadiendo unas líneas más abajo, que el aislamiento es la «... única profilaxis para la epidemia...».
Más adelante, sobre la etiología y el contagio de la enfermedad, expresa lo siguiente:
(...) el intrincado problema de la etiologia colérica (...) se ha tratado de oscurecer y desfigurar, especialmente en los países comerciales, que son los mas interesados en que la verdad no brille con todo su esplendor (...)
Que el cólera es importable, y que se comunica por el contacto con las personas que lo padecen ó con los efectos contagiables que de ellos proceden, nos lo está patentizando no solo los casos aislados y bien comprobados de trasmisión directa, sino tambien la marcha que en su aparicion ha seguido la epidemia... ----64 MATEOS JIMÉNEZ (2005), p.
65 FERNÁNDEZ DE CASTRO, M. (1879), Las cuarentenas: posibilidad de suprimir las de observación sin daño de la salubridad pública y con ventaja de la navegación y del comercio, por..., Madrid, Impr. de Fontanet, p.
Este ingeniero de minas se apoya en las opiniones que le son favorables a sus intereses, alegando algunas dudas de Monlau sobre que una determinada enfermedad sea siempre contagiosa, o la negación de contagiosidad que Tardieu otorga al cólera y a la fiebre amarilla.
66 RAMÍREZ VAS, F. (1854b), ¿Debe aconsejarse el aislamiento de los coléricos y la incomunicación completa de los pueblos contagiados?, La Crónica de los Hospitales, pp. 555-556.
En la página siguiente repite claramente su convicción:
(...) este azote del género humano es importable, y que no va a ninguna parte sino lo llevan los hombres ó los efectos contagiados...
En los párrafos siguientes se dedica a desmontar las teorías de los «anticontagionistas», y especialmente la que sustenta la transmisión de la enfermedad por el aire, lo que le conferiría a la misma un carácter epidémico.
Posteriormente, a propósito de lo dicho por el autor que se cita, nos deja otra interesante observación 68:
La proposicion de Auber-Roche, de que el único preservativo de la peste es la civilización, llegará á ser una verdad cuando los esfuerzos de la civilización, uniformando las leyes sanitarias europeas, propendan al desenvolvimiento práctico de todas las grandes cuestiones de higiene pública que forman la felicidad de los pueblos.
La división de criterios sobre el origen del cólera queda patente en el artículo que, curiosamente, va a continuación del de Ramírez, además de estar escrito por un amigo suyo 69: La mayor parte de los que mas han observado y combatido el cólera morbo asiático divide el tratamiento en preservativo y curativo.
El primero es bien sabido que se reduce á una higiene bien observada, á la sobriedad y una vida bien arreglada (...) deben evitarse todos los escesos, las bebidas alcohólicas, las sustancias indigestas y la Venus (...), y por fin, evitar el miedo y todas las afecciones morales.
La máxima expresión en España de la mencionada división por el origen de la enfermedad la constituyó el enfrentamiento entre Nicasio Landa, médico oficial de la lucha contra la epidemia y seguidor de las tesis de Pettenkofer, y Méndez Álvaro, contagionista convencido 70.
Y al igual que en el resto de Europa, los descubrimientos de Koch no supusieron un cambio de mentalidad en muchos de nuestros médicos, como lo atestiguan obras posteriores a ellos 71.
69 BENITO GONZÁLEZ, Z. ( 1854), Cuatro palabras acerca del contagio, infección y tratamiento del cólera morbo, La Crónica de los Hospitales, pp. 566-573.
Méndez Álvaro desaconsejó la publicación la Memoria sobre el cólera que Landa presentó en 1861 a la Real Academia por sus teorías sobre la influencia del terreno en la difusión de la enfermedad.
Impr. de la Co-Años después Ramírez muestra interés por otra enfermedad infecciosa de sumo interés.
Entre 1860 y 1861 publica un extenso trabajo dividido en dos partes de cinco artículos cada una sobre la diátesis tuberculosa.
Extraemos un párrafo por lo llamativo de lo expresado en él, posiblemente más producto del deseo que de los conocimientos que se tenían entonces de la enfermedad:
Para destruir la virtud patogenica, ó para producir artificialmente en el organismo una aptitud refractaria á la incubacion y ulteriores evoluciones de los virus; creemos que ha de existir algun medio profilactico especifico (...)
¿Y quién sabe si en un porvenir más ó menos lejano (...) se descubrirán (...) esos preciosos y codiciados preservativos? 72.
El cambio de mentalidad ocasionado por las ideas ilustradas del siglo XVIII alcanzó también a la medicina.
Las altas tasas de mortalidad que padecían los sectores de población más pobres, junto a sus miserables condiciones de vida, motivó la denuncia de los médicos que estaban en contacto con ellos.
La aparición de la obra de Frank La miseria del pueblo, madre de enfermedades suscitó el interés de otros higienistas, reorientando los estudios higiénicos, centrados hasta entonces en la profilaxis de la llamada medicina pública, hacia la desgraciada realidad 73.
El precursor de la higiene en España fue Ortiz de Landázuri.
Pero el verdadero introductor de la disciplina en nuestro país fue Mateo Seoane, liderando, además, una nómina de higienistas que abarcó la práctica totalidad de la centuria, en la que se encontraban sus discípulos Monlau y Méndez Álvaro y que culminarían Giné y Partagás y Rodríguez Méndez.
La corriente higienista que recorría toda la Europa occidental tuvo en España, en el primer tercio del siglo XIX, el obstáculo de la pervivencia del Antiguo Régimen.
Superado este escollo, las cosas no mejoraron significati----rrespondencia de España, p.
El autor manifiesta que el origen del cólera «se pierde en un intrincado laberinto».
73 ALCAIDE GONZÁLEZ, R. (1999), La introducción y el desarrollo del higienismo en España durante el siglo XIX.
Precursores, continuadores y marco legal de un proyecto científico y social, Scripta ova.
Revista Electrónica de Geografía y Ciencias Sociales, 50, disponible en http://www.ub.edu/geocrit/sn-50.htm (consultado el 9 de marzo de 2011).
Los vaivenes políticos, fundamentalmente de la primera mitad de siglo, impidieron la consolidación de esta disciplina.
La inestabilidad política, traducida en una cascada de gobiernos de corta duración, cristalizó en sucesivas leyes que intentaron regular tanto los estudios de medicina como el ejercicio de la misma 74.
A partir de 1843, el estudio de la Higiene se desliga del de la Fisiología.
Pero a pesar de haber adquirido carta de naturaleza propia, la importancia de esta disciplina seguirá estando en segundo plano en la Universidad.
A excepción de Monlau, en 1854, y tan sólo durante ocho meses, las cátedras de Higiene estuvieron durante muchos años en manos de médicos de paso hacia otras cátedras mejor valoradas 75.
El papel de los tres higienistas de la etapa burguesa revolucionaria (1835-1874), Seoane, Monlau y Méndez Álvaro, es fundamentalmente difusor de las teorías británicas, muy influenciadas por las alemanas y también de las francesas.
Sus obras carecen de originalidad, propugnando la supeditación de la medicina a la administración pública y el no intervencionismo estatal, tal y como defienden las tesis británicas de los seguidores del filósofo Betham 76.
Hay que señalar que la población objeto de la aplicación de las medidas higiénicas radicaba en las ciudades, quedando las poblaciones rurales fuera de ellas 77.
De igual manera la higiene industrial quedaba al margen de toda intervención 78.
El interés por la higiene, tanto la pública como en general, se manifiesta en el número de disposiciones legales aparecidas, fundamentalmente, entre 1851 y 1860 79.
De la misma manera, el número de publicaciones sobre la materia en este mismo periodo de tiempo es significativo mayor que en idénticos intervalos de tiempo de la misma centuria 80.
----74 GRANJEL, M. ( 1983), Pedro Felipe Monlau y la higiene española del siglo XIX, Salamanca, Cátedra de Historia de la Medicina, Universidad de Salamanca, pp. 24-25.
78 RODRÍGUEZ OCAÑA, E. y MENÉNDEZ NAVARRO, A. ( 2005), Salud, trabajo y medicina en la España del siglo XIX.
La higiene industrial en el contexto antiintervencionista, Archivos de prevención de riesgos laborales, 8 (2). pp. 58-63.
Como señalan los autores, «los derechos ciudadanos acababan a las puertas de las fábricas» (p.
Francisco Ramírez muestra un temprano interés por la Higiene.
De hecho, el primer escrito del que tenemos constancia es sobre esta materia, publicado en el medio en el que más se prodigó en sus inicios, La Crónica de los Hospitales.
Es de 1854 y consta de siete artículos81 agrupados bajo el título de «Importancia de la higiene considerada en sus relaciones con la ciencia administrativa y moral».
No se trata de un trabajo exhaustivo de higiene en todas sus aplicaciones, sino que es más bien una extensa justificación del fomento de la misma en el campo personal, administrativo e incluso moral.
El trabajo en su inicio realiza un largo recorrido por las culturas antiguas, destacando los hábitos higiénicos de estos pueblos, tanto en lo privado como en lo que se refiere al ámbito comunitario.
En la segunda parte, defiende el ejercicio físico y la investigación de las causas de la insalubridad de los pueblos.
Critica que el decreto de abril de 1854 no fomente la higiene privada, quedándose sólo en la pública.
Como punto sumamente interesante, propone aquí la creación de una asignatura de higiene en la enseñanza primaria.
En la tercera entrega, aborda la salubridad de las viviendas, con especial tratamiento de la ventilación.
Arremete contra los especuladores del suelo.
Critica la costumbre del medio rural de mezclar personas y animales bajo el mismo techo.
La misma opinión le merece la presencia de fábricas en los cascos urbanos.
Y una crítica más a las administraciones públicas, más pendientes de la estética de los edificios que de la salubridad de los mismos.
Especialmente interesante nos parece el contenido de la cuarta parte.
En él aborda el tema de la beneficencia, expresando que «... si la índole de este artículo nos lo permitiera, descenderíamos a consideraciones de economía política...»82.
En estas líneas hace votos por un control estatal de los establecimientos destinados a este fin, haciendo incluso nuevas fundaciones y controlando la mendicidad como en algunos departamentos franceses.
Aunque generoso de sentimientos, adolece de lo que otros muchos autores: ideas concretas83.
El siguiente repaso es el de los establecimientos penitenciarios, «... sitios de custodia y no de castigo para los presos...», criticando el mal estado de sus instalaciones y la carencia de grandes patios en los que poder realizar ejercicio los confinados.
----En la quinta, defiende la hospitalidad domiciliaria, alegando que «... los grandes hospitales son focos de infección difícil de remover...».
Sigue con una propuesta de mejora en la atención a los niños expósitos, siendo atendidos en casa de la nodriza e incentivando la buena atención de éstas.
En el penúltimo capítulo trata el problema de la insalubridad de las charcas y de los cultivos acuáticos, defendiendo «la combatida idea del contagio».
Finaliza el trabajo abogando en su última parte por el aseo personal y el baño, estimando en cuarenta litros de agua las necesidades diarias de cada individuo.
El 18 de febrero de ese año de 1854, había pronunciado un discurso en la Academia del Cuerpo de Sanidad Militar del distrito de Extremadura, que tituló «Importancia de la higiene y necesidad de generalizar sus preceptos en el Ejército».
De corte similar al trabajo anterior, del que es prácticamente coetáneo, se centra más en aspectos propios del ejército, como corresponde al caso.
Dedica buen espacio a ensalzar los beneficios del ejercicio físico y a combatir la ociosidad del soldado.
Entra, posteriormente, a valorar lo que debe ser una buena alimentación, considerando que deben recortarse las verduras e incrementar el consumo de carnes y pescados.
Considera la práctica de la natación una buena medida, tanto higiénica como deportiva.
Finalmente, habla de la instauración de una Cartilla Militar de Higiene, donde se recogerán diversos consejos para una vida saludable del soldado.
En 1855 entra a formar parte de la Sociedade da Sciencias Medicas de Lisboa y publica la memoria de ingreso en el Boletín de esta Academia portuguesa.
En 1859 comenzó la publicación del anterior trabajo en el periódico barcelonés La Alianza Médica, sin finalizar la misma en este medio impreso.
Esteban Quet, entonces director de dicho periódico, se comprometió con Ramírez a publicar íntegra dicha memoria en la publicación de la que se hace cargo en 1860: La España Médica.
Y en sus páginas vio por fin la luz este trabajo, que no se diferencia en nada de los referidos anteriormente 84.
HIGIENE Y ESCUELA: UN INTENTO FALLIDO
Ramírez apuntaba, como acabamos de ver, en uno de sus trabajos, la necesidad de convertir esta disciplina en materia de estudio en la escuela, como primer escalón para acogerse a hábitos saludables.
La obra fue escrita en 1852, según figura en el manuscrito, siendo remitida para su aprobación como texto escolar.
La respuesta del Real Consejo de Instrucción Pública fue negativa, «porque debiera reducirse á reglas y preceptos propios para niños, suprimiendo lo que conviene que estos ignoren, y redactándola en términos adecuados á su comprensión» 85.
Viendo el índice parece justificada la anterior negativa, en la época de su redacción, y leyendo someramente el texto, se comprende que no fuera excesivamente inteligible para niños.
No obstante, se añade adelante, se considera que:
(...) atendiendo al mérito de la obra, la Reina (q.
D. g.) se ha servido resolver que se recomiende su estudio á los Profesores de toda clase y á las corporaciones, siempre que V. la imprima y presente dos ejemplares.
Finalmente, el trabajo, como se le pedía, se imprimió en 1858, aunque no tenemos constancia del destino real que se le dio.
Lo cierto es que sí hubo médicos de cierto renombre, como Esteban Quet y Mariano Benavente, que manifestaron, como veremos, su interés por la obrita.
Como es sabido, en 1860 Monlau sacaba a la luz su obra ociones de higiene doméstica y gobierno de la casa, destinada por Real Orden a ser texto de las escuelas 86, eso sí, sólo de señoritas, ajustándose de esta manera al Artículo 5.o de la conocida «Ley Moyano» de 1857.
Con similar objetivo aparecería en 1863 otra obra menos conocida, pero también destinada a texto de escuela, del higienista leonés Díez Canseco 87.
OTRAS CUESTIONES DE INTERÉS
Dentro del debate surgido en torno a la nueva legislación deseada por los médicos españoles, y que abocaría en la Ley de Sanidad de noviembre de 1855, surgieron diversas propuestas.
El Estandarte Médico surgió fundamentalmente como medio de expresión de Ramírez en este tema.
En sus páginas encontramos un extenso análisis del estado de la cuestión por parte de su director y de otros profesionales, en el que no faltan propuestas.
En el tercer número del periódico, encontramos un interesante artículo sobre el proyecto ----85 La resolución del Real Consejo lleva fecha de 18 de diciembre de 1852.
87 DÍEZ CANSECO, V. (1863), Catecismo higiénico para los niños, León, Establecimiento tipográfico de Miñón.
de Asociación Médica, al final del cual Ramírez lanza la idea de la obligatoriedad de realizar una memoria anual en los siguientes términos 88: dará lugar a la falta de un control efectivo de las Diputaciones, especialmente, sobre los establecimientos de beneficencia privados 91, cuya situación se vería agravada por las sucesivas desamortizaciones que sufrieron estas entidades.
De nuevo en las páginas de El Estandarte Médico, en su octavo número, en un artículo que firma Ramírez se aboga por la especialización en pediatría, con centros específicos para niños 92.
Aunque los primeros tratados sobre pediatría en España hay que buscarlos dos siglos antes 93, los programas de enseñanza tardaron en reflejar la nueva tendencia.
La primera cátedra de pediatría en España data de 1887 y el primer hospital pediátrico, el Niño Jesús, de Madrid, es de 1876.
Todavía en el congreso de la Sociedad Ginecológica Española que tuvo lugar en 1910, se trataron temas de pediatría.
Ramírez publica otros trabajos sobre temas terapéuticos, eligiendo para ello el Boletín del Instituto Médico Valenciano: hernias estranguladas (publicado en 1859), gastralgias (1863) o viruela (1873).
A excepción del último 94, en el que hace alguna puntualización -bastante irrelevante, por cierto-a Juan Bautista Peset a propósito de un trabajo de éste sobre la historia de la medicina valenciana.
Anécdotas aparte, sorprende que en este medio escrito Ramírez no toque uno de sus temas favoritos, como es el de la higiene.
Los trabajos realizados en los últimos años, sobre todo en 1877, los dedica a un hecho sorprendente: la curación súbita de una mujer de la localidad pacense de Villafranca de los Barros en 1874, que había quedado ciega diez meses antes.
La paciente fue estudiada desde el inicio por un pionero de la ----91 Entre 1870 y 1874 la Inspección de Beneficencia de Badajoz, solicita reiteradamente determinados documentos a la Santa Casa de Misericordia.
Entre otros temas, se pregunta por la falta de renovación de los cargos de la Mesa que dirige dicho establecimiento.
La falta de respuesta alguna por parte de la Mesa dará lugar a la intervención del Gobernador Civil de la provincia en 1870 (AHMO, 5/22).
En 1874, ante la falta de colaboración de la institución benéfica, el Gobernador procede a dar un ultimátum a la Mesa (AHMO, 5/49), ordenando la inspección de las cuentas del establecimiento, bajo la sospecha de una mala gestión, cosa que tampoco se pudo llevar a cabo.
92 RAMÍREZ VAS, F. (1855f), Necesidad de dar más amplitud al estudio teórico y práctico de las enfermedades de la infancia, El Estandarte Médico, p.
93 ARANA AMURRIO, J.I. ( 2000), Evolución de los saberes pediátricos en España desde el tratado de Gerónimo Soriano.
Cuatro siglos de historia, Conferencia inaugural del Congreso de la AEP de 2000.
Disponible en: http://scptfe.com/microsites/Congreso_AEP_2000/Ponencias-htm/ conferencia_inaugural.htm (Consultado el 14 de abril de 2011).
Tras la súbita curación de la ciega, el Obispado de Badajoz 96 encargó una investigación a la recién creada Academia de Ciencias Médicas de Badajoz, concluyendo la Comisión creada al efecto que no había explicación científica al hecho.
La no aceptación del dictamen por una parte de los académicos originará un debate interno y externo que tendrá su principal repercusión en el relevo de Benito Crespo como presidente de la Academia.
Era el colofón a una lucha que tuvo su reflejo en las páginas, fundamentalmente, de La Correspondencia Médica, que se hizo eco de la teoría del principal opositor de Ramírez, Narciso Vázquez 97.
No parece que Ramírez tuviera igual trato por parte de esta publicación, pues a pesar de los contactos mantenidos con el director de la publicación, Juan Cuesta Ckerner 98, el periódico, a través del administrador, da por zanjado el tema en agosto de 1877 99.
Todo lo acontecido queda recogido en una obra que finalmente ----95 Según consta en el expediente de investigación del Obispado (ARV, 8/29), Chiralt etiquetó el padecimiento de «neuritis óptica bilateral».
La afección, según se relata en él, siguió evolucionando hasta la pérdida, prácticamente total, de la visión.
96 El Obispado interviene en el asunto por en hecho de haberse producido la supuesta curación cuando un paso de Semana Santa transitaba ante la ciega, por lo que los testigos etiquetan el hecho como milagroso.
97 Narciso Vázquez Lemus fue uno de los miembros fundadores de la Academia pacense.
Destacó tanto o más en su faceta político-social que en la médica.
«Republicano uterino», como le llamó Miguel Maura, masón y «no creyente», vería colmadas sus aspiraciones cuando en 1934, por razón de edad, presidió las Cortes Constituyentes de la Segunda República (ENRÍQUEZ ANSELMO, J. (1995), El Dr. Augusto Vázquez.
Su tiempo y circunstancias sociopolíticas, Cáceres, Servicio de Publicaciones, Universidad de Extremadura, p.
La teoría de Vázquez es que la ceguera en cuestión obedece a una contracción temporal del «anillo» de Zinn (así denomina al ligamento de Zinn), algo más que improbable como ya entonces apuntara Ramírez, bien asesorado por otro pionero de la oftalmología: Luis Oliveres.
Ramírez, al igual que Chiralt, Oliveres, Crespo o Regino de Miguel, no encuentran explicación al caso.
Si bien creen que la alteración que originó la ceguera pudo ser una neuritis óptica o, con menor probabilidad, una «fluxión hiperhémica crónica», no encuentran razón para una curación súbita.
Éste es el motivo por el que Ramírez, en el discurso inaugural del periodo de sesiones de la Academia de Ciencias Médicas de Badajoz, en 1877, expresa, parafraseando a un colega: «donde acaba la ciencia principia la duda, y yo añado: donde acaba la duda principia la fe».
Sin embargo, en contra de lo que pueda parecer, siempre se abstuvo de hablar de un posible milagro.
98 Existen diversos borradores de cartas y artículos remitidos a la redacción de este periódico referentes al asunto de la ciega.
no vería la luz 100, aunque sí nos dejaría impreso el discurso que sobre el tema pronunció en la Academia pacense en 1877 101.
LA CORRESPONDENCIA Tanto la aparición de El Estandarte Médico como la publicación de sucesivos trabajos en prensa por parte de Ramírez generaron una abundante correspondencia con numerosos médicos.
La pervivencia de estas cartas constituye un valioso testimonio de la actualidad médica, política y social del periodo que abarcan 102.
Con respecto a la aparición del periódico oliventino, se conservan numerosas suscripciones de médicos, fundamentalmente de la provincia de Badajoz.
Visto el cariz de los escritos de Ramírez a propósito de la situación que vive tanto la medicina como los médicos, algunos suscriptores se dirigen a él para dar su opinión o para contar su caso concreto.
Sobre lo primero, la carta de Zacarías Benito 103 ilustra el pesimismo reinante entre los médicos en ese momento 104:
Esto está cada vez en peor estado con haberse dividido en partidos, y aun cuando nosotros en nada nos mezclamos, nos alcanzan algunos de los efectos faltándonos, hasta el más inferior, á las consideraciones que debieran tenernos: sobre todo es intolerable la exigencia de que nadie ha de morirse (...) mi compañero ha sido hasta insultado, y á mí se me ha faltado: nos hemos quejado á la autoridad, y está ----100 ARV, leg.
Con el título de La ciega de Villafranca.
Estudio médico de su enfermedad: su curación instantánea y prodigiosa.
Contaba incluso con la censura eclesiástica.
Era, por tanto, el texto para entregar a imprenta.
Es más que probable que la impresión no se llevara a cabo por motivos de salud del autor.
101 RAMÍREZ VAS, F. (1877b), Sobre la curación súbita y espontánea de la ceguera de Felisa Sánchez, Badajoz, Imprenta de José Santamaría.
En este somero trabajo se ha agrupado la correspondencia en función de la ocupación del remitente.
Encontramos entre los remitentes políticos, escritores, editores, impresores, familiares, y, sobre todo, médicos; siendo, por tanto, una excelente fuente de información de aquella época.
Estuvo de médico en Corral de Almaguer.
En 1861 era director del Hospital de dementes de Toledo.
En FERNÁNDEZ-TORRES, B, MÁRQUEZ-ESPINÓS, C. y MULAS BÉJAR, M. de las (2001), Controversias en torno al dolor y la anestesia inhalatoria en la España del siglo XIX, Revista Española de Anestesiología y Reanimación, 48, p.
Carta de 18 de mayo de 1855. pronta á protegernos; pero qué medida tomar contra hombres de tu partido, cuando las mas noches andan á trabucazos?.
Por manera que el compañero se despide y se va á Valencia, adonde tiene casa, y yo lo haré tan luego encuentre colocación.
Otro ejemplo que retrata la situación límite que vivían los médicos, particularmente en poblaciones rurales, donde de forma más intensa se hacía notar el despotismo de las autoridades locales, lo encontramos en la misiva de José Sánchez, médico de Alcántara.
En ella solicita la anulación de la suscripción a El Estandarte Médico «por persecución de estos caciques», como refiere literalmente 105.
El periódico de Ramírez y sus opiniones vertidas en él le acarrearon una cierta fama entre el mundo periodístico.
Nada más cerrar sus páginas, su director comenzó a recibir ofrecimientos de otros periódicos para que escribiera en ellos, como El Iris de la Medicina 106 y El Porvenir Médico 107.
Con respecto al cierre del periódico, un comentario de Zacarías Benito viene, veladamente, a reforzar las críticas que Ramírez hizo a la dirección de El Siglo Médico 108:
Muy Sr. mío y estimado comprofesor: habiendo observado hace muchos años que es Vd. colaborador tan laborioso como ilustrado de varios periódicos de Medicina que se publican en España, aprovecho la ocasión de tenerle que dar á Vd. las gracias por haberse dignado suscribirse á el "Pabellón", para ofrecerle las columnas del mismo, en la seguridad de que se dignara Vd. honrarlas con sus escritos éstos aparecerán en lugar preferente y se procurarán que aparezcan con toda la corrección tipográfica que mi periódico tiene acreditada.
En similar sentido se pronunciarán otros, como José Benito Benavides (La Crónica de los Hospitales), Rafael Ulecia (Revista de Medicina y Cirugía prácticas, nacional y extranjeras), Sánchez Rubio (La España Médica), Esteban Quet (La Alianza Médica), Francisco de Paula Alafont (Boletín del Instituto Médico Valenciano), además de los mencionados Reyna y Méndez.
Caso aparte es el de Méndez Álvaro, director de El Siglo Médico.
El primer contacto de Ramírez con el director de El Siglo Médico, el periódico de mayor prestigio y que mejores plumas contaba entre sus filas, fue a propósito del nacimiento del rotativo de Olivenza.
Ya las cosas comenzaron como luego continuarían: con un permanente desencuentro entre los dos directores.
Ramírez envió, como a otros periódicos, el prospecto del suyo, que no fue publicado por El Siglo Médico.
Hecho que provocaría la crítica de Ramírez a la dirección del periódico madrileño, críticas que se repetirían desde las páginas de El Estandarte.
La que posiblemente es la primera carta de Méndez Álvaro a Ramírez viene motivada por esas críticas vertidas en el periódico pacense.
En ella se excusa por no haber publicado el referido prospecto, debido a que no lo recibieron en la redacción de su periódico 110.
Ya en el terreno científico, también se conservan diversas cartas en las que el remitente valora lo publicado por Ramírez.
De una de las cartas de Benavides, a propósito de estos trabajos, extraemos unas líneas referentes a la contagiosidad del cólera 111: Mui Sr mio y mi estimado colaborador: Con mucho placer he recivido sus atentas de V una en Valencia y otra hallándome de vuelta en Madrid.
Con la primera recibí un verdadero testimonio de su deferencia, laboriosidad é interés por los adelantos de la ciencia y con la segunda, después de repetir los ofrecimientos que en aquella, su artículo dedicado á provar la contagiosidad del Cólera morbo asiático.
Tanto por lo uno como por lo otro debo manifestarle mi eterna gratitud y la de esta redacción, advirtiéndole al mismo tiempo que esta ha recivido un ----110 ARV, 3/89.
La carta no tiene fecha pero, por el tema tratado, podemos ubicarla en los primeros meses de 1855.
obsequio considerandole como uno de sus colaboradores.
Yo por mi parte estoy tan de acuerdo con las ideas emitidas por V. en su ultimo artículo relativamente al contagio que si algún día mi ocupación me lo permite pienso tratar con alguna estensión el mismo asunto y en el mismo sentido que V. lo hace, aunque acaso, no con tanto tino como requiere materia tan delicada.
Sobre sus trabajos de higiene mostró especial interés Estaban Quet:
Hay reparaciones tardías, pero que entre personas generosas siempre, o en todas ocasiones, se aprecian.
Cuando en Barcelona publicaba La Alianza Médica, merecí de V el favor de las Memorias sobre la Importancia de la higiene y necesidad de generalizar sus preceptos, la q, como V. sabe, empecé á insertar en dicho periódico, publicando su mayor parte (...) y con mi traslado á esta corte me quedé en Barcelona el final de dichas Memorias, sin que acertase nunca á remitírselo, por cuyo unico motivo no acabé de darle á luz (...) á la muerte definitiva de dicha Alianza.(...).
Ahora obra en mi poder la conclusión de la misma, y mi objeto (...) es indicarle o saber si tiene el inconveniente en q se reproduzca entera en la España Médica, ya que escribe V. también en ella, pues es verdaderamente lástima q dicho trabajo, rico en preciosos datos y bellas ideas no alcance la mayor publicidad posible." 112 Igualmente, su pequeño compendio de higiene suscitó interés entre algunos de los personajes mencionados más atrás, como Quet.
Mariano Benavente es más expresivo al respecto 113: española, sino en nuestra medicina.
Lo que no le resta mérito en su papel de propagador de las teorías que pensaba más acertadas, bien fuera sobre higiene, sobre la contagiosidad del cólera, sobre la utilidad de la estadística o sobre los demás temas analizados.
En la progresiva actualización de nuestros médicos tiene mucho que ver la difusión de los medios escritos, entre los que destaca la prensa médica.
A mediados del XIX, el periodismo médico adquiere además un papel reivindicativo de los intereses profesionales médicos, justificando la aparición de periódicos en pequeñas localidades de la periferia geográfica.
Éste es el caso de El Estandarte Médico, púlpito de voces discordantes en lo profesional y mero difusor de cuestiones científicas planteadas en otros medios.
La correspondencia surgida a la sombra de los diversos artículos que publica Ramírez suponen un excelente complemento informativo de las cuestiones que se tratan en algunos de ellos.
Tienen, además, el valor añadido de reflejar ciertos aspectos de la realidad de la medicina española y de algunos de sus nombres.
A nivel profesional, el mayor mérito de Francisco Ramírez, por fortuna para sus pacientes, fue llevar a su práctica diaria las tesis que defendió en sus trabajos, haciendo buena la expresión de Sigerist 119: |
Temos vasos de pó de pedra, de vidro, de louça e de barro. |
El presente artículo trata de estudiar la relación del entendimiento humano con el cuerpo en el pensamiento aristotélico.
Dado que para Aristóteles la inteligencia constituye una capacidad o facultad 'psíquica', podríamos preguntarnos si no piensa, entonces, que sea una parte o un aspecto de la forma (ειδος) del cuerpo humano, de la misma manera que se da esta relación con los otras facultades (así, por ejemplo, con la sensación y la nutrición).
La cuestión es motivo todavía de disputa.
El objetivo de mi investigación radica en justificar las posibilidades de una fisiología aristotélica de la mente o del pensamiento.
Los intrincados vericuetos de la filosofía de Aristóteles presentan a veces problemas textuales que han sido, y muchos continúan siendo aún, motivo de grandes polémicas.
En este sentido, la fortuna no nos sonríe en el tema que va a ocuparnos aquí, aunque una presentación previa de cuáles son los problemas con los que nos topamos ayudará a abordar nuestro trabajo con mayores garantías.
Hay que averiguar si puede hablarse con propiedad de fisiología del logos (λóγος) en Aristóteles, y de haberla, analizar luego en qué consiste y cómo la caracterizan los diferentes tratados que componen el Corpus aristotelicum.
La empresa necesariamente será -es obvio decirlo-selectiva.
Convengo en el uso generalizado de la palabra logos, que como es sabido resulta intercambiable con otros términos que emplea Aristóteles, tales como (aunque no son los únicos): «inteligencia» (νους), «conocimiento científico» (επιστήμη), la unión de ambos 1 o «sabiduría» (σοφία), «pensamiento práctico» (φρóνησις), «comprensión» (σύνεσις), «juicio» (γνώμη, υπόληψις) y «lenguaje articulado» (διάλεκτος).
El hombre es fundamentalmente un ser razonador según Aristóteles, y esto tiene una serie de concomitancias en relación con su forma de vida, dado que el despliegue de sus facultades intelectivas se circunscribe a un determinado tipo de vida humana y no en otro.
Se trata -como es bien sabido-de la «vida buena» (ευ ζην) que «practicaron» los griegos de la polis (πóλις) o la «vida cívica» (πολιτικός βίος).
Como veremos más adelante, no todos los seres humanos tienen la misma capacidad del logos.
Además, en algunos pasajes del Corpus se reconoce explícitamente que hay animales no humanos que demuestran cierta inteligencia.
El argumento de Aristóteles es sencillo: el «alma» (ψυχή) posee una parte intelectiva (νοητα) y otra sensible (αίσθητα), y al haber humanos que participan más de la primera y otros más de la segunda, se explica que haya las diferencias que se observan en la naturaleza en relación con sus capacidades «psíquicas» o mentales.
El interesantísimo asunto sobre las capacidades cognitivas de algunos animales superiores no humanos es algo que abordó Richard Sorabji (aunque no sólo en relación con Aristóteles), y por tanto es una cuestión que dejaremos fuera de nuestro tratamiento 2.
A continuación introduzco algunas ----explicaciones acerca del marco general en el que se circunscribe nuestra investigación, lo que los filósofos llaman teoría de la mente en el pensamiento de Aristóteles 3.
De dicha explicación se seguirá si puede hablarse, en rigor, de la fisiología aristotélica del logos.
James Lennnox ha puesto de relieve el primer escollo.
Escribe: «una cosa es segura: el pasaje de Partes de los animales (I 1, 641a 33-b 10) es taxativo cuando dice que la investigación sobre la razón y el pensamiento no forma parte de la ciencia natural» 4.
Ciertamente, queda muy claro qué es lo que se afirma en esta cita, sin embargo, la filosofía de la mente en Aristóteles no se resuelve sólo con ella, sino que hay que ver también lo que el estagirita establece en otros lugares del Corpus.
Éste es el motivo por el que algunos estudiosos han reconocido 5 que esta faceta del pensamiento aristotélico se hace en extremo «volátil».
Por otro lado, las palabras de Lennox no pretenden sugerir que tengan que retomarse los antiguos derroteros por los que había venido explicándose la «psicología» aristotélica, es decir, que haya que circunscribirse estrictamente a la metafísica, interpretación que fue la dominante desde el escolasticismo medieval, y que -como se sabrá-estuvo centrada en la cuestión de la inmortalidad del «alma» (ψυχή).
Tampoco considero que, por lo que se refiere concretamente a la fisiología del logos, haya que tomar partido poniéndose de lado o no de las interpretaciones averroístas, que -dicho sea de paso-son las que hicieron justicia a la concepción aristotélica de la ψυχή 6.
Aristóteles establece en Acerca del alma (III 4, 429a 10-12) que la inteligencia es la parte de la ψυχή en virtud de la cual sabemos y comprendemos, ---como «seres sociables» Aristóteles los estaría considerando como auténticos «animales políticos» -LABARRIÈRE, J.J. (2004), Langage, vie politique et mouvement des animaux.
Études aristotéliciennes, París, Vrin, passim.
3 La bibliografía es inmensa.
Pueden seguirse las exposiciones generales de IRWIN, T. (1991), Aristotle's philosophy of mind.
Esta cita suele ponerse en relación8 con otra anterior en el mismo tratado (II 2, 413b 11-33) en donde se conciben separadamente cada una de las capacidades psíquicas que tiene el «alma».
De acuerdo con la interpretación tradicional, el intelecto está separado del cuerpo y queda por completo separado de él constituyendo una sustancia incorpórea o inmaterial (en el sentido post-aristotélico del término)9.
Por ello, siguiendo -repito-la interpretación tradicional, dado que al investigador del mundo natural (el «científico») le corresponde únicamente la investigación de la materia y la forma (naturales)10, lo que concierne al estudio de la parte inteligible del «alma» no sería de su cometido.
Hay otra dificultad añadida, pero que cuenta a favor de quienes defienden esta interpretación en cuestión.
Se trata de la imposibilidad de encontrar un solo pasaje en el Corpus que otorgue un órgano al intelecto, así como encontramos, por ejemplo, que la percepción visual tiene el suyo (los ojos).
A cualquier lector juicioso le asaltarán dudas razonables sobre si debiéramos abandonar nuestro estudio en vez de perseverar en nuestro empeño, tras haber considerado sucintamente alguno de los problemas.
Pero, ¿resulta, en realidad, estéril o inútil?
Hemos reconocido al comienzo que la filosofía aristotélica es compleja, y esta complejidad se cierne también sobre la materia que estamos abordando.
Lo que pretendo decir es que existe otro modo de ver las cosas.
Establezco las siguientes consideraciones, dejándome guiar por las reflexiones que hizo Michael Frede 11.
En efecto, no existe un órgano de la inteligencia y no existe una relación de ésta con el cuerpo; no obstante, sí se da una relación indirecta entre los dos y, por tanto, la inteligencia precisa de alguna manera del cuerpo.
La inteligencia depende de las otras capacidades psíquicas y éstas sí tienen -todas ellas-una relación directa con él para poder desarrollar sus respectivas funciones.
Además, la facultad de la «imaginación» o «representación» (φαντασία) requiere de la fisiología, y según se ----explica en el libro I de la Reproducción de los animales, la 'sensibilidad' (αίσθησις) la comparten, en mayor o menor medida, todos los animales; además, constituye una clase de conocimiento 12.
Por tanto, hay unos órganos de los que la inteligencia se sirve para llegar a reproducir la intencionalidad del sujeto y sus inclinaciones 13.
Philip van der Eijk ha reparado en aquellos pasajes del Corpus en los se refiere al pensamiento en un sentido estrictamente físico -así, por ejemplo, en los contextos donde aparecen los términos: «descanso» (ηρήμησις), «movimiento» (κίνεσις) o «agilidad» (το ενκίνητον)-, y aquellos otros en los que Aristóteles alude específicamente a perturbaciones del intelecto que tienen como fuente u origen alguna afección corporal.
A su estudio me remito 14.
En realidad, se descubre aparentemente una contradicción interna en el Corpus, puesto que por un lado (tal como hemos visto siguiendo Acerca del alma) la inteligencia no forma parte del cuerpo, mientras que en los tratados de carácter biológico se insiste en que existen unos rasgos fisiológicos determinados que caracterizan al humano como ser inteligente.
En un intento de superar esta estrecha dicotomía, Victor Caston 15 ha reducido el argumento a estas tres premisas:
En buena medida -hay que admitir-, la interpretación tradicional ha establecido una visión parcial, sesgada o unilateral de la mente debido a que suele fundarse en unos tratados del Corpus aristotélico, dejando a un lado -o ---- 12 Véase LLOYD, G.E.R. (1996) en un lugar marginal-a otros.
Me refiero a los que estudian la biología y la zoología.
En alusión a esta problemática, Myles Burnyeat ha dicho:
Este es el mapa a gran escala de la filosofía natural de Aristóteles.
Da comienzo con la Física, prosigue con Acerca del cielo y con Acerca de la generación y la corrupción.
Toma una pausa con los Meteorológicos pero continúa con Acerca del alma y con los tratados biológicos 16.
Conviene que tengamos presente este mapa al que Burnyeat se refiere.
Por mi parte, el estudio que aquí se sigue tratará de incidir, sobre todo, en la «biología» aristotélica.
Añado que dicha tendencia no es nada novedosa; en realidad, empezó a florecer desde hace más de tres décadas 17.
En los próximos epígrafes voy a incidir, previamente, en el lugar que el ser humano ocupa en la scala naturae y, a continuación, me detendré en aquellos pasajes del Corpus en los que puede apreciarse que ciertos órganos del cuerpo humano tienen sus funciones fisiológicas relacionadas con los procesos en los que está presente la inteligencia.
TELEOLOGÍA Y ANTROPOCENTRISMO EN LA SCALA ATURAE Aristóteles concibió la «naturaleza» (φύσις) de forma antropocéntrica y suele considerarse, en concreto, que el célebre pasaje de la Metafísica Λ 10 (1075a 11-25) constituye su principal apoyo textual en el Corpus.
Gwilym Owen, Geoffrey Lloyd, David Furley, Charles Kahn, John Rist o David Sedley, entre otros, apoyan esta interpretación.
Por decirlo como hace Sedley 18, el «despliegue» (τέλος) del mundo natural en Aristóteles es jerárquico, continuo ----16 BURNYEAT, M.F. ( 2004), Aristotle's on the foundations of sublunary physics.
En HAAS, F.A.J. de y MANSFELD, J. (eds.), Aristotle.
17 Solamente podemos dejar apuntada esta breve referencia.
En este cambio de orientación destacaron las investigaciones de D.M. Balme y, sobre todo, los libros de PELLEGRIN, P. (1982) y tiene como punto de referencia absoluta el ser natural más perfecto que existe, al menos en lo que luego se llamará el mundo sublunar: el hombre.
No podemos detenernos en la cuestión, sin duda importante, del carácter que tiene la filosofía natural de Aristóteles, pero convengo con los estudiosos que he citado en que no sólo es funcionalista19, ni desde luego constituye un mero alarde taxonómico20.
«Para Aristóteles -vuelve a escribir Burnyeat21 -es la existencia de la vida lo que explica por qué los animales tienen una constitución física y no otra».
Y en su empeño por llegar a «indagar» (ιστορία) los seres vivos, labor que como es bien sabido realizó en compañía de sus discípulos del Liceo, Aristóteles se propuso el conocimiento de cuanto acaece en el mundo en donde rige el movimiento de progresiva y eterna generación y degeneración.
Aristóteles concibe a los animales y las plantas como seres naturales; no hay una redundancia, pues ello significa que los animales y las plantas tienen en sí mismos las fuentes o las «causas» (αιτίαι) del movimiento y el reposo (Física II 1, 192b 21-23, 32-34; Metafísica E 1, 1025 19-22).
Aristóteles divide (Acerca del alma I 2) la clase de seres animados de los inanimados 23.
A los animados (Investigación de los animales I 6, 490b 6-491a 6) pertenecen tanto las plantas como los que llama sanguíneos y los carentes de sangre 24.
En una gradación que va del menor al mayor grado de complejidad fisiológica, de estructura y de forma (Partes de los animales II 10, 656a 2-4), las plantas son las que presentan menor complejidad en cuanto a sus partes, «pues para pocas funciones basta el uso de pocos órganos», mientras que los seres que tienen no sólo «vida» [ζωή] como los vegetales ----sino, además, «sensibilidad [αίσθησις], tienen una forma más variada»25.
Los animales sanguíneos se clasifican, a su vez, partiendo de los ovíparos de huevo perfecto (las aves y los cuadrúpedos escamosos como los reptiles y los anfibios) y los vivíparos (cetáceos, cuadrúpedos peludos y el hombre).
Desde el punto de vista de la división zoológica, el hombre, ese «animal mortal, con pies, bípedo, sin alas»26, constituye el ser vivo más complejo de todos, aunque comparte con las plantas la vida (ζωή)27, y con el resto de las bestias (ascendiendo de esta manera en la jerarquía dentro de la escala natural), la sensación (αίσθησις)28.
Pero, ¿por qué el humano habría de ser más complejo y, sobre todo, más importante que los demás animales, y qué es lo que Aristóteles tiene en cuenta para afirmar y legitimar su superioridad sobre el resto de la escala natural?
Distintos pasajes del Corpus establecen cuáles son o en qué consisten las peculiaridades fisiológicas del ser humano con respecto a los otros animales30.
Destaco algunos de ellos:
Es el único de los vivientes pedestres que tiene más grandes los pies en proporción a su tamaño (Partes de los animales IV 10, 690a 27-28).
Solamente él se sostiene erguido (29).
Es el único que no necesita de los miembros delanteros, por ello también es el único en estar provisto de brazos y manos (IV 10, 687a 7-8).
Asimismo, es el que tiene el sentido del tacto más desarrollado (Acerca del alma II 9, 421a 20-23).
Todos estos enunciados no tienen como fin la simpleza de enumerar las características físicas que tienen los humanos.
Lo que importa es que todos ellos están inextricablemente ligados con la inteligencia.
Aristóteles infiere nuestra peculiaridad bípeda porque somos inteligentes.
Por eso mismo caminamos erguidos y tenemos manos con las cuales podemos adquirir y desarrollar habilidades productivas y técnicas (enmendando, de paso, a Anaxágoras, quien hacía la inferencia contraria: el hombre es inteligente porque tiene manos; cf. Partes de los animales IV 10, 687a 8-10).
Tenemos también una lengua y unos labios apropiados con los cuales podemos comunicarnos adecuadamente mediante palabras.
Estos órganos son el vehículo sonoro de la inteligencia.
Un pasaje de la Poética (19, 1456a 37) lo dice de forma muy expresiva: «Es cosa del pensamiento todo aquello que se ha de obtener mediante la palabra» 31.
La propiedad fisiológica que poseen los labios reside en su blandura.
Aristóteles dice que los animales con carne más blanda son más aptos para la inteligencia que los que no la tienen (Acerca del alma II 9, 421a 23-26).
Además, sin el sentido del tacto ningún ser vivo podría estarlo, pero «debido a» que ----31 Para LABARRIÈRE (2004, pp. 40-49) la capacidad del lenguaje articulado no evoca necesariamente el logos.
Sin embargo, el lenguaje en Aristóteles solamente es posible a través del pensamiento; Maurizio Beuchot explica que el lenguaje tiene por causa («causa formal») el pensamiento.
BEUCHOT, M. (2004), Ensayos marginales sobre Aristóteles, Méjico, Universidad Autónoma de México, p.
También el ser humano está dotado de un oído muy agudo (Investigación de los animales IX 1, 608a 17-21), y esta capacidad también se pone en relación con el logos y con la posibilidad de entenderlo, previa audición. poseemos el sentido del tacto más fino somos los animales más inteligentes de cuantos existen.
Aristóteles prosigue diciendo con relación a la inteligencia o con habilidades que directamente tienen que ver con ella:
El humano es el único que adquiere experiencia gracias al arte y los razonamientos (λογισμοι) (Metafísica A 1, 980b 25-27) 32.
El único capaz de captar los olores que son agradables por sí mismos (Acerca de la sensación y de lo sensible V, 443b 19-20) 36.
El único que tiene la capacidad del lenguaje articulado (διάλεκτος), como no existe otro animal en la naturaleza (Investigación de los animales IV 9, 536b 3-4) 37.
----32 Aristóteles, dentro de las diversas destrezas «artísticas» que el hombre puede llegar a desarrollar, explica en la Poética (4, 1448b 4-5) que «la actividad imitativa (μίμησισ) es connatural a los seres humanos desde la infancia (y esto les diferencia de los otros animales)».
Sigo la traducción de S. Mas Torres: ARISTÓTELES [2004], Poética, Madrid, Biblioteca Nueva.
33 Aristóteles distingue esta capacidad del recuerdo (ανάμνησις) de la simple memoria (νήμη) de la que están dotados otros animales (ARISTÓTELES (2004), p.
34 En concreto, establece que «el hombre es el único animal que es principio de ciertas acciones», pues «en efecto, no podemos decir de ningún otro animal que actúa» (cf. Ética nicomáquea VI 2, 1139a 23).
35 Concretamente lo expresa refiriéndose a la causa que provoca la risa: las cosquillas.
36 Mientras que sería común a los demás animales sólo la propiedad de saborear y poder oler lo agradable y lo desagradable (19-28).
37 Labarrière interpreta que el lenguaje articulado no constituiría un rasgo esencial que distinga al hombre de todos los demás animales.
Véanse, sobre todo, las páginas que dedica a las aves que, de acuerdo con Aristóteles, poseen también διάλεκτος: el pájaro de la India, el loro, y el ruiseñor.
En este punto, sigo la interpretación mayoritaria.
Labarrière sobredimensiona las excepciones que presenta el Corpus aristotélico.
Con ello, no sólo convierte las excepciones en regla sino que además pasa por inadvertido el uso propio que Aristóteles hace de la analogía.
El hombre es el único con la capacidad de hablar y puede llegar a aprehender el sentido del bien, lo justo y los demás valores (Política I 2, 11-12, 1253a).
La inteligencia según Aristóteles es un atributo divino; es la parte intelectiva del «alma» la que no perece con el cuerpo cuando sobreviene a la muerte.
Sin embargo, de entre todos los pasajes que he citado el que merece nuestra atención no es éste sino el que inmediatamente le precede (Política I 2, 11-12, 1253a).
Todas las especialidades que posee la naturaleza humana tienen por denominador la capacidad intelectiva o racional, que como pone de manifiesto este pasaje de la Política conforma una capacidad del «espíritu» por cuanto concierne al sentido de lo moral, lo justo y a todas los demás «valores».
Terence Irwin 38 se permitió discrepar de la rotundidad con que Aristóteles se muestra aquí, y contrapone éste al pasaje 436b 20-437a 1 del pequeño tratado titulado Acerca de los sentidos.
Irwin establece que si el tacto y el olfato permiten al animal distinguir entre el alimento que puede comer y el que no, puede entonces distinguir «lo bueno» de lo que no lo es.
Evidentemente, aquí «lo bueno» se relaciona más con lo útil y carece del carácter absoluto que poseen los valores humanos a los que se ha referido la Política (lo moral y lo justo).
La explicación «lógica» de la Política contiene la referencia a la capacidad lingüística de los humanos (φονή), y la relaciona directamente con la capacidad de raciocinio, con la moralidad y la forma de vida civilizada, es decir, con esa construcción colectiva que supuso la «ciudad» (πόλις) 39.
Dicha explicación no era, en absoluto, una novedad en el mundo griego, dado que el pensamiento precedente ya había reparado en ello 40.
Tampoco debe escapársenos que en sentido propio ni la Política ni las Éticas conciernen o tienen como destinatarios a todo el género humano, sino únicamente a una clase muy especial: el varón griego, libre y ciudadano.
Por tanto, éste es el único que tiene la disposición natural a ser un humano «completo» o «maduro» (τέλειος), siendo el único que se encuentra en disposición de adquirir la virtud o exce-----38 IRWIN, T. (1988), Aristotle's first principles, Oxford, Clarendon Press, p.
40 Pienso, sobre todo, en el mito de Protágoras en el diálogo al que da nombre de Platón (Protágoras 320c-322d). lencia (αρετή) utilizando el «razonamiento práctico» (φρóνησις).
La inteligencia, sin embargo, no es innata 41.
Llega a aflorar en estos individuos llamados a ser ciudadanos cuando rebasan la edad adulta 42.
La inteligencia se adquiere, entonces, a raíz de un proceso educativo y, sobre todo, con el hábito (έξις).
Como Martha Nussbaum 43 puso de relieve, Aristóteles establece el criterio de humanidad fundándose, más que en la pertenencia a una misma especie, en la existencia en las sociedades (griegas) de unos determinados rasgos fundamentales de vida compartidos.
Como veremos en el próximo epígrafe, las explicaciones del Corpus vuelven a tener presente al humano «entero» o «completo», pero también a aquellos otros humanos que (por naturaleza) no lo son.
Ello dará pie a establecer ciertas precisiones sobre los humanos que forman parte de la alteridad dentro del pensamiento aristotélico: ya sea por su carácter incompleto definitivo (tales como las mujeres) o por su carácter meramente transitorio (el niño que un día podrá llegar a la ciudadanía).
La naturaleza no hace nada en vano (Marcha de los animales 2, 704b 11-17) 44 y todo aquello que se genere fuera de ella será por definición antinatural.
Ahora podemos entender con todo su calado qué significa para Aristóteles que el humano es el animal más natural de todos cuantos existen (4, 706a 19).
Por cuestiones de espacio debo dejar para otra ocasión el tratamiento en extenso que merecerían los seres anómalos, aberrantes, los híbridos y los monstruos, que nacen por accidente y son antinaturales.
La contradicción se supera en el sentido que ha explicado recientemente WINSLOW, R. (2007), Aristotle and rational discovery, Londres, Continuum, pp. 94, 140-141 (n.
42 Resulta difícil de explicar cómo habría de producirse este acontecimiento o la trasformación en la que el niño (un ser humano άλογος) se convierte en el adulto que delibera (bulético) y elige, y se determina (prohairético).
RUIDOS, VOCES Y PALABRAS ARTICULADAS: LA FISIOLOGÍA DEL LENGUAJE HUMANO
A la hora de estudiar los sonidos que emiten los distintos seres animados, Aristóteles distingue (Investigación de los animales IV 9, 535a 27-28): la voz (φονή) del simple ruido (ψóφος) 45.
Éstos, a su vez, son distinguibles del lenguaje articulado (διάλεκτος): «Voz y ruido son dos cosas distintas, y el lenguaje una tercera» 46.
En Acerca del alma (II 8, 420b 6-7) se lee que «la voz es un tipo de sonido exclusivo del ser animado» 47.
Sin embargo, no todos los vivientes tienen voz para Aristóteles.
La explicación es morfológica: la poseen exclusivamente aquellos animales «que reciben aire en su interior», es decir, los que están naturalmente dotados por el órgano respiratorio de la laringe y cuyo funcionamiento «está al servicio de otra parte, a saber, el pulmón» (22-24) 48.
Con relación a las especies animales, solamente los sanguíneos tendrían la capaci-----45 El estudio de Wolfram Ax se detiene en otro tipo de consideraciones que nosotros no vamos a tratar aquí.
Su análisis comienza con la división aristotélica completa de los seres vivos que pueden emitir algún tipo de ruidos (ζωα ψοφητικά): «áfonos» (άφονα) y «con voz» (φονήεντα).
46 Otras fuentes distintas de la aristotélica distinguen φονή de αυδή.
En Homero, φονή aparece en contextos en que debe traducirse por «sonido» y hasta por simple «ruido», mientras que αυδή lo hace en contextos que aluden estrictamente a «lenguaje».
48 Platón (Timeo 67b) creía que la voz resultaba del choque transmitido hasta el alma a través de los oídos y por mediación del aire, el cerebro y la sangre.
Hoy se sabe que los órganos humanos que posibilitan el habla son el cerebro y el aparato fonador, y dentro de este último, es la peculiar posición de la laringe, mucho más baja que la del resto de primates, lo que explica la misma.
La descripción más detallada en el Corpus de los órganos de fonación se encuentra en Partes de los animales II 16-17. dad de emitir voces, salvo los peces 49.
Así que, no todos los animales están dotados por naturaleza de voz.
Pero como hemos visto, Aristóteles también distingue la voz de las expresiones lingüísticas o el lenguaje articulado, con lo que no todos los seres animados que puedan emitir voces poseerán este don natural.
Según acabamos de destacar, para Aristóteles el lenguaje articulado es propio sólo del hombre.
Antes lo veíamos con la cita de Investigación de los animales; en Reproducción de los animales (V 6, 786b 20-21), expresa que los humanos, dado «que la naturaleza les ha concedido esa facultad (...) son los únicos animales que se sirven de la palabra [λόγω]».
Si continuamos con Problemas (X 40, 895a 17-18) 50, aquí el texto aristotélico se detiene en una importante matización: «el hombre participa más del lenguaje, y los demás animales del sonido».
Parece advertirse que el hombre puede participar también, o según el caso sólo, de otras formas comunicativas; por ejemplo, a través de la voz como hacen los animales o, incluso, simplemente a través de una emisión gutural ruidosa 51.
En esto, explica Acerca del alma (II, 420b 27-31) que, evidentemente, «el golpe de aire inspirado» es lo que se llama «voz», pero matiza -y debemos pensar exclusivamente en el viviente dotado de voz-que: «no todo sonido del animal es voz», y lo que no es voz ni lenguaje articulado habrá de ser, por exclusión, ruido; cabe, no obstante, «en efecto, producir sonidos con la lengua así como tosiendo», pero, según lo dicho, esta emisión sonora o golpe del aire sólo constituiría ruido.
Ha de ser necesariamente un ser animado el que produzca el golpe sonoro y éste ha de estar asociado a alguna representación, puesto que la voz es un sonido que posee representación.
----49 Aristóteles explica que los animales que no poseen voz no la tienen porque carecen de sangre; tampoco la tienen, entre los sanguíneos, los peces.
50 Para Problemas, como tal fuente integrante del Corpus, me remito a lo que la edición de Elena Sánchez Millán considera acerca de su datación y autoría.
De acuerdo con ello, los pasajes que tomamos son «auténticos», esto es, del período histórico que nos ocupa.
Me abstengo de utilizar otros en que, no ya la autoría, sino la redacción de los mismos y su pensamiento, estén claramente separados del fundador del Peripato.
51 Aristóteles conoce que hay un tipo muy peculiar de aves que tienen un lenguaje articulado (Investigación de los animales IV 9, 536a 21-22).
Se refiere a estas aves, el «pájaro de la India», el loro, del que «se dice que posee un habla como los hombres» (VIII 12, 797b 28).
Estos pájaros se asimilan a los que tienen garras corvas, cuello corto y lengua ancha, que pueden poseer dotes de «imitación».
La representación «simbólica» o -siguiendo la terminología aristotélica en Sobre la interpretación (2, 16a 19)-lo «significativo» [σημαντική], distingue la voz de un ruido que pueda producir el mismo viviente 52.
Esto que dice de la voz, Aristóteles lo expresa respecto de la forma específica de sonidos que emiten esos animales parlantes, únicos en su especie, que son los humanos: el lenguaje articulado.
En Sobre la interpretación (ídem) sostiene que únicamente «el sonido» que es «significativo» será un «nombre [όνομα]» 53, y -en un sentido próximo a la postura que mantiene Hermógenes en el Crátilo de Platón-será «significativo por convención [συνθήκεν]» 54, es decir, que «ninguno de los nombres lo es por naturaleza» ----52 Nada obsta que otros animales también posean la capacidad de producir «representaciones» o la «imaginación» (φαντασία).
Para el texto de Sobre la interpretación, seguimos la referida edición: ARISTÓTELES (1995), Tratados de lógica (Όργανον), vol. II: Sobre la interpretación, Analíticos Primeros, Analíticos Segundos, Madrid, Gredos.
53 Si consideramos el Crátilo de Platón, lo importante según Sócrates era la perfecta adecuación (επονιμία) existente entre el nombre y lo nombrado: «el nombre es una "imitación" [μίμησις] con la voz de aquello que es imitado» (Crátilo 423b).
De lo que se trata en la corrección platónica de los nombres es de «la captación del ser por medio de letras y sílabas» (423e), aunque para el propio Platón resultaba imposible una adecuación perfecta.
Aristóteles (Sobre la interpretación 16a 19-29) rechaza expresamente la μίμησις platónica.
De esta manera, el nombre es un instrumento que nos enseña algo de la forma onomástica ideal, según Platón, mientras que la postura de Aristóteles, como explico a continuación, se halla próxima a la que en el Crátilo defiende Hermógenes.
54 Si bien Hermógenes en el Crátilo aplica la convención humana y utiliza de forma indistinta (cf. Crátilo 384c-e) los términos: συνθήκη (pacto), ομολογία (consenso), νομός (convención) y ήθος (hábito) para comprender, no la existencia de la «representación significativa» convenida (que la da por supuesta), sino la diferencia y variedad de lo que ha sido convenido por los hombres.
Por eso dice a Sócrates, respondiendo a qué puede deberse la exactitud que tienen los nombres, que: «Yo desde luego, Sócrates, no conozco para el nombre otra exactitud que ésta: el que yo pueda dar a cada cosa un nombre, el que yo haya dispuesto, y que tú puedas darle otro, el que, a tu vez, dispongas.
De esta forma veo que en cada una de las ciudades hay nombres distintos para los mismos objetos, tanto para unos griegos a diferencias de otros, como para los griegos a diferencia de los bárbaros» (385d-e).
Para Aristóteles el όνομα, la palabra, sólo llega a ser significativa mediante un acuerdo, y por consiguiente, como creía Hermógenes, nada existe en la palabra que remita naturalmente a su significado.
Pero Sócrates ponía un serio reparo a su interlocutor en el Crátilo, que el acuerdo desemboque en un pacto privado, con lo que el lenguaje solamente sería comunicable a las partes que lo pactaron y que lo conocen (385d-e).
Aristóteles salva la objeción platónica remitiendo al uso que legitima los significados de las palabras (Tópicos I 1, 100b 22, respecto de los enunciados (27-28) 55.
Según Aristóteles (4, 17a 1-2), el discurso o «enunciado [λόγος] (...) es significativo (...) no como un instrumento "natural", sino por convención» 56, y queda fuera de dicha consideración «enunciativa» o «lógica» «los sonidos inarticulados, por ejemplo, de los animales, [pues] ninguno de los cuales es un nombre [όνομα]» (28-29) 57.
Como lo expresa respecto de la tos, deberá entenderse sonido o voz aquello que no sea propiamente lengua articulada 58.
A lo largo de las obras que hemos venido considerando, cuando Aristóteles trata específicamente de las voces que pueden llegar a emitir los vivientes parlantes («así como tosiendo», recuerdo), lo propio o específico del humano es, sin embargo, el articular palabras (porque «el hombre participa más del lenguaje»).
Pero Aristóteles, como he advertido al comienzo de nuestro trabajo, no descuida que existan además otros humanos que tienen por vehículo comunicativo, no la palabra articulada sino solamente las «voces», de forma que ésta es su manera propia de comunicarse.
Y lo hacen, se expresan, así, mediante voces: el niño, los que padecen algún tipo de indisposición, anomalía o atrofia que les incapacite para poder hablar como hombres plenos o completos (τέλειος) y, en último lugar, como veremos, también las mujeres.
Este don tan precioso que los seres humanos poseen por naturaleza, el lenguaje articulado, es un bien no obstante delicado y frágil, por ello «la lengua humana -afirma Problemas (XI 1, 898b 31-32)-parece muy fácil de perder y muy difícil de perfeccionar».
De esta manera, la eclosión de la palabra constituye un proceso en el desarrollo humano que, como el general de la cultura, da comienzo por las expresiones de sonido más elementales.
Como subrayó Anne Cauquelin, es la polis el marco que sirve de limitación a esa arbitrariedad de que hablaba el Sócrates platónico.
CAUQUELIN, A. (1990), Aristote: le langage, París, Presses Universitaires de France, pp. 62-63.
55 Completa diciendo que el nombre será por naturaleza «cuando se convierta en símbolo (σύμβολον)».
El empleo de los términos σύμβολον y σημα (signo) por parte de Aristóteles ha suscitado una extensa bibliografía, pero suele destacarse que el primero aparece en las obras de carácter político y el segundo, en las biológicas.
56 En concreto comienza la cita que he tomado, diciendo: «todo enunciado [λόγος] es significativo».
57 En la Poética (20, 1456b 23-24) expresa, al hilo que define la primera de las partes del lenguaje (la letra), que las bestias «emiten sonidos indivisibles, pero a ninguno de tales sonidos los denomino letras».
58 El criterio rigorista que Crátilo sostiene (y Crátilo es valedor, como se sabe, del naturalismo lingüístico), conduce al extremo de considerar «ruido» [ψόφος] al que habla en vano o lo hace en falso.
Es decir, para Crátilo (Crátilo, 429b-430a) aquél que habla según alguno de estos dos casos no lo hace en absoluto, sus palabras no son tales, y en nada se diferenciarían del ruido que produce un objeto inanimado al ser golpeado. los niños -XI 30, 902b 20-21-«si son muy pequeños ni siquiera pueden pronunciar de otro modo que los animales».
Y culmina, por fin, realizándose (τέλος) a través del logos más pleno que se alcanza con la edad adulta o madura.
Inmediatamente que nacemos, explica Aristóteles (Problemas XI 1, 898b 33-35): «somos mudos (...) pues al principio no hablamos absolutamente nada y después, más tarde, balbuceamos durante un tiempo».
La cultura resulta, así, un proceso biológico de apertura, desde la infancia-animalidad hasta que el hombre sobrepasa la edad adulta.
En cuanto a los pequeños, así como no son capaces de controlar las otras partes de su cuerpo, tampoco lo son, al principio de su lengua, y así ésta no cumple su función y tarda bastante en soltarse, de suerte que la mayor parte del tiempo los pequeños balbucean y tartamudean.
Sorprende el que, después de haber reconocido en Partes de los animales que el reír constituye una forma de expresión que es un atributo exclusivo de los humanos (por ende, relacionado con su capacidad del logos), Aristóteles no infiriera también que las gesticulaciones y los balbuceos del niño no sean una especie de «diálogo prelingüístico» como el que se establece entre el niño y su madre o la nodriza o cuidadora 59.
Por su parte, a los sordomudos les sucede que «emiten sonidos, pero no un lenguaje articulado» (Investigación sobre los animales IV 9, 536b 4-5).
Hablan «de nariz» -ésta es la causa que encuentra como justificación-«pues por ahí sale el aire, ya que su boca está cerrada, y la han cerrado porque no utilizan la lengua para hablar» (Problemas XI 2, 899a 6-9).
El número 40 de la Sección X de Problemas empieza con estos interrogantes:
La gesticulación no constituía para los griegos una demostración, precisamente, de humanidad, y podía ser motivo de ininteligibilidad para un interlocutor «lógico» como el Corifeo del Agamenón (representando a los mesurados ciudadanos de Argos) en relación a los gestos y chillidos de la princesa Casandra, Esquilo, Agamenón 1105-1108.
También es un modo con el que se comunican los bárbaros, Heródoto, Historia IV 113, 1-2.
En el texto, me refiero a la madre y la nodriza; normalmente era alguna de éstas, si no las dos, quienes se ocupaban de los niños pequeños.
Por tanto, la relación maternal o cuasi-maternal era más estrecha que la paterna, al menos en la edad infantil (lo que cambiaba cuando el niño se convertía en adolescente).
Jenofonte explica en el Económico (VII 23-24) que la relación de la madre con su hijo era, de todas las relaciones humanas, la más a la animalidad.
¿Por qué el hombre es el único animal al que se le traba la lengua?
¿Acaso porque también puede ser mudo, y el tartamudeo es una mudez?
Pero de hecho es que ese órgano [la lengua] no se ha desarrollado del todo.
El Problema 30 de la Sección próxima, la XI, establece in fine la relación entre los balbucientes, los ceceantes y los tartamudos, pues todos estos: Surgen de una incapacidad (...), el ceceo consiste en no controlar una determinada letra, esa y no cualquiera; mientras que el balbuceo es quitar algo, letra o sílaba, y el tartamudeo se debe a la incapacidad de unir una sílaba con la siguiente60.
Queda por ver todavía la voz que emite otro humano imperfecto: la mujer.
Pero para ello se requiere aludir previamente a la caracterización compleja que Aristóteles hace de ella.
Aristóteles concibe la diferencia de sexos en términos de su teoría de la materia y la forma, y reconoce, además, un principio general que se da en toda la naturaleza sexuada: la superioridad del macho y la inferioridad de la hembra (Política I 2, 1254b 13-14).
Fisiológicamente, la generación del nasciturus que frustre su «desarrollo» o «maduración» (τέλος) lleva a la aparición de un miembro de la especie de sexo femenino.
En realidad, éste constituye un tema que según dijimos antes no corresponde tratarlo aquí, dado que Aristóteles explica dicha atrofia o degeneración en el capítulo de la formación de los seres monstruosos y deformes.
Baste decir que monstruo y mujer acaecen por accidente, y en concreto por la ruptura del principio natural de que lo semejante genera o reproduce lo semejante.
Desde luego, el que no se parezca a sus padres es ya un monstruo, pues en estos casos la naturaleza se ha desviado de alguna manera del género.
El primer comienzo de esta desviación es que se origine una hembra y no un macho.
A pesar de la malformación física que presentan las hembras humanas, Aristóteles reconoce una cualidad importante en la mujer, o al menos en la mujer griega libre (por naturaleza), dado que posee la facultad de la «deliberación» o βούλησις (Política I 13, 1260a 10-14).
Como se sabe, la deliberación es la facultad de la razón práctica que posee el hombre «prudente» (φρόνιμος).
Es en la Ética nicomáquea (VI 5, 1140a 25-27) donde Aristóteles define la excelencia o virtud de la prudencia (φρόνησις) y dice que es «la ----capacidad de deliberar rectamente sobre lo que es bueno y conveniente para sí mismo».
Por tanto, Aristóteles está haciendo una concesión a las capacidades «psíquicas» de las mujeres (griegas y libres) al reconocerlas algo que propiamente caracteriza al hombre completo, el ciudadano; aunque dicho esto, la mujer «bulética» requiere de un κύριος o de una «autoridad» masculina (padre, marido u otro familiar varón), dado que la βούλησις femenina (Política I 13, 1260a 14) no conlleva la facultad de «preferencia» (προαίρεσις).
Con relación a la voz, Reproducción de los animales (V 7) establece en este caso el paralelismo que existe entre la voz grave-fuerte-masculina y la voz aguda-débil-femenina, cuyas diferencias se deben a la propia naturaleza que tienen los distintos seres y, por tanto, concierne a la cantidad de aire, mayor y menor, pero también caliente y frío, que los cuerpos pueden mover, de suerte que «cuanto más rápido lo muevan más aguda será la voz».
Solamente la voz grave «parece propia de una naturaleza más noble, y en los cantos el grave es mejor que los agudos, pues lo mejor está en la superioridad y el tono grave supone cierta superioridad» 61.
Para Aristóteles, esto no sucede en los casos en que los animales sean débiles porque «la fuerza muscular se relaja» -Reproducción de los animales (V 7, 787b 21) 62: en los jóvenes (en tanto en cuanto lo sean y siempre cuando no pertenezcan al sexo femenino), en los viejos y en las hembras o sus asimilados (los castrados).
Antes de acabar nuestro estudio, y después de habernos detenido en la fisiología del logos de los humanos «completos» y de los que no lo son, puede haberse echado en falta la figura de la alteridad por antonomasia según la concepción de los griegos: los bárbaros.
Como es sabido, los bárbaros constituyen los esclavos por naturaleza en la compresión aristotélica (Política I).
Sin embargo, Aristóteles no habla de los bárbaros en los textos que llevamos visto en relación a las diversas destrezas e incapacidades fónicas humanas y, por más que se ha detenido en la tartamudez, tampoco podía saber que βαρβαρος deriva de una onomatopeya en las lenguas indoeuropeas que evoca, precisamente, la dificultad para hablar o expresarse 63.
El bárbaro-esclavo posee ---- 62 Se relaja en los jóvenes porque sus articulaciones y los músculos todavía no se han desarrollado (11-12) y en los ancianos porque con la edad ya se han destensado (13-14).
Por su parte, «todos los animales castrados experimentan cambios de carácter femenino, y como su fuerza muscular se relaja, emiten una voz similar a la de las hembras» (20-23).
63 En sánscrito la raíz «barbara-» designa la tartamudez.
POKORNY, J. (1994), el logos humano al menos para comprender el sentido de su dominación y esto significa que los esclavos-bárbaros deberán quedar sometidos, entonces, a sus dueños (que por naturaleza, son los hombres libres griegos).
Su disposición «psíquica» radica en un predominio del elemento pasional, desiderativo y apetitivo.
Lo irracional debe ser doble, pues lo vegetativo no participa en absoluto de la razón, mientras que lo apetitivo y, en general, lo desiderativo, participa de algún modo, en cuanto que la escucha y obedece.
Hay en la naturaleza algunos seres humanos que están llamados a dominar y otros a ser dominados.
Todo en la naturaleza posee un elemento regido y alguno regente, y quien rige siempre es la parte inteligente (Política I 5, 4-5, 1254a) 64.
En Investigación de los animales (IV 9, 536b 19-20) Aristóteles expresa que todos «los hombres emiten el mismo sonido -se refiere a la voz-, pero el lenguaje no es lo mismo».
¿Podría ser que, como cantaba el verso 1062 de las Traquinias de Sófocles, en boca de Heracles, Aristóteles pensase que los bárbaros no poseen lengua articulada en absoluto, que son «άγλωσσοι»?
La princesa troyana Casandra tiene «bárbara su lengua, como de golondrina», según exclama la reina Clitemnestra en el Agamenón de Esquilo (vv.
Estos dos pasajes de la tragedia constituyen solamente dos ejemplos, entre algunos que podríamos encontrar, que se enmarcan en el proceso general de denigración y de reducción al estatus de la animalidad que sufrieron los bárbaros a lo largo de la historia de la Grecia clásica.
Dicha imagen se generó con el sentimiento de superioridad adquirido tras la victoria contra los persas en las Guerras médicas y con el surgimiento del panhelenismo 66.
Aristóteles es heredero directo de este tipo de pensamiento, aun cuando su forma de pensar introduce los suficientes matices como para no tener que asimilar sus análisis al lado de los juicios radicales que expresan los personajes de las obras de Esquilo o de Sófocles.
64 Las emociones son «irracionales» (άλογα) en el pensamiento aristotélico.
Desde esta óptica, existe una diferencia respecto de la vida «animada» y la vegetativa, puesto que «lo vegetativo no participa en absoluto de la razón» (Ética nicomáquea I 13, 1102b 27-28), y por tanto, resulta ajeno al intento de dominación por parte del «hombre».
65 Sigo la edición de B. Perea Morales: ESQUILO (2000), Tragedias, Madrid, Gredos.
Como advertí en las primeras páginas, nuestra investigación de la fisiología del logos se circunscribe dentro de la tendencia actual que otorga un protagonismo merecido a las obras del Corpus aristotélico que tienen un carácter psico-biológico.
El estudio de la «psicología» aristotélica se supeditó tradicionalmente a las consideraciones estrictamente epistemológicas y metafísicas; por tanto, un estudio como el nuestro adquiere una entidad propia si se establece tomando en consideración -tal como espero haber hecho-la «psicología» con la «biología».
Estoy convencido, además, y a la vista estará después de lo que se ha tratado, que desde esta óptica puede darse una respuesta más completa a la comprensión aristotélica del ser humano, frente al tipo de interpretaciones que postergan, cuando no simplemente ignoran, esta parte tan sustancial del Corpus.
Tal como he explicado, y como también he tratado haciendo hincapié en las pruebas textuales, puede afirmarse que en el pensamiento de Aristóteles existe una «implicación» del cuerpo y la ψυχή, aun cuando no haya un órgano específico del intelecto.
Esto significa quepor lo que se refiere, al menos, a la materia que nos concierne-no hay dos Aristóteles, o no existe una cesura insuperable entre la parte epistemológica y metafísica del Corpus con la psico-biológica, sino que todas son complementarias.
Como Anthony Preuss 67, Gad Freudenthal 68 y Rémi Brague 69, entre otros, han puesto de manifiesto, existe una adecuación en la concepción aristotélica entre el ser humano y el cosmos.
Así, la fisiología adquiere pleno significado si nos atenemos a lo que expresa la cosmología, a pesar de que nosotros no hemos podido detenernos en esta cuestión.
Según vimos, el humano es el único animal que camina erguido y lo hemos explicado remitiéndonos a la inteligencia.
Pero, debido a que el espacio aristotélico no es isotrópico, sino que «arriba» y «abajo», y «derecha» e «izquierda» no sólo son distinguibles sino que, además, los primeros («arriba» y «derecha») son los preeminentes 70, se entiende que el humano camine de dicha manera.
Tal como se dice en Acerca de la juventud (19, 477a 20-25; cf. Investigación de ---- los animales I 15, 494a 26-494 b 1), la rectitud en el andar del humano, su inteligencia y su proximidad con la divinidad se explican, todas ellas, por su cercanía (física) con la región celeste.
Y en la Reproducción de los animales (II 3, 736b-737a 1) se establece una conexión entre la materia que es más divina, el «principio vital» (πνευμα), y las facultades de la ψυχή.
El πνευμα -gaseoso («aire innato»), que tiene como propiedad el calor-está presente en el semen y en la sangre y es análogo al quinto elemento o «cuerpo primero» con el que se componen los astros (divinos).
El otro punto con el que me gustaría acabar puede parecer redundante: en un estudio de la fisiología y la «psicología» humanas en Aristóteles no debería perderse de vista al «hombre».
El Corpus tiene como referente, generalmente, al ser humano en abstracto (el hombre: ο άνθρωπος), pero, según hemos reparado, Aristóteles posee una idea muy precisa de cuál es el humano en el sentido más «pleno» o «completo» que existe, y las diferencias con los otros humanos «disminuidos» son, además, naturales.
Suele enfatizarse que las Éticas tienen por sujeto al hombre práctico, excelente o virtuoso, y éste solamente puede serlo el ciudadano griego, pero dicha clase de hombre es también el humano «conseguido», «maduro» y «perfecto» al cual nosotros hemos hecho continuas referencias fisiológicas.
Como se ha podido apreciar en nuestro estudio, las diferencias fisiológicas entre el hombre y la mujer responden en buena medida a los propios prejuicios del estagirita, los cuales -por otro lado-eran comunes en una cultura tradicionalmente misógina como la griega.
Lo que no era tan obvio, ya en tiempos de Aristóteles, es que los bárbaros fuesen seres distintos por naturaleza en relación con los griegos.
Aristóteles investigó las causas (naturales) de la diversidad humana, es decir, de la superioridad y la inferioridad en nuestra especie de unos humanos sobre otros, y encontró que el principio del calor o energía vital (θερμόν) influye, en general, en el cuerpo humano 71, siendo la causa en concreto de que la inteligencia sea naturalmente mayor en unos y menor en otros (Partes de los animales IV 10, 686b 28).
Aristóteles considera, también, la teoría geo-climática, según la cual los pueblos bárbaros que habitan Europa -como los tracios y los celtas-son siempre rudos, belicosos y faltos de razonamiento, debido al frío reinante en dicha región de la Tierra (Política VII 7, 2, 1327b; cf. Heródoto, Historia IV 46, 3; 60-64; [Corpus hipocrático] Sobre los aires, aguas y lugares, 12, 17-19).
Según la Política (I 5, 1254b 25-30), la naturaleza «ha querido» que existan unos humanos con una constitución física más débil pero plenamente inteligentes y aptos para el mando y el gobierno (los grie----- |
El viaje de Alejandro de Humboldt a la América española (1799-1804) constituyó para la ciencia europea la gran síntesis de los conocimientos que por entonces se tenían del Nuevo Mundo, así como el nacimiento de la geografía moderna, de algunas subdisciplinas como la geografía botánica y un gran avance en geología, botánica, antropología, arqueología, etc..., combinando de este modo el conocimiento enciclopédico con el avance especializado.
Una colección de 6000 especies diferentes de plantas, de las que una gran parte era nueva, observaciones mineralógicas, astronómicas, químicas y morales fueron el resultado de esta expedición, que quedó reflejado además en multitud de obras impresas, destacándose entre ellas su Voyage aux Régions équinoxiales du Nouveau Continent, y sus Ensayos políticos sobre Cuba y Nueva España, en los que Humboldt hizo los más grandes elogios de la protección con la cual el gobierno español quiso apoyar sus investigaciones.
Como ya hemos comentado en otros trabajos, tras los primeros meses de estancia en París para iniciar su trabajo científico, Humboldt se trasladó en 1805 a Italia.
Allí pudo ver a su hermano Wilhelm -entonces embajador ante el Vaticano-y hacer algunas observaciones en el volcán Vesubio junto a Louis J. Gay-Lussac y Leopold von Buch, este último su compañero de estudios en Freiberg.
de honores y fue nombrado chambelán del rey de Prusia, cargo en el que ejerció como consejero y diplomático en una situación bélica con Francia muy delicada por la ambición política de Napoleón.
Fue la época en la que Humbodt redactó la primera versión de sus preciosos Cuadros de la Naturaleza (Ansichten der Natur), antes de poder regresar en 1808 a su querido París, donde continuaba su obra editorial y mantenía reuniones con amigos de la talla de Berthellot, Gay-Lussac, Arago, Chateaubriand, etc. Ya había publicado en París su importante Ensayo sobre la geografía de las plantas (1807), preparaba la edición de sus Ensayos políticos sobre Cuba y Nueva España, publicaba artículos en diferentes revistas científicas francesas, y acometía la empresa editorial del Viaje a las regiones equinocciales del Nuevo Continente.
Esta situación pudo mantenerla hasta 1827, fecha en la que marchó a Berlín por orden expresa del rey de Prusia Federico Guillermo III, con el que colaboró estrechamente en la corte de Potsdam.
Poco después impartió las conferencias que le hicieron célebre en su tierra y que serían el germen de su futura obra de madurez, el Cosmos.
Humboldt dio un primer ciclo en la Universidad de Berlín de 61 lecciones de geografía física, entre el 3 de noviembre de 1827 y el 26 de abril de 1828, con tanto éxito que tuvo que hacer otro ciclo de 16 clases sobre el cosmos, entre diciembre de ese año y abril de 1828, en la Singakademie de Berlín.
En 1829 tuvo además la oportunidad de realizar su anhelada expedición a Asia Central -como él mismo quiso llamarla-, aprobada por el zar Nicolás I, quien le impuso el más absoluto secreto sobre las condiciones de esclavitud de muchos campesinos y contó para ello con el decisivo apoyo del ministro ruso de hacienda, el conde Georg von Cancrin.
El viaje surgió tras la negativa de las autoridades británicas a autorizarle un viaje a la India, tal como Alejandro de Humboldt deseaba para comparar la constitución geológica del continente asiático con la de América meridional.
Estuvo en este viaje acompañado por el mineralogista alemán Gustav Rose, el zoólogo Christian Gottfried Ehrenberg y su criado Seifert.
El nuevo periplo comenzó el 12 de abril de 1829 y el célebre Humboldt fue recibido con todos los honores por la corte imperial rusa en San Petersburgo, tras pasar por los países bálticos.
Recorrieron un itinerario que les llevó a Moscú, Nizhnyi Novgorod, Kazan, Perm y los Urales, montes en los que Humboldt debía encontrar diamantes para el zar.
Después se dirigieron a Tobolsk, Barnaui, el Altai y la frontera china, desde donde regresaron hacia Omsk, Quirguiz y Kazaj para llegar a Astracán, en las orillas del mar Caspio.
Hizo observaciones en el lago Elton, que se encontraba cubierto de sal, y visitó las colonias alemanas del Volga.
El 3 de noviembre del mismo año los expedicionarios llegaban a Moscú, vía Tula, tras un extraño viaje que daría a conocer en su obra sobre Asia Central en 1843.
Habían recorrido, como apuntaba el propio Humboldt, aquellas inmensas estepas como si hubieran navegado por un interminable océano terrestre, en el que habían medido la temperatura y la humedad del aire, las variaciones del magnetismo y habían calculado la posición astronómica de los lugares visitados, sin mencionar los estudios geológicos y mineralógicos, que darían poco después como resultado el hallazgo de los deseados diamantes para el zar.
Quizá el viaje asiático no fue tan fructífero como el americano, pero dio a Humboldt la posibilidad de establecer mejor las comparaciones entre el Nuevo Mundo y el Viejo, y sobre todo de demostrar su idea de unidad de la Naturaleza, que perseguía desde hacía tantos años.
La obra de Humboldt hay que considerarla novedosa y creadora: entre sus descubrimientos, como ha indicado Charles Minguet, destaca el haber sido el primer sabio en señalar la identidad estructural de la corteza terrestre en los dos hemisferios.
Hay que recordar su obsesión por este tema desde el Memorial al rey Carlos IV hasta el conocido como Testamento literario.
Además se le considera como el primer sabio que ha sabido agrupar de forma sintética los caracteres físicos generales de las dos Américas, tal como aparece en las descripciones de los sistemas montañosos en Cuadros de la Naturaleza.
El método de geografía comparada utilizado por Humboldt, le permite elaborar continuamente analogías geográficas (los llanos, las pampas, las depresiones amazónicas, etc.).
En 1845 comenzó la publicación de su gran obra magna, el Cosmos, cuyo cuarto volumen no llegaría hasta 1858, un año antes de la muerte del genio en Berlín, el 6 de mayo de 1859.
Conmemoramos con este dossier el bicentenario del regreso a Europa de Alexander von Humboldt, con sus dos compañeros Aimé Bonpland y Carlos Montúfar, un hecho que ha marcado la imagen de América en la memoria colectiva de los europeos.
Aun reconociendo el mérito de los científicos españoles y criollos en la elaboración de mucho del material de base en la obra humboldtiana, algo que el propio sabio prusiano reconocerá abundantemente, hay que destacar la capacidad de síntesis de la obra americana de Humboldt, su forma de presentar los fenómenos, el nuevo estilo de describir el hecho científico y su manera de transmitir las imágenes o los sonidos de ese Nuevo Mundo en una especie de escritura total en la que el propio científico está muy presente.
Esta singularidad aparece muy bien definida en la primera colaboración de este dossier, de la mano de Juan Pimentel, quien nos introduce con sus Cuadros y escrituras de la Naturaleza en el mundo de la representación humboldtiana.
Como la conmemoración más precisa de este bicentenario hace referencia a la presencia de Humboldt en Estados Unidos y Cuba en 1804, hemos querido incluir un artículo de Ingo Schwarz acerca de las relaciones entre Alexander von Humboldt y George Ticknor, así como otro de Sandra Rebok sobre la estancia del sabio en la isla de Cuba, artículo en el que además se destaca el contraste entre lo público y lo privado en su obra cubana.
Asimismo, y teniendo en cuenta las últimas investigaciones sobre España en la obra de Humboldt, hemos querido introducir un artículo sobre las cartas de Lagasca que se conservan en Berlín y que tratan además de un tema vital para la historia natural y la botánica española, como es el del legado de Mutis y su recuperación.
Teniendo en cuenta que la minería y su relación con el mundo hispánico ha sido fundamental en parte de la obra de Humboldt, incluimos finalmente un artículo de Francisco Pelayo y Sandra Rebok sobre Josef Ricarte y su informe sobre el método de amalgamación de Born. |
Este artículo examina la traducción hecha por Diego Hurtado de Mendoza de la Mecánica aristotélica en el contexto del ambiente científico-humanista italiano de mediados del siglo XVI.
A partir del análisis de los últimos problemas sobre dinámica, se demuestra su estrecha relación con las obras de Piccolomini y Cardano; sugiriéndose además la originalidad de la interpretación hecha por el autor español del problema XXXIV basada en la combinación de la física tardomedieval y la explicación aristotélica.
LA MECÁ ICA ARISTOTÉLICA EN EL RENACIMIENTO ITALIANO.
1500-1555) publicó en 1546 una colección de diversos diálogos titulada Quesiti et inventione diverse, en los que combinaba discusiones en torno a especulación matemática, estrategia militar y problemas de dinámica y estática.
En el sexto libro el autor de Bres-cia eligió a uno de sus estudiantes -a quienes enseñaba de forma privada en Venecia los elementos básicos de la disciplina euclideana-como interlocutor.
El personaje escogido fue el Embajador Imperial en la Serenísima, el español Diego Hurtado de Mendoza (1503-1575) 1.
Se trata de una opción significativa no sólo porque probablemente era el nombre más reputado de entre quienes aprendían matemáticas con él, sino particularmente por el carácter de la discusión abordadada en el capítulo y el rol atribuido a Mendoza en ella.
El libro sexto de los Quesiti es considerado la primera oposición explícita a los planteamientos físicos de Aristóteles 2.
En él, Tartaglia refuta los principios contenidos en la Mecánica y propone nuevos fundamentos para analizar e interpretar los fenómenos ligados a experiencias con balanzas 3.
Esta obra, tenida como original en el Renacimiento, era defendida por Mendoza, quien representaba en el diálogo a un aristotélico al que Tartaglia convencía con sus nuevos y claros argumentos 4.
El protagonismo de la Mecánica en el debate científico de mediados del siglo XVI en la escena intelectual italiana está, en gran medida, ligado a la influencia ejercida por el Embajador y su interés en recuperar los principios ----desarrollados en la obra 5.
El texto fue publicado por primera vez en griego como parte del corpus aristotélico en la edición aldina de finales del siglo XV, hecho que permitió su extendida difusión durante el siglo siguiente 6.
Al igual que la primera edición griega, esta versión no contenía las ilustraciones explicativas de los problemas tratados, lo cual inevitablemente limitaba la comprensión de los principios expuestos.
Esta traducción parece haber sido extremadamente rara y prácticamente no tuvo impacto en las discusiones posteriores sobre la obra 7.
En 1525 se publicó en Venecia Conversio mechanicorum quaestionum Aristotelis cum figuris et annotationibus quibusdam, la segunda traducción latina realizada por el importante humanista y estudioso de Aristóteles, Niccolò Leonico Tomeo (1456-1531).
Tal como su título lo indica contenía, por primera vez en una versión impresa, las figuras que acompañaban al texto y además incluía algunas anotaciones del traductor 8.
Esta edición permitió, a diferencia de la primera, la efectiva divulgación y comprensión cabal de los postulados mecánicos contenidos en la obra.
Puede considerarse entonces la exégesis de Leonico Tomeo como el texto a partir del cual la mecánica renacentista se conformaría como directa heredera del enfoque aristotélico 9.
Éste consistía principalmente en analizar el comportamiento de un peso estacionario (pondus) en relación con el de un cuerpo pesado (grave), entendiendo este último como un objeto que desciende en movimiento natural hacia la tierra 10.
Este aspecto dinámico de la ciencia de los pesos del tratado aristotélico es abordado en detalle en las últimas secciones de la obra a partir de problemas tradicionales de balística.
Allí el autor hace algunas interesantes considera----- ciones sobre el lanzamiento de proyectiles.
En el problema XXXII alude a tres posibles razones para explicar el fin del ascenso de los objetos lanzados: la extinción de la fuerza que los expulsó, el peso y la resistencia.
El autor no opta por ninguna de las tres y prefiere en cambio explicar por qué se mueve de hecho en primera instancia.
Así, en el problema XXXIII afirma que el impulso inicial causa el movimiento de «algo más», lo que a su vez mueve «otra cosa» que se detiene cuando la fuerza que empuja el objeto pierde potencia y el peso del proyectil lo impele hacia abajo con más potencia que la fuerza que lo empuja hacia delante11.
Al aceptar tácitamente que ese «algo más» mueve el proyectil -es decir, que el medio que rodea al objeto lanzado permite su movimiento-el autor enfatiza que las razones para el término del ascenso son sólo dos: la extinción de la fuerza y el peso del proyectil.
En el problema siguiente, el autor analiza por qué el tamaño del objeto impulsado tiene una relación directa con la distancia que puede viajar.
Afirma que éste debe siempre oponer resistencia en la dirección desde la cual viene el impulso, y si es muy grande o pequeño no puede ser ni lanzado ni empujado, atravesando en consecuencia una distancia considerablemente menor que un cuerpo con un peso medio.
Luego prosigue afirmando que un objeto sólo puede transitar en la medida que atraviese las profundidades del aire, y aquel que no se mueve es incapaz de hacerlo12.
Aquí el autor omite cualquier referencia al impulso sucesivo del aire: una vez que ha sido atravesado, éste simplemente cede al proyectil.
Esta aparente contradicción parece irrelevante para el autor, pues no había dado un rol explícito al aire y la alusión previa permanece ambigua.
Es justamente en relación a la interpretación renacentista de los últimos pasajes de la Mecánica que la figura de Hurtado de Mendoza cobra particular relevancia.
Paul Lawrence Rose afirma que la estadía del Embajador imperial -primero en Venecia y Trento desde 1539 hasta 1546, y luego en Roma y Siena desde 1547 hasta 1552-constituye un factor sumamente significativo para explicar el protagonismo de la Mecánica en este contexto.
No sólo sugiere que fue el mismo Hurtado de Mendoza quien introdujo la obra a Tartaglia, sino que gracias al interés en el tratado en sus primeros años italianos convenció al reconocido filósofo natural Alessandro Piccolomini para que escribiese una paráfrasis del texto13.
----El comentario de Piccolomini fue publicado en Roma en 1547 y se diferencia del de Tartaglia en incorporar en su estudio los últimos problemas del tratado y no centrarse únicamente en las secciones dedicadas a las balanzas.
La edición, titulada In mechanicas quaestiones Aristotelis paraphrasis paulo quidem plenior, estaba particularmente orientada a enfatizar el carácter práctico de la obra, por lo que el autor sienés incluyó variadas alusiones a máquinas que él mismo había visto en algunas ciudades italianas, sirviéndose incluso de Vitruvio para ilustrar ciertos fenómenos.
Su interés en la utilidad de la Mecánica queda evidenciado en el impulso que dio para la traducción de su comentario al italiano 14.
En su paráfrasis Piccolomini hizo algunas adiciones teóricas a propósito de los problemas sobre el movimiento de proyectiles, lo que demuestra cómo el contenido de la Mecánica favoreció también una reflexión sobre dinámica.
Es justamente en el problema XXXII donde incorpora un largo párrafo en defensa de la teoría del impetus.
Esta explicación medieval sobre la continuación del movimiento de cuerpos alejados del motor inicial se basaba en la impresión de una cualidad en el objeto llamada impetus, que gradualmente desaparecía hasta detener el avance del proyectil.
Esta teoría, desarrollada en el siglo XIV en la Escuela de París, se contraponía a la explicación tradicional de Aristóteles (Física IV, 8, 215a 14-18) según la cual el aire, al ser liviano, producía la elevación del proyectil luego de recibir un impulso por parte del motor en ondas de fuerza decreciente 15.
Piccolomini defiende la tesis parisina con la intención de criticar esta última teoría al enfatizar la diferencia entre el movimiento del aire y la continuación del movimiento del proyectil.
Argumenta que aunque el aire pueda ser movido, éste no empuja al objeto y sólo llena los espacios vacíos dejados por el avance del proyectil.
Para justificar la fuerza motriz del cuerpo lanzado, suscribe la idea del impetus impreso en el objeto 16.
----Aunque la explicación difundida por Piccolomini se opone directamente a la planteada por Aristóteles, la estructura de su exposición es notoriamente similar al pasaje de la Física en el cual el Estagirita propone la suya.
Allí el filósofo comienza por criticar abiertamente la teoría de la antiperístasis o de reemplazo mutuo, según la cual dos cualidades opuestas se excitan la una a la otra a través de un movimiento circular, produciendo una serie de fenómenos naturales.
Aristóteles refuta esta teoría puesto que implica la simultaneidad de las acciones de «mover» y «ser movido» 17.
Su principal objetivo es criticar a Platón, quien había descrito en el Timeo (79b-80c) el proceso de la respiración valiéndose de este movimiento y sugerido que por el mismo se entendía la trayectoria de los cuerpos empujados.
Inmediatamente después Aristóteles expone su teoría, en donde el aire empujado impulsa a su vez en movimiento ascendente el cuerpo luego de ser lanzado, pues recibe del motor original el poder de mover siendo naturalmente proclive a ello (Fisica, VIII, 10, 267a 3-8) 18.
Ahora bien, la argumentación de Piccolomini recoge la parte inicial de la crítica aristotélica, pero reúne bajo la idea de antiperístasis toda explicación que se valga del medio para entender el movimiento del proyectil.
De esta manera incorpora como alternativa la teoría del impetus en su comentario a aquel problema que en el tratado original está caracterizado por una gran ambigüedad.
Dicho rasgo le permite sumar este párrafo sin temor a contradecir explícitamente los postulados de la Mecánica.
La opción por el impetus es confirmada por la paráfrasis del problema XIX.
Allí el autor griego se refiere a la distinción entre la fuerza de un cuerpo en estado de reposo y la de un cuerpo en movimiento, para explicar por qué un hacha rompe un trozo de madera sólo cuando es golpeada contra él y no cuando es simplemente empujada hacia abajo.
En su comentario el autor renacentista reproduce la descripción del problema dinámico tratado hacia el final de la obra, y afirma que la fuerza de los cuerpos en movimiento es más vehemente que la de los cuerpos en reposo porque son movidos no sólo por su gravedad y el impulso inicial, sino también por el nuevo ímpeto que adquieren 19.
El valor dado por Piccolomini a la potencia del objeto es enfatizado en su análisis del problema ----17 Sin embargo Aristóteles adoptó esta teoría para explicar el origen del granizo y la lluvia durante el verano en Meteorologica, I, 12, 348a.
Es en este tipo de análisis de efectos climáticos que la idea platónica tuvo su mayor fortuna durante la Edad Media tardía, ver CLAGETT, M. (1967), Giovanni Marliani and Late Medieval Physics, Nueva York, AMS Press, pp. 92-100.
18 Sobre la solución aristotlélica ver KOYRÉ, A. (1966), Études Galiléennes, París, Hermann, p.
XXXIV, en donde incorporó con gran detalle y rigor filosófico la idea de resistencia interna del proyectil, minimizando la importancia de la resistencia externa del medio 20.
Si bien la defensa de la teoría del impetus está ligada en el comentario de Piccolomini a la disminución del rol del aire en los fenómenos de dinámica, este principio adquiere un matiz diverso en una de sus más importantes obras, la Filosofia aturale, publicada entre 1551 y 1554 21.
En ella el humanista no sólo se refiere a la fuerza que puede adquirir el aire al ser impulsado -señalando que cuando los cañones expulsan una bala empujan también el aire contiguo, el cual per l'impeto che gli è stato dato hace temblar sólidos edificios 22 -, sino que también alude al poder del aire para impeler los proyectiles.
Piccolomini señala que en el descenso de una piedra o en el ascenso del fuego, éstos no se mueven sólo por sí mismos, sino que tienen constantemente la ayuda del aire o de otro medio, por la cual son sucesivamente llevados en su movimiento 23.
Esta afirmación, que podría ser considerada como una modificación en los planteamientos del autor, nos parece más bien una evidencia del peculiar aristotelismo de la física imperante en el medio científico humanista italiano, del cual Hurtado de Mendoza constituye también un interesante ejemplo.
Es justamente a través de la lectura de su traducción de la Mecánica que pretendemos aclarar esta afirmación.
El humanista español probablemente revisó el manuscrito griego del tratado conservado en la Biblioteca de la República de Venecia proveniente de la colección del Cardenal Bessarión 24, para luego redactar su versión española en 1545 25.
Junto con esto, se apoyó para su estudio del texto en la traducción ----20 PICCOLOMINI (1547), fols.
21 Es sumamente significativo el que Piccolomini escribiese esta obra sobre filosofía natural en lengua vernácula, y en su dedicatoria al papa Julio II señalase que se trataba del primer libro dedicado exclusivamente a este tema en italiano.
Ver SUTER, R. ( 1969 de Leonico Tomeo, como lo demuestran las anotaciones en griego hechas por Mendoza en su copia de los Opuscula 26.
Justamente en esta versión latina, el traductor incorporó un breve párrafo al problema XXXIII, en el cual exponía las principales teorías dinámicas antiguas.
En primer lugar aludía a la posibilidad de impresión de una fuerza superior a la inclinación natural del proyectil en la parte inicial del movimiento, para luego referirse a la explicación centrada en el rol del aire como impulsor del proyectil 27.
Hurtado de Mendoza parece haber recogido esta incorporación de una manera sumamente particular en su versión del problema XXXIV:
Porque en las cosas demasiado de chicas ni las demasiado de grandes van lexos siendo arrojadas, mas es menester que tengan una cierta medida y respecto al que las arroja?
Por ventura porque es neçessidad lo que es arrojado contrastar y contravenir a la parte donde fuere echado, mas lo que por su grandeza no se vençe ni da lugar, o por su livianeza no resiste no haze impetu o fuerça de arrojar ni de rempuxar, luego lo que exçede mucho a la fuerça que rempuxa no se dexa vençer, y lo que es mucho mas liviano no resiste; o por ventura porque tanto es llevado lo que es llevado quanto ayre moviere hazia baxo, mas lo que no es movido no mueve nada, pues si aconteçe tener qualquiera destas cosas o demasiada grandeza o demasiada pequeñeza, sera como cosa immovible, porque ni esto mueve nada ni aquello es movido nada 28.
Foulché-Delbosc publicó la versión contenida en el MS Biblioteca del Escorial f-III-15, obra de un secretario o copista, que contiene numerosas correcciones y modificaciones de la mano del propio Hurtado de Mendoza.
El problema original afirmaba: «¿Por qué no son llevadas muy lejos cuando son lanzadas ni las cosas bastante pequeñas ni las grandes, sino que es preciso que haya cierta correlación con lo que lanza?
¿Acaso porque por fuerza lo lanzado y empujado ofrece resistencia en el punto en el que es empujado?
No produce lanzamiento ni empuje lo que por su magnitud no cede en absoluto o lo que por su falta de fuerza no ofrece resistencia.
Lo uno, sobrepasando en mucho a la fuerza que empuja, no cede en absoluto; lo otro, siendo mucho menos fuerte, no ofrece ninguna resistencia.
¿O es que lo transportado es transportado tanto cuanto aire desplace en profundidad?
Lo que no se mueve nada, tampoco pondrá nada en movimiento.
Y a estos objetos les ocurren ambas cosas.
Lo muy grande y lo muy pequeño son como si no se movieran en absoluto: pues lo uno no mueve nada y lo otro no se mueve nada».
En ARISTÓTELES y EUCLIDES (2000), Sobre las líneas indivisibles, Mecánica, Óptica, Catóptrica, fenómenos, traducción de Paoloma Ortiz García, Madrid, Gredos. pp. 114-115.
Este fragmento contiene dos importantes elementos que a nuestro juicio demuestran la influencia del contexto científico italiano en el pensamiento de Hurtado de Mendoza.
El primero dice relación con la interpretación de la fuerza inicial de empuje.
Siguiendo al autor, el comentador señala que el cuerpo arrojado debe tener un tamaño proporcional respecto del que lo arroja, pues debe contrastar «a la parte donde fuere echado» -es decir, el lanzador-para así moverse.
En efecto, lo demasiado grande no cede y lo excesivamente liviano no resiste y, añade, «no hace impetu o fuerça de arrojar ni de rempuxar».
Esta adición revela que la lectura hecha por Hurtado de Mendoza comparte el análisis de Piccolomini.
Quizás sería apropiado suponer que el autor sienés recogió alguna sugerencia del español, puesto que éste ya trabajaba en su versión en Trento en 1545, como una carta a Juan Páez de Castro del 10 de agosto de ese año confirma 29.
Por otra parte, la paráfrasis de Piccolomini contiene adiciones más extensas y explicativas que la traducción anotada de Hurtado de Mendoza, por lo cual sería probablemente injusto reducir la originalidad de su interpretación.
En efecto nos parece que ambos autores reflejan un escenario intelectual más amplio que propició una exégesis de la obra aristotélica basada en el concepto de impetus.
Hacia finales del siglo XV e inicios del XVI la mayoría de las obras de los autores de la Escuela de París habían sido publicadas en Italia.
Los editores más importantes de estos libros fueron los venecianos Octavianus Scotus y Bonetus Locatellus, quienes sin lugar a dudas favorecieron la popularidad de la física medieval en el ambiente intelectual italiano 30.
Una muestra de esto son los casos de Agostino Nifo, en cuyo comentario a la Física publicado en 1506 se alude al impetus como motor, y el de Hieronymus Picus, quien en su Questio de motu gravium et levium se refería al impetus en términos similares a Jean Buridan 31.
A estos nombres es posible agregar el de Giorgio Valla (1447-1500), quien, apropiándose de la teoría tardomedieval, atribuyó el movimiento ascendente de los proyectiles a una fuerza impresa en el cuerpo que llamó vis indita 32.
Como observó Charles B. Schmitt, los maestros parisinos fueron frecuentemente editados en el norte de Italia antes de 1520, fecha después de la cual la tradición fue paulatinamente absorbida ---- en los escritos33.
Los autores recién mencionados constituyen los primeros ejemplos de este proceso.
Creemos, sin embargo, que la adopción de la idea de impetus presenta algunas particularidades que merecen ser destacadas.
Marie Boas señala que los nuevos bríos de la explicación de la Escuela de París en el Renacimiento fueron originados por las observaciones empíricas del lanzamiento de proyectiles y por el creciente espíritu anti-peripatético de la época, que insistía en enfatizar los errores inherentes a la discusión aristotélica del movimiento34.
Si bien esta explicación pueda ajustarse a cierto tipo de tratados técnicos, para el caso de la obra que aquí nos ocupa la situación parece ser diversa.
Efectivamente, Hurtado de Mendoza utiliza el concepto de impetus para describir y justificar la trayectoria de los objetos lanzados, pero esto no está ligado a una negación absoluta de los principios aristotélicos, como lo demuestra la continuación del problema XXXIV.
Inmediatamente después de aludir al impetus como fuerza motriz, señala que «tanto es llevado lo que es llevado» -es decir, el proyectil-«quanto ayre moviere hacia abaxo».
Luego precisa que aquel que no es movido inicialmente no mueve nada y por lo tanto permanece inmóvil.
Esta afirmación constituye una negación de la teoría tardomedieval defendida líneas más arriba, lo que demuestra la dificultad de compartir la explicación de Boas sobre las causas de la difusión renacentista de la idea de impetus, puesto que la conservación de la alusión al aire en el texto demuestra que ciertos principios de la física aristotélica estaban lejos de ser abandonados.
En su tratado Sobre el cielo, Aristóteles afirma que el aire ayuda en el movimiento natural de los objetos (III, 2, 301b 24-26).
Esto significa que, tal como en su explicación del movimiento violento o ascendente de un proyectil, el medio tiene la función de facilitar el descenso.
Esta aseveración, que no encuentra mayor profundización en el corpus aristotelicum, favoreció una serie de especulaciones e interpretaciones en la filosofía posterior.
Averroes, por ejemplo, concluyó que el aire cumplía el rol de empujar el cuerpo en descenso, idea que fue ampliada posteriormente por Walter Burley en el siglo XIV 35.
Tal concepción era defendida por aquellos seguidores de la doctrina ----aristotélica del movimiento mecánico, es decir, compartían la creencia en la necesidad de un contacto directo entre el objeto movido y el motor externo.
Sin embargo el pasaje era lo suficientemente ambiguo como para dar pie a otras lecturas.
El mismo Aristóteles afirmaba, algunas líneas más arriba en la misma obra, que el rol del peso del objeto en descenso equivalía al de la fuerza ejercida en el movimiento violento (III, 2, 301a 22-24).
El peso en este contexto era interpretado como la tendencia interna del cuerpo a moverse en dirección al centro del universo, su lugar natural 36.
Esta tendencia demostraba que el lugar natural era un punto de referencia que condicionaba el descenso 37.
La ambigüedad de la explicación aristotélica permitió que durante el Medioevo se desarrollara una línea interpretativa que combinaba ambas afirmaciones.
Pierre Duhem afirma que una importante tradición en este sentido puede ser reconstruida considerando las distintas teorías formuladas sobre el rol del aire como acelerador del movimiento descendente.
Para él, la Expositio in libros Aristotelis de caelo et mundo (libro II, lect.
VIII) de Tomás de Aquino y el tratado De ratione ponderis, atribuido al matemático Jordanus Nemorarius, constituyen los referentes más importantes de la prolongación medieval de la idea basada en el enunciado del De caelo, según el cual cuanto más aire es empujado, más rápido atraviesa el proyectil el medio.
Desde esta perspectiva el cuerpo caía por su peso, y era ayudado por el aire que desplazaba y que se ubicaba en la parte posterior del proyectil 38.
Según Duhem esta explicación parece haber sido desconocida para los antiguos, pues Simplicio, quien enumera distintas teorías sobre la caída acelerada de los graves, no la menciona 39.
Los casos de Piccolomini y Hurtado de Mendoza, si bien revelan la permanencia del criterio ambiguo de Aristóteles, no constituyen ejemplos evidentes de la transmisión de las interpretaciones medievales de ésta.
Mientras el autor sienés opta por una defensa tradicional de la teoría del impetus y sólo en su Filosofia aturale revela su comunión con el rol activo del aire en el ----movimiento de proyectiles, el español combina ambas explicaciones en su traducción de la Mecánica, proponiendo una versión explícita de aquello que en el original es sólo enunciado.
En este sentido, la lectura de Hurtado de Mendoza constituye un claro ejemplo del intento por combinar la teoría parisina con el pensamiento de Aristóteles, posibilidad que en el tratado de mecánica encontraba fértil terreno debido a la aceptación de la función del medio en la continuación del movimiento del proyectil y la importancia atribuida a la fuerza que da el impulso.
Una interpretación similar del tratado fue dada por el médico, matemático y filósofo milanés Girolamo Cardano en su De subtilitate, publicado en Núremberg en 1550.
En el segundo libro presenta un interesante y original análisis de dinámica, exponiendo tres tesis tradicionales sobre el movimiento de proyectiles y proponiendo una personal interpretación de la función atribuida por Aristóteles al aire.
El autor comienza por describir brevemente la teoría del impetus, la cual rechaza utilizando como ejemplo los efectos que los rayos tienen en los árboles sin tocarlos, lo que, según él, sólo puede ser comprendido por la transmisión del movimiento a través del aire ubicado entre ambos 40.
En seguida se refiere a la teoría de la antiperístasis, la cual refuta repitiendo la idea del Estagirita, para quien el aire no puede originar el movimiento por sí mismo, requiriendo de un motor que lo impulse 41.
Luego menciona la explicación de «algunos antiguos», según quienes el aire precede al proyectil y «por sucesión, para evitar la formación de vacío», avanza delante del cuerpo lanzado, el cual le sigue con impetuosidad.
Para Cardano, esta tesis, «atribuida falsamente por algunos al Filósofo», no puede ser aceptada puesto que no explicita qué mueve al aire: si fuese el proyectil, se moverían entre sí, lo que es imposible; y si tuviese el principio de movimiento en sí mismo, tendría una velocidad perpetua y constante, lo que es falso por experiencia 42.
Según Elio Nenci, es posible que Cardano estuviese aludiendo a la Mecánica, en particular al problema XXXIII en donde las referencias al «algo más» movido en la trayectoria del proyectil era interpretado por el autor milanés como el medio.
Nenci señala además que Cardano había expresado sus dudas sobre la atribución del tratado a Aristóteles, lo que coincidiría con las aseveraciones hechas en la exposición de la tercera tesis 43.
Para Nenci, la presentación de esta explicación revela el ingenio y la profundidad de la reflexión de Cardano sobre el concepto de materia.
Desde la perspectiva del editor, esta lectura de la Mecánica responde a la idea de elementos sublunares desarrollada en el De subtilitate, según la cual éstos conservan su forma a través de la afinidad natural que permite la unión de los cuerpos y la inexistencia de vacío.
Así, Nenci explica que para Cardano en la Mecánica el motor inicial empuja al mismo tiempo el proyectil y el aire delante de él, el cual, al ser más rápido que el cuerpo grave, tiende a rarificarse.
Puesto que el proceso de extensión del medio es limitado éste mantiene su forma, acarreando consigo al proyectil 44.
A partir de los puntos no resueltos por esta última tesis, Cardano propone su propia interpretación de la explicación aristotélica, centrada en el concepto de impetus acquisitus, o la fuerza que aumenta su intensidad en la medida que el aire se rarifica a lo largo de la trayectoria 45.
La interpretación de Cardano fue considerada por Duhem como una tercera alternativa a las ideas medievales de balística.
Si hasta entonces podían identificarse, de una parte, quienes defendían la teoría de la agitación del aire como motor y, de otra, aquellos que contraponían el principio del impetus, la combinación de ambas concepciones en la noción de impetus acquisitus se levantaba como una teoría independiente 46.
Alexandre Koyré, por su parte, afirma que la posición de Cardano puede ser definida como semiaristotélica en comparación con la de su contemporáneo Piccolomini, quien -según élprofesaba estrictamente la doctrina del impetus 47.
La exposición de Cardano, orientada a proponer explícitamente una nueva explicación de Aristóteles recogiendo el legado medieval, constituye un referente esencial de la dinámica renacentista italiana.
Si bien Piccolomini puede haber aceptado el rol del aire en su Filosofia aturale, en la paráfrasis de la Mecánica descartaba cualquier rol del medio en la conservación del movimiento, por lo que la apreciación de Koyré parece justa.
Creemos en ese sentido que el caso de Hurtado de Mendoza es de especial relevancia, puesto que ---- en su traducción incorpora la teoría del impetus a la función del aire en la prolongación de la trayectoria del proyectil.
Nos parece que la importancia de la versión de Hurtado de Mendoza debe ser destacada en la medida que propone una concepción dinámica similar a la de Cardano algunos años antes.
Puesto que su traducción no fue publicada en la época, parece difícil afirmar que el milanés pueda haberse inspirado en ella.
Sin embargo, dada la relación del Embajador Imperial con los círculos científicos de la época, no parece del todo improbable que Cardano pueda haber sabido de su interpretación.
Más allá de la originalidad de la explicación, es significativo que en ambos casos la posibilidad de combinar las soluciones tradicionales haya surgido del análisis de los problemas finales de la Mecánica, lo cual demuestra su importancia en el desarrollo de una nueva dinámica en el contexto italiano de mediados del siglo XVI. * * * En conclusión podemos afirmar que la traducción de Diego Hurtado de Mendoza de la Mecánica revela la relación interpretativa existente entre el español y dos de las figuras científicas más importantes del Renacimiento italiano: Alessandro Piccolomini y Girolamo Cardano.
Esta afinidad se evidencia en el intento por resolver las ambigüedades contenidas en los últimos problemas del tratado, valiéndose de las más influyentes teorías de dinámica con el propósito de insertar la obra en la tradición filosófica codificada.
Dentro de este proceso la versión de Hurtado de Mendoza del problema XXXIV constituye un fragmento sumamente relevante, pues combina la explicación de Aristóteles sobre la función central del aire en el movimiento del proyectil con la interpretación contraria de los parisinos del siglo XIV fundamentada en la impresión de fuerza motriz en el cuerpo lanzado.
Esto demostraría que la noción de impetus acquisitus de Cardano, más que una innovación individual, probablemente revela una inquietud intelectual compartida por sus contemporáneos. |
físico: su educación en la disciplina, su servicio como experto durante la Segunda Guerra Mundial, y su investigación doctoral.
El objetivo en última instancia es ofrecer base empírica para valorar una afirmación como la de Mara Beller (1999), que dice que la descripción kuhniana de la ciencia normal está parcialmente basada en circunstancias y experiencias personales, no sólo en los datos históricos o en la evidencia disponible de la sociología de la ciencia.
En este artículo se establece que dicha tesis es plausible.
PALABRAS CLAVE: Educación progresista.
Física del estado sólido.
Algo de divergencia caracteriza todo trabajo científico [...].
Pero mi propia experiencia en la investigación científica y mi versión de la historia de las ciencias me lleva a preguntarme si la flexibilidad y la apertura de mente no han sido subrayadas de manera demasiado exclusiva como las características requeridas para la investigación básica3.
Frente a tal flexibilidad y apertura de mente, Kuhn contrapone, como sabemos, un tipo de pensamiento menos crítico, más dogmático y tradicionalista, propio de su ciencia normal.
Lo más importante del párrafo, no obstante, es que Kuhn señala que una de las fuentes de esa visión es su propia experiencia como físico.
Puesto que su exposición de la ciencia normal es uno de los aspectos más sugerentes y (en la década de 1960) novedosos de su obra, comprobar su origen biográfico y averiguar hasta qué punto puede haberse construido sobre él podría ser revelador para nuestra comprensión de esa obra.
En este artículo obtendremos algunos resultados de relevancia para satisfacer este objetivo.
Hay un tercer beneficio de esta clase de investigación biográfica, relacionado con el anterior, aunque éste es principalmente para los críticos de la concepción kuhniana de la ciencia normal.
El trabajo de la historiadora Mara Beller lo ilustra con claridad.
Beller se opone al dogmatismo inherente a la concepción de la ciencia normal de Kuhn.
Ya hace años avisó de que la potencial conexión entre Structure y el periodo de Kuhn como físico podría explicar el excesivo énfasis kuhniano en la naturaleza dogmática de la ciencia normal.
Esto queda patente en el siguiente extracto de su Quantum Dialogue:
La creatividad y longevidad de lo que Kuhn llamó «ciencia normal» se deben, sugiero, no a su dogmatismo sino a su carencia de él.
La resistencia de la ciencia normal es posible porque no encaja bien en la noción kuhniana de ciencia normal.
La noción de Kuhn del científico como alguien que resuelve rompecabezas parece especialmente apropiada como descripción de la experiencia del estudiante graduado y posgraduado de ciencias, tal como el propio Kuhn fue antes de pasarse a la historia de la ciencia 4.
Quizá la experiencia de un científico creativo maduro (no de un científico de una ciencia «madura») quede mejor caracterizada por David ----Finkelstein: «En el presente, la ciencia funciona con muchos de sus practicantes buscando y, a la vez, dudando de la existencia de lo que buscan»5.
En la primera parte del texto reproducido, Beller resume su postura antikuhniana en lo que respecta a la noción de ciencia normal y su conexión con el dogma.
En el segundo párrafo se deja ver que la ciencia normal de Kuhn es dogmática debido a que el propio Kuhn se educó como físico hasta un grado de especialización en el que la ciencia normal también es dogmática.
Pasos más allá de esa fase del científico novel, indica Beller, ese dogmatismo se diluye y la crítica adquiere mayor importancia.
En este artículo no vamos a examinar la idea de Beller y no vamos a criticar (ni a defender) el dogmatismo aparentemente inherente a la ciencia normal.
Sólo vamos a examinar la base empírica para hacer la afirmación mencionada: la ciencia normal de Kuhn depende en buena medida de la experiencia de Kuhn como físico.
Sí cabe decir, no obstante, que, en caso de que esta afirmación sea verosímil, como creemos que es, quizá la ciencia normal de Kuhn ofrezca un perfil sólo (y quizá demasiado) parcial de la imagen real de la ciencia.
El resultado de este trabajo podría ser, así, beneficioso para la crítica de la ciencia normal de Kuhn.
En cualquier caso, abre una vía de reinterpretación.
Para realizar nuestro examen, procederemos del modo siguiente.
En la segunda sección mostraremos el trasfondo educativo del joven Kuhn (aquél que entra en Harvard en 1940 decidido a convertirse en físico teórico).
Veremos que es un Kuhn que valora de forma especial la creatividad como elemento inherente a toda forma de actividad intelectual (incluyendo la ciencia).
La sección siguiente muestra a Kuhn en sus primeros estudios de grado en Harvard, lo cual no supone ningún choque con respecto a las expectativas iniciales, pues el problema de física es, para este Kuhn, un simple reto intelectual.
Las secciones cuarta y quinta sí encarnan un cambio de circunstancias, cuyo impacto en Kuhn se aprecia mejor por contraste con el escenario visitado en las dos secciones previas.
Estas nuevas secciones hablan del trabajo de Kuhn como experto en ondas durante la Segunda Guerra Mundial y su investigación de doctorado (claramente «convergente») bajo la supervisión de John Van Vleck.
La rutina inherente a esas prácticas causa el creciente hastío de Kuhn hacia la práctica de las ciencias.
Como se deja ver en el artículo, la rutina en ----que por entonces se ve inmerso no excluye una fuerte dosis de creatividad, pero ésta va asociada a un proyecto de investigación cerrado, que no busca más que mejorar las capacidades de cálculo de una teoría, la cual no se somete a crítica en sus fundamentos.
Si buscamos una buena imagen de la ciencia normal ajena a la teoría de Kuhn, ésta se puede encontrar fácilmente aquí.
Cerraremos el artículo con algunas reflexiones sobre lo visto hasta el momento y con un Apéndice que aporta datos relevantes para la sección quinta.
Kuhn nació en Ohio en 1922, pero creció en Nueva York.
Sus padres, Minette Stroock Kuhn y Samuel Kuhn, le procuraron, tanto a él como a su hermano menor, Roger, una educación liberal, «progresista», como se conocía por entonces.
El matiz es significativo, porque la educación progresista huía de la escuela tradicional victoriana, del aprendizaje memorístico de las lecciones y de los castigos corporales, e introducía toda una serie de reformas encaminadas a la preparación del individuo para enfrentarse de manera eficiente y creativa a su propio ambiente.
La escuela progresista seguía las directrices de John Dewey, quien advertía de que el aprendizaje del individuo no es un mero registro acumulativo de hechos monolíticos con los que equipar una mente vacía 6.
El ser humano corrige poco a poco una imagen inicial simplista que nace de su interacción con su entorno vital, con lo que educar al individuo conlleva partir del mismo punto de vista que éste ya lleva consigo a las aulas, especificarlo y ampliarlo, sin imponer modificaciones en él que no nazcan del propio juicio individual.
Es decir, no sólo se trata de enseñar a sumar, sino de mostrar qué relaciones tienen las operaciones aritméticas con el mundo que a uno le rodea, desde su uso en la tecnología de la época a sus relaciones con formas más elevadas de pensamiento simbólico.
Así, esa actividad adquiere sentido en el modo de vida del individuo 7.
En la Lincoln School de Nueva York, donde Kuhn estudió hasta los once años, y al igual ---- que en la Hessian Hills de Croton-on-Hudson, estado de Nueva York, donde estuvo hasta los quince, hablar de álgebra superaba en importancia a ejecutar mecánicamente meras divisiones y resolver ecuaciones de segundo grado.
La interpretación histórica, sociológica y económica de los orígenes de la Constitución de los Estados Unidos de Charles A. Beard era, ya para estos jóvenes, tema de vivo debate 8.
Las universidades de la Ivy League tal vez clamaran por individuos así educados, pero el acceso a ellas a través de la escuela preparatoria seguía siendo sinónimo de tradicionalismo 9.
Por eso, Kuhn, que pretendía ir a Harvard como las generaciones previas de su familia, debía asistir a alguna escuela tradicional donde cultivar de manera rigurosa y promocionar sus diversos talentos: desde la discusión en los foros académicos a sus notables capacidades para el cálculo y el pensamiento abstracto.
Así, en las escuelas preparatorias (Solebury, en Pennsylvania, y Taft School, en Connecticut) Kuhn pasó unos años mucho más rigurosos y duros que los precedentes.
En general, Kuhn no parece haber sido un muchacho terriblemente popular, pero sí un habilidoso orador que ya en 1936 pronunció algún discurso a favor del pacifismo 10.
Era un joven competitivo, según se manifiesta en su registro de la Taft, cuyo interés por los deportes le llevó en alguna ocasión a alguna pelea poco antes de salir para Harvard.
Acabó la educación secundaria Cum Laude, perteneció a varios grupos de debate y deportes y ganó premios como la Rensselaer Alumni Association Medal por un trabajo excepcional en matemáticas y ciencias 11.
Era un joven de éxito.
Aunque los años le harían calmar su furor, siempre mantuvo esa vena de independencia, libertad de pensamiento y racionalismo aprendida en familia y en las escuelas progresistas a ----8 BALTAS, A., GAVROGLU, K., KINDI, V. y KUHN, T.S. (2000), A Discussion with Thomas S. Kuhn las que asistió.
En 1941 afirmaba que la base de todas sus ideas era una sólida fe en la razón como único medio para ofrecer argumentos válidos y, de ese modo, resolver problemas.
El ser humano, asumía ya entonces, siempre acaba por someterse al dictado de la razón 12.
KUHN EN HARVARD: EL APRENDIZAJE DE UNA CIENCIA
En los Estados Unidos de la década de 1940, las perspectivas laborales para un joven con un título de física por la Universidad de Harvard eran mejores que las de un matemático 13.
El padre de Kuhn, Samuel L. Kuhn, un asesor financiero de Nueva York, ingeniero y alumno de Harvard y el MIT, tenía esto bastante claro y así se lo hizo saber a su primogénito.
A su padre no le faltaba razón.
La física había cambiado en Estados Unidos desde que se cultivase con objetivos principalmente prácticos (la industria de la comunicación, los recursos energéticos, la agricultura, etc.).
Como ha mostrado Daniel Kevles 14, desde comienzos del siglo XX, la industria privada y el gobierno norteamericanos habían buscado emanciparse de los laboratorios europeos tanto por el ahorro económico como por el mero prestigio.
American Telegraph and Telephone (AT&T), General Electric o el National Bureau of Standards querían que la física norteamericana controlase y desarrollase por sí misma la base teórica de la disciplina, una autonomía que se volvió necesaria con el bloqueo británico durante la Primera Guerra Mundial.
La competencia europea al final de la contienda disparó del todo estos planes norteamericanos.
En 1924, la AT&T fundó los Bell Laboratories, que se convirtieron en un foco de investigación básica de primer orden, y el gobierno destinó instalaciones propias, como el Naval Research Laboratory, a ese mismo objetivo.
Así, cuando Kuhn accedió a la universidad, un físico joven podía crecer en su profesión si ---- tenía el talento suficiente y accedía o a los ya abarrotados laboratorios universitarios, o a los privados y gubernamentales, donde la investigación era más corporativa que en las universidades, pero los presupuestos acumulaban una gran cantidad de ceros.
Aunque él prefiriese estudiar matemáticas, los argumentos de su padre eran muy convincentes, con lo que, al entrar en Harvard, Kuhn ya tenía clara su elección de carrera universitaria: la física teórica.
La física norteamericana de aquella época no era, sin embargo, el ámbito adecuado para desarrollar una carrera marcada por la creatividad y la independencia intelectual.
Algo así se dejaba para la literatura (que Kuhn continuó estudiando y practicando en Harvard cuando el resto de asignaturas se lo permitía) 15.
Ya en las escuelas preparatorias, por las que Kuhn, recordemos, había pasado, se subrayaba el dominio estricto de la física clásica y las universidades privilegiaban, para sus carreras técnicas y científicas, la calidad del alumnado entrante por encima de la cantidad.
En especial, valoraban la destreza matemática16.
El propio Kuhn aún recordaba bastante bien pasadas varias décadas que su profesor de física y química en la Taft, Sidney Hadley, hacía muy poco caso a sus intentos de desarrollar puntos de vista independientes en física17.
Con todo, Kuhn entró en Harvard en el otoño de 1940 decidido a estudiar física.
Las perspectivas profesionales eran, como decimos, suficientemente convincentes, pero además Kuhn tenía un gran «interés en problemas fundamentales» y la física parecía poder satisfacerlos 18.
Por ello, Kuhn no tuvo ninguna duda desde un principio acerca de las asignaturas que debía elegir.
El estudiante de primer año de licenciatura en Harvard tenía que decidir su carrera al final del semestre.
Antes de llegar a ese punto, se le recomendaba diversificar las cuatro o cinco asignaturas correspondientes y dedicarse a varias cosas que no tuviesen nada que ver con la carrera preferida, para así evitar arrepentimientos tardíos.
Si exceptuamos Mathematics A (geometría analítica y cálculo infinitesimal), obligatoria para los futuros estudiantes de física, y la inevitable asignatura de inglés (excepto para los que entraban con mención de honor en la materia), restan un par de asignaturas, tres en el mejor de los casos, que dedicar a otras disciplinas.
Kuhn no tuvo demasiadas dudas ni ----diversificó demasiado.
Se matriculó en Physics F, que duraba dos años y tenía fama de ser bastante complicada, y en una asignatura de historia de la filosofía con Raphael Demos que le marcaría sobremanera19.
Sus restantes intereses, principalmente literatura y política, reaparecerían en su expediente periódicamente, pero sobre todo los cultivaría como parte de su actividad extra-académica, considerablemente rica en su caso, pues perteneció a diversos grupos de debate literario y político, y acabó dirigiendo el consejo editorial del prestigioso diario estudiantil The Crimson20.
Las asignaturas de matemáticas no fueron un problema para Kuhn hasta el tercer año de carrera.
Kuhn se sentía muy por encima de la media.
El primer año dejó de asistir a clase después de pocas semanas; solía resolver los problemas asignados por sí solo y enviarlos con algún compañero.
Sólo el segundo semestre del segundo año le empezó a revelar cosas nuevas, aunque los problemas realmente serios empezaron a aparecer con la asignatura de tercero que impartía el famoso George Birkhoff.
Las integrales múltiples y la diferenciación parcial se le revelaron difíciles y años más tarde confesaba que incluso después no siempre lograba resolver las primeras 21.
Por otro lado, Kuhn tampoco recuerda que sus primeros contactos con la física universitaria fuesen del todo buenos, de acuerdo con sus propias impresiones posteriores.
Aparentemente, la causa de ello fue la necesidad de subir un escalón de dificultad notablemente marcado.
Physics F, la asignatura elegida por él ya en primero, comenzaba siendo impartida en el primer año por Wendell Furry, un antiguo colaborador de J.R. Oppenheimer en Berkeley (en lo que había constituido una de las primeras ventanas del país al nuevo paisaje de la cuántica ----europea) 22.
Furry tenía un nivel teórico bastante alto y Kuhn no parece haberse sentido al principio capaz de seguir su ritmo.
Kuhn recordaba no saber cómo enfrentarse bien a los problemas (principalmente de mecánica, calor y sonido) propuestos por Furry.
Sus calificaciones empezaron a bajar (algo inaudito en Kuhn, un alumno tradicionalmente sobresaliente) y tuvo sus primeras dudas sobre su talento para esta materia.
Kuhn logró resolver el problema, aunque el reto parece haberle dejado huella.
La superación de la dificultad provino, según su propia versión, de algo parecido a un «momento de iluminación» en el que aprendió de repente el modo específico de resolver esos problemas 23.
Para él, esta sensación sería clave en el futuro, cuando por ejemplo distinguiera el patrón de práctica científica propia de la ciencia normal en Structure como una tradición de solución de rompecabezas, ya que el aprendizaje de esa clase de práctica, la entrada en dicha tradición, suele acarrear parecidas experiencias de comprensión repentina de un modo de describir fenómenos y resolver problemas 24.
Tuviera algunas dificultades o no, la impresión general que producía Kuhn, entre sus éxitos académicos y sus ricas actividades extra-académicas, era la de un prometedor joven de gran talento.
De hecho, se graduaría Summa Cum Laude un año antes que su promoción 25 y entraría directamente a formar parte de uno de los proyectos de investigación en física desarrollados por el Gobierno de Estados Unidos durante la guerra: el desarrollo de contramedidas de radar (cf. nuestra siguiente sección).
Philip Anderson, compañero suyo de estudios (y futuro premio Nobel de Física) recordaba recientemente, con notable modestia por su parte, al Kuhn de aquella época del modo siguiente: 25 Algo que sólo 500 de 2000 alumnos lograron hacer (Comunicación personal con H.P. Noyes, 11 de enero de 2003.
Noyes, a quien agradezco su colaboración, fue compañero de estudios de Kuhn y más tarde se lo volvió a encontrar en Berkeley, donde Kuhn trabajaría, ya como historiador de la ciencia, años después).
ANDERSON: Sí, en la misma clase.
Era editor del periódico The Crimson.
Era junior marshal Phi Beta [Kappa], fue nombrado para Phi Beta cuando era junior.
Nunca obtuvo otra cosa que no fuera un sobresaliente.
Siempre que estaba en la misma clase que él, procuraba estar un punto o dos por encima de su nivel, pero yo consideraba que aquello era lo máximo a lo que yo podía aspirar 26.
Pese a lo dicho, el «gran hombre del campus» se enfrentaría a problemas que poco a poco minarían su tendencia hacia la física teórica.
Kuhn mantuvo su independencia intelectual y ahondó en ella, pero pronto se dio cuenta de que convertirse en físico profesional exigiría de él un menor cultivo de la misma.
Por otro lado, como dijimos, ya en su primer año en Harvard había coqueteado con la filosofía, y esa experiencia le dejó huella.
A finales de julio de 1943, nada más graduarse, escribía a su tía Emma Fisher que sus inclinaciones intelectuales tenían más que ver con las reflexiones filosóficas acerca de la física que con la física misma 27.
La guerra, no obstante, había desviado su trayectoria hacia ésta última.
Kuhn dedicaría oficialmente la mayor parte de su tiempo y esfuerzo a la física hasta finales de 1948, la fecha en que obtendría su doctorado.
Algo que le quedaría bastante claro a lo largo de los cinco años siguientes (1943-48) sería que la física exigía limitar la atención a un aspecto específico, restringido, de la realidad (si ésta era una falsa impresión o no es ya otra cuestión 28 ).
Esta experiencia, relatada en las dos secciones siguientes, influyó definitivamente en su abandono de la física, aunque también, defendemos aquí, en la imagen de la ciencia que contribuyó a extender.
KUHN DURANTE LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL 4.1.
Kuhn, Harvard y las contramedidas El 22 de diciembre de 1941, la marina norteamericana propuso un programa para el uso en el campo de batalla de contramedidas de radar que el Na-----26 Entrevista de A. Kojevnikov a P.W. Anderson, 30 de marzo de 1999, Niels Bohr Library & Archives, American Institute of Physics, College Park, Maryland, EE.UU.
28 El propio Kuhn creía, décadas después (en los años noventa), que la impresión que tenía de la física al acabar la guerra estaba equivocada; en otras circunstancias, si, e.g., hubiera trabajado en Los Álamos, quizá hubiese continuado con su carrera de físico.
Cf tional Defense Research Committee (NDRC) debía desarrollar.
El objetivo, en términos técnicos, consistía en especificar las características de los equipos alemanes de radar y desarrollar modos de anular sus efectos.
Esta tarea debía ser llevada a cabo en colaboración con el Radiation Laboratory del MIT, pero este laboratorio tenía, ya por entonces, demasiadas competencias asignadas.
Luis Alvarez ya había dedicado un grupo al desarrollo de contramedidas y esa experiencia debía ser aprovechada, aunque en otro lugar, preferiblemente cercano a Cambridge, Massachusetts 29.
Harvard era un emplazamiento apropiado.
La División D del NDRC y esa universidad firmaron un acuerdo para instalar en su campus el laboratorio de contramedidas: el conocido como Radio Research Laboratory 30.
El 11 de febrero de 1942 (por recomendación de Álvarez), Frederick E. Terman, antiguo director del Departamento de Ingeniería Eléctrica de la Universidad de Stanford, fue nombrado director y éste reclutó a su vez a Roger Hickman, del propio Harvard, y a un par de personas más, para abrir las puertas del centro 31.
Para enero de 1944, cuando Kuhn ya se encontraba entre sus filas, el laboratorio contaba con 744 empleados, 214 de los cuales eran personal de investigación.
El laboratorio, al principio dependiente del Radiation Lab del MIT, se emancipó de éste en marzo de 1942 y pasó de los edificios del MIT a un reformado bloque de biología de Harvard en Divinity Avenue 32.
El laboratorio era oficialmente secreto para la población universitaria 33, pero, tanto a él como a muchos otros estudiantes de física, se les animó a in----- ([1997], nota 27), esto y el propio estilo del artículo sugieren que se trata de un texto redactado por el propio Kuhn, algo que no clinar sus pasos hacia la electrónica 34.
Esto lo alejó de una formación teórica más pura.
Kuhn debería haber estudiado alguna asignatura de óptica, termodinámica (algo que dudaba haber tocado hasta el doctorado) y relatividad, pero estas materias sólo aparecieron en su expediente como parte de su formación doctoral.
En su lugar, siguió un itinerario de estudios principalmente centrado en teoría electromagnética y electrónica con miembros del llamado «Cruft group» 35.
El «Cruft group» era un grupo de físicos especializado en la tecnología de la comunicación que se concentraron en torno al Cruft Laboratory de Harvard 36.
Su cabeza visible era el renombrado E.L. Chaffee, un especialista en electrónica y tubos de vacío y también un reconocido administrador con sólidos principios tradicionales.
El Cruft, con Chaffee a la cabeza, puso sus conocimientos de electrónica a las órdenes de Conant, el rector de Harvard (y uno de sus destinos fue la instrucción en tecnología de radares para el ejército) 37.
Kuhn cursó asignaturas sobre, e.g., tubos de vacío (fenómenos de emisión y de descarga en gas) y teoría de circuitos con el propio Chaffee, y sobre electromagnetismo y teoría de antenas con R.P.W. King (un especialista en esta última materia) 38.
Con esta formación y una buena finalización de estudios, Kuhn fue directamente a trabajar al Radio Research Laboratory.
Allí, Kuhn seguiría en contacto con King, pero entraría a formar parte de un grupo teórico supervisado por quien sería su futuro director de tesis, John H. Van Vleck (de quien hablaré más abajo) 39.
La labor de Kuhn era hacer cálculos de la potencia estimada de los ecos de radar que devolverían los objetivos militares propuestos.
Gracias a estas estimaciones, en las que se tenían en cuenta diferentes variables, desde la distancia hasta las condiciones medioambientales, y en las que se empleaban los datos proporcionados por el Naval Research Laboratory, se valoraba la efectividad de las contramedidas ---sería raro dadas tanto su participación como redactor-jefe en el periódico estudiantil The Crimson durante sus estudios de licenciatura como otras colaboraciones puntuales para el Harvard Alumni Bulletin.
34 ¿Qué era una contramedida?
En resumen, un falso eco de radar.
Su resultado era generar un esquema falso de la disposición de los bombarderos en un ataque aéreo.
Uno de estos ingenios era, por ejemplo, «Window».
(En Estados Unidos se denominaba «Chaff»).
«Window» era adecuado para un tipo de radar alemán denominado «Würzburg», que operaba en una longitud de onda considerablemente corta, unos 50 cm.
«Window» consistía en llenar el espacio con tiras de aluminio de 30 cm de largo por 1,25 cm de ancho que reradiaban la onda emitida desde el radar en la misma longitud de onda.
«Window» era más eficaz si la longitud de onda original era la mitad de larga que la tira de aluminio.
Para una radiación en su banda de frecuencia, cada tira reflejaba el eco de forma equivalente a como lo haría la superficie de un bombardero pesado B-17 o B-24.
Así, cuando se dejaban caer miles de tiras de aluminio de estas características desde un avión, alrededor de medio kilómetro antes de la llegada del escuadrón, el operador veía cómo su radar quedaba sumido en la más absoluta confusión, y con ello el armamento antiaéreo permanecía completamente cegado 41.
Las contramedidas eran muy eficaces.
Se podría decir que Kuhn sirvió en uno de los laboratorios de guerra que ayudó a causar un mayor número de bajas tanto militares como civiles, al margen del «Proyecto Manhattan».
Tanto antes como después del «Día D», los bombarderos aliados soltaron sobre el territorio europeo una enorme cantidad de bombas que contribuyeron al desgaste de la industria alemana, el ejército y la población civil 42.
Las contramedidas contribuyeron a que las campañas tuvieran menos bajas y más «éxitos».
Un ejemplo fue la «Operación Gomorra», que arrasó Hamburgo.
43 En Hamburgo, relata Freeman Dyson, las luces del fuego antiaéreo vagaban inseguras por el cielo mientras los bombarderos lograban que el aire «ardiese» a su paso 44.
Kuhn trabajó en contramedidas en Harvard desde el principio del verano de 1943 hasta mayo de 1944.
Después ocupó varios puestos sucesivos.
En todos ellos, su trabajo fue, aunque algo variado, idénticamente restringido a este único campo.
Ese mes salió para un segundo destino que él mismo solicitó: el American-British Laboratory que el Radio Research Laboratory tenía el campus del Telecommunications Research Establishment, en Great Malvern, Worcestershire, Gran Bretaña 45.
Durante los meses siguientes, Kuhn estaría enormemente cerca de la acción.
Poco tiempo después, pasaría a la unidad de inteligencia técnica de la Fuerza Aérea Estratégica de Estados Unidos, en Bushy Park, Londres.
Allí, entre otras tareas, adiestraba a los que interrogaban a los prisioneros de guerra, para extraer a estos últimos información acerca de los progresos del radar alemán, sus contramedidas y los nombres de los científicos alemanes ocupados en ello 46.
Pero Kuhn tampoco se estableció en Londres.
Kuhn se puso un uniforme de militar por primera vez en su vida, lo que evitaría una acusación de espionaje en caso de ser capturado.
Su misión iba a ser examinar los emplazamientos de radar alemán que fueran dejados tras de sí a medida que Hitler se batía en retirada.
Kuhn se dirigió a St. Jacques, al sur de Rennes, donde la Fuerza Aérea de Estados Unidos tenía situado un cuartel.
Desde allí, Kuhn iría al propio Rennes, donde debía examinar un emplazamiento de radar de cierto calibre.
Tras un cierto periplo de tintes algo novelescos, Kuhn acabaría en París a tiempo para asistir a la entrada triunfal de De Gaulle.
A mitad de septiembre volvió a Londres, para regresar por segunda vez a Francia (y desde allí viajar a Holanda y Alemania) en enero de 1945 47.
Esta vez, Kuhn fue destinado a la 9.a División de Bombarderos de la Fuerza Aérea de Estados Unidos, sita en Rheims 48.
La OSRD deseaba extender a esa división el uso de contramedidas (que ya habían dado muy buenos resultados en la 8.a División) y Kuhn era uno de los técnicos más adecuados para supervisar esa tarea 49.
En la 9.a División, Kuhn tuvo que diseñar todo un programa de contramedidas adecuado a los modelos de bombardero que allí se utilizaban.
Entre él y A.T. Goble, diseñaron prototipos de abertura para la expulsión de contramedidas.
El trabajo se hacía difícil por las dificultades de abastecimiento y era engorroso debido a los numerosos informes que era necesario escribir acerca de la puesta en práctica del recurso50.
La guerra en Europa había terminado.
No obstante, esta agotadora labor no hizo más que reanudarse en otro lugar.
Kuhn empezó el mismo 13 de mayo a inspeccionar, uno por uno, los aparatos de radar que los alemanes se habían dejado tras de sí, así como a entrevistarse con científicos alemanes e interrogarlos sobre esta materia.
El ajetreado itinerario de ese mes le llevó por diversas partes de Alemania: a Süchsteln (14 de mayo), al cuartel general del ejército; a Stade (16-17 de mayo), para la inspección del aeródromo; a Hamburgo (18-19 de mayo), para la inspección de los radares, las contramedidas y la defensa antiaérea, e interrogar a oficiales alemanes de radar sobre los mismos aspectos del radar alemán, así como sobre la efectividad de las contramedidas aliadas; a Pelzerhaken (20-21 de mayo), donde inspeccionó la principal estación experimental de radar de la marina alemana y se entrevistó con el personal de investigación; y a Bergedorf (22 de mayo), donde interrogó al Dr. Möller, director del Instituto Max Wien, sobre sus investigaciones teóricas de los tubos de vacío.
Poco después, Kuhn volvió por fin a Harvard.
Aún era posible que fuera enviado al Pacífico, en concreto a Japón, para tareas semejantes a las desempeñadas hasta el momento, pero el verano transcurrió sin noticias.
En septiembre de 1945, Kuhn solicitó el ingreso en el programa de doctorado del Departamento de Física de Harvard.
Pero su entrada en el Departamento ya estuvo marcada por una cierta falta de entusiasmo.
El trabajo de física durante la guerra mostraba hasta qué punto ese ejercicio podía ser restrictivo, limitado e incluso monótono.
Recordemos que su interés en la física había nacido, entre otras cosas, de su atracción por los problemas fundamentales, pero quizá la física no le permitiese acceder fácilmente a aquellos que le interesaban realmente.
Siguiendo sus inclinaciones filosóficas de 1943, cultivadas aún más durante la guerra (cf. la sección siguiente), Kuhn pidió permiso para se-----guir unos cuantos cursos de doctorado del Departamento de Filosofía, algo claramente anómalo para un futuro físico 52.
Kuhn se estaba alejando de la física ortodoxa con pasos como éste, que no sería ni único ni el más crucial de los que diese en los años siguientes.
Décadas después recordaba de este periodo que «con cada vez mayor frecuencia [...] me preguntaba si lo que yo realmente quería era una carrera de físico» 53.
La respuesta final a esa pregunta fue, como sabemos, un «no» rotundo.
Su doctorado le permitió obtener un título y encontrar mientras tanto un modo de aprovechar sus conocimientos de física, pero ya fuera de la física.
Por otro lado, el trabajo que llevó a cabo en esos años continuó siendo análogo a lo ya visto en el periodo de guerra, en lo referente a la limitación del punto de vista y al aumento de la especialización.
Si, en efecto, la ciencia normal de Kuhn se asienta parcialmente sobre su propia experiencia de la ciencia, esa base se adquiere sobre todo en los años y el trabajo que estamos examinando en esta sección y en la siguiente.
KUHN Y LA FÍSICA DEL ESTADO SÓLIDO
En su última entrevista en 1995, Arístides Baltas le preguntó a Kuhn si sus dudas sobre su dedicación a la física estaban relacionadas con el trabajo realizado durante la guerra.
La respuesta de Kuhn indica que, más que dudas, en aquellos momentos tenía algunas certezas que ya no podía seguir eludiendo:
Yo había sido un «físico».
Utilizo comillas ahora porque, en algún sentido, en vista de lo que había ocurrido, no había recibido la formación propia de un físico, pero había llegado a esto y yo lo empezaba a encontrar aburrido, el trabajo no me interesaba. [...] estaba empezando a dudar de si una carrera profesional como físico era lo que deseaba realmente -en particular en el ámbito de la física teórica-.
Y creo que quizá haya sido entonces, aunque quizá fue más tarde, cuando empecé a plantearme la pregunta: ¿por qué quería ser un físico teórico?
Las dudas no eran muy grandes aún, ni nada parecido, pero ya se habían planteado 54.
Incluso, recordaba, la autoestima pareció fallarle: «[...] aunque continuaba yéndome lo suficientemente bien», decía Kuhn, «ya no era un niño prodigio, y no estaba claro que fuera lo suficientemente bueno... quiero decir para bri----- llar realmente» 55.
Había un ingrediente añadido ya antes mencionado: la filosofía de la ciencia y, en concreto, algunos coqueteos con Kant y con Hume en relación con la función de los conceptos en la construcción de la teoría física, que habían nacido de la asignatura de Demos y, desde entonces, le habían ocupado sus escasos periodos de ocio.
Durante la guerra, S. Freud, F. Nietzsche, W. James, P.W. Bridgman y B. Russell (junto a otras lecturas de divulgación científica de la mano de A.S. Eddington, R.A. Millikan, J.B.S. Haldane o M. Born) habían sido una vía de escape al trabajo de contramedidas 56.
Su vocación de físico estaba en el filo de la navaja y, ahora que la obligación para con el servicio de guerra había cesado (o estaba a punto de hacerlo), parecía el momento de replantearse seriamente la carrera profesional.
Pero Kuhn ya era físico; o «físico», con comillas, según él mismo quería matizar, una suerte de experto en ingeniería electrónica, más bien.
Así que no iba a volver sobre sus pasos para empezar de nuevo toda su carrera académica como filósofo.
El que Kuhn eligiese dedicar una parte de sus cursos de doctorado a la filosofía hacía ver que su dedicación a la física no iba a ser absoluta.
De hecho, ni su tesis ni su director decían lo contrario, porque Kuhn trabajó en la reelaboración de una herramienta de cálculo para la física del estado sólido, no en un problema fundamental, y además no lo hizo con una de las «estrellas» del departamento, como podría haber sido Julian Schwinger 57, sino con una antigua figura del panorama de la física teórica norteamericana: J.H. Van Vleck, su antiguo jefe en el Radio Research Laboratory, quien parecía conocer bien los quebraderos de cabeza de Kuhn y no le ponía obstáculos 58.
No sólo le propuso la investigación en sí, sino que parece haberle apoyado en un terreno que, Kuhn consideraba, era más psicológico que técnico 59.
La tesis con Van Vleck, más que un final triunfal, era una salida honrosa para este futuro ex-físico.
Pero, ¿quién era, a fin de cuentas, Van Vleck? ----
Lo primero que hay que decir sobre Van Vleck es que no era en absoluto una opción equivocada.
Más aún, una tesis doctoral bajo la tutela de Schwinger suponía (tal como escribía Philip Anderson en su autobiografía60 ) esperar, día sí, día no, en la puerta de su despacho, mientras que Van Vleck siempre estaba dispuesto a escuchar y reflexionar sobre los problemas de sus doctorandos (de hecho, el propio Anderson, cuyos objetivos como físico eran considerablemente más sólidos que los de Kuhn, «también» lo eligió como director de tesis).
Ahora bien, trabajar con Van Vleck implicaba dedicarse a un terreno específico de problemas.
¿A qué se dedicaba Van Vleck fuera del servicio de guerra?
Van Vleck era hijo y nieto de matemáticos.
Su abuelo y su padre habían ocupado sendas cátedras de matemáticas en la Wesleyan University.
Van Vleck se doctoró en Harvard en 1922 bajo la dirección de Edwin C. Kemble (quien también sería un buen conocido de Kuhn).
Dio clases en Harvard desde 1934, donde, diecisiete años después, ocuparía la prestigiosa Cátedra Hollis de Matemáticas y Filosofía Natural (la más antigua del país, fundada en 1727).
Como físico teórico, su trabajo tuvo un enorme impacto en la física del estado sólido.
Obtuvo el Premio Nobel junto a Neville Mott y el propio P.W. Anderson en 1977.
Para llegar ahí, comenzó en la física atómica de la mano de Kemble, siendo uno de los primeros físicos norteamericanos netamente teóricos.
En la línea de Kemble, aplicó la antigua teoría cuántica a los datos obtenidos de las líneas de absorción y emisión espectroscópicas, un trabajo del que salió un manual (Quantum Principles and Line Spectra) y varios artículos de gran interés.
A partir de la segunda mitad de los años veinte se dedicó a estudiar la física del estado sólido mediante la nueva mecánica cuántica.
En concreto, estudió las susceptibilidades eléctrica y magnética, que presentaban problemas nacidos de la aplicación de la antigua teoría cuántica al estudio de las propiedades de los sólidos.
Su investigación dio como fruto una estructura general en términos cuánticos para las expresiones de las susceptibilidades magnéticas y eléctricas, que constituyó el aclamado The Theory of Electric and Magnetic Susceptibilities.
El resto de su carrera discurrió ya por este terreno, que no sería física fundamental hasta los años setenta61.
----Una vez acordada su supervisión, el trabajo que Van Vleck encomendó a Kuhn fue la mejora del método de cálculo de la estructura de bandas de un metal.
Ésta era una labor nada sencilla.
Para comprender su alcance real conviene que partamos de, al menos, una descripción somera del estado de la cuestión 62.
El estado de la cuestión: Wigner y Seitz 63
A comienzos del siglo XX, la antigua teoría cuántica había ayudado a que las diversas teorías previas, no siempre compatibles, sobre las propiedades de los sólidos (i.e., estructura material, cohesión, plasticidad, conductividad, propiedades magnéticas, etc.) dispusiesen de un cuerpo teórico unificado.
Por su parte, la cristalografía de rayos X había ayudado a obtener una perspectiva regular de la red cristalina.
Pero la primera explicación cualitativa de las propiedades de los sólidos llegaría con la aplicación de la mecánica cuántica y, en concreto, de la estadística de Fermi-Dirac al estudio de los gases electrónicos, combinada con la teoría de bandas.
Según esta última, la interacción entre los átomos en un sólido hace que los niveles electrónicos de aquéllos se desdoblen en tantos otros como átomos hay en el sólido; la proximidad de los niveles nos permite considerarlos una banda continua.
La banda de los niveles superiores es más ancha y sus electrones se mueven casi libres por la red, con ----BRAUN, E., TEICHMANN, J. y WEART, S. (eds.) (1992), Out of the Crystal Maze, Oxford, Oxford University Press, pp. 408-409.
De su trabajo, cf. VAN 63 Agradezco a Javier García Sanz su colaboración específica en esta breve sección y en la siguiente.
lo que podemos hablar de un gas de electrones libres.
La estadística de Fermi-Dirac impone que en el estado fundamental el gas está degenerado, así que los niveles de menor energía dentro de la banda se ocupan hasta alcanzar un nivel máximo, el «nivel de Fermi».
Mientras que en los sólidos aislantes este nivel satura toda la banda, en los metales hay menos electrones libres de los que la banda es capaz de acoger, así que hay niveles no ocupados por encima del de Fermi.
Por el principio de exclusión de Pauli, al aplicar una fuente de energía externa sólo los electrones que ocupan un nivel energético próximo al de Fermi pasan a otro superior no ocupado, con lo que, en condiciones normales de temperatura, sólo alrededor del 1% de los electrones de la banda contribuye a la conductividad térmica y eléctrica y al calor específico.
La explicación así obtenida es útil desde un punto de vista cualitativo, pero no cuantitativo.
Este segundo apareció con el trabajo de Eugene Wigner y su doctorando Frederick Seitz (1933), quienes aportaron el primer método de cálculo de las energías de cohesión aplicado a un metal alcalino, el sodio64.
Es importante ver brevemente cómo era este método, ya que el trabajo de Kuhn y Van Vleck parte directamente de él.
En su artículo de 1933, Wigner y Seitz diferenciaban celdas en la red metálica a partir los planos cristalográficos de simetría que bisecan las líneas que unen a cada átomo con sus vecinos inmediatos.
Con ello, estudiaban la energía del electrón y su función de onda como si formasen parte de un átomo libre, sólo que con las características propias de un átomo en una red cristalina.
Así, mientras que la probabilidad de presencia de un electrón en un átomo libre (expresada en términos del cuadrado de la función de onda del electrón) tiende a cero a medida que aumenta la distancia al núcleo atómico, la del electrón de la red metálica en la misma situación alcanza valores finitos.
El electrón de valencia presenta un máximo de energía a la mitad de la distancia interatómica y su función de onda es continua de forma periódica por toda la red cristalina.
Su movimiento depende del átomo vecino, cuya presencia reduce aún más el valor de su energía potencial.
Al tiempo, su energía cinética es menor que en el caso del átomo libre.
Sobre esta base, Wigner y Seitz hallaban la función de onda real del electrón en la red cristalina mediante una aproximación en la que hacían periódicamente continua la función de onda en el caso atómico.
La clave era calcular la energía del electrón libre en su estado fundamental, algo que lograban resolviendo numéricamente la correspondiente ecuación de Schrödinger, tomando como condiciones de contorno que ----la derivada de la función de onda se anule en los límites de la celda (los planos cristalográficos de simetría que bisecan las líneas que unen átomos vecinos).
Una vez obtenida la función de onda, podían proporcionar resultados numéricos de algunas de las propiedades químicas del sodio metálico, como la constante de equilibrio de la red de sodio o la energía de enlace 65.
Con este trabajo y su ampliación 66, Wigner y Seitz aportaron los primeros cálculos de la estructura de bandas de un metal real.
Había, no obstante, mejoras que hacer en él, fundamentalmente matemáticas, que consistían en lograr superar los tediosos cálculos que el método requería 67.
El trabajo de Kuhn y Van Vleck se encontraba en esta línea.
Mejoras normales: Kuhn y Van Vleck
La investigación de Kuhn con Van Vleck permitía esquivar algunas de las dificultades matemáticas de la aproximación mediante celdas que acabamos de ver.
No se apartaba lo más mínimo de los objetivos ni del planteamiento de Wigner y Seitz, no ofrecía otro modo de cálculo de parámetros alternativo al de estos, ni se salía de su método de celdas.
Esto recuerda mucho a ciertas afirmaciones que Kuhn escribiría más tarde en Structure:
Pocas personas que no sean de hecho científicos practicantes de una ciencia madura se darán cuenta de hasta qué punto un paradigma deja sin hacer una gran cantidad de trabajo de retoque [...], o lo fascinante que puede ser la realización de este trabajo.
Hay que comprender estos aspectos.
Las operaciones de retoque ocupan a la mayoría de los científicos a lo largo de sus carreras.
Constituyen lo que llamo aquí ciencia normal.
Si se examina detenidamente, sea históricamente o en el laboratorio contemporáneo, dicha empresa parece ser un intento de meter a la fuerza a la naturaleza en los compartimentos prefabricados y relativamente inflexibles suministrados por el paradigma. [...
No] entra normalmente entre los objetivos de los científicos inventar teorías nuevas [...].
Por el contrario, la investigación en ciencia normal se orienta a la articulación de los fenómenos y teorías ya suministrados por el paradigma.
HODDESON, L. y DAITCH, V. ( 2002), True Genius: The Life and Science of John Bardeen, Washington, Joseph Henry Press, cap. 4, esp. pp. 60 y ss., para una perspectiva semejante a ésta pero desde el punto de vista del físico John Bardeen.
Las áreas investigadas por la ciencia normal son minúsculas, por supuesto, pues la empresa que ahora se discute posee una visión drásticamente reducida.
Sin embargo, tales restricciones surgidas de la confianza en un paradigma resultan ser esenciales para el desarrollo de una ciencia 68.
Dejemos de lado la perspectiva claramente interna al trabajo científiconormal que Kuhn adopta en el pasaje seleccionado para describir ese modo de investigación (atiéndase sobre todo a las primeras frases del extracto).
Lo que vamos a ver a continuación encaja en la idea del fascinante (aunque correspondiente a un área de investigación minúscula) «trabajo de retoque», que no requiere «inventar teorías nuevas» sino «articular otras ya suministradas por el paradigma».
En The Essential Tension, Kuhn realiza una breve, pero sugerente descripción de este tipo de investigación científica: «En la ciencia pura o básica [...] los problemas característicos son casi siempre repeticiones, con modificaciones menores, de problemas antes tratados y ya parcialmente resueltos» 69.
El trabajo de Kuhn y Van Vleck se amolda bastante bien a esta perspectiva, como veremos a continuación.
En su tesis, Kuhn trabajó en dos métodos: el llamado Function Matching Method, desarrollado en colaboración con Van Vleck, 70 y una aplicación propia del método WKB que el japonés Isao Imai había desarrollado en Tokio 71.
Con el primer método, Kuhn y Van Vleck mejoraban ostensiblemente las aproximaciones de Wigner y Seitz para las constantes de red, las energías de cohesión y la compresibilidad (cf. nuestro Apéndice, más abajo) 72.
La varia-----ción introducida consistía en evitar el cálculo del potencial del campo central del átomo, algo necesario para obtener la función de onda del electrón.
Para ello, Kuhn y Van Vleck asumían que la constante de red, la energía de cohesión y la compresibilidad dependían de las funciones de onda en una región exterior al corazón del átomo.
La derivada logarítmica de estas funciones de onda debe satisfacer una condición que sólo depende de la energía de la función de onda (ya no del potencial del campo) y éste se puede obtener de los valores de laboratorio de los primeros niveles de energía del átomo libre 73.
Por otro lado, las soluciones de la ecuación de onda correspondiente son idénticas a una determinada combinación lineal de dos funciones conocidas que, a su vez, son solución de la ecuación hipergeométrica confluyente resuelta por E.T. Whittaker 74.
Ahora bien, para aplicar este método había que conocer los valores de las funciones-solución de Whittaker dentro de un ámbito físicamente significativo de los mismos que superaba a aquél para el que ya existían cálculos realizados.
Puesto que su cálculo era virtualmente impracticable, Kuhn desarrolló una solución general de la ecuación diferencial mucho más manejable que la de Whittaker.
Kuhn expuso sus resultados en un artículo que publicó en el Quarterly of Applied Mathematics 75.
Por fecha, ésta sería su última publicación científica 76.
En cuanto al segundo método, el WKB permitía obtener una solución para la ecuación de onda sin emplear la combinación lineal de las soluciones de Whittaker.
El método WKB proporciona una solución asintótica de una ecuación diferencial de segundo orden.
En la primera formulación del método, la función que proporciona una solución para la ecuación de onda se comporta de manera diferente a ambos lados del punto de retorno clásico, bien como una función exponencial (en la región clásicamente prohibida), bien como un seno (en la región clásicamente permitida).
La región en que las funciones de onda son físicamente significativas se encuentra cerca de ese punto, pero sólo R.E. Langer en los años treinta había logrado conectar ambas regiones 77.
Isao Imai mejoró en 1948 la aproximación de Langer y Kuhn empleó ese trabajo en su tercer artículo para Physical Review para obtener resultados numéricos semejantes a los ya conseguidos mediante el método Kuhn-Van Vleck 78.
Con este segundo método, sin embargo, se evitaba la insegura extrapolación de la derivada logarítmica en función de valores dados de energía empleada en el método anterior.
Para ello, Kuhn se apoyaba en los valores experimentales, más fiables, del conocido como «defecto cuántico», necesarios para la aproximación en la zona exterior, próxima al punto de retorno.
El «defecto cuántico» es una medida de la desviación de la órbita del electrón de valencia del átomo libre con respecto a su correspondiente órbita hidrogenoide.
Expresado de otro modo, el «defecto cuántico» indica la medida de penetración de la órbita estacionaria en la capa formada por los electrones que rodean al núcleo 79.
Es una medida experimental mediante la cual Kuhn calculaba la constante de fase necesaria para obtener las funciones de onda 80.
Durante la década de 1950, el trabajo de Kuhn con Van Vleck se incluyó entre las mejoras y desarrollos del método de celdas 81.
Fue desarrollado por Harvey Brooks e incluso llegó a ser objeto de una tesis doctoral en Harvard, la de F.S. Ham, todo ello hasta mediados de los cincuenta 82.
Después su importancia ha sido meramente teórica, ya que los métodos empleados actualmente difieren mucho del esquema Wigner-Seitz 83.
Se trata, por lo tanto, de un trabajo que contribuye a aproximar de manera más precisa la teoría al experimento, al tiempo que logra hacer algo más manejable (e incluso fiable) la primera.
Emplea nuevos recursos disponibles para aumentar las virtudes me----- todológicas de una teoría ya en uso.
No es un trabajo de crítica ni una investigación pionera, aunque requiera ingenio y habilidad.
Es, como hemos indicado al principio de este apartado, el tipo de mejora propia de la ciencia normal que Kuhn retrató en su trabajo filosófico posterior.
La investigación física de Kuhn con Van Vleck está altamente especializada.
Resuelve problemas que contribuyen a la mejora de un método científico, a su aproximación a la observación, y a hacer más fácil su aplicación.
Requiere conocimientos muy especializados obtenidos de una educación universitaria principalmente consistente en saber cómo resolver problemas cada vez más especializados en matemáticas y física.
En esta educación hay poco tiempo, dentro de la adquisición de dicha maestría, para la discusión crítica y la consideración de alternativas, como tampoco lo hay en el ejercicio profesional posterior (y no digamos ya en el contexto, un tanto particular, de la investigación con fines militares inmediatos).
La crítica y la consideración de alternativas quedan fuera de tales contextos, al margen de estas disciplinas.
Ésta era la experiencia de Kuhn con la física en 1951.
Aunque Structure apareció una década después, entre los componentes con los que Kuhn confecciona su idea ciencia normal se encuentran los que acabamos de mencionar en el párrafo anterior.
Teniendo esto en cuenta, junto con la afirmación ya vista del propio Kuhn de que algunas de sus ideas provienen de su experiencia en la investigación científica, podemos decir que uno de los aspectos más novedosos de Structure se originó, con un alto grado de probabilidad, en su experiencia personal con la física del siglo XX.
Esto contribuye a generar dudas acerca de la generalidad del punto de vista kuhniano.
¿No será la perspectiva kuhniana una imagen demasiado coyuntural de la ciencia?
¿Es realmente extrapolable a todo periodo de la ciencia?
E incluso aunque admitiésemos que hay dos tipos opuestos de práctica científica, catalogables al modo kuhniano como «ciencia normal» y «ciencia extraordinaria», ¿es la imagen que Kuhn ofrece de ellos lo suficientemente completa y fiable?
Al principio de este artículo hemos ofrecido una voz discordante, la de M. Beller, que responde afirmativamente a la primera cuestión, mientras que ofrece un «no» para las dos segundas.
Para Beller, Kuhn cubre la ciencia normal con un manto de dogmatismo que es producto de su propia experiencia personal de la ciencia.
Esta experiencia es limitada; está circunscrita a una fase, la del científico novel, donde hay menos lugar para la duda y la crítica que en la etapa del científico maduro.
Beller se encuentra, por lo tanto, entre quienes consideran que la ciencia normal de Kuhn debe demasiado al propio Kuhn (a su perspectiva subjetiva).
Discutir esta postura es sin duda interesante y probablemente ofrezca nuevas perspectivas para nuestra comprensión de la ciencia.
En este artículo sólo hemos intentado ofrecer una base para iniciar esa discusión.
Esperamos que futuros estudios contribuyan a dar el paso siguiente. |
En este trabajo se analizan y cuantifican las referencias botánicas y zoológicas que aparecen en La Celestina como ejemplo de los conocimientos sobre plantas y animales que incorpora una obra de la literatura renacentista española.
Dado el oficio de la protagonista, el interés del uso de muchas plantas y animales se centra en el cuidado, cura y aseo del cuerpo, que entonces se hacía sobre todo a base de productos vegetales y animales.
Éstos también aparecen empleados en la magia de amor.
Se comentan asimismo la utilización de nombres de plantas y animales, así como de productos derivados de éstos, como recursos lingüísticos o literarios; es decir, cuando se emplean como metáforas, en dichos, frases hechas y otras figuras literarias.
Se incluyen en 2 anexos las 86 especies vegetales y las 70 animales, así como las citas encontradas.
En 1499 veía la luz, en las prensas burgalesas de Fadrique de Basilea, la Comedia de Calisto y Melibea, versión primitiva o corta de la obra que, con el título de Tragicomedia de Calisto y Melibea, se publicaría en los primeros años del siglo XVI 1.
Más conocida como La Celestina 2, su autor es Fernando de Rojas, natural de Puebla de Montalbán, Toledo.
Como obra maestra que es, de una profundidad y una riqueza significativa excepcionales, ha sido el origen de una bibliografía extensa y enfrentada que cubre los más variados aspectos 3.
El objetivo primordial del presente estudio consiste en identificar las plantas y animales que aparecen en La Celestina, tarea que no ha sido acometida en su totalidad hasta el momento actual.
Esta identificación proporcionará al futuro investigador sobre temas celestinescos una herramienta de trabajo más, a la hora de interpretar costumbres, ideas, creencias y tradiciones propias de la época histórica en la que fue escrita y en la que se desarrolla la trama de La Celestina 4.
----1 No se sabe con exactitud la fecha de publicación de esta versión definitiva.
La edición más antigua conservada corresponde a la publicada en Zaragoza por Jorge Coci en 1507, si bien no se trata de la princeps, puesto que ya en 1506 salió en Roma una traducción completa al italiano, realizada por Antonio Ordóñez.
En CARRASCO, P. (ed.), El mundo como contienda.
Estudios sobre La Celestina, Málaga, Universidad, pp. 15-27.
3 Por ejemplo, los repertorios bibliográficos de SCHIZZANO MANDEL, A. (1971), La Celestina Studies: A Thematic Survey and Bibliography 1824-1970, New Jersey, Metuchen, y de SNOW, J.T. (1985), Celestina by Fernando de Rojas.
An Annotated Bibliography of World Interest 1930-1985, Madison, Hispanic Seminary of Medieval Studies, o la revista Celestinesca donde, junto a artículos y reseñas, se incluye una bibliografía periódica que recoge y compendia todo tipo de aportaciones sobre el libro.
4 La utilización de obras literarias como fuente de datos de todo tipo y su posterior análisis para desvelar conocimientos o actitudes ante ciertas cuestiones de la época histórica UN LABORATORIO Y SEIS OFICIOS Como es bien sabido, La Celestina comienza cuando Calisto, un joven de origen noble, entra en el huerto de Melibea buscando un halcón que se le ha escapado 5.
Enamorado a primera vista de la doncella, solicita su amor, pero es bruscamente despreciado.
Es entonces cuando Calisto pide ayuda a su criado Sempronio, quien le habla de Celestina, una vieja prostituta y ahora alcahueta profesional que, haciéndose pasar por vendedora de artículos diversos, entra en las casas y concierta citas de amantes.
Buena parte de las referencias vegetales y animales presentes en La Celestina aparecen en este acto primero, con motivo de la descripción que hace Pármeno, también criado de Calisto, de la vivienda celestinesca.
El joven Pármeno es hijo de Claudina, maestra y compañera de Celestina, y dice de esta que es labrandera, perfumera, maestra de hacer virgos y afeites, alcahueta y hechicera, Celestina es el personaje más sugestivo de la obra, hasta el punto de que acabó por darle título.
La minuciosa descripción de los afeites y confecciones, aguas de olor y tintes capilares, untes y mantecas, hierbas y raíces, aceites de rostro y hechizos diversos fue analizada en detalle por Modesto Laza Palacios hace medio siglo 6, buscando el uso que Celestina daba a todas esas sustancias en la obra que más información podía suministrarle, la versión castellana del Dioscórides hecha por el médico segoviano Andrés Laguna a mediados del siglo XVI 7.
Tanto Laza Palacios como buena parte de los seguidores de su obra se ---correspondiente ha dado lugar a interesantes conclusiones.
Ver, por ejemplo, nuestras aportaciones al respecto en HEINRICH, M., KUFER, J., LEONTI, M. y PARDO DE SANTAYANA, M. ( 2006), Ethnobotany and ethnopharmacology -Interdisciplinary links with the historical sciences, Journal of Ethnopharmacology, 107 (2), pp. 157-160, y PARDO DE SANTAYANA, M., TARDÍO, J., HEINRICH, M., TOUWAIDE, A. y MORALES, R. (2006), Plants in the works of Cervantes, Economic Botany, 60 (2), pp. 159-181.
También hay otras como el estudio de los animales que aparecen en El Quijote (AGUILAR, A.L. y VIEJO, J.L. (2005), El oido.
En GARCÍA MARTÍN, P. (ed.), El Quijote en la cultura popular.
"Las imágenes pobres y los cinco sentidos", pp. 143-152, Junta de Castilla y León); o de Shakespeare (ELLA-COMBE, H.N. ( 1884), The Plant-lore and Garden-craft of Shakespeare, London, W. Satchell and Co.; o las referentes a La Biblia (MOLDENKE, H.N. y MOLDENKE, A.L. (2002), Plants of the Bible, London, Kegan Paul).
5 Se ha utilizado la 4a edición (Madrid, 1977) que Bruno Mario Damiani hizo para Ediciones Cátedra.
6 LAZA PALACIOS, M. (1958), El Laboratorio de La Celestina, Málaga, Antonio Gutiérrez Impresor.
7 LAGUNA, A. (1555), Pedacio Dioscorides Anazarbeo, Acerca de la Materia Medica y de los venenos mortíferos, Amberes, Juan Latio.
han centrado básicamente en el uso mágico que, en los tiempos de Celestina, se daba a todas estas sustancias 8.
Indudablemente, la magia es uno de los principales atractivos de Celestina y puede considerarse como elemento fundamental dentro de la trama, si bien nuestra protagonista es mucho más que una hechicera al uso 9.
Los seis oficios que Pármeno cita son otras tantas formas de acercamiento al mundo cotidiano femenino de la época y ninguno de ellos puede entenderse al margen de los demás.
Punto de encuentro de todos ellos es la naturaleza, el uso de sustancias extraídas de vegetales, animales y minerales y que, según el oficio que emplee nuestra protagonista, tendrán aplicaciones distintas.
Desde que Laza Palacios publicara su estudio hasta el momento actual se han abierto numerosas vías de investigación que tienen como punto de partida la mujer y sus circunstancias en el umbral de la Edad Moderna.
Lo que, durante mucho tiempo, fue considerado como un laboratorio extraordinario y único puede ser, exclusivamente, el mejor fresco literario de lo que ocurría habitualmente en la sociedad que presenció la publicación de La Celestina.
En efecto, vemos cómo la mujer desempeñó un papel fundamental en la medicina doméstica y no sólo como partera, labor tradicionalmente asignada al universo femenino, sino como conocedora de remedios para resolver los problemas de salud más comunes en el espacio doméstico 10.
Tarea que compaginaba con la de perfumista y cosmetóloga, encargada de la limpieza y ornato del cuerpo a través de la actuación sobre la piel, la higiene bucal y el cabello 11.
Conocimientos diver-----8 FOLCHJOU, G., GARCÍA DOMÍNGUEZ, P. y MUÑOZ CALVO, S. (1977), La Celestina: ¿hechicera o boticaria?
En CRIADO DEL VAL, M. (coord.), La Celestina y su contorno social: actas del I Congreso Internacional sobre La Celestina, Madrid, Hispam, pp. 163-167; ALBA-RRACÍN NAVARRO, J. y MARTÍNEZ RUIZ, J. (1977), Farmacopea en La Celestina y en un manuscrito árabe de Ocaña.
En CRIADO DEL VAL (coord.) (1977), pp. 409-426 (trabajo que hace hincapié en el carácter marcadamente oriental del laboratorio de Celestina), y VIAN HERRERO, A. (1990), El pensamiento mágico en Celestina, instrumento de lid o contienda, Celestinesca, 14 (2), pp. 41-91 (el análisis pormenorizado de las sustancias medicinales, cosméticas y mágicas, tomando como fuente básica de información a Laza Palacios, en pp. 50-61).
9 El papel de la magia en La Celestina es uno de las principales polémicas que enfrenta a la crítica celestinesca desde sus inicios mismos.
Entre los muchos escritos sobre el tema destaca RUSSEL, P. (1978), La magia, tema integral de La Celestina.
En Temas de La Celestina y otros estudios.
Para una revisión en profundidad remitimos a VIAN HERRERO (vease nota anterior).
11 CABRÉ I PAIRET, M. ( 2002), Cosmética y Perfumería en la Castilla bajomedieval.
En GARCÍA BALLESTER, L. (ed.), Historia de la ciencia y de la técnica en la Corona de Castilla.
Edad Media, Valladolid, Junta de Castilla y León, pp. 772-779. sos cuyas recetas y fórmulas no sólo se transmitían de forma oral sino que se compilaban en recetarios que iban pasando de madres a hijas como verdaderos tesoros de saber cotidiano 12.
Se trata de textos escritos por mujeres, aunque también pueden encontrarse algunos ejemplares redactados por hombres y destinados al público femenino.
Tal es el caso de Flos de las medicines, ò receptes del tresor de Beutat, escrito por el valenciano Manuel Dies de Calatayud, mayordomo de Alfonso el Magnánimo 13, o el muy interesante Sefer ahabat našim, manuscrito hebreo producido en la zona catalana en el que aparece un marcado componente mágico ausente en los otros ejemplos citados 14.
La actuación primordial de Celestina como alcahueta ha centrado el discurso de los estudiosos en los aspectos más negativos de su tarea, a saber, la preparación de afeites y perfumes y su labor como hechicera.
Moralistas y misóginos de la Edad Moderna encontraron en el uso de cosméticos el pretexto perfecto para criticar a las mujeres 15; teólogos e inquisidores pretendían demostrar que la afición de la mujer a la magia y la brujería hacían de ella el agente perfecto del demonio 16.
En ambos casos las plantas ocupan una posi-----12 Entre los ejemplos más antiguos conservados se encuentra el Manual de mugeres en el qual se contienen muchas y diversas reçeutas muy buenas, conservado en la Biblioteca Palatina de Parma (mss. 834) y del que Alicia Martínez Crespo ha hecho una edición con un interesante estudio introductorio (Salamanca, Universidad, 1995).
La Biblioteca Nacional de Madrid conserva tres estupendos ejemplares del siglo XVI, en los que se mezcla terapéutica, cosmética y cocina: el Livro de receptas de pivetes, pastilhas elvvas perfumadas y conserbas (ms. 1462), las Receptas experimentadas para diversas cosas (ms. 2019) y las Recetas y memorias para guisados, confituras, olores, aguas, afeites, adobos de guantes, ungüentos y medicinas para muchas enfermedades (ms. 6058).
Recetarios que han sido analizados en PÉREZ SAMPER, M.aA.
(1997), Los recetarios de mujeres y para mujeres.
Sobre la conservación y transmisión de los saberes domésticos en la época moderna, Cuadernos de Historia Moderna, 19, pp. 121-154.
13 Flores del Tesoro de la Belleza.
Tratado de muchas medicinas o curiosidades de las mujeres (Introducción de Teresa Ma Vinyoles.
Prólogo de Josefina Roma.
Traducción de Oriol Comas), Palma de Mallorca, José J. de Olañeta editor, 1993.
14 El libro de amor de mujeres (Introducción, traducción e índices de Carmen Caballero avas), Granada, Universidad, 2003.
16 CARO BAROJA, J. (1967), Vidas mágicas e Inquisición, Madrid, Taurus; SÁNCHEZ OR-TEGA, M.aH. ( 2004), Ese viejo diablo llamado amor.
La magia amorosa en la España Moderna, Madrid, UNED; MONCO REBOLLO, M. ( 2004), Demonios y mujeres: historia de una transgresión.
En TAUSIET, M. y AMELANG, J.S. (eds.), El diablo en la Edad Moderna, Madrid, Marcial Pons, pp. 187-210. ción privilegiada.
Flores, hierbas y raíces constituyen la materia prima esencial para elaborar toda suerte de aguas de olor, afeites y tintes, pero también sortilegios, hechizos y pócimas.
El trinomio mujer-hechicera-plantas hunde sus raíces en la prehistoria, cuando la mujer recolectora comienza a acumular conocimiento sobre las propiedades ocultas de las plantas, saber que le permitía curar, pero también provocar enfermedades e, incluso, causar la muerte.
Durante toda la Edad Media se va gestando una concepción negativa de la mujer, que aparecerá descrita como un ser especialmente afín a la noche, la luna, el misterio, la magia y los espíritus malignos.
Retrato que culminará con la publicación, en 1486, del Malleus maleficarum (Martillo de brujas), obra de los inquisidores dominicos Heinrich Kraemer y Jacob Sprenger, punto de partida de la llamada caza de brujas de la Edad Moderna 17.
Desde las que recogen hierbas hasta las que tienen enfrentamientos con sus vecinos, cualquier mujer corre el riesgo de ser considerada bruja y sufrir las penas más graves.
Siempre se ha creído que las plantas que utilizaban las definidas como brujas en sus hechizos y pócimas eran hierbas fantásticas, misteriosas y de compleja búsqueda y recolección.
La realidad es bien distinta: se trata de plantas comunes y abundantes que crecían por doquier en escombreras y bordes de caminos.
Entonces, ¿estamos ante plantas verdaderamente efectivas o se trata de simples ilusiones inquisitoriales?
El estudio de la enteobotánica y la botánica oculta de los siglos XIII al XVII nos revela que los principios tóxicos de ciertos vegetales son los principales culpables de que numerosas personas fueran acusadas de brujería y de realizar actos diabólicos.
En efecto, las plantas citadas con mayor frecuencia en libros de brujería y procesos inquisitoriales son, con diferencia, las pertenecientes a la familia de las solanáceas: estramonio, belladona, mandrágora, tabaco o beleño.
No son pocos los estudiosos que afirman que las visiones mágicas individuales o colectivas que aseguraban haber tenido algunos procesados sólo serían el producto de la ingestión o aplicación de ungüentos o bebedizos compuestos por estas plantas, ricas en alcaloides psicotrópicos 18.
Desde esta nueva perspectiva, Celestina, como otras muchas de sus congéneres, se nos presenta bajo una nueva faz.
Lejos de ser una vieja loca que sólo ---- busca su lucro personal engañando con sortilegios y filtros inocuos, Celestina es una sabia mujer, experta conocedora del mundo vegetal, fuente tradicional de alimentos y medicamentos.
Lejos de ser una embaucadora, Celestina poseía una amplia sabiduría popular basada en el conocimiento del universo vegetal y sus principios tóxicos.
Se ha señalado que, con toda probabilidad, tanto Celestina como sus correligionarias reales comenzasen su periplo por el proceloso mar de la magia como curanderas, empleando diferentes plantas tóxicas de benéficas propiedades en dosis pequeñas, pasando poco a poco a proporciones más elevadas, descubriendo así los efectos psicotrópicos que éstas poseían 19.
Flora medicinal que, según la dosis, se transformaba en satánica, favoreciendo todo tipo de visiones y creencias.
Conocimiento codiciado y peligroso, que veía reforzada su actividad con el recitado de conjuros y oraciones demoníacas, cuyo papel era crear el escenario psicológico adecuado para llevar a cabo rituales de aojamiento, ligamen, maleficio o curación.
Así, cuando Celestina acude junto a su maestra Claudina a cementerios y encrucijadas con la caída de la tarde, no está llevando a cabo ningún ritual satánico, sino aplicando el conocimiento empírico heredado de generación en generación.
Está comprobado que en suelos en los que abundan los nitratos y las sales amoniacales, ciertos vegetales pueden llegar a doblar la cantidad de alcaloides, elevando la proporción de sus principios activos.
Es por este motivo por el que, en abundantes ocasiones, se cita la recolección de vegetales en cementerios y otros lugares ricos en materia orgánica, como bordes de caminos y algunas zonas más o menos desagradables, como escombreras y basureros, lo que hizo que estas plantas resultaran aún más misteriosas.
Las brujas y hechiceras salían a última hora de la tarde a recolectar los ingredientes de sus filtros principalmente por dos motivos: el primero de ellos era, sin duda, por su propia seguridad, ya que no podían permitirse ser vistas por sus propios vecinos recogiendo plantas venenosas, pues serían culpadas inevitablemente de practicar brujería; el segundo era más sabio, pues conocían que estas plantas acumulan la mayor cantidad de principios activos mientras luce el sol, aumentando a lo largo del día y alcanzando el máximo durante la tarde, momento idóneo para recogerlas20.
Que las mujeres eran unas expertas conocedoras del mundo vegetal bien lo sabían los médicos y boticarios de la Edad Moderna, que recurrían a ellas ----para abastecerse de los simples necesarios para elaborar los remedios medicinales.
Bernardo Cienfuegos ofrece buena muestra de ello en su inédita Historia de las plantas [1626-1631] 21 donde nos cuenta, entre otras muchas cosas, cómo eran mujeres herbolarias las encargadas de recorrer los alrededores de las ciudades y villas en busca de los simples medicinales que luego iban a ser utilizados en las reboticas 22.
Esto era así porque, según su propio testimonio, la sabiduría vegetal se encontraba en manos de la gente común y, más concretamente, de las mujeres del campo, encargadas de curar las dolencias de su familia ante la ausencia habitual de médicos o la imposibilidad de pagar sus elevados honorarios 23.
Conocimiento femenino que fue utilizado por los autores de los denominados Libros de Secretos, género literario propio del Renacimiento.
En dichos libros se compilaban toda suerte de recetas medicinales, cosméticas y metalúrgicas extractadas, por lo general, del acervo popular 24.
Las herbolarias no sólo eran capaces de distinguir multitud de especies vegetales en sus excursiones campestres sino que, una vez de regreso a sus casas, ----21 Se trata de siete voluminosos tomos manuscritos, conservados en la Biblioteca Nacional de Madrid (BN) (mss. 3357-3363).
Ver BLANCO CASTRO, E., MORALES, R. y SÁNCHEZ MORENO, P. (1994), Bernardo Cienfuegos y su aportación a la botánica en el siglo XVII, Asclepio, 46 (1), pp. 37-123.
22 «En España los médicos son tuertos, los boticarios ciegos, ni gastan el uno ni otro sino lo que quisiere traher la mugercilla ygnorante diciendo que es Meliloto», BN, ms. 3362, fol. 244.
23 «El verdadero aunque vulgar conocimiento de las plantas se ha ido confirmando de mano en la gente común de el campo y en muchos linages de personas que aun hasta hoy se curan y medicinan sin médicos y boticarios con el modo que heredaron y aprendieron de sus pasados.
Yo tube una agüela que murió con robusta salud y vista y llego a edad de ciento y quince años que llamaban la de Antón a causa que se llamó assi su marido: esto como digo digo llegó a ver entre hijos, nietos, bisnietos y choznos más de doscientas personas y en estando enfermos mientras vivió a todos sirvió de medico cirujano y boticario», BN, ms. 3362, fol. 530.
Recuerda Cienfuegos cómo su abuela, ya siendo vieja y estando medio ciega, le enviaba a su huerta a por cinco en rama, para curar diversos tipos de dolencias, y era capaz de distinguirla al tacto porque sus raíces tenían «como escrófulas o turmillas».
El de su abuela no es el único testimonio que recoge Cienfuegos.
Así, hablando de la melisa llamada torongil, cuenta: «Aunque es verdad que es planta rara quien quisiere verla la hallará en Madrid en los barrancos detrás del rastro donde vacían los vientos y inmundicias de las calles que matan adonde casi todo el año se conserva verde con la misma pintura y delineación que ponen Galeno y Clusio.
Una buena vieja de las que llaman en Castilla curanderas me enseñó esta planta y preguntándole el nombre me dijo que es abogada del mal de rabia», BN, ms. 3359, fol. 95.
seguían todo el proceso necesario para secarlas y extraer de ellas las virtudes medicinales a través de laboriosos procesos.
Así, cuando Pármeno nos dice que Celestina «tenía una cámara llena de alambiques, de redomillas, de barrilejos de barro, de vidrio, de arambre, de estaño, hechos de mil faciones» no hacía sino describir el laboratorio de destilación que la alcahueta tenía en su vivienda.
Estamos, sin duda alguna, ante uno de los testimonios más interesantes sobre los saberes de Celestina: su faceta como destiladora.
La destilación, entendida en la época como el arte o modo de extraer la virtud de una sustancia por la fuerza del fuego, es una de las técnicas que más impronta tuvo en la sociedad de la Edad Moderna 25.
El punto de partida de cualquier destilación pasaba por la extracción de los principios activos en medios alcohólicos.
Para ello se dejaban macerar durante días los simples vegetales en espíritu de vino o aguardiente.
A continuación se sometía al proceso destilatorio propiamente dicho: el resultado de la maceración se calentaba, las esencias extraídas por disolución en alcohol se volatilizaban y ascendían por el serpentín para acabar licuándose en el refrigerante y cayendo en forma de líquido sutil.
Las sustancias así obtenidas recibían el nombre de aguas por su aspecto acuoso y podían ser, a grandes rasgos, simples, cuando se destilaba una única planta, o compuestas, cuando se destilaban dos o más.
Todo este proceso requería la intervención de un horno, elemento indispensable en cualquier laboratorio, y de diferentes vasos de vidrio, por ser éste el material más adecuado para retener los espíritus sutiles y, fundamentalmente, porque evitaban la contaminación de la muestra que se producía al emplear recipientes de estaño, plomo o cobre.
Práctica habitual de médicos, boticarios, metalúrgicos y alquimistas, investigaciones recientes apuntan también a las mujeres como practicantes de este complejo arte 26.
El mismo año que salía a la luz la versión primitiva de La Celestina el boticario cordobés Sancho de Jaén compró «100 azumbres de aguas destiladas» a Ana Ruiz la Perona con la condición de que se los suministrase en pequeñas entregas a lo largo de los diez meses siguientes a la firma del contrato 27.
Celestina es el ejemplo litera-----rio más evidente, si bien existen otros casos reales dignos de ser tenidos en cuenta.
Entre todos ellos, sobresale el laboratorio de María Sánchez de la Rosa, acusada de hechicera y procesada por la Inquisición en 1699.
Doscientos años después de publicarse La Celestina comprobamos que son más las similitudes que las diferencias entre ambos laboratorios.
María, como Celestina, disponía de gran número de pucheros, jarras vidriadas, ollitas y papeles con polvos, ungüentos y otros ingredientes que fueron minuciosamente detallados en el inventario que, por orden del tribunal del Santo Oficio madrileño, hizo el boticario Juan de Armuiña 28.
No sólo eran hechiceras, según denominación inquisitorial, las expertas destiladoras de la Edad Moderna.
El conocido como Libro del Prior, manual de técnica agrícola muy popular en la España del siglo XVII 29, apunta también a las madres de familia como principales conocedoras de las prácticas destilatorias, con lo que además podían elaborar afeites y cosméticos.
Vemos, pues, cómo tras los seis oficios de Celestina se esconde todo un universo de conocimiento.
Experta herbolaria y consumada destiladora, tan sólo nos hemos acercado al saber asociado al mundo vegetal, dejando en el tintero la experiencia que tenía en el mundo mineral, como lapidaria, o en conjunciones planetarias y estrellas, como astróloga judiciaria que es presentada por quienes bien la conocían.
Investigaciones que ponen de manifiesto el uso habitual en la vida cotidiana de aguas destiladas así como el empleo del alambique por particulares a quienes especieros y boticarios compraban el producto, estableciendo entre ellos auténticos contratos de suministro.
28 CIRAC ESTOPAÑÁN, S. (1942), Aportación a la historia de la inquisición española.
Los procesos de hechicerías en la Inquisición de Castilla la ueva (Tribunales de Toledo y Cuenca), Madrid, CSIC, pp. 43-46.
29 Obra de fray Miguel Agustín (1560-1630), prior de la Orden de San Juan de Jerusalén en Perpiñán, se publicó originalmente en catalán con el título de Llibre dels secrets de agricultura, casa rustica y pastoril.
Recopilat de diversos autors, antichs y moderns, de llenguas llatina, italiana y francesa, en nostra vulgar llengua catalana (Barcelona, en la estampa de Esteve Liberôs, 1617), siendo traducido al castellano en 1625 y reeditado en más de una veintena de ocasiones entre 1625 y 1785.
A medio camino entre el libro de secretos y el manual técnico de agricultura, se trata de una copia casi literal de L'agriculture et maison rustique (París, 1570) escrita por el médico francés Charles Estienne y ampliada posteriormente por su yerno Jean Lièbaut, destacado espagirista y compilador de remedios secretos.
Dentro de los trabajos relacionados con plantas y animales en la Celestina, la obra ya citada de Laza Palacios 30 incluye unas 60 especies de plantas medicinales, de ellas 55 del Acto 1, y un gran número de remedios extraídos de animales, aunque en dicho trabajo se comentan otras muchas más de las que en ningún momento habla La Celestina.
Dichos animales, plantas y productos derivados, citadas en el glosario de Laza Palacios, que no aparecen en la obra, son las siguientes: alheñadas, brasil, canfora, sateriones y rábanos; o las cantáridas.
Este autor no se interesa por vegetales que no estén relacionados con usos medicinales y mágicos, y por lo tanto no los cita.
Martín-Aragón 31 en su obra Los saberes médicos en La Celestina, que ha sido reimpreso en 1998 con ligeras correcciones, tiene una parte que trata sobre especies vegetales y animales.
En el libro de Gómez 32, se copian muchas datos de Laza Palacios, incluso también las plantas que no vienen citadas en la Celestina como si aparecieran realmente en la obra, lo que da lugar a equívocos.
Otros trabajos que tratan de remedios y, como consecuencia, de plantas y animales son los de Botta 33 y Cantalapiedra 34.
Asimismo Castroviejo et al. 35 escribieron sobre las plantas de la Celestina, aunque dejan de hablar de 26 especies que aquí comentamos.
El método seguido para la obtención de la información es la lectura y anotación de la obra, extrayendo todos los nombres vulgares referentes a plantas y animales, o a productos derivados de estos 36.
Después se ha asignado a cada uno un nombre científico.
En general se ha considerado la especie más común en el caso de ciertos nombres que corresponden a denominaciones de género, como por ejemplo en la manzanilla, la mostaza o la madreselva.
En otras ocasiones no se ha podido llegar de ninguna manera al nivel de especie, como es ----30 LAZA PALACIOS (1958).
31 MARTÍN-ARAGÓN ADRADA, F.J. (1998), Los saberes médicos en "La Celestina", Diputación Provincial de Toledo (reimpresión del original de 1962).
Antiguos remedios para las mujeres de hoy, Ediciones Mairi.
En el presente trabajo se recogen todas las citas que se han encontrado en la obra, referentes a plantas y animales, y a nombres relacionados con estos, o a productos vegetales y animales.
En los anexos 1 y 2 se detallan las plantas y animales respectivamente, ordenados por orden alfabético de géneros y especies, indicando en cada especie la familia botánica a la que pertenece en el caso de los vegetales, el acto en donde se encuentra la cita, la transcripción del texto en el que aparece esta, resaltado el nombre en cada caso con negrita.
En algunos casos se añaden comentarios, explicando cómo se ha llegado a la determinación de los nombres científicos a partir del nombre común que aparece en la obra, en el caso de que haya duda sobre la identidad, y si han sido citados anteriormente por Laza.
Se citan en total en la obra 86 especies vegetales y 70 animales.
De los vegetales, gran parte de las citas se refieren a usos medicinales, cosméticos y mágicos, aunque 25 especies aparecen en otro contexto, en sentido simbólico, como adorno y enriquecimiento del lenguaje, a veces dentro de dichos o en sentencias que recogen finísimas observaciones, otras veces en falsas creencias.
En el Acto 1o son citadas 56 especies de vegetales y 29 de animales.
Las otras 30 especies vegetales y 41 animales corresponden a la parte introductoria que lleva por título «El autor, excusándose», a los siguientes actos, hasta el último o número 21, o a la parte final que lleva por título «Concluye el autor».
Desde el punto de vista botánico, la familia con mayor número de especies es la de las leguminosas (9 especies), seguida de las compuestas, labiadas, gramíneas, rosáceas y rutáceas con 4 especies y después las liliáceas y malváceas con 3.
Del total de especies, algo más de 50 son plantas oriundas de España y otras 30 son alóctonas o introducidas en tiempos históricos o se trata de productos vegetales importados de países lejanos.
Dentro de estas se encuentran las relacionadas con los usados en cosmética, perfumería o como antisépticos, como incienso, mirra, ánime, benjuí, estoraque o algalia.
Este último puede tratarse de un producto vegetal o animal.
Con muchas de ellas se confeccionan bálsamos, término genérico que Laza no incluye en su glosa-rio, aunque es citado en el Acto 1 cuando dice que «y un poquillo de bálsamo tenía ella en una redomilla, que guardaba para aquel rascuño que tiene por las narices».
Son mezclas de sustancias de naturaleza terpenoide u oleorresinas.
El resto de las especies alóctonas son plantas que se cultivan en España, algunas desde muy antiguo.
En la lista confeccionada no aparece ninguna planta americana, dada la proximidad en el tiempo del descubrimiento de América, lo que hizo imposible que alguna de las especies importadas del Nuevo Mundo se hubieran popularizado, a diferencia de lo que ocurre un siglo después en las obras de Cervantes.
37Los usos que aparecen (ver tabla 1) son en su mayoría para la salud de la piel, para baños o para el cuidado o tinción del pelo y para la elaboración de perfumes.
También son importantes los usos relacionados con la higiene, salud y prevención de enfermedades y otros males del aparato genital femenino, y para remediar el mal de amores.
Se citan textualmente, todos estos en el Acto 1: «aparejos para baños», para los que se emplean 14 especies diferentes; «aceites para el rostro» (15 especies), «aguas de rostro» (6 especies), «adelgazaba los cueros» o que afinaba el cutis (2 especies), «aguas para oler» (7 especies), perfumes (5 especies), «lejías para enrubiar» se entiende que el cabello (5 especies).
Usa 4 especies para componer virgos: cola de caballo, fuste sanguino, hojaplasma y cebolla albarrana.
Refiere que «esto de los virgos, unos hacía de vejiga y otros curaba de punto.
Tenía un tabladillo, en una cajuela pintada, unas agujas delgadas de pellejero e hilos de seda encerados».
Según Martín Aragón, es bastante improbable que la Celestina pudiera recomponer virgos con sus medios, aunque ello fuera de suma importancia, dada la mentalidad de la época.
En una ocasión dice que pintaba en la palma letras, con azafrán, probablemente como sortilegio amoroso.
En el Acto 7 indica que «Todo olor fuerte es bueno» para remediar el mal de la madre.
En este caso cita 5 especies: ajenjo, incienso, poleo, romero y ruda.
En el Acto 8 se refiere al diacitrón, o fruta de cidra confitada, como comestible, aparte de los productos alimenticios omnipresentes, el pan y el vino.
En el Acto 10 se cita la trementina como remedio, aunque se advierte que es ardiente y hace sufrir al herido.
Todas estas referencias anteriormente comentadas son estudiadas en la obra de Laza, al que por ejemplo se le pasa que la boca de dragón era utilizada como «antiveneno».
En sentido figurado se citan Narciso o Mirra, como personajes mitológicos.
En dichos populares o a efectos comparativos se citan la col, la lechuga, el melón, el roble, las nueces, los algodones, las calabazas, la manzana, el ----azahar, la ruda, la liga, el moho y las trufas.
En algunos casos, ciertas expresiones utilizan con fuente las plantas; como en «estar embelesado».
En alusión directa, o sea como elementos del paisaje natural o humanizado, menciona los altos cipreses, los lirios o las azucenas, el mimbre o el álamo.
La mayoría de las plantas son citadas una vez, 13 han sido citadas dos veces, alguna de ellas con nombres diferentes.
Los vegetales o productos vegetales que aparecen más veces en la obra son el trigo y la vid, 20 y 16 veces respectivamente.
Sobre todo sus productos derivados, el pan y el vino, son elementos básicos en la alimentación, que no faltaban en la dieta dentro de nuestra cultura.
Otra mención que resulta interesante es la alusión a la sexualidad de los vegetales:
que el que verdaderamente ama es necesario que se turbe con la dulzura del soberano deleite, que por el hacedor de las cosas fue puesto, porque el linaje de los hombres se perpetuase sin lo cual perecería.
Y no sólo en la humana especie, mas en los peces, en las bestias, en las aves, en las reptilias y en lo vegetativo, algunas plantas han este respecto, si sin interposición de otra cosa en poca distancia de tierra están puestas, en que hay determinación de herbolarios y agricultores, ser machos y hembras.
Se trata con dicha alusión a que hay plantas macho y hembra, o en tal caso a la presencia de flores masculinas y femeninas.
Referente al término yerba, Laza no recoge esta mención, que es genérica en el Acto 1: «Bien harás, y luego vamos, que no se debe dejar crecer la yerba entre los panes, ni la sospecha en los corazones de los amigos, sino limpiarla luego con el escardilla de las buenas obras».
Sin duda se refiere a las malas hierbas, motivo de preocupación universal para los agricultores.
Yerbas en plural aparece de nuevo en el Acto 5, en este caso en alusión directa y en el Acto 6.
Otras muchas veces se refiere genéricamente, además de a yerbas, a «plantas», «árboles», «raíces», «pimpollo», «ramas», «ramos», «paja», «granzones», «hojas», «flores», «fruto», «grano», a veces «florida planta», «frescas hierbas» o a formaciones vegetales como «verdes prados» o «huerto florido».
Los animales son referidos en varias ocasiones para conseguir manteca, con fines cosméticos y medicinales, en total 18 especies, todas en el primer acto: «Y los untos y mantecas que tenía, es hastío de decir: de vaca, de oso, de caballos y de camellos, de culebra y de conejo, de ballena, de garza y de alcaraván y de gamo y de gato montés y de tejón, de arda, de erizo, de nutria».
Como medicinal contra el mal de madre se usa el humo de plumas de perdiz.
Como cosmético, en el Acto 1: «Adelgazaba los cueros con zumos de limones, con turbino, con tuétano de corzo y de garza, y otras confacciones».
Para elaboración de perfumes: «Y en su casa hacía perfumes, falsaba estoraques, menjuí, ánimes, ámbar, algalia, polvillos, almizcles, mosquetes» (Acto 1).
«Echaba de sí en bullendo un olor de almizque; yo hedía al estiércol que llevaba dentro de los zapatos» (Acto 19).
El almizcle genuino procede de un género de rumiantes conocido como ciervo almizclero, según relata Laza38.
Pero hay otras sustancias aromáticas de este tipo de diferentes orígenes.
O el ambar gris, sustancia aromática que se obtiene del cachalote.
Si se tienen en cuenta los aspectos mágicos aplicados a remediar amores y «para se querer bien», en general se utilizan más remedios de origen animal, 39 como «huesos de corazón de ciervo, lengua de víbora, cabezas de codornices, sesos de asno, tela de caballo, mantillo de niño, haba morisca, guija marina, soga del ahorcado, flor de hiedra, espina de erizo, pie de tejón, granos de helecho, la piedra del nido del águila, y otras mil cosas» (Acto 1).
O cuando se refiere en el acto 3 a que «Entra en la cámara de los ungüentos y en la pelleja del gato negro donde te mandé meter los ojos de la loba, le hallarás, y baja la sangre del cabrón, y unas poquitas de las barbas que tu le cortaste».
O «y hacia la mano derecha hallarás un papel escrito con sangre de murciélago debajo de aquel ala de dragón a que sacamos ayer las uñas».
Citas de plantas y animales para alimentación son: «Y enviaban sus escuderos y mozos a que me acompañasen, y apenas era llegada a mi casa cuando entraban por mi puerta muchos pollos y gallinas, anserones, anadones, perdices, tórtolas, perniles de tocino, tortas de trigo, lechones» (Acto 9).
Como es bien sabido la cetrería era práctica normal entonces, para caza y entretenimiento.
Precisamente el motivo por el cual Calisto entró en la huerta de Melibea y la conoció fue para recuperar su halcón.
Se citan tres nombres referentes a aves de cetrería: neblí, falcón o halcón y gerifalte.
Como era de esperar, los animales entran a formar parte de muchos dichos: «que aunque muda el pelo la raposa, su natural no despoja» (Acto 12).
«Una golondrina no hace verano» (Acto 7).
«Una perdiz sola por maravilla vuela» (Acto 7).
O en versos improvisados: «Papagayos, ruiseñores / que cantais al alborada; / llevad nueva a mis amores / como espero aquí asentada» (Acto 19).
«Saltos de gozo infinito / da el lobo viendo ganado; / con las tetas, los cabritos; / Melibea con su amado» (Acto 19).
O sabias sentencias, que indican a veces agudas observaciones: «El falso boyzuelo con su blando cencerrear trae las perdices a la red» (Acto 10).
«Las sucias moscas nunca pican sino los ----bueyes magros y flacos; los gozques ladradores a los pobres peregrinos aquejan con mayor ímpetu».
«Pues las aves, ninguna cosa el gallo, come que no participe y llame las gallinas a comer de ello».
«Así como corderica mansa que mama su madre y la ajena» (Acto 11).
«Como la sanguijuela saca la sangre, desagradecen, injurian, olvidan servicios, niegan galardón» (Acto 1).
O «que es pensar sacar aradores a pala de azadón» (Acto 1), como el colmo de lo imposible.
Son de interés ciertas apreciaciones como las que indican que «Las cigüeñas mantienen otra tanto tiempo a sus padres viejos en el nido, cuanto ellos le dieron cebo siendo pollitos» (Acto 3).
O que «El pelícano rompe el pecho por dar a sus hijos a comer de sus entrañas» (Acto 3).
Símiles, como «Mi ronca voz de cisne» (Acto 19).
«¡Como cola de alacrán!»
Además se citan dos casos de bestialidad: «¿No has leido lo de Pasife con el toro, lo de Minerva con el can?»
«Lo de tu abuela con el simio, ¿hablilla fue?
Testigo es el cuchillo de tu abuelo» (Acto 1).
Cabe resaltar denominaciones antiguas de animales como mur para ratón, picaza para urraca o arda para ardilla.
Si atendemos al número de referencias de animales, los más citados son el caballo (11), asno (10), vaca, toro o buey (7); perro, can o gozque(6), gallo, gallina o pollo (6), perdiz (5), oveja, cordero o lechón (4), serpiente o culebra (3), víbora (3).
Solamente 10 especies de las 70 referidas corresponden a animales domésticos, aunque estos son citados más frecuentemente.
Sin embargo la gran cantidad de referencias a animales silvestres es reflejo de la importancia de la naturaleza silvestre en la vida diaria, hoy relegada al entretenimiento y goce.
Concluyendo, el autor, en boca de Pármeno en el acto primero y de Celestina, en múltiples ocasiones, demuestra tener buen conocimiento de los productos vegetales y animales utilizados por sanadoras o arregladoras de ciudad.
La cita de 53 especies vegetales y de 29 animales, además de sus usos, solamente en el acto primero, da indicio del amplio conocimiento que se tenía sobre el tema.
Las aplicaciones prácticas son especialmente prolijas en lo relativo a cosmética, perfumes, aclarado de pelo, baños, o en lo referente a restaurar virgos.
Sin duda son reflejo de los conocimientos del autor, de ascendencia judía, que pese al tema tratado no tuvo ningún problema para la publicación de su obra.
Si sus conocimientos sobre el tema fueron más amplios, las exigencias de la obra estaban bien servidas con lo que ya se explicitaba.
Es interesante el caso de muchas de las plantas utilizadas para baños, como por ejemplo el culantrillo, de las que ahora no hay noticia de que se sigan utilizando.
La adición al agua de baño de gran variedad de plantas sería además necesaria, si se tiene en cuenta que la calidad del agua desde el punto de vista higiénico en tiempos pasados era muy deficiente.
La obra está llena de interesantes observaciones con relación al comportamiento animal, y aparte de los animales utilizados como medicinales, cosméticos, o para perfume, se encuentran los más habituales en alimentación.
El asno y el caballo son los animales más citados, seguido del perro, toro o vaca y gallo o gallina; después la perdiz, animal silvestre frente a los anteriores, que son todos domésticos.
Algunas de las citas se refieren a dichos y para establecer similitudes.
En este análisis, realizado dentro de nuestro ámbito de conocimiento, se puede percibir la concepción que se tenía en aquella época del mundo vegetal y animal.
Todos estos conocimientos se relacionaban en general con la obtención de recursos vitales, como alimento o medicinas.
También formaban parte del lenguaje, dada su presencia en giros y figuras literarias.
Dentro de un ámbito urbano, las aplicaciones prácticas eran primordiales, sobre todo en lo relativo al cuidado del cuerpo y a ciertas actuaciones mágicas, con fines amorosos.
Además los datos obtenidos referentes a especies vegetales y animales se pueden comparar con otras floras y faunas literarias de épocas más o menos próximas en el tiempo.
Estos análisis comparativos permitirían ver la variación en la concepción del mundo natural, tanto vegetal como animal en las diferentes épocas, así como la pervivencia de ciertos conocimientos.
De cualquier manera son una muestra de la concepción de la naturaleza hace 500 años.
Se indican al final con un asterisco las especies que cita Laza y la página en que es citada entre paréntesis.
En las citas largas, para no repetir, se ponen puntos suspensivos y se refiere a la especie en donde se encuentra la cita completa.
MALVACEAE Acto 1: «Y en su casa hacía perfumes, falsaba estoraques, menjuí, ánimes, ámbar, algalia, polvillos, almizcles, mosquetes».
Otra algalia de origen vegetal, además de la que procede del animal llamado civeta (ver Viverra civeta), es usada en perfumería por sus semillas o granos de algalia, también de olor almizclado.
40 Es la especie conocida también como abelmosco.
Procede del sur de Asia.
Adiantum capillus-veneris L. ADIANTACEAE Acto 1: «Aparejos para baños, esto es una maravilla, de las hierbas y raíces que tenía en el techo de su casa colgadas: manzanilla y romero, malvaviscos, culantrillo, coronillas, flor de saúco y de mostaza, espliego y laurel blanco, tortarosa y gramonilla, flor salvaje e higueruela, pico de oro y hoja tinta».
La utilización que aparece en la Celestina es como una hierba que era añadida a agua de baños.
Esos baños no eran simplemente higiénicos, sino que se tomaban por su acción curativa, lo que no contradice que la Celestina además pudiera conocer la acción emenagoga de esta planta, que es su uso medicinal más frecuente. *(122).
Alchemilla vulgaris L. ROSACEAE Acto 1: «Aparejos para baños...flor salvaje...» (ver Adiantum capillus-veneris)
Laza recogió este nombre de una hechicera andaluza de la zona de Despeñaperros, que así llamaba a esta especie.
Según Laguna 41 tenía múltiples aplicaciones medicinales, sobre todo por su acción astringente, lo que es corroborado por Font Quer 42.
Sin duda ese efecto puede ser beneficioso para la piel. *(181).
Allium ampeloprasum L. LILIACEAE Acto 1: «¡Maldito sea este necio; y qué porradas dice!
Acto 1: «Señor, Sempronio y una puta vieja alcoholada daban aquellas porradas».
Aunque se refiere a necedades, el nombre proviene de la planta, el ajo porro o puerro silvestre, antecesor del puerro cultivado.
41 LAGUNA, A. (1991), Pedacio Dioscorides Anazarbeo, Acerca de la materia medicinal y de los venenos mortíferos.
Traducido del griego e ilustrado por el Doctor Andrés de Laguna, ed. facs., Madrid, Consejería de Agricultura y Cooperación de la CAM.
El Dioscórides renovado, Barcelona, Labor.
Anthoxanthum odoratum L. POACEAE Acto 1: «Aparejos para baños...gramonilla...» (ver Adiantum capillus-veneris)
Pudiera tratarse de la grama de olor, que impregna de aroma al heno cortado por su contenido en cumarina, que comienza a oler sobre todo cuando la hierba está seca.
Aunque también podría ser gramonica, que corresponde a Agrimonia eupatoria L. *(181).
Antirrhinum majus L. SCROPHULARIACEAE Acto 10: «no de otra manera que, cuando vio en sueños aquel grande Alejandre, rey de Macedonia, en la boca del dragón la saludable raíz con que sanó a su criado Tolomeo del bocado de la víbora».
No parece ser una planta medicinal con gran tradición en la Península Ibérica.
Aquí se refiere claramente al uso de su raíz como contraveneno ante la picadura de víbora, tomado de un clásico, por lo que no tiene por qué reflejar usos de la época.
Althaea officinalis L. MALVACEAE Acto 1: «Aparejos para baños...malvaviscos...» (ver Adiantum capillus-veneris)
Es planta medicinal por excelencia.
Debido a su contenido en mucílagos, se ha empleado como suavizante de las mucosas.
Por ello también debe ser indicada para baños. *(155).
Achillea millefolium L. ASTERACEAE Acto 1: «hacía lejías para enrubiar, de sarmientos, de carrasca, de centeno, de marrubios, con salitre, con alumbre y millifolia y otras diversas cosas».
Se usa popularmente como tónica y por su efecto astringente, que es por lo que se utilizaría como antihemorrágica en menstruaciones excesivas.
Aquí se cita exclusivamente para decolorar (enrubiar), probablemente el pelo. *(158).
Artemisia absinthium L. ASTERACEAE Acto 7: «Todo olor fuerte es bueno, así como poleo, ruda, ajiensos, humo de plumas de perdiz, de romero, de moxquete, de incienso».
La especie más frecuentemente utilizada es la que se cita en la cabecera.
Se usa tradicionalmente como tónico, febrífugo y emenagogo; el último de los usos parece ser el que corresponde a esta cita.
Celestina alude a su olor fuerte y característico, junto con el de otras plantas.
El ajenjo tiene un componente tóxico en su aceite esencial, la tuyona, que produce intoxicación por acumulación.
De ahí que el licor de absenta produjera graves intoxicaciones, cuando se puso de moda en Francia, después de la célebre revolución.
El vermut también se hace con esta planta, que es rica en amargos.
Wermut es el nombre popular alemán de esta especie. *(104).
Asphodelus albus L. LILIACEAE Acto 1: «hacía solimán, afeite cocido, argentadas, bujelladas, cerillas, lanillas, unturillas, lustres, lucentores, clarimientos, albalinos, y otras aguas de rostro, de rasuras de gamones, de cortezas de espantalobos, de teraguncia, de hieles de agraz, de mosto, destilados y azucarados».
Sin duda se trata de raspaduras de las raíces de esta planta.
La especie más común es la que se considera aquí.
Laza, en la entrada GAMONES (RASURAS DE), no aclara la parte de la planta que se utiliza, lo que quizá ha llevado a Gómez (2003: 118) a considerar que eran las hojas las que se aplicaban directamente al rostro.
Aunque después este mismo autor explica el significado de rasura, en LICOR DE LAS RASURAS, lo que aclara que eran las raíces tuberosas la parte utiliza-----da.
Precisamente esta segunda expresión no procede de La Celestina, sino de la obra de Rodrigo de Cota «Diálogo entre el amor y un viejo»*(135).
Roth ATHYRIACEAE Acto 1: «Y en otro apartado tenía para remediar amores y para se querer bien.
Tenía huesos de corazón de ciervo, lengua de víbora, cabezas de codornices, sesos de asno, tela de caballo, mantillo de niño, haba morisca, guija marina, soga del ahorcado, flor de hiedra, espina de erizo, pie de tejón, granos de helecho, la piedra del nido del águila, y otras mil cosas».
Los granos de helecho pueden ser los esporangios de esta especie o también los de Dryopteris filix-mas (L.)
Schott u Osmunda regalis L. Todos los remedios aquí referidos, vegetales, animales y minerales, eran usados para sortilegios amorosos. *(136).
Boswellia sacra Flueckiger BURSERACEAE Acto 7: «Todo olor fuerte es bueno, así como...de incienso» (ver Artemisia absinthium).
Se trata de un árbol que vive en África oriental y Arabia, y del que se saca la resina mediante cortes en su corteza.
Esta se solidifica rápidamente.
Se quema para purificar y como ofrenda a Dios.
Es muy utilizada en la liturgia de la iglesia católica.
Efectivamente, los compuestos volátiles que se producen cuando se quema, son desinfectantes. *(124).
Koch BRASSICACEAE Acto 1: «Aparejos para baños...mostaza...» (ver Adiantum capillus-veneris).
Hay dos especies de mostaza: la blanca o Sinapis alba L. y la negra, que es la que se ha considerado.
Ambas, por las propiedades rubefacientes de los principios activos que contienen, sobre todo glucosinolatos, han sido utilizadas para calentar por vía externa o interna, cuando el frío se ha apoderado del cuerpo o de ciertas partes y se produce la enfermedad.
Además reaviva instintos languidecientes, o sea, que tiene propiedades afrodisíacas. *(162).
Brassica oleracea L. BRASSICACEAE Acto 6: «Tu dirás lo tuyo: entre col y col, lechuga».
El autor la cita en un dicho popular, que parece indicar que las cosas son como han de ser.
Buxus sempervirens L. BUXACEAE Acto 1: «hacía solimán,...bujelladas...» (ver Asphodelus albus).
Laza indica que podría provenir de bujeta o vaso pequeño que se hace con madera de boj, para que contenga sustancias aromáticas.
El boj se plantaba en todos los claustros de los monasterios y en jardines para disponer de su madera, dura, muy consistente y amarilla, con la que se confeccionaban pequeñas herramientas, cucharas y tenedores.
Todo parece indicar que bujelladas eran «confacciones» basadas en esta planta.*(108).
Cercis siliquastrum L. FABACEAE Acto 1: «Aparejos para baños pico de oro...» (ver Adiantum capillus-veneris).
Martín-Aragón44 entiende que pudiera tratarse de esta especie.
Pico de oro sería una deformación de pica moro, que es como se llama a esta especie en ciertos pueblos de Guadalajara, en Sayatón y Bolarque, según indica Máximo Laguna45 en su Flora forestal española. *(166).
----según la mitología griega narrada por Ovidio.
Entonces los dioses la convirtieron en el árbol del que se obtiene esta resina aromática.
Es planta oriunda de Arabia y Etiopía.
Laguna 49 hace una cita expresa de La Celestina: «No topo Celestina con este azeyte, con quanto fue lapidaria». *(158).
Cornus sanguinea L. CORNACEAE Acto 1: «Tenía en un tabladillo, en una cajuela pintada, una agujas delgadas de pellejeros e hilos de seda encerados, y colgadas allí raíces de hojaplasma y fuste sanguino, cebolla albarrana y cepacaballo; hacía con esto maravillas: que, cuando vino por aquí el embajador francés, tres veces vendió por virgen una criada que tenía».
Con la raíz del fuste sanguino se refiere probablemente al cornejo o sanguino.
La Celestina lo utilizaba como cicatrizante cuando reponía virgos, según parece indicar.
Las hojas de esta planta contienen ácido salicílico y sus semillas aceite.
La corteza se ha utilizado como febrífuga. *(170).
Crocus sativus L. IRIDACEAE Acto 1: «a otros pintaba en la palma letras con azafrán»;
Se alude sin duda a una práctica mágica.
Como es bien sabido, el azafrán se utiliza como colorante alimentario, además de como saborizante.
Se usa también contra el mareo. *(102).
Cucumis melo L. CUCURBITACEAE Acto 18: «Que los caxquetes de Almacén así los corta como si fuesen hechos de melón».
Se refiere a la facilidad con que se cortan las rajas de melón.
Cupressus sempervirens L. CUPRESSACEAE Acto 19: «Escucha los altos cipreses, cómo se dan paz unos ramos con otros por intercesión de un templadico viento que los menea».
Especie presente en todo el ámbito mediterráneo desde antiguo, aunque su lugar de origen es la región este de la cuenca mediterránea, incluida la isla de Chipre, de donde le viene el nombre.
Resulta un árbol emblemático por su silueta característica.
Daphne gnidium L. THYMELAEACEAE Acto 1: «Aparejos para baños tortarosa...» (ver Adiantum capillus-veneris).
Cantalapiedra (2000) considera que la tortarosa podría corresponder al torvisco, según los diccionarios de Autoridades y de la RAE. *(181) Dianthus plumarius L. CARYOPHYLLACEAE Acto 1: «Sacaba aguas para oler de...clavellinas...» (ver Citrus aurantium).
El uso actual de esta planta es exclusivamente ornamental.
Pero como ha ocurrido con otras muchas especies que ahora se tienen como meramente ornamentales, en épocas pasadas se cultivaban porque eran medicinales.
Se ha olvidado el uso, pero se siguen cultivando. *(117).
Dracunculus vulgaris Schott ARACEAE Acto 1: «hacía solimán,...teraguncia...» (ver Asphodelus albus).
La taraguntia o taragontia es una deformación de dragontea a través de zaragutia.
El uso que da la Celestina a esta planta es el cosmético, para aguas de rostro, para lo que se utilizaba el jugo de su raíz.
Es una especie considerada desde antiguo como contraveneno para las picaduras de serpiente.
Su rizoma hecho pasta se utilizaba como callicida.
Se trata de una especie que se cultivaba como ----medicinal en monasterios y jardines.
En la actualidad se encuentra raramente en España, como planta asilvestrada. *(181).
Equisetum arvense L. EQUISETACEAE Acto 1: «Tenía en un tabladillo...cepacaballo...» (ver en Cornus sanguinea).
Con cepacaballo probablemente se refiera a esta especie de cola de caballo, que es la más frecuente, o a E. hyemale L. También está registrado este nombre para Xanthium spinosum L., aunque las propiedades hemostáticas de los equisetos refuerzan la primera opinión. *(114).
Ficus carica L. MORACEAE Acto 9: «Por una vez que haya de salir donde pueda ser vista, enviste su cara con hiel y miel, con uvas tostadas y higos pasados, y con otras cosas, que por reverencia de la mesa dejo de decir».
En este caso los higos se utilizan como mascarilla para el cutis de la cara.
Gossypium herbaceum L. MALVACEAE Acto 10: «para tus oídos unos algodones de sufrimiento y paciencia», Esta planta es citada en sentido figurado, como protector ante el sufrimiento, dada su blandura y suavidad.
El algodón es la fibra que recubre a las semillas dentro del fruto de esta planta.
Hedera helix L. ARALIACEAE Acto 1: «Y en otro apartado tenía para remediar amores...hiedra...» (ver Athyrium filix-femina).
La hiedra tiene propiedades mágicas.
En la Antigüedad era empleada para realizar sortilegios de amor y fidelidad, para protegerse contra la negatividad y para invocar a los espíritus.
Es planta que tuvo usos medicinales en tiempos pasados.
Florece en otoño y sus frutos son venenosos, porque contienen hederina, un glucósido tóxico, que se utiliza como desinfectante de úlceras.
Con frecuencia se cultiva como ornamental otra especie de hojas mayores y más brillantes.
Hypericum androsaemum L. HYPERICACEAE Acto 1: «Tenía en un tabladillo...hojaplasma...» (ver Cornus sanguinea).
Laza recogió este nombre, inédito hasta ahora, en los montes cercanos a Ávila en junio de 1944.
Es más conocida con nombres como toda-buena o todosana.
Tiene propiedades cicatrizantes, y se toma para abrir el apetito.
Ipomoea turpethum R. Brown CONVOLVULACEAE Acto 1: «Adelgazaba los cueros con...turbino...» (ver Citrus limon).
El turbit genuino ya se falsificaba en el siglo XVI con la raíz de Thapsia villosa L., conocida como turbit falso 51, tomado de Cienfuegos 52, especie que crece en España, y que se vendía incluso por turbit en Alejandría, por lo que tampoco se debería descartar a esta especie como el turbino aquí indicado.
Laza identifica el turbit con Globularia alypum, que se trataría del turbit blanco, del que se utilizaban las hojas como purgantes.
La novedad en La Celestina sería el uso del turbit en cosmética para afinar el cutis o la piel en general, en lugar de como purgante.
Según el diccionario de la RAE, el turbino es la raíz del turbit pulverizada. *(185).
---- El pistacho era considerado afrodisíaco.
Al parecer su cultivo en España en tiempos pasados fue relativamente frecuente.
El alfónsigo o pistacho produce un agradable fruto seco comestible, aunque aquí Celestina lo cita por su aceite, abundante en las semillas, que se debía utilizar entonces para cosmética. *(93).
Plumbago europaea L. PLUMBAGINACEAE Acto 15: «Que estoy embelesada, sin tiento, como quien cosa imposible oye».
La belesa es la planta que presta su nombre a la acción de «embelesar», porque se ha utilizado para adormecer a los peces en remansos de ríos y pescarlos sin trabajo.
Su principio tóxico es la plumbagina, una naftoquinona, que tiene efectos vesicantes y abortivos, y que además se ha utilizado para el tratamiento de eczemas y psoriasis.
En el siglo XV puede que se utilizara además para «embelesar» no solo a los peces, sino también a insectos como las pulgas en los establos, uso que ha perdurado hasta comienzos del siglo XX en La Mancha.
Psoralea bituminosa L. FABACEAE Acto 1: «Aparejos para baños...higueruela...» (ver Adiantum capillus-veneris).
La higueruela, también llamada trébol hediondo, por su olor bituminoso, sería utilizada probablemente por su acción antiséptica para los baños. *(143).
Quercus ilex L. FAGACEAE Acto 1: «hacía lejias para enrubiar, de sarmientos, de carrasca, de centeno, de marrubios, con salitre, con alumbre y millifolia y otras diversas cosas».
Según Laza se trataría de la coscoja o maraña, Q. coccifera L., probablemente basado en la presencia de unas agallas de color carmín, que Laguna 57 denomina «pelotillas bermejas» y que se han utilizado para teñir.
Era la grana que se obtenía de dichas agallas, producidas por el coccus (de ahí su nombre específico de coccifera), en árabe quermes, de donde viene el nombre del color carmesí.
Sin embargo es más frecuente llamar con el nombre de carrasca a las formas achaparradas de encina.
La corteza de esta especie y de otras del género Quercus se ha utilizado de siempre para curtir cueros y para teñir.
La coscoja es menos utilizada en general, porque es mucho menos frecuente. *(111).
Quercus robur L. FAGACEAE Acto 8: «Un solo golpe no derriba un roble».
Se trata de un dicho que ha perdurado a través de los siglos, y que hace alusión a la fortaleza de este árbol.
ROSACEAE El autor, excusándose: «Y encima de rosas, sembrar mil abrojos» Acto 1: «Sacaba aguas para oler de rosas...» (ver Citrus aurantium).
El agua de rosas es utilizada por su agradable aroma en farmacia, perfumería, cosmética y cocina. *(172).
Acto 1: «Y los untos y mantecas que tenía...oso...» (ver en Ardea cinerea).
Prólogo: «La víbora, reptilia o serpiente enconada, al tiempo de concebir, por la boca de la hembra metida la cabeza del macho y ella con el gran dulzor apriétale tamto que le mata y, quedando preñada, el primer hijo rompe los ijares de la madre, por do todos salen y ella muerta queda y el casi como vengador de la paterna muerte».
Acto 1: «Y en otro apartado tenía para remediar amores...víbora...» (ver Athyrium filix-femina).
Acto 3: «por la áspera ponzoña de las viboras» Acto 10: «no de otra manera que, cuando vio en sueños aquel grande Alejandre, rey de Macedonia, en la boca del dragón la saludable raíz con que sanó a su criado Tolomeo del bocado de la víbora».
Acto 1: «Y en su casa hacía perfumes, falsaba...algalia...» (ver Abelmoschus moschatus).
Laza refiere que se trata de una sustancia aromática procedente de las glándulas de algunas especies asiáticas y africanas de un animal mamífero del género Viverra.
Esta opinión coincide fundamentalmente con la del diccionario de la RAE en su primera acepción.
La algalia del comercio procede sobre todo de la especie conocida como gato de algalia o civeta. *(93). |
No son frecuentes -y esto es algo que considero lamentable-las reflexiones teóricas sobre la medicina.
No me refiero, claro está, a las que de tanto en tanto hacen algunos médicos, sin duda con la mejor intención, pero sin pretensión alguna de calado hermenéutico, en el marco de reuniones o congresos o en publicaciones que, significativamente, no son demasiado valoradas desde la perspectiva que se considera científica.
Puede que de estas últimas haya incluso una cierta plétora.
El caso es que, entre los pocos que han asumido profesionalmente la tarea de reflexionar sobre la medicina, su historia y sus fundamentos, ese género literario parece haber dejado de estar de moda hace mucho tiempo, o haber sido al menos patrimonio exclusivo de algunos viejos maestros, lo que a menudo se traduce en un juicio descalificador, por obra de su supuesta vetustez, de semejante empeño.
Y sin embargo nada es más necesario, pienso yo, que plantearse de tanto en tanto la pregunta sobre qué estamos haciendo quienes, de un modo u otro, nos dedicamos al cultivo de la medicina, y qué han hecho y en nombre de qué lo hicieron quienes nos precedieron.
respuestas se han dado a estas preguntas en la perspectiva de lo social -de lo historicosocialpero bastantes menos en la de lo teórico, filosófico si se quiere o, por lo que pretendo explicar a continuación, de lo antropológico, palabra cara a uno de esos viejos maestros, mío por más señas: Pedro Laín Entralgo; uno de los pocos -¿el único tal vez?-que entre nosotros intentaron aportar algo en tal dirección.
Adelanto que nunca me he propuesto hacer una pesquisa sistemática a este respecto; me falta disciplina, como saben quienes me conocen bien.
Pero he tratado de estar atento a cuanto en este campo podía surgir en nuestro entorno cultural y, honradamente, poco he podido encontrar que me resultara satisfactorio.
Hace ya casi treinta años que cayó en mis manos una obra así.
Recuerdo haber hablado con alguno de mis mayores, y también con algunos de mis coetáneos, sobre lo importante que sería traducirla, pues estaba escrita en alemán.
Recientemente me he encontrado con la segunda, procedente también del mismo ámbito cultural y lingüístico.
¿Habrá que considerar un factor negativo que ambas procedan de un ambiente tan poco «moderno» y tan tradicionalmente «filosófico»?
En todo caso ambas me han parecido -y la primera me lo sigue pareciendo-extraordinariamente importantes, desde luego para quienes hemos hecho de la Historia de la Medicina nuestra profesión -noblesse oblige, estoy convencido de ello-, pero también para los médicos que aspiren a ser algo más que puros técnicos, si bien no estoy nada seguro de que nuestras instituciones educativas, y más tarde el mundo cotidiano, busquen algo diferente de esto.
Por ello me parece que vale la pena que transmita las impresiones de mis lecturas, la de hace más de dos décadas y la de hace un mes, con el deseo de que cuanto me ha parecido importante no quede del todo en la oscuridad.
Como, además, ambas obras están redactadas en alemán -la segunda cuenta al menos con una reciente y muy correcta traducción al inglés-me cabrá al menos la humilde satisfacción de haberlas dado a conocer a quienes de otro modo no habrían tenido acceso a ellas.
Aunque declaro con toda convicción que mi intención no es nada humilde, pues creo realmente que es importante conocer ambas aportaciones, reflexionar sobre ellas y, llegado el caso, incorporarse a esa tarea en la medida de las fuerzas de cada cual.
Westliche und Östliche Wege der Heilkunst, de Paul Ulrich Unschuld, de la que existe traducción al inglés, referenciada al comienzo de esta reseña.
El enfoque de ambas es muy diferente, pero las dos son, a mi parecer, apasionantes tanto por lo que proponen como por su capacidad de estimular intelectualmente al lector.
Comenzaré por la más veterana, cuyo título anuncia claramente la intención del autor: describir e interpretar los modelos (posiblemente la traducción más aproximada para Konzepte, un «falso amigo» alemán) sobre los que se ha ido construyendo el pensamiento médico, especialmente el occidental, a lo largo de su historia.
Sin duda tuvo que ver en la elección de esta estrategia la condición de fisiólogo de este maestro de la historiografía médica alemana de posguerra, Karl Eduard Rothschuh (1908-1984).
¿Cuál fue -parece preguntarse-la forma mentis tanto individual como, sobre todo, colectiva que acuñó cada uno de estos modelos, de estas maneras de entender lo que debía ser una teoría al servicio de la práctica curativa?
No es por voluntad retórica por lo que he renunciado en la línea precedente a emplear la palabra «medicina»; pues si bien Rothschuh no rehúsa dar este nombre a teorías y prácticas de sanación empíricas o creenciales, la principal diferencia entre su planteamiento y el de Unschuld radica, como veremos, en el contenido semántico que cada uno de ellos concede a dicho término.
Rothschuh asocia desde el primer capítulo de su obra las nociones de Konzepte der Medizin y Krankheitskonzepte, dando a entender con ello que la representación que cada cultura construye de la enfermedad determina el modo de plantearse un sistema teórico y práctico orientado a su curación.
De este modo tienen cabida en su obra las llamadas «medicinas primitivas», las «arcaicas» y aquellas otras más modernas desarrolladas en Occidente que se caracterizan por reposar sobre concep-ciones creenciales y, en consecuencia, motejadas de acientíficas.
Este planteamiento, que podría considerarse tradicional -¿qué historia de la medicina escrita en el siglo pasado con pretensiones de exhaustividad no comienza con la «medicina de los pueblos primitivos»?-tiene, por una parte, la ventaja de no incurrir en las acusaciones de etnocentrismo y cientismo, y por otra la de formular la pregunta acerca de qué sea la medicina en una perspectiva propiamente antropológica.
Lo que de este modo se despliega ante nuestros ojos son algunas -¿tal vez todas?-las respuestas que, hasta donde podemos saber, la humanidad ha dado al desafío de la enfermedad.
Esto conduce, a diferencia de lo que sucede en el modelo clásico al que acabo de hacer mención, a que, por ejemplo, la medicina empírica de las sociedades primitivas comparta capítulo, como veremos, con la de Sydenham y la de Pinel.
Los modelos establecidos por Rothschuh, cuya denominación ilustra en más de un caso de manera suficiente el núcleo del modelo mismo, son doce.
Después de exponer en un primer capítulo su propósito y la estrategia que seguirá para cumplirlo, partiendo de una primera división en «modelos naturalistas» y «sobrenaturalistas» -lo que constituye la diferencia fundamental con el planteamiento de Unschuld-comienza, en el segundo, por ocuparse de la «Iatrodemonología.
La enfermedad producida por malos espíritus, demonios y el diablo»: un modelo de largo aliento, pues como el autor señala llega hasta la actual doctrina de las iglesias cristianas y está presente en textos médicos occidentales al menos hasta el siglo diecinueve.
El tercer capítulo trata sobre «Iatroteología.
Le enfermedad como consecuencia del pecado y como manifestación de la providencia divina».
El cuarto sobre «Medicina astral -iatroastrología».
Le siguen «Iatromagia», «Medicina empírica», «Patología humoral -Patología de las cualidades» (con incursiones en la medicina paracélsica y en la iatromecánica), «Los modelos de enfermedad de la iatrofísica.
Iatromatemática», «Modelos iatroquímicos en medicina», «Modelos iatrodinámicos de la enfermedad.
Psicodinamismo y biodinamismo», «Modelos iatromorfológicos», «Modelos filosoficonaturales de la medicina en la época del romanticismo alemán», y por fin «El modelo iatrotécnico de la medicina en los siglos diecinueve y veinte».
Este planteamiento, que en algún caso puede parecer sorprendente, e incluso algo forzado, tiene a mi parecer la ventaja sobre los más clásicos de que, en la medida de lo posible -y de lo sensato-se libera del yugo cronológico tradicional.
Para Rothschuh no hay, por ejemplo, una «medicina del Barroco», sino varias, en la medida en que en dicho marco historiográfico conviven una «medicina empírica» -Sydenham-, una «patología de las cualidades», humoralista a su modo -Daniel Sennert, Robert Boyle, Boerhaave-, una «iatromecánica» y una «iatroquímica» -no parece necesario mencionar nombre alguno en ambos casos-, una incipiente «iatromorfología» -Baglivi-y desde luego cuanta medicina «sobrenaturalista» pueda desearse.
Y lo que puede decirse del Barroco puede aplicarse también, en medida variable -quizá muy inferior, pero no nula, en el presente-, a cualquier otro período.
A mi juicio la aportación más valiosa de este modelo a la historia y la filosofía de la medicina consiste en hacernos cobrar conciencia de un hecho, la coexistencia de diversos sistemas médicos en un momento dado, que pone de relieve la innegable importancia de factores psicológicos tanto individuales como colectivos en la génesis y en la pervivencia de las diferentes construcciones teóricas en medicina; factores que atañen tanto al científico -en sentido lato o estricto-como al paciente que recurre a sus servicios.
En tal medida es antropológico, en el sentido lainiano del término, el abordaje de Rothschuh; no en vano ambos fueron contemporáneos y compartieron un ambiente intelectual que continúa suscitando admiración y nostalgia.
El planteamiento de Paul Ulrich Unschuld (nacido en 1943) es muy diferente pero, como veremos, no tiene nada que envidiar, en cuanto a capacidad analítica y poder de sugestión, al precedente.
El título del texto aquí reseñado no puede ser más explícito: ¿Qué es medicina?
Incluso cabría pensar que es demasiado ambicioso, si no fuera porque, efectivamente, el autor da una respuesta muy clara a tal interrogación en las páginas de su libro.
En cuanto al subtítulo, que también tiene mucho que ver con las estrategia de la obra, y no sólo con ella, se entiende mejor, como en el caso precedente, si no se pierde de vista la formación de su autor: especialista en historia de la medicina china.
Su abordaje, pues, a la pregunta fundamental se realizará por dos vías: las que representan las historias de ambas medicinas, oriental y occidental.
¿Habrá también dos respuestas?
Pronto disipará el autor esta sospecha: «Frecuentemente oímos decir que la medicina occidental y la china son 'alternativas', o que a causa de su diferente naturaleza son 'complementarias' entre si.
Es preciso poner en cuestión la veracidad de estas afirmaciones».
Toda una declaración de principios, pues resulta evidente que, en lo concreto, ambas medicinas son tan poco miscibles como el aceite y el agua.
Pero no es lo concreto lo que interesa a la pregunta sobre qué es medicina.
La respuesta de Unschuld, que puede, legítimamente, no sonar bien a todos los oídos, es que sólo puede llamarse medicina al sistema de interpretación del cuerpo, sus enfermedades y su curación basado rigurosamente en leyes, que se supone, además, que son las que gobiernan la naturaleza en su conjunto, y más aún, que son «naturales» en sí mismas.
La medicina mesopotámica, por poner un ejemplo, no se ajusta a este criterio; en cambio, la medicina china clásica y los sucesivos sistemas médicos de occidente -unos más que otros-se someten voluntariamente a él.
Que, en lo factual, la medicina china tenga relativamente pocos puntos de contacto con, por ejemplo, la hipocrática, o la basada en el modelo experimental acuñado en Europa en el siglo XIX, tiene escaso valor al lado de lo esencial: lo que los creadores de ambos sistemas han querido es someter su inteligencia a unas leyes con presumible valor universal centradas en la dinámica natural.
Por otra parte, si nos permitiéramos la debilidad de centrarnos en los hechos, tampoco la hipocrática sería medicina en comparación con la desarrollada en Europa y América en los dos últimos siglos.
Como puede verse la pregunta de Unschuld es fundamentalmente filosófica, si bien, como siempre han hecho los más sensatos -pienso, cómo no, en Georges Canguilhem-para darle la respuesta más atinada se apoyará fundamentalmente en la historia, y sin duda es su condición de sinólogo lo que le puso en la pista que seguirá a lo largo de su texto.
Una pista que arranca de un tema bien conocido por los historiadores de la medicina pero que nunca, que yo sepa, se había planteado como clave hermenéutica aplicable a las sucesivas reformas y/o revoluciones del pensamiento médico: la analogía entre el sistema social, y más explícitamente político, de una cultura y la imagen del cuerpo humano.
Como acabo de señalar parece que Unschuld encuentra el cabo del hilo que seguirá a lo largo del libro en el origen de la medicina china, que coincide con el primer imperio surgido del período significativamente llamado «de los reinos combatientes»: una larga y trágica etapa de guerra civil que se clausuró gracias a la asunción de la filosofía confuciana por el nuevo régimen político, cuya principal tarea consistió en garantizar la correcta «homeostais» de tan enorme territorio mediante un sistema basado en el flujo de mercancías, información y normas comunes a través de los correspondientes canales de comunicación; algo que caracteriza también el nuevo modelo de medicina que para nosotros ha llegado a ser identificado como «medicina china clásica».
Entre los historiadores de la medicina occidental era bien conocida, y desde hace mucho tiempo, la significación de la analogía entre macrocosmos y microcosmos para la medicina clásica griega, y la no menos importante que asocia la salud del cuerpo al sistema político -monarkhía frente a isonomía-en la clásica formulación de los conceptos de salud y enfermedad de Alcmeón.
También era de sobra conocida la relación entre las ideas políticas de Rudolf Virchow y su concepción del organismo como una Zellrepublik; pero, hasta donde yo sé, nadie había llegado a postular que este modo de pensar, cuyo origen tiene mucho más que ver con lo inconsciente -o al menos con lo impensado, como diría Foucault-que con un propósito deliberado, tuviese un valor tan determinante en el nacimiento de un nuevo modelo de medicina.
Unschuld rastrea los capítulos más importantes en la historia de la medicina occidental -siempre sobre el telón de fondo de la chinapara intentar demostrar que en todos los casos la novedad -y la singularidad absoluta o relativade un modelo político y de relaciones sociales está en la base de una nueva propuesta de comprender, siempre con arreglo a leyes universales, las dinámicas del cuerpo en la salud y en la enferme-dad.
Así encuentra, por ejemplo, una explicación a las novedades aportadas a la medicina por William Harvey en su condición de inglés en un período turbulento: la medicina harveyana, incluyendo en ella su descubrimiento de la circulación mayor, sería el resultado de esa peculiaridad política inglesa que representa la Carta Magna.
No puedo, por razones obvias, entrar en el detalle de las explicaciones de Unschuld, pero quien tenga la paciencia -no hace falta mucha-de leerlas coincidirá, creo yo, conmigo en que resultan convincentes y enormemente sugerentes.
Una consecuencia importante de este planteamiento es que su autor niega -como por otra parte vengo haciéndolo yo mismo desde hace bastante tiempo-la validez del modelo de las revoluciones científicas de Thomas S. Kuhn para la comprensión de los cambios experimentados por las teorías médicas a lo largo de la historia.
Sin formularla explícitamente tal parece ser también la opinión de Rothschuh, en vista de su convicción de que los nuevos sistemas coexisten durante mucho tiempo con los antiguos.
En este punto hay que apelar de nuevo a la psicología y recordar que en las hoy llamadas «ciencias de la salud» lo que interesa esencialmente al usuario de las mismas, y en medida sólo algo menor a su cultor, no es tanto la ciencia cuanto la salud.
La medicina, como demuestra su historia, casi nunca ha sido científica de pleno derecho -no lo es hoy al cien por cien, sobre todo si la ciencia de la que hablamos es la experimental-lo que no ha impedido que mejor o peor cumpliera su función.
Esta sería probablemente la conclusión más decisiva del abordaje de Rothschuh.
En cuanto al de Unschuld, la fundamental sería que en medicina se llega a la ciencia -cuando se llega-por un camino eminentemente subjetivo, que tiene que ver sobre todo con la necesidad de seguridad, de ajuste con la realidad circundante -con las condiciones de vida colectivas-; un camino que, a diferencia de lo propuesto por la historia de la medicina basada en los grandes hombres y en el genio individual, toma como referencia el genio colectivo -lo que Herder o Schiller llamarían el genio de la época-entendido en el sentido menos grandilocuente del término, pues estaría orientado por la humanísima necesidad de paz, de concordia, de tranquilidad.
Sí, es cierto: al final la historia y la psicología se dan la mano, y dejan para la orgullosa ciencia un lugar más humilde del que a ésta le gustaría.
Se me vienen a las mientes, como no podría ser de otra manera, las ideas de dos maestros alemanes que, por razones obvias, podrían estar en la base del pensamiento de los autores analizados: Kant, en primer lugar, por su formulación de la condición inevitablemente apriorística de nuestros abordajes a la realidad, y Jung con su caracterización de tipos psicológicos que permitirían entender, por un lado, el radical condicionamiento psicológico de cada decisión y actitud humana, y por otro la coexistencia en una misma situación histórica de respuestas diferentes y a menudo antitéticas.
No todos estamos en condiciones de abordar proyectos de este fuste; pero creo que quien haya tenido la paciencia de seguirme a lo largo de estas páginas se habrá sentido interesado por saber más; por leer, si tiene ocasión, ambas obras para penetrar en su detalle.
Hace falta mucha madurez para plantearse una tarea semejante, y se necesita además esa chispa inexplicable que permite intuir, en un momento dado, un sentido común allá donde sólo parecía haber una sucesión de hechos a menudo dispares.
Pero que no decaiga al menos nuestra capacidad de asombro, y que sepamos reconocer que reflexiones de esta índole tienen, a no dudarlo, una repercusión práctica que va mucho más allá de lo cotidiano.
No dejemos, en suma, de preguntarnos con Unschuld qué es medicina y de reconocer, con él y con Rothschuh, que esa es una falsa pregunta, pues el espíritu de la medicina es el de Heráclito, o el de otro maestro alemán, Nietzsche: no el del ser, sino el del devenir. |
SOLÍS, Carlos, La medicina magnética.
Del Ungüento Armario al Polvo Simpático de Kenelm Digby, Madrid, Fondo de Cultura Económica, 2011, 361 pp.
Primero se formó en las teorías que tras Kuhn evidenciaban la veloz carrera de la ciencia moderna, luego hizo un gran hincapié en la íntima relación entre historia y filosofía de la ciencia.
Ha transitado por los grandes nombres de la física, así Kepler, Galileo o Newton, también ha sido un excelente profesor, como muestra la Historia de la ciencia escrita junto a Manuel Sellés (Editorial Espasa Calpe, Madrid, 2005).
Siempre ha sido un escritor interesado en el estilo, que plasma muy bien en su acercamiento a la biografía y en su vena irónica que tal vez aprendió en Norteamérica.
Muestra siempre una gran erudición y una inteligente lectura de las fuentes.
Nos presenta ahora la obra de un curioso y olvidado personaje barroco, muy barroco como fue Kenelm Digby.
Noble católico, tuvo una vida variada y atractiva: libertino y pendenciero, eremita y místico, científico y alquimista, católico y protestante, espía, corsario o político.
Un individuo tan extraño como atractivo, que sin embargo fue respetado científicamente e incluso amigo de Descartes y otros sabios de prestigio.
Esto hace reflexionar a autor y lector, sobre la pervivencia de ciertos personajes, famosos en su época y hoy desconocidos.
Nos adentra en el problema de una intelección más generosa de la revolución científica, en la que caben actores y saberes muy diversos.
Hay sabios que lo fueron en su época y hoy se consideran inútiles, mientras otros entonces desconocidos son hoy aclamados por sus imprescindibles aportaciones al saber.
También hay «ciencias» muy estimadas siglos atrás y hoy consideradas casi patrañas y otras que eran entonces despreciadas y son hoy admiradas.
Las revoluciones de la ciencia moderna no son nada sencillas, y los caminos de las ciencias son complejos.
Tal es la gran lección que podemos extraer de los trabajos de Carlos Solís.
El caso que nos es ahora presentado tiene un gran interés, un sabio apreciado en el siglo XVII y hoy desconocido.
Fue un estudioso que se interesó por la filosofía y la historia naturales, la química, la medicina y la farmacia.
Su escrito Two Treatises fue una presentación de las ideas de la época sobre materia y alma, en que desde un aristotelismo de base introducía novedades atomísticas y mecanicistas.
Pero fue también reconocido por un tratamiento de heridas a distancia que se apoyaba en viejas fórmulas y en la creencia en la acción a distancia, que el magnetismo parecía apoyar.
Sus escritos permiten conocer la importancia del pensamiento de Paracelso en la evolución de la química y la farmacia modernas.
Propone un tratamiento sin duda absurdo, pues consideraba que el remedio podía aplicarse a la sangre de la víctima o al arma del agresor, que permite sin embargo curaciones tal vez debidas a que la herida solamente soportaba vendajes limpios y no terribles medicamentos heredados de la farmacia galénica.
Nos ofrece el autor una edición de uno de sus escritos, procedente de una intervención en 1657 en una academia de Montpellier.
El título es Discurso sobre la curación de las heridas mediante el polvo simpático.
Sin duda la intelección renacentista de un mundo armonioso y relacionado es heredera del platonismo y hermetismo de Marsilio Ficino y sus seguidores, con influencia en estudiosos de la me-dicina como Paracelso, della Porta o Bacon.
El microcosmos y el macrocosmos se relacionan y se influyen.
No es extraña entonces la creencia en remedios que actúan a larga distancia.
En su escrito aplica también sus saberes al tarantismo, así como a los antojos de las mujeres.
Refiere el caso de la madre manchada con unas moras, cuya hija tenía verrugas con esta forma.
Es interesante que un caso semejante es recogido por Feijoo, quien lo atribuye a Daniel Sennert.
Pedro Laín (Historia de la Medicina, Barcelona, Salvat Editores, 1978, p.
327) considera a éste como una síntesis entre galenismo, paracelsismo y atomismo.
Médico de prestigio, no acataba esas curaciones propuestas por Digby.
También el benedictino habla de un caballero de Marchena de familia blanca, que es negro y con pelo ensortijado, porque su madre se fijó en un cuadro de los reyes magos.
Desde luego sus hijos son mulatos.
Tras tantos estudios sobre historia de la física, nos presenta ahora Solís un tratado de medicina.
Sea bien venido al terreno médico, pues muestra bien que la medicina es un campo más en el terreno de la historia de las ciencias.
Comprender la medicina dentro del mundo de las ciencias, es algo que muchos hemos pretendido por décadas.
Pedro Laín recordaba la justificación de Laplace a Napoleón por haber incluido médicos en la Academia de Ciencias, es conveniente que se sienten entre sabios científicos.
Pues bien, sea bienvenida esta invitación a sentarse entre los médicos y sabios a este personaje tan atrabiliario y divertido como erudito y estimado por sus contemporáneos.
La habitual maestría y el inteligente estilo de Carlos Solís quedan una vez más patentes.
El Grupo de Historia de la Medicina y de la Salud se creó en 1995 bajo la dirección de Emilio Quevedo, quien ahora encabeza un selecto equipo de investigación para llevar adelante un riguroso proyecto de historia de la medicina colombiana.
Se trata de una magnífica empresa que sabe aunar el estudio y la erudición con una cuidada y hermosa labor editorial, en que participan además Tecnoquímicas y Editorial Norma.
El primero comienza con el encuentro de dos culturas y dos medicinas en 1492 y termina con el enfrentamiento con la epidemia de viruela de 1782, expresión del desarrollo científico ilustrado.
Se presenta la interacción de las medicinas indígena, negra y colonial mostrando una aproximación incluso más rica que la ofrecida por los autores, centrada en la medicina oficial.
Se ocupan de enfermedades y enfermos, remedios, instituciones y profesionales, desde el chamán, los brujos, orishas y demonios hasta las yerbateras y hechiceras, desde el cirujano y sangrador, hasta el boticario y el médico.
Las medicinas del conquistador, de las ciudades y de los gobiernos son presentadas.
El protomedicato, las reformas de la medicina y el comienzo de las aulas médicas pasan por sus páginas.
El segundo volumen termina con el cierre de la enseñanza en el Colegio de Rosario, cuando ha fructificado la medicina anatomoclínica de origen francés.
En él nos muestra la llegada a Nueva Granada de la Ilustración europea y cómo se plasma en el saber y las prácticas de la medicina, así en la lucha contra las enfermedades epidémicas, en especial las viruelas.
La enseñanza, la higiene, los hospitales, las publicaciones se van modelando primero por los ilustrados españoles y criollos, luego se convertirán en base esencial de la formación de la nación colombiana.
Personajes como Mutis, Caldas o Zea son esenciales en estos cambios.
Luego surge una universidad nueva, la ciencia francesa triunfa preparando un saber propio colombiano, mientras los médicos se enfrentan a nuevas situaciones tanto sociales y políticas, como enfermedades y crisis múltiples.
Novedades como las epidemias de cólera o las discusiones sobre el método anatomoclínico constituyen la nueva medicina colombiana.
El tomo tercero debe iniciarse con la puesta en pie de la escuela privada de medicina que dos años más tarde será la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional de los Estados Unidos de Colombia.
Termina con la creación de las principales instituciones de la seguridad social colombiana y el Ministerio de Higiene entre 1945 y 1946.
El cuarto será historia del presente pues llegará al siglo XXI, se centrará en la influencia de la medicina norteamericana y en la socialización de la medicina, en su continuo enfrentamiento con el mercado.
También dedicarán unas páginas a la prospectiva y, en fin, un tomo será biográfico, el quinto.
Se dirige la obra en primer lugar, como es lógico, a los médicos y a los pacientes, luego a quienes quieren comprender la sociedad, también la ofrecen para lectura y conocimiento.
«Se trata, pues, de dar cuenta de la manera como la medicina moderna, científica y universitaria se ha desarrollado en Colombia, desde cuando ella se articulaba a las estrategias de construcción de una colonia española en este territorio hasta su situación actual en la compleja realidad nacional contemporánea» (I, xxii).
Han tenido en cuenta las concepciones sociológicas de las profesiones, en este caso la médica.
¿Qué sentido tienen estas historias nacionales?
Podemos recordar entre nosotros a Luis S. Granjel, quien tanto hizo por historiar la medicina española.
Su Departamento en la Universidad de Salamanca tenía una biblioteca espléndida orientada a este fin y unos magníficos ficheros en los que incluso «el Palau» estaba recogido.
También a José María López Piñero y su insistencia en el estudio de figuras menores y de la historia de la medicina y la ciencia españolas.
Desde luego sirven para hacer justicia a muchos sabios -médicos y científicos-que de otra manera no figurarían en las historias universales.
Además con ellas podemos entender mejor la ciencia, pues son un laboratorio que permite considerar factores que las historias internas de la medicina desprecian.
Me refiero a factores sociales, económicos e incluso geográficos, antropológicos o culturales, incluidos los religiosos.
Y desde luego tienen en cuenta aspectos nacionales esenciales para entender la ciencia.
Con todas las reservas acerca de los nacionalismos, es indudable que las distintas naciones -sus gobiernos y súbditos-han condicionado la forma de hacer ciencia en cada país.
Y Colombia no es excepción.
Sean los primeros habitantes, sean los españoles, los negros o los criollos, más tarde los colombianos, sean los gobiernos monárquicos o republicanos, ellos han decidido sobre la medicina y la ciencia que querían -y podían-disfrutar.
Dejan bien sentado que se consideran escritores de historia social de la medicina.
«Se trata, además, de una historia social de la medicina.
Esto significa una cierta visión, tanto de la medicina como de la historia.
Las particularidades de la medicina, ya mencionadas, dependen de la configuración concreta de las sociedades en las que actúa, en el marco de relaciones globales ineludibles, para nuestro caso, desde hace más de quinientos años» (I, xxii-xxiii).
Señalaría el lugar de los individuos en el mar de voluntades que los supera en medio de la interdependencia, de la «figuración humana» de Norbert Elias.
Pretenden huir de la ideología del progreso y de la visión teleológica del proceso humano, de esa buscada luz al fin del túnel.
Tiene su trabajo que ser además interdisciplinar, abarcando otras ciencias sociales y humanas.
Sin duda, y también otras ciencias pues la medicina es una más y no se puede entender sin conocer el camino seguido por sus compañeras a lo largo de los siglos.
Matemáticas, física, historia natural o química son integrantes importantes del quehacer médico, incluso desde el Renacimiento.
No dejan de mirar atrás como historiadores, hacia su propio camino recorrido.
«Esta tarea se inició en la Escuela Colombiana de Medicina, hoy Universidad El Bosque, en 1983, pasando por el seno mismo de Colciencias y del Instituto Nacional de Salud, hasta establecerse, en 1995, en el Centro de Historia de la Medicina de la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional de Colombia.
En el trabajo colectivo, este grupo de investigación, hoy llamado Grupo de Historia de la Medicina y de la Salud, ha insistido en la posibilidad de comprender la historicidad intrínseca de la medicina y la salud, pero siempre en su articulación con las estructuras más amplias de la sociedad y la cultura».
Pude ser testigo del trabajo de este grupo en sus primeros tiempos, comprobando que suponían una auténtica revolución en la comprensión y la enseñanza de la medicina.
Jóvenes entonces, muestran hoy un trabajo discutido, madurado y enriquecido.
Sigue siendo «un trabajo de construcción colectiva: muchos ojos, muchas mentes, muchas manos y una sola historia» (I, xxiii).
Una de las principales características de la monografía de Ximo Guillem es el indudable interés que puede suscitar entre las diversas áreas y campos disciplinares que se ocupan de la historia de la alimentación.
Se trata de una circunstancia que viene explicada por los presupuestos historiográficos y metodológicos que ha utilizado el autor en su trabajo.
Su texto es un claro ejemplo de la aproximación pluridisciplinar que caracteriza a los food studies.
Además, el autor, al explicar el para qué de su investigación, aporta reflexiones muy valiosas que ayudan a entender la configuración de la actual cadena alimentaria, las limitaciones de su organización, e incluso los sistemas alternativos que la pudieron o la pueden sustituir.
El trabajo cuenta con una acertada selección de fuentes primarias y de archivo, junto con un aparato crítico que ayuda a contextualizar los resultados y alcanzar los objetivos de un trabajo de investigación que reúne también la condición de texto docente.
La monografía se divide en dos partes.
En la primera se analizan los principales cambios experimentados por la cadena alimentaria en el marco de la Europa industrial de las últimas décadas del siglo XIX y la primera mitad del XX.
Así mismo, a partir de lo ocurrido en el contexto europeo, se aborda el caso valenciano desde la perspectiva centro/periferia y se subrayan las principales diferencias y coincidencias.
En la segunda parte del trabajo, con un esquema similar en cuanto al contexto europeo y valenciano, el autor nos aporta una visión crítica del problema del creciente fraude alimentario que acompañó el desarrollo tecnológico y la transformación que vivió la cadena alimentaria en el período considerado.
De acuerdo con los planteamientos historiográficos y metodológicos que hemos indicado, los cambios que afectaron a la producción, distribución y comercialización de los alimentos, son analizados desde la complejidad de los factores tecnológicos, científicos, económicos, demográficos, políticos, sociológicos y culturales que los determinaron.
El procesado de los alimentos y su incorporación a lo que se conoce como factory system, representa, a juicio del autor, una de las principales novedades que marcó el paso de la cocina doméstica y el taller artesanal a la fábrica.
Fue en aquel contexto de producción industrial donde se sitúa la aparición de nuevos alimentos como la leche condensada, la margarina o los cereales precocinados, o el desarrollo de formas nuevas de procesar los alimentos tradicionales.
En realidad, como se recoge en la monografía, la cadena alimentaria experimentó una expansión sin precedentes, tanto en el territorio como en relación con el número de etapas que incluía: aumento de las distancias recorridas por el alimento desde su producción primaria hasta su consumo, aumento del número de intermediarios por los que pasaba el alimento, y una nueva relación entre el consumidor y el alimento.
Los porqués de las razones de todos aquellos cambios aparecen analizados, tanto para el ámbito europeo como valenciano, en el primero de los capítulos: desde la importancia que tuvieron los procesos de urbanización y de crecimiento poblacional, a la emergencia de nuevas potencias agroalimentarias como Estados Unidos, Argentina o Australia y la presión que ejercieron sobre los mercados, pasando por las necesidades alimentarias de sectores como el ejército o la navegación, o la influencia que empezaba a mostrar la progresiva incorporación de la mujer al trabajo extra doméstico.
El segundo de los capítulos está dedicado a analizar la influencia de las innovaciones tecnológicas en el surgimiento de una nueva organización de la producción de alimentos, así como su papel en la transformación de la dieta y los hábitos alimentarios de una parte importante de la población europea.
Junto a la importancia que tuvieron los nuevos métodos de conservación de alimentos, la creciente mecanización de su procesado, o la mejora de los transportes en lo relativo a su distribución; en el trabajo se dedica un atención especial a la industrialización de la producción de los derivados lácteos y a los nuevos alimentos industriales, como la margarina o los extractos de carne.
Pero, como indica el autor, aquel proceso de industrialización e innovación tecnológica también influyó sobre procesos tan antiguos como la operación de molido de los cereales y sobre la producción de productos tradicionales como el aceite, los licores o el chocolate.
Además de recordar, que la progresiva aceptación del uso de toda clase de aditivos químicos, fue otra de las características de una industrialización marcada por el importante grado de involucración que tuvo la investigación científica en el ámbito de la alimentación.
El caso de la sociedad valenciana resulta un buen ejemplo de la diversidad de situaciones de adaptación que acompañaron la emergencia del nuevo sistema de producción y consumo.
La industria alimentaria valenciana no estuvo ligada al desarrollo de nuevos alimentos, sino más bien a una forma diferente de procesar los tradicionales y a su capacidad para introducirlos en los mercados internacionales.
Los cambios en la dieta de los valencianos estuvieron relacionados, sobre todo, con la procedencia de los alimentos.
La primera parte del libro concluye con un capítulo dedicado a analizar las novedades que mostró la comercialización alimentaria.
Además de la aparición de nuevas fórmulas y sistemas de distribución y venta, la principal novedad residía, junto al incremento del número de intermediarios, en que el comerciante ya no tenía necesariamente una vinculación directa con la producción del alimento.
Todas aquellas novedades revolucionaron la forma de consumo, pero condicionaron también la calidad de los alimentos, al propiciar prácticas de adulteración que buscaban un mayor beneficio.
La expansión de la cadena alimentaria, como también la mecanización de la producción, generaron nuevos problemas relacionados con la calidad de los alimentos, y entre ellos destacó el aumento del fraude alimentario que es el objeto de análisis de la segunda parte de la monografía.
El sexto de los capítulos nos ofrece un exhaustivo análisis del proceso de emergencia del fraude alimentario en la Europa industrial del siglo XIX y las primeras décadas del XX.
La baja calidad de los alimentos y en particular su adulteración, acabaron por adquirir, en cierto modo, la condición de intolerables.
El autor destaca la influencia que tuvieron en el ámbito europeo las iniciativas británicas de denuncia, prevención y control de la adulteración de alimentos.
Tras recordar el origen de los problemas que mermaban la calidad de los mismos y su relación con los cambios experimentados en la cadena alimentaria, se ocupa de la evolución y de los principales tipos de adulteración, de la magnitud que alcanzó y de los alimentos que se vieron más afectados.
El capítulo se completa con dos apartados dedicados a analizar, por un lado, aquellos otros factores, que más allá de las prácticas fraudulentas, pueden contribuir a deteriorar la calidad de los alimentos y que experimentaron transformaciones importantes durante el período considerado.
La cuestión de las intoxicaciones e infecciones alimentarias y su prevención y control cobraron una creciente importancia, sobre todo tras el avance de los conocimientos bacteriológicos y químicos.
En el segundo de los apartados, se ofrecen una serie de reflexiones sobre el diferente impacto que tuvo el fraude alimentario, en función del medio (rural o urbano, y dentro de éste las condiciones higiénicas de los barrios o distritos), el clima, la clase social de los consumidores, la procedencia del producto, o la forma en que se procesaban y elaboraban los alimentos El penúltimo de los capítulos analiza, como estudio de caso, el fraude alimentario en el contexto valenciano.
A partir, sobre todo, de los datos proporcionados por las topografías médicas, aporta una panorámica sobre los principales problemas de adulteración y alteración de alimentos que se dieron tanto en el ámbito urbano, con la ciudad de Valencia como referente, como en el rural, la magnitud que alcanzó el problema de la falta de calidad de los alimentos y el tipo de adulteraciones practicadas.
La monografía se completa con un capítulo y un apéndice destinados a analizar la percepción y la evolución del concepto de fraude alimentario y las dificultades que comportaba la estimación de su magnitud.
Aunque la percepción popular del peligro del fraude fue incrementándose con el paso del tiempo, gracias a las denuncias provenientes, sobre todo, del ámbito médico y científico, la sensación de peligro mostró una importante diversificación socioeconómica.
Pero en la toma de conciencia del problema que suponía el fraude alimentario también influyó su evolución conceptual.
En el período cronológico que abarca la monografía, la segunda mitad del siglo XIX y las primeras décadas del XX, el concepto de alimento puro mostró varios cambios y fue evolucionando hacía una conceptualización más laxa que coincidió con el debate que suscitó el uso de aditivos alimentarios como los colorantes y conservantes, o la introducción de estrategias de regulación como las que comportaban la estandarización del alimento y el etiquetaje.
Pero, como muy acertadamente señala el autor y demuestra con el ejemplo de la regulación de alimentos en tierras valencianas, el control de la calidad de cada alimento fue resultado de un proceso de negociación entre diversos agentes sociales (médicos, químicos, políticos, productores y, en menor medida, consumidores), donde influyeron además de consideraciones de naturaleza sanitaria, elementos de carácter económico, político y cultural.
Nos encontramos, por tanto, ante una monografía de lectura plural, de gran interés para los investigadores que desde diferentes miradas disciplinares se interesan por la historia de la alimentación, pero también muy recomendable como texto docente, al explicar, de manera didáctica y crítica, las bases de nuestro actual sistema de producción y consumo de alimentos, y ayudar a entender el papel que ejercieron los cambios de la cadena alimentaria, en las transiciones alimentarias y nutricionales que experimentaron las poblaciones europeo-occidentales durante la segunda mitad del siglo XIX y las primeras décadas del XX.
Universidad de Alicante PIMENTEL, J., El Rinoceronte y el megaterio: un ensayo de morfología histórica, Madrid, Abada Editores, 2010, 316 pp., [ISBN: 978-84-96775-67-1] En principio no parece fácil ver, encontrar, comprender, una relación entre dos historias a priori tan diferentes, por lo que de primeras el nexo podría pensarse como un tanto forzado.
Por un lado, la historia de un animal que forma parte de la biodiversidad actual, ambientada en el siglo XVI, que, exótico para los europeos, llegó desde levante a la península ofrecido como un presente zoológico real, continuando como regalo, sin arribar, a la Roma papal.
Por otro, el hallazgo y discusión científica sobre un fósil, en concreto unos restos óseos pertenecientes a un mamífero extinguido, reclamado, exigido y, en consecuencia, enviado desde poniente a finales del siglo XVIII al Real Gabinete de Historia Natural de la metrópoli colonial, lo que dio lugar a un debate paleontológico y corroboró la existencia de especies extinguidas, realidad que cuestionaba el principio de plenitud de la creación/biodiversidad divina.
Pero estos dos animales, el rinoceronte y el megaterio, «antes imaginados que vistos», son presentados conjuntamente al lector, reivindicando Pimentel el papel de la imaginación, frente a la «memoria histórica», en la confección de hechos científicos e históricos a través de un mecanismo, la analogía.
El subtítulo, un ensayo de morfología histórica, señala la fórmula para la síntesis y el camino del discurso.
Al autor no se le escapa la debilidad de la fórmula elegida, citando a F. Egmond y P. Mason (The Mammoth and the Mouse.
Microhistory and Morphology), quienes señalan que en este tipo de investigación «los fenómenos comparados pueden revelarse dispares, heterogéneos, inconmensurables».
En cualquier caso, y respondiendo a la pregunta del autor sobre la legitimidad de la analogía que plantea, hay que responder que sí lo es.
Al menos para este caso concreto, aunque siempre pueda discutirse si es extrapolable de una manera general.
Pero razones, argumentos y retórica construyen en este ensayo un discurso bien articulado y con una fuerte capacidad de persuasión.
Y eso a pesar de las lógicas dificultades de encontrar analogías entre objetos de estudio de diferentes disciplinas biológicas y contextos históricos distintos y distantes.
Como señala Pimentel, el rinoceronte y el megaterio son dos objetos orgánicos (el segundo lo fue en el pasado), pero cargados como materia inerte en los barcos en que fueron enviados a Europa, y ambos nacidos en los confines de imperios coloniales.
Uno llegó a Lisboa desde el presente, el rinoceronte, hoy en día aún con representantes, pocos, pero en claro peligro de extinción debido a la caza furtiva: a su cuerno, objeto de deseo histórico en las farmacopeas, ahora incluso se le atribuye capacidad curativa del cáncer.
El otro llegó desde el pasado, desde un mundo antiguo que ya no existía, el megaterio, fósil o subfósil para algunos, ya que se extinguió hace sólo unos pocos miles de años debido a cambios bruscos climáticos, no pudo adaptarse a las nuevas condiciones, o, quizás, no se sabe a ciencia cierta, por la acción del género humano, como plantean otros.
En cualquier caso, ambos presentes exóticos destinados a las colecciones reales o papales, que incrementaban el deseo de conocimiento y curiosidad y que reflejaban los amplios límites de la obra de la creación.
La historia del primero de ellos, no es para menos, ha sido argumento de una novela, ya lo indica Pimentel, El rinoceronte del Papa.
Por su parte, creo que el segundo merecería asimismo una novela, «El megaterio del rey», que reflejara, entre otras cosas, el interés, y desconocimiento, de la monarquía española cuando, tras el descubrimiento del mamífero fósil cerca de Buenos Aires, desde la metrópolis se demandó al Virrey que hiciera llegar al Real Gabinete de Su Majestad en Madrid, un representante vivo, aunque fuese pequeño, o en su defecto muerto, pero bien conservado, relleno de paja y extremando las precauciones de su traslado trasatlántico.
La primera historia, «El paquidermo armado», está dividido en tres capítulos: Itinerario, Palabras y Grabado.
La segunda, «Un extraño cadáver», otros tres: Quimera, Huesos, Fósil.
Y el epílogo, Vidas circulares.
Respecto a este último apartado, hay que recordar la carga de eternidad que tienen las líneas circulares, no hay principio ni final, o, considerando desde otra perspectiva, que un círculo puede trazarse iniciándolo en un punto y cerrarlo volviendo a él.
Pero las dos historias, los dos discursos paralelos en los que se investiga el doble trabajo de la ciencia y el arte con el rinoceronte y el megaterio, aunque desiguales y descompensados, están enlazados, muy bien por cierto, mediante analogías que ilustran las respectivas circulaciones de sus protagonistas, animal y fósil.
Como la representación constituye un núcleo fundamental para las dos historias, 55 magníficas figuras ilustran y argumentan las analogías de la disertación, especialmente la central, la que Pimentel establece mediante la correspondencia inversa que mantienen rinoceronte y megaterio con relación a la piel, parte externa de la anatomía, y el esqueleto, parte interna En este sentido especialmente impactante es la última figura del libro, que representan los negativos de las imágenes principales del ensayo, la xilografía del rinoceronte de Durero y el grabado del megaterio de Bru y Navarro.
En ella se recoge y compara, como el negativo de las anteriores, la figura del esqueleto del rinoceronte de Cuvier y la del megaterio con su piel, obra de Mauricio Antón.
Esta última imagen del megaterio, ejemplo de reconstrucción paleontológica, entra de lleno en una actual demanda pública encaminada a la «resurrección» de homínidos fósiles y demás especies extinguidas.
Tal vez no sea ajeno a esto el impacto de la película Parque Jurásico.
En El Secreto de los fósiles Antón describe, a partir de evidencias científicas y de reflexiones especulativas, el arte de reconstruir animales extinguidos: «técnicas de anatomía, morfología funcional, interpretación de rastros y animación tridimensional por ordenador» se integran para devolver la apariencia perdida de los vertebrados fósiles.
Más complicado es resolver cuestiones como el color del pelo o del plumaje, donde es necesario recurrir a la imaginación.
En este sentido, invoco la novela The Dechronization of Sam Magruder de G.G. Simpson, uno de los paleontólogos más relevantes del siglo XX, artífice de la articulación de la teoría sintética de la evolución.
Sirve como ejemplo de analogía, como la que establece Pimentel en su libro, entre el historiador y el paleontólogo, al tiempo que recuerda que ambos comparten su interés por el pasado.
Simpson narra como el protagonista, Sam Magruder, es trasladado en el tiempo, al período Cretácico, durante el curso de un experimento científico.
Este Robinson Crusoe del pasado consigue escribir en tablillas de piedra, excavadas en el futuro, un diario que cae en manos del Historiador Universal.
En su diario Magruder aporta una sólida contribución para los artistas que restauraban dinosaurios, ya que él, aislado en su «isla cretácica», puede describir in vivo el color de la piel de los dinosaurios.
Antón y demás reconstructores paleontológicos estarían agradecidos, si se diera el caso.
Para terminar, sólo queda decir que este tipo de estudio, y en concreto este ensayo de Juan Pimentel, aporta una vía de investigación perfectamente integrable en los derroteros que actualmente sigue nuestra disciplina y, cargado de posibilidades, abre un debate sobre modelos y perspectivas para abordar determinadas cuestiones histórico-científicas.
El libro está cargado de erudición, solidez intelectual y muy buenas formas profesionales, como no podía ser menos al tratarse de una obra de un competente experto en nuestra área de conocimiento, la historia de la ciencia.
Su prosa destaca en nuestra comunidad de historiadores españoles de la ciencia.
El texto que se reseña, una obra reflexionada y trabajada, es un ensayo en absoluto provocativo, más bien interesante, inteligente y atractivo.
Cualquier visitante en Portugal queda admirado por la riqueza de la azulejería, que reviste y embellece objetos, paredes y fachadas.
Todo el Mediterráneo es rico en alfarería y cerámica, con una evidente influencia oriental.
Pero la riqueza con que los muros del país vecino son revestidos destaca, mostrando una gran belleza y expresividad.
Es evidente que no se trata tan solo de embellecer la arquitectura y la ciudad, sino también una forma muy rica de comunicación.
Sin duda convergen en ésta variadas tradiciones, así el empleo de las imágenes en pinturas, esculturas o azulejería para la enseñanza religiosa.
Esos interiores o exteriores decorados de las iglesias tenían, junto al gusto por la belleza, la intención de impresionar y adoctrinar a los fieles.
Desde luego, en tiempos pasados el analfabetismo privilegiaba esa forma de transmisión de la doctrina, pero se cuidó por el poder de seducir o de aterrar de las imágenes.
Así el catolicismo se mantuvo firme en la defensa de las representaciones de los santos y de la divinidad frente a otros cultos monoteístas.
No fueron, claro está, los azulejos o las pinturas las únicas formas de transmitir las verdades religiosas, también los grabados, los libros, o las esculturas fueron útiles, siempre asociados a la palabra.
La iglesia emplea siempre imágenes de la divinidad o los santos, e incluso de virtudes, pecados, premios o castigos, para aleccionar a los que en ella ingresan y progresan.
Tampoco era tan solo la iglesia la que empleaba la imagen, pues el poder y sus vasallos usaron de ella.
Las representaciones simbólicas reales o eclesiásticas (o de otras autoridades) estaban por todas partes, los súbditos y fieles las veían con respeto, temor o veneración.
Los grabados críticos también fueron frecuentes, así con las facciones eclesiásticas en la Reforma o con los reyes o políticos en época contemporánea.
Pero también se empleaban para dirigirse a los poderosos, es evidente que no era fácil llegar a ellos.
Andrea Alciato y sus emblemas sirven para transmitir enseñanzas o peticiones, para intentar mejorar el mundo.
Así los emblemas de Saavedra Fajardo o bien los de José Celestino Mutis para pedir a la corona española mejoras políticas, económicas o científicas en tierras peninsulares o americanas.
A la historia del arte se deben muchas de las ornamentaciones y de los símbolos.
Había una verdadera escuela de significados que se canonizó en el libro Iconologia de Cesare Ripa (1593).
Y los científicos también han empleado la imagen, para explicar hechos naturales o experimentales, tanto en viejos manuscritos, como en modernos libros o en representaciones digitales cara al futuro.
En este terreno los azulejos portugueses también tienen un notable papel, que descubrí en las viejas y hermosas paredes de la Universidad de Évora.
Tengo que agradecer el paseo y las explicaciones del Prof. Augusto J.S. Fitas y de la Profa.
Maria Fátima Nunes por las aulas del antiguo colegio jesuita.
Como representación de la ciencia tienen estos azulejos una gran importancia.
Son variados, muy variados los temas, religiosos, orientalistas, bucólicos (campo, pesca y caza), sociales (los retratos de caballeros)... pero muchos tienen que ver con el saber.
Los meses, los elementos y las estaciones, los géneros literarios (la fundacional Eneida), la filosofía griega y la natural, la metafísica, la Biblia, la geometría y la astronomía, la física (polvos simpáticos y magnetismo, electricidad, el vacío), la geografía (elementos, estaciones, continentes)... recuerdos clásicos y humanistas, experimentos, instrumentos, fenómenos naturales...
Llama la atención la presencia de ese absurdo remedio a distancia que eran los polvos simpáticos, que algunos jesuitas habían combatido como farsa protestante (Carlos Solís, La medicina magnética.
Del ungüento armario al polvo simpático de Kenelm Digby, Madrid, Fondo de Cultura Económica de España, 2011).
Los azulejos nos llevan a los grabados que la ciencia utiliza, sean figuras anatómicas, esquemas matemáticos, experimentos físicos, planos y representaciones, etc...
Destaca la figura de Prometeo con el feroz buitre como castigo, representante de la física.
Desde luego, muestra bien el clasicismo de estos jesuitas, quienes no toman solo escenas de vida cotidiana o de vida académica y experimentos científicos.
Junto a los temas clásicos justificados cuando se habla de literatura, arte o filosofía, llama la atención que se mantengan también éstos en azulejos de contenido científico.
Prometeo ha robado el fuego a los dioses, en beneficio de los hombres y debe ser castigado.
Así, el buitre representa a Júpiter enojado por esta traición de un semidios.
Es el castigo que también la Biblia o san Agustín mantienen para los que se ocupan de temas profanos olvidando los divinos, cayendo en la ignorancia e incluso en la melancolía.
El cruel pájaro ahonda en el hipocondrio, pues supone el dolor de la verdad nueva y el olvido de las doctrinas reveladas.
Pero el conjunto, muy bien presentado en el libro que comento, publicado por la Universidad de Évora, es un canto al saber y a la ciencia.
Sin duda, hay que tener en cuenta algunas de las características de la orden ignaciana, su interés por la ciencia y el clasicismo en primer término.
Su apoyo al realismo y a las imágenes, también.
San Ignacio y la orden jesuita pronto se decantan hacia la enseñanza y la investigación científica, sea para demostrar a través de la naturaleza las bondades y los poderes divinos, sea para definir una nueva sociedad en la que las clases dominantes tuviesen una cultura adecuada para ejercer su mandato.
Los primeros jesuitas pasan por Alcalá y París, pero no son bien recibidos en España a diferencia de la invitación real de Portugal (Marcel Bataillon, Los jesuitas en la España del siglo XVI, ed. Pierre-Antoine Fabre, trad.
Marciano Villanueva Salas, Valladolid, Junta de Castilla y León, Consejería de Cultura y Turismo, 2010).
No es extraño el interés de los jesuitas españoles por fundar una Universidad en Madrid, junto a la corte, como existían en importantes capitales europeas.
No se les concede, pero pueden fundar el Colegio Imperial donde por casi dos siglos enseñan ciencia y técnica, humanidades y músicas.
Si la corona portuguesa -a diferencia de la española-no crea universidades ni en la península ni en las colonias, ambas dejan a los jesuitas crear colegios a imitación del romano.
El de Évora es fundado en 1559 para la formación de caballeros y de clérigos, con frecuencia misioneros, todos ellos presentes en los azulejos.
Es restaurada la Universidad en 1973 tras un par de siglos de cierre.
Sus paredes son embellecidas en el XVI y en el XVIII por azulejos, éstos con motivos culturales y científicos.
Fechados en 1749, recibirían pronto la terrible atención del marqués de Pombal.
Son abundantes también los temas médicos que Madalena Esperança Pina encuentra en la azulejería lisboeta.
Es lógico en los que reflejan motivos religiosos; sean las obras de caridad o los milagros de santos, tienen repercusión clara en la medicina.
También hay otros que tienen la misión de señalar lugares u oficios, que recuerdan el carácter médico de hospitales o aulas, incluso de acontecimientos.
Destaca ese mono diablillo con lentes, en el barrio de Graça de Lisboa, burla del significado social de ese instrumento.
La autora, tras proporcionar información sobre la historia de la medicina y de la azulejería, presenta los que muestran la higiene y la asistencia médica, los cinco sentidos, la muerte y la religión (Biblia y santos), la patología y la terapéutica.
En fin, los que recuerdan las memorias médicas de la marina portuguesa, el XV Congreso Internacional de 1906, o bien la Sala dos Passos Perdidos da Faculdade de Ciências Médicas.
Buena bibliografía completa el libro, con bellas ilustraciones también. |
Dicha tendencia iba a afectar especialmente a los terrenos de la religión y la ciencia, haciéndose necesario distinguir no sólo verdaderos y falsos espíritus, reliquias o milagros, sino también verdaderos y falsos astrólogos y alquimistas.
Situada a caballo entre el idealismo y el materialismo, la alquimia ejemplificaba especialmente dichas tensiones, como se comprobará a través del proceso incoado en 1593 contra un fraile del monasterio jerónimo de Santa Engracia de Zaragoza, a quien su prior acusó de fabricar «plata de humo y joyas de trasgos».
Este testigo le respondió con colera, diziendo que se fuese con la gracia de Dios y con su plata de humo y joyas de trasgos 1.
Esta tendencia iba a afectar especialmente a los terrenos de la religión y la ciencia, haciéndose necesario distinguir no solo verdaderos y falsos espíritus, reliquias o milagros, sino también verdaderos y falsos astrólogos y alquimistas.
Situada a caballo entre el idealismo y el materialismo, la alquimia ejemplificaba al máximo estas tensiones, ya que frente a los auténticos «filósofos», dedicados a la vertiente espiritual de la ciencia hermética, estaba comúnmente aceptado que el único propósito de la inmensa mayoría de sus practicantes no era otro que enriquecerse.
Dicho discurso dualista y maniqueo pretendía justificar el noble arte de la alquimia asociándola a una exigua minoría de iniciados a quienes, no obstante, resultaba extremadamente difícil localizar en la práctica, salvo a través de la memoria contenida en sus obras, escritas mucho tiempo atrás.
Lo cierto es que día a día proliferaban las voces de condena contra un sinnúmero de charlatanes pseudoalquimistas, acusados de estafar a muchos inocentes con la promesa de transformar cualquier metal en oro o plata puros mediante sus trucos y recetas.
Entre los siglos XIII y XVII, los ataques contra los alquimistas impostores acabaron por convertirse en un leitmotiv tanto en la literatura como en la legislación europeas.
De forma paralela, durante estos siglos la utopía alquímica y el sueño de alcanzar la piedra filosofal fueron generalizándose cada vez más entre los miembros de todas las clases sociales 2.
2 Fuera de España, algunos de los personajes literarios que mejor ejemplifican el tópico del falso alquimista aparecen en los Cuentos de Canterbury de Geoffrey Chaucer (Canon's Debido al secreto 3 con que debían realizarse las operaciones alquímicas, los testimonios de primera mano acerca de una ciencia caracterizada por su ocultismo no resultan muy abundantes.
Más escasos aún son los documentos que atestiguan su práctica entre los menos favorecidos 4.
En ese sentido, el opúsculo dedicado en 1593 a Felipe II por el irlandés Richard Stanyhurst para ayudar al rey a distinguir a los falsos de los verdaderos alquimistas representa una valiosa fuente acerca de la práctica del arte fuera de los ámbitos estrictamente cortesanos.
El breve tratado encabezaba su largo título con una metáfora inspirada, que hacía referencia a la capacidad de la piedra de toque para probar la autenticidad del oro.
De ahí que el librito se presentara a sí mismo como: «El toque de alquimia, en el qual se declaran los verdaderos y falsos efectos del arte, y como se conosceran las falsas practicas de los engañadores y haraneros vagamundos» 5.
En España, es célebre el enxiemplo XX de El conde Lucanor (1330-1335), de Don Juan Manuel, titulado «De lo que contesçio a un rey con un omne que dixo quel faria alquimia», donde el rey acaba siendo estafado por un astuto charlatán.
Asimismo, son muchas las menciones a los falsos alquimistas en la legislación española (por ejemplo, en Las Partidas, VII, 7), así como los tratados españoles contra los engaños de la alquimia (Engaños de la alquimia, Contra los alquimistas, etc.)
Véanse READ, J. (1957), Through Alchemy to Chemistry, Londres, G. Bell & Sons (trad. esp., Por la alquimia a la química, Madrid, Aguilar, 1960); GARCÍA FONT, J. (1995), Historia de la alquimia en España (1a ed., 1976), Barcelona, MRA; MUÑOZ CALVO, S. (1977), Inquisición y ciencia en la España moderna, Madrid, Editora Nacional; y CARO BAROJA, J. (1993), Jardín de flores raras, Barcelona, Seix Barral, pp. 67-88.
3 Aunque en latín «arcanum» significa «secreto» en un sentido amplio, en el mundo de la alquimia se entendía como «conocimiento secreto» asociado a los procedimientos del arte.
De ahí que con frecuencia el lenguaje de los alquimistas se denominara «lenguaje arcano» y la alquimia en general, «disciplina arcana».
Véase Los indicios para reconocer a tales embusteros aparecían resumidos en cuatro: inmoralidad, ignorancia, pobreza y utilización de materiales extravagantes.
En consecuencia, sólo los buenos cristianos, versados en el arte, con un nivel económico suficiente como para sobrevivir dignamente sin tener que recurrir a la estafa, y dispuestos a obrar con sustancias comunes, resultaban dignos de confianza.
El prototipo del alquimista tramposo, errante o vagabundo, contrastaba, por tanto, con el del sabio sosegado que, sin ser apenas notado, dedicaba sus esfuerzos desinteresados a la consecución del opus magnum.
Ignire ignis amat, non aurificare sed aurum («El fuego gusta de prender fuego, pero el oro de hacer oro no»).
El oro vulgar es inútil en la Obra a no ser que se transforme en Oro filosófico.
ALQUIMISTA ANTES QUE FRAILE
Nadie más cercano, en principio, al perfil del alquimista virtuoso que fray Juan de Santa Ana, a quien conocemos gracias a las pesquisas realizadas por diversos organismos judiciales entre 1593 y 1596 para tratar de descubrir la auténtica naturaleza de sus actividades.
Fray Juan vivía en el monasterio de Santa Engracia de Zaragoza, dedicado a la oración, y también al estudio y a la práctica de la alquimia.
Ocupaba una celda individual, en la que había instalado varios fogariles, alimentados con carbón, y en ella guardaba los instrumentos necesarios para su arte (crisoles, redomas, morteros, fuelles, tenazas, alcohol, estaño, etc.), además de un buen número de libros impresos y manuscritos.
Según su propio testimonio, su intención no era otra que fabricar la piedra filosofal y, asimismo, ayudar a remediar las necesidades del monasterio y de otras muchas iglesias pobres, donde faltaban cálices e imágenes de plata que él era capaz de elaborar a partir de metales menos nobles, como el estaño:
Leyendo en Aristoteles y Santo Tomas [...] le parezio que era juego de pocas tablas probar a hazer la piedra filosofal.
Si con ella se saliese, bien; y si no, también.
Pues saliendo con ella pudiera hazer, con licencia de su Magestad, obras piadosissimas, como son calizes para pueblos pobres que no los tienen, sino de estaño, et multa alia simila6.
La creencia en la posibilidad de fabricar la piedra filosofal era compartida por la mayoría de sus contemporáneos, entre los que se contaban muchos representantes del estamento eclesiástico.
No es de extrañar, por tanto, que en un primer momento, cuando el fraile solicitó permiso para labrar «unas ymagencillas de estaño o alquimia [...] y para tener fogariles y carbon y lo que huviesse menester»7, el prior del monasterio le concediese licencia de inmediato.
No obstante, a la vista de las muchas horas que fray Juan pasaba encerrado en su taller, y ante el continuo trasiego de plateros y alquimistas que no dejaban de entrar al monasterio, el prior fue cambiando de opinión, hasta que, pareciéndole «que era mucha ocupacion para religioso que habia de acudir al coro y al altar [...] rogo al dicho fray Juan que no entendiese en dichas cosas»8.
Al mismo tiempo, ordenó al portero del monasterio que en lo sucesivo impidiera pasar a los plateros o alquimistas que constantemente acudían a verlo.
----Pese a ello, fray Juan continuó con sus actividades y visitas, lo que supuso que tanto él como el fraile portero fueran reprendidos en varias ocasiones ante el capítulo.
Lejos de obedecer al prior, fray Juan insistía una y otra vez en decirle que cómo le prohibía algo que era cosa tan probechosa para las almas y aun para la casa y monasterio de Sant Bartholome de Lupiana, donde era profeso, y desta de Santa Engracia, que tanta necesidad tenian de candeleros, relicarios y otras cosas para el culto divino9.
Ante tanta reiteración, en cierta ocasión el prior había llegado a responderle airado, y a exclamar: «que se fuese con la gracia de Dios y con su plata de humo y joyas de trasgos, o otras palabras semejantes»10.
Poco tiempo después, fray Juan solicitó un permiso de quince días para salir del monasterio y acudir a la localidad de Ibdes, situada en la comarca de Calatayud, a 117 kilómetros al suroeste de Zaragoza, y famosa desde antiguo por sus aguas medicinales.
Acababa de morir uno de sus hermanos y su familia le había pedido ayuda para solucionar ciertos asuntos económicos.
Se trataba de intentar vender algunas tierras del fallecido, que vivía en la localidad cercana de Munébrega -de donde era oriundo fray Juan-, y de ese modo poder pagar las deudas que la familia debía a la comunidad de Calatayud.
La ausencia del monasterio se justificaba también como una cura necesaria debido al pésimo estado de salud del fraile, ya anciano, quien, como tantos otros alquimistas, se encontraba aquejado del pecho debido al humo que había respirado a lo largo de su vida:
Por la falta de salud y ocupaçion grande del pecho que tenia [...] enbio a pedir licencia a su Padre General para que, yendo a proveher las neçesidades de la repartiçion y vendiçion de la hazienda sobredicha, pudiese convalesçer de la grande indisposicion que avia tenido, siendo regalado de su hermana y tomando los baños y otros remedios a proposito de su salud11.
El prior le concedió el permiso sin reparos, y el 31 de abril de 1593 fray Juan abandonó el monasterio, acompañado de un arriero, alcanzando su destino dos días después.
Al llegar a Ibdes, se encontró con sus parientes más cercanos (sus hermanas: María, beata, y Jerónima, casada con Martín Lozano, con quien había tenido cuatro hijos), quienes, al parecer, lo recibieron con ----alivio y gran alborozo.
Fray Juan había hecho transportar consigo los instrumentos necesarios para instalar su taller de alquimista en el mirador de la casa de su hermana Jerónima, donde se alojó durante casi dos semanas.
Según el testimonio de algunos, buena parte de su estancia la pasó trabajando en dicho mirador hasta que, justo un día antes cumplirse el plazo para volver al monasterio, tanto él como su familia fueron mandados arrestar por los jurados de Calatayud, acusados de «monederos falsos» 12.
EL MONASTERIO COMO REFUGIO
A partir de ahí, desconocemos el paradero de la familia del fraile.
En cambio, poseemos un volumen extraordinario de información acerca de fray Juan.
Por pertenecer a la orden de los jerónimos, se hallaba exento de jurisdicción, tanto ordinaria como eclesiástica.
Pero, dada la importancia de la acusación, se hizo una excepción por orden del rey, el cual ordenó al nuncio papal en España que encargara al arzobispo de Zaragoza la instrucción de un proceso contra el fraile13.
El extenso y detallado juicio, que se prolongó a lo largo de tres años, se ha conservado hasta hoy, encuadernado en dos gruesos tomos de tamaño folio, que suman un total de 1.570 páginas.
----Tratándose de una causa criminal, las prolijas indagaciones que se llevaron a cabo durante todo este tiempo se encaminaron a averiguar si la acusación lanzada contra el monje era cierta para, de ser así, castigarlo como se merecía.
En este caso, sin embargo, la determinación de la verdad o falsedad de la acusación iba a trascender más allá de la simple resolución de un pleito particular.
No sólo se trataba de decidir si el reo había fabricado o no moneda adulterada: las intenciones del fraile, y de algún modo también la función, el significado y el alcance de la alquimia, iban a verse involucrados y puestos en entredicho.
Falsificar moneda se consideraba uno de los máximos atropellos contra la justicia, hasta el punto de equipararse a un delito de alta traición.
Si bien es cierto que cualquier tipo de fraude era visto en sí mismo como una deslealtad, en el caso concreto de la falsificación de moneda se entendía que, más que nunca, estaba poniéndose en cuestión la autoridad sagrada del rey, a quien, como representante de Dios, correspondía el monopolio de su emisión.
Al mismo tiempo, quienes falsificaban moneda, atentaban también contra la soberanía del Estado y contra la sociedad en su conjunto, ya que ello implicaba socavar la confianza pública en el comercio, una vez burlado el valor de su principal objeto de intercambio.
Dicho crimen se consideraba, por consiguiente, de lesa majestad divina y humana, y, dada su doble naturaleza, en tanto que pecado y delito debía ser juzgado por el fuero mixto (justicias espiritual y temporal) 14.
La importancia concedida al derecho penal monetario fue en aumento en toda Europa desde finales de la Edad Media, sobre todo a partir de la formación de los llamados Estados modernos.
Hay que tener en cuenta que, en comparación con hoy en día, todavía a finales del siglo XVI fabricar moneda falsa resultaba una tarea relativamente sencilla, pues la elaboración de moneda legítima seguía siendo bastante rudimentaria.
La necesidad de compensar dicha facilidad práctica y el consiguiente miedo a la proliferación de falsarios explica la extrema gravedad teórica atribuida al delito.
Buena muestra de ello es la recopilación de los Fueros de Aragón, en los que tanto el procedimiento inquisitivo como la aplicación de tormento quedaban absolutamente prohibidos a la hora de juzgar cualquier delito, excepto en los casos de crímenes ----excepcionalmente graves o «atroces» 15.
De manera significativa, entre estos se incluían el bandolerismo, la brujería y la falsificación de moneda; quienes los cometían eran considerados absolutamente nefastos y, por tanto, merecedores de ser castigados con la pena de muerte de la forma más rápida y eficaz posible.
En el caso de que tales crímenes fueran consumados por miembros del clero, el procedimiento habitual consistía en aplicar primero la pena de degradación, en virtud de la cual el reo quedaba privado de todas las prerrogativas que, como clérigo, le correspondían 16.
Dada la seriedad del delito del que se acusaba a fray Juan, pese al privilegio de exención jurisdiccional que disfrutaban los monjes de su orden17, se consideró necesario que su caso fuera instruido competentemente.
Desde el principio se contó con la completa aquiescencia de los poderes temporal y espiritual, esto es, tanto del rey Felipe II como del nuncio apostólico en España: Camilo Gaetano, patriarca de Alejandría, en representación de su santidad el papa Clemente II.
La solemnidad del procedimiento y la gravedad atribuida al asunto no impidieron que -afortunadamente para el reo-su caso fuera investigado con admirable imparcialidad y benevolencia, y asimismo que -afortunadamente para nosotros-, tanto los interrogatorios a testigos como el resto de averiguaciones se llevaran a cabo con un detalle y un cuidado exquisitos.
Antes de abordar las principales líneas de argumentación que forman la urdimbre del caso -tan contradictorias entre sí que a menudo nos invitan a contemplarlo desde puntos de vista enigmáticamente opuestos-, conviene señalar las coordenadas espacio-temporales en que se enmarca.
Dos aparentes casualidades resultan particularmente elocuentes.
Por un lado, el proceso se inició en 1593, fecha que coincide con el año de publicación del tratadito ya mencionado dedicado a Felipe II, destinado a distinguir a los alquimistas fraudulentos de los auténticos.
Por otro lado, la mayor parte de las operaciones alquímicas del reo tuvieron lugar en el ámbito de un monasterio de la orden jerónima que, al igual ----que el monasterio -entonces también jerónimo-de El Escorial, constituía un importante polo de atracción para muchos alquimistas 18.
No hay que olvidar que, a pesar del auge de las universidades, en la España de finales del siglo XVI los monasterios todavía seguían desempeñando un papel decisivo como centros no sólo de religiosidad, sino de cultura en un sentido más amplio.
San Lorenzo de El Escorial constituía un caso especial, por ser el lugar elegido por Felipe II como residencia, lo que automáticamente lo hacía ser considerado un lugar sagrado por excelencia.
A ello se unía la numerosa colección de reliquias que el rey se afanaba personalmente por aumentar y que contribuían a santificar el lugar 19.
En este sentido, el monasterio zaragozano de Santa Engracia no le iba a la zaga pues, según la leyenda de los Innumerables Mártires, albergaba más reliquias que ningún otro lugar (en particular, las conocidas como «Santas Masas») por haber sido la Zaragoza de los primeros tiempos del cristianismo objeto de una de las más feroces persecuciones llevadas a cabo por el emperador Diocleciano 20.
Tanto el monasterio de San Lorenzo de El Escorial como el de Santa Engracia de Zaragoza hacían honor a dos famosos mártires de la época apostólica.
Algunos estudiosos, a la vista de la constante reactualización de los sufrimientos de los primitivos mártires y del intenso culto a las reliquias que se observa en la Edad Moderna, en especial desde finales del ----siglo XVI y durante la primera mitad del XVII, han calificado este período de «edad de oro de la martirología» 21.
En efecto, gran parte de la fama del monasterio de Santa Engracia se debía a los constantes milagros atribuidos a los mártires enterrados en su subsuelo.
Los prodigios que continuamente desplegaban, ya abundantes de por sí, aumentaban sensiblemente cada vez que alguien solicitaba alguna reliquia para llevársela consigo, como si tales milagros representaran señales certeras de la resistencia de los espíritus redivivos a que sus restos mortales fueran trasladados a otro lugar 22.
En su visita a Zaragoza en 1586, Felipe II, impresionado ante el relato de los portentos y calamidades que se habían producido en el pasado cada vez que se había intentado exhumar algún hueso, a pesar de haber pedido en un primer momento al monasterio «con grandes instancias» reliquias para su colección de El Escorial, finalmente «mando que ningun sepulcro se abriesse» 23.
Pero, al margen del aura de sacralidad de los dos principales relicarios de la España moderna, ambos monasterios compartían otras muchas características, dada su pertenencia a la orden jerónima, y además se hallaban estrechamente relacionados entre sí.
Uno de los más declarados admiradores del monasterio de Santa Engracia fue el historiador, teólogo y humanista fray José de Sigüenza, monje también jerónimo que a partir de 1590 estableció su residencia definitiva en El Escorial, a petición de Felipe II, desempeñando un importante papel en la organización de la biblioteca del monasterio junto a Benito Arias Montano.
Envidiado por gozar de la predilección del rey e incomprendido ante su ardiente defensa de los evangelios, en 1592 sufrió un proceso inquisitorial como sospechoso de herejía, del que salió absuelto al año siguiente, probablemente gracias al apoyo real.
En 1598, nada más fallecer Felipe II, Sigüenza fue elegido prior del zaragozano monasterio de Santa Engracia, aunque nunca llegó a tomar posesión del cargo por ser a su vez reclamado por Felipe III, quien ---- 22 Tales prodigios aparecen constatados en la obra del jerónimo MARTÓN, L.B. (1737), Origen y antiguedades de el subterraneo y celeberrimo santuario de Santa Maria de las Santas Masas, oy Real Monasterio de Santa Engracia de Zaragoza, Zaragoza, Juan Malo, pp. 550-578.
alegó «que lo necessitava para el Escorial» 24.
El puesto terminó siendo ocupado por el padre Juan Vaguer, «prelado de célebre memoria», que ya había sido prior de Santa Engracia entre 1591 y 1595.
Como ya se ha apuntado anteriormente, dicho período coincidió con la estancia de fray Juan de Santa Ana, a quien en cierta ocasión Vaguer había reprendido irritado, tras haberle rogado repetidas veces que renunciara a su oficio de alquimista.
orden de San Jerónimo, escrita entre 1600 y 1605, incluía una descripción detallada del convento: «un santuario tan grande y de tanta devoción que se atreve san Prudencio a decir que apenas le hace a Roma ventaja».
Según Sigüenza, aparte de por su gran tamaño, el convento destacaba por su privilegiada situación, «puesto a Mediodía» y a la orilla de «un río muy grande, que se llama Huerva» 25.
En realidad, se trataba de una zona periurbana, situada en el exterior de la muralla romana, que servía de contacto entre el campo y la ciudad y que, ya desde antiguo, se había considerado territorio sagrado por ser un área cementerial, regada por la sangre de los «innumerables mártires» de la ciudad 26.
En 1493, Fernando el Católico decidió fundar allí un monasterio para cumplir el deseo incumplido de su padre Juan II de Aragón: agradecer a la virgen y mártir Santa Engracia con su construcción la recuperación de la vista tras sufrir una operación de cataratas.
Aun así, la finalización del edificio, en estilo plenamente renacentista, no tuvo lugar hasta 1540.
A partir de entonces son abundantes los testimonios procedentes de viajeros y peregrinos acerca de su suntuosidad y belleza 27.
Gracias a las generosas dádivas de los dos últimos monarcas de la corona de Aragón y al apoyo continuado de los primeros reyes de la casa de Austria, el conjunto monástico llamaba la atención por su amplitud y riqueza.
Además del templo, y de la famosa cripta subterránea donde aún se custodian las reliquias de los Innumerables, el edificio albergaba tres grandes claustros, refectorio, hospedería, biblioteca, enfermería, botica, bodega, capilla, e incluso una granja.
Todo ello sin contar, por supuesto, con las celdas individuales características de los monasterios jerónimos, donde dormían y oraban los monjes en soledad, como reminiscencia de los orígenes eremíticos de la orden 28.
Entre las dependencias del monasterio, Sigüenza destacaba una alta y hermosa torre, desde cuya azotea podía divisarse «una ----25 SIGÜENZA, J. (2000), Historia de la orden de San Jerónimo, Valladolid, Junta de Castilla y León, p.
De la calle de Santa Engracia al Paseo de la Independencia, Aragonia Sacra, VII-VIII, pp. 349-390; GARCÍA TERREL, A.M. (1999), El barrio y la parroquia de Santa Engracia de Zaragoza entre 1600 y 1900, Zaragoza, Gobierno de Aragón; y ANSÓN, A., CABANES, M. de los D., CONDE, E., IBÁÑEZ, J., LACARRA, C., LAGUENS, M., MINGUELL, J.A., MORTE, C. y MOSTALAC, A. (2002), Santa Engracia. uevas aportaciones para la historia del monasterio y basílica, Zaragoza, Gobierno de Aragón, Ayuntamiento de Zaragoza y Parroquia de Santa Engracia.
Vista interior del monasterio de Santa Engracia de Zaragoza (Louis François Lejeune, 1806).
Ruinas del monasterio de Santa Engracia de Zaragoza, destruido durante la Guerra de la Independencia (Fernando Brambila y Juan Gálvez, 1808-1812).
larga y apacible vista» que englobaba la ciudad entera y, asimismo, «los ríos que la ciñen en contorno, una vega de cuatro leguas en largo y muchos lugares y casas de campo, las sierras del Moncayo y aun los Pirineos» 29.
Este era el lugar, en principio ideal, en que fray Juan de Santa Ana iba a trabajar con denuedo y entusiasmo durante dos años en su particular búsqueda de la piedra filosofal.
Por los datos contenidos en el proceso incoado por el arzobispo de Zaragoza, sabemos que el anciano monje había llegado al monasterio de Santa Engracia en 1591, procedente de San Bartolomé de Lupiana (Guadalajara), donde era profeso.
No conocemos el motivo del traslado, pero sí el trato deferente y respetuoso de que iba a ser objeto en su nueva residencia, incluso a pesar de las crecientes sospechas que sus actividades iban a suscitar.
Según el testimonio de fray Domingo Murillo, de treinta y cuatro años de edad, en cierta ocasión «un ministro de la moneda de su Magestad» llamado Hernando Truxaron había visitado el monasterio para contrastar ciertas habladurías, ya que: habia entendido que el dicho fray Juan y ciertas personas desta ciudad hazian del estaño plata.
Y que era grandissima maldad, que aquello no lo podia hazer sino su Magestad o sus ministros.
Y que si no lo remediaban, que a los seglares les haria dar cien azotes y inbiarlos a galeras, y que al frayle le haria tambien castigar por la orden 30.
Vista la situación, en vez de echar leña al fuego, fray Domingo «lo procuro de aplacar, pareciendole que tenia mucha colera» y asimismo «se encargo de hablar sobre ello al dicho fray Juan de Santa Ana para que dexase las dichas invenciones» 31.
No obstante, finalmente no se atrevió a hacerlo:
no se lo oso dezir [...] porque por ser el dicho fray Juan del monasterio de Sant Bartholome de Lupiana, que es mayor de dicha orden, y por ser guesped, parece que habia obligacion de no darle pesadumbre 32.
A lo que parece, esta actitud reservada era compartida por la mayoría de los monjes, ya fuera por prudencia o simplemente por miedo.
Fray Domingo había oído decir a algunos frailes del monasterio que sospechaban que fray Juan pudiera estar fabricando moneda falsa, pero que, aun siendo un «grave negocio», ----29 SIGÜENZA (2000), p.
32 Proceso contra fray Juan de Santa Ana, fol. 258r. no lo habian osado comunicar con nadie por no caer en las penas que tiene puestas su religion, que el que dixere algo de otro y no probare ser verdad conforme a derecho, le hazen pasar por la propia pena 33.
El entorno que rodeaba a fray Juan en el monasterio ya no podía ser más favorable.
No sólo disponía de un lugar apacible y cómodo donde lograr el aislamiento y la concentración necesarios, sino que, además, se encontraba a salvo de cualquier acusación malintencionada.
La sacralidad del espacio conventual representaba para él un refugio, un auténtico asilo frente a la posible acción de la justicia.
Sin embargo, no todo era miel sobre hojuelas.
A pesar de la fama de la riqueza y esplendor del monasterio, sabemos que, precisamente entre 1591 y 1593, coincidiendo con el traslado de fray Juan y el primer priorato del padre Vaguer, el convento atravesó por una situación de crisis económica especialmente delicada.
Tal y como resaltaría posteriormente el padre Martón en su detallada crónica de la historia del monasterio, fray Juan Vaguer, nada más aceptar su cargo como prior, «hallo a la comunidad empeñadisima y llena de deudas» 34.
Ello le llevó a pedir socorro del rey Felipe II en 1592, alegando que, tal y como había dispuesto su abuelo Fernando el Católico, el número de monjes que vivía en el convento era cincuenta.
Ahora bien, dada la carencia de medios para su manutención, si nada lo remediaba, se verían obligados al «estrecho insufrible de quitar la mitad, cessando mucho Culto de los Santos Martyres, ò al de aver de vivir empeñadissimos, lo que con el tiempo avia de anhiquilarlo todo» 35.
La respuesta a la apurada solicitud iba a tardar en producirse casi dos años.
En 1594 llegó un desalentador comunicado del monarca diciendo que «no huviesse mas religiosos de los que pudieren sustentarse con la renta actual», a lo que Vaguer volvió a insistir en que «sin el numero de cinquenta no podia subsistir el devido coro de dia y de noche de estas cryptas».
Finalmente, Felipe II, en un despacho emitido desde El Escorial a 9 de julio de 1594, concedió licencia al monasterio para sacar, de Valencia, «setenta y cinco mil ducados de mercaderias a Argel y Berberia en tres años» 36.
Resulta, por tanto, indudable que el período en que fray Juan se trasladó a Santa Engracia coincidió con un momento particularmente crítico, del que se derivaron repercusiones no sólo económicas sino también psicológicas para sus residentes.
En la crónica ---- del monasterio ya mencionada, Martón llega incluso a referirse a la «angustia» y las «turbaciones» que precedieron la llegada de ayuda monetaria 37.
Si la crisis económica generalizada 38 afectó de tal manera a un centro monástico sustentado en gran medida por rentas reales, capellanías y limosnas, el impacto que se observa en muchas áreas rurales fue incomparablemente más grave.
Como veremos más adelante, la situación de carestía en que se encontraba la familia del monje iba a desempeñar un papel decisivo en el curso de los acontecimientos.
La mayoría de los conflictos y altercados característicos de esta época tenían mucho que ver con las difíciles condiciones de vida padecidas por sus protagonistas, y tras el imponente proceso contra el fraile se escondía una riña entre vecinos con sus consiguientes secuelas de venganza.
Según afirmación de uno de los testigos que declararon en el proceso contra fray Juan, sus familiares más cercanos vivían en un extremo de pobreza que rayaba en la inanición:
Que los dichos Martín Lozano y Gerónima Rubio y sus hijos estaban y vivian con mucha necesidad y pobreza antes de que viniesse a su casa el dicho fray Juan de Santa Ana, y que no tenian aun con que comprar una media de trigo, hasta que el dicho fray Juan de Santa Ana vino al dicho lugar de Ibdes [...], que entonces compraron un cahiz de trigo.
Y este testigo le oyo dezir a la mujer de Miguel Ybañez, llamada la Romera, que ella les habia prestado dos o tres arnerillos de arina dos dias antes que viniese el dicho fray Juan de Santa Ana, y que se perecian de hambre 39.
Obviamente, el fiscal del rey en el reino de Aragón, al redactar la demanda criminal contra fray Juan, iba a aprovechar esta información para ponerla en estrecha relación con el grave crimen atribuido al reo.
Según constaba en la acusación criminal, la familia del fraile vivía en la penuria, entre otras razones «por haverse jugado y menoscabado la hazienda» el marido de su hermana.
De ahí que fray Juan llevara varios años dedicado «a hazer plata falsa [...] aunque en lo publico decia que trataba de hazer imagines y cossas de devo-----37 MARTÓN (1737), p.
No olvidemos que a partir de mayo de 1591 se produjeron importantes motines y tumultos en Zaragoza con motivo del encarcelamiento de Antonio Pérez por la Inquisición, lo que se consideró una intromisión y una falta de respeto a los fueros de Aragón.
Véase GASCÓN PÉREZ, J. (1995), Bibliografía crítica para el estudio de la rebelión aragonesa de 1591, Zaragoza, Centro de Documentación Bibliográfica Aragonesa.
38 Sobre la situación de la economía española a finales del siglo XVI y a lo largo de la centuria siguiente, véanse: PARKER, G. (1997), The general crisis of the seventeenth century, New York, Routledge; y GALLARDO, A. (2002), Spanish Economics in the 16th Century: Theory, Policy, and Practice, Lincoln, Writers Club Press.
Dada la «muy grande y extrema necessidad» en que se encontraban sus parientes, lo que fray Juan perseguía era «hazer que fuessen muy ricos».
Mientras tanto, los consolaba y animaba diciéndoles «que se esforçassen y no pasassen pena, que el con su industria los sacaria de necessidad y haria que estuviessen muy ricos y sobrados» 40.
EQUÍVOCA QUINTAESENCIA Entre la ilusión de alcanzar un estado de sobrada riqueza y la extrema miseria justificativa del crimen, no obstante, existía un punto intermedio.
Del mismo modo, entre la interpretación materialista de las actividades del reo presentada por el fiscal, y el ideal alquímico-espiritual defendido por el monje, se abría un ancho horizonte de incertidumbre y ambigüedad.
Sea o no cierto que fray Juan llegara a acuñar -o a intentar obtener-moneda suficiente para remediar la necesidad de sus deudos, si algo resulta patente tras la lectura de los cientos de páginas dedicadas a investigar su caso es que, de serlo, éste no constituía su único objetivo.
Según el fraile, su intención a corto plazo se reducía a esculpir imágenes sagradas en plata, pero su auténtica meta era descubrir el secreto de la quintaesencia o piedra filosofal.
En relación con lo primero, tal y como consta en el resumen de su primer interrogatorio ante la justicia episcopal, el reo tenia muchos instrumentos, receptas y advertencias para hazer plata de metales baxos como son cobre o argenvino [...] y aun pretendia [...] que se podia hazer una cruz grande muy buena con harto poco coste, con muchos caliçes.
Y para este effecto tenia muchos papeles y cartapaçicos, porque [...] era curioso en trasladar todos los papeles que podia saber desta materia, para escoger lo que fuese bueno, y no para hazer cosa contra leyes del reino ni contra conciencia 41.
En cuanto al método para alcanzar su objetivo final -esto es, la purificación completa de la materia mediante la ansiada piedra-, según fray Juan, consistía en ir depurando un metal tras otro, aplicando a cada uno las medicinas dirigidas a lograr su progresivo perfeccionamiento.
Por ello, no desdeñaba ninguna receta antes de probarla por sí mismo.
De acuerdo con el resumen de su segundo interrogatorio:
----40 Proceso contra fray Juan de Santa Ana, vol. I, fols.
41 Proceso contra fray Juan de Santa Ana, vol. I, fol. 40v.
Todas las receptas que a sus manos han venido las ha recogido, y lo que trata de purificar es el cobre o arambre o argento vibo en receptas que se juntan con mezcla y ayuda de plata; no lo haze para hazer plata falsa, sino para saber la purificacion de los tales metales y hazer la projection de la piedra mineral en la purificacion que destas purificaciones pareciera mejor 42.
La filosofía en que fray Juan basaba sus experimentos era la misma que había guiado a muchos otros alquimistas anteriores a él los tiempos más remotos: la idea básica según la cual cada elemento del mundo creado tiende siempre a la perfección 43.
Teniendo en cuenta que el ritmo de la naturaleza es extremadamente lento, el ideal perseguido por la alquimia consistiría precisamente en acortar lo más posible el tiempo natural que a cada elemento le era necesario para alcanzar su nivel de excelencia 44.
Para ello había que buscar un agente capaz de acelerar los procesos espontáneos, una especie de medicina o remedio aplicado a la materia que consiguiera refinarla cuanto antes, lo que implicaba su conversión en oro o plata puros, en un doble sentido material y simbólico.
Dicha medicina o agente se identificaba con la mítica piedra filosofal, conocida también como quintaesencia, elixir vital, panacea universal, etc.
En una lectura espiritual, se suponía que su hallazgo se hallaba reservado a unos pocos sabios, que al mismo tiempo que se afanaban en el perfeccionamiento del mundo exterior debían depurarse también a sí mismos, coincidiendo de este modo la catarsis de la materia con la purificación interior de los practicantes del arte 45.
Tal aspiración no figuraba, sin embargo, entre las afirmaciones y los escritos del monje, lo que confirma el escepticismo de algunos estudiosos actuales acerca de las lecturas psicológicas de la alquimia que no han dejado de estar en boga desde comienzos del siglo pasado hasta ----42 Proceso contra fray Juan de Santa Ana, vol. I, fol. 62r.
43 44 Michael Maier sostenía en 1617 que «el tiempo de la naturaleza es extremadamente largo, su forma de hacer la cocción es uniforme y su fuego es muy lento; el del arte, por el contrario, es corto, el calentamiento se controla por la inteligencia del artista, y el fuego también se hace más intenso o más debil» (citado en READ [1957], p.
En Collected Works of Carl Gustav Jung, vol. 12, Princeton, Princeton University Press, pp. 1-37 (trad. esp., Psicología y alquimia, Barcelona, Plaza y Janés, 1989), y ELIADE, M. (1956), Forgerons et alchimistes, Paris, Flammarion (trad. esp., Herreros y alquimistas, Madrid, Alianza Editorial, 1990).
En su interior está el vaso con la serpiente, símbolo del Mercurio de los Filósofos.
Abajo aparece el bestiario hermético (león, águila, serpiente, dragón, cuervo, pavo real, cisne y fénix).
En realidad, dichas lecturas no representan sino interpretaciones románticas alejadas de la realidad cotidiana, y no por casualidad han sido elaboradas al margen de la investigación histórica, es decir, de la observación directa de casos concretos46.
----Sea como sea, a la vista de la erudición de fray Juan, así como de su pericia en el arte espagírico, el vicario del arzobispo en un segundo interrogatorio le preguntó de dónde había sacado tanta información como para haber sido capaz, él mismo, de redactar varios cuadernos llenos de fórmulas y procedimientos alquímicos.
El reo respondió que la mayor parte de los libros que le habían servido de inspiración para componer sus propias recetas se encontraban en la biblioteca del monasterio de Santa Engracia (que, según el padre Sigüenza, contaba con más de dos mil volúmenes) 47.
Entre tales libros, fray Juan destacó las obras de Aristóteles, Alberto Magno y Santo Tomás de Aquino, pero sobre todo un ejemplar que le había prestado el mismo prior, «cuyo autor se llama Cuadramo, medico, del qual ha sacado la mayor parte de las receptas y documentos contenidos en sus libros» 48.
Sin duda, demostrar que el sensato y bondadoso padre Juan Vaguer se hallaba implicado, aunque fuera mínimamente, en las ocupaciones del monje constituía para éste una plataforma inmejorable para la defensa de su causa 49.
No hay que olvidar que, pese a las sospechas que las actividades de los alquimistas desataban por doquier, los principios en los que se basaba la utopía de alcanzar la piedra filosofal se hallaban íntimamente relacionados con las ideas de un buen número de eruditos y místicos cristianos, en cuyas obras los adeptos de la alquimia pretendían fundamentar la legitimidad de su arte.
Sin embargo, la confusión era general, ya que la mayoría de las obras que circulaban acerca de la alquimia se atribuían a autores consagrados que nada tenían que ver con ellas, sin que ninguna voz se alzara para cuestionar dicho esta----en muchos ámbitos académicos) se enmarca en el contexto de la atracción victoriana por un oculltismo idealizado que tendía a contemplar la alquimia desde un punto de vista esencialista, como si fuera algo constante e invariable a lo largo de la historia.
47 Según fray José de Sigüenza, la biblioteca del monasterio, muy amplia («de largo, ciento cincuenta y seis pies, y de ancho cuarenta y dos») y bien iluminada, albergaba «más de dos mil cuerpos de libros bien aderezados y de todas disciplinas» (SIGÜENZA [2000], p.
El libro citado, de «un philosopho que se llama el doctor Cuadramo» se titulaba, según fray Juan, «De secretis naturae, maxime de mineralibus» (véase Proceso, vol. I, fol. 105r).
Con toda probabilidad, se trataba de una versión más del libro De mineralibus escrito por Alberto Magno, de las muchas que, con dicho título u otro semejante, circulaban de mano en mano, dentro de lo que se ha dado en llamar la tradición del pseudo-Albertus.
49 Según León Benito Martón, Juan Vaguer poseía una «rara humildad» unida a una sabiduría excepcional, que incluía el espíritu de profecía, sabiendo enlazar siempre «las letras con lo virtuoso» (véase MARTÓN [1737], p.
Resulta significativo a este respecto que una figura como Alberto Magno (probablemente el sabio universal más destacado de la Baja Edad Media por haber recuperado la filosofía de Aristóteles e introducido las obras científicas griegas y árabes en el ámbito escolástico) se considerara una de las máximas autoridades en la historia de la alquimia, pese a no haber escrito ninguna obra alquímica propiamente dicha.
Su obra más cercana al arte era un libro sobre los minerales (De mineralibus), donde trataba de la constitución de éstos, así como de la posibilidad de su transmutación, que al final sólo juzgaba aparente o superficial.
Aun así, Alberto constataba que, de todas las artes, la alquimia era la que mejor imitaba a la naturaleza, consiguiendo en ocasiones incluso perfeccionarla, lo que, en su opinión, le otorgaba un lugar preeminente en la filosofía natural 50.
De manera similar, a Tomás de Aquino (el teólogo más destacado de su época, canonizado en 1323 y declarado doctor de la Iglesia en 1567) se le atribuía la autoría de varios textos alquímicos.
Pero, aunque el doctor angélico consideraba la alquimia un subapartado de la filosofía natural, lo cierto es que también rechazó explícitamente la idea de la transmutación de la materia.
Por contraste, en los tratados apócrifos publicados bajo su nombre, se insistía en que el fin de todos los metales era terminar siendo convertidos en oro y en plata, siempre que dispusieran del tiempo necesario en la mina para que la acción de la naturaleza pudiera manifestarse 51.
De acuerdo con este tipo de tratados que, en España, también se atribuyeron erróneamente tanto al beato Ramón Llull 52 como al médico y teólogo Arnaldo de Villanova 53, la transmutación de los metales podía efectuarse artificialmente ya que, tal y como defendía Aristóteles, lo que existe en potencia puede convertirse en acto.
En consecuencia, todo cuerpo compuesto, animal o vegetal, podía ser reducido a mineral, y finalmente a oro o a plata, no solamente por la acción de la naturaleza, sino tam-----bién mediante la intervención del hombre o, dicho de otro modo, mediante el «arte», en este caso, el arte de la alquimia.
Teniendo en cuenta todo ello, no es de extrañar que, en sus respuestas a los jueces episcopales, fray Juan reconociera abiertamente, sin el menor temor a que ello cuestionara sus buenas intenciones, haber sido capaz de fabricar plata por sus propios medios:
Preguntado si ha hecho nunca la piedra filosofal, respondio que de las tres piedras, que son animal, vegetal y mineral, probo a vuelta de Nabidad proxime pasada a hazer la mineral en poca cantidad [...] y saco una tabletilla [...] y le salio muy galana plata54.
Emblema que ilustra el célebre comentario de Santo Tomás de Aquino al libro Metereologica de Aristóteles, donde se habla de la generación de metales a partir de la mezcla de dos vapores: Azufre y Mercurio.
El fraile estaba completamente convencido de que, después de toda una vida en pos de la famosa piedra, tras haber arriesgado en el empeño su salud, su reputación y buena parte de sus medios, había conseguido al fin transfor-----mar a voluntad cualquier metal en plata.
Tal convicción aparecía claramente constatada en uno de los cuatro cuadernos que le fueron requisados por los jueces episcopales.
A pesar de la dificultad del lenguaje alquímico en general, se trata del más explícito de los manuscritos pertenecientes al monje, por estar dirigido al hijo de su hermana, su sobrino Jerónimo Rubio, a quien consideraba su más directo heredero.
En el primer capítulo del breve tratado dedicado al joven, el fraile expresaba sus objetivos abiertamente:
Es hora de saber que es la piedra filosofal, tras la que andan los filosofos, y de quien tantas cosas se han escrito y nunca declaran la materia de que se hace ni el modus faciendi, sino solo por enigmas y figuras, como sea verdad que es opus mulierum et ludus puerorum.
La razon que dan para esto es que obra tan preciosa y tesoro tan estimable, don de Dios tan subido, no es razon que sea entendido por gente mesera e ignorante, porque si muchos lo supiesen, ya no seria en quien estuviese estimada y preciosa, ni el oro se estimaria por oro, ni la plata se estimaria por plata [...]
Y asi le cargo a mi heredero la conciencia no venga este secreto a manos de nadie, sino del hijo que viere que mas prudente le sale.
Pues, porque la muerte esta in ianuis y me siento viejo y no se si tendre lugar de comunicar tanto bien como el Señor me ha comunicado, al heredero de la casa de mi padre, llamado Jeronimo Rubio, determino dexalle en escripto con claridad y sin enigmas el como y de que manera y de que se hace la piedra filosofal 55.
Unas páginas más adelante, tras varios consejos referidos a la búsqueda de un aposento secreto y adecuado, de los materiales idóneos, así como de los medios económicos y contactos necesarios, en medio de la detallada descripción de las diversas técnicas (fijación, coagulación, destilación, proyección, etc.) destinadas a alcanzar el objetivo deseado, fray Juan incluía un significativo párrafo que da fe de la satisfacción que él mismo sentía acerca de sus logros:
Solo he sido en esta ciudad de Zaragoza el que ha salido con la victoria de hacer plata, que la vispera de Todos Santos fue examinada en la plateria de esta ciudad y fue dada por buena plata, y labrada y vendida y martillada, y tirada y tocada y en todo examinada, y nadie otri ha salido con tan buena como la mia 56.
¿Podemos deducir de dicha confesión que, efectivamente, el fraile era culpable del crimen de que se le acusaba?
En principio, una cosa era fabricar «plata», y otra cosa diferente utilizar dicha «habilidad» para defraudar al erario público acuñando moneda a título particular.
En cualquier caso, ya fuera ----55 Proceso contra fray Juan, vol. I, 455r.
por la dificultad intrínseca del caso o por la benevolencia de la justicia episcopal, la culpabilidad o inocencia del reo nunca llegó a determinarse.
La solemne, pero sobre todo, prudente sentencia con que se dio fin al largo proceso de tres años, así lo demuestra57.
Desde nuestro actual punto de vista, lo más interesante de la historia es el hecho de contar con dos versiones de los hechos totalmente opuestas.
Según la primera de ellas, fray Juan era un avisado falsificador de moneda que, guiado por la necesidad de socorrer a su familia, no había reparado en medios hasta salirse con su objetivo.
Según la segunda versión, el fraile había caído en la trampa de un desaprensivo, siendo completamente inocente de los cargos de que se le acusaba.
Del engaño propio al ajeno, y de éste al desengaño, fuera cual fuera la verdad del asunto, resulta inquietante seguir el desarrollo de los dos relatos contradictorios y comprobar cómo ambos presentan una congruencia interna impecable.
No es éste el momento de detallar ambas versiones que, como dos ríos paralelos, discurren a lo largo del dilatado proceso, haciéndonos dudar de la posibilidad de llegar a una conclusión definitiva acerca de la culpabilidad del reo.
Cuando escuchamos las razones de los acusadores, nos convencemos de que, en efecto, fray Juan fue quien acuñó los cincuenta y tres reales de a ocho falsos que el jurado de Calatayud encontró en la pequeña localidad de Ibdes y que fueron el motivo que desencadenó las acciones judiciales contra el reo y su familia.
No obstante, cuando escuchamos los argumentos esgrimidos por el abogado defensor, a pesar de no contar con ninguna prueba decisiva, experimentamos un repentino cambio de parecer: las certezas de los acusadores empiezan a desvanecerse y nos sentimos inclinados a confiar en la inocencia del anciano fraile.
----La unión sexual de los principios purificados trae consigo el embarazo y, posteriormente, la disolución y la oscuridad.
La tentación de exculpar al protagonista de la historia (o historias, en plural) se acrecienta en nosotros, como espectadores cada vez más implicados, al hacernos conscientes del resentimiento acumulado de que eran objeto fray Juan y su familia por parte de quien había sido responsable de iniciar el largo proceso.
Según el procurador arzobispal encargado de la defensa del reo, el jurado de Calatayud que presentó la primera acusación era «enemigo declara-do»58 del marido de la hermana de fray Juan, lo que lo llevó a actuar con «grandissimo rencor y mala voluntad» contra él y su familia, incluido el fraile.
El motivo de la animadversión entre los dos hombres se remontaba a muchos años atrás, y tenía que ver con ciertas discusiones acerca del arrendamiento de un molino que el cuñado del fraile había impedido efectuar en varias reuniones del concejo, perjudicando los intereses del jurado.
Según el abogado defensor, el estado emocional del jurado (su «rancor y pasión») justificaba plenamente su deseo de venganza que lo había llevado a utilizar todos los medios a su alcance para hundir a su oponente.
A partir de ahí, como en un juego de espejos, la argumentación del abogado defensor giraba, una vez más, en torno al concepto de lo falso.
En perfecta simetría respecto a la primitiva acusación de falsificación presentada contra el fraile, el contrarreflejo de la apología esgrimida por su abogado pretendía mostrar que se trataba de una «falsa relación» llena de «malicia»; y que para ello el principal acusador se había valido de «falsos testigos» y «falsas deposiciones».
Con los mismos argumentos de quienes pretendían determinar la diferencia entre los verdaderos y falsos alqumistas, el procurador de la defensa fundamentaba la supuesta falsedad de los testigos acusatorios en su mala vida, esto es, en la inmoralidad de sus actos (asesinato, amancebamiento, etc.), de ahí la nula credibilidad que debía prestarse a sus afirmaciones.
Tratándose de un juicio contra un «monedero falso», otro tipo de pruebas más tangibles se presentaron para abonar la «inocencia» del fraile.
En este sentido, el testimonio de varios plateros resulta elocuente, porque nos ayuda a entender no sólo ciertos aspectos particulares del caso, sino también hasta dónde llegaba el grado de intervención en el mundo natural considerado admisible en la época.
De acuerdo con la mayoría de los plateros interrogados, fray Juan no había podido fabricar moneda con los instrumentos que poseía, pero sí «plata legítima» o, al menos, admitida como tal.
Las operaciones de los alquimistas, con su pretensión de imitar, completar e incluso competir con lo creado ponían de manifiesto más que ninguna otra actividad humana el eterno debate entre naturaleza y arte: ¿hasta qué punto la naturaleza era perfeccionable por el hombre?
¿Hasta qué punto el arte, en tanto que artificio, no era al fin y al cabo un engaño diabólico, una burda imitación de lo divino? 59 Si alguna conclusión puede derivarse de este proceso es la imposibilidad de trazar una frontera entre una alquimia «verdadera» (aso-----ciada al idealismo del fraile) y una «falsa» (basada en sus intereses materiales): ambos aspectos se entremezclan, inseparables de su personalidad y de sus circunstancias.
La alquimia de fray Juan no constituía una disciplina espiritual heroica en pos de un ideal inalcanzable o, por el contrario, una quimera absurda, basada en creencias supersticiosas.
Un error todavía mayor sería calificarla de engaño deliberado o de simple estafa, teniendo en cuenta la vehemente dedicación del fraile a sus experimentos, su intensa convicción interior y su indudable interés en los aspectos teóricos del arte.
La alquimia de fray Juan aunaba una fe inquebrantable en la posibilidad de colaborar en la obra divina con el empeño, no menos persistente, de acrecentar la hacienda de sus herederos.
Ambas facetas eran compatibles para él, y no le causaban el menor escrúpulo de conciencia.
Convencido de su capacidad para enriquecer a su empobrecida familia, el monje se refería en uno de sus cuadernos a «la grande ganancia de esta multiplicación» 60, esto es, a la feliz coyuntura del alquimista experimentado, consistente en poder duplicar cada día la riqueza conseguida la jornada anterior.
Como en el cuento de la lechera, el fraile soñaba despierto y transmitía sus fantasías a su sobrino explicándole cómo, en menos de un mes, cien reales podían transformarse fácilmente en seiscientos setenta y ocho mil cuatrocientos, siempre que pudiera venderse la plata fabricada al ritmo deseado 61.
Lo más probable es que fray Juan nunca llegara a fabricar moneda directamente, pero lo que sí es claro es que intentó conseguir la máxima cantidad de ésta, aunque fuera con el propósito de favorecer a terceras personas.
A sabiendas de que tal habilidad debía mantenerse en secreto, en uno de sus cuadernos se dirigía a su sobrino sin ambages con las siguientes palabras:
Estais sujeto a que cualquiere hijo de ruin os acuse ante el Virrey o gobernador de la tierra o reyno donde esteis.
Y aunque en esto hazer no hay pecado ninguno, ni os ----60 El capítulo noveno del cuarto cuaderno, dedicado por el fraile a su sobrino, llevaba como título: «De la grande ganancia de esta multiplicacion».
Proceso contra fray Juan, vol. I, fol. 469r.
61 Fray Juan pretendía transmitir a su sobrino su convicción acerca de la posibilidad de doblar cada día el dinero adquirido el dia anterior, siguiendo una estricta progresión geometrica que, de forma poética, expresaba como sigue: «Oid con atencion [...]: Entrais con caudal el primero dia de la semana de cien reales, y haceis una proyection de Luna sobre el Venus, y acostaros con doscientos reales.
El martes entrais por la mañana con doscientos reales y anocheceis con cuatrocientos.
El miercoles entrais con cuatrocientos y cenais con ochocientos.
El jueves amaneceis con seyscientos, y reposais a la noche con tres mil y doscientos.
El sabado despertais con tres mil y doscientos, y dormis con seis mil y cuatrocientos...».
Proceso contra fray Juan, vol. I, fol. 469v. castigaran, porque cualquiera puede hazer de su capa un sayo, y en mi casa puedo hacer lo que se me antojare como no sea moneda, empero, por cuanto viene y podria venir daño al rey y aun a la republica [...], para remedio de esto hase de procurar tener [...] unos moldes de cucharas, o de otra cosa que imprima pieza ya hecha, porque vendiendo vos vuestra plata en pieza ya hecha, encubris ser vos el autor della 62.
Ciertamente, convertir una capa en un sayo constituía una tarea irrealizable, dado el menor tamaño de aquélla.
Pero convertir cualquier metal innoble en «plata de ley» mediante el arte de la alquimia, todavía era posible, aunque arriesgado, a finales del siglo XVI.
La popular expresión «cada uno es libre de hacer de su capa un sayo» se refería, y continúa refiriéndose todavía hoy, a la capacidad de cada individuo para actuar al margen de toda norma impuesta desde fuera.
Más o menos culpable, más o menos inocente, con pecado o sin él, fray Juan representa un buen ejemplo de la ambigüedad e indefinición de muchos alquimistas de su época que, como él, se afanaron en alcanzar el secreto de la piedra filosofal al tiempo que procuraban remedio a sus necesidades.
El padre Sigüenza nunca llegó a formar parte de la comunidad monástica de Santa Engracia, pero sin duda conocía muy bien el lugar.
Su Historia de la ---- |
El sentido de lo real, de lo material -el cuerpo sin vida-como una inextricable parte de lo sagrado, no desaparece del ambiente secular de los siglos XIX y XX.
En los relatos analizados en este artículo se estudia cómo en determinadas narrativas humanitarias centradas en la práctica de la autopsia y la momificación, las huellas del catolicismo actúan como una suerte de discurso espectral de la imaginación, en que lo real se configura en formas de lo siniestro, lo monstruoso o lo sagrado.
La práctica de la autopsia nos sugiere que un cadáver no es simplemente un cuerpo sin vida.
Entre los diversos sentimientos que puede producir la contemplación del cuerpo muerto se encuentra incluso «un sentido de reverencia que las fotografías y los modelos no consiguen provocar» al ejercer este arte ahora en desuso, según médicos como Frank González-Crussi y otros.
Un estudiante de medicina llega a hablar de la clase de anatomía como «una poderosa experiencia sagrada» 1.
Los cadáveres de los que hablaré en los ----siguientes relatos son considerados como algo poderosamente sagrado por parte de aquellos que los amaron, los temieron e incluso los diseccionaron o embalsamaron.
Todos los individuos masculinos de estas historias son doctores o gente asociada a la medicina; todos ellos, por razones varias y dentro de contextos culturales distintos, se sintieron llamados a «resucitar» un cadáver, ya fuera literal, ya simbólicamente, bien a través de la autopsia o de su contrario, la momificación; y todos ellos conmemoran a los muertos dentro de la cultura católica hispánica o de sus huellas.
Casi todos los cadáveres de las historias (menos el de un niño) son femeninos y, en su mayoría, murieron tras contraer una enfermedad.
Dichas historias varían entre sí en la época y el contexto cultural en que se desarrollan; sin embargo, mi punto de partida (y énfasis) para el estudio de todas ellas es la medicina de la España del siglo XIX, entendida doblemente, por un lado, como un modo de observar la manera en que el catolicismo habita presumiblemente en las formas seculares o científicas de ver y experimentar el cuerpo; y, por otro, como un marco para entender la manera en que un cuerpo sin vida puede ser al mismo tiempo real e imaginario, vivo y ausente 2.
El sentido de lo real o lo profano, de lo material -el cuerpo sin vidacomo una inextricable parte de lo sagrado o lo divino no desaparece del ambiente secular de los siglos XIX y XX, en contra de la opinión predominante que ha consagrado el ascenso del hombre técnico.
Según esta visión, el «ver por uno mismo» (el sentido literal de «autopsia») se transforma en la mirada clínica del siglo XVIII que, como propugnaba Foucault, constituía tanto una forma de conocimiento como una forma de control del conocimiento 3.
Sin ----2 ota del traductor: Debido a su importancia clave en este trabajo, téngase en cuenta la dificultad en la traducción del verbo inglés to haunt (y, junto a este, el sustantivo haunting y los adjetivos haunting y haunted), que podemos traducir aquí por medio de una perífrasis:'habitar algo en el interior de una cosa o persona de manera persistente u obsesiva a modo de fantasma o espectro'.
Dada la complejidad de dicho término y la imposibilidad de encontrar una traducción fija, se emplea en este caso el verbo 'habitar', aunque en posteriores ocasiones aparece traducido por medio de otro tipo de construcciones (como «obsesión», «espectral» o «posesión») más adecuadas según el contexto.
An Archaeology of Medical Perception, Nueva York, Vintage, pp. xiii-xiv, 121, 137; también STAFFORD, B. (1991), Body Criticism.
12, se refiere a una «cultura de la anatomía», o sea, «una vasta red de prácticas, de discursos y de conocimientos» enfocada en el cuerpo humano. [. del t.: de aquí en adelante, las traducciones al español de las citas de todas aquellas obras que en la bibliografía se mencionan en un idioma distinto al castellano son nuestras.] embargo, esta misma mirada es también parte de lo que Thomas Laqueur llama una «narrativa humanitaria».
Laqueur estudia «cómo los detalles sobre el sufrimiento de los cuerpos de los demás generan un sentimiento de compasión y cómo esa compasión viene a entenderse como un imperativo moral para emprender una acción de mejora».
Cita además Laqueur una particular «confianza en el detalle como signo de verdad» en estas narrativas, que incluyen géneros tales como «la novela realista, la autopsia, el informe clínico y la investigación social», todos ellos «hijos de la revolución empirista del siglo XVII» 4.
En estas relaciones, el cuerpo se convierte en el foco y el lugar de la investigación: cuerpos sin vida, cuerpos enfermos, cuerpos pobres, cuerpos en conflicto.
Este hilo narrativo, para el cual Laqueur halla ejemplos en su mayoría, aunque no exclusivamente, en la Gran Bretaña de los siglos XVIII y XIX, también existe en España y otros lugares.
Yo sugeriría, no obstante, que la narrativa humanitaria española, a la cual pertenece la medicina moderna, deriva solo parcialmente del lado empirista de la realidad y que una imaginación católica como medio de ver y actuar debe ser tomada también en consideración como parte de este impulso humanitario español.
En mi argumentación el catolicismo a menudo actúa como una suerte de discurso espectral de la imaginación en estas narrativas humanitarias.
Y esta cualidad espectral es doble.
En primer lugar, el catolicismo da forma al entendimiento narrativo de «lo real», el cual, a su vez, produce un efecto de desdoblamiento que se configura como lo siniestro o lo monstruoso o lo sagrado.
En segundo lugar, el catolicismo, atacado en una época de creciente secularización, a menudo sugiere un lenguaje de secreta pérdida -la suya propia-a través de figuras de ausencia, que paradójicamente abren la vía para legitimar y producir otras formas de autoridad, como la profesionalización de la medicina moderna.
Estas narrativas humanitarias se construyen imaginativamente sobre la fundación de los restos del catolicismo.
El catolicismo como fuente de autoridad, de conocimiento y de percepción en la España del siglo XIX produce «fantasmas»: el fantasma de lo que fue real y el fantasma de sí mismo.
Las narrativas humanitarias que destaco en el presente trabajo se basan en confesiones espectrales, en la obsesión que produce aquello que no se dijo, aquello que se perdió 5.
Es también importante señalar que, ----4 LAQUEUR, T. (1989), Bodies, Details, and the Humanitarian Narrative.
5 En un nivel personal y existencial, CHACEL, R. (1980), La confesión, Barcelona, Edhasa, p.
96, explora la confesión como un «análisis espectral de la voluntad».
Género literario, Madrid, Mondadori, p.
65, ve la confesión como la al mismo tiempo, se produce otro fenómeno: de esta intensa, personal y aterradora relación con lo que alguna vez fue real o estuvo vivo, y que produce dobles en las formas de lo siniestro, lo monstruoso y lo sagrado, surgen narrativas de la imaginación que buscan alcanzar sus fines hasta el punto de incurrir en la transgresión.
Las narrativas del siglo XX con las cuales concluyo -un caso de necrofilia en Key West (Florida) en los años treinta, el cuerpo de Eva Perón y la autopsia de una víctima de sida-engendran asimismo, a veces por motivos dudosamente humanitarios, dobles similares de un cuerpo sin vida en un esfuerzo por agarrarse a aquello que va más allá de nuestro entendimiento.
Efectivamente, el catolicismo porta consigo la semilla de la transgresión al estar basado en nociones de lo sagrado y lo profano, en lo escatológico como σχατος (lo relativo a la vida de ultratumba) y como σκατός (lo excrementicio), conceptos estos que no quedan separados a pesar de estar explícitamente enunciados en un paradigma de contrarios.
Estas ideas en relación, destinadas a establecer categorías y fronteras, persisten en el siglo XIX dentro de un discurso católico cada vez más militante (y a menudo defensivo), e igualmente en narrativas como formas de lo normal y lo patológico.
Tales discursos y narrativas son también signos de un frágil orden social que se constituyó de un modo demasiado estricto para soportar múltiples presiones de cambio y, en particular, la inexorable ola de la secularización.
El catolicismo decimonónico, en su lucha e interacción con interpretaciones no religiosas del mundo, produce, paradójicamente, formas secularizadas de transgresión, formas de desdoblamiento en las que los límites de las cosas, las identidades y las normas se desdibujan, principalmente la frontera entre la vida y la muerte, entre lo sagrado y lo no sagrado.
De este modo, empleo la autopsia y la momificación como figuras de ausencia que producen un efecto espectral, de posesión, procedente de la propia actividad de la imaginación.
Los cuerpos que aparecen en estos textos están muertos e, igualmente, vivos.
Como fetiches, se trata de los difuntos conmemorados, quienes al mismo tiempo están suspendidos en el aura de la vida.
En este aspecto, funcionan lógicamente como reliquias, dada la cultura católica en que están inmersas.
En un sentido más amplio, el efecto de esta posesión espectral puede verse como el generador de una forma específica de lo que Paul Valéry denominó nuestro Cuarto Cuerpo, el cual, decía, puede fácilmen----necesidad imperiosa de soltar las frustradas criaturas embrionarias que habitan dentro del ser: «conatos de ser...
Larvas, conatos, seres muertos en su crecimiento».
En otras palabras, estamos acosados por espectros creados por nosotros mismos.
te ser llamado tanto «Cuerpo Real» como «Cuerpo Imaginario» 6.
Más allá del cuerpo que conocemos, del que otros conocen y del cuerpo interior, existe un cuarto cuerpo, el cual, si tan siquiera lográramos comprender, respondería todas las preguntas trascendentales sobre la vida y la muerte.
Por ello es real e imaginario.
El Cuarto Cuerpo recuerda a algo que Maurice Blanchot dijo en una ocasión atendiendo a la correspondencia entre la imagen y los restos mortales: «La imagen, a primera vista, no se parece al cadáver, pero sería posible que la extrañeza cadavérica correspondiese también a la imagen.
Lo que se llama despojo mortal escapa de las categorías comunes: hay frente a nosotros algo que ni es el viviente en persona, ni una realidad cualquiera, ni el que estaba vivo, ni otro, ni ninguna otra cosa».
Continúa Blanchot diciendo que «la semejanza cadavérica es una obsesión, [...] lo que obsesiona es lo inaccesible de lo que no podemos deshacernos, lo que no encontramos y por eso no podemos evitar.
Lo inasible es aquello de lo que no se escapa» 7.
En este sentido, el Cuarto Cuerpo de Valéry ha adquirido un doble espectral, el cuerpo sin vida, que continúa siendo al mismo tiempo imaginario y real, y sugiere una forma de lo real que es tan absolutamente real que no podemos comprenderla ni eludirla.
El catolicismo espectral al cual me refiero posee este mismo tipo de realidad, basada en lo «realmente real» de la creencia religiosa de la cual hablan, entre otros, Geertz, pero produciendo ahora su propio desdoblamiento en extrañas formas de lo siniestro, lo monstruoso y lo sagrado 8.
Thomas Laqueur, se señalaba antes, considera el uso de detalles como algo significativo a la hora de producir tales narrativas humanitarias.
El detalle, dice, es un «signo de verdad».
El detalle, sugeriría yo, produce una forma (o formas) de verdad que descansa sobre complejas interpretaciones de lo real.
De modo significativo, en los textos del siglo XIX examinados aquí, estos detalles -entendidos como una incitación al compromiso empático con el cuerpo doliente de los otros-son cuestionados a menudo de manera simultánea como parte de una formación o práctica discursiva que aún no ha sido institucionalizada o legitimada completamente.
Como resultado, la motivación humanitaria de estas narrativas sirve también a menudo para autorizar ----otra narrativa o modo de ver y hacer las cosas, prácticas moldeadas por la creencia religiosa que, por tanto, ponen en duda precisamente qué «signo[s] de verdad» se producen aquí.
Mi primera narrativa humanitaria del siglo XIX procede de un texto titulado Examen médico del siguiente pasage de Chateaubriand en sus «Mémoires d' outre-tombe»: "Lejos de mi cadáver la sacrílega autopsia...": o sea Consideraciones sobre el impulso y carácter comunicados por la anatomía a la medicina moderna (1852).
Con esta memoria, su autor, Emilio Pi y Molist se presentaba a sí mismo como candidato a ingresar en la Academia de Medicina y Cirugía de Barcelona.
Pi y Molist (1824/1826-1892) es representante de una raza de doctores que no solo tenían concepciones progresistas y reformistas, sobre todo en cuestiones del derecho médico y la psiquiatría, sino que también estaban profundamente interesados en asuntos literarios y estéticos.
Autor de Primores del Don Quijote en el concepto médico-psicológico (1886) y, según algunos le atribuyen, de la novela Misterios del hospital (1883), Pi y Molist hizo aportaciones significativas a la literatura sobre enfermedades mentales y colaboró con la construcción de instalaciones adecuadas para los enfermos mentales, orquestando durante más de veinticinco años una incesante campaña para edificar un nuevo instituto psiquiátrico en el Hospital de la Santa Cruz de Barcelona9.
En su Examen médico, Pi y Molist toma como punto de partida una cita de las Mémoires d'outre-tombe (1849-50) del escritor católico Chateaubriand para defender la legitimidad de la autopsia médica.
Si bien la disección no estaba prohibida en España durante este periodo, existía una resistencia notable a esta práctica procedente no solo de representantes de la Iglesia y de la ----población en general, sino también de un buen número de doctores 10.
El conflicto entre las autoridades seculares y religiosas era especialmente visible en la disputa en torno al uso médico de cadáveres en los hospitales.
Pi y Molist, que era católico devoto, propugnó con firmeza la autopsia como una herramienta de conocimiento médico para identificar la patología de las enfermedades.
Además, usó esta oportunidad como pretexto para abordar la cuestión, más general, de la legitimidad de la ciencia misma, diciendo: «Quieta y casi abandonada en nuestra patria la prensa científica, diríase que la literaria se arroga el derecho de juzgar en todas las materias, y dirigir exclusivamente el rumbo de la opinión pública» 11.
Para este fin, reúne tres tipos distintos de discurso e instituciones que respalden su argumentación: la profesión médica misma, simbolizada en la Academia de Medicina y Cirugía de Barcelona y en la figura histórica del doctor Francisco Salvá y Campillo; textos religiosos, más concretamente los de Jaime Balmes y fray Luis de Granada; y, finalmente, el ejemplo literario del propio Chateaubriand.
Y la traducción de Pi y Molist:
Lejos de mi cadáver la sacrílega autopsia; en balde fuera buscar en mi helado celebro y en mi yerto corazón el misterio de mi ser; que no descubre la muerte los arcanos de la vida 14.
Pi y Molist inserta a continuación una cita de Balmes: ----Hasta los hombres más privilegiados a quienes el Criador ha dotado de una comprensión universal, no podrán ejercerla cual conviene, si cuando se ocupan de una materia, no se despojan en cierto modo de sí mismos, para hacer obrar las facultades que mejor se adaptan al objeto de que se trata15.
Al aludir a ese despojarse de uno mismo, Balmes parece crear un marco en el que situar el examen que, de este asunto, Pi y Molist lleva a cabo de manera presumiblemente desinteresada.
El ideal de objetividad se basa en un desnudamiento simbólico del ser, en otras palabras, en un tipo de autopsia que paradójicamente deja al descubierto, no al ser en realidad, sino al tema en cuestión: es decir, la autopsia.
Pi y Molist volverá a referirse al filósofo católico del siglo XIX más adelante, en el contexto de la admiración que profesa Balmes hacia una autoridad religiosa si cabe aun más imponente, la Introducción al Símbolo de la Fe de Fray Luis de Granada, en la que el elogio que hace el buen clérigo del cuerpo humano como una maravilla de la acción divina sirve como justificante de los beneficios humanitarios de la autopsia 16.
Pi y Molist muestra una clara inquietud por disociar de la práctica de la autopsia la acusación de sacrilegio que tradicionalmente se le hacía.
Dice: «¿Por qué esa tenaz prevención contra la abertura de un cadáver, practicada con la reverencia que se le debe por lo que fue su anterior estado?»17.
Y un poco después: «La abertura del cuerpo de un difunto con el exclusivo fin del estudio ¿entraña lesión, violencia o desprecio de cosa sagrada?»18.
La afirmación retórica con que concluye deja claro que, para él, ofrecer el propio cuerpo a la ciencia está imbuido de connotaciones de sacrificio religioso: «¡Sabe Dios si mis pobres restos llegarán a prestar un servicio de tanta importancia!» 19.
En esta narrativa de tipo heroico, en que la ciencia marcha hacia el conocimiento para aliviar el futuro sufrimiento humano, el modelo médico de Pi y Molist resulta ser, como es lógico, otro doctor: Francisco Salvá y Campillo.
En el testamento de Salvá, que había legado su cuerpo a la ciencia, se puede leer:
----Si la disección de mi cadáver puede servir de instrucción pública, [...] quiero absolutamente y mando que, lejos de oponerse a ella, la faciliten en mi habitación a los Profesores que la pidan, suministrándoles la ropa necesaria para la decencia y perfección de aquella; permitiéndoles también extraer de mi cadáver las partes que se necesiten para un gabinete patológico; y pagando hasta diez y seis duros de mi dinero la preparación necesaria para la conservación de lo que se extrajere, conducente a la instrucción patológica20.
Salvá asimismo solicitó que, tras la autopsia pública, su cuerpo fuera trasladado al cementerio: entre los cadáveres de aquella santa casa y en el mismo carro [...]
Como he hecho mis delicias de estar en vida entre los enfermos y muertos de aquel asilo de infelices, no me disgustará su compañía después de muerto, y ser tratado como uno de ellos21.
Esta extraña superposición de sacrificio médico y espiritual en Salvá y Campillo es también característica de Pi y Molist, cuyo argumento retórico oscila continuamente entre dos estrategias discursivas: la positivista-médica y la cristiano-romántica.
Por una parte, sigue a Chateaubriand al enfatizar el misterio último de la vida humana, que nunca será revelado sin importar el número de autopsias que se le realicen.
Por otra, insiste en la pura cualidad física del cuerpo humano: habla de «la sustancia cerebral y blanda» y del corazón como «esencialmente musculoso», y prosigue describiendo ambos órganos desde una distancia clínica22.
Dos páginas más adelante, sin embargo, escribe: «El solo sentido común indica lo absurdo de la investigación que tuviera por objeto descubrir en el cadáver aquel agente poderoso, la vida, cuya ausencia lo ha constituido en el estado de tal»23.
A lo largo de su ensayo, Pi y Molist combina el lenguaje de lo clínico con el del romanticismo; así, ----la Anatomía patológica [...] manifiesta las misteriosas relaciones que guardan entre sí los órganos de la economía humana [...]
No bien se afecta súbita y hondamente una parte interesante, la economía entera se conmueve, se trastorna y parece obedecer una nueva ley [...] órganos que en el estado normal daban apenas señales de existencia despliegan una vitalidad prodigiosa; establécense de improviso mil relaciones desconocidas24.
El cuerpo humano es, por encima de todo, una estructura que debe explicarse por medio de la relación entre sus partes, u organización, y por los cambios materiales «como razón suficiente de todos los fenómenos» 25.
Y, sin embargo, esta organización es igualmente un misterio, pues posee «misteriosas relaciones» que nos recuerdan no solo a las creencias católicas de Pi y Molist, sino también a su cercanía al romanticismo y, por supuesto, al propio Chateaubriand.
Este es aparentemente el débil lazo del que saca provecho el doctor barcelonés para defender el tema de la autopsia en particular y, más allá de ello, legitimar institucional y profesionalmente la medicina clínica dentro de España.
Para este fin, se pregunta incluso si una persona tiene derecho a decidir no conceder su cuerpo a tan inestimable servicio a la medicina y la humanidad y declara asimismo que la realización de disecciones debe ser dejada a la discreción y buen juicio de los doctores26.
Su objetivo es discutir el evidente ataque de Chateaubriand contra el sacrilegio de la autopsia.
Lo que Pi y Molist no hace en su análisis es situar en contexto las palabras del romántico francés, que son parte del Avant-propos de sus voluminosas Mémoires d'outre-tombe.
Las memorias de Chateaubriand operan, tanto en su espíritu como en su propósito, a modo de resurrección: «je désirerais pouvoir ressuciter à l' heure des fantômes pour en corriger les épreuves: les morts vont vite» («Desearía poder resucitar a la hora de los fantasmas para corregir las pruebas: los muertos van deprisa») 27.
Su texto es su última voluntad y testamento, escrito desde dentro y más allá de su tumba: es, en efecto, su propio monumento funerario, un monumento que ahora está obligado a «hipotecar», dice él, por necesidades financieras 28.
Publicar se convierte en una forma de sacrilegio, ya que expone (y «vende») «ces voix qui ont quelque chose de sacré, parce qu 'elles sortent du sépulcre» («estas voces que tienen algo de ----sagrado, porque salen del sepulcro») 29.
Las Mémoires están destinadas a conmemorar a los muertos, mantenerlos en vida -ello incluía a todo aquel a quien Chateaubriand conocía, incluyéndose a sí mismo-por medio de un segundo enterramiento dentro del texto-sepulcro del escritor.
La postura profundamente ambivalente y conflictiva de Chateaubriand hacia su escritura y publicación está -literal y figuradamente hablando-llena de la presencia de espectros.
Tiene el autor plena conciencia de lo gravemente irónica que llega a ser la naturaleza espectral de su empresa: sus palabras resucitarán a los muertos pero solo como voces, como figuras de ausencia, a modo de una prosopopeya frustrada 30.
Los muertos son sagrados aunque secundarios en la medida en que son presencias derivadas que ya no pueden encarnarse por completo.
Al mismo tiempo, es obvio que Chateaubriand obtiene un placer estético y afectivo al reanimar a los muertos.
Su dilema se hace contundentemente claro en el último párrafo del Avantpropos, del cual Pi y Molist extrae el pasaje que luego discute.
Pi y Molist, sin embargo, no explica que el escritor francés estaba hablando sobre una circunstancia hipotética.
Al citar de manera selectiva partes del Avant-propos, Pi y Molist hizo caso omiso del contexto personal de las palabras de Chateaubriand -la preocupación ----29 CHATEAUBRIAND (1910), «Avant-propos», p. liii.
30 Para más información de la importancia de la prosopopeya, véase FERNÁNDEZ, L.M. (1994), De la 'poética de los muertos' al paisaje trascendente: Una aproximación a las relaciones entre Chateaubriand y Bécquer, Anales de Literatura Española (Alicante), 10, pp. 81-100; y DE MAN, P. (1979), Autobiography as De-facement, ML, 94, pp. 919-930.
31 «Deseo que mi cuerpo no sea devuelto a mi patria hasta que hayan pasado cincuenta años desde mi enterramiento.
Que mis restos se salven de una sacrílega autopsia; que se evite la molestia de buscar en mi cerebro congelado y en mi corazón apagado el misterio de mi existencia.
La muerte no revela los secretos de la vida.
Un cadáver por correo me horroriza; huesos blanqueados y ligeros se transportan fácilmente: estarán menos fatigados en este último viaje que cuando yo los arrastraba de aquí para allá cargados con mis achaques», CHA-TEAUBRIAND (1910), «Avant-propos», pp. liv-lv.
sobre los preparativos de su propio enterramiento-y de su importancia figurativo-simbólica 32.
La resurrección corporal descrita por Chateaubriand también refleja, al igual que el texto de Pi y Molist, la edad de la medicina clínica (el Avant-propos data de 1846).
El horror mostrado ante la contemplación del deterioro de su propio cuerpo en el viaje de retorno a casa en Saint-Malo y el deseo de devolver huesos limpios y ligeros pueden relacionarse con el énfasis en voces y presencias fantasmales de los muertos, las cuales hablan por sí solas del tópico romántico de la «hermosa muerte» 33.
Así, por un lado, estas voces son meras figuras de ausencia; por otro, esperar o desear algo más puede habérsele figurado a Chateaubriand como un metafórico robo de tumbas.
En Gran Bretaña, los ladrones de tumbas eran también llamados «resurreccionistas» (resurrectionists o resurrection men), cuyo ajetreado negocio de proveer de cadáveres a los hospitales universitarios y a los anatomistas para sus disecciones era bien conocido 34.
Sin dejar de lado el rechazo de raigambre católica que siente Chateaubriand por la autopsia como sacrilegio, también sugeriría yo que su obsesión por el enterramiento y el renacer de los muertos es simplemente la otra cara de la autopsia.
El fetichismo por las partes corporales que supone la autopsia es una suerte de romanticismo a la inversa, es decir, una preocupación extrema por la conmemoración, devolviendo a los muertos de nuevo a la vida.
El desfase o cruce transgresivo entre la vida y la muerte, entre la carne y el espíritu, el enterramiento y la resurrección, la autopsia y la preservación, apunta a un desdibujamiento de categorías y fronteras.
Este movimiento sugiere una incursión en el territorio de lo siniestro, en el que un cuerpo doble es deseado pero también temido.
Quizás no sea accidental que Chateaubriand hallara imposible volver a su ciudad natal de Saint-Malo, aunque hablara de ello constantemente 35.
No solo estaba allí su infancia, sino también la que habría de ser su sepultura, como si Chateaubriand hubiera concertado para su propio doble -su cuerpo sin vida-fundir en una anticipación freudiana lo familiar y lo desconocido, das heimliche y das umheimliche, hogar y sepultura 36.
----32 Para más detalles sobre las prolongadas dificultades que hubo de soportar Chateaubriand para adquirir el terreno de su tumba, véase el Apéndice de la edición de Biré, vol. 1, pp. 442-447.
33 De manera similar, Pi y Molist muestra una gran preocupación por no «matar» el cuerpo y lucha por reconciliar las creencias católicas con los principios de la medicina para producir un cadáver que es fisiológicamente específico y, sin embargo, extrañamente siniestro.
De esta manera, el cuerpo de Salvá y Campillo se sacraliza.
Pero, además, la investigación sobre la patología de los muertos conduce a otro tipo de monumentalización en el texto de Pi y Molist que no es la tumba de Chateaubriand, sino otra estructura: la medicina misma como «un grandioso edificio con sola una puerta de ingreso, la Anatomía» 37.
La preocupación por el sufrimiento de la humanidad y el deseo de conocer se transforman ambos en materiales para construir otra narrativa, esto es, para sentar por completo la legitimidad de la medicina moderna en España.
La práctica de la autopsia sirve aquí como figura y como trampolín para la profesionalización de la medicina clínica en la España del siglo XIX.
A comienzos de este siglo, Juan Fourquet, que tenía ciertas tendencias místicas, veía la disección como si fuera «una serie de verdades reveladas», según señala otro doctor, Alejandro San Martín 38.
Hacia mediados de siglo, puede observarse en el texto de Pi y Molist que la disección como revelación es aún muy importante, pero el cuerpo se está convirtiendo ahora en algo secularizado y profesionalizado.
La figura clave en la medicina clínica española de esta época fue Pedro Mata, a quien se le atribuye a menudo el haber introducido la medicina forense en España con sus enseñanzas, su práctica y su Tratado de medicina legal (1846).
Luis Simarro, en su relación sobre la vida profesional y la influencia de Mata, presenta un vínculo entre, de un lado, la práctica de la disección de esta figura pionera y, de otro, la profesionalización de la medicina en España.
Tras haber estudiado medicina con Orfila en París, Mata quiso establecer una Morgue similar a la institución francesa para dar lecciones prácticas de anatomía y patología.
Sin embargo, se topó con un obstáculo insalvable.
[Mata] tropezó con un pequeñito inconveniente, una de las llamadas cosas de España, y fue que los cadáveres depositados en las dependencias del hospital pasaban allí seis u ocho días, antes de que se pudiera conseguir del juez el permiso para acometer el estudio de ellos.
Por tal modo que venía a resultar completamente inútil toda investigación; y Mata no tuvo más remedio que resignarse contra su convicción y su deseo a explicar medicina legal retóricamente 39.
---- En el párrafo siguiente, Simarro aclara que, para él, los heroicos esfuerzos de Pedro Mata por crear en España un espacio para la medicina moderna fueron decisivos en la profesionalización de esta como institución: se esforzó en hacer comprender a sus contemporáneos que estas cuestiones no son, como pretenden las gentes, de sentido común, sino de ciencia, que es necesariamente algo superior al saber vulgar y que no basta, por tanto, tener sentido común para resolver las cuestiones de Medicina 40.
Como Pi y Molist en 1852, Simarro, uno de los grandes institucionistas liberales de finales de siglo, estaba resuelto a fijar los parámetros de la medicina moderna española otorgando a los hombres de ciencia facultades y formas de conocimiento especiales que los harían claramente superioressacralizados, si se quiere-con respecto al resto de la población.
En una palabra, profesionales.
La forja de una cultura profesional a través de la práctica de la autopsia está también patente en mi segunda narrativa del siglo XIX: la historia del doctor Velasco y la fundación de la antropología en España.
En esta narrativa, como en la anterior, la profesionalización es verdaderamente parte de una narrativa humanitaria más amplia modelada por una imaginación católica.
Pedro González Velasco (1815-1882) fue un hombre hecho a sí mismo y de origen humilde, que pasó de ser cuidador de cerdos a pregonero y, más tarde, sirviente en un hogar noble, para convertirse quizás en el más destacado disector de la España del siglo XIX.
Según sus propios cálculos, se estima que llevó a cabo más de 8.000 autopsias durante su vida profesional y que hizo gran cantidad de trabajos anatómicos altamente considerados 41.
Progresista ---- desde el punto de vista político y católico practicante 42, Velasco estaba obsesionado con el estudio de la anatomía.
Durante la ceremonia de inauguración de su Museo Antropológico (actualmente el Museo Nacional de Etnología) en 1875, afirmó: «A la ANATOMÍA debo lo poco que sé y lo más poco que valgo» 43.
Velasco llamó a su sala de disecciones «el palacio encantado de la vida formado con los despojos de la muerte» 44.
La relación que el mismo Velasco ofrece de su vida profesional puede leerse como una versión secularizada de la vida de un mártir.
En su esfuerzo por crear una disciplina legítima de estudios anatómicos, lo acosaban las envidias mezquinas de sus colegas, penas y privaciones, la apatía del gobierno, etc., pero, como él mismo nos cuenta, no abandonó.
La Reseña histórica de los trabajos anatómicos del doctor don Pedro González Velasco de 1864, a la cual me remito, nos presenta a un hombre incansable, tenaz y que sufría, hasta cierto punto, de manía persecutoria:
En este largo número de años, no he tenido un solo día de tranquilidad; todo ha sido zozobra, trabajo, gasto y ansiedad.
En cuatro o cinco meses, todo ha sido plácemes y triunfos para mi comprofesor.
Sea: resignémonos con la desgracia.
Hay también sus goces en las derrotas.
La mía es puramente oficinal, inquisitorial 45.
Habla de proyectos vagos y grandiosos: «no cejaré: mi plan es infinitamente más vasto que lo que se ve y se descubre hoy.
Mi plan va mucho más allá».
Advierte a colegas poco favorables a él y a quienes claramente considera sus enemigos, de que conoce las intrigas urdidas contra él:
---ciones teñidas de matices necrófilos que evocan la más decadente de las prácticas y pueden incluso inspirar pánico racial».
Velasco, dice ella, «no puede hacer nada por controlar la propia fuerza narrativa de Concha» (p.
Todas estas historias, sin embargo, surgieron después de la muerte de Velasco, por lo que el «control» del buen doctor es un asunto discutible.
Es más, el análisis de Martin-Márquez intenta explicar las acciones de Velasco dependiendo en exceso de elaboraciones literarias posteriores de la leyenda de Velasco, elaboraciones estas que «hacen circular» el cuerpo de Concha.
43 PULIDO Y FERNÁNDEZ, A. y GONZÁLEZ VELASCO, P. (1875), Discursos leídos en la Apertura del Museo Antropológico y Escuela Libre del Dr. Velasco, Madrid, Imprenta, Fundición y Estereotipia de D. Juan Aguado, p.
44 GONZÁLEZ VELASCO, P. (1864), Reseña histórica de los trabajos anatómicos del doctor don Pedro González Velasco escrito por él mismo en sus últimos viajes al estranjero [sic], Madrid, Imprenta de Manuel de Rojas, p.
Yo sí tengo mis apuntes, llevo y guardo notas relativas a las acciones, a los hechos que han tenido lugar y se enlazan con este asunto; tengo hasta el día, el mes, el año, el motivo aparente o real de lo que yo haya apreciado entonces como contrario a mis proyectos, todo lo tengo apuntado, de todo tengo datos 46.
Y escribe: «Yo tengo enemigos muy poderosos que no quieren ver ni reconocer la verdad [...]
Soy el Colón ante los sabios doctores de Salamanca» (p.
¿Qué pudo haber trastornado tanto a Velasco como para producir este texto intensificado y casi histérico?
En una publicación sobre el Museo Nacional de Etnología, Pilar Romero de Tejada intenta combatir la leyenda de un doctor Velasco enloquecido y señala que fue efectivamente perseguido por la Iglesia y sus celosos e incomprensivos colegas.
Además, destaca merecidamente sus sólidas y abundantes contribuciones al estudio de la anatomía y la antropología.
Pero minimiza lo que se convirtió en la mayor tragedia de su vida: la muerte en 1864 de su única hija, Concha, a los 15 años de edad.
Velasco perdió el control: agobiado por la culpa de haber recetado el medicamento erróneo para la fiebre tifoidea que padecía, él la conmemoró en su muerte 48.
Él mismo emprendió la tarea de embalsamarla.
Luego, se rodeó de cuadros, fotografías, un busto de ella y objetos que habían pertenecido a Concha.
Como decía un contemporáneo suyo, «multiplic[aba] las facciones de su hija» con todos estos esfuerzos 49.
Aprendió a tocar el piano para interpretar la música favorita de Concha y, finalmente, once años después de su muerte, recibió la autorización para desenterrar su cuerpo, con la idea de ubicarla en el recién inaugurado museo que él había creado y, de este modo, mantenerla siempre cerca.
Me remito aquí a su amigo y colega, el doctor Pulido, quien fue testigo de la escena:
Fijábase nuestra vista en aquella cabeza, desnuda y limpia como bola de marfil, que durante la vida había vestido abundante y perfumada cabellera negra; en aquella pálida ----46 GONZÁLEZ VELASCO (1864), p.
47 En la posterior creación galdosiana del personaje de Maxi en su obra maestra de la ficción realista, parece resonar con eco la extraordinaria voz que proviene de estas páginas del doctor Velasco.
Véase PÉREZ GALDÓS, B. (1983), Fortunata y Jacinta, 2 vols., ed. Francisco Caudet, Madrid, Cátedra (orig.
48 Véase ARIÈS (1991), parte IV, para la nueva obsesión romántica por la muerte ajena, que incluía el moderno culto a las tumbas y cementerios en el siglo XIX.
307. frente, tras de la cual se habían formado los misterios insondables de la idea; en aquellos ojos apergaminados, rugosos y hundidos en el fondo de las órbitas, que habían brillado con el fuego de la mirada; en aquellas mejillas, entonces negruzcas, que antes tiñeron el delicado color rosa de la vida y el hermoso carmín del pudor; y en aquellos labios finos, secos y fríos, de los cuales tantas veces habían manado dulces palabras, tiernas sonrisas, alegres carcajadas y cariñosos ósculos para su desgraciado padre.
Todo se conservaba allá perfectamente, con restos de juventud y de belleza; por extraña suerte, podía el Dr. Velasco reproducir el violentísimo dolor del terrible día ante el espectáculo del cuerpo de su hija que parecía recién muerto 50.
Tras cortar su mortaja (de hecho, un hábito religioso), Velasco se sumió en un silencio contemplativo; luego, procedió a examinar y tocar sus miembros, exclamando «con acento extraño: "¡Todavía están flexibles!
Pero esto no fue todo: durante el verano, permitió que fuera momificada y después llamó a una modista.
El doctor Pulido escribió:
En el otoño del 75 y cuando lo creyó conveniente, dispuso que una modista vistiese [los despojos] con precioso traje de raso blanco, calzó sus manos y pies con elegantísimos guantes y zapatos de raso, colocó pulseras en sus muñecas, cubrió su cabeza con peluca y manchó su rostro con colorete; en una palabra, procuró por retocados artificios disimular todo lo posible la muerte, para dar apariencias de cuerpo dormido a los restos de su hija, ya entonces, y por la evaporación, mucho más desfigurados 52.
Su esposa, sin embargo, no dejó que sentara el cuerpo a la mesa para comer.
Finalmente, Velasco colocó a Concha en un enorme estuche de cristal, convirtiendo el museo en una suerte de capilla ad hoc 53.
Tras varios meses y habiendo recobrado el juicio, se deshizo del vestido blanco, los elegantes zapatos y guantes, la joyería, la peluca y el maquillaje, vistiendo de nuevo el cadáver con un simple hábito religioso.
Después de la muerte de Velasco en 1882, su viuda trasladó el cuerpo de Concha al Cementerio de San Isidro mientras que el de Velasco, asimismo depositado en el museo -parte del cual sirvió al doctor de residencia y cuarto de disecciones-, fue de nuevo enterrado más tarde en otro lugar.
Claramente, la hija de Velasco estaba destinada a ser la pieza central del museo, el cual, como era característico de este tipo de museos en la época, ---- estaba formado por colecciones ampliamente heterogéneas, organizadas según un particular «ordenado amontonamiento» 54.
Pulido lo describe como un almacén solemne y carnavalesco donde el cráneo corroído y la esmaltada concha, el girón de vestido y la momia pestilente, el guijo de antigua cerámica y la carne humana desecada, la moneda antigua y el hacha celta, el fósil y el libro, el feto monstruoso y el ave de bellos colores, el mineral y la planta..., todo lo que arroja de sí el taller inmenso y siempre activo de la vida, se mezcla, se baraja, se confunde, llenando vitrinas, y tableros, y armarios, y salones 55.
En otras palabras, Concha se convirtió en un objeto de coleccionista, aunque muy especial 56.
Los esfuerzos de Velasco por preservarla y exhibirla sugieren un paralelo entre su «reproducción» y el proceso de elaboración de modelos anatómicos de cera que sirven de ayuda en las disecciones.
La intensidad y la pasión que el doctor Velasco invirtió en este rarísimo proyecto apunta a una percepción de lo real sumamente personal y, sin embargo, ritualizada.
Esta percepción se manifiesta a sí misma como un modo particular de asirse a la experiencia materialmente a través de la reproducción.
El resultado, por supuesto, no es la vida, ni el monstruo de Frankenstein ni la escultura de Pigmalión, sino un museo de cera hecho carne.
Pulido consideraba el museo de Velasco como una ----54 PULIDO Y FERNÁNDEZ (1894), p.
208, también nota que Concha fue «mostrada como un objeto estético dentro de una valiosa colección de curiosidades».
Martin-Márquez adopta un acercamiento a la historia de Velasco distinto al mío, intentando establecer un vínculo algo dudoso de asociaciones entre raza, clase, la leyenda negra, Velasco y su hija.
Según ella, al «transformar a su hija fallecida en una "santa", Velasco procura conjurar las amenazas de la degeneración, asociada en particular con las clases privilegiadas» (p.
Sin embargo, la degeneración de la clase alta que ella describe proviene de opiniones expresadas por Manuel Prieto («Museo Antropológico») y no por el propio Velasco (Martin-Márquez, pp. 211-212).
Además, las palabras délficas nosce te ipsum («conócete a ti mismo») escritas sobre la entrada del museo son más bien tradicionales, habituales en este tipo de contexto y, por tanto, difícilmente orientadas a «poner al descubierto las horrendas consecuencias de la degeneración de la clase alta española a los propios miembros de esa clase» (Martin-Marquez, p.
Los ejemplares patológicos del museo también simbolizan la degeneración en este argumento.
Desgraciadamente, la mayoría de estas muestras, si no todas, provenían de pacientes de hospitales públicos, es decir, prostitutas, mendigos y pobres (véase GONZÁLEZ VELASCO [1864], pp. 50-51).
No hay pruebas que demuestren su tesis.
Asimismo, los ciudadanos pertenecientes a las clases medias, y no únicamente los de las clases altas, acudían también a los museos.
¿Pretendía Velasco acusarlos también?
Probablemente no. Los museos del siglo XIX estaban destinados a instruir, no a condenar. pasión de pasiones que se alimenta y crece, como flor de cementerio, con el recuerdo de una hija muerta; engendro híbrido de la ambición; fruto abigarrado y fenomenal de un plan monstruo; amasijo de virtudes y flaquezas; creación magna como nacida al soplo turbulento de un frenesí y al santo fuego de una inspiración providencial 57.
Velasco sabía lo que era la muerte física.
La había diseccionado miles de veces.
Y, aun así, se había negado a aceptar la muerte de su hija.
La figura momificada de Concha se convirtió en su propio doble corporal, una forma de lo siniestro que el doctor Velasco intentó trocar en algo familiar y vivo, enfatizando de esta manera inconscientemente la recurrencia freudiana de algo familiar y antiguo (das heimliche) que había sido reprimido (aquí, enterrado) y transformado en algo extraño (das unheimliche).
Si la autopsia abre el cuerpo a la mirada, y lo desmiembra para indagar en él, la momificación lo cierra, secando y encogiendo sus partes para conservar el cuerpo en un estado de animación fingida.
Sin embargo, tanto la autopsia como la momificación, al fijarse en las partes del cuerpo, tratan a este como un fetiche.
La autopsia se ocupa de partes que más tarde son a menudo recogidas y conservadas.
Los modelos anatómicos de cera, como, por ejemplo, el de una mujer cuyo vientre se abre para mostrar un feto en su interior, u órganos específicos, enfermos o sanos, debían parecer tan verosímiles como fuera posible -en buena medida como la reanimación de la hija de Velasco-y, aun así, conservar inmutables los órganos en cuestión, en el nivel de una experiencia artificial, de segunda mano 58.
Estos dos procedimientos -la disección y la momificación-son figuras de ausencia.
Fijan la muerte para siempre, y sin embargo nos recuerdan a lo que alguna vez estuvo vivo; son portadores de un rastro, como fantasmas de la vida, y marcan el espacio entre la vida y la muerte, borrando de este modo fronteras, como observa Michelle Bloom al respecto de las figuras de cera.
Son semejantes a «figuras de cera [que] encarnan lo real y estimulan lo ima-----57 PULIDO Y FERNÁNDEZ (1894), pp. 73-74.
Six Essays on the Preservation of Bodily Parts, Nueva York, Harcourt Brace and Company, pp. 69-87, para más información sobre la historia de los modelos anatómicos de cera.
Sobre el embalsamamiento, véase PUSALGAS Y GUERRIS, I.M. (1861), Métodos de embalsamamiento por tiempo definido e indefinido, mutilando lo menos posible los órganos del cadáver, Barcelona, Imprenta de José Tauló, p.
5, en la que anota que esta práctica requería autorización civil y eclesiástica; y también GARCÍA, J. (1981), El embalsamamiento de cadáveres, una antigua costumbre que comienza a ser frecuente en España, El País, 26 de agosto.
No resulta sorprendente que estas fascinantes muestras anatómicas del siglo XIX fueran igualmente atracciones turísticas y estuvieran consideradas por muchos como signos de progreso cultural y científico.
Adolfo de Castro aporta detalles abundantes de una muestra médica de este tipo en Cádiz, reduplicando verbalmente por medio de una enumeración caótica el popurrí de colecciones museísticas del siglo XIX 60.
Como el cuerpo sacralizado del doctor Salvá en la memoria de Pi y Molist, y las voces del más allá de Chateaubriand, la autopsia y la conservación del cuerpo y sus miembros viven con una presencia espectral, la de la reanimación, esto es, el regreso de los muertos.
Los muertos pueden ser, bajo determinadas circunstancias, el inconsciente o un yo desdoblado que el individuo no conoce.
Así, Henry Maudsley recoge en The Pathology of Mind (1886)texto muy influyente en España-el sueño sobre una autopsia de la siguiente manera:
En varias ocasiones he tenido un sueño muy vívido en el que yo participaba en el examen post-mortem de un cuerpo que volvía a la vida y tranquilamente se incorporaba a una postura sedente sobre la mesa en la que yo trabajaba.
En una ocasión, cogía un mazo de madera y le golpeaba en la cabeza con todas mis fuerzas; en otra ocasión, introducía mi mano en su pecho y le arrancaba el corazón; pero ninguna de estas acciones desesperadas parecía hacerle morir o comportarse como debiera un cadáver.
En todos los casos, hasta donde puedo recordar, existía el mismo sentimiento indescriptible de perplejidad y aprehensión, junto con una resolución de evitar a cualquier precio las consecuencias de disecar un cuerpo vivo; tenía, además, un fuerte sentido de represión personal o humillación que no experimentaba en la vida real desde la escuela 61.
Por razones de espacio, no me es posible llevar a cabo un detallado análisis de este sueño tremendamente evocador, pero distintas narrativas lo recorren: miedo a la muerte, miedo a lo inconsciente, a algo reprimido, miedo al entierro prematuro, a la castración, al canibalismo, miedo a los muertos mismos.
Pero Maudsley no hace demasiado hincapié en su propio sueño, atribuyéndolo a «algún estado de malestar intestinal» 62.
Su negación a autoanalizar----- se puede estar conectada a sus posturas anti-católicas y su desprecio de las prácticas confesionales, a las que consideraba tortuosas, injuriosas y conducentes, según él, a la locura o el pecado a través de «un auto-sentimiento exacerbado, arraigado en la pasión sexual» 63.
Si bien Maudsley, de familia protestante, reconoce una consciencia dual en el sueño, es reacio a sacralizarla, es decir, a convertir ese otro, ese yo soñado, en un fantasma o un espectro.
Velasco no solo libera su fantasma, sino que también le concede una personificación total y la muestra al público.
El cuerpo reanimado de Concha está insertado simbólicamente, como una reliquia católica, en una compleja narrativa en que humanitarismo y profesionalismo se interconectan.
El cuerpo de Concha tuvo que ser mostrado públicamente en el museo porque las ambiciones de Velasco en el campo de la antropología, en aquella altura, habían incurrido ya en transgresión, mezcladas con un amor obsesivo e inconscientemente incestuoso por su hija.
El fetiche y la reliquia son difíciles de separar en este caso.
Velasco, asimismo, ya había envuelto antropología y anatomía en un discurso fuertemente teñido de orgullo nacional y fervor humanitario 64.
El museo estaba destinado a ser un proyecto nacional, concebido simultáneamente como un instituto de enseñanza, un lugar de ciencia y un beneficio a la humanidad 65.
Al mismo tiempo, el estrecho vínculo entre el estudio de la anatomía y la creciente disciplina de la antropología, no solo en España sino también en ----63 MAUDSLEY (1886), pp. 144-145.
64 Un admirador del doctor Velasco, Manuel Prieto y Prieto (1875), observó: «El Museo Antropológico hecho ha sido en España.
Español es su fundador; español el arquitecto [...] españoles los artistas [...] españoles casi sus materiales todos; españoles los escultores [...], etc.» (p.
Continúa deplorando la dependencia española del conocimiento extranjero y termina así: «[Velasco] es el hombre científico que, hermanando el amor a la ciencia y la patria con el amor paternal, conduce a su casa y deposita bajo el techo del santuario médico los restos mortales de su adorada niña, cuyo embalsamado cadáver reposa ya en una capilla en el edificio, construida como parte integrante y recuerdo de origen del monumento que todo el mundo puede admirar en la calle de Granada [ahora Alfonso XII], en esta corte» (pp. 325-326).
65 Véase la obrita de GONZÁLEZ VELASCO, P. (1878), A la humanidad, Madrid, Imprenta, Estereotipia y Galvanoplastia de Aribau y Compañía (Sucesores de Rivadeneyra), en la que hace varios comentarios sobre el programa humanitario ligado a su proyecto museístico; y también ROMERO DE TEJADA (1992), pp. 12, 15.
Cabe destacar que la Escuela Libre de Medicina de Velasco, que ofrecía clases de anatomía a miembros de las clases sociales más inferiores, fue transferida a los sótanos del museo.
11, escribe que «Velasco inició la urbanización del paseo de Atocha [el lugar del museo], pero además fue un grande amigo de los pobres y un fervoroso y práctico amante de la capital».
Europa y las Américas durante el siglo XIX, apunta a un curioso paralelismo de relaciones.
La antropología, en esta narrativa, nace de los huesos y tejidos de los muertos, de aquí lo grotesca y simbólicamente apropiado que resulta el cadáver momificado de Concha en el museo.
Los difuntos vuelven a la vida en este estadio temprano de la historia de la antropología en España y, de modo semejante, suponen una vuelta a la percepción católica de lo real, tal y como se vio en los ejemplos de las voces de Chateaubriand, los cuerpos sacrificados de Pi y Molist y la amada hija del doctor Velasco.
Además, el halo religioso que rodea a estas figuras de ausencia se fusiona íntimamente con lo que podemos llamar lo doméstico o lo familiar real.
Es esta fusión, o confusión, esta transgresión o supresión de fronteras, la que produce en el siglo XIX incestuosas ficciones espectrales de lo siniestro, lo monstruoso y lo sagrado.
La ciencia, por sí misma, no habría engendrado estos espectros, sino que fue más bien la confluencia histórica y cultural de ciencia y religión la que los hizo posibles.
Los perfiles de la medicina y la antropología se hacen más pronunciados a medida que estas figuras de ausencia toman forma y la pérdida se transforma en fundamento sagrado de los sueños seculares.
Velasco no fue el primero, ni por supuesto el último, que intentara resucitar a un ser amado a través de la momificación.
Tampoco fue el único en sacralizar y, por tanto, legitimar la ciencia al apelar al ámbito de lo espiritual a través de figuras de ausencia como la momificación o la autopsia.
Por razones más amplias y también de comparación, vale la pena echar un vistazo a tres casos del siglo XX en que la mezcla de motivos personales y profesionales para revivir simbólica y emocionalmente a los muertos está imbuida de un halo sagrado.
Cada uno de los tres casos promueve lo científico (o, en uno de los casos, lo pseudo-científico) apoyando y ampliando la autoridad y los poderes de explicación de la ciencia a través de medios no seculares.
En 1926 un inmigrante alemán llamado Karl Tanzler llegó a los Estados Unidos.
Se autodenominaba Conde Carl von Cosel y trabajó como técnico de rayos X en un hospital de Key West (Florida).
Allí conoció a una joven cubano-americana, Elena Milagro Hoyos, cuyos pulmones, enfermos de tuberculosis, le tocó radiografiar.
Convencido de que una «divina odisea» lo había conducido hasta ella, el «conde» se enamoró perdidamente de ella, la agasajó con regalos y sufragó sus gastos médicos y, en última instancia, su funeral en octubre de 1931.
Su obsesión por Elena lo llevó finalmente a robar su cuerpo, guardándolo en secreto en un avión sin alas que él mismo había construido, y trabajando día y noche para perfeccionar su cuerpo, es decir, embalsamarlo, de un modo tan «natural» que algún día llegara a levantarse y volviera a vivir.
Von Cosel vivió y durmió con el cuerpo de Elena durante siete años, hasta que sus extraños modos de vida fueron descubiertos en 1940.
Como ocurrió con el cuerpo de la hija del doctor Velasco, Elena ocupó el espacio sagrado de lo doméstico, el doble recreado de su cuerpo, al mismo tiempo familiar y extraño.
En la audiencia ante el juzgado, se le preguntó «¿Cree usted que hay aún vida en el cuerpo que pudiera ser resucitada?», a lo cual respondió: «Siempre queda vida en el cuerpo que pueda resucitarse con métodos especiales, como la incubación.
No es el cuerpo físico.
El cuerpo físico está dormido.
Los ojos están en la oscuridad, pero los oídos todavía pueden escuchar» 66.
El conde también dejó unas memorias de sus experimentos con el cuerpo de Elena.
«La momificación había comenzado en parte», escribió en algún momento.
«Esto, sin embargo, no está más allá de la resurrección» 67.
La mañana del Domingo de Resurrección de 1933 se llega a identificar con la resurrección de ella.
También afirma que hubo un momento en 1936 en que ella «despertó nuevamente a la vida» 68.
Para las autoridades de Florida, él parecía un hombre sano en casi todos los aspectos, pero era claramente un desequilibrado en lo que tocaba a Elena.
Lo dejaron marchar, mientras insistían en enterrar de nuevo el cuerpo de Elena en un lugar secreto para que el conde no la volviera a desenterrar.
Unas horas después de que dejara la ciudad, la cripta que él había construido para ella explotó.
Durante las audiencias ante el tribunal, un enterrador local exhibía el cuerpo mientras casi 7.000 personas desfilaban ante él.
En la década de los setenta, dos doctores que habían examinado el cuerpo de Elena en 1940 revelaron que la romántica necrofilia del conde había sido más que platónica.
¿Qué se puede inferir de todo esto?
La creación de Von Cosel era un «cuerpo de retazos, reconstruido con cera y cosméticos», como se lee en un informe de este extraño episodio 69.
El conde lo expresaba así: «Reconstruí las partes perdidas, vendé aquellas que estaban rotas y las destruidas, que tuvieron que quedar fuera, las sustituí» 70.
En efecto, había elaborado una réplica a partir de los restos del cadáver, vendando los huesos, usando su cabello natural para hacer una peluca, aplicando cera y seda al rostro, e insertándole ojos de cristal.
Su destartalada casa, que albergaba un avión que no podía volar y una suerte de laboratorio, era el escenario perfecto para esta «ciencia mística» ---- que inevitablemente recuerda a escenas de la versión cinematográfica de Frankenstein de 1931 (el mismo año en que muriera Elena).
Insinuando motivos humanitarios tras sus experimentos, el conde estaba convencido de que a miles de personas se les había practicado la autopsia y habían sido embalsamados de forma prematura, de que «la muerte no es siempre definitiva» 71.
Efectivamente, fue retratado como un científico mal comprendido, cuya investigación constituyó «una valiosa experimentación humana» 72.
La descripción que da Von Cosel de su trabajo parece provenir tanto de un Wagner sentimental como de la tecnología corrupta.
La reconstrucción que hizo del cuerpo de Elena convierte a esta en una especie de máquina.
La opinión pública, sin embargo, optó en su mayoría por verlo a él como un romántico excéntrico.
Muerte y destrucción reinaban en Europa.
En un artículo de periódico, el conde fue etiquetado como ese alemán «degenerado» y, según se sabe, puesto bajo vigilancia del gobierno 73.
¿Y qué ocurre con Elena?
Procedente de una pobre familia de cigarreros cubanos, su marido la abandonó cuando le fue diagnosticada tuberculosis (la familia Hoyos al completo sucumbió a la misma enfermedad).
Sin educación y ávida de cosas materiales, aceptó las atenciones y regalos de Von Cosel, pero tanto ella como su familia encontraron sus exigencias excesivas y consideraron injustificadas las reclamaciones que esgrimió para quedarse con ella.
El conflicto estalló abiertamente.
Nada de esto detendría más tarde a Von Cosel en el rapto del cuerpo y su posterior reconstrucción con el fin de satisfacer sus delirantes necesidades.
La narrativa del conde y Elena es la del mito de Galatea-Pigmalión, pero imbuido de elementos de género, clase y etnia.
Leída a través del prisma histórico y cultural de la época -guerra en Europa, vida inmigrante en Estados Unidos, la Depresión en las estancadas aguas de Key West, desiguales relaciones de género-, esta historia podría construirse como un mito de superioridad/inferioridad, con el «alemán» tecnológica y socialmente superior a cargo de la mujer «hispana».
Pero también puede verse como una historia de resurrección en la que la medicina y la tecnología, por muy pobre y grotesco que fuera su uso en manos de Von Cosel, son revisadas (y mejoradas) en términos espirituales al sacralizar el cuerpo sin vida a través de su monstruoso doble.
---- Mi siguiente historia tiene lugar en Argentina y se centra en Eva Perón, la carismática líder populista no oficial y activista social del peronismo durante los años cuarenta y cincuenta.
La odisea de su cadáver es un ejemplo de cómo la historia nacional (y de otro tipo) no solo puede simbolizarse sino también reencarnarse -de alguna manera, «revivir»-en un cuerpo sin vida.
Si la resurrección del cuerpo de Elena Milagro Hoyos, aunque infundido de matices culturales e históricos, era un asunto personal, la vida que el cadáver de Evita asume parece personificar la historia de Argentina 74.
Su cuerpo, asolado por el cáncer en la vida real, se revistió en la muerte de una doble cualidad, personal y patriótica, en la medida en que mujer y país se fusionaron en uno.
«Ese cadáver [el de Evita] somos todos nosotros.
El cuerpo de Evita fue embalsamado y expuesto al público de un modo bastante similar al de Lenin en la Rusia soviética.
El doctor español que desempeñó esta labor, Pedro Ara, fue un distinguido anatomista totalmente volcado en su trabajo, que consistía en el cuidado regular del cadáver -que había sido colocado en una urna de cristal-desde 1952 a 1955, año en que un golpe militar derrocó al general Perón.
Desde este momento, el cuerpo de Evita emprendió un complejo periplo: desaparece de las oficinas centrales del sindicato en Buenos Aires donde Ara había estado cuidando y perfeccionando el estado del cadáver; viaja de manera misteriosa hasta Italia, y es desenterrada y devuelta a Perón en 1971, a la sazón en el exilio y viviendo en Madrid con su tercera esposa.
De aquí resultó un extraño ménage à deux et demie, como lo califica González-Crussi 76, siendo el cuerpo finalmente devuelto a Buenos Aires, donde está ahora enterrado en el elegante Cementerio de La Recoleta.
Durante dicho recorrido, también se hicieron réplicas de Evita en cera.
En una entrevista, el novelista Tomás Eloy Martínez, que recreó esta tortuosa odisea en Santa Evita (1995), recalcaba que «Evita fue el primero de los desaparecidos.
Su familia nunca supo dónde estaba».
«La historia de Argentina -dice él-está llena de cuerpos sin vida que fueron forzados a su pesar a moverse» 77.
Ciertamente su cuerpo suponía en 1955 una vergüenza y una amenaza al nuevo régimen militar que había depuesto a Perón.
---- Para el doctor Ara, salvar el cuerpo de Evita era una cuestión personal.
Aunque no era peronista, estaba estrechamente ligado al régimen de Franco y admiraba de manera evidente a los Perón, especialmente a Evita.
En El caso Eva Perón (1974), libro aparecido póstumamente, el doctor Ara describe en una prosa rebuscada y con perfecto protocolo burocrático los esfuerzos médicos y administrativos que emprendió para proteger el cadáver.
Tomás Eloy Martínez sugiere que el arte del embalsamador es análogo al del biógrafo en el caso del doctor Ara: «los dos tratan de inmovilizar una vida o un cuerpo en la pose con que debe recordarlos la eternidad» 78.
La biografía de Ara es también, como continúa Martínez, un tipo de autobiografía de su arte funerario: «Ara reconstruye el cuerpo de Evita solo para poder narrar cómo lo ha hecho» (p.
Pero después de leer el libro de Ara, lo que yo encuentro es una rara escasez de detalles sobre el embalsamamiento, así como de otras medidas tomadas para momificar el cuerpo de Evita.
Más bien, lo que predomina es una narrativa decididamente burocrática en la que el respeto y el acatamiento de los procedimientos burocráticos se confunden con el respeto por la disposición del cadáver de Evita.
Como ocurría con el tratamiento que daba Von Cosel a su máquina mística (el cuerpo de Elena), el meticuloso cuidado que muestra Pedro Ara con los detalles técnicos y administrativos busca transmitir un sentido de lo sagrado no solo de la tarea y el deber a él asignados, sino también del cuerpo sin vida de Evita Perón.
La última narrativa es la historia de González-Crussi llamada «Moonlight Autopsy» y extraída de su libro The Day of the Dead (1994).
González-Crussi, profesor de patología (ahora emérito) en la sección de Pediatría del Memorial Hospital de Northwestern University y también escritor, permitió que un equipo de la BBC filmara una autopsia (así como otras escenas en que la muerte estaba presente de alguna manera), filmación de la cual surgió finalmente el libro arriba mencionado como una serie de meditaciones ensayísticas 80.
Si bien ni el documental ni el libro están concebidos para impartir conocimientos de tipo técnico y biomédico, la atenta mirada de la cámara y la ----78 MARTÍNEZ (1995), p.
157; ARA, P. (1974), El caso Eva Perón (Apuntes para la historia), Madrid, CVS Ediciones.
80 Consciente del posible desastre que supondría una autopsia televisada para sus relaciones públicas, González-Crussi medita sobre los motivos para filmarla.
Al final, considera el documental «como un descarnado informe visual de la mortalidad»; GONZÁLEZ-CRUSSI (1994), pp. 115-120, viii.
preparación médica del patólogo dan forma de manera coherente a los contornos de esta necropsia.
Así, González-Crussi afirma haberse familiarizado, «como de costumbre, con los detalles del historial clínico del paciente fallecido.
El sujeto es un niño de algo menos de 9 años de edad, que contrajo la enfermedad [sida] de su madre drogadicta».
Sin embargo, González-Crussi abandona rápidamente esa postura distanciada tras leer el informe médico, «el cual desvela profundidades abismales del sufrimiento humano formuladas en la fraseología técnica e impersonal de los historiales clínicos, con una perenne inclinación por la forma pasiva en la construcción oracional» 81.
Más reveladoras aún son sus observaciones en torno al cuerpo del niño: «Sobre la mesa, una presencia rubia, angelical, de cuyos párpados y mejillas ha huido el color, dejando tras de sí una palidez tal que no puede imaginarse nada peor.
No hace mucho, esto era un niño; ahora es un cadáver, cubierto por el frío y la humedad propios de los cadáveres, y que aun así retiene algo de una presencia humana viviente.
El tono lívido, el frío gélido y el perfil hundido no pueden deshacer el inefable residuo de humanidad que se aferra a lo que acaba de morir» 82.
No se trata de un simple «sujeto», sino de «una presencia rubia, angelical», un niño y no sencillamente un cadáver.
De modo similar, González-Crussi emplea la retórica literaria, una vez más, para describir la sala de autopsias inundada por una misteriosa luz lunar, una «sonata de claro de luna» de iluminación.
Y esta «trémula luz extraña, espeluznante, perlada», con un imaginario que evoca a Chateaubriand y otros románticos, parece afectarle mentalmente, provocando en él «una pregunta insistente»: «¿Qué haces aquí? » 83.
Una suerte de estética clínica surge de esta elocuente meditación sobre los restos mortales, la cual lo conduce no solo a personalizar la muerte del niño, sino también a revivificar y, por tanto, conmemorar su corta presencia en este mundo.
Lo que González-Crussi ve encerrado en este pequeño cuerpo es «el ámbito de lo sagrado».
«El abrir un cuerpo humano -comenta-equivale a penetrar en el mundo de lo sagrado» 84.
La autopsia viola ese espacio sagrado.
Pero, aunque parezca mentira, con la presencia de la cámara y el equipo de rodaje, el patólogo empieza a ver cómo lo sagrado y lo profano ahora «se funden en uno ---- con el impulso de un maremoto»85.
Otros observadores -el equipo de rodajele hacen percibir la escena de manera diferente.
En este sentido, sus percepciones recién descubiertas -e, indirectamente, las del equipo-han creado una nueva realidad, la comprensión de cómo lo real (el cuerpo material) funciona como la entrada a algo no real, a lo sagrado o lo siniestro.
El niño de la historia de González-Crussi está muerto y vivo a la vez.
Vivo gracias a las palabras y observaciones del patólogo.
Vivo metafórica y afectivamente porque las palabras lo conmemoran, conservándolo del mismo modo en que el embalsamador -el doctor Velasco, Von Cosel, Pedro Ara-momifica las reliquias mortales de cuerpos que una vez estuvieron vivos.
¿Hasta qué punto la creencia religiosa ha jugado un papel en imaginar el cuerpo sin vida como algo ausente y vivo en estas narrativas del siglo XX?
La presencia de una cultura hispánica (cubana y española) en Key West y en la familia de Elena Milagro Hoyos influyó probablemente en la presentación que Carl Von Cosel hizo de su adorado cuerpo (y en algunas de las respuestas públicas al episodio).
Un cuadro de su ángel de la guarda, Santa Cecilia, colgaba de la pared del dormitorio de Elena.
Y su sepulcro final mostraba una réplica de su cuerpo en escayola y cera, junto con una máscara mortuoria en yeso de París, algunas fotografías, el rosario de Elena y un crucifijo86.
Un periodista habló de un «marcado componente español» en la reacción pública al suceso, añadiendo: «fue en España [...] donde el cuerpo momificado del inigualable guerrero El Cid fue sacado de su tumba, sentado en un caballo gigante y enviado a encabezar las renqueantes fuerzas españolas contra los moros, quienes quedaron confundidos por la aparición del campeón regresado de la muerte para conquistarlos de nuevo»87.
Pero ante todo la insistencia del mismo Von Cosel en querer resucitar a Elena señala un impulso espiritual innegable; la muerte, decía, «no es siempre definitiva».
El catolicismo se mezcla, histórica y culturalmente, con la percepción popular de Evita Perón como mártir y santa, imaginario que también se ajusta a la virginal Concha, la divina novia Elena e incluso el niño angelical arrasado por el sida.
El cuerpo de Evita fue dispuesto con un rosario entre sus manos, una insignia del partido peronista sobre su pecho y con la bandera argentina cubriendo su cuerpo.
Finalmente, el doctor español que conservó sus restos la miraba de acuerdo con una perspectiva católica, lo cual no resulta sorprendente dados los usos a que estaba sujeto el catolicismo bajo el régimen de ----Franco en la doctrina del «Nacionalcatolicismo».
La sinceridad religiosa del doctor Ara asume tintes burocráticos en sus recuerdos, que sirven, si no al estado peronista, ciertamente a la noción misma de estado, ya que las preocupaciones humanitarias se vuelven patrióticas.
Este giro nacionalizador de un gesto humanitario -la protección del cuerpo enormemente simbólico de Eva Perón-era ya visible en la narrativa de una medicina y ciencia en estado de avance, tal como la contaban Velasco y Pi y Molist.
No se explicita una creencia religiosa ortodoxa en el ensayo de González-Crussi, pero un halo espiritual recubre sus revelaciones de un ámbito sagrado dentro del cuerpo 88.
De manera un tanto sobria, el autor aprecia que es «imposible resucitar a una persona muerta»; solo se puede «reactivar» lo que no es irreversible 89.
En todo caso, argüiría yo, el patólogo resucita de hecho el cuerpo de este niño en otros niveles, al imaginarlo como una especie de reliquia -un dominio sagrado-y viendo de este modo el cuerpo sin vida no solo como una fuente de poder, sino también como un vínculo entre los vivos y los muertos, un rasgo que aparece asimismo en otras narrativas aquí expuestas.
Paradójicamente, por medio de las técnicas y observaciones propias de la autopsia, el autor ha conseguido reanimar el cuerpo, recordándonos una vez más la misteriosa naturaleza de los muertos, una naturaleza en que deseo y terror son parte de la misma experiencia.
También nos recuerda que a veces las distinciones entre lo siniestro freudiano y lo espiritual resultan borrosas ante la realidad compleja del cuerpo sin vida.
Y es que es el terror lo que también nos llena con el poder del cuerpo de este niño.
Lo que se revivifica en este relato no es simplemente el recuerdo y la presencia de su cuerpo, sino la consciencia de lo que este alberga.
Lo que mató al niño aún posee una suerte de vida o, quizás de modo más preciso, habita en un estado de limbo en algún lugar intermedio; el agente de contagio ----88 o En su autobiografía, GONZÁLEZ-CRUSSI (1998), There is a World Elsewhere, Nueva York, Riverhead Books, pp. 128, 134, apunta que él no había sido «educado en el catolicismo practicante» de su México natal.
Sin embargo, afirma también, «nuestra propia tradición judeo-cristiana contenía muchos elementos que exaltaban la valía y dignidad del cuerpo.
Que el Hijo de Dios eligiera ser hombre en la Encarnación acaba de una vez y completamente con cualquier idea de que haya algo esencialmente maligno o degradante en tener un cuerpo perecedero».
Este último comentario aparece mientras describe su reacción al degradante modo en que dos cadáveres fueron traídos a rastras a una clase de anatomía para que se les practicara una autopsia, clase que entonces se llevaba a cabo en un edificio colonial de la vieja facultad de medicina de la UNAM.
Esta estructura, irónicamente, había sido en algún momento sede de la Inquisición.
está todavía en su cuerpo, mucho más que en las narrativas anteriores, en las que la fiebre tifoidea, la tuberculosis y el cáncer producen sus propias angustias particulares.
El equipo de rodaje toma las precauciones necesarias, poniéndose la indumentaria de protección adecuada; y, periódicamente, uno de los cámaras pregunta: «¿Estoy bien aquí?» o «¿Es segura esta distancia?»90.
El poder del cuerpo infectado de sida resuena en estas tímidas frases.
Aun después de muerto, este cuerpo específico está aún vivo; algo persiste en el ocaso del virus, hundido en la profundidad del cuerpo.
Por tanto, de un modo muy real y terrible, este cuerpo está verdaderamente muerto y vivo al mismo tiempo.
Parece el doble encarnado del «Cuarto Cuerpo» de Valéry, real e imaginario a partes iguales, moldeado por el cada vez más débil rastro de un halo espiritual, viviendo en una artificial luz lunar.
Al mismo tiempo, la autopsia también dice mucho del poder y el fracaso de la ciencia en sí, a pesar de los adelantos humanitarios y concomitante profesionalización que fueron de tanta importancia a médicos como Pi y Molist, Velasco y Ara.
González-Crussi generaliza el impacto de la experiencia -el cuerpo infectado de sida-sugiriendo que la muerte en sí es el último agente de contagio91.
En un lugar anterior de su libro, afirma que «la tendencia a evitar nombrar esta realidad [de la muerte] debe de ser universal»92.
Universal, sí, pero las formas de evadirla y los modos de utilizarla no son universales.
Están profundamente imbricados en una cultura y una historia, ya sea ese contexto la medicina y la ciencia españolas del siglo XIX, el Key West de los años treinta, la Argentina peronista o la cultura algo más particular surgida de la epidemia del sida.
Al final, quizás lo que González-Crussi califica de evasión sea otra forma de llamar la atención sobre la naturaleza espectral e incomprensible de la muerte, sobre la pérdida, que todas estas narrativas humanitarias intentan superar por medio de resurrecciones simbólicas, de la creación de dobles literales o figurados en los que lo único que vive es la muerte misma.
(Trad. de Daniel García-Donoso) |
Las primeras propuestas se basaban en supuestas evidencias de industria lítica (eolitos).
La cuestión se complicó con el descubrimiento de diversos fósiles humanos que fueron datados como pliocenos o incluso de mayor antigüedad.
Esta polémica sobre el llamado «hombre terciario» llegó pronto a España.
La aceptación de la naturaleza fósil de ciertos restos humanos, tras el aserto categórico de su inexistencia por Georges Cuvier en 1812, fue un largo y complejo proceso que desembocó en la articulación de la paleontología humana como disciplina científica durante el último tercio del siglo XIX.
Según Pelayo, tres acontecimientos de gran relieve científico, situados a finales de la década de los cincuenta y comienzos de los sesenta de dicho siglo, decantaron la configuración de esa nueva disciplina: el descubrimiento de los restos fósiles del hombre de Neandertal, la formulación de la teoría evolutiva de Darwin y la aceptación de una antigüedad del hombre sobre la Tierrapostulada previamente a partir de inferencias basadas en el descubrimiento de las industrias líticas-que extendía la presencia humana mucho más atrás de lo que las cronologías al uso habían aceptado hasta entonces 1.
Para algunos autores, sin embargo, no parecía suficiente retrasar la antigüedad del hombre hasta el inicio del Cuaternario geológico.
De este modo, empezaron a difundirse propuestas que databan el origen de la humanidad en las etapas finales del Terciario, si no necesariamente de la propia especie Homo sapiens, si al menos de especies relacionadas, del mismo género o más habitualmente de otros géneros, antecesoras de la actual, pero en todo caso con rasgos inequívocamente humanos.
De este modo, las hipótesis sobre la existencia del genéricamente llamado «hombre terciario» -hombre al menos en el sentido que se ha apuntado-se fueron abriendo paso, casi siempre en relación con otros debates sobre el origen de nuestra especie y su sometimiento a los procesos evolutivos (poligenismo, evolución lingüística, etc.) 2.
En este contexto, hubo numerosas propuestas que partían, realmente, de construcciones mentales, enteramente hipotéticas, y en las que la fantasía, como bien señala sin conno-----1 PELAYO, F. (2007), Controvèrsies científiques i repercussions socials de la paleontologia humana, Mètode, 53, pp. 30-36.
2 Un buen resumen sobre las primeras propuestas sobre la existencia del hombre en el Terciario y la interacción de las mismas con otras controversias sobre el origen, evolución y antigüedad de nuestra especie en PELAYO, F. (1999), Ciencia y creencia en España durante el siglo XIX, Madrid, CSIC, pp. 255-267.
Aunque sea a partir de evidencias fósiles obtenidas y estudiadas posteriormente a la época que nos ocupa, conviene recordar que hoy en día la datación terciaria de la familia Hominidae no ofrece dudas para el género Australopithecus, y es posible que incluso las especies más antiguas del género Homo correspondan al Plioceno; v., por ejemplo, AGUSTÍ, J. (1994a), La evolución y sus metáforas.
tación peyorativa Sánchez Arteaga, se constituye en factor epistemológico de primer orden3.
La búsqueda de sostén empírico para tales propuestas acabó por forzar la interpretación de diversos tipos de «evidencias» (desde paleontológicas y arqueológicas, hasta filológicas) para hacerlas entrar en la horma de los esquemas evolutivos que trazaban el origen de la humanidad desde el Terciario.
Naturalmente, desde el punto de vista de muchos antievolucionistaspero también de evolucionistas menos propensos a la construcción de magnos esquemas a priori-, el hombre terciario se convirtió a su vez en punto focal de impugnaciones y ataques, en muchas ocasiones fáciles de exponer u organizar si atendemos a la debilidad de los argumentos y supuestas pruebas que los partidarios de aquél ponían en liza.
Sin embargo, esto no impidió que la idea del hombre terciario adquiriera amplio predicamento durante el último tercio del siglo XIX y que todavía a comienzos del siglo XX siguiera coleando.
GABRIEL DE MORTILLET Y LAS PRIMERAS PROPUESTAS DE LA ANTIGÜEDAD TER-CIARIA DE LOS HUMANOS
Uno de los más destacados partidarios tempranos de la extensión hacia el Terciario de los ancestros inmediatos del hombre actual fue el francés Gabriel de Mortillet (1821-1898), autor del célebre sistema para las fases de evolución cultural de la humanidad en el Paleolítico basado en las características típicas de las herramientas de piedra, y cuyos períodos recibían nombres de yacimientos franceses de referencia (Solutrense por la Roche de Solutré, en Maçon, departamento de Saona y Loira; Musteriense, por Le Moustier, Dordoña; Magdaleniense, por la cueva de La Madeleine, en Tursac, también Dordoña, etc.).
Esta orientación tipológica superó la insegura cronología de base paleontológica de Édouard Lartet (1801-1871), en la que las fases se caracterizaban por la fauna a la que se asociaban (edad del Oso de las cavernas, edad del Elefante y del Rinoceronte, edad del Reno, edad del Uro, a las que luego añadiría Felix Garrigou una más antigua edad del Hipopótamo) 4.
La clasificación industrial de Mortillet era una extrapolación y aplicación de ----los principios de las ciencias naturales, y en concreto de la paleontología estratigráfica, a la arqueología: allí donde aquélla usaba la sucesión de restos fósiles típicos para caracterizar y situar cronológicamente los terrenos, ésta echaba mano de los restos de industria lítica típicos para un fin similar.
Incluso en el modo de dar nombre a cada época, mediante una derivación del nombre de una localidad así mismo típica, se inspiró Mortillet en la estratigrafía5.
En el fondo, como señala Bowler, Mortillet asumía un desarrollo evolutivo gradual de la humanidad6, tanto en lo cultural como en lo biológico.
De hecho, desde presupuestos firmemente materialistas -coherentes, por otro lado, con su adhesión al socialismo-, Mortillet consideraba que la evolución cultural de la humanidad era, en definitiva, una simple extensión de la biológica en sus fases finales.
Y por ello postuló, a pesar de no contar todavía con restos fósiles que lo corroboraran, que las formas humanas más antiguas debían haberse dado al final del Terciario.
Para ello, Mortillet apeló a los descubrimientos del sacerdote Louis Bourgeois (1819-1878), que en 1867 había hallado entre las localidades francesas de Pointlevoy y Thenay, en el departamento de Loir y Cher, lo que parecía ser una muestra de herramientas de piedra en unos depósitos terciarios.
Mortillet, en 1881, llamó «eolitos» a estos ejemplares.
La controversia sobre los eolitos recorre varias décadas a lo largo del último tercio del siglo XIX y primero del siglo XX.
Los hallazgos de Bourgeois fueron debatidos ya en el Sexto Congreso Internacional de Antropología y Arqueología Prehistóricas, celebrado en Bruselas en 1872.
Nuevos yacimientos vinieron a sumarse a aquél, lo cual no hizo sino alimentar aún más el enfrentamiento de Mortillet y los partidarios de la edad terciaria de la humanidad, con los que no admitían una extensión más hacia atrás del Cuaternario 7.
Como no podía ser de otro modo al tratarse de un tema que afectaba a los orígenes de nuestra especie, la cuestión ----estrictamente científica -¿eran los eolitos un producto de la industria humana, o bien meros artefactos naturales?-se mezcló con tomas de postura filosóficas y religiosas, especialmente después de que el mismo Mortillet planteara en 1873, en el congreso de la Asociación Francesa para el Progreso de las Ciencias, la cuestión del precursor del hombre en relación con la industria lítica terciaria.
En 1879, en la Revue d'anthropologie que dirigía Paul Broca, sugirió el nombre de Anthropopithecus para designar tal precursor, ser intermedio entre los simios antropoides y el hombre.
En 1883, detalló la propuesta en su libro Le Préhistorique, y así postuló la especie A. bourgeoisii para la correspondiente al autor o autores de los instrumentos de Pointlevoy-Thenay.
La audacia de Mortillet no quedó aquí, pues nombró una segunda especie, A. ramesii, a la que corresponderían los hipotéticos autores de los instrumentos encontrados en 1877 en Puy-Courny, cerca de Aurillac (Cantal, Francia), por J.B. Rames.
Basaba esta diferenciación específica en que aquellos restos correspondían al Aquitaniense, en la base del Mioceno, mientras que éstos se databan en el Tortoniense, en la culminación del mismo.
Tal diferencia de edad, en la perspectiva evolucionista de Mortillet, sólo podía sustanciarse en especies biológicas distintas, por cuanto consideraba que se había producido un cambio completo de fauna.
Aún propuso una tercera especie, A. ribeiroi, correspondiente a la industria lítica de Ota (Portugal, cerca de Lisboa), hallada en 1871, de edad seguramente similar a la de Puy-Courny, pero tan particular en sus rasgos que podía hacer pensar en un autor diferente.
Entre A. bourgeoisii y A. ribeiroi se habría dado un incremento de talla corporal, acercándose ésta gradualmente a la del hombre moderno, inferencia que el autor derivaba del propio aumento de tamaño de las piedras talladas 8.
Los epítetos específicos empleados por Mortillet para sus especies homenajeaban a los descubridores de los yacimientos líticos.
Una modificación posterior, puramente nomenclatural, de la propuesta taxonómica de Mortillet se produjo cuando la designación genérica Anthropopithecus fue sustituida por él mismo por Homosimius, ya que aquélla había sido establecida con antelación para referirse a un género de simios; v.
97, donde se reconsidera «beaucop moins certain» Homosimius ramesii que las otras dos especies.
Hoy en día, Anthropopithecus está relegado como sinónimo de Pan, nombre establecido por Lorenz Oken en 1816.
Pan es el género del chimpancé, P. troglodytes, y del bonobo, P. paniscus; v.
9 «Otta» en la ortografía portuguesa del siglo XIX.
mente, había sido dado a conocer por el portugués Carlos Ribeiro (1813-1882), director del servicio geológico de Portugal, quien desde los años sesenta había recogido evidencias de industrias líticas en las cuencas de los ríos Tajo y Sado.
Ribeiro sostenía que algunos de estos ejemplares debían ser datados como miocenos, y como tales los presentó en el Sexto Congreso Internacional de Antropología y Arqueología Prehistóricas de 1872, al que se le había invitado apresuradamente.
Ribeiro, en general, no logró convencer a los especialistas.
Mayor éxito, sin embargo, recabó en 1878, al mostrar una colección de cerca de 100 ejemplares en la Exposición Internacional de París.
Allí los contempló Gabriel de Mortillet, quien desde entonces incorporó los datos en cuestión a sus propios trabajos.
En 1880, el Noveno Congreso se celebró en Lisboa, y para tal ocasión, Ribeiro preparó una comunicación sobre el hombre terciario en Portugal; además, se organizó una excursión a Ota -en la que no participó el propio Ribeiro, por estar enfermo-, donde in situ los especialistas, entre los que se contaba el español Juan Vilanova -que en aquel congreso se destacó como activo detractor de la datación terciaria 10 -, pudieron estudiar muestras e incluso extraer alguna pieza tal vez anterior al cuaternario 11.
A la postre, la comisión creada ex profeso en el seno del Congreso para discutir la intencionalidad de las piezas supuestamente talladas decantó un veredicto contrario, si bien por margen muy estrecho (seis votos contra cinco).
El propio presidente de la comisión, Rudolf Virchow, que se oponía a la tesis de los eolitos, propuso ante ello que se aplazara un dictamen definitivo para una reunión posterior del Congreso, toda vez que no parecía muy científico decidir una cuestión así por mera votación.
De hecho, en la Décima Sesión, celebrada en París en 1889, ya fallecido Ribeiro, el discípulo y sucesor de éste, Nery Delgado (1835-1908), volvió sobre la cuestión y mostró a los especialistas nuevos ejemplares de eolitos.
Algunos de ellos, recogidos en el interior de los estratos, eran claramente distintos de otras muestras, recolectadas en la superficie y de las que era difícil dudar que mostraran trabajo humano.
Muchos años después, en 1942, Henri Breuil y George Zbys-----zewski aclararon definitivamente la cuestión: los eolitos que aparecían in situ en los estratos eran efectivamente terciarios, y no habían sido modificados por la acción humana; lo superficiales, por el contrario, con caracteres litológicos diferentes, eran cuaternarios, procedentes de la denudación de la cobertura detrítica, y tenían indudables señales de acción humana12.
En retrospectiva, y como señala Sánchez Arteaga, la propuesta de estas «nuevas especies» por parte de Mortillet, construida a partir no de fósiles, sino de restos, por otra parte de interpretación muy dudosa, de industria lítica, vino propiciada «por las proyecciones fantásticas de la imaginación científica sobre tales pedruscos naturales» 13.
Pero no por fantásticas, fueron menos debatidas, entre otras cosas, porque a la fantasía se unía también una manera de interpretar la propia condición humana que entraba en conflicto con una larga tradición de pensamiento religioso y metafísico.
Y tal debate, desde luego, también se vivió por tierras española.
EL INTERÉS DE JUAN VILANOVA POR EL HOMBRE TERCIARIO
Entre los autores españoles, fue precisamente el valenciano Juan Vilanova y Piera (1821-1893), a la sazón catedrático de Geología y Paleontología en la Universidad Central en Madrid y Catedrático de Paleontología desde 1878, ferviente católico y paladín de la armonización de la ciencia y la religión 14, ----quien más interés puso en la cuestión del hombre terciario desde sus inicios15.
En una de sus obras principales, Origen, naturaleza y antigüedad del Hombre, publicada en 1872, Vilanova hablaba de los descubrimientos de Bourgeois y de otros hallazgos de presunta industria lítica, de edad miocena.
Según las condiciones climáticas que podían reconstruirse a partir de los datos geológicos y paleontológicos del Mioceno, Vilanova afirmaba sin ambages que «no hay razón científica valedera que se oponga á la admisión» de la presencia del hombre en esa época.
Ahora bien, Vilanova juzgaba muy dudosas las pruebas presentadas, en cuanto a que había argumentos de peso que hacían pensar que no se trataba de industria, sino de formas no sometidas a modificación por los seres humanos.
Mucho más receptivo era, por el contrario, a ciertas evidencias que apuntaban a una antigüedad menor, pero aun así correspondiente al Terciario, hasta el punto de aseverar que «la existencia del hombre y de los restos de su industria en el terreno terciario superior, parece hallarse fuera de toda duda».
Estimaba como pruebas principales algunos restos de útiles de piedra y, sobre todo, de huesos de animales que habrían estado sometidos a la acción humana, que correspondían al Plioceno y que habían sido encontrados en Francia, Italia y Suiza.
A esto añadía el siempre bien informado Vilanova, aunque más reservadamente, el hallazgo en California de un cráneo humano en estratos de esa edad 16.
Se trataba del luego célebre «cráneo de Calaveras», llamado así por el condado californiano de ese ---actitud de Vilanova ante el evolucionismo, además de los anteriores, v.
En HORMIGÓN, M. (ed.), Actas del II Congreso de la Sociedad Española de Historia de las Ciencias, Zaragoza, Sociedad Española de Historia de las Ciencias, vol. 1, pp. 523-538; PELAYO, F. (1984), La paleontología.
Un argumento para rebatir al darwinismo en el intento de armonizar ciencias naturales y religión.
nombre donde fue hallado en febrero de 1866, en unas gravas auríferas.
El ejemplar llegó a manos de Josiah D. Whitney (1819-1896), director del Servicio Geológico de California, quien pronto difundió el descubrimiento en diversos foros científicos.
Whitney defendía la atribución del cráneo al Plioceno, pero pronto encontró la oposición de otros autores, entre ellos el geólogo William Blake (1826-1910), que desde hacía tiempo mantenía una conflictiva relación con aquél, y que sospechaba que el cráneo procedía de un enterramiento indio.
A pesar de las pruebas que se acumulaban en su contra, Whitney se mantuvo en su opinión hasta su muerte.
Poco después, se demostraría sin duda que el cráneo era reciente17.
De hecho, parece ser que el cráneo adquirido por Whitney no era el hallado en la mina, y que posiblemente éste había sido colocado deliberadamente por unos trabajadores con ganas de broma, circunstancia a la que se unió el ansia, no exenta de componente ideológico, por probar la existencia de una humanidad antigua en Norteamérica18.
En 1875, Vilanova se ocupó de nuevo del hombre terciario en una de las numerosas conferencias sobre paleontología humana y prehistoria que impartió en el Ateneo de Madrid 19 y que fueron publicadas por la Revista Europea 20.
En ella, atacaba las interpretaciones transformistas que postulaban la existencia de una forma intermedia entre el mono y el hombre -al que identificaba con el hombre-mono mudo o Pithecanthropus alalus, propuesto por Haeckel 21 -para cubrir el gran espacio temporal que se abría entre el Mioce-----no y la época actual, y consideraba que «a estas extravagancias científicas [...] conduce, primero, el no querer admitir en la creación del hombre la acción todopoderosa de un Dios personal, y segundo, la obediencia ciega á una teoría fundada también en hipótesis» 22.
Al mismo tiempo, Vilanova se mostraba muy crítico con aquellos que no admitían todavía la existencia de restos fósiles genuinamente humanos ni siquiera en la formación diluvial cuaternaria, y que por ello acababan por postular una especie diferente a la humana, similar orgánicamente a la nuestra pero, en definitiva, carente de las virtudes del libre albedrío y la moralidad.
Se daba así, en su opinión, una sorprendente convergencia entre las posturas de los transformistas y las de «los más intransigentes detractores de la ciencia prehistórica», al postular en ambos casos, a partir de asunciones completamente distintas -evolucionista en un caso, fijistacreacionista en el otro-, la existencia de una forma intermedia entre mono y hombre 23.
Vilanova señalaba que «del Mioceno sólo conocemos, y he visto, instrumentos de pedernal» 24, sobre los cuales, los principales especialistas europeos no se ponían de acuerdo -admisión que minaba la rotundidad con que se expresaba en 1872-en cuanto a si eran productos de la acción humana.
Aun así, si se demostrara que lo eran, o incluso si se hallaran fósiles humanos terciarios -no se tenía en consideración, en esta ocasión, el cráneo de Calaveras-, Vilanova no encontraba problema en admitir que, efectivamente, nuestra especie era más antigua de lo que se pensaba.
¿Cómo habría entonces sobrevivido a tantos cambios faunísticos -y por ende, ambientales-desde tan remota época?
Sin duda, por la superioridad del hombre desde su creación respecto a los animales, manifestada en la inteligencia.
Respecto a su libro de 1872, el tono del discurso de Vilanova, en definitiva, se había vuelto menos contemporizador y más crítico tanto en la valoración de las pruebas como, sobre todo, en la exposición de las explicaciones evolucionistas.
De hecho, como se ha señalado en otros estudios 25, Vilanova alcanzó un punto de máximo rechazo del darwinismo -al menos, en el modo de expre----- sarse-en, precisamente, la siguiente de sus conferencias sobre ciencia prehistórica en el Ateneo, donde apelaba a la inexistencia de formas fósiles intermedias como principal argumento contra la doctrina de Darwin, y en la que denunciaba incluso la extensión de ésta a ámbitos ajenos a la historia natural, como el derecho 26.
El rechazo de Vilanova a la validez de las pruebas aportadas en pro de la existencia del hombre terciario -aunque no a la posibilidad de la existencia de éste, según los datos paleoclimáticos-se confirmó en el discurso que pronunció en abril de 1889 en el Congreso Católico Nacional.
El grueso de la intervención de Vilanova estuvo dedicado a describir los principales rasgos geológicos, paleontológicos y climáticos de las grandes eras de la historia terrestre, asumiendo que la ciencia no permitía todavía ofrecer dataciones de tiempo absolutas, pero no adoptando en ningún caso cómputos supuestamente basados en las Sagradas Escrituras.
El concordismo de Vilanova, pues, era firme, pero no al precio de transigir con las interpretaciones restrictivas de muchos exégetas ni con el literalismo bíblico.
Así, podemos afirmar, vista la lentitud suma con que se forman hoy los depósitos que constituyen el principal y más importante yacimiento de los restos del hombre y de su primitiva industria, el del acarreo antiguo ó Diluvium, que excede bastante aquel tiempo del señalado en los varios cómputos que sin carácter dogmático se han hecho por cronistas é historiadores insignes.
No citando fechas absolutas el Génesis mosaico, y estando sujeta á controversias la cronología sagrada, claro está que por mucha que sea la antigüedad que los hechos, no las teorías pre, y mejor protohistóricas, concedan al hombre en la tierra, en manera alguna puede contrariar á la que sirve de sólido fundamento á nuestras arraigadas creencias, llegando en esta materia hasta asegurar que poca alarma debe producir la posibilidad de la existencia del hombre ó de su inmediato ascendiente el antropopíteco, según pretenden los transformistas, en el terreno terciario, siquiera el hecho diste aún mucho de haberse realizado, como intenté demostrar en el cuerpo del discurso 27.
¿Cómo planteó tal demostración?
Tras hacer memoria brevemente de los descubrimientos de presunta industria lítica terciaria por Bourgeois -cuya condición de sacerdote católico recuerda y cuya ortodoxia reivindica-, Rames y Ribeiro, señalaba que los estudios de Cotteau en el yacimiento de Thenay habían indicado la insignificancia de los objetos allí encontrados y de las ----múltiples posibilidades de interpretación que mostraban.
En cuanto a los restos de Auvernia y Portugal, era clave el hecho de que se encontraban sobre la superficie del terreno y no incluidos en él, lo que impedía afirmar que pertenecieran realmente al Mioceno.
Los datos acerca de incisiones intencionadas aparecidas en restos fósiles de otras especies tampoco merecían ya, según Vilanova, ningún crédito, después de que algunos de sus mismos proponentes se retractaran y, en otros casos, fueran desautorizados por estudios posteriores, como en el caso de las incisiones en huesos de ballenas fósiles que había aportado Giovanni Capellini, y que Stefanis había demostrado que no eran obra de mano humana.
En cualquier caso, el ataque más fuerte lo dirigió, como era de esperar, a los que proponían la existencia del hombre terciario en clave transformista.
Según Vilanova, «ya no debe [...] llamarse ésta la tesis del hombre terciario, supuesto que los más decididos partidarios la han relegado al olvido, sino del antropopíteco terciario, sér fantástico del cual tampoco vió jamás el menor vestigio su ingenioso fundador», que no era otro que Gabriel de Mortillet, cuya propuesta de las tres especies consideraba «fantasía que cuadra bien poco por cierto con la severidad que exigen los estudios serios de Historia Natural».
A la postre, imputaba a los propios evolucionistas, «partidarios del sér intermedio, obedeciendo ciegos á las exigencias del sistema», la negación de la existencia de restos fósiles humanos de edad terciaria28, aunque él, por supuesto, se sintiera perfectamente a gusto con tal negación.
El 29 de junio de aquel mismo año de 1889, Vilanova ingresó en la Real Academia de la Historia.
Era el primer autor procedente del mundo de las ciencias naturales que entraba en dicha institución, en gran medida por la voluntad de su presidente, Antonio Cánovas del Castillo, que incorporaba de ese modo al catedrático de Paleontología al proyecto de una historia general de España destinada a fundamentar una visión nacionalista del país.
Vilanova se tendría que hacer cargo, naturalmente, de la prehistoria (o, como el prefería llamarla, protohistoria).
Su discurso de ingreso, en buena medida, trataba sintéticamente sobre las líneas fundamentales que Vilanova defendía en la caracterización de tal período 29.
Lógicamente, la cuestión del hombre terciario también fue abordada, con bastante detalle, en esta nueva aportación, que en cualquier caso utilizaba un corpus argumentativo similar al del discurso ante el Congreso Católico Nacional.
Y del mismo modo que rechazaba la existencia de restos paleontológicos o arqueológicos que atestiguaran la presencia del hombre o de algún hipotético antecesor en el Terciario, proclamaba ----que el inicio de la historia de nuestra especie era un «acontecimiento que, con muy contadas excepciones, colocan antropologistas y geólogos, de común acuerdo, en el período cuaternario» 30.
Unas cuantas semanas después del ingreso de Vilanova en la Academia, sin embargo, llegaría a su propia tierra natal un ejemplar humano fósil del que algunos autores sospechaban una inusitada antigüedad.
El «hombre terciario» aún iba a darle bastante de que hablar.
UN ESQUELETO HUMANO FÓSIL EN VALENCIA En agosto de 1889 llegó a Valencia una magnífica colección de mamíferos fósiles procedentes de Argentina 31 (figura 1), que había sido adquirida por José Rodrigo Botet (1842-1915).
Rodrigo, que era natural de Manises (Valencia), se estableció en el país suramericano en 1875.
Allí dirigió diversas obras de ingeniería civil que le permitieron acumular una gran fortuna, parte de la cual invirtió en la compra de restos fósiles.
Al respecto, fue fundamental su relación con otro español que trabajaba en Argentina, el catalán Enrique de Carles 32, que prestaba servicios como naturalista recolector para el Museo de Buenos Aires y que fue quien vendió los ejemplares a Rodrigo.
Éste decidió ---- donarlos a la ciudad de Valencia, que pasaba así a tener una de las más importantes colecciones en su género de todo el mundo.
Por aquel entonces, como hoy en día, asombra la espectacularidad de los animales característicos de la fauna del Pleistoceno sudamericano, que en conjunto conforman una de las muestras más grandiosas en toda la historia de la Tierra 33.
Aunque actual-----33 SALINAS, M.A. (2000), Un proyecto de instalación del Museo Paleontológico Rodrigo Botet de Valencia en la primera década del siglo XX.
La polémica se enconaba aún más por el hecho de haberse hallado diversos e importantes restos fósiles humanos en tales depósitos, conocidos como «terrenos pampeanos» desde su descripción por Alcide d'Orbigny en 1842, o como «formación pampeana» a partir de la propuesta de Charles Darwin de 1845 34.
Las primeras noticias contrastadas sobre el valor científico de la colección de Valencia las ofreció Vilanova, que tuvo la oportunidad de recabar información de primera mano sobre la misma al efectuar una visita a comienzos de 1890, guiado por el propio Enrique de Carles.
Vilanova dio cuenta de sus impresiones en un artículo en el diario local Las Provincias, aparecido en sendas entregas los días 5 y 8 de enero 35.
Los trabajos de montaje de los ejemplares, desde luego, apenas se habían iniciado, aunque el autor ya procuraba inculcar a los lectores la idea de que Valencia, ciertamente, había sido agraciada con una colección de grandísimo interés científico.
Vilanova, en la primera entrega, expuso con bastante detalle diversos argumentos sobre la edad cuaternaria de los restos.
Para ello, evocó un trabajo de de Carles relativo a sus excavaciones en el valle de Tarija (Bolivia) 36, a propósito de la característica presentación dispersa de los restos fósiles de vertebrados en las formaciones diluviales cuaternarias, así en América como en Europa.
También hizo valer su propia experiencia como paleontólogo, al hacer notar que el examen que, durante la visita, efectuó de la roca donde se hallaron los fósiles no le ofrecía duda alguna de que correspondía al «cieno diluvial europeo» 37.
Todo ello, reconocía, para esclarecer el «importante ---- 35 VILANOVA, J. (1890a), Colección paleontológica que Valencia debe al celo é inteligencia de señor Carles, y á la patriótica generosidad del Sr. Botet, Las Provincias, 5 y 8 de enero de 1890.
37 El uso de las analogías en el aspecto de las rocas para establecer correlaciones entre Europa y Sudamérica se criticaba ya en la época por diversos autores que desarrollaban su labor al otro lado del Atlántico; v.
PODGORNY, I. ( 2005 asunto del yacimiento de todas aquellas riquezas paleontológicas, que no es terciario, como han pretendido algunos, y entre ellos mi amigo Sr. Ameghino, de Buenos Aires».
Y añadía a continuación: Y no se crea que el asunto es baladí o de escasa significación, pues se relaciona con la posible existencia del hombre terciario, lo propio en América que en el viejo Continente.
Y como quiera que entre los tesoros traídos, y que vimos ayer, figuran casi todos los huesos de un esqueleto humano, notables, por cierto, bajo muchos conceptos, según tendré ocasión de probar más adelante, creo que los discretos lectores no tomarán a mal que les diga algo sobre tan grave asunto 38.
Vilanova, entonces, daba cuenta somera, una vez más, de la polémica que animaba el postulado de que la especie humana había iniciado su presencia sobre la Tierra en el Terciario.
Recordaba como uno de los principales defensores de tal idea al mencionado Florentino Ameghino (1854-1911), a quien efectivamente conocía personalmente tras coincidir en la Exposición de París y en el primer Congreso Geológico Internacional.
Ameghino, hijo de emigrantes italianos, era un autodidacta de la paleontología, la arqueología y la antropología.
En 1878 viajó a París, ciudad en la que permaneció hasta 1881, trabajando en el Muséum d'Histoire Naturelle con Henri Gervais, vendiendo ejemplares de fósiles de mamíferos argentinos a diversos coleccionistas y adquiriendo un nombre entre los especialistas del momento.
Allí también se casó.
Ya de vuelta a Argentina, ocupó brevemente un puesto universitario en Córdoba, de donde pasó como subdirector al Museo de la Plata.
Aquí se enfrentó con Francisco Moreno, director del establecimiento, lo que conllevó la dimisión de Ameghino en 1887.
Abrió entonces una librería que, en realidad, fue hasta comienzos del siglo XX el centro de operaciones de su labor científica, en la que halló una colaboración fundamental por parte de su familia.
Así, su hermano Carlos fue el recolector efectivo de casi todos los materiales que estudiara, mientras que otro hermano, Juan, implicado también en ocasiones en trabajos de recolección, le ayudaba sobre todo en el negocio de los libros.
Su esposa, finalmente, participaba en todas las tareas y, además, en la corrección de los manuscritos que Ameghino publicaba en francés y en la recepción de los visitantes que llegaban a La Plata a entrevistarse con su marido.
La suerte de Ameghino, que a pesar de las dificultades -malos negocios editoriales, depresiones económicas, alejamiento de los centros de investigación-alcanzó por aquellos años un nivel importante de producción científica, cambió en 1902 cuando el ministro de Educación lo nombró director ----del Museo de Ciencias Naturales de Buenos Aires, cargo en el que permaneció hasta su muerte 39.
Ameghino, que gustaba de considerarse a sí mismo «apóstol» de las ideas evolucionistas, asumió la evolución desde una perspectiva en la que, si atendemos a Orione 40, predominaban los componentes lamarckistas frente a los darwinistas; algo, por otra parte, muy en consonancia con las tendencias direccionales y adaptacionistas del credo evolutivo de buena parte de los paleontólogos de su época, poco proclives, coherentemente, a esquemas ligados a la selección natural 41.
A pesar de las graves discrepancias científicas que los separaban, Vilanova se refería a Ameghino de forma cordial, como puede comprobarse no sólo en el artículo de Las Provincias, sino también en el texto del discurso que pronunció en el Ateneo de Madrid en 1891 sobre protohistoria americana, dentro de un ciclo de conferencias americanistas con motivo del cuarto centenario del descubrimiento del Nuevo Mundo.
En ese lugar, donde de nuevo repasaba los argumentos en contra del origen terciario del hombre, decía efectivamente: zaba con la referencia a un esqueleto humano, hallado en la orilla derecha del río Samborombón, en la provincia de Buenos Aires 43.
El ejemplar, muy completo (figura 2), presentaba algunos rasgos muy peculiares.
Vilanova pudo observar in situ el llamativo gran tamaño de la mandíbula inferior, con una rama horizontal muy ancha.
Los dientes mostraban un profundo desgaste, con marcas que Vilanova asociaba típicamente a un régimen granívoro: unas señales bastante habituales en muchos restos antiguos, pero que Vilanova reconocía no haber contemplado tan acentuadas como en este caso.
Notaba también una infrecuente caries profunda en el tercer molar de cada rama mandibular.
Sin poderlo comprobar personalmente, se hacía eco de lo que de Carles le había comentado acerca de otro conjunto de rasgos peculiares del esqueleto: existencia de trece vértebras dorsales, en lugar de doce; situación algo posterior respecto de lo ordinario del agujero occipital de la base del cráneo, lo que llevaría a «una cierta oblicuidad, en vez de mantenerse del todo vertical, como sucede, sobre todo, en las razas civilizadas»; finalmente, la presencia de un orificio en el esternón.
Vilanova, sin ambages, admitía que tales rasgos igual en un todo al que ofrecen los demás restos fósiles de la colección, y al color del cieno diluvial, donde unos y otros se han encontrado 44.
Ese «mérito» del esqueleto, desde luego, no había pasado desapercibido para quienes lo vieron antes que Vilanova.
Antes de su llegada a Valencia, de hecho, el esqueleto ya había llamado la atención de algunos paleontólogos que trabajaban en Argentina.
Seguramente, la primera referencia al ejemplar es obra de Hermann Burmeister (1807-1892), el gran naturalista alemán naturalizado argentino y todopoderoso director del Museo de Buenos Aires 45, quien publicó en 1884 una breve nota sobre la formación pampeana en los Verhandlungen de la Sociedad Berlinesa de Antropología, Etnología y Prehistoria, bajo la dirección de Rudolf Virchow.
La nota venía motivada por otra del año anterior, escrita por el propio Virchow, en la que se daba noticia del hallazgo de restos de Glyptodon y de un ejemplar humano al norte de la provincia de Buenos Aires.
Virchow afirmaba en ese trabajo que Burmeister juzgaba la formación geológica en cuestión como marina, a lo que se oponía ----44 VILANOVA (1890a).
45 La bibliografía sobre Burmeister es amplia.
Son estudios muy apreciables ASÚA, M. de (1989), El apoyo oficial a la «Description Physique de la République Argentine» de H. Burmeister, Quipu, 6 (3), pp. 339-353; NAVARRO, P. y MCCASKILL, A. (2001), La «Pampa fértil» y la Patagonia en las primeras geografías argentinas (1876), Biblio 3W.
Revista Bibliográfica de Geografía y Ciencias Sociales, 6 (319) disponible en http://www.ub.es/geocrit/b3w-319.htm (consultado el 27-07-2011), que dan a su vez abundantes referencias de otros trabajos.
Santiago Roth, descubridor de los restos 46.
Burmeister escribió precisamente para aclarar este último punto, pues él no defendía la opinión que se le reputaba por parte de Virchow.
Al final de la nota, marginalmente, informaba del hallazgo en la formación pampeana de un segundo esqueleto humano fósil por Enrique de Carles 47.
Ni Burmeister ni Virchow tenían dudas sobre la edad cuaternaria de la formación pampeana ni de los restos humanos fósiles que contenía.
De pensamiento bien diferente era Ameghino, cuyo enfrentamiento con Burmeister a propósito del evolucionismo es conocido 48.
En su Contribución al conocimiento de los mamíferos fósiles de la República Argentina, Ameghino daba más detalles sobre el hallazgo realizado por Enrique de Carles.
Lo localizaba en el río o arroyo de Samborombón, muy cerca de su confluencia con el arroyo Dulce.
El esqueleto estaba «casi completo, con excepción del cráneo del que solo queda la base, parte de la región posterior y la mandíbula inferior» 49.
Los huesos se encontraron en su disposición relativa original, aunque por un lado iban tronco, extremidades superiores y restos craneales, y por el otro, cadera, sacro y miembros inferiores.
Ambos conjuntos estaban a un metro aproximadamente el uno del otro.
Las aguas habían puesto a descubierto el cráneo, única parte visible antes de la excavación, lo que explicaba su carácter incompleto.
A diferencia de lo que sostendría Vilanova en el artículo de Las Provincias, Ameghino asignaba carácter lacustre y no fluvial al depósito de edad pampeana superior donde se hallaron los restos.
Según aseveraba en otro lugar de la misma monografía 50, el esqueleto humano lo halló de Carles en 1882, enterrado «bastante más abajo» que los restos de Scelidotherium y otros animales que aparecieron en aquel yacimiento.
Y señalaba que «esta pieza, notabilísima bajo muchos aspectos, permanece aún ----inédita».
Ameghino, que admitía haber visto el esqueleto «de paso», destacaba la talla pequeña del individuo (del que se inclinaba a pensar que era de sexo femenino), la posesión de una mandíbula inferior fuerte y maciza, «evidentemente de un cráneo braquicéfalo», la perforación del esternón y la presencia de dieciocho vértebras «dorso-lumbares, anomalía que se presenta rarísimamente en las razas actuales, pero que debe haber sido más frecuente en las razas antiguas, y sin duda un carácter constante de uno de los antecesores del hombre» 51.
Lo atribuía, junto a otros ejemplares, al Plioceno superior, es decir, de edad terciaria tardía.
Ameghino, pues, no llegó a describir formalmente el esqueleto humano de Samborombón, aunque lanzó ya hipótesis, como vemos, bastante atrevidas.
El artículo de Vilanova en Las Provincias, en consecuencia, sería la primera respuesta, siquiera informal, a tales especulaciones en lo relativo específicamente al ejemplar.
Pero había que dar conocimiento del ejemplar por vías más típicas de la comunicación científica.
Con un contenido muy similar, aunque obviando la larga disquisición sobre la polémica del hombre terciario, e introduciendo en su lugar una síntesis del trabajo de Enrique de Carles en Argentina y de la circunstancia en que José Rodrigo Botet sobrepujó la oferta que por la colección reunida por aquél había realizado un museo danés, Vilanova presentó una nota sobre los materiales paleontológicos llegados a Valencia en la sesión científica de 5 de febrero de 1890 de la Sociedad Española de Historia Natural, que fue debidamente publicada en el órgano oficial de ésta 52.
Para completar estas acciones divulgadoras del legado de Rodrigo Botet, Vilanova presentó una breve comunicación ante el Congreso Internacional de Americanistas, celebrado en París en el mes de octubre de aquel mismo año, centrada estrictamente en el esqueleto de Samborombón y en la que, además de describir de nuevo las peculiaridades del ejemplar, interpretaba la oblicuidad de la apófisis mandibular y el consiguiente movimiento de adelante hacia atrás como indicios, junto con el tipo de desgaste de las coronas dentarias, de un régimen frugívoro.
Si bien no entraba en disquisiciones sobre su presunta edad terciaria, era categórico en el aspecto estratigráfico al afirmar que el esqueleto había sido hallado «dans la formation pampéenne qui appartient au diluvium américain dont la roche offre tous les caractères du lehm ---- européen» (es decir, cuaternario)53.
Vilanova también recordaba, como de pasada, la importancia que tenían los restos fósiles humanos para el discernimiento de la cuestión de las migraciones humanas, un asunto que había enfatizado en su discurso inaugural el presidente del Congreso, Armand de Quatrefages, profesor de antropología en el Muséum d'histoire naturelle de París.
Si se demostrara, sin embargo, que la tesis de Ameghino era cierta, y si se pudiera comprobar así mismo que las razas indígenas americanas actualmente existentes se correspondían con aquellos remotos primeros pobladores humanos de América, el postulado de un origen independiente de la humanidad en dicho continente ganaba mucho predicamento.
De hecho, una de las cuestiones oficialmente propuestas por el comité organizador del Congreso era si, con pruebas craneológicas, se podía demostrar que las razas indígenas americanas hoy en día existentes eran las mismas que ya habitaban el continente durante el Cuaternario o diluvium 55.
Hay que recordar que Ameghino siempre había considerado la posibilidad de un doble origen del hombre, independiente, en el Viejo y en el Nuevo Mundo 56.
Como ha mostrado Bowler, diversas ----teorías politípicas o poligenistas sobre la evolución humana encontraron predicamento durante los años finales del siglo XIX -el caso de Haeckel es el más conocido, sobre todo por su apelación a la diversidad lingüística-, y aunque crecientemente marginadas por los paleoantropólogos más ortodoxos, todavía continuaban coleando a principios del XX, con defensores como el alemán Hermann Klaatsch (1863-1916), el italiano Giuseppe Sergi (1841-1936) o el propio Ameghino.
En buena medida, tales propuestas partían de asumir la sustantividad específica de las diferencias entre las razas humanas; las diferencias no revelarían sino orígenes diferentes, y la posibilidad actual de interfecundación entre las razas -en realidad, verdaderas especies desde tal enfoque-sería a la postre un fenómeno de convergencia, tras un proceso de evolución paralela.
Coherentemente, los poligenistas reclamaban una escala temporal muy larga para la evolución humana 57.
De hecho, Ameghino siempre enfatizaba, junto a la gran antigüedad del poblamiento de las pampas, la diversidad racial americana (puesta de manifiesto tanto biológica como lingüística y culturalmente) 58.
Sin embargo, no debemos pensar que la interpretación estratigráfica de Ameghino se adaptara ad hoc a esa exigencia de tiempo profundo derivada del poligenismo; por el contrario, como muy bien demuestra Podgorny, la cuestión de la antigüedad del hombre en América es una parte más de las controversias acerca del origen y dispersión de los mamíferos en las que se implicó Ameghino tan activamente 59, y en primer término, también del énfasis en probar que el hombre había sido contemporáneo de faunas extinguidas, algo que ya se había admitido en Europa, pero que costaba todavía de ser asumido en Argentina 60.
Primera parte: La diversidad cultural y el problema de la antigüedad del hombre en el Plata, Saber y Tiempo, 12, pp. 5-26.
Del mismo modo, la exclusión de los simios antropomorfos como antepasados del hombre no estaba motivada en el caso de Ameghino por ninguna repelencia a priori, sino de nuevo por coherencia con su interpretación de los fósiles de mamíferos sudamericanos; v.
Naturalmente, como en tantos otros casos de la historia de la paleontología humana, también se cruzaban estímulos nacionalistas.
V. para el caso argentino, entre otros, BONOMO, M. (2002), El Hombre Fósil de Miramar, Intersecciones en Antropología, 3, pp. 69-85.
Casos clásicos de hallazgos paleoantropológicos que se interpretaban desde perspectivas nacionalistas o culturalistas, en TATTERSALL, I. (1995), The Fossil Trail.
La polémica, servida desde el mismo momento de su hallazgo, seguiría acompañando al ejemplar también en esa época posterior, como fruto lógico de la continuada polarización en torno a la idea del origen animal de la especie humana por un proceso evolutivo. |
del trabajo experimental en el campo y en el laboratorio, en este artículo se ponen en valor sus esfuerzos, como docente, para popularizar las ciencias positivas y, así, separarlas de las preocupaciones, de la superstición y del fanatismo, que eran causas primordiales del atraso moral y material en que se encontraban en España.
El 5 de septiembre de 1889 Odón de Buen y del Cos tomaba posesión de la cátedra de Historia Natural en la Universidad de Barcelona.
El propio Odón de Buen recordaría en sus Memorias el hecho de que al estar la mayor parte del personal de la Universidad disfrutando todavía de vacaciones, hubo de darle posesión de la misma un catedrático de Matemáticas de avanzada edad, que regentaba en esos momentos el decanato de la Facultad de Ciencias, hombre práctico y muy en armonía con el ambiente que entonces reinaba, que le dijo: Entra Ud., compañero, en el escalafón muy joven y como tendrá Ud. la aspiración natural de llegar al primer número del escalafón, ahora a desempeñar puntual y correctamente la cátedra y a tomarse las menores molestias posibles para vivir mucho1.
Las ciencias naturales se encontraban en España, en esos momentos, en plena renovación.
Una renovación que implicaba el abandono de los clásicos trabajos de clasificación sistemática y su sustitución por otros más dinámicos, en los que algunos autores, aquellos que aceptaban las tesis evolucionistas, planteaban el parentesco entre los seres vivos.
Uno de los principales artífices de esta renovación va a ser Odón de Buen, de ahí que hasta el momento se hayan publicado, aunque no sean completamente definitivos, un buen número de trabajos sobre su vida y obra 2 y que se haya abordado, en detalle, su actuación en diversas parcelas, fundamentalmente como fundador del Instituto Español del Oceanografía 3 y como uno de los más firmes defensores del darwinismo en España, lo que le valió la excomunión por parte del obispo de Barcelona, el cardenal Salvador Casañas 4, pero también su participación co-----mo naturalista en el viaje de la fragata Blanca 5, sus expediciones en pos del reconocimiento natural del África hispana 6, la correspondencia que mantuvo con el Archiduque Luis Salvador 7, las obras de Historia Natural que publicó en el siglo XIX 8, e incluso, su actuación como uno de los naturalistas españoles que tuvieron que exiliarse a México tras la guerra civil 9.
Por lo que respecta a la enseñanza de las ciencias naturales, o más bien de la historia natural como entonces se llamaba, hay que señalar que había sido fundamentalmente memorística, descriptiva y sistemática a lo largo del siglo XIX.
En los libros de textos abundaban las prolijas clasificaciones y los nombres complejos, siendo frecuente que entre ellos se intercalaran pasajes bíblicos.
Hay que tener en cuenta que en ese año, de 1889, sólo se podían completar los estudios universitarios de la Sección de Naturales en la Facultad de Ciencias de la Universidad de Madrid y esto explica el escaso número de ----Congreso de la Sociedad Española de Historia de las Ciencias, Zaragoza, SEHC, vol. 1, pp. 285-303; ARQUÉS, J. (1985), Darwinisme i antidarwinisme a la Universitat de Barcelona: la suspensió d ́Odón de Buen de la seva càtedra.
5 PUIG-SAMPER, M.A., FERNÁNDEZ PÉREZ, J. y MARROGÁN SERRANO, M.D. (1984), El viaje de la fragata Blanca (1886).
En HORMIGÓN, M. (ed.), Actas II Congreso de la Sociedad Española de Historia de las Ciencias, Zaragoza, SEHC, vol. 3, pp. 287-296.
6 GONZÁLEZ BUENO, A. y GOMIS BLANCO, A. (2002), Los naturalistas españoles en el África hispana (1860-1936), Madrid, Organismo Autónomo Parques Nacionales (Ministerio de Medio Ambiente); GONZÁLEZ BUENO, A. y GOMIS BLANCO, A. (2007), Los territorios olvidados.
Estudio histórico y diccionario de los naturalistas españoles en el África hispana (1860-1936), Aranjuez, Doce Calles.
8 GOMIS, A., JOSA, J., FERNÁNDEZ, J. y PELAYO, F. (1988), Historia atural.
Catálogo ilustrado siglos XVIII y XIX, Madrid, MEC.
En este trabajo se trata de probar como Odón de Buen, que contaba en esos momentos 25 años, hizo caso omiso al consejo del catedrático de Matemáticas, emprendiendo a partir de ese momento una formidable tarea en pos de la transformación de la enseñanza de las ciencias naturales, una transformación que ya anunció al impartir su primera clase, donde trazó el plan que quería seguir en el curso y que, según expuso, comprendía lecciones orales, prácticas en el laboratorio, nada más que fuera posible, y excursiones al campo para estudiar la naturaleza en la naturaleza misma 11.
Una nueva enseñanza de las ciencias naturales, bajo perspectiva biológica y evolucionista, actuación que ha sido escasamente tratada 12.
Hasta esos momentos, la actividad científica más relevante de Odón de Buen había sido su participación, como naturalista, en el viaje de circunnavegación, con objeto de la instrucción de guardiamarinas, emprendido por la fragata Blanca en 1885, intervención que resultaría decisiva para su inclinación futura hacia la oceanografía.
El viaje fue origen de su libro De Kristianía á Tuggurt: (impresiones de viaje) publicado en 1887 13, el mismo año que alcanzó el doctorado.
En el segundo semestre del año siguiente, 1888, publica el que debemos considerar su primer texto docente, una Cartilla de Historia atural 14 que dedica «A los Maestros» y que cree «útil para infiltrar en la niñez los sanos principios en que hoy se funda el estudio de la naturaleza, y para desarrollar el espíritu de observación, sin perjuicios y sin errores fundamentales» 15.
EL PRIMER INTENTO DE SER CATEDRÁTICO DE UNIVERSIDAD
Unos meses antes de ganar la cátedra de Barcelona, Odón de Buen había opositado a la de Historia Natural de la Facultad de Ciencias de la Universidad de Valladolid.
Sin embargo, en este primer intento de acceder a una cátedra no tuvo éxito, ya que, tras unas reñidísimas deliberaciones, el tribunal se decantó a favor de Emiliano Rodríguez Risueño, otorgando a este cuatro votos, frente a los tres que obtuvo Odón de Buen 16.
Entre los miembros del tribunal para juzgarla, que inicialmente designó el Consejo de Instrucción Pública, hubo un fallecimiento y dos renuncias 17, actuando finalmente Manuel Ma Jose de Galdo, como presidente, y los vocales Antonio Orio, José Arevalo y Baca, Serafín Saéz y Aguado, Alberto Segovia Corrales, José Ma Solano y Eulate y Santiago Bonilla.
En el plazo reglamentario, firmaron la instancia para concurrir a los ejercicios que debían proveer la cátedra siete opositores, Odón de Buen, Emiliano Rodríguez Risueño, Félix Gila y Fidalgo, Apolinar Federico Gredilla, Ventura Reyes Prósper, José Bonet y Andreu y Aniceto Llorente y Arregui, si bien -en última instancia-sólo se presentaron los cuatro citados en primer lugar.
Como era preceptivo, por tratarse de una cátedra experimental, los cuatro opositores practicaron los cuatro ejercicios que el Reglamento señalaba para éstas y que se describen con más detalle en el apartado siguiente.
Dichos ejercicios se llevaron a cabo en el madrileño Instituto del Cardenal Cisneros desde el día 22 de marzo de 1888, en que se sortearon las dos bincas (una quedó integrada por Gila y Rodríguez; la otra por Buen y Gredilla), hasta el 26 de abril, en que la segunda binca finalizó el cuarto ejercicio.
Tres días más tarde se reunió el Tribunal para proceder a la votación que debía determinar el opositor que había de ser propuesto para la cátedra vacante, con el resultado ya expresado.
A continuación, en sucesivos votaciones, se procedió a determinar el mérito relativo de los demás opositores, resultando:
----16 Expediente para proveer por oposición la cátedra de Historia atural vacante en 21 de junio de 1887 por posesión de D. Augusto González de Linares de la Dirección de Estación de biología Marítima.
17 El fallecimiento de José Planellas Giralt y las renuncias de Vicente González Canales y de Salvador Calderón y Arana.
Este último, inicialmente, figuraba como primer suplente.
No 1 Don Odón de Buen, por seis votos, contra uno que alcanzó Don Apolinar Federico Gredilla.
No 2 Don Apolinar Federico Gredilla y Gauna, por unanimidad.
No 3 Don Félix Gila y Hidalgo por cuatro votos, contra tres papeletas en blanco 18.
Trascurrido casi siglo y cuarto de su celebración y conociendo, como hoy conocemos, lo que cada uno de los cuatro opositores fue capaz de hacer en el terreno científico a lo largo de su vida, no deja de sorprendernos el resultado de aquella oposición.
Odón de Buen lo explicaba del modo siguiente: anual de 3.500 pesetas, debía proveerse por oposición, con arreglo a lo que prevenía el artículo 226 de la Ley de Instrucción pública vigente, la célebre Ley Moyano de 1857 20.
La cátedra había quedado vacante tras el fallecimiento de José Planellas Giralt, acaecido el 1 de febrero de ese año.
El tribunal que debía juzgarla se reunió, por vez primera, el 26 de junio del año siguiente, 1889, en el madrileño Museo de Historia Natural.
Presidido por Ignacio Bolívar, formaban parte del mismo Joaquín González Hidalgo, Eduardo Lozano, Lucas Mallada, Salvador Calderón y Carlos Mazarredo como vocales, siendo Francisco Quiroga el Secretario del mismo.
El 2 de julio citaron a los firmantes de la oposición en el Salón de Grados de la Facultad de Ciencias de la Universidad Central, donde fueron llamados, por el Secretario, en el orden siguiente: Aniceto Llorente y Aregui (no compareció por enfermedad, pero estuvo representado); Francisco de Sales de Delás y de Gayola; Ventura Reyes Prósper; Félix Gila y Fidalgo; José Gogorza y González; José Bonet y Andreu (no compareció); Telesforo Aranzadi y Unamuno; y Odón de Buen y del Cos.
No nombró a Blas Lázaro Ibiza, por haber renunciado a la misma.
En aquella sesión se procedió al sorteo de las discusiones, resultando: trinca: Gogorza, Reyes y Delás; binca 1: Aranzadi y Gila; binca 2: Buen y Llorente 21.
El día 5 los miembros del Tribunal procedieron a la lectura y discusión de las 120 preguntas que habían quedado en redactar entre todos ellos, correspondiendo la mitad de ellas a zoología, y la otra mitad a mineralogía, botánica y geología.
A partir del día siguiente, 6 de julio, comenzó el primer ejercicio, que consistía en la extracción al azar 22, por cada uno de los opositores, de diez preguntas de las seleccionadas por el Tribunal, a las que debían contestar seguidamente.
El tiempo que emplearon, cada uno de ellos, en responder a las que les habían correspondido, osciló entre la hora y siete minutos de Aranzadi y la hora y veintiún minutos de Gogorza.
Las renuncias de Gila y de Llorente, comunicadas por el Presidente el día 8, modificó la composición de la trinca y las bincas.
Odón de Buen pasó entonces a emparejarse con Telesforo Aranzadi.
El artículo 226 señalaba: «De cada tres plazas vacantes de Catedráticos numerarios se proveerán dos en supernumerarios, mediante concurso y á propuesta del Real Consejo de Instrucción pública, y una por oposición».
21 Expediente para proveer por oposición la cátedra de Historia atural vacante en 1o de marzo de 1888 por defunción de Don José Planellas y Giralt.
22 De una bolsa que contenía tantas bolas numeradas como preguntas había.
El día 9 comenzó el segundo ejercicio, consistente en la extracción por cada opositor, al azar, de tres temas de los que cada uno de ellos había presentado en su programa.
Se le incomunicaba toda la noche, junto a una serie de libros que solicitaba para prepararlo, y al día siguiente lo defendía en la binca o la trinca correspondiente.
El día que llegó el turno a Odón de Buen, el 14 de julio, eligió la lección 113 de su programa, que llevaba por enunciado «Acción geológica de los seres vivos.
Efectos protectores y destructores.
Formación de las rocas.
Islas y arrecifes de coral.
El tercer ejercicio tenía como objeto la defensa del programa por cada opositor, frente al rival, o los rivales que le hubieran caído en suerte.
Y el cuarto, el ejercicio práctico, a su vez estaba dividido en dos partes: una primera, con libros, consistente en la clasificación por cada opositor de los diez objetos que les fueran sorteados, tratando de llegar a la determinación de especie, en un tiempo máximo de cuatro horas; la segunda, sin libros, examen de veinte objetos en un tiempo máximo de una hora.
El 22 de julio se reunió el Tribunal, de nuevo en el Museo, para verificar la votación para la propuesta, resultando ésta favorable a Odón de Buen por unanimidad de seis votos, pues el vocal Joaquín González Hidalgo se había retirado del mismo doce días antes.
La calificación de los demás opositores, por mérito, situó en primer lugar a Gogorza, en segundo a Reyes Prósper, tercero a Delás y cuarto a Aranzadi.
LOS PRIMEROS TEXTOS UNIVERSITARIOS
Como empezábamos señalando, una vez que Odón de Buen tomó posesión de la cátedra, emprendió una formidable tarea en pos de la transformación de la enseñanza de las ciencias naturales.
La realización de excursiones pudo comenzarlas casi de inmediato, pero pasó bastante tiempo hasta que consiguió organizar ejercicios prácticos.
Por lo que respecta al libro de texto, aunque no era partidario de imponer como texto libro alguno, comenzó la confección de su «Historia Natural» para universidades.
Consideraba que el libro era «el mejor auxiliar y la guía mejor del estudiante si refleja las tendencias de la cátedra y contiene los indispensables conocimientos para cumplir el programa del curso; puede, ampliando los temas suficientemente, servir de obra de consulta aún después de terminada la carrera»23.
----El objeto que se propuso al iniciar la publicación de un «Curso completo de Historia Natural» era ofrecer una síntesis completa de los progresos y estado actual de esta ciencia.
Lo haría en tres volúmenes, el primero dedicado a la Geología, el segundo -el más amplio-a la Zoología, y el tercero a la Botánica.
En 1890, mediante cuadernos comenzó a publicar, en el establecimiento tipográfico «La Academia» su Tratado elemental de Geología, que conformó un volumen de cuatrocientas páginas, con diez láminas litografiadas sin paginar y numerosos grabados en el texto 24.
La obra, dedicada «al eminente geólogo D. José Macpherson», surge en un momento en que no existía libro de autor español dedicado a la enseñanza universitaria de la disciplina.
Era deseo de Odón de Buen: «hacer una Geología española sintetizando lo que en nuestro país, y acerca de nuestro país, se ha escrito» 25.
Por ello, según señala el propio autor: Tiene la obra marcado carácter didáctico; he sacrificado mucho á la claridad.
Además es elemental por su extensión; supera, sin embargo, á la necesaria para la enseñanza á que está dedicada, y me ha sido forzoso este superavit, que es preferible a un déficit, y por otra parte hace útil la obra à muchas otras personas que no son estudiantes.
También he procurado hacerle comprensible á toda inteligencia mediana; hacen falta en nuestro pueblo muchos libros que popularicen las ciencias positivas para arrancarle las preocupaciones, la superstición y el fanatismo, causas primordiales de su atraso moral y material 26.
El Tratado está dividido en cuatro partes, antes de las cuales figuran unos Preliminares, donde aclara qué es la geología, cuál es su objeto y hace una breve reseña histórica, donde apunta como: «El largo período de la dominación teocrática mantuvo á todos los conocimientos sujetos al yugo del escolasticismo y á los moldes primitivos de una cosmogonía, forjada por pueblos semi-salvajes é impuesta á título de divina á los sabios de muchas generaciones» 27.
Apunta, a continuación, los nombres más ilustres que han contribuido a formar «una ciencia de tantos vuelos como la Geología».
Desde Smith, en Inglaterra; Haüy, Romé de l ́Isle, Cuvier y Brongniart, en Francia; Humboldt y de Buch, en Alemania hasta «las sencillas teorías de Malett, Suess, Neumayer y Macpherson, que vienen á colocar la vida de la tierra dentro de los prin-----24 BUEN, O. de (1890), Tratado elemental de Geología, Barcelona, Tipografía La Academia de Viuda e Hijos de E. Ullastres y Ca.
cipios transformistas del inmortal Darwin» 28.
Terminan estos preliminares con un apartado sobre la geología en España.
La primera parte de la Geología se dedica a la morfología terrestre, la segunda a la litología, la tercera a la dinámica terrestre y, la cuarta y última, a la geología histórica.
El Tratado, del que deberemos ocuparnos más adelante por ser incluido en la lista de obras prohibidas, tuvo una buena acogida y mereció juicios halagüeños y el favor por parte de algunos profesores de universidades americanas de lengua española que la declararon de texto 29.
La segunda edición de esta Geología, ahora en la Imprenta Gutenberg, vería la luz en 1896.
Conforme al plan previsto, siguieron a este Tratado elemental de Geología, el Tratado elemental de Zoología y el Tratado elemental de Botánica.
El primero salió de los talleres de «La Academia» también en ese año de 1890, mientras que el Tratado elemental de Botánica no vería la primera edición hasta 1896.
Fue por recomendación del político e intelectual republicano Francisco Pi y Margall (1824-1901) que Odón de Buen entrara en relación con este establecimiento tipográfico.
Al frente de dicho establecimiento figuraba Fargas Pellicer, de justa fama en la vida obrera internacional, y ejercía de corrector de pruebas Anselmo Lorenzo, apóstol en España de las ideas de Bakunin.
Allí conoció a Manuel Soler, quien al poco tiempo pasaría a ser su editor 30.
LAS EXCURSIONES DESDE BARCELONA Desde el primer curso académico, con grupos de veinte, o a lo sumo cuarenta alumnos, comenzó las excursiones por los alrededores de Barcelona, llegando de un lado hasta Gavá y Castelldefels, del otro hasta Papiol, recorriendo la pintoresca mole del Montserrat.
Excursiones en las que el principal objetivo era que los alumnos vieran los seres vivos en su propio medio 31.
Estudiar la Naturaleza en la Naturaleza misma ha sido siempre mi afán.
Conocer los seres naturales en las colecciones, formadas con arreglo a una clasificación cualquiera, disecados con mayor o menor fidelidad, no es conocer la Naturaleza; ----28 BUEN (1890), p.
9. en ésta viven, se agitan, se asocian, con letras de un alfabeto que unidas forman palabras y las palabras oraciones y las oraciones representan pensamientos y los pensamientos reflejan leyes naturales que interpretan el complejo fenómeno de la vida, con sus modalidades, con sus asociaciones, con sus adaptaciones necesarias 32.
Al poco tiempo, con el fin de ampliar el campo de sus excursiones, entró en contacto con el reputado zoólogo francés Henri de Lacaze-Duthiers (1821-1901), fundador y director del Laboratorio Aragó, establecido en la localidad francesa de Banyuls-sur-Mer, a pocos kilómetros de la frontera española.
En el curso 1894-95 formó parte, con un grupo de alumnos de Zoología, de una excursión que profesores y alumnos franceses hicieron a Banyuls y alrededores y, a partir de entonces, las visitas al centro con sus alumnos se repetían cada año y, por lo general, en más de una ocasión.
Visitas al Laboratorio Aragó en las que los alumnos hacían prácticas con animales marinos, empleando los poderosos medios de que disponía el establecimiento 33.
Pero como carecía de todo tipo de subvención, hubo de dividir las excursiones en dos clases: obligatorias y voluntarias.
Las primeras, que no conllevaban ningún gasto, se verificaban algunos días de fiesta por los alrededores de Barcelona y en secciones de 25 alumnos.
Las excursiones voluntarias las El viaje que todos los años realizaba a la isla de Mallorca era de gran interés, por la riqueza de su fauna.
En «aquel hospitalario y hermoso país», como califica Odón de Buen a sus gentes y a sus tierras, contaba con los medios y ayudas para la recolección de animales pertenecientes a la mayor parte de los tipos zoológicos.
Señalaba el catedrático de la Universidad de Barcelona cómo: «En nuestras excursiones á la gruta de Artá, á las salinas de L ́Avall, á Miramar. etc., hacemos recolección abundante de animales terrestres, que me permiten dar lecciones sobre el terreno» 35.
En muchas ocasiones, el viaje a la isla de Mallorca tenía como complemento la visita al archiduque Luis Salvador (1847-1915), en la bella finca que éste tenía en Miramar 36.
También, en ocasiones, a la vuelta de la excursión se verificaba una sesión oficial y pública en la que algunos de los alumnos participantes y el propio profesor, daban cuenta de la misma.
Así sucedió en la que se celebró el domingo 17 de marzo de 1895, en la sala doctoral de la Universidad de Barcelona bajo la presidencia del decano de la Facultad de Ciencias, José Ramón de Luanco, en la que uno de los escolares leyó el «Diario de Viaje», redactado por ellos mismos; otro, las notas tomadas por los excursionistas de medicina acerca de los hospitales y demás establecimientos benéficos; mientras que el propio de Buen explicó las observaciones, estudios, experimentos y demás resultados prácticos que habían logrado sus discípulos en la citada excursión 37.
En alguna oportunidad se dirigieron a las más altas cumbres del Montseny.
El itinerario seguido transcurría por Breda, Santa Fe, San Marsal, Matagalls, Viladrau, Argucias y Hostalrich.
El objetivo era, en esta ocasión, que los excursionistas estudiaran los animales que vivían en las grandes altitudes.
No era una excursión sencilla, pero sí resultaba muy económica 38.
Pero el viaje que el propio Odón consideró como el de mayor envergadura, fue el que, a mediados de la década de los noventa, llevó a cabo a Italia con medio centenar de alumnos.
El viaje de ida y vuelta lo realizaron en vapores de la línea de Buenos Aires a Génova, que hacía escala en Barcelona.
Visitaron Génova, Milán, Pisa, Roma y Nápoles.
Tenían como objetivo principal estudiar la región volcánica del Vesubio, pero aprovecharon el viaje con visitas a los Museos de Roma y Nápoles, así como en el Laboratorio de Biología ---na, Universidad de Barcelona, Facultad de Ciencias, Manuel Soler, p.
Marina de esta última ciudad.
Odón de Buen tenía proyectado llegar hasta Ginebra y el glaciar de Chamonix, de ahí el título que había dado a la excursión «Del fuego y el hielo», pero no contaron con suficiente tiempo, entre vapor y vapor, para acercarse a los glaciares 39.
LAS PRÁCTICAS EN LA UNIVERSIDAD DE BARCELONA La carencia de medios y de recursos económicos para la realización de clases prácticas con que se encontró Odón de Buen al acceder a la cátedra se prolongó en el tiempo.
Durante los primeros cursos, tan sólo pudo hacer la exposición de algunos ejemplares durante la explicación teórica.
Ni dispongo por ahora en la Universidad de material suficiente, ni de las condiciones apropiadas para las lecciones prácticas; no permite hacerlas tampoco, en la medida que la Ciencia exige, el gran número de alumnos matriculados en esta asignatura.
Por estas razones, invito á los estudiantes á que hagan las prácticas en casa, presentándome las preparaciones anatómicas para corregirlas.
Pueden hacerlo si siguen las indicaciones de mi Tratado elemental de Zoología (3a edición), fruto de larga práctica personal.
Para la disección, les bastan: un bisturí, una tijera y unas pinzas; para la observación microscópica, es necesario un microscopio que aumente por lo menos 500 diámetros 40.
Sin embargo, esta precaria situación iba a cambiar dos cursos más tarde, cuando vencidas en su mayor parte las dificultades de organización y ampliado el tiempo disponible gracias a la luz eléctrica, se organizaron las prácticas de los alumnos matriculados en secciones de cincuenta alumnos.
A ello contribuyó el R. D. de 4 de agosto de 1900 (Gaceta de Madrid, 7-VIII-1900) que disponía que, en las asignaturas cuyo pago requiriese instrumental que pudiese sufrir deterioro y ocasionasen gastos, los alumnos abonarían, al tiempo de matricularse, una cuota igual a la mitad de los derechos de la matrícula de cada asignatura.
Los derechos se fijaron en 10 pesetas por asignatura y se introdujeron, experimentalmente, en el curso 1900-01 en algunas asignaturas de la Facultad de Ciencias 41.
Los martes, jueves y sábado, en el Laboratorio y ---- a la hora señalada, iban sucediéndose las secciones por orden riguroso.
Cada sección se subdividía en grupos de diez alumnos, figurando al frente, de cada uno de ellos, un jefe de trabajo, designado por la Facultad en concurso abierto entre los doctores, licenciados y antiguos alumnos de Zoología que hubieran obtenido la calificación de sobresaliente en la asignatura.
Cada alumno estaba provisto de una libreta de prácticas donde anotaba los ejercicios que realizaba y donde se reflejaba la nota que su trabajo merecía.
La no asistencia a tres prácticas consecutivas, si no eran compensadas por tres días de excursión al campo, les inhabilitaba para ser admitidos a los exámenes ordinarios 42.
El cuestionario de ejercicios prácticos, del programa del curso 1901 a 1902, comprendía 26 ejercicios, que iban desde la preparación de células epiteliales vibrátiles y pavimentosas, hasta la determinación de invertebrados de la fauna catalana y vertebrados de nuestra fauna, pasando por el aislamiento del aparato reproductor y del sistema nervios del caracol, o la preparación de un esqueleto de rana, o parte de él, entre otras 43.
LA PROHIBICIÓN DE SU TRATADO ELEME TAL DE GEOLOGÍA Y DE SU TRATADO ELEME TAL DE ZOOLOGÍA
El Obispado de Barcelona vio con preocupación lo que se decía en algunos párrafos de dos obras de Odón de Buen, concretamente de su Tratado elemental de Geología y de su Tratado elemental de Zoología, consiguiendo que ambas fueron condenadas por el Papa León XIII por decreto pontificio de 15 de junio de 1895.
Las dos ediciones sancionadas eran las publicadas por la Editorial «La Academia» en 1890 y ambas, según el decreto pontificio, tamquam praedammatum in Regulis Indicis 44.
Al ser incluidas, ambas obras, en el Índice de libros prohibidos, no era lícito a ningún católico leer ni retener dichas obras.
La prensa nacional se hizo eco de la prohibición, alineándose unas publicaciones a favor de la libertad de cátedra, y por tanto de Odón de Buen, y otros en contra.
Así, con la firma de Teófilo Nitrám se publicó en La lectura dominical el artículo «¡Cosas de España!» en donde se destacaba la «plancha» tan estrepitosa que acababan de «tirarse» los miembros del Consejo de Instrucción Pública y el Ministro de Fomento al enviar un oficio aprobando ---- A la semana siguiente, el semanario vuelve a la carga y, entonces, en la sección «Polémica Religiosa», que se publica sin firma, advierten:
Confiamos en que no prevalecerán esos textos malditos, que ningún católico puede leer, y que el catedrático que, en una nación católica, ataca desde la cátedra la Religión del Estado, será separado como reo de lesa inteligencia.
No se toleraría un catedrático que enseñase el anarquismo ó predicase el derecho al robo, y no debe permitirse un Odón de Buen que, enseñando el ateismo, arroja en cientos de jóvenes la semilla de toda maldad.
La cátedra debe ser cátedra de instrucción, no de destrucción é inmoralidad 46.
A los pocos meses de iniciarse el curso 1895-1896, una asociación de pretendidos padres de familia de Barcelona, la Associació de Pares de Familia 47, ideó un plan contra Odón de Buen.
Resucitaron, entonces, una vieja disposición de la Ley Moyano, aquella que impide impartir enseñanzas contrarias a los dogmas de la religión católica, y pidieron al Rector, el farmacéutico Julián Casaña (1833-1911), que fuera despedido de sus funciones por faltar a ella.
Una disposición timorata, de éste, fechada el día 6 de octubre, suspendía provisionalmente al catedrático de la enseñanza.
A la mañana del día siguiente, al dirigirse Odón a dar clase, le esperaba en la plaza de la Universidad una gran muchedumbre de gente, que le acompañó hasta la cátedra, invadiendo los claustros.
El profesor inició su intervención con estas palabras: «Parece que esto huela a muerto, pero conste que si alguno muere, será la libertad de cátedra» 48.
Como había mucha gente que no cabía en el aula, decidieron continuar en el Paraninfo, hacia donde se dirigió la masa, si bien algunos mal intencionados, al pasar por las habitaciones del Rector, lanzaron muebles por las ventanas.
Los diputados por Barcelona Joan Sol i Ortega y Tiberio Ávila, ambos de Unión Republicana, al observar que las obras de Odón de Buen Haber ocasionado el alboroto del día 7, saliendo a los claustros y pidiendo un local más amplio que el destinado á la clase.
Haber acudido a la Universidad el día 8, constándole que estaban suspendidas las clases, con lo cual desobedeció a la autoridad académica y dio margen á que fueran desacatados el rector y los catedráticos 50.
¿Qué párrafos son los que habían incomodado a los miembros de la Iglesia Católica?
Según dejó consignado el propio Odón de Buen, su Tratado elemental de Geología fue condenado por ciertos párrafos de la historia de las Ciencias Naturales con que comenzaba el tomo 51.
En mi opinión, los que reproduje anteriormente y que hacían referencia al largo período de dominación teocrática y a la permanente imposición de los conocimientos divinos.
En la segunda edición, aparecida en 1896, se suprimió la parte histórica.
Sin embargo, en el Tratado, al tratar de la «evolución de los seres orgánicos» es posible encontrar otros fragmentos, como los que se reproducen a continuación, que también ocasionarían disgusto entre los miembros de la Iglesia Católica.
Así, podemos leer que: Simultánea a la evolución geológica trazada a grandes rasgos, se operaba otra en el seno de las aguas primero, después, también en la superficie de los continentes.
La materia inorgánica, en el primitivo Océano, en función de aquellas excepcionales circunstancias, adquirió caracteres especiales, tendencias á la organización; se organizó más tarde, y la vida organizada fue recobrando formas variadisimas con las que hermoseó el planeta, contribuyendo a su evolución.
En cada período geológico hubo una flora y una fauna, si no completamente nueva en sus detalles, con una fisonomía general característica 52.
A continuación, Odón de Buen señala que estudiadas todas las formas animales y vegetales que se han sucedido en el tiempo, conviene anotar algunos hechos generales, como que primero aparecieron los animales y vegetales más rudimentarios; que los seres de mayor complicación son los últimos aparecidos en el tiempo; que existe una relación estrecha entre las circunstancias geológicas y climatológicas de cada período y los animales y vegetales que entonces vivieron; y cómo: «Desde que la vida apareció, se ha sucedido sin la más mínima interrupción, hasta hoy» 53.
A Odón de Buen se le abrió el correspondiente expediente por el decano de la Facultad de Ciencias, José Ramón de Luanco, y fue llamado a Madrid por el Ministro de Instrucción Pública, Alberto Bosch y Fustegueras, si bien no pudo asistir por coincidir la llamada con el nacimiento de su hijo Fernando, y haberse complicado el puerperio de su esposa.
Los alborotos no terminaron hasta el comienzo de las reglamentarias vacaciones de navidad.
Al iniciarse el trimestre siguiente, Odón de Buen fue repuesto a su cátedra y él retomó su ingente labor docente.
Compuso entonces, una memorable Historia atural, en edición popular pero profusamente ilustrada 54, que comenzó a publicarse a comienzos de 1896, a razón de una peseta cada uno de los cincuenta cuadernos que la completaban 55.
En el prólogo de la obra, que dedica a la juventud iberoamericana, reafirma su compromiso con el uso responsable de la libertad de cátedra que las leyes españolas le concedían.
Al respecto, en uno de los párrafos, decía:
Expongo la Ciencia tal como la entiendo; en el terreno ideal, ni vivo de prestado ni soy capaz de hipócritas habilidades para adaptarme el medio.
Jamás impuse mi criterio á nadie; celoso de la libertad propia, nunca he pretendido menoscabar la ----52 BUEN (1890), p.
1896), Historia atural, Edición popular (Con profusión de grabados), Barcelona.
Enemigo del magíster dixit, intento llegar a la conciencia de mis alumnos por la exposición fiel, nunca desfigurada, de los hechos demostrados.
No cohibo materialmente á nadie, valiéndome de la autoridad oficial y de la amenaza de los exámenes, ni le engaño, falsificando los hechos, para ocultarles la verdad 56.
Una prueba más de su compromiso con la educación a todos los niveles, fue su implicación en la Extensión Universitaria, que establecieron algunos catedráticos con los alumnos mejor preparados.
Recorrieron Cataluña, durante muchos años, dando conferencias, y en Barcelona y en las poblaciones más populosas dieron cursillos con el más amplio y generoso criterio, cursillos que igual se desarrollaban en un círculo de recreo, que en un casino político u obrero de cualquier tendencia.
También resultaron singulares las conferencias impartidas los sábados en círculos obreros, conferencias a las que concurrían los obreros con sus mujeres y su prole 57.
Esta actividad estaba en consonancia con otro mensaje que formuló en el prólogo de su Historia atural: «Educaos, instruiros en las aulas, pero no seáis avaros de la Ciencia que poseáis, difundirla por el Pueblo; haced cuestión de honor arrancar á este de la ignorancia; lograréis así la grandeza de vuestra raza y contribuiréis al bienestar de la Humanidad» 58.
Tras veintidós cursos académicos en la Universidad en Barcelona, por R. O. de 11 de octubre de 1911 consigue el traslado a Madrid.
Los periódicos republicanos barceloneses le dedicaron afectuosas palabras de despedida.
«Durante los muchos años en Barcelona se había distinguido por su propaganda a favor de la República y el libre pensamiento» 59.
CATEDRÁTICO EN MADRID 60 Dos razones debieron pesar en el traslado de Odón de Buen a Madrid, a la cátedra de Mineralogía y Botánica 61.
De un lado, el hecho de que llegaba a la ----56 BUEN (c.
60 Debo agradecer la localización y copia del Expediente personal del catedrático de la Facultad de Ciencias Odón de Buen y del Cos, en el Archivo General de la Universidad Complutense (signatura: P. 453, 1), a mi doctoranda y colega Dolores Ruiz Berdún, competente e infatigable investigadora.
61 La Subsecretaría de Universidades, en oficio de 11 de octubre de 1911, le dice al Rector de la Universidad Central: «En virtud de concurso de traslación; S M. el Rey (q.
D. g.) ha máxima categoría en el escalafón, pues la de Madrid era la Universidad de término; de otro, su creencia de que desde Madrid (lo habría comprobado durante sus años de senador) 62, le sería más fácil impulsar la creación del Instituto de Oceanografía.
La cátedra, por la larga enfermedad y por el carácter de su antecesor, el reputado geólogo y mineralogista Salvador Calderón (1853-1911), llevaba unos cursos descuidada.
En palabras del propio Odón de Buen «aquello no era una cátedra, era un meeting al que asistían muchos centenares de alumnos, cuantos cabían sentados y de pié en el amplio anfiteatro» 63.
Como el fallecimiento de Calderón también había dejado vacante el cargo de Director de la Escuela Botánica de la Universidad, el Rectorado acordó nombrar a Odón de Buen Director de dicha Escuela 64.
En poco tiempo, el nuevo catedrático logró la atención de los alumnos y las cosas cambiaron.
Puso en acción en la cátedra madrileña un plan similar al que había llevado a cabo en Barcelona, y que ya hemos referido.
Para las lecciones orales, a las que acudían alumnos de las licenciaturas de Medicina, Farmacia, Ciencias y Arquitectura, el elevado número resultaba un inconveniente.
También lo era para las prácticas, ya que al llegar no encontró ni un local suficientemente amplio, ni la cantidad suficiente de material, un material que además era más propio para la investigación que para la enseñanza.
«El salón en que estaban las colecciones se convirtió pronto en una sala de manipulaciones con instalación apropiada de gas y electricidad, con numerosos sopletes automáticos y las prácticas de Mineralogía se daban bastante bien, aunque eran pocas e insuficientes, porque a la vez podían trabajar a lo sumo cincuenta alumnos» 65.
Como también había hecho en Barcelona, en Madrid, regularmente, publicaba el programa de la asignatura.
Así, al revisar el Programa del curso de Geología, Mineralogía y Botánica del año académico 1912-1913 66, vemos ---resuelto nombrar a D. Odón de Buen y del Cos Catedrático numerario de Mineralogía y Botánica en la Facultad de Ciencias de esa Universidad con el haber anual de ocho mil pesetas y demás ventajas de la Ley...».
64 El nombramiento se produjo con fecha 10 de noviembre de 1911, el día antes de la toma de posesión de la cátedra.
Expediente personal del catedrático.
66 BUEN, O. de (1912a), Programa del curso de Geología, Mineralogía y Botánica (con claves para determinar minerales y familias botánicas).
que este constaba de ciento diez lecciones orales, divididas en dos bloques, las cincuenta y cinco primeras para el de geología y las cincuenta siguientes para el de botánica.
El cuestionario de ejercicios prácticos se reducía a diez de geología y diez de botánica.
Las prácticas de geología incidían en la determinación de cristales y en diferentes ensayos con minerales, además de la determinación de fósiles.
Por su parte, las botánicas llevaban a cabo la preparación y determinación de preparaciones microscópicas, el estudio morfológico de diferentes partes de la flor y la determinación de familias botánicas con clave dicotómica.
Generalmente, las prácticas se verificaban por las tardes, divididos los alumnos en diferentes grupos y figurando como responsable, de cada uno de ellos, un alumno sobresaliente 67.
Por su parte, en la minuta de excursiones se recogían cuatro: a las minas de Almadén, a Mónaco, a Córdoba, Málaga, etc. y a Cuenca y la Ciudad Encantada, que comentaremos dentro de un momento.
Continuó en Madrid la edición de textos universitarios.
En 1912 publica el uevo resumen de Geología general y de España 68, que constaba de una introducción y seis partes (Morfología terrestre, Geognosia, Dinámica terrestre, Geología Histórica, Geología de España y Prehistoria).
Al año siguiente, el uevo resumen de Botánica general, con los fundamentos de la biología y la parasitología vegetal 69.
LAS EXCURSIONES DESDE MADRID
Como había sido su norma hasta entonces, en Madrid de Buen siguió programando dos tipos de excursiones, las que ocasionaban gastos, que eran voluntarias, y las gratuitas, que eran obligatorias y se limitaban a los alrededores de Madrid, en grupos de 25 a 30, con el profesor, los auxiliares y los ayudantes de grupo.
Advertía en el programa que: «En las excursiones forman los alumnos el herbario escolar.
Los que no lo presenten en el examen ó no conste que lo han formado, tendrán que determinar siquiera las familias de algunas plantas» 70.
68 BUEN, O. de (1912b), uevo resumen de Geología general y de España, Madrid, Librería Gutenberg de José Ruiz.
69 BUEN, O. de (1913a), uevo resumen de Botánica general, con los fundamentos de la biología y la parasitología vegetal, Madrid, Librería General de Victoriano Suárez.
Ya en el primer curso en Madrid, el de 1911-1912, organizó excursiones a la Ciudad Encantada de Cuenca, a las minas de Almadén y a Barcelona, Mallorca, Alicante y Elche.
Excursiones para las que aprovechaba los días festivos.
A las Minas de Almadén En el mes de Noviembre, aprovechando los días 1, 2 y 3 que son fiesta.
Si como en el curso último, el número de alumnos impone la división en dos grupos, el grupo primero saldrá de Madrid la tarde del jueves 31 de octubre, permaneciendo en Almadén hasta el sábado y el grupo segundo saldrá el viernes 1o de Noviembre, para regresar el lunes 4, por la mañana...
71 Entre los objetivos de esta excursión a Almadén, donde siempre eran bien acogidos y acompañados por los ingenieros, estaban el estudio de las minas, el proceso de obtención del mercurio, el estudio de los territorios silúrico y devónico, la recolección de fósiles y la realización de herborizaciones.
Odón de Buen recordaba en sus memorias cómo: «Se complacían los estudiantes en meter las manos en los depósitos del metal líquido y a pesar de mis advertencias (y quizá para comprobarlas) muchos perdieron sus sortijas, es sabido que el mercurio amalgama el oro» 72.
En aquel Programa del curso 1912 a 1913, la excursión por Andalucía se proyectaba para la Semana Santa y Pascua, con el objeto de apreciar su riqueza geológica y su espléndida flora, como espléndidos son sus monumentos y paisajes.
Si las circunstancias lo permitían, estaba previsto que los excursionistas visitaran Melilla y su campo 73.
Pero, desde Madrid, la excursión a la Ciudad Encantada de Cuenca era la que resultaba verdaderamente atractiva para Odón de Buen.
De modo que no dejaba transcurrir curso académico sin llevar a sus alumnos a este paraje natural de formaciones calcáreas formado a lo largo de miles de años, donde el agua es el verdadero artífice del modelado, pero donde también las rocas presentan especiales condiciones para el modelo.
De ahí que en un artículo sobre la Ciudad Encantada de Cuenca, publicado por Odón de Buen en la revista Blanco y egro en 1913, consignara cómo: «En pocos lugares de la tierra la acción secular del agua, lluvia o nieve, arroyo ó torrente, ha producido más espléndido modelado que en la ciudad encantada de Cuenca» 74.
---- Dicho artículo que repasa las condiciones geológicas que han hecho posibles los cambios en «nuestro viejo planeta» y en donde señala cómo las «potentes masas calizas de aquel terreno se depositaron mansamente en un largo período de calma, durante la edad secundaria», termina con la recomendación del docente: «No puede ofrecerse cátedra mejor á los estudiantes para el conocimiento de la Naturaleza.
Por eso realizo la excursión anual á la Ciudad encantada» 75.
El 11 de junio de 1929 la Ciudad Encantada sería declarada Sitio Natural de Interés Nacional y en 1934, en plena República, se celebró alló un homenaje a Odón de Buen, a Luis Martínez Kleiser y a Juan Jiménez Aguilar, con el objeto de que, a partir de ese momento, tres calles del paraje llevaran sus nombres 76.
Algunos otros puntos singulares próximos a Madrid, como Sigüenza, Toledo y El Escorial, también eran objeto de excursión algunos años.
En Sigüenza los alumnos recogían aragonitos y otros minerales, así como fósiles; en Toledo buscaban conchas marinas sobre la playa que había descubierto, no mucho tiempo antes, el naturalista y matemático Ventura Reyes Prósper (1863-1922), que en algunas ocasiones les acompañaba; en El Escorial, el objetivo era la localización de buenos ejemplares de cristal de roca y feldespatos, al tiempo que se prestaba atención a la flora y a los efectos sorprendentes de las erosiones del granito por la acción de los agentes atmosféricos 77.
Las excursiones que se proyectaban a zonas más alejadas con frecuencia se anunciaban en la prensa de la época.
Así en el diario ABC del jueves 17 de diciembre de 1914 encontramos el siguiente aviso: En ocasiones, la prensa recoge la salida o llegada de los excursionistas a algún lugar.
Así, el 14 de diciembre de 1913 el ABC anuncia la salida para Mónaco de la excursión escolar de la cátedra de Mineralogía y Botánica, organizada y dirigida por el «sabio catedrático» 79.
Quince días después, el mismo diario insertaba una foto a media página de los expedicionarios en el del Museo de Mónaco, con el siguiente pié: «Estudiantes españoles en el extranjero.
El sabio catedrático D. Odón de Buen y un grupo de sus alumnos de la Universidad de Madrid en la terraza del Museo Oceanográfico de Mónaco» 80.
Un último ejemplo, el 3 de mayo de 1919, el ABC insertaba una nota fechada en San Sebastián el día de antes, donde se señalaba que había llegado la expedición científica compuesta de 37 alumnos y dirigida por Odón de Buen, que habían sido recibidos por miembros de la Sociedad Oceanográfica y que al día siguiente continuarían viaje a París 81.
LA CÁTEDRA DE BIOLOGÍA Y LOS ÚLTIMOS AÑOS DE CATEDRÁTICO EN MADRID Pocos años después, a comienzos del curso 1923-1924, Odón de Buen pasó a la cátedra de Biología 82, si bien durante algunos cursos estuvo encargado también de la de Geología 83.
Para la organización de las enseñanzas de la nueva disciplina tuvo en cuenta cómo se daba su enseñanza en algunas universidades extranjeras que él había visitado, como en los preparatorios de Jena y París, sin embargo el resultado obtenido no le satisfizo completamente, de ahí que en sus Memorias consignara: do para los alumnos y una verdadera legión de ayudantes o preparadores bien retribuidos 84.
Todavía antes de jubilarse, y gracias a la relativa autonomía económica que se concedió a las facultades y al mayor presupuesto de que dispusieron, pudo obtener un crédito extraordinario y construir una amplio laboratorio con mucha luz, cómodas mesas de trabajo (esmaltadas en blanco), con capacidad para cerca de un centenar de estudiantes.
Para ello utilizó, transformándola, la vetusta cátedra de Zoología, dando las clases orales en el gran aula del pabellón del jardín.
Un día visitó la Universidad el Ministro de Instrucción Pública que, impresionado del contraste de este moderno laboratorio con el resto del edificio, preguntó de qué se trataba.
Le dijeron que era el laboratorio de Biología que Odón de Buen había instalado, lo que satisfizo a nuestro protagonista, aunque para dentro pensara: «¿por qué no me han dejado hacer esto mismo hace veinte años?» 85.
A propuesta de la Facultad de Ciencias de la Universidad Central, la Subsecretaría de Universidades, en diciembre de 1931, le encargó, por acumulación, la Cátedra de Complementos de Biología para Medicina 86.
Y, mientras tanto, seguía desempeñado numerosas comisiones en el extranjero.
Una de las últimas, en sus años de catedrático, le incorporó a la delegación española en la 3a Conferencia Hidrógráfica Internacional que se reunió en Mónaco en el mes de abril de 1932.
Como era perceptivo, Odón de Buen se dirigió al Decano de la Facultad de Ciencias señalándole que formaba parte de la misma por disposición ministerial y que, para que los servicios de la cátedra no quedaran interrumpidos, Jesús Maynar se encargaría de las clases orales de Complementos de Biología, Fernando de Buen y Lozano de las de Biología para alumnos de Ciencia y que Cayetano escribano seguiría al frente de las prácticas 87.
El 18 de noviembre de 1933 cumplió los setenta años de edad, la edad reglamentaría para la jubilación.
Como el curso había comenzado pocas semanas antes, los alumnos solicitaron su continuación en la cátedra hasta la finalización del curso, lo que consiguió tras el favorable informe del Claustro de la Facultad de Ciencias (Gaceta de Madrid, 23-XI-1933).
Meses después, concretamente el 4 de febrero de 1934, amigos, colegas y antiguos discípulos ---- Ofreció el acto, con palabras llenas de afecto y cordialidad para el agasajado el doctor Rafael Folch, de la Facultad de Farmacia.
Después hablaron el subsecretario de Instrucción Pública y el ministro de Trabajo, quienes también exaltaron la personalidad científica del doctor Odón de Buen 89.
El agasajado, en su discurso, hizo un repaso a su larga carrera como investigador y como docente, señalando en un momento determinado que:
Desde los primeros años de mi vida académica inspiré mis enseñanzas en el método experimental; este método es hoy axiomático, pero entonces ¡que difícil y aun peligroso era seguirle!
Porque los profesores de la vieja cepa nos odiaban a los nuevos cordialmente; de mis libros, muchas familias destruían las hojas que trataban de las funciones de reproducción y de la embriogenia; los castraban, sin duda, para que fueran eunucos; para juzgar la poda tened en cuenta que la mayoría de mis alumnos eran de Medicina 90.
LA ÚLTIMA CLASE EN LA UNIVERSIDAD DE BARCELONA Luego de que el propio Odón de Buen manifestara su deseo de impartir la última clase en la Universidad de Barcelona, concretamente en el mismo aula donde cuarenta y cinco años antes iniciara su andadura como catedrático universitario, al mediodía del sábado 26 de mayo, de ese mismo año de 1934, pudo Odón de Buen cumplir su deseo y dictar su última lección en el ámbito de la Universidad 91.
Bajo la presidencia del Rector, Pere Bosch Gimpera (1891-1974), y con un aula que se encontraba llena de estudiantes y ex alumnos suyos, así como un buen número de catedráticos, programa en mano, Odón de Buen repitió lo más fielmente posible aquella primera lección, al ----88 La Vanguardia, 4 de febrero de 1934.
91 En la Facultad de Ciencias la última lección del Doctor Odón de Buen, La Vanguardia, 27 de mayo de 1934, p.
tiempo que recordó a los compañeros que habían desaparecido y agradeció, a todos los reunidos, la asistencia al acto de su despedida de la Universidad 92.
El decano de la Facultad de Ciencias, Eduardo Fontseré, pronunció unas breves palabras, en contestación a las pronunciadas por Odón de Buen, en donde señaló que la Facultad había tomado el acuerdo de nombrarle catedrático honorario de la misma.
De Buen aceptó con emoción el nombramiento y se comprometió, si las fuerzas no le faltaban, a dar todos los años un curso de Oceanografía, disciplina que aún no estaba presente en la Universidad.
Cerró el acto el Rector de la Universidad, Bosch Gimpera, que le dedicó cariñosas palabras.
A primera hora de la tarde, Odón de Buen fue obsequiado con una comida en el Hotel Colón, ofrecida por los catedráticos y alumnos de la Facultad de Ciencias 93.
EPÍLOGO Tras la jubilación de Odón de Buen, lo que deberían haber sido unos años reposados de jubilo en Zuera, en «una casa de arquitectura y comodidades modernas» 94, donde hubiera podido redactar con calma sus memorias, por el transcurrir de la guerra se convirtieron en unos años traumáticos, en los que sufrió detención en Palma de Mallorca, hubo de enterarse del fusilamiento de su hijo Sadi así como exiliarse en México D.F., donde fallecería el 3 de mayo de 1945, con 81 años de edad.
En España, su labor como catedrático comprometido con la biología evolucionista sería silenciada. |
Descripción y análisis del Libro llamado el Porqué (1567), versión castellana de Pedro de Ribas del exitoso Liber de homine o Il Perché (1474), a la vez régimen de salud y tratado de fisiognomía, escrito por el médico boloñés Girolamo Manfredi (ca 1430-1493).
Se estudia la difusión de esta obra de Manfredi (las numerosas ediciones italianas realizadas en los siglos XV, XVI y XVII, la traducción catalana anónima impresa en 1499 y las cinco reimpresiones de la traducción castellana llevadas a cabo durante el siglo XVI) en el contexto de la proliferación del género de los problemata en la Castilla del siglo XVI.
El género de las cuestiones naturales, de historia ininterrumpida desde el siglo XII hasta el XVII, había sido muy utilizado en la literatura médica presalernitana y en las cuestiones salernitanas 1 a partir de los Problemata pseudo-aristotélicos 2 y sus derivados, que fueron redescubiertos hacia el año 1300.
En los siglos XV y XVI, este antiguo género vivió tiempos de nueva popularidad con la confección de distintas colecciones de problemas que alcanzaron una gran difusión con la imprenta.
Los problemas, definidos ya por Aristóteles como un ejercicio para el entrenamiento dialéctico 3, son usados en cuestiones causales (responden, pues, a la pregunta por qué?) 4 referidas a fenómenos conocidos y, por lo tanto, no ----1 El esquema de pregunta concisa y respuesta (quaestiones et responsiones), con pocos trazos de disputación, era la forma de aprendizaje utilizada en las escuelas que, desde Salerno, se extendió por toda la Europa latina occidental al convertirse en la base de las disputaciones escolásticas sobre physica.
2 Los Problemata Aristotelis constituyen un conjunto de textos elaborados en la escuela peripatética hasta el siglo V o VI dC, que tuvieron imitadores en Sorano, Casio el atropista y el pseudo-Alejandro de Afrodisia.
Véase también D'ALVERNY, M.-Th.
En el siglo XVI, al parecer de la mano del valenciano Joan Lluís Vives, se pone definitivamente en duda la autoría del Filósofo sobre este texto.
4 Es evidente que detrás de ello existe el concepto aristotélico que entiende el conocimiento filosófico como un conocimiento causal.
tienen la intención de producir conocimiento nuevo, sino que pretenden ordenar lo que ya se conoce y relacionarlo con las observaciones y la experiencia cotidianas.
Por ello, el método de pregunta y respuesta traspasó los propósitos didácticos de las aulas universitarias 5 (donde había sido usado -en latín, por supuesto-con notable repercusión en temas de filosofía natural y physica por maestros como Pedro Hispano -después papa bajo el nombre de Juan XXIo Alberto Magno) 6 y se utilizó en obras que habrían de proporcionar una formación básica sobre las ideas científicas a personas de condiciones diversas.
Evidentemente, el género de los problemas no fue el único utilizado en la divulgación científica: la compleja tradición del Secretum secretorum pseudoaristotélico, con sus ramificaciones y derivaciones en libros de secretos de las más variadas materias, que en ocasiones se sirvieron también de la metodología de las cuestiones, o la rica producción de obras dialogadas, que no tendremos en cuenta aquí, realizaron idéntica función 7.
Aunque en los siglos XV y XVI se escribieron libros de problemas en latín en distintos países de la Europa occidental, también se compusieron colecciones de problemas en distintas lenguas vernáculas 8.
Estas colecciones, destina-----5 Sobre la lectio, la quaestio y la disputatio, métodos didácticos que se implantaron progresivamente en todas las universidades escolásticas a partir de su uso en las facultades de teología, véase BAZÀN, B.C., WIPPEL, J.W., FRANSEN, G., y JACQUART, D. (1985), Les questions disputées et les questions quodlibétiques dans les facultés de Théologie, de Droit et de Médecine, Turnhout, Brepols (Typologie des Sources du Moyen Age Occidental, 44-45).
Sobre las obras dialogadas, véase, por ejemplo, THOMASSET, C., ed. (1980), Placides et Timéo ou li secrés as philosophes, París-Ginebra, Librairie Droz; THOMASSET, C. (1982), Commentaire du Dialogue de Placides et Timéo, Ginebra, Librairie Droz; RONCA, I. (1997), Guillelmi de Conchis Dragmaticon philosophiae, cura et sudio -, Summa de Philosophia in vulgari, cura et studio L. BADIA [et] J. PUJOL, Tournhout, Brepols (Corpus Christianorum, Continuatio Medievalis, CLII); las obras de Francisco López de Villalobos (véase la nota 47); o las de Pedro Mercado (Diálogos de Philosophia Natural y Moral, Granada, 1558).
8 Documentamos autores de problemas latinos en Portugal, Alemania, Francia e Inglaterra.
En lengua vernácula, sabemos de dos obras escritas con anterioridad al siglo XV: el divulgadísimo Livre de Sidrach, anónimo francés de finales del siglo XIII, y L 'acerba de Cecco d' Ascoli (muerto en 1327), escrita en italiano en terza rima.
das al entretenimiento y a la instrucción de los sectores extracadémicos, marcaron la extraordinaria difusión que la ciencia y la medicina alcanzaron entre esos sectores en los siglos XVI y XVII.
Conocemos la existencia de libros de problemas en italiano, en castellano y en catalán.
Girolamo Manfredi, uno de los primeros autores de problemas de quien tenemos noticia, publicó en 1474 su colección de problemas -objetivo de estas páginas-que, tal como veremos, se tradujo desde el italiano original a dos de las lenguas ibéricas, el catalán (1499) y el castellano (1567).
Los contactos de todo tipo entre ambas penínsulas mediterráneas, con el intermediario que, al menos hasta finales del siglo XV, fue la Corona de Aragón, se intensificaron durante los primeros siglos de la Edad Moderna como consecuencia del papel ejercido por la monarquía hispánica en el panorama internacional 9.
Algunos de los autores de libros de problemas castellanos, al margen de los modelos latinos y posiblemente siguiendo las clasificaciones del saber promovidas por los studia humanitatis, que apareaban la filosofía natural y la filosofía moral 10, dividen sus obras en dos grandes bloques: los problemas naturales, por un lado, y los morales, por otro.
Así disponen sus obras, publicadas en 1543 y 1575 respectivamente, López de Villalobos y Jerónimo Campos, disposición que encontramos también en otros autores italianos del género, como Girolamo Garimberto (1549) 11, Ortensio Lando (1550) 12 y Bartolomeo Paschetti (1581) 13, y que comparece todavía en la colección de Andrés Ferrer de Valcedebro impresa en Madrid en 1762.
Esta semejanza clasi-----9 Sobre las relaciones culturales entre los estados de Italia y los reinos de la península Ibérica, véase GÓMEZ MORENO, A. (1994), España y la Italia de los humanistas, Madrid, Gredos.
10 Véase JACOBS, H.C. (2002), Divisiones philosophiae: clasificaciones españolas de las artes y las ciencias en la Edad Media y el Siglo de Oro, Madrid, Iberoamericana, esp. el cap. 3.
12 Lando escribió en latín las Miscellaneae questiones, impresas en Venecia en 1550, que luego tradujo al italiano con el título de Quattro libri de dubbi con le solutioni a ciascun dubbio accommodate: la materia del primo e naturale, del secondo e mista (benche per lo piu sia morale) del terzo e amorosa, & del quarto e religiosa, obra impresa en Venecia en 1552.
13 En sus Dubbi morali et naturali (Génova, 1581), Bartolomeo Paschetti imita la obra anterior de Ortensio Lando, una prueba más de su enorme éxito.
ficatoria podría ser fruto de la comunidad de intereses entre intelectuales de Castilla e Italia, que habían establecido contactos frecuentes a partir de su vinculación a los studia humanitatis.
Efectivamente, los libros de problemas escritos en Italia eran conocidos en Castilla y viceversa: Jerónimo Campos trabajó directamente a partir de la obra de Ortensio Lando; Alonso de Fuentes fue traducido al italiano por Alfonso de Ulloa, que tradujo también la Philosofía natural de Juan de Jarava; y Alonso de Fuentes convirtió en protagonistas de su Summa de philosophia natural a un sevillano que pregunta y a un italiano que responde, distribución de papeles muy probablemente indicativa del área que era reconocida como promotora del género.
LA LITERATURA DE PROBLEMAS EN CASTILLA La producción de literatura médica en la Corona de Castilla durante la baja Edad Media ha sido analizada por Luis García Ballester.
14 Una de las características más relevantes que se desprenden de este estudio es la poca presencia de literatura médica autóctona anterior al siglo XV, hecho justificable por la debilidad de las universidades ibéricas, como ya apuntó en su momento Guy Beaujouan 15.
En ese contexto hay que situar también las colecciones de problemas 16, que no aparecen en Castilla hasta el siglo XVI, aunque lo hacen con gran éxito, como lo atestiguan las distintas impresiones realizadas de una misma obra 17.
El modelo se toma, sin ninguna duda, de las traducciones lati-----14 GARCÍA BALLESTER, L. ( 2001), La búsqueda de la salud: sanadores y enfermos en la España medieval, Barcelona, Península.
16 LAWN (1963), esp. en el cap. 9, pp. 129-140, analiza a fondo la confección de colecciones de problemas, en latín y en lengua vernácula (castellano e italiano), entre los siglos XIII y XVII.
17 Las colecciones castellanas de problemas son estudiadas por CUARTERO SANCHO, P. (1990), «Las colecciones de problemas en el Siglo de Oro», Bulletin Hispanique, 92, 213-235, que desconoce los trabajos de Brian Lawn así como la traducción castellana de la obra de Girolamo Manfredi objeto de estas notas; SANZ HERMIDA, J. (1993), «El género de preguntas y respuestas como popularización de la filosofía natural: la obra de A. López de Corella», Criticón, 58, 185-195; SANZ HERMIDA, J. (1997), Literatura de problemas en la España de los siglos XVI y XVII: Alonso López de Corella y Alonso de Fuentes, tesis doctoral de la Universidad de Salamanca, 1997 (cuya consulta no ha sido posible). nas de los Problemata pseudoaristotélicos que difundió la imprenta, 18 pero también de las ediciones en italiano de las obras del género.
Hay que señalar que las colecciones castellanas de problemas se caracterizan por el uso del verso, procedimiento utilizado con toda naturalidad en los medios académicos por sus virtudes nemotécnicas 19.
Recordemos tan sólo los poemas introductorios que el profesor de medicina de la Universidad de París, Jacques Despars 20, antepuso a sus comentarios al Canon de Avicena, que concluyó en 1453 y que se difundieron ampliamente en la Universidad de Salamanca, en cuyas aulas circularon sin ninguna duda los comentarios de Pietro d'Abano a los Problemata 21.
El mismo Francisco López de Villalobos, médico licenciado en Salamanca de quien trataremos más adelante, resumió en verso y en castellano el Canon, considerado entonces el mejor compendio de todo lo que un médico bien informado debía saber, en su Sumario de la medicina (1498) 22.
La única obra estrictamente de cirugía que conocemos escrita en castellano es la Çirugia rimada del médico y cirujano Diego el Covo (o Cobos), concluida en 1412 aunque conservada sólo fragmentariamente en una ----18 La traducción más antigua de los Problemata Aristotelis es la de Bartolomé de Messina, realizada entre 1258 y 1266, que se difundió acompañada del comentario de Pietro d'Abano (1310).
La traducción que tuvo más éxito con la imprenta fue la de Teodoro Gaza (1454), aunque no hay que olvidar que en muchas ediciones la traducción de Gaza se presentaba unida a la de Messina y por tanto al comentario de Pietro d'Abano.
19 No hay que olvidar que la forma versificada -propia de un momento de transición entre la oralidad y la escritura-ya fue utilizada en algunos de los textos médicos de la llamada Escuela de Salerno.
20 Sobre el célebre autor parisino, véase JACQUART, D. (1990), La médecine médiévale dans le cadre parisien: XIVè -XVè siècles, París, Fayard, p.
498;y JACQUART, D. (1980), «Le regard d' un médecin sur son temps: Jacques Despars (1380?-1458)», Bibliothèque de l'École des Chartes,138, 21 Salamanca vivió en el siglo XV el «renacer» de la escolástica médica que se difundió por la Europa occidental a finales del XIII y principios del XIV con el estudio de las obras de los médicos que marcaron las pautas intelectuales en esos siglos, como Arnau de Vilanova, Bernardo de Gordon, Taddeo Alderotti y Pietro d'Abano (Conciliator y los comentarios a los Problemata).
Véase al respecto GARCÍA BALLESTER (2001), en esp. el cap. 3 y p.
(1998), Francisco López de Villalobos, Sumario de la medicina (1498), Salamanca, Universidad de Salamanca-Real Academia de Medicina de Salamanca. copia de 1493, lo que indica la validez de la forma versificada en la literatura médica aún a finales del siglo XV 23.
En las colecciones de problemas castellanas la pregunta suele ser en verso 24 y la respuesta puede aparecer en verso o en una glosa en prosa, o en una combinación de verso y prosa, sin duda por influjo de las poesías de preguntas y respuestas de los cancioneros, particularmente de las composiciones de perqué 25.
El género aparece perfectamente definido por los compiladores castellanos.
Como veremos a continuación, Hernán López de Yanguas, por ejemplo, afirma que problemas «quiere decir preguntas con sus respuestas».
Así mismo, los autores no ocultan las fuentes utilizadas, que, por lo que aquí interesa, son Aristóteles, Plutarco, Alejandro de Afrodisia y, en algún caso, autores italianos del género.
Juan de Jarava, autor de un libro de problemas de los más interesantes, escrito únicamente en prosa, explica claramente por qué ha optado por el género en cuestión: por su didactismo, puesto que los temas a los que él se refiere (el amor y las cosas naturales) «son mejor entendidas quando a manera de pregunta se proponen y con mayor voluntad son leydas quando como un razonamiento de dos que hablan juntos preguntándose uno al otro son tratadas» 26.
Y es que los libros de problemas son textos más populares que técnicos, que introdujeron en España muchas de las teorías científicas que se debatían por entonces en Europa en un lenguaje apto para un público medianamente culto.
«Sus autores castellanos son médicos, físicos, moralistas y escritores en gene-----23 Se ha conservado sólo el Tratado de las apostemas.
24 Respecto al verso de las colecciones de problemas castellanos, LAWN (1963), p.
135, apunta la influencia en ello de la tensó provençal, una contentio entre dos trovadores; véase también RIQUER, M. de (1975), Los trovadores: historia literaria y textos, Barcelona, Planeta, vol. 1, p.
25 Sobre la caracterización del subgénero cancioneril de preguntas y respuestas, véase CHAS AGUIÓN, A. (1997), «Pues no es yerro preguntar...: notas para la revalorización de una modalidad poética cuatrocentista olvidada, las preguntas y respuestas», en BERESFORD, A.M., y DEYERMOND, A.D., eds., [Hispanic Studies:] Proceedings of the Eighth Colloquium, 1996, Queen Mary and Westfield College, Londres, Queen Mary and Westfield College-Department of Hispanic Studies, 85-93.
Para un estudio de conjunto del tema preguntas y respuestas en la lírica del siglo XV, véase CHAS AGUIÓN, A. (2000), Amor y corte: la materia sentimental en las cuestiones poéticas del siglo XV, Noia, Toxosoutos.
IIII (ejemplar en Madrid, BN, R 14294). ral de prestigio reconocido, lo que nos da razón de la importancia de este género» 27.
Veamos ahora quienes son los autores de colecciones de problemas castellanas de los cuales tenemos notícia.
El primero de ellos es el médico navarro Alonso López de Corella (ca.
Estudió en Salamanca y Alcalá, donde posiblemente se licenció en medicina hacia 1542, y ejerció su profesión al servicio de la casa de Luna, luego en Peralta, en Corella y en el cabildo de Tarazona, villa que le vió morir.
López de Corella, que nunca se casó ni tuvo hijos, fue un hombre de holgada posición económica, que vió aumentar su patrimonio gracias a su actividad profesional y a sus actuaciones como prestamista 29.
Tuvo tiempo también para la escritura de obras científicas, de las cuales ahora nos interesan sólo las que tienen relación con el género de los problemas.
La primera de estas obras lleva por título Secretos de filosophía y medicina collegidos por el Bachiller Alonso López de Corella puestos a manera de perqué porque mejor se encomienden a la memoria.
Constituye un fascículo de doce hojas con 720 preguntas sin respuesta escritas totalmente en versos pareados, impreso en 1539 30.
----27 Así lo apunta SANZ HERMIDA, J., ed. ( 2001), Cuatro tratados médicos renacentistas sobre el mal de ojo, Valladolid, Junta de Castilla y León, Consejería de Educación y Cultura, p.
En la introducción trata fragmentos de obras del género de preguntas y respuestas que recogen el mal de ojo (pp. 64-66).
Dos de los cuatro textos latinos que edita y traduce presentan fragmentos en forma de pregunta y respuesta: el Tractatus de fascinatione (¿1499?), del sevillano Diego Álvarez Chanca, médico que acompañó a Cristóbal Colón en su segundo viaje a las Indias (pp. 73-140) y las Relectiones de fascinatione (1561) de Tomás Rodrigues da Veiga (1513-1579), uno de los médicos portugueses más prestigiosos de su época (pp. 257-287).
Sobre este tema y alguno de estos textos, véase SALMÓN, F., y CABRÉ, M. (1998), «Fascinating Women: The Evil Eye in Medical Scholasticism», en FRENCH, R., ARRIZABALAGA, J., CUNNINGHAM, A., y GARCÍA BALLESTER, L., eds., Medicine from the Black Death to the French Disease, Aldershot, Ashgate, pp 53-84.
López de Corella tenía conciencia de crear un nuevo estilo, como atestigua en los Secretos de filosophía: «Y juntamente vean que yo he sido el primero que en este estilo me he puesto a escrevir esta materia.
Y conforme al dicho de Galeno, secundo libro De facultativus naturalibus, «no es posible que uno principie un género de escrevir y lo perfecione.» (p.
29 Estos datos en GURPEGUI RESANO, J.R. ( 2001), Alonso López de Corella (c.
30 GURPEGUI RESANO (2001) valora los Secretos así: «Debe ser interpretada como la obra de quien, mientras prepara su licenciatura, ocupa sus ocios elaborando un listado de diversos Dándose cuenta de que la ausencia de respuestas dificultaba la comprensión de la obra 31, emprendió una nueva versión en la que se proponía, «condescendiendo a ruego de muchos amigos, responder a las preguntas pasadas, pues ellos, por no saber philosophía y otras sciencias que se requieren, no las entienden» 32.
De este modo, en 1546 se imprimieron 309 de los problemas de la obra anterior con las respuestas en verso y una glosa en prosa, con el título de Trezientas preguntas de cosas naturales en diferentes materias con las respuestas y alegaciones de auctores, las quales fueron antes preguntadas, a manera de perqué por el Licenciado Alonso Lopez de Corella, médico.
Considerando López de Corella que la obra impresa en Valladolid en 1546 contenía demasiados errores producto de la prisa del editor, 34 en 1547 se imprimió en Zaragoza la que debe considerarse como la edición definitiva y autorizada de su obra.
Son los Secretos de Philosophía y Astrología y Medicina y de las quatro mathemáticas Sciencias, collegidos de muchos y diversos auctores, y divididos en cinco quinquagenas de Preguntas por el Licenciado Alonso López de Corella, médico.
Contiene 250 preguntas en verso con las respectivas respuestas también versificadas 35, seguidas de comentarios en prosa más amplios que los de la edición de 1546 36.
La dependencia de la obra ---problemas de Filosofía Natural: una especie de memorandum de lo que todo bachiller en Artes debe conocer antes de su graduación» (p.
31 Que había escrito sin respuesta ya que «para los doctos no es más menester/ y a los que no saben basta el proponer/ para a preguntarlas les dar afición», en GURPEGUI RESANO (2001), p.
33 De esta impresión, realizada en Valladolid, existe edición moderna: CRUZ CRUZ, J., ed. (2000), Alonso López de Corella, Trescientas preguntas de cosas naturales (1546), Pamplona, Universidad de Navarra, con un prólogo («López de Corella: un dietista del vino») que situa a López de Corella en el contexto médico universitario de su época.
SANZ HERMIDA (1993), analiza la relación de las obras de López de Corella entre sí y los problemas de edición de ésta de 1546, considerada falsa por el propio López de Corella.
34 «Suplico pues al lector que no tenga por mío aquel tractado y sepa que por satisfazerle acerca desto he dado más priessa a imprimir esta obra que la materia requería», en SANZ HERMIDA (1993), p.
35 Las respuestas son dos quintillas dispuestas en forma de cobla real, una copla de arte menor o una copla mixta, según CUARTERO SANCHO (1990), p.
36 También existe edición moderna de esta obra: CRUZ CRUZ, J., ed. ( 2001), Alonso López de Corella, Secretos de filosofía y astrología y medicina y de las cuatro matemáticas ciencias, colegidos de muchos y diversos autores y divididos en cinco quinquagenas de preguntas, Pamplona, Gobierno de Navarra, Departamento de Educación y Cultura.
de este médico navarro con la tradición de los Problemas de Aristóteles no ofrece ninguna duda.
Las Trezientas preguntas... contienen una lista de «los autores principales donde estas preguntas se han colegido», entre los cuales figuran Aristóteles y Alejandro de Afrodisia 37, autores que también son citados como autoridades en su obra De vini commoditatibus (Zaragoza, 1550) 38.
El dramaturgo soriano Hernán López de Yanguas (1487-ca.
1540) 39 escribió en verso 40 las Cincuenta bivas preguntas con otras tantas respuestas, que se imprimieron en tres ocasiones durante el siglo XVI y una en el XVII 41.
En el preámbulo de la obra, el autor anuncia sus fuentes, que son Aristóteles, Plutarco y Alejandro de Afrodisia:
Obra nuevamente compuesta por el bachiller Hernán López de Yanguas, llamada Problemas, que quiere decir preguntas con sus respuestas.
La cual, por no estar ocioso, compuso a imitación de Aristóteles y de Plutarco y de Alejandro Afrodiseo, de cuyas entrañas manó, para provecho y utilidad y pasatiempo de los ----37 CRUZ CRUZ (2000), p.
38 JIMÉNEZ DELGADO, J., ed. y trad. ( 1978), Alonso López de Corella, Las ventajas del vino, Pamplona, Diputación Foral de Navarra-Institución Príncipe de Viana-CSIC: «Aristoteles enim testatur trigesima sectione problematum» (72), «Ut enim Aristoteles est autor trigesima sectione problemate primo multiiuge sunt ebrietatis species» (102), «Quod euenire solet, teste Alexandro aphrodiseo sectione quarta problematum» (80).
39 Sobre López de Yanguas como autor de teatro véase GONZÁLEZ OLLÉ, F., ed. (1967), Fernán López de Yanguas, Obras dramáticas, Madrid, Espasa-Calpe; y PÉREZ-RIOJA, J.A. (1968), Hernán López de Yanguas, humanista y autor dramático, Soria, Centro de Estudios Sorianos.
40 En redondillas de rima cruzada y abrazada, según CUARTERO SANCHO (1990), p.
41 En Medina del Campo, ca.
El libro, de 16 folios, empieza con esta redondilla: «Aquí lector verás juntas/ por Hernán López compuestas/ cincuenta vivas preguntas/ con otras tantas respuestas.»
Al dorso: «Obra nuevamente com-/ puesta por el Bachiller/ Hernán López de Yan-/ guas: llamada Proble-/ mas, que quiere dezir/ preguntas con sus res-/ puestas», ed. GONZÁLEZ OLLÉ (1967), pp. XVIII-XIX.
Véase PALAU I DULCET, A., Manual del librero hispano-americano: bibliografía general española e hispano-americana desde la invención de la imprenta hasta nuestros tiempos, con el valor comercial de los impresos descritos, 38 vols. Barcelona, Librería Anticuaria de A. Palau-Oxford, The Dolphin Book, vol. 7, p.
671, que transcribe «Cincuenta buenas preguntas».
Tanto en el Catálogo colectivo de obras impresas en los siglos XVI al XVIII existentes en las bibliotecas españolas, sección I (siglo XVI), 15 vols., Madrid, Instituto Bibliográfico Hispánico, 1972-1984(ed. provisional), vol. Letras L-LL (1976), §.
54, se transcribe el título correctamente. lectores, no poca parte de lo que en ella se trata.
Finge la obra a manera de diálogo que dos personas, estando ociosas en las largas noches de invierno, la una llamada Deseo y la otra Reposo, para pasar tiempo, acordaron que el uno preguntase y el otro respondiese todas las preguntas y respuestas que aquí se tratan, en las cuales hay muchos secretos y vivezas tocantes a la natural filosofía, según el benigno y docto lector podrá ver 42.
De la difusión de la obrita de López de Yanguas son testimonio las tres ediciones citadas y las palabras del humanista y pedagogo Juan Lorenzo Palmireno (ca.
En El estudioso de la aldea (Valladolid, 1568), Palmireno aconseja que para descansar de los ejercicios de sintaxis y no estar ocioso, se podía perfectamente cantar alguna copla de aquel libro que se dice Cincuenta preguntas, del Bachiller Hernán López de Yanguas, impresso en Valencia, 1550.
Con seis dineros que te costará, aprenderás burlando, y con pasatiempo, cosas que te harán docto poco a poco 44.
El también poeta Francisco López de Villalobos (ca.
1473-1549), de origen judío, estudiante en Salamanca 45 y luego médico (y astrólogo) que alcanzó un gran prestigio profesional y social -estuvo al servicio de los duques de Alba, de Fernando el Católico y de Carlos V-46, escribió el Libro intitulado Los problemas, que trata de cuerpos naturales y morales.
Escrito en coplas castellanas seguidas de una glosa en prosa, se imprimió en cinco ocasiones, la primera en 1543 47.
Los Problemas de Villalobos 48, título con el que se conoce ----esta obra de gran éxito y difusión, dedicada al infante don Luis de Portugal, contienen dos tratados.
El primero (con seis problemas) trata de los cuerpos naturales y el segundo (con treinta y cinco) de las «cosas morales, conviene a saber, del hombre y de sus costumbres y maneras» 49.
Las preguntas, en verso, son muy breves, y las respuestas, en prosa, bastante más largas, posiblemente porque el autor las considera lo esencial de su obra 50.
Villalobos apenas incluye citas de autoridades en su obra, cuya vinculación con los Problemas de la tradición aristotélica parece depender más de la forma que del contenido, puesto que el médico y poeta intercala con gracia notícias biográficas y críticas a la sociedad de su tiempo.
Sírvanos el metro 24 del segundo tratado como ejemplo:
¿Por qué el físico doliente Del mal que en sí nunca sana Promete de buena gana La salud a otro paciente?
Mándale al triste que coma Lo que él no quiere tragar, Y las purgas que él no toma Al otro manda tomar.
LÓPEZ PIÑERO, J. Ma., et al. (1981Ma., et al. ( -1986)), Los impresos científicos españoles de los siglos XV y XVI: inventario, bibliometría y thesaurus, 4 vols. en 3 tomos, Valencia, Universidad de Valencia, vol. 2-3, pp. 166-167.
Los dos diálogos de medicina son el Diálogo de las fiebres interpoladas y el Diálogo del calor natural, obras que Villalobos redactó un cuarto de siglo antes, pero que se publicaron por primera vez junto con los Problemas.
En el Tratado de las tres grandes, López de Villalobos habla «de la gran parlería, de la gran porfía y de la gran risa».
Sus Congressiones vel duodecim principiorum liber nuper editus (Salamanca, 1514) fueron traducidas al inglés en el siglo XIX: GASKOIN, G. ( 1870), The Medical Works of Francisco López de Villalobos, the Celebrated Court Physician of Spain, Now First Translated With Commentary and Biography, Londres, J. Churchill & Sons.
48 ARIBAU, B.C., ed. ( 1855), Los problemas de Villalobos, Madrid, M. Rivadeneyra (Biblioteca de autores españoles, XXXVI, Curiosidades bibliográficas), pp. 403-493.
El título entero es Libro intitulado Los problemas de Villalobos, que tracta de cuerpos naturales y morales; y dos diálogos de medicina y el tratado de las tres grandes, y una canción, y la comedia de Anfitrión.
Después de la Canción de Villalobos y la glosa (p.
460) se lee: «Fin de los problemas de Villalobos».
50 «Lo mejor de la obra (si algo tiene de bueno) es la glosa; los metros son como compendios y sumarios de lo que en ella se tracta», en ARIBAU (1855), p.
GLOSA Esta copla está muy clara y no tiene respuesta; porque, si este médico piensa que no puede sanar al otro, ¿por qué le cura y por qué le da tantas hieles a beber?
Et si piensa que le puede sanar, ¿por qué no se cura a si mesmo?
Que más obligado es a sí que a los otros.
Mas dejando aparte la maldad del médico, cosa es para reír la necedad del paciente.
Yo vi en Montpeller un físico que llamaban maestre Falcon, y era tan sordo, que no podía oír campanas ni trompetas, y todos los que ensordecían por aquellas tierras se venían a curar con él, porque decían que conoscía bien la enfermedad, y esto parescía a ellos que bastaba, aunque volviesen a sus casas mucho más sordos que cuando salieron dellas51.
El médico y naturalista Juan de Jarava52, que residió largo tiempo en Lovaina y fue médico de Leonor, hermana del emperador Carlos V y reina de Francia, publicó en 1544 una obra en prosa que lleva por título Problemas o preguntas problemáticas, ansí de amor como naturales y acerca del vino53.
El autor asegura estar realizando una traducción del latín, aunque confiesa haber manipulado el original, de acuerdo con la tradición propia de la literatura de problemas.
No debemos olvidar aquí que, en la Edad Media,'escribir' -acto que incluía tambén la traducción tal como hoy la entendemos-significaba reescribir y actualizar a los auctores de la propia tradición con el objeto de inscribirse en ella54.
He aquí el testimonio de Jarava:
----Y es cierto que en traduzir estos problemas o demandas que no he estado tan atado al pie de la letra que no haya mudado o trastocado alguna cosa, o añadido alguna causa y verso acotado de algún autor al propósito, y también he dexado alguna razón que no hazía mucho al caso55.
Dividido en tres partes, y tal como indica su título completo, la obra contiene preguntas, con sus correspondientes respuestas, relativas al amor, a las cuestiones naturales y otras acerca del vino, con una elaborada mezcla de los temas característicos (filosofía e historia naturales, fisiognomía, etc.) de los libros de problemas de raíz aristotélica56.
Aunque tenemos pocos datos sobre su autor57, éste se dibuja como un personaje interesante.
Traductor de Cicerón y partidario de las ideas erasmistas, tradujo al castellano (1549) los Apotegmas de Erasmo58, florilegio escrito por el de Rotterdam en 153159.
Juan de Jarava fue autor también de un tratado divulgativo sobre filosofía natural que tiene como fuente principal a Aristóteles, impreso en Amberes en 1546 y traducido al italiano por Alonso de Ulloa en 155760.
Fray Luis de Escobar 61 planeó escribir tres colecciones de preguntas y respuestas, pero tan sólo pudo llevar a cabo las dos primeras.
Las quatrocientas ----respuestas a otras tantas preguntas que D. Fadrique Enríquez y otras personas en diversas vezes embiaron a preguntar al autor, que no quiso ser nombrado, mas de cuanto era fraile menor, con quinientos proverbios de consejos y avisos por manera de letanía, se imprimieron en cinco ocasiones, la primera en 1545 62.
Esta primera colección, que contiene una primera parte en verso 63, trata fundamentalmente de temas teológicos, pero incluye también algunas cuestiones de filosofía natural 64.
La segunda colección de Luis de Escobar se publicó en Valladolid en 1552 con el título de La segunda parte de las Quatrocientas respuestas en que se contienen otras quatrocientas respuestas a otras tantas preguntas al mesmo auctor, assí en prossa como en metro, con cincuenta declaraciones o glosas en los lugares que paresció ser más menester, por el mismo auctor 65.
Escobar indica, en una de las preguntas de filosofía natural, cual es su fuente directa:
Aristóteles compone esas cuestiones y temas, y en uno de sus problemas la misma pregunta pone 66.
Tal como señala Palau, el nombre del autor, que no figura en el título, consta en un acróstico de la «Invocación a la letanía».
63 Las preguntas en verso, con una notable variedad estrófica que incluye quintillas, coplas mixtas, redondillas abrazadas, coplas de arte mayor, cuartetos de rima cruzada y abrazada (CUARTERO SANCHO, 1990, p.
CXI, a partir del cual el texto se desarrolla en prosa.
Hemos consultado el ejemplar de la Biblioteca de la Universitat de Barcelona, B. 14-4-13-2345, que corresponde a la primera edición de Zaragoza.
La métrica usada es la misma que en la primera colección, con el añadido de la copla manriqueña.
A partir de la pregunta 251, pregunta y respuesta van en prosa (CUARTERO SAN- CHO, 1990, p.
66 La segunda parte de las Quatrocientas respuestas..., f.
El médico de Segovia Agustín de Ruescas 67 escribió un Diálogo en verso, intitulado Centiloquio de problemas 68, una colección de cien preguntas y respuestas en verso 69 con notas marginales en latín sobre las fuentes utilizadas, que se imprimió en Alcalá de Henares en 1546.
El diálogo que mantienen los 'filósofos' Pánfilo y Protidemo está basado fundamentalmente en los Problemas de Aristóteles 70, pero también 71 en el comentario de Pietro d'Abano, los Problemas de Alejandro de Afrodisia, los Problemas del portugués Antonio Luiz 72 y el Problema de Erasmo 73.
1550) 74 fue autor de una Summa de philosophía natural, una nueva colección de problemas, esta vez con las preguntas en verso y las respuestas en prosa, que se imprimió en Sevilla en 1545 y en 1547 75.
El argumento de la obra es el siguiente: Etrusco, un ----67 El autor, que en el prefacio de la obra declara encubrir su nombre por propia decisión, se identifica en el acróstico de las octavas: «El licenciado Agustín de Rruescas, médico segoviense, hizo este Centiloquio», en CUARTERO SANCHO (1990), p.
68 Diálogo en verso, intitulado Centiloquio de problemas, en el qual se introduzen dos philósophos, el uno Pámphilo llamado, que cient philosóphicas preguntas propone, y el otro Protidemo, que respondiendo suscintamente las dissuelve.
Obra muy útil y provechosa de varia y singular erudición, do se contienen muchos secretos y bivezas tocantes a la natural Philosophía.
87, recoge el acróstico y apunta la existencia de una edición impresa en Alcalá en 1548, dato que se ha demostrado erróneo.
70 «Argumento de este dialogal Centiloquio.
Saliendo un día Pámphilo a espaciarse, mancebo de singular ingenio dotado, y en la philosóphica disciplina medianamente instruydo, halló a caso en un deleytoso valle a Protidemo, varón claro y erudito, que a la sazón cierta materia en los problemas de Aristóteles mirava.
Donde viendo Pámphilo la opportunidad del tiempo que conforme a su desseo y natural inclinación se ofrecía, pide a Protidemo le declare algunas philosophales dudas».
Citamos a partir del ejemplar de Madrid, BN, R 2217, f.
71 Así lo apunta CUARTERO SANCHO (1990) 74 Sobre este rimador de crónicas (es autor de un Libro de los cuarenta cantos en verso y prosa) véase Gran Enciclopedia de Andalucía (1979), 10 vols., Sevilla, Promociones culturales andaluzas, s v.
CUARTERO SANCHO (1990), no cita esta obra. noble de la Toscana, pasea por Sevilla, a orillas del Guadalquivir, cuando se encuentra con Vandalio, un andaluz que le hace preguntas para instruirse en filosofía, astronomía, astrología, el alma y la anatomía del cuerpo humano y la generación humana.
A pesar de que sólo nos consta la existencia de una edición castellana, esta obra debió gozar de popularidad puesto que fue traducida al italiano por Alonso de Ulloa y se imprimió en esta lengua en dos ocasiones (Venecia, 1557 y 1567) 76.
Jerónimo Campos, en su Sylva de varias questiones naturales y morales, que se imprimió en Amberes en 1575 y en Valencia en 1587 77, imitó la colección de problemas del italiano Ortensio Lando (ca.
1553), hecho que seguramente debió determinar que usara exclusivamente la prosa 78.
En el «Prólogo del autor», Campos expone los motivos que le llevaron a elaborar su obra, y aclara que se trata de una traducción realizada con afán divulgativo 79: Y assí, viéndome desocupado de algunos negocios civiles, quise bolver a mis estudios, y rebolviendo mis papeles topé con un gran número de questiones naturales y morales, que de graves auctores tenía recogidos, y assí quise (dándoles las soluciones según que sabía) sacarlas en romance, y hazer un libro, con el qual, los ----76 Véase LÓPEZ PIÑERO et al. (1981PIÑERO et al. ( -1986)), vol. 2-3, p.
La primera edición se imprimió con el título de Somma della Natvral Filosofia di Alfonso di Fonte divisa in dialoghi sei... novellamente tradotta di Spagnvolo in volgare de Alfonso di Vlloa.
Hemos visto el ejemplar de la Biblioteca de la Universitat de Barcelona, XVI-3342.
La traducción italiana es exclusivamente en prosa.
77 JERÓNIMO CAMPOS, Sylva de varias questiones naturales y morales, con sus respuestas y soluciones, sacadas de muchos auctores griegos y latinos.
78 Ortensio Lando escribió en latín las Miscellaneae questiones (Venecia 1550), que luego tradujo al italiano con el título de Quattro libri de dubbi con le solutioni a ciascun dubbio accommodate.
79 Hemos consultado el ejemplar de la Biblioteca de la Universitat de Barcelona, B. 3-5-7-311, que corresponde a la edición de Valencia de 1587.
Esta edición contiene, antes del prólogo del autor, las acostumbradas licencias de impresión, ambas en catalán: primero, la licencia real, firmada por el marqués de Aitona, Francesc de Montcada, lugarteniente y capitán general del reino de Valencia; y, a continuación, la licencia eclesiástica, firmada por Antoni Galant, doctor en teología. que no han professado muchas sciencias, supiessen responder y satisfazer a muchas dudas que se les offrece.
De manera que ésta es la causa porque quise hazer este libro o sylva: de los arboles buenos que en ella hay coged el fruto mejor y que más se conformare al gusto de vuestro paladar 80.
La obra está dividida en dos «libros» (sobre la filosofía natural y la filosofía moral, respectivamente), que contienen a su vez siete «centurias» cada uno, organizadas en las correspondientes «questiones» y «soluciones».
El libro primero presenta una mezcolanza de temas propios de las seis 'cosas no naturales' del galenismo, habituales en todos los regímenes de salud 81, junto con otros relacionados con el conocimiento del mundo físico.
Algunos de los temas tratados por Jerónimo Campos son los siguientes 82: zález de la Torre titulada Doscientas preguntas con sus respuestas en versos diferentes (Madrid, 1590) 83, que contiene doscientos trece enigmas con sus respectivas soluciones.
En realidad, esta obra se inscribe en el marco de las compilaciones misceláneas84, género didáctico con afán divulgativo que el humanismo renacentista hizo triunfar85.
Una buena muestra del enorme éxito de este género, en el que se combina la exposición de diversos temas que resultaban atractivos para un público no académico con relatos divertidos relacionados con los exempla, son las 107 ediciones en distintas lenguas de la Silva de varia lección de Pedro Mexía, miscelánea que se imprimió por primera vez en Sevilla en 154086.
La estructura de los libros de problemas se filtra en otro tipo de textos, como ocurre por ejemplo en un fragmento del Compendio de la humana salud (Zaragoza, 1494), traducción del florilegio latino anónimo de textos médicos, quirúrgicos y recetas que obtuvo gran éxito en la Europa central con el título de Fasciculus medicinae (1491) 87.
En su apartado dedicado a las «do-----lencias de las mujeres» contiene preguntas y respuestas procedentes del Omnes homines, una de las tradiciones textuales de los Problemata Aristotelis 88.
Es en este contexto ibérico del siglo XVI, definido por una gran proliferación de las colecciones de problemas, que hay que situar la traducción castellana del Liber de homine, más conocido como Il perché, del italiano Girolamo Manfredi, realizada por Pedro de Ribas e impresa por primera vez en Zaragoza en 1567, en la cual nos centraremos a continuación.
GIROLAMO MANFREDI Y SU LIBER DE HOMINE
El médico, astrólogo y profesor de la Universidad de Bolonia Girolamo Manfredi 89 procedía de una familia de origen humilde, en cuyo seno se habían dado médicos activos en Bolonia desde el siglo XIII.
Nacido hacia 1430 y muerto a finales del verano de 1493, Manfredi alcanzó riqueza y fama en su ciudad natal, entonces uno de los principales centros universitarios de Occidente, gobernada por Giovanni II Bentivoglio, bajo cuya protección siempre se mantuvo.
Como pauper studens, Girolamo inició en Bolonia 90 sus estudios de artes ---llevadas a cabo a partir del texto latino, la de Zaragoza de 1494 y otra impresa en Burgos en 1495 con el título de Epílogo en medicina y cirurgia.
El Fasciculus medicinae circuló por Alemania en tradición manuscrita y de forma anónima.
Cuando el texto pasó a Italia y se imprimió, se consideró que el médico alemán Johannes de Ketham, posesor de un manuscrito en el cual escribió su nombre, era el autor de aquellos materiales.
Sobre esta obra y su autoría, véase especialmente PESENTI, T., ed. ( 2001 -paso previo obligatorio para acceder a la facultad de medicina-, aunque se doctoró en Ferrara en 1455.
Pocos años después, en 1459, recibía la tonsura eclesiástica.
Desde 1455, Manfredi fue lector de lógica y de filosofía en el Estudio de Bolonia.
Tras doctorarse en medicina en Parma en 1466, se desplazó a Bolonia, en cuya universidad leyó medicina y astrología hasta su muerte.
Sabemos que practicó la medicina, pues él mismo explica que asistió a enfermos de peste.
Pero su prestigio profesional y social lo adquirió, sobre todo, a partir de la práctica de la astrología, que le proporcionó una altísima reputación.
Desde el curso 1476-1477, la Universidad de Bolonia le encargó que, además de las clases, faciat iudicium et tacuinum cada año.
En vida fue considerado el mejor de los astrólogos de Italia, y príncipes y ciudades se disputaron sus servicios.
Se le encargaron tareas delicadas, como por ejemplo la elección del momento más favorable para que las naves de la cruzada contra los turcos, promovida por el papa Pío II en 1464, se hicieran a la mar desde Ancona -cruzada que quedó interrumpida bruscamente con la muerte del pontífice.
A veces, sus predicciones provocaron incidentes y polémicas, como la cólera en que montó Galeazzo Maria Sforza por una predicción nada favorable, o las discusiones que mantuvo con Giovanni Pico della Mirandola.
Estos conflictos fueron, posiblemente, la causa del alejamiento temporal de Manfredi de la cátedra de astrología de Bolonia durante el trienio de 1483-1486, período en que, sin embargo, continuó impartiendo medicina en la misma universidad.
Era ya un hombre de éxito cuando en 1486 se casó con Anna Fontana, descendiente de una conspícua família de Módena, con quien tuvo tres hijos.
Efectivamente, Manfredi se convirtió en un hombre de sólida posición económica.
Como se desprende de su testamento, que redactó al predecir su propia muerte, tenía casa en Bolonia, dos más fuera de la ciudad, una biblioteca con un centenar de libros (entre los cuales 40 de medicina y filosofía, 17 de astrología y 14 de poesía) y otros bienes.
En sus últimas voluntades dispuso asimismo que su entierro se realizara a la luz de las estrellas y en la intimidad, evitando así la pompa que hubiera sido previsible en un personaje de una biografía como la suya.
Manfredi fue autor de diversas obras, principalmente médicas y astrológicas, que se beneficiaron de las posibilidades de difusión que brindaba el nuevo invento de la imprenta.
En primer lugar, la que tituló Liber de homine, un tratado de divulgación médica que, precisamente por esta razón, escribió en ----Comune di Bologna (Istituto de Storia), pp. 197-223, relaciona los dos personajes a partir de un incidente provocado por un pronóstico astrológico para el año 1477 y los circunscribe en el marco universitario de la ciudad de Bolonia.
italiano, y que constituye una de las primeras obras de medicina que se imprimieron en Bolonia (1474) 91.
Como veremos más adelante, hasta la segunda mitad del siglo XVII se imprimieron en distintos lugares de Italia dos decenas de ediciones más de esta obra.
Pocos años más tarde encontramos a Manfredi actuando como curador, junto con Galeotto Marzio, Cola Montano y Pietro Bono Avogaro, de la edición de Bolonia (pretendidamente de 1462, en realidad de 1477) de la Geographia de Ptolomeo, la primera de esta obra que incluyó mapas 94.
A continuación, Manfredi volvió a la lengua vulgar para escribir dos tratados médicos, el Trattato della pestilenza (Bolonia, 1478), que se imprimió después en latín (Bolonia, ca.
Sus pronósti-----91 Lo fue por Ugo Ruggieri y Domenico Bertocchi, que habían iniciado un año atrás su trabajo editorial.
Se puede consultar en HELLINGA, L., dir.
Esta es la edición que se transcribe en TROMBETTI BUDRIESI, FORESTI y NADA PATRONE (1988), volumen de gran formato con numerosas ilustraciones que se publicó con motivo de la celebración del noveno centenario de la fundación de la Universidad de Bolonia.
Contiene flagrantes errores de transcripción, como la omisión de alguna pregunta (I.III.11) o de fragmentos enteros (I.IV.13; I.IV.57), así como olvidos de magnitud considerable, como el de la edición de Nápoles de 1478, que no se cita.
92 Impresión efectuada por Francesco del Tuppo.
93 Reimpresión de la edición de 1474 llevada a cabo por Ugo Ruggieri. cos astrológicos anuales 97 fueron reiteradamente impresos (desde 1475 hasta el siglo XVII) en Bolonia y otros lugares, tanto en latín (Ephemerides astrologicae operationes medicas expectantes) como en italiano 98.
A todo esto hay que añadir un comentario perdido al Quadripartitum de Ptolomeo, que Manfredi cita en su Trattato della pestilenza 100.
Su Liber de homine o Il Perché 101, la obra que ahora nos interesa, se divide en dos libros.
El primero, dedicado a la conservación de la salud 102, es un régimen de sanidad que consta de siete capítulos, en los cuales se tratan las seis 'cosas no naturales' del galenismo.
Así, el primer capítulo está dedicado a la comida, el segundo a la bebida, el tercero al sueño y la vigilia, el cuarto al ejercicio físico, el quinto a la evacuación y repleción (donde se consideran los eméticos y purgantes, la orina, las heces, el sudor, los flujos humorales, la menstruación, el semen y el coito), el sexto al aire que nos rodea y el séptimo y último a las pasiones del alma 103.
El primero de los siete capítulos, el dedicado a la alimentación, es interrumpido después de la pregunta 59 por un largo fragmento en versos decasílabos que ocupan 19 folios, en los cuales se toman en consideración diversos tipos de carne, vegetales, panes, vísceras de animales, peces, aves, frutas, hierbas aromáticas, especias orientales y bebi-----97 Véase SERRA ZANETTI, A. (1952), «I pronostici di Girolamo Manfredi», en Studi riminesi e bibliografici in onore di Carlo Lucchesi, Faenza, Tip.
Véase TROMBETTI BUDRIESI, FORESTI y NADA PATRONE (1988), p.
Constan también dos obras más: unos versos latinos de temática astrológica y un breve tratado astrológico (Eiusdem Manfredi embolismarum ratio), que, en realidad, deben atribuirse a otros dos astrólogos homónimos y que vivieron en la Bolonia de su tiempo (THORNDIKE, 1923(THORNDIKE, -1958, vol. 4, p.
101 LAWN (1963), pp. 110-112, considera esta colección de problemas junto con las francesas escritas en forma dialogada de finales del siglo XIII, el Livre de Sidrach y el Dialogue de Placides et Timéo o Le livre des secrets aux philosophes, y la italiana L 'acerba de Cecco d' Ascoli (m.
102 La tabla de la edición de 1474, escrita en latín, empieza así: «Liber De Homine: cuius sunt libri duo.
103 En la ordenación de las seis 'cosas no naturales', Manfredi (como hacen también otros regímenes de sanidad) no sigue el orden canónico establecido por la Isagoge y el Pantegni.
das (el vino, la cerveza, el agua, la leche).
No hemos podido identificar este fragmento 104, que sigue las pautas de los tacuina sanitatis de los siglos precedentes 105 y de los conceptos del Regimen sanitatis de la llamada Escuela de Salerno 106 y que no se aleja de los capítulos que dedican los regímenes de sanidad a los alimentos clásicos.
El segundo libro del Liber de homine, que estudia las cosas relacionadas con la composición del hombre 107, es un tratado de fisiognomía 108 en trece capítulos que plantea cuestiones relacionadas con los pelos (1), la cabeza (2), los ojos (3), la boca (4), las orejas (5), la nariz (6), las manos y los brazos (7), los pies (8), el cuello y la espalda (9), la voz (10), los órganos internos (11), el estómago, la sed y el hambre (12) y los miembros de la generación (13).
En total son 568 preguntas y respuestas de raigambre aristotélica que Man-----
104 En general, se explican brevemente las características del alimento en cuestión, sus virtudes alimenticias y terapéuticas y, finalmente, a qué tipo de complexión resulta más útil su consumo.
105 Sobre estos manuales de higiene traducidos del árabe al latín durante el siglo XII y de notable éxito posterior, véase DELISLE, L. ( 1896), «Traités d 'hygiène du Moyen Âge», Journal des savants, pp. 518-540 [reseña de Tacuinum sanitatis in medicina: Ein veronesisches Bilderbuch und die höfische Kunst des XIV.
Verlagsanstalt; COGLIATI ARANO, L., ed. (1973), Tacuinum sanitatis, Milán, Electa; GARCÍA BALLESTER, L., ed. (1974), Códice C-67 de la Biblioteca Universitaria de Granada, Granada, Universidad de Granada.
106 Véase estos textos, que se difundieron desde finales del siglo XIII, en DE RENZI, S., ed. (1852-1859), Collectio Salernitana, 5 vols., Nápoles, Tip. del Filiatre-Sebezio [reimpr.
108 Sobre fisiognomía en general se pueden consultar EVANS, E.C. (1969), Physiognomics in the ancient world, Filadelfia, American Philosophical Society (Transactions of the American Philosophical Society, 59, part 5); CARO BAROJA, J. ( 1988), Historia de la fisiognómica: el rostro y el carácter, Madrid, Istmo; AGRIMI, J. ( 2002), Ingeniosa Scientia Nature: Studi sulla fisiognomica medievale, Florencia, SISMEL-Edizioni del Galluzzo.
Sobre los tratados fisiognómicos atribuidos a Aristóteles, véase MARTÍNEZ MANZANO, T.Ma, y CALVO DELCAN, C., trad.
(1999), Pseudo Aristóteles, Fisiognomía, y Anónimo, Fisiólogo, Madrid, Gredos; CURRIE, H.McL.
Sobre las Quaestiones basadas en el tratado de fisiognomía pseudo-aristotélico que escribió Jean Buridan, rector de la Universitad de París y uno de los comentaristas más importantes de Aristóteles en el siglo XIV, véase THORNDIKE, L. (1943), «Buridan 's Questions on the Physiognomy Ascribed to Aristotle», Speculum, 18, 99-103, que estudia los tres manuscritos que se conocen de la obra de Buridan y cita otros comentaristas.
fredi dispuso 109 siguiendo el sistema de expresión práctica de la ciencia y la didáctica escolásticas habitual en los siglos XIV y XV, del que se sirvió con fortuna para redactar este escrito enciclopédico de carácter divulgativo.
Para construir su obra, Manfredi partió, pues, de un género de larga tradición.
Pero hay que subrayar que tuvo la idea de agrupar en un solo volumen un régimen de sanidad y un tratado de fisognomía, idea que no recoge del género de los problemas sino que pudo haberla sacado del divulgadísimo Régime du corps que Aldobrandino de Siena escribió en francés hacia la mitad del siglo XIII o de alguna versión del Secretum secretorum pseudo-aristotélico 110.
EL ÉXITO DEL LIBER DE HOMINE: LAS EDICIONES ITALIANAS Y LAS TRADUC- CIONES CATALANA Y CASTELLANA Situándonos en un ámbito estrictamente italiano, podemos considerar dos testimonios de la difusión de la obra de Girolamo Manfredi, siempre entre un público no especialista.
Por un lado, sabemos que la parte fisiognómica del Liber de homine constituyó una de las fuentes del pensamiento (anatómico) de Leonardo da Vinci 111.
Por otro, conocemos la existencia de numerosas ediciones de la obra, que se llevaron a cabo en los siglos XV, XVI y XVII.
Más allá del ámbito italiano, las traducciones hasta ahora identificadas constituyen otro importante testimonio de su aceptación y difusión.
Liber de homine o Il Perché es el título con el que se imprimió la obra de Manfredi en tres ocasiones, como se ha visto antes, en la Italia del siglo XV 112.
----109 Manfredi parte de los Problemas pseudo-aristotélicos, texto al que clasifica, selecciona, amplía, mezcla, elimina preguntas y añade otras nuevas.
Para la relación entre la obra de Manfredi y la tradición textual del género de los problemas, véase CARRÉ y CIFUENTES (en prensa).
También CARRÉ, A. ed. ( 2004), Girolamo Manfredi, Quesits o perquens: regiment de sanitat i tractat de fisiognomonia, Barcelona, Barcino, 2004.
110 En su régimen de salud, Aldobrandino de Siena incorpora un apartado de fisiognomía.
La versión breve del Secretum secretorum fusiona las dos disciplinas en un solo capítulo, como ocurre en la traducción castellana Poridat de las poridades.
Conocemos la existencia de un manuscrito italiano del Secretum secretorum que contiene exclusivamente estas dos materias.
Lo estudiamos con más detalle en nuestros trabajos citados en la nota anterior, esp. en CARRÉ ( 2004), pp. 37-40, con abundante bibliografía.
111 Véase LAURENZA, D. (1998), «La 'composizione' del corpo: fisiognomica ed embriologia in Leonardo», Nuncius, 13, 3-37, en part. pp. 13-20;y LAURENZA, D. (1997) Las pertenecientes al bloque A son ediciones que constan de un proemio en latín donde se menciona a Girolamo Manfredi como autor de la obra, que se afirma traducida del latín al italiano.
Sigue la tabla con los títulos de los capítulos y las preguntas que contiene cada uno de ellos.
El primer libro contiene siete capítulos y el segundo trece.
En total, tenemos 568 preguntas con sus respuestas que aparecen en el texto una detrás de otra, sin divisiones de ningún tipo.
Todas estas ediciones son reimpresiones, con el proemio incluido, de la primera edición de la obra (Bolonia, 1474) 123.
Las ediciones del bloque B se caracterizan por las manipulaciones a que ha sido sometido el texto de Manfredi.
Son ediciones prácticamente idénticas ----entre sí, con apenas alguna variante poco significativa.
La primera de ellas, impresa por Ventura Salvador, se inicia con un prólogo del impresor dirigido a los lectores donde se explica que la obra es del príncipe de los filósofos, Aristóteles, y que el impresor ha decidido reeditarla porque se trata de una obra importante que da razón de muchas cuestiones.
Se justifican así las manipulaciones a que ha sido sometido el texto: Efectivamente, esta edición contiene 110 preguntas menos que las del primer grupo, supresiones que obedecen a razones ideológicas, producto de la Contrarreforma, que dejó sentir de este modo su influencia en el contenido de la obra 125.
En la tabla (que en unas ediciones figura al principio y en otras al final del texto) se expone que la obra está dividida en ocho partes y se enumeran los capítulos de cada una de ellas, con su correspondiente título 126.
Las seis primeras partes corresponden al régimen de sanidad y las dos restantes al tratado de fisiognomía.
Las ocho partes están explicitadas también en el texto.
Este segundo grupo de ediciones contiene el habitual fragmento en verso en la primera parte y una xilografía con las distintas partes del cuerpo humano en la cuarta, que justifica el adjetivo «illustrato» del título 127.
Después del último porqué, hay un fragmento que no aparece en las ediciones del primer grupo y que lleva por título «Unguento da viso qual usava la Regina de Ungaria, cosa eccellente».
Tal como se ha apuntado antes, conocemos también la existencia de dos traducciones a otras tantas lenguas románicas del Liber de homine o Il Perché, ----124 Citamos a partir de TROMBETTI BUDRIESI, FORESTI y NADA PATRONE (1988), p.
125 Se han suprimido 18 preguntas sobre cuestiones sexuales, 82 de fisiognomía y quiromancia, y 10 más sobre temas diversos.
La edición de 1591, impresa por Giovanni Fiorina, no tiene la xilografía.
ambas realizadas en el ámbito ibérico.
En 1499 Pere Posa imprimió en Barcelona una traducción catalana anónima de la obra de Girolamo Manfredi con el título de Quesits, aunque atribuyéndola a Alberto Magno.
Esta última circunstancia, que se explica por haberse efectuado la traducción a partir de la edición de Nápoles de 1478 -impresa por Francesco del Tuppo-en la que se realiza idéntica atribución, ha conllevado que la obra impresa por Posa no haya sido identificada correctamente hasta hace poco.
La publicación previa de otros trabajos nuestros sobre esta traducción catalana128 nos permite evitar extendernos más sobre ella y centrarnos a continuación en la traducción castellana.
La traducción castellana de esta obra de Manfredi, realizada por Pedro de Ribas,129 eclesiástico aragonés que fue vicario de la parroquia de San Nicolás de Bari de Zaragoza desde 1575, lleva por título Libro llamado El Porqué, provechosíssimo para la conservación de la salud y para conocer la phisonomía y las virtudes de las yerbas.
Se imprimió por primera vez en Zaragoza en 1567, a instancias del impresor y librero Antonio de Furno130 que la mandó traducir, y nos constan documentadas otras cuatro ediciones más de esta traducción, publicadas todas ellas en el siglo XVI.
Son volúmenes en octavo que contienen el texto de Girolamo Manfredi aunque sin mencionar nunca su nombre.
131 El texto aparece precedido de una dedicatoria a Fernando de Ara-----gón (1498-1575), nieto de Fernando el Católico y arzobispo de Zaragoza, además de cartas y prólogos distintos según las ediciones, como veremos.
Aunque el título hace pensar en tres grandes apartados, contiene las preguntas de la obra original italiana sin divisiones en libros ni en capítulos.
Efectivamente, como en las ediciones italianas, las preguntas del régimen de sanidad preceden a las del tratado de fisiognomía; sin embargo, el fragmento en verso sobre las «virtudes de las yerbas», que interrumpe el primer capítulo de la primera parte del original italiano, aparece al final de la traducción castellana, como un apartado independiente 132.
Cierra estos volúmenes un índice temático ordenado por a, b, c, que ocupa doce folios.
La tabla siguiente muestra las cinco ediciones localizadas de la traducción de Pedro de Ribas, que hemos consultado en su totalidad ---obras impresas en Madrid, 3 vols., Madrid, Tip. de los Huérfanos [reimpr.
(1970-1971), Amsterdam, Gérard Th. van Heusden], vol. 1 (Siglo XVI: de 1556 al 1600), § 595, que da cuenta de la edición de Madrid 1598, impresa por Pedro Madrigal a costa de Miguel Martínez, apunta que la obra italiana Il Perché es de «Jerónimo Manfredi» y da como referencia la biblioteca de D. José Sancho Rayón.
Sobre el bibliófilo José Sancho Rayón (1830-1900) y sus prácticas poco escrupulosas (que le llevaron a falsificar colofones), véase SÁNCHEZ MARIANA, M. (1993), Bibliófilos españoles, desde sus orígenes hasta los albores del siglo XX, Madrid, Biblioteca Nacional-Ministerio de Cultura-Ollero & Ramos, pp. 85-87.
132 Hay que señalar que este largo fragmento es omitido por completo en la traducción catalana de 1499.
134 Sobre la imprenta en Zaragoza, una de las primeras ciudades hispánicas en utilizar el invento, véase RUIZ LASALA, I. (1975), Historia de la imprenta en Zaragoza, con noticias de las de Barcelona, Valencia y Segovia, Zaragoza, Gráf.
135 Esta primera edición contiene una «epístola» de Antonio de Furno a Fernando de Aragón, una «nota» de Antonio de Furno al lector, un «proemio» de Pedro de Ribas y el «compendio y sumario», que transcribimos en el Apéndice I. Aunque no hemos encontrado más datos sobre el mercader de libros, su apellido parece indicar un origen italiano. conservación de la salud y para conocer la phisonomía y las virtudes de las yerbas.
Traduzido de toscano en lengua castellana por Pedro de Ribas casa de Antonio de Furno, mercader de libros» R 15341 135
Libro llamado El Porqué, provechosíssimo para la conservación de la salud y para conocer la phisonomía y las virtudes de las yerbas.
La traducción de Pedro de Ribas no guarda ninguna relación con la traducción catalana anónima, realizada e impresa con bastante anterioridad, a pesar de que ambos traductores efectuaran su tarea en los reinos que formaban la Corona de Aragón.
El vicario aragonés explicitó ya en el mismo título que tradujo del italiano («toscano»), hecho que se corrobora en la epístola de Antonio de Furno que figura en la edición de 1567 (véase el Apéndice I).
Un estudio detenido de ambas traducciones no deja duda alguna: en primer lugar, en la traducción catalana se atribuye la obra a Alberto Magno, despropósito que no se da en la castellana.
En segundo lugar, podemos aducir pruebas textuales: una de las preguntas del apartado de fisiognomía figura en las ediciones italianas y también en la traducción castellana, pero no aparece en la traducción catalana148.
Lo más probable es que Pedro de Ribas trabajara con alguna de las ediciones italianas del libro de Manfredi que se imprimieron en el siglo XVI antes de 1567, que son reimpresiones de la edición príncipe de 1474 y que hemos ----clasificado en el primer grupo.
Ahora bien, se dan tan notables diferencias entre el texto de estas ediciones italianas y el de la traducción castellana que parece evidente que Pedro de Ribas manipuló el original italiano que tenía sobre la mesa.
Veamos en qué consisten estas diferencias.
La primera y más notable radica en la propia autoría del texto.
En efecto, en todas las ediciones italianas consta el nombre de Girolamo Manfredi en el proemio latino, mientras que en la traducción castellana la obra se presenta como anónima.
Quizás la edición italiana manejada por Pedro de Ribas había perdido el prólogo latino y, por lo tanto, la mención de la autoría de la obra.
Pero Antonio de Furno declara en la epístola que el libro italiano era «buscado y desseado de muchos», lo que nos permite deducir que se trataba de una obra muy conocida.
Y si ello era así, también lo debía ser su autor, puesto que su nombre figuraba siempre al principio del texto.
Por esta razón, nos inclinamos por pensar que Pedro de Ribas ocultó deliberadamente el nombre de Manfredi por el motivo que veremos enseguida.
Otra diferencia significativa entre las ediciones italianas y la traducción castellana radica en la tabla o sumario que distribuye el texto italiano en dos libros y diversos capítulos (7 y 13, respectivamente), y en la cual se explicitan todas las preguntas que contiene cada uno de los capítulos que siguen.
A diferencia de las ediciones italianas del siglo XV, en la traducción castellana no existe tabla alguna y el texto de Manfredi se desarrolla sin divisiones de ningún tipo, como ocurre también en las ediciones italianas del bloque A. Si comparamos el número de preguntas que contiene la primera edición italiana del Liber de homine (Bolonia, 1474) 149 con las de la traducción castellana de Pedro de Ribas, observamos un cómputo distinto: En la traducción castellana se han eliminado, pues, 72 preguntas respecto al original de Manfredi.
Veámoslo con más detalle.
La supresión del capítulo 1 del libro primero no tiene importancia para nuestro análisis, puesto que se trata de dos preguntas breves que se han fundido en una sola.
Las seis preguntas suprimidas del capítulo 6 tratan del aire y de las ciudades septentrionales.
Las doce preguntas discontínuas eliminadas del capítulo 7 tratan de movimientos del ánimo negativos, como el miedo y la ira -una de ellas mezcla la ira con la vergüenza y otra habla de la ansiedad.
Las eliminaciones más sustanciales del primer libro son las del capítulo 5, que tienen un sentido muy concreto: se han suprimido catorce preguntas seguidas (de la 57 a la 70) que tratan del coito, luego siete y después ocho referidas al mismo tema.
150 De las 34 preguntas referidas al coito que contiene el original italiano, han quedado sólo cinco en la traducción castellana.
Por lo que respecta al segundo libro, el tratado de fisiognomía, se han eliminado siete preguntas discontínuas del capítulo 1, también con claras conno-----taciones sexuales 151.
Del capítulo 3 se ha suprimido una sola pregunta, que habla de los «etíopes» (hombres de raza negra).
Se han obviado las tres últimas preguntas del capítulo 5, sobre la oreja, y diez preguntas del capítulo 10, una de las cuales una vez más referida al coito.
Se han eliminado una pregunta sobre el estómago del capítulo 12 y las tres primeras preguntas del capítulo 13, que tratan de los órganos sexuales masculinos.
Podemos concluir, por tanto, que de un total de 72 preguntas eliminadas, 40 tienen relación con la sexualidad y 32 afectan a temas diversos.
Las supresiones que Pedro de Ribas efectuó sobre el original italiano que tradujo obedecían a razones ideológicas concretas, que le llevaron a expurgar del Liber de homine aquellos fragmentos que el vicario zaragozano sabía que no se adecuaban a los ideales de la Contrarreforma y a suprimir el nombre de su autor para evitar cualquier posible problema con la censura 152.
Tengamos en cuenta que el primer Index Librorum Prohibitorum fue publicado por el papa Pablo IV en 1559 y que se prohibieron libros de medicina, fisionomía, magia, astrología, etc., por lo que no ha de sorprender que el nombre de Manfredi, un médico y astrólogo famoso en Italia, fuera obviado por el traductor aragonés 153.
A diferencia de Juan de Jarava, que en sus Problemas o preguntas problemáticas (1544) justificó su intervención en el texto, Pedro de Ribas en ningún momento declaró de forma explícita que manipulaba el texto que traducía.
En cualquier caso, su proceder era perfectamente coherente con el desarrollo del género de los problemas.
En su condición de eclesiástico, Pedro de Ribas ejerció la autocensura a conciencia, y lo máximo que se permitió fue manifestar que la temática del libro que traducía no atañía a su profesión, sometiéndose humildemente a la corrección y enmienda pertinentes si «lo que se ha traduzido no estuviere con aquel cumplimiento que se debe» (véase el Apéndice I).
La primera reimpresión del Libro llamado el Porqué (Madrid, 1581) incluía ya una autorización del doctor Céspedes, médico de cámara de ----151 Tres de ellas tratan del coito, otra se refiere a los «miembros pudientes», otra a los hombres castrados, otra a la barba masculina y otra a la ausencia de barba en las mujeres.
152 Véase al respecto PARDO TOMÁS, J. (1991), Ciencia y censura: la Inquisición Española y los libros científicos en los siglos XVI y XVII, Madrid, CSIC.
Recordemos que en las ediciones italianas del Liber de homine realizadas a partir de 1588 se efectúan manipulaciones semejantes.
Felipe II154, en la que se acredita la idoneidad científica y moral de las enseñanzas contenidas en el texto que se imprime (véase el apéndice II).
Tenemos aquí un ejemplo poco habitual de ejercicio de la censura, puesto que ésta acostumbraba a estar en manos de teólogos que no podían juzgar fácilmente los libros científicos por falta de conocimientos155.
EL ÉXITO POSTERIOR DE LA LITERATURA DE PROBLEMAS EN EL ÁMBITO IBÉRICO
Las numerosas colecciones de problemas escritas originalmente en castellano, con sus reiteradas reimpresiones, que hemos visto en la primera parte de este trabajo, y las cinco ediciones del Libro llamado el Porqué de Manfredi publicadas en tan sólo treinta y un años, constituyen muestras más que evidentes del éxito de la literatura de problemas en la Castilla del siglo XVI.
Eran obras destinadas a la divulgación científica que tenían un público diverso y constante, y que, por lo tanto, proporcionaban ganancias considerables a los impresores y editores, que no dudaban en invertir en una nueva edición cuando se agotaba la anterior.
Otras colecciones, que se escribieron e imprimieron hasta el siglo XIX, constituyen pruebas elocuentes de la vitalidad continuada del género de los problemas tanto en la Corona de Castilla como en la de Aragón.
Sin pretender agotar el tema y como epílogo a todo lo dicho, recogemos a continuación seis obras escritas en prosa y que, significativamente, tratan de temáticas muy diversas.
El porqué de todas las cosas, del dominico aragonés Andrés Ferrer de Valdecebro, es una colección de problemas publicada en Madrid en 1668 y reimpresa por última vez en 1814 156.
Con un esquema y un contenido seme-----jante a los que hemos visto en las colecciones de problemas del siglo XVI, Andrés Ferrer de Valdecebro inicia su Tratado de Philosophía 157 con un prólogo redactado en un lenguaje algo obtuso en el que pone de manifiesto la relación de su obra con la tradición de los problemas pseudo-aristotélicos: 158
El Príncipe y Maestro de la Philosophía Aristóteles escrivió unos Problemas, que aumentaron a Aberroes, Aphrodisco y Zimara, para beneficio común de los que la professan [sic].
Yo las prosigo y añado en nuestro idioma castellano, con todo lo que mi cortedad ha podido dar de sí.
Las reparto en dos Libros: el primero, es Philosohía natural; el segundo, Moral.
La una aviva el ingenio, la otra el espíritu. (p.
1532) 159 entre las autoridades citadas en este párrafo permite deducir que para Ferrer de Valdecebro las colecciones italianas formaban parte de la tradición clásica.
Más aún: él mismo sitúa a su propia obra en la tradición de los libros de problemas que se ha ido construyendo poco a poco:
Algunos han traducido estos Problemas, ya en italiano, ya en castellano.
Ya lo he visto, y no he visto qué sea lo que escriven, como lo que escrivo.
Mucho he traducido y mucho añado, y pienso que añado más que he traducido.
No lo señalo porque ello mismo dirá a voces de que es mío. (pp. 3-4) Las Definiciones y elementos de todas las ciencias: obra util para la educación de la juventud -traducción del original francés de Johann Heinrich Samuel Formey Abrégé de toutes les sciences à l'usage des enfans (1757), realizada por Miguel Copín y publicada por primera vez en Madrid en 1775 160 -constituyen una obra de carácter pedagógico, como se desprende ----1762; tres ediciones realizadas en Barcelona (1764, ca.
1775 y otra sin fecha pero del s. XVIII), otra en Madrid a finales del siglo XVIII y una en León en 1814.
Hemos utilizado el ejemplar que se conserva en la Biblioteca de la Universitat de Barcelona, B. 56-7-36.
Es un ejemplar de la edición de Barcelona impresa por Pau Campins en 1764, en la que se atribuye la obra a «Andrés Ferrer de Brocaldino».
158 Su relación con los problemas pseudo-aristotélicos se hace evidente también si observamos el contenido de los 35 capítulos del libro primero: los hay dedicados al hombre, a la mujer, a la generación, a los ojos, la nariz, las orejas, la voz, el pecho, los brazos, a los órganos internos como el estómago, el hígado, etc. (pp. 130-131).
339, apunta que «esta obra obtuvo un gran éxito comercial, como lo prueban las muchas reimpresiones».
del título y lo deja bien claro el prólogo161.
Por ello ofrecen un conjunto muy ordenado de 78 breves capítulos que preguntan y responden a todas las materias que un joven instruido debía conocer162.
El porqué de la música163 fue publicado en 1672 en Alcalá de Henares por Andrés Lorente, comisario del Santo Oficio en Toledo164.
Es una obra con numerosos pentagramas para facilitar la comprensión del texto que, aunque no está estructurada en su totalidad en forma de preguntas directas y respuestas, sí que contiene gran número de ellas 165.
Casi un siglo más tarde, se publica en Figueres El porqué de todas las ceremonias de la iglesia y sus misterios (1758) 166, cuyo autor, Antonio Llobera y Abio 167, divide la obra en cuatro tratados articulados en forma de preguntas ----y respuestas, formuladas las primeras por un estudiante llamado «Curioso» y respondidas por el «Vicario», que es el personaje que posee el saber.
La obra debió alcanzar un éxito casi inmediato, pues nos consta una reimpresión en 1769 168.
La publicación en Figueres de El porqué de todas las ceremonias de la iglesia, junto con las reimpresiones barcelonesas de la obra de Ferrer de Valdecebro y de la traducción de Miguel Copin de la obra de Formey, pone de manifiesto que el género de los problemas gozaba de prestigio también en los territorios de la antigua Corona de Aragón, donde inició sus andaduras en 1499 con la traducción al catalán de la obra de Girolamo Manfredi, como hemos visto 169.
Podemos citar algunos testimonios más que prueban la vigencia del género en esas tierras.
En primer lugar, la publicación de la anónima Luz de la verdad: preguntas y respuestas a favor de Cataluña y sus hijos 170, que apareció en 1641, en el contexto de la guerra de Separación, popularmente conocida como dels Segadors.
Se trata de un diálogo entre diversos personajes que se preguntan y responden, sin el emblemático «por qué» al inicio de cada cuestión, aunque el título de la obra la vincula directamente con el género 171.
El segundo testimonio es Lo perquè de Barcelona y memòrias de ses antiguedats 172, obra escrita en catalán hacia 1734-1748 por el erudito ilustra-----do Pere Serra i Postius (1671-1748) en forma de diálogo entre el autor (Pere) y el hijo de un austracista emigrado (don Ramon).
Lo perquè de Barcelona, que contiene a veces el «per què» emblemático, 173 constituye una viva descripción de la ciudad de la época, de sus transformaciones urbanas y de sus leyendas locales que mantiene vivo también en el título el género literario de los problemas 174.
174 Este trabajo se inscribe en el marco de los proyectos de investigación financiados por el MEC Medicina y literatura en la Baja Edad Media y el Renacimiento hispánicos: textos prácticos, didácticos y literarios en lengua vernácula (HUM2004-05176/FILO, IP Lluís Cifuentes, Univ. de Barcelona, con Antònia Carré), y Corpus digital de textos catalanes medievales/Llull (HUM2005-07480-C03-01, IP Lola Badia, UB, con Ll.
Cifuentes); y en el grupo de investigación consolidado financiado por el DURSI de la Generalitat de Catalunya Grup de cultura i literatura a la Baixa Edat Mitjana (SGR2005-00346, IP Lola Badia, UB, con A. Carré y Ll.
Forma parte de las líneas de investigación de cada uno de sus autores, sobre las relaciones entre medicina y literatura en la cultura catalana medieval y sobre la difusión vernácula de la ciencia y de la técnica en el marco ibérico medieval, respectivamente, amparada esta última por el Programa Ramón y Cajal del MEC.
Deseamos manifestar nuestro agradecimiento a todas aquellas personas e instituciones que nos han ayudado en algún momento de la investigación.
En particular, a Jon Arrizabalaga (Institución Milà i Fontanals, CSIC), Lola Badia (Universitat de Barcelona), Carmen Caballero (Universidad de Granada), Miriam Cabré (Universitat de Girona), Rosanna Cantavella (Universitat de València), José Pardo Tomás (CSIC, Barcelona), Mar Rey Bueno (Universidad de Valladolid), Alessandra Veronese (Università di Pisa) e Ilaria Zamuner; así como a las bibliotecas e instituciones cuyos fondos e instalaciones hemos utilizado, en particular al Departamento de Historia de la Ciencia de la Institución Milà i Fontanals del CSIC en Barcelona, al Institut Botànic de Barcelona y al monasterio de Poblet.
Vemos, excellentíssimo y reverendíssimo señor, cada día tan grandíssimas differencias en las naturalezas y inclinaciones de los hombres que muy pocos se hallan que en todas sus cosas concierten, que como pocas vezes se hallan dos que en effigie y lineamentos del cuerpo sean semejantes, assí también pocas vezes se hallan dos en una voluntad conformes, de manera que si en una cosa se concertaren, en otras muchas tendrán diversos pareceres.
Uno ay que en qualquier obra que se le proponga, por muy acostumbrada y fácil que sea, luego halla difficultades, y con sus argumentos haze que lo que es muy possible parezca impossible y haze desconfiar del buen fin.
Otro avrá de tal condición que ninguna cosa tendrá por impossible y quando más diffícil parece lo que se le propone y en que menos se confíe que pueda llevarse al cabo, tanto más fácil cree y dize que es; ni por argumento que en contrario se trayga se le turba, antes bien, con la agudeza de su delicado ingenio, lo que por todos era tenido por difficultosíssimo y que no se descubría camino como pudiesse effectuarse, él lo haze y acaba con mucha facilidad.
Estos tales ordinariamente son muy gratos a príncipes y grandes señores y de quien el vulgo se admira y cree que son más que hombres, viendo por medio dellos, con su industria, effectuarse obra a su opinión impossible, y si el vulgo entensiesse la sutileza del ingenio humano, moderaríase algo su admiración.
Por esto he procurado, con la diligencia que he podido, de aver este libro, buscado y desseado de muchos, pareciéndome que con él cumpliría con los ingenios subidos y delicados y con los que no lo son tanto: a los unos dando razón de lo que dudavan y a los otros mostrándoles que en lo que llevan muy entre las manos ay difficultades, declarándoles también las causas.
Teniendo algunos noticia deste libro, pidíanmelo con grande instancia; viendólo después en lengua italiana, y no la entendiendo, recibían pesadumbre y molestia.
Importunáronme algunos que lo hiziesse traduzir en lengua castellana para que todos puedan gozar dél, pues en todos -como dize Aristótiles-es cosa natural el desseo de saber 177.
Con esto di cargo a quien de italiano lo hiziesse español.
Viendo, pues, que libro de ingenio no devía offrecerse sino a quien tan bueno le tiene como Vuestra Excellencia, determiné de dirigírselo, pareciéndome que no solamente no ----175 Las transcripciones han sido realizadas a partir del ejemplar de la edición de 1567 conservado en Madrid, BN, R 82299.
Introducimos puntuación y acentuación modernas, y regularizamos el uso de las mayúsculas y de i/j y u/v.
Los dos primeros títulos son nuestros.
177 La cita corresponde al incipit del Omnes homines, procedente del primer libro de la Metafísica de Aristóteles.
Del Furno se muestra familiarizado, pues, con la larga tradición de la literatura de problemas. perdería en España el crédito y autoridad que tiene en Italia, mas antes que en gran manera se le augmentaría viendo todos ser Vuestra Excellencia su patrón y amparo, cuya prudencia y valor en todo el mundo se conoce, lo qual entendiendo la Magestad del rey Don Phelippe, nuestro señor, le ha encomendado el gobierno de todo este reyno.
Bien conozco ser el servicio muy corto, pero mi desseo es grande, al qual en alguna manera satisfaré, manifestando con esto mi affición, que ha sido siempre y es muy inclinada al servicio de Vuestra Excellencia, cuya excellentíssima y reverendíssima persona Dios guarde y prospere muchos años, como este reyno dessea y ha menester.
De Vuestra Excellencia muy cierto servidor, que sus reverendíssimas manos y pies besa, Antonio de Furno.
Antonio de Furno, mercader de libros vezino de Çaragoça, al lector: Como mi fin y desseo no sea otro sino aprovechar y servir con mi arte a los curiosos y desseosos de entender las cosas de naturaleza y a los no curiosos animar para que a ello se apliquen, no perdono a mi trabajo.
Viniendo, pues, a mis manos un libro italiano intitulado El porqué, provechosíssimo para la conservación de la salud y conocimiento de phisionomía y virtud de las yerbas, pareciéndome en su estilo ser de persona curiosa y docta en aquellas sciencias, y que estando en lengua differente de la nuestra no sería conocido, di cargo a quien, con fidelidad y diligencia, lo traduxesse y pusiesse en orden 179 para que todos pudiessen participar de lo que en él ay, pues mi zelo no es otro que el dicho.
Suplico al lector lo reciba con affición y mire al fin que tengo de servirle, porque será para darme ánimo a que siempre vele y procure de emplearme en cosas de más calidad para utilidad y provecho de todos.
Prohemio de Pedro de Ribas, vicario de San Nicolás, intérprete desta obra, al lector.
Bien entiendo parecerá al vulgo ser fuera de propósito, por no tocar a mi professión, el aver emprendido la traductión deste libro, pero como muchas vezes las personas importunadas por amigos les sea forçado doblarse a lo que por ventura sus fuerças pequeñas no podrían recabar, no obstante esso, por no parecer del todo ingrato a quien de mi tenía alguna opinión, en que para ello hallava un poco de talento, el qual, si algo es, puedo dezir ser casi nada, determiné aderecer a sus rogarías, aunque con temor.
Diome, a más desto, ánimo a ello por entender, de personas de la misma erudición del auctor, sería provechoso a la gente plebeya y curioso para espíritus gentiles y desseosos de saber cu-----178 En el f.
179 Podríamos ver aquí una referencia indirecta a la expurgación a que fue sometida la obra de Manfredi.
Y como Antonio de Furno, a cuya costa se ha impresso, tenga siempre cuydado en servir y aprovechar con grandíssimo desseo a la república, me sea amigo y familiar, me movió para ello.
Y assí, si la traductión de dicha obra no estuviere tan limada ni con la destreza que ella merece, atribuyrle han no solamente que estando ella en lengua la más difficultosa de reduzir a la nuestra española de quantas en Italia he visto, más aún a mi ingenio, el qual no es sotil ni más limado que otro.
Acostumbran, los que traduzen, buscar libros que sean provechosos para la sanidad de los hombres, y si alguno muchos días ha se ha buelto de idioma estrangero en nuestro vulgar 181 es este, porque allende que en él ay remedios muy útiles para la conservación de la vida humana, tiene también secretos y propriedades de yerbas para nuestros mantenimientos necessarias, que recrearán muy mucho al que con diligencia las leyere, lo qual por experiencia el curioso lector podrá ver.
Bien quisiera escusarme deste trabajo, porque los que tenemos cuenta de apascentar ovejas nos auríamos de emplear en buscalles pastos deleytosos y apazibles, mas -como dize el proverbio-successivis horis se ha de exercitar el hombre en cosas de plazer sin perjuyzio de tercera persona, y holgarse honestamente offreciéndose tal ocasión, pues de tal exercicio no poco provecho resulta a todos los amadores y desseosos de saber, pues nadie no ay en esta vida que dello natural apetito no tenga; 182 y los que en alguna cosa honesta y apazible no ponen la mano, aman a mi ver la ociosidad, la qual es fundamento y origen de muchos males, los quales cotidianamente vemos acontecer.
Y así, por no ser reprehendido de vicio tan abominable, me ha parecido, pues cosa es loable, disponer mi ingenio en negocio tan bueno y no dexar passar el tiempo -cosa la más preciada, según doctrina de todos los philósophos, que en esta vida ay-en vano y sin sacar dél algún emolumento.
Por lo qual, si lo que se ha traduzido no estuviere con aquel cumplimiento que se debe, con la humildad a mí possible me subjeto a la correctión y emienda de los que esta arte mucho mejor que yo la entienden, pues como varón que agora principio, he emprendido semejante obra para mí, por cierto, mucho mayor de lo que mis fuerças bastavan.
No uso de más abundancia de palabras por no parecer a Ulisses, capitán griego, el qual, contendiendo con Ajax Thelamonio sobre las armas de Achiles a quien se avían de dar, con su torrente de bien hablar y abundancia de plática pretendió averlas él de recebir, teniendo en muy poco a su contrario, no siendo en fuerças y ánimo a él inferior, contentándome con la brevedad que a todos aplaze y a nadie es molesta, y por el contrario la superfluydad y abundancia de palabras daña más que aprovecha.
----181 Puesto que no se conoce ninguna traducción castellana o aragonesa anterior a la suya, Pedro de Ribas podría referirse a la traducción catalana impresa en Barcelona por Pere Posa en 1499.
Con la expresión «nuestro vulgar» aludiría simplemente a la que fue principal lengua de cultura y de gobierno en la Corona de Aragón, que no era extraña a las élites del propio reino estricto de Aragón.
182 Otra vez, el incipit del Omnes homines.
diligencias que la pragmática por Nos nuevamente fecha sobre la impressión de los libros dispone, fue acordado que devíamos mandar dar esta nuestra carta para vos en la dicha razón, e Nos tuvímoslo por bien.
E por la presente, os damos licencia y facultad para que, por esta vez, podáys imprimir el dicho libro que de suso se haze mención, por el original que en el nuestro Consejo se vio que va rubricado y firmado al cabo de Pedro Çapata del Mármol, nuestro escrivano de cámara de los que en nuestro Consejo residen; y con que antes que le vendáys le traygáys al nuestro Consejo juntamente con el dicho original para que se corrija con él y se os tasse el precio que por cada volumen oviéredes de aver, so pena de caer e incurrir en las penas contendias en la dicha pragmática y leyes de nuestros reynos.
Yo, Pedro Çapata del Mármol, escrivano de cámara de su Cathólica Magestad, la fize escrevir por su mandato, con acuerdo de los de su Consejo.
[AUTORIZACIÓN DEL DOCTOR CÉSPEDES] 187 Yo, el doctor Céspedes, médico de Su Magestad, vi este libro llamado El porqué e le leý partida por partida, e no hallé en él cosa que se ha de quitar ni enmendar, sino que está lleno de muy buena philosophía y ni ay palabra mal sonante contra nuestra religión.
En Madrid, a dos de junio de.79., por mandado del Real Consejo.
Al muy illustre señor, el licenciado Ruypérez de Ribera, del Consejo de Su Magestad y su fiscal en sus Consejos de Hazienda y Contaduría mayor della.
Este Libro del Porqué me pareció dirigir a Vuestra Merced porque, demás de que contiene muchos avisos naturales por vía de preguntas, es justo y razonable que cada persona en su género cumpla con sus obligaciones, de las quales yo me siento tan cargado que determino ya que no pueda darles satisfación por entero.
Que vea Vuestra Merced que, en la parte que puedo, las reconozo.
Y porque las cosas que la voluntad ofrece no pueden tener nombre de pobres ni pequeñas, no mida Vuestra Merced este servicio tanto ----187 En el f. |
El aniversario del regreso de Humboldt a Europa es también el de una doble transferencia: el del Nuevo al Viejo Mundo y el de la Naturaleza al libro.
Este trabajo se centra en la representación, esfera en la que la literatura descriptiva humboldtiana desempeña una labor fundamental.
Estudiamos la relación entre la imagen y la palabra, entre el pensamiento visual de Humboldt y sus técnicas narrativas para animar y vivificar la naturaleza.
Cuadros y Cosmos son las obras más destacadas en este terreno; Bernardin de Saint-Pierre, Goethe y Aristóteles, algunas de las claves que empleamos para descifrar dicha literatura descriptiva.
«La mejor descripción es la que convierte en ojos los oídos» Humboldt, Cosmos, II Se cumplen ahora doscientos años del regreso de Humboldt a Europa tras su viaje americano.
Atrás quedaba una experiencia de cinco años, un viaje verdaderamente colosal tanto si atendemos a los territorios visitados como, sobre todo, si atendemos a la infinidad de trabajos y observaciones registradas o, por descontado, a la extraordinaria variedad disciplinar desplegada por el gigante prusiano.
Pocos días después, el 27 de agosto, llegaría a París para instalarse en el Fauburg Saint-Germain.
Delante quedaba otra empresa no menos soberana: aquilatar toda aquella experiencia y publicar sus resultados.
Es el tránsito del trabajo de campo al del estudio, la conversión de una experiencia privada y sensible del mundo en un acto de producción de conocimiento.
Pues si bien el viaje es una práctica emparentada con la lectura (así lo fue para todos los hijos de la ciencia moderna: con la lectura del libro de la naturaleza) o con el experimento (con la tortura de los fenómenos naturales)1; la composición de una obra, obviamente, guarda relación con la escritura, de hecho es escritura, escritura del mundo, o mejor dicho en este caso, escritura o inscripción de la tierra (así lo indica la etimología de la palabra en cuestión: geografía) 2.
En ambas tareas, tanto en la operación de viajar o leer el mundo como en la de escribirlo, nos encontramos pronto con la noción de transferencia.
Los viajeros se trasladan a través de la tierra, desplazan sus cuerpos, sus instrumentos y sus conocimientos de un lado a otro -transportan de una comarca a otra la ciencia incompleta de su tiempo, según reza la fórmula de Humboldt que encabeza estas líneas-; y otro tanto puede decirse en términos generales de los científicos cuando redactan sus obras, y muy particularmente de los científicos viajeros cuando llega el momento decisivo de poner por escrito sus ----relaciones, descripciones o teorías fruto de sus viajes.
Es entonces cuando las observaciones y cálculos se traducen y vuelcan (en mapas, croquis, diagramas); cuando el viaje se transforma en texto; o como afirmaba Blumenberg, cuando al libro le es restituida aquella verdad de las cosas que en virtud de la (paradójica) metáfora del libro de la naturaleza le había sido arrebatada 3.
Nuestro objetivo es indagar en las formas con que Humboldt encaró este segundo viaje, un nostos suyo que también supuso otro desplazamiento, la llegada del Nuevo al Viejo Mundo, una labor que cae de lleno en el ámbito de la transferencia, esto es, de la representación.
En cierto sentido, el bicentenario que celebramos ahora no es el de una arribada singular, el de una sola persona, por muy personaje que fuera.
Bien mirado, una vez regresado a Europa, era también la propia naturaleza americana la que viajaba con el sabio prusiano para ser expuesta en sus obras, describiendo en cierto sentido un tornaviaje respecto a los viajes colombinos.
No en vano, podría decirse que quien ha sido llamado «segundo descubridor de América», lo fue fundamentalmente no por haber ido, sino más bien por haberla traído, capturado y (re)presentado de una manera clásica, una manera largamente celebrada e imitada.
Tanto, que se ha hecho común ya hablar de Humboldt como segundo inventor o hacedor de América, sea que nos acojamos a la influencia de O'Gorman en historia de América, a Pratt desde los estudios postcoloniales o incluso a una mirada constructivista en historia de la ciencia4.
Sobra decir que el tema es muy ancho y que aquí sólo pretendemos aportar una línea a la ancha literatura que en Humboldt (y no digamos fuera de él) se despliega sobre nuestro objeto, la tensión y la relación entre lo visual y lo lingüístico en la representación científica5, entre la imagen y la palabra humboldtianas, esto es, entre esos cuadros y esas escrituras de la Naturaleza que constituyen los dos medios de transporte por excelencia para efectuar los dos trayectos: el del Nuevo Mundo hacia el Viejo y el de la Naturaleza al libro.
En un pasaje bien conocido del Cosmos, el propio Humboldt dejó sentado lo que para él constituían los tres medios para difundir el estudio de la naturaleza: ----«1a La descripción animada de las escenas y de las producciones naturales; 2a la pintura del paisaje, desde el momento en que ha comenzado a expresar la fisonomía de los vegetales, su feraz abundancia y el carácter individual del suelo que los produce; 3a el cultivo más extendido de las plantas tropicales y las colecciones de especies exóticas en los jardines y estufas»6.
Es la obertura de la primera parte del tomo II, titulada «Reflejo del Mundo exterior en la imaginación del hombre», cuyas primeras palabras advierten al lector de otro tránsito -otra transferencia-de interés también para nuestro tema («De la esfera de los objetos exteriores pasamos a la esfera de los sentimientos»).
Y es también el fragmento donde, al enumerar las causas que pueden llevarle a uno hacia el estudio científico de la Naturaleza -las razones que pueden moverle-, menciona las «impresiones fortuitas y en apariencia pasajeras de la juventud».
En este apartado distingue de forma genérica el placer de contemplar en los mapas la forma articulada de los continentes y los mares interiores, las imágenes de las palmeras de la Palestina o los cedros del Líbano que contienen las Sagrada Escrituras, etc. A título particular evoca ya los tres ejemplos que en su biografía ilustran los citados tres medios, los tres elementos que le movieron a él en su juventud.
Mientras que la visión de los cuadros de Hodges sobre las orillas del Ganges en la casa londinense de Warren Hastings y del colosal drago en la estufa del Jardín Botánico de Berlín armaron el segundo y el tercero, son las pintorescas descripciones de las islas del Mar del Sur a cargo de George Forster las que destaca para ejemplificar el primero, «la descripción animada de las escenas y de las producciones naturales» 7.
Aunque es propiamente este primer elemento del que nos ocuparemos, resulta evidente la preeminencia de lo visual en la enumeración, la importancia que atribuye a la contemplación de imágenes (naturales o artificiales) en el estímulo hacia las ciencias de la Naturaleza.
Ahora bien, es la referida «descripción animada» la que acaparará lo mejor de sus reflexiones, lo que más le preocupa, algo fácil de entender puesto que fue el método de expresión y representación de la naturaleza más practicado por él a lo largo de su vida, e incluso algo fácil de demostrar si se comprueba en términos cuantitativos el desigual desarrollo que a continuación le dedicó en Cosmos a los citados tres medios en los capítulos subsiguientes.
En efecto, el capítulo sobre la «literatura descriptiva» -el título que intercambia pero que equivale a «la descripción ----animada de las escenas»-merece 65 páginas, mientras que los dos restantes sólo 18 y 9 respectivamente8.
Es un lugar común entre los estudiosos y comentaristas explicar la ciencia humboldtiana (su perspectiva, sus inquietudes, sus temas de estudio) apelando a su carácter sintético y global, a su talante verdaderamente universal 9.
Lo que se atribuye como el gran logro de La geografía de las plantas (1805) 10, a saber, su capacidad para entrelazar variables y fenómenos diversos e integrarlos todos, fundando así un nuevo campo de estudio, la fitogeografía, es también algo aplicable a la voluntad integradora con que maneja y emplea lo visual y lo escrito.
El trasiego entre lo uno y lo otro, entre lo que las imágenes dicen y hacen y lo que las palabras expresan y manifiestan, es constante en su obra y de hecho no parecería exagerado afirmar que dicho tráfico constituyó, al menos desde el punto de vista epistemológico, una de sus preocupaciones fundamentales.
Así, por ejemplo, en un trabajo dedicado al pensamiento visual de Humboldt, Anne Marie Claire Godlewska ha defendido que el carácter innovador de su obra reside precisamente en la creación de esas nuevas técnicas de representación 11.
Estamos ante un nuevo lenguaje científico que se despliega en su obsesiva labor experimental con los mapas temáticos o prototemáticos, con gráficos, diagramas, mapas, isolíneas y todo tipo de imágenes científicas que delatan, en efecto, un poderoso esfuerzo por articular un lenguaje visual, un artefacto destinado a grabar y reproducir a través de un solo golpe de vista (un cuadro) la unidad y variedad de los fenómenos naturales.
Hay muchos ejemplos de ello, quizás el más elocuente sea la plancha de Bouquet, el espléndido Tableau physique des Andes et Pays voisins, el gráfico pictórico y multidimensional que culmina y compendia La geografía de las plantas.
Se trata de un procedimiento iconográfico que lograr traer y reunir ante el ojo del lector (quizás mejor diríamos el «espectador») toda una serie de ele-----mentos dispersos que no pueden ser apreciados en un lugar concreto o físico.
Es decir, con ellos Humboldt consigue ubicar al espectador en una posición imaginaria y abstracta, alejada del escenario natural, un punto de vista donde se condensan sus ideas científicas y desde el cual es posible observar aquello que no es observable sobre el terreno, puesto que procede de su labor intelectual, no de su actividad como naturalista de campo, sino de sus operaciones en el recinto cerrado del estudio.
Es entonces cuando se hacen por fin visibles las leyes, relaciones, armonías e intercambios entre fenómenos naturales aparentemente disociados, desvelando así la unidad del cosmos, reproduciéndola (o creándola) de hecho en la mente del espectador.
Pero con ser dichos mapas temáticos, atlas, diagramas y demás un aspecto muy destacado para hablar de la imagen y lo visual en la obra de Humboldt, obviamente no es el único.
Tenemos el interés que depositó en la pintura propiamente dicha del paisaje, apartado en el que habría que subrayar hasta qué punto se involucró él mismo en la selección de los artistas que ilustraron su obra, su decisivo paso por Roma o su propio interés por la fotografía.
Y por supuesto su contribución a la formación del paisaje americano y la constitución del exotismo, esa categoría que vincula arte, imperio y conocimiento para apresar y representar la naturaleza de las regiones tropicales.
Este apartado quizás sea el más desarrollado por la historiografía, ahí donde surgen los nombres de ilustradores suyos de la talla de Pierre-Antoine Marchais o Jean Thomas Thibaut, o donde la obra humboldtiana se erige como un eslabón indispensable entre la pintura de William Hodges y la de Johann Moritz Rugendas, Ferdinand Bellerman o Thomas Ender 12.
----12 La bibliografía que se ha ocupado de los aspectos artísticos (pictóricos) en Humboldt es muy amplia.
La propia PRATT (1992) lo hace indirectamente, puesto que su tema (la narrativa imperial y el exotismo) la obliga.
Dos grandes visiones de conjunto que ubican la obra humboldtiana en el contexto más amplio de las ilustraciones y representaciones visuales en los viajes de exploración del periodo, son: SMITH, B. ( 1960 2001), «La escuela del paisaje en Humboldt», en HOLL, F. (ed.), El regreso de Humboldt, Quito, Imprenta Mariscal, pp. 87-90; y REBOCK, S. (2003), «El arte al servicio de la ciencia: Alexander von Humboldt y la representación iconográfica de América», en 51o Congreso Internacional de Americanistas, «Repensando las Américas en los Umbrales del Siglo XXI», CD-ROM.
Nuestro interés aquí sin embargo se centra en la «literatura descriptiva», en qué consiste y cómo actua ese medio para difundir el estudio de la naturaleza llamado «la descripción animada de las escenas y las producciones naturales», procedimiento sobre el que Humboldt teorizará sobradamente y, más aún, sabrá poner en práctica en Cosmos y Cuadros de la Naturaleza, sus dos obras fundamentales, la una por sistemática y monumental, la otra precisamente por lo contrario, por sintética y popular.
Los propios títulos son de por sí significativos: Cosmos, la vieja palabra griega cuyo signficado remite doblemente a la noción de orden, pero también a adorno, atributo, embellecimiento (de ahí «cosmética»); y Ansichten, la palabra alemana traducida habitualmente por cuadros, pero que también encuentra justificación en otros términos, así escenas, vistas, visiones, aspectos, apariencias, panorámicas o perspectivas.
No está de más la precisión lingüística, puesto que el verbo ansehen expresa una manera muy específica de mirar y ver, un acto que guarda relación con un vocabulario muy empleado por el propio Humboldt: presenciar un espectáculo, contemplar y examinar un escenario o un paisaje 13.
De nuevo tenemos que su propósito es ubicar al espectador hacia su punto de vista omnicomprensivo, convertirlo en un testigo virtual, hacerle partícipe de su mirada para que pueda presenciar el «espectáculo grandioso de la naturaleza».
Su preocupación por la forma literaria de la exposición no es por tanto una (mera) cuestión de estilo.
Muy al contrario, estamos ante la principal herramienta con la que construye su ciencia.
Su método narrativo, llamado sucesivamente «literatura», «prosa» e incluso «poesía descriptiva», ha de ser entendido en puridad como el más preciado entre sus künstliche instrumenten, los instrumentos artificiales que siempre le acompañaban en sus excursiones.
Con ellos registraba las varibles y mediciones, en última instancia, eran los artefactos que garantizaban la fiabilidad de los datos.
Lejos ya del campo de operaciones donde ha registrado y recolectado dichas observaciones y donde por otra parte ha recibido también toda esa gama de sensaciones que desde el mundo exterior se graban en las «profundidades del pensamiento», ahora, en el momento de trasladarlo a un texto, el lenguaje adquiere un status científico indiscutible.
Es la herramienta de conocimiento por excelencia.
Para producirlo y reproducirlo.
Su función en el momento de la representación es similar al que desempeña el barómetro, el sextante o el microscopio en el momento previo de la experimentación.
----Desde ahí debe entenderse su insistencia en el asunto, la importancia que le concede, la persistencia a la hora de buscar un lenguaje y un método descriptivo que reproduzca y haga visible su magnífica concepción del universo: «La naturaleza es el reino de la libertad y para pintar vivamente las concepciones y los goces que su contemplación profunda espontáneamente engendra, sería preciso dar al pensamiento una expresión también libre y noble en armonía con la grandeza y majestad de la creación» 14.
Es en el mencionado capítulo sobre la «literatura descriptiva» donde, principal pero no exclusivamente, da cuenta de cuáles son sus propósitos respecto a esta técnica o, casi podríamos decir, tecnología literaria.
En otros apartados de Cosmos, comenzando por la propia introducción -lo que delata ya el papel que le confiere-, y por supuesto en Cuadros, abunda en comentarios y reflexiones sobre el particular: «He procurado hacer ver en el Cosmos, lo mismo que en los Cuadros de la Naturaleza, que la exacta y precisa descripción de los fenómenos no es absolutamente inconciliable con la pintura viva y animada de las imponentes escenas de la creación» 15.
Aquí y allá la fraseología se reitera.
Se trata de operar una doble restitución que afecta al lenguaje científico, al que trata de dotar de un componente visual y animado que le ha sido arrebatado.
Esta idea encuentra apoyo por diversos flancos de su pensamiento, heterogéneos en sí pero convergentes en el asunto que nos ocupa.
Nos referimos en primer lugar a la explícita revuelta contra la visión mecanicista y muy particularmente contra el lenguaje experimental que había colonizado las relaciones de viaje y las descripciones geográficas bajo la égida de la ciencia moderna.
El siglo de las Luces había asistido a un notable esfuerzo por disciplinar la labor de los viajeros como sujetos capaces de enunciar conocimiento cierto, una tarea que había afectado a todo tipo de prácticas relacionadas con un arte apodémica contemplada cada vez más como una actividad científica, es decir, emparentada con lo que se hacía en un laboratorio (y sobre todo con cómo luego se relataba lo que se había hecho en el recinto cerrado de la experimentación) 16.
16 Sobre el auge y la imposición del lenguaje experimental, ver LICOPPE, C. (1996), La formation de la practique scientifique.
En el ámbito de las relaciones de viaje, PIMENTEL (2003).
Entre estas prácticas quizás una de las prominentes, en efecto, había sido el empleo de una prosa desnuda y transparente, alejada del lenguaje figurativo y del truco de las metáforas, una prosa deudora de las técnicas literarias difundidas desde finales del siglo XVII por instituciones como la Royal Society.
Desde este contexto, por ejemplo, se explica que Anders Sparrman, uno de los naturalistas que había acompañado a Cook en su segunda circunnavegación, dejara dicho que todo libro de viajes auténtico y bien redactado era un tratado de filosofía experimental, puesto que también allí el filósofo buscaba la observación genuina y la observación real de las cosas.
Desde este contexto, en fin, se explica el afán de los principales exploradores científicos del siglo XVIII por someter sus relaciones al estilo neutro e impersonal del que Bougainville hacía alarde cuando afirmaba que la geografía son hechos y que él carecía en absoluto de educación literaria.
Su modelo lingüístico era el de las matemáticas; su maestro, D'Alambert 17.
La «ética de la exactitud» -tal y como la han denominado Bourguet y Licoppe 18 -se había ido imponiendo desde la década de 1730, en la época de las expediciones para medir el grado de meridiano y el auge de los debates en torno a la metrología.
La doctrina durante la Ilustración llegó a ser clara en todos los niveles: trigonometría esférica, nomenclatura binomial, hechos neutros, relato experimental.
Humboldt recogerá esta herencia.
Y lo sorprendente es apreciar cómo no sólo profundizó en ella -sin duda tal «ética de la exactitud» cobrará con el prusiano una dimensión inédita-, sino en cómo, de otra parte, se revolvió contra ella.
Es el genio de Humboldt, quien como en tantos otros asuntos alcanza cotas y metas supremas y a menudo opuestas.
Estamos ante la revuelta contra la austeridad y la frialdad de un estilo descriptivo que no recogía sino que amputaba algo sustantivo de la naturaleza, una reacción de la que Humboldt, más que su precursor, se considera su cenit.
Así, señala la estela en la que se sitúa.
Menciona explícitamente a Rousseau, Buffon, Chateaubriand («mi antiguo amigo»), Playfair, por descontado a Forster y al propio Saint-Pierre, a quien dedicará más de un comentario en distintos pasajes de su obra 19.
Su deuda con el autor de Pablo y Virginia (1788) es realmente significativa, y ha sido comentada a menudo por la crítica20.
No en vano, la novela sentimental ubicada en la Isla Mauricio que Humboldt afirmó haberle acompañado e inspirado, se abría con la expresión de un deseo que parece él mismo haber querido colmar con su obra: «Me he propuesto grandes metas en esta obrita -afirmaba Saint-Pierre-.
He intentado retratar en ella una tierra y unos vegetales diferentes a los de Europa.
Ya han hecho descansar bastante nuestros poetas a sus enamorados a la orilla de los arroyos, en las praderas y bajo el follaje de las hayas.
Yo he querido sentarlos a la orilla del mar, al pie de los riscos, a la sombra de los cocoteros, de los plátanos y limoneros en flor.
Sólo le faltan a la otra parte del mundo Teócritos y Virgilios para tener de ella unos cuadros al menos tan interesantes como los de nuestra tierra»21.
Humboldt, en efecto, aspira a desempeñar este papel.
A desarrollar la idea de «cuadros de la naturaleza» que el propio Saint-Pierre había enunciado, a ejecutarlos de hecho.
En un texto anterior, el Voyage à l'île de France (1773), el oficial francés ya había cargado contra las descripciones geográficas de su tiempo.
Los viajeros no sabían representar los objetos naturales.
Sus descripciones de ríos, villas o montañas eran todas similares, tan áridas como las cartas y los mapas.
A consecuencia de ello -clamaba Saint-Pierre-, «el Indostán se parece a Europa» 22.
Muchas de sus expresiones e ideas encontrarán en Humboldt pleno desarrollo.
Así, por ejemplo, cuando Saint-Pierre menciona que dichas descripciones carecen de fisonomía, está anunciando uno de los conceptos claves de la narrativa humboldtiana.
Otro tanto puede decirse de sus reproches acerca de los resultados que había contraído el lenguaje experimental y la mirada científica («A fuerza de naturalizar con las artes, la naturaleza nos ha devenido extranjera» 23 ); o sobre la incapacidad de los botánicos para ir más allá de la descripción sistemática de la morfología (linneana) de las plantas: ----«¿Hablan de una planta?
Detallan sus flores, sus hojas, su corteza, sus raíces.
Pero nadie da cuenta de su porte, su apariencia, su elegancia, su rudeza o su gracia.
Por tanto, la semejanza de un objeto depende de la armonía de todas sus partes y teniendo la medida de todos los músculos de un hombre no se obtiene su retrato» 24.
Saint-Pierre, en suma, había delatado la insuficiencia de un método descriptivo que dejaba fuera de la representación asuntos como la fisionomía, el color, la emotividad, las relaciones entre los fenómenos naturales y el mundo de las sensaciones, el propio acto de la contemplación.
«El arte de representar la naturaleza -dejó dicho-es tan nuevo que ni los mismos términos han sido inventados» 25.
En el original rendre: representar, traducir, trasladar, aquello que según hemos visto designa la principal ocupación de los viajeros; pero también expresar, comunicar, transmitir, dimensiones que pertenecen a esa misma operación y que Humboldt desplegará en todo su alcance en un proyecto retórico y de conocimiento, un programa armado alrededor de esta tarea: vivificar el lenguaje científico para devolverle precisamente la vida a la naturaleza 26.
Con ser importante, sin embargo el de Saint-Pierre no es el único ejemplo a seguir.
Dicha restauración tiene un referente más cercano y otro mucho más lejano.
Como es sabido, Humboldt destacará repetidas veces a Goethe como máximo exponente a la hora de reivindicar la poesía descriptiva, una reivindicación especialmente «legítima» en Alemania, una nación y una lengua a las que, por otra parte, les está destinada la empresa de recuperar un legado antiguo, el de aquella cultura de la que proceden los lenguajes fundacionales del cosmos:
«¿Qué pueblo meridional no ha de envidiarle [a Alemania] el gran maestro de la poesía cuyas obras todas respiran un sentimiento de la naturaleza tan profundo, Los sufrimientos del joven Werther, como los Recuerdos de Italia, la Metamorfosis de las Plantas como las Poesías varias?
¿Quién ha invitado con más elocuencia a sus conciudadanos «a resolver el enigma sagrado del universo», a renovar la alianza que en la infancia de la humanidad reunía para una obra común a la filosofía, la física y la poesía?» 27.
26 En efecto, «todo cuanto tiende a reproducir la verdad de la naturaleza da nueva vida al lenguaje», subraya en un pasaje de Cuadros especialmente revelador.
Es el capítulo dedicado a la vida nocturna de los animales en las selvas del Nuevo Mundo, donde subraya que «la investigación constante de esta verdad es el fin de toda descripción que tenga por objeto la naturaleza».
Se refiere a Grecia, obviamente, y está citando un fragmento de La Metamorfosis de las plantas de Goethe (1790), el poema que le dedicó a Christiane Vulpius, con quien se casó el escritor tiempo después.
Merece la pena reproducir los versos: «Te disturba, oh amada, la mezcla de miles de flores aquí y allá en el jardín; muchos nombres escuchaste, y siempre suplanta, con bárbaro sonido, el uno al otro en el oído.
Todas las formas son análogas y ninguna se asemeja a la otra; así indica el coro una ley oculta, un sagrado enigma.
Oh, si yo pudiese, querida amiga, transmitirte al instante la feliz palabra que lo desvela!» 28.
La identidad y diversidad de las formas, la ley oculta, el sagrado enigma, la feliz palabra que lo desvela: todo ello encuentra amplia resonancia en el horizonte intelectual humboldtiano, vertebrado por esa búsqueda de la renovación de la alianza entre filosofía, física y poesía, una concepción que a su vez determina la búsqueda y el empleo de un lenguaje descriptivo (una herramienta, una tecnología literaria) que fabrique por sí mismo dicha alianza.
No es superfluo recordar aquí que la gran reforma del conocimiento de finales del siglo XVII también había supuesto una reforma del lenguaje que había tenido mucho de recuperación y depuración.
Pero lo que en tiempos de Comenius, Locke o Sprat había sido un movimiento dirigido a la restauración de un lenguaje adámico -de ahí que el acento se pusiera en la pureza y brevedad primitivas, que fuera ensalzada la lengua de los artesanos y los comerciantes-; ahora, en los días finales de la Aufklarung y la crisis del Sturm und Drang, el lenguaje a recuperar (y con él su ciencia) no era el del primer hombre, sino el de la que comenzaba a ser vista como la «primera cultura».
La infancia de la humanidad ahora resultaba ser Grecia y no la de los primeros padres.
Esto explica hasta qué punto la toría descriptiva humboldtiana se alce contra la precisa nomenclatura linneana, contra la severa prosa de los viajeros marcados por la impronta matemática y mecanicista que había tenido la Revolución Científica.
Empleará Humboldt dichos lenguajes, por descontado, tienen sus cometidos.
Pero no alcanzan para lograr el más elevado: rendir cuenta, transmitir toda la armonía del cosmos y el propio goce de la contemplación; recuperar la propia idea de physis, una natura naturans y no más aquella natura naturata, una naturaleza objetivada y ajena al (y del) hombre.
----28 La metamorfosis de las plantas en GOETHE, J.W. (ed. Diego Sánchez Meca, 1997), Teoría de la naturaleza, Madrid, Tecnos, pp. 30-139, p.
Es seguramente en Cuadros donde mejor se aprecian estos principios, donde logrará «reproducir en el lector la antigua comunión con la naturaleza».
Asumiendo la voz de un narrador omnisciente, un «papel semidivino» 29, este Lucrecio o Virgilio del Nuevo Mundo formaliza las tres imágenes canónicas del paisaje americano destinadas a perdurar: la selva tropical, las vasta mesetas interiores y las grandes cordilleras andinas.
Todas ellas están dominadas por la estética de lo sublime, la categoría teorizada entre otros por Burke y Kant, y de la que ya nos encargamos en otro lugar 30.
Las tres también suponen la formalización de una escala novedosa, el paisaje, una noción alejada del catálogo de los herborizadores, tal y como defiende desde su mismo título la sistemática investigación de Alberto Castrillón sobre este asunto 31.
Su predilección por la montaña encuentra doble justificación por la vía estética así como por razones vinculadas a su propia noción de cuadro.
De ahí el lugar que ocupan en su narrativa y en su ciencia el Chimborazo y el (incompleto) ascenso que acometió a su majestuosa cúspide.
Allí se precipitaban la misma idea de lo sublime en su mejor expresión; allí se derramaban también todas las relaciones, variables y gradaciones de la geografía de las plantas.
Era una visión sintética, un monumental cuadro que recogía como ningún otro la riqueza y variedad de los fenómenos naturales 32.
La variedad y la uniformidad, la diversidad y la unidad: tal vez sea este su tema dilecto.
Es un asunto que afecta a la fisonomía del paisaje, a su voluntad de fijar el arquetipo del paisaje (andino, tropical, desértico o meseteño).
Humboldt persigue constreñir cuáles son sus rasgos primordiales tal y como Goethe había buscado trazar los perfiles de esa forma ideal que era la planta arquetípica (Urpflanze).
Visto así, podemos apreciar la sintonía entre las dos investigaciones.
Ambas se dirigen en última instancia a registrar la estabilidad y el cambio, la permanencia y la transformación de las formas orgánicas e inorgánicas.
Es el sagrado enigma, en fin, la vida.
Resulta esclarecedor en este sentido la historia relatada en La fuerza vital o el genio rodio, el texto que Humboldt incluye en Cuadros y que había publicado en 1795 en la revista del círculo de Jena, Las Horas (Die Horen) 33.
Sobr el círculo de Jena, MORGAN, S.R. (1990), «Schelling and the origins of his Naturphilosophie», en CUNNINGHAM, A. y JARDINE, N. (eds.), Romanticism and the Sciences, Cambridge, Cambridge University Press, 1990, pp. 25-38. la leyenda que pone en boca de Epicarmo se escondía en realidad un tema al que Humboldt, como naturalista, le concede toda su gravedad.
La pintura que alberga el Poecilum de Siracusa representa al genio rodio, un muchacho que porta una antorcha y con una mariposa sobre su espalda.
Su significado, sin embargo, es objeto de debates y pesquisas interminables entre los filósofos.
Sólo encontrará explicación cuando aparece una segunda pintura sobre el mismo tema pero con el genio desprovisto de vida, la mariposa ha volado, la antorcha yace en el suelo sin luz.
Es de nuevo el sagrado enigma, el misterio del interminable trasiego entre la materia orgánica y lo inerte, la confirmación de que para explicar la vida ha de acudirse a su opuesto, la muerte.
Aquí y allá el tema de la fuerza vital adquiere gran relieve, una importancia que es al tiempo filosófica, estética, literaria y científica, campos que Humboldt renuncia a escindir, pese a que la fractura kantiana acaba de consolidar aquello que la Revolución Científica llevaba anunciando desde hacía tiempo.
Para entender al sabio prusiano, por tanto, no cabe hablar de intereses y objetivos científicos, por un lado, y de intereses y objetivos literarios o filosóficos por otro.
Su búsqueda es universal, afín en este sentido a las que habían emprendido Goethe, Novalis, Schelling o Schiller.
Tratar «la física como un arte», por ejemplo, era un lema adoptado por el círculo de Jena y otros Naturforscher (investigadores de la naturaleza) comprometidos de una manera u otra con la Naturphilosophie de la época.
De hecho fue el título de una lección impartida por Ritter allá por 1806 en Munich 34.
Precisamente en una carta a Schiller, fechada en 1794, Humboldt le felicitaba de que no hubiera excluido a las ciencias naturales de su proyecto 35.
En contrapartida le aseguraba que él mismo jamás había esperado de una empresa literaria otra cosa distinta de la que Schiller esperaba de la suya propia.
Arremetía a continuación contra los métodos de representación al uso en historia natural, contra los archivistas Registratoren de la naturaleza.
«Es menester -afirma Humboldt-buscar algo más elevado», algo que es preciso re-----34 SCHAFFER, S. (1990), «Genius in Romantic natural philosophy», en CUNNINGHAM y JAR-DINE (eds.), op. cit., pp. 82-98, p.
También comenta Schaffer «El genio rodio» de Humboldt, y en general el tema del genio en el Romanticismo, oponiéndolo al concepto de ingenio, dominante en la ciencia moderna del siglo XVII.
Sobre el tema del genio también PESET, J.L. (1999), Genio y desorden, Valladolid, Cuatro, pp. 58-64, donde trata el papel creador y demoledor del Fausto de Goethe, otra versión, en cierto sentido, de la oposición vida-muerte que comentamos.
descubrir, tarea en la que Aristóteles y Plinio, sus descripciones animadas de la naturaleza, constituyen el referente ineludible.
Descripción animada, pintura animada de las escenas naturales, retrato animado de los cuerpos orgánicos: la palabra se reitera una y otra vez.
Responder a esta pregunta es en verdad ir hacia el corazón del asunto que estamos tratando, el nexo entre la imagen y la palabra, entre la vista y la escritura.
Y significa volver a la vieja doctrina aristotélica sobre la poética, allí donde el concepto de poiesis remite a la nación de hacer, fabricar, producir, y el de mimesis al de imitar, representar.
«Digo que las palabras pintan cuando significan las cosas en acción» 36, rezaba el enigmático pasaje del estagirita sobre el que Paul Ricoeur levantó La metáfora viva 37.
Y hablando de Homero, «el de la palabra alada», añadía Aristóteles: «Todas estas palabras hacen que las cosas se muevan y vivan, pues la acción es el movimiento» 38.
Leyendo Cuadros de la Naturaleza se puede comprobar hasta qué punto Humboldt puso en práctica esta vieja preceptiva.
Escrita en alemán, por supuesto, es quizás su obra más personal y sin duda la más popular, la más volcada sobre la dimensión comunicativa y transmisora de la ciencia.
Emplea una prosa poética majestuosa, cuyo movimiento reproduce y recoge los fenómenos y paisajes naturales, sus propios movimientos; esto es, según acabamos de ver, una prosa que poetiza y mimetiza la naturaleza y su dinamismo.
De las pampas meridionales a los llanos de Venezuela; de las estepas asiáticas a los desiertos africanos; desde las cordilleras andinas a las Montañas de la Luna o al Atlas; desde el Chimoborazo a la selvas del Orinoco: la descripción se desplaza de un lado al otro del globo, provocando un efecto panorámico, cinematográfico en cierto sentido.
Su prosa, en efecto, busca imitar y fabricar el propio dinamismo que Humboldt detecta por doquier, en la vida de las plantas, en el interior de los volcanes, en la superficie de la tierra: «Todo anuncia un mundo de fuerzas orgánicas en movimiento.
En cada matorral, en la corteza agrietada de los árboles, en la tierra que cavan los himenópteros, la vida se agita y se hace oír como una de las mil voces que envía la naturaleza al alma piadosa y sensible del hombre» 39. |
El asociacionismo farmacéutico industrial, al igual que ocurriera con otras actividades empresariales, experimentó
En trabajos anteriores1 hemos abordado el nacimiento del movimiento asociativo de la farmacia industrial en España, inicialmente vinculado a un sentimiento corporativo, de carácter profesional, común a toda la profesión farmacéutica.
El progreso de las ciencias y de las técnicas, la irrupción del medicamento industrial, el intrusismo a menudo tolerado por el Gobierno, la inadecuada formación científica y profesional impartida desde las facultades de Farmacia o las restricciones legales a las que estaban sometidos los farmacéuticos en el ejercicio de su profesión, son algunas de las causas que alimentaron el deseo corporativo, muy presente en la historia de este colectivo profesional.
En este contexto nace la Unión Farmacéutica Nacional (UFN) 2, un organismo corporativo que aglutinó y coordinó a los nuevos colegios provinciales de farmacéuticos, establecidos en España a partir de 1916 3, y que representó los intereses de este grupo profesional ante las autoridades estatales -tanto durante la Dictadura de Primo de Rivera como durante la II República 4 -, ----con gran entusiasmo, vigor, dedicación y eficacia.
Valiéndonos del enfoque de Jonathan Pincus, recogido por José Luis Martínez Sanz, podemos incluir a la UFN entre los denominados «grupos de presión», es decir, aquellos que «infiltrados en cualquier instancia política, administrativa o de los medios de comunicación, presionan en beneficio de sus intereses, o repiten machaconamente hasta imponerlas como algo natural las ideas y postulados que favorecen esos intereses (...)
Esos grupos hablan en nombre del Estado y del bien común, pero su motivo privado es la búsqueda de beneficios» 5.
Según testimonio del que fuera secretario de esta corporación, Gustavo López García, la UFN nace con una «finalidad directa y principal (...) restaurar la ruinosa economía farmacéutica» ocasionada por el negocio del medicamento industrial y por el abandono progresivo de la tradicional fórmula magistral 6, un ambicioso objetivo que pasaba, en primer lugar, por controlar y someter la disidencia industrial presente en el colectivo que representaba.
Por ello, no es de extrañar que la primera iniciativa para crear un sindicato de productores de especialidades farmacéuticas en nuestro país, partiera de este potente engranaje corporativo; en 1914, la Unión Farmacéutica Nacional propone la creación de un «Sindicato Farmacéutico de la Reglamentación», del que podrían formar parte todos los farmacéuticos españoles que prepararan especialidades, siempre y cuando aceptasen las condiciones impuestas desde la UFN.
El único objetivo de este sindicato o, lo que es igual, el único fin perseguido por la UFN, era la unificación y el control de precio de venta al público de las especialidades farmacéuticas y, por supuesto, el monopolio en la dispensación de este tipo de productos para las oficinas de farmacia 7.
En MORENO TO-RAL, E. y RAMOS CARRILLO, A. (eds.), Actas del 38 Congreso Internacional de Historia de la Farmacia, Córdoba, Universidad de Sevilla, s.p.
5 MARTÍNEZ SANZ, J.L. (2001), Los empresarios y sus asociaciones en la historiografía española, Cuadernos de Historia Contemporánea, 23, pp. 177-194, p.
6 LÓPEZ GARCÍA, G. (1951-1952) Esta iniciativa de la UFN fracasó; se trataba de un proyecto totalmente intervenido por este organismo y muy autoritario para con los productores de especialidades, quienes parecían quedar sometidos, económica y disciplinariamente, a los intereses de las oficinas de farmacia.
Pese al empeño de la UFN, los farmacéuticos que preparaban medicamentos industriales escaparon de su control e iniciaron una andadura asociativa independiente a la del resto de sus colegas.
La Asociación de Productores de Especialidades Farmacéuticas, creada en 1916 y de la que ya nos hemos ocupado en un trabajo anterior8, fue la primera en defender, al menos de manera contundente, a los profesionales españoles que desarrollaban su actividad en el ámbito industrial.
Disuelta ésta se constituye una nueva entidad que, desde 1922 hasta 1931, representó a buena parte de los farmacéuticos productores de especialidades, la Unión General de Productores de Especialidades Farmacéuticas de Españatambién conocida como La «Especialidad Farmacéutica»-; no fue más que una continuación de su antecesora, también radicada en Madrid y de la que formaron parte algunos de los más destacados representantes de la primera9.
Desapareció en 1931, tal vez ante el empuje de otra asociación de industriales farmacéuticos radicada en Barcelona: la Unión Nacional de Laboratorios Químico-Farmacéuticos, la cual formaba parte de un organismo de mayor envergadura: la Cámara Nacional de Industrias Químicas, que representó a la industria química, la farmacéutica incluida, hasta su desaparición definitiva durante los primeros años del franquismo La ruptura y escisión del colectivo de profesionales de la Farmacia, tradicionalmente unido hasta la popularización del medicamento industrial, quedó bien patente durante este período (1916-1931), especialmente tormentoso para las oficinas de farmacia; unos establecimientos enérgicamente representados por la UFN pero que tuvieron que soportar la hostilidad del gobierno de Primo de Rivera 10, al igual que sucediera con otros grupos profesionales organizados 11, y la actitud ambigua mostrada por sus colegas productores de ----especialidades farmacéuticas, más preocupados de extender sus redes comerciales hacia droguerías y establecimientos similares que de atender los argumentos sanitarios y corporativos defendidos desde la UFN.
La inclusión de la farmacia industrial en la Cámara Nacional de Industrias Químicas, un organismo asociativo de carácter empresarial aunque vinculado a una actividad de carácter científico, terminó por desligar a sus profesionales del entorno corporativo farmacéutico para entrar a formar parte del ámbito químico, empresarial e industrial, del cual hoy día aún forman parte.
Tras la finalización de la Guerra Civil y una vez establecida la Organización Sindical Española, las empresas químicas -incluidas las farmacéuticas-constituyeron el Sindicato Vertical de Industrias Químicas, que funcionó como organismo exclusivo de representatividad empresarial y obrera, al menos, hasta los años 1960, en que empiezan a surgir, y a consentirse, iniciativas asociativas independientes del engranaje sindical franquista, entre ellas Farmaindustria que, durante los años 1970, estaría llamada a convertirse en la patronal de la industria farmacéutica en nuestro país.
¿Por qué los patronos se han decantado a menudo por la vía asociativa, aún cuando los fundamentos del capitalismo y los modos de actuación de las patronales organizadas pueden llegar a ser bien diferentes?
En opinión de Pilar Calvo Caballero, las situaciones adversas de mercado (competencia extranjera, bajadas de precios, saturación del mercado, etc.), acompañadas de actuaciones individuales infructuosas sobre aquél, han alentado el espíritu asociativo y reivindicativo de los empresarios españoles, hasta conducirles a la solicitud de medidas gubernamentales, como las de carácter proteccionista, que normalmente suelen ser contradictorias con la lógica capitalista 12.
Para José Luis Martínez Sanz, «la historia industrial contemporánea de España parece caracterizarse por la búsqueda de rentas o beneficios mediante el control monopolístico en casi todos los sectores» 13, lo que ha propiciado políticas de proteccionismo estatal, bien evidentes durante el Directorio Militar, que han contribuido a retrasar el desarrollo de la industria española respecto de la europea.
Otros autores, como Philippe C. Schmitter, sitúan a los movimientos ----12 CALVO CABALLERO, P. (1992), En torno a un debate: La lógica del comportamiento asociativo patronal.
El caso de la patronal castellano-leonesa durante el primer tercio del siglo XX, Investigaciones Históricas, 12, pp. 285-300, p.
«corporatista» y «neocorporatista» en el centro del debate en torno a la reestructuración de las relaciones Estado-Sociedad; en opinión de este autor, deben interpretarse como mecanismos sin un diseño político específico, que propician «la salida no intencionada a una serie de conflictos de intereses y crisis políticas en las que ninguno de los representantes involucrados de los grupos y de las clases sociales y del Estado fue capaz de imponer sus preferencias a los demás» 14.
Sea como fuere, la Cámara Nacional de Industrias Químicas hace su aparición en esta época de fortalecimiento de las asociaciones y conglomerados patronales; algunos, como el Fomento del Trabajo Nacional, ya contaban con una dilatada trayectoria en defensa de los intereses empresariales; otros, como la Confederación Gremial Española, la Confederación Patronal Española, la Federación de Industrias Nacionales o la Unión Nacional Económica -ya durante la II República-fueron creados a partir de la década de 191015.
La Cámara irrumpe con fuerza en la vida económica e industrial española durante la Dictadura de Primo de Rivera, de manera más notoria a partir de 1926 cuando es declarada de utilidad pública16; distinción reafirmada años después cuando, a propuesta del Ministro de Economía Nacional, es distinguida como institución de «carácter oficial con todos los derechos y obligaciones inherentes a las entidades de su clase» 17.
La Cámara Nacional de Industrias Químicas siguió la estela de la francesa Sociéte de Chimie Industrielle, fundada en 1917 por Paul Kesner y Jean Ge-----rard y declarada de utilidad pública un año después, cuyo objetivo prioritario fue la alianza entre Ciencia e Industria gracias a la participación de las principales figuras francesas de la química e ingeniería química del momento y a la creación, en 1918, de su propio órgano de expresión, la revista Chimie et Industrie 20.
Su principal objetivo fue la defensa, promoción y representación de la industria química nacional ante las autoridades políticas y científicas, tanto de España como del extranjero, en un intento por fomentar y mantener la competitividad comercial y el desarrollo científico aplicado dentro de este sector industrial.
La estructura organizativa era de tipo federal, constituida a partir de las diferentes «uniones nacionales» específicas de las actividades químico-industriales representadas, entre ellas la de Laboratorios Químico-Farmacéuticos.
La propia estructura federal de la Cámara favoreció la descentralización de sus actividades hacia las distintas Uniones Nacionales quienes, en la práctica, asumieron el control corporativo de la actividad química que representaban.
No obstante, la propia Cámara aceptó el peso representativo, reivindicativo e, incluso, organizativo de algunos asuntos de interés común para todas las industrias químicas, como los relativos a propiedad industrial, fiscalidad, control de calidad, reivindicación laboral y organización de eventos científicos.
LA UNIÓN NACIONAL DE LABORATORIOS QUÍMICO-FARMACÉUTICOS
En un principio denominada «Agrupación de Laboratorios farmacéuticos de la Cámara Nacional de Industrias Químicas» 21, esta asociación disponía de su propio Consejo Directivo, formado por unos 15-20 miembros, todos ellos destacadas personalidades de la industria farmacéutica española de aquel período; celebraba sus juntas generales en los locales de la Cámara Nacional de Industrias Químicas 22.
En España, la publicación homóloga a ésta se llamó igual: Química e Industria.
21 Con anterioridad a 1926 estas «Uniones» se llamaban «Agrupaciones», véase, por ejemplo: (1925), De Especialidades farmacéuticas, Química e Industria, 2 (15), p.
12); miércoles 18 de julio de 1934, a las cuatro de la tarde en la calle Diputación 306 principal (cf. la noticia de La Vanguardia, 18 de Al menos desde 1931, durante la II República, llegó a actuar como patronal en Barcelona, negociando con el poder sindical las condiciones laborales y los salarios de los trabajadores de este sector 23.
Durante estos años de marcado nacionalismo también tuvo que hacer frente a los intentos del colectivo médico para boicotear la prescripción de especialidades farmacéuticas preparadas en Cataluña e, incluso, los medicamentos extranjeros con representación catalana; el desafío de la profesión médica no hizo más que acrecentar la unidad de los laboratorios catalanes, para quienes esta maniobra tan sólo pretendía perturbar el gobierno de la recién instaurada República y mancillaba su honorabilidad, ya que nunca habían tenido un sentimiento de desafección hacia España y menos en aquellas circunstancias históricas, en principio más proclives a la catalanidad 24.
El alma mater de esta asociación de industriales farmacéuticos fue el catalán Santiago Pagés Maruny (1888-1972), presidente de ella durante toda su existencia y uno de los más valiosos puntales con los que contó la Cámara Nacional de Industrias Químicas, lo que sin duda influyó notablemente en la importante actividad desarrollada por la Unión Nacional de Laboratorios Químico-Farmacéuticos, una de las más activas y con mayor protagonismo de entre las que componían la Cámara.
Entre otros cargos, nombramientos y distinciones 25 fue asesor de la Conselleria de Sanitat i Asistencia Social para lo relativo a laboratorios químico-farmacéuticos, desde el 25-I-1936, por nombramiento del Conseller de Sanitat i Asistencia Social, Felipe Betrán y Güell; y, finalizada la Guerra Civil fue nombrado Presidente de la Cámara Nacional de Industrias Químicas hasta que esta asociación fue asimilada por la Organización Sindical franquista.
Ocupó la presidencia del recién creado ---julio de 1934, p.
23 «Esta asociación, junto con el Sindicato de Productos Químicos -afecto a la CNT-, han terminado las negociaciones para unas bases de trabajo para los laboratorios de Barcelona y su radio, cuya firma tuvo efecto el sábado último», la nueva tabla salarial entraría en vigor a partir del 21 de septiembre de 1931, cf. La Vanguardia, martes 6 de octubre de 1931.
24 Carta de los Laboratorios Químico-Farmacéuticos de Cataluña a la Unión Nacional de Laboratorios Químico-Farmacéuticos, 22 de mayo de 1931.
Esta última publicación, además de la carta, reprodujo una lista con los 58 firmantes.
La Voz de la Farmacia, además, incluyó un artículo editorial propio.
25 Sobre este personaje cf. JORDI GONZÁLEZ, R. (1972), Dr. Santiago Pagés Maruny, Boletín Informativo de Circular Farmacéutica, 37, pp. 3-9.
Sindicato Nacional de Industrias Químicas -probablemente fue su primer presidente-hasta julio de 194126.
En defensa de su producto comercial: labor reivindicativa y acuerdos comercializadores sobre especialidades farmacéuticas De acuerdo con José Luis Martínez Sanz, las asociaciones empresariales proporcionan «cohesión de clase, refuerzo de autoridad, bienes políticos, servicios y amparo»27.
Los mecanismos, instrumentos o estrategias que utilizan, perfectamente reconocibles en la patronal química y, por supuesto, en su división farmacéutica, son múltiples: búsqueda de apoyos en los poderes e instituciones locales, realización de campañas organizadas de prensa, presión sobre los representantes a Cortes -especialmente entre aquellos miembros electos de su lobby-, cartas, telegramas, mensajes y visitas al Gobierno y sus Ministros, manifestaciones y concentraciones, etc 28.
La Unión Nacional de Laboratorios Químico-Farmacéuticos, con un entusiasta e incombustible Santiago Pagés Maruny al frente, trató de representar los intereses concretos de los fabricantes españoles de especialidades farmacéuticas, aquéllos no contemplados directamente por las líneas de actuación corporativas emprendidas por la propia Cámara Nacional de Industrias Químicas, tanto ante sus colegas de oficina de farmacia -representados por la Unión Farmacéutica Nacional-como ante las autoridades gubernamentales del Directorio Militar y, posteriormente, de la II República.
Durante algunos años -aproximadamente, entre 1925 y 1931-compartió la defensa de los industriales farmacéuticos con otra asociación radicada en Madrid, la Unión General de Productores de Especialidades Farmacéuticas de España, que pro-----bablemente desapareció por no poder compatibilizar sus intereses económicos con la «conciencia corporativa» de pertenencia a un determinado grupo profesional; la Unión General era aún una asociación de marcado carácter farmacéutico, con integrantes -principalmente laboratorios anejos o, incluso, algunos independientes 29 -que también participaban de los intereses defendidos por la UFN.
Por el contrario, y aún existiendo vinculaciones con el ámbito de la oficina de farmacia, La Unión Nacional de Laboratorios Químico-Farmacéuticos ya no era un grupo corporativo farmacéutico sino un núcleo de poder industrial, firmemente respaldado por un potente engranaje empresarial como era la catalana Cámara Nacional de Industrias Químicas.
Durante el período 1925-1931 las dos asociaciones de industriales farmacéuticos fraguaron una serie de acuerdos con la UFN, en materia de precios para las especialidades farmacéuticas, que acabarían obteniendo refrendo legal en 1928 con la redacción de la Real Orden de 21 de abril de 1928, que establecía la prohibición de la venta de especialidades farmacéuticas a precios distintos de los fijados en los envases o al reparto de bonificaciones, de cualquier naturaleza, que pudieran burlar lo así dispuesto 30.
Esta disposición legal, calificada de «dignificadora» por la profesión farmacéutica 31, fue en realidad promovida y solicitada por todos los colectivos implicados en la fabricación y venta de especialidades farmacéuticas, obviamente por las oficinas de farmacia e industriales farmacéuticos, pero también por drogueros e incluso comerciantes de comestibles, cuya presencia en este negocio constituía un verdadero quebradero de cabeza para la UFN.
Esta corporación farmacéutica trató, por todos los medios, de expulsar a estos comerciantes (drogueros, tenderos, etc.) del mercado de las especialidades farmacéuticas, pero la respuesta que, al menos durante unos años, encontró en la orilla industrial no fue ni la deseada ni, probablemente, la esperada.
La Unión General de Productores de Especialidades Farmacéuticas se mostró evasiva y críptica ante la petición de monopolio en la dispensación de estos productos por parte de las oficinas de farmacia; por su parte, la Unión Nacional de Laboratorios Químico-Farmacéuticos fue más explícita en sus postula-----29 Sobre la tipificación legal de los laboratorios farmacéuticos en España, véase GONZÁ-LEZ BUENO, A. y RODRÍGUEZ NOZAL, R. (2005), Fiscalidad e industrialización: las oficinas de farmacia en Madrid (1907-1925) dos, defendidos sin ambigüedades por Santiago Pagés Maruny 32 ante la indignación de sus compañeros de profesión 33.
Unos años antes, el farmacéutico J. Viladot Puig ya había acusado a Santiago Pagés Maruny de no manifestarse claramente a favor de la dispensación exclusiva de las especialidades farmacéuticas en las oficinas de farmacia 34.
El presidente de la Unión Nacional de Laboratorios Químico-Farmacéuticos no pudo anteponer su «conciencia de clase» al interés comercial y a la posible pérdida de un mercado, probablemente más abundante y ventajoso que el que le podrían ofrecer sus compañeros de profesión 35.
Fueron años difíciles, de continuos enfrentamientos entre los farmacéuticos más tradicionales, asentados en sus oficinas de farmacia, y aquéllos más centrados en la producción industrial de medicamentos.
En 1928, la Unión Nacional de Laboratorios Químico-Farmacéuticos redactaba un documento -que pensaban someter a la consideración y firma de sus socios europeos, es decir, la Associazione Italiana della Specialita Farmaceutiche y la Chambre Syndicale de Produits Pharmaceutiques de París-, en respuesta a un «raport de los señores Dr. J.J. Hofman y Dr. A. Schamelhout sobre el ejercicio de la Farmacia y remedios para solventar su situación», publicado en el número 2 del Boletín de la Federación Internacional Farmacéutica.
En opinión de la Unión, «en cuatro puntos convergen todas las apreciaciones publicadas al efecto en el Boletín de la Federation Internationales [sic] Pharmaceutique, la primera de ellas, que la especialidad farmacéutica es la causa de la ruina del farmacéutico detallista; la segunda, que la mayoría de las especialidades no ----32 Carta de Santiago Pagés Maruny, presidente de la Unión Nacional de Laboratorios Químico-Farmacéuticos, Barcelona, 23 de agosto de 1930, publicada por La Voz de la Farmacia, 8, pp. 390-391.
33 «Días pasados se reunió en Junta general la' Unión Nacional de Laboratorios Químico-farmacéuticos' (...) para decidir sobre su conducta en relación con la petición de la 'Unión Farmacéutica Nacional' de derogación del artículo 13 del Reglamento de especialidades.
Fué la sesión borrascosa, y terminó con el acuerdo, adoptado por mayoría, de pedir el mantenimiento de la facultad concedida a los drogueros de vender especialidades farmacéuticas.
A los pocos días, se reunió también la Directiva de 'La Especialidad Farmacéutica', y, no sabemos si también por mayoría o por unanimidad, acordó manifestarse en igual sentido, lo que hizo visitando al Ministro.
Los que componen la una y la otra asociación son farmacéuticos, aunque no lo parezca», cf. (1930) cumplen ni pueden cumplir fin terapéutico alguno; la tercera, que estimula al público a la medicación directa con exclusión de toda intervención médica, y la cuarta que el farmacéutico expende en sus oficinas medicamentos que no puede controlar»36.
El documento-contestación redactado por la Unión Nacional de Laboratorios Químico-Farmacéuticos en respuesta a las opiniones de la Federación Internacional Farmacéutica es francamente interesante; los fabricantes españoles defienden la eficacia terapéutica de sus productos, su control médico y la certificación de producto proporcionada por ellos mismos.
Respecto del primero de los asuntos, piensan que no parece justificable el plantear un supuesto perjuicio de las especialidades farmacéuticas utilizando argumentos de tipo económico para el colectivo de oficinas de farmacia; lo cierto es que los productores son muy duros en este asunto y, tal vez, poco considerados e irónicos para con sus compañeros, a quienes sugieren que se dediquen a otros menesteres, habida cuenta que suficiente tienen con responsabilizarse de la pureza de los productos oficinales y magistrales que preparan.
Ante este caldeado ambiente, la Unión Farmacéutica Nacional, por su parte, mantuvo la calma y modificó su estrategia, esta vez utilizando paciencia y negociación; ofrecieron a los laboratorios farmacéuticos la supresión de la obligatoriedad de indicar la fórmula en la etiqueta del medicamento, así como la exención de responsabilidades hacia los laboratorios respecto de aquellas especialidades vendidas a colectivos o particulares no autorizados37.
El pacto no se hizo esperar, durante 1930 productores y detallistas ya se habían puesto de acuerdo para dejar fuera del negocio a drogueros y a otros comerciantes; en principio la alianza fue sellada por la UFN y la Unión Nacional de Laboratorios Químico-Farmacéuticos, y posteriormente acatada por la Unión General de Productores de Especialidades Farmacéuticas, en fechas ya muy cercanas a su desaparición como asociación industrial, y también por los representantes de los Colegios de Médicos de Madrid y de Farmacéuticos de Barcelona.
La propuesta conjunta, a presentar ante las autoridades estatales, pasaba por una nueva redacción del Reglamento para la Elaboración y Venta de Especialidades Farmacéuticas en lo relativo a su controvertido artículo 13, en el sentido de subrayar la obligatoriedad de dispensar cualquier tipo de especialidad farmacéutica, sin excepciones, únicamente en oficinas de ----farmacia; a comienzos de 1931 el artículo 13 quedaba derogado, no sin gran indignación por parte de los negocios de droguería, que llegaron a presentar un recurso, aunque sin éxito, ante el Tribunal Supremo por esta decisión gubernamental.
La UFN, con la aquiescencia de la industria, había logrado un monopolio sobre la venta de medicamentos, ya fueran magistrales o industriales, que aún hoy día se mantiene38.
Regulación administrativa y control sanitario de los medicamentos
En diciembre de 1925 se crea el Instituto Técnico de Comprobación, un organismo estatal que habría de controlar la calidad y pureza de las especialidades farmacéuticas, mediante comprobaciones analíticas de las fórmulas declaradas por sus propietarios, una garantía sanitaria no contemplada hasta entonces en España para este tipo de productos, ni siquiera en el Registro para la Elaboración y Venta de Especialidades Farmacéuticas publicado un año antes39.
La entonces Agrupación de Laboratorios Farmacéuticos de la Cámara Nacional de Industrias Químicas aceptó de buen grado esta iniciativa gubernamental, aunque propuso la utilización de una serie de laboratorios con el fin de llevar a cabo los contraanálisis en aquellos casos de disconformidad con la analítica realizada40.
----También solicitaban una disminución en la tributación exigida a los laboratorios farmacéuticos y, en reuniones posteriores de esta Agrupación, formularon otras objeciones en un afán, más que por ralentizar o dificultar esta medida gubernamental, por contribuir a una mejora de la reglamentación sobre el control sanitario de los medicamentos 41.
Según lo manifestado por esta Agrupación, una hipotética Real Orden de 20 de agosto de 1926 42 «resolvería, en lo fundamental, las principales demandas que dicha Unión, apoyada por la Cámara, elevó en momento oportuno al Excmo.
Señor Ministro de la Gobernación» 43.
En este mismo ámbito de la regulación administrativa y control sanitario de las especialidades farmacéuticas, también debemos señalar otras actuaciones de la Unión Nacional de Laboratorios Químico-Farmacéuticos, con menor repercusión o éxito ante las autoridades gubernamentales.
Es el caso de su deseo por modificar la legislación sobre publicidad de productos farmacéuticos, a fin de controlar la literatura que acompañaba a estos productos, así como sus reclamos publicitarios, con el propósito de no extralimitar las indicaciones terapéuticas, es decir, por motivos de salud 44; o su extrañeza ante la obligatoriedad de tener que registrar de nuevo una especialidad farmacéutica debido, únicamente, a cambios en la razón social de los laboratorios 45.
No tuvieron más éxito las protestas formales llevadas a cabo tras la publicación de la Orden Ministerial de 3 de diciembre de 1931 46, firmada por el que fuera Director general de Sanidad durante la II República, Marcelino Pascua, según la cual no podrían comercializarse aquellos productos biológi----lona, 31 de diciembre de 1926 [la carta también va firmada por Fernando Bonafont de Cortada, secretario general de la Cámara], publicada en 1926, El Restaurador Farmacéutico, 81 (2), pp. 42-44 y Química e Industria, 3 (24), pp. 20-21, de donde tomamos los datos.
41 (1926) Observaciones que han sugerido a la industria farmacéutica española incorporada, los Reales decretos anteriores relativos al Instituto Técnico de Comprobación, Química e Industria, 3 (29), pp. 162-163.
42 No hemos podido identificar esta disposición como publicada por el diario oficial La Gaceta; es probable que, finalmente, se tratara de una norma de rango menor.
45 Una medida que califican de incómoda y perjudicial, por lo que solicitan «una aclaración categórica de la Jefatura de Servicios Farmacéuticos», a quien se dirigen de manera oficial, cf. (1929), Unión Nacional de Laboratorios Químico-Farmacéuticos, Química e Industria, 6 (60), pp. 14-15.
La lista de sustancias sometidas a control es corregida en la Orden de 5 de diciembre de 1931 (Gaceta, 9 de diciembre de 1931).
cos -los mencionados en esa disposición, como sueros, vacunas, filtrados bacterianos, fermentos lácticos, bacteriófagos, tuberculinas, etc.-procedentes de lotes nuevos, importados o fabricados en España, sin el análisis previo y el visto bueno del Instituto Técnico de Farmacobiología 47.
En opinión de Santiago Pagés Maruny esta medida no haría otra cosa que dificultar a los fabricantes de nuevos productos biológicos y retrasar su puesta en el mercado; a pesar de todo, recomendaba a los laboratorios que entregaran lo antes posible sus muestras a este Instituto, pero también solicitaba del Director general de Sanidad más tiempo para adaptarse a esta nueva situación y que los controles analíticos fueran sólo voluntarios, así como otra serie de peticiones a considerar por ese organismo administrativo 48.
Donde sí debió pesar la opinión de los productores de especialidades farmacéuticas fue en la regulación de estupefacientes y medicamentos sometidos a vigilancia singular.
Estos productos contaban, desde 1918, con un «Reglamento para el comercio y dispensación de las substancias tóxicas, y en especial de las que ejercen acción narcótica, antitérmica o anestésica», donde se daban las instrucciones pertinentes para la introducción, circulación y comercialización de sustancias como los opiáceos, la cocaína y sus derivados, así como «los alcaloides, glucósidos y principios conocidos como narcóticos, anestésicos, antitérmicos, antigenésicos y abortivos», para cuya venta en las oficinas de farmacia era «requisito indispensable la prescripción facultativa, escrita y firmada por el Médico, quedando la fórmula en poder del farmacéutico, y necesitando ser renovadas si, a juicio del Facultativo, la prescripción necesitase ser repetida una ó más veces» 49.
No se trataba de una norma en exceso restrictiva, como tampoco lo era el Reglamento para la Elaboración y Venta de Especialidades Farmacéuticas de 1924, en lo relativo a estos productos, ni tampoco la legislación generada durante los años siguientes, donde se fijaban unas pautas de control, y punitivas, de carácter muy general 50.
----47 Un Decreto de 20 de enero de 1931 (Gaceta, 21 de enero de 1931) disolvía el Instituto Técnico de Comprobación y creaba el Instituto Técnico de Farmacobiología, dependiente de la Dirección General de Sanidad y heredero del anterior.
En 1927, tal vez motivado por una mala experiencia personal con estas sustancias 51, Santiago Pagés Maruny escribió al Ministerio de la Gobernación dando su opinión sobre la mejor manera de legislar sobre tóxicos y de ejecutar sus actuaciones de control, con el objeto de tratar de reprimir el tráfico clandestino de sustancias estupefacientes.
Su opinión quedó resumida en una serie de comentarios y propuestas concretas, donde se subraya la importancia de disponer de talonarios numerados y especiales para tóxicos facilitados por las autoridades sanitarias; la necesidad de emplear en toda España recetas exclusivas para tóxicos; el establecimiento de servicios de policía que vigilaran estos asuntos relacionados con tóxicos y estupefacientes, la importancia del «registro foliado para tóxicos que voluntariamente llevan los Laboratorios que no importan directamente las substancias estupefacientes»; asimismo, se hace ver el contrasentido que representaba la dispensación al público de estupefacientes en forma de especialidades y «el hecho de no permitir al farmacéutico la administración al público de dosis terapéuticas de laudano»; y, por último, propone que los dentistas pudieran, «mediante recetas facilitadas por el Colegio de Médicos proporcionarse especialidades farmacéuticas, tales como anestésicos, cáusticos, etc., etc., de imprescindible uso para el ejercicio de su profesión» 52.
Tres días después de presentar este escrito ante las autoridades correspondientes, el Gobernador Civil de Barcelona, Joaquín Miláns del Bosch, emitía una Circular en la que obligaba a la utilización de recetas de estupefacientes para la dispensación de este tipo de sustancias 53.
Un año más tarde, en la primavera de 1928, la restricción en la distribución y venta de estupefacientes ya no era un asunto restringido a Madrid o Barcelona; el Real Decreto-Ley del Ministerio de la Gobernación, de 30 de abril de 1928 54, afrontaba con deci-----51 Santiago Pagés Maruny sufrió un proceso judicial por supuesto atentado contra la salud pública; el fiscal acabó retirando la acusación, al entender que fue un compañero el que falsificó su firma en diferentes albaranes «que a su nombre se le solicitaban inyectables de morfina por valor total de 60 pesetas», cf. (1927), Unión de laboratorios farmacéuticos de España, Química e Industria, 4 (36), p.
52 [PAGÉS MARUNY, S.] (1927), Algunas deficiencias en la actual legislación de tóxicos.
Observaciones del doctor Pagés Maruny, Presidente de la Unión de Laboratorios Químicofarmacéuticos de España, de la Cámara Nacional de Industrias Químicas, sometidas a la consideración de los Excmos.
Señores Director General de Sanidad, Fiscal del Tribunal Supremo Gobernador Civil de Barcelona, Química e Industria, 4 (37), pp. 50-51.
sión una regulación que, probablemente, fue espoleada por los convenios internacionales existentes sobre esta materia y dinamizada gracias a la presión ejercida por la Unión Nacional de Laboratorios Químico-Farmacéuticos, con S. Pagés Maruny al frente 55.
Esta nueva disposición fue pionera en su ámbito y abrió paso a un fértil período legislador, sobre todo durante la II República 56, relativo a sustancias tóxicas, restricción de estupefacientes y control de toxicomanías.
Las recetas oficiales y los libros de estupefacientes entrarán a formar parte, ya de manera generalizada, en la vida cotidiana de las oficinas de farmacia.
En alguna otra ocasión 57 hemos manifestado que el medicamento industrial en España fue un producto inicialmente ajeno a la Farmacia, más propio de drogueros e industriales que de boticarios y, en su mayoría, procedente de la importación, al menos durante el siglo XIX.
Las especialidades farmacéuticas fueron lentamente asumidas por los profesionales del medicamento, no sin dificultades y controversias importantes en el seno de este colectivo, hasta conseguir -de manera definitiva en 1936-el monopolio en la dispensación de estos productos.
Los reglamentos para la elaboración y venta de especialidades farmacéuticas, de 1919 y 1924, vinieron a poner orden en un mercado en auge y próspero para los fabricantes españoles, que comenzaban a no conformarse con vender sus productos, de manera exclusiva, en territorio nacional.
España estaba pasando de importadora a exportadora de especialidades farmacéuticas, sobre todo hacia zonas como Portugal o América Latina.
En octubre de 1928, el Consejo Directivo de la Unión Nacional de Laboratorios Químico-Farmacéuticos acordó remitir una instancia al presidente del Consejo de Ministros, en la cual se exponían «las dificultades con que tropieza la exportación de nuestras especialidades farmacéuticas a causa de los sis----- 55 No fue la última vez que se dirigió a las autoridades por un asunto relacionado con los estupefacientes.
En mayo de 1929 lo hizo, en nombre de la Unión Nacional de Laboratorios Químico-Farmacéuticos, ante el Colegio Oficial de Farmacéuticos de Barcelona y el Ministro de la Gobernación, expresando su preocupación por el perjuicio que podría tener para los laboratorios nacionales la pretensión de Juan Planellas Ripio de conseguir el monopolio en la fabricación, importación y venta de tóxicos, cf. JORDI GONZÁLEZ, R. (1982), Cien años de vida farmacéutica barcelonesa (1830-1939), Barcelona, R. Jordi González, p.
temas ultra-proteccionistas empleados por algunos países» 58.
En opinión de este colectivo, el caso de Portugal podría ser especialmente dañino para sus intereses, sobre todo si finalmente se publicaba su reglamento de especialidades farmacéuticas.
Esta situación motivó la redacción y envío de dos cartas, cuyas reclamaciones fueron estudiadas por las autoridades portuguesas aunque, probablemente, éstas no tuvieron mayor alcance o consideración gubernamental 59.
En la primera de estas cartas manifestaban que el nuevo reglamento portugués «impediría definitivamente y de la manera más absoluta la exportación a dicho país de nuestras especialidades farmacéuticas», protesta que, al parecer, también habían cursado otros países como Francia, Italia o Alemania, con quienes ya se estaba colaborando en estos asuntos 60.
Entre otros productos, la norma portuguesa impedía la introducción de especialidades extranjeras que tuvieran «un similar nacional» y obligaba a que los permisos para las empresas extranjeras tuvieran que ser renovados cada seis años, tiempo suficiente para que un fabricante portugués copiase cualquier medicamento importado 61.
La segunda misiva abundaba en la denuncia del planteamiento ultraproteccionista establecido por algunos Gobiernos como el portugués que, valiéndose de aranceles abusivos y restricciones legislativas de tipo sanitario, vulneraban la deseable mutua reciprocidad aduanera y comercial que debería existir entre países involucrados en estas actividades 62.
Sin embargo, y en un alarde de prestidigitación dialéctica, todos los argumentos esgrimidos contra el proteccionismo portugués se transformaban en papel mojado cuando lo que se trataba de defender eran los intereses de los productores de sueros y vacunas españoles ante sus homólogos europeos.
Argumentaban que los productores españoles eran capaces de fabricar cantidades superiores a las que se necesitaban para abastecer el mercado nacional y que la competencia extranjera era muy perjudicial para los intereses nacionales, al tratarse de casas más antiguas que las españolas, con gran capacidad ---- 62 (1928), Observaciones de la Unión Nacional de Laboratorios Químico-Farmacéuticos a la Presidencia del Consejo de Ministros y a la Vicepresidencia del Consejo de la Economía Nacional, acerca de las condiciones en que se efectúa la exportación de nuestras especialidades farmacéuticas, Química e Industria, 5 (58), p.
productiva lo que les permitía mantener precios muy competitivos; por si fuera poco, se veían favorecidas por un arancel poco gravoso.
En definitiva, la Unión de Laboratorios Químico-Farmacéuticos solicitará del gobierno una protección de 13 pts. por cada kilo de sueros y/o vacunas, aproximadamente un 10% del precio de coste 63.
No sería ésta la última vez que los fabricantes españoles de medicamentos se manifestaran en relación a estos asuntos de índole arancelaria, haciendo gala de una ambigüedad argumental medida, siempre en beneficio de sus propios intereses; es el caso de la petición formulada ante el Ministro de Economía, en diciembre de 1928, solicitando un trato de mutua reciprocidad comercial con potencias como Italia o Francia y, de manera simultánea, una relación de hegemonía colonialista paterno-filial para con los países de la América Latina 64.
El Ministro de Economía contestó a la Unión Nacional de Laboratorios Químico-Farmacéuticos recordándole que los tratados firmados entre España y otros países contemplaban la mutua reciprocidad «del trato de nación más favorecida», por lo que «los productos químico-farmacéuticos de fabricación española deben obtener en sus respectivos mercados el referido trato y disfrutar, por tanto, de las ventajas de que gocen los de otras procedencias» 65.
La Unión Nacional de Laboratorios Químico-Farmacéuticos también trataría de reclamar, para sus asociados, aquellos productos que se situaban en la frontera entre lo medicinal y la higiene cosmética.
Es el caso de los dentífricos, las cremas para la higiene cutánea y algunos antisépticos bucales que, ----63 (1929), De los sueros y vacunas en relación con el arancel y con el R. D. de 29 de febrero de 1928, Química e Industria, 6 (60), p.
En opinión de la Unión Nacional de Laboratorios Químico Farmacéuticos, las legislaciones francesa e italiana permitían esta mutua reciprocidad, siempre y cuando las autoridades españolas lo diligenciaran, cf. (1929), Nuestras especialidades en Francia e Italia, Química e Industria, 6 (61), pp. 44-45; sobre este mismo asunto, véase también: (1929), Nuestras especialidades en Italia, Química e Industria, 6 (62), p.
Un par de años más tarde, Santiago Pagés Maruny abundaba en este asunto, cf. La Vanguardia, miércoles 22 de octubre de 1930, p.
pensaban, deberían poderse fabricar y comercializar bajo la misma contribución «que se asigna al ejercicio de la industria farmacéutica» 66.
Solicitaban una disposición del Gobierno que atendiera estos asuntos y aclarara la situación contributiva a la que se deberían enfrentar los laboratorios de especialidades farmacéuticas preparadores de este tipo de sustancias.
La contestación ofrecida por la Administración fue clara; si el preparado en cuestión estaba registrado como especialidad farmacéutica no sería necesario otro pago que el de la tarifa correspondiente como laboratorio farmacéutico; si, por el contrario, no lo estaba entonces debería contribuir como producto de perfumería 67.
Sin embargo, buena parte de los productos para la higiene bucal, aunque estuvieran elaborados por laboratorios que, de manera habitual, se dedicaban a la preparación de especialidades farmacéuticas, no estaban registrados como medicamentos y, por lo tanto, a efectos de la Ley del Timbre no gozaban de los privilegios que tenían los productos medicinales.
Según el Real Decreto-Ley de 11 de mayo de 1926 68, los alimentos y medicamentos llevarían un timbre de cinco céntimos cuando el precio del producto estuviera entre 1 y 2 pesetas, y de diez céntimos para aquellos que excedieran las 2 pesetas; el resto de artículos pagarían, como mínimo, a razón de 15 céntimos, para precios comprendidos entre 1 y 3 pesetas.
Este segundo supuesto contributivo fue el previsto por la Administración para los dentífricos, una decisión explicitada a través de una Real Orden Circular del Ministerio de Hacienda, en opinión de Jorge Foret Benaudínpresidente de la Cámara Nacional de Industrias Químicas y vocal del Consejo de la Economía Nacional-una disposición no publicada ni en la Gaceta ni en el Boletín Oficial del Ministerio y contraria a la Ley del Timbre de 11 de mayo de 1926; así se lo hizo saber al Ministro de Hacienda, en una carta en la que se solicitaba la inclusión de los productos de higiene bucal, a efectos de la Ley del Timbre, dentro de las especialidades farmacéuticas 69.
Éste de los dentífricos no fue el único asunto de índole contributiva que preocupó a los laboratorios farmacéuticos, también llamaron la atención sobre ---- otros productos imprescindibles para la fabricación de determinadas especialidades 70; es el caso del vidrio para inyectables, el cual consideraban indispensable para el mantenimiento de muchas industrias españolas y para el que, en 1926, propugnaron volviera a ser considerado, a efectos tributarios, como materia prima, tal y como se había reconocido en un arancel anterior 71.
COROLARIO El asociacionismo farmacéutico industrial, al igual que ocurriera en otras actividades empresariales, experimentó un auge notable en España durante la Dictadura de Primo de Rivera.
Los mecanismos proteccionistas para controlar la economía nacional, trazados por el gobierno del Directorio Militar, favorecieron las ansias monopolísticas de este grupo profesional, tanto en su vertiente de venta al por menor como en su faceta industrial.
La Unión Farmacéutica Nacional fue el organismo corporativo que, a partir de 1913, representó los intereses de un colectivo que, desde que se popularizara el medicamento industrial en nuestro país, comenzaba a dividirse en dos grandes grupos: aquéllos que fabricaban medicamentos y quienes los dispensaban.
La inclusión de la farmacia industrial en la Cámara Nacional de Industrias Químicas terminó por desligar a los fabricantes de especialidades farmacéuticas del ejercicio tradicional de esta profesión y, por supuesto, del entramado corporativo generado por la Unión Farmacéutica Nacional, el «grupo de presión» que defendió, con notoriedad e ímpetu, los intereses de las oficinas de farmacia ante las autoridades gubernamentales y, también, ante sus colegas del área industrial, tanto durante la Dictadura como durante la II República.
La Cámara Nacional de Industrias Químicas se crea en Barcelona, hacia 1919, en una época de fortalecimiento de las asociaciones y conglomerados patronales, siguiendo la estela de la francesa Sociéte de Chimie Industrielle, y prolongó su existencia hasta que fue asimilada por la Organización Sindical ----70 Incluso se llegó a proponer la implantación corporativa de una fábrica mecánica de vidrio, cf. (1928), Consejo Directivo.
Meses después volvería a ser tratado este tema en las páginas de Química e Industria, solicitando a los laboratorios que aún no hubiesen enviado la información solicitada lo hicieran «reservadamente», cf. (1929), Del proyecto para establecer una fábrica mecánica de vidrio, Química e Industria, 6 (61), p.
(1926), Tubos calibrados de vidrio para inyectables, Química e Industria, 3 (27), p.
La Cámara trató de defender, promocionar y representar a la industria química nacional ante posibles amenazas o situaciones desfavorables para sus intereses, valiéndose para ello de una estructura organizativa de tipo federal formada por «Uniones Nacionales» que, en la práctica, asumieron el control corporativo de su actividad respectiva.
Dentro de la Cámara Nacional de Industrias Químicas, los asuntos relacionados con los productos farmacéuticos fueron gestionados por la Unión Nacional de Laboratorios Químico-Farmacéuticos, presidida por el catalán Santiago Pagés Maruny.
Esta asociación defendió los intereses de los laboratorios productores de especialidades farmacéuticas y, por supuesto, del producto medicinal que comercializaban, utilizando para ello los recursos y mecanismos habitualmente empleados por los grupos empresariales de presión.
La Unión Nacional de Laboratorios Químico-Farmacéuticos actuó como patronal, durante la República, en Barcelona y trató de mediar ante el boicot del colectivo médico hacia los medicamentos procedentes de Cataluña.
Realizó una labor destacada en la promoción y reivindicación de las especialidades farmacéuticas como soporte medicinal óptimo, y fue capaz de negociar con la UFN un acuerdo para regular el precio de las especialidades farmacéuticas, recuperando así compromiso, complicidad y solidaridad con sus compañeros de oficina de farmacia, lo que, sin duda, contribuyó a la expulsión de drogueros y otros comerciantes del negocio del medicamento, y al establecimiento de un monopolio que aún hoy perdura.
No fueron éstos los únicos asuntos de los que se ocupó esta organización, también trató de mediar con el fin de favorecer las exportaciones de medicamentos en condiciones favorables para sus asociados, principalmente con Portugal y países de América Latina; solicitó condiciones ventajosas para algunos productos en la frontera medicinal, como los de higiene bucal y cosmética, o imprescindibles para la fabricación de medicamentos, como el vidrio para inyectables; y trató de involucrarse, con éxito desigual, en la redacción de normas legales relacionadas con la publicidad, el control sanitario de especialidades farmacéuticas y productos biológicos, y la regulación de estupefacientes y medicamentos sometidos a vigilancia singular., |
En España, durante la dictadura franquista (1939-1975), la enseñanza y la divulgación de la ciencia estuvieron supeditadas a la religión católica y numerosas obras defendieron una visión teísta y creacionista de la biología que aceptaba el relato literal del Génesis y rechazaba la teoría de la evolución, especialmente en el problema del origen del ser humano.
Este artículo aborda las principales obras y características de esta forma de pensamiento que reprodujo argumentos y metáforas propios de la teología natural predarwiniana, según la cual la Naturaleza estaba gobernada por Dios y los seres vivos eran producto de su diseño.
tad del siglo XIX, destacando entre sus obras más representativas: The Wisdom of God Manifested in the Works of the Creation (1691) de John Ray (1627-1705), atural Theology, or Evidences of the Existence and Attributes of the Deity collected from the Appearances of ature (1802) de William Paley (1743-1805) y Bridgewater Treatises, una serie de tratados de varios autores que se publicaron entre 1830 y 1840 1.
Eran notables obras de historia natural que describían desde el orden astronómico hasta la complejidad anatómica de los organismos, incluidos los humanos, y todo ello se mostraba como prueba de la existencia de un Creador con una sabiduría infinita que había diseñado minuciosamente cada criatura para vivir perfectamente adaptada a su entorno.
Aquella visión era coherente con el relato bíblico de la Creación al principio de los tiempos y con los pensamientos platónico y el aristotélico, según los cuales las especies eran entidades ideales e inmutables que formaban parte de una Naturaleza jerarquizada en complejidad y perfección conocida como Scala aturae o Gran Cadena del Ser.
La teoría de la evolución por selección natural formulada por Alfred R. Wallace (1823-1913) y Charles Darwin (1809-1882) en 1858, y especialmente por este último en El origen de las especies (1859), mostró sólidas pruebas y argumentos a favor de que tanto el origen como las adaptaciones de los seres vivos eran el resultado de un proceso natural de selección biológica, lo que rompió con la idea de creación sobrenatural, diseño divino, esencialismo y orden jerárquico de la Naturaleza 2.
Tras un período de eclipse e incertidumbre que se extendió entre finales del siglo XIX y el primer tercio del siglo XX 3, la teoría de la evolución por selección natural quedó plenamente aceptada por la mayor parte de las disciplinas biológicas durante las décadas de 1930 y 1940, en la síntesis evolucionista o teoría sintética de la evolución.
A pesar de esto, diversas formas de pensamiento, en contextos diferentes pero dominados por creencias religiosas, han compartido los argumentos básicos de la teología natural predarwiniana, cuestio- ----1 Una descripción de las argumentaciones de estas obras pueden encontrarse en AYALA, F. J. (2007), Darwin y el Diseño Inteligente.
Creacionismo, Cristianismo y Evolución, Madrid, Alianza Editorial, pp. 31-41.
3 BOWLER, P. J. (1985), El eclipse del darwinismo, Barcelona, Labor.
nando tanto la evolución como el proceso de selección natural, entre ellos, las oleadas de creacionismo en Estados Unidos o el nacionalcatolicismo de la dictadura franquista que surgió tras la guerra civil española (1936-1939).
HEREJÍAS CIENTÍFICAS EN LA POSGUERRA
En España, el evolucionismo en su versión darwinista se consideró el núcleo de la llamada biología «materialista y atea».
Desde su tardía recepción en los años del Sexenio Revolucionario (1868-1874) hasta la Guerra Civil (1936-1939) la cuestión estuvo fuertemente ideologizada, ausente del debate científico y generó intensas polémicas, especialmente en el siglo XIX 4.
Aunque algunos naturalistas y clérigos no vieron problema en compatibilizar evolución y religión católica durante el primer tercio del siglo XX 5, el discurso dominante desde sectores eclesiásticos fue muy distinto debido a la preocupación por el éxito del «criterio materialista-evolucionista» entre estudiantes, cátedras y obras de ciencias naturales 6.
Como destacara el sacerdote y biólogo, Jaime Pujiula (1869-1958), las ideas materialistas, monistas y evolucionistas habían estado «envenenando» las ciencias naturales y la biología, desviando la ciencia «de su verdadero ideal que es ascender por el conocimiento de las criaturas al conocimiento de su Creador» 7.
El desenlace de la Guerra Civil propició el mejor escenario para reconducir esta situación y hacer realidad el sueño del padre Pujiula.
En la posguerra la defensa del evolucionismo fue un elemento más de aversión y censura ----4 Véanse, por ejemplo, algunos de los primeros trabajos sobre el darwinismo en España: NÚÑEZ, D. (1977), El darwinismo en España, Madrid, Castalia; y GLICK, T. F. (1982), Darwin en España, Barcelona, Península.
Una historiografía crítica completa se encuentra en CATALÁ, J. (2009), Cuatro décadas de historiografía del evolucionismo en España, Asclepio.
6 Sobre la cruzada antievolucionista en las décadas anteriores a la Guerra Civil véase PELAYO, F. (2002), Darwinismo y antidarwinismo en España (1900-1939): la extensión y crítica de las ideas evolucionistas.
En PUIG-SAMPER, RUIZ, R. y GALERA, A. (eds.), Evolucionismo y Cultura.
7 PUJIULA, J. (1949), Manual Completo de Biología Moderna Macro y Microscópica, Barcelona, Tip.
Esta edición reproduce los prólogos de ediciones anteriores, la cita pertenece al de la primera edición de 1927.
hacia personas e instituciones ligadas al periodo republicano, así por ejemplo, en un alegato contra la Institución Libre de Enseñanza, el Museo de Ciencias Naturales era considerado un «vivero de "transformistas" materialistas, que han arrancado en libros y cátedras tantas creencias con fáciles declamaciones contra el Génesis, a base de atractivas novelas darwinistas» 8.
Las opiniones y directrices políticas sobre el evolucionismo y la concepción materialista de la biología fueron muy explícitas durante y tras la Guerra Civil.
El ministro de educación del primer gobierno de Franco, Pedro Sainz Rodríguez (1897-1986), se refirió en 1938 a la teoría de la evolución como una «estrella apagada» 9, y el segundo, José Ibáñez Martín (1896-1969), en el memorable discurso de inauguración del CSIC (1940), proclamó una ciencia católica y liquidó las «herejías científicas» afirmando que «los errores no pueden constituir ciencia, ni existe para ellos libertad científica» 10.
Estos errores habían estado señalándose durante décadas en las obras religiosas y se encontrabancomo había indicado Pujiula-en las ciencias naturales y la biología pues en estos campos «se cruzan las espadas de diversos contendientes» 11.
BIOLOGÍA TEÍSTA EN LAS AULAS
La educación fue uno de los pilares de adoctrinamiento en la «nueva España» y la enseñanza media tenía especial importancia dado que sus contenidos profundizaban en aspectos claves que chocaban de lleno con la ortodoxia católica.
Las consignas de Ibáñez Martín se materializaron plenamente en algunos manuales de ciencias naturales que incluían oraciones y pasajes del Génesis, mientras los catecismos argumentaban contra el evolucionismo, el darwinismo o la ciencia materialista 12.
----Aunque muchos textos religiosos proclamaron la armonía perfecta entre ciencia y fe, en realidad se trataba de una supeditación pues, como se reconocía, la fe era «la antorcha que guía a la humanidad por los campos de la investigación, mostrándole [a la ciencia] en muchos casos los escollos en que se puede naufragar» 13.
Estos escollos eran, entre otros, el evolucionismo (considerado un proceso general que implicaba a todo el universo), y el «transformismo» o «darvinismo» (restringido a los seres vivos y al ser humano) y tildado de «falso y herético» 14.
En lo que respecta a los textos de ciencias naturales el hecho más relevante fue la supresión del tema de la evolución, presente en los cuestionarios (programas) de bachillerato anteriores a la guerra 15.
En algún caso quedaron frases con sentido evolucionista herederas de ediciones anteriores al final de la guerra, por ejemplo, en Curso de Historia atural (1951) del catedrático de Fisiología Animal, Salustio Alvarado (1897-1981), se indicaba que las plantas y los mamíferos placentarios del Terciario evolucionaron o se diferenciaron para dar lugar a los representantes actuales.
Esto no ocurrió con las afirmaciones relativas al origen humano, donde la neutra expresión «aparece el hombre» de ediciones anteriores a la guerra se sustituyó por «fue creado el hombre» 16.
A este hecho hizo referencia Emilio Palafox (n.
1925), investigador del CSIC y sacerdote del Opus Dei, partidario de un evolucionismo finalista, cuando solicitó una reflexión a las autoridades educativas sobre las consecuencias negativas de esta censura para los alumnos universitarios 17.
En general, las pocas referencias que se hicieron a la evolución en los textos de ciencias naturales de enseñanza media en la posguerra fueron para tildarla de doctrina o hipótesis: «el examen de dicha doctrina resulta que, lejos ---párrafos contra el darwinismo también se encuentran en las ediciones de este catecismo anteriores a la Guerra Civil.
Quinto curso de Bachillerato, Madrid, Talleres gráficos Montaña, p.
Las ediciones de esta obra para 6.o de bachillerato (Plan del 57) continuaron hasta finales de los sesenta. de ser un sistema científico bien fundado en la experiencia, se reduce a un conjunto de hipótesis»18.
Algunos manuales de ciencias naturales fueron en realidad una extensión del pensamiento religioso expresado en los catecismos.
Entre ellos destacamos los del jesuita Vicente Muedra19, cuyo Ciencias aturales.
Segundo curso de Bachillerato (1956) mostraba una completa intercalación de pensamiento religioso en un libro de ciencias naturales20.
La obra -que obtuvo mención honorífica del Ministerio de Educación Nacional-se iniciaba con una oración y un prólogo que señalaba su principal objetivo: introducir a los estudiantes en las ciencias para «llevarles por ellas a Dios».
En la introducción se reproducía el primer capítulo del Génesis y una ilustración mostraba a Dios creando los cuatro reinos de la «escala de los seres naturales» separados por negros abismos que hacían imposible cualquier derivación de unos a partir de otros (fig. 1) 21.
En los sesenta, aunque no se abordó abiertamente la cuestión en ningún texto de enseñanza media, encontramos esporádicas alusiones que mostraban una perspectiva evolucionista en obras de los botánicos Justo Ruiz de Azúa (1903-1980) y Emilio Guinea López (1907-1985) 22.
Uno de los casos más interesantes que mostró una diferencia entre la censura en el ámbito universitario y preuniversitario lo encontramos en algunos textos de Salustio Alvarado.
Aunque su Biología Preuniversitaria de 1963 señalaba la realidad de la evolución para explicar las adaptaciones de los seres vivos 23, afirmaba sin embargo «oscuridades y penumbras» en las causas y ----mecanismos del proceso.
Esto contrastaba con el tratamiento y extensióndos capítulos y cuarenta páginas-que el mismo autor había dedicado unos años antes a la evolución en su manual universitario Biología General (6.a ed., 1959), así como con el reconocimiento mostrado hacia Darwin y la teoría de la selección natural en el centenario de la publicación de El origen de las especies 24.
A DIOS POR LA CIE CIA: DIVULGACIÓN
Aparte de la educación, la biología teísta contó con una importante difusión social a través de obras de divulgación entre las que destacaron las de los jesuitas Vicente Muedra y Jesús Simón (1891-1971).
La relación entre divulgación y enseñanza era muy estrecha; Muedra fue profesor de ciencias naturales en el colegio Santo Domingo de Orihuela y autor de libros de texto para ----24 ALVARADO, S. (1959, 6.a ed.), Biología General, Madrid, Impr.
Véase BLÁZQUEZ, F. (2007), El centenario de El origen de las especies en España (1959), eVOLUCIÓ.
Revista de la Sociedad Española de Biología Evolutiva (edición electrónica), 2, pp. 33-41.
varios cursos de bachillerato, y las obras de Simón fueron lecturas recomendadas en algún centro educativo25.
Jesús Simón pronunció numerosas conferencias sobre astronomía en los cuarenta y cincuenta26 y dos de sus obras, cuyo subtítulo era Estudios científico-apologéticos, fueron especialmente importantes por el número de ediciones y años que abarcaron.
El prólogo a la segunda edición (1943) indicaba que su objetivo era «reducir el número de ateos» y romper con las enseñanzas y la divulgación realizadas durante el período republicano.
Se trataba de una obra bien ilustrada que exponía las maravillas y la perfección de la Naturaleza en todos sus órdenes (astronomía, zoología, botánica o anatomía humana), como pruebas de la existencia, poder y sabiduría divinos.
Una cita de Linneo en la portada mostraba la deuda con la teología natural predarwiniana: «He rastreado las huellas de su acción en las criaturas, y, en todas, aun en las más ínfimas y más cercanas a la nada, ¡qué poder, qué sabiduría, qué insondables perfecciones he encontrado!».
La otra obra de Simón, El Hombre 28, apareció a finales de los cuarenta y su última edición fue en 1962.
En ella mostraba al «hombre» -no a la mujer-como el centro de la Creación 29, señalando el abismo que le separaba ----del mono, argumentando contra el evolucionismo y censurando incluso a los autores católicos que lo defendían; cerraban la obra varios capítulos dedicados a la naturaleza e inmortalidad del alma humana.
A finales de los cuarenta apareció La perfección científica en las obras animales 30, del ya citado Vicente Muedra (fig. 3), inscrita en lo que el autor ----30 Se ha consultado MUEDRA, V. (1948, 2.a ed.), La perfección científica en las obras animales. arraciones científico-recreativas (primera serie), Murcia, Nogués.
No hay datos sobre la primera edición aunque alguna librería de viejo la fecha el mismo año que la segunda.
El autor también publicó un folleto de idéntico título en 1956 (Barcelona, Dalmau Socías). denominó arraciones científico-recreativas y a las cuales pertenecieron varias obras de menor extensión que se publicaron a lo largo de los cincuenta también con notable éxito 31.
La perfección científica... estaba especialmente dirigida a «jóvenes estudiosos» y su objetivo fundamental era, aparte de «ver ----al CREADOR en las admirables obras de sus criaturas», mostrar cómo los animales habían resuelto multitud de problemas en la naturaleza a través de comportamientos (instintos) que eran la manifestación de la sabiduría y ciencia del ser superior que los había creado.
Entre los numerosos ejemplos de esta obra destacaban las formas de defensa animal en cuya descripción el autor utilizaba normalmente metáforas bélicas.
Por último, a finales de los cincuenta, casi coincidiendo con el centenario de la publicación de El origen de las especies, Muedra publicó el primer tomo de otra obra que también divulgaba un pensamiento creacionista, La aturaleza (1958) 32.
El comienzo era claramente apologético e incluía el pasaje del Génesis, el resto era una descripción de los distintos grupos zoológicos, sin alusiones religiosas, con un estilo claro y unas ilustraciones a color que la convertían en una obra amena para un público infantil y juvenil.
TEOLOGÍA NATURAL EN EL FRANQUISMO: ARGUMENTOS, ICONOS Y FOBIAS
La palabra del Génesis
El primer pasaje del Génesis, en el que se relata la creación del mundo, fue reproducido y comentado en las obras de ciencias naturales de enseñanza y divulgativas que defendieron la perspectiva creacionista 33.
El texto se insertaba normalmente en las primeras páginas poniendo de manifiesto la supeditación del discurso científico al religioso 34.
Los primeros capítulos del Génesis, según había dictaminado la Pontificia Comisión Bíblica de 1909 35, seguían considerándose históricos.
Como afirmaba Jesús Simón: «la palabra de Dios no yerra.
Lo que es deficiente, muchas veces, es nuestro conocimiento de ella, nuestra precipitación y poca ---- (Simón, 1948) la narración de los acontecimientos geológicos y biológicos de la historia de nuestro planeta se hacía en perfecta concordancia con el texto bíblico, incluso la tardía creación del Sol, la Luna y las estrellas, el cuarto día ─después de la creación de la Tierra─, no planteaba ningún problema pues su autor lo interpretaba como la visión por vez primera de estos astros, tras la liberación de la densa capa de anhídrido carbónico de la atmósfera 37.
El único aspecto sujeto a una cierta flexibilidad de interpretación fue la duración de los «días de la Creación», algo sobre lo que la Comisión Bíblica de 1909 ya había dado libertad de discusión.
Dadas las evidencias acumuladas en torno a la antigüedad de la Tierra, los autores creacionistas consideraron que se trataban de lapsos de tiempo indefinido, de miles o millones de años, y puesto que la Biblia no establecía cronología alguna, este problema quedaba «a las discusiones de los hombres y a las investigaciones de la Ciencia» 38, lo que era un reconocimiento más de que la ciencia sólo podía ocupar el espacio que dejaba la Biblia.
Uno de los casos más interesantes que reveló un cambio en la consideración del texto bíblico a lo largo de una década, lo observamos en la obra divulgativa La aturaleza de Vicente Muedra.
La edición de 1958 se iniciaba con un prólogo que, en mayúsculas, afirmaba el origen común de todos los seres era «la Creación» y reproducía el pasaje del Génesis ilustrado con la escala natural culminada por el hombre.
El prólogo y el pasaje -no la ilustración-desaparecieron en la edición de 1969, siendo sustituidos por un prefacio del paleontólogo Bermudo Meléndez 39 que indicaba «el hecho innegable de que los seres vivos han variado en el tiempo» y que, aunque el Génesis no era un libro científico, su mensaje era perfectamente válido: la Naturaleza era obra de Dios y ello no se oponía a una concepción evolutiva de la misma sino que mostraba una «Inteligencia infinita, que, desde la iniciación de los fenómenos vitales en la Tierra, tenía ya prevista su culminación en el mundo vivo actual» 40.
---- 40 Prólogo de Bermudo Meléndez a MUEDRA, V. (1969), La aturaleza, tomo I: Invertebrados, Barcelona, Jover, pp. 5-6.
Creación y generación espontánea.
En España, las publicaciones divulgativas o didácticas de los cuarenta y cincuenta mostraron únicamente dos posibilidades en torno al origen de la vida: «generación espontánea, que excluye toda intervención divina... o un acto especial de Dios Creador» 41, indicando siempre que no había término medio y eludiendo (o desconociendo) las aportaciones que habían tenido lugar con los trabajos de Alexander I. Oparin (1894-1980), durante el primer tercio del siglo XX, o los experimentos de 1953 de Stanley L. Miller (1930-2007) 42.
La teoría de la generación espontánea ya había sido desmontaba por los experimentos de Louis Pasteur (1822-1895), que se convirtió en un magnífico icono científico para la nueva biología de posguerra y de quien se publicaron numerosas biografías, siendo frecuentes las ilustraciones con su figura y las citas que se referían a él como «sabio y católico», «insigne bienhechor» y «Santo» 43.
En realidad, Pasteur era el sustituto perfecto de quien había sido icono de la biología republicana, Charles Darwin, a quien un catecismo (antes y después de la guerra) consideraba un «pretendido sabio... dotado por Dios de gran espíritu observador pero de muy poca inteligencia» 44.
Tras la Guerra Civil se evitaron las alusiones a Darwin en los textos de ciencias naturales y, salvo alguna excepción, sus obras desaparecieron de las librerías y bibliotecas hasta principios de los sesenta 45.
En idénticos términos se expresa en SIMÓN (1954), p.
42 La primera referencia a estos trabajos la hemos hallado en el suplemento de la Enciclopedia Ilustrada Espasa Calpe de 1957-1958, pp. 332-336, a cargo de Rafael Alvarado (1924-2001) que actualizaba la cuestión en España y añadía que las interpretaciones materialistas sobre el origen de la vida no atentaban contra la ortodoxia católica.
La visión decimonónica del problema del origen de la vida fue un ejemplo más del retorno a debates biológicos del pasado en la divulgación y enseñanza durante el franquismo.
Para proclamar la muerte del darwinismo no hizo falta volver la vista muchos años atrás pues, durante las tres primeras décadas del siglo XX, la teoría de la selección natural sufrió un importante descrédito en el ámbito científico.
En la dictadura, muchos textos incluyeron citas y argumentos de biólogos antidarwinistas de aquel período para proclamar la defunción científica de la teoría de la evolución y al darwinismo «un tronco viejo y carcomido» 46.
Historia atural y su metodología 47, una obra dirigida a los alumnos que iniciaban sus estudios de Magisterio, no pudo expresarlo más claramente.
En su primera página, con el título «La creación» y en fechas próximas al centenario de El origen de las especies, encontramos:
En plena decadencia y próxima a su ocaso la teoría EVOLUCIONISTA sobre el origen de las especies, prohibida su defensa en muchos países cultos como teoría sin base científica, por carecer de pruebas concluyentes que la confirmen... estudiada desapasionadamente, sólo desde el punto de vista científico, sin los prejuicios anticatólicos del profesor alemán Ernesto Haeckel y sus seguidores, que pretendían encontrar en la teoría de la evolución «la artillería pesada contra la Iglesia», pronto se le encontraron sus «puntos débiles» y la «difícil demostrabilidad de sus teorías», estando en la actualidad, como hemos dicho, en plena decadencia y pronto a desaparecer, quedando subsistente, con todo su esplendor, la necesidad de admitir la existencia de un Ente necesario, de Dios, causa y origen de todo lo que existe, que ha dado principio a todas las cosas, a cuya acción creadora, por su Omnipotencia, se debe la presencia de todos los seres naturales, contingentes, alterables y caducos, que en infinita variedad pueblan el Universo 48.
El intento de conciliar la historia de la Tierra con los episodios descritos en el Génesis también supuso una vuelta a debates geológicos del XIX.
Incluso el mito de la Atlántida fue considerado por el jesuita Simón como puente intercontinental para explicar algunos datos sobre la distribución de las especies 49.
Y mucho más representativo de esta vuelta al pasado fue el rescate de ---- La doctrina de las CREACIONES SUCESIVAS explica la sucesiva aparición de los seres en distintos períodos geológicos por cambios que determinaron distintas condiciones para la vida orgánica de un período a su inmediato subsiguiente, desapareciendo unas especies y apareciendo otras por la intervención creadora de Dios, acción creadora que se repitió en el comienzo de cada época hasta la aparición del hombre, que fue la última manifestación creadora del Supremo Hacedor 51.
Paradójicamente, estas exaltaciones antievolucionistas que tenían lugar en España ocurrían cuando la síntesis evolucionista se estaba gestando o había sido ya plenamente aceptada por la biología.
Este hecho fue silenciado en los manuales de enseñanza media, y rebatido en publicaciones divulgativas y académicas 52 hasta finales de los años cincuenta, momento en el que el evolucionismo darwinista comenzó a ser recuperado con motivo del centenario de la publicación de El origen de las especies.
El círculo de hierro de la especie y los abismos impenetrables de la escala natural
Los autores defensores de la biología creacionista tenían un concepto esencialista de especie biológica.
Según esta visión, las especies eran entidades inmutables, constituidas por un grupo de características definitorias, y las variaciones respecto de su 'esencia' eran 'desviaciones' o modificaciones debidas a las condiciones ambientales.
Esta concepción prevaleció durante la mayor parte de la historia de la biología hasta el desarrollo de la teoría de la selección ---respecto tuvieron lugar en casa de Darwin en 1845, véase BOULTER, M. ( 2009), Darwin's Garden, London, Constable, p.
50 Véase el capítulo «Geología bíblica y creacionismo: una alternativa frente a las propuestas materialistas» en PELAYO, F. (1999), Ciencia y creencia en España durante el siglo XIX, Madrid, CSIC, pp. 47-80.
Se han respetado las mayúsculas del texto original.
52 Sobre la teoría sintética en España y la evolución en el franquismo véase BLÁZQUEZ, F. (2001), La teoría sintética de la evolución en España.
darwiniana que señaló la importancia de la variación dentro de la especies en el proceso de selección natural 53.
El concepto esencialista de especie era coherente con el creacionismo expresado en el Génesis, y el significado y papel de la variación se entendía de la siguiente forma: «Dios ha concedido sabiamente cierto ámbito a cada especie para que pueda desenvolverse con amplitud... pero todo ello dentro del círculo de hierro de la especie, de la cual no pueden salir» 54.
Cada especie era pues «una unidad fija creada por Dios, con una esencia propia e incomunicable, con organización y aun células propias que no admiten mezcla alguna» 55.
Este esencialismo era aplicado además a todo el mundo orgánico donde «abismos impenetrables» separaban los reinos que componían la escala de los seres naturales.
Esta concepción de la naturaleza quedó magníficamente expresada en la ilustración de la figura 1 y el texto que la acompañaba en el manual de ciencias naturales de Vicente Muedra (1956): 5.5.
El hombre: origen, naturaleza y diferencias con el mono A pesar de que durante el primer tercio del siglo XX se promovieron líneas de investigación en evolución humana ligadas a la Junta de Ampliación de Estudios57, la Guerra Civil y la dictadura provocaron un retroceso lamentable para la paleontología humana en España58.
Para la biología teísta el ser humano fue creado a imagen y semejanza de Dios, era un «ángel humanado» y con frecuencia se señalaba su carácter divino y su condición -normalmente en mayúsculas-de «REY DE LA CREACIÓN».
En los textos religiosos del franquismo se solía recordar que la creación divina del ser humano era un dogma de fe del Concilio de Letrán IV (siglo XIII) y que los teólogos y los Santos Padres interpretaban las palabras de la Sagrada Escritura como una acción directa de Dios en la creación del hombre, «luego es temerario separarse de este sentido, y, por tanto, debemos afirmar que Dios formó el cuerpo del primer hombre»59.
Dejando claro que este «no procede, por evolución o transformación de la materia y de las especies, de otros animales menos perfectos»60.
La creación de la primera mujer se consideraba un episodio secundario pues, siguiendo literalmente el relato del Génesis, provenía «de una parte del hombre por modo maravilloso, a manera como de las simientes y de las raíces hace crecer las plantas»61.
Al considerar al ser humano (en realidad, al «hombre») rey de la Creación, la historia de la Tierra adquiría un carácter finalista: «Nuestra morada ha ido cambiando de faz, renovándose, ensayándose dijéramos, para recibir, al fin y ofrecer digno palacio al ser privilegiado que había de ennoblecerla sobre todos, el hombre»62.
Al margen de los problemas relacionados con la exégesis bíblica o la naturaleza del pecado original, el origen animal de los seres humanos planteaba un nuevo inconveniente relacionado con nuestra posición en la Naturaleza.
Inclui-----dos en el orden Primates desde la clasificación de Linneo en el siglo XVIII, fueron numerosas las obras de ciencias naturales durante el franquismo en las que se omitió este hecho; había un lugar para orangutanes, chimpancés y gorilas entre los primates antropomorfos, pero los humanos quedábamos fuera de cualquier clasificación 63.
Se aceptaba que «aunque el ser humano es un mamífero» era un error incluir su estudio entre ellos «como si fuera uno de tantos», afirmaba Vicente Muedra, debido a la presencia de alma inteligente e inmortal que nos separaba de los animales y nos acercaba a los ángeles y a Dios.
Por esta razón, se aceptó en algunos casos la existencia de un suborden Bimanos 64 y en otros un reino aparte, el reino Hominal, tal y como habían defendido algunos médicos y naturalistas españoles en el siglo XIX 65.
Esta separación del resto de la Naturaleza llevaba frecuentemente a señalar en las obras las diferencias (físicas, intelectuales y morales) entre el hombre y el mono (o los antropomorfos), añadiendo en algún caso que: «Junto a estos caracteres conviene tener presente la gallardía de las formas en el hombre, la majestad de su porte, la elocuencia de su mirada, etc., que caracterizan al "rey de la Creación"» 66.
En este sentido, la versión católica del evolucionismo que aceptaba la intervención divina en este proceso fue mirada con recelo y criticada en obras de divulgación.
Así se refería el padre Simón al biólogo católico George J. Mivart (1827-1900), que aceptó el origen animal del cuerpo humano a finales del XIX: «La opinión de Mivart, pues, no es condenable, pero ¿es defendible?
¿Está conforme con el texto bíblico?
¿Qué razones aducen Mivart y sus partidarios para justificar su teoría?
Exactamente las mismas que los darvinistas» 67.
Fisiología vitalista contra la biología materialista Al lado de los problemas que generaba el apego a la literalidad del Génesis en lo referente al origen de los seres vivos y del ser humano, había un problema de mucha mayor trascendencia que ya se había señalado antes de la ----Guerra Civil: el materialismo.
Para el catecismo Ripalda en su edición de 1929 y el uevo Ripalda en la ueva España (1951), los dos primeros errores del mundo moderno eran el materialismo y el darwinismo, por delante del ateísmo, el deísmo, el socialismo, etcétera 68.
La concepción materialista y evolutiva de la vida resolvía de forma natural el problema de los «abismos impenetrables» entre lo vivo y lo inerte, entre unas especies y otras o entre los animales y los seres humanos.
Pero además el materialismo biológico negaba o eludía el problema del cuerpo y el alma, que en definitiva era un caso particular de la gran dualidad entre el mundo natural y el sobrenatural.
En muchos textos de ciencias naturales, al inicio de las descripciones anatómicas y fisiológicas, se indicaba que «el hombre» estaba compuesto por «cuerpo y alma racional» y que las ciencias naturales solamente se ocupaban del primero 69.
Por otra parte, la biología en el primer tercio del siglo XX ya había rechazado la existencia de fuerzas vitales para explicar la fisiología de los seres vivos, aceptando que las ciencias físicas y químicas podían dar cuenta plenamente de los fenómenos biológicos.
Contra esta biología materialista, renace en el franquismo una fisiología vitalista -ya presente antes de la Guerra Civil-que señalaba la insuficiencia de las explicaciones físico-químicas y la existencia de fuerzas distintas a las conocidas.
Incluso la fisiología de los vegetales fue interpretada de esta forma, así el geotropismo de la raíz y el tallo o el ascenso del agua en los árboles eran considerados por el padre Simón «un enigma, un misterio incomprensible» para la ciencia materialista, pues «en las plantas, lo mismo que en los animales, no todo puede ser explicado ni química ni físicamente; actúan en ellas fuerzas que son, evidentemente, de otra índole, fuerzas superiores que rigen y se imponen aunque no aparezcan visibles» 70.
Armonía, orden, providencia, diseño y azar Al igual que la teología natural del siglo XIX, la biología teísta del franquismo expuso -aunque de una forma mucho más simple-, que el orden y ---- armonía del mundo encerraban a su vez varios órdenes: el astronómico, el de la Naturaleza (cuyo lugar supremo ocupaba el hombre) y el de la perfección humana expresada en su anatomía y fisiología 71.
En A Dios por la ciencia se exponía cómo la grandeza de la arquitectura y armonía del universo suponían la existencia de una causa omnipotente e infinita que sacó a los astros de la nada y que, al mismo tiempo, era el origen del movimiento de las inmensas aglomeraciones de materia 72.
El orden en la Naturaleza se percibía en la jerarquía de los seres vivos, la Scala aturae coronada por el ser humano (fig. 1) 73, y también en un orden ecológico que mostraba a los seres interconectados en ciclos de materia y energía, así las plantas absorben el dióxido de carbono generado por los animales en la respiración y ello era considerado otro ejemplo de sabiduría y finalidad divinas: «¿Será todo casual?
El materialismo dirá que sí, pero la razón y el sentido común y la Ciencia, dicen lo contrario» 74.
Considerados como especies o individuos, los seres vivos también parecían mostrar un diseño inteligente.
En este sentido, la complejidad de un órgano como el ojo seguía ejerciendo la misma fascinación en nuestra posguerra que en los tratados de teología natural del siglo XIX: El diseño de los seres vivos no era simplemente anatómico o fisiológico.
Cuando los sacerdotes Muedra y Simón afirmaban que los «insignificantes ----animalillos» daban lecciones de «ciencia a nuestros ingenieros arquitectos naturalistas y fabricantes» o que «los insectos no tienen inteligencia, pero suponen la de Dios» 77, expresaban que el instinto animal había sido otorgado por Dios para resolver los problemas biológicos y era muestra de su sabiduría y ciencia perfectas 78.
Las ilustraciones de las cubiertas de La perfección científica en las obras animales y La ciencia al servicio de los animales 79 mostrando, respectivamente, afanosas abejas ingenieras tomando medidas y resolviendo los problemas matemáticos de la construcción de sus celdillas, y el murciélago, detectando los hilos eléctricos al igual que el radar humano detectaba aviones enemigos, con la vigilancia, tutela y diseño de un Dios humanizado en el cielo, son el mejor ejemplo de la iconografía de esta biología del diseño teológico (figuras 3 y 4).
Como se ha visto, en las dos primeras décadas de la dictadura la biología teísta y creacionista dominó el panorama divulgativo y la enseñanza media en España.
Sin embargo, en los sesenta y principios de los setenta esta situación comenzó a cambiar.
En la divulgación, las obras descritas empezaron a coexistir con otras que mostraban un pensamiento biológico muy distinto: obras defensoras del evolucionismo finalista de Pierre Teilhard de Chardin (1881-1955) 81 En 1963 volvieron a editarse las obras biológicas de Darwin, GOMIS y JOSA (2008).
Véanse los trabajos originales de Faustino Cordón (1909-1999): CORDÓN, F. (1958), Introducción al origen y evolución de la vida, Madrid, Taurus; CORDÓN, F. (1966), La evolución conjunta de los animales y su medio, Barcelona, Península.
Cordón también tradujo obras de autores de la síntesis evolucionista: DOBZHANSKY, T. (1955), Genética y el origen de las ser humano 82 e incluso con obras que defendían interpretaciones materialistas de la biología y del origen de la vida 83.
En este contexto divulgativo, las ediciones de A Dios por la Ciencia se distanciaron en el tiempo y su número descendió respecto de los cuarenta y cincuenta, aunque hubo una tardía edición de esta obra en 1979 84.
Las obras del jesuita Muedra en los setenta fueron mucho más descriptivas al tratarse de atlas de anatomía humana y animal que llegaron incluso a la década de los ochenta.
En Los animales (Muedra, 1979) ya no aparecen consideraciones religiosas y algunos párrafos mostraban un cambio radical en el pensamiento de este autor, por ejemplo, al afirmar que los equinodermos se «han originado» a partir otras formas primitivas o que las aves fósiles, como Archeopterix, poseían dientes y otras características que las «relacionan» con los reptiles 85.
En la enseñanza media, que había sido escenario de silencio en torno a la evolución y, en algunos casos, de exaltación de la biología creacionista, también se produjeron cambios notables.
La Ley General de Educación (4 de agosto de 1970), desarrollada a lo largo de la década de 1970, contempló una perspectiva evolucionista en las materias de Biología y Ciencias Naturales, en dos niveles distintos, algo que no ocurría desde los tiempos de la Segunda República 86.
En 1975, unos meses antes de la muerte del general Franco, los cuestionarios oficiales de Religión ya no abordaban la enseñanza del Antiguo Testamento, y los de Ciencias Naturales del primer curso de aquel nuevo ba----- 83 MONOD, J. (1971), El azar y la necesidad.
Ensayo sobre la filosofía natural de la biología moderna, Barcelona, Barral; OPARIN, A. (1970), Origen de la vida sobre la Tierra, Madrid, Tecnos.
84 Véanse las referencias a las ediciones en la nota 27.
La edición de 1979 era la décima, en ella no se indicaban cambios respecto de la de 1969 y contaba con los mismos prólogos y permisos eclesiásticos.
Esta obra llevaba los argumentos de diseño divino a fenómenos biológicos como la mitosis y contenía errores notables, entre ellos que el ser humano tiene 48 cromosomas (como se pensaba hasta 1956) o que los genes son «unos granitos insignificantes... espolvoreados a manera de abundante y finísimo polen» (SIMÓN [1979], p.
Este cambio ya se observaba con las modificaciones que este autor introdujo en el prólogo a La aturaleza, edición de 1969.
chillerato contenían un epígrafe sobre la evolución y el origen del ser humano, incluyendo entre sus objetivos didácticos «el estudio del origen desarrollo y evolución de los seres vivos que sobre la Tierra han existido y viven en la actualidad» 87.
La reforma también afectó a cursos superiores de la enseñanza media incluyéndose en el currículo oficial del Curso de Orientación Universitaria de 1978 el estudio del origen de la vida en la materia de Geología, y de la evolución y la genética de poblaciones en la de Biología 88. |
Como es conocido, Gregorio Marañón y Posadillo (1887-1960), jugó un papel fundamental en el nacimiento de la Endocrinología en España.
Sin embargo, su trabajo médico también se centró en otros importantes campos.
Fue, sobre todo, en la década de 1910 y 1920, cuando Marañón centró su atención en la situación sociosanitaria de Madrid, probablemente relacionada con su vinculación profesional al tratamiento de las enfermedades infecciosas puesto que desde 1911 se hizo cargo de la Sala de Enfermedades Infecciosas del Hospital General del Madrid, donde tuvo la oportunidad de tratar a este tipo de enfermos.
Como consecuencia de su preocupación por la etiología social de enfermedades de prevalencia excesiva o de los brotes epidémicos, en los años siguientes, publicó diversos artículos especializados y presentó comunicaciones en la Real Academia
Los acercamientos históricos a la figura y a la obra de Marañón son bastante numerosos aunque de desigual calidad 1 y han analizado diversas facetas de su poliédrica actividad.
En trabajos previos hemos tenido la ocasión de abordar, utilizando en parte documentos inéditos, diferentes aspectos de la figura de Marañón como su perfil intelectual, aspectos de su aportación médica o algunas de sus obras históricas 2.
Han sido precisamente estos abordajes y ----la revisión sistemática de la historiografía consagrada al autor lo que nos ha llevado a considerar que, hasta ahora, no ha sido subrayada suficientemente su implicación y sus aportaciones en el ámbito de los problemas médicosociales de su entorno, tema estrella de muchos de los estudios sobre historia social de la medicina española contemporánea.
A través de un análisis exhaustivo de su copiosa producción impresa, pretendemos contribuir a la mejor comprensión del papel jugado por los médicos en las cuestiones de índole médico-social, a través del testimonio de una figura tan emblemática como la que nos ocupa.
Nuestra hipótesis de partida es que la cercanía de Marañón a estos problemas se inició a través del contacto directo con los pacientes aquejados de enfermedades infecto-contagiosas, con toda la constelación de factores etiológicos de tipo biológico pero también de tipo social, subyacentes a éstas y que paulatinamente entró a formar parte del grupo de médicos que, en las últimas décadas del siglo XIX y el primer tercio del XX, denunciaron, en nombre de la higiene y de la recién estrenada medicina social, situaciones de desigualdad y conminaron a los poderes públicos para que tomaran medidas para resolverlas.
Cuando Gregorio Marañón y Posadillo (1887-1960) finalizó su carrera universitaria en 1909 y obtuvo el Premio Extraordinario de Licenciatura, se enfrentó con la difícil decisión de hacia donde orientar sus pasos profesionales 3.
Como algunos de los estudiantes universitarios más brillantes, formó parte del colectivo que realizó viajes de ampliación de estudios pensionados fuera de España 4.
Llegado en 1910 a Alemania, se desplazó a Francfort, donde entró en contacto con la bibliografía extranjera y conoció las corrientes de ----14---septiembre-2007/ensayos/maranon-y-la-jae-csic--un-caso-atipico (consultado el 28-07-2011); LÓPEZ VEGA, A. (2004), Aportación al vocabulario científico técnico de Gregorio Marañón, Cuadernos de Historia Contemporánea, 26, pp. 215-225.
Para facetas de su obra historiográfica, entre otras: LÓPEZ VEGA, A. (2008b), Introducción.
En MARAÑÓN, G., Amiel.
3 Archivo Histórico Universidad Complutense de Madrid (en adelante Archivo Histórico UCM), Caja 406.
También en Archivo General de la Administración (en adelante AGA).
En su licenciatura obtuvo ocho Matrículas de Honor, tres Sobresalientes, nueve Notables y siete Aprobados.
En aquella época el premio extraordinario se obtenía tras un examen entre los mejores alumnos de cada promoción -en su caso el tema fue «Tratamiento quirúrgico de los derrames pleurísticos»-.
4 Como es bien conocido, la mayoría de ellos iban pensionados por el Ministerio de Instrucción Pública -caso de Marañón-o por instituciones como la Junta para la Ampliación de Estudios, creada con este fin en 1907.
investigación científica más vanguardistas5.
Allí trabajó en el Laboratorio de Investigaciones Biológicas que dirigía Paul Ehrlich -que terminaba por entonces sus trabajos con el 606 que supusieron un hito fundamental en el combate contra la sífilis-, y también estuvo adscrito al Laboratorio de Química Fisiológica donde conoció al fisiólogo Gustav Embden, director de dicha institución 6.
Ehrlich le entregó unos gramos de salvarsán (preparado 606) para que estudiase su uso en el combate contra el tifus exantemático, enfermedad prevalente en la España de la época.
Así lo recordó Marañón varias décadas después, en los comienzos de la era salvarsánica se suponía que estábamos a punto de resolver el tratamiento de las enfermedades infecciosas.
Ehrlich tenía mucho interés en conocer los resultados de su nuevo remedio, en la viruela y en el tifus exantemático, enfermedades que, por entonces, existían aún en España.
Le prometí ocuparme del problema.
Y como preparación a la empresa, empleé casi todo mi tiempo en el estudio biológico de las infecciones. [...]
Fracasaron los ensayos en las infecciones exantemáticas.
Poco después el gran Nicolle, en Túnez, confirmaba estos resultados negativos.
Pero la experiencia me hizo ahondar en la clínica epidemiológica, y a poco me vi nombrado director del Hospital de Infecciosos, que por entonces se empezó a construir en Madrid.
Dividí mi tiempo entonces entre esta labor y el cultivo de mis estudios endocrinos, que inicié de estudiante, en la Sala de Disección y en el Laboratorio de Fisiología, y que ya no había de abandonar 7.
Marañón regresó a Madrid, finalizó su doctorado y elaboró su tesis doctoral, La sangre en los estados tiroideos, por la que obtuvo el Premio ----Extraordinario de Doctorado 8.
Poco después, en mayo de 1911, ganó por oposición -en la que obtuvo el número 1-, un puesto de médico de la Beneficencia Provincial.
Entonces, en lugar de pasar a formar parte del equipo de un médico de número, solicitó como destino el servicio de las salas de enfermedades infecciosas -cuya jefatura estaba entonces vacante-, situado en unas salas abuhardilladas en la última planta del Hospital General de Madrid, donde trabajó hasta 1913.
En aquellas salas, como consecuencia de las deficientes condiciones higiénicas, los contagios se multiplicaban.
En los dos primeros años en que se ocupó de las enfermedades infecciosas, Marañón se ayudó del material que se utilizaba para realizar autopsias en el hospital y del que se empleaba en el laboratorio que dirigía Tomás Maestre, catedrático de Medicina Legal 9.
En 1913, ayudado por Sor Ventura Pujadas -superiora del Hospital-y por la marquesa de Perinat, inauguró un pabellón de infecciosos, situado en el patio central de dicho Hospital General 10.
Allí desarrolló su trabajo sobre enfermedades infecciosas hasta que, en 1925, se finalizaron las obras del Hospital del Rey donde se trataría a estos enfermos -por lo que, en tiempos republicanos, recibió el nombre de Hospital de Enfermedades Infecciosas (hoy Instituto de Salud Carlos III de Madrid)-.
El 9 de octubre de 1912, solicitó al Ministro de Instrucción Pública que se le permitiera presentarse a una plaza de auxiliar del sexto grupo de la facultad de Madrid, auxiliaría que obtuvo.
Desde entonces quedó vinculado a la Universidad a través de la ayudantía de la sala de disección adscrita a la cátedra de Federico Olóriz 11.
Las asignaturas que cursó en 1909-10 fueron: Historia de la Medicina (Notable), Análisis Químico, Antropología y Psicología Experimental (Aprobado).
El 20 de enero de 1911 defendió su tesis doctoral obteniendo la calificación de Sobresaliente.
Se conserva una fotocopia de la misma en el Archivo de la Fundación Ortega y Gasset-Gregorio Marañón (en adelante FOM).
10 El pabellón de infecciosos era, según algunos testimonios, un lugar decoroso aunque no lujoso.
Allí, anteriormente, se habían almacenado enseres hospitalarios.
Construido en madera, el principal beneficio que se obtuvo para los enfermos con este traslado, fue la mejora higiénica.
Aspectos relatados en (1935), Veinticinco años de labor.
Historia y bibliografía del Profesor G. Marañón y del Instituto de Patología Médica del Hospital de Madrid, Madrid, Espasa-Calpe.
También reflejados por GÓMEZ-SANTOS, M. (2001), Gregorio Marañón, Barcelona, Plaza & Janés, pp. 81-82.
La normativa acerca de estas auxiliarías estuvo recogida en la Gaceta de Madrid en el RD de 12 de enero de 1912 y en la RO de 12 de octubre de ese mismo año.
En 1924, presentó una instancia donde solicitaba ser nombrado profesor agregado de Patología y Clínica Médica, lo que fue En los años siguientes, Marañón llevó a cabo un trabajo febril.
Publicó entonces más de una treintena de trabajos especializados que le valieron un gran prestigio profesional como por ejemplo, además de diferentes artículos, el Manual de Medicina Interna (dirigido por él junto a Teófilo Hernando y cuya publicación se inició en 1916), La Edad Crítica (1919) o La diabetes insípida. uevas orientaciones sobre su patogenia y tratamiento (1920).
En 1920 publicó sus primeros artículos sobre el mecanismo de la emoción -«La emoción» y «La reacción emotiva a la adrenalina»-, que, como ha señalado Antonio Fernández de Molina «tanto contribuyó a la incorporación de Marañón a la literatura científica mundial» 12.
Y ya en los años veinte su discurso de ingreso en la Real Academia de Medicina Estado actual de la doctrina de las secreciones internas (marzo de 1922), La evolución de la sexualidad y los estados intersexuales (1930), o diferentes obras de alta divulgación científica como Gordos y flacos (1926) o Tres ensayos sobre la vida sexual (1926).
En todo caso el prestigio profesional que atesoró vino avalado, además, por su participación en la Real Academia Nacional de Medicina, donde en 1909 recibió el premio Martínez Molina y en 1914 el premio Álvarez Alcalá por sus monografías Investigaciones anatómicas sobre el aparato paratiroideo del hombre y Las glándulas de secreción interna y las enfermedades de la nutrición, respectivamente 13.
Su relevancia científica le llevó a participar en ---resuelto positivamente por la junta de la Facultad el 30 de junio de ese año (Marañón se acogía a lo dispuesto en el artículo 4 del RD de 30 de septiembre de 1902.
El 16 de julio de 1924 el Vicerrector envió una nota al Subsecretario del Ministerio de Instrucción Pública notificándole la decisión de la Junta.
El 20 de agosto de 1924, desde el Ministerio se notificó el nombramiento por RO puntualizando que era «gratuito y no da más derecho al nombrado que los que le reconocen los Reales decretos mencionados»).
Posteriormente, al llegar la II República, fue nombrado, también por Decreto, catedrático de Endocrinología en el verano de 1931.
Antonio Fernández de Molina explica que su interés por la emoción nació de sus experiencias con adrenalina inyectada a humanos, lo que le llevó a establecer importantes conceptos que integrará en su teoría neurohumoral de la emoción.
Véase FERNÁNDEZ DE MOLINA, A. (2003), Contribución de Marañón a la teoría de la emoción.
13 La obtención del premio Martínez Molina suponía título de académico correspondiente de la medicina amén de la dotación económica (2.561 pesetas) (Archivo RANM.
Desde entonces, asistió a las sesiones ordinarias de la Academia y participó en alguno de sus debates, dándose a conocer entre los médicos que formaban la Corporación.
Por otra parte, la obra por la que obtuvo el premio Álvarez Alcalá, adelantaba algunos de los puntos esenciales de la teoría pluriglandular, de la que fue pionero junto a Nicola Pende, Émile Gley y Ernest Henry Starling, y que iba a ser el eje sobre el que iba a desarrollar su investiga-diferentes asociaciones médicas y científicas y a ocupar un papel central en el panorama médico y social de la época, especialmente, desde 1918 cuando fue comisionado por el Gobierno, junto a Ruiz Falcó y Gustavo Pittaluga, para estudiar la etiología de la pandemia gripal que asolaba España y Europa.
Desde entonces amplió el campo de sus inquietudes comenzando a publicar escritos sociales y políticos en las páginas de El Liberal, periódico vinculado a la familia de su mujer, Dolores Moya, en el que escribió diferentes artículos en los que se plasmó su pensamiento social, según ha señalado Pedro Laín 14.
De este modo, en los años que llevarían hasta su nombramiento de catedrático de Endocrinología en el verano de 1931, la obra y pensamiento médico de Gregorio Marañón giró, fundamentalmente, en torno a dos grandes áreas, la endocrinología y las enfermedades infecciosas 15.
PREOCUPACIÓN SOCIOSANITARIA DE MARAÑÓN
La preocupación de Marañón por la lucha contra las enfermedades infecciosas le llevó a solicitar a los poderes públicos una serie de reformas sociales y de medidas de salud pública, necesarias para minimizar la incidencia de las epidemias que estaban haciendo estragos en España en general pero, de modo muy particular, en el Madrid de la época.
Por otro lado, esta sensibilidad del autor hacia las cuestiones sociales que incidían en el origen y desarrollo de las enfermedades infecto-contagiosas, no fue algo peculiar de Marañón sino que se inserta en el marco más amplio de los estudios sobre el papel social de la medicina y la relación expresa de la medicina con la cuestión social nacida de la industrialización, que ha sido abordada tanto desde la perspectiva global del nacimiento de la medicina social 16 y las luchas sanitarias como instrumen----ción endocrinológica en las décadas venideras.
Esta teoría consistía, grosso modo, en el análisis de la participación de las glándulas endocrinas o de secreción interna -tiroides, hipófisis, suprarrenales, genitales, etc.-, en diferentes procesos metabólicos humanos -nutrición, crecimiento, sexualidad, senectud, etc.-. to de acción social 17, como en los estudios monográficos sobre aspectos particulares como el problema de la gripe 18, de la tuberculosis 19, las enfermedades venéreas 20 o la mortalidad infantil 21, entre otras.
En el análisis de esta cuestión nos vamos a fijar en dos cuestiones.
En primer lugar, analizaremos algunas de sus reflexiones acerca del origen de las epidemias y sobre la necesidad de mejoras higiénicas.
En segundo lugar, nos detendremos en algunos de sus trabajos e iniciativas en la lucha contra estas enfermedades, fijándonos especialmente en su participación en la lucha contra la pandemia gripal de 1918 y, en su iniciativa por la mejora sociosanitaria de la región extremeña de Las Hurdes -cuyo punto culminante fue el famoso viaje que realizó junto a Alfonso XIII en junio de 1922-.
Reflexiones acerca de la situación sociosanitaria solicitó a los poderes públicos la aplicación de una serie de reformas sociales y medidas de salud pública para que se produjera una menor incidencia de las epidemias que afectaban a la España de la época.
Fue sobre todo en los años de 1918 -consecuencia, fundamentalmente, de su viaje a Francia en comisión con motivo de la pandemia gripal a la que nos referiremos más adelante-y 1919 cuando Marañón se ocupó de difundir en la opinión pública la necesidad de una mejora higiénica y sanitaria, basada en la convicción de la necesidad de dotar de un mayor nivel educativo y cultural al pueblo español.
Desde entonces, se refirió con asiduidad a la necesidad de crear una conciencia general acerca de la higiene pública y privada.
En un artículo publicado en 1920 en El Liberal lamentaba que los políticos -todos en general, pero daba una mayor responsabilidad a los de significación ideológica de izquierda por su mayor sensibilidad social-no priorizaran en su acción política la cuestión higiénica, índice evidente de civilidad.
La ignorancia general respecto a cuestiones sanitarias debía atajarse mediante una iniciativa política y pública.
Los médicos y sectores sanitarios, por sí solos, no podían hacer nada22.
Para Marañón uno de los problemas fundamentales era «el estado bochornoso de los mendigos, desocupados y golfos en Madrid»23.
La mendicidad había proliferado en la capital desde las últimas décadas del siglo XIX como consecuencia del aumento demográfico.
Diferentes intelectuales habían denunciado la situación que se derivaba del estado hacinado en el que se encontraban miles de personas en la ciudad -recuérdense, por ejemplo, las descripciones que del mundo del hampa madrileña había realizado Pío Baroja, concretamente en su trilogía La lucha por la vida-.
Marañón también se había referido al aumento de población extraordinario que se había producido en Madrid en las últimas décadas y a cómo se asistía de modo impasible, por parte de las autoridades y del pueblo, al aumento de la miseria24.
----En este sentido, Marañón consideraba prioritario la resolución de este problema.
Censuraba el modo caritativo en que se entendía la mendicidad en Madrid, asunto que debía abordarse «con una técnica enérgica y bien conocida.
No es un problema de caridad, sino un problema estrictamente científico» 25.
La solución no era la caridad, era, simplemente, justicia social.
De este modo era «el Estado [quien] debiera organizar la defensa del hombre enfermo y mísero» 26.
En 1921, criticó que en el Senado se negara la existencia de la mendicidad real y se abogase por la persecución y confinamiento de la mendicidad profesional como modo de acabar con el problema.
Denunciaba la tesis que sostenía que la pobreza existía porque los mendigos no tenían otra opción.
Su persecución por parte de las autoridades no era la solución.
Por el contrario, en su opinión, los poderes públicos debían construir comedores públicos, asilos, casas de acogida, etc. Madrid tenía pobres que morían por inanición, era una ciudad donde la miseria y el abandono estaban a la orden del día 27.
Este tema de la recolección de indigentes venía coleando desde varios años antes.
Con motivo de la visita que algunas autoridades habían hecho a un suburbio madrileño en 1919, Marañón había denunciado la práctica común de recoger a los pobres de la calle y su traslado a campamentos de desinfección donde, en lugar de ser desinfectados y tratados de modo correcto desde el punto de vista sanitario, eran hacinados 28.
Esta situación, además de hambre, generaba focos de infección y era origen de epidemias que afectaban a toda la ciudad.
Marañón criticaba la ignorancia higiénico-sanitaria de los gobernadores civiles y de sus consejeros técnicos.
Además señalaba cómo los empleados de esos campamentos o por miedo o por conveniencia, ocultaban la situación de hacinamiento de aquellos indigentes.
Sólo si se garantizaban buenas condiciones para los indigentes era lícita su recogida de las calles.
Mientras no se les tratase bien, con dignidad, -y señalaba que había que alimentarlos, vestirlos adecuadamente y desinfectarlos-, su recogida era condenable desde el punto de vista sanitario y ético.
Desde el punto de vista sanitario, Marañón llamaba a seguir el ejemplo alemán.
Allí todos los enfer----relativos a las Estadísticas demográfico-sanitarias del Ayuntamiento y del Ministerio de Gobernación.
mos eran tratados por los poderes públicos con todas las garantías sanitarias.
Por eso, lamentaba que los políticos españoles no siguiesen ese modelo sanitario y, en concreto, censuraba la actitud de los socialistas españoles que, según él, no se habían ocupado seriamente de la situación de los pobres en los hospitales de Madrid 29.
En esta misma línea, solicitó condiciones dignas de veraneo para los niños pobres 30.
Como sabemos, desde que la Institución Libre de Enseñanza había impulsado una serie de medidas educativas en pos de una educación integral de los niños y jóvenes -amén de conocimientos, se les inculcaba amor a la naturaleza, nociones de higiene, la conveniencia de la gimnasia, etc.-, se había extendido entre los intelectuales de raigambre liberal la bondad pedagógica y formativa de esas medidas.
En esta línea y dentro del contexto que estamos relatando, Marañón solicitó que el Estado garantizase la salida de Madrid de los niños pobres durante el verano.
Desde su experiencia médica afirmaba que, en muchos casos, ésta era una necesidad apremiante para garantizar la salubridad de esos niños y de las ciudades.
En realidad, ésta era una medida que la Inspección General de Sanidad ya organizaba.
Los niños con recursos insuficientes realizaban salidas estivales a las localidades gallegas de Oza dos Ríos y Pedrosa, pudiendo ver por vez primera el mar -este tipo de actividades y salidas de Madrid se habían popularizado con las famosas colonias de verano llevadas a cabo por los institucionistas en la localidad cántabra de San Vicente de la Barquera desde finales del siglo XIX-.
Sin embargo, y éste era el motivo de su crítica desde las páginas de El Liberal, en aquel verano de 1921, el Ayuntamiento de Madrid aún no había designado a los beneficiarios de esas vacaciones tan necesarias.
Entre otras medidas sanitarias por las que abogó el médico, destaca su participación en la promoción de la sierra de Gredos como lugar propicio para la salud de los madrileños 31.
En 1919, la Comisaría Regia del Turismo y Cultura Artística, lanzó una campaña que explicaba las bondades de esta cadena montañosa.
No deja de ser curiosa esta promoción del turismo de los madrileños ----29 MARAÑÓN, G. (1968g), Los hospitales de Alemania, El Liberal, 22 de septiembre de 1920.
31 COMISARÍA REGIA DEL TURISMO Y CULTURA ARTÍSTICA (1919), Yuste y la Sierra de Gredos, Madrid.
En la publicación, además de Marañón, participaron el marqués de la Vega Inclán que hizo una loa general de Gredos, Pedro Antonio de Alarcón que disertaba acerca del Monasterio de Yuste y Ramón González y Domínguez que señalaba las posibles excursiones que se podían realizar en dicha Sierra.
que generaría que, pocos años después, en 1928, se inaugurase allí el primer Parador Nacional de Turismo.
Por su parte, Marañón en su «Elogio Médico de la Sierra de Gredos», insistía en los diferentes factores de la vida cotidiana en las grandes urbes que influían en la expansión de las epidemias.
De hecho, señalaba que, la higiene actual exige una inmediata derivación de los ciudadanos hacia el campo.
De poco vale la pretendida higiene individual y doméstica dentro de la cloaca inmensa de la ciudad [...]
Los pobres y los ricos, allá abajo están todos, revueltos en la misma atmósfera insana que igualmente penetra en las guardillas mezquinas, que en los palacios; y que es más temible por lo mismo que nos pasa desapercibida.
Luchamos contra el agua impura, contra los alimentos adulterados o viejos, con tantos enemigos del habitante urbano; y olvidamos el daño mucho mayor que supone la permanencia perpetua dentro del vaho espantoso en que se condensan todas las emanaciones de miles y miles de organismos 32.
Alabando las virtudes curativas de la sierra de Gredos, llamaba al contacto de los hombres con la naturaleza recogiendo la idea gineriana que, como estamos viendo, valoraba muy positivamente desde el punto de vista médico.
Con todo, auspiciaba una mejoría de la salubridad de Madrid si se alentaban desde los poderes públicos las visitas tanto a la sierra de Guadarrama -unida intrínsicamente a la simbología institucionista por los paseos que por allí daba Giner con sus chicos-, como a la de Gredos.
Estas escapadas de los madrileños a la naturaleza ayudarían a combatir las diferentes epidemias.
En este aspecto, conviene señalar por último, la interesante aportación que realizó en 1923 en lo que se refiere al tratamiento de estas epidemias.
En el período estival durante la estancia familiar en la región francesa de Pontaillac, Marañón escribió su artículo «El error de la epidemiología de las edades y su importancia en la higiene pública» 33.
En él señalaba cómo había observado en la práctica médica de entonces que muchas de estas enfermedades infecciosas -y se detenía a analizar la escarlatina, el sarampión, la tos ferina, la fiebre tifoidea, el tifus exantemático y la tuberculosis pulmonar-, tenían asociada ----32 MARAÑÓN, G. (1919), Elogio Médico de la Sierra de Gredos.
33 MARAÑÓN, G. (1923a), El error de la epidemiología de las edades y su importancia en la higiene pública, El Practicante Toledano, 15 agosto, pp. 13-16 (Fondos bibliográficos del Centro de Investigaciones Biológicas).
El concepto de «portadores sanos» había sido acuñado por Charles Chapin en 1910 y ha sido uno de los planteamientos clave para el conocimiento y control de las enfermedades infecciosas.
su difusión y desarrollo a determinadas edades.
Pues bien, Marañón señalaba que era un error olvidar a los individuos sanos que rodeaban a esos enfermos pues «en las infecciones que atacan con preferencia -por otra parte aparente en muchos casos-a los individuos de una edad determinada, hay que buscar, precisamente en los de las otras edades, los vehículos principales de su propagación, ya bajo la forma de invasiones atípicas y abortadas, ya bajo la de portadores sanos de los gérmenes correspondientes» 34.
Si a ello se añadían las carencias higiénicas de la sociedad española del momento, estas epidemias eran difícilmente controlables por las autoridades sanitarias.
Por ello, hacía hincapié en la necesidad de la mejora de la cultura sociosanitaria del país no sólo de las clases más humildes, «sino también al vulgo encopetado de los palacios; peor tal vez éste que aquél, porque une a su ignorancia la pedantería; porque no recibió sus errores del ambiente [...] sino que los adquirió en lecturas mal entendidas y peor digeridas o en el trato con la pseudociencia, que forma tan poderoso estrato en las clases elevadas de la sociedad» 35.
Por eso, hacía un llamamiento a los médicos para llevar a cabo una labor de formación higienista entre la sociedad que era, a su juicio, el modo más eficaz para combatir estas enfermedades infecciosas.
Esto nos da pie para abordar la segunda cuestión a la que nos hemos referido más arriba, la responsabilidad de los médicos y de las facultades de medicina en el tratamiento correcto de las epidemias.
En este sentido, Marañón entonó el mea culpa e hizo un llamamiento a sus compañeros de profesión para que ejercieran el papel que les correspondía en la lucha sanitaria contra las enfermedades infecciosas.
Así, en una conferencia dictada en agosto de 1920, Marañón hizo hincapié en que el principal agente en la lucha contra las enfermedades infecciosas era el mismo médico 36.
Las principales obligaciones de los galenos en este área eran diagnosticar rápidamente la dolencia del enfermo, adoptar medidas profilácticas urgentes y, si ocurría en una ciudad populosa, advertir del brote epidémico a las autoridades y organismos sanitarios.
Marañón denunciaba que este protocolo de actuación no se cumplía en la España de entonces.
El motivo fundamental de esta negligencia era el evidente retraso de la higiene pública.
Para él, los principales culpables de esta inoperancia eran los mismos médicos -cuya ignorancia y desidia era más perni-----34 MARAÑÓN (1923a), p.
36 MARAÑÓN, G. (1920c), El papel del médico práctico en la lucha epidemiológica, La Medicina Íbera, t.
ciosa que la misma pobreza-, la deficiente organización sanitaria, la inactividad política y el desconocimiento generalizado de las nociones básicas de higiene en las capas sociales más desfavorecidas 37.
El origen de la falta de preparación de los médicos lo situaba en los estudios universitarios donde, según denunciaba, por lo general, se pasaba muy por encima en los conocimientos acerca de los estados infecciosos.
El motivo era el mismo carácter de estas enfermedades que hacía que nunca estuvieran descritas de modo prolijo en los manuales que manejaban los estudiantes.
Entonces el diagnóstico clínico de este tipo de enfermedades resultaba complicado -algo que se agravaba aún más en las poblaciones rurales-.
En ocasiones su prevención era imposible, o bien por desconocimiento microbiano de algunas de estas enfermedades, o bien porque su sintomatología se manifestaba tardíamente, lo que dificultaba enormemente la prevención de algunas epidemias.
Como el diagnóstico clínico -identificación del germen cuando es conocido, o hallazgo de síntomas que caracterizan una patología-, en muchas ocasiones no era viable, Marañón hacía hincapié en la necesidad de mejorar el diagnóstico epidemiológico, esto es, la clasificación por sectores de las enfermedades y sus agentes contagiosos, algo que ya era posible 38.
Con todo, el mayor perjuicio que sufría la formación de los futuros médicos era el mismo tratamiento que se daba en los hospitales a estas enfermedades.
Así, en la mayoría de los casos, estos enfermos no eran tratados en servicios especiales de enfermedades infecciosas -como su Servicio en el Hospital General de Madrid-, sino que estaban distribuidos por las salas de enfermos comunes.
Esto era un evidente despropósito pues, además de no ser tratados de modo conveniente, su ubicación en las salas comunes contribuía a ----37 El estudio de la pobreza y de las actividades de beneficencia y su significado en la sociedad española, ha sido objeto de importantes trabajos como el de CARASA SOTO, P. (1990), La pobreza y la asistencia en la historiografía española contemporánea, Hispania, 50 (176), pp. 1475-1503.
38 En esta conferencia Marañón señaló los diferentes grupos de enfermedades infecciosas que se podían agrupar a través del diagnóstico epidemiológico.
Proponía: 1-Procesos infectivos que se transmiten por secreciones de las mucosas respiratoria y digestiva; a este grupo pertenecían el sarampión, la escarlatina, la gripe, la coqueluche, la meningitis cerebroespinal y las paperas.
2-Las que se transmiten por contacto directo de la piel del enfermo al sano -viruela, varicela y erisipela-.
3-Las que se propagan por las excreciones digestivas del enfermo y tienen como vía principal de difusión la contaminación de las aguas y los productos contaminados por estas -fiebre tifoidea, cólera, disentería bacilar-.
4-Infecciones de epidemiología bien precisada y, por tanto, poco frecuentes -peste aftosa y fiebre de Malta-y, 5-Infecciones transmitidas por parásitos e insectos intermediarios -tifus exantemático, paludismo, peste, fiebre amarilla, etc. la propagación de las epidemias.
Marañón lamentaba que no existiera en todas las clínicas un servicio de enfermedades infecciosas bien dotado material y humanamente.
Por todo ello, concluía, incoando a que los médicos españoles tuvieran como obligación fundamental conocer los principales datos epidemiológicos de las enfermedades infecciosas que ya se conocían.
Este era, a su juicio, una de las principales cuestiones que se debía mostrar a los jóvenes estudiantes de medicina.
Dentro de su concepción antropocéntrica de la medicina, el estudiante debía ser consciente del papel social de su profesión en la lucha contra las enfermedades infecciosas.
Si los nuevos estudiantes de medicina salían de la facultad convencidos de esa misión social, ya se habría iniciado la regeneración de la higiene pública que se auspiciaba e impulsaba desde hacía varias décadas.
Trabajos e iniciativas en la lucha contra las enfermedades infecciosas
Detengámonos ahora en alguna de las principales aportaciones clínicas que Marañón realizó en el combate de las enfermedades infecciosas.
Como hemos mostrado, su interés por este área se vislumbró ya desde su viaje de ampliación de estudios a Francfort en 1910.
Uno de los lugares donde Marañón presentó muchos de sus resultados fue en la Academia de la Medicina.
En la docta casa presentó varias comunicaciones relacionadas con el combate contra el tifus abdominal, la meningitis cerebroespinal, la erisipela, la fiebre tifoidea, la escarlatina, el tétanos o la tuberculosis, entre otras.
Destaquemos, a modo de ejemplo, algunas de sus aportaciones concretas -infección del sistema nervioso central, tifus exantemático y fiebre tifoidea-, y detengámonos en dos iniciativas concretas en las que tuvo una implicación decisiva: la lucha contra la pandemia gripal 39 que asoló España y buena parte de Europa en 1918 y su interés por el desarrollo de la región extremeña de Las Hurdes, cuyo punto culminante fue el viaje que realizó con Alfonso XIII en junio de 1922 40.
40 No detallamos todas sus aportaciones, porque desde un punto de vista médico están mejor analizadas por los especialistas anteriormente citados en: BOUZAL, PEREA, PIZAZO DE LA GARZA y RODRÍGUEZ-TORRES (2003), pp. 371-395.
Los ejemplos aquí traídos a colación han sido elegidos por distintos motivos.
Los dos primeros porque reflejan desde un período tan temprano como 1913 y 1916 el interés que Marañón tuvo por la historia -en este caso por los primeros casos de determinadas enfermedades que se habían producido en tiempos pretéri-En 1913 se ocupó de la meningitis cerebroespinal epidémica.
Ese año publicó en la Revista Clínica de Madrid un trabajo junto a Ruiz Falcó en el que, según sus observaciones, aquella era una epidemia cuyos primeros brotes habían comenzado a aparecer en Madrid en 1910 41.
Hasta entonces, no se había dado prácticamente ningún caso de esta enfermedad en España.
Los autores, al tiempo que describían el cuadro de la enfermedad, reseñaban algunas notas de la historia de la epidemia y su situación por entonces.
Es interesante este artículo científico porque da una idea de las condiciones sanitarias e higiénicas del Madrid de la época.
En él alertaban de su aparición en los distritos de la zona este de las afueras de la ciudad -Universidad y Tejares de Sixto-, coincidiendo con el recrudecimiento de la epidemia tifoidea en algunos distritos pobres (se referían en concreto a los de Hospital, Latina e Inclusa) 42.
Insistían en que ya en sus comunicaciones en la Academia -como por ejemplo la que presentó en 1912 con el título «Meningitis cerebroespinal epidémica»-habían llamado la atención «sobre la importancia que en la epidemiología de nuestra capital, tienen estos tejares, donde viven hacinados de un modo mísero, muchos trabajadores pobrísimos y gente del hampa» 43.
Aunque los casos presentados eran demasiado escasos para considerar la enfermedad como epidemia, sí consideraban necesario estimar la meningitis cerebroespinal contagiosa como dolencia existente en Madrid e informar a los facultativos al respecto.
Presentaban entonces, únicamente, los casos que habían tratado en el Hospital General, establecían algunas pautas a seguir en el diagnóstico clínico y bacteriológico y deducían que, probablemente, habría más casos que los tratados por ellos que, o bien no habían sido diagnosticados, o bien no habían sido dados a conocer por los médicos.
El tifus exantemático fue frecuente en Madrid y España a principios del siglo XX.
Como señalaba Marañón en su trabajo «Una epidemia de tifus ex----tos-, aspecto este que, como sabemos, desarrolló de modo prolífico en décadas posteriores.
El caso de la fiebre tifoidea porque refleja la audacia con que en ocasiones Marañón trataba sus investigaciones médicas.
41 MARAÑÓN, G. y RUIZ FALCÓ, A. (1913), Sobre la meningitis cerebroespinal contagiosa en España, Revista Clínica de Madrid, marzo, pp. 1-37.
42 Para la cuestión del problema sociosanitario en Madrid, cf. HUERTAS, R. ( 2002), Vivir y morir en Madrid.
La referencia citada corresponde a: MARAÑÓN, G. (1912), Meningitis cerebroespinal epidémica, Anales de la Real Academia acional de Medicina, 30 de marzo, t.
Su origen en nuestro país data de la época de los Reyes Católicos cuando los combatientes de Chipre lo trajeron al venir a tomar parte en la guerra de Granada.
En centurias pretéritas había existido la confusión en la distinción de la sintomatología del tifus exantemático y de la peste bubónica, en cuya clarificación había jugado un papel fundamental el Dr. Madinaveitia y su equipo.
En el Madrid decimonónico había tenido carácter endémico en presidios y barrios de clases humildes.
Para la erradicación de este tipo de epidemia era fundamental la higiene pública y privada, y muy en concreto, Marañón apuntaba el beneficio del despiojamiento.
Como han señalado recientemente destacados microbiólogos «su descripción del cuadro clínico del tifus exantemático [... es] enormemente precisa [...].
Fue [el doctor] Cortezo el primero que expuso en 1903, en la Conferencia de París, la hipótesis de que el piojo era el agente transmisor, hipótesis probada por Nicolle en 1909.
Marañón era un creyente de la teoría del piojo basándose en la gran eficacia del despiojamiento [que, de hecho,...] disminuyó muchísimo el contagio de enfermeras, monjas y médicos» 45.
Respecto a la fiebre tifoidea, conviene recordar que era una epidemia que se manifestaba en lugares donde se había producido la contaminación de agua y alimentos por materia fecal.
Su incidencia era episódica, pero generaba cierta alarma social.
Así, puede servir de ejemplo la carta que Marañón envió a su amigo el pintor Ignacio Zuloaga, en diciembre de 1919, en la que comentaba «como siempre exageran por ahí el verdadero estado sanitario de Madrid.
Hay bastante tifoidea, pero no más que en cualquier otra capital grande.
En la semana pasada han muerto 4 personas de esta enfermedad y en igual tiempo 8 en París.
Esto le demuestra a Vd. lo impresionables que aquí somos, pues en París, publican esa cifra, precisamente, como favorable para la salud pública.
Hay también mucha gripe, pero en su casi totalidad, leve.
En fin, que no deja de haber casos, pero que no hay nada alarmante, nada que justifique el aconsejar a una persona que no venga» 46.
Sobre la cuestión concreta de la fiebre tifoidea, Marañón contradijo en la Academia de la Medicina la teoría entonces más frecuente que defendía el tratamiento de estos enfermos con una alimentación exclusivamente láctea, postulándose en favor de una dieta mixta 47.
----44 MARAÑÓN, G. (1917), Una epidemia de tifus exantemático en Madrid (Madrid, 1916), con algunas consideraciones sobre el estado actual de la clínica y profilaxia de esta enfermedad, El Siglo Médico, pp. 766-812.
46 Original Casa Museo Ignacio Zuloaga, Zumaia, Guipúzcoa, copia en FOM.
47 MARAÑÓN, G. (1920d), La dietética en la fiebre tifoidea, Comunicación presentada en Su teoría produjo una gran discusión académica que ocupó varias sesiones donde se discutieron los diferentes argumentos en liza.
Lógicamente, Marañón, en todas estas cuestiones, solía documentar sus posiciones con los casos que había visto en la sala de enfermedades infecciosas que dirigía 48.
Con todo, sus actuaciones más destacadas en el combate contra las enfermedades infecciosas, tuvieron como motivos la pandemia gripal de 1918 -que provocó decenas de millones de muertos en toda Europa-y su preocupación por la expansión endémica de enfermedades en la región extremeña de Las Hurdes.
Estas dos cuestiones incidieron de modo decisivo en la popularidad y ascendiente social y político que tuvo el doctor Marañón en años posteriores -no hay que olvidar que fue nombrado consejero de Sanidad en 1919 y de Instrucción Pública en 1920-.
Fue tras el verano de 1918, cuando la Dirección de Sanidad y el Ministerio de la Gobernación, encargaron a los doctores Marañón, Gustavo Pittaluga y Ruiz Falcó un estudio oficial del estado de la pandemia gripal.
Con este objetivo, los tres médicos se dirigieron a Francia, buscando estudiar el modo de contención de la gripe que se estaba llevando a cabo en el país vecino.
El objetivo del viaje también incluía disipar algunos rumores que por entonces corrían por Madrid acerca de la existencia de otras enfermedades epidémicas existentes en Francia y que serían fácilmente extensibles a España -cólera, tifus exantemático, peste pulmonar-.
Allí visitaron diferentes hospitales -Beaujon, Saint-Antoine, Val de Gráce, Hotel Dieu, Cochin-, además del Hospital de Infecciosos del Instituto Pasteur.
El patólogo Cushing les recomendó visitar la instalación que dirigía el gran bacteriólogo Almroth Wright en Boulogne-sur-mer, ciudad costera situada frente al Canal de la Mancha, donde conocieron al posteriormente célebre Dr. Fleming -además de a otros destacados profesionales como Widal o Babinski-.
---la Academia de Medicina, el 5 de junio de 1920, Anales de la Real Academia acional de Medicina, t.
48 Así en estos años se refirió a otras infecciones a las que prestó atención como la escarlatina -cuya epidemia de 1914 en Madrid le llevó a publicar un artículo donde refería los 200 casos que habían visto en su Servicio-, el tétanos, la tuberculosis, la erisipela, etc. Cf.
MA-RAÑÓN, G. (1914-1915), Sobre la epidemia de escarlatina en Madrid (1914) Tras su viaje redactaron un informe donde daban cuenta de sus conclusiones a los demás compañeros de profesión, recogido y dado a conocer a la opinión pública a través de las páginas de El Siglo Médico, en los meses finales de 1918 49.
La primera conclusión que extraían de su visita era que las formas clínicas de la epidemia de gripe observadas en Francia eran similares a las observadas por Marañón en su Servicio.
Por ello, consideraban que «clínica y bacteriológicamente, la epidemia [...] es la misma que existe en España y en el mundo entero, pudiendo afirmar rotundamente que no existe epidemia ni casos aislados de cólera, peste pulmonar, ni tifus exantemático» 50.
Consideraban que no se podía hacer responsable a los poderes públicos encargados de la sanidad de dicha epidemia, pero les incoaban a adoptar las medidas necesarias de desinfección.
De este modo, señalaban que las medidas sanitarias dictadas por la Inspección General de Sanidad coincidían con las tomadas en Francia y en el resto de Europa.
Tras comparar los datos epidemiológicos de Francia y España señalaban que el factor fundamental que facilitaba el contagio y la propagación de la enfermedad era el hacinamiento y la aglomeración de personas en ambientes confinados.
Como solución proponían una serie de medidas, teóricas y prácticas.
Teóricamente el ideal era el diagnóstico precoz y el aislamiento del enfermo.
Materialmente esta medida era muy complicada ya que los recursos disponibles en los hospitales eran notablemente insuficientes dado el elevado número de afectados.
En la práctica hablaban de lo que se estaba haciendo en Francia donde, como consecuencia de la dificultad añadida por la movilización y la guerra mundial, se había aconsejado limitar el aislamiento a los casos graves con complicaciones pulmonares.
Por el contrario, «este criterio, a nuestro entender, no es sostenible desde el punto de vista epidemiológico, puesto que para la difusión de la enfermedad deben ser considerados más peligrosos los casos benignos, que por su misma movilidad van sembrando el contagio por todas partes» 51.
Esa pauta era imposible de realizar en las grandes ciudades españolas, pero sí en agrupaciones reducidas como los destacamentos milita-----49 MARAÑÓN, G., PITTALUGA, G. y RUIZ FALCÓ, A. (1918), Informe sobre el actual estado sanitario de Francia y su identidad con la epidemia gripal en España, El Siglo Médico, pp. 916-921.
El informe estaba fechado en París en octubre de 1918.
Ya anteriormente, este asunto había ocupado a los médicos del país, y así quedó reflejado en la discusión en sesión extraordinaria de la Academia Médico-Quirúrgica, el 13 de junio de 1918, recogida en, La Medicina Íbera, 6 de julio de 1918, t.
Recuérdese que en esta misma línea se expresó en MARAÑÓN (1923a).
res, las asociaciones religiosas, colegios, etc. -como, efectivamente, se había hecho en Francia.
También abordaban medidas concretas, como las que se habían tomado en la frontera para evitar la propagación de la epidemia.
En este sentido, consideraban que si bien las desinfecciones individuales en las aduanas eran inútiles, sí era positivo controlar que los grupos de obreros inmigrantes que accedían a España en busca de trabajo -en una Europa asolada, además de por la pandemia, por los efectos de la Primera Guerra Mundial-, se fraccionasen de modo que se evitasen grupos numerosos que, al llegar en condiciones de hacinamiento y de contacto estrecho, eran campo propicio para la extensión de las enfermedades infecciosas.
Acerca de los ensayos de vacunación señalaban que estaban aún en un estadio inicial.
Aunque anunciaban los avances que el Instituto Pasteur estaba llevando a cabo y que se encaminaban hacia la obtención de una vacuna mixta que consideraban aceptable.
Sin embargo, concluían que no había un tratamiento de la gripe que pudiera ser recomendado preferentemente y hacían hincapié en cómo los propios especialistas franceses no se ponían de acuerdo y proponían tratamientos diferentes.
Como sabemos, la gripe tendría que esperar muchos años hasta que su etiología fuera clarificada, algo que se lograría en 1933, 1939 y 1950 con las investigaciones de Smith y sus colaboradores, Francis y Taylor, respectivamente.
Años después, en la contestación al discurso de ingreso de Marañón en la Academia de la Historia en 1936, Benigno de la Vega-Inclán relató cómo en función de sus recomendaciones se dieron consejos a la población para prevenir y combatir la enfermedad y, bajo patrocinio de diferentes entidades, se llevaron medicamentos y repartieron fototipias por toda España con orientaciones para combatir el pánico y decaimiento ante la gravedad de la pandemia 52.
En cualquier caso, la actuación culminante que compendió no sólo la contribución de Marañón a la lucha contra las enfermedades infecciosas, sino la aplicación médica de su pensamiento social en estos años, fue su viaje a Las Hurdes junto a Alfonso XIII en junio de 1922 53.
----52 Este discurso está recogido en varias publicaciones, las principales son: (1936) Discurso leído en el acto de su recepción por el Excmo.
Sr. D. Gregorio Marañón y contestación del Excmo.
Sr. D. Benigno de la Vega Inclán, Madrid, Real Academia de la Historia; (1988), Marañón, actualidad anticipada.
Homenaje ofrecido por la Universidad Complutense con motivo del primer centenario de su nacimiento, Madrid, Eudema, pp. 283-311.
El país de la leyenda.
Entre el discurso ilustrado y el viaje de Alfonso XIII, Lleida, ed. Milenio; GRANJEL, M. (1999), Regeneracionismo y medicina en las Hurdes.
Las Hurdes como problema sanitario, Medicina e Historia, 2 (cuarta época).
Además en 1993 se publicó un compendio documental Las Hurdes, lugar prácticamente inaccesible, había sufrido el abandono secular de los gobernantes y había sido objeto del avance de algunas enfermedades endémicas que diezmaban su población.
Como se sabe, el conocido como problema de Las Hurdes, había sido objeto de leyendas acerca de su población a lo largo de varios siglos 54.
Entre los avances que se produjeron en la situación de la región hasta 1922, se pueden destacar la construcción de algunos caminos vecinales, la creación de cinco botiquines y el inició de la instalación de la red telefónica 55.
Fue en abril de 1922, cuando los doctores Gregorio Marañón, José Goyanes -cirujano del Hospital General de Madrid-y Enrique Bardajíinspector de Sanidad de la provincia de Badajoz-, fueron comisionados por el Gobierno para estudiar la situación sanitaria de la región hurdana.
En su cuaderno de notas describió Marañón las diferentes comarcas, pueblos, alquerías, etc., que iban atravesando, anotando el aspecto físico, sanitario y ético de las personas que se iban encontrando, las características nutritivas de los habitantes del lugar, los principales alimentos que consumían, la distribución de las casas, sus adornos y las diferentes manifestaciones de enfermedades que se fueron encontrando (paludismo, bocio, cretinismo, hambre crónica, etc.) 56.
El 10 de junio de 1922, los tres médicos -Marañón, Goyanes y Bardají-, publicaron en La Medicina Íbera un artículo titulado «El problema de Las Hurdes es un problema sanitario» 57.
En él aseguraban que si se atajaba la cuestión sanitaria, se lograría una mejora sustancial en la esperanza de vida en la región.
La iniciativa para su solución debía ser sostenida, a su juicio, por la Sanidad Pública.
La mortalidad de la región -90 por 1000-resultaba bo----de los diferentes artículos, fotografías, opiniones, etc. que suscitó este viaje.
El manuscrito de Gregorio Marañón y las fotografías de la visita de Alfonso XIII, Madrid, El País Aguilar y Fundación Gregorio Marañón.
54 Un excelente resumen acerca de la evolución del interés que Las Hurdes había generado en diferentes personalidades en las décadas pretéritas se encuentra en: CARANDELL, L. (1993), Crónica de las crónicas.
En esta obra se editaron las notas de viaje de Marañón en edición facsímil lo que permite seguir la ruta y su acontecer día a día a lo largo de la Semana Santa de 1922.
Goyanes explicó sus impresiones del viaje -coincidentes con las de Marañón-en GOYANES, J. (1922), Las Hurdes, baldón de España.
Los tres médicos cifraban en dos las causas fundamentales del desastre, el paludismo y el hambre crónica, que era conocida como el mal de Las Hurdes.
Como solución al paludismo proponían la distribución de quinina y la presencia de médicos en la región.
El problema no era geográfico, como solía ocurrir con el paludismo, sino simplemente que «no habiendo en absoluto médicos ni medicinas, cada atacado es un perenne portador de gérmenes y el mosquito encuentra, sin ninguna especie de trabas, un terreno de multiplicación en el organismo de cada habitante» 59.
La cura del paludismo era una necesidad perentoria y paso previo necesario a cualquier otra actuación en la comarca.
La segunda causa de la situación hurdana era el hambre crónica.
El principal motivo de la hambruna era el problema de comunicación de la región.
Así, sucedía con cierta frecuencia que pasaban meses enteros sin que los poblados y alquerías más pobres probasen el pan alimentándose, exclusivamente, de algunos productos de la tierra como nabos, patatas, castañas, etc. El hambre crónica hacía de los habitantes de la zona víctimas de otras enfermedades como la anemia, la tuberculosis y, sobre todo, el bocio y el cretinismo 60.
Unos días más tarde, el 17 de junio de 1922, se publicaba también en La Medicina Íbera, un avance de la Memoria que los tres médicos habían presentado al Gobierno 61.
En sus conclusiones insistían en lo ya señalado y proponían para atajar el problema del hambre enviar periódicamente alimentos de primera necesidad a la zona, sobre todo pan y grasa.
También hacían un llamamiento a la construcción de las infraestructuras necesarias que evitasen el aislamiento de la región empleando en las obras a los habitantes de la zona de modo que obtuvieran el jornal diario.
Esta mejor comunicación permitiría la explotación de la posible riqueza natural de la región, el traslado de los habitantes de algunas alquerías absolutamente inaccesibles y cuya tierra era totalmente estéril a zonas que facilitasen su adecuada alimentación, la evacuación de los enfermos desahuciados y la organización de la instrucción ----58 CARANDELL (1993), p.
60 Como han señalado Francisco Escobar y Gabriela Morreale, desde el punto de vista endocrino este viaje supuso la principal aportación marañoniana en relación a la glándula tiroidea, de la que se ocupó como consecuencia de su análisis del bocio y del cretinismo endémico presente en aquella región.
Véase ESCOBAR, F. y MORREALE, G. (2003), Marañón y el tiroides.
primaria y religiosa ya que, tanto sacerdotes como maestros, podrían atender a varias poblaciones.
Pocos días antes de que el rey visitara la zona, el 3 de junio, la cuestión de Las Hurdes fue debatida en el Congreso de los Diputados.
En dicho debate fue Alcalá Galiano, diputado en las Cortes por el distrito cacereño de Hoyos, quien solicitó la adopción de las medidas más urgentes de tipo viario, sanitario y pedagógico 62.
Fruto del mismo, se dotaron las tres plazas médicas que la Memoria de los médicos solicitaban con sus correspondientes botiquines y abundante quinina para atajar los efectos del paludismo 63.
Cuando por fin se aproximaba la visita regia, Marañón advirtió desde las páginas de El Liberal que el rey iba allí «a medir por sí mismo el grado de abandono de unos miles de sus súbditos que hasta ahora no tuvieron con el Estado otro engranaje que el recaudador de Contribuciones.
Los que han estado tantos siglos abandonados, deben ahora presentar como un blasón las consecuencias de ese olvido» 64.
Fue entonces cuando se produjo el famoso viaje de Marañón con Alfonso XIII a la región entre los días 21 y 26 de junio de 1922 65.
En él, el rey comprobó personalmente la miseria de los hurdanos.
Sin duda, debió ser un viaje durísimo.
Como recoge Luis Carandell, el periodista Pedro Antonio Baquerizo, en su crónica para La Correspondencia de España, señaló cómo al penetrar en una vivienda hurdana con evidentes carencias higiénicas, construida en pizarra, sin ventanas y cuya familia compartía el habitáculo con animales, Alfonso XIII exclamó «Es horroroso.
Entre las principales consecuencias que tuvo aquel viaje real es indicativa la carta que, poco después, Pedro Segura, Obispo de Coria -futuro Arzobispo de Sevilla y Cardenal-, dirigió al Rey expresándole las necesidades de Las Hurdes 67.
63 Un pormenorizado estudio sobre el problema del paludismo es el de RODRÍGUEZ OCA- otras cosas, además de lo que los médicos solicitaban en su Memoria, que se abonase a las madres que habían acogido expósitos el dinero que adeudaba la Diputación Provincial -en torno a 30.000 pesetas-, que se acabara con la usura, que se condonara al menos una parte de las contribuciones e impuestos y que se creara una cooperativa de consumo con precios moderados, una Comisaría Regia y un hospital para la región.
Entre las medidas que, efectivamente, se adoptaron, cabe destacar, en primer lugar, la prohibición de la adopción de expósitos.
En este sentido, se daba la doble paradoja de que, por un lado, las madres hurdanas tenían a los expósitos en igual o mejor consideración que sus propios hijos, pues aquéllos les generaban unos ingresos indispensables, y, por otro, la llegada de esta sangre nueva a la región había facilitado la supervivencia de aquellas gentes condenada a la endogamia.
Y, en segundo lugar, la creación del Patronato de Las Hurdes que trató de ir cubriendo las necesidades más perentorias de la región.
Sus miembros fueron, además del mismo Rey, el Obispo de Coria, el ministro de la Gobernación, Marañón, Goyanes, y otros más.
Su creación y acción sirvió para sensibilizar a la opinión pública ante la situación de la región y contribuyó a erradicar la visión legendaria que se tenía de esa región y sus habitantes.
Sin embargo, pronto se vio politizada.
La acción del Directorio Militar de Primo de Rivera y la enemistad personal de Marañón con Martínez Anido -ministro de la Gobernación del Directorio desde 1923 y vicepresidente desde 1925-, llevó al médico a no asistir a dicho Patronato, que vio así a uno de sus principales impulsores neutralizado.
La evolución posterior de la región no estuvo exenta de polémica.
Sin duda, el caso más conocido es el del famoso documental realizado durante los años de la II República por el joven Luis Buñuel 68.
En él mostraba que, diez años después del viaje del rey, la miseria seguía siendo el elemento definitorio de la región.
Sin embargo, aunque no lo pareciera, la mejora de la situación se fue llevando a cabo paulatinamente.
En este sentido, se puede destacar el testimonio de Maurice Legendre.
Fruto del paso de muchos meses de su vida en la comarca, presentó su tesis doctoral acerca de la situación de la región, en la Universidad de Burdeos 69.
Legendre defendía que los hurdanos, lejos de ser oprobio nacional, representaban una página más de la epopeya ----española.
Pues bien, dos décadas más tarde, en 1944, Legendre en su artículo Recuerdos de Las Jurdes70, realizó una visión retrospectiva de la transformación de la comarca a lo largo de las tres últimas décadas.
Allí señalaba algunos avances concretos en la región como la mejora de las comunicaciones, la edificación de viviendas, la presencia de Guardia Civil, la acción sanitaria, el aumento del rendimiento agrícola, la desaparición del paludismo y el hambre endémica o la mejora educativa.
Sin ser un paraíso, no cabe duda que aquel viaje cambió el futuro de la región y, más de medio siglo más tarde, como señaló Carandell, la región había perdido «sus tristes connotaciones, en parte gracias a la sensibilización que produjeron aquellos viajes, hay una tierra que la acción de los gobiernos y la tenacidad de sus hijos han convertido en una región más de Extremadura y de España» 71.
LA DICTADURA PRIMORRIVERISTA: EPÍLOGO DE UNA ACTUACIÓN
En los años posteriores Marañón continuó prestando atención a la cuestión sociosanitaria y a la lucha contra las enfermedades infecciosas pero ese interés se vio seriamente afectado por motivos políticos.
En ello influyó decisivamente la implantación en España de la Dictadura de Primo de Rivera (1923-1930).
La llegada al poder del militar produjo que en esos años y la actividad pública de Marañón asistiera a una creciente politización, lo que también tuvo repercusión sobre su actividad médica.
La ruptura de Marañón con el Directorio fue temprana.
En noviembre de 1923, Marañón envió una carta abierta al Dr. José Boullón Cavezudo donde criticaba la situación sanitaria española y la disposición del Gobierno hacia ella.
En ella se mostraba pesimista acerca de lo que el régimen militar pudiera hacer respecto al estado de las cosas:
el Directorio, a pesar de cuanto se diga y se crea, no puede hacer transformaciones hondas y esenciales en ningún aspecto de la vida nacional, sino sólo programas mínimos y concretos, deshaciendo o modificando "hechos aislados", pero nada más.
Y la reforma sanitaria que se le propone [una comisión creada para el análisis de la situación], supone tal revolución social, financiera, técnica y aún psi-----cológica, que es ilusorio pensar en implantarla como quien cambia la decoración del primer acto por la del segundo 72.
Para iniciar la reforma sanitaria necesaria, Marañón proponía, como primer paso, una serie de pequeñas medidas que impidiesen los abusos, olvidos, injusticias o faltas de celo profesional de los médicos.
Más concretamente, apostaba por obligar a los médicos a declarar los casos que conociesen de infecciosos, luchar contra la viruela mediante vacunación universal impuesta, extinguir focos de tifoidea en pueblos donde era infección endémicaobligando a la vacunación y a la higiene hídrica-, o rehacer el sistema de prevención y tratamiento de la tuberculosis, entre otras cosas.
Marañón tenía una impresión pesimista sobre el futuro.
Además, la dimisión de Martín Salazar como ponente de la comisión nombrada para analizar la situación sanitaria del país y establecer las medidas a adoptar para mejorarla le hacían temer un serio retroceso en aspectos sanitarios.
En su ya abierta oposición a la Dictadura señalaba su «propósito de re[strin]gir toda colaboración en los asuntos de la Sanidad pública, mientras no tenga alguna garantía de que ello no signifique, tan rotundamente como ahora, perder el tiempo» 73.
Ciertamente, Marañón desarrolló una actividad docente y científica verdaderamente extraordinaria en estos años.
Tan es así, que no sólo hoy nos sorprende lo prolijo de su obra sino que también el mismo Santiago Ramón y Cajal, en 1929, al recibir varios trabajos suyos, sentenciaba, «atraviesa V. una fiebre de actividad supraintensiva, polivalente y fecundísima.
Asombra como puede V., atender conjuntamente con el Servicio del Hospital y su copiosa clientela, a tantos requerimientos periodísticos y lo que es más notable, que tenga tiempo para escribir prólogos y admirables libros de vulgarización científica henchidos de datos y de observaciones y críticas originales» 74.
Su trabajo continuó radicado, además de en su consulta privada, en el Departamento de Patología Médica -a través del cual estuvo vinculado a la Universidad Central-y en la Academia de Medicina 75.
En la organización del Departamento de Patología Médica influyó su experiencia de años atrás y los viajes ----que había realizado al extranjero para estudiar el modus operandi de algunos hospitales europeos en aras a colaborar en la estructuración del nuevo Hospital del Rey (como, por ejemplo, el viaje que le llevó a Alemania en 1920) 76.
Fue la inauguración de este Hospital del Rey el que causó el paulatino alejamiento de Marañón de la actividad relativa a las patologías infectocontagiosas y cuando vemos aminorar sus testimonios desde la perspectiva médico-social vinculada a las mismas.
Desde años atrás, Marañón venía colaborando en la construcción de ese nuevo Hospital del Rey 77, llamado de Enfermedades Infecciosas en época republicana.
Aquel hospital tenía la impronta de Marañón.
Como han señalado sus discípulos, su intervención en la construcción fue determinante, singularmente en las ideas que aportó al arquitecto para su planificación 78.
En 1924, poco antes de ser inaugurado, fue destituido del cargo de director para el que había sido propuesto.
Su destitución, además de tener amplia repercusión en el medio intelectual, causó malestar entre el gremio médico.
Entre éstos, Marañón comentó lo sucedido, entre otros, con los doctores catalanes Augusto Pi I Sunyer y Ramón Turró.
A éste, le agradeció su apoyo «en unos días amargos pues el General M[artín]ez.
Anido, me ha destituido de mi cargo de director del Hospital para Infecciosos, obra mía, como parida por mí, en 12 años de trabajo ¡porque recibo cartas de ----76 El Departamento de Patología Médica estaba organizado de modo que facilitaba las labores clínicas, académicas y de investigación que allí se desarrollaban.
Dividido en tres plantas, el piso bajo era policlínico y en él se encontraban las secciones de cirugía, aparato respiratorio, metabolismo, nutrición, sistemas nerviosos constitutivos, reumatismo, cardiología, rayos-X, fisioterapia, ginecología, dermatología, urología, otorrinolaringología y odontología.
En la primera planta había dos salas para pacientes femeninas (veinte camas en cada una de las salas), además de un servicio de rayos-X y un aula de conferencias.
En la segunda planta se situaban otras dos salas para pacientes varones, además de la biblioteca, un laboratorio y el departamento de aparato digestivo.
Anejo al edificio se encontraba el Laboratorio Central, el de Medicina Experimental y el de Química Biológica.
Allí, trabajó junto a sus discípulos y dirigió diferentes investigaciones.
Por sus aulas aparecieron importantes figuras del panorama científico nacional e internacional que, invitados por Marañón, impartieron conferencias.
En GONZÁLEZ DE PA-BLO, A. y MARTÍNEZ PÉREZ, J., Historia de los hospitales.
Hospitales relevantes en España, El Médico (coleccionable n.o 46).
Hay también dos tesis de doctorado no publicadas: SÁENZ VALIENTE, P. (1977), Las Enfermedades transmisibles en el Hospital acional de Enfermedades Infecciosas, UCM y GÁLVEZ RUIZ, A. (2009), Enfermedades infecciosas y práctica clínica en la España del siglo XX: una aproximación a través de las historias clínicas del Hospital del Rey de Madrid (1924-1950), UCM.
La profundización en aspectos escasamente contemplados con anterioridad en la obra de Marañón como los relativos a sus puntos de vista sobre las cuestiones de índole social relacionadas con las enfermedades infecciosas, muestran una rica complejidad que enriquece un perfil científico al que se le ha dado un mayor relieve en lo tocante a otro tipo de aspectos de su actividad profesional, especialmente su aportación a la Endocrinología y a otros campos afines como la divulgación científica sobre estos y otros temas llevadas a cabo a finales de los años veinte en obras como Tres Ensayos sobre la vida sexual o Gordos y flacos (ambas publicadas en 1926)-.
En el período situado en las décadas de 1910 y 1920, Marañón se ocupó de modo muy particular de las enfermedades infecciosas y de sus causas sociales en un sentido muy amplio, tomando como ejemplo representativo la situación sociosanitaria de Madrid.
Como se ha visto en las páginas precedentes, la influencia que su protagonismo en este área tuvo sobre su ascendencia social no fue desdeñable, con dos momentos álgidos: su viaje a Francia en 1918 junto a Ruiz Falcó y Pittaluga y su visita en compañía de Alfonso XIII a la región extremeña de Las Hurdes en junio de 1922.
Si bien su participación en ambos acontecimientos era bien conocida, en este artículo se ha tratado de mostrar cómo su actuación en esas coyunturas respondía a una preocupación continuada de Marañón por la lucha contra las enfermedades infecciosas y por la situación sociosanitaria que se prolongó hasta finales de los años veinte, cuando sus circunstancias personales, en especial su oposición la régimen primoriverista, y su consiguiente alejamiento profesional de la dirección del Hospital del Rey, junto a otros factores, disminuye su producción y su actividad directa y explícita en estos temas., |
En el contexto de la endemia tracomatosa que afectó a diversas regiones españolas hasta la década de 1960, se analizan los determinantes epidemiológicos del tracoma infantil y su abordaje desde el modelo de asistencia preventiva que encerraba el concepto de salud comunitaria que se perfiló en el período de entreguerras.
La detección precoz de casos, unida a actividades preventivas, educativas, terapéuticas y de inspección, como las que llevaron a cabo las enfermeras visitadoras, contribuyeron al control de la enfermedad.
Los resultados reafirman la validez de las estrategias de intervención horizontal de mejora de las condiciones higiénicas y de los factores medioambientales que explicaban la prevalencia del tracoma.
El tracoma, enfermedad ocular causada por la bacteria Chlamydia trachomatis, representa en la actualidad una de las tres grandes causas de ceguera «evitable» 1.
Durante las primeras décadas del siglo XX, era una enfermedad endémica en muchas regiones de Europa 2.
España era una de las naciones más afectadas, mostrando una zona endémica de tracoma que se extendía por ----1 La enfermedad es endémica en 56 países.
Se calcula que existen más de 6 millones de personas ciegas, visualmente discapacitadas o con riesgo inmediato de ceguera a causa del tracoma.
Las zonas más afectadas se caracterizan por su pobreza y por no tener cubiertas necesidades básicas como la vivienda, los servicios de salud, el agua y el saneamiento (KON-YAMA, K. (2004-2005), History of trachoma control in Asia, Revue internationale du trachome et de pathologie oculaire tropicale et subtropicale et de santé publique, 81-82, pp. 107-168; WRIGHT, H., TURNER, A. Y TAYLOR, H. (2008), Trachoma, The Lancet, 371, pp. 1945-1954; TAYLOR, H. (2008), Trachoma, a blinding scourge from the bronze age to the twenty-first century, Melbourne, Haddinton Press).
En 1997, la OMS puso en marcha el programa GET 2020 para la eliminación mundial del tracoma causante de ceguera, y más recientemente se ha desarrollado la estrategia conocida como SAFE (corrección quirúrgica, administración de antibióticos, higiene y mejoras ambientales) (MARIOTTI, S.P. Y PRÜSS, A. (2000), The SAFE strategy Preventing trachoma.
2 Los datos recogidos en las comunicaciones y ponencias presentadas en el XIII Congreso Internacional de Oftalmología que tuvo lugar en Ámsterdam en 1929, subrayaban la incidencia que mostraba la enfermedad en los países de la Europa mediterránea (ARJONA TRAPOTE, J. Y ALONSO DE MEDINA Y BONO, F. (1941), El tracoma, Madrid, Editorial Aldecoa, pp. 16-19).
todo el litoral mediterráneo, desde la provincia de Gerona hasta Alicante, Murcia y Almería3.
En 1933, la Dirección General de Sanidad hacía públicos los datos de la campaña antritracomatosa de 1932 y aportaba unas cifras que superaban los 50.000 tracomatosos, aunque se sospechaba que podían alcanzar los 100.000, con unas tasas que oscilarían para el conjunto nacional entre el 2,12 y el 4,24 por mil habitantes.
Las más afectadas eran las mujeres con un 52,6%, y por grupos de edades, la infancia aparecía en primer lugar con un 39,7%, seguida del grupo de adultos (32,6%) y de los adolescentes con un 28%4.
En investigaciones previas se han analizado el papel que desempeñaron los determinantes medioambientales en la endemia de tracoma que afectó a la España contemporánea5, así como los presupuestos conceptuales y metodológicos que guiaron la lucha social contra el tracoma en la España de las décadas de 1920 y 1930, con una atención particular a su mayor incidencia en el mundo rural y al análisis de los factores asociados a dicho medio que determinaban su prevalencia6.
El presente trabajo analiza, en primer lugar, y en el contexto de la endemia contemporánea de tracoma que afectó a diversas regiones españolas durante la primera mitad del siglo XX, los factores que explican la prevalencia que adquirió el tracoma infantil y el papel que jugaron los determinantes epidemiológicos de una patología que aparece muy ligada a factores de naturaleza socioeconómica y medioambiental.
----En segundo lugar, se abordan las estrategias de intervención que buscaban erradicar la enfermedad tracomatosa desde el modelo de asistencia preventiva que encerraba el concepto de salud comunitaria que se perfiló en el período de entreguerras.
Se dedica una atención muy especial a las actividades sobre el medio familiar, escolar y comunitario, y el papel que se otorgaba a los dispensarios de higiene y en particular a las enfermeras de salud pública, en su condición de mediadoras entre el medio sanitario y la población7.
La condición de enfermedad crónica y contagiosa que caracteriza al tracoma y el hecho de aparecer sus principales secuelas en la edad adulta8, explica que se le haya prestado menos atención a su dimensión de dolencia infantil.
Sin embargo, la historia natural de la enfermedad tracomatosa otorga a las primoinfecciones que aparecen durante la edad infantil una gran trascendencia desde el punto de vista social, epidemiológico y terapéutico9: «De esto podemos deducir que la edad en la que el tracoma se adquiere, es en la infancia, especialmente en la primera y en la edad escolar, siendo muy escasas las primoinfecciones en la edad adulta».
Como tendremos ocasión de comprobar, el diagnóstico precoz de la infección tracomatosa en la infancia, no sólo evitaba las complicaciones y discapacidades que aparecían en las edades adultas, sino que permitía una acción terapéutica más eficaz.
Como principales fuentes de estudio hemos utilizado los folletos de divulgación, monografías, artículos y comunicaciones a congresos, que fueron publicados por la Dirección General de Sanidad o por el personal del Cuerpo Nacional de Sanidad que tenía responsabilidades en la lucha antitracomatosa, además de los trabajos que dedicaron al tema diversos oftalmólogos y en particular los que lo abordaron desde su condición de problema de salud pública.
UNA ENFERMEDAD DE LA MISERIA: LOS DETERMINANTES EPIDEMIOLÓFICOS DEL TRACOMA
Con la expresión «enfermedad de la miseria» 10, se pretendía resumir el conjunto de determinantes que estaban detrás del problema del tracoma y que se agrupaban, en definitiva, en torno a un único elemento: las condiciones de vida paupérrimas que sufría una parte importante de la población española de los primeros decenios del siglo XX, en particular la rural 11.
En los trabajos consultados 12, se establecían tres grandes grupos de determinantes en el problema epidemiológico del tracoma: los relacionados con la biología humana, los relacionados con las condiciones medioambientales del entorno, y un tercer grupo de factores de naturaleza socioeconómica, demográfica e higiénica 13.
En el primer grupo de factores se incluía a un conjunto de circunstancias que influían en el estado general del individuo, desde las infecciones a los problemas de alimentación 14, y que, en opinión de los autores estudiados, podían favorecer el contagio tracomatoso.
En el segundo grupo de determinantes, se situaban los factores relacionados con el entorno medioambiental como el clima, la constitución geológica del suelo y la orografía y los elemen-----10 RABADÁN FERNÁNDEZ, P. (1936), Factores epidemiológicos en la zona tracomatosa de la provincia de Alicante, Rev.
Al valorar la evolución de la endemia tracomatosa en España (DOMÍNGUEZ, A. (1955), Lo que todo médico debe saber respecto al tracoma, Murcia, Instituto Provincial de Sanidad, p.
22; MARÍN AMAT, M. (1958), La lucha antitracomatosa en España y sus satisfactorios resultados, Archivos de la Sociedad Oftalmológica Hispano-Americana, 18 (9), pp. 992-996, pp. 992-993), se destacaba que el control y la erradicación del tracoma había sido posible en la medida en que se consiguieron mejorar las condiciones higiénico-sanitarias y socioeconómicas: «agua abundante y buena, alejamiento higiénico de excretas e inmundicias, alimentación adecuada y suficiente, higiene de las viviendas y de los servicios públicos, instrucción sanitaria por todos los medios conocidos...».
Y BERNABEU-MESTRE, J. ( 2006), El problema sanitario de España: saneamiento y medio rural en los primeros decenios del siglo XX, Asclepio, 58 (2), pp. 139-164; RODRÍGUEZ OCAÑA, E. (2010), Salud Pública y política agraria liberal en España.
27; SOCIAS Y DELGADO (1935); SOCIAS, A. Y DELGADO, J. (1939), Estudio de los factores epidémicos en la endemia tracomatosa, Rev.
14 La herencia también se consideraba un elemento a tener en cuenta, llegándose a afirmar que «el tracoma no es hereditario, pero sí las taras que lo favorecen» (ARJONA Y ALONSO (1941), p.
77). tos vinculados con el ciclo del agua.
En la última categoría de determinantes estarían incluidas las condiciones de la vivienda, los hábitos de vida de la población, la actividad laboral y productiva y los movimientos de población, además de las situaciones de hacinamiento y agregación.
Como se indicaba en un trabajo publicado en la Revista de Sanidad e Higiene Pública 15: «El tracoma es una enfermedad que de un modo muy especial ataca los barrios pobres, cuya pobreza llega a miseria y cuyas condiciones de vida son el hacinamiento y el hambre».
En el caso de la población infantil las primoinfecciones tracomatosas estaban determinadas por muchos de los factores que acabamos de enumerar, pero eran el medio familiar y escolar los escenarios en los que se desarrollaban y donde se centraron las principales actividades de carácter preventivo y terapéutico 16.
En el medio familiar 17, la madre tracomatosa estaba considerada la principal transmisora de la enfermedad, a través del contagio directo.
El de carácter indirecto, tenía lugar a través de fómites o vectores y en el contexto del ambiente de miseria que solía rodear a los niños afectados de tracoma.
El bajo nivel social de las colectividades más afectadas por la endemia tracomatosa, se sumaba a la insalubridad, asociada fundamentalmente a las deficiencias del ciclo del agua, y a la falta de higiene.
La precariedad con la que se veían obligadas a vivir la mayoría de las familias infectadas, se traducía en una ausencia de útiles de aseo individual (toallas, etc.) y la frecuente contaminación de los existentes, favoreciendo el contagio del individuo enfermo al sano.
La ignorancia y la negligencia 18, estaban detrás de prácticas de riesgo como las que llevaban a cabo las madres cuando «limpiaban la secreción purulenta de los ojos de sus hijos con su pañuelo o el vuelco del delantal», y con ese mismo pañuelo o delantal repetían la misma operación con cualquiera de sus otros hijos o con sus mismos ojos.
Las moscas jugaban un papel fundamental en la transmisión de la enfermedad 19.
Su presencia era habitual en aquellos contextos de miseria, donde además se añadía el factor agravante de la convivencia con los animales do----- mésticos y con los estercoleros que generaban sus excreciones 20: «El mecanismo de propagación es sencillo.
Las moscas que se posan en las comisuras lacrimosas y barnizadas de secreción infectante de los enfermos, recogen en sus patas y trompa buen número de gérmenes, que irán a depositar en los párpados de un sujeto sano o en objetos de uso personal».
Junto al medio familiar, a medida que avanzaba la edad de los niños, adquiría relevancia el medio escolar, aquello que en la literatura de la época se conocía como el factor agregación 21.
La principal fuente de infección la constituían los enfermos y en particular aquellos que mostraban cuadros asintomáticos o lo que se conocía como tracoma oculto, y que se daba sobre todo en la edad escolar 22.
De ahí la importancia que tenían las condiciones de hacinamiento y promiscuidad que mostraban muchas escuelas, y en particular las ubicadas en el ámbito rural 23.
TERAPÉUTICA, PREVENCIÓN Y EDUCACIÓN EN LA LUCHA CONTRA EL TRACO- MA INFANTIL: EL MEDIO FAMILIAR, ESCOLAR Y SOCIAL
A partir de las reformas introducidas en la lucha antitracomatosa por la Segunda República en 1933 24, la profilaxis del tracoma infantil se basaba en una actuación coordinada entre el dispensario de higiene, elemento básico en las actividades de salud comunitaria que se empezaron a desarrollar en España en las décadas de 1920 y 1930 25, y la intervención en el medio escolar, mediante el establecimiento de grupos escolares o clases especiales donde eran agrupados los niños tracomatosos 26.
Se trataba de una estrategia de intervención similar a la desarrollada en otros contextos de la Europa mediterránea ---- donde la enfermedad tracomatosa también era endémica 27, y que debe situarse en el marco de las iniciativas internacionales que se habían venido estableciendo en la luchas y campañas sanitarias 28.
La creación de clases especiales para niños tracomatosos pero sin aislarlos del medio escolar y social, representaba una medida complementaria a las escuelas-sanatorios o los asilos-hospitales para tracomatosos, 29 y una alternativa para las medidas aisladas de segregación que se venían practicando y que tenían consecuencias negativas tanto para los niños tracomatosos como para la colectividad.
Como se recogía en un texto de 1923 sobre «El tracoma y la Escuela», presentado en el II Congreso Nacional de Pediatría, cuando se impedía a los niños infectados el acceso a la escuela, además de no garantizar su derecho a la educación 30, se convertían en «un peligro de contagio» al no existir ningún tipo de control sanitario 31: La simple expulsión hasta su curación, entre otros inconvenientes en los aspectos didáctico y moral, tiene el gravísimo de que este núcleo de tracomatosos queda sin control sanitario eficaz, ya que por regla general no se someten voluntariamente a tratamiento adecuado.
Estos niños, faltos de escuela, se dedican entonces a sus juegos favoritos en calles y paseos, con lo que las posibilidades de contagio en la calle aumentan.
Cuando la enfermedad se lo permitía, muchos de aquellos niños sin escolarizar eran contratados como sirvientes, lavanderas, camareros y otros oficios ---- 29 Con estas instituciones se pretendía aislar a los enfermos de los sanos, someterlos a tratamiento, educarlos e instruirlos para saber aplicar las normas higiénicas necesarias para no transmitir la infección, y ofrecerles la formación necesaria para poder desempeñar oficios compatibles con su enfermedad y «que no ofrezca peligro, ni para sus compañeros de trabajo, ni para los demás conciudadanos, y al mismo tiempo les proporcione medios de vida suficientes para si y para los suyos» (SORIANO FISCHER, E. (1924) de fácil aprendizaje, pero que por el contacto constante con los sanos ponía a estos en peligro de contraer la enfermedad 32:
¡Que frecuente es en las consultas públicas de ojos encontrar niñeras, planchadoras, etc., que padecen tracoma y que son un constante peligro para los niños que llevan o para las personas cuya ropa cuidan!
Es decir, alejamos a estos enfermos de las grandes colectividades, pero para nada nos ocupamos de su aislamiento, ni de su educación ética, que es la que fundamentalmente evitaría estos casos de verdadero delito sanitario.
Las clases especiales para tracomatosos permitían resolver, de hecho, muchos de aquellos problemas.
Su creación en las zonas donde la enfermedad era endémica, completaba y hacía más eficaz la labor profiláctica que llevaban a cabo los dispensarios de higiene 33, y no representaba un sobreesfuerzo presupuestario ni organizativo.
Como hemos apuntado con anterioridad, la población infantil era considerada el reservorio de la enfermedad tracomatosa, pero al mismo tiempo presentaba «una cualidad inestimable»: su fácil curabilidad 34.
Se debían elegir las aulas con mejores condiciones de ventilación e iluminación, y además de seleccionar a personal docente no tracomatoso como responsables de las mismas, se les proporcionaba los medios necesarios para proceder a la cura diaria de los niños tracomatosos 35.
La intervención sobre el medio escolar (véase esquema), era supervisada desde el ámbito sanitario a través de las enfermeras visitadoras.
Además de proporcionar continuidad a la inspección médico-escolar, a las intervenciones de los médicos locales y de los especialistas (oftalmólogos), y hacerse cargo de la educación higiénico-sanitaria, su labor permitía iniciar una actuación en el ámbito familiar y comunitario.
Para cada alumno tracomatoso, las enfermeras abrían una ficha familiar y llevaban a cabo las visitas domiciliarias que permitían una evaluación de los factores de riesgo y la detección de los otros miembros de la unidad familiar que estaban afectados por la enfermedad, con lo que se podía proceder a su vigilancia desde el dispensario de higiene y someterlos a control y tratamiento, además de reeducarlos en cuestiones de ----32 SORIANO FISCHER (1924), pp. 171-172.
Las curas las llevaban a cabo los maestros y maestras, asesorados y supervisados por las enfermeras visitadoras, y para ello contaban con un lavabo, algodón, alcohol y colirios de hermofenil al 1% y sulfato de zinc al 5%. hábitos y conductas higiénico-sanitarias 36.
Se trataba de controlar aquello que en el lenguaje epidemiológico se conocía como los reservorios familiares 37.
Unos reservorios que, como hemos indicado de forma repetida, aparecían casi siempre ligados a la suciedad que acompañaba la miseria 38.
24): «De todo lo antes expuesto claramente se deduce el papel capital del contagio de los hijos por los padres, y repitamos una vez más que es preciso tener siempre en cuenta las circunstancias de lugar y tiempo en que se produce una endemia con sus características para ser comparada con otras.
La endemia tracomatosa se extiende lenta pero paulatinamente, siempre y cuando el medio que encuentra reúna las condiciones indispensables a su propagación y una de éstas, como venimos diciendo, es el factor miseria, y en tales circunstancias la difusión endémica de la enfermedad se hace rápidamente en unas generaciones, no sucediendo lo propio cuando el medio ambiental es el de una familia acomodada y limpia, donde se toman los cuidados higiénicos individuales elementales; en tal caso, la enfermedad no se extiende endémicamente en medio de tal población».
La clave consistía en lograr interrumpir la cadena de contagio y evitar que los casos pasaran de la familia a la escuela y viceversa.
Como ocurría en la mayoría de las enfermedades denominadas sociales, la labor estrictamente sanitaria era insuficiente y los profesionales de la salud debían llevar a cabo una autentica labor social.
Las enfermeras visitadoras, en este sentido, jugaron un papel crucial al actuar como enlaces entre los tres ámbitos implicados: por un lado la población escolar y los maestros, por otro las instituciones sanitarias, médicos y servicios especializados, y por otro las familias y población general 39.
Desde principios del siglo XX, y sobre todo durante el periodo republicano, la formación y el desempeño laboral de las enfermeras comunitarias en España puso su acento en esta labor social, que se consideró imprescindible desde la perspectiva higienista 40.
Así parece que ocurrió con los dispensarios antitracomatosos 41.
A través de las visitas domiciliarias, se buscaba actuar sobre el principal determinante de la enfermedad: la influencia del medio ambiente y específicamente la importancia de la vivienda.
En estas visitas, las enfermeras, cuya formación había sido orientada específicamente en el estudio de la endemia tracomatosa, debían cumplimentar las fichas familiares 42, que permitían la elaboración del diagnostico del tracoma y en las que se recogía información relevante sobre la situación de salud de la familia.
Además, a través de estas visitas, se podían llevar a cabo actuaciones de educación sanitaria sobre aspectos higiénicos y mecanismos para controlar y evitar el contagio de la enfermedad.
Finalmente, cabe mencionar la contribución singular de su actuación.
Las visitadoras eran consideradas «consejeras y mentoras de la vida cotidiana de las familias» 43.
Su trabajo se caracterizaba por su cercanía con la población a atender, estableciendo importantes vínculos con las personas enfermas y con el conjunto de la comunidad.
Esta vertiente de su labor, su papel de mediadoras y su proximidad con las familias 44, ha permanecido en ----39 «La educación sanitaria tenía que crear conciencia de la gravedad de la infección e informar sobre los principales medios de lucha.
Los profesionales sanitarios (médicos y enfermeras) tenían que formar a los maestros y estos a sus alumnos con tanto mayor interés en cuanto que en los adultos la curación es ya más difícil.
Debían utilizarse todos los medios de propaganda: prensa, carteles, folletos, radio, cine, conferencias, etc.»
(DOMÍNGUEZ (1955), 21). cierto modo invisible y, sin embargo, parece que resultó relevante en la mejora de la salud comunitaria en general, tal como se refleja en acciones como las que llevaron a cabo en la endemia de tracoma que sufría la población española en las décadas de 1930 y 1940.
El modelo de intervención profiláctica/preventiva que acabamos de describir, tuvo una cierta continuidad durante los primeros años del franquismo, pero el freno que padecieron las políticas de salud pública 45, o el proceso de desinstitucionalización al que fueron sometidos colectivos como el de la enfermería comunitaria 46, sumado a la aparición de la antibióticoterapia, hicieron que la lucha contra el tracoma dejase de pivotar sobre la barrera profiláctica y adquiriera un mayor protagonismo la barrera terapéutica.
47 Como se recogía en la memoria sobre la Campaña Nacional de Lucha contra el Tracoma que se llevó a cabo en los inicios de la década de 1960 48, aunque formalmente se cumplimentaban las fichas familiares del modelo OMS/UNICEF donde se recogían datos sobre situación económica social, condición ambiental e higiénico sanitaria de la vivienda, o los datos clínicos de los miembros de la unidad familiar que estaban afectados, la figura profesional de las visitadoras fue sustituida por «señoritas auxiliares previamente entrenadas» pero sin formación y capacitación sanitaria, y que se limitaban a dar soporte a las tareas administrativas y ayudar en el tratamiento, que consistía en la aplicación intermitente de pomada de aureomicina al 1% 49.
El trabajo ha permitido ampliar el conocimiento historiográfico sobre el desarrollo que llegó a alcanzar en la España de la década de 1930, el modelo de asistencia preventiva que encerraba el concepto de salud comunitaria que se perfiló en el período de entreguerras.
La detección precoz de casos de tracoma infantil en el ámbito escolar era considerada una estrategia eficaz para poder actuar sobre el ámbito familiar y comunitario.
El control sanitario de la enfermedad, supervisado desde los dispensarios y centros de higiene, tenía que ser ejecutado a través de la profilaxis y las actividades preventivas, educativas, terapéuticas y de inspección.
En todas aquellas intervenciones, resultaba fundamental el trabajo que debían llevar a cabo las visitadoras sanitarias, a través de la búsqueda activa y la detección precoz de casos y la modificación de algunos de los factores de riesgo que aparecían ligados a la insalubridad de las viviendas y a la falta de hábitos higiénicos de la población.
La experiencia histórica española de lucha contra el tracoma infantil que acabamos de resumir, permite reafirmar la validez de aquellas estrategias que sostienen que para poder acabar con el problema de salud que representa la enfermedad tracomatosa en las zonas menos desarrolladas y pobres del planeta, no basta con actuar sobre los factores más inmediatos, a través de los recursos terapéuticos.
Por el contrario, es necesario mejorar las condiciones higiénicas y los factores medioambientales que explican su prevalencia, a través de una intervención horizontal sobre el ámbito familiar y comunitario 50. |
En 1981, España se vio amenazada por la súbita aparición en forma de epidemia de una enfermedad desconocida hasta entonces.
El Síndrome del Aceite Tóxico, como acabó denominándose en atención al que se ha considerado su agente causal, exigió así una respuesta que se vio condicionada por el desconocimiento de sus características biológicas, pero también, y de forma relevante, por la compleja coyuntura por la que atravesaba la nación.
Inmersa como estaba en un profundo proceso de cambio de régimen político, que había de realizarse además en unas condiciones económicas difíciles, los Poderes Públicos se vieron obligados a reaccionar en unas condiciones poco idóneas y de acuerdo con los valores propios del nuevo modelo de relaciones sociales que se trataba de establecer.
El presente trabajo pretende explorar la forma en que el Síndrome del Aceite Tóxico dinamizó y contribuyó a acelerar la reforma sanitaria que, ya con anterioridad al estallido de la epidemia, era considerada como una intervención necesaria.
El trabajo toma como objeto de atención principal la manera en que se abordó la respuesta asistencial a los afectados por la enfermedad, que obligaba a atender en un nuevo marco de relaciones sociales a un conjunto de personas con graves secuelas físicas que les producían discapacidad.
A través de ello, se intenta poner de relieve cómo buena parte de las actuaciones adoptadas se mostraban de acuerdo con las ideas principales que se planteaban para la reforma.
Se pretende mostrar también cómo esas medidas anticiparon algunas de las que se iban a aplicar con posterioridad a la población general.
El primero de mayo de 1981 falleció en Madrid la primera víctima -un niño de ocho años de edad-de un proceso morboso desconocido hasta entonces 2.
La enorme preocupación que se despertó a partir de ese momento no sólo se debió a la falta de conocimiento sobre las causas, los mecanismos fisiopatológicos o el modo de proceder para su tratamiento; sino también, y muy especialmente, por su comportamiento epidemiológico y sus inquietantes ----1 En este trabajo utilizamos las siguientes abreviaturas para referirnos a diferentes publicaciones periódicas: BOE (Boletín Oficial del Estado); BOCG (Boletín Oficial de las Cortes Generales); DSCD (Diario de Sesiones del Congreso de los Diputados); DSS (Diario de Sesiones del Senado).
2 GRANDJEAN, P. y TARKOWSKI, S. (eds.) (1984), El síndrome del aceite tóxico.
Intoxicación alimentaria masiva en España.
Informe sobre una reunión de la OMS (Madrid, 21-25 de marzo de 1983), Copenhague, OMS Oficina Regional para Europa, p.
3. características clínicas, que provocaban en ocasiones alteraciones orgánicas que conducían a la discapacidad 3.
El que acabaría siendo denominado Síndrome del Aceite Tóxico (SAT, en adelante), por considerarse que su causante era el consumo de aceite de colza desnaturalizado 4, afectó en breve tiempo a casi veinte mil personas 5, predominantemente de escasos recursos económicos y castigadas por la lacra del desempleo 6.
De este modo, además de por representar «uno de los más negros episodios» ocurridos en la segunda mitad del siglo XX en la sanidad española 7, la enfermedad adquirió también la dimensión de un verdadero problema social al contribuir a agravar la ya de por sí complicada vida cotidiana de muchos españoles.
El SAT se nos presenta pues como un caso relevante para analizar la enfermedad en perspectiva histórica 8.
Es más, si tenemos en cuenta otra circuns-----3 Se ha descrito el desarrollo clínico de la enfermedad estableciendo tres fases: aguda, intermedia y crónica.
En la primera, se encontraban síntomas de afecciones pulmonares en aproximadamente un 70% de los pacientes, que se combinaban en distintos grados con otras de variada sintomatología.
En la fase intermedia, el rasgo clínico más frecuente era la neuropatía sensorial, la pérdida de peso y cambios esclerodermiformes.
En la fase crónica, lo más característico era la aparición de neuropatía motora periférica (32% de los casos) y neuropatía sensorial con una frecuencia similar.
GÓMEZ DE LA CÁMARA, A. et al. (2004), Aspectos clínicos.
En TERRACINI, B. (ed.), Síndrome del Aceite Tóxico.
4 El SAT se denominó inicialmente «Neumonía atípica» y su causa se atribuyó a agentes microbianos.
En marzo de 1983, un Grupo de Trabajo de la OMS, ratificó la asociación de la enfermedad con el consumo de aceite tóxico y la denominó «Síndrome del Aceite Tóxico», GRANDJEAN y TARKOWSKI (1984), p.
Algunos investigadores defendieron otras causas; véase ERKOREKA, A. (1998),'Es un bichito que se cae y se muere'.
El nacimiento del síndrome tóxico.
En CASTELLA-NOS, J. et al. (eds.), La Medicina en el siglo XX: estudios históricos sobre medicina, sociedad y Estado, Málaga, Sociedad Española de Historia de la Medicina, pp. 507-520, pp. 508-510; GRANE-RO MORÉ, V. y PÉREZ HEREDIA, M.A. (2000), Detrás de la Colza-El síndrome tóxico, Madrid, Antares; SEGURA BENEDICTO, A. y OÑORBE DE TORRE, J. (2006), El síndrome del aceite tóxico, Revista de Administración Sanitaria, 4, pp. 559-606, pp. 599-601.
5 El «Comité Científico OMS/CISAT para el Síndrome del Aceite Tóxico» clausuró en 1997 el Censo Oficial con la cifra de 19.904 personas afectadas.
PHILEN, R. et al. (2004), Epidemiología del síndrome del aceite tóxico.
GUERRA MUÑOYERRO, C. (1995), La protección social de los afectados por el Síndrome Tóxico, Madrid, CAM-Consejería de Sanidad y Servicios Sociales, pp. 44-45.
8 El estudio desde esta perspectiva goza de una fructífera tradición dentro de nuestras fronteras, véase: RODRÍGUEZ OCAÑA, E. (1999), Social History of Medicine in Spain: Points of Departure and Directions for Research, Social History of Medicine, 13, pp. 495-513.
tancia -el momento extraordinariamente delicado de nuestro pasado en que la epidemia hizo su aparición-se puede afirmar que el estudio del SAT desde ese punto de vista representa una buena vía para intentar mejorar nuestro conocimiento sobre cómo los procesos morbosos contribuyen a moldear los grupos humanos y la forma en que la enfermedad se ve condicionada en su modo de expresión por la estructura política y sociocultural que impera en un determinado contexto.
Conviene tener muy presente que este síndrome se desarrolló en una de las etapas más trascendentales, pero también más convulsas, de la historia española del pasado siglo: la de la «transición» 9.
El paso desde el régimen franquista al democrático fue un período de sentimientos contrastados, de ilusiones y esperanzas ante un futuro con mayor grado de libertad, pero también, de añoranzas respecto a las formas políticas que se trataban de superar y de rechazo, a veces violento, a las que se planteaban para el porvenir.
La transición se convirtió por ello en una época salpicada de instantes de acusada zozobra provocados por diferentes sucesos que pusieron en peligro la travesía hacia la consecución de un futuro democrático para España.
Por su propia naturaleza, el viaje desde el franquismo a la democracia se sustentó sobre la base de una amplia conflictividad social.
El cambio del sistema político y de los valores que le eran propios suponía, al mismo tiempo, la satisfacción de muchas de las demandas de la población en los ámbitos laboral, vecinal y autonómico; espacios donde se desencadenaron amplias movilizaciones que conformaron uno de los rostros característicos de esta etapa, junto con las acciones involucionistas y las terroristas10.
El SAT hizo su aparición en un momento marcado también por la presencia de una crisis económica.
El Gobierno se vio obligado, en medio de la incertidumbre política reinante, a tomar medidas de austeridad que le condujeron a buscar el consenso con diferentes responsables políticos y sociales 11.
Esta estrategia de actuación se plasmó de forma muy significativa en los lla-----mados Pactos de la Moncloa, que se mostraron beneficiosos para mejorar la situación.
No obstante, el desencadenamiento en 1979 de una segunda crisis del petróleo se dejó sentir con fuerza en España, donde no hubo signos de recuperación hasta bien entrada la década de los ochenta 12.
Debido a la falta de recursos se vieron entorpecidas reformas importantes que hubieran repercutido favorablemente en la vida de los españoles y contribuido a constituir una base de legitimación para el nuevo sistema político 13.
Las dificultades de éste se pusieron claramente en evidencia con el intento golpista del 23 de febrero de 1981, que condujo a que la estabilización de la joven democracia figurara como principal prioridad política.
Sin entrar a analizar en profundidad las repercusiones del brote epidémico en la caída del partido entonces en el poder -la Unión de Centro Democrático-, no se puede dejar de apuntar que el mismo fue uno de los factores que influyeron en el desplome de la UCD en las elecciones de 1982, en las que triunfó el Partido Socialista Obrero Español 14.
Como parece derivarse de lo que indicaban algunos titulares que se podían leer en la prensa en 1981 -«Los destrozos políticos de la colza» o «La colza resultó el detonante de UCD»-15, el SAT parece haber contribuido a agudizar el desgaste y la descomposición de la formación política que se hallaba en el Gobierno.
De este modo, el SAT supuso otro factor de crisis en un período en el que las instituciones políticas estaban acuciadas por multitud de asuntos importantes.
La presencia de la enfermedad obligó a plantear una respuesta que había de expresarse en diferentes ámbitos -policial, judicial, social y sanitario-.
Sin embargo, las medidas adoptadas en los primeros momentos de la epidemia no fueron acertadas 16.
El descrédito de las autoridades derivado de las ----12 POWELL (1999), p.
13 En 1978, ante la pregunta de si consideraban la democracia como el mejor sistema político para España, el 77% de los españoles respondió afirmativamente y el 15% lo hizo negativamente.
En 1980, en cambio, sólo el 69% contestó afirmativamente a la misma cuestión, y un 20 % se expresó de manera negativa, (1981), Informe sociológico sobre el cambio político en España 1975/1981, IV Informe Foessa, Madrid, Fundación Foessa, Euramérica I, p.
Este informe fue coordinado por Juan J. Linz y su segundo volumen apareció en 1983.
En adelante nos referiremos a esta obra como Informe Foessa.
16 ERKOREKA (1998); GÓMEZ BENÍTEZ, M. (1988), La protección social de los consumidores: reflexiones sobre el juicio del síndrome tóxico, Estudios sobre consumo, 13, pp. 61-65, pp. 63-64. precipitadas conclusiones que transmitían a los ciudadanos, y los perjuicios que ello provocó sobre diferentes sectores, parece estar detrás de la cautela que la Administración mostró a la hora de adoptar medidas encaminadas a evitar el consumo del aceite de colza desnaturalizado.
La relación de éste con la enfermedad se conoció el 10 de junio de 1981, pero la orden de su retirada de la circulación se produjo el 17 del mismo mes.
Esta actuación no tuvo un efecto inmediato, pues se constató que el día 22 el aceite continuaba siendo consumido por los ciudadanos17.
Medidas reforzadas de persuasión no se aplicaron de manera determinante hasta el día 30 18.
El SAT supuso por tanto un suceso inesperado, y desde luego inoportuno, que obligó a poner a prueba la capacidad del nuevo sistema político para responder a los problemas de los ciudadanos.
Representó especialmente un desafío para el sistema sanitario español, que se vio empujado a ensayar nuevas fórmulas de asistencia a los afectados por la enfermedad, que eventualmente serían de aplicación general.
Nuestro objetivo en este trabajo es precisamente examinar cuáles fueron esas actuaciones adoptadas desde el Gobierno y la Administración19.
Para ello nos nutrimos fundamentalmente del examen de fuentes de carácter legislativo y del seguimiento de los debates parlamentarios desarrollados en torno al SAT.
Organizaremos la exposición del siguiente modo.
Tras abordar primero los rasgos generales de la organización sanitaria existente en España en el momento en que la epidemia hizo acto de presencia, expondremos sucesivamente tanto las actuaciones que se plantearon las autoridades políticas para llevar a cabo la asistencia de los afectados como los debates que las propiciaron.
La irrupción del SAT se produjo en un momento en que la necesidad de reformar la estructura sanitaria vigente en España había adquirido una dimensión superior a la de la mera toma de conciencia.
Como ponía de relieve el ----Informe Foessa (1983) al ocuparse de la «Seguridad Social, Sanidad y Servicios Sociales en España», en la segunda mitad de la década de los 70 era posible apreciar la presencia de fuertes críticas acerca de la organización del sistema sanitario, así como intentos de una reforma que trataba de desplazar un tipo de asistencia basado en el diagnóstico y el tratamiento por otro en el que la educación y cultura sanitarias ocuparían un lugar relevante, pasando de una concepción de «sistema sanitario» a otro de «sistema de salud».
El objetivo de esta transformación sería incrementar el nivel de salud de la población y facilitar la participación de los ciudadanos en la gestión de la misma.
Este viraje se habría visto favorecido por los programas de los distintos grupos políticos, la preocupación por el impacto de los aspectos sociales de la medicina, la incidencia de las recomendaciones de las organizaciones internacionales y el derecho constitucional a la protección de la salud 20.
Nuestra estructura sanitaria mostraba signos de obsolescencia y de ineficacia.
El control sanitario de los alimentos era uno de ellos.
A la escasez del mismo en la elaboración de los productos destinados al consumo se añadía una deficiente forma de comercialización, en la que la venta ambulante, y la falta de información al consumidor sobre los procesos de fabricación, conservación, composición o caducidad, continuaban siendo comunes en la segunda década de los años setenta 21.
Otro aspecto a destacar es que en 1981 la cobertura asistencial que ofrecía el Seguro Obligatorio de Enfermedad dejaba fuera a un 16% de la población.
Y es que, aunque la Constitución Española de 1978 en su artículo 43 reconocía el derecho a la protección de la salud, especificaba que sería la ley la que establecería los derechos y deberes de los ciudadanos al respecto, derecho constitucional que no se hizo efectivo hasta varios años después 22.
Nos interesa poner también de relieve la desigual distribución de los recursos sanitarios en la España de la segunda mitad de la década de los setenta.
Los médicos mostraban un creciente desinterés por trabajar en el medio rural, concentrándose así en las zonas urbanas y en las comarcas del litoral 23.
---- El modelo de organización asistencial que ofrecía el Seguro Obligatorio de Enfermedad era un rasgo de la estructura sanitaria vigente en esta etapa que conviene también recordar ahora.
En ese momento se ponían ya de relieve los problemas existentes en la organización asistencial; entre otros, las dificultades para el desarrollo de la atención primaria debido al prestigio del «especialismo» médico; la insuficiencia en instalaciones y equipamientos de los ambulatorios destinados al segundo nivel asistencial y la escasez del tiempo que en ellos se dedicaba a la atención a los enfermos, además de la desconexión existente entre la asistencia extrahospitalaria y la hospitalaria 24.
En 1974 se dieron ya los primeros pasos encaminados a modificar este estado de cosas.
Se creó entonces la «Comisión Interministerial para la Reforma Sanitaria», a la que se le asignaron las siguientes tareas: estudiar y proponer las medidas necesarias para lograr la actualización de las funciones y competencias del sector público en materia de sanidad; iniciar su reestructuración en orden a su mayor eficacia; considerar la puesta en marcha de una asistencia integral a la población bajo el criterio de finalidad social prioritaria; organizar el sector farmacéutico y señalar las bases de una futura Ley General de Sanidad 25.
Los resultados de sus trabajos fueron presentados al Gobierno en 1975, pero los sucesos políticos del momento detuvieron su proyección práctica 26.
No obstante, algunas medidas de tipo organizativo se fueron realizando con posterioridad.
Así, en julio de 1977, se creó el Ministerio de Sanidad y Seguridad Social que se integró en el de Trabajo en mayo de 1981, para separarse de nuevo en diciembre del mismo año al crearse el Ministerio de Sanidad y Consumo.
Se consiguió de este modo disminuir la dispersión de competencias existente.
Consecuencia de los Pactos de la Moncloa, y como parte del proyecto de reordenación de la gestión de toda la Administración Institucional, se creó el Instituto Nacional de la Salud (INSALUD) en 1978.
La necesidad de una reforma se abordó también en el Libro Blanco de la Seguridad Social.
En él se consideraba que la prioridad para una mejor ordenación de la asistencia sanitaria era conceder la máxima atención al núcleo familiar y desplazar el centro de gravedad de la asistencia hacia el medio extrahospitalario.
En MARTÍN ZURRO, A. y CANO PÉREZ, J.F., Atención Primaria: conceptos, organización y práctica clínica, Madrid, Mosby-Doyma Libros, pp. 3-13.
bre de 1978 como especialidad, era, pues, un punto clave en una posible reforma sanitaria27.
El Pleno del Congreso de los Diputados, en sesión celebrada los días 6 y 7 de mayo de 1980, aprobó la «Propuesta de Resolución de la Reforma Sanitaria» que pretendía conseguir un sistema que garantizara a todos los españoles dicho derecho.
Este objetivo se lograría si se alcanzaban las siguientes metas: elevar el nivel de salud de la población; eliminar los desequilibrios interterritoriales y sociales; procurar la prevención, el diagnóstico, y el tratamiento de la enfermedad; promover la educación sanitaria; proporcionar una adecuadas rehabilitación física y psíquica; propiciar la formación continuada del personal y la creación de las nuevas profesiones que una concepción integral de la salud y la atención a los enfermos fuera demandando; y fomentar la investigación científica sanitaria.
Para ello, la propuesta de reforma presentaba, como gran novedad, la incorporación de la Medicina Preventiva individual y la Medicina de la Comunidad a la práctica profesional cotidiana del médico de familia.
Se proponía asimismo la creación de «unidades médico-sociales» de tipo monográfico sobre distintos procesos patológicos, en las que se integrarían los aspectos propiamente médicos con los sociales y culturales de los pacientes28.
Estas propuestas no se llevaron a cabo, por falta de consenso político, incluso dentro del partido del Gobierno29.
ACTUACIONES PARA LA ASISTENCIA A LOS AFECTADOS
La sociedad española se enfrentó al SAT en circunstancias políticas, económicas y sanitarias que estaban lejos de ser idóneas.
Superarlo suponía, no sólo vencer esas dificultades, sino también hacerlo desde el nuevo sistema de valores con que se presentaba el nuevo régimen político.
Implicaba además responder a una demanda de servicios de dimensiones que, al menos inicialmente, desbordaron las posibilidades del sistema.
Por ello, las autoridades ----políticas y sanitarias se vieron obligadas a plantear propuestas novedosas en los ámbitos de la asistencia clínica, la investigación y el control sanitario, y los planes y programas que se diseñaron para los dos primeros incorporaron mecanismos de coordinación.
Por razones de espacio, este trabajo se centra únicamente en el abordaje asistencial 30.
Consideramos tres etapas, a cada una de las cuales dedicaremos un apartado.
La primera es la situación de emergencia, y abarcaría desde el inicio de la epidemia hasta que, conocida su relación con el consumo de aceite tóxico, se organizó un programa nacional específico de carácter social y sanitario.
La segunda, arranca con la creación en 1981 (R. D. 1839, de 20 de agosto) del Programa acional de Atención y Seguimiento de los Afectados por el «Síndrome Tóxico» y finaliza con la decisión de disolver el dispositivo asistencial específico para el SAT en 1985.
Incluye las sucesivas modificaciones sufridas por aquél, que habrían de dar lugar a la creación del Programa acional de Ayuda a los Afectados por el Síndrome Tóxico (R. D. 783/1982, de 19 de abril) y al Plan acional para el Síndrome Tóxico (R. D. 1405/1982, de 25 de junio).
La última de las etapas estaría determinada por la integración de la asistencia sanitaria de los afectados en la red general asistencial.
Primera etapa: situación de emergencia 31
Las primeras manifestaciones del brote epidémico determinaron la aparición de una situación de emergencia sanitaria debido al número creciente de casos, la gravedad de los mismos y la imposibilidad de delimitar la población susceptible de padecer la enfermedad.
Como primera medida, el día 9 de mayo de 1981 la Secretaría de Estado para la Sanidad creó, para centralizar la respuesta a la enfermedad, una Secretaría Permanente.
En ella se integraron cuadros directivos de la Salud Pública del Estado, así como una representación cualificada del personal de la red asistencial, según el R. D. 1839/1981, de 20 de agosto, y se mantuvo un servicio de información telefónica de 24 horas durante los primeros días del brote.
31 La fuente para este apartado, salvo otra indicación, es el Informe del Gobierno sobre actuaciones de la Administración del Estado en relación con la enfermedad asociada con el consumo de aceite tóxico (1981), Madrid, Ministerio de la Presidencia.
Madrid, lugar de la presentación de los primeros casos, un dispositivo asistencial constituido por medios públicos y privados, bajo la responsabilidad del INSALUD.
Ante el creciente número de provincias afectadas, la Dirección General del INSALUD consideró necesario establecer una coordinación asistencial, encomendada a la Dirección Provincial de Madrid.
Para ello se constituyó la Comisión de Seguimiento de Demanda Asistencial, con el objetivo de elaborar las estadísticas sobre la epidemia, coordinar las diferentes instituciones sanitarias para aumentar su eficacia y rendimiento en la atención de los pacientes, y elaborar un plan de previsiones.
Para mantener su actividad ininterrumpidamente durante la fase inicial del proceso (del 1 de mayo al 15 de junio), designó a su vez una Comisión Permanente en su seno.
Asimismo, estableció en los hospitales un sistema de recepción telefónica de datos sobre las cuestiones siguientes: número total de camas ocupadas, número de nuevos ingresos producidos, número de camas de disposición inmediata y posibilidades de ampliación del mismo.
A partir de la información recogida mediante este sistema, se elaboró diariamente el Índice de Tendencia de Demanda para, a partir de él, ejecutar un plan de previsiones del que nos ocuparemos a continuación.
Dadas las dimensiones que iba adquiriendo la epidemia, se reorganizó la Comisión de Seguimiento, siendo subdividida en cinco subcomisiones -Emergencia, Hospitales, Urgencias, Ambulatorios, y Radiología-.
Esto permitió que la estructura organizativa de emergencia quedara formada por: un plan de previsiones, del que se ocupó la primera de esas subcomisiones; un dispositivo asistencial hospitalario, encomendado a la segunda de ellas; y un dispositivo asistencial extra-hospitalario, que quedó bajo la responsabilidad de las tres últimas.
El plan de previsiones se dirigía a disponer de los recursos necesarios para atender la demanda asistencial que se estaba generando, y comprendía una serie de medidas centradas en tres aspectos: normas para reducción de ingresos programados por cirugía y aceleración de altas de los pacientes ingresados; creación de una red hospitalaria en «programa de Neumonía Atípica» 32, y un plan de alarma, que establecía cuatro niveles de alerta según la ocupación de camas hospitalarias y el Índice de Tendencia de Demanda, dirigido a hacer frente a la situación de acuerdo con los recursos hospitalarios que fuera demandando la epidemia.
Nunca se llegó a alcanzar el segundo de los niveles estipulados, aunque se rozó el día 8 de junio de 1981.
----32 La red hospitalaria se subdividió en hospitales de primera línea para enfermos agudos y hospitales de segunda línea capaces de absorber las altas producidas en los primeros.
Dentro del plan de previsiones se crearon también las Unidades de Seguimiento Extrahospitalario y las Unidades de Seguimiento de Policlínica.
Con las primeras, que tenían como misión el control y seguimiento ambulatorio o domiciliario de los enfermos y la vigilancia médica de la unidad familiar, se buscaba agilizar las altas de los pacientes.
Las de Policlínica fueron destinadas a los enfermos dados de alta, así como al diagnóstico y tratamiento de nuevos pacientes que no precisaran hospitalización.
El dispositivo hospitalario desempeñó un papel relevante en la primera fase de la epidemia, ya que la atención de los pacientes fue realizada sobre todo en los hospitales.
Por esta razón, su personal fue ampliado y, debido a la hipótesis mantenida en un primer momento sobre la etiología infecciosa de la enfermedad, se crearon en ellos áreas de aislamiento, que se suspendieron una vez declarada oficialmente la relación entre la epidemia y el consumo de aceite de colza desnaturalizado el día 10 de junio de 1981.
La conexión y coordinación se realizó a través de la Subcomisión Hospitalaria, lo que permitió un seguimiento diario de ingresos, altas y fallecimientos 33.
Fue imprescindible poner en marcha también un dispositivo asistencial extrahospitalario que potenciara la actuación frente a la epidemia, mediante el refuerzo de los servicios de urgencias y radiología y de las consultas en los ambulatorios y con la creación de las Unidades de Seguimiento.
Este dispositivo asistencial específico para los enfermos de SAT fue ampliando sus funciones y el equipo de profesionales que las constituían para realizar la atención de los pacientes mediante un modelo que integraba los aspectos físicos, psíquicos y sociales 34.
Debido a que se incrementaron en número, y a que perduraron en las siguientes etapas, es factible suponer que estas unidades mostraron unas buenas prestaciones 35.
Al comunicarse oficialmente el 10 de junio de 1981 la relación entre la epidemia y el consumo de aceite de colza desnaturalizado, se suspendieron las medidas de aislamiento.
34 El equipo multidisciplinar acabaría estando constituido por médicos de distintas especialidades -Medicina Interna, Endocrinología, Pediatría, Digestivo, Neumología, Reumatología, Cuidados Intensivos, Medicina de Familia y Comunitaria, Neurología y Psiquiatría-, psicólogos, rehabilitadotes, trabajadores sociales, ATS, y administrativos.
RIVERA GUZMÁN, J.M. (1982), Unidades de Seguimiento: por qué tuvieron que ser creadas.
Concepto, funciones, análisis descriptivo y evaluación económica.
En Jornada de Trabajo sobre las unidades de Seguimiento, Madrid, Presidencia del Gobierno Plan Nacional para el Síndrome Tóxico, pp. 8-33, pp. 13 y ss.
Una síntesis de su desarrollo y una valoración de su papel en la configuración del modelo asistencial español puede verse en: HERNÁNDEZ Cabe decir, por tanto, que esta primera etapa de la respuesta sanitaria ante el SAT estuvo condicionada por la forma brusca de presentación de la enfermedad, su amplia extensión geográfica y el gran número de personas afectadas.
A pesar del desconcierto inicial, fue posible, no obstante, articular una respuesta que incluyó la incorporación de un modelo asistencial extrahospitalario multidisciplinar que se hallaba en la línea de los planteamientos que se habían venido formulando en los años anteriores para cambiar la organización de la atención sanitaria en España.
Algo que, como veremos a continuación, se iba a poner aún más de manifiesto en las siguientes etapas.
Segunda etapa: los Programas Nacionales
La evaluación de la marcha de la enfermedad obligó a modificar las decisiones establecidas, dando lugar a la elaboración de tres sucesivos «programas» -Programa Nacional de Atención y Seguimiento de los Afectados por el «Síndrome Tóxico», Programa Nacional de Ayuda a los Afectados por el Síndrome Tóxico, y Plan Nacional para el Síndrome Tóxico-que constituyen el rasgo más significativo de la segunda etapa de nuestro estudio.
En esta fase se introdujeron asimismo cambios relevantes en el dispositivo extrahospitalario dirigidos a incorporar a los afectados del SAT al marco más amplio diseñado para la Atención Primaria de todos los ciudadanos.
Programa acional de Atención y Seguimiento de los Afectados por el «Síndrome Tóxico»
En agosto de 1981, el Consejo de Ministros del Gobierno presidido por Leopoldo Calvo Sotelo estableció, con rango de Subdirección General y bajo la dependencia directa del Secretario de Estado para la Sanidad, el Programa Nacional de Atención y Seguimiento de los Afectados por el «Síndrome Tóxico» (PNASAST, en adelante) para la coordinación y control de todas las actuaciones de carácter sanitario y social encaminadas a la atención y seguimiento de los pacientes.
36 El PNASAST se estructuró a tres niveles.
El nivel nacional, estaba constituido por la Dirección del Programa y por cuatro Servicios, tres de los cuales ----MARTÍN (2008), pp. 305-374.
-«Atención y Seguimiento», «Planificación» y «Gabinete Técnico»-tenían competencias sanitarias, mientras que el cuarto -«Unidad de Trabajo Social»-se dirigía a las actuaciones de atención social de los afectados.
El nivel intermedio estaba definido tanto por los programas provinciales que se habían de crear, como por las Delegaciones del Programa Nacional que se crearon en todas las provincias en las que residían enfermos de SAT en número insuficiente para crear una Dirección Provincial.
Por fin, el nivel local estaba formado por las «Unidades de Seguimiento», que dependían del correspondiente Director Provincial del PNASAST o, en su caso, del Delegado Provincial, y que se estructuraron ahora en «Rurales», «Extrahospitalarias» y «Hospitalarias» 37.
Nos interesa destacar que estas actuaciones permitieron reforzar las tareas de atención social a los afectados, ya que el PNASAST contaba a nivel nacional con una «Unidad de Trabajo Social», destinada a asumir «todas las funciones relacionadas con la asistencia social a los afectados y a sus familiares» 38.
Fue dotada de personal procedente de la Dirección General de Acción Social, del Instituto Nacional de Asistencia Social (INAS) y del INSERSO (Instituto Nacional de Servicios Sociales).
Con la creación del PNASAST el Gobierno dispuso también la asistencia sanitaria gratuita a todos los afectados no beneficiarios de la Seguridad Social, y una resolución posterior extendió la gratuidad a las prestaciones farmacéuticas.
Las necesidades de los afectados, así como las medidas establecidas para atenderlas, fueron objeto de un debate parlamentario que diseñó el nuevo marco de principios con que abordar el problema.
En la sesión del 17 de septiembre de 1981 del Congreso, los representantes de las distintas formaciones políticas fueron argumentando la necesidad de ampliar las ayudas y proponiendo nuevas medidas.
Fraga Iribarne, representante de la formación política «Coalición Democrática», planteó que el Estado tenía la obligación de garantizar a los ciudadanos la seguridad en el consumo de alimentos, y de llevar a cabo, de acuerdo con la Constitución, el control de los mismos.
Se refirió a la situación generada planteando la necesidad de depurar responsabilidades, de proporcionar ayudas y compensaciones a los afectados y de adoptar las medidas para que no volviera a ocurrir un problema semejante.
En su opinión era necesario crear un Ministerio y elaborar la Ley del Consumidor39.
----Por otra parte, Ciríaco de Vicente, representante del Grupo Socialista, destacó que la epidemia había dado lugar a una serie de problemas laborales, educativos, de hogar, de orfandad, viudedad o invalidez sin pensión y propuso la reparación de gastos a los enfermos 40.
Recordó una propuesta que había sido presentada a la Cámara el 14 de agosto por su Grupo Parlamentario relativa a la «aprobación de un Plan de medidas urgentes de defensa de la salud de los consumidores y de apoyo a los ciudadanos afectados por la neumonía tóxica y por sus eventuales secuelas» 41.
Al final del debate, el Parlamento aprobó la propuesta, que incluía el reconocimiento del derecho a la asistencia sanitaria, que incorporaba la psiquiátrica y la rehabilitadora, la elaboración de un censo de afectados y la creación de una cartilla sanitaria 42.
Se decidió también aprobar medidas destinadas a apoyar a las asociaciones de afectados, conceder indemnizaciones a favor de las viudas, huérfanos y demás familiares de los fallecidos por esta causa, y proceder al reembolso de los gastos sanitarios 43.
Algunos acuerdos adoptados, sobre todo los relacionados con la asistencia sanitaria, se correspondían con acciones que ya se estaban llevando a cabo dentro del PNASAST.
Ahora bien, teniendo en cuenta que los derechos sanitarios recogidos en la Constitución no se habían plasmado aún en leyes que permitieran el ejercicio de los mismos, estas medidas fueron un avance significativo al reconocimiento de las prestaciones en ese sentido.
Programa acional de Ayuda a los Afectados por el Síndrome Tóxico
Las actuaciones normativas que se fueron sucediendo 44, y la necesidad de ampliar las competencias del PNASAST, dieron lugar en abril de 1982 a la ----40 DSCD, 15 de septiembre de 1981, p.
42 Su creación se hizo efectiva por la Resolución de 1 de octubre de 1981, de la Secretaria de Estado para la Sanidad.
44 Destacaremos entre ellas la creación de la «Oficina de Coordinación», destinada a agilizar las actuaciones de la Administración relacionadas con el apoyo económico y técnicoadministrativo que precisara el PNASAST.
También se ampliaron las dotaciones destinadas a reforzar los recursos económicos, humanos y de equipamiento de las «Unidades de Seguimiento», y se intentó paliar los efectos que la enfermedad estaba ocasionando en la situación económica de las familias.
creación del Programa acional de Ayuda a los Afectados por el Síndrome Tóxico (PNAAST, en adelante), al que se dotó de una estructura organizativa y funcional más amplia que el anterior.
El Director del nuevo Programa acional desarrolló, por delegación del Ministerio de Sanidad y Consumo, las funciones de dirección y control sobre la actividad de todos los servicios encargados de la preparación y ejecución de las actuaciones referidas, tanto a la atención sanitaria, como a la investigación 45.
Esta organización se mantuvo durante un tiempo muy escaso, ya que fue sustituida como consecuencia de otro debate parlamentario sobre el SAT que tuvo lugar en junio de 1982 con motivo de la presentación en ambas cámaras del Dictamen de la «Comisión de Investigación Conjunta Congreso-Senado» 46.
Plan acional para el Síndrome Tóxico y desarrollo de la atención extrahospitalaria
El debate que acabamos de indicar tuvo consecuencias relevantes.
Además de la aprobación de nuevas medidas de protección familiar y reinserción social de los pacientes 47, se acordó también modificar el dispositivo asistencial en el sentido de aplicar el modelo creado para atender a los afectados por la epidemia del SAT a la atención extrahospitalaria de otros grupos de la población 48.
En cuanto a los cambios en la organización de las actuaciones relacionadas con el SAT, el Parlamento aprobó la creación del Plan acional para Síndrome Tóxico (PNST) para coordinar y controlar, bajo la dependencia de la Presidencia del Gobierno, todas las actividades de la Administración Pública en esa materia mediante un único responsable con categoría de Director General 49.
El PNST se organizó en tres Subdirecciones Generales: de Ordenación y Asistencia Sanitaria, de Administración y de Servicios Sociales, bajo la dependencia de un Coordinador General.
De él dependieron otros dispositivos para la protección familiar, como la «Comisión de Servicios Sociales» y el Programa de Reinserción Social para los afectados por el síndrome tóxico 50.
----El debate parlamentario de junio de 1982 también reconoció la eficacia de las «Unidades de Seguimiento Extrahospitalarias», y propuso su conversión en «Unidades Básicas de Atención Extrahospitalaria Integral», con las siguientes características:
Las Unidades Básicas de Atención Extrahospitalaria Integral serán el soporte básico territorialmente descentralizado del Plan Nacional del Síndrome Tóxico, desde las que, en adecuada coordinación con un Hospital público del área sanitaria en que cada Unidad esté ubicada, se prestarán atenciones sanitarias integrales, de servicios sociales y de información a los afectados del área en que la Unidad esté ubicada.
Desarrollarán asimismo el trabajo de campo necesario para el desarrollo de estudios epidemiológicos y para la evaluación permanente de las necesidades de los afectados y de sus familiares.
51 Es importante destacar que el Parlamento describió las funciones de estas «Unidades» haciendo hincapié en aspectos que estuvieron presentes de una manera explícita a lo largo de todos los programas dirigidos a organizar la respuesta sanitaria ante el SAT: la coordinación entre los distintos niveles asistenciales, la integración de lo social y el mantenimiento de una constante información sobre la situación de los pacientes.
De este modo, el SAT impulsó decisiones que, como la que expresa el siguiente párrafo, contribuyeron a hacer realidad el cambio del sistema sanitario:
Asimismo, y con carácter progresivo, se prestarán atenciones sanitarias desde dichas Unidades a personas no afectadas domiciliadas en el área en que la Unidad esté ubicada, en orden a reconvertir a las actuales Unidades de Seguimiento en Unidades Experimentales de Atención Extrahospitalaria Integral, mediante un proceso de apertura progresiva de las actuales Unidades a otras patologías y enfermos con el fin de optimizar los recursos sanitarios y de no marginar a los afectados del resto de la población de la zona en que éstos viven.
52 A través de esta decisión parlamentaria se proponía la incardinación del modelo asistencial creado específicamente para los afectados por la epidemia del SAT en el sistema sanitario general.
Las «Unidades de Seguimiento» se convirtieron en modelo y punto de partida de futuros cambios sanitarios, sobre todo en el ámbito de la atención extrahospitalaria.
Unos meses después de la realización de este debate parlamentario, finalizó la legislatura por la convocatoria de elecciones.
Como consecuencia de ----ellas, la responsabilidad de gobernar pasó a manos del PSOE que, en febrero de 1983, propuso junto con otros grupos parlamentarios la creación de una nueva Comisión de Investigación sobre el SAT en el Senado 53.
Durante su presentación, los representantes de distintos grupos políticos insistieron en aclarar que su solicitud no había sido consecuencia de las movilizaciones de afectados que se habían producido en el mes de enero del mismo año.
En este sentido, el representante del Grupo Socialista del Senado explicaba que, aunque en enero de 1983 se hubieran producido hechos de cierta tensión por parte de los enfermos de SAT, era importante resaltar que en diciembre de 1982 el Ministro de Sanidad había propuesto al Consejo de Ministros la creación de una comisión de investigación para el seguimiento del SAT que se reuniría exclusivamente en el Senado 54.
El representante del Grupo Mixto de esta Cámara insistió también en que ello no se debía a las protestas recientes de los afectados, sino a que el tema del SAT estaba vivo y seguía presente en el ánimo de todos los españoles y del Parlamento.
Como parte del argumento para la creación de la nueva comisión de investigación se expuso que las conclusiones del Dictamen aprobado en el mes de junio de 1982, elaborado por la «Comisión Especial de Investigación Conjunta Congreso-Senado», eran insuficientes y muchas no se habían cumplido 55.
Después de la intervención de los representantes de varios partidos políticos quedó aprobada la «Comisión Especial de Investigación del Síndrome Tóxico» 56.
Unos meses después de su constitución, esta «Comisión» emitió un Dictamen.
Para su elaboración comparecieron ante ella todas las asociaciones de afectados de España y los responsables de la Administración en los organismos relacionados con el SAT, y se estudiaron los documentos precisos sobre el tema 57.
Tras la presentación en el Senado, el Dictamen, que valoraba el grado de cumplimiento por la Administración de las medidas establecidas en la anterior legislatura, fue aprobado por unanimidad aunque con alguna modificación en el texto.
En él se puso de manifiesto, entre otras cosas, la eficacia de las «Unidades de Seguimiento», cuya continuidad defendía mediante su conversión en «Unidades de Asistencia Básica Integral» 58.
A pesar de la insistencia en proponer y aprobar estas medidas, y del trabajo presentado por ---- los profesionales de las «Unidades de Seguimiento», lo acordado no se llevó a cabo por parte de la Administración, produciéndose en su lugar la integración de la asistencia sanitaria de los afectados en la red general.
Este hecho marca el inicio de la tercera etapa que hemos establecido dentro de nuestra exposición.
Tercera etapa: Integración en el sistema general En el debate parlamentario del 23 de mayo de 1984, el Diputado Santiago Carrillo -Secretario General del Partido Comunista de España-defendió en el Congreso una moción propia sobre la aplicación y actualización de las medidas destinadas a hacer frente al SAT.
Las palabras con las que Carrillo inició la defensa de su propuesta nos dan idea de la actitud con la que se acometió el debate:
Señor Presidente, señorías, yo comprendo que después del turno de preguntas los Diputados sientan la necesidad de fumar un cigarrillo y hasta de tomar un café.
Por eso creo que está justificada la salida en masa, aunque el tema que vamos a tratar es de tal importancia que lo que no está justificado es que no hayan aguantado un poco más y hayan esperado para salir a fumar el cigarrillo 59.
Como se deduce del texto anterior, la iniciativa que iba a dar lugar a los cambios relevantes en la organización de la asistencia sanitaria a los afectados por el SAT, pues significaba la desaparición de las «Unidades de Seguimiento» y la omisión de lo acordado por el Parlamento en al menos dos ocasiones, no generó una gran discusión en la Cámara.
Factores que contribuyeron a ello fueron, muy probablemente, el tiempo transcurrido desde el inicio de la epidemia, que había reducido el temor general ante la enfermedad, las modificaciones que se habían producido en el ámbito sanitario y la caída del partido que estaba en el poder cuando apareció el SAT.
Finalizado el debate, el Pleno del Congreso acordó hacer cambios en la organización institucional para el SAT 60.
Con el fin de posibilitar la racionalización y optimación de los recursos para la atención y seguimiento de los afectados, el R. D. separó la atención médica de la social.
La atención sanitaria de los afectados por el SAT se encomendó al Insalud, y se estableció que fuera prestada preferentemente por los Equipos de Atención Primaria en los Centros de Salud conforme a un programa que considerase las peculiaridades de su patología 62.
Esto es, la decisión de integrar la asistencia de las personas afectadas por el SAT dentro de la red asistencial general se produjo una vez aprobada la reforma de las estructuras básicas de salud (enero de 1984), en el camino hacia una reforma general del sistema sanitario que finalmente se realizó en 1986 con la aprobación de la Ley General de Sanidad (LGS).
Los cambios dispuestos en enero de 1984 delimitaron las zonas de salud como una demarcación geográfica y poblacional capaz de proporcionar una atención de salud continuada, integral, permanente y coordinada, impartida en los Centros de Salud por los Equipos de Atención Primaria 63.
Las funciones de los equipos incluían la asistencia, la prevención, la promoción de la salud, la educación sanitaria, la reinserción social, la investigación y los programas de salud comunitarios 64.
De este modo, las reformas introducidas en la atención extrahospitalaria mediante el R. D. de 1984, y que luego consolidó la LGS, se aproximaban mucho a la forma en que se había llevado a cabo la atención a los pacientes del SAT en las «Unidades de Seguimiento», tanto en la composición multiprofesional del equipo, como en las funciones a realizar por el mismo.
Para dar cumplimiento a lo establecido, en octubre de 1985 la Subdirección General de Atención Primaria y Medicina Laboral presentó el Programa de Salud para el Síndrome Tóxico en Atención Primaria, con la finalidad de que se pudiera ofrecer a la población afectada por el SAT una «atención sanitaria integral» 65.
Fue el primer programa que elaboraba esa Subdirección Ge-neral como expresión de la nueva metodología de trabajo dentro de la Atención Primaria.
Esta nueva metodología contribuiría a lograr mayor eficacia en los equipos de salud 66.
De este modo el SAT aparecía como el primer referente en cuanto a la aplicación de las medidas derivadas de las reformas implantadas en la asistencia primaria.
A través de la Subdirección General de Atención Primaria, el INSALUD, una vez asumidas totalmente las competencias, inició en enero de 1986 la integración progresiva en los Equipos de Atención Primaria de la asistencia al colectivo de afectados por el SAT 67.
El Parlamento realizó a partir de entonces una función de control sobre las medidas que habían sido adoptadas para la atención de los pacientes.
Para ello, el 15 de junio de 1994 la «Comisión de Sanidad del Congreso de los Diputados» acordaba crear una Ponencia Especial sobre el SAT 68, que aprobaba un informe el 13 de septiembre de 1995 en que se recogían propuestas de carácter sanitario y de carácter general 69.
Entre las primeras destacan: procurar que el cien por cien de los afectados atendidos en los centros de Atención Primaria lo fueran de manera protocolizada; alcanzar, en colaboración con las asociaciones de afectados, la plena extensión de la tarjeta sanitaria que, con características diferenciales, se implantó en 1993; instar al estricto cumplimiento de la Circular 3/1991 de la Dirección General del INSALUD; mejorar las instalaciones de la consulta específica para la atención de los afectados ubicada en el Hospital Doce de Octubre de Madrid; establecer un hospital de referencia en aquellas Comunidades Autónomas que tuvieran un importante número de personas afectadas; e instruir a la Dirección General del INSALUD y a los servicios sanitarios transferidos sobre la obligatoriedad de realizar autopsias a todos los fallecidos afectados por el SAT.
Las propuestas de carácter general que planteaba el informe se centraban en aspectos como unificar en un solo censo todos los listados existentes, man-----66 Programa de Salud, p.
67 En 1992 el INSALUD se comprometió con el Fondo de Investigaciones Sanitarias para mantener abiertas las líneas de investigación sobre el SAT que se desarrollaban en algunas «Unidades de Seguimiento», convertidas en «Unidades de Referencia», (1999), Informe sobre el estado de situación de las medidas propuestas por la Ponencia Especial del Síndrome Tóxico.
Evaluación y propuestas, Comisión Interministerial de Seguimiento de las medidas en favor de las personas afectadas por el Síndrome Tóxico, pp. 34-35.
Documento facilitado por la Oficina de Gestión de Prestaciones Económicas y Sociales del Síndrome Tóxico.
tener con carácter permanente el régimen de protección en los ámbitos económico y social vigente en ese momento, y establecer un mecanismo estable de coordinación interministerial.
Para cumplir esta última, en enero de 1998 se creó la «Comisión Interministerial de Seguimiento de las medidas en favor de las personas afectadas por el Síndrome Tóxico», adscrita a la Secretaría de Estado de la Seguridad Social 70.
A lo largo de las dos décadas finales del pasado siglo, el SAT se convirtió, como hemos tratado de poner de relieve, en un tema recurrente dentro de la política sanitaria española.
En un primer momento, su aparición súbita, las incertidumbres sobre su agente causal, su comportamiento epidémico y la complicada coyuntura política y social pusieron a prueba la capacidad de la joven democracia española para responder a lo que representaba algo más que una inquietante amenaza.
El SAT suponía un problema social que obligaba a las autoridades a comportarse de acuerdo con el nuevo modelo de valores que se defendían como característicos del régimen político que se estaba tratando de implantar dentro de nuestras fronteras.
Ello supuso que los encargados de gobernar y legislar se viesen especialmente empujados a adoptar decisiones que no defraudaran, no ya a quienes habían apoyado sus programas electorales en las urnas, sino a ese muy mayoritario conjunto de la ciudadanía que había mostrado su apoyo al cambio de régimen representado por la Constitución de 1978.
Inicialmente, las dudas sobre la causa de la epidemia y la deficitaria estructura sanitaria dificultaron la tarea de responder satisfactoriamente a la enfermedad.
La presión ciudadana, de los afectados y de la opinión pública general, a través de su representación política, impulsó medidas más adecuadas.
Concretamente, en lo relativo a la organización asistencial de los afectados, las estrategias paulatinamente planteadas incorporaron buena parte de los rasgos que, según se estimaba, debía poseer el nuevo modelo asistencial que surgiera tras la reforma de la estructura sanitaria vigente.
El abordaje de los problemas de salud y enfermedad desde una perspectiva integral biopsicosocial, el desplazamiento desde una concepción de «sistema sanitario» a otro de «sistema de salud» y el incremento del protagonismo de la Atención Primaria, fueron aplicados como parte sobresaliente de los sucesivos programas que se diseñaron para hacer frente a la epidemia.
En ese sentido, el SAT operó como ----un estímulo para la aplicación de algunas de las ideas que se estaban proponiendo para remozar un modelo de organización asistencial obsoleto, y como un test sobre la viabilidad y conveniencia de implementarlos para toda la población. |
El diario español de Humboldt se encuentra sorprendentemente en una carpeta de su legado en Berlín, donde el mismo recopiló los materiales para su publicación sobre la meseta española en la revista Hertha, y no en sus diarios encuadernados del viaje americano.
Esto explica que no se hubieran descubierto hasta hace poco tiempo.
El manuscrito contiene descripciones geognósticas, observaciones sobre el clima, la vegetación, la electricidad de la atmósfera, etc. La comparación con lo publicado de Humboldt en 1825 sobre la meseta española que realizamos en las notas de esta edición facilitará al lector una aproximación a los métodos cientificos típicos de Humboldt.
Historia de las Ciencias Naturales.
Electricidad de la atmósfera.
la altura de los monasterios. [...]
La campiña reverdecía y en la tierra yerma recogimos narcisos y junquillos (jonquillen). [...]
La cuenca (bassin) en la que se asienta la ciudad de Valencia [...] no tiene parangón en Europa en cuanto a exhuberancia. [...].
¡Que pronto se olvidan las incomodidades de los caminos y de las posadas en donde no hay ni pan para comer, en medio de la frondosidad de esta vegetación y de la indescriptible belleza física de estas gentes» 2.
El 13 de mayo los dos viajeros continuaron en dirección a La Coruña, de donde zarparon el 5 de junio rumbo a Tenerife.
Humboldt tenía desde «su primera juventud» el «deseo vehemente de hacer un viaje a países lejanos y poco visitados por europeos» 3, como comenta en la descripción del viaje publicada tras su regreso.
Le ayudaron en su preparación diversos recorridos cortos por Alemania, Italia, Austria, además del aprendizaje de instrumentos y métodos de medición, así como las visitas a naturalistas y jardines botánicos.
Aunque Humboldt todavía no tenía claro adónde dirigirse en su viaje al extranjero, sí manifestó el deseo generalizado «de poder observar de cerca la naturaleza salvaje, sublime y en su compleja producción» 4.
Durante su estancia en París se le había ofrecido, junto a su acompañante Aimé Bonpland, la oportunidad de incorporarse al viaje alrededor del mundo de Nicolás Baudin, aplazado indefinidamente al estallar la guerra: «Defraudado dolorosamente en mis aspiraciones, al ver como en un único día se destrozaron los planes que había proyectado a lo largo de varios años de mi vida, dejé al azar prácticamente el encontrar la vía más rápida de marcharme de Europa y lanzarme a una empresa que me pudiera consolar de la pérdida que sentía», escribió Humboldt más tarde 5.
Así pues, pretendía embarcarse en Marsella rumbo a África para recorrer a pie la cadena del Atlas y participar en la expedición francesa a Egipto.
Pero también este plan fracasó, según relata: «nos vimos en la necesidad de retrasar la ejecución de nuestros propósitos y decidimos pasar el invierno en España con la esperanza de poder embarcar en Cartagena o en Cádiz, en la próxima primavera, cuando la situación política de Oriente lo permitiera» 6.
Más bien fue fortuito que Humboldt viniera a España y también la casualidad determinó la ruta posterior del viaje.
«Por fin, pues, rumbo a España, quizás, todavía, unos seis u ocho meses en suelo europeo. [...]
Mi destino futuro demostrará si he elegido lo mejor [...]», escribió Humboldt en su diario 7.
Con esta decisión se interrumpe la descripción en el diario ya publicado, pero que continuará poco después a bordo del Pizarro el día 3 de junio, antes de desembarcar en Tenerife.
El diario de España, que hasta ahora estaba sin descubrir, pertenece a este intervalo, pues no se encuentra entre los otros encuadernados de su viaje americano, sino en el legado de Humboldt.
Legado y diarios: cofres donde se atesora el conocimiento
Es sabido que Humboldt no escribía diarios en el sentido estricto de la palabra, sino que durante los viajes hacía apuntes científicos que, tras su regreso, completaba con adiciones.
En los diarios incluía las descripciones cronológicas de las observaciones y experimentos, así como sucesiones de medidas y cálculos que ocupan páginas enteras, extractos de bibliografía y los primeros borradores para las proyectadas publicaciones.
Humboldt iba anotando todo esto en diversos cuadernos, cuya organización original no se ha conservado hasta hoy 8, puesto que él mismo fue seleccionándolos para publicarlos.
Sólo al final de su vida hizo encuadernar de nuevo los manuscritos del viaje americano en su forma y secuencia actuales.
Como muestran las diferentes acotaciones, en parte datadas cronológicamente, los diarios constituyeron en sí un material de trabajo a lo largo de toda su vida.
Son, efectivamente, el testimonio fundamental del viaje a América, aunque también se encuentran muchos manuscritos en el legado de Humboldt de Berlín y Cracovia 9.
Parece que Humboldt reunió una gran cantidad de escritos a lo largo de décadas, como punto de partida para publicaciones posteriores y, en ese sentido, es evidente que el material fue archivado, como muestra el ejemplo de las llamadas Collectaneenkästen o cajas para el Cosmos.
Todavía hoy se puede reconocer esta sistematización del contenido de su legado.
Por lo visto, Humboldt no insertó en las libretas reencuadernadas las partes sueltas de los diarios que había incorporado como compilación de apuntes sobre un tema determinado, como, por ejemplo, la parte del diario de México a Veracruz 10.
Es evidente que ocurrió lo mismo con su diario de España.
----8 Se puede desprender una idea aproximativa de su elaborado Index général de mes Mss.; véase FAAK (2000), p.
En Hi -Humboldt im etz, VI/10, disponible en: http://www.uni-potsdam.de/u/romanistik/humboldt/hin/hin10/ leitner.htm (consultado el 24 de agosto de 2011).
9 Sobre la historia del legado, véase LEITNER, U. (2005b), Alexander von Humboldt.
10 Legado de Humboldt 1-3, Papeles sobre la estadística de Mexiko y Cuba, Cracovia, Biblioteka Jagiellonska, véase LEITNER (2005b).
El Diario en España y las publicaciones
En una carpeta con el rótulo De la Configuration du Sol dans la Péninsule Espagnole et du tracé de sections verticales, qui représentent du grandes étendus de pays par Alexandre de Humboldt, hallado en el legado de Humboldt en Berlín11, se encuentran los materiales recopilados por Humboldt para la publicación de «Sobre la configuración y el clima de la meseta de la Península Ibérica» en la revista Hertha12.
Esto afecta también al Diario de España.
Los primeros cálculos sobre las medidas de la meseta española aparecieron en 1799, en un perfil de altitudes, en la publicación Anales de historia natural, con una introducción de Cavanilles, provista de la nota siguiente: «Las alturas desde el nivel del mar de Valencia hasta Madrid fueron tomadas por el Sr. Baron de Humboldt: las restantes [...] por D. Juan Guillermo Thalacker, Colector del Real Gabinete de Historia Natural» 13.
Humboldt comentó esta publicación en 1825: «Mis primeras observaciones sobre las diferencias de altura en los alrededores de Madrid fueron incluidas por Cavanilles en el primer número de los Anales de Historia atutal, Tom.
86, pero mezcladas con algunas mediciones bastante inexactas de nuestro compatriota Thalacker (mineralogista bien instruido, por lo demás)» 14.
En realidad se trata, en el caso de Humboldt, de sólo dos datos: las altitudes de Aranjuez y Madrid.
Estos resultados volvieron a imprimirse en 1808 en una obra sobre España 15 «y por mí mismo está explicado con algunos comentarios que refieren al clima» 16.
Se trata, en estas «observaciones», de un prolijo artículo de Humboldt ----de varias páginas con el título de otice sur la configuration du sol de l'Espagne et son climat, en donde describe la singular configuración de la meseta española en el contexto europeo.
Humboldt no solo traza comparaciones con otras mesetas de Europa (Suiza, Francia, Alemania) sino también con las que había visitado a lo largo de su viaje americano (México).
Junto a las observaciones sobre el clima, datos de altitud y especificaciones sobre el crecimiento de las plantas, añadirá también las relaciones con las particularidades geológicas.
Durante muchos años Humboldt dio por extraviado este manuscrito, es decir, la parte del diario que aquí se presenta, «y sólo en mi último viaje a Alemania ha vuelto a mis manos» 17, probablemente en 1823.
Quizás ese sea el motivo por el que la meseta española no jugó ningún papel en su Essay gégnostique 18, publicado en 1822-23.
El 16 de agosto de 1825 Humboldt informaba a Heinrich Berghaus, editor de la revista Hertha (Cotta, Stuttgart) sobre una nueva publicación. «[...]
Emprendo una memoria sobre la configuración y el clima de la meseta española.
La redactaré en forma de carta dirigida a usted, por la brevedad, pero la enviaré directamente a Stuttgart [...], puesto que a Cotta le urge que le envíe algo escrito para el próximo número de Hertha» 19.
El artículo, firmado en París el 6 de septiembre de 1825, fue enviado a Cotta el 7 de septiembre 20.
Como anexo al texto aparecido en la revista Hertha, en el cuarto volumen del año, se halla el perfil de altitudes de la meseta española que Humboldt acababa de dibujar en París en 1823, y que había publicado en 1825 en el Atlas 21 perteneciente a la obra del viaje americano.
Esta tabla consta de dos perfiles: el primero se despliega desde Valencia hasta La Coruña a través de Madrid, es decir, se corresponde con el trayecto de su viaje y de sus compro----- baciones; el segundo, desde Sierra Nevada hasta los Pirineos, según las medidas de Thalacker y otros.
Sobre el contenido del diario de España El presente diario consta de varias partes.
Dos textos más extensos contienen la primera descripción geológica del recorrido del itinerario desde Valencia a Madrid y desde Madrid a La Coruña.
Como se puede inferir de la edición, estas partes del diario fueron, en parte, reproducidas en la publicación de 1825 de Hertha.
Se han recogido los correspondientes pasajes en las notas finales, para su comparación.
Evidentemente existe una diferencia básica, pues los datos de altitud difieren, en parte, de forma considerable.
Por este motivo no aparecen en las notas a pie de página de los textos que se comparan.
En el diario hay dos tipos de datos de altitud.
Por una parte, los que aparecen en el texto continuo, y por otra, los que se indican en la primera página, en una lista con los datos fechados en mayo de 1799.
Por añadidura, Humboldt expresó durante la segunda parte del viaje, en el recorrido de Madrid a La Coruña, que todavía esperaba desde Madrid los niveles barométricos.
Tuvo finalmente que obtenerlos, puesto que en 1825 se expresa de la siguiente manera: «Los altitudes barométricas comparadas las obtuve, en parte, en Valencia, a través del señor Valenzuela; en parte en Madrid, por la bondad del señor Chaix»22.
Mientras, para la publicación «he continuado ininterrumpidamente recogiendo, por correspondencia, todas las informaciones que tienen relación con las diferencias de altitud y el clima de la península española»23.
El instrumento de medición de Humboldt, el «barómetro era uno de cubeta según el modelo de Ramsden» 24, con el que se determinaba la presión del aire en líneas, la unidad de medida del barómetro.
Con este barómetro calculó la altitud en toesas, según diversas fórmulas (las de Deluc, Laplace y Trembley).
Según la fórmula utilizada, los resultados finales resultan diferentes.
Puesto que con la medida barométrica se percibía una diferencia de altitud entre dos lugares, resultó imprescindible determinar una altitud concreta y exacta como punto de partida.
Humboldt escribió sobre esto: «En todos los lugares donde he pernoctado he hecho cuidadosamente la observación por la mañana y al anochecer y [...] he puesto a un punto en relación con el otro.
Para mí lo mas ----importante era dilucidar la altitud de Madrid, como punto central, mediante la comparación de muchos datos, independientes entre sí, para luego calcular, en ambas Castillas y Astorga, las localidades debajo y sobre el horizonte de Madrid»25.
Para este método relativo, el perfil de altitudes empleado por Humboldt resulta manifiestamente un medio adecuado de percepción.
A lo largo de un intercambio epistolar de varios decenios con el Director interino del Depósito Hidrográfico de Madrid, Felipe Bauzá, Humboldt recibió otras medidas barométricas, especialmente de esta ciudad, que comparó con las suyas propias26.
Para la edición de 1825, es decir, para el perfil publicado en 1823, Humboldt calculó de nuevo «las alturas barométricas de este manuscrito [=su diario]»27, de lo que se desprenden las diferencias entre los datos de altitud en el diario y en la publicación.
En el presente diario, entre las dos partes del manuscrito que describen el viaje, aparece, en la página siete, una enumeración de plantas que florecían en Valencia, en enero de 1799, y hace alusión al «libro de Bonpland».
El acompañante de Humboldt tenía autoridad para el análisis botánico del viaje y con este fin manejaba un diario aparte, en el que se indican las plantas recolectadas, cronológicamente numeradas, con la descripción botánica, el lugar del hallazgo y los datos de altitudes28.
Asimismo en la página siete Humboldt aclara el método que ha utilizado para medir las distancias.
Así, se podía concluir el tiempo empleado con pasos rápidos y uniformes en un recorrido y la distancia andada.
Humboldt utilizó este método para determinar «bases grandes de 300 toesas» (= 584,52 m), que se utilizaban para la triangulación.
Con ayuda de estas bases y con la medición de los ángulos que Humboldt realizaba con el sextante, por medio de relaciones trigonométricas, se podían determinar distancias largas, intervalos de puntos, así como la exactitud de las altitudes.
Para la precisión de este método resultó determinante el establecimiento correcto de la base.
Humboldt le dedicó una reflexión en forma de nota en el diario.
----En el presente diario se hace también alusión a otra nota históricocientífica interesante: Humboldt visitó plantaciones de nitrato en Quintanar de la Orden.
5) se halla una referencia a su artículo publicado en Annales de chimie.
Humboldt había concluido poco antes su libro Versuche über die chemische Zerlegung des Luftkreises (Ensayos sobre la descomposición química de la circulación del aire), en Marsella, y trabajos diversos que, en parte, como este artículo, ya habían sido publicados en otros lugares.
El libro contenía los resultados de investigación sobre los estudios químicos y barométricos de análisis de la atmósfera, a partir del año 1797.
El salitre o nitrato se forma por la descomposición debida a la influencia del aire, y se utilizaba para la elaboración de pólvora para munición y pólvora de minas, para la fabricación de cristal y también como medicamento.
En algunas regiones abunda de forma natural y, en otras, se provoca su formación de manera artificial, al acumular cantidades de ciertas sustancias concretas como escombros, basuras, cenizas, etc. Humboldt ya había descrito en su publicación semejantes «yacimientos artificiales de salitre».
«En Alemania se erigen muros de barro en los campos, que se disponen paralelamente y sobre los que el salitre se va apilando».
Humboldt asegura que «es posible que una parte de la atmósfera se pueda transformar en ácido nítrico, bajo el influjo de la electricidad».
Aunque esta teoría contradice el hecho de que, cómo había observado, «el salitre genera mayor volumen sobre arcilla y tierra caliza que sobre cuarzo [...], tiene que existir una relación exacta entre la formación del salitre y la naturaleza de las sustancias sobre las que se descompone» 29.
Humboldt había descrito los experimentos en su publicación, llevados a cabo junto con el químico Nicolás Louis Vauquelin, en el laboratorio de París.
Con todo ello había intentado desarrollar una «ley química general» que esencialmente se corresponde con un análisis cuantitativo.
Además, en la página 8 se encuentra un pasaje sobre el «clima» 30, en el cual Humboldt declara su admiración.
A pesar del calor en Valencia (18 o a la ----29 HUMBOLDT, A.v.
Sein Einfluß auf die Entwicklung der sombra), los árboles y arbustos no tienen hojas ni renuevos, justo lo contrario que en Berlín, en donde el calor permite que los árboles germinen en el plazo de un periodo de tiempo muy breve.
Después especuló sobre las causas: bien una «irritabilidad de las plantas», acaso almacenada durante el sueño hibernal, o bien el oxígeno disuelto en la nieve.
Humboldt había reunido datos sobre las temperaturas medias de Madrid, Karlsruhe, Marsella, París y Palermo en la publicación de 1825, pero no proceden de su diario porque fue posteriormente recibiéndolas de otros por correspondencia, como, por ejemplo, los datos sobre Madrid de Felipe Bauzá.
Precisamente en la publicación anterior de 1808 aparece también un cuadro con datos comparativos sobre las temperaturas medias en Madrid y en Roma.
Los últimos aportes proceden de su hermano Guillermo.
Al comparar las temperaturas medias anuales, su evolución en el curso de un año y los grados de latitud, pudo hallar las causas de por qué determinadas plantas, como los cítricos, no prosperan en la meseta aunque si abundan en otros lugares que tienen la misma latitud 31.
En el diario, la medida de la electricidad de la luz, realizada con un electrómetro atmosférico 32 (pág. 10), pertenece también al apartado sobre las observaciones del clima cuando se produjo una tormenta el día 28 de mayo en La Coruña.
Se conocía la relación entre el clima y la electricidad del aire, concretamente la transformación que se produce al aproximarse una tormenta.
---- 31 «La considerable altitud del suelo en la Península Ibérica modifica el clima de una manera peculiar con un frío seco invernal. [...]
El mes más frío en la meseta de España, situada tres grados de latitud mas al sur que Marsella, es de 2°, 7 más fró que en esta, y en cambio el mes de julio es casi 6° más cálido por la insolación térmica en la meseta desarbolada. [...]
Mientras que las mesetas ibéricas interiores de más de 2000 pies de altitud tienen un verdadero clima continental, con una temperatura media de 15 o, reina en las costas, en el crudo invierno y en el caluroso verano, en la esplendida región adornada por naranjos y palmeras datileras, que circunda las mesetas, una temperatura media de 17°.
Citrus prospera en importante cultivo al aire libre sin protección allí, donde esa temperatura media anual de 16 o -17 o y la temperatura en invierno se mantiene sobre 9 o o 10 o » (PUIG-SAMPER y REBOK (2007), pp. 198-200).
32 El electrómetro fue perfeccionado en el siglo XVIII.
Humboldt incluye en la lista de instrumentos que llevaba en el viaje «dos electrómetros, el de Bennet y de Saussure, con oro laminado y bolitas de corcho, con conductores de cuatro pies de altura, para, según el método de Volta, concentrar la electricidad atmosférica por medio de una sustancia combustible que exhala humo» 33.
El principio era fácil: en un recipiente de cristal se encuentran las bolitas de pulpa de saúco móviles en dos pajas flotantes.
La fuerza de la repulsión se considera como la medida de la electricidad.
La propuesta de encerrar el electrómetro en un tubo de cristal procede de Tiberius Cavallo.
Nicolás Théodore de Saussure la mejoró utilizando bolas de pulpa de saúco en vez de bolas de corcho.
Abraham Bennet empleó dos cintas de pan de oro que se fijaban en paralelo y próximas una a la otra.
En las mayores alturas se podía medir con un conductor.
Volta aconsejó una variante que Bennet ya había propuesto para una mejor medición: «atraer» la electricidad atmosférica a través de una mecha encendida de azufre u otro elemento.
Después también se utilizó como método de observación el humo de yescas ardiendo, y este debió ser, evidentemente, el método que Humboldt empleó en La Coruña.
En su viaje posterior realizó mediciones con diferentes métodos, por lo que, en cada caso, anotaba en el diario: «electrómetro de Volta», armé de fumée, o también non armé de fumée.
En un capítulo de la Relation historique, redactado alrededor de 1818 y dedicado al clima de los trópicos, resumía sus observaciones teóricas recogidas a lo largo de su viaje americano, donde menciona también las mediciones europeas en la comparación de datos.
Para citar un ejemplo escribe que la electricidad del aire asciende «tres veces más de lo que yo solía observar en Europa con el mismo instrumento y con tiempo despejado» 34.
En la descripción del itinerario predominan considerablemente los apuntes de rasgo geognóstico, como la especificación de la clase de roca y la dirección del desplazamiento y del buzamiento.
Como ya se ha comentado reiteradas veces 35, la verificación de la homogeneidad en el buzamiento y en la dirección y el paralelismo de los estratos en los diferentes continentes eran el ---- principal objetivo de Humboldt al emprender el viaje científico.
Con ello proyectaba descubrir leyes sobre la construcción del cuerpo terráqueo, como le comunicó por carta a Karl Maria Ehrenbert, Barón von Moll el día anterior a la partida desde La Coruña: «Sigo trabajando como siempre sin interrupción en mi obra sobre la construcción del cuerpo terráqueo [...].
Ya he visto la mayor parte de Europa y me asombro cada vez más de la maravillosa sencillez de la construcción.
Se pueden observar de tres a cuatro estratos desde Moscú hasta Cádiz, desde Suecia hasta Akruim en el Egipto central.
Incluso he visto aparecer nuestra grauvaca en el Reino de León, igual que en el Harz, [...] debajo de los antiguas vetas calizas (piedra caliza o zechstein de los Alpes)»36.
Efectivamente, en el presente diario se encuentran descripciones de estratos de muchos lugares, la mayoría con los correspondientes datos de la dirección del desplazamiento, así como comparaciones con similares estratificaciones en regiones ya visitadas anteriormente.
El material reunido debía servir para hallar un parentesco en la formación de cordilleras, muy alejadas unas de otras, para de ahí deducir una ley general respecto a su génesis.
Humboldt explicó más exactamente esta idea en los apuntes geológicos originales de Sudamérica, que el 15 de noviembre de 1800 enviara a Delamétherie, editor del Journal de Physique, en donde este artículo apareció después.
En la introducción escribió que «en trazos gruesos» había descrito «la forja de la Tierra, la pendiente del país, la dirección y la inclinación de la formación montañosa, su edad relativa, su similitud con las formaciones en Europa» para iluminar mejor el conocimiento de «la formación de la Tierra [...].
Los fatigosos viajes que he realizado en Europa en los últimos ocho años tenían justamente este objetivo, y si tengo la dicha de regresar a Europa [...], confío en poder atreverme a dibujar un esbozo de la forja de la Tierra.
Tiempo habrá de demostrar lo que he mantenido durante tantos años: que la dirección y la inclinación, el desplazamiento y el buzamiento de las primitivas capas terrenas, el ángulo que se forma con el meridiano del lugar y con el eje terrestre, son independientes de la dirección y de la pendiente de las montañas, y que se rigen por leyes que evidencian un paralelismo general que sólo puede estar fundamentado en la gravitación y en la transformación espasmódica de la Tierra.
Quedará corroborada [...], que hay una identidad en los estratos de las formaciones, de lo cual se deberá deducir que los mismos depósitos se han originado en toda la superficie de la Tierra en el mismo periodo de tiempo» 37.
De ahí que se pueda confirmar el concep-----to, formado a partir de la similitud de la forma de los continentes, de que éstos fueron separados por la fuerza del agua 38.
Humboldt no llegó a publicar una obra sobre la construcción del cuerpo terrestre, posiblemente porque no pudo demostrar esta correspondencia con las observaciones efectuadas durante el viaje, si bien todavía expresó en su publicación de 1825 los datos recogidos en el diario sobre la dirección de los estratos, precisamente cuando se había distanciado de una ley general del paralelismo en el Essai géognostique 39, publicado en 1823.
No obstante, seguía interesado 40, como antes, en trazar analogías al presentar, en la publicación de 1825 (por ejemplo, las notas finales ii y xli del diario), la aceptación de paralelismos, ya constatados en el diario, en la disposición de los estratos entre España y la región anteriormente visitada.
Por el contrario, se echa en falta, en la publicación de 1825, una observación sobre la dirección significativa en España, en la Provenza y en Col de Balaguer (nota final xviii).
Entre tanto, Humboldt también había aceptado la teoría del levantamiento, sostenida por Leopold von Buch, como señalan dos notas 41 en la publicación de 1825 que, por otra parte, no se hallan en los contenidos casi idénticos del texto del diario, un ejemplo ilustrativo sobre el desarrollo de los principios teóricos de Humboldt entre 1799 y 1825.
Puesto que el presente diario de España es un manuscrito sobre el inicio de su viaje científico, ha sido interesante poder constatar que también éste se corresponde con las características del resto de sus diarios en el estilo típico de redacción como un work in progress.
Es decir, una combinación de la narración y descripción del viaje, sucesiones de medidas expresadas en tablas, primeras reflexiones conceptuales sobre problemas científicos y observaciones, posteriormente anotadas al margen, con las coordenadas geográficas corregidas por cálculos de medidas.
El texto completo reproduce lo mejor posible y de forma íntegra el correspondiente manuscrito.
Las lecturas inciertas aparecen entre paréntesis.
Se han conservado las peculiaridades del estilo de redacción de Humboldt.
Se indican por orden numérico los «saltos de página» del original.
Las «notas al final del texto» contienen los comentarios de la editora.
Aquí el lector puede encontrar los textos paralelos de la publicación, que Humboldt publicó en 1825 en el diario Hertha, citado de la traducción en PUIG-SAMPER y REBOK (2007).
En las «notas a pie de página» se encuentran los elementos críticos, a los que pertenecen:
-Las observaciones al margen del propio Humboldt.
Las referencias a pié de página están situadas en el texto, al que completan.
Las observaciones al margen que no podían agregarse de forma clara aparecen en forma de referencia a pié de página del diario.
-Tachaduras (la palabra anterior y posterior a la tachada se repite en la nota del pié de página), por ejemplo: Castilla la Vieja.
León1 1 Castilla la Vieja | Castilla la Nueva tachada | León H -Apéndices, por ejemplo: Días de verano 2 2 verano añadido por Humboldt -Se reproducen las variantes con (1) (2) Se han completado implícitamente en la trascripción al alemán los acentos, diéresis y demás signos de puntuación absolutamente necesarios para la comprensión del manuscrito.
Se han completado las abreviaturas de Humboldt con corchetes, por ejemplo mer
Enormes vergeles, incluso una hora después de haber dejado Valencia.
Poco después, arados en vez de labor manual, sembrados en vez de huertas i.
Gradualmente terrazas más desnudas y más pequeñas.
Finalmente, roca caliza sin arbolado // La misma formación que aparece en Tarragona, Oropesa, La Mancha y en el Reino de León y que se sitúa bajo el conglomerado de nagelflúo ii, como en Balaguer y en el Montserrat. // Por la mañana se ve el promontorio de Cullera a la izquierda.
Se eleva enérgico como las masas rocosas de Marsella Veine entre Toulon y Marsella, también con esa misma formación y similar configuración.
Alcudia, un pueblo en un emplazamiento precioso.
En las proximidades Schinus mollis 2, al aire libre, plantado en torno a un lugar de peregrinación iii.
Alginet 3 a 42 toesas iv sobre el mar ¡y a partir de ahora siempre sobre el mar!
Nos aproximamos a la sierra que se extiende de ---- Este a Oeste en la parte sur del Reino de Valencia v.
Cerca de ella, se desvía el río Júcar, de una anchura de 80 pies, por cuyo motivo se construye un puente enormemente valioso.
Sierra de Santa Ana, de caliza, hasta 54 toesas de altitud.
Después una formación de greda sobre aquella y, en ésta, un extenso estrato de yeso que supera las 3.000 toesas vi.
Yeso antiguo4, /2/ granuloso, foliado, infiltrado de greda, la misma que contiene sal gema en Villarrubio, en La Mancha vii, idéntica a la de Alande en Marsella y la de Aarau en Suiza.
Máxima altitud, 78 toesas, precisamente la altitud también de Venta del Col, en Sumacárcel.
En ésta, otra vez roca caliza.
El mismo yeso está al descubierto, incierto si sobre él por otra parte yacía piedra caliza.
La sierra de roca caliza siempre en ascenso.
Un valle cultivado entre dos sierras calcáreas, dentelleadas, pobladas de bosques viii.
700 toesas antes del mojón 53, la superficie se eleva en pendiente ascendente a 105 toesas de altitud.
El punto más alto de esta planicie es de 165 toesas (= 990 pies de altura), comprendido5 entre la sierra de Santa Ana y el puerto de Almansa.
La cadena de colinas se desarrolla junto al camino 4-5 horas, a lo largo de una altitud de 240 toesas ix.
Después del mojón 51 aparece un fenómeno muy notable.
La cadena de colinas de 4 horas se despliega siempre hacia la parte occidental.
Los estratos de piedra caliza se extienden 4,2 horas con 30 o de descenso hacia el sureste.
Aquí siguen cuatro hendiduras, una tras otra, que caen cortadas, en vertical, desde la colina.
La parte de roca que falta está desprendida y se encuentra en el fondo.
En los bancos que descienden a 60 -70 o se reconoce visiblemente el orden anterior x.
----/3/ Después un monte escarpado calcáreo, el Puerto de Almansa, cuya cumbre alcanza 300 toesas.
A partir de allí, una superficie, una meseta alta rodeada en todas direcciones de cadenas de peñascos.
Posiblemente un fondo marino, un zócalo antiguo en suave ascenso xi.
En el mojón 49 aparece a 332 toesas la Heide Erica vagans Erica mediterránea con algunos sembrados.
Cerca de la ciudad de Almansa, las ruinas del viejo castillo xii se erigen como una isla en la inmensa planicie a escasas 15 toesas sobre la roca.
Tras Almansa, el fondo marino, el zócalo encerrado en cierto modo por una preciosa pendiente delineada hacia el norte y que se precipita en vertical, de 4 horas, interrumpida como un dique en la parte oriental y la occidental.
La superficie calcárea de la meseta sigue siempre en ascenso hasta Bonete (480 toesas).
Ningún árbol; monotonía interminable.
En el mojón 42 se encuentra el punto más elevado de la altiplanicie (468 toesas) y la cadena de colinas de al lado, aproximadamente de 550 toesas (= 3.300 pies de altura).
Allí sobre la piedra caliza se extiende una formación de piedra arenisca no muy amplia, que parece ser distinta de la formación de conglomerados de nagelflúo.
La arenisca es muy similar al pórfido, muchos cantos rodados de cuarzo con cemento en forma de guijarros y dentro nódulos ferruginosos xiii color marrón.
A partir de ahí empieza a descender gradualmente la llanura.
Esta pendiente, detrás de la Venta del Rincón (432 toesas), es ciertamente la superficie más rica en cereales de La Mancha.
En Albacete (315 toesas), constante formación calcárea del Jurásico.
Tras Minaya, la formación calcárea se hace muy porosa, con burbujas, la misma transformación de roca caliza jurásica que aparece en Streitberg, en Franconia, cerca de Muggendorf xv.
El Pedernoso, en El Provencio (331 ----toesas) 7.
Muchas terrazas y en ellas gran cantidad de cantos con conchas fosilizadas en transición a calcedonia, muy bonitas, en parte con formas arracimadas y alargadas, arriñonadas, muy bonitas.
Después de juzgar muchos fragmentos, seguramente piedra caliza.
Similar a la formación de Vallecas en Madrid y a la de París, de piedra molar xvi.
Junto a El Toboso se encuentra piedra arenisca sobre roca caliza, muy cuarzosa, de grano fino, compuesta de granos de cuarzo muy redondos.
Son estratos como los que se ven en Aranjuez que alternan 8xvii con conglomerado de nagelflúo, de grano grueso como los de Montserrat y Marsella.
Aquí la arenisca que es muy espesa, 10 horas con 30 o septentrional, no parece muy extendida.
Piedra caliza en todo el norte de Murcia y en La Mancha, a 8 horas, con inclinación unas veces al norte otras al sur, con 8-9 o, es decir la misma extensión principal que en El Provencio y en Col de Balaguer xviii.
Allí yacimientos artificiales de salitre en montones cónicos.
El suelo arcilloso cubierto completamente por salitre.
Aquí las mismas proporciones que en Cujavien xix y Magdeburgo.
Una superficie fértil, rica en cereales y gran humedad en muchas hondonadas.
La misma causa que estimula el crecimiento de las plantas, mezcla de tierra que la atmósfera descompone fácilmente y que también produce salitre.
La mayor producción de salitre se da en Alcázar de San Juan en donde también hay molinos de pólvora a 4 leguas de Quintanar.
Media hora después de pasar por Ocaña se entra en el muy ancho valle del Tajo, excavado por un río enorme 9 del que sólo queda un cauce menor xxi.
En el valle se elevan un número de pequeñas colinas calcáreas, picos truncados de apenas 20 toesas de altitud similares a los de Jena, que se elevan erguidos xxii en el centro en forma de isla y de fortaleza.
En Aranjuez todas las colinas de yeso foliado, a menudo de 50 brazas de espesor, atravesadas intensamente con arcilla y separadas por estratos de roca caliza, es decir, filones diversos de yeso alrededor de los filones de cal.
Dentro, muchas cavidades xxiii.
Más arriba de las ruinas de 10 Orecas, se encuentra una ermita sobre el arco de yeso, en el que hay un filón de sal gema en la arcilla ----7 331 toesas añadido por H.
H. al margen: Los estratos toscamente granulados contienen más cal, los de grano fino solamente cantos de cuarzo.
La arenisca cuarzosa junto a El Toboso y Ocaña, debido a la proximidad del granito de Toledo, proporciona la arena de granito.
Corriente | una tachado | H. 10 de las ruinas de añadido por H. salina.
Las mismas condiciones que en Hallein.
La montaña de Villarrubio, quizás única en su especie, debido a la enorme abundancia de profundas grietas demasiado abiertas de 2 brazas y 2 pulgadas en las que la roca ha reventado 11xxiv.
Muy probablemente consecuencia de las precipitaciones que corroen la sal gema xxv.
La pasarela, muy peligrosa, puesto que a menudo construye puentes naturales de apenas 15 pulgadas de ancho sobre los precipicios /6/ y barrancos.
La mina de sal gema yace abandonada desde hace un año a pesar de que la nueva construcción costó mucho dinero porque se descubrió una mina de sal muy rica en la otra parte del Tajo, en la orilla derecha.
Yeso en la cal hasta Madrid.
En los valles se extiende conglomerado de nagelflúo de grano grueso y grano fino, calcáreo, aunque cerca de Toledo mas bien cuarzoso sobre roca caliza xxvi.
Probablemente este conglomerado de nagelflúo se extiende también sobre el yeso, como en Montmartre, pero todavía no es notorio y el yeso se encuentra extendido al descubierto por todas partes.
[Sandstein = arenisca, Kalk = roca caliza, Gips = yeso] Valdemoro rodeado de muchos olivos xxvii (283 toesas).
La colina calcárea que circunda el valle del Tajo en Aranjuez y que medí junto con el Sr. Thalacker tiene la misma altura en ambas partes, es decir, que está entallada.
La ciudad está en parte edificada sobre yeso.
Éste aflora en el Retiro.
Toda la greda alrededor de Madrid así como todas las terrazas son altamente salinas xxviii. /7/ ----
En enero de 1799 12 florecen en los alrededores de Valencia: Cistus manifolius y Cistus incanus.
Acerca de una observación sobre la suavidad del clima.
Olivos por todas partes y muy hermosos en La Mancha a 430 toesas de altitud.
En donde faltan nombres específicos de plantas, subsanamos con el libro xxix de Bonpland.
Comprobado muy exactamente con el cronómetro: a.
Con la velocidad de b o 4,5 pies en 1'' recorro con frecuencia, en un día, 14 leguas francesas, descansando sólo una vez cada hora.
Para medir bases grandes de 300 toesas con pasos es muy importante hallar la velocidad con la que se camina de forma uniforme.
Cada persona posee una idiosincrasia de su fuerza muscular según su velocidad y en ésta el error es muy pequeño. /8/ Clima En el Reino de Valencia el termómetro ya se encontraba, en enero, a 18 o a la sombra y durante varias semanas, desde 12° a 14 o y sin embargo todos los árboles y arbustos estaban tan deshojados como si estuviera en los 50°.
Inclu-----so los brotes no se habían desarrollado.
Sólo conservan las hojas los árboles que tienen un parénquima apergaminado (Citrus Laurus, Viburnum tinus Olea europaea Chamaerops humilis).
En Galicia, en los valles cálidos en donde el tronco del Laurus nobilis alcanza los 40 pies, los Fagus Castanea todavía no tenían hojas el día 26 de mayo.
El follaje de los árboles 13 se introduce en toda España apenas tres semanas antes que en Berlín.
Generalmente, todavía a mitad de mayo es cuando se presenta todo reverdecido.
¿Por qué, por ejemplo, en Valencia, los brotes de los chopos, los arces y las hayas no se desarrollan, cuando sin embargo el sol resplandece por espacio de varios meses?
¡Con qué rapidez un día cálido estimula la vegetación en el norte!
¿Le falta a la atmósfera hibernal algo que en la primavera despierte las plantas, como por ejemplo la gran carga eléctrica propia del ambiente primaveral?
O quizás, en el sur, las plantas crecen con tanta lentitud o son tan insensibles porque el calor es un estímulo habitual para ellas, porque la savia siempre está en ellas en actividad y porque la misma duración del día les brinda perpetuamente casi 14 el mismo estímulo solar.
En el norte el sueño hibernal almacena la irritabilidad de las plantas.
Está privado del calor del sol a lo largo de casi cuatro meses.
La luz de los días largos de verano 15 produce, después de las largas noches de invierno, la nieve, el aguanieve, que contiene mucho oxígeno disuelto. /9/ España.
Madrid, Castilla la Vieja. -León 16.
Galicia Muy buenas mediciones con el barómetro, con tiempo muy estable. ma de greda y de tapial como en los montes de Fichtelgebirge; no se sabe si son cantos, bolas o estratificación irregular) se extiende una superficie inmensa hasta Astorga xxxi.
En Villalpando, arenisca sobre roca caliza xxxii.
En La Nora se hace notorio el gneis de 3,2 horas con 80 o Noroeste xxxiii.
En Astorga, gneis de 4 horas suroeste.
El Puerto de Manzanal, una sierra de cinco leguas de longitud, muy romántica, de grauvaca xxxiv y de pizarra grauvacosa de grano fino, finalmente muy fino, es bastante antigua y tiene un aroma a piedra diabasa (afinidad con la arenisca y la diabasa) e inclusiones esféricas con una regularidad de 3-4 horas con 40° y 70 o noroeste xxxv.
En Villafranca, antiguo esquisto arcilloso debajo y hacia fuera, generalmente de 8-9 horas, unas veces al norte otras al sur.
Después de Trabadelos se convierte en esquisto micáceo xxxvi.
En la profundidad, 4 horas norte con bastante regularidad.
Formación en valle como en Lauenstein.
Mucha hematita en simas y yacimientos de cuarzo xxxvii.
En la Venta del Pagador de Castro, esquisto micáceo de 3,4 horas con 70 o norte.
Contiene muchos depósitos de roca caliza azul, de factura más compacta que granulada (Col de Balme) de 9 horas en vertical xxxviii.
Antes de Los Nogales hay un gran fragmento de esta roca calcárea con muchas incrustaciones de octaedros de calcita y cristal de cuarzo.
Se dirige cada vez más hacia las 11 horas en vertical 19xxxix.
Esquisto micáceo. /10/ Después en Sobrado, extensión de 12 horas, no contiene granates sino muchísimos pequeños cubos de pirita de hierro xl.
Tras Sobrado, granate con feldespato grande cristalino.
Dentro de un yacimiento inclusiones esféricas de 4-5 brazas, como en Seiffen, con 4 o 6 fragmentos claramente separados xli.
Después gneis de 3,5 horas, norte.
Después esquisto micáceo de 4 horas sur 85 o.
En Lugo y Baamonde, gneis y esquisto micáceo con exacta intermitencia de 4 horas norte.
Después una gran altiplanicie de granito y el granito estratificado, 2 horas xlii.
En Guitiriz, granito con esquisto micáceo de dos clases, negro y plateado, de 3 horas, solamente en valles, unas veces hacia el sur otras hacia el norte xliii.
Después, el día 28 de mayo, tormenta en La Coruña.
Electrómetro sin yesca xliv, de 2 pulgadas negativo.
Comprobado el aire en el Fucus serratus 20, mantuvo 0,32 de oxígeno.
---- ii «Más hacia el sur, roca caliza desnuda, aparentemente la misma formación que reconocí junto a Tarragona, Oropesa y La Mancha y que en el Col de Balaguer está cubierta por nagelflúo» (PUIG-SAMPER y REBOK (2007), p.
189). agelflúo ( agelfluh) = conglomerado diluvial de cantos rodados de caliza y otras rocas, presentes como cabezas de clavos en la superficie superior de peñascos.
Esta roca suele utilizarse como piedra de mampostería y, cuando está tallada, como revestimiento de fachadas y paredes. vi «Río Júcar; luego Sierra de S. Ana [...], piedra caliza cubierta por una formación de greda y en ella sobresale un poderoso estrato de yeso» (PUIG-SAMPER y REBOK (2007), p.
vii «Este yeso (que se extiende irregularmente hor.
9,5 y cayendo hacia mediodía 48 o ) granuloso-foliado mezclado con arcilla, muy parecido al que, en Villarrubio y en La Mancha, contiene sal gema» (PUIG-SAMPER y REBOK (2007), p.
viii «El camino asciende suavemente hacia la meseta interior de España.
El estrato de yeso aparece particularmente meteorizado, especialmente allí donde está en contacto con piedra caliza, o quizá lo atraviesa.
Un valle cultivado entre dos sierras calcáreas y cubiertas de bosques» (PUIG-SAMPER y REBOK (2007), p.189). xii «Junto a la ciudad de Almansa, un peñasco calcáreo aislado de apenas 80 pies de altura, cubierto por las ruinas de un antiguo castillo» (PUIG-SAMPER y REBOK (2007), p.
xiii «Otra vez sobre la caliza una pequeña formación de arenisca con cantos rodados de cuarzo, nódulos ferruginosos color marrón y cementos silíceos, probablemente muy diferentes de la formación costera de nagelflúo» (PUIG-SAMPER y REBOK (2007), p.
xiv «Llanuras cerealistas y desarboladas de la provincia de La Mancha, Albacete [...], La Roda [...], Minaya [...]»
xv «Aquí la formación calzárea se hace muy porosa, casi como con burbujas, parecida a las calizas del Jura, entre Streitberg y Muggendorf en Franconia» (PUIG-SAMPER y REBOK (2007), p.
xvi «Muchos vetas de roca córnea conchiforme, en transición a la calcedonia, a menudo racemosas, en barras arriñonadas, dispersas en la matriz, probablemente de la formación calcárea, yacimiento análogo al de Vallecas, junto a Madrid» (PUIG-SAMPER y REBOK (2007), p.
xvii «Alrededor de Toboso, cuyo nombre ha difundido Cervantes amplia y gloriosamente, se encuentra de nuevo sobre las calizas una formación de arenisca, por lo regular de grano fino, en su mayor parte, compuesto de granos redondos de cuarzo, pero alternando, aquí y allí, con estratos de granos toscos de nagelflúo» (PUIG-SAMPER y REBOK (2007), p.
xviii «Esta arenisca no parece estar muy extendida y, a causa de la proximidad del granito de Toledo, crecen considerablemente hacia Ocaña los grandes vetas de cuarzo.
Los estratos se extienden aquí, como las calizas, por toda la meseta hor.
xix «Alrededor yacimientos artificiales de salitre, montones cónicos de arcilla que, cuando la atmósfera está electrizada, aquí después de una tormenta (como en Cuyavien en Hungría), se cubren de salitre» (PUIG-SAMPER y REBOK (2007), pp. 25-190).
xx HUMBOLDT (1799b), véase también la Introducción.
xxi «Media hora después de Ocaña se entra en el amplio valle del Tajo, que en otros tiempos fue excavado por una immensa corriente, de la que sólo queda un diminuto cauce» (PUIG-SAMPER y REBOK (2007), p.
xxii «En el valle mismo, unas pequeñas colinas calizas de apenas 20 toesas de altura, que se elevan erguidas a modo de islas o fortalezas, cautivan la mirada y ofrecen por todas partes estratos caídos» (PUIG-SAMPER y REBOK (2007), p.
xxiii «Todas las colinas de alrededor de yeso folioso mezclado con arcilla, frecuentamente de 50 brazas (Lachter) de espesor, separadas por estratos calizos.
Muchas cavidades (Schlotten) en el yeso» (PUIG-SAMPER y REBOK (2007), p.
xxv «Esta curiosa formación del yeso de Aranjuez contiene sal gema, junto a Villarrubio, en un valle que he visitado desde Madrid» (PUIG-SAMPER y REBOK (2007), p.
xxvi «En el valle, sobre las calizas, se ha extendido la fomación nagelflúo, bien de grano basto, bien de grano fino y a menudo calcáreo» (PUIG-SAMPER y REBOK (2007), p.
xxvii «Valdemoro, rodeado de hermosos olivos» (PUIG-SAMPER y REBOK (2007), p.
xxviii «Madrid en parte (en el Retiro) edificado sobre yeso, que, como toda la arcilla de alrededor, tiene algo de sal común» (PUIG-SAMPER y REBOK (2007), p.
xxix Journal botanique, véase la Introducción. xxxii «Villalpando [...], aquí una formación de arenisca sobre caliza blanca» (PUIG-SAMPER y REBOK (2007), p.
xxxiii «Cerca de Zamora aparece otra vez gneis, extendiéndose hor.
xxxiv Grauvaca (al. Grauwake)= Antiguo término minero germano procedente de graw (gris) y wake (alterado).
Piedra arenisca fuertemente compacta de color oscuro, gris o rojizo, impermeable y resistente al fuego.
Se trata de una roca detrítica cuyo origen es la descomposición del granito.
Tiene mica, feldespato y cuarzo.
Su textura es arenosa.
xxxv «Puerto Manzanal [...].
Unas montañas de 5 millas de longitud con románticas quebradas, formadas por grauvaca y especialmente por grauvacas-pizarras de grano muy fino, con extensión hor.
En esta formación intermedia aparecen inclusiones esféricas, mezcladas en el interior con hornblenda, en transición a diorita» (PUIG-SAMPER y REBOK (2007), p.
xxxvi «En el valle se extraen pizarras arcillosas (hor.
8-9, inclinadas bien al NE, bien al NO) pasando después de Trabadelo a pizarras micáceas» (PUIG-SAMPER y REBOK (2007), p.
xxxvii «Ahí vuelve a ser de nuevo el espesor, como se observó casi en general en esta parte de España, hor.
Mucha mica en simas y yacimientos de cuarzo» (PUIG-SAMPER y REBOK (2007), p.
xxxviii «Esta venta se encuentra situada en la vertiente sur de una montaña micáceas, cuya pico más alto, al que subí, alcanzaba 580 toesas de elevación.
Aquí se llega a un punto, en el que se reconoce de nuevo, lo difícil que es con frecuencia marcar una frontera entre rocas primarias y secundarias.
Este pizarra micácea, que pudiera ser considerada como primaria, contiene leves yacimientos de caliza azul, en general de fractura compacta, raramente en transición a granuloso con vestigios de trilobites» (PUIG-SAMPER y REBOK (2007), p.
xxxix «Hacia el sur de este lugar se hace la montaña caliza sumamente alveolar, y como cristalizada, quizá roca dolomítica, enseguida encima otra vez pizarras micáceas, pero con una extensión muy variable hor.
193). xli «Entre Sobrado y Lugo [...] aflora de las pizarras micáceas el granito de grano grueso, en el que observé bolas enormes con fragmentos separados a modo de cáscara.
El granito de las bolas es de grano más fino que el de la matriz, pero muy parecido a éste.
Este fenómeno geognóstico me recordó vivamente uno muy parecido entre Seiffen y Wunsiedel en el Fichtelgebirge».
«Enérgicamente asomó en mi alma al recordar que hacía poco tiempo que lo acababa de ver por primera vez cuando estuve en prácticas, en calidad de minero en el territorio de Bayreuth» (HUMBOLDT (1869), p.
30; falta en PUIG-SAMPER y REBOK).
xlii «Desde aquí hasta el límite noroeste del granito aparecen primero gneis, después pizarras micáceas, y pronto junto a Lugo [...] y Baamonde [...] gneis alternándose con pizarras micáceas; todos discurriendo con gran regularidad, como la alineación montañosa misma, de SO a NE» PUIG-SAMPER y REBOK (2007), p.
xliii «Todo el declive entre Betanzos y La Coruña es otra vez una auténtica meseta de granito con mica de dos clases, marrón y plateada.
Aquí y allá se encuentra el granito granuloso, claramente estratificado (sin tránsito a gneis), formando franjas hor.
2; sólamente en los valles más profundos aflora algo de pizarra micácea» (PUIG-SAMPER y REBOK (2007), p.
Para el método voltaico se utilizó humo en la aplicación del electrómetro, véase la Introducción.
El error es ciertamente muy pequeño cuando se calcula un lugar tras otro como el viaje de París a Marsella, y como enseñan las comparaciones con las mediciones de Deluc y Shuckburg.
Aunque todavía estoy esperando cálculos barométricos desde Madrid. |
Este reclamo legítimo tendría por lo menos la ventaja de que Faulkner y todos los grandes escritores del sur de los Estados Unidos entrarían a formar parte de la congregación del realismo mágico»3.
Pero además de la unidad cultural, terribles guerras, desastres climatológicos y graves enfermedades han unido por siglos esta vasta área.
En especial la malaria, antaño conocida como fiebres tercianas, que desde el inicio más remoto de las poblaciones humanas hasta la actualidad ha aquejado al planeta.
No es extraño que personajes de primera magnitud en la historia de la literatura y del arte atribuyan muchos de sus males a esa enfermedad: desde Sancho Panza, en el Quijote cervantino, al Leporello del Don Giovanni mozartiano, cuando tiemblan de miedo atribuyen sus escalofríos a las tercianas.
Las páginas autobiográficas de García Márquez, de la misma manera, están atravesadas por dicha enfermedad.
No extrañará tampoco el gran interés que los historiadores de la medicina han mostrado por la historia de dos azotes mayores de la humanidad, jinetes del Apocalipsis como son llamados: la enfermedad y la guerra.
Enfermedad y guerra han ocupado a lo largo de los siglos a los médicos y a los historiadores que han ido dando cuenta, recogiendo el recuerdo, de sus triunfos y fracasos.
La historia de la medicina moderna nace muy precozmente, en la medida en que los antiguos autores siguieron siendo considerados clásicos, y dados a leer, por mucho tiempo.
A diferencia de otras ciencias, en las que sus sabios y saberes se abandonan, en la mesa de cabecera de nuestros abuelos se encontrarían todavía los trataditos hipocráticos, y en nuestras propias consultas o despachos está presente el eterno juramento.
Dirigiéndose siempre a los profesionales de la sanidad, los actuales historiadores de la medicina tienen hoy interés por insertar sus estudios e indagaciones en el espacio amplio de la historia general y en el marco de las ciencias sociales.
Las opiniones que Henry Sigerist difundiera en su día desde la prestigiosa universidad Johns Hopkins, sobre la necesidad de tener en cuenta tanto los aspectos médicos como los sociales al escribir historia, influyeron grandemente en las generaciones sucesivas, y por no dar más datos al respecto, baste con recordar las conversaciones que en los años treinta del siglo XX tuvo con el eminente bacteriólogo, parasitólogo e inmunólogo Hans Zinsser.
De ahí surgiría a mitad de la década un libro de éxito, muy influyente: Rats, Lice and History.
Es este libro un pequeño volumen que siempre he admirado, que podríamos describir como muy anglosajón en su capacidad de seducción, pero europeo en su afán por unir saberes históricos y biomédicos: «In following infectious diseases about the world», dice el autor en las primeras páginas, «one ends by regarding them as biological individuals which have lived through centuries, spanning many generations of men and having existences which, in their developments and wanderings, can be treated biographicaly» 4.
Aporta como principal novedad el incorporar al quehacer del historiador los hallazgos científicos que en los inicios del siglo XX revolucionaron el estudio de la enfermedad y de sus adaptaciones al medio, pensando que el llamar la atención sobre los «seats of biological warfare» y el pedir que se acudiera «into the laboratory», serviría como enseñanza a historiadores y sociólogos -también a los médicos-acerca de la importancia de estudiar las grandes calamidades y las condiciones en que se pueden producir.
La lucha por la vida que Darwin describía, las peleas que Heráclito sitúa en la naturaleza, se analizaban ahora en los tubos de ensayo.
También el público en general, pensaba, advertiría la gravedad de las grandes revoluciones que ha sufrido, o las conquistas que ha logrado, el mundo vivo.
Agradece a obras positivistas, como las ----de Haeser y Hirsch, el haber abierto camino, pero está señalando uno nuevo, que permita salir de la excesiva especialización americana, tal como según él hacen los europeos.
Los consejos de Sigerist irían sin duda por ese sendero.
Su apelación a detenerse en el universo de las biografías nos trae avance de otras tensiones, como algunas de las que hoy estamos viviendo cuando se enfoca unas veces con admiración y otras con recelo los éxitos de ventas del subgénero.
Podría quizá llamar la atención la apelación al individuo y al papel del yo en un científico de laboratorio, pero todo halla su explicación en el marco del valor ejemplar atribuido desde el mundo clásico a la biografía del sabio y en las culturas de las que este autor aprende.
Recuerda que Carlyle hablaba de su dificultad, pero él sabe que al escribir está inmerso en la era de las biografías, y lo mismo que sucede con Stephan Zweig el relato de la vida real sustituye a la novela ficticia.
Los criterios morales usados desde Plutarco a Eckermann, pasando por Boswell, parecen ser sin embargo sustituidos por las ciencias 5.
De forma certera y aguda, apunta Zinsser el nuevo papel desempeñado por el psicoanálisis y la endocrinología, mientras que él mismo nos introduce en un campo sin precedentes, el de la bacteriología y la inmunología: «Nature seems to have intended that her creatures feed upon one another».
Enseña así al gran público las novedades sobre parasitismo, la evolución y adaptación de los parásitos, y las apariciones y desapariciones de las enfermedades, siguiendo con una historia de la epidemiología desde los tiempos clásicos y las viejas pestes, para darle más peso al tifus exantemático.
Desea evidenciar la influencia de estas grandes enfermedades en la historia política y militar 6.
Marañón desarrollaría en sus estudios sobre Tiberio, Enrique IV o el Conde Duque de Olivares el influjo de la endocrinología y la psicología sobre la biografía del momento.
Un hematólogo de Sevilla, Díaz de Yraola, tras conversaciones con Marañón, se ocupó de forma magistral de biografiar la expedición de Balmis, yendo y viniendo entre el Archivo de Indias y el laboratorio y sus libros científicos 7.
Pocos años después Sir Macfarlane Burnet sigue las mismas orientaciones que Zinsser, desde laboratorios lejanos, en su Historia de las enfermedades infecciosas 8.
Ese «punto de vista ecológico» del que vamos a hablar aquí está ya presente en sus primeras páginas, preocupado de la interacción de los organismos vivos con otros y con el medio ambiente, de la ecología microbiana origen de la epidemiología, del crecimiento y equilibrio de las poblaciones de las especies, y sin dejar de subrayar la importancia del tamaño de aquéllas, en relación con la alimentación y los enemigos (predadores y parásitos).
Como ejemplo, el distinto comportamiento de la cochinilla australiana en las naranjas californianas, o la diversa función de las ciudades...
Luego irá desgranando los temas principales, infección e inmunidad, edad, agresores y su nocividad (bacterias, protozoos, virus), propagación de las enfermedades, etc. Además nos presenta diversas epidemias y endemias y su progresivo control por medio de la higiene y los medicamentos.
De forma principal se ocupa del ----5 MIQUEO, C. y BALLESTER, R. (coords.) (2005), Biografías médicas, una reflexión historiográfica, Asclepio, 57 (1), pp. 3-188.
Se editó en la Escuela de Estudios Hispano-Americanos de Sevilla en 1948 con prólogo de Gregorio Marañón, ahora en el Instituto de Historia de Madrid.
(1967), Historia de las enfermedades infecciosas, traducido de la tercera edición por María Soledad García, Madrid, Alianza Editorial S. A. Su primera gestación no debe ser muy posterior a la del libro de Zinsser, pues en 1962 habla de 25 años atrás. paludismo y la fiebre amarilla, pero también de la difteria, la peste, la gripe, la tuberculosis o el cólera.
La era actual vive tanto la prevención de antiguas enfermedades como la unificación de las patologías por causa de los frecuentes viajes.
Las guerras, en fin, las armas biológicas o la guerra fría, le llevan a ofrecer unas lúcidas consideraciones finales llenas de preocupación y de advertencias.
Muchas de las historias de la enfermedad escritas en el siglo XX son tributarias de las positivistas e ingenuas del siglo XIX alemán, obviamente.
Pero se les añade alguna de las importantes novedades de la moderna biología, que une a la bacteriología la parasitología, la inmunología y la hematología.
Al tiempo, los médicos comprenden que su acción era no sólo científico-técnica, sino también histórica y social: Sigerist califica a la medicina de ciencia social porque sus fines tienen este carácter, al adaptar al hombre a su medio, como un miembro útil a la sociedad -y a la naturaleza también, podemos añadirle hoy-.
Participan en ella médico y paciente, cuerpo sanitario y sociedad, y por tanto analizar las relaciones entre los dos ámbitos es el fin de la historia de la medicina.
Que no será ya solo el estudio de la ciencia, las instituciones y las características propias de la medicina, sino también la historia de los pacientes y sus enfermedades en sociedad.
La historia de la disciplina o la materia se convierte así en historia social, lo que también permite encarar los problemas sociales de la medicina en el día de hoy9.
Pero, al mismo tiempo, el hecho de considerar las enfermedades como un componente esencial de la naturaleza nos obliga a repensar su papel.
Esa nueva historia de la medicina suponía un reto que también se aceptó pronto desde las ciencias sociales10, donde la historia de la demografía o la historia de la salud pública iban destacando como campos comprometidos con el bienestar tanto como con la renovación metodológica e institucional.
La historiografía francesa se hizo eco de estas novedades, patentes por ejemplo en los Annales de 1969, y extendiéndose su influencia hasta época muy reciente, como muestran los Annales de Démographie Historique de 1997.
En breve, tanto desde la historia social como desde la historia de la medicina, desde J. Meuvret y P. Goubert pasando por E. Le Roy Ladurie, J.N. Biraben y M.D. Grmek, la historiografía vecina se ha interesado por el sufrimiento de los seres humanos, y por tanto por la historia de la enfermedad y la muerte.
El libro de Carrière, Courdurié y Rebuffat, de 1968, Marseille ville morte (sobre la peste de 1720) fue una obra de extendido impacto.
A fines de los años 90, en las páginas de Dynamis, un artículo de Patrice Bourdelais hará nuevo hincapié en el interés de estudiar la dinámica de las enfermedades en la historia, las causas de muerte en los entornos urbanos que la modernidad impone11.
La historia de la salud pública ha albergado esos loci amenos que todos nosotros hemos manejado, como las obras de Jean-Noël Biraben: Les hommes et la peste (1975) En el profundo cambio del punto de vista sobre esa relación entre lo biológico y lo social, el desarrollo de la salud pública -que hace hincapié en la prevención de la enfermedad-, tendrá una ----enorme importancia.
En el siglo XIX había nacido la higiene pública de gran alcance (a cargo del Estado), pues la lucha contra la enfermedad había sido hasta entonces eclesiástica o municipal, improvisada las más de las veces y coyuntural, dirigida contra enfermedades procedentes del exterior.
La iglesia o los ayuntamientos protegían las ciudades o los puertos de las terribles epidemias que amenazaban la salud de los vasallos.
Pero esa batalla se va haciendo permanente a escala nacional e internacional, se combate también contra las enfermedades endémicas y sociogénicas -no solo contra las grandes epidemias-, insistiendo en la prevención.
Un sistema estable de prevención de la enfermedad, al que contribuye sustancialmente el temor a las luchas sociales, pero al que también ayuda la filantropía, se pone en pie a cargo de los gobiernos y las instituciones internacionales.
Se combaten no solo las enfermedades epidémicas llegadas del exterior, sino también las propias del lugar, las crónicas y aquellas de etiología no infecciosa.
Han cambiado entre tanto las opiniones y enfoques sobre las causas de la enfermedad, oscilando entre buscarlas en el individuo o en el medio, teniendo en cuenta que el medio social y natural en que los seres humanos evolucionan es muy complejo y ha ido acomodándose a los cambios impuestos por el hombre.
La evolución del ser humano es sociocultural, no simplemente biológica, como argumenta M. Wartofsky 12. * * * En 1976 apareció la edición en lengua inglesa, y en 1984 la española, del libro de William H.
McNeill titulado Plagas y pueblos 13.
En su introducción puede leerse que, veinte años atrás, andaba él preguntándose por las razones de la victoria relámpago de los españoles en México y Perú: el que Hernán Cortés fuera considerado como un dios, el miedo ante el poder de sus caballos y armas, o las posibles alianzas que consiguieran, no justificaban a su modo de ver un derrumbe tan brutal de los imperios, primero el azteca y luego el inca.
Ni tampoco el total abandono de las propias religiones y culturas por parte de los indígenas.
Podría objetarse que la brutalidad de la administración española, la ira de los conquistadores y predicadores arrasaron a las personas, los textos y sus restos (así revive aquello ahora También la lluvia, de Icíar Bollaín).
Pero McNeill aduce que aquella «Noche triste» en que abandonan la ciudad los españoles se vio acompañada de una violenta epidemia de viruela que se cebaría en los indígenas y, en cambio, respetaba a los conquistadores.
Ambos contendientes habrían considerado aquella plaga un castigo por el enojo divino.
Enfado que favorecería a los blancos por su inmunidad, precipitando el fin de los dioses paganos y dando comienzo a la oleada de conversiones.
El contacto de dos poblaciones, la una inmunizada y portadora, la otra virgen y diezmada, explicaría aquellos acontecimientos, que recuerdan la salvación terráquea de la invasión alienígena que desarrollaría la adaptación radiofónica por Orson Welles de La guerra de los mundos de H.G. Wells en 1938.
(En la ficción, sin embargo, son los menos tecnificados -los ingleses o americanos invadidos-los portadores de peligrosos agentes microbianos y quienes sobreviven).
McNeill subraya el impacto terrible de algunas enfermedades, como la peste negra o el cólera, en su relación con las guerras.
Cita varias veces a Hans Zinsser, a quien concede mérito limitado, sin embargo, por lo que considera su descuido de la repercusión de la enfermedad en la historia.
No creo, por mi parte, esa condena ni acertada ni justa, porque el mismo McNeill hace repetidas (y necesarias) citas de su predecesor que muestran lo contrario: que precisamente había querido aquél ---- inscribir la enfermedad en el seno de la historia social.
Crosby presenta de forma brillante los intercambios trasatlánticos de plantas, animales y, claro está, enfermedades.
La sífilis y la viruela ocupan una posición destacada, además de la malaria o el cólera morbo.
W. McNeill presenta después algunas ideas científicas, siguiendo también la senda iniciada por Zinsser y, esta vez menos transitada, Crosby.
Ante todo, una amplia visión del parasitismo (micro y macroparasitismo), reparando en el hombre como cazador y ladrón de cosechas, incluso bajo forma de sacerdotes o reyes opresores, siendo la búsqueda de la alimentación lo esencial.
Más tarde se refiere a la flora intestinal y su papel en la digestión.
Siguiente paso en este camino es el de los modelos de equilibrio, que dependen del nivel de organización, desde el celular al social.
Planteado en fisiología y patología desde Alcmeón de Crotona e Hipócrates, que ven en él la fuente de la salud y en su carencia el origen de la enfermedad, el equilibrio -como la multicausalidad-están presentes en la medicina clásica.
Recuerdo la propuesta que Pedro Laín Entralgo me hizo, hace muchos años, de estudiar la tradición histórica de la causalidad galénica.
Porque encontrar causas de enfermedad en el individuo, la sociedad y el medio es una herencia de muchos siglos de antigüedad 15.
Es posible, por tanto, retrotraerse a Hipócrates y a su escrito Sobre los aires, aguas y lugares para marcar el inicio de esa integración del individuo en la sociedad y en el medio, una relación que se inicia con las sex res non naturales hipocráticas (que Galeno canoniza), y que se estudia de forma científica cuando la higiene privada se amplíe por fin a la higiene pública 16.
Para entender la historia del enfermar humano, McNeill insiste en integrar tanto la evolución del cuerpo biológico y de los sistemas simbólicos -volvamos a los comentarios de Wartofsky-, como los cambios en el comportamiento de las enfermedades, esas biografías a que se refería Zinsser.
El concepto de enfermedad es así producto social e histórico.
Se considera a alguien enfermo cuando los trastornos corporales -y los mentales, se puede añadir-no admiten realizar las tareas previstas como necesarias por la sociedad 17.
Hay santos en la historia del cristianismo que serían tratados como locos en nuestros días 18 y trastornos de la vista y el oído que hoy permiten una vida normal y que serían enfermedades del todo invalidantes en tiempos de los primitivos cazadores...
Pero el cambio biológico de la enfermedad se produciría por la inmunidad del hombre, ya fuera heredada o adquirida, y por la adaptación al medio del organismo infeccioso, la cual varía (pues ---- 16 PESET, J.L. y PESET, M. ( 1978), Epidemias y sociedad en la España del fin del Antiguo Régimen, Estudios de Historia Social, 4, pp. 7-28.
18 Así la figura de san Juan de Dios, PESET, J.L. ( 2010), Las melancolías de Sancho.
Humores y pasiones entre Huarte y Pinel, Madrid, AEN. éste no puede ser siempre mortal, porque destruiría la población, ni ser por entero rechazado debido a una inmunidad total).
Ilustra el primer aspecto con el caso de Cortés y sus soldados, inmunes y portadores, a diferencia de los indígenas, sobre todo los jóvenes adultos.
El segundo le merecerá un repaso histórico por algunas de las principales enfermedades.
Primero, aquéllas que necesitan un huésped intermediario, como la malaria, la peste, el tifus exantemático, la enfermedad del sueño...
Luego, las que pasan de hombre a hombre, como la tuberculosis, la gripe, las paperas o las patologías infantiles (sarampión, viruela, varicela, tos ferina).
Nos habla, en fin, de ese «ruido de fondo» que son las enfermedades crónicas, las mentales, y también la vejez 19.
Hoy se ven éstas acrecentadas por el incremento de la longevidad, pero ya eran señaladas por los antiguos, pues desde Hipócrates hasta Sydenham se distinguen las agudas de las crónicas.
En su amplio recorrido por la historia de la humanidad -y de su enfermar-periodiza una serie de etapas: el hombre como cazador, el paso hacia la historia, la confluencia de focos civilizados de enfermedad en Eurasia (500 aC-1200 dC), el imperio mogol y la ruptura del equilibrio de la enfermedad (1200-1500), el intercambio transoceánico (1500-1700) y, finalmente, la etapa de impacto biológico de la ciencia y la medicina.
Nos interesa ahora fundamentalmente el período que sigue al descubrimiento de América y las grandes invasiones de aquellas tierras por animales, plantas y enfermedades ajenas.
De allá llegaron plantas alimenticias, pero también la filoxera y se supone que la sífilis, un tema en que insiste Crosby.
Había allí gusanos y protozoos intestinales, hambrunas y malas cosechas semejantes, nos dice, a sumerios y egipcios.
Habían llegado las poblaciones a un límite peligroso de su tamaño, con un severo desgaste ecológico (erosión en México, salinización en Perú, escasez en la caza y en los animales domésticos), pero contaban con alimentos ricos en calorías, como el maíz (que maduraba en una solución calcárea que permite sintetizar ácido nicotínico), los frijoles y la patata.
Sus animales, además, no presentaban infecciones por tratarse de grupos pequeños y dispersos.
Llegaría el desastre con europeos y africanos -éstos mismos cruelmente sacrificados también-, de modo que en ciento veinte años bajaría un 90% la población, perdiéndose culturas y lenguas, agotándose la mano de obra y hundiéndose las economías.
Como en la Roma clásica, nos dice, los dominados quedaron sometidos al durísimo trabajo obligatorio y la ruralización, siendo terrible en América la desmoralización de las poblaciones autóctonas -el cristianismo no sería un consuelo como en Roma-, que renunciarían masivamente a la vida por medio del abandono y sacrificio de los niños y los muchos suicidios.
Más tarde llegarán el sarampión, el tifus exantemático, la gripe, la difteria, las paperas, etc. El mal recorre América.
Pero como sucede en todo el libro, cuadros tan gigantescos como los que pinta el autor, con trazos de brocha demasiado rápidos e imprecisos, harán fruncir el ceño a los demógrafos y, desde luego, dejarán insatisfechos a los historiadores más empíricos y minuciosos.
De gran importancia la malaria y la fiebre amarilla, que se suponen africanas, responde negativamente a la pregunta de si existía ya antes en América la malaria.
La carencia de rasgos genéticos de tolerancia en los pobladores amerindios y los parásitos transmisores de malaria de los monos salvajes, semejantes a los del Viejo Mundo y sin la complejidad de los africanos, le llevan a esa conclusión.
No se encuentra tampoco en los relatos amazónicos antes de 1650.
Opina que sería llevada por enfermos crónicos y los mosquitos, o bien que se adaptaron al plasmodio los insectos locales.
En 1648 llegaría la fiebre amarilla a Yucatán y al puerto de La Habana, por adaptación doméstica del Aedes aegypti (que viajaría en los toneles de agua, soportando toda la travesía) que habría hallado la temperatura adecuada, afectando a los monos y los hombres y sufriendo tanto europeos como amerindios, que serían sustituidos por los esclavos negros, a su vez preparados para ----19 ARQUIOLA, E. (1995), La vejez a debate, Madrid, CSIC.
sufrir aquellas enfermedades pero no otras -como las gastrointestinales-, y padeciendo males como la reproducción dificultada y el exceso de varones.
Así, incansable y cruelmente, serán sustituidos por nuevos cargamentos, llegando su sufrimiento indecible y su alta tasa de mortalidad hasta el siglo XIX, a lo largo del cual irá disminuyendo por fin la esclavitud, acompañada del agotamiento físico de los suelos destinados a la caña de azúcar y su mayor grado de resistencia a la malaria.
En su estudio tiene gran importancia la «domesticación de enfermedades», el escenario europeo de una limitación y delimitación de enfermedades que aborda desde diversos puntos de vista, aproximadamente entre las fechas de 1300 y 1700.
Los siglos XVI y XVII contemplan una creciente homogeneidad en el control de enfermedades gracias a la inmunidad adquirida -con el constante azote de la peste, sin embargo, en su contra, y salvo en lo referido a los niños pequeños-, a diferencia de esas brutales plagas que llegan a América.
Nacen en Europa las grandes ciudades, con la llegada de los alimentos americanos, la moderna higiene, los cambios genéticos y la incidencia sobre la inmunidad que experimentan microbios y agentes transmisores.
Siempre establece el texto una estrecha relación entre clima, transporte y energía, agricultura, agua y alimentos, guerras, enfermedades e inmigraciones...
Es cierto que muchos de estos aspectos habían sido contemplados en el libro de Crosby, en especial las aportaciones mutuas de plantas y animales -de alimentos en suma-, entre el Nuevo Mundo y el Viejo.
Señalaba este autor la importancia que para los europeos tuvo enfrentarse a los contrastes hallados en la naturaleza americana, arrancando de ahí el final de la vigencia de la Historia Natural de Plinio, que ya no se correspondía con lo que habían encontrado allá.
El incremento en la población en Europa y Asia se relaciona así con la mejora alimentaria que llegará del Nuevo Mundo, además de con la estabilidad en el gobierno y la disminución de los conflictos bélicos -menos sangrientos además-, y con el avance en los transportes, la medicina y la higiene.
A enormes pinceladas, McNeill nos presenta a su vez el macroparasitismo, describe los imperios (del español al otomano, del británico al chino), las guerras y cañones, las burocracias e im-puestos...
Los cañones, junto a las nuevas administraciones burocráticas permitirán el incremento de la población a partir del siglo XVII.
Seguirá la viruela y llegará el cólera, o la sífilis, que se expande en las guerras en Italia y cuya procedencia americana es discutida, adoptando primero formas terribles y suavizando después su impacto y daño particular; socavará a las clases altas -incluidas las casas nobles y reales-, pero no impide el aumento demográfico.
Apareció también entonces (y desapareció) una extraña enfermedad, el llamado sudor inglés, que en los siglos XV y XVI afectó a las clases altas en Inglaterra y el continente, y a la que se atribuye el que no llegaran a encontrarse en Marburgo -no llegando de ese modo a un acuerdo-Lutero y Zwinglio.
El tifus (estudiado por Zinsser) afectaría, a su vez, a las tropas que llegarían de Chipre a España, o bien combatieron en las guerras italianas, siendo una enfermendad muy resistente, pues se mantuvo hasta la primera guerra mundial en ejércitos, asilos y cárceles, compañera de la pobreza y el penoso sobrevivir.
Napoleón vio sus tropas diezmadas por el tifus exantemático.
La malaria y la fiebre amarillar llena muchas páginas en todos estos libros.
McNeill recuerda el descubrimiento en 1650 de un remedio eficaz contra aquélla, la corteza del árbol de la quina, pero la dificultad en reconocerlo y la adulteración comercial llevarán a la desconfianza.
Hay sin embargo una larga historia de la quina en los dominios españoles -que fue de primera importanciaque aquí es olvidada 20.
Algún recelo curioso, ligado a la desconfianza de los protestantes hacia el ----. aturaleza y Arte en el uevo Reyno de Granada, Madrid, AECID, CSIC. polvo comercializado por la compañía de Jesús, hizo que por ejemplo Oliverio Cromwell, temiendo una conspiración papista, se negara a aliviar sus males con aquel preparado.
Cambiarían las cosas cuando las plantaciones de los holandeses en Java, desde 1854, dieran pie a la expansión africana, hasta que al ser conquistada Java por los japoneses en la II Guerra mundial, se tratara de buscar sintéticos como la atebrina.
Se procuró también el control del mosquito a partir de 1920, y se han buscado vacunas hasta nuestros días.
La fiebre amarilla era más letal y, entre otros efectos, se recuerda que amenazaba la expansión estadounidense en el Caribe.
Algo que solo se resolverá tras la guerra de Cuba a finales del siglo XIX, cuando las conclusiones de Walter Reed sobre la fiebre amarilla -es preciso mencionar antes aquí al cubano Carlos Finlay-se sumen al control del mosquito por el ejército, desde 1901, atacando la puesta de huevos.
Los franceses -por causa de la malaria y la fiebre amarilla-habían fracasado en la construcción del canal de Panamá entre 1881-1888, pero ello haría aumentar el interés de los Estados Unidos en la empresa, de modo que en 1904 se estableció legalmente la zona del canal, que quedó abierto en 1914.
A partir de entonces, la fundación Rockefeller emprenderá campañas contra la fiebre amarilla (1915) y la malaria (1920).
Se consiguió avanzar también en España y Grecia, y tras la segunda guerra mundial insecticidas como el DDT controlarían los mosquitos en muchos lugares 21.
Tras su creación en 1948, sería la OMS la organizadora de las campañas, cuyo éxito ocasionó el fuerte alza de muchas poblaciones, pero hizo en cambio peligrar o desaparecer por envenenamiento muchas especies y surgir resistencias a las que respondieron a su vez nuevos venenos.
Los problemas ecológicos, los fracasos y dudas sobre esta lucha, comenzarían ya entonces.
Una vacuna, eficaz y barata, contra la fiebre amarilla se obtendría ya hacia 1937.
Con una defensa explícita, innegable, del papel sanitario de los Estados Unidos de América, se proyecta asimismo una visión idílica de la vida en la América precolombina, heredera de la visión ingenua del buen salvaje de la Ilustración -ya discutida en el positivismo-, que América, tanto del norte como del sur, tendió a hacer propia.
El historiador español Jesús Pabón recordaba, hace tiempo, cómo Benjamin Franklin se quitó la peluca cuando acudió a París en busca de ayuda contra la metró-poli..., para que lo confundieran con aquel ángel bueno que llegaba de tierras desconocidas. * * * Recordar la identificación con la naturaleza de ilustrados y románticos 22 nos lleva a detenernos por un momento en alguna de las recientes aproximaciones historiográficas.
Tras muchos años de mostrar admiración por el control político y técnico del mundo, se evalúan hoy los efectos nocivos de la acción humana en el planeta Tierra, e incluso en su entorno.
22 URTEAGA, L. (1984), Explotación y conservación de la naturaleza en el pensamiento ilustrado, Geocrítica, 50, pp. 7-49. sobre la vida humana, el obstáculo que son los focos crónicos de enfermedad a migraciones y asentamientos y, en fin, la continuidad histórica de una mala salud y un cierto nivel de enfermedades por causa de carestías persistentes y pobreza.
«La cambiante relación entre los seres humanos y el medio ambiente -escribía-ha sido crucial para determinar el impacto de la enfermedad sobre la sociedad humana.
En los diez mil últimos años ha habido una serie de alteraciones en el patrón de las enfermedades humanas provocadas por los mismos factores que tuvieron tan fundamental influencia en otras áreas de la historia humana».
Tras reconocer las mejoras debidas a la civilización, plantea los inconvenientes: la mejora de la alimentación de hoy tiene el problema de las grasas, así como el aumento actual del cáncer debido a la dieta, factores medioambientales y drogas como el tabaco.
No señala en cambio otros elementos como la mayor duración de la vida o la mejora del diagnóstico y la prevención clínicos, ni habla del papel biológico de las novedades médicas y el intercambio de enfermedades entre seres humanos y animales.
«La relación entre los seres humanos y la enfermedad ha seguido la misma secuencia que otros muchos aspectos de la interacción entre los seres humanos y el medio ambiente», añade.
De periodización más sencilla que la de McNeill, marca solo tres transiciones: aparición de la agricultura y las sociedades sedentarias, unificación del mundo, y auge industrial23.
Joachim Radkau elabora, a su vez, de forma más adecuada la integración de la historia de la enfermedad en la historia ecológica.
Recuerda de lejos a Arnold Toynbee y a Lewis Mumford, pero es a Braudel a quien cita con veneración: «La investigación ecológica-histórica se integra en la investigación de la evolución a largo plazo de las condiciones de vida y reproducción humanas.
Investiga cómo el ser humano mismo ha influido en estas condiciones y cómo reaccionó ante las alteraciones».
Esta orientación, más alguna afirmación concreta, parecen remitirnos al surgimiento de la gran higiene de principios del siglo XX.
La fase de Weimar supuso en efecto la edad de oro de la educación en salud, tras los nombres de Gottstein y Grotjahn.
Como señala Alfons Labisch, una nueva estructura científica e institucional, desde la bacteriología hasta la medicina del trabajo, impuso entonces una nueva cultura en tres niveles: seguros sociales, medicina social, y configuración del «homo hygienicus».
La idea de «Salud» es, de ese modo, una elaboración social en la que no se discuten los fines, tan solo los medios y las formas de la organización del mundo, y el proletario va a ser introducido, por medio de esa nueva idea (el concepto de salud), en un mundo de producción científicamente organizada que lo construye como «obrero industrial».
En las nuevas ciencias médicas los profesionales de la sanidad pasan a ser expertos oficiales, prácticos de la tecnología social; no son agentes del control social, sino mediadores en un complejo y nuevo código de interpretaciones y representaciones, que lleva aneja (y obedece a) una nueva práctica existencial24.
La interpretación del papel de la medicina -sus discursos, sus profesionales y sus instituciones-en la «medicalización» de los obreros entronca con ideas precedentes y más antiguas, que seguirán todavía vigentes, sobre «proletarización» o, quizá, «taylorización».
La higiene popular y la higiene científica alterarán la conducta desde un punto de vista racional, pero no tanto las condiciones sociales.
La conducta es modelada por una conciencia y unos criterios basados en la búsqueda a ultranza de la salud, que aseguran la integración del trabajador -la familia trabajadora-en el universo de la sociedad industrial y lo alejan en cambio de la naturaleza.
Norbert Elias y sus enfoques del proceso de civilización se evidencian en los textos de Labisch.
----Joachim Radkau refina más el análisis del proceso, inscribiéndolo en su intento de delimitación de la investigación a realizar en historia ecológica, la cual, a su entender, «...se dedica con especial atención a las acciones humanas involuntarias, con consecuencias a largo plazo, en las que se produzcan efectos sinergéticos y reacciones en cadena, junto con procesos naturales».
Se distancia así de aquellos otros historiadores que provienen de la medicina (o se preocupan más de ella), al dar más importancia al papel humano sobre el biológico en lo que se refiere al parasitismo.
Que afirme que «la historia del medio ambiente, según mi definición, permanece en el epicentro de la historia de los problemas humanos y no de la naturaleza en sí», no le hace incurrir sin embargo en antropocentrismo, pues considera que el medio ambiente tiene vida y leyes propias.
Por ello insiste en destacar acciones y efectos involuntarios, no reduciendo su preocupación por el análisis longue durée de los procesos transgeneracionales y colectivos a las pautas de la historia económica.
Propone diez especializaciones para esa forma interdisciplinar de encarar el pasado: historia agraria, de la técnica, de los bosques, del clima, de la demografía, de la medicina, y del transporte, además de la propia ecología, la química y la geografía histórica, todas esas disciplinas deberán necesariamente converger.
En su trayectoria, insiste, ha sido esencial la historia del bosque, que nos propone como modelo.
Un punto crítico es para este autor la relación con las ciencias naturales, la superación de la divisoria de las «dos culturas» 25, intento de unificación sobre el que poco se ha avanzado hasta aquí, opina, y por el que aboga decididamente.
La investigación sobre el antiguo polen, la arqueología de los bosques o el interés por la biología que se halla en la geografía histórica y la antropología cultural, son algunos pasos en este camino que exige una profundización cuidadosa, que evite deslumbramientos o entregas dogmáticas ante los argumentos de autoridad de los expertos y frente a su supuesta objetividad: «Son muy necesarios aquellos profesionales que estén a caballo entre los dos ámbitos para acabar con el trabajo de los aficionados, ya que cuando se realizan incursiones a medias en las ciencias naturales, éstas no dejan de tener su peligro».
Repara asimismo en los contrastes entre el pensamiento humanitario del ecologismo y los problemas concretos que el movimiento ecológico intenta resolver; también se detiene en las dudas entre concebir la historia como progreso y la historia como decadencia, plasmadas en apuestas por cronologías y periodización por sistemas energéticos; o en la extensión o población -tan diferentes de tamaño, tal y como son consideradas por unos u otros autores-, diferencias de escala que resuelve el lema del movimiento: «Pensar de forma global, actuar in situ».
Planteada la evidente relación de la historia del medio ambiente con las políticas ecológicas y el movimiento ecologista, el propio autor confiesa su toma de conciencia al enfrentarse con la historia de la tecnología de la energía atómica.
(Entre otras, las polémicas actuales sobre el calentamiento global han dado lugar, por ejemplo, a las recientes reflexiones sobre sus graves consecuencias que contiene la obra de Harald Welzer) 26.
«Sería de agradecer -prosigue Radkau-que la investigación histórica del medio ambiente se realizara pisándole los talones al presente» 27.
No solo sabe, pues, que la historia se escribe siempre en un presente determinado, sino que aboga por una implicación consciente en él.
Y ello le llevará a hablar del papel del historiador como mediador entre los científicos y el público, lo mismo que políticos y periodistas.
El historiador se encuentra hablando en un presente, ante un público concienciado (en este caso las asociaciones ecologistas), afrontando tabúes (como por ejemplo los del ecologismo alemán respecto a la inmigración y el desarrollo demográfico, lo que dificulta el análisis de la población y los bosques, o las fronteras del crecimiento), y por fuerza ----25 BATTISTINI, A. (a cura di) (1977), Letteratura e scienza, Bologna, N. Zanichelli Editore.
26 WELZER, H. ( 2010), Guerras climáticas, Madrid, Katz Editores, trad.
En GONZÁLEZ DE MOLINA, M. y MAR-TÍNEZ ALIER, J. (eds.), Historia y ecología, Ayer, 11, pp. 119-146, trad.
NASH, L. (2006), Inescapable Ecologies, Bekerley (etc.), University of California Press. ingresando en una red mundial de interacción y una amplia cultura comunicativa, que ineludiblemente imponen un estilo narrativo muy vivo, habitual, tolerante e irónico.
Un discurso público interdisciplinario, necesitado de honestidad y claridad; un discurso sencillo (a diferencia de los teóricos y filosóficos, técnicos o científicos), puesto que los problemas medioambientales ya son por sí mismos complejos.
Ese amplio pensamiento global, la ecología universal, se enfrentará con los problemas de cada lugar o cada momento (nacional, regional, local) a través de la historia 28.
La amplísima mirada que Charles Darwin había dirigido, en The Origin of Species, sobre la distribución de los seres vivos en el planeta, marcaba diferencias entre los mundos antiguos y modernos, también entre África, Australia y América.
Defendiendo la creación única de las especies, que junto a la variabilidad y la selección natural explican para él la evolución, la dispersión de aquéllas dependerá del clima, la temperatura, los vientos y tormentas, aguas, mares y ríos, las islas, las corrientes, los icebergs, las glaciaciones.
También el arrastre de las semillas vegetales por las corrientes, o llevadas por los animales, tiene el agua como base.
El minucioso observar de Darwin se ampliaría aún cuando Alfred Wegener plantease el origen de los continentes y los océanos 29.
Con estos precedentes, y en perspectiva de sociología histórica, no es así extraño que Alfred W. Crosby dibuje también amplísimos escenarios, en su Ecological Imperialism, para explicar la expansión europea: Pangea y el neolítico, los nórdicos y los cruzados, las islas Afortunadas o Nueva Zelanda.
Las oleadas de población que llegan a América y Australasia comprenden la primera los indígenas, las segundas blancos y negros, primero con la vela y las armas, luego con el vapor y el comercio.
Atravesar los mares procede del deseo de aventura, pero sin duda necesita de la técnica, armas y equipos, de barcos y energía, además de los vientos.
Pero también precisa de semillas y cultivos, y del transporte y la cría de los animales, nos dice citando a Darwin con frecuencia.
La colonización depende efectivamente del clima, las riquezas y la presencia de otras poblaciones, y no menos de las enfermedades, lo que le lleva a centrarse en la viruela: «It was their germs, not these imperialists themselves, for all their brutality and callousness, that were chiefly responsible for sweeping aside the indigenes and opening the Neo-Europes to demographic takeover» 30. * * * El reciente libro de John Robert McNeill se inicia con una impactante información histórica.
Si su padre, William, comenzaba con la muerte de los súbditos de Moctezuma, ahora son los británicos ante las costas de Panamá y Colombia los que enferman y mueren por causa de la malaria y la fiebre amarilla a principios del siglo XVIII, mientras la población atacada no se contagia.
Nos habla de aquellas batallas que hicieron a Cartagena de Indias merecer el apelativo de «La Heroica» 31.
Su escala no es ya la de sus antecesores en la temática -de acuerdo con tendencias más ----28 Amplio y sugerente escenario en MARTÍNEZ ALIER, J. (1993), Temas de historia económicoecológica.
En GONZÁLEZ DE MOLINA y MARTÍNEZ ALIER (eds.), pp. 19-48.
F. Anguita Virella y J.C. Herguera García, epílogo F. Anguita Virella, Barcelona, Editorial Crítica; PÉREZ-MALVÁEZ, C., BUENO, A. y MORRONE, J.J. ( 2003), Recepción temprana de la teoría de la deriva continental y su competencia con las teorías rivales, Asclepio, 55 (1), pp. 3-34.
recientes-, y por ello nos muestra un panorama geográfico y cronológico más concreto que aquellos amplísimos mundiales de Alfred W. Crosby y de William McNeill, con sus comparaciones enormes.
Se centra en el Caribe de los siglos XVII a XIX, mas siempre un Caribe amplio con toda la complejidad y toda la influencia del mar de ese nombre: «This book aims to show how quest for wealth and power changed ecologies in the Greater Caribbean, and how ecological changes in turn shaped the fortunes of Empire, war, and revolution in the years between 1620 and 1914».
Las mismas acciones (o consecuencias) involuntarias de Joachim Radkau, referidas aquí a las costas atlánticas de América del norte, el centro y el sur, así como a las islas, la zona que entre Surinam y Chesapeake se convertirá en una inmensa región de plantaciones, pero también al papel de la política: «The book provides a perspective that takes into account nature -viruses, plasmodia, mosquitoes, monkeys, swamps-as well as humankind in making political history» 32.
España, Francia, Holanda y Gran Bretaña lucharon por el dominio sobre los territorios, los recursos y sus pueblos, hasta que los emergentes Estados Unidos de Norteamérica y las luchas por las independencias de las repúblicas americanas les arrebaten el protagonismo.
Une el autor historia política más historia ecológica, mostrando los rápidos cambios en el medio ambiente, como la deforestación, la erosión del suelo y los cultivos de azúcar y arroz, cambios propicios para la incubación de los mosquitos.
Los microbios de la malaria y la fiebre amarilla «were also inadvertent historical actors» que logran reproducirse, afectando a esos hombres que, por su parte, tienen complicadas y contradictorias motivaciones.
Afectan a las mismas poblaciones con semejantes consecuencias geopolíticas, pero son organismos diferentes con, a su vez, diferentes impactos.
Hay una «differential immunity» y una «differential resistance» según se haya producido, o no, un contacto previo.
La fiebre amarilla es más letal en poblaciones sin inmunidad, pero es también más inmunizadora y urbana que la malaria.
La gran dificultad para llegar al Caribe desde Europa y Norteamérica permite a España defenderse de los imperios fuertes y agresivos que ambicionan sus minas de plata, pero también la fiebre será su aliada: «Yellow fever formed a crucial part of Spanish imperial defense».
Luego sucederá al contrario en la etapa de las revoluciones, pues los europeos combatirán contra pueblos más inmunizados entre 1775 y 1825.
Más tarde la fiebre amarilla y la malaria disminuirán su intensidad, en una etapa menos conflictiva, con menos cantidad de tropas no inmunizadas en escena; pero volverá el espectro de la enfermedad en la guerra de independencia cubana, como pusieron de relieve hace ya tiempo E. Hernández Sandoica y Ma Fernanda Mancebo 33.
La guerra con los Estados Unidos -que puso fin al conflicto cubano entre la metrópoli española y sus últimas colonias-demostrará el papel de los mosquitos: gracias a sus triunfos higiénicos, los norteamericanos se establecen en Puerto Rico, Cuba y Panamá.
Consiguieron el aporte de mano de obra al tiempo que vencían a esas temibles «tiny amazons», las hembras del Aedes aegypti y del Anopheles quadrimaculatus.
Cita McNeill a Karl Marx (El 18 Brumario de Luis Bonaparte) para afirmar que los pueblos hacen la historia, pero no la hacen como quieren...
La vida del hombre es un largo monólogo con la naturaleza.
En la historia del Caribe deben tenerse en cuenta las condiciones ecológicas, dice, pero también los mosquitos hacen su historia siguiendo la de los hombres, ya sean éstos soldados o políticos, esclavos o revolucionarios: «Ecology shaped history with unusual force in this context, but that it could do so was a result of both accidents of history and environmental change brought about by human agency».
Acentúa la estrecha relación entre la enfermedad, el medio y el hombre, que establece una tensión cultural precisa: «The disease environment of the Caribbean was a cultu-----32 MCNEILL (2010), p.
33 HERNÁNDEZ SANDOICA, E. y MANCEBO ALONSO, MaF.
Notas sobre soldados y proletarios, Estudios de Historia Social, 5-6, pp. 361-384. ral artefact».
Los grandes temas políticos y sociales -los imperios, las revoluciones, la esclavitud-se solapan con la medicina y el medio.
McNeill teme una posible acusación de determinismo por su insistencia en el mosquito o el medio ambiente, acusación que aceptaría si los considerase una simple relación causa-efecto; pero arguye que lo que defiende son mutuos y recíprocos impactos de la geopolítica y la ecología: «Each guided the other in an ongoing process, a cotillon of co-evolution».
Con eso no niega su heroísmo a españoles, haitianos o estadounidenses.
E incluso, en ocasiones, cree que puede no haber relación alguna con el medio (ejemplo, las disputas sobre la infalibilidad papal en el siglo XIX).
Firme en su fundamento, piensa que si hoy no se ve tan clara esa relación entre historia y enfermedad, ello se debe a los logros actuales contra la enfermedad.
Pero no siempre fue así, siendo que los triunfos a favor de la salud no impiden que siga habiendo poblaciones decrecientes, y también nuevas epidemias como el sida.
Puesto que la enfermedad no era entendida como en la actualidad en el pasado, sucede además que quedan pocos rastros de esas relaciones, y en buena parte es por esto mismo por lo que los historiadores tampoco se dan cuenta hoy, prefiriéndose primar y subrayar la acción humana.
El hecho de que muchas guerras, así las europeas, tengan lugar entre pueblos con una semejante inmunización ha hecho asimismo pasar inadvertidas las enfermedades, pero lo contrario queda demostrado en esa otra larga serie de guerras entre pueblos distantes (las repetidamente señaladas de los españoles en la conquista, las de los chinos contra pueblos aislados, y otras guerras recientes llevadas a cabo en Asia por los norteamericanos).
La colonización de África debe interpretarse también desde las defensas ante enfermedades de los pueblos africanos y desde el desarrollo de la medicina militar, que facilitaba la invasión del continente.
(Sin poner en duda el papel de la salud en la colonización de este continente, no debe dejarse de apuntar la brutalidad de la empresa, como ha hecho Vargas Llosa en El sueño del celta).
McNeill se inscribe, en suma, en una larga tradición de autores interesados en la relación entre guerra y enfermedad.
Entre los clásicos que cita -aparte de Zinsser-hay que señalar ante todo a Prinzing y Major, que coinciden con las dos grandes guerras europeas.
Antes de estudiar el papel de insectos y enfermedades en las etapas imperial y republicana, nos introduce el autor en las características generales del Caribe: aspectos demográficos, geopolíticos y ecológicos, las enfermedades y sus mosquitos, en fin el clima, temperatura, lluvias o sequía, las corrientes marinas...
En el camino de la enfermedad da importancia al aumento de la temperatura, sobre todo a partir del siglo XVII, como hoy puede también suceder.
Si el agua favorece la reproducción y proliferación de mosquitos, en las sequías también habrá agravamientos, porque entonces se almacena agua y el doméstico mosquito Aedes la aprovecha.
Las sequías, incluso, acaban con muchos de los depredadores del Anopheles, que se recupera antes cuando llega la lluvia.
Hasta influye la corriente de El Niño, con su humedad.
La fiebre amarilla y la malaria fueron en el Caribe menos terribles que la viruela y el sarampión, pero en cualquier caso eran graves, porque eran enfermedades de reciente importación, peculiares por presentar distinta inmunidad y una gran frecuencia en sus epidemias.
A partir de las guerras de independencia el papel de estas enfermedades disminuye -salvo en las guerras cubanasporque disminuyen las llegadas de grupos no inmunizados.
Centrándonos en las páginas que McNeill dedica a la guerra de Cuba 35, episodio central en la historia de España que supuso el fin de las colonias americanas y asiáticas, abrió la crisis del 98 y, ----34 MCNEILL (2010), pp. 3-7.
35 ELORZA, A. y HERNÁNDEZ SANDOICA, E. (1998), La guerra de Cuba (1895-1898): historia política de una derrota colonial, Madrid, Alianza Editorial; NARANJO OROVIO, C. (1992), El Caribe colonial, Madrid, Akal. entre otras consecuencias, dio pie al fervor regeneracionista, no hay que advertir siquiera que se trata de un proceso muy estudiado entre nosotros, que ha hecho correr ríos de tinta.
Importante es también porque, al hilo de aquélla, se producen novedades científicas e higiénicas de gran trascendencia, que marcan la historia de los Estados Unidos.
Las enfermedades de transmisión por la picadura del mosquito habían tenido mucha importancia en la Independencia norteamericana y en la Guerra con México, pero ya poca en la guerra civil, porque habían mejorado tanto las técnicas de guerra como la medicina, ayudando a ello la cuarentena y la quinina.
En la llegada del poder norteamericano al Caribe -y en la retirada del español-ambas tienen mucha intervención.
Las novedades de esta índole se analizan con cuidado por McNeill, si bien pasa el autor demasiado deprisa sobre el papel del médico cubano Carlos Finlay, tan cuidadosamente estudiado por el historiador de la ciencia -también cubano-J.
Como «A ghastly little war» se refiere a la guerra de Cuba y lo fue sin duda alguna.
El negocio azucarero había prosperado enormemente, creando en la Isla una elite rica y mundana, pero desencadenando graves consecuencias ambientales, y deforestando la isla de forma intensa.
Se habían introducido allí las últimas tecnologíasantes que en España-, como el telégrafo y el ferrocarril, y las máquinas de vapor habían convivido ya con los esclavos, que pronto fueron acompañados de culíes chinos y, en grandes cantidades, inmigrantes («Spaniards», para el autor).
En los últimos años de la dominación española, tanto la emigración como los constantes movimientos de tropas mantuvieron la fiebre amarilla.
En la retina de McNeill, el relato de la pervivencia del dominio español es sumario y esquemático, aunque no en sustancia incorrecto: Cuba prefiere el mandato de España por lazos sentimentales y de parentesco, pero también porque las rebeliones de esclavos -ante un persistente miedo a la africanización-las controla España militarmente.
Pero el fin de la trata y la abolición van haciendo menos necesaria a la metrópoli, que incrementa impuestos desde mediados de siglo para pagar la guerra de Santo Domingo (y luego la de Marruecos), al tiempo que escatima a las clases medias derechos políticos que en la Península, en cambio, se disfrutan.
La revolución democrática (la «Gloriosa») verá en la Isla un levantamiento con negros y esclavos libres (Guerra de los Diez Años, o Guerra Larga), a la que pone fin la restauración de la monarquía, que consigue además la división de los cubanos y delimita militarmente al Oriente de la isla la revuelta.
Los cambios en el mercado del azúcar, y la crisis internacional, se suman a la devastación y arruinan Cuba, azotada también por huracanes.
El levantamiento posterior, en 1895, cuenta ya con un papel decisivo de los intelectuales en el exilio (Martí), junto a antiguos oficiales (Gómez) y jefes afro-cubanos (Maceo), y en esa otra guerra, con un clima muy duro, las enfermedades estaban a favor de los independentistas, a pesar de sus malas condiciones de sustento.
A partir de 1896, cuando el general español Weyler «concentra» a un tercio de la población campesina, medio millón de cubanos, hará que de ellos 150.000 (un 9% de la población, mujeres, niños y ancianos principalmente) murieran bien de hambre, bien de viruela o fiebre amarilla (al ser llevados a ciudades).
El Aedes aegypti entró también en guerra: por causa de enfermedad (y accidentes) morirán 41.000 en las tropas españolas, en tanto que por heridas de guerra 3.100 tan solo.
Un 91% sucumbe así ante los microbios, según cómputos oficiales: 16.329 por fiebre amarilla, y el resto por malaria, tifus, disentería y otras infecciones.
El joven Santiago Ramón y Cajal contrajo la malaria en esas guerras últimas37.
Otros muchos soldados enfermaron, o bien murieron en «barcos cementerio».
Pero las cifras oficiales que se hicieron públicas fueron más bajas, para evitar el pánico: McNeill sigue en este punto a Mariola Espinosa en considerar víctimas por fiebre amarilla el núme-----ro de 30.000.
La quinina escaseaba, o se desperdiciaba con la fiebre amarilla; los propios hospitales fueron focos de infección y muchos se improvisaron, para evitar otros riesgos se colocaban en botes las patas de las camas, que entonces permitían reproducirse al Aedes aegypti.
Se afirma que los oficiales españoles bebían champagne frío contra la fiebre amarilla mientras que los soldados sufrían privaciones y enfermedades terribles.
Menos sufrieron los independentistas, más inmunizados, porque estaban en medios rurales y no en ciudades (sus pérdidas son de 1.300 por enfermedad, un 30% de las pérdidas militares), tal vez más por la malaria que por la fiebre amarilla.
Sabían quizá ya antes de esa superioridad, acaso Bolívar y, ciertamente, Toussaint, Gómez y Maceo explotaron intuitivamente la diferencia en inmunidad y resistencia.
Máximo Gómez confiaba en la débil salud y los problemas económicos de los enemigos, y consideraba a los meses de junio, julio y agosto como sus mejores generales.
En la guerra con los Estados Unidos que comenzó en la primavera de 1898, en solo unas semanas mueren 332 soldados norteamericanos en acción y otros 3000 por enfermedad.
El diplomático John Hay hablaría de una «splendid little war» (refiriéndose obviamente solo a la guerra hispano-norteamericana, en cuanto a duración).
La malaria colaboró en la Independencia americana y la fiebre amarilla en la venta de Louisiana por Napoleón a Jefferson en 1803, acontecimientos que con la Constitución constituyen los tres pilares de la nación americana.
En 1881-1882 Carlos Juan Finlay señala como transmisor al Aedes, pero según McNeill, las suyas fueron experiencias sin conclusiones.
La tradición -tanto popular como sabia-que relacionaba los insectos con la enfermedad, se une a la herencia de las novedades científicas de Louis Pasteur y Robert Koch38.
A partir de 1900 el médico militar Walter Reed se enfrenta en Cuba con las ideas heredadas (basuras, miasmas, partículas llamadas fomites), y prueba experimentalmente la transmisión haciendo picar a voluntarios por insectos infectados, de modo que establece el periodo en que los hombres y el mosquito Aedes transmiten la enfermedad -y no sin peligro, pues de ahí se derivan varias muertes-.
Tal como sucedió con la vacuna de Jenner, las burlas -como las del Washington Post-, solo se compensaron por el apoyo de sus jefes y, en especial, el gobernador militar.
El sanitarista William Gorgas combatirá de forma adecuada la reproducción de los mosquitos, obstaculizando sus movimientos y controlando peligrosas aguas.
Luego le llega el turno a Panamá.
Era sin duda un triunfo de Occidente -por europeo y americano-y de la ciencia, lo que no supone sin embargo mayor igualdad de oportunidades para los individuos, un más equilibrado reparto del poder y la riqueza.
Al igual que sucedió con el fuego, dice el autor, con el control de la sanidad pueden desaparecer los que no tienen a su alcance este poder.
Quizá todos se igualen en el futuro, pero no por ahora.
Por lo demás, surgen defensas en los mecanismos de transmisión: así, puede hacerse resistente el Anopheles al insecticida DDT y a otros productos, y la malaria puede resistir a las drogas, por lo que la enfermedad retorna en distintos lugares (a menudo por desplazamientos de la población, emigraciones, negocios o turismo).
Otros virus han ido apareciendo entre tanto o ganando visibilidad, como el Ébola, el que ocasiona el sida, o el Marburg.
El Aedes (causa de las epidemias últimas de dengue) aumenta asimismo en África y América.
En líneas generales, el final del libro parece un canto al progreso norteamericano, que con mejoras en las técnicas marciales y en la medicina de guerra supo imponerse en Cuba y Puerto Rico, así como en el canal de Panamá.
Se asocia el incremento de la potencia del Norte con el poderío de la ciencia, en lo que hay bastante de verdad.
El Museum of History and Technology cambió su nombre por National Museum of American History.
Pero la medicina y la higiene -y desde luego la ciencia y la técnica-deben mucho a los europeos y a otras naciones, como la colonia española ----de Cuba en la que vivió Finlay...
Por otra parte, la ciencia no es un bien universalmente compartido, la gran medicina occidental no llega a muchos lugares de la Tierra, y ni siquiera alcanza a los sectores desprotegidos de sociedades ricas (ojalá prosperen las reformas sanitarias y no los recortes de inspiración «thatcheriana» a la sanidad pública).
Con todo, es bien cierto que los avances técnicos en la salud pública le deben mucho a los Estados Unidos, a institutos como los NIH y a las abundantes fundaciones.
Valga con recordar las campañas de la Fundación Rockefeller contra la malaria.
Es obvio que la medicina de guerra también ha traído sustanciales mejoras en medicina y cirugía, así como en estadística y prevención, pero no se puede limitar ese influjo a las crisis bélicas.
La enfermedad es una constante en nuestra vida, por más que el ser humano empezó muy pronto las guerras y nunca las ha dejado.
Es en este sentido en el que tiene mayor valor un panorama amplio como el que el libro presenta.
Más limitado en arco temporal y espacial, y en temáticas, que aquel otro que escribió su padre -una pequeña enciclopedia del padecer humano-39, el de McNeill hijo reproduce asimismo esas características: abarcar períodos muy largos, enfermedades muy importantes, zonas muy amplias.
La visión panorámica da una lectura amena, beneficiada del deseo de convertir la «historia de la enfermedad» en amplia «biografía de la enfermedad».
De esa enfermedad que vemos en continuo estado de guerra (con el ser humano, o con otros parásitos) y a lo largo de las propias guerras (las caribeñas de los siglos XVII-XIX esta vez).
No extraña que al acabar la II Guerra mundial se escribiese un gran tratado de medicina y geografía que pretendía convertir a la nación vencedora en dominadora del mundo 40.
Chomsky recuerda cómo el Departamento de Estado y los especialistas en política exterior de Norteamérica desarrollaron planes para el mundo de la posguerra, de modo que una gran área se controlaría de acuerdo con las necesidades económicas y estratégicas 41.
Luego vendrían Cuba y Vietnam, y más tarde Irak y Afganistán.
La principal aportación de estudios como éstos radica en comprender que la acción humana no depende solo de la voluntad de los individuos, que la decisión política muchas veces no es tan decisiva como se piensa.
El ser humano se mueve en un medio social y en un medio ambiental que le influyen extraordinariamente, y sus variaciones son de primera importancia.
Recorrer las «biografías» de las enfermedades es preciso, por tanto, pues el enfermar es un componente siempre presente en la vida vegetal, animal y humana, individual o social.
Por lo demás, también las enfermedades tienen su propia «vida», la cual depende de sus genes, de su medio y de muchos otros organismos biológicos, nosotros mismos, los humanos, incluidos.
Herencia, inmunidad, medio ambiente... tienen que someterse a la consideración de científicos naturales y sociales, y así deben estar presentes tanto en libros como en laboratorios.
Tenerlos en cuenta es necesario para la mejora de la salud de plantas, animales y hombres, tanto como del medio ambiente y el planeta.
Lo es también para actuaciones políticas, incluso las que quedan muy lejanas, aparentemente, a estos ámbitos.
No somos independientes ni de la sociedad, ni del entorno: ni siquiera los historiadores deben olvidarlo.
La intervención de los Estados Unidos en América Central y la lucha por la paz, trad.
En 1972 yo mismo, en Muerte en España, junto con mi hermano Mariano intenté insertar las grandes epidemias en el marco de los problemas sociales, económicos y políticos españoles de los siglos XVIII y XIX.
En 1980 llegaría el libro de Vicente Pérez Moreda, Las crisis de mortalidad en la España interior. |
VÁZQUEZ GARCÍA, Francisco y CLEMINSON, Richard, Los invisibles.
[ISBN: 9788498367836] El excelente libro de Francisco Vázquez García y Richard Cleminson, publicado originalmente en inglés en 2007 1 y cuya versión al castellano es ampliada en unas cien páginas, viene a llenar un vacío sobre la historia de la homosexualidad y de los homosexuales en nuestro país frente a las habladurías.
Por ello, tenemos que saludar el libro de estos investigadores de Cádiz y Leeds respectivamente.
En esta obra, los autores estudian, a partir tanto de fuentes criminológicas y médico-legales como de la literatura de divulgación sexual y textos literarios, la evolución de los diferentes discursos sobre la homosexualidad y sus efectos en la configuración de las subculturas homosexuales en la España de la segunda mitad del siglo XIX hasta el final de la guerra civil, intentando mostrar siempre en qué difería el caso español de los otros países europeos y así dar a conocer un «"modelo mediterráneo" de homosexualidad frente al patrón identitario y noroccidental» (p.
Vázquez y Cleminson analizan los importantes cambios que intervinieron en la conceptualización de los desórdenes mentales, las enfermedades nerviosas y los planteamientos médico-legales respecto a la sexualidad en España entre 1840 y 1915.
Las actitudes médicas y jurídicas respecto a la homosexualidad fueron similares entre 1830 y 1928.
Hasta esa fecha, no existió en España un divorcio entre la actitud penalizadora de la justicia y la defensa médica por descriminalizar las prácticas homosexuales entre adultos, principalmente porque antes de esa fecha, las relaciones en el ámbito privado no eran un delito.
Sin embargo, a partir de esa fecha, buscaron una fisionomía característica de los pederastas, en particular los pederastas pasivos o «andróginos» e intentaron especificar un psiquismo peculiar entre los hermafroditas.
La «aberración sexual» fue asociada sobre todo con la desviación de género más que con la desviación en la conducta sexual, afirman nuestros autores.
Se asimiló la pederastia pasiva con el afeminamiento.
El invertido no transgredía tanto los límites de la normalidad sexual como «los límites que escinden lo femenino de lo masculino» (p.
Todos esos moralistas, médicos, etc. se van a preocupar no tanto por la desviación sexual como por la desviación («inversión») de género, «ruina del orden familiar y, en último término, de la supervivencia nacional» (p.
Los autores se preguntan entonces qué ocurrió para que pasáramos de un modelo a otro: ¿Por qué nos preocupamos más hoy por la desviación sexual antes que por la de género?
¿A qué se debía entonces esa preocupación?
Los médicos, moralistas, juristas, políticos se centraban principalmente en la «desmasculinización» de la nación, contestan Vázquez y Cleminson.
La identidad nacional en ---- España en aquella época se reflejaba a través de un aprendizaje que intentaba distinguir estrictamente los roles sociales según los géneros.
Sin esas distinciones, se conducía la nación y la familia a la ruina.
Por tanto, para que éstas no degeneraran, distinguían al «degenerado» o invertido de género (afeminado, pasivo, travestido).
Ya que no quisieron que la nación y la familia se abrieran a otros modelos de familias y de géneros, existió una importante producción de discursos, tanto «científicos» como políticos para excluir a aquellas personas que no se correspondían con los modelos de género establecidos.
Después del «invertido» apareció el «perverso sexual», pero ese cambio de modelo se debió a un cambio de paradigma en la medicina: se pasó del «estilo anatómico» de la medicina forense al «estilo psiquiátrico de razonamiento» de la medicina mental (p.
Además, no fue un cambio brusco de un modelo a otro como en otros países europeos.
Los antiguos instrumentos teóricos no desaparecieron con la aparición de las nuevas categorías psiquiátricas.
Los nuevos modelos siguieron utilizando los antiguos conceptos (existió una multitud de nociones para calificar lo que denominamos hoy día la homosexualidad).
No fue «un proceso lineal, tampoco fue vertical», de ahí la «singularidad del caso español» (p.
52) en comparación con la historiografía gay europea.
A partir de 1915 hasta 1939, el concepto de «inversión sexual» «llegó a denotar tanto la desviación sexual como la de género» (p.
De ahí el retraso en España de la recepción del concepto de «homosexualidad» «como condición exclusivamente alusiva a la orientación sexual» (p.
Además, a partir de este periodo, esas conceptualizaciones médicas y psiquiátricas van a difundirse en los aparatos del Estado y en el imaginario de las profesiones de élite y poco a poco se fueron difundiendo en todo el imaginario nacional.
Los autores traen a colación el ejemplo del doctor Marañón y su teoría de «los estados intersexuales» quien pasó por ser uno de los defensores de los homosexuales.
En cambio, hubo que esperar hasta mediados de los años 1920 para que las teorías psicoanalíticas freudianas y sus tesis pansexualistas se difundieran frente a importantes discrepancias.
Pero los médicos, psiquiatras y psicoanalistas no fueron los únicos especialistas en preocuparse por la homosexualidad «como un riesgo para la supervivencia de la patria» (p.
Los educadores (o pedagogos) también lucharon para evitar la iniciación pederástica en los colegios e internados, pues en el imaginario colectivo se consideraba que el pederasta adulto «era el resultado de una iniciación emprendida durante la infancia y la adolescencia» (p.
143), es decir, que la pederastia se contagiaba, principalmente en los lugares donde no había mujeres.
Además, el onanismo se consideraba también una causa de la inversión sexual.
Fue en los años 1920 cuando «el pánico ante el contagio pederástico entre los colegiales alcanza en España su momento culminante» (p.
Para evitar el supuesto contagio de la homosexualidad (el afeminamiento), los pedagogos desarrollaron «la higiene escolar, la educación física, las lecciones prácticas al aire libre contemplando el desarrollo de plantas y animales, y la coeducación» para encauzar el instinto sexual (p.
Por tanto, a medida que se difundieron los planteamientos freudianos y endocrinológicos de Marañón, se fue imponiendo al mismo tiempo la educación para sublimar el instinto y para diferenciar los sexos.
Así, no solo los colegios e internados fueron considerados potencialmente peligrosos para la sexualidad de los menores masculinos, sino también, por ende, la escuela en general, el hogar y la calle.
De ahí la lucha contra la pornografía con las «Ligas antipornográficas».
Si bien los legisladores y los pedagogos se preocuparon por la sexualidad y el género de los adolescentes, existió también una «obsesión por la decadencia y la crisis nacional» (p.
171) ligada a la pérdida de virilidad del hombre español.
(Sin embargo, no se habla de la masculinización de las mujeres hasta los años 1920.)
Por ejemplo, el declive nacional derivado del desastre del 98 fue vinculado a esa pérdida de virilidad.
Se debió a la «pasividad» o «inacción» de los hombres.
Al igual que la derrota en Marruecos fue analizada por los urólogos, venerólogos y psiquiatras como culpa de los hombres impotentes, signo de una nación debilitada.
Otra dicotomía importante subrayada por Vázquez y Cleminson fue la que se estableció entre «palabra» y «acción».
Las naciones más importantes otorgaban valor principalmente a las profesiones técnicas, sinónimas de fuerza y virilidad, mientras que en España se les otorgaba más valor a las profesiones retóricas (el predominio de la abogacía por ejemplo), lo que conllevó el país a la Derrota.
Existió toda una serie de escritores regeneracionistas que criticaron el intelectualismo, pues para ellos, lo importante era la educación física para fortalecer no solo a los adolescentes, sino toda la nación.
Por otro lado, otros modelos de masculinidad en España empezaron a aparecer de forma más visible, principalmente en las grandes ciudades gracias al desarrollo del movimiento feminista, el anticlericalismo, la difusión de la sexología y de vanguardias artísticas «cuyos contenidos y cuyos representantes, por su mismo estilo de vida, desafiaban el modelo normativo de la masculinidad establecida » (p.
Con todas esas degeneraciones, el movimiento «regeneracionista» se proponía fundar una nueva patria y un nuevo modelo de masculinidad para recobrar la victoria.
Para ello, aparecieron el discurso médico sobre la «mujer viriloide» en los años 1920 y la figura del «sodomita conspirador» tras la Guerra Civil, quienes fueron considerados, junto a los comunistas, enemigos de la nación española basada en la fuerza del hombre viril.
Todos esos discursos se reflejaron de alguna manera en las subculturas homosexuales en España, pero éstas fueron mucho más que un simple invento de los discursos sexológicos, psiquiátricos, etc.
Con respecto a esas subculturas, a pesar del análisis no exhaustivo de las diversas fuentes tal como lo reconocen los propios autores, la literatura y numerosos testimonios nos muestran otra cara de la homosexualidad en España desde 1850 hasta 1939.
En efecto, ésta no se redujo a «un invento imaginado por los sexólogos, psiquiatras y eruditos nacionalistas» (p.
275) sino que, al mismo tiempo, hubo una especie de contra-discurso por parte de los «invisibles».
Los autores hablan de la «defensa de una causa» (p.
La prostitución masculina era muy presente y muy criticada, existía una abundante literatura homosexual desde Wilde, Gide hasta Nin Frías, pasando por Álvaro Retana.
En cambio, poco sabemos de la vida cotidiana de los homosexuales.
Vázquez y Cleminson citan los bailes, festejos, teatros de variedades, cabarets, «cafés cantantes», los urinarios, pero no sabemos de manera detallada cómo funcionaban esos diversos mundos.
Sin embargo, desde un punto de vista más general, no quisiera terminar sin subrayar que los análisis de las obras en cada capítulo quizás pequen de un estudio más sintético.
Además, si bien los autores han estado indagando en fuentes médico-legales y literarias mayoritariamente, quizás se pudiera añadir un análisis pormenorizado de los archivos policiales y judiciales para completar el estudio, pues debe de ser una de las fuentes más ricas, al igual que ocurre en otros países.
No obstante, estamos frente a una obra pionera sobre la historia de la homosexualidad en España y esperamos que gracias a ella otros estudios innovadores salgan pronto a la luz.
Universidad de Cádiz-Université de Picardie VALLEJO, Gustavo y MIRANDA, Marisa (dirs.), Derivas de Darwin: cultura y política en clave biológica, Prólogo de E. Raúl Zaffaroni, Buenos Aires, Siglo XXI Editora Iberoamericana, 2010, 416 pp.
[ISBN: 978-987-1013-85-2] La conmemoración del segundo centenario del nacimiento de Darwin y de los 150 años de la publicación del Origen de las especies fue motivo, en 2009, de numerosas e interesantes reuniones científicas, de muchas de las cuales se recoge ahora el fruto en forma de publicación impresa.
Es el caso del volumen que aquí nos ocupa, resultado de la reunión que aconteció en el mes de octubre de dicho año en Chascomús, ciudad de la provincia de Buenos Aires, y en la que participaron especialistas de la propia Argentina, España, Brasil, Cuba, Italia y Chile.
La reunión giró, con una orientación amplia y abierta, en torno a los problemas históricos que suscitan el llamado darwinismo social y la eugenesia, que ya habían sido objeto de otros dos encuentros en años anteriores.
No se trató en sí, pues, de Darwin, sino más bien de esos productos sociopolíticos y culturales para los que frecuentemente se reclamaba una legitimación en clave darwinista.
El libro, cuya edición ha sido dirigida por Gustavo Vallejo y Marisa Miranda, del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas de Argentina, comprende diecisiete contribuciones originales, distribuidas según cinco bloques temáticos.
El primero, que liga el darwinismo y la eugenesia con la cuestión racial, incluye una aportación de Francisco Pelayo acerca de la relación entre el discurso de la raza y el nacionalismo durante la Primera Guerra Mundial y sus años previos, y en el que repasa rigurosamente algunas de las contribuciones principales a las teorías etnogénicas europeas y a las justificaciones en clave evolucionista del militarismo y el belicismo.
Por su parte, Ricardo Augusto dos Santos ofrece una aproximación crítica a la historia de la eugenesia, y muy especialmente de la llamada «eugenesia latina» en su desarrollo en Brasil, durante el período de entreguerras y en el contexto del ejercicio del poder y el mantenimiento de la hegemonía.
Viene a continuación el estudio de Gustavo Vallejo sobre la conexión italoargentina en lo que respecta a la difusión de la biotipología como parte de la política de expansión intelectual promovida por el fascismo italiano, con terribles consecuencias, entre otros grupos, para los judíos que buscaban en Argentina un refugio a causa de la persecución que sufrían en diversos países europeos en vísperas de la Segunda Guerra Mundial.
Cierra este primer bloque el trabajo de Eugenia Scarzanella, en el que también aparece reflejada la relación entre los proyectos de algunos investigadores italianos y la antropología y la etnología latinoamericanas -con especial atención al caso mexicano-, ahora de la mano de las iniciativas y discursos en torno a los estudios sobre los indígenas que generaron Corrado Gini, en los años treinta, y Luca Cavalli Sforza, ya en el último cuarto del siglo XX.
El segundo bloque, sobre la ligazón entre teorías y prácticas eugenésicas y movimientos políticos de cariz popular, principia con una valoración de la actitud contraria a la eugenesia por parte del gran pensador anarquista Piotr Kropotkin, a cargo de ese gran especialista en la historia del par evolucionismo-anarquismo que es Álvaro Girón.
Le siguen Jorge Molero e Isabel Jiménez Lucena, que exploran otro aspecto de la posición anarquista respecto al debate eugenésico, ahora en el contexto español del primer tercio del siglo XX y desde las perspectivas ambientalistas.
La lectura contrastada de este trabajo con el de Girón, pone bien a las claras las profundas diferencias de criterio que se manifestaban en el mismo seno del movimiento anarquista sobre el asunto en cuestión.
En un universo ideológico completamente diferente, el del peronismo y su política sobre la sanidad infantil -desde la alimentación a la promoción del deporte, pasando por la sexualidad y la educación nacional-, se centra el aporte de Karina Inés Ramacciotti, que clausura esta segunda parte del libro.
La tercera viene definida por estudios que relacionan la eugenesia con el sentido de lo corporal y la valoración de los «otros».
El modo de conducir social y políticamente la alteridad de las empleadas domésticas en el Brasil posterior a la esclavitud -y hasta fechas muy recientes-es el tema del turbador trabajo de Luis Ferla, que muestra hasta qué punto un determinado discurso médico puede ser utilizado para, bajo una apariencia de modernidad científica, mantener exclusiones y controles sociales propios de un pasado que muchos creerían superado.
Marisa Miranda, por su parte, expone el no menos inquietante caso de las propuestas eugenésicas, represivas de la homosexualidad, que se promovieron en Argentina entre 1930 y 1970, donde además afloran diferentes aspectos de la vieja polémica entre herencia y ambiente, más las tensiones institucionales que afectaron el movimiento eugenésico en aquel país.
Cuba es el ámbito geográfico en el que se mueve el análisis de Armando García González acerca de cómo la eugenesia desarrolló una serie de ideas y prácticas en su abordaje de la locura y la criminalidad, al tiempo que se explora el papel de instituciones como la universidad o las sociedades científicas en la legitimación de unas corrientes que llegaron a reivindicar, al parecer sin éxito en el país caribeño, la experimentación con seres humanos.
El cuarto bloque se mueve en torno al par clásico que conforman las ideas sobre progreso y degeneración.
Hugo Biagini aporta un breve acercamiento al ambiente generado en el Ateneo de Montevideo en el período final del siglo XIX, con posiciones contrapuestas en torno al positivismo y el evolucionismo, y actitudes en algún caso francamente racistas.
Por su parte, Marcelo Sánchez diserta sobre la popular publicación periódica Almanaque 18, editada en Chile por la firma químico-farmacéutica Daube y Cía., que en la década de los veinte del siglo pasado dio extensa cobertura en sus páginas a la difusión de ideas eugenésicas y evolucionistas, en no pocas ocasiones abiertamente racistas, y que además servía de plataforma publicitaria para diversos productos vigorizantes desarrollados por la propia empresa.
Ana María Talak nos lleva de nuevo al otro lado de la Cordillera, para revisar los fundamentos evolucionistas de la psicología argentina de comienzos del siglo XX, que desarrolló un ideal de progreso ligado a su vez con actitudes de exclusión y de supuesto combate contra la degeneración, alentado por las políticas liberales en pro de la construcción de un estado nacional fuerte; la propia psicología, en tal contexto, fue estimada como un instrumento de intervención social de gran importancia.
La divulgación de las doctrinas evolucionistas y de las ideas sobre la degeneración en la prensa sindical tinerfeña, de nuevo en el arranque del siglo XX, es el tema del escrito de María José Bentancor, que explora la heterogeneidad de posturas y las debilidades formativas y argumentativas sobre tales cuestiones en el semanario El Obrero.
El bloque que clausura el libro, por su parte, se centra definitivamente en una época más reciente.
Principia con un estudio de María Laura Fernández Pinola sobre cómo ciertos aspectos de la eugenesia estuvieron presentes en el programa fundacional de la UNESCO, a través de Julian Huxley, primero miembro de la comisión preparatoria, y luego su Director general.
Sigue con la aportación de Alicia Massarini y Rosa Liascovich, acerca de las consecuencias de exacerbar el alcance de las explicaciones genéticas sobre la conducta humana, con la denuncia de las falsas ilusiones que el reduccionismo genético ha venido generando y del peligroso plegamiento ideológico que puede llegar a implicar.
Finalmente, un asunto de plena actualidad, el diseño inteligente, es abordado por Héctor Palma en su análisis en clave ideológica y política del debate entre creacionismo y evolucionismo, que el autor juzga alentado por los intereses de algunos grupos religiosos, pero al que no reconoce ni legitimidad ni provecho teórico.
Estamos, en conjunto, ante una destacable selección de propuestas, que dan cuenta, por un lado, de la multiplicidad de líneas de investigación que suscita la historia del evolucionismo en su proyección hacia la intervención sociopolítica, y por otro, el animado y elevado panorama académico que el ámbito español e iberoamericano ha sido capaz de consolidar en las últimas dos décadas en relación con ese tema.
Esto es importante: no es el volumen que estamos comentando fruto de una reunión aislada, convocada contingentemente para una conmemoración -aunque se aproveche de ella con legitimidad-, sino un jalón más en el camino de consolidación institucional de dichas líneas de investigación, que se revelan fructíferas y plenas de rigor e interés.
La dirección de la obra, por otro lado, ha sabido dar coherencia interna a este ramillete de trabajos, gracias a una organización temática de los materiales muy acertada.
En el debe de los directores, sin embargo, debemos poner algunos aspectos formales; fallos en la unificación de las normas de cita, ausencia de numeración en las ilustraciones -pese a que en el cuerpo del texto sí hay remisiones a las mismas mediante números-y cierta falta de rigor en la reducción de erratas tipográficas e inconsecuencias sintácticas -que en la soledad de cada trabajo no pasan de ser los pequeños errores que todos cometemos, pero que en el conjunto de un libro se hacen fatigosos por un efecto aditivo-, son asuntos que deberían haber quedado resueltos en la versión final.
Mención aparte merece un capítulo, redactado originalmente en portugués, cuya traducción al español está repleta de calcos lingüísticos que en ocasiones llegan a dificultar la comprensión del texto, además de hacer irritante su lectura.
Más allá de las grandes virtudes historiográficas que exhiben los trabajos reseñados, sería injusto no poner de relieve hasta qué punto la relevancia del estudio histórico de estas «derivas de Darwin» se proyecta a la actualidad.
En esa insidiosa tendencia a identificar la teoría evolucionista con las penosas consecuencias que su supuesta aplicación social ha tenido, subyace el intento de desacreditar el inmenso valor que para el conocimiento científico de la naturaleza y de la vida tiene el paradigma que hoy por hoy es el fundamento de toda biología digna de ese nombre.
Por otra parte, muchas de las derivas que tuvieron lugar en el pasado están lejos de hallarse superadas en el presente, ni en su propia condición, ni en la supuesta justificación científica que buscan.
Como bien dice en su prólogo el profesor emérito Raúl Zaffaroni, no hay que reservar en exceso los juicios éticos, sino manifestarlos con claridad respecto de quienes los merecen.
Muchos de los juicios históricos que han expresado los autores en este libro conllevan una evidente carga ética, que vale la pena tener presente para denunciar algunas de las nostalgias antihumanitarias que bajo la excusa de la crisis se reeditan últimamente con una procacidad intolerable.
Universidad CEU Cardenal Herrera SERRANO MANGAS, Fernando, El Secreto de los Peñaranda.
El universo judeoconverso de la biblioteca de Barcarrota.
Siglos XVI y XVII, Huelva, Universidad de Huelva, 2004, 199 Dos libros que tienen en común la lectura, el placer, el deber o el negocio de leer.
Desde que la historia cultural se ha ocupado de la lectura, la lectura en silencio u oral, la producción de textos, de libros, su difusión, adquisición y atesoramiento es tema central.
Sin duda el hablar con los muertos a través de los ojos, como Chartier recordaba de Quevedo, es esencial para la cultura y el saber.
También, desde luego, para la vida.
Por eso tienen especial interés estos libros que nos hablan de vidas, de biografías de lectores.
Uno reconstruye un personaje a través de unos libros escondidos, otro a múltiples a través de sus bibliotecas y legados.
Sin duda el libro, los libros, las bibliotecas son testigos de sus lectores, pueden guardar memoria de quienes pasaron sus dedos y sus ojos por sus páginas.
Tanto un solo libro, como una gran colección pueden ser testigos de una vida, o de varias, de las que nos dejan recuerdos, que son saberes, emociones, negocios, incluso también olvidos.
Por eso los libros no son solo un objeto material, o una propiedad intelectual de un autor, también son fieles servidores que nos han seguido y con los que hemos sido justos o injustos, los hemos querido o menospreciado, mantenido o ignorado.
Alguno pudo tener las caricias de Montaigne.
Otro libro, en apariencia sencillo pero que juzgo de primera importancia.
Reúne dos textos, la conferencia inaugural de las clases de Roger Chartier en el Collège de France y otra en una importante reunión de historiadores en Tucumán.
No hace falta subrayar la categoría que tiene esta tabla de propósitos docentes, dado quien es su autor.
Autor bien conocido en el mundo hispano, no entra-ré en ello, resume bien sus presupuestos y sus intenciones.
Más bien me interesan sus palabras en el segundo evento, pues se refieren a un drama perdido de Fletcher y Shakespeare basado en las cervantinas aventuras de Cardenio.
Hay que agradecer ese interés por la literatura española del Siglo de Oro.
También reconocer el interés del encuentro entre las dos grandes cimas de la historia de la literatura; si bien es triste desde luego que se haya perdido, dará motivo a Chartier a brillantes reflexiones sobre el espíritu y la materia de la escritura, entre volatilidad y permanencia.
También al maravilloso encuentro entre novela y teatro, que subraya la teatralidad del Quijote ya mostrada con precisión y rigor por Guillermo Díaz-Plaja.
A ello no fue indiferente Guillén de Castro.
Encuentra Chartier las razones para la elección del tema por los dramaturgos en la afición por la tragicomedia, la fuerza de las pasiones y la teatralidad de la novela de Cervantes.
En fin, no menos en el encuentro entre esas dos maravillosas figuras, el hidalgo castellano y el noble andaluz, «el melancólico y furioso Cardenio».
Sin duda son viejas historias de la melancolía que se iniciaron con los Problemata aristotélicos y resurgieron en el Renacimiento en los escritos de Velásquez y Bright, o en la persona del Tasso enfermo.
«¿Se entrecruzaron la locura de Cardenio y la del caballero andante...?»
Resulta apasionante en el libro de Fernando Serrano Mangas la reconstrucción de la figura de un médico a través de los libros que escondió en su hogar, recientemente descubiertos.
Libros de gran valor, incluso alguna desconocida edición del Lazarillo.
Nos habla el escondite y el encuentro -y el autor que los estudia-de las lecturas de su dueño, de sus aficiones, sus saberes, pero también de su vida y sus miedos.
Los médicos judíos perseguidos por la Inquisición sabían bien el riesgo que corrían si eran descubiertos en sus prácticas o en sus lecturas y devociones.
No es extraño pues que alguien asustado o con prisas por escapar disimulase sus aficiones.
Además un cuidadoso estudio archivístico nos permite reconstruir la familia, sus enlaces y estrategias, también la figura del médico de la época o el papel de la mujer.
Es un prodigio cómo entreteje Fernando Serrano Mangas las informaciones que los archivos proporcionan sobre la vida de distintos profesionales de la sanidad, médicos, cirujanos o boticarios.
También acerca de la vida en los pequeños pueblos, las estrategias de las familias, las comunidades judías... saberes, ceremonias, estilos, negocios, sobre sus posesiones (casas, huertas, molinos...), hospitales y cofradías...
En fin, el papel de la mujer en las familias, las relaciones con Portugal o el influjo de la Universidad de Salamanca sobre el entorno profesional.
Los libros encontrados pueden ser propios de la profesión médica, o del origen hebreo de su propietario, criptojudío, médico y de Llerena.
«Son los libros de un médico, pero son aquellos de los que nadie reconocería en público, o ante la comunidad, su pertenencia, por razones obvias, y más si la situación coyuntural se presentaba peligrosa» (F. Serrano Mangas, p.
Al parecer se guardan en 1557, cuando se dirige a Portugal su propietario.
Entre los libros aparecen dos obras de Erasmo, algunas de quiromancia, astrología, adivinación, exorcismos...; también Confusión o confutación de la secta Mahomética y del Alcorán de Juan Andrés y el Libro del Alboraique «un panfleto contra los conversos» según Francisco Rico, «un tratadito dirigido contra los conversos» según Caro Baroja (F. Serrano Mangas, p.
De interés literario son La Cazzaria de Vignali y el Lazarillo de Tormes, añaden la búsqueda de diversión y amenidad, por tanto un toque personal.
Una nómina emerge también y es analizada con gran cuidado.
Al parecer eran estos objetos talismanes en viajes y peligros.
«La razón de ser de las mismas responde a la incertidumbre y a la inestabilidad a las que se veían sometidos los descendientes de los antiguos hebreos españoles, añadiéndole a lo dicho el riesgo inherente a los continuos y prolongados viajes por caminos y mares plenos de peligros, ya sean por parte del hombre o de la naturaleza, que se derivaban de la actividad mercantil, tan característica de este grupo social» (F. Serrano Mangas, p.
Su origen está para el autor no solo en la tradición morisca, también en las de peregrinos, marineros y soldados.
Se han encontrado con variadas leyendas amorosas o religiosas, siendo amuletos o mensajes, fuese el portador judío, cristiano o musulmán.
La conservada entre los libros nos habla de religión y medicina, de Roma, Peñaranda y Portugal.
Ángel Weruaga Prieto nos presenta un largo y ambicioso trabajo doctoral.
Se ha realizado en él un recorrido esforzado por el archivo de protocolos, a través de un largo millar de inventarios.
Se han reconocido muchos de esos volúmenes, publicando 1748 títulos identificados.
Libros devotos, a la cabeza fray Luis de Granada, libros de historia también.
Dedica páginas interesantes a la lectura femenina, sus bibliotecas en buena parte dirigidas a la distracción y a la devoción.
Señala la dificultad en saber en los protocolos a quien pertenece el libro, si al marido o a la mujer.
También se pregunta si hay aquí un tipo distinto de lectura, pues el hombre en el uso del libro es más profesional, o bien busca el prestigio y menos el entretenimiento.
Se trata de una ciudad universitaria, entonces tal vez la más importante, que recetaba libros para las lecciones, pero también para los tribunales, las consultas médicas, los confesionarios...
«Es un objeto que no sólo les ayuda a alcanzar el saber, llave del poder las menos veces, de un trabajo pagado las más, sino que sirve para combatir a los rivales en los siempre conflictivos claustros universitarios y para exhibir su seducción casi mágica ante los compañeros envidiosos y los analfabetos.
Incluso en las bibliotecas eclesiásticas, en las que la profesión y la devoción van de la mano, no podemos dejar de ver en ellas una herramienta al servicio del oficio.
En cambio, entre las mujeres la lectura no da poder, si acaso quebrantos por intentar trastocar el orden del mundo y desarrollar una práctica cultural a ellas vedada, de ahí que sólo busquen recreo, realización personal, evasión, conocimiento de sí mismas...»
Al final da vida a algunos lectores.
Importantes son las bibliotecas de los universitarios, así lo muestran los estudios sobre las de la Universidad, así como las colegiales y conventuales.
Consiguen esos lectores a través de sus volúmenes el servicio a la corona y a la iglesia, en los largos años de Contrarreforma.
Se plantea la existencia de una Ilustración salmantina, que supuso una cierta apertura, a través de la Universidad o las tertulias, como se mostraría en las anatomías, la filosofia de Losada, la escuela poética, la influencia de personajes como Cadalso, Forner o Jovellanos.
Hay que añadir las reformas universitarias y no olvidar la familia Torres.
Nos detendremos en las páginas que consagra a las bibliotecas de sabios, médicos y científicos.
Si bien las de artes (o filosofía) y medicina eran facultades de pequeña importancia en comparación con teología o los derechos civil y canónico, para nosotros tienen especial importancia en esa renovación de la Universidad querida por los primeros Borbones y sus ministros.
En su visita a Salamanca, Antonio Ponz dio testimonio de esta mejora.
En las bibliotecas médicas no hay muchas novedades, así faltan movimientos renovadores, como la iatroquímica, no aparece Paracelso.
Un par de obras de Diego de Santiago -estudiado por Eugenio Portela-en manos de boticarios tan solo.
Rara vez se encuentra Sydenham o Boerhaave, en un mar de pergaminos de Hipócrates, Galeno y Avicena, también de los grandes maestros de las universidades castellanas.
Parece comenzar un cambio a partir de 1750, apareciendo Sydenham, Boerhaave, Sthal, Hoffmann, van Swieten..., también Musschenbroek y Duhamel du Monceau, por el interés por la física experimental y las prácticas e instrumentos científicos.
Los profesores más ilustrados, las reformas de la Universidad tienen alguna influencia.
También analiza las más humildes bibliotecas de cirujanos y boticarios, todos muy tradicionales, destaca en estos la presencia de Dioscórides e incluso alguna cita de Paracelso.
Luego la Farmacopea matritense.
Se podía consultar en la época la biblioteca del Hospital de la Santísima Trinidad.
Muy interesante es la presentación de la biblioteca de dos astrónomos, el primero Antonio Sánchez de Mendoza, buen continuador de Jerónimo Muñoz, con muchos libros antiguos pero también con copernicanos (coincidiendo con su maestro en el olvido de Tycho Brahe), a más de instrumentos científicos.
Tenía muy rica biblioteca, en náutica y derecho, así como en escritores clásicos o religiosos.
Al parecer es semejante la de Isidoro Ortiz Gallardo, sobrino y continuador de Torres Villarroel.
Sin duda, la figura del tío oscurece a los sobrinos.
Don Diego con su genialidad literaria también ensombreció su propio papel científico.
Presume de introducir por vez primera instrumentos, lo que no es cierto por el recuerdo de Jerónimo Muñoz, que ha estudiado Víctor Navarro.
Tam-bién lo contradice el recuento de instrumentos que señala el autor en manos de su sucesor Sánchez de Mendoza.
Pero es evidente que la traducción de Vaugondy por la familia Torres fue científicamente importante, como señaló Horacio Capel.
También parecen conocer a Copérnico y Ortiz fue un personaje progresista en el contexto salmantino ilustrado.
Sin embargo la biblioteca se diluye en su complejidad y en la falta de obras esenciales, si bien el porcentaje de libros científicos es muy alto.
En matemáticas destaca la obra de Juan Pérez de Moya Aritmética práctica y especulativa, editada en Salamanca.
Está en manos de algunos comerciantes y sobre todo de personajes en relación con los medios académicos.
Se trata de dos libros muy distintos, pero semejantes en su intención: mostrar el peligro que personalidades patológicas pueden suponer para los pueblos, las naciones, para la humanidad incluso.
Emil Ludwig fue un notable escritor alemán, excelente biógrafo, que en la Europa prebélica y bélica presenta al mundo el peligro de los dictadores entonces en el poder.
Es un privilegiado observador, teniendo además la ventaja de haber podido entrevistar a algunos.
David Owen es un escritor actual formado en medicina y política, que muestra el papel de variadas patologías en diversos personajes y naciones.
Algunos le son cercanos, dados sus oficios ministeriales.
El objetivo que en ambos subyace es el papel de las enfermedades individuales en la historia.
No se trata, por tanto, de grandes epidemias, también sin duda muy influyentes en los avatares humanos.
Se sabe bien desde la «peste de Atenas», en textos de Tucídides y Plutarco, quienes ya señalan en ella el principio del fin de la cultura y la democracia atenienses.
Ya evidencian sus mecanismos, hambre, hacinamiento, miedos, rebeliones y protestas, pero también se insiste en la enfermedad y la muerte del gran Pericles.
Siglos más tarde Jules Michelet aceptaría la partición del reinado del Rey Sol en dos períodos, divididos por los crueles dolores de su fístula.
Que la grandeza y el genio se ven acompañados de la enfermedad es tanto una obviedadtodos enfermamos y morimos sin remedio-como una antigua teoría que aúna la distinción y el sufrimiento.
Desde el escrito Problemata -atribuido a Aristóteles y a Teofrasto-se considera que los grandes hombres, grandes en letras o saberes, en arte o en heroísmo sufren del mal melancólico por culpa del humor de la bilis negra.
Se altera su mente o su cuerpo, siempre en busca del difícil equilibrio hipocrático y aristotélico.
Se recuperan estas ideas en el Renacimiento a través de los manuscritos clásicos y helenísticos leídos por Marsilio Ficino y de nuevo en el Romanticismo repercutiendo en obras como L'Uomo di genio de Cesare Lombroso.
Tras las doctrinas eugénicas de Francis Galton y las biométricas de Kretchsmer o Pende, el nazismo arruinó este pensamiento.
Sin embargo la obra Genie, Irrsinn und Ruhm de W. Lange-Eichbaum -con múltiples ediciones, antes y después de la segunda guerra-superó este descrédito, como diccionario ameno y divertido de patobiografías.
También la tradición religiosa -estudiada por Pedro Laín Entralgo-que reúne enfermedad y pecado o culpa, se hereda.
Alguna relación tiene con esta tradición judeocristiana la obra de Sigmund Freud.
La herencia del pecado de Adán y Eva o el de Edipo se mantienen en nuestros días.
Sin duda la literatura de creación bebe en estas fuentes.
En esa época en que Ludwig -y Stefan Zweig-escriben, mostraba Gregorio Marañón los condicionamientos que en cuerpo y mente tuvieron Enrique IV o Tiberio.
Reunió en sus ensayos sus conocimientos psicológicos y clínicos, así la endocrinología, para entender el comportamiento humano.
Las ideas sobre constitución están presentes, así las de Kretschmer.
En su estudio sobre el conde duque de Olivares, llama la atención el papel que otorga a la sífilis en el comportamiento, considerando a estos enfermos personajes importantes en la historia.
A su vez Thomas Mann, que en La montaña mágica había acentuado el papel de la tuberculosis en el período de preguerra, en Doktor Faustus la locura engendrada por la enfermedad venérea lleva a Adrian a la genialidad artística.
Las dos enfermedades son espejos del tiempo en que se vive y anuncian las dos guerras mundiales.
La valía personal y el destino del pueblo alemán dependen de estos sufrimientos.
Grandes personajes, como Chopin o Schubert las padecieron.
Son interesantes los puntos de vista que adopta el escritor y biógrafo Emil Ludwig, quien vive los acontecimientos que dramatiza.
Es un personaje de la época, a la vez escritor, estudioso y periodista que entrevista a alguno de esos dictadores.
Así a Mussolini y Stalin, incluso sabe que Hitler ha leído su biografía de Napoleón, subrayándola con gruesos trazos rojos.
También señalará que Stalin hacía constantes dibujos al ser entrevistado, tal vez para no mirar al visitante, con lápiz bicolor, pero usando también el rojo y no el azul.
Esta vivencia cercana y lejana la compara con dos personajes que asisten a la ópera en primera y última fila, uno atiende al cantante, el otro al drama, «sus impresiones respectivas se diferencian entre sí tanto como las de una persona que estudia su tiempo y de otra que estudia Historia».
Su técnica es cuidada y compleja.
«Por eso, en el gran espectáculo que se desarrolla desde hace ya veinticinco años ante nuestros ojos, yo me he reservado dos localidades, una en lo más alto y otra en primer término, y con frecuencia me cambio de sitio durante el mismo acto» (p.
Se ha ocupado de estudiar el corazón humano, el carácter de las naciones y sus dirigentes, lo que le ha permitido vaticinar los acontecimientos de la época en que escribe (1939), así la guerra.
Desde las primeras páginas Ludwig se ocupa de señalar aspectos psiquiátricos: Hitler no sería condenado por ser un enfermo mental, afirma.
Un «destacado higienista etnólogo», profesor en Munich, lo califica de «convulso demencial» ya en 1923.
«Un hombre patológico que, como es frecuente en la Historia, se ha empinado hacia un sentimiento de sí mismo mediante la exageración enfermiza de ciertos motivos, y que de él saca sus resoluciones y actos.
Con este temperamento cálido, con esta proclividad a las locas empresas, se distingue por completo de Mussolini, que es frío y cínico.
La vinculación, con frecuencia estudiada, de genio y locura se hace clara en los momentos más fuertes de la vida de Adolfo Hitler» (p.
Esta patología puede convertirlo en inimputable y duda si en un posible juicio un psiquiatra puede considerarlo responsable.
Es la gran pregunta de la psiquiatría legal, acerca de la responsabilidad del enfermo mental.
Resulta interesante, aunque en esto no acertó, las páginas que dedica a un posible proceso del dictador en La Haya en los años cuarenta (p.
Precisamente en estos días Rosa Montero -y mil otros-se han preguntado también por «La contagiosa locura del asesino noruego» (El País semanal, 21 agosto de 2011, p.
A Ludwig le interesan los caracteres de esos hombres que hacen la historia, a los que llega también por medio de la fisonomía y la conversación.
Faltan otros datos íntimos, que con el tiempo se conocerán.
Relaciona el carácter de estos personajes con traumas infantiles o juveniles, Hitler y Mussolini son artistas o escritores frustrados, muchos conocen la pobreza y la vida frustrada y dura.
«Los psiquiatras saben algo de este anhelo de olvidar un choque o dolencia sufrida en la juventud mediante representaciones gigantescas de sí mismo» (p.
Se explica así en Hitler su megalomanía, su oratoria, sus construcciones y exhibiciones públicas; al uso de la fotografía que señala, añadamos el de la cinematografía, así la persecución de la belleza de la imagen en Leny Riefenstahl.
«Tales naturalezas superdensas caen de repente en la tristeza o en la brutalidad» (p.
Pre-senta sus oscilaciones entre exhibicionismo y grandeza y soledad y miedos.
También sus extraños y variables gustos.
Mussolini le parece el más interesante, aunque acaba despreciándolo por ceder ante Hitler.
Él no era en principio antisemita; sin creer en las ideas racistas, sigue como un cordero al austríaco.
Presenta sus retratos, la fisonomía de la cabeza, también sus actitudes y presentaciones en privado y público.
Su retrato de los veinte años muestra a un fanático o a un poeta, el escritor que quiso ser.
Sus disgustos y frustraciones infantiles y juveniles lo forman, su padre revolucionario, su madre culta, sus lecturas, escritos periodísticos y estudios, sus prisiones, su admiración por César.
Caerá en la «monomanía de grandezas», nos dice (p.
«Se ha elevado a la altura de un concepto y ha resucitado la idea romántica del condottiere del Renacimiento y de dictador de la antigüedad.
El que entre en la Historia como organizador de importancia o como figura trágica va a depender del quinto acto de su vida: ¿entrará o no entrará en la guerra?» (p.
Nos da una notable biografía del cantor del seminario de Tiflis, hijo de humilde zapatero.
No encuentra interesante a Stalin, pero reconoce sus esfuerzos y sufrimientos e incluso su autenticidad.
«El auténtico revolucionario -y entre los tres dictadores solamente Stalin lo es-no perderá nunca por completo su primera visión.
Quien crea, a causa de un rodeo y desviación sorprendente, que ha renunciado ya a la revolución, llegará un día en que se asombre» (p.
Nos insiste en su vida de conspirador, en su lealtad y admiración por Lenin, sus disputas con Trotski.
Una vez más utiliza en la confrontación de los dos enemigos, las entrevistas que les hizo y la fisonomía, la comparación de las cabezas.
Encuentra a Stalin luchando contra la manía de grandezas, a pesar del culto a la personalidad, nos dice.
Pero el mismo Stalin reconoce que la Historia la hacen los héroes, citando La miseria de la filosofía de Karl Marx.
Pero héroes que conocen la realidad, afirmaba el estudioso de lenguas y pueblos.
Fue Ludwig inteligente en adivinar el engaño (doble) que el pacto germano soviético suponía, sabía que era una trampa.
También que Stalin era más inteligente y triunfaría sobre «su antípoda místico-histérico» (p.
En fin, el autor da un giro interesante en las páginas últimas del volumen.
La biografía ya no será de una persona sino de un pueblo.
En capítulos anteriores desde luego había tenido en cuenta los pueblos, junto a los dictadores analizados.
Pero ahora se centra en Prusia, que también estima una enfermedad.
Insiste mucho en el dominio de los Junkers, en el despotismo de sus reyes, en la falta de educación y el terrible sometimiento de los vasallos.
No es cuna de sabios ni de artistas, que proceden -salvo excepciones contadas, nos dice-de otras partes de Alemania.
Prusia ha estado más tiempo en guerra que en paz, los vasallos reciben tan solo palos en la escuela y en el ejército.
Si bien acepta unos cuantos nombres ilustres entre los prusianos, más bien parecen errores.
Así Bismarck, por excepción buen gobernante según él, no gustaba de los uniformes.
Contradice Prusia al Kant de La paz perpetua y también -pudo añadir-al de La disputa de las facultades.
Y, además, su madre era de Nüremberg.
Mejor se adapta el austríaco Hitler, quien combina como el prusiano «brutalidad y mecanismo».
Ni siquiera los socialistas prusianos lucharon con el vigor de los otros alemanes, dice olvidando la derivación espartaquista.
Sus conclusiones muestran su inteligencia, prediciendo una Europa unida y dos Alemanias, la prusiana y otra que englobaría Austria.
Concluye con un diagnóstico diferencial: tienen estos personajes en común ansia de poder, poco amor, odio, soberbia, ignorancia, venganza, pero notables diferencias.
«Resulta de ello que, de los tres, el único convencido es Stalin, el único con personalidad Mussolini, y el único loco Hitler. (...)
Dejando aparte la eventualidad de atentados y enfermedades, con que no se puede contar, puede conjeturarse que al final de la guerra Stalin permanecerá todavía en el poder, Mussolini sólo en el caso de continuar neutral, y Hitler, en ningún caso» (p.
Cuando estos personajes se olviden, se seguirá hablando de sabios y artistas.
«Recaerán, después de la guerra, el poder y el influjo otra vez en el hombre de Estado que sea menos actor y más técnico, menos orador y más especialista.
El aire de circo y de cine en que respiran los dictadores de nuestros días será sustituido por un cuarto de trabajo bien ventilado, donde se negocie en lugar de amenazar, y donde en lugar de tronar se arriesgue incluso la sonrisa» (p.
Dudamos que hayan sido eficaces esas críticas al orador y al influjo de la radio, hoy los grandes mítines y la televisión siguen albergando a los líderes, más que esos sosegados cuartos de trabajo.
En sentido inverso, David Owen insiste en el daño que el poder conlleva a quienes lo detentan.
Es graciosa la aplicación de este diagnóstico a los personajes de la guerra de Irak, a Bush y Blair, a los que pudo añadir algún otro político.
«En otras palabras, la experiencia de estar en el poder ¿puede producir por sí misma en los estados mentales unos cambios que luego se manifiestan en la conducta propia de la hybris?»
Tomando esta idea del Fedro platónico, el autor como ministro de exteriores fue un buen conocedor de algunas enfermedades de gentes poderosas.
No faltan casos muy notorios, que van desde Hitler hasta Mitterrand.
De otros enfermos ilustres, nos son menos conocidas sus patologías y las posibles relaciones de sus dolencias con sus actuaciones.
Nos presenta las de Eden y la crisis de Suez, o bien las de Wilson con motivo de la Sociedad de Naciones.
También las enfermedades de Eisenhower, o del Sha de Persia, que les hacen titubear en sus actuaciones y, sobre todo, en su mantenimiento en el poder.
Mima desde luego la figura de John F. Kennedy, personaje que contó con un gran atractivo en todo el mundo.
Su fuerza y su debilidad, sus contradicciones hicieron que fuera tildado de «débil y neurótico».
Diferente del enérgico militar Eisenhower, tal vez su actuación en el desembarco en Bahía Cochinos y en la crisis de los misiles fue facilitada por una necesidad de compensación y de demostración pública de decisión.
Las enfermedades que mantuvo en la sombra hacen al autor llegar a algunas afirmaciones.
Son acertadas las referentes a la información al público que el gobernante debe, pero sin duda la valoración de la enfermedad varía según de quien se trate.
Y enfermedades graves en unos pueden no serlo en otros, un piloto debe tener extraordinaria vista que otros no necesitan.
Bien diferentes son además las patologías, una tuberculosis o un reuma, un tumor o una miopía, una demencia o un catarro.
Y también el uso que los medios y el público hacen de las enfermedades de gentes notables es a veces peligroso.
El papel de una enfermedad en unas elecciones, en la toma de decisiones, en la retirada de los cargos públicos es notable.
Tanto el público como los espías están siempre atentos a las debilidades de los gobernantes.
Los informes sobre Kennedy o Kruschev condicionaban la actuación de los bloques en la guerra fría.
Sin duda, cuando algún mal afecta a un poderoso, famoso o popular personaje, como artistas o sabios, adquiere mayor repercusión, es así fácil relacionar el poder con algunas patologías.
Se lee bien el libro, que es ameno y documentado.
Mantiene ese interés por la repercusión de la enfermedad en la vida pública a través de los políticos, llegando a sugerentes propuestas.
«Lo que el mundo necesita son líderes más prudentes y más sanos» (D. Owen, p.
Pero todos padecemos enfermedades, y no es lo mismo el paciente que el observador.
Un problema puede ser considerado leve o grave por el poderoso, por el médico y por la opinión pública y los medios.
El número infinito de patologías ha variado a lo largo de los siglos, según épocas, enfermos y tratamientos.
Incluso la cirugía no tiene la seriedad que presentaba hace unos siglos.
Pero lo que no se le puede negar al autor es que los personajes políticos están sometidos a la mirada del público y a los deberes y las obligaciones de su cargo.
En todo caso, el ocultamiento siempre es peligroso.
[ISBN: 978-84-362-6077-9] La multitudinaria actividad académica y editorial internacional con la que en el año 2009 se celebró el bicentenario del nacimiento de Charles Darwin y el 150 aniversario de la publicación de On the Origin of Species, contó con la aportación de esta revista Asclepio, que dedicó el segundo fascículo de dicho año a un número monográfico, bajo el título «La teoría de la evolución.
Historia, controversias y perspectivas actuales».
Fue una forma de exponer la importancia que tiene en la historia de la ciencia la formulación de la teoría de la evolución de Charles Darwin en el siglo XIX, y su influencia en la cultura y sociedad modernas.
Pues bien, la efemérides ha continuado aportando magníficas contribuciones.
Un ejemplo es este libro de Margarita Hernández Laille, doctora en Ciencias de la Educación por la UNED, con premio extraordinario.
En él se recoge, en un estudio original e inédito, cómo se contemplaron las ideas y teorías de Darwin en los manuales escolares y en las aulas no universitarias de España e Inglaterra, durante el período 1870-1902.
Esta obra es el final de una persistente y elaborada investigación en las bibliotecas de los dos países citados anteriormente y se enmarca en la línea de trabajo del proyecto MANES de la UNED.
Becada por esta universidad para realizar su tesis sobre la enseñanza del darwinismo en España e Inglaterra, Margarita Hernández Laille fue nombrada en 2008 Fellow de la Linnean Society de Londres y desde 2010, es miembro y representante en España de la Society for the History of atural History.
Como indica la autora en la introducción, el primer objetivo de la investigación fue no sólo conocer cuándo se introdujo el evolucionismo darwinista por primera vez en los manuales escolares de ciencias naturales de la enseñanza Secundaria en España e Inglaterra, sino también cómo se produjo este proceso y cuál fue el desarrollo de esta enseñanza.
Como un segundo objetivo se planteó indagar la postura de las autoridades políticas y académicas de ambos países ante la introducción del darwinismo en las aulas.
Por último, se ha analizado el papel que desempeñaron las respectivas iglesias y las instituciones no dependientes de los poderes públicos.
Aunque la comunidad científica española pronto estuvo al corriente de la publicación de la obra del naturalista inglés, la reacción a las ideas evolucionistas de Darwin en España durante el siglo XIX fue muy tardía.
Un factor externo que condicionó la recepción del evolucionismo darwinista en España fue la influencia en la política gubernamental de los sectores católicos más intransigentes, que afectó negativamente a la libertad de enseñanza e impulsó la existencia de una férrea censura oficial.
En síntesis, un entorno reaccionario que impidió en la década de los años sesenta, últimos del reinado de Isabel II, la circulación impresa de cuestiones ideológicas perturbadoras para el estatus político dominante, como podía ser la teoría de la evolución de Darwin.
Así, no sólo la primera traducción íntegra al español de On the Origin of Species se hizo esperar hasta 1877, sino que hasta la apertura de las libertades públicas (libertad religiosa, de imprenta, de enseñaza...), promovidas por los gobiernos democráticos durante el Sexenio Revolucionario (1868-1874), no comenzó a difundirse y discutirse la teoría de la evolución darwinista.
En gran medida esta nueva situación fue resultado de la reforma educativa desarrollada en ese período por el grupo de intelectuales liberales seguidor de la filosofía de K.C. Friedrich Krause, cuya concepción sobre la evolución de la naturaleza fue determinante en la acogida del darwinismo en España.
Tras la restauración de la monarquía en España en 1875, el ambiente polarizado que caracterizó a la sociedad, provocó que el debate evolucionista alcanzara cotas polémicas, y que, traspasando el medio científico, afectara a todos los ámbitos de la sociedad.
Por de pronto, el Real Decreto de 26 de Febrero de 1875, del ministro de Fomento Orovio, que regulaba la libertad de enseñanza impidiendo la libre disertación en las aulas universitarias, dio origen a la protesta y consiguiente separación de sus cátedras del profesorado krausista.
La respuesta de éstos fue la fundación de la Institución Libre de Enseñanza, como una alternativa a la enseñanza oficial que acometiera la renovación pedagógica y el desarrollo y fomento de la investigación científica en España.
Un factor determinante en la recepción del evolucionismo durante los primeros años de la Restauración, período caracterizado por una dura confrontación ideológica, fue la influencia de las tradiciones científicas y culturales procedentes de Francia y Alemania, junto a la ejercida por la filosofía spenceriana.
De forma que la reacción inicial al evolucionismo no fue provocado por el impacto directo de la obra de Darwin en la comunidad científica española, sino que se produjo a través de ideas filosóficas y corrientes científicas francesa y alemanas, que estimularon en el ambiente intelectual español la acogida del darwinismo.
El libro de Margarita Hernández Laille, prologado por Diego Núñez, pionero en el estudio del darwinismo en España y referente para todos los que nos hemos dedicado posteriormente a este apartado de la historia de la ciencia, en una parte preliminar alude a la biografía y la obra de Darwin, haciendo especial referencia a su teoría de la evolución por selección natural y a sus ideas religiosas y relativas a la educación.
La primera parte del texto, centrada en el estudio del darwinismo en la historiografía de las ciencias naturales y en los manuales escolares de segunda enseñanza, abarca cinco capítulos en los que se aborda respectivamente, el contexto social y político de las primeras décadas de la Restauración española, la postura de la Iglesia española ante la teoría de la selección natural darwinista, las ciencias naturales en el desarrollo del positivismo y del darwinismo en España, el papel de la Institución Libre de Enseñanza en la introducción del darwinismo en la educación, y, por último, el darwinismo en los manuales escolares de ciencias naturales de segunda enseñanza.
La segunda parte del libro, dedicada al estudio del darwinismo en la historiografía de las ciencias naturales y en los manuales escolares de segunda enseñanza de Inglaterra, integra otros cinco capítulos, que abordan respectivamente, la recepción y transmisión de la teoría de la evolución de Darwin en la Inglaterra victoriana, la educación científica de Inglaterra durante el último tercio del siglo XIX, la enseñanza de las ciencias naturales en la Publics Schools, el darwinismo y la influencia universitaria sobre los libros de texto recomendados en las escuelas públicas, para terminar con la presencia de las ideas de Darwin anteriores a la publicación de On the Origin of Species (1859) y el darwinismo en los manuales escolares de segunda enseñanza en Inglaterra entre 1859 y 1902.
Tras el epílogo, la magna obra de Margarita Hernández Laille, recoge una pormenorizada relación de las fuentes primarias y secundarias utilizadas en la investigación, así como de bibliotecas y archivos consultados, tanto de España como de Inglaterra.
Culmina el libro, con once espléndidos apéndices, que incluyen novedosos modelos de fichas de análisis de manuales escolares de ciencias naturales de segunda enseñanza, utilizados en España e Inglaterra.
Con el resumen descrito anteriormente sobre el contenido de la obra, el futuro lector sólo puede hacerse una idea aproximada de la extensa información que se recoge en el texto.
Resulta encomiable la exhaustiva labor investigadora realizada por Hernández Laille, de manera que los historiadores de la ciencia especializados en la recepción, crítica y difusión del darwinismo en Europa, Estados Unidos y Latinoamérica, nos encontramos con una ingente cantidad de información que permitirá asentar el conocimiento positivo sobre la interacción de la teoría de la descendencia con modificaciones y su impacto en las ciencias naturales, en la sociedad y cultura occidental de la segunda mitad del siglo XIX.
En este sentido, Hernández Laille realiza una especial contribución a la cuestión de la relaciones entre ciencia y religión, y al papel fundamental en el debate entre ambas desempeñado por las obras de Darwin relativas al origen de las especies y de la humanidad.
En síntesis, nos encontramos una trabajada obra que complementa y enriquece los estudios históricos-científicos sobre la introducción de la obra evolucionista de Darwin en España, con el valor añadido de su dimensión comparativa.
Cómo la psiquiatría y la industria farmacéutica han convertido emociones cotidianas en enfermedad, Granada, Zimerman Ediciones, 2011, 294 pp.
[ISBN: 9788493804220] Está previsto que en el año 2013 se publique la quinta versión del Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (DSM), que llegará con nuevos diagnósticos y umbrales más bajos para los trastornos ya existentes.
No exento de críticas por su secretismo, el borrador que apareció hace algo más de un año ha dejado claro que la Asociación Americana de Psiquiatría pretende continuar con el aumento en las tasas de los trastorno mentales, aunque sea a costa de, como señalaron Kutchins y Kirk, volvernos a todos locos (Kutchins, H. y Kirk, S. (1997), Making us crazy: DSM: The psychiatric bible and the creation of mental disorders, The Free Press, New York.)
Por poner sólo algunos ejemplos, entre estos diagnósticos, el trastorno mixto de ansiedad depresiva permitirá, a partir de una mezcla de las categorías de ansiedad y depresión, diagnosticar a los que no cumplan los ya de por sí inclusivos criterios de alguno de los dos trastornos, como si la prevalencia de ambos no fuera en la actualidad suficientemente alta.
Con la aparición del trastorno por duelo prolongado y el trastorno cognitivo menor, se formaliza el objeto de la crítica que en los últimos años se ha hecho a la medicalización de las fases de la vida por las que, con mejor o peor suerte, la mayoría vamos a pasar: la vejez y el duelo.
Pero seguramente el más injusto de los nuevos diagnósticos sea el síndrome de riesgo de psicosis, que con una estimación del 70% de falsos positivos, condenará a un gran número de adolescentes en el mundo entero a la etiqueta de psicosis y a una muy controvertida medicación, dejando abierto además el camino al tratamiento del riesgo.
Ante este panorama poco alentador, resulta muy oportuna la aparición de la edición española del libro de Christopher Lane, publicado originalmente en inglés en 2007, sobre la construcción de la fobia -o ansiedad-social como enfermedad psiquiátrica.
Su gran aportación frente a análisis similares es haber tenido acceso a los archivos de la APA para mostrarnos, de manera precisa y minuciosa, la historia de los motivos e intereses que condicionaron la redacción del DSM III.
Actas originales, correspondencia y otros documentos de los grupos de trabajo que, junto a las entrevistas con los que participaron en el proceso, no dejan mucho espacio para interpretaciones diferentes a las que nos propone el autor.
Para explicar las principales claves de la historia reciente de la psiquiatría, Lane utiliza a lo largo del libro a modo de hilo conductor la historia del nacimiento y el desarrollo de la fobia social, paradigmática tanto por su vaga definición como por el rápido ascenso de su incidencia, de meramente anecdótica a casi epidémica.
La fobia social se incluyó como categoría diagnóstica en el DSM III.
Este manual apareció a principios de los años 80 con un gran número de enfermedades, hasta entonces inexistentes, que se introdujeron en el universo psiquiátrico y cambiaron el estatuto de millones de personas que empezaron a ser consideradas y tratadas como enfermas mentales, en el que fue el primer paso para el tratamiento de simples emociones como enfermedades.
El DSM III se diseñó a partir de 1974 como un intento de paliar la crisis de la disciplina psiquiátrica.
Varios experimentos acababan de poner al descubierto lo arbitrario del diagnóstico psiquiátrico y el bajo consenso que existía entre profesionales para establecer el mismo.
El experimento que tuvo mayor repercusión fue el que llevó a cabo David Rosenhan, que mostró lo fácil que era simular la enfermedad mental.
Ocho personas acudieron a las urgencias de diferentes hospitales de Estados Unidos y fingieron como único síntoma oír una voz que les decía «zas».
Los ocho fueron ingresados, casi todos con el diagnóstico de esquizofrenia, y pese a que una vez ingresados aseguraron dejar de oír la voz y no presentaron ninguna sintomatología, permanecieron encerrados una media de 19 días, y fueron dados de alta por remisión temporal de los síntomas sin que hubiera sospecha de la simulación.
Esto sucedía en un momento de especial crudeza del enfrentamiento entre psicoanalistas y neuropsiquiatras y de aumento del coste sanitario.
Las aseguradoras empeza-ron a inquietarse, ¿por qué iban a pagar por una «enfermedad» que se podía simular y en la que ni siquiera los psiquiatras se ponían de acuerdo?
El DSM III fue el intento de calmarlas.
La edición del DSM terminó con la lucha entre neuropsiquiatras y psicoanalistas, resolviéndola a favor de los primeros.
Como la intención inicial era mostrar cierta apariencia de neutralidad en la redacción del manual, se eligió al psiquiatra Robert Spitzer, con formación como analista, para presidir el grupo de trabajo.
Sin embargo, pronto se mostró evidente que la intención era desbancar a los psicoanalistas, ya que ninguna de las propuestas realizadas por ellos apareció en la versión definitiva del manual.
La maniobra para mermar su poder era anterior, pues el propio diseño de un manual que buscara resultados rápidos y estandarizados iba claramente a favorecer a los neuropsiquiatras.
La elaboración de un compendio diagnóstico basado en la descripción de síntomas era algo que descartaba la teoría psicoanalítica, ya que para ésta los síntomas muestran tanto como esconden la angustia del paciente.
Se eliminó cualquier mención a la neurosis y se pasó a hablar de trastornos, en lo que supuso una biologización de la categoría, un paso del conflicto psicológico a la dolencia médica.
La condición biológica se convirtió además en requisito para el pago de las aseguradoras.
El grupo de Spitzer trató de llenar las lagunas e introducir subcategorías, y en 6 años «descubrió» 112 nuevos trastornos.
Quizás la mayor sorpresa que deja la lectura de los entramados de la elección de estas categorías no sea la confirmación de lo marcada que estuvo por intereses económicos, ambiciones personales y luchas corporativas, sino el más desconcertante papel que jugaron las decisiones rápidas, la arbitrariedad y la falta absoluta de rigor.
Estudios con evidencia en contra, expertos que plantearon el sesgo a favor de la extraversión e incluso psiquiatras que aseguraron cumplir ellos mismos los criterios diagnósticos, no fueron suficientes para dejar de incluir en el DSM la fobia social, años después transformada en la más amable e inclusiva ansiedad social.
Y así, el camino que empezó el grupo de Spitzer fue continuado por las compañías farmacéuticas, que para vender un medicamento, vendieron previamente la enfermedad.
¿Y cómo se vende una enfermedad? mediante presión a profesionales, financiación de asociaciones de afectados, y anuncios directos al consumidor -prohibidos en Europa-en los que se puede prometer desde exuberancia sin esfuerzo hasta sociabilidad entusiasta o virilidad.
De ese modo el Paxil® (Paroxetina), se convirtió en uno de los fármacos más utilizados para el tratamiento de la fobia social, pese a no contar con evidencias que demuestren que funciona mejor que un placebo, aunque se hayan creado grupos de afectados por sus efectos secundarios, y a pesar de que, como sucede con el resto de psicofármacos, no se conozcan las consecuencias de su consumo a largo plazo.
Los excesos de los psicofármacos son sin duda, el capítulo más oscuro de la medicalización de las emociones.
Frente a algunos análisis críticos con la psiquiatrización y la medicalización que se limitan a analizar la situación sin plantear alternativas, el autor de La Timidez ofrece otras explicaciones para la fobia social en los últimos capítulos del libro.
No debemos olvidar que aunque la industria y la psiquiatría inventen enfermedades, lo hacen allí donde existe un malestar que busca un sentido, y es por eso que la solución psiquiátrica en cierto modo funciona.
Cuando Lane analiza otras explicaciones para la fobia social plantea la insuficiencia del enfoque sociológico, que no explica las diferencias individuales y cuestiona también el tratamiento cognitivo conductual, por lo apresurado y normativo.
El autor apuesta claramente por un abordaje psicoanalítico del fenómeno y describe a los ansiosos sociales, de acuerdo con los análisis freudianos del superyó, como hipervigilantes de su comportamiento debido a una aceptación exagerada de las exigencias sociales.
Frente a la explicación psicoanalítica la hipótesis cerebral, además de legitimar el abuso en la prescripción de psicofármacos, nos impediría preguntarnos por el significado cultural de la fobia social.
Hay un último aspecto que Lane no tiene en cuenta y que me parece necesario para entender la medicalización de las emociones en toda su complejidad.
Ésta no habría sido posible sin el establecimiento previo de una cultura terapéutica que situó en primer lugar el yo y las emociones, que pasaron a entenderse como categorías privilegiadas para interpretar las relaciones sociales y la realidad; una cultura terapéutica en la que Freud y los psicoanalistas tuvieron un papel central.
Las emociones fueron puestas en el centro primero, como objeto de análisis, intervención, reestructuración y mejora a través de la terapia, para luego ser medicalizadas y somatizadas mediante el giro biologicista.
Si nos planteamos buscar alternativas a la solución psicofarmacológica, deberíamos tener en cuenta que algunas características de la lógica terapéutica como el autocentramiento, la autobservación y la autoevaluación, son precisamente un aspecto central de la fobia social, en la que se da una inversión obsesiva en el yo.
Al visitar el popular foro de autoayuda de Internet sobre la fobia social -fobiasocial.net-, que tiene como cabecera o estás solo, encontramos algo más que un sesgo en nuestra sociedad a favor de la extraversión, explicación de la fobia social en la que insiste Lane a lo largo de todo el libro.
Entre los mensajes más recurrentes se encuentran la desconfianza hacia el otro, la soledad, la imposibilidad de vivir la intimidad y la amistad, y la falta de sentido.
Esa imposibilidad de encontrar sentido cuando no hay encuentro ni vínculo compartido es común a la fobia social y la depresión, y si bien difícilmente se puede tratar mediante la corrección de neurotransmisores, no está tampoco claro que sea algo que vaya a resolverse en el diván.
Instituto de Historia, CCHS (CSIC) |
Entre las características científicas y humanas de mi maestro Juan Vernet destaca su insaciable curiosidad que le hacía interesarse por casi todos los aspectos del conocimiento humano, algo que se ha reflejado en su obra, que abarca desde las primeras traducciones directas al castellano de El Corán y de Las Mil y Una oches, hasta una monografía sobre Copérnico, una Historia de la Ciencia Española y el capítulo, de más de cien páginas, del tomo XXXV-1 de la «Historia de España Menéndez Pidal» (Madrid, 1989) sobre La ciencia y el pensamiento científico en la España del Romanticismo (1808Romanticismo ( -1874)).
Todo lo anterior nos revela un personaje que, por más que fuera conocido sobre todo como arabista y como historiador de la ciencia árabe, se negó siempre a encasillarse.
Cuando se esperaba algo de él se rebotaba en otra dirección.
En sus últimos años recuperó su interés por el Corán, que había traducido dos veces, fomentó la publicación de coranes traducidos por moriscos españoles en el siglo XVI, y pensaba en la conveniencia de traducirlo de nuevo teniendo en cuenta las interpreta-ciones que leía en las fetuas de muftíes orientales de fines del siglo XX y principios del XXI, en las que se aplicaba la normativa coránica a los problemas de hoy.
Quisiera, no obstante, llamar la atención sobre algunos aspectos de su producción científica en el campo de la historia de la ciencia que merecen una atención especial y que se encuentran, a veces, en artículos de una mínima extensión: un artículo de dos páginas, titulado «La maldición de Perfecto» me resultó, en su día, enormemente esclarecedor para comprender los profundos cambios culturales que se produjeron en Córdoba, a mediados del siglo IX, en la corte de Abd al-Rahmán II.
Fue también Vernet quien puso de relieve que la ciencia andalusí del siglo VIII y principios del IX se basaba en fuentes latinas, algo totalmente revolucionario para los historiadores de la cultura árabe quienes siempre habían creído que esta cultura se apropió de las fuentes griegas pero ignoró las latinas.
En estos pequeños trabajos, la imaginación de Vernet se desbocaba a veces y planteaba hipótesis atrevidísimas como la de los contactos entre los astrónomos de Alfonso X y los que trabajaban, en la misma época, en el observatorio de Maraga (Irán): la comunicación mutua de la hora de un eclipse de luna en Toledo y Maraga habría producido la considerable mejora de la diferencia de longitudes entre Oriente y Occidente que se observa en los mapas islámicos de los siglos XIV y XV.
Su interés por Alfonso X le llevó a descubrir, en un manuscrito de El Escorial, un tratado sobre mecánica recreativa (relojes, máquinas de guerra y juguetes mecánicos) debido a un tal Ibn Jálaf al-Muradi (Toledo, s. XI).
El manuscrito mismo fue copiado también en Toledo durante el reinado de Alfonso X y lleva una nota gracias a la cual se documenta que fue leído por Rabbí Ishaq ben Sid, el principal colaborador científico del monarca.
Se interesó asimismo por los problemas de la navegación y formuló la teoría de que las técnicas de la navegación astronómica, con las que se podía navegar sin necesidad de seguir la costa, fueron conocidas a partir del siglo III de nuestra era y se transmitieron en secreto, de padres a hijos y de maestros a discípulos, dada su importancia comercial.
El resultado de todos los conocimientos acumulados gracias a la investigación dio lugar a una gran obra de síntesis que, en su primera edición (1978), se tituló, por imposición editorial, La cultura hispanoárabe en Oriente y Occidente, título que se cambió, en la reimpresión de 2006, por el más adecuado Lo que Europa debe al Islam de España, resultado de una adaptación del título de la versión francesa del libro (Ce que la culture doit aux Arabes d'Espagne).
Este libro no es una historia de las traducciones árabo-latinas o árabo-romances realizadas en la Península Ibérica en los siglos XII-XIII sino una historia de los conocimientos transmitidos, siglo por siglo, a través de España.
Con él se pone de relieve que sólo los libros orientales que llegaron a al-Andalus, así como los libros producidos por la cultura autóctona, pudieron ser traducidos y transmitidos a Europa.
En resumen: con Vernet desaparece un gran maestro y -conviene insistir en ello-una gran persona que siempre fue fiel a sus maestros, a sus discípulos y a los discípulos de sus discípulos, a los que siempre ayudó en cualquier aspecto de su actividad científica o personal.
Como Antonio Machado era «en el buen sentido de la palabra, bueno». |
estaba de moda en la literatura y la política.
Humboldt y Ticknor no estaban de acuerdo en todas las cuestiones políticas.
Sin embargo, el respecto que existía entre ellos evitó los asuntos controvertibles en su conversación y posiblemente en su correspondencia.
Con su habilidad para clasificar las cosas tenían en común por encima de sus diferencias ser capaces de mantener un diálogo fructífero trasatlántico durante cuarenta años.
PALABRAS CLAVE: Alexander von Humboldt, George Ticknor, Estados Unidos, Europa, literatura, política. |
Comenta Nietzsche, en un aforismo incluido en Aurora, que la ciencia funciona al revés que la prestidigitación.
En ésta, el mago nos hace ver -haciendo desparecer al sempiterno conejo-una causalidad simple donde en realidad opera la compleja causalidad del truco y del montaje.
La ciencia en cambio (al explicar algo de aspecto tan corriente como la caída y la puesta de sol, por ejemplo) nos revela que tras la aparente simplicidad se oculta un mecanismo causal bastante complicado.
Este mismo empeño es el que gobierna la investigación de José Luis Moreno Pestaña.
Se trata por una parte de un análisis sociológico de los trastornos alimentarios.
En ningún caso se niega la condición patológica de éstos.
Frente a versiones más o menos vulgares de Foucault o de la «teoría del etiquetaje», filtradas políticamente por el feminismo, la queer theory o la antipsiquiatría, se afirma decididamente que los trastornos alimentarios constituyen una enfermedad.
No se está ante construcciones sociodiscursivas promovidas por un aparato psiquiátrico puesto al servicio de las fuerzas del patriarcado, el control social o la clase dominante.
Ahora bien, este reconocimiento de la condición patológica inducida por restricciones alimentarias intensas, implica al mismo tiempo recordar que no se trata sin más de patologías orgánicas o psíquicas, sino que hay dinámicas sociales que las propician.
Aquí se toma distancia tanto de las explicaciones biologicistas como de las cognitivo-conductuales o psicoanalíticas.
Más allá de esas causalidades sencillas, «ídolos del teatro» que funcionan como «refugios de la ignorancia» (Spinoza dixit), trátese de fuerzas sociales abstractas (Patriarcado, Poder psiquiátrico, Capitalismo, Sociedad reflexiva, etc..) o de entidades biológicas o psíquicas invocadas al modo de «virtudes dormitivas» (genes, neurotransmisores, hormonas, traumas), o simplemente del azar y la contingencia individuales, se trata de explorar esas dinámicas sociales propiciatorias, siguiéndolas en toda su complejidad y concreción, no remitiendo a causas sin más, sino desgranando en detalle y
en toda su variedad de registros, los mecanismos sociales implicados.
Esta voluntad de rigor envuelve toda la argumentación y contrasta a la vez con el ilusionismo de las explicaciones postmodernas y objetivistas, y con el funambulismo de los que invocan una mezcla difusa de lo social y lo biopsíquico para dar cuenta de estos trastornos.
Pero además de un análisis sociológico ejemplar y pionero, el trabajo revela, al hilo de la ingente cantidad y diversidad de materiales empíricos contrastados, una serie de aportaciones filosóficas de primer orden.
Así sucede en relación con problemas epistemológicos (¿en qué se distingue el conocimiento práctico y «fronético» del terapeuta respecto al puro conocimiento teórico?; ¿cómo se pueden transformar los enunciados performativos acerca de la enfermedad mental en enunciados constatativos?); antropológicos (¿qué concepto del ser humano está involucrado en una teoría disposicional de la acción?); ontológicos (¿qué perfiles puede tener una entidad como la enfermedad mental?) y éticos (¿qué capacidad de acción, qué grado de libertad tienen aquellos que no pueden apaciguar su tensión corporal y caen bajo la gestión terapéutica?; ¿qué recursos y estrategias despliegan para salir de la situación a la que han llegado?).
La discusión filosófica se desliza siempre al hilo de la resolución de problemas empíricos; no se trata de comentarios al margen ni de digresiones extemporáneas.
Un ejemplo magistral de este ejercicio lo representa un pasaje del capítulo 4 (pp. 144-148), cuando intentando dar cuenta del habitus de un grupo de amas de casa de extracción popular, ambivalentes ante las restricciones alimentarias, introduce la teoría spinozista del «individuo compuesto» para explicar la variable composición disposicional del individuo y de las posibilidades de cambiarla.
En vez de considerar los trastornos alimentarios como una categoría nosográfica fija y bien delimitada, objetivable en datos como el índice de masa corporal o en conductas como el vómito intencionado o las restricciones dietéticas extremas, se opta por tematizarlos a partir de la noción de «carrera corporal tensa».
Se trata de una trayectoria o escalera de subida donde la tensión corporal puede acabar derivando en la administración de la propia vida por la terapia profesional, pero que admite asimismo el camino inverso, deteniendo los actos que propician las disposiciones restrictivas hasta llegar a deshacerlas y reconfigurar el conjunto del habitus.
En cualquier caso, esta carrera no se produce nunca en un vacío social; los «datos objetivos» como el índice de masa corporal o las conductas sintomáticas no son sino el eventual resultado visible de una trayectoria que remite siempre a un contexto.
En éste se entrecruzan, siempre en la estela de la dimensión temporal de la experiencia, las normas somáticas del grupo familiar, del grupo de pares, del medio laboral y de la lógica de los mercados sexual y matrimonial.
Aquí comparece también el medio terapéutico, entendido como un campo plural de fuerzas y no como un «aparato» o bloque monolítico (aunque el grado de pluralidad pueda variar según el contexto y la trayectoria considerada), atravesado no sólo por profesionales de distinta índole y por opciones explicativas y terapéuticas diversas, sino también por las interacciones que mantienen con ellos los propios afectados y las asociaciones de familiares.
La noción de «carrera corporal tensa» obliga a cuestionar el uso -habitual en el medio de los profesionales clínicos pero también en ámbitos profanos-de ciertas dicotomías conceptuales rígidas.
Por una parte se hace insostenible la distinción tajante y sustantiva entre lo normal y lo patológico; no existe una frontera clara que permita decidir en cualquier caso y de modo descontextualizado, en qué momento la tensión corporal ingresa en el espacio de la enfermedad.
En segundo lugar, la noción de «carrera» impugna divisiones taxonómicas consagradas, como la que separa a la anoréxica de la bulímica, como si se tratase de casos clínicos perfectamente diferenciables.
Pero Moreno Pestaña no se limita a impugnar; revela el inconsciente de clase que subyace a semejante distinción nosográfica y que se filtra tanto en el discurso profano como en el de los especialistas.
Por último, el concepto de «carrera» lleva a poner en tela de juicio la propensión del análisis sociológico a considerar las distintas variables causales como si actuaran simultáneamente.
Este enfoque, muy común en el empleo, por ejemplo, del análisis multivariado, debe reemplazarse por una consideración atenta a la acción de causalidades en el eje temporal, lo que lleva a preferir técnicas cualitativas como la historia de vida.
El comienzo de una carrera corporal tensa se produce al participar en interacciones sociales donde la posesión de un capital corporal elevado desempeña un papel primordial.
Piénsese por ejemplo en las exigencias del mercado sexual para los grupos de pares juveniles en medio urbano y que aún no han ingresado en la vida de pareja estable.
Moreno Pestaña codifica las interacciones en estos mercados tensos a partir de la teoría de los rituales de interacción desarrollada por Randall Collins.
Los trastornos alimentarios implican que la interacción en estos mercados corporales tensos, ocupa el centro de atención de la persona, hasta el punto de relegar completamente los demás universos de interacción social.
A partir de aquí, y apoyándose en las aportaciones de Merleau-Ponty, se elabora una ontología alternativa de la enfermedad mental a propósito de los trastornos de la alimentación.
La enfermedad consiste en una pérdida de los campos sensoriales compartidos que estructuran nuestra experiencia.
Las personas se concentran exclusivamente en el control de una parte de esa experiencia (las interacciones corporales en este caso) a costa de perder el control de ámbitos importantes que permiten la convivencia con los otros (los familiares, compañeros de trabajo, amistades, parejas, etc..).
En esta idea de la enfermedad como una suerte de «escolástica permanente», de encierro en una única posibilidad vital, se hace patente también la conceptualización de lo patológico elaborada por Georges Canguilhem.
La enfermedad consiste, según este autor, no en la inadaptación al entorno, sino en la imposibilidad de alterar las normas vitales, de crear nuevas normas ante el cambio operado en el entorno.
Como se ha podido evidenciar, las fuentes teóricas del estudio son extraordinariamente ricas y variadas.
Prima sin duda la referencia a una tradición de pensamiento social de raíz fenomenológica que pasa por Merleau-Ponty, Canguilhem, Bourdieu, Passeron, Grignon o Foucault y que guarda claras afinidades con la microsociología de Goffman, Becker y Randall Collins.
Pero en el trasfondo de esta tradición se localiza una teoría disposicional de la acción, de filiación aristotélica, que además de remitir al Estagirita atraviesa referencias tan diversas como las de Tomás de Aquino, Spinoza, Austin, Searle, Hacking o Althusser.
Ya desde la presentación que abre el libro, y esto reaparece en distintos momentos del mismo, la investigación se presenta como un camino en el que el propio autor ha tenido que desaprender y alterar ciertas disposiciones intelectuales (e intelectualistas) interiorizadas en una atmósfera teórica dominada por cierto postmodernismo en ciencias sociales.
Es como si, de forma análoga a como sucede en algunas de las carreras corporales tensas evocadas en el estudio, Moreno Pestaña hubiera tenido que desandar una carrera teórica tensa, haciendo el duelo y la renuncia -o el reajuste, como le sucede con Foucault, invocado a la vez como «obstáculo y ayuda» para su trabajo-de las alternativas teóricas inicialmente adquiridas.
Como buen fenomenólogo, Moreno Pestaña nunca pierde de vista la atención «a las cosas mismas», al problema planteado a través de la enorme cantidad de información contrastada en su trabajo.
Las aportaciones teóricas son sólo herramientas para dar forma y sentido a las dificultades empíricas encontradas, no constituyen un fin en sí mismas, de ahí ese sano y coherente eclecticismo conceptual que recorre toda la investigación.
La información empírica, obtenida principalmente a través del trabajo etnográfico desarrollado durante más de dos años en una asociación de familiares de afectados, es organizada en una trama de configuraciones comparables mediante el recurso a procedimientos cualitativos: la entrevista y la historia de vida para el análisis de las «carreras»; el grupo de discusión para captar la diversidad de culturas somáticas según las distintas fracciones de clase; el uso reiterado del «espacio de atributos» -instrumento elaborado por Paul Lazarsfeldpara ordenar el espacio de posibles lógicos y contrastarlo con las combinaciones empíricamente existentes.
A estos procedimientos hay que añadir la frecuente utilización de cuadros comparativos, de fragmentos textuales obtenidos a través de la observación etnográfica, de fuentes literarias e incluso de datos estadísticos, como los referidos a la relación entre sobrepeso, autopercepción y clase social, elaborados a partir de las tablas publicadas por la Encuesta Nacional de Salud.
Con estos mimbres se elabora un texto secuenciado en ocho capítulos que acompañan a una presentación y a un apartado de conclusiones.
El primer capítulo es un ejercicio de reflexividad que contextualiza en la propia trayectoria el punto de partida de la investigación, toma distancia respecto a otros enfoques del problema y refiere las dificultades encontradas en el proceso de análisis.
El segundo capítulo está centrado en la formulación de un modelo ontológico de enfermedad mental, inspirado en Merleau-Ponty y alternativo tanto respecto a las visiones objetivistas como frente a la denegación postmoderna.
El tercer capítulo sitúa en sus justos límites la validez de un modelo ampliamente extendido entre antropólogos y sociólogos de la enfermedad mental.
Se trata de la representación de ésta como el resultado de la colonización psiquiátrica de la vida cotidiana.
Así por ejemplo, la anorexia no sería más que un invento de la psiquiatría alentado por la voluntad de control social y el encauzamiento disciplinario de las conductas.
Los afectados -empezando por los pacientes burgueses-interiorizarían la etiqueta fabricada y, al modo de una profecía autorrealizada, acabarían amoldando su experiencia a lo que el conocimiento experto espera de ellos.
Este argumento, que según el autor, puede servir para dar cuenta de ciertos procesos observados en la investigación (por ejemplo la asunción del discurso más biologicista e inflacionista de la anorexia en el ámbito de las asociaciones de familiares), se convierte en una caricatura que puede impugnarse tanto en el plano conceptual -aquí es crucial el recurso al análisis del construccionismo realizado por Hacking-como en el empírico.
En este caso la prueba viene dada por la existencia de personas enfermas, es decir, con trastornos alimentarios, sin que en ellas mediara la presencia de diagnóstico psiquiátrico alguno.
El análisis fenomenológico de la experiencia vivida de estas personas, en clave de correlación entre nóesis y noema, le permite a Moreno Pestaña captar esta alteración de los campos sensoriales compartidos, antes de todo etiquetaje experto.
El cuarto capítulo entra ya en la indagación de las condiciones sociales, diferenciadas según las clases y fracciones de clase -además de variables como el género y la clase de edad-que contextualizan la posibilidad de emprender carreras corporales tensas.
Se trata en este caso de delimitar, mediante el trabajo con varios grupos de discusión, las distintas culturas somáticas propias de las clases populares.
Se traza así un espectro que va desde los varones adultos del mundo campesino hasta las mujeres procedentes de fracciones situadas en el límite con las clases medias.
Más allá de las disparidades entre estos diversos grupos, rotuladas con minuciosidad, se pone de relieve la existencia de una «economía moral» -además de unas restricciones de índole económica-que actúa como un mecanismo de resistencia frente a la tensión corporal y que se expresa, entre otras cosas, en una intensa estigmatización popular de la mujer anoréxica.
Esta economía moral funcionará como fuente de recursos a la hora de desandar el camino de la carrera corporal tensa.
El autor -esto se pone de relieve al final de las conclusiones-le otorga por ello una importancia especial, hasta el punto de aspirar, mediante la delimitación de sus mecanismos, a colaborar en la formación de una conciencia política en relación con aquéllos.
En el quinto capítulo, el protagonismo se desplaza a los jóvenes procedentes de las clases populares.
Se trata en principio de grupos más receptivos a los procesos de tensión corporal.
No obstante, existen grandes diferencias.
Para hacerlas inteligibles el autor explora la relación que se da entre los tipos ideales que corresponden a las distintas trayectorias encontradas y las diversas configuraciones familiares que actúan posibilitando o restringiendo esas trayectorias.
Contrastan así las familias que permiten una fuerte individualización de los habitus corporales y aquellas en las que las fuerzas centrípetas restringen esta posibilidad.
Se recorre con mucho detalle toda la paleta de estrategias posibles dentro de este universo, desde el acatamiento hasta la resistencia pasando por la «asimilación con eclipses», además de tener en cuenta los efectos de distensión producidos por el ingreso temprano en la vida matrimonial o en la pareja estable.
El sexto capítulo cambia el foco de atención.
Se dirige ahora a la reconstrucción de las trayectorias en el marco de las culturas somáticas propiciadas en las fracciones de las clases medias y dominantes.
Atendiendo a los recursos económicos, culturales, corporales y al recorrido ascendente o descendente en la movilidad social, se traza el espacio de combinaciones posibles.
Se trata de un universo donde la tensión corporal intensa forma parte de las rutinas cotidianas.
En el medio de las fracciones de clase alta aparece la distinción entre una belleza corporal ligada al éxito y a la restricción y el cuidado explícitos (donde el capital económico prima sobre el cultural) y una belleza vinculada al cuerpo maldito y subversivo (típico de las fracciones intelectuales y artísticas de la burguesía), donde la restricción y el cuidado explícitos aparecen denegados.
En este espacio es donde se produce la mayor inflación discursiva, proliferando las explicaciones propias de la vulgata postmoderna (y del psicoanálisis), que realzan la figura de la anoréxica como resistencia a las normas de género o la presentan como un invento del poder psiquiátrico, al tiempo que se refuerza la distinción etnocéntrica entre anoréxicas y bulímicas.
En el capítulo séptimo y en parte del octavo, el centro de atención lo constituye el análisis sociológico del juicio clínico.
Este apartado, asentado en la observación etnográfica continuada de un grupo de profesionales terapéuticos, efectúa un saludable barrido de tópicos.
Se deshace la imagen foucaultiana de un dispositivo psiquiátrico monolítico, donde los afectados aparecen fagocitados por la colonización cultural de los expertos.
En vez de semejante cuadro, lo que aparece es un campo muy fragmentado, tanto por la diversidad de profesionales concernidos como por la pluralidad de corrientes dentro de cada profesión.
Además, el tête a tête no se produce sólo entre pacientes y expertos; concierne también a una lucha entre especialistas, con los afectados jugando bazas a favor de unos o de otros (como sucede en la alianza entre asociaciones de familiares y psiquiatras biologicistas).
Por otro lado, los habitus de los terapeutas distan de ser de una pieza; la retórica más dogmática e intelectualista utilizada en los medios de comunicación contrasta con el discurso utilizado en el trabajo clínico diario, mucho más matizado y con un funcionamiento menos rígido en las taxonomías utilizadas.
Finalmente, se evidencia la proyección de la experiencia vivida y de la trayectoria social de los propios profesionales en su misma tarea clínica; el ogro frío y administrador de etiquetas y de recetas terapéuticas disciplinarias deja su paso a una figura mucho más vulnerable y cercana.
Además de proseguir esta sociología de la mirada clínica, el capítulo octavo examina la peculiar relación que se da entre el afectado y el menú terapéutico a su disposición.
Éste es tanto más variado cuanto más prolongada sea la carrera desviante, siempre que esta tenga lugar en un contexto de importantes recursos económicos y culturales.
Se reconstruyen todas las combinaciones posibles, pero el autor se detiene especialmente en la que acabamos de mencionar, donde se despliegan procesos de «cronificación dulce»; la variedad de opciones terapéuticas consumidas le permite al usuario, procedente de las fracciones de clase alta, aferrarse a las que presentan una imagen más favorable de su afección, manteniendo a la vez las conductas propias de una carrera corporal tensa y el apaciguamiento ofrecido por la asistencia terapéutica profesional.
Más allá de ésta, se pasa revista, en este mismo capítulo, a otras formas de salida o de marcha atrás en las etapas de la carrera desviante.
Aquí se hace un uso fecundo del concepto foucaultiano de «tecnologías del yo».
La reapropiación del propio cuerpo y el necesario olvido del mismo para poder convivir con los demás, puede apoyarse en estrategias diversas.
Estas van desde la revalorización erótica del propio físico a través de la vida en pareja (incluido el redescubrimiento de los placeres gastronómicos) hasta el activismo crítico de signo feminista pasando por la confirmación afectiva del propio cuerpo procedente de los propios familiares.
En estas salidas no terapéuticas se advierte el valioso recursos que significan los mecanismos morales de resistencia a la tensión corporal típicos de las familias de extracción popular.
Las conclusiones que cierran el libro retoman de un modo sistemático las principales interrogantes abiertas en él.
Aquí se hace patente la importancia de las contribuciones, no sólo sociológicas sino también filosóficas, de un texto que está destinado a convertirse en obra de referencia en ambos terrenos.
En el sociológico por abordar el problema dejando atrás los obstáculos inducidos por una mirada excesivamente dada a panorámicas «macro» que reducen la especificidad de las dinámicas sociales implicadas en los trastornos, a grandes relatos acerca del destino de la modernidad reflexiva, de la dominación patriarcal o del poder psiquiátrico.
En este aspecto, el privilegio del microanálisis y de un cierto individualismo metodológico, representan una virtud.
El libro no lo explica todo ni lo pretende.
No entra en la historia del diagnóstico (en España) ni reconstruye las luchas, que entrelazan a distintos campos (intelectual, terapéutico, político, mediático) por apropiarse del espacio de los trastornos alimentarios, como tampoco entra a considerar las condiciones que pueden llevar al deterioro e incluso a la aniquilación de esos modos de resistencia a la tensión corporal evidenciados en las clases populares.
Gracias a un ejemplar trabajo de delimitación de su objeto y de administración de la prueba, no sólo detecta las condiciones sociales de la enfermedad, sino que abre un sinfín de pistas que pueden ser explotadas para trabajar análogamente sobre otras enfermedades.
Más que un libro, lo que se ofrece es todo un programa de investigaciones posibles.
Por último, el trabajo es exponente de un nuevo y raro modo -al menos en las Universidades españolas-de ejercicio filosófico.
Cuando en nuestras facultades de filosofía se habla de «ciencia social crítica», las referencias que se vienen a la cabeza suelen ser libros como la Dialéctica de la Ilustración o, entre los más avezados, obras como Vigilar y Castigar.
Hacer ciencia social crítica, en estos contextos, suele consistir en combinar, de forma más o menos atinada, argumentos y conceptos tomados de libros de esta índole.
La falta de competencias debidas a un mal diseño de las carreras universitarias -ya denunciado en su día por Manuel Sacristán-hace impensable que la ciencia social crítica de nuestros filósofos profesionales vaya más allá del comentario de textos, del combinado teórico de puras teorías.
Nadie parece echar en falta el trabajo de materiales empíricos de primera mano y el conocimiento de las técnicas (entrevistas, historias de vida, grupos de discusión, análisis estadístico, construcción de espacios de atributos, crítica de fuentes de archivo, etc..) necesarias para ello.
Moreno Pestaña muestra que otro modo de entender esta tarea es posible. |
El amianto o asbesto es un mineral fibroso de propiedades ignífugas y resistente a la abrasión que ha sido empleado masivamente en procesos industriales y productos manufacturados desde comienzos del siglo XX.
Su uso ha provocado graves problemas de salud en los trabajadores expuestos y en la población general.
La atención historiográfica a los riesgos del amianto en España ha sido casi inexistente, lo que ha contribuido a consolidar la idea de una ausencia de preocupación por este problema en nuestro país hasta la década de los ochenta.
El objetivo de este trabajo es analizar el surgimiento de dicha preocupación durante el periodo franquista, mediante un análisis de la producción científica y de la normativa aprobada para enfrentar los riesgos del amianto.
Enfermedades ligadas al amianto.
El amianto o asbesto es un mineral fibroso conocido desde la Antigüedad y cuyas especiales propiedades ignífugas y de resistencia a la abrasión lo convirtieron en un material «indispensable» empleado masivamente en diversos procesos industriales y productos manufacturados desde comienzos del siglo XX: productos textiles, aislamientos térmicos, industria del fibrocemento, siderurgia, construcción naval, automoción, etc. La evolución en el consumo del amianto ha ido indisolublemente ligada a su impacto sobre la salud de la población 1.
La omnipresencia de este «mineral mágico» ha implicado, además, que sus efectos nocivos, en particular su poder cancerígeno, se hayan extendido más allá de los espacios laborales alcanzando a grupos de población asentados en el entorno de dichos centros productivos y a la población general 2.
Como ha puesto de manifiesto la historiografía médica, el conocimiento científico sobre los riesgos del amianto para la salud y la adopción de medidas preventivas y compensadoras ha seguido ritmos e intensidades muy dispares en los diferentes países.
Dicha historiografía ha mostrado el complejo plantel de factores científico-técnicos, socio-políticos, económicos y culturales que han mediatizado el reconocimiento de las tres principales patologías asociadas a su exposición (la asbestosis, el carcinoma pulmonar y el mesotelioma pleural y peritoneal) y la adopción de medidas correctoras y compensadoras, así como la propia visibilización social del problema 3.
A diferencia de otros países de nuestro entorno, la atención historiográfica al estudio de los riesgos del amianto en España ha sido casi inexistente 4, lo que ha contribuido ----1 LIN, R.T. et al. (2007), Ecological association between asbestos-related diseases and historical asbestos consumption: an international analysis.
En CÁRCOBA, Á. (ed.), El amianto en España, Madrid, Ediciones GPS, pp. 13-15.
3 Entre los casos mejor estudiados merecen destacarse el británico, el francés, el sudafricano y el estadounidense.
TWEEDALE, G. ( 2000 4 Entre las excepciones se encuentran algunos textos de denuncia sindical que han in-a consolidar la idea de una ausencia de preocupación por este problema en nuestro país hasta la década de los ochenta.
Este argumento es repetido como un mantra por los abogados defensores y los responsables de las empresas que manipularon amianto y que enfrentan en la actualidad juicios por daños a trabajadores y enfermos ambientales 5.
Carecemos de un estudio mínimamente comprensivo del impacto de los riesgos del amianto en nuestro país, de su abordaje médico-legal y técnico y de su evolución a lo largo de la segunda mitad del siglo XX.
El objeto de este trabajo es contribuir a paliar ese vacío historiográfico mediante el estudio del surgimiento de la preocupación médica y social sobre los riesgos del amianto durante el régimen franquista.
Como tendremos ocasión de comprobar, el problema recibió una creciente atención en ciertos foros médicos que articularon una visión muy fragmentaria del problema, pero desde luego nada desdeñable.
Exploraré, en primer lugar, la evolución del consumo de amianto.
A continuación mostraré los primeros trabajos médicos surgidos durante el primer franquismo, de naturaleza divulgativa y con escasa vinculación al problema en nuestro país.
Los cambios operados en la década de los cincuenta y sesenta que implicaron el reconocimiento médico-legal del problema y la adopción de las primeras medidas preventivas servirán de introducción a la obra de Lopéz-Areal del Amo, principal impulsor del estudio de estos riesgos en el tardo-franquismo.
Finalmente, exploraré la atención recibida por los cánceres del amianto en el ámbito académico y hospitalario desde los años sesenta, concluyendo con una valoración de los cambios que ---corporado una cierta reconstrucción histórica como DALMAU, J. (1978), El amianto mata.
Salud y trabajo: el dossier Uralita, Barcelona, Centro de estudios y documentación socialista; CÁRCOBA (ed) (2000); la primera sistematización sobre la litigación en nuestro país y una reseña sobre la labor de defensa de los afectados del Colectivo Ronda de Barcelona: AZAGRA MALO, A. (2007), La tragedia del amianto y el derecho español, Barcelona, Atelier; ATIENZA, S. (2008), La fibra asesina.
La lucha de los abogados del Col.lectiu Ronda por defender los derechos de la víctimas de la asbestosis, Barcelona, Col.lectiu Ronda; y algunas aportaciones recientes desde la historia de la medicina como MENÉNDEZ-NAVARRO, A. (2007), Alice--A Fight for Life (1982) y la percepción pública de los riesgos laborales del amianto.
55; o más recientemente los testimonios recogidos en el documental GALLART CAJO, I.; VALLÈS, R. (2011), Exposats a l'amiant, TV3, 30 Minuts, accesible en http://www.tv3.cat/30minuts/reportatges/1783/Exposats-a-lamiant.
posibilitaron una verdadera explosión de trabajos sobre el tema en el inicio de la transición democrática.
LA UTILIZACIÓN INDUSTRIAL DEL AMIANTO EN LA ESPAÑA FRANQUISTA
No disponemos de una visión de conjunto sobre el consumo y usos industriales del amianto en nuestro país a lo largo del siglo XX.
Dada la nula producción nacional, los datos de importaciones recogidos por el Instituto Nacional de Estadística son los mejores indicadores del consumo de amianto, arrojando un volumen de importaciones de unos 2.600.000 Tm a lo largo del siglo XX 6.
La publicidad ha sido otra de las fuentes empleadas para conocer los usos del amianto.
A lo largo del siglo XX se han identificado 310 empresas que produjeron, comercializaron y/o instalaron derivados del amianto en España.
La mayoría de ellas eran pequeñas compañías, a menudo de tipo familiar, que distribuían amianto a granel o desarrollaban manufacturas para infinidad de aplicaciones.
Un grupo más reducido eran compañías de mayor tamaño especializadas en sectores como el fibrocemento, las empaquetaduras, el amianto en placas o los cartones y los aislamientos y calorifugados 7.
La importación creció lentamente desde la segunda década de la centuria situándose en torno a las 6.000 Tm anuales en los años inmediatamente anteriores a la Guerra Civil 8.
Además de introducirse materiales de amianto con patentes extranjeras, surgieron las primeras empresas nacionales dedicadas a la fabricación de productos de fibrocemento y aislamientos.
Entre ellas destacan compañías como Uralita, fundada por Josep M. Roviralta en Cerdanyola del Vallès en 1907, o Rocalla, creada en 1914 por Josep Esteva Casals.
Junto a la fabricación de tejas de amianto-cemento, primero de los productos que gozó de una amplia aceptación en nuestro país, en la década de los veinte se introdujeron las placas onduladas, las tuberías de presión, los productos para revestimientos decorativos y las aplicaciones empleadas como aislantes térmicos 9.
En demos encontrar en los numerosos concursos públicos para suministro de agua a poblaciones convocados en la Gaceta de Madrid y en el Boletín Oficial del Estado en los que se optó por las conducciones de fibrocemento.
Las empresas del sector emplearon activamente certificados de instituciones públicas y compañías privadas para acreditar las ventajas de este tipo de materiales.
En la edición de 1957 del Manual General Uralita, por ejemplo, se reproducen documentos que acreditan el empleo de las conducciones de fibrocemento para el abastecimiento de agua y gas desde la década de los veinte y treinta, respectivamente 10.
Otro ejemplo indirecto de la extensión del uso de las placas de fibrocemento en las cubiertas de edificios lo proporciona la prohibición de su uso para edificios escolares dictada en 1935 a instancia de la Oficina Técnica de Construcción de Escuelas.
En ella se cuestionaba la durabilidad del fibrocemento y se rechazaba por ineficaz el sistema de instalación a raíz de los problemas detectados en una escuela rural de Huesca.
La reclamación de la compañía Uralita frenó en seco la aplicación de la orden que fue derogada en octubre de 1935 11.
Ese mismo año, el primer manual técnico editado por la citada empresa para facilitar la colocación de cubiertas de fibrocemento se congratulaba del extendido uso de este material, que tornaba en innecesario «hacer su apología» 12.
La Guerra Civil provocó un acusado descenso de la importación de amianto, no recuperándose los niveles de preguerra hasta 1950 13.
En este periodo se extendió su empleo en aislamientos y en la industria textil 14.
El boom de la importación de amianto se produjo a mediados de los años sesenta, casi una década y media más tarde que en el entorno europeo 15, siendo su destino ma----- yoritario el sector del fibrocemento, ligado en buena medida a los crecientes consumos de materiales de construcción por las obras contempladas en los Planes de Desarrollo puestos en marcha desde 1964.
Ya en 1962 el 43% del fibrocemento consumido se empleaba en obras públicas (obras de saneamiento, abastecimiento y regadío, cubiertas y revestimientos de paredes de edificios públicos como estaciones, puertos, aeródromos u hospitales).
Otro 32% se destinaba a edificación de viviendas particulares y el 25% restante a cubiertas y conducciones de edificaciones industriales.
En 1967, España contaba con 21 establecimientos industriales destinados a la fabricación de productos de fibrocemento, seis de ellos puestos en marcha en los dos últimos años.
La construcción naval fue otro de los sectores en expansión en la década de los sesenta que consumió importante cantidades de amianto para ser empleado como material aislante.
Junto a las cámaras de máquinas y calderas, el amianto fue empleado en conducciones de aire, pasos de cables eléctricos y mamparos exteriores e interiores.
Hay que considerar además la construcción naval militar, con mayores necesidades de aislamientos que los barcos comerciales, y la reparación de los buques de guerra norteamericanos que llegaron a nuestro país tras la firma de los acuerdos cooperación de 1953 17.
La industria siderometalúrgica (aislamientos de hornos y calderas, revestimientos, etc.) y la automovilística (empleo en zapatas, pastillas de freno y disco de embrague) fueron otros sectores con un consumo destacado de amianto.
En la Figura 1 se muestra la evolución de las importaciones de amianto en bruto entre 1961 y 1987, a las que habría que unir cantidades muy inferiores de productos manufacturados.
El consumo nacional pasó de 23.400 Tm en 1961 a 126.000 Tm en 1974, fecha en la que se dictó la nueva normativa de la edificación que recomendaba el uso de amianto proyectado en las estructuras metálicas como medida de protección contra el fuego, además de impulsar el sector de aislamientos e ignifugación 18.
A pesar de ello, las importaciones comenzaron un acusado declive en 1975 reflejando la crisis económica, las ----16 ANADON, A (1968), La industria del fibrocemento en España.
17 Análisis retrospectivo de la exposición de trabajadores del sector de la construcción naval al amianto y su relación causa-efecto con patologías del aparato respiratorio (2008), Fundación para la Prevención de Riesgos Laborales, Mapfre, UGT MCA, CCOO, pp. 33-43. primeras prohibiciones internacionales que provocaron un descenso del consumo mundial y, en particular, el fuerte descenso en la producción de materiales de fibrocemento19.
LA LITERATURA MÉDICA SOBRE LOS RIESGOS LABORALES DEL AMIANTO DU-RANTE EL PRIMER FRANQUISMO
Los problemas de salud laboral ligados al amianto tuvieron una tardía atención durante el régimen franquista, cuyo sistema compensador y preventivo en relación a las enfermedades profesionales estuvo prácticamente consagrado al problema de la silicosis20.
Durante el primer franquismo, apenas una decena de publicaciones médicas divulgaron en nuestro país los riesgos laborales del amianto, generalmente sin tomar en consideración el desarrollo del consumo y los niveles de exposición entre la población española.
----Un primer grupo de trabajos fueron confeccionados por profesionales médicos directamente interesados en el ámbito de las neumoconiosis, como es el caso de los tisiólogos.
Los pioneros en este campo fueron Silvano Izquierdo Laguna y Eusebio García Sanz, del Dispensario Antituberculoso «Ledo-Arteche» de Bilbao, que desde 1940 venían desarrollando una investigación sistemática sobre la incidencia de silicosis en la cuenca minera de Vizcaya.
Al igual que otros estudiosos de la silicosis de los años treinta y cuarenta, Izquierdo y García Sanz suscribían las tesis restrictivas sobre la capacidad patógena de otros polvos distintos al de sílice, aunque de forma novedosa incorporaron en el elenco patogénico al polvo de amianto 21.
El estudio de campo que desarrollaron se prolongó hasta 1944, examinando en total a 5.030 trabajadores, mayoritariamente mineros del hierro.
Los reconocimientos se extendieron a otras industrias de riesgo incluida la del amianto.
Se trata del primer reconocimiento médico de trabajadores del amianto en nuestro país que incluyó a 211 obreros de la empresa Sociedad Ibérica de Gomas y Amiantos de Sondica, dedicada a la producción de derivados del caucho 22.
En opinión de los autores, sólo un reducido número de operarios desarrollaba tareas expuestas como el trenzado de fibra de amianto, lo que a su juicio explicaba la detección de un único caso de afectación respiratoria inespecífica 23.
En lo que probablemente sea una excepción en los primeros años del régimen franquista, Izquierdo y García Sanz formularon una crítica nada velada a la normativa preventiva contra la silicosis promulgada en 1941 24, que al excluir a los trabajos con amianto contribuía, en palabras de los tisiólogos, a silenciar «... el problema de la asbestosis» en nuestro país 25.
Otros trabajos confeccionados por tisiólogos divulgaron las primeras síntesis de la literatura anglosajona sobre la asbestosis 26.ssf Desde algunas instituciones con competencias en el ámbito laboral y de los seguros sociales se llevó a cabo una limitada labor divulgativa de los riesgos del amianto.
En 1941, el Instituto Nacional de Previsión publicó un folle-----to con la conferencia pronunciada en octubre de 1940 por Ernest W. Baader, director del Instituto Universitario de Enfermedades Profesionales de Berlín.
Aunque el objeto fundamental de la conferencia fue la silicosis, Baader señaló el carácter lesivo del polvo de amianto, destacando su capacidad neumoconiótica y cancerígena27.
En febrero de 1943, con motivo de una nueva visita a nuestro país para participar en un curso de medicina del trabajo, Baader volvió a destacar los riesgos del amianto, en particular su relación causal con el cáncer pulmonar28.
Desde mediados de los años treinta, la lucha contra el polvo de amianto se había convertido en una prioridad de las autoridades laborales alemanas.
Aunque en esas fechas algunos investigadores británicos y norteamericanos ya habían publicado casos de carcinomas pulmonares detectados entre afectados de asbestosis, la relación causal entre amianto y cáncer de pulmón fue establecida de una forma convincente en un conjunto de trabajos alemanes aparecidos en 193829.
Juan Dantín Gallego (1906-1997), que realizó una estancia en la clínica berlinesa de Baader a principios de los años treinta, publicó en 1948 un trabajo monográfico sobre la asbestosis.
Dantín proporcionó una breve síntesis de la literatura internacional, con algunos casos clínicos tomados de autores italianos y datos epidemiológicos correspondientes al Reino Unido, sin apenas análisis de la situación española 30.
Dos años más tarde, Ignacio Fernández Seco publicó una extensa memoria sobre la asbestosis 31.
Fernández Seco formaba parte de la Sección de Prevención de Accidentes e Higiene del Trabajo ----del Ministerio de Trabajo, el organismo encargado de compilar los partes de declaración obligatoria de enfermedad profesional implantados en julio de 1944, y que contemplaba la exigencia de notificar los casos de «silicosis y otras neumoconiosis».
En 1947, con motivo de la creación del Seguro de Enfermedades Profesionales (SEP), se reiteró la necesidad de declaración obligatoria para informar la progresiva extensión del SEP desde la silicosis «a la protección laboral en cada una de las industrias en que sea conocido el riesgo de una enfermedad profesional».
El decreto contemplaba una amplia lista de enfermedades susceptibles de ser cubiertas progresivamente, entre las que se encontraba la asbestosis 32.
A pesar de la altisonante retórica oficial, el seguro sólo se amplió en 1951 al nistagmus de los mineros del carbón, aunque parece plausible que esta normativa fuese la responsable de impulsar los proyectos divulgativos sobre dolencias como la asbestosis 33.
Fernández Seco, al igual que Dantín, no realizó recomendación alguna sobre la necesidad de legislar al respecto en nuestro país ni estimación sobre la extensión del problema, aunque sí incluyó unas más que optimistas estimaciones sobre los depósitos minerales españoles de amianto 34.
En 1952, Arturo Parada Barros (1897-1968), perteneciente al cuadro médico del Instituto Nacional de Medicina y Seguridad del Trabajo (INMST) y especializado en la valoración de las neumoconiosis, publicó el primer caso clínico de asbestosis diagnosticado en nuestro país.
Se trataba de un hombre de 45 años, empleado como empaquetador de amianto durante 12 años y que falleció apenas seis meses después de ser estudiado 35.
Curiosamente esta fue una de las cuestiones destacadas en la reseña del texto aparecida en la revista londinense Occupational Medicine (1951), 1 (2), pp. 99-100.
El autor de la recensión señalaba la oportunidad de proporcionar información fidedigna a los médicos españoles en esa etapa precoz del consumo de amianto «before a tale of human tragedy has a chance to be told» y deseaba que el texto tuviera a tal fin una amplia difusión.
La reseña señalaba la escasa originalidad de la obra, si bien destacaba la excelente síntesis bibliográfica realizada y la práctica ausencia de errores, más allá de algunas cuestiones discutibles en la identificación radiológica de la asbestosis.
La sección de referatas de esta misma revista se hizo eco de la publicación de DOLL, R. (1955), Mortality from lung cancer in asbestos workers.
DE LA REFORMA DEL SEGURO DE ENFERMEDADES PROFESIONALES A LA PRI-MERA OLEADA DE ALARMAS INTERNACIONALES
La posición hegemónica de la silicosis en el panorama de las enfermedades profesionales de nuestro país se mantuvo durante los años cincuenta y sesenta.
No obstante, el creciente cuestionamiento de la política del Ministerio de Trabajo experimentado a finales de los cincuenta posibilitó la extensión de los sistemas de compensación a otros riesgos laborales.
Entre los factores que permiten explicar este cambio está, en primer lugar, la inoperancia del SEP en el ámbito preventivo y el incremento del número de silicóticos experimentado en los años cincuenta 36.
Las protestas de las secciones sociales del Sindicato del Metal, que englobaba a la minería del plomo, forzó a la Delegación Nacional de Sindicatos a promover en julio de 1957 la constitución de una «Comisión interministerial para la prevención y reparación de la Silicosis» 37.
Aunque la principal materialización de la Comisión fue la reforma del Reglamento de Policía Minera en 1960 38, sus recomendaciones se extendieron a todas las industrias pulvígenas planteando, entre otras medidas, la reforma del SEP 39.
En el mismo sentido se pronunciaron los participantes en el III Congreso Nacional de Medicina y Seguridad de Trabajo, celebrado en Madrid en abril de 1957.
Tres de las nueve conclusiones del congreso estaban dedicadas a las neumoconiosis, abogando por una mejora de la prevención técnica, por la formación de un grupo de expertos médicos para evaluar las incapacidades y por la reforma del SEP 40.
Tres años más tarde, en abril de ---- En segundo lugar, la reincorporación de nuestro país a la OIT, que se hizo efectiva en mayo de 1956, implicó la ratificación de un conjunto de convenios internacionales 42.
Entre otros, el relativo a la indemnización de las enfermedades profesionales, refrendado en mayo de 1958 43.
Se trataba del mismo convenio de 1934 ya ratificado por el gobierno de la Segunda República en 1935 y que contribuyó a la promulgación de la ley de enfermedades profesionales de 1936 44.
Aunque el convenio no incluía entre las patologías indemnizables a la asbestosis, superaba con creces la cobertura del SEP, limitada en ese momento a la silicosis y el nistagmus de los mineros del carbón.
Por último, los elevados costes del seguro favorecieron la creación en 1961 del denominado Fondo Compensador del Seguro de Accidentes de Trabajo y Enfermedades Profesionales en sustitución de la Junta Administrativa que regía el SEP.
El decreto de creación del Fondo corroboraba la restrictiva cobertura del SEP y su limitación al ámbito compensador, señalando la necesidad de ampliar las patologías con derecho a indemnización y potenciar las vertientes preventiva y rehabilitadora.
El decreto incorporó un nuevo cuadro de enfermedades profesionales con 33 dolencias de origen laboral.
La asbestosis fue incluida junto a la silicosis, limitando los trabajos de riesgo a la extracción, preparación y manipulación de amianto, el sector del textil-amianto, y la fabricación de guarniciones para frenos, material aislante y productos de ---- fibrocemento 45.
La vertiente preventiva se plasmó en una nueva regulación más estricta de los reconocimientos médicos previos y periódicos de los trabajadores de las industrias de riesgo.
Los reconocimientos se regían por un procedimiento análogo al de la silicosis, aunque a diferencia de ésta, en la que la periodicidad oscilaba entre los seis meses y los dos años en función del «índice de peligrosidad de su atmósfera», los trabajadores expuestos al riesgo de asbestosis debían efectuar los reconocimientos con periodicidad semestral 46.
El nuevo plantel normativo que enmarcó el abordaje de los riesgos del amianto durante las décadas de los sesenta y setenta se completó con el Reglamento de Actividades Molestas, Insalubres, Nocivas y Peligrosas de 1961 que fijó en 175 partículas por centímetro cúbico la concentración máxima permitida de amianto en espacios productivos 47.
Se trata del mismo estándar acordado en 1946 por la American Conference of Governmental Industrial Hygienist que mantuvo su vigencia hasta finales de los años sesenta 48.
No hay que olvidar que el Reglamento de Actividades Molestas era básicamente una normativa de higiene pública destinada a fijar el emplazamiento y regular la apertura de las actividades productivas en función de sus riesgos ambientales, siendo ésta una competencia eminentemente municipal.
No obstante el decreto señalaba la necesidad de intervención estatal dada «la trascendencia nacional de ciertos problemas derivados del ejercicio de la industria, como son los sanitarios y los de seguridad de las poblaciones».
La función asesora era encomendada a las Comisiones Provinciales de Servicios Técnicos dependientes de los Gobiernos Civiles 49.
El reglamento completaba las inespecíficas y genéricas recomendaciones del Reglamento General de Seguridad e Higiene en ----el Trabajo de 1940 sobre los trabajos en que se desprendiesen polvos nocivos a la salud 50 y la Reglamentación nacional del trabajo en industrias derivadas del cemento de 1946, en la que se contemplaban edades mínimas de acceso a ciertas tareas de riesgo (16 y 18 años para los trabajos de moldeado de fibrocemento para «pinches» y «principiantas», respectivamente) y medidas preventivas contra el polvo de amianto en el sector del fibrocemento.
Éstas incluían el establecimiento de sistemas de aspiración en los locales donde se desprendieran polvos nocivos «muy especialmente, si son de amianto o de materias colorantes tóxicas» y la provisión de caretas a los obreros expuestos 51.
Una década más tarde, en 1957, el decreto que reguló las actividades laborales insalubres prohibidas a mujeres y menores, extendió la prohibición del ingreso de hombres y mujeres menores de 18 y 21 años, respectivamente, en la industria textil del amianto y en la «extracción, trabajo y molienda del amianto» 52.
Por su parte, la Ordenanza General de Seguridad e Higiene en el trabajo de 1971 introdujo normas generales para los trabajos con riesgos especiales, incluidos aquéllos en que se desprendieran sustancias pulvígenas «perniciosas para los trabajadores».
En su artículo 136, la Ordenanza reguló la obligación de captar y eliminar «por el procedimiento más eficaz» las sustancias pulvígenas generadas en espacios productivos y la obligación de proporcionar a los trabajadores expuestos máscaras respiratorias y protección para la cabeza, ojos o partes desnudas de la piel 53.
No parece que este disperso y deslavazado conjunto de normativas orientadas a limitar los niveles de exposición al amianto garantizaran una adecuada protección.
Hay que tener en cuenta, además, que su aplicación se limitó a algunos sectores de riesgo, dejando de lado actividades expuestas como el textil-amianto, la siderometalúrgica o la industria química.
Por otro lado, la infradotada Inspección de Trabajo difícilmente pudo hacer un seguimiento adecuado del cumplimiento 54.
Las medidas de protección incluían la provisión de máscaras y la instalación de medios de aspiración local.
Aunque el amianto estaba incluido en el referido artículo, las únicas menciones explícitas al asbesto eran las referidas a la obligatoriedad de utilizar prendas y protecciones de este material en la prevención y extinción de incendios.
Medicina y Humanidades, núm. 301, pp. 49-50. concentración ambiental realizadas por los equipos técnicos móviles del IN-MST en 1968 confirman la escasa atención otorgada al amianto 55.
En el ámbito de la vigilancia sanitaria de los expuestos y el reconocimiento como enfermos profesionales de los afectados, las evidencias disponibles apuntan a un cumplimiento burocrático y restrictivo de la norma, con notables carencias en los exámenes médicos, aunque es un tema que exige mayor estudio 56.
Resulta llamativo que entre 1962 y 1968 sólo recibieran la calificación de enfermos profesionales 11 afectados de asbestosis, pertenecientes todos ellos a la provincia de Vizcaya, donde como veremos a continuación había un activo grupo de profesionales médicos interesado en estos riesgos 57.
A mediados de los sesenta, los medios profesionales de la medicina de empresa se hicieron eco de las nuevas evidencias sobre el poder cancerígeno del amianto.
En septiembre de 1963, por ejemplo, Madrid albergó el XIV Congreso Internacional de Medicina del Trabajo, en el que participaron 3.242 congresistas, más de mil de ellos españoles.
El patólogo sudafricano Christopher Wagner (1923-2001) nuó siendo la silicosis, otras tres presentaciones realizadas en este congreso abundaron en los riesgos cancerígenos y nemoconióticos del amianto 59.
Mayor trascendencia internacional tuvo la reunión monográfica organizada por Irving Selikoff (1915-1992) en la Academia de Ciencias de Nueva York en octubre de 1964, que reflejó la creciente preocupación por las patologías degenerativas en los países industrializados y la acumulación de evidencias sobre el poder cancerígeno del amianto.
En la reunión participó un selecto grupo de investigadores internacionales procedentes de ocho países, con presencia mayoritaria británica y estadounidense 60.
Una de las novedades de la conferencia fue su preocupación por la dimensión ambiental del problema, es decir, por el impacto del amianto más allá de los centros productivos 61.
A ello contribuyeron el aumento de la población expuesta derivada del uso masivo del amianto en las sociedades industrializadas tras Segunda Guerra Mundial y de su incorporación a multitud de bienes de consumo, y la creciente preocupación por el impacto sobre la población y el medio ambiente que habían generado nuevos riesgos como las radiaciones ionizantes o del uso de pesticidas como el DDT 62.
Diversos estudios epidemiológicos presentados acreditaron la existencia de sobremortalidad por cáncer bronquial entre los trabajadores del sector del aislamiento y la industria naval, colectivos de riesgo hasta entonces desatendidos.
Así mismo, se puso de manifiesto la incidencia de ----59 BUCHANAN, W.D. (1963), Asociación de ciertas neoplasias malignas con la asbestosis.
En XIV Congreso Internacional... vol. 4, p.
En 123 de ellos se descubrió un cáncer bronquial.
También se sugerían incidencias elevadas de mesoteliomas y cánceres de ovario.
Otras dos comunicaciones presentadas por B. Bogetti y P.F. Holt abordaron los riesgos de asbestosis entre los trabajadores del aislamiento y la producción experimental de asbestosis en cobayas, respectivamente.
62 En el surgimiento de esta concienciación ambiental jugó un papel importante la publicación de CARSON, R.L. (1962), Silent Spring, New York, Houghton Mifflin.
El desarrollo de las pruebas nucleares y las crecientes aplicaciones pacíficas de la energía atómica incrementaron el número de personas expuestas a radiaciones ionizantes en los ámbitos civil y militar.
Aunque no se abordaron cuestiones de política social y control del riesgo, las nuevas evidencias sobre el potencial cancerígeno del amianto fueron la base para cuestionar los valores máximos de exposición acordados por la American Conference of Governmental Industrial Hygienist, señalando que estos valores, que no tenían en cuenta el tipo de fibra ni las grandes oscilaciones en los niveles de exposición, no garantizaban la protección frente al cáncer 64.
El énfasis en el potencial carcinogénico del amianto y en la dimensión ambiental del problema fueron amplificadas por las recomendaciones adoptadas en la reunión de la International Union Against Cancer, celebrada en Nueva York unos días más tarde 65.
La industria del amianto reaccionó ante este creciente consenso internacional introduciendo incertidumbre científica sobre el potencial cancerígeno del crisotilo (o amianto blanco), que representaba más del 85% del consumo mundial de amianto.
Las investigaciones financiadas por las corporaciones industriales otorgaron a la crocidolita y a la amosita (o amianto azul y marrón, respectivamente) toda la responsabilidad en la producción de los cánceres descritos entre trabajadores y enfermos ambientales 66.
La influencia de la investigación científica financiada por la industria se dejó notar en la propia International Agency for Research on Cancer (IARC) creada en 1965 por la OMS como una agencia especializada con sede en Lyon y sucesora en cierta medida de la International Union 67.
En octubre de 1972, se celebró en Lyon una reunión multidisciplinar para evaluar los efectos cancerígenos del amianto con participación de representantes de la industria.
Sus conclusiones fueron bastante cautas y, desde el punto de vista epidemiológico, la aportación más relevante fue la constatación de la existencia de un mayor riesgo de desarrollar un carcinoma bronquial entre los fumadores expuestos laboralmente al ----amianto 68.
No obstante, en una reunión posterior celebrada en diciembre de 1976, la IARC adoptó una posición terminante señalando que todos los tipos de fibras de amianto podían provocar mesotelioma y carcinoma de pulmón y negando la posibilidad de definir niveles seguros de exposición 69.
Por su parte, la OIT celebró a finales de 1973 una reunión monográfica en Ginebra que abundó en la insuficiencia de las medidas de control basadas en los valores límite de exposición al amianto para proteger a los trabajadores de sus riesgos cancerígenos 70.
La prensa médica española apenas se hizo eco de las importantes conclusiones alcanzadas en estas reuniones internacionales.
En 1968, la revista Progresos de Patología y Clínica reprodujo una versión española de un amplio editorial publicado un año antes por el equipo de Selikoff 71.
Aunque desprovisto de varias gráficas y del aparato bibliográfico de la versión inglesa, el texto proporcionaba una revisión del problema, incorporando datos de estudios epidemiológicos británicos, alemanes y de la propia experiencia de Selikoff con trabajadores del aislamiento.
El texto recogía las estimaciones más pesimistas del momento sobre el incremento en la incidencia de cánceres del amianto 72.
La Revista Clínica Española publicó en 1967 una versión traducida y despojada de todo el aparato bibliográfico de un trabajo del neumólogo escocés James Cuthbert 73.
El trabajo ofrecía evidencias propias sobre incidencia de cánceres del amianto en trabajadores de la construcción o el mantenimiento, no considerados oficialmente expuestos, e informaba de casos de mesotelioma diagnosticados entre los vecinos de las fábricas de amianto y ---- 72 «Thomson ha predicho que en el curso de las próximas décadas las neoplasias debidas a asbestosis rivalizarán con el cáncer pulmonar originado por el tabaco en forma de cigarrillos».
La afirmación procedía de THOMSON, J.G.; GRAVES, W. M. (1966), Asbestos as an Urban Air Contaminant.
«entre las mujeres que han limpiado y cepillado las ropas polvorientas de los maridos que trabajan con el amianto» 74.
Por último, la revista divulgativa Abbottempo, distribuida ampliamente entre los profesionales médicos en diversos idiomas, incluyó en 1968 un trabajo de Wagner sobre los cánceres del amianto 75.
LA OBRA PIONERA DEL DR.
LUÍS LÓPEZ-AREAL DEL AMO (1909-1991) El contexto de cambio respecto a la concepción de los riesgos del amianto descrito en el apartado anterior marcó el inicio de la dedicación a este problema de Luís López-Areal del Amo, quien acabó convirtiéndose en la figura más influyente en la identificación y difusión de sus riesgos en la España del tardofranquismo.
Tras licenciarse en medicina en 1931 en la Universidad de Valladolid, donde fue discípulo de Misael Bañuelos, López-Areal completó su formación en la Casa de Salud de Valdecilla en la que permaneció primero como interno y después como ayudante del Servicio de Aparato Respiratorio entre 1933 y 1940.
Durante dicha estancia completó su tesis doctoral (El electrocardiograma en la tuberculosis pulmonar y sus variaciones consecutivas a la colapsoterapia, 1935).
El estallido de la Guerra Civil truncó el disfrute de una beca de dos años de la Junta para la Ampliación de Estudios en la Universidad de Heidelberg.
En 1940 ingresó en el Patronato Nacional Antituberculoso y tras desempeñar la dirección de un sanatorio asumió, en 1944, el puesto de Director de Servicios.
Desde 1942 había trasladado su residencia a Bilbao, a cuyo cuerpo de Beneficencia municipal accedió por oposición y al que permaneció ligado hasta 1968 76.
En 1946 contribuyó a la fundación del Centro de Investigaciones Médico-Sociales en la capital vizcaína, una asociación creada por facultativos de los servicios de asistencia del Patronato Nacional Antituberculoso y dedicada a promover la realización de reconocimientos médicos y radiológicos sistemáticos a diversos colectivos sociales.
----74 CUTHBERT, J. (1967), Peligros del amianto para la salud publica.
Archivo Familia López-Areal del Amo (a partir de ahora AFLAA).
Se trata de un texto autobiográfico confeccionado a instancias de sus compañeros de la Sociedad Catalana de Medicina y Seguridad del Trabajo, que en 1980 le distinguieron con el premio «Ángel».
En dicho Centro, López-Areal trabajó entre otros con los tisiólogos Izquierdo Laguna y García Sainz, familiarizándose con sus trabajos en torno a las neumoconiosis y colaborando activamente en los reconocimientos radiológicos de los trabajadores industriales vizcaínos 77.
En 1953, en su desempeño como especialista de Pulmón y Corazón del SOE y Jefe Clínico del Grupo Sanatorial Santa Marina de Bilbao, López-Areal diagnosticó un caso grave de asbestosis en un trabajador empleado desde 1945 en una fábrica de fibrocemento de Bilbao.
López-Areal apoyó su solicitud de calificación de enfermedad profesional por «neumoconiosis del asbesto y sílice» en 1954 y en 1958, siendo ambas denegadas por los tribunales calificadores provincial y central, respectivamente.
El paciente falleció en 1960 tras ser intervenido de un epitelioma faríngeo 78.
El rechazo de la solicitud y la ignorancia reinante sobre este tema espolearon a López-Areal.
En su opinión, el desconocimiento podía explicarse por el relativo escaso empleo del amianto en nuestro país y el prolongado periodo de latencia de las dolencias causadas.
Por contra, el creciente consumo industrial y el carácter progresivo e inexorable de las patologías del amianto exigían combatir dicho desconocimiento.
Su dedicación al tema se intensificó desde el año 1957 en que, una vez completada su formación como médico de empresa, comenzó a desempeñar ese puesto en Iberduero S.A. Su centro de documentación y los servicios de estadística y reprografía fueron claves, según su propio testimonio, para lograr datos relevantes y, sobre todo, para obtener y traducir al castellano la abundante bibliografía médica internacional sobre el tema, mayoritariamente publicada en inglés 79.
Tras asistir al Congreso Internacional de Medicina del Trabajo de Madrid de 1963, se propuso estudiar sistemáticamente los casos de asbestosis y de ----77 LÓPEZ-AREAL DEL AMO, L. (1961), Patología torácica en la industria vizcaína (resultados de treinta mil fotorradiografías).
Medicina y Seguridad del Trabajo, 9 (n.
78 AFLAA: LÓPEZ-AREAL DEL AMO, L. (1978), Historia de la Asbestosis en España, mecanografiado.
Se trata del texto de una conferencia dictada por López-Areal el 7 de octubre de 1978 en Sevilla, con motivo de su nombramiento como socio de honor de la Sociedad Andaluza de Medicina y Seguridad del Trabajo.
Dicho acto, que contó con la presencia del patólogo sudafricano Christopher Wagner, se realizó a continuación del Simposium Nacional de Asbestosis.
La mención al caso clínico en pp. 2-3.
El caso fue incluido en su publicación LÓPEZ-AREAL DEL AMO, FERNÁNDEZ MARTÍN-GRANIZO, ABALO ABALO (1965), pp. 39-40.
La solicitud de reconocimiento de enfermedad profesional fue realizada al amparo del Decreto de 10 de enero de 1947 por el que se creó el SEP en el que, como he explicado anteriormente, se contemplaba a la asbestosis entre una amplia lista de enfermedades susceptibles de ser cubiertas progresivamente por el Seguro, lo que en la práctica no se materializó hasta 1961.
cánceres del amianto detectados en los reconocimientos radiofotográficos de obreros en Vizcaya 80.
Los casos sospechosos eran ingresados en el Grupo Sanatorial Santa Marina para su estudio que, a pesar de las limitaciones tecnológicas, incluía la realización de pruebas funcionales, histológicas y anatomopatológicas.
La tarea dejó de ser personal, liderando un amplio equipo de colaboradores que se nutrió de colegas del Grupo Sanatorial y de miembros del Centro de Investigaciones Médico-Sociales 81.
Los tres primeros trabajos publicados por el grupo aparecieron en Medicina y Seguridad del Trabajo, la revista editada por el INMST destinada fundamentalmente a los médicos de empresa, a quienes López-Areal consideró principales destinatarios de su labor de sensibilización sobre los riesgos del amianto.
Los trabajos, publicados entre 1965 y 1971, combinaban una revisión sobre las patologías del amianto junto a la inclusión de un número limitado de casos clínicos propios: 3 casos de asbestosis en el primero 82, 2 casos de carcinoma pulmonar en el segundo 83, y una recopilación de 19 casos (incluyendo los cinco anteriores) de asbestosis, carcinomas pulmonares y un mesotelioma en el tercero 84.
De los 14 casos nuevos descritos en este último trabajo, 13 eran asbestosis diagnosticadas en un alto porcentaje entre trabajadores de «Montero S.A., Industrias del Amianto» de Baracaldo, una compañía dedicada a la producción de materiales para el aislamiento térmico y la estanqueidad industrial que empleaba a unos 250 operarios y que incluía procesos de textil-amianto 85.
El mesotelioma había sido diagnosticado en 1950 en un trabajador empleado en labores de aislamiento en el sector naval, aunque en esas fechas López-Areal no vinculó el proceso neoplásico al amianto 86.
Más allá de la casuística, el último de los trabajos mencionados refleja la visión de conjunto del problema alcanzada por López-Areal a comienzos de los setenta, que resulta indicativa de su plena familiarización con la literatura y los consensos internacionales, del creciente conocimiento de la situación en nuestro país y de su plena conciencia de la dimensión ambiental del problema del amianto.
Esta visión fue enriqueciéndose a lo largo de la década, dedicando desde mediados de los setenta mayor atención a la dimensión preventiva y a la formulación de propuestas para el establecimiento de regulaciones industriales que limitaran de forma drástica los niveles de exposición.
Un aspecto que merece consideración es discutir la influencia que ejercieron en López-Areal las evidencias científicas generadas por grupos de investigación financiados por las corporaciones industriales y las asociaciones de productores del amianto.
Durante los años sesenta, López-Areal fue parcialmente receptivo a los intentos de la industria del amianto de limitar el debate a la asbestosis amén de conceder credibilidad al cuestionamiento de la relación causal entre amianto y cáncer de pulmón realizado en la reunión internacional de Caen en 1964, auspiciada por la patronal francesa del amianto 87.
No obstante, se decantó por asumir dicha asociación en casos de intensa exposición laboral 88.
A comienzos de los setenta, López-Areal suscribía plenamente posiciones como la defendida por Cuthbert o la que comenzaba a postular la IARC respecto al grave problema de salud pública que supondrían los mesoteliomas derivados de la exposición ambiental 89.
También disipó cualquier duda en su posición respecto al papel del amianto en el carcinoma pulmonar, apuntando además a la alta incidencia de este tipo de cánceres entre las mujeres, ligado al elevado porcentaje de población laboral femenina empleada en las industrias del amianto 90.
A pesar de ello, en su labor divulgadora sobre los riesgos del amianto desarrollada durante los setenta mantuvo posiciones restrictivas, otorgando a la crocidolita o amianto azul la principal responsabilidad en la producción del mesotelioma y minimizando el potencial cancerígeno del crisotilo o amianto blanco.
Así mismo, limitó la posibilidad de aparición del carcinoma pulmonar a los trabajadores con una larga e intensa exposición pulvígena 91.
----Al margen de su labor divulgadora, el foco de atención de López-Areal continuó siendo la asbestosis, reiterando la necesidad de sensibilizar a los médicos del trabajo para hacer visible el problema en nuestro país.
Desde comienzos de los setenta incluyó en sus trabajos datos que ilustraban el crecimiento experimentado en el consumo y proporcionó las primeras estimaciones sobre trabajadores expuestos, que cifraba en 8.000 en 1971.
El 70% de ellos (5.600 obreros) pertenecía al sector del fibrocemento (que consumía casi el 77% del amianto importado), empleándose el resto en sectores como el textil-amianto, la construcción, el aislamiento y el mantenimiento, la construcción naval o la industria del automóvil, principalmente.
La falta de conciencia sobre el problema entre médicos y autoridades laborales -señalaba López-Areal-eran causa directa del bajo número de casos diagnosticados y del ínfimo número de reconocidos por el Fondo Compensador como enfermos profesionales.
A finales de 1968 el Fondo tenía reconocidos 11 casos de enfermos de asbestosis, 9 de los cuales habían sido identificados por el propio López-Areal y su equipo 92.
A mediados de los setenta, López-Areal realizó las primeras estimaciones del nivel de infrarregistro de la patología del amianto en nuestro país.
Extrapolando la incidencia de amiantosis registrada en su entorno laboral vizcaíno, que fijaba en un 10% de los expuestos, estimaba de forma conservadora en al menos 500 o 600 la cifra de afectados de asbestosis no diagnosticados 94.
Las dificultades para estimar la incidencia de cánceres del amianto eran aún mayores, dado su no consideración como enfermedad profesional.
En 1974 López-Areal realizó encuestas epidemiológicas entre los servicios médicos de 12 empresas de sectores de riesgo (2 fábricas de textil-amianto, 2 de fibrocemen----- to, 2 de materiales de fricción y 6 astilleros) repartidas por el país.
El resultado fue calificado como decepcionante, tanto por el reducido número de respuestas obtenidas como por las ínfimas cifras de diagnosticados y reconocidos: sólo 6 casos indemnizados por asbestosis, 4 entre trabajadores del sector del fibrocemento (1 de ellos afectado también por carcinoma pulmonar), y 2 entre trabajadores de la construcción naval 95.
Otros tres nuevos casos de asbestosis fueron publicados en 1975 por un grupo de profesionales de la Ciudad Sanitaria Francisco Franco de Barcelona 96.
El ínfimo número de casos de cáncer identificados en el sondeo epidemiológico (un carcinoma bronquial y ningún mesotelioma) llevó a López-Areal ratificarse en la existencia de un infrarregistro generalizado de este tipo de neoplasias, ya que sólo en Vizcaya su equipo había diagnosticado hasta la fecha «seis o siete epiteliomas bronquiales del amianto» 97.
Como tendré ocasión de mostrar más abajo, los casos de mesoteliomas fueron apareciendo en publicaciones médicas española desde finales de los sesenta.
Su consideración de «rarezas clínicas» y el hecho de que su diagnóstico y tratamiento se realizara en el medio hospitalario, sin coordinación alguna con el contexto laboral, hizo que tanto los canales de comunicación como los enfoques fueran significativamente distintos.
Un último aspecto a considerar es la creciente implicación de López-Areal desde mediados de los setenta en la demanda de una normativa técnica específica para reducir la exposición al amianto.
Desde 1974 formuló la necesidad de sustituir la crocidolita y la amosita por otros tipos de fibras en los trabajos de aislamiento, aunque reconocía que dicho reemplazo era mucho más problemático en la industria automovilística 98.
Consciente del carácter irreversible de la patología del amianto, la prevención implicaba la reducción de los niveles de exposición por medios técnicos, una labor encomendada a los ingenieros industriales.
Su dilatada experiencia en el sector del textil-amianto, ---- que contaba con una larga tradición de adopción de medidas técnicas de eliminación y reducción de exposición al polvo desde los años treinta, alimentaron su plena confianza en la efectividad del control técnico de los riesgos del amianto 99.
López-Areal señaló la gran variabilidad entre los niveles máximos de exposición adoptados en diversos países, justificado a su juicio por la multiplicidad de métodos de determinación 100.
Aunque expresó reiteradas veces el carácter convencional de los valores límite de empolvamiento y la falta de consenso internacional 101, su interés en la segunda mitad de los setenta se decantó hacia la promulgación de un reglamento técnico en nuestro país y en la actualización de los niveles de exposición aprobados en 1961, ámbito en el que realizó notables aportaciones 102.
LA ATENCIÓN A LOS MESOTELIOMAS EN EL ÁMBITO ACADÉMICO Y HOSPITALA-
Junto al interés que el amianto suscitó entre los médicos de empresa, hay que considerar también la atención que mereció en el medio académico y hospitalario.
Desde finales de los años sesenta hubo un goteo de casos clínicos publicados en la prensa médica española que reflejan el interés que despertaron los cánceres del amianto, particularmente el mesotelioma.
Aunque la inspiración de buena parte de los casos comunicados radicaba en la rareza y poca frecuencia de estos tumores, casi todos los trabajos discutieron su vinculación al amianto.
Ello no implicó, salvo excepciones, que se establecieran conexiones con las investigaciones de los médicos de empresa, en particular de López-Areal, ni que se realizaran indagaciones sobre la incidencia del problema en nuestro país.
El primero de los trabajos, publicado en mayo de 1968, fue confeccionado por José Luis Balibrea Cantero, profesor de Patología Quirúrgica en la Universidad Complutense.
El Dr. Balibrea, sin experiencia previa en problemas relacionados con el amianto, participó en la intervención quirúrgica de un ---- caso de mesotelioma difuso de pleura durante su estancia como facultativo en el Sully Hospital de Gales, un centro especializado en patología torácica.
Su familiarización con la literatura especializada se reflejó en la amplia revisión bibliográfica incluida en la nota clínica publicada 103.
Ese mismo año, un grupo de facultativos de la Ciudad Sanitaria de Barcelona publicó un caso de mesotelioma peritoneal, aunque sin mención al amianto 104.
Un año más tarde, se publicó un nuevo caso de mesotelioma peritoneal difuso diagnosticado en una mujer de sesenta años sometida a una lapatoromía exploradora en el Hospital Provincial de Madrid.
Ninguno de los intervinientes en la sesión clínica indagó o sugirió vinculación con el amianto 105.
Otra nota clínica publicada en 1969 resulta, a mi juicio, especialmente significativa.
El caso fue presentado por tres internistas y otros tantos patólogos de la Fundación Jiménez Díaz de Madrid.
Se trataba de una paciente de sesenta años de la que no se indagaron sus antecedentes laborales, constando en la historia clínica como «sus labores».
El cuadro inicial era de disnea de esfuerzo progresiva, edemas de tobillo y pérdida de peso.
Los hallazgos clínicos, radiológicos y de laboratorio resultaron poco clarificadores hasta la realización de una laparoscopia abdominal que mostró una siembra de pequeñas tumoraciones en el peritoneo cuya naturaleza no fue aclarada.
La paciente falleció once meses después de su ingreso en la Fundación.
La necropsia y el estudio anatomopatológico confirmaron que se trataba de un mesotelioma difuso pleuroperitoneal y que la enferma padecía una asbestosis pulmonar, la primera diagnosticada en el Departamento de Anatomía Patológica de la Fundación 106.
Las intervenciones que se produjeron una vez comunicada la anatomía patológica, especialmente por aquellos facultativos que no presentaban el caso, reflejan una cierta familiarización con la literatura científica especializada y en menor medida con los usos industriales del amianto y los sectores de riesgo a la vez que muestran las resistencias para considerar el amianto como un problema de nuestro entorno.
Sirvan de ejemplo el dominio de la literatura sobre cáncer y amianto que acreditaba el Dr. Serrano Muñoz, a la sazón Jefe ----de Cirugía Pulmonar, o el reconocimiento de la dimensión ambiental de los problemas del amianto aducido por el internista José Antonio Abad Alonso y por el propio director de la Fundación, el Profesor López García 107.
Más limitado resultaba el conocimiento en torno a los grupos profesionales de riesgo, si bien uno de los patólogos responsables de la presentación del caso hizo una importante consideración en relación a la exposición de trabajadores en la industria del automóvil, en plena expansión en la Zona Franca de.
No faltaron, sin embargo, las expresiones de ignorancia y de resistencia ante el diagnóstico.
La posición más crítica la mantuvo el Dr. Ramírez Guedes, a la sazón Jefe de Medicina Interna de la Fundación, que negó categóricamente la existencia de casos de asbestosis en nuestro país.
Especialmente desabridas resultaron sus intervenciones cuestionando la existencia de fuentes de exposición en nuestro país y la imposibilidad de que el caso en discusión hubiera tenido contacto con amianto, salvo que la paciente fuese una emigrante 109.
Una adenda al trabajo confirmaba que «a posteriori» de la presentación del caso se confirmó que la enferma se había ocupado bastantes años «en una pequeña industria del amianto» 110.
En la primera mitad de los setenta el número de casos de mesotelioma publicados no creció significativamente si bien en todos los trabajos se discutió su posible vinculación etiológica con el amianto.
La concepción dominante entre los autores era que tales tumores sólo podían presentarse en sujetos con asbestosis.
En algunos de los casos publicados se descartó la vinculación al no constar antecedentes de exposición al amianto 111 y en otros hubo confirmación de la exposición aunque sin un cuadro de asbestosis concomitante 112.
En 1974, un grupo de internistas y patólogos del Hospital de la Santa Cruz y San Pablo de Barcelona publicaron tres casos de mesotelioma pleural en hombres en los que ni sus antecedentes laborales ni la ausencia de cuerpos de asbesto en el tejido pulmonar apuntaban a una exposición al amianto.
El trabajo, sin embargo, recogía las nuevas evidencias epidemiológicas sobre los riesgos ambientales, en particular su diseminación en el medio urbano gracias al empleo en la construcción, y la ausencia de una relación dosis-efecto en la producción del mesotelioma, por lo que exposiciones breves y/o no intensas podían desencadenar el proceso cancerígeno.
En consecuencia, la ausencia de exposiciones laborales y la no cercanía de sus residencias a centros fabriles llevaron a los autores a hipotetizar sobre una exposición ambiental de baja intensidad 113.
En 1976, se publicó una revisión de 13 mesoteliomas pleurales diagnosticados entre 1973 y 1974 en los servicios de medicina interna y cirugía torácica de la ciudad sanitaria Francisco Franco de Barcelona.
Los autores contemplaban como causas del incremento del número de casos el mayor consumo de amianto y la extensión de las toracotomías exploradoras.
Nueve mesoteliomas afectaban a hombres y cuatro a mujeres, con edades comprendidas entre los 29 y los 66 años.
Nueve de los casos fueron considerados histológicamente como malignos.
Sorprendentemente para los autores «ninguno de ellos tenía una profesión en relación con el asbesto, ni contactos con el citado mineral o con productos derivados del mismo» 114.
No obstante, los autores ignoraron la condición de trabajador del aislamiento y de mecánico de dos de ellos y el hecho de que otro de los afectados fuera vecino de una fábrica de fibrocemento.
A mi juicio, ello refleja las dificultades para reconocer y ampliar el rango de fuentes de exposición entre los profesionales médicos españoles. trimerías del régimen franquista y en los primeros años de la transición democrática.
El simposio contó con 14 ponencias.
Exceptuando una de contenido introductorio y otra final sobre aspectos jurídicos, las 12 contribuciones reflejan un cambio sustancial en el interés de los neumólogos por las patologías respiratorias profesionales.
Junto al carácter interdisciplinar de sus participantes (neumólogos, patólogos, inmunólogos, médicos del trabajo e ingenieros industriales), la reunión mostró la creciente consideración del problema del amianto (con tres ponencias) frente a la tradicional hegemonía de la silicosis y la neumoconiosis de los mineros del carbón, así como el peso creciente del abordaje técnico de la prevención116.
Un par de años antes del citado simposio, un grupo de jóvenes médicos de marcada militancia antifranquista integrados en el recién creado Servicio de Neumología del Hospital Clínico de Barcelona sentaron las bases para ligar definitivamente el interés académico y hospitalario con la dimensión social del problema del amianto en nuestro país.
En septiembre de 1973, Roberto Rodríguez Roisín, a la sazón residente de último año del citado servicio se desplazó al Brompton Hospital de Londres para continuar su formación en el laboratorio de función pulmonar.
El contacto con trabajadores británicos afectados de asbestosis estímulo su interés sobre el tema, al que dedicó su tesis de doctorado, defendida en la Universidad de Barcelona en octubre de 1975117.
En colaboración con su colega César Picado Valles, Rodríguez Roisín comenzó a colaborar con el comité de empresa de la fábrica de Uralita de Cerdanyola, examinando a los trabajadores afectados y prestando legitimación científica a sus reivindicaciones sobre los riesgos laborales del amianto118.
Esta labor, que culminó durante los primeros años de la transición, convirtió al Servicio de Neumología en un referente nacional que contribuyó al conocimiento público de estos riesgos.
Un conocimiento impulsado por la recuperación de las libertades democráticas y la creciente movilización obrera, elementos claves para estimular la mirada de los profesionales médicos y la opinión pública española hacia los problemas de salud del amianto en la transición democrática. |
Hubimos de inspirarnos en el ejemplo de labor de cultura y patriotismo de la Sociedad de Estudios Vascos, institución que tanto ha laborado por la valorización cultural de aquel país (...).
Del Instituto de Estudios Catalanes, exaltador ferviente de las virtudes de aquella tierra.
De la Junta de Ampliación de Estudios, que como se sabe va a la cabeza del movimiento intelectual del momento.
Todo ello impeliónos a abordar esta obra.
Paralelamente quisiéramos suscitar una respuesta en el pueblo gallego a nuestra labor, cual la han obtenido estos otros centros de labor que menciono...
Se complementan pudiéramos decir, se completan, a pesar de la autonomía en que vive el Seminario. (...)
Cadernos do Laboratorio de Formas de Galicia, 5, p.
decirse que éste es un centro de preparación de alumnos de la Universidad en las labores de investigación».
El contenido en yodo de las principales algas marinas de las costas de Galicia».
A continuación, no apartado «Análisis del yodo en las algas de Galicia.
Había un pesco que había ido a coller as algas e as queimaba alí, para que meu pai collera as cinzas e as analizara».
Estas «consideraciones» pódense dividir nun primeiro apartado, no que o científico realiza unha definición da Xeoquímica: «La Geoquímica estudia los elementos químicos de la corteza terrestre, considerándolos aisladamente, indagando su historia, o sea su distribución en el espacio y tiempo y tratando de penetrar las oscuras relaciones existentes entre la extructura de los átomos de los elementos y su abundancia en la corteza de la tierra (...)».
11 ----Parga a diferencia da mineraloxía «...que estudia los elementos en sus combinaciones, cristales y moléculas en un mismo espacio de tiempo» 12 e establece que o estudio xeoquímico dun elemento debe facerse a nivel de toda a codia terrestre, non pudendo falarse da Xeoquímica de Galicia nun sentido restrinxido que, sen embargo, dálle aos seus estudios.
Preparando a cátedra, estuda en París Química con LeChatelier e Mineraloxía con Fouqué.
Esta mesma ciencia a aprende en Alemania con Groth, Sohnke e Haushofer.
A seguinte sección desta publicación, «Análisis del yodo en las algas de Galicia.
Segundo o propio Parga, era a primeira vez que en España se facía un estudo analíticocomparativo do contido en iodo de diferentes algas 24.
22 As especies, segundo a nomenclatura empregada por Parga neste traballo son: Laminaria saccharina, Laminaria flexicaulis, Laminaria cloustoni, Saccorhiza bulbosa, Fucus serratus, Fucus vesiculosus, Fucus platicarpus, Halydris siliquosa, Callofilis laciniata, Heterosiphonea coccinea, Gelidium corneum, Laurencia pinnatifida, Rhodymenia palmata, Pelvetia caniculata, Chondrus crispus, Himanthalia lorea, Bifurcaria tuberculata, Ginnogongrus norvegicus, Corallina rubens, Nemaliom lubricum, Codium tomentosum e Ulva lactuca.
O traballo finaliza co apartado «Abundancia de las algas en Galicia.
Na entrevista de González, X. (1928), terceira páxina da reportaxe, ao tesoureiro e director da Sección de Historia do Seminario, Salustiano Portela Pazos (Cóengo da basílica compostelá), explica con detalle o financiamento da entidade: «Con subvenciones desde un año ha, de tres diputaciones provinciales de Galicia; con donativos de socios protectores y los cuotas mensuales de los protectores.
El total de ingresos, al año, no alcanza todavía a tres mil pesetas; cantidad insignificante para la publicación de los Archivos (el primer volumen ya en prensa), de interesantes monografías, algunas ya terminadas, adquisición de libros, gastos de material, luz, etc. (...)
A medida que se vaya conociendo detalladamente la fructífera labor cultural y patriótica que aquí se realiza, sin otra mira ulterior más que la de investigar y dar a conocer las pasadas glorias y el patrimonio artístico de Galicia, aportar datos para la historia, estudiar la lengua, usos, costumbres, riqueza mineral, zoológica, etc., etc., no dudo que esta institución habrá de merecer unánimes aplausos con la eficaz colaboración de otros muchos y deseables elementos, y el consiguiente aumento de recursos económicos».
44 Documento conservado no Arquivo do Instituto de Estudos Galegos «Padre Sarmiento».
No hace falta tener conocimientos químicos: los individuos que están en contacto con la tierra, nuestros labradores, probablemente si quisiesen, serían el factor de máxima aportación con cualquier piedra cuyas condiciones de forma o color despertasen su curiosidad» 47.
O propio Parga escribe o que significou para el ----45 MATO, A. ( 2001), p.
Este autor sitúa na sesión do Seminario do 4 de marzo de 1933 a creación do Laboratorio de Xeoquímica.
Subvencionado por esta, o Instituto de Investigaciones Agronómicas, a Junta para Ampliación de Estudios e o Seminario, atendía gratuitamente a consultas de particulares e entidades agrarias sobre as enfermidades das plantas de cultivo.
a creación deste Laboratorio: «...A finales de 1933, de regreso de Alemania, me reintegré en la Universidad compostelana, donde el «Seminario de Estudios Gallegos» y el «Instituto de Estudios Regionales de la Universidad» favorecieron la continuación de mis estudios de Geoquímica, en donde, con más medios, pude continuar mis trabajos de investigación...» 49.
Como exemplo, en xaneiro de 1936 o SEG compraba as revistas Boletín y Memorias del Instituto Geológico de España, Memorias explicativas del mapa geológico de España, 1: 50 000 y Anais da Facultade de Ciencias da Universidade do Porto, mentres que Parga, por suscripción particular, recibía Sweizerisches Mineralogisches und Petrographisches Mitteilungen, Anales de la Sociedad Española de Física y Química e o Boletín de la Sociedad Española de Historia Natural.
La Fundación Nacional, autorizada por su Consejo de Administración, ha resuelto organizar y sostener, bajo la dirección de usted, y en consideración a su preparación y aptitudes, un Laboratorio de Geoquímica para el estudio e investigación de problemas, tanto de ciencia pura como de aplicación, especialmente aquellos que afecten a nuestro suelo.
Si la Universidad de Santiago presta de modo expreso su conformidad y facilita los locales necesarios a juicio de Vd., así como el suministro de agua, luz y fuerza, la Fundación considerará un honor tener en esa Universidad un centro de investigaciones como los que ya sostiene en otras.
La Fundación exige de usted una dedicación plena al Laboratorio, incompatible con cualquiera otra ocupación oficial y privada, excepto la función docente en la Universidad, y le ofrece a usted una retribución anual de CINCO MIL pesetas, durante tres años, pasados los cuales se adoptarán acuerdos a la vista de los resultados obtenidos.
A propuesta de usted y dentro de los recursos que cada año presupueste, abonará la Fundación el material indispensable para el Laboratorio y una o dos becas para jóvenes que, habiendo terminado sus estudios universitarios o próximos a terminarlos, quieran formarse en aquella especialización científica.
Si Vd. acepta estas condiciones y se sirve devolverme un ejemplar de este oficio consignándolo así y añadiendo en su caso la conformidad del Sr. Rector o del Sr. Decano, recibirá usted instrucciones para comenzar inmediatamente los trabajos 62.
Esta comunicación da FNICER foi lida por Parga na reunión da Xunta da Facultade de Ciencias o día 9 de abril de 1935 e un día despois 63, o Decano Zurimendi, acepta a condición de subministrar «luz, gas y fuerza» para o devandito Laboratorio, como viña facendo nos anos previos, tal como explica Zurimendi na resposta á comunicación lida polo beneficiario da axuda, e que forma parte do oficio que este mandaría á Fundación:...me es muy grato manifestar a usted que acepto, honrándome con ello, todas las condiciones que en el mismo se expresan, y que la Facultad de Ciencias de esta Universidad de Santiago ha cedido gustosa, en junta celebrada el día de ayer, los locales necesarios para la instalación de las diferentes dependencias de dicho Laboratorio de Geoquímica, y que en parte ya venían funcionando bajo mi dirección (sic), así como también se halla dispuesta a seguir suministrando por su cuenta, y como hace en la actualidad, los servicios gas, luz y fuerza...
Nela podemos observar a gran limitación de recursos cos que contaba o Laboratorio antes da devandita axuda, pois gran parte do pedido era material básico, que foi mercado na casa de material científico «Establecimientos y vidrieras Llofriu S. A.» 64: 5 triángulos de cuarzo opaco con alambre de 35 mm. 4 triángulos de cuarzo opaco con alambre de 45 mm. 2 triángulos de cuarzo opaco con alambre de 55 mm. 10 mecheros Bunsen para gas Benoid con regulador de aire.
2 desecadores Scheibler con tapa a botón y disco de porcelana de 12 cm. 3 desecadores Scheibler con tapa a botón y disco de porcelana de 14 cm.
«Establecimientos y Vidrieras Llofriu S.A.» contaba con fábricas de medio cristal e vidro hoco, especializada en frasquería e botellería, e realizaba instalacións completas de laboratorios, vendendo produtos químicos puros para análises e material para farmacias.
Información extraída das facturas do material mercado por Parga para o Laboratorio de Xeoquímica, conservadas no ALXL.
1 cristalizador fuerte con bordón vuelto de 215 mm de diámetro.
1 mortero de ágata con mano de 80 mm. 6 soportes de hierro pie trípode de 55 cm. de altura variable.
6 aros de hierro fundido con nuez de 10 cm de diámetro exterior.
2 cápsulas de porcelana fondo semi -plano de 167 mm. con pico, marcha flecha.
2 cápsulas de porcelana fondo semi -plano de 150 mm. con pico, marcha flecha.
2 crisoles con placa filtrante Jena modelo lG3 2 frascos densidades para sólidos de 30 gramos.
Anales de la Sociedad Española de Física y Química.
Por este motivo se estaba a elaborar unha memoria que levaría por título «La industria del titanio, su posibilidad e importancia en Galicia» en cuxa elaboración colaborou Juan Martínez Núñez sobre as posibilidades desta industria que utilizaría como materia prima as ilmenitas galegas, e que sería pioneira en España 68.
66 Informe sobre el Laboratorio de Geoquímica de la Universidad de Santiago, por el Director del mismo Dr. I. Parga-Pondal,(1935).
Expediente de Pedro Brañas Cancelo no AHUS.
organizadas dende o Laboratorio.
Dentro do primeiro grupo, o director do Laboratorio consideraba de especial importancia contar cun espectrógrafo de cuarzo con gran poder de dispersión para realizar análises cualitativas e cuantitativas, requirindo tamén para estes últimos un fotómetro termoeléctrico.
A información dos traballos que Parga tiña pensado continuar proceden do documento Informe sobre el Laboratorio de Geoquímica de la Universidad de Santiago, por el Director del mismo Dr. I. Parga-Pondal, (1935).
Destas solicitudes, autorizouse a adquisición do forno eléctrico e do pirómetro termoeléctrico, e aprazouse a compra do espectrógrafo de cuarzo e do fotómetro termoeléctrico ata que fosen indispensables 71.
72 Informe sobre el Laboratorio de Geoquímica de la Universidad de Santiago, por el Director del mismo Dr. I. Parga-Pondal, (1935).
rrumpido bruscamente por los acontecimientos políticos que se desarrollaron a partir de Julio de 1936». |
El postulado por parte de algunos evolucionistas de finales del siglo XIX acerca de la antigüedad terciaria de la humanidad suscitó intensas polémicas entre naturalistas, biólogos y médicos.
En España también hubo adherentes y detractores, cuyas diatribas entraban en el contexto general de la cuestión evolucionista en nuestro país.
El debate se animó especialmente a raíz de la llegada a Valencia, en 1889, de un esqueleto humano fósil procedente de la Argentina al que se le atribuyeron rasgos primitivos y una gran antigüedad.
A comienzos del siglo XX, una serie de publicaciones sobre dicho ejemplar reactivaron la polémica, con
En 1889, llegó a Valencia procedente de Argentina una colección de mamíferos fósiles que el ingeniero José Rodrigo Botet (1842-1915) regaló a la ciudad.
Entre los ejemplares que integraban el fondo, se hallaba un esqueleto humano casi completo, procedente del arroyo de Samborombón, no muy lejos y al sur de Buenos Aires, que el paleontólogo argentino Florentino Ameghino (1854-1911), tras una inspección somera, había datado como del Plioceno y, por tanto, de época terciaria.
Ya en Valencia, Juan Vilanova y Piera (1821-1893), catedrático de la Universidad Central (Madrid), refirió en la prensa local, a comienzos de 1890, los ejemplares más relevantes de la colección de Rodrigo, entre los que contaba, muy particularmente, el esqueleto humano en cuestión1.
Vilanova, conocedor de los trabajos de Ameghino, discrepaba sin embargo de la atribución terciaria, pues asumía una identidad entre la formación diluvial pampeana y el lehm europeo2, incuestionablemente cuaternario.
Vilanova visitó la colección guiado por el recolector de la misma, Enrique de Carles, en principio, el responsable de su montaje.
De Carles, sin embargo, abandonó al poco tiempo Valencia, al declararse un brote de cólera 3.
Desde ----ese momento, fuera de los traslados que la llevaron por diferentes lugares de la ciudad, como el desaparecido convento de San Gregorio -situado en pleno centro de la ciudad, en la calle de San Vicente, en el lugar ocupado actualmente por el Teatro Olympia 4 -o un local municipal en el número 62 de la calle Ruzafa, entre 1890 y 1895 apenas se registra actividad en torno a la colección tras la marcha de Enrique de Carles 5.
No obstante, en 1891 la Corporación municipal había dispuesto la formación de una comisión «que ha de hacerse cargo de la colección Paleontológica», formada por seis miembros, dos de los cuales eran naturalistas 6.
Se trataba en un caso de Emilio Ribera Gómez (1853-1921), catedrático de historia natural del Instituto de Segunda Enseñanza de Valencia 7.
El otro era Eduardo Boscá Casanoves (1843-1924), jardinero mayor del Jardín Botánico de la Universidad de Valencia, a punto de ser nombrado catedrático de historia natural de la misma, y futuro protagonista principal de cuantas iniciativas se emprendieron para el montaje y estudio de los restos 8.
Nacido en Valencia, Boscá era desde hacía años uno de ---colecciones paleontológicas del Museo de Ciencias Naturales de Valencia, Valencia, Ajuntament de València, p.
El legado fotográfico de J. Martínez Aloy, Valencia, Ajuntament de València, p.
5 SALINAS, M.A. (2000), Un proyecto de instalación del Museo Paleontológico Rodrigo Botet de Valencia en la primera década del siglo XX.
6 [Oficio de la Alcaldía por el que se comunica a Eduardo Boscá su nombramiento como individuo de la comisión que ha de hacerse cargo de la colección paleontológica.
Valencia, 23 de septiembre de 1891], Archivo del Museo de Ciencias Naturales de Valencia (AMCNV), serie Documentación de carácter administrativo, doc. 5.
En RIBERA, E., Elementos de Historia Natural, Valencia, Cátedra de Eméritos de la Comunidad Valencia, pp. iii-xlv [facsímil de la cuarta edición, Valencia, Manuel Alufre, 1893].
8 Sobre los trabajos de montaje de la colección y la labor al respecto de Boscá, es de referencia SALINAS, M.A. (2001), Las colecciones paleontológica y conquiológica del Museo Paleontológico J. Rodrigo Botet de Valencia: inventario faunístico, importancia científica, museística e histórica, Valencia, Universitat de València [tesis doctoral inédita].
Para la biografía y contribuciones científicas del personaje, v.
CATALÁ, J.I. (2005), Eduardo Boscá y el cultivo de la historia natural en la Valencia de la Restauración.
Actividades Científicas de la Real Academia de Medicina de la Comunidad Valenciana, 6, pp. 51-72, y especialmente CATALÁ, J.I. (2004), El desarrollo de una carrera científica en un contexto institucional los más destacados defensores del evolucionismo en su tierra natal.
Fue en su época de estudiante de medicina cuando se inició, de la mano del catedrático de historia natural Rafael Cisternas (1819-1876), en el conocimiento de la evolución, de forma prácticamente clandestina.
Posteriormente, durante sus años en Madrid para completar la carrera de ciencias y doctorarse -ya en pleno período revolucionario-estableció relaciones con algunos jóvenes naturalistas de ideas avanzadas y también proclives a la aceptación de las hipótesis evolucionistas.
Tras obtener plaza de catedrático de historia natural de enseñanza secundaria y ocupar la cátedra del Instituto de Ciudad Real, Boscá realizó entre los años finales de los setenta y los primeros de los ochenta importantes estudios herpetológicos, gracias a los cuales se renovó y mejoró notablemente el conocimiento de los anfibios y reptiles ibéricos; en estos trabajos, que obtuvieron un amplio reconocimiento internacional, Boscá no dudó en asumir la teoría evolutiva y en incorporar una orientación biogeográfica a la práctica taxonómica en esos grupos 9.
Aunque en 1881 logró un permiso oficial especial para llevar adelante sus estudios de campo, a la postre, sin embargo, su situación como catedrático en Ciudad Real distaba de ser la ideal para desarrollar una carrera científica.
Esto debió de pesar mucho en la decisión que tomó en 1883, que le llevó a aceptar la mencionada plaza de jardinero mayor en Valencia, aun a costa de renunciar a la cátedra.
Las cosas no rodaron demasiado bien, sin embargo, si atendemos a las quejas retrospectivas que manifestó Boscá respecto a tal decisión y a la evidencia de su escasísima producción científica durante aquellos años.
No obstante, en 1892 logró acceder a la cátedra de la Universidad y pudo así retomar su carrera ---precario: el caso del naturalista Eduardo Boscá y Casanoves (1843-1924).
Cronos, 7 (1), pp. 3-60, donde se ofrece una aproximación somera al caso que estudiamos detalladamente en el presente trabajo.
Recientemente, cuando una primera versión de éste ya había sido remitida a la redacción de Asclepio, se ha publicado SALINAS, M.A. (2009), El esqueleto humano de la colección paleontológica «Rodrigo Botet» de Valencia y el debate sobre la antigüedad del hombre (1890-1928), Debats, 105, pp. 85-100; en tal artículo se omiten varias referencias relevantes para el tema, y se llegan a conclusiones discrepantes con los trabajos no citados.
Con posterioridad, ha salido publicada una biografía de Boscá a cargo de la misma autora; V. investigadora, centrada ahora, por mor de su designación para la comisión antes mencionada, en la paleontología de vertebrados 10.
Boscá, de hecho, asumió de facto la dirección de los trabajos relacionados con la colección paleontológica municipal.
Ya en octubre de 1891 había preparado, basándose en la lista de de Carles, una relación de los esqueletos que, en número de diez, y por estar razonablemente completos, podían ser susceptible de montaje para su exposición 11.
Como efectivamente no se dotaba ni de lugar ni de condiciones adecuadas, el montaje no pudo avanzar en los años siguientes.
Será en 1895, con fecha de 20 de noviembre, cuando la Comisión de Monumentos del Ayuntamiento de Valencia acuerde la creación de una comisión auxiliar técnica para cuantas cuestiones se relacionaran con la colección paleontológica, en la que una vez más estará Boscá 12, quien en 1896 recibe el encargo de la alcaldía de trasladar la colección a un local más espacioso donde poder avanzar en el montaje.
El inmueble elegido era el antiguo parador de San Pablo, que había sido propiedad de los jesuitas 13, bastante alejado del núcleo urbano -lo que llevó a su uso como hospital de coléricos en varias ocasiones durante la segunda mitad del siglo XIX-, extramuros de la calle de Quart.
A pesar de las carencias y de dicho aislamiento, fue allí donde Boscá, ya plenamente responsabilizado de la colección, inició su labor científica con ésta en el verano de 1897 14.
No tardarían en llegar los primeros frutos en forma de publicaciones.
Así, en la sesión científica del día 1 de marzo de 1899 de la Sociedad Española de Historia Natural, se leyó una nota remitida por Boscá acerca de la colección.
Después de ponderar, muy al estilo de los naturalistas españoles de la época 15, el servicio a la ciencia patria que supuso el legado de Rodrigo y el trabajo de de Carles debidamente combinados, lamentaba la situación de la colección, ----10 CATALÁ (2004).
11 BOSCÁ, E. Notas sobre la Colección paleontológica que el Ingeniero D. José Rodrigo Botet regala a la ciudad de Valencia, obtenida en las exploraciones efectuadas en las provincias de Buenos Aires (República Argentina) por el naturalista D. Enrique de Carles y principiada a instalar por el mismo naturalista [manuscrito].
AMCNV, serie Relaciones y listas de piezas del legado de Jose Rodrigo Botet, doc. 2.
12 Acta de la sesión de la Comisión de Monumentos celebrada el 20 de noviembre de 1895, Archivo Municipal de Valencia (AMV), Actas de la Comisión de Monumentos, año 1895.
15 Sobre el nacionalismo en la práctica de los naturalista españoles, v.
CASADO, S. (1994), La fundación de la Sociedad Española de Historia Natural y la dimensión nacionalista de la Historia Natural en España.
Boletín de la Institución Libre Enseñanza, 19, pp. 45-64. depositada en un lugar poco adecuado.
De asumir la letra del escrito de Boscá, todavía no se había procedido a montar, sino que los trabajos iban más bien por reunir y ordenar los fragmentos que integraban cada ejemplar.
Pasaba luego a describir los principales, siguiendo la denominación y ordenación que Karl von Zittel (1839-1904) había consagrado en su tratado de paleontología, la referencia para los paleontólogos evolucionistas de la época.
Por ello, el último ejemplar del que se ocupaba Boscá era, precisamente, el esqueleto de Samborombón.
Identificado como perteneciente al género Homo, pero sin ofrecer ninguna determinación específica, remarcaba en primer lugar su carácter indudablemente fósil, junto con el hecho de ser contemporáneo del resto de mamíferos fósiles de la misma localidad representados en la colección (entre otros, Megatherium, Hoplophorus y Macrauchenia).
Se recordaba, por otro lado, que aunque el esqueleto estaba casi completo, sus piezas no se habían encontrado en conexión anatómica y estaban fragmentadas, y por ello su reconstitución sería una de las labores más arduas de cuantas se tenían que acometer.
Boscá hacía memoria de algunos -no de todos-de los rasgos peculiares del ejemplar.
Exponía, además, algunas inferencias ya más elaboradas, y en las que llegaba a contradecir algunos criterios de Ameghino; así, en primer lugar, deducía el sexo masculino 16; en segundo, la dolicocefalia; este argumento, aunque contrario al primer dictamen de Ameghino, en realidad reforzaba el carácter primitivo del ejemplar; además, y en tercer lugar, Boscá especulaba sobre la posible ausencia de las apófisis inferiores en la cara posterior de la barbilla, lo cual podría tener repercusiones en la ausencia de músculos relacionados con la facultad del habla en los humanos modernos.
Infería también un régimen alimentario, según el desgaste de las piezas dentarias, basado en la masticación de raíces con tierra mal separada 17.
Boscá, por ---- 16 Un estudio paleopatológico moderno del esqueleto indica la probabilidad de sexo femenino a partir de las características pélvicas, aunque «los caracteres secundarios sexuales craneales encontrados delaten una musculatura potente más propia del sexo masculino, al igual que los del lado de la mandíbula».
El estudio en cuestión también recoge la alteración en el número de vértebras, con un aumento de las lumbares a expensas de las sacras, y la perforación del esternón, excluyendo en ambos casos patologías; v.
PUCHALT, F.J. Aunque en su día se saludara su llegada, es bien cierto que la colección paleontológica había acabado por ser una gran desconocida entre los valencianos.
En 1902, sin embargo, surgió la oportunidad de rescatarla del olvido, al acceder el Ayuntamiento a los deseos de la comisión organizadora de la conmemoración del cuarto centenario de la Universidad de Valencia, que tuvo lugar en dicho año, de montar una muestra abierta al público donde pudieran contemplarse algunos ejemplares.
Según los datos que aporta Manuel Giner San Antonio, autor del libro-memoria de los fastos, por entonces Boscá ya había procedido a montar partes del gran megaterio y de otros cuatro ejemplares 18.
En esa misma obra, y entre los apéndices que incluía, apareció una «Relación de los principales ejemplares» de que constaba la colección, que aunque formalmente es obra del mismo Giner, hay que atribuir a Boscá, tanto por lo que aquel dice en el capítulo correspondiente a la colección, cuanto porque existe una separata conjunta de capítulo y apéndice en la biblioteca del Museo de Ciencias Naturales del Ayuntamiento de Valencia, depositario actual de la colección, dedicada de puño y letra de Boscá que firma como «recuerdo del autor» 19.
En el apéndice, por primera vez, aparece explícitamente referido el esqueleto de Samborombón como «El hombre del período terciario»; allí mismo, el ejemplar es calificado como «la perla de la colección» 20.
Con esta publicación, se abría el fuego para el episodio valenciano de la polémica sobre el hombre terciario.
---la usura dentaria revelan un uso intensivo del aparato masticatorio bien sea por una alimentación con granos de arena o sílice, o bien por mascar pieles».
18 GINER, M. (1906a), Exposiciones abiertas al público durante los días de la celebración de los festejos.
En GINER, M. (rec.), Crónica del IV centenario de la Universidad de Valencia, Valencia, Doménech, pp. 163-167.
20 GINER, M. (1906b), Relación de los principales ejemplares de que consta la colección paleontológica, regalada á Valencia por don José Rodrigo Botet, expuesta al público durante los días de la celebración de los festejos.
En GINER, M. (rec.), Crónica del IV centenario de la Universidad de Valencia, Valencia, Doménech, pp. 279-283, cita en en p.
La expresión pública del carácter terciario del esqueleto humano de Samborombón llegó en un momento para el que se suele asumir desde hace tiempo que el gran debate sobre la evolución se había reconducido en España hacia ámbitos de discusión más restringidos a lo científico, al tiempo que se generalizaba una aceptación, incluso por parte de los cultivadores de la ciencia católicos, si no de los mecanismos darwinistas -por otro lado, muy contestados entonces en todo el mundo 21 -, sí del hecho evolutivo 22; ello, sin embargo, no impedía que, en ciertos casos, sobre todo cuando se hacía llegar la idea de evolución a la opinión pública -pensemos en el homenaje a Darwin en la Universidad de Valencia en 1909 23 -volvieran a rebrotar los enfrentamientos 24.
Por eso, una declaración tan explícita como la expuesta, a través de una obra además pensada para la divulgación, contando con la polarización de opiniones que seguía presidiendo cualquier discusión sobre el origen, antigüedad y evolución del hombre, no podía quedar sin ser respondida.
Fue un conocido médico valenciano con notable proyección pública, Faustino Barberá y Martí (1850-1924), quien se aprestó a contestar a los que defendían la edad terciaria del esqueleto de la colección paleontológica, y particularmente, a Eduardo Boscá.
Barberá, destacado otorrinolaringólogo, era un personaje muy activo, dotado de una singular capacidad de iniciativa tanto en el ámbito profesional -así, en 1889 fundó la Revista Valenciana de Ciencias Médicas, y en 1894 fue uno de los organizadores del Congreso Médico-Farmacéutico Regional-, como en el social -se implicó muy intensamente en la enseñanza de los sordomudos 25 y participó en el gobierno del sanatorio de leprosos de Fontilles 26 -, e incluso en el político -fue una figura de relieve del nacionalismo valenciano en cuanto mentor y presidente, des-----de finales de 1906, de la asociación regionalista València Nova, además de ser miembro de otras entidades valencianistas27 -.
Barberá sentía así mismo mucha afición por las ciencias naturales; de hecho, y según testimonio de José Rodrigo Pertegás28, Barberá había frecuentado el laboratorio micrográfico que en el Colegio de San José de Valencia había montado, ya a finales del siglo XIX, el jesuita Antonio Vicent (1837-1912).
Allí, Barberá se dedicaría a estudiar las diatomeas valencianas, y produjo una memoria que nunca sería impresa 29.
Barberá colaboró, ciertamente, con diversos proyectos de los jesuitas.
Ya hemos dicho que se implicó, como miembro de la comisión facultativa, en la obra del sanatorio de Fontilles, una iniciativa impulsada por su amigo, el padre Carlos Ferrís (1854-1924), quien compartía además con él mismo la condición de miembro de la junta fundadora del Colegio de Sordomudos y de Ciegos de Valencia 30.
En un ámbito más estrictamente científico, se interesó vivamente por el trabajo como arqueólogo y prehistoriador de Julio Furgús (1855-1909), otro jesuita, éste del Colegio de Santo Domingo de Orihuela aunque de origen francés, a quien dedicó un recuerdo en la Revista Valenciana de Ciencias Médicas con motivo de su fallecimiento en enero de 1909 tras despeñarse en un paraje en los alrededores de Orihuela 31.
En la recogida de materiales para la redacción de este trabajo, por cierto, le auxilió el jesuita naturalista del Colegio del Salvador de Zaragoza, Longinos Navás (1858-----1938)32, impulsor de la Sociedad Aragonesa de Ciencias Naturales33, en la cual se dio de alta Barberá en 190734.
Significativamente, su inscripción en la Real Sociedad Española de Historia Natural tuvo lugar bastante después, en 1914, tras ser presentado por el también jesuita Jaime Balasch Bosch (1869-1927), profesor de historia natural en el Colegio de San José35.
El vínculo, pues, con la Compañía de Jesús, era intenso y venía de antiguo.
No es casual, pues, que Barberá se pronunciara en contra de la atribución de edad terciaria al esqueleto de Samborombón en una comunicación leída en el homenaje a Linneo que la Sociedad Aragonesa de Ciencias Naturales, a impulso de Navás, había organizado en Zaragoza en 1907, con motivo del segundo centenario del nacimiento del gran naturalista sueco, figura venerada por los antievolucionistas precisamente como máximo exponente del fijismo 36.
En este trabajo, el autor ya dejaba claro desde el principio que iba a estudiar «de los objetos paleontológicos allí existentes, [...] el esqueleto de homo [sic] sapiens, atractivo singular y encanto fascinador de los hombres de estudio» 37.
Por la descripción que da, sabemos que el esqueleto para entonces ya contaba con una vitrina acristalada propia, con fondo de felpa roja, sobre la que descansaban los huesos fósiles ordenados en disposición natural, pero sueltos 38; también, que las piezas habían sido consolidadas con baños de gela-----tina.
El grueso del estudio era una descripción parte por parte de los restos, empezando por la calavera y terminando por los pies.
Respecto a los caracteres singulares que tanto habían llamado la atención de otros investigadores, Barberá se pronunciaba categóricamente; no encontraba el agujero occipital «más hacia atrás de lo corriente», mientras que la perforación esternal la achacaba a una soldadura incompleta de los hemisternones, y la anomalía en el número de vértebras lumbares (una de más) como un defecto compensado con la vértebra sacra de menos que exhibía.
Barberá intentó inferir la talla del individuo a partir de la medición de los huesos de la pierna.
En cuanto al sexo, reconocía la dificultad de determinación, aunque se inclinaba por el femenino en razón de la delicadeza de las líneas de inserción muscular y la suavidad general de las formas.
En cualquier caso, reconocía que la pelvis era muy reducida, hecho para el que cabía la interpretación de que la mujer en cuestión habría sido nulípara y fuertemente raquítica.
El interés del ejemplar, por tanto, estaría en lo teratológico, no en el supuesto primitivismo.
La conclusión hacía explícito el rechazo a la atribución de edad terciaria al esqueleto, puesto que la aparición de restos humanos en el mismo nivel estratigráfico que los de otros seres vivos no forzaba a considerarlos como coetáneos si se tenía en cuenta que se trataba de materiales de acarreo fluvial.
Citaba abiertamente la publicación que firmara Giner, pero no daba a entender que fuera Boscá -en todo el texto, solamente lo había citado al principio, para agradecerle el permiso para acceder al material estudiado-el que inspirara la idea.
Sí que mencionaba a Ameghino, como defensor de la existencia del hombre terciario, y a Vilanova, como detractor, aun reconociendo -en opinión que asumía también él mismo-que ya hubo condiciones ambientales adecuadas en el Terciario para la existencia de seres humanos 39.
En la publicación no aparece cuándo estudió efectivamente Barberá los restos, aunque sabemos que contempló la colección -recordemos que no estaba abierta al público-en febrero de 1904, cuando, en calidad de presidente del Instituto Médico Valenciano, encabezó un grupo de socios de dicha ---nos hemos opuesto, es á montarlos, tanto para dejar expedito su estudio, como para no comprometerlos en la operación.
El esqueleto [...] ha quedado encerrado en una modestísima urna de cristal, y ordenados en lo posible sus huesos»; v.
BOSCÁ, E. (1910), El esqueleto humano fósil del arroyo de Samborombón (América del Sur).
En ASOCIACIÓN ESPAÑOLA PARA EL PROGRESO DE LAS CIENCIAS, Congreso de Zaragoza, Madrid, Eduardo Arias, vol. 4 (1.a parte), pp. 221-235, cita en p.
corporación que pasaron a verla en visita científica 40.
¿Tenía pensado desde entonces publicar algo sobre el esqueleto, o su decisión vino a la postre por la publicación dos años después del libro de Giner con la declaración del carácter terciario?
No tenemos de momento respuesta.
Sí podemos decir que, pese a la rotundidad con que Barberá se expresaba, Boscá no se arredró, y fue incluso más allá en la defensa de su opinión.
LA POLÉMICA SIGUE Eduardo Boscá necesitaba, aparte de lo dicho en una obra eminentemente divulgativa y, en todo caso, con poca difusión potencial, como era el libro del cuarto centenario de la Universidad, argumentar ante la comunidad científica la importancia singular del esqueleto de Samborombón.
Preparó, pues, un estudio específico que presentó en 1908 al Primer Congreso de la Asociación Española para el Progreso de las Ciencias, celebrado en Zaragoza.
El foro, atendiendo a las circunstancias, era especialmente adecuado.
Aquel año había tenido lugar la escenificación de la profunda fractura que dividía el colectivo de naturalistas españoles.
Como hemos estudiado en otro trabajo 41, Longinos Navás, animado por el éxito obtenido con el homenaje a Linneo, planteó a finales de 1907 la celebración de un congreso de naturalistas españoles (sería el primero con ese carácter) en Zaragoza al año siguiente, dentro del programa para la conmemoración del centenario de los sitios que sufrió la ciudad durante la Guerra de la Independencia.
Comunicó su idea a la sección local de la Real Sociedad Española de Historia Natural, quien a su vez transmitió la iniciativa a la Junta Directiva central en Madrid.
La alarma cundió entonces entre los círculos dominados por Ignacio Bolívar (1850-1944), catedrático de la Universidad Central, director del Museo Nacional de Ciencias Naturales y hombre fuerte de la historia natural española de la época.
Dejar que una iniciativa así pudiera ser llevada a buen puerto por Navás, uno de los líderes de ----40 El Instituto Médico Valenciano pide permiso para practicar una visita oficial de carácter científico, el día 17 de Febro.
41 CATALÁ, J.I. ( 2003), Confessionalitat i laïcisme: La fundació de l'Asociación Española para el Progreso de las Ciencias.
El anhelo de celebrar congresos científicos de rango nacional en España ya había sido manifestado por Juan Vilanova; v.
SALAVERT, V.L.; PELAYO, F.; GOZALO, R. (2003), Los inicios de la prehistoria en la España del siglo XIX: Juan Vilanova y Piera y el origen y antigüedad del hombre, Valencia, Universitat de València / Fundación Marcelino Botín [CD-ROM], p.
28. los naturalistas periféricos españoles y representante conspicuo del sector más clerical -frente, precisamente, a Bolívar, siempre vinculado a los círculos de tradición institucionista-, era conceder mucho.
Por ello, la Junta directiva de la Real Sociedad derivó la propuesta para que, a la postre, se impulsara un congreso general de todas las ramas científicas, al uso de los que impulsaban las asociaciones para el progreso de las ciencias en diferentes países europeos desde hacía, en algunos casos, casi un siglo.
Aquello fue el inicio del proceso de constitución de la Asociación Española para el Progreso de las Ciencias, que efectivamente celebró su primer congreso en la capital aragonesa en el mes de octubre de 1908.
Esta reunión científica representó, de alguna manera, la demostración de la capacidad de respuesta de los naturalistas de círculos oficialistas, de afinidades ideológicas liberales o republicanas, al reto lanzado por la alternativa conservadora y clerical.
Ahora bien, ésta, con Navás a la cabeza, fue capaz a su vez de sacar adelante la propuesta que originalmente se había planteado, y Zaragoza fue también sede, aquel mismo mes de octubre pero dos semanas antes, del Primer Congreso de Naturalistas Españoles, que logró reunir un número de comunicaciones similar al que aglutinó la sección de ciencias naturales del de la Asociación.
Aunque hubo algún caso de doble participación, los naturalistas más significados de una y otra facción solo participaron en el congreso que les era más afín.
Boscá, como ya hemos dicho y como era de esperar, participó en el de la Asociación.
En su comunicación seguía a Ameghino en la caracterización estratigráfica del esqueleto, e incluso hablaba de «prejuicios históricos, consiguientes a la falta de datos geográficos» para denunciar la tendencia tradicional de situar el origen de la humanidad en el Viejo Mundo y no considerar relevantes al respecto los restos americanos42.
Él, como adherente a las tesis ameghinianas, asumía que Sudamérica podía ser cuna de la humanidad.
En su comunicación, Boscá realizaba una revisión bibliográfica de lo que hasta entonces se había dicho del esqueleto, por lo que citaba a Hermann Burmeister (1807-1892), Ameghino, Vilanova (cuyos artículos en Las Provincias recordaba interesadamente para consignar que la posición algo retrasada del agujero occipital había sido apreciada por primera vez por aquél) y las Lecciones de Antropología de Telesforo de Aranzadi (1860-1945) y Luis de Hoyos Sainz (1868-1951) 43.
También, en una nota a pie, se ocupaba de la contribución de Barberá, para criticar algunas de las consideraciones que éste hacía, y especialmente la interpretación del orificio del esternón, pues ----«este hueso ha merecido [en el artículo de Barberá] un grabado representándolo de tamaño natural, en el que aparece la numeración de sus piezas colocadas á la inversa, no como equivocación, sino como error de concepto razonado en el texto; con lo cual, resulta que la anomalía del orificio, que tanto le preocupó, queda mucho menos explicable teratológicamente estudiada que considerando el hueso como un esternón francamente simiano; todo lo cual sea dicho sin ánimo de ofender al compañero» 44.
Pasaba luego Boscá a ofrecer sus propias interpretaciones de algunos de los rasgos peculiares del ejemplar, para lo que apelaba a la autoridad de Ameghino junto a la información que le suministraba el trabajo antropológico del holandés Herman ten Kate (1858-1931), discípulo de Paul Broca (1824-1880) y Paul Topinard (1830-1911), que realizó numerosos estudios sobre las poblaciones indias de diversos lugares de América 45.
En concreto, consultó el artículo de Kate sobre los antiguos habitantes de la región calchaquí, es decir, la zona noroeste de Argentina, en la vecindad de la frontera boliviana 46.
Boscá consideraba que el esqueleto de Samborombón presentaba un parecido general muy acusado con los restos que se estudiaban en dicho artículo, y destacaba las similitudes en la mandíbula inferior, el esternón perforado (un rasgo muy extendido, según Kate, entre diferentes tribus indias), la pelvis y algunos otros rasgos menos llamativos.
En cuanto al problema de la extraña fórmula vertebral que exhibía el ejemplar de Valencia, estimaba Boscá que la vértebra lumbar suplementaria (así considerada, por cuanto él mantenía que el sacro sí presentaba las habituales cinco vértebras soldadas), «representa un modelo de reducción orgánica, á juzgar por la pequeñez de la vértebra, comparada con las normales que la preceden, y que constituiría un obstáculo al proceso de la verticalidad actual del cuerpo humano, conquistada por nuestros antecesores.
Entiendo que mejor que explicar el hecho como un caso anómalo comprendido entre los de exceso de vértebras sin compensación, habrá que considerarlo, siguiendo al doctor F. Ameghino, como un dato paralelo al de la multiplicación de las piezas óseas esternales.» 47 ---- Así pues, nada de casos patológicos ni teratologías, sino caracteres que, considerados funcionalmente, no hacían sino reforzar el carácter ancestral del ejemplar.
Esta interpretación funcional llevará a Boscá a interpretar el desgaste en los dientes como evidencia, ni más ni menos, que de «canibalismo, asignado como histórico á las razas indígenas americanas, y en particular á las de América del Sur, sea cual fuere el motivo invocado para justificarlo» 48.
Rasgos anatómicos eran fuente, por tanto, de interpretaciones culturales, algo que también aparecía, en ese mismo trabajo, cuando como de pasada hablaba de huesos fósiles de animales pertenecientes al mismo legado de José Rodrigo Botet que presentaban golpes de instrumentos o incluso «finas hendiduras, como producidas por punta de sílex» 49.
Una manera más, al margen de la estratigrafía, de demostrar la contemporaneidad del hombre con la fauna pampeana extinguida (un objetivo, como ya hemos avanzado 50, que había marcado la trayectoria del propio Ameghino).
A la postre, tanto esto último, como el resto de evidencias presentadas por Boscá, pretendían sustentar la atribución de edad terciaria al esqueleto de Samborombón.
Sin embargo, en toda la comunicación presentada en el Congreso de Zaragoza no aparece de forma expresa tal idea.
En ningún momento, pues, se habla explícitamente de «hombre terciario».
Boscá tampoco aventuraba a qué forma humana en concreto, de las consideradas por Ameghino, podría adscribirse aquel ejemplar que había llegado a sus manos.
Es cierto que el argentino solamente había empezado a dar noticias de la existencia de restos caracterizados como Tetraprothomo argentinus en 1907, y hasta 1909 no publicaría los correspondientes a Diprothomo platensis.
Sin embargo, los géneros en cuestión, junto a Triprothomo y Prothomo, ya habían sido propuestos por él mismo en 1884, con ocasión de la publicación de su esquema hipotético de la filogenia humana 51.
En todo caso, no hay ni tan siquiera men----- un programa de clasificación evolucionista a partir de la embriología, la paleontología y una anatomía comparada ampliada, que llevaría a una reconstrucción de las formas predecesoras tras la aplicación de ciertas «leyes naturales» y del tratamiento matemático de la afinidad entre los seres; v. al respecto ORIONE, J. (1987), Florentino Ameghino y la influencia de Lamarck ción por parte de Boscá de tales supuestos ancestros, no solamente en evitación de una osadía como la de pretender identificar genérica o específicamente el esqueleto de Samborombón, sino ni siquiera a título informativo.
¿Ocultaban estas omisiones una discrepancia por parte de Boscá de la propuesta filogenética de Ameghino o de su modo de proceder en las reconstrucciones genealógicas, aunque mantuviera su adhesión a la antigüedad terciaria del hombre?
La manera en que Boscá entiende la evolución es de las más cercanas al darwinismo de cuantas se pueden encontrar entre los naturalistas españoles de la época, sobre todo en su aplicación a los estudios faunísticos 52, aunque esté lejos de ser un darwinista absolutamente ortodoxo; así, como ya hemos razonado en otro trabajo 53, era capaz de combinar en una misma apor----en la paleontología argentina del siglo XIX.
De esta forma, se podría establecer un esquema genealógico hipotético, del que el registro fósil tal vez llegaría a dar demostración fáctica en algún momento, siquiera de alguna de sus partes (pues, en todo momento, tiene en cuenta cuán incompleto es ese registro).
De ahí que no haya paradoja en el hecho de que Ameghino estableciera su filogenia humana en un período temprano de su producción y solamente al final de la misma aportara estudios detallados de presuntas formas ancestrales fósiles.
Una historia general de las reconstrucciones filogenéticas y sus problemas (incluido el uso de los fósiles) en BOWLER, P.J. (1996), Life's Splendid Drama: Evolutionary Biology and the Reconstruction of Life's Ancestry, 1860-1940, Chicago, The University of Chicago Press.
52 FRAGA, X.A. (2002), La recepción del darwinismo por los naturalistas españoles del siglo XIX, un análisis general.
En Puig Samper, M.A.; Ruiz, R.; Galera, A. (eds.), Evolucionismo y cultura.
Darwinismo en Europa e Iberoamérica, Madrid, Junta de Extremadura / Universidad Nacional Autónoma de México / Doce Calles, pp. 249-265.
Este autor matiza, sin negarla en absoluto, la asunción de los principios darwinistas de diversos autores, entre otros, Cisternas y Boscá.
Una visión, por el contrario, más proclive a hacer de ambos darwinistas en el pleno sentido del término, en LÓPEZ PIÑERO, J.M. (2008), El darwinismo valenciano del siglo XIX y su fundamento histórico, Valencia, Consell Valencià de Cultura, pp. 137-146.
No parece coincidir tampoco con esta visión matizada del darwinismo de Boscá SALINAS (2009), p.
96-97, que habla de «su inquebrantable adhesión al pensamiento darwinista y su fe ciega en el infalible cumplimiento de los principios de la evolución tal y como los conoció, primero de la mano de su maestro Rafael Cisternas, y después, directamente, a través de la obra de Charles Darwin», además de declarar que «no albergo la menor duda de que Boscá vivió como un darvinista hasta el menor asunto de su vida», aludiendo con ello a su compromiso social, que hace coincidir con el pensamiento del propio Darwin según se expresaría en Descent of Man.
Tal vez un cierto exceso de simpatía por el personaje de Boscá -al que se refiere como «el científico valenciano más brillante de la Restauración» (SALINAS, 2009, p.
86)-haga decir esto a la mencionada autora; sin embargo, si es coherente con lo que dice, de «ubicar en su tiempo y su lugar antes de emitir juicios de valor» a Boscá, debería no olvidar el propio contexto de interpretación del darwinismo en las tación la herencia de los caracteres adquiridos y la perfectibilidad de los organismos con la lucha por la vida.
Por otro lado, Boscá fue un adelantado -en sus contribuciones herpetológicas-en la introducción en España del concepto de grupo natural, que marca una clara asunción genealogista 54.
Boscá, de alguna manera, es un buen ejemplo de la complicada amalgama de ideas que los naturalistas evolucionistas españoles solían pergeñar.
Su vinculación a las iniciativas de la Institución Libre de Enseñanza 55 le harían sin duda conocedor -aunque no necesariamente adherente-de la aceptación condicionada de las tesis de Darwin por parte de los krausistas -quienes rechazaban el materialismo implícito en ellas-, y de las versiones entre ortogenéticas y lamarckistas que algunos de aquéllos elaboraron 56.
No hay que olvidar que Boscá fue uno de los jóvenes que impulsaron en Madrid el Ateneo Propagador de las Ciencias Naturales, donde la presencia krausista era importante.
En realidad, y pese a las críticas krausistas a Haeckel, la propia asunción del cambio direccional hacía plausible los esquemas genealógicos puramente hipotéticos, y por tanto no cabría esperar en Boscá una beligerancia al respecto en el caso de ser proclive a unos esquemas evolucionistas no puramente materialistas.
De hecho, en su discurso en el homenaje a Darwin en la Universidad de Valencia (1909), invocaba, respecto a la inclusión del hombre en la evolución, «la unidad sintética y sin excepciones, á que se encaminan los conocimientos, como ideal que nos aproxime á lo absoluto, ese más allá del que tan distantes ---- que el Segundo Congreso de la Asociación Española para el Progreso de las Ciencias tuviera lugar en Valencia en 1909, dentro del programa de actos vinculados a la Exposición Regional.
Diferentes circunstancias, y principalmente los sucesos derivados de la Semana Trágica de Barcelona, con la ejecución de Francisco Ferrer Guardia y la caída del gobierno de Maura, vinieron a coincidir en el tiempo, con escasa antelación, con las fechas marcadas para la gran reunión científica, a finales de octubre y comienzos de noviembre; a esto, se sumó que el propio presidente de la Asociación no era otro que Segismundo Moret (1833-1913), encargado de formar gobierno precisamente tras la dimisión de Maura y sus ministros.
Así pues, no hubo más opción que el aplazamiento, y el Congreso tuvo lugar finalmente en mayo de 1910 61.
Con independencia de esto, Boscá ya tenía listo el primer catálogo-guía de la colección paleontológica que, debidamente publicado por el Ayuntamiento, fue explícitamente dedicado, como rezaba su título, «al Congreso de Valencia de la Asociación Española para el Progreso de las Ciencias».
Para entonces, una parte apreciable de la colección ya se podía contemplar en la que sería su sede, oficialmente «provisional», durante más de ocho décadas: el Almudín, bello edificio gótico en el centro de la ciudad, que aunque amplio, era en todo caso poco adecuado para exhibir la muestra, sobre todo a causa de su deficiente estado de conservación.
En el catálogo, el esqueleto era considerado «de raza sudamericana desaparecida, análoga, por lo menos, á la que en su día pobló la región argentina, llamada Calchaquía, y desolada en tiempo de la conquista de América por los españoles» 62.
Boscá apelaba a la autoridad de Ameghino para decir que el yacimiento donde fue hallado fue considerado por éste «de terciario plioceno superior, lacustre», evitando en todo momento, sin embargo, el empleo de la expresión «hombre terciario» como también cualquier caracterización taxonómica.
Añadía que los restos ocupaban una urna aparte en un extremo del salón de exhibición.
Por su parte, la Guía de Valencia que se publicó en obsequio de los congresistas daba cuenta anónimamente 63, entre las atrac----- ciones de la ciudad, del «Museo Paleontológico» -así, con esa denominación-, que contenía, entre otros valiosos ejemplares, «el esqueleto humano, fósil del terreno terciario, según el sabio doctor J. [sic] Ameghino, de la República Argentina.
Estos restos pertenecen a una raza muy inferior ya extinguida» 64.
Apenas amagada en el Congreso de Zaragoza la posición de Boscá favorable a la consideración de terciario del esqueleto de Samborombón, y solamente algo más patente en las otras dos publicaciones comentadas, el catedrático valenciano realizó en 1910 dos viajes, uno a comienzos de año y otro en los meses finales, que le llevaron a estudiar materiales relacionados con los de la colección en París, Londres, Ámsterdam y Bruselas, por un lado 65, y en Buenos Aires y La Plata, por otro 66.
Boscá fue acompañado por su hijo Antimo (1874-1950), catedrático de historia natural por aquel entonces en el Instituto General y Técnico de Teruel, del que posteriormente pasaría al de Castellón y, finalmente, al de Valencia, y excelente fotógrafo 67.
Para realizar tales periplos, los Boscá contaron con una pensión de la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas 68.
En el Museo de Buenos Aires pudieron estudiar -pese a estar cerrado al público por amenazar ruina, y pese a estar un gran número de ejemplares embalados o metidos en cajas en previsión de un inminente traslado-diversos esqueletos fósiles de los que extrajeron datos para su comparación con los de Valencia.
Se entrevistaron también con Enrique de Carles, quien les facilitó nuevos datos inéditos sobre los ejemplares que en su día recolectara y a quien acompañaron en una excursión científica.
Y con el propio Ameghino, «ocupado en la actualidad en el estudio de las formas humanas últimamente encontradas en los tranquilos sedimentos de ----la formación pampeana», pudieron revisar diversos materiales interesantes para las comparaciones con el esqueleto de Samborombón.
En el Museo, por otro lado, hicieron acopio de bibliografía, y entre otros, de numerosos trabajos de Ameghino.
También recibieron los valencianos una acogida formal en el Museo de la Plata, donde a su vez estudiaron diversos fósiles y se entrevistaron con Santiago Roth (1850-1924), jefe de la sección de paleontología y gran estudioso de la formación pampeana 69, y Robert Lehmann-Nitsche (1872-1938), jefe de la sección de antropología.
Éste, conocido por sus estudios lingüísticos y etnológicos, era también coordinador de un importante volumen sobre la formación pampeana -publicado en 1907 pero del que, aparentemente, Boscá no tenía noticia con ocasión del Congreso de Zaragoza de 1908-de cuya parte antropológica se encargó personalmente 70.
Lehmann-Nitsche, un estudioso que realizaba su trabajo desde una perspectiva evolucionista, se manifestaba también contrario a la propuesta estratigráfica de Ameghino y, desde luego, mantenía que «tous les restes ostéologiques humaines de la formation pampéenne actuellement entre nos mains, appartiennent [...] à l 'Homo sapiens typique et que quelques unes des particularités ostéologiques de ce dernier se recontrent chez les indiens modernes» 71.
Por otra parte, al ocuparse del esqueleto de Samborombón, y después de dar cuenta de las noticias y datos aportados en sus publicaciones por Burmeister, Ameghino y Vilanova, y verbalmente por Enrique de Carles, volvía a destacar la anomalía en la fórmula vertebral, como rasgo cierto de inferioridad, más la perforación esternal y el desgaste de las coronas dentales, como característica presente entre los indígenas sudamericanos actuales.
Y como conclusión, señalaba que ----69 Nacido Kaspar Jacob Roth -era suizo-, fue un activo estudioso de la paleontología argentina de la época y descubridor de importantes ejemplares, entre otros, el hombre fósil de Pontimelo; más detalles en GIACCHINO, A.; GUROVICH, Y. ( 2001), Homenaje al Dr. Santiago Roth a 150 años de su natalicio.
Revista marplatense de Filosofía, 2 [consultada en internet en la página de la Fundación de Historia Natural Félix de Azara, 9 de julio de 2009: http://www.fundacionazara.org.ar/Artic/Tecnicos/fa057.htm].
No disponemos de momento de datos para juzgar si esta posición caló de algún modo en Boscá, pues nada comenta en el relato del viaje ni aparecen menciones posteriores a Lehmann-Nitsche 73, quien, por otra parte, prodigó grandes atenciones a los valencianos durante su estancia e incluso les llevo de excursión para conocer in situ los sedimentos del Pampeano medio y superior 74.
Desde luego, si atendemos a la noticia de una conferencia que impartió el 12 de agosto de 1915 en el propio Museo Paleontológico, acompañado de Antimo Boscá, siguió divulgando las ideas de Ameghino y, por tanto, el postulado de que «el hombre pampeano existía ya en la época terciaria», aunque, para el ejemplar depositado en Valencia, no podía «afirmarse que se trata del 'Homo pampeus'» 75.
La fidelidad al paleontólogo argentino, desde luego, acabaría por ser acremente usada en su contra.
LA CARGA DE LA BRIGADA JESUITA El empeño de Boscá por difundir su interpretación -la de Ameghino, en último término-de la antigüedad del género humano acabó por forzar la intervención del ala más beligerante de los antievolucionistas católicos.
Como señala Glick, durante las primeras décadas del siglo XX, fue «una nueva generación de biólogos jesuitas» los que tomaron el relevo en la defensa del dogma, a partir de «una base más fundamentada científicamente que lo que les fue posible a sus antecesores» 76.
Por eso, no resulta extraño que, en no-----72 LEHMANN-NITSCHE, R. (1907), p.
73 Se conservan unas notas manuscritas de autor incierto sobre una cierta «conferencia» de Lehmann-Nitsche sobre el hombre fósil pampeano; desconocemos si se trata de unos apuntes tomados de una versión impresa o si realmente el autor asistió a una conferencia del mencionado especialista; v.
AMCNV, serie Apuntes manuscritos de diversas caligrafías sobre los materiales, doc. 2.
Las Provincias, Valencia, 13 de agosto.
76 GLICK, T.F. (1992), El impacto del darwinismo en la Europa mediterránea y Latinoamérica.
En LAFUENTE, A.; SALA, J. (eds.), Ciencia colonial en América, Madrid, Alianza, pp. 319-350, cita en p.
333. viembre de 1914, el jesuita Jaime Pujiula Dilmé (1869-1958), director del Instituto Biológico de Sarriá (Barcelona) y reputado embriólogo 77, impartiera en el paraninfo de la Universidad de Valencia una serie de seis conferencias sobre «la vida y su evolución filogenética», dentro de los actos de la semana biológica que organizó el Instituto Médico Valenciano.
La última de dichas charlas estuvo dedicada a la «Teoría de la descendencia», o de la evolución.
Pujiula partía de una posición que solo admitía la probabilidad -que no certeza-de una evolución que él llamaba especigenética, «una evolución moderada, según la cual las especies presentes serían en realidad modificaciones de otras especies o formas, no precisamente rudimentarias, sino tales que, bajo el influjo de leyes internas y evolutivas, se habrían ido modificando y adaptando a las circunstancias, adquiriendo unas mayor perfección y otras quizás más bien degenerando» 78.
Pujiula, por otra parte, consideraba caduco el darwinismo, y veía con «más garantías de probabilidad» al lamarckismo.
Basaba esta diferencia de valoración, sobre todo, en la negación de finalidad o en el carácter finalista, respectivamente.
Donde Pujiula resultaba absolutamente tajante era en defender la exclusión del hombre del proceso evolutivo 79: «Actualmente se presenta la cuestión, en la mayor parte de las cátedras de Biología universitarias, como un hecho indiscutible.
Ni es de extrañar; porque la mayor parte también de ellas son de hecho o por sistema ateas.
Según ellas, el hombre es un producto de la evolución como otro cualquier organismo; es el último vástago de la evolución integral progresiva; es, digámoslo claro, aunque haga saltar los colores al rostro, una bestia perfeccionada.
¡Qué caída tan degradante para el hombre!
¡De origen divino a un vástago del bruto!
Por fortuna queda aún gente sensata, que no ha doblado la rodilla ante el dios-materia, no sólo entre católicos, sino tam-----77 Un acercamiento a la vida y obra de Pujiula en DURFORT, M. (1995), Jaume Pujiula i Dilmé, S.I (Besalú, Garrotxa, 1869-Barcelona, 1958), La morfologia microscòpica.
78 PUJIULA, J. (1915), Conferencias sobre la vida y su evolución filogenética esta última particularmente con relación al hombre dadas del 23 al 28 de noviembre 1914 en el paraninfo de la Universidad de Valencia a petición del Instituto Médico Valenciano, Barcelona, Tipografía Católica, pp. 160-161.
5, había señalado que «para muchos, el principal escollo del transformismo es el admitir sus conclusiones á propósito del hombre». bién entre acatólicos; gente que sabe volver por los fueros de la verdad y justicia, vindicando para el hombre los derechos de su dignidad y nobleza.» 80 Lejos, pues, de la manera de conducirse de un Vilanova o incluso de un Barberá, que procuraban impugnar cuestiones relacionadas con la evolución humana mediante argumentos que no recurrían a consideraciones religiosas, Pujiula se lanzaba por la diatriba ideológica, con esa descalificación genérica a las cátedras universitarias y el colorido adjetival que se puede apreciar en la cita.
Todo atisbo de lo que, siguiendo a Glick, podríamos denominar discurso civil sobre el evolucionismo 81, estaba fuera de su consideración 82.
Partía la crítica de Pujiula de que la reivindicación del origen del hombre en otros animales era blandida por zoólogos, incompetentes a la hora de juzgar de aquello «propio y característico del hombre»: el alma racional.
Por otro lado, y aunque argumentativamente estaba dispuesto a «suponer posible la evolución y el origen animal del hombre, en cuanto al cuerpo» -lo que no deja de ser una concesión retórica a ese discurso civil-en realidad lo que deseaba probar es que ni la anatomía comparada ni la fisiología, como tampoco el recurso a los argumentos basados en los órganos rudimentarios, la embriología o la paleontología, podían ofrecer pruebas del origen animal del hombre.
Al argumentar respecto a la paleontología, buena parte del esfuerzo de Pujiula se dedicó a probar la inconsistencia del postulado del hombre terciario, tanto desde el punto de vista de la hipótesis de los eolitos, como desde los argumentos en pro de subsumir dentro de la especie humana los restos relacionados con el hombre de Neandertal o el hombre de Java.
81 GLICK, T.F. (1993), Ciencia, política y discurso civil en la España de Alfonso XIII.
Espacio, Tiempo y Forma, Serie V, H.a Contemporánea, 6, pp. 81-98.
82 No fue, de todos modos, el único autor en conducirse así, como muestra el caso del paleontólogo y profesor universitario Francisco Vidal y Careta (1860-1923), que juzgaba, con ocasión de la Primera Guerra Mundial, que el belicismo y el armamentismo, sobre todo por el lado alemán, conectaban con la asunción de las teorías de Darwin, al tiempo que arremetía contra la Institución Libre de Enseñanza y se burlaba de Ignacio Bolívar por sus enseñanzas evolucionistas; v.
En PUIG-SAMPER, M.A.; RUIZ, R.; GALERA, A. (eds.), Evolucionismo y cultura.
Darwinismo en Europa e Iberoamérica, Madrid, Junta de Extremadura / Universidad Nacional Autónoma de México / Doce Calles, pp. 267-283.
83 Concretamente, contra su postulado de filogenia humana y contra la atribución de edad terciaria a restos humanos.
No se ocupa, sin embargo, de las propuestas poligenistas de Ameghino, seguramente por haber excluido toda posibilidad de evolución humana.
No hay el camino a Eduardo Boscá.
El libro de Pujiula, también en este punto, representa un salto importante en el modo en que transcurría la polémica.
Si Barberá, como hemos visto, trató de razonar sin personalizar en exceso y con moderación en sus expresiones, Pujiula, por el contrario, no dudó en emplear la ironía y hasta el sarcasmo para atacar a autores concretos:
«En las pampas de América se han encontrado esqueletos humanos que el Dr. Ameghino estimó o declaró como terciarios: Homo pampaeus, Tetraprothomo argentinus.
Pero el sabio Dr. Ameghino, como le llama el Sr. Boscá, no ha podido convencer a las eminencias antropológicas de Europa, para quienes el Sr. Ameghino ha exagerado la antigüedad de las capas geológicas de las pampas, sin duda el único punto de apoyo, para hablarnos del hombre terciario.
En opinión de Branca y demás antropólogos europeos de primer orden, ni las capas de las pampas son terciarias ni los esqueletos, en ellas encontrados, de otro que del Homo sapiens, en todo igual al de nuestros días. [...] este hombre terciario, lo más inverosímil de este mundo, pertenece al dominio de la imaginación. [...]
Este es el juicio que se han formado los antropólogos de Europa de los trabajos científicos del Dr. Ameghino y el crédito que les merecen.» 84
No es baladí esa alusión a los especialistas europeos.
La propuesta paleontológica de Ameghino fue desarrollada «en las condiciones de un país perifé----que perder de vista que autores católicos como el cardenal Nicholas Wiseman se habían manifestado, antes incluso de las polémicas darwinistas, en contra del poligenismo, y que en ámbitos como el estadounidense, se vivía con más preocupación entre los católicos esta cuestión que la propia evolución darwinista; al respecto, v.
Una evidencia de la posición contra el poligenismo desde perspectivas católicas durante la época que aquí se estudia, se puede encontrar en la revista Ibérica, editada por los jesuitas del Observatorio del Ebro y en la que Pujiula colaboraba con cierta frecuencia; concretamente, en una nota sobre el hallazgo del cráneo de Broken Hill en la colonia británica de Rodesia, se afirmaba por el autor anónimo que «no falta quien pretende haber visto en los caracteres de este cráneo, motivos para crear la especie Homo rhodesiensis, distinta de la Homo neanderthalensis, ni tampoco quien declare al individuo a quien perteneció, pariente más o menos próximo del Pithecanthropus erectus; pero en suma y prescindiendo de fantasías y errores, el cráneo de Broken Hill es completamente humano, y por sus caracteres no rompe la unidad específica de las diferentes razas humanas, como acabará de probarlo un estudio más detenido y completamente desapasionado»; v.
HALLAZGO (1921), Hallazgo de un cráneo prehistórico.
Pese a ello, como aquí estamos mostrando, sí halló eco favorable en científicos de otros países, en unos casos también periféricos -como el que ocupa nuestro interés-pero también centrales -por lo menos, en aquella parte relativa a la filogenia de los mamíferos-.
Pujiula, en todo caso, explota el prejuicio al poner en contraste la propuesta de un sudamericano con la unánime opinión de los que trabajan donde se hacía ciencia de verdad.
En cuanto al esqueleto de Valencia
«Con esto queda también juzgado el esqueleto del arroyo de Samborombón, que se guarda en la colección de Rodrigo Botet, de esta ciudad (Valencia), y descrito en sus obras por el Dr. Ameghino» 86.
Pasaba entonces a criticar, en concreto, la comunicación de Boscá («el ya jubilado catedrático de Ciencias Naturales de la Universidad de Valencia») en el congreso de Zaragoza, y se centraba al respecto en el argumento de «reducción orgánica» que empleaba para la vértebra lumbar supernumeraria.
Pujiula entendía que no era un caso de reducción sino de multiplicación o división embrionaria de la vértebra en dos.
Aducía la frecuencia de aparición de vértebras supernumerarias en personas actuales, «cuya explicación no se busca en la filogénesis como el Sr. Ameghino, a quien sigue el Sr. Boscá, sino en la Patología embriológica» 87.
En una edición posterior de esta obra, de 1925 -en la que, por cierto, sigue refiriéndose a Boscá como si estuviera vivo-, Pujiula añadía, en su filípica contra Ameghino, que «también lo ha dejado de vuelta y media en América (Buenos Aires) el P. José M. Blanco, S.J., en una serie de conferencias que dio en la Capital de la República Argentina»; v.
PUJIULA, J. [1925], Conferencias sobre la vida y su evolución filogenética esta última particularmente con relación al hombre dadas del 23 al 28 de noviembre 1914 en el paraninfo de la Universidad de Valencia a petición del Instituto Médico Valenciano.
Segunda edición revisada y puesta al día por el autor, Barcelona, Tipografía Católica Casals, pp. 187-188.
Sobre las críticas del jesuita José María Blanco a Ameghino, v.
PODGORNY, I. (1997), De la santidad laica del científico Florentino Ameghino y el espectáculo de la ciencia en la Argentina moderna.
Las querellas de Ameghino con sacerdotes, en todo caso y como es fácil de suponer, ya venían de mucho tiempo atrás.
En concreto, cuando en 1884 publicó Filogenia, las iras clericales cayeron sobre él, si atendemos a lo que sostiene GÁRATE, J. (1970), Ameghino, Florentino.
La artillería jesuita siguió bombardeando en los meses siguientes.
En octubre de 1915 se celebró en Valladolid el cuarto congreso de la Asociación Española para el Progreso de las Ciencias.
El profesor de historia natural del Colegio de San José de Valencia, Jaime Balasch 88, presentó una comunicación específicamente dedicada al esqueleto de Samborombón.
Balasch declaraba al comienzo de su trabajo que éste estaba motivado por la «mera curiosidad» que le suscitaba «la insistencia con que he visto citar en algunas publicaciones españolas recientes un esqueleto fósil, que se conserva en la colección paleontológica de Valencia, como propio del terreno terciario» 89.
Tras citar tales publicaciones, concluía que, aun de diversos autores, el «inspirador» de tal idea no era otro que Eduardo Boscá, cuya conferencia en el verano anterior también recordaba.
Efectivamente, entre las citas estaban las ya mencionadas Crónica del IV Centenario de la Universidad de Valencia y la guía Valencia y su región, publicada con ocasión de la Exposición Regional 90, en las que no aparecía la autoría expresa de Boscá.
También citaba Balasch obras firmadas por «el que fue Catedrático de Historia Natural de la ----(ed.), Dictionary of Scientific Biography, New York, Charles Scribner's Sons, vol. 1, pp. 129-132.
La prensa argentina se mostró muy dividida tras la muerte de Ameghino respecto a la valoración de la obra de éste; v. la nota 38 de PODGORNY (1997), donde se reproduce una cita textual de La Cultura Argentina del año 1918; allí se caracteriza una corriente contraria a Ameghino que basaba sus críticas en lo científico, y otra, religiosa, a la que se acusaba de panfletista e irrespetuosa, y a la que en buena medida, cabe interpretar, representaba Blanco.
88 Un retazo biográfico de Balasch en PUJIULA, J. (1927a), El R.P. Jaime Balasch, S.J., subdirector del Laboratorio Biológico de Sarriá y Secretario de la Sociedad Ibérica de Ciencias Naturales, Sección de Barcelona, fallecido el 9 de septiembre de 1927 (Nota necrológica).
Boletín de la Sociedad Ibérica de Ciencias Naturales, 26, 147-150, aparecido también, con varios cambios y omisiones, en PUJIULA, J. (1927b), El R.P. Jaime Balasch, S.J. † Nota necrológica.
La aportación científica de Balasch que más destaca Pujiula es, precisamente, su nota sobre el esqueleto de Samborombón.
Sobre la actividad naturalista de Balasch en Valencia, v.
En Real Sociedad Española de Historia Natural (XII Bienal), Tomo Extraordinario del 125 Aniversario, Madrid, Real Sociedad Española de Historia Natural, pp. 484-488.
La fecha de nacimiento de Balasch, hasta ahora no reportada en los trabajos citados, en CATALOGUS (1919), Catalogus Provinciae Aragoniae Societatis Iesu Ineunte Anno MCMXX, Barcinone, Typis Eugenii Subirana, p.
89 BALASCH, J. (1920), «Nota sobre el esqueleto humano fósil del arroyo de Samborombón (América del Sur)».
En Asociación Española para el progreso de las ciencias, Congreso de Sevilla, Madrid, Eduardo Arias, vol. 6 (2.a parte), pp. 63-71, cita en p.
Universidad de Valencia» como la comunicación en el Congreso de Zaragoza o el catálogo-guía de la colección.
Llamativamente, incluía así mismo en la relación aquella nota aparecida en 1899 en los Anales de la Sociedad Española de Historia Natural, obra de Boscá pero en la que en absoluto se alude a la edad terciaria y en la que ni siquiera aparecen argumentos estratigráficos, fuera del reconocimiento de la contemporaneidad con la fauna de mamíferos.
En su impugnación, en realidad poco original, Balasch utilizó argumentos anatómicos tomados de la bibliografía.
Destacaba el uso que hacía de los datos de Herman ten Kate, por cuanto utilizó la constatación de la presencia relativamente frecuente de perforaciones esternales en los indios sudamericanos para mostrar que en modo alguno el agujero en el esternón del esqueleto depositado en Valencia era un rasgo de primitivismo.
En realidad, lo que se demuestra con este ejemplo es cómo, por el doble énfasis de probar la antigüedad de la presencia humana en América del Sur y la continuidad racial con los indígenas actuales, los partidarios de estas ideas acababan por utilizar un argumento que resultaba más poderoso para la segunda que no para la primera de tales ideas, y que, a la postre, lo que hacían era debilitarlo ante los ataques de sus oponentes.
Balasch también hizo uso de inferencias sobre el modo en que se halló el esqueleto junto a otros ejemplares de la colección.
Para ello, utilizó el testimonio de Enrique de Carles, con especial incidencia en el carácter revuelto de los restos, sitos en terreno de aluvión.
Por último, revisaba la bibliografía estratigráfica para hacer ver que la mayoría de especialistas se inclinaban por la datación cuaternaria del pampeano superior.
Puesto que al inicio de su exposición, Balasch hacía depender enteramente las afirmaciones de Boscá de las teorías de Ameghino, la conclusión era que, obviamente, éste estaba equivocado.
Sin reservas, decía que Burmeister había calificado en su día a Ameghino de «aficionado pretencioso», y aducía testimonios de autores franceses y británicos -estrategia semejante a la de Pujiula-también contra las teorías del naturalista argentino.
El último párrafo es casi solemne de tan rotundo:
«De todo lo que llevo expuesto, pues, se deduce: que ni las particularidades del esqueleto fósil del Arroyo del Samborombón, ni el modo cómo se le encontró, ni los terrenos de donde se le extrajo, ni la mayor y mejor parte de los geólogos permiten admitir que el esqueleto fósil humano del Arroyo de Samborombón sea de la época terciaria y, por consiguiente, tampoco la opinión que el Sr. Ameghino de él sustenta.» 91 ----91 BALASCH (1920), p.
La comunicación de Balasch, desde luego, hacía trizas la postura de Boscá.
No sabemos cómo reaccionaría éste.
No está de más recordar que Balasch formaba parte desde comienzos de 1912 de la Comisión Técnica Consultiva para la colección paleontológica que la Comisión de Monumentos del Ayuntamiento de Valencia había constituido 92; así pues, tendría acceso privilegiado a la colección y, de una u otra manera, establecería alguna relación con Boscá 93.
En cualquier caso, la publicación de la comunicación debió de pasar por algunos avatares, si atendemos a que no apareció en las actas del Congreso de Valladolid, sino en las del posterior de Sevilla, celebrado en 1917, y en las que aparece como presentada en la sesión del 9 de mayo de dicho año.
No tenemos duda, sin embargo, de que Balasch la presentó en el primero 94, por cuanto, en una nota sobre la participación de los socios de la Aragonesa de Ciencias Naturales en el Congreso de Valladolid, Longinos Navás destacaba que aquél «desvaneció con datos y razones apodícticas las aserciones de Ameghino que le daba antigüedad fabulosa [al esqueleto] y asentó que era ni más ni menos que el Homo sapiens L., del pleno cuaternario.» 95 ----92 Nueva Comisión Técnica, AMV, Expedientes de la Comisión de Monumentos, 26/1912.
94 Aun así, tampoco aparece anunciada entre los «trabajos anunciados» de la sección de ciencias naturales en el programa del congreso; v.
Asociación Española para el progreso de las ciencias (1915), Congreso de Valladolid.
95 NAVÁS, L. [firma como L.N.] (1915), La Sociedad Aragonesa de Ciencias Naturales en el Congreso de la Asociación Española para el Progreso de las Ciencias de Valladolid.
Por otro lado, el contenido de la comunicación fue también publicado por la propia Sociedad Aragonesa en su revista; v.
BALASCH, J. (1917), «Nota sobre el esqueleto humano fósil del arroyo de Samborombón (América del Sur)».
Estas enrevesadas circunstancias para el trabajo de Balasch ya tratamos de aclararlas en nuestro estudio anterior, CATALÁ (2004).
El no haber atendido debidamente a ellas ha llevado a SALINAS (2009), p.
100, a cometer un error a la hora de rescatar una fuente hemerográfica que Balasch reporta, relativa a la conferencia de Boscá a la que antes hemos aludido.
Salinas dice haber consultado el diario Las Provincias, que cita Balasch, y no haber hallado noticia al respecto, al tiempo que maneja la idea de que hubo dos conferencias, una de las cuales, el 12 de agosto de 1917.
La conferencia -solamente una-tuvo lugar, por el contrario, justo dos años antes, en 1915, con dos meses de antelación respecto a la celebración del Congreso de Valladolid de la Asociación Española para el Progreso de las Ciencias; ciertamente, BALASCH (1917) la cita equivocadamente como de 1914 (aunque a la vez refiere correctamente la fecha del número de Las Provincias donde fue reseñada); v.
Lo cierto es que, con independencia de los virulentos ataques de Pujiula y Balasch, la causa de Boscá era difícilmente sostenible, toda vez que la comunidad científica cada vez se mostraba más unánimemente en contra de las teorías del ya difunto Florentino Ameghino96, que a la postre, habían sido la principal inspiración y apoyo para Boscá.
Así, una autoridad mundial del calibre de Arthur Keith (1866-1955) -un personaje, por otro lado, absolutamente comprometido con la interpretación evolutiva del origen del hombre-, en su referencial The Antiquity of Man de 1915, con elegancia típicamente británica, pero con absoluta contundencia, rechazaba de plano las dataciones de Ameghino, de paso que juzgaba la obra de éste, en su conjunto, como recorrida por «a lack of precision and of detail, and particularly a decided tendency to overestimate the antiquity of all the geological strata of the Argentine Republic» 97.
En España, por su parte, resultaría especialmente influyente la opinión de Hugo Obermaier (1877-1946), el cual, en la primera versión de El hombre fósil (1916), hacía suya la postura de que no cabía considerar la presencia humana en el Terciario de Sudamérica 98; en esa obra, por cierto, citaba el ejemplar del Museo Paleontológico de Valencia.
No esperó Boscá, sin embargo, a leer esta última obra.
En 1921, en el tomo conmemorativo del cincuentenario de la Real Sociedad Española de His-----toria Natural, publicó un «Catálogo abreviado» de la colección paleontológica, un trabajo breve que se limitaba a una noticia introductoria -en la que se reiteraban algunas de las quejas sobre la escasa dotación económica que se había podido consignar a lo largo de los años a los trabajos de montaje y estudio de la colección, así como la importancia científica de ésta-más una lista de especies.
La referencia al esqueleto era escueta pero bien clara: «Homo sapiens L., arroyo de Samborombón» 101.
Boscá, pues, admitía que el ejemplar, aun peculiar, correspondía a un hombre moderno, y ya no hablaría en lugar alguno de su edad terciaria 102; admitir la pertenencia a nuestra especie del ejemplar suponía, de facto, apartarse de las tesis de Ameghino 103.
Boscá, aunque todavía publicaría alguna contribución monográfica sobre otros ejemplares de la colección, falleció en 1924 sin volver a ocuparse del esqueleto humano que tanta polémica suscitara en las décadas anteriores 104.
----101 BOSCÁ, E. (1921), Catálogo abreviado de la Colección Paleontológica Sudamericana existente en Valencia.
Memorias de la Real Sociedad Española de Historia Natural, tomo del L aniversario, 550-555, cita en p.
102 En las versiones en inglés, alemán, francés e italiano, escritas a mano o a máquina, de una circular informativa que se pretendía enviar en 1923 a los «Centros docentes y Científicos de Europa» para dar a conocer los ejemplares principales de la colección paleontológica de Valencia, se reseñaba «Homo sapiens fosilis» [sic], aunque todavía se aludía a sus singularidades anatómicas como evidencias de una raza prehistórica.
96, pretende que Boscá «no abandonó su posición inicial en relación con el esqueleto», y se basa al respecto en la aseveración de éste en BOSCÁ (1921) de que representaba una forma extinguida.
Este aserto se entiende mejor si se repara en el epíteto subespecífico que, según decimos en la nota anterior, todavía aparecía en las diferentes versiones de la circular a los museos extranjeros preparada en 1923.
Una cosa es admitir que se trataba de una raza desaparecida de Homo sapiens, de gran antigüedad, y otra pretender que esto casaba con el esquema ameghiniano que retrotraía el origen de la humanidad, que no la aparición de Homo sapiens, al Terciario.
104 Pocos años después de la muerte de Eduardo Boscá, su hijo Antimo presentó una comunicación en el Congreso de Cádiz de la Asociación Española para el Progreso de las Ciencias, en la que describía unas observaciones con rayos X de algunas de las piezas singulares del esqueleto de Samborombón, con el propósito de determinar su grado de fosilización; v.
BOSCÁ, A. (1928), Aplicación de los rayos X a la determinación del estado de fosilización.
En ASOCIACIÓN ESPAÑOLA PARA EL PROGRESO DE LAS CIENCIAS, Congreso de Cádiz, Madrid, Huelves y Compañía, 6, pp. 199-202.
Para más detalles de este asunto, v.
La polémica sobre la presunta edad terciaria del esqueleto humano fósil del arroyo de Samborombón, donado al municipio de Valencia por el ingeniero José Rodrigo Botet junto con el resto de ejemplares que conformaban su colección paleontológica, muestra hasta qué punto las tensiones acerca de todo aquello que tuviera que ver con el origen, antigüedad y evolución del hombre seguían siendo importantes y acusadas entre los naturalistas, biólogos y médicos españoles del cambio de siglo.
Dicha polémica, que se inició en la última década del siglo XIX y recorre las dos primeras del XX, corresponde a un período donde, de alguna manera, se reconoce una menor virulencia en las discusiones sobre la cuestión evolucionista de lo sucedido hasta entonces y una reconducción de las mismas hacia el seno del colectivo de científicos españoles.
Sin embargo, aunque la misma se fue sustanciando básicamente en la literatura científica -en contraste con las diatribas propias de las décadas de los setenta y ochenta del siglo XIX, llevadas en muchas ocasiones a otros ámbitos de expresión menos regulados-, no por ello se mostró libre de impregnaciones ideológicas notables.
Los detractores de la atribución de edad terciaria al esqueleto en cuestión eran generalmente católicos activos -algunos, de vida consagrada-y alineados con sectores políticos conservadores, mientras que el principal argumentador a favor de dicha atribución, Eduardo Boscá, tenía una postura religiosa notablemente más laxa y posiciones políticas así mismo mucho más a la izquierda.
Es de notar cómo fue aumentando, conforme pasó el tiempo, el tono crítico de los escritos de los contrarios, con una presencia creciente de los ataques personales, y sin embargo con un conjunto de argumentos que, sustancialmente, había cambiado poco desde las primeras contribuciones.
El protagonismo, además, fue siendo asumido por naturalistas profesos en congregaciones religiosas -en concreto, miembros de la Compañía de Jesús-, lo cual puede interpretarse como una reacción ante la pretensión de extender los procesos evolutivos -cuyo hecho ya era ampliamente asumido por la mayoría de los naturalistas españoles en aquel momento, incluidos buena parte de los católicos practicantes-a la naturaleza humana.
Del antievolucionismo general de los primeros años de la Restauración se había pasado a centrar el discurso en la imposibilidad e impertinencia de la evolución de la especie humana, que en el pensamiento de estos autores solamente podía ser resultado de la creación directa de la mano de Dios.
Ante la extendida «laicización del discurso sobre el hombre» 105, se opuso una argumentación en ----principio teológica, pero que buscaba bases, pruebas y discurso en la biología, para mantener el estatus privilegiado del ser humano en el plan divino, en un ejemplo más de las preconcepciones teóricas, sesgos ideológicos y pasiones personales que siempre acompañan a la reconstrucción científica del pasado humano 106. |
El avanzado modelo balear de Transición Demográfica se documenta por una elevada esperanza de vida al nacer -de casi 42 años en la década de 1860-como resultado de una baja mortalidad infantil.
Con el propósito de ahondar en las razones de esta situación sanitaria privilegiada se ha analizado la influencia del Higienismo sobre el descenso de la mortalidad.
Para ello se ha examinado el movimiento puericultor y la reforma sanitaria de finales del siglo XIX y primeras décadas del siglo XX.
Se trata de un conjunto de actividades cuya responsabilidad fue compartida por diversos actores sociales, desde médicos, abogados e ingenieros, a monjas u otros colectivos que permite pensar en la existencia de un consenso social en la denuncia de las causas 'evitables' de enfermedad y muerte.
Descenso de la mortalidad.
El modelo balear de Transición Demográfica se considera avanzado en comparación con la mayoría de provincias españolas, al presentar una elevada esperanza de vida al nacer -de casi 42 años en la década de 1860-, como resultado de una baja mortalidad infantil 1.
El hecho ya fue reconocido por los higienistas mallorquines de finales del siglo XIX, quienes señalaron la situación sanitaria privilegiada que se daba en la sociedad balear, como una de sus principales causas 2.
----1 Para una visión más detenida del tema ver: BUJOSA HOMAR, F. et al. (2000), La avanzada transición demográfica en Mallorca: el caso de la mortalidad infantil.
Boletín de la Asociación de Demografía Historia, XVIII (II), pp. 125-146; CABRÉ, A. (1999), El sistema català de reproducció, Barcelona, Proa; DOPICO, F.; REHER, D. S. (1998), El declive de la mortalidad en España, 1860-1930, Madrid, Asociación de Demografía Histórica; GÓMEZ REDONDO, R. (1992), La mortalidad infantil española en el siglo XX, Madrid, Siglo XXI; MUÑOZ PRA-DAS, F. (2005), Pautas territoriales de mortalidad en la España de 1860: una reconstrucción y análisis.
Revista de Demografía Histórica, 23 (2), pp. 43-78; NICOLAU NOS, R. (1991), Trayectoria regionales en la transición demográfica española.
En EIRAS ROEL, A. (ed.)
Modelos regionales de la transición demográfica en España y Portugal, 2.
La literatura especializada sobre el tema ha planteado diversas propuestas para explicar esta situación, procedentes del marco de los factores médicosociales y de comportamiento individual, del de los factores políticos e institucionales, o del de los factores económicos y ambientales3.
El presente artículo pretende ahondar en alguno de los factores citados y para ello enfoca la influencia del Higienismo sobre el descenso de la mortalidad a través del movimiento puericultor y de la reforma sanitaria de finales del siglo XIX y primeras décadas del siglo XX.
Se trata de temas que se identifican con factores medicosociales, políticos e institucionales, utilizados en la lucha contra la mortalidad infantil y cuya presencia se desarrolla en la ciudad de Palma de Mallorca (capital de la provincia de las Islas Baleares).
Esta lucha contra la mortalidad durante el siglo XIX se entendió por «[...] la necesidad de frenar la pérdida de aquella forma de «riqueza nacional» que eran los obreros del mañana» 4 en un Estado que en 1898 había perdido sus últimas colonias lo que hizo que se revistiera de un «Regeneracionismo» de amplio espectro 5.
Además este clima facilitó el proceso de formación de la especialidad médica de la Pediatría 6 y de su versión social, la Puericultura.
Ésta última partía de la finalidad de reglar la crianza infantil sobre todo con relación a la nutrición 7 y supuso «[...] la expresión profesional de la campaña de prevención de la mortalidad infantil» 8.
En todo este desarrollo intervinieron los ----cambios en las doctrinas científicas en medicina y la nueva sensibilidad política refleja en leyes sociales, además de discurrir en paralelo con desarrollos coetáneos en otros países industrializados 9.
El movimiento higienista integrado por un amplio abanico de profesionales: médicos, pedagogos, ingenieros, arquitectos, enfermeras, etc. se ocupó de visibilizar la situación sanitaria convirtiendo la mortalidad infantil y las necesidades higiénicas en problemas sociales 10.
Para este menester, el discurso social se fomentó en la cuantificación de la mortalidad y la descripción de las malas condiciones sanitarias de la población con sus posibles soluciones 11.
Unas soluciones que más que considerarlas terapéuticas 12, cuando se focaliza en el discurso médico, fueron dirigidas a la modificación de la conducta individual o del entorno físico.
Es decir, hablaríamos de la acción social de la medicina como un concepto global de Salud Pública entendido como lo planteaba el médico Ch.
Winslow ya en 1920, en un artículo publicado en Science:
---- 10 BALLESTER, R.; BALAGUER, E. (1995), La infancia como valor y como problema en las luchas sanitarias de principios de siglo en España.
11 La cuantificación de los fenómenos demográficos y epidemiológicos es parte fundamental de la denominada 'Medicina Social'.
Esta cuantificación permitía establecer el valor económico y la etiología social de muchas enfermedades fruto de la Industrialización como desarrolla RODRÍGUEZ OCAÑA, E. (1987): La constitución de la medicina social como disciplina en España, 1884-1923, Madrid, Ministerio de Sanidad y Consumo.
Del mismo autor y relacionado con el tema se recomienda ver: La medicina como instrumento social publicado en la revista Trabajo Social y Salud (2002, núm. 43, p.
19-36) que constituye parte del monográfico «La acción social de la medicina y la construcción del sistema sanitario en la España contemporánea».
12 Aunque deben tenerse presente las campañas de vacunación local.
Ver: Dossier La vacunación antivariólica en España durante el siglo XIX.
Asclepio, 56(1); CANALETA SAFONT, E. et al. (2008): De la inoculación a la vacuna: Mallorca de los siglos XVIII y XIX.
En PER-DIGUERO, E.; VIDAL HERNÁNDEZ, J.M. (eds.).
La modificación de la conducta individual en relación a la mortalidad infantil se previno a través de la educación sanitaria14 dentro de las campañas puericultoras.
Éstas incluyeron la construcción de un entramado de instituciones, bien filantrópicas bien de auspicio público, dedicadas al cuidado de la infancia, especialmente en términos de nutrición, por medio del fomento de la lactancia materna.
A su vez la denuncia ambiental perseguía forjar una conciencia colectiva sobre la problemática sanitaria dirigida mayormente a las esferas públicas con potestad de actuación.
Es decir, la clase médica con su discurso forjó la opinión general sobre el estado de salud de la población y dirimió que elementos debían ser modificados para mejorar su estado.
El contexto de producción de este discurso supuso una plataforma estratégica para formular unos determinados postulados en detrimento de otros.
Esta estrategia resultaría provechosa cuando el discurso se transformaba en aplicaciones reales.
Por lo tanto, su eficacia implicaría una correlación positiva entre el pensamiento médico hegemónico y las actuaciones de la Administración pública en materia de Salud Pública.
Una relación muy interesante y que se puede lanzar como hipótesis para futuros trabajos dado que nuestro objeto de estudio es analizar los anclajes estratégicos de la clase médica utilizados para construir y modelar la conciencia social en relación a la salud.
La intencionalidad social de este discurso, sobre todo del discurso médico, en la ciudad de Palma, se vehiculó básicamente a través de dos asociaciones científicas, la Real Academia de Medicina y Cirugía (1831 -actualidad) y del Colegio Médico-Farmacéutico (fundado en 1882 y precursor del actual Colegio de Médicos de Baleares) 15.
Por obligación estatutaria el ingreso de socios ----y la inauguración del año académico suponían sendas alocuciones que normalmente se publicaron como folletos o como artículos de la Revista Balear de Medicina, Farmacia y Veterinaria, órgano del colegio que apareció por primera vez en enero de 1885 y en 1888 adoptó el nombre de Revista Balear de Ciencias Médicas.
Estas disertaciones tenían una clara función expositiva y argumentativa con un uso constante de términos técnicos de la Medicina dado que sus emisores y receptores eran profesionales de la salud.
Aunque también pudieron tener una finalidad meramente descriptiva, sobre todo cuando el autor se limitaba a exponer la investigación de otros científicos.
Tanto una finalidad como otra indican la ortodoxia de la práctica académica.
Su extensión no superó las 15 páginas y siempre se escribieron en castellano.
Los materiales de divulgación sanitaria normalmente confeccionados por los mismos médicos constituyen otras fuentes de gran importancia para nuestro estudio.
La temática y la forma fueron muy diversas, pero tenían una finalidad claramente didáctica dirigida a la modificación de la conducta ciudadana en relación a la salud.
Su pretensión pedagógica procedía de la idea de prevención y en cierta manera capacitaba a los ciudadanos a evitar problemas de salud mediante el propio control de las situaciones de riesgo.
Desde una perspectiva de promoción de la salud se procuraba, por ejemplo, combatir las prácticas populares en salud, prácticas frecuentemente propuestas con anterioridad por la propia clase médica 16.
Este tipo de documentos buscaba la interacción con el receptor, público en general o bien con un perfil definido como el caso de las cartillas que incluían consejos puericultores dirigidos a las madres.
Las instituciones, asociaciones, etc. que promovieron este tipo de divulgación en Palma fueron varias y diversas.
Desde las propias instancias públicas a asociaciones obreras o culturales, como la Associació per la Cultura de Mallorca o el Foment de la Dona durante la Dictadura de Primo de Rivera y la Segunda República.
El catalán fue a menudo su lengua vehicular, a consecuencia, seguramente, de ser el idioma en que se expresaban sus destinatarios.
Para el presente artículo las fuentes citadas se tratan a partir del análisis de su contenido 17.
Por otra parte el sujeto de estudio se identifica con los actores ----16 PERDIGUERO GIL, E. (1995), Popularización de la higiene en los manuales de economía doméstica en el transito de los siglos XIX al XX.
En BARONA, J.L.; MICÓ, J. (eds.).
17 Para una explicación amplia y extensa sobre la investigación cualitativa y de su evolución en la literatura metodológica ver: Procediments qualitatius de La clase médica mallorquina mostró las 'necesidades higiénicas' de la ciudad de Palma por medio de cálculos demográficos y epidemiológicos 19.
Éstos se leían desde una óptica catastrofista, lo que manifestaba un deplorable estado sanitario, lo cual justificaba su intervención.
Estos médicos se encargaron de marcar las líneas de actuación para mejorar la situación sanitaria, proponiendo la actuación pública en materia de Salud Pública junto a recomendaciones de Higiene Privada 20.
Claro está que este discurso no tenía la infancia ---rencias de gran interés: BALCELLS JUNYENT, J. (1994): La investigación social: introducción a los métodos y las técnicas, Barcelona, Promociones y Publicaciones Universitarias y BRUNET, I. et al. (2000), Les tècniques d'investigació social i la seva aplicació, Tarragona, Universitat Rovira i Virgili.
18 AROSTEGUI, J. (2001), La investigación histórica: teoría y método, Barcelona, Crítica, p.
19 Contrariamente los médicos mallorquines desatendieron la cuantificación de la mortalidad infantil a diferencia por ejemplo del médico catalán Lluís Comenge (1854-1916) que en 1900 publicó su estudio la Mortalidad infantil de Barcelona según las clases sociales.
Para seguir el tema ver: RODRÍGUEZ OCAÑA, E. (1986), La labor estadística de Luís Comenge (1854-1916) en el Instituto de Higiene Urbana de Barcelona.
Por su lado, la Sociedad Española de Higiene desde su constitución en 1881 entendió la correlación positiva entre la poca vitalidad del crecimiento de la población española y la alta mortalidad en la infancia.
De aquí que en 1885 esta sociedad promovió el estudio del también médico Juan Aguirre y Barrio, la Mortalidad de la primera infancia.
Causas y medios de atenuarla como describen PERDIGUERO GIL y ROBLES GONZÁLEZ (2004).
La lista de este tipo de estudios podría ampliarse con algunas publicaciones más pero tampoco es nuestro objetivo revisar este tipo de producción.
20 Sobre la importancia de las actuaciones públicas en materia de Salud Pública como factor determinante del descenso de la mortalidad, véanse los trabajos de Simon Szreter.
Esta reforma pública recibió el apelativo general de Saneamiento de Palma, tal como el médico Bernat Riera Alemany tituló 5 conferencias que pronunció en el Colegio Médico-Farmacéutico entre 1900 y 1902.
Esta institución fue la plataforma que utilizó la clase médica mallorquina para plantear la reforma bajo los siguientes términos:
«La población urbana en suma, está amenazada en cuanto respecta a las condiciones que le dan este calificativo: 1o Por la infección del suelo y del agua.
2o Por las alteraciones comunes o específicas de la atmósfera.
3o Por la imperiosidad relativa de recursos alimenticios, y 4o Por la multiplicidad de contactos entre personas y entre personas y cosas, como dato de progresión de afectos contagiosos cuando sus gérmenes lleguen al grupo.[...]» 21.
Con la utilización de la terminología médica de infección y alteración, Bernat Riera justificaba la actuación en el ámbito de la conducción de residuos, de la canalización del agua potable, de la inspección de mercados de productos alimentarios y mataderos y del sistema de limpieza de las vías públicas.
Pero también se ocupaba de la esfera privada a través de la denuncia del hacinamiento en las viviendas y la ubicación de las fosas sépticas.
Es decir, unieron la Higiene Pública y la Privada con la intención de que: «[...] la profilaxis individual sería la vanguardia de la oficial, y ambas constituirían un preservativo eficaz, porque si bien la profilaxis pública es siempre menor ----Society, 31, pp. 573-621.
Mayurca, 28, pp. 53-74 por su localización geográfica aunque su base de estudio es parte de la población rural de la isla.
También citar los trabajos de Josep Lluís Barona para la realidad valenciana: ( 2002 que la privada, los dos se complementan y hacen una profilaxis absoluta [...].
La profilaxis privada es superior a la oficial, porque no pueden responder en absoluto los Poderes públicos, aunque tengan montados a la perfección, que es mucho tener, un sistema de desinfección y saneamiento, y aunque esté la población en las mejores condiciones higiénicas imaginables» 22.
Son palabras que justificaban la intervención médica en la divulgación de los preceptos higiénicos para que la sociedad palmesana se concienciara de la necesidad de una reforma sanitaria.
Una concienciación que ya se venía fraguando desde hacía tiempo ya que en marzo de 1893 el Colegio Médico-Farmacéutico inició un ciclo de 13 conferencias, de las que 3 se dedicaron a la Higiene Pública de la ciudad de Palma a cargo del médico Bartomeu Bordoy Gelabert (1831-1906) 23 y otras 3 tituladas de Reforma Sanitaria de Palma las impartió Joan Munar Bennàssar (1846 -1911) 24.
En este discurso sobre la reforma sanitaria de la ciudad, que sólo se ha esbozado, resalta un elemento recurrente que utilizó la clase médica mallorquina: el derribo de las murallas.
Esta cuestión se puede considerar como el ejemplo paradigmático de la creación de un estado de opinión por parte de los expertos en problemas sanitarios.
Un problema que fue denunciado no sólo desde el Colegio Médico-Farmacéutico sino también desde la Real Academia de Medicina y Cirugía.
Aunque no por ello dejaron de oírse voces discordantes como la del médico Bartomeu Bordoy Gelabert que bajo principios miasmáticos argu----- mentaba la no necesidad de su derrumbe en su conferencia Higiene Pública en la ciudad de Palma publicada en 1893.
Los argumentos de carácter sanitario esgrimidos a su favor eran higiénicos pero también demográficos dado el crecimiento de la población que la ciudad de Palma había experimentado desde finales del siglo XVIII.
Toda esta reforma sanitaria se justificó con los resultados del perfil epidemiológico de la ciudad a través de la cuantificación de la mortalidad por enfermedades como la fiebre tifoidea, una de las enfermedades consideradas evitables por su conocimiento etiológico.
Destacaremos dos estudios que utilizaron dicha enfermedad como parte de su justificación discursiva.
El primero de ellos se tituló Enfermedades infecciosas en la ciudad de Palma durante el invierno de 1899 un dictamen realizado en la Real Academia de Medicina y Cirugía por petición del Ayuntamiento de la ciudad con la intención de conocer las enfermedades reinantes en esta capital.
25 Para establecer el perfil epidemiológico no sólo se sirvió del número de defunciones por dicha causa sino que utilizó todas aquellas acaecidas por causa infecto-contagiosa para el periodo 1880-1894 en un ejercicio de demostración del número de defunciones que podían evitarse.
En cuanto a la fiebre tifoidea manifestaba que en el momento no revestía de gravedad pero se había convertido en una enfermedad endémica de la ciudad como consecuencia de «[...] la incuria y la ignorancia higiénicas [las cuales] han colocado la población en un estado lastimoso, que hubiera podido evitarse obrando con previsión, atendiendo los sanos consejos de la ciencia y dedicando á los servicios de policía sanitaria urbana de Palma, los cuidados que necesitan las poblaciones modernas» 26.
Su erradicación pasaba por el examen bacteriológico de las aguas públicas y privadas, por la desinfección del alcantarillado, por la declaración obligatoria de la enfermedad y de todas aquellas enfermedades gastrointestinales y por el aislamiento de los enfermos.
Y todo ello tendría fácil cumplimiento dentro de un regla-----25 Para una aproximación a la figura de este médico ibicenco que puede ser calificado como el padre de la demografía balear a más del de la historia de la medicina ver: Enric Fajarnés i Tur (1858-1934) entre la demografia i la història editat per Ernest Prats y Joana Maria Pujadas publicado en Palma en 2008 por parte de la Conselleria d'Economia, Hisenda i Innovació en la colección 'La ciència a les Illes Balears'.
26 FAJARNÉS TUR, E. (1900), Enfermedades infecciosas en la ciudad de Palma durante el invierno de 1899, Palma, Imprenta de las Hijas de Juan Colomar, p.
7. mento de policía sanitaria urbana bajo la dirección de los médicos municipales, el cual no existía.
El segundo estudio formó parte de un compendio de cinco conferencias impartidas por el médico Bernat Riera Alemany y tituladas, como ya se ha indicado antes, Saneamiento de Palma.
Su aproximación cuantitativa a partir del número de defunciones por fiebre tifoidea sirvió para establecer el número de días de trabajo perdidos en la ciudad de Palma afirmando que por culpa de la enfermedad anualmente se dejaban de percibir 12.500 jornales.
También asignó un valor monetario a cada vida perdida con el propósito de mostrar que la inversión pública en materia de Salud Pública sería menos costosa que el valor de las vidas perdidas.
«Aunque cotice modestamente en 1.000 pesetas el precio medio del palmesano y no dé a su actividad en el trabajo colectivo un valor medio superior a 3 pesetas, siempre resultará que las 300 muertes evitables que suceden al año suponen al capital colectivo una pérdida de 300.000 pesetas; que los 30 mil jornales no realizados por razón de enfermedad evitable suponen 90.000 pesetas más perdidas del propio capital, suma que puede aumentar en 40.000 pesetas más atendiendo al trabajo perdido por los enfermeros, y finalmente, que los gastos de 3.000 enfermedades que la higiene pudiera ahorrar calculados sencillamente por una mediana de 40 pesetas-cantidad poco crecida habiendo calculado a las enfermedades una duración de 10 días-formalizan otra partida de 120.000 que ha de sumarse a las anteriores, operación que da un resultado de 550.000 pesetas anuales, que precisa abonar si hemos de ser lógicos en los presupuestos que se formulen para realizar el saneamiento de esta ciudad, tan imperiosamente reclamado» 27.
Aunque sólo se hayan mostrado las aportaciones de la clase médica en la creación del estado de opinión sanitario balear, debe tenerse en cuenta el trabajo de los profesionales de la educación o de la ingeniería de obras públicas, como sucedió en el resto de España.
Como ejemplo cabe citar al ingeniero Eusebi Estada (1843-1917), autor de una valiosísima obra, La ciudad de Palma: su industria, sus fortificaciones, sus condiciones sanitarias y su ensanche, con un apéndice sobre las condiciones que han de reunir las viviendas para ser saludables (1885), que fue constantemente citada por los médicos mallorquines y utilizada con frecuencia como piedra angular en la presentación de las necesidades higiénicas de la ciudad.
Una reciprocidad entre profesionales que fue expresada por el propio Eusebi Estada de la siguiente manera:
----«La clase médica ha respondido cumplidamente a este movimiento de la opinión y lo ha alentado con su inagotable autoridad en materias sanitarias, ya en los discursos leídos en la Academia de Medicina y colegio Médico-Farmacéutico, ya al emprender esta última corporación el estudio de la Topografía médica de Palma, ya en los artículos publicados en la Revista Balear de Ciencias Médicas sobre higiene y estadística demográfico-sanitaria, ya en fin, reconociendo explícitamente en un documento oficial publicado en el Boletín de la provincia, en el informe sobre el modo de combatir la difteria: la perniciosa influencia que sobre la salud pública ejercen las malas condiciones del alcantarillado y del abastecimiento de aguas de las poblaciones, factores importantes en la etiología de las enfermedades contagiosas» (Estada, 1885: XVI).
28 Aunque desde la clase médica se oyeron voces, bastante marginales, de su supuesta prevalencia en la gestión y difusión sanitaria: «[...] solamente los Médicos tiene la exclusiva para formular juicios científicos en todo lo relativo a la Higiene, porque las Medicina es la única Ciencia que exige en su programa oficial el aprobado de esta rama de sus estudios, para ejercerla con título y derecho profesional.
Que todas las demás Ciencias, incluso la Química, caen en el intrusismo cuando emiten conclusiones higiénicas no admitidas en la enseñanza oficial de la Medicina [...]»29.
Combatir la mortalidad infantil por el fomento de la lactancia materna.
«Amantarás a tu hijo bajo pena de ser mala madre siempre que puedas o lo juzgue así el médico de tu hijo, porque deber ineludible de toda madre es criar a tu hijo [...]»30.
La nutrición infantil a lo largo del último cuarto del siglo XIX complementó el discurso que se venía manteniendo sobre los problemas higiénicos a consecuencia de la insalubridad de las viviendas, de la falta de cuidados maternos por la integración de la mujer en el mercado laboral, la de pauperiza-----ción de la clase obrera y la herencia morbosa 31.
Así el médico Josep Cerdà Coll pronunció el discurso inaugural del año académico de 1900 del Colegio Médico-Farmacéutico de la ciudad de Palma con el título de La necesidad de la lactancia materna.
Su disertación empezaba denunciando el abandono de su práctica en la ciudad de Palma.
Manifestaba que «[...] es moda ya en nuestra ciudad, el que las madres no amamanten a pequeñuelos, rompiendo uno de los preceptos del matrimonio, y arrastrando la serie de inconvenientes que lleva en pos de sí tal modo de obrar» 32.
Aunque no especificó detenidamente los motivos del abandono, éstos pudieron ser consecuencia de la incorporación de la mano de obra femenina al sector industrial 33 o por algunos conceptos de belleza que se empezaron a difundir entre la burguesía, como el autor señalaba en su texto.
También afirmaba que las mujeres que vivían en el mundo rural eran más saludables 34 y por lo tanto su leche era de mejor calidad dado que tenían una vida activa y laboriosa 35.
En el trasfondo de este discurso se percibe un tono moralizador producto de la función estipulada para la mujer de finales del siglo XIX y de buena parte del siglo XX: la función de esposa y madre.
Se observa como los facultativos mallorquines, en consonancia con los del resto del Estado, abogaron por la lactancia materna en detrimento claramente de la lactancia mercenaria y la lactancia artificial sin causa médica justificada.
La lactancia natural era explicada por los beneficios que aportaba a la madre recién parida.
Así, ésta servía para regularizar «[...] los fenómenos del estado puerperal, combate la predisposición a la hemorragia uterina, disminuye los sudores puerperales, previene las erupciones que a ----31 RODRÍGUEZ OCAÑA, E. (1996) 32 CERDÀ COLL, J. (1900), Necesidad de lactancia materna, Palma, Tipografía Hijas de Juan Colomar y Salas, pp. 1-30, p.
33 Para una aproximación local sobre la participación de la mujer en el mercado laboral ver: ESCARTÍN BISBAL, J. M. (1997), La dona en la Mallorca contemporània, Palma, Documenta Balear o de la misma autora conjuntamente con Aina R. Serrano Espases señalar el capítulo La dona i el món de la fàbrica a Mallorca en el libro Dones a les Illes: treball, esplai i ensenyament (1895-1945) publicado en 1997.
34 Sobre el estado de salud del mundo rural destacaremos el reciente artículo de GALIANA Ma E.; BERNABEU-MESTRE, J. ( 2006), El problema sanitario de España: Saneamiento y Medio Rural en los primeros decenios del siglo XX.
Afirman que el estado de salud de las poblaciones rurales no era tan sano como se preveía desde las ciudades, denuncia que realizaron algunos médicos e higienistas como nos presentan los autores en este artículo.
veces se presentan, disminuye la urgencia y congestión uterina post-partum, favorece el retorno de esta víscera a sus condiciones ordinarias, y tiene, en fin, para la madre todos los caracteres de una evacuación crítica.» 36.
Aparte de estas ventajas físicas también se reseñaban otras ventajas psicológicas; y por supuesto se exponía el provecho que suponía para el niño, ya que esta leche implicaba «[...] como se producen relación con sus fuerzas digestivas, sufre modificaciones incesantes proporcionales al desarrollo progresivo de sus órganos, responde á todas sus necesidades, y está por completo en la perfecta armonía con las moléculas del organismo del niño» 37.
Además era «[...] la única medicina que puede contrarrestar la mortalidad de la primera infancia [...] y no es que dicha mortalidad sea un mito, horroriza enterarse de ella, y mucho más en determinadas comarcas» 38.
La tarea del médico no se limitó exclusivamente a la explicación de los motivos por los cuales era conveniente la lactancia materna, sino también pautó su administración.
Se aconsejó la cantidad de leche que debía ser suministrada a cada edad en condiciones normales de desarrollo del niño y sin la presencia de incapacidad física de la madre.
Igualmente se especificó como y cuando debía ser efectuado el destete.
«En reglamentar las horas de las tetadas está en el secreto de la higiene infantil.
Tomará tu hijo el pecho o el biberón cada dos horas, los dos primeros meses de su vida y solamente cada tres en los restantes hasta el destete, no dándole jamás más leche que la que pueda contener su estómago, pues en vez de vigorizarlo lo mata----- En esta misma cartilla también se regulaba la introducción de la alimentación complementaria.
De esta manera: «Hasta cumplido 3 años no probará tu hijo carne, frutas, café, ni vino y nunca comerá fuera de las horas reglamentarias, no haciéndolo ni tampoco en éstas con exceso» 41.
Esta cartilla representa un ejemplo de material de divulgación que iba dirigido exclusivamente a las mujeres.
Su finalidad era la de adoctrinarlas en la tarea de ser madres a través de un discurso en el cual el médico tenía un papel central en la crianza de los niños 42.
A su vez tenía la pretensión de destronar cualquier tradición popular en cuestiones de salud 43.
El uso de otro tipo de lactancia sólo se justificó por el padecimiento de la sífilis o la tuberculosis o la falta de secreción láctea.
De esta manera se pudo recomendar una lactancia mercenaria o artificial.
Para esta última el médico Josep Cerdà (1900) en el mismo discurso anteriormente citado explicaba como el proceso de pasteurización suponía un avance importante dado que: Aún así Enric Alabern, médico responsable de la creación de la Gota de Leche de Maó, 45 en su tesis doctoral Sobre lactancia artificial en las instituciones de puericultura y en la práctica privada, publicada en 1921, concluía que la lactancia artificial: «[...] hay que evitar[la] en lo posible, facilitando, fomentando y hasta creando, si así puede permitirse decir, la alimentación natural y específica de los niños, hasta tal punto que en la mentada Institución de Puericultura [Gota de leche de Maó] conseguimos reunir un mayor contingente de madres lactantes que de madres secas, encareciéndoles hasta la sugestión, a unas y otras, lo peligroso de la lactancia artificial y que los biberones allí preparados con leche esterilizada de vaca no son, a pesar de su cuidadosa y atenta preparación, lo mejor que puede darse a los críos privados del pecho, como ellas, las madres, pudieran tal vez creer, sino lo menos malo que puede ofrecérseles a falta de aquel, que es lo verdaderamente mejor.» 46.
Además en la tesis de Alabern también se mostraban los inconvenientes y beneficios para los niños para quienes estaba contraindicada la leche materna o esterilizada del uso de la leche animal cruda (refiriéndose casi exclusivamente a la de vaca) y de la tratada con calor.
Por lo cual, el médico afirmaba que sólo las condiciones de salud del niño y de los medios técnicos disponibles eran los factores que dirimirían el uso de un tipo u otro de leche artificial.
Aunque la leche esterilizada fuera» [...] hoy por hoy, la más fácilmente obtenible y el alimento más calificado de los niños sanos en lactancia artificial» 47, ya que la leche cruda: «[...] está contraindicada en la mayoría de los niños más que nada por los peligros de su manejo, si ha de mantenerse, como debe mantenerse, aséptica hasta ingestión, y luego por el disparatado precio que alcanza en las capitales donde [no] se cuenta con recursos para las costosas instalaciones de producción más los gastos del personal idóneo y suficientemente ilustrado (técnico) para hacerse cargo de lo que es el estado aséptico, sabiéndolo obtener y mantener» 48.
La esterilización de la leche era la técnica más utilizada en las Gotas de Leche españolas, lo cual reforzaba su utilización dada la reducción de la mor-----45 Ver: MONTILLA SALAS, X.; SUREDA GARCIA, B. (2008), La gota de llet: protecció a la infància i educació social a la Menorca contemporània, Maó, Institut Menorquí d'Estudis.
46 ALABERN, E. (1921), Sobre la lactancia artificial en las Instituciones de Puericultura y en la Práctica Privada, Palma, Tipografía de Amengual y Muntaner, p.
13-14. talidad que se había observado en este tipo de instituciones desde su implantación.
No obstante, el médico Cerdá despreciaba el uso del biberón, no tanto por sus inconvenientes higiénicos 49 como porque: «[...] en la mayor parte de los alimentos que con él se administran son farináceos, no contienen más que fécula, siendo insuficientes para la alimentación, pues no se halla en ellos elemento alguno nitrogenado; además [...] la saliva de los niños no tiene la propiedad de digerir los feculentos, explicándose de este modo los trastornos intestinales que lleva a la mayoría de estos pequeñuelos al sepulcro; trastornos que se desarrollan especialmente en verano [...]» 50.
Por lo tanto la lactancia artificial sólo se justificó por prescripción médica y bajo su control en instituciones como las Gotas de Leche -que se tratarán más adelante-como parte de las campañas puericultoras.
Por lo que respecta a la lactancia mercenaria sólo se entendía en caso de ausencia o muerte de la madre o por la existencia de algún tipo de problema físico o de enfermedad que imposibilitase este proceso fisiológico de la madre.
Pero en el caso de los expósitos esta lactancia quedaba totalmente argumentada por lo que el sistema de crianza de las Inclusas se fundamentó en el uso de nodrizas tanto internas como externas.
No obstante, las amas privadas eran duramente criticadas ya que según los médicos sólo tenían la pretensión de «[...] ganar dinero; poco le importa todo lo demás; ella sabe que la leche es mala, pero el egoísmo se sobrepone, verdad es que el médico puede reconocerlas, pero no siempre se prestan [...]» 51.
Esta práctica no sólo fue criminalizada por el hecho que la nodriza comercializaba con su leche, sino que a su vez implicaba una negligencia en la crianza de su propio hijo.
La clase médica también alertó que la nodriza podía ser fuente de transmisión de enfermedades.
Por todo ello este colectivo clamó por la necesidad de regular este tipo de lactancia, «Aquí todos sabéis como abundan, pero es lástima que al menos no estén reglamentadas, y se evitaría alguno de los muchos abusos que todos conocéis» 52.
Aunque no fue hasta la primera ley de protección a la infancia (1904) cuando se reguló.
Las campañas puericultoras y sus instituciones.
Las campañas puericultoras fueron iniciadas en España en 1902 con la abertura de las denominadas Gotas de Leche 53.
La Gota de Leche de la ciudad de Palma se inauguró en enero de 1907 bajo la dirección del médico Josep Mir Mir.
Este médico inspirador de la institución local, ha dejado algunas conferencias relacionadas con el tema, como Los consultorios de niños de pecho y la gota de leche pronunciada en el Círculo de Obreros Católicos de la ciudad de Palma el 20 de junio de 1906.
En este texto justificaba la utilidad de dichas instituciones porque servían para «[...] imponer la Higiene como única ciencia capaz de prevenir ciertas enfermedades de la infancia, en particular su mayor enemigo, el verdadero Herodes de nuestros días, la guillotina de nuestro siglo, la diarrea.» 54.
Las Gotas de Leche, entre otras funciones, consistían en un servicio de dispensa de leche, sin la pretensión de sustituir la lactancia materna ni tampoco relegar «[...] la lactancia mercenaria, [sino que] facilita leche de la mejor calidad y convenientemente preparada, a aquellas madres que a juicio del médico no pueden amamantar a su hijo, por su secreción láctea insuficiente, por ser esta de mala calidad, o por carecer de ella en absoluto» 55.
La leche despachada debía ser de vaca previamente tratada con agua, cloruro de sodio y azúcar, después filtrada, embotellada en biberones y esterilizada.
Los niños atendidos en estos consultorios eran convenientemente registrados en fichas individuales que contenían el nombre, la fecha de nacimiento, la edad de los padres, número de hermanos, antecedentes clínicos tanto propios como familiares y el peso.
Medida que era actualizada semanalmente dada su gran importancia según el propio creador de la institución local: «El peso es el mejor guía que nos demuestra la salud del niño y su verdadero estado de ----53 RODRÍGUEZ OCAÑA, E. et al. (1985), Los consultorios de lactantes y gotas de leche en Espanya.
54 MIR MIR, J. (1906b), Los consultorios de niños de pecho y la Gota de leche: objeo de la fundación, necesidad de su establecimiento, Palma, Tipografía de las hijas de Juan Colomar, p.
nutrición; niño que no aumenta en peso, es niño enfermo» 56.
Éste, a su vez, era considerado un indicador de buena salud como rezaba la cartilla higiénica anteriormente citada.
En caso de enfermedad estos niños eran visitados por un médico aunque si presentaban un cuadro infeccioso por sarampión, viruela o tosferina no podían acudir al consultorio para evitar el contagio a otros niños.
Otra gran función de los consultorios de niños de pecho fue la divulgación higiénico-sanitaria a través de las Escuelas de Madres a la cual debían asistir «[...] un día determinado de la semana todas las madres o encargadas de la lactancia de los niños, a la consulta que se hace en común, y en alta voz para que resulte más práctica con el ejemplo.» 57.
Los fondos económicos del consultorio se obtenían por suscripción popular en forma de socios protectores permanentes y de subvenciones del Ayuntamiento de la ciudad y de la Diputación Provincial.
Aún así en la ciudad de Palma desde 1895 existía la Sociedad de Protección a la Infancia organizada por el abogado y político mallorquín Alexandre Rosselló (1853-1923).
Tenía la misma finalidad filantrópica de las Gotas de Leche.
Su objeto era el de: Nos enfrentamos, pues, a una institución que, aparentemente, sólo se ocupó de proporcionar ayuda a la lactancia, sin ningún tipo de atención sanitaria hacia los niños, lo que sí dispusieron las Gotas de Leche.
La lactancia mercenaria con una duración de 18 meses fue la única que preconizó la Sociedad de Protección a la Infancia.
El reclutamiento de las nodrizas se realizaba por una Comisión ejecutiva con el beneplácito de una Junta de señoras.
Posiblemente la comisión contaba entre sus miembros con algún médico dado que una de sus potestades era la inspección de las nodrizas.
Esta asociación sirvió para cubrir un espacio asistencial yermo, en un momento en que este tipo de servi-----56 MIR MIR, J. (1906b), p.
11. cios sólo se prestaban a la infancia abandonada por medio de las Inclusas.
Pese a su carácter filantrópico, admitía lactancias de pago por dictamen de la anterior comisión.
58 Sus estatutos también disponían la posibilidad de instalar asilos marítimos, salas-cunas, patronato de aprendices, hospitales, hospicios y escuelas.
De todas estas iniciativas solo se ha podido documentar la existencia de asiloscunas a cargo de una congregación religiosa.
En 1903 se inauguró el Asilo Cuna del Niño Jesús de carácter filantrópico auspiciado por Margalida Caimari de la asociación Obreras de San José.
La justificación del asilo venía determinada por la incorporación de la mujer al mercado laboral, una mujer que también era madre, en una ciudad donde: quines recomendaban ardientemente estos asilos, que fueron creados a imagen y semejanza de la Créches francesas.
Así el facultativo Marià Aguiló Cortès (1852-1924) 60 en una alocución pronunciada en la Juventud Católica el 25 de marzo de 1883 manifestaba que este tipo de asilos permitían «[...] proporcionar al hijo del obrero un aire puro, al propio tiempo que una alimentación sana, suficiente y apropiada a su edad, una temperatura constante, limpieza y cuidados no interrumpidos, como también dejar libre a la madre todo el tiempo que reclama su trabajo, y hacer que pueda entregarse a él con entera tranquilidad [...]» 61.
Para completar este apartado queda por mencionar como afectó localmente la promulgación de la primera ley de protección a la infancia de 1904, ley que desde hacía mucho tiempo anhelaba la clase médica mallorquina.
Prueba de ello es que el Colegio Médico-Farmacéutico de la ciudad de Palma inauguró el año académico de 1904 con el discurso titulado Concepto higiénico-social de la protección de la infancia de Bernat Riera Alemany (1874 -1926) 62.
En este se exigía que la ley no se demorase por más tiempo y calificaba a Manuel Tolosa 63, inspirador de la ley en España, de »[...] apóstol de la idea en España y, si no mienten los periódicos al anunciar tareas preparatorias 61 AGUILÓ CORTÈS, M. (1903), Importancia de las Créches ó Casas-cunas: discurso leído en la Juventud Católica la noche del 25 de marzo de 1883, Palma, Tipografía de Felipe Guasp, p.
62 Médico militar del Hospital Militar de Palma.
Fue presidente de la Real Academia de Medicina de Baleares según aparece en la GRAN ENCICLOPÈDIA DE MALLORCA (1888-2004), volumen 14, p.
63 La primera ley de protección a la infancia fue aprobada en España el 12 de agosto de 1904 gestada en el seno de la Sociedad Española de Higiene principalmente de la mano de Manuel Tolosa desde 1900 en un contexto favorable fruto del Congreso Internacional de Higiene y Demografía que se había celebrado en Madrid en 1898.
Una de las principales conclusiones del congreso fue la necesidad de que leyes de este tipo debían ser promulgadas en toda Europa.
Sobre el tema ver: PERDIGUERO E., ROBLES GONZÁLEZ, E. (2004), La protección a la infancia y la Sociedad Española de Higiene.
En PERDIGUERO GIL, E. (comp.)
Estudios sobre la protección a la infancia en la Europa mediterránea a comienzos del siglo XX, Valencia, Seminari d'Estudis sobre la Ciencia, pp. 93-120.
del actual ministerio, quizás esté reservado á un mallorquín ilustre el llevarla á la práctica» 64 refiriéndose al abogado y político Antoni Maura.
Además en el discurso mostraba los beneficios que una ley semejante había producido en Francia.
El autor presuponía que la ley debía corregir «[...] perniciosos errores de las costumbres» a más de impedir «[...] las inicuas usurpaciones a que se presta el abuso de las amas convertidas en materia de industria productiva.» 65.
La ley de protección de 1904 pretendía salvaguardar la salud física y moral de los menores de 15 años.
Para ello y entre sus acometidos particulares se hallaba el de vigilar la lactancia mercenaria.
Además debía prestar atención a las casas-cuna, los asilos, las escuelas, los talleres y a la institución benéfica por excelencia de la infancia abandonada, la Inclusa.
Sus funciones fueron establecidas definitivamente mediante un reglamento publicado en 1908.
Si la publicación del reglamento de la ley ya había sufrido un considerable retraso en su disposición, más lo sufrió la constitución de las juntas locales de organización que la ley general había previsto.
La Junta Provincial de Protección a la Infancia y Represión de la Mendicidad de las Baleares fue constituida definitivamente el 16 de marzo de 1911 por requerimiento de la Real Orden de 8 de febrero de 1911.
66 Así en el acta de constitución se manifestó que «Ahora la situación de la Junta es distinta, cuenta con recursos propios y por lo tanto está llamada a tener mucha importancia realizando de una manera práctica la humanitaria misión que le está encomendada».
67 Prueba de que con anterioridad la junta local ya había sido constituida.
Las juntas locales fueron divididas en cinco secciones: Puericultura y Primera Infancia, Higiene y Educación Protectora, Mendicidad y Vagancia, Patronato y Corrección Paternal y como última sección la denominada, Jurídica y Legislativa.
La primera sección, Puericultura y Primera Infancia, relacionaba mensualmente el número de niños protegidos bajo su auspicio institucional.
De ----64 RIERA ALEMANY, B. (1904), Concepto higiénico-social de la protección de la infancia, Palma, Tipografía de las hijas de Juan Colomar, p.
66 La Real Orden de 8 de febrero de 1911 disponía en su primer artículo que: [...] se procederá por los Gobernadores y Alcaldes á constituir inmediatamente, si ya no lo estuvieran, las Juntas provinciales y locales de Protección á la Infancia y Represión de la Mendicidad, atendiéndose al efecto á los preceptos de la Ley de 12 de Agosto de 1904, Real Decreto de 24 de Enero de 1903 y Real orden del 28 de Febrero del mismo año.
67 Acta de Constitución de la Junta Provincial de Protección a la Infancia y Represión de la Medicidad de Baleares, 17/03/1911.
Guía de la Junta Provincial de Protección a la Infancia y Represión de la Mendiciad (1911), Pro Infantia, Palma, Imprenta de Rotger. esta manera en el Boletín de Estadística Municipal de Palma se puede consultar el número de niños a quienes atendía la Gota de leche de Palma, además de los litros de leche despachados mes a mes.
Una vez expuesto el contenido de los discursos médicos relativos a la reforma sanitaria y al fomento de la lactancia materna se pueden observar al menos dos cuestiones que atañen directamente a lo planteado en un principio: la influencia de los profesionales de la salud en el descenso de la mortalidad y la consecución social que ayudó a convertir en intolerables las causas evitables de enfermedad y muerte.
Prueba de ello son los bajos niveles de mortalidad en la infancia observados en la ciudad de Palma.
Desde 1880-1890 la mortalidad infantil y juvenil se hallaba en franco retroceso mostrando valores del orden del 100‰ en las primeras décadas del siglo XX.
Isabel Roll sus comentarios y a los evaluadores sus sugerencias, que han ayudado a mejorar este artículo. |
Esta investigación tiene como objetivo analizar los procesos de estructuración de políticas sanitarias en una provincia argentina a lo largo de los años treinta y comienzos de los cuarenta, poniendo en evidencia la importancia de este período en la generación de cambios en el tratamiento estatal de la salud en el interior del país.
Para ello, el trabajo se dedica a estudiar la construcción de las políticas sanitarias y las nuevas capacidades estatales que se desplegaron alrededor del campo de
La historiografía argentina y latinoamericana ha prestado una atención preferente al estudio de los procesos de salud/enfermedad en las tres últimas décadas, revelando su fructífero potencial para iluminar las complejas tramas de lo social.
Al respecto, Diego Armus ha caracterizado el estado actual de estos estudios a partir de tres abordajes analíticos: una renovada historia de la medicina, una historia sociocultural de las enfermedades y una historia de la salud pública.
Esta última especialmente volcada a la investigación del poder, la política, el Estado, la profesión médica y los cambios en las instituciones de salud en el marco de las estructuras económicas, sociales y políticas en las cuales se conformaron.
1 Desde esta última línea de estudio, los investigadores argentinos han multiplicado sus abordajes sobre el complejo proceso de estructuración de las políticas sanitarias.
Estos trabajos en general se insertan en un contexto temporal enmarcado por los procesos de construcción de la llamada Argentina moderna, término bajo el cual pueden sintetizarse los procesos de cambio estructural que atravesó el país entre finales del siglo XIX y comienzos del XX, como la consolidación de un mercado capitalista, un orden estatal y la modernización de las relaciones sociales producto de los intensos procesos de inmigración, crecimiento poblacional y urbanización.
Mediante esas investigaciones la historiografía argentina ha puesto en evidencia cómo «el estallido del conflicto social» y, en especial, la movilización obrera del período de entre siglos, interpelaron a las dirigencias políticas, quienes paulatinamente arbitraron innovaciones institucionales tendientes a resolver la llamada «cuestión social».
2 En ese contexto, las problemáticas sanitarias fueron incluidas en la agenda pública producto de la preocupación de los reformistas sociales, más específicamente de los médicos higienistas.
3 ----Asimismo, la mayoría de esos estudios se han dedicado a la indagación de la ciudad de Buenos Aires y de su periferia, centro político y económico del país, mostrando que en ese contexto la brecha entre las expectativas de reforma social y la generación de un equipamiento sanitario se acortó más tempranamente producto del intensivo accionar del Estado federal, municipal y de las asociaciones privadas de mutualismo y de beneficencia.
Durante el período de entreguerras, dada la oferta sanitaria existente, se produjeron intensos debates sobre la necesidad de regular y reorganizar ese sistema y se generó una mayor intervención estatal orientada a ampliar los servicios de salud para integrar a nuevos sectores sociales.
4 Sin embargo, esa trayectoria de los servicios sanitarios en la ciudad porteña da cuenta escasamente de los procesos desarrollados en el interior del país, en donde los gobiernos locales tuvieron mayores dificultades para construir instrumentos eficaces a la hora de promover el mejoramiento de las condiciones sanitarias de sus jurisdicciones.
En este sentido, es necesario reconocer que, en un país de fuertes asimetrías regionales, la elaboración de intervenciones sanitarias que mejoraran las condiciones de vida de la población se desplegó a ritmos diversos y desiguales.
Desde esa perspectiva, María Silvia Di Liscia ha demostrado que en el Territorio Nacional de La Pampa recién durante los años treinta del siglo XX se produjo un despliegue más intensivo de las intervenciones estatales, en donde la prioridad gubernamental fue expandir los establecimientos de salud sobre espacios rurales y localidades con escasos dispositivos de atención y de profesionales de la salud.
5 Con la finalidad de profundizar en la discusión sobre esos diversos ritmos en los que se desplegó el proceso de construcción de las políticas sanitarias en ----4 GARNINO, M. I. y PERSELLO, A. V. (1988), La reformulación del mercado de atención médica.
Instituciones y procesos, Buenos Aires, Siglo XXI Editores.
5 DI LISCIA, M. S. ( 2007), Dificultades y Desvelos de un Estado interventor.
Instituciones, salud y sociedad en el Interior Argentino.
Pero las investigaciones de Di Liscia no son las únicas que evidencian diferentes periodizaciones en la construcción sanitaria estatal en la Argentina.
Al respecto, son importantes las investigaciones realizadas por Susana Belmartino y, más recientemente, por Susana Piazzesi sobre las políticas sanitarias en Santa Fe, estudios que revelan el intenso proceso de elaboración de políticas sanitarias en esa jurisdicción durante la segunda mitad de la década del treinta.
BELMARTINO, S. (2007), Coyuntura crítica y cambio institucional en salud: Argentina en los años ʻ40.
Santa Fe, Universidad Nacional del Litoral. la Argentina, en este artículo nos hemos propuesto avanzar en el estudio de una provincia del interior del país que muestra algunas similitudes con el caso pampeano, la provincia de Córdoba.
En ese sentido, el análisis de las políticas sanitarias cordobesas muestra cómo incipientemente a partir de los años veinte, 6 pero más claramente en la coyuntura abierta por la crisis económica mundial, se intensificaron y consolidaron las intervenciones estatales en el campo de la salud.
En la provincia ese proceso se expresó a través de la expansión de la infraestructura sanitaria, de la mayor intensidad de las políticas preventivas de salud y de la ampliación de las capacidades de los aparatos públicos para intervenir en la sociedad.
Esos cambios pusieron en evidencia indicios de la estructuración de un Estado social que permitió paulatinamente alcanzar un mayor grado de desmercantilización de las necesidades de individuos y familias y, por tanto, permitir independizar sus demandas de acceso a la salud de las condiciones impuestas por el mercado.
7 Es necesario señalar que la jurisdicción cordobesa en esa coyuntura contaba con una población estimada en un millón y medio de habitantes distribuida en una extensa superficie territorial superior a los 160.000 km2.
8 Además, más allá de su peso territorial y poblacional, constituía para la época una muestra de la misma complejidad que encerraba un país de fuerte diversidad regional como la Argentina.
La provincia tenía una doble inserción socioeconómica que complejizaba el marco en el cual se desarrollaban las intervenciones de los gobiernos locales.
Por una parte, su zona sudeste se caracterizaba por un importante crecimiento económico producto de su incorporación al modelo agrario exportador de la pampa argentina; por otra parte, la zona noroeste del territorio provincial, centro económico del período colonial e independiente y ----6 CARBONETTI, A. ( 2005), La conformación del sistema sanitario de la Argentina.
8 Para el período en que estamos trabajando es difícil calcular su población dada la falta de estadísticas fidedignas a lo largo del período 1914-1947.
Dirección General de Estadísticas de la Provincia de Córdoba, Anuario estadístico, año 1935, Talleres Gráficos de «Comercio y Tribunales», Córdoba, 1938; Dirección Nacional de Servicio Estadístico, IV Censo General de la Nación, Buenos Aires, Vol.
de más antiguo poblamiento, atravesaba durante el primer tercio del siglo XX un proceso de fuerte depresión económica y de agotamiento de los modos de vida preexistentes al quedar marginada de los procesos socioeconómicos que se vivían en la zona sudeste.
En ese sentido, Córdoba era un territorio en el que convivían la Argentina moderna, la zona pampeana, de desarrollo económico vertiginoso y de arribo de inmigración europea, y la Argentina del interior, caracterizada por sus dificultades para insertarse en el proceso de crecimiento que protagonizaba la primera.
En ese contexto, el eje de esta investigación es el de analizar los cambios producidos en las políticas públicas de salud de la provincia de Córdoba, reconstruyendo las tendencias en la conformación de las intervenciones estatales, las rupturas y las continuidades, los obstáculos y los condicionamientos y los factores causales que incidieron en el despliegue de políticas sanitarias en los años previos a la emergencia del peronismo en la Argentina.
Para ello, indagamos en la trayectoria del organismo estatal dedicado a la atención de la salud, el Consejo Provincial de Higiene (en adelante CPH), en sus objetivos, en el contenido y orientación de sus intervenciones y en el desarrollo de sus capacidades institucionales, humanas y materiales.
Respecto a esto último, en este trabajo adoptamos el concepto de «capacidades estatales» para aprehender las diferentes y las variables «aptitudes de las instancias de gobierno para obtener resultados» 9 a través de sus intervenciones.
Más precisamente, en esta investigación nos limitaremos a revisar aquellos aspectos que se relacionan con los contenidos administrativos de las capacidades estatales, a dimensiones tecno-burocráticas tales como los recursos humanos, la organización interna y las bases financieras que condicionan las posibilidades efectivas de los aparatos estatales para implementar políticas públicas.
10 La investigación se estructuró en tres apartados.
En el primero de ellos nos abocamos a proporcionar un panorama general sobre las características del sistema sanitario disponible a comienzos de los años treinta en la provincia de Córdoba, destacando los objetivos institucionales y las intervenciones que ----9 REPETTO F. y ANDRENACCI L. ( 2006), Ciudadanía y política pública: dilemas de reconstrucción de la política social argentina.
En ANDRENACCI, L. (comp.) (2006), Problemas de política social en la Argentina contemporánea, UNGS, Prometeo, 313.
10 Conceptualmente podemos distinguir entre dos dimensiones de las capacidades estatales, las administrativas y las políticas, estas últimas remiten a las posibilidades estatales para imponer reglas y su habilidad para procesar las demandas sociales, políticas y económicas provenientes de la sociedad.
ALONSO, G. V. (ed.) (2007), Capacidades estatales, instituciones y política social, Buenos Aires, Prometeo, pp. 18-19. desplegaba el CPH.
En una segunda parte, nos propusimos estudiar las modificaciones y permanencias en las funciones del organismo sanitario provincial, en el contenido y orientación de su accionar y en el desarrollo de sus capacidades institucionales a lo largo de la década del treinta y comienzos de la del cuarenta (1930-1943).
Finalmente, el último apartado está dedicado a analizar los cambios contextuales, políticos, sociales y culturales, que impulsaron y condicionaron la trayectoria del aparato estatal a lo largo de esos años en la provincia de Córdoba.
LAS POLÍTICAS SANITARIAS EN LAS PRIMERAS DÉCADAS DEL SIGLO XX
A lo largo de las tres primeras décadas del siglo XX existieron diferentes actores participando en el campo de la salud en la provincia de Córdobamunicipios, Nación, provincia, sociedades de beneficencia, sanatorios privados y médicos particulares, a lo que no sería excepcional agregar a los idóneos en el arte de curar.
Esta diversidad de actores conformaba un sistema heterogéneo, disperso y escaso en relación a las necesidades de su población.
Así pues, la infraestructura existente en 1914, al margen de la capital provincial, consistía en sólo siete entidades hospitalarias, públicas y de beneficencia, en todo el territorio provincial.
11 Para 1930, a éstas se sumaron otras siete, junto a dispensarios en las zonas menos pobladas, pero la norma fue la insuficiente penetración de la infraestructura sanitaria, en especial en las zonas más marginales socioeconómicamente como el noroeste cordobés.
12 En el caso de la ciudad capital de la provincia, para 1930, era una urbe de cerca de 300.000 habitantes con sólo seis hospitales generales, 13 dos destinados a la tuberculosis y uno a enfermedades infectocontagiosas.
Entonces, hasta los años treinta el sistema sanitario se manifestaba como un deficiente tendido de dispositivos que no se adecuaban a la dispersión geográfica y al volumen de su población.
En ese modelo asistencial, la participación del gobierno provincial se encontraba fuertemente limitada, prácticamente ausente de la administración de la infraestructura sanitaria pública, reduciendo sus actividades a la regulación ----11 MOREYRA (2009), p.
13 Entre ellos se contaban el hospital universitario, el hospital de Niños de la Sociedad de Beneficencia, el Español y el Italiano de las sociedades de beneficencia de sendas colectividades y el Hospital San Roque bajo el Patronato del gobierno provincial.
Finalmente, existía un Hospital Militar.
del ejercicio de la medicina y a la intervención esporádica en la atención de las enfermedades infecciosas.
También mantenía estrechas relaciones con la actividad privada con una política flexible de asignación de subvenciones, subsidios y obras públicas destinadas a sustentar el accionar de las organizaciones de beneficencia.
Prevalecía, de ese modo, un sistema prescindente, predominantemente orientado por una concepción liberal de las políticas sociales, de políticas sanitarias fuertemente condicionadas por perspectivas epidemiológicas y con actuaciones de carácter más defensivo que preventivo.
Hacia mediados de los años veinte se comenzaron a producir incipientes cambios en este esquema a partir de la difusión de dispensarios, la atención directa del problema de la salud y la centralización de todas las instancias administrativas.
14 No obstante, la imagen que brindaba el sistema sanitario de la provincia en 1930 demuestra que esos cambios no eran más que esbozos de procesos más amplios que se produjeron años después.
Para ese año, el gobierno bajo su estricto control contaba en todo el territorio de su jurisdicción con sólo tres dispensarios para niños, tres antituberculosos, un conjunto de establecimientos antivenéreos y un hospital.
Asimismo, las actividades específicas del CPH en el campo de la salud se restringían a la regulación de los profesionales de la salud y a la administración de un precario sistema de atención de las enfermedades infectocontagiosas.
En el año 1929, la labor del organismo había consistido en la regulación del desempeño de los profesionales de la salud y de sus prácticas ilegales, en la elaboración de informes médicos legales, inspecciones de higiene y de enfermedades infecciosas y a la distribución de vacunas y sueros.
15 La política social provincial en las tres primeras décadas del siglo XX sólo había sufrido «desplazamientos parciales y coyunturales en una matriz histórica de permanencias.» 16 LAS POLÍTICAS SANITARIAS EN LOS AÑOS TREINTA Iniciada la década del treinta dos procesos importantes caracterizaron la política sanitaria provincial.
Por un lado, es factible identificar un proceso de ampliación de las intervenciones estatales en el campo de la salud, a través de cambios en la infraestructura sanitaria y de un despliegue más intensivo de políticas preventivas.
Por otro lado, se produjo una redefinición de las prioridades gubernamentales, crecimiento del aparato público y de las capacidades ---- estatales para intervenir sobre las problemáticas sanitarias, procesos que se desplegaron en torno al Consejo Provincial de Higiene.
El sistema sanitario provincial en transformación
Un primer aspecto de los procesos antes mencionados se visualiza en los guarismos transcritos en la Tabla 1 que muestran el crecimiento constante de la infraestructura sanitaria de la provincia entre 1933 y 1943.
Este aumento de la infraestructura implicó un quiebre en las políticas sanitarias que habían impulsado los gobiernos locales a lo largo de las primeras décadas del siglo XX, generando que en pocos años el Estado cordobés se convirtiera en una importante organización en la prestación de atención médica para la población aún en los espacios más distantes del territorio. ----
Un aspecto que nos parece importante destacar es que los establecimientos destinados a la atención de enfermedades sociales como las afecciones venéreas y la tuberculosis tuvieron un ralentizado crecimiento a lo largo de esos años respecto a los dedicados a la atención asistencial de la población, dispensarios y hospitales, una cuestión que remite a cambios en las preocupaciones sanitarias centrales de las autoridades públicas.
En ese sentido, las finalidades que presidieron la creación de los nuevos establecimientos distaron de responder predominantemente a las inquietudes por las enfermedades resultado de procesos infecciosos, de los cuales la sociedad debía defenderse a través de mecanismos de control, aislamiento, desinfección y represión.
Estas innovaciones, en cambio, eran el resultado de una preocupación por asegurar el acceso a la atención sanitaria asistencial de la población.
El gobernador, autoridad máxima de la provincia, explicaba que los dispensarios que se estaban construyendo respondían a «una nueva orientación y finalidad más amplia, dada la índole de sus funciones.
El carácter de sus servicios se extiende a la asistencia médica general de acuerdo a las necesidades de la población.
Instalados en las regiones más pobres de la Provincia prestan incalculables beneficios a los vecindarios, alejados hoy del peligro del curanderismo y descongestionando evidentemente los hospitales de la ciudad.»18 En ese sentido, este tipo de intervenciones se desplegaron en especial en la denominada campaña provincial, pueblos y ciudades rodeadas de amplios espacios rurales que generaban su aislamiento de la prestación de los servicios públicos sanitarios.
Sobre esto último es importante destacar que la construcción de dispensarios de profilaxis general y, aunque más lentamente, de hospitales regionales, permitió no sólo dar satisfacción a las necesidades inmediatas de pueblos y ciudades, sino también descentralizar los servicios de salud de la capital provincial que se encontraban sobresaturados por la concurrencia de enfermos del resto de la jurisdicción.
Pero eso no implicaba que no existieran preocupaciones similares para con la población de la ciudad de Córdoba, capital del territorio, sino que la provincia delegó su atención en otras jurisdicciones.
En la Capital, estas iniciativas, tendientes a descentralizar la atención sanitaria y a mejorar sus condiciones de acceso, fueron protagonizadas por el municipio local.
Entre 1932 y 1942 se crearon nueve dispensarios seccionales en las distintas barriadas de la ciudad, descentralizando los servicios de salud.
Desde el municipio se destacaba la finalidad de este tipo de establecimientos: «sus servicios tienen un carácter y una finalidad distinta: es la medicina de ur-----gencia y la clínica general, la que más solicitan los barrios obreros a donde la carencia de recursos repercute en el organismo, privándole de los elementos indispensables que aseguran el crecimiento y proveen a su defensa.» 19 Entonces, la provincia desarrolló su accionar en las zonas semiurbanas y dejó en manos del municipio capitalino la ampliación de los servicios médicos primarios de su población.
La lógica en la base de esa política fue la existencia de otros participantes que podían subsanar la escasa actividad provincial, permitiendo a las autoridades provinciales dedicarse a expandir los servicios de salud en aquellos lugares donde los dispositivos sanitarios eran escasos o nulos.
Recapitulando, en esos años treinta el gobierno modificó el lugar que ocupaba en el campo de la salud pública a través de la creación de numerosa infraestructura sanitaria.
Ese proceso fue acompañado por nuevas concepciones y objetivos socio-políticos en torno al problema de la salud, en especial, ----orientados a favorecer el acceso a prestaciones de carácter asistencial a las poblaciones que carecían de servicios sanitarios regulares y gratuitos.
En ese sentido, existieron procesos similares con los evidenciados por Di Liscia para el Territorio Nacional de La Pampa, en donde el accionar estatal intentó penetrar los territorios rurales y semirurales con políticas sanitarias que pusieran al alcance de la población los avances médicos.20 Pero, como en el caso de La Pampa, en la provincia de Córdoba existen otros elementos que también confirman esta consolidación del Estado provincial en el campo de la salud, como las campañas sanitarias.
En esos años, afecciones como la difteria, la fiebre tifoidea, la peste bubónica, la viruela, el paludismo y el tracoma, constituyeron nudos centrales de las preocupaciones sanitarias de las autoridades.
Dos instrumentos se desplegaron en su tratamiento, por un lado, políticas preventivas como la distribución de vacunas y la realización de campañas educativas de salud, por el otro, las intervenciones sobre los brotes epidémicos que sobrevinieron a lo largo de la década.
En lo que hace al primero de estos instrumentos existió un pronunciado incremento en las acciones del CPH destinadas a impulsar campañas preventivas de salud, consistentes en vacunaciones y en la difusión de preceptos higiénicos.
Además de la vacunación antivariólica, a partir de 1932 se estableció la obligatoriedad y gratuidad de las antitíficas y antidiftéricas en las escuelas públicas y privadas.
El aumento de las capacidades del CPH para realizar este tipo de intervenciones se puso en evidencia en 1936, producto de una serie brotes de viruela en el país, episodios que incentivaron una intensa campaña de vacunación y revacunación.
Hacia finales de ese año se habían distribuido 359.780 vacunas comprendiendo no sólo a los escolares, sino gratuitamente a empleados públicos provinciales, municipales, nacionales, de sociedades particulares y a la población que así lo requiriera.
El mismo presidente del Departamento Nacional de Higiene, ente nacional dedicado a la política sanitaria, destacaba sobre el organismo local «Indudablemente, le cabe a Córdoba y a sus autoridades sanitarias el haber sido la primera provincia que atacó con mayor energía, eficacia e intensidad la tarea de vacunación y revacunación de la mayor parte de su población.
Esta campaña realizada en el período precoz, ha dado grandes resultados y el Consejo Nacional no puede sino estar contento de hacerlo constar así».
21 Asimismo, otra faceta de este interés por las medidas de carácter preventivo fueron las campañas de difusión de preceptos higiénicos, tales como la ----educación antivenérea, el combate de la mosca asociada a la propagación de enfermedades como la poliomielitis y la difusión de consejos propios de la Puericultura sobre la mejor forma de cuidar a los niños en los dispensarios de lactantes y en la «Semana del Nene».
Incluso, en 1937 el CPH organizó una Exposición de Higiene destinada a poner en evidencia los logros alcanzados, los avances científicos y los nuevos objetivos sanitarios bajo jurisdicción estatal.
La misma contó con la participación de las reparticiones provinciales, municipales, nacionales, asociaciones deportivas, industriales, casas comerciales y compañías de servicios públicos.
Más de 50.000 personas visitaron la muestra a los que se sumaron los escolares.
22 Un tercer campo en el que se desplegaron las actividades del CPH fue en la acción profiláctica en casos de brotes epidémicos.
Sin embargo, en estos episodios en general las intervenciones fueron de carácter más bien tardío y reactivo, caracterizándose por sus dificultades para dar respuesta a los episodios de enfermedades infecciosas.
En el caso de la provincia, uno de los azotes permanentes del período fue la peste bubónica favorecida por la importante producción agrícola que generaba la proliferación de roedores cerca del hábitat humano.
La política de control de la peste consistía en el saneamiento permanente y la desratización.
Un accionar de este tipo habían impulsado las autoridades a comienzos de la década a través de una campaña de desratización aplicando nuevos métodos de exterminio que consistían en la construcción de barreras dentro de las cuales se utilizaban perros ratoneros, máquinas fumigadoras y cartuchos asfixiantes.
El éxito de esta política preventiva fue la inexistencia de casos mortales de bubónica entre 1934 y 1935.
Pero para 1940 la falta de continuidad de estas medidas incidió en un nuevo brote de peste bubónica con el resultado de 103 enfermos en el territorio provincial y la existencia de casos durante los dos años consecutivos.
23 La inadecuación de los mecanismos de atención se puso en evidencia en los pedidos de recursos extraordinarios para adquirir los insumos necesarios para la campaña de profilaxis y el tratamiento de los enfermos, como la contratación de profesionales y peones, la compra de medicamentos, camiones sanitarios y carpa-hospital.
Esta coyuntura mostró las dificul-----22 Secretaría Técnica Parlamentaria, Cámara de Diputados, Mensajes a la Legislatura acerca del Estado de la Provincia.
Gobernador Amadeo Sabattini, Córdoba, 1992, p.
Mensaje a la Legislatura del Gobernador de la Provincia Santiago del Castillo, año 1941, p.
17; Archivo de Gobierno de la Provincia de Córdoba (en adelante AGPC), Ministerio de Gobierno, año 1942, t.
tades del gobierno local para consolidar una estructura permanente de saneamiento y control, en parte producto de su alto costo económico y de su escasa relevancia pública fuera de los períodos en que la enfermedad cobraba virulencia.
Una trayectoria accidentada similar sufrió el tratamiento del paludismo.
En 1933 se produjo un brote en plena capital provincial durante la cual el CPH se dedicó a limpiar el cauce de los ríos y a distribuir quinina entre 2.000 enfermos o sospechosos de serlo.
Al igual que en el caso de la peste bubónica, en 1936, un grave brote de paludismo en el norte de la provincia requirió la sanción de fondos extraordinarios para atender la problemática, nuevamente distribución de quinina, limpieza de cauces y camiones sanitarios.
De todos modos, este episodio implicó una novedad respecto a los precedentes, dio lugar a la generación de una estructura permanente de atención de las enfermedades endémicas del norte cordobés como el paludismo, la enfermedad de Chagas, el tracoma y la brucelosis, un establecimiento sanitario dedicado a la lucha continua contra esas afecciones.
En síntesis, a lo largo de estos años se produjo una reforma estructural en la participación del gobierno provincial en el campo de la salud.
El eje de esas modificaciones fue la expansión de la infraestructura a disposición de la población y una renovada orientación de la misma en especial tendiente a atender más sistemáticamente a la población rural de la provincia.
Este cambio fue acompañado por el despliegue más intensivo de políticas de carácter preventivo como las campañas de vacunación y de educación sanitaria.
Estos dos aspectos mostrarían las innovaciones institucionales más destacadas.
En contraste, las intervenciones destinadas a atender las enfermedades endémicas en los ámbitos rurales mostraron los límites de esos procesos, a través de la necesidad de realizar inversiones extraordinarias en condiciones críticas y la desigual atención dada a través del tiempo a las políticas de saneamiento.
Los cambios en las capacidades estatales: el Consejo Provincial de Higiene
Este apartado está dedicado a investigar la conformación de las capacidades del CPH para intervenir en las problemáticas sanitarias de los cordobeses, para regular las relaciones sociales, penetrar e imponer sus directivas sobre el conjunto de la sociedad.
Para ello nos hemos propuesto revisar qué modificaciones se produjeron en la estructura del aparato estatal, estudiando los cambios en su organigrama interno y en sus recursos humanos y materiales.
Uno de los primeros indicadores de los procesos de cambio institucional que se produjeron en los años treinta es el de la ampliación de los objetivos del organismo.
En 1930 el funcionario a cargo del CPH, el Dr. Vázquez Amenabar, reseñaba que las tareas del mismo habían sido las de atender a la profilaxis de las enfermedades epidémicas, la regulación de los profesionales de la salud, los informes médicos legales y la distribución de sueros y vacunas.
Sin embargo, la expansión de la infraestructura sanitaria, la mayor expectativa en el mejoramiento en las condiciones de acceso a la medicina, la misma ampliación del concepto de salud, no sólo como ausencia de enfermedad, sino como una condición de bienestar integral, incidieron en el crecimiento de los objetivos institucionales del CPH.
En 1936, el gobierno al presentar un proyecto de creación del Departamento Provincial de Higiene, incluyó como finalidades del organismo no sólo las funciones tradicionales de profilaxis y reglamentación, sino también: el de ejercer la superintendencia sobre todas las instituciones y servicios sanitarios que dependieran directamente del gobierno y la inspección y la vigilancia de aquellos que recibieran financiamiento de la provincia.
Además, debía organizar comisiones asesoras técnicas para el estudio de los medios defensivos frente a las enfermedades, dirigir y orientar el deporte y propender al mejoramiento de la vivienda y de la alimentación popular.
24 El propósito del mismo era la estructuración de un organismo «con amplias facultades [en] el extenso radio de acción, confiándole la defensa integral de la sociedad frente a los daños que puedan originarle las enfermedades, la mala vivienda, la alimentación deficiente, el trabajo insalubre y todo otro factor negativo respecto a su salud y progreso.»25 En realidad, este proyecto buscaba sancionar ex post facto algunas de las nuevas funciones que se habían ido incorporando en la agenda de gobierno con la ampliación de la infraestructura y la educación sanitaria, las políticas de salud de carácter preventivo y las nuevas injerencias como el control bromatológico.
Finalmente, estas modificaciones en los objetivos institucionales del organismo fueron acompañadas también por cambios en su organigrama interno, con el crecimiento de sus secciones y dependencias.
En lo que hace a la ampliación de su estructura, ya en 1930 se abrió un espacio de producción de vacunas y sueros aunque el mismo carecía de la infraestructura y de los recursos necesarios para desarrollar eficazmente sus tareas.
26 Recién en 1932 se creó el Instituto de Higiene, repartición destinada a la producción de vacunas y sueros, análisis químicos, bacteriológicos y bromatológicos.
La ampliación de las necesidades de análisis, estudios e investigaciones llevó a la complejización de esta sección que devino en la de ----Laboratorios.
Además, se creó un área de bromatología destinada al control de la calidad de los alimentos y, finalmente, en 1940, se organizó una Farmacia con la finalidad de producir los insumos médicos de las reparticiones provinciales.
Estas innovaciones tuvieron como propósito construir una mayor capacidad de intervención y, a su vez, de autonomía para la política sanitaria provincial.
En la anterior tabla se puede constatar este proceso de ampliación de las secciones burocráticas y técnicas del CPH y de los empleados en cada una de ellas.
Como se puede observar existió a lo largo de esos años una complejiza-ción de su organigrama, tendiente a alcanzar una mejor distribución de las labores, delimitando las tareas, permitiendo alcanzar una mayor especialización y experiencia en las actividades que desplegaba la repartición.27 Los espacios que adquirieron una mayor centralidad fueron las áreas de laboratorios y de producción de insumos médicos destinados a dotar al organismo de mejores condiciones para el desarrollo de sus intervenciones.
Asimismo, la mayor división de las tareas permitió la optimización de la labor administrativa en cada una de las secciones.
Acompañando este proceso, a lo largo del período los recursos públicos invertidos en el organismo fueron creciendo paulatinamente.
Incluso, en la coyuntura de los primeros años de la década, afectada por la crisis económica mundial, la tendencia a que los montos destinados a salud superaran en términos relativos el gasto provincial total fue constante.
De todos modos, la participación relativa de la salud en las inversiones estatales fue poco significativa, pasando del 4 al 5% del presupuesto de gas-----tos.
28 El presidente del CPH, Dr. Guillermo Stuckert, se quejaba al ministro de gobierno por esta política de asignación del gasto público.
El funcionario destacaba que la inversión de fondos en el organismo no era coherente con las expectativas puestas en el mismo y, en términos relativos, era insignificante respecto a otras reparticiones destinadas a la educación y a las obras públicas.
29 Este escaso protagonismo del organismo dentro de los rubros del presupuesto provincial incidía en su desenvolvimiento.
Esto se pone en evidencia en el lento crecimiento de los recursos humanos en relación al incremento significativo de sus actividades.
Por lo tanto, si bien la trayectoria del CPH a lo largo de los años treinta estuvo marcada por la constante expansión del Estado en el campo de la salud pública, con nuevos objetivos institucionales, la ampliación de la estructura del aparato estatal y su reorganización.
Existieron una serie de condicionamientos a estas nuevas funciones del Estado provincial en el campo de la salud pública, siendo uno de los principales la política de asignación del gasto.
En ese sentido, la dotación de recursos materiales y humanos fue una permanente fuente de dificultades en la realización de sus actividades, limitando los proyectos de sus funcionarios y la penetración del organismo estatal en el territorio.
UN CONTEXTO HISTÓRICO CON SENTIDO
Como señalamos anteriormente, existieron un conjunto de procesos sociales, económicos, políticos y culturales que explican las modificaciones reseñadas, una matriz histórica que les dio sentido, impulsó su desarrollo y marcó sus límites.
Un primer elemento que parece insoslayable de revisar es el de las modificaciones producidas en la sociedad, en sus condiciones materiales, sus prácticas y expectativas en relación a los servicios sanitarios brindados por el poder público y cómo éstos impactaron en el diseño de las políticas sociales.
En ese sentido, según las investigaciones contemporáneas, a lo largo de los años treinta, se produjeron importantes modificaciones en las condiciones sanita-----28 Leyes de Presupuesto, Compilación de Leyes de la Provincia de Córdoba, 1932-1942.
30 Como ejemplo particular, en 1942, la sección de Asistencia Médico-Social debía llevar el control de los establecimientos sanitarios públicos y las instituciones de beneficencia en toda la provincia con un personal consistente en tres personas -un médico en jefe, un subinspector y un escribiente. rias de la población, que para el caso de la ciudad de Córdoba ha llevado a calificar esos años como propios del desarrollo de una transición epidemiológica, un cambio que supuso la caída de las afecciones infecto-contagiosas, de la mortalidad infantil y un aumento de la esperanza de vida al nacer.
32 Esto fue producto de la disminución de las enfermedades infecciosas y respiratorias, entre las que se encontraban las parasitarias, la gripe o influenza, neumonía y bronquitis para los menores de cinco años y demás enfermedades respiratorias.
La contraparte de ese proceso fue un aumento de otras afecciones como el cáncer y las cardiovasculares.
Además, se dieron cambios en los porcentajes de mortalidad según la estructura de edad.
Se dio un proceso de disminución de los porcentajes de mortalidad en los menores de 15 años.
Esa disminución relativa de la mortalidad infantil se relacionó con el decrecimiento de las enfermedades de tipo infeccioso parasitario en la población menor a los 15 años.
De todos modos, las enfermedades infecciosas y respiratorias siguieron teniendo una fuerte incidencia entre las causas de mortalidad general hasta bien entrada la década del cuarenta, pero pasaron del 61,5‰ a 37,3‰ de la mortalidad bruta entre 1925 y 1947.
Esa reducción del nivel de mortalidad fue provocada por una pérdida de importancia de las enfermedades infecto-contagiosas pero con una permanencia de afecciones como la tuberculosis pulmonar y la meningitis.
En lo que se ha dado en denominar como afecciones modernas, en las que se agrupan las enfermedades crónicas degenerativas, éstas crecieron paulatinamente producto de la menor mortalidad infantil y del aumento de la esperanza de vida al nacer.
Según Celton: «A medida que la mortalidad descendía, con mayor intensidad desde 1935 ----
[...] surgió un 'patrón moderno', similar a los países industrializados».
33 En definitiva, existieron cambios en las condiciones de vida de la población que dieron lugar a modificaciones en las problemáticas sanitarias a ser consideradas por los entes públicos.
Vinculado a esto último, en los años treinta se puso en evidencia un aumento sostenido en la demanda de atención sanitaria.
En el caso de cuatro de los hospitales de beneficencia existentes en la ciudad de Córdoba, dos generales y dos para la atención de los enfermos de tuberculosis, el ingreso de enfermos aumentó en un 50% entre 1930 y 1943.
34 Este fenómeno puede atribuirse a diversas causas.
Por un lado, se dieron factores coyunturales como las consecuencias sociales de la crisis económica de comienzo de los años treinta, con sus efectos en el aumento del desempleo y la caída de los ingresos que dificultaron el acceso por medio del mercado a la medicina privada; por otro lado, cambios estructurales como el crecimiento poblacional, el proceso de medicalización, la consolidación de una cultura higiénica 35 y los cambios en las tendencias de los índices de mortalidad, incidieron en el aumento de las solicitudes de atención en los servicios gratuitos de salud.
Como consecuencia de esta demanda ampliada, los hospitales de beneficencia tendieron a gestionar fondos para aumentar sus servicios buscando adecuarse a las necesidades existentes.
Un proceso similar se produjo en el ámbito público, donde la expansión de la atención sanitaria respondió a una demanda en constante crecimiento que colapsaba los servicios existentes.
Ligado a esto, otro de los fenómenos emparentados a los procesos de cambio en la demanda fue el de la ampliación de la categoría del sujeto de atención de la política sanitaria.
En ese sentido, el tradicional destinatario de la beneficencia pública, caracterizado por la indigencia y definido por su invalidez, fue paulatinamente modificado para incluir a todos aquellos cuyas condiciones materiales dificultaban su acceso a la medicina por medio del mercado, en especial, a los trabajadores.
36 Ahora bien, hay otra serie de factores que permiten explicar también los cambios en la orientación de las políticas sanitarias y están relacionados con ----33 Ibid., p.
35 ARMUS, D. y BELMARTINO, S. (2001), Enfermedades, médicos y cultura higiénica.
En CATTARUZZA, A. (dir.), Nueva Historia Argentina.
La construcción de políticas sociales en el interior argentino.
Córdoba (1930-1943), Córdoba, Centro de Estudios Históricos, 120. las modificaciones producidas en el mismo seno de la práctica médica, a partir de cambios en las rutinas, en las formas de diagnóstico y de las terapias.
Al respecto, es necesario destacar las implicancias que tuvo el desarrollo de los avances científicos en la prevención y atención de muchas enfermedades, como la aplicación de nuevos tipos de análisis, la lenta implementación de los mecanismos de asepsia y antisepsia y el desarrollo de una compleja aparatología de diagnóstico y terapia como los rayos X que en esos años se consolidaron como dispositivos terapéuticos y de análisis.
Esto tuvo profundas consecuencias en las mayores expectativas sociales en torno a la eficacia de la medicina y en la consolidación de una estructura de prestación médica centrada en el hospital.
A lo largo de la primera mitad del siglo XX, éste dejó de ser un refugio donde los pobres iban a morir y se convirtió en un espacio preferente de prestación dado el acceso a equipamientos de complejidad y por su capacidad para aglutinar a las nuevas especialidades médicas que se iban estructurando.
37 Estas cuestiones incidieron en la gestación de modificaciones en la cobertura de los servicios desplegados por el Estado, en el formato y en la orientación que adquirieron las políticas sanitarias públicas provinciales.
Otro elemento explicativo de la mayor envergadura que adoptó el CPH dentro del campo sanitario y dentro del aparato estatal fue el accionar desplegado por los funcionarios a cargo del mismo a lo largo de esos años.
En ese sentido, el común denominador de los dirigentes elegidos para desempeñar su presidencia fue el de personalidades con una destacada trayectoria en el campo médico, permitiendo revestir al organismo de un mayor protagonismo público y a sus nuevas propuestas de intervención de una creciente legitimidad basada en sus saberes científicos.
Así, tanto Alejandro Centeno (1930-1931), Francisco de la Torre (1932-1935) como Guillermo Stuckert (1936-1943) constituyeron referentes profesionales en el ámbito cordobés, con una importante inserción universitaria a lo largo de las primeras décadas del siglo en el marco de la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad Nacional de Córdoba.
En lo que hace al primero de ellos, Alejandro Centeno se graduó de médico en 1889, se especializó en Francia y luego volvió a Córdoba pasando a formar parte de la planta docente de la Facultad en diversas cátedras como Patología Interna, Enfermedades Nerviosas, primer profesor titular de Enfermedades Infecciosas, en 1904, y, finalmente, se retiró de la docencia como ----37 Esto último se puso en evidencia en la creciente organización de sociedades profesionales cordobesas como las sociedades de tisiología, medicina interna, pediatría, oftalmología, dermatología, biología, radiología, cirugía y otorrinolaringología. titular de la Cátedra de Clínica Médica.
Decano de la Facultad de Medicina entre 1914 y 1918, propició la creación de una Escuela de Odontología, del Instituto Antirrábico y la implantación de las cátedras libres.
En el campo médico recibió importantes reconocimientos como miembro de la Academia Nacional de Medicina -1932-y del comité académico de la revista médica del Círculo Médico de Córdoba, institución a la cual pertenecía.
38 Además, como representante de una de las familias más tradicionales de Córdoba formó parte de la vida pública y social de la provincia en forma constante a lo largo del período de entre siglos.
En su foja de servicios también constó la dirección de hospitales y reparticiones sanitarias públicas como la Asistencia Pública de la ciudad de Córdoba.
En ese sentido, constituyó un profesional con una larga trayectoria pública, contando con un importante capital académico, social y político.
El sucesor de Centeno en el cargo de presidente del CPH durante la administración demócrata (1932-1935) fue Francisco de la Torre, un dirigente con menos antecedentes que Centeno pero igualmente bien posicionado en el ámbito académico y profesional de la provincia.
El mismo se había recibido en 1906 en la ciudad de Buenos Aires.
Entre 1914-1918 fue jefe de servicios de niños del Hospital Rawson en Buenos Aires y llegó a Córdoba en 1918 para desempeñarse como titular de Materia Médica y Terapéutica de la Facultad de Medicina de la Universidad local.
A semejanza con Centeno ocupó cargos dirigentes en la Universidad, en 1919 fue nombrado consejero y vicedecano de la Facultad de Medicina, pero renunció en 1920, y en 1921 fue nombrado rector de la Universidad dejando el cargo en 1923.
Ese mismo año fue representante del gobierno de Córdoba como delegado al Congreso Panamericano del Niño celebrado en Montevideo y, además, dirigió uno de los dispensarios de lactantes que existían en la ciudad capital.
El siguiente presidente del CPH sería un profesional y dirigente político y universitario de trascendencia.
Profesor titular de Química Biológica de la Escuela de Medicina (1919-1946), en 1922 se lo nombró titular de la misma materia en la Universidad del Litoral y en Química Inorgánica en la Escuela de Farmacia (1924-1946), además, estuvo a cargo del Instituto de Química Orgánica de la Universidad de Córdoba.
Stuckert también fue un docente e investigador destacado, socio del Círculo ----Médico y socio fundador de la Sociedad de Biología de Córdoba (1934), fue el descubridor de la alfa-fagarina, alcaloide de acción específica sobre la fibrilación del corazón.
39 En definitiva, los tres presidentes del organismo que hemos reseñado tuvieron un perfil similar, una activa vida académica en la docencia universitaria, una constante práctica médica en establecimientos hospitalarios de la ciudad capital y una intensa vida política, en los tres casos dentro del espacio universitario, ocupando a los largo de más de tres décadas los máximos cargos políticos de esa institución.
Finalmente, en lo que hace a Centeno y a Stuckert a través de una vida política comprometida activamente a través no sólo de la función pública como presidentes del CPH, sino también a través de importantes cargos representativos en sus respectivos partidos.
Por tanto, los tres presidentes constituyeron nexos privilegiados entre la práctica médica, la formación académica y la labor pública.
Podemos señalar entonces que una de las características de estos tres técnicos-políticos fue su alternancia entre espacios de producción de conocimiento social y de políticas sociales.
40 En los tres casos su significativa trayectoria universitaria permite suponer que su posicionamiento en el ámbito público fue el resultado del prestigio y la legitimidad acumulados a partir de su labor docente, una estrecha relación entre el saber y el poder donde su participación del aparato estatal constituyó una transferencia de sus acreditaciones académicas.
Como consecuencia de ello, los saberes adquiridos por estos funcionarios permitieron revestir al CPH de una mayor jerarquía institucional, potenciando los proyectos presentados, revistiendo de legitimidad científica las demandas de recursos y favoreciendo el acceso a los aparatos públicos de las innovaciones médicas.
No obstante, como muestran los casos de Centeno y Stuckert, para acceder a las máximas jerarquías del aparato estatal no eran suficientes sus acreditaciones universitarias sino una larga trayectoria en los círculos partidarios.
Entonces, las identificaciones políticas fueron una condición necesaria aunque no suficiente para acceder a la dirección del aparato estatal.
----39 AAVV (1955), Quien es quien en la Argentina: Biografías contemporáneas, Buenos Aires, G. Kraft ltda., p.
Finalmente, un último elemento que parece necesario revisar es el relativo a lo que podemos denominar como un clima de época favorable al intervencionismo y que dio sustento a la mayor participación estatal en el campo de la salud.
En ese sentido, las experiencias de intervencionismo que se desplegaron a nivel mundial como respuestas a la crisis económica de comienzos de los años treinta, generaron un fuerte consenso entre los contemporáneos sobre la necesaria participación estatal en la regulación económica y social.
En el contexto cordobés, a partir de 1933 y 1934 incluso sectores más bien liberales articularon discursos donde se reconocía la necesaria intervención del Estado.
Es dentro de ese universo conceptual donde la ampliación de la participación estatal en el campo sanitario debe ser entendida, dando legitimidad a la creciente intromisión estatal en esferas consideradas anteriormente como ajenas a sus funciones.
Esas modificaciones se interrelacionaron a su vez con la difusión de discursos sobre la salud/enfermedad que circularon con profusión durante esos años e hicieron de la intervención sanitaria un accionar privilegiado en pos del progreso social.
Las investigaciones realizadas han puesto en evidencia cómo a lo largo de las primeras décadas del siglo XX se produjo un desplazamiento conceptual en la definición de los procesos de salud/enfermedad, desde perspectivas definidas en términos liberales y que asumían las enfermedades como resultado de conductas individuales, hacia una mirada social de la salud, pensada como producto de condiciones materiales adversas y factibles de ser neutralizadas mediante el accionar público.
En ese contexto el interés por la preservación del «capital humano», entendido por las condiciones óptimas de la población en procura de asegurar el progreso de la sociedad, constituyó la piedra angular alrededor de la cual se articularon las propuestas tendientes a mejorar los servicios asistenciales de salud.
En un mensaje uno de los gobernadores del período, el Dr. Amadeo Sabattini, señaló: «el derecho y la moral contemporáneos, al fundamentar por encima de todo el derecho a la vida, ha creado a los Estados el deber consiguiente de asegurar su desarrollo dentro de las mejores condiciones, no sólo en bien del individuo, sino como un imperativo social para la supervivencia del conglomerado humano y para su supervivencia en el futuro.»41
Implicadas en estos cambios tendrían marcada incidencia las perspectivas eugénicas que justificaban la intervención estatal con la meta de modificar las condiciones sanitarias de la sociedad.
En ese sentido, los debates sobre la cantidad y la calidad de la población tuvieron una marcada trascendencia en ----el ámbito público provincial y nacional.
42 Incluso, el caso cordobés fue una de las expresiones más importantes del impacto de la eugenesia en las políticas públicas en la Argentina de entreguerras, a través de la implantación simultánea de mecanismos voluntarios y coercitivos de mejoramiento racial.
En ese sentido, a diferencia del contexto nacional, en los años treinta el gobierno provincial crearía en procura de contrarrestar los efectos de las enfermedades venéreas, un dispositivo de aislamiento y reclusión compulsiva de las prostitutas en pos de su «curación», el Sanatorio de Previsión Social.
43 De todos modos, el mayor impacto de las perspectivas eugénicas se puso en evidencia en la fundamentación de políticas sanitarias de carácter inclusivo centradas en la infancia, como el desarrollo de la Puericultura en el ámbito de las Gotas de Leche, con la instrucción de las madres sobre el mejor modo de cuidar a sus pequeños, y en el ámbito educativo a través de la selección y el posterior tratamiento alimenticio, médico y físico de los denominados «niños débiles».
Finalmente, podemos aseverar que en términos más amplios la eugenesia funcionó en el contexto local como un discurso legitimador más bien difuso de las innovaciones en política sanitaria, dado que permitió un consenso común entre los distintos conjuntos políticos alrededor de la idea que la salud de un pueblo era su capital más importante.
Ahora bien, durante esos años el progreso, el crecimiento y el fortalecimiento de la nación fueron núcleos argumentales que sustentaron las innovaciones institucionales en el campo de la salud pública, sin embargo, esos tópicos también establecieron límites a la mayor participación estatal en el campo sanitario.
Eso se expresó en las decisiones políticas respecto a la distribución de los recursos públicos y en el escaso protagonismo presupuestario del área de salud.
Como hemos señalado anteriormente, la salud en el esquema público provincial adquirió una escasa relevancia presupuestaria.
La salud era relegada y los funcionarios a cargo del área se mostraron contrariados con esta política.
Pero para explicar esto es necesario situarse en el contexto en el que vivían ----42 Para seguir la discusión historiográfica actual sobre la incidencia de la eugenesia en las políticas públicas en la Argentina, ver: MIRANDA M. A. ( 2003), La antorcha de cupido: eugenesia, biotipología y eugamia en Argentina, 1930-1970, Asclepio, vol. LV, 2, 231-255; DI LISCIA M. S. (2008), Reflexiones sobre la «Nueva Historia Social» de la salud y la enfermedad en Argentina, CARBONETTI A. y GONZÁLEZ-LEANDRI R. (ed.), Historias de salud y enfermedad en América latina siglos XIX y XX, CEA-CONICET, Córdoba, 15-47.
43 RIMONDA, N. D. ( 2008), Tecnologías de control social en defensa de la salud pública.
La prostitución en la ciudad de Córdoba entre 1936-1954, Trabajo Final de Licenciatura en Historia, Universidad Nacional de Córdoba, Inédito. los contemporáneos en el interior del país, en donde si la salud de la población constituía un pilar para el progreso social y económico, no por ello era el único, el más eficaz o el políticamente más redituable.
En cambio, para la dirigencia política la seguridad, la educación y las obras públicas fueron políticas más estrechamente vinculadas con la generación del progreso económico y social del territorio, a través de la preservación de la propiedad privada urbana y rural, la puesta en valor de nuevas tierras para la agricultura a través del riego, la formación de los futuros ciudadanos y el mejoramiento de las vías de comunicación y de transporte.
La salud constituía un elemento más de las políticas públicas que aseguraban el crecimiento económico y el progreso político, pero no el más importante.
Eso explica el porqué si bien existieron cambios y rupturas respecto al lugar que ocuparon las políticas sanitarias, existieron a su vez permanencias, como la falta de recursos humanos y materiales a disposición del CPH, escasez de infraestructura sanitaria en vastos espacios y en algunos casos imprevisión en la atención de algunas afecciones infectocontagiosas.
A MODO DE CONCLUSIÓN El propósito inicial de este trabajo fue el de poner en evidencia trayectorias diferentes en la estructuración de las políticas sanitarias en la Argentina que permitieran complejizar el proceso de construcción del Estado interventor en el país.
Para ello nos abocamos a analizar el aparato sectorial dedicado a la atención de las políticas sanitarias de una provincia del interior del país, Córdoba, identificando los cambios y continuidades que se produjeron en los años treinta en su infraestructura y en la orientación de sus intervenciones sanitarias.
En torno a ese problema pudimos constatar cómo a partir de mediados de los años veinte y más claramente en los treinta, se produjeron modificaciones institucionales en los aparatos públicos provinciales que implicaron su desplazamiento desde una perspectiva liberal y defensiva de la salud hacia una perspectiva social y asistencial/preventiva, que modificó los mecanismos y los alcances de la intervención estatal en las condiciones sanitarias de la población.
Estos procesos se expresaron en la extensión de los servicios médicos públicos, el desplazamiento de la preocupación por la salubridad urbana, por la atención asistencial de las zonas rurales, la consolidación de políticas de prevención y la construcción paulatina de nuevas capacidades para los aparatos estatales tendientes a permitir una mayor autonomía de acción y una más amplia penetración del territorio.
Para comienzos de los años cuarenta estos procesos modificarían la participación de las estructuras estatales provinciales en el campo de la salud, desplazándolas desde una actitud liberal, característica de las primeras décadas del siglo XX, hacia un mayor protagonismo que implicaría la ampliación de sus intervenciones y la modificación de sus objetivos y orientaciones.
En la base de estos procesos se entrecruzaron una serie compleja de causas.
Primero, cambios en las condiciones materiales de la población y en sus demandas de salud, que impactaron en el interés político por ampliar la infraestructura gratuita al alcance de los sectores de menores ingresos, en especial, en las zonas con escasa disponibilidad de acceso a la prestación de atención médica.
Un segundo elemento causal fueron las innovaciones en las prácticas médicas que renovaron la prestación de los servicios sanitarios, tales como el creciente proceso especialización y la aplicación de novedades científicas y tecnológicas en el diagnóstico y las terapias.
Asimismo, el mayor protagonismo estatal en el campo de la salud fue en parte el resultado de los dirigentes que se integraron a la burocracia estatal en esos años.
En ese sentido, los funcionarios sanitarios a cargo del aparato estatal se destacaron por su extensa trayectoria docente y política en el ámbito universitario, experiencia que cimentó su prestigio personal y el de sus saberes adquiridos, generando una mayor jerarquía de las reparticiones de salud dentro del organigrama público y su mayor capacidad para potenciar a la salud en la agenda política.
Finalmente, un último fenómeno vinculado a los anteriores es el de la consolidación de modificaciones en los marcos conceptuales de los sectores dirigentes a través de los cuales se pensaba el problema de la salud, las políticas sociales y el Estado.
La conformación de un consenso favorable a la intervención estatal en la salud fue el resultado de diferentes discursos que circulaban en esos años sobre el valor del capital humano/trabajador, las teorías eugénicas extensamente aceptadas en las discusiones políticas del momento y las perspectivas reformistas de la «cuestión social» arraigadas en el ámbito local entre liberales, progresistas y conservadores. |
El presente artículo analiza el proceso de medicalización del suicidio en España en el siglo XIX.
Describe el paso de la concepción del suicidio como acto libre del sujeto a una conducta patológica susceptible de tratamiento por parte de la Medicina Mental.
Frente a este nuevo modelo, otras posiciones conservadoras provenientes de la Medicina y el Derecho siguieron defendiendo el esquema tradicional.
El interés inicial de los médicos mentalistas por los aspectos sociales del suicidio se fue desarrollando durante este período.
El hecho social que se invocó con más frecuencia fue la pérdida de ideas religiosas, lo que era comprensible teniendo en consideración
La historiografía del suicidio explica cómo en el siglo XIX se consolidó un proceso de transición en su concepción, desde la visión teocrática que criminalizaba las conductas autodestructivas hasta un modelo científico-médico de esta conducta.
Para justificar este proceso de transición, se ha apelado a factores de tipo profesional, social y teórico.
El posicionamiento de distintos colectivos profesionales respecto al suicidio tuvo gran influencia en su proceso de medicalización.
En Inglaterra, M. McDonald estudia cómo los tribunales de justicia participaron en el cambio de concepción en la conducta estudiada durante el siglo XVIII.
El embargo de los bienes del difunto, la consecuencia legal que en aquel momento histórico suponía el suicidio, sufría una oposición social cada vez más intensa.
Ello llevó a un espectacular incremento de los fallos judiciales en que se consideraba al difunto víctima de una enfermedad mental y libre de pena, lo que contribuyó a la transición del concepto del suicidio como un acto libre a una enfermedad mental 1.
Para el caso de Francia, J. Goldstein pone como causa principal del cambio conceptual del suicidio a la consolidación de la especialidad psiquiátrica.
Describe la autora cómo la nueva especialidad buscó la forma de legitimarse socialmente a través de distintos medios: la influencia como peritos en los juicios criminales, la capacidad de estructurar «científicamente» los fenómenos mentales mediante clasificaciones, sustituir el cuidado espiritual antes concedido por la iglesia por una atención médica populista y, en el caso del suicidio, cambiar uno de los pecados castigados socialmente por una enfermedad mental sin implicaciones morales 2.
Un lugar común en la literatura médica de la época era relacionar los cambios sociales y políticos con el aumento de los casos de suicidio.
Así, la transición del Antiguo Régimen a la nueva sociedad burguesa y liberal se consi-----1 MC.
deró la causante de nuevos males, en los que el suicidio ocupó un lugar preeminente.
Entre los cambios más llamativos relacionados con la conducta autodestructiva estuvo el proceso de secularización de la sociedad, que supuso un enfrentamiento de la burguesía liberal con las fuerzas políticas conservadoras y con la Iglesia.
Para el caso de Francia, J. McManners señala la gran importancia que tuvo la crítica constante por parte del poder eclesiástico a la ola de seglarismo que se estaba viviendo en Europa durante el siglo XVIII y que recurría al supuesto incremento de las tasas de suicidio como una de las señales más evidentes de este proceso.
Ante las críticas, las fuerzas liberales empezaron a sostener la noción de que el suicidio se trataba de una enfermedad mental para defenderse ante las críticas constantes que sugerían que el suicidio era una consecuencia social más de la ideología ilustrada3.
Una de las visiones más difundidas sobre la razón que llevó al desarrollo y consolidación del proceso de medicalización del suicidio está relacionada con el papel conferido a la psiquiatría por las nuevas fuerzas sociales para actuar coercitivamente sobre los grupos que supusieran un peligro al orden burgués.
En este sentido, Z. Cahn sugiere que el cambio conceptual del suicidio estuvo ligado a la aparición del movimiento romántico.
Dado que la característica más señalada de este movimiento fue la apología del individualismo y la libertad, de la que el suicidio fue la muestra más característica, recibió por parte de la clase médica y otros grupos sociales una respuesta conservadora, en la que se consideraba esta visión como subversiva y, secundariamente, enfermiza 4.
Lieberman comparte de esta visión.
De acuerdo con el modelo propuesto por Foucault, la psiquiatría participó en el proceso de control social en la transición del Antiguo Régimen a la sociedad moderna, en la medida en que convergieron sus intereses profesionales y los de la nueva clase dominante, la burguesía.
Los frenópatas extendieron la idea de la existencia de una epidemia suicida causada por la conmoción debida a los cambios políticos y sociales, que eran distintos a los valores tradicionales de la Iglesia Católica 5.
En el siglo XIX hubo un intenso debate psiquiátrico sobre la naturaleza del suicidio apoyado en un nuevo modelo de individuo.
Las nuevas corrientes románticas, espiritualistas e idealistas concibieron un nuevo modelo de sujeto ----que propiciaba la introspección y la reflexividad.
Esto implicó un cambio en la concepción de la conducta humana y llevó a establecer cambios en los modelos y tratamientos psiquiátricos 6.
Hubo un intento de aproximación naturalista y científico al comportamiento humano, que apartó definitivamente al hombre de los modelos teológicos y metafísicos y lo consideró susceptible de estudio científico mediante la observación.
Este nuevo yo reflexivo fue conceptualizado, de acuerdo con el esquema tomado de la Ilustración, en base a su oposición a la influencia patógena de las pasiones exacerbadas, que ponían en peligro permanente al individuo que surgió de esta sociedad en transición 7.
En la segunda parte del siglo XIX hubo un proceso de modificación de este esquema de persona y se fue definiendo un modelo somaticista y mecánico de sujeto 8, lo que influyó notablemente en la consideración del suicidio por parte de la medicina mental de la época.
La medicalización del suicidio exigía un desarrollo teórico y una nosología que permitiese definirlo como enfermedad mental, de la misma forma que sucedía con otras conductas socialmente inaceptables 9.
Este cuerpo teórico se desarrolló fundamentalmente en Francia, aunque hubo aportaciones desde otros países como Inglaterra, en que autores como Prichard y Maudsley tuvieron un importante papel en la definición médica de los trastornos de la voluntad 10.
En una reciente revisión sobre el tema, R. Healy considera que para entender históricamente el suicidio se requiere su estudio en cada uno de los países europeos y llama la atención sobre la ausencia de estudios sobre los países de Europa del Sur, entre los que se encuentra España 11.
En su estudio sobre la historiografía española, Lázaro y Bujosa señalan la ausencia de estudios con----- ceptuales sobre el tema 12.
Este trabajo es una aportación en este hueco historiográfico y trata de analizar el proceso de la medicalización del suicidio en la España del siglo XIX.
EL SUICIDIO COMO PROBLEMA DE CONDUCTA NO PSIQUIÁTRICO Uno de los debates más importantes sobre el suicidio en la literatura psiquiátrica del siglo XIX fue si debía ser considerado como una enfermedad mental o como el acto voluntario de un individuo mentalmente sano.
Para G. Berrios y M. Mohanna, sobre 1880 triunfó en Francia la «Standard view», según la cual el suicidio a veces es consecuencia de la enfermedad mental y a veces no lo es 13.
Estos autores cuestionan la concepción tradicional que vinculaba el pensamiento de Esquirol a un modelo organicista que consideraba la conducta suicida en último término como consecuencia de una patología cerebral.
Si bien entendemos como ciertas dichas consideraciones, lo cierto es que el modelo propuesto por Esquirol para conceptualizar el suicidio se aproxima antes al organicismo que a una visión en la que el libre albedrío del sujeto sea aceptada 14.
Un modelo alternativo vino propuesto por la postura de Brierre de Boismont, cuyo libro «Du suicide et de la folie suicide» tuvo un gran predicamento en España, fundamentalmente entre los psiquiatras de orientación espiritualista que desarrollaron su trabajo en el segundo tercio del siglo XIX.
Aunque Pedro Mata consideraba que fue el autor que logró el triunfo de la «Standard View» 15, su obra se ligó a una crítica de la visión del suicidio como enfermedad mental y fue una de las autoridades más frecuentemente citadas en referencia al tema.
Aunque su libro no fue traducido, hubo comentarios en la ----12 LÁZARO, J; BUJOSA, F (2000) Historiografía de la psiquiatría española.
14 Esquirol escribe en su Tratado: «Puesto que el suicidio es casi siempre una enfermedad no debe ser castigado, la ley no impone penas sino a los que comenten actos en plena razón.
Creo haber demostrado que el hombre no atenta contra sus días sino cuando está delirante y que los suicidas son enagenados».
ESQUIROL, J.E. (1857), Tratado completo de las enagenaciones mentales consideradas bajo su aspecto médico, higiénico y médico-legal,.
De Gómez Fuentenebro, Tomo I, p.
482. literatura médica referenciando las reediciones francesas 16 y se tradujo un trabajo del autor acerca de esta materia 17.
Brierre de Boismont creía que sostener que el suicidio era siempre un síntoma de locura implicaba negar la importancia en la conducta de las ideas y de las creencias.
Interpretaba la tendencia de algunos frenópatas a considerar que el suicidio era siempre consecuencia de la locura como un sesgo profesional, ya que su práctica les obligaba a valorar enfermos mentales y no personas sanas, y alertaba contra la tendencia a considerar al ser humano como un grupo uniforme, sin importantes diferencias individuales 18.
En su análisis sobre el «fastidio de vivir», consideraba que se trata de un problema emocional complejo, relacionado tanto con los cambios sociales (cambios políticos, secularización) como con el nuevo modelo de sujeto, que ejemplificaba el Werther de Goethe.
Para Brierre de Boismont este personaje se caracteriza por: su imaginación desenfrenada 19, sus deseos hacia un objeto desconocido y por su actitud más centrada en la reflexión que en la acción 20.
Por otro lado, la hipertrofia de un yo más volcado a la reflexión, al pensamiento y a la búsqueda de la satisfacción que a actuar un ideario social establecido se ligaba al movimiento romántico, que se consideró ideológicamente peligroso.
Estos factores, para Brierre de Boismont, no radicaban en una alteración del juicio de base somática, sino en una desviación del carácter condicionada por el libre albedrío del sujeto, que se decide por tomar una dirección vital equivocada.
De hecho, aunque aceptaba los casos de locura entre los suicidas, concluye su trabajo afirmando que «el disgusto de la vida es frecuentemente una causa de suicidio sin que haya síntomas de enajenación mental» 21.
---- 19 La imaginación fue considerada por el pensamiento ilustrado como una de las facultades más importantes, con la razón y la memoria.
Se consideró que era, a su vez, la más peligrosa, en cuanto su carácter subjetivo le hacía ser fuente de errores y enfermedades, tanto a nivel psíquico como físico.
En la medicina mental española del siglo XIX se recogió esa tendencia, de modo que los médicos que se planteaban los factores ligados a la causalidad de la enfermedad mental consideraban este factor como importante y, desde el higienismo, se planteaban medidas sociales para limitar el alcance de esta facultad.
Ver: NOVELLA, E. (2010), La higiene del yo: Ciencia médica y subjetividad burguesa en la España del siglo XIX.
En la medicina mental española del segundo tercio del siglo XIX pervivían activos los autores espiritualistas, que vieron con recelo los primeros intentos de incorporación de la medicina mental europea, fundamentalmente en lo que coresponde a los modelos cercanos al materialismo.
De la misma forma que en Francia, pero con mucha mayor virulencia, hubo una agria polémica entre estos y los autores materialistas 22.
Independientemente de que ambos modelos teóricos aceptaban la existencia de un sustrato orgánico en la locura, sus planteamientos ideológicos estaban claramente diferenciados, en la medida en que los espiritualistas consideraban que la realidad psíquica era independiente de las propiedades materiales del cuerpo y no podía comprenderse su funcionamiento simplemente mediante el estudio de la fisiología.
El materialismo se relacionó con el progresismo y el liberalismo y se reivindicó como una amenaza al estado social durante todo el siglo 23.
Los autores espiritualistas aceptaban un modelo dualista del psiquismo humano, lo que permitía compatibilizar el modelo de sujeto con la idea de libre albedrío propuesta por el dogma católico.
Hemos de recordar que el peso de la Iglesia Católica en la vida social y política española fue enorme y tuvo un gran peso en el desarrollo de diversas áreas de la ciencia en nuestro país durante todo el siglo.
Fueron conocidos los virulentos debates en foros académicos y públicos entre los defensores del catolicismo conservador y los introductores de las nuevas ideas científicas que fueron consideradas peligrosas ideológicamente desde la Iglesia.
Los primeros adoptaron una posición cada vez más defensiva y hostil hacia los planteamientos filosóficos materialistas y hacia la introducción de modelos científicos que pudieran cuestionar el dogma católico en distintas ramas de la ciencia, como las nuevas doctrinas evolucionistas 24.
Para los psiquiatras de orientación espiritualista en España, la defensa del libre albedrío fue un punto ideológico fundamental.
En el caso del suicidio, un acto calificado por la Iglesia como pecado mortal, la defensa de un modelo dualista que no considerase un determinismo orgánico en la conducta del paciente era esencial.
Este modelo estaba condicionado por el esquema voluntarista de Maine de Biran, según el cual la salud mental dependería de un equilibrio de fuerzas entre la voluntad libre del ser humano, conocida como «interioridad», frente a las fuerzas orgánicas, ligadas al elemento pasional.
23 Sobre la relación entre ciencia positivista y liberalismo ver: NUÑEZ, D (1975), La mentalidad positivista en España: desarrollo y crisis.
Aunque ambas fuerzas interaccionaban no lo hacían recíprocamente y tanto el yo voluntario como el libre albedrío no estaban plenamente condicionados por lo físico 25.
Para Maine de Biran, la locura se definía por la pérdida de la libertad y de la conciencia del yo, fenómenos que no ocurrían sistemáticamente en el caso del suicida, siguiendo el esquema ya visto en Brierre de Boismont.
De acuerdo con este planteamiento, Joaquín Quintana publicó una ponencia en el Primer Congreso Español de Medicina, donde exponía un punto de vista psicologicista de la enfermedad mental.
Negaba que las pasiones fuesen una función meramente orgánica y definía la monomanía de forma coherente con el modelo espiritualista: «fenómeno psicológico, acompañado de representaciones pasionales anormales, que determinan anormalmente las afirmaciones de conciencia en una dirección especial» 26.
F. Castellví y Pallarés hacía suyo este pensamiento reconociendo en el hombre un «principio de unidad inmaterial, espiritual, dotado de facultades propias que no son del organismo» y caracterizado por la conciencia del yo, que recibe impresiones del cerebro aunque depende de sí mismo para pensar 27.
En su Memoria sobre el Suicidio, si bien al hablar de los suicidas que ejecutan el acto de forma aparentemente libre afirmaba la probable existencia en cada caso de «una pasión que, sorda y lentamente, haya sobreexcitado su cerebro produciendo una monomanía», acababa por desviarse del criterio unitario y aceptaba un modelo que relacionaba con Descuret: «casi todos los que atentan contra sí hay monomanía suicida; pero que no deja de haber personas que se maten en la plenitud de la razón» 28.
J.B. Descuret, fue un autor de gran influencia en España.
Médico y doctor en Letras, mostraba un modelo de individuo bien definido, en el que las pasiones, enfermizas por naturaleza, han de ser dominadas en todo momento por una razón sólida capaz de someter las fuerzas de nuestra naturaleza interna.
En su libro, La medicina de las pasiones 29, entre las múltiples consecuencias enfermizas del descarrío pasional señalaba al suicidio, al que definía como ----«triple atentado contra la moral, contra Dios y contra sí mismo» 30.
Consideraba el acto como consecuencia de un «delirio de las pasiones» 31 y hablaba de estado mórbido, aunque consideraba que el suicida conservaba su capacidad de decisión.
Este modelo de Descuret, aplicado a la conducta suicida, tuvo un notable éxito entre autores de orientación espiritualista.
V. Moreno y López citaba a Descuret, señalando que las pasiones no estaban relacionadas con el alma ni con el cuerpo, sino que serían «independientes de la materia a que resisten», aceptando un dualismo psíquico 32.
Los autores espiritualistas fueron perdiendo predicamento en la medicina mental española a partir de la segunda mitad del siglo XIX.
Sin embargo, en determinados colectivos siguió manteniéndose el modelo de conducta suicida como un acto libre del sujeto no ligado a la enfermedad mental.
Desde el Derecho, hubo una actitud inicialmente reacia a aceptar la medicalización de conductas socialmente inaceptables que, hasta el siglo XIX, habían estado determinadas por la competencia de jueces y abogados.
Sin embargo, en Francia hubo a partir de la tercera década del siglo una significativa aproximación entre jueces y frenópatas, en la medida en que se fueron aceptando en los tribunales diagnósticos de monomanía 33.
Pero hubo importantes reticencias como la defendida por Elias Regnault, un autor frecuentemente citado en España, que fue uno de los legistas opuestos al diagnóstico de monomanía.
En un libro sobre esta enfermedad consideraba el suicidio como la más alta expresión de la libertad humana.
Distinguía al hombre del animal en cuanto podía recurrir al suicidio: «el animal pasivo no puede responder a las torturas de la enfermedad más que una planta» 34.
Esta visión de individuo libre fue aceptada por un gran número de legistas que escribieron sobre el suicidio en España.
(1857) La medicina de las pasiones o las pasiones consideradas con respecto a las enfermedades, a las leyes y a la religión.
Barcelona, Imprenta Pablo Riera (2a edición) original de 1841, p.
31 Aquí hemos de recordar lo ambiguo del término «délire» en la psiquiatría francesa, que no se puede identificar con la definición del término delirio en los términos en que lo conocemos ahora, sino que hay que entenderlo como un acto pasional que no está estrictamente fuera del control voluntario, aunque lo debilita.
32 MORENO Y LÓPEZ, V. (1864) ¿Cuáles son los caracteres diferenciales de la monomanía y la pasión?.
La legislación española que seguía vigente durante el XIX fue la ley 15, título XXI, libro 12 de la Novísima Recopilación, que ordenaba que los bienes del suicida fueran incautados.
Sin embargo, no se aplicaba sistemáticamente porque estaba aceptado por los Tribunales lo injusto de esta ley 35.
Aunque el papel en las sentencias fue nulo, la reticencia por parte de abogados y de determinados médicos legales a aceptar el diagnóstico de monomanía suicida fue significativa y estaba relacionada con la adscripción a los modelos conservadores que consideraban algo escandaloso aceptar que el suicidio podía ser un acto sin connotaciones morales peyorativas.
Aquellos que consideraban al suicidio un acto de locura defendían mantener fuera cualquier medida legal coercitiva.
Sin embargo, desde el campo del Derecho y de la Medicina Legal más conservadora se propusieron cambios legislativos para frenar una conducta considerada como un peligro social desde el punto de vista moral.
R. Ferrer y Garcés, catedrático de Medicina Legal de la Universidad de Barcelona, defendía la imposibilidad de considerar que todo acto suicida era consecuencia de un estado de enfermedad y lo consideraba un subterfugio para impedir la estigmatización de aquel que había cometido este acto.
Además, proponía retomar medidas punitivas para frenar estos comportamientos: «podría afectar la buena memoria del suicida, cubriéndola de una mancha de infamia; y esto tal vez sería suficiente para contener el brazo que había armado la desesperación u otra causa igualmente lamentable» 36.
F. Álvarez Arenas, juez de Primera Instancia, exponía en su libro la actitud de varios jueces respecto al tema.
Si otro jurisconsulto, Salas, rechazaba la condena del acto suicida porque de él no se derivaba un mal para el individuo y el juez Pacheco lo consideraba consecuencia de un acto de enajenación, este autor mostraba su queja de que «ya tenemos al jurisconsulto español participando enteramente de las ideas de los filósofos que atribuyen el suicidio a la demencia» 37 y pensaba que se trataba, simplemente, de una invención para defender el suicidio.
También proponía retomar la práctica de la infamia pública sobre el cuerpo del suicida y así volver a aplicar la ley 15, ya citada.
Incluso ya en el principio del siglo XX un jurista, Sicars y Salvadó considera----- ba que el Código Penal de 1870 no hubiese reformado la legislación frente al suicidio suponía que «los legisladores españoles se han visto envueltos en las ideas que dominan en nuestros días y no parece sino que nos avergonzamos de seguir las tendencias de determinados filósofos» 38.
Y aunque reconocía la postura de destacados juristas en contra, proponía volver a las medidas judiciales del Antiguo Régimen ya citadas, incluso el castigo del cadáver del suicida.
De la misma forma, los médicos de orientación católica y conservadora, aunque no dedicados a la medicina mental, se opusieron a la medicalización del suicidio y mantuvieron la idea católica sobre la libertad individual del sujeto que comete este acto.
En su tesina doctoral, E. Gaspar hablaba de la importancia de combatir al suicidio y del hecho que «nuestra Santa madre la Iglesia Católica anatemiza justamente el suicidio como acto de rebelión contra la voluntad divina» 39.
En una revista de orientación católica, aunque empezaba aceptando que el suicidio podía ser una manifestación de conducta consecuencia de una disfunción cerebral, Carbonell y Solés defendía la libertad moral basada en los principios católicos y creía que el acto suicida es consecuencia de una falta de principios morales de base religiosa, que degeneran en un estado enfermizo aunque prima la libertad del sujeto en el acto.
40 EL SUICIDIO COMO ENFERMEDAD MENTAL Desde las primeras décadas del siglo XIX hubo autores que definieron al suicidio desde el punto de vista médico.
La tendencia por parte de autores de orientación liberal a medicalizar las conductas que tradicionalmente habían sido definidas desde el prisma filosófico, moral o legal fue progresiva pero constante, y resultaba enormemente tentador hacerlo en un área tan controvertida.
En un artículo anónimo el autor consideraba que «son muy pocas las excepciones de la regla que considera al suicidio como el resultado de una demencia o locura»; «o como el efecto de aquellas pasiones vivas, violentas y casi irresistibles que no pueden menos de ocasionar un trastorno intelectual» 41.
En su obra Elementos de Medicina y Cirugía, P. Peiró y J. Rodrigo, ---- en relación al suicidio, se felicitaban de la falta de medidas legales frente al suicida, dado que era un trastorno mental: «el suicidio no tiene, pues, ningún objeto real; no tiene más otro que es ilusorio» «Hemos probado que era el resultado de una enfermedad.
Esta acción carece pues de libertad y no puede ser efecto de la voluntad de un hombre sensato» 42.
R. Nadal y Lacaba también consideraba que el suicidio era un signo inequívoco de enfermedad mental.
Para este autor, «en los diferentes modos de quitarse el hombre su preciosa existencia no hay ni fuerza, ni debilidad, ni valor ni cobardía; solamente sí domina en la constitución física una afección crónica o aguda, que no deja de distinguirse por los fenómenos morales o físicos que anteceden» 43.
Ilustrativo de este paradigma fue una reunión que tuvo lugar en el Instituto Médico Valenciano, donde se concluyó que «el suicidio, entre los que profesan la religión cristiana, es necesariamente una monomanía» 44.
Uno de los modelos materialistas más representativos en la primera mitad del siglo XIX fue el movimiento frenológico.
Esta corriente teórica consideraba que el cerebro es un conjunto de órganos que contribuyen a la función global del psiquismo y la irritación de cada una de sus partes daría lugar a una manifestación conductual diferente.
En el caso del suicidio, la frenología definió un modelo organicista y mecánico de esta conducta.
Pers y Ramona pensaba que la causa del suicidio se debía a un trastorno debido a un escaso desarrollo del órgano cerebral de la conservatividad y muy pronunciado del órgano de la destructividad 45.
De la misma opinión era Cubí y Soler, que defendía que este rasgo se unía a las alteraciones en la circunspección, la tendencia a la autoprotección, que aparece en el área posterolateral de la cabeza y, si estaba deformada, aumentaba la tendencia al suicidio 46.
Pedro Mata, catedrático de Medicina Legal, fue uno de los médicos más importantes del período.
Dentro de su amplio campo de actividades prestó un notable interés a la medicina mental.
Estuvo muy influido por la doctrina frenológica y reconoció su inspiración en la obra de Esquirol, del que tomó ----tanto su esquema nosológico como su orientación organicista.
Así, fue uno de los introductores del concepto de monomanía en España, que defendía para explicar conductas anómalas como «locuras de amor, ambición, de fanatismo religioso, político, de persecución, de homicidio, suicidio, etc» 47.
Fue constantemente acusado de materialismo y ateísmo por círculos católicos radicales y respondió a las críticas con un libro, donde hacía referencia al problema del suicidio 48.
Describía al sujeto que sufría este trastorno como víctima de pasiones enfermizas, en lo que denominaba «delirio del instinto», ajustándose al concepto de monomanía instintiva de Esquirol 49: «hay sujetos que luchan largos años contra su tendencia al suicidio»; «mas son manzanas que aunque bellas al exterior llevan dentro un gusano que las devora» 50, en una referencia inequívoca al carácter endógeno e involuntario de su origen.
Incluía al suicidio entre las distintas modalidades de trastornos de comportamiento que merecían la categoría de locura monomaníaca y hacía una alusión al famoso caso de Juana Sagrera 51 como queja de la falta de reconocimiento social de este nuevo diagnóstico de locura que pugnaba por validarse en los tribunales 52.
En su Tratado de Medicina Legal mantenía una postura ambivalente con respecto a la consideración del suicidio como enfermedad mental.
Si bien defendía inicialmente la «Standard view», por otro lado comentaba que «el instinto de la propia conservación es muy poderoso en el hombre; y obrar contra su ten-----47 MATA, P. (1858), Tratado de la razón humana con aplicación a la práctica del foro.
49 Recordemos que el modelo propuesto por Esquirol implicaba siempre la existencia de delirio, aunque afectaba únicamente a la voluntad, siendo detectable por el comportamiento del sujeto.
51 Sobre este famoso caso está publicado: CUÑAT, M. (2007) Las cartas locas de doña Juana Sagrera.
En: ÁLVAREZ J.M., ESTEBAN, R. (coords.)
Recordamos que Pedro Mata fue uno de los peritos del caso, en el que intentó sostener sin éxito el diagnóstico de monomanía e incapacidad de la supuesta enferma.
52 Para llevar a cabo este proceso, la psiquiatría española empezó a contar tempranamente con el aparataje teórico procedente de Francia para diagnosticar y definir las conductas anómalas relacionadas con los trastornos de la voluntad, del que el concepto de monomanía fue el modelo más sobresaliente.
Sobre el tema se ha publicado: MARTÍNEZ PÉREZ, J. (1996) Problemas científicos y culturales en la difusión de una doctrina psiquiátrica: la introducción del concepto de monomanía en España (1821-1864), En: ARQUIOLA, E.; MARTÍNEZ PÉREZ, J. (Eds.),Ciencia en expansión.
Estudios sobre la difusión de las ideas científicas en España (s. XVIII-XX), Madrid, Complutense, pp. 490-520. dencia tiene, en efecto, todo el sabor de una aberración, de una locura».
Identificaba a los que supuestamente se suicidan en estado cuerdo como «víctimas de la violencia de la pasión que les domina y en esto se encuentra la lógica explicación de su atentado» 53.
Vemos que el modelo que describe tiende al somaticismo y a considerar al suicidio como la consecuencia irrefrenable de una irritación cerebral.
Desde el punto de vista profesional, la psiquiatría española vivió sus primeros intentos de institucionalización en la segunda parte del siglo.
El primer paso en este proceso se ha considerado que corresponde a la escuela catalana, encabezada por Juan Giné y Partagás, la figura más importante de la psiquiatría española del siglo XIX 54.
Este autor, de ideología liberal y progresista, sostuvo una visión positivista de la enfermedad mental que casaba mal con el pensamiento conservador en varios aspectos fundamentales, siendo uno de los más importantes el libre albedrío, cuestión sobre la que la psiquiatría española vivió un intenso debate 55.
Los trastornos de la voluntad fueron en el siglo XIX uno de los aspectos psicopatológicos más importantes no sólo a nivel clínico 56 sino que, además, fueron claves en la intervención del psiquiatra en distintos campos de gran influencia social, como la Justicia y el Higienismo.
Se ha descrito cómo uno de los primeros pasos en el proceso de institucionalización de la psiquiatría fue a través de los Tribunales de Justicia, de modo que la consideración del acto criminal como una conducta sólo evaluable por el psiquiatra se ha relacionado en España, como Goldstein lo hizo para Francia, con la necesidad de afirmación profesional del psiquiatra 57.
En el caso del suicidio, el debate estuvo ligado al interés de la psiquiatría de redefinir una conducta de gran impacto público y que fue progresivamente definida como enfermedad social a tratar, de acuerdo con los principios del Higienismo.
Aunque Giné y Partagás en su Tratado teórico-práctico de Frenopatología dedicaba un espacio a justificar la existencia del alma, probablemente para no ser cuestionado por su materialismo, describía en términos puramente fisioló----- gicos el fenómeno voluntario, «la voluntad es expresión de un automatismo cerebral, cuyo origen, teniendo en cuenta los datos fisiológicos, debe referirse a las células de la zona cortical o de los cuerpos estriados» 58, con lo que reducía el problema del libre albedrío a la expresión de un fenómeno neurobiológico.
En las clases de psicopatología impartidas en su manicomio de Nueva Belén, Giné y Partagás sostenía la independencia de la voluntad frente a otras facultades y veía el suicidio como un acto de «heterabulia», definido como «actos impulsivos, ejecutados sin motivo intelectual previo y aun frecuentemente contra las aspiraciones, más o menos racionales, que nacen en la mente del enfermo» 59.
Su discípulo, Arturo Galcerán Granés, sostuvo un planteamiento radicalmente somaticista, recibiendo la influencia de la psicofisiología de Ribot y de su obra, «Las anomalías de la voluntad» 60.
Ya comentaba Galcerán en referencia al libre albedrío: «el libre albedrío es una ilusión» «es la volición un proceso puramente orgánico, mejor, un proceso cerebral, y como tal, un producto de correlación e integración de fuerzas materiales» 61.
Para Galcerán Granés el suicidio, como el homicidio, sería una alteración de la voluntad, por exceso y consciente, en las que «la sensibilidad orgánica, transmitiendo potentes corrientes y el exagerado reflejismo cerebral, convirtiendo estas corrientes en voluntad fatal, es lo único enfermo» 62.
Vemos cómo en la década de los 80 está consagrado desde la medicina mental un modelo del suicidio como enfermedad mental, causada por un sustrato orgánico alterado y que entraba directamente en la jurisdicción del especialista, a pesar de las críticas ya discutidas que venían desde otros campos.
EL SUICIDIO COMO PROBLEMA SOCIAL Desde las primeras décadas del siglo XIX, los frenópatas consideraron que el suicidio tenía una notable raigambre social.
Se especuló con que los cam-----bios sociales tenían una relación causal con el número de suicidios, lo que fue una señal de alarma sobre un supuesto estado enfermizo de la nueva sociedad.
Ante este hecho la medicina mental tenía que dar una respuesta, con lo que la intención de los médicos del S XIX de tomar un papel cada vez más activo en la organización social se hacía presente en el caso del debate sobre el suicidio.
No es casual que la personalidad más notable del higienismo en España, Pedro Felipe Monlau, se interesase por el suicidio en sus Tratados.
En el caso de su libro «Elementos de Higiene Pública» planteaba que el suicidio era siempre un acto mentalmente enfermizo y, que en el caso de que los suicidas fallasen habría que tratarlos «como enfermos morales» y «quizás deberán ser pasados a un manicomio más bien que a una penitenciaría» 63, con lo que incluía al suicida dentro de la esfera de acción del médico.
Ya Esquirol señalaba en su Tratado los factores sociales que estaban relacionados con el suicidio.
Aquí distinguía entre aspectos individuales (edad, sexo, estado civil) y sociales.
Entre estos, se destacaba tanto la influencia de la civilización como la pérdida de la religiosidad.
La civilización como factor causal de la locura fue un tema recurrente.
Claramente influido por el pensamiento de Rousseau, la idea de que la civilización producía una exaltación de las pasiones y un aumento del número de locos fue frecuentemente invocada.
Además, constantemente se hacía referencia a citas estadísticas que justificaban con datos esta afirmación.
De la misma forma, los cambios políticos (señalaba la Revolución) contribuían al proceso de excitación colectiva ya citado y aumentaban la frecuencia de monomanías, entre ellas el suicidio 64, lo que dio lugar a un intenso debate en la psiquiatría francesa 65.
En España, muchos acusaban a los cambios producidos por la civilización, estimulante y excitante de las pasiones, de ser una causa frecuente de suicidio 66.
Así, Castellvi y Pallares lo relacionaba con el aumento de las necesidades consecuencia de la civilización moderna y la dificultad para satisfacerlas, consecuencia del egoísmo y de las condiciones sociales 67.
Nadal y Lacabra proponía medidas de higiene social para frenar los casos de suicidio, cuyo objetivo fuese desarrollar una clase media, de muy escaso peso en la España de la época, en que las ---- tensiones económicas y sociales fuesen menos intensas: «Debe tender sin cesar a preservar la clase inferior de los vicios de la ignorancia y la miseria y a la clase opulenta de los de la insolencia y falso saber; procurando en aproximar las dos espresadas a la clase media en donde reina naturalmente el espíritu de orden, de trabajo, de justicia y de razón, porque en fuerza de su posición y de su interés directo está igualmente apartada de todos sus excesos» 68.
La pérdida de valores religiosos fue una cita constante en los autores que alertaban sobre las causas sociales de suicidio.
Brierre de Boismont opinaba que el mayor problema de la sociedad moderna estribaba en la pérdida del sentimiento religioso: «sociedades que envejecen, habiendo perdido las almas el sostén de la fe» 69.
Si en países como Francia y Reino Unido el proceso de laicización de la sociedad estaba en pleno avance, en España fue conflictivo y difícil durante todo el siglo.
Hubo una tendencia general en los autores a considerar los principios religiosos como la mejor preventiva para el suicidio.
Maestre de San Juan planteaba, como prevención del suicidio, una educación basada en los más rígidos principios de religión y moral 70.
En su libro de Higiene Pública, Monlau consideraba que el mayor factor preventivo era una buena educación cristiana.: «desde el momento en que se enflaquecen las creencias religiosas» «»todo está perdido; no os extrañéis que el individuo se atreva a levantar una mano homicida contra sí mismo» 71.
De la misma forma, en su libro sobre la higiene individual Monlau referenciaba a Descuret, señalando que la pérdida de religiosidad era la mayor causa de suicidio 72.
Un autor autodenominado «Platón resucitado», en una revista médica de orientación católica, consideraba el suicidio como «delito social e individual y pecado»; «consecuencia de la poca solidez de su educación católica» 73.
Aunque vimos que los frenópatas sostenían una visión materialista y atea del problema del suicidio, para un gran número de autores provenientes del Derecho y otras ramas de la medicina la causa más importante del suicidio, mal epidémico de la España moderna, seguía siendo la pérdida de la fe católica 74 y el argumento siguió teniendo un papel importante hasta final de siglo.
----En el año 1843 el Ministerio de Gracia y Justicia publicaba datos epidemiológicos sobre los suicidios y tentativas, que empezó a hacerse de forma constante en la segunda parte del siglo.
Los autores españoles recurrieron cada vez con más frecuencia a las cifras para justificar sus postulados y establecían una ligazón entre el crecimiento de las cifras del suicidio en diversos países europeos, fundamentalmente Francia, y la situación española, en la que las cifras aumentaban constantemente.
Hubo una intensa discusión sobre las causas sociales que producían el aumento de suicidios.
En este sentido, Ignagcio Valentí y Vivó consideraba que buen número de conductas aceptadas socialmente, entre las que señalaba: las lecturas eróticas, los espectáculos obscenos, la holganza, el mal ejemplo y la relajación de los vínculos familiares; tenían una implicación en los casos de suicidio, por lo que recomendaba su supresión o control 75.
Sin embargo, constataba que «el número de suicidas había crecido de forma verdaderamente aterradora» en relación a la década anterior, señalando entre sus causas más frecuentes la miseria económica 77.
EL DEGENERACIONISMO Y SU POSTURA RESPECTO AL SUICIDIO El degeneracionismo fue la teoría psiquiátrica que dominó la esfera europea durante las últimas décadas del siglo XIX.
Planteaba un modelo dimensional de la enfermedad mental, según el cual los distintos trastornos psíquicos se producen por un proceso común degenerativo 78.
Su fundador, Benedict-Auguste Morel, apelaba a una herencia alterada con un sustrato ideológico moral, basado en la ideología católica y simbolizado por el mito del «ángel caído».
Su discípulo, Valentín Magnan, defendió un modelo científico natural según el cual la degeneración hereditaria se debía a distintas causas objetivas, ----75 VALENTÍ Y VIVÓ, I (1874), Curso elemental de Medicina Legal.
Verdaguer y compañía, p.
Góngora y Álvarez, P. 4-5.
78 Sobre las bases teóricas del degeneracionismo y su influencia en la psiquiatría española tenemos: PLUMED, J; REY, A (2002) La introducción de las ideas degeneracionistas en la España del siglo XIX.
entre las que destacaban distintas noxas relacionadas con enfermedades de origen social (entre las que el alcoholismo fue un paradigma) 79.
A la hora de conceptualizar el suicidio y el concepto ya caduco de monomanía suicida, Valentín Magnan estableció un cambio a un modelo nosológico en el que la supuesta enfermedad mental no sería sino un síntoma dentro de otros estados patológicos 80.
Este modelo fue asimilado por los psiquiatras españoles en su aproximación al suicidio, que fue conceptualizado sistemáticamente como un síntoma psiquiátrico.
La etiología del cuadro, de acuerdo a los principios de la degeneración, se consideraba debida a la herencia 81 y la terapia consistía en la toma de medidas higiénicas de intervención social e individual.
Así, Jesús Sarabia pensaba que, dado que la herencia era la causa más importante del suicidio, la forma de erradicarlo a nivel social era establecer mejoras en la situación económica de la población y promocionar la enseñanza y la moralidad 82.
M. Zaragoza consideraba el verdadero suicidio un rasgo hereditario.
Para prevenirlo, propugnaba evitar ingresar en familias con antecedentes.
Sin embargo, si la unión era un hecho irreversible, proponía cambiar la constitución del individuo con medios como la educación y el tipo de alimentación.
Para este autor, las medidas individuales resultaban insuficientes y proponía que el Gobierno castigase obras inmorales y el juego, problemas sociales relacionados con el suicidio.
Además, sugería medidas preventivas de intervención eliminando aquellos medios habitualmente utilizados por los suicidas, como el fósforo de las cerillas 83.
El suicidio, pues, fue consagrado como enfermedad social por el degeneracionismo y su prevención se añadió al ideario del movimiento regeneracionista posterior al Desastre del 98.
En este sentido, Ambrosio Tapia alertaba en su libro sobre el peligroso aumento del suicidio, definido como mal social, en España en 1897, que relacionaba con vicios sociales como la vagancia, el alcoholismo y el juego.
Planteaba a los gobernantes la aplicación de remedios ----«a fin de lograr, si no su extirpación completa,»»al menos que se aminore, ya que su aumento significaría un paso atrás trascendentalísimo en el progreso moral de esta desgraciada España, cuya prosperidad han de conocer seguramente los hombres del siglo XX»; «Parece que la era de la regeneración es llegada» 84.
El proceso de medicalización del suicidio en España se desarrolló a lo largo del siglo XIX.
Dado el gran peso de la Iglesia Católica en España a nivel social y político, el proceso fue más conflictivo que en otros países como Francia e Inglaterra.
Sin embargo, los frenópatas mostraron su interés desde el comienzo en definir médicamente esta conducta.
El cambio se consolidó en la segunda parte del siglo, en el que hubo un acuerdo desde la psiquiatría en considerarlo una enfermedad con un sustrato orgánico.
En las dos últimas décadas el degeneracionismo incorporó al suicidio en el grupo de conductas impulsivas patológicas y fue entendido como una manifestación más del proceso degenerativo.
Si desde el principio se relacionó al suicidio con las causas sociales, de acuerdo con el esquema tomado de la psiquiatría francesa, su carácter de enfermedad social fue cobrando mayor peso progresivamente hasta que se consolidó.
Aunque inicialmente el factor social más importante relacionado con el suicidio fue el laicismo, finalmente se añadieron otros muchos para los que se propusieron distintas medidas de intervención pública. |
Este trabajo analiza las relaciones entre la asistencia psiquiátrica y la historia política brasileña durante diferentes momentos: la segunda mitad del siglo XIX, cuando la creación del primer manicomio sirvió como afirmación del poder imperial; el inicio del siglo XX, cuando la configuración de la psiquiatría ayudaba a la joven República a recorrer el camino hacia una nación civilizada; los años 40, en los que un Estado centralizador dio un fuerte impulso a la asistencia psiquiátrica; y desde finales de los años 70, cuando los avances en la psiquiatría brasileña vinieron de la mano de la redemocratización política.
En este trabajo procuro presentar las relaciones existentes entre el desarrollo de la asistencia psiquiátrica en Brasil y la historia política brasileña a lo largo de cuatro momentos distintos: durante la segunda mitad del siglo XIX, cuando la creación del primer manicomio brasileño contribuyó a la afirmación del poder imperial; las primeras décadas del siglo XX, en las que la configuración de una ciencia psiquiátrica ayudaba a la joven República a establecer el rumbo hacia una nación civilizada; el inicio de la década de 1940, momento en el que la construcción de un «nuevo» modelo de Estado, fuerte y centralizador, dio un gran impulso a la asistencia psiquiátrica; y el final de la década de los 70 e inicio de los 80, cuando la reforma del modelo brasileño de psiquiatría, basada en la idea de ciudadanía del enfermo mental, vino ligada al proceso de redemocratización política, tras veinte años de dictadura militar.
Siguiendo las tendencias historiográficas en materia de psiquiatría surgidas en los últimos años en diferentes contextos nacionales 1, se intenta demostrar que, históricamente, la asistencia psiquiátrica no trajo consigo solamente lugares para la exclusión y el control social.
En primer lugar, tratamos de remarcar que la asistencia psiquiátrica también tomó parte en la construcción de representaciones sociales y en el desarrollo del propio Estado, así como de las políticas públicas en el área de la salud.
En segundo lugar, se pretende observar cómo, en ciertos momentos de la historia de la psiquiatría en Brasil, la recepción y la asimilación de ideas y de prácticas psiquiátricas europeas no fue una copia literal, ni tampoco una adaptación distorsionada de los conocimientos y de las acciones generados en Europa.
Perfectamente al día respecto de los últimos avances de la psiquiatría europea, los psiquiatras brasileños se preocuparon, en cambio, por cuestiones y temas propios de su sociedad y del momento histórico, creando así respuestas para las cuestiones específicas que se debatían en su país.
En este sentido, se procura destacar cómo las políticas públicas en materia de psiquiatría no fueron tanto la expresión de una adhesión a los avances técnico-científicos en este área, cuanto el resultado de su interrelación con la historia política brasileña y con procesos sociales concretos.
----1 De acuerdo con HUERTAS, R. (2001), «Historia de la Psiquiatría, ¿Por qué?, ¿Para qué?
Tradiciones Historiográficas y Nuevas Tendencias».
Revista de Historia de la Psiquiatría, I (1), pp. 9-36.
SACRISTÁN, C. (2005), «Historiografía de la Locura y de la Psiquiatría en México.
De la hagiografía a la historia posmoderna».
Revista de Historia de la Psiquiatría, V (1), pp. 9-33.
No obstante, el análisis de estos argumentos no persigue el objetivo de establecer una periodicidad definitiva de la historia de la psiquiatría en Brasil.
Las divisiones temporales de los cuatro momentos históricos aquí presentados son fundamentalmente una hipótesis de trabajo 2 que, de esta forma, se constituye como parte integrante de los argumentos a demostrar.
Sin duda prodrían seleccionarse periodos distintos, dando preferencia a otras líneas de análisis como, por ejemplo, la investigación respecto de la creación y la consolidación de la enseñanza de la psiquiatría en Brasil.
Es más, la selección de estos cuatro momentos de la asistencia psiquiátrica en Brasil más bien constituye un punto de partida para ayudar a pensar comparativamente la historia de la asistencia psiquiátrica en contextos nacionales específicos.
EL NACIMIENTO DE LA PSIQUIATRÍA EN LA ÉPOCA DEL IMPERIO EN BRASIL
El primer momento que pretendo analizar es el del surgimiento de la psiquiatría en Brasil, con la creación en 1841 del primer manicomio brasileño, inaugurado solamente once años después, en 1852, bajo el nombre de Hospício de Pedro II, en homenaje al joven emperador de Brasil, Pedro II (1825-1891), hijo de Pedro I (1798-1834), quien había proclamado la independencia de Brasil del imperio portugués en 1822.
El primer manicomio brasileño se inspiró en la experiencia francesa, según la cual la psiquiatría surge como última consecuencia de la creación de los asilos, cuya tutela se disputaban las asociaciones médicas y religiosas a finales del siglo XIX.
Sin embargo, los contextos específicos -francés y brasileño-apuntan hacia diferencias significativas.
En el caso francés, la creación del asilo psiquiátrico se vio amparada por el proyecto liberal-burgués instaurado por la Revolución Francesa, sirviéndose de forma más clara de la aportación de los médicos para la creación y la implantación de una política asistencial pública que respondiera a la problemática de la exclusión o inserción social de distintos segmentos de la población.
En cuanto al caso brasileño, el primer asilo fue una expresión más del régimen monárquico centralizador, surgido a partir del acuerdo entre las élites dirigentes, habiendo sido instaurado por decreto imperial como uno de los actos conmemorativos de la coronación del nuevo empe-----2 De acuerdo con STAGNARO, J.C. (2006), «Evolución y situación actual de la historiografía de la psiquiatría en la Argentina».
La ascensión de la clase médica y de sus propuestas se vería limitada por la afirmación y el mantenimiento de ese poder central monárquico, que tenía en la institución religiosa un importante aliado, gracias a la administración del manicomio por la Santa Casa de la Misericordia de Río de Janeiro.
En este contexto, el tema de la asistencia social se materializaba especialmente en la forma de caridad con los desvalidos, en lugar de reafirmar la necesidad de un nuevo contrato social.
Uno de los motivos que se encuentran en el origen de la creación de este primer manicomio, de acuerdo con la historiografía 4, son las denuncias sobre el estado de abandono en que se encontraban los locos en la ciudad de Río de Janeiro.
Algunos médicos admiradores de la higiene y la medicina francesa, miembros en su mayoría de la Sociedad de Medicina y Cirugía de Río de Janeiro, protestaron sobre la situación a través de dicha entidad, así como de los artículos que publicaban en los periódicos especializados en medicina.
Los médicos franceses Jean Maurice Fraive y Xavier Sigaud, junto con los brasileños José de la Cruz Jobim y Vicente de Simoni, fueron algunos de los personajes que reivindicaron hacia 1839 la creación de un manicomio que diera acogida a los alienados.
Aunque estos ruegos encontraran cabida en el proyecto de consolidación de la monarquía en el Brasil imperial, tal consonancia de ideales no fue suficiente para la conformación de la psiquiatría como campo científico.
De esta forma, la creación del primer asilo en Brasil precedió a la existencia de un cuerpo de conocimiento especializado y con organización institucional.
En la época de la inauguración del manicomio, en 1852, las primeras facultades de medicina brasileñas (las de Río de Janeiro y de Bahía) -creadas en 1832 y sucesoras de los antiguos Colegios Médico-Quirúrgicos-poseían precisamente una cátedra de Medicina Legal y, posteriormente, una de Higiene.
---- Ésta última era una de las principales áreas de investigación médica.
En 1887 surgía la revista semanal Brazil Médico, vinculada a la Facultad de Medicina de Río de Janeiro, y la mayoría de sus textos trataban sobre "higiene pública".
En el campo de la divulgación científica también abundaban los estudios sobre medicina legal, aunque fue solo más tarde, en la década de 1920, cuando empezó a crecer el número de trabajos sobre "alienación y enfermedades mentales", como lo demuestran los artículos difundidos en la primera publicación médica periódica en Brasil -Gazeta Médica da Bahia-, lanzada en 1866 5.
Los primeros médicos del manicomio y del Asilo Provisório -activo desde 1841 hasta la inauguración del manicomio-eran los profesores catedráticos de Medicina Legal.
Solo en 1881, en una nueva reforma de la enseñanza médica (decreto no. 3.024), se creó la asignatura «Clínica Psiquiátrica y enfermedades mentales», también bajo la absoluta responsabilidad del catedrático de Medicina Legal de la época, el Dr. Nuno Ferreira de Andrade (1851-1922), que fue director médico del manicomio.
En 1882, la nueva ley obligó a organizar oposiciones para la cátedra de Psiquiatría en la Facultad de Medicina de Río de Janeiro, fecha en la que fue seleccionado, y nombrado al año siguiente, el Profesor João Carlos Teixeira Brandão (1854-1921).
En 1887, poco antes de la proclamación de la República (1889), Teixeira Brandão sería nombrado también director del manicomio: «Es posible, por lo tanto, afirmar que la Medicina Legal fue prácticamente la cuna de la psiquiatría brasileña.
Esta raíz común que une las dos especialidades no es en modo alguno fortuita.
Las relaciones de proximidad y conflicto entre la medicina legal y la psiquiatría, demuestran, de forma ejemplar, la importancia del discurso médico en general, y del psiquiátrico en particular, en la definición de las cuestiones políticas fundamentales para la nueva sociedad que emergía» 6.
De este modo, cuando tiene lugar el surgimiento de la psiquiatría en Brasil, la ciencia se instaura en el asilo por vía de la Medicina Legal, mientras que la caridad religiosa era lo que regía la asistencia.
Ese cuadro cambiaría a partir de la proclamación de la República, ocurrida en 1889, fecha en la que ----5 SCHWARCZ, L.M. (1993).
se volvió a denominar el asilo brasileño como Hospício Nacional de Alienados y dejó de formar parte así de la Santa Casa de la Misericordia (decreto no 206-A, de 15 de febrero de 1890), pasando a ser responsabilidad exclusiva de las instituciones médicas.
Parte de la clase médica estaba entonces involucrada en los nuevos proyectos de organización social, animados por la República, lo que contribuía al propio desarrollo de los profesionales, en cuanto que representantes de los grupos de élite que compondrían dicha organización social.
La Psiquiatría era por aquel entonces una asignatura específica de la Facultad de Medicina, responsable de la dirección del único manicomio civil brasileño.
Después de casi diez años, en 1897, Teixeira Brandão deja la dirección del Hospício y también la dirección de la Assistência Médico-Legal de Alienados, creada en 1890 como órgano nacional formulador de una política asistencial para los alienados 7.
En lo que se refiere al Hospicio en el período concreto que va de 1887 a 1903, se carece de investigaciones más profundas.
Las fuentes primarias y secundarias reunidas presentan un cuadro de denuncias respecto a las condiciones en las que se encontraba el manicomio y su administración, que se materializó en la alternancia de distintos directores: Márcio Nery, interinamente, de 1898 a 1899; Pedro Dias Carneiro de 1900 hasta su jubilación en 1901; seguido por Antonio Dias Barros, antiguo médico residente y profesor de la Facultad de Medicina, quien dirigió el manicomio hasta 1903.
En 1903 se inicia el segundo período al que he hecho referencia al comienzo de este trabajo.
En aquel año, Juliano Moreira (1873-1933) fue nombrado director del Hospício Nacional de Alienados, permaneciendo en el cargo hasta 1930 y, durante este tiempo, asumió también la dirección de la Assistência a Alienados.
Su nombramiento y las reformas que allí emprendió estaban en consonancia con el proceso de urbanización de la ciudad de Río de ---- 7 En 1927, la Asistencia Médico-Legal de Alienados era designada nuevamente como Servicio de Asistencia a Psicópatas (SAP) por el decreto no. 17.805 del 23 de mayo, como sección del Ministerio de Justicia y Asuntos Internos, y en 1930 pasa a formar parte del Ministerio de Educación y Salud Pública, creado por el Governo Provisório.
El 2 de abril de 1941, el decreto no. 1.371 sustituye el SAP por el Servicio Nacional de Enfermedades Mentales (SNDM).
Muchas fueron las medidas de saneamiento propuestas e implantadas por Oswaldo Cruz9, director general de salud pública del país durante la gestión del alcalde Francisco Pereira Passos (1902-1906), que consideraban a la ciudad un laboratorio y un modelo de urbanidad a la vez.
Dentro de este contexto de modernización -aunque la idea de país se redujera a la capital federal-, Juliano Moreira tomó parte en los esfuerzos de mejora emprendidos en el área de la salud, acometiendo un conjunto de acciones dirigidas a la ampliación de la asistencia psiquiátrica en Brasil, por la vía de la legislación y del establecimiento de instituciones consideradas como apropiadas.
En el primer aspecto, incentivó y defendió la promulgación de la primera Ley federal de asistencia a los alienados (1903), como se puede comprobar en su respuesta al médico Nina Rodrigues (1862-1906), que criticaba la citada ley en el artículo «La asistencia médico-legal a alienados en los estados brasileños», publicado en la Revista Brasil Médico en 190610.
En cuanto a las instituciones responsables del tratamiento psiquiátrico, la cuestión se debatió en varios artículos entre 1905 y 191011.
Este último presentaba tanto una revisión histórica acerca del modo como en que los locos y alienados eran tratados en Brasil desde el período colonial (incluyendo un panorama sobre cómo se encontraban en aquel momento las instituciones existentes), como la publicación de una serie de propuestas institucionales y terapéuticas que, a ejemplo de los países europeos, podrían ser de gran valor para el progreso de la asistencia, caso de ser implantadas en Brasil.
----Ya en los primeros años de su gestión como director, Juliano Moreira dotó de nuevo equipamiento al Hospício Pedro II, institución de finales del siglo XIX, en esos momentos ya vista como obsoleta y estancada.
Fundó los laboratorios de bacteriología y virología priorizando -en lugar de los chalecos, las camisas de fuerza y las rejas-el uso de oficinas de trabajo, clinoterapia y open door12.
Persiguió también la reforma de las colonias agrícolas de la Ilha do Governador (Isla del Gobernador, barrio de Río de Janeiro), creadas en 1890, así como la construcción de nuevas colonias para enfermos crónicos y para las víctimas de enfermedades específicas: alcoholismo, sífilis, lepra, etc. Al parecer, Juliano quería para Brasil, a ejemplo de los «países más civilizados», una «asistencia diferenciada de acuerdo con las distintas formas de enfermedades cerebrales, creando por tanto hospitales-colonias especiales para epilépticos, para alcohólicos y para minusválidos, imbéciles e idiotas» 13.
Quedaba mucho por construir y, en este sentido, Juliano Moreira escribió insistentemente a favor de las colonias 14.
Su principal argumento era que se hacía necesario ofrecer asistencia a los desamparados, especialmente a los más pobres, por los mayores riesgos a que se veían expuestos a consecuencia de la degeneración causada por tales enfermedades.
Defendía que todos estos enfermos podrían beneficiarse en alto grado de la vida al aire libre, combinada con el trabajo en el área de la asistencia heterofamiliar.
La inspiración, como ocurría con los países europeos, era la pequeña aldea de Gheel; sin embargo, Juliano Moreira consideraba que era imposible reproducir esa experiencia que, según él, se había iniciado en el siglo XVII con los aldeanos de Gheel hospedando a locos que creían en una curación milagrosa en la Iglesia local de Santa Dymphne.
De esta forma, apostaba por el llamado «sistema alemán», en el que la asistencia de los colonos de Gheel era sustituida por la asistencia familiar, llevada a cabo fuera de la institución por empleados y familias 15.
Este proyecto se plasmaría en Río de Janeiro con la inauguración, en 1924, de la Colônia de Psicopatas-Hombres, ubicada en la zona rural de Jacarepaguá, ----adonde fueron llevados los pacientes de las antiguas colonias de la Ilha do Governador 16.
Esas inversiones en el área asistencial venían ligadas al desarrollo de una ciencia psiquiátrica brasileña, produciéndose, también por esa vía, la inclusión de Brasil en el conjunto de las naciones civilizadas.
Con objeto de integrar la psiquiatría en los movimientos a favor del «progreso» de las ciencias en el país, Juliano Moreira fomentó la difusión de publicaciones periódicas científicas, como lo hizo él mismo, con la creación en 1905, juntamente con el médico forense Afranio Peixoto, de los Archivos Brasileiros de Psychiatria, Neurología e Ciências Affins 17, órgano de divulgación de la primera sociedad científica psiquiátrica brasileña: Sociedade Brasileira de Psychiatria, Neurología e Ciências Afins.
También defendió e implantó el uso de lenguajes y sistemas especializados, como la primera clasificación psiquiátrica brasileña en 1910, participando en congresos médicos internacionales (Lisboa, 1906; Ámsterdam y Milán, 1907; Londres y Bruselas, 1913).
Respecto a las teorías psiquiátricas, Juliano Moreira se vio claramente influenciado por el alemán Émil Kraepelin y sus teorías de corte organicista.
Al igual que Kraepelin, Juliano Moreira entendía la enfermedad mental como un estado de naturaleza distinta al de los estados considerados normales.
La concebía como un fenómeno limitado al plano de la «excepción biológica», y adoptaba los principios clasificatorios propuestos por el psiquiatra alemán: los síntomas observados en los términos de su etiología y la evolución de la enfermedad.
En opinión de Juliano Moreira, la enfermedad mental «como desviación de la normalidad, es una excepción biológica» 18 y, en ese sentido, solo puede observarse a partir de la consideración preponderante de la esfera orgánica del individuo.
Como en Kraepelin, se trataba de una síntesis entre la ---- etiología moral y física solo en la medida en que se consideraba que la etiología física podría abarcar y designar una probable etiología moral.
La causalidad, por consiguiente, se relaciona con la acción de ciertas toxinas sobre el córtex cerebral, asociándose a perturbaciones generales del organismo que se manifiestan en síntomas.
En ese modelo eminentemente médico, los síntomas de las enfermedades mentales se relacionaban con afecciones de la voluntad y de la conciencia, consideradas desde el punto de vista organicista, como lo había hecho Kraepelin:
«(...) los estados depresivos no son más que la conciencia del estado del cuerpo, de la hipotonía de los músculos lisos y estriados, el resultado de la desnutrición muscular y cerebral; se espera que la mejora del estado general, la reparación de las perturbaciones nutritivas del organismo y del cerebro, cambien el estado kinestésico que provoca en la conciencia una conmoción dolorosa.
Y la hiperestesia psíquica del melancólico, con sus dolores morales angustiosos, con su estado abúlico acentuado, necesita con urgencia algo que le suprima la actividad de los músculos relacionales de la vida, por ello el paciente necesita que se le ahorre todo acto voluntario, cualquier determinación propia.» 19 Como en la teoría kraepeliniana, la visión de Juliano Moreira sobre la voluntad y la conciencia no estaba en relación con ninguna consideración de orden moral que pusiese en cuestión el libre albedrío individual o la existencia de una motivación idiosincrática.
Se trataba en exclusiva de la conciencia y de la voluntad puestas en juego en las reacciones motoras, del sustrato físico propiciador o imposibilitador de la acción psicomotora individual; esa conciencia y voluntad de carácter físico eran determinantes para la expresión de las capacidades de afecto, de juicio y, por consiguiente, del total individual que representa la personalidad 20.
Desde este punto de vista, J. Moreira se centró en el análisis de diagnósticos cuya descripción tuviese en cuenta aquellos fenómenos de intoxicación que afectasen a la dimensión orgánica individual -las neuronas, el sistema nervioso-y que generasen comportamientos ----19 MOREIRA, J. (1901), Klinoterapia.
20 Podemos entender, en este sentido fisicalizador, la referencia que hacen Juliano Moreira y Afrânio Peixoto sobre las llamadas intoxicaciones crónicas, de las que el Prof. Kraepelin «solamente se ocupó de las llamadas voluntarias: alcoholismo, morfinismo y cocainismo» MOREIRA, J. e PEIXOTO, A. (1905), Classificação de molestias mentaes do professor Emil Kraepelin.
Archivos Brasileiros de Psychiatria, Neurologia e Sciencias Affins, Anno I, n.
«anormales» a los sujetos: la lepra, la sífilis 21 y el alcoholismo.
De esta forma, buscaría, por ejemplo, hacer patente la confluencia de psicopatías entre los leprosos, no con vistas a establecer una relación de causa y efecto entre la segunda y la primera enfermedad, sino para afirmar que «no se puede negar que las toxinas leprosas actuando sobre las neuronas superiores de un individuo predispuesto, pueden producir psicosis infecciosas» 22.
Las teorías kraepelinianas servirían a Juliano Moreira para responder a cuestiones específicas, surgidas en aquel momento, acerca del horizonte y las futuras vías de desarrollo de la sociedad durante la Republica brasileña.
En este sentido, paradójicamente, las teorías psiquiátricas alemanas fueron «traducidas» por Moreira en un discurso anti-determinista, contrario a la creencia en la inexorabilidad de los males generados por el clima tropical y por la constitución racial de los brasileños:
«El clima no influye en nada sobre los síntomas de diversas psicosis.
Es en el grado de formación del individuo donde reside la causa de las diferencias que puedan presentarse.
El descendiente puro de dos caucasianos, igualmente puros, criado en el interior en medio a personas ignorantes, presenta los mismos delirios rudimentarios que los individuos de color desprovistos de formación» 23.
Afirmaba que no se debería atribuir las enfermedades mentales que afectaban a la población brasileña a esos factores ambientales o raciales, sobre los cuales nada se podría hacer.
Para él, el motivo de las enfermedades mentales en Brasil, igual que en todos los países del Viejo Mundo, se encontraba en el plan biológico estrictamente individual, y no en el plan colectivo o social.
En la discusión propiciada por las teorías médico-legales racistas de finales del siglo XIX -expresadas en el pensamiento de Nina Rodrigues (1862-1906), por ejemplo-Juliano Moreira proponía el igualitarismo de las razas, afirmando ser posible la inclusión del mestizo pueblo brasileño en un proyecto civilizador universal, por medio de acciones públicas en la área de la salud y de la educación.
---- (1937-1954) El tercer momento que quiero destacar se inicia en 1937, cuando, por motivo de un golpe de estado, el Gobierno Federal bajo la presidencia de Getúlio Vargas (1882-1954) instauraba un régimen de excepción política denominado Estado Novo.
Getúlio Vargas había alcanzado la Presidencia de la República de Brasil en 1930, por medio de un golpe sostenido por un levantamiento militar que, bajo su liderazgo civil, tenía como objetivo impedir la investidura del nuevo presidente -Júlio Prestes-elegido en marzo del mismo año.
Las causas de este movimiento armado se venían gestando ya desde décadas anteriores, como cabe constatar: (i) por una parte, la alternancia política en los presidentes de la República, representantes bien del Estado de São Paulo, bien del de Minas Gerais 24, lo que favoreció desde la década de 1910 a las oligarquías de ambos estados, en detrimento de otras oligarquías locales sin acceso a los centros de decisión nacionales, e hizo emerger un descontento creciente en éstas; (ii) y por otra parte, en el surgimiento de nuevas fuerzas sociales en Brasil desde los años 20, en especial de una clase media, como consecuencia de los procesos de industrialización y urbanización, la cual comenzaba a exigir una participación y una representación políticas que, hasta el momento, no había experimentado.
Getúlio ascendió al poder apoyado por las oligarquías de distintos estados y por la clase media urbana, teniendo a la vez como desafíos políticos el ser representante de los anhelos de las fuerzas sociales que lo apoyaron (clases medias urbanas y oligarquías locales), y resolver la tensión entre los proyectos políticos de centralización y los de reparto del poder entre las instituciones nivel local.
Ambos proyectos ocasionaban disputas entre las oligarquías 25.
En este contexto el gobierno de Getúlio Vargas (1930-45) buscó un nuevo mode-----24 Esa alternancia de presidentes procedentes de los estados de São Paulo y Minas Gerais se dio a conocer como política del «café con leche», considerándose que los dos estados eran, respectivamente, los mayores productores de café y de leche.
En el lenguaje popular brasileño la expresión «ser café con leche» significa que el sujeto en cuestión no se encuentra en situación de competencia igualitaria con los demás, siendo considerado como miembro elegido o integrante de un determinado ámbito sin haber pasado por los trámites de evaluación o competencia a los que se someten los demáss indivíduos. lo para las instituciones políticas y para la estructura del sistema de salud pública, donde se encontraba la asistencia psiquiátrica.
A partir de 1937, con el Estado Novo, el Gobierno Federal expresa su clara opción por una política centralizadora, liderada solamente por las instancias federales, y que se inclinaba tanto hacia la modernización del Estado, como hacia la construcción de un proyecto nacional.
Dentro de ese proceso de mayor centralización política y administrativa, todos los órganos del Ministerio de Educación y Salud Pública, con competencias en el área de la salud, pasaron a integrar el Departamento Nacional de Salud (DNS) 26.
Se incluían aquí aquellos que hasta ese momento estaban bajo la responsabilidad de la División de Asistencia a Psicópatas, encargada de las siguientes tareas:
Tales áreas de acción pasaron entonces a ser responsabilidad de distintos órganos: Servicio Nacional de Lepra, Servicio Nacional de Malaria, Servicio Nacional de Peste, Servicio Nacional de Tuberculosis y Servicio Nacional de Fiebre Amarilla 29.
En ese contexto fue creado también el Servicio Nacional de Enfermedades Mentales (SNDM), que reunía la División de Asistencia a Psicópatas (DAP) de alcance nacional y el Servicio de Asistencia a Psicópatas, orientado al Distrito Federal.
El Departamento Nacional de Salud ampliaba su acción en el área psiquiátrica, hasta entonces exclusivamente concentrada en la capital federal.
La tarea de formulación de una política asistencial psiquiátrica de ámbito nacional salía así fortalecida.
En ese contexto, de 1937 a 1941, el gobierno federal realizó una investigación que tenía como objetivo evaluar las condiciones de la asistencia psiquiátrica, obteniendo como resultado una clasificación de los servicios prestados por los diferentes regiones brasileñas: en los estados de Sergipe, Goiás y el territorio de Acre la asistencia era considerada inexistente; en Mato Grosso, Espírito Santo y Piauí la asistencia fue evaluada como deficiente, sin tratamiento diferenciado y especializado; en Amazonas, Maranhão, Ceará, Río Grande do Norte, Alagoas y Santa Catarina, se constató que había alguna oferta de orientación especial, pero con asistencia muy deficiente; en Paraíba, Pará, Bahía y Río de Janeiro la asistencia se entendió como especializada, pero reducida.
Solo en cinco estado brasileños -Paraná, Rio Grande do Sul, Pernambuco, São Paulo y Minas Gerais-los métodos psiquiátricos fueron considerados más modernos y dirigidos a la prevención 30.
En base a esa investigación, desde 1941 el Servicio Nacional de Enfermedades Mentales pasaría a gestionar la extensión de la asistencia psiquiátrica a todo el territorio nacional, creando el Plan Hospitalario Psiquiátrico, cuyo objetivo era la planificación e instalación de 4.000 plazas psiquiátricas en diferentes estados, con la ayuda financiera del Gobierno Federal.
Entre las propuestas del plan se observa una insistencia en el modelo institucional de'hospital-colonia'; bajo la directriz de que una «futura acción -como la que se proyecta-no se vea en la obligación de abandonar lo hasta ahora realizado» 31.
De entre los veinte estados brasileños existentes en la época (incluyén-----29 BRASIL.
In: Arquivo Gustavo Capanema, série Ministério da Educação e Saúde -Saúde e Serviço Social, GCh dose la capital federal), catorce habían sido señalados para la construcción o la ampliación de un hospital-colonia o colonia.
Para los demás estados (Amazonas, Pará, Río Grande do Norte, Paraíba, Bahía y Paraná) se preveía la construcción de hospitales o de pabellones en sus interiores.
Ese modelo institucional de colonias para pacientes psiquiátricos no era una novedad en Brasil, igual que sucedía en otros países iberoamericanos y europeos.
Como hemos visto anteriormente, la noción de colonia y sus derivados semánticos (asilo-colonia, colonia agrícola, hospital-colonia), destinada incluso a diferentes tipos psicopatológicos (alcohólicos, epilépticos), era defendida desde el inicio del siglo XX por Juliano Moreira.
En este nuevo contexto entre los años 1940 a 1950, el modelo de la colonia aparecía asociado al servicio del hospital moderno, sirviendo como «modelo», tanto por considerar lo que había de más adecuado para el tratamiento de la enfermedad mental, como en lo relativo al incentivo sistemático que se ofrecía por tomarlo como patrón.
El prototipo del hospital-colonia se concebía entonces como un complejo hospitalario que ocupaba un amplia área física, apartado de los centros urbanos, integrado por grandes pabellones y núcleos para el ingreso de cientos de pacientes, quiénes, a su vez, tendrían como recursos terapéuticos la antigua praxisterapia, pero también los modernos tratamientos de convulsoterapia.
Con ese modelo, el Estado brasileño creía promover la centralización y la modernización de la asistencia psiquiátrica a nivel nacional.
El principal personaje de este proceso fue Adauto Botelho (1895-1963), médico licenciado por la Facultad de Medicina de Río de Janeiro en 1917 y primer director del Servicio Nacional de Enfermedades Mentales, que se mantuvo en el cargo hasta 1954.
Desde el punto de vista de la clínica, se interesaba particularmente por el tema del alcoholismo.
En 1921, juntamente con los psiquiatras Pedro Pernambuco, Antonio Austregésilo y Ulisses Vianna, había fundado el Sanatorio Botafogo: una clínica privada con menos de 20 plazas psiquiátricas, orientada al tratamiento de las toxicomanías, en un momento en que éstas se presentaban como categoría diagnóstica en círculos psiquiátricos de la ciudad de Río de Janeiro.
Además de ello, su producción académica, aunque reducida cuantitativamente frente a otros psiquiatras de renombre, se centró en el tema del alcoholismo, y en otros como los de la parálisis general, la psicosis maníaco-depresiva, el síndrome de Ganser, además de otros dos trabajos sobre política asistencial, todos publicados en periódicos especializados de Río de Janeiro, capital de la República.
Rio de Janeiro, Centro de Pesquisa e Documentação de História Contemporânea do Brasil /Fundação Getúlio Vargas (CPDOC/FGV). s/d chivos Brasileiros de Psychiatria, Neurologia e Sciencias Affins publicó ocho artículos, mientras que en el Archivos Brasileiros de Higiene Mental fueron tres artículos.
En el Jornal Brasileiro de Psiquiatría, órgano oficial de divulgación del Instituto de Psiquiatría de la Universidad de Brasil -de la que había sido director (1956-1958)-publicó solamente el artículo «Influencia del psicoanálisis sobre la psiquiatría» (1956).
Como responsable del Servicio, Adauto Botelho fomentó la implantación de hospitales-colonia en varias capitales de los estados y creó el Centro Psiquiátrico Nacional (hospital psiquiátrico, colonias, hospital para niños y para neurosífilis) posteriormente llamado Centro Psiquiátrico Pedro II.
En 1944, iniciaba de modo incipiente la difusión de los Ambulatórios de Saúde Mental, desde el Consultório de Psico-Higiene en Río de Janeiro.
Al final de su gestión de 13 años, Adauto Botelho había realizado una ampliación de 16000 plazas psiquiátricas en todo el país32 y, no sin razón, muchas de las nuevas colonias y hospitales fueron inaugurados con su nombre.
Basados en estos modelos, por ejemplo, fueron creados el Hospital Psiquiátrico Adauto Botelho en Cuiabá, y el Hospital Colonia Adauto Botelho en Cariacica (Espírito Santo), cuyas obras fueron iniciadas en 1949; y el Hospital Colonia Adauto Botelho33 en Pinhais (Paraná), que empezó a funcionar en 1954.
También la Colônia Santana, establecida a finales de 1941 en el municipio de San José, en el Salto do Imaruí (Santa Catarina), formó parte de esa directriz asistencial psiquiátrica establecida por el Dr. Adauto Botelho.
Un número significativo de estas plazas psiquiátricas se implantó en base al Decreto Ley 8.550, de 1946, que autorizaba el SNDM a realizar convenios con los estados de la federación.
El Gobierno Federal se encargaría de la construcción y dotación del nuevo centro psiquiátrico, mientras que las instituciones de cada estado estarían encargadas de la donación del terreno, de los gastos de mantenimiento de las instalaciones y de la retribución de los profesionales que allí actuarían.
A este respecto, lo que se observa es que la política psiquiátrica durante este período, que fue responsable del ingreso de un número significativo de personas, no solo acrecentó el proceso de exclusión social de muchos individuos y de grupos amplios de la población, sino que también contribuyó al establecimiento del propio Estado brasileño, por medio de la planificación y ----la ejecución político-administrativa de los órganos encargados, favoreciendo el liderazgo del Gobierno Central frente al de los estados de la Federación.
En la época reciente, los nuevos rumbos de la asistencia psiquiátrica en Brasil están en relación con otro momento específico de la historia política brasileña, a finales de la década de 1970 e inicio de los años 80.
Se trata de una época marcada por un proceso de distensión de la represión política, instaurada con el régimen militar de 1964, y cuya intensificación se materializó en la implantación del Acto Institucional n° 5 en 1968.
A finales de los años 1970, el proceso paulatino de redemocratización política supuso la vuelta de las agrupaciones políticas a la legalidad, la creación de nuevos partidos, como el Partido de los Trabajadores (1978), y el surgimiento de movimientos sociales en conexión con diferentes grupos de minorías y las condiciones de vida generales de la población, como las asociaciones de barrios y de favelas.
Por una parte, el modelo de desarrollo sostenido por los gobiernos militares estaba roto y, por otra, la sociedad civil volvía a organizarse reivindicando la normalidad de los derechos políticos y la amnistía para los exiliados.
En el área de la salud se observa la denuncia y la crítica de la política vigente, marcada por el abandono de las instituciones asistenciales públicas y por la excesiva privatización de los servicios, que el Estado financiaba pero no controlaba.
En cuanto a la asistencia psiquiátrica, esta práctica fue llamada más tarde «industria de la locura» 34.
Por lo menos desde la década de 1960, el Gobierno Federal había dejado de invertir en la compra de equipos y en la renovación de las instituciones públicas del área psiquiátrica, manteniendo el modelo centrado en la hospitalización por medio del pago de plazas en instituciones privadas.
Sin embargo, el pago de plazas privadas no vino acompañado de una fiscalización de los servicios de salud financiados.
De esta forma, junto al abandono de las grandes instituciones psiquiátricas públicas, se pudo observar una falta de criterios y de fiscalización técnico-terapéutica en los servicios privados, convirtiéndose así en nuevos lugares de depósito de personas y de creación de conductas crónicas en los enfermos mentales.
----En ese contexto político y en contra la «industria de la locura», tuvo origen, al final de la década de 70, un proceso que fue conocido como la reforma psiquiátrica y que, inicialmente, estuvo vinculado al escenario de la reforma sanitaria propuesta por los médicos por entonces comprometidos en la crítica al régimen militar.
Para la reforma sanitaria, el asunto de la ciudadanía se confundía con el de la extensión universal del acceso a los bienes sociales, o sea, la extensión igualitaria de servicios de salud de buena calidad a toda la población.
La reforma psiquiátrica brasileña, a su vez, tuvo como punto de origen, en 1978, la «crisis de la DINSAM» -División Nacional de Salud Mental, órgano federal encargado de la política de salud mental del país, creado en 1970 en sustitución del Servicio Nacional de Enfermedades Mentales.
Los profesionales del área manifestaron las pésimas condiciones de los tres hospitales psiquiátricos del Ministerio de la Salud localizados en Río de Janeiro y divulgaron una denuncia corporativa de explotación del trabajo de los denominados «becarios»: profesionales y estudiantes que trabajaban en tales instituciones cobrando «becas de salud mental», es decir, un tipo de remuneración que no veía reconocidos los derechos laborales garantizados por el estado brasileño desde los años 30.
Como respuesta, el gobierno prescindió de los becarios, a continuación extinguió los programas de prácticas y trabajo voluntario existentes en las tres instituciones, y contrató médicos que habían superado las oposiciones realizadas por el Ministerio de Seguridad y Asistencia Social, para sustituirlos.
En el mismo año se realizó en la región sur del país, en la ciudad de Camboriú, el V Congreso Brasileño de Psiquiatría, que contó con la presencia de un grupo de profesionales que habían sido cesados por la DIN-SAM, dando a ese congreso técnico-científico una connotación eminentemente política en cuanto a las direcciones a seguir por la psiquiatría brasileña.
Los profesionales se reunieron en una asamblea general y lanzaron el «Manifiesto de Camboriú», fijando para enero de 1979 un Encuentro de Profesionales de Salud Mental 35.
Esta movilización política en el área psiquiátrica creó como lema la expresión «por una sociedad sin manicomios».
Se inspiraba principalmente en la experiencia italiana liderada por Franco Basaglia, que denunciaba las pésimas condiciones de trabajo de los profesionales de la salud mental y las situaciones inhumanas en las que vivían los residentes en los manicomios, propo-----niendo asimismo, como nuevo modelo, la reinserción social del enfermo mental y el fin de los manicomios.
En este campo de la salud mental, las quejas fueron, ya a finales de la década de 1980, traducidas bajo la expresión de la ciudadanía del loco.
La cuestión de la ciudadanía del loco ampliaba por fuerza el tema de la universalización y de la equidad propuesta por la reforma sanitaria, ya que buscaba cuestionar y reconocer la ciudadanía de ese sujeto «especial», frente a la basada en el contrato social.
En este sentido, era necesario demarcar las limitaciones de este individuo frente a las exigencias racionales, la responsabilidad y la independencia socialmente impuestas, al mismo tiempo que se debería garantizar su ejercicio de la autonomía, la generación de renta propia, el derecho de libre circulación, etc.
Desde la segunda mitad de los años 80, la reforma psiquiátrica dejó de ser predominantemente un movimiento de denuncia y crítica al modelo de asilos y pasó a producir resultados concretos dentro del espíritu que la animaba.
Nuevos tipos de instituciones de servicio público -Hospitales de día, Núcleos y Centros de Atención Psicosocial (NAPS y CAPS), Clubs de Ocioempezaron a surgir en varios estados brasileños, todos como alternativas al ingreso y a la permanencia prolongada en hospitales psiquiátricos.
Se observa a la vez una planificación de las políticas del sector en los años 90, cuando las directrices del Ministerio de la Salud, desde una coordinación que se identificaba con los ideales de la reforma, estimulaban esas experiencias asistenciales innovadoras por medio de una financiación distinta.
Además, los pacientes y sus familiares, organizados en asociaciones, empezaron a participar en las conferencias municipales, regionales y nacionales de salud mental 36.
Durante la década de 1990 varios estados brasileños -como Ceará, Pernambuco, Río Grande do Norte, Distrito Federal, Minas Gerais, Paraná y Río Grande do Sul -aprobaron legislaciones en pro de la sustitución progresiva de la asistencia y la internación hospitalaria por la atención en servicios extrahospitalarios, con vistas a un desarrollo permanente de la vida social del paciente, reconociendo así sus derechos civiles37.
Esas legislaciones se inspiraban en un proyecto mayor de ley federal elaborado por los líderes del movimiento de reforma psiquiátrica y presentado a la Cámara de los Diputados del Congreso Nacional en 1989 por el Diputado Paulo Delgado del Partido de los Trabajadores que, sin embargo, encontró grandes dificultades para ser aprobado.
----Se tramitó el proyecto de ley federal en el Congreso y en el Senado durante doce años, con la redacción de varios textos sustitutivos, frutos de una dura lucha política.
En líneas generales, podemos decir que, de un lado, estaban los parlamentarios que defendían la idea de «una sociedad sin manicomios», junto con los que consideraban importante la reforma de la asistencia psiquiátrica, pero temían sus efectos; y de otro, estaban aquellos que se oponían a la transformación de la asistencia, abogando por la continuidad del modelo de tratamiento centrado en el ingreso psiquiátrico.
Su primer artículo destaca como objetivo el eliminar cualquier forma de discriminación de las personas con trastorno mental, en cuanto a la raza, el sexo, el color de la piel, la orientación sexual, la religión, la nacionalidad, la edad, los recursos económicos, etc. Inspirada en la ley italiana, determina los modos por los cuales han de tener lugar los ingresos: voluntario, involuntario o forzoso.
La necesidad del consentimiento del paciente para ser ingresado, la idea de que el ingreso involuntario debe ser controlado por el Ministerio Público, o la determinación de que el carácter forzoso del ingreso debe considerar la salvaguarda del paciente, pretenden impedir los ingresos arbitrarios y la violación de sus derechos humanos y civiles.
Quedaban entonces instauradas las bases sobre las cuales el tratamiento psiquiátrico -marcado por la idea de la ciudadanía del loco-debería ser defendido y ejercido: la garantía del derecho del paciente a negarse a recibir tratamiento, y el deber incontestable del Estado de ofrecerle y prestarle servicio.
Este artículo ha buscado demostrar que la asistencia psiquiátrica en Brasil -en las dimensiones específicas de su planificación, organización y efectiva realización-fue fruto de las íntimas relaciones entre el campo psiquiátrico y el contexto político en el cual se dio.
En este sentido, se ha buscado amplificar el argumento histórico de que la creación y la implantación de instituciones asistenciales psiquiátricas en Brasil, a ejemplo del proceso francés de constitución y desarrollo de la institución asilar, fue solamente, o principalmente, expresión de los amplios procesos de imposición disciplinaria propios de la modernidad, esos que produjeron un panorama decisivo de medicalización de la sociedad y de control social.
Desde esta perspectiva, se ha pretendido construir un enfoque analítico más generalizador en relación con una concepción que remarca la medicina psiquiátrica como agente del poder dis-ciplinario.
En este sentido, se han destacado los procesos históricos específicos del contexto brasileño, buscando mostrar los diferentes actores sociales e intereses en juego.
Aunque sea incontestable el hecho de que, históricamente, la asistencia psiquiátrica en Brasil produjo un cuadro de exclusión social para una parcela significativa de la población, es necesario considerar que este proceso no solo no fue homogéneo temporal y espacialmente, sino que, además, fue simplemente uno de los desdoblamientos de otros procesos sociales y políticos más amplios que estaban teniendo lugar.
De esta forma, se ha señalado que la constitución del primer manicomio brasileño en 1841 formó parte de un proyecto político que tenía como objetivo consolidar los ideales monárquicos en el país.
La creación de un manicomio, antes de ser un instrumento de control social fomentado por el proceso de medicalización de la sociedad, contribuía a la demostración de las alianzas entre el poder monárquico y el poder religioso, y al deseo de participar en el modelo de civilización europeo anclado en la misión de la caridad.
Como vemos, en Brasil, la creación de la institución del manicomio no derivó de inmediato la gestión del problema de la locura a manos del cuerpo médico, aunque se estuviera de acuerdo con las recomendaciones de un grupo de médicos inspirados en la higiene, y tampoco llevó a la institucionalización del saber psiquiátrico en Brasil.
En esta misma línea interpretativa, parece demostrado que, en los albores del siglo XX, el proyecto de organización de la asistencia psiquiátrica formaba parte de una idea más amplia de reformulación de los espacios físicos y simbólicos de la ciudad de Río de Janeiro.
La entonces capital de la República serviría como laboratorio para la implantación de un proyecto civilizador que pasaba a presentar el desafío -desde entonces continuamente presentede organizar una sociedad regida por los principios republicanos de igualdad y libertad.
El orden político recientemente instaurado, marcado por esos nuevos valores, se veía, de esta manera, frente al desafío de sobreponerse a la tradición patriarcal y esclavista, que se mantenía viva en el imaginario y las prácticas sociales de la época.
En este sentido, se ha destacado que la política asistencial resultó una aliada importante del proceso de institucionalización de la ciencia psiquiátrica en el ámbito brasileño, al mismo tiempo que el desarrollo y la consolidación de campos científicos eran considerados pilares centrales para el reconocimiento del grado de civismo de una sociedad.
La implantación de una política asistencial psiquiátrica de ámbito nacional en los años 40, por su parte, no provocó solo el incremento del número de plazas psiquiátricas en todo el país, considerado por la historiografía como una clara expresión de la extensión de métodos de control social, sino que trató también de hacer participar el área de la psiquiatría en el complejo desarrollo de una política de salud pública, buscando para tal objetivo el aumento de la cobertura asistencial a la población brasileña, diseminada por el amplio territorio nacional.
Estaba en juego la implantación de una política pública que demostrara el liderazgo y el centralismo del gobierno federal en la constitución de un Estado nacional frente a las resistencias y las exigencias de los distintos estados brasileños.
Por último, se ha recalcado que solo en un contexto de distensión del régimen autoritario de la dictadura militar, pudo tener lugar el proceso de reforma psiquiátrica, aunque ya hubiese acontecido en otros países desde las décadas inmediatamente posteriores al final de la Segunda Guerra Mundial.
En Brasil, ese proceso adquiere colores propios en cuanto a cómo ocurrió la apertura política y el uso de los canales e instrumentos democráticos a finales de la década de 1970.
Se dio preferencia a las relaciones asociativas entre iguales; y la complejidad del juego político en el Congreso Nacional y en el Senado Federal no impidió las victorias de la reforma psiquiátrica en varios estados del país.
Al contrario, de hecho parece que la reforma psiquiátrica tuvo repercusión y se consolidó por la vía de las experiencias locales, convirtiéndose más adelante en una propuesta nacional legislativa, defendida por el Gobierno Federal.
En dicho contexto, la asistencia psiquiátrica se transformaría cada vez más en la negociación de las pretensiones de los diferentes actores sociales (médicos, otros profesionales del campo de la salud mental, pacientes y ex pacientes) que se resistían al modelo centrado en los ingresos, así como en el desarrollo de nuevas formas de reinserción social de los enfermos.
Seguramente, esas propuestas han planteado nuevas cuestiones para la asistencia psiquiátrica brasileña, que sigue teniendo frente a ella el reto de responder -en un plazo de tiempo concreto-a los problemas propiamente estructurales de la modernidad, como el de crear, en el contexto de una comunidad basada en el contrato social, un lugar para la diferencia instituida como locura. |
En el presente trabajo damos a conocer nuevos hallazgos documentales sobre Crisóstomo Martínez, figura clave para entender la anatomía española del Barroco y el movimiento novator.
Se aportan algunos nuevos datos biográficos sobre su probable fecha y lugar de nacimiento y su desconocida familia; igualmente se dan noticias relativas a unas primeras gestiones directas del autor con la Corona en 1683 para la solicitud de la pensión que le permitiría su viaje a París.
Además, se analizan los diferentes informes elaborados para la deliberación última de la Corte en esta materia y se da cuenta de los problemas que sufrió el anatomista para el cobro de las cantidades acordadas una vez desplazado a Flandes.
ñero quien, en diversos estudios fundamentales sobre algunos de sus representantes, revisó su actividad y reivindicó su papel tradicionalmente silenciado por la historiografía tradicional 1.
A grandes rasgos, esta corriente sería la manifestación de la revolución científica en España a través de un grupo minoritario de estudiosos -los novatores-y de la asunción por estos individuos de los presupuestos de la nueva ciencia frente a la tradición escolástica.
La caracterización como «época deslucida» del reinado de Carlos II a la luz de los intentos y logros de estos autores ha sido revisada en las últimas décadas, pues es patente que su aportación representó una alternativa en la anquilosada ciencia del Seiscientos.
En este contexto aparece en Valencia, importante foco de actividad del nuevo movimiento 2, la figura de Crisóstomo Martínez 3, un personaje sin una formación inicial específicamente médica, pero con una obra radicalmente innovadora en el ámbito de la anatomía humana.
Martínez no solo se habría dedicado a importar la nueva ciencia en una mera labor de asimilación de saberes foráneos, sino que habría participado activamente con producción propia en la generación singular y específica de nuevos conocimientos.
Célebre por su aportación a la morfología a través de su colección de grabados anatómicos, desenvolvió su actividad profesional en el círculo de las bellas ----1 El término novator lo divulgó con un sentido peyorativo el obispo de Jaén, Francisco Palanco, decidido tomista.
La historiografía posterior y muy especialmente el P. Ramón Ceñal emplearon ampliamente el término que López Piñero reutilizó en un esquema de periodización que hoy es ampliamente aceptado y que, a grandes rasgos, acaba con la barrera que se colocaba en 1700 -el año del cambio dinástico-y que velaba en gran parte las relaciones de continuidad existentes entre ambos siglos.
Véase LÓPEZ PIÑERO, J.M. (1979), Ciencia y técnica en la sociedad española de los siglos XVI y XVII.
2 Una revisión sobre el movimiento novator en el ámbito médico lo encontramos en MARTÍNEZ VIDAL, A. y PARDO TOMÁS, J. (2003), Un siglo de controversias: la medicina española de los novatores a la Ilustración.
En BARONA, J.L., MOSCOSO, J., PIMENTEL, J. (eds.), La Ilustración y las ciencias.
Para una historia de la objetividad, Valencia, Universitat de València, pp. 107-135; y con un enfoque local que nos permite entender el marco valenciano del que parte la obra de Martínez y hacer comparación con otras áreas de la Península en PARDO TOMÁS, J. y MARTÍNEZ VIDAL, A. (2007), Medicine and the Spanish novator movement: ancient vs. moderns, and beyond.
En NAVARRO BROTONS, V. y EAMON, W. (eds.), Más allá de la Leyenda Negra.
España y la Revolución Científica.
Beyond the Black Legend: Spain and the artes, autodenominándose «pintor y abridor de láminas [grabador]»; sin embargo, no se conservan de él pinturas al óleo, aunque sí hasta ocho grabados en cobre para publicaciones de la época4.
Guardaba así estrechas similitudes con los primeros microscopistas europeos, ajenos a las aulas universitarias y más cerca del apasionamiento del aficionado que de la sistematización de los académicos.
Pero, a diferencia de muchos de sus coetáneos, la carencia de estudios médicos no le mantuvo alejado del ambiente académico, pues en Valencia mantuvo una relación fluida con profesores de medicina y, en Francia, sus cartas muestran una proximidad notable al más importante anatomista del momento, Guichard-Joseph du Verney (1648-1730), y al círculo de la Académie des Sciences.
En los años ochenta del siglo XVII, Martínez comenzó la obra gráfica por la que hoy es conocido: su serie de láminas de anatomía macroscópica y microscópica.
La primera noticia de solicitud de ayuda económica a la Ciudad de Valencia para proseguir en París un trabajo al parecer ya iniciado, se venía fechando en 1685.
La Ciudad, tras una misiva al rey Carlos II para que éste concediese su aprobación, accedió a proporcionar una ayuda de ochocientas libras valencianas a Martínez en cuatro pagos.
Este acuerdo llegaba tras fracasar un primer intento de obtener el aval de un fiador que Martínez no consiguió procurarse.
Cada fracción del pago se haría con un lapso de año y medio, comprometiéndose a enviar previamente a cada reembolso los grabados de seis de las veintidós tablas de que debía constar el «atlas».
De esta manera serían completados al final de los cuatro años tanto el libro como la liquidación de la pensión.
En París, desde julio de 1687, Martínez se alojó en el Collège de Montaigue, y se dedicó a la preparación de su obra.
En abril de 1689, al enfrentarse España a Francia en la Guerra de los Nueve Años, fue perseguido y acusado de espionaje, motivo por el cual, según se ha venido repitiendo por sus biógrafos, huyó a Flandes en 1690, donde moriría alrededor de 1694.
Solo una lámina de grandes dimensiones dedicada a las proporciones humanas fue editada con seguridad en vida del autor, en París, alrededor de 1689.
La siguiente impresión de la misma saldría a la luz en Frankfurt-Leipzig en 1692 y, aunque López Piñero aventura el hecho de que pudo haber sido iniciativa de Martínez en aquel país 5, no contamos con ninguna documentación que lo respalde.
Nunca se publicó íntegra su anatomía completa.
Hoy se conservan die-----cinueve de sus láminas -dieciocho, en realidad, ya que una de ellas está repetida-en el Archivo Histórico del Ayuntamiento de Valencia.
La modernidad de Martínez no solo se limita a incorporar las nuevas técnicas del grabado europeo a la ilustración científica española, sino que, dentro de la morfología, asume el interés anatómico del Barroco por la función y deja atrás el hieratismo estático vesaliano.
Asimismo, siguiendo los pasos de los microscopistas clásicos (Swammerdam, Leeuwenhoek, Hooke...), prestó una atención especial a la estructura microscópica corporal y a la embriología, con lo que su actividad trasciende la mera reproducción gráfica.
De este modo, Martínez habría incorporado a la ciencia española las inquietudes e intereses más renovadores de la nueva ciencia que surgía en Europa, al margen de las universidades, y con cultivadores que en su mayoría solo se atenían a la búsqueda del conocimiento con criterios empíricos, limitación que, como hemos apuntado, nuestro grabador superaba con sus relaciones académicas.
Las fuentes para el estudio de Crisóstomo Martínez son de dos tipos: la documentación de archivo conservada y los textos impresos publicados en los años más cercanos a su fallecimiento.
La documentación de archivo hasta ahora conocida se encuentra en los fondos documentales del consistorio municipal de Valencia.
Buena parte de esta documentación fue estudiada a finales del siglo XIX por Vives Ciscar 6 y está constituida, fundamentalmente, por la relación epistolar de la Ciudad con el Consejo Real para proveer la ayuda económica a Martínez para el viaje a Paris.
Por desgracia, los hallazgos documentales de Vives se acotaron a la escala local, no sin que el historiador echase en falta tanto la carta enviada al Rey por el Consell el 19 de noviembre de 1686, como las deliberaciones del Consejo y de los médicos de cámara acerca del proyecto.
El propio Vives Ciscar reconocía que «por más gestiones que practicamos en los Archivos de la Corte, de Simancas y en el general del reino de Valencia, no hemos tropezado con tales documentos, resultando un paréntesis en nuestro trabajo que hemos de llenar con conjeturas» 7.
----6 VIVES CISCAR, J. (1890), Bosquejo biográfico del pintor y grabador valenciano Crisóstomo Martínez y Sorlí.
Discurso leído en la sesión pública que celebró la Real Academia de Bellas Artes de San Carlos de Valencia con motivo de la apertura del curso oficial de estudios de 1890 a 1891 [...], [Real Academia de Bellas Artes de San Carlos, Valencia].
La razón de lo infructuoso de esta búsqueda hay que atribuirlo a las vicisitudes de buena parte de la documentación relativa al Reino de Valencia.
Es sabido que a la promulgación de los Decretos de Nueva Planta, seguía existiendo el Reino de Valencia dentro de la Corona de Aragón, que con sus propios fueros, dependía, en lo que a la relación con el Rey se refiere, del Consejo Supremo de la Corona de Aragón.
A pesar de que los Habsburgo siguieron propiciando en un principio la integridad del archivo valenciano donde se depositaba toda la documentación relativa al Reino, la del Consejo se recogió en el Archivo General de Simancas.
Al comienzos del siglo XIX los archivos del Estado sufrieron nuevos cambios; tras la Guerra de la Independencia, la documentación incautada por las tropas napoleónicas del Archivo de Simancas relativa al Consejo Supremo de la Corona de Aragón se incorporó al Archivo de la Corona de Aragón en Barcelona.
Así, la búsqueda de Vives Ciscar en los archivos «de la Corte», de Simancas y del Reino de Valencia estaba abocada a ser infructuosa.
Nuestro estudio se ha nutrido esencialmente de esta documentación, hasta ahora desconocida, que llegó hasta el Archivo de la Corona de Aragón a través de una peripecia que ha impedido una revisión más completa de la biografía de Crisóstomo Martínez.
Por otro lado, en el mismo fondo del Ayuntamiento se encuentra la colección de láminas que Martínez remitió a la ciudad que financiaba su trabajo y tres cartas que el grabador envió desde París al catedrático de Medicina de Valencia Juan Bautista Gil de Castelldases.
Este material fue dado a conocer y estudiado por Barberá8 hace más de un siglo.
Toda esta información solo sería completada décadas después por el hallazgo de la documentación relativa a la entrega de las láminas a la ciudad y fue objeto de una comunicación de García Martínez al III Congreso Nacional de Historia de la Medicina celebrado en Valencia en 19699.
Estas fuentes manuscritas se completan con la información contenida en la escasa obra impresa del autor.
En 1740 se editan en París dos de sus láminas 10 con un Éloge Historique anónimo, que, como afirmó López Piñero «propor-----ciona testimonios directos de algunos hechos de interés», aunque se produzcan cincuenta años después de su estancia en Francia.
La profundización que este historiador, llevó a cabo sobre el movimiento novator le permitió publicar en 1964, a una obra monográfica sobre Martínez 11, cuyo valor historiográfico le ha permitido llegar a una tercera edición.
En este estudio, además de analizar con detalle la trayectoria y originalidad del grabador y contextualizar su personalidad en la sociedad valenciana de su tiempo, se reproducen las láminas y se transcriben las notas manuscritas y las tres cartas conservadas.
REVISIÓN DE LOS DATOS BIOGRÁFICOS DEL AUTOR Los nuevos documentos que sacamos a la luz y transcribimos al final de este trabajo son, como ya hemos adelantado en el epígrafe anterior, la documentación administrativa conservada en el Archivo de la Corona de Aragón (A.C.A.) relativa a Crisóstomo Martínez y que comprende el período entre 1687 y 1695.
Reproducimos en el apéndice un total de ocho documentos.
Aunque en el Archivo hay doce, tres son meras respuestas afirmativas que no aportan nada nuevo y que transcriben las peticiones, y otro es la carta de la ciudad de Valencia al Rey de 8 de abril de 1687, ya recogida por Vives en su estudio arriba citado.
Excepto el primer documento -una solicitud del grabador de un privilegio real para que no le copiaran sus trabajos-los restantes se relacionan con las peticiones de ayuda y con las dificultades para cobrar la pensión tanto en Francia como sobre todo en Amberes una vez que salió de París.
Pocos son los datos biográficos que se tienen de Crisóstomo Martínez.
Los documentos hallados en el Archivo de la Corona de Aragón ratifican unos, descartan otros y aportan alguna información novedosa.
Para Vives Ciscar, Crisóstomo Martínez es el Crisóstomo Alexandrino Jusep Martínez Sorlí nacido en 1638 y del que encontró la partida de bautismo en la parroquia de San Martín Obispo y San Antonio Abad de Valencia 12.
Esta proposición, fue rechazada por Pérez Contel en 1955, que defendía el origen de Martínez en Játiva 13 y proponía como fecha de nacimiento el año 1640.
Esta tesis sobre el origen setabense del artista había sido ya defendida por Gregorio Mayans y ----11 LÓPEZ PIÑERO, (2001).
La historiografía más reciente ha aceptado como más plausible la hipótesis de Vives.
De hecho, «Sorlí» como segundo apellido oficial aparece en varios repertorios que mencionan sus obras.
Si aún cabía algún género de dudas, a la vista de la nueva documentación, parece un hecho constatable su nacimiento en la ciudad de Valencia.
Solo basta con leer las expresiones: «natural de la ciudad de Valencia» 15, «tan interesante gloria para la siudad un yjo como el autor» 16 o «la Ciudad a quien su hijo dedica la obra» 17, que aparecen continuamente en los documentos y que, dada su rotundidad no cabe atribuir a un interés puntual por conseguir la ayuda solicitada.
Más dudas ofrece, en cambio, la información sobre la fecha de su nacimiento.
En 1687 el pintor, en su solicitud al rey, afirmaba tener más de cincuenta años de edad 18.
De aceptar este testimonio -que podría interpretarse de otro modo como un mero intento de inducir compasión en el monarca y no como un dato objetivo-, colocaríamos su fecha de nacimiento antes de 1637.
Esta fecha, que apenas dista un año de la propuesta por Vives Ciscar, se aleja notablemente de las hipótesis de Mayans y Siscar y de Pérez Contel.
Sobre su familia, de la que hasta ahora carecíamos de información, recogemos noticia de su existencia.
Su esposa y sus cuatro hijos vivían en Valencia mientras él se encontraba en París y fueron presentados por el artista como su principal preocupación a la hora de solicitar una ayuda económica.
Debió contraer matrimonio tardíamente, pues el mayor de hijos solo tenía seis años en 1687 19.
----El último dato biográfico lo encontramos cuando afirma en 1684 que «ha treinta y dos años que vine aplicado a la pintura» 20, por lo que podemos situar a Crisóstomo Martínez comenzando su carrera de pintor hacia el año 1652, con poco más de quince años de edad.
Esto contradice la suposición de Vives Ciscar de que, en unos primeros años, seguiría el oficio paterno, que, en el caso de «su» Crisóstomo Martínez Sorlí, era «belluter» (tejedor de terciopelo), para después dedicarse al arte.
Una afirmación que ya parecía desmentir Barberá, que no pudo localizar a nuestro autor en los archivos de esta profesión a pesar de encontrar en este gremio a parte de la familia de aquel Martínez Sorlí 21.
UNA OSADA PETICIÓN A LA CORTE El bibliógrafo ilustrado José Rodríguez había propuesto en su Biblioteca valentina el año 1680 como fecha de comienzo de las láminas anatómicas 22.
A la vista de la nueva documentación podemos asegurar que los trabajos comenzaron alrededor de 1683, ya que en 1687 afirma llevar «más de cuatro años» trabajando de manera exclusiva en las láminas sin ganar «un real en su facultad» 23.
De ese año es una información muy interesante sobre el contacto de Crisóstomo con la ciencia europea.
López Piñero aseguraba que su primera obra anatómica surgió exclusivamente de las relaciones con el mundo universitario valenciano de la época y afirmaba que las primeras láminas se realizaron antes del viaje a París.
Sin embargo, en la documentación descubierta, el propio Martínez asegura en 1683, que su técnica la ha conseguido con «industrial y estudio en otros países», dato que advierte de una relación temprana con la Europa científica de su tiempo aun antes de emprender su conocido viaje.
Hemos localizado asimismo una solicitud de ayuda al monarca del propio Martínez fechada en 1684, un año anterior a la documentación conocida sobre su actividad.
El escrito advierte de una iniciativa propia del grabador ante Carlos II, actuando así al margen del ámbito municipal y de la administración ---- del Reino de Valencia24.
En dicha solicitud define sus objetivos iniciales: «[el estudio y dibujo de] las partes, miembros, huesos, arterias, músculos y nervios que gobiernan el movimiento del cuerpo humano de que hacen las verdaderas acciones que postura».
A pesar de que se emplean en el texto términos de claro origen vesaliano, como el mismo de «fábrica», e incluso cita al maestro flamenco y a Valverde de Hamusco, Martínez manifiesta con estas palabras un interés por el dinamismo y por la función más allá del estatismo del cuerpo entendido como edificio que había defendido la morfología del XVI.
Este acercamiento a una anatomía funcional, un rasgo característico de la anatomía del Seiscientos, ya había sido advertido por López Piñero como una de las características novedosas de la aportación de nuestro autor25.
Resulta llamativo que en nada alude en esta primera súplica a la microscopía ni a la embriología que, como hemos comentado anteriormente, serían sus otros aspectos innovadores.
Tal ausencia podría hacernos pensar que estos dos rasgos de su obra aparecerían con posterioridad a esta carta.
Aun careciendo de formación académica, la relación de Martínez con algunos miembros del claustro universitario de Valencia fue estrecha.
Ya lo apreció en su día Vives Ciscar26, cuando identificó a Gil de Castelldases, catedrático de Prima de la Universidad de Valencia, como custodio de los envíos de Martínez.
Volviendo a la nueva documentación, en ésta su primera solicitud no solo afirma que su obra había sido revisada y aprobada antes de enviársela al Rey por los médicos de aquella universidad, sino que se coloca a sí mismo a la altura de los grandes profesores del Estudio General citando como precedente de su pensión la concedida al doctor Collado, catedrático en aquel estudio, que fue becado para desplazarse a Montpellier con el fin de ampliar sus conocimientos sobre simples27.
Con el fin de tomar una decisión, el monarca solicitó información al virrey de Valencia, Pedro José de Silva, Conde de Cifuentes, quien a su vez pidió ----dictamen tanto a los médicos de Cámara como a la Ciudad de Valencia.
Remitió las deliberaciones al Consejo de Aragón junto con todos estos documentos junto con una «caja de oja de lata» que contenía treinta y cuatro dibujos preliminares, que complementaban «quattro que ya están en esa cortte en tabla grande» que había mandado el autor junto con su petición 28.
La Ciudad emitió informe favorable previa consulta al Claustro de Doctores, organismo que agrupaba a los médicos con título de doctor que vivían y ejercían su actividad en la ciudad de Valencia y sus alrededores 29.
Aunque sus funciones eran fundamentalmente de tipo gremial, ejerciendo el control local del ejercicio de la medicina, aquí constatamos unas atribuciones como órgano consultivo.
Las firmas del documento emitido por dicho claustro, que lleva fecha del 23 de julio de 1686 30, no corresponden a la totalidad de sus miembros -que serían unos cincuenta-sino a la llamada «Junta de electos».
Contamos con el dato de que para dicha junta se habían elegido nueve doctores tres años antes 31, pero solo aparecen cinco en este documento.
Tres son catedráticos: el ya mencionado Gil de Castelldases, su antecesor jubilado Felip Juliá Rodríguez de Gilbau, y Matías García.
La presencia de este último entre los suscriptores es digno de destacar puesto que este catedrático de anatomía era un defensor acérrimo del galenismo.
No obstante, paradójicamente, era también un férreo defensor de la observación científica experimental e incluso la utilizó para rebatir las ideas de la nueva ciencia 32.
Los otros dos que firman el informe son Juan José Viñau, el «médico más anciano» del Hospital y Agus----- tín Abaas.
Se echa de menos aquí la presencia del catedrático de «herbes» Gaudenci Senach y de los otros tres miembros de la junta que no aparecen entre las firmas; sin embargo, no se puede elucubrar sobre las razones de tales ausencias por no haberse hallado hasta el momento la documentación relativa a su reunión.
En el informe, la Junta destaca fundamentalmente, no el contenido, publicado en numerosos tratados de anatomía modernos, -ellos citan de nuevo a Vesalio y a Valverde-sino «la nueva y fácil método con que expresa dichas partes» 33.
Este informe se convierte en una prueba más de la existencia en los círculos médicos de la ciudad de Valencia, incluso entre los personajes más conservadores de la comunidad científica, de un evidente apoyo a la innovación.
En su informe último, el virrey llama la atención sobre una interesante novedad que no se encuentra referida en ninguna de las exposiciones que le fueron remitidas y que, siendo el Conde de Cifuentes un profano en las ciencias médicas, debió recoger de algún comentario ocasional de alguno de los informantes.
En efecto, el virrey advertía que en la persona de Martínez se unían el artista y el hombre de ciencia a diferencia de otras obras semejantes producto de una doble colaboración que no era deseable.
Decía: «aunque ay autores que an escripto sobre esta materia, como en ella solo concurrió lo científico de la facultad y ubieron de valerse de harttífizes, salieron las obras con muchos yerros en los dibujos» 34.
Esto significaba toda una reivindicación de una experiencia nueva frente a los hábitos tradicionales.
El resultado de todas las exposiciones de los expertos derivó en la ayuda otorgada por el Consell municipal, que, según su informe final, empleó dinero procedente de «la bolsa del Morbo», que era la que dedicada a las epidemias y atenciones generales de higiene pública.
Desde la Corte, se instaba también a la Diputación a que colaborase en la beca, puesto que los primeros cálculos preveían unas necesidades en torno a cuatro mil libras valencianas.
Esta cantidad, que no era cubierta ni en una cuarta parte por lo concedido por la Ciudad, da una idea de la magnitud del primer proyecto de Martínez.
A pesar de la recomendación no se encuentra en la documentación conservada referencia ---- alguna a una intervención de esta institución en la financiación del grabador, por lo que cabe deducir que ni siquiera se plantearon la posibilidad de colaborar en el proyecto.
LOS PROBLEMAS CON EL PAGO Y LA ENTREGA DE LA OBRA Entre el primer pago de doscientas libras, hecho efectivo en mayo de 1687, y la entrega en 1695 de las dieciocho láminas conservadas a la ciudad de Valencia, existía un vacío documental que se palía en cierta medida por la nueva documentación aquí presentada.
Vives Ciscar indagó en los libros de cuentas de la ciudad y no encontró los restantes pagos a Martínez, deduciendo que no se hicieron 35.
A la luz de la nueva documentación encontrada se confirma de manera fehaciente esta hipótesis.
En 1691, cuando ya había pasado el primer plazo para la entrega de láminas y había llegado el momento del segundo anticipo, la Ciudad de Valencia se negó al pago alegando incumplimiento del compromiso por parte del artista: no había enviado las trescientas impresiones pactadas.
Se encontraba ahora Crisóstomo en Amberes «por averlo desterrado de los reynos de Francia cierta ymbidia» entre los personajes más conservadores de la comunidad científica, y había contratado y otorgado poderes como procurador a un tal Cosme Caudel, presbítero, para que cobrase la cantidad pendiente en su nombre 36.
El hecho es que Martínez se había dedicado íntegramente a la investigación y a realizar nuevos dibujos y no a la impresión, incumpliendo por esta razón la entrega acordada y dando pretexto a la Ciudad para desentenderse del pago.
El trabajo del artista había superado las 24 láminas inicialmente comprometidas hasta convertirse en 44, cuarenta y una de las cuales fueron enviadas a la Corte como prueba de su esfuerzo y dedicación 37.
Lamentablemente, estas láminas, que casi doblaban en número a las conocidas, se han perdido y no podemos conjeturar hasta donde había llegado la actividad, como artista y estudioso, del valenciano.
---- En una de las cartas relativas a estos grabados perdidos encontramos la anotación: «Las láminas se las llevo el P. Borja» 38.
La documentación no nos da más datos sobre este personaje, pero bien pudo ser Francisco Antonio de Borja y Centellas y Ponce de León (1659-1720).
Este clérigo, que alcanzaría años después el rango de cardenal, aún no había sido nombrado obispo en estas fechas y era por entonces canónigo de la Catedral de Toledo donde ostentaba el arcedianato de Calatrava.
En la corte, era sumiller de cortina del Rey y se le había nombrado miembro del Consejo de Estado y del Consejo de Aragón 39, donde llegó a ser regente por Valencia 40.
Todos estos datos que avalan su relación con la corte y con el Consejo encargado del asunto de Martínez le convierten en un firme candidato a ser él quien se llevó las láminas desaparecidas.
Carlos II, a la vista del trabajo remitido, envió una nueva orden a la ciudad de Valencia en 8 de diciembre de 1692 para que se le pagara parte de lo acordado (cuatrocientas libras).
A pesar de ello, la Ciudad se reafirmó en el incumplimiento de lo convenido y decidió no pagarle 41.
Martínez no se arredró ante este desinterés y, consciente de la importancia y dimensiones de la labor desarrollada, dirigió su petición expresamente al monarca pidiendo su intervención ante la ciudad para conseguir la ayuda económica.
Perteneciente a un gremio artesanal, reivindicaba además un mayor reconocimiento público de su labor en forma de títulos y alguna forma de honor.
Caudel solicitaba en su nombre: «como Vuestra Magestad y sus gloriosos antesesores lo an costumbrado y a esta invitasión lo estilan las demas nasiones, [se le pague] no solo con e[x]presivos premios de maravedises sino con los lustrosos de nobleza y onores» 42.
Una petición que no carecía de precedentes en la historia de la anatomía (Vesalio acogido en la corte de los Austrias españoles un siglo an----- tes, o su contemporáneo Thomas Bartholin en la de Cristián V de Dinamarca), y que Martínez parecía conocer; como si desease encontrar en la corte del Hechizado un mecenas a la altura de su arte y en sintonía con otros antecedentes regios destacados.
A pesar de que sus peticiones caían en saco roto, el pintor siguió con sus investigaciones morfológicas.
En 1693 informaba de que había seguido trabajando en una nueva tabla «que consta de vara y tres quartas de alto [1,40m] y contiene un retrato cierto y fidedigno de la nervología(sic) de el hombre de el tamaño del natural» 43.
La palabra es legible solo parcialmente, incluso es interpretada como «herbología de el hombre» en la respuesta del Consejo de Aragón a la Ciudad 44.
Para nosotros, la trascripción más correcta sería la de «nervología», en correspondencia con una posible dedicación en Flandes al estudio de la neuroanatomía.
De esta forma dedicado probablemente al estudio del sistema nervioso periférico, habría completado el estudio de las partes que «gobiernan el movimiento» tal y como anunciaba en su primer escrito.
Esta sería la última referencia documental directa que nos ha llegado de nuestro autor.
Por último, haremos notar que, en noviembre de 1695, el Consejo volvía a preocuparse por el trabajo de Martínez y solicitaba información al virrey sobre el proyecto anatómico.
Las únicas noticias que éste pudo darles es que, tras el envío de las diecinueve láminas que conocemos y su traslado a los territorios de la Corona en Flandes, nada se sabía de él.
La respuesta del Virrey añadía otra versión sobre el motivo de su marcha de París al afirmar que «començando la Guerra, le desterró el Rey de Francia» 45.
Aquí se pierde el rastro sobre la vida y la obra de Crisóstomo Martínez, quien desaparece en Amberes al igual que la mayoría de su obra gráfica.
Los documentos conservados en el Archivo de la Corona de Aragón nos muestran a un Crisóstomo Martínez que comienza sus investigaciones anatómi----- cas en contacto con la transición que se vivía en la Europa de su siglo desde la argumentación silogística a la experimentación que se vivía en la Europa de su siglo, mediante una experiencia vital personal de viajes al extranjero, incluso antes de la conocida pensión a París.
Fruto de este contacto y de un trabajo no remunerado, el grabador completa un total de cuarenta y cuatro láminas de las que solo se conservan dieciocho.
Respecto a la cuestión de la pensión otorgada por la Ciudad de Valencia, hemos rescatado los informes de los diferentes comités, que acreditan el temprano apoyo del claustro de doctores de Valencia (galenistas incluidos) al trabajo de Martínez.
Sin embargo, su empeño en el trabajo de investigación y dibujo y la imposibilidad material para completar el trabajo manual de impresión en los plazos exigidos por el Consistorio, derivaron en un enfrentamiento legal del que no obtuvo beneficios económicos.
A pesar de todo ello, el artista prosiguió sus investigaciones anatómicas, añadiendo a sus intereses la neuroanatomía.
Con todo ello, el pintor valenciano se convirtió en una figura clave para entender la Anatomía española de su siglo a pesar de haberse perdido al menos dos tercios de su obra anatómica.
Petición de Crisóstomo Martínez a Carlos II para que le conceda privilegio para de que no se copien sus láminas.
Crisóstomo Martínez, natural de la ciudad de Valencia, pintor y abridor de láminas dize: que aviendo conseguido con su industrial y estudio en otros países alguna habilidad y primor en inventar y abrir en láminas, se sigue que otros abridores de láminas de no tanta habilidad imitan y abren en láminas las obras ya abiertas por el suplicante de lo que se siguen dos daños: el uno el quedar el suplicante defraudado de sus propios trabajos y tal vez desacreditado y el otro el que como sea más fácil el imitar y copiar [que] el inventar, no se aplican al estudio propio y pudiendo ser buenos artífices se quedan en una medianía y el suplicante sin el fruto de su mayor aplicación.
Por la que suplica a V. M. sea servido concederle Real Privilegio para que ninguna persona en dicha ciudad y reyno pueda copiar abriendo en láminas sus obras abiertas en láminas pues de esta suerte será el suplicante dueño de las suyas propias y los demás se alentarán a idear e inventar por diferente camino y se perficionarán en este arte, de lo que recibirá particular merced, de la real mano de Su Magestad.
Crisóstomo Martínez, vecino y natural de la ciudad de Valencia dice: que por [ilegible] inclinación ha treinta y dos años que viene aplicado a la pintura que juntamente a abrir láminas.
Que uno y otro se gobierna por una misma idea y para lograrlo todo con la valentía y perfección del dibuxo se ha empleado en la inteligencia de las partes, miembros, huesos, arterias, músculos y nervios que gobiernan el movimiento del cuerpo humano de que hacen las verdaderas acciones que postura, efectuando por este medio la perfección del dibuxo.
Y aunque sobre la materia han escrito diferentes sujetos como son Besalio, Vallverde y otros, ha procurado adelantar el juicio de calidad, que le parece haría agravio a su patria y reino en no manifestar a todos una obra tan soberana, como lo es la armazón y fábrica del cuerpo humano con las circunstancias que lo goviernan y con la indicación de los movimientos con tan (ilegible) expresión que visiblemente se conoce reducido a veinte y dos tablas o láminas de marca mayor, explicando todo con cifras, que van al margen de la pintura sin tener más efectos que la expresión de la clave, que manifiesta la inteligencia de las cifras; obra tan útil que a un tiempo ha de ser favorable a los pintores, a los dibujantes y con mayor logro para los médicos, teniendo como tienen estas tablas reducida toda la anotomía (sic) que, lo que los autores han explicado con dilatados volúmenes, lo enseña y manifiesta visiblemente, con que con corto estudio lograra mucho de calidad; que lo han admirado los médicos de la Universidad de Valencia aprobándola por singular, que como tal, han solicitado ponerla en execución.
Y por ser esta materia de muchísimo trabajo y coste, que ecede la posibilidad del suplicante que para dicho effeto se ha de conducir a reinos estraños, donde las prensas, las aguas y las tintas hazen luzir con perfección las estampas que para cada lámina son menester de (ilegible) cabales e empleo; con que en las jornadas que gastará de ida y buelta y detención para labrar las láminas, y tirar las estampas llegará a quatro años y al mismo tiempo se le ofrecerá el gasto de su persona que el de su familia, que dexará en Valencia, y el de la fabrica que todo lo hace muy considerable que no la ha de poder suportar si no se socorren la ciudad de Valencia y el Reino con algunas aiudas de costa para alimentos de su familia, puesto que ha de redundar y ceder en beneficio y autor dado dellos y en utilidad de aquella universidad para el fácil estudio de la anotomia (sic), haziendose por este medio más celebre que es el fin a que ha mirado siempre la ciudad, pues para el aumento de aquella universidad y mayor lustre de aquel reino imbió a sus expensas al Dotor Collado a la Universidad de Mompeller (sic), para que allí aprendiesse los saludables remedios de aquella escuela y ilustrase después la Universidad de Valencia, a donde volvió haviendo estado detenido el Mompeller (sic) quatro años.
Todo ello Señor representa a V.M. para que se logre un beneficio tan conocido [.
Con el despacho de 18 de agosto pasado me manda V.M. informe sobre la pretensión que tiene Crisóstomo Martínez para que la Ziudad y Reyno le dé una ayuda de costa para que pueda sacar a luz la obra que tiene travaxada donde en la misma se dibuja y declara la intelixencia de las partes, miembros, guesos, arterias, músculos y nervios deel cuerpo umano y que gobiernan su movimiento.
Por ser tan grande el costo que a de thener en esta ôbra y ser cortos sus medios y que juntamente se sirva V. M. dispensar en las hórdenes y estatutos que ubiere en contrario que, junto con lo que yo entendiere, envié algunos dibujos deestas láminas comunicando la materia con personas yntelixentes y, habiendo echo juntar los medios de primera graduación, ysieron caval exsamen dela obra y convinieron era utilísima para médicos y cirujanos y para el estudio de la nothomia (sic) porque, aunque ay autores que an escripto sobre esta materia, como en ella solo concurrió lo científico de la facultad y ubieron de valerse de harttifizes, salieron las obras con muchos yerros en los dibujos.
Demás que no ay alguna impresa tan llena como esta y aunque este informe fue tan a favor de la obra como quien ama de contribuir a la ayuda de costa, (ilegible) la Ziudad y Reyno quise oírles sobre esta pretensión, y la ziudad responde con el ynforme que remito adjunto a que acompaña el que an echo los médicos.
Y la Diputación respondió que no thenía que añadir, que aguardaría la resolución de V.M. para juzgar la causa y deliberar la ayuda de costa y considerando la utilidad de la obra y que me aseguran que el costte a de pasar de quatro mill libras, de no acompañar la representación de la ziudad y convenir en la ayuda de costa que tiene deliberada con las condiciones que en su ynforme expresa y tanvién será justo ayuden algo la Diputación si bien cantidad limitada respetto de sus muchos emperos para que los hijos deste reyno se animen al trabajo y se logre el provecho inteligente que deesta obra se a de seguir y juntamente remito 34 dibujos sin conttar quattro que ya estan en esa cortte en tabla grande según el horden que a de guardar.
Informe de la Ciudad de Valencia.
Excelentísimo Señor, En vista de la Real Carta de S.M. de 18 de Agosto de 1685 y memorial adjunto en que se sirve de pedir informe a V.E. sobre la pretensión de Crisóstomo Martínez; la Ciudad debe decir a V.E. que, aviendo hecho examinar la obra que pretende sacar a luz en veintydos tablas de marca mayor sobre la notomia (sic) del cuerpo humano y su explicación dicho Martínez a los catedráticos y médicos de mayor intelligencia de esta ciudad, han respondido uniforme (como consta por su relación) que dicha obra, a de ser de grande beneficio y utilidad a la salud pública, y por consiguiente, digno el autor de que se le aliente ayudándole en quanto fuese pusible para que la obra llegue a su devida perfección y a salir a la luz pública.
Y así parece a la Ciudad que se le podran dar al dicho Crisóstomo Martínez de la bolsa del Morbo (que es a la que toca cuidar de la salud pública) ochocientas libras en quatro años, ducientas en cada uno, con obligación de que aya de dedicar esta obra a la ciudad, para que conste lo que dezea y trabaja por el aumento y lustre de las siencias y salud pública y lo que alienta en quanto puede a los que se aplican al estudio de cosas y trabajos grandes, como lo es este.
Y también con obligación de dar fiadores a satisfacción de la Ciudad, que dentro de dichos quatro años dará concluida y impresa con toda perfección a la dicha obra y que, en caso de no hazerlo, aya de restituir las cantidades que hubiere cobrado; y espera la ciudad sera servido V.E. informarlo en esta conformidad.
Anexo que corresponde al dictamen del claustro de doctores médicos de Valencia..
De orden y comisión de los muy ilustres señores jurados de esta Ilustre Ciudad de Valencia hemos visto una obra hecha por Crisóstomo Martínez, pintor, vecino y natural de esta ciudad de Valencia, la qual en veinte y dos tablas o láminas de marca mayor, tiene estampadas y distribuidas toda la historia anatómica, expresando clara y distintamente todas las partes, miembros, huesos, arterias, musculos, venas y nervios que rigen el movimiento y sustento del cuerpo humano; y, aviéndola visto en diferentes occasiones con toda atención y cuidado, no obstante que ay mucho ya estampado de esta materia por el doctor Besalio (sic), Valverde, y otros gravissimos autores, somos de sentir ser obra muy útil y necesaria para la fácil inteligencia de todas las partes del cuerpo humano, por la nueva y fácil método con que expresa dichas partes, redundando en gravísima utilidad, así de los médicos, cirujanos y estudiantes que profesan la facultad de medicina, como de los pintores, dibujantes, architectos y otras personas estudiosas y de curioso ingenio, y así mesmo de gran lustra a esta illustrisima ciudad, por ser el autor hijo de ella, por todo lo quall es raçon se dé a la prensa, procurando adelantar dicha obra, por ser tan larga y costosa, con todo lo pusible, para que llegue al devido cumplimiento de su perfección este es nuestro sentir y assí lo firmamos en Valencia a 23 julio 1686.
El Señor, Por parte de Crisóstomo Martínez, vecino y natural de la ciudad de Valencia, se dio memorial en el consejo refiriendo que por natural inclinación ha treynta y dos años que vive aplicado a la pintura y juntamente a abrir láminas, que uno y otro se govierna por una misma idea, y que para lograrlo todo, con la valentía y perfección del dibuxo se ha empleado en la inteligencia de las partes, miembros, guesos, arterias, músculos y nerbios que goviernan el movimiento del cuerpo humano de que nazen las verdaderas acciones y posturas, efectuando por este medio la perfección del dibujo y suplicando que, para poder sacar a luz la obra que tiene trabaxada, donde en lámina se declara todo, por ser tan grande el coste que ha de tener en esta obra y haverse de conducir a Reynos estraños donde las prensas, las aguas y las tintas hazen luzir con perfición las estampas, y para cada lámina son menester dos meses cavales de empleo, se digna V.M. mandar que la ciudad y reyno de Valencia le asistan para dicha obra con alguna ayuda de costa proporcionada.
Escriviose al virrey que encargase a las personas que le pareciese de la prefessión y médicos que reconociesen esto y que si hallasen ser útil lo avisase remitiendo algunos de los dibujos de estas láminas para verlos aquí, informando de lo que se le ofreciese y pareciese en la materia.
A que responde en carta para V.M. de 19 del corriente que haviendo hecho juntar los médicos de primera graduación, huvieron cabal examen de la obra y convinieron era utilísima para médicos y cirujanos, y para el estudio de la nothomía (sic) porque, aunque ay autores que han escrito sobre esta materia, como en ellos solo concurre lo científico de la facultad y hubieron de valerse de artífices, salieron las obras con muchos yerros en los dibujos, demás que no ay alguna impresión llena como esta, y que, aunque este informe fue tan a favor de la obra, como quien havía de contribuir la ayuda de costa eran la Ciudad y Reyno, quiso oyrles sobre esta pretensión, y la ciudad responde con el informe que remite a que acompaña el que han hecho los médicos.
Igual la Diputación respondió que no tenía que añadir, que aguardaría la resolución de V.M. para juntar la casa y deliberar la ayuda de costa.
Y que considerando la utilidad de la obra y que le aseguran que el coste ha de pasar de quatro mil libras, debe acompañar la representación de la ciudad y convenir en la ayuda de costa que tiene deliberada con las condiciones que en informe expresa.
Y que también será justo ayude algo la Diputación, si bien con cantidad limitada, respecto de sus muchos empeños para que los hijos de aquel reyno se animen al trabajo y se logre el provecho y lustre que de esta obra se ha de seguir y que, jun-tamente, remite treynta y quatro dibujos sin contar quatro que ya estaban en esta corte en tabla grande según el orden que ha de guardar en el libro y se presentaran por parte del pretendiente.
El papel que el Virrey remite de los cathedráticos y médicos de aquella ciudad son de sentir ser esta obra muy útil y necesaria para la fácil inteligencia de todas las partes del cuerpo humano, y que redundará en grande utilidad, assí de los médicos, cirujanos y estudiantes que profesan la facultad de medicina, como de los pintores, dibujantes, architectos y otras personas estudiosas y de curioso ingenio.
La Ciudad en su papel refiere también el beneficio y utilidad de la salud pública y assí siente se podrán dar a dicho Chrisóstomo Martínez de la bolsa del Morbo (que es a la que toca cuydar de la salud pública) ochocientas libras en quatro años, docientas en cada uno con obligazion de que dedique esta obra a la ciudad para que conste lo que desea y trabaxa por el augmento y lustre de las ciencias y salud pública y lo que alienta en quanto puede a los que se aplican al estudio de cossas y trabajos grandes como lo es éste.
Y también con obligazión de dar fiadores a satisfazión de la ciudad de que dentro de quatro años dará concluyda y impresa con toda perfeción la dicha obra y que, en caso de no hazerlo, haya de restituir las cantidades que hubiere cobrado.
El consejo, haviendo visto con toda atención los informes referidos del virrey, ciudad, cathedraticos y médicos en que expresan el beneficio que de esta impressión de las láminas se ha de seguir al beneficio y utilidad de la salud pública, declarándosse la intelligencia de los guessos, arterias, miembros y músculos del cuerpo humano y reconocido también dichos dibujos que ha remitido, se conforma con disentir.
Les dé parezer se haga la obra y que a Chrisóstomo Martínes le dé la Ciudad para ayuda de ella las ochocientas libras que offreze en quatro años de los effectos del morbo, dozientas en cada uno con las conduciones y calidades que expresa.
Y también pareze se escriva a los diputados que asistan para dicha obra con alguna cantidad la que les pareziese por ser tan beneficiossa y importante para todo aquel Reyno.
Señor, Chrisóstomo Martínes, pintor, dice: que en meses pasados fue S.M. servido de aprovar a la siudad de Valencia la aiuda de costa de 800 libras para que pudiesen transportar a Fransia a abrir las láminas deel libro que tiene dibujado y escrito de anothomia (sic), respeto de necesitar de aquellas tintas, aguafuerte y aires, para su maior perfección.
Con tal, que dicha aiuda costa se la diese en quatro años, cada uno 200 libras, y que antes diesse fiansas de que dentro de dichos quatro años sería completo dicho libro y le dedicaría a la siudad; y aviendo buscado las fiansas para lograr dicha aiuda de costa no las a podido allar en quatro meses (que V.M. se sirvio honrarle con la Real Carta de aprova-sión) en que a perdido todo este presioso tiempo y agora se le malogra el de la primavera para asser su viaje.
Y respeto, Señor, de que su obra es de tanta considerasión y utilidad para los pintores, escultores, arquitectos, sirujanos y medicos y de tan interesante gloria para la siudad un yjo como el autor como la siudad lo a representado a S.M., viendo a los hombres de maior intelijencia y primeros catredáticos de la Universidad y V.M. lo ha confirmado por sus médicos de camara, y que está oy muy arriesgada en dilatarse por allarse el autor con más de 50 años de edad y algunos achaques que le han ocasionado lo laborioso de ella en más de quatro años de trabajos, y con tan pocos medios, pues en todo este tiempo no a ganado un real en su facultad, antes bien para poder pasar a consumido muchas y ser tan propio de la real clemensia de S.M. el mandar librar no solo esta aiuda de costa, sino otras maiores (en premio de tanta tarea) como V.M. y sus gloriosos antesesores lo an costumbrado y a esta invitasión lo estilan las demás nasiones, no solo con epresivos premios de maravedises, sino con los lustrosos de nobleza y onores a cuia generoça emulasión cresen ingeniosos sujetos en las academias y de mucha utilidad en sus republicas.
Suplica a V.M. sea de su real servisio honrarle con una carta escriviendo a la siudad de Valensia que V.M. se dará por servido de que la primer aiuda de costa de las 200 libras se den agora de contado sin fiansas y que, para las otras que se an de dar, cada año envíe por fiança seis láminas de las 24 que componen el libro y la primera la de la dedicatoria de la siudad, en que la siudad no arriesga más que las primeras 200 libras que parece las merece en satisfación de lo que hasta agora a trabajado sin interés alguno y el desapropio de conducirse a tan remota provincia de bando sin su abrigo ni el de madre [y] quatro ijos, que el maior es de seis años, lo que además que será obra muy de la piedad de V.M., suplicante lo reçibirá y particularmente la poderosa mano de S.M. Documento 6 Sin localización, 24 de noviembre de 1691.
Oficio de Cosme Caudel, procurador de Crisóstomo Martínez, a Carlos II.
Señor, El Licenciado Cosme Caudel, presbítero, procurador de Chrisóstomo Martínez, digo que por una Real Carta fue V. M. servido honrar a mi parte permitiendo y mandando a los jurados de la Ciudad de Valencia pudiesen darle y le diesen ochocientas libras de ayuda de costa en quatro años, doscientas libras cada año para abrir y estampar las láminas y ymprimir sus explicaciones deel libro de anothomia (sic) que a compuesto con obligación de dar fianças; y en otra Real Carta despachada en 20 de abril del año 1687 fue V.M. servido aprovar el arbitrio que dichos jurados propucieron a V.M. de dispensar a mi parte la obligación de dar fianças, quando, por no allarlas y ser pobre, quedava frustrada obra tan del bien público como del ynforme que avía precedido constava, en cuya execución, aviendo rezebido mi parte la primer bistrecha de 200 libras, se obligó a dicha ciudad a remitir a la ciudad de Paris (que era el parage elegido para más hermosura y claridad de la ympreción, y oy lo es Amberes por averlo desterrado de los reynos de Francia cierta ymbidia), mil y ochocientas estampas cada un año y medio, efetos de seys láminas esto es 300 estampas de cada lámina parte de dicho libro, las quales cirviesen de seguridad para el cumplimiento de la obra y entonces recibiese la segunda bistrecha de 200 libras y así continuar mi parte y la ciudad, asta el cumplimiento de dichas 800 libras.
Se ha seguido, Señor, que el libro que avía de constar de veintiquatro láminas se ha augmentado hasta 44 láminas, assi por aver agregado productos de nuevas especulaciones y estudio en que ha descubierto nuevos vaços asta âora no descubiertos, y como por aver mejorado la distribuyción de las partes para mayor y más clara inteligencia, a cuya causa, y por su poca salud, a mi parte más conveniente enplear las fuerças de su caudal y el tiempo en abrir las láminas y no dividirlas en estamparlas como se yvan abriendo, porque, si Dios dispuciese de su vida, era más ymportante dejara más láminas abiertas y la explicación manoescrita que no menos láminas y aquéllas estampadas, pues el estampar y ymprimir es de la ynteligencia de qualquiera y el abrirlas no. Y aviendo acudido a dichos jurados el año 1690 a pedir la segunda bistrecha de 200 libras con demostración de 19 estampas, efetos de 19 diferentes láminas que entonces avía ya abiertas cuyo número excedía en la metad al que en dicho tiempo le competía tener, le fue respondido no dever la Ciudad darle cantidad alguna por aver faltado a lo capitulado de remitir las 1800 estampas cuya respuesta parece al pie del memorial que ago demostración.
Assimesmo ago demostración de 41 estampas efetos de 41 diferentes láminas que, algunos meses han, están abiertas, que verifican que, aunque mi parte a faltado a la formalidad de la obligación, no a cosa alguna de las que conducen al fin para que fundada dicha ayuda de costa, pues, si se concidera para útil deel buen bien público, se ve el libro casi concluso con los aumentos tan considerables como del número de las láminas se ynfiere, si, por la parte de la gloria de la ciudad a quien su hijo dedica la obra, no puede dudarse en su condición a España, pues es el blanco donde aciertan todas las obras grandes para logro de su costa, y a nadie le cita mejor en el presente caso que a mi parte para gozar los frutos de su trabajo, estudio y costas, y por aver coste por si solo dicha obra (excepto las 200 libras de la primer bistrecha) en tiempo tan penoso como aver estado la mayor parte de el enfermo de gota, a apurado su caudal y arbitrio sin que lo aya para papel, estampar, ymprimir, conducir y pagar derechos reales y no alla otro refugio sino el de la piedad de V. M.
Por tanto, a V. M. pido y suplico sea de su real agrado mandar a los jurados de la ciudad de Valencia, que, pues ya no se puede dudar salga a luz el libro de anotomia que a compuesto Chrisóstomo Martínez, para cuyo efeto se le señalaron ochocientas libras de ayuda de coste en quatro años, dar le den las dos que son quatracientas libras para que pueda costear la ympreción, papel, pagar derechos y condución de los libros a Valencia, en cuyo caso le den la última porción de doscientas libras que cumplan el número de las ochocientas.
Espera de la poderosa mano de V.M. toda gracia y merced.
[en la cabecera del oficio] En Madrid a 24 de Noviembre de 1691; Desde el despacho como suplica; y adviértase a la parte que ha de dar a cada un ministro un libro destos y dos al presidente y tesorero general.
Las láminas se las llevo el P. Borja.
El Licenciado Cosme Caudel, presbítero, procurador de Chrisóstomo Martínez, dice que, en bista de quarenta y una estampas efetos de quarenta y una diferentes láminas de que consta el libro de anatomía que ha compuesto mi parte, fue V.M. servido en 8 de diciembre más cerca passado, mandar a los jurados de la ciudad de Vallencia diessen a Chrisóstomo Martínez quatrocientas libras, parte de aquellas ochocientas de que se havia hecho gracia en ayuda de costa para inprimir este libro.
Dispensando V.M. la obligación a que estaba tenido de remitir cada un año y medio mil y ochocientas estampas productos de seis diferentes láminas que sirviesen de siguridad para el cumplemento de la hobra, y, habiéndose acudido a los jurados por las 400 libras, responden no deber dar cantidad alguna por no haver remitido todas las 1800 estampas que se habría obligado dentro del término y, si bien este desconsuelo ha mortificado el ánimo de Chrisótomo, su firmeza y amor a la patria le ha alentado a que, aplicando sus fuerças personales y confiando en la paternal providencia de V.M. ha compuesto siguiendo parte de dicho libro, en una de la lámina que consta de vara y tres quartas de alto, y contiene un retrato cierto y fidedigno desde la nervologia(?) de el hombre de el tamaño del natural, con tal aptitud que a un tiempo se logra la vista general de quanto contiene el original con la qual se evitaran los varios (ilegible) que sobre la composissión de la nervologia(?) a visto en diferentes autores (como si esta materia fuera oppinable), yerro a que los conduce a no reducir a especular una práctica las noticias de las antiguas teóricas.
Y reconociendo será lástima que obra que estará perfeta y la gracia de V.M. concedida, queda en este estado por falta de medios, privando al público de las conveniencias que le han de resultar, suplico a V.M. sea de su real grado repetir su Real Orden mandando a los jurados de Vallencia que toda suplica cessante [...]
Respuesta de Carlos Homo dei Moura y Pacheco, virrey de Valencia, sobre el estado de la obra de Martínez.A.C.A. Consejo de Aragón.
Señor mío, en carta del 16 del corriente me dize V.M: de orden del Consejo que, siendo virrey de este reyno el señor Conde de Zifuentes dio S.M. permiso a Chrisóstomo Martinez para que se abriese unas láminas de los huesos humanos y, deseando el consejo saber el estado de esta materia, havía acordado que V.M. me participase esto para que, informándome, avise lo que huviese sin que se suspendan las diligencias que se juzguen convenientes para la pública utilidad.
Y en respuesta de esta orden, diré a V.M. que, haviendo solicitado noticias he adquirido que con Chrisóstomo Martínez ajustó esta ciudad le daría ochocientas libras por toda la obra que para pasar a Paris y empecar las láminas.
Sepa, dice el síndico de la ciudad, costa de esta cantidad, y no más, que este hombre fue a Paris, que empezó esta hobra y ha embiado unas diez y nueve estampas de diferentes huesos y figuras.
Que, estando continuando, se rompió la paz y empeçando la guerra le desterró el rey de Francia.
Que no sabe dónde está este hombre ni a buelto a escribir a la ciudad, ni a embiado ninguna lámina, ni en la ciudad ay más de las 19 estampas sin que por ahora se ofrezca otra cosa que avisar a V.M. que se servirá de participarlo al consejo.
Queremos expresar nuestro agradecimiento a Antonio Carreras Panchón y a Noelia Caro Martínez, que colaboraron con interesantes aportaciones en la preparación final del manuscrito. |
D. thesis: Beatriz Puente-Ballesteros (2009), «De París a Pekín, de Pekín a París: La Misión jesuita francesa como interlocutor médico en la China de la era Kangxi (r.
1662-1722)», Tesis Doctoral con grado Europeo, Ciencias Sociosanitarias y Humanidades Médicas, Universidad Complutense de Madrid, section 3.2.1 (c, d).
En el presente artículo me centro en la enfermedad y muerte de Antoine Thomas (28 de Julio, 1709) en Beijing.
Lo cual servirá como estudio para aclarar ciertos aspectos del papel jugado por la medicina Jesuita, es decir, médicos Jesuitas y medicinas Jesuitas en la corte del emperador Kangxi (r.
Primero se presentará la red de poder, según se ve reflejada en los llamados memoriales de palacio de medicina, para poder llegar a una evaluación más profunda de la involucración médica de los Jesuitas, como médicos practicantes, proveedores de medicamentos extranjeros y como pacientes.
Se demostrará que las circunstancias de la enfermedad y muerte de Thomas han de basarse en un análisis político y social del papel de la medicina de corte promovida por el emperador Kangxi.
En segundo lugar, el estudio sobre Antoine Thomas también nos permitirá reflexionar sobre la deslocalización y apropiación de la teriaca en la corte china -uno de los medicamentos extranjeros en cuyo suministro posiblemente participaran los Jesuitas.
Para terminar, presentaré numerosas referencias en documentos de archivo que arrojarán algo más de luz sobre la enfermedad y muerte de Thomas, y cómo fueron percibidas y tratadas en la corte imperial.
Memorias médicas de palacio. |
El artículo se ocupa del problema que Alhacén formuló y resolvió en el libro V de su tratado de óptica.
A saber, encontrar el punto de reflexión en un espejo dado, si se conocen las posiciones del objeto y del observador.
Se pretende, primero, exponer el complejo esquema de argumentación usado por el filósofo y científico árabe, y segundo, proponer un posible esquema de razonamiento como un candidato que exhibe la lógica del descubrimiento.
PALABRAS CLAVE: Problema de Alhacén.
pues, al tratado cuyo título en árabe es Kitāb al-Manāzir y que se atribuye a Ibn al-Haytham.
Se han propuesto dos títulos para la presentación de la obra en latín De «Aspectibus» y «Perspectiva».
El primero se puede traducir como «Acerca de las apariencias» para darle realce a los aspectos psicológicos que menciona el tratado.
En tanto que el segundo se puede traducir como «Óptica» subrayando la concentración en los medios por los cuales la visión se lleva a cabo.
El nombre completo del autor es Abu'Ali al-Hasan ibn al-Hasan ibn al-Haytham, nombre que se ha abreviado bajo una de dos formas Alhacén o Alhazen.
Después del año 1250 varias copias manuscritas del De aspectibus llegaron a instalarse en puntos estratégicos de Europa.
La primera edición impresa apareció en 1572 con la excelente obra de Friedrich Risner Opticae thesaurus.
Ésta edición permitió contar en Europa con una versión canónica del trabajo de Alhacén; versión que se constituyó en una de las fuentes de inspiración de Kepler, Descartes y Huygens entre otros.
No obstante, la versión latina tiene algunas deficiencias.
Los tres primeros capítulos del libro I en la versión original en árabe, allí donde se establecen algunos criterios metodológicos, no están presentes en la versión europea.
Lagunas similares se encuentran en los libros restantes.
En consecuencia, la versión en latín no es una réplica exacta de la versión árabe.
Los tres primeros libros de la versión original en árabe han sido traducidos al inglés recientemente por A. I.Sabra; en tanto que la versión latina ha sido llevada al inglés por Mark Smith.
2 Para ----7, Bogotá (Colombia).
Correo electrónico: [EMAIL] Agradezco profundamente los comentarios y contribuciones de Sebastian Cristancho y Nicolás Montenegro.
La presente investigación contó con el apoyo del Fondo de Investigaciones de la Universidad del Rosario FIUR (código del proyecto: DVG-073).
Las figuras se han construido con los programas Cabri II-plus y Cabri 3D.
1 SMITH, M. ( 2001), Alhacen's Theory of visual perception, traducción al inglés con comentarios de los tres primeros libros del De Aspectibus, 2 vols., Philadelphia, American Philosophical Society, p. xx.
Hay indicios de una traducción del De Aspectibus al italiano en el siglo XIV.
El escultor italiano Lorenzo Ghiberti reportó haber tenido contacto con las ideas de Alhacén (Cfr.
La primera alusión a una versión en latín en Occidente proviene de un escrito de Jordanus de Nemore en un período entre 1220 y 1230; cfr.
2 SMITH, M. ( 2001), Alhacen's Theory of visual perception, traducción al inglés con comentarios de los tres primeros libros del De Aspectibus, 2 vols., Philadelphia, American Philosophical Society.
SMITH, M., (2006), Alhacen on the principles of reflection, traducción al inglés con comentarios de los libros 4 y 5 del De Aspectibus, 2 vol., Philadelphia, American Philosophical Society.
SMITH, M., (2008), Alhacen on image-formation and distortion in los efectos asociados con el tema del presente artículo, tomaremos en consideración la traducción al inglés que de la versión en latín preparó Mark Smith.
3 Alhacén nació muy probablemente en el año 965 en Basora (Al-Basra), ciudad localizada en lo que hoy se conoce como Irak.
Basora es también el puerto de Simbad el Marino.
Alhacén participó como estudiante en la Casa de la Sabiduría, una de las más grandes bibliotecas del mundo musulmán, fundada en el siglo IX con el objeto de promover el estudio y traducción de obras clásicas.
Allí tuvo la oportunidad de familiarizarse con las obras de Platón, Aristóteles, Euclides, Apolonio, Ptolomeo y Galeno.
Alhacén llegó a ocupar un cargo público en Basora; cargo que abandonó aduciendo, según algunos comentaristas, razones asociadas con algún tipo de enfermedad mental.
4 El científico árabe se trasladó después (1010) al Cairo para trabajar bajo el gobierno de al-Hakim, quien ordenó la construcción de la biblioteca del Cairo.
Todo parece indicar que la relación estaba fundada en un plan novedoso que Alhacén había concebido para controlar las devastadoras crecientes del Nilo.
Ciertos desacuerdos con al-Hakim, posiblemente asociados con el fracaso del proyecto para controlar el Nilo, fueron tejiendo las condiciones para que Alhacén fuese condenado a arresto por cerca de diez años.
Es probable que durante ese tiempo se hubiese concebido y adelantado buena parte del proyecto de su tratado de óptica.
Una vez terminó el arresto, Alhacén se instalo en El Cairo para posteriormente desplazarse a Bagdad y Basora.
El filósofo y científico árabe murió en el año 1040.
5 El De Aspectibus es un compendio de 7 libros.
El libro I presenta un esbozo general de la teoría de la visión de Alhacén.
El libro II da cuenta de su forma peculiar de concebir la psicología de la percepción.
Este libro sienta las bases teóricas para que el libro III se ocupe de los errores inducidos en la percepción visual cuando está en juego la visión directa.
Los libros IV y V se ocupan de la reflexión y formación de imágenes en espejos planos y en espejos curvos.
En estos libros se enuncia y se resuelve el famoso Problema de ---mirrors, traducción al inglés con comentarios del libro 6 del De Aspectibus, 2 vol., Philadelphia, American Philosophical Society.
SMITH, M. ( 2010), Alhacen on refraction, traducción al inglés con comentarios del libro 7 del De Aspectibus, 2 vol., Philadelphia, American Philosophical Society.
3 Las referencias a la obra de Alhacén aludirán al libro en números romanos, seguido del capítulo en números arábigos y, después del punto, la numeración del párrafo correspondiente.
El libro VI -complemento del III-se ocupa de los errores en la percepción visual ocasionados por rayos reflejados.
Por último, el libro VII se detiene en el estudio de la refracción de la luz.
No es difícil establecer con claridad las principales influencias en la obra de Alhacén.
Aristóteles contribuye para establecer una actitud y, quizá, un método para la investigación científica en general.
Euclides y Apolonio aportan el trasfondo geométrico.
La obra de Ptolomeo sugiere problemas y aporta la dirección específica en la que han de enfrentarse.
En muchos casos, Alhacén se limita a servir de correa de transmisión de las ideas de Ptolomeo.
Por último, la anatomía del ojo se toma casi directamente de los trabajos de Galeno.
En el contexto árabe, Ya'qūb al-Kindi (801-866) contribuyó a la asimilación del pensamiento griego e inició la osadía de participar en dicha empresa con una mirada crítica.
Si bien Aristóteles se había sentido inclinado a pensar que el corazón podía ser el asiento del alma, Galeno se atrevió a sostener que las funciones más importantes asociadas al alma debían tener su asiento en el cerebro.
Los pensadores árabes quisieron ofrecer una descripción galenizada de la psicología de Aristóteles.
Ellos quisieron asignar ciertas facultades psicológicas a regiones específicas del cerebro.
Una buena parte de esta síntesis, estudiada por Alhacén, se encuentra en Los diez tratados del ojo escrito por Hunayn ibn Ishāq (809-873).
Sin el ánimo de ser exhaustivos, podemos reducir a seis los aportes básicos de Alhacén en el De Aspectibus: (i) ofrecer argumentos definitivos en favor del intramisionismo; (ii) elucidar la naturaleza compleja del vértice en la pirámide visual euclidiana; (iii) aportar una descripción psicológica muy completa de los procesos de inferencia presentes en la percepción directa; (iv) advertir la importancia de métodos experimentales y modelos matemáticos para validar conjeturas en el estudio de la óptica; (v) proponer y ofrecer una solución completa del Problema de Alhacén; (vi) reiniciar los estudios cuidadosos de la refracción.
(i) Ofrecer argumentos definitivos en favor del intramisionismo.
A propósito de los fenómenos asociados con la percepción visual, los griegos se debatían entre, por un lado, concepciones extramisionistas (Platón, Euclides, Ptolomeo) que asumen que un cierto efluvio que emana del ojo sale al encuentro del objeto hasta entrar en contacto directo con él, provocando después la aparición de una imagen o fantasma del objeto contemplado; y, por otro lado, concepciones intramisionistas (Aristóteles, atomistas) que abogan porque alguna modificación del objeto sobre el medio sea la responsable de que el ojo reciba la forma sensible del objeto correspondiente.
Alhacén, por su parte, ofreció argumentos poderosos en favor del intramisionismo y mostró cómo podía usarse en este caso el modelo de la pirámide euclidiana, concebida inicialmente para esquemas extramisionistas.
En efecto, si pensamos que es a partir del ojo que emana cierto efluvio visual, conviene preguntar si hay algo que regresa al ojo o nada retorna.
En el segundo caso nada podría percibirse.
En el primero nos vemos obligados a restituir la tesis intramisionista.
También conviene preguntar si ese efluvio es o no corporal.
Si es corporal, hemos de admitir algo absurdo; esto es que una sustancia corporal que emana del ojo puede llenar en un solo momento todo el espacio que tenemos al frente desde nuestros ojos hasta la inmensidad del cielo, sin que el ojo sienta mengua alguna en su constitución.
Si no es corporal no hay espacio para hablar de sensación, toda vez que ella implica el reconocimiento de objetos físicos por la afección que ellos producen en nuestros órganos corporales (Alhacén, I, 6.56).
(ii) Elucidar la naturaleza compleja del vértice en la pirámide visual euclidiana.
La pirámide visual de Euclides es un instrumento que, sin duda, simplifica el análisis de la visión.
En el caso de Euclides lo fundamental es: (i) un observador reducido a un punto (el vértice de la pirámide); (ii) un objeto que ha de ser contemplado y que constituye la base de la pirámide; (iii) una mediación que ocurre en virtud de líneas rectas entre el objeto y el observador; y (iv) un observador que lee las claves geométricas de la mediación para inferir posiciones, tamaños y distancias del objeto percibido.
Ahora bien, concebir el observador como un punto geométrico es una simplificación que deja por fuera aspectos esenciales.
Un punto, según Euclides, es aquello que no tiene partes.
Concebir el ojo como un algo sin partes no nos permite abrazar la complejidad que en sí encierra la percepción.
Alhacén, considerando la información anatómica aportada por Galeno, procuró establecer la funcionalidad geométrica de cada una de las partes del ojo.
(iii) Aportar una descripción psicológica muy completa de los procesos de inferencia presentes en la percepción directa.
El ojo es una ventana abierta que permite instalar en la pared posterior del cristalino una imagen isomórfica del objeto contemplado.
A continuación esta imagen es capturada, sentida y transportada por los espíritus visuales a través del nervio óptico hasta el nervio común y por éste hasta la parte frontal del cerebro sin pérdida del isomorfismo inicial.
Allí el sensor central está en condiciones de percibir las propiedades visibles, algunas de ellas encarnadas -en el buen sentido aristotélicoen los objetos exteriores.
Entre estas propiedades conviene asentar la siguiente distinción.
De un lado se encuentran las propiedades que se perciben por la sensación bruta [sensu solo] y, de otro lado, las propiedades que son percibidas gracias a la intervención del juicio, del reconocimiento y de la diferencia-ción en conjunción con la sensación de las formas percibidas.
Alhacén adelantó un juicioso estudio de las características de las inferencias presentes en la percepción visual.
6 (iv) Advertir la importancia de métodos experimentales y modelos matemáticos para validar conjeturas en el estudio de la óptica.
Todas las superficies reflectantes desvían la luz, forma y color.
Lo hacen ajustadas a dos principios centrales: (i) dado un punto de reflexión sobre la superficie ocurre que la línea de incidencia y la línea de reflexión se encuentran en el mismo plano con la normal trazada a la superficie en el punto de reflexión; y (ii) tales líneas forman con la normal ángulos equivalentes (Alhacén, IV, 3.2).
El filósofo árabe no se limitó a sugerir plausibles argumentos especulativos o a apoyarse en la tradición (Aristóteles, Euclides, Ptolomeo) para soportar las mencionadas leyes, sino que intentó someterlas a una rigurosa verificación empírica.
Para ello dispuso de un cilindro macizo, sellado completamente, cuya base inferior contenía el dibujo de rectas de guía convergentes en el centro de la base del cilindro prefigurando el paso de la luz.
Las paredes del cilindro poseían orificios justo en los puntos de intersección de las líneas de guía de la base y las paredes del cilindro.
Estos agujeros se sellaban con bloques de madera fácilmente removibles.
En la base se podía disponer un espejo en una posición controlada por el experimentador.
Alhacén destapaba un agujero para permitir la entrada controlada de la luz y, después, retirando uno a uno cada tapón, buscaba la trayectoria de salida del rayo de luz reflejado.
De otra parte, Alhacén, siguiendo a Euclides y a Ptolomeo, se esmeró por hacer de la geometría el canon con el que debían presentarse los problemas y las soluciones asociadas con el estudio de los fenómenos ópticos.
Así, la geometría logra encarnarse en el estudio de la percepción visual.
No se trata de un instrumento adicional que pudiese hacernos la vida más cómoda.
La geometría es el lenguaje en el que se puede formular significativamente las preguntas propias que atañen al estudio de la percepción visual.
(vi) Reiniciar los estudios cuidadosos de la refracción.
Alhacén intentó darle continuidad a los estudios que Ptolomeo había iniciado a propósito de las regularidades matemáticas implícitas en los fenómenos de refracción de la luz.
Él advirtió los problemas de Ptolomeo en el momento de pretender explicar el aumento del tamaño aparente de la Luna cuando era contemplada en el horizonte.
Cuando un observador en la Tierra dirige su mirada al cielo, asimila la superficie ----celeste a un plano que se extiende indefinidamente en todas las direcciones.
Así las cosas, cuando contempla la Luna en el horizonte, la mente habrá grabado la expectativa que impone que la distancia a la Luna es bastante mayor comparada con la distancia recordada en el zenit.
Si en los dos casos imaginamos objetos que poseen el mismo tamaño absoluto, ellos serán contemplados bajo conos visuales de la misma amplitud angular; en consecuencia, como en el horizonte la Luna parece más distante, la facultad visual aventurará la hipótesis según la cual, la Luna debe ser un objeto de mayor amplitud en su tamaño.
EL PROBLEMA DE ALHACÉN Después de ofrecer argumentos y evidencias experimentales en favor de las leyes de la reflexión, y después de fortalecer la confianza en el principio de Ptolomeo, 7 Alhacén propone el famoso problema que lleva su nombre.
Este problema reza así: si yo conozco la geometría del espejo y las ubicaciones del objeto y del observador, se pide hallar el punto de reflexión, en caso de existir, para que después se pueda establecer la ubicación precisa de la imagen correspondiente.
8 Este problema se formuló en forma precisa inicialmente en la proposición 18 del libro V. 9 Si el espejo es plano, la solución es trivial.
En los casos restantes, la solución exige una complejidad que no alcanza a advertirse en la simplicidad de la formulación del problema.
10 Nos ----concentraremos en la solución para el caso de los espejos convexos (esféricos, cónicos y cilíndricos).
Alhacén divide el problema en dos casos.
El primero de ellos es muy sencillo; mientras que el segundo reviste una complejidad extrema.
En el primero caso se establece como condición que tanto objeto como observador se encuentren a la misma distancia del centro del espejo.
Imaginemos que O representa la posición del objeto y V la del observador frente a un espejo esférico convexo de centro en N (Figura 1).
Imaginemos también que La solución del segundo caso, cuando objeto y observador se encuentran a distancias disímiles del centro del espejo, implica un camino muy tortuoso.
----De hecho, Alhacén presenta la solución después de ofrecer 6 lemas que atienden a construcciones auxiliares.
Los lemas mencionados son las proposiciones 19 -24 (Alhacén, V, 2.141 -2.197).12 A continuación me ocuparé del método desarrollado por el filósofo árabe para resolver el problema asociado con los espejos esféricos convexos.
Las construcciones auxiliares se presentan al final del apartado y se reenumeran atendiendo al orden en el que se van necesitando.
Formulación del Problema de Alhacén Imaginemos un espejo esférico de centro G, un observador ubicado en A y un objeto ubicado en B. La figura 2 muestra el corte de la esfera con el plano que contiene a los puntos A, B y G. El punto de reflexión ha de encontrarse en el mismo plano, en consecuencia ha de hallarse sobre la circunferencia aludida.
El problema se puede formular así: dada una circunferencia de centro G y los puntos exteriores B (objeto) y A (observador), se pide hallar la ruta del rayo de luz que va desde B hasta A pasando por D (un punto en el espejo cuya normal es DE) de tal manera que los ángulos BDE y ADE sean congruentes.
A continuación (i) presento la solución de Alhacén; (ii) formulo algunas va-----riaciones en la presentación de la construcción auxiliar requerida; (iii) presento las claves de la demostración; (iv) sugiero una hipótesis plausible que podría explicar el camino que condujo a Alhacén a concebir una solución tan compleja; (v) presento el lema 6; (vi) presento el lema 2; (vii) muestro la extensión del método general para ocuparse de los espejos convexos (cilíndricos y cónicos); y, por último, (viii) recojo la conclusión final.
No hay sólo un punto que satisface la condición impuesta en la construcción auxiliar.
Hay dos puntos S y S'.
Alhacén demuestra que si ninguno de los ángulos CKS o CKS' es mayor que un ángulo recto, no habrá, entonces, solución para el problema.
14 Imaginemos, pues, que CKS es mayor que un ángulo recto.
A continuación se construye el ángulo BGE igual al ángulo SPK.
La intersección de GE con la circunferencia es el punto buscado D (Figura 4).
Probaremos, entonces, que D satisface la condición exigida, a saber, los ángulos BDE y ADE han de ser congruentes (Sección (iii)). (ii) Variaciones en la presentación de la construcción auxiliar.
La ubicación de la construcción al margen es completamente irrelevante.
En consecuencia y a diferencia de Alhacén, haremos la construcción sobre la disposición inicial para facilitar la contemplación de las congruencias y semejanzas requeridas.
Para ello, construimos el segmento GK, a continuación de BG, de tal manera que KG AG ≅.
Para que el lector pueda seguir la variación propuesta, rebautizaremos los puntos G y B con las alusiones G-F, B-M.
De esa manera se pueden seguir las descripciones en uno u otro esquema.
Después replicamos todas las construcciones enunciadas en la presentación de la prueba.
La figura 5 exhibe la nueva organización.
----, lo que nos permite defender que W coincide con A y, en consecuencia, A, D y H han de ser colineales (conjetura probada).
(iv) Hipótesis que exhibe una posible lógica del descubrimiento.
¿Cómo pudo Alhacén concebir un procedimiento tan complejo para dar con la solución del problema?
Esta es una pregunta que quizá nunca logremos descifrar.
----16 La primera se infiere del hecho de que los ángulos FPK y BGD son congruentes por construcción, así como lo son los ángulos PKF y QDG.
La segunda se infiere porque (i) SKF unido a FKP resulta congruente con BDQ unido con QDG (que es congruente a PKF) y (ii) DBQ es congruente con FSK por la semejanza previa establecida entre los triángulos SPK y BDF.
La tercera se infiere porque los dos triángulos son rectángulos y los ángulos QBZ y OSF son congruentes.
por construcción y H es colineal con B y G.
De un lado, los pasos preliminares recuerdan los métodos empleados por los griegos para hallar una media proporcional entre dos segmentos dados: (i) disponerlos uno a continuación del otro sobre una recta; (ii) hallar el punto medio de la composición; (iii) trazar una perpendicular por el punto de reunión de los dos segmentos; y, por último (iv), encontrar sobre dicha perpendicular un punto que satisface condiciones adecuadas para la solución (en este caso, el punto debe ser la intersección con la circunferencia que se centra en el punto medio y pasa por los dos extremos libres de los segmentos reunidos).
18 La familiaridad de Alhacén con los métodos griegos pudo guiar los pasos iniciales.
De otro lado, la solución del caso simple, aquel en el que objeto y observador equidistan del espejo, pudo ofrecer las pistas siguientes.
19 Sumadas las dos ideas seminales, pudo ser que Alhacén, después de suponer que objeto y observador equidistan del centro del espejo, reuniera los segmentos GB y GA' -GK' en la figura 8-uno a continuación del otro sobre la misma recta.
El punto G define ya el punto medio que coincide con la intersección de los dos segmentos por donde se ha de trazar una perpendicular.
A continuación, si ésta sugerencia es plausible, Alhacén pudo determinar la propiedad esencial del punto que habría de buscar sobre dicha perpendicular, a saber el punto C'.
C ́ es el corte de la recta BA ́ con la perpendicular a BK ́ por el punto G. Dado que los triángulos A ́GB y K ́C ́B son isósceles y semejantes, resulta que los ángulos K ́C ́G y BGD (la bisectriz de A ́GB) son congruentes.
La Figura 8 muestra los rasgos sobresalientes de la solución de Alhacén para este caso particular.
Utilizo las letras primadas para referirme a los mismos elementos de la solución general.
En la Figura 8 el punto C' también se denomina P'.
Se puede esperar, dado que ya se sabe que la solución debe buscarse sobre la bisectriz de BGA, que la figura auxiliar replique un triangulo semejante a BGD.
Como G y K' ya forman parte de la construcción auxiliar y''.
De esa manera, los triángulos BDG y P 'K' S' resultan semejantes.
Traducción al inglés y edición a cargo de Thomas L HEATH.
19 Mark Smith propone una estrategia que atiende también a esta segunda recomendación.
Sin embargo, Smith no se concentra en la construcción auxiliar inicial, sino en los elementos agregados para ofrecer la prueba final.
Esto hace que las dos propuestas, la de Smith y la mía, subrayen elementos diferentes aunque pudiesen estar emparentados.
SMITH, A. M. ( 2006 BR y BW (tangentes a la circunferencia que define el espejo) determinan el sector en donde es factible encontrar una solución al problema.
Cuando A' cae sobre la tangente BR (como muestra la figura 9), estamos bordeando el límite para una solución posible.
En este caso, BDG es un ángulo recto y así mismo debe serlo P 'K' S ́.
Ello muestra por qué Alhacén advierte que para tener una solución al problema ha de ocurrir que el ángulo CKS (en la figura 7) sea mayor que un ángulo recto.
20 Ahora bien, conocida la solución del caso elemental, Alhacén pudo evaluar situaciones emparentadas que condujesen a la misma solución, tratando de establecer las modificaciones y los invariantes básicos.
Cualquier punto A que se encuentre sobre la semirrecta DA' ha de conducir a la misma solución D, siempre que tanto B como las características geométricas del espejo se conserven.
Así entonces, el punto D ya no se encuentra en la bisectriz de AGB.
Cuando A se desplaza desde A' hasta la nueva posición, la bisectriz rota de GE a GU.
La figura 10 muestra el caso.
La solución al problema debe conducir al punto D. Los puntos N y H, por razones obvias se mantienen invariantes (N es el corte de BK ́ con la tangente en D; H es el corte de A ́D con BK ́).
También resulta invariante el triangulo BDG.
Imaginemos, pues, que Alhacén replica los pasos iniciales de la construcción auxiliar del caso simple.
Pudo, entonces, disponer GB y GK ( GK GA ≅ ) uno a continuación del otro para trazar después la perpendicular a este segmento por G. Si a continuación se construye el ángulo GC ́ ́K (C ́ ́ sobre la perpendicular) de tal manera que ́ǴC K AGU ∠ ≅∠ (la bisectriz de AGB), es claro que este ángulo ya no permite la determinación de D, que ahora no cae sobre dicha bisectriz.
Como ya conocemos la solución, podemos construir los ángulos GPK (con P sobre C ́ ́K) y PKS (con S sobre PG) de tal manera que GPK BGD ∠ ≅∠ (mitad de A ́GB) y PKS GDB ≅.
Así las cosas, el triángulo SPK resulta semejante con el triángulo invariante BDG.
Se puede probar, primero, que el punto S cae precisamente sobre la perpendicular a BK trazada en el punto medio O y, segundo, que el ángulo OSP es congruente con el ángulo EGU (la rotación de las bisectrices como efecto del desplazamiento de A).
21 Dado que ahora el protagonismo se puede concentrar sobre la mediatriz SO, podemos prolongar KC ́ ́ hasta cortar a SO en C.
22 En ese orden de ideas, si nos dan inicialmente B y A (y desconocemos A ́), podemos trazar la perpendicular por el punto medio O, y después de trazar el ángulo OCK congruente con la bisectriz de BGA, hemos de hallar S, sobre dicha perpendicular, de tal manera que podamos garantizar la colinealidad de S, G y P, por un lado, y la semejanza de los ----20 También se advierte que sólo hay solución si la recta A ́B no corta a la circunferencia.
21 Estos resultados se pueden defender acudiendo a las construcciones que justificaron la demostración general.
22 Más adelante se entenderá el sentido de la introducción en paréntesis para el párrafo.
triángulos SPK y BGD (aun cuando D también se desconoce).
Así las cosas, después de construir el triángulo rectángulo COK, se busca sobre CO el punto S a partir del cual se puede trazar la recta SG que corta a CK en P de tal manera que SP BG PK GD =.
El hecho de que desconozcamos la posición precisa de D no es óbice para adelantar la tarea, toda vez que la magnitud de GD, donde quiera que se encuentre D, coincide con el radio de la circunferencia.
Esta construcción garantiza la colinealidad S-G-P y da pie para garantizar la semejanza buscada si a continuación construimos BGE SPK ∠ ≅∠.
Es, entonces, muy posible que Alhacén partiese de la solución del caso simple y, a continuación, procurase hallar los invariantes al modificar dicho caso.
Más adelante veremos que este ejercicio metodológico se repite para situaciones más complejas (los espejos cilíndricos-convexos y los espejos cónicos-convexos).
De ser correcto el procedimiento de descubrimiento que hemos esbozado, hemos de preguntar, entonces, por la similitud o diferencias con los métodos de análisis y síntesis propuestos por Euclides en el Libro XIII de sus Elementos.
En la traducción que sugiere Heath de esos difíciles pasajes, teniendo en cuenta las aclaraciones de Pappus, el análisis es el método mediante el cual aceptamos como hallado lo que estamos buscando, para después indagar por la causa antecedente de esto último y continuar así hasta llegar a algo ya conocido o perteneciente a los primeros principios.
En el caso de la síntesis que le sigue, recorremos el camino inverso; esto es, partimos de lo ya conocido o de los primeros principios a los que arribamos con el análisis y, una vez garantizada la reversibilidad necesaria del proceso anterior, avanzamos hacia la construcción formulada como problema.
23 Heath, siguiendo a Hankel, propone dos fases en el análisis: primero la transformación, en la que nos movemos desde la supuesta solución al problema hasta hallar una nueva construcción que no pertenece a los datos originales; y, segundo la resolución en la que se prueba que todas las partes restantes de la nueva construcción son conocidas.
En formas análoga, la síntesis consta también de dos fases: la construcción en la que se sigue el proceso inverso de la resolución del análisis -garantizada la reversibilidad con carácter necesario-; y la demostración en la que se prueba que la construcción así obtenida satisface las condiciones exigidas inicialmente en el enunciado del problema.
Imaginemos, pues, que el procedimiento descrito exhibe efectivamente un camino de descubrimiento; y supongamos, también, que dicho procedimiento encarna la dupla análisis-síntesis.
Veamos ahora si podemos identificar las ----fases señaladas.
Supongamos que la circunferencia y los puntos A y B (Figura 10) son dados y nos piden hallar el punto que satisface las condiciones del punto de reflexión.
Imaginemos que D sea ese punto.
Trazamos la bisectriz GU al ángulo AGB.
Trazamos la semirrecta DA y hallamos A ́ sobre ella, de tal manera que ǴA GB ≅.
D es también la solución al problema de Alhacén si hubiesen sido dados A ́ y B originariamente.
Trazamos BA ́ y obtenemos el corte C ́ con la perpendicular a GB por G (Figura 8).
Se construye el triángulo isósceles BC ́K ́ y el triángulo C ́K ́S ́ ( ́Á G K G ≅ ) forzando la semejanza con el triángulo BDG.
Imaginamos ahora que un punto virtual se desplaza a lo largo de la semirrecta DA, desde A ́ hasta llegar nuevamente a A. En esa transformación exigimos, primero, la invarianza de la semejanza entre los triángulos BDG y SPK (con S y C sobre la mediatriz de BK (Figura 10), P sobre la recta CK, GK de idéntica longitud a la que existe entre G y el punto virtual y el ángulo SCK congruente con la bisectriz al ángulo formado entre B, G y el punto virtual), y segundo, que la rotación de la bisectriz (EGU) se replique en el ángulo OSG.
Es la fase descrita en el párrafo que inicia con la anotación (Fase construcción).
Es la fase descrita con el numeral (iii).
(v) Construcción auxiliar 1 (Lema 6).
Nos ocuparemos ahora de las dos construcciones auxiliares (Lemas 6 y 2) que hacen posible la solución general para el caso de los espejos esféricos convexos.
Dado el triángulo rectángulo ABG (ABG recto) y un punto D sobre uno de los catetos (para el caso, BG); dados también los segmentos libres E y Z, se pide hallar la recta que pasa por D y corta a la hipotenusa AG en Q y al otro cateto AB en T, de tal manera que =, que era lo que se pretendía.
26 La solución completa del Problema de Alhacén depende ahora de nuestra habilidad para trazar CN de tal manera que la longitud de LN coincida con la longitud de un segmento dado.
(vi) Construcción auxiliar 2 (Lema 2).
Dada una circunferencia GAB de diámetro GB y un segmento de recta HZ, se pide trazar una recta desde A que corte la circunferencia adicionalmente en D y al diámetro GB en E, de tal manera que HZ ED ≅ (Alhacén, V, 2.158-2.166).
27 La solución del problema exige las siguientes construcciones (Figura 12).
Se dispone HZ sobre la recta GB.
Se traza HM paralelo a GA y el ángulo LHZ congruente con el ángulo ABG.
28 Se proyecta ortogonalmente Z sobre HM (en T) y sobre HL (en N).
Se construye la cónica (hipérbola) que pasa por T y tiene como asíntotas a ZN y HL.
29 Se traza la circunferencia de centro T y radio BG (puede ocurrir que corte la otra rama en dos puntos, en un punto o en ninguno).
Sean C y C' los cortes de dicha circunferencia con la ---- 27 Los griegos se referían a esta clase de problemas con el término neusis.
28 M y L se definirán con más precisión a continuación.
Por lo pronto no requieren de una definición más precisa.
29 Alhacén sugiere usar el método de Apolonio (Cfr.
Edición preparada por Dana Densmore, II, 4).
Pappus denominaba problemas sólidos a aquellos cuya solución requiere en forma necesaria el uso de superficies cónicas (cfr.
La referencia necesaria a una cónica puede tomarse como indicio de la posibilidad de que el problema no se pueda resolver con el uso exclusivo de regla y compás.
Para una demostración en esta dirección véase NEUMANN, P., (1998), «Reflections on reflection in a spherical mirror», en American Mathematical Monthly, 105, pp. 523-528.
(vii) Espejos cilíndricos y cónicos convexos.
Las soluciones de Alhacén, si bien siguen el mismo esquema de razonamiento, se vuelven absolutamente complejas por lo extensas y lo escabroso de los giros en los argumentos.
No obstante, la estructura profunda del razonamiento es simple, elegante y poderosa.
Expongo en líneas generales el esquema de razonamiento y procuro resaltar el parecido de familia con el esquema propuesto en la lógica del descubrimiento.
Alhacén concibe dos casos simples y un caso complejo.
El caso complejo se resuelve atendiendo la solución de un caso simple para después hacer modificaciones que resaltan elementos invariantes.
En primer lugar, observador y objeto pueden encontrarse en un plano que contiene al eje del cilindro o del cono.
En este caso el punto de reflexión ha de encontrarse en la intersección de dicho plano y la superficie del espejo (a saber, una recta).
El problema entonces se reduce a hallar la solución para el caso de un espejo plano.
En el segundo caso, observador y objeto pueden encontrarse en un plano paralelo a la base del cilindro o del cono.
El punto de reflexión ha de encontrarse, pues, en la intersección de dicho plano y la superficie del espejo, a saber una circunferencia.
Este caso remite a hallar el punto de reflexión en un espejo esférico convexo.
La Figura 13 exhibe los casos 1 y 2 para espejos convexos cilíndricos y cónicos. la superficie del espejo y determina el punto buscado.
FK es la normal a la superficie del espejo en el punto de reflexión.
Es claro que AF (rayo reflejado), FK ----31 Se traza una recta desde el vértice que contenga al punto B. A continuación se halla la intersección de dicha recta con el plano paralelo a la base y que contiene a A. Si el espejo es cilíndrico bien podríamos pensar que se trata de un cono cuyo vértice se encuentra corrido al infinito.
En ese orden de ideas, la proyección se vuelve ortogonal.
(Este no es el lenguaje de Alhacén, por razones obvias).
32 Si se trata del cilindro, el vértice G se concibe como un punto al infinito.
(normal) y BF (rayo incidente) se encuentran en el mismo plano ABF.
33 Alhacén procura demostrar que la condición de congruencia entre los ángulos B 'C' E' y E 'C' A no se pierde en la proyección.
34 Por lo tanto los ángulos AFK y BFK son congruentes.
La Figura 14 muestra los elementos descritos para los dos casos.
La exposición que Alhacén ofrece de la solución al problema que lleva su nombre oculta la lógica del descubrimiento.
Nos encontramos con un ejercicio complejo, por la cantidad de movimientos abstrusos que supone, y brillante, por la contundencia del resultado.
Hemos sugerido un procedimiento que podría develar aspectos centrales de la lógica del descubrimiento.
Suponemos que se usan, primero, métodos emparentados con los procesos usados por los griegos para hallar medias proporcionales, y, segundo, un mecanismo heurístico sencillo que se puede resumir así: (i) hallar la solución a un caso trivial, y (ii) deformar el caso trivial conservando los invariantes básicos hasta dar con las condiciones del caso complejo.
Es probable que esta combinación encarne la reunión juiciosa de análisis y síntesis.
De cualquier manera, la solución del problema para el caso de los espejos cónicos y cilíndricos exhibe nuevamente el patrón que hemos querido resaltar: solución de un caso trivial, seguido de una transformación que atiende los invariantes hasta dar cuenta de las condiciones complejas iniciales.
34 La demostración no reviste mayor complejidad.
otra rama de la hipérbola en caso de que existan los cortes o coincidan en uno solo (si no hay corte, no habrá solución).
Se traza TC y se hallan los cortes F, Q con las asíntotas HL y ZN.
Se traza la paralela a TC por Z y se definen los cortes M, L con HT y HN.
Se construye el ángulo BGD (D sobre la circunferencia) de tal manera que HLZ BGD ∠ ≅ ∠ y se traza AD que corta a BG en E. En este caso
HZ ED ≅, que es lo que se quería.
Si en lugar de tomar C se hubiese tomado C' y se sigue el mismo procedimiento, el resultado conduce a otro punto D' que satisface también la condición impuesta. ----30 Apolonio demuestra en II, 16 que si Q y Q ́ son puntos arbitrarios sobre ramas diferentes de una hipérbola y K y K ́ los cortes de QQ ́ con las asíntotas, ocurre que ́QK Q K ≅. |
Para mucha gente no será novedad el libro de Rachel Carson, un bello y clásico libro de la historia ecológica, o de la ecología sin más.
Ya fue traducido poco después de su primera edición, formando un hermoso volumen.
Las citas del texto de R. Carson están hechas por esta edición) Sin embargo, una buena y nueva edición castellana siempre será noticia.
Nos presenta el prologuista a la autora como una científica, bióloga marina y zoóloga, que supo desplegar con atractivo y éxito ante el gran público las bellezas del mar.
Su libro Silent Spring fue respuesta a la industria química y a la política agraria norteamericanas.
Muy contestado, uno de los ataques que recibió la autora es más bien un gran elogio, el de «sacerdotisa de la naturaleza».
(J. Ros, prólogo, p. xvii) Excelente escritora, ella misma afirmaba poseer «la mágica combinación de conocimientos objetivos y de respuesta emocional profundamente sentida.»
(J. Ros, p. xv) Pero pronto se aceptaron muchas de sus propuestas, así pudo informar por encargo del presidente Kennedy sobre el uso de plaguicidas a la agencia de protección ambiental.
Consiguió al parecer limitar el uso del DDT (excepto para luchar contra la malaria y otras enfermedades).
Sus principales dardos iban contras las expresiones «control de la naturaleza», o bien «progreso a toda costa».
(J. Ros, p. xx, xxiii, xxxi) Si hoy la ciencia matiza sus afirmaciones (sobre plaguicidas cancerígenos), o duda de algunas (paso de tóxicos a sangre cuando las grasas se metabolizan), otras se mantienen.
Así los «efectos en cascada» (J. Ros, p. xxvi), esas primaveras sin pájaros, o esos otoños sin frutos (dados los actuales peligros para las abejas y otros polinizadores).
La naturaleza es entendida como una «red de vida», hoy biocenosis o ecosistema.
Señala así el prologuista los principales aciertos de la obra, como mostrar la acumulación de tóxicos en los organismos, la victoria de los insectos en la evolución, la insistencia en una agricultura sostenible, en la que razones ecológicas se unen a las económicas.
La aniquilación de especies hermosas (y útiles), la contaminación de la cadena alimentaria, los daños genéticos, el peligro del cáncer...
Los horrores de la talidomida ayudaron en estas luchas.
La Cumbre de la Tierra de Río de Janeiro condujo al Convenio sobre la Biodiversidad, con los acuerdos sobre los gases invernadero.
En alguna edición hay prólogo de Al Gore o postfacio de Edward O. Wilson.
No es extraño que una edición inglesa estuviera prologada por Julian Huxley, o que en su libro tengan cabida palabras e imágenes, poetas y científicos.
Viniendo la autora del terreno de la ciencia, se preocupa en sus páginas por la vida humana, o la vida de la naturaleza.
Una de sus primeras frases, es sobrecogedora: «¿Qué es lo que ha silenciado las voces de la primavera en incontables ciudades de Norteamérica?
Este libro trata de explicarlo.»
15) No lo son menos, algunas afirmaciones -resultan tempranas en los años sesenta-sobre el peligro de algunas actividades científicas o técnicas.
De todas formas, se ha vivido la guerra y el holocausto, también las explosiones atómicas, está reciente el miedo ante el poder destructor de la especie humana.
El libro de Adorno y Horckheimer está también próximo.
Son sus frases enérgicas: «la radioactividad es ahora la antinatural consecuencia del entrometimiento del hombre en el átomo. (...)
La química, (...) es la creación sintética de la inventiva humana, obtenida en los laboratorios y sin contrapartida en la naturaleza.»
19) Se preocupa de forma principal por los efectos que los productos químicos mal empleados tienen sobre la naturaleza.
Nos informa Agustí Nieto-Galan de una Exposición en 1994 en el Museum of American History de la Smithonian Institution en Washington sobre «Science in American Life», en relación sobre todo con la química.
Se seguía allí la tendencia a igualar poder político y científico propia de la tradición de este magnífico museo, si bien al parecer se infiltraron algunas críticas más o menos explícitas.
Desde luego no pudieron gustar a los profesionales de la química, una ciencia en entredicho entre los ecologistas e historiadores de la nueva tendencia ecológica.
(Agustí Nieto-Galan, Los públicos de la ciencia.
Expertos y profanos a través de la historia, Madrid, Fundación Jorge Juan, Marcial Pons Historia, 2011, pp. 26-27) Nos dice así Rachel Carson que desde 1940 se habían producido 200 nuevos productos contra las «plagas», no olvidemos que tan solo nos habla de una veintena de años.
Estamos sin duda en la era de los especialistas, con un gran poder de la industria.
Las plagas han sido sin duda desde el mundo clásico y bíblico uno de los castigos de la humanidad, la reacción de esta ha sido poderosísima en estos tiempos últimos.
Los insectos tienen muchos conflictos con el hombre, «como competidores de los productos alimenticios y como portadores de enfermedades.»
21) Además, los insectos -aparte de sus propios ciclos vitales, o cambios por alteraciones en climas o temperaturas-aumentan por la intensificación de los cultivos y por la importación de plantas, nada extraña pues los cuidados que en un paraíso como Australia se toman para evitar la entrada de organismos vivos extraños.
Muy potentes productos se han ideado, sustituyendo a los antiguos venenos.
Los insecticidas antiguos se basaban en el arsénico, los modernos en el fósforo (base de los fosfatos orgánicos) o en el cloro como el DDT, empleado como insecticida en 1939.
Son productos muy peligrosos en el cuerpo humano (su metabolismo) y en la naturaleza, por lo que nos habla Carson de estos «insecticidas sistemáticos», que cubren y destruyen como la túnica de Medea.
Las consecuencias son la contaminación de las aguas (ríos y mares, arroyos y lagos) y serios peligros para el mantillo verde, debido a la lombriz de tierra (estudiada por Darwin, nos recuerda), bacterias, hongos y algas, que reducen plantas y animales a sus productos minerales.
El manto verde de la tierra supone plantas y animales en equilibrio, parece compensar las luchas en la naturaleza de que hablaba Heráclito.
Nos introduce la autora el vuelo de las abejas, hoy tan amenazadas, en busca del polen, la actividad de los insectos herbívoros, los vuelos de los escarabajos.
Es el hombre el culpable de su alteración, pues se ve amenazado el protector manto por las urbanizaciones, los campos de golf, los pastizales... y en especial los herbicidas.
La acción humana siempre está presente, así se pulverizan los olmos desde 1930 por el mal holandés debido a la im-portación de troncos para chapeado contaminados por hongos.
Se afectan petirrojos, estorninos, vencejos y cardenales... y ningún pájaro canta.
Las luchas en USA contra polillas y hormigas con fumigaciones desde los cielos con DDT producen ríos de muerte.
Hay venenos al alcance de todos, llegando mucho más allá del sueño de los Borgia, afirma.
El precio que paga el ser humano (y los animales) radica en el hígado (cirrosis), también en el sistema nervioso.
A través de muy estrechas ventanas entra la química en la célula.
Se encuentra el DDT y los hidrocarburos en los huevos de los pájaros.
También afectan las radiaciones, la luz solar, junto a esos productos químicos, produciendo muchos cánceres.
Ya se encontró una causa en el hollín en el cáncer de escroto de los deshollinadores, nada menos que en 1775 por sir Percival Pott.
El australiano sir Macfarlane Burnet consideraba que el DDT hace a los mosquitos ginandromorfos.
Se pueden producir alteraciones de los cromosomas y leucemias.
Las amas de casa que usan DDT contra las arañas tienen riesgo de leucemia, se afirma.
Según Warburg los cancerígenos como las radiaciones o los químicos incluso en pequeñas dosis actúan sobre la respiración de las células.
Se puede llegar también al cáncer por la alteración del equilibrio de las hormonas sexuales, a través del hígado.
Toma la frase «mar de cancerígenos» -quizá demasiado fuerte-para indicar nuestra situación.
La naturaleza se defiende, en su búsqueda de armonía.
«El equilibrio de la naturaleza no es un statu quo; es fluido, mudable y en estado permanente de reajuste.
El hombre también forma parte de este equilibrio.
A veces la balanza se inclina a su favor; otras veces -y muchas mediante su actividad-cambia en su desventaja.»
252) Los insecticidas se emplearon por los aliados en Italia, así el DDT contra el tifus exantemático, para matar piojos en la guerra.
En la primavera de 1944, el Allied Control Comission en Italia pregunta a la Rockefeller Foundation sobre la malaria.
Esta recomienda el DDT y en 1945 la Health Division of UN relief organization empieza campañas en Italia, seguidas por otras en Grecia, Venezuela y Ceilán.
La Rockefeller también actúa en Cerdeña (y en España).
Grandes entusiasmos acompañaron los logros, pero en 1947 las moscas domésticas muestran resistencia en Grecia, también en Cerdeña.
El mosquito Anopheles la muestra en 1951 en las islas griegas.
Sin duda, según la ley de supervivencia del más fuerte de Darwin, corresponderá a los insectos este honor de sobrevivir y resistir.
Primero consiguieron los mosquitos resistencia en el exterior, luego en las casas, también lo logran las cucarachas y las pulgas.
El otro camino para luchar contra estos parásitos son los insectos machos esterilizados, técnica que empezó poco después, si bien hay también peligros en los esterilizantes, nos dice.
Los machos voladores de alguna polilla son atraídos por el olor glandular de la hembra, más pesada y que no vuela.
Se puede luchar así en el control de insectos por medio de los olores, sonidos, o bien otros seres vivos, como las arañas.
Este tipo de lucha tiene una historia, al parecer, más que centenaria.
Insistiendo en el peligro del «control de la naturaleza», considera muchas posibilidades de control biológico de insectos.
«Todas tienen esto en común: son soluciones biológicas, basadas en la comprensión de los organismos vivos que tratan de controlar y de la total fábrica de la vida a la que pertenecen esos organismos.»
284) Sería una manera de mantener el equilibrio en la naturaleza, que el empleo de productos peligrosos arriesga. ************* En el mismo sentido nos advierte Linda Nash, pero de forma más elaborada, propia del largo camino de las ideas ecologistas y de la historiografía ecológica.
Tras elogios al libro de Rachel Carson, enfoca su estudio al Valle Central de California, con la intención de complicar «the history of Americans' relationship to nature.»
1) Siempre dominado el valle por el capi-tal y la técnica, escribe la autora, el historiador social se ha interesado por el trabajo, la raza y la violencia; el ecológico, por la invasión de las praderas por los ganados, también por especies foráneas, o bien modificadas genéticamente, el empleo de tóxicos pesticidas y las presas y los ríos artificiales.
Es una tierra de gran belleza y riqueza rural, nos dice, pero también es el paisaje más productivo e industrializado, dominado por el capital y la tecnología, heredando un largo proceso de colonización y desarrollo capitalista.
Pero es preciso retener desde la ecología y la medicina las ideas sobre salud y enfermedad, también sobre el cuerpo y el medio.
El libro se apoya en dos esenciales aspectos: uno diacrónico, el pensar en una pervivencia de las ideas ambientalistas de la medicina antigua; el otro sincrónico, al recordar la relación, la permeabilidad entre el ser humano y su entorno, en un nuevo planteamiento del puesto del hombre en la naturaleza, tal como enunciaba el libro de Thomas Huxley.
Los seres humanos son parte inescapable de un amplio ecosistema, en lo que se basan las importantes ideas sobre salud y enfermedad que vienen del ecologismo.
Aquí son de forma magistral aplicadas al Valle Central de California, separándose tanto de un romántico agrarismo, como del management ilustrado del medio ambiente.
Siempre se ha valorado en el sur, nos recuerda, la explotación de la madera, la agricultura, las minas, además de temas relacionados con la salud como las aguas, el clima, la atmósfera.
En el Valle le ha interesado la antigua percepción de los suelos, las fuentes, las enfermedades, los vientos, el sol y el papel de los médicos, quienes en su vivencia y estudio del paisaje han mostrado en sus pobladores los viejos miasmas, las fiebres, la debilidad...
Sin duda se hereda el escrito hipocrático Sobre los aires, aguas y lugares, al igual que se conocen las Topografías médicas europeas, «as I realized how important perceptions of health were to understanding the natural landscape in earlier eras.»
5) Había miedo a ciertos paisajes, sean pantanos, selvas o climas tropicales.
Se relacionaba con el colonialismo europeo, que si bien deja de sentirse vuelve a renacer esta relación con el norteamericano, cuando empiezan importantes estudios y publicaciones sobre la medicina colonial.
Así puede verse la biografía de Richard Pearson Strong (1872-1948), especialista en medicina tropical, quien trabajó en Filipinas entre 1899 y 1913 (sobre disentería por amebas y peste en especial neumónica), con una cátedra en Harvard se encamina a América central y del sur y a África.
En la primera guerra mundial se interesa por el tifus exantemático y la fiebre de las trincheras.
A él va dedicado el libro postbélico de J. S. Simons et al (1944Simons et al ( -1951) ) Global epidemiology dedicado al estudio epidemiológico de Asia, África y Oceanía, y en donde se recuerdan sus servicios al ejército.
Tras esas fiebres y debilidades se encuentra la «miasmatic disease» -que se supone malariaque se presenta en una primera etapa de viajeros y pioneros, de inmigrantes, también de médicos, comerciantes y colonos, antes de los grandes asentamientos.
Se muestra cómo las ideas sobre los miasmas, que actuarían sobre un cuerpo permeable y poroso, explicado todavía desde el humoralismo, influyen en los paisajes y los proyectos de aquellas gentes.
Son así considerados en la obra los problemas que el hombre blanco encuentra en el Valle Central de California, que enlazan también con el discurso que articula raza, medio y salud.
James L. A. Webb Jr. ha descrito la relación entre la raza, la división norte/sur norteamericana y la malaria.
Sin duda el norte y el sur se distinguían por los tipos de cultivos y la política económica y racial.
La inmunidad de los afroamericanos permitía a estos mayor resistencia y trabajo, quedando divididos los Estados Unidos por cultivos, esclavismo y enfermedad.
(J. L. A. Webb, 2009, pp. 87-91 y 119-121) Haciendo un juego con la malaria del sur de Norteamérica y de Italia, se ha referido Randall M. Packard a esta enfermedad como «A Southern Disease».
A Short History of Malaria, The Johns Hopkins University Press, Baltimore, 2007, pp. 67-83) A mediados del siglo XIX, con los discursos colonial y racista, se quiere mostrar la relación entre las razas y el medio, la de los grupos humanos con la salud y la enfermedad, su permeabilidad a ésta.
Se considera que hay lugares que no admiten a la civilización blanca, que embrutecen o matan a estas razas.
Así fue recogido muy precozmente por Joseph Conrad en Heart of Darkness y ahora es retomado por Mario Vargas Llosa en su novela El sueño del celta, en que hace renacer la figura de un extraordinario héroe irlandés.
Más tarde se mantendrá, o potenciará la idea de la susceptibilidad de las razas a ciertas enfermedades, así en la primera mitad del XX, como se recoge para un período algo posterior en la película de Tate Taylor titulada Criadas y señoras.
Tras la segunda guerra mundial, la vieja desigualdad del racismo ha producido además desigualdad social, económica, de acceso a lugares, servicios e instituciones, de trabajos y enfermedades.
Por las injusticias que se heredan se llega a la exigencia de una «environmental justice».
Esas ideas ambientalistas tradicionales se rompen con la «germ theory», con la «modernist amnesia», al explicar la enfermedad por la disfunción orgánica y un particular agente patógeno.
Naturalmente, Robert Koch y la nueva bacteriología están detrás.
La «germ theory» separa el cuerpo del medio, la nueva salud pública identifica la falta de enfermedad con la ausencia de patógenos en el cuerpo, no en el medio ambiente.
Se identifica la modernización con la salud.
Pero en el siglo XX se insiste de nuevo en las causas ambientales del cáncer, el asma, la «multiple chemical sensitivity», incidiendo en el proceso de cambio de las enfermedades infecciosas a las no transmisibles.
Se acentúa en la postguerra americana por la urbanización, la polución del aire, la radioactividad, los pesticidas...
Es la etapa de la introducción de la química en el Valle Central de California, las décadas de 1950 y 1960, en que brotan las quejas de granjeros y de los trabajadores en las granjas, en la que urgen replanteamientos desde la ciencia ecológica y las críticas de los «environmentalists».
En la etapa de los 1980 surgen ideas conflictivas sobre el cuerpo, la salud y la enfermedad, en la misma salud pública y entre los profanos.
En la siguiente etapa, con más polución y más problemas con el cáncer, surgen críticas contra los modelos que vienen de la «germ theory».
Otra vez se consideran los cuerpos permeables y porosos.
Se inscribe por tanto su libro en la historia y consideración de la modernización de Norteamérica.
La modernización no supone tan solo el triunfo del hombre sobre la naturaleza, se nos dice, sino también sobre el hombre.
La actuación sobre el medio interviene sobre la sociedad y el cuerpo humano (y su mente).
Toma de Bruno Latour la opinión de que la modernización es la separación de la naturaleza.
Podía citar también el discurso en la Academia de Franz Kafka, con los sufrimientos de ese simio que ha sido hominizado.
La naturaleza humana es naturaleza más cultura (M. W.Wartofski, Organs, Organismus and Disease: Human Ontology and Medical Practice, en H. T. Engelhardt, S. F. Spicker (Eds.), Evaluation and Explanation in the Biomedical Sciences, D. Reidel Publishing Company, Dordrecht-Holland, Boston-USA, 1974, pp. 67-83), pudiendo así intervenir en ella tanto la enfermedad malaria, como la ciencia química, pues la industria tiene un papel bidireccional entre tierra y hombre, pues a los dos afecta.
(Nash, 2006, p.15) No es extraño que se conceda a la historia de la salud y la enfermedad mucha importancia en la historia ecológica, si bien entendida de forma distinta a la académica tradicional.
La historia de la medicina y de la salud pública ha sido construida como historia cultural e intelectual, nos dice, así en las universidades, agencias gubernamentales y sociedades científicas.
Se ha olvidado el paisaje, el medio, que la historia de la medicina y la salud son locales; es necesaria la interacción de las mentes con el contexto social, económico, material y ambiental.
En el siglo XIX había una medicina local, basada en las ideas acerca de miasmas y climas cálidos, además sobre pantanos, suelos, vientos...
Si en el siglo XX se corta en los laboratorios, hoy de nuevo se tiene en cuenta el lugar, el medio, ya se trate de territorios con abundancia de mosquitos Anopheles, con temperaturas que convienen a bacte-rias y parásitos, con aguas residuales, con peligroso uso de la química, o bien con un arriesgado destino ambiental de las toxinas (hay que considerar la meteorología, la geología, también la hidrología).
Se trata, en fin, de las condiciones materiales y biológicas de una comunidad humana.
Siempre con esa confrontación fundamental detrás, entre la modernización del capitalismo y la salud y el bienestar de la población, saltan disputas entre diversos niveles del saber, locales o estatales, incluso universales, o bien entre distintos profesionales, así los oficiales de salud pública y los expertos diversos, ingenieros, científicos ambientales..., quienes regulan la relación entre el cuerpo y el medio, entre la salud y la enfermedad.
Y además entre la ciencia universal y la particularidad de los cuerpos y los lugares o medios (environments).
El lugar, el medio ambiente se vive a través de prácticas culturales y lingüísticas, nos dice la autora, siendo distintas las formas de entender y las percepciones de la población sobre la salud, la enfermedad y el medio.
Se tienen también en cuenta en el libro que comento los cambios materiales en la enfermedad, así como en el uso y calidad de la tierra, los aires, las aguas, los suelos.
Se juntan en sus páginas la ciencia actual con la ciencia de la época; el entendimiento del cuerpo y las enfermedades con las realidades materiales; los productos del lenguaje y de la cultura y las prácticas de experiencia distinta del cuerpo.
Si para Barbara Duden el cuerpo tiene tiempo histórico y transhistórico, hay también experiencia cultural y prácticas, más nuestra propia experiencia.
La intención es sin duda colocar el cuerpo humano en el centro de la historia medioambiental, junto a las plantas, los animales, los suelos o los climas.
Los seres humanos son tanto agentes como objetos de los cambios ecológicos, dada la mutua relación entre el hombre y el medio.
Critica la dicotomía moderna entre los seres humanos y la naturaleza, el paisaje; también la historia que solo considera las formas en que el ser humano modela su mundo.
No se trata de una lucha contra impedimentos, obstáculos externos, pues no está claro donde empieza lo no humano.
El medio es también agente histórico, así lo son el hombre, los insectos, los árboles, el suelo y las aguas, los microbios, los productos químicos, también las plantas y los animales.
J. McNeill ha insistido en ello al historiar las Américas entre los siglos XVII y XX.
El cuerpo «modern» es distinto del hipocrático «ecological».
Este considera la relación dentro/fuera, los flujos, la dependencia del medio; en el pensamiento clásico -que llega al mundo moderno-, la salud y el bienestar consisten en balance, armonía y relación dinámica entre el cuerpo y el más amplio mundo, que se piensa externo.
Esta relación de permeabilidad convive con otras opciones «modernas», hubo transición entre ellas pues coexisten diversas visiones y experiencias según niveles de saber, población o naciones y culturas.
Se encuentran numerosos textos en que se plasma el miedo al entorno, la niebla, los pantanos, las minas, pues en el siglo XIX, en su búsqueda de armonía con la naturaleza, se desea un diagnóstico del paisaje, que es hecho con el termómetro, o bien teniendo en cuenta la presencia de lluvia o de los vientos, de peces y animales.
La incidencia del hipocratismo médico es, pues, muy notable.
El cuerpo «moderno» pertenece a la medicina alopática occidental, al capitalismo americano.
Tras ese gradual surgimiento, ese distinto proceso, según lugares y culturas, a partir del siglo XVII, se cementa en los laboratorios a fines del XIX, por los libros de texto médicos, por el propio entendimiento del cuerpo aislado por la piel.
Consiste la salud es no tener enfermedad, no tener sustancias o agentes peligrosos en él, que debe estar separado del medio.
Esta necesidad es sin embargo muy antigua, pues siempre la naturaleza tiene un lado peligroso.
Se puede ver en las divinidades hostiles de antiguos cultos griegos, romanos o de otras culturas, pero también en los escritos médicos.
Recuerdo siempre con entusiasmo el libro de Marie Christine Pouchelle sobre el cirujano medieval Henri de Mondeville.
En sus páginas nos muestra las imágenes del cuerpo -populares, religiosas, cultas-como edificio o construcción cerrados, la enfermedad como invasión de agentes externos peligrosos.
(M. C. Pouchelle, Corps et chirurgie à l'apogée du Moyen Age, París, Flammarion, 1983) Es una vivencia que Levi Strauss señaló en el pensamiento no científico, la enferme-dad o la curación se espera de cruces entre distintos reinos, mineral, vegetal o animal, así la enfermedad se identifica en las prácticas chamánicas con objetos o animales invasores.
Sin duda, en ninguna cultura la naturaleza es considerada por entero benéfica, dada la enorme vulnerabilidad del ser humano (y del entorno), que él mismo con frecuencia aumenta con sus acciones, voluntarias o involuntarias.
Así parecería cortada aquella tradición hipocrática de forma radical en los laboratorios por la «germ theory» (Andrew Cunningham, Perry Williams (Eds.), The Laboratory Revolution in Medicine, Cambridge, Cambridge University Press, 1992), que se haría eco de estos temores, separando de la naturaleza (del medio) que pierde su papel en la salud, considerada como la ausencia de agentes patológicos.
Se acompaña de la higiene y la «sanitation» contra la suciedad, los insectos, los restos y las basuras.
Estos sentimientos influyen tanto en los médicos como en los profanos.
Serían tan solo activos los hombres y los patógenos, el espacio se considera como pasivo y homogéneo, quedando para los ingenieros, entomólogos, hidrólogos y agrónomos.
La relación de la salud con el medio queda también reservada a la medicina tropical, la ecología de la enfermedad, la salud ocupacional, la ingeniería sanitaria, o bien la epidemiología moderna.
Pero pronto renace la herencia clásica a partir de los años 1950 en la postguerra americana por muy variadas razones, los pesticidas, la radioactividad, la polución de aires, aguas y suelos... de nuevo parece haber permeabilidad entre el cuerpo y el medio en que se habita.
Así llegan a los ciudadanos las experiencias de enfermedades en lugares y medios diversos, como asma y cáncer, que promueven el activismo ambiental de los 1960, pues se piensa otra vez en la permeabilidad al ambiente, pero también en la pureza del cuerpo.
Para entender la salud es necesario tener en cuenta la materialidad del mundo no humano, pues en la experiencia de la enfermedad hay muchos factores, en especial un entendimiento ambiental de la salud y el cuerpo.
Se activan y se viven los movimientos ecologistas y la búsqueda de una justicia ecologista.
Es lo que la amena película Erin Brockovich de Steven Soderbergh quería mostrar.
Cita a Henri Lefebvre para mostrar cómo la conceptualización del espacio necesita la del cuerpo.
Se saltan las ideas ecologistas las anteriores de raza, clase, pobreza, nación, continentes... pues «it is not a linear story.»
Sin duda la naturaleza nos iguala, al menos al final, pero la sociedad nos hace distintos, incluso antes de nacer y después de morir.
En el Valle Central de California conviven riqueza productiva con pobreza vejatoria, perfectos frutos y pesticidas, bellos paisajes y cánceres, nos dice con enérgicas afirmaciones que recuerdan las de Rachel Carson.
Sin duda, a pesar de los avances de la medicina y la salud pública, es imposible la pureza del cuerpo y la estricta singularidad de la etiología.
No se quiere volver con las nuevas ideas a las viejas Topografías y a los clásicos miasmata, pero sí buscar prácticas mejores en la sociedad y en la biología.
No se trata de imponer soluciones individuales a las soluciones ambientales.
Quiere pues replantear «our physical natures and biological dependence», nos dirá.
215) Sin duda, los libros que comento suponen una moderna sensibilidad hacia los seres vivos que acompañan al hombre.
Una magnífica novela de éxito, Freedom de Jonathan Franzen, se centra en esas necesarias obsesiones del hombre de hoy por respetar la vida, la naturaleza.
Un pájaro pequeño de gracioso nombre, la reinita cerúlea, está amenazada y hay que crear espacios protegidos, se narra en la novela.
Para ello el protagonista debe pactar con compañías mineras que destripan la tierra, ofreciendo reparación de las pérdidas y destrucciones y, sobre todo, espacios libres.
La química, la minería, la preservación de la vida de los pájaros de Rachel Carson y la nuestra propia están en juego. |
Berlin: Akademie Verlag, 2009, 702 pp. [978-3050045986] Con la reciente publicación de las cartas intercambiadas entre Alexander von Humboldt y su editor Johann Friedrich von Cotta (1764Cotta ( -1832)), así como la continuación de la correspondencia con su hijo Johann Georg von Cotta (1796-1863), el Centro de Investigación Alexander von Humboldt de la Academia de Ciencias de Berlín-Brandenburgo ha concluido un proyecto más dentro de su línea de edición de las cartas del famoso viajero prusiano.
Este centro de investigación alberga toda la correspondencia conocida de Humboldt y tiene entre sus tareas la edición de este rico tesoro documental, que no se realiza en orden cronológico sino ordenado según los corresponsales individuales, comenzando con su correspondencia con Carl Friedrich Gauss (1977) y Heinrich Christian Schumacher (1979) hasta Carl Ritter (2010), August Böckh (2011) y la familia Mendelssohn (2011), o los representantes de ciertos países con los que estaba en contacto, entre los que figuran su correspondencia con los Estados Unidos (2004) o con Rusia (2009).
Con la publicación de las cartas cursadas entre Humboldt y su editorial Cotta, Ulrike Leitner ha puesto al alcance del autor un conjunto de documentos de gran valor para la investigación humboldtiana.
Esta editorial, originalmente fundada en el año 1659 en Tubinga, fue dirigida por parte de Johann Friedrich von Cotta a partir de 1797 y llegó a ser la editorial más importante de su época.
Ya en el año 1795 se produciría el primer contacto entre Humboldt y la casa que sería su editorial en Alemania hasta 1859, de tal manera que, con la excepción de algunos trabajos, todas sus obras serían publicadas por Cotta.
Tras la muerte de J. F. von Cotta en 1832 se encargó su hijo Johann Georg von Cotta junto con su hermano Ida von Reischach de la editorial.
Con él Humboldt llegó a tener una relación más de amistad que con su padre, a quien también apreciaba mucho.
El hijo promovió con más énfasis la programación científica de su línea editorial, lo que estrechó la colaboración con su famoso autor.
Fue esta editorial la que pudo celebrar el gran éxito que obtuvo la obra Kosmos de Humboldt en Alemania, además de la buena acogida de una colección de obras clásicas más económica, pensada para el gran público (Volksbibliothek deutscher Klassiker), en la que también aparecieron las obras de Humboldt en una nueva edición.
Debió de ser en 1805 en Tubinga cuando se concretaron las modalidades de la colaboración entre el autor y la editorial.
Se dio una particularidad editorial, ya que fue diseñada como una empresa conjunta con la editorial francesa Schoell, con la idea de preparar las ediciones francesas y alemanas simultáneamente y en mutua colaboración.
Sin embargo, tras las primeras publicaciones, las diferencias entre ambas editoriales llevaron a Cotta a tomar la decisión de terminar la colaboración con Schoell en 1810, de modo que, a partir de este momento, las ediciones comenzaron a publicarse de manera independiente en Alemania y Francia.
Aunque se trata de un intervalo de tiempo parecido, de la primera correspondencia solo se conservan 84 cartas, mientras que de la segunda se mantienen 291 documentos.
En ambos casos se trata sobre todo de las cartas enviadas por parte de Humboldt, ya que él mismo no tenía la costumbre de conservar toda la correspondencia recibida, a diferencia de la editorial, que estableció un ejemplar archivo de correspondencia.
Además, las cartas aumentaban en su extensión con el paso del tiempo, lo que también muestra una creciente amistad y confianza.
Con Georg no solamente se trataron temas estrictamente editoriales, sino que Humboldt también incluyó sus propios comentarios personales sobre otras personas, sobre su vida cotidiana, la situación política, y sobre acontecimientos de carácter científico.
Así, por ejemplo, numerosas de sus cartas contienen recomendaciones o apoyos para otras personas, escritas con el objetivo de que la editorial considerase la publicación de los trabajos de aquellos autores, entre los que figuraba también su hermano Wilhelm von Humboldt.
Lo valioso de esta correspondencia es el hecho que con una duración de 54 años abarca un intervalo de tiempo extremadamente largo para una correspondencia.
Además, se trata de una época históricamente muy interesante, marcada por muchos acontecimientos políticos que también tenían una influencia en la vida de nuestro erudito cosmopolita.
Por lo tanto, son muy interesantes y valiosos sus comentarios de carácter político, social o ideológico, ya que en sus publicaciones Humboldt solía ser más reservado en este sentido.
Sobre todo en sus últimos años, cuando Humboldt andaba afectado por problemas económicos, mencionaría este extremo también en las cartas a su editor, buscando soluciones; por ejemplo, presentando ideas para nuevos proyectos editoriales a Johann Georg von Cotta.
Sin embargo, el tema principal en la correspondencia con Cotta hijo hasta la muerte de Humboldt en 1859 fue la preparación de su último gran proyecto, la edición de su obra sintetizadora, el Cosmos.
Todavía residiendo en París, durante los años 1825 y 1826, Humboldt impartió un cierto número de conferencias sobre la descripción física del mundo, y también tras su regreso a Berlín, entre 1827 y 1828, ofrecería las conferencias que le hicieron célebre en su tierra y que serían el germen de su futura obra de madurez.
En estas lecturas se manifiesta su intención de presentar el nivel de conocimiento sobre las ciencias naturales de su época a una amplia audiencia.
Humboldt no buscó tener como espectadores solamente a la elite científica de entonces, sino también llevar este conocimiento a un gran público general.
Tras el gran éxito que éstas tuvieron, en marzo de 1828 finalmente fue firmado un contrato entre Humboldt y Johann Friedrich Cotta, al que posteriormente, en 1849 se añadiría un anexo, para la publicación de una obra basada en el conjunto de las conferencias.
A pesar de que Humboldt -motivado por el impacto que tuvieron-tenía previsto dedicarse en seguida a la elaboración de esta obra, finalmente transcurrieron casi diecisiete años desde la firma del contrato hasta la publicación del primer volumen del Cosmos, ya que otros proyectos más urgentes o inmediatos -como por ejemplo su viaje asiático (1830) o la edición de su obra Examen critique (1836-39)-le impedían continuar con esta tarea.
Por lo tanto, una gran parte de esta correspondencia muestra las diferentes fases del proceso de elaboración de esta obra, las ideas que Humboldt manifiesta y los problemas por los que se veía afectado este proyecto, y de esta manera ofrece al lector valiosa información de contexto para entender bien esta obra en particular.
La publicación de la correspondencia entre Alexander von Humboldt y su editorial Cotta, dentro de la serie Beiträge zur Alexander-von-Humboldt-Forschung (Aportaciones a la investigación sobre Alexander von Humboldt) del Akademie Verlag, es otra edición muy lograda y recomendable para todas las personas que quieren conocer más en detalle el proceso editorial de las obras de Humboldt en Alemania.
Al igual que otras publicaciones de esta misma serie, destaca por un excelente y riguroso trabajo de edición, basado en un minucioso estudio de todo el material editado, además del profundo conocimiento de Humboldt como persona, así como del contexto histórico en el que se desarrolla esta correspondencia.
Una extensa introducción ofrece valiosa información sobre este contexto, sobre la historia de la casa editorial así como un análisis del contenido de esta correspondencia.
Muy útil también resultan las numerosas y eruditas anotaciones en las propias cartas, que ayudan a comprender el contexto en el que fue redactada carta documento, así como un extenso índice de las fuentes bibliográficas o de las personas mencionadas.
CSIC SIDDHARTHA, Mukherjee, El emperador de todos los males.
Una biografía del cáncer.
[ISBN: 9788430606450] Durante sus dos años de prácticas en la especialidad clínica de oncología, Siddhartha Mukherjee escuchó con frecuencia cómo los pacientes a los que trataba le comunicaban una inquietud que trascendía su situación personal: ¿conseguirá la medicina erradicar el cáncer?
El anhelo que afloraba en la pregunta motivó a este médico de formación a emprender la escritura de una historia de la enfermedad.
En este libro, Mukherjee discute la narrativa que confiaba en hallar una única cura para todas y cada una de las formas adoptadas por el cáncer.
No reconstruye la historia de un saber lineal y acumulativo, sino que presenta un estado de la cuestión del conocimiento sobre la enfermedad en el que los hallazgos tienen tanta importancia como los fracasos y los retos pendientes.
Su relato, que comienza en la Antigüedad y termina en el siglo XXI, aborda el cáncer desde una triple aproximación: la búsqueda de sus causas; la aplicación de tratamientos destinados a alcanzar la curación de los pacientes o, en mucha menor medida, a paliar su dolor; y la popularización de medios de prevención o detección precoz de la enfermedad.
La propuesta de Mukherjee es tan interesante como inabarcable.
Pero hay al menos otro motivo por el que su autor tiene razón en estimar que ha escrito «una» y no «la» biografía del cáncer.
Mukherjee afirma que la historia del cáncer es la historia de los pacientes.
Sin embargo, su relato no se centra en la experiencia de las personas diagnosticadas con la enfermedad, sino en las vidas y obras de profesionales de ámbitos tan diversos como la cirugía, la anatomía, la bioquímica, la epidemiología, la endocrinología, la botánica, la embriología, la genética, la virología, la industria farmacéutica, la publicidad y la política.
Mukherjee intenta escribir una nueva historia del cáncer a partir de las fuentes tradicionales de la historia de la ciencia y, ya entrado el siglo XX, con algunas aportaciones desde la historia política.
El resultado que alcanza consiste, sobre todo, en una recopilación de los descubrimientos sobre el objeto «cáncer» desde distintas disciplinas científicas vinculadas a la medicina.
Mukherjee apenas incorpora descripciones de pacientes tratados antes de la segunda mitad del siglo XX.
A partir de este periodo, sus descripciones provienen sobre todo de observaciones y testimonios orales de sus propios pacientes y, en menor medida, de entrevistas a parientes de enfermos o a supervivientes de larga duración, así como de casos clínicos recopilados por otros médicos.
Estas voces, circunscritas al contexto clínico estadounidense, apenas son interpretadas por el oncólogo de formación.
Para escribir la historia de la experiencia de los enfermos de cáncer, Mukherjee podría haber partido del análisis de estas fuentes -centradas, no en la enfermedad sino en el enfermo-desde la teoría de las emociones y la cultura material.
Las descripciones de pacientes que recoge en su libro se prestan a ello, ya que, por un lado, contienen alusiones al entorno hospitalario en el que residen o al que se desplazan de forma regular para recibir consulta y tratamiento; y, por otro lado, aluden a emociones predominantes durante este proceso, tales como el miedo, la ansiedad, la melancolía y la esperanza.
Además, algunas de estas voces sugieren que la experiencia del enfermo de cáncer conlleva un distanciamiento y una transformación respecto a la percepción de sí mismo que tenía antes de recibir el diagnóstico.
Ahora bien, ¿es este proceso comparable en todos los enfermos de cáncer de un mismo periodo histórico?
¿Y en el conjunto de enfermos de cáncer de diferentes épocas?
O aún, ¿posee la experiencia del cáncer ciertas particularidades respecto a la experiencia de otras enfermedades?
Siguiendo a Susan Sontag en su libro La enfermedad y sus metáforas, Mukherjee sostiene que la penetración social de determinadas metáforas asociadas al término «cáncer» -sistémicas en toda la medicina heredera de las enseñanzas de Galeno, políticas en la cirugía radical practicada a principios del siglo XX, o atómicas en la era de la quimioterapia -condicionan la experiencia de las personas diagnosticadas con esta enfermedad.
Aún así, mantiene una postura ambigua respecto a la historicidad de las formas de pensar y de sentir de los enfermos.
¿Son acaso comparables, tal y como pretende, las emociones experimentadas por Atossa, reina persa de la Antigüedad que padeció de un tumor en un pecho, y las emociones de una mujer del siglo XXI diagnosticada con cáncer de mama?
Más aún, ¿es generalizable la apreciación del cáncer como un enemigo que ha de ser cercado y exterminado?
¿O, por el contrario, proviene de la apropiación de la semántica militar -con términos tales como «conquista», «guerra» o «cruzada»-asociada al cáncer en los EEUU de la segunda mitad del siglo XX?
En la primavera de 2011, Mukherjee recibió el premio Pulitzer en la categoría general de noficción por una historia del cáncer en la que apenas encontramos una reflexión genuina del autor acerca de lo que significa vivir con una u otra variante de esta enfermedad en diferentes épocas y lugares.
Futuras investigaciones deberían fijar su atención en la historicidad de la experiencia de las personas diagnosticadas con cáncer.
Para ello, podrían apoyarse en testimonios, cartas, diarios y autobiografías elaborados por los propios enfermos.
Pero quizá sea en otras fuentes, tales como historias clínicas, obras literarias y pictóricas, e incluso en una relectura de la teoría médica que atendiera a la información referida al enfermo y no a la enfermedad de cáncer, donde mejor se exprese el carácter cultural de la experiencia de los enfermos.
El uso complementario de todas estas fuentes podría constituir la base sobre la que escribir una historia del cáncer verdaderamente situada desde la perspectiva del enfermo.
CARRILLO, Juan Luis; BERNAL, Encarnación; CARRILLO-LINARES, Juan Luis, Medicina vs mujeres.
La literatura médica sobre clorosis (siglos XVII-XX) ¿ciencia o propaganda?; Málaga, Universidad de Málaga, 2010, 175pp, 10 lám.
[ISBN: 9788497473200] La revisión crítica sobre la existencia de entidades clínicas tradicionalmente aceptadas por la medicina académica ha constituido, en las últimas décadas, un espacio de debate intelectual común a historiadores, sociólogos y filósofos.
Obviamente las enfermedades mentales ha sido donde esta indagación ha tenido más éxito y se ha conseguido, de manera más concluyente, demostrar cómo la definición de supuestos procesos morbosos desde prejuicios sociales, intereses mercantiles o dogmatismos de escuela ha contribuido a un ordenamiento político y jurídico determinado.
La carencia de una sustentación científica rigurosa ha tenido diversos orígenes y se puede analizar con perspectivas diferentes aunque haya sido del constructivismo social y los estudios de género desde donde han surgido las críticas más demoledoras.
En esta línea de investigación se desenvuelve la monografía que comentamos.
Durante casi cuatrocientos años los médicos han debatido sobre una enfermedad -la clorosis, traducción del griego en alusión a una pretendida coloración verdosa de la piel-para cuya curación se prescribía el matrimonio (el remedio preferente), sales de hierro o intervenciones penosamente agresivas (descargas eléctricas en el útero o sanguijuelas en la vulva, por ejemplo).
En 1554 se sitúa la primera descripción del morbo virgíneo por el médico alemán Johannes Lange aunque su origen puede rastrearse ya en los escritos hipocráticos.
Qué sucedió a lo largo de estas tres centurias hasta que mediado el siglo XX se desinfló el «monstruo dormido» es lo que los autores procuran dilucidar en el apretado texto que comentamos.
Bajo el término de clorosis se cobijaba un padecimiento denominado con una sinonimia abundante, (febris alba, palida, amatoria, morbus virgineus entre otras) que confinaba la enfermedad a la mujer y la vinculaba a síntomas específicos de su sexo como la amenorrea o la dismenorrea.
Investigar la historia de una entidad clínica inexistente plantea numerosos interrogantes y no se puede pretender encontrar en una publicación como la que comentamos respuestas a todas ellas.
Conviene no olvidar que la etapa estudiada abarca entre 1619 y 1941, más de trescientos años a lo largo de los cuales los autores han recogido un total de 1254 publicaciones en prácticamente todas las lenguas europeas, lo que evidencia una entidad nosológica de larga singladura e indudable éxito social.
El periodo temporal, la dispersión y el volumen de las fuentes, la multiplicidad de factores susceptibles de análisis y los distintos abordamientos metodológicos para un estudio de esta magnitud exigen una monografía de varios centenares de páginas.
Los autores, limitados sin duda por las exigencias editoriales de la publicación, han tenido que optar por dirigir su mirada a algunos aspectos más puntuales pero que pueden resultar más ilustrativos para conocer la forma en que la sociedad científica construye una entelequia.
En este sentido el recurso a los análisis bibliométricos consigue superar una simple cuantificación indiscriminada y el cumplimiento -una vez más-de algunas de las leyes sobre el crecimiento de la ciencia sobradamente constrastadas.
El papel real de los «grandes productores», un tema habitual en los estudios más cuantificadores, tiene sin embargo una significación histórica mucho menos relevante cuando, como demuestran los autores, no existió una voz con autoridad que impidiese a cualquiera opinar sobre la enfermedad.
Del mismo modo la forma singular en que se verifica la ley de dispersión de Bradford pone de manifiesto el carácter errático de esta literatura, con puntas y valles, sin un desarrollo prospectivo del conocimiento análogo al que se aprecia en otros problemas.
Hasta dónde llegó la propaganda y dónde se detuvo la ciencia es asunto sobre el que los autores recapitulan, en una valoración ciertamente crítica, sobre el papel de los científicos de las primeras décadas del pasado siglo.
El reforzamiento de la autoridad masculina y la renovación de medidas de control sobre la mujer es para los autores un factor determinante en la pervivencia de la enfermedad en la literatura científica de entreguerras.
Una reacción antifeminista al sufragismo más agresivo habría favorecido la pervivencia de una entidad nosológica que, por definición, no podía nunca afectar a los varones.
¿Hasta dónde fue así?
No se puede minusvalorar esta realidad pero no pueden desconocerse tampoco las limitaciones conceptuales y técnicas de una hematología en mantillas, con tantas dificultades para identificar las células sanguíneas específicas del padecimiento, pero también de otros cuadros patológicos de entidad mucho menos cuestionable.
La historia de la clorosis ofrece otras muchas perspectivas abiertas a posteriores revisiones.
Así el estudio cronológico de un discurso teórico (científico o no, eso es ya otro asunto) de reconocida vigencia en Europa y América.
O los problemas sobre la validez del método científico que se subordina ante criterios de autoridad y rutinas no cuestionadas.
O las contribuciones que desde la hidrología, la electroterapia o el mismo psicoanálisis se hicieron para resolver una enfermedad que tanto entenebrecía el universo femenino.
En cualquier caso será necesario volver a revisar esta monografía tan llena de sugerencias como atenta una revisión sin prejuicios del pasado.
Universidad de Salamanca REMY, Bernard avec la collaboration de FAURE, Patrice, Les médecins dans l ́Occident romain, Paris-Bordeaux, De Boccard, 2010, 222 pp. [978-2-356-13026-6] En el panorama de la escasez de fuentes sobre la antigüedad, sin duda siempre la epigrafía ha proporcionado algunas líneas de información a partir del reflejo de los casos puntuales.
Corpus inscriptionum ad medicinam biologiamque spectantium (Paris), que reunía 1.258 inscripciones históricas, se han producido diversos intentos de recopilar las inscripciones antiguas referidas a la medicina, por parte de historiadores de la antigüedad, o de la historia de la medicina, unos trabajos que han recogido algunas de estas referencias a los médicos que aparecen en los epígrafes, muchos de ellos simples epitafios.
Podemos mencionar, como ejemplo más referente, la monografía del profesor finés H. Gummerus, quien en 1932 recopiló los textos de buena parte de estas inscripciones latinas del Occidente romano.
Fue a consecuencia de la elaboración de su tesis doctoral en 1984 que Bernard Rémy inició la publicación de una serie de artículos, sobre las inscripciones de médicos en diversas provincias romanas, trabajos que han constituido el fundamento de la presente monografía.
Tenemos en esta obra, por tanto, el lógico desenlace de una línea de investigación seguida desde hace muchos años.
La colaboración de Patrice Faure ha estado dirigida a la lectura y análisis de alguno de los epígrafes, y sobre todo, a lo relacionado con los médicos en el ejército.
Ahora esta recopilación en relación con los médicos del Occidente romano sustituye, con ventaja, la de Gummerus (Der Ärztestand in Römischen Reche nach den Inschriften).
Como señalan los autores en la introducción, en ausencia de una documentación adecuada sobre el conjunto de los profesionales de la salud, la atención se ha centrado de forma exclusiva en los médicos que aparecen en las inscripciones.
Como es bien sabido, si bien en la antigüedad no existió un criterio legal decidiendo la competencia médica, sin embargo en el Imperio Romano la medicina como profesión era una realidad, de tal forma que como vemos en las fuentes literarias, la gente sabía distinguir entre los realmente médicos de aquellos que eran unos simples charlatanes.
Y ello condujo a la fuerte promoción social de los médicos profesionales, que comenzaron estando bajo sospecha (significativo al respecto es la suspicacia de Cicerón), y del desprecio de la condición normal de libertos pasaron a la valoración de la elevación de status a partir de César (sólo en la capital), y del Principado (influjo de la elevación al orden ecuestre del médico Antonio Musa).
Los médicos recibieron privilegios fiscales bajo Vespasiano, y con Adriano (como vemos en el Digesto) fueron exceptuados del pago de impuestos locales.
La obra consta de dos partes.
La segunda de ellas recoge la documentación que se utiliza para el estudio, por lo que es ciertamente el apéndice documental.
Los autores realizan un expurgue de la recopilación realizada en su día por Gummerus, eliminando los textos que consideran equívocos, por el contrario suman a aquellos las principales novedades producidas en las últimas décadas que, ciertamente, no son muy numerosas.
Así pues, el conjunto dista en número de impresionar en diferencia con el trabajo anterior, si bien la calidad del análisis es infinitamente mayor por el avance en los conocimientos epigráficos.
En este corpus epigráfico de Rémy y Faure se recoge en cada uno de los casos la descripción del soporte, transcripción del texto, aparato crítico bastante echaustivo, traducción al francés, un comentario concreto del documento, así como en buena parte de los casos, la reproducción fotográfica o en dibujo (todas las hispanas menos una están reproducidas).
Como destacan los propios autores, un espacio importante en cada uno de las fechas de los epígrafes se dedica a las denominaciones y fórmulas con el fin de apreciar el grado de latinización de los médicos de Occidente, que a la luz de lo visto fue bastante elevado.
Las piezas son expuestas en el texto a partir de un orden geográfico, comenzando por la Península Ibérica, en la que se reseñan médicos en las siguientes poblaciones: Mirobriga (Santiago do Caçem), varios profesionales en Emerita, Metellinum (Don Benito), Villafranca de los Barros, Astigi, Chiclana de la Frontera, varios médicos en Corduba, Mellaria (Fuente Obejuna), Ipagrum (Aguilar de la Frontera), Segobriga (Saélices, Cuenca), Ebusus, Dianium y Tarraco.
El primero de ellos, de la Lusiitania, de forma excepcional hace una dedicatoria al dios Esculapio, y entre ellos hay algunos nombres de origen helénico como Symphorus de Emerita, Artemidorus en Chiclana, o Philumeno en Segobriga.
En cualquier caso, la totalidad de los médicos documentados en Hispania ya estaban recogidos en el artículo de Rémy publicado en 1991.
Nos interesa más el estudio y análisis comparado del material, que constituye la primera parte de la obra que comentamos (pp. 23-79).
En esta primera parte de la monografía, Rémy y Faure plantean cuestiones que son particularmente relevantes, como son el estatuto jurídico documentado de los profesionales, el origen geográfico y social, las creencias religiosas y participación en la vida pública, así como otros aspectos derivados de la presencia de los médicos en la epigrafía latina.
Los autores acompañan su estudio con unas ajustadas notas, así como con un elenco bibliográfico, sobre el que luego haremos alguna indicación.
Respecto a la datación de la documentación objeto de estudio, los autores señalan la dificultad de conseguir un conocimiento adecuado, al carecer de fechas concretas, por lo que tan sólo puede realizarse una aproximación a partir de los criterios paleográficos, así como por el formulario.
Se trata de una aproximación discutible, en la medida en la que naturalmente no existen criterios fijos y aceptados de forma unánime por parte de los investigadores.
Por ejemplo, la consideración de que las referencias a médicos libertos son indicios de epígrafes más antiguos, mientras las que tienen duo nomina son muy posteriores; más discutible es la búsqueda de datación en la tópica fórmula de los epitafios, suponiendo el nombre del difunto como cabecera del siglo I, y la referencia a los dioses Manes como producida a partir del siglo II.
En cualquier caso, esta aproximación en su conjunto sí tiene contenidos de cierta verosimilitud, y de acuerdo con la misma los autores creen documentar dos momentos de máximo, en el siglo I (32% de la documentación) y sobre todo en el siglo II (entre el 32 y el 40%).
No hay novedades al respecto si tenemos en cuenta que justamente esta es la norma general seguida por las inscripciones latinas, que tienen su máximo en los siglos I(segunda mitad) y II, mientras en el siglo III la práctica del epitafio se rarifica y se traslada a centros rurales.
En lo que respecta al análisis de la repartición geográfica, todo estudio que recopila epigrafía es en sí mismo lo que en investigación se considera relación de casos.
Este hecho significa que más allá de una aproximación siempre habrá dificultades para poder realizar una estadística significativa.
En esa relación de casos por lo general el mayor número suele coincidir con los territorios en los que se conoce una mayor colección epigráfica, y los resultados del estudio que comentamos no son ajenos a esta regla, que además suele relacionarse con el grado de transformación romanizadora y de desarrollo económico.
Si la fuerte presencia relativa de documentación epigráfica de médicos en la Narbonense («la provincia») entra perfectamente en este terreno, no obstante el que también suceda con la provincia de la Germania Superior indica, en este caso, la importancia de la medicina militar.
En Hispania, por el contrario, no parece existir una correspondencia más allá de la siemple casualidad, si bien probablemente también influye el que el 100% de los documentos son epitafios en el caso de la Bética y la Hispania Citerior, mientras en la Lusitania los epitafios se completan con un 25% de documentos de inscripciones votivas a las divinidades.
Podemos, por tanto, detectar una bajísima participación de los médicos en los cultos y en la vida civil, al menos que no se identifican como tales, si bien es difícil saber el significado real de este hecho.
En varias páginas los autores se extienden sobre el tipo de soporte y formas de las mismas, para pasar a continuación a un análisis concreto acerca de la figura de los médicos tal y como aaprece documentada.
En el conjunto, los médicos son en su inmensa mayoría hombres, pues tan sólo aparecen reflejadas un 5 ́8% de mujeres.
Los autores aceptan que, como es evidente, había muchísimos más hombres que mujeres dedicados a la medicina, pero consideran como muy probable que realmente las mujeres fueran bastante más numerosas en la medicina puesto que, como es bien sabido, las mujeres están infra-representadas en los textos epigráficos romanos.
Entre estos casos de mujeres se encontraba Iulia Saturnina de Emerita.
Los autores prosiguen con un análisis del estatuto jurídico, para lo que recurren a las fuentes literarias y a la observación de la onomástica.
A partir del estudio de cada uno de los médicos documentados, Rémy y Faure establecen, si bien señalando que es debida cierta cautela al respecto, una tabla en la que la inmensa mayoría de los médicos sobre los que puede avanzarse una conclusión eran ciudadanos romanos, ingenuos y libertos (en torno al 85%), habiendo algunos peregrinos, pero que eran escasísimos los esclavos (un 3%).
Y finalmente indican que en la Bética y en la Germania Superior todos los médicos documentados eran ciudadanos romanos.
Prosiguen los autores estableciendo estadísticas, que son obviamente siempre tendenciales, acerca de la documentación.
Así tratan de la designación de la profesión, (llama la atención en Tarraco como Tiberio Claudio Apollinaris es considerado artis medicine doctiss(imus), el que la mayoría de los médicos mencionados aparecen como «gereralistas», también la mayoría ejercían la medicina de forma privada, aunque existe alguno público como en Corduba donde P. Frontinius Scicola es mencionado como medicus colonarum coloniae Patriciae.
En lo que respecta a las especialidades, la única bien identificada es la oftalmología (medicus ocularius), donde existen bastantes casos documentados en la Bética, estudiados desde antiguo.
En lo que respecta a los médicos militares, curiosamente no aparece reflejado ni uno sólo en las provincias hispanas, aunque sí está documentado en Binchester un medicus alae Vettonum, es decir, el sanitario del ala de caballería del ejército auxiliar, formado por reclutas entre los vettones (norte de Extremadura, sudoeste de Castilla-León y zona de Talavera de la Reina).Los médicos aparecen adscritos a ls distintas unidades, que pueden ser cohortes de infanteria del ejército auxiliar, alas o bien legiones destinadas en Germania.
En cuanto a la bibliografía utilizada, la misma aparece reflejada en ajustadas y muy concretas notas, así como en un elenco general (pp. 14-18).
Al contrario de lo que suele ser corriente en estos casos, la bibliografía española está bien representada, como corresponde a un trabajo que ha requerido la presencia algún tiempo en nuestro país, y como se ve también en el prólogo en el apartado de agradecimientos, aunque la misma se relaciona sobre todo con la faceta puramente epigráfica.
En cualquier caso, sí detectamos una ausencia importante, por constituir un trabajo de referencia en nuestro país, el de Santos Crespo y Luís Sagredo, «Las profesiones en la sociedad de la Hispania romana» (Hispania Antiqva, 6, 1976, pp. 53-78), en el que se recogían la mayor parte de las inscripciones hispanas objeto de estudio.
También existen algunas ausencias importantes en la bibliografía francesa, en especial una obra imprescindible sobre la medicina romana, la de Jean-Marie André, La Médecine à Rome (Paris, 2006), reseñada por uno de nosotros en un número anterior (E. Gozalbes, en Asclepio, 59 (2), 2007, pp. 274-278).
En buena parte la monografía de Rémy y Faure, que se fundamenta en la epigrafía, es un magnífico complemento de la síntesis de André.
La obra que reseñamos finaliza con una larga serie de índices que resultan de utilidad: de nombres griegos y romanos, de la vida sagrada y religiosa, de nombres geográficos, de los emperadores y su familia, de los poderes públicos y administración romana, del ejército, de la administración provincial, municipal y local, de los oficios y comercio, así como de otras particulariedades.
Finalmente una tabla de concordancias entre las siglas identificativas de las inscripciones latinas, desde el Corpvs Inscriptonvm Latinarvm, cierra esta obra que consideramos que a partir de este momento se ha convertido en un referente imprescindible sobre la medicina romana en Occidente.
Universidad de Castilla-La Mancha
Inmaculada GARCÍA GARCÍA Universidad de Granada SCHAFFER, Simon, Trabajos de cristal.
[ISBN: 978-84-92820-30-6] Antes de que me invitaran a reseñarlo, cuando apenas había empezado su distribución y yo no sabía aún de él, este libro ejemplar llegó a mis manos del modo más inverosímil, por idóneo, posible: me lo entregó su autor en su despacho del departamento de Historia y Filosofía de la Ciencia de la Universidad de Cambridge, a comienzos de 2011.
Yo había vuelto en régimen sabático a la ciudad donde casi dos décadas atrás había conocido a Schaffer, claro, pero también a Juan Pimentel, el audaz editor de esta magnífica colección de ensayos.
Más coincidencias que añadir a las que éste enumera en su nota introductoria y que han alumbrado esta obra.
Otra coincidencia de carácter menos personal, la aparición de una nueva edición de Leviathan and the Air-Pump.
Hobbes, Boyle, and the Experimental Life (Princeton: Princeton University Press, 1985; 2011), da relieve a esta publicación.
Schaffer debe como es bien sabido buena parte de su crédito académico a esta obra escrita en un momento en que se podía «debatir la posibilidad de la sociología del conocimiento científico, o practicarla», como proponía irónicamente Steven Shapin en 1982 en una revista editada por Roy Porter, uno de los raros profesores de la Facultad de Historia de la Universidad de Cambridge que se interesaba por lo que hacían los historiadores de la ciencia de la misma universidad.
1 Ambos, Porter y Shapin, habían examinado en 1980 la tesis de Schaffer, quien tras doctorarse en Cambridge había conseguido un puesto académico en Imperial College.
De la correspondencia y los encuentros entre Schaffer (Londres) y Shapin (Edimburgo), entre 1981 y 1983, nacería su Leviathan, un clásico de la historia de la ciencia del último cuarto de siglo que les valió en 2005 el Premio Erasmus.
Lo relevante aquí no es que el libro vea la luz de nuevo, sino que los autores introduzcan esta nueva edición con un ensayo, «Up for Air: Leviathan and the Air-Pump a Generation On», donde explican cómo escribieron el libro, tildan su recepción inicial de «blanda», repasan las circunstancias intelectuales e institucionales que les llevaron a escribirlo, y finalmente lo consignan al pasado: «una de las razones por las que aceptamos el difícil encargo de escribir esta introducción, es que nos permitía situar el libro como objeto histórico».
2 Afortunadamente no cabe decir lo mismo todavía de estos Trabajos de cristal, una serie de nueve artículos o capítulos de libro, publicados entre 1983 y 2005, cuya aparición en castellano se debe a la existencia de una traducción de El Leviatán y la bomba del vacío, que era la opción natural de editor y editorial.
3 Hay que celebrar que tuvieran que maniobrar y que no cejaran en su empeño, porque el volumen resultante es inédito en lo menos dos sentidos.
En primer lugar, porque ofrece una vista aérea sobre la obra de Schaffer, al reunir trabajos diversos que, aun así y de manera crucial, funcionan como un todo; y en segundo lugar, porque incluye un prólogo redactado a medida en el que Schaffer explica el sentido de su labor en las últimas tres décadas.
Shapin citaba en su artículo cinco trabajos de Schaffer, incluida su tesis doctoral (1980).
La introducción está disponible en la web de la editorial: http://press.princeton.edu/titles/9440.html 3 El Leviatán y la bomba del vacío.
Hobbes, Boyle y la vida experimental, trad. de Alfonso Buch (Bernal: Universidad Nacional de Quilmes, 2005). nueva introducción al Leviatán, ambos textos revelan a un autor eminentemente reflexivo que ha mostrado una preocupación tenaz por «comprender mejor las cosas» (p.
23) a partir del extrañamiento y la distancia crítica, alcanzados a través de la observación minuciosa y desprejuiciada de episodios de confrontación y falta de consenso.
Las controversias -empezando por la que enfrentó a Newton con los filósofos naturales que no consiguieron replicar, y por tanto cuestionaron, sus experimentos cruciales sobre la naturaleza de la luz, en el ensayo que da título al libro-han permitido a Schaffer problematizar el curso de las ciencias y recuperar a quienes fueron excluidos de ellas, hacer «que lo extraño se transforme en algo un poco más familiar [...] y lo familiar en algo extraño» (p.
18), reemplazar en definitiva «la presunción de consenso... por la presunción de la diferencia» (p.
Esta colección de ensayos aventaja a la monografía en diversidad y amplitud cronológica, si no historiográfica.
En «Up for Air», Shapin y Schaffer argumentan que para mostrar la relevancia actual de las formas de producción de conocimiento en la Inglaterra del siglo XVII no es necesario «atravesar todos y cada uno de los estadios temporales intermedios» («The book did not establish or justify its remarks about the present by traversing every temporally intermediate stage», p. xlii).
No es contradictorio que Schaffer haya atravesado luego algunos de ellos, como lo hace en este libro, porque su intención no ha sido construir un relato de progreso temporal, sino recuperar algunas de las soluciones que se han dado al problema del conocimiento y al del orden social en distintos momentos y lugares.
Esta preocupación constante, junto al interés minucioso por el cuerpo y lo corpóreo, la puesta en escena, y el mercado y la circulación de capital -las «pasiones» que han guiado al autor-, recorre los ensayos reunidos en este volumen y hace que puedan leerse en cualquier orden.
El editor ha optado con buen juicio por estructurar el volumen cronológicamente según el periodo tratado en lugar de la fecha de publicación, de forma que el libro se abre con un trabajo de 1998 sobre el cuerpo y la filosofía natural en la Inglaterra de la Restauración, y se cierra con otro de 2004 sobre las pompas de jabón como mercancías en la física clásica a finales del siglo XIX.
Pero el trabajo más antiguo incluido en el volumen, que trata sobre los prismas de Newton y se adentra en el siglo XVIII, fue publicado en 1989, mientras el más reciente, sobre el comercio de instrumentos científicos en China y el Pacífico en el siglo XVIII, apareció en 2005.
Schaffer se detiene también en W. Defoe, en la electricidad y los autómatas ilustrados, en el genio romántico, y en las relaciones entre la casa de campo victoriana y el laboratorio de física.
Es difícil concebir un proyecto tan diverso y sin embargo coherente, y más aún desarrollarlo con este rigor.
Las pasiones del autor informan su visión de la ciencia como una red de conocimientos y prácticas fiables, capaces de transformar el mundo.
Cómo se alcanza tal fiabilidad, y cómo se distribuye, es precisamente lo que hay explicar, no algo que se pueda dar por hecho, y a ello se dedican estos relatos, que no podrían estar más alejados de las historias gloriosas que abundan en la confusión entre la manera como se construye la ciencia y lo que el público sabe de ella, cosas que no tienen por qué coincidir.
En el caso de los científicos, este problema se solapa con su doble predisposición a la amnesia y la nostalgia: a olvidar cómo alcanzaron sus certezas mientras añoran un pasado puro y desinteresado.
Pero ese pasado nunca existió.
Comprender los panfletos de Defoe contra los especuladores de la Compañía de las Indias Orientales («Estos individuos pueden arruinar a los hombres en silencio, dejarlos mermados y empobrecidos mediante una suerte de artificios impenetrables, como el veneno que opera desde lejos; pueden camelar a los hombres para que ellos solos se busquen su propia ruina, y sonsacarles todo su dinero con esos mecanismos extraños e insólitos de los intereses, los descuentos, las transferencias, las cuentas, las obligaciones, las acciones, los proyectos y sabrá el Diablo con qué otros cálculos y nombres incomprensibles», Villainy of stock-jobbers detected, 1701, citado en p.
151), o las graves advertencias de A. R. Wallace al cabo de un siglo maravilloso («hemos malogrado de manera pecaminosa nuestra economía social para darles a unos pocos una injuriosa riqueza, en un grado en el que nunca se ha visto, mientras que millones de personas están condenadas a sufrir una perpetua carencia en lo tocante a las necesidades básicas.
En vez de dedicar los poderes más formidables de nuestros hombres más grandes a remediar estos males, presenciamos cómo los gobiernos de los países más avanzados arman hasta los dientes a sus poblaciones, agotando muchas de sus riquezas y todos los recursos de su ciencia en la preparación de la destrucción de la vida, de la propiedad y la felicidad», The Wonderful Century, 1898, citado en p.
26), por poner sólo dos ejemplos entre muchos, sitúa en perspectiva los modos de gobernar las ciencias y pensar sus relaciones sociales hoy.
Junto a su eficacia remota, no es la menor de las paradojas aparentes de estos ensayos el que hayan reforzado el perfil disciplinar de la historia de la ciencia desde la interdisciplinariedad más radical.
Sólo hay que echar un vistazo a las fuentes de Schaffer para darse cuenta de que son tan heterogéneas y diversas como los actores y escenarios de sus historias, o tal vez esa sea la razón primordial de que estas historias se resistan a encajar en cualquier relación histórica de progreso, o no se amolden al despliegue de cierta lógica o institucionalización científicas.
El único principio metodológico irrenunciable es el de la reflexividad y la crítica, libres de límites disciplinares.
Cambridge es por supuesto un lugar que fomenta y propicia este tipo de intercambios intelectuales y sociales, como hace notar Pimentel y ha reconocido el mismo Schaffer en otro lugar: «Cambridge está lo suficientemente retirado y es lo suficientemente híbrido para suministrar las mezclas de recursos que uno necesita; proporciona un tipo de retiro muy poroso.
La yuxtaposición de habilidades inesperadas ha sido crucial para mi, el hecho de que se pueda reunir con relativa facilidad a personas con intereses y saberes heterogéneos: visitantes de paso, técnicos, colecciones desconocidas, el estudiante extrañamente motivado, el desconcertante sistema de clasificación de la biblioteca de la universidad, todo ello puede ser cordial sin ser académico, y viceversa».4 Desde este punto de vista, «alcanzar la profesionalización actual ha tenido un coste elevado» («Up for Air», p. xxiv).
Quién sabe, puede que la precariedad crónica de la disciplina en España acabe teniendo sus ventajas.
El aforismo de Shapin no resuena con la misma ironía en España que en el Reino Unido.
Ya sea por la atención indebida que hemos prestado a guerras de ciencia ajenas, o porque hemos leído las reseñas antes que el original, el caso es que muchas veces hemos preferido debatir a practicar otras historiografías de la ciencia.
Estos Trabajos de cristal son, sin embargo, producto de una práctica persistente, y sólo cabe leerlos con el mismo esmero con el que han sido elaborados.
Si algo aportan al escorado debate sobre la cuestión no es una muestra más, innecesaria a estas alturas, de las posibilidades de la sociología del conocimiento científico, sino una serie de bellísimos ejemplos de una particular mirada sobre las ciencias, que no sólo transforma nuestra percepción de su pasado sino que tiene implicaciones vitales para su gobernanza: «Antes que defender un aislamiento de las ciencias respecto de la economía social, este tipo de unión parece más prometedora: insistir en las numerosas e íntimas conexiones que tiene la ciencia con la sociedad nos ofrece una considerable esperanza en las formas verdaderamente imaginativas de progreso» (26).
Puede que el mejor uso que podamos dar a esta colección de ensayos sea apropiarlos para la reflexión sobre las virtudes y defectos de la propia cultura científica.
Señalemos finalmente que la edición hace justicia al texto y a la apuesta de Marcial Pons Historia por la colección Ambos Mundos.
La traducción de Miguel Martínez-Lage (1961-2011) es todo lo impecable que cabía esperar del Premio Nacional de Traducción del Ministerio de Cultura en 2008.
Es igualmente aparente que debe buena parte de su eficacia a un trabajo de edición exquisito, y que las decisiones del editor, junto a sus aclaraciones puntuales, hacen que un texto escrito en un inglés sofisticado fluya con toda naturalidad en castellano.
Sólo hay que lamentar que hayan caído las imágenes que acompañaban originalmente a estos textos como parte fundamental del argumen-----to.
Y ya que la web de la editorial ofrece al visitante las seis primeras páginas del libro, dos de las cuales corresponden al prólogo, que tiene diez, ¿por qué no dar un paso más y ofrecer el prólogo entero? |
Hasta la Ilustración era común considerar que la religión revelada contenía información empírica.
La doctrina cristiana de la resurrección de los muertos planteó problemas biomédicos y a su vez se apoyó en teorías médicas, embriológicas y químicas.
A partir del Renacimiento las doctrinas paracelsianas y estoicas de las razones seminales capaces de organizar y animar la materia dieron pie a experimentos sobre resurrección artificial o palingenesia.
Se estudia el origen de la doctrina religiosa, su confluencia con las filosofías renacentistas, su reelaboración mecánico-corpuscular en manos de Boyle y la paulatina extinción de las creencias en esos fenómenos con el desarrollo de los informes de laboratorio de las academias nacionales.
Hasta la Ilustración, muchos científicos compartían la idea de que la religión revelada incluía conocimientos empíricos sustantivos, por lo que la resurrección de los cadáveres era un proceso físicamente posible.
2La escolástica cristiana tendía a construir los milagros como intervenciones extraordinarias dentro de un esquema físicamente comprensible.
Por ejemplo, la transubstanciación de la hostia en carne de Cristo no era un acto de omnipotencia ilimitada, sino acotada lo más posible al mundo físico.
Al defender que las especies (las cualidades) eran distintas de los cuerpos que las exhibían, el milagro consistía tan sólo en poner las cualidades subsistentes del pan en la substancia cárnica de Cristo.
De ahí que el mecanicismo, según el cual las cualidades no eran algo objetivo, sino la apreciación subjetiva de las propiedades primarias o geométricas de la materia, pusiese en peligro la «explicación racional» del milagro.
3En el caso de la resurrección, Dios bien pudiera fabricar de la nada un cuerpo semejante al que teníamos en vida; pero no: ambos tenía que ser numéricamente idénticos.
4 Ello entrañaba algo muy difícil para nosotros pero no imposible para el sumo hacedor, cuya omnipotencia le permite recoger por campos y mares los restos dispersos de los muertos, cuyas coordenadas conoce por su omnisciencia.
Una vez hecha la recolección, insuflaría a esas partículas la vieja alma inmortal aún disponible que las reanimaría para recuperar el viejo organismo vivo.
A menor escala, pero con los mismos principios, se podría imitar la hazaña de Dios reviviendo hasta cierto punto plantas o invertebrados sencillos, siempre que sus partículas no se dispersasen en exceso y se conservase intacto el principio seminal organizador.
De este modo incluso se podría crear un homúnculo (W. R. Newman, 2004).
En este artículo, tras rastrear los orígenes de la idea cristiana de la resurrección, examinamos los experimentos de resurrección artificial, propiciados desde el siglo XV por el renacimiento del neoplatonismo, los logoi spermatikoi de los estoicos y la filosofía espiritual de Paracelso, no menos que por la ----filosofía mecánico-corpuscular.
Cuando este programa de investigación degeneró, los teólogos tendieron a interpretar la resurrección como algo metafórico sin correlato con nada que podamos observar en la naturaleza, abrazando la recomendación de Mefistófeles: «Dedicaos a la metafísica.
Veréis cómo comprenderéis con claridad lo que no cabe en cabeza humana».
5LA MUERTE Y LA RESURRECCIÓN ENTRE GRIEGOS Y JUDÍOS Para los antiguos griegos, como para los viejos judíos, el ser humano era un cuerpo activo y no un compuesto de alma inmortal separable y cuerpo mortal prescindible.
Los fantasmas de los muertos se iban al Hades o al Seol (traducido por Hades en la Septuaginta), un lugar triste y tenebroso en el que dormían o llevaban una existencia crepuscular y exangüe.
De él no se retornaba, con excepciones extraordinarias como las de Heracles, Teseo o el infortunado Orfeo.
Podían salir temporalmente los espectros muertos a reclamar ritos funerarios para el cadáver o los fantasmas de los héroes para socorrer a los vecinos, como hicieron Fílaco y Autónoo que salvaron Delfos en la segunda guerra médica (Heródoto VIII,39).
Los fantasmas muertos (canto XI de la Odisea) se convocan ofreciéndoles sangre que los reaviva un tanto, pero son como zombis: «cabezas sin brío», sombras llenas de «mil pesadumbres» que avanzan hacia la sangre con un «clamor horroroso».
En general acuden malhumorados y gimientes para retornar pronto al estupor.
Sin el cuerpo, las sombra o fantasma de materia sutil arrastran en al Hades una existencia muerta, sin sensibilidad, memoria, voluntad ni entendimiento.
Aunque los misterios eleusinos y los rituales funerarios del cadáver mejoraban algo la situación del alma muerta, su estado no era nada deseable.
Sin cuerpo no somos personas y si el cuerpo muerto se destruye sin exequias, ni siquiera somos sombras muertas en el Hades, de donde proviene el interés de Aquiles, Príamo, Antígona o las Suplicantes por no dejar los cadáveres de los suyos presa de los perros y los cuervos (Erwin Rohde, 1966, Emily Vermeule, 1979, Jan N. Bremmer, 1983, Dag Øistein Endsjø, 2008y 2009, pp. 30-35; Sarah Johnston, 1999, 2007).
La promesa cristiana de recuperar el viejo cuerpo inmortalizado y sano tendría un gran atractivo para el común de los griegos si se lograse hacer plausible el portento, pues habían imaginado a sus dioses con un cuerpo fuerte, hermoso y eterno.
Estar en el cielo sin el cuerpo se parecía demasiado a la ----situación de las almas descarnadas en el siniestro Hades.
Sin embargo la resurrección se les antojaba impensable después de la destrucción del cadáver.
Hay algunos casos de resurrección, como los de Asclepio, Aquiles, Alcmene, Dionisio, Melicertes-Palaemón, Ino-Leucotea, Helena, Cástor, Heracles y otros, pero siempre se produce inmediatamente después de la muerte, antes de que la corrupción eche a perder el cuerpo y no es en absoluto un destino universal de todos los mortales.
En el judaísmo no hay una doctrina clara sobre el mas allá, aparte de dormir en el Seol.
La resurrección no es algo típico y sólo aparece oscuramente a partir del siglo III-II a.
C., quizá por influencia del mazdeísmo persa durante el exilio en Babilonia.
Sea como sea, para el cambio de era la mayoría de los judíos vivían fuera de Palestina y estaban helenizados en diversa medida.
Por Babilonia anduvieron Daniel y Ezequiel.
En el libro de Daniel, (12: 2-3), compuesto el siglo II a.
C., se habla de que «muchos de los que duermen en el polvo de la tierra se despertarán» para ser premiados o castigados; pero no es el destino de todos y no está claro que se trate de una resurrección del viejo cuerpo, ya que los justos «brillarán como el fulgor del firmamento», lo que puede sugerir un cuerpo pneumático, astral o esférico como los de Pablo de Tarso u Orígenes de Alejandría, como veremos.
En los Salmos (49:16) se habla del rescate del «alma» del Seol, sin que se mencione cuerpo alguno.
Más claro (por así decir) parece Ezequiel (37: 4-6) a quien Dios confía, ante un valle lleno de huesos, que les infundirá espíritu para que vivan, cubriéndolos de carne, nervios y piel; pero no es un fenómeno generalizado a otros valles y parece que Iahvé está aportando materia por cuenta propia y no reviviendo un viejo cuerpo.
C.) presenta corrupciones sobre la resurrección, y la doctrina de la resurrección universal de la carne parece ser una elaboración cristiana a partir del siglo I d.
C. con elementos helenísticos.
De hecho, Cristo es el primero entre los judíos que resucita obteniendo la inmortalidad del cuerpo físico, algo que entre los griegos se daba desde antiguo.
La indefinición judía respecto a la recuperación del cuerpo frente a la insistente defensa cristiana de la resurrección de la carne explica que los paganos se sintiesen mucho más atraídos por la conversión al cristianismo que al judaísmo En efecto, entre los judíos del siglo I d.
C. había división de opiniones.
Los saduceos negaban la resurrección y la vida de ultratumba, mientras que los fariseos, y con ellos Cristo, veían ambas cosas con buenos ojos (Mateo, 22: 23 y ss., Marcos, 12: 18 y ss. y Lucas, 20: 27 y ss.).
Los fariseos prosperaron entre el siglo II a.
C. En torno a la destrucción del templo en el año 70, Lucas cuenta en los Hechos de los apóstoles (23: 6-8) que San Pablo logró eludir las iras del sanedrín declarándose fariseo y diciendo confiar en la resurrección de los muertos, con lo que se desencadenó un seminario sobre el tema que degeneró en el rosario de la aurora y no hubo juicio.
6 Elías y su discípulo Eliseo (1Reyes, 17: 17, 2Reyes, 4: 32 y 13: 21) realizaron algunas resurrecciones, pero eran de cadáveres frescos sin corromper y no iban acompañadas de inmortalidad.
La idea farisea de la resurrección general y permanente es posterior y resultaba sorprendente para la cultura griega, tanto popular como filosófica, por distintos motivos.
La mayoría de los griegos, el vulgo, no concebía la deseada inmortalidad corporal como un destino universal, si bien la podían lograr algunos personajes excepcionales.
Por su lado, los filósofos de raigambre pitagórica y platónica (una minoría exigua) estimaban que el alma inmortal estaba encerrada en una tumba material de la que se liberaba tras la muerte, por lo que la idea de recuperar los cadáveres corruptos y volver a encerrar en ellos las almas se les antojaba un despropósito 7.
En particular, los gnósticos aspiraban a ascender a lo divino, no a encerrarse de nuevo en la materia pútrida.8 Así, cuando San Pablo predicó en el Areópago a los atenienses, todo parecía ir bien hasta que mencionó la resurrección de los muertos; entonces «unos se burlaron y otros dijeron: «ya nos lo contarás otro día»» (Hechos,17: 32).
La resurrección particular de Cristo al poco de morir era perfectamente aceptable, pues había otros casos familiares a los griegos;9 pero la resurrección general de cadáveres descompuestos hacía siglos parecía absurda.
----6 Según Flavio Josefo (Antigüedades Judías, Libro 18, capítulo 1, § 3; La guerra de los judíos, Libro 2, capítulo 8, § 14), los fariseos creían en la inmortalidad del alma y su premio o castigo en ultratumba.
Las almas buenas podían revivir en otros cuerpos, aunque no está claro si se trata de una metempsicosis pitagórica (Ogren, 2009, pp. 157-58, 161-62.) 7 Sobre el culto de la mayoría de los griegos por el cuerpo y la salud frente al desprecio de la carne de una elite filosófica escasa, véase Dag Ø.
La idea filosófica de un alma espiritual separada del cuerpo material concebido como una tumba nunca salió de los círculos filosóficos minoritarios (Ewin Rhode, 1921, pp. 245, 538, 544).
Sobre los antecedentes griegos de la resurrección, véase Porter, 1999.
En la segunda mitad del siglo I d.
C., cuando se escribieron los evangelios sinópticos, ya se había decidido que el mesías había resucitado con el mismo cuerpo de la pasión y muerte, con cicatrices pero sin achaques.
Mateo (28: 9) señala que el domingo de la resurrección, Jesús se apareció a unas Marías que se postraron y lo agarraron por los pies, lo que sugiere materialidad y contrasta con el aspecto «como el relámpago» del ángel que custodiaba el sepulcro.
En Marcos (16: 14), Cristo afea a los once discípulos que no creyeran en su resurrección y, en Lucas, el cuerpo de Cristo resucitado no «resplandece» como el de los dos ángeles.
Aun así, cuando se apareció a los apóstoles (24: 36-42) lo tomaron por un espíritu (pneuma), un espectro como el de los griegos mal enterrados.
Para disipar las dudas sobre su corporalidad fisiológica, los invitó a palpar su carne y huesos, de los que carecen los fantasmas.
Como aún dudasen, les dio la prueba definitiva comiendo un pescado, acción fisiológica impropia de los espíritus.
Según Juan (20: 20, 27), Jesús convenció a sus discípulos enseñándoles las heridas de las manos y el costado, y una semana más tarde invitó a Tomás a meter la mano en la herida.
Se supone que eso mostraba que tenía el mismo cuerpo de la pasión, antes de morir.
Los pueblos helenísticos, como los corintios o los atenienses a los que San Pablo predicaba, entendían perfectamente la resurrección e inmortalización de un héroe muerto recientemente, como Cristo, pero no podían dar el paso a la aceptación de la resurrección universal de todos los cadáveres ya desintegrados.
Por un lado, los plebeyos corintios le preguntaron por el cuerpo con que resucitarían (1Corintios, 15: 35), pues les gustaba el plan aunque no querían un cuerpo agusanado.
Por otro, los filósofos atenienses, oyéndolo hablar de la resurrección de Jesús, se sintieron intrigados y lo invitaron al Areópago.
Pero al oírlo habla de la resurrección de todos los muertos, lo tomaron a risa y le dieron la espalda (Hechos de los apóstoles, 17: 18, 32-34).
A los filósofos que tendían a ver el cuerpo material como algo malo, la resurrección de los cadáveres les parecía una idea baja y grosera.
Como fariseo, Pablo creía en la resurrección pero despreciaba la carne, por lo que rechazó la recuperación del viejo cuerpo físico y ante los corintios balbució unas metáforas tendentes a mitigar las dudas acerca de con qué cuerpo resucitaremos, decantándose por uno celeste y coqueteando con el desprecio gnóstico por la materia (Romanos,(7)(8)(9)(10)(11)(12)(13)(14)(15)(16)(17)(18)(19)(20)(21)(22)(23)(24)(25).
Pablo (Corintios I, 15: 35 y ss.) replicó a quienes preguntaban con qué cuerpo resucitamos con la metáfora de la semilla que muere para dar vida a una nueva planta, lo que sugiere que no se trata del mismo cuerpo numérica-mente, pues tras la resurrección de una persona «Dios le da un cuerpo a su voluntad».
Diserta luego sobre diferentes tipos de cuerpos, como los cuerpos animales y los cuerpos celestes, señalando que en realidad la resurrección es una transmutación a este último tipo: «se siembra corrupción, resucita inco-rrupción..., se siembra un cuerpo animal [o animado: sõma psychikon], resucita un cuerpo espiritual [sõma pneumatikon], e insiste en la transformación señalando que la carne y la sangre no pueden ir al cielo.
10 A pesar de la doctrina pneumática de San Pablo, los primeros cristianos deseaban no morir y, en caso de hacerlo, deseaban resucitar tal cual habían sido, si acaso algo mejorados de lumbagos y achaques.
En cualquier caso, la resurrección con cuerpo inmortal atraía a las masas helenizadas que constituían el público a convertir, mientras que la espiritualización paulina se parecía demasiado a la negación de la materia y a la concepción del alma encarcelada en el cuerpo que sólo atraía a platónicos alambicados.
Por el contrario, todos sabían cuál era la triste condición de las almas muertas y sin cuerpo en el Hades.
De ahí que los evangelistas corrigieran a Pablo e insistieran en la resurrección del cuerpo material y fisiológico de Cristo con estigmas y heridas, lo que muestra la escasa definición del cristianismo en estas cuestiones centrales durante el siglo I. Ya en los siglos II y III, Justino, Tertuliano, Teófilo de Antioquía, Orígenes... hicieron hincapié en los casos de griegos mortales que habían resucitados con un cuerpo inmortal para hacer aceptable la resurrección de Cristo, viéndoselas y deseándolas luego para justificar que aquellos casos fuesen falsos y éste, verdadero.
Entonces se decidió que la resurrección general era del mismo cuerpo fisiológico que tuvimos en vida y no una transmutación en un cuerpo celeste inmaterial.
Tras Pablo, la resurrección espiritual se convirtió en carnal.
Los Credos hicieron hincapié en la resurrección de la carne, no del cuerpo, ya que hay cuerpos celestes, astrales o pneumáticos y espirituales como los angélicos.
Así aparece desde el siglo II y durante toda la Edad Media en los artículos de fe de la Iglesia.
11 Desde los primeros credos se habla insistentemente de carnis resurrectionem (sarkòs ----10 Jerome Murphy-O'Connor,203; véanse también los artículos de Jorunn Økland, Vigdis Songe-Møller y Troels Engberg-Pedersen en la segunda parte de Seim y Økland 2009.
Vigdis Songe-Møller afirma que los corintios a los que se dirige Pablo no eran filósofos refinados, sino rudos artesanos que querían saber si iban a resucitar con sus actuales cuerpos achacosos o con cuerpos como los de los dioses olímpicos, bellos como el de Afrodita y fuertes como el de Ares.
La repugnancia de Pablo por la carne lo llevó a bordear la herejía docetista, según la cual Cristo tenía un cuerpo tan sólo «semejante» al humano (Romanos, 8: 3).
11 Véase en Denzinger 1854 la entrada del índice sobre la resurrectio mortuorum cum propriis corporibus. anástasin).
El credo de San Dámaso, de finales del siglo V, hace hincapié en que en el día último resucitaremos «in hac carne qua nunc vivimus»; nada de un cuerpo nuevo y menos aun etéreo.
Los papas del siglo VI al XIII recordaron reiteradamente lo mismo.
Insistió en ello Juan III en el año 561 contra los maniqueos y los priscilianos que no creía en la resurrección de la carne.
En 1053, León IX especificó por si había dudas que se trataba de la carne «que ahora llevo puesta», cosa que reiteró Inocencio III a finales del siglo XII, el concilio lateranense IV en 1215 y Gregorio X en 1274.
No sólo eso, sino que la pretensión paulina de que el cuerpo que resucita no es el cuerpo animal que tenemos en vida, sino otro cuerpo espiritual o pneumático, fue anatematizada no en su propia cabeza, lo que hubiera sido una desmesura, pero sí en cabeza ajena.
Vigilio, en el año 555, condenó la pretensión de Orígenes (segunda mitad del siglo II) de que no resucitamos con el cuerpo actual de materia infecta, sino como cuerpos esféricos (¿cómo los astros divinos?): «Si quis dicit aut sentit, in resurectione corpora hominum orbiculata [sfairoeidê] suscitari, nec confitetur nos suscitari rectos, A. S.»
Un siglo más tarde, en el año 675, Adeodato en el XI concilio de Toledo insiste en que resucita esta carne nuestra y añade: «Nec in aërea vel qualibet alia carne (ut quidam delirant) resurrecturos nos credimus, sed in ista qua vivimos, consistimus et movemur».
Así pues, en la segunda mitad del siglo II se introdujo la resurrección de los cadáveres no sin polémica, como muestran los escritos de Ireneo y Tertuliano, lo que indica que no todos los cristianos creían en la resurrección de los cuerpos materiales.
Se intentó salvar desesperadamente las palabras de Pablo de que «la sangre y la carne» 12 no pueden entrar en los cielos señalando que no pueden entrar solas, pero sí acompañadas por el alma y el espíritu divino que se les infunde (Outi Lehtippu, 2009).
Pero se corre un tupido velo sobre los cuerpos pneumáticos (o los esféricos de Orígenes) y se reinterpreta la transformación como reparación plástica y médica.
Por tanto, los primeros cristianos inventaron la novedad, negada por Pablo, de la resurrección del mismo organismo con que hemos vivido, como quería el vulgo.
Orígenes reconoce que «entre los conversos al cristianismo los simples e ignorantes superaban con mucho a los más cultos...»
Lo decía muy bien Tertuliano: «Los más simples que concuerdan con nuestra opinión sostendrán que la carne ha de estar presente en el juicio final, ya que de otro modo el alma sería incapaz de experimentar dolor o placer ----dado que es incorpórea» (De resurrectione carnis, XVII, 1).
El cristianismo se iba convirtiendo en una religión del pueblo helenizado.
13 Frente a ello, Tertuliano e Ireneo dan cuenta de la existencia de grupos de docetistas y gnósticos (Marción, Basílides, Clemente, Orígenes, los valentinianos, los ofitas...) que, al modo paulino, negaban la resurrección del cuerpo biológico.
Fueron anatematizados por la Iglesia, mientras que Tertuliano veía en el desprecio de la carne (típica también de San Pablo) la fuente de las herejías provocadas por los filósofos: «todas las herejías emanan de las sutilezas del lenguaje y de los principios de la filosofía» (Contra Marción, V: 19) 14.
Al afirmar la resurrección de los cadáveres materiales en detrimento de las transformaciones pneumáticas no naturalistas, la resurrección era un fenómeno físico y la ciencia podía decir algo respecto de los procesos implicados.
ATENÁGORAS DE ATENAS Y LA DIGESTIÓN
A finales del siglo I y comienzos del II empezaron a escribirse justificaciones de cómo puede resucitar un cuerpo años ha corrupto.
La primera de ellas es tan inquietante como inefectiva.
Se debe probablemente a Clemente de Roma (Primera epístola a los corintios, capítulos 25 y 26): como es bien sabido, hay un ave en Arabia llamada Fénix que vive 500 años y luego se encierra en un ataúd de incienso y mirra.
De la carne descompuesta sale una larva con alas que transporta el ataúd y los huesos a Egipto y vuelve a Arabia.
Pues bien, nuestra resurrección no es más difícil que este fenómeno aviar recurrente.
A mediados del siglo II otros, como Justino Mártir y Teófilo de Antioquía confiaban la resurrección a la capacidad divina de crear de la nada un cuerpo como el viejo ya descompuesto, pero tal solución aparte de no asegurar la continuidad e identidad de los cuerpos, recurría en exceso al poder omnímodo divino.
Poco después, tras el año 177, llegó la justificación de Atenágoras de Atenas 15, mucho más económica y científica, según la cual Dios junta las ----13 El libro de D. Ø.
Endsjø 2009 se orienta a mostrar la influencia de la clientela de cultura popular griega en la elaboración del cristianismo.
Sobre la importancia de la helenización de los judíos, véase el último libro de Jaeger 1961.
14 Herejía» viene de «hairesis», escuela filosófica, por lo que un hereje venía a ser un filósofo.
15 Las obras de los padres del siglo II y III han sido editadas en Philip Shaff 1885.
partes del cadáver, dispersas pero no destruidas.16 Supone que hay unas partes mínimas que se dispersan por el ecosistema, diminutas pero intactas, con lo que el problema de reunirlas de nuevo es meramente técnico y una fruslería para la omnisciencia divina que conoce la posición de cada una.
Esta solución entraña una teoría de la materia según la cual hay partículas últimas incorruptibles porque ya no se pueden dividir.
17 Atenágoras no explica su teoría de la materia con detalle, pero critica, por ejemplo, la teoría aristotélica según la cual todo cuerpo consta en diversas proporciones de los cuatro elementos.
Estos son materia prima informada por las primeras cualidades de lo frio-caliente, húmedo-seco, por lo que mediante procesos físicos de calor y humedad se pueden transmutar unos en otros sin que la corrupción de los cadáveres tenga límite en substancia alguna (De resurrectione, VII).
Por el contrario, las partículas cadavéricas de Atenágoras son ese límite.
Como señala en el capítulo II, Dios sabe «a dónde va cada una de las partículas disueltas y qué parte de los elementos ha recibido lo que se ha disuelto y ha pasado a aquello que le es afín, mientras que está claro que a los hombres les es del todo imposible que lo que se ha combinado con el universo según su naturaleza se pueda separar de él de nuevo».
Más adelante, en los capítulos III y VI, insiste en que el cuerpo consta de piezas (partes) que se dispersan intactas y se pueden volver a juntar.
Otra dificultad era qué hacer (si resucitamos tal cual éramos, como es de rigor) con los sistemas reproductor y digestivo, inútiles en el más allá.
Esto no es grave, pues los santos ayunaban y se abstenían del sexo aunque tuviesen esas partes torpes.
Aún otra era la injusticia cometida con los ciegos o artríticos que habrían de pasar la eternidad disminuidos y dolientes.
Sencillamente se les cura, como hacía Cristo en la Tierra antes de los novísimos.
La más grave de todas, no obstante, era la planteada por el canibalismo.
Se supone que los alimentos se incorporan al menos en parte a nuestro cuerpo y por eso engordamos con los excesos.
Pues bien, si alguien es comido por un caníbal y asimilado a su cuerpo, ¿a quién se imputan esas partes tras la resurrección, al caníbal o a la víctima?
Si el caníbal ha añadido a sus miembros toda la carne ----de la víctima, a ésta sólo le queda los huesos para resucitar el último día.
La tradición griega tenía el ejemplo de Pélope, quien troceado y estofado por su padre Tántalo, fue ofrecido en un banquete a los dioses.
Deméter engulló distraída el hombro izquierdo antes de que todos se diesen cuenta del origen de guiso, juntasen los trozos y devolviesen la vida al chico.
Pero el hombro consumido por Deméter no se recuperó, como los agujeros de clavos y lanza de Cristo, y Hefaistos le tuvo que hacerle uno de marfil.
No es este un problema trivial, dada la magnitud del canibalismo involuntario que nos afecta.
Si queremos que resuciten los mismos cuerpos idénticos numéricamente como exige la doctrina de la iglesia, tenemos un problema serio.
Mientras que localizar todas las partículas del cuerpo de Homero es una imposibilidad técnica para nosotros, no lo es para Dios; mientras que dar vida a las partículas así reunidas es una imposibilidad física (biológica) para nosotros, no lo es para Dios que sabe cómo volver a unir el alma y el cuerpo; pero asignar una única partícula a varios cuerpos a la vez es una imposibilidad lógica para nosotros y para Dios.
18 Para que se perciban las dimensiones del problema, incurriré en el anacronismo de hacer un cálculo aproximado de la biomasa otrora humana dispersa hoy por las tierras habitadas.
Podemos contar con no menos de 26 toneladas de materia cadavérica por Km 2, estimando a la baja la esperanza media de vida en unos diez años, cuando un niño de hoy alcanza los 30 Kg de peso.
Las tierras emergidas suman 148,6 millones de Km 2, a las que si restamos los 32.941 millones de desiertos con población despreciable, nos dejan unos 115,7 millones habitables.
Así, podemos calcular que de media ha habido unos 864 cadáveres por Km 2, más en los valles fértiles y menos en las zonas marginales.
En cualquier caso, las partículas de esos cadáveres recibidos por la tierra, pasaron a las plantas, de ahí a los animales y de ambos, a los humanos.
Todos somos caníbales indirectos, lo que plantea el problema de a quién ---- 18 Avramescu 2009, p.134 y capítulo 5 estudia la amenaza del caníbal para el cristianismo.
C hasta 1962, basándose en la estimación de la tasa de crecimiento de población en distintas épocas.
La cifra aumenta teniendo en cuenta la salida del sapiens moderno de África hace 60.000 años.
En la actualidad producimos anualmente 57 millones de cadáveres, unos 3 millones de toneladas.
asignar esas partículas compartidas por tanta gente en el momento de la resurrección de los mismos cuerpos que tuvimos.
La concepción fisiológico-natural del cuerpo resucitado permitió recabar la ayuda de la medicina para resolver el problema de los caníbales.
Atenágoras de Atenas fue un personaje extraordinario por ser el primer apologista cristiano que, antes que Orígenes o Nemesio de Emesa, recurrió a la filosofía y ciencia griegas postergando las fuentes bíblicas.
Probablemente era ya un consumado filósofo del platonismo medio alejandrino antes de su conversión.
Atenágoras recurre a la teoría de la digestión de Galeno, contemporáneo suyo.
XV, pp. 224-418) concibe su fisiología de la nutrición mediante una triple purificación y separación de los alimentos para prepararlos a fin de que sean asimilables por los tejidos corporales.
Brevemente, en la primera digestión el estómago purifica lo ingerido atrayendo el quilo y descargando lo inútil como heces; en la segunda, el quilo pasa por las venas mesentéricas al hígado que, mediante un segundo filtrado, extrae la sangre y elimina lo desechable que es atraído por la vesícula y descargado como orina; tras la formación de los otros humores, como la bilis negra en el bazo, y tras el añadido de los espíritus vitales en el corazón y de los animales en el cerebro, la sangre llega a los tejidos donde sufre una tercera digestión y purificación para hacerla semejante a ellos y nutrirlos, siendo lo descartable eliminado por el sudor.
En los capítulos IV a VII del De resurrectione (un quinto del tratado) Atenágoras discute el canibalismo y en el capítulo V recurre a esta teoría de la triple digestión como algo bien sabido, indicando (capítulo VI) cómo en cada una de las tres etapa se filtra lo que no es adecuado a la naturaleza de las partes nutridas: «Sólo se une al cuerpo alimentado la parte que se ha purificado mediante una digestión plena, sufriendo un cambio completo para unirse a un cuerpo particular, adaptándose así a las partes que hay que nutrir.
Pero es obvio que ninguna de las cosas contrarias a la naturaleza puede unirse a aquellos cuerpos para los que no constituye un alimento correspondiente, pues o bien pasa al vientre antes de que produzca otro humor crudo y corrupto o bien, si permanece más tiempo, produce un padecimiento o enfermedad difícil de curar, destruyendo a la vez el alimento natural o incluso la carne misma que precisa nutrición».
La solución de Atenágoras consiste en decir que la carne humana no es un alimento propio o natural para el hombre por lo que, aunque llene el estómago y sacie el hambre, no se asimila y acaba en las letrinas para que Dios la rescate el último día y la restituya al cuerpo original.
La idea de que cada especie tiene alimentos específicos procede asimismo de Galeno, quien en el capítulo X del libro I de De naturalibus facultatibus señalaba: «los animales no están destinados a nutrirse con cualquier tipo de ali-mento», como ocurre con la hierba, buena para al ganado pero inútil para nosotros.
Atenágoras añade la carne humana a los alimentos no naturales al hombre y soluciona el problema con la tesis de que «el Hacedor del mundo no ha destinado animal alguno como alimento de los de igual especie, por más que a algunos de otra distinta le sirvan como alimento según la naturaleza».
Los caníbales estrictos, según ello, morirían de inanición: «los cuerpos humanos nunca pueden combinarse con cuerpos como los suyos, para los que tal alimento sería contra la naturaleza, y eso aunque pasasen muchas veces por el estómago debido a un cruel azar» (capítulo VIII).
La doctrina de que la carne humana no alimenta es mucho menos extravagante que las otras que los cristianos estaban dispuestos a aceptar.
20 Por ejemplo, Metodio de Olimpo (De Principiis, Libro II, Capítulo X.1), en su deseo de preservar la identidad del cuerpo humano no ya en la resurrección sino también durante la vida cuando crecemos, engordamos, adelgazamos y evacuamos, pretende que la alimentación no produce carne y huesos, sino sólo fluidos y que el cuerpo humano es como un canal por el que pasa el alimento sin asimilarse.
SAN PABLO, PARACELSO Y LA PANSPERMIA Tras milenio y medio de cristianismo, las viejas estrategias pastorales para agradar a los helénicos perdieron sentido.
La filosofía del platonismo medio y del neoplatonismo, que había ayudado a formular la teología cristiana, acentuó el inmaterialismo y el desprecio corporal de los filósofos en general y de San Pablo en particular, quien se vio parcialmente vindicado tan pronto como los nuevos aires renacentistas mitigaron los rigores medievales, especialmente con la Reforma.
21 ----20 Tomás de Aquino endurece la prueba del canibalismo.
Supone una pareja de caníbales estrictos que no comen otra cosa que carne humana.
Según Aristóteles, el semen procede del exceso de alimento, por tanto el suyo es de carne ajena.
El feto que engendran, tan pronto tiene alma racional, carece de toda materia propia, situación que se perpetúa si sigue con la dieta de sus mayores.
Como en la resurrección la carne canibalizada se devuelve al primer propietario (según San Agustín, De civitate Dei, libro xxii, capítulo 20) el pobre canibalito no tendría materia que echarse al cuerpo (Summa contra gentiles, IV, capítulo 80, §5); pero el buen Dios permite que alguna carne ajena permanezca en aquél para el que es más necesaria (la materia seminal del caníbal es más importante que el michelín del comido) y crea el resto graciosamente (capítulo 81, § 5).
21 Puede verse una discusión abierta y tolerante sobre la resurrección entre un cristiano, un mahometano, un luterano, un calvinista, un deísta y un naturalista en Bodin 1588, pp. 134-143.
Orígenes hubiera tenido mejor fortuna en esta época.
Para él, en la resurrección el cuerpo físico se transmutaba en uno espiritual (De Principiis, Libro II, Capítulo X.1), pues el cuerpo está a nuestro servicio y se amolda a nuestra condición: «la substancia material del mundo tiene una naturaleza que admite todas las transformaciones posibles, de modo que cuando se ve arrastrada a seres de orden inferior, se adapta a la condición corporal más crasa y sólida [...], pero cuando se hace sierva de seres más perfectos y benditos, brilla con el esplendor de los cuerpos celestes y adorna a los ángeles de Dios o a los hijos de la resurrección con el ropaje de un cuerpo espiritual...»
Ya mencionamos la condena de Vigilio de estos cuerpos esféricos celestes y espirituales de la resurrección.
Lo que ahora interesa subrayar es que para Orígenes la identidad corporal no proviene de la materia, que cambia con la ingesta y la excreción cada poco tiempo, sino de la forma corporal (εΐδος), sea cual sea la materia que se renueva siempre como el río de Heráclito.
No se trata tanto de una forma substancial cuanto de un plan corporal o una razón seminal estoica que permite un desarrollo y perfeccionamiento de la materia corporal (C. W. Bynum 1995, capítulo 2).
Ya con Santo Tomás de Aquino se empieza a relajar la continuidad material, no sólo porque supone que Dios crea nueva materia resucitada cuando falta por el canibalismo, sino porque pone la identidad personal en la forma substancial única del cuerpo, esto es, el alma (Candlish, 1968).
No obstante, Tomás insistió en la identidad numérica del cuerpo y criticó la metáfora de la semilla de San Pablo porque entrañaba una diferencia total entre el cuerpo muerto y el resucitado; pero lo disculpó diciendo que las metáforas tienen una parte positiva y otra negativa: la parte negativa es la diferencia radical entre semilla y nueva planta; la positiva, que el cuerpo resucitado es algo distinto porque se reviste de inmortalidad, aunque en realidad es el mismo (Summa Theologica, Suplemento a la Parte Tercera, Cuestión 79, artículo 1, objeción 1 y respuesta).
22 Aunque Tomás no niega la resurrección de los viejos cadáveres, en realidad con su doctrina de la forma única cualquier materia prima inespecífica, pura potencia, serviría para ser informada por el alma inmortal el día del juicio.
Pero la tesis de la no identidad del cadáver y el cuerpo resucitado fue condenada entre las 219 tesis censuradas por Esteban (Étienne) Tempier, Obispo de París, el 7 de Marzo de 1277, un par de decenas de las cuales estaban dedicadas a Tomás de Aquino.
Aunque la cosa no llegó entonces más lejos, pronto las nuevas filosofías recuperadas encontrarían vía libre para entender la resurrección como una reorganización de la materia a partir de un principio seminal.
En las filosofías neoplatónicas renacentistas, las razones seminales son las fuerzas que organizan la materia en diversas especies, por lo que son lo relevante para recomponer un objeto corrompido.
El origen está en los estoicos quienes concebían los logoi spermatikoi como principios corporales activos de la materia (Dios es el logos spermatikos del mundo).
Desmaterializados, fueron adoptados por Plotino como principios de desarrollo residentes en el alma del mundo que, unidos a la materia, dan los individuos.
A Agustín le gustó la idea y decidió que las razones seminales habían sido formadas desde el principio para oficiar la acción divina creadora.
Marsilio Ficino les dio entrada en el pensamiento neoplatónico renacentista metiéndolas en la tercera hipóstasis, entre el anima mundi y la machina mundi.
Si los humanistas en general recibieron la influencia de su Teología platónica y de sus comentarios a los diálogos platónicos, los médicos y magos en particular se sintieron fascinados por el tratamiento de la magia natural del De vita coelitus comparanda, el tercer libro del De vita (1489).
Allí aprendieron que el mago atrae las fuerzas inmateriales seminales del anima mundi para obrar portentos, encerrándolas en objetos adecuados en el momento apropiado.
Gracias al vehículo del spiritus mundi extendido por el cosmos, las fuerzas se incorporan especialmente a objetos y elixires brillantes, cálidos y olorosos.
23Paracelso reelaboró a su manera esta visión espiritualista y religiosa de la naturaleza.
El Génesis es una cosmología química en la que todo surge por destilaciones y separaciones sucesivas de las aguas primigenias sobre las que aletea el espíritu de Dios y que contienen la semilla del mundo.
En las matrices de los elementos, las semillas del agua lo forman todo con el tiempo.
Lo que ahora interesa señalar es que esos principios seminales no sólo engendran las venas de los metales en las entrañas de la tierra, las plantas y todo tipo de seres, sino que permiten la re-generación, palingenesia o resurrección de la materia muerta.
El De natura rerum (1537) es una obra espuria sobre generación, desarrollo, muerte y resurrección atribuida a Paracelso, aunque lo que allí dice no es muy distinto de lo que se encuentra en otras obras genuinas.
Así, el tema de la ----corrupción de las semillas en la generación aparece también, por ejemplo, en Labirinthus medicorum errantium (1537/38); la creación mediante procesos de separación y destilación puede verse asimismo en otras obras, como el De meteoris, donde Dios crea el mundo con una semilla primordial de la que sale el gran Iliaster (sea ello lo que sea) que luego mediante la tria prima se divide en cuatro elementos o matrices, los cuales contienen las semillas de todas las cosas.
Asimismo se señala en Philosophia sagax que la vida humana es un «efluvio o bálsamo, un fuego celeste invisible, un espíritu o esencia encerrada».
Con la muerte se pierde ese bálsamo y se entra en la matriz materna, pero el hombre renace el día de la resurrección «con otro cuerpo espiritual» como quería San Pablo.
Nada es aquí transparente, pero la idea general es que no hay separación clara entre lo natural y lo divino, que la materia es la matriz de principios activos organizadores, y que generación y re-generación o resurrección son similares y se dan en la naturaleza todos los días.
En el Libro I del De natura rerum sobre la generación, se habla de que tanto las generaciones naturales como las artificiales de la alquimia se producen, como en la metáfora paulina de la semilla, merced a la putrefacción provocada por un calor húmedo que destruye la materia presente y regenera la nueva.
24 Así se puede observar en la incubación de los huevos, donde una substancia mucilaginosa acaba produciendo un ave.
Pero incluso si se quema un ave adulta y sus cenizas se mantienen en un recipiente sellado en el máximo calor de fermentación del estiércol («putrefactione summa ventris equini»), se tornará primero en un mucílago que se restaurará en un ave viva.
Así pues, la resurrección de las cenizas es un fenómeno natural: «hoc est mortuos revivificare per regenerationem et clarificationem quod quidem magnum et profundum miraculum naturae est».
No sólo se resucitan aves, sino que también se pueden hacer homúnculos, pues como se sabe, el semen de animales recibido con gusto por una hembra humana se pudre en su seno y con el calor genera hombres, no animales, pues predomina la naturaleza materna, mientras que con semen humano se pueden engendrar bestias.
Pero no seguiremos por este camino.
Baste señalar que con procedimientos artificiales es posible generar hombrecillos in vitro.
Se parte de semen calentado en estiércol durante cuarenta días más o menos, momento en que empezará a agitarse algo con aspecto humano, aunque transparente y sin cuerpo («pellucidum et sine cor-----24 Los aspectos religiosos de la resurrección pueden verse en el Liber de resurrectione et corporum glorificatione.
Según Paracelso tenemos un cuerpo del limbo (la carne) sobre el que actúa la medicina, y otro astral, indestructible, originado en el aliento divino y ajeno a la tria prima (Opus paramirum, Libro II, capítulo 8). pore»).
Acto continuo se le alimenta con sangre humana durante cuarenta semanas y se obtiene un niño como los naturales, aunque bastante canijo.
Luego se le educa hasta que entre en el uso de razón.
De esto los hombres no sabemos mucho, pero los gigantes, los silvanos y las ninfas se sirven de estas generaciones para sus fines.
De manera similar, del mucílago acuático salen las gemas y del archaeus de los montes, los metales.
La vida, explica en el Libro IV, procede de un espíritu o bálsamo (una razón seminal) creado por Dios desde el principio y albergado en cada cuerpo (animales, plantas, gemas, sales o metales) para dar cuenta de su actividad.
Cuando el cuerpo muere, el espíritu incorruptible retorna al firmamento, pero queda algo activo, como veremos.
El breve Libro VI está dedicado específicamente a la resurrección de los seres terrestres, algo nada fácil y que promete tratar mediante experimentos.
No se puede resucitar de la muerte natural, pues la predestinación divina es incorregible, pero sí de la violenta.
La razón de ello es que en los asesinatos el cuerpo está sin degradar por el tiempo o la enfermedad y, aunque escape el espíritu vital, permanece el bálsamo.
El proceso se explica mediante la resurrección de los metales (procesos de reducción) a partir de sus cales fijas.
Así, todas las cosas matadas, no así las muertas (mortificatae, non mortuae), se pueden revivir y reducir (reduci et ressuscitari), como ocurre con los leones que (según se pensaba) nacen muertos y sus padres los resucitan a voces.
25 O como las moscas y otros animales que surgen de la putrefacción y que si se ahogan en agua y se ponen luego al horno o a Sol con sal, resucitan.
O como las serpientes, que si se cortan en pedacitos y se ponen a pudrir en estiércol en una cucúrbita, resucitan como gusanillos o semen de peces y, bien alimentados, devienen serpientes como la inicial.
Pero, volviendo a los metales, que es lo más fácil, se pueden resucitar bien reduciendo sus cales o bien resolviéndolos en su materia prima (su mercurio) y procediendo luego a partir de ahí.
Finalmente habla de la resurrección de la madera que, aunque difícil, no es imposible y dio lugar, como veremos, a muchos experimentos denominados fénix vegetal.
La madera se carboniza y reduce a cenizas, se encierra en una cucúrbita con resinas y aceites del árbol y se somete a un calor suave.
Con ello se tornará en una materia mucilaginosa, con lo que tenemos la tría prima de la que todo nace: la flema es el mercurio, la substancia grasa es el azufre y las cenizas, la sal.
Se deja en estierco de caballo y a su debido tiempo se planta y se obtiene un árbol resucitado más noble que el original.
De estas especulaciones surgió una tradición de experimentos basados en la idea de que las formas formantes o semillas de las cosas son indestructibles por el fuego y permanecen intactas en las cenizas que, en condiciones adecuadas, pueden volver a reorganizar con la forma de la planta original.
La resurrección es así un proceso incardinado en la economía de la naturaleza que el artista puede llevar a cabo, aunque en una escala mucho más limitada que la de Dios el último día.
El lector que haya aguantado hasta aquí tal vez estime que vamos a entrar ahora en curiosidades eruditas sin relevancia.
Si así fuese no se entendería por qué, desde mediados del XVI hasta principios del XIX muchos autores, sólo algunos de ellos escépticos, se ocuparon de esos experimentos precisamente por su conexión con la posibilidad de la resurrección de la carne.
Thomas Browne afirma haber «visto con frecuencia como un milagro esa resurrección artificial», debida a que «las formas de los cuerpos alterables no perecen en estas corrupciones sensibles... sino que se retiran y contraen a sus partes secretas...
Eso lo ha probado un experimento que a partir de las cenias de una planta puede hacerla revivir...
Lo que el arte de los hombres puede conseguir en estas muestras inferiores, ¡qué blasfemia sería afirmar que no puede lograrlo el dedo de Dios...!»
La idea básica, como veíamos, es que en los cuerpos reside una semilla, una signatura, incluso un hueso... que sobrevive a la corrupción de la carne y a partir de la cual se produce la recomposición del cuerpo en la resurrección.
La alquimia recabó respetabilidad para esta idea retrotrayéndola a Demócrito, para quien los átomos sueltos tendrían un poder regenerador de todo el cuerpo.
27 Pero la mayor influencia experimental fue la de Paracelso y los principales paracelsianos como Joseph Duchesne (Quercetanus) y Oswald Croll.
La doctrina del propio Paracelso pretende que habría un cuerpo astral, intermedio entre el terrestre o microcósmico y el espiritual o macrocósmico que es el que se manifestaría en la palingenesia organizado el material de las cenizas.
Croll, en su tratado sobre las signaturas internas de las cosas, señala que las fuerzas implantadas por Dios al modo de almas son capaces de producir resurrecciones como la del gusano de seda que, tras corromperse, se convierte en una mariposa.29 Esta idea tiene una versión materialista procedente de los antiguos judíos.
Según la exégesis bíblica (midrash), hay un huesecillo en la columna llamado luz (almendra) o nutz (flor)30 que es incombustible e incorruptible, como el dedo de Pirro,31 a partir del cual se produce la resurrección aunque todo lo demás se haya corrompido y volatilizado.
126) discutió su identificación con los huesos sesamoideos del dedo gordo del pie.
Aunque según esta tradición judía no se pudren y reproducen el hombre entero el día del juicio final, Vesalio comprobó que son tan combustibles y frágiles como los demás y dejó el asunto para los teólogos.
Las primeras resurrecciones experimentales fueron descritas por Quercetanus y repetidas luego por innumerables autores.
Tras estudiar las sales procedentes de varias substancias por calcinación, prueba que ésta no destruye la «humedad primigenia», que es el principio en el que residen y se esconden las formas propias de las cosas (Duchesne 1604, I.23, 23, pp. 292-301).
32 Como prueba de ello menciona los experimentos espectaculares realizados hacia 1575 en Cracovia por un famoso médico polaco cuyo nombre se omite.
Tenía unas treinta redomas selladas y etiquetadas que contenían las cenizas de plantas locales.
Si alguien pedía ver una rosa, tomaba el frasco correspondiente a ----sus cenizas y, al acercarlo a la llama de la lámpara, comenzaba a surgir de las cenizas un tenue fantasma, idea, forma o sombra de la rosa que luego crecía, se reforzaba, echaba tallos y hojas, mostrando una viveza y frescor como si de una rosa corpórea se tratara, por más que fuese la idea o forma espiritual de la misma.
Al apartar la redoma del calor, el fantasma retornaba a sus cenizas.
Quercetanus se lamenta de no haber podido nunca repetir estos experimentos polacos, aunque un tal Luynes de Fomentières, consejero del parlamento que se alojaba en su casa, le enseñó otra palingenesia notable.
Se extrae la sal de ortigas calcinadas con la que se prepara un lixiviado, se filtra, se reduce, se coloca en una terrina y se expone en la ventana durante el invierno para que se hiele, con lo que aparecen las figuras de la planta con sus raíces, tallos y hojas más claras y vivas que las reales.
Convocó exultante a todos los de la casa que, al ver los cristales, los identificaban sin asomo de duda como ortigas, recordando aquello de «memento homo quia cinis es et in cinerem reverteris», lo que nos enseña que bajo las cenizas moran y se esconden nuestras formas, por lo que «con toda certeza podemos esperar la resurrección de nuestro cuerpo».
Resume tan importante experimento en unos versos en francés que señalan: «quoy que le corps meure/les formes font pourtant aux cendres sa demeure» («aunque muera el cuerpo, las formas hacen de las cenizas su morada»).
VINDICACIÓN DE SAN PABLO Tan extraordinarias nuevas consiguieron la máxima publicidad al ser recogidas por Jacques Gaffarel en sus continuamente reeditadas Cvriositez inovyes (1629), leídas con interés por Descartes o Gassendi.
Estudió medicina y de dedicó a la historia natural y la cábala cristiana, siendo reclutado por Richelieu para que le proporcionara libros raros.
En la sección 9 del capítulo V (pp. 209-216), se dedica a probar que las formas de todas las cosas se conservan en sus cenizas.
Se trata de la signatura interna de Croll que se debe descubrir con el fuego o con el bisturí, constituyendo ese «secreto y admirable poder de la naturaleza».
Cuenta con pelos y señales las historias de Quercetanus y añade que Étienne de Clave realizaba ese mismo experimento todos los días.
33 Basándose en ello, explica que la frecuencia de los aparecidos en los cementerios es un fenómeno natural del mismo tipo debido al bálsamo encerrado en las cenizas, pues muy bien señalaba Paracelso que la momia contiene todas las virtudes o fuerzas magnéticas de los cuerpos.
215): «si estas formas admirables salidas de la sangre, de los huesos o de las cenizas de los cuerpos pueden servir de argumento infalible de la resurrección».
----33 De Clave huyó de París en 1624 ante el temor de que su anunciada defensa de catorce tesis desencadenara la condena del Parlamento, por lo que Gaffarel debe aludir a una fecha anterior.
La embriología y la resurrección son fenómenos similares: la construcción o reconstrucción de un cuerpo a partir de su plan seminal.
En su tratado de embriología, Marcus Marci (1635) elaboraba las razones seminales de estos procesos.
Las semillas permanecen en las cenizas sustituyendo a las formas substanciales con ventaja porque hay una idea seminal por órgano y de ahí la semejanza del hígado de leones y gacelas.
De ahí también las generaciones espontáneas o la palingenesia que permite a las ranas transmutarse en barro por el invierno, reorganizándolo como cuerpo de batracio en primavera.
También se teoriza la palingenesia en el tratado de Nathaniel Highmore sobre la generación, donde recoge el caso de las ortigas (Higmore 1651, p.
El libro se centra especialmente en las ideas sobre la generación de Kenelm Digby (1644), quien unos años más tarde publicó una conferencia pronunciada en la Royal Society de Londres con el título A Discurse Concerning the Vegetation of Plants (1661).
En la segunda parte experimental de esta conferencia, Digby expone lo que había contado Quercetanus del polaco y añade que, estando en Roma, Athanasius Kircher alardeó de haber hecho lo mismo que el polaco y le confió el secreto para reproducir esos experimentos, pero los ensayó sin éxito.
Sin embargo realizó en el Gresham College, donde vivió entre 1633 y 1635, los experimentos sobre la palingenesia de ortigas de que hablaba Quercetanus y se los enseñó al médico real Théodore Turquet de Mayerne.
Las formas eran perfectas pero no así los colores, porque se pierde parte de la substancia esencial y sólo opera aquella que permanece en las cenizas.
Menciona asimismo otra experiencia que le enseñó en París el médico escocés William Davisson a base de resina de pino que formaba luego en el recipiente las agujas de dicho árbol.
Pero el do de pecho de Digby fue la resurrección completa de cangrejos de río.
Primero los coció durante un par de horas, luego los destiló en un alambique de barro, reservó el destilado y calcinó el residuo en el horno de reverbero.
Mezcló la sal fija así obtenida con el resultado de la destilación y lo puso todo en un recipiente que colocó en un lugar fresco y húmedo.
A los pocos días aparecieron unos cangrejitos diminutos que, alimentados con sangre de buey, pronto alcanzaron unos pocos centímetros.
Se pasaban entonces a agua de río que se cambiaba cada tres días y a la que se añadía sangre de buey hasta que los animales alcanzaban un tamaño notable.34 ---- Tras este exordio experimental, la última docena de páginas está dedicada a discutir la naturaleza de la resurrección humana después del incendio gene----que son excelentes para purificar la sangre» (p.
El primero que realizó la palingenesia de vertebrados (un gorrión) fue Godfridus Aloysius Kinner, amigo del jesuita Gaspar Schott (Southey y Coleridge 1812, volumen 2, p.
ral del fin del mundo.
Digby era católico y aristotélico, por lo que su versión consiste en poner la identidad personal en el alma (como la forma única de Tomás de Aquino), capaz de recomponer y dar forma al cuerpo a partir de cualquier materia prima general e inespecífica.
La materia del cuerpo está continuamente renovándose por emisión de efluvios atómicos y recepción de otros, de manera que al cabo de sesenta años ha pasado por nosotros mucha materia diversa.
En puridad somos como un río que mantiene la identidad por la forma del cauce aunque las gotas del agua sean constantemente distintas.
Da igual, por tanto, que un caníbal nos coma.
A la forma cualquier materia prima general e inespecífica le vale.
Estos experimentos con vegetales y animales muestran que los organismos pueden tornase perpetuos e inmortales, «de modo que por este medio se cambie en un tipo de cuerpo glorioso por así decir, como el que esperamos que sea el nuestro tras la resurrección», momento en que «encontraremos una reedificación firme y sólida» de una «nueva carne que participará del estado glorioso del alma» (Digby 1661, pp. 64-5, 76-7).
Así pues, las semilla indestructibles por el fuego que permanecen en las cenizas permiten reorganizar o reedificar un nuevo cuerpo a partir de una materia genérica, como hacen las ranas con el barro y el alma gloriosa con lo que tenga a mano.
Pablo podría haber firmado esto en contra de la larga tradición medieval de la recuperación de los cadáveres.
A partir de este momento, los experimentos de resurrección empezaron a degenerar.
Athanasius Kircher, un jesuita más dado a los trucos de magia que a la ciencia que usaba para atraer a las elites europeas al catolicismo, recibió a la dimitida reina Cristina de Suecia en la galería del Collegio Romano 35 «donde el Padre Atanasio Kirken [Kircher], gran matemático, tenía aparejadas las cosas más curiosas y notables tanto de la naturaleza como del arte.
Eran tan numerosas que su majestad hubo de señalar que se precisaba más tiempo y menos gente para estudiarlas con la debida atención.
No obstante, se paró algún tiempo a examinar la hierba llamada Fénix que, como el Fénix, brota eternamente en el agua de sus cenizas» (Gualdo Priorato 1656, p.
----35 Cristina fue mimada por los jesuitas que la visitaron de incógnito en Suecia el año 1652, atrayéndola al catolicismo mediante la exhibición de su erudición matemática y teológica.
Tras dimitir y convertirse, fue recibida con pompa en Roma.
El 18 de enero de 1656 visitó el Collegio Romano donde la agasajaron con poemas emblemáticos en las clases, mientras que el día 30 visitó la galería de Kircher El padre Kircher llevó al extremo la credulidad en las palabras de otros y la libertad de contar cualquier invención como si fuera un experimento propio.
En Mundus subterraneus (1678, Tomo II, páginas 434-438) podemos encontrar los experimentos de resurrección desde Alberto Magno a Quercetanus, pasando por Paracelso, no menos que los suyos mostrados a Cristina de Suecia.
Nos enteramos aquí de que, habiendo dejado inadvertidamente el recipiente del fénix vegetal en la ventana, el frío de febrero lo heló y rompió.
Da entonces la receta del experimento 36 y cita asimismo otros experimentos de regeneración de serpientes a partir, por ejemplo, de ácido sulfúrico y alcohol, lo que explica con su teoría de que las semillas de las cosas y las virtudes plásticas que forman los seres vivos se hallan dispersas por todo el cosmos.
ALEMANES ALUCINADOS Y QUÍMICOS ESCÉPTICOS
En el último cuarto del siglo XVII se empezaron a dilucidar algunos de los fenómenos considerados como casos de resurrección de minerales, plantas y animales.
Sin embargo, la palingenesia pervivió hasta el siglo pasado sobre todo en la nación alemana, tan dada a la teología, la teosofía, la homeopatía y otros saberes ocultos.
100), la religión era un aliciente importante para la creencia en estos experimentos: «Las personas cultas creían tan firmemente en la palingenesia, que los teólogos insistían frecuentemente en ella como prueba de la inmortalidad del alma y la resurrección del cuerpo».
La idea subyacente es, como siempre, que las cenizas se reorganizan merced a un principio indestructible de la naturaleza.
En la Alemania de mediados del siglo XIX, Carl von Reichenbach, notable químico e industrial, propuso tras su retiro una fuerza vital que llamó odínica (de Odín).
En ella se basó el ocultista bávaro Karl du Prel, del grupo de la revista Sphinx, para dar cuenta de la reorganización de las cenizas de las plantas, considerándola su alma o fuerza astral, así como para explicar que puedan revivir los infusorios congelados.
37 Otro colaborador de la revista, Carl Kie-----36 Según pretende el fraile, la receta se la compró el emperador Ferdinando III a un químico y se la pasó a Kircher, lo que hubo de ocurrir antes de 1657 cuando murió el emperador.
Kircher la hizo circular, pues la obtuvo Monconys (1666, p.
Las tres recetas presentan sólo variaciones menores.
En torno a la revista Sphinx se reunía lo más granado del ocultismo germano, entre otros Max Dessoir, inventor del término «parapsicología».
sewetter, publicó en octubre de 1889 una «Descripción de la historia y práctica de la palingenesia» que influyó en el poeta William Butler Yeats, quien perdió el tiempo en 1890 con experimentos de resurrección de plantas (Neil Mann 2007, Yeats 1922, p.
Aunque los primeros químicos paracelsianos mostraban una fuerte inclinación a creer cualquier cosa maravillosa y espiritual, la insistencia de la escuela en la práctica de laboratorio y la experimentación comenzó a despejar lentamente el panorama.
532), criticaba por inexacta la noticia de la palingenesia de Quercetanus dada en Gaffarel 1629, ya que las cenizas lixiviadas bajan el punto de congelación del agua hasta hacer que no se hiele, por más que entonces la supuesta virtud figurativa debería ser máxima.
Aduce además la experiencia de que un grano de trigo hervido ya no germina, contra la supuesta pervivencia de aquella virtud.
Sólo un lustro antes, Febvre escribía (Mersenne1932, Vol.
323) que él no había hecho la experiencia de obtener de una hierba la sal capaz de reproducirla, aunque daba la receta de Paracelso.
Lo más frecuente era ya tomar las noticias con distanciado escepticismo, sin negarlas tajantemente.
38 Con el advenimiento de la perspectiva mecánico-corpuscular, los experimentos se hicieron más controlados.
Aunque era un fiel estudioso de los paracelsianos, Robert Boyle (Clericuzio 1990) intentaba someter a escrutinio de laboratorio las doctrinas recibidas de esos maestros con un prudente escepticismo no exento de credulidad.
A mediados de siglo XVII plasmó por escrito sus titubeos acerca del fénix vegetal.
En el segundo de los «Ensayos sobre experimentos fallidos» (Boyle 1661, pp. 61-2), trataba el asunto de la congelación de cenizas lixiviadas que mostraría «la idea de la misma planta».
Confiesa haber hecho varias veces el experimento sin éxito.
Ni siquiera cuando utilizó una decocción fuerte de ajenjo que debería contener más ideas de la planta, ni él ni otros testigos vieron que aquello se pareciese más al ajenjo que a cualquier otro vegetal.
Por supuesto, el hielo mostraba formas curiosas como lo hace si se ha disuelto en el agua alguna sal (marina, azúcar o salitre) e incluso nada.
«Mucho me temo -confiesa-que la mayoría de quienes nos dicen que han visto tales plantas en el hielo, han recurrido para tal descubrimiento no sólo a sus ojos sino también a su imaginación».
441), en la que se toma cum granu salis la promesa del alquimista Jean du Châtelet, Baron de Beausoleil, de revivir las plantas en un frasco con tierra y cenizas.
«Si lo hace, comenta Peiresc, sabe más que el Sr. Du Boys».
Ahora bien, un escéptico antidogmático no puede ser tajante.
39 Como «dos o tres autores sobrios» (que no cita) cuentan observaciones de este jaez, considera que tales experimentos son «contingentes más bien que absolutamente falsos» 40.
Él mismo vio unas sorprendentes viñas verdes al congelar con nieve y sal una solución de cardenillo, 41 si bien al congelar otra muestra en la ventana con el frío natural aparecían formas distintas, y al congelar de nuevo artificialmente la solución de la primera redoma en la que antes habían aparecido las viñas, no se obtuvo el mismo resultado.
Con todo, años más tarde dice aceptar la palingenesia de plantas calcinadas porque un conocido suyo modesto, juicioso y veraz plantó cenizas de amapola y obtuvo unas plantas mayores y más lozanas que las ordinarias, lo que prueba que las partículas salinas y térreas que quedan tras la combustión poseen una «fuerza plástica» que les permite organizar la materia dispersa para reproducir el cuerpo destruido (Boyle 1675, p.
Boyle trató de reducir las operaciones de la naturaleza a materia y movimiento, pero no pudo llegar con ellos hasta el final (o hasta el principio) y recurrió a las viejas razones seminales estoicas cristianizadas.
42 En este mundo, los cuerpos constan de partículas «católicas», generales e inespecíficas, que se diversifican por el tamaño, forma y movimiento.
Estas partículas se reúnen merced a esas características mecánicas en cuerpos con determinada estructura o textura que es la que explica las propiedades de las distintas substancias.
Con todo, en los casos más complejos de los organismos vegetales y animales, parece precisarse algo más que el tamaño, forma, textura y movimiento.
Tal sería la fuerza plástica de la semilla, pues esos organismos no pueden proceder por azar del mero movimiento mecánico desordenado.
Leamos lo que dice en El químico escéptico, no sin antes tomar aire: «He de decirte, en efecto, que en ocasiones no he estimado fuera de lugar el que a los principios que habría que atribuir a las cosas, tal y como está ahora constituido el mundo, hubiéramos de añadir, si tenemos en cuenta la gran masa de ----39 Boyle y los primeros miembros de la Royal Society, en la que tanto influyó, eran escépticos frente a las teorías, pero no acerca de los hechos.
No obstante, sin teorías que prohíban estados de cosas, casi cualquier hecho es digno de consideración, con lo que el escepticismo moderado es proclive a la credulidad.
40 Sobre las «experiencias contingentes» de Boyle, véase Peterschmitt 2009.
41 Los bodegueros franceses ponían en las pipas placas de cobre sobre las que se formaba cardenillo que, según Boyle, contiene las partes salinas de las uvas.
(Es acetato de cobre de efecto fungicida.) 42 Boyle aprendió de van Helmont y Gassendi: Clericuzio 1990; sobre el concepto de razones seminales en van Helmont y Gassendi, véase la Parte V de Hirai 2005. materia que había cuando se estaba haciendo el universo, otro que podríamos denominar bastante oportunamente principio o poder arquitectónico, con lo que me refiero a las diversas determinaciones y a esa hábil guía de los movimientos de las pequeñas partes de la materia universal del sapientísimo Autor de las cosas, que eran precisas al principio para convertir aquel caos confuso en un mundo ordenado y bello» (Boyle 1661, p.
Pero la necesidad de esa guía no se terminó con la creación, sino que «las semillas de esas cosas cuyas especies habrían de propagarse» no podrían surgir del mero movimiento de la materia ciega, y los tres principios mecánicos de materia, movimiento y reposo sólo funcionan adecuadamente en la actualidad presuponiendo «en especial las semillas de las cosas».
43Aunque hay cosas más allá de la razón, como algunos atributos de Dios que no se dan en la Naturaleza, la resurrección por causas naturales no es una de ellas.
Aunque resulte improbable, no es imposible, por más que la de todos los muertos sea en extremo improbable sin recurrir a Dios (Boyle 1999, vol. 8, p.
No ve la necesidad de la identidad numérica de la materia corporal para la individuación, pues Roma es Roma desde mediados del siglo VIII a.
C. a pesar de los incendios, saqueos y remodelaciones que no han dejado nada de la ciudad inicial.
Lo mismo ocurre con el Támesis que fluye inexorable, o con la nave de Teseo a la que se le cambiaron todas las tablas del forro, las cuadernas, la quilla, el mástil y los remos.
Nuestro cuerpo es asimismo un perenne flujo con la excepción de los huesos.
Aunque la fuerza plástica parece bastar según las afirmaciones de San Pablo y los experimentos de la palingenesia, no desea renunciar a la preservación de un poco de materia cadavérica original a la que Dios pueda añadir lo que falte, especialmente de las partes blandas y fluidas, contra el argumento del canibalismo.
No obstante, muchos de esos materiales dispersos que se incorporan a otros organismos no pierden su identidad, pues es sabido que el elaterio tomado por la madre purga al niño que mama o que los cerdos de Irlanda que hozan en la playa saben a pescado, por lo que no todo lo que asimila un organismo pierde su identidad, permitiendo su recuperación el último día.
Mas en realidad un cuerpo no es más que materia católica con determinada textura, con lo que cualquier materia sirve si se le da la estructura mecánica adecuada.
Así, un poco de materia conservada (especialmente de hueso), dirigida por el alma, puede crecer luego como el embrión a partir de otros materiales ajenos, sin que sea de despreciar la recuperación de partes como las que se conservan del pescado en los cerdos ----irlandeses.
Con ese poco inicial, el alma puede arreglárselas bien para dar la textura adecuada a la materia católica.
Incluso los cuerpos gloriosos del apóstol son cosa baladí para la filosofía mecánico corpuscular, pues sus cualidades preternaturales como la ligereza, agilidad, incorruptibilidad o transparencia no son más que texturas de la materia católica que se pueden producir por medios naturales, a la manera en que con el plomo opaco y denso se puede fabricar un vidrio transparente y ligero.
Un poco de química bastaba, para desmayo de los católicos (Garber, 2007).
LA QUÍMICA TERRESTRE Y LA CIENCIA QUE NO FUE Los alquimistas y paracelsianos, aunque poco críticos con los informes de todo tipo de maravillas, fueron quienes más insistieron en el trabajo experimental de laboratorio que, tras la fundación de las academias nacionales en la segunda mitad del siglo XVII, se hizo más preciso y repetible, con lo se resintió la palingenesia.
En el mismo año en que el piadoso Boyle expresaba sus dudas en El químico escéptico (1661), Werner Rolfink iniciaba el paso de las habladurías a los hechos sobrios en su Chimia in artis formam redacta.
Era ésta una colección de medicinas químicas en la que descreía de las correspondencias macromicrocósmicas de Paracelso, así como de su tesis homeopática según la cual las enfermedades se curan con venenos que provocan síntomas semejantes a los de la enfermedad.
El libro sexto de la obra se dedica a los pseudofenómenos químicos, entre los que figura la resurrección de plantas a partir de sus cenizas y la fabricación de homúnculos.
En 1668, Gottfried Voigt escribió una historia de curiosidades, notablemente las resurrecciones de animales y plantas, cuyas pruebas experimentales revisaba con escepticismo.
Avanzado el siglo XVII, las sociedades científicas se fueron tornando más precisas en sus indagaciones experimentales.
Nicolas Lémery, de la Académie Royale de París, era un boticario sobrio que usaba, al modo de Descartes y Gassendi, un marco conceptual mecánico corpuscular que le permitía distanciarse de las fantasías de los paracelsianos anteriores.
Así, en su Curso de química (1675, final del capítulo 2 sobre la plata)44 explica el árbol de Diana o árbol filosófico como una cristalización graciosa e intrascendente.
Se pone una onza de plata con dos o tres de ácido nítrico y se reduce a la mitad en un ---- calor suave.
Se añaden luego veinte onzas de agua y dos de mercurio, se deja reposar en un lugar fresco y al cabo de cuarenta días se ve cómo crecen ramitas con una bola en el extremo, algo que carece de toda utilidad pero resulta curioso.
La explicación es que el nitro con plata y mercurio adopta formas diversas según la distribución de la humedad, pues si se pone la mitad de agua se obtienen cristales confusos y si se pone demasiada se obtiene un polvo precipitado.
La larga espera se debe a que el nitro rebajado con agua es débil y actúa despacio.
Hacia la misma época, Daniel Cox 1674, presentaba en la Royal Society un estudio demoledor para la resurrección de los fénix vegetales, pues mostraba que las sales obtenidas de las plantas no preexistían en ellas antes de la calcinación.
No se hallan en los herbívoros que se alimentan de ellas ni difieren sensiblemente las de distintas plantas o incluso las procedentes de animales o minerales.
No obstante, el fenómeno existe y él mismo obtuvo por casualidad una vegetación a partir de un helecho cuya sal extrajo con agua y dejó al aire para licuarla per deliquium.
Se olvidó de ella mes y medio, encontrándose luego con un bello espectáculo.
La sal lixiviada se precipitó al fondo y de allí surgieron unas cuarenta ramas que, al margen del color, se asemejaban al helecho original.
La sal no llegó a licuarse, sino que quedó como una gelatina, tal como señalaba Kircher.
Pero en otra ocasión en que mezcló potasa con sal de amoníaco (cloruro amónico) y lo calentó para sublimar las sales volátiles, tuvo que ausentarse del laboratorio y al volver vio en el recipiente de vidrio una selva que desafiaba el arte de los mejores pintores, formada por abetos, pinos y otras especies nunca vistas que resultaban inidentificables.
A medida que la sal siguió sublimándose, llenó los intersticios y arruinó el bello efecto.
Los jesuitas que, animados por los excesos barrocos de Kircher, siguieron escribiendo libros-objeto cada vez más desfasados, se vieron postergados por la República de las Letras.
Así, cuando el discípulo de Kircher, Johann Stephan Kestler, publicó la Physiologia kircheriana experimentalis, Le Journal des Sçavans (16 de diciembre de 1680, p.
320) se limitó a mencionarlo entre los libros recibidos sin dedicarle ningún comentario.
45 Cuando su otro discípulo y también jesuita Francesco Lana Terzi publicó el tercer volumen del Magisterium naturae et artis, donde hablaba de la formación de serpientes a partir del cabello humano podrido y de la resurrección de las plantas (libro 17, capítulo 3), las Acta eruditorum (abril de 1693, p.
149) confesaba que hablaba «de muchas cosas inciertas aunque apoyadas en la fe».
Desde esa época, las revistas científicas publicaron cada vez más artículos sobre la cristalización de lixiviados de cenizas vegetales sin aceptar la palingenesia.
46 A comienzos del siglo XVIII, Wilhelm Homberg de la Académie Royale des Sciences escribió una «Mémoir sur les vegetations artificielles» mostrando que sólo «se asemejan» a las plantas, porque cuando se examinan ----45 La Sección IV del libro de Kestler hablaba de la producción artificial de insectos a partir de excrementos, polvo de gusanos, abejas, escorpiones y otros invertebrados.
con un poco de atención se ve que no tienen nada que ver con ellas.47 Homberg distingue tres tipos de vegetaciones: las metálicas puras, las de metales disueltos y las que sólo contienen substancias salinas y terrosas.
En las primeras se amalgama oro o plata con mercurio y cuando se evapora éste, deja los metales nobles en los canales a modo de ramas, pero no tienen ninguna estructura vascular u otra típica de los vegetales.
En las últimas se mezcla, por ejemplo, una sal fija con salitre..., se añade aceite de vitriolo (ácido sulfúrico) hasta la saturación, se evapora la humedad, se añade agua fría y se deja varios días al aire, con lo que la sal echa unas matas con ramilletes, pero no son más que una simple cristalización, y eso ocurre con la sal fija lixiviada de cualquier planta.
Cita otros casos curiosos, como un agua de tormenta escurrida por el tejado y recogida en una botella.
Tapada con papel y olvidada tres meses, presentaba un depósito limoso en el fondo.
Con el calor de julio, el limo se elevaba en ramas verdes suspendidas en el agua y terminadas en bolitas brillantes como la plata, aunque con el frío de la madrugada todo volvía al depósito limoso para recomenzar la vegetación con el calor diurno.
Por el invierno había que calentar la botella para obtener el efecto que no consistía sino en pequeñas burbujas de aire que se dilataban y ascendían en el agua arrastrando un hilillo de limo.
«Si la famosa palingenesia, comentaba Homberg para finalizar, estuviera bien comprobada, podría servir de ejemplo de este tercer tipo de vegetaciones artificiales».
Más amplia difusión tuvo el libro de Jean Jacques d'Ortous de Mairan sobre el hielo (1716) que conoció varias ediciones.
Señala las extrañas formaciones que se observan a veces en la banquisa, como las que describe Friedrich Martens en su viaje de Hamburgo a Spitzbergen y Groenlandia en 1671.
En general, cuantas más impurezas tiene el agua, más curiosas son las formas al introducir retrasos en los tiempos de congelación de diferentes partes del líquido, aunque no es posible determinar las circunstancias de su formación.
No es necesario disolver sales de plantas para obtenerlas, sino que cualquier impureza vale.
Él mismo ha obtenido algunas sin ellas que harían las delicias de los partidarios de la palingenesia.
Pero la irrepetibilidad de esas formas, incluso con el mismo líquido, habla en contra de que esas formas sean consecuencia necesaria de la tendencia a unirse de las partes orgánicas tras la defunción (Mairan 1716, Parte II, Sección III, Capítulo IX sobre las figuras de hielo y la palingenesia).
Tras este tipo de estudios de cristalizaciones, la palingenesia se refugió en los sueños de los teosofistas.
---- * * * El desarrollo de la ciencia privó de toda plausibilidad natural al supuesto fenómeno de la resurrección.
Puestos a defender los milagros, mejor es concebirlos sin el concurso de las leyes ordinarias de la física; y puestos a mejorar el cuerpo y hacerlo pneumático, mejor tomar el asunto como algún tipo de metáfora y dejar la carne eternamente a los gusanos, arrostrando la herejía definida por la iglesia católica.
Por eso Manuel Fraijó (1985, pp. 165 y ss.) se tiene que basar en autores protestantes en sus «Aproximaciones teológicas a |
y origen de la impotencia masculina no sólo se atribuyó a diversas causas naturales, sino que también al poder de la brujería.
Los médicos podían utilizar recetas antiguas, pero también recogieron remedios que fueron conocidos y utilizados por las mujeres.
De modo que el mismo remedio era aceptable cuando lo respaldaba la medicina académica o se consideraba hechicería si lo utilizaban las viejas sabias (vetulae).
Este trabajo explora los conocimientos de las mujeres sobre los tratamientos disponibles y su papel como sanadoras del cuerpo y la masculinidad de los hombres.
«En la ciudad de Ratisbona, un joven mantenía relaciones con una muchacha.
Cuando quiso abandonarla, perdió su miembro viril bajo los efectos de algún sortilegio hasta el punto de no tocar ni ver más que una superficie aplastada.
Angustiado por ello, se fue a una taberna para adquirir vino.
Sentándose un momento, se puso a hablar con una mujer para contarle con detalle la causa de su tristeza, mostrándole lo que ocurría en su cuerpo.
Astuta, ella le preguntó si sospechaba de alguna mujer.
Él le dijo que sí y le dio el nombre de ella, contándole, además, lo que le había pasado.
La mujer le dijo entonces: si para decidirla a devolverte la salud no es bastante utilizar buenos modales, convendrá usar de alguna violencia.
Así, el joven, al llegar el crepúsculo, se apostó en el camino por el que habitualmente pasaba la bruja.
Cuando la vio le rogó que devolviese la salud a su cuerpo.
Ella se declaró inocente y afirmó que no sabía nada del asunto.
Entonces, arrojándose sobre ésta, le rodeó el cuello con una toalla ahogándola, mientras le decía: si no me devuelves la salud, morirás a mis manos.
Como no podía gritar, ya tenía la cara tumefacta y se ennegrecía.
Líbrame, dijo, y te curaré.
El joven aflojó el nudo y la presión.
La bruja le tocó entonces entre las piernas y le dijo: ya tienes lo que deseas.
Como el joven contaba después, él había sentido perfectamente, antes mismo de asegurarse por medio de la vista y el tacto, que su miembro le había sido devuelto sólo por el tocamiento de la bruja» (Krämer,2004, p.
En este pasaje del más célebre manual de inquisidores, el Malleus maleficarum de Krämer y Sprenger (1486), se acusa a las brujas de ser capaces de provocar la impotencia de los hombres hasta el punto de crear la falsa ilusión maléfica (prestigium) de que los habían privado de su pene (Kieckhefer, 1976, p.
Durante la Edad Media se creyó que las brujas coleccionaban sus miembros en árboles, creencia que está ilustrada en las pinturas murales de Massa Maritima (hacia 1265), en donde unas mujeres custodian unos veinticinco penes que, a modo de pájaros en sus nidos, cuelgan de un gran árbol (Ferzoco, 2004; Longenbach, 2008; Smith,2009).
Tres siglos después, en The Discoverie of Witchcraft (1584), Reginald Scot recogió esta creencia legitimada bajo la autoridad del Malleus (Scot, 1651, pp. 60-1), de modo que a finales del siglo XVI la asociación de la brujería con la impotencia era un tópico tan extendido que el propio Shakespeare alude a ello en Las alegres comadres de Windsor (Krämer, 2004, pp. 265-6; Cotton, 1987).
La responsabilidad femenina sobre la impotencia masculina había sido ya frecuentemente aducido en todo tipo de documentos medievales, entre ellos tratados médicos y textos de derecho canónico.
Estas obras, escritas por hombres, al admitir que las mujeres eran capaces de restituir el pene robado estaban reconociendo implícitamente que eran depositarias de unos saberes que podían remediar tan vergonzoso mal.
El recelo a reconocer la competencia femenina sobre los saberes médicos se consolidó con su exclusión de la for-mación universitaria, de modo que la constatación de que eventualmente podían curar la impotencia sólo podía vincularse a que ellas mismas la habían causado por medio de hechicerías (Stephens, 1998, p.
La teoría galénica permitía explicar la etiología de la impotencia basándose únicamente en causas naturales, pero los médicos aceptaron causas mágicas entre los desencadenantes de esta disfunción.
Así pues, en la Edad Media fue común la presunción de que las mujeres sabían cómo provocar impotencia a los hombres.
Este problema no era sólo un asunto médico, sino que también tuvo implicaciones legales y religiosas; porque si un hombre era incapaz de consumar su matrimonio éste podía deshacerse, de ahí que los tribunales eclesiásticos y, por ende, los médicos, tuvieran que enfrentarse al reto de identificar la causa que provocaba la falta de potencia sexual, establecer su duración y determinar el momento de inicio.
La impotencia podía ser natural o mágica, de modo que el elenco de soluciones disponibles iba desde los fármacos naturales a los remedios mágicos, sin desdeñar los métodos presuntamente curativos prescritos por la Iglesia, sobre todo la oración y la penitencia.
La historiografía reciente ha puesto en valor la función de las mujeres como proveedoras de cuidados de salud, especialmente hacia otras mujeres (Green, 2008; Cabré, 2005; Cabré, 2008, Caballero, 2008a; Caballero, 2008b), pero en este trabajo destacaré, a través del caso de la impotencia, que los tratamientos que aparecen en los tratados médicos eruditos fueron los mismos que se recopilaron en los manuales de medicina práctica y los que utilizaron las mujeres para curar al hombre impotente.
Pensar que gran parte de la sociedad utilizaba remedios provenientes de la cultura popular y que los medicamentos del saber ilustrado fueron accesibles sólo para unos pocos, es una asunción que poco tuvo que ver con las estrategias que se emplearon para afrontar la curación, y la impotencia masculina no fue una excepción.
Aunque en la práctica era frecuente el recurso a las viejas mujeres sabias (vetulae) para solucionar la impotencia, en teoría los médicos sólo aceptaban como válidos los remedios propuestos por la medicina académica y la «medicina eclesiástica», es decir, los rituales contra la enfermedad aprobados por la Iglesia (Kieckhefer, 1994, p.
En este artículo mostraré cómo los médicos utilizaron con frecuencia las mismas terapias contra la impotencia que cuando eran usadas por las mujeres se consideraban materia de hechicería (Rider, 2011, p.
Es decir, los médicos académicos, los prácticos y las mujeres intercambiaron remedios, pero estos hombres no estuvieron dispuestos a reconocer a las mujeres más competencia sobre el cuerpo masculino que aquella que las relacionaba con la enfermedad y el pecado, atribuyéndoles la responsabilidad de la impotencia masculina.
Los co-nocimientos de estas mujeres nunca fueron admitidos porque los hombres nunca lo permitieron, sabedores de la importancia simbólica de esta competencia femenina sobre la potencia sexual en la que radicaba la masculinidad.
LA IMPOTENCIA: UNA MAGIA DE MUJERES.
En la Francia del siglo IX, cuando todavía no existía una liturgia matrimonial estable, Hincmaro de Reims escribió por primera vez sobre la impotencia mágica en su tratado De divortio Lotharii et Tetbergae al describir el siguiente caso que había vivido su predecesor en la archidiócesis.
Un joven se enamoró de una muchacha y la pidió oficialmente a sus padres.
A pesar de la negativa de la madre, el padre accedió y se celebró la boda.
Sin embargo, el marido no fue capaz de consumar el matrimonio durante dos años, y acudió al obispo solicitando su anulación.
Pero éste, «a quien ya se le habían presentado otros casos semejantes, que con frecuencia suceden por obra de Satanás..., razonando y discutiendo, al fin, con la gracia de Dios, logró disipar las maquinaciones diabólicas, de suerte que lo que antes le era posible con la amante y no con la esposa legítima, con penitencia adecuada y gracias a la medicina de la Iglesia, el joven finalmente lo logró también con su mujer.».
Hincmaro concluyó que el matrimonio era válido porque finalmente había sido consumado (Heidecker, 2010, pp. 92-99), pero poco después se le presentó el caso de Esteban, un conde de Aquitania que se había prometido con la hija de otro noble de la región.
Poco después de la boda, Esteban había compartido lecho con una familiar de la novia.
Conseguía así sembrar una duda razonable: ¿estaba casado con la hija del conde Raymond o con la mujer con la que había copulado previamente?
Hincmaro consideró que Esteban debía estar hechizado cuando fue atraído al lecho de otra mujer, no obstante el matrimonio no consumado era incompleto y por lo tanto disoluble.
Este caso le dio la oportunidad de introducir uno de los párrafos más significativos en su De nuptiis Stephani et Filiae Regimundi Comitis: el conocido Si per sortiarias...:
«Si por causa de hechiceras y magas, con permiso del juicio de Dios -oculto, pero nunca y en ningún lugar injusto-y mediante los manejos del Diablo, sucede [que una pareja no pueda mantener relaciones sexuales], se debe animar a que la pareja haga una confesión pura de todos sus pecados ante Dios, con un sacerdote de corazón contrito y espíritu humilde.
Con muchas lágrimas y muy generosas limosnas, oraciones y ayunos, deben satisfacer al Señor (...).
Los ministros de la Iglesia deben ocuparse de su sanación en la medida que Dios -quien sanó a Abimélec y su casa por las oraciones de Abrahán-lo conceda, a través del exorcismo y otras medicinas eclesiásticas.
Aquellos quienes por cualquier causa no puedan ser curados, pueden ser separados; pero después de que hayan buscado otros matrimonios, mientras aquellos con quien estén casados permanezcan vivos, no pueden ser reconciliados con sus antiguos compañeros a quienes han abandonado, incluso si la capacidad de mantener relaciones sexuales ha vuelto a ellos» (Migne,.
Para Hincmaro, Satanás podía transformar en una pareja el amor en odio y viceversa, y pone como ejemplo el caso del senador cristiano Porterio, que quiso consagrar a su hija a la vida monástica y ofrecer así un sacrificio a Dios.
Pero uno de los siervos del senador fue tentado por el Diablo, que le forzó a renunciar por escrito a la religión cristiana para conseguir que ella se enamorara del siervo (Giordano, 1983, pp. 294-5).
La impotencia, como el amor, podía tener un origen mágico, e Hincmaro la consideró como un problema de salud que podía resolverse con «medicina eclesiástica» (Payer, 2009, p.
Confesión, oración, ayuno, penitencia e incluso exorcismo, fueron los tratamientos apropiados para un problema de causa sobrenatural conocido desde antiguo (Faraone, 1999).
Los conceptos de impotencia y amor mágicos de Hincmaro perduraron en la colección canónica que Burcardo de Worms compiló en 1020, que contenía una parte penitencial conocida como Corrector sive medicus (Austin, 2009).
Las mujeres eran las protagonistas de este proceso; ellas podían provocar que el hombre se volviera impotente con la mujer con la que se había casado, o bien transformar el amor que sentía hacia su esposa en odio, y por eso pregunta: «¿Has creído o participado en la superstición según la cual hay mujeres capaces de mudar los sentimientos de los hombres por medio de maleficios y de encantamientos, cambiando el odio en amor y el amor en odio, o que con el mal de ojo pueden arrasar o destruir los bienes de los hombres?
Si has creído o participado en tales actos, debes cumplir pena durante un año en los días festivos señalados (...)
¿Has hecho lo que algunas mujeres adúlteras acostumbran a hacer?
Cuando saben que sus amantes quieren tomar una esposa legítima, extinguen el deseo de los hombres por algún medio mágico para que sean impotentes y no puedan consumar la unión con la esposa legítima.
Si lo has hecho, o enseñado a otros cómo hacerlo, debes cumplir pena durante cuarenta días a pan y agua» (Gagnon, 2010; pp. 122 y 149).
Durante la Edad Media los agentes, las causas y los medios que se empleaban para provocar impotencia mágica se resumían en un grupo social: las mujeres despechadas.
Los casos recogidos en fuentes de distintos siglos muestran, además, un deseo de hacer presentes los hechos aunque sean historias remotas.
Por ejemplo, si Tomás de Chobham en su Summa confesorum de 1217 cuenta que en París una mujer impidió por un hechizo que su antiguo amante pudiera mantener relaciones con su esposa hasta que recogieron una cerradura y la llave que había tirado a pozos distintos (Rider, 2006, pp. 97-8), el Malleus maleficarum relata prácticamente el mismo procedimiento e idéntica causa en el caso de un joven noble de la diócesis de Estrasburgo, así que «vuelto a su casa el conde no tardó en mandar vaciar el pozo, encontró la marmita, y quemando lo que contenía súbitamente recuperó la potencia viril perdida.
Por ello la condesa invitó a la nobleza a unas nuevas bodas, diciendo que ella era entonces señora de su castillo y de su condado después de haber permanecido virgen durante tanto tiempo» (Krämer, 2004, p.
La ausencia de contacto sexual tras la boda provocó que esta pareja tuviera que celebrarla de nuevo, pues los cónyuges no estaban completamente amparados por el sacramento del matrimonio (Stephens, 2003, pp. 315-21).
Algunas mujeres, calificadas como brujas, fueron consideradas causantes de la impotencia masculina y capaces, incluso, de anular la eficacia del sacramento matrimonial.
Aunque contaban con una amplia variedad de procedimientos, la ligadura fue uno de los más empleados (Cohn, 1980, p.
Dentro de la iglesia, y cuando el sacerdote decía «Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre» estas mujeres respondían «pero deja que el Demonio lo haga (...) lanzando una moneda sobre su hombro y haciendo un nudo en un hilo» (Jennett, 1963, p.
El miedo a este problema era evitado mediante matrimonios secretos, de modo que bien celebraban la boda en la iglesia de otro pueblo, o los contrayentes mantenían relaciones sexuales antes de la ceremonia religiosa, invirtiendo así el procedimiento canónico (Murray, 1998, pp. 139-41).
Pero en lo que se refiere a los médicos, no siempre atribuyeron a las mujeres la culpa de la impotencia.
Por ejemplo, Constantino el Africano identificó diversas pociones confeccionadas para provocar impotencia masculina, pero no menciona que su elaboración fuera cosa de mujeres (Green, 1994, pp.140-1).
Sin embargo, desde que Tomás de Aquino sostuviera que el Diablo era capaz de impedir la formación de un matrimonio interfiriendo en la potencia sexual del varón (Aquino, 1961, p.
618), teólogos y médicos estuvieron de acuerdo en identificar progresivamente a las mujeres como las causantes de este mal (Jones y Zell, 2005).
No obstante, ofrecieron soluciones diversas; para los primeros la peregrinación, la confesión, la señal de la cruz, la oración y el exorcismo, constituyeron remedios convenientes para la curación de la impotencia; en suma, la «medicina eclesiástica» propuesta en el IX por Hincmaro fue consagrada en el Malleus maleficarum (Krämer, 2004, p.
Los médicos, sin embargo, ofrecieron tratamientos complementarios que aparecían tanto en libros de magia como en reputadas obras médicas, situándose así en muchas ocasiones en el tenue límite que desde el siglo XIII separaba la filosofía natural de la magia natural.
LA MEDICINA Y LOS REMEDIOS PARA LA IMPOTENCIA.
La impotencia podía tener una etiología natural o mágica, y los tratamientos debían ser consecuentes con su naturaleza.
Mientras que para la primera era necesario que los médicos establecieran si era un impedimento permanente para que el hombre contrajera matrimonio, la mágica solía afectar a la potencia del miembro viril sólo si trataba de mantener relaciones sexuales con la esposa legítima.
Esta situación colocaba a los médicos en una posición difícil: de una parte debían determinar su causa y, por otro lado, establecer las probabilidades de curación.
La impotencia mágica obligaba a reconocer, como hizo Juan de Aviñón en 1384 que «las cosas que son en Dios non pueden ser corregidas por Física» (Aviñón, 1885, p.
277), y «puesto que estos maleficios, producidos sobre todo por las mujeres, son diabólicos, a veces los curan los humanos y otras se remedian gracias al auxilio divino» (Sigerist, 1943, p.
Aunque el coito formaba parte de las seis cosas no naturales necesarias para conservar la salud (García Ballester, 1993), los médicos se plegaron al punto de vista de los teólogos y estudiaron los problemas de erección considerando que la reproducción era la única finalidad de las relaciones sexuales.
Para la medicina académica la impotencia masculina era consecuencia de la complexión testicular, y de la falta de humedad, ventosidad y calor que generaban cerebro, corazón e hígado respectivamente (Burnett, 1994, pp. 99-120).
De acuerdo con Gordonio, la medicina podía diagnosticar a los hombres de tres problemas: gonorrea, satiriasis e impotencia, término que se englobó y ocultó en el polisémico concepto de esterilidad (Gordonio, 1993(Gordonio,, p.
Siguiendo el principio de humedad, ventosidad y calor, el médico recomendaba una dieta que restaurara la complexión del afectado, y para ello elegía alimentos que poseían estas tres cualidades, como habas y garbanzos, u otros que al menos tuvieran dos de ellas y pudieran ser condimentados con especias como jengibre o pimienta (Tractatus, 1993, pp. 142-149).
Pero junto a éstos, hubo otros alimentos que por sus propiedades ocultas fueron muy apreciados, como los testículos, la verga o el útero de animales como el toro, el ciervo, la liebre o el zorro (Page, 2000, pp. 63-64).
Sin em-bargo, no todas las partes de animales que aparecen en las recetas para estimular el coito fueron tales.
Ibn al-Jazzār, en su libro Zād al-musāfir, sigue a Dioscórides al recomendar los «testículos de zorro» (Ibn al-Jazzār, 1997, pp. 243-4), y este ingrediente se mantuvo en los más prestigiosos manuales de medicina durante toda la Edad Media.
Pero, en un principio, no fueron la parte anatómica de un animal, sino, como aclaró Constantino, una planta llamada «satirión» (Constantino, 1983, pp. 150-1).
El parecido de la raíz de esta orquídea con los testículos del animal le confirió desde antiguo su nombre y permitió que se le atribuyera valor afrodisíaco (Metrodora, 1953, p.
Aunque no siempre ambos términos fueron entendidos como una sola planta, porque mientras que en el De vegetabilibus Alberto Magno identificó al satirion y al testiculus vulpis como la misma hierba (Stannard, 1979, p.
Así que en el siglo XIII se recogieron ambos términos, pero ello no significa que la información fuera accesible a todos los médicos.
Por ejemplo, aparecen como dos sustancias distintas en una receta para hacer crecer el esperma en la traducción que Arnaldo de Villanova hizo del Kitab aladwiya al-mufrada de Abu-l-Salt (Translatio, 2004, p.
349), pero cuando esta traducción latina se vertió al catalán (XIV) los testículos de zorro habían desaparecido de la receta (Libre D'Albumesar, 2004, p.
La confusión, incluso en círculos académicos, entre la raíz de la orquídea y las gónadas del animal es comprensible si tenemos en cuenta que se emplearon genitales de otros muchos animales para favorecer el coito.
La Espistula vulturis es un buen ejemplo del modo en el que se produjo la introducción, confusión y aceptación de remedios de magia simpática en libros de medicina.
Al final de una copia del año 800 del primer libro de la Materia medica de Dioscórides aparecen diecisiete recetas mágicas elaboradas con distintas partes del buitre, y la décimoprimera recomienda ingerir con vino sus riñones y testículos para quien no pueda yacer con su esposa, de modo que estos remedios, finalmente, estuvieron respaldados por grandes médicos (Horden, 2011, pp. 7-9; Mackinney, 1943, pp. 494-496).
Gordonio reconoció las propiedades afrodisíacas de muchas partes de animales y también incluyó el satirión y los testículos del zorro.
Como Arnaldo, no parece que tuviera claro que estos dos compuestos fueran la misma planta, y por ello recoge una receta tan potente que recomienda que sólo sea revelada a los hijos, en la que mezcla satirión con testículos de gallo y zorro (Gordonio, 1993(Gordonio,, p.
La confusión per-sistió durante toda la Edad Media y no se resolvió, al menos, hasta el siglo XVI.
Así se refirió Andrés Laguna a este problema cuando comentó la Materia medica de Dioscórides:
«Usurpan oy casi todos los Medicos en lugar del Satyrion, las especies del Compañon del Perro, llamado Cynosorchis en Griego; porque si bien miramos, à cada una de las diferencias que del Satyrion ordinariamente muestran los Herbolarios, tiene dos, ò tres como compañoncicos de Perro, todos juntos, y asidos en una misma raiz; los quales no atribuyó jamàs el Satyrios Dioscorides, sino una sola raiz como una manzana.
Dado que algunos Barbaros le deseriven de otra manera: de suerte que no consta entre los hombres doctos, qual planta sea el verdadero Satyrion» (Laguna, 1733, p.
Aunque los médicos no abandonaron la idea de explicar la impotencia y tratarla de acuerdo a la teoría humoral, al aceptar que existían causas que estaban fuera de la naturaleza terminaron por asumir remedios empíricos (Montero, 2010, p.134).
Por ejemplo, Constantino el Africano en el Liber de coitu limitó el tratamiento al juego sexual previo al coito, propuso distintas recetas que seguían el principio «contraria contrariis curantur» y recogió algunos remedios que aseguró que habían sido experimentados (Constantino, 1983, pp. 158-185), pero en la versión latina que hizo del libro de al-Majusi, conocido como Pantegni, incluyó un capítulo sobre la impotencia mágica (Green, 2005a, pp.145-147).
La recepción del aristotelismo a partir del siglo XIII en las universidades europeas potenció una tendencia racional en medicina, pero la idea de que poderes maléficos actuaban sobre el cuerpo provocando enfermedades no pudo desterrarse.
Gordonio en su Lilium medicinae trató la impotencia masculina como un problema derivado, básicamente, de causas naturales, de las cuales la principal es una complexión fría, pero reconoció que había casos en los que no se podía restaurar la salud corporal y, teniendo en mente el encabezamiento de un capítulo de las Decretales de Gregorio IX, afirmó que «este capitulo se puede intitular delos enfriados e maleficiados e enfechizados» (Gordonio, 1993, p.
A pesar de que el montepulsiano admitió que las mujeres eran la principal causa del mal y que un maleficio podía causar impotencia, sólo tomó en consideración causas médicas, como un desordenado estilo de vida, desequilibrios en la complexión del afectado y algunas enfermedades de otros órganos, por lo que limitó el tratamiento a reconducir los hábitos del enfermo, a restablecer su complexión o a curar las enfermedades que la provocaban (Gordonio, 1993(Gordonio,, pp. 207, 1411(Gordonio, -1417;;Demaitre, 1980, pp. 26-27 y 86-7 y 157-162).
La circulación de obras menores de marcado carácter práctico constituyó una fuente de información principal para médicos no universitarios: cirujanos y barberos.
Estos textos se caracterizan por utilizar tratamientos que aparecían en libros universitarios desprendiéndose de sus fundamentos teóricos y, de otra parte, recopilar remedios que fueron conocidos y utilizados por las mujeres.
Este es el caso del Tractatus de sterilitate, un texto anónimo del siglo XIV basado en el Lilium de Gordonio y dirigido a médicos prácticos.
En él se asocia la impotencia con una complexión patológica, ya sea demasiado fría o cálida, o con un hechizo, cuya curación «hay que confiar a Dios mediante su eliminación o interrupción por obra de los propios autores del maleficio, aunque algunos tratados médicos expongan algunos remedios empíricos, como, por ejemplo, llevar colgado al cuello azogue en una cáscara de avellana o colgar artemisa en el dintel de la casa donde yacen marido y mujer» (Tractatus, 1993, p.
En este tratado, como en muchos otros de la Edad Media, el autor es un médico anónimo que sigue a una autoridad, pero se siente con la libertad suficiente como para incluir remedios provenientes bien de su propia experiencia bien de la de otros, aunque, como es usual, no siempre cita a sus fuentes (Montero, 1999, p.
Los tratamientos que aparecían en los textos prácticos eliminaban la teoría que los sustentaba, y estos remedios eran atribuidos a médicos célebres como medio para justificar su inserción.
De hecho, en la medicina práctica cambiar la autoridad que avala una receta o incluir fórmulas empíricas como tratamientos respaldados por nombres de médicos preeminentes será una práctica habitual.
Esta forma de proceder se aplicaba también a las traducciones vernáculas, y éste es el caso de lo que hasta ahora se ha considerado la versión castellana del Compendium medicinae de Gilbertus Anglicus, de 1471.
De hecho, un análisis detallado me lleva a pensar que, por sus similitudes en estructura y contenido, es una traducción del Thesaurus pauperum de Pedro Hispano (Hispano, 1973, pp. 40-1).
La versión castellana, aunque respeta su contenido, divide en dos el capítulo Ad coitum excitandum del Thesaurus: el XLIII, «de los que non son poderosos para dormir con muger» en el que el paciente ya está diagnosticado de impotencia, y el XLIIII, «sy quisieres ser guardado tu e la tu casa de los malefiçios del demonio o quisieres sanar si te han fecho algunos malefiçios», donde recoge una amplia variedad de amuletos y formas de evitar y eliminar maleficios, entre los que se encuentran la cáscara de avellana rellena de azogue y la práctica de colgar artemisa en el dintel de la puerta.
Pero en lugar de considerarlos remedios empíricos, como hicieron el propio Pedro Hispano o el autor del Tractatus de sterilitate, atribuye la primera a Constantino y la segunda a Dioscórides.
«iten dize costantinus toma vna pluma o vna avellana vazia et jnchele la de azogue et ponla de yuso del çervigal quando dormjere o en el vnblar de la puerta por entre sanara del maleficio (...) iten dize diascorus que el que toxiere consigo la yerva que es dicha artemjsa et la rrayz' de la bretonjca sera defendido de todo malefiçio et la casa donde estas yerba estovieren colgadas en el vnblar de la puerta» (Libro de recetas, 1997, fol. 33v).
Como veremos, la medicina académica terminó por acoger tratamientos que aparecían en los textos prácticos atribuyéndoselos a grandes médicos, y fueron remedios que las mujeres utilizaron para devolver a los hombres su potencia sexual.
Pero las fuentes escritas que muestran el uso femenino de medicamentos para la impotencia masculina asocian a estas mujeres a contextos que se situaban al margen de lo social y moralmente aceptable.
LAS MUJERES Y EL USO DE LOS MEDICAMENTOS PARA LA IMPOTENCIA.
Los remedios que utilizaron las mujeres pudieron convertirse en tratamientos académicos respaldados por profesores universitarios que se recopilaron, utilizaron y transmitieron en distintas lenguas (Riddle, 2010).
El emplasto a base de hormigas muestra cómo la misma receta, que fue en origen un recurso mágico, terminó por estar avalada por las autoridades médicas.
El Libro de los olios, un manuscrito castellano de finales del XV atribuido al profesor de medicina en Salamanca Gómez García (Amasuno, 1991, p.
714), adscribe este remedio a Hipócrates, mientras que el Libro de amor de las mujeres, un compendio judío de mediados del XIII que, según Caballero Navas, contiene un abanico de conocimientos de origen femenino ya había recogido esta misma receta sin atribución alguna.
Así lo expresa este tratado judío:
«Para fortalecer el coito y copular bien, con ardor: toma la cantidad de cuatro onzas de hormigas grandes que tienen alas y deposítalas en un recipiente de cristal claro y limpio.
Después, añade unas ocho onzas de [...].
Cierra la vasija inmediatamente y ponla al sol y, cuando mueran las hormigas agrega cinco onzas de aceite de musco o aceite de castor.
Manténlo treinta días al sol en verano, y en invierno hierve el recipiente en una olla llena de agua hasta que mengüe la cuarta parte.
Después de esto, unta el resultado sobre los riñones, o aplica al miembro viril y obrará grandes prodigios» (El libro de amor, 2003, p.
La formulación del profesor salmantino, sin embargo, es más simple:
«Olio de formigas segun Ypocras.
Es prouechoso para esforçar el omne et la mugier al coyto si fuere vntado conel la renes et el pendejo et el berretro2.
Toma formjgas biuas, mjll o mas et echalas en azeyte en vn vaso tanto quanto esten cubiertas, et bien tapado el vaso de vidrio.
E si fueren de las formjgas que buelan seran meiores, o de las formigas montesinas que son medio rubeas, et medio negras.
E esten al sol quarenta dias, despues cuelalo, o sin colar guardalo» (Gómez, 1997, fol. 14r.)
El mismo remedio, que se utilizó tanto en el XIII como en el XV, fue conocido por judíos y cristianos, y utilizado tanto por mujeres como por hombres.
Las diferencias entre ambas, sin embargo, son importantes.
Si la receta judía, más antigua, aparece en una parte del texto de marcado carácter mágico sin autoridad que la avale, en el castellano está respaldada por el mismísimo Hipócrates.
Tal y como fue redactada en este último pudiera dar la impresión de que el emplasto podía ser eficaz para hombres y mujeres, pero, al menos desde San Isidoro, la libido masculina se situaba en los riñones, mientras que la de las mujeres estaba en el ombligo, por lo que debe ser entendido como un medicamento específico para los hombres (Isidoro, 1982, p.
Además, esta receta es de origen salernitano, ya que fue Constantino quien la introdujo en su Liber de coitu como remedio empírico (Constantino, 1983, p.
De modo que es un ungüento que desde un principio estuvo diseñado para la estimulación del apetito sexual masculino que demuestra que entre la medicina académica y la práctica hubo constantes intercambios de fórmulas para curar la impotencia, y que su uso no se quedó en la élite intelectual, sino que llegó a ser conocida y aplicada por las mujeres.
Lo que los textos muestran es un proceso, concordante con la exclusión de las mujeres del medio universitario, de cancelación de los saberes y la práctica femenina (Moral, 2010), aunque ellas utilizaran los mismos remedios que serían recogidos en tratados médicos de importante difusión e influencia en la Edad Media.
Colgarse al cuello el diente de un hombre muerto o hacerse una fumigación con él es un buen ejemplo de ello.
En el Libro de amor de las mujeres, dentro de un contexto mágico, simplemente se recomienda «para quien no puede yacer con su mujer por cualquier razón, esto ha sido probado: ----toma un diente de hombre muerto y que se lo cuelgue al cuello; inmediatamente hará lo que desee; o que haga sahumerio con el [diente]» (El libro de amor, 2003, pp. 41-1).
El mismo remedio aparece en el Thesaurus pauperum, y de nuevo el aval de la autoridad médica es un elemento esencial.
Si en el texto hebreo está respaldado únicamente por la experiencia, Pedro Hispano se lo atribuye a Gilbertus Anglicus (Hispano, 1973, p.
308), mientras que la versión castellana de esta misma obra -que, recordemos, está erróneamente atribuida al inglés-lo adscribe a Quirinus (Libro de recetas, 1997, fol. 33v).
Las propiedades de los dientes de hombre muerto contra la impotencia no fueron conocidas únicamente por los iniciados en las artes de la magia o la medicina, pero las mujeres que los utilizaban fueron asociadas con la brujería.
Fernando de Rojas, que conoció al médico López de Villalobos (Moral, 2007), construyó en el personaje de la Celestina el estereotipo literario de la mujer sabia y bruja del fin de la Edad Media castellana (Dangler, 2001; Harper, 2011).
El objetivo principal de la alcahueta es provocar el amor mágico de Melibea, sin embargo el camino se antoja lleno de dificultades.
Una de ellas es la objeción que hace uno de los criados de Calisto, Pármeno, que conoce a Celestina desde que era niño.
Para advertir a su señor de los peligros de entrar en contacto con esta mujer, describe sus seis oficios: lavandera, perfumera, hacedora de afeites y de virgos, alcahueta y, finalmente, hechicera.
Al menos dos de estos oficios están relacionados con la actividad sexual: como alcahueta su trabajo consiste en favorecer el encuentro carnal y que las mujeres pierdan la honra; como hacedora de virgos deshace el entuerto que ella misma ha provocado.
Para desactivar las reticencias de Pármeno, Celestina habla con él y le explica el oficio de Claudina, la madre fallecida del criado.
Así habla de cómo aprendió de su maestra el arte de la hechicería:
«¡Oh qué graciosa era, oh qué desenvuelta, limpia, varonil!
Tan sin pena ni temor se andaba a media noche de cimenterio en cimenterio, buscando aparejos para nuestro oficio, como de día.
Ni dejaba cristianos ni moros ni judíos, cuyos enterramientos no visitaba.
De día los acechaba, de noche los desenterraba. (...)
Siete dientes quitó a un ahorcado con unas tenacicas de pelar cejas, mientras yo le descalcé los zapatos.»
Pero no sólo ella le reconocía su buen hacer; además de partera, entre sus clientes se encontraban hombres de todas las edades y condición social.
Caballeros, clérigos, casados, viejos y mozos utilizaron los saberes de Claudina, y como mujer sabia y bru-ja, necesitaba proveerse de dientes de hombre muerto para favorecer la potencia sexual de sus clientes.
Así que este remedio, que estuvo avalado por autoridades médicas, se asoció con las mujeres al menos en un tratado judío de medicina femenina y en la célebre obra de Rojas.
Sin embargo, hay una diferencia fundamental: cuando es utilizado por mujeres aparece ligado a un contexto mágico que, desde muy pronto, se vinculó con la práctica sanadora femenina.
Aunque las causas de la impotencia estuvieran insertas en el sistema galénico, la posible falta de eficacia del tratamiento natural favoreció la aceptación de explicaciones mágicas y permitió la inclusión de remedios, utilizados también por las mujeres, en reputados libros de medicina universitaria.
Para los médicos la eventual incapacidad para identificar y administrar el compuesto correcto acorde con la teoría natural fue algo más que una mera posibilidad (Bos y Mensching, 2006, p.
262), pero cuando las mujeres utilizaban compuestos respaldados por las autoridades académicas su hacer aparece asociado a prácticas que se sitúan en los límites de lo prohibido.
Sólo hubo una excepción: Trótula, que en la Edad Media fue fuente de autoridad médica en salud femenina.
En el Liber de sinthomatibus mulierum, un texto del siglo XII que forma parte del conjunto de tratados que se le atribuían, se recomiendan como afrodisiacos, siguiendo a Plinio, el útero y la vagina de liebres y cerdos para los hombres y los testículos de dichos animales para las mujeres (McCartney, 1922, p.66; Plinio, 28.248).
«Si desea concebir un varón dale a su marido el útero y la vagina de una liebre.
Disécalo y mezcla el polvo con vino y que lo beba.
De igual forma haga la mujer con los testículos de una liebre, y al final de su periodo que yazca con su marido y un varón será concebido.
Dale a la mujer el hígado y los testículos del único cerdo que haya nacido de una puerca, y sean secados y reducidos a polvo, y sea dado a beber al hombre que no es capaz de generar y éste generará, o bien a la mujer y ésta concebirá» (The Trotula, 2001, p.
Este caso detalla cómo una mujer conocía estos remedios y prescribe su administración sobre el marido y su esposa.
Los tratamientos usados por las mujeres, ya fueran empíricos o mágicos, como el ungüento de hormigas o el amuleto de diente de hombre muerto, fueron recogidos en libros de medicina universitaria.
Pero las mujeres sabían, además, que el satirión era el elemento más apreciado por sus propiedades afrodisíacas por los médicos ilustrados.
Ya me he referido a cómo la literatura bajomedieval atestigua el uso de alcahuetas para favorecer el encuentro sexual, y sin duda entre los clientes de estas mujeres también había clérigos.
Este es el caso del Libro del Buen Amor, que narra las aventuras amorosas del arcipreste de Hita.
Aunque el arcipreste también recurrió a hombres como mediadores, ninguno de ellos tuvo tanto éxito como Trotaconventos quien, entre otras muchas mujeres, recomienda la seducción de una monja.
Según la alcahueta estas mujeres, a quienes en principio les estaba vedado el contacto carnal, estaban acostumbradas a tener amigos, a los que califica de «viciosos» para despejar cualquier duda sobre las relaciones que mantenían con ellas (Dean, 2008).
Trotaconventos basa su consejo en más de diez años de convivencia con monjas y en el conocimiento de los compuestos que utilizaban en sus encuentros, recordando y destacando tres recetas, y en las tres el satirión es el elemento clave (Kane, 1933, p.
«Muchos de letüarios les dan muchas vezes: diaçitrón, codonate, letüario de nuezes, otros de más quantía, de çahanorias rahezes; enbían unos e otros cada día a revezes.
Cominada alixandria, con el buen diagargante; el diaçitrón abatis, con el fino gengibrante; miel rosado, diaçimino, diantioso va delante; e la roseta novela, que deviera dezir ante.
Adragea e alfenique, con el estomaticón, e la garïofilata, con dïamargaritón; trïasándali muy fino, con dïasaturïon, que es para doñear, preçiado e noble don».
(Ruiz, 1992, 336-8) *** La pericia y los conocimientos de las mujeres no se circunscribieron a los cuerpos femeninos, y aquellas que se arriesgaron a tratar a hombres fueron progresivamente deslegitimadas y marginadas, un proceso elaborado a distintos niveles: cultural, académico, ideológico y social (Agrimi, 2001, p.
Las mujeres que trataron la impotencia masculina dieron un paso más; ellas no sólo estaban curando un cuerpo, lo que hacían era devolverles la masculinidad, es decir, la potencia sexual.
Este conocimiento del cuerpo de los hombres sólo podía ser explicado porque ellas mismas, por brujería, habían provocado este mal.
Pero el hecho fue que ni la identificación del origen de la impotencia ni su tratamiento estuvo exclusivamente en manos de hombres de iglesia o médicos.
Si las mujeres podían ocasionar impotencia, también conocían remedios que terminaron por ser recogidos en textos médicos y utilizaron, además, tratamientos -como el satirión-que pertenecían al ámbito académico más erudito.
Así pues, el conocimiento sobre las causas y terapias para la impotencia de los hombres no se quedó en la élite intelectual.
Las mujeres, ya fueran sabias, brujas, viudas, casadas o monjas, fueron parte de la solución, y por ello fueron paulatinamente etiquetadas como la raíz del problema.
Pero ni las fuentes académicas ni las eclesiásticas les reconocieron su saber, a pesar de que utilizaban remedios recomendados por ellos mismos.
De hecho, recurrir a mujeres para solucionar la impotencia terminó por ser considerado un acto más peligroso que acudir a una bruja.
Emplearan el método que emplearan, en sus manos siempre sería un uso ilícito, porque sólo era posible que supieran curar al hombre impotente si habían realizado una alianza expresa con el Demonio.
Por ello Krämer y Sprenger sostienen que «acercarse a estas mujeres con ánimo de recuperar la salud se revela tanto más pernicioso cuanto que ellas actúan para deshonrar la fe más que aquellas que parecen realizar la cura exclusivamente mediante una alianza tácita con el diablo» (Krämer, 2004, p.
El tratamiento de la impotencia no fue un conocimiento exclusivamente masculino, pero los hombres procuraron que para las mujeres fuera territorio vedado.
Los hombres admitieron que las mujeres podían tener alguna autoridad sobre los cuerpos de otras mujeres y de los niños cuando el contacto físico era necesario, pero aceptar que ellas tenían competencia sobre el cuerpo de los hombres habría sido subvertir el orden establecido.
Sin embargo, los tratamientos que utilizaron fueron, al fin y al cabo, los mismos. |
presente estudio pretende acercarse a su persona, familia, ámbito social y nivel socioeconómico en el que desarrolla su vida.
Los datos que aporta dicho documento arrojan algo de luz sobre su ciclo vital, hasta el momento bastante desconocido, pese a ser uno de los más importantes médicos cristianos que atendieron a Carlos III 'el Noble'.
A todo esto hay que añadir la dimensión espiritual y religiosa de sus últimas voluntades, que vienen a completar la mentalidad y el modo de vida de este personaje.
El testamento de Juan Moliner, -uno de los físicos o médicos cristianos más cercanos a la familia real durante los reinados de Carlos II y Carlos IIIpermite aproximarse a su persona, a su nivel de vida y a su dimensión espiritual y religiosa.
El de un hombre concreto que sirvió a los monarcas navarros entre el último cuarto de siglo XIV e inicios del XV.
De hecho, la práctica testamentaria no solo se ha revelado como el mejor de los testimonios para conocer los sentimientos íntimos de cada individuo ante la muerte, sino que también es reflejo de la situación socioeconómica y familiar del testador al final de su vida.
Ni qué decir tiene, como afirman Julia Pavón Benito y Ángeles García de la Borbolla que, «el testamento, sobre todo en los siglos XIV y XV, se configura como un acto de previsión ante las trascendentales consecuencias que repercuten directamente en el destino eterno del alma».
En este caso, sin dejar de lado las consideraciones espirituales que el propio testamento implica, se pretende ahondar más concretamente en la faceta referida a la repercusión social y familiar alcanzada por el difunto en vida e intentar comprender la trayectoria vital de maestre Juan Moliner.
Un planteamiento -el de la actitud ante la muerte a través de las mandas testamentarias-que no resulta novedoso puesto que recientemente el estudio de los testamentos y sus implicaciones en la mentalidad de los navarros de los últimos siglos de la Edad Media ya ha sido tratado por algunos especialistas1.
No obstante, debido a la escasez de este tipo de documentación sobre aquellos que se dedicaban a la práctica del cuidado de la salud, más concretamente los médicos vinculados al ámbito cortesano navarro, cobra una especial importancia 2.
APUNTES BIOGRÁFICOS DE JUAN MOLINER Y SU FAMILIA
Se desconocen los orígenes de Juan Moliner, cuyas primeras referencias datan del año 1377, y cómo llegó al servicio de Carlos II y del infante Carlos, futuro Carlos III 3.
Tras el fallecimiento del primero y el ascenso al trono de su hijo se llevaron a cabo una serie de reformas en la organización de la Administración y de la propia Casa Real, que, como no podía ser de otro modo, con el tiempo afectaron al propio físico.
De mayo de 1388 es su nombramiento como médico del rey, siéndole asignados 200 florines trimestrales en concepto de gajes para su mantenimiento, el de dos servidores y tres caballos 4.
Un salario que se suma a los 300 florines (360 libras) de pensión anual que le habían sido asignados, a recibir sobre el almudí de Tudela, tasado en 250 libras, y sobre la pecha del val de San Esteban, en la merindad de Estella, estimada en 110 libras:
A maestre Johan Moliner, fisigo del rey, al quoall el dicho seynnor ordeno que ouiesse de pension a recebir en la su cambra a los dineros en cada un aynno, segunt se contiene por dos letras del dicho seynnor dadas el primero dia de mayo et VIo de marco anno LXXXVIIIo, 300 florines, et de si el dicho seynnor queriendo fazer como eill sia bien pagado de la dicha pension et assin que meyor et mas diligentement sierua et sia tenido de seruir le ha dado en paga de los dichos 300 florines que, ha 24 sueldos pieca, valen 360 libras; el almudi de Tudela (...) en precio de 250 libras cad'aynno, valgan mas o menos, et sobre la pecha de val de Sant Esteuan, de la merindat d'Esteilla (...) 110 libras (...) 5.
Unos importantes ingresos que vienen a complementarse con otras generosas aportaciones que se le van entregando a lo largo de su vida por parte del ----3 Archivo General de Navarra (=AGN), Comptos.
Hay quien afirma que tenía el título de maestro en artes y bachiller en medicina (Narbona Cárceles, 2006, p.
No obstante, por mi parte no he encontrado dato alguno que corrobore estudios universitarios, aunque parece lo más probable.
Si aceptamos que el título de 'maestre' es reflejo, en los físicos cristianos, de un título académico universitario, la gran mayoría de quienes sirvieron en la corte navarra debieron de haber pasado por la enseñanza superior, pero no parece que sea así.
Por el contrario, el título de 'maestre' aplicado a un judío implicaba una distinción honorífica, concomitante con la dignidad profesional equivalente, pero no puede ser interpretado como grado académico.
De hecho estos últimos tenían prohibido el acceso a la Universidad, con lo cual es imposible que la denominación de 'maestre' refleje su paso por las aulas (Serrano Larráyoz, 2004, p.
Sobre la formación de los sanadores hebreos -pero también de cristianos y musulmanes-, véase García Ballester, 2001, pp. 213-225.
monarca, tanto en dinero como en vestiduras, para cubrir sus necesidades o como agradecimiento especial por sus servicios6.
Reflejo de su buen hacer en el cuidado de la familia real y de algunos de sus servidores que requirieron de sus saberes, como Andrés Dehan (Serrano Larráyoz, 2004, p.
Muy poco es lo que se conoce respecto a la vida personal de Juan Moliner.
Realmente, si se dejan de lado sus fructíferas actividades sanitarias, casi todos los datos sobre su familia, algunas de sus relaciones personales, bienes muebles o creencias personales pueden encontrarse en su testamento, fechado en Olite el 13 de febrero de 1403 8.
Así, desconocemos cuándo contrajo matrimonio con Gracia de Ursúa 9, con la que tuvo dos hijos, Peyretón y Lancelot, y una hija, Juana, la más joven de los tres probablemente.
Al día siguiente de la muerte del físico el monarca concede a los dos varones, bajo la tutela de su madre, 50 cahíces de trigo anuales, asignados sobre las pechas de Oteiza y Añézcar -que ya recibía su padre-para que puedan ser criados et aprender sciencia.
Unos privilegios aumentados al año siguiente y que debían continuar hasta que alcanzaran la hedat de 24 aynnos 10.
En ningún momento se alude a una hija, quizás porque se trata de un privilegio destinado a aquellos en que se confía que puedan continuar el oficio de su padre -no olvidar las restricciones que tenían las mujeres de aquella época para ejercer la medicina 11 -.
De hecho en las ----disposiciones testamentarias de Juan Moliner no se considera necesario que la hija tenga la misma educación (leer y escribir) que sus hermanos, sino tan solo el conocimiento de las buenas costumbres, con vistas a conseguir un esposo lo suficientemente importante con el que fortalecer su linaje.
Moliner señala que, una vez fallecida su mujer -Gracia de Ursúa-, los hijos vayan heredando por orden de edad y prioridad de sexos: Establece la condición de no poder vender ni enajenar su herencia, salvo la mitad de los bienes muebles correspondientes a su esposa, cuyo disfrute ésta podía ejercer en vida como quisiera.
Lo cierto es que Juana Moliner sobrevivió a sus dos hermanos 12 y heredó los bienes de su padre vinculados a mayo----la progresiva clericalización de la cultura (Martínez Crespo, 1994, pp. 44-45).
La imposibilidad de acceso a la formación universitaria para las mujeres, y la posterior prohibición del ejercicio médico para aquellas y aquellos no licenciados o no examinados por un tribunal autorizado, ha llevado a diferentes interpretaciones sobre el por qué de la prohibición de la formación universitaria y de la práctica de las mujeres.
Así, mientras hay quien considera que es un ejemplo de discriminación social por razón de sexo (Green, 1989, p.
447); otros creen que el objetivo de esta regulación no eran las mujeres por el hecho de ser mujeres sino por tratarse de empíricas (McVaugh, 1993, pp. 103-107).
Sobre esto también hay quien piensa que tal marginación está motivada por intentar mantener vías alternativas de obtener los conocimientos.
Unas vías alternativas que se encontraban fuera de lo académico y fuera de la palabra escrita, vinculadas con el platonismo -que cuestionaban el aristotelismo como soporte del mundo académico medieval-, y que es fundamental para entender las formas del conocimiento místico mayoritariamente femenino.
La negativa a permitir la práctica médica a quienes no estuvieran examinados por un tribunal se debió a la necesidad de impedir la existencia de fórmulas de establecimiento de autoridad fuera de las negociadas desde el poder establecido (Salmón Múñiz, 1997, pp. 38-43).
Sobre estos aspectos puede consultarse también el trabajo de Cabré i Pairet y Salmón Múñiz, 2001, pp. 55-76.
Con todo, la presencia de mujeres sanadoras de alto nivel queda constatada, pese a ser casos minoritarios, en una tal Doza, física del conde de Foix, que trató, en 1403, junto con otros físicos y cirujanos de prestigio al rey Carlos III el 'Noble' de Navarra (Serrano Larráyoz, 2004, p.
12 La última referencia sobre Peyretón y Lancelot localizada es de diciembre de 1411, cuando su madre reconoce, en nombre de ambos, que ha recibido los provechos y emolumentos de un molino en el puente de Tudela (AGN, Comptos.
Dichos beneficios ya habían sido concedidos por el monarca a su padre años antes (AGN, Comptos.
Casó con Juan de Itúrbide, notario de la Cámara de Comptos, y tuvo un hijo llamado como su padre y abuelo.
No obstante, la muerte de ésta antes que su esposo planteó algunos problemas sobre la herencia.
El testamento de Itúrbide -7 de abril de 1457-informa que su hijo quedaua fuera de su seso y en frenesia de locura, por lo que no tardó en revisar las cláusulas del testamento de su suegro, en el que dejaba expresamente claro que su herencia debía ser entregada a los sucesores de sus hijos, salvo que ninguno d'eillos fuese loco, gastador o de mal regimiento o gouernamiento.
Así, habiendo fallecido los otros hijos que tuvo con Juana Moliner, por descargo de su conciencia, decidió cumplir la última voluntad de Juan Moliner sobre la fundación de una capellanía anual perpetua simple con las rentas de los bienes a heredar en caso de no existir descendencia directa, tal y como se verá más adelante14.
Por este motivo ordenará a sus albaceas o cabezaleros que mantengan a su hijo con las rentas de sus propios bienes, mientre el fuere biuo15.
Tampoco es demasiado lo que se sabe sobre los bienes muebles que posee maestre Moliner al final de su vida.
No debieron resultar pocos, aunque su testamento no es demasiado explícito.
Por un lado concede a su mujer la casa que posee en la Rua maor d'la Correyeria de Pomplona con su mueble (actualmente correspondería con el tramo de la Calle Mayor más próxima a la iglesia de San Lorenzo) 16, casa adquirida junto con otras, probablemente en 1398, al maestro de la moneda del rey 17, ----la quoal se afruenta d'una part con casas de Martin Bertran, mercadero, vezino de Pomplona, et d 'la otra part con casas de Miguel d' Eguaras, correyero, vecino de Pomplona, et todos et quoalesquiere otros bienes muebles, heredamientos pertenecientes a mi, asi como casas, casales, piezas, vinas, huertos, olivares, prados et vezindades o qualesquiere otros bienes, heredamientos a mi en todo el regno de Nauarra o en quoalquiere otra tierras et seynnorios sean et puedan ser et pertenescer por quoalquiere titulo o razon sean (...).
Sobre la ubicación y posesión concreta de algunos bienes raíces queda la información de la distribución que hace entre sus hijos e hija, como una arinzada (898,2 m 2 ) de viña que deja a Peyretón en Cascailleta, de Pamplona, otra arinzada en Mutiloa 18 que dona a Lancelot, y otra arinzada que deja a Juana en el termino de Sayquin 19, pero poco más.
De lo dicho hasta ahora puede comprobarse que la situación económica de la familia Moliner era más o menos holgada.
Tanto es así que de las deudas que deja recogidas en su testamento y que no ha cobrado en el momento de redactar sus últimas voluntades, dan la sensación que en más de una ocasión ejerce como prestamista entre distintos personajes, unos con más renombre que otros, pero casi todos con una posición social distinguida, como Pedro de la Plana, molinero de Tudela 20, que le debía 200 libras «febles»; el fallecido Martín Ibáñez de Los Arcos, notario, y Miguel de Eguaras, correyero y uno de sus vecinos de Pamplona, deudores de 2 escudos de oro respectivamente; Pascual de Lizarraga y Juan de Sangüesa, el mercader y notario de la Cort, ambos vecinos de Estella, que también le debían 600 libras «febles» y parte de 220 libras fuertes respectivamente; Jacques du Tronchoy, llamado Tronchet, escudero 21, y su hermano Francés, que le adeudaban un escudo cada ----18 Se empleó esta forma para designar indistintamente a las localidades de Mutilva Alta y Mutilva Baja (Gran Enciclopedia de Navarra, t.
19 Este término aparece documentado en Mendillorri y Mutilua Alfa (APSS, caj.
20 Probablemente la relación con el molinero esté en relación con las rentas que Juan Moliner cobraba sobre varias ruedas de molino en el puente de Tudela.
Así, en febrero de 1391, el rey le concede la mitad de la segunda casa o molino de dicho puente, con todos los derechos (AGN, Comptos.
Al día siguiente de su fallecimiento el monarca se la concede a sus hijos (AGN, Comptos.
Años después, en diciembre de 1405, Sancho de Aoiz, abad de Urroz y uno de los albaceas del testamento, entrega a tributo y alquiler una rueda de molino al molinero de Tudela Juan de Andosilla, para su disfrute durante el año siguiente (AGN, Comptos.
21 En 1378 es aludido como valet de cámara del rey Carlos II (AGN, Comptos.
uno; y los herederos de Juan García de Beunza 22, deudores de 200 florines de oro de Aragón.
Por lo que respecta a ciertas tazas de plata -no debe olvidarse el valor simbólico que la vajilla de lujo adquiría en una sociedad donde el sustento diario era para la gran mayoría su mayor preocupación, además del valor monetario que alcanzaban en caso de escasez de dinero-Juan Moliner menciona a Juan Cruzat, chambelán, y a la mujer de Pedro de Arce 23, quienes le habían empeñado dos tazas respectivamente, y a Pedro de Acedo 24, y Juan de Izco, especiero y mercader de Pamplona respectivamente, que le habían empeñado una cada uno.
El aprecio de Juan Moliner por sus criados es también considerable, dejando a su moza Marito 80 libras fuertes, pora si et pora su casamiento, que le debía el arcediano de val de Aibar, los quoales eill me los tiene d'la mi pension por el mi benefiçio deuido por los prior, capitol et canonigos de Pomplona.
Le deja, además, 10 cahíces de trigo y 6 cargas de vino mosto del meior de mi casa.
A García, otro mozo, le concede 3 cahíces y medio de trigo sobre dicho arcedianato, y a Micheto, otro de sus mozos, 3 florines de oro.
No obstante, fue Enecot, su mozo y servidor personal, quien recibe la mayor demostración de afecto al serle concedida una hopalanda de peis sen la forradura y un capirote, el mejor, además de la mula morena que yo solia caualgar ante desta mi enfermedat y de permitirle vivir en su casa de Pamplona y de encomendarle el cuidado de sus hijos:
22 En julio de 1386 se le menciona como mercader de Pamplona (AGN, Comptos.
A principios de 1400 todavía vive, según notificación de una sentencia de la Cort, en un pleito que mantiene contra García de Lanz, vecino de Pamplona (AGN, Comptos.
23 En 1400 es reconocido como zapatero de Pamplona, al que se le deben 11 libras y 8 sueldos fuertes por zapatos que realizó para el infante y las infantas (AGN, Comptos.
24 Boticario vinculado con Juan Moliner, a quien en numerosas ocasiones se le adquieren diversas medicinas para la familia real.
Un ejemplo puede ser en [1387?], cuando Sancho de Ayanz reconoce que ha recibido medicinas de Pedro de Acedo, valoradas en 15 florines, para cierta enfermedad de Leonel, hijo bastardo del rey Carlos II, a quien tenía a su cuidado.
El documento contiene la diligencia del mencionado Juan Moliner (AGN, Comptos.
173, no 13, 5) Sobre este personaje véase, Serrano Larráyoz, 2004, pp. 55, 89 y 192;y Serrano Larráyoz, 2011, pp. 278-279. (...) et mando mas que el dicho Enecot more et viua en toda la su vida en mi casa de Pomplona, comiendo et beuiendo de lo que en casa se trobara comunlment (sic), et asi bien que aya de auer a bien vista d'la dicha Gracia, mi muger, su bestir sufiçient segunt la facultat vista entre eilla et eill sera, et le acomendo al dicho Enecot las dichas mis criaturas que la regesta segunt fuesen suyas propias, et le encargo en la su anima et conciencia que renda a las dichas mis criaturas si algunas cosas en los tiempos pasados a tomado o apartado en los tiempos pasados de mis bienes.
Los recursos económicos dejados a sus hijos, además de las viñas anteriormente mencionadas, fueron 20 sueldos carlines a cada uno por fazer de aqueillos todas sus propias voluntades y 100 libras carlines a Juana y Lancelot respectivamente, para cuando contrajeran matrimonio.
Más valor tienen para Juan Moliner los libros que posee sobre medicina, que yo a present he en Navarra et quoalesquiere otros libros que yo he de ciencia, que dona a Peyretón, su primogénito.
Dos de estos libros le habían sido prestados por los franciscanos de Estella y debían ser devueltos.
Añadir que también poseía alguno de nigromancia (saberes con los que se pretende incidir en el futuro invocando a los demonios) y que ordena quemar 25, quizás por recomendación de su confesor, el franciscano fray Pedro de Eza, confesor también de la reina Leonor, y a quien dona cuatro florines de oro de Aragón 26.
Con todo, establece que los libros pasen a Lancelot en caso de que Peyretón non quisiere aprender en la dicha ciencia, dejando la posibilidad de que, si ninguno de sus hijos quería continuar sus pasos 27, los libros fueran a parar a manos de su madre para que los guardara y vendiera ----25 Sobre los libros, véase Serrano Larráyoz, 2009, pp. 548-549.
La utilización de la nigromancia por parte de algunos médicos parece que no fue del todo infrecuente, véase el caso más tardío del judeoconverso Francisco López de Villalobos (Arrizabalaga, 2002, p.
Por lo que respecta a la presencia del confesor en el testamento, parece motivada por la especial influencia que llega a tener en el fiel al ser su director espiritual (Pavón Benito y García de la Borbolla, 2007, pp. 265-266).
En este caso se hace evidente por la intercesión que a cambio le solicita por su donación: por tal que mi anima aya en comienda.
Aunque difícil de precisar, es posible que Juan Moliner estuviera imbuido de la «espiritualidad renovada que desplegaron las órdenes mendicantes», a partir del siglo XIII, basada en la pobreza y la predicación, y cuya propuesta era cristianizar «unas actividades lucrativas que hasta entonces se había considerado absolutamente explotadoras y, por tanto, moralmente inaceptables».
Unas premisas franciscanas que hace «pensar que una porción significativa de la elite de los médicos universitarios participó del nuevo ethos mendicante, y que sus preferencias se inclinaron preferentemente a la orden terciaria de los frailes menores» (Arrizabalaga, 2012 (en prensa)).
Agradezco a su autor la posibilidad de consultar el texto original.
27 Se sabe que la flor y nata navarra acudía a educarse a prestigiosas universidades europeas como París, Toulouse, Montpellier y Bolonia (Tamburri Bariain, 2000, pp. 413-443).
Sin La cercanía de la muerte obliga a Juan Moliner a testar -nadie mejor que él para saber su verdadero estado de salud-, manifestando no solo sus intenciones materiales, de las que ya se ha tratado, sino también las espirituales.
Es Juan de Amicx, el joven, el notario que redactará el testamento del físico real, ateniéndose a formularios y modelos ya existentes 30.
Dicho testamento se inicia con la invocación a Dios y a la Virgen María -En el nonbre de Dios et de la Virgin Sancta Maria-, hecho bastante habitual en las últimas volunta----embrago el caso de los médicos es un universo todavía por explorar.
Un ejemplo de los intentos realizados para otros territorios hispanos, desde finales del siglo XV a mediados del siglo XVI, puede ser el estudio de Arrizabalaga, 2010, pp. 93-126.
28 La transmisión de libros relacionados con la medicina variaba según las circunstancias y las posibilidades económicas de sus dueños, como el traspaso intergeneracional de padres a hijos, o bien a familiares y conocidos, la compra o el robo en otros casos (Ferragud Domingo, 2005, p.
En nuestro caso también se ha comprobado el préstamo de ejemplares por parte de los franciscanos estelleses.
30 Su padre ya aparece como notario entre la documentación conservada en el archivo de la parroquia de San Cernin o San Saturnino durante la primera mitad del siglo XIV (García Larragueta, 1976, p.
Evidentemente la validez del testamento queda corroborada por la buena salud mental del testador -estando en mi buena memoria et sano entendimiento-pese a la enfermedad, estableciendo su última voluntad frente a disposiciones anteriores -reuocando et anulando todos et quoalesquiere testamentes o codiçiellos fechos et ordenados por mi ata aqui-, con el fin de evitar malos entendidos en un futuro entre su mujer y sus hijos, sus principales beneficiarios.
Finaliza el encabezamiento con el deseo de alcanzar la vida eterna -et la mi anima pueda yr a la gloria perdurable-, no como un mero preámbulo sino como manifestación de su piedad personal.
De ahí, que la necesidad de plantear la posesión de las plenas facultades mentales que no sea un mero formulismo notarial para algunos autores (Baldó Alcoz, García de la Borbolla y Pavón Benito, 2005, p.
La primera alusión de Moliner, antes de dar paso a sus últimas voluntades, es reconocer de que tras su muerte el alma se separará de su cuerpo -quoando quiere que nostro seynnor Dios ordenare de mi anima que sailliere de mi cuerpo-, reconociendo implícitamente que anteriormente ambos estaban unidos (Pavón Benito y García de la Borbolla, 2007, p.
Su primera disposición es que su cuerpo sea trasladado a Pamplona, probablemente desde Olite, donde se encuentra al servicio del monarca y redacta su testamento, instando a sus cabezaleros que lo entierren en la iglesia de San Cernin de Pamplona, en vna fuessa onesta, la quoal quiero et mando que sea conprada por mano de los dichos mis cabeçaleros de mis bienes, et que el dicho mi cuerpo sea sepelido onorablemente con torchas, çirios et otras candelas segunt a mi pertenesce et es vssado et costumbrado en la dicha ciudat de Pomplona en tales senblantes personas.
Esta práctica del ritual funerario establece la necesidad de determinar la posición social que el difunto disfrutaba en vida, quedando remarcada a tra-----31 La invocación dirigida en primer lugar hacia Dios Padre muestra una actitud de humildad y devoción con la que el testador acepta el inevitable tránsito de la muerte, disponiéndose a la voluntad del Creador.
Por lo que respecta a la invocación a la Virgen María, ésta es la santa por excelencia.
María es considerada la Madre de todos los fieles pero a la vez es Hija, representando un punto de unión entre Dios y lo hombres.
No obstante, todas estas fórmulas, desde un punto de vista bastante más prosaico que el religioso de estas autoras, bien pudieron ser utilizadas por los notarios con el fin de prolongar la extensión de los testamentos y así ampliar sus ganancias.
33 No hay nada remarcable en esta idea que expone Juan Moliner, ya que refleja la antropología cristiana más tradicional sobre la vida y la muerte. vés de ciertas actitudes espirituales y distintos gestos externos propios de cada estamento (Baldó Alcoz, García de la Borbolla y Pavón Benito (2005), p.
De hecho las disposiciones sobre las luminarias, aunque vagas, dispuestas por Juan Moliner, están estrechamente relacionadas con su componente socioeconómico y su status 34.
A todo esto hay que señalar la elección del lugar de inhumación, la parroquia de San Cernin, una de las de mayor renombre de Pamplona 35.
Por lo que respecta a las mandas pías, Moliner establece que se realicen una serie de celebraciones litúrgicas, la novena 36, trentena o treintena 37 y cabo de año bien et onestamet segunt a mi pertenesce, además de una capellanía anual cantada, con sus cirios et candelas, ofrenda de pan, començando luego como el mi cuerpo sera sepelido ata vn aynno en seguient et que el dicho cappeillan qui cantara o çelebrara la misa d'la dicha mi capeillania aynal aya de saillir sobre la mi fuessa en cada un dia a bendizirla segunt vssado et costunbrado es en la dicha eglesia, et la dicha mi muger aya de leuar a ofreçer et ofrezca las dichas ofrenda de pan et candelas en la dicha mi aynal.
La última disposición de tipo espiritual es la obligación de que los albaceas -su mujer, Sancho de Aoiz, abad de Urroz, Sancho de Oteiza, abad de Aibar, y Pedro García de Eguillor, notario, los dos últimos secretarios del rey-o sus sucesores dispongan que en caso de que sus descendientes murieran sin sucesión, utilicen las rentas de los bienes que ha dispuesto en el mayorazgo para sus hijos, con el fin de financiar, ya se a dicho anteriormente, otra capellanía cantada anual perpetua simple por su alma, la de su mujer et criaturas et de mis mayores et por las animas a qui yo so tenido rogar; ejemplo de intentar perpetuar su memoria y la de sus familiares al mismo tiempo que ----34 Sobre estos aspectos, véase Baldó Alcoz, 2002, pp. 197-210 y 2006a, pp. 385-402.
35 De hecho en esta parroquia estába instaurada la cofradía de Santa Catalina, una de las más importantes de Pamplona, de la que era cofrade el propio rey Carlos III.
Las referencias a 'fosas' suelen ser más abundantes en el medio rural, mientras que en el urbano resulta más corriente mencionar la palabra 'sepultura', aunque no parece que el formato variara esencialmente (Baldó Alcoz, García de la Borbolla y Pavón Benito, 2005, p.
36 Era la celebración de una misa por el alma del difunto durante los nueve días que seguían al funeral.
37 La trentena gregoriana comprende un conjunto de 30 misas bajas celebradas a razón de una por día consecutivo o bien en el mismo día (Baldó Alcoz, García de la Borbolla y Pavón Benito, 2005, p.
Su propósito era facilitar alivio a los padecimientos sufridos por el alma del difunto, durante su estancia en el Purgatorio expiando sus pecados.
De diciembre de 1479 es el acuerdo entre los obreros, clérigos y vicario de San Cernin con los cabezaleros de Juan de Itúrbide por el que queriendo complir las clausulas de los dichos testamentos, assi de dicho maestre Johan Moliner como del dicho Martin d'Iturbide, su yerno, qui fueron, (...) con liçençia, permisso e autoridat del sennyor official de Santa Maria de Pamplona, por virtut de las sobre dichas clausulas de los dichos testamentos (...) vistas y examinadas, por quanto los dichos bienes non vastan para la fundacion de la capellania que el dicho maestre Johan Moliner por su testamento mandaua fundar.
Ouido deliueracion e maduro conssejo con hombres letrados y entendidos acerqua desto a seruicio de Dios e de la gloriosa Virgen (...), los dichos Johan Loppiz e Sancho de Yrigoyen, cabeçaleros subrogados e substituydos del dicho Martin d'Iturbide qui fue, (...) fundaron e ordenaron desde agora por las presentes para en todos tiempos a perpetuo quoatro aniuerssarios con sus vigilias e nuebe leçiones de muertos e con missa solempne de Requiem con diacono y subdiacono, que sean dichas e çelebradas en la dicha yglesia de seynnor Sant Çernin cada annyo en el altar mayor de la dicha yglesia a perpetuo.
Es a ssauer, la primera missa del aniuerssario el viernes de las quoatro tiemporas empues el primer dia de quoaresma, la otra el viernes de quoatro tiemporas de la pentecosta, la terçera el viernes de las quoatro tiemporas de Santa Cruz del mes de septiembre e la quoatrena el viernes de las quoatro tiemporas empues Santa Luçia (...) 39.
39 En cada una de dichas misas el vicario y los clérigos de San Cernin debían de salir con la cruz sobre la sepultura del dicho Martin d'Iturbide donde esta sepellido (...) e diran hun ressponsso con su oraçion de mortuys, segunt es vsado e acostumbrado en la dicha yglesia de Sant Cernin cada annyo a perpetuo.
El rezo del responso sobre la tumba del difunto parece ser una práctica habitual (Baldó Alcoz, García de la Borbolla y Pavón Benito, 2005, p.
Para pagar estas misas se ofrecieron 12 libras carlines anuales, pertenecientes a las rentas de las sobre dichas casas que fueron del dicho maestre Johan Moliner, situadas en la dicha Rua de la Correyeria del burgo de la dicha çiudad (...).
Item mas, vna pieça de tierra de seze rouadas poco mas o menos, situada en el termino de Ychastia, affrontada d 'una part con pieza de Johan d' Esparça, mercadero, e de la otra part con pieza de Anchote de Lauayen, pelegero, e de Martin d'Arrieta, çapatero, e de la otra con el camino sendero que van de Pamplona enta Sant Miguel de Baraniany (sic).
Item otra pieça de doze rouadas poco mas o menos situada en Cascalleta, affrontada d'una part con pieza del concejo de Sanssoany (sic) e de la otra con vina de Sanchot de Yçall, calderero, e de las otras dos partes con los caminos publicos (...).
Item otra pieza de seze robadas poco mas o menos situada en Lezcayru (...).
Item vna pieza en el termino de Mendilorri clamado Sayquin (...).
Item otra pieza a mesmo affrontada con vina de Loppe de Mendilorri e de las otras otras dos partes con vinas de Garcia Martinez d'Abiçu, escudero.
Item otra pieza en el termino de Mutiloa de Suso, clamado Sayquin (...).
Item otra pieza de seze robadas en el termino de de Mutiloa de Iuso (...).
Item vna pieça ay luego de doze robadas affrontada d'una part con sendero vezinal e de las otras dos partes
La definición del testamento medieval como el documento mediante el cual el fiel cristiano proyectaba los beneficios futuros para su alma, tal y como proponen algunos autores (Pavón Benito y García de la Borbolla, 2007, p.
270), resulta una fuente de primera mano como acto de piedad y de fe además de permitir llegar a conocer aspectos materiales de aquellos quienes los redactaron 40.
Este tipo de documentación adquiere todavía más importancia cuando la escasez de datos sobre los testadores hace que se pueda acceder a información para el cocimiento de su periplo vital -situación socioeconómica, descendencia y otras cuestiones referentes a la vida privada del testador-no recogida en otra clase de documentación.
El testamento de Juan Moliner, médico de los dos monarcas navarros más importantes de la dinastía Evreux, aporta una visión más humana de lo que las fuentes contables nos proporcionan, hasta el momento el principal material utilizado para seguir sus andanzas al servicio de los reyes de Navarra.
De procedencia desconocida, aunque probablemente de origen francés/gascónaludido como Jehan Moulinier, en algún documento escrito en romance francés-, si nos atenemos a la flor de lis que decora su firma autógrafa y a los nombres de sus hijos varones, comenzó a prestar sus servicios a partir del último cuarto del siglo XIV durante poco más de 25 años 41.
De un nivel de vida más o menos desahogado, mantuvo relaciones, muchas de ellas probablemente facilitadas por su oficio médico y por su vinculación con la corte, no solo con los monarcas sino también con personajes de un status social similar al suyo.
Lo dicho viene a confirmarse al comprobar en el testamento sus ---con pieça e vina de la abadia del dicho lugar de Mutiloa pertenecientes a dicho Juan Moliner, Juan de Itúrbide y Juana Moliner mientras biuian, auian e tenian (...)
Distintos ejemplos de 'memoria funeraria' a familiares y parientes, en Pavón Benito y García de la Borbolla, 2007, pp. 260-265.
605) el testamento «es un claro indicador de la situación económica y social del que dicta.
Ambas circunstancias son producto de la noble naturaleza del testamento como pasaporte al más allá: la religiosa (garantizar la vida eterna) y la jurídica (ordenación del patrimonio acumulado en vida)».
41 En la ciudad de Valencia se ha documentado la existencia de unos Moliner, a finales del siglo XIV, dedicados a la sanidad, como el cirujano Francesc Moliner, alias Metge, y Pere Moliner, alias Metge (Ferragud Domingo, 2005, p.
No obstante, pese a la falta de datos, los indicios parecen sugerir como más probable que Juan Moliner fuera originario del otro lado de los Pirineos que de la Corona de Aragón.
Si existe la posibilidad de algún tipo de vínculo familiar entre ellos, se desconoce por el momento.
deudores, sus tierras, la ubicación de la casa donde vive su familia y la elección de la parroquia para su enterramiento.
Una familia ampliada con personajes que no poseen un vínculo sanguíneo con ellos (sirvientes o criados), y que a falta de una estrecha relación paterno-filial de afecto mutuo debido a la poca edad de los hijos, esta afectividad queda demostrada especialmente con alguno de esos sirvientes.
De hecho estos personajes eran considerados como unos miembros más de la familia.
A esto hay que sumar la especial relación que parece mantener con su confesor, el franciscano fray Pedro de Eza, a la sazón confesor de la reina Leonor de Trastámara, con el abad de Urroz, y con Sancho de Oteiza y Pedro García de Eguillor, estos dos últimos secretarios del rey, a quienes junto con su mujer les nombró albaceas de sus últimas voluntades.
El respeto y consideración que Juan Moliner alcanzó en vida quedan también demostrados tras su muerte en la persona de su yerno, al que no conoció, el notario de la Cámara de Comptos Juan de Itúrbide.
Por distintas vicisitudes, como se ha podido comprobar, la herencia del difunto físico quedó sin herederos responsables por lo que Itúrbide en su testamento ordenó cumplir las mandas pías que su suegro dejó por si ocurría el caso.
Así, setenta y seis años después de la muerte de Juan Moliner y veintidós de la de Juan de Itúrbide los albaceas de este último acuerdan con los representantes de la parroquia de San Cernin cumplir, en la medida que el dinero de ambas herencias permite, las últimas voluntades de los dos difuntos.
La manera de promocionar socialmente por parte de Juan Moliner, al igual que se ha venido confirmando para otros territorios hispanos, debió de ser a través de su matrimonio y su educación, y de hecho lo consiguió, no en vano fue físico del rey durante muchos años, pese a las lagunas que sobre esos dos aspectos tenemos.
Una dignificación social que queda también recogida en sus últimas voluntades en lo referente a su dimensión espiritual tanto por la elección de una fosa honesta como por su deseo de que su cuerpo sea enterrado con antorchas, cirios y otras candelas según a su estado social tal y como se acostumbraba en Pamplona.
A esto hay que añadir todas las mandas pías que propone se realicen para la salvación de su alma, aunque pese a la importancia del testador éste no hace ostentación excesiva en comparación con otros testamentos de la época.
Olite, 13, febrero, 1403 Testamento de Juan Moliner, físico del rey Carlos III el 'Noble' de Navarra Archivo Parroquial de San Saturnino, caja 1, Pergaminos, no 7, sec. I, no ant.
34 (8) En el nonbre de Dios et de la Virgin Sancta Maria.
Seppan quantos esta present carta veran et oyran que como yo Johan Moliner, maestro en medicina et fisigo del muy et inclito seynnor mi seynnor el rey de Nauarra, estando / en mi buena memoria et sano entendimiento maguer enfermo en mi persona, fago et ordeno este mi vltimo et postremero testament, seyendo present et laudant a las cosas infrascriptas Gracia d'Urssua, mi muger, reuocan-/ do et anulando todos et quoalesquiere testamentes (sic) o codiçiellos fechos et ordenados por mi ata aqui, et por tal que enpues mis dias yra, debbat et contienda no aya de concester (sic) entre la dicha mi muger et mis criaturas / et la mi anima pueda yr a la gloria perdurable amen.
Primerament ordeno et mando que quoando quiere que nostro seynnor Dios ordenare de mi anima que sailliere de mi cuerpo quiero, mando et me plaze que los mis cabeçaleros / de iuso scriptos o los qui mas curosos et diligentes seran, que mi cuerpo fagan leuar ondradament a la ciudat de Pomplona a las mis casas, et en seguient, quando a eillos sera bien visto et fuere ora conpetent, que / el dicho mi cuerpo fagan enterrar et sepelir en la egllesia (sic) parrochial de seynnor Sant Cerni en vna fuessa onesta, la quoal quiero et mando que sea conprada por mano de los dichos mis cabeçaleros de mis bienes, et que / el dicho mi cuerpo sea sepelido onorablement con torchas, çirios et otras candelas segunt a mi pertenesce et es vssado et costumbrado en la dicha ciudat de 42 Pomplona en tales et senblantes personas.
Item mando que sea / fecha la mi nouena, trentenario et cabo d 'aynno bien et onestament segunt a mi pertenesce por mano de mis cabeçaleros o de quoalquiere d' ellos.
Item mando, quiero et me plaze que sea cantada vna capeillania aynal en la / dicha eglesia de seynnor Sant Çerni con sus cirios et candelas, ofrenda de pan, començando luego como el mi cuerpo sera sepelido ata vn aynno en seguient et que el dicho cappeillan qui cantara o çelebrara / la misa d'la dicha mi capeillania aynal aya de saillir sobre la mi fuessa en cada un dia a bendizirla segunt vssado et costunbrado es en la dicha eglesia, et la dicha mi muger aya de leuar a ofreçer et ofrezca / las dichas ofrenda de pan et candelas en la dicha mi aynal.
Item mando et ordeno que todo que queriant que paresciere por buena uerdat que yo sea tenido en cosa alguna que los mis cabeçaleros de iusso scriptos o los que mas curosos / et diligentes seran, fagan emienda et satisfacion de mis bienes conoscidas deuidamente las dichas deudas que yo tenido sere:
Item heredo en vez de heredar et mueble a Peyreton, mi fijo et d'la dicha Gracia, mi muger, segunt / fuero, en vna arincada de vina en la vina que yo he en Cascailleta, termino de Pomplona, la quoal se afruenta d'una part con pieça del conçeillo de Sanssoain et de la otra part con pieça de dona Miquela, vezina de Pomplona que fue, / et mas en 20 sueldos carlines por fazer de aqueillos todas sus propias voluntades.
----Item assi bien en vez de heredar et mueble heredo a Lancalot, mi fijo et de la dicha Gracia mi muger, en vna arincada de vina en la vina que yo / he en Mutiloa, la quoal se afruenta d 'una part con vina de Sancho d' Erro, podador, vezino de Pomplona, et d'la [otr]a part con vina de la abbadia de Muttiloa, et mas en 20 sueldos carlines pora fazer de aqueillos todas sus propias / voluntades.
Item assi bien en vez de hedar (sic) et mueble heredo, segunt fuero, a Johana, mi fija et d'la dicha Gracia, mi muger, en vna arinçada de vina en la vina que yo he en el termino de Sayquin, la quoal se afruenta d'una / part con vinas de Garcia Martiniz d'Arbizu, escudero, d'anbas partes, et mas en 20 sueldos carlines pora fazer de aqueillos todas sus propias voluntades.
Item dozientas et 20 libras fuertes, en pero d 'esta suma he tomado cierta quoantia de dineros et li sean rebatidos d' la dicha suma / segunt que se trobara por reconoscimientos que eill tiene de mi.
Item su hermano maestre Frances vn escudo.
Item mas me deuen los herederos et bienes de Johan Garcia de Beunça que fue / bien la montança de dozientos florines d 'oro d' Aragon, en pero esto lexo a la discrecion de Gracia, mi muger, et de Enecot, mi moço, que eillos ayan de contar con los herederos del dicho Johan Garçia o con aqueillos a qui pertenezca.
Item / mando et lexo que los mis cabeçaleros de iuso contenidos o quoalquiere d'ellos qui mas curossos et diligentes seran ayan poder de demandar auer et cobrar las sobredichas mis deudas et otras que se trobaran por buena verdat que seran / a mi, maguer en este mi present testament non son nonbradas ni espaçificadas (sic).
Item me tiene Johan Crozat, chinberlinc, dos taças de plata marcales, enpeynnos de 20 libras febles, et que mis cabeçaleros las quiten de mis / bienes.
Item me tiene Pere d'Azedo, espeçiero, vezino de Pomplona, vna taça de plata, marcal por siete libras fuertes, asi bien que sea cobrada et quitada por los dichos mis cabeçaleros de mis bienes.
Item me tiene la muger de Pere d'Arci / dos taças de plata et que los dichos mis cabeçaleros quiero et mando que las cobren.
Item me tiene Johan d'Izco, mercadero, vezino de Pomplona, vna taça de plata marcal, enpeynnos, et que eill en su conçiençia diga per quanto esta en-/ garada, et que sea quitada por mano de mis cabeçaleros o de quoalquiere d'ellos de mis bienes.
Item instituyo, ordeno, quiero et mando que Gracia, mi muger, sea et aya de seer tutriz testamental d'las dichas mis criaturas et suyas, et / casando o non casando que tienga et aya de tener en toda la su vida todos mis bienes muebles et heredades et suyos que eilla et yo auemos, et son estos que se siguen: Primerament, la mi casa que yo he en la Rua Maor d'la Correyeria / de Pomplona con su mueble, la quoal se afruenta d'una part con casas de Martin Bertran, mercadero, vezino de Pomplona, et d 'la otra part con casas de Miguel d' Eguaras, correyero, vezino de Pomplona, et todos et quoalesquiere otros bienes muebles, / heredamientos pertenescientes a mi, asi como casas, casales, piecas, vinas, huertos, oliuares, prados et vezindades o qualesquiere otros bienes, heredameintos a mi en todo el regno de Nauarra o en quoalquiere otra tierras et seynnorios sean / et puedan ser et pertenescer por quoalquiere titulo o razon sean, quiero, mando et lexo a la dicha Gracia, mi muger, que las tenga et se goze et esploite de aqueillas casando o non casando en toda la su vida, como dicho es de partes de suso. / Enpero aqueillos meiorando et non apeorando nin vendiendo nin agenando cosa alguna en su vida ni enpues sus dias por eilla nin otro por eilla saluo su mitat del mueble, et que la dicha Gracia sea tenida criar a las dichas nuestras criaturas de comer, / beuer, vestir et calçar [a]ta tanto que ayan tiempo de 20 aynnos cada una d'ellas, et que a los fijos faga mostrar en la escuela a leyer et screuir bien et suficiement a su leal poder et a la fija que le mostre buenas costumbres, et que las regezca co-/ mo tutriz et madre, conseiando et criandolas bien et onestament.
Et de que sera finado la dicha Gracia, mi muger, luego enpues sus dias ordeno, mando que la dicha casa con la mitat del mueble por mi part herede et aya de heredar con todas las / sobredichas heredades que yo he et a mi pueden auer et pertenescer segunt que de partes de suso dicho es, el dicho Peyreton, mi fijo primogenito et de la dicha Gracia, mi muger, et que eill las tenga, espleite en toda la su vida, non vendiendo ni / agenando de aqueillas cosa alguna, ante quiero et mando que vayan de mayorio en mayorio en las dichas mis tres criaturas et de su genoyla et generation, non vendiendo ninguna d'ellas cosa alguna de los dichos mis bienes, casas, / heredamientos, eredando l'uno por muert del otro por herencia legitima et mayorio segunt fuero de Nauarra.
Et en caso que el dicho Peyreton, mi fijo, en su vida o su criazon enpues su muert o el dicho Lançalot, mi fijo, enpues / sus dias o su criazon enpues eill [o la] dicha Johana, mi fija, o sus criazones o quoalquiere d'ellos o de sus genoillas, qui las dichas casas con las dichas heredades teniere por herencia legitima de mayorio como dicho es, ninguno d'eillos fuese / loco, gastador o de mal regimiento o gouernamiento que los mis cabeçaleros de iuso scriptos o quoalquiere d 'ellos o el subrrogado o subrrogados por eillos ayan poder de meter sobre eillos o quoalquiere d' ellos qui la dicha mayoria tenian / et heredaria tutor et goardador de los dichos bienes, casas et heredamientos por mi limitados de partes de suso al sobredicho mayorio, et esto segunt que el seynnor rey o la su noble Cort le auriria de fazer por tal que los dichos mis bienes, / heredamientos, si deuenia d'las dichas mis criaturas sen criazones o las criazones sin criazones puedan ser obseruados et goardados a la disposicion que yo de partes de iuso ordenare et dispondre de aqueillos.
Item si deueria de los dichos mis fijos / et fija sin criaturas o las criaturas sin criaturas, lo que Dios non mande, ordeno mando et lexo que los mis cabeçaleros de iuso contenidos o qualquiere d'ellos, o el subrrogado o subrrogados, por eillos ayan de poner sobre las dichas mis / casas, piecas, vinas, huertos, oliuares et sobre los otros bienes, heredamientos que yo he designado en el dicho mayorio a las dichas mis criaturas vna capeyllania aynal perpetua simple, la quoal quiero que sea cantada en la dicha eglesia / de Sant Çerni por mi anima, d'la dicha mi muger et criaturas et de mis mayores et por las animas a qui yo so tenido rogar, et que esta se cante con las rentas que podran saillir de las dichas mis casas, heredades, las que yo he designado / al dicho mayorio.
Item mando et lexo a Marito, mi moca, pora si et pora su casamiento los dineros que me deue el arcidiagno de val d'Ayuarr qui a present es, que son 80 libras fuertes, los quoales eill me los tiene d'la mi pension por el / mi benefiçio deuido por los prior, capitol et canonigos de Pomplona.
Item mas li dexo a la dicha Mariton 10 cafices de trigo.
Item mas li lexo a la dicha Mariton seys cargas de vino mosto del meior de mi casa.
Item lexo a Enecot, / mi moço et seruidor mio, mi mula morena que yo solia caualgar ante desta mi enfermedat pora si et fazer todas sus propias voluntades d'eilla, et mando mas que el dicho Enecot more et viua en toda la su vida en mi casa de Pomplona, / comiendo et beuiendo de lo que en casa se trobara comunlment (sic), et asi bien que aya de auer a bien vista d'la dicha Gracia, mi muger, su bestir sufiçient segunt la facultat vista entre eilla et eill sera, et le acomendo al dicho Enecot las dichas mis criatu-/ ras que la regesta segunt fuesen suyas propias, et le encargo en la su anima et conciencia que renda a las dichas mis criaturas si algunas cosas en los tiempos pasados a tomado o apartado en los tiempos pasados de mis bienes.
Item mas / mando et lexo a la dicha Johana, mi fija, lo que me deuen en las montaynnas de Nauarra por pan, vino et otras cosas que yo preste a otros por mi de mis bienes, que pueden ser bien ata la montança de cient libras carlines, poco mas o menos, / et esto con boluntat de la dicha Gracia, mi muger, et que estos dineros sean puestos luego como seran cobrados por mano de los dichos mis cabeçaleros o de quoalquiere d'ellos en vna buena persona en Pomplona a vtilidat, prouecho d'la dicha Johana, mi fija, ata / el tiempo del su casamiento, et pora quoando a eilla sera neçessario et que entonz le sean librados et dados.
Item mando et lexo a la dicha Gracia, mi muger, todas mis ropas de vestir pora fazer todas sus propias voluntades, exceptado que lexo al dicho Enecot, mi moço, / mi opa de peis sen la forradura et vn capirot de los mios, el meior pora (sic).
Item mando a mi moçet, Micheto, que sean dados de mis bienes tres florines d'oro.
Item deuo prender en el arçidiagnado tres cafizes et medio 43 de trigo, et quiero que sean dados a Garcia, / mi moço.
Item mando et lexo a Lançalot, mi fijo, cient libras carlines pora en su casamiento al tiempo que seran cobrados las sobredichas mis deudas, et que aqueillas le sean puestas por mano de los dichos mis cabeçaleros o de quoalquiere d'llos en poder de / vna buena persona en comienda a vtilidat et prouecho del dicho Lançalot, mi fijo.
Item mando et lexo al dicho Peyreton, mi fijo primogenito, todos mis libros de medicina que yo a present he en Navarra et quoalesquiere otros libros que yo he de / ciencia, exceptado que si libros ningunos se trobaren entre aqueillos de nigromancia que aqueillos libros de nigromancia sean quemados por mano de mis cabeçaleros de iuso scriptos, et los otros sobredichos libros sean dados et librados al dicho Peyreton, / mi fijo, pora que eill aprenga d'la ciencia que yo aprisi en aqueillos.
Et en caso que el dicho Peyreton, mi fijo, non quisiere aprender en la dicha ciencia de los dichos mis libros que aqueillos sean dados et librados al dicho Lancalot, mi fijo, por tal que eill aprenga / en aqueillos d'la sobredicha ciencia.
Et en casso que los sobredichos Peyreton et Lancalot, mis fijos, non quisiesen estudiar ni aprender en las sciencias que son contenidas en los dichos mis libros, nin conseguir nin trauajar en aqueillos mando que los dichos / mis libros tenga en deposito et goarda la dicha mi muger et madre d'las dichas mis criaturas, et que aqueillos sean vendidos lo mas prouechossament que fazer se podra pora hutilidat et prouecho d'las dichas mis criaturas, ----et que partan los dineros de aqui-/ llos por cabeza, tanto l 'uno como l' otro.
Item mando que sean rendidos dos libros que yo tengo de los predigadores d'Estella, de tablas vieias, que es el vno el Albert Maor et el otro A todos ensenble et a cada uno dellos por si et por el todo pora / conplescer este dicho mi testament de mis bienes et pora demandar, auer et cobrar las sobredichas mis deudas et de aqueillas complescer et fazer complescer este dicho mi testament, et pora demandar aqueillas ante quoalquiere juge ordinario, ecclesiastico et / seglar, et en casso que d'las dichas mis deudas se detard[a]s largament de cobrar que la dicha mi capeylania non çesse de se çelebrar nin la ofrienda de aqueilla con sus nouena, trentena et cabo d'aynno, et que todo esto sea pagado del pan, vino et / otras cosas que yo tengo et sabe la dicha mi muger en mi poder, et que de aqueillo se fornezqua a bien vista de los dichos mis cabecaleros sen que mal preuyzio nin daynno non venga a las dichas mi muger et criaturas.
Et nos los dichos Sancho d'Aoiz, abbat / d'Urroz, et Gracia d'Urssua, muger de vos el dicho maestre Johan Moliner, testador sobredicho, qui presentes somos a la factura deste present testament a la rogaria de vos el dicho maestre Johan, por tales cabeçaleros nos otorgamos et luego de present / nos encargamos de la execucion d'eill, et pora fazer conplir las cosas contenidas en este present testament.
Et yo la dicha Gracia d'Urssua, muger de vos el dicho maestre Johan Moliner, mi marido, leho, aprouo, ratifico este present testament de punto en punto / segunt que por el dicho mi marido ha seido dispuesto et ordenado de partes de suso, et prometo de non venir en contra en ren nin en partida de aqueill.
Desto son testigos qui clamados et rogados fueron a todas las cosas sobredichas et qui por tales / testigos se otorgaron nonbradamente los honorables et discretos don fray Pere d'Eça, confessor de la seynnora reynna de Nauarra, et don fray Garcia de Olit, freyres d'la Orden de Sant Francisco.
Esto fue fecho en la villa / de Oilit, XIIIo dia del mes de febrero Anno Anativitate Domini Millesimo Quadrigentesimo Terçio./ (Signo) Et yo Johan d'Amicx, el joven, por autoridat appostolica de la Cort Maor et por todo el regno de Nauarra notario, qui a todas las cosas sobredichas et cada una d'llas fuy present, et a instançia et requisicion / del sobredicho maestre Johan, testador sobredicho, de la nota original por mi reçebida en la forma et manera sobredicha con mi propia mano scriui et fiz en eilla este mi signo acostumbrado en / testimonio de verdat. |
Los regimientos o tratados contra la peste o pestilencia son expresión del modo en que los médicos universitarios bajomedievales hicieron frente a la enfermedad epidémica de alta letalidad.
Estos textos médicos, que consistían en un repertorio más o menos amplio de recomendaciones prácticas para prevenir y/o tratar dicha enfermedad, experimentaron un notable desarrollo a partir de la peste negra de 1348.
El texto que se ofrece a continuación es un tratado inédito contra la peste escrito por el licenciado Vázquez, un judeoconverso toledano que fue procesado por el Tribunal de la Inquisición a principios del siglo XVI.
El proceso de «medicalización» en el que se encontraba inmersa la sociedad europea desde principios del siglo XIII consiguió reorientar hacia un mayor compromiso la actitud que tuvieron los médicos ante los distintos brotes pestilenciales de la Baja Edad Media.
Los profesionales de la medicina se habían concienciado de que no podían permanecer indiferentes ante las enfermedades que sufría la comunidad a la cual pertenecían y comenzaron a ofrecer sus conocimientos médicos al resto de la población, lo que además les permitió alcanzar el correspondiente y anhelado reconocimiento social (Shatzmiller, 1994, pp. 2-13; García Ballester y Arrizabalaga Valbuena, 1991, sin foliar)1.
De este modo, los médicos bajomedievales aplicaron todo su esfuerzo en superar las periódicas epidemias pestilenciales a través de la producción, normalmente coyuntural, de un buen número de nuevos tratados loimológicos.
La mayoría de ellos eran elencos más o menos extensos de ideas y prácticas tradicionales procedentes de las autoridades médicas clásicas y apenas incluían innovaciones preventivas o terapéuticas, a pesar de que se había comprobado que ni la sintomatología descrita por estos autores clásicos ni muchos de los remedios propuestos apenas eran eficaces contra la enfermedad (Arrizabalaga Valbuena, 1991, pp. 80-87; Cremades Rodríguez, 2009, pp. 133-136).
Según los últimos recuentos, se han conservado 281 tratados contra la peste escritos durante los siglos XIV y XV, de entre los que más de 200 fueron escritos durante la decimoquinta centuria (Cremades Rodríguez, 2009, p.
Estas cifras revelan la creciente preocupación de los profesionales de la medicina por intentar ofrecer una cura para la enfermedad, inquietud que compartieron algunas personalidades contemporáneas de otros sectores sociales que también conservaron distintos ejemplares de tratados loimológicos en sus bibliotecas ----particulares2.
De todas maneras, dentro de esta abundante literatura pestilencial cabría distinguir por una parte los textos escritos en latín dirigidos a los profesionales universitarios de la medicina, y por otra los textos escritos en lenguas vulgares dirigidos a otros médicos o incluso al público profano.
Las preferencias médicas por este tipo de literatura se mantuvieron durante los siglos posteriores, tal y como demuestran los numerosos tratados escritos en el dieciseis.
Incluso se ha llegado a afirmar que la peste «apasionó» a los médicos del Renacimiento, ya que los grandes autores de la medicina de esta época discutieron con erudición todos los aspectos de la enfermedad (Carreras Panchón, 1976, p.
Sin embargo, fueron otros autores menos afamados los que proporcionaron las noticias más valiosas sobre los tratamientos preventivos y curativos.
Este trabajo constituye una aproximación a uno de ellos, el licenciado Vázquez, un médico judeoconverso que fue procesado por el Tribunal de la Inquisición de Toledo a comienzos del siglo XVI y que escribió un breve tratado contra la pestilencia.
Para ello, primeramente nos asomaremos al ambiente médico de la ciudad de Toledo en el ocaso de la Edad Media.
Después abordaremos las motivaciones que llevaron al licenciado Vázquez a escribir su obra y analizaremos el contenido de su tratado.
Por último, ofreceremos la transcripción de su breve regimiento contra la pestilencia.
EL AMBIENTE MÉDICO DE TOLEDO A FINALES DEL SIGLO XV Toledo, la ciudad de las «tres culturas», podía presumir de una larga tradición de convivencia entre las distintas religiones mediterráneas.
Esta interacción social había permitido que desde mediados del siglo XII las traducciones al latín y al castellano de obras sobre los más diversos saberes escritas originariamente en griego y árabe pudiesen ser encontradas por doquier.
Las obras de medicina ocuparon un lugar preponderante en estas traducciones y fueron ----sumándose paulatinamente al corpus intelectual que permitió el desarrollo del «nuevo galenismo» en las universidades europeas desde el último tercio del siglo XIII (García Ballester, 2001, pp. 82-104).
Estos precedentes, aunque no permiten hablar de una escuela médica toledana orgánicamente estructurada, sí demuestran que fue posible la transmisión de todo ese caudal de conocimientos a las sucesivas generaciones de médicos toledanos, en su mayor parte de religión judía.
Sus minoritarias escuelas y sus escritos médicos no traducidos y poco divulgados les reputaron como excelentes profesionales cuya actividad se disputaban los reyes, la nobleza y las más altas dignidades eclesiásticas (Gómez-Menor Fuentes, 1969, p.
La expulsión de los judíos decretada por los Reyes Católicos el 31 de marzo de 1492 provocó que muchos de ellos se convirtiesen al cristianismo y acabasen por integrarse en una nueva clase social formada durante las décadas anteriores, la judeoconversa, de gran proyección política y social en la Castilla de los siglos siguientes.
Muchas de estas nuevas familias judeoconversas conservaron los abultados patrimonios que habían obtenido de sus actividades mercantiles, lo que les permitió fusionarse con otras familias nobles y burguesas de cristianos viejos (Gómez-Menor Fuentes, 1973a, pp. 51-52).
Esta potente clase mercantil mestiza fue la más numerosa de las clases medias de Toledo, pero no debemos pensar que todos los hijos de estos ricos mercaderes conversos se dedicaron al comercio.
Precisamente, su desahogada posición económica proporcionó a un buen número de ellos la libertad suficiente para escoger entre el estado eclesiástico, el derecho o la medicina (Gómez-Menor Fuentes, 1970, pp. XV-XX).
De esta nueva masa de conversos, que debió de ser el grupo más influyente en la ciudad, salieron la mayoría de los médicos del siglo XVI naturales de Toledo (Gómez-Menor Fuentes, 1969, p.
El ambiente cultural al que acabamos de hacer referencia posibilitó que Toledo fuese una de las ciudades castellanas con una minoría médica de mayor actividad intelectual durante los años finales del siglo XV y primeros del XVI.
Buena muestra de ello fueron las nutridas bibliotecas atesoradas por algunos médicos toledanos.
Estos repositorios albergaban obras médicas clásicas de referencia, pero también guardaban otras de carácter práctico y más apropiadas para el desarrollo cotidiano de la profesión.
Los inventarios que se han conservado revelan que muchos de los autores y títulos eran comunes en las bibliotecas médicas toledanas, como era el caso de las obras de Hipócrates, Aristóteles, Galeno, Avicena, Rhazés y Arnau de Vilanova (Gómez-Menor Fuentes, 1969, pp. 39-41; Gómez-Menor Fuentes, 1970, pp. 52-54; Gómez-Menor Fuentes, 1982, pp. 14-18), a quienes el propio licenciado Vázquez también leyó y citó.
Este caudal bibliográfico permitió, sin duda alguna, el desarrollo intelectual de determinadas personalidades médicas judeoconversas de la ciudad de Toledo, como Álvaro de Castro (nacido ca.1470), que se exilió en 1492 y que volvió convertido al cristianismo; Julián Gutierrez de Toledo (fl.1491-1518), médico de corte de los Reyes Católicos desde 1491 y uno de los tres alcaldes y examinadores mayores de la Corona de Castilla; o el médico Tomás de Santo Domingo (muerto en 1515), que además fue doctor en medicina (García Ballester, 2001, pp. 360-365).
Los cargos públicos que ejercieron muchos de estos médicos judeoconversos toledanos les reportaron importantes beneficios económicos.
Pero más importante fue la buena reputación y alta estima social que adquirieron.
No es de extrañar que otros profesionales de la medicina intentasen crear lazos de sangre con ellos, tal y como se deriva del estudio de los apellidos de los distintos médicos de Toledo y de las estrategias matrimoniales de los mismos (Gómez-Menor Fuentes, 1974, p.
EL TRATADO DEL LICENCIADO VÁZQUEZ
El breve regimiento contra la pestilencia cuya transcripción presentamos en este estudio se inserta en la línea de los tratados citados anteriormente.
Redactado por el licenciado Vázquez (no conocemos su nombre), del que apenas se conocen datos biográficos, podemos aventurar algunas hipótesis que nos ayuden a enmarcar su vida y su obra, si bien el tratado también podría haber sido una copia de un texto anterior en el tiempo y por lo tanto no adecuarse a ninguna de nuestras conjeturas.
El primer dato destacable es que un licenciado Vázquez fue procesado por judaizante por el Tribunal de la Inquisición de Toledo en el año 1507 4.
La coincidencia con el apellido de nuestro autor puede ser casual, pero no tanto el calificativo de «licenciado».
Si admitimos este punto de partida, por otra parte bastante verosímil, nos encontraríamos ante un individuo que debió nacer en algún momento de la segunda mitad del siglo XV y que residió y ejerció su profesión en Toledo o su arzobispado durante, al menos, los años de su madurez, momento en que fue investigado por el tribunal inquisitorial ----de este distrito.
De este modo, nuestro autor formaría parte de la importante minoría médica conversa que pululaba por la ciudad en estas fechas.
Sin embargo, el apellido Vázquez era inusual entre los médicos toledanos.
En las listas de profesionales de la medicina que ejercieron en Toledo entre los siglos XV y XVII (Gómez-Menor Fuentes, 1969; Gómez-Menor Fuentes, 1974) nuestro personaje no aparece citado.
Tan sólo en una ocasión se menciona a un doctor Juan Vázquez, que ejerció en Toledo durante el reinado de Felipe IV y que fue médico de cabecera de Fernando Álvarez de Toledo, señor del Castillo de Higares, a mediados del siglo XVII (Gómez-Menor Fuentes, 1973b, p.
Por otra parte, también está documentado un licenciado Antonio Vázquez Franco (fallecido en 1540), aunque no sabemos con certeza si practicó la medicina (Martz, 2003, p.
Esto lleva a pensar que el licenciado Vázquez debió estar vinculado de algún modo con el apellido Álvarez de Toledo a través de la rama de los condes de Cedillo.
Este linaje fue fundado por Fernán Álvarez de Toledo (ca.1444-1504), señor de Cedillo y secretario de los Reyes Católicos (Vaquero Serrano, 2005), quien también tuvo ascendencia judeoconversa.
Esta circunstancia pudo haber determinado una relación profesional secular entre el apellido Vázquez y dicha casa nobiliaria en la que el ejercicio de la profesión debió transmitirse de padres a hijos a lo largo de varias décadas, tal y como ha sido constatado en otros personajes (Gómez-Menor Fuentes, 1970, p.
En cuanto a su producción médica, el licenciado Vázquez menciona en su tratado que también era autor de otra obra titulada «De vita et motibus per honoribus quod in Athenis peste mangna vigente Ipocrates in numeras fecit in audi tandiu peste evanuit cui Athenienses statuan quercam fecerunt et per deo coluerunt» (sic), que suponemos dedicado a las propiedades medicinales del roble.
El título del libro en latín, lengua vehicular de la universidad bajomedieval, sugiere con fuerza que nuestro protagonista cursó estudios médicos en ella, de la misma manera que el grado de licenciado que exhibía.
Por otra parte, el tratado contra la pestilencia no está fechado, aunque debió de escribirse en el tránsito al siglo XVI con motivo de alguno de los bro-----tes de peste acaecidos en la ciudad de Toledo en los años 1489 ó 1506-1507 que tan gravemente afectaron a la urbe (Jiménez Alcázar, 1990Alcázar, -1991, p.
Se desconoce el destinatario del texto, y también si el licenciado Vázquez redactó el tratado de remedios contra la enfermedad bajo su propia iniciativa o por encargo de algún personaje de acomodada condición social, acaso algún canónigo de la catedral de Toledo vinculado a la casa de Cedillo (Arrizabalaga Valbuena, 2007, pp. 307-322) 8.
Este hecho convirtió el tratado en un texto esencialmente práctico, escrito en lenguaje directo, sin retórica y destinado a ofrecer consejos eficaces para ser puestos en práctica por su destinatario urgentemente.
De ahí que el autor atendiese exclusivamente a los métodos profilácticos y terapéuticos (que él denomina «intençiones») para combatir la enfermedad, y que no los precediera de introducción etiológica alguna ni de sintomatología clínica, como ocurría en otros escritos de este género médico.
El tratado sobre la pestilencia, del que se conservan dos copias de distinta mano en formato 4o, de 7 y 5 planas de texto sin foliar respectivamente, está escrito en letra cortesana de fácil lectura y en idioma castellano9.
Ambas copias comienzan por la dirección de la obra («reverendo señor») y terminan con el nombre del autor («el liçençiado Vázquez»).
La copia sobre la que hemos trabajado contiene además en su última plana una nota manuscrita con un resumen sobre la finalidad de la obra («para la pestilenzia»).
Por lo demás, el contenido de ambas copias es idéntico, si bien una es más extensa que la otra debido al distinto módulo de la letra.
La inexactitud gramatical de las citas latinas que jalonan el tratado sería la prueba de que el texto no fue manuscrito por el propio licenciado Vázquez, sino que fue algún escribano quien lo copió posteriormente y malinterpretó la grafía latina del texto original.
El resultado de ello fue la pérdida de sentido de las frases latinas y, por consiguiente, de sus traducciones al castellano.
A lo largo del tratado se citan fuentes clásicas tales como Hipócrates, un pseudo-Aristóteles autor de un libro sobre las piedras preciosas, Rhazés, Pablo de Egina, Rufo de Éfeso, Avicena, Alberto Magno y su libro «De los minerales», y Arnau de Vilanova y su magna obra del Speculum Medicinae, tan recurrentemente citados por parte de otros autores médicos medievales.
Este hecho responde a la voluntad del autor de sustentar su propia teoría y práctica médicas en auctoritates, como era usual en la esfera del escolasticismo universitario medieval.
Incluso algunas de estas citas se recogen en el original latino.
Por otra parte, resulta interesante la mención a un tal Gonzalo del Espinar, que debió de ser uno de los boticarios de la ciudad de Toledo y que era quien elaboraba algunas de las recetas ordenadas por el licenciado Vázquez.
Este dato viene a demostrar la existencia de una serie de intereses convergentes de médicos y boticarios que se traducían en una acción conjunta contra la enfermedad.
Pero, ¿incumplía nuestro autor las «Ordenanzas sobre físicos y boticarios» redactadas por el concejo de la ciudad hacia el año 1487?
Estas ordenanzas se otorgaron para regular el marco de las relaciones entre los distintos físicos, cirujanos y boticarios con el enfermo.
En concreto, el capítulo 2 de esta ordenanza hacía referencia a que la receta debía cumplimentarse en casa del enfermo y no en la oficina de farmacia, y también a que el paciente debía de ser informado del precio de las medicinas (García Ballester, 2001, pp. 596-602) 10.
Quizá la dignidad del destinatario del regimiento del licenciado Vázquez provocó que estas ordenanzas no fuesen tenidas en cuenta y que el despacho de medicinas continuase haciéndose del mismo modo que antes de publicarse ese ordenamiento.
O también, y esta vuelve a ser una hipótesis igualmente plausible, que el tratado contra la peste del licenciado fuese copia de un texto anterior en el tiempo y por lo tanto no tuviera que adaptarse a las ordenanzas toledanas.
De cualquier manera, no podremos ubicar al licenciado Vázquez en su justo momento histórico mientras no aparezcan nuevos datos históricos sobre los médicos de Toledo de finales del siglo XV.
Atendiendo ya a la estructura de la obra, que se ofrece a continuación, es de señalar que no difiere del esquema habitual seguido en otros tratados contra la peste.
La intención preservativa está perfectamente separada de la curativa, pero los remedios incluidos en ambas aparecen entremezclados entre sí y no responden a una ordenación precisa:
----10 El autor ofrece la transcripción de estas ordenanzas en las notas a pie de página.
Los distintos remedios propuestos por el licenciado Vázquez para la prevención y curación de la peste son los siguientes:
La intención preservativa del tratado es ligeramente más extensa que la intención curativa, tal vez porque las doctrinas del galenismo bajomedieval mantenían que la enfermedad era un fenómeno accidental en la vida del hombre y que por lo tanto podía ser perfectamente evitada llevando una forma de vida adecuada (Arrizabalaga Valbuena, 1983, pp. 43-44).
El licenciado Vázquez, al igual que el resto de autores de tratados loimológicos, atendía en su obra a las denominadas «sex res non naturales», que era la ordenación canónica establecida por el galenismo medieval para aquellas cosas que no pertenecían a la naturaleza del sujeto pero que integraban el entorno físico, social e incluso espiritual del individuo.
Estas seis cosas no naturales eran el aire, el ambiente y el espacio donde se vivía; la comida y la bebida ingerida; el sueño y la vigilia; el ritmo del trabajo, el ejercicio físico y el descanso; los accidentes o emociones del alma; y el control de las secreciones y excreciones corporales.
Los médicos medievales intentaron controlar todos estos factores con la finalidad de mantener la salud del paciente o de restaurar los desequilibrios corporales causados por las distintas enfermedades.
En lo relativo al aire, el licenciado Vázquez insistía en su profilaxis a través de distintos procedimientos basados en fumigaciones y aspersiones de distintas sustancias olorosas.
El aire era considerado el vehículo portador del veneno que corrompía el equilibrio humoral del paciente 11, y por eso nuestro protagonista recomendaba ventilar las diferentes estancias del hogar cada mañana 12.
La asociación entre mal olor y putrefacción era muy habitual entre los médicos galenistas, al igual que la relación entre putrefacción y pestilencia 13, y por eso se creía que la ausencia de malos olores en el hogar era síntoma de que el aire se había purificado (García Ballester y Arrizabalaga Valbuena, 1999, sin foliar).
La ventilación de las habitaciones se completaba con la acción de la luz solar, que también ayudaba a purificar los vapores corruptos del aire.
En cuanto a la alimentación, nuestro autor recomendaba mantener una dieta equilibrada a través de la ingesta de aves 14, peces pequeños, plantas y frutos diversos, todo ello aderezado con salsas agrias y regado con vino blanco ----11 Maimónides, en su Régimen de salud, había dicho que el médico «se esforzará en corregir y secar el aire [del interior de la casa] con perfumes y vapores según los cambios del aire».
Citamos a partir de la edición de Ferre Cano, Lola (1991), Maimónides.
Obras médicas I: El régimen de salud.
Tratado sobre la curación de las hemorroides, Córdoba, Ediciones El Almendro, p.
Del mismo modo, el autor anónimo de la Medicina castellana regia también defendía que «el aire es imprescindible que sea regulado por el médico, tanto respecto a sanos como a enfermos», en Vázquez de Benito, María de la Concepción (2001), «Medicina castellana regia».
En: Álvarez de Morales, Camilo. (ed.), Ciencias de la naturaleza en al-Andalus.
Textos y Estudios, vol. VI, Granada, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, p.
12 Diferentes autores aconsejaban que las habitaciones de los contagiados se orientasen al norte y que los flujos de aire septentrionales entrasen libremente en la estancia para llevarse consigo cualesquier miasmas.
Así, Maimónides decía en su Régimen de salud que la estancia del enfermo debía estar en un sitio alto del edificio, «con un patio amplio por el que pase el viento del norte y el sol, pues el sol elimina la putrefacción del aire, lo limpia y lo purifica», en Ferre Cano, Lola (1991), p.
El autor de la Medicina castellana regia también recomendaba situar al enfermo «en habitaciones que reciban el soplo del norte y tengan sus aberturas y plantas refrigerantes y húmedas, como sauces, hojas y juncos, además de otras; hasta conseguir la atmósfera deseada», en Vázquez de Benito, María de la Concepción (2001), p.
El licenciado Vázquez no menciona en ningún momento que la habitación del enfermo debiese estar orientada hacia el norte.
13 Esta idea seguía vigente en una fecha tan tardía como 1611, cuando Sebastián de Covarrubias, en su Tesoro de la lengua castellana o española, definía «peste» como la «enfermedad contagiosa que comúnmente se engendra del aire corrompido».
Citamos por la edición de Riquer, Martín de (2003), Barcelona, Editorial Alta Fulla, p.
14 Maimónides ya había dicho que la carne de aves era, en general, de más fácil y rápida digestión.
El consumo de algunos de estos alimentos, como el de las aves, era minoritario y estaba reservado a las clases dominantes por su elevado precio (Izquierdo Benito, 2002, pp. 73-74) 16.
El licenciado dedicó al sueño una breve mención, en concreto al momento de la siesta.
También recomendaba no abusar de la práctica de ejercicio físico, ya que pensaba que era perjudicial porque podía debilitar el cuerpo.
Por último, nuestro autor creía que las alteraciones psíquicas también podían hacer enfermar al hombre, y de ahí que insistiese en un adecuado equilibrio psicológico por el cual el alma se mantuviese alegre y alejada de cualquier cualquier emoción triste que pudiese perturbarla.
El regimiento preservativo termina con una extensa mención a los antídotos en la que asombra la coincidencia con los recogidos en otros tratados contra la peste (Arrizabalaga Valbuena, 2008, pp. 96-98).
Estos remedios farmacológicos aparecen mezclados entre los anteriores remedios dietéticos sin seguir una pauta determinada.
Algunos de los medicamentos citados son el bolo de Armenia, la triaca, el mitridato, las píldoras de Rhazés, el acíbar, la mirra, y las piedras preciosas.
El bolo de Armenia fue especialmente efectivo durante la «peste de Tucídides» del año 430 a.C., y tanto la triaca como el mitridato eran panaceas universales empleadas en medicina desde los tiempos de Galeno.
Las píldoras de Rhazés estaban compuestas de dos partes de acíbar y mirra, más media de azafrán, aunque la mirra podía ser sustituida por bolo de Armenia.
Con la mezcla se preparaba una masa que se mezclaba con vino y que se troceaba en porciones del tamaño de una píldora que era tomada una vez al día antes de la comida17.
Algunos autores actuales han destacado que en estos tratados proliferaba el uso y abuso de una complicada farmacopea que solía enmascarar la impotencia del médico ante la virulencia de esta enfermedad (Carreras Panchón, 1976, p.
54), al igual que hacía encarecer notablemente el tratamiento 18.
De hecho, en esta época hubo una medicina para ----ricos y otra para pobres, y era precisamente en los remedios farmacológicos donde la distinción económica entre las diferentes clases sociales se establecía con absoluta claridad (Carreras Panchón, 1976, pp. 123-127).
En la segunda parte de la obra, Vázquez recogía los remedios curativos de la enfermedad, que también aparecen desordenados sin seguir la disposición de otros tratados contemporáneos contra la peste.
La intención curativa de nuestro autor analiza tres tipos de remedios: los farmacológicos, los quirúrgicos y los dietéticos.
El licenciado recomendaba aplicar los remedios farmacológicos tanto por vía oral como por vía tópica, e insistía en las tomas de triaca y de mitridato, en el untado de distintos preparados sobre las bubas, y en la aplicación de cataplasmas tibios sobre el corazón para mantener el calor natural.
Los remedios quirúrgicos enunciados por nuestro autor se orientaban a intentar extirpar la sustancia infecciosa corporal de «secas» y bubas empleando las sangrías correspondientes.
El sangrado de lugares próximos o alejados de los bubones que se pretendía eliminar dependía de la intención derivativa o revulsiva de la sangría.
El licenciado Vázquez prescribía siempre sangrías derivativas, es decir, aplicadas cerca de las lesiones.
La cantidad de sangre a extraer se dejaba al criterio del sangrador, en virtud de la fortaleza y vigor del enfermo.
Por último, los remedios dietéticos ofrecidos se centraban esta vez en la comida y en la bebida que debían ayudar al enfermo durante su convalecencia.
El licenciado Vázquez recomendaba la ingesta de distintos alimentos cocidos y sazonados con salsas agrias y reiteraba la necesidad de aguar el vino para el enfermo.
TRANSCRIPCIÓN DEL TRATADO CONTRA LA PESTILENCIA A continuación se ofrece la transcripción del tratado contra la pestilencia del licenciado Vázquez.
Se han desarrollado las abreviaturas y se han respetado las grafías originales, aunque se han añadido los signos de puntuación para una mejor comprensión del texto: ---maravedíes «por rasón de çiertas medeçinas que de mí mandó tomar e comprar en diversos tiempos e veses».
[fol. 1r] Reverendo señor: Lo que me paresçe debe hazer para la intençión preservativa desta infectión contagiosa y tanbién curativa biene e suçintamente es lo que se sigue:
§ Primero digo ser saludable en levantándose llegarse al fuego de çiprés, romero, sarmientos, enebro e roble, si no se pudiere aver otra leña, que del roble tenemos escrito un libro «De vita et motibus per honoribus quod in Athenis peste mangna vigente Ipocrates in numeras fecit in audi tandiu peste evanuit cui athenienses statuan quercam fecerunt et per deo coluerunt» (sic) 19. § Esto mismo antiguamente hizieran los romanos en los montes a la parte del mediodía, donde corre el viento abrigo o marino, la causa por agora callo por la brevedad. § Asimismo perfumar la cámara algunas vezes con storaque20, ençienso, menjuý21, algunas vezes regar la cámara con vinagre aguado con agua e aver en ella rosas, violetas e hojas de parras, ramos de sauz, esto regado con vinagre e agua rosada22.
Todo esto ratifica (sic) el ayre.
Çerrar las ventanas de noche y con lienço23 es bueno, y no las abrir hasta que el sol sea salido y con sus rayos vysite la tierra, porque por su presençia se retifica el ayre de los vapores corruptos, y si no en todo a lo menos no es tanta la corrupçión como de noche por su absençia. // ----
[fol. 1v] § Traer una poma 24 olorosa segund que yo tengo magistralmente ordenada a este efecto en casa de Gonçalo del Espinar 25 es bueno. § Usar tomar algunas mañanas la medeçina antiquissima una matica de ruda 26, media nuez, un higo mojado en vinagre es aprobada. § Iten tomar algunas mañanas un poco de bolarménico 27 desatado en agua de azederas 28. § Asímismo a la mañana e a la siesta comer quatro o çinco hojas de azederas mojadas en vinagre e agua rosada es alabado. § Más tomar algunas vezes de atriaca magna e metridato, quantidad de una drama 29 con agua de madroños de azederas de torongil 30 e de lengua buey qualquiera de las aguas. § Un poco de naranja con açucar es bueno, e más bueno unas pepitas de çidra 31 comidas tiene maravillosa propiedad. § Del jaçinto escrive Aristóteles en el libro de las piedras preçiosas 32, y tan-----
24 Usado normalmente por manzana, puede referirse también a una especie de bola elaborada con varios ingredientes, por lo común muy olorosos.
25 Tal vez se refiera a alguno de los boticarios existentes en la ciudad de Toledo.
26 Por ramito de ruda: planta de tallos ramosos y fruto capsular con muchas semillas negras, menudas y en forma de riñón.
Se utiliza en medicina y posee un olor fuerte y desagradable.
En ocasiones la ruda se colocaba en el pecho para que fuese inspirada por el enfermo.
27 Arcilla amarilla procedente de Armenia y usada en medicina; en las boticas se da también una roiza, resultado de mezclar la tierra lemnia con otra para alterale el color.
28 Nombre vulgar de diversas plantas ácidas al gusto y que se empleaba como condimento.
29 La drama o dracma medicinal era una unidad de medida de masa empleada por los antiguos boticarios castellanos que equivalía a la octava parte de una onza y cuyo peso era de 3,5944 gramos.
30 Por toronjil: Planta herbácea muy común en España de flores blancas y fruto seco, y cuyas hojas olorosas se utilizan en medicina como remedio tónico y antiespasmódico.
31 Fruto del cidro, semejante al limón, cuyas pepitas están llenas de un aceite volátil de olor muy desagradable.
También es usado en medicina.
32 Aristóteles (+322 a.C.) escribió cerca de 200 tratados sobre una enorme diversidad de materias, aunque se desconocen los dedicados a minerales o piedras preciosas.
Por eso lo más probable es que esta obra fuese escrita por algún pseudo-Aristóteles.
Existieron tres pseudo-Aristóteles que compusieron obras relacionadas con ese tema.
Véase la obra de Schmitt, Charles B. y Knox, Dilwyn. (eds.) (1985), Pseudo-Aristoteles Latinus.
A guide to Latin works falsely atributted to Aristotle before 1500, Londres, The Warburg Instutite, University of London, pp. 37-40, donde se mencionan varios textos titulados De lapidibus; y pp. 43-44, en que se cita otro texto llamado De mineralibus.
bién Alberto Magno en el libro de los minerales 33, que tiene propiedad al que le trahe de defenderle de la infectión pestífera, tanto que algunas vezes es visto en grand corrupçión del ayre quebrarse el jaçinto.
Yo le he visto a médico que fue llamado a uno sin saber que estuviese tocado de tan grand mal, y llegando a la cámara hazerse tres partes. // [fol. 2r] § Todos alaban las píldoras contra peste que llaman «de regimiento», puesto que se an de desir píldoras sin regimiento porque sin horden ni regla en el comer se pueden usar, conpuestas de açíbar 34, mirra 35 e açafrán.
Estas atribuyen que las conpuso Rasí 36, pero la verdad es quel Paulo37, philósofo greco, las mostró al Rufo38, antiquíssimo doctor, el qual dize dellas «nemine unquam vidi hiis pillys utente peste infecti et infectum deficen» (sic)39, porque estos tres materiales conprehenden en sí tres intençiones nesçesarias.
En tal caso el açíbar purga las superfluydades del estómago e hígado; la mirra prohibe co-----
33 El dominico San Alberto Magno (+1280) fue un gran apasionado de la obra de Aristóteles.
La obra a la que se refiere el licenciado Vázquez debe ser la titulada De los minerales, que realmente era un capítulo de una obra de mayor temática.
Sin embargo, parece que el licenciado Vázquez manejó una versión parcial de esta obra, ya que en ella no se atribuyen propiedades contra la peste a la piedra del jacinto, que es un tipo de cuarzo, sino a la llamada piedra orithes, de la que se dice: «et gestatus preservat a diversis casibus et a pestiferis morsibus reptilium», esto es, que «llevada protege de distintas situaciones y de los mordiscos infecciosos de los reptiles».
Citamos a partir de la edición de Draelants, Isabelle (2007), Le «Liber de virtutibus herbarum, lapidum et animalium (Liber aggregationis)».
35 Resina gomosa y aromática en forma de lágrima y de sabor amargo que antiguamente se usaba como bálsamo.
36 Es el nombre latino del médico persa Abu Bakr Mohammad ibn Zakariya al-Razi, o Rhazés (865-925), gran conocedor de la medicina griega que realizó importantes aportaciones a la ciencia médica a partir de sus propias observaciones.
rrupçión; el açafrán alegra y conforta el coraçón, que es minera (sic) y emanaçión de los espíritus vitales, segund los médicos [y] segund los philósofos, y la verdad es fuente de todos así vitales como naturales e animales.
Estas píldoras se han de tomar de seys en seys días, una píldora de peso de un real 40 formadas VII antes de comer media ora. § El manjar puede ser carnero, ave, gallina, pollo o polla, e huevos frescos en agua blandos, e de algund cabrito, peçes pequeños e lancurdias 41, peros dulçes 42, así como de eneldo 43, pasas, pan linpio que no sea duro nin reziente; el vino tengo por mejor lo blanco oloroso bien aguado 44, porque es más cordial e desseca, que en esta peste es nesçesario por razón de la excessiva humidad del año; borrajas 45, lechugas, çacoria cozida 46 con la carne e esparragadas con sabor de agrio son buenas.
Sufrir hanbre e sed es malo, y más que su contrario que es repelectión.
El exerçiçio debe ser tenplado, porque el exerçiçio // [fol. 2v] es malo.
La alegría o plazer es muy buena, el contrario mala que es tristeza o congoxa o solicitud demasiada açerca de qualquier negoçio es mala porque los naturales tienen que así mueve los espíritus y calor natural como la tristeza, y es espeçie della. § Las cosas de comer y salsas para este caso más declinen a sabor agrio que no dulçe, y si fuere sea de açucar porque es tenplado, pero todos dizen que porque las cosas conpenientes (sic) en este caso an de ser ázedas (sic) que no se coma mucho pero tenplada quantidad y repartida, esto baste quanto a la intençión preservativa.
[Al margen:] Este capítulo se entiende desta manera: que luego en dando la seca le an de sangrar, y luego tomar la melezina, y después darle con que sude. § Quanto a la intençión curativa digo que en dando alguno seca debe tomar luego de atriaca magna o metridato una drama en quatro honças de agua de madroños o azederas, e una melezina de cozimiento de malvas e açelgas, una escudilla pequeña, azeyte violado, tres honças, polvo de gera 47 tres dramas, ----40 Moneda de plata de valor variable según los tiempos.
42 Variedad de manzano cuyo fruto, del mismo nombre, es más largo que grueso.
43 Hierba con tallo ramoso con flores muy pequeñas y de color amarillo que huelen y saben a anís.
44 El vino blanco muy aguado es recomendado por la mayoría de los autores de regimientos de salud medievales.
45 Planta comestible de cuyas flores se elabora una infusión que se emplea como sudorífico.
46 Por achicoria: Planta de hojas recortadas, ásperas y comestibles cuya raíz tostada se cuece para producir una infusión amarga que se utiliza como remedio tónico aperitivo.
47 La gera es un tipo de medicamento purgativo en forma de píldoras o en polvo.
De que aya purgado con ella sangrarle de la parte misma donde está la seca o bubo su propio nonbre.
Desta manera que si estuviere en el cuello sangren del braço mismo de la vena de la cabeça, o de todo el cuerpo si estuviere en el sobaco de la vena del arca 49, o de todo el cuerpo de la misma parte.
Y si estuviere en la ingle, del tovillo mismo de la parte de dentro o en el enpeyne del pie.
La quantidad de la sangre queda a la discriçión de quien se hallare presente segund la fuerça e virtud del enfermo, pero sea esta regla que no baxe de quatro honças ni suba de ocho arriba esta sangría.
En este caso // [fol. 3r] se puede segundar, que quiere desir en un mismo día tornarle a sangrar de la misma parte, nunca de la contraria, «ne transitus fiat principale quod est cor» (sic) 50 quando oviere nesçesidad por ser aguda. § Asímesmo untar la seca con ysopo húmedo e dialtea 51 puesto en lana suzia.
E este ungüento tome levadura, unto de puerco sin sal, azeyte de lirio, yguales partes, vidrio molido poco sea traýdo alderredor en un almirez hasta que quede a forma de ungüento requerido de tres en tres horas. § La atriaca en ninguna manera ni el metridato se aplique por de fuera, sino por la boca, por quanto todos lo repruevan, espeçialmente Arnaldo en el quaderno del Speculo 52, porque su propiedad es alançar de sí la ponçoña.
Aplicada por de fuera alança dentro a los mienbros prinçipales. § El xarabe de azedo 53 de çidra es cosa maravillosa tomar algunas vezes. § Asímesmo algund trocisco 54 de canfora 55 desatado en agua de lengua buey o torongil es muy bueno. § Continuar poner en el coraçón alguna epíthema 56 de çumo de mançanas o peros, agua rosada de azederas de torongil, de azahar, unas gotas de vino ----48 Hongo blanquecino que nace principalmente sobre el tronco del larice y sobre otros muchos árboles que producen bellota.
Una vez cortado y secado era utilizado como panacea.
49 Vacíos que hay entre las costillas y los ijares.
50 «No se haga [use] el principal conducto, que es el corazón».
51 Ungüento compuesto principalmente de la raíz de altea o malvavisco que se utiliza como emoliente.
52 Arnaldo de Vilanova (+1311) fue profesor de la Universidad de Montpellier y autor de una obra médica muy difundida en los siglos posteriores.
Aquí se hace referencia a su magna obra titulada Speculum Medicinae.
53 Jarabe o zumo ácido de cidra.
54 Medicamento en forma de tableta redonda compuesto de sustancias medicinales finamente pulverizadas.
55 Por alcanfor: sustancia blanca de olor penetrante utilizado en medicina como estimulante cardíaco.
56 Medicamento tópico que se aplica en forma de fomento, de cataplasma o de polvo.
blanco oloroso todos sándalos, mojado esto en un paño de grana atibiado e no frío, porque el espíritu vital se conserva con calor. // [fol. 3v] § Más digo que luego el día siguiente de la sangría se purgue sin dilaçión, porque dize Ypocras57 que el diferir es malo, que la materia es furiosa y vase al coraçón, y sea con medeçinas tenpladas así como de cañafístola58, II onças; ruybarbo59 i pesante60 de diaprunis61 laxativo, III dramas; cozimiento de flores e simientes frías o con una honça de pulpa de cañafístola; una drama de agárico en ligadura con el cozimiento que dixe62. § Coman de ave cozida así como pollo o polla o gallina nueva, peros, asados, lechugas, esparragadas, granadas dulçes e agrias mezcladas, agua cozida con unos granos de çevada.
Y si sintiese flaqueza un poco de vino muy aguado, algunas çiruelas de monje o endrinas63.
Si agrio todo es bueno salvo [el] día de la purga.
Los que estovieren deste mal dévenlos esforçar a comer tanto que sea de los manjares que dixe que sean delicados y perdigón64 es bueno, porque dize Aviçena65 ---- |
recursos literarios del tratado De recta curandorum vulnerum ratione, obra del cirujano práctico del siglo XVI Francisco Arceo, con la lengua del Prólogo que le puso su huésped, amigo y paisano, el humanista Arias Montano, muestra semejanzas tan significativas que prueban la intervención de este último arreglando el texto o redactándolo con el latín que le caracteriza.
Arias Montano, además, hizo anotar la obra y se la publicó en Amberes en la imprenta de su buen amigo Cristóbal Plantino.
tione (Oyola Fabián, Andrés; Cobos Bueno, José Miguel, 2009) 1, permite por primera vez el acceso generalizado a una obra de reconocida fama dentro de la cirugía, tal y como lo como atestigua su difusión y sus traducciones a varias lenguas (Sánchez Granjel, Luis, 1968, p.
Francisco Arceo vivió aproximadamente entre los años 1493 y 1580, disfrutando de una larga vida.
Es notoria, por ejemplo, la recomendación de Francisco Mena, profesor de medicina de la universidad de Alcalá, a Montano para que aprendiese de las enseñanzas de este cirujano, lo que comentaremos más adelante.
Ahora bien, esta misma fama, el reconocimiento tanto del alto grado de tecnificación de su práctica quirúrgica como de su eficacia y, sobre todo, la publicación de su obra en un excelente latín, a la altura de los mejores autores del Humanismo renacentista, plantean algunas cuestiones dignas de comentario.
Por los datos que nos ofrecen los autores de la edición de su obra, así como los del propio Arceo y lo que Arias Montano incluye en su Prólogo, fue un cirujano práctico, formado en el Hospital de Guadalupe, pero sin llegar a tener, que se pueda probar, formación universitaria (Oyola Fabián, Andrés; Cobos Bueno, José Miguel, 2009; Riera Palmero, Juan, 1964, p.
El mismo Francisco Arceo parece darlo a entender cuando califica su formación de mediocris eruditio y de escasa su formación teórica:
Pero tal reconocimiento, sin embargo, no le impide mostrarse orgulloso de su experiencia, de su técnica y de sus admirables curaciones a lo largo de toda la obra.
Es de destacar también el cuidado que muestra en esta cita por la lectura como método complementario de aprendizaje.
De hecho, destaca entre sus afirmaciones la veneración manifestada por la obra de Giovanni da Vigo (Oyola Fabián, Andrés; Cobos Bueno, José Miguel, 2009, 1, 1, pp. 271,1 ss.).
También pudiera ser incluso fruto de este complejo de inferioridad la dura ----crítica, que es una constante de su obra, al saber práctico de los médicos y cirujanos de su época2.
La formación de Francisco Arceo, así como la de los cirujanos de su época, en verdad, estaba orientada a la práctica y no incluía precisamente el conocimiento, al menos con cierta profundidad, del latín.
De hecho, aunque existían médicos cirujanos latinos, lo habitual era que los cirujanos fueran romancistas (Sánchez Granjel, Luis, 1968, pp. 15-16;21-27; Montero Cartelle, Enrique, 1989, pp. 31-36), razón por la cual los libros que se les destinaban solían estar escritos en lengua vulgar.
El problema que se plantea, en consecuencia, es explicar la altura, digna de un avezado humanista, del latín con que escribe Francisco Arceo.
Al parecer, y según el testimonio que nos aporta el propio autor en el Prefacio de Arias Montano, a modo de orgullosa introducción y portada de su obra, todo comenzó con la amistad que unió al cirujano con el humanista.
Siendo, en efecto, estudiante en Alcalá, Arias Montano recibió el consejo de su maestro Fernando Mena3 de que debería conocer a Francisco Arceo, si quería conocer de verdad la rama de la cirugía.
Tiempo después, cuando ya tenía 32 años (en torno al año 1557), Arias Montano fue invitado a predicar en la Cuaresma en Llerena, actuando como mensajero precisamente el propio Francisco Arceo, quien además le ofreció su casa para alojarse.
Allí trabaron amistad y Arias Montano actuó como su discípulo de cirugía, permaneciendo con él durante cuatro meses.
Fascinado Montano por su habilidad, sus sorprendentes curaciones y sus novedosas técnicas, le pidió que escribiese su arte para bien común, lo que hizo el cirujano aprovechando los momentos libres de su quehacer.
La obra, por lo que podemos leer y a tenor del juicio de los expertos, comenzando por el de Fernando Mena, que nos transmite Arias Montano 4, era muy rica en métodos y técnicas, que se cuentan, además, con gran claridad y ----fuerza descriptiva, en particular en la exposición de las historias clínicas.
Aun así, la redacción del texto presentaba dos graves problemas: por un lado, tenía que estar en latín, y no sabemos el grado de conocimiento de esta lengua que poseía Arceo, aunque no podía ser muy alto, debido a su formación y su intensa ocupación diaria, y, en caso de faltarle nivel, constituiría un grave obstáculo para su difusión europea; por otro, carecía de un entramado teórico que demostrase que seguía a las autoridades médicas antiguas, tradición sin la cual la obra difícilmente podría ser aceptada por la comunidad médica.
Este último problema lo solventó Arias Montano por medio de gestiones con sus amigos.
La publicación de la obra se demoró (Arias Montano la publicó en Amberes en la imprenta de su buen amigo Cristóbal Plantino el año 1574), según nos dice Arias Montano en el Prefacio que estamos comentando, hasta que Arceo frisaba los 80 años, no sin antes ser revisada por el propio Arias Montano y otros médicos de España, Italia y Bélgica, uno de los cuales, un español residente en Amberes llamado Álvaro Núñez, por lo demás desconocido, se encargó incluso de anotarla y darle apoyatura teórica: El texto, en realidad, no deja de ser una forma elegante de decir que había que demostrar que seguía las enseñanzas de los clásicos y que se apoyaba en las autoridades competentes, lo que Núñez hizo mediante las notas adecuadas.
En ellas suple las carencias que presentaba la obra al respecto, pues, según el cuadro de citas que aportan los editores (Oyola Fabián, Andrés; Cobos Bueno, José Miguel, 2009, p.
43) 5, Giovanni da Vigo quedó con ellas desbancado por Galeno como figura más citada, no sin acudir también, por orden de preferencia, a Hipócrates, Pablo de Egina, Celso y otros autores, lo que no deja de ser muy significativo.
Por otro lado, el problema de redactar la obra en un latín humanístico lo resolvió el propio Arias Montano, en nuestra opinión, bien arreglando el texto hasta conseguir el nivel deseado, o bien redactándolo él personalmente con su ----latín característico.
Para ello dispuso de mucho tiempo, o bien tardó tantos años a la espera de encontrar tiempo para ello.
Esta idea de la intervención literaria de Arias Montano en la redacción de la obra de Francisco Arceo aparece tímidamente esbozada por sus mencionados editores (Oyola Fabián, Andrés; Cobos Bueno, José Miguel, 2009, p.
73), pero como mera sugerencia, sin dar pruebas de ello y a modo de apunte que yo mismo sugerí como miembro del tribunal que juzgó la tesis doctoral origen de esta publicación.
Ni Arias Montano ni Francisco Arceo explicitan en ningún momento la lengua en la que estaba redactado el original ni el grado de conocimiento del latín del autor.
Seguramente lo conocía, ya que cita autores clásicos y medievales como fuentes, aunque no sabemos si estas citas son de segunda mano y ya se encontraban en los textos traducidos al romance.
Desde luego el conocimiento de Giovanni da Vigo es directo, pero pudo haber consultado en romance su Practica in arte chirurgica, publicada en Roma en 1514, ya que la obra fue traducida a varias lenguas, entre ellas el castellano, en el que apareció por primera vez en Valencia en 1537 con el título Libro o Practica en Cirugía del...
Doctor Juan de Vigo...
Traducido de Lengua latina en castellana por el Doctor Miguel Juan Pasqual Valenciano, de la que se hicieron reimpresiones hasta el siglo XVIII (Castrillo Márquez, Rafaela, 1985, pp. 395-398; Sánchez Granjel, Luis, 1968, pp. 15-16;22).
Por lo demás, el estudio de Luis S. Granjel (Sánchez Granjel, Luis, 1968, pp. 21-27), comentando el catálogo de obras de la biblioteca del hospital de Guadalupe hecho por Guy Beaujouan (Beaujouan, Guy, 1965), muestra la presencia en dicho centro de los principales textos de cirugía de la época escritos en castellano6.
En este sentido, cuesta entender el supuesto deseo de Francisco Arceo de que su obra no se publicase en romance, como nos dice Arias Montano en su Prefacio (p.
Sin embargo, este deseo parece corresponder al alto concepto que tenía de sí mismo y al desprecio que sentía hacia sus compañeros de profesión, que le envidiaban y a los que aborrecía.
La razón que, según Arias Montano, le da Arceo es que la cirugía debe ser parte de la medicina, entendemos que universitaria, y una actividad de médicos expertos, que la abandonaron por ser dedicación manual y la dejaron en manos de empíricos y barberos, ignorantes del latín, quienes posibilitaron que las obras quirúrgicas ----terminaran pervirtiéndose en sus traducciones al romance.
Es decir, Arceo quería evitar el intrusismo7.
Por otro lado, Arias Montano sólo nos dice del libro que nobis in Hispania perlectum ac doctissimis medicis Hispanis, Italis et Belgis ostensum vehementerque probatum (p.
La segunda parte de la frase es clara, ya que se refiere a la aprobación del contenido de la obra por médicos bien preparados.
La primera, por contraposición, implica una lectura profunda, de cabo a rabo, en la que sale realzado el plano de la forma sobre el del contenido: actitud en sí esperable, ya que Arias Montano no podía presentarse como cirujano, por muy estudioso de la medicina que fuese.
Parece que Arias Montano está utilizando aquí un eufemismo para indicar, al menos, una revisión profunda del latín, si no su misma redacción.
Pasando, pues, del plano de las hipótesis al de los hechos, vamos a ver si es posible confirmar nuestra tesis o, al menos, hacerla verosímil.
Lo ideal sería contrastar la lengua del De recta curandorum vulnerum ratione con una obra de contenido y tono similar de Arias Montano.
Como éste no ha escrito una obra tal, vamos a comparar la lengua del Prefacio de Arias Montano con el Prólogo de Arceo y el comienzo de los capítulos 1 y 3 del libro primero, de extensión semejante y de contenido más general, acudiendo sólo excepcionalmente a otros lugares cuando lo imponga la necesidad probatoria.
Favorece la comparación el hecho de que el texto de Montano sea un prólogo que se mueve desde el punto de vista literario dentro de unas coordinadas peculiares8, que el texto analizado de Arceo contenga igualmente un pequeño prólogo, y que los capítulos analizados tengan, según se ha dicho, un tono más general, como si fueran una especie de introducción a la cirugía, a pesar de entrar directamente en materia.
En este sentido, evitamos así la comparación con la parte no anotada por Álvaro Núñez, es decir, el Antidotario del libro I y todo el libro II (pp. 370-407), consistente en su mayoría en recetas y, por esta razón, de un nivel marcadamente técnico y de tono necesariamente bajo.
Para llevar a cabo nuestro estudio comparativo, reproducimos aquí los textos objeto de parangón9:
Id si citra acus vsum fieri possit, fuerit profecto commodissimum...
DE FRACTURA CRANII CAP.
La comparación resultará desigual, ya que el texto de Arias Montano es un típico Prólogo renacentista confeccionado de acuerdo con las normas de la retórica.
Supone por principio un alto nivel de sofisticación literaria, como ha hecho en otros prólogos10.
Por el contrario, el texto de Arceo, salvo el breve prólogo, es un tratado técnico sin grandes vuelos.
Sin embargo, aun en estas circunstancias y con esta problemática, podemos ver si el tenor de la lengua y de los procedimientos de estilo pertenecen a la misma persona, que es de lo que se trata.
En cuanto al léxico, Montano habla del arte de la medicina y de la cirugía, lo que nos da pie para una comparación con Arceo.
Montano emplea siete veces el sintagma pars medicinae o similares para referirse a la medicina general o a la cirugía ya desde la primera frase de su texto: de utraque medicinae praxi, de ea Medicinae parte, al igual que hace Arceo también desde la primera frase de su obra: in vtraque Medicinae parte (tres veces en los frag-----mentos recogidos 11 ).
A la ciencia médica también se la denomina doctrina tanto en Montano: medicorum doctrinam (Pref., p.
Por supuesto, ambos son unánimes en la designación de la rama médica de Arceo como chirurgia y del que la practica como chirurgus, y ambos coinciden en llamar a los cirujanos prácticos sin formación con los mismos términos: Arias Montano: ad empiricos atque adeo ad ineptissimos tonsores (Pref. p.
Los adjetivos que indican el conocimiento del arte de la cirugía frente al ignorante en ella son doctus (Montano: doctissimumque chirurgiae artis magistrum (Pref., p.
271,39), aunque este último tiene además su contrario indoctus), peritus y los sustantivos peritia-imperitia, tal como aparecen en Montano, y cuyo correlato en Arceo es peritia: peritiam in vtraque Medicinae parte (Pról. p.
270,7), al que añade por su cuenta el doblete expertus-inexpertus.
No aparece en la parte de Arceo que analizamos el término dexteritas, referido de la destreza en esta arte, que se documenta en el sintagma dexteritatem ac felicitatem de Montano (Pref.,p.
265,(17)(18), quizá porque está recogiendo en esta cita las palabras de Mena, si bien lo utiliza en otras dos ocasiones.
Sin embargo, Arceo emplea también el segundo término en ex ingenii felicitate (1,3, p.
Llama la atención también una curiosa coincidencia: el elogio que Montano dedica al método de aprendizaje de Arceo presenta dos términos: exercitatione atque vsu (Pref., p.
265,18), que el propio Arceo usa para predicarlo de sí mismo: exercitatione atque multo vsu (1,3, p.
La designación de los males que se curan muestra asimismo una uniformidad básica.
Cuando Montano expone el contenido de los dos libros de cirugía en el Prefacio (Pref., p.
266,9-13), señala: et quorumdam etiam tum morborum tum vulnerum atque vlcerum curationem addere, y reiterada hasta la saciedad a lo largo de la obra.
De la misma manera, la especificación de Montano al final del Prefacio (Pref.,p.
267,85) sobre medicamentos e instrumentos quirúrgicos (librum vtilissimum... variorum tum instrumentorum, tum medicamentorum) responde a la terminología habitual de Arceo, como, por ejemplo, addito medicamento (1,2, p.
271,11), texto en el que aparece el verbo scindere para la acción quirúrgica de cortar, documentado en ambos autores (Montano, Pref.,p.
En este sentido, nos ha sorprendido mucho la utilización de Arceo del término suffitus para la fumigación en el título mismo del capítulo 10 del libro segundo (2,10, p.
338,1): De ratione curandi per suffitus, que es un vocablo propio de la medicina humanística 12 -y como tal es el que emplea Álvaro Núñez en el comentario-.
Con el que trata de recuperar para su disciplina el uso de la poesía y de la prosa elevada de época clásica.
Suffitus, de hecho, es de uso predilecto para Plinio, cuando lo habitual y técnico en todas las épocas era suffumigatio y, en mucha menor medida, suffumigium, que emplea Arceo una vez en el desarrollo de este mismo capítulo.
Hay otras expresiones del campo de la sintaxis que suponen un empleo común.
Es habitual en Montano el giro morborum curandi rationem (Pref. p.
264,40) o similares como curandi methodus/via, que Arceo documenta en el mismo título de la obra, en su Prólogo (Haec vero curandi ratio: Pról. p.
El sistema de demostrativos, por su parte, consiste en ambos en el uso de la oposición hic/ille, aunque en Arceo se documenta también -probablemente porque Montano no tuvo ocasión de usarlo-el uso de iste empleado sólo como despectivo, según hace, por ejemplo, para referirse a los barberos y cirujanos inexpertos, al comienzo de 1,3 (1,3, p.
Coinciden también ambos textos en el giro accidit ut (Pref. p.
277,20), en la construcción possum con infinitivo (en muchas ocasiones, como effici posset (Pref. p.
277,88), en el cum histórico, etc. Comparten asimismo el gusto por el llamado relativo demostra-----tivo tras puntuación fuerte: en Montano puede comprobarse en estos dos ejemplos seguidos del Prefacio (Pref.,p.
El paralelo en Arceo es evidente, por ejemplo, en el siguiente caso (1,1, p.
En el plano de los recursos literarios, una de las cosas que más llaman la atención en el Prefacio de Montano es el recurso constante a los superlativos como procedimiento encarecedor e intensivo13 (rasgo, por lo demás, común a otros prólogos del propio autor14 ).
El texto de Arceo muestra, aunque en menor medida, una técnica similar, e incluso comparte algunos de estos superlativos.
Así, la alabanza de la cirugía que hace Montano: a Graecis chirurgia dicta est, vt certissima ac totius artis tutissima, sic etiam quondam praestantissima habita (Pref.,p.
265,(13)(14), tiene su correlato en el Prólogo de Arceo: propriam curationis artem et praestantissima quaedam in vtroque genere remedia publicae vtilitatis (Pról. p.
270,8); la loa de médicos y cirujanos expertos que puede leerse en Montano: diligentiam et officium a compluribus doctissimis viris (Pref., p.
266,3), o también: doctissimis medicis Hispanis... probatum (Pref.,p.
266,14), se repite también en Arceo: curandi rationem doctissimis antiquorum et nostri temporis chirurgis probatam (1,1, p.
271,39); y la dificultad de la curación quirúrgica se realza en Montano: difficillimorum morborum curandi rationem (p.
265,40), con el mismo superlativo que en Arceo: nonnulla vulgo difficillimae curationis habita (1,3, p.
Es igualmente recurrente en Montano la acumulación de elementos por parejas (en construcciones bimembres y trimembres) unidos por ac/atque, que ----sirven como elemento encarecedor y dan armonía a la frase: por ejemplo, exercitatione atque vsu (Pref., p.
270, 6); asimismo, la locución magnam diligentiae ac temporis partem (Pref., p.
266,47) es en Arceo, por ejemplo, certam atque saluberrimam curandi methodum (Pról.
270,15); y, en fin, una expresión montaniana como vulnera atque vlcera (Pref.,p.
266,49), se corresponde en Arceo con otras como ratio atque hic ordo (Pról.
277,3), etc. Este tipo de usos con et están por doquier en ambos textos y no merece la pena seguir acumulando ejemplos.
Como uso encarecedor de la negación emplea Montano la lítotes, del tipo opus non sine digno ornamento (Pref.,p.
266,17), que se repite habitualmente en Arceo: non sine grauissimo periculo (1,3, p.
177,4), aunque conoce muchas variantes: non exiguam ossis partem, non incerta y, sobre todo, el muy recurrido non raro (cf. 1,1, p.
Este procedimiento es asiduo también en los prólogos de Montano 15, Por último, el orden de palabras en un libro técnico como el de Arceo está a la altura del latín del humanismo renacentista o, lo que lo mismo, a la altura de Arias Montano, y responde al ordo rectus del latín clásico.
Entre otras de sus características, como señala Lisardo Rubio 16, destacarían las siguientes: el determinante precede normalmente al determinado y, por lo común, y aun a pesar de todas las desviaciones estilísticas, el sujeto encabeza la oración y el predicado la cierra.
Muchos de los casos citados como ejemplos de los usos anteriores son ya indicativos de ello, pero para mayor abundamiento añadimos algunos ejemplos tipológicos: la forma montaniana ex calculi morbo (Pref., p.
265, tit.) en el primero corresponde en Arceo in utraque medicinae parte (Pról. p.
266,25) se pueden considerar paralelas a la frase de Arceo certam atque saluberrimam curandi methodum (Pról. p.
270,15); la unión por medio de tum, como en librum vtilissimum expectamus variorum tum instrumentorum, tum medicamentorum (Pref. p.
267,1-2) tiene paralelo también en el Prólogo de Arceo (Pról. p.
16 Rubio Fernández, Lisardo, 1976, pp. 14-41. etiam tum morborum tum vulnerum atque vlcerum curationem addere; la terminación de la frase con el verbo possum precedido de infinitivo se documenta en Montano en ejemplos como effici posset (Pref.,p.
277, 33-34); o, ya para finalizar, dentro de la coincidencia y el gusto por el cum histórico que tienen ambos, emplean el cum en relación con el giro accidit ut: Montano en Cum autem annos iam triginta duos natus in rupis meae Aracenensis agri secessu essem, accidit vt...
En conclusión, el análisis de lengua que acabamos de llevar a cabo, a pesar de limitarse a poco más que una hoja de texto de Montano y Arceo, resulta revelador.
Es verdad que cada uno de los elementos aducidos, tomados aisladamente, puede no ser significativo, pero el conjunto cobra una fuerza extraordinaria.
No parece razonable, en consecuencia, dudar de la relación íntima entre los dos textos analizados, que apuntan a la redacción de un único autor.
Cabría pensar que el fondo común que presentan se debería a que el autor de uno pudo haber leído el otro.
Parece lógico, sin embargo, que el humanista haya sido el que tomara las riendas de la redacción (o, al menos, de una revisión tan profunda que la identificara con el estilo de Montano, lo que sería decir lo mismo), por más que se pudiera conceder que Arceo fuese un cirujano latino, si bien difícilmente al nivel que muestra el latín del De recta curandorum vulnerum ratione.
Conocemos, en verdad, casos de afamados cirujanos que fueron traducidos al latín, como ocurrió con François Rousset (¿1530-1603?), cuya obra francesa, publicada en 1581, fue traducida al latín por Gaspar Bauhin en 1588 para adjuntarla a su colección de obras ginecológicas, como se indica en el título mismo de la obra: Francisci Rousseti medici Galli... de partu caesareo tractatus, Gallice scriptus, nunc primum Caspari Bauhini Basil.
También tenemos datos de la reelaboración de obras como la Chirurgia de Guy Chauliac, que fue retocada en la edición renacentista del médico humanista Laurent Joubert para que los valiosos contenidos quirúrgicos del cirujano medieval no se vieran ensombrecidos por la barbarie de su lengua 17. |
Este trabajo analiza de forma global y articulada la identidad social de los médicos que ejercieron en Salamanca a lo largo del siglo XVIII.
A través de sus biografías obtenemos perfiles, trayectorias y pautas de comportamiento que ponen de manifiesto la diversidad interna de este colectivo.
El estudio de los vínculos familiares, relaciones con las élites locales y las redes sociales tejidas al hilo de sus trayectorias y actividad profesional, nos permite reconstruir el conjunto relacional en que se mueven y verificar su papel en los procesos de ascenso social.
Se trata de una propuesta metodológica que conjuga la prosopografía con el análisis de las redes sociales (familia, amistades, clientela), prácticamente inexplorada como instrumento de análisis social de la profesión médica.
PALABRAS CLAVE: Profesión médica.
Una de las líneas de investigación seguidas en los estudios de un grupo social es la prosopografía, es decir la biografía colectiva de los individuos que lo componen (Stone, 1986, p.
A través de la información biográfica obtenemos perfiles, trayectorias y pautas de comportamiento que permiten construir la identidad de un grupo social.
Sin embargo, los estudios sobre redes sociales han puesto de manifiesto las limitaciones de este método para la caracterización de un grupo socio-profesional.
Como advierte Imízcoz, los individuos que lo componen «no actúan en un campo único ni tienen una sola identidad», lo que exige tener en cuenta su propia diversidad interna y reconstruir el conjunto relacional en que se mueven (Imízcoz, 2009, p.
Para ello propone el análisis de los vínculos y redes sociales, un estudio realizado a través de las trayectorias y biografías de estos «actores sociales», de sus alianzas y amistades, que permita descubrir sus conexiones con otros grupos y construir su propia identidad social.
En el caso de los médicos, objeto de nuestra investigación, la definición de colectivo socio-profesional viene dada por su actividad, independientemente del marco o espacio en que ésta se realizara.
El grupo no puede ser más abigarrado y heterogéneo.
Junto a una minoría que alcanzó una mayor proyección científica y social por la relevancia de su cargo y el hecho de ser autores de obras impresas, ejercían en España centenares de médicos que desarrollaban su profesión en ciudades y pueblos del país, con trayectorias profesionales muy diversas y con papeles muy distintos en el entramado social de su tiempo.
Sin embargo, el interés de los historiadores por las biografías individuales condujo a que estos individuos fueran completamente desconocidos e invisibles, situación que lentamente está cambiando con la recuperación de la colectividad como protagonista de la historia.
Ya en 1974 Shapin y Thackray subrayaban la importancia de los estudios prosopográficos para la adecuada contextualización histórico-social de una colectividad de científicos, aunque entre los historiadores de la medicina españoles este tipo de investigaciones, más difíciles, lentas y laboriosas, cuentan con una escasa aceptación (Shapin y Thackray, 1974, p.
Debemos destacar los estudios de Pardo Tomás y Martínez Vidal sobre los médicos novatores en la corte española de finales del siglo XVII y principios del XVIII, línea que han proseguido con el análisis de los médicos que ejercieron en la corte de Carlos II y Felipe V (Pardo Tomás y Martínez Vidal, 2005, pp. 57-58).
Sin embargo, aún sabemos muy poco acerca de la mentalidad de los médicos españoles, de sus trayectorias académicas y profesionales, valores familiares, intereses económicos, inquie-tudes intelectuales o de sus relaciones con los grupos de poder local.
Pensamos que esta propuesta metodológica que conjuga la prosopografía con el análisis de las redes sociales (familia, amistades, clientela), prácticamente inexplorada como instrumento de análisis social de la profesión médica, puede aportar valiosos resultados.
A través de estudios anteriores pudimos constatar la heterogeneidad de este colectivo, diferencias que en ningún caso estuvieron determinadas por el espacio rural o urbano en que desarrollaron su actividad profesional, sino por el volumen de su riqueza, poder y grado de notoriedad pública (Granjel, 2009a, pp. 324-325 y Granjel, 2009b, pp. 11-12).
Sólo una minoría de los médicos que ejercieron en Extremadura en el siglo XVIII alcanzó la condición de individuo preeminente, estatus que no sólo exigía reunir fortuna, prestigio, poder y respetabilidad social, requisitos definitorios de las élites según Eiras Roel, sino además notabilidad pública 1.
El análisis de los vínculos familiares, relaciones con la oligarquía y las redes sociales tejidas al hilo de sus trayectorias y actividad profesional, nos permitió profundizar en los mecanismos que hicieron posible el ascenso social de estos individuos.
De otro lado, el estudio de sus valores familiares, intereses económicos, cuantía y diversidad del gasto privado, número de sirvientes o las disposiciones relativas a su funeral, permitieron la caracterización de una minoría de estos facultativos como miembros de las élites locales.
El deseo de profundizar en la identidad de este grupo social, nos ha llevado a estudiar el perfil, trayectoria, mentalidad y pautas de comportamiento de los médicos que ejercieron en Salamanca a lo largo del siglo XVIII 2.
Se trata de un grupo de facultativos que desarrollaron su actividad profesional en una ciudad que en 1787 contaba con una población de 16.267 habitantes y donde la Universidad desempeñó un papel fundamental en la vida de la ciudad.
Todos ellos eran profesores de la Facultad de Medicina, circunstancia que introducía una diferencia importante con respecto a los médicos que sólo realizaron una actividad asistencial.
El método seguido en los estudios de este tipo es muy laborioso.
Exige bucear en la enorme masa documental encerrada en los protocolos notariales, actas capitulares, libros parroquiales y documentación estrictamente académica.
Unas fuentes que han sido ampliamente utilizadas en estudios sobre cultu-----1 Ha sido Pro Ruiz el primero en llamar la atención sobre este rasgo de las élites.
2 El estudio se apoya en las biografías de 25 médicos y cubre todo el siglo XVIII, desde 1714 (fecha en que falleció José Colmenero) hasta 1806 (año de muerte de Francisco Otero). ra material, libros y bibliotecas, historia económica o sobre actitudes colectivas frente a la muerte.
También en investigaciones sobre élites locales, trabajos que mayoritariamente se han centrado en los grupos que tuvieron una mayor proximidad con el poder, como la nobleza, oligarquías locales o miembros del gobierno y la Administración.
Por el contrario, los estudios prosopográficos cuentan con muy escasa tradición entre los historiadores de la ciencia, situación que pensamos está determinada por las mayores dificultades para acceder a las fuentes documentales, más dispersas y menos abundantes que las de otros grupos sociales (Olagüe, 2005, pp. 145-146).
Tampoco ha sido una línea seguida en las investigaciones sobre el profesorado universitario, situación que nos impide realizar análisis comparativos.
PRIMEROS PASOS: LA CARRERA DE CÁTEDRAS Como en otras ciudades universitarias, la procedencia geográfica de estos facultativos fue muy diversa.
Junto a una minoría que había nacido en Salamanca (Manuel Joly Orozo, José Parada Figueroa, Manuel Herrera Comán, Antonio Méndez, Francisco Gómez o Antonio Cuesta), la mayoría procedían de otras ciudades y regiones españolas (Extremadura, Cantabria, Toledo, Soria, Asturias, Orense, Girona, Zamora, etc.) y habían llegado a la ciudad en su etapa de estudiantes.
La franja de edad con que iniciaban los estudios de Medicina osciló entre los 19 años que tenía Francisco Ovando y los 22 de Juan Francisco González Cernuda, edad en la que ya contaban con el preceptivo bachilleramiento en Artes.
En ocasiones el estudiante iniciaba sus estudios médicos sin contar con este título, situación excepcional e irregular que requería la intervención del rector.
En esta circunstancia se vio Pedro Ferrer, natural de Beguda (Girona), que «por ignorancia» había finalizado los estudios del primer curso de Medicina «sin el examen de Artes».
El problema fue obviado por el Rector, que «mandó se le probase dicho primer curso, y sin que sirva de ejemplo, por ser sujeto muy estudioso, aprovechado y pobre» 3.
Los estudios de Artes se prolongaban durante tres años, que quedaron reducidos a dos tras la reforma universitaria de Carlos III.
Los estudios de Medicina tenían una duración de cuatro años, a lo largo de los cuales los estudiantes recibían lecciones de «Medicina teórica, Filosofía ----3 La carrera académica de Pedro Ferrer fue corta.
En 1748 fue nombrado catedrático de Partido Mayor y dos años más tarde pasaba a regentar la cátedra de Anatomía.
En 1754 abandonaba la Universidad para ocupar la plaza de médico del Cabildo de la catedral de Segovia, puesto que le deparaba mayores ingresos.
natural, Anatomía, Cirugía, Método y Práctica».
Los textos empleados para la docencia eran los de Hipócrates, Galeno y Avicena, obras que los estudiantes debían adquirir en el segundo curso y que encontramos en todas las bibliotecas de médicos que hemos estudiado 4.
Con la aprobación del Plan de estudios de 1771, se ampliaron a ocho las cátedras de Medicina y se modificaron algunos de sus nombres: dos de Instituciones, dos de Aforismos, manteniéndose las de Pronósticos, Anatomía, Cirugía y Partido Mayor.
La reforma supuso el abandono definitivo del galenismo arabizado y la apertura a la Medicina vigente en Europa (Carreras, 2006, p.
Con la introducción de las obras de Boerhaave y sus comentaristas, la de Heister en las lecciones de Anatomía y la Cirugía de Porter, se consiguió la modernización de las enseñanzas impartidas.
El resurgir del hipocratismo desde las primeras décadas del siglo XVIII, mantuvo la enseñanza de los Aforismos, Pronósticos y las Epidemias.
El coste de las matrículas, libros y de la estancia lejos del domicilio paterno durante el tiempo que duraban los estudios, proporciona ya un rasgo acerca de la procedencia familiar de estos médicos.
Generalmente pertenecían a familias acomodadas, con aspiraciones, preocupadas por proporcionar un futuro con horizontes a sus hijos.
Francisco Gómez procedía de una familia de propietarios de la localidad salmantina de Pitiegua, el padre de Juan Francisco González Cernuda era hidalgo, el de José Parada Figueroa era un cualificado funcionario de Salamanca, el de Manuel Herrera Comán escribano, el de Manuel Joly Orozco era catedrático en la Facultad de Medicina y el de Pedro Carrasco Zambrano militar.
Todos ellos pudieron hacer frente a los gastos derivados de estos estudios, que en el caso de Francisco Ibáñez Neto del Castillo y de su hermano Antonio le habían supuesto a su padre, médico titular de Cáceres, un desembolso de 18.000 reales (Granjel, 2009a, p.
Una cantidad elevada que sólo podía satisfacer un pequeño sector de la población y que constituyó el principal obstáculo para acceder a una formación universitaria.
Estos gastos, con ser cuantiosos, se incrementaban notablemente cuando las ambiciones profesionales del médico le llevaban a seguir la carrera académica.
Sin embargo, sólo una minoría de los cientos de estudiantes que cursaron sus estudios de Medicina en Salamanca a lo largo del siglo XVIII, formó parte del claustro de su Universidad.
La mayoría abandonaba Salamanca ----4 Para conseguir el título de bachiller en Medicina, los estudiantes debían probar «haber tenido desde su segundo año Libros Hipócrates, Galenos y Avicenas», requisito que desapareció tras la aprobación del Plan de Estudios de 1771.
El estudio de las bibliotecas de estos médicos será objeto de un trabajo ulterior.
al concluir sus estudios, buscando en otros lugares del país una plaza de médico en la que ejercer su profesión.
Esta realidad nos lleva a profundizar en las trayectorias de los que permanecieron en la Universidad y en los mecanismos que hicieron posible su promoción.
Para seguir la carrera académica era necesario obtener los grados mayores, títulos que sólo alcanzaron una minoría de los bachilleres médicos5.
En la Universidad de Salamanca debían transcurrir tres años entre la recepción del grado de bachiller (que era el que habilitaba para el ejercicio de la profesión médica) y el de licenciado.
Durante este tiempo el candidato debía realizar lecturas extraordinarias de materias pertenecientes a las cátedras de regencia (las denominadas pasantías) y, además, tenía que llevar a cabo un ejercicio de 'repetición pública', acto de gran solemnidad en el que intervenían los doctores de la Facultad y tres bachilleres o licenciados nombrados por el rector.
Cumplidos estos requisitos, el candidato realizaba el examen de grado en la capilla de Santa Bárbara ante los cuatro catedráticos examinadores de su Facultad y otros doctores y graduados.
Por el contrario, para el grado de doctor no se exigían requisitos de índole académica y la colación se reducía a festejos y celebraciones que hicieron del acto una «pura ceremonia» (Peset, 1969, pp. 38-40).
Conviene subrayar el carácter minoritario y restrictivo de estos grados para entender el prestigio social y profesional de cuantos los conseguían.
El reducido número de estudiantes que accedían a ellos no se debió a dificultades de índole académica o intelectual, sino a obstáculos fundamentalmente económicos.
El ceremonial que se seguía en la Universidad de Salamanca para obtener la licenciatura exigía grandes dispendios, unos gastos que eran aún mayores para el grado de doctor.
El ejemplo de Francisco Ovando puede servirnos para valorar el desembolso económico que suponía «seguir la carrera de cátedras».
Natural de la localidad pacense de Almendral, Ovando inició los estudios de Medicina en octubre de 1733 y alcanzó el grado de bachiller en 1737 6.
Ese mismo año firmaba un contrato como médico titular de la villa de Madrigal (Ávila), aun-----que en los años siguientes volvería a Salamanca a realizar las lecturas y ejercicios necesarios para logar los grados mayores.
Sin embargo, los 4.400 reales anuales que recibía de salario por su actividad como médico resultaban insuficientes para sufragar su elevado coste y en esa fecha su situación económica y patrimonial era precaria.
El matrimonio que contrajo en 1741 con Paula de Soria, hija de una acomodada familia de Salamanca, le permitió contar con el apoyo económico necesario.
Ovando invirtió los 11.000 reales que aportó su mujer en concepto de dote para sufragar una parte de estos gastos, suma que completó su suegro, Francisco de Soria, para que Ovando pudiera satisfacer los 6.444 reales de los gastos del «grado de Licenciado por la Capilla de Santa Bárbara» y los 10.543 reales del grado de Doctor.
En estas cantidades se incluían el importe de los derechos o tasas, las propinas a examinadores y oficiales, los refrescos, comidas y colaciones con que se agasajaba a los doctores y maestros y los gastos de ropa del graduado (vestido de golillas, borla, muceta y botones) 7.
Un coste ciertamente elevado (16.987 reales en el caso de Francisco Ovando) que frenó las ambiciones académicas de muchos médicos.
Para la mayoría de quienes los alcanzaron la inversión realizada fue altamente rentable, al proporcionarles influencia, prestigio y una red de relaciones de gran importancia en el proceso de ascenso social.
En ocasiones la muerte prematura del graduado dejaba a su familia en una situación económica muy precaria, especialmente si éste había tenido que solicitar un préstamo para hacer frente a los gastos de graduación.
Lo comprobamos en el caso de Antonio Méndez, catedrático de Anatomía que falleció a los dos años de alcanzar los grados mayores.
Las disposiciones testamentarias en relación a su funeral y entierro están muy alejadas de las que hacían los médicos que regentaban las cátedras de propiedad, ansiosos de exhibir su prestigio, posición y recursos económicos a través del fasto y el boato de su funeral.
Por el contrario, las exequias de Méndez se limitaron a los «oficios acostumbrados» y se hicieron sin acompañamiento de cofradías, hechos que confirman su escasa proyección social y sus limitados recursos 8.
Las dificultades económicas obligaron a su viuda a solicitar la ayuda de la Universidad, al haber quedado «sumamente pobre a causa de los empeños que dicho su marido contrajo para recibir los grado de Licenciado y de Doctor ----7 En el inventario de bienes practicado tras su muerte se recoge una minuciosa relación de todos estos gastos.
Archivo Histórico Provincial de Salamanca (en adelante A.H.P. Salamanca).
Este tipo de limosnas estaban contempladas en los Estatutos de la Universidad, aunque por su reducía cuantía se permitía que los interesados (viudas, huérfanos o profesores y oficiales jubilados) pudieran solicitarlas en más de una ocasión.
En esa fecha «la limosna que prevenía el estatuto» era de 10.000 maravedíes (294 reales), cantidad que la viuda de Méndez recibió al menos en cinco ocasiones.
La trayectoria de los médicos que alcanzaban los grados mayores es muy similar a la de Francisco Ovando.
Hasta que conseguían regentar una cátedra, se mantenían del ejercicio de su profesión en alguna localidad cercana.
Manuel Herrero ejercía en la villa salmantina de Ledesma cuando en 1713 fue nombrado catedrático de Partido Mayor.
Manuel Robles Quiñones fue médico titular de Gata, Alba de Tormes y Zamora hasta 1734, año en que fue nombrado catedrático de Anatomía.
Esa misma cátedra era ocupada en 1739 por Manuel Herrera Comán, que ejercía en Zamora donde «tenía muchos enfermos».
En 1748 se incorporaba a la cátedra de Partido Mayor Pedro Ferrer, que volvía a Salamanca tras varios años de ejercicio en la localidad vallisoletana de Peñafiel.
En 1758 esta cátedra era ocupada por Antonio Cuesta, que regresaba a su ciudad natal tras ejercer varios años como médico titular en Piedrahita (Ávila) 10.
En 1760 esta misma cátedra era ocupada por Juan Martín, médico titular de Medina del Campo (Valladolid).
Y en 1771 el nuevo catedrático de Partido Mayor fue Manuel Secades, médico hasta esa fecha en Alba de Tormes (Salamanca).
Desde su incorporación como profesores a la Universidad, el proceso de ascenso académico sólo era cuestión de tiempo.
Al iniciarse el siglo XVIII existían dos tipos de cátedras en la Facultad de Medicina: las de propiedad (Prima, Vísperas y Pronósticos) y las denominadas cursatorias (Método, Simples, Anatomía y la de Partido Mayor).
Mientras las primeras eran provistas por el Consejo Real previo informe de la Universidad sobre los méritos de los opositores, las cátedras cursatorias se cubrían mediante votación en los claustros plenos (Rodríguez-San Pedro y Polo Rodríguez, 2004, pp. 786-787).
El sistema de provisión de las vacantes mediante ascenso de los catedráticos que regentaban las cátedras de menor categoría académica, pone de manifiesto el carácter endogámico de la Universidad y explica que la antigüedad y experiencia docente fueran los mecanismos habituales en la carrera universitaria.
10 Como médico de esta localidad, que en el siglo XVIII pertenecía a la provincia de Salamanca, Cuesta percibía una asignación anual de 4.392 reales, a los que sumaba otros 1.000 reales «por las salidas que hace por apelaciones».
Archivo General de Simancas (en adelante A.G.S).
Dirección General de Rentas, 1a Remesa.
A través de la trayectoria del asturiano Juan Francisco González Cernuda podemos seguir la carrera académica de estos médicos 11.
En 1745 realizaba el examen de licenciado en la Capilla de Santa Bárbara y un año más tarde, el 2 de diciembre de 1746, alcanzaba el grado de doctor.
En enero de 1747 fue nombrado catedrático de Partido Mayor, cátedra que había quedado vacante tras el ascenso a la de Anatomía de Francisco Ovando.
En el mes de noviembre de ese mismo año solicitaba su promoción a la cátedra de Anatomía, que se hallaba vacante «por haber pasado a la de Simples el Dr. D. Juan Agustín de Medina», su anterior titular.
González Cernuda ocupó este puesto docente hasta 1750, en que fue nombrado catedrático de Simples.
En enero de 1760 accedía a la cátedra de Método y en junio de ese mismo año fue nombrado catedrático de Pronósticos.
Sin embargo, la reiterada incomparecencia a las sesiones y actos literarios de la Universidad, conducta que algunos compañeros de claustro calificaron de «thema o manía» y otros de «mucha y refinada malicia», frenó su carrera académica y hasta 1779 no consiguió la promoción a la codiciada cátedra de Prima 12.
ESTRATEGIAS MATRIMONIALES Y REDES FAMILIARES
La paulatina introducción en la España del siglo XVIII de una nueva escala de valores sociales, trajo consigo un proceso de cambio en el seno de la estructura estamental de la sociedad.
El protagonismo económico y social que alcanzó la burguesía urbana (comerciantes, industriales, burócratas y profesionales liberales) permitió que algunos de estos individuos entraran a formar parte de las nuevas élites (Maruri, 1998, p.
El ascenso de este grupo (heterogéneo por su actividad y posición social y económica) se advierte no sólo en su presencia en los Ayuntamientos y en altos cargos de la Administración o en el ennoblecimiento y concesiones honoríficas otorgadas por Carlos III.
Lo vemos también en la mayor permeabilidad social que se registra en la España del siglo XVIII.
Como señala Casey, «entre los mercaderes y los es-----11 González Cernuda nació el 20 de diciembre de 1713 en la Ordovaga, pequeña localidad asturiana perteneciente al concejo de Navia.
Cuando inició sus estudios de Medicina en 1736, era un joven de 22 años de «pelo castaño, ojos garzos, con una cicatriz en la nariz».
12 Esta conducta dio lugar a dos reconvenciones (la primera en 1761 y la segunda en 1770) en las que se decidió recurrir a la sanción económica «pues es para él lo más sensible».
AUSA, lib. 229, cribanos, entre los tejedores de seda y los regidores, hay una escalera, estrecha sin duda, por donde suben y bajan los vecinos de la ciudad en la época moderna» (Casey, 2009, p.
Muestra inequívoca de la movilidad social a que se refiere este autor son las alianzas matrimoniales, instrumento utilizado por comerciantes, profesionales y burócratas en los procesos de ascenso social.
Veamos la conducta seguida por los catedráticos de Medicina de Salamanca a este respecto.
Sus matrimonios con hijas de la oligarquía local, de mercaderes y artesanos acaudalados o de funcionarios y miembros de la Administración, perseguían unos fines claros y bien definidos.
Objetivos que iban desde su promoción académica (como en el caso de Francisco Ovando), hasta el deseo de incrementar su fortuna o el establecimiento de nuevas relaciones y alianzas de poder.
En un trabajo anterior pudimos constatar la importancia que tenía el contar con una formación universitaria a la hora de realizar un matrimonio ventajoso (Granjel, 2009a, pp. 323-324).
Aunque el ejemplo de Francisco Ovando parece confirmar este hecho, las biografías de otros médicos no se ajustan a este patrón e introducen un conjunto de elementos que obligan a un seguimiento de sus trayectorias individuales.
La tradición universitaria de Salamanca y el menor prestigio de su Facultad de Medicina frente a las jurídicas, influyó decisivamente en las pautas de comportamiento de las familias salmantinas en las elecciones matrimoniales para sus hijas.
Junto a los miembros de la pequeña nobleza, las élites de la ciudad estaban integradas por la burguesía acaudalada, abogados, funcionarios reales, administradores de rentas y algunos miembros del claustro de su Universidad (Cabo, 1992, pp. 64-65).
La consideración social que alcanzaron los abogados y letrados y la menor proyección universitaria de las cátedras de Medicina, peor remuneradas que las jurídicas, permite entender las dificultades de muchos médicos para lograr el poder, ascendencia y prestigio que tenían los hombres de leyes.
Un fenómeno que también se produjo en Francia, donde el nivel de cualificación exigido a los funcionaros del Estado determinó el auge de los estudios jurídicos y la mayor consideración de estos profesionales (Grecenková, 2004, pp. 505-506).
En este contexto es preciso valorar las dificultades de algunos médicos recién graduados para establecer alianzas familiares con los grupos de poder local, especialmente si carecían de un patrimonio familiar que asegurase el estatus social de su futura esposa.
Lo comprobamos en el caso de José Colmenero, casado en primeras nupcias con Isabel Conde de Recalde y que falleció sin testar «por hallarse muy pobre de calidad» 13.
O en el de Manuela de ----Cueñas, primera mujer de González Cernuda, que por idénticos motivos tampoco otorgó testamento.
También lo vimos en el matrimonio de Antonio Méndez, cuya mujer sólo llevó «diferentes alhajas de por casa, ropa de lino y lana, cama y otras cosas» por importe de 1.500 reales.
Si tenemos en cuenta que el importe medio de las dotes estudiadas ascendió a 21.323 reales, se constata la procedencia social más modesta de la mujer de este facultativo 14.
Aunque no fueron situaciones habituales, debemos dejar constancia de ellas.
Sólo cuando el médico contaba ya con una carrera académica y profesional consolidada, las reticencias hacia estos enlaces eran menores.
Lo observamos en los casos de segundas y terceras nupcias, en los que la futura esposa tenía ya garantizado un estatus social más relevante.
Los sucesivos matrimonios del catedrático José Colmenero son un buen ejemplo de estas situaciones.
En 1682, tras la muerte de su primera mujer, contrajo segundas nupcias con Dorotea de Acebedo, que aportó una dote de 4.400 reales.
Cuando ésta falleció, Colmenero ya regentaba la cátedra de Vísperas y disfrutaba de una posición destacada, circunstancias que le permitieron realizar un matrimonio altamente rentable.
Los 53.000 reales que aportó Catalina Rodríguez de la Torre a este enlace, realizado en 1709, muestra la acaudalada situación de su familia.
La posición social y económica que alcanzó Colmenero con esta unión, le permitió acrecentar sus relaciones y adquirir «muchos bienes gananciales», que incrementaron notablemente su patrimonio.
La designación del regidor Pedro Tamayo y Téllez como albacea testamentario de su tercera mujer, revela de qué modo este matrimonio contribuyó a la integración de Colmenero en el círculo social de las élites 15.
Otro ejemplo de estas situaciones lo tenemos en Juan Francisco González Cernuda, que en 1753 contraía segundas nupcias con Ana Ma Hernández Ayllón, hija de un acaudalado platero de la ciudad.
Para este facultativo, que en esa fecha regentaba la cátedra de Simples, el matrimonio constituyó una clara estrategia para mejorar su posición económica, elemento decisivo en los pro----y fue autor de un obra (Reprobación del pernicioso abuso de los polvos de la corteza del quarango o China china,... en cuanto especial febrífugo, Salamanca, 1697) que originó una viva polémica.
14 En la documentación estudiada hemos encontrado información relativa a las dotes aportadas por las mujeres de 15 profesores de Medicina.
La horquilla de estos bienes es amplia y osciló entre los 53.000 reales que aportó Catalina Rodríguez de la Torre a su matrimonio con José Colmenero y los 1.500 reales de Bárbara Fernández, esposa del citado Antonio Méndez.
15 En el testamento de Colmenero otorgado en 1713, un año antes de morir, se comprueba el papel de su matrimonio con Catalina Rodríguez de la Torre en el proceso de ascenso social.
La dote de 30.000 reales que aportó la mujer a este matrimonio, le permitió disfrutar de una situación económica que difícilmente habría alcanzado con su actividad docente y asistencial.
Por su parte, para la familia Hernández Ayllón el objetivo de este enlace no era otro que reforzar sus vínculos con el estamento universitario, gremio al que pertenecían dos de los hijos del matrimonio16.
Una trayectoria similar siguió Blas Pérez de Villarta, que en 1729 contraía segundas nupcias con Beatriz Cornejo de Paz hija de un regidor y miembro de uno de los linajes más antiguos de la ciudad17.
Su matrimonio, como los de Colmenero o González Cernuda, confirma la importancia de estas alianzas a la hora de acrecentar relaciones e influencias, de abrir redes hacia nuevas esferas y, también, de su papel en el proceso de enriquecimiento y ascenso social de un facultativo.
La situación era muy distinta cuando los médicos contaban con un patrimonio familiar que les permitiera contribuir con sus propios bienes a la sociedad conyugal.
La conexión entre estatus social y relaciones era muy estrecha, lo que explica las alianzas entre individuos con una misma posición y un nivel semejante de fortuna y poder.
Cuando contrajo matrimonio con Ma Antonia Foncueba, José Parada Figueroa aportó «por caudal mío propio 24.000 reales en especie de dinero, plata, oro, diamantes, vestidos, librería y otras cosas»18.
Cantidad elevada para un médico recién graduado, aunque inferior a los 38.000 reales que importaron el conjunto de bienes aportados por su mujer.
Ambos pertenecían a familias de funcionarios y letrados, lo que hace de esta unión un ejemplo de matrimonio entre iguales.
Un tipo de alianzas realizadas con el objetivo de intentar mantener el sistema de jerarquización social establecido y reproducir el estatus social y económico de ambas familias.
En la sociedad del Antiguo Régimen la endogamia jugó un papel muy importante como mecanismo de reproducción social.
Contribuía a reforzar grupos de parentesco entre familias con intereses comunes, esencial en la cohesión y consolidación no sólo de la oligarquía, sino también del resto de grupos ----sociales (Imízcoz, 1996, p.
Junto al deseo de evitar la disgregación del patrimonio familiar, especialmente entre los sectores más acomodados, estas alianzas contribuyeron a crear auténticas sagas en la Administración, la magistratura y en otros servicios a la monarquía.
A través del estudio de capitulaciones matrimoniales, Eiras Roel ha detectado una fuerte endogamia entre los miembros «del mundo del negocio y de la toga» de la ciudad de Santiago de Compostela, conducta que no advierte en el seno del estamento universitario (Eiras Roel, 1981, p.
Por el contrario, en Salamanca fueron frecuentes los matrimonios entre los miembros de la Universidad, alianzas realizadas con el objetivo de reforzar los vínculos académicos de estas familias y favorecer la progresión universitaria de sus hijos.
Sin olvidar que a través de la extensión de la consanguinidad en el seno del claustro salmantino, estas familias alcanzaban un mayor control de la institución.
Un ejemplo muy ilustrativo de estas situaciones lo encontramos en los Joly, una familia de ascendencia hidalga originaria del Franco Condado 19.
A mediados del Seiscientos llegaba a Salamanca Gabriel Joly, que tras concluir sus estudios decidió proseguir la carrera académica, regentando durante más de tres décadas la cátedra de Cirugía.
Su hijo Gabriel Joly Daloz siguió la trayectoria de su padre y tras doctorarse en Medicina en 1683, desempeñó las cátedras de Simples, Método y Pronósticos 20.
La familia que formó tras su matrimonio con una hija de Bernardo de Orozco, catedrático en la misma Facultad, reforzó los vínculos universitarios de los Joly, unos lazos que afianzaron sus tres hijos.
Estefanía Joly Orozco estaba casada con Pedro Carrasco Zambrano, que se incorporó a la Facultad de Medicina en 1692 como catedrático de Partido Mayor 21.
Por su parte su hijo Gabriel, que siguió la carrera de Leyes, contrajo matrimonio con una hija de Francisco de Espinosa Guzmán, catedrático de Prima de la Facultad de Medicina.
El tercero de los hijos, Manuel Joly Orozco, siguió la trayectoria profesional de su padre y tras concluir sus estudios médicos inició la carrera académica, llegando a ocupar la cátedra de Prima 22.
La tradición universitaria de la familia la ----19 La información de nobleza de la familia Joly en Archivo de la Real Chancillería de Valladolid (en adelante ARCHV).
20 Fue autor de una obra titulada Disputatio de morbo gallico (1677) que no llegó a publicarse.
21 Natural de Llerena (Badajoz), Pedro Carrasco procedía de una familia de militares originaria de dicha localidad.
Falleció en 1737 siendo catedrático jubilado de Prima.
22 Casado con Clara de la Cruz y Castro, hija de una acaudalada familia salmantina, Manuel Joly Orozco entró a formar parte del claustro universitario de Salamanca en 1695.
En 1704, siendo catedrático de Simples, abandonó la ciudad para ocupar la plaza de médico de la mantuvo su primogénito Miguel Joly de la Cruz, catedrático en la Facultad de Derecho.
Esta familia no fue una excepción; a poco de graduarse Francisco Vélez de Cabiedes contraía matrimonio con Josefa Herrero Gómez, hija del catedrático de Simples Manuel Herrero.
A la muerte de su mujer, que falleció sin descendencia en 1750, Vélez heredó todos sus bienes 23.
No es necesario incidir mucho más en la importancia que tuvieron estos enlaces como mecanismos de promoción académica y profesional de estos facultativos, así como en la construcción de redes de parentesco en el seno de la comunidad universitaria.
Un caso especial de endogamia matrimonial es el de los Rodríguez Tejerina, una acaudalada familia de ascendencia hidalga originaria de la villa de Cisneros (Palencia).
José Rodríguez Tejerina, que disfrutaba «el asiento de municiones y otras distintas dependencias», se había casado con la salmantina Jacinta González de Rueda, asimismo de condición hidalga.
Su hermano Francisco, por su parte, contrajo matrimonio con Teresa Flores, hija de un regidor de la ciudad.
En ambos casos se trataba de enlaces muy ventajosos que reforzaron la situación patrimonial y el ámbito de relaciones de los dos hermanos.
Serán sus descendientes quienes establezcan los vínculos con miembros del claustro universitario.
La única hija de José contrajo matrimonio con Jacinto de la Peña, catedrático de Leyes, mientras que la hija de Francisco lo hacía con Pedro Riaguas, que en esa fecha ocupaba la cátedra de Partido Mayor.
Unas alianzas que resultaron altamente ventajosas para ambos profesores, al convertirles en unos individuos acaudalados y muy bien posicionados socialmente.
La trayectoria de Pedro Riaguas revela la importancia de este enlace en su proceso de ascenso social 24.
Cuando se casó su capital se reducía a los 1.000 reales que «con corta diferencia» aportó a la sociedad conyugal, una cantidad muy alejada de los 41.000 reales que llevó su mujer en concepto de dote.
Se reincorporó a la Universidad en 1720 como catedrático de Pronósticos, al año siguiente pasó a ocupar la de Vísperas y desde 1733 hasta su muerte en 1738 desempeñó la cátedra de Prima.
23 Francisco Vélez de Cabiedes nació en 1714 en la localidad cántabra de Sierra de Ibio.
En 1740 alcanzó los grados mayores y al año siguiente se incorporaba a la Facultad de Medicina como catedrático de Partido Mayor.
Tras la muerte de Josefa Herrero contrajo segundas nupcias con Manuela de España, miembro de una familia de boticarios salmantinos y madre de su única hija.
Vélez falleció en 1781, siendo catedrático jubilado de Prima.
24 Natural de la ciudad de Soria, Pedro Riaguas se incorporó a la Facultad de Medicina en 1734 y falleció en 1746 siendo catedrático de Método.
tos bienes, junto a los recibidos tras la muerte de su suegro Francisco Rodríguez Tejerina, le permitieron disfrutar de una posición económica privilegiada para un catedrático de Medicina.
Pero además, los vínculos creados a partir de este enlace fueron de gran valor para generar nuevas relaciones y ampliar su red de pacientes.
Su elevado nivel de renta le permitió invertir parte del dinero acumulado en operaciones de crédito a miembros de la oligarquía ciudadana, que aquejados por problemas de dinero estaban atrapados en esta red de préstamos.
En el inventario de bienes practicado tras su muerte se recoge una minuciosa relación de sus deudores y de la cuantía de estos préstamos, que ascendía a más de 40.000 reales25.
Una suma importante que, unida al resto de bienes que dejaba, atestigua su saneada posición económica.
Pero volvamos a la otra rama de esta familia.
La muerte prematura de Josefa Rodríguez Tejerina dejó a Jacinto de la Peña viudo y con una hija de corta edad.
Los intereses familiares propiciaron sus segundas nupcias con Estefanía de Huerta Rodríguez Tejerina, sobrina carnal de su primera mujer.
Este enlace no impidió que su suegro instituyera un vínculo con todos sus bienes a favor de su nieta, Francisca de la Peña Rodríguez Tejerina.
El conjunto de propiedades vinculadas a esta fundación era cuantioso: diez casas en la ciudad que deparaban cerca de 3.000 reales anuales de renta, diferentes fincas rústicas que formaban parte de la hacienda familiar en la provincia y tres censos, uno de ellos de 34.000 reales de principal y 1.020 de sus réditos anuales «contra los Señores Concejo y Regimiento de esta ciudad» 26.
El matrimonio de Francisca de la Peña Rodríguez Tejerina con el catedrático de Medicina Antonio Ballesteros, reforzó las relaciones de esta familia con el estamento universitario.
Gracias a esta unión Ballesteros se convirtió en uno de los facultativos más acaudalados de Salamanca, no sólo por la dote que aportó su mujer (44.000 reales), sino por el abultado patrimonio que heredó tras la muerte de su abuelo27.
Este matrimonio permitió que Ballesteros alcanzara una posición social destacada y corrobora el papel de estos enlaces en la configuración de las élites.
----El seguimiento de las alianzas matrimoniales de los hijos de estos médicos, muestra de qué modo contribuyeron a crear auténticas sagas en el seno de la comunidad universitaria.
Los casos de las familias Joly y Rodríguez Tejerina no constituyeron una excepción.
El matrimonio de Isabel Jiménez Lebrato (hija del catedrático de Vísperas de Medicina Manuel Jiménez) con Manuel de la Cruz García, catedrático de la Facultad de Cánones, o el de Josefa Sendín Ulloa (hija del catedrático de Cirugía Tomás Sendín) con Marcos Martín Oviedo, catedrático de la Facultad de Leyes, son otros ejemplos de la endogamia que comentamos.
Si tenemos en cuenta que los vínculos familiares se extendían a los parientes de ambos cónyuges, las redes creadas en el seno de Universidad a través de estas uniones eran aún más amplias.
En otros casos las alianzas matrimoniales formaron parte de una estrategia más ambiciosa, dirigida a incrementar el capital de relaciones sociales fuera del gremio universitario.
Los más afortunados lograron emparentar con la nobleza local, como la hija mayor de Pedro San Martín, casada con Manuel de los Arcos y Encina 28.
Otros concertaron matrimonios para sus hijas con miembros de la Administración que controlaban cargos públicos.
Fue el caso de la hija mayor de Manuel Herrera Comán, que en 1753 contrajo matrimonio con Francisco Villarreal y Simancas, un abogado de los Reales Consejos que inició su carrera en la Administración como Alcalde Mayor de la villa de Bodonal y que en 1760 era Corregidor de Tordesillas 29.
O el de la única hija de Francisco Vélez de Cabiedes, casada con José Ramón Vélez Cosío, regidor en el Ayuntamiento de Salamanca.
Estas alianzas revelan el estatus social alcanzado por estos médicos y su condición de individuos preeminentes.
Su notoriedad y ascendencia social, el poder y prestigio que alcanzaron y su mayor nivel de ingresos (como se advierte en la cuantía de las dotes que dieron a sus hijas), les permitió formar parte de las élites locales y concertar unos enlaces altamente ventajosos para sus hijas.
Unas alianzas que confirman la estrecha relación que había entre «condición social» y «redes de relaciones», reforzadas a partir de estos lazos.
----28 Pedro San Martín fue catedrático de la Facultad de Medicina desde 1699 hasta su jubilación en 1733, siendo ya catedrático de Prima.
Casado en segundas nupcias con María Mansilla, madre de sus tres hijos, San Martín falleció en Salamanca en 1743.
29 El documento de capitulaciones matrimoniales se firmó en 1753, fecha en que Herrera Comán ya era catedrático de Prima.
AMIGOS Y PACIENTES: LAS REDES SOCIALES
Las redes tejidas al hilo de estos matrimonios se prolongaban fuera del círculo familiar mediante lazos de amistad con otros individuos, relaciones de confianza y reciprocidad desarrolladas, sobre todo, entre los miembros de un mismo círculo social o profesional.
Para el estudio de estas redes se han utilizado fuentes muy diversas, desde registros parroquiales y documentación notarial, hasta diarios, memorias o correspondencia epistolar (Imízcoz, 2009, pp. 102-104).
Nuestro planteamiento para profundizar en los vínculos sociales de los catedráticos de Medicina es doble: de un lado estudiaremos la tipología de sus albaceas testamentarios y, de otro, la extracción social de sus pacientes.
Mientras en el primer caso las fuentes manejadas han sido ampliamente utilizadas, el estudio de los pacientes es más complejo y explica que sea una línea de investigación prácticamente inexplorada.
En derecho, el albaceazgo es un cargo de confianza que se deposita en personas designadas por el testador para que cuiden la ejecución de lo contenido en su testamento y, generalmente, era más de una persona la que mancomunadamente ejercía esta función (Gómez Navarro, 2000, p.
Al tratarse de un cargo de confianza, en la seguridad respecto al cumplimiento de las mandas y obligaciones contenidas en el testamento, la elección se basaba en la existencia de vínculos familiares, de amistad o profesionales con los testamentarios, lo que hace de esta documentación una fuente de gran valor para el análisis de estas redes.
La mentalidad de los catedráticos de Medicina a la hora de la muerte no difiere de la observada en otros sectores de la población española.
Junto a una mayor confianza en los albaceas, en cuyas manos los otorgantes delegaban más funciones, comprobamos un mayor protagonismo de la familia, que a lo largo del siglo XVIII asumió responsabilidades que tradicionalmente eran encomendadas a personas ajenas al círculo más íntimo del moribundo (Ariès, 2000, pp. 181-182).
En el caso de Pedro Carrasco, Francisco Ovando o de Manuel Joly Orozco, esta confianza determinó que todos sus testamentarios pertenecieran al entorno familiar.
El cambio de mentalidad que se registra en la España del siglo XVIII no sólo se advierte en esta seguridad en las esposas, hijos o parientes más cercanos, sino también en una menor presencia de eclesiásticos entre los albaceas.
Esta incipiente secularización de los testamentos se observa en las disposiciones de Pedro Carrasco, Manuel Joly y Pedro Riaguas, que al designar a sus testamentarios prescindieron de los miembros del clero.
Sin embargo esta conducta no fue la habitual y en el resto de los testamentos encontramos al menos un eclesiástico que garantizaba el cumplimiento de las voluntades piadosas del testador.
A diferencia de otros grupos sociales, los miembros del clero constituían un colectivo más heterogéneo.
Junto a una mayoría que vivía de la congrua de las parroquias, hubo otros que alcanzaron una posición destacada por su alto nivel de ingresos y por los cargos y prebendas que disfrutaron.
En la ciudad de Salamanca este sector, más elitista y privilegiado, estaba integrado por los miembros del cabildo catedralicio, de la Real Clerecía de San Marcos y los eclesiásticos que desempeñaban cátedras en la Universidad o dirigían algunos de sus colegios.
La presencia de estos individuos entre los albaceas de los catedráticos de Medicina, permite descubrir la existencia de estos lazos y vínculos que unían a los poderosos.
Francisco Ovando, Manuel Jiménez, Francisco Vélez de Cabiedes y Manuel Herrera Comán se distinguieron por su amistad con algún canónigo, mientras que José Colmenero, Juan Francisco González Cernuda, Francisco Otero y Antonio Cuesta mantuvieron estrecha relación con eclesiásticos vinculados a la Universidad, a quienes confiaron el cumplimiento de sus últimas disposiciones 30.
Los lazos de amistad de algunos médicos con otros miembros de las élites de la ciudad se advierte en la inclusión de nobles, regidores y altos cargos de la Administración entre sus albaceas.
José Colmenero (que gracias a su tercer matrimonio logró una posición preeminente) depositaba esta confianza en el regidor Juan de Barrientos y Solís; Manuel Herrera Comán lo hacía en José Pérez del Barco, miembro de la pequeña nobleza salmantina.
Y las redes creadas por Antonio Ballesteros tras su matrimonio con Francisca de la Peña Rodríguez Tejerina le permitieron disfrutar de la amistad de Manuel de Pineda Pernia y Monroy, miembro asimismo de la oligarquía local y uno de sus testamentarios.
Las relaciones establecidas en el seno de la comunidad universitaria y el fuerte corporativismo de la institución, se advierte en la presencia de catedráticos como albaceas de sus compañeros de claustro.
En el caso de Antonio Méndez, Francisco Gómez o Tomás Sendín la elección recayó en compañeros de su propia Facultad, mientras que Manuel Jiménez, José Colmenero, Pedro Riaguas, Juan Francisco González Cernuda o Antonio Ballesteros depositaron su confianza en catedráticos de otras facultades.
Debemos advertir que sólo Jacinto de la Peña (albacea de Pedro Riaguas) pertenecía a la facultad de Leyes, aunque su designación pudo deberse a los vínculos familiares que les ----30 En el caso de Francisco Ovando los vínculos familiares con el canónigo Blas García de Coca, hermano de su segunda mujer y uno de sus testamentarios, pone de relieve la fuerza de ese nuevo sentimiento hacia «los suyos» de cara a la muerte.
La reducida presencia de hombres de leyes entre los albaceas de estos médicos constituye un hecho significativo, sobre todo si tenemos en cuenta la función del testamento como instrumento jurídico.
Sólo cuando existió una relación familiar, se incrementa la presencia de figuras relacionadas de algún modo con el mundo de la ley.
Lo comprobamos no sólo en el caso de Pedro Riaguas, sino también en el de Francisco Vélez de Cabiedes (que designaba a su yerno José Ramón Vélez Cosío, abogado de los Reales Consejos) y en el de Tomás Sendín, que hacía lo mismo con su yerno Marcos Martín Oviedo, catedrático de la Facultad de Leyes.
Las relaciones generadas a través de estos mecanismos fueron de gran valor para los médicos.
El carácter dominante de una medicina doméstica, domiciliaria, permite entender la importancia de los vínculos sociales a la hora de dominar el mercado terapéutico, un mercado complejo propio de una economía mercantil 32.
Este modelo asistencial requería conseguir una clientela lo más extensa e influyente posible, para lo cual los médicos utilizaban todos los resortes de que disponían: el prestigio de la cátedra que regentaban, su experiencia profesional, los vínculos familiares o sus propias relaciones sociales.
Ahora bien, para mantener su poder y destacada posición en el mercado sanitario de la ciudad era asimismo importante conservar esta clientela, fidelizarla.
Una tarea no siempre fácil que exigía generar conexiones con diversos ámbitos y grupos sociales, cuanto más amplias, sólidas y diversificadas mejor 33.
Por este motivo, los que iniciaban su carrera profesional en Salamanca se encontraban con la dura competencia de quienes llevaban más años de ejercicio y ocupaban cátedras de mayor prestigio y proyección social.
Estos últimos eran los que acaparaban la asistencia de las élites y de los colegios e instituciones más importantes de la ciudad y, por ello, los que obtenían mayores ingresos por el ejercicio de su actividad.
Por el contrario, los que iniciaban su vida profesional estaban obligados a mantenerse de las rentas de las cátedras cursatorias que disfrutaban y de la asistencia a los sectores más menesterosos de la población.
Una situación que condujo a que algunos catedráticos aban-----31 La mujer de Pedro Riaguas (Josefa Rodríguez Tejerina) y la de Jacinto de la Peña (Josefa Agustina Rodríguez Tejerina) eran primas carnales.
32 El término 'mercado sanitario', de amplia aceptación, fue acuñado por la literatura anglosajona para referirse al marco social y cultural en que los médicos desarrollaban su actividad.
33 Sobre este tipo de relaciones véase Imízcoz, 1996, pp. 39-40 y Martínez Millán, 1992, pp. 21-22. donasen la carrera académica y aprovecharan el prestigio que conferían los grados mayores para lograr un puesto asistencial mejor remunerado34.
Veamos algunos casos que ejemplifican las diferencias económicas que comentamos.
Cuando se practicaron las averiguaciones para el Catastro de Ensenada, a Juan Martín (médico recién graduado que llegaría a ser catedrático de Prima) le calculaban unas ganancias anuales de 300 reales, advirtiéndose que sólo le consideraban de utilidad «lo que le puede producir la borla» 35.
En esas mismas fechas los ingresos más elevados (12.000 reales anuales) los tenía José Parada Figueroa, catedrático jubilado de Prima.
En otras ciudades españolas que contaban también con varios facultativos, la situación era muy similar.
En Santiago de Compostela ejercía en esos años Plácido del Villar, médico del Cabildo, que disfrutó de un alto nivel de renta (12.000 reales); por el contrario para su compañero Manuel Martín, «médico suelto», el ejercicio de la Medicina no resultaba una actividad lucrativa.
Los 1.000 reales de ingresos le situaban en el seno de lo que Eiras Roel define como «una baja clase media», situación que pone de relieve los contrastes existentes en el seno de este colectivo (Eiras Roel, 1984, p.
Fuera de España estas diferencias fueron asimismo habituales y junto a los médicos que apenas podían mantenerse con los honorarios que percibían, hubo otros que alcanzaron un alto nivel de ingresos, llegando a amasar grandes fortunas (Ramsey, 1988, pp. 55-56).
En una ciudad como Salamanca, que hasta principios del siglo XIX careció de facultativos titulares, los médicos se mantenían del ejercicio libre de su profesión, generalmente a través de las igualas que hacían con la población o con alguno de los hospitales, colegios y comunidades religiosas de la ciudad.
Las familias que no tenían concertado este tipo de ajustes, recurrían a uno de los médicos de la ciudad cuando precisaban sus servicios.
Ahora bien, mientras en muchos lugares de Europa la elección de un determinado facultativo no siempre se hacía por razones de adhesión social o por la mayor o menor confianza en su formación y experiencia, la situación detectada en Salamanca es distinta (Rieder, 2005, p.
En esta ciudad el prestigio de su Universidad marcó las pautas de su población a la hora de consultar a un determinado médico y, como veremos, los que regentaban las cátedras de propiedad y gozaban de una posición preeminente monopolizaron la asistencia de los sectores más acomodados.
----Las fuentes para el estudio de este mercado son aún más dispersas.
Junto a la información recogida en las denominadas respuestas particulares del Catastro de Ensenada, quizás la más rica para esas fechas, hemos utilizado la que deparan los inventarios post mortem, una documentación abultada y difícil de rastrear.
Unas y otras permiten profundizar en las modalidades de ejercicio profesional, en los honorarios que percibía un facultativo por las igualas y consultas médicas, en la forma en que se satisfacían estas prestaciones y en la importancia de las redes sociales en el perfil y extracción social de sus pacientes.
La información que proporciona el inventario practicado tras la muerte de Pedro Riaguas, ofrece una interesante perspectiva del marco en que se desarrolló la práctica médica en Salamanca.
Su viuda advertía a las autoridades «que el dicho Don Pedro asistía a varias casas de particulares y comunidades a la curativa de sus enfermedades, y en las unas estaba asalariado por trigo y cebada y en otras por maravedís.
E igualmente en otras no había cosa fija porque quedaba al arbitrio de las partes la gratificación o remuneración del trabajo en la asistencia» 36.
Riaguas, como el resto de los médicos, tenía ajustes o igualas con diferentes sectores de la población y, además, prestaba asistencia puntual a los vecinos que solicitaban sus servicios.
¿A cuánto ascendía la minuta de un médico por las visitas domiciliarias que realizaba?
En su vista a Valencia, Townsend refiere que «hoy día los honorarios de un médico están en dos peniques [2,56 reales] si el paciente es comerciante y diez [12,8 reales] si se trata de una persona acomodada» (Townsend, 1988, p.
Estas cantidades correspondían a la minuta por consulta médica, por lo que cuando la enfermedad se prolongaba la cuantía de estas prestaciones era mayor.
En 1748 Francisco Álvarez Landero, médico de la ciudad de Mérida, recibió 30 reales por la asistencia de Gabriel Bustamante, Administrador de la Renta de Salinas de esta ciudad.
Idéntica suma percibió un facultativo salmantino (cuyo nombre no aparece recogido) por la asistencia de Antonio Pérez, «tratante de la Ribera», que murió en 1753 a consecuencia de su enfermedad.
En ambos casos se trataba de una cantidad muy inferior a la que cobró Manuel Jiménez, catedrático de Vísperas de Medicina de Salamanca, por las visitas que realizó a Francisca de Espinosa, viuda de un escribano de la ciudad que falleció en 1742 37.
Aunque las fuentes nada dicen sobre el número de visitas realizadas por estos facultativos, cabe pensar que el prestigio de Manuel Jiménez influyó en la mayor cuantía de su minuta.
37 Jiménez percibió 60 reales por esta asistencia.
El hecho de que todos los médicos que ejercían en Salamanca estuvieran vinculados a su Universidad, influyó de manera decisiva en la asistencia sanitaria de la población.
El fuerte control que ejercían sobre el mercado sanitario de la ciudad impidió que se dotaran plazas de médicos titulares, una reivindicación que los representantes del común plantearon en varias ocasiones a las autoridades municipales.
Sin embargo la concentración del poder local en manos de una oligarquía de la que también formaban parte algunos de los catedráticos de Medicina, impidió la dotación de estas plazas 38.
Este monopolio del mercado sanitario se advierte también en el control de los honorarios que cobraban los facultativos por las visitas que realizaban.
A través de un escrito presentado en 1793 por el Colegio de Médicos Doctorados de la Universidad al Ayuntamiento, sabemos que la minuta de estos facultativos ascendía a 20 reales para los vecinos «de medianas facultades», mientras que los pobres eran siempre visitados «de limosna».
Una cantidad muy superior a la que percibían los médicos de Valencia o los de otras localidades españolas, que en ocasiones limitaban los honorarios que podían cobrar los facultativos para evitar situaciones de abuso (Granjel, 2009b, p.
En 1793 las pretensiones de este colectivo de incrementar a 40 reales las tarifas por acto médico, originaron una encendida polémica en el seno del consistorio.
Los representantes del común mostraron su oposición por las consecuencias que tenía para amplios sectores de la población, «a quienes se pretende obligar a que compren la salud por la tarifa asignada por este Cuerpo, que aspira a ser único, y sólo para sorberse los intereses de los pudientes, y chupar los cortos medios del pobre» 39.
Aunque la pretensión fue rechazada por el consistorio, lo más interesante de esta polémica es la actitud de los dos personeros del común, muy críticos con el grupo de regidores que apoyaban los intereses de los profesores de Medicina.
La vinculación de algunos «médicos graduados» con la oligarquía local, explica la firme voluntad de los representantes del común de «tomar a su cargo deshacer esta Liga», expresión que revela la existencia de estas alianzas.
Unos vínculos reforzados por la condición universitaria de algunos regidores como Nicolás Rascón o Francisco Flores, ambos catedráticos en la Facultad de Cánones.
Las redes tejidas al ----38 La dotación de dos plazas de «médicos partidarios» se planteó por primera vez en 1784.
Uno de los dos regidores encargados de informar al respecto fue José Ramón Vélez Cosío, que estaba casado con la hija del catedrático de Prima de Medicina Francisco Vélez de Cabiedes.
Archivo Municipal de Salamanca (en adelante A.M.SA.).
hilo de estos lazos familiares, académicos y sociales desempeñaron un papel decisivo en la defensa de los intereses de los catedráticos de Medicina y en el control que ejercieron sobre el mercado sanitario de la ciudad.
La dependencia de la economía salmantina del sector agrícola, se refleja en la forma de pago de los salarios y retribuciones de sus médicos.
En 1753 sólo nueve de las 40 congregaciones religiosas que había en Salamanca sufragaban el importe de estas igualas en metálico.
Muy similar es la situación registrada en los ajustes con los miembros de las élites locales, que a excepción del obispo, el corregidor y unas pocas familias, recurrieron también a los pagos en especie.
Por lo que se refiere a los colegios mayores (San Bartolomé, Cuenca, Oviedo y el del Arzobispo), sólo el primero abonó el importe íntegro de los salarios en metálico40.
Y entre los colegios menores sólo dos (el Trilingüe y el de la Magdalena) optaron por esta forma de pago.
Por el contrario, las retribuciones en metálico fueron las utilizadas por los cuatro colegios militares y por la mayoría de los hospitales.
El Memorial remitido por Francisco Vélez de Cabiedes al Intendente de la provincia en cumplimiento de lo dispuesto en el Real Decreto de 1749 sobre la Única Contribución, permite ponderar la importancia de las retribuciones en especie.
En esa fecha Vélez era catedrático de Vísperas y declaraba unos ingresos anuales de «319 fanegas de trigo, 111 fanegas de cebada y 1.902 reales» de su actividad asistencial41.
Para Vélez de Cabiedes las retribuciones en especie representaban aproximadamente las tres cuartas partes de sus ingresos como médico, un porcentaje similar al de José Parada, Manuel Herrera Comán o Francisco Ovando.
Por este motivo los médicos guardaban en las paneras de sus casas importantes cantidades de trigo y cebada, que en ocasiones representaban sumas cuantiosas.
Se comprueba en los inventarios practicados tras su muerte, en los que se recogían y tasaban todos sus bienes.
A 1.068 reales ascendía el valor del grano que dejó Pedro San Martín cuando murió en 1743, el que guardaba Pedro Riaguas alcanzaba los 2.027 reales, el de Manuel Herrera Comán tenía un valor de 3.640 reales y el que dejaba Antonio Ballesteros importaba 3.570 reales.
Sólo una parte se destinaba a cubrir las necesidades de la familia; el resto era siempre vendido, bien directamente por el facultativo o a través de ----terceras personas.
En el inventario de bienes practicado tras la muerte de Francisco Ovando, se advierte que Matías Martín, médico de Cantalapiedra, le debía 50 fanegas de cebada «que tenía en su poder para venderlas» 42.
Pero veamos cuál era el importe de estas igualas 43.
Como hemos indicado, los facultativos que regentaban las cátedras de propiedad acaparaban la asistencia de las congregaciones religiosas, hasta el punto de que sólo tres de las 40 comunidades que había en Salamanca (tanto masculinas como femeninas) fueron atendidas por el catedrático de Simples.
La cuantía de sus retribuciones dependió tanto del número de miembros que tenía la comunidad y de su capacidad económica, como del prestigio del médico.
Respecto a las congregaciones religiosas masculinas, el salario medio de los médicos fue de 122 reales anuales.
La horquilla salarial osciló entre los 285 reales anuales que satisfacía el Convento de San Esteban a cada uno de sus dos facultativos (José Parada y Francisco Vélez) y los 49 reales que abonaba el Convento de Agustinos Recoletos a Francisco Vélez y a Juan Francisco González Cernuda por su asistencia.
En el caso de las femeninas, el salario medio fue mayor (166 reales) y osciló entre los 330 reales que pagaba el Convento de las Comendadoras de Sancti Spiritus a Francisco Vélez y los 42 reales que recibía José Parada del Convento de Carmelitas descalzas.
Alcanzar la confianza de los «ricos o poderosos» suponía un reconocimiento explícito de prestigio y respetabilidad social, la mejor acreditación para aumentar la clientela.
Ahora bien, convertirse en el médico de las principales familias nunca ha sido una tarea fácil, como tampoco lo fue para los catedráticos de Medicina de Salamanca que tuvieron que competir por esta asistencia.
Como en el caso anterior, los titulares de las cátedras de propiedad monopolizaron la asistencia de las élites urbanas y aquí también la cuantía de sus retribuciones dependió tanto del número de miembros de la familia, como de su capacidad económica.
Por la relevancia del cargo que ocupaban, el Obispo y el Corregidor fueron los que abonaron un salario más elevado (200 reales), cantidad que ambos satisfacían en metálico.
En el resto de los casos las retribuciones oscilaron entre los 180 reales anuales que recibía Francisco Vélez de Francisco Nieto Botello, heredero del Conde de Monterrón y uno de los más destacados propietarios de la provincia, y los 28 reales anuales que abonaba Diego Rueda, miembro de la hidalguía salmantina, a José Parada.
El ----42 A.H.P. Salamanca.
43 Toda esta información en A.H.P. Salamanca.
Libro de Relaciones de Seglares, leg.
608r-608v. trigo y la cebada fueron los frutos empleados por la mayoría de estas familias para satisfacer los salarios de los médicos.
En 1753 la clientela más selecta y acomodada la compartían José Parada (que ya estaba jubilado de su cátedra de Prima), Francisco Vélez, titular de la cátedra de Vísperas, y Manuel Herrera Comán, sucesor de Parada en la cátedra de Prima.
El nivel de ingresos que obtenían por el ejercicio de su profesión les colocaba en una posición destacada con relación a sus compañeros de Facultad.
A José Parada le estimaban una renta anual de 12.000 reales, a Francisco Vélez de 10.000 y a Manuel Herrera de 9.000 reales, cantidades que sólo incluían los salarios que percibían de la Universidad y el importe de las igualas con hospitales, comunidades y particulares 44.
Por este motivo, los funcionarios de la Real Junta de Única Contribución advertían que a estas cantidades «debe añadírsele la utilidad que tenga por otros encargos», indicación que hacía referencia a las ganancias obtenidas por las consultas y visitas médicas que realizaban.
Una actividad difícil de fiscalizar y que resulta imposible estimar, dado que todos los médicos omitieron estas utilidades en las declaraciones de bienes que remitieron al Intendente de la Provincia.
Como advierte Camarero, la tipología de intentos o casos de ocultación de información que se dio en las averiguaciones catastrales es muy amplia, una conducta fácil de entender en una operación donde averiguadores y averiguados defendían intereses enfrentados (Camarero Bullón, 2002, p.
La extracción social de las familias que visitaban José Parada y Francisco Vélez revela el prestigio, respetabilidad y notabilidad pública que alcanzaron.
Entre los pacientes eclesiásticos de Francisco Vélez figuraba el obispo José Zorrilla, el deán de la catedral y seis canónigos.
Y entre su clientela seglar se encontraba el Corregidor José Pérez Mesía, la viuda del conde de Monterrey, Francisco Nieto Botello, Manuel Caballero (Comisario de Guerra de los Reales Ejércitos), Manuel García de la Cruz (abogado de los Reales Consejos y administrador del marqués de Coquilla) y varios regidores.
Por su parte, José Parada tenía firmadas igualas con varias familias de la nobleza local (condesa de Canillas, el conde de Francos, el conde de Casasola, Bartolomé Joly, Diego Rueda) y con los regidores Luis de Paz, Blas de Lezo, José del Castillo, ----44 Del resto de los médicos sólo Francisco Ovando, catedrático de Pronósticos, disfrutó de un mayor nivel de renta (8.100 reales).
Por debajo se situaban los ingresos del catedrático de Método Juan Agustín de Medina (3.300 reales), del titular de Simples Juan Francisco González Cernuda (3.200 reales), del catedrático de Anatomía Pedro Ferrer (3.300 reales) y del presbítero Francisco Gómez, catedrático de Partido Mayor (3.000 reales).
A juicio de los funcionarios del Catastro, su menor nivel de renta se debió a las «pocas visitas» que realizaban.
Julián Rascón o Manuel Vela Girón45.
La relevancia social de estas familias, pertenecientes a la nobleza local y a la burguesía de Antiguo Régimen, constituye un indicador de la ascendencia profesional y social de ambos facultativos.
El prestigio académico de las cátedras que regentaban fue la llave de acceso al universo social de las élites, con las que generaron relaciones horizontales y verticales más o menos extensas y densas.
Unos vínculos construidos sobre la base de redes clientelares y estrategias familiares, de gran importancia en el ascenso social de estos médicos.
EL RESPALDO DEL HONOR En la sociedad del Antiguo Régimen no sólo importaba ser considerado miembro del grupo de las élites, sino también demostrarlo a través de los mecanismos existentes.
Uno de estos medios fue el reconocimiento de hidalguía, condición que implicaba la pertenencia a un grupo social que, todavía en el siglo XVIII, disfrutaba de importantes privilegios.
Como advierte Casey no bastaba con ser rico, era necesario añadir el respaldo del honor, situación que explicaría la preocupación de las élites por alcanzar la declaración oficial de su hidalguía (Casey, 2009, p.
Un interés en el que también influyó el deseo de emulación que se observa entre los grupos sociales emergentes, esa burguesía adinerada de Antiguo Régimen que buscó a través de estos títulos su vinculación a la nobleza.
Aunque los graduados en la Universidad de Salamanca disfrutaron de honores, derechos y privilegios que en alguna medida eran similares a los que tenía el estamento nobiliario, no impidió que los que gozaron de ascendencia hidalga solicitaran el reconocimiento de su estado y condición.
La legitimación de la identidad noble y el valor añadido que confería un título, resultaban de gran utilidad para quienes buscaban una promoción social no exenta de dificultades.
Ahora bien, si para los juristas que aspiraban a un oficio municipal o un cargo en la Administración el título suponía importantes beneficios, en el caso de los médicos los intereses fueron otros.
Junto a las ventajas y privilegios que transmitían a sus descendientes, el reconocimiento formó parte de la estrategia diseñada para establecer contactos con los grupos de poder local y conseguir una integración social plena, entendida ésta como consolidación de una posición privilegiada.
----¿Hasta qué punto el reconocimiento de hidalguía fue un instrumento de ascenso, distinción y de relaciones sociales para un médico?
El caso de la familia Joly permite comprobar la importancia de su condición hidalga, un estatus que favoreció el matrimonio de Bartolomé Joly de la Cruz (hijo del catedrático de Prima de Medicina Manuel Joly Orozco) con Ma Teresa de Pineda Maldonado, hija de un regidor perpetuo de Salamanca.
El enlace culminó el ansia de reconocimiento social de la familia Joly y permitió a Bartolomé, del que su padre afirmaba que «nunca ha hecho pie constante, habiendo en mi casa gastado más que otro alguno», contar con los medios económicos suficientes para vivir sin trabajar.
El proceso seguido por Juan Francisco González Cernuda para alcanzar el reconocimiento de su condición hidalga, nos permite profundizar no sólo en los valores y mentalidad de una sociedad, sino también en el ámbito de los comportamientos y actitudes de un médico, su universo mental y en la visión que tuvo de su entorno y realidad.
Juan Francisco era el segundo de los cinco hijos del matrimonio formado por Pedro González Suárez de Cernuda y María García de la Cuesta, ambos de condición hidalga.
La trayectoria que siguieron los cinco hermanos fue la habitual entre los miembros de la pequeña nobleza: el primogénito permaneció toda su vida en Ordovaga al frente de la hacienda familiar; Juan Francisco siguió el camino de muchos segundones y fue enviado a estudiar a Salamanca, mientras que María, la única mujer, contraía matrimonio con un miembro de la pequeña nobleza asturiana.
Los otros dos hermanos habían fallecido en edad temprana 46.
En 1768 González Cernuda iniciaba los trámites legales ante la Real Chancillería de Valladolid, «para que en su virtud se me haga y tenga en esta Ciudad por Noble Hijodalgo, y guarden las preeminencias de tal».
Este tipo de procesos se iniciaban cuando un hidalgo cambiaba de vecindad, pues aunque la Justicia y Corregimiento tuvieran conocimiento de su condición, no se daban por enterados.
La situación obligaba al individuo a acreditar su linaje, para lo cual solicitaba de la Sala de Hijosdalgos que se formara el oportuno expediente.
Al poco tiempo se recibía en el Ayuntamiento de Salamanca la ejecutoria expedida por la Sala de Hijosdalgos «en que se manda se le reconozca por tal Hijodalgo al Dr. D. Juan Francisco González Cernuda del Gremio y Claustro de esta Universidad» 47.
----46 Toda la información relativa a la familia González Cernuda y el proceso de hidalguía en ARCHV.
Lo primero que llama la atención es el momento en que González Cernuda decidió acreditar su condición de hidalgo.
En esa fecha (abril de 1767) acababa de fallecer su segunda mujer y carecía de descendencia, por lo que en su caso la solicitud no se hacía por un deseo de transmisión del linaje.
Además, por su condición de graduado por la Universidad de Salamanca disfrutaba de los honores y privilegios que tenían «los demás individuos de su Gremio y Claustro (...), sin haber jamás contribuido ni pechado con aquellos pechos y contribuciones del estado llano», circunstancia que excluye motivos de esta índole.
Cabría pensar en la perspectiva de un nuevo enlace con una mujer de la oligarquía local, aunque no debió ser ese el motivo pues hasta 1776 no contrajo nuevas nupcias.
En el trasfondo de su decisión se vislumbra no sólo sus deseos de presunción y cierto grado de vanagloria («para que se me den y guarden dichas prerrogativas»), sino también la necesidad de afianzar a través de su promoción social una carrera profesional no exenta de dificultades.
Ya nos hemos referido a los problemas que tuvo en el seno de la Universidad, un comportamiento que también afecto a su actividad asistencial.
Cuando en 1781 quedó vacante la plaza de médico del Hospital del Estudio, el claustro de diputados eligió por mayor número de votos a Antonio Cuesta.
La designación del catedrático de Vísperas frente a la tradición de nombrar al titular de Prima, que en esa fecha era González Cernuda, pone de relieve las dificultades mencionadas 48.
Para González Cernuda el reconocimiento de hidalguía fue ante todo un instrumento de distinción social y de integración en la oligarquía salmantina.
El interés por acreditar su linaje es muy indicativo del peso que tuvo la nobleza como grupo dirigente y, muy especialmente, su grado de influencia para otros grupos sociales, deseosos de compartir con ella una misma posición y una misma forma de vida.
En este trabajo hemos querido poner de manifiesto la riqueza documental de los protocolos notariales, actas capitulares y documentación académica para el análisis social de la profesión médica.
Lo interesante de conjugar las biografías de estos individuos con el estudio de las redes sociales, es comprobar cómo ----48 La plaza de médico del Hospital del Estudio fue siempre ocupada por el catedrático de Prima.
A lo largo del siglo XVIII José Colmenero, Pedro Carrasco, Pedro San Martín, José Parada, Francisco Vélez y Antonio Cuesta fueron los facultativos que desempeñaron esta asistencia. |
analizado suficientemente en relación con sus aportaciones a la anatomía española de la primera mitad del siglo XIX o a la introducción en España de algunas novedades europeas.
Sin embargo, todavía queda por estudiar buena parte de su obra, como ocurre con los diccionarios de medicina que compuso, dos enciclopédicos y uno terminológico.
De los dos primeros nos ocupamos en este trabajo, en el que ponderaremos su importancia en un siglo en que la lexicografía especializada despegó en Europa, mientras que en España no alcanzó más que un tímido desarrollo.
La figura del médico Manuel Hurtado de Mendoza (Villagarcía de Campos, Palencia/Valladolid, 1785-Madrid, 1849) ya se ha estudiado y ponderado lo suficiente en relación con sus aportaciones al ámbito de la anatomía española de la primera mitad del siglo XIX (Aréchaga Martínez, 1977, pp. 31-101; Riera Palmero, 1970) o con la introducción en nuestro país de algunas novedades europeas, particularmente el brusismo (Miqueo, 1989(Miqueo, y 1995)), lo que nos ha permitido conocer diversos detalles de su vida y de su trayectoria profesional.
Así, por ejemplo, sabemos que este médico castellano, que se formó inicialmente en el Colegio de Cirugía de San Carlos de Madrid y que militó en el bando que apoyaba a Francia durante la Guerra de la Independencia, en 1814 se exilió a París, por entonces a la vanguardia de la renovación médica europea.
En dicha ciudad, además de seguir relacionándose con médicos españoles afrancesados como Tomás García Suelto entre otros, completó su formación en diversos hospitales junto a figuras como Esquirol, Pinel o Récamier, pero sobre todo el controvertido Broussais, a quien había conocido en España durante la Guerra y de cuyo sistema médico -el brusismo-se convertiría en infatigable defensor y difusor.
Allí desplegó una notable actividad científica, que se refleja en los trabajos que publicó en diversas revistas francesas, como los dedicados al tratamiento de las fiebres intermitentes (1815), al «cólico gangrenoso» (1817) y, especialmente, al uso terapéutico de la raíz de ratania (1816), que se traduciría al alemán (López Piñero, 1983a, p.
En 1820, tras regresar de su exilio parisino y conseguir el grado de doctor en Huesca, se instaló en Madrid, donde inició una etapa muy productiva, que se beneficiaría de la protección que tuvieron los afrancesados durante la década ominosa: publicó un elevado número de libros, así como 20 volúmenes de la revista Décadas Médico-Quirúrgicas [y farmacéuticas] (enero 1821diciembre 1828), fundada por él.
Entre esos libros publicados, pertenecientes a diferentes ámbitos, unos eran originales y otros traducidos.
Siendo los primeros muy importantes, tanto o más lo fueron los traducidos, pues con ellos, este «Jourdan español» -como lo calificó Chinchilla 2 -contribuyó de modo decisivo a la difusión de la nueva medicina europea y a la renovación de los ----1 García Ramos (1980) ofrece algún otro detalle sobre la vida de Hurtado.
2 «Este profesor es tal vez el que más ha contribuido con sus traducciones á propagar en España los conocimientos que en medicina habia en los paises estrangeros. [...] ha sido el Jourdam español; pues asi como este ha enriquecido la literatura médica francesa con las traducciones de obras alemanas, asi aquel ha enriquecido la nuestra con las traducciones francesas» (Chinchilla y Piqueras, 1841-1846, IV, p.
saberes médicos en España en la primera mitad de la centuria 3.
De su obra original, destaca sin duda su Tratado elemental completo de anatomía (1829-1830), conformado por tres volúmenes dedicados a la anatomía descriptiva, topográfica y patológica.
Sus contribuciones al ámbito histológico y anatómico son muy valiosas, pero más lo es -a decir de Riera (Riera Palmero, 1970, p.
221)-su libro dedicado enteramente a la anatomía patológica, pues no solo se trata de uno de los primeros textos que se ocupan de tal materia de forma exhaustiva, sino que significa la introducción definitiva de la mentalidad anatomoclínica en España y el inicio de su desarrollo de forma sistemática en nuestro país.
La relación de textos que incluye al final de dicho tratado pone de manifiesto el excelente conocimiento que tenía de las principales obras del momento, aun las recién publicadas, en contraste evidente con lo que para esa misma época mostraban otros médicos españoles, muy desfasados con respecto a la medicina europea (Riera Palmero, 1970, p.
Por otro lado, como adelantábamos, dirigió las Décadas Médico-Quirúrgicas [y farmacéuticas] -llamadas Décadas de Medicina y Cirugía práctica, desde 1824, una revista que a pesar de no contar ni con apoyos institucionales ni con la ayuda de un grupo habitual de colaboradores, actuó como el vehículo de difusión de las novedades europeas más importante de su época (Miqueo, 1989, p.
Esto, junto a las traducciones a que acabamos de referirnos, y su participación desde 1836 como colaborador habitual, bajo la dirección de Mariano Delgrás, del Boletín de Medicina, Cirujía y Farmacia, le convierten en una de las figuras más sobresalientes del panorama médico español de la primera mitad del siglo decimonónico: el publicista médico más destacado de esta época española, tanto en lo referente a obras originales como a traducciones y uno de los pocos médicos españoles de estos años conocidos y traducidos en Francia y Alemania (López Piñero, 1964, p.
Queda todavía por analizar, sin embargo, buena parte de la extensa obra de este prolífico autor.
Entre otros textos, sus diccionarios de medicina, que fue-----3 Entre sus traducciones se encuentran su versión del manual anatómico de J. P. Maygrier (1820) o de dos de los tratados de Broussais: el de la fisiología aplicada a la patología (1827) y el de la irritación y la locura (1828).
464) ofrece las referencias completas de estas obras.
4 La revista se hizo eco particularmente del brusismo, hasta tal punto, que terminó convirtiéndose en su portavoz en España, sistema al que permaneció fiel aun después de que se rechazara en otros países (Miqueo, 1989(Miqueo, y 1995)).
ron realmente notables, en un siglo en que la lexicografía especializada despegó en varios lugares de Europa, mientras que en España no alcanzó más que un tímido progreso.
LA LEXICOGRAFÍA MÉDICA EN EL SIGLO XIX
Según lo acabamos de señalar, en el siglo XIX se consagra la lexicografía especializada, en concreto la médica, en países como Francia, Alemania o Reino Unido, donde se desarrolló extraordinariamente un tipo de repertorio lexicográfico: el diccionario enciclopédico, en el que se intentaba recopilar el saber procedente de diversas áreas de la medicina, tomado de diferentes libros e, incluso, de algunas revistas o periódicos.
En estos diccionarios enciclopédicos -denominados por algunos de sus autores simplemente como «Diccionarios»-lo importante eran las «cosas», los conceptos, particularmente los más novedosos y no las palabras o los términos.
Esto explica que las voces que allegaban no fueran todas las que podrían tener cabida en un diccionario terminológico, sino más bien aquellas cuyo contenido hubiera experimentado un cambio importante en los últimos tiempos.
El afán de exhaustividad de los que intervenían en estas empresas lexicográficas, que solían ser varios, hacía que la información que se ofrecía habitualmente fuera muy amplia, a veces de varias páginas para una única entrada, lo que determinaba que estos compendios necesitaran de gran cantidad de volúmenes para poder acoger todo lo que se pretendía incluir en ellos.
Como lo estamos tratando de mostrar, estas enciclopedias eran en definitiva manuales médicos actualizados, dispuestos según el orden alfabético, mediante los que se pretendía ofrecer al profesional la más completa revisión posible de aquello que hubiera sufrido cambios notables en tiempos recientes.
Intentaban facilitar a sus lectores el poder estar más o menos «al día» sobre las últimas novedades, sin tener que comprar y leer todas las obras donde se sucedían, de forma imparable, los últimos descubrimientos o las nuevas teorías.
En este sentido, no es casual que el fenómeno del enciclopedismo médico surgiera en la Francia de la segunda mitad del siglo XVIII y alcanzara ese importante auge de que hablamos en las primeras décadas del XIX -periodo dorado de la medicina francesa-, para ir extendiéndose desde allí a otros lugares, como Gran Bretaña, Alemania o Italia.
También llegó hasta la península Ibérica, aunque lo hizo con cierto retraso y de un modo bastante atemperado.
Para convencerse de ello basta con pensar que durante el siglo XIX vieron la luz en Francia más de cincuenta repertorios enciclopédicos, contando únicamente con primeras ediciones.
Unos valores muy similares a los registrados en Alemania y a los que se acercó bastante el Reino Unido.
Los de España, sin embargo, no llegaron ni a la mitad: se publicaron 15 compendios de este estilo, 4 de factura española y 11 resultado de la traducción, valores desnudos también, sin contar con reimpresiones o segundas ediciones5.
En todo caso, en la segunda mitad de la centuria los diccionarios enciclopédicos a que nos estamos refiriendo, que hasta entonces se habían ocupado de la medicina en general, dejaron de tener sentido y poco a poco fueron desapareciendo.
Por un lado, porque para entonces las enciclopedias globales de medicina suponían un modo pesado y muy costoso de luchar contra la obsolescencia médica frente a las ágiles y versátiles publicaciones periódicas, que al igual que estos diccionarios tenían entre sus principales objetivos el dar cuenta de todas las innovaciones que se iban produciendo: era más cómodo y más barato sacar los diferentes números de las revistas que seguir embarcados en unas enciclopedias con numerosos volúmenes que, cuando aparecían en el mercado, ya estaban desactualizadas.
Por otro lado, la medicina había iniciado su inexorable viaje hacia la fragmentación en especialidades, por lo que a partir de entonces los repertorios generales de medicina empezaron a dejar paso a los diccionarios enciclopédicos especializados: higiene, anatomía, pero sobre todo, terapéutica, fueron las áreas mejor representadas.
Esta fiebre del enciclopedismo especializado tampoco duró demasiado -hasta principios del siglo XX-, pues también en la última parte del XIX habían comenzado su andadura las revistas por especialidades, contra las que de ninguna manera podían luchar las enciclopedias especializadas.
A diferencia de los anteriores, los diccionarios terminológicos -conocidos generalmente por entonces como «Vocabularios»-, tenían como objeto de atención principal las palabras, los términos.
Eso explica que en ellos las entradas no fueran demasiado prolijas, sino más bien cortas, con definiciones precisas, por lo que este tipo de repertorio no solía contar con más de un volumen, dos a lo sumo.
Lo que pretendían sus autores no era dar cuenta de los avances de la medicina, sino fijar el significado de los términos, en un momento de gran preocupación por el lenguaje médico en aquellos dominios lingüísticos más sensibles a la invasión neológica, procedentes de las lenguas de los países que llevaban la batuta en la renovación de la medicina.
En esa situación de debilidad se encontraba precisamente el español ya al inicio de la centuria.
La situación no mejoró en el transcurso de la misma, dado que los continuos avances de la medicina conllevaban un cambio ininterrumpido so-----bre los tecnicismos médicos, por lo que la avalancha de neologismos y de extranjerismos se intensificó.
Las razones anteriores justifican el peso que en el conjunto de los diccionarios médicos españoles del XIX alcanzaron los terminológicos, que supusieron el 16% del total de los repertorios lexicográficos publicados; algo que no consiguieron en modo alguno en Francia, donde el predominio de la lexicografía enciclopédica fue absoluto y totalmente excepcionales los repertorios terminológicos (Gutiérrez Rodilla, 2011, pp. 121-122).
Que el fenómeno lexicográfico francés, como el alemán, dentro del ámbito médico, fuera eminentemente enciclopédico respondía a una situación originada por un excelente cultivo de la medicina con sucesión de doctrinas y descubrimientos de toda índole; algo que en España no tuvo lugar o, al menos, no a ese nivel.
Faltando aquí ese tipo de vida científica, no es de extrañar que tanto o más que las enciclopedias médicas necesitáramos los diccionarios terminológicos, en los que se fijaran los significados de un sin fin de nuevos términos que iban apareciendo por doquier.
La lengua francesa de la medicina -o la alemana-todavía no parecía correr peligro, por lo que esa función de los repertorios terminológicos no la sentían los médicos de Francia o Alemania como algo primordial.
De ahí que esta fórmula lexicográfica tuviera escaso desarrollo en esos países.
Mientras que aquí, sobre todo si consideramos la actividad continua de traducción de obras médicas a nuestra lengua, se justifica fácilmente.
Pero no solo fue el distinto nivel de la medicina francesa o alemana respecto a la española lo que condicionó el diferente desarrollo de la lexicografía médica en nuestro país, ya fuera esta enciclopédica o terminológica.
Hubo otro hecho fundamental, que tuvo que ver con el escaso o nulo apoyo institucional para sacar adelante cualquier proyecto de esta índole.
Nuestras aventuras lexicográficas del ámbito médico no contaron con una infraestructura adecuada a la magnitud de la tarea, ni consiguieron tampoco el apoyo de las instituciones, academias o sociedades que podrían haber hecho que prosperaran; apoyo, que resultó ser fundamental en Francia (Didier, 1996, p.
De ahí que nuestros diccionarios originales fueran en general obras individuales, sacadas adelante solo gracias al esfuerzo y tesón de sus autores, tras enfrentarse a multitud de dificultades para conseguirlo.
Entre tales autores destacó uno por encima de los demás, tanto por la calidad de su obra y el entusiasmo y esfuerzo con que la acometió, como por la amplitud de la misma: Manuel Hurtado de Mendoza, quien compuso tres compendios lexicográficos del total de 25 que aparecieron publicados en el siglo decimonónico en nuestro país, dirigidos específicamente a los médicos, es decir, sin contar con los destinados a la divulgación.
Esto no solo supone que el mismo autor se implicó en la confección del 12% de tales obras, lo que constituye un hecho insólito, sino que si consideramos el número de volúmenes y de páginas que tuvieron sus textos y lo absolutamente laborioso que es elaborar un diccionario, aceptaremos sin reparo lo excepcional de la figura de Hurtado en la historia de la metalexicografía médica española.
Sus tres repertorios pertenecen respectivamente a las tres categorías lexicográficas que hemos indicado: un diccionario enciclopédico de medicina general; uno, también enciclopédico, especializado, en este caso en terapéutica; y un vocabulario terminológico.
Nos ocupamos a continuación de los dos enciclopédicos, dejando el terminológico, por motivos de espacio, para otra ocasión.
EL DICCIONARIO DE MEDICINA Y CIRUGÍA DE MANUEL HURTADO DE MENDOZA
A esta obra se la suele conocer como Suplemento al diccionario de Ballano, aunque en realidad fuera un repertorio independiente y muy distinto de aquel al que supuestamente suplementaba, como deduce fácilmente cualquiera que los haya comparado.
En él se ocupaba, a lo largo de siete volúmenes, de la medicina y la cirugía en un sentido amplio, sin olvidarse de los principales nombres de los cultivadores de la profesión a lo largo de la historia.
Dada la acogida que tuvo su compendio, el propio Ballano prometió que contaría con un suplemento que actualizara su contenido, para cuya consecución él mismo inició los trabajos pertinentes, pero la enfermedad y la muerte le impidieron cumplir su promesa.
Ante esa situación, otro médico madrileño buen amigo de Ballano, Tomás García Suelto 7, que ya le había ayudado en la confección del primer diccionario, asumió el compromiso en mayo de 1816.
Casualmente, también se lo llevó la muerte en septiembre de ese mismo año, por lo que tampoco pudo culminar el trabajo, del que solo ----elaboró cinco artículos, como veremos enseguida.
Y así fue, finalmente, como Manuel Hurtado de Mendoza se hizo cargo del famoso suplemento, al que dedicó siete años de su vida, según él mismo lo revela al finalizar el mismo8.
De tal suplemento, ya tenía elaborados dos volúmenes en marzo de 1817, en que solicita el permiso para imprimirlos en París.
Como se recoge en las páginas que anteceden al diccionario propiamente dicho, para conceder tal permiso se solicitó un informe a «profesores de mérito de aquella capital, y que conociesen el idioma español» (Hurtado de Mendoza y Martínez Caballero, 1820-1823, «Advertencia», I, s.p.), que fueron finalmente Larrey, Fournier y Ribes, en cuyo informe afirman:
Hemos observado que esta obra está redactada con toda exactitud, que contiene una excelente doctrina médico-quirúrgica; que muchos de sus artículos estan compuestos con un tino muy notable y una vasta erudicion [...]; que contiene una bibliografía completa; y que en fin tanto relativamente a la erudicion como á la ciencia y al estilo, esta obra es de las que hacen honor a la lengua y a la nacion española (Hurtado de Mendoza y Martínez Caballero, 1820-1823, «Copia y traducción del informe original», I, s.p.).
A pesar de tan elogiosas palabras, los volúmenes elaborados por Hurtado no llegaron a publicarse como estaban: por la misma época, Celedonio Martínez Caballero 9 -sobrino de Antonio de Ballano, con el que había colaborado en la elaboración del primer diccionario-se vió en la obligación de concluir la obra de su tío, para lo que recogió algunos materiales durante sus estancias en Londres y en París y redactó unos pocos artículos.
Al saber que Hurtado tenía intención de publicar los volúmenes del suplemento, se entrevistó con él en la capital francesa y acordaron fusionar sus respectivos trabajos, añadiendo a los volúmenes de Hurtado los artículos de Martínez Caballero y los pocos que llegó a componer García Suelto.
Todo lo cual retrasó la aparición de la obra y, a la larga, perjudicó a Hurtado, no solo por tener que compartir autoría con alguien cuyo trabajo no superó el 0.5% del total del diccionario, sino también porque ese retraso haría que su publicación coincidiera en el tiempo con la de otro diccionario enciclopédico, lo que le trajo algunos problemas, como veremos más adelante.
Estructura y contenido del Diccionario
El suplemento que finalmente vió la luz constaba de tres tomos, divididos en cuatro volúmenes: los dos primeros tomos, que comprenden las letras A-D y E-M respectivamente, se redactaron en París.
El tercer tomo, que firma exclusivamente Hurtado de Mendoza, se escribe ya en España, entre 1820 y 1823.
Los dos volúmenes que lo integran se ocupan, el primero de ellos, de las letras N a la mitad de la S, y el segundo, desde la otra mitad de la S, a la Z. Entre las páginas 949 y 1241 del segundo volumen del tercer tomo se incluye un último suplemento -los suplementos a que están condenadas siempre las obras enciclopédicas, que nunca terminan de estar completas-, con todo aquello que pudiera haber cambiado desde que en 1816 se inició la confección del Diccionario hasta 1823 que es cuando se logra acabarlo (Hurtado de Mendoza, 1820-1823, «Tabla ó indice alfabético de las materias y articulos...», III (2), p.
Ya hemos apuntado que, a pesar del nombre que lleva y por el que suele conocérsele, el famoso Suplemento es en realidad un nuevo diccionario, que si en varias ocasiones remite al de Ballano, en muchas otras suprime o corrige lo consignado en él.
En relación con este punto, en la «Advertencia» con que se abre el primer tomo, sus autores dejan constancia de que para que su repertorio pueda ser útil también a aquellos que no posean el de Ballano, lo han elaborado sin conexion con la información que se ofrece en él.
Y que se han hecho dos propósitos fundamentales: incluir numerosos artículos que faltaban en el texto del médico madrileño; y reformular otros, que aunque sí se encontraban allí, estaban necesitados de que se revisaran, dados los cambios experimentados por los saberes médicos desde que se compusieron hasta entonces (Hurtado de Mendoza y Martínez Caballero, 1820-1823, «Advertencia», I, s.p.).
Con el fin de que se pueda apreciar la evolución de la medicina desde sus orígenes, prometen insertar siempre que sea posible lo que Hipócrates y los clásicos, pero también otros autores posteriores, creen sobre las diversas materias que vayan analizando.
Promesa que mantienen, de forma que son numerosísimos los autores citados, sobre todo contemporáneos y de procedencia francesa, pero también de otras latitudes.
El afán de ser exhaustivos en la inclusión de tantas novedades les obliga -continúan advirtiendo en su declaración de intenciones-a confeccionar un texto que constará de tres volúmenes, en lugar de los dos en que pensaban originalmente, por lo que se excusan ante los posibles lectores, si bien están convencidos de que no les defraudarán.
De hecho, al final de la obra, en el volumen cuarto de la misma, Hurtado de Mendoza concluye:
Si [los profesores del arte de curar] encuentran en ella, como creemos, en términos claros y sencillos, la esposicion sumaria de todo lo que presenta en el dia de nuevo y positivo la ciencia de curar, habremos logrado el objeto que nos hemos propuesto, y al mismo tiempo tendremos la dulce satisfaccion de haber servido á la ciencia que cultivamos con tanto entusiasmo, y á la humanidad (Hurtado de Mendoza, 1820-1823, «Advertencia», III (2), p.
Los problemas de espacio a que estamos aludiendo les llevaron a realizar un cambio notable respecto a la obra de Ballano, consistente en suprimir la parte histórica, biográfica y bibliográfica que dicha obra allegaba -aunque por un error, permanecieron seis entradas correspondientes a seis autores, cuyo apellido comienza por la letra B-.
A cambio, añadieron varios artículos no presentes en aquel, caracterizados con la marca Historia de la Medicina: abuso, academias, archiatro, escuela, galenismo, humorismo, metódico..., más uno de cuatro páginas dedicado por entero a dicha disciplina; artículos, que dejaban entrever otra de las inclinaciones del polifacético Hurtado, quien un cuarto de siglo más tarde publicaría una Historia Crítica de la Medicina (Hurtado de Mendoza, 1845).
Igualmente se incluyeron algunas entradas de interés, desde una perspectiva histórico-médica, como geografía médica, dedicada a la importancia del influjo del clima y el suelo sobre el ser humano, su salud y enfermedad, así como sobre lo beneficioso de confeccionar buenas «Geografías médicas».
O como metodología médica, cuyas 60 páginas versan sobre cómo debería programarse la formación del futuro profesional de la medicina y los libros que debería estudiar, además de ofrecer una comparación del plan de estudios español con el vigente en Francia.
El resto de los diversos artículos coleccionados en esta obra, que pueden venir señalados con alguna de las marcas recogidas en una tabla al comienzo de la misma (anatomía, cirugía, física médica, fisiología, higiene, literatura médica, materia médica, medicina legal, patología, terapéutica, etc.), pertenecen a todas las áreas de la medicina.
En este sentido, llama la atención a priori lo bien representada que están la cirugía y los instrumentos de que se sirve, pues no suele ser eso lo más habitual en los repertorios lexicográfico-médicos del pasado, así como la anatomía, ya sea esta descriptiva, fisiológica, patológica o general, de acuerdo con las marcas del diccionario.
No sorprende tanto, sin embargo, si recordamos que Hurtado recibió su formación inicial en el Colegio de Cirugía de San Carlos y comenzó trabajando como cirujano antes de marchar a Francia.
En la «Advertencia» inicial avisan de que en su texto se encontrarán los fundamentos de la obra de Broussais, como no podía ser de otra forma, dada la adhesión ciega de Hurtado al brusismo, a que ya nos referíamos; los preceptos y observaciones de la medicina práctica de Robert Thomas, lo que tampoco carece de lógica, pues sería precisamente Martínez Caballero quien hiciera la versión española del texto fundamental de este autor (Thomas, 1824); así como lo más interesante, donde corresponda, de lo que ofrece la anatomía patológica que tan fructíferamente «se cultiva en el dia, y que ha proporcionado grandes progresos á la medicina moderna», en consonancia con lo que mencionábamos más atrás sobre el conocimiento que Hurtado poseía de esta materia, de la que sería introductor en España.
Y las tres cosas se cumplen, aunque de modo desigual: efectivamente, son numerosas las alusiones a Broussais en innumerables artículos (calentura, debilidad, degeneración, doctrina, fiebre, gastritis, irritación, nosología, progresos del arte de curar, respiración... son solo algunos de ellos); muy frecuentes también las explicaciones anatomopatológicas (por ejemplo, en deformidad, cálculos de la glándula pineal, exceso de partes, fibrosas, fungosas, incrustación, melanose, etc.), además de la propia subentrada Anatomía patológica en la entrada Anatomía.
Pero son más bien raras las citas a la obra de Thomas (por ejemplo, en diabetes), lo que se explica por el reducido número de artículos redactados efectivamente por Martínez Caballero, como vamos a ver, que debió ser el único que se apoyó en el autor inglés.
En relación con esto que decimos, del total de los artículos, según lo consigna el propio Hurtado en el volumen segundo del tomo tercero, Tomás García Suelto habría elaborado las entradas anatomía patológica, atmósfera marítima, disimuladas (enfermedades), errores en medicina y exhumación 10.
Martínez Caballero, por su parte, habría compuesto las voces alvinas (concreciones), aneurisma, calentura, contagio, diabetes, epidémicas (enfermedades), escarlatina, espina bifida, femur, fungus hematodes, gonorrea, hemorragias (cir.), hidrargiria y ligadura 11.
Y José Pasamán -otro médico español afincado en París en la misma época que Hurtado-sería el responsable de los artículos necroscopia y oído (enfermedades del) 12.
Lo anterior pone de manifiesto de forma incontestable que fue Manuel Hurtado de Mendoza el principal redactor del Suplemento, pues los tres colaboradores mencionados únicamente fueron artífices de una veintena ----del total de artículos incluidos en el repertorio, que solo en su primer tomo allegó 285.
En esos artículos del primer tomo, que se extienden a lo largo de 501 páginas, la información que se provee alterna entre las definiciones de pocas líneas y las enciclopédicas -que ocupan media página o páginas enteras-, siendo mayoría estas últimas, que en algunos casos, alcanzan las 10, 15 o 20 páginas o incluso más.
Los artículos abdomen, aborto, agua, aneurisma, anatomía -con 36 páginas, es el más largo-, calentura, crisis, crónicas, debilidad, digestión y dolor son los más ampliamente tratados.
No es muy frecuente encontrar la marca D. de B. (Diccionario de Ballano) y no es habitual que se remita a dicho repertorio, en este primer tomo.
Lo que acabamos de señalar va poco a poco cambiando, a medida que avanza la obra.
Y así, en el tomo segundo, cada vez son más los artículos de pocas líneas y menos los de larga extensión, aunque todavía estos sean muchos, como estómago, gastritis, hemorragias o intestinos, por ejemplo.
Basta para convencerse de este cambio que recogemos con saber que el segundo tomo incluye 866 artículos que ocupan 716 páginas y comparar estos datos con los del tomo primero: si halláramos la media de páginas que le corresponde a cada artículo del primer tomo, esta sería de 1.75, mientras que en el segundo ya descendería a 0.8.
Un fenómeno que se acentúa todavía más en el tercero, cuyo primer volumen, con 640 páginas, incluye 1383 voces, por lo que la media de páginas por artículo sería de 0.46...
Un tomo tercero que va perdiendo el carácter de enciclopédico, pues la mayoría de las entradas no se extienden más allá de una o dos líneas, aunque siempre existan excepciones: neuralgia, nosologia, oído, organología, pectoriloquia, piel, progresos y estado del arte de curar, reproductor, respiración, sanguíneo, sensitivo o sexo, son algunas de ellas, además del artículo reproductor, al que dedica 62 páginas13.
Al mismo tiempo, las remisiones a la obra de Ballano van siendo cada vez más frecuentes.
Y, asimismo, van desapareciendo poco a poco las marcas con las que se caracterizaban todas las voces del primer tomo y buena parte de las del segundo, hasta llegar a ser rarísimo que aparezca alguna en el tercero.
Es como si a Hurtado, que por entonces (1820-1823) estaba plenamente inmerso en sacar adelante sus Décadas de Medicina y Cirugía, le pesara cada día más la elaboración del diccionario, que a juzgar por los resultados parece terminó como pudo: la calidad de los volúmenes que componen el tomo tercero se resiente frente a la de los anteriores.
Unos volúmenes que además pierden la característica de «enciclopédicos» para casi convertirse en «terminológicos».
El repertorio de Hurtado y el Diccionario de Ciencias Médicas
Pero no deberieron ser el hartazgo y el tedio que suponen la confección en solitario de un repertorio enciclopédico de medicina los únicos factores que determinaron las prisas por acabar, el abandono del método seguido sistemáticamente en la elaboración de los primeros volúmenes de la obra y la consiguiente pérdida de calidad en su última parte.
Hubo otro hecho que tuvo que influir de forma negativa en el ánimo de Hurtado y en su trabajo, ligado a la aparición en España de otro diccionario enciclopédico de medicina, que venía a competir con el suyo, como ya adelantábamos y como explicaremos enseguida.
Desde que comenzara a trabajar en su repertorio, en 1816, Hurtado había estado muy atento a lo que iba apareciendo en los volúmenes del Dictionnaire des Sciences Médicales, elaborado por varios autores y publicado en Francia entre 1812 y 1822 (VV.
Una obra que él valoraba lo suficiente -y que quizá actuara como acicate para que emprendiera la suya-como para traducir tres de sus artículos, escritos inicialmente por J. -J.
Virey, y publicarlos como un libro independiente dedicado a la generación (Hurtado de Mendoza, 1821)14.
Y lo suficiente también como para integrar en su compendio todo lo que encontraba interesante en ese diccionario.
Deja constancia de ello desde el principio, en la «Advertencia» con que comienza el primer volumen del repertorio, fechado en la imprenta en 1820, pero que ya estaba redactado, como dijimos, en 1817:
Se encontrará con frecuencia en este Suplemento lo mas interesante del Diccionario de ciencias médicas que se está acabando de publicar en París (Hurtado de Mendoza y Martínez Caballero, 1820-1823, «Advertencia», I, s.p.).
Y en consecuencia con ello, no es infrecuente encontrar referencias al citado diccionario en los artículos tratados.
Así, por ejemplo, en aborto, explica que lo que se leerá en él está extractado del Diccionario de Ciencias Médicas; en degeneración, aclara que está sacado del artículo Anatomía patológica de tal repertorio; el artículo debilitación comienza «El Dr. Nacquart, en el diccionario de Ciencias Médicas define esta palabra...»; en eudiometro avisa que quien quiera «noticias tan extensas como exâctas» sobre los diferentes eu-----diometros y su utilidad, «puede consultar el artículo Eudiometro del Diccionario francés de Ciencias Médicas»; o el artículo facial termina:
El que desee mayores detalles sobre esta materia, podrá consultar las láminas y el artículo correspondiente del tomo 14 del Diccionario francés de ciencias médicas, del cual nos hemos servido en gran parte para la composición de éste.
Pero, igualmente, lo que echaba de menos en el diccionario francés lo completaba con los artículos o las informaciones que consideraba pertinentes.
Actuando de esta manera estaba convencido de ofrecerle al público español el mejor diccionario de medicina que podía encontrar, sin tener que recurrir a los elaborados en otros lugares:
Nos parece que teniendo el Diccionario de Ballano y este suplemento, se tiene el Diccionario frances de Ciencias Médicas, y algo mas; pues los lectores verán, que ademas de hallarse en aquel la esposicion detallada de la nueva doctrina médica, se encuentran otros muchos artículos de que carece este (Hurtado de Mendoza, 1820-1823, «Advertencia», III (2), p.
Pasando por alto el hecho de que resulta un poco exagerado que los 60 volúmenes del compendio francés pudieran ser equivalentes a los 11 que sumaban en total los 4 del suplemento más los 7 del Ballano, Hurtado hacía esta declaración ya a punto de culminar su obra, en 1823, con toda intención, pues en 1821 habían comenzado a publicarse los volúmenes de la traducción al español del Dictionnaire des Sciences Médicales...
Esto para Hurtado no dejaba de ser un «golpe bajo» y una provocación, ya que él había apostado por el camino más difícil: redactar una obra nueva, aunque para ello utilizara los diccionarios existentes hasta el momentoentre los que se encontraba su admirado repertorio francés-y aprovechara de ellos toda la información posible.
Algo que se ha hecho siempre a lo largo de la historia en la composición de este tipo de repertorios.
Pero los intereses de un editor habían puesto en marcha la maquinaria de la publicación de una enciclopedia de medicina en varios volúmenes, la versión española del Diccionario de Ciencias Médicas, por la vía relativamente fácil de la traducción; una versión que venía a competir de lleno con la obra de Hurtado, puesto que en ella había integrado, según lo hemos dicho, todo lo que consideraba más relevante de aquel repertorio.
Los propios traductores del diccionario francés eran plenamente conscientes del conflicto de intereses que estaban generando.
Solo así se explica la nota que incluyen al principio del cuarto volumen de su diccionario:
Cuando leimos el anuncio publicado en el tomo II, numero 7 de las Décadas médico-quirúrgicas y farmacéuticas del suplemento al Diccionario de Medicina y Cirugía del profesor Antonio Ballano, por los doctores Don Manuel Hurtado de Mendoza y Don Celedonio Martínez Caballero, no dudamos un momento en presagiar el terrible nublado que descargaría sobre la traducción al Diccionario francés de Ciencias médicas (VV.
Suscriptores del Diccionario de Ciencias Médicas», IV, p.
Si los autores de la nota eran sinceros, no se debían haber enterado de la publicación del Suplemento, pues el primer tomo del mismo ya estaba en la calle mucho antes de que se publicara tal anuncio al que aluden y, en todo caso, antes también de que apareciera el primer volumen de la versión española del Diccionario de Ciencias Médicas...
Hurtado intentó desquitarse de esta molesta coincidencia editorial en el tiempo con la publicación de una serie de notas en las Décadas Médico-Quirúrgicas... dirigidas contra dicha versión española del repertorio, ya que en su opinión en ella no se encontraba la pretendida actualización de los materiales que pregonaban sus traductores.
De este modo se desató una polémica entre ellos y el controvertido Hurtado: aquellos aprovecharon la ocasión para criticar irónica y displicentemente, no ya el Suplemento o las reseñas de las Décadas, sino la figura completa de Hurtado, sus opiniones anticontagionistas y su vinculación al sistema brusista, como lo pone de manifiesto el ejemplo siguiente:
¡O bien haya la suerte venturosa del profesor [...]
Brussais, que nos ha enviado un apóstol que predique y anuncie sus evangelios médicos á todo el mundo médico-quirúrgico español!
IV), lo que no deja de llamar la atención, pues es sorprendente que le reprocharan a Hurtado su afinidad al brusismo los traductores de un diccionario en el que, según la acerba crítica de Déchambre, «la influencia de Broussais se dejaba sentir manifiestamente».
Y, cuando este repertorio se resumió y se comercializó como Dictionnaire abrégé, entonces «el brusismo se instaló en él con toda comodidad» (Déchambre y Lereboullet, 1864-1889, I: XV-XVI).
Hurtado, mientras tanto, iba mostrando a través de páginas y páginas de su periódico la sesgada e ignorante versión del Diccionario de Ciencias Médicas que quería venderse en España (Miqueo, 1995, p.
El párrafo siguiente, escrito por los traductores del repertorio francés, nos sirve como ilustración del tono de la polémica, así como de la imagen despectiva que querían transmitir del autor del Suplemento:
Contamos con la generosidad de nuestros retadores, para que nos señalen el sitio, hora y armas con que debemos batirnos, y los unos se defiendan con sus moxas sanguijuelas y pociones gomadas y aromatizadas; y los otros enristrando su guadaña inexorables, den un ejemplo al mundo de su valor y denodado esfuerzo, defendiendo los derechos de la ciencia, y el honor de sus profesores (VV.
En todo caso, y concluímos así este apartado, ambos repertorios, el Suplemento y la traducción del Diccionario de Ciencias Médicas se encontraron entre los pocos proyectos editoriales de cierta envergadura acometidos en una época en que la pobreza de la edición médica en España fue más que notoria (López Piñero, 1964, pp. 68-69).
EL DICCIONARIO ENCICLOPÉDICO DE TERAPÉUTICA
Como ya lo adelantamos, fue también Manuel Hurtado de Mendoza el artífice de una de las cuatro enciclopedias de terapéutica, con disposición alfabética, que surgieron en nuestro país durante el siglo decimonónico (Hurtado de Mendoza, 1843).
Destaca del resto, no solo por ser la única que se publicó en la primera mitad de ese siglo, sino por ser también la única de origen español, ya que las otras tres llegaron desde Francia y su aparición se concentra entre los años setenta y ochenta de la centuria (Gutiérrez Rodilla, 2011).
El interés por la terapéutica responde a que, según nuestro autor, de todas las partes de la medicina, es «una de las mas esenciales, así como tambien la que ha dado materia para el mayor número de escritos» (Hurtado de Mendoza, 1843, «Prólogo», s. p.).
Sin embargo, dado el vacío que -en su opinión-se encuentra en muchos de esos escritos, y dada igualmente la dificultad para acceder a todos ellos, por su dispersión, considera útil confeccionar este diccionario, donde se ofrezca una síntesis y una crítica de todo ello.
Hurtado, que ya estaba al final de su vida, y que dejaba tras de sí un cuarto de siglo de enfrentamientos con algunos de sus compañeros de profesión madrileños, temía que su obra desencadenara de nuevo la crítica de estos.
Por lo que se cura en salud ya desde la introducción de la misma:
---- 15 No cabe duda de que las moxas sanguijuelas y las pociones gomadas y aromatizadas eran las armas que le concedían a Hurtado frente al valor y denodado esfuerzo que se dejaban para sí mismos en la defensa de los derechos de la ciencia y el honor de sus profesores... nuestra intencion es [...] la de reunir y exponer, en cada enfermedad, los medicamentos y preparaciones, simples ó compuestas, que presentan una eficacia conocida [...] y que se encontraban esparcidas acá y acullá en varios autores [...]
Aun cuando se nos acuse por algunos de hacer el empirismo, como se nos acusó de conducir el estado de la medicina á proporciones demasiado estrechas cuando introdujimos en España la teoría de la irritacion ó doctrina fisiológica del inmortal Broussais, no por eso dejaremos de persistir en creer que el modo como presentamos los hechos á profesores que continuamente estan luchando con las dificultades de la práctica es el mas justo, racional y provechoso (Hurtado de Mendoza, 1843, «Prólogo», s. p.).
Nos encontramos de nuevo ante un típico diccionario enciclopédico, pues la norma es que las entradas con que cuenta se extiendan a lo largo de unas cuantas páginas -entre 5 y 20, normalmente-, como sucede en almorranas, bocio, clorosis, debilidad, encefalitis, fiebre, gangrena, hemorragia, indigestion, litiasis, menorragia, neuralgia, oftalmía, pulmonía, quemadura, reumatismo, tumor o úlcera, por poner solo un ejemplo de cada letra.
Aunque no faltan las que ocupan una sola página, como acedía, antojos, ankiloblefaron o bulimia, o incluso, media, como acrimonia, activo, blenorrea o bradipepsia; así como las que superan esa veintena de páginas, entre las que destacan absceso, con 30; artritis, con 57; y, sobre todo, calentura, con 191.
Para cada término suele ofrecer Hurtado una breve introducción -donde se define, se clasifica y se recogen unas mínimas informaciones generales de tipo clínico o patogénico-y a continuación se centra en los diferentes tratamientos que se pueden aplicar, sus beneficios, limitaciones y contraindicaciones, si fuera el caso.
El artículo calentura, que como lo acabamos de señalar es el de mayor extensión de todo el repertorio, constituye el ejemplo más elaborado de esto que decimos: se definen las calenturas, se habla de los diversos tipos de ellas que hay y se pasa revista a los trabajos terapéuticos «modernos» que han ido apareciendo sobre este proceso morboso: «Consideraciones terapéuticas sobre el uso de...»; «De la curación de la calentura por el método del doctor...», «Sobre la propuesta elaborada por... para tratar la calentura», etc. En el análisis que efectúa de todas esas propuestas muestra abiertamente su acuerdo o desacuerdo, fundamentando siempre sus opiniones, para terminar recomendando la opción que considera más adecuada.
Del gran conocimiento de la bibliografía más importante que para cada entidad tenía el médico castellano da buena prueba el elenco de fuentes y autores -franceses, ingleses, alemanes e italianos, fundamentalmente-que aporta en cada caso, de los que proceden las distintas propuestas terapéuticas estudiadas.
A veces, incluso, hasta recoge casos clínicos, tomados también de la literatura o estudios y ensayos de tratamientos practicados sobre determinados grupos de pacientes, procedentes en su mayoría de épocas cercanas a la redacción de la obra.
Un buen ejemplo lo constituye la entrada afonía, donde ----17 En este número total de términos, no contamos las remisiones que se hace a otras voces.
En las letras J, K, X y Z, se incluyen algunas entradas, pero no se definen, sino que remiten a otros artículos de la enciclopedia.
además de citar a Andral, Graves, Bennati, Guenther, Jolly, Lembert, Moreau, Most, Olivier, Piorry, Rosenthal, Thibert, Trousseau y Webster, presenta y analiza detalladamente una memoria clínica de Hirtz, sobre la afonía y la ronquera, publicada en la Gaceta médica de Estrasburgo.
No debe creerse que esto que decimos es excepcional, sino que más bien es lo habitual, al menos en los dos primeros volúmenes del repertorio18.
Así, en la entrada siguiente a afonía, que corresponde a aftas, cita a Bahi, Dewes, Everle, Frank, Grant, Guersent, Huc, Joerg, Kluge, Luttmann, Merrem, Nardo, Rau, Rosen, Schneider, Simon, Starke, Swediaur, Wendt, Weikard y Wolff.
En alucinaciones, poco más allá, se refiere a un caso de un enfermo de 3 de diciembre de 1840 -recordemos que esta enciclopedia se publica en 1843-y a tres observaciones recientes de alucinaciones, publicadas por el Dr. Croisant en el «último número» de la Gaceta de los hospitales.
Creemos que con estos ejemplos basta para aceptar sin reservas la familiaridad de Hurtado con la literatura médica que le era contemporánea y con todos los avances y cambios que se estaban produciendo -en esta ocasión en el mundo de la terapéutica-fuera de nuestras fronteras, de los que, una vez más, se hacía eco en su obra, a través de la cuál les daba difusión.
Como en el caso del Suplemento, que compuso 25 años antes, Hurtado debió ir perdiendo fuerza o ganas, a medida que avanzaba en la elaboración de su obra; lo cual tampoco sorprende en una empresa de esta magnitud, llevada a cabo además por una sola persona.
Solo así se explica que le dedique un volumen entero a las dos primeras letras del alfabeto, un segundo volumen a las tres siguientes, mientras que en el último volumen, a pesar de sus dos tomos, se ocupe de los términos correspondientes a 16 letras.
La diferencia se aprecia claramente al pasar las páginas del diccionario, pues se va observando que cada vez los artículos tienen menor extensión.
Y si repitiéramos la prueba que hacíamos con el Suplemento, de dividir el número de artículos incluidos en cada volumen por el número de páginas que tiene ese volumen, comprobaríamos que la media de páginas por artículo es de 6.43 en el primer volumen, 5.42 en el segundo y 2.37 en el tercero, lo que parece confirmar el cansancio de Hurtado o las prisas al final por querer concluir el libro cuanto antes...
A pesar de ello, no cayó en la tentación de aprovechar el material del Suplemento para su enciclopedia terapéutica -algo que sí hizo en la confección de su ----vocabulario terminológico, publicado poco antes, en 1840 (Gutiérrez Rodilla, en prensa)-, pues no solo la información que aporta en uno y otro repertorio en las entradas comunes a ambos es diferente, sino que una buena parte de los términos recogidos en la obra de terapéutica no estaban en la de medicina general, lo que incidentalmente da cuenta además de la actualidad de los mismos.
En lo que sí coinciden los dos diccionarios es en la notable representación que consiguen en ellos la cirugía y las especialidades quirúrgicas (obstetricia, traumatología...), todavía más acentuada en este de terapéutica: absceso, ankilosis, ascitis, cuerpos estraños, dislocacion, enteritis, escrófulas...
Hasta tal punto que en el volumen tercero la inmensa mayoría de las voces que alcanzan más de 10 páginas, son las pertenecientes al ámbito quirúrgico: fistula, fractura, gangrena, herida, hernia, litiasis, parto o peritonitis, entre otras.
Es como si, a pesar de haber explorado a lo largo de su existencia buena parte de las diversas áreas de la medicina, como queda patente en sus escritos, su formación inicial y sus primeros pasos profesionales siguieran pesando tantos años después, a punto de concluir su carrera.
A MODO DE CIERRE Y CONCLUSIÓN
Después de lo recogido en las páginas precedentes no consideramos exagerado ponderar a Manuel Hurtado de Mendoza, con todas sus flaquezas y desaciertos, como una de las figuras más destacadas del panorama lexicográfico médico español del siglo XIX, por no decir la más importante de entre ellas.
Un panorama que comparado con el de otras latitudes fue relativamente pobre, pues fueron muy pocos los autores que se adentraran por esta vía.
Algo, que realza aún más las aportaciones de Hurtado, redactor de tres repertorios, sacados adelante en solitario y sin ningún apoyo institucional: el primero de nuestros vocabularios terminológicos (Hurtado de Mendoza, 1840), un diccionario enciclopédico de terapéutica -el primero que se publicó en España de tales características-y otro de medicina general.
Sobre este último, conocido como Suplemento al Diccionario de Ballano, hemos tratado de establecer lo inadecuado de tal denominación, ya que fue concebido y ejecutado como un diccionario independiente.
Por otro lado, también hemos puesto de manifiesto lo improcedente de reconocerle la coautoría de esta obra a Celedonio Martínez Caballero, quien se ocupó tan solo de 14 de los más de 3500 artículos que allega.
Esto sin contar con los problemas que le acarreó a Hurtado tener que esperar a conjuntar su obra con los artículos de Martínez Caballero: el retraso en la publicación del Suplemento, que podría haber visto la luz en París en 1817, lo que habría evitado la coincidencia con el Diccionario de Ciencias Médicas y ahorrado los inconvenientes derivados de la misma.
Los diccionarios enciclopédicos de Manuel Hurtado de Mendoza son una prueba más de la intensa actividad que desarrolló este «magnífico erudito y probablemente buen clínico» (Aréchaga Martínez, 1977, p.
36) a lo largo de su trayectoria como publicista, difusor y divulgador de lo más importante de la nueva ciencia que iba apareciendo en Europa, fundamentalmente en Francia.
No cabe duda de que dedicó sus mejores afanes a compensar el aislamiento científico en que se vio envuelta España, precisamente en la época de mayor desarrollo de esa medicina más allá de los Pirineos, contribuyendo de modo notorio a la renovación de los conocimientos médicos en nuestro país.
Lamentablemente para él, sus inclinaciones políticas -especialmente con la delicada posición en la que quedaron a partir de 1834 los antiguos afrancesados, protegidos hasta entonces por Fernando VII-, su escasa inserción en la comunidad médica madrileña, su estilo ciertamente dogmático, incluso arrogante al defender sus ideas, su renuencia a abandonar el brusismo cuando ya todos lo habían hecho y, quizá, el no ser profesor universitario o de los Colegios de Cirugía fueron factores que pesaron en su contra.
Tal vez estos factores se aliaron con los recelos y envidias que siempre despertó por su indudable conocimiento de la literatura médica extranjera más reciente y las novedades contenidas en ella y su familiaridad con los autores que firmaban tales novedades y el resultado fue que no consiguiera mayor estimación en vida por parte de sus colegas.
Una falta de estimación que seguramente ha contribuido a que tampoco haya obtenido siempre el reconocimiento debido en la historiografía posterior.
Aréchaga Martínez, Juan (1977), La anatomía española de la primera mitad del siglo XIX, Granada, Universidad de Granada.
Ballano, Antonio de (1805-1807), Diccionario de Medicina y Cirugía, o Biblioteca manual médico-quirúrgica, 7 vols., Madrid, Imp.
Ballano, Antonio de (1815-1817), Diccionario de Medicina y Cirugia o Biblioteca manual médico-quirúrgica, 7 vols., Madrid, Francisco Martínez Dávila (vols. 1,[4][5][6][7], Fuentenebro (vol. 2) y Repullés (vol. 3).
En: Anales históricos de la Medicina en general y biográfico-bibliográficos de la española en particular, 4 vols., Valencia: Imprenta de López y Cía., IV, pp. 567-568. |
se documentó sobre la historia natural americana y las expediciones científicas españolas.
En el presente artículo, damos a conocer dos importantes cartas de Mariano Lagasca, que desde su exilio londinense, escribió a Humboldt en torno al legado científico de José Celestino Mutis y su llegada a España tras la intervención militar del general Morillo en Nueva Granada.
momento de su gran viaje 1.
Antes de su partida hacia América, Alejandro de Humboldt se documentó de forma precisa de lo que en ese momento se sabía en la Corte sobre la historia natural americana, sin que ello implicase una copia mecánica en su obra posterior.
En el campo de la ciencia, Humboldt pudo llegar de la mano del barón de Forell al Real Gabinete de Historia Natural, institución científica con la que el embajador de Sajonia colaboraba con sus colecciones mineralógicas y en la que incluso había logrado colocar como colectores a dos alemanes, Juan Guillermo y Enrique Talacker.
Además parecía evidente el aprecio por la mineralogía alemana del vicedirector y director efectivo del Real Gabinete de Historia Natural, José Clavijo y Fajardo, si tenemos en cuenta que hacía poco tiempo había enviado una expedición mineralógica a Chile y Perú dirigida por los hermanos Heuland, sobrinos del gran coleccionista Jacob Forster2, y había promovido a catedrático de mineralogía en Madrid a Cristiano Herrgen.
Paralelamente, Humboldt establecería relaciones científicas con los químicos Louis Proust y Domingo García Fernández, quienes con el botánico Cavanilles y Herrgen estaban a punto de publicar la primera revista científica española, los Anales de Historia Natural3.
Para completar sus conocimientos, Casimiro Gómez Ortega, por entonces director del Real Jardín Botánico, le permitió conocer el contenido de las floras americanas elaboradas en las expediciones científicas que los gobiernos ilustrados habían enviado a América, especialmente las dirigidas a Perú y Nueva España.
También llegó a conocer a Juan Bautista Muñoz, el ilustre historiador que en esos años organizaba el Archivo General de Indias y preparaba su Historia del Nuevo Mundo, a José Chaix, un astrónomo ----1 Especialmente ÁLVAREZ, E. (1960), «Alejandro de Humboldt y los naturalistas españoles», Conferencias leídas en la Academia en los días 19 y 22 de octubre de 1959, con motivo del centenario del fallecimiento de Alejandro de Humboldt.
Madrid: Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, 129-166 y (1964), «El viaje a América de Alexander von Humboldt y Aimé Bonpland y las relaciones científicas de ambos expedicionarios con los naturalistas españoles de su tiempo», Anales del Instituto Botánico A.J. Cavanilles, XXII, 11-60; MANJARRÉS, R. (1915), Alejandro de Humboldt y los españoles, Sevilla, Establecimiento Tipográfico de la Guía Oficial; MELÓN, A. (1933), Alejandro de Humboldt en la América española.
Discurso leido en la solemne apertura del curso académico 1932 a 1933, Universidad de Valladolid, Tip.
Cuesta y (1957), «Humboldt en el conocer de la España peninsular y canaria», Estudios Geográficos, 67-68, 239-259. distinguido que había trabajado con Delambre y Méchain en las operaciones de medición del arco de meridiano en España y que fue uno de los principales colaboradores de Humboldt, así como al grupo de marinos ilustrados que en su mayor parte estaban relacionados con el Depósito Hidrográfico de Madrid.
En este centro se elaboraba la principal cartografía naútica de la época, que dirigía el marino José Espinosa y Tello, más tarde sustituido por Felipe Bauzá, otro de los corresponsales más activos de Alejandro de Humboldt4.
Además de los científicos españoles ya citados, habría otros dos grupos que tendrían una relación privilegiada con el sabio de Tegel, los exiliados en Londres -entre los que se encontraban personajes como Lagasca o Bauzá-y aquellos con los que contactó en su periplo americano, como José Celestino Mutis, Francisco José de Caldas, Vicente Cervantes, Tafalla, etc. Son precisamente dos componentes de estos grupos los que nos ocupan en el presente artículo, en que damos a conocer dos importantes cartas de Mariano Lagasca a Alejandro de Humboldt en torno al legado de Mutis, herencia científica enviada a España tras la intervención militar en Nueva Granada del general Morillo.
Antes de abordar el comentario estricto de estos documentos, haremos una leve revisión de la relación de Alejandro de Humboldt con Mutis y Lagasca.
El empeño de Humboldt en conocer a José Celestino Mutis en Santa Fé de Bogotá 5, en una de las etapas de su viaje americano, tiene una explicación sencilla.
Cuando, después de contrastar sus mediciones astronómicas con Fidalgo y conocer a Pombo en Cartagena, éste le sugiere el recorrido más difícil para llegar a Guayaquil siguiendo el curso del río Magdalena; el sabio prusiano no lo duda.
Aprovecha para levantar la cartografía de Nueva Granada y acercarse al amigo de Linneo, supuestamente el mejor conocedor de la flora americana y un experto que puede asesorarle en sus dudas taxonómicas, el aspecto que menos le interesa pero al que sin duda sabe que tiene que atender para satisfacer al mundo científico europeo y para el que cuenta con la ----eficaz colaboración de Bonpland.
José Ignacio de Pombo al anunciar desde Cartagena a Mutis, el 20 de abril de 1801, el viaje de Humboldt, quien viajaba acompañado de Bonpland y del médico francés Louis Rieux, le recomendó vivamente, por el apoyo de la corte española, por su fama y por sus observaciones y descubrimientos en torno al galvanismo.
Además, Pombo indicaba cómo Humboldt le había comentado su interés en conocer personalmente a Mutis, mucho más consagrado en el extranjero que en la propia España6.
Nueve días más tarde, José Celestino Mutis escribía a Humboldt desde Santafé para agradecerle su visita: «...tan apreciable me ha sido la resolución de continuar Vm. su viaje a Quito viniendo por Santafé con el único objeto de reconocer la Flora de Bogotá, y proporcionar a su autor los agradables momentos de su generosa amistad, que reputaré por los más felices de mi vida los días de su residencia en esta Capital del Reyno»7.
El propio Humboldt, en una de las primeras descripciones de su viaje dedicada al público norteamericano, señalaba el interés de su encuentro con el sabio gaditano tras pasar por Cartagena: «La temporada estaba demasiado avanzada para la navegación en el mar del Sur, había que abandonar el proyecto de cruzar el Istmo y el deseo de ver de cerca al célebre Mutis y de admirar sus inmensas riquezas de historia natural, hizo que Humboldt se quedara unas semanas en los bosques de Turbaco y subiera en 40 días el bello río Magdalena, del que esbozó un mapa.
Desde Honda nuestros viajeros subieron por los bosques de robles, de Melastoma y de Chinchona (Peruvian-bark) hasta Santa Fe de Bogotá, la capital del Reino de Nueva Granada situada en una bella planicie elevada 1360 toesas por encima del nivel del mar.
Las extraordinarias colecciones de Mutis, la grande y majestuosa catarata de Tequendama, con una caída de 98 toesas de altura, las minas de Mariquita, de Santa Ana y de Zipaquirá, el puente natural de Icononzo (tres piedras dispuestas en forma de arco por un terremoto), estas son las curiosidades que detuvieron a Humboldt y Bonpland hasta el mes de septiembre de 1801»8.
Quizá del contacto con Mutis pudo obtener una cierta visión iconográfica de la flora americana, muy útil en la descripción de las floras tropicales, que ----se resistían a ser clasificadas por el estricto sistema linneano y -como el mismo Humboldt verá más tarde-encajaban mejor en los sistemas naturales de clasificación, que en esos momentos intentaba desarrollar su amigo Jussieu.
Tanto él como Bonpland reconocerán frecuentemente la deuda contraída con Mutis por su ayuda en la resolución de sus dudas botánicas y, ya en Ecuador, lamentarán no disponer de su valioso asesoramiento 9.
El mismo Alejandro de Humboldt comentará muchos años más tarde -en la biografía que le dedicó en el diccionario biográfico de Michaud-la gran impresión producida por la colección de dos mil láminas que había podido reconocer en su encuentro con el naturalista español, de las que destacaba cuarenta y tres de pasifloras y ciento veinte de orquídeas, además de la colección botánica elaborada con sus discípulos Valenzuela, Zea y Caldas 10.
La propia representación de la Naturaleza en la obra de Humboldt dará un salto respecto a la más estricta visión ilustrada, ya que sin despreciar los icones típicos de las descripciones linneanas que representaban la singularidad de una especie, que Humboldt y Bonpland utilizarán en sus obras taxonómicas, los cuadros humboldtianos buscan la representación global y sintética de las regiones naturales y un nuevo sentido estético de ambiente romántico que aunase la fría racionalidad ilustrada con el sentimiento subjetivo del científico ante la contemplación de la Naturaleza.
LAGASCA Y HUMBOLDT Mariano Lagasca, aunque prematuramente arrebatado para la ciencia española, fue un botánico de primer orden en la línea de los más importantes naturalistas e intelectuales del momento, que reconocieron y valoraron su categoría científica.
Su relación con Alejandro de Humboldt, mantenida e intensificada a lo largo del tiempo mediante la correspondencia epistolar, se remontaba, sin embargo, a los años en que el viajero prusiano visitó nuestro país camino de su periplo americano y donde éste conoció a los mejores científicos españoles de la época, entre los que destacó su relación con Felipe Bauzá.
----9 El estudio del contacto entre Mutis y Humboldt puede hacerse muy bien a través de los manuscritos conservados en el Real Jardín Botánico y clasificados perfectamente en (1995), Catálogo del Fondo Documental José Celestino Mutis del Real Jardín Botánico, Madrid, Instituto Colombiano de Cultura Hispánica-Real Jardín Botánico.
En el caso que nos ocupa, uno de los mejores discípulos de Lagasca, Eduardo Carreño, en la necrológica que escribió sobre su maestro, afirma que Humboldt conoció a Lagasca en 1799 en la región levantina en el último de los años en que éste estudiaba medicina en Valencia y comenta al respecto: «quedó sorprendido ante su tacto en la determinación de las plantas y su habilidad en el conocimiento de las especies» 11 En este punto haremos un breve paréntesis para mostrar un perfil biográfico de Lagasca (Encinacorba, Zaragoza,1776-Barcelona, 1839) 12.
Tras sus primeros estudios de latín, filosofía, teología y humanidades, el joven Lagasca se inclinó por los estudios de medicina, que comenzó primero en la Universidad de Zaragoza y luego en la de Valencia, para finalizarlos en 1801 en el Real Estudio de Madrid.
Sin embargo su inclinación por las ciencias naturales y en especial por la botánica se debió a la influencia de Antonio Verdejo y Antonio Martí Franqués y sirvió para que esta fuera su principal dedicación a lo largo de su vida, que en gran parte estuvo ligada a la historia del Real Jardín Botánico de Madrid (RJB).
En esta institución, además de conocer a Casimiro Gómez Ortega, estableció una intensa amistad con el que iba a ser su gran compañero científico Simón de Rojas Clemente.
La relación con Antonio José Cavanilles sería la más fructífera para el científico aragonés.
Colaboró en las Variedades de ciencias, literatura y artes y, con el director del RJB, en los Anales de Ciencias Naturales, quien asimismo le encargó recolectar plantas en el norte peninsular y aportar los datos fitogeográficos necesarios para la Flora Española iniciada por Miguel Barnades.
De esta experiencia de campo merece especial atención su descubrimiento en las montañas astur-leonesas, en julio de 1803, del interesante liquen islándico (Cetraria islandica), preciado vegetal muy útil para remediar las enfermedades de tipo pulmonar.
En 1803, Cavanilles le propuso como segundo profesor o viceprofesor del RJB, cargo que obtuvo del gobierno en 1806 y en 1807 el de profesor de Botánica Médica, empleando en sus clases por primera vez el método de fami-----lias naturales.
Con la imposición de José I como rey de España y la ocupación de Madrid a finales de 1808 por las tropas francesas, se procuró atraer a Lagasca a las filas afrancesadas.
Por mediación de Humboldt, José Bonaparte, le propuso como director del RJB, pero su posición política le impidió cumplir con el encargo.
Se incorporó en 1809 a la resistencia contra los franceses durante los seis años que duró la contienda como médico de número del tercer ejército en las provincias del sur.
Aparte de su labor sanitaria y hospitalaria, combatió la temible epidemia de fiebre amarilla en Murcia, publicó en Orihuela el primer número de las Amenidades naturales de las Españas, muy conocido en la historia de la botánica por la monografía Disertación sobre un nuevo orden de plantas de la clase de las compuestas, que marcó su inicio epistolar con Bonpland al hablarle de esta familia botánica 13.
En 1821 publicó en Madrid, en el segundo número, la monografía sobre la familia de las umbelíferas.
La Regencia del Reino en 1813 le concedió interinamente la primera cátedra y dirección del RJB, cargos que el rey le confirió en propiedad poco después, dedicándose a su restablecimiento y a superar las limitaciones y recortes de competencias al crearse la Junta de Protección del Museo de Ciencias Naturales, dependiente del gobierno.
Además de catedrático de botánica general, continuó con sus dos obras botánicas prioritarias: la Flora Española y la Ceres, esta última en colaboración con su amigo Clemente.
En 1816 publicó su Elenchus plantarum H.R.M., catálogo de las plantas del RJB y al año siguiente la Memoria de las plantas barrilleras de España, nombrándosele Inspector General de los Plantíos y Arbolados del Canal del Manzanares.
Colaboró en la edición que hizo la Sociedad Económica Matritense de la obra de agricultura de Herrera y durante el Trienio Liberal participó en política como diputado a Cortes por Aragón 14, lo que como liberal declarado, con la restauración absolutista le llevó al exilio como a muchos de sus colegas parlamentarios, entre los que se encontraba también Felipe Bauzá, el otro amigo de Humboldt.
Lagasca, en carta que escribió a Bonpland, establecía, como Decandolle, la familia particular de las Compuestas, entre las Achicoráceas y las Cinarocéfalaceas, incluyendo géneros que complementaban la historia de esa familia, que el eminente botánico suizo formuló contando con su información.
14 MALDONADO, J.L. ( 2003), «Científicos americanos en las Cortes Constituyentes.
Los botánicos Mariano Lagasca y Simón de Rojas Clemente en las cortes del Trienio Liberal», Hispania, LXIII/3, no215, 103-156, Madrid. ayudas que le prestaron los mejores botánicos ingleses del momento 15.
Examinó el herbario de Linneo, recorrió los jardines y museos londinenses; la Sociedad de farmacéuticos de Londres puso a su disposición el jardín de Chelsea para que cultivase las gramíneas y umbelíferas, se ocupó también de clasificar el herbario de un botánico inglés procedente de un viaje a la India, lo que le reportó el dinero suficiente para poder trasladar a su familia que aún permanecía en Cádiz.
Publicó artículos en el Gardener ́s Magazine y sus Observaciones sobre la familia de las aparasoladas aparecieron en el periódico editado por el grupo de españoles expatriados Ocios de los españoles emigrados; colaboró asimismo en el Semanario de Agricultura y Artes que publicaba uno de esos exilados, Marcelino Calero.
En Inglaterra reanudó sus trabajos sobre la Ceres, tras la muerte de Clemente en 1827, cuya redacción se prolongaría hasta el final de sus días 16.
De algunas excursiones por los alrededores de Londres, Lagasca colectó algunas plantas que le sirvieron para publicar las cuatro entregas que formaron un tomo del Hortus Siccus Londinensis 17.
Escribió nuevos tratados sobre las familias de las gramíneas y aparasoladas; tradujo y aumentó con notas curiosas la Teoría elemental de Botánica de Decandolle, que quedó inédita en poder de su familia, y volvió a componer e incorporar las novedades científicas producidas de los Elementos de Botánica del mismo Decandolle, que había perdido en Sevilla durante su precipitada huida de España.
La mala salud de Lagasca, seguramente tuberculosis, le obligó a salir de Londres en 1831 en busca de un clima más benigno.
Residiendo en Saint Heliers, en la isla de Jersey, colaboró con el agrónomo inglés John Le Couteur en cuestiones agrícolas, pero por un decreto de la reina gobernadora, de 23 de octubre de 1833, Lagasca y algunos otros compañeros de exilio son amnistiados y se les repone en los puestos que ocupaban antes de 1823.
En 1837, pese a las intrigas y enemistades de algunos de sus colegas, ocupó la presidencia de la recién creada Junta de Profesores encargada de la Dirección y Administración del Museo de Ciencias Naturales, se incorporó a la enseñanza en el RJB, el gobierno le condecoró con la cruz de Comendador de la ---- 17 Un estudio pormenorizado de este trabajo pude verse en: MALDONADO, J.L.
«La botánica del exilio.
Mariano Lagasca y el «Hortus Siccus Londinensis», Anales del Jardín Botánico, Madrid (en prensa). orden de Isabel la Católica y numerosas sociedades científicas europeas le distinguieron con otros emblemas honoríficos.
El 21 de diciembre de 1838, buscando un clima más favorable tras el agravamiento de su estado de salud, llegó a Barcelona donde falleció de una angina de pecho el 26 de junio de 1839 a los 62 años.
LAGASCA Y EL LEGADO DE MUTIS
Desde que se hizo cargo del RJB tejió una extensa red de corresponsales por toda la península entre los que se encontraban algunos de los mas distinguidos botánicos españoles como: Martí Franqués, Francisco Bahí, Ignacio Graells, Francisco Bolós, Antonio Cabrera y otros de menor entidad.
Algunos de éstos colaboraron con Lagasca en una de las actividades que éste acometió en esos años, como fue el intento de publicación de los trabajos de José Celestino Mutis, tras su rescate y conservación en Madrid en octubre de 1817.
Su interés personal en tener el control sobre los materiales botánicos y el celo mostrado por esta comisión que encabezó nos lo demuestra a propósito de su valoración de uno de los manuscritos mutisianos, «la quinología o tratado de las quinas de Santa Fe de Bogotá».
A su juicio ésta no podía ordenarse y perfeccionarse sino por un médico y botánico como él, de manera que se dirigió al rey solicitando su nombramiento como encargado de su publicación e impresión en la Real Imprenta 18.
Además, uno de sus corresponsales en Córdoba, el clérigo José Jesús Muñoz, en los primeros meses de 1815 sentía la falta de recursos y de ayudantes que precisaba Lagasca para ese proyecto editorial.
Muñoz había leído parte de la correspondencia del sabio gaditano que conservaba en la ciudad cordobesa un canónigo amigo suyo, Diego Ugalde, -de quien la heredó a su muerte y puso a su disposición para lo que pudiera resultar de utilidad-y se lamentaba de que aún no hubiesen visto la luz «tales tesoros que le ha costado tantos afanes a los sabios y tantas cantidades al erario».
El colaborador estimulaba la iniciativa de Lagasca, más ----18 Petición de Lagasca al rey.
Como es sabido Mutis no publicó en vida ningún libro.
Lagasca comenzó la tarea de editar los trabajos y obras científicas del gaditano y José Pavón, por Real Orden, fue encargado de continuarla.
En el caso de la «Quinología», o mejor dicho El Arcano de la Quina, nombre con el que se conoce, se publicó finalmente, aumentada con notas y un Apéndice, en la imprenta de Ibarra de Madrid en 1828; edición que corrió a cargo del boticario de la Corte Manuel Hernández de Gregorio. aún desde que tuvo noticias de la llegada a Cádiz de los materiales de Mutis, pero transmitió a Lagasca su inquietud por la desidia de que se había hecho gala anteriormente con los trabajos de Hernández o los de Née, que « si se hubieran dado a la luz en su tiempo tantos trabajos de estos y de otros españoles quizá no se nos harían de nuevo muchas cosas [reproches] que se leen en Humboldt y otros extranjeros» 19.
Abundando en estos aspectos, otro de los más asiduos colaboradores de Lagasca, el magistral de Cádiz Antonio Cabrera, se mostró muy interesado, como gaditano, por el destino de los materiales de su paisano, sobre todo después de la dudosa publicación de parte de éstos en la República de Cundinamarca -la Quinología, a la que se alude en una de las cartas de Lagasca a Humboldt transcritas en este artículo-y desde que se enteró de la remisión a la Corte desde Cádiz de «varios cajones de plantas del Reyno de tierra firme», lo que daba la posibilidad real de que los naturalistas europeos pudiesen ver «muchas cosas nuevas recogidas por el famoso Mutis», y que «el pensamiento frío de no hay dinero, obscurezca, o inutilice esos trabajos» 20.
El que fuera virrey de Nueva Granada unos años antes de la llegada de Humboldt, José de Espeleta, aficionado a la botánica, se interesó por la obra de Mutis y su hijo, homónimo, colaboró con Lagasca en esta cuestión, al margen de su compromiso como correspondiente del RJB.
Con el consentimiento de Pascual Enrile le remitió cuatro láminas de Mutis que tenía su padre de la colección que llegó a Madrid, para que hiciera los correspondientes duplicados de cara a mejorar su edición 21.
Por otro lado Lagasca informó a su colega y posterior amigo en su etapa londinense, Aymer Burke Lambert, sobre la marcha de los trabajos que se realizaban en el RJB con los materiales de las floras americanas y de su paralización editorial.
Sobre la Flora de Santa Fe de Bogotá y demás materiales de la expedición de Nueva Granada le comunicó su contenido después de su llegada a Madrid (6769 dibujos, 85 cajones con esqueletos, maderas, resinas y otras drogas, pericarpos y semillas, además de los manuscritos de Mutis) y de la paralización de la publicación por el momento, pese a que el rey le encargó esa tarea 22.
De los 105 cajones de productos naturales que contenían el total de la remesa, procedente de ---- 19 Cartas de José Jesús Muñoz a Lagasca.
RJB, I,56,6,23,25 Nueva Granada que trajo a Madrid Pascual Enrile, los 85 con todo lo relativo al reino vegetal fueron reclamados por Lagasca, ante la disputa por su custodia entre el Ministerio de Estado y el de Gracia y Justicia de Indias, para depositarlos en el RJB y, del mismo contingente, lo referente a minerales y animales en el Real Gabinete de Historia Natural 23.
Disponiendo de los materiales en el RJB y estando Lagasca como encargado de su inventariado, estudio y publicación, dispuso durante dos años de un presupuesto del «fondo de arbitrios piadosos» para costear los gastos ocasionados por la ordenación «colocación y conservación» de los fondos de la Flora de Santa Fé de Bogotá.
La cantidad que se asignó, aunque insuficiente, sirvió para que Lagasca contara con la ayuda del pintor Diego García, para el que en octubre de 1819 se aprobaba una retribución complementaria de 3.205 reales del mismo fondo 24.
Al parecer la polémica suscitada por los ministerios señalados se resolvió favorablemente según el deseo de Lagasca y al finalizar este último año, el ministro de Estado, por indicación de la Junta de Protección del Museo, le ordenaba que terminara definitivamente el traspaso de la remesa «arreglada a los inventarios que se acompañaron» de modo que el capitán Van Halen, responsable directo de su traslado a la Corte desde Nueva Granada, quedase libre del encargo para poder incorporarse al ejército del general Morillo 25.
Los materiales constatados, aunque en buen estado, no coincidían con los que Lagasca pudo ordenar e inventariar en presencia del mismo Van Halen, quien por encargo de los generales Enrile y Morillo se responsabilizó de la misión y que durante la travesía desde América, actuó con un enorme celo en su conducción.
Y en efecto, el requisito se verificó sin demora, si bien Lagasca advertía tanto al ministro como a la Junta, que dejaría «para el debido tiempo la execución del inventario systematico y circunstanciado», y les recordaba que en 1818 ya había remitido «el inventario de los dibujos, que se diferencia del original por no pocas e importantes circunstancias», entre otras por haber incluido un mayor número de dibujos de los que contenía aquél 26.
Sin embargo, después de todos estos trámites y esfuerzos por adelantar en la edición de estos trabajos, los años transcurrieron y nada se pudo lograr al ----23 Oficio de Lagasca [al ministro de Estado.
24 Oficio de Antonio Gutiérrez a Lagasca.
25 Oficio del marqués de Santa Cruz a Lagasca.
26 Oficios de Lagasca a la JPMCN y al marqués de Santa Cruz.
Las diversas ocupaciones de Lagasca y su posterior exilio le impidieron quizás tratar con mayor insistencia el tema ante los responsables de la política científica española una vez finalizado el Trienio Liberal.
En estos años también se ocuparon de estos materiales Simón de Rojas Clemente, Antonio Sandalio de Arias y José Pavón, encargado por la Regencia en nombre del rey, de las colecciones botánicas del Nuevo Reino de Granada depositadas en una sala habilitada al efecto en el RJB, nombramiento del que fue relevado en 1827 y reclamadas las llaves que poseía de la sala de Mutis y demás departamentos del RJB 27.
Del examen de los materiales llegados a Madrid, además de las observaciones geográficas, agrícolas, comerciales, físicas, médicas, astronómicas de Nueva Granada se sumaban las de índole naturalista, entre las que destacaba su muy adelantada, de cara a su publicación, Flora de Santa Fé.
Contenía más de cuatro mil plantas, cuya historia ilustra con los usos médicos, económicos y con los más de seis mil dibujos, incluidos los duplicados en negro, «muy superiores a cuantos se han publicado de todas ellas, iluminados con sus propios colores y executados la vista y bajo su dirección por pintores hábiles».
Además, entre los materiales llegados a Madrid, estaba el herbario correspondiente a la misma Flora con unos 20.000 ejemplares, numerosos frutos, semillas, maderas, bálsamos, resinas y demás productos vegetales, así como los manuscritos entre los que estaba la muy acabada «Historia natural, médica y comercial de las Quinas del nuevo Reyno de Granada».
Según comenta Lagasca, al parecer en medio de convulsión política preindependentista que se produjo en el territorio neogranadino, un grupo de «facciosos» tuvo «contratada y a la venta de todo a un extranjero por el ínfimo precio de doscientos mil duros», pérdida que se hubiera producido si no lo hubieran impedido las armas de los generales Morillo y Enrile28.
De la fama de Mutis, al que Linneo consideró como el mayor botánico de cuantos habían pisado el suelo americano, se puede decir que alcanzó cotas insospechadas entre la comunidad científica nacional e internacional.
Destacaron las favorables opiniones de botánicos insignes como Cavanilles y los ilustres viajeros Humboldt y Bonpland.
Humboldt, por su parte, publicó varias láminas de plantas, realizadas en un estilo que a veces recuerda la iconografía mutisiana de la Flora de Bogotá.
----CRÉDITO SOLICITADO POR LAGASCA A HUMBOLDT EN RELACIÓN A MUTIS En la segunda carta de Lagasca a Humboldt, el primero solicitaba que diera a Mutis el crédito como autor intelectual de los dibujos representados en algunas obras de Humboldt, como Plantae aequinoctiales, por considerar que se habían copiado de la Flora de Bogotá de José Celestino Mutis.
Lagasca insistía en que si no lo había hecho ya en la Biografía de Mutis que se supone publicaría Humboldt, debía este reconocimiento al sabio gaditano y a su patria, que tan generosamente se había portado con él en el momento de plantear su viaje americano.
La realidad es que Humboldt y Bonpland habían dedicado su obra Plantae aequinoctiales, publicada en París en 1805, a José Celestino Mutis como director de la Expedición Botánica del Reino de la Nueva Granada y astrónomo real en Santa Fé de Bogotá, «como una tímida prueba de admiración y reconocimiento».
Aún así, en el prefacio de su obra, Humboldt insistió mucho -quizá demasiado-en la mayor extensión de su exploración botánica en comparación con las expediciones de Mutis, Ruiz y Pavón o Sessé, Mociño y Cervantes.
Respecto a Mutis comentaba: bejuco del guaco (Mikania guaco), descubierto por Mutis, pero representado por primera vez en Plantae aequinoctiales (tomo 2, pág. 85, plancha 105) 31.
En cuanto a la posible prioridad del descubrimiento de algunas especies por los botánicos españoles, Humboldt se adelantaba diciendo: «Nous possédons sans doute beaucoup de plantes qui se trouvent dans les herbiers de nos amis, MM.
Muy Señor mío, de mi mayor aprecio y respeto: no tengo inconveniente alguno en dar à V. Las noticias que desea à cerca de las cosas pertenecientes à la expedición botánica de Santa Fé de Bogotá que estuvo à cargo del inmortal Dn.
José Celestino Mutis, y que fueron traídas à Madrid en 1817 por el teniente Coronel graduado D n.
Antonio de Van-Halen, ayudante del general D n.
Pablo Morillo, de cuya orden fueron traídas à Europa.
En el mismo Palacio del Rey, y por orden verbal de S.M. se me entregaron el día tres de octubre de dicho año, ciento y cinco cajones, de los cuales diez y ocho, que contenían minerales y antigüedades, y creo que también un paquete de dibujos de insectos, fueron conducidos inmediatamente al Gabinete de Historia natural de Madrid, y los ochenta y siete restantes se llevaron al Jardín botánico, juntamente con el inventario de lo que contenían todos, formado en Sta.
Fé de Bogotá por D n.
Sinforoso Mutis, sobrino del difunto D n.
Jose Celestino, à quien encargó este trabajo y la colocación de todo el mismo general Morillo, que lo había indultado de la pena de muerte en atención à la buena memoria de su tío, según así me dijo el general D n.
Todos los cajones llegaron en el mejor estado, y sin haber recibido daño alguno en todo el viaje.
Doce de ellos vinieron llenos de dibujos, cuyo numero total ascendió à seis mil novecientos sesenta y nueve, aunque en el inventario solo se mencionaban unos cinco mil doscientos.
Los seis mil, poco mas ò menos, de dichos dibujos están ejecutados en papel de folio mayor de exquisita calidad; quinientos noventa en papel mas reducido son copias de estampas publicadas en diferentes obras; y como unos trescientos, en folio regular, representan únicamente la fructificación de varios géneros.
De los primeros seis mil la mitad están en negro, y la otra mitad magníficamente iluminados; y habiendo para cada planta un dibujo en negro y otro iluminado, se deja ver que los seis mil solo representan unas tres mil especies diversas de plantas.
Hay una cantidad muy considerable de manuscritos, y se puede decir que los Diarios de los viajes de Mutis, escritos todos de su propia mano, forman una gran parte de la colección, y además me acuerdo en globo de los siguientes:
Quinología; ò sea, tratado de la Quina.
Este manuscrito forma un gran tomo en folio, y esta precedido de un Prologo, escrito por D n.
Sinforoso Mutis, á quien parece encargó la publicación de esta obra el Gobierno de la Republica de Cundinamarca.
Venían dos copias en limpio de este manuscrito, y de los dibujos correspondientes à el, que eran ciento veinte y dos, ò sea, sesenta y uno duplicados, mitad en negro y mitad iluminados, los cuales representan siete especies de quina, y diferentes variedades de las mismas, según el modo de ver del autor.
Varios informes sobre el cultivo, recolección, conservación y comercio de las quinas.
Diferentes traducciones de varias obras publicadas, como son el Tableau du Regne vegetal de Ventenat, del Genera Plantarum de Jussieu, y de la Geographie vegetale de Humboldt.
Un Diccionario botánico, es decir, de las palabras técnicas de la Botánica.
Varios legajos de caracteres genéricos naturales, copiados de diferentes obras publicadas después de la muerte de Linneo, como son las de Cavanilles a L'Heritier, Vahl, Ruiz y Pavón, Schreber, y otros.
En mi concepto son materiales que recogía para formar un Genera Plantarum.
Otros muchos legajos de caracteres genéricos naturales escritos en lenguaje de Necker.
Algunos cuadernos de caracteres genéricos diferenciales, dispuestos según el sistema sexual Linneano; escritos en latín, como los de los núms..
Como unas cuatrocientas descripciones de plantas, en borrador, escritas en latín.
Algunos informes sobre Minas.
Diferentes Legajos de minutas de oficios y representaciones.
Varios legajos de cartas de algunos sabios, de discípulos y amigos.
Varios papeles sobre gastos domésticos.
Varios cuadernos con observaciones astronómicas.
Algunos manuscritos de su sobrino D n.
Sinforoso, y otros del malogrado D n.
Francisco José de Caldas.
Otros legajos, que contendrán noticias interesantes para la historia civil y política moderna del virreinato de Sta.
Fe, y que supongo habrán sido ya remitidos à la Secretaría de Estado correspondiente.
El Herbario ocupaba unos sesenta cajones, de los quales solo llegué à abrir seis ò siete.
Dos de éstos contenían muestras de quinas bastante repetidas; uno Gramíneas, Cyperoideas, y Juncaceas; otro compuestas, otro especies de géneros de diversas familias; y otro casi enteramente de plantas europeas.
Cuando se abrieron todos los cajones en el Palacio del Rey, para que S.M. viese lo que contenían, observé uno ò dos cajones llenos de esqueletos bien conservados de Melastomas y Rhexias, correspondientes sin duda à la magnífica colección de dibujos que venían de las numerosas especies de estos dos géneros.
En estos cajones ni un solo ejemplar vi denominado completamente: à lo más tenía alguno de ellos un papelito con un número ò con un nombre vulgar, y muy rara vez el nombre genérico: solo las plantas europeas estaban denominadas por los sujetos que se las enviaban.
Los insectos habían causado algún estrago en la fructificación de varios esqueletos de las compuestas, los demás estaban muy bien conservados, y es de presumir que los restantes, que yo no tuve tiempo de ver se encontrarán en el mismo buen estado.
No me acuerdo cuántos sean los cajones con frutos y semillas que llegaron; yo solo registré uno, y observé que ni las simientes ni los frutos venían denominados.
Hay cuatro ò cinco cajones con muestras de maderas, que contendrán, en mi juicio, más de mil y quinientas muestras diferentes, todas numeradas, cuyo catálogo no se había encontrado.
Tampoco me acuerdo fijamente del número de cajones en que venían las raíces, cortezas, gomas y demás productos de la vegetación; pero me parece que no pasan de cuatro ò cinco.
Así pues, sabiendo de cierto que los dibujos ocupaban doce cajones, y estando casi cierto que las maderas ocupaban cuatro de los mismos; los manuscritos otros cuatro; los frutos y semillas tres; las raíces, cortezas, etc. cuatro; resulta que el herbario ocupaba sesenta cajones de los ochenta y siete que se me entregaron.
Comparando este sucinto resumen con la relación que insertó en las páginas 28 y 29 del segundo tomo de los Anales de ciencias naturales de Madrid el célebre Cavanilles, por noticias que le había dado D n.
Francisco Antonio Zea, discípulo de Mutis, se deja ver que faltan bastantes manuscritos, y los dibujos pertenecientes à la zoología de la Nueva Granada.
Sujetos muy fidedignos me aseguraron haber leído en casa del mismo Mutis la obra manuscrita de éste sobre las Hormigas, y puedo asegurar à V. que habiendo registrado los manuscritos, que llegaron a Madrid, hoja por hoja, ni una sola línea he encontrado que hablase de este asunto.
También se echa de ver una notable diferencia en el número de dibujos, y mucho mayor aún en el de las descripciones que Zea hace subir à cuatro mil, y que yo creo muy verosímil fuesen al menos tantas cuantas son las diferentes especies de plantas que representan los dibujos.
Acuérdome haber visto entre los manuscritos de Mutis un papel escrito por su sobrino D n.
Sinforoso, en el cual se lamentaba de la pérdida de varios manuscritos, y esqueletos de plantas, y echa la culpa a un sujeto, (que no nombra) de quien dice hacía la mayor confianza su difunto tío.
Lo cierto es que faltan hasta las descripciones de diferentes plantas que él remitió a Linneo, y fueron publicadas por el hijo de éste en su Supplementum.
Lo voluminoso de los diarios de Mutis, escritos enteramente de su propio puño; las observaciones varias que se ven en ellos apuntadas, muy conforme a la vasta extensión de conocimientos que poseía; y el número y exactitud de los dibujos, mani-fiestan claramente en mi concepto que acumulaba materiales para escribir muchos volúmenes sobre diversas materias, y habiendo disfrutado de una larga vida, y de medios suficientes para extender sus observaciones; es muy probable que los escribió con efecto, y que por los sucesos políticos que sobrevinieron a su muerte, han desaparecido muchos de ellos.
Esto mismo me parece que se infiere de la carta de V. escrita desde México al difunto Cavanilles, cuyo extracto se encuentra en el tomo sexto de los Anales de Ciencias naturales de Madrid.
Me parece no se disgustará V. de leer un pequeño bosquejo de lo acaecido respecto de esta colección desde su llegada a Madrid.
Apenas me restablezca lo extenderé con mucho gusto y se lo remitiré a V. Entretanto queda de V. como siempre su muy afecto Señor.
Alejandro de Humboldt Muy Señor mío de mi mayor respeto y aprecio: cumpliendo la palabra que di a V. en mi anterior, digo: que era tan grande la opinión que yo había formado de los trabajos científicos de Mutis, por las varias relaciones que de ellos habían hecho diferentes sabios nacionales y extranjeros, que deseaba con la mayor ansia el momento feliz de verlos.
Apenas supe el fallecimiento de Mutis principié a temer sufriesen la misma suerte que los de otros muchos ilustres españoles, que o desaparecieron para siempre, o se sepultaron en los archivos de las secretarías, o pasaron a manos extranjeras.
Apenas podía consolarme de la pérdida de tan preciosos objetos, en cuya adquisición el Gobierno español había empleado, según tengo entendido, cerca de cuarenta millones de reales vellón, y un sabio tan distinguido como Mutis el tiempo más precioso de su larga vida.
Yo supe después por el mismo general D. P. Enrile que mis continuos lamentos habían hecho la más viva impresión en su ánimo, y que salió decidido de Madrid a salvar cuanto pudiese de la expedición botánica de Mutis, como efectivamente lo hizo.
Llegados a Madrid los efectos referidos de dicha expedición, que venían rotulados al Ministerio de Estado, como pertenecientes al Real Jardín botánico y Gabinete de Historia natural, muy pronto nacieron otros temores.
Al momento los reclamó como pertenencia de su departamento el Secretario de Estado de Gracia y Justicia de Indias, a pesar de hallarse vigente una Real Orden que en 1814 pude alcanzar, por la cual se disponía que en el caso de fallecimiento de los jefes encargados de semejantes expediciones, se depositase todo en el Jardín botánico de Madrid, para que allí se conservase, y sirviese a la instrucción pública.
Desde luego descubrí en el paso dado por la Secretaría de Gracia y Justicia, una mano oculta, enemiga de la gloria de Mutis, que quería perseguirlo más allá del sepulcro.
Disputaron la pertenencia algunos meses los dos Secretarios de Estado, y sus contiendas fueron dirimidas por el Rey mismo, como dije en mi anterior.
Durante estas contiendas, y temiendo venciese al fin el Secretario de Gracia y Justicia, que según se decía, gozaba entonces todo el favor del Rey; recurrí a S.M. pidiéndole la gracia de que fuese yo el encargado de la publicación de la Quinología de Mutis, que sabía por los Señores Enrile y Van-Halen, venía enteramente concluida y dispuesta para la prensa.
Mi principal objeto en esta solicitud era salvar a todo trance esta obra de las manos de su enemigo, que según yo creía, la hubiese sepultado, o tal vez hecho quemar, como lo hizo con las quinas enviadas muchos años antes por el mismo Mutis.
Venció al fin el primer Secretario de Estado, y yo me encontré bien a pesar mío con el encargo de la publicación de la parte botánica, según verá V. en la copia del oficio que se me pasó.
Digo, bien a pesar mío, porque en efecto recibí en ello mi pesar.
Reflexionando muchas veces sobre las causas del atraso de la Botánica en España, siempre hallé que la principal era la falta de buenos libros de poco coste; y así hacía ya algunos años que había determinado dedicarme exclusivamente a la publicación de la Flora española, y del Hortus matritensis, para las cuales había reunido muchísimos materiales, teniendo además en mi cabeza la ejecución de un Sistema generale vegetali y algunas otras.
Había, además, empeñado solemnemente mi palabra para publicar la ceres española, trabajaba entonces en las adiciones de la nueva edición de la Agricultura de Herrera, y tenía a mi cargo la dirección y enseñanza pública del Jardín, y la inspección general de los plantíos del canal de Manzanares.
Así pues esta comisión sobre perjudicar a mi misma gloria literaria, era un impedimento para los progresos generales de la ciencia en mi verdadera patria.
Pero ya insinué que no pude resistir este mal.
Meses pasaron sin que se me diese auxilio alguno y sufrí no pocos sinsabores para lograr el que al fin conseguí en Febrero de 1818 para componer el Salón, en que debía colocarse la nueva cajonería destinada a contener el herbario, dibujos y demás, perteneciente a dicha expedición.
Todo venía desordenado; pero con particularidad los manuscritos, a excepción de la Quinología y el Diccionario botánico.
Fueron necesarios algunos meses de trabajo continuado para darles algún arreglo, y poder formar un inventario algo ordenado.
De los dibujos solo unos quinientos venían denominados, los demás por lo general sin nombre, y cuando más traían solo el genérico; pero todos estaban numerados en el dorso; mas la llave de dichos números no Yo denominé un gran número de ellos, singularmente de los de las Compuestas y Gramíneas; y casi todos los 530 del Apéndice, que dispuestos por familias naturales, se colocaron separados de los de la Flora de Santa Fé.
Los de ésta los coloqué, según el Sistema Linneano, anunciando al Gobierno que su último arreglo sería por familias naturales.
Sabedor de que se habían perdido muchísimos objetos de otras expediciones semejantes, y deseando evitar sucediese otro tanto con los de la de Mutis, antes de entregarme de ellos, pedí al Gobierno, que el Capitán Don Antonio Van-Halen, me los entregase con toda formalidad bajo rigurosísimo inventario, y que asistiese a este acto otra persona inteligente.
El Gobierno así lo mandó, y nombró al efecto al Dr. D n.
Simón de Rojas Clemente, Bibliotecario del Real Jardín botánico.
El señor Van-Halen, aunque no es naturalista, es un oficial de mérito distinguido, que se había educado en una de las escuelas de la Marina Real española, de donde pasó al Ejército de tierra durante la guerra contra Napoleón; apreciaba mucho lo que con tanto cuido había traído, y tuvo la imponderable paciencia de asistir puntualísimamente a toda la entrega, auxiliándome no poco en la coordinación de los manuscritos.
Los inventarios están hechos con la mayor escrupulosidad; todas las hojas de los manuscritos están rubricadas por los tres; de manera que ni un solo dibujo, ni una cuartilla de manuscrito puede faltar sin que sea por culpa del encargado de ello.
Otro tanto hice con la parte de herbario que yo pude colocar.
Si algo faltare no será por falta de previsión al formar los inventarios, será por descuido o por inmoralidad del encargado, como sucede actualmente con los objetos correspondientes a las expediciones del Perú y Chile, y de la Nueva España.
Los estantes están pintados al ólio, tienen puertas dobles; además están forrados en hojalata por la espalda y por todos los costados para que los ratones no puedan jamás horadarlos.
Los manuscritos y dibujos están además dentro de unas cajas bien cerradas que se embuten en nichos practicados al efecto en dichos estantes.
El papel para el herbario es de folio mayor y de excelente calidad, hecho al efecto, y a toda mi satisfacción.
La pieza o salón, es enjuto, y el más fresco de todos los edificios del jardín en el verano, en dicho salón hay una mesa suficientemente ancha y del largo del mismo salón, sobre la cual pueden compararse a la vez más de doscientos esqueletos de plantas.
Hecho el inventario de los dibujos, y casi para concluirse ya el de los manuscritos hice presente al Gobierno mis ocupaciones, le pedí un profesor que me auxiliase, proponiendo à D n.
Simón de Rojas Clemente y los libros necesarios para la publicación, y los antecedentes indispensables para formar la historia de la expedición.
Se nombró a Clemente como yo pedía; pero sobre los libros y demás aún no se me ha contestado.
Ignoro si después de mi salida de Madrid el 4 de abril de 1823 habrá adelantado alguna cosa en los trabajos de esta expedición mi difunto amigo D n.
Simón de Roxas Clemente.
Si algo ha hecho, seguramente será muy poco, ya porque este encargo lo miraba él como un estorbo que le impedía perfeccionar sus propias obras; ya por el estado valetudinario de su salud desde 1819, y ya porque desde la entrada del Exto. de Luis 18 en Madrid hasta el Septiembre de 1825 estuvo separado de su destino, y desterrado de la Corte por haber sido diputado en 1820 y 21.
El conjunto de estas circunstancias, y el dolor que le causaría, como amigo que era de la libertad, el ver à su Patria sumergida en los horrores de la esclavitud, me persuaden tristemente que poco habrá adelantado.
Quiera Dios que ahora haya pasado à manos más puras que las del malvado Pavón.
Cierro esta carta, asegurando à V. que estoy firmemente persuadido que varios de los dibujos de las plantas publicadas por V. en sus obras tituladas Plantae aequinoctiales y Monographia Melastomae et Rhexiae son copias de los de la Flora de Bogotá, aunque por lo general más o menos recortados para acomodarlos al tamaño de la obra.
Durante la vida de Mutis pudiera haber habido algún inconveniente en publicarlo así; pero ya desaparecieron semejantes motivos con su muerte; y no dudo, que si el hecho es igual yo lo concibo, V. lo publicará así, si es que ya no lo ha hecho en la Biografía de este sabio, que no he visto.
En ello va una parte de la gloria literaria de Mutis, y de su patria y la mía, cuyo gobierno facilitó à V. con generosidad poco común, los medios de aumentar la suya propia, que no creo se disminuya por semejante declaración.
Concluyo asegurándole à V. que no tengo inconveniente alguno en que se publique el contenido de esta carta y de la anterior, pues que el Gobierno español lejos de querer guardar secreto en esta parte, deseaba que la Europa supiese lo que contenían los 105 cajones llegados à Europa.
Suplico à V. Tenga la bondad de dar la correspondiente dirección à la adjunta carta que remito para el célebre profesor Mr. Link, y aceptar un exemplar de mi Memoria sobre las Aparasoladas, aunque creo la remití à V. en 1825 con mi discípulo D n.
Deseo à V. un felicísimo viaje, y muchos años de vida para concluir sus nuevas obras.
Vea V. en qué pueda serle útil su afmo. Q.B.S.M. Mariano La Gasca P.S. Londres 25 de Julio de 1831.
He tenido esta carta conservada, que no entregué à V. por haber llegado a su casa à poco de haber salido V. para el continente.
Hoy mismo escribo al Sr. Link, y le incluyo los cuadernos que debía haber entregado à V. para él.
Me dijo Vd. que iba à publicar una Geografía vegetal bajo un plan distinto que el anterior.
Tengo algunas esperanzas de hacer algo en la Flora Española. |
En el presente artículo se ofrece un análisis de la compleja definición del concepto de «enfermedad incurable» en la medicina francesa durante el siglo XIX.
Tras un examen detenido de las distintas definiciones de «enfermedad» manejadas durante ese siglo, el texto se centra en el estudio de tres categorías íntimamente relacionadas: las enfermedades de la vejez, las enfermedades crónicas y las enfermedades incurables.
Se presenta un panorama, tanto teórico como práctico, en el que estas tres categorías funcionan dentro de un marco institucional en el que, a todos los efectos, es prácticamente imposible diferenciar una de otras, al compartir tanto los espacios, como las prácticas e incluso las representaciones.
PALABRAS CLAVE: Enfermedad incurable.
La evolución de la medicina francesa del siglo XIX ha sido ampliamente estudiada 1, una amplitud acorde con la importancia que, para la historia de la disciplina, estos años de efervescencia teórica y práctica ostentan.
Difícilmente podríamos entender la medicina moderna sin la contribución de Cabanis, Pinel o Broussais, sin la aparición de la anatomía patológica, de la delimitación y reforma de la profesión, sin la consideración de los hospitales como lugares eminentemente médicos, etc. Será también en este siglo cuando se produzca un renovado interés por un conjunto de enfermedades que, como veremos en el desarrollo del presente artículo, no había recibido excesiva atención en los siglos precedentes.
Nos referimos a las enfermedades de la vejez, las crónicas y las incurables que, como se hará patente más adelante, se encontraban unidas de forma inextricable.
Intentar hacer la historia de esta catalogación implica partir de un lugar incierto: no hay, como se verá, una definición de enfermedad incurable en el siglo XIX que vaya más allá del consabido «no tiene curación».
Esto implica que, para identificar una enfermedad como incurable, debamos atender no a consideraciones de orden patológico, sino a las numerosas listas recogidas en los diversos tratados sobre el tema, o que servían a fines administrativos en hospicios, estaciones termales, balnearios, etc: "General tremors.
16) ----1 Contamos en español con el excelente libro de (Arquiola & Montiel, 1993), en el que se realiza un estudio comparado de la evolución de la disciplina en Francia y Alemania en los últimos años del siglo de las luces y los primeros del XIX, con un marcado interés en la historia de la fisiología patológica.
Planteado desde una historia de la profesionalización de la medicina en Francia, (Ramsey, 1988) se ocupa de los mismos años que Arquiola y Montiel, en los que data la aparición de la medicina como profesión.
Los profundos cambios sufridos por la medicina en la Francia post-revolucionaria también son estudiados en (Williams, 1994)-Porque si un cáncer de páncreas era incurable, también lo era la demencia senil, por mucho que ambas no compartieran más que la incapacidad de la medicina para curarlas.
Como afirma Jason Szabo, «enfermedad incurable» es un concepto maleable, inclusivo y relativo (Szabo, 2010, p.
18), y las fronteras entre enfermedades crónicas, incurables y lo que hoy llamaríamos terminales resultaban, cuando menos, confusas 2.
Una de las consecuencias de esta «maleabilidad» resulta evidente: puesto que el elemento en común de todas estas enfermedades tiene que ver con el tratamiento de las mismas (es decir, con su «curabilidad» o no), deberemos tener en cuenta, a la hora de identificar una enfermedad como incurable, el tratamiento que le es aplicado.
La controversia entre medicina alopática y homeopática, sobre todo a partir de la aparición del libro de Hahnemann sobre las enfermedades incurables (Hahnemann, 1832), resulta ilustrativa para este punto.
En dicho libro, el fundador de la homeopatía culpaba de la incurabilidad de ciertas enfermedades siguiendo los métodos alopáticos al desconocimiento de la causa última de su aparición, la psoré.
La homeopatía, sin embargo, conocedora del mismo, sería capaz de curarlas.
El tratamiento, por tanto, debe formar parte de todo intento de estudio de la categoría «enfermedad incurable».
Una segunda consecuencia tiene que ver con que todo estudio de la enfermedad incurable en el siglo XIX deberá tener en cuenta que la lista de enfermedades que componen la definición puede variar de un lugar a otro.
Es decir, que a nivel local la definición de enfermedad incurable cambia.
No es lo mismo hablar de enfermedades incurables en La Sâlpetrière que en el Royal Institute for Incurables, en Putney 3.
El estudio que llevamos a cabo a continuación intenta tomar en serio estas consecuencias, señalando los discursos y prácticas terapéuticas locales que conformaron la definición de enfermedad incurable manejada en Francia en el siglo XIX.
----2 Una situación que no difiere tanto como nos gustaría pensar de la actual.
Así se hizo patente en el reciente congreso Making Sense of: Health, Illness and Disease, sobre todo en el panel titulado The boundary between chronic and terminal illness.
Ian Hacking también trata el problema de las clasificaciones científicas en gran parte de su obra, un buen resumen de sus puntos de vista, que inspiran en parte nuestra aproximación, en (Hacking, 2007).
La enfermedad es un estado opuesto a la salud.
Lo opuesto a la salud, más exactamente.
Y ésta, que es la idea que a casi todos nos viene a la mente cuando nos piden una definición de enfermedad, es la que podemos encontrar, por ejemplo, en el Dictionnaire des Sciences Médicales, publicado en 1818.
Sin embargo, esta breve definición es seguida por 178 páginas más, dedicadas a esclarecer qué es exactamente ser opuesto a la salud.
No es éste un caso aislado.
Podemos consultar cada uno de los principales diccionarios de medicina publicados en Francia en el siglo XIX y el resultado será siempre el mismo: la enfermedad es lo opuesto a la salud, pero debemos explicar qué es lo opuesto a la salud, porque no está nada claro:
Cada uno de los distintos sistemas médicos que poblaron el siglo XIX definieron la salud y por tanto su opuesto, la enfermedad, de acuerdo a su sistema 4.
Mientras que para Broussais la enfermedad es «[...] la lésion d'une fonction, dépendante de la lésion de son instrument ou de son organe» y de la que nos interesará la causa de la lesión, el órgano afectado, la influencia que pueda tener sobre otros órganos y el tratamiento que se le pueda aplicar (Broussais, 1834, p.
Ante tal disparidad de criterios, ante la imposibilidad de definir la enfermedad según su naturaleza, sólo resta una salida: clasificar las distintas enfermedades.
Enfrentado a la multiplicidad de la enfermedad, a sus infinitas variedades, el médico se ve empujado a clasificar lo que no es posible definir.
No es ----4 A este respecto es interesante consultar el término en la segunda edición del Adelon: autores como Broussais, Hahnemann, Hoffmann, Stark, etc., ofrecen toda una serie de definiciones de qué es la enfermedad que poco tienen que ver unas con otras (Adelon, 1832(Adelon, -1846)).
éste, sin embargo, un proceso sencillo.
305) De ahí la diversidad de las clasificaciones que conlleva una diversidad de las prácticas.
Algo especialmente evidente en Broussais, al hacer formar parte al tratamiento del contenido de la definición de enfermedad5, pero también cierto para el resto, pues es a partir de dicha definición que la práctica médica se organiza.
El que entienda que la enfermedad se corresponde con la lesión en un órgano, procurará curar esa lesión.
El que entienda que la enfermedad se debe al debilitamiento de las fuerzas vitales, deberá fortalecer esas fuerzas (Arquiola & Montiel, 1993, pp. 282-302).
En todo caso, si la práctica forma parte de la definición de «enfermedad», deberemos buscar esa definición en el lugar donde la práctica médica se realiza: un hospital para incurables.
Y nada mejor que acudir al que tal vez sea el más famoso de todos ellos: la Salpêtriére. "[...] la population de cet asile se compose [...]
2) 6Charcot nos proporciona dos coordenadas para organizar a los enfermos de su hospital alrededor de una clasificación nosológica que juega con el tiempo: ----por un lado, ancianos enfermos, que sufren los males propios de su edad; por otro, enfermos crónicos «reputados incurables», destinados a una vida de enfermedad permanente.
En lo que sigue, analizaremos las construcciones teóricas alrededor de estos conceptos en el siglo XIX, para volver, nuevamente, al análisis de las prácticas concretas llevadas a cabo en las salas de la Salpêtriére.
¿Existe un conjunto de escritos teóricos, instrumentos, instituciones y prácticas que podamos identificar con el tratamiento de los ancianos?
Debemos ser extremadamente cautos al respecto.
No es posible encontrar un discurso teórico ordenado y general sobre las enfermedades de la vejez hasta, aproximadamente, mediados del siglo XIX.
Los autores que escriben sobre ello son conscientes de este hecho (Prus, 1840, p.
Son conscientes de que están solos, que son los primeros en intentar un compendio de las enfermedades, tratamientos y condiciones de vida de los ancianos.
Así, Charcot reclama para Francia, para su siglo y para la institución que dirige, la constitución de una «patología de la vejez» en toda su originalidad (Charcot, 1874, p.
3) y Durand-Fardel inicia su Préface exponiendo la tremenda soledad en que su trabajo se encuentra (Durand-Fardel, 1854, p.
Podemos decir, sin lugar a dudas, que será éste trabajo de Durand-Fardel el primer gran intento de sistematizar todo el conocimiento sobre la vejez y sus enfermedades que anteriormente se encontraba disperso, tanto en monografías aisladas sobre temas específicos, en las prácticas particulares de las instituciones destinadas al internamiento de los ancianos enfermos, o en las escasas obras que, antes que ella, intentaron, sin lograrlo, esa sistematización (Canstatt, 1839; Fischer, 1760; Floyer, 1724).
Sin embargo, y ambos médicos franceses coinciden, el principal enfoque que las obras sobre la vejez anteriores a las suyas habían recibido era, más que médico, filosófico (Charcot, 1874, p.
Esta soledad de ambos, este papel de exploradores, no hace más que señalar la dificultad de la tarea que se han propuesto.
Están solos, su camino es mucho más arduo, su valor, mayor:
Si caracterizamos una práctica médica por la presencia o ausencia de obras teóricas sobre su materia, deberemos concluir que esa medicina de la vejez no existe hasta las obras de Durand-Fardel y Charcot.
O, si queremos ser generosos con los anteriores autores, hasta el siglo XIX.
Sin embargo, si pensamos que la medicina es, sobre todo, práctica y no teoría, no podemos menos que señalar que la práctica médica de las enfermedades de los ancianos existe, junto a las instituciones en que tal práctica se desarrolla, desde mucho antes.
Es por eso que expresamos más arriba la necesidad de ser cuidadosos al pronunciarnos sobre la existencia de una medicina de la vejez.
Si tenemos en cuenta que la Salpêtriére existe desde el año 1656, y que el Hospital Jesús Nazareno para mujeres incurables es más o menos de la misma época, lo mismo que el Hospital del Rey de Toledo, dedicado exclusivamente al cuidado de ancianos, es mucho más difícil considerar a Durand-Fardel o a Charcot tan solos como dicen estar.
Ellos mismos son conscientes de que su obra es dependiente de la institución en que desarrollan su trabajo:
Son conscientes de que su soledad teórica es también relativa.
Alguien, antes que ellos, señaló la laguna en el conocimiento que pretenden llenar.
El que, en cierto modo, los libera de su soledad, lo mismo que antes liberó a las locas de sus cadenas, no es otro que Pinel (Charcot, 1874, p.
Sin embargo, Pinel sólo mostró el camino, sus ambiciones, más amplias que las de Charcot o Durand-Fardel, le impidieron llegar a ese «punto límite de la ciencia» (Charcot, 1874, p.
4), precisamente el punto al que ellos sí quieren llegar 9.
----7 Esta queja es repetida por aquellos que trabajan en enfermedades crónicas, por ejemplo (Dumas, 1817, p.
Una descripción ajustada y sintética de la medicina de la vejez en la Francia del XIX en (Martin, 2007, pp. 87-110).
Sobre la importancia de la «medicina de hospital» (confrontada con la «medicina de laboratorio») para el surgimiento de la geriatría en el siglo XIX ver el ya citado (Lellouch, 1992, pp. 233-252).
9 El libro al que Charcot se referiere es (Pinel, 1804), en el que el fundador de la medicina moderna francesa recoge su experiencia clínica no psiquiátrica en las salas de la Sâlpe-Soledad relativa, por tanto, puesto que cuentan con la compañía de un visionario (Pinel), de ciertos estudios fragmentarios y, sobre todo, con la compañía de sus enfermos en su hospital, organizados espacialmente, distribuidos en las habitaciones y en los lechos, dispuestos para la observación, única fuente posible de conocimiento: "[...] la nombreuse population de nos salles nous permet d'envisager, sous les aspects les plus divers, les principaux types d'un seul et même genre morbide; mais ce qui est encore plus important, il nous est donné de suivre ici les malades pendant une longue période de leur existence [...]"
2) 10 La vejez es un periodo de involución, de «formation rétrograde» (Durand-Fardel, 1854, p.
No nos debe de extrañar esta caracterización, pues se trata de una imagen común para definir la vejez: el hombre, tras llegar a su época de madurez, cuando la potencia sexual es más activa, deviene, en la vejez, en una especie de niño que, de alguna forma, recorre el camino inverso que realizó durante los primeros años de su vida, durante su periodo de evolución.
Esta involución no es tan sólo una licencia poética.
Tiene, no podía ser de otra forma, un correlato físico.
Está localizada en el cuerpo (si bien también en el espíritu) y sus manifestaciones se encuentran por doquier en la anatomía del anciano.
No es tan sólo que el anciano disminuya de talla y peso como demostró Quételet (Charcot, 1874, p.
7), sino que todo su cuerpo, en el exterior y en el interior, se encuentra inmerso en un proceso de atrofia (Charcot, 1874, p.
8) que no es tan sólo superficial, sino que implica cambios en las características químicas del organismo, cambios que sólo pueden calificarse como degenerativos, lo que convierte a la vejez, sobre todo, en un proceso de degeneración (Charcot, 1874, p.
Esta degeneración, esta atrofia ---trière.
Se trata ésta de una obra amplia y ambiciosa, que pareciera querer describir todas las enfermedades posibles.
Consiguientemente, Pinel se limita a realizar breves exposiciones que de ninguna forma agotan el tema, pero sí que lo señalan.
Así, al menos, lo entiende Charcot.
Otra obra de Pinel, que también entraría dentro de esta categoría, es (Pinel, 1823).
10 La cursiva es nuestra.
Para una visión general de los estudios sobre la vejez, consultar (Arquiola, 1995).
También puede resultar de utilidad, pese a su brevedad, el trabajo de (Granjel, 1991).
En una línea similar, el más reciente (Thane, 2005) explora las concepciones sobre la vejez desde el punto de vista de la historia cultural, con un fuerte énfasis en sus aspectos iconográficos.
11 Siguiendo a Canstatt.
Sobre el concepto de envejecimiento como un «morir constante» y su relación con el trabajo de Xavier Bichat, Recherches physiologiques sur la vie et la mort (1801), ver (Katz, 1996, p.
general del anciano, tiene su sede, y por tanto puede contemplarse, en la totalidad de su organismo: el cerebro, que se deseca y endurece (Durand-Fardel, 1854, p.
8), pero también el sistema circulatorio, el óseo, los tejidos fibrosos y los músculos, etcétera.
Y, como resultado de este proceso de degeneración química, de los cambios físicos en los órganos, también las funciones de estos se ven envueltas en la involución del anciano: la acumulación de granulaciones adiposas en los músculos explican la paraplejia (Charcot, 1874, p.
9), la deformación de las células pulmonares, la constante presencia de catarros pulmonares (Durand-Fardel, 1854, p.
Si la enfermedad requiere de una sede, algo en lo que tanto Charcot como Durand-Fardel están de acuerdo, la degeneración del cuerpo del anciano ofrece lugar para todas ellas.
Pero, ¿cómo se explica este proceso de degeneración?
¿Qué es, en definitiva, lo que nos convierte en ancianos?
Aquí nuestros autores discrepan.
Charcot pertenece a una generación posterior a la de Durand-Fardel y su libro se publica 12 años después12.
Durand-Fardel ofrece una explicación distinta, basada en la característica de la sangre, que llama, con Canstatt, venosidad.
La cualidad venosa de la sangre del anciano y la disminución de la cualidad arterial -que se explica por el endurecimiento y disminución de la elasticidad contráctil de las paredes arteriales, incapaces, por tanto, de realizar correctamente su función (Durand-Fardel, 1854, p.
XVII)-, tienen como resultado una sangre llena de impurezas, de sustancias descompuestas, es decir, una sangre con cualidades más venosas que arteriales (Durand-Fardel, 1854, p.
Será precisamente esta dificultad para realizar correctamente la hematosis la que tenga mayor influencia sobre el organismo de los ancianos, es decir, sobre la degeneración de dicho organismo:
XXVIII) ----Cuando la fuente misma de la vida se contamina es normal que la vida misma degenere, involucione.
La vejez es un periodo de soledad, de aislamiento.
No sólo moral, sino sobre todo físico, orgánico.
La característica que más llama la atención de la patología de la edad senil es, precisamente, la independencia de las enfermedades o, lo que es lo mismo, la escasa relación entre los órganos: «Le caractère principal des maladies des vieillards, dit Canstatt, c 'est l' isolement, elles son comme séparées du reste de l 'organisme et indépendantes» (Durand-Fardel, 1854, p.
Esta independencia de las enfermedades es el resultado de las características anatómicas que anteriormente hemos expuesto, y se traduce en una separación entre los distintos órganos que completa el proceso de degeneración, de forma que la enfermedad que en un hombre adulto hubiera influido sobre otros órganos y generado, de esta forma, un número mayor de signos, de síntomas, que hubieran ayudado al diagnóstico, en el anciano tan sólo afecta al órgano en cuestión.
De ahí la escasez de síntomas, de ahí la dificultad del diagnóstico, de ahí la muerte súbita:
(Racle, 1864, pp. 647-648) Este aislamiento de los órganos, como dijimos, es el resultado del proceso de degeneración que es la vejez, de esa atrofia que caracteriza a su anatomía.
La piel, nos dice Durand-Fardel, es el lugar más evidente de este hecho.
Al perder su elasticidad, al secarse y endurecerse, ya no es capaz de seguir la retirada de los músculos que encogen, de los tejidos que se atrofian.
La piel, de esta forma, adquiere su aspecto común en los viejos: arrugada, seca, escamosa.
Y no sólo eso, la piel misma se convierte en un cuerpo extraño, que deja de cumplir sus funciones de protección y se convierte en fuente de irritación, impide la correcta transpiración, deja, en definitiva, de cumplir sus funciones y se convierte en una fuente más de preocupaciones patológicas (Durand-Fardel, 1854, p.
Los cambios fisiológicos de los órganos, avisa Charcot, producen, por sí solos, «problemas funcionales extremadamente graves» (Charcot, 1874, p.
Pero el aislamiento de los ancianos no se limita a esta separación de los órganos, sino que la separación de los órganos implica, a su vez, una separación del mundo:
Tal y como Duchenne de Boulogne demuestra, la proporción de electricidad que se necesita para obtener la contracción de un músculo está en razón directa de la edad (Durand-Fardel, 1854, p.
Este hecho no hace sino demostrar la retirada general de los sentidos, la amortiguación de las impresiones, el debilitamiento del sistema nervioso (tanto de sus centros como de sus ramificaciones) que separa al anciano del mundo, aislándolo de la sociedad de la misma manera que sus órganos se encuentran aislados entre sí, en una perfecta simetría entre lo interior y lo exterior.
El proceso de degeneración, como dijimos, abarca a la totalidad del organismo, a la totalidad del individuo.
Se produce, de esta forma, lo que Durand-Fardel llama «el silencio de las simpatías»(Durand-Fardel, 1854, p.
647) El anciano, ese ser en estado de degeneración, es débil.
Las corrientes de aire, los cambios bruscos de temperatura o de ambiente, los espacios viciados, las ropas que viste, el lecho en que se recuesta... todo puede serle perjudicial.
Todo esto, por tanto, debe ser controlado por la higiene.
Y entre las medidas higiénicas, la más importante:
Hemos llegado al final.
El anciano debe ser aislado, controlado, por su propio bien, para proteger su salud.
«Incluso en las iglesias».
Precisamente ese aislamiento que permitía a Charcot, recordemos, «seguir a los enfermos durante un periodo prolongado de su existencia».
Ésta, que es la principal ventaja con que cuenta el investigador de las enfermedades de la vejez, es, al mismo tiempo, la práctica principal de la misma: el internamiento en un espacio controlado.
El aislamiento de la sociedad, incluso de los otros pacientes 13.
La duración de la enfermedad hace referencia al tiempo transcurrido entre que ésta comienza hasta que finaliza.
La medicina ha utilizado, ya desde los tiempos de Hipócrates, la distinta duración de cada enfermedad para realizar clasificaciones que puedan ayudar en el diagnóstico y curación de las mismas.
Esta división distinguía entre enfermedades efímeras (duran un día), agudas (duran un máximo de cuarenta días) y crónicas, que duran más de cuarenta días.
Cada uno de estos grupos contaba, a su vez, con subdivisiones más específicas (efímeras prolongadas, subagudas...)
Lo primero que debemos resaltar, y que es evidente para cualquiera, es que los cuidados que necesita un tipo de enfermedad u otro son totalmente distintos.
Un enfermo con una enfermedad aguda sabe que, como mucho, salvo imprevistos, estará enfermo un máximo de cuarenta días.
Esto implica, por ejemplo, que su estancia en un hospital, o su falta de ingresos, serán breves.
No es necesario, en un primer momento, buscar más ayuda que la estrictamente curativa.
Una vez sanado, el enfermo volverá a su hogar, o volverá a su trabajo, y todo habrá terminado.
Esto no es así en el caso de los enfermos crónicos.
Su enfermedad puede extenderse durante meses, tal vez años.
Sus necesidades, por tanto, de atención y por supuesto de sustento, son ----13 Sobre las enfermedades de la vejez existen excelentes estudios, muchos de ellos vinculados a la historia de la geriatría.
El clásico de (Grmeck, 1958) sigue siendo de interés.
Más reciente, y centrado en la historia del surgimiento de la disciplina en Estados Unidos, tenemos el libro de (Achenbaum, 1995).
El capítulo dedicado al envejecimiento en (Riley, 1989, pp. 29-61) también hace excelentes comentarios sobre las relaciones entre enfermedad y vejez.
Sobre la vejez como estado patológico, ver (Imbault-Huart, 1984). totalmente distintas.
Si el enfermo, a consecuencia de su enfermedad, no puede trabajar, alguien deberá mantenerlo.
Si se encuentra en un hospital, debe prepararse para una estancia prolongada, lejos de su hogar.
Esto en cuanto a las necesidades del enfermo, pero el hospital también tendrá unas necesidades según sean sus enfermos agudos o crónicos.
Los segundos demandan una atención dilatada en el tiempo, ocuparán una cama durante un largo periodo, comerán la comida del hospital durante meses, tal vez años.
En el caso de encontrarse en hospitales para enfermos agudos, el hospital no podrá cumplir sus funciones correctamente, puesto que los recursos que debían destinarse a los agudos se gastarán en enfermos crónicos, etc. Vemos por tanto que esta simple división artificial de las enfermedades, atendiendo a su duración, implica diferencias tanto para los enfermos como para su entorno.
Esta división natural se sustenta en una serie de paralelismos entre sus rasgos principales.
Gintrac cita hasta ocho.
Nos interesa resaltar alguno de ellos:
Mientras que las enfermedades agudas se corresponden con las edades de la juventud y la madurez, las enfermedades crónicas son mucho más comunes durante la vejez.
Las causas de las enfermedades crónicas suelen ser oscuras, desconocidas.
Las enfermedades crónicas dejan tras de sí cambios profundos y perdurables en el cuerpo del enfermo y en su salud.
La terapéutica de las enfermedades crónicas es compleja, frente a la sencillez que suele presentar la de las agudas (Gintrac, 1853, pp. 455-456).
El primer punto debe ser resaltado, puesto que al identificar enfermedad crónica con la vejez, algo que también está presente en (Landré-Beauvais, 1818, p.
494), situamos al enfermo crónico en las mismas coordenadas que las descritas para la vejez en el apartado anterior: el enfermo crónico, al igual que el anciano, posiblemente por serlo, es un enfermo solitario, apartado del resto de la sociedad por su enfermedad, por los profundos cambios que ésta imprime en su cuerpo y en su entorno social (punto 3).
Los puntos segundo y cuarto nos conducen a otra realidad, a la realidad de una terapéutica compleja, y muchas veces infructuosa.
La oscuridad de las causas conduce directamente a la dificultad de la curación.
Es éste el argumento que emplea Hahnemann para explicar la imposibilidad de curar la enfermedad crónica por los métodos tradicionales.
No se trata solamente de que los métodos alopáticos sean groseros e inútiles.
Si las enfermedades crónicas son la «desesperación de la medicina» (Hahnemann, 1832, p.
3). es porque ésta desconoce la causa profunda, la única causa, de la multitud de enfermedades crónicas: la psore (Hahnemann, 1832, p.
La enfermedad crónica será uno más de los campos de batalla entre las distintas doctrinas.
Sin embargo, sí parece haber coincidencia en algo: no se estudia las enfermedades crónicas por su dificultad para conocer causas y lograr éxitos terapéuticos y, por tanto, es muy difícil desarrollar una terapéutica, puesto que nadie se presta a su estudio.
Ante tal estado de cosas, poco es posible hacer para sanar la enfermedad:
355) La enfermedad crónica sumerge al enfermo en un mundo de privaciones, de dolor, que puede tornarse insoportable (Fleury, 1866, p.
La Salpêtrière, por tanto, es el lugar idóneo para ellos.
Donde serán cuidados, resguardados del frío que puede herir sus delicadas articulaciones.
Resguardados, si no del dolor, al menos del mundo.
Llegados a este punto, ¿qué es una enfermedad incurable?
¿Lo son las enfermedades de la vejez?
¿Lo son las enfermedades crónicas?
Más información nos aporta el Panckoucke, que distingue entre aquellas enfermedades que son incurables por imperfección del arte (médico), aquellas que lo son por la naturaleza del mal y aquellas que lo son porque su cura implicaría el desarrollo de una enfermedad más grave y peligrosa para la salud del individuo (C.-L.-F. Panckoucke, 1812-1822, art. Incurable).
La Encyclopedie Méthodique (C.-J. Panckoucke, Agasse, & Agasse, 1787-1830) no nos aporta muchas más pistas.
El artículo Incurables (maladies) es, en realidad, una soflama en favor del progreso del conocimiento humano, que terminará por hacer innecesario el término.
En todo caso, para el que lea este artículo una cosa queda clara: una enfermedad incurable es aquella que, sencillamente, no se puede curar.
Vemos por tanto que la doctrina sobre las enfermedades incurables no ha variado a lo largo del siglo XIX, y que éstas son aquellas enfermedades que no tienen cura, por alguna de las causas indicadas en el Panckoucke.
Ante esta definición, no se puede hacer otra cosa que realizar listados, apuntar qué enfermedad es curable y cuál no, y desear que, con el paso del tiempo, la segunda lista se vaya haciendo más y más corta.
Mientras, al enfermo sólo le resta estremecerse:
(Massé, 1861) ¿Dónde se produce la intersección de estas tres categorías: enfermedades de la vejez, crónicas e incurables?
Porque no todas las enfermedades de la vejez son crónicas, ni todas las enfermedades crónicas son incurables.
¿Qué tienen en común, entonces, aparte de ese futuro de desaliento, de días lentos?
El lugar donde ese futuro, donde esos días, transcurren.
La sede de la enfermedad 14.
LOCALIZANDO LA ENFERMEDAD: LA SALPÊTRIÈRE Como hemos indicado anteriormente, es necesario localizar la enfermedad.
Esto significa, en primer lugar, distribuirla en el espacio en que se desarrolla, en este caso, el Hospital de la Salpêtrière, donde tanto Durand-Fardel como Charcot realizan sus observaciones.
En segundo lugar, es necesario atender a lo que se hace en ese hospital, es decir, aquellas prácticas que son ejercidas sobre los cuerpos enfermos, recostados en sus lechos, encerrados entre las paredes del recinto del hospital.
La intención que nos guía es la de establecer el contenido de la categoría.
Una categoría no definida del todo, en la que se mezclan, como hemos visto, enfermedades de la vejez, enfermedades crónicas y enfermedades incurables.
Atendiendo a este doble objetivo, el apartado presente se divide en dos partes, la primera está dedicada a la arquitectura del Hospital de la Salpêtrière, la distribución de las salas, el mobiliario que se ----puede encontrar allí, etc. El segundo apartado se centrará en las distintas acciones que se ejercían sobre, y eran ejercidas por, el enfermo.
El Hospicio de Mujeres Incurables de la Salpêtriére fue mandado construir por Louis XIII sobre los terrenos del antiguo Arsenal, en el Quartier Saint-Victor.
Debía ser, en principio, un «pequeño arsenal», en el que se trabajaría el salitre (de ahí su nombre), sin embargo, los trabajos fueron interrumpidos, durante el inicio del reinado de Louis XIV, por las revueltas de la Fronda.
Una vez terminadas éstas, el Parlamento de París presenta a Mazarino un proyecto para la construcción de un hospital para pobres, que sea, al mismo tiempo, lugar de encierro.
El 27 de abril de 1656, se publica un edicto real en que, reconociéndose el estado de miseria de París, se aprueba la construcción de dicho lugar, y se autoriza la búsqueda de fondos para el mismo.
El objetivo, según dicho edicto, era aportar a los pobres no sólo los cuidados materiales que les eran necesarios, sino, sobre todo, los espirituales (Boucher, 1883, p.
Es en este momento cuando Louis XIV cede los terrenos y construcciones del «petit Arsenal» o «Salpêtrière» para este fin.
La historia de la Salpêtrière es larga y compleja.
Durante un tiempo convivieron en ella ancianas, alienadas, delincuentes (pues hubo una cárcel, la prisión de la Force, construida en 1684), etc.
Sobre los cambios sufridos en las instituciones hospitalarias parisinas durante la transición entre el Antiguo Régimen y la Revolución, véase (Frangos, 1997).
Comenzando con la reforma de 1774 y terminando con Napoleón, Frangos ofrece una panorámica ejemplar de los cambios sufridos en la legislación francesa.
Tratando un tramo temporal ligeramente posterior, el trabajo clásico de Ackerknecht sobre los hospitales franceses sigue resultando de interés (Ackerknecht, 1986).
De interés tangencial para el tema del presente artículo, pero que ofrece una panorámica de los hospitales parisinos de una época posterior, también puede consultarse el texto (Martineaud, 2004). sia.
Era, sin lugar a dudas, un lugar grandioso, que ocupaba 31 hectáreas de terreno a orillas del Sena, cerca del Jardin des Plantes, en el centro de París.
Las internas estaban divididas en dos grandes grupos: el de las indigentes y el de las alienadas, siendo el primero el grupo más numeroso (2.635 personas, frente a las 1.513 del segundo).
Para cubrir sus necesidades se contaba con 553 empleados y sirvientes, además de 56 personas más entre personal de administración, médico y religioso (Husson, 1862, p.
Todas ellas distribuidas en 14 de los edificios que componían la institución, quedando las indigentes reunidas en las antiguas construcciones originarias junto a la iglesia y en las antiguas dependencias de la cárcel, y las alienadas distribuidas en los llamados edificios de Rambuteau, Esquirol y Pinel 16.
El siguiente cuadro de la escuela francesa, datado hacia 1780, en que se representa la visita de Jacques Necker al Hospice de la Charité, nos puede ayudar a hacernos una idea de cómo podían ser las salas en las que reposaban los enfermos (Il.
Podemos ver a un grupo reunido alrededor de una camilla en la que se transporta a un enfermo.
El grupo está compuesto por los señores Necker, dos monjas, un capellán y los dos camilleros, además del enfermo.
A la derecha de este grupo, vemos un lecho abierto, en el que reposa un enfermo.
A su lado, mirando al grupo principal, un hombre vestido de negro, muy posiblemente un médico, pues parece tomar el pulso a la persona de la cama.
A la izquierda del grupo principal, vemos una sucesión de lechos con dosel, hasta un total de ocho.
Cuando terminan, a través de una puerta en la pared que da a otra sala que es de suponer igual a la que ocupa el primer plano, más lechos.
La luz proviene de los altos ventanales que, por encima de las camas, llegan al techo.
Las paredes son blancas.
Lo primero que llama la atención es el número de camas que debía haber por cada sala.
Hemos contado ocho, tan sólo en un lateral y tan sólo en lo que parece ser una sección de la estancia.
El número de camas por sala en este ----16 La historia arquitectónica de la Sâlpetrière es tan compleja como cabría esperar, con edificios construidos en diversas épocas siguiendo planes y concepciones del hospital completamente distintos.
Para el estudio del diseño de hospitales, sigue siendo pertinente el estudio de (Thompson & Goldin, 1975).
En concreto, los capítulos 4 y 5, que comprende el diseño de hospitales desde el Renacimiento (caracterizado por salas de tamaño medio), hasta el siglo XIX (en el que se inicia la construcción de los grandes pabellones hospitalarios).
Con un punto de vista más actual, (Le Clech-Charton, 2010) ofrece una versión más local y centrada en la cultura material de la evolución de los hospitales en Francia. hospital de la rue de Sèvres, debía ser, probablemente, cercano a treinta o treinta y cinco.
Lo segundo que nos sorprende es la suntuosidad de las camas.
Amplias camas con dosel, con ropa limpia, blanca, que parece de buena calidad.
No hay, sin embargo, más mobiliario.
Tan sólo camas, una al lado de la otra.
¿Ofrece este cuadro una imagen real de lo que podía ser el interior de un hospital de este estilo?
Los doseles en las camas nos pueden hacer dudar, sin embargo este detalle se ve confirmado por Husson, que nos muestra, en su interesante representación del mobiliario de los hospitales en 1862, que la presencia de doseles en las salas hospitalarias era algo bastante común (Il.
Junto a la cama con dosel, vemos que Husson representa otra serie de accesorios que se encontraban presentes en los hospitales franceses del XIX: una mesa de noche, una luz artificial colgante, sillas y sillones, todo tipo de tazas, vasos, botes, etc.
¿Podemos suponer que en la Salpêtrière se contaban con todos estos lujos?
Tal vez sea mucho suponer.
En la Ilustración 3 podemos observar otro tipo de cama, muy distinta a la anterior.
No cuenta con somier de muelles.
En el texto de la parte superior se lee claramente: «Lit sans montants et à tiroir pour les hospices».
En la Ilustración 4 podemos contemplar una visita de Charcot a sus enfermos, junto a un numeroso grupo de, suponemos, estudiantes.
Charcot ausculta a la mujer, mientras el resto escucha atenta y pacientemente.
Uno parece tomar notas.
En todo caso, en el presente contexto nos interesa la sala en que esta escena ocurre, no tanto la escena en sí.
Techos elevados, grandes ventanales situados de forma que no puede verse el exterior.
La sala debe de ser inmensa, si atendemos a la diferencia de tamaño entre las figuras del primer plano y las del fondo.
A la derecha, casi fuera de cuadro, algo que podía ser una estufa.
A la izquierda, las camas.
Lo cual, para Charcot, es siempre una ventaja.
Recordemos que tan sólo la observación impersonal y positiva puede hacer ciencia.
El cabecero de la cama hace las veces de mesilla, y, sobre él, vemos frascos, una taza, una botella.
Al lado de cada cama, colgadas de la pared, una carpeta con las anotaciones médicas.
La suntuosidad del cuadro de la Ilustración 1 ha desaparecido.
Pero los espacios siguen siendo inmensos, llenos de gente.
Podemos hacernos una idea más aproximada de la composición de los espacios con la ayuda del siguiente texto, en que se describe la enfermería general de la Salpêtrière:
La Salpêtrière no era, es fácil imaginarlo, un lugar agradable en el que vivir.
Las grandes salas debían ser frías en invierno, pese a las estufas que estaban instaladas.
Por otra parte, muchos de sus ocupantes sufrían dolores crónicos, otros sufrían enfermedades del aparato digestivo, algo que podemos traducir en diarreas y vómitos.
Toses, ahogos, gritos de dolor, suspiros..., todo esto debía convertir la sala de internas en un lugar muy poco habitable.
Y sin embargo, también es cierto que muchas de las enfermas no venían de vivir en condiciones mejores.
El dolor es el mismo dentro que fuera de la Salpêtrière, y allí, más o menos, era tratado.
Las asiladas recibían vestimentas nuevas, eran bañadas, sus camas tenían sábanas de lino blanco.
Recibían tres comidas diarias en el comedor general y, si no podían levantarse, en su lecho.
A las que podían, se les permitía salir los miércoles y domingos durante todo el día.
Y recibían visitas los jueves y domingos.
Sabemos que recibían lecciones de canto, sobre todo las alienadas, como parte de la terapia, y también que se celebraban bailes y fiestas (Husson, 1862, p.
Y con todo, y pese a todo, no era un lugar para vivir, mucho menos para sanar.
La vida diaria debía ser una constante espera: esperar la siguiente comida, esperar que llegase el domingo, para salir o recibir visitas; esperar al maestro de canto; esperar al baile; esperar al doctor que hiciera su ronda; esperar a la enfermera que trajese los medicamentos; esperar el siguiente dolor, la siguiente arcada, la siguiente asfixia.
La vida de la enferma en la Salpêtrière era una vida en espera.
¿Cómo era la visita del médico?
¿Qué ocurría en esas ocasiones en que Ms. Charcot, junto a sus alumnos, bajaba a la sala para visitar a sus enfermas?
¿Qué ocurría después de que reposara su oreja en la espalda de la enferma y escuchara la carraca de sus pulmones?
¿Qué era lo que se anotaba en las tablillas que había junto a la cabecera de la cama?
En definitiva, ¿qué se hacía a las enfermas de la Salpêtrière además de enseñarles a cantar y darles de comer y ropas limpias?
¿En qué consistía su tratamiento?
En la Ilustración 5 podemos ver el Bulletin Statistique del Hospital de Lariboisière, un hospital parisino que empezó a funcionar a mediados del siglo XIX, en la orilla dere-cha del Sena.
Este boletín pertenece al año 1861, y en él se describe la historia clínica de Jean Baptiste Letourner, de treinta tres años, que ingresó en el hospital el 7 de agosto de ese mismo año.
La enfermedad que se le diagnosticó fue un reumatismo articular crónico primitivo, progresivo y muy intenso (Charcot, s.d.).
Esta enfermedad, que aquí encontramos en un joven de 33 años, es una de las que poblaban las salas de la Salpêtrière 17.
En este Bulletin Statistique podemos seguir los primeros pasos del enfermo al entrar al hospital.
Lo primero es asignarle una sala y una cama, que a partir de ese momento serán su lugar, el sitio donde habitará, la sede de su enfermedad.
El siguiente paso es tomar su nombre, su edad, su sexo y estado civil, así como su profesión, lugar de nacimiento y domicilio.
Se indica la fecha de entrada.
La de salida y la de muerte quedan en blanco.
Los datos que se han recogido hasta el momento no son meramente administrativos.
Todos ellos ayudarán al médico a la hora de realizar el diagnóstico, que se inicia con un interrogatorio:
31) Lo primero que hace el enfermo con su médico es, por tanto, confesarse 18.
Y tendrá que hacerlo cada vez que él se lo pida, ante el grupo de alumnos que estén ese día en la sala, dispuesto a aprender, dispuestos a realizar sus tesis doctorales, a rellenar sus libretas con historias clínicas, con bocetos.
El enfermo, a partir de ahora, estará totalmente expuesto, no sólo a las miradas, también a los oídos, al sentido del gusto y al del tacto de los que lo cuidan.
Tras esta primera confesión, una vez que el paciente ha contado su historia, se debe dar el siguiente paso.
Es el momento en que el médico toma la palabra, describiendo, en primer lugar, el estado actual del enfermo:
----17 Se encontrará una detallada descripción de la historia, procedimientos de admisión y vida cotidiana en el hospital de la Lariboisière en (Martineaud, 1998).
18 El problema ético de la medicina clínica, que aquí se ilustra, ha sido convenientemente señalado por Foucault: «El problema moral más importante que la idea clínica había suscitado era éste: ¿con qué derecho se podía transformar en objeto de observación clínica, un enfermo al cual la pobreza había obligado a solicitar asistencia al hospital?»
Sigue siendo relevante el capítulo dedicado a los hospitales en la obra del filósofo francés (Foucault, 1999, pp. 97-128).
Se encontrará una visión general de la historia de los hospitales en (Risse, 1999).
32) Y ahora es cuando es posible realizar el diagnóstico.
Una vez que se conoce la historia y se conoce el estado actual, los síntomas que la enferma presenta, es cuando el médico puede dar el nombre a la enfermedad, nombre que posibilita realizar una actividad más sobre el enfermo: la terapia.
El reumatismo articular crónico es una de las enfermedades más comunes, y también una de las más crueles.
Las deformidades que produce esta enfermedad en las articulaciones impiden, en primer lugar, el movimiento de la parte afectada.
El enfermo queda, por tanto, incapacitado: para comer por sí mismo, para lavarse, para levantarse, para hacer sus necesidades...
Y, por otra parte, origina un gran dolor, tanto en las articulaciones, como de origen muscular, un dolor que, además, lo más probable es que no desaparezca jamás (Charcot, 1853, p.
246) Así pues, vemos que en este caso concreto, en esta enfermedad concreta, la medicina debe limitarse a tratar los síntomas, a hacerlos más llevaderos, sin esperanzas de que se produzca una curación.
Los métodos aplicados por Charcot y por otros en los enfermos reumáticos (los alcalinos en grandes dosis, el carbonato sódico, la tintura de yodo, el arsénico, tanto ingerido como en forma de baños, amoniaco de guayacán, yoduro potásico, vesicatorios, botones de fuego, unturas de tintura de yodo, baños medicinales...) no curan esta enfermedad.
Como mucho, controlan los síntomas, palian sus efectos, los mitigan:
En las páginas precedentes se ha intentado describir de forma muy resumida el tipo de prácticas más comunes a las que las pacientes de la Salpêtrière eran sometidas.
Prácticas de tipo higiénico, entre las que se incluyen los baños frecuentes y las clases de canto; de tipo dietético, con una alimentación diaria, regular y controlada; de tipo médico, con el diagnóstico y seguimiento de la enfermedad y con el tratamiento terapéutico adecuado, de tipo exclusivamente paliativo, tratamiento que incluía las visitas a los baños termales así como la cauterización local, utilizando los botones de fuego, y las sangrías, las inyecciones intravenosas y la ingestión oral de preparados farmacéuticos más o menos eficientes.
El análisis de las discusiones teóricas sobre el concepto de enfermedad y sus clasificaciones, así como el de las prácticas llevadas a cabo en las instituciones hospitalarias, representadas en este artículo por la Salpêtrière pero que pueden trasladarse sin mucho esfuerzo a otras instituciones en diversos países, ofrece un panorama que en determinados aspectos, sobre todo aquellos que tienen un mayor impacto sobre la experiencia del enfermo, nos resulta familiar (lo cual no implica que todos ellos resulten negativos): la dificultad teórica de deslindar entre categorías tan próximas como las presentadas, que conlleva la cohabitación de enfermos dispares en los mismos servicios; los problemas organizativos que esto supone; la renuncia a intentar curar la enfermedad y la aplicación de remedios paliativos, etc. Por no mencionar las dificultades que la asunción, por parte del Estado, del cuidado de estos pacientes implica, punto no considerado aquí, y que será tratado en un artículo de próxima aparición, centrado en el caso español.
La continuidad de algunos de estos problemas debería conducirnos a una profunda reflexión sobre el desarrollo histórico de las categorías manejadas en este artículo, que pueda servir de ayuda a la hora de enfrentarnos, hoy día, a situaciones a veces demasiado parecidas a las que hemos encontrado en la Salpêtrière. |
segunda mitad del siglo XIX.
En el transcurso de unos pocos años, el asunto de los matrimonios entre parientes cercanos acaparó fuertemente la atención de los profesionales de ese país.
Múltiples tesis, artículos y tratados fueron enteramente dedicados a describir los efectos de tales uniones sobre la descendencia.
Se reconstruyen aquí las dos teorías más importantes construidas respecto de ese nuevo capítulo del saber médico.
el matrimonio entre parientes próximos.
Dado que, a nuestro entender, la bibliografía especializada no se ha ocupado hasta el momento suficientemente de ese extraño episodio del saber galénico francés, este trabajo intentará reconstruir con detalle los debates generados al respecto entre 1850 y 1880.
No es una tarea sencilla aislar el campo en que se alojó esa conflictiva discusión.
La problemática de la consanguinidad mantuvo desde el comienzo visibles puntos de contacto y entrecruzamiento con tópicos científicos, políticos e ideológicos que se hallaban en el centro del pensamiento decimonónico.
En efecto, la referencia a los matrimonios consanguíneos fue siempre inseparable de asuntos absolutamente irreductibles al fuero fisiológico.
En esas discusiones se daban cita preocupaciones que concernían a la pureza de la raza, el mestizaje en las colonias, la salud de los judíos, la degeneración de la aristocracia o los avances en la cría de animales.
Esos puntos, en mayor o menor medida, fueron convocados desde el principio en la tarea de hacer de la consanguinidad un verdadero capítulo del saber médico.
En otro orden de cosas, vale aclarar que en este artículo no suponemos que el abordaje de la consanguinidad por parte de los médicos franceses haya sido excepcional.
Por esos mismos años, ese mismo problema despertó también el interés de los profesionales de los países vecinos.
Por caso, los autores franceses se referirán, durante el período estudiado, a investigaciones realizadas en Berlín o Inglaterra; más aún, tal y como veremos, en los periódicos de habla francesa se publicarán traducciones de algunos escritos producidos por los colegas anglosajones.
De todas maneras, esos diálogos y cruces con las producciones de profesionales de otros países fueron más bien escasos, y es por ello que, al menos tratándose del lapso que aquí se indaga, es posible acometer un análisis que atienda exclusivamente a los debates surgidos en territorio francés.
Por otra parte, una descripción de lo sucedido en otras latitudes supondría tomar en consideración una gran cantidad de variables y factores que en distintos contextos tomaron relieves diferentes.
Recordemos, por caso, de qué manera, en la Alemania de fines de siglo XIX, el debate acerca de la consanguinidad se ligará estrechamente a los discursos antisemíticos, y ayudará a moldear una conocida imagen del judío degenerado (Gilman, 1993, pp. 169-197).
ANTECEDENTES: LOS MATRIMONIOS MÉDICOS
En unos instantes veremos que luego de 1850 surgen indicios que demuestran que la consanguinidad ha adquirido para la medicina un nuevo estatuto: comienzan a aparecer tesis médicas enteramente referidas al problema, el tér-mino ingresa a los diccionarios galénicos y el tópico es debatido en los congresos de la profesión.
De todas maneras, tras esos avances no está en juego obviamente el descubrimiento de un fenómeno que hasta entonces hubiera pasado desapercibido.
Por el contrario, lo que sucede luego de 1850 debe ser descrito como la saturación de valor de un hecho que desde mucho antes era consignado por la literatura médica.
A tal respecto, será necesario ensayar alguna hipótesis que tenga a bien fundamentar la razón de esa nueva valoración.
Ahondar en ello requeriría un trabajo que no podemos acometer aquí, pero recordemos que durante largos siglos el problema de la consanguinidad poco tuvo que ver con una preocupación por los efectos orgánicos en la descendencia de las uniones entre parientes cercanos.
El terreno en que el término consanguinidad más se desarrolló en la época pre-moderna, fue el del ordenamiento eclesiástico de los matrimonios.
Fue merced a esa regulación que los canonistas introdujeron el mayor peso de los nexos «biológicos» por sobre los artificiales (como la adopción) en la definición del parentesco, contrariando de ese modo una tradición de largos siglos que se remontaba a la definición romana de la familia (Roumy, 2008).
Para ello, los canonistas medievales se apropiaron del vocabulario de los juristas romanos, produciendo lentamente una absoluta modificación del sentido de los términos originales.
En efecto, en tanto que el vocablo consanguinitas no era jamás utilizado por esos juristas para describir los parentescos naturales -por el contrario, era usado casi exclusivamente para el parentesco civil, agnatio-, los teóricos del Medioevo apelaron a él para agrupar las uniones naturales en sentido amplio.
Esa apropiación fue uno de los mecanismos que forma parte del proceso por el cual, para el siglo XII, la institución eclesiástica se arrogó el derecho exclusivo del control de los matrimonios, que fue acompañado por la instauración de un nuevo sistema de parentesco, fundado a partir de allí, no ya en el derecho sucesorio, sino sobre el matrimonio, definido como un nexo carnal 1.
En lo atinente a la medicina francesa, sería posible mostrar que la incipiente atención a los efectos de los matrimonios consanguíneos aparece cada vez con mayor relieve a partir del momento en que las uniones procreativas devienen objeto de descripción y control por parte del saber médico.
Nos referimos sobre todo a la literatura que, fundamentalmente en la segunda mitad del siglo XVIII, aboga por un mejoramiento de los individuos -todavía no se ----1 A tal respecto, Elizabeth Archibald ha analizado de qué modo en la Edad Media el motivo del incesto se transformó en un elemento muy popular de la literatura.
Lo más interesante es que en todas esas discusiones jamás aparecía una atención a los peligros posibles de la consanguinidad (Archibald, 2001, pp. 5, 50).
utiliza el concepto de raza para aludir a ello-2.
Si bien algunos tratados importantes en la materia habían aparecido una centuria atrás -recuérdese la célebre Callipedia (1655) de Claude Quillet, o el muy leído Tableau de l 'amour considéré dans l' état du mariage de Nicolas Venette (1686)-, el tópico cobra renovadas fuerzas en las décadas previas a la Revolución, debido esencialmente a la alarma acerca de la degeneración del pueblo francés (Quinlan, 2007).
A los fines de responder a esa urgencia, el saber médico se apropió de una serie de objetos gracias a los cuales pudo acrecentar su poder y su prestigio: el cuidado de las embarazadas, la crianza de los niños y las prácticas reproductivas.
En tal sentido, en la segunda mitad del siglo XVIII aparece una larga serie de tratados que, renunciando a la creencia en la maleabilidad ilimitada pregonada por autores como Helvétius, creen que la posibilidad de un mejoramiento reposa sobre todo en la aplicación de una correcta pedagogía infantil y sobre todo en una razonada política reproductiva.
Esa literatura insiste cada vez más en la importancia de las determinaciones orgánicas heredadas, y por ende apuesta fuertemente a los réditos que puedan obtenerse de alianzas matrimoniales convenientes.
Así, el tópico de los matrimonios se convierte en un capítulo esencial de esa campaña galénica.
Por caso, en la obra de este último, hallamos un claro enunciado acerca de la consanguinidad: «¿Será porque la raza humana, por un privilegio particular, no debería temer como las otra razas la decrepitud producida por las uniones continuas de individuos de la misma familia? (...) en todos los climas el hombre degenera, y se deteriora cuando se une incorrectamente [lorsqu'il se mésallie]» (Robert, 1803, pp. 208-209).
Los tratados sobre el perfeccionamiento humano constituyen en realidad solamente uno de los dominios en que el asunto de los matrimonios se convierte en objeto del saber médico.
Dicho tópico adquiere una visibilidad aún mayor en una literatura que nace por esos mismos años: los textos acerca de las enfermedades hereditarias.
Tal y como ya ha sido estudiado por numerosos trabajos, la medicina francesa edificó, a partir de la última década del siglo XVIII, un complejo conjunto de nociones y evidencias acerca de los patrones familiares de morbilidad (López Beltrán, 1992Beltrán,, 2004;;Cartron, 2007; Vallejo, 2011).
Mucho antes de la aparición de la voluminosa obra de Prosper ----Lucas (Lucas, 1847(Lucas, -1850)), los médicos franceses habían reunido ejemplos, explicaciones y teorías acerca del pasaje hereditario de las afecciones.
Esa «medicalización» de las genealogías familiares supuso por parte del discurso galénico una atenta mirada dirigida a las uniones procreativas; dado que ellas efectuaban una mezcla de sangres, fueron vistas como uno de los únicos remedios capaces de prevenir la propagación de las diátesis malsanas.
Un buen matrimonio era definido como aquel que garantizaba la fusión de temperamentos que podían equilibrarse entre sí.
En tal sentido, no es extraño comprobar que en los trabajos más importantes de ese nuevo capítulo de la medicina, las consecuencias fisiológicas de las uniones consanguíneas fueran referidas con cierta insistencia5.
De todas maneras, la lectura atenta de los trabajos sobre la herencia de la primera mitad de siglo, nos fuerza a concluir que la consanguinidad no constituye aún un problema en sí mismo; ella no recibe más que un lugar marginal en esa literatura.
Más aún, se podría decir que ella no es convocada más que de forma negativa: lo que verdaderamente es tematizado es la recomendación de los cruces procreativos (cruces de temperamentos disímiles y complementarios, cruces de razas) para la tarea de prevenir el desencadenamiento de las enfermedades hereditarias.
A tal respecto, algunos de los autores alertan sobre los efectos perjudiciales de las uniones entre organizaciones muy similares, mas solamente unos pocos extraen de esa premisa la condena de las alianzas entre familiares.
Esa prolongada apropiación médica de los matrimonios, efectuada mediante un vocabulario de las mezclas, constituye a nuestro entender el antecedente más claro -y la condición de posibilidad más firme-de la ulterior constitución de ese nuevo objeto epistémico que se denominará consanguinidad.
Más aún, para comprender el momento en que dicha emergencia se produce, y sobre todo para comprender el matiz que ella adquiere, sería menester recordar con mayor detalle el contenido de las teorías hereditarias aceptadas por ese entonces.
En ese ciclo que se extiende entre el abandono o la puesta en suspenso de las teorías preformacionistas -producido, en el caso de Francia, a lo largo de la primera mitad del siglo XIX-y la entrada en vigor de los planteos de lo que podríamos denominar la genética moderna, la medicina decimonónica se vio forzada a traducir las transmisiones hereditarias apelando a figuras y metáforas ligadas a la mezcla de sustancias aportadas por cada uno de ----los progenitores 6.
Merced a ese lenguaje y a esos razonamientos, la mezcla de lo muy similar -así como la unión de lo muy distinto-era vista con recelo, y por ese motivo los apartados sobre profilaxis de los tratados sobre las enfermedades hereditarias, se demoraban en recomendaciones acerca de cómo elegir los miembros con los cuales procrear.
A ese respecto, quizá hasta el momento no se ha subrayado lo suficiente en qué medida la obra de Prosper Lucas, además de otorgar a la ley hereditaria una fortaleza perdurable (Balan, 1989), brindó una sofisticada lectura acerca del modo en que lo aportado por cada progenitor para la conformación de la descendencia, está regido por una serie de leyes que se resumen del siguiente modo: ambos padres pueden legar cualquiera de los elementos del organismo del hijo; lo que a fin de cuentas determina cuál de los progenitores prevalecerá en el saldo final, es la mayor fortaleza vital respecto de su contrincante (Lucas, 1847-1850, Tomo II, pp. 65-265) 7.
Pocos años después de la difusión de las ideas de Lucas, la consanguinidad adquiere por fin derecho de ciudadanía en el terreno de la medicina francesa.
En tal sentido, los dos volúmenes sobre la herencia natural habían preparado doblemente el terreno para que ese paso adelante fuera posible: por un lado, habían logrado casi acabar con las incertidumbres sobre la existencia efectiva de una legalidad hereditaria, y por otro, habían brindado una sistematización ejemplar para la desordenada fenomenología de las mezclas de las sustancias de cada progenitor.
EL NACIMIENTO DE LA CONSANGUINIDAD MÉDICA El problema que hasta 1850 no había merecido más que comentarios marginales y apresurados, se transforma de repente en uno de los tópicos más conflictivos y debatidos del saber galénico.
En el transcurso de poco más de dos décadas, múltiples tesis médicas son dedicadas al problema de la consanguinidad; rápidamente se establecen dos bandos, que abrazan perspectivas contrapuestas acerca del fenómeno y sus consecuencias sanitarias; los folletos y libros que abordan directamente el problema proliferan, y algunos de los ----6 Hacemos referencia al modelo generalmente conocido por su denominación en inglés: blending inheritance.
Acerca del mismo, el clásico trabajo de Vorzimmer sigue siendo una referencia obligada (Vorzimmer, 1963).
7 En continuidad con ello, vale remarcar que Lucas, al final de ese mismo volumen segundo, se refiere explícitamente a los males desencadenados por las uniones consanguíneas; véase (Lucas, 1847-1850, tomo II, p.
periódicos médicos más reputados siguen de cerca los debates.
Y no tarda en suceder el hecho que corona el ingreso del tópico al cuadrante del saber médico oficial: el vocablo consanguinité gana su lugar en los diccionarios médicos más importantes.
Este médico fue el autor del primer libro sobre la materia, y el personaje central de los debates de esos años.
De hecho, a fines de 1856 aparece su folleto de casi cien páginas: Du danger des mariages consanguins au point de vue sanitaire (Devay, 1856) 9.
El autor tiene plena conciencia de estar inaugurando un campo de investigaciones sobre un tema que, siendo esencial desde un punto de vista de la higiene, no había sido hasta entonces abordado por nadie: entre ellas la sordera de nacimiento.
Poco después, el 13 de mayo de ese mismo año, y ante el mismo público, se leyó una carta del doctor Rilliet, de Ginebra, acerca del mismo asunto (Rilliet, 1856) 10.
Por otra parte, Devay referirá que en la primera edición de su Hygiène des Familles, editada en 1846, el tema era ya tratado con cierto detenimiento.
En efecto, en el segundo volumen de esa obra, Devay incluía, en la sección sobre la higiene de la especie, un pequeño apartado sobre los «peligros de las alianzas consanguíneas» (Devay, 1846, Tomo II, pp. 172-177).
El primer ejemplo mencionado al respecto concernía a la historia de las familias nobles; esa historia confirma que la «sangre tiene horror de sí misma en esta relación de los dos sexos» (Devay, 1846, Tomo II, p.
Al igual que las plantas, la especie humana necesita siempre sangre nueva para producir buena progenie.
Luego de recordar cuán acertadas fueron las prohibiciones que a tal respecto instauró el cristianismo, Devay sostenía que las uniones entre parientes próximos, o bien resultan infecundas, o bien producen una descendencia degenerada.
Además de recuperar las opiniones de Paw y Fodéré, Devay se refería a las conclusiones que él había extraído de 39 casos de matrimonios consanguíneos (entre tíos y sobrinas, entre primos, etc.).
Ocho de esas uniones habían sido estériles, cuatro habían producido niños enfermos que murieron antes de los 14 años, y las demás ofrecían ejemplos de epilepsias, polidactilia y otras anomalías entre los hijos.
En 1856 el asunto de los matrimonios consanguíneos posee mucha más autonomía, y los peligros de tales uniones son abordados con mucho mayor detalle.
Dos innovaciones separan este libro de aquellas páginas de 1846.
Primero, las observaciones recolectadas son más numerosas -121 casos-, y Devay enumera detenidamente cada una de las malformaciones y afecciones que resultan de esos matrimonios contranaturales (hemiplejías, polidactilia, sordera, etc.).
Segundo, el autor afina la explicación de ese extraño resultado.
----Para ello, postula una ley según la cual cierta diferencia entre las organizaciones de los progenitores es necesaria para que la fecundación conduzca a buen puerto.
Empero, recién dos años más tarde Devay da forma a una tesis general sobre la consanguinidad, que será defendida y atacada con igual vehemencia por los médicos que participaron de estos debates.
En 1858, en la segunda edición de su tratado sobre la higiene de las familias, Devay, en un largo apartado sobre la materia, sostiene que la consanguinidad por sí sola, e independientemente de la herencia, es causa de degradación orgánica en la descendencia (Devay, 1858, p.
Al respecto, dos aclaraciones son necesarias.
En primera instancia, es claro que ya en su memoria de 1856 el autor constataba que la degeneración en la progenie se producía incluso en los casos en que los padres consanguíneos presentaban una salud perfecta, es decir en casos en que esos lamentables efectos no se podían imputar a una multiplicación de una herencia malsana (Devay, 1856, p.
De todas formas, por ese entonces, Devay no ensayaba alguna explicación concluyente.
En segunda instancia, y tal y como el médico mismo se encarga de señalar, en realidad la nueva tesis fue acuñada por A. Dechambre en la reseña que escribió de la obra de 1856 (Dechambre, 1856) 11.
Esa postura de Dechambre y Devay será la premisa que aglutinará a todos los profesionales que unos años después serán denominados anticonsanguinistes: según ellos, las uniones entre parientes son, en todos los casos y sin excepción, la causa de enfermedades y malformaciones en la descendencia.
Luego de este puntapié inicial, se suceden a un ritmo vertiginoso los trabajos acerca de este nuevo tópico médico.
Así, en 1859 son defendidas dos tesis médicas enteramente dedicadas a la consanguinidad.
El 12 de mayo de ese año Alfred Bourgeois presenta en la Facultad de Medicina de París una curiosa tesis titulada Quelle est l'influence des mariages consanguins sur les générations?
El autor retoma algunos pasajes de la tercera ----11 Cabe agregar que las dos páginas en las que Devay desarrolla la nueva ley en 1858 constituyen en realidad una transcripción literal -y no confesada-de los fragmentos de ese texto de Dechambre; véase (Devay, 1858, pp. 246-247).
Es interesante señalar que otra reseña del texto de 1856, a cargo de Maurice Macario, atribuía al trabajo de Devay la tesis contraria, esto es, que los daños provocados por la consanguinidad eran reductibles al poder de la herencia (Macario, 1857).
De todas las reseñas aparecidas, la más crítica fue la de Hermel, pues no solamente desmentía que las uniones entre parientes fueran contrarias a la fisiología humana, sino que cuestionaba el derecho de la medicina a ocuparse del asunto del matrimonio, que debe quedar siempre en manos de la Iglesia (Hermel, 1857).
A esa última crítica responderá Devay -sin mencionar al autor de esa reseña-en el prefacio de su obra de 1858 (Devay, 1858, pp. XII-XIV).
edición del tratado de higiene de Michel Lévy, de 1857, en el cual se señalaba que en la cría de animales los cruces consanguíneos podían servir para mejorar las razas.
Tales uniones debían ser evitadas solamente en las estirpes que presentan enfermedades hereditarias.
A través del comentario de la obra de Lévy, Bourgeois se aproxima a lo que será su tesis esencial:
«Es necesario reconocer que las previsiones del señor Devay no se realizaron más que las del señor Rilliet en esta familia, en la cual la consanguinidad es sin embargo habitual y muy complicada.
Yo agregaría, de una manera general, que cuanto más ella prevaleció, tanto más he hallado efectos absolutamente contrarios a los que refieren los autores: prueba evidente de la inofensividad e incluso de las ventajas de la consanguinidad en las familias sanas» (Bourgeois, 1859, p.
38) Esta tesis de 1859 marcaría, según nuestro recorrido, el bautismo de una segunda perspectiva acerca de la consanguinidad en la medicina francesa del siglo XIX.
Según ésta, las uniones entre familiares no hacen más que potenciar los elementos hereditarios de la familia.
La consanguinidad en sí misma no es ni buena ni mala; cuando ella se practica en una familia de excelentes cualidades, sirve para perpetuar esas virtudes; cuando se produce en una familia aquejada de una constitución enferma, no hace más que asegurar la transmisión de las anomalías 13.
En conclusión, la primer tesis médica acerca de la consanguinidad no solamente estuvo basada en la familia del propio autor 14, sino que transmitía una idea que luego se repetirá en esta literatura: el incesto puede ser algo deseable, puede funcionar como el mecanismo ideal de la salud de las familias.
Por otro lado, esa proposición de la inocuidad del incesto, explicitada para el caso del hombre por vez primera en esa tesis de 1859, será retomada a lo largo de las siguientes dos décadas por multiplicidad de autores, lo cual desencadenará una fatigosa batalla entre ese grupo y el liderado por Devay.
Cada uno de los bandos intentará demostrar que las estadísticas alegadas por sus contrincantes carecen de valor; cada grupo hará lo posible por señalar los errores metodológicos cometidos por sus enemigos.
Una y mil veces se sacarán a relucir los mismos ejemplos, los mismos estudios numéricos, y ello terminará dando forma a una bibliografía tan voluminosa como llamativa.
El 8 de agosto de ese mismo año, en la facultad de medicina de Montpellier, L.T. Chazarin presenta su tesis sobre los matrimonios consanguíneos (Chazarin, 1859).
El autor intenta plasmar en esas páginas sus hallazgos refe-----13 Tal y como veremos más adelante, ese punto de vista es el que prevalecerá.
Ello explica el título del presente artículo, que proviene de una cita de una tesis médica de 1857: «...sin embargo, los frutos de esta tropilla, en otros tiempos tan célebres, son hoy en día mediocres; se han destruido tras muchos siglos de alianzas nobles; han heredado demasiado [ils ont trop hérité]» (Cazes, 1857, p.
14 Por otra parte, se podría señalar que el caso de Bourgeois no fue único entre los médicos franceses.
Poco después, en 1863, Séguin también utilizó la historia de su propia familia para apoyar la conclusión de Bourgeois (Séguin, 1863). ridos a los pacientes del instituto para sordos de Bordeaux.
A través del estudio de esos datos, Chazarin habría descubierto que muchos enfermos provenían de uniones consanguíneas.
Allí reside el verdadero valor de la tesis -que en lo demás no hacé más que recuperar fielmente las premisas de Devay15 -, pues la misma refuerza mediante un estudio numérico delimitado las nociones de los anticonsanguinistes.
Chazarin afirma que la mitad de los pacientes sordos de la institución de Bordeaux presentan una sordera congénita; entre estos últimos, un tercio son hijos de matrimonios consanguíneos.
Un año más tarde, en un texto leído ante la Academie Impériale des sciences, belles-lettres et arts de Lyon, Francis Devay vuelve sobre el asunto (Devay, 1860).
El autor es conciente de que el tema ha comenzado a atraer la atención de los médicos, y por eso celebra que ya no se trate de un terreno atravesado de preconceptos y dudas, sino de certezas.
Lo más interesante es que Devay acusa recibo de las dos tesis médicas aparecidas el año anterior; a Bourgeois le responde sin citarlo, utilizando evidencias similares a las alegadas por este último; y de Chazarin, por supuesto, toma los datos que sirven para fortalecer su hipótesis.
Bourgeois, como vimos, había atacado el sistema de Devay mediante el análisis de una sola familia, la suya propia.
Y Devay le responde de la misma forma.
Estudia una familia compuesta por 6 hermanos, tres de los cuales se casaron con familiares.
A través de una comparación entre, por un lado, la mortalidad infantil y las enfermedades de los hijos de esos matrimonios consanguíneos, y por otro, los datos de los hijos de los otros 3 hermanos, casados normalmente, Devay muestra la veracidad de su teoría.
En 1862 Devay publica la segunda edición de su trabajo acerca de la consanguinidad, que contiene su perspectiva definitiva al respecto -pues el autor fallece poco después (Devay, 1862).
En el comienzo de la nueva introducción leemos: «El asunto tratado en esta pequeña obra es una de las preocupaciones del momento» (Devay, 1862, p.
De hecho, Devay afirma que las uniones consanguíenas se han convertido en uno de los tópicos más conflictivos entre los médicos e higienistas.
El médico de Lyon una vez más arremete contra Bourgeois, diciendo que su trabajo estaba «mal concebido, lleno de notorias contradicciones, que denota una gran falta de experiencia de parte de su autor» (Devay, 1862, p.
Por otro lado, Devay incorpora un tipo de evidencias a las que hasta entonces no había atendido lo suficiente: trata con detalle los efectos de la consanguinidad en la cría de animales, sobre todo ----para argumentar que es un error equiparar los cruces en el reino animal con los matrimonios humanos.
Por otro lado, las experiencias que habían sido alegadas por sus adversarios se referían sobre todo a la producción artificial, mediante el método consanguíneo, de nuevas razas de animales, más redituables para los criadores.
Pues bien, «producir lo extraordinario no es perfeccionar» (Devay, 1862, p.
Así, Devay se dedica a enumerar de qué modo la aplicación del breeding in-and-in en los animales en verdad produce un debilitamiento de los ejemplares.
Para ello incluye una cita de 14 páginas del trabajo de Aubé, al que hicimos mención más arriba.
Todos esos argumentos -sumado al hecho que para 1862 dice contar con 612 observaciones sobre matrimonios consanguíneos en humanos-, le dan pie para reiterar su postulado principal:
«Pero estas afecciones oculares, esas desviaciones orgánicas, aparecieron en familias en las que jamás habían aparecido antes de la consanguinidad.
Reconozcan entonces de una vez por todas que la consanguinidad -y ese es el nudo de la discusión-ha precedido a la herencia.
Esta última ha devenido su consecuencia. (...) la observación demuestra que la consanguinidad da vicios hereditarios a quienes no los tienen (...) pocos puntos de la etiología mórbida están tan fuertemente establecidos que lo que atañe a la influencia desastrosa de la consanguinidad» (Devay, 1862, p.
148) Ese mismo año apareció una extensa memoria de J.-Ch.-M. Boudin en los Annales d'hygiène publique, titulada Dangers des unions consanguines et nécessité des croisements dans l'espèce humaine et parmi les animaux, que fue editada en forma de libro inmediatamente después.
El autor aboga por una utilización de los resultados de la estadística para zanjar el problema.
Dichas evidencias demuestran, dice Boudin, que las uniones consanguíneas son siempre muy perjudiciales.
Partiendo de las cifras acerca de tales matrimonios en Francia, el autor analiza una vez más lo que sucede con la sordera congénita.
El resultado más elocuente es la alta cifra (28%) de hijos de uniones consanguíneas entre los internos de la Institución Imperial de París: «...los sordomudos de origen consanguíneo son de doce a quince veces más numerosos que cuanto cabría esperar si dicha enfermedad estuviese repartida de una forma equivalente entre uniones consanguíneas y cruzadas» (Boudin, 1862, pp. 9-10).
El texto de Boudin, lleno de recuentos estadísticos y citas de numerosos autores, significó un fuerte respaldo a la posición defendida por Devay.
Un pequeño resumen del trabajo de Boudin apareció el 11 de julio de 1862 en las páginas de la Gazette Hebdomadaire de Médecine et de Chirurgie.
Pero lo más importante es que en esas páginas se publicó, en tres entregas, un texto en el que Eugène Dally -que de aquí en más se transformará en una figura central de estos debates-realizaba un comentario muy crítico tanto sobre el texto de Boudin como sobre el último trabajo de Devay (Dally, 1862).
La objeción principal se basa en lo siguiente: Dally demuestra que la idea central de Devay -la consanguinidad es dañina en sí misma-se basa en un supuesto que el autor da por cierto, pero que en verdad constituye una especulación que ningún médico o científico puede aceptar: ese supuesto, como vimos, reza que la naturaleza siempre tiende a que los sujetos que se unen presenten diferencias entre sí, al punto que Devay llegaba a afirmar que cuando los dos esposos presentan temperamentos muy similares, y no siendo parientes, su unión no es fecunda.
Eso, prosigue Dally, es una doctrina de salón que ningún hombre de ciencia está a dispuesto a suscribir.
En su segunda entrega, Dally pasa a criticar las evidencias alegadas por Devay, y concluye que las pruebas empíricas utilizadas por ese autor carecían de toda validez: «Estamos entonces en condiciones de afirmar que el señor Devay no ha probado nada hasta ahora» (Dally, 1862, p.
Críticas igualmente severas son dirigidas al trabajo de Boudin.
Ese autor, según Dally, jamás explica con qué criterio ha elegido los casos que analiza, y jamás en su memoria se tomó el trabajo de preguntarse si las enfermedades que él imputa a la consanguinidad no podían explicarse por otras causas.
Por último, en la tercera entrega, aparecida el 22 de agosto, Dally intenta hacer un balance de la situación, y arremete sobre todo contra la conjetura del carácter esencialmente perjudicial de los matrimonios consanguíneos.
No solamente se ha pasado por alto un análisis serio de las chances que los hijos del incesto tienen de estar más expuestos a la enfermedad en el caso la existencia de herencia mórbida en los padres, sino que jamás se ha tomado en consideración que otros factores pueden hacer las veces de causas de las patologías en juego: la persistencia de los estímulos higiénicos o la fuerza de la inneité 16.
En las mismas páginas de la Gazette Hebdomadaire de Médecine et de Chirurgie, y también durante 1862, se publicaron diversas opiniones cercanas a las de Dally, y por ende contrarias a las de Devay y Boudin.
Así, el 4 de Julio apareció en esa revista la traducción de un trabajo de Gilbert Child, editado originalmente en el British and Foreign Medico-Chirurgical Review (Child, 1862).
En ese trabajo se postulaba que las certezas más aceptadas acerca de la herencia en los seres vivos señalan que la consanguinidad no debe ser capaz de generar enfermedad cuando ninguno de los progenitores la ----presentan.
El incesto será perjudicial solamente en los casos en que preexisten en los padres afecciones hereditarias.
De hecho, los matrimonios consanguíneos no solamente pueden resultar inocuos, sino que incluso pueden ser ventajosos.
En tal sentido, en este pequeño articulo encontramos uno de los pasajes en que la literatura de esa época de manera más convencida destacó el carácter deseable de la consanguinidad: «En algunos casos, sería más seguro (desde el punto de vista de la salud de los niños por nacer) desposar a una pariente que tomar una mujer extranjera, acerca de cuya familia no se poseen informaciones médicas» (Child, 1862: 426).
Unas semanas después, el 1 de agosto y el 12 de septiembre, esta misma tesis recibió un importante respaldo proveniente de A. Sanson, buen conocedor de la zoología (Sanson, 1862a(Sanson,, 1862b)).
También en esas páginas apareció una carta del gran rabino de Paris, Isidor, criticando la memoria de Boudin, sobre todo las evidencias acerca de la alta frecuencia de sordera en la comunidad judía17.
Ni las objeciones de Dally ni la voz autorizada de Sanson bastaron para dar por terminado el debate.
Por el contrario, éste recién comienza.
Por ejemplo, en enero de 1863 Bourgeois presenta ante la Académie des sciences un trabajo que, según consta en su resumen aparecido en la Gazette Hebdomadaire de Médecine et de Chirurgie, repite las premisas de su tesis de cuatro años atrás (Bourgeois, 1863).
En agosto de ese mismo año, Antony Chipault presenta su tesis de medicina en Paris, referida a nuestro problema (Chipault, 1863).
La tesis original está dedicada a Boudin, y ese mismo año apareció en formato de libro por la editorial Baillière.
El autor considera que hasta ese momento solamente los «anticonsanguinistas» han aportado pruebas concluyentes.
Chipault se ubica desde el comienzo del lado de Devay, al recordar que la «consanguinidad no es la herencia», pues ella es capaz de producir degeneraciones incluso cuando los padres presentan el mejor estado de salud.
Para apoyar su tesis, Chipault retoma extensamente las evidencias de Chazarin, Devay y Boudin, agregando otros ejemplos tomados de la literatura médica.
También en 1863 -año de la muerte de Devay-Boudin retoma sus planteos, enfatizando una vez más la necesidad de resolver el asunto con la ayuda de la estadística (Boudin, 1863).
Todo estudio que no esté apoyado en números debe ser considerado nulo, o incluso como non avenue.
El comentario tiene un destinatario muy claro: «Es la situación en que se ha ubicado E. Dally, quien después de 18 meses no ha producido ni un solo hecho, ni una sola cifra en apoyo de sus opiniones optimistas en favor de la consanguinidad, y se ha ----limitado a reprochar a nuestros argumentos «de importunar la seguridad y la reputación de las familias consanguíneas»» (Boudin, 1863, p.
El 5 de noviembre de ese año lee ante la Societé d'Anthropologie una extensa memoria, que sería publicada poco después, en la cual nuevamente tilda a las cifras de Boudin de inexactas (Dally, 1864, p.
28) Un año más tarde, a comienzos de noviembre de 1864, se celebra un Congreso de Medicina en Lyon.
Una sección especial es dedicada entonces al tema de la consanguinidad -lo cual demuestra cuánta relevancia ha adquirido el asunto para ese entonces-, y las memorias del encuentro contienen los 8 trabajos presentados, más la discusión generada por ellos.
Por motivos de espacio no podemos realizar aquí un análisis detenido de cada una de esas contribuciones.
Encontramos, es cierto, defensores de la posición de Devay, como por ejemplo Louis Gubian (Gubian, 1864).
Empero, el resultado más significativo de ese congreso se ubica en la defensa de la tesis contraria, realizada no solamente por Sanson en su trabajo (Sanson, 1864), sino esencialmente por el padre de la teoría de la degeneración, quien participó de la discusión final (Morel, 1864).
En 1865 aparece el primer trabajo importante que decide no tomar una posición en favor o en contra de alguno de los bandos.
Y se trata de la primera vez que se ofrece un recuento exhaustivo de las voces que hasta entonces habían participado de ese novel capítulo de la medicina.
Nos referimos al texto de Jules Falret (Falret, 1865).
Más aún, el autor deja claramente establecido que las recientes definiciones de la herencia, sobre todo las ligadas a la herencia de transformación de la degeneración, dificultan la posibilidad de afirmar que las transmisiones generacionales no participan en la producción de malformaciones en la descendencia en el caso de padres sanos:
En ese mismo año se produce el ingreso oficial del problema de la consanguinidad al vocabulario médico reconocido.
En efecto, en la duodécima edición del diccionario de medicina de Nysten encontramos por vez primera un artículo consagrado a esa problemática en el terreno de la salud humana.
Para ser estrictos, ya en la décima edición de ese mismo diccionario, aparecida en 1855, el término era definido.
De todos modos, esa primera entrada se refería exclusivamente a la consanguinidad en la cría de animales, y era muy breve.
Diez años más tarde, esa entrada es más extensa, y aborda de manera directa las implicancias del asunto en el hombre.
Por otro lado, el hecho de que el primer artículo adopte una perspectiva «consanguinista» es un claro signo del poco favor que la tesis de Devay y Boudin comienza a tener en el saber galénico.
Los ulteriores artículos de diccionario son más extensos y documentados.
El autor defiende la postura de Bourgeois y Dally, refutando que la consanguinidad en sí misma sea capa de engendrar enfermedades.
Aquella no hace más que multiplicar la herencia.
En tal dirección, y al igual que Falret, Gallard advierte que la teoría de la degeneración demuestra que los padres pueden legar a sus hijos enfermedades que ellos no han padecido.
Y una vez más, esta defensa de la postura consanguiniste desemboca en la recomendación de las uniones incestuosas: las uniones entre parientes cercanos serían favorables o beneficiosas18.
Empero, el argumento más fuerte que de Ranse opone a la propuesta de Bertillon es el siguiente: el estado de salud implica armonía de las funciones; la consanguinidad, al multiplicar o exagerar las predisposiciones, rompe ese equilibrio y se convierte en el punto de arranque de la enfermedad.
En los años siguientes, diversas tesis médicas abordaron el problema.
En agosto de 1875, Adrien Héliot defiende en Paris su disertación Contribution à l'etude de la consanguinité, en la cual adhiere a la perspectiva de Devay (Héliot, 1875).
Poco después, en julio de 1876, Pierre-Françoise Py presenta en la facultad de medicina de Montpellier su tesis médica sobre el asunto, en la cual también considera que las uniones entre parientes son las responsables, independientemente de la herencia, de malformaciones en la progenie (Py, 1876).
Por su parte, Leon Coste, en su trabajo defendido el 29 de abril de 1878 en París, adopta una visión bastante contradictoria, pues luego de haber remarcado que la consanguinidad en sí misma no hace más que potenciar los rasgos (malos o buenos) de los padres, concluye con una condena radical de ese tipo de matrimonios (Coste 1878, pp. 73-77, 93-95).
De todas maneras, el texto que merece figurar como cierre de este recorrido es, sin lugar a dudas, el artículo «Consanguinité» que Lacassagne escribió en 1876 para un importante diccionario de medicina (Lacassagne, 1876).
Esas páginas cierran la suerte de furor que la medicina francesa sintió hacia el asunto desde mediados de la década de 1850.
Ello no significa que con posterioridad otros autores no se hayan ocupado de la consanguinidad.
Pero es válido afirmar que la temática no despertará ya tanto interés, no desencadenará tantas discusiones y debates, y no habrá demasiada innovación en las teorías que intenten explicarla.
El texto de Lacassagne -que adhiere a la perspectiva de Dally y Sanson-, sería entonces el último baluarte de la obsesión que los médicos e higienistas franceses demostraron hacia el incesto en el tercer cuarto del siglo XIX 19.
Más ----aún, los propios colegas del criminólogo de Lyon supieron ver en esas páginas el resumen más erudito y completo de este capítulo médico 20.
Con el paso del tiempo la conjetura inaugurada por Devay, y luego proseguida por autores como Boudin, irá perdiendo terreno frente a la visión contraria.
Esta última era a fin de cuentas más compatible con la teoría de la degeneración, y no planteaba obstáculos al hereditarismo reinante.
Sea como fuere, es necesario construir una lectura que sepa otorgar a los debates sobre la consanguinidad un alcance que rebase la disputa entre sendas perspectivas.
La importancia de esa literatura excede el triunfo de tal o cual visión, y sería un error reducir esas polémicas al intercambio y difusión de estadísticas y evidencias que habrían sido mejor o peor interpretadas.
La obsesión por la consanguinidad adquiere para nosotros el estatuto de revelador primordial del valor que la medicina francesa otorgaba a la herencia y los matrimonios.
Primero, para un discurso atravesado por la certeza de los empujes hereditarios, e impregnado por el vocabulario de la sangre, la figura del matrimonio adquirió una densidad ideológica inesperada.
Cuanto mayor era la fuerza asignada a la ley de herencia, tanto mayor era la preocupación por lo que podía suceder en ese instante en que los padres, mezclando los elementos de su organismo, decidían el destino de sus hijos.
Segundo, el control de las uniones era el artilugio ideal para un saber que se había identificado desde su nacimiento como una higiene o gobierno de las conductas.
El matrimonio adquiría una visibilidad inusitada desde el instante en que la salud dependía en grado extremo, no ---hechos, de darles una explicación científica y de encontrarles una aplicación social.
La emoción ganó al público; todas los diarios abordaron el tema; el ministro de comercio y de obras públicas envío una circular a los prefectos referida al problema; las tesis fueron defendidas en las facultades de medicina; diversas memorias fueron publicadas; una discusión tuvo lugar en el Congreso de Medicina de Lyon (1864).
Luego, repentinamente, en las almas prevaleció la convicción de que se podía discutir durante mucho tiempo a partir de los materiales actuales sin arribar a una solución definitiva, e inmediatamente se establecieron la calma y el silencio.»
20 Dally, en la reseña que escribiera sobre la publicación de Lacassagne, dirá: «Este artículo del Dictionnaire puede ser considerado como el resumen de los archivos de la consanguinidad» (Dally, 1877, p.
203). ya de del impacto de las cosas en el cuerpo actual, sino de una primera naturaleza que podía ser más o menos impermeable a los influjos del medio.
Atribuirse el estudio y manejo de los matrimonios era el medio por el cual la medicina traducía a un nuevo lenguaje su antigua vocación de regulación.
Tercero, la familia hereditaria tuvo que transformarse necesariamente en una familia incestuosa.
La aparición de la consanguinidad en ese retrato, en esa nueva familia que se coagula a mediados de siglo, no fue un accidente o un desvío; fue, por el contrario, la desembocadura natural y lógica de un discurso sobre los linajes.
Desde el instante en que el espacio familiar se igualó al terreno de efectuación de una herencia transformada en ley todopoderosa, la consanguinidad devino una presencia ineliminable, un fantasma constante que despertaba las peores angustias y las más encendidas esperanzas.
No era un accidente posible o contingente.
Era la ley oculta de todo su desenvolvimiento.
Toda familia debía enfrentarse a esa ley.
El incesto era, consecuentemente, lo más temido y lo más deseado.
Lo primero, porque la mezcla de sangres emparentadas era el peligro más espantoso.
Si la posibilidad de la degeneración habitaba en cada linaje, si ninguna familia estaba libre de esa sospecha, la esperanza de mezclar su sangre con una más sana asumía el cariz de una frágil salvación.
Empero, la opción del incesto era asimismo la tentación por excelencia, era el impulso tan prohibido como apetecible.
Si la degeneración era como una peste que todo lo abarcaba, si todas las familias de alrededor podían estar manchadas por ese virus, entonces la evidencia de la lozanía del propio hogar, la ostentosa salud de los parientes cercanos, deletreaba un deseo que los médicos sabían traducir a viva voz: para conservar una buena conformación, para no poner en riesgo la pureza legada por los antepasados, lo más seguro y efectivo era optar por una unión consanguínea. |
y Anormales con el propósito de proteger y tutelar a personas con discapacidad sensorial e intelectual.
El objetivo de este trabajo es trazar la trayectoria de esta corporación desde su creación hasta el comienzo de la Guerra Civil y poner de relieve cuál fue su aportación al proceso de institucionalización de la asistencia a los denominados «niños anormales».
La fundación del Patronato respondió a un proyecto muy ambicioso que fue sufriendo transformaciones a lo largo del periodo al compás de los continuos cambios políticos.
Esta inestabilidad, a la que se sumaron otros problemas de carácter interno, impidió que la institución cumpliese con la mayoría de los objetivos que se le habían encomendado.
No obstante, es indiscutible que su actividad ayudó a que el problema de las personas con discapacidad intelectual adquiriese visibilidad en España y sentó las bases para el desarrollo de la educación especial durante las primeras décadas del siglo XX.
En el año 1905, la Sociedad Española de Higiene organizaba un ciclo de conferencias en torno al tema de los «niños anormales».
En ellas se ponía de manifiesto la indiferencia del Estado español frente a un hecho que, según decían los expertos, estaba adquiriendo dimensiones cada vez más alarmantes (De la Rigada; Tolosa Latour; Mariscal, 1905).
A pesar de que en España no existían datos fiables, los estudios realizados en el ámbito internacional ofrecían testimonio no solo de que el número de este grupo de niños estaba entre un dos o tres por ciento de la población infantil, sino también de que esta cifra iba en aumento debido al carácter hereditario de lo que diversos expertos habían identificado como una nueva patología (Pereira, 1904, pp. 494-495; Manheimer, 1902, p.
Ante la gravedad de la situación, desde la Sociedad Española de Higiene se elevaron voces que demandaban, siguiendo el ejemplo de países como Francia, Alemania, Inglaterra, Suiza o Estados Unidos, el desarrollo de iniciativas destinadas a proteger y a asistir a estos niños.
1 Concretamente pedían la promulgación de una Ley para la protección de los anormales y la creación de instituciones de carácter gratuito en las que médicos especialistas y un profesorado especial pudieran asistir y tratar a estos enfermos.
A pesar de que las demandas del heterogéneo conjunto de profesionales que integraba la Sociedad no tuvieron una gran repercusión a nivel institucional, es posible detectar a partir de ese momento un progresivo aumento del interés de las autoridades públicas por la cuestión de los anormales.
Este interés tuvo su reflejo, durante la primera década del siglo XX, en la inclusión de una breve mención a la anormalidad en el Reglamento de la Ley de Protección a la Infancia, 2 en la incorporación de la Psiquiatría infantil a las ense-----1 El análisis del proceso de protección a los niños anormales en otros contextos ha dado lugar a publicaciones de gran interés, sirvan de ejemplo Vial (1990); Trent (1994); Jackson (2000); Ruchat (2003); y Capellari; De Rosa (2003).
2 El Reglamento aprobado en 1908 incluía entre las funciones de la Sección de Higiene y Educación protectora el cuidado de la educación e instrucción de los «denominados anorma-ñanzas oficiales de Pedagogía y, sobre todo, en la creación en el año 1910 del Patronato Nacional de Sordomudos, Ciegos y Anormales.
3 El objetivo de este artículo es trazar la trayectoria de esta corporación desde su creación hasta el comienzo de la Guerra Civil y poner de relieve cuál fue su aportación al proceso de institucionalización de la asistencia a un grupo de discapacitados -el de los denominados «anormales»-que no adquirió visibilidad en nuestro país hasta el comienzo del pasado siglo.
El trabajo también pretende mostrar cómo los sucesivos proyectos que sirvieron para configurar el Patronato incorporaron el modelo médico de interpretación de la discapacidad y cómo su evolución estuvo condicionada por procesos de negociación y por la coyuntura política del periodo.
4 ¿QUIÉNES ERAN LOS ANORMALES?
La indiferencia mostrada por los poderes públicos ante lo que era considerado «el problema de la anormalidad infantil» posiblemente estuvo relacionada con la indefinición en la que se encontraba dicha cuestión.
Del mismo modo que no estaba claro cuántos eran los anormales tampoco estaba bien definido quiénes debían ser designados con esta etiqueta.
5 A pesar de que, ---les» (artículo 2o; Capítulo I y art. 37, cap. V).
desde el inicio del siglo XX, los trabajos de psiquiatras, pedagogos y psicólogos de renombre internacional como Montessori, Descoeudres, Decroly, Binet, Simon o Sante de Sanctis habían servido para dar cuerpo a la consideración de la anormalidad como una nueva patología, sus límites y sus esferas de influencia no estaban realmente claros.
6 La anormalidad tenía lecturas desde diferentes planos: físico, psíquico, intelectual, moral, biológico y social.
Los trabajos publicados en ese momento, dentro y fuera de nuestras fronteras, describían a los anormales como individuos que presentaban defectos o irregularidades que afectaban a los sentidos, la inteligencia o los sentimientos.
Estas diferencias biológicas -físicas o psíquicas-determinaban que tuviesen problemas para adaptarse a su entorno social.
Estas limitaciones se hacían evidentes durante el periodo infantil en la escuela, donde aparecían dificultades de aprendizaje y problemas de comportamiento.
Y, una vez en la etapa adulta, se traducían en una incapacidad para ganarse la vida y, en ocasiones, en la presencia de conductas antisociales.
7 Los expertos ofrecían, por tanto, una imagen del anormal en la que las características de la patología eran poco concretas y en la que destacaban los efectos que ésta podía tener en el entorno del individuo.
En un intento de definir mejor sus límites ellos mismos acabaron identificando la anormalidad con la deficiencia mental entendida en un sentido amplio, al incluir los déficits intelectuales y los morales.
8 Sin embargo, esta identificación no se reflejó siempre en los textos oficiales.
Como veremos a lo largo de las próximas páginas, en el caso del Patronato hubo ocasiones en que la etiqueta se utilizó de manera genérica para designar tanto las discapacidades psíquicas como las físicas y se usó con la coletilla de «mentales» para referirse a los niños con deficiencias intelectuales.
8 Los especialistas señalaban que algunos de estos sujetos presentaban trastornos del carácter y tendencias inmorales que no se acompañaban necesariamente de un déficit de la inteligencia.
Eran, en definitiva, «defectuosos» morales utilizando la expresión del investigador británico Alfred Tredgold.
LA FUNDACIÓN DEL PATRONATO PARA LOS ANORMALES
El Patronato Nacional de Sordomudos, Ciegos y Anormales se creaba a principios de 1910, poco antes de finalizar la etapa presidencial del liberal Segismundo Moret.9 En la exposición de motivos que acompañaba al real decreto de 22 de enero se señalaba que había llegado el momento de que el Estado realizase, en relación al problema de la anormalidad, una política intervencionista que en ningún caso pretendía absorber las iniciativas de carácter privado surgidas hasta ese momento.10 En el texto, a falta de una estadística nacional y manejando datos no oficiales, se hablaba de la existencia de, al menos, 15.000 mudos, 25.000 ciegos y un número aún mayor de individuos aquejados de alteraciones intelectuales en un país cuya población se acercaba a los 20 millones de habitantes11.
Unas cifras lo suficientemente alarmantes -según las autoridades-como para que el Estado utilizase todos los medios que el poder público y la organización administrativa ponían en sus manos para estimular y fomentar medidas destinadas a proteger a estos ciudadanos (Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes, 1910, p.
El Patronato surgía con unos objetivos muy ambiciosos que evidenciaban el carácter médico-pedagógico que se le había dado al problema.
Además de asesorar al Ministerio en los asuntos relacionados con estos tres grupos de personas con discapacidad y de encargarse de realizar una estadística, la corporación iba a ser responsable de desarrollar medidas dirigidas a la profilaxis, ----higiene y tratamiento de las tres afecciones, de establecer la organización y régimen de la enseñanza especial, y de inspeccionar los establecimientos de enseñanza y las instituciones protectoras de sordomudos, ciegos y anormales.
Por último, al Patronato se le asignaron dos tareas que estaban dirigidas a facilitar la integración social de los anormales.
Una de ellas se refería a la tutela de los afectados, la corporación debía promover la asociación, garantizar la representación jurídica de sus tutelados, y fomentar medidas destinadas a asegurar, una vez llegasen a la etapa adulta, el trabajo y la previsión de estos ciudadanos.
La otra tenía que ver con la necesidad de crear entre la opinión pública una actitud receptiva ante la cuestión de los anormales y, de modo más concreto, ante el nuevo proyecto.
Con este fin la corporación iba a promover la celebración de conferencias y la publicación de cartillas populares destinadas a vulgarizar los conocimientos sobre la enfermedad.
Las funciones asignadas a la institución aumentaron meses más tarde al aprobarse el Reglamento de la misma.
En él se hacía responsable al Patronato de los asuntos relacionados con el Colegio Nacional de Sordomudos y de Ciegos que, hasta ese momento, habían sido competencia de la Sección primera del Consejo de Instrucción Pública.
12 Para facilitar su labor, esta misma normativa disponía que el Patronato fuese dividido en tres secciones independientes: de sordomudos, de ciegos y de anormales.
La creación de la corporación fue aplaudida por la opinión pública.
Muchos diarios españoles se hicieron eco de la noticia e, incluso, llegaron a ofrecer información detallada sobre sus funciones y su conformación.
13 Además, las asociaciones y centros implicados en la protección a estos grupos de discapacitados organizaron actos públicos destinados a mostrar su agradecimiento al ministro Barroso.
14 Sin embargo, y a pesar de las expectativas que había despertado su creación, el Patronato no llegó a funcionar en sentido estricto durante sus primeros años.
3; «Protección a los anormales.
2; o «Ciegos, mudos y anormales.
14 Durante el mes de febrero se organizaron un homenaje en Madrid (en la sede del Ministerio) y una manifestación en Barcelona.
La prensa recogía la noticia e incluso el diario ABC dedicaba una de sus portadas a la manifestación desarrollada en la ciudad catalana.
Véanse: «Los Anormales», El Imparcial, 7 de febrero de 1910, p.
Anormales, la existencia de desavenencias personales 15.
Sobre este hecho escribía Gonzalo Rodríguez Lafora en 1917:
Hace unos seis años inició Barroso los primeros atisbos de Educación de Anormales en España.
Para ello creó un Patronato de unos quince miembros, encargándoles que elaborasen un proyecto de organización de estas enseñanzas.
Este Patronato estuvo cuatro años deliberando y discutiendo sin llevar nada a cabo.
Tres vocales habían llevado allí la voz cantante, sin entenderse en la elaboración del proyecto.
Eran éstos la señorita La Rigada, [...] el Sr. Pereira [...] y el Sr. González.
12) 16 las únicas instituciones especializadas que se habían creado en nuestro país hasta ese momento estaban dirigidas, exclusivamente, a las personas ciegas y sordomudas.
El texto del nuevo real decreto disponía un cambio de nombre del Patronato que pasaba a denominarse Patronato Nacional de Anormales, utilizando la etiqueta «anormal» para designar tanto las anormalidades físicas como las psíquicas.
Junto al cambio de denominación el decreto introducía importantes novedades respecto al que se había dictado en 1910.
La primera estaba relacionada con la afirmación del carácter médicopsicológico del problema de los anormales mentales.
En cierto modo, la administración tomaba partido en el enfrentamiento que existía entre el colectivo médico y el pedagógico por el monopolio del nuevo ámbito de intervención profesional y venía a legitimar, con el decreto, las reivindicaciones que hacían los médicos respecto al papel director que debía asumir la Medicina y, por extensión, sus representantes en la gestión de la anormalidad (Del Cura, 2008).
La segunda novedad del documento era la inclusión de una clasificación de los niños anormales mentales.
La taxonomía reproducida en el texto oficial delimitaba más claramente quiénes eran esos «anormales mentales» tutelados por el Patronato al equiparar la anormalidad a la deficiencia mental y presentar tres tipos de sujetos clasificados en función del grado de la misma y de las posibilidades de educación y recuperación social.
19 La clasificación servía también para recalcar el carácter científico del discurso oficial y, sobre todo, para reforzar el enfoque médico de la discapacidad presente en el proyecto.
Por último, el decreto disponía la creación de dos instituciones destinadas a cumplir con algunas de las funciones que se le había asignado al Patronato en el momento de su creación: una Escuela Especial y un Centro médicopsicológico.
Este último iba a dotarse con laboratorios de psicología, química y serología destinados a la investigación, el diagnóstico, el tratamiento y la profilaxis higiénica de la enfermedad.
Debía ocuparse, además, de la realización de una estadística de la anormalidad y, finalmente, como complemento a su labor, debía facilitar la formación y especialización de maestros para que colaborasen activamente con los médicos en las labores diagnósticas y terapéuticas.
----En cuanto a la Escuela estaba destinada sólo a los anormales mentales educables.
Según el texto oficial, los anormales no educables y necesitados de tratamiento médico no debían incluirse en el sistema de instrucción pública sino que debían ser enviados a distintos tipos de asilos dependientes de la Beneficencia.
El objetivo prioritario de la escuela era el de facilitar la integración social de los niños una vez abandonasen la institución.
Este proceso de normalización pensaba llevarse a cabo añadiendo al tratamiento médico y pedagógico una formación técnica y profesional desarrollada en talleres y granjas agrícolas.20 Dado que la complejidad del centro no iba a permitir su constitución inmediata, el Ministerio disponía la organización de una primera clase especial para anormales mentales dentro del edificio de la Escuela de Sordomudos y Ciegos que, al acoger a este tipo de niños, cambiaba de nombre (como le había ocurrido al Patronato) y pasaba a denominarse Instituto Central para la Educación de los Niños Anormales.
21 Desde el Ministerio de Instrucción Pública se había gestado, en definitiva, un proyecto ambicioso que pretendía poner al día la cuestión de los niños anormales, dentro de ese afán de modernización y de manejo científico de los problemas nacionales que impregnó los primeros años del pasado siglo en nuestro país.
LA ETAPA DE ACHÚCARRO
Las novedades relativas a las funciones y al nombre del Patronato estuvieron acompañadas de una reorganización de la institución.
En un intento de mejorar su funcionamiento, se redujo el número de vocales que la integraban y se creó una Comisión ejecutiva permanente, encargada de gobernar y administrar las instituciones de enseñanza dependientes de la corporación.
22 Además, se nombraron un Secretario general y un Vicesecretario que, junto a las funciones corporativas, detentaban unas funciones técnicas consistentes en ----organizar y dirigir el Instituto Central y toda la obra y establecimientos para anormales, realizar estudios dentro de la especialidad del Patronato por encargo de la Comisión, y redactar una memoria anual de los trabajos técnicos del Patronato.
Los elegidos para desempeñar estos dos últimos cargos fueron dos destacados representantes de la neurociencia española, Nicolás Achúcarro y Gonzalo Rodríguez Lafora.
23 La elección de estos dos médicos y el alcance de sus funciones son una nueva muestra del peso que estaba adquiriendo el colectivo médico en la segunda etapa del Patronato.
Bajo la influencia de Achúcarro, al que Lafora se refería como «alienista de orientación europea y conocedor de la cuestión médica y psiquiátrica de los anormales», 24 la labor de la institución cobró un nuevo impulso.
Durante los dos primeros años de su gestión se trabajó para corregir las deficiencias pedagógicas, científicas y administrativas que presentaba el Colegio Nacional de Sordomudos y Ciegos, implantando mejoras higiénicas y pedagógicas y reformando la reglamentación del centro con objeto de mejorar la situación de los profesores y de atender la labor postescolar (López Núñez, 1918, p.
También se dieron los primeros pasos dirigidos a formalizar una especialización profesional.
En la primavera de 1915 el Patronato organizó un curso breve sobre fundamentos en el diagnóstico, la pedagogía y la higiene de las distintas anormalidades, dirigido a maestros, médicos y otras personas interesadas en dichas cuestiones.
El curso, totalmente gratuito, ofrecía conocimientos básicos destinados a una futura especialización, pero no proporcionaba a los alumnos ningún título que acreditase una competencia especial para la educación o el tratamiento de los niños anormales.
Sin embargo, la intención del Patronato, y así lo hacía público al anunciar su celebración en los diarios oficiales, era la de ofrecer en un futuro inmediato un curso más largo destinado a formar especialistas.
Para ello la corporación tenía prevista la creación de un Seminario Normal en el que tuviesen cabida las tres especialidades.
26 Se nombraba responsables de las mismas a Jacobo Orellana, profesor de la Escuela de Sordomudos que había adquirido nociones sobre la enseñanza a los anormales en Francia y un Laboratorio de Psicología pedagógica, se establecieron enseñanzas prácticas con los alumnos anormales y se abrió un Consultorio médico-pedagógico público en el que, por petición de los padres o de los maestros, se examinaba a los niños y, en caso necesario, se indicaba el tratamiento médico y pedagógico correspondiente.
27 De la fecunda actividad del Patronato y del empuje que supuso para la institución la personalidad de Achúcarro daba cuenta Álvaro López Núñez (en esa época vicepresidente de la corporación) al recordar su labor en la institución:
En el corto tiempo que se le permitió vivir, la Comisión ejecutiva del Patronato de Anormales que tuve el honor de presidir (¡y ya es honor presidir a hombres como Achúcarro, Zaragueta, Pereira, Gayarre y Lafora!...), trabajó sin descanso en el páramo desolado de la política pedagógica, viendo con satisfacción que si no todas, algunas de nuestras reformas se iban incorporando a la legislación de la enseñanza.
La Comisión trabajaba con asiduidad infatigable, empleando los nobles procedimientos de la técnica moderna, en una atmósfera de publicidad, buscando la colaboración de todos, con absoluta sinceridad y buena fe, no obstante las enormes dificultades que la rodeaban.
Achúcarro, que era el primero en la labor y a quien todos profesábamos cariño y respeto, sentía a veces profundo desaliento. [...]
Nunca hasta entonces se había asomado el doctor Achúcarro a los abismos de lo que se llama vida política, y al ver el recelo, la hosquedad y aun la sonrisa escéptica con que en regiones oficiales se acogían nuestras ideas, encaminadas al bien de los niños deficientes, se llenaba de profunda tristeza (López Núñez, 1918, p.
El testimonio de López Núñez deja constancia de que, a pesar de existir un proyecto interesante y un compromiso por parte de los miembros de la corporación, el deficiente apoyo de las autoridades políticas estaba suponiendo un frenó al proceso que se había puesto en marcha.
28 Una circunstancia que pareció agravarse con la llegada de un nuevo interlocutor a la cartera ministerial.
----Bélgica y a Micaela Díaz Rabaneda, una maestra que no tenía experiencia previa pero que había asistido al curso breve organizado por el Patronato.
27 Álvaro López Núñez firmaba el anuncio de su apertura el 10 de diciembre y éste se publicaba unos días más tarde en el Boletín Oficial del Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes (B.O.M.I.PB.A. en adelante) de 28/12/1915, no 104.
28 Esa sensación fue compartida por todos los miembros de la Comisión.
Francisco Pereira denunciaba las dificultades que había afrontado el Patronato en este periodo de cambio constante de ministros que, al llegar al Ministerio «encarpetaban los proyectos para no volver a desencarpetarlos jamás».
LA CONTROVERTIDA GESTIÓN DE BURELL
El nombramiento de Julio Burell como ministro de Instrucción Pública, al constituirse el nuevo gabinete del liberal Romanones, motivó un giro en la gestión del Ministerio y, por extensión, del Patronato.
Con la excusa de mejorar su rendimiento, Burell dictaba un nuevo decreto destinado a devolver a la corporación a la situación establecida en 1910.
29 Según se aseguraba en la exposición oficial, la reorganización de la institución -que volvía a denominarse Patronato Nacional de Sordomudos, Ciegos y Anormales-no llevaba asociada la intención de modificar su presupuesto o de alterar o suprimir ninguno de sus servicios, pero sí la de delimitar el área de influencia de los mismos y, sobre todo, la de dotar de autonomía a la parte docente del Instituto Central de Anormales.
Para lograr ambos objetivos disponía la formación de una Comisión permanente de cuatro miembros vocales encargada de ejecutar todo lo que, en materia de enseñanza, resolviera el Ministerio tras oír a la corporación y ponía en manos de un Director Administrativo todo lo referido al orden económico y a la administración del Instituto.
Meses más tarde, el Ministerio introducía un nuevo cambio en la estructura de la corporación, al dividirla en dos secciones independientes: una de Sordomudos y Ciegos y otra de Anormales, con la previsión de que, en un futuro, se transformasen en sendos Patronatos 30.
En el Reglamento para el régimen y gobierno de los Colegios Nacionales de Sordomudos, Ciegos y Anormales en su Instituto Nacional, publicado unos días más tarde, se ratificaba que todo lo referente a los anormales iba a constituir una sección aparte a cargo de un director y un subdirector técnicos.
31 La sección proyectada iba a estar compuesta por dos Escuelas para niños y niñas mentalmente anormales y por un Seminario pedagógico en el que se impartirían cursos destinados a ofrecer un título o un certificado de especialista a maestros y médicos.
32 Parecía que, por fin, el Ministerio había entendido el problema de los deficientes mentales y, lo que es más importante, la necesidad de impulsar la pro- tección de las personas con discapacidad intelectual a través de la creación de centros educativo-asistenciales gestionados por verdaderos especialistas.
33 Sin embargo, algunos creían que el ambicioso proyecto de Burell respondía, sobre todo, al deseo de acallar las protestas reiteradas que ciertos miembros del Patronato estaban haciendo en relación a la gestión ministerial de la corporación (Pereira, 1935, p.
No es posible confirmar la veracidad de estas acusaciones, pero lo cierto es que algunas de las primeras medidas del Ministro fueron destituir a Lafora y Achúcarro en el otoño del 16, desacreditar la labor de su presidente José Bergamín y vetar a Jacobo Orellana, un pedagogo que trabajaba en el Instituto de Anormales y que, años después, traduciría algunos de los textos de referencia en el campo de las deficiencias mentales y sensoriales.
34 Burell suspendía, además, las clases para deficientes programadas para el año siguiente (1916-1917) con el pretexto de que era necesario reorganizarlas y destinaba el presupuesto de ese año al Colegio de Sordomudos y Ciegos.
Las decisiones del ministro fueron duramente contestadas por Lafora en el semanario España.
Según el médico madrileño, la amistad y la influencia política habían llevado a Burell a colocar gentes indoctas y poco competentes en puestos para los que no estaban técnicamente capacitados:
Desde que los vaivenes de nuestra política llevaron al Sr. Burell a dirigir por segunda vez este ministerio, no existe en él una dirección sino una dictadura.
La amistad y la influencia política son las únicas fuerzas que mueven los hilos de la tramoya y el tecnicismo está desterrado en absoluto. [...]
El Sr. Burell brillante periodista político, hombre de la improvisación, alma superficial, libre de las trabas intelectuales de un tecnicismo o especialización y exento de títulos académicos, se siente imbuido por su victoriosa experiencia de la vida y desprecia la competencia, como algo inútil, que sólo sirve par exonerar a ciertas personalidades.
Para él, cualquiera, con tal de ser amigo suyo, puede desempeñar un cargo, aunque desconozca la técnica (Rodríguez Lafora, 1917b, p.
----33 La labor ministerial de Burell fue elogiada en periódicos como El Heraldo de Madrid, y en revistas especializadas como La Gaceta de Instrucción Pública.
Dos publicaciones a las que estuvieron vinculados dos de los personajes que iban a adquirir más poder en el Patronato durante su etapa en el Ministerio: Encarnación de La Rigada, directora de la Gaceta, y Anselmo González, colaborador del Heraldo bajo el pseudónimo de Alejandro Miquis.
Y habían sido precisamente estas personas las que, en opinión de Lafora, habían impulsado una política de acoso y derribo en relación al Instituto empujadas por el deseo de controlar las dos Escuelas de anormales del Patronato (Rodríguez Lafora, 1917d, p.
En concreto, Lafora hacía responsables de la situación al Consejero de Sanidad, Juan de Madariaga, al subsecretario de Instrucción Pública, Natalio Rivas, y a los pedagogos Encarnación de La Rigada, Micaela Díaz Rabaneda y Anselmo González.
Estos tres últimos personajes merecieron ácidas críticas por parte del médico.
Éste acusaba a las pedagogas de falta de preparación para asumir la educación de los deficientes mentales y de carecer de escrúpulos al aceptar el cargo de profesoras en el Instituto de Anormales.
En cuanto a Anselmo González, es indudable que el hecho de que hubiera ganado en 1909, de manera algo irregular, la plaza para la Cátedra de Psiquiatría del Niño de la Escuela de Estudios Superiores del Magisterio de Madrid a la que también optaba Achúcarro, no le había granjeado la simpatía de Lafora.
35 Este último se refería a González como «doctor en Filosofía y crítico de teatros que se hizo alienista de aluvión al concedérsele una cátedra de psiquiatría» (Rodríguez Lafora, 1917c, p.
12) y describía su labor en el Instituto como «una farsa completa», asegurando que «no va más que una hora a su clase y abandona a los niños a sus discípulas que sin preparación práctica alguna y sin nadie que las instruya, tienen que cuidar a los niños de cualquier manera.
Los niños pasan el día encerrados en una habitación, sin que nada se les enseñe» (Rodríguez Lafora, 1917e, p.
36 A estas graves denuncias, que fueron secundadas por algunos padres, 37 Lafora añadió otras relacionadas con la mala gestión económica del Patronato, con los sueldos excesivamente altos de algunos de sus cargos, con la existencia de gastos injustificados, con la reducción de las plazas de alumnos y con ----35 El nombramiento de Anselmo González encontró oposición tanto en el mundo médico como en el pedagógico, ya que existían dos candidatos mucho mejor formados: el psiquiatra Nicolás Achúcarro y el maestro Francisco Pereira.
Parece que González llegó al cargo por recomendación (ya que no había tenido nunca vinculación con la cuestión de los niños anormales) y después de haber conseguido que la convocatoria fuese modificada para impedir que se presentasen a la plaza médicos.
36 Anselmo González se defendía de estas acusaciones y de la referencia a su falta de preparación en: «Una carta», El Heraldo de Madrid, 3 de mayo de 1918, p.3.
37 Los padres llegaron a recurrir a la prensa para pedir a Burell la habilitación de un local en el que dar cabida a los niños deficientes mentales, ya que la admisión a los cursos que se daban en los Colegios de Sordomudos y Ciegos estaba cerrada.
Véase: «En favor de los niños anormales», El Imparcial, 13 de noviembre de 1916, p.
4. la falta de formación de algunos de los maestros que trabajaban en los centros educativos dependientes del mismo (Rodríguez Lafora, 1917f, p.
En definitiva, numerosas críticas dirigidas a la gestión ministerial, pero en las que se intuyen los enfrentamientos existentes entre médicos y pedagogos por el monopolio de la anormalidad.
Cuando Burell cesaba en el cargo, en abril del año 17, se había decretado la constitución de las dos secciones en Patronatos independientes y se había aprobado el comienzo de las clases del Seminario pedagógico para maestros y médicos de la infancia mentalmente anormal.
38 Sin embargo, no se habían creado las dos Escuelas para deficientes mentales que incluía su proyecto.
Resulta paradójico, y así lo creía Lafora, el hecho de que se estuviese potenciando la formación de especialistas y se eludiese la creación de centros educativos y asistenciales donde esos nuevos expertos pudiesen mantener contacto con los niños anormales.
LA DÉCADA DE LOS VEINTE
En el verano del 17, asumía la cartera ministerial Rafael Andrade Navarrete, quien repetía cargo en el nuevo gabinete de Dato.
A pesar de la criticada gestión de Burell en el Patronato, la valoración oficial de su mandato y del de sus predecesores fue positiva.
Muestra de ello es el texto introductorio al real decreto con el que Andrade volvía a reformar el Patronato:
Sólo con haber estimulado la conciencia social en un problema de tan profundo interés colectivo, podrían darse por bien empleadas las iniciativas de los dignos Ministros de Instrucción Pública que pusieron mano en esta obra; pero sus reformas han tenido una mayor utilidad, porque han permitido llevar algunas de las reglas pedagógicas a favor de los anormales a la piedra de toque de la experiencia, demostrando la posibilidad de mayores avances para llegar pronto a un régimen de ---- educación y reincorporación social de los anormales, igualmente provechoso para los individuos y para la patria.
39 El optimismo que se desprende de este fragmento impregnaba todo el preámbulo.
En él se afirmaba que la labor desarrollada desde el Patronato (y por extensión desde el Ministerio) había calado en la opinión pública y había servido de estímulo para el progreso de la materia y favorecido la especialización de varios sectores de la técnica educativa, sociológica y médica; además de provocar importantes reformas en la legislación educativa.
40 Era una versión bastante alejada de la realidad española que olvidaba cuestiones tan importantes como la falta de instituciones asistenciales o la inexistencia de una estadística nacional que permitiese conocer la magnitud del problema.
Ambas carencias intentaron subsanarse con dispares resultados en la década siguiente.
En el verano de 1920 el Patronato remitía al Ministerio un proyecto de Escuela especial de carácter nacional que habría de instalarse en Madrid, a ser posible en un barrio populoso y periférico.
El centro, inicialmente mixto, debía transformarse, con el tiempo, en dos escuelas independientes que acogerían cuatro clases, de 15 alumnos cada una.
La plantilla de la proyectada escuela iba a estar integrada por un médico y cuatro educadores especializados.
41 Un año más tarde, el Ministerio disponía la creación de una Granja agrícola y, aneja a ella, de una escuela graduada destinada a los anormales mentales y denominada Escuela primaria especial, germen de lo que sería dos años después la Escuela Central de Anormales (ECA).
42 ----Con la instauración de la Dictadura primorriverista en el año 1923 y la constitución del Directorio Militar, la institución volvió a reformarse; sin embargo, los cambios fueron poco efectivos.
43 El Patronato no logró cumplir con los objetivos más o menos novedosos que se había propuesto: extender su tutela a todos los anormales del país en edad escolar, crear nuevas escuelas especiales en otros puntos del territorio nacional, o elaborar la estadística de anormales que, comenzando por Madrid, pensaba llevar a cabo en todo el territorio español.
44 La única cuestión en la que la dictadura se mostró operativa tuvo que ver con el impulso que, a lo largo del régimen, fue recibiendo la ECA.
LOS ÚLTIMOS AÑOS DEL PATRONATO
El advenimiento de la República en abril del año 1931 supuso una nueva transformación en la organización de la asistencia y la educación de los anormales y trajo consigo importantes novedades para la corporación.
45 El nuevo gobierno llegaba con la promesa de afrontar una obra de reconstrucción educativa que iba a hacerse especialmente evidente en sus años iniciales.
El primer bienio republicano fue el más activo y fecundo desde un punto de vista legislativo.
Durante ese periodo se crearon nuevas escuelas, se mejoraron las condiciones laborales de los maestros que, además, vieron incrementada su presencia en comisiones y tareas administrativas, se promovió la creación de nuevas plazas, se modificó el sistema de selección del profesorado y ----43 Los RR.DD. de 13 de septiembre de 1924 -firmados por el presidente interino del Directorio Militar Antonio Magaz y Pers, y publicados en G.M. de 14/09/1924, no 258-servían para disolver los tres Patronatos y establecer la creación de un único Patronato de Sordomudos y Ciegos y la reorganización del Patronato de Anormales.
44 En noviembre de 1924 se aprobaba una circular adjunta del Patronato de Anormales encaminada a iniciar la recogida de información.
Asumiendo las dificultades que entrañaba una estadística general, se proponía un ensayo previo en la capital y, por ello, se dirigía la circular a las autoridades médicas y académicas de Madrid, a los maestros de las escuelas públicas y privadas, a los médicos y a todos aquellos que estuvieran preocupados por la situación de este colectivo infantil.
En ella se les pedía recabar información incluyendo en el estudio a todos aquellos niños de edad comprendida entre los 3 y los 14 años.
45 La República dio un impulso al psicodiagnóstico escolar al reorganizar el Cuerpo Médico Escolar del Estado, promover la formación de los especialistas, apoyar la creación de escuelas especiales en otros puntos de la geografía española y ratificar el carácter educativo y autónomo de la Escuela Nacional de Anormales (nombre con el que se designaría a la ECA a partir de 1928).
se constituyeron consejos de protección escolar para la defensa de la escuela rural.
Sin embargo, la reforma del Patronato se produjo durante un bienio, el radical cedista, que no destacó precisamente por las mejoras en el ámbito de la enseñanza.
En abril de 1934 se establecía la creación del Patronato Nacional de Cultura de los Deficientes.46 Su denominación mostraba el cambio de rumbo que se pretendía con la reforma.
Se elegía un nuevo término -«deficientes» para referirse al conjunto de discapacitados que, además, se ampliaba al incluir, junto a las personas con deficiencias sensoriales e intelectuales, a las afectadas por deficiencias motoras.
En cuanto a la introducción en el nombre de la corporación de la palabra «cultura» era el reflejo del deseo del nuevo ministro, Salvador Madariaga Rojo, de que la intervención del Patronato se extendiese más allá de la acción pedagógica que venía realizando en el terreno de la enseñanza primaria y, ocasionalmente, de las enseñanzas profesionales.
Es por esto por lo que en el proyecto republicano las prioridades de la corporación cambiaron.
El Patronato iba a encargarse de: la instrucción de los deficientes en todos los grados; la formación de su cultura y educación en todo el periodo de su vida en que fueran necesarios medios especiales; la creación de bibliotecas Braille y de fonotecas circulares para los ciegos; la preparación, distribución y construcción de material especial para los deficientes; la promoción de espectáculos y otras manifestaciones artísticas dirigidas a los grupos de discapacitados tutelados por la institución y, finalmente, la subvención de instituciones dedicadas a estos fines.
Da la sensación de que el Ministerio intentaba fomentar la integración social de los niños con discapacidad interviniendo en esferas de su vida que hasta ese momento no habían sido consideradas.
Desgraciadamente, el Patronato republicano apenas pudo mostrar su efectividad a la hora de asumir estas ambiciosas funciones.
El estallido de la Guerra Civil dos años después de su creación obligaba a suspender su actividad.
Habría que esperar hasta la década de los cincuenta para que la Dictadura franquista resucitara la corporación bajo la denominación de Patronato Nacional de Educación de la Infancia Anormal.
----EPÍLOGO Como hemos visto a lo largo de estas páginas, el Patronato se creó y se transformó en numerosas ocasiones respondiendo siempre a proyectos muy ambiciosos.
Sin embargo, la confluencia de varios factores como la inestabilidad política del momento, la falta de apoyo económico, la política de «validos» practicada por algunos de los ministros del periodo, o los conflictos provocados por intereses personales y profesionales de sus miembros, hizo que las expectativas generadas en torno a la institución se malograsen.
El Patronato no fue ajeno a uno de los problemas que, según Antonio Viñao, afectó al ámbito educativo en ese momento: el divorcio entre las propuestas de los teóricos y reformadores, la formulación legislativa de las mismas y la práctica real en las instituciones (Viñao, 2004, p.31).
En su caso este divorcio se reflejó, sobre todo, en la imposibilidad de convertir el discurso en algo real.
Los proyectos que sirvieron para crear y transformar la institución incorporaron, en distinto grado, el discurso de los expertos y reflejaron fielmente el enfoque médico que se le había dado a la cuestión de los anormales.
La corporación, creada desde un organismo educativo, asumió al menos durante una época, el carácter director que debían ejercer la Medicina y sus representantes dentro de la propia institución y en el resto de las iniciativas que tenía previsto desarrollar.
Sin embargo, el Patronato fue incapaz de cumplir con la mayoría de sus objetivos.
No pudo crear mecanismos estables de divulgación y de formación de especialistas, al menos hasta la etapa en que la ECA asumiría estas funciones.
Tampoco logró promover la creación de centros asistenciales públicos en el territorio nacional, ni consiguió dar una respuesta a la cuestión de cuántos y quiénes eran los anormales.
No obstante, es indudable que la labor del Patronato sirvió para impulsar ciertas medidas, como la creación de la ECA, que servirían de base para una futura institucionalización de la educación especial y, sobre todo, sirvió para recordar a los gobiernos que, entre la población española, había un grupo de personas con discapacidades que tenían la necesidad y, lo que es más importante, el derecho de recibir la protección del Estado.
a los niños anormales, Madrid, Viuda de A. Álvarez.
De La Rigada, María Encarnación; Tolosa Latour, Manuel; Mariscal, Nicasio (1905) |
En este trabajo se analiza la emergencia y la evolución de las investigaciones experimentales y clínicas sobre trasplantes renales y diálisis en la Argentina, llevadas a cabo, a partir de 1957, en el
En este trabajo se analiza la emergencia y el desarrollo de las investigaciones experimentales y las primeras experiencias clínicas sobre trasplantes renales y diálisis en la Argentina, llevadas a cabo, a partir de 1957, en el Instituto de Investigaciones Médicas (IIM) de la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires (UBA).
Se intenta mostrar cómo estas realizaciones fueron posibles gracias a la convergencia de dinámicas sociales y cognitivas.
Así, el desarrollo de los trasplantes y la diálisis, y de sus correspondientes especialidades en el IIM, formó parte central de las apuestas institucionales llevadas adelante por quien fuera su director y ejerciera la máxima autoridad política y académica, Alfredo Lanari.
Por un lado, ello estuvo estrechamente relacionado con la continuidad y el aprovechamiento de una acumulación previa de recursos humanos y capacidades de investigación en trasplantes en el país.
Por el otro lado, fue consecuencia de nuevos flujos de colaboración y entrenamientos personales, entablados entre los investigadores del IIM con los referentes internacionales y pioneros en este campo de saber, los cuales permitieron la adquisición de los equipos y aprendizajes fundamentales para diálisis y trasplantes, modificados y resignificados al ser apropiados para su aplicación y fabricación artesanal en el medio local.
Este modo de describir los procesos científicos ocurridos en el IIM de algún modo anuncia y adelanta ciertos aspectos centrales de las concepciones sobre la ciencia y la técnica que funcionan como presupuestos en este trabajo, y que se verán guiando y ordenando el análisis posterior.
Así, por un lado, aquí se parte de entender a la ciencia principalmente como un conjunto de prácticas localmente situadas en un espacio social que, con el tiempo, sedimentan en forma extendida y prolongada, conformando formas organizacionales específicas.
Esta noción sobre la ciencia en tanto actividad se encuentra desplegada y trabajada principalmente entre aquellos que han privilegiado tomar y analizar la ciencia como una tradición 2.
Esto supone centralmente prestar especial atención a los procesos de sedimentación de la ciencia en tanto conjunto de prácticas, vía la transmisión y aprendizaje de «modos de hacer», que resultan en la estructuración de generaciones de maestros y discípulos, estilos de investigación específicos y modos de aprendizajes, modelos institucionales y temas de investigación.
Todos estos elementos organizan una unidad de sentido y de identidad que, en el mediano y largo plazo, pueden garantizar un ciclo de reproducción ampliada de tales prácticas y, por ende, la estructuración de la tradición y su continuidad en el tiempo.
Por cierto, las investigaciones experimentales y clínicas sobre trasplantes renales y diálisis llevadas adelante en el IIM conformaron el tema de investigación con mayor visibilidad y prestigio social y científico en el IIM; a su vez, fueron las que configuraron la mayor parte de sus generaciones de maestros y discípulos, los estilos de investigación y modos de aprendizajes que le otorgaron entidad e identidad a lo que he llamado la «tradición Lanari» 3.
Por otro lado, al abordar en estos procesos científicos dinámicas de apropiación de nuevos equipos y conocimientos técnicos, resulta pues también necesario explicitar ciertas nociones y presupuestos mediante los cuales aquí se aborda el lugar de la técnica en la actividad científica.
Es bien conocido que la reflexión y la importancia otorgada al estudio acerca del papel activo de la técnica y de los instrumentos científicos en los procesos de investigación, en tanto capaces de moldear el conocimiento y su mismo proceso de ----2 Entre los trabajos y autores clásicos que han trabajado y reflexionado en torno a la ciencia como tradición, se retoman aquí los aportes de Kuhn (1988de Kuhn ( [1962]]); King (2005King ( [1970]]) y Jacobs (2007).
3 Esta tradición se originó debido a la convergencia que Lanari generó y encarnó entre dos estilos de la tradición médica argentina: el de Bernardo Houssay, orientado al desarrollo de la medicina experimental y el de Mariano Castex y Raúl Francisco Vaccarezza, circunscripta a la clínica médica.
Fueron las investigaciones sobre trasplantes y diálisis, llevadas a cabo en el IIM, las cuales representan y encarnan dicha convergencia de tradiciones: en cuanto a los estilos y problemas de investigación, culturas experimentales y clínicas, perfil profesional de los maestros, entre otros elementos (Romero, 2010a).
producción, han despertado interés en los estudios sociales de la ciencia y la tecnología a partir de la mencionada revolución cognitiva de los años 60.
Así, la técnica, pensada como el resultado del trabajo humano en su mediación con lo social, lo cognitivo y lo natural, se encuentra atravesada por dinámicas económicas, culturales y sociales, siendo a su vez capaz de producir hechos científicos (Shapin y Schaffer, 1985) y configurar lo observable en ciencia (Hacking, 1992; Helden y Hankins, 1994).
Para nuestro caso particular, estos presupuestos funcionan como una referencia muy básica y general, ya que la técnica (la diálisis) no constituye un instrumento o una técnica de laboratorio (de las ciencias experimentales) sino un tipo de aparatología médica.
Los conocimientos técnicos para su construcción y usos se encuentran en íntima relación con los profesionales y auxiliares médicos (usuarios suministradores), con los pacientes (usuarios receptores) y los productores (usuarios creadores; a veces inventores, otras los mismos médicos y otras veces industriales).
Así, la diálisis como técnica es mucho más que el aparato mecánico y los usos técnicamente posibles del mismo en relación con su aplicación al paciente; es el resultado de las determinaciones técnicas y cognitivas, y de intereses comerciales y médicos; usos y significaciones de los mismos pacientes, cambiantes a su vez según el espacio social y el momento histórico.
De este modo, aquello que llamamos técnica de diálisis, desde su origen, se ha constituido y ha existido a un tiempo como proceso y producto, como efectos del conjunto de usos prácticos y simbólicos llevados a cabo por parte de los diferentes tipos de usuarios involucrados.
Es decir, la técnica de diálisis es producto de los diferentes usos y prácticas que de ella se hacen a la vez que estas prácticas son condicionadas por los determinantes técnico-materiales -y modificadas a medida que estos cambian- (Berg, 1997).
En nuestro caso, estas mutuas determinaciones y transformaciones adquieren un peso adicional dado que el desarrollo original y sus primeros usos se produjeron en otros contextos diferentes al medio local, en el cual la aparición de la diálisis fue consecuencia del traslado de equipos originales y de los conocimientos de uso vía contacto y entrenamiento personales.
Estos procesos aluden inevitablemente a fenómenos de apropiación y resignificación, constituyentes de toda técnica y conocimientos asociados a ella.
Estas concepciones sobre la ciencia y la técnica suponen que ambas esferas se encuentran interrelacionadas y moldeadas por una época y una sociedad específicas, sea por sus múltiples determinaciones o por sus efectos derivados.
Como se verá, el uso y la extensión de ciertas prácticas como la diálisis estuvieron fuertemente determinados por dinámicas técnicas pero también por otras de índole política (prioridades médico-sanitarias) del contexto local.
Hasta 1965 los aparatos técnicos y las prioridades médico-sanitarias sólo permitían dializar a un grupo de enfermos (los agudos), careciendo los crónicos de tratamiento alguno 4.
Por su parte, la práctica de los trasplantes estuvo circunscripta a la esfera médica, careciendo de regulación e intervención alguna por parte de otros actores sociales hasta bien entrados los años 70, cuando se promulgó la ley sobre trasplantes en 1977, a partir de la cual se estipuló la organización de un banco de dadores.
Esto implicó que ya no sólo fueran los profesionales médicos quienes realizaban y regulaban las prácticas de trasplantes, ingresando el Estado como actor político a participar en su definición.
En adelante, este trabajo se organiza en tres partes.
En la primera sección se caracteriza el desarrollo de los conocimientos científicos e innovaciones técnicas sobre trasplantes renales y diálisis en el contexto internacional.
Segundo, se reconstruyen y analizan las capacidades institucionales y de investigación locales acumuladas en ambos temas en el IIM y, tercero y último, se avanza en un conjunto de reflexiones acerca de los determinantes sociales de la enfermedad, sobre el modo en que nuevos actores, distintos al círculo de científicos y médicos, comenzaron a intervenir sobre aquélla, del reconocimiento de los enfermos en su calidad de pacientes y en el inicio de la confección y aplicación de una regulación política nacional para la práctica de trasplantes.
GRUPOS PIONEROS: CONOCIMIENTOS CIENTÍFICOS Y TÉCNICOS
El trasplante renal fue el primero de los realizados en órganos complejos en la medicina mundial (le siguió el de hígado, luego el de corazón y después el de pulmón).
Las primeras experiencias clínicas de trasplantes renales en humanos fueron realizadas, en 1952, por el grupo de Jean Hamburger en el Hospital Necker, en París y, en 1954, por parte del grupo de John Putman Merrill en el Hospital Peter Bent Brigham en Boston, siendo el grupo norteamericano quien logró la experiencia con mayor éxito entre gemelos idénticos.
Esto, sin embargo, no constituía una innovación teórica; la posibilidad de intercambiar tejidos entre animales genéticamente idénticos ya había sido ----4 La insuficiencia renal es aún hoy una dolencia grave que causa la muerte si no se trata adecuadamente y se define por la incapacidad del riñón para realizar su trabajo parcial o totalmente.
En su forma aguda, la actividad renal cesa de forma brusca y origina la disminución de la elaboración de orina, produciendo desequilibrios hormonales y circulatorios.
En su forma crónica, la disfunción renal se agrava por su continuidad ininterrumpida en el tiempo; la falla es gradual y en general no hay tratamiento que evite su progresión. establecida y, desde 1947, se sabía que en los humanos, los gemelos idénticos podían recibir con éxito trasplantes de piel entre sí.
Si bien la experiencia en el Hospital Peter Bent Brigham había sido clínica y fisiológicamente satisfactoria, había agregado muy poco a la solución inmunológica fundamental.
Pero aquél suceso de 1954 tuvo un impacto psicológico de importancia.
La inmediata restauración del estado de salud de un paciente que moría, mediante el trasplante de su riñón, era una demostración persuasiva del valor terapéutico potencial que implicaba dicha operación (Lederer, 2008).
Entre las especialidades médicas que más estrechamente se vincularon con la evolución posterior de estos desarrollos, además de la nefrología, figuraron la hematología e inmunología, con sus aportes técnicos y cognitivos tendientes a evitar y disminuir la tasa de rechazo del órgano por parte del receptor -problema central para los médicos e investigadores en lo atinente a las experiencias de trasplantes de órganos- (Löwy, 1987a).
Los primeros trasplantes renales se efectuaron tanto con dadores vivos (familiares próximos como madre, hermanos) como con dadores cadavéricos pero, al poco tiempo, se descartaron estos últimos debido al poco éxito de sus resultados -altas tasas de rechazo- (Löwy, 1987b).
Hasta 1960 el único modo de medir y calcular la compatibilidad entre donante y receptor era con el grupo y factor de sangre.
Esto cambió con la llegada de los estudios de histocompatibilidad.
En 1958, el hematólogo Jean Dausset incursionó en el estudio de grupos de leucocitos humanos y describió al sistema HLA (Human Leucocyte Antigen) -grupo de antígenos-, mostrando la importancia capital de estos antígenos en la defensa del organismo contra toda agresión exterior o interior, basándose en la capacidad de distinguir entre constituyentes propios del individuo y aquéllos extraños a él.
Así, Dausset demostró que las moléculas HLA del donante, al ser diferentes de las del receptor, se perciben como extrañas e inducen la respuesta inmunitaria que conduce al rechazo del trasplante (Löwy, 1986).
Estos desarrollos reactivaron líneas de estudio sobre la inmunosupresión.
Este consistía en un procedimiento útil para suspender los mecanismos inmunológicos (defensas) del organismo receptor del trasplante, el cual ante un tejido extraño (como implicaba el injerto) reaccionaba atacándolo.
Dicho procedimiento derivó más tarde en la utilización de drogas inmunosupresoras y en tests de histocompatibilidad para medir la compatibilidad entre donante y receptor.
Esto puso en escena el hecho de que ni la histocompatibilidad ni el rechazo de injertos era, como hasta 1950 se había supuesto, un fenómeno de «todo o nada».
En 1959, el primer caso exitoso de un trasplante de riñón de un donante que no era idéntico genéticamente -realizado por el grupo de Merril en Boston-adoptó un valor paradigmático.
Su éxito, en una larga serie de fracasos, fue atribuido a la combinación de tres factores: la proximidad genética entre donante y receptor; el suministro de un tratamiento inmunosupresor antes de efectuar el trasplante; y el tratamiento inmunosupresor para prevenir rechazo en el momento post operatorio.
De allí en adelante, se intentó repetir la combinación de esos tres elementos, buscando hallar la mayor histocompatibilidad, esto es, la mayor proximidad genética entre pares de donante y receptor (Löwy, 1987b).
Por su parte, la diálisis comenzó a practicarse mucho antes que los trasplantes renales.
Ante fallas funcionales del riñón, este procedimiento se ideó para reemplazar artificialmente sus tareas, garantizando el pasaje de solutos a través de una membrana semipermeable colocada entre dos soluciones, con un gradiente de concentración.
Existieron distintos procedimientos para dializar la sangre, entre los cuales los más difundidos fueron la diálisis peritoneal y la hemodiálisis.
Mientras la primera utilizaba el tejido del abdomen para filtrar hacia afuera los desechos de la sangre, la hemodiálisis consistía en el pasaje de la sangre del paciente (se limpiaba) a través de un riñón artificial -un aparato mecánico similar a un riñón fuera del organismo-al cual se conectaba el paciente en sus accesos arteriales y venales.
El riñón artificial constaba básicamente de un aparato, un dializador, un líquido concentrado, unos tubos para la circulación externa de la sangre y unos dispositivos de acceso a los vasos sanguíneos.
Cumplía la función de bombear la sangre a través de los tubos de circulación externa, de mezclar el líquido concentrado con agua para obtener la dilución adecuada y de monitorizar las constantes esenciales durante todo el proceso.
Existieron diferentes modelos e innovaciones técnicas desde que aparecieron los primeros prototipos a principios del siglo XX, pero fue a mediados de este siglo que se diseñó un modelo exitoso para su aplicación en el hombre: el Kolff Brigham.
A éste le siguieron los modelos Coil (o bovinas de Kolff) y Travenol Twin Coil; el Kiil y el Capilar (Ruiz Guiñazú, 1957).
Willem Kolff fue quien comenzó a dializar en laboratorio en 1938 y en 1945 consiguió usarlo exitosamente en el hombre.
Tres años más tarde realizó su primera visita a los Estados Unidos, donde conoció a John Putman Merril en el Hospital Peter Bent Brigham.
Con él adaptaron el modelo Kolff para una fácil producción; con la ayuda de los laboratorios Buit y Fernwal rediseñaron el prototipo conocido como el riñón artificial Kolff Brigham (Petrolito, 2009).
Éste consistía fundamentalmente de un tambor (cilindro) de malla de acero que giraba semi sumergido dentro de un baño de composición (el lla-mado baño de diálisis).
Sobre el tambor se arrollaba en espiral un tubo de celofán por el que circulaba la sangre, estableciendo de ese modo una gran superficie de contacto con el baño (Ruiz Guiñazú, 1957).
Este modelo sirvió para dializar enfermos renales agudos solamente, ya que no tenía entre sus funciones la de extraer agua, cuestión crucial en el caso de los pacientes crónicos para quienes la retención y casi nula eliminación de agua es el punto más crítico y riesgoso para su sobre vida.
Más tarde, a mediador de los años 50, el equipo de trabajo de Kolff simplificó aún más la construcción del modelo Kolff original, produciendo el un aparato llamado riñón de «bovina» o «bovina de Kolff», con la ventaja que podía usarse al lado de la cama del enfermo.
Asimismo, en colaboración con el laboratorio Travenol, introdujeron un modelo denominado el «Travenol Twin Coil Kidney» (Firmat, Brusco y Etchegoyen, 1959), cuya ventaja era que, a diferencia del clásico Kolff Brigham, no era fijo sino que podía trasladarse y su unidad era descartable (por lo cual también se lo llamó Travenol Disposable Twin Coil) (Manzor, 2006).
Con este modelo fue posible dializar a los crónicos ya que tenía por función extraer agua.
El modelo de planchas o «Modelo Kiil» fue realizado en 1960 y era valorado entonces mucho más eficaz con relación a los modelos Kolff y las variantes del Coil, dado que tenía un bajo índice de coagulación de la sangre en diálisis, baja resistencia al paso de agua y fácil control de filtraciones5.
En julio de 1957 se creó el Instituto de Investigaciones Médicas (IIM), dependiente de la Facultad de Medicina de la UBA, bajo la dirección full time de Alfredo Lanari, quien trasladó el cargo titular de igual dedicación que tenía en la Tercera Cátedra de Clínica Médica y su personal a dicho Instituto, en un predio aledaño al Hospital Tornú.
El IIM fue el símbolo de la fase de institucionalización más avanzada del ámbito de la investigación clínica médica en la Argentina; modificó de un modo sui generis la articulación y la entidad de dicho ámbito de investigación, promovien-do y cristalizando un modelo institucional y cognitivo asentado en actividades de docencia, asistencia e investigación experimental y clínica, altamente imbricadas entre sí y proyectadas bajo una modalidad full time (Romero, 2010a).
Este modelo revestía un carácter inédito de cara a la medicina clínica local, siendo Lanari el primero en solicitar y ocupar un cargo full time en una Cátedra de Clínica Médica en la Facultad de Medicina de la UBA (Romero, 2010b).
La investigación clínica médica se configuró como resultado de la articulación y composición de elementos cognitivos, institucionales y profesionales diversos, adquiriendo un impulso singular en Francia y los Estados Unidos en los años 50, en el contexto de la segunda posguerra, en relación con el caudal y tipo de recursos financieros y organizacionales con los cuales comenzó a contar el ámbito de la investigación médica (Gaudillière, 2002).
En términos cognitivos y epistémicos, la investigación clínica médica ha tomado objetos, métodos, técnicas y prácticas de otras disciplinas (tales como la biología y la bioquímica) y los ha colocado en vinculación con material de pacientes.
Desde el punto de vista profesional, en el investigador clínico convergieron rasgos propios de las profesiones doctas o científicas, guiadas por la producción original de conocimiento y aquellos más característicos de las profesiones de consulta, orientadas por la prestación de servicios a una clientela (profesiones liberales clásicas) (Freidson, 1978(Freidson, [1970]]).
En términos institucionales, ha reunido el marco institucional del laboratorio experimental con el del hospital.
Los tres tipos de transformaciones se fueron plasmando en los contenidos de las reformas de enseñanza médica, afianzadas en las escuelas de medicina norteamericanas, e introducidas en los centros galos (Gaudillière, 2002), rápidamente apropiadas por las escuelas del continente latinoamericano y de la Argentina (García, 1972; De Asúa, 1984).
No fue solamente en esta coyuntura de cambios institucionales, pedagógicos, profesionales y cognitivos de la disciplina médica, dados en el contexto internacional, que Alfredo Lanari lanzó el proyecto de creación del IIM en la Facultad de Medicina de la UBA.
Existió también una coyuntura local favorable para el impulso de estos cambios y de la introducción de las actividades de investigación en la medicina (y de profesionalización académica y científica en este ámbito); aquélla caracterizada por el clima de época dominado por las ideas desarrollistas, las cuales tuvieron especial presencia y versión en la universidad argentina, a través del rectorado de Risieri Frondizi (y otros enclaves -aliados-tales como el decanato de Rolando García en la Facultad de Ciencias Exactas y el de Florencio Escardó en la de Medicina) (Romero, 2010a).
En este marco de complejas y múltiples determinaciones, a fines de 1957, a meses del nacimiento del IIM, entre una variedad de secciones de investiga-ción, se inauguró la Sección Nefrología.
Su organización temprana y rápido desarrollo fue posible debido a la convergencia de distintos elementos.
Por un lado, confluyeron recursos humanos y una acumulación local previa de capacidades en investigación sobre injertos y trasplantes.
Dichas competencias en el tema provenían de las investigaciones experimentales sobre injertos de aorta y pulmón realizadas por médicos integrantes del IIM, tales como Lanari, Molins y Croxatto (Molins ocupó el cargo de Jefe de Cirugía y Croxatto de Anatomía Patológica desde el comienzo del IIM y, a su vez, ambos participaron en las primeras experiencias de trasplantes desde sus respectivas especialidades).
En el marco de su trabajo previo en la Cátedra de Patología y Clínica de la Tuberculosis, dirigida por Raúl Francisco Vaccarezza y ubicada en el Hospital Muñiz, Lanari relataba que tales experiencias habían comenzado al promediar la década de 1940, «En el año 1945, un tanto casualmente, al realizar un estudio sobre los efectos de la ligadura de la aorta en la médula espinal, efectuamos un injerto vascular.
Desde esa fecha en adelante, hemos seguido con el tema, extendiéndolo a los injertos de órganos, a las reacciones anatómicas y funcionales de los mismos y a la resección del huésped.
Como es lógico tratándose de un problema que toca la cirugía, la anatomía patológica, la fisiología y la inmunidad, lo hemos abordado en un team formado con Oscar Croxatto y Mahelz Molins» (Lanari, 1954, p.
2) Asimismo, una inspiración más lejana para Lanari, aunque no por eso menos relevante e influyente, fueron los estudios sobre la fisiología del riñón sobre el «sistema renina angiotensina», emprendidos por el grupo de discípulos de Bernardo Houssay (conformado por Eduardo Braun Menéndez, Juan Fasciolo, Luis Federico Leloir, Juan Muñoz y Alberto Taquini) (Milei, 2010).
De hecho, Lanari fue un discípulo de Houssay; se había formado durante al menos dos años bajo su dirección para la realización de su tesis de doctorado en el Instituto de Fisiología, donde compartió con sus otros discípulos sus primeras incursiones en el estudio de la fisiología del riñón -llegando a estrechar amistades personales y afinidades político académicas en el marco más amplio de la Facultad y del ámbito de la clínica, que proseguirían en el futuro, tal como la existente con Braun Menéndez-.
Inaugurado en 1919, el Instituto de Fisiología y su director, Bernardo Houssay, fueron centrales para la consolidación de la medicina experimental en la Argentina y de la fisiología y la endocrinología en el concierto mundial médico (por cierto, su gravitación en la política científica argentina no fue menos importante).
Para los años 40, el Instituto era una parte central de la Facultad de Medicina, con un staff de 130 instructores que enseñaban fisiología, bioquímica y biofísica a más de 800 alumnos.
Si bien trabajó en varias líneas de investigación, su mayor inversión fue sobre la relación entre la hipófisis y la diabetes, por lo cual obtuvo el Premio Nobel en Medicina en 1947, precisamente por el descubrimiento del papel de la hormona del lóbulo anterior de la hipófisis sobre el metabolismo de los hidratos de carbono (Buch, 2006).
Por otra parte, la apertura de una Sección de Nefrología en el IIM fue posible gracias a la convergencia de oportunidades técnicas y de un número significativo enfermos que necesitaban tratamientos.
Con las primeras, se alude a la adquisición del primer aparato de diálisis que hubo en el país, y de los conocimientos y destrezas para su manejo, por parte de un miembro del IIM, Alfonso Ruiz Guiñazú, quien lo instaló y comenzó a utilizar en la Sección.
Sumado a ello, el IIM contaba con una demanda de enfermos renales que no tenían solución paliativa ni cura para sus dolencias, la cual fue aumentando rápidamente a raíz de la puesta en funcionamiento del riñón artificial para diálisis.
Ahora bien, por sí misma esta confluencia de elementos no explica la construcción de esta Sección ni tampoco su temprano despegue.
Fueron la voluntad y decisión de Lanari, en calidad de director del IIM, y según su propia incursión en la investigación sobre injertos desde la Cátedra de Patología y Clínica de la Tuberculosis y desde el Instituto de Fisiología, lo que hizo de la construcción institucional y cognitiva de la Sección Nefrología una de las principales y más estratégicas apuestas dentro del IIM.
¿Qué significa o qué implica pensarla en términos de apuesta?
Por un lado, ello supone entender que detrás del crecimiento y el desarrollo de una determinada especialidad/sección -en el cruce de su doble carácter disciplinar e institucional-se encuentra siempre un conjunto de voluntades individuales que, guiadas por criterios de diversa naturaleza (organizacional, cognitiva, pragmática), toman decisiones acerca del rumbo e impulso de una especialidad/sección con relación a las restantes.
Por otro lado, el énfasis que se coloca en el carácter volitivo no supone pensarlo en términos de una racionalidad de anticipación sustentada en una planificación previa.
Antes bien, dichas decisiones se entienden aquí en términos de orientaciones pragmáticas que operaron sobre el devenir de condiciones convergentes, visualizadas como oportunidades y recursos por quien conducía los destinos iniciales del IIM, «El énfasis en la investigación nefrológica ha sido en parte circunstancial; simplemente fue el hecho de que al tener un riñón artificial vinieron muchísimos enfermos que lo necesitaban (...)
Entonces, lógicamente, la investigación se hace de acuerdo a las necesidades que surgen» (Ciencia Nueva, editorial, 1970, p.
27) En este marco, en mayo de 1958, comenzó a funcionar el primer Servicio de Nefrología y Diálisis del país en el IIM.
La sección se dividió en tres subsecciones de hecho: 1) el servicio de diálisis, 2) el laboratorio de investigación experimental y 3) trasplantes (Ruiz Guiñazú, 1985).
La figura de Alfonso Ruiz Guiñazú desempeñó un rol central en la constitución de esta subsección.
Fue él quien obtuvo tanto el primer aparato de diálisis como el entrenamiento necesario para su manejo durante su estadía de formación en el exterior, continuando y ampliando sus primeras incursiones en el estudio de la fisiología del riñón junto al grupo de Houssay, con quien, al igual que Lanari, tuvo formación y socialización científica en medicina experimental.
En 1952 fue becado para trabajar en el Hospital Peter Bent Brigham, en Boston, en el laboratorio de riñón que dirigía John Merril, cuyo grupo, como se ha visto, estuvo al frente de la realización del primer trasplante renal exitoso en el hombre.
Allí, Ruiz Guiñazú se integró rápidamente al equipo encargado del riñón artificial y, con ayuda de ese aparato, llevó a cabo un trabajo de investigación sobre la función renal y desarrolló también investigación clínica de la acción de diferentes inhibidores de la anhidrasa carbónica en enfermos con edemas.
A su regreso de su estadía de trabajo en Boston, Ruiz Guiñazú logró trasladar al país un riñón artificial Kolff Brigham.
Primero se exhibió en una exposición privada en un centro cultural en Buenos Aires y luego se instaló en el Instituto del Diagnóstico, donde comenzó a ser utilizado en la atención privada de pacientes renales.
Luego, con la colaboración de un ayudante logró realizar una réplica del modelo Kolff.
Éste se hizo en forma completamente artesanal, gracias a los esquemas y diseños manuscritos que había traído desde Estados Unidos.
Dicha réplica resultó un modelo exitoso y fue utilizada para diálisis en el IIM.
En este marco, Ruiz Guiñazú comenzó su tesis «El riñón artificial y su uso en clínica», bajo la dirección de Lanari6.
En 1958, ya con el riñón Kolff Brigham instalado por Ruiz Guiñazú en el IIM, se sumaron dos médicos, Manuel Arce y Jaime Coehlo pasaron a integrar el equipo de diálisis, siendo los primeros aprendices de Ruiz Guiñazú, es decir, quienes adquirieron los conocimientos técnicos de uso de la técnica de diálisis que éste trajo desde Boston.
La ampliación del equipo no podía hacer-se esperar.
El manejo del aparato Kolff requería de un equipo entrenado y bien coordinado de médicos, laboratoristas y enfermeras.
Todos ellos debían conocer y monitorear no sólo el funcionamiento mecánico (y sus potenciales problemas) sino todos los factores que intervenían en la diálisis.
Asimismo, todo el material que entraba en contacto con la sangre debía esterilizarse.
Los diferentes tubos que formaban el circuito cerrado que se colocaba entre arteria y vena debían ser armadas cada vez, cuidando que no hubiera soluciones de continuidad por las que pudiera escaparse la sangre, entrar agua o aire al baño.
Este preparado y procedimiento artesanal requería un monitoreo constante.
La principal labor de los enfermeros era controlar la presión arterial, el pulso y la respiración del enfermo, los cuales debían medirse cada cinco minutos al comienzo de la diálisis y cada diez hacia el final.
El armado del aparato demandaba más de 2 horas y las diálisis duraban entre 4 y 6 (Arce, 1980).
Manuel Arce desde un comienzo mostró una especial inclinación por los trabajos manuales y técnicos, haciéndose responsable de la producción artesanal de las cánulas de Scribner 7, «Estas cánulas se producían artesanalmente en el IIM.
Eran unos tubos de teflón que se le afinaban las puntas y que se introducían, uno en la vena y otro en la arteria del paciente que se iba a dializar.
Se cerraba con una «u» de plástico y unas gomitas.
Yo las fabricaba acá en el Instituto por imposición de Lanari, Scribner nos había enviado los kits para que pudiéramos hacer»8
De este modo, la conjunción de habilidades artesanales, de la predilección por ese tipo de trabajo por este miembro del equipo, y las necesidades económicas relativas a abaratar los costos en el IIM (una práctica «normal» en un instituto perteneciente a la Universidad de Buenos Aires, siempre limitada en ----7 Junto a la evolución técnica de los distintos modelos de aparatos de diálisis comentados, otras dos innovaciones fueron cruciales para el desarrollo de la diálisis: uno, las cánulas de Scribner y, el otro, el desarrollo de los accesos vasculares permanentes (las fístulas de Cimio y Brescia).
El primero, permitió el acceso a la circulación sanguínea con las cánulas arteriovenosas de silicona: las llamadas «cánulas de Scribner».
Con estos accesos vasculares, se emprendió la tarea de dializar crónicos terminales.
El segundo, implicó el perfeccionamiento de dichas cánulas con el desarrollo de los accesos vasculares permanentes: ello suponía la unión (vía cirugía) de vena y arteria (ya no con cánulas) lo cual hacía que la vena se dilatara y permitiera la circulación fácil y abundante de la sangre (muy útil para dializar porque era un método que dejaba bien fijo el medio de traspaso) (Petrolito, 2009).
su presupuesto financiero para actividades de investigación), hacían de esta producción casera e idiosincrásica una virtud.
No sólo dicha conjunción de elementos daba cuenta de esa cultura científica artesanal.
El peso de la tradición experimental conformada por Bernardo Houssay sobre este grupo de médicos, vía la persona de Lanari o de Ruiz Guiñazú, (es decir, su influencia, en lo que he llamado y trabajado en otro lugar, en la conformación de la tradición Lanari) se verifica en este valor atribuido a la idea de una ciencia barata y artesanal, pregonado por el mismo Houssay9.
Esto resulta significativo dado que muestra cómo ciertas valoraciones, prácticas y culturas de trabajo se transmiten y perviven a través de las relaciones entre maestros y discípulos, conformando una tradición.
Hasta 1964 cada hemodiálisis requería la preparación de una arteria, generalmente la radial y una vena cercana, lo que determinaba, de acuerdo al número de diálisis, varias heridas con los naturales peligros de infección, sobre todo cuando se utilizaban los vasos de las piernas con las correspondientes molestias para el enfermo y el tiempo empleado por el médico en cada canulación.
En adelante, el procedimiento consistió en la colocación de cánulas de Scribner a todos los pacientes, lo que permitió multiplicar las diálisis sorteando los inconvenientes antes referidos (Lanari, Firmat y Ruiz Guiñazú, 1968).
Ello significó un avance en el tratamiento ya que evitaba los repetidos procedimientos quirúrgicos y permitía además un tratamiento prolongado, algunas veces de más de 30 días en enfermos agudos.
Las diálisis profilácticas y la alimentación precoz por vía oral fueron contribuyentes importantes de la mejor sobrevida lograda, los cuales permitieron mantener a los enfermos con insuficiencia renal crónica en mejores condiciones para luego ser trasplantados (Arce, 1980).
En paralelo a estas mejoras técnicas, Manuel Arce emprendió una estadía de formación con el grupo de Merril en los Estados Unidos, la cual no sólo fue una continuación de los lazos que Ruiz Guiñazú había trazado con el grupo norteamericano.
Se perfeccionó en el estudio de la insuficiencia renal aguda experimental por medio de micropunturas, tema que terminó conformando su trabajo de tesis doctoral (Manzor, 2007).
Los años posteriores que siguieron a su reinserción en el IIM fueron tiempos en los cuales Arce retomó sus intereses y fuertes inclinaciones por los trabajos técnicos de innovación artesanal.
Volcó así todas sus energías para desarrollar un modelo de riñón artificial propio que pudiera ser útil para diali-----zar a los enfermos crónicos (que tuviera por función extraer grandes cantidades de agua por minuto de los riñones).
Por entonces existía en funcionamiento un modelo de riñón Kiil que había sido producido localmente, con igual propósito, por un médico del Hospital Italiano, Manuel Calvo.
Sin embargo, no había dado los mejores resultados en la diálisis de pacientes crónicos ya que no cumplía con la función primordial: extraer grandes cantidades de agua en un tiempo no mayor de dos o cuatro horas10.
Más allá del gusto que previamente Arce había demostrado por los desarrollos técnicos y artesanales innovativos, en el caso de las cánulas antes descriptas, su estadía como jefe de diálisis del Hospital Lemuel Shttuck en Massachussets -efectuada luego de su trabajo con Merril en Boston-, fue de suma importancia para la idea que tuvo posteriormente, cuando regresó al país, de desarrollar un mejoramiento del modelo «Kiil Calvo».
Dicha estadía como jefe de diálisis le brindó conocimientos de suma relevancia pero, más importante aún, le permitió realizar contactos con los grupos que en Estados Unidos comenzaban, en 1965, a dializar pacientes crónicos, y retener de esos modelos e innovaciones aspectos que pudieran ayudarlo a construir un prototipo que lograra la extracción de agua, en dosis y tiempos significativos.
Arce construyó, a partir de esas experiencias y modelos vistos en los Estados Unidos, una innovación del modelo «Kiil Calvo».
El modelo «Kiil Arce» consistió en la anexión de una manguera en desnivel al aparato hermético para que, a través de generar presión negativa por vacío, se pudiera extraer agua.
La aplicación de diálisis con este modelo continuaba siendo artesanal, aunque en menor grado que con el Kolff Brigham, «Tanto el Kolff como el Kiil eran manuales; dependía de que alguien esté mirando que no pase nada; la sesión de diálisis duraba entre 8 y 12 horas; había que estar ahí.
Entonces, había desatención o uno iba al baño, cualquier cosa, entonces se encogía la membrana; el paciente tenía una hipotensión tremenda y nadie se daba cuenta o había un sangrado inusitado por el uso de la heparina.
Entrada de aire al equipo.
Cosas tremendas que hacían que la diálisis era, inicialmente, un procedimiento de riesgo (...)
Lo que tenía el Kiil como ventaja, era que las placas de acrílico estaban permanentemente disponibles; entonces, lo único que había que hacer entre diálisis y diálisis, era quitar el celofán, se ponía uno nuevo» 11 ----Recapitulando, el desarrollo de la diálisis en el IIM fue posible debido a la disposición de los contactos internacionales con los grupos pioneros en el tema, la temprana adquisición de la técnica (el riñón artificial), el reclutamiento de personal entrenado para utilizarla y socializar sus conocimientos y la disponibilidad de enfermos renales con quienes ensayar su uso y darle racionalidad sanitaria a su inversión y desarrollo.
Por cierto, el desarrollo del tratamiento de diálisis en el IIM tan cercano en el tiempo a las experiencias realizadas en los centros científicos pioneros se vio posibilitado por las estadías de trabajo de varios investigadores de la sección nefrología del IIM con Merrill en Boston.
Estos fueron contactos e intercambios centrales para la transmisión de conocimientos técnicos y teóricos sobre el tema, sentando las bases para su posterior desarrollo en el país.
De hecho, la estadía del primer jefe, Alfonso Ruiz Guiñazú, de la sección de nefrología del IIM en Boston implicó el aprendizaje personal (y luego su socialización a más de tres generaciones de nefrólogos) del manejo de la técnica de diálisis y la importación del primer riñón artificial al país.
Éstas constituyeron las bases cognitivas e institucionales para que el servicio de diálisis del IIM fuera, durante los primeros años, el más activo del país (hasta 1975, se trataron más de 1200 pacientes) 12.
Además de posicionarse como el servicio que brindaba soluciones a los enfermos renales agudos y crónicos, esta subsección creció, por un lado, diseminando el manejo de la técnica de diálisis y su función asistencial a otros espacios institucionales en Buenos Aires primero y, más tarde, en el interior del país.
Por otro lado, creció a la par de la subsección Trasplantes de la Sección Nefrología del IIM, ya que conformaba un servicio subsidiario: los pacientes que iban a recibir un trasplante eran dializados previamente ya que ello generaba mejores condiciones para una intervención exitosa.
Asimismo, eran dializados después de recibir el trasplante.
Fue a partir de mediados de 1970 que se produjo una eclosión de centros privados de diálisis dedicados al tratamiento de enfermos crónicos mientras que la práctica de trasplantes quedaba exclusivamente en manos de la esfera pública estatal (ARCE, 1980).
Muestra de ello, en 1979 se fundó la Asociación Argentina de Centros Privados de Diálisis y Transplantes Renales.
Los objetivos fueron mejorar la calidad de la prestación, implementar los recursos humanos y físicos (planta física y equipamiento).
Además fue creada una comisión técnica para programar actividades docentes, científicas y de auditoría (Petrolito, 2009).
La Subsección Trasplantes fue organizada en 1958 y desde un comienzo funcionó en estrecha relación con la de Cirugía.
Las primeras experiencias de trasplantes renales se remontaron a años anteriores a la conformación del IIM.
Desde la Tercera Cátedra de Clínica Médica, se realizó la primera experiencia clínica de trasplante renal.
Esto ocurrió en junio de 1957, cuando Lanari y otros miembros de la Cátedra realizaron un trasplante de riñones de un feto a término a un joven de 15 años con insuficiencia renal terminal.
El injerto no fue exitoso, muriendo el enfermo a los 10 días y sin seguridad de que los riñones funcionaron el algún momento.
El segundo trasplante fue realizado en 1961, ya en el IIM, en una niña que había sido nefrectomizada (esto es, se le había quitado el riñón) por un accidente operatorio en otro hospital.
En esta ocasión, el resultado fue más alentador porque la enferma vivió más de 30 días, la mayor parte del tiempo sin necesidad de hemodiálisis, hasta que se produjo el fallecimiento por una falla del riñón trasplantado, con signos discretos de rechazo (Lanari, 1968).
Los primeros trasplantes se realizaron con dadores vivos (familiares próximos) y cadavéricos también.
En el caso de los donantes vivos se practicaron fundamentalmente entre familiares, dado que no se contaba con otro método para evaluar la compatibilidad entre donante y receptor que el factor y grupo sanguíneo.
Sumado a ello, recuérdese que en este campo de estudios para entonces primaba la individualidad genética como marca para asegurar compatibilidad.
Como se ha visto en la primera sección, fue recién después de mediados de los años 60 que la inmunogenética aportó nuevos marcos de conocimientos para legitimar que la aceptación y el rechazo del órgano trasplantado podía ser según grados, a través de los tests de histocompatibilidad, difundidos después de 1965, «Conviene recordar en qué circunstancias debíamos concretar nuestros intentos.
No existían otros medios de histocompatibilidad que el grupo sanguíneo (...)
Por eso en los comienzos hubo predominio de dadores vivos en los trasplantes» (Manzor, 2004, p.
222) En el caso de la práctica de trasplantes con donantes cadavéricos, dado que no existía por entonces ningún tipo de legislación al respecto ni se había establecido el concepto ético ni jurídico de muerte cerebral, el paciente donante de órgano debía estar muerto clínicamente.
La falta de legislación en torno a la muerte cerebral y la única vía de medir compatibilidad existente a través de los análisis de sangre no eran los únicos condicionamientos que obstaculizaban la práctica de trasplantes y su ampliación a más y distintos tipos de enfermos que no fueran entre familiares próximos.
A ellos se sumaba otro problema: la posibilidad de contar con un donante demandaba un despliegue de estrategias de alerta y rápida intercomunicación entre hospitales públicos en una época en la cual el desarrollo de las telecomunicaciones distaba del actual.
Esto no era en absoluto un elemento trivial si se tiene cuenta que el tiempo de isquemia de un riñón -es decir, conservando sus funciones fuera del organismo vivo-no sobrepasaba las 12 horas (Manzor, 2004).
A partir de mediados de la década de 1960, con la aparición de los desarrollos de los estudios de histocompatibilidad y con la aplicación de drogas inmunosupresoras, los procedimientos fueron tomando mayor complejidad y ampliando a su vez las posibilidades de realización.
En este marco, la Subsección Trasplantes comenzó a estrechar vínculos de trabajo con dos secciones afines y subsidiarias en lo atinente a analizar y dar respuestas a los problemas más usuales en trasplantes: aceptación y rechazo inmunogenético del órgano.
Estas secciones fueron: Hematología, Inmunología y Anatomía y Patología (Rodo, 1997).
A modo de cierre parcial, recordemos entonces que el inicio de estas prácticas de trasplantes fueron posibles no sólo gracias a los contactos que el grupo del IIM estableció con el de Merril en Boston sino también la acumulación que en ese campo de conocimiento existía previamente en el medio local: por un lado, aquélla inserta en la tradición clínica de Vaccarezza en cuya Cátedra se habían investigado y realizado experiencias en dicho campo de estudio (injertos de aorta y pulmón), tanto por parte de Lanari como por otros miembros del IIM que provenían de dicho espacio.
Por otro lado, la tradición experimental, desarrollada por Houssay, y de ella especialmente las investigaciones realizadas entre 1930 y 1940 sobre fisiología del riñón.
No todos estos casos, a lo largo de los años señalados, tuvieron las mismas condiciones ni reconocimientos en tanto pacientes: recuérdese que los enfermos crónicos recién recibieron diálisis a partir de 1965 ya que hasta entonces sólo los agudos eran asistidos con tal tratamiento, tanto debido a condicionamientos técnicos como de prioridades sanitarias de atención.
La diálisis era muy costosa y debía en ese marco, desde una racionalidad política, seleccionarse algunos casos, los más urgentes y probables de obtener éxito.
Así, los enfermos crónicos, hasta 1965, debido a los límites técnicos de los aparatos de diálisis existentes, no aseguraban altas tasas de éxito en sus diálisis.
Por eso en el mundo y en el IIM se dializaba sólo a los enfermos agudos13.
Por su parte, los pacientes que eran trasplantados, desde una situación en 1965 de nula legislación, ni amparo institucional o político, pasaron a partir de 1977 a disponer de las primeras regulaciones y organización de bancos de dadores.
Es posible distinguir diferentes estatutos para la condición de enfermo y paciente, si tenemos en cuenta que en el primer caso lo que existe es un reconocimiento médico y social de la presencia de un conjunto de signos definidos como anormales o patológicos que requieren asistencia.
Mientras que en el segundo caso, este tipo de reconocimiento va más allá, pasando a constituir tratamientos y dispositivos de atención concretos.
En este marco, los enfermos renales no fueron pacientes en su inicio ni se conformaron como tales de una vez y para siempre.
Ello se fue desarrollando a lo largo de estos años no sólo ni principalmente debido a los condicionantes y avatares técnicos o cognitivos, según su evolución en este campo de estudio en el plano internacional y el modo en que aquéllos fueron recibidos y aplicados en el medio local.
El pasaje de enfermos a pacientes también estuvo atado al devenir político y social local, a medida que aquéllos empezaron a ser reconocidos con derechos de atención y asistencia tanto a partir del surgimiento de los marcos legislativos que pasaron a contemplar y regular los trasplantes y la diálisis.
Por cierto, hemos visto que tanto por razones técnicas y por prioridad sanitaria los enfermos crónicos no fueron pacientes, con tratamientos efectivos, hasta 1965.
Los determinantes sociales de esta enfermedad también fueron objeto de reflexión e indagación en el IIM.
La sistematización de estos casos fue utilizada para llevar a cabo un estudio en el cual se buscaron las causas sociales y médicas más frecuentes que se encontraban detrás de los casos atendidos durante aquellos ocho años.
Así, se dividieron los casos según etiologías y se los clasificó por orden de frecuencia: en el primer lugar, se contabilizaron enfermos renales por aborto séptico; segundo, por transfusión in-----compatible, llegando a conformar casi la mitad de los casos y, en tercer lugar, por trastornos post quirúrgicos (Lanari, Firmat y Ruiz Guiñazú, 1968).
Las principales causas, el aborto séptico y la transfusión incompatible, mostraban la vinculación de estos enfermos con específicas características socio-económicas y culturales, propias de los sectores sociales más pobres, lo cual coincidía con el tipo de población con la que se había conformado la muestra de estudio: proveniente del Gran Buenos Aires y de los barrios menos pudientes de la Capital Federal.
El caso de la transfusión incompatible mostraba también falencias del sistema de salud y del correspondiente control de los bancos de sangre y precauciones elementales para la transfusión, «La transfusión de sangre incompatible representa hoy el accidente más frecuente que acompaña a la transfusión sanguínea.
Es la mayor parte de las veces producto de negligencia, irresponsabilidad, incapacidad o defectos de organización.
Existen en nuestro país las causales mencionadas antes en grado tal que resulta imprescindible la intervención de los organismos directivos de la sanidad para remediar una situación de lamentables resultados» (Lanari, Coelho, Paz y Castillo, 1965, p.
72) Estos determinantes socioeconómicos y culturales de los pacientes y del sistema de salud de la argentina de entonces daban cuenta que ni el trasplante ni la diálisis estuvieron condicionados sólo por sucesos de orden científico sanitario.
La importancia social y la significación cultural y económica del trasplante han sido tan centrales como su valor científico médico y de salud (Fox y Swazey, 2009[1974]) 14.
Asimismo, la estabilización del trasplante y la diálisis en la década de 1970, y su extensión y alcance para los enfermos renales terminales crónicos estuvo condicionada según decisiones de prioridades de políticas sanitarias, éticas y legislativas (e incluso valores religiosos) que fueron diferentes según los contextos nacionales15.
----En 1970, dado que a partir de las técnicas de histocompatibilidad y la medicación inmunosupresora el trasplante se había estabilizado como una práctica, cuando Lanari expresaba cuáles eran sus principales dificultades, destacaba que éstas no eran de índole científico médicas sino de orden político:
«La dificultad mayor es la legislación; no se puede sacar ningún órgano a una persona muerta por accidente, o que se ha suicidado, hasta que no se haga la autopsia judicial.
Hasta ese momento no se la puede tocar.
Entonces uno no puede usar, por ejemplo, individuos que se mueren en un accidente automovilístico, o sea individuos que tienen los riñones en perfectas condiciones.
En el caso del riñón no hay ningún problema ético puesto que el riñón si se los extrae durante la primera hora posterior a la muerte y se lo enfría dura dos o tres horas más; no se puede comparar con el problema del corazón.
Sin embargo, en nuestro país, por inercia o incapacidad de comprender, no se puede usar ese tipo de dador (...)
Evidentemente, desde el punto de vista de la compatibilidad inmunológica, el dador familiar es mejor que el dador muerto porque los miembros de la familia están mucho más relacionados genéticamente con el enfermo.
Pero lo más importante no son los dadores vivos pues éstos siempre son un grupo pequeño.
El problema futuro hay que considerarlo con dadores muertos y hay que esperar un cambio en la legislación y en el espíritu de los familiares» (Ciencia Nueva Editorial, 1970, p.
En este marco, los pacientes que disponían de medios se trasladaban a centros extranjeros.
El acceso a la práctica de trasplantes, restringido sólo a enfermos con recursos económicos comenzó a ser problematizado y se instaló la necesidad política de disponer de instrumentos y criterios que regularan y legalizaran el concepto de muerte cerebral.
Como suele suceder en la dinámica social, las prácticas se originan y extienden, precediendo a sus regulaciones y normativas.
Casi veinte años después de la efectuación de los primeros trasplantes renales en el país, estos fueron objeto de pericia y regulación estatal local, posibilitando la organización de los primeros bancos de dadores cadavéricos para la donación de órganos.
En el caso de la diálisis, incluso llegó a transcurrir más tiempo hasta que se promulgó una legislación para su regulación.
En el medio local, la creación de la Sociedad Argentina de Nefrología (SAN) en 1960 y la celebración posterior de congresos científicos de dicha especialidad y de reuniones de índole política y social en torno a la regulación ---tes resistencias a estos últimos en países con fuerte tradición católica (Italia, Grecia y Argentina) y en el caso de las sociedades estructuradas sobre la base de credos como el budismo y la cultura musulmana, las reticencias a tales tratamientos fue aún mayor y más compleja (Lowy, 1986).
de un campo en gestación, fueron la antesala de las normativas sancionadas en los años 70, con las cuales los enfermos dispusieron de una plataforma legal que pasó a reconocerlos como pacientes.
En 1960 el Instituto de Semiología de la UBA gestionó, a través de su director -Osvaldo Fustinoni-, la visita de Jean Hamburger, mediante el auspicio de la Embajada de Francia, para dictar un curso de nefrología general durante el lapso de 15 días.
Hamburger no sólo dirigía el grupo francés que realizó el primer trasplante renal en el Hospital Nécker, sino también había sido el impulsor de la creación de la Sociedad Internacional de Nefrología en 1960.
A raíz de la visita de Hamburger al país, un grupo de nefrólogos locales iniciaron reuniones con el objeto de concretar la fundación de la Sociedad Argentina de Nefrología (SAN) que, finalmente, se creó el 15 de Septiembre de 1960 con socios fundadores tales como Alfredo Lanari, Manuel Arce, Alfonso Ruiz Guiñazú, Jorge Firmat (todos miembros del grupo de nefrología del IIM).
En 1970 se desarrolló en la ciudad de Córdoba el Primer Congreso Argentino de la especialidad.
Asimismo, en este Congreso se fundó la Sociedad Latinoamericana de Nefrología (Rodo, 1997; Manzor, 2004).
Finalmente, en 1977 se sancionó la ley 21541 que creaba un instituto regulador, el Centro Único de Coordinación, Ablación e Implante (CUCAI), para todos los aspectos que la práctica de los trasplantes exigía.
La ley reguladora de la práctica de diálisis recién fue promulgada en 1983 (Ley 22853 de hemodiálisis), En este encuadre, si durante los años 50 la enfermedad y los pacientes fueron configurados por el círculo de especialistas médicos, a partir de 1960 y 1970, estos comenzaron a actuar mediados por la conformación de Sociedades y Asociaciones de la especialidad, al mismo tiempo que otros actores ajenos a su círculo, tal como actores legislativos, comenzaron a intervenir sobre la definición de le enfermedad renal y los pacientes.
Hemos intentado mostrar cómo el origen y el desarrollo de los trasplantes renales y la diálisis en la Argentina se asentaron sobre dinámicas tanto científico-técnicas como sociales e institucionales.
La plataforma sobre la cual Lanari y los miembros del IIM realizaron una apuesta cognitiva e institucional en torno a la investigación y asistencia en diálisis y trasplantes renales, convirtiéndose en los precursores de ambas prácticas en el país, se estableció sobre la base de tres dinámicas cognitivas y sociales: a) la adquisición del riñón artificial y de los conocimientos para su manejo por recursos humanos formados tempranamente con los grupos pioneros de diálisis y trasplantes; b) la continuidad de lazos de entrenamiento de novatos en dichos centros y c) la acumulación local previa de investigación sobre trasplantes, vía la tradición clínica, propiciada por Vaccarezza, y la experimental sobre fisiología del riñón, impulsada por Houssay.
De este modo, las investigaciones en estos frentes fueron el corazón cognitivo, la marca identitaria, de la tradición Lanari y del IIM ya sea por las generaciones de maestros y discípulos conformadas, los estilos de investigación y la cultura de trabajo sedimentada a lo largo del tiempo, como por las especialidades que más sinergia mantuvieron entre sí.
Hemos visto, en lo que respecta a la dimensión técnica, puesta en juego particularmente en la diálisis, cómo los diversos modelos de aparatos se fueron transformando a la luz de desafíos o requerimientos técnicos que estaban asociados, a su vez, con demandas de asistencia o necesidades de respuestas ante nuevos problemas que provenían de la práctica clínica con los enfermos.
Al mismo tiempo, ésta orientaba y configuraba las búsquedas de innovaciones técnicas y modificaciones artesanales (como el caso de la producción local del riñón Calvo Kiil a partir de las necesidades de los enfermos crónicos).
Si bien las dimensiones científico técnicas y sociales tuvieron siempre injerencia en la configuración de los enfermos renales, así como también en el proceso de diferenciación de los estatutos de enfermos y de pacientes agudos y crónicos, hemos visto diferencias entre dos momentos.
En la década de 1950 fueron los círculos de especialistas quienes exclusivamente definieron e intervinieron sobre la enfermedad y los enfermos, en un marco general caracterizado por la ausencia de regulaciones públicas (ya fuera por el Estado o por organizaciones de la sociedad civil) sobre las prácticas clínicas (y experimentales) de diálisis y trasplantes.
Fue a partir de los años 60 cuando otros actores sociales y políticos comenzaron a tener injerencia en su organización y funcionamiento, impulsando la confección de una la ley nacional de trasplantes, sancionada en 1977. |
El dolor y la lectura, asociados estrechamente -la tristeza y el estudio-, estarían detrás de la caída del ser humano en la enfermedad mental, unidos al padecer del esfuerzo».
Esta cita de Las melancolías de Sancho nos indica su singular inscripción temática.
Por un lado, vienen a la cabeza la trayectoria de J. L. Peset como estudioso de la universidad o de la sanidad (no necesariamente española, en este segundo caso) entre los siglos XVIII y XIX, y sus contribuciones decisivas a la historia de la ciencia ilustrada.
Pero por otro, y sin cerrar esa larga etapa severamente indagadora, vemos que el autor prosigue su tanteo de otras vías de expresión más subjetivas, algo que se acentúa en este ensayo nuevo, con independencia de que él haya reconocido (en 1994) que la «indefinición» en general siempre le ha cautivado.
Ya aparecían vetas ensayísticas en Las heridas de la ciencia, aparecido en 1993, libro que giraba en torno a Philippe Pinel y que analizaba los antecedentes así como los efectos de la «nueva medicina de las almas» a inicios del siglo XIX.
Mucho más sucedió con su fáustico Genio y desorden, de 1999, donde -además de elegir en parte el período que aborda en Las melancolías de Sancho, el que va de Huarte de San Juan a Torres Villarroel-, nos daba un ensayo y una perspectiva muy personales sobre la genialidad.
Cierta pasión literaria (que estaba en sus maestros, especialmente en Granjel), se hace presente asimismo en Las melancolías de Sancho, pese a que pueda parecer bien disfrazada por tantos estudios, clásicos o recientes, que se ven revisados y comentados en estas páginas densas y algo torturadas.
Si en libros anteriores suyos latía una preocupación social por la explotación salvaje -con sus efectos de marginación e injusticia, hoy acentuados-, en Genio y desorden destacaba ya su casi exclusivo desvelo por el hombre inspirado, ese individuo especial que estaba tan presente sin duda en Dostoyevski o en Nietzsche, aunque también en Lombroso, al que Peset dedicó muchas páginas antaño.
A este propósito recordemos que él ha releído recientemente a Thomas Mann o Pío Baroja, en los cuales la mathesis singularis cobraba en ocasiones una dimensión absorbente.
Su cultura histórico-médica -vinculada al arte paliativo y sus tratos con la enfermedadsupone en Las melancolías de Sancho analizar preocupaciones psiquiátricas que se vieron acuñadas en un viejo modelo sanitario-cultural: el mal melancólico y sus negras consecuencias, tal como aparece en determinados escritos españoles de los siglos de Oro y de la Ilustración, o en la profusa melancolía europea en la que se inserta -la de los tiempos de Cervantes-, pues ese mal tan temido entra en un discurso teórico recurrente y hasta totalizador.
Las melancolías de Sancho encara específicamente la tristeza o el abatimiento, una patología de «origen» clásico (Hipócrates, Aristóteles, Galeno) que salió a la luz especialmente al culminar el Renacimiento, en sentido extenso; fue revisada con intensidad en el Humanismo de Marsilio Ficino o en otros autores encerrados asimismo con los libros (así, Montaigne), para finalmente desbordarse en la crisis mental y cultural del Barroco, la cumbre de nuestra literatura, hasta 1650.
En la Ilustración, correctora de tantos desmanes, queda un rastro entre nostálgico e irónico por esa obsesión, rastro que Peset acoge al abordar aquí, ampliamente, esa centuria preocupada por la felicidad.
No sorprende, por tanto, la presencia en su texto de ciertas fuentes hispánicas sobre el desánimo, muy poco manejadas en general: los Diálogos de filosofía natural y moral (1558), de Pedro Mercado; el Consejo y consejeros del Príncipe (1559), de Fadrique Furió Ceriol; Sobre la melancolía (c.
1569), de Alfonso de Santa Cruz; el conocido Examen de ingenios para las ciencias (1575), de Huarte; o el Libro de la melancolía (1585) de otro médico más, Andrés Velázquez.
(Además, Peset -que suele recoger siempre los frutos de las lecturas más cercanas-se apoya, por momentos, en una síntesis de 2008: Azabache.
El debate sobre la melancolía en la España de los siglos de Oro, de Felice Gambin).
Dada la inusitada difusión internacional de esa cultura médico-anímica, la tristeza tardorenacentista es más que una metáfora literaria.
Se percibe bien con las lecturas de Peset de los volúmenes clásicos que se han rescatado en estos últimos años.
Desde luego, además de los españoles, están presentes los Tres libros sobre la vida (1480-1489), donde Ficino aborda problemas de fisiología y de dietética, relacionados con la concentración mental y la desgana vital; pues el médico-neoplatónico vincula poderosamente genio y melancolía, y une la idea de la tristeza con la del rapto poético: no sólo los melancólicos serían los dotados para el mundo intelectual, sino que a su juicio todo el trabajo mental sitúa a quien lo ejerza bajo el mandato de Saturno.
Si las especificaciones ficinianas sobre el origen de la pesadumbre son de una hondura impresionante, ya en la época dorada de la tristeza -y de las tristes figuras-tales problemas se ven profundizados y reconducidos en Un tratado de melancolía de Timothy Bright o en El hospital de los locos incurables de Tomaso Garzoni (ambos de 1586); y, en los inicios del siglo XVII, en la Melancolía erótica de Jacques Ferrand o en la enciclopédica Anatomía de la melancolía de Robert Burton.
Pero la novedad de Las melancolías de Sancho estriba en su visita a otros frentes, menos frecuentados.
«Lo mismo Fausto que Quijano se entristecen, y recurren a sus criados para obtener consuelo, porque ni la realidad ni la ensoñación les bastan por sí solas», insiste el autor.
Y leemos, como adelantó alguna crítica cervantina, que el Quijote se inscribe «en la frondosa tradición de los Faustos, desde los más antiguos (el anónimo alemán y el inglés de Marlowe) a los posteriores de Goethe y los Mann».
De hecho, precisa Peset, «es en la saga un sabio profesor el que enloquece también con sus lecturas y, ayudado por un sirviente -el demonio en este caso-, muestra igualmente cómo son juntos estudios y pasiones los que pierden a los señores».
Incluso, los dos prototipos literarios «comparten sequedad y calentamiento del cerebro por causa de la lectura -libros de caballerías o tratados académicos, es lo mismo en uno y otro caso-, y en ambas encarnaciones hay un servidor astuto que ofrece a su amo un mundo que él conoce bien».
Remacha aún Peset que el criado, «como el diablo en las tentaciones a Jesús, ofrece a su señor poder, placer y dinero, pero también consuelo en sus melancolías».
Con este argumento, la figura de Sancho se hace «tan importante como la del caballero, ya que, como Mefistófeles, lleva impreso el signo de la modernidad, del goce del presente y, por ello mismo, la garantía del mañana.
Conoce por lo tanto el escudero el mundo real, que es en definitiva el futuro, y como demonio que es, lo ofrece a su señor».
Del Cervantes ingenioso pasamos entonces, con Peset, al escritor fáustico; y del hidalgo que enloquece con sus lecturas pasamos sobre todo a su criado mefistofélico, a un naciente doméstico, gozador y preocupado por la bolsa.
Resulta ser una figura convertida en 'tipo ideal' moderno.
Pero, por fortuna, no queda simplificada, pues Sancho está melancolizado en parte -lo vemos en las palabras cabales y llenas de saudade que nos deja a medida que se cierra el Quijote-, y señala Peset en esta línea que «la risa moderna, diabólica, que es característica del escudero, no quita que también él sienta tristeza y temores, camino a la melancolía».
Por añadidura -y es lo decisivo para la «trama» del libro-, Peset empareja el Quijote con una novela rara del siglo XVIII, la Historia del más famoso escudero Sancho Panza, después de la muerte de Don Quixote de la Mancha (1794) de Pedro Gatell.
Así que, progresivamente, en el relato de Peset, el Sancho cervantino será cotejado con un Sancho menor, surgido al final de las Luces por obra del médico y marino Gatell.
Ahora el protagonista será un Sancho abierto al mundo y al tiempo.
Es ahora, pues, el ubicuo Sancho el que da nombre y sentido a este ensayo, extraño por sus fuentes (cervantinas, hispánicas, melancólicas), por sus comprobaciones (médicas, históricas, literarias), así como por su tensión y empatía con un mundo de melancolías al que el autor se acerca contemporáneamente escindido, eso sí, como procede.
Las cuatro partes de Las melancolías de Sancho balizan con una desconcertante claridad los frentes histórico-culturales de este insólito cotejo entre dos Sanchos, que se mueve en tiempos, temas y espacios mentales muy diversos y a veces extraños.
En la primera sección del cuarteto, Una melancolía razonada, la más breve, aparecen por supuesto el hidalgo y sus libros adorados que le hacen sobrevivir entre la nostalgia y la locura.
Adivinamos -en los meandros continuos del relato-«las búsquedas de su amada, los descensos al infierno, las viejas imágenes y las secas melancolías de Alonso Quijano».
Su pesadumbre está vinculada a los viejos temperamentos, a esa hermosa teoría humoralista que empieza a quebrarse -a desaparecer con el cosmos antiguo-tras la muerte de Cervantes.
Su tristeza, como la de Ficino, también se relaciona con el poder de los astros que lastraban las vidas de entonces.
Y, sobre todo, late tanto en lo arcádico como en la utopía social que se evocan (y que son propios de la imaginación utópica desde su formulación respectiva, casi al mismo tiempo, por Sannazaro y Moro).
Esa visión natural del pesar se ve asociada con las pasiones humanas y con el trato en sociedad y la naturaleza -cada vez más una «Arcadia contrahecha» o desafinada-, pues se refleja en ciertos libros, en determinadas pinturas y músicas («En el nacimiento del canto»), en invitaciones a la risa y a la conversación, que constituyen sin embargo comunicaciones sociales cada vez menos frescas, más desencantadas.
A continuación, el Teatro de los ingenios nos introduce en el drama barroco, ya en los años finales de Cervantes.
Esta segunda parte se inicia con la narración de cómo el médico -desde Huarte-dialoga con ese mal y pretende acoger al apagado o al mohíno en sus tratados y asilos («Médicos en la España barroca»), para detallar enseguida lo que indican esos dos grandes testigospersonajes cervantinos, de su presente y sobre todo del futuro.
Son «personajes de fantasía, el caballero y su escudero, surgidos de la escisión de un mismo ser, siempre se contemplarán mutuamente con cariño y enojo; desean unirse y distanciarse, premiarse y castigarse; están labrados en la misma turquesa, no valen las locuras del uno sin las necedades del otro, se nos dice; tienen la misma fortuna, los mismos quebrantos, cuando duele la cabeza duelen los miembros».
Esa duplicación recuerda a ciertos dobles de Kafka en El castillo, y no en balde Peset encabeza el libro con una cita suya sobre su gemelismo: «La desgracia de Don Quijote no es su fantasía, es Sancho Panza».
No se recreará el autor, en cambio, en la relación especular, hegeliana, criado-amo que preluce los cambios en el poder modernos.
A los préstamos que toma Cervantes de los médicos ahora se unen varias referencias teatrales coetáneas: del propio Cervantes, o de Lope de Vega, Ruiz de Alarcón y Guillén de Castro (luego se añadirán Tirso de Molina, Mira de Amescua y Calderón).
El mundo de pasiones alzado por Shakespeare, al que Peset se remite en cuanto puede, cobra ahora su estilo nacional.
Y vemos indirectamente en este ensayo que el teatro -«la enfermedad mental estará siempre en las tablas, españolas o inglesas»-, por encima de la novela, los tratados médicos y filosófico-morales del siglo XVII, se convierte en imagen del mundo desengañada: cada pieza teatral es un texto prosaico, a menudo plagado de tristes y conflictivos seres, de curaciones momentáneas, también de dudas o fracasos, y siempre de burlas más o menos grotescas.
Se multiplica el mundo de la representación, del repliegue, del simulacro.
Conmueven los barros del Barroco, con su añoranza del paraíso de otros tiempos, con su desconcierto ante las guerras que hacen de fondo en todo el siglo XVII: fue la era de la muerte y el vacío, de la disensión humana, de la imposición teórica del «mecanismo».
La melancolía quijotesca pretendió refugiarse en imposibles y alegres Arcadias, huyendo de la modernidad; en contraste con lo que delatan las formas de su personaje adjunto, que va a atravesar dos siglos en esta historia.
En el apartado «Sancho antes de Barataria» expone Peset que la segunda entrega de El Quijote redefine ya al escudero, al pasar a ser el verdadero protagonista: Sancho, «que no aparecía en la primera salida, se añade en la segunda y en la tercera tomará las riendas».
Así sucede sin duda, como prometía el título, en plural, del ensayo, pues el argumento central pesetiano prosigue.
En La tristeza del escudero, la tercera parte, va describiendo al Sancho cervantino alternándolo con el Sancho menor de Pedro Gatell.
Incluso los rótulos de sus apartados revelan la nueva centralidad sanchesca del ensayo de Peset: «Mesa y comida», «Sancho tras Barataria», «La derrota y la gloria», «La vuelta a casa», «La nueva Barataria» -donde ya pesa mucho el texto de Gatell-, «Los sueños del escudero» y finalmente «Sancho, el buen alcalde».
El punto de comparación cervantino, el espejo de su espejo es sin duda el criado; el amo se distanciaba del escudero, «pues triste e inapetente, y melancólico por tanto, se escandaliza de la vitalidad del otro».
Por un lado, señala Peset que la alimentación del criado, como la del labrador y el pastor, se irá imponiendo, tanto en las mesas como en los tratados médicos: «Mefistófeles -y quizá Sanchoconocían el futuro», apostilla irónicamente; lo cual es una forma curiosa de mostrar que las maneras de mesa y de cocina fueron decisivas también para cierta modernidad social.
Por otro, nos muestra el autor -tras su revisión de la inquietud del Quijote con el disfraz de Gatell-cómo Sancho va a entristecerse de otra manera al llegar la Ilustración, en la nueva Barataria de las Luces: «Sigue el escudero en la aldea, donde queda dolido por la muerte del caballero.
Ahora, de forma sorprendente, lo retoma un sabio ilustrado, como un modelo de sabiduría.
Y en este travestismo, es el de melancólico el primer disfraz y la primera careta.
El sufrimiento, el llanto y los cambios de humor se apoderan de él».
Ese nuevo y acaso competente ilustrado sería efecto, claro está, de cierta extensión de los conocimientos.
Con todo, el personaje de Gatell suena hoy algo hueco, y no porque sea de otra época -pues «ha nacido en el momento justo, como todo el mundo» según observó a su amo un excepcional sirviente, Jacques le Fataliste-, sino por su naturaleza literal, por ser una figura copiada.
La parte final -extensa, más abstracta y propia de un estudioso de la Ilustración-, trata de la «nueva Arcadia»: La Arcadia en las Luces.
Dos testigos pesetianos de ese tramo reformista, Torres Villarroel y el italiano Muratori, dan entrada a una discusión erudita sobre las novedades, que luego se prolonga sesudamente de mano de ciertos hombres de nuestro XVIII (Nipho, Ignacio Rodríguez, Mariano Seguer, Andrés Piquer).
Todo el recuento se cierra idealmente con los atisbos de alienistas prerrománticos como Pinel o Daquin, al borde ya del siglo marcado por el poderoso ejercicio médico sobre la locura.
Estos nuevos personajes van a estar más contaminados por lo «real» que en la centuria anterior, pues Gatell -un conservador e ilustrado cirujano, un moralista neoclásico, científico y militar-y el alcalde Sancho -esa vieja criatura, ahora renovada-se enfrentan en paralelo a los peligros de un mundo sometido a cambios radicales.
Sabemos ya que el segundo, del todo desencantado, adquiere la indispensable sabiduría de las Luces; vemos que en su entorno todo parece antiutópico y apremiante: la sociedad está más ahormada, el mundo moderno del deber -la higiene y la obligación-reduce el campo de las correrías.
(Posiblemente por ello hubo en ese siglo luminoso tanta literatura de viajes, de aventuras, de lugares quiméricos).
Aunque la Ilustración parece muy lejos del añorante mundo quijotesco -dadas su defensa de la felicidad presente, su distanciada entrega a la naturaleza, su certeza en la expansión de los conocimientos-, en realidad hasta la misma ciencia se debatió entre una visión esperanzada y una sensación de crisis.
Pese a su seguridad y su realismo crítico, el pragmatismo reformador de muchos sabios deseosos de paliar las injusticias convivió a menudo con ensueños sobre una ciudad justa.
La «Arcadia de las Luces» resulta ser muy compleja, así cuando Morelly o Rousseau retomen la edad dorada cervantina, aunque lo hagan a la fuerza de otro modo (si atendemos a Maravall -Utopía y contrautopía en el Quijote-, a quien Peset ha admirado).
Este movedizo Sancho Panza -con su bruñido final en el siglo XVIII-nos hace ver cómo se percibe diferentemente la tristeza a lo largo del mundo moderno, y Peset nos muestra con su rico apólogo cómo cierta melancolía, determinadas imágenes y palabras actuales se van construyendo juntas en el transcurso de dos centurias decisivas para nosotros: las que siguieron a la muerte de Cervantes.
Pasadas quince décadas, el humor representa ya un mero estado de ánimo y la melancolía pierde su extraño halo secular.
Un médico del final de las Luces como Pinel, por su parte, se aleja ya sin rodeos «de las visiones culturalistas de la enfermedad».
En la tarea de la historia intelectual a menudo se plantea un dilema de especial interés.
Se trata del difícil equilibrio entre el papel del individuo y el del colectivo a la hora de definir el pensamiento de una época.
Las aproximaciones tradicionales suelen situar al individuo en el lugar destacado de la narración, dotándolo de una consciencia e independencia que le enfrenta a una colectividad refractaria al cambio.
Por el contrario, otros acercamientos inciden en la dependencia de los autores con respecto al marco social en el que se desenvuelven y en la forma en que esto determina su obra.
La tensión entre estas dos visiones parece por momentos irresoluble pues, a pesar de que puedan considerar ambos elementos, buena parte de las historias del conocimiento suelen privilegiar una de las posturas.
Hace años, en El tema de nuestro tiempo, Ortega y Gasset proponía una vía de superación del dilema a través del recurso a la noción de 'generación'.
Era esta una concepción dinámica que actuaría de mediadora entre la particularidad del pensamiento individual y la generalidad de la mentalidad colectiva, también entre las continuidades del apego a la tradición y las variaciones de la originalidad.
Así, la generación salvaría aquel espacio de indeterminación, ofreciendo una continuidad entre la parte y el todo de la tarea del conocimiento.
Siguiendo el razonamiento uno se pregunta si existen individuos cuya vida y obra puedan transmitir en síntesis el llamado espíritu de una generación.
Quizás sea el caso del naturalista y prehistoriador valenciano Juan Vilanova y Piera.
Destacado impulsor de varias disciplinas en plena gestación durante la segunda mitad del siglo XIX, su nombre aparece asociado a los debates científicos más intensos en el seno de la sociedad española de la época.
Estos aspectos en exclusiva ya justifican suficientemente la tarea de un análisis en detalle de su legado y, de hecho, este ya ha sido el objeto de varias obras anteriores.
Sin embargo, la particular posición de Vilanova como exponente de una época le hacía merecedor de un trabajo de mayor exhaustividad, que explorase en profundidad las conexiones entre el individuo y la generación.
Es este el objetivo de la obra aquí reseñada, de reciente publicación.
Los autores, especialistas en historia de la ciencia, tienen en su haber un conjunto de obras dedicadas a la geología, la paleontología y la prehistoria de los siglos XIX y XX, incluidos algunos trabajos acerca del propio Vilanova.
Sin embargo, en este caso han recurrido al inédito y rico fondo documental de Vilanova custodiado en el Museo de Prehistoria de Valencia tras la donación por parte de su nieto Juan Masiá Vilanova.
Es por esto que buena parte del libro (capítulo VIII) acoja un catálogo de dicho fondo y, también, una transcripción de algunos documentos de interés, así como un catálogo de las medallas y condecoraciones otorgadas a Vilanova (apéndices I-VII).
Por otro lado, el texto principal aparece dividido en siete capítulos.
Los cuatro primeros tienen un tono más biográfico.
En ellos se presentan los aspectos generales de la vida de Vilanova, el desarrollo de sus múltiples viajes de estudio y su participación en congresos internacionales, su actividad como profesor de la antigua Universidad Central y el Museo de Ciencias Naturales y, por último, los detalles de su actividad como divulgador de las nuevas ciencias.
Los tres restantes ofrecen un estudio detallado de los principales desarrollos disciplinares y controversias en los que Vilanova se vio envuelto.
Así, encontramos un análisis de su lugar en el espacio de las ciencias geológicas incluyendo la paleontología, su participación en la emergencia de la prehistoria y, también, un interesante capítulo dedicado a su posición en el debate acerca del darwinismo en la España del momento.
La propia organización de la obra permite asistir al relato paralelo que conecta la experiencia personal con las transformaciones de la ciencia de aquel periodo.
De esta forma, encontramos los pasos que llevaron a Vilanova desde su formación como médico y naturalista a la especialización en las ciencias geológicas para acabar dedicando buena parte de su obra y docencia a la paleontología y la prehistoria (o protohistoria, como él prefería llamarla).
Este proceso, decimos, coincide con la progresiva integración del pasado remoto terrestre, biológico y, por último, humano en el panorama científico español durante aquella segunda mitad del siglo XIX.
Estas trasformaciones no dejaron de tener una repercusión en la trama institucional del momento y de ello también da noticia la experiencia del naturalista.
Así, asistimos al conflicto por el desarrollo de la paleontología, en principio vinculada a la geología, y que, por entonces, era una disciplina ejercida por los ingenieros de minas quienes veían con recelo su integración en los estudios de ciencias naturales y, en particular, el adiestramiento de Vilanova para el desarrollo de dicha disciplina en el Museo de Ciencias Naturales y, más tarde, en la Universidad.
Otro reflejo institucional lo encontramos en la sucesiva integración de Vilanova como miembro de las academias de Medicina (1861), Ciencias (1875) e Historia (1875) que nos habla no solo de la progresiva especialización de éste sino, también, de la paulatina diseminación del estudio del pasado remoto de la humanidad desde los gabinetes de ciencias hasta los libros de historia.
Un aspecto importante que no pasa desapercibido a los autores del libro es el papel internacional de Vilanova al que dedican un apartado completo y numerosos comentarios a lo largo del resto del texto.
Sin duda, tanto la formación en el extranjero de Vilanova a lo largo de varios años como sus numerosos viajes para asistir a congresos que él mismo se encargaba luego de reseñar extensamente, son un aspecto destacado de la biografía del naturalista.
Sin embargo, también nos habla de la conexión de la ciencia española de aquella época con las redes de reconocimiento e intercambio europeas así como de los frecuentes problemas en esta relación.
En esta línea, es particularmente acertado el tratamiento dado por los autores a la tarea de divulgación de Vilanova y, en especial, a su reclamo de una ciencia nacional defendida a través del recurso a la modernización del país y el eterno problema del lugar de España en el contexto Europeo.
Aparte de estos recorridos, encontramos también un estudio en profundidad del desarrollo de las ciencias geológicas y antropológicas para los más interesados en los detalles del proceso de integración de estas disciplinas o en las particularidades de la obra de Vilanova, que se analiza en un grado inédito hasta el momento.
Un ejemplo lo encontramos en el seguimiento de la reducida escuela de investigadores formada por Vilanova o en el desgranamiento de los ejercicios de oposición a cátedra del naturalista.
El libro nos sitúa también ante diversas controversias de la época en las que Vilanova ejerció un papel destacado.
Es el caso de la recepción del pensamiento darwinista y las correspondientes críticas por parte de los defensores del creacionismo.
Observamos como Vilanova, de reconocido pensamiento católico-conservador, polemizaba con los impulsores del darwinismo aunque siempre respetando el lugar de estos dentro del debate científico.
El naturalista se sitúa en una perspectiva creacionista que justifica los cambios en el registro natural mediante el recurso a sucesivas creaciones acompañadas de fenómenos catastróficos que transformaban la faz del globo.
Si bien este modelo sería una constante a lo largo de su carrera, se manifiestan ciertos endurecimientos en su postura.
Encontramos también detalles interesantes sobre el desarrollo de las ideas darwinistas durante el Sexenio o un apunte sobre la polémica acerca del Eozoon Canadense, un pseudofósil que por la época servía a los darwinistas para situar un precedente de la explosión cámbrica y que Vilanova criticó duramente.
Es este debate de especial interés por lo que aporta acerca del papel de las evidencias en la construcción de las teorías científicas, como años después lo será también el asunto de los eolitos y su relación con la idea del hombre terciario.
En el libro también se incluye una exposición de la polémica sobre las pinturas de Altamira que en los primeros años tras su descubrimiento fueron fuertemente discutidas, tanto que la postura favorable por parte de Vilanova llegaría a pesar gravemente en sus últimos años de carrera.
Quizás uno de los pocos reproches que pueden hacerse de este libro es que a lo largo del texto se suceden algunas reiteraciones, lo que es una consecuencia habitual de los trabajos de elaboración conjunta.
Aún así, este detalle no desmerece el valor de este trabajo que, a través de la vida y obra de un autor, nos sitúa ante los conflictos y transformaciones que acompañaron al proceso de instauración del pasado remoto en aquella segunda mitad del siglo XIX.
Leyendo libros como este uno llega a pensar que hubo generaciones más interesantes que la actual.
Al menos alguna en la que el debate no se redujo a lo aparecido en algún yacimiento burgalense.
MOSCOSO, Javier, Historia cultural del dolor.
En los manuales de propedéutica y semiología clínica, clásicos o modernos, se presenta el dolor como uno de los síntomas, común a muy diversas patologías o dolencias, por los que con más frecuencia se demanda atención médica.
Las maneras de clasificar el dolor en dichos textos es, como se sabe, muy variada: por su localización (somático o visceral); por su duración (agudo o crónico); por su curso (continuo o irruptivo), por su intensidad (leve, moderado o severo); por su patogenia (neuropático, nociceptivo o psicógeno); etc. Aunque con antecedentes importantes en siglos anteriores, la analgesia y la anestesia han conocido un enorme desarrollo a lo largo del siglo XX y las nuevas posibilidades técnicas de la medicina han introducido nuevos problemas, como el dolor iatrógeno, o nuevos retos, como la «gestión» del dolor oncológico o en el ámbito de los cuidados paliativos (oncológicos o no).
Las unidades del dolor son, en buena medida, el resultado de este proceso que ha generado nuevos expertos e, incluso, nuevas especializaciones como la algología.
Sin embargo, este necesario acercamiento «técnico», esta medicalización del dolor, no descarta otras posibilidades de análisis y reflexión en torno al mismo.
El dolor ha acompañado al ser humano desde sus orígenes, impregna su experiencia histórica y su cultura.
Si el dolor es una experiencia sensorial (objetiva) y emocional (subjetiva), tal como lo define la Asociación Internacional para el Estudio del Dolor, es evidente que los elementos fisiopatológicos del mismo se verán atravesados constantemente por otros de naturaleza psicológica y/o cultural.
Dolor físico, pero también dolor moral -la frenalgia de los viejos alienistas decimonónicos que estaría en el origen de la melancolía y la locura-.
Dolor propio, pero también dolor ajeno.
El primero vivido como castigo o como prueba, que suscita angustia, desesperación e, incluso a veces, placer; el segundo, generador de compasión o repulsión, de simpatía o, nuevamente, placer.
En este sentido, el dolor trasciende el ámbito puramente científico o médico para adquirir una significación cultural de primer orden.
Un dolor narrado, representado, transmitido como experiencia cultural y, por tanto, colectiva.
Pues bien, desentrañar dicha significación, comprender el dolor desde el punto de vista cultural es el objetivo de Javier Moscoso en su Historia cultural del dolor; un libro importante -aparecido en castellano y en inglés con solo unos meses de diferencia-, original, de indudable solvencia intelectual, pero sobre todo, necesario.
Necesario para obtener registros diferentes y complementarios sobre una problemática compleja escasamente trabajada por la historiografía.
Es obvio que una historia del dolor en Occidente, así planteada, no puede ser, no tiene por qué serlo, exhaustiva ni completa.
Moscoso utiliza estrategias narrativas y discursivas muy eficaces que consiguen dar a la obra coherencia y continuidad.
Los estudios de caso están cuidadosamente elegidos y se compagina con habilidad un cierto tono ensayístico, que facilita la lectura, con unos contenidos rigurosos que, en no pocas ocasiones, llegan a una alta erudición.
El dolor es así estudiado a través de ocho capítulos titulados respectivamente: Representaciones, Imitación, Simpatía, Adecuación, Confianza, Narratividad, Coherencia, Reiteración.
De esta manera expuestos, o leídos en el índice del libro, resultan un poco crípticos; sin embargo, según se van leyendo sus páginas se nos desvelan, no sin cierta complicidad con el autor, las intenciones y la trascendencia de su planteamiento.
El dolor se «representa», se muestra, se enseña.
La función pedagógica del retablo medieval y del teatro moderno es analizada por Moscoso, haciendo hincapié en su función civilizadora.
El dolor y el sufrimiento de los mártires o la pasión de Cristo son una constante de los retablos de las iglesias medievales y simboliza el triunfo de la fe a través del tormento, iniciando una cultura visual del dolor que se continuará en los espectáculos teatrales de contenido religioso, pero también, ya en el mundo moderno, en el «teatro de las crueldades», todo un género encuadrado en las guerras de religión, que denuncia la violencia y la brutalidad de dichas contiendas.
Por su parte, el teatro anatómico no será ajeno a una cierta dramatización del dolor.
En la iconografía de cadáveres diseccionados, éstos son representados de tal manera que trasmiten al espectador un dolor que, si bien no resulta muy evidente, se presiente, se intuye; pues, como indica Javier Moscoso, el individuo anatomizado comparte la idealización dramática del sufrimiento físico.
El dolor también se imita.
La «imitación» del dolor, íntimamente relacionada con su representación, es analizada por Moscoso tomando como hilo conductor de este segundo capítulo nada menos que a El Quijote.
Lo opción es arriesgada, claro, entre otras cosas porque la tradición de los estudios cervantinos es inagotable y porque decir algo nuevo y relevante sobre este clásico de la literatura no resulta tarea fácil.
Sin embargo, una obra clásica es, precisamente, la que es susceptible de nuevas y diversas lecturas a lo largo de la historia.
Pues bien, en su particular lectura de El Quijote, Moscoso nos ilustra sobre la presencia del dolor físico en el hidalgo, siempre apaleado, apedreado, humillado, maltratado en sus múltiples desventuras.
Nos da cuenta de sus quejas y lamentos, a pesar de que los códigos de la caballería exigieran soportar el dolor y mantenerse impasible ante las desdichas...y nos advierte que este dolor físico ha pasado en cierto modo desapercibido por generaciones de lectores, no solo por la importancia capital que en el relato quijotesco tiene el dolor moral y la melancolía del personaje, sino porque, de la mano del humor, de la ironía o de la burla, el dolor físico se ha «transfigurado», se ha «invisibilizado».
Pero si Alonso Quijano intenta, sin conseguirlo, imitar las hazañas de los caballeros, las monjas y beatas de la contrarreforma española descubrirán su vocación de sufrimiento en las vidas de los santos y en las experiencias de los mártires.
La búsqueda de la experiencia mística o, simplemente, el anhelo de santidad, llevará a estas mujeres a buscar en la penitencia, la flagelación, la pobreza o la humillación, su justificación de vida y la aceptación del dolor como voluntad de Dios.
El dolor se vuelve invisible, en efecto, porque se relega del espectáculo teatral y pasa a la esfera de lo íntimo, de lo privado, del sufrimiento en soledad.
Un deseo deliberado de sufrir, imitando el dolor de otros pero también, como bien nos indica Moscoso, obedeciendo las indicaciones de la madre superiora o del confesor en una tradición que llega, ya bien entrado el siglo XIX, al ánimo de las mujeres burguesas representadas por La Regenta.
«Simpatizamos hasta con los muertos».
Con esta cita de Adam Smith se abre el tercer capítulo del libro que comentamos: Simpatía.
Aquí, el imitador deja paso al observador.
Partiendo del estudio de Los delitos y las penas de Cesare Beccaria, Moscoso analiza los cambios en la sensibilidad pública hacia el tormento o la muerte como espectáculo, esta vez ya no dramatizado sino real.
La Ilustración introduce novedades en los procedimientos judiciales y en los sistemas punitivos: la abolición de los tormentos o las ejecuciones públicas y su sustitución por una gestión más privada del castigo.
Es la época del nacimiento de la prisión, estudiado por Foucault, pero también de la interiorización de la norma en el marco del proceso civilizatorio que describiera Norbert Elias.
El ciudadano se convierte así, ya lo he indicado, el observador del dolor de las víctimas; pero no es un observador pasivo: opina, toma partido.
Puede sentir simpatía hacía el dolor ajeno, o compasión o piedad, pero también vergüenza, indignación o impotencia.
El siglo XIX es «el siglo del dolor», llegando éste a adquirir una presencia social, tanto en el ámbito privado como en la esfera pública, hasta entonces desconocida.
Moscoso nos ilustra sobre el asesinato y el suicidio, y en el dolor que genera, como elementos de entretenimiento y consumo.
La literatura realista y naturalista es un buen ejemplo de estas dinámicas.
Sin embargo, se va instaurando una cultura y una economía del «mínimo dolor necesario» que, según se nos explica, es aplicable y se extiende a las situaciones más diversas.
De especial interés me parece las páginas dedicadas al dolor del parto, en las que el autor lleva a cabo una síntesis del discurso médico decimonónico sobre el dolor y las emociones de las mujeres en ese momento concreto, así como sobre el debate suscitado sobre la utilización del éter o el cloroformo para atender a las parturientas.
Asistimos también al inicio del interés de la neurología y la psicología por el dolor, con las dificultades evidentes de intentar medir objetivamente, incluso con funciones numéricas, una sensación tan subjetiva.
En cualquier caso, Moscoso nos muestra cómo el dolor se va «adecuando» a los nuevos tiempos, tiempos de novedades políticas, económicas y científicas.
El descubrimiento y aplicación de la anestesia ira generando «confianza».
Confianza del cirujano en sus posibilidades terapéuticas y confianza del paciente en el médico que le trata.
A partir de este momento las fuentes médicas empiezan a ser utilizadas, como es lógico, de manera más profunda e intensa.
Las prácticas anestésicas que Moscoso nos había narrado, en el capítulo anterior, salen ahora del paritorio o del ambiente obstétrico, para llegar al ámbito de los dentistas y de la cirugía general.
La historia de la anestesia es bien conocida, ha sido relatada muchas veces y Moscoso es, en parte, deudor de esa historiografía, pero también nos ofrece su particular visión del proceso aludiendo, por ejemplo, a las pugnas entre cirujanos, barberos y sacamuelas, en la obtención de legitimación profesional y monopolios técnicos, sin contar con la aparición del cirujanodentista como nuevo experto especializado para unas prácticas cada vez más científicas y sofisticadas.
El capítulo se completa con una inteligente síntesis sobre los intentos por disminuir o anular en dolor quirúrgico, destacándose la importancia de los cirujanos militares, y con una acertada reflexión sobre los estados de inconsciencia inducidos por la anestesia, desde el problema de las alucinaciones mentales inducidas hasta el llamado sufrimiento inconsciente.
En «Narratividad», el autor de esta Historia cultural del dolor se centra, en muy buena medida, en la relación entre dolor y placer.
El sadismo y el masoquismo, como no podía ser de otra manera, entran de lleno en el relato y, con dichas categorías, la de «perversión sexual».
Las obras de Richard von Krafft-Ebing, Charles Féré o Havellock Ellis aparecen, claro está, como referencias obligadas, así como la reflexión sobre el «instinto sexual» y de manera particular, la conocida disyuntiva entre lo normal y lo patológico, que desde Canguilhem constituye uno de los elementos históricos, filosóficos y epistemológicos claves en medicina.
Un mérito indiscutible de las páginas dedicadas a esta cuestión es que Moscoso va a la fuente de las fuentes; es decir, no se contenta con la lectura de Psychopathia Sexualis o de otras obras de sexología, sino que se detiene en La Venus de las pieles de Sacher-Masoch, dando cuenta de las «confesiones» de Severino, cuya influencia de Las confesiones de Rousseau quedan cabalmente identificadas.
Una «confesiones» -una narrativa autobiográfica-que, en el fondo, no busca tanto el dolor como el sometimiento.
En suma, un agudo análisis del sadomasoquismo en el que la medicina y la psiquiatría quedan atravesadas por la filosofía y la literatura en un esfuerzo por relacionar cuerpo e idea, al que no debe ser ajena cierta inspiración procedente de la obra de Deleuze.
La búsqueda de una «coherencia» discursiva del sujeto aquejado de dolor aparece como fundamental para evaluar e intervenir sobre el mismo.
La identificación entre dolor y lesión o, incluso, disfunción corporal no parece plantear problemas a los clínicos, pero cuando el dolor es psicógeno la cosa se complica.
El sufrimiento en ausencia de lesiones morfológicas evidentes exigió estudios e interpretaciones diversas.
El trastorno mental, en cualquiera de sus variantes (histeria, hipocondría, melancolía y, posteriormente, la amplia gama de enfermedades psicosomáticas) parece terreno abonado pero es, una vez más, en la literatura y no en los textos médicos, donde podemos apreciar con más claridad la impronta cultural de este tipo de síntomas.
La muerte de Iván Illich de Tolstoy, que en los años ochenta leíamos y discutíamos en los seminarios sobre Medicina y Literatura que se impartían en la Complutense, es sin duda una de las obras que mejor ilustran esta cuestión y es también la afortunada elección de Moscoso para reflexionar sobre el sufrimiento subjetivo, para esas enfermedades que no se ven pero se oyen.
En definitiva, la discordancia entre el dolor que siente -y que cuenta-el enfermo y lo que dice -o no dice-su cuerpo está presente también en el dolor nervioso y en dolor inconsciente.
En este último, el trauma y el estigma, en sus concepciones dinámicas o psicoanalíticas, cobran una inusitada importancia.
Freud, naturalmente, pero también Pierre Janet, con la introducción del término «automatismo», ayudan a completar el panorama que Moscoso pretende ofrecer: la construcción de un discurso coherente, de los pacientes, pero también de los médicos, en la explicación de determinados tipos de dolor.
Finalmente, se llega al final del recorrido analizando algunas cuestiones más actuales, que vienen a «reiterar» los intentos de la medicina por combatir el dolor: en 1973 se fundó la Asociación Internacional para el Estudios del Dolor y su órgano de expresión, Pain, un año más tarde; las clínicas o unidades del dolor, creadas en los años cincuenta, tuvieron en un primer momento, al dolor oncológico como principal objetivo, para más tarde extender su jurisdicción a otros dolores crónicos.
Pero Moscoso insiste en que la manera en que el ser humano «dialoga» de manera «reiterativa» con su propio dolor -con palabras o con silencios-aparece como una pieza clave para comprender la dimensión cultural del mismo.
Se trata, en efecto, de un largo recorrido en el que la cultura del dolor ha variado de manera significativa.
«Nuestra sangre ya no es medieval», argumenta Moscoso.
Poco a poco, se han ido introduciendo e integrándose en nuestra cultura mecanismos de victimización, identificaciones empáticas con el dolor, deseos de salvaguarda del mismo, consumo compulsivo del daño (y de analgésicos), erotización del dolor, y un amplio etcétera de elementos que, como he tratado de reseñar, son abordados por Moscoso en este importante libro con solvencia, rigor y erudición.
Resulta impresionante el amplísimo manejo de fuentes (médicas, judiciales, literarias, artísticas, etc.), así como los referentes teóricos que, en cada momento, utiliza.
Los ya citados, Canguilhem, Foucault, Deleuze, pero también Nietzsche o Kant.
Un libro que se inserta por derecho propio en la nueva historia de las emociones, pero también en la historia cultural de la medicina o, simplemente, en la historia de la medicina.
Un libro que leerán con atención e interés, historiadores, filósofos, antropólogos, sociólogos,...pero que también deberían leer profesionales de la salud.
Hace ya muchos años, cuando yo todavía era médico, o pretendía serlo, roté con un venerable y respetado tisiólogo -y cirujano torácico-llamado José Alix.
El primer día, yo me llevaba estudiados, de la mejor manera posible, los síntomas y signos de la tuberculosis, las pruebas diagnósticas, las pautas de tratamiento, etc. Cuando el viejo profesor nos recibió en la antesala de su despacho hospitalario nos dijo que el que no hubiera leído La montaña mágica se fuera a su casa y cuando hubiera terminado su lectura regresara a ver a los pacientes.
Salvando las distancias, pienso -y me parece que este es uno de los mayores elogios que puede hacerse a esta monografía-que Historia cultural del dolor debería ser lectura recomendada a estudiantes de medicina e, incluso, a profesionales de las unidades del dolor porque ofrece una perspectiva diferente, cautivadora y necesaria, imposible de encontrar en los manuales técnicos.
Hace ya algún tiempo, el sociólogo Robert Castel abogaba por una «historia en el presente» que debía implicar la adopción de un método genealógico en su enfoque, esto es, que a la hora de analizar un suceso determinado intentase comprender la relación existente entre los elementos de innovación y los heredados; antinormatvo y desmitificador por su intención, sacando a la luz sus contradicciones y las estructuras semiocultas bajo aparentes discursos de modernidad, y práctico por sus efectos.
En Controlar lo incontrolable, Marisa Miranda consigue hacer una historia (en el presente) de la sexualidad.
En un momento como el actual, en el que el debate sobre «los» modelos de familia, sobre la libertad sexual o sobre la legitimación o deslegitimación de las conductas sexuales (desde la homofobia al orgullo gay), resulta muy pertinente un abordaje genealógico que analice los procesos, los discursos y las prácticas que han ido confluyendo y abonando la construcción de todo un entramado de conocimientos, o por lo menos de asertos, «científicos» en torno a la sexualidad en un contexto geográfico y socio-cultural concreto como la compleja y convulsa Argentina del siglo XX.
Precisamente la adopción del método marca el camino de una excelente investigación que no se preocupa por la historia de las prácticas sexuales, ni de la «vida privada», ni de las instituciones de reproducción social, ni de aspectos, tan de moda en los últimos tiempos, como la historia de las emociones, vinculadas en este caso a la sexualidad.
Tampoco se trata exactamente de una aportación enmarcada en los estudios de género, ni siquiera en los llamados queer studies.
No, el libro que nos ocupa, aun recogiendo en parte elementos procedentes de todas estas tradiciones es, fundamentalmente y por encima de todo, un estudio sobre el poder.
Controlar lo incontrolable es una historia (en el presente) de la sexualidad realizada desde el (bio)poder.
Un notable esfuerzo de reconstrucción de los discursos desde los que fueron articulándose en la Argentina los saberes capaces de definir las sexualidades «normales» y «patológicas» y la forma de actuar sobre ellas, autorizando y prohibiendo, previniendo y castigando, clasificando y estigmatizando, incluyendo y excluyendo.
En suma, una regulación social de la sexualidad donde esos saberes «normativos», la medicina y el derecho fundamentalmente, son desmitificados a través de una concienzuda labor heurística y un interesante y comprometido trabajo hermenéutico a través del cual la autora muestra las estrategias y programas de intervención y de gestión de la sexualidad (médicas, legislativas, etc.) propuestas o llevadas a cabo por las instancias hegemónicas del poder.
En este sentido, me parece que una característica especialmente sobresaliente es la hábil y delicada imbricación de lo empírico y lo teórico que puede detectarse a lo largo de toda la obra.
Se trata, sin duda, de una investigación empírica ambiciosa y de largo alcance, con un amplio manejo de fuentes que son contextualizadas con acierto, pero situada constantemente en un marco teórico sólido y reconocible en todo momento.
Si el Canguilhem de Lo normal y lo patológico planea sobre no pocas páginas de este libro, Michel Foucault es, obviamente, uno de sus referentes indiscutibles: biopoder, biopolíti-ca, tecnologías del yo, microfísica del poder, etc., son conceptos y categorías que atraviesan constantemente los argumentos y las explicaciones vertidas en Controlar lo incontrolable.
Pues bien, en este análisis de la (bio)política sexual, de la consideración de las conductas sexuales -y reproductoras-y sus consecuencias -demográficas y políticas-sobre la cantidad y la calidad de la población como «cuestión de Estado», la eugenesia aparece como el hilo conductor fundamental -quizá no el único pero si el más privilegiado-de toda la obra.
Marisa Miranda es una prestigiosa investigadora del CONICET argentino cuyas principales aportaciones, en solitario o en colaboración con Gustavo Vallejo, se han centrado en diversos aspectos de la historia del control social, del darwinismo social y de la eugenesia en Argentina, pero también en otros contextos latinoamericanos y europeos.
Un amplio bagaje que redunda muy positivamente en la calidad y solidez de la investigación que ahora se presenta.
Tras un primer capítulo dedicado a La construcción `científica` de la otredad, imprescindible para entender el ambiente y el talante ideológico y cultural en el que se enmarcan todo el discurso posterior, se abordan una serie de ámbitos de desarrollo de dicha (bio)política sexual: Noviazgo, en el que se da cuenta, entre otras cosas, del consejo prematrimonial como elemento de control social; Matrimonio y divorcio, donde se analiza la normalización de las «sexualidades legítimas», así como las medidas de prevención de las enfermedades venéreas, lucha anti-leprosa, etc., que dieron lugar a legislaciones específicas e, incluso, a que se considerase el divorcio como remedio de uniones conyugales «indeseables»; Uniones ilegítimas y solterones en la mira analiza las políticas pronatalistas de sesgo selectivo en el marco de una reflexión más global sobre poblacionismo, inmigración y reproducción; Maternidad y lactancia, o el juego de la inclusión-exclusión aborda la fuerza simbólica y la utilización política del binomio madre-hijo y su papel en la higiene racial, así como otros aspectos como la lactancia mercenaria y la politización de la crianza.
Finalmente, en La hegemonía heterosexual se estudia aspectos que van más allá de las políticas reproductivas, para ocuparse precisamente de los individuos portadores de una sexualidad «desviada» y catalogada como inmoral, patológica e improductiva, víctima, ayer y hoy, de la homofobia y el autoritarismo.
Como puede suponerse, el recorrido realizado a lo largo de los mencionados capítulos es largo e intenso.
La autora analiza, para cada caso, el papel de los expertos (médicos, juristas, antropólogos), pero también de los sujetos colectivos: asociaciones profesionales, instancias políticas y administrativas, instituciones públicas, incluso el ejército y...naturalmente, la iglesia católica.
Comentaré para terminar lo que me parecen dos de las propuestas «fuertes» de este libro, que le convierten a mi juicio en una aportación historiográfica de primer orden.
En primer lugar, la relación del discurso, las prácticas y la institucionalización de la eugenesia en Argentina con un pensamiento autoritario y fascista procedente de Europa.
El excelente conocimiento que la autora demuestra de las aportaciones de Nicola Pende en la Italia de Mussolini o de Antonio Vallejo Nágera en la España de Franco, le permite detectar influencias y establecer redes «científicas», como el eje Pende -Vallejo Nágera -Bernaldo de Quirós, que resulta especialmente ilustrativo de la difusión, recepción y reelaboración de unos saberes eugénicos con la mirada «puesta en el fascismo».
Conviene no confundir al abogado Carlos Bernaldo de Quirós, presidente de la Sociedad Argentina de Eugenesia, que es el autor estudiado en aquí, con el jurista y criminólogo español Constancio Bernaldo de Quirós, vinculado a la Institución Libre de Enseñanza y representante destacado del movimiento regeneracionista que, tras la guerra civil española, marchó al exilio muriendo en México en 1959.
En segundo lugar, Marisa Miranda realiza una formulación, historiográfica y metodológica, que tiene, a mi juicio, un gran calado conceptual y que viene a matizar, a corregir y, en el fondo, a superar la clásica diferenciación entre eugenesia «dura» y eugenesia «blanda».
La propuesta de una «eugenesia latina», supongo que frente a una «eugenesia sajona», se caracterizaría por una mayor identificación con la escuela italiana de Pende, frente a otras tradiciones eugénicas (británica o alemana); por el beneplácito o, al menos, la alianza más o menos intensa con la iglesia católica y, sobre todo, por una suerte de combinación teórica y práctica entre herencia y medio, entre biología y cultura; un ambiente «moral», cuidadosamente diseñado y suficientemente estricto, podría aportar a la salud de la raza efectos tan «beneficiosos» como las medidas más directas de profilaxis hereditaria, sin ser necesariamente menos autoritario o represor.
El planteamiento es interesante y trasciende el mero estudio de caso argentino para sugerir un modelo que merece la pena someter a «validaciones» o aplicaciones más generales en el contexto cultural referido.
Recuérdese, por ejemplo, La eugenesia de la Hispanidad de Vallejo Nágera.
En definitiva, Controlar lo incontrolable no solo es una aportación muy relevante a la historiografía de la eugenesia, de la regulación social o de la sexualidad, es también un magnífico ejemplo de una sociología histórica que, recogiendo y actualizando el enfoque genealógico, tiene una voluntad crítica que problematiza la construcción de la realidad, que saca a la luz contradicciones, que desmitifica la ciencia y el conocimiento hegemónicos y que, precisamente por eso, tiene un efecto práctico indiscutible, porque -tal como aconsejaba Castel-nos ayuda a pensar el presente y a reflexionar históricamente sobre problemáticas muy actuales (fundamentalismos religiosos, autoritarismo, discriminación, modelo de familia, etc.) en relación con la sexualidad humana.
Todo lo cual dota al libro de una dimensión de investigación-acción nada desdeñable que viene a enriquecer todavía más sus virtudes académicas.
DEL CURA GONZÁLEZ, Mercedes, Medicina y Pedagogía.
La construcción de la categoría de «infancia anormal» en España.
A través de Jacques Vingtras, el protagonista de L ́enfant (1879), el autor, Jules Vallès -un superviviente libertario de la Comuna de Paris, muy admirado por Zola-realiza una interesante reflexión, casi cien años mas tarde de la Declaración de los Derechos Humanos por la Asamblea Constituyente francesa, sobre la necesidad de introducir en el catálogo de los derechos humanos, los relativos a las primeras etapas de la vida.
Esta idea que circuló entre algunos de los ambientes intelectuales de finales del Ochocientos, es la que está presente también en Children ́s Rights (1892) de la educadora norteamericana Kate D.Wiggin.
Estas obras pioneras junto a El Siglo de los Niños(1900) de Ellen Key constituyen solo algunos de los elementos que indican la presencia de un cambio en la sensibilidad social y que explican que la Sociedad de Naciones aprobara en Ginebra, el 26 de diciembre de 1924, la primera Declaración de los Derechos del Niño, redactada por Eglantyne D. Jebb, impulsora de la organización internacional Save the children y cuya lectura todavía hoy resulta conmovedora.
Este movimiento de protección a la infancia del primer tercio del siglo XX, de alcance universal en los países occidentales y en el que la salud de los niños jugó un papel nuclear, ha sido muy bien analizado a nivel internacional hasta el punto de que uno de los mejores estudiosos del tema, E.Rodriguez Ocaña, se refiere a él como un asunto ejemplar en la historiografía médica contemporánea (Dynamis 2003;23: 27-36).
La salud, la enfermedad y la muerte de los niños constituyen un foco historiográfico de primer orden con una producción que ha aumentado en los últimos años (un ejemplo de estudio colectivo es la monografía de Perdiguero, E. (comp.) (2004).
Salvad al niño.Estudios sobre protección a la infancia en la Europa mediterránea a comienzos del siglo XX.
Los escasos trabajos realizados en la década de los sesenta y setenta del siglo pasado en el entorno europeo (Albrecht Peiper, E. Seidler, Jacques, Gélis, Marie-France Morel, Catherine Rollet; LS.
Granjel, A. Carreras o R. Ballester entre nosotros) han servido, quizá, para despertar el interés por la historia de la salud infantil posiblemente, el espejo mas fidedigno de la sociedad y de la ciencia y la práctica médico-sanitarias del periodo que estamos estudiando; en el caso de la biología y de la medicina la visión del cuerpo infantil como el microcosmos del cuerpo adulto del que hablaba el maestro de los pediatras europeos, Meinhard von Pfaundler en 1905.
En este panorama, la monografía de Mercedes del Cura, historiadora que cuenta ya con un buen bagaje de publicaciones anteriores en esta línea de trabajo, se nos muestra como una aportación madura de primera magnitud en el conocimiento, a nivel español, de los entresijos de lo que durante décadas se denominó «infancia anormal» un contrapunto de lo que se conceptuaba dentro de la norma, en particular, en relación con la deficiencia mental y moral y que enlaza, entre nosotros, con la importante contribución de R.Huertas ( Clasificar y educar.
Historia natural y social de la deficiencia mental.
Madrid, CSIC, 1998), punto de partida inmediato del trabajo que nos ocupa.
Uno de los aspectos que revelan el buen oficio de la autora, es el impecable recorrido historiográfico muy exhaustivo y con un interesante análisis crítico de las tradiciones y tendencias, en gran medida enfrentadas, entre las perspectivas francesa y anglosajona y el conjunto de trabajos hechos en España desde la historia de la educación, la historia de la psicología o la sociología histórica La ubicación del tema en el marco de los disability studies resulta especialmente fecunda porque permite interpretar los datos empíricos y su significado en las líneas programáticas que enunciaba Anne Digby en la introducción a una importante monografía que inaguraba, como indica Del Cura, la historia social de la discapacidad relativa al aprendizaje, desde esa perspectiva (Wrigh,D., Digby, A.(eds.).
Dos partes perfectamente diferenciadas: la construcción del discurso respecto de la normalidad/anormalidad y las respuestas en lo tocante al desarrollo institucional, marcan las líneas directrices del libro.
La descripción detenida de las fuentes utilizadas en la etapa heurística, en particular, el periodismo (p.
36-41) que aparece en el capítulo introductorio, es muy útil para entender la pluralidad de la procedencia de los datos del estudio desde la psicopedagogía a la psiquiatría infantil y la eugenesia, aunque con un elemento común: el regeneracionismo en cualquiera de sus formas.
La identificación precisa y la categorización de la anormalidad infantil, resultaba más que problemática pero absolutamente necesaria para cualquier tipo de intervención que se juzgaba inaplazable.
De este modo la constelación causal, las técnicas diagnósticas, las taxonomías, la prevención y el tratamiento fueron adquiriendo carta de naturaleza en el complejo modelo de la anormalidad y en ello, la medicina jugó un importante papel junto a las otras disciplinas.
No estuvieron ausentes las polémicas entre unos y otros profesionales que tenían no solo un trasfondo teórico, sino también de legitimación y lucha por cubrir áreas de influencia y crear esos «laboratorios de la norma» de los que hablaba R. Huertas (Los laboratorios de la norma.
Medicina y regulación social en el estado liberal.
«De las palabras a los hechos» es el título genérico de la segunda parte de la monografía que se ocupa de los resultados y las prácticas que se pusieron en marcha en España en relación con el problema que nos ocupa.
La intrincada selva legislativa relativa a dos de las instituciones más importantes, el Patronato de Anormales y la Escuela Central de Anormales en el primer tercio del siglo XX son expuestas en forma de tabla que resulta muy clarificadora (p.
197-198) y el relato de la misma, bastante desolador por los incumplimientos frecuentes cuando la autora analiza los continuos vaivenes y problemas relacionados directamente con los avatares cambiantes del marco político español entre 1900 y 1939.
Instituciones asistenciales del sector público ( como la Escuela Municipal de Deficientes de Barcelona, cuyas historias clínico-pedagógicas son estudiadas por Del Cura) y privado (estas últimas especialmente reveladoras de iniciativas de médicos y pedagogos con formación sólida y conocedores de las ideas renovadoras provenientes de otros países) y personajes como Francisco Pereira (que, a nuestro entender, merecería ser objeto de un estudio específico por su interés), amén de los Achúcarro, Rodríguez Lafora y otros cuya actividad en este campo está bien reflejada en el libro, arrojan nuevas luces sobre personas e instituciones del periodo estudiado.
En suma, un excelente trabajo, de referencia obligada en su campo, de interés para audiencias muy amplias y que refuerza la importancia de realizar trabajos de síntesis que recojan y reformulen investigaciones previas como es el caso de la autora y de la prometedora línea de investigación que sin duda proporcionará nuevos y excelentes frutos.
Universidad Miguel Hernández LÓPEZ-OCÓN, Leoncio; ARAGÓN, Santiago; PEDRAZUELA, Mario (eds.), Aulas con memoria.
Ciencia, educación y patrimonio en los institutos históricos de Madrid (1837-1936), CEIMES, CSIC, Comunidad de Madrid, Doce Calles, prólogo Jon Juaristi, Madrid, 2012, 355 pp.
[ISBN: 978-84-9744-131-5] Los primeros pasos de la educación, los anteriores a la universitaria, tardaron en definirse y en ser tomados en manos del poder público, entrado el siglo XIX.
Tutores, maestros, profesores, órdenes religiosas (calasancios o jesuitas), colegios y, sobre todo, las facultades de artes de las universidades se encargaron en el Antiguo Régimen de enseñar a una escasa población interesada.
Habrá que esperar al liberalismo para que una amplia capa de estudiantes -o mejor, sus familias-se preocupen por alcanzar esta forma de educación y distinción, así ocurrió en los tiempos del gobierno progresista del general Espartero.
No es extraño que las construcciones para educación en los primeros niveles se acentúen en épocas de apertura y mejora, como la República o la Transición («Entrevista a José María Maravall», Escuela, no 3907(898), 26 mayo 2011, pp. 34-35).
Eran estudios fundamentales para la ciudadanía (asignatura hoy negada), educada en paz, libertad y saber.
Afirmaba Max Aub que uno pertenece al lugar en donde ha estudiado el bachillerato, para explicar su apego y añoranza de Valencia.
Sin duda el estado moderno se apoya en la extensión de esta enseñanza entre una población que empezaba a votar y a considerarse parte substancial de la vida pública, ya no vasallos de antiguos señores.
Por eso es importante la consideración de ese tramo educativo.
Esta época aquí estudiada, ese período comprendido entre 1837 y 1936, es etapa en que la vieja educación quiere innovar, cambiando las enseñanzas antiguas muy literarias o profesionales.
No es extraño que la universidad tuviese en las viejas épocas como facultades de importancia los derechos civil y canónico y la teología.
La de medicina era secundaria, la menor de artes preparatoria, con ciencias para los médicos y filosofía para juristas y teólogos.
Hasta aquí era suficiente leer y recodar lo que se contenía en los textos sagrados, o en los códigos legales y en los tratados médicos.
A partir de la llegada del liberalismo y de la entrada de la ciencia moderna, las facultades de filosofía y ciencia empiezan a tener importancia creciente.
Es la herencia kantiana de confianza en la razón, en contra del poder absoluto o divino.
La universidad se configurará con dos nuevas facultades, las de ciencias y letras, que luego irán dividiéndose.
Se pensaba en que estos saberes eran base esencial de la universidad, que sin embargo privilegia ahora las facultades de derecho civil y medicina.
Era un rumbo profesional de esta institución, que nunca se ha abandonado.
Los institutos de secundaria deben dotarse en el ochocientos de formación científica y esta enseñanza es distinta de la clásica libresca, en que predominaba la lectura, la memoria, la discusión de los textos.
Ahora se estudia la realidad, que debe conocerse a través de la observación y la experiencia.
Para ello era necesario poner delante del alumno los especímenes a estudiar.
Junto a la aparición del libro de texto moderno, ahora las aulas se adornan y enriquecen con mapas, imágenes, modelos y, con suerte, con piezas de colección y aparatos de demostración.
Es la herencia de los manuales setecentistas y de las colecciones ilustradas de física experimental, laboratorios químicos o museos médicos y de historia natural.
El siglo XIX es la época en que se promueve una forma distinta de enseñanza, más práctica y apoyada en la realidad, asimismo de ascenso de personajes valiosos que siguen y evidencian los nuevos tiempos, como el químico Francisco de Paula Montells y Nadal en Granada, el historiador Fernando de Castro y el médico Pedro Mata en Madrid.
La Institución Libre de Enseñanza tendrá mucho que ver en estas novedades, añadiendo un respeto y una devoción a la naturaleza que saca a los alumnos de las tristes aulas.
Recuerda Jon Juaristi, en su introducción al libro que comento, las viejas impresiones que los alumnos recibían de los mapas, tablas, objetos o instrumentos, de las prácticas por tanto.
Todos tenemos ese recuerdo vívido, entre los míos están la reacción del sodio en el agua, la siempre plástica belleza del móvil mercurio, o la estática de las piritas geométricas.
No supieron, en cambio, enseñarme la naturaleza y el espacio.
Mi siguiente impresión ante los instrumentos científicos en secundaria vino de las visitas al Instituto de San Isidro (institución que también había encontrado en los estudios sobre la ciencia del XVIII y en José Simón) con Manuel Sellés y Antonio Lafuente.
Nos quedamos maravillados de las herencias de la Academia de Matemáticas de Felipe II y de los jesuitas del Colegio Imperial, que se habían enriquecido por más de siglo y medio en la institución de enseñanza secundaria.
Con motivo del I Congreso de la nueva Sociedad Española de Historia de la Ciencia se organizó allí una interesante exposición de algunos de los instrumentos más notables.
Preocupados por los materiales e instrumentos quisimos preservarlos, presentándolos ante un público interesado.
Puesto en conocimiento de José Antonio Maravall el valor de estas piezas, consiguió que su hijo José María como ministro se interesara en su cuidado.
Es lo único que le pidió, me dijo, lo que honra la sensibilidad de un gran historiador y una gran persona.
En fin, el ameno y atractivo libro que comento, nos habla del cuidado de esos mismos instrumentos en los institutos históricos de Madrid.
Nos adentra bien en su contenido la introducción de Leoncio López-Ocón Cabrera y Gabriela Ossenbach Sauter.
Se trata de los resultados de un ambicioso proyecto de trabajo de cuatro años, subvencionado por la Comunidad de Madrid, en el que hemos colaborado investigadores del CSIC, de varias universidades (Alcalá, UNED, Complutense, Autónoma de Madrid y Pierre et Marie Curie de París) y de los institutos madrileños.
Se ha conseguido catalogar, restaurar y estudiar los instrumentos científicos de institutos madrileños históricos, lo que ha permitido, además de salvar un patrimonio muy rico, comprender su utilización y la educación en este periodo.
Los resultados han sido, junto a las restauraciones y estudios, seminarios y publicaciones, exposiciones y una página web de gran interés.
Las secciones en que los estudios se dividen son «Cultura material en las aulas», «Nueva vida para un patrimonio olvidado», «Actores y prácticas» y «Discursos y disciplinas».
En la primera parte, se valora el papel de los instrumentos en la enseñanza y el saber, es decir de la cultura material dentro de las prácticas en el aula.
En la segunda, se presenta la recuperación del patrimonio y su difusión.
En la tercera, algunos profesores ilustres y manuales, también los estudiantes a través de sus cuadernos y trabajos escolares, incluida la presencia de la mujer.
En fin, en la última se presenta la profesión y las prácticas de los enseñantes y asimismo las disciplinas, así psicología, literatura, estética o música.
Se trata de una época de enorme valor de la enseñanza pública, que se piensa como base fundamental de la formación de ciudadanos.
En estos momentos en que se duda del valor del profesorado y de la misión de la enseñanza pública, es importante este recuerdo de tantas décadas de esfuerzos y logros en la mejora de la educación española.
Los editores han tomado parte muy activa en estas labores de preservación y estudio, acompañados de valiosos profesores de secundaria y universitarios.
Han surgido importantes historias de algunos institutos de enseñanza media, y notables trabajos, muchos de los cuales se encuentran en las páginas de este volumen y en un monográfico publicado por la revista Arbor del CSIC.
No puedo dejar de recordar aquí la amabilidad -que habitual en él, nunca dejaba de agradar-con que Alberto Sánchez Álvarez-Insúa acogió este proyecto.
Esperemos que estos esfuerzos y logros permitan a algunos políticos reconsiderar la importancia que siempre tiene la enseñanza pública.
En ello jugamos nuestro futuro.
Entomólogo: naturalista especialmente dedicado al estudio de los insectos.
Insecto: animal articulado de respiración traqueal, con el cuerpo dividido en cabeza, tórax y abdomen, incluyendo antenas, alas, tres pares de patas y un caparazón consistente.
Versionadas de la irreemplazable enciclopedia Espasa, la lectura de ambas definiciones es un modo sencillo y directo de interpretar el libro editado por Carolina e Isabel buscando la esencia de las setecientas páginas que lo componen.
La entomología hace al caso, pues, y lo hace a lo grande de la mano de un naturalista eminente y singular: Manuel Martínez de la Escalera.
Eminencia nacida de su extenso conocimiento zoológico alrededor de los millares de hexápodos recolectados convertido en contumaz explorador de agrestes y lejanos territorios de África y por Oriente Próximo -hasta tuvo tiempo para recorrer los cerros y páramos de la Península-.
Buscaba tierras donde sale el Sol más presto y beber en la copa desbordante de la naturaleza, escribe afectado por el sentimiento y la cursilería.
Imaginamos al Indiana Jones de la entomología española desafiando el ardiente Sol desértico, absorto contemplando una naturaleza aún no secuestrada por el hombre.
Concluido el trabajo de campo, Manuel, aventurero audaz, bizarro, indómito, se transforma en el juicioso profesor Escalera, regente del laboratorio de entomología situado en la población madrileña de Villaviciosa de Odón.
Aquí -también las dependencias del Museo Nacional de Ciencias Naturales fueron su casa-, prepara, describe y clasifica las piezas capturadas.
Cientos de especies pululan por las páginas del centenar largo de trabajos publicados hasta 1944, cinco años antes de su muerte ocurrida en Tánger.
Afín a la excelencia, la singularidad del personaje presenta un perfil intelectual dispar.
Licenciado en derecho por la Universidad Central de Madrid, jamás ejerció la profesión dedicándose compulsivamente a recolectar insectos.
Su repertorio de coleópteros superó ampliamente las sesenta mil muestras fruto de la actividad de un entomólogo entusiasta, un insectómano, permítasenos el palabro, capaz de lo bueno y de lo mejor.
Coleccionista de lo natural, fue un colector de amplio espectro: mamíferos, aves, peces, reptiles, anfibios, plantas, objetos etnográficos, integraron también el botín sustraído a la naturaleza por Manuel.
El campo hay que vivirlo y saberlo mirar sin prejuicios, escribió.
Él lo hizo, convirtiendo al docto Escalera en un reputado científico amante de los artrópodos con seis patas.
Bien pudo ser el hombre que susurraba a los insectos, al menos protagonizaron su vida.
Redactado por 38 autores, este magnífico tratado cuenta la historia con rigor, minuciosidad, amplitud de miras; actualiza la vida y la obra de Manuel Martínez de la Escalera con inequívoca voluntad de servicio hacia el lector y para el científico (el libro recoge todos sus artículos digitalizados en un DVD).
El resultado es un relato polifónico en forma y materia, compuesto como un viaje de culto por escenarios y saberes preciosos homenajeando a la persona y al naturalista.
El lector disfrutará de un libro en colores -aludiendo al esplendido componente gráfico y, especialmente, a la diversidad cromática de su contenido-, digno de elogio tanto por su valor científico como, particularmente, porque la obra representa una labor ímproba en favor de una causa encomiable: evitar el olvido que conlleva la ignorancia.
Gracias a la apuesta investigadora de Carolina Martín e Isabel Izquierdo, no hay excusa para que tal circunstancia se dé en el caso del entomólogo Manuel Martínez de la Escalera.
2 Sobre la imposibilidad del «cierre semántico» en ciencias sociales, eludiendo el contexto gracias al lenguaje formalizado de las variables o, en este caso, al lenguaje transhistórico de la neurobiología, véase Passeron (2006), p.
621 la exigencia de emplazar al síntoma en la trayectoria vital del paciente y en la trama histórica y política de las instituciones y de los sistemas socioculturales, aproxima este trabajo, por un lado, a las tradiciones del psicoanálisis y de la fenomenología, y por otro, a los enfoques del constructivismo social y de la genealogía foucaultiana.
Sin embargo esta vecindad de la propuesta de Huertas con tendencias de signo antropológico o crítico-emancipatorio no lo llevan en ningún momento a recusar, como sucede en el «foucaultismo vulgar», en diversas advocaciones del «control social» o en ciertas versiones postmodernas del constructivismo, la intención científica y terapéutica del saber psiquiátrico.
Este encuentra su lenguaje propio en una semiología de proyección clínica, una tradición casi bicentenaria que tiene la peculiaridad de formularse como praxeología, como «teoría para la práctica», donde la demanda de remedio por parte del enfermo prima sobre el intelectualismo dogmático de las doctrinas.
Rafael Huertas levanta acta de la debilidad teórica de la psiquiatría en el tiempo presente, del desafío que para su especificidad como conocimiento representa hoy la expansión imperial de las neurociencias y, por último, de la necesidad de recurrir a la historia para sortear estos peligros.
La historia de la psiquiatría le permite al pensamiento psicopatológico una ganancia de reflexividad, ayudando a contextualizar sus objetos en el curso de la experiencia individual y colectiva.
Al mismo tiempo, las reconstrucciones históricas se revelan necesarias para reactualizar ese legado bicentenario que representa el lenguaje clínico de los síntomas.
La historia aparece entonces como el laboratorio de la epistemología, definida por Huertas en términos casi literalmente bourdieusianos, como conciencia crítica de lo que se hace;3 en este caso de lo que hacen los psiquiatras cuando actúan de un modo y no de otro.
La propuesta se articula a través de un diálogo jalonado en siete estaciones.
En cada una de ellas se confronta críticamente una determinada perspectiva y las controversias a ella vinculadas.
El planteamiento contrastado en el primer capítulo es la hipótesis del «control social» y los interlocutores privilegiados son Michel Foucault y su discípulo Robert Castel.
Se reconstruye la historia del concepto de «control social» desde su contexto funcionalista inicial hasta sus implicaciones en una ciencia social crítica que arranca con la Escuela de Frankfurt y llega hasta la antipsiquiatría, pasando por los trabajos de Goffman y de los representantes de la label theory.
Esta tradición tiene el mérito de haber inaugurado una historiografía crítica que da cuenta de los nexos que unen al saber psiquiátrico con el ejercicio del poder en nuestras sociedades.
Al mismo tiempo se señalan las debilidades de estas narrativas: la falacia del manicomio como laboratorio de normalización social, el mito de la sociedad plenamente «disciplinada», la visión monolítica y homogénea del poder de los expertos, la pasividad de los gobernados y el énfasis en un engañoso «orden psiquiátrico».
En el segundo capítulo se pasa revista a aquellos trabajos que subrayan la condición liberadora, democratizadora, dialogante y terapéutica del saber psiquiátrico.
Aquí los interlocutores de referencia son Gladys Swain y en menor medida Marcel Gauchet.
Las investigaciones de estos estudiosos, que insisten en los atributos de la psiquiatría que acaban de mencionarse, suelen aparecer contrapuestos a la línea abierta por Foucault y Castel.
El capítulo tiene el mérito de demostrar la complementariedad de ambas perspectivas; cada una de ellas ilumina un aspecto del alienismo, variable según se opte por la vía amable del tratamiento moral que ofrece Pinel, o por la variante sombría expuesta por Leuret.
En el tercer capítulo el problema no es ya si la práctica psiquiátrica es un instrumento de control social o un diálogo con el «insensato», integrador de su subjetividad.
Aquí el concepto guía es ----el de «profesión»: ¿en qué medida constituye la psiquiatría un campo profesional autónomo?; ¿qué funciones legitimadoras desempeña este ámbito corporativo?
La interpelación procede principalmente de los trabajos de Jan Goldstein.
En Console and Classify y en The Postrevolutionary Self, esta historiadora, sustentada en un saludable eclecticismo sociológico, ha sabido deslindar las «políticas de patronazgo» que subtienden a las redes profesionales de la psiquiatría, localizando las dinámicas de monopolio que acompañan a la formación y difusión de ciertos conceptos («monomanía», «histeria») condicionados a su vez por los espacios de observación privilegiados en las trayectorias respectivas de los especialistas.
La obra de Goldstein consigue así aglutinar la historia intelectual de las evoluciones conceptuales, la historia social de las estrategias profesionales y los grupos de intereses, y la historia política de las técnicas para la gestión de poblaciones.
El capítulo cuarto pone sobre el tapete el debate acerca del construccionismo.
En este caso, la brújula de la discusión la suministran principalmente los trabajos de Ian Hacking acerca de «enfermedades transitorias» -históricamente mudables y relativamente efímeras-como la personalidad múltiple o el automatismo ambulatorio.
Aunque Hacking se muestra muy crítico con un construccionismo irrestricto que no respeta la distinción entre clases conceptuales (indiferentes, interactivas, híbridas), sus estudios, bien delimitados empíricamente pero de intención más epistémica que histórica, muestran el carácter pasajero e históricamente construido de ciertas enfermedades mentales.
Se constata la fecundidad del modelo vectorial de análisis (el «nicho ecológico» de las enfermedades) propuesto por el canadiense, así como su exploración del efecto «bucle» en los procesos de invención de tipos de persona.
Al mismo tiempo se señalan sus limitaciones: lo que a menudo parece la descomposición histórica absoluta de un síndrome o de un trastorno, puede ocultar un fenómeno de evolución conceptual, cuando, como estudió Canguilhem, una continuidad conceptual se disimula bajo un desplazamiento terminológico.
Algo así sucedió en los casos de la monomanía y la histeria.
Si la fortaleza principal del esquema constructivista de Hacking consiste en mostrar el condicionamiento cultural de las enfermedades, el mérito más destacado de Germán Berrios y del grupo que lidera en Cambridge -cuyas contribuciones se evalúan en el quinto capítulo-consiste en intentar reactualizar el lenguaje semiológico de la psicopatología clásica.
Esto les ha conducido a elaborar una historia conceptual de la psiquiatría cuya intención es mejorar el basamento teórico de esta disciplina.
Frente a la acefalia crónica de manuales de diagnóstico como el DSM, alérgico a toda elaboración teórica y obsesionado con la fiabilidad estadística de las definiciones propuestas, Berrios y su equipo hacen prevalecer la validez de las explicaciones proporcionadas por un discurso semiológico fundado en la experiencia clínica.
Las principales debilidades de esta historia conceptual de los síntomas, tienen que ver con su aferramiento a un modelo exclusivamente biomédico.
En sus críticas a la historia externalista de la psiquiatría, Berrios y sus discípulos corren el riesgo de dejar a un lado los elementos contextuales, reduciendo el síntoma a la expresión de meras señales neurobiológicas.
Al mismo tiempo, su reactualización de las descripciones psicopatológicas del pasado puede derivar en un presentismo que olvida la dimensión histórica y mudable de las enfermedades mentales.
En este punto y recuperando las aportaciones de la psicopatología fenomenológica y de los enfoques psicodinámicos -poco estimados por Berrios y su grupo, Huertas propone un modelo integrador que supere la dicotomía entre internalismo y externalismo y atienda a la dimensión de la subjetividad en la práctica clínica.
Precisamente el capitulo sexto se refiere a este asunto.
¿Cómo afrontar una historiografía psiquiátrica que, sin renunciar a sus funciones epistemológicas, acoja la experiencia del paciente y dé cuenta de la condición praxeológica (teoría de una práctica) de la psicopatología?
En este caso, el interlocutor de turno es Roy Porter, autor de un programa pionero para escribir la historia de la psiquiatría «desde abajo».
Esto implica dar un lugar preferente a la documentación de los archivos clínicos, hasta ahora no suficientemente atendida.
En estas fuentes (los historiales clínicos) se advierte por un lado la diferencia entre las formulaciones abstractas que aparecen en los tratados médicos y las peculiaridades contingentes de la práctica clínica cotidiana.
Por otro lado, en estos depósitos se encuentra también buena parte del corpus (cartas, diarios, peticiones, etc.) que permite escuchar la voz de los pacientes y el recuento de su experiencia en primera persona.
Esta es una de las vías más prometedoras para la futura historiografía psiquiátrica y responde a la vocación del psiquiatra en pro del diálogo con el enfermo y de la apertura a su individualidad concreta.
El libro concluye con un capítulo dedicado a justificar, en la línea de lo indicado al comienzo de este comentario, el valor de la historiografía psiquiátrica como herramienta de reflexión epistemológica y como ayuda para el mejoramiento teórico de la propia psiquiatría.
Siguiendo aquí una estela abierta por Lanteri-Laura, discípulo de Canguilhem, se pondera la necesaria cooperación («interacción dinámica») entre psiquiatras e historiadores, evitando al mismo tiempo los peligros del anacronismo y la falacia de una «historia anticuaria» que pretende desvincular la actualidad psiquiátrica respecto a la herencia histórica que la conforma.
En esta epistemología histórica que pretende vertebrar las diferentes dimensiones (experiencia histórica y política, experiencia del sujeto enfermo, experiencia clínica recogida en el lenguaje de los síntomas) de la práctica psiquiátrica, Huertas encuentra el mejor antídoto contra las nuevas formas de reduccionismo que asedian hoy al pensamiento psicopatológico.
No habla de oídas; el engarce entre las diversas tradiciones invocadas no consiste en un comentario o amalgama de textos escritos por otros.
En la mayoría de los casos y como historiador practicante de largo aliento y experiencia, Rafael Huertas ha puesto a prueba los distintos enfoques mencionados en su libro.
Por su eso su lección vale por dos. |
Ciencia y ser: paradoja e ironía en el Prometheus goetheano
En este trabajo se parte del estudio de la figura de Prometeo durante la Ilustración, para entender su inserción en el contexto germano del Sturm und Drang.
El énfasis recae en el Prometheus goetheano y en la relación que en esta obra se descubre entre el acto de conocer, la Naturaleza, y la realización del ser.
Aquí, Prometeo es la figura del hombre ilustrado que busca superar, mediante la ciencia, las condiciones naturales y romper todo tipo de cadenas (políticas, religiosas, morales), pero este afán se ve siempre atravesado por «fuerzas irracionales».
¿Qué es lo que el hombre ha de aprender acerca de sí, dada la paradójica e irónica condición expresada en el Prometheus?
Es lo que a continuación se espera responder.
Hacia finales del siglo XVIII se presentan importantes cambios en el contexto germano.
La guerra entre Viena y Prusia hizo más evidente que nunca la necesidad de un tipo de organización distinta al Imperio, pues el atraso político afectaba gravemente el comercio y la economía, y las guerras internas no hacían sino debilitar a una nación que se tornaba cada vez más susceptible.
La necesidad de un cambio se confirmaba, además, mediante la sostenida expansión de los ideales ilustrados que, en medio de fuertes contradicciones, penetraron en el suelo germano, dando por resultado, entre otros, la paradoja de un «rey ilustrado», como Federico II, o la paradoja de una «ilustración religiosa» y mística, como la que se experimentaría durante el auge de la masonería y de la Orden de los Iluminados, precisamente a fines del siglo XVIII (cf. Magee, 2001, pp. 53 y ss.).
Si bien lo que en este caso hay que reconocer, es que a pesar de estas contradicciones, dicha penetración trajo consigo un nuevo optimismo filosófico a la burguesía alemana, basado en la creencia de que la realidad podía ser definida por la experiencia y acción individuales (cf. Brown, 1992, p.
No de menor importancia fue, por su parte, lo que historiadores y filósofos de la historia han definido como el «pasaje en el tiempo» hacia finales del siglo XVIII (cf. Koselleck, 1985, pp. 238-239).
En este momento el tiempo deja de ser concebido simplemente como el medio por el cual la historia tiene lugar y adquiere una cualidad «histórica», en donde se cobra consciencia de un movimiento «hacia adelante» que abre una división entre el pasado y el presente, al punto en que el presente toma el carácter de una nueva época.
La expresión neue Zeit vino a circular en el siglo XVIII para designar no el tiempo presente, como el «aquí y ahora», sino como un periodo de transición en el cual lo nuevo y lo inesperado constantemente toman lugar, y será del peso que adquiere la experiencia y la acción individuales, así como del nuevo significado del tiempo, que se derivará, necesariamente, una obligación política: "This is the obligation of creatures whose lives hold a promise far greater than to be as mere leaves blowing in the wind, not to surrender the course of their existence to blind chance" (Michaelis, 1999, p.
En este contexto, Prometeo, el dador del fuego (del conocimiento, la técnica y la civilización) vino a ser figura de la Ilustración europea, arrojando la luz de la razón humana sobre la superstición e iniciando a los humanos en las artes, en donde quedan representados el conocimiento, la técnica y la civilización:
En el umbral del siglo XIX aparece Die Geschöpfe des Prometheus, op. 47, de Beethoven, una ambiciosa obra que intentaba producir una síntesis de la sinfonía, el oratorio y la ópera, en un género de teatro nuevo, el Ballo serio o musical danzado.
Pero sería esta la última vez, nos dice Maine, "que en el mito de Prometeo prevaleciera el demiurgo sobre el héroe generoso y espantosamente castigado" (citado por Gómez de la Serna, 1996, p.
Pues la Ilustración es el momento en que se asume de frente el reto de la emancipación humana y Prometeo es símbolo de la afirmación del ser individual contra Dios y contra el mundo, " en el seno de la decadencia del mundo y de lo divino, del pesimismo y del nihilismo..."
Gilbert Durand habla, además, de la relación entre el mito de Prometeo y el mesianismo mítico de finales del siglo XVIII y comienzos del XIX, para establecer la relación entre Napoleón y Prometeo (1993, p.
Se trata de una tendencia milenarista que arranca desde el siglo XIV, tras las «pruebas» que el Occidente cristiano ha vivido, a partir de lo cual resultaba inminente la llegada del Día del Juicio.
Innumerables fechas fueron propuestas con relación a la definición y comienzo del «milenio», pero el hecho es que hasta los siglos XVII y XVIII, en medio de la Revolución Científica y la ilustración, cualquiera fuera la fecha favorecida, "los científicos creían firmemente que estaba terminando el periodo de 6 000 años de vida del cosmos, y que se preparaba el camino a cambios espirituales y tal vez también físicos" (Webster, 1988, p.
En el aspecto político, evidentemente también se esperaba un cambio, y no resulta extraño, entonces, que el Götz von Berlichingen (1773) de Goehte, una de las obras iniciadoras del Sturm und Drang1, tenga que ver con el confrontamiento frente al tirano, mientras que en el Prometheus de Bürger (1835), el fuego robado a los dioses viene a ser el símbolo, aunque ambiguo, del pensamiento «totalmente liberado» 2.
La década de 1770 en Alemania ha sido llamada, propiamente, «la era de la rebelión prometéica» (cf. Leidner, 1989, p.
178), en tanto la rebelión pura tipificada por Prometeo, fue punto de referencia obligado para los escritores del Sturm und Drang.
Vemos así, que el Guelfo de Klinger, en Die Zwillinge, lucha por la resolución de las inequidades en el sistema feudal y en la familia, mientras que en Die Räuber, Schiller enarbola la Freiheit! como el Leitmotiv en los «grandes planes» de Karl Moor.
Tema, este último, de numerosas figuras, en donde la revuelta titánica contra la tiranía, es, en última instancia, la prueba del individuo contra el destino y en donde la fuerza y la voluntad individual es lo que prevalece.
Característico es, sin embargo, que los personajes del Sturm und Drang expongan sentimientos que traicionan toda virtud, a tal grado que es la intransigencia, más que el altruismo, lo que llega a ser representativo del protagonista típico del Sturm und Drang, quien se mueve por la venganza, la ambición y la violencia.
Guelfo y Karl Moor son asesinos, e incluso el Götz von Berlichingen de Goethe, con toda su virtud, lleva a cabo un traicionero ataque a las tropas del obispo y acepta dirigir la sangrienta rebelión de los campesinos3.
El Sturm und Drang deriva, entonces, en el Kraftmensch (fuerza del hombre), en el que se expresa la radicalización de una individualidad que parece no necesitar límites o autoridad alguna4.
Con lo que nos encontramos, por tanto, es con un enmarcado social en el que la situación política de Alemania demanda un cambio.
Esta demanda es reforzada por los ideales ilustrados de libertad, que en Francia propician la Revolución y que en Alemania dan forma al Neue Zeit.
Desde la religión y la ciencia se cree estar viviendo un nuevo tiempo que genera fuertes expectativas y Prometeo resurge, entonces, en la literatura y en arte Romántico en general, como símbolo de la libertad, del cambio, del enfrentamiento con las viejas formas.
Siendo dador del fuego del conocimiento, surge además como símbolo de la «nueva ciencia», que en el contexto germano habrá que entender, como se confirmará más adelante, en relación con el saber del magus, que es capaz de elevar al hombre de su condición y de acercarlo al plano de los dioses5.
Y creado este ambiente, no ha de resultar para nada extraño que la figura de Prometeo se convierta para Goethe, prácticamente en una obsesión6.
Partícipe, fundador y cabeza del Sturm und Drang, crítico de su tiempo y masón militante7, Goethe no hizo uno, sino cuatro intentos por trabajar el mito de Prometeo que, además del poema8, dieron por resultado obras fragmentarias o dramas inconclusos, como el iniciado hacia 1773, o como el proyecto de drama de veintitrés líneas (1793) que lleva el título de Die Befreiung des Prometheus.
Otras referencias a Prometeo en la obra de Goethe, dejan ver su constante preocupación sobre el tema, y el propio inacabamiento del drama de 1773, parece revelar un conflicto que inicia en su juventud y que no termina, quizá, más que en el Faustus (cf. Jølle, 2004, p.
Un conflicto entre la libertad y las normas (cf. Ehrlich, 1944, p.
792) que Brown define como un dualismo entre el Goethe rebelde y el Goethe crítico de la rebelión:
Una confluencia de motivos en donde, al parecer, más que buscar una solución, Goethe quiere plantear la condición del hombre, quien lidia entre la transgresión y la necesidad de algún tipo de orden.
Pero ¿en qué consiste la rebelión planteada por Goethe en el Prometheus y en qué consiste el «orden» hacia el que pudiera apuntar?
La pista podría comenzar a dárnosla el estudio de las fuentes que Goethe utilizó para su Prometheus, pero en esto no hay acuerdo y, por principio, se mantiene como una cuestión sin resolver, el problema de si Goethe tuvo, o no, acceso a los originales griegos.
No parece haber, por otra parte, rastro de que haya tomado para su Prometheus la Genealogía de Boccaccio, las referencias de Juan Pérez Moya, en su Philosophia secreta o La estatua de Prometeo de Calderón de la Barca, entre las obras clásicas del Renacimiento y la Ilustración.
Sin embargo, de acuerdo a Jølle (2004), y como se logra entrever, tanto en el drama inconcluso, como en el poema de Prometheus, Goethe parece adherirse al trabajo de Hederich9 y, con ello, a la tradición proveniente de Esquilo10.
Leidner habla, por tanto, del drama inconcluso de Goethe, como la más temprana versión romántica del Prometeo encadenado (1989, p.
Conviene recordar, aquí, que puede considerarse que son tres los relatos fundantes que desde la Grecia clásica nos llegan en el tratamiento de Prometeo, a partir de los cuales se han hecho en Occidente numerosas reelaboraciones.
En orden cronológico, estos son, la Teogonía y Los trabajos y los días de Hesíodo, el Protágoras de Platón y el Prometeo encadenado de Esquilo.
La versión trágica de Esquilo, a diferencia del tratamiento hecho por Hesíodo11 y por Platón12, se distingue por situar a Prometeo como símbolo de la rebelión contra Zeus, representado como un tirano injusto.
En Esquilo, Prometeo viene a ser el prototipo del héroe cultural o civilizador que aporta al hombre todo lo que es útil y bueno: los cultivos, el fuego de cocina, las herramientas, las instituciones sociales y, sobre todo, le enseña las artes medicinales y adivinatorias.
En una palabra, Prometeo libera de su condición natural al hombre, dándole las herramientas para enfrentar los azotes de la Necesidad y la Muerte, y lo acerca, con ello, al plano de los dioses.
No menos importante será el que Prometeo dote al hombre de la razón, del número y de la memoria, si bien en todo esto cabe subrayar, que el rasgo más característico en el Prometeo de Esquilo, será la capacidad del héroe para «dejarse afectar».
Ciertamente se le castiga por haber robado el fuego (la «flor» de Vulcano), pero el propósito de este castigo es que Prometeo deje su comportamiento filantrópico (cf. García Bacca, 2001, p.
La influencia de Esquilo, por tanto, se deja ver desde el momento en que el poema goetheano se reconoce como un «enfrentamiento», en donde el titán busca reafirmarse frente a los dioses.
El Prometheus debe leerse, señala Jølle, como un «anti-himno», que desde el principio niega y desafía a los dioses usando la forma y el lenguaje tradicionalmente restringido para invocarles y honrarles (2004, p.
La negación del poderío de Zeus adquiere, además, tintes de burla o ridiculización, en tanto la acción del gran soberano se ve reducida a la manifestación de meros caprichos.
Los poderes de Zeus parecen servir, en último término, para ejercitar un tipo de destrucción infantil.
Al igual que en Esquilo, en el poema de Goethe resulta preponderante la elevación del hombre por mediación de la ciencia, desde la cual el poder de los dioses se ve replegado y el propio Zeus parece dejar de tener influencia sobre la vida del hombre.
Ahora, la casa y el fuego que la habita (símbolos de la técnica y de la razón o del conocimiento), y que Prometeo comparte con el hombre, le sitúan en una condición que trasciende su necesidad natural y le resguardan.
Con esto seguro, Prometeo exige a Zeus:
En esta rebelión, por tanto, se acusa el establecimiento de un orden, de un orden nuevo, de un orden «humano», en el que el saber o la ciencia prometéicos juegan un papel determinante.
Nos encontramos aquí con la «elevación» del hombre al plano de los dioses, sí, pero tal elevación es posible por el saber que civiliza e independiza al ser humano.
Además del seguimiento a la línea trazada por Esquilo, en el caso que aquí nos ocupa conviene subrayar el interés o la franca devoción de Goethe hacia la alquimia y la masonería, así como su interés recurrente en los signos, símbolos y significados que de la tradición hermética se desprenden ( Gray, 1952, p.
De ellos resulta importante destacar, por un lado, el permanente intento del hermetismo por borrar la distinción entre Dios y el ser humano15 y, por otro, la intención sostenida por «actuar» en la naturaleza, en lugar de sólo «entenderla» (como sugeriría la tradición aristotélica), pues es de la capacidad de «actuar» sobre la naturaleza, por mediación del conocimiento, que toma forma y relieve la figura del mago ( Hanratty, 1986, p.
308), aquel que adquiere tintes demónicos (sobrenaturales) por su acercamiento estrecho a Dios, a la Naturaleza o lo Trascendente.
La choza y el fuego, por tanto, no sólo son un «refugio», ni sólo son los primeros signos de la «dominio» de la naturaleza, de la aplicación de la ciencia a las necesidades humanas.
Ambos, la choza y el fuego, protegen al ser humano de las variaciones del clima, pero al mismo tiempo, le acercan al conocimiento y al poder de los dioses e, incluso, al poder que les trasciende, en tanto ellos también se encuentran sujetos a la Necesidad ( Garcia Bacca, 2001, p.
46)16, y superándola a ella, de algún modo el hombre se sitúa más allá de los dioses.
Estamos frente a un doble y paradójico movimiento que acerca y aleja al ser humano del mundo y de la condición de los dioses.
El alejamiento es «suspensión» relativa de la necesidad humana, que permite al hombre irse haciendo de su propia existencia: "From being subject to nature' s, and in this case the gods' will, human now become the lawgiver of nature" (Jølle, 2004, p.
Tal y como sucede en Esquilo, pero tratado por Goethe con mayor dramatismo, Zeus se encuentra «envidiando» la vida humana, la choza, el fuego (Und meine Herd, Um dessen Glut Du mich beneidest) y, además, está hambriento, doblemente necesitado, en su caso, de oraciones y sacrificios:
El «ardor» que Zeus envidia es algo más que carbones ardiendo y más que la saciedad y el resguardo de la Necesidad.
En el poema, Prometeo establece su 'Heiling glüehend Herz' (santo corazón ardiente) como el centro de su existencia, como el centro del mundo para el sí mismo.
En este primer movimiento, la ciencia deviene en la afirmación del ser que, en el contexto de la Aufklärung18, hay que leer como realización, como «emancipación» y como símbolo del derrocamiento del tirano19.
En este enmarcado, resulta por demás significativa la relación con el poema previo Künstlers Morgenlied, en donde el hablante localiza hier in meinem Herzen [...] das Allerheiligste (11.3-4), esto es, el «Glut» (el calor) que en el Prometheus representa el centro de la propia existencia.
Asimismo, la autosuficiencia del corazón humano es un elemento determinante en el pasaje de Iphigenie auf Tauris, escrita sólo unos años después del Prometheus.
Sin embargo, mientras que para Ifigenia el corazón resulta un mediador frente a los dioses para conocer su voluntad, en Prometeo el corazón es el punto de partida para la autonomía, y es en este sentido que bien vale subrayar la oposición entre la individualidad, por una parte, y la sociedad y Dios, por otra, que aparece como motivo principal en la poesía del joven Goethe ( Ehrlich, 1944, p.
Con todo, aún queda por saber qué consecuencias tiene esta «victoria» y, más aún, queda por saber qué clase de imperio y que clase de dioses caen, simbólicamente, en el Prometheus.
Desilusión y autosuficiencia, autosuficiencia y desilusión
Llegados a este punto, no hay que olvidar que la «autoposesión» que experimenta Prometeo y el derrocamiento del monarca divino, son productos de una intensa lucha.
El conocimiento no aparece «de pronto», no llega de la nada.
El conocimiento, desde Esquilo, y aún antes, desde Hesíodo y Platón, se arrebata.
Es producto de un acto de violencia y fruto, por tanto, de la profunda experiencia de la precariedad del hombre.
Así, la posibilidad de alcanzar por vía del conocimiento un cierto grado de autosuficiencia, tiene una relación directa con el papel fundamental que juega en Goethe la confrontación con la soledad y con la necesidad humanas.
Puede decirse, a propósito de los vínculos del Sturm und Drang y la Ilustración, que Goethe, al igual que Hume, subraya el papel de los sentimientos, pero mientras que para Hume, es a través de los sentimientos que se llega al autor de la naturaleza, en Goethe se llega a tal encuentro por vía de la más radical de las desilusiones, no tanto porque no haya un autor, sino por que él parece demasiado ajeno frente a la precariedad del hombre.
Vemos así, que en la quinta sección del poema se hace alusión a la titanomakhía, en donde Prometeo tomó partido por Zeus, y es entonces cuando Prometeo (¿Goethe?) habla del abandono que experimentó:
El conocimiento (entendido en última instancia como conocimiento de sí, como «autoposesión») arranca, para el Prometeo goetheano, no sólo de observar la necesidad del hombre, sino de una experiencia personal de desamparo.
Prometeo recuerda su infancia, las confusiones, las dudas, las angustias.
Y es en medio de esta lucha solitaria que el titán irá, ambiguamente, «ganando» terreno.
Décadas después, en Dichtung und Warheit, Goethe seguirá hablando de la soledad creativa que tanto le acerca a Prometeo.
Reconoce sus obras como «niños de la soledad», pues para darlos a luz ha tenido que evadir y rechazar la ayuda del hombre y cortar, como Prometeo, la relación con los dioses 21, y se respira en este sentido de autoposesión, de apartamiento, en el Goethe ya viejo y reflexivo, la misma paradoja que ya está presente en el Prometheus.
Se parte de la soledad para acceder a la ciencia y a la ciencia de sí, pero se vuelve a aquella soledad, en tanto se ha creado un vacío, una ausencia, un apartamiento de los dioses y de la comunidad humana.
Paradójicamente, Epimeteo, (Epi-metheus, el que ve para atrás), en el drama inconcluso de Goethe, advierte a Prometeo de su futuro sufrimiento.
Es una advertencia de poco alcance, pues Prometeo (Pro-metheus, el que ve para adelante), reconoce y acepta de antemano el sufrimiento que él también prevé.
El desafío frente a los dioses y la creación o «formación» de los humanos son dos aspectos de una misma realidad, ambos llevan al aislamiento.
Prometeo se aleja de los dioses y, al mismo tiempo, está lejos de sus criaturas por su condición de Mittelfigur, después de todo, él no es ni divino ni humano.
En este contexto, resulta válido decir que al lado del Prometheus, con el Cesar, el Mahoma y el Faustus, (todos ellos compartiendo el aislamiento y un final trágico), Goethe no sólo formula el problema del genio creador, sino la situación del hombre ( Bergstrasser, 1949, p.
Aunque el Prometeo de Goethe no es explícitamente castigado, sea por su gran amor a los humanos, al modo de Esquilo, o por robar el fuego, al modo de Hesíodo, constantemente hace alusión a su pesar y sufrimiento.
De hecho, no sabemos si el Prometeo de Goethe está libre o encadenado23, pero lo que parece evidente es que Prometeo internaliza el castigo de la roca del Cáucaso y padece un sufrimiento más emocional que físico, en donde va de por medio «el regreso a la tierra» del que habla Michaelis:
De lo anterior se sigue que el conocimiento de sí y el conocimiento en general (la ciencia y la técnica), reúnen al hombre consigo mismo y le independizan de los dioses, haciéndole, hasta cierto punto, inmune a la necesidad.
Sin embargo, tal independencia, que por sí misma es signo de libertad, lleva consigo el apéndice del aislamiento que, en términos más amplios, implica también un modo de angustia o sufrimiento, lo que torna ambiguo el conocimiento y la libertad que conlleva.
Se trata de las «letras pequeñas» del contrato que, más adelante, el Fausto de Goethe también obviará y que anuncian el cumplimiento de un plazo inexorable.
En el Prometheus, Goethe ya sostiene una importante tensión y ambigüedad en torno a la definición de «lo demónico», que estará presente en toda su obra.
De acuerdo a Brown, Goethe no concibe un mundo dividido de manera maniquea entre lo bueno y lo malo, ni un mundo agustiniano marcado por obras de bondad, sino un mundo en donde se manifiestan los esfuerzos del hombre por establecer un orden moral (moralische Weltordung), pero que es atravesado (durchkreutz) por fuerzas incontrolables que, por sí mismas, no son buenas ni malas24, y que en el plano social quedan asociadas a los eventos revolucionarios.
Desde su juventud Goethe concibe la naturaleza como una simultánea y paradójica unidad-y-diversidad, un cósmico Wechseldauer, de un continuo cambio.
Materia y espíritu, espíritu y materia, cada uno prerrequisito para la presencia del otro:
Este tipo de relación, que Goethe descubre en la naturaleza, está finalmente relacionada con su visión científica de la naturaleza que termina siendo, necesariamente, tan paradójica como su objeto de estudio, pues al final, en la observación se difumina la diferencia entre el sujeto y el objeto.
En medio de esta paradoja, sin embargo, Goethe arriba a un nuevo tipo de conocimiento:
Frente a esta condición «circular» que Goethe descubre entre la naturaleza y el ser humano, el conocimiento llama a una cooperación consciente con la «Voluntad» manifiesta en la Naturaleza.
De por medio está la actualización del problema de la libertad y sus límites, que en su momento C. G. Jung verá más claramente definido en el Faustus ( Bishop, 2008a, p.
Cada uno ha de cargar con este dilema, como se carga con la antorcha del conocimiento, encontrándose el punto nodal en un tipo particular de rendición frente a los límites que la Naturaleza impone al ser: "Yet for Jung, as for those 18th-century classical thinkers on whom he drew, this totality, this fulfillment, can only be found –paradoxically– in an acceptance of the limitations of the self" (Bishop, 2008b, p.
En Goethe, el conocimiento llama a esa paradójica «acción-sumisa» que ya está presente en el Prometheus y que también se dejará escuchar en Dichtung und Warheit, así como en su Naturphilosopie y su Naturtheologie.
Como Korff lo señala, la libertad significa para Goethe algo más que la libertad humana en función de la razón, es ante todo, una «necesidad divina» que se origina en la profundidad, más allá de la razón, y que trabaja entre nosotros ( Bergstrasser, 1949, p.
En el arribo a esta toma de consciencia podemos ver que Goethe, en definitiva, no dejó de ser un hombre religioso y que su rebelión frente a los dioses fue, en realidad, una rebelión frente a una tradición religiosa, frente al modo predominante en el mundo cristiano de entender lo Trascendente.
De ahí que la temprana recepción del poema tenga que ver con la llamada Spinoza-Streit, que envolvió a Mendelsohn, Lessing y Jacobi y que traería como consecuencia un atheistisches Skandalon, y teniendo esto en mente, podemos finalmente ver los alcances de la última sección del poema, que nos sitúa en el momento en que Prometeo pregunta:
El poema revela aquí su cercanía a Spinoza y, por tanto, a un concepto de Dios en el que se rechaza cualquier tipo de antropomorfismo para entenderlo, y en donde Goethe parece querer revelar al ens absolute infinitum28.
El conocimiento y la libertad se circunscriben a una paradójica relación con el Tiempo y el Destino, en donde el Tiempo hace a Prometeo, pero en función de lo que Prometeo es desde sí mismo, desde el plan o diseño tejido por el ewige Schicksal.
Condición a la que también están sujetos los dioses de la tradición29.
La lectura que Lessing y Goethe hicieron de la obra de Spinoza, ciertamente pudo dar por resultado una interpretación no del todo correcta, pues la discusión de si Spinoza era realmente panteísta se mantiene vigente ( Deschepper, 1992, pp. 151 y ss.), pero lo que en cualquier caso resulta evidente, es que en el centro del Prometheus se reconoce una condición que está más allá de los dioses, o sobre ellos.
Condición que articula el ser y el «devenir» del hombre y le sitúa en una relación única frente a la Naturaleza.
Ambigüedad o coincidentia oppositorum que se hará patente en el comentario de Goethe al Système de la nature ou des lois du monde physique & du monde moral (1770) de Holbach, en donde, además de fijar la postura de los Naturphilosophen, habla de ese «algo» que ve en la Naturaleza «nuestro ídolo», que "...aparecía como perfecto libre arbitrio y, de nuevo, algo que trataba de contrarrestar esta libertad" (Mason, 2001, pp. 113-114).
El conocer y la verdad tienen importancia sólo cuando implican la unión de espíritu y naturaleza («Dios» y el mundo).
En esta condición, el ser humano alcanza un tipo de reconciliación o síntesis entre el ser espiritual y la Naturaleza que representa el ideal rosacruz del que Goethe participa (Bergstrasser, 1992, p.
195), y la labor «prometéico-educativa», en este paradójico modo de conocer-ser y conocer al Otro, comprometería a Goethe en una tarea que tendría por cometido la combinación del arte con la ciencia ( Warde, 1975, p.
Si bien en esto cabe subrayar que, a diferencia de Schiller, Goethe no percibe una dicotomía entre la realidad y el ideal natural.
180), por lo que Warde agrega que en lugar de la heroica conquista de la voluntad, Goethe apunta a una clase especial de rendición que le acerca más a Hölderlin, pues se mantendrá en la línea de señalar que la reconciliación entre la razón y la historia (el ser y el quehacer del hombre) será siempre parcial.
Se puede afirmar que el Prometheus es un símbolo de la rebelión ilustrada, que desde la consolidación del ser individual se enfrenta a la tiranía de las circunstancias bajo una intención: establecer un orden, un orden nuevo, «humano».
Se puede afirmar también, que en esta obra lo que Zeus envidia, por encima de la liberación (relativa) del hombre frente al imperio de la Necesidad, es el centro desde el cual Prometeo actúa, su 'heiling glüehend Herz'.
Queda por responder, sin embargo, o al menos tratar de especificar más claramente, cuáles son los yugos que Prometeo «realmente» quebranta o, en otras palabras, qué yugos el hombre, de acuerdo a lo que anuncia el Prometheus, puede «realmente» quebrantar y, cuales no. En el trance de hacerse a sí mismo, Prometeo parece liberarse y liberar al hombre del azote de la Necesidad y de la enfermedad, al tiempo que el corazón le guía para verse librado de la muerte en la lucha contra las fuerzas adversas (representadas, en el caso de Prometeo, por los titanes) ¿pero hasta qué punto o en qué sentido todo esto se logra «realmente»?
Lo que parece quedar claro es que el «nuevo» orden, el orden humano, no es definitivo, ni representa, por decirlo de algún modo, el encuentro último con el bienestar y la salud.
Se parte de la soledad para acceder a la ciencia y a la ciencia de sí, pero como hemos visto, la primera consecuencia de esto es una abertura, el distanciamiento, la creación de un vacío.
El apartamiento de la tradición, del dogma y de los dioses, crea lo que Max Weber llama, la desilusión frente al desarrollo de la modernidad ( Gerth y Wright, 1946, p.
El Prometheus, por tanto, representa también la desilusión del ser ilustrado, del ser que pretende liberarse por vía de la chispa racional (del saber científico y tecnológico) del imperio de la necesidad, de las tiránicas circunstancias sociales y de los antiguos dioses, pero que al final, sólo se encuentra, desde un nuevo plano, con fuerzas que le atraviesan y le revelan su condición ambigua.
Hoy bien sabemos que el dominio sobre la naturaleza, el avance científico y tecnológico e, incluso, el avance filosófico, teológico y metafísico, o en suma, el saber intelectual y práctico del homo faber, no se conforman como un «avance» hacia un lugar de permanente bienestar y descanso.
De entrada, porque el conocimiento y el dominio, la acción del hombre en la naturaleza, llevan el signo de la depredación, el signo que ya muestra el robo de la «flor de Vulcano», lo cual demanda algún tipo de retribución.
Frente al tirano y la pequeñez de la concepción antropomórfica (tradicional) de los dioses, frente ellos, Goethe y Prometeo se rebelan y se burlan.
Pero no en menor grado se pone de manifiesto que desde el «nuevo tiempo» y desde la «nueva ciencia», la que se burla es la Naturaleza.
Se burla del continuo intento por imponerle un orden, del intento por reducirla y domeñarla mediante el entendimiento.
Y es partir de esta confrontación, que el Prometheus nos arroja hacia un Früzeit, que contrasta con el Neue Zeit.
Es un retorno al tiempo que antecede a Zeus, desde el que surge otro intento, el de la reconciliación con los antiguos dioses: Prometeo reconciliándose con Cronos, Prometeo el melancólico saturniano30, es Goethe en el asombro de la Naturaleza.
Un retrato de la condición circular del hombre está en el Prometheus.
Recorrido iniciático que muestra cómo el titán se afirma y se hace a sí mismo, pero sólo para volver al punto de partida.
¿Puede Prometeo y el hombre prometeico hacer otra cosa?
¿Pueden ambos librarse de las vanas esperanzas o dejar de pretender situarse en el lugar de los dioses, ya sea para intentar superarlos o para intentar «entenderlos»?
El camino de vuelta revela la fuerza incontenible y el ansia del hombre por traspasar los límites, manifestación, al fin, de su propio Sino, que hay que distinguir, por cierto, de ese otro sino circunstancial que el hombre sí puede (y debe) romper.
Pareciera que el hombre esta «hecho» y destinado, que la forma humana corresponde a su tendencia a traspasar y salir.
Cierto, y ya se ha dicho, el día siguiente a la transgresión hay nuevos muros, pero con la paradoja del retorno a Cronos, Goethe parece querer comunicar un nuevo tipo de conocimiento o un nuevo tipo de libertad.
Después de todo, no hay forma de volver exactamente al mismo punto.
Prometeo vuelve, pero se ha hecho a sí mismo (consciente), de modo que el retorno a Cronos implica, como señalaba Korff, más que la libertad humana en función de la razón, el discernimiento de una necesidad que se origina más allá de la razón, que trabaja entre nosotros y que atañe al fin del Naturaleza ( Bergstrasser, 1949, p.
187, nota 121) y frente a este Fin, Goethe y Prometeo parecen capitular en sus esfuerzos.
Vale aquí, sin embargo, la pregunta: ¿Pero no será este un nuevo modo de querer controlar, de querer trascender limites, de querer entender y domeñar, ahora mediante la búsqueda de un acuerdo, mediante la «coacción» del rendimiento y la sumisión voluntarios?
Hay que aclarar, entonces, que cuando Goethe habla de obedecer a la Naturaleza, al parecer hay que ver en ello una demanda paradójica que a momentos se torna irónica, porque no hay forma de obedecer, en tanto no hay forma de predecir.
El orden que el hombre trata de construir y el orden que el hombre trata de discernir en la Naturaleza, se verá siempre atravesado por las mismas fuerzas que se burlan de él.
Es este «entender», entender que no hay modo de entender, lo que, finalmente, parece no sólo revelar la condición de la Naturaleza, sino completar la visión del hombre, y es la consciencia de su propia disonancia lo que le acerca a ella31, a la Naturaleza.
De ahí que Goethe asemeje el ímpetu humano y los eventos revolucionarios con las tempestades y los terremotos, pues la inconformidad del hombre es reflejo de la propia inquietud de la Naturaleza.
¿Entonces es esto un llamado al irracionalismo, un llamado a deponer todo intento de orden y una renuncia al «movimiento» y la afectación frente al otro?
Pues después de todo, ¿para qué o cómo actuar?
La respuesta del Prometheus es tajante: NO.
El hombre puede y debe enfrentar la tiranía (ideológica, social, religiosa) y siempre, lo reconozca o no, se sentirá movido frente al otro, aunque le aten, incluso, como a Prometeo.
Y el que «no todos los frutos maduren», no lleva al hombre a dejar de actuar.
De hecho, aunque no todos los sueños maduren (y podríamos agregar, «irónicamente», aunque no todos los hombres maduren), parece que la condición del ser humano es actuar siempre, movido por la (¿vana?) esperanza, en donde, desde luego, se torna también irónico dudar si la esperanza es vana32.
Este es su SINO, lo que, sin embargo, no implica asumir un fatalismo, más reconocerse inmerso en una condición que en el Faustus se rebelará como «divina» o «demónica» ( Warde, 1975, p.
Es la contradicción, la ambigüedad y la ironía lo que hacen del ser humano más que una máquina «medible», «comprensible», «calculable» y «predecible», y son tales condiciones las que revelan su vínculo con la Naturaleza viva, y que permiten situar al Prometheus muy lejos del triunfalismo ilustrado o moderno.
El saber tiene para Goethe, el mismo sabor de la ironía que mueve al hombre y a la Naturaleza, y entonces, claro, no hay para qué asustarse, no hay para qué asustarse de uno mismo, como diría Nietzsche en el Viajero y su sombra33.
Habrá que aclarar, con todo, que la nota distintiva de Prometeo es la «afectación» frente al otro.
Nueva paradoja: el límite es el otro y el otro es el límite que se quiere traspasar (¿egoístamente?).
Prometeo no es sólo la individualidad incontenible, sino el ser inconteniblemente atravesado por el pathos.
Lo que distingue, en este sentido, al Prometheus goetheano de las obras características del Sturm und Drang es, precisamente, la acción reflexiva frente al otro.
Prometeo no sólo es la representación de la individualidad autoafirmativa, sino la reafirmación del ser por el otro, por la philía.
En función del hombre, al cual ama, es que Prometeo busca establecer un «nuevo» orden, orden que se verá siempre atravesado, que será siempre parcial, pero que da sentido, que va marcando una diferencia entre la choza humana y el reino celestial del monarca.
Es el intento por ser y estar con el otro, y la fascinación frente a él, lo que en última instancia marcan el signo del robo y de la lucha.
Se trata del intento de trasgresión marcado por la Filantropía34.
No queda sino decir que, en este caso, también se topará Prometeo, y con él, el ser humano, con los límites de su soledad, con los límites de su individualidad, con la paradoja de reafirmarse a sí mismo para ser, y de intentar, al mismo tiempo, ser con el otro (¿quién se impone a quién?).
Contradicción que arroja a Prometeo al plano liminal de la Mittelfigur.
Más de nuevo aquí, el intento de Prometeo y del hombre, será incesante, y será quizá la propia imposibilidad de traspasar la individualidad, lo que les arroje con más fuerza y lo que, en último término, construya y mantenga el ficticio puente del vínculo humano, o el holograma en sí, de la humanidad, de lo que es ser humano.
Puente irreal, tan irónico como intangible, fruto de una relación transgresiva, en tanto rompe, o intenta romper, los propios límites frente al otro y los límites del otro.
Y es por tanto, esa sed, esa confirmación del Sino y de la vana esperanza, los que, paradójicamente, construyen y dan sentido a lo que no es, o a lo que no era.
No hay olvidar, a propósito, que Prometeo no es creador ex nihilio, sino figura del segundo creador, figura del artífice y del artificio. |
Genealogía hipnótica del mito del zombi: The magic island (1929)
Este es el primero de una serie de artículos en los que se pretende estudiar la historia y la significación psicológica del "mito del zombi" a través del análisis de sus elementos alegóricos y simbólicos partiendo de una conceptualización de "mito" extraída de las nociones de la psicología analítica de Jung y de la historia de las religiones de Eliade.
Aquí profundizaremos en la genealogía simbólica que antecede y se inserta en la concepción del zombi en The Magic Island de Seabrook (primer texto donde aparece el zombi como muerto viviente) a través del análisis comparativo con el sonámbulo de la literatura y cinematografía del "lado oscuro del magnetismo animal y la hipnosis" y su relación con el autómata.
LA NATURALEZA DEL "MITO DEL ZOMBI"
Consideramos un error, aunque comprensible como veremos, el hecho de que las antologías acerca del cine o la literatura de zombis comiencen muy frecuentemente con algunos comentarios más o menos superficiales acerca de la cosmovisión del vudú y del culte des mortes haitiano a modo de marco de referencia imprescindible, pues ello implica una confusión de dimensiones tan netamente diferentes como son la antropológica y la creación artística.
Pese a que, evidentemente, el nacimiento del "mito del zombi" se encuentre relacionado con el folclore haitiano y que ciertas obras integren algunos elementos míticos del Caribe, creemos que su peso real en el desarrollo del mito es mucho menor del que se le ha querido dar.
Su desarrollo se produce en el género de terror fantástico y en un contexto geográfico completamente ajeno a la realidad antropológica de Haití, nutriéndose de importantes fuentes del occidente estadounidense y europeo que nada tienen que ver con esa esfera, como trataremos de mostrar.
El zombi literario y cinematográfico es una creación de la fantasía y sólo como tal debe ser tratado.
Este error común coarta las posibilidades de un análisis minucioso de estos otros orígenes y antecedentes del "mito del zombi" a los que nos referimos, puesto que obra reduciéndolos al exótico y debatido entorno del vudú y sus cultos adyacentes.
No obstante, esta confusión de campos tiene un sentido profundo, más allá del mero error analítico o afán sensacionalista: estimamos que se debe en buena medida a que nos encontramos ante un "mito vivo" colectivo.
Aplicamos a "mito" la denominación de "vivo" en el sentido que C. G. Jung se lo adjudica al "símbolo vivo", "vivificante" o "vital", es decir, al símbolo de conjunción, producto tanto racional como irracional de la función transcendente1.
El propio Jung equipara en ciertas ocasiones símbolo y mito2 así como se refiere al mito de forma similar3.
En este sentido, el mito del zombi está "vivo" porque en él confluyen diversos elementos simbólicos cargados de significación pero de sentido desconocido para la consciencia que proceden de lo inconsciente colectivo.
Pero aún tiene otro sentido que señalemos como "vivo" a nuestro mito.
Mircea Eliade denomina "mito vivo" al modo "concretista" 4 que tienen las sociedades tradicionales de vivir el mito y sus rituales asociados: "el mito tiene —o ha tenido hasta estos últimos tiempos— "vida", en el sentido de proporcionar modelos a la conducta humana y conferir por eso mismo significación y valor a la existencia" (Eliade, 1991: 8); es decir, cuando éste todavía posee la capacidad de producir un "comportamiento mítico" (Eliade, 1991: 9) por considerarse "una historia sagrada y, por tanto, una "historia verdadera" (Eliade, 1991: 13).
Pese a que el mito del zombi no se desarrolle en una sociedad tradicional arcaica ni se considere sagrado y, por lo tanto, no podamos integrarlo estrictamente en el campo del "mito vivo" eliadiano, podemos detectar en su repercusión y significado social ciertas semejanzas, aunque atenuadas, con esta caracterización.
Podemos constatar que este "relato mítico" conserva todavía la capacidad de producir un simulacro de "comportamiento mítico", así como que se presenta usualmente enmarcado y "legitimado" por una realidad antropológica —confusión semejante al "concretismo" arcaico— que le otorga la consistencia y vivacidad de una "historia verdadera".
Ejemplos de este comportamiento son las "rituales" zombie walks5 o la actividad llevada a cabo por la Zombie Reserch Society, fundada en 2007 en Estados Unidos, sociedad que reúne a personalidades del mundo de las artes y las ciencias y entusiastas del género, cuyo objetivo es el estudio, desde diversas perspectivas, de fenómenos asociados al zombi —utilizado éste como metáfora de grandes catástrofes, pero rayando la literalidad en ciertas ocasiones—, convencidos de la proximidad de una pandemia zombi6.
En el documental del National Geographic The truth behind zombies (Michael Wafer, 2010) se puede observar al fundador de esta sociedad, Matt Mogk, entrenándose en técnicas de supervivencia en las montañas que rodean a la ciudad de Los Ángeles.
Esta "atenuación del comportamiento mítico" en la sociedad contemporánea que aquí detectamos no es más que el correlato conductual de lo que Eliade denomina la "degradación del mito" y su enmascaramiento en la novela u otras formas artísticas7.
En este sentido hacemos nuestro el proyecto eliadiano de encontrar un auténtico "tesoro mítico" en la vida secularizada del hombre contemporáneo, pues en nuestros días el mito "se encuentra en el flujo medio-consciente de la existencia más ramplona (...) [y] pensamos que tiene importancia capital encontrar toda una mitología, si no una teología, emboscada en la vida más "vulgar" del hombre moderno" (Eliade, 1999: 18-19).
Y eso mismo es el zombi: ramplón y vulgar en grado sumo.
Pero esta degradación no sólo es perjudicial y envilecedora, ya que "es una "caída", es cierto, pero una caída fecunda" (Eliade, 2000: 604).
Aunque su sencilla y ramplona forma actual pueda velarlo, el zombi se encuentra inserto en un entramado histórico considerablemente complejo donde se condensan diacrónicamente una enorme cantidad de fuentes.
En su constante transformación se pueden fijar dos momentos fundacionales que dividen su historia en tres etapas: antecedentes/génesis (/1929), alumbramiento/expansión (1929/1968) y renacimiento/consolidación (1968/).
Encontramos aquí una de las características propias y diferenciales del zombi respecto al resto de "mitos" del "monstruario" romántico.
Mientras que el éxito y la popularización de éstos vinieron de la pluma de reconocidos literatos y puede asociarse a obras concretas, el parto del zombi ha sido posterior —pese a que sus antecedentes puedan localizarse en el mismo tiempo, atmósfera y medio que sus congéneres, como vamos a intentar mostrar—, dilatado y múltiple, pues en él han participado diversos autores desde diferentes medios.
La misma embriogénesis del mito es compartida: adviene entre 1929, con la publicación del "diario de viajes" novelado La isla mágica (Seabrook, 1989) (génesis-concepción), y 1932, con el estreno en Broadway de la pieza teatral Zombie de Kenneth Webb y la película La legión de los hombres sin alma (White Zombie, Víctor Halperin, 1932) (alumbramiento-parto), parcialmente inspirada en el libro de Seabrook8 y en la obra de Webb.
A partir de este último hito el mito se desarrollará fundamentalmente en el campo cinematográfico a lo largo de toda su historia, así como en los pulps americanos y cómics desde los años 30 (Palacios, 2010: 167-191), y en la literatura más tardíamente —en la tercera etapa, cuyo comienzo viene marcado por La noche de los muertos vivientes (Night of the living dead, George A. Romero, 1968) (Palacios, 2010: 329-359)—.
La extensión de este trazado excede con creces las dimensiones usuales de un artículo.
Por ello nos vemos ante el imperativo de administrar nuestro análisis en varias dosis.
Vamos a ocuparnos con exclusividad en este estudio del análisis histórico de la genealogía simbólica que antecede al zombi de Seabrook —primera etapa, campo vedado hasta el momento en buena medida en virtud de las referencias antropológicas "concretistas"—, mientras que reservamos el análisis de su ulterior desarrollo histórico para trabajos posteriores (Carcavilla, 2012; Carcavilla, en prensa).
Para ello nos apoyaremos tanto en la filmografía como en las obras literarias imprescindibles, procurando no socavar nuestro objetivo: un análisis del trasfondo histórico-simbólico del zombi de La isla mágica, íntimamente relacionado, como vamos a ver, con determinado tratamiento literario que recibió un aspecto concreto de la medicina romántica (el magnetismo animal) y su derivado histórico (la hipnosis).
Las hipótesis centrales que guían nuestro estudio son dos: 1.- Los antecedentes históricos del zombi del fantástico no se encuentran sólo en el folclore haitiano, sino más bien en la literatura y cinematografía del "lado oscuro del magnetismo animal y la hipnosis"; y, 2.- El zombi nace como símbolo arquetípico de cierto estado psíquico morboso derivado de nuestra relación con lo inconsciente.
EL LADO OSCURO DEL MAGNETISMO Y LA HIPNOSIS
Pese a estar considerada por algunos críticos más cercana a la literatura de ficción que a un libro de viajes, La isla mágica —el mayor bestseller de su género en el momento de su publicación en U.S. (Rhodes, 2001: 82)— se encuentra desde nuestra perspectiva más cerca del "reportaje folclórico" que de la creación fantástica.
Se ha aducido a menudo como prueba de la imbricación de lo imaginario en La isla mágica que el Article 249 del Code pénal haïtien con el que finaliza el capítulo que vamos a analizar es falso.
El artículo es absolutamente verídico, salvo en el número que, al menos actualmente, es el 246.
No obstante, La isla mágica es el texto que engendra el mito y la primera representación del zombi (al menos como "muerto viviente" 10) y, pese a no ser un documento que podamos calificar de fantástico en sentido estricto, contiene elementos que sí lo son.
Por un lado, su formato novelado permite la infiltración de un léxico susceptible de albergar referencias a la dimensión de lo fantástico; por el otro, al ser un "reportaje folclórico", aparecen en el texto contenidos mitológico-simbólicos haitianos; eso sí, cribados por el filtro de Seabrook y por ello susceptibles a su vez de hacer referencia a contenidos simbólicos propios de su contexto cultural11.
Este léxico y estos contenidos son precisamente los elementos que propiciarán que la obra se erija como impulso primigenio del mito; y por ello se tornan ahora, sin caer con ello en el "error concretista", en el objetivo nuclear de nuestro análisis.
El grueso del capítulo donde se describe por primera vez al zombi "...Dead men working in the cane fields"12 (Seabrook, 1989: 92-103) consta del relato que le refiere a Seabrook su amigo Polynice acerca de lo que supuestamente les ocurrió a un grupo de zombis explotados en la cosecha de la caña de azúcar de los cañaverales de la Hasco (Haitian American Sugar Company).
En esta primera aproximación al zombi en la literatura inglesa13 vamos a encontrar condensados el leitmotiv (el mitologema central) y los personajes tipo que caracterizan a la literatura y cinematografía acerca del "lado oscuro del magnetismo" 14 y de la hipnosis.
Estimamos que este título, aunque originalmente ideado por Montiel exclusivamente para cierto tipo de "literatura magnética", puede aplicarse también al tratamiento literario de la hipnosis, puesto que en el núcleo de ambas esferas nos encontramos indistintamente ante el mal uso, desde una perspectiva moral, de los conocimientos y técnicas (de un poder) derivados de estas disciplinas médicas.
La estructura básica y los motivos principales son idénticos en ambos escenarios; pertenecen, en definitiva, al mismo universo narrativo, en donde se ha producido un relevo histórico directo.
No obstante, existen ciertas diferencias que no podemos permitirnos obviar.
Esta tradición narrativa, inaugurada probablemente por E.T.A. Hoffmann con el relato El magnetizador (Der Magnetiseur, 1813), hizo uno de sus objetos centrales "la perversión del ideal mesmérico" 15.
Con ello Montiel hace referencia a "la inversión del principio mesmeriano por el cual se consigue hacer revivir al enfermo gracias al desbordamiento de un excedente" 16, así como a "una especie de inversión —o de perversión— del hecho observado por Puysegur" (Montiel, 2003: 160), a saber: que "el saber del cuerpo y el saber-curación están en posesión del enfermo dormido-despierto" (Peter, 2003: 53) a través, no del saber del magnetizador, sino de su propio "sentido interno" (Peter, 2003: 56-57).
Estas implicaciones no puedan ya suscribirse a la literatura y cinematografía acerca del lado oscuro de la hipnosis, pues no se puede pervertir lo que ha desaparecido de escena.
Esta práctica médica dejó de lado definitivamente la concepción "fluidista" del magnetismo así como, mucho más importante para nuestro análisis, la consideración del "sentido interno" del enfermo, por lo que podemos considerar a "la hipnosis medicalizada y sus prácticas hospitalarias de sugestión invasiva, cuyo carácter manipulador conocemos bien hoy" (Peter, 2003: 58), como la perversión misma del "ideal mesmérico-puyseguriano" y por ello, en cierto modo, la materialización del peligro denunciado originalmente por Hoffmann en su relato.
Ello se vio directamente reflejado en la literatura, pues el gran auge —la práctica totalidad17— de obras literarias acerca del lado oscuro del magnetismo y la hipnosis se dio precisamente en la Francia fin de siècle.
Tampoco puede extrañarnos a su vez que en las películas alemanas del primer tercio del XX el hipnotizador perverso sea, del modo más abierto posible, un psiquiatra —Dr. Caligari18— o un psicoanalista —Dr. Mabuse19—.
Si Charcot fue desde la Salpêtriêre el gran abanderado de esa "hipnosis medicalizada", cuyos presupuestos "psicopatologizantes" no pudieron ser más opuestos a la consideración del "saber-curación" del enfermo, y Bernheim, desde Nancy, cierra la puerta definitivamente a la escucha del "sentido interno" a través de la exaltación de la sugestión, "Freud y el psicoanálisis han conducido a que estos mismos poderes de rechazo y denegación se produzcan y se mantengan frente al magnetismo" (Peter, 2003: 59) en virtud de su astringente concepción de lo inconsciente que en cierta medida sigue la tradición "patologizante" charcotiana.
Entonces, ¿podemos hablar tanto de "hipnotizadores perversos" como de "magnetizadores perversos"?
Estimamos que sí, ya que, pese a las consideraciones anteriores y sus consecuentes diferencias de matiz, todos repiten, como dijimos, el mismo motivo central.
LA PÉRDIDA DEL SONÁMBULO
La literatura del lado oscuro del magnetismo y, con mayor fuerza y vigor, de la hipnosis, reflejaron tanto el temor (Montiel, 2003: 144-145) como la desconfianza (González de Pablo, 2003: 234-236) hacia los posibles "poderes negativos" (Montiel, 2003: 144) de estas prácticas médicas y, por generalización y metaforización, hacia el potencial uso perverso del "poder psíquico" en general.
Estos poderes fueron representados en el ámbito de lo fantástico a través de una "imagen del hipnotizador [y antes, del magnetizador] como figura coercitiva pérfida y esclavizadora de sus víctimas"20 (González de Pablo, 2003: 236) cuyo drive fundamental consistía en ejercer su poder de dominación a través de la vampirización parasitaria (Montiel, 2003:163) del paciente sonámbulo.
El motivo argumental que repetían estos personajes con sus peculiares variaciones, destinado a convertirse en el mitologema nuclear del mito del zombi vía Seabrook, no es otro que el robo y e instrumentalización de la voluntad —más propiamente, como veremos, del alma— del magnetizado/hipnotizado por parte de este magnetizador/hipnotizador perverso:
Este fragmento pertenece a Trilby, "the first modern best seller in American publishing" 21 (Showalter, 2009: vii), probablemente la novela más leída y paradigmática de todo el espectro del magnetismo/hipnosis criminal.
Laird, uno de los personajes, expone condensadamente el mitologema al que nos referimos, el mismo que reaparece en la siguiente cita que extraemos directamente del diario del archiconocido Doctor Caligari:
En la completa configuración del zombi, que el muy peculiar y olvidado representante de la Generación Perdida ( Rubio, 2005: 10) nos ofrece en el preludio del capítulo antes mencionado, vamos a hallar de nuevo la instrumentalización hasta el límite de la criminalidad y esclavización de la voluntad (ahora literalmente del alma) en virtud de cierto poder que otro detenta:
Varios indicios apuntan a que nuestro original aventurero y escritor no fue ajeno a la literatura a la que nos referimos.
Sabemos que conocía desde niño "alguna variante de hipnosis" (Rubio, 2005: 12) —"you can call this power hypnotic, if yoy will" (Seabrook, 1942: 21)— a través de su peculiar abuela "a sleep-walking queen" (Seabrook, 1942: 17).
Pero no es estrictamente necesario remitirnos a su biografía ni indagar en sus conocimientos sobre la materia.
Nos basta con el análisis de La isla mágica para comprobar que éste tenía muy presente el uso perverso del magnetismo y de la hipnosis al escribirla.
La primera referencia, y la más directa, se halla en uno de los capítulos dedicados al vudú.
Seabrook, reflexionando sobre la relación entre lenguaje, cultura y "tipos de conocimiento" —magia, brujería y ciencia—, menciona, como de pasada, a uno de los más paradigmáticos hipnotizadores criminales que pueblan la literatura que aquí nos ocupa: Svengali, el magnetizador perverso de Trilby, "a hypnotist" 23 (Seabrook, 1989: 47).
La acusación de mera tangencialidad que podría aducirse contra este dato, dado que no es contiguo en el libro a la figura del zombi, cae ante el análisis comparativo entre éste y la figura del sonámbulo que vamos a ir construyendo, piedra de toque donde se revelan las condensadas aunque veladas referencias al magnetismo y la hipnosis.
Al igual que nuestros cadáveres sin alma, también Trilby, la mesmerizada protagonista de Trilby, es slave (Du Maurier, 2009: 245) de Svengali (como lo es el Cesare original, el sonámbulo del místico Caligari de 1703 "completely enslaved to his will") y tan stupid (Du Maurier, 2009: 171) e imbecile (Du Maurier, 2009: 246) en estado magnético como los zombis idiots (Seabrook, 1989: 102).
Pero además, mucho más importante que su esclavitud y su estupidez, comprensibles dado el vacío que les habita, es que estos últimos se comportan, al igual que Trilby y que Cesare, "like people asleep with their eyes open" (Seabrook, 1989: 97).
En medio de la transcripción de la narración de Polynice se cuenta cómo Croyance, la vieja mujer que esta al cuidado de los zombis, "aroused the zombies from the sleep that was scarcely different from their waking" 24 (Seabrook, 1989: 97).
Seabrook administra aquí, aunque de modo diacrónico, uno de los nombres más usuales en lengua inglesa asignados a los magnetizados desde que el Marqués de Puysegur entrara en la escena del magnetismo animal con "el descubrimiento y la producción del sonambulismo artificial o sueño magnético" (Peter, 2003: 42).
Sleep-waker y sleep-waking son las denominaciones respectivas para el sonámbulo y el estado sonambúlico que, por poner un ejemplo, Edgar Allan Poe comenzó a utilizar profusamente en sus textos acerca del magnetismo desde 1844 —a partir de Mesmeric Revelation, su segundo cuento en el que aborda el campo25— siguiendo a Chauncey Hare Townshend, "undoubtedly one of Poe 's sources on mesmerism" (Mabbott, 1979: 1040).
Un uso muy similar se mantiene en Trilby, donde uno de los modos con los que se denomina el estado de la protagonista es waking dream (Du Maurier, 2009: 246).
Las referencias a la indiferenciación entre el sueño y la vigilia en el peculiar estado de (in)consciencia del zombi son claras (como lo son, obviamente, en el sometido sonámbulo literario y cinematográfico) pese a que no se apliquen directa y abiertamente los nombres propios con los que se hacía referencia a la víctima del magnetizador/hipnotizador perverso.
Casi da la impresión de que Seabrook tratara de rehuir intencionalmente la referencia directa, intentando buscar de este modo la no identificación completa entre el zombi y el sonámbulo, pero procurando a su vez reiteradamente crear una atmósfera referencial e insinuante.
En cambio en un capítulo, un campesino que ha sido poseído por un dios al asistir a un ritual vudú es nombrado por dos veces como sleep-walking.
A su vez, algo particular le ocurre en la mirada: "staring at it as if dreaming (...)
También la mirada del zombi es descrita innumerables veces como staring (Seabrook, 1989: 95, 97, 98, 101), y también detrás de ella se encuentra alguien dormido like people asleep with their eyes open.
Mucho hay en común por lo tanto entre este campesino sleep-walker y el zombi sleep... waking.
Ambos carecen de voluntad propia y ambos se encuentran, por pérdida o por posesión, disociados de su alma.
Y es que precisamente "la patología primitiva no sólo cono[ce] como causa de la enfermedad la pérdida del alma, [sino] también la posesión por un espíritu" (Jung, 2004: 308), fenómenos que se corresponden respectivamente a la represión u olvido de un complejo autónomo del inconsciente personal y a la asociación al yo de un complejo del inconsciente colectivo26 (Jung, 2004: 309-310).
Emerge aquí cierto paralelo histórico del mitologema nuclear del mito del zombi, así como su posible sentido psicológico.
El motivo simbólico de la pérdida del alma hunde sus raíces arquetípicas en la mitología patológica de los pueblos arcaicos y puede simbolizar cierto estado morboso en el que se encuentran los complejos/arquetipos de lo inconsciente.
Pero por el momento tan sólo podemos afirmar que el zombi es un ser que sueña despierto (sleep-waker)en su acepción negativa, es decir, que como Cesare, duerme incluso durante la vigilia o, más bien, no duerme jamás (González Requena, 2006: 12).
Como a éste y a Trilby —"Dors! and she suddenly became an unconscious Trilby" (Du Maurier, 2009: 299)—, hay alguien que le precipita y que a su vez llena, como le ocurre al campesino sleep-walker, ese peculiar estado inconsciente y "vacío" (fig. 1).
Ilustración original de Alexander King para The Magic Island
LA MIRADA DEL AUTÓMATA
No son éstas las únicas alusiones que podemos encontrar al universo del magnetismo y la hipnosis en la configuración del zombi de La isla mágica.
En la descripción que antes transcribimos se puede leer que éste se encuentra dotado, una vez arrebatado de la tumba, with a mechanical semblance of life.
Esta cualidad queda subrayada en el momento en que Polynice muestra a Seabrook un grupo de zombis en Picmy recogiendo algodón y éste los describe como automatons (Seabrook, 1989: 101).
Estos ingenios mecánicos que supusieron el culmen de una "civilización de la anatomía" 27 configurada bajo "una episteme basada en la preeminencia del sentido de la vista" (Montiel, 2008a: 152) —bajo la "mirada anatómica" de la que hablan Mandressi y Montiel en sus respectivos trabajos—, fueron estrechamente asociados a la figura del magnetizado en la esfera literaria del siglo XIX.
Una muestra sumamente representativa de ello es el texto de Hoffmann Los autómatas (Die Automate, 1814), escrito dos años después de El Magnetizador, en donde éste "como es también habitual entre los artistas de la época espontáneamente compara el comportamiento de los sonámbulos con el de los autómatas" (Montiel, 2008a: 165).
Este símil, como muestra Montiel en su estudio, no sólo implica la mera señalización de las semejanzas entre unos y otros sino que más bien sirve a Hoffmann como pretexto para, a través del autómata, "formular de nuevo la pregunta sobre las posibilidades —positivas y negativas— de esta supuesta fuerza natural" (Montiel, 2008a: 165), el magnetismo animal.
También Trilby es en estado magnético un "ingenio mecánico", concretamente "a singing-machine (...) an istrument of music (...) a flexible flageolet of flesh and blood" (Du Maurier, 2009: 299) que canta "without any expresión whatever" (Du Maurier, 2009: 210).
La misma cosificación e instrumentalización del autómata y del zombi; la misma apariencia "desalmada" que puede observarse en este último: "It seemed not only expressionless, but incapable of expression" (Seabrook, 2009: 101), así como en Cesare, que llega incluso a ser sustituido por un muñeco en su ataúd mientras ejecuta sus crímenes sin levantar sospechas.
Es más que curioso a este respecto que el hipnótico espectáculo de feria en el que se basaron Janowitz y Mayer —los guionistas de Caligari— para concebir al personaje de Cesare se llamara "Hombre o máquina" (Kracauer, 1985: 64).
Seabrook adjudica al zombi, siguiendo ese "hábito comparativo" en la literatura del siglo XIX, uno de los nombres frecuentemente utilizados para referirse al magnetizado-hipnotizado.
Pero es que además tanto el sonámbulo como el zombi se encuentran a su vez atravesados y conformados por esta mirada anatómica de la que hablamos, una mirada estrechamente asociada a la muerte.
En la misma línea, el encuentro de Seabrook con los muertos vivientes también despierta la misma mirada:
Mirada que se originó desde Vesalio a partir de la contemplación del cadáver y que ahora retorna simbólicamente de ese mismo cadáver y, más concretamente, de su propia mirada fija (staring), vacía y morbosa.
Y es que esta mirada del zombi, del sonámbulo y del autómata es el reflejo consecuente o la consecuencia refleja de nuestra propia mirada anatómica y disectiva, la del magnetizador perverso (fig. 2), es decir, que ambas miradas son la misma o, a lo sumo, dos tiempos diferentes de un mismo modo morboso de mirar.
Ilustración original del propio Du Maurier para su novela en donde aparece Svengali magnetizando a Trilby
La mirada vacía constituye uno de los motivos más representativos compartidos por el zombi, el sonámbulo sometido y el autómata, erigiéndose como enunciado de la pérdida del alma; una pérdida que se encuentra relacionada, ya no sólo con el mundo de lo inconsciente y lo morboso, sino también con la muerte, lugar donde esta misma mirada se generó y que ahora queda simbolizado en nuestro mito, adquiriendo vida precisamente desde lo inconsciente, a través de un cadáver mecanizado, de un muerto viviente.
Muy poco antes de la imagen precedente, Seabrook dice del zombi:
Compárese esta declaración con la que Hoffmann pone en boca de uno de los personajes de Los autómatas al mirarlos:
Tendría que gritar las palabras de McBeth: "¿Qué miras con esos ojos que no ven?", cuando contemplo fijas en mí las miradas muertas, quietas y vidriosas de todos esos (...)
Los ojos muertos y la mirada fija, quieta, que nada ve como emblema de la ausencia de alma.
El mismo motivo repetido en toda la literatura y cinematografía del sonámbulo manipulado por un magnetizador-hipnotizador perverso.
Esa misma mirada fija, vacía y sin vida del zombi, de Cesare o Mr. Hull —una de las hipnotizadas víctimas del Dr. Mabuse—; esos mismos ojos muertos que nada ven, pues su alma, último y verdadero órgano de la percepción de la vida, es poseída y controlada por un "demonio anatomista" 30 (Hoffmann, 2009b: 23).
LA MUERTE, EL ALMA Y EL MUNDO DEL ESPÍRITU
En el núcleo de éste proceso de pérdida de autonomía psíquica que atraviesa a nuestra comunidad de sujetos instrumentalizados nos encontramos de cara con la muerte.
Los autómatas tienen la apariencia, al menos en Hoffmann, "de una muerte viviente o una vida mortecina" 31 (Hoffmann, 2009a: 181) cuya "similitud con lo humano es poco más o menos la misma que presentan los cadáveres: les falta el espíritu (...) [lo que] se pone de relieve principalmente en los ojos"32 (Montiel, 2008b: 212).
Montiel descubre aquí, analizando precisamente la misma cita de Hoffmann —¡donde éste denomina al autómata del mismo modo como Seabrook nombra al zombi!— la relación del ingenio mecánico con la muerte a través de cierta "carencia espiritual" fundamentalmente manifestada por la mirada.
También en el sonámbulo se da esta relación con la muerte, si bien en ciertas lecturas filosóficas y en algunas narraciones literarias el signo de la correspondencia era positivo.
Para F. Schelling "el sonambulismo es (...) un estado análogo al de la vida después de la muerte; el alma sonámbula (...) se encuentra en el estado de consciencia más elevado posible" (Von Engelhardt, 2003: 76).
Así mismo, para Poe, al menos en lo que se refiere a sus objetivos literarios, como muestra en el ya nombrado cuento Revelación mesmérica33, el estado magnético es "un estado anormal cuyas manifestaciones se parecen estrechamente a las de la muerte, o por lo menos en mayor grado que cualquier otro fenómeno conocido en condiciones normales (...) [en el cuál las] facultades intelectuales se hallan en un maravilloso estado de exaltación y fuerza"34 (Poe, 1992: 338).
En cambio, en la esfera literaria y cinematográfica del "lado oscuro" esta conexión fundamental entre el magnetizado y la muerte será predominantemente morbosa en consonancia con nuestro análisis.
Aquí no se dan estados de conciencia elevados ni exaltación de las facultades intelectuales sino, muy al contrario, un acercamiento continuo, a través de un vacío sueño magnético-hipnótico, hacia una muerte representada como la anulación del ser en el más alto grado.
Cesare, "who has slept day and night for 23 years", reposa su cadavérico y espectral cuerpo en un ataúd, así como Caligari anunciará que éste "will awaken from his death-like sleep", por cierto, con profecías de muerte que no son el producto de un estado elevado de conciencia, sino de un engaño.
Este sonámbulo que habita el reino de las sombras, pues eso es precisamente lo que es, acaba su visita al mundo de la vigilia muriendo despeñado.
También Trilby muere finalmente a causa del sometimiento magnético, de su "disección en la Morge" proporcionada por la mirada anatómica de Svengali, aunque ya antes, como Cesare, en estado magnético "our Trilby was dead..."
Sonambulismo y enfermedad mortal son en estas obras casi equivalentes, como lo fueron en El magnetizador.
En el zombi la presencia central de la muerte es más que evidente.
Pasa a un primer plano que no puede ser más explícitamente declarado: a soulless human corpse... a dead body which is made to walk and act and move as if it were alive; un cadáver sin alma que sólo conserva de lo vivo el movimiento, una máquina que no duerme, un exclusiva materialidad que carece de toda relación con el mundo del espíritu.
Esta herencia genealógica provocará en el devenir del mito, de un modo mucho más explícito del que se prefigura en La isla mágica, su adscripción a las coordenadas propias de la crítica a la cosmovisión mecanicista y a la "apropiación instrumental de la naturaleza" 35 que caracteriza "nuestro presente tecnolátrico" (Montiel, 2003: 166).
Pero es que ya desde su misma concepción el zombi es este cuerpo sin alma que, al igual que el sonámbulo del fantástico y que el "hombre-autómata", sufre hasta sus últimas consecuencias el proceso de "transformación de la psique en un aparato susceptible de control" 36, proceso propiciado por el estado morboso en el que se encuentran ciertos "complejos psíquicos" pertenecientes al "alma" —inconsciente personal— y al "espíritu" —inconsciente colectivo— simbolizados, fundamental pero no exclusivamente, por la pérdida del alma y la mirada vacía.
Consideramos que ya estamos en condiciones de tratar de explicitar el sentido psicológico de este entramado simbólico.
La hipertrofia del sentido de la vista característica de nuestra mirada anatómica —mirada que no concluyó con el ocaso de la civilización de la anatomía en los albores del XIX, como el propio Mandressi reconoce— y su monomanía disectiva nos ha dejado ciegos en el mundo del espíritu.
Esta unidireccional lógica extravertida reprime con su inherente materialismo la mirada introvertida hacia lo inconsciente.
Al encontrarse fijada a la exterioridad, nuestra mirada ha vaciado la interioridad.
La dinámica natural de esta lógica morbosa deriva en la pérdida del alma y su consecuente desvitalización del yo y su sentido del mundo, espacio psíquico que viene a ser ocupado por el "demonio anatomista", es decir, por la instrumentalización de la naturaleza —en la que se incluye al "otro"— y la tecnolatría.
Lo que ha muerto, a través de la represión, es la relación con el propio mundo interno.
La vida y su sentido mueren y surge lo muerto viviente.
La relación con lo inconsciente a través de los símbolos se ha degradado y se ha vuelto, en sí misma, inconsciente.
Con ello queremos decir que, si bien el sentido del símbolo fue y es siempre inconsciente, al menos en el momento de su aparición, lo que es inconsciente ahora es la propia existencia del símbolo, reprimiendo de este modo nuestra potencialmente vivificante relación con él.
Ni siquiera reconocemos ya al símbolo vivo cuando lo tenemos delante, pues se encuentra encubierto en el arte, más velado cuanto más vulgar y ramplón sea éste, o proyectado en el objeto "material", camuflado en una exterioridad que presumimos objetiva y que no es más que una gran pantalla de proyección de nuestros propios procesos inconscientes.
En este sentido, la instrumentalización de la naturaleza y del otro es en sí misma un símbolo del intento de dominar las —proyectadas— potencias inconscientes arquetípicas que nos poseen desde lo interior y controlan nuestra psique.
Hemos tratado de exhumar la genealogía del mito, la historia inmediatamente anterior de sus elementos simbólicos fundamentales, el trasfondo de su concepción, y creemos haber mostrado que los nombres, temas y motivos con los que se (re)presenta al zombi en La isla mágica convergen en el mismo horizonte.
Seabrook encontró en el folclore haitiano (y, supuestamente, en su propia experiencia en la isla) un relato (y, tal vez, unos hechos) que le remitía a una tradición narrativa fantástica occidental por él conocida.
Consecuentemente, aunque nos sea casi imposible precisar hasta que punto lo hizo consciente o inconscientemente, nombró al zombi con el código propio de ese universo37, propiciando involuntariamente, sin solución de continuidad, el relevo histórico del mitologema central —la pérdida del alma— y los motivos asociados de la literatura y cinematografía acerca del "lado oscuro del magnetismo y la hipnosis".
Había (re)nacido, o se había (re)concebido, un mito contemporáneo que llega hasta nuestros días.
También hemos procurado develar el sentido de los elementos simbólicos asociados al zombi que han ido surgiendo en el transcurso de nuestro análisis.
Queda no obstante mucho por hacer en este punto.
Puesto que el verdadero nacimiento del zombi del fantástico ocurre en la película White Zombie, auténtico crisol simbólico del mito, faltan todavía abundantes elementos por investigar.
Por ejemplo, desconocemos aún cuál es la naturaleza arquetípica de los contenidos que han pasado a dominar la consciencia, el transfondo arquetípico del "demonio anatomista".
Y aunque sabemos que en el centro del mito del zombi se encuentra el antiguo mitologema de la pérdida del alma, no hemos podido desarrollar todavía su sentido profundo.
La pérdida del alma tiene muchas más implicaciones de las que aquí hemos expuesto.
Y es que, cuando el alma desaparece en una fantasía, ésta experimenta en lo inconsciente "una secreta vivificación y da forma a las huellas ancestrales, a los temas colectivos de lo inconsciente" (Jung, 2003: 228). |
El cuerpo muerto y sus partes vivas en la moral católica.
Los primeros antecedentes médico-quirúrgicos de donación y trasplante de partes del cuerpo, dieron lugar a una concepción y vivencia del cuerpo humano como conjunto territorializado y capitalizado de partes reemplazables y funcionales.
En los artículos de prensa analizados en este trabajo se estudia cómo, en la primera mitad del siglo XX, los preceptos y normas del régimen franquista y de la doctrina católica, así como la alianza entre hegemonía política, eclesiástica y científica, generaron la construcción cultural de la donación como muestra de caridad y amor cristiano y la percepción del cuerpo como bien común al servicio del prójimo.
La realización de trasplantes ha sido uno de los hitos médicos más llamativos del siglo XX, aportando nuevas esperanzas y generando profundos dilemas científicos, éticos y culturales (Winters, 2000).
Desde 1906, cuando se realizó el primer trasplante de córnea (Zirm, 1906), y especialmente a partir de la segunda mitad del siglo XX, con los primeros trasplantes de riñón (Harrison, Merrill y Murray, 1955), se han consolidado progresivamente los procedimientos y técnicas de trasplantación de órganos sólidos: en 1963, Thomas Starzl, realizó el primer trasplante de hígado (Starzl, Klintmalm y Porter, 1981) y en 1967, Christiaan Barnard efectuó el primer trasplante de corazón (Barnard, 1967).
Aunque España se incorporara más tardiamente a la cirugía de trasplantes de órganos, en relación con los primeros antecedentes internacionales1, a nivel mundial se ha mantenido, como uno de los países con mayor tasa de donaciones procedentes de cadáver.
En particular, en los últimos años, se ha situado entre los primeros tres países con mayor número de trasplantes de riñón o de hígado del mundo (Global Observatory on Donation and Transplantation, 2010).
Pese a ser una técnica quirúrgica expandida en los países desarrollados, la aceptación social y cultural de los trasplantes no es homogénea en todos los ámbitos geográficos.
Estudios recientes ponen de manifiesto la heterogeneidad cultural ante las donaciones de partes del cuerpo (Lock, 2001; Ben-David, 2005; Sanal, 2011).
Por su trayectoria socio-cultural y política, en España parecen haberse priorizado los beneficios de los trasplantes, en la línea de lo que se ha denominado la "ecologización del cuerpo" (Sharp, 2001), es decir, fomentando una imagen social de renovación y renacimiento del cuerpo a través de la trasplantación.
Sin embargo, en otros contextos culturales, como por ejemplo en Japón, el trasplante se ha asociado en mayor medida a la muerte, la extracción o el decaimiento y al respeto a los ancestros, propio de las religiones orientales, lo que ha podido suponer una traba para la extensión de las donaciones de órganos procedentes de cadáver (Lock, 2001).
Históricamente, la profesión médica ha contemplado el cuerpo humano de forma independiente a la individualidad personal.
En este sentido, la disección anatómica y la mirada clínica han dificultado el enfoque del cuerpo humano en su totalidad (Richardson, 1988).
Con la introducción de la tecnología en la práctica médica, el esfuerzo profesional se ha centrado en definir los límites de la normalidad del cuerpo humano, partiendo de su funcionamiento regular y de la necesidad de evitar su desviación y devolver su orden funcional.
En este sentido, la biomedicina opera con una idea del cuerpo como pre-social, a-histórico, confiriéndole un estatus real sólo en su acepción médica, con un objetivo científico y una evidencia materializada (Hughes, 2010).
Los elementos tecnológicos y biomédicos que posibilitan la realización de trasplantes, imponen un modelo de cuerpo basado en el paradigma cartesiano, entendido como red extensa, como maquinaria con partes intercambiables.
Sin embargo, para adoptar un paradigma de interconexión entre los diferentes elementos que constituyen la identidad e historia del cuerpo humano, en relación a los conceptos de vida, muerte, salud, tecnología, valores y posicionamientos culturales, se requiere abandonar la separación entre cuerpo e individualidad (Leder, 1999).
El interés por el cuerpo, en su dimensión física y material, es de aparición reciente.
Hacia la segunda mitad del siglo XX se iniciaron los primeros acercamientos teóricos a la experiencia del cuerpo y a través del cuerpo2.
A grandes rasgos han sido esenciales la teoría constructivista del proceso de civilización de Norbert Elias (1939), la conceptualización del cuerpo como unidad biológica en la corriente de la sociobiología (Edward Wilson, 1975) y, especialmente, a partir de las reflexiones teóricas de Michel Foucault (1979, 1981) y Pierre Bourdieu (1984), las ciencias sociales han centrado su atención en el cuerpo como lugar para la materialización del poder y las resistencias de gran influencia en las nuevas perspectivas de análisis multidisciplinar.
En el marco de las corrientes teóricas recientes, entre las cuales destacan el feminismo, la interacción social, el interaccionismo simbólico o la fenomenología, la contribución esencial ha sido el cuestionamiento de la dicotomía biológico/ social.
Elizabeth Grosz (1994) expresa la necesidad de superar esta definición antagónica del cuerpo y Nancy Scheper-Hughes y Margaret Lock (1987) describen el cuerpo como artefacto físico y simbólico, producido natural y culturalmente y anclado en un momento histórico particular.
En relación con el proceso de colonización del cuerpo por parte de la biomedicina, Arthur Frank (1995) establece cuatro formas diferentes de experimentar el cuerpo3.
Otras aportaciones han profundizado en la experiencia individual.
Bryan Turner (1984) conceptualiza las dimensiones somática, subjetiva y social de la vivencia del cuerpo4 y Slatman y Widdershoven (2010), en un estudio centrado en las implicaciones de los trasplantes de mano, definen la experiencia del cuerpo como resultado de la interacción entre el cuerpo propio y el cuerpo vivido, sujeto y objeto, al mismo tiempo.
También Kay Toombs (1999) se adentra en la conciencia del cuerpo vivido, subrayando que la relación con el propio cuerpo es una labor de participación e implicación en el mundo.
Según esta autora, en la sociedad occidental, este proceso es frenado por la intervención autoritaria que ejercen expertos, científicos y especialistas de la biomedicina, quienes, asumiendo la responsabilidad de definir, diagnosticar y curar el cuerpo, generan en el individuo una sensación de lejanía y parcelación del cuerpo5.
Las implicaciones, consecuencias e interacciones que la biomedicina marca en la vivencia del cuerpo individual, se manifiestan a nivel teórico en un debate sobre la existencia del cuerpo como una categoría convencional, no arbitraria, definida culturalmente (extendida en la corriente constructivista6) o como una realidad biológica, externa a la representación cultural7.
Sin proponernos resolver este debate que dinamiza las perspectivas teóricas actuales, el presente trabajo parte de considerar el cuerpo en la sociedad contemporánea como elemento a través del cual se articulan y expresan los principales problemas morales y políticos, dando paso a la constitución de una sociedad somática, tal y como lo expresa Bryan Turner (1984).
En particular, en este trabajo se exploran las implicaciones sociales colectivas que adquiere el cuerpo individual al ser manipulado, a través de los discursos periodísticos generados por la tecnología médica de los trasplantes de órganos.
Este estudio está integrado en el marco de una tesis doctoral cuyo objetivo es analizar los discursos públicos que la prensa española ha reflejado sobre los trasplantes del órganos a lo largo del siglo XX.
En concreto, en este artículo estudio la construcción del concepto de cuerpo en relación a la donación y trasplante en el contexto histórico español anterior a 1960.
La metodología seguida ha sido el análisis de los artículos de prensa aparecidos en los periódicos ABC, Blanco y Negro y La Vanguardia, desde su año de inicio (1881-La Vanguardia, 1891- Blanco y Negro, y 1903- ABC) hasta 1960.
Para la elaboración de este artículo he localizado 83 artículos que utilizaban el término trasplante.
La distribución de los artículos por temática y década de publicación, refleja un aumento progresivo de la atención que la prensa le confirió al tema a la largo de las seis décadas analizadas: en los primeros 40 años del siglo XX aparecieron un total de 8 artículos referidos a trasplantes, de 1940 a 1950 se identificaron 12 artículos y, en la década de los 50, 63 referencias.
Las noticias se concentraron en torno a los trasplantes de córnea (1 artículo anterior a 1940, 12 en la década de los 40 y 24 en los 50), pero también se refirieron los primeros trasplantes de huesos, glándulas, venas (5 artículos) o riñón (7 artículos), especialmente durante los años 50.
En relación al papel de la prensa en la elaboración social y cultural del cuerpo han sido influyentes, para la elaboración del marco teórico, los conceptos de historicismo y hegemonía cultural de Antonio Gramsci.
Según este autor, la prensa y las instituciones religiosas construyen y reproducen una imagen naturalizada de la hegemonía, haciendo uso principalmente de mecanismos y estrategias encaminadas a generar sentimientos y vivencias emocionales en la población (Gramsci, 1971).
El análisis interpretativo que he realizado de los artículos de prensa, incorpora también el enfoque de la historia social, que permite integrar los eventos, ideas, instituciones y comportamientos en el contexto global del sistema social y sitúa las noticias periodísticas en un contexto más amplio (King y Carlyle, 1991).
Pese a que los medios seleccionados de la prensa escrita se auto-proclamaban, en la primera mitad del siglo XX, como exponentes de la corriente objetivista, este trabajo parte de considerar que la selección de informaciones, el estilo, redacción y formato de las noticias, definen la identidad específica de los periodicos analizados, a través del cual, públicos distintos reciben enfoques de la realidad diferentes (Canel, 1999).
En este sentido, la prensa tuvo un papel primordial en la creación de la imagen simbólica de los trasplantes, en la presentación de los actores y eventos en el terreno público y en la enmarcación del debate ético y socioeconómico (Nathoo, 2009).
COMERCIO Y ESTÉTICA DE LAS PARTES DEL CUERPO.
EL DEBATE DEL PRIMER TERCIO DEL SIGLO XX
La primera noticia sobre un trasplante que apareció en los periódicos analizados, data de 1903.
La Vanguardia informaba sobre el implante de una "oreja humana" a un "millonario" norteamericano que ofrecía una cantidad de dinero al posible donante, dispuesto a "ceder" una de sus orejas.
8 La selección del "escogido para quedarse sin oreja a cambio de los cinco mil duros" y de su "sustituto por si le faltara valor al primero", se realizó en base a la adecuación estética de la oreja del donante con "bastante parecido con la que le queda al millonario"- y fue estimulada por la necesidad económica de los donantes, ambos "arruinados".
La noticia anunciaba dos de las cuestiones presentes en los debates sobre trasplantes de los años previos a la Guerra Civil Española en la prensa: por una parte la valoración estética y capitalizada del cuerpo y, por otra, el debate en torno a la posibilidad de comerciar con partes del cuerpo humano.
Tres años después aparecía el tercer argumento identificado en las noticias sobre trasplantes de las primeras cuatro décadas del siglo XX: los experimentos con animales como antecendentes de los implantes en humanos.
En 1906, el periodista y escritor Antonio Palomero Dechado, bajo el seudónimo de Gil Parrado9, en Blanco y Negro, comentaba con ironía el presagio de "la trasplantación de riñones en la especie humana, ya que ha resultado perfecta la operación de prueba"10, haciendo referencia al trasplante de riñón entre perros, llevado a cabo por el profesor Garré, en Breslau11.
El artículo introducía los posibles debates sociales y culturales en torno a los trasplantes que podían alterar la percepción subjetiva del cuerpo al convertirlo en una máquina con piezas reemplazables y manipulables: "eso de que pueda llevarse adonde se quiera un vaso sanguíneo como si fuese un vaso de vino o de cerveza, trastorna definitivamente nuestro concepto de cristalería" y "para los profanos será motivo de largas meditaciones".
En 1922, La Vanguardia publicitaba de nuevo el trasplante entre animales, esta vez anunciando la sustitución de "ojos muertos por ojos vivos de otros animales" 12.
Aunque referidas al trasplante zoológico, las dos noticias de La Vanguardia introducían, aún con cierta incredulidad, el concepto de trasplante en humanos como una posibilidad de futuro y, con ello, se iniciaba una concepción funcional del cuerpo, que se irá afianzando en la prensa española, sobre todo a partir de los años cuarenta y, especialmente, en relación a las noticias sobre trasplantes de córnea.
Los primeros intentos de difusión periodística sobre las operaciones de trasplantes, pueden situarse en el marco del espíritu regeneracionista que impregnó la sociedad española al iniciarse el siglo XX.
En paralelo a las reformas políticas, la sanidad y la medicina así como, de forma más específica, la dimensión educativa de una nueva cultura sanitaria, constituyeron un terreno político prolífico desde el que promover el ideario regeneracionista (Cervera Soto, 1999).
Pese a representar una época de poca estabilidad de la historia de España, con importantes variaciones (Huertas, 2000)13, la etapa de la Républica presentó ciertas características generales: fue un contexto sanitario donde las enfermedades infecciosas constituían la principal preocupación de salud pública y la atención médica se basaba en la observación de los signos de enfermedad (Cervera Soto, 1999).
En este marco, la sociedad española fue incorporando un modelo de prestación social, solidaria y medicalizada, fundamentado en la asistencia, prevención y previsión social, aunque carente de uniformidad y organizado en base a grupos profesionales (Rodríguez Nozal, 2007).
Si bien el proyecto de centralizar administrativamente la asistencia sanitaria constituyó una prioridad durante la República (Rodríguez y Ortiz, 1988), la Guerra Civil frenó la instauración de un régimen asistencial al alcance de todos y no fue hasta 1942 cuando se estableció el Seguro Obligatorio de Salud (Rodríguez Nozal, 2007).
En los años previos a la Guerra Civil, la definición del cuerpo sano se hacía fundamentalmente en términos de "normal", "completo", "entero" y "bello".
Según explica Rafael Huertas (1993) en un estudio publicado en esta revista y centrado en la creación del Ministerio de Sanidad en la España prefranquista, el concepto de salud se relacionaba con el de previsión, tal y como quedaba reflejado en el proceso institucional que trasladó la Sanidad y Beneficiencia al Ministerio de Trabajo.
La fusión de salud y previsión implicaba la necesidad de preservar un cuerpo sano.
En 1935, un extenso artículo de Blanco y Negro, firmado con las iniciales "E. de los R.", presentaba las operaciones de cirugía estética a través del autotrasplante, como una forma de devolver la "expresión del alma humana" a los que "no son rostros humanos: son muecas, son siniestras caretas de horror y de escalofriante destrozo", que hacen "sentir el vértigo del abismo" 14.
La sensación de repugnancia que se proyectaba sobre el cuerpo desfigurado llevaba asociado también cierto sentimiento de compasión por el aislamiento y la precariedad económica de la persona con un "rostro que hace huir a los demás": " (...)
No conocer el amor, no poder besar a un niño, no llegar siquiera a ver lo que dice una mirada de dulzura (...) y no poder siquiera, ni con sudor ni sin él, ganarse el pan del sustento".
La búsqueda de la "normalidad", tanto estética como socio-laboral, se podía conseguir, tal y como se explicaba en el artículo, a través del acto quirúrgico de "esculpir en cuerpos vivos".
El procedimiento se describía con detalle y en términos metafóricos que remitían a la cruda carnicería: "un hombre tiene cercenada la nariz.
En su brazo hay carne abundante.
Se corta de allí un buen trozo; un pedazo de carne cilíndrico, del tamaño de un chorizo, bien forrado con piel del propio hombre.
Este embutido humano no se arranca del brazo por completo; queda un extremo formando parte del brazo y el otro extremo libre, como si hubiera brotado un dedo grueso allí en la molla del brazo.
La parte libre de ese cilindro se aplica, en carne viva, a la carne viva de la nariz, o de la base de la nariz, más propiamente, puesto que la nariz no existe.
En esa posición ha de quedar el paciente, completamente inmóvil, diez, veinte días, un mes, según el injerto. (...)
La carne en este período va prendiendo; y la sangre, una vez que la carne prendió, se abre paso y establece circulación, pasando del brazo al rostro y regando el tejido del injerto lo mismo que cualquier otro.
Entonces llega el momento de cortar el extremo del cilindro que está adherido al brazo.
La persona tiene ya, después del corte, un trozo de carne viva, una especie de trompa, digamos, viva y libre.
Ya no hay más que modelar y reducir: cortar, tallar, esculpir, hasta hacer de esa trompa una nariz de la forma que se quiera".
El tono familiar en el que se explicaba el procedimiento, así como la aparente facilidad de la técnica ("¿Requieren tiempo?
No gran cosa..."), contribuyeron a elaborar un mensaje esperanzador para la población en cuanto a las posibilidades quirúrgicas de los futuros trasplantes.
Al mismo tiempo, generaban indirectamente una imagen del cuerpo como un objeto "restaurable", recordando el proceso de reparación de una obra de arte: se afirmaba que, después de la operación, en las "caras de recambio" sólo quedaba "una leve huella en los bordes del relleno" y su mirada era, tras la operación "suave, honda, lejana, interesante".
El "repugnante destrozo de la cara", "escalofriante destrozo (...), horrenda carcoma de un cáncer", que "estremecería al lector", se convertía −como por arte de magia− en "una nariz que vive como si fuera la suya".
La idea de que las partes del cuerpo tenían vida propia −viva− y los símiles con los injertos vegetales se repetían a lo largo del artículo, que insistía en los beneficios de poder recuperar una nariz o un dedo "que es de carne y que se prende a la carne, como prende un injerto vegetal", "no artificial y aplicada", sino "viva como si fuera la suya".
Aunque el periodista planteaba hasta qué punto la técnica podría ser usada por delincuentes que quisieran cambiar su apariencia física para no poder ser reconocidos, el autotrasplante no parecía implicar ningún cuestionamiento moral en relación al cuerpo o a la vida misma y se relacionaba con la dimensión estética corporal a la que me refería anteriormente.
Además, con el recurso a metáforas comprensibles a nivel popular, como las similitudes con el mundo vegetal o de la vida diaria−en lugar de recurrir a la defensa de su sofisticada o compleja tecnología−, se naturalizaba el procedimiento del trasplante, facilitando socialmente su aceptación.
Frente a esta visión naturalizada, en el artículo de Gil Parrado (1906)15, centrado en el trasplante de riñón en perros y en la posibilidad de intercambiar partes del cuerpo entre diferentes personas, se generaba una serie de preguntas acerca del acceso, comercialización, distribución y control de los órganos, tanto en vida como post- mortem.
La primera idea se refería al coste de la intervención: "Cierto que al principio sólo disfrutarán de sus beneficios las personas pudientes, pues los primeros vasos y los primeros órganos que se ofrezcan para el trasplante tendrán unos precios fabulosos".
La barrera económica de la operación se consideraba sólo transitoria por las expectativas comerciales que abría, ya que "abaratadas las mercancías por las excesivas demandas y por la enorme concurrencia del mercado, hasta los ciudadanos más modestos adquirirán lo que les sea preciso por muy poco dinero".
Una vez superado el acceso a los trasplantes, el periodista defendía las posibilidades que abría la comercialización de órganos: "Los ciudadanos indigentes y faltos de ocupación podrán ganarse la vida, aprovechándose de sus condiciones naturales, sólo con ofrecer directamente a quien lo necesite, o a los acaparadores si les urge, los vasos o los órganos que no les sean muy precisos: el estómago, por ejemplo".
El tono irónico que impregnaba el artículo, dejaba entrever una preocupación real por los cambios que un trasplante humano podría implantar a nivel social y personal, así como por el uso que las propias personas, en su derecho de autodeterminación, podrían hacer de su propio cuerpo: "Y se leerán en los periódicos anuncios como éstos: «Se trasplanta un riñón en buenas condiciones» «Se ofrece un bazo en perfecto estado de conservación.»
«Brazos, antebrazos, piernas, pies y manos naturales a la medida.»
«Hay un estómago que no ha dolido nunca.»
«Se venden intestinos lavados y planchados: grandes rebajas y comisiones.»
«Corazones tiernos con garantías.»
«Acaba de recibirse un hígado de persona de buenos antecedentes...», etc., etc".
Esta concepción de los órganos como partes extraíbles del cuerpo humano, y la subsiguiente consideración del organismo como conjunto de órganos, dejaba entrever una visión territorializada del cuerpo (Fox, 1993).
En este artículo de prensa se reflejaba con claridad algo que se irá consolidando en las próximas décadas: el cuerpo-máquina adquiría valor económico, en cuanto que se entreveía la posibilidad de generar artículos, piezas lucrativas, unidades concretas, útiles en la restitución o renovación de otros cuerpos (Wilson, 2005).
El mismo artículo introducía también la primera reflexión acerca de la utilización de órganos tras la muerte del donante e iniciaba el debate sobre el uso de "material humano" en la medicina.
Así mismo, inauguraba el uso de los conceptos de vida y muerte como ejes de los cuestionamientos morales, éticos y religiosos que, como ya veremos en el análisis de prensa de la década siguiente, se intensificarán, una vez que se hayan "trastornado definitivamente" 16: "(...) las personas amantes de su familia podrán dejar en su testamento, además de sus bienes de todas clases, un hipocondrio, un bronquio, la laringe o lo que les parezca".
EL CONTINUUM CUERPO MUERTO− CUERPO VIVO.
LA DONACIÓN DE CÓRNEA EN LA MORAL CATÓLICA DE LOS AÑOS CUARENTA
Las noticias sobre trasplantes aparecidas en la prensa de los años cuarenta, mostraban claramente la expansión de la visión territorializada del cuerpo.
Aparecieron varias noticias de prensa sobre trasplantes de córnea (7 artículos centrados en los trasplantes de córnea realizados por el doctor Castroviejo (1904-1987), 3 en la donación de córneas y 2 sobre la Ley de Trasplantes de 1950) y se inició un proceso de normalización de la extracción de tejidos, reflejándose como un acontecimiento mundial.
ABC informaba sobre la existencia de un Banco de Ojos en México17 y sucesivos artículos de La Vanguardia Española18 y ABC comentaban a lo largo de la década, la realización de trasplantes de córnea en Estados Unidos, por parte del cirujano español Ramón Castroviejo.
La figura del oftalmólogo instalado en EE.UU., inventor de instrumentos y suturas y exponente de los logros obtenidos con el trasplante de córnea (García y Mulliken, 2008), destacó en las noticias de prensa aparecidas en esta década y en la transmisión de determinadas ideas hegemónicas sobre la ciencia y la medicina.
Del análisis de los artículos se desprende la realineación de la prensa española al contexto político-social de los años 40, moldeado por el régimen falangista y por un intenso proceso de catolización de la vida social, que afectó de forma acusada a instituciones sociales como la familia y la educación, así como a los roles de género, como muestran estudios culturales e históricos centrados en la época19.
La moral católica y el tono triunfalista de los vencedores de la Guerra Civil impregnaron visiblemente la concepción del cuerpo a partir de 1940.
La dimensión capitalizada del cuerpo que había quedado reflejada en los artículos de las décadas previas, cedió el paso a una visión funcional, que acusó la improductividad y dependencia del cuerpo enfermo, incompleto o deforme en el contexto de los pacientes heridos por la guerra, tal y como rezaba una noticia de 1941: "un herido que había perdido el paladar, hasta el punto de que no podía comer y tenía la lengua pegada y ahora ya la tiene expedita para hablar y puede comer con paladar nuevo"20.
Como en otras noticias sobre materia médica aparecidas en medios como el No-Do (Medina y Menéndez, 2005), también en relación a los trasplantes, se proclamaba con orgullo el esfuerzo nacional del régimen para devolver la capacidad productiva a todas las personas al servicio de la nación: "a diferencia de varios países que después de la Gran Guerra dejaron innumerables mutilados sin medios de ganarse la vida, la España de Franco ha restituido miembros a muchos hombres, y el Cuerpo de Mutilados por la Patria proporciona trabajo digno a muchos de éstos"21.
La repugnancia por la deformidad del cuerpo mutilado aparecía también en los artículos de prensa de esta década, mediante el uso de vivas y sensoriales metáforas: el ojo ciego era considerado "un espectáculo indescriptible, algo tan deforme de volumen y sucio de color, lo mismo que una ostra podrida"22.
Los artículos de prensa centraban la mirada social en el cuerpo humano.
Mirar a los demás, especialmente a los cuerpos que sufrían, a los cuerpos en su tragedia, se hacía desde la diferencia y se convertía en un acto violento y traumatizante para el lector (Berger, 1972).
La mutilación corporal de los pacientes se detallaba haciendo uso de metáforas explícitas que describían de forma intencionadamente estremecedora y gráfica (casi visual) los accidentes.
Esta visión del cuerpo dañado partía de un concepto de "cuerpo espectáculo", fijando la atención en el sufrimiento individual y generando al mismo tiempo, la llamada de la conciencia social (Jones, 2011): "Un negro trabajaba con cal viva. (... )La mano del negro se descuidó, se hizo torpe y una paletada de cal le fue a los ojos.
Su alarido debe oírse aún.
Aquel hombre, sencillamente se había quedado ciego"23.
Más allá del asco y el rechazo social que se asociaban al cuerpo deforme, la prensa intentaba atrapar a las audiencias movilizando emocionalmente a los lectores.
La transmisión de la información se realizaba con una prosa que activaba sentimientos, insistiendo en la víctima (cuerpos deformes o enfermos) y su benefactor (los cirujanos) (Boltanski, 1999) y generando entre los lectores sentimientos de compasión por las personas enfermas: "El negro de mi historia pasea inútilmente sus ojos quemados de clínica en clínica.
Narró y lloró su pobre y gran drama a quien quiso oírle", relataba el periodista Francisco Lucientes en un artículo sobre el oculista Ramón Castroviejo24.
La piedad que se intentaba proyectar hacia los lectores se asociaba probablemente a la moral católica, tal y como quedaba reflejado en el lenguaje empleado, donde la palabra "dios" era frecuente y constantes las referencias a la divinidad: "Dios y quien sufre conocen sólo el detalle de estas tragedias comunes".
Con este lenguaje religioso, el trasplante de la córnea de un individuo muerto a los ojos de una persona viva se desproblematizaba y normalizaba, en base al principio católico de igualdad con el prójimo.
La prensa proclamaba la moralidad y bondad del oftalmólogo Castroviejo que daba acceso equitativo a sus pacientes sin establecer privilegios socioeconómicos, sin diferenciación de clase: "Castroviejo cura a príncipes, presidentes de República, millonarios, pero cura también a pobres de solemnidad.
Castroviejo, a la española, con el dinero del rico rescata la salud del pobre".
Tal y como se resaltaba en diversas noticias de finales de los cuarenta y principios de los cincuenta, hasta a los más humildes, les beneficiaba Castroviejo con su técnica operatoria, lo que ensalzaba su figura virtuosa ("El gran oftalmólogo español D. Ramón Castroviejo ha practicado una nueva operación de trasplante de córnea a la joven peruana Ecirda Acosta, que quedó ciega a consecuencia de unas quemaduras.
También le ha hecho un injerto de piel.
Se informa que la enferma (...) ha sido ya autorizada para pasear por los jardines del hospital"25, "El paciente era un humilde albañil de Soria..."26).
Esta introducción del argumentario piadoso católico en los discursos sobre el cuerpo trasplantado incorporó a partir de los años 40 a otros actores sociales.
En las décadas anteriores, los artículos de prensa analizados se referían sólo a pacientes, donantes y médicos.
Sin embargo, con el régimen franquista, monjas, curas y obispos empezaron a tomar protagonismo en la prensa, mostrándose como símbolos de generosa caridad.
En 1949, en el periódico ABC aparecía la siguiente nota: "Después del ejemplo de generosidad que dio un grupo de monjas del Hospital francés al dejar sus ojos para que con ellos se efectúen trasplantes de córneas a aquellos enfermos que progresivamente pierden la vista por opacidad, otras doce personas altruistas han decidido ceder los suyos para tan benéficos fines"27.
El modelo de generosidad de las monjas francesas representaba la opinión favorable de la Iglesia ante la donación de partes del cuerpo y animaba al público a reproducir estos comportamientos.
Al mismo tiempo, la "donación" se mostraba como un acto de amor al prójimo, altruista y benefactor y se naturalizaba la utilidad y uso de las partes del cuerpo después de su muerte.
La primera referencia concreta de la prensa al trasplante de córnea proveniente de cadáver, databa de 1943 y describía la realización de la intervención en EE.UU. por el oftalmólogo español Ramón Castroviejo: "El médico que certifica el fin de uno de los dos enfermos piensa a la par en el otro, en el que agoniza espiritualmente. (...)
Abre los ojos del muerto, le talla una incisión en la córnea, arranca de allí unos pedacitos de su azogue humano, todavía vivo, y (...) al muerto, dos veces cegado, le llevan a enterrar"28.
En la noticia escrita por Francisco Lucientes para La Vanguardia Española, la extracción de la córnea como parte "viva" procedente de un cuerpo "muerto" rompía por primera vez con la dialéctica "vida" versus "muerte" como estados incuestionables, inaugurando una etapa histórica clave en los antecedentes de los trasplantes de órganos que conocemos en la actualidad.
El cuerpo "muerto" se empezaba a contemplar como depositario de partes "vivas" "que para nada servirán después de la muerte" 29 y útiles para otros cuerpos "vivos" que las necesitan.
Al mismo tiempo, la metáfora de la "agonía espiritual" de la persona ciega, se basaba en la analogía entre la muerte real del cuerpo y la vida "desafortunada" –es decir, agónica– del cuerpo enfermo.
La córnea aparecía como el elemento "vivo" que paradójicamente migraba desde un cuerpo muerto y funcional hacia otro disfuncional, aunque vivo.
En este contexto, la muerte del donante se desdramatizaba y se priorizaban los intereses y necesidades de los cuerpos "vivos".
De esta manera, la centralidad de la vida en la moral católica favoreció la aceptación naturalizada de las donaciones de partes del cuerpo, como acto cristiano de generosidad y caridad.
En paralelo a la marcada influencia social que ejercía la doctrina católica, en 1950, la prensa mostraba también la acción institucional compartida por el régimen y la élite eclesiástica, informando sobre la puesta en marcha de un proyecto de ley que regulaba la extracción de partes del cuerpo procedentes de cadáveres: "inserta el dictamen sobre el proyecto de ley autorizando a determinados centros sanitarios para obtener, preparar y utilizar para injertos y trasplantes, tejidos y órganos como huesos, cartílagos, piel y ojos procedentes de cadáveres"30.
La Ley, considerada como el primer paso en el curso legislativo de los trasplantes en España (López-Navidad, Kulisevsky y Caballero, 1997), contemplaba la posibilidad de extraer a cadáveres piezas anatómicas, órganos o tejidos dentro de las 24 horas siguientes al fallecimiento, en centros sanitarios autorizados y siempre que la persona donante hubiese manifestado en vida su conformidad a a través de un documento legal, o no se expresase oposición por parte de la familia31.
Pese a que la ley fue pionera en Europa y abrió nuevas posibilidades para la práctica quirúrgica, la noticia sólo apareció en dos números de La Vanguardia Española – de 1950 y 1951–, mientras que el periódico ABC no hizo ninguna mención al proyecto de ley.
La aparición de la noticia en La Vanguardia Española pudo deberse al perfil específico de este periódico, más centrado en aspectos científicos e información biomédica y representando, en mayor medida, los discursos de médicos y cirujanos.
De hecho, en su sección "Mano a mano", en la que el periodista Manuel del Arco entrevistaba a personalidades destacadas de la época, los médicos y cirujanos recibieron una atención particular, y protagonizaron la sección en numerosas ocasiones.
La centralidad de los temas científicos, y de forma especial de los médicos, en la estrategia divulgativa de La Vanguardia, bien pudo responder al peso de la clase médica en la ciudad de Barcelona (Piqueras y Durán, 2002).
Sin embargo, también podía estar en la mente de los periodistas y de la línea editorial del propio periódico, la necesidad de dirigirse a un público en cierta medida erudito, con inquietudes por aspectos científicos y tecnológicos, y el objetivo de fomentar una audiencia interesada por el progreso y desarrollo del mundo moderno.
El hecho de que a partir de 1962, La Vanguardia creara una sección específica titulada "Biología y Medicina", que contaba con una página semanal todos los sábados, confirmaría la tendencia del periódico por priorizar la medicina dentro de su espacio informativo (Semir y Revuelta, 2002).
Por su parte, el ABC, usando un tono propagandístico, ofrecía más información sobre detalles personales y anecdóticos de las historias de donaciones y trasplantes y recogía en mayor medida los discursos de los miembros de la Iglesia Católica, aunque este periódico también contara con una sección, "La medicina y los médicos", reservada a la temática de salud y medicina.
El enfoque diferente que La Vanguardia y ABC ofrecían a sus audiencias en relación a los trasplantes, debe contemplarse históricamente desde las trayectorias diferenciadas que mantuvieron ambos periódicos.
Si bien el primero se dirigía a un público familiarizado con temas vanguardistas, que el propio director del periódico definía como "minorías selectas de toda España" (Sáiz y Cruz, 1996, p 271), el ABC se alineaba con la ideología más conservadora y derechista y su público diana, tanto en las ediciones de Madrid como de Sevilla, era la población general (Checa, Espejo y Ruiz, 2007)32.
El proyecto de ley de 1950 lanzó nuevos interrogantes sobre un "sorprendente aprieto", que, "cual si no tuviese bastante con los conflictos que le crean las personas vivas, (la ley) ha debido reglamentar lo que puede hacerse con su cuerpo cuando están... muertas!"33.
Joaquín Hospital Rodés34, el autor de este artículo aparecido en La Vanguardia Española, subrayaba la importancia de informar sobre la ley, confirmando la escasa atención periódistica que recibió: "hemos considerado útil divulgar esta interesante disposición legal".
La problemática de la extracción e implante en vivos de partes del cuerpo muerto, se expresaba en términos que recordaban a los dilemas sobre la disección anatómica: "¿Los médicos pueden mutilar a los cadáveres?
¿Deben ser éstos expropiados por razones de salud pública como una finca o una fábrica?
La enfermedad y el dolor son atendibles, pero ¿y el respeto a los difuntos y la veneración de sus familiares?
El dilema es patético: por un lado el grito angustioso de los ciegos, de los tullidos; por el otro la paz de los muertos".
El artículo revelaba que las donaciones y trasplantes introducían una concepción mecanicista del cuerpo y definían las partes del cuerpo muerto no sólo en clave económica, como en décadas previas, sino también de caridad para otras personas vivas que necesitaban recuperar su funcionalidad: "Un pedazo de piel, un hueso, se cose y a correr y saltar.
Famosos oculistas españoles trasplantando córneas salvan la visión de quienes antes estaban condenados al reino de la oscuridad.
Pero -el eterno pero- la grave dificultad de estos tratamientos radica en la naturaleza el material que requiere... ojos, huesos, cartílagos, piel de los hombres...".
Aquí, el concepto que se manejaba del cuerpo humano partía de la fragmentación, intervención y realización de pruebas que la biomedicina tecnologizada realizaba sobre el organismo.
El cuerpo aparecía como elemento extraño que adquiría significado visto desde fuera, a través del conocimiento médico-quirúrgico y la aplicación de tecnologías.
Es lo que Nora Jones denomina cuerpo "speciman", definido desde la mirada hegemónica de la medicina (Jones, 2011).
A pesar del cuestionamiento, el tono general del mensaje era tranquilizador para la población, asegurando el control de la extracción –"sólo en centros autorizados"-, el establecimiento claro de la muerte del donante en base a criterios científicos y la supremacía del principio de libertad de elección y del respeto a la voluntad personal del individuo.
El balance final del periodista era positivo, amparado en el carácter científico de la empresa: "Tal ley en principio abre cauce al progreso de la medicina, autorizando la extirpación de elementos no vitales de los muertos para su aplicación en seres vivos, aunque sometiéndola a rigurosos controles cientificos".
"El decreto exige severas comprobaciones del hecho real de la muerte.
Desde luego, espanta pensar que los médicos puedan equivocarse tomando por muerto a quien no lo esté".
Pese a que el tono general del artículo ensalzaba la confianza en el personal médico, en el modelo sanitario, así como en la legalidad vigente, también se identificaban las posibles dudas, temores e incertidumbres ante la nueva realidad científica y legal.
Estos aspectos emocionales se construían en torno a la relación del individuo con su propio cuerpo, antes y después de la muerte.
La posiblidad de perder la capacidad de decisión y de control sobre el propio cuerpo físico parecían las causas principales del temor a los trasplantes y de las actitudes negativas hacia la donación y el trasplante: "Pero, es que entonces los cirujanos podrán legalmente descuartizarnos?
¿Iremos a la tumba dantescamente sin ojos ni piernas?".
Sin embargo, el artículo de La Vanguardia Española, ofrecía también respuestas a los posibles temores, asegurando el respeto a las decisiones expresas en vida y afianzando la responsabilidad de los familiares en hacer cumplir la voluntad después de la muerte.
El papel de la familia adquiría especial relevancia en esta temática corporal, en el contexto de los principios católicos y, como veremos también en años posteriores, como una de las instituciones básicas en el modelo de organización social franquista: "No, que la paz vuelva al espíritu del alarmado lector, porque sólo podrá procederse a esta mutilación cuando el finado hubiese manifestado en vida, por acto o documento auténtico, su conformidad o no haya oposición de los familiares con quienes conviviese".
El mensaje tranquilizador proclamaba la voluntariedad del acto de donar, que no forzaba el descuartizamiento, al parecer un temor cultural en la época.
El respeto por los cuerpos muertos revelaba las dificultades culturales en contemplar un cuerpo vivo y, el mismo cuerpo, muerto (Sanner, 1994)35.
Como estrategia para afrontar estas dificultades, aparecían en los artículos de prensa referencias a los principios de generosidad y amor al prójimo, propios de la doctrina católica, encaminados a crear un efecto consolador y reconfortante entre las audiencias lectoras.
De hecho, la donación de partes del cuerpo se presentaba como una forma de alargar la misión cristiana en la tierra, poniéndose por última vez al servicio de los demás: "¿no habrá muchos que manifestarán su conformidad a que su cadáver pueda servir para aliviar este valle de lágrimas?
Estimarán poético y consolador pensar que sus ojos cerrados para siempre puedan ser la luz para otros que en vida no la vislumbran y que sus huesos sirvan para que un niño paralítico corra y salte alegremente...
Habrá en esa postrera voluntad un noble deseo de supervivencia, calor de humanidad...".
La imagen sensibilizadora del "niño paralítico" que corre y salta o de "los ojos cerrados" que pueden ser la luz para otros, estimulaban emociones positivas en la población y ayudaban a construir la aceptación y normalización de la muerte.
La efimeridad del cuerpo humano era reemplazada paulatinamente por un significado de funcionalidad, que superaba los límites de la muerte inevitable y responsabilizaba al individuo de la (calidad de) vida de los demás: "La técnica quirúrgica ha debido buscar en los muertos los que los vivos le niegan.
Y lo ha hallado, pues los tejidos y los órganos de los cadáveres pueden también aplicarse a estos fines si se extirpan y utilizan antes de que el tiempo destruya su integridad fisiológica.
Oscar Wilde acusaría la paradoja: la muerte ayudando a la vida..."36.
La ley de 1950 cerraba así la década que fue configurando la donación de partes del cuerpo muerto como último acto humano caritativo, aceptado socialmente al amparo de los principios cristianos de compasión y misericordia, incluso más allá de la vida.
Así mismo, la regulación legal sancionó la apuesta de las autoridades políticas y eclesiásticas por la vida como eje del discurso católico-franquista.
Sin embargo, no fue hasta bien entrados los años cincuenta cuando los trasplantes y las donaciones recibieron una atención más extensa en la prensa.
LA COLECTIVIZACIÓN DEL CUERPO INDIVIDUAL EN LA MORAL CATÓLICA
En esta década, los artículos de prensa sobre trasplante y donación de partes del cuerpo aumentaron considerablemente, siendo el periódico ABC el más activo en representar los discursos públicos de médicos, miembros de la Iglesia o del Papa (de los 63 artículos identificados, 39 fueron publicados en ABC).
El trasplante de córnea siguió siendo el centro de atención, aunque se publicaran noticias sobre trasplante de glándulas, huesos y piel y se iniciaran los debates en torno al trasplante de riñón.
Concretamente, del total de 63 artículos de prensa que se referían a los trasplantes durante los años cincuenta, 24 estaban especialmente centrados en el trasplante de córnea, 5 introdujeron el trasplante de glandulas y huesos y 7 especificaron la posibilidad de trasplantar el riñón.
Las imágenes del cuerpo funcional y productivo y el rechazo al individuo discapacitado se consolidaron en noticias sobre el modelo de rehabilitación puesto en marcha en Italia, por el padre Gnocchi.
La caridad cristiana y el enfoque psicosocial de la reinserción de las personas mutiladas caracterizó la actividad de este sacerdote italiano, conocido por apoyar especialmente la rehabilitación de niños y niñas huérfanos o víctimas de la guerra (Conti, 2008).
Las noticias aparecidas en la prensa española vocearon la santidad del "ángel de los niños" insistiendo con crudeza en su generosa actitud en contraste con el egoísmo social imperante "...La tragedia había marcado con cruel infelicidad: los mutilados y los ciegos, (...) niños y niñas que parecían un deshecho horrible en medio de una sociedad egoísta y preocupada de mil problemas dramáticos: los cojos, los mancos, los ciegos, los desfigurados o los torcidos por la metralla..."37.
La prensa ensalzaba las capacidades reparadoras de las piezas corporales dañadas, insistiendo en cómo los "pobres troncos humanos", pasando por una "milagrosa metamórfosis" se convertían en "vitales criaturas, conscientes como individuos enteros y capaces de realizar un trabajo, afrontar un oficio y usufructuar un empleo".
De forma cada vez más pronunciada se transmitía un mensaje de confianza y esperanza en los adelantos científico-médicos que los periodistas consideraban capaces de restituir la totalidad y funcionalidad al cuerpo humano.
En el caso español, la figura de Castroviejo era convertida por la prensa en el adalid de una ciencia médica benefactora: "El doctor Castroviejo ha efectuado un trasplante de córnea a un albañil ciego, llamado Narciso Enciso, en la clínica de Nuestra Señora de la Fuensanta, de Madrid.
El enfermo es un hombre de sesenta y ocho años, albañil cuando podía trabajar, natural y residente en Soria, que no tenía más esperanza para su vejez y ceguera que ser incluido en la Organización Nacional de Ciegos"38.
La medicina con sus cuasi milagrosas capacidades restitutorias, parecía devolverle al cuerpo humano la esperanza de recuperar sus funciones vitales y sensoriales, y, a la mente, de afrontar con más facilidad las dificultades sociales y psicológicas derivadas de esos procesos orgánicos: "Mas hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad y el doctor don José Muntané Balaguer le ha colocado en el lugar (de la nariz) un trocito de oreja y ahí está el chico más contento que unas pascuas"39.
La entrevista de 1958 con Muntané Balaguer, un cirujano plástico especializado en implantes, describía la normalización social de la intervención sobre el cuerpo, con tal de adecuarse a los modelos estéticos vigentes muy influenciados por el cine de Hollywood.
La imagen del cuerpo y la satisfacción de la persona con su aspecto se reflejaban en algunos artículos de prensa como condiciones del éxito social, que, en el caso de las mujeres, se materializaba en el matrimonio: "¿Lo más frecuente? −La rectificación de la nariz. −¿Cómo se llevan? −A lo Grace Kelly, −¿Solteras, casadas o viudas? −Chicas jóvenes.
Es un complejo que no las deja vivir; y a juzgar por las invitaciones de boda que recibo, se casan inmediatamente después de operadas"40.
Pero además, tal y como recogían las declaraciones de Muntané, el cuerpo depositaba y visibilizaba ciertas características "raciales" de la identidad, pero estas podían ser alterables a través de la manipulación quirúrgica y camufladas o potenciadas, en función del deseo personal: "Sin razón de estética ni de lesión, ¿ha desfigurado usted algún rostro?
Sí, a judíos durante la guerra mundial que en cuanto entraban en España procuraban rebajar el apéndice nasal, que por lo visto los delataba".
La prensa de estos años transmitía la idea de que la medicina era la portadora de las herramientas y métodos necesarios para el control e intervención sobre el cuerpo humano.
"Los hombres de ciencia tienen fe. (...)
Cualquier cosa comprendida puede manejarse a voluntad"41.
El estudio y conocimiento del cuerpo y de las posibilidades de cambiarlo se contemplaban en la prensa desde una perspectiva positiva, lo que generó la naturalización de la hegemonía médico-quirúrgica.
En este sentido, la noticia del intento fallido de trasplantar el riñón de un mono a una mujer, priorizaba la necesidad de investigación, dejando en un lugar secundario el riesgo para la vida de los enfermos: "El doctor Keth Reemtsma, portavoz del equipo quirúrgico que realizó la operación dijo: La única forma de averiguar si los órganos animales funcionan en los seres humanos era intentarlo"42.
El cuerpo humano aparecía al servicio de los intereses de la ciencia, y, al mismo tiempo, el personal médico creaba jerarquías y prioridades entre los cuerpos humanos sanos o enfermos, en su afán por normalizar los cuerpos.
El caso de la separación de dos siameses nacidos en EE.UU., seguida desde las páginas de ABC, ponía de manifiesto la apuesta de la ciencia por "normalizar" uno de los hermanos, sacrificando al segundo: "Una vez realizado el trasplante de piel, después de una intervención que duró dos horas, aproximadamente, se informó en el hospital que todo había ido "bastante bien".
Por su parte, Roger, el hermano de Rodney, sigue en estado comatoso desde el día primero de diciembre y su estado es demasiado crítico para permitir a los médicos la realización de procedimientos quirúrgicos como los llevados a cabo hasta ahora en el pequeño Rodney"43.
Más aún, el médico cirujano se podía auto-conceder el derecho de propiedad sobre el órgano operado.
Así lo relataba Ramón Castroviejo: "(...) se dio la circunstancia de que era un enfermo gratuito, y como él tenía sesenta años cuando lo operé, y yo andaba entre los veinte y los treinta, y lógicamente había que suponer que él moriría antes que yo, le pedí que si así acontecía me permitiera poder estudiar su ojo operado, pos- mortem, y el enfermo accedió.
Y, efectivamente, al cabo de los años, estando yo de vacaciones aquí en España, el hombre aquel se puso enfermo, y dándose cuenta de que iba a morirse, se acordó y comunicó a la familia que me buscaran para entregarme el ojo operado, que me pertenecía a mí"44.
Por tanto, se puede afirmar que la prensa normalizó la atribución del poder de la ciencia sobre el cuerpo y sus partes.
El único aspecto que marcaba el derecho de propiedad y jurisprudencia de cualquier individuo sobre su cuerpo- independientemente de su condición-, se refería a la voluntad de donar partes del mismo.
Así aparecía en una noticia sobre el uso de órganos de un individuo norteamericano ajusticiado: "Un cirujano ha extraído cuidadosamente los ojos de Thomas Laplante, de 22 años de edad, momentos después de que el joven fuera colgado por el asesinato de Edwin Jones, cometido el pasado mes de julio. (...)
Laplante había manifestado días antes de su ejecución que deseaba donar sus ojos para alguien que los necesitara"45.
Sin embargo, el análisis de la prensa refleja cierta paradoja en cuanto a la hegemonía ejercida por la medicina sobre el cuerpo humano.
Por una parte, como ya indiqué anteriormente, las posibilidades quirúrgicas que aportaba la medicina tecnologizada y el marco legislativo marcaban las decisiones de las personas- médicos o ciudadanos- sobre qué podían hacer con el cuerpo.
Por otra parte, las decisiones sobre qué se debería hacer con el cuerpo, pertenecían al ámbito institucional de los preceptos y normas que venían configuradas por la doctrina católica, altamente representada en los artículos de prensa.
El análisis de los artículos revela que el posicionamiento favorable de la Iglesia Católica ante el trasplante de partes del cuerpo se elaboró en base a la definición cultural de los conceptos de muerte y cuerpo, se apoyó en la hegemonía compartida con la profesión médica y se difundió emocionalmente, a través de un proceso de heroización y mistificación del donante.
A continuación, me referiré a cada uno de estos aspectos.
El principal mensaje de la Iglesia Católica, transmitido tanto de forma indirecta, como, por primera vez en esta época, a través de discursos directos del Papa Pío XII, se construyó en torno a una visión de la muerte como momento de separación entre cuerpo y espíritu, que abría la posibilidad de culminar la misión individual de salvación espiritual, a través de la generosidad y el ofrecimiento del cuerpo-muerto- al servicio del prójimo-vivo.
Vemos, por tanto, cómo la dimensión real, terrenal del cuerpo se contemplaba como una vía de integración en la dimensión sagrada, divina de la existencia humana (Valis, 2011).
La prensa recogió el posicionamiento papal en varios artículos, todos de 1956, año de la donación y trasplante de las córneas del padre Gnocchi en Italia, acontecimiento que representó un momento de inflexión en la postura de la Iglesia Católica, en relación a los trasplantes de partes del cuerpo humano.
La aceptación de los trasplantes por parte del Papa se difundió en la sociedad española no sólo a través de la prensa que se hizo eco de los mensajes transmitidos desde el Vitacano, sino también de forma directa, en la XVI Semana Social de España.
Con esta ocasión, el Papa Pío XII se refería al trasplante de córnea como "ilegal, pero admisible si procede de cadáveres"46.
Además, el Papa definía también la figura del cirujano, capaz de "realizar el milagro" de "curar o restaurar a los seres vivos gravemente dañados", de efectuar la "renovación de una parte de un ser y la corrección de un defecto".
La relación afianzada entre Iglesia y profesión médica quedaba patente en la prensa, mostrándose la disponibilidad e interés del Papa en responder a los planteamientos médicos: "Su Santidad el Papa Pío XII ha querido corresponder a la visita de varios representantes de organismos médicos, que acudieron a una audiencia que se dignó a concederles y en el curso de la cual le formularon varias preguntas sobre la operación de trasplantes de córnea, hecha a una pesona viva, mediante injerto. (...)
Desde el punto de vista moral y religioso no existe ningún obstáculo que impida el trasplante de córnea de un cadáver"47.
Como la prensa revelaba, el médico personal del Papa, "el profesor Ricardo Galeazzi- Lisi, médico personal y arquiatra pontificio"48 era el mismo que el autor de la extracción de córneas del padre Gnocchi.
Se puede decir, por tanto, que la hegemonía política, científica e institucional que se ejercía sobre el trasplante de córnea, se concentraba en pocas personalidades médicas y eclesiásticas.
Esto pudo facilitar un control exhaustivo sobre los discursos públicos que podían influenciar el posicionamiento social, tanto en Italia como en los países católicos y especialmente en España, donde el régimen político apoyaba la doctrina católica.
Este hecho evidencia que, ya desde los años 50, se establecieron los primeros antecedentes de politización del cuerpo humano, en la línea que corrientes actuales de las teorías sociales, han denominado cuerpo biopolítico49.
El posicionamiento papal, así como las noticias pormenorizadas sobre la donación de córneas del Padre Gnocchi, en Italia, favorecieron la imagen positiva y moral de las donaciones de partes del cuerpo, a través de la heroización y mistificación del donante.
La muerte del sacerdote, "serena y heroica" 50 se contemplaba como la última acción de "caridad, increíble y sublime"51, del "ángel de los niños" 52, que en vida "se había entregado por entero a los niños mutilados por la guerra, a los huérfanos y a los poliomielíticos"53 y, ante la inminencia de su muerte, "pidió insistentemente que sus ojos fueran utilizados para intentar dar vida a uno de los ciegos asistidos en alguno de sus centros".
La donación de córneas del padre Gnocchi se convirtió en un acontecimiento mediático, en un ejemplo moral que impulsó el valor de la donación.
Entre marzo y julio de 1956, la prensa informó repetidamente sobre las operaciones de trasplantes y el curso de la evolución de los niños intervenidos.
El acto de "generosidad sin límites" se describió en los artículos analizados en términos espirituales, como signo de santidad y máxima expresión de la "belleza de su espíritu", "su evidencia angelical y su santidad perfecta" 54, ante la cual "hasta los periódicos comunistas se han rendido".
El último deseo del sacerdote de donar sus córneas aparecía en la prensa como continuación de la obra de caridad después de la muerte.
A través de esta demostración de "ardor espiritual, amor profundo por el prójimo", la donación se mistificaba y el donante alcanzaba la categoría de héroe social y moral: "Cuando murió, toda Italia tuvo la sensación de que había muerto un futuro santo.
Su vida, sus obras, su constante sacrificio, su magnífico gesto final, aquella herencia de sus ojos, apoyan la convicción de que un día el sacerdote Carlo Gnocchi subirá la escala que lleva a los altares"55.
La recuperación de la vista de los niños trasplantados era descrita con una enorme carga emotiva en la prensa, usando la metáfora de la luz –espiritual y real–, como continuación del espíritu del donante: "La luz maravillosa, (...) la luz del sacerdote santo había comenzado a despejar las terribles tinieblas de (...) las pupilas de los niños ciegos"56.
La ejemplaridad de la donación del sacerdote fue legitimada por las autoridades eclesiásticas con un formato de evento milagroso que recogió sin discusión la prensa española.
Pero además de la ejemplaridad, también merece la pena destacar cómo se explicaba esta donación del sacerdote como una herencia magnánima del material biológico que vinculaba a donante y receptores: "El arzobispo de Milán, monseñor Batista Montini, ha visitado al muchacho y muchacha que heredaron las córneas del sacerdote don Carlo Gnocchi"57.
La imagen de la "herencia" subrayaba el carácter de utilidad del cuerpo tras la muerte.
Sin embargo, en las repetidas alusiones del Papa Pío XII a las donaciones y trasplantes, esa utilidad transcendía su valor mercantil como materialidad intercambiable o propiedad privada, para ser transformada en una herramienta social para el bien común del cuerpo colectivo.
El cuerpo cadáver "no es un sujeto de derecho (...) y los órganos no poseen ya carácter de bienes del cadáver, porque no le hacen falta y no tienen relación con algún fin"58, afirmaba el Papa en 1956.
La extracción de partes del cadáver para implantar en otros cuerpos se consideraba "moralmente permisible", al amparo del "sentido social (...), de la sociabilidad (...) en sociedades necesarias: la familia y el Estado" y de la "conciencia para acomodar sus actos al bien general (...), a los intereses colectivos, a cooperar al bien común" 59.
Frente a la aceptación del trasplante de partes procedentes del cuerpo muerto, el uso de partes extraídas del cuerpo vivo no se consideraba "legal" por las autoridades religiosas, aunque la prensa se hizo eco del caso de "un joven mutilado de ambas piernas, Gabriel Muñóz Jiménez" que "ha manifestado que ofrece a la ciencia uno de sus ojos para dar la vista a un ciego" 60.
La Iglesia animaba a sus feligreses a imitar esa generosidad y explicaba cómo, en este contexto de generosidad cristiana, tomaba sentido la imposición de la voluntad humana sobre la de dios: (...) "si es verdad que el hombre no puede disponer de sí mismo como quiere, pero entendiéndose como "homo vivens", es legítimo que decida administrar su bien "post mortem" –y la vista es el más grande de los bienes– en beneficio de una obra social de altísimo valor y benemérita a los ojos de Dios y de la sociedad, porque reviste una de las más sublimes reformas de la caridad cristiana"61.
La difusión del posicionamiento papal se realizó en medios eclesiásticos, pero también ante el público que podría ser beneficiario directo de los trasplantes de córnea, "la cruzada apostólica para ciegos de Italia" 62.
Los enfermos aparecieron por primera vez como actores sociales presentes en los debates sobre trasplantes y, a partir de estas fechas, se irán consolidando como agentes de presión importante: "La asociación de donantes de ojos se ha constituido para la constante y gratuita oferta en favor de los desgraciados sin luz" 63.
La década de los 50 se cerraba, por tanto, con un activo posicionamiento de la Iglesia católica− encabezada especialmente por su máximo dirigente−, así como con la evidencia de la hegemonía discursiva de un reducido número de representantes de la profesión médica y eclesiástica, cuyos intereses y líneas de actuación parecían además, coincidentes.
En este artículo he analizado los cambios en la concepción del cuerpo y su funcionamiento, reflejados en los artículos sobre trasplantes aparecidos en la prensa española hasta mitad del siglo XX.
Si bien en el primer tercio del siglo, predominaba la visión estética y monetarizada del cuerpo, el cambio político impuesto por el final de la Guerra Civil, aportó una nueva percepción del cuerpo, impregnada por el sentido social impuesto por el régimen franquista y la doctrina católica, así como las nuevas posibilidades quirúrgicas proporcionadas por la medicina.
La prensa recogió los discursos de miembros de la Iglesia, médicos, políticos y, en menor media, de la población, para configurar una imagen del cuerpo dividido en partes reemplazables, cada una de ellas con una utilidad independiente del conjunto.
El cuerpo territorializado adquirió un valor económico, dando lugar a la capitalización de sus funciones, una percepción que fue especialmente patente en las noticias aparecidas con anterioridad a la instauración del franquismo.
Con el franquismo, las noticias de prensa reflejaban un discurso moralizante en el que la donación de partes del cuerpo procedentes de cadáver hacía posible la devolución de la funcionalidad de otros cuerpos, y, al mismo tiempo, se consideraba una vía de salvación del espíritu del donante.
Los mensajes sobre trasplantes emitidos por la prensa generaron una actitud positiva y cargaron de responsabilidad social a la población, a través de internalizar la construcción social de la donación como muestra de caridad y amor cristiano y como contribución "misericordiosa" al cuerpo colectivo.
La concepción del cuerpo individual al servicio del cuerpo colectivo, es decir, como un bien común, se fue afianzando progresivamente, hasta definirse claramente en los mensajes emitidos desde el Vaticano, en la última década estudiada.
Pese a que legalmente y moralmente se reflejaba la auto-determinación del individuo sobre su propio cuerpo, el análisis de prensa muestra cómo la hegemonía discursiva, ejercida sobre la extracción y trasplante de partes del cuerpo, se concentró en manos de la Iglesia y de la profesión médica, que justificaron, en el marco de la moral católica, la primacía del bien común sobre la voluntad del individuo. |
Uno de los aspectos en que incidieron los gobiernos ilustrados españoles en su intento de reformar y modernizar las industrias militar y mineras, fue la dotación de pensiones para la ampliación de estudios en centros científicos y tecnológicos europeos.
El objetivo principal de este plan era que los pensionados adquiriesen una sólida formación científico-técnica, asimilando las teorías y prácticas científicas más innovadoras.
Así, a su vuelta a España, estarían capacitados para ejercer una labor docente y para organizar la puesta en marcha de nuevos procedimientos que permitiesen rentabilizar la explotación de los recursos.
Los pensionados, conforme a sus instrucciones, en algunos casos reservadas, tenían que recoger información sobre las prácticas tecnológicas, especialmente de las consideradas secretas y prohibidas a los extranjeros, dibujar planos y hacer modelos de las máquinas empleadas en los trabajos de minas, documentarse sobre la organización de las operaciones y la administración de la producción, etc.
Los ministerios de Guerra, Marina, Indias y Hacienda se implicaron en la financiación de pensionados a los principales centros mineros centroeuropeos.
Fueron fundamentalmente las academias mineras y las fundiciones de Freiberg (Sajonia) y de Schemnitz (actual Eslovaquia), ésta última perteneciente entonces al imperio de los Habsburgo, los centros elegidos a los que asistieron los pensionados para instruirse en las modernas técnicas metalúrgicas e informar acerca de la maquinaria y de las operaciones más innovadoras empleadas en estas instituciones adelantadas en la teoría y prácticas mineras.
El establecimiento de la enseñanza en la Bergakademie de Freiberg (Sajonia) y los primeros pensionados españoles.
Durante el reinado de Fernando VI, en los años centrales del siglo XVIII, el marqués de la Ensenada, ministro de Marina, Guerra e Indias, fue el primero en organizar misiones y viajes de espionaje industrial a Europa con el objeto de que los comisionados elegidos tomaran notas de la tecnología empleada, entre otros campos, en la industria minera.
Así, tras el antecedente de los in-formes enviados por Antonio de Ulloa sobre las minas alemanas y húngaras 1, los primeros pensionados que cursaron estudios de minería y metalurgia en Freiberg, unos años antes de que se fundara en 1765 la famosa Bergakademie, fueron José Manes y Francisco Estachería 2.
Fue durante la estancia de estos dos comisionados en Turín en 1752, cuando se informaron del buen nivel de estudios teóricos que existía en Freiberg y de su aplicación al rendimiento y explotación de las minas.
Al no contemplarse en las instrucciones de su viaje su paso por esta localidad minera, consiguieron tras solicitarlo permiso para desplazarse a Freiberg.
Allí permanecieron dos años, entre agosto de 1753 y el mismo mes de 1755, completando su formación tecnológica.
En sus cartas a España no pudieron enviar informes muy detallados, ya que la correspondencia de los extranjeros era abierta por las autoridades sajonas.
A pesar de la reserva con que se rodeaban las prácticas tecnológicas, Manes y Estachería pudieron informar sobre procesos considerados como secretos de Estado en Sajonia, como eran los de la obtención y aplicación del cobalto y la fabricación de la porcelana 3.
Sería pocos años después del paso por Freiberg de Manes y Estachería, cuando en 1765 desde la comisaría general de minas de Sajonia se impulsó la creación de un sistema de enseñanza en la Bergakademie.
Los objetivos que se plantearon fueron la formación de funcionarios mineros cualificados, la investigación sobre los recursos mineros y minerales, la promoción de innovaciones tecnológicas y, en general, la rentabilización económica de las explotaciones mineras.
Entre los profesores encargados de la docencia se encontraba A. G. Werner (1749-1817), cuyas ideas en los campos de la geología y mineralogía tuvieron una enorme aceptación en Europa.
A su vez, alumnos de Werner fueron Alexander von Humboldt (1769-1859) y el poeta Friedrich von Hardenberg (1772-1801), más conocido como Novalis, quien en dos de sus obras homenajeó las enseñanzas recibidas de su maestro Werner 4.
2 HELGUERA QUIJADA, J. (1988), «Las misiones de espionaje industrial en la época del Marqués de Ensenada y su contribución al conocimiento de las nuevas técnicas metalúrgicas y artilleras a mediados del siglo XVIII».
En: Mariano Esteban Piñeiro et al. (Coords.), Estudios sobre la Historia de la Ciencia y de la Técnica, Valladolid, Junta de Castilla y León, vol. II, 671-695.
4 Sobre la influencia werneriana en España puede verse el apartado «Las ideas de Werner en España» en: LAFUENTE, A.; PUIG-SAMPER, M.A.; HIDALGO, E.; PESET, J.L.; PELAYO, F.
A comienzos de los años setenta, Ramón Ma Munibe (1751-1774), hijo del conde de Peñaflorida, fue enviado por su padre, acompañado de su preceptor el abate Cluvier, en un viaje de estudios por varios países europeos 5.
Tras pasar por París, el condado de Foix, Holanda y Suecia, Munibe llegó a Freiberg en el verano de 1772.
El plan de estudios que tenía previsto llevar a cabo en la escuela minera de esta localidad consistía en instruirse en los principios de la Geometría subterránea y el uso de los mapas de las minas; realizar un curso sobre la teoría de los filones y el modo de trabajarlos; adiestrarse en los principios de la mecánica de las minas, especialmente en lo relativo a las diversas máquinas que se empleaban en ellas y, por último, formarse y capacitarse en la teoría y práctica de la fundición 6.
Todo fueron facilidades para que Munibe pudiera aprender los fundamentos básicos de los trabajos de minas empleados en Freiberg, ya que el Elector de Sajonia expidió un documento para que intendentes, capitanes, directores y maestros le mostrasen y enseñasen todo lo que quisiese, a excepción de las minas y prácticas que eran consideradas secretas.
En todos sus recorridos fueron acompañados del Profesor del Instituto, del Maestro de Minas, de un secretario, de un director de fundición y de dos oficiales subalternos.
A todos ellos debieron sufragarles la comida mientras duró la visita.
Además, correspondieron las múltiples atenciones recibidas invitando a Gellert, Director General de Fundiciones, al profesor de la clase teórica de venas y filones y a los oficiales mayores de Artillería e Ingenieros.
En Freiberg les comentaron la estancia años antes de Manes y Estachería 7.
Posteriormente Munibe se dirigió a Viena, recorriendo los centros mineros austríacos.
Los informes que poseían las autoridades españolas tras el paso por Freiberg de Manes, Estachería y luego de Munibe debieron ser inmejorables.
Estas excelentes referencias fueron determinantes para que en las últimas décadas del siglo XVIII se enviaron varias tandas de pensionados en fin de que se adiestrasen en la academia minera sajona en los principios teóricos y prácticos de las operaciones metalúrgicas y en la organización de las explotaciones ---y SELLÉS, M. (1996), «Literatura científica moderna».
En: F. Aguilar Piñal (Ed.), Historia Literaria de España en el siglo XVIII, Ed.
URQUIJO, J. de (1929), «Los amigos del País (según cartas y otros documentos inéditos del XVIII), San Sebastián, Imprenta de la Diputación de Guipúzcoa, págs. 43-90 y AROCENA, F. (1965), «[Cartas de Don Ramón Ma de Munibe a su padre Don Xavier y a la Real Sociedad Bascongada de los amigos del País]», Colección de documentos inéditos para la historia de Guipúzcoa, no 6, San Sebastián, 1965, 39-76.
Pero además, como el propio Munibe apuntó, era conveniente instruirse en los aspectos mecánicos y en el conocimiento de las máquinas utilizadas en los trabajos de las minas; y en este campo, los establecimientos, fábricas y fundiciones del imperio austriaco tenían un nivel superior al de los centros mineros germánicos.
En los inicios de los años ochenta fueron pensionados a Sajonia y Centroeuropa Francisco Angulo8, Eugenio Izquierdo y los hermanos Juan José y Fausto de Elhuyar9.
Estos notables ilustrados contribuyeron al desarrollo del conocimiento científico, desempeñando puestos destacados en la organización de la política científica y tecnológica española de la época.
El itinerario que siguieron estos comisionados en su viaje de formación por los centros docentes y establecimientos mineros sajones y centroeuropeos sirvió de modelo para el que desarrollaron años después los miembros de la siguiente generación de pensionados, algunos de los cuales coincidieron en Freiberg con Humboldt10.
El adiestramiento de Josef Ricarte, condiscípulo de Humboldt en Freiberg
A comienzos de 1786, el ministro de Indias José de Gálvez, tras llegar a España tiene noticias de que el barón Ignaz von Born (1742-1791) había diseñado un nuevo proceso de beneficio de minerales argentíferos, comisionó a Fausto de Elhuyar (1757-1833), junto con tres jóvenes que se encontraban pensionados en París, Fernando Casado de Torres, Joseph Ricarte y Andrés Manuel del Río (1764-1849) -posteriormente Elhuyar propuso como pensionado a Francisco Codón-11, para que se adiestraran en Centroeuropa en el ----nuevo método de amalgamación de Born y a su vuelta lo aplicaran en las minas americanas 12.
Mientras Fausto de Elhuyar ejecutaba su encargo y evaluaba las ventajas del método de Born, los pensionados que habían llegado desde París, Josef Ricarte y Andrés Manuel del Río, ya que Codón continuó en la capital francesa, comenzaron en Schemnitz con Antón Ruprecht (1748-1814) 13, profesor en la academia de minería, su formación en química, mineralogía, metalurgia y en las prácticas mineras que más adelante deberían aplicar en América.
En enero de 1787 iniciaron Ricarte y del Río su asistencia a los cursos de técnicas mineras y de química.
En el primero de ellos, según el informe que envió Ricarte, les enseñaron, entre otras prácticas: «1o, la formación de las montañas, su estructura o cobertura interior, las vetas y venas que en ellas se encuentran, las sustancias de que se componen y los metales que cada género de ellas suelen encerrar dentro de sí.
2o, el arte de descubrir minas, así en montes donde ya se benefician otras, como los que hasta aquí no se ha hallado ni buscado ninguna, añadiéndose a esto la prudencia y circunspección de que debe usarse para determinar si conviene poner un asiento de minas en el lugar donde se descubriese alguna, por ser punto de mucha importancia para los interesados.
3o, el modo como los mineros deben de cortar la piedra para desmoronarla con facilidad, el de señalar el sueldo a las varias clases de ellos, si trabajasen a jornales, y si a destajo lo que se le hubiere de dar por cada cubo que desmontaren, conocida su calidad y dureza.
4o, el modo de hacer taladros horizontales o como dicen Galerías, los cuales, según hayan de servir para sondear o examinar alguna parte del monte, para la circulación del aire en la mina, para dar subida a las aguas que se filtran, o bien para la saca de los minerales, han de ser diferentes; y como a veces una sola de estas galerías puede servir para todos estos efectos, no se han olvidados los casos y circunstancias en que sean posible juntar tantas ventajas.
5o, el modo de hacer las perpendiculares, o como dicen, pozos, también diferentes a lo menos en cuanto su grandor, según el porque con ellos se propone, porque si hubiesen de servir para entrar y salir de la mina, para sacar por medio de máquinas adecuadas los minerales, piedras y aguas, para introducir las maderas que se necesitan, así para fortificar la mina, como para la construcción y compostura de las máquinas que obran dentro de ella...» 14.
Un proyecto científico de red europea para la difusión de las prácticas minerometalúrgicas», Cronos, vol. 5-6, 67-90.
Si en cuanto a técnicas mineras la formación era intensiva, en química, según comentaba Ricarte, no habían adelantado tanto, ya que sólo les habían impartido unos conocimientos preliminares de esta ciencia: su objeto, su historia, los instrumentos utilizados para las operaciones químicas, tanto los antiguos como los modernos, los hornos y lo que había de entenderse por ácido, álcali, sales, tierras, metales, etc. Finalmente les habían explicado las leyes de las afinidades químicas, las leyes físicas y la repulsión y atracción entre los cuerpos.
Por las tardes, en el laboratorio se repetían los experimentos que habían sido expuestos en el curso teórico matutino.
Tras el período de aprendizaje en la academia minera de Schemnitz, Ricarte y del Río recibieron unas instrucciones en 1790 cuya finalidad era que completaran su adiestramiento, visitando los más importantes centros mineros europeos para que tomaran nota de las técnicas mineras más avanzadas.
Se dispuso con este objetivo que en un primer recorrido pasasen a reconocer los asientos mineros más notables de la baja Hungría (Eslovaquia) que no hubiesen aún visitado, para a continuación dirigirse hacia el este, a los correspondientes a la región de la alta Hungría (Rosenau, Schmöllnitz, Göllnitz), aprovechando para visitar las salinas de Transilvania que se encontraban en la frontera de dicha zona.
Durante este viaje, para completar su formación, los pensionados debían aprender los diferentes tipos de manipulaciones e instruirse en todas las operaciones, y así después saber cual convenía aplicar en cada caso.
Tenían que adquirir también el conocimiento suficiente en todo lo concerniente a la historia natural del reino mineral, con el objeto de diferenciar y poder describir las diversas clases de montañas.
Tras dos o tres meses debían regresar a Viena, para desde allí emprender un nuevo recorrido.
En este viaje visitarían las fundiciones y fábricas de hierro y acero de Estiria y Carintia.
Después deberían pasar a Idria, para observar los trabajos subterráneos y los de beneficio de los minerales de azogue.
Seguirían hacia Bleiberg (Carintia), zona rica en minas de plomo cuyos minerales se fundían en hornos de reverbero, y entrarían a continuación en el Tirol, fijándose especialmente en las operaciones de beneficios utilizadas en las minas de cobre.
Su viaje continuaría en dirección a Salzburgo, a fin de visitar minas y salinas, antes de volver a Viena, por lo que necesitarían al menos cuatro meses para completar este segundo recorrido.
En el tercero deberían recorrer Bohemia, pasando por varias minas, como las de Gutewasser antes de llegar a Praga.
Desde esta ciudad se dirigirían a visitar minas de estaño, para dirigirse después hacia Joachimsthal y, siguiendo las fronteras de Sajonia, entrarían en este territorio, con destino a Dresde, donde pedirían las licencias necesarias para pasar a Freiberg.
Dos meses era el tiempo que se estimaba para completar este reco-rrido.
En Freiberg deberían seguir un curso de mineralogía con A. Werner, e instruirse en labores subterráneas y arreglos de las máquinas de aquellas minas.
Continuarían hacia Turingia, también en Sajonia, donde examinarían minas de cobre y salinas, para desde allí dirigirse hacia el Harz (Hannover), donde en dos meses deberían visitar Clausthal, Zellerfeld, y otras localidades mineras.
Desde Hannover pasarían al palatinado del Rhin con objeto de inspeccionar las minas de azogue, en cuyo procedimiento de beneficio se debían instruir perfectamente.
Proseguirían hacia Lieja, donde reconocerían las minas de carbón, viajando después hacia España, vía Inglaterra, en donde se informarían acerca de los trabajos de las minas de carbón y sobre las fundiciones de hierro.
Como para llevar a efecto estos viajes no bastaba con su pensión anual de 12.000 reales, se les ayudaba con otros 8.000 para cubrir gastos 15.
A través de las memorias e informes enviados por Ricarte y del Río al ministerio se tiene conocimiento de que, no sólo cumplieron con el plan de viaje previsto sino que además completaron su formación teórica, que a su vez era acompañada de experiencias prácticas en laboratorios.
Otro grupo de pensionados para el aprendizaje de las técnicas minerometalúrgicas, en este caso financiado por el ministerio de Hacienda español, llegó a Viena en abril de 1788.
Estaba formado por Manuel Angulo, José Miaja, Juan López Peñalver y Enrique Schnellenbühel, éste último un ingeniero militar alemán que había entrado al servicio de la corona española a través del conde de Aranda.
En la capital austriaca coincidieron con Ricarte y del Río, quienes les buscaron alojamiento y les presentaron a Ruprecht.
A través de la correspondencia de Manuel Angulo con su hermano Francisco, Director General de Minas del Reino, se puede obtener alguna información tanto de la personalidad de Ricarte como de los problemas prácticos y las propuestas para resolverlos, que se generaron en los establecimientos mineros centroeuropeos, en relación al método de amalgamación que había diseñado Born 16. ----En las cartas de Manuel Angulo, Ricarte es descrito como un personaje muy conflictivo, enfrentado tanto a su compañero del Río como al propio Fausto de Elhuyar.
Y si bien en un principio se comportó de manera amable, ayudando en sus estudios a Angulo, éste, tras la enseñanza común que siguieron en Freiberg, terminó por no querer saber nada de él.
Le consideraba perverso, hipócrita e intrigante, y le achacaba que con su actitud hacia él y sus compañeros Miaja y Schnellenbühel, había conseguido perturbar el desarrollo normal del curso impartido por Werner 17.
Casi con certeza tuvo que ser el mismo al que asistió Humboldt, ya que por las fechas de estancia en Freiberg de los cuatro pensionados de España, se sabe que coincidieron con el naturalista alemán en las clases que Werner explicaba en la Bergakademie.
Humboldt había mostrado su interés por cuestiones geológicas en una obra sobre las rocas basálticas de Unkel, elaborada siguiendo los criterios descriptivos y las ideas neptunistas de Werner, que había sido el resultado de un viaje que efectuó por la región en otoño de 1789 18.
Envió un ejemplar de este trabajo a Werner, junto con una carta en la que elogiaba su labor en el campo de la sistemática mineralógica, comentándole que confiaba poder asistir en un futuro próximo a sus cursos de Freiberg 19.
Humboldt cumplió su deseo al año siguiente y así asistió, como alumno externo, a los cursos de la Bergakademie desde junio de 1791 hasta febrero de 1792 20.
Tras concluir con su aprendizaje en Freiberg, Ricarte continuó con su viaje de instrucción previsto desde el ministerio de Indias, siendo nombrado al finalizar su período de adiestramiento en las prácticas mineras y metalúrgicas, director de las Minas de Quito.
Sin embargo, a comienzos de 1794, murió cuando iba a embarcarse en La Coruña para dirigirse a su destino en las colonias americanas 21.
Las mejoras propuestas por Ruprecht al método de amalgamación
Por lo que respecta a la rentabilidad del método de amalgamación europeo, cuya comprobación era una de los motivos por los que había sido enviado Ricarte como pensionado a Centroeuropa y Sajonia, parece por la correspondencia de Angulo a su hermano, que surgieron muchas dudas en los establecimientos mineros europeos, en relación a la eficacia del procedimiento propuesto por Born.
Angulo comentó en su correspondencia que la impresión que fue surgiendo en los establecimientos mineros de Hungría y Bohemia tendía a cuestionar la utilidad y la eficacia del nuevo método de beneficio de minerales.
El propio Ruprecht, decía, consideraba que las máquinas y el método de amalgamación utilizados en Bohemia eran muy defectuosos, y que eran más ventajosos los que él usaba en Schemnitz.
En ocasiones, el problema radicaba en la falta de condiciones necesarias para efectuar los ensayos, llegando el caso de tener que suspenderse las pruebas del nuevo procedimiento por la falta de agua para poner en funcionamiento las máquinas.
Además, para complicar más el asunto, había intereses e intrigas promovidas por los partidarios de volver al procedimiento de fundición.
Todo esto provocaba, a juicio de Angulo, que las operaciones y sus resultados se rodearan de secretos y que nadie dijera la verdad sobre la eficacia real de la amalgamación 22.
No sólo Born y Elhuyar, como es conocido 23, realizaron esfuerzos por mejorar el método de amalgamación.
Ruprecht también propuso una serie de sugerencias con las que pretendía perfeccionar el procedimiento para beneficiar minerales de oro y plata.
Con esta finalidad sugirió la conveniencia de triturar en granos muy finos el mineral antes de aplicar el proceso de quemado, así como alternar la adición de sal en las tostaciones.
En su opinión, la transformación de la harina mineral en una pasta se prestaba más fácilmente a la amalgamación.
Otra propuesta de Ruprecht se dirigió a mejorar las instalaciones donde se realizaba el proceso, de manera que para facilitar la extracción del metal contenido en las mezclas, en lugar de emplear los barriles de Born, recurrió a una especie de cajón redondo, hecho de planchas y recubierto de cobre en su mitad inferior.
Elhuyar describió así la propuesta de Ruprecht:
23 Un estudio que trascribe y comenta las experiencias de Elhuyar sobre la amalgamación puede verse en: GUZMÁN, J. (1941), «Las disertaciones metalúrgicas de Elhuyar», Boletín del Instituto Geológico y Minero de España, t.
«El [cajón] que empleó [Ruprecht] en los primeros ensayos tenía 38 pulgadas de largo y dos pies de diámetro.
Su sección transversal era exactamente circular.
Este cajón llevaba en su centro y longitudinalmente el árbol horizontal de una rueda que se hacía girar durante la operación.
Este árbol estaba provisto de dos filas de cucharas o especie de aletas recurvadas distribuidas en doble espiral en toda su longitud y distantes entre sí una pulgada, que servían para remover las mezclas.
Se pone en este cajón el mercurio con los minerales en el mismo estado que en las calderas, con excepción que no se añade más que el agua necesaria para reducir todo a un barro espeso.
Es fácil ver que a cada vuelta del árbol las cucharas deben revolver la mezcla y hacerla cambiar de lugar, deben también dividir el mercurio y mezclarle íntimamente con las otras materias, tanto más cuanto su consistencia favorece esta división.
Esta misma consistencia, así como la velocidad del movimiento, el cual se puede modificar a voluntad, facilitan por igual la unión del mercurio con la plata y el oro a medida que estos metales se encuentran.
Estas circunstancias no pueden menos de producir una extracción completa y más perfecta del oro y la plata de sus minerales que el método de las calderas; en los ensayos que se han hecho, la plata se había combinado enteramente con el mercurio al cabo de seis u ocho horas, y el oro, al cabo de veinte horas, mucho más completamente que en las calderas.
Resultados tan ventajosos impulsaron a establecer este método, y Mr. De Ruprecht ha comenzado, en efecto, a construir cajones de 24 pies de largo y ocho pies de diámetro para disolver de una vez 60, 80 y hasta 100 quintales de mineral» 24. raba que constituía una innovación tecnológica que podría introducirse con éxito en las minas americanas de España.
En ese momento era difícil de prever el fracaso posterior de la expedición minera dirigida por Nordenflicht y las experiencias frustradas de Elhuyar y Sonneschmidt en Nueva España, en sus intentos de aplicar el método de amalgamación de Born en los dominios coloniales españoles de América.
Por medio del qual, segun un experimento que se hizo en el año de 1787, y á que asistió el mismo Ricarte, se advierte, que amalgamando, y quemando dos veces Minerales con quatro onzas de plata, que contengan dos adarmes y medio de oro por marco, unicamente se pierden tres por ciento del primero, y quince por ciento del segundo, con muy moderado consumo de azogue; á cuya ventaja se añade la del ahorro de calderos, molinetes, y demas instrumentos indispensables en toda otra maquina.
Explica el modo de hacer la manipulacion, y presenta Diseños de las Cubas, y demas instrumentos; con varias advertencias utiles á los Beneficiadores, tanto para las labores de minerales con sola plata, como con esta, y oro.
Modo de sacar por azogue, y en cubas la ley á los minerales de Oro y Plata Pocos, ó ningun descubrimiento sale tan acabado de las manos de su Artifice, que de alli á algun tiempo no se retoque, perfeccione y cambie á veces de modo que su mismo Inventor lo desconociera viendole.
Confirmalo asi lo que se ha practicado, y practica aun al presente en los Asientos de Neusohl, y de Glashutle á cerca del metodo de amalgama inventado y publicado p r. el Baron de Born por Mayo del año de 1786, desde cuio tiempo lo há perfeccionado de modo el Profesor de Ruprecht, y hecho tantos y tales cambiamientos, que ponen en duda á qual de ambos hayan de atribuirse y deberse las utilidades que en adelante por su medio se consigan.
Salio aquel con su obra sobre esta labor en la qual ensoña y defiende ser mui util por un solo experimento que se hizo en el ultimo de los citados asientos con mil quintales de mineral, que contenian á la verdad quatro onzas de plata cada uno, pero mui poco oro, y del qual no lleva cuenta en la que hace pag.
185 para probar sus ventajas sobre la fundicion cuio fin era el de dicho experimento, ó prueva.
Despues de hecha esta con mucho estudio y cuidado se entregaron á la misma Fabrica minerales mas ricos en dicho metal, los quales amalgamó; pero contra lo que se esperaba, pues jamas se obtuvo por medio del metodo publicado en la citada obra sino 1a/5 y quando mas 1a/4 parte del que realmente contenian y llevaban, y asi quedaron los desechos como era natural mui ricos en el, de suerte que según un ensaye general que de ellos se hizo por Agosto del año 1787, al qual asisti describiendole, y embiandole al oficial mayor de la Embaxada de Viena para que lo entregara á D.n Fausto de Elhuiar, y sirviera para su gobierno, quedaron en cada quintal nueve dineros de plata (4 1⁄2 adarmes) llevando esta 32 de oro por marco, según lo qual y la cuenta que alli hice, quedó en 19000 quintales de residuo que se havian amalgamado hasta alli valor de 400 mil reales los que cargandose como deben á los gastos que esta labor ocasiona, sale sin duda cada marco de plata la mitad mas caro que por la fundicion y mas del doble de lo que se lee en el citado lugar de la obra de Born.
Andando el tiempo se reparó asi mismo que los gastos no de construccion de la Fabrica, pues de estos no se menta nada en aquella obra, aun que pudieran, pues son extraordinarios, sino de remiendos y composturas de una infinidad de Maquinas, ingenios, y vasos que la componen suben mucho mas de lo que se pensó, pues por todos no se ponen sino 8 Kr por quintal de mineral en lugar que solo los de calderos y molinetes, los exceden, en el el corto espacio de 16, ó diez y ocho dias que estuve en Neusohl por septiembre del año pasado se agugerearon, y hecharon á perder 31 de 80 que havia por atacarlos, y corroderlos continuamente las caparrosas y sales que se forman en los ornos, y andan con el mineral.
La maior parte se lleva tambien el azogue que se amalgama continuamente con ellos.
Finalmente se ha observado que para sacar 1000 marcos de plata que se han beneficiado hasta aquí en Glasutle y en Neusohl se han consumido pasados 60 quintales de azogue que hacen tres veces mas del que Born trahe, pues se lee pag.
184 que para sacar 482 marcos que se obtuvieron por la mencionada prueba de comparacion, sobre que se funda toda su obra se consumieron solo 50 libras 6 onzas (Adviertase que en esta cuenta no se puso el que se pierde al desazogar las pellas, y que pasa de media onza por marco por que se pensó que siendo una operacion mui mecanica, podria hacerse sin disminucion de azogue, que corresponde á poco mas de1 1⁄2 onza por marco, y segun el que realmente se ha consumido en las labores posteriores sube á mas de 6 onzas.
Viendo pues el Profesor de Ruprecht, á quien como el varon mas docto, é instruido del cuerpo de Mina, se encargó de introducir el presente methodo en el Reyno de Ungria, donde estan las mas ricas, é importantes de Europa, estos inconvenientes y en particular el del oro, que solo bastaba para que jamas de introdugera ni probara, hizo varios experimentos, y pruevas, tentando varios modos de amalgamar para vencerlos, y mediante ellas inventó aquella manipulacion y Maquina para revolver el mineral de quien di noticia al Exmo Señor Marques de Llano por Mayo del año pasado, describiendo la 1a y dibujando la 2a.
Mas reparandose luego que aunque á la verdad se sacaba por su medio, casi todo el oro de los Minerales, se necesitaba sin embargo otro tanto tiempo que hasta alli se havía empleado para una misma cantidad de mineral, y que asi no podria amalgamarse en un Asiento regular, sino la mitad de lo que comunmente se beneficia al año en una fundicion de ocho hornos, y asi mismo siendo mui dificultoso y casi impracticable el arrancar á trozos una pasta tan firme como exigia aquella labor, hasta quarenta veces cada minuto juntamente con una cantidad immoderada de azogue (75 por quintal) para lo qual no huviera vastado la fuerza de agua que regularmente puede emplearse en estos asientos, y finalmente observando que con dicha Maquina quedaba toda via la incomodidad de los gastos continuos que huvieran ocasionado las cucharas, ó brazos de ella, y que havian de ser forzosamente de cobre fino, como asi mismo los de las planchas con que se havian de aforrar los caxones que havian de ser de lo mismo, vistas, digo, todas estas dificultades se resolvió en esta Camara de Schemnitz que no obstante las ventajas que la ultima manipulacion llevaba sobre la de los calderos y cocimiento sin embargo no era preferible toda via á la fundicion, y asi fue menester que M. r de Ruprecht excogitara otra mediante la qual se evitasen sino todos, por lo menos los mas principales inconvenientes.
Para alcanzarlo havian de observarse dos cosas la primera la firmeza de la pasta que es indispensable para la saca del oro, y la segunda dar á esta un movimiento que describiese circulos perpendiculares al orizonte, como el mas propio para la mezcla exacta del azogue y demas materiales con el mineral, y asi mismo el que tiene menos dificultad, labrando con este genero de pasta.
Ningun vaso mas á proposito para ello parecio á dicho Profesor que las cubas, mas Born havia hecho yá con ellas algunos experimentos, que no habiendole salido á deseo las desecha y reprueba como inútiles, y asi havia que vencer todas las dificultades que se leen de la pág. 168 hasta 172 de su obra.
No fue esto parte para que se desanimara, y asi emprendió otra serie de pruebas, cambiando con mucha orden, asi las circunstancias que havian de acompañar á la labor como los materiales de la mezcla y sus proporciones.
Tengolas todas en mi poder; pero por ser muchas, pues es obra de una mano de papel, y el trabajo de quatro meses continuos, no pueden incluirse en esta descripcion, y solo diré que por ellas se vino en conocimiento de que era necesario quemar y amalgamar segunda vez los minerales para sacarles el oro, pues con la primera labor no era posible lograr sino la mitad ó un poco mas.
Repitiose varios dias la manipulacion y mezcla que M. r de Ruprecht estimó por la mas util y ventajosa de quantas havia probado, y salio con corta diferencia como primero, dando mucho oro, casi toda la plata, y consumiendo una cantidad moderada de azogue.
Hizose luego, sobre ello una representacion á la Camara de Minas de Viena formada de todos los oficiales de aquel Asiento, la qual reconociendo su utilidad y ventajas sobre el metodo de Born dio orden á este govierno de Minas por Febrero del presente año para que el mismo Ruprecht para maior certidumbre de dicha Camara beneficiara en los mismos vasos, y según su metodo 293 quintales de mineral algo rico en oro, que á este efecto se havia embiado á Neusohl de las Minas de Kremnitz.
No me parecio ser cosa de tan poca importancia para que no me moviera á ir á este asiento donde havia de executarse la unica prueva que se ha hecho hasta aqui de orden de la citada Camara, teniendo por objeto el oro; y asi mismo con las formalidades que se necesitan para conseguir el credito de los sugetos inteligentes en estas materias.
Asi que asisti en ella durante todo el tiempo de su beneficio, y se procedio en la forma que se sigue.
Los Minerales que se emplearon, y que como he dicho se juntaron de varias Minas de Kremnitz contenian plata roja, plata blanca Minera argenti rubra, minera argenti alba, quarzum calx terra aluminis spatium ponderosum sulfur, mucho quarzo, poca cal, y menos arcilla, tierra pesada y azufre en cantidad moderada.
Desmenuzaronse primero con pisones y cernieron con cedazos algo groseros y por donde pudieran pasar granos enteros de mostaza, lo qual se hizo con el fin de que quando se molieran con ruedas de Molino no se quebraran estas, pues sucede frecuentemente, tropezando con algun grano de quarzo algo duro y grueso.
Despues de cernidos asi se han molido con ruedas de Molino en particulas mui finas, cuia sutileza se entenderá con decir que siendo aquellas de 3 1⁄2 de diametro y dando como unas 114 bueltas cada minuto han molido 12 quintales cada una en el espacio de 24 horas.
Cernida la arina con cedazos mui finos sobre que la escupen dichas ruedas y sacuden al mismo tiempo se han mezclado con dos tercios de arina que llaman de plata (silberschlich) tambien de Kremnitz á fin de hacer una mezcla que contuviese á poca diferencia 4 onzas de dicho metal por quintal, que es la riqueza con que se proponen beneficiar los Minerales los Autores de esta labor, y como no sea posible dar siempre á la citada mezcla quatro onzas justas, la presente salio á 4 onzas 2 1⁄2 adarmes de plata, llevando cada marco de esta 2 1⁄2 adarmes de oro.
Mezcladas bien y exactamente las arinas, y añadidolas 10 libras de sal por quintal se quemaron de quatro en quatro en hornos de Kramer con dos lechos, ó suelos solamente, como se usan en esta manipulacion, teniendose por inutil el tercero, durando cada hornada de 5 hasta 6 horas y consiguientemente algo mas que lo regular que es de 4.
Como aqui se formaron muchas pelotas ó globitos, asi por la humedad que suelen llevar los Minerales, como por las sales que se forman en los hornos durante la quema, fue menester cernirlos para separarlas, y molerlas despues y tostarlas en los mismos ornos, y con el mismo fuego por el espacio de dos horas, al cabo de las quales se sacaron y mezclaron con la demas arina que havia pasado por los cedazos.
Ahora como por mui fina que sea la arina, que con ellos se cernio no dexe de formar algunas pelotillas que el azogue menos sutil que el fuego no puede penetrar para desprenderlas del metal que llevan, y asi mismo porque las arinas de plata que como dixe forman dos tercios de la mezcla sean algo groseras, pues no se molieron, sino con pisones en los Lavaderos para mayor seguridad, y contra lo que se practicó hasta alli se volvieron á moler, y á cernir.
Dispuesto y preparado asi el mineral se há amalgamado en quatro cubas diferentes, cuias dimensiones, como asi mismo el modo de hacerlas andar, y asegurarlas, ó aferrarlas puede verse en el adjunto dibujo.
Hanse hechado en cada una 10 quintales y luego 21 libras de agua tibia por quintal, lo qual se practicó virtiendo la mitad caliente y la otra mitad fria, o inmediatamente 1 1⁄2 tt de cal que se aireó y apago con agua á fin de que destruyera, ó descompusiera con mas facilidad las caparrosas que se formaron en el horno, y que deshacen el azogue convertido en lis, quitandole su viveza natural, con que lo imposivilitan de abrazar la plata, y el oro, y finalmente por que parte del acido de la sal se habria volatilizado y perdido en el fuego, pues como diré fue algo largo, se añadio para resarcirlo.
Hase observado por varios experimentos que el acido de la sal es indispensable para el beneficio del oro y de la plata por azogue anden ambos metales embueltos con tierras ó con otros metales inferiores 1 1⁄2. tt. de ella por quintal.
Hechados todos estos materiales y tapadas mui bien las cubas hanse hecho andar sobre su exe, dandolas de 33 hasta 36 bueltas cada minuto, cuia velocidad es necesa-ria para que dichos materiales se mezclen bien y exactamente unos con otros, y andada asi la Maquina como unas tres horas, y viendo que la pasta havia adquirido aquel grado de firmeza que por varios experimentos se sabe ser la mas adequada y propia para esta labor y en particular para la saca del oro lo qual se conoce quando apretando con un palo con mediana fuerza puede clavarse hasta el fondo de la cuba, ó bien quando, sacando un puñado de ella pueden formarse pelotas sin emporcar mucho la mano por demasiado blanda, ni dexarla mui limpia por demasiado seca y dura, dando digo estas señales al cabo de tres horas se han hechado quatro libras de cobre (hechose en tegitos de tres pulgadas de largo y una de ancho y 1o/8 de grueso, y veinte y cinco de azogue por quintal, el qual se tarda en poner hasta ahora á fin que la cal impregnada de aire fixo se una primero con el accido vitriolico de las sales metalicas, forme el yeso indisoluble en el agua, y no lo ataque tan facilmente.
El cobre se hecha juntamente con el por que se emplea con el fin de que teniendo la propiedad de atraher el amalgama, y el azogue que andan nadando por la cuba aumente la Masa y peso de ambos agarrando, ó abrazando muchas particulas á la vez con que engruesan, y cobran bastante cuerpo para caer é incorporarse con la pella, ó bien con el fin, y me parece el mas fundado de que uniendose con los acidos del vitriolo de Plata, ó de la Plata cornua caiga en forma metalica, ó bien si mas se quiere para hacer caer el azogue que en todo caso huviese servido para destruir ambas sales con lo qual se remedia á mucha parte de su consumo.
Hechados el cobre y el azogue se han tapado las cubas exacta y casi hermeticamente ciñendo los tapones con un poco de futiro, o de cañamo, y poniendo entre ellos y el orificio una capa de barro que no quedara endedura ninguna por donde pudiera escaparse el último metal.
Hanse buelto á hacer andar luego algo mas templadamente que primero, y de modo que dieran como unas 26 bueltas cada minuto, por que dandolas mas se ha observado que el azogue se desmenuza y convierte demasiado en Lis.
Boltearonse asi por el espacio de ocho horas, durante las quales se destaparon varias veces para examinar y asegurarse si la pasta se mantenia con la debida firmeza, ó espesor, lo qual se conoce ahora, quando sacando un poco de ella se halla toda sembrada, y llena de globitos de azogue á manera de rocío encima delas hojas, conservando el brillo, ó espesosidad, si asi puede decirse, que le es natural.
Repitiose algunas veces el parar, y destapar las cubas por ser aquella circunstancia de la pasta esencialisima á la presente labor y reparé algunas veces que al hechar el agua mas bien se virtio una libra menos que una libra mas, pues en aquel caso se remedia, añadiendo la que la falta en vez que en el otro anda perdida la mayor parte del oro, y he oido varias veces decir á Mr. de Ruprecht que solo media libra mas de la que es menester causa una perdida notable de este metal.
Haviendo andado las cubas con la dicha velocidad por el espacio de ocho horas, cuio tiempo es necesario al azogue para abrazar el oro, y la plata que por la primera labor donde obran todas la sales por quien se halla impedida, puede recogerse se han hechado 7. tt de agua fría en cada una á fin que el azogue y amalgama que estan esparcidos por en medio de la pasta se fueran juntando al fondo, y también por si algu-na cantidad de ella no huviese podido penetrarla el azogue á causa de ser mui espesa se consiga de este modo.
Repitiose esto quatro veces diferentes por el espacio de quatro horas, haciendo andar á cada una mas reposadamente las cubas, al cabo de las quales se llenaron hasta arriba, y taparon los orificios menores no con tapones enteros como hasta aqui, sino con otros agugereados por en medio, donde se introduce una clavijuela de madera para poder governar mejor y contener mas facilmente el azogue, y amalgama quando huvieren de sacarse.
Hanse hecho andar despues de esto lo mas reposadamente que se ha podido, dando no mas de quatro, ó cinco bueltas cada minuto, y parandolas de alli a media hora se sacó el amalgama, tirando la clavijuela, y poniendo primero un vaso de fierro algo hondo debaxo para recibirla.
Bolvieronse á tapar luego en saliendo algo turbia, á hacerlas andar con el mismo reposo, y á abrir de alli á un quarto de hora para sacar lo que se huviese juntado en el fondo, lo qual se executó hasta 3, ó quatro veces según se vio que salia mas, ó menos y he notado en varias ocasiones que á la tercera han chorreado hasta treinta libras de azogue y amalgama.
No dando mas de este modo se llenó de agua todo lo que se sacó de uno y de otro y haviendo andado un tanto reposadamente se probo otra vez si salía mas, y no saliendo se taparon con el tapon entero y arrimando con un palo por el orificio mayor las planchitas de cobre á un lado para que no impidieran cerrando el menor las lamas de salir, retirando el vaso en que se recogio el amalgama y afloxando el tapon de sacaron los residuos y conduxeron por canales á la Maquina de labar.
Como las lamas sean mui turbias y espesas al salir de las cubas, y hayan menester mas agua para que la Lis, asi de azogue, como de amalgama que quedó en las cubas caiga y se detenga en el suelo de la canal de trecho en trecho con barro hasta media altura por que estancandose alli en algun modo el agua, soltarán la lis mas facilmente, lo qual se ayudó todavia, poniendo á lo largo de la misma canal algunos rimeros de planchitas de cobre plateados de los beneficios anteriores, y que por la virtud que dixe mas ariba tenian, recogen algun tanto al pasar las lamas por entre ellas Particularmente andando uno, ó dos amalgamadores con unos rastrillos arriba y abaxo revolviendolas, con lo qual se rozan y tocan las particulas de azogue, y amalgama mas veces, cobran mas cuerpo, y caen al suelo.
Observando exactamente estas circunstancias quedó en los residuos mui poco de uno y de otro de suerte que en la Maquina de labar se recogieron todos aquellos dias solo algunas onzas.
Haviendose vaciado de este modo las cubas mas de la mitad se virtieron algunos cantaros de agua en ellas, y se sacó lo demás por el orificio mayor colocando en el una plancha de cobre llena de agugeros á fin de que las planchitas de este metal que todavia se hallaban dentro no cayeran en la canal, y se obtuviera asi todo separado.
Mientras que los residuos fueron saliendo de las cubas se tomó con una cazuelilla un poco de quando en quando hechandole inmediatamente en un plato alli junto donde añadiendole agua clara se despojó de la lis y azogue que llevava y con lo que se asentó despues en el suelo del plato se hizo la prueva ordinaria para saber la plata, que en dichos residuos quedaba.
Las lamas de la Maquina de lavar la qual ando reposadamente todo el tiempo del vaciar de las cubas se sacaron sucesivamente por las llaves que se hallan á diferentes alturas de ella, probando primero con un Dornajo de madera algo largo y ahondado, si contenian todavia lis.
Lo que quedó en el suelo que fue todos los dias como cosa de un palmo se sacó y lavó con las manos y agua fria.
El amalgama y azogue sacado asi de las cubas, canales y Maquinas de lavar se pesó todos los dias con el fin de saber quando se hiciese por copela el ensaye de las pellas quanto se havia consumido del ultimo aquel dia y precaver su perdida caso que fuese mucha.
Luego de pesado uno y otro se hecharon en un saco de sarga mojado para que fuera mas tupido, y aforrado de lo mismo con el fin de separar el azogue superabundante, el qual cae facilmente por entre dichos lienzos, apretandolos blandamente.
El amalgama, que quedó se puso en un vaso donde se bañó con un poco de azogue, para que avivandose fluiera, y pudiera lavarse con una esponja, lo qual se hizo hechandola agua y removiendola con un palo de madera hasta que saliera clara.
Acabada de lavar se la sacó del mismo modo que primero el azogue que sela había hechado, y se puso luego en un plano inclinado y cerrado por los lados con listones (Fig. ) á fin de que el azogue no se fuera por ellos quando se sacudiese.
Estendiose aquí dandola dos pulgadas de alto y con golpes de maceta se apretó hasta que no se vio fluir mas azogue, y que el amalgama se havia adelgazado una buena pulgada con que parecio bastante firme y solida para desazogarla, siendo la plata al azogue como uno es á 6 1⁄2 á poca diferencia.
Luego con un molde (Fig. 8) de dos pulgadas de diametro se cortaron en panes cilindricos con que quedaron dispuestos para colocarlos en la desazogadera.
Tambien he visto exprimir el amalgama despues de lavada y limpia con cubos de madera partidos á lo largo en dos partes iguales las quales se afirman con cercos de fierro que se dexan adredes algo floxos para que quando se apriete el amalgama, mediante una prensa (Fig. 8) y un cilindro de madera que se introduce en lo interior del cubo, pueda escaparse el azogue por entre las junturas.
Despues de apretado y exprimido así, se sacó y cortó en cilindros de una pulgada de alto.
Pero este ultimo modo me parece mas largo, y enfadoso que el primero el qual se usa ahora, por que se há observado que exprimiendo el amalgama con las manos, y por cueros los Amalgamadores particularmente en verano caen malos, pues se les hinchan las encias y babean, ó bien se les irritan las fibras y cobran temblores bastante fuertes.
De cada panecillo de amalgama preparado, asi, se tomó un poquito, y del que se juntó se pesaron todos los dias 150. tt con las pesas de los Ensayadores, pusieronse con una copela cubierta con otra debaxo de mufta para disipar el azogue, refinose luego con plomo el boton de plata, y ensayó con agua fuerte para saber lo que se habia obtenido aquel dia de oro, y de plata.
Acabados de beneficiar los 293 quintales se juntó toda la plata y oro que se obtuvo durante ocho dias que se emplearon para la primera labor no haviendo podido andar siempre las 4 cubas, y se hallaron 138 marcos 1 onza, seis adarmes del primero y 1 marco, 7 onzas 11 3 / 8 adarmes del segundo, que rebaxado uno y otro de 149 m. s 2 onzas de plata, y de 2 m. s 7 onzas 12 1⁄2 adarmes de oro cantidad que contenian los minerales, quedaron toda via en los residuos 11 marcos 10 adarmes del un metal, y 1 marco 11 adarme del otro, una cantidad se propusieron de sacar amalgamandolos 2 vez y para asegurarse de qual modo saldria mejor la labor se hicieron 4 experimentos en las 4 cubas diferentes, llenado la una con residuos que se sacaron en la parte superior de los hornos de reververo, la otra con residuos quemados con 1 1⁄2 tt de sal por quintal, la tercera con otros quemados sin ella, y la quarta con los mismos asi como se sacaron del Lavadero, donde se havian depuesto y asentado.
Acompañaronse todos con las mismas circunstancias, asi por lo que toca al movimiento como á los materiales que se les hecharon, y dieron los siguientes resultados.
El primero dio 6 onzas de amalgama, cien partes de la qual rindieron 15 1⁄2 de plata fina: cada marco de esta 5 2 / 8 adarmes de oro, y los residuos quatro de plata por quintal.
El segundo dio 1. tt 2 1⁄2 onzas de amalgama, cien partes de la qual rindieron quince de plata fina; cada marco de esta 4 1⁄2 adarmes de oro, y los residuos solo uno por quintal.
El tercero dio 1. tt de amalgama cien partes de la qual rindieron 14 de plata fina; cada marco de esta 6 1⁄2 adarmes de oro, y los residuos 4 de plata por quintal.
El quarto dio 5 1⁄2 onzas de amalgama, cien partes de la qual contuvieron catorce y media de plata fina, cada marco de esta 4 3⁄4 adarmes de oro, y los residuos 4 1⁄2 de plata por quintal.
Por donde se vé que quemando los residuos con 1 1⁄2 tt de sal por quintal se saca mas oro y plata que de los otros tres modos, y aunque es verdad que el prepararlos asi ocasiona algunos gastos sin embargo el oro y la plata que se saca de mas los resarcen mui bien, y asi se determinó tostarlos con la dicha cantidad de sal por el espacio de 4 horas en los mismos hornos de reverbero, que primero, y con el mismo fuego, no dexando jamas apagar la llama, como suele hacerse con los Minerales que contienen mucho azufre, sino añadiendo leña así como se iba gastando hasta que el cabo de dicho tiempo se sacaron y amalgamaron en las mismas cubas procediendo del mismo modo que se executó la 1a labor, aunque sin hecharles mas cal ni mas sal.
Su beneficio duró por el espacio de ocho dias, sacando siete marcos diez adarmes de plata y 4 onzas 9 1⁄2 adarmes de oro que juntado con la cantidad de ambos metales que se sacó mediante el primer azogue hacen 145 marcos, 2 onzas del primero, y 2 marcos 4 onzas 4 1 / 8 adarme de oro.
Y asi quedan en los desechos 4 marcos 4 onzas de plata y 3 onzas 8 3 / 8 adarmes de oro.
Por la primera labor de consumieron 49. tt 5 1⁄2 de azogue y 40. tt 2 1⁄2 onzas de cobre, y por la segunda no solo no se perdio nada del primer metal, antes bien se lograron 10. tt 6 onzas del que havia quedado en forma de Lis en los residuos.
De cobre se consumieron 15. tt 6 1⁄2 onzas que juntado uno y otro se hallará haverse consumido á poca diferencia 4 onzas de azogue, y 6 de cobre por marco de plata.
Es por demas explicar de pronto las utilidades, y ventajas de esta manipulación sobre la de los calderos y cocimiento, y sobre la de la Maquina, ó torno de que hé hablado al principio de esta descripción, pues las advertirá al instante cualquier inteligente en estas materias, leyendola, y asi solo apuntaré las dos mas importantes.
La 1.a, es que amalgamando por este metodo minerales con 4 onzas de plata, contenien-do esta 2 1⁄2 adarmes de oro por marco solo se pierden 3 por % del primero y 15 por % del segundo como puede verse por la cuenta del que se ha sacado y quedado en los residuos, en vez que según el metodo de Born, beneficiando minerales de la misma especie y riqueza se han perdido mas de 8 por % de plata y pasados 60 de oro, como consta por los documentos y cuentas de los Minerales que se han entregado á esta labor y del oro y plata que se ha buelto á sus Dueños ó a la casa de Moneda desde principios del año 1786 hasta hoi: La segunda ventaja es que se ahorran los gastos continuos de los calderos y molinetes que han formado hasta aqui mas de un tercio de los de toda la Fabrica, por que una cuba dura por lo menos quatro meses que contados á veinte y cinco dias de trabajo pueden amalgamarse 1000 quintales en cada una, y como no cueste mas de 8 flor. sale cada quintal, amalgamandolo dos veces á un Keutzer no mas en lugar que con los calderos sale por lo menos á 12 Kr. solo la primera labor, y consiguientemente á 24 Kr. la labor entera, y asi en un asiento regular donde se amalgamaren 36000 quintales se ahorran 13600 flor., y en el solo cerro del Potosi donde se benefician al año según trahe Acosta 300 mil quintales quanto no se ahorra?
Y quanto no se huviera despediciado siguiendo el metodo de Born?
Durante los meses de Septiembre, Octubre, Noviembre y Diciembre del año pasado se amalgamaron en el Asiento de Neusohl 900 marcos de Plata y los gastos de la Fabrica subieron aquel tercio a 13600 flor. llevandose mas de la mitad las hechuras, y remiendos de los calderos y Molinetes, cosa que pone espanto, y que havia de sobrepujar todas las ventajas sobre la fundicion, aunque realmente huviese havido algunas.
No puede entenderse como no se cayo en ello desde el principio, lo qual prueva evidentemente quan juiciosos, y desapasionados hayan de ser los sugetos de quien se hechare de quien se hechare mano para que examinen un descubrimiento qualquiera, é informen de el al Ministerio especialmente en un ramo tan importante en nuestros Reynos como el de Minas y tan desconocido y tan general, pues hay que atenerse casi sin replica ninguna á lo que dichos sugetos informasen; una cuba aserrada y del tamaño que muestra el dibujo cuesta de 70, á 75 flor. pero nada de ella se pierde, sino es las duelas, sirviendo aros, exes y todas las demas herramientas para la nueva, como lo he visto executar varias veces.
Advertencias que pueden servir a un Beneficiador Consta por una infinidad de experimentos que el oro no puede sacarse por azogue, sino es quando la pasta es algo firme y espesa aunque la plata al contrario quando es mui clara y sobreaguada, como lo prueba la mucha que se há sacado por peroles y cocimiento, cuia circunstancia no puede causarla por cierto la poca afinidad, ó tendencia del azogue al oro pues se sabe que es mucho mayor que la de la plata, y asi el quedar aquel en los residuos quando esta está, yá amalgamada y abrazada por el azogue, no puede atribuirse sino es á alguna causa física, y mecánica, y en ninguna modo á alguna chimica, y en particular me parece á su mayor densidad, pues no puede dudarse, que el azogue se une con los cuerpos con quien se amalgama poco á poco sucesivamente, y como carcomiendolos, y segun esto claro está que una particula de oro necesitará mayor tiempo para unirse con el, que una de plata, plomo, ó cobre: á cuio inconveniente no veo pueda precaverse sino es haciendo la pasta algo firme por que de este modo no solo obra el azogue que boltea encontrandose, y pegando con varias particulas de dicho oro como sucede beneficiando por peroles y Molinetes, sino tambien y aun mucho mas el que detenido y mezclado en lo interior de la pasta tiene sobrado tiempo para agarrar, ó disolver, si asi puede decirse las que huviere junto á el pudiendo verificarse aquel Proverbio de los Químicos: La disolucion ama el reposo.
Hallanse bien nuestros Amalgamadores con dexar sus caxones despues de rebueltos 8, ó 10 dias sin tocarlos aunque tal vez ignoran la causa.
Asi mismo por que al encontrarse una particula de oro con otra de azogue, aquella, ó esta no pueden ceder tan facilmente, como quando la pasta es mui clara por ser el rozamiento y la presion mucho mayor, y asi se efectúa mas pronto dicha union pues es cosa sabida entre Chimicos que el peso de un disolvente contribuye mecanicamente á deshacer un cuerpo qualquiera, y finalmente por que aquí no hay el inconveniente que forzosamente há de experimentarse quando la pasta es mui clara, y es que moviendose esta y el oro rapidamente muchas veces seria mayor el movimiento mecanico que se le daba que el de su afinidad con el azogue.
Otra razon mas poderosa á mi parecer por que se extrahe tan poco oro, y con tanta dificultad es por que tampoco llevan mucho los Minerales y es cosa sabida por quanto mas pobres son en un metal, tanto mas queda en los residuos á proporcion del que se saca, y asi amalgamando minerales de diversas riquezas, aunque de la misma calidad se saca mas de los mas ricos á proporcion del que queda en los residuos que de los mas pobres: por exemplo si en una cuba se amalgaman diez quintales de mineral con quatro onzas de plata cada uno y en otra tambien 10 de la misma calidad con solo dos onzas, los residuos quedarán en una y otra parte con quatro adarmes de plata como lo enseña la experiencia.
Ahora si el metal que se saca havia de ser en proporcion directa del que queda en los residuos, la siguiente fuera verdadera: 37 1⁄2 onzas de plata sacada de los 10 quintales mas ricos son á 2 1⁄2 onzas que han quedado en sus residuos, como 17 1⁄2 onzas sacadas de los Minerales pobres son á 2 1⁄2 que quedaron en sus correspondientes residuos lo qual es falso, y tanto mas falso quanto mayor distancia de riqueza huviere entre los minerales que se beneficiaren, pues labrando residuos de quatro adarmes de plata á penas se saca algo, quando de dos menos, y quando de uno nada, lo qual prueva que esta labor sigue mas bien la proporcion inversa que la directa.
Por donde se entenderá por que se logra y logrará siempre poco oro respectivamente á lo que se saque de plata conteniendo los minerales onzas de ella, y no mas de un adarme de oro; quiero decir porque el tanto por % del primer metal será siempre mucho mayor, que el que se perdiere del segundo, y asi mismo quan engañados andan los que atribuyendolo á afinidades y raciocinios chimicos sin saber, ó consultar en algun modo la Fisica y Mecanica hacen experimentos y mas experimentos, tentativas, y mas tentativas.
La razon de esto la expuse al ultimo de la descripcion del Ensaie por copela de los residuos del amalgama de que hé hablado al principio de esta.
Aunque la firmeza de la pasta sea tan esencial al amalgama por cubas, sin embargo no debe serlo sino hasta un cierto termino pasado del qual sucede lo propio que quando la pasta es mui clara, pues en aquel caso todo el azogue anda junto sin repartirse por entre ella por que formando varias endeduras dá lugar á que el azogue escape al instante al fondo; y asi es menester guardar un cierto termino de modo que dicha pasta adquiera con una cantidad determinada de agua una especie de pegajosidad, ó consistencia con que pueda mas que con su solided y firmeza contener el azogue.
Para los Minerales, cuio beneficio hé descrito han vastado 21. tt de agua por quintal; pero para de otra especie, ó calidad no será menester tanta, ó bien mas conforme fueren mas, ó menos pesados, según se les hechare mas, ó menos sal al quemarlos, se expusieran mas, ó menos al aire, ó fueren sutilmente molidos, de suerte que un quintal de esudio que llaman aquí sohe-speise, un compuesto de fierro, arsenico, antimonio, cobre y plata que se obtiene fundiendo minerales de plata gris, y de cobre antimonial, quando la mezcla contiene poco azufre; ó bien de cobre negro con 14, ó 15. tt há tenido vast. te para sacarle el Oro y la Plata; uno de mineral mezclado con dos tercios de arinas de los Lavaderos despues de quemado há necesitado de 21, hasta 23. tt y otro de mineral sin mezcla de dichas arinas, no necesita tanta sin duda, por que no está despojado de la arcilla que es mas grasa y untuosa que las demas tierras y de que carecen las harinas de los Lavaderos por haversela llevado el agua con que se lavaron: tampoco se necesita tanta si se queman con mucha sal, y exponen despues al ayre, pues el acido de esta forma casi con todas las tierras, y metales, sales deliquescentes, ó que atrahen la humedad de la atmosphera.
Estas, y otras razones impiden el que pueda darse una regla general sobre la cantidad de agua que se les huviere de hechar, pues no puede ser ni en razon inversa de su pesadez especifica y en razon directa de los volumenes; y en verdad que aunque pudiera guardarse esta proporcion no fuera posible en un Asiento donde se beneficia una cantidad crecida de ellos, servirse de un medio tan delicado, y enfadoso, y mayormente, pudiendo como hé dicho media libra de agua mas, ó menos por quintal hechar á perder el beneficio del Oro.
Asi que me parece que todo Director de un Asiento debe antes de amalgamar una cantidad de mineral hacer algunos ensayes en pequeño, y en una cuba donde quepan como dos quintales (bien asi como Kramer aconsexa poner un horno de menor tamaño en todas las fundiciones) á fin de determinar la cantidad de agua con que se saca mejor el Oro que llevan, y despues de haverlo hallado pudiera con un palo, en cuia parte superior huviese un peso afixado probar hasta donde penetra, ó cala, y marcar aquel lugar del palo, ó vara por el mas propio para la labor de aquel mineral, y tambien pudieran señalarse en el todos los grados de firmeza que adquiere la pasta durante el beneficio, por que al principio es mucho mas solida, que de alli á dos ó tres horas que há andado la cuba y que los materiales se han bien mezclado, y azotado unos con otros, y asi en semejantes casos no se engañe nadie con pensar que no tiene bastante agua, pues se desengañará destapando la cuba de alli á dos horas.
Es menester llevar mucho cuidado al llenar estos vasos en no hechar el agua demasiado caliente, porque aunque es verdad que el Oro y la Plata se amalgaman con mas brevedad andandolo la pasta se ha observado que el azogue se divide, ó desmenuza demasiado, y asi todo lo que se gana en tiempo se pierde en este metal.
Quanto mas firme y pesada es la pasta tanto mas se recalienta con el rozamiento continuo de unas partes con otras; y asi quando se beneficien Minerales cargados de metales inferiores (cobre negro por exemplo) hechese fria, ó bien menos caliente que quando llevasen solo tierras y pocos metales: lo propio sucede quando se quemaren con mucha cal que he visto hecharles quando corren riesgo de conglutinarse en los hornos.
Hé observado algunas veces recalentarse tanto por alguna de estas circunstancias, y la de no tener entrada en la cuba el aire ambiente, que tomando un puñado con dificultad hé podido aguantarla en las manos.
Al llenar las cubas, no se ponga mas mineral del que es menester para que adquiriendo la pasta aquel grado de firmeza de que he hablado queden mas de un tercio vacias, por que es necesario que la mezcla, así como va bolteando al llegar al alto de ellas se precipite, y caiga sobre el azogue que se halla en el fondo, y mediante esta caída, ó impulso se mezclen todos los materiales que se han hechado con el azogue, lo qual no pudiera conseguirse si se llenaran hasta arriba, pues entonces formara la pasta una sola masa, bolteara sin sacudirse con el azogue y consiguientemente sin mezclarse y si se trabajara en vano.
La experiencia há enseñado que en el lugar que ocupa un tunel de agua, de aquí que son como unas 99 libras de Paris, puede amalgamarse un quintal de mineral, y uno y medio de cobre negro.
Una cuba donde caben 10 de dichos Toneles hasta el orificio esta llena con 10 quintales de mineral bien molido pero hechando el agua, y haciendola andar, dismiunuyese poco á poco hasta casi la mitad.
Según lo que se há dicho hasta aquí la presente manipulacion dura de 16 hasta 18 horas, necesitandose lo demas hasta 24 para vaciar y llenar con cuidado las cubas.
Pareceme esto demasiado tiempo, y asi mismo que podria abreviarse hechando el azogue y el cobre dos horas despues de haber andado comenzando á aclarar la pasta quando huvieren bolteado por el espacio de 5, ó 6 lo qual se repitiera hasta quatro veces en dos horas, empleando las tres que quedan hasta 12 para llenar y vaciar dichas cubas; de cuio modo con la mitad de dicho tiempo se despachará.
Es verdad que procediendo asi, los residuos quedarán tal vez ricos de media onza por quintal en vez de quatro adarmes; pero como hay que volverlos á amalgamar asi como asi, y sacandose los metales algo mejor quando las sales han yá desaparecido, esto no pudiera ser impedimento para que no se executara, y merece se hagan algunos experimentos sobre este punto, pues no importa menos que el ahorro de la mitad del tiempo y de los jornales.
M. r de Ruprecht con quien lo he hablado los huviera seguramente hecho; pero el curso de Chimica de esta Academia le tiene al presente ocupado.
Si los residuos del segundo beneficio, q. e seria tambien de 12 horas en vez de quedar con un adarme por quintal, quedaran con 1 1⁄2 ó 2; examinese si lo que se pierde de plata, ó de oro si los llevaren los Minerales se ahorra en jornales con la mira de mantener siempre el logro de tiempo tan necesario, é importante en todo asiento algo abundante, y no lo es menos en los nuestros el ahorro de Amalgamadores segun la dificultad con que se provehen de los mas necesarios.
Todo lo que se há dicho en esta Descripcion puede tambien entenderse del Beneficio de Minerales que contuvieren solo plata sin oro con sola la diferencia de que en este ultimo caso no será menester poner tanto cuidado en dar á la pasta y mantenerla con aquel grado de firmeza de que tantas veces hé hablado y explicado la causa. |
Los defectos ópticos de la visión explicados por Aristóteles
Aristóteles fue el primer autor griego en tratar de explicar los defectos ópticos de la visión.
Dentro del marco de su teoría de la visión, y con la ayuda de múltiples observaciones empíricas de la naturaleza, intentó fundamentar las razones por las que las agudezas visuales difieren de unos sujetos a otros, así como la presencia de ciertas ametropías, discerniendo entre la miopía y la presbicia.
Para Aristóteles la miopía, falta de agudeza de visión lejana, es debida a una proporción inadecuada de humedad en el ojo o a una morfología ocular anómala.
El ojo humano actúa como un sistema óptico refractivo, cuya finalidad es formar imágenes en la retina —membrana interior del ojo responsable de recibir el estímulo visual— que reproduzcan, con la mayor fidelidad, los objetos vistos.
Cuando la luz incidente en la retina no se focaliza formando una imagen con calidad aceptable se dice que el ojo adolece de errores refractivos o ametropías.
Para visión lejana (sin esfuerzo acomodativo, relajado) dos son las principales ametropías: la miopía y la hipermetropía.
En la primera, la luz se focaliza detrás de la retina, mientras que en la segunda, la imagen se forma delante.
El sistema visual humano posee la capacidad de actuar como un sistema óptico dinámico.
La potencia refractiva del ojo, y por ende la capacidad de ver de lejos y de cerca, puede modificarse mediante cambios en la forma del cristalino.
Es lo que se denomina: mecanismo de la acomodación.
La presbicia es un defecto de la visión, asociado a la edad, provocado por la pérdida de la capacidad acomodativa, por lo que la visión de objetos cercanos se ve impedida.
En conjunto, los errores refractivos y la presbicia son los defectos ópticos de la visión más usuales, por lo que han sido siempre muy importantes en la oftalmología y optometría.
A pesar de su trascendencia, los defectos ópticos de la visión no han sido estudiados con profusión en la historiografía del mundo clásico.
Buena causa de esto es el hecho de que carezcamos de suficientes referencias alusivas en los textos clásicos griegos y romanos.
Los escritos Aristotélicos (o pseudo-Aristotélicos) se encuentran dentro de los pocos donde se mencionan este tipo de defectos de forma implícita, además de explícitamente en los libros de Problemas1 (Aristóteles, 2004).
De hecho, no parece que se hayan encontrado referencias a los errores refractivos previas a Aristóteles, incluso en textos médicos donde se analizan diversas enfermedades visuales, tales como los tratados Hipocráticos.
Aunque, como bien advierte el historiador Julius Hirschberg (Hirschberg, 1982, p.
106), de esta omisión no se puede deducir que tales defectos no fuesen conocidos.
De hecho, lo más probable, por su fácil observación, es que, por lo menos, fuesen reconocidos.
Según sostiene Julius Hirschberg (Hirschberg, 1982, p.
107), la primera vez que la palabra miope —del griego μύωψ y de aquí myops en latín— aparece escrita en la literatura es en Problemas2.
Myops (μύωψ) es la composición de dos términos: myein, que significa cerrar, y ops (ωψ) cuyo significado es ojo.
Miope es, pues, aquel que contrae la pupila para ver mejor.
Es lo que en la práctica optométrica se conoce como efecto estenopeico, del cual hablaremos más tarde.
Curiosamente —o no tanto, considerando la mala visión de lejos de los insectos— myops era también en griego la palabra para denominar al tábano (Hirschberg, 1982, p.
También en Problemas aparece la palabra présbita (πρεσβύτŋς), que en griego significaba hombre anciano, dándose aquí el significado más restringido de hombres ancianos con baja visión (Prob.
31, 959b 38): "¿Por qué, padeciendo cierta debilidad de los ojos tanto el miope como el anciano (πρεσβύτŋς), uno acerca las cosas, si quiere ver, y el otro las aleja?".
Es oportuno, pues, preguntarse por las ideas que Aristóteles tenía acerca de los errores refractivos: de su diferenciación, desde el punto de vista conceptual, de su etiología y de su relación con su bien estudiada teoría de la visión.
Conviene empezar repasando los supuestos de la teoría de la visión Aristotélica, previo brevísimo sumario de las teorías visuales pre-Aristotélicas.
LAS TEORÍAS DE LA VISIÓN PRE-ARISTOTÉLICAS
En la Antigüedad, la visión, de la misma manera que otros aspectos de la filosofía natural, fue objeto de múltiples y variadas teorías explicativas.
Dentro de esta diversidad cabe destacar dos concepciones previas a Aristóteles.
La primera de ellas se debe a los llamados atomistas, aún reconociendo la diversidad de opiniones de los pensadores adscritos a esta escuela (Lindberg, 1976, pp. 2-3).
En coherencia con su concepción eminentemente materialista, mantenían que la visión se produce por un contacto directo del órgano de la visión con cierto tipo de materia que emana de los objetos visibles en dirección a los ojos.
Esta materia proveniente de los objetos —denominada eidola por Demócrito (c.
55 a.C.)— actúa sobre el órgano visual de manera análoga a como los objetos estimulan el sentido del tacto cuando los tocamos.
La visión es, por tanto, un fenómeno netamente físico.
Aristóteles criticó duramente esta teoría mediante dos razonamientos.
En primer lugar, refuta la reducción que hace Demócrito a "tangible todo lo sensible" (Acerca de la sensación y de lo sensible V, 442b 2).
Aristóteles diferencia entre los objetos sensibles propios —de cada sentido— y los comunes3.
No es posible, según el estagirita, reducir el objeto sensible propio de la visión (el color) a objeto sensible por cualquier otro sentido.
En segundo lugar, esgrime un argumento mucho más simple e intuitivo.
Si la visión es sólo debida a un fenómeno físico: "reflexión de una imagen" (Acerca de la sensación y de lo sensible II, 438a 9-10), ¿por qué no existen otros objetos aparte del ojo que puedan ver?
Si la visión es un puro fenómeno físico, cualquier objeto que recibiese luz reflejada podría ver (Acerca de la sensación y de lo sensible II, 438a 11-14).
La visión, pues, no puede ser únicamente algo físico-material.
La percepción, como fenómeno psíquico, debe también contribuir al proceso visual.
Una segunda noción pre-Aristotélica establece que la visión, para que se produzca, necesita de la emanación de una especie de "fuego visual" proveniente del ojo.
Esta idea, contrasta respecto de la teoría atomista, en el sentido de que se le da un mayor protagonismo al órgano sensorial4.
La teoría visual Platónica, expuesta en el Timeo (45b-47c), es la más elaborada de todas las basadas en la noción del fuego visual.
En la teoría platónica, la visión se produce por la coalescencia del fuego visual proveniente del ojo con la luz del sol, formando un cuerpo único y homogéneo.
433 a.C), a pesar de la difícil interpretación de sus textos (Lindberg 1976 pp. 4-5), es visto por Aristóteles cómo defensor de la idea del fuego visual.
Ésta es fácilmente rebatida por Aristóteles mediante un argumento de reducción al absurdo (Acerca de la sensación y de lo sensible II, 437b 12-17):
Si la vista fuera fuego, como dice Empédocles y como está escrito en el Timeo, y si la visión se produjera al salir una luz del ojo como de una linterna, ¿por qué la vista no puede ver también en la oscuridad?5
LA TEORÍA ARISTOTÉLICA DE LA VISIÓN
Para Aristóteles, la sensación determina la generación del conocimiento —en franca oposición con la teoría de las ideas de su maestro—.
De ahí, que el estudio de los sentidos y sensaciones sea primordial en su obra.
Dos de sus más importantes tratados abordan esta temática: Acerca del alma y Acerca de la sensación y de lo sensible.
La entidad crucial en la teoría Aristotélica de las sensaciones es el alma.
Así, fin fundamental de Acerca del alma es responder a la cuestión de qué es el alma (psyche).
En el esquema Aristotélico de potencia-acto el alma es el acto primero de un ser viviente que posee la vida en potencia.
El alma diferencia claramente a los seres vivientes de los no-vivientes, por lo que el estudio del alma es también el estudio de los seres vivientes y por ende de sus funciones vitales, dentro de las cuales Aristóteles asigna una especial importancia a la función sensorial.
En la teoría Aristotélica se distinguen tres agentes: el objeto sensible, el medio y el agente sensorial (Cappeletti, 1977, p.41).
Para explicar el medio y el agente sensorial Aristóteles hace uso de la teoría presocrática (Empédocles) de los cuatro elementos —válida para Aristóteles en el mundo sublunar— constituyentes de la materia: aire, agua, tierra y fuego; y de las propiedades contrapuestas: caliente versus frío y húmedo versus seco.
Dentro de las sensaciones, la vista, el oído y el olfato son sensaciones que son percibidas a través de un medio (principalmente agua o aire), estando los órganos sensoriales compuestos de los mismos elementos, ya que son su continuación.
Aristóteles rechaza tanto la teoría Platónica inmaterial de las sensaciones como la materialista de los atomistas.
Con todo, la sensación no es algo únicamente inherente al cuerpo o al alma sino a ambos actuando de manera combinada6.
En Acerca del alma (II 6, 418a 28) se define, en primer lugar, el objeto sensible de la visión: "Lo visible, pues, es el objeto de la vista.
Visible es, a su vez, el color"; aunque Aristóteles menciona otras tres clases de objetos visibles: los objetos fosforescentes, el fuego y el sol.
Ahora bien, lo visible, el color7, lo es por el atributo de transparencia del medio existente entre el órgano sensorial de la vista, el ojo, y el objeto visible.
La luz no es otra cosa sino la realización en acto de la transparencia.
Cuerpos transparentes, son esencialmente el agua y el aire, aunque existen otros.
La transparencia esta además asociada al medio, de manera que en ausencia de medio (vacio) no habría transparencia y, en consecuencia, visión (Acerca del alma II 7, 419a 16).
No se expresa acertadamente Demócrito en este punto cuando opina que si se produjera el vacio entre el órgano y el objeto, se vería hasta el más mínimo detalle, hasta una hormiga que estuviera en el cielo.
Esto es, desde luego, imposible.
En efecto, la visión se produce cuando el órgano sensorial padece una cierta afección; ahora bien, es imposible que padezca influjo alguno bajo la acción del color percibido, luego a de ser bajo la acción de un agente intermedio; por fuerza ha de haber, pues, algo intermedio y, por tanto, hecho el vacío, no sólo no se verá hasta el más mínimo detalle, sino que no se verá en absoluto.
Descrito el objeto sensible (color) y el medio necesario (transparencia), queda por describir el órgano sensorial, el ojo.
Aristóteles coincide con Demócrito al decir que el ojo está compuesto de agua —Platón y Empédocles creían que estaba compuesto de fuego— ya que el ojo debe ser continuación de lo transparente.
Ahora bien, Aristóteles todavía se plantea la siguiente cuestión en su tratado: Partes de los animales (II 656b 1-4):
La vista, en todos los animales que la poseen, está lógicamente en torno al cerebro; pues el cerebro es húmedo y frío, y la vista es por naturaleza acuosa: el agua, entre las sustancias transparentes, es la más fácil de conservar guardada.
En efecto, si el aire es más transparente que el agua ¿por qué el ojo es de naturaleza acuosa? —no hay que olvidar que una de las máximas más repetidas de Aristóteles es que la naturaleza no hace nada en vano—.
La razón radica en que el aire por su naturaleza volátil no es tan "fácil de conservar guardada" como el agua.
Esta última idea es especialmente relevante, ya que nos indica que la transparencia del ojo se mantiene mientras que éste conserve la cantidad de agua adecuada, la humedad necesaria.
La humedad del ojo aparece como un factor determinante en la correcta composición del ojo.
SOBRE LA CAPACIDAD VISUAL Y LOS DISTINTOS GRADOS DE VISIÓN
Los escritos sobre biología suponen en torno a un tercio del total del Corpus Aristotelicum, siendo los más relevantes los tratados de zoología.
Los que contienen información relevante para este estudio son: Investigación de los animales, Partes de los animales y Reproducción de de los animales.
El tratado Investigación de los animales, primero y más extenso de todos en el ámbito de la zoología, tiene un carácter expositivo.
En el libro IX de este tratado (620a 1-6) Aristóteles recoge esta curiosa observación:
El quebrantahuesos tiene un leucoma en los ojos y su vista no es normal.
En cambio el águila de mar tiene una vista penetrante y obliga a sus pequeños, cuando todavía están implumes, a mirar al sol a la cara, y al que no quiere lo golpea y lo gira hacia el astro; y al primero que le lloran los ojos lo mata, pero al otro lo cría.
Más allá de la credibilidad de lo descrito, esta observación es sumamente sugerente.
Se dice que el águila "tiene una vista penetrante", esto es, una buena agudeza visual para visión lejana.
A su vez, se menciona la extraña observación de que el águila obliga a sus crías a mirar al sol a la cara, lo cual implica mirar de lejos.
Hoy en día sabemos que el crecimiento del ojo humano, como sistema óptico óptimo, se regula mediante un mecanismo de control homeostático (Wallman, 2004), denominado emetropización.
Cuando el proceso de emetropización funciona incorrectamente, aparecen ametropías como la miopía o la hipermetropía.
El desarrollo refractivo anómalo (ametropías) del ojo humano depende de factores genéticos y ambientales.
Entre los factores ambientales, los determinados por estímulos visuales son fundamentales en el desarrollo refractivo, tal como han evidenciado numerosos experimentos con animales vertebrados (Sivak, 2008).
Entre estos factores, el exceso de tareas de visión cercana —en edades tempranas— en detrimento de tareas de visión lejana se reconoce como un posible factor de riesgo en el desarrollo de la miopía (Goss, 2000).
Aristóteles no parece establecer un efecto de causalidad entre ambas observaciones, a saber: el águila tiene buena vista debido a que la madre obliga a las crías a realizar tareas de visión lejana.
Sin embargo las dos observaciones se dan conjuntas, lo cual no deja de ser altamente llamativo.
Por el momento, lo que Aristóteles deja claro, es que hay ciertos animales que tienen mejor vista de lo normal.
La mera observación nos permite constatar que existen distintas capacidades visuales.
Esto mismo ocurre entre personas.
En Acerca de la generación y la corrupción (I, 328a 14-20) Aristóteles describe la diferencia entre un hombre que no posee vista aguda y otro que sí:
Si por el contrario, la combinación fuera una composición de pequeñas partículas, no ocurriría nada de esto, sino que los ingredientes sólo estarán combinados desde la perspectiva de la percepción visible, y el mismo objeto que a un hombre, si no posee vista aguda, le parece "combinado", no estará combinado a los ojo de Linceo.
La persona de vista aguda es Linceo9, personaje de la mitología griega cuyo atributo más característico era su penetrante agudeza visual10.
El concepto de vista aguda queda explícitamente definido (Reproducción de los animales V, 780b 16-19) como la capacidad de ver de lejos y discernir con resolución las diferencias entre los objetos vistos; definición ésta que, en esencia, es idéntica al concepto moderno de agudeza visual, que es la métrica de calidad visual más usada en la actualidad.
En el libro X de Investigación de los animales se discute la esterilidad usando la siguiente analogía (633b 26-29):
Se dice también que la matriz que no está en buen estado es, sin embargo, capaz de ejercer como conviene y sin dolor su función propia, si su deterioro no afecta a la parte necesaria al ejercicio de la función.
Así nada impide a la vista conservar su facultad de ver claramente, incluso si todas las partes del órgano no están en buen estado o presenta algún tumor.
Esta última frase es de suma importancia para entender cómo interpretaba Aristóteles los defectos ópticos de la visión.
Aristóteles desliga la patología ocular de la propia capacidad de ver bien.
Lo plantea más explícitamente en Reproducción de los animales (V, 780b 29-30): "La causa de que la vista sea tan aguda que distinga las diferencias, está en el ojo mismo".
Lo errores refractivos no serían así fruto de una enfermedad curable11.
Para Aristóteles, la agudeza visual tiene que ver más bien con la morfología ocular.
Así los defectos visuales son debidos a una morfología ocular anormal.
Dos características morfológicas son las que condicionan la agudeza visual: el grado de humedad —manifestado en el color de las pupilas— y la profundidad de los ojos respecto de la frente.
LAS CAUSAS DE LAS DISTINTAS AGUDEZAS VISUALES
El color de la pupila está ligado al grado de humedad del ojo (Reproducción de los animales V, 779b 11): "los ojos que tienen mucha humedad son negros porque una cantidad grande no es transparente; y son azules los que tienen poca humedad".
Los ojos claros son indicativos de menor humedad que los oscuros.
Una humedad baja conlleva debilidad visual12, ya que, como hemos visto, el agua es el medio por el cual se manifiesta la transparencia del ojo.
De esta manera el color azul es síntoma de debilidad visual13.
Es fácil de percibir el hecho de que los recién nacidos ven mal de lejos, siendo el proceso de emetropización el mecanismo asociado con el crecimiento que permite corregir esta ametropía de los recién nacidos.
Aristóteles asociaba esta debilidad visual de los recién nacidos a la falta de humedad en sus ojos —ojos azulados de los neonatos14—.
Ya que el hombre es (Investigación de los animales I, 492a 5): "el único, o casi el único de los animales cuyos ojos presentan colores variados"15, es posible la existencia de distintos grados de humedad en los ojos de distintos sujetos, y de aquí la presencia de distintos grados de agudeza visual entre hombres.
En cuanto a la morfología del ojo, en Investigación de los animales se afirma que los ojos más hundidos son los que mejor agudeza visual disponen, aunque a continuación se matiza esta aseveración, con su principio del término medio (Investigación de los animales I, 492a7-10):
Los ojos son grandes, pequeños o medianos.
Estos son los mejores.
Además, los hay salidos, hundidos o en posición intermedia.
En toda clase de animales, cuanto más hundidos, más penetrantes son, pero la posición intermedia es señal de carácter excelente.
En obras ulteriores se manifestará más radical al respecto.
Por otro lado, la causa de ver de lejos y de que llegue el movimiento procedente de los objetos visibles alejados está en la posición de los ojos: pues los animales con ojos prominentes no ven bien de lejos; en cambio, los que tienen los ojos metidos en una cavidad son capaces de ver de lejos porque el movimiento no se dispersa en el espacio sino que va directo.
Los ojos hundidos en la frente proporcionan una mejor agudeza visual porque conducen de mejor manera el movimiento que estimula la visión.
En un caso ideal Aristóteles llega a imaginar que (Reproducción de los animales V, 781a 7-10): "De hecho, se verían especialmente bien las cosas distantes, si hubiera una especie de tubo continuo desde el ojo hasta el objeto contemplado"16.
A continuación de este texto Aristóteles plantea una interesante discusión en la que afirma que esto es cierto independientemente de si se usase el concepto de "fuego visual" proveniente del ojo, ya que la visión depende del movimiento direccional, sea éste en un sentido (del objeto al ojo) o en el otro (del ojo al objeto).
El tratado Partes de los animales es probablemente posterior a Investigación de los animales.
Mientras en este tratado se describían observaciones, en aquel se pretende explicar las causas de los fenómenos observados.
Puede considerarse el primer estudio escrito en anatomía comparada, por lo este libro es de especial relevancia para entender por qué para Aristóteles unos animales tienen mejor agudeza visual que otros.
A lo largo del texto se trata de explicar de que manera los animales cumplen sus fines determinados.
La concepción teleológica de la naturaleza en Aristóteles es coherente con su teoría anatómica.
La morfología y comportamiento de los órganos se encuentra adaptada a la función de estos en la vida de los animales, que difiere entre especies.
Los cuadrúpedos ovíparos no parpadean de la misma manera, porque, al vivir en tierra, no les es preciso tener el ojo húmedo ni la vista aguda.
En cambio, a las aves les es necesario: desde lo lejos, en efecto, es su uso de la vista.
Por eso, también las rapaces son muy agudas de vista (pues desde arriba avistan su alimento, y por ello también vuelan más alto que las otras aves), en tanto que las aves viven en tierra y no son voladoras, como los gallos y otros afines, no son agudas de vista, pues no les urge para su vida.
El grado de humedad es regulado por la acción de los párpados, órganos de piel dura.
La finalidad de estos, según Aristóteles, es la de proteger la vista de agentes externos, librando de este cometido a lo que rodea a la pupila, la cual debe ser fina y acuosa para permitir la transparencia necesaria para la visión.
El mecanismo regulador es la intensidad de parpadeo, que modula el nivel de humedad y por tanto la agudeza de vista.
Algunos animales, como los peces no poseen párpados, puesto que el agua no contiene tantos objetos peligrosos como el aire.
En estos, la ausencia de párpados pretende compensar la menor transparencia del agua respecto del aire17.
DEGRADACIÓN CON LA EDAD (PRESBICIA)
Aristóteles afirma que el intelecto es de naturaleza incorruptible, y por tanto también la capacidad sensorial del alma.
No es el alma lo que envejece, sino el cuerpo18.
El deterioro del órgano sensorial, del ojo, es por tanto lo que provoca la debilidad de la vista con la edad; y esto es así de manera que: "si un anciano pudiera disponer de un ojo apropiado vería sin duda, igual que un joven" (Acerca del alma I 4, 408b 22).
Por tanto, la presbicia —degradación de la vista con el envejecimiento— aparece por un cambio en la propia morfología del ojo.
Pero: ¿de qué manera concreta se produce ésta?
La vida se va degradando con la edad por medio de un movimiento de corrupción de lo caliente-húmedo a lo frío-seco19.
Sin embargo, curiosamente, a pesar de que lo más lógico hubiese sido que Aristóteles hubiese explicado la presbicia por medio de los cambios de humedad con la edad, prefiere plantear una nueva e interesante causa morfológica (Reproducción de los animales V, 780a 27-35):
Las causas de una vista débil o aguda no son sólo las mencionadas, sino también la naturaleza de la piel que cubre lo que llamas la niña del ojo.
Es necesario que esa piel sea transparente, y una piel así debe ser fina, blanca y lisa: fina para que el movimiento del exterior entre directo; lisa, para que no haga sombras con las arrugas (también por eso los viejos no tienen una vista aguda: pues igual que el resto de la piel, también la del ojo se arruga y se hace más espesa con la vejez); y blanca, porque lo negro no es transparente: de hecho en eso es en lo que consiste lo negro, en no ser transparente.
La explicación Aristotélica de la presbicia20 es que la piel que recubre la pupila se arruga con la edad, y esto hace que la sensación visual, a través del movimiento del exterior hacia el interior, produzca sombras.
LOS ANÁLISIS GEOMÉTRICOS EN METEORÓLOGICOS Y EN PROBLEMAS
Meteorológicos es un conjunto de cuatro libros que tratan sobre lo "alto en el cielo", aunque en realidad abordan un amplio abanico de fenómenos, no sólo atmosféricos sino también hidrológicos, geofísicos, etc. La datación de estos libros Aristotélicos es controvertida, aunque la hipótesis más probable es que fuesen escritos antes de su obra zoológica ya mencionada.
De hecho, una aparente evolución de la teoría de la visión Aristotélica en esta obra respecto de la expuesta en los tratados zoológicos refuerza esta hipótesis.
En el libro III se pretende interpretar una serie de fenómenos ópticos atmosféricos, tales como los halos y el arcoíris.
Para esto, Aristóteles hace uso del concepto de la reflexión de la luz21, fenómeno bien conocido pero no muy bien comprendido en su época.
De hecho, de sus escritos es difícil concluir si Aristóteles conocía el principio de ángulos iguales que rige la reflexión de la luz cuando incide sobre una superficie reflectora (Boyer, 1946); (Merker, 2000).
Inherente a la noción de reflexión, Aristóteles tuvo que aplicar el concepto de rayo visual (óψις, opsis), que necesariamente tuvo que tomar prestado, quizás de fuentes Platónicas, ya que, como hemos visto, su propia teoría ignoraba tal concepto.
Es, por tanto, manifiesta la inconsistencia entre el análisis geométrico, basado en la reflexión, de Meteorológicos y su teoría visual posterior.
David Lindberg sugiere que lo más razonable es interpretarlo como una evolución del pensamiento de Aristóteles, adscribiendo las explicaciones de los Meteorológicos a una etapa influida por el Platonismo (Lindberg, 1976, p.
Con todo es conveniente matizar, como apunta Beare (Beare, 1906, pp. 65-67), que el rayo visual en Meteorológica es una entidad usada per se, sin estar necesariamente asociada al objeto sensible u al órgano sensorial (Meteorológicos III, 374b 24): "Y no hay diferencia entre que cambie lo visto o cambie la vista: pues en ambos casos será lo mismo"22.
El marco de análisis geométrico de Meteorológicos, conduce a una explicación diferente de los defectos visuales.
En este contexto, la debilidad de la vista se relaciona con la presencia de la reflexión de la luz23.
En Meteorológicos (Meteorológicos III, 466a 18-19): se describe el curioso caso del hombre —probablemente hace referencia a Antiferón de Oreo (Lehoux, 2007)— que veía con muy poca agudeza visual, porque su propia visión se reflejaba hacia él ya que el aire que se encontraba de frente reflectaba su visión "pues era tan débil y absolutamente tenue, por su agotamiento" (Meteorológicos III, 373 a35-b10).
De esta manera Aristóteles introduce una causa de debilidad visual que, al contrario de lo visto hasta ahora, no depende de una causa física, sino de algo dependiente de la capacidad sensitiva.
Una obvia interpretación de esta explicación es que Aristóteles aceptase en ella la emisión de cierta sustancia asociada con el rayo visual24.
Problemas es una colección de problemas de diversa índole, planteados en forma de preguntas, a las que a continuación se trata de responder, mostrando una o varias respuestas.
A lo largo de Problemas, se trata de dar explicación a ciertas observaciones sobre el fenómeno de la visión25.
Lo paradójico de estas aclaraciones es que más que hacer uso de la teoría Aristotélica de la visión se utilizan conceptos, de manera análoga a lo que ocurre en Meteorológicos, más provenientes de un análisis geométrico de la visión.
Las herramientas usadas son las de rayo visual y cono visual —las de la óptica Euclidiana (Burton, 1945)—.
Una posible explicación de esta nueva contradicción es que las respuestas proporcionadas en Problemas fuesen, en estos casos, posteriores adaptaciones de la escuela peripatética a nuevos conceptos.
Filius (Filius, 1997, pp. 77-83) ha comparado la traducción árabe efectuada en el siglo IX de Problemas con el texto original griego, encontrando que mientras en el manuscrito árabe se asume un modelo Galénico de rayos visuales saliendo del ojo, en el texto griego se sigue asumiendo un modelo geométrico, pero ahora, asumiendo rayos entrando dentro del ojo.
De esta manera el texto griego es más fiel al espíritu Aristotélico.
Con todo, es interesante señalar que el modelo de cono visual es común a lo explicado en Meteorológica.
Como botón de muestra en el problema 9 de la sección tercera se responde a la cuestión de por qué los borrachos son incapaces de ver las cosas lejanas (Problemas IX 3, 871b 35): "Pero ‹el rayo visual› se mueve en círculo por la constitución que tiene la visión: pues es un cono cuya base es un círculo".
El efecto estenopeico es un fenómeno óptico (Keating, 2002, pp.23-24) basado en la reducción del tamaño de la mancha (spot) de luz generado por un objeto visto a través de un orificio.
En el caso límite de un objeto puntual y de un tamaño de apertura infinitesimalmente pequeño, de manera que sólo dejase pasar un rayo, la mancha de luz sería un único punto con lo que existiría una correspondencia perfecta entre punto objeto e imagen, lo que se denomina un sistema óptico perfecto26.
El efecto estenopeico se ha utilizado, desde hace tiempo, cómo una técnica primaria de evaluación visual.
Si la visión a través de un agujero, de un diámetro específico, mejora, puede significar que se tenga un defecto refractivo en la visión27.
Una de las grandes controversias en la historia de la óptica antigua es la hipótesis de si las civilizaciones antiguas usaban algún tipo de tecnología óptica para la compensación de los defectos ópticos de la visión28.
La controversia viene justificada por la práctica ausencia de fuentes escritas que mencionen el uso de este tipo de tecnología.
Tan sólo existen algunas referencias al efecto magnificador de objetos de vidrio rellenos de agua.
La más conocida de ellas es la del cordobés Seneca (c.
En Cuestiones Naturales (Lib.
I, 6.5) escribe: "Los caracteres gráficos, aunque sean diminutos y confusos, se ven mayores y más claros a través de una esfera llena de agua" (Seneca, 1979, p.71).
También se pueden encontrar referencias en los Saturnales de Macrobio (Temple, 2000, p.71).
Algunos autores mantienen que el uso de lentes estaba ampliamente extendido (Sines, 1987) y ponen como ejemplo la multitud de obras artísticas miniaturizadas, documentadas en registros arqueológicos, que difícilmente pudieron ser hechas bajo condiciones normales.
Otros autores (Gorelick, 1981; Plantzos, 1997) sostienen que los mismos trabajos pudieron ser realizados por sujetos miopes —los miopes tienen mayor agudeza visual para visión cercana—.
A colación de estas controversias surgió una sugerente hipótesis histórica, la cual plantea que el efecto estenopéico fue de facto una técnica de ayuda visual, por ejemplo utilizada por los artesanos que tallaban miniaturas (Wilk, 2006).
Esta hipótesis encuentra cierta ayuda en los textos de Problemas.
Ya vimos como la propia palabra miopía, describe la corrección estenopéica usada por los miopes.
De hecho en los Problemas se da una explicación de la corrección estenopéica basada en la teoría de flujo de rayos visuales (Problemas, Prob.
¿Por qué los miopes escriben letras pequeñas?"
Pues es extraño el hecho de que no teniendo una buena vista hagan un trabajo propio de gente con vista penetrante.
¿Acaso porque las cosas pequeñas parecen grandes si están cerca?
Y estos escriben acercándose.
¿O es que acaso escriben contrayendo los párpados?
Pues, por debilidad de la vista, si escriben con los ojos totalmente abiertos, la vista se dispersa y la visión es débil, pero del otro modo la visión llega de forma concentrada.
Los párpados se entornan para reducir el tamaño del cono visual, de manera que la superficie del objeto de la visión se reduce, y en consecuencia la visión se concentra más en esa área con lo que aumenta su resolución.
Ésta es, de nuevo, una explicación más propia de la teoría geométrica de la visión.
En la misma sección, en el problema 16, se vuelve a retomar el asunto (Problemas, Prob.
¿Por qué los miopes ven contrayendo los párpados?
¿Es por debilidad de la vista?
Igual que los que para ver de lejos aplican la mano, así también para ver de cerca colocan los párpados como la mano.
Hacen esto para que la visión salga más concentrada, al salir a través de un espacio menor, y no se disperse inmediatamente por salir de un espacio muy abierto.
Una mayor cantidad de visión mejora la vista.
Lo interesante aquí es la mención explícita de una acción consciente para mejorar la visión: aplicar la mano, de manera que el cono de luz se reduzca.
Es razonable, pensar que de la misma manera se podía utilizar —o incluso construir— una especie de tubo tal como vimos que se teorizaba en Reproducción de los animales (cf. Reproducción de los animales V, 781a 7-10).
De hecho, en este sentido, Robert Eisler (1949) sugirió que en la antigüedad se usaban tubos vacios para guiar la mirada en el firmamento, y por tanto ver mejor las estrellas.
Tras Aristóteles, en la antigüedad clásica, no se encuentran referencias escritas tratando de explicar los defectos ópticos de la visión, hasta que siglos después lo hagan Seneca, Plutarco (c.
De todas ellas, destacan las referencias del matemático y astrónomo Claudio Ptolomeo.
Mark Smith ha analizado las fuentes de inspiración Aristotélicas en el trabajo de Ptolomeo (Smith 1988), que influyeron, no tanto en la teoría física de la visión Ptolemaica, sino sobre todo en la concepción físico-psicológica del proceso visual, con especial interés en la fase psicofísica de la percepción visual.
En el libro segundo del manuscrito Ptolemaico de Óptica29 se lee lo siguiente:
Aquellos que tienen ojos profundos ven más lejos que aquellos que no tienen tales ojos; y la razón de esto es que la potencia visual de aquellos está comprimida, ya que al emanar a través de sitios estrechos, el flujo visual se comprime y alarga.
Ptolomeo, pues, comparte la idea Aristotélica de que cierta morfología de los ojos (cf. Investigación de los animales I, 492a7-10 y Partes de los animales II, 657b 24-30) hace que estos posean una mayor agudeza visual de lejos.
La explicación es la misma que la expuesta en los Problemas (cf. Prob.
31): una reducción del flujo visual, lo concentra y por tanto mejora la agudeza visual.
Ptolomeo también utiliza el concepto Aristotélico de pérdida de humedad para explicar la falta de agudeza visual en visión cercana (Smith, 1996, p.
Vemos, pues, que los conceptos aristotélicos básicos para explicar los defectos ópticos de la visión fueron plenamente asumidos por Ptolomeo.
Tan pronto como el corpus Aristotélico, mediante las traducciones medievales, empezó a estar disponible, primero entre estudiosos del mundo árabe, y después dentro del ámbito cristiano, surgieron varios pensadores que asumieron, aún con algún matiz, el marco Aristotélico de la naturaleza de la luz y la visión.
No es de extrañar que los conceptos Aristotélicos de la visión fuesen un punto de referencia fundamental en cualquier discusión sobre la visión en buena parte de la Edad Media y principios de la Moderna.
Hasta el punto de que Johannes Kepler (1571-1630) se vio impelido a incluir en su obra magna de óptica Ad Vitellionem Paralipomena (Kepler, 2000) un apéndice específico para rebatir alguno de los argumentos de la teoría de la visión de Aristóteles.
En otro tratado posterior (Kepler, 1611), Kepler reconoce el origen etimológicamente Aristotélico de los términos miopía y presbicia30.
El hecho de que Kepler diese la primera explicación correcta, según el conocimiento moderno, de la miopía y la hipermetropía, y la influencia crucial de sus tratados de óptica en las concepciones de la óptica modernas, ayudaron, probablemente, a que estos términos Aristotélicos acabasen finalmente por imponerse en la ciencia óptica moderna. |
La concepción del espacio-tiempo en la cosmología sarvāstivāda
El presente artículo se orienta a la reconstrucción de los modelos cosmológicos de la escuela de Cachemira (s. IV), registrados en el compendio de la escuela sarvāstivāda-vaibhāsika titulado Abhidharmakośabhāsya, atribuido al monje budista Vasubandhu.
Se identifican algunas de las fuentes textuales que dieron lugar a estos modelos y se describe con detalle su estructura general, compuesta de tres ámbitos (sensible, materia sutil e inmaterial).
Se analizan algunas de las características más relevantes del espacio y del tiempo y su relación con la vida consciente, descubriéndonos unos modelos cosmológicos inéditos entre sus contemporáneas grecolatinos.
En torno al siglo IV, en los tratados del abhidharma de Cachemira, encontramos uno de los primeros registros por establecer una cosmología coherente en India.
Este mapa del tiempo y del espacio se encuentra esbozado en un tratado enciclopédico titulado Abhidharmakośa (Kośa, en adelante), atribuido al monje budista Vasubandhu.
En él se recogen las teorías fundamentales sobre el cosmos de la escuela sarvāstivāda-vaibhāsika.
El tratado, escrito en sánscrito, incorpora un comentario (bhāsya) del propio Vasubandhu (Vallée-Poussin, 1988).
La cosmografía del Kośa concibe un número incalculable (sāhaśra) de universos.
Todos ellos comparten una estructura similar, denominada técnicamente cakravāda.
Dicha estructura se organiza verticalmente en tres niveles o ámbitos cósmicos (dhātu), cada uno de los cuales comprende diversos planos de existencia (bhūmi).
Todos los universos carecen de límite espacial y temporal.
La característica principal de este modelo cosmológico consiste en que los diferentes ámbitos en los que se estratifica cada universo particular corresponden a los diversos estados mentales, que llevan aparejados diferentes morfologías y modos de ser.
De modo que cada uno de estos "planos" no se entienden como localizaciones en sentido estricto, sino más bien como temperamentos o estados de ánimo, siendo el propio universo indisociable de la vida mental de aquellos que lo habitan.
La distribución en el espacio y la evolución en el tiempo del cosmos no se articula mediante modelos geométricos, como en el Almagesto, ni mediante fuerzas impersonales y concéntricas, como la gravedad en la cosmología contemporánea, sino en virtud de las excentricidades de la vida consciente.
De modo que los destinos individuales de los seres no se encuentran a merced del destino del universo, que prepara las condiciones para su aparición o garantiza su supervivencia, sino que son sus propias acciones, con sus estados mentales asociados, las que trazan el mapa y el calendario cósmicos.
El abanico de las experiencias conscientes, de lo tosco a lo sutil, de lo instintivo a lo cultivado, configura tanto el espacio de la cosmografía como el tiempo y periodicidad de los ciclos de despliegue y repliegue del universo.
Algunos investigadores han visto en estas asociaciones entre mente y universo "la contraparte poética, imaginativa y mítica de las descripciones de los estados meditativos (jhāna)" (Gethin, 1997, p.
En lo que sigue veremos que la propia escolástica no se posiciona claramente sobre si ese paralelismo debe de entenderse literal o metafóricamente.
La mente es a veces metáfora del cosmos, y el cosmos metáfora de la mente, pero en ciertas ocasiones se establece entre ambos un paralelismo o complementariedad que parece afirmar la existencia independiente de ambas entidades.
Sea como fuere, comparar las descripciones de los estados de la mente con narraciones de naturaleza cosmogónica permitirá comprender con mayor amplitud la idea del cosmos de los antiguos budistas (Gethin, 1997, p.
En la jerarquía espacial, que es al mismo tiempo una jerarquía de sensibilidades hay, en sentido ascendente, un ámbito del deseo (kāmadhātu), un ámbito de materia sutil (rūpadhātu) y un ámbito inmaterial (arūpyadhātu).
Cada uno de ellos se subdivide en diversos planos de existencia (bhūmi), hasta completar treinta y uno.
LA CUESTIÓN COSMOLÓGICA EN LOS NIKĀYA
Esa actitud reacia a desligar la cosmología de las facultades y procesos mentales es herencia de la literatura de los nikāya.
La diferencia de niveles, el salto entre lo literal y lo metafórico, pierde en estas narraciones la escala de valores que acostumbra a tener en las disciplinas científicas modernas.
El primer diálogo del Dīghanikāya, con un claro talante empírico-racional, critica las diversas creencias, falsas y desaconsejables, relacionadas con la predicción de futuro1.
El arte de los hechizos, presagios y augurios mediante el análisis de los sueños, las líneas de las manos, las roeduras de ratones o diversos tipos de oblaciones en el fuego.
Todas estas prácticas se consideran bajas artes, medios de vida equivocados, formas ruines de ganarse el sustento que se sirven del engaño a ingenuos y sentimentales.
Se alude también los oráculos y a aquellos que ven signos por doquier y predicen con ellos lo que vendrá.
Entre estas bajas artes se menciona además a aquellos que predicen eclipses y tempestades, caídas de meteoros y temblores de tierra, incendios cósmicos y desviaciones del curso natural de los astros.
Y se desaconseja al monje que no se ocupe de estos asuntos, siendo propios de mentes dominadas por el deseo, recordando que el propio Buda fue reacio a debatir cuestiones cosmológicas, por considerarlas especulaciones que desvían la atención de lo verdaderamente fundamental.
Dichas actividades no sólo no contribuyen, sino que obstaculizan la erradicación de la ignorancia y el deseo ciego: eje en torno al cual debe el monje organizar su vida mental.2
Desde esta perspectiva puede hablarse de una actitud anticosmológica en el budismo temprano.
Sin embargo, esta tendencia antigua no se mantendrá en la escolástica posterior y, con el tiempo, se desarrollarán sistemas que expliquen el universo en función de su estructura espacial y temporal.
Siguiendo una inclinación muy característica india: la asimilación frente al descarte; muchas de las concepciones budistas sobre el universo se encuentran ya en el periodo védico y serán incorporadas y adaptadas posteriormente por el abhidharma.
La influencia de su cosmología se extenderá, desde el norte de India hasta las tradiciones mahāyāna de Tíbet y Asia oriental.
Mientras que el abhidharma theravāda predominará en el Sur de India (Sri Lanka) y el Sudeste asiático.
Aunque existen diferencias menores, las cosmologías abhidhármicas comparten, de manera general, cinco premisas:
El universo ha existido siempre y siempre existirá.
Carece de límite temporal, pudiéndose obviar la caracterización de su creador y la elaboración de una cosmogonía.
El universo carece de límite espacial.
La ley de la causalidad (que no se limita al ámbito material) rige el funcionamiento del mundo.
Esa ley se expresa de manera general mediante el dictum: asmin sati idam bhavati (dado esto ocurre aquello) y de manera particular, referida a los seres conscientes, mediante la doctrina del origen condicionado (pratītyasamutpāda).
La fuerza gravitante de las acciones de los seres (toda acción lleva asociado un estado mental) configura la estructura del universo, tanto en el espacio como en el tiempo.
El universo se estructura en diferentes ámbitos de existencia (según el principio anterior) que constituyen una jerarquía.
Dichos ámbitos se encuentran asociados a un modo especial de proceder adquirido por la repetición de actos, tendencias instintivas e inclinaciones del pensamiento.
Todos ellos constituyen los estados mentales dominantes (aunque no exclusivos) de cada ámbito.
ESPACIO, IDENTIDAD Y DIVERSIDAD
Para entender correctamente estos modelos cosmológicos es necesario referirnos previamente a las concepciones budistas de la vida consciente.
Según éstas, en la sucesión en el tiempo y el espacio, en su duración y movimiento, los seres ofrecen diferentes versiones de sí mismos, se trasmutan y se rehacen y únicamente lo actuado puede cambiar la identidad de las cosas.
Ese es el drama del que surge la cosmología budista.
Un drama en el que el sujeto se define como una particular unidad de actos dentro de un proceso continuo de percepción cognitiva (vijñānasamtāna), que recorre diversas formas de existencia.
Los seres se transforman unos en otros, metamorfoseándose según ganen o pierdan en inteligencia o estupidez.
El universo no se mueve por fuerzas impersonales, sino por las excentricidades de la vida consciente.
Los destinos individuales no se encuentren a merced de la evolución ciega de la materia, sino que son las propias acciones de los seres, las que trazan la singladura de la nave del mundo.
El tejido del espacio-tiempo es suplantado por una matriz en cuyo molde los seres nacen de sus propias acciones.
Y dado que todo acto lleva un estado mental asociado, el conjunto de los estados mentales que forman el temperamento o personalidad, se encontrará asociado con los diferentes ámbitos cósmicos.
La variedad y riqueza de la experiencia humana, capaz de experimentar los dolores más abyectos y las afinidades más sublimes, sitúa al hombre en una posición privilegiada en todo este entramado.
Dentro de esas capacidades para la acción, la tradición budista establece una jerarquía de los seres en función de su sensibilidad.
En este sentido, el mapa del cosmos es, para el budismo, un detallado informe de todas las experiencias posibles (de todos los estados mentales) por las que habrán de pasar los seres en su deambular (errático o intencional) por la existencia (samsāra).
Hay aquí un cambio radical de perspectiva: El espacio y sus ámbitos de vida son una creación del temperamento de los seres que los habitan.
El espacio ya no es una categoría preconceptual que sirve de escenario para el drama de la vida consciente, sino que es una consecuencia de esa misma vida, que se crea un hueco donde habitar.
Una onda de gravedad mantiene el pulso del mundo.
La diversidad del universo material y espiritual tiene en efecto una causa y en modo alguno puede considerarse resultado del azar.
Al inicio de cada ciclo el universo se recrea, y el sujeto de ese "se" impersonal, lo que pone en marcha de nuevo el mundo, es la fuerza del karma, la integral de todas las acciones de los seres conscientes.
La célebre fórmula: "la diversidad del mundo procede de la acción" (karmajam lokavaichitryam), citada por Vasubandhu en el Kośa sirve de justificación al sentido y configuración del cosmos (Vallée-Poussin, 1988, p.
551).3 Dicha fórmula contiene, como afirma Louis de la Vallée Poussin, el alfa y el omega de lo que el monje debe saber acerca del mundo (Vallée-Poussin, 1908, p.
Se trata de uno de uno de los pilares en los que se apoya la tradición budista y cuya dimensión no es exclusivamente moral, sino también cosmológica: el mundo material se encuentra organizado por la retribución de los actos conscientes y por ambientes en los que predominan determinadas actitudes y hábitos mentales.
Este factor hace posible que, en determinadas circunstancias, mediante el ejercicio de la meditación, sea posible experimentar ámbitos más allá del propio en el que se vive.
De manera general, los seres se dividen en aquellos que habitan el ámbito sensual (kŒmavacara), aquellos que habitan el ámbito de la materia sutil (rūpavacara) y aquellos que habitan el ámbito inmaterial (arūpavacara).
Es muy posible que tanto el budismo popular como el escolático hicieran posibles ambas lecturas: espacios cósmicos y estados de la mente.
Un ejemplo claro de esta combinación entre crítica y asimilación lo tenemos en el Kevaasutta del DīghanikŒya.4 En este relato el deseo de comprender el espacio como ubicación (bhājanaloka) se representa en oposición al conocimiento y profundización del espacio como estado de conciencia (sattvaloka).
El libro tercero del Kośa sintetiza las nociones escolásticas en torno a la naturaleza del espacio y del tiempo, su estructura y funcionamiento.
El espacio cósmico se encuentra estratificado en tres niveles, que son al mismo tiempo tres estados de la mente consciente.
El términos espaciales los niveles son únicamente dos pues, como veremos, el tercero (arūpyadhātu) es inmaterial y no puede considerarse espacial, aunque sí temporal.
Hay un tiempo sin espacio, que permanece entre los ciclos de contracción y despliegue del cosmos.
En el nivel inferior se encuentra el mundo sensual, de tosca materialidad, denominado kāmadhātu (Vallée-Poussin, 1988, p.
365).5 Es el ámbito de la experiencia sensible e incluye cinco ámbitos del renacer (gati).6 El mundo del deseo sensual es el mundo que todos conocemos.
Se trata de un mundo gobernado por el deseo (kāma).
Y ¿qué es kāma?, se pregunta Vasubandhu.
Y se cita una sentencia de Śāriputra, que nos recuerda que el budismo tuvo su origen en las tradiciones ascéticas: "Las cosas buenas de este mundo no son kāma; en los humanos, kāma es el deseo que nutre la imaginación.
Poca importancia tienen los objetos del deseo: el sabio es indiferente a ellos".7 El comentario define también el compuesto kāmadhātu.
Dhātu es aquello que porta (dadhāti) una característica propia (svalaksana), en este caso kāma (la sensualidad) y sus objetos de deseo (kāmaguna).
De este modo, kāmadhātu es el dhātu asociado con kāma y lo traducimos por "mundo sensual".
Del mismo modo que rūpadhātu significa el dhātu asociado con la materia sutil (rūpa).
Rūpa es también aquello que es susceptible de ofrecer resistencia (rūpana) debido a su consistencia.
Mientras que ārūpa ("inmaterial") define el tercer ámbito, el dhātu carente de materia.8
El término rūpa generalmente hace referencia a la materia que conforma y se manifiesta a los sentidos.9 Pero en el contexto de las teorías sobre la mente y el cosmos, asociado con dhātu en el compuesto rūpa-dhātu, se refiere al segundo de los tres niveles que configuran tanto el cosmos como la experiencia mental.
Rūpadhāthu, que puede traducirse como "mundo de la materia sutil", se compone de diecisiete ámbitos (bhūmi), cuyo material se asocia con los diferentes estadios de la meditación (dhyāna) (Vallée-Poussin, 1988, pp.365-366),10 de ahí que dichos ámbitos puedan experimentarse tanto renaciendo en ellos como mediante el cultivo mental.
Se habla de "materia sutil" por su naturaleza serena y contemplativa, tanto en los ámbitos cósmicos como en sus estados mentales asociados con ellos.
En rūpadhātu la actividad sexual, táctil, olfativa y gustativa han desaparecido, así como cualquier tipo de dolor físico (aunque no ciertas inquietudes o insatisfacciones debidas a la fugacidad de la experiencia), quedando sólo operativos lo visual y auditivo.
¿Cual es la naturaleza y alcance de estos estados de la mente?
El término dhyāna se refiere al trance o absorción meditativa.
La tradición distingue cuatro de estos trances, los primeros tres pertenecen al ámbito de rūpadhātu, mientras que el cuarto puede pertenecer tanto al mundo de materia sutil como al mundo inmaterial de puro entendimiento (arūpyadhātu).11 Los dhyāna tienen como prerrequisito la concentración mental (śamatha).
En ellos la actividad sensorial queda en suspenso y la actividad de la mente se atenúa progresivamente.
Así, en el primer dhyāna se dan todavía la conceptualización (vitarka) y la reflexión (vicāra), mientras que en el segundo han desaparecido.
En el cuarto dhyana es donde se adquiere el conocimiento de las vidas previas y ciertos poderes extraordinarios, quedando extinguida toda sensación y obteniéndose una ecuanimidad que da acceso a los estados del mundo inmaterial.12 La experiencia de los dhyāna no constituye un fin en sí mismo, sino sólo un medio para la obtención del nirvana.
Se consideran estados pasajeros y condicionados, y por tanto insatisfactorios.
Los trances no suponen una transformación mental definitiva, una vez se sale de ellos la mente recobra las carencias que tenía antes de entrar en ellos.
La asociación entre estados de la mente (citta) y ámbitos cósmicos (bhūmi) permite experimentar estos ámbitos en largos periodos de tiempo, cuando se renace en ellos, o mediante los vislumbres pasajeros de la meditación, que pueden entenderse como estados de paramnesia pues, como veremos, todos los seres ya han recorrido los diversos ámbitos en numerosas ocasiones (Vallée-Poussin, 1988, pp.365).13 Dicha vinculación explica que un mismo término, bhūmi, se utilice tanto para referirse a los diferentes niveles de evolución espiritual del individuo como a los diferentes lugares del espacio cósmico.
La jerarquía cosmográfica corre en paralelo a la jerarquía de la experiencia mental.
El viaje de la conciencia puede entenderse como un viaje cósmico, cuyo desplazamiento es posible gracias al cultivo de la mente.
El tercero y más elevado de los mundos, ārūpyadhātu, no es un lugar en el espacio pero sí un momento en el tiempo.14 No es lícito hablar aquí en términos espaciales pues los dharma inmateriales no ocupan lugar.
Y sin embargo este estado de la mente tiene cuatro formas de existencia.15 En este contexto "existencia" significa la aparición de los skandha (proyectados por el karma) en un nuevo ámbito.
Vasubandhu pregunta: "Si los estados mentales tienen como soporte la materia (rūpa), ¿cuál será el soporte de la serie de estados mentales (que constituyen los seres) en ārūpyadhātu?".
La respuesta, en la siguiente estrofa, no carece de hermetismo: adjudica el soporte al género y a las facultades vitales.16 En comentario añade que los seres de arūpyadhātu encuentran soporte en dos dharma disociados de la mente: nikāyasabhāgatā (género o clase) y jīvitendriya (facultad vital) (Vallée-Poussin, 1988, p.
219).17 Sabhāga hace referencia a la noción de participación.
Sabhāgata es la causa del resemblar, aquello que produce el parecido entre los seres vivos.
Pero, en el ámbito de las ideas (buddhi) y de las expresiones (prajñapti), tiene relación también con lo genérico, con aquello que se aplica a diferentes entidades.
Así sabhāgata da sentido o justifica expresiones como skandha o dhātu, que tienen una naturaleza genérica.
Las resonancias platónicas son más que evidentes.
En el mundo material esto no sería posible porque estos dos dharma carecen de la fuerza necesaria para mantener, por sí mismos, la existencia.
Pero en el mundo inmaterial sí que es posible que la idea o género se mantenga viva, y que la vida a su vez mantenga la idea.
El género o idea y la facultad vital se mantienen uno a otro en ārūpyadhātu.
En otro lugar de la misma obra se vuelve a plantear la cuestión.18 ¿Cómo puede existir la mente en ārūpyadhātu sin que haya un soporte material?, o, ¿cómo podría algo inmaterial dar con imágenes, intereses o categorías (nikāya)?
Si la mente no se ocupara de nada, no sería consciente (la consciencia es siempre de algo), y si se ocupara de todo lo posible, no sería la mente de un ser particular con su propio itinerario kármico.
Se concluye de nuevo que su soporte ha de ser el género (nikāya) y la vida (jivita).
La escuela sautrāntika no admite la existencia de este dharma genérico.
La serie de estados mentales carece de un soporte externo a ella misma en arūpyadhātu.
¿Cómo es posible que exista sin soporte?
Simplemente porque es "proyectada" mediante una determinada causa (karmakleśa).
Si dicha causa no se encuentra libre del apego por la materia, la serie reaparecerá en el mundo material y encontrará soporte en la materia.
En caso contrario, la mente (considerada una serie de estados mentales) existirá sin relación a la materia.
Al margen del modo en el que se justifique un mundo mental sin soporte material, lo significativo desde la perspectiva cosmológica es la hipótesis misma de un ámbito inmaterial.
A ese ámbito, como veremos, quedará reducido el universo en sus periódicos ciclos de repliegue.
Vasubandhu sugiere que estos tres dhātu forman tres niveles, tanto en la jerarquía cósmica como en la evolución de las consciencias, pero que estas "capas" se encuentran de alguna manera entretejidas.
El filósofo cuestiona si debería considerarse "integral" a un dhātu, es decir, del dominio de ese dhātu, a todos los dharma que se producen en él.
Y concluye aceptando la posibilidad de que algunos dharma producidos en kāmadāthu sean de la esfera de rūpadhātu o arūpyadhātu, por ejemplo debido a los logros de la concentración mental.
En el libro octavo se añade que estos estados (dhyāna) tienen siempre un recorrido ascendente (y no descendente), pues de otro modo carecerían de utilidad.
Es decir, los dhyāna de otras esferas se producen siempre en estados de conciencia que pertenecen a esferas inferiores (Vallée-Poussin, 1988, p.
1250).19 Por lo tanto, no todos los dharma producidos en un dhātu tiene el anhelo (rāga) propio de ese dhātu.
El anhelo propio de kāmadhātu es el anhelo de seres absorbidos (samāhita) por su ambiente y no desapegados de los deseos que su mundo ofrece.
Lo mismo puede decirse para los otros dos ámbitos (rūpadhātu y arūpyadhātu), pero ello no significa que no puedan producir ciertos dharma pertenecientes a estadios superiores (del cosmos o de la mente).
Algunos textos conciben la estructura de los dhātu en capas horizontales planas, no habiendo discontinuidad en ninguna dirección de los cuatro puntos cardinales.20 Otras opiniones (Sthiramati) describen estos ámbitos como esféricos, extendiéndose no sólo en la dirección de los puntos cardinales sino también hacia el zenit y el nadir.
Aunque cada una de estas capas pertenece a un universo concreto, quienquiera que se desapega de un kāmadhātu particular se desapega al mismo tiempo de los kāmadhātu de todos los universos, y lo mismo puede decirse para los otros dhātu.
Sin embargo, los poderes extraordinarios obtenidos mediante el primer dhyāna se limitan al universo en el que se producen.
En los ámbitos inmateriales la calma es grande y la intelección pequeña, lo contrario que en otros ámbitos (Vallée-Poussin, 1988, pp. 1215-1216).21 El primer dhyāna se encuentra asociado con la comprensión y discriminación (vicāra), la satisfacción afectiva (prīti) y la dicha (sukha), elementos que irán desapareciendo en los subsiguientes dhyāna.
En el segundo dhyāna se elimina la discriminación, quedando unidamente la satisfacción afectiva y la dicha.
En el tercero sólo permanece la dicha.
En el cuarto desaparece esta última.22
"Los ārūpya son como los dhyāna en número y naturaleza.
Hay cuatro ārūpya y cada uno es doble: son estados de la mente concentrada y ámbitos de existencia.
Están constituidos por cuatro skandha, pues la materia (rūpa) se encuentra ausente en ellos".23 El tratado intenta explicar en qué sentido ārūpyadhātu, que no es en realidad ningún lugar ni estadio, es cuádruple desde la perspectiva de los seres que allí renacen, que son "aquellos que han dominado la idea de la materia".
Los seres que moran en ārūpyadhātu carecen de visión y oído (a diferencia de los de rūpadhātu) y por tanto de la percepción cognitiva asociada a estos órganos.24
A continuación se discuten las diferentes posturas de las escuelas acerca de la posibilidad de un ámbito inmaterial.
Algunas sostienen que ārūpyadhātu no es completamente inmaterial sino que se compone de una materia extremadamente sutil, transparente, similar a la de los diminutos y prácticamente invisibles seres acuáticos de los que habla el vinaya, que apenas puede percibirse.
Los argumentos para mantener esta tesis son cuatro: (1) El calor y la vida se encuentran asociados.
(2) Se dice que lo material se apoya en lo inmaterial, y a la inversa (nāma, los cuatro skandha no materiales, y la materia se apoyan mutuamente).
(3) Además, los skandha materiales e inmateriales son un efecto de la percepción cognitiva (vijñāna).
Y finalmente se sostiene que (4) la percepción cognitiva no es independiente de la materia física, la sensación, las ideas o los hábitos.
Sin embargo, estos argumentos no resultan convincentes.
Prueba de ello es que cuando los sūtra hablan de la vida (āyus) asociada con el calor (que es material), o cuando hablan de que lo material se apoya en lo inmaterial y viceversa, no se refieren a todos los tipos de vida sino sólo a aquellos que surgen en el ámbito del deseo y el ámbito de la materia sutil.
Respecto al tercer argumento, hay que distinguir entre las percepciones cognitivas producidas por las samskāra de kāmadhātu y rūpadhātu, de aquellas producidas por las sa×skāra de ārūpadhātu.
Respecto al cuarto, el sūtra niega que la percepción cognitiva se mueva independientemente de los vijñānasthiti, es decir, al margen de la materialidad, la sensación, las ideas y la intención (rūpa, vedāna, samjñā y samskāra), pero habría que dilucidar a qué ámbito pertenecen estos, pues bien podrían ser consecuencia de retribuciones kármicas de un ámbito material.
Se concluye que en el mundo de ārūpya toda sensación (vedanā) ha sido dejada atrás y que se trata de un mundo inmaterial.25 Cuando un ser logra renacer en este ámbito, su propia materialidad (rūpa) queda en suspenso durante largos periodos de tiempo.
Se pregunta entonces de dónde extrae dicho ser su cuerpo cuando renace en un ámbito inferior.
Se responde que la materia física surge de la mente (citta).26 Una acción del pasado puede "materializarse" mediante la traza (vāsanā) que dejó en la mente y dicha maduración explica la emergencia de lo material a partir de lo mental.
Samghabhadra (Prakaranaśāsana) comenta: "Cuando un ser muere en ārūpyadhātu y renace en un ámbito inferior, la serie continua de sus estados mentales (cittasamtati) produce la materia (se fabrica un cuerpo), así es como de la mente puede surgir la materia.
Nosotros mantenemos que en este mundo, los dharma materiales e inmateriales se producen de hecho en mutua dependencia.
Las transformaciones de lo mental producen la diversidad de lo material.
Cuando se transforman o evolucionan los órganos de los sentidos, que son materiales, las percepciones cognitivas difieren.
Éste no es el único modo de surgimiento de lo material, también puede originarse a partir de procesos en ámbitos materiales."
Los ārūpya surgen como consecuencia del desasimiento de un estado anterior, Cada uno de ellos recibe su nombre de los ejercicios preparatorios que facilitan el acceso a los mismos: ākāśantya, vijñānānantya y ākimcanya.
El viajero y filósofo chino Xuanzang añade que, en sus ejercicios, el meditante debe pensar sucesivamente: "El espacio (ākāśa) es infinito", "la percepción cognitiva (vijñāna), en sus seis modos, es infinita", "poco es lo que hay (ākimcanya)".27 El locus classicus al que hace referencia es un pasaje del Culasuññata-sutta, donde el Buda habla de "permanecer en la plenitud de la vacuidad".28 El texto describe las tres fases mencionadas: la atención al espacio ilimitado, la atención a la infinitud de la percepción cognitiva, que nunca se interrumpe (simplemente cambia de modo y escenario en función del itinerario kármico que la guía), y la atención a la unidad de la esfera de la nada.
En cada una de estas fases la mente consigue clarificarse, equilibrarse y liberarse gradualmente hasta finalmente alcanzar el último de los ārūpya: nasamjñānāpyasamjñāka.
En el capítulo dedicado a los diferentes tipos de conocimiento directo, dentro de la sección dedicada al recuerdo consciente de vidas anteriores,29 Buddhagosa describe los procesos de expansión y contracción que experimenta el "sistema de mundos" (lokadhātu), en cada uno de los cuales se distinguen 31 ámbitos de existencia (bhūmi).
La contracción se produce al mismo tiempo en cúmulos que comprenden innumerables mundos.30 En el caso de los periodos de contracción, se trata de eras de disminución, mientras que en los periodos de expansión de trata de eras de incremento.31 Aquello que reemplaza la contracción se encuentra enraizado en ella y lo mismo puede decirse de lo que incrementa la expansión.32 Existen tres clases de periodos de contracción, los desencadenados por el fuego, por el agua, y por el viento.
Hay, al mismo tiempo, tres límites superiores a dicha contracción: la contracción por el fuego puede arrasar todos los ámbitos de existencia que quedan por debajo de ābhassara, la contracción por el agua tiene su límite en el ámbito de subhakinha, y la contracción por el viento tiene su límite en el ámbito vehapphala.33
Como los estados de ánimo, caracterizados por la impermanencia, los ámbitos cósmicos tampoco gozan de una estabilidad definitiva, aunque abarquen periodos de tiempo incomparablemente más extensos.
El espacio cósmico o mundo receptáculo (bhājanaloka) experimenta ciclos recurrentes de repliegue o contracción desencadenados por tres de los elementos: fuego, agua y aire (Walshe, 1995, p.
345-350),34 que reducen los mundos de abajo a arriba, es decir, partiendo de los ámbitos de existencia más elementales y procediendo sucesivamente hacia los más evolucionados.
El fuego destruye en primer lugar el ámbito de kāmadhātu, alcanzando el primero de los ámbitos de la materia sutil, correspondiente al primer dhyāna, donde se detiene.
Los ámbitos superiores, correspondientes al segundo dhyāna, serán destruidos por el agua, mientras que los asociados al tercer dhyāna son destruidos por el viento.
Únicamente los ámbitos correspondientes al cuarto dhyāna (siete pertenecientes al mundo de la materia sutil y cuatro al mundo inmaterial) no se ven afectados por este repliegue cósmico.
Tanto el Visuddhimagga como el Abhidharmakośabhāsya describen detalladamente la secuencia y frecuencia de dicho repliegue cósmico.35 Tras siete ciclos de destrucción mediante el fuego sucede uno mediante el agua, lo que sugiere que la contracción cósmica no siempre tiene el mismo alcance.
¿Qué ocurre con los seres de los ámbitos que son objeto del repliegue cósmico?
Hay acuerdo en que dichos seres no pueden desvanecerse simplemente de samsāra, pero la escolástica del norte y la del sur no se ponen de acuerdo en cuál es su destino.
Para Vasubandhu dichos seres renacen en ámbitos equivalentes de otros universos que no se encuentran en proceso de contracción, lo que preservaría la ley del karma.36 Sin embargo, para Buddhaghosa estos seres renacen en el mundo de la materia sutil, concretamente en el ámbito de ābhassara, en virtud de un karma positivo remanente.
Yaśomitra, en su comentario al libro octavo de Kośa, sugiere que cuando se inicia el repliegue del universo, los seres de los ámbitos de existencia inferiores entran en el segundo dhyāna, gracias a una vāsanā o traza mental latente.
Se subraya así la idea de que todos los seres en algún momento de su trayectoria han pasado por el ámbito de la materia sutil y que la contracción cósmica se encarga de actualizar.37
En la literatura antigua el término sánscrito kalpa hace referencia a periodos cósmicos de larga duración, asociados a los diversos ciclos de expansión y contracción del universo.
El Abhidharmakośa distingue cuatro tipos de eras cósmicas o eones.38 Una era de repliegue o contracción, llamada samvarta-kalpa, y una era de despliegue o expansión, llamada vivarta-kalpa.
En función de su duración, se habla también de eras menores (antarakalpa) y mayores (mahākalpa).
El mundo tiene una duración de veinte antarakalpa, una vez se ha consumido este tiempo, empieza la fase de repliegue (vivartakalpa), que se inicia, desde abajo, con la desaparición sucesiva de los ámbitos de existencia (gatisamvartanī) y sus receptáculos (bhājanasamvartanī).39
Ya hemos visto que mediante el agua se repliegan los ámbitos correspondientes al segundo dhyāna.
En orden sucesivo: parittābha, appamānābha y ābhassara, todos ellos pertenecientes al mundo de la materia sutil.
Mediante el viento se repliegan los ámbitos correspondientes al tercer dhyāna: el ámbito de parittasubha, el de appamānasubha y el de subhakinha.
Los ámbitos superiores a este, asociados con el cuatro dhyāna, las llamadas moradas puras (suddhāvāsa) y los cuatro estados inmateriales (arūpya); no se repliegan y constituyen el universo latente cuando todo ha desaparecido.
Podemos inferir que es en estos estados donde se custodian las diversas potencialidades de los seres, cuyos itinerarios kármicos sobreviven a las transformaciones cíclicas del cosmos.
Dicha identidad kármica se hará efectiva en la era de despliegue o expansión (vivarta-kalpa), tras haber quedado en suspenso durante el periodo de transición entre el repliegue y el subsiguiente despliegue del cosmos.
El funcionamiento descrito aquí para nuestro universo es extensible a otros universos, cuyo número es inimaginable.
El comentario explica el motivo por el cual los diversos elementos destruyen gradualmente los distintos ámbitos.
El fuego destruye el primer dhyāna porque precisamente las imperfecciones y vicios de dicho estado mental son vitarka-vicāra, que hacen arder la mente del mismo modo que el fuego hace arder el mundo.
El primer término, vitarka, hace referencia a la elucubración de lo discursivo, a suposiciones, conjeturas y dudas.
El segundo, vicāra, al discernimiento y la reflexión.
Ambos inquietan todavía al primer dhyāna.
Los ámbitos asociados al segundo dhyāna, los esplendorosos (ābhāsvara), sucumben al agua, dado que su vicio es la dicha.
Y los sūtra afirman que la sensación de sufrimiento se destruye mediante la supresión de la solidez del cuerpo, siendo los seres dichosos blandos y maleables como el agua.
Los ámbitos asociados al tercer dhyāna los destruye el viento, pues tienen como vicio la respiración.
De modo que cada uno de los vicios asociados a los diferentes estados mentales causa la destrucción de los ámbitos de existencia.
De nuevo lo externo y lo interno, lo físico y lo mental, se consideran dos aspectos de una misma realidad.
¿Por qué no se opera una destrucción mediante el elemento tierra?, se pregunta el autor: porque lo que llamamos mundo físico es precisamente el elemento tierra.
Por lo tanto ese mundo a ese mundo físico puede oponerse el fuego, el agua o el viento, pero no la misma tierra.
Los ámbitos asociados al cuarto dhyāna no son objeto de destrucción precisamente porque su estado mental asociado se encuentra libre de la agitación de la especulación, la dicha y la respiración.
¿Respeta esta concepción de un ámbito indestructible el principio de impermanencia que gobierna la especulación budista en torno al cosmos y la vida?
Vasubandhu no elude la cuestión.
El mundo receptáculo del cuarto dhyāna no es eterno, de hecho no constituye ni siquiera un ámbito que exista por sí mismo, sino que se divide en diferentes mansiones o residencias que surgen y perecen a medida que los seres las pueblan o abandonan.
Aquí la distinción entre sattvaloka y bhājanaloka ha desaparecido.
Dichos ámbitos existen siempre porque siempre se encuentran habitados, aunque ningún ser more eternamente en ellos, de hecho, no son ni siquiera espaciales.
De modo que el cuarto dhyāna es y no es un sustrato permanente del universo.
Lo es en el sentido de que funciona como su fuente de alimentación, como el resto donde se almacena la potencialidad kármica de los seres una vez el ciclo de repliegue ha concluido y el cosmos, suspendido, aguarda su despliegue postrero.40 Y no lo es en el sentido de que las "identidades" que lo constituyen son fluctuantes e inestables.
Dado que el ámbito de inmenso fruto (brhatphala) no constituye tanto un ámbito como un modo de ser.
Decir que el mundo se contrae periódicamente hasta dichos modos de ser es una manera de decir, como apunta Gethin, que los seres retornan a lo que podría considerarse un modo primordial del ser y en este sentido dichos ámbitos pueden entenderse como un "origen" para el resto del cosmos (Gethin, 1997, p 204).
EL DESPLIEGUE DEL COSMOS
La era cósmica de despliegue o expansión, denominada vivarta-kalpa, se inicia con la aparición de viento primordial (prāgvāyu) y concluye cuando los seres comienzan a renacer en los ámbitos inferiores de kāmadhātu.41 El mundo ha quedado en suspenso por largo tiempo, en concreto durante veinte kalpa menores (antarakalpa), habiendo sólo espacio donde antes se encontraban los seres.
Por la fuerza remanente de su acción colectiva, aparecen los primeros signos de lo que será el mundo material.
Una ligera brisa surge en el espacio vacío.
Y se inicia la era de despliegue, que durará tanto como la de suspensión, veinte antarakalpa.
La brisa primordial aumenta gradualmente de intensidad hasta formar un círculo de viento.
De esta manera se forman todos los "receptáculos" que albergarán los ámbitos de existencia (bhūmi).
Los primeros en poblarse son los ámbitos de rūpadhātu y en orden descendente se van poblado los diversos bhūmi hasta llegar al más bajo de todos ellos.
Cuando esto ocurre, la era de despliegue ha finalizado.
En la primera se crea el mundo físico, en las otras diecinueve, hasta que los seres renacen en los abismos, la vida humana goza de una incalculable longevidad, que va disminuyendo conforme avanza la evolución del cosmos.42
De lo expuesto hasta aquí hay varias ideas que pueden resultar atractivas para la sensibilidad moderna.
Por un lado, según el entendimiento budista del cosmos, el tiempo se concibe como la distancia entre la mente y el universo.
Por el otro se subraya la idea de que el universo es un mapa de la mente: el complejo itinerario de los estados de ánimo.
La cosmología budista, a diferencia de la actual, no se organiza exclusivamente en torno a lo sensible (la bóveda estrellada, digamos), sino en torno a los diversos estados de la experiencia mental.
"El ojo sólo percibe lo visible, el oído lo audible, y nada sabe uno del otro, mientras que la mente (manas) aprende tanto su objeto, la conciencia, como los objetos de los cinco sentidos y los sentidos mismos" (Bodhi, 2002, p.
325).43 Desde el punto de vista budista, es lógico que la cosmología moderna se organice en torno a lo sensible pues es un conocimiento desarrollado en el mundo sensual de kāmadhātu.
En la cosmología budista el espacio no se considera como una categoría plausible al margen de una percepción cognitiva que de alguna manera lo impregna y configura.
De modo que considerar un espacio vacío de percepción supondría una contradicción en los términos.
Curiosamente, la tradición que hizo del vacío una categoría filosófica, descartó o pasó por alto la posibilidad de que el espacio pudiera existir al margen de la percepción, es decir, al margen de los seres que lo habitan, ya sean corrientes mentales toscas y sensibles (kāmadhātu), sutiles (rūpadhātu) o inmateriales (ārūpadhātu).
Al ser función de los estados de la mente, el espacio pierde su indiferencia y se atempera, se convierte en una actitud y un modo de ser, se dota de inclinaciones.
Y la curvatura del espacio, su gravedad, se torna función de las miradas que lo crean.
Así, la tradición hablará con frecuencia de espacios inquietos y espacios serenos, espacios oscuros y luminosos, ámbitos de dicha y ámbitos de sufrimiento.
El universo no tiene origen, pero se repliega y despliega cíclicamente.
Cada ciclo se compone de cuatro fases.
En la fase de expansión se produce una diversificación unida a una sucesiva degradación en la experiencia de los seres.
En la fase de contracción el universo comienza a recogerse desde abajo, desde los niveles más bajos de conciencia hasta los más elevados, que son los últimos en reabsorberse.
Desde esta perspectiva, si consideramos lo que ocurre en un único ciclo de despliegue-repliegue, puede decirse que son los estados de conciencia que han logrado liberarse de la atadura de la materia (el mundo de ārèpyadhātu), los que permanecen como universo embrionario cuando éste se encuentra en su ciclo de "suspensión", y es a partir de ellos, cuando se inicia de nuevo el despliegue cósmico, donde se forma primero el mundo de la materia sutil (o de refinada sensibilidad) y, posteriormente, el mundo de sensibilidad tosca en el que habitamos.
Según esta narrativa, la conciencia, o mejor, los estados de conciencia, crean el receptáculo para lo sensible.
La mente se crea un cuerpo.
Pero dicha narrativa puede invertirse si nos situamos en el inicio del proceso de repliegue, y lo que era entonces efecto se convierte ahora en causa.
Según esta otra perspectiva, el repliegue de lo sensible y de lo material da paso a un mundo imperceptible que carece de forma pero no de entendimiento, donde los estados de conciencia subsisten al margen de lo material. |
El discurso higiénico como argumento moralizante de la mujer: "La higiene del bello sexo" de Ramón Hernández Poggio (1847)
El presente trabajo analiza la obra "Cartas a Clemencia, sobre la higiene del bello secso (sic)"de Ramón Hernández Poggio, donde se corrobora cómo la mujer en el siglo XIX se convierte en eje central de las publicaciones científicas o pseudo-científicas y, en concreto, en objeto tanto de estudio como de intervención por parte del médico, que como garante de unos conocimientos técnicos intenta mantener el orden burgués establecido, no dudando en utilizar la higiene como mecanismo de control, proscribiendo teatro, música, lecturas, banquetes y un sinfín de actividades que apartan a la mujer del ámbito del hogar y de su verdadera "misión", de madre y esposa.
Los estudios de género han realizado durante décadas importantes aportaciones, llegando a definir el constructo social que ha pesado sobre las mujeres en distintos momentos históricos y en particular en los siglos XIX y XX.
En relación a estas dos centurias se han dado a conocer las ideas que se habían ido configurando en cuanto la naturaleza femenina y esclareciendo las consabidas "misiones" de las féminas dentro del nuevo orden social establecido (Aresti, 2001; Jagoe, 1998a; Ramos, Vera, 2002)1.
No obstante, aún se requiere de la continuidad de estudios empíricos y sin lugar a dudas de análisis puntuales que contribuyan a completar el universo de la literatura que se redactó sobre el tema "mujer".
Dentro de las incalculables reflexiones, discursos, conferencias y todo tipo de publicaciones que se difundieron durante el siglo XIX y principios del siglo XX hay que incluir los emitidos por los profesionales de la medicina que, como "hombres de ciencia", se vieron legitimados para participar en los debates y formular argumentos sobre las mujeres.
Estos llegaron a configurar una verdadera "trama" que utilizaba el saber como evidencia y no en extrañas ocasiones los preceptos higiénicos como plataforma2.
Ser médico y conocedor del cuerpo y la mente y supuestamente de opiniones o propuestas asépticas, facilitó que las ideas tuvieran una mayor permeabilidad en la base del pensamiento social y favoreció la consolidación y continuidad de las normas establecidas (Aresti, 2001, pp. 17-18; Ruiz Somavilla, 1994)3.
De acuerdo con la tónica general en el diecinueve y los inicios del veinte la clase médica sevillana produjo textos científicos o pseudo-científicos en torno a la mujer, entre los que se encuentra la obra objeto de nuestro análisis "Cartas a Clemencia, sobre la higiene del bello secso (sic), ó sean Reglas para que las mugeres (sic) conserven su salud y prolonguen su vida."
Su autor Ramón Hernández Poggio se suma de este modo a médicos como José Moreno Fernández (Moreno Fernández, 1892)4, Javier Lasso de la Vega y Cortezo (Lasso de la Vega y Cortezo, 1904)5 o Federico Rubio y Galí (Doctor Ruderico, 1902)6, los cuales desarrollaron total o parcialmente su actividad en Sevilla y se sintieron atraídos por dedicar sus afanes literarios al género femenino.
En este sentido el presente trabajo tiene como propósito, no sólo dar a conocer desde el punto de vista historiográfico este texto, sino también analizar su discurso en base a las semejanzas y diferencias que se pudieran producir con los escritos de la época.
De este modo nuestros ejes rectores van a ser interrogantes dirigidos al hecho de esclarecer si esta obra supuso en algún sentido una ruptura con los preceptos transmitidos por los profesionales de la medicina coetáneos, o si por el contrario se reiteran los modelos sociales asociados a las mujeres.
Sin olvidar incidir por otra parte en el papel que la higiene jugó en este caso, cuestionándonos en última instancia si su espoleo presentó aspectos novedosos o si de acuerdo con la pauta general se visualiza en "Cartas a Clemencia, sobre la higiene del bello secso (sic)..." cómo los médicos llegaron a convertir la higiene en un "sacramento" y sus fundamentos en un verdadero catecismo (Duprey, 2007)7, en esta ocasión dirigidos a recluir a la mujer en el hogar y en su rol de esposa y madre.
Para abordar esta problemática hemos atendiendo a los elementos que intervienen en toda comunicación, articulados en torno a tres conceptos: emisor, mensaje y receptor.
Inicialmente hemos realizado un perfil del autor, a continuación una valoración de las características de la obra tanto en sus aspectos formales como en su contenido, intentando dilucidar las condiciones de producción, difusión y recepción (Aresti, 2001, p.
13; Carrillo-Linares, 2002), y en último lugar hemos tenido presente los destinatarios del mensaje.
EL EMISOR "RAMÓN HERNÁNDEZ POGGIO": UN ACERCAMIENTO A SU PERFIL BIOGRÁFICO
Ramón Hernández Poggio nació en la capital hispalense el 8 de octubre de 1823; miembro de una familia numerosa de la clase media sevillana8.
Nuevamente las vidas académicas de Pizarro y Hernández Poggio se encontrarían en la ciudad de Cádiz, donde el primero cursó el séptimo año de sus estudios, mientras que el segundo se instalaba en ella a finales de 1842 para matricularse en el Colegio Nacional de Medicina y Cirugía11 y obtener tres años más tarde el Bachiller12 y la Licenciatura en Medicina y Cirugía13.
Ambos alumnos al trasladarse a Cádiz contactaban tempranamente con un Plan de estudios, donde desde 1828 estaba establecida la división de la higiene en: Higiene Privada e Higiene Pública, separada asimismo de la fisiología (Granjel, 1983, p.
Esta circunstancia posiblemente les condicionó en su orientación profesional posterior.
De hecho Manuel Pizarro dedicó prácticamente toda su vida profesional al cultivo de la Higiene, llegando a ser Catedrático en la Escuela libre de Medicina de Sevilla —desde 1875 Escuela Provincial de Medicina—.
Ramón Hernández, aunque al margen de la institución académica, mantuvo de igual modo un especial interés por los problemas de la salud pública, como se desprende de sus múltiples publicaciones al respecto.
En 1848, a la edad de 25 años, Ramón Hernández Poggio orientaba su profesión hacia el ejército, ingresando por oposición en el cuerpo como médico militar.
Desde esa fecha hasta su jubilación en 1889 desempeñó —durante más de 44 años— su labor como médico castrense.
Ocupó numerosos puestos de responsabilidad15, estuvo destinado como sanitario en batallones, regimientos y hospitales de numerosas localidades españolas y extranjeras y acompañó al ejército en las campañas militares.
Llegó a ser Secretario de la Junta Superior Facultativa e Inspector médico en tres Capitanías Generales,16 realizando distintas labores como clínico, como gestor y como autor de diferentes trabajos relacionados con su actividad.
Como se puede comprobar por su dilatada vida en el ejército no parece que, los constantes cambios políticos a los que estuvo sometida España, afectaran a su vida profesional, ya que mantuvo puestos de responsabilidad independientemente del régimen político vigente.
Un acercamiento a su perfil humano nos lleva a afirmar que, desde un punto de vista sociológico, perteneció a un grupo de burgueses conservadores, como parece corroborar su círculo de amistades sevillanas, las cuales por otra parte mantuvo durante toda su vida.
En el caso de Hernández Poggio un indicativo de su conservadurismo es que en una fecha tan tardía como el año 1881 mostró una oposición abierta a aceptar novedades científicas como el método antiséptico de Lister (Riera, 1973, pp. 21-22).
En esta misma línea, en 1858 al tratar sobre la blenorragia se mostró contrario al abordaje experimental de los problemas y la aplicación de la física y la química a la medicina, llegando a afirmar que las leyes biológicas se regían por fuerzas diferentes a la física (Hernández Poggio, 1858).
Igualmente denota su talante la oposición que mostró ante la prostitución, a la que consideraba como el origen de todos los males y sobre la que demandaba leyes represivas duras, la reclusión de todas las prostitutas y la deportación a las colonias de las reincidentes (Hernández Poggio, 1853).
Su rígida moral también se dejó sentir en el ámbito militar, recriminando las "juergas", los "banquetes" y cualquier otro tipo de diversión de los soldados (Massons, 1994, p.
Mientras en la obra que nos ocupa prohíbe a las mujeres el teatro, la música o las conversaciones por considerarlos nocivos para su salud física y moral (Hernández Poggio, 1847).
En un intento de aproximarnos con mayor precisión a su marco de pensamiento, nos parecen especialmente ilustrativas las opiniones que vierte en su artículo " las impresiones de la mujer en el acto de la fecundación" (Hernández Poggio, 1857).
Este texto se inicia en torno a dos premisas.
Por una parte, el interrogante de si realmente las emociones de la mujer durante el acto de la procreación o el embarazo pueden influir en el aspecto físico del recién nacido.
Por otra parte, para construir la resolución de la incógnita establece como axioma que entre la multiplicidad de fenómenos de la naturaleza que el hombre no puede explicar, se encuentran los relacionados con la fecundación.
Tras estas proposiciones, se sumerge en el análisis de esta temática, aunque desde un prisma totalmente alejado de las bases teóricas de la época y los conocimientos que se impartían en las universidades.
El contenido se acerca más a la esfera de las creencias populares que al mundo científico, de hecho el propio autor defiende que hay cuestiones inexplicables y creencias arraigadas que la ciencia debe considerar.
La conclusión final de esta publicación es la capacidad de la imaginación de la mujer para intervenir en la fisonomía y facciones del feto.
Una hipótesis que apoya tanto en las opiniones de autores —aunque no versados en esta materia— como en su propia experiencia.
En este último sentido, no duda en exponer el suceso que aconteció a una joven de 20 años casada, conocida personal suya, a cuyo domicilio había enviado el mismo a un amigo que había llegado a Sevilla para solicitar su atención y restablecerse.
Tras la exposición de estos antecedentes relata como la mujer a los nueve meses tuvo un niño de un parecido extraordinario al de su amigo, lo que Hernández Poggio atribuye taxativamente a la impresión que le causó a la joven la estancia de dicho hombre en su casa.
Posiblemente cegado por la idea de confirmar este planteamiento, además de por su rectitud de pensamiento, el autor no se llega a cuestionar la posibilidad de una infidelidad de la mujer.
Si bien quizás en un intento de convencimiento personal señale que su amigo —el visitante— le había manifestado que no podía cohabitar.
"Esta observación prueba clara y palmariamente que solo la imaginación de la señora V.... pudo comunicar á su hijo la semejanza con el sugeto que con tanta viveza le impresionó; porque tal vez pensando en él durante la cópula con su esposo, y de hecho mientras se desarrolló el feto, imprimió tales caracteres en su fisonomía.
Esta opinion se juzga en la actualidad como preocupación del vulgo y de ciertos médicos; mas para que se vea que desde la más remota antigüedad la ciencia ha observado hechos parecidos y consignado en sus anales tan importantes documentos, voy á citar algunos para dar autoridad á mis opiniones."
Los pensamientos de Ramón Hernández Poggio posiblemente hallaron correlato en su comportamiento, debiendo llevar, al igual que su amigo Manuel Pizarro, una existencia coherente con sus ideales conservadores de reprobación del ocio y las diversiones.
Esta actitud, junto con la rígida moral militar y la movilidad geográfica que le imponía su condición de médico de milicias, probablemente le mantuvieron al margen de la vida social.
Aspectos que por otra parte pudieron influir en el hecho de que contrajera matrimonio muy tardíamente18.
Sea como fuere, lo cierto es no obstante que, a pesar de no tener una "aparente" visibilidad en la cúpula de la sociedad sevillana, formó parte de la elite médica del ejército y su proyección fue más amplia que la meramente local.
Como autor destacó por su productividad19, publicando diversos trabajos casi todos relacionados con su tarea asistencial como médico castrense, aunque desde una visión higiénica.
A esta faceta sumó su labor como traductor de varios textos médicos del francés y del inglés, quehacer que le fue recompensado con varios premios y la publicación de sus obras.
De igual modo colaboró en numerosas revistas, sociedades y academias científicas realizando diversas contribuciones.
Antes de finalizar la carrera de medicina ya había participado en la Revista de Ciencias Médicas de Cádiz, con posterioridad colaboraría en numerosas publicaciones20, llegando incluso a ocupar puestos de responsabilidad en las mismas21.
Fue socio corresponsal de trece instituciones distintas, nacionales o extranjeras22, participando en cada una de ellas al menos con una contribución.
Tras su jubilación del ejército, al haber cumplido la edad reglamentaria23, regresó a su ciudad natal, con la que siempre mantuvo una conexión24 profesional y personal, para fijar su residencia definitivamente.
Murió siete años más tarde, a la edad de 73 años.
EL DISCURSO: LA HIGIENE COMO ARGUMENTO DE ADOCTRINAMIENTO SOCIAL
Aspectos formales del discurso
Con un título sugerente "Cartas a Clemencia, sobre la higiene del bello secso (sic)..." fue publicada en 1847, la que fuera la primera obra del médico sevillano Ramón Hernández Poggio.
El texto editado en pequeño formato por la Imprenta de El Independiente25 de Sevilla, consta de 87 páginas y utiliza la tan traída expresión de "el bello sexo" 26, término socialmente muy aceptado con el que se realiza una asociación entre la belleza y la condición de mujer.
Se trata de un libro bien organizado que emplea una forma original de expresión, el género epistolar, un estilo narrativo inusual tanto en las publicaciones de divulgación higiénica como en la literatura versada sobre la mujer.
La prosa epistolar como pieza editorial ha sido considerada como cortas conversaciones por escrito para salvar las distancias con el ausente y donde debe existir un emisor y un receptor (Soto Vergara, 1996).
De acuerdo con estas características, Hernández Poggio adopta la estructuración del texto en cartas de las que se convierte en el remitente.
Para encauzar la comunicación se presenta como receptor a un personaje literario femenino, Clemencia, imagen creativa de mujer dotada de nobles sentimientos como patrimonio propio que se hace extensivo a la totalidad de las mujeres y con la que se mantiene una correspondencia fluida.
La puesta en escena de la obra sigue las pautas de este género literario, creando un marco escénico que se mantiene en todas las epístolas.
El inicio de cada composición es un saludo con una indicación afectiva directa hacia la destinataria.
En algunas ocasiones, la comunicación se inicia porque su "estimada amiga" le había dirigido una misiva donde narraba algunos hechos cotidianos o emitido una pregunta; en otros casos es el mismo autor quien convertido en personaje le solicita información sobre temas concretos.
Sea cual fuese el procedimiento bajo ambas estrategias subyace la primacía en el mensaje de las respuestas y directrices de Ramón Hernández Poggio, ejes centrales del discurso, que convierten al propio autor y a la profesión médica por extensión en los encargados de instruir a la mujer, en este caso a Clemencia.
El órgano consultor es el poseedor de los conocimientos y asume con agrado y de forma aparentemente filantrópica la responsabilidad de su educación, no ya en temas meramente higiénicos sino alcanzando una dimensión mayor, moral y religiosa.
Con este fin y siguiendo el esquema de un relato epistolar se hace referencia a comunicaciones pasadas entre los interlocutores y se continúa empleando al mismo receptor, aunque junto a esta protagonista femenina se va insertando un plantel de "actrices secundarias" como Armonieta, Mariquita, Adelaida, Feliza, Julia, Clara o Victoria, que dan forma a la composición.
Para concluir, como toda carta requiere, utiliza una despedida solicitando comunicaciones futuras y donde de nuevo hacen su aparición las expresiones afectivas hacia Clemencia27.
Como salvedad hemos de precisar que en la supuesta correspondencia no están presentes el tiempo y el lugar donde se desarrolla, elementos que aparecen reflejados de forma más o menos explícita en el género epistolar (Soto Vergara, 1996, p.
El desarrollo de la obra se articula en torno a catorce apartados, trece cartas y una breve introducción, escritas con una terminología de fácil comprensión "...a propósito de hacer agradable su lectura" (Hernández Poggio, 1847, p.
Se trata por tanto de un texto de creación carente de tecnicismos que responde fielmente a las características de las publicaciones de divulgación higiénica y de cuyo diálogo aflora un discurso moralizante, bastante común en la época y donde son trasmitidos de forma explícita los valores de la pequeña burguesía.
Como tipología historiográfica esta publicación podemos insertarla dentro de una literatura de género28, aunque con una marcada orientación higiénica.
En ella Hernández Poggio emprende una labor de adiestramiento del "bello sexo", empleando para este fin el armazón "indiscutible" de las normas higiénicas y no dudando en recurrir a todas las argucias posibles para conseguir disciplinar a la mujer y mantenerla en su tradicional posición accesoria.
Esta obra al igual que otros textos médicos de su tiempo, como ya hemos expresado, se escribe en un tono divulgativo que recuerda a los escritos de "La mujer gaditana" de Federico Rubio (Doctor Ruderico, 1902) o "La madre de familia" o "La beata" de Moreno Fernández (Moreno Fernández, 1892).
Si bien las publicaciones de Rubio y Moreno Fernández aportan descripciones de la mujer desde un punto de vista biológico, apoyándose en el recurso de la naturaleza femenina y sin hacer mención a los preceptos de la higiene, en oposición al matiz higienista que le otorga Hernández Poggio.
A grandes rasgos podemos definir el texto como un relato destinado a transmitir el pensamiento normativo de la clase media, a través del uso de la higiene como autoridad científica.
"Necesidad de la higiene, de la pureza del aire, de las causas que producen la palidez del rostro de las mujeres, de los alimentos, del corsé y el calzado estrecho, de los vestidos, de la menstruación, de la edad crítica, de la preñez, del parto, de la lactancia, del teatro y del cabello" son los temas tratados.
Como queda de manifiesto, a pesar de llevar el título "La higiene del bello sexo", de las trece cartas en las que se divide la obra, sólo cinco tratan de temas consustanciales a la mujer (de la menstruación, de la edad crítica, de la preñez, del parto y de la lactancia)29 estando la mayoría de las epístolas dedicadas a generalidades donde es ponderada la utilidad de la higiene y reprobada su falta de seguimiento.
A modo de prefacio utiliza una cita de los autores franceses Henri Blatin y Vicent Nivet que adelanta su concepción sobre la higiene en general, la cual es convertida a medida que discurre la obra en el pilar fundamental, no sólo de la medicina sino de la moral y de la sociedad, expresando:
"Pero las personas ignorantes que no comprenden la importancia de los cuidados higiénicos, los abandonan y se quejan de la ineficacia de los remedios"30
Inicialmente, a pesar de conservar la misma línea argumental que otros muchos autores, la obra presenta una engañosa dicotomía.
El mantenimiento de un discurso conservador reiterando los mismos valores y roles asignados al sexo femenino y la aparición de un elemento supuestamente novedoso, la relación de amistad-complicidad con su amiga Clemencia; nada usual para esas fechas.
Hecho que resulta, de entrada, absolutamente renovador y que simula una fisura en el relato discursivo, donde la mujer no sería algo secundario sino el núcleo del mismo.
No obstante a medida que discurren las páginas observamos que ese trasfondo de camaradería no es más que una ficción literaria que esconde un clarísimo paternalismo, común a todos los discursos de la época.
El uso de un personaje femenino como interlocutor, lejos de realizar una aproximación real a la mujer, la mantiene en el mismo papel marginal.
A diferencia de otros autores donde sus propuestas las centran en la necesidad de clasificar, ordenar o separar biológicamente a la mujer, esta obra de entrada no describe, no examina, ni cataloga al sexo femenino.
Analiza desde una óptica burguesa las características del sector social al que pertenece el autor y particularmente el estilo de vida de "el bello sexo", al que pretende mantener bajo control con unas inquisitoriales reglas higiénicas31.
La "introducción" la reserva para razonar los motivos que le llevaron a la publicación de su trabajo, donde bajo una concepción holística de la medicina expresa que el médico y la ciencia médica no sólo deben circunscribir su potestad a las enfermedades sino que su papel debía ser mucho más amplio.
Desde su inicio deja intuir que los médicos por su formación tenían capacidad para poder actuar no sólo en lo estrictamente médico sino en todos los ámbitos de la vida, expresando:
"Si la medicina solo circunscribiera su dominio á curar las enfermedades del hombre cuando se encuentra postrado en el lecho del dolor, ciertamente seria limitado su poder: mas sus pretensiones son mayores, sus miras mas elevadas."32.
Desde las primeras líneas se aprecia un lenguaje agradable cargado de grandes dotes de cortesía y una exagerada galantería, más propia de la novela caballeresca que de un relato pseudo-científico (Jagoe, 1998a)33, en el que encontraban cabida términos que gozaban con el beneplácito social como "bello sexo".
A pesar de que el texto no pretende realizar una descripción biológica de la mujer, entre sus líneas hace acto de presencia las ya definidas características femeninas y la dualidad de discursos.
La mujer como ente colmado de esenciales virtudes morales, delicada, abnegada, con una mayor capacidad moral que el hombre, pero capaz de producir grandes sufrimientos34.
Retórica que se ajusta perfectamente al discurso de tópicos del siglo XIX.
En este sentido el autor expresa:
"...ese sér hermoso y encantador que nos proporciona; ora los mas vehementes placeres, ora los mas intensos dolores.
La mujer objeto de todas nuestras solicitudes, de todos nuestros deseos, esa criatura tan delicada que se halla espuesta á sufrir dos veces mas padecimientos que el hombre..."
"¡...la encantadora criatura que es el embeleso del hombre y el hechizo de la Sociedad!"
La carta primera lleva por título "Necesidad de la higiene", bajo este rótulo se ocupa de definir los conceptos higiénicos criticando severamente la opinión de aquellos autores, a los que considera equivocados, al no proporcionar la importancia necesaria a la higiene y adular a otros que hacen de la misma el motor de la salud, no sólo física sino moral y la convierten en el soporte capaz de dar respuesta a todos los problemas sociales.
El aire, la luz, los alimentos, los vestidos, las conductas, los sentimientos, las pasiones, todo queda bajo el control de los preceptos higiénicos35:
"Por la higiene conserva el hombre la salud, perfecciona sus facultades, aprende á usar y gozar de todo lo que le rodea, asi como á evitar los peligros inseparables del abuso y del exceso: la higiene es la única que puede dar los medios, tanto de fortalecer nuestros sentimientos cuando son demasiados débiles para servir á la conservación y felicidad de nuestra existencia, como de moderarlos, cuando por su mucho ardor sorprenden á degenerar en pasiones violentas y á causar nuestra desdicha etc" (Hernández Poggio, 1847, p.
Comienza la carta con una simulada modestia tan típica de la mentalidad del siglo XIX muy de la idea socrática de "sólo sé que no sé nada" demandando de su "apreciable amiga" la colaboración para obtener información de sus costumbres e impresiones sobre los lugares que frecuentaba, bailes, teatros, personas con las que se relacionaba u objetos que le rodeaban, con la idea paternalista y "generosa" de advertirla de los peligros a los que estaba expuesta y con ello se convertía en su maestro al hacerla partícipe de sus conocimientos, que según sus palabras desearía fuesen su "...norma y que puestas en práctica" le hicieran "...gozar dias (sic) tranquilos..." ya que las enfermedades son:
"...hijas de sus escesos (sic)... por esa vida regalada y poltrona...por el abuso de su pensamiento corriendo desatado en pos de engañosos deleites, de ajitados (sic) placeres y dando libre rienda à sus impetuosas pasiones que aniquilan su organismo."
Como se puede contemplar la triada higiene, moral y pedagogía se entremezcla visiblemente entre los primeros párrafos y así va a mantenerse en toda la obra y donde el autor asume gustoso la trinidad de médico, sacerdote y maestro.
La carta concluye con un clarísimo argumento condescendiente y protector disfrazado por un desinterés personal donde va enunciando las pretendidas "inocuas y asépticas" intenciones de darle a conocer las pautas higiénicas en relación a su sexo y donde de forma explícita se manifiesta un ideario burgués, que concluye por distanciar a la mujer de todo aquello que no sean los espacios domésticos.
De igual modo que en esta primera carta, en el segundo escrito el autor crea una situación discursiva donde en el cuerpo de la carta da respuesta a la hipotética misiva de su interlocutora Clemencia y bajo el epígrafe "De la pureza del aire", con el mismo tono de cordialidad y adulación que mantiene desde su inicio, la disertación lejos de referirse a las condiciones profilácticas del aire puro, la convierte en una clara y dura crítica a la aristocracia y a la alta burguesía, que llega a calificarlas de superficiales y derrochadoras que nada tienen que ver con el ideario de mujer pequeño burguesa.
Los bailes, los teatros, los conciertos, la asistencia a salones, se convierten en los enemigos de las virtudes femeninas de la clase media.
El enérgico argumento sigue siendo el mismo, las consecuencias nefastas que es capaz de producir el no seguir los criterios de la higiene y llevar una vida no acorde con el orden social establecido.
Entre sus líneas se suceden los calificativos hacia las mujeres aristócratas y alto burguesas a las que define como señoras que "...nadan entre el lujo y la molicie..."
32)36 y cuyo estilo de vida les lleva a frecuentar lugares proscritos desde el punto de vista higiénico que pueden convertirse en "un veneno mortal" (Hernández Poggio, 1847, p.
14) llegando a expresar:
"Finos saludos, cordiales muestras de afecto, encomios á los directores de aquel sarao, galantes elogios á las bellas, furtivas miradas, animadas sonrisas, por último todo era placer, todo respiraba alegria.
Mas ¡oh fatalidad! no habia trascurrido una hora cuando muchas señoras se quejaban de dolores de cabeza, opresión en las sienes y el pecho, unas tenian nauseas, otras buscaban donde vomitar, aquellas presas de un sincope, es otras de convulsiones, en fin todos se hallaban indispuestos."
Como queda de manifiesto en el párrafo anterior la concurrencia a determinados lugares es penado severamente esgrimiendo la enfermedad como recurso incuestionable, no dudando en emplear exageraciones mayúsculas para su condena y reforzando, por tanto, el modelo de mujer diametralmente incompatible con esos placeres.
La posición tradicional sobre las mujeres está presente en el conjunto de la obra de Hernández Poggio y al igual que en estos dos primeros escritos, los que le siguen son una sucesión de reiteraciones donde el autor con una amplia base bibliográfica y siempre utilizando los mismos argumentos higiénicos, empieza con una hipócrita sutileza sancionando algunos espacios de ocio como los bailes y salones, para continuar de forma más directa condenando un sinfín de actividades socio-culturales como teatros, conciertos, tertulias, reuniones, fiestas, banquetes, y concluir de forma agresiva por proscribir toda manifestación cultural, social o educativa que bajo su pretendida óptica "impoluta" podía perturbar las exigencias sociales de la mujer.
La música, la literatura,37 las conversaciones amorosas todo ello es punible, las recomendaciones sobre la alimentación, los vestidos, los calzados, los perfumes, el cabello son también objeto de análisis y conforme con el mismo discurso instructivo empleando la tan argüida base científica, todo ello para terminar excluyendo a la mujer de cualquier espacio que no sea el hogar y reducir sus actividades a las de madre y esposa totalmente acorde con el discurso de la domesticidad.
Ante todo lo expresado quizás lo más interesante del universo de las cartas sea el análisis de los silencios o del olvido voluntario.
En ningún momento en las primeras cartas el autor hace mención expresa a las cualidades femeninas ni de las características que definían la imagen de mujer, no alude de entrada a la fragilidad, la sensibilidad o la tan utilizada excitabilidad del sistema nervioso, en ellas como ya lo hemos dicho en párrafos anteriores, el discurso se centra en censurar la frivolidad y superficialidad de un sector social ostentoso cargado de adornos y lujos y la reprobación de los lugares y situaciones en aras de la salud, que nada tiene que ver con la imagen tradicional de mujer como "ángel del hogar"(Aresti, 2000).
A pesar de que no utiliza en su discurso las diferencias biológicas entre hombres y mujeres, entre los capítulos se aprecia de manera manifiesta la exclusividad que bajo su óptica poseía el sexo femenino para estar sometido a los grandes males que le suministraban las relaciones sociales, la vida ociosa y noctámbula sin que en ningún momento o de manera muy secundaria se haga mención al varón38, que sin lugar a dudas compartía la asistencia a dichos espacios de diversión.
A medida que avanza el texto van surgiendo, de forma más o menos directa, toda la retórica de las cualidades psíquicas y biológicas atribuidas a la mujer, la susceptibilidad, la coquetería, la excitabilidad del sistema nervioso y las consabidas funciones sociales de madre y esposa muy acorde con la moralidad católica de resignación, sumisión y abnegación.
Al analizar los efectos nocivos de los vestidos y calzados se detiene explícitamente en el corsé39 al que llega a considerar como "pieza homicida", y donde vuelve a saltar a la luz la defensa del arquetipo social de mujer y fundamentalmente el de madre.
Al hablar del corsé el autor expresa: "...destruye las vísceras destinadas a la procreación, y..." se priva "... del mas sagrado deber de una madre, que es alimentar en sus pechos à los séres que ha dado á luz..."
Al corsé lo convierte de este modo en el elemento productor de todas las enfermedades que afectan a la mujer y naturalmente las relacionadas con los órganos genitales y sus funciones.
La esterilidad, los desarreglos de la menstruación, los dolores de cabeza, los aneurismas, las palpitaciones, las enfermedades del corazón, la atrofia del hígado, la erisipela, la melancolía, los partos difíciles, e incluso los cánceres, todo ello son producto de este artilugio del vestir.
Este cúmulo de despropósitos convierten al mensaje, de una manera evidente, en un discurso explícito y directo y donde las amenazas de la salud son irrefutables.
Utilizando una cita de Jean Baptiste Félix Descuret de su obra "Medicina de las pasiones" (1841), Hernández Poggio al igual que el autor francés establece de forma explícita una relación entre la higiene y la moral: "La salud como la moral, reclaman vestidos cómodos, limpios, decentes..."
34)40, el discurso que mantiene es el mismo que va a defender en los siguientes escritos donde afirma que "Los vestidos con que cubren su cuerpo las mugeres (sic) están en contradicción con la higiene, con la decencia, con el buen gusto y por último, con la comodidad de las que lo usan" (Hernández Poggio, 1847, p.
38) llegando incluso a responsabilizar a la moda de muchos de los problemas sociales al afirmar: "...las columnas de los periódicos de modas, no solo inducen los mas ecsecrables crímenes (sic), sino también se hacen fuente inagotable de dolorosas enfermedades" (Hernández Poggio, 1847, pp. 37-38).
Es interesante destacar como una prenda del vestir como el corsé se convirtió en el centro de todas las críticas.
La lucha para su eliminación provenía de distintos frentes coincidiendo plenamente la medicina y la religión que lo reprobaban por realzar las formas femeninas, observándose nítidamente la coincidencia de la higiene y la ética católica (Carrillo-Linares, 1998)41.
En pro de la higiene este autor no duda en olvidar, por algún momento, el lenguaje gentil y gallardo al utilizar términos poco galantes o que pudieran ser tachados de obscenos al adentrarse en mencionar aquellas partes del cuerpo como los pechos, los pezones, los muslos, e incluso prendas íntimas femeninas como el calzón, el monillo, la faja, etc...que no serían socialmente aceptados, aventurándose incluso a sugerir, siempre en aras "de la salud", las hechuras de la indumentaria femenina todo acorde con la moral establecida.
En este sentido expone:
"Todos los médicos proscriben estas modas como opuestas al goce de la mas completa salud" "... me atrevo a proponerte una modificación en las camisas que emplees, y es que por la parte superior tenga una forma semejante à las que usamos... que seria más pudoroso..."
Sin perder en ningún momento el hilo conductor y con la misma trama aborda los escritos de temas exclusivamente femeninos, "la menstruación, la edad crítica, la preñez, el parto y la lactancia", en ellos ya se hacen claramente patentes los ideales de mujer burguesa "El sagrado depósito de la perpetuidad de la especie" (Hernández Poggio, 1847, p.
47) y los mencionados deberes de madre.
Así de una manera espontánea van surgiendo todas las características consideradas como innatas femeninas, combinándose con unas incontables prescripciones que no son más que reprobaciones de todo aquello que la aparte del hogar y del ideal social.
De nuevo la música, el teatro, las tertulias, los conciertos, incluso los perfumes, etc... son objeto de crítica aunque en este caso no es la higiene el argumento, aquí toman cuerpo las consabidas características biológicas femeninas, de la impresionabilidad y la excitabilidad del sistema nervioso que aconsejan esa toma de decisiones, aunque con el mismo tono paternal que le caracteriza.
A medida que va discurriendo el mensaje la mezcolanza e interacción entre higiene y moral católica se va reforzando, visualizándose de una manera muy clara los préstamos de funciones entre medicina y religión (Carrillo-Linares, 1998) y donde el único objetivo es apartar a la mujer de la participación social y cultural y relegarla al ámbito familiar.
Las revistas42 de moda, las novelas amorosas, las conversaciones podían inducir a normas de conducta fuera de las pautas sociales de la burguesía donde la organización jerárquica y patriarcal quería garantizar, en este caso desde la ciencia, el sometimiento de la mujer.
Aquí de nuevo se hace patente el silencio voluntario sobre el hombre al cual, al parecer por sus diferencias biológicas no había que poner frenos; en este sentido las esferas laicas y religiosas vuelven a coincidir, el matrimonio y la maternidad realizan a la mujer como persona ante Dios y la sociedad (Cantizano Márquez, 2004, p.
295) y sin que el hombre haga acto de presencia más que para cubrir las necesidades familiares.
En el capítulo que dedica al teatro el autor expone:
"Obligado el hombre á trabajar para cubrir las necesidades de la familia, la naturaleza y la sociedad han destinado á la muger el cuidado mas inmediato de sus hijos: mas las madres no quieren privarse de los placeres que gozaran antes de adquirir tan grandioso título, olvidando sus sagrados deberes, entregan sus hijos á manos mercenarias..."
De los cinco artículos dedicados a temas propios de la mujer, son interesantes destacar las cartas dedicadas al parto y a la lactancia.
A diferencia de lo que se podría esperar en un texto de orientación higiénica, en el apartado del parto aparecen escasas recomendaciones profilácticas, dedicando la totalidad del mismo a realizar una crítica directa a las matronas a las que considera como "...mugeres (sic) que carecen no solo de una instrucción profunda sobre la obstetricia, sino de una práctica..."(Hernández Poggio, 1847, p.
65)43 y fortaleciendo la figura del médico al que considera como "bienhechor de la humanidad", como la persona más idónea para realizar los nacimientos y el único conocedor del cuerpo femenino y ni que decir tiene persona intachable y dentro de los cánones morales.
En este marco de pensamiento argumenta que los médicos son los expertos en recomendar las posturas idóneas que deben adoptar las mujeres durante el parto y el puerperio para evitar los alumbramientos desgraciados pero enalteciendo la imagen médica y reprobando la oposición social para que asistan a los nacimientos por un pudor mal entendido, y terminar vigorizando la idea de que la ciencia y el médico están por encima de todas las pasiones, en relación a ello el autor expresa:
"Por último, estimada amiga, es infundada esa oposición que se tiene à los médicos para que asistan a los partos; pues si se quiere alegar por causa la decencia, diré que es una paradoja puesto que durante un parto natural la muger permanece vestida y nada tiene que ver el profesor que asiste... el médico no ve mas que órganos enfermos, no piensa sino en el grado de la afección, su naturaleza, medios de combatirla etc. Olvidando en aquellos las ideas, que en opuestas circunstancias las pasiones despertáran."
Ciertamente en las siete páginas que ocupa el capítulo que dedica a la lactancia hace asimismo una crítica a "las amas de leche" hacia las que va realmente dedicadas las recomendaciones higiénicas, pero con opiniones altamente contradictorias, característico de "la doble moral burguesa".
Aun aceptando el uso social de las nodrizas e incluso admitiendo la opinión de que la gran mortalidad de los niños de Londres se debe a la costumbre de las madres de criarlos, en las páginas siguientes lo censura y considera a las amas de cría como mercenarias y a la mujer que abandona sus verdaderas funciones (Hernández Poggio, 1847, pp. 70-76)44.
En los dos últimos artículos que dedica al teatro y al cabello, vuelve a retomar los efectos de las pasiones, la moda, las fiestas y los placeres, que de una manera casi obsesiva recrimina, y donde de forma reiterativa queda patente el ideario tradicional del autor, con una amplia base religiosa que intenta contrarrestar las corrientes liberales que estaban empezando a calar en la clase media y en la burguesía utilizando para ello la segregación de la mujer, eso sí "en aras de la salud".
PRODUCCIÓN, DIFUSIÓN Y RECEPCIÓN DEL MENSAJE: LOS DESTINATARIOS
La motivación que llevó a Ramón Hernández a redactar este texto y a elegir el tema de la higiene de la mujer como fundamento de su obra, sería la primera cuestión a dilucidar.
Como la mayoría de los textos higiénico-sanitarios, en la introducción se explicita la finalidad y los destinatarios de la publicación: ayudar a las mujeres a evitar las enfermedades a las que se hayan expuestas.
El interés de la medicina en general y de los médicos en particular, por las cuestiones sociales y su ejemplificación en la constitución de la higiene pública o social (Rodríguez Ocaña, 1992; Rodríguez Ocaña, Martínez Navarro, 2008), derivó en la aparición de propuestas de intervención sobre el medio material y humano y entre ellos, las mujeres.
En efecto el interés que la higiene suscitó en los médicos españoles del siglo XIX y la creencia de la necesidad de divulgar estos nuevos conocimientos condicionó el desarrollo de una literatura especializada (Granjel, 1983, p.
En este contexto Hernández Poggio convencido de la bondad de la ciencia redacta "Cartas a Clemencia", en pleno desarrollo de la higiene como especialidad en nuestro país y su incorporación como disciplina académica independiente.
Ha sido ampliamente estudiado que para que un discurso surta efecto a nivel social debe reunir una serie de características, ha de apoyarse en el pasado, actuar sobre el presente y ofrecer una visión de futuro, además el emisor debe gozar de legitimidad y su difusión debe ser en el momento propicio (Aresti, 2001, p.
Para conocer la difusión y recepción de "las cartas a Clemencia" hemos pretendido aplicar este esquema comprobando que la obra puede ajustarse, aunque con algunas diferencias, al diseño propuesto.
Palpablemente el autor utiliza la experiencia pasada y la higiene como arma arrojadiza e incuestionable, para ello no duda en recurrir a autores de todas las épocas siempre manteniendo su intencionalidad moral y conservadora "... hombres filantrópicos enseñaran los preceptos que debían observarse para prevenir un temprano fin y gozar una cabal salud" (Hernández Poggio, 1847, p.
Londe, Grimm, Tissot, Pressavin, von Helmont o Deslandes son algunos de los autores mencionados.
El discurso higiénico lo utiliza para asegurar el presente social pequeño burgués y mantener en el futuro el mismo ideario que pretendía segregar a la mujer de la vida pública y relegarla a la vida privada del hogar (Castellanos, Jiménez Lucena, Ruiz Somavilla, 1990)45.
Por tanto observamos cómo la obra se fundamenta en autores que avalan el pasado e intenta aplicarlo en el presente y como contrapartida ofrece un futuro prometedor pleno de salud y bienestar.
Todavía resta por comprobar la legitimidad del autor y el momento de la edición de la obra.
Cuando estas cartas fueron editadas el autor era un joven médico, licenciado hacía dos años y que reafirmaba su inclinación por la literatura.
Como ya hemos comentado, desde estudiante de medicina participaba en la edición de la Revista de Ciencias Médicas de Cádiz.
Por tanto en el momento de la publicación de la obra aún no había entrado a formar parte de las altas esferas sociales y todavía no había ingresado en el ejército.
Como consecuencia sus características personales no le incluirían en el grupo social dominante como para tener éxito social y su obra ser influyente.
Ha sido cumplidamente estudiado como los discursos médicos sobre las mujeres, de finales del siglo XIX y principios del siglo XX, realizan una aproximación al perfil de los autores revelando unas características comunes en la mayoría de ellos.
Se trataban de profesionales que pertenecían a la elite de la sociedad, desempeñando puestos de responsabilidad, tanto en entidades públicas como privadas, catedráticos, directores de escuelas o centros hospitalarios, miembros de Academias y sociedades médicas y en casi todos los casos con una destacada actividad clínica (Ortiz, 1993, p.
En este caso cuando Hernández Poggio publicó Cartas a Clemencia no cumplía ninguna de las peculiaridades expuestas, no era docente, no pertenecía a ninguna institución y a lo sumo realizaba una práctica clínica en la que no había tenido tiempo de conseguir notoriedad, sólo llevaba dos años de ejercicio.
En lo que respecta a la obra, el momento elegido para la publicación fue sin duda bastante propicio.
Monlau acababa de editar "La Higiene Privada" y el interés por los temas higiénicos estaban en pleno apogeo tanto en España como fuera de ella y el tema "mujer" formaba parte de la atención de numerosos profesionales.
Pero ciertamente desconocemos con exactitud el impacto que produjo, no pudiendo afirmar que tuviera o no aceptación inicialmente y las características personales del autor en ese momento no avalaban el éxito.
Después de su primera y única edición en la capital hispalense cinco años más tarde, el 31 de marzo de 1852, la obra fue premiada en el Instituto Médico Valenciano46, cuando ya el autor pertenecía a la milicia, a varias Academias de Medicina y había publicado diversos trabajos en revistas científicas que le otorgaban una clara legitimidad.
Aún así al otorgarle el premio el Instituto Médico Valenciano, el informe del jurado la calificó de "obrita" que no aportaba "novedad de ideas" 47.
Ante lo expuesto podemos concluir apuntando que los discursos sobre "la mujer" no fueron un coto restringido a la elite médica sino que otros sectores, sin pertenecer a la esfera del poder, también escribieron sobre ello; pero es también bastante evidente que la difusión del texto no fue efectiva hasta serle reconocido públicamente el galardón del Instituto valenciano y por tanto cuando el perfil del autor se aproximó plenamente a los supuestos expuestos en párrafos precedentes.
Sólo quedaría por definir los destinatarios y potenciales lectores de esta literatura.
Ya hemos adelantado que en el texto introductorio de Cartas a Clemencia se explicita, tanto la finalidad como los destinatarios de la publicación: la instrucción higiénica de las mujeres.
Basta con examinar sus páginas para comprobar que en la redacción de la obra Hernández Poggio estaba dirigiendo sus indicaciones a las mujeres de un sector social muy concreto, la clase media y la pequeña burguesía, apareciendo de una manera explícita y silenciando el resto de los sectores sociales.
Para lo cual, como queda manifestado, el autor eligió un modo de expresión muy coloquial alejado de la prosa académica y consiguió crear una protagonista femenina y un atrezo que con toda seguridad lograría atraer su lectura y de ese modo facilitar el calado en el entramado social.
Por la forma de redacción, la extensión y por su contenido como ya hemos sobradamente expuesto, puede ser considerada como una obra de divulgación, aunque llegados a este punto cabría también cuestionarse si realmente estos textos eran consumidos por las mujeres (los destinatarios) o por el contrario quedaban limitados a un ámbito profesional.
No hay que olvidar entre otras cuestiones el alto nivel de analfabetismo de la población del siglo XIX y XX y más concretamente de las mujeres (Jagoe, 1998b)48.
Si tomamos los datos de una fecha aproximada a la publicación de las "Cartas a Clemencia", tenemos que la primera estadística oficial con datos de alfabetización es de 1841 que arroja una cifra de 24,2% de alfabetizados, dentro de los cuales sólo el 9,2% eran mujeres (Viñao, 2009).
Es por ello que no seriamos atrevidos si afirmamos que las lectoras serían bastante escasas.
Desgraciadamente las variables que hemos manejado para definir los destinatarios y su difusión no nos han acercado a la realidad.
No nos consta que fuera objeto de una disertación pública, ni tampoco de reseñas o comentarios en la prensa diaria ni profesional.
El único elemento objetivable es que en 1853 la prensa profesional seguía anunciando entre sus páginas la venta de la obra en varias capitales españolas49.
Obviamente ello sólo nos acerca a conocer la difusión pero no al consumo ni a los destinatarios reales de la obra.
En nuestra opinión, aunque dentro de la mera especulación, difícilmente el texto pudo cubrir sus aspiraciones editoriales.
Como epílogo es necesario subrayar que en el texto están presentes intereses ajenos a la higiene, más llamados a perpetuar la subordinación social de la mujer y su reclusión en el hogar.
La disertación y su autor son producto de una época, si bien es necesario reconocer que no todos los literatos-médicos fueron tan radicalmente tradicionales como Hernández Poggio.
Y a pesar de ello, el discurso latente en este texto se prolongó en el tiempo coincidiendo plenamente con multitud de obras posteriores, convirtiendo los trabajos en calcos reiterativos50. |
Institutos privados de investigación "pura" versus políticas públicas de ciencia y tecnología en la Argentina (1943-1955)
En junio de 1943 se produjo en la Argentina un golpe de Estado que inició un proceso de enfrentamientos entre un importante sector de científicos académicos y el gobierno militar de facto.
Como resultado, muchos científicos perdieron sus cargos en las universidades, entre ellos el grupo liderado por el fisiólogo Bernardo Houssay, que iba a obtener el premio Nobel de Fisiología en 1947.
A partir de ese momento, este grupo de médicos impulsaron la creación de una serie de institutos privados de investigación sostenidos por filántropos locales y por la Rockefeller Foundation.
El presente artículo analiza este "proyecto" de creación de institutos privados —sus motivaciones y objetivos— como un proceso de institucionalización "paralelo" y divergente respecto de las iniciativas impulsadas para la ciencia y la tecnología desde el sector público.
Este "desdoblamiento" del proceso de institucionalización, encarnado en ideologías, modelos institucionales y jerarquías epistémicas difícilmente compatibles, iba a tener consecuencias de largo alcance para el futuro desarrollo de la investigación en la Argentina.
Durante la década de 1940 tuvo lugar en la Argentina un proceso de fragmentación política e ideológica que impactó en la incipiente conformación del complejo de instituciones de ciencia y tecnología.
Con inflexiones propias, en las décadas siguientes esta disociación reprodujo la virulenta confrontación que la antinomia peronismo-antiperonismo instaló en la vida política argentina, justificó dictaduras militares y fue un factor determinante en el proceso de institucionalización de las actividades de ciencia y tecnología, así como de las políticas explícitas o implícitas —o de su ausencia— que lo guiaron.
Su manifestación más visible se expresó en el enfrentamiento entre dos representaciones del campo científico.
Por un lado, una perspectiva guiada por una ideología que asignaba a las ciencias "puras" o a la "investigación fundamental" un lugar primario y que, por lo tanto, justificaba el reclamo de libertad de investigación en la elección de los temas a investigar, autonomía del Estado —o autorregulación de los científicos de sus propias actividades—, y búsqueda de estándares internacionales en la producción de conocimiento.
Mientras que esta posición iba a ser defendida tenazmente en las décadas siguientes por algunos sectores o grupos de la comunidad científica argentina, por otro lado, algunas gestiones de gobierno y algunas instituciones públicas defendieron con diferentes grados de coherencia o énfasis una perspectiva que supuso que las actividades de investigación deben tener como meta final el desarrollo social y económico y que, por lo tanto, la ciencia y la tecnología debían integrarse a una política pública que les asignara la tarea de resolver "problemas nacionales".
Como país en desarrollo, esto en general significaba trabajar en problemas vinculados a las áreas de energía, salud, recursos naturales, producción o defensa.
Si bien estas dos perspectivas, con comprensibles variantes determinadas por el contexto, estuvieron presentes en otras experiencias nacionales, la intensidad y persistencia del enfrentamiento político que tuvo lugar en la Argentina mantuvo vigente esta polarización a lo largo de por lo menos cuatro décadas.
De esta forma, como marco amplio, el presente trabajo intenta dar cuenta de las primeras manifestaciones de esta disociación, analizando el período 1943-1955, momento en que se consolidan dos proyectos de institucionalización de la ciencia desconectados y divergentes.
En especial, el artículo analiza la creación y consolidación de una serie de institutos privados de investigación impulsados por un grupo de científicos reunidos en la Asociación Argentina para el Progreso de las Ciencias (AAPC).
Estos eventos, que atraviesan el gobierno de facto que se inicia en junio de 1943, el siguiente período de democracia comprendido entre la llegada de Juan Perón a la presidencia, en mayo de 1946, y su derrocamiento por un nuevo golpe militar en septiembre de 1955, son concebidos en este artículo como un proceso de institucionalización paralelo a las iniciativas impulsadas dentro del ámbito estatal por el gobierno de Perón.
Este desdoblamiento del proceso de institucionalización, encarnado en ideologías, modelos institucionales y jerarquías sociales y epistémicas divergentes, como dijimos, iba a tener consecuencias de largo alcance para el futuro desarrollo de la ciencia en la Argentina.
Finalmente, rasgos estructurales —de presencia evidente en nuestro objeto de estudio— como la inestabilidad política, la debilidad de los procesos de institucionalización, los altos costos de transacción o la dependencia disruptiva —ya sea económica, política o ideológica— de factores externos definen los rasgos determinantes del desarrollo científico en contextos periféricos.
En este sentido, el presente trabajo también intenta mostrar de qué manera un fenómeno característico a partir del final de la Segunda Guerra Mundial, como fue la institucionalización de la política científica en los países avanzados, se manifiesta en la Argentina con las modulaciones y refracciones propias de los contextos periféricos.
INSTITUCIONES Y RUPTURAS POLÍTICAS
A comienzos de los años cuarenta, la AAPC —creada a fines de 1933— había logrado impulsar un sistema de becas y subsidios de investigación a partir de aportes de fuentes muy diversas, tanto públicas como privadas, tanto nacionales como extranjeras.
Desde su creación, la AAPC se esforzaba por ganar visibilidad a través de la organización de conferencias o la publicación de folletos y artículos en diarios y publicaciones de lo más diversas.
La retórica dominante solía desplegar diagnósticos críticos y reclamos de becas, subsidios, cargos full-time y mejores condiciones materiales en las universidades.
Los argumentos giraban en torno a la comparación del escaso apoyo local con el decidido impulso que recibía la investigación en algunos países europeos o en los Estados Unidos.1
Durante su primera década de existencia, la AAPC logró un moderado reconocimiento social y político de sus actividades.
En diciembre de 1937, por Ley sancionada por el Congreso y reglamentada por el Poder Ejecutivo, se entregaba a la AAPC títulos de renta nacional por la suma de 1 millón de pesos moneda nacional.
Con las rentas producidas por este fondo y el número creciente de empresas que esperaban sumar a su red de filantropía, la asociación iba a ganar dimensión y continuidad (Houssay, 1964).2 Esta creciente visibilidad también significaba la consolidación del liderazgo de su presidente, el fisiólogo Bernardo Houssay, y del grupo de médicos investigadores que pertenecían a su círculo cercano.
Ahora bien, a menos de diez años de creación de la AAPC un golpe de Estado alteró drásticamente los planes de expansión académica de este grupo.
El 4 de junio de 1943, un grupo de militares instaló un gobierno de facto de matriz nacionalista y antiliberal.
La intervención de algunas universidades y la posición neutral sostenida por la Argentina frente a la Segunda Guerra Mundial desencadenó una respuesta de un grupo importante de intelectuales y profesores universitarios.
El 15 de octubre de aquel año, algunos diarios argentinos publicaron un manifiesto firmado por un grupo de 150 intelectuales y profesores universitarios.
"Democracia efectiva por medio de la fiel aplicación de todas las prescripciones de la Constitución Nacional y solidaridad americana por el leal cumplimiento de los compromisos internacionales firmados por los representantes del país", reclamaba el manifiesto a las autoridades militares.
Al día siguiente, el secretario de la presidencia comunicó a los ministros que todos los firmantes debían ser "declarados cesantes en la administración nacional, reparticiones autárquicas inclusive" (Firmantes del Manifiesto, 1945, p.
Desde el Ministerio de Justicia e Instrucción Pública se impulsó una retórica maniquea que anunciaba la expulsión de sus puestos en las universidades de aquellos profesores y estudiantes que participaran de "propaganda o acciones subversivas" y que, además, serían susceptibles de recibir "sanciones de otra naturaleza" (Cortesi, 1943).
Esta violenta reacción del gobierno puso en marcha un período de enfrentamientos entre un sector de la comunidad científica y académica y el gobierno de facto, que se extendió al período de gobierno democrático de Juan Perón (mayo de 1946-septiembre de 1955).
Como veremos, esta confrontación tuvo amplia repercusión internacional y consecuencias de largo alcance en el proceso de institucionalización de la investigación científica en la Argentina.
La purga radical que tuvo lugar en las universidades, entre otras consecuencias, desbarató el proceso de expansión académica que venía desplegando desde comienzos de los años treinta el grupo del fisiólogo Bernardo Houssay.
Desde 1919, Houssay dirigía el Instituto de Fisiología de la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires.
Al momento del golpe militar, la influencia directa de Houssay se extendía a las dos ciudades más importantes del país, luego de Buenos Aires: en Rosario, a través de Juan T. Lewis y Enrique Hug, ambos en la Universidad Nacional del Litoral (UNL); y en Córdoba, a través de Oscar Orías, en la Universidad Nacional de Córdoba (UNC).
Buch caracteriza este despliegue como la conformación de "un trípode institucional que garantizó por una década la existencia de un poder disciplinario de carácter nacional con una enorme visibilidad internacional" (Buch, 2002, p.
El golpe militar, con la expulsión de Houssay, Lewis y Orías de sus cargos universitarios, llevó a punto cero las posiciones institucionales y políticas ganadas por este grupo de científicos.
Desde entonces, mientras que algunos científicos e ingenieros se dedicaban a explorar, sin mucho éxito, la posibilidad de crear una universidad "científica" privada al estilo de Stanford o Johns Hopkins como reacción a un escenario político y académico que los marginaba, el grupo de Houssay, con notable eficacia, comenzó a impulsar la creación de una serie de institutos privados de investigación.
Esta iniciativa tuvo como condición de posibilidad la red de filantropía local que había ido conformando la AAPC desde su creación, el sostenido apoyo de la Rockefeller Foundation,4 así como la activa red de contactos internacionales de Houssay, utilizada para dar a conocer en foros internacionales la precaria situación en la que había quedado su grupo.
Como se verá, el golpe militar favoreció el fortalecimiento de esta red, así como la visibilidad internacional de Houssay como víctima de un régimen autoritario, construcción que el propio fisiólogo ayudo a difundir y que se extendió al período de gobierno de Perón.
La decisión de impulsar la creación de institutos privados de investigación —iniciativa inédita América Latina— obligó a este grupo de científicos a enfrentar numerosos interrogantes: ¿cómo financiar la creación y sostenimiento de institutos privados de investigación?, ¿qué lugar había que dar a las fundaciones extranjeras?, ¿era posible sostener este proyecto a través de una estructura de filantropía local?, ¿qué grado de autonomía debía mantenerse respecto del Estado?, ¿qué modelos institucionales y organizacionales debían tomarse como referencia?, ¿cómo definir el compromiso social del científico?
Las respuestas que este grupo fue esbozando —de manera explícita o implícita— a lo largo del proceso de materialización de estos institutos, junto a las representaciones del campo científico que fue elaborando en este trayecto, al quedar asociadas al "antiperonismo" oficial que una nueva dictadura impondría luego del derrocamiento de Perón, iban a marcar de forma irreversible el futuro de la investigación científica en la Argentina.
Mientras que ninguno de los proyectos de universidad "científica" privada pudo materializarse, en un contexto socio-político adverso de confrontación con las iniciativas oficiales por la legitimidad y el sentido social de la investigación, el grupo de Houssay logró impulsar la creación de una serie de cuatro institutos privados.
A través de ellos, este grupo pudo continuar y diversificar sus líneas de investigación, consolidar sus redes de vinculación internacional, obtener a través de su principal figura el premio Nobel de fisiología y medicina y, con la caída de Perón a fines de 1955, quedar posicionado como el grupo de referencia sobre el que la nueva dictadura se iba a apoyar para impulsar el proyecto de creación de un consejo nacional de investigación, previa clausura de una institución peronista equivalente —la Dirección Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (DNICyT)—, aunque orientada por una ideología diferente que daba prioridad a la resolución de los "problemas nacionales".
Los sucesos posteriores al golpe militar de junio de 1943 se reflejaron en los principales diarios norteamericanos con titulares como "Argentina Widens 'Communist' Hunt", "Rebellion Grows Among Argentines", o volantas que señalaban "Nazis Are Free" (Cortesi, 1943).
Este tratamiento de la prensa norteamericana no estaba disociado del conjunto de presiones que los Estados Unidos ejerció durante estos años sobre la Argentina —"oveja negra" del panamericanismo—, con el objeto de empujar a este país a una posición de relativo aislamiento y que, entre otras consecuencias, estuvo cerca de hacerle perder su membrecía en la recién creada Naciones Unidas (MacDonald, 1980, pp. 388-391).
En este escenario, Houssay fue objeto de la atención privilegiada de la prensa norteamericana, que dio cuenta de las repercusiones internacionales de su expulsión.
La revista británica Nature y la norteamericana Science, así como algunos diarios norteamericanos trataron en sus páginas el caso de la expulsión de Houssay, quien a lo largo de los años de gobierno peronista iba a ser transformado en icono internacional de las persecuciones políticas ocurridas durante el gobierno de Perón (Science, 1944; Nature, 1946).
Una nota en la primera plana del periódico norteamericano Christian Science Monitor sostenía:
"El Dr. Houssay, el científico natural más distinguido de la Argentina, cuyos logros han sido con frecuencia reconocidos en el exterior, es solo uno de los muchos que han establecido valientemente sus razones para rechazar una tregua con un régimen que consideran fascista y pro-nazi" (Hall Sharp, 1945, p.
La Rockefeller Foundation, que desde la década de 1920 había financiado las actividades de investigación fisiológica en la Argentina, especialmente las investigaciones de Houssay en el Instituto de Fisiología de la UBA (Cueto, 1994, pp. 132-133), dio respaldo político a la figura de Houssay frente al gobierno militar.
Robert Lambert, director asociado de la Rockefeller Foundation era mencionado por la revista Science como responsable de haber enviado para su publicación la "declaración" de los 150 profesores argentinos, "incluido el científico sudamericano más destacado, Bernardo A. Houssay", documento reproducido junto con la réplica pública del gobierno argentino de facto en donde se anunciaba la cesantía de todos los firmantes (Science, 1943).
Además del apoyo político y financiero de la Rockefeller Foundation, Houssay también contaba, como se verá, con el apoyo público de un grupo importante de científicos norteamericanos.
De esta forma, la visibilidad internacional de Houssay fue un factor crucial para sostener su propósito inicial de crear un instituto privado para continuar con las investigaciones de su equipo.
En cuanto al apoyo local, la manifestación más importante surgió de la red de filantropía que la AAPC había comenzado a construir desde mediados de la década anterior para complementar los magros recursos públicos destinados a la investigación.
Algunos pocos empresarios argentinos habían sido sensibles a los reclamos de la AAPC, y a comienzos de los años cuarenta ya existía una modesta red de filantropía local, en general basada en relaciones de amistad personal entre representantes del sector privado acaudalado y algunos miembros del colegiado de la AAPC.
Estas iniciativas habían permitido alguna regularidad en la distribución de subsidios y la creación de un programa de becas internas y externas.6 Entre los testimonios más firmes de que existía, al menos entre 1935 y 1945, un sector empresario sensible a la actividad científica, se cuentan las donaciones de la Fundación Sauberán para el Fomento de las Investigaciones en Fisiología, orientadas, según los deseos expresados antes de su muerte por el propio Juan Bautista Sauberán, al estímulo de "la investigación científica original desinteresada y no al de la que es aplicada que será objeto de un ejercicio profesional retribuido" (Sauberán, 1936).7 Creada en 1944, a través de esta fundación se destinó la suma de 50.000 pesos nominales en títulos de Crédito Argentino interno para la creación del nuevo instituto de Houssay.
La nueva fundación se colocó bajo la dependencia de la AAPC, depositaria del capital y garante del cumplimiento de las reglamentaciones, y su dirección quedó a cargo de una comisión formada por Lewis, encargado del manejo de los fondos de la donación, y de un abogado representante y consejero de la familia Sauberán.8
En los meses posteriores a su expulsión de la universidad, para Houssay resultaba claro que el gobierno militar estaba interesado en mantenerlo tan alejado como fuera posible de los ámbitos donde se desempeñaba normalmente (Houssay, s/f).
Expulsado de la UBA, la red de contactos internacionales y la estructura que había montado la AAPC le permitieron a Houssay concebir, como reacción a esta situación, la creación de un instituto privado de investigación en donde continuar y expandir las actividades de su grupo.
Es así que en marzo de 1944, con el apoyo de la Fundación Sauberán, de la Fundación Rockefeller y de la familia de su colaborador Eduardo Braun Menéndez —sexto hijo varón de una familia de pioneros colonizadores de la Patagonia—,9 se concretó la creación del Instituto de Biología y Medicina Experimental (IByME), donde se instalaron los tres profesores titulares de fisiología de la UBA, la UNC y la UNL, Houssay, Orías y Lewis, y los dos suplentes, Eduardo Braun Menéndez y Virgilio Foglia (Houssay, 1989 [1956], p.
493).10 Houssay era conciente de la novedad del modelo de institución que impulsaba.
"Este Instituto es una de las iniciativas más importantes realizadas en nuestro país para establecer un centro de investigaciones científicas desinteresadas de carácter privado e independiente de los recursos y la dirección del Gobierno o de sus dependencias" (Houssay, 1989 [1945], p.
El nuevo laboratorio fue instalado en una casa ubicada en la ciudad de Buenos Aires, que había sido comprada por Mauricio Braun —padre de Eduardo Braun Menéndez— y sus hijos, "los cuales nos la facilitaron, sin cargo alguno, con una generosidad que obliga a nuestra eterna gratitud", cuenta Houssay.
La familia Braun aportaba además "becas, donaciones anuales y valiosos consejos" (Houssay, 1959, p.
En una carta dirigida a Louis Dexter —un discípulo de Harvard que anteriormente había viajado a Buenos Aires para capacitarse con él en la UBA—, Houssay explicaba que el IByME era "un pequeño laboratorio de investigaciones".
Si bien "los recursos son escasos", habían decidido "no aceptar dinero sino de fuentes argentinas, para evitar interpretaciones malignas en este ambiente de mentirosos que nos rodea".
Del exterior solamente aceptarían el financiamiento de aparatos o bibliografía (Houssay, 1944).
En este sentido, la pérdida de la biblioteca del Instituto de Fisiología de la UBA motivó varias iniciativas internacionales.
En las páginas de la revista norteamericana Science se publicó una invitación a los "colegas norteamericanos" a colaborar con el nuevo instituto de Houssay enviándole sus publicaciones (Science, 1944),11 además de la difusión del llamado "Houssay Journal Fund" —impulsado por un comité integrado por Herbert Evans, Walter Cannon, John Fulton y Carl Wiggers—, que se propuso, con relativo éxito, reconstruir la biblioteca perdida del grupo de Houssay.
Con este fin, además de promover el envío de colecciones de revistas, se lograron recolectar los fondos que hicieron posible que el fisiólogo argentino pudiera suscribirse a 18 publicaciones científicas norteamericanas de biología y fisiología, así como una suma de dinero para suscripciones a revistas de otros países (Cueto, 1994, p.
Si bien la mayor parte de estos aportes provenían de la Fundación Sauberán y de la Rockefeller Foundation —en este último caso, solo para financiar aparatos e insumos—, también existían una cantidad de pequeñas colaboraciones que realizaban otros profesionales (Houssay, 1945a).13 Ahora bien, a pesar de los esfuerzos por consolidar una estructura de filantropía privada, en este momento ya era claro que, bajo la influencia de lo que estaba ocurriendo en los Estados Unidos al final de la guerra, las principales expectativas de Houssay se reorientaban hacia el financiamiento público y hacia la recuperación de su antiguo cargo en la UBA.
Cuando a comienzos de febrero de 1945 se promulgó un decreto de reincorporación de los profesores expulsados de las universidades en octubre de 1943 y se inició un breve período de recomposición política y normalización institucional, Houssay retornó al Instituto de Fisiología de la UBA.
Motivado por el horizonte promisorio que presagiaba este viraje político, en junio, Houssay le escribía una carta a su discípulo Luis F. Leloir, que se encontraba en los Estados Unidos:
"Siempre he creído y persisto en creer que el porvenir científico de un país está ligado a la Universidad, en lo cual tengo discrepancias con el Dr. Braun Menéndez y la mayor parte de los jóvenes que están desilusionados de la Universidad y quieren que se funden universidades o laboratorios privados.
Es muy difícil conseguir recursos permanentes para estos últimos" (Houssay, 1945b).
De vuelta en la UBA, Houssay había autorizado a Braun Menéndez a hacerse cargo de la dirección del IByME.
Sin embargo, Houssay le reprochaba a sus colaboradores la división de esfuerzos: "No creo tan fácil como ustedes que se mantenga el Instituto de Biología y Medicina Experimental y no creo que su vida esté asegurada", le escribía a Orías.
Houssay le explicaba que Braun Menéndez podría ser el director adecuado, aunque "al sacarlo de la Facultad debilitamos a ésta".
Finalmente, también lo preocupaba el hecho de que podría necesitar para el instituto de la UBA fondos de la Fundación Sauberán, "y sería una lástima que no me los pudieran dar o que estuvieran en competencia los 2 Institutos".
Y finalmente vaticinaba: "Ustedes creen que se puede mejorar al país sin mejorar a la Universidad.
Quieren como el avestruz ignorar al mundo por poner la cabeza bajo el ala" (Houssay, 1945c).
Meses más tarde, en su intercambio con Orías, Houssay sumaba a esta argumentación una razón crucial: "Aún en los Estados Unidos, las fundaciones particulares están perdiendo terreno y los investigadores cada vez más se fían en recursos del Estado" (Houssay, 1945d).
Sin embargo, esta primavera de normalización tuvo un final abrupto.
El papel militante de las universidades como opositoras a la política general del gobierno de facto arrastró nuevamente a las universidades a una situación de enfrentamiento con el poder político-militar.
El 19 de septiembre de 1945, tuvo lugar una masiva "Marcha de la Constitución y la Libertad", organizada por sectores universitarios, que finalizó con autoridades universitarias, profesores y estudiantes detenidos.
Como contrapunto, el apoyo político a Perón —entonces secretario de Trabajo y Previsión, ministro de Guerra y vicepresidente del gobierno de facto— crecía entre los sectores populares.
Iniciado el proceso electoral, el embajador norteamericano Spruille Braden se posicionó como líder político de la oposición.
El 9 de octubre, enfrentamientos internos al gobierno provocaron la renuncia de Perón a sus cargos y su posterior encarcelamiento.
En una carta al científico brasileño Carlos Chagas, Houssay relataba así este episodio:
"Entre los militares hubo un movimiento para suprimir a Perón.
Consideraban que el Gobierno no debía emplear todos sus recursos para imponer su candidatura.
Ese nuevo Gobierno me invitó a ser Ministro de Justicia e Instrucción Pública diciendo que buscaban elecciones libres y sin presión del Gobierno.
Me negué mientras siguiera la dictadura militar [...]".
El 17 de octubre un levantamiento de las clases populares logró la liberación de Perón, ahora firme candidato a la presidencia de la Nación en las elecciones de febrero de 1946.
"En los días siguientes las reparticiones públicas, Secretaría de Trabajo y Previsión y la Policía y matones pagos interrumpieron el trabajo y provocaron una huelga de trabajadores, 60.000 personas de lo más rotoso y vagabundo que existe, las cuales cometieron excesos en todas las ciudades, protegidos por la Policía. / Se volvió al gobierno anterior y sigue la dictadura y la máquina a favor del nazi Perón [...]
Luego de una áspera campaña en la que "el gobierno de los Estados Unidos brindó a Perón un apoyo tan decisivo como involuntario", al publicar, por insistencia de Braden, el llamado Libro Azul, destinado argumentar una supuesta complicidad de Perón con las potencias del Eje, en las elecciones se impuso finalmente Perón con el 56% de los votos (Rouquié, 1982 [1978], pp. 73).
En mayo las universidades fueron intervenidas y al mes siguiente Perón asumió la presidencia.
El Poder Ejecutivo promulgó un decreto que dejaba sin efecto los estatutos de las universidades nacionales que fijaban un límite de edad a los profesores titulares para continuar en el ejercicio de la cátedra.
A comienzos de septiembre de 1946, el delegado Interventor de la Facultad de Medicina de la UBA dispuso la jubilación de oficio de Houssay, que a su pesar debió retornar al IByME.
Como balance de este proceso de enfrentamiento entre un sector de la academia y el poder político, iniciado a mediados de 1943, más de 1200 profesores universitarios fueron dejados cesantes o renunciaron por solidaridad (Frondizi, 1948, pp. 53-54; Ortiz, 1996, p.
La noticia de su jubilación forzada coincidió con un viaje de Houssay a la ciudad de Toronto (Canadá), donde había sido invitado especialmente con motivo de los 25 años del descubrimiento de la insulina, y luego a los Estados Unidos, donde debía pronunciar una serie de conferencias y realizar algunas gestiones vinculadas a las investigaciones de su grupo.
"En el Instituto de Fisiología han renunciado gran parte de los ayudantes, jefes de trabajos prácticos y demás personal superior", le informaba Braun Menéndez a Houssay.
También agregaba algunos detalles sobre la forma en que se trasladaron gran parte de los renunciantes al IByME: "He tratado de organizar las cosas de tal manera que todos puedan seguir sus experimentos iniciados.
Tomé algunas medidas para ampliar la capacidad del Instituto que espero usted aprobará a la vuelta" (Braun Menéndez, 1946a).
Si bien, como se vio, Houssay era conciente de que a nivel internacional los recursos del Estado se tornaban imprescindibles, a partir de este momento, perdidas las esperanzas de recuperar su posición y la de sus discípulos en las universidades públicas, se enfocó en la dirección del IByME, donde ya trabajaban cerca de veinte investigadores.
Desde el IByME también comenzó a concebir una nueva estrategia de expansión institucional a partir del presupuesto de la necesidad de consolidar posiciones autónomas del Estado.
EL IBYME, UN "ENSAYO EN PEQUEÑO"
El enfrentamiento con el gobierno clausuró las posibilidades de la AAPC y del grupo de Houssay de acceder a financiamiento del Estado.
De esta forma, en paralelo con la consolidación del IByME, algunos de los científicos de la AAPC vieron una alternativa a esta situación de aislamiento en la creación de una universidad "científica" privada que fuera financiada por filántropos locales.
En el imaginario de quienes impulsaron diversas variantes este proyecto, el IByME era concebido como "semilla" para la creación de una universidad privada.16
Braun Menéndez estuvo entre los científicos que creyeron que la puesta en marcha de una universidad "científica", al estilo de Stanford o Johns Hopkins, tenía alta probabilidad de desencadenar un flujo de financiamiento proveniente de filántropos locales, produciendo el encuentro entre las "fuerzas vivas del país" y la investigación científica, y que la única vía segura para alcanzar este objetivo consistía "en la creación sucesiva de institutos de investigación científica de acuerdo con un plan preestablecido".
Solo estos institutos aseguraban la "investigación desinteresada en temas fundamentales", que era "indispensable para que un país adquiera categoría de nación independiente", en contraposición a los "institutos tecnológicos", que por sí solos "no serían factores reales de progreso nacional" (Braun Menéndez, 1945, pp. 15, 22).
El círculo se podría cerrar fuera del Estado si se pudiera persuadir a los empresarios:
"La creación de una universidad libre basada en institutos de investigación debe ser obra de los industriales, los ganaderos, los agricultores, los comerciantes, los viticultores, los cañeros, en una palabra, de las llamadas fuerzas vivas del país.
Si estas no despiertan y comprenden que su papel consiste en crear riqueza [...] verán a un estado burocrático absorber poco a poco todas las actividades que legítimamente les corresponden y terminarán por no hacer siquiera dinero, con lo cual desaparecerán como fuerza" (Braun Menéndez, 1945a, p.
En síntesis, los institutos privados de investigación, financiados por una estructura de filantropía privada y enfocados en la realización de investigaciones "fundamentales" y, por lo tanto, "desinteresadas", podían concebirse como un paso intermedio necesario en el camino hacia la "universidad no oficial" con que soñaban algunos científicos argentinos, entre ellos algunos investigadores cercanos a Houssay.
Si bien, durante estos mismos años, como contrapunto de la representación idealizada de la actividad científica que promovía la AAPC, algunos físicos e ingenieros argumentaron a favor de la necesidad de vincular la investigación científica "a la actividad técnico-económica" y criticaron, incluso, "la preocupación quijotesca que impone no propiciar sino esfuerzos desinteresados" (Isnardi, 1943, p.
218), esta posición no significaba estar en contra de la "ciencia pura" o del diagnóstico que concluía que era necesario avanzar en una universidad "científica" no oficial.
Por ejemplo, en 1946, el físico Enrique Gaviola —por entonces presidente de la recién creada Asociación Física Argentina y director del Observatorio Nacional de Córdoba—, además de argumentar a favor de la necesidad de crear "laboratorios industriales" e "institutos tecnológicos" y de mostrar interés por los problemas que enfrentaba la industria local, también diagnosticaba que la situación de las universidades oficiales era irreversible, aunque para Gaviola este problema trascendía al actual gobierno y se remontaba a décadas anteriores.17 Los problemas que aquejaban a la ciencia argentina eran una mera manifestación de un mal general de decadencia ética.
En un escrito titulado El problema moral argentino y la necesidad de universidades particulares, sostenía: "El mayor prestigio científico y moral de las universidades privadas y de sus egresados obligaría a las oficiales, con el correr de los años, a marcar el paso, como ocurrió en los EE.UU.".
Una condición decisiva para que las universidades privadas mantengan su independencia económica, académica y moral, era que fueran "sostenidas por aportes particulares exclusivamente" (Gaviola, 1946, pp. 49-50).
Gaviola incluía un apéndice titulado "Sobre la creación de una Universidad Privada" firmado por varios autores, donde la investigación se presentaba como la base del progreso industrial y se planteaban los principios para la creación de un "Instituto-Escuela de Física y de Química".
Esta institución funcionaría en base a donaciones y sería el punto de partida de una futura universidad privada: "La creación de la universidad particular argentina será de trascendencia nacional y sudamericana", concluía (Gaviola, 1946, pp. 53-59).18
A mediados de 1945, Gaviola y Braun Menéndez habían intentado llevar a delante un proyecto conjunto.
Gaviola representaba a los físicos y a un grupo importante de matemáticos y astrónomos que formalmente no integraban la AAPC, mientras que Braun Menéndez representaba al grupo de Houssay y, por lo tanto, a la AAPC.
No obstante, luego de algunas reuniones, las discrepancias entre ambos científicos condujeron el proyecto a una vía muerta (Mariscotti, 1985, pp. 42-46).
Braun Menéndez aclaró poco después el origen de las diferencias en una carta que enviara a Gaviola: "Ud. considera que lo principal y urgente es enseñar; yo que lo principal y urgente es disponer de los medios materiales y espirituales para investigar" (Braun Menéndez, 1945b).
Al margen de estos desacuerdos, los proyectos de crear una universidad "científica" no oficial se tornaron más improbables con la intervención de la Unión Industrial Argentina (UIA).
Si bien la UIA había dado la bienvenida a las medidas de protección y estímulo de la industria nacional que había impulsado el gobierno de facto y que ahora el gobierno de Perón proponía profundizar, adoptó una posición crítica con respecto a la tendencia "dirigista" y objetó el carácter compulsivo con que se plantearon las reformas sociales.
Bajo la acusación de falta de colaboración y de ausencia de representación de la pequeña y mediana empresa, el peronismo intervino la UIA en mayo de 1946.19 A pesar de todo, el grupo de Houssay continuó con la idea de crear una universidad privada.
En un informe de las actividades del IByME de 1946, puede leerse:
"La idea de organizar una Universidad privada está en el ambiente; estamos convencidos de que está próxima la realización de esa idea y creemos que la mejor solución seria la de ir creando Institutos de investigación científica en los cuales trabajarán intensamente, con dedicación exclusiva, hombres bien elegidos y bien pagados".
Por este motivo, sostenía el informe, el IByME "podrá constituir la base de dicha universidad [...]
Este ensayo en pequeño dará la pauta de lo que podrá realizar la reunión de varios institutos constituyendo una universidad privada" (IByME, 1946).
Sin embargo, este objetivo era atenuado por la cautela.
A comienzos de septiembre de 1947, en un intercambio con Gaviola motivado por su jubilación forzada, Houssay le escribía al físico que no deseaba involucrarse en la creación de una universidad privada "mientras no reciba la propuesta de una organización económica segura por un período de 5 o 10 años por lo menos".
Mientras esto no ocurra, concluía, "creo que no debo estar propiciando simultáneamente varias instituciones científicas dado lo limitado de los fondos que hasta ahora se dispone para ese fin".
Además, argumentaba Houssay, "mi nombre podría representar inconvenientes pues muchas personas temerían que el apoyarme desagradara a los poderes públicos" (Houssay, 1947).
En la revista mensual Ciencia e Investigación, que comenzó a publicar la AAPC desde 1945, el tema de la creación de "universidades libres" fue abordado de forma recurrente.
El editorial de enero de 1947, dedicado al tema, se queja de la ley-estatuto para la universidad que se incluye en el Plan Quinquenal proyectado por el gobierno de Perón.
"No se constituye una sociedad libre dedicada a la búsqueda desinteresada y a la propagación de conocimientos apoyada y regulada por el Estado".
Por el contrario, la institución propuesta "es un instrumento del gobierno" que tampoco respeta la autonomía.
El editorial sugiere que: "Para salvaguardar los derechos constitucionales se deberá agregar al proyecto de ley un breve capítulo que de existencia legal a las universidades libres" (Ciencia e Investigación, 1947, pp. 1-2).
En el número de marzo, en la sección "Correspondencia", se publica una carta del físico Gaviola con el título "Las Universidades libres (A propósito de nuestro Editorial de Enero de 1947)".
Gaviola se dice sorprendido de haber leído "el editorial sin firma".
Y sostiene: "La ley no prohíbe crear universidades libres privadas.
No hace falta que lo autorice.
Ni en Inglaterra ni en los Estados Unidos existe una ley que autorice la existencia de universidades particulares".
En cuanto al temor expresado en el mismo editorial sobre la validez de los títulos expedidos por una universidad privada, Gaviola respondía que la función de éstas es formar hombres de ciencia y no profesionales.
"Lo peor que les puede pasar a las universidades privadas es que sean permitidas y reguladas por la ley.
Sería la condena a muerte antes de nacer" (Gaviola, 1947).
A continuación de la carta de Gaviola se publicó una "Aclaración", que se atribuye la "Mesa de Redacción", en donde se replica que, dado que en nuestro país no existe una tradición de enseñanza libre, "[u]n mínimo de seguridad legal no es mucho exigir para invertir grandes capitales en una empresa, aunque sea de bien público y desinteresada" (Mesa de redacción, 1947).
El último intento del que participó el grupo de Houssay se concretó a mediados de 1953 y tuvo a Braun Menéndez como impulsor.
El nuevo proyecto se proponía la creación de un instituto de enseñanza universitaria que pudiera proyectarse como universidad en un futuro no muy lejano.
Fue así que aquel año se iniciaron las actividades del llamado "Instituto Católico de Ciencias", destinado a conformar el núcleo de una futura Universidad Católica.20 El editorial de agosto de 1954 de Ciencia e Investigación está dedicado a esta iniciativa.
Allí se lee que su nombre no apunta a concebir una ciencia católica contrapuesta a otra que no lo fuera, sino que "se justifica porque es patrocinado por la Jerarquía y contribuyen a sostenerlo católicos" (Ciencia e Investigación, 1953a, p.
A pesar del entusiasmo y la dedicación de sus fundadores, el Instituto Católico de Ciencias no reanudó sus actividades en 1955.
De acuerdo a un testimonio, cuentan de Asúa y Busala, "fue cerrado por la policía".
Y agregan que, si bien el conflicto entre el gobierno y la Iglesia se agudizó a partir de diciembre de 1954, "el ambiente ya estaba suficientemente enrarecido desde unos meses antes" (Asúa y Busala, 2011).
NUEVA ESTRATEGIA DE EXPANSIÓN INSTITUCIONAL
Cuando, en 1945, se había firmado el decreto de reincorporación de los profesores cesanteados en octubre de 1943, Orías había dejado el IByME para volver con su familia a Córdoba y reintegrarse a la dirección del instituto de la UNC.
Sin embargo, a menos de dos años de su reincorporación, junto con sus colaboradores, Orías renunció a este cargo al conocer la noticia de que Houssay había sido jubilado de oficio.21 La renuncia de Orías tuvo consecuencias inmediatas.
A comienzos de octubre de 1946, Braun Menéndez le escribía a Houssay dándole detalles de la situación: "Me dicen que Orías está muy abatido, sobretodo por la situación que se le ha creado a sus colaboradores y que todavía no ha decidido lo que va a hacer en el futuro" (Braun Menéndez, 1946b).
Ese mismo mes Orías realizó una reunión con un grupo de médicos.
Allí se decidió impulsar la organización de un instituto privado de investigaciones médicas en Córdoba bajo la dirección de Orías.22 La instalación de los laboratorios comenzó en febrero de 1947.
Entre los benefactores más importantes de este período inicial figuraba nuevamente la Fundación Sauberán, pero se sumaban varios miembros de la familia Ferreyra —dueños de una empresa pionera en el desarrollo de la industria de la cal en la provincia de Córdoba—, la Junta Sanitaria de Acción Demócratica y el Jockey Club de Córdoba.
Del mismo modo que sucedió en el IByME, recibieron, además de dinero, donaciones en instrumental y en drogas necesarias para realizar sus investigaciones.
Además de los aportes de Eduardo Braun Menéndez, Juan Lewis, y algunos otros miembros del IByME, también contaban con un subsidio especial de la AAPC.
El nuevo instituto se instalaría en una casa céntrica de la ciudad de Córdoba y contaría con secciones de farmacología química, histología, registro óptico de la actividad cardíaca, fotografía y biblioteca (Instituto de Investigación Médica para la Promoción de la Medicina Experimental, 1947, pp. 4-5).
Durante esos primeros días de instalación del nuevo instituto, Orías le enviaba a Houssay una descripción precisa del nuevo instituto.23 También le comentaba, con una retórica no exenta de resonancias épicas, la impresión que le había producido la lectura del libro de Simon Flexner sobre William Henry Welch y las memorias de Abraham Flexner:
"Me han hecho ver que el portentoso desarrollo de la Medicina y de la investigación en sus ramas fundamentales no ha surgido en los Estados Unidos por generación espontánea y que el apoyo de los filántropos tampoco vino como un maná celestial; que todo eso se consiguió con esfuerzo, paciencia y sacrificios, luchando contra toda clase de dificultades y también en un ambiente poco propicio.
Quiere decir que nuestra situación no es desesperada y que podemos confiar en que nuestros afanes algún día fructificarán" (Orías, 1947).
El 29 de marzo fue realizada la inauguración pública del Instituto de Investigación Médica para la Promoción de la Medicina Científica.
Houssay había asistido al acto de inauguración acompañado de un científico de origen sueco, Ulf von Euler, profesor de fisiología en el Instituto Karolinska de Estocolmo, hijo de un premio Nobel de química y él mismo futuro premio Nobel en fisiología o medicina en 1970, que realizaba una estadía de investigación en el IByME desde el año anterior.
En su discurso, Houssay sostuvo que "las investigaciones científicas fundamentales se desarrollan en institutos universitarios, industriales o privados, siendo estos últimos los que tienen múltiples ventajas y obtienen los mejores resultados por la libertad con que se trabaja y por la falta de toda traba burocrática" (La Voz del Interior, 1947).
En su discurso, Orías recordaba "la tutela científica de Bernardo A. Houssay" y rendía "tributo público de admiración [...] a quienes me cabe el privilegio de poder llamar mis maestros: Bernardo A. Houssay, Carl J. Wiggers y Walter Cannon" (Orías, 1997 [1947]).
Los acontecimientos se aceleraban.
Leloir había retornado de los Estados Unidos, donde había estado trabajando en los laboratorios de los esposos Cori, en la Universidad de Washington (Saint Louis, 1944) y con un ex becario norteamericano, D. F. Green, y en el Enzyme Research Laboratory, College of Physicians and Surgeons en la Universidad de Columbia (New York, 1944-1945).
Al comienzo se instaló en el Instituto de Fisiología de la UBA.
Sin embargo, al poco tiempo de su regreso se había producido la jubilación forzada de Houssay, obligando a Leloir y sus colaboradores a mudarse al IByME.
La precariedad de la situación los había impulsado a trabajar en la creación de un nuevo instituto para albergar al grupo de Leloir.
Durante los últimos meses de 1946, Houssay se había reunido con el industrial textil Jaime Campomar, que ofreció el apoyo económico necesario para crear el nuevo instituto.
El contacto había sido establecido por el bioquímico Carlos E. Cardini, cuñado de Campomar, que luego se incorporó al IByME a trabajar con Leloir a comienzos de 1947.
En esta compleja circunstancia, a pocos meses de haberse inaugurado el instituto de Orías y mientras se avanzaba en la creación de un tercer instituto para el grupo de Leloir, en octubre llegó la noticia de Estocolmo de que Houssay había recibido el premio Nobel de fisiología y medicina.
Con diferente énfasis, los diarios cubrieron el evento.
Así, por ejemplo, el diario La Prensa argumentó con detalle sobre la relevancia de la noticia.
Como acreedor a la mitad del premio, explicaba, la suma obtenida por Houssay era de 40.580 dólares, mientras que la otra mitad había sido otorgada al matrimonio Cori, a quienes el artículo dedicaba una extensa sección.
En este diario también se hablaba de "la escuela de Houssay", se mencionaba a todos los miembros de su grupo y se explicaba en qué consistió el aporte científico que le valió el galardón.
Finalmente, se presentaba una trayectoria de su carrera, incluyendo una lista de premios anteriores, así como las vicisitudes por las que había sido dejado cesante en 1943 y más tarde jubilado de oficio (La Prensa, 1947a; b).
En las ediciones de los días siguientes este diario cubrió las repercusiones nacionales e internacionales del premio.24
El 3 de noviembre de 1947 fue inaugurado el Instituto de Investigaciones Bioquímicas Fundación Campomar como entidad civil sin fines de lucro.
Bajo la dirección de Leloir, el instituto inició sus actividades en una casa del barrio de Palermo de Buenos Aires, a la vuelta de la esquina de donde funcionaba el IByME dirigido por Houssay.
Los testimonios concuerdan en describir tanto al IByME como al nuevo instituto a cargo de Leloir como lugares precarios para la investigación.25
La "Fundación Campomar" dispuso inicialmente para su funcionamiento de una contribución anual de 100.000 pesos (equivalentes a 25.000 dólares de la época), con los que se instaló el laboratorio, se adquirió el equipamiento y se pagaron los sueldos.
No fueron ajenos a estos logros los vínculos de Houssay con la Rockefeller Foundation.
También significó un beneficio considerable que el gobierno liberara de impuestos la introducción de materiales donados desde el exterior (Instituto de Investigaciones Bioquímicas, 1951, p.
Simultáneamente a la creación del instituto de Leloir, se iniciaron gestiones para impulsar la creación de un cuarto instituto en la ciudad de Rosario.
Con esta finalidad, en abril de 1948 fue creada la Asociación Rosarina para el Fomento de la Investigación Científica (ARFIC), bajo la presidencia del médico David Staffieri, fisiólogo que había sido, desde 1940, decano de la Facultad de Medicina de la UNL y, desde 1945, vicerrector.
Sin embargo, en marzo de 1946, el gobierno de facto lo había dejado cesante de todos sus cargos.
A través de la ARFIC se comenzaron a recaudar fondos por suscripción para la creación de un nuevo instituto.
En agosto de 1948 Lewis fue designado para organizarlo y dirigirlo.
Finalmente, el 4 de diciembre fue inaugurado el Instituto de Medicina Experimental de Rosario, que fue instalado en una vieja casa en las afueras de la ciudad.
En esta ocasión, sostuvo Houssay: "Los institutos privados de investigación tienen la ventaja de su mayor idealismo y mayor libertad en los trabajos, sin trabas burocráticas o influencias políticas, que son tan terriblemente corruptoras y esterilizantes" (Houssay, 1989 [1948], p.
De esta forma, a finales de 1948, Houssay y sus colaboradores más cercanos, no solo habían logrado crear cuatro institutos privados de investigación en las tres ciudades más importantes del país y de esta forma reconstruir una nueva versión del "trípode institucional" desbaratado con el golpe de junio de 1943, sino que además contaban ahora con una AAPC consolidada en sus capacidades —presidida hasta el año siguiente por el propio Houssay—, con la revista mensual Ciencia e Investigación, un premio Nobel y el apoyo de una densa red científica internacional.
Como contrapunto, no contaban con el apoyo político ni económico del Estado y en el plano ideológico el enfrentamiento con el gobierno iba creciendo en intensidad.
Desde los inicios de la primera presidencia de Juan Perón, la actividad científica apareció en el discurso oficial como subsidiaria del desarrollo técnico e industrial.
Su representación de la actividad científica, enmarcada en las ideologías desarrollistas dominantes desde la posguerra en muchos países no industrializados, era coherente con la aspiración de profundizar el incipiente proceso de industrialización desde una orientación centralizadora y planificadora de la economía.
En términos retóricos, la ciencia y la técnica debían trasformarse en "instrumentos de la felicidad del Pueblo y de la grandeza de la Nación, contribuyendo asimismo al progreso universal" (Presidencia de la Nación, 1953, p.
102).26 Algunas universidades, como la Universidad Nacional de Tucumán (UNT) y la Universidad Nacional de Cuyo, se hicieron eco de la consigna de industrialización.
Horacio Descole, que actuó como interventor de la primera entre mayo de 1946 y 1948 y como rector entre 1948 y 1951, sostuvo que el desarrollo de "la llamada industria pesada" era uno de los "deberes sagrados" del Primer Plan Quinquenal, que su universidad se disponía a acompañar (Ministerio de Justicia e Instrucción Pública de la Nación, 1947).
La profundidad de la falla política e ideológica que separaba al gobierno de los científicos reunidos en la AAPC y cercanos a Houssay se puso de manifiesto en lo que podría calificarse como un proceso de institucionalización dual de la ciencia en la Argentina.
Mientras Houssay y la AAPC impulsaban la creación de institutos privados guiados por valores como la libertad de investigación, la autonomía política del Estado (o autorregulación de sus actividades), la promoción de estándares internacionales y la ciencia pura o fundamental como principal objetivo, el gobierno de Perón impulsó un modelo de ciencia integrado a la planificación económica y a los "problemas nacionales" —energía, salud, recursos naturales, producción, defensa—.
Esta orientación se materializó en una política de salud pública centrada en la creación y mejora de hospitales y el combate de las enfermedades endémicas, y en la creación de instituciones como la Comisión Nacional de Energía Atómica (1950), la Dirección Nacional de Investigaciones Técnicas, dependiente del Ministerio de Asuntos Técnicos (1950) —que poco más tarde pasó a llamarse Dirección Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas—, institución central en los planes de organización y coordinación del área de ciencia y técnica, o el Instituto Antártico Argentino (1951), que vinculó la ciencia al reclamo de soberanía sobre un sector de la Antártida.27
En este escenario escindido por el enfrentamiento de dos representaciones divergentes que combatían por la legitimidad de la producción científica y por la definición de su función social, Houssay difundió en el exterior una valoración negativa de los emprendimientos oficiales relativos al área de las ciencias biomédicas, asoció las iniciativas del gobierno a lo que ocurría en los estados totalitarios y caracterizó al propio Perón con atributos como "coronel mitómano" o "nazi".28 En su carácter de corresponsal en Buenos Aires de la sección "Foreign Letters" del Journal of the American Medical Association (JAMA), Houssay le informó a su editor que, si bien el ministro de Salud Pública Ramón Carrillo había inaugurado, en octubre de 1949, un Instituto Central de Cardiología, el más importante centro de investigación en esta área continuaba siendo el Centro de Investigaciones Cardiológicas de la Universidad de Buenos Aires, bajo la dirección de Alberto C. Taquini.29 Y agregaba Houssay:
"En los últimos años, el Ministerio de Salud Pública ha creado muchos nuevos institutos de diferentes clases, que ahora alcanzan a 40 direcciones y 34 institutos.
Algunos de ellos tienen denominaciones inusuales tales como Instituto Pro-vida, Instituto de la Población, Instituto de Clínica Tecnológica, etc" (Houssay, 1949).30
Como parte del intercambio epistolar periódico que mantuvo con Morris Fishbein —editor del JAMA entre 1924 y 1950—, Houssay le contará que:
"[...] la única organización médica verdadera de nuestro país es la Asociación Médica Argentina, de la cual ustedes reciben la revista.
Es importante para la American Medical Association estar familiarizados con esta asociación y no con organizaciones formadas por razones políticas" (Houssay, 1951).
También la revista Ciencia e Investigación fue utilizada para criticar los intentos de planificar la ciencia, de "subordinarla al estado".
Tomando ejemplos de los estados totalitarios, oponiéndose a los enfoques utilitaristas y reafirmando la necesidad de autonomía como condición imprescindible, se buscaba poner de relieve "las consecuencias nefastas" de la excesiva intromisión del estado.
Si bien Ciencia e Investigación se caracterizó por la cautela política, algunos editoriales avanzaron sobre la crítica frontal.
El editorial de Ciencia e Investigación de diciembre de 1953 apuntaba contra el Segundo Plan Quinquenal del gobierno.
El editorial reclamaba "un ambiente de libertad", señalaba el peligro de obtener "resultados contraproducentes" si se aplicaba "un criterio estrechamente utilitario".
Lo que guiaba la política científica del gobierno era el mayor error, según los editores de Ciencia e Investigación: "La confusión proviene de que no se hace distingo entre ciencia y técnica, deficiencia que se observa en todo el plan donde trata de la investigación" (Ciencia e Investigación, 1953b).
Frente a estas manifestaciones de oposición, el gobierno, a medida que fue articulando una representación del campo científico más elaborada que reforzaba sus objetivos políticos, fue construyendo una posición de "outsiders" para los científicos opositores.
En las palabras del propio Perón:
"[...] el progreso científico podrá darnos máquinas más eficaces y seguras; alimentos más sanos, nutritivos y económicos; casas más higiénicas, cómodas y asequibles.
Podrá encontrar los medios de conservar la salud, de preservarnos de las enfermedades y curarnos mejor; podrá poner a nuestro alcance, generalizándolos, medios más eficaces para distracción del alma y preparación de nuestras energías físicas y morales" (citado en: Universidad, 1952, p.
En este contexto, se respondía a los científicos que no se comprometían con este proyecto y, como corolario, se concluía la necesidad del acceso de los hijos de la clase trabajadora al mundo de la ciencia y de la técnica:
"La revolución justicialista, al arrebatar el monopolio del patrimonio científico de las manos rapaces de un reducido grupo social, inyecta nueva vida y nueva sangre a la actividad científica aspirando —mediante el acceso de los hijos de obreros a la enseñanza superior— a la renovación constante y fecunda de los cuadros de investigadores y técnicos" (citado en: Universidad, 1952, p.
También el Segundo Plan Quinquenal, puesto en marcha en 1953, se refería a "la resistencia de tantos seudoinvestigadores técnicos y científicos, firmantes de tantos manifiestos políticos en nombre de la ciencia" y al sector de científicos que "prefirió seguir al servicio del imperialismo" (Presidencia de la Nación, 1953, p.
Finalmente, la revista trimestral de divulgación científica Mundo Atómico, que se comenzó a publicar en 1950, tuvo un lugar central en esta disputa, como canal de difusión (y también espacio de elaboración) de la representación oficial.
En sus páginas se pone en evidencia el esfuerzo por construir una representación donde la ciencia y la técnica aparezcan asimiladas al proceso de planificación económica y como componentes primarios en el proceso de construcción de la "Nueva Argentina".31
Para 1954, la activa oposición de Houssay al gobierno de Perón se había vuelto más frontal.
El 26 de octubre, en la conferencia leída por Houssay en el Simposio "Responsible Freedom in the Americas", que tuvo lugar en la Universidad de Columbia para conmemorar su segundo centenario de existencia, Houssay desarrolló lo que puede ser su expresión epistemológica, académica y política más clara e integrada de la que haya quedado testimonio.
Houssay argumentaba: "Los principales factores del lento desarrollo de la ciencia en América Latina pueden agruparse en: 1o) ignorancia; 2o) vanidad; 3o) defectos técnicos; 4o) defectos intelectuales; 5o) defectos morales; 6o) fallas de carácter y personalidad".
También presentaba allí su representación del proceso de producción de conocimiento en tres etapas.
"Primero, un investigador aislado e independiente hace un descubrimiento importante, por una inspiración individual y original, que solo nace en un ambiente de libertad y respeto a la ciencia".
Luego "se desarrollo, perfecciona y amplía el descubrimiento por obra de numerosas investigaciones especializadas".
Y finalmente, "se coordina la producción industrial y su aplicación social".
Esta construcción, que hoy asociaríamos al llamado "modelo lineal", le permitía concluir: "Sin investigación científica fundamental (o pura), una Universidad o un país están condenados a la inferioridad.
En cuanto a los valores y criterios que justificaban las agendas de investigación, Houssay adoptaba una visión internacionalista sin matices, que vinculaba la actividad científica a los valores éticos y democráticos que desde una perspectiva liberal aparecían como los más elevados.
En síntesis, la ciencia "es un producto de la colaboración internacional", "un factor de cultura" y "condición de libertad".
Como contraposición, sostenía Houssay, existe una posición extrema que "lleva a considerar que a los hombres de ciencia no puede dárseles la libertad de elegir el objeto de sus investigaciones; éstas deben ser dirigidas y planificadas".
Y concluía: "Así, S. I. Vavilov ha dicho que 'los días de la llamada ciencia pura han terminado para siempre en el país de los Soviets', expresión que ha sido imitada por algunos gobernantes sudamericanos" (Houssay, (1989) [1954], pp. 329-330).32
EPÍLOGO CON NUEVO GOLPE MILITAR
En septiembre de 1955 un golpe de Estado ponía fin a poco más de nueve años de democracia y Perón partía al exilio.
El editorial de Ciencia e Investigación inmediatamente posterior a estos sucesos sostenía: "Nuestra revista, que nació en 1945, pudo sobrevivir la época más desfavorable que haya tenido nuestra historia para el progreso científico".
Y proponía más abajo: "Durante 10 años se ha edificado un andamiaje de falsa ciencia que es preciso desmontar" (Ciencia e Investigación, 1955).
Esta afirmación estaba a tono con el antiperonismo visceral que orientó el intento de reorganización de las instituciones a escala nacional impulsada por la nueva dictadura, que caracterizaba a un gobierno elegido por los votos como "dictadura totalitaria".
En este momento se inicia un período que llega hasta comienzos de la década de 1970, en el cual el rasgo dominante de la vida política del país sería la proscripción del peronismo y, como consecuencia de la exclusión del sector político mayoritario, el predominio de una lógica corporativa de distribución de los espacios de poder modulada por la oscilación entre gobiernos autoritarios y "semidemocráticos".33 La organización del complejo institucional de ciencia y tecnología padecería esta impronta y la figura de Houssay, por esos años icono del antiperonismo científico, lideraría la consolidación de este proceso en el ámbito de la ciencia académica.
Con la expulsión de Perón, Houssay fue reincorporado como director del Instituto de Fisiología de la UBA.
Sin embargo, en 1956 renunció a este cargo para dedicarse exclusivamente al IByME.
Si bien Lewis había dejado su instituto en 1954 como consecuencia de habérsele diagnosticado la enfermedad de Parkinson y Orías había fallecido inesperadamente a comienzos de junio del año siguiente, los cuatro institutos privados del grupo de Houssay durante los años siguientes se integraron, por diversos caminos, al complejo público de investigación.34
La DNICyT creada durante el gobierno de Perón fue intervenida.
Luego de un proceso de consulta, que incluyó una encuesta a científicos y profesores universitarios sobre las necesidades del sistema científico, el vicepresidente de facto, almirante Isaac Rojas —representante de la "línea dura" contra el peronismo—, se reunió con una delegación de la Academia Nacional de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales.
Allí se acordó la presentación de una propuesta de organización de un consejo nacional de investigaciones.
A los pocos días, una comisión especial, integrada por Bernardo Houssay, Eduardo Braun Menéndez, los químicos Venancio Deulofeu —desde 1949 presidente de la AAPC— y Abel Sánchez Díaz, y el físico Ernesto Galloni, entregó al Poder Ejecutivo un anteproyecto de decreto en junio de 1957.
Esta iniciativa incluía la supresión de la DNICyT, creada por el gobierno de Perón, y el paso de sus bienes y personal administrativo al nuevo organismo.
Este proceso derivó en la creación, en febrero de 1958, del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET), como ente autárquico dependiente directamente del Poder Ejecutivo.
Houssay sería su primer presidente hasta el día de su muerte el 21 de septiembre de 1971.
En términos generales, el enfrentamiento entre el grupo de Houssay y el gobierno de Perón puede concebirse como una "proyección periférica" de la disputa que, en el escenario mayor de los países industrializados y la guerra fría, tuvieron manifestaciones tales como la confrontación de las posiciones de Michael Polanyi y John Bernal o, más concretamente en el caso particular de los Estados Unidos, en el enfrentamiento durante la segunda mitad de los años cuarenta de los proyectos de Vannevar Bush y del senador demócrata Harley Kilgore.
Mientras que Bush, a través de su célebre informe Science–the Endless Frontier, ponía en un lugar de preeminencia a la investigación básica —aquella que es "realizada sin pensar en fines prácticos", como contribución "al conocimiento general y a la comprensión de la naturaleza y sus leyes"— y reclamaba que los científicos debían decidir por sí mismos cómo emplear los fondos federales (Bush, 1945, p.
18), Kilgore elevaba un proyecto de ley donde se proponía un control democrático directo sobre los fondos federales que deberían distribuirse de acuerdo a criterios fijados por un consejo de representantes de todos los sectores sociales relevantes, incluidos los consumidores y los pequeños empresarios.
Una versión muy difundida de este enfrentamiento sostiene que, en términos formales, en los Estados Unidos se impuso la posición, asociada a Bush, que algunos autores caracterizaron más tarde con la metáfora del "contrato social para la ciencia".35 Un producto de este proceso fue la creación, en 1950, de la National Science Foundation —el organismo concebido para impulsar la investigación básica—, institución presentada como la evidencia más visible y concluyente de la victoria de la posición de Bush.
Sin embargo, en los hechos, durante 1955, por ejemplo, cuatro quintos del presupuesto federal para investigación y desarrollo eran destinados en los Estados Unidos al Departamento de Defensa (Dickson, 1988, pp. 25-27).
En una reedición del "informe Vannevar Bush" que conmemoraba los diez años de creación de la National Science Foundation, su entonces presidente Alan Waterman sostenía en la introducción que el foco central de Bush era la importancia de la investigación básica, aunque el balance era diferente a lo que se deduciría de la retórica: "Sin embargo, el incremento del porcentaje de fondos disponibles para ciencia básica ha fracasado en relación al total de fondos federales para investigación y desarrollo —permaneciendo entre el 6 y el 7% a lo largo de los años" (Waterman, 1960, p. ix).
Incluso, según el historiador ruso Kojevnikov, con el lanzamiento del Sputnik "la expresión 'ciencia pura' murió gradualmente en el vocabulario de los científicos norteamericanos" (Kojevnikov, 2008, p.
Cuando en los países avanzados se desplegaba esta orientación decidida hacia el empleo de la ciencia y la tecnología como motores de desarrollo económico y militar, la ausencia de políticas públicas para este sector durante el gobierno de facto que había derrocado a Perón, a fines de los años cincuenta, allanó el camino para que el grupo de científicos reunidos alrededor de Houssay imprimiera al CONICET y a buena parte de las actividades de investigación en las universidades la impronta de la libertad de investigación, la autorregulación de la actividad científica —aunque ahora combinada con el financiamiento del Estado— y la ciencia básica como el objetivo fundamental.
Es así como el enfrentamiento peronismo-antiperonismo también instaló una profunda falla entre la ciencia académica y el impulso de otras áreas de investigación y desarrollo, como, por ejemplo, el sector nuclear.
Iniciado durante el gobierno de Perón, después de su derrocamiento el área nuclear logró preservar la ideología que estuvo en sus orígenes, definida por la búsqueda de la autonomía tecnológica —entendida como la capacidad del país para alcanzar objetivos tecnológicos sin interferencias o restricciones externas— y el impulso del proceso de industrialización y del liderazgo científico-tecnológico regional, por momentos conceptualizado como parte del proyecto de integración regional, por momentos desde los intereses comerciales proyectados sobre la potencialidad de un mercado nuclear regional.
Este proyecto, que dio preeminencia a la tecnología y que tuvo como enclave institucional a la Comisión Nacional de Energía Atómica, era inconciliable con la ideología institucional del grupo de científicos que lideró el CONICET.36
Esta dualidad de representaciones iba a persistir en las décadas siguientes y su manifestación más evidente iba a ser un proceso de institucionalización fragmentado.
Por un lado, una ciencia académica capaz de lograr reconocimiento internacional, pero desconectada de las necesidades sociales y económicas.
Por otro lado, instituciones creadas al margen del tándem universidades-CONICET, dedicadas al desarrollo de tecnologías para la industria, el agro, la energía atómica, las Fuerzas Armadas o los recursos naturales.
Los intentos de comprender esta fragmentación desde fines de los años sesenta iban a mostrar sus profundos vínculos con los procesos de dependencia económica y cultural de América Latina.37
AAPC: Asociación Argentina para el Progreso de las Ciencias
ARFIC: Asociación Rosarina para el Fomento de la Investigación Científica
CONICET: Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas
DNICyT: Dirección Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas
IByME: Instituto de Biología y Medicina Experimental
AMBH: Museo Archivo Bernardo Houssay
UBA: Universidad de Buenos Aires
UNL: Universidad Nacional del Litoral |
Entre controversias científico-médicas y movilizaciones populares.
La irrupción y la progresiva extensión de una nueva enfermedad epidémica, como ha sido la Fiebre Hemorrágica Argentina, a partir de la década del'50, impulsó la investigación científica médica con el objetivo fundamental de encontrar una vacuna.
El objetivo de este artículo es considerar las conductas asumidas por la población epidémica en torno a las tres vacunas atendiendo a las tensiones existentes entre la población y los médicos e investigadores a cargo de las campañas de vacunación; las pugnas entre los distintos grupos científicos; el rol de la prensa y del estado.
La monotonía era el signo distintivo de la vida de los pequeños pueblos y ciudades del Noroeste bonaerense (Argentina), caracterizado por grandes extensiones de campo donde se podían observar las típicas viviendas rurales construidas con adobe, pisos y patios de ladrillo o de tierra, tejados de madera o zinc, en las que se utilizaba como material aislante el barro con paja, siendo muy poco frecuentes las construcciones de concreto.
El panorama se completaba con pequeños pueblos que no contaban con calles pavimentadas, servicio de agua corriente ni alcantarillado y las distancias entre las ciudades mayores, con instalaciones sanitarias más adecuadas, eran bastantes considerables (Metler, 1970, p.8).
La zona forma parte de la Pampa Húmeda de Argentina, sector agrícola por excelencia y en torno al cual giraba, como en la actualidad, la economía del país, sustentada en el modelo agroexportador.
Los médicos de estos sitios atendían a los pacientes en la pequeña sala de primeros auxilios del pueblo o en sus domicilios, dado que sólo las localidades más pobladas contaban con hospitales o sanatorios privados.
Esta apacible región se vio perturbada, en los inicios de la década del'50, con la irrupción de "la peste", como la llamaron los lugareños.
Se presentaba como una aparente gripe pero derivaba en graves hemorragias o trastornos neurológicos.
Posteriormente fue identificada como una nueva enfermedad y denominada Fiebre Hemorrágica Argentina (FHA)1.
Los brotes comenzaron a reiterarse.
Además, la enfermedad se presentaba en tiempos de cosecha, desde fines de verano hasta la culminación del invierno, siendo los principales afectados trabajadores rurales transitorios, particularmente recolectores de maíz a mano, varones de 20 a 40 años, en su mayoría conocidos como "peones golondrina".
En la zona sólo un 30% de la cosecha de maíz se levantaba a máquina, el resto a mano, de manera que estos peones, que se trasladaban desde las provincias del Norte del país para realizar la cosecha, resultaban imprescindibles (Pirosky et al., 1959, p.
La intensidad del brote del'58 suscitó una honda preocupación en la población epidémica cercana al pánico.
Desde el 5 de junio, el periódico La Razón, comenzó a publicar artículos en los que describía el temor de los vecinos del área afectada, los padecimientos de los enfermos y las dolorosas vivencias de los familiares de las víctimas.
Esto, sumado a artículos de otros periódicos nacionales como La Nación o La Prensa, si bien de menor envergadura, fueron un factor de presión para las autoridades, unido a la importancia económica de la región.
Arturo Frondizi había asumido la presidencia de la Nación en mayo de 1958, y Oscar Allende la gobernación de la provincia de Buenos Aires; ambos dirigentes de la Unión Cívica Radical Intransigente.
La intervención del estado nacional como provincial se hizo notoria a partir de la segunda quincena de junio.
Además del envío de medicamentos, ropa de cama, ambulancias y brigadas sanitarias, ambas administraciones resolvieron crear comisiones científicas.
El Ministerio de Salud de la Nación designó a la Comisión Nacional Ad Hoc presidida por el Dr. Ignacio Pirosky, Director del Instituto Nacional de Microbiología (Malbrán), e integrada por investigadores del mencionado Instituto2.
El Ministerio de Salud Provincial creó la Comisión de Estudio de la Epidemia del Noroeste Bonaerense.
También el virólogo Armando Parodi —de la Cátedra de Microbiología y Parasitología de la Universidad de Buenos Aires—, con el Dr. Humberto Rugiero —de la Cátedra de Enfermedad Infecciosas— había organizado la Comisión de la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires (UBA)3 luego de que Parodi recibiera una convocatoria por parte de médicos de Junín.
Mientras la Comisión de la provincia de Buenos Aires se dedicó a la prevención y atención de los enfermos, los equipos liderados por Parodi y Pirosky se ocuparon de la investigación científica.
Estas dos comisiones, sin coordinación y con una gran competencia4, en pocos meses de trabajo, durante 1958, lograron aislar el virus Junín —agente etiológico de la enfermedad—, y pudieron observar el curso de la virosis a través de una inoculación experimental del agente viral por ellos aislado.
Además el grupo Parodi realizó estudios sobre la evolución clínica, la patogenia de la enfermedad y comenzaron a desarrollar modelos experimentales animales.
El equipo Pirosky demostró la especificidad del virus, descartaron otras posibles etiologías, establecieron los caracteres anatomoclínicos de la virosis, realizaron observaciones epidemiológicas del brote epidémico e investigaciones virológicas (Agnese, 2003).
El aislamiento del virus causal de la enfermedad posibilitaba la obtención de una vacuna, única herramienta eficaz para poder controlarla.
La Fiebre Hemorrágica, como "una mancha de aceite", metáfora utilizada para describir lo imprevisible que resultaba poder determinar hacia dónde se extendería, fue ampliando, progresivamente, la región afectada.
En 1963 irrumpió en el sudeste de Córdoba, en la zona de Laboulaye; en el'64 en el Partido de Pergamino (provincia de Buenos Aires); desde 1968 en el sur de Santa Fe y, en 1977 el Noreste de la provincia de la Pampa.
Así, el área endemo-epidémica ocupó una superficie de alrededor de 100.000 km2, con más de un millón de habitantes, abarcando la región agrícola-ganadera más rica de la pampa húmeda (Maiztegui, 1977, p.
Extensión progresiva del área endémica de Fiebre Hemorrágica Argentina
El impacto socioeconómico de la enfermedad, impulsor del interés del Estado5 y, la posibilidad de asegurarse la primacía en el campo científico, propulsaron el desarrollo de tres proyectos de vacuna en el período 1958-1990.
El objetivo de esta ponencia es presentar algunos avances de investigación sobre las conductas asumidas por la población epidémica en torno a estos proyectos, atendiendo a las tensiones existentes entre la población y los médicos e investigadores a cargo de las campañas de vacunación; las pugnas entre los distintos grupos científicos; el rol de la prensa y del estado.
La enfermedad como objeto de reflexión histórica ha ganado un destacado espacio en la historiografía latinoamericana en las últimas décadas.
En años recientes, en Argentina, se han desarrollado valiosos estudios históricos sobre la sanidad rural que han producido conocimientos y manifiestan el interés que han suscitado temáticas afines a este artículo, siendo la Fiebre Hemorrágica Argentina una enfermedad rural de la segunda mitad del siglo XX (Di Liscia, 2011; Álvarez, 2010; Kreimer et al., 2010a; Zabala, 2010; Carter, 2008).
TEMOR Y CONFORMIDAD: LA VACUNA DE PIROSKY
La preparación de una vacuna contra el Mal de los Rastrojos6, como se conocía popularmente a la enfermedad, figuraba como prioridad en el Programa de Trabajo de la Comisión Nacional para el año 1959 (Pirosky et al., 1959, p.
El 20 de julio el Ministro de Salud, Dr. Héctor Noblía, anunció a los periodistas, como un gran triunfo de la ciencia argentina, la obtención de una vacuna preventiva8.
Informó que ya se había realizado una experiencia de campo con más de quinientas personas vacunadas en la zona de la enfermedad y, que la vacunación se iniciaría en breve lapso.
Según sus expresiones, las pruebas de laboratorio y experiencias realizadas en voluntarios humanos eran concluyentes9.
Los periódicos nacionales más importantes, Clarín, La Nación, La Prensa, El Mundo, se hicieron eco de la altisonante declaración del Dr. Noblía10.
Sin embargo, desde los primeros días de agosto, el diario La Razón, comenzó a publicar detalles sobre la enfermedad del Dr. Pedro Martini y el fallecimiento de la técnica Yolanda Righetti, quiénes habían trabajado juntos, en el Instituto Malbrán, en el desarrollo de la vacuna11; también comentaban sobre la enfermedad y posterior recuperación de otros investigadores que trabajaban con la virosis hemorrágica en el citado instituto.
Además, el mismo periódico denunció que la vacuna había sido experimentada en veinte alienadas del Hospital Neuropsiquiátrico de mujeres de Buenos Aires (Agnese, 2005, pp.153-166), ensayo que Noblía negó enfáticamente durante una interpelación que se realizó en la Cámara de Diputados12.
Como corolario de estas denuncias y rumores, el 18 de agosto los periódicos anunciaron el fallecimiento del Martini calificado como mártir de la ciencia13.
Luego del anuncio sobre la vacuna, tanto los miembros de la Comisión Provincial como los médicos de la zona epidémica, manifestaron ignorar el valor de la vacuna y si ésta se estaba aplicando en el área afectada, pues sólo conocían la información publicada en los medios periodísticos, testimoniando la falta de coordinación y de intercambio de información entre los equipos que trabajaban sobre la cuestión.
El primer grupo de vacunación estuvo conformado por Pirosky y el Dr. Ernesto Molinelli y se desarrolló durante el período julio-octubre de 1959.
El 8 de abril de 1960 el ministro Noblía, acompañado por el director de la Organización Mundial de la Salud zona VI, Dr. Emilio Budnick y de profesionales de la zona, inauguró el Primer Centro Nacional de Vacunación contra la Fiebre Hemorrágica en el Hospital Regional de Junín (NO provincia de Buenos Aires, en la zona epidémica).
Fue en este año cuando algunos periódicos de la zona epidémica anunciaron la elaboración de una vacuna preventiva o hicieron referencia a personas ya vacunadas14.
Durante 1961 el operativo de vacunación voluntaria continuó.
La taxativa concepción de la distancia existente entre el trabajo médico y del científico de los integrantes del equipo liderado por Pirosky habría determinado una relación respetuosa con los médicos del área epidémica pero muy distinta a la que sostenía Parodi y su grupo, quiénes trabajaron en colaboración con estos profesionales.
Posteriormente se suscitó un gran distanciamiento con los hombres del Malbrán por las críticas que éstos realizaron al uso de plasma de convaleciente como tratamiento específico15, por la total identificación de los médicos locales con el equipo de Parodi y, por la notoria competencia existente entre las dos comisiones científicas.
Así, las campañas de vacunación, que se implementaron en el trienio 1959-1961, estuvieron a cargo exclusivamente de personal del Malbrán.
Los pobladores de los partidos afectados del Noroeste bonaerense desarrollaron un gran temor a contraer la enfermedad, asociada con una muerte casi segura.
El miedo a la virosis significó la adopción de medidas de prevención y, fundamentalmente la consulta precoz con los médicos de la zona epidémica, los primeros en intervenir ante esta problemática.
Estos profesionales, particularmente los nucleados en el Centro de Investigación y Tratamiento16 que surgió en el Hospital de Junín, fueron reconocidos por la población epidémica como únicos especialistas en diagnóstico y atención de Fiebre Hemorrágica.
Desde fines del siglo XIX la vacunación, por su eficacia como medida profiláctica, se había extendido si bien en un principio había encontrado resistencia tanto en círculos médicos como en la población misma (Babini, 2000, p.110).
En Argentina las primeras campañas de vacunación tuvieron lugar cuando médicos higienistas impulsaron la vacunación antivariólica.
Luego de varios intentos, la ley de vacunación obligatoria para la ciudad de Buenos Aires fue aprobada en 1886 y, para el resto del país en 1904.
La resistencia a la medida se encontraba en los sectores populares de la población "partícipes de una cosmovisión fatalista y también temerosos de aceptar un remedio que a la vez, producía la enfermedad" (Di Liscia, 2011, p.
Y, en profesionales médicos que consideraban que esta práctica era "poco eficaz, engorrosa y costosa" (Di Liscia, 2011, p.
Al comenzar el siglo XX el estado nacional, a través del Departamento Nacional de Higiene, impulsó la vacunación contra la viruela en el interior argentino: "la resistencia —por parte de la población— no cesó pero en general la práctica se hizo cotidiana y habitual" (Di Liscia, 2011, p.
Sin embargo hay testimonios sobre conductas de rechazo a la vacunación contra la FHA por parte de habitantes del Noroeste Bonaerense.
Rosa Finamore, enfermera idónea en O'Higgins, donde trabajaba con el médico del pueblo, el Dr. Locícero, recordó que "el doctor me mandó junto con Juan Desa, que trabajaba en "la Sala" —Sala de Primeros Auxilios del pueblo—, no queríamos ir porque teníamos un susto tremendo, pero nos dijo que teníamos que ir, fuimos y nos vacunamos".
Eber Pagano, otro vecino de O'Higgins, recuerda que se hizo una campaña de vacunación pero que la gente no fue "porque había dudas, no se la vio como algo eficaz [...] no daba la seguridad que el paciente necesita en esos casos, [...] de nuestro grupo familiar nadie fue"17.
Conducta diferente a la sostenida por los peones golondrina -foráneos de la zona epidémica- quienes, asustados ante la posibilidad de contraer la enfermedad, sólo aceptaron trasladarse a recoger la cosecha de 1960, en el Noroeste bonaerense, ante el compromiso asumido por el ministro Noblía de aplicarles la vacuna18.
No obstante, entre adhesiones y rechazos, la vacuna se habría aplicado a más de 15.000 personas (Metler, 1970, pp. 31-32) que representaban el 6% del total de la población del área epidémica.
El 29 de marzo de 1962 el presidente Frondizi fue depuesto por las Fuerzas Armadas.
José María Guido, presidente provisional del Senado, en cumplimiento de la ley de acefalía, asumió la presidencia, logrando salvar las formas constitucionales, si bien este formalismo no escondía el gobierno directo de los militares.
Una de las primeras medidas del Dr. Tiburcio Padilla, designado ministro de Salud Pública y Asistencia Social de la Nación, fue la intervención del Instituto Malbrán y la suspensión de su director.
Esta medida significó el desmembramiento de la Comisión Nacional y la suspensión de todos los trabajos vinculados con la vacuna (Agnese, 2007).
En la zona afectada por la Fiebre Hemorrágica volvieron a surgir signos de preocupación y voces de alarma, con expresiones críticas hacia la gestión del gobierno nacional.
Durante el mes de julio entidades como cooperativas agrícolas, la Sociedad Rural19 y particulares, con apellidos ilustres, vinculados a esta actividad (Morea, Ocampo, Pueyrredón, Blaquier), impulsados fundamentalmente por la escasez de braseros, quiénes temerosos por contraer la virosis rehusaban trasladarse a la zona epidémica, con la consecuente elevación del jornal, reclamaron al presidente por la falta de resultados de las medidas adoptadas en la lucha contra la enfermedad señalando que las víctimas que esta producía se debían a la desaprensión de las autoridades20.
También la filial Rojas —localidad del área epidémica— de la Federación Agraria Argentina21 dirigió una nota el presidente Guido en la que expresaban "la afligente situación por la que atraviesa la familia campesina, amenazada [...] por el [...]
"Mal de los Rastrojos" y, dado que en la zona se había iniciado la vacunación, solicitaban que el estudio continuara22.
Pocos días después, el diario La Prensa, comentaba la inquietud de la población del área epidémica debido el incremento en el número de casos, señalando que las versiones contradictorias sobre la vacuna "habían contribuido a sembrar el desconcierto" 23.
Los estudios vinculados con la vacuna de Pirosky no volvieron a ser retomados.
RECLAMOS Y MOVILIZACIONES POR LA XJ CLON 3
En 1963 la región epidémica se extendió abarcando la zona de Laboulaye, al sur de la provincia de Córdoba.
En 1964 el Mal de los Rastrojos hizo su aparición, en forma muy intensa, en el partido de Pergamino (provincia de Buenos Aires), determinando que el Instituto Malbrán centralizara sus estudios en la zona.
Al año siguiente, en marzo, un equipo de médicos e investigadores24, con la coordinación del Dr. Julio Maiztegui, se instaló en la mencionada ciudad.
Así, surgió el Centro de Estudios de FHA que, como ya había ocurrido con el de Pirosky, disputaría al equipo de Parodi, el liderazgo o preeminencia en orden a los logros en el campo científico vinculado con la Fiebre Hemorrágica.
En la cátedra de Microbiología y Parasitología de la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires el grupo dirigido por Armando Parodi continuaba con sus trabajos de investigación.
Y, si bien debían lidiar con la falta de recursos, la alteración del orden institucional no había afectado las tareas científicas como en el caso del grupo del Malbrán.
En 1968 comenzaron los ensayos en seres humanos con una vacuna desarrollada por el equipo que se aplicó en siete profesionales de la Cátedra.
Al observarse que era inocua resolvieron ampliar el estudio vacunando, con la denominada XJ Clon 3, a un grupo de 64 personas de la zona epidémica (Barcelona et al., 1969; Weissenbacher et al., 1969).
El 23 de junio de 1969, en pleno proceso de desarrollo y evaluación de la vacuna, inesperadamente, murió el Dr. Parodi, dejando al equipo de la Facultad de Medicina de la UBA sin su guía y mentor.
El 25 de noviembre se inició un programa de vacunación voluntario que contaba con el auspicio de los Ministerios de Salud de la Provincia de Buenos Aires y de la Nación y, que comprendía a los partidos de Junín y Rojas (NO bonaerense, área epidémica).
En un acto oficial, realizado en el Hospital Regional de Junín, se vacunó al director de Epidemiología del Ministerio de Salud de la Provincia al Secretario de la Zona Sanitaria III y al presidente de la Sociedad Rural de Junín25, para dar inicio al programa.
Hemos relatado que los médicos de la zona epidémica, más específicamente los profesionales que se desempañaban el Centro de Investigación y Tratamiento de Fiebre Hemorrágica Argentina de Junín, eran reconocidos por la población epidémica como los únicos especialistas en diagnóstico y atención.
Profesionales que, además, desde 1958 trabajaban estrechamente con el grupo de Parodi.
Fueron estos médicos los encargados de conseguir los voluntarios y efectuar los controles.
En 1969 el diario de Junín la Verdad convocaba a 1000 voluntarios expresando "el equipo de Junín considera que cuenta con un arma preventiva [...] es la vacuna [...] hoy en la hora de la victoria que ya parece próxima [...]
Junín ha sido elegida para la aplicación de un plan piloto para 1000 pacientes voluntarios. [...]
Este llamado a la solidaridad social está avalado por horas de estudio, por el prestigio de sus cinco integrantes —refiriéndose a los médicos que integraban el Centro de Prevención y Tratamiento de Junín26— [...] mencionando como ejemplo a uno solo de ellos nos encontramos con el nombre del Dr. Héctor A Milani, ilustre por sus descubrimientos"27.
Claro testimonio de la sustentación de la campaña de voluntarios en la figura de los médicos del centro de Junín.
La población acudió sin reparos, "alentados por el conocimiento de que primero se habían vacunado profesionales médicos28"; "fuimos todos a Junín a vacunarnos, en chata, en colectivos, en auto...
Cada uno iba como podía [...]
Juan Valentín, cuándo él fue a Junín, quedaban solamente cuatro vacunas, pero iba con su mujer y sus tres hijos.
El no se la aplicó para que pudiera hacerlo su familia"29.
Durante los primeros meses de 1970 los médicos de Junín afirmaron que antes de concluir ese año, se iniciaría la vacunación masiva con la XJ Clon 330.
El brote del'70 fue prácticamente tan intenso como el del año anterior con un total de 1508 enfermos31.
Durante el mes de mayo, cuando los brotes adquirían la mayor intensidad, una Comisión Popular de Rojas, volvió a realizar reclamos tales como la designación de profesionales en el Hospital provincial ante jubilaciones o fallecimientos, el nombramiento de un médico para la sala de virosis que solo contaban con un profesional para cumplir funciones durante todo el día y, la nominación de enfermeras.
Así, el brote epidémico, como es usual, vehiculizaba preocupaciones y demandas.
La inquietud se extendía a los voluntarios que había recibido la vacuna del equipo de la Facultad de Medicina de la UBA, al no tener información sobre los resultados de la misma32.
Durante el mes de noviembre, en las primeras Jornadas Nacionales sobre Fiebre Hemorrágica celebradas en la localidad de Laboulaye (provincia de Córdoba), mientras el equipo de Junín con el Dr. Héctor Ruggiero auspiciaban la aplicación de la vacuna en las áreas epidémicas, otros investigadores comenzaron a señalar la posibilidad que pudiera llevar elementos tóxicos u oncogénicos.
Los estudios realizados en los voluntarios demostraron que la vacuna era inocua, si bien se experimentaba fiebre entre el 3o al 10o día y, estaba comprobado que inducía la formación de anticuerpos en más del 90% de los voluntarios34, es decir, que producía inmunidad.
Los resultados fueron promisorios si bien el número de 636 vacunados era limitado para formular resultados concluyentes.
Según los médicos del Centro de Junín se podría haber aplicado a un mayor número de voluntarios pero faltaron dosis: "hubo más voluntarios que vacuna, en una proporción mil a uno"35.
La falta de dosis habría obedecido a la escasa capacidad de producirlas por parte del grupo de Parodi, dado que desempeñaban sus tareas en un ámbito universitario, sin poder dedicarse exclusivamente al proyecto, y sin contar con un adecuado laboratorio para la producción de vacunas.
Ante las objeciones del ámbito científico, el Ministerio de Salud Pública de la Nación, a fines de 1971, suspendió la aplicación de la vacuna y requirió la opinión de investigadores en Fiebre Hemorrágica36 y de la Academia Nacional de Medicina.
Ambas evaluaciones fueron coincidentes al señalar que dado que la vacuna no había sido desarrollada conforme a las pautas establecidas por la Organización Mundial de la Salud37, existiendo un riesgo hipotético, debía suspenderse su aplicación en humanos si bien consideraban necesario profundizar los estudios sobre la misma38.
Divulgada por la prensa la decisión de suspensión de la aplicación de la vacuna, se suscitó un movimiento de alarma entre los pobladores de la zona epidémica, acicateado por las declaraciones a la prensa de los médicos de Junín quiénes sostuvieron que la medida no obedecía a posibles efectos nocivos que la vacuna podía causar, afirmando con vehemencia la validez y eficacia de la misma39.
Al mismo tiempo muchos de los voluntarios temían por las consecuencias que podían sufrir, al reiterarse en artículos periodísticos las declaraciones de organismos y autoridades sanitarias en las que aclaraban que aún no había estudios definitorios sobre el valor de esta vacuna.
A fines de los años'60, más precisamente en 1968, la enfermedad se extendió al sur de la provincia de Santa Fe.
El 25 de mayo de 1973 un nuevo intento de régimen democrático se inició en el país con la asunción de Héctor Cámpora cuya victoria electoral significó el retorno del Peronismo al poder.
En Junio, Juan Domingo Perón, regresó definitivamente a la Argentina, luego de dieciocho años de proscripción.
Las esperanzas de muchos de regresar a una época "dorada" no se concretaron y el país se hundió más en la violencia, la crisis política y socio-económica.
Tanto en 1973 como en 1974 se desarrollaron intensos brotes, particularmente en el Partido de Pergamino, con un total de 1043 y 1002 enfermos40, respectivamente, si bien el índice de mortalidad había descendido, ubicándose entre el 3 al 10% debido, fundamentalmente, al diagnóstico precoz.
El periódico El Tiempo de Pergamino en relación el rol desempeñado por el Estado denunciaba "desidia y hasta indiferencia de las autoridades estatales [...], tanto de la nación, como de la propia provincia de Buenos Aires [...] desgraciadamente debemos pensar que para que nuestras autoridades se interesen vivamente sobre tan dramática situación, el flagelo tiene que pisar los umbrales de la Avenida general Paz. [...] parte de esta responsabilidad, está compartida [...] por los representantes de los gobiernos que precedieron al actual, a lo largo de esta azarosa década, en que Pergamino, sus pueblos de campaña, las ciudades vecinas [...] perdieron centenares o tal vez millares de vecinos"41.
Recordemos que, desde 1964, funcionaba un centro de atención e investigación en Fiebre Hemorrágica, dirigido por el Dr. Julio Maiztegui.
El recrudecimiento de la epidemia ponía en evidencia la necesidad de contar con una vacuna y generó la movilización de la opinión pública.
Autoconvocados en el local de la Unión Ferroviaria de la ciudad, unos 250 vecinos resolvieron impulsar la creación de una Comisión de lucha contra el Mal de los Rastrojos "con el objetivo principal de lograr que las autoridades competentes se dispongan a encarar la definitiva solución del problema" 42.
De la convocatoria se hicieron eco diversas instituciones como la Cámara de Comercio e Industria, Federación Agraria, Clubes deportivos, el Círculo Universitario, Asociación Médica y Concejales.
Denunciaban que desde hacía diez años Pergamino padecía "este flagelo" y que en ese lapso no había disminuido el riesgo de la enfermedad, el número de casos ni el número de fallecidos43.
Y, se llegó a proponer un paro general en señal de protesta.
En este contexto se suscitó una ardorosa polémica en torno a la validez de la XJ Clon 3.
Marino Aguirre, concejal de la Unión Cívica Radical, y enfrentado con el Dr. Maiztegui44, denunciaba que en orden a las investigaciones había "hijos y entenados" ya que sólo se apoyaba a determinados sectores —aludiendo a Maiztegui—, postergando al grupo que había logrado desarrollar la vacuna45.
Los concejales del Frejuli46 en nota enviada a Perón, solicitaban ayuda, sosteniendo la necesidad de instalar un Instituto de Investigación en la zona epidémica47, proyecto que impulsaba el mencionado Dr. Maiztegui.
Los médicos de Junín insistían en la necesidad de aplicar la XJ Clon 3, mientras autoridades sanitarias afirmaban que no había comprobación fehaciente de su poder inmunológico y que existían reparos que era necesario eliminar.
El Prof. Alfredo Rabinovich, Coordinador de la Subárea de Protección y Promoción de la Salud del Ministerio de Salud nacional, agregaba que los equipos y las condiciones edilicias no eran las adecuadas; y que se requería de una elevada inversión, cuando el impacto de la enfermedad no era tan relevante: sobre cien mil personas expuestas enfermaba el uno por ciento48; declaración que ubicaba en su real dimensión como problema sanitario a la Fiebre Hemorrágica.
Una declaración suscripta por los médicos del Centro de Fiebre Hemorrágica de Junín, respondiendo a los comentarios negativos en torno a la vacuna, afirmaba la validez científica de la misma, la seriedad de los estudios, expresando que "todas las objeciones expuestas contra ella son de orden hipotético o imaginario", siendo la orden de suspensión "caprichosa", aclarando que se estaba en condiciones de fabricar la vacuna.
Los doctores Magnoni, Cintora, Ruggiero, Héctor A. Milani y Pérez Izquierdo se comprometían "por sus propios medios, y sin erogaciones mayores" a vacunar a la cantidad de personas que hiciera falta", una vez que les proveyeran las dosis necesarias49.
La altisonante declaración fue secundada por una solicitada firmada por "Vecinos de Rancagua", en donde señalaban que en la zona de influencia de esta pequeña localidad se contaba con 220 vacunados, quienes no habían padecido el mal y tampoco habían sufrido otros efectos secundarios.
Los integrantes del equipo de la Facultad de Medicina de la UBA, en aquél momento, guardaron silencio.
Mercedes Weissenbacher, quien intervino en el desarrollo de la XJ Clon3 expresó, en su testimonio oral, que siendo conscientes de las objeciones que podían hacerse a la vacuna, el mismo equipo había resuelto no continuar con la vacunación con el objetivo de continuar los estudios para desarrollar una vacuna más adecuada.
En medio de la polémica, la Secretaría de Salud Pública de la Nación se preocupaba por aclarar que los estudios en torno a esta vacuna continuaban bajo la dirección del Prof. Marcelo Frigerio, quien se desempeñaba como nuevo titular de la Cátedra de Microbiología y Parasitología de la Facultad de Medicina de la UBA.
Las autoridades sostenían que se había reforzado el apoyo a la cátedra.
Las diversas declaraciones, desmentidas, opiniones a favor y en contra, incrementaron la inquietud popular en Pergamino, adonde llegaban enfermos de Fiebre Hemorrágica desde el sur de Córdoba y Santa Fe.
El 16 de julio de 1974 se realizó una reunión en el Concejo Deliberante de la ciudad, con la presencia de autoridades sanitarias de la Nación y de la Provincia, investigadores del Instituto Malbrán y médicos de Junín50.
Las conclusiones a las que arribaron, según un Comunicado de Prensa de los concejales oficialistas (FREJULI), fueron que en la preparación de la XJ Clon 3 se había utilizado material que podría resultar potencialmente peligroso en su aplicación51.
El diario de Pergamino "La Opinión" expresó: "el común de la gente asiste, entre pasiva y atónita, a la guerra de palabras de los sectores profesionales que se embanderan en pro y en contra de la vacuna [...]
Por un lado se afirma que es la única posibilidad de frenar el mal, en tanto que, por el otro —sin términos medios—, se la califica como rotundo fracaso"52.
A fines del invierno del'74, concluido el brote epidémico, la polémica en los medios de comunicación se fue acallando, como fue desapareciendo, también, el movimiento de alarma de la población.
En estudios realizados en voluntarios vacunados, entre 7 a 9 años después de haber recibido la XJ Clon 3 (1977/1978), se observaron anticuerpos en un 83%, sin que hubieran desarrollado otra enfermedad a causa de la vacuna53.
SEIS MIL VOLUNTARIOS PARA LA CANDID
Desde 1965, como hemos narrado, funcionaba en Pergamino (provincia de Buenos Aires, nueva área epidémica desde el ́64) un Centro de Investigación y Tratamiento surgido a instancias del Dr. Julio Maiztegui.
Producido el golpe de estado en marzo del'76, el Dr. Maiztegui fue designado como Coordinador de la IV Zona Sanitaria (partido de Pergamino) de la provincia de Buenos Aires54.
El grupo científico por él liderado se había posicionado día a día y año tras año como centro de investigación, prevención y tratamiento.
En 1977 el Gobierno Nacional consideró prioritario la obtención de una vacuna a partir de recomendaciones surgidas en un Seminario Internacional sobre Fiebres Hemorrágicas (1976), organizado por el Ministerio de Salud de la Nación y la Oficina Sanitaria Panamericana.
Desde 1975 la OPS impulsó la adopción de la estrategia de atención primaria de la salud55; entre los programas derivados de esta estrategia se encontraba el de la inmunización (Cueto, 2004a).
En el caso de la Fiebre Hemorrágica, la vacuna debía ser financiada por el estado y de acceso gratuito para la población, ya que estaba categorizada como "droga huérfana".
Es decir, un producto imprescindible para una población restringida, cuyo nivel de demanda no la hacía comercialmente interesante para los laboratorios privados56.
Al año siguiente el Gobierno Nacional designó al centro de Pergamino como Instituto Nacional de Estudios sobre Virosis Hemorrágicas (INEVH) y sede de un Programa Nacional de Lucha contra la FHA que comprendía actividades de vigilancia epidemiológica, diagnóstico, tratamiento y educación para la salud.
La medida evidenciaba la consolidación del proceso de institucionalización de la enfermedad como problema sanitario de primer orden si bien en términos de morbiletalidad la virosis hemorrágica no podía contarse entre los problemas sanitarios de mayor impacto en el país57.
No obstante el Mal de los Rastrojos afectaba áreas de la región pampeana, en tiempos de cosecha, circunstancias que habían impulsado, como hemos señalado, el interés del estado debido a que los brotes habían activado la elevación del jornal del peón golondrina, encargado de la recolección, y, ocasionaban pérdidas a las compañías aseguradoras.
Julio Maiztegui, desde los inicios de su trabajo, realizó tareas relacionadas con educación para la salud, logrando vincular el trabajo científico tanto con la población afectada como con los médicos de estas poblaciones, los primeros que iban a intervenir ante un brote epidémico.
El mismo Maiztegui y, un reducido grupo de investigadores que trabajaban con él, visitaban los pueblos afectados por la epidemia dando charlas en escuelas, en un galpón que era utilizado por los bomberos del lugar, en cooperativas agrarias, en todo sitio donde hubiera unas pocas o muchas personas congregadas, preocupadas, por el Mal de los Rastrojos.
El Instituto de Pergamino era centro de referencia y de internación para toda el área epidémica, es decir, a dónde eran derivados los pacientes, sin importar cual fuera la provincia de origen, por políticas definidas desde el ámbito nacional pero también por decisión de la población afectada que reconocía en Maiztegui y su grupo como únicos especialistas en FHA, como antes había ocurrido con los médicos del centro de Junín.
Como corolario de la decisión política adoptada en orden a la obtención de una vacuna, el Gobierno Nacional suscribió el convenio ARG/78/009 con Naciones Unidas a través de su Programa para el Desarrollo, la Oficina Sanitaria Panamericana y el Instituto de Investigaciones en Enfermedades Infecciosas del Servicio de Sanidad del Ejército de Estados Unidos (USAMRII).
El convenio, en el que intervenía el Instituto de Pergamino, posibilitaba enviar un especialista al USAMRII para desarrollar una vacuna; y, el gobierno argentino, se comprometía a construir en Pergamino un laboratorio de Virología de Alta Seguridad para producir la misma una vez que estuviera desarrollada.
El Dr. Julio Barrera Oro, en ese entonces, jefe del Departamento de Virus del Instituto Malbrán, fue designado para viajar Estados Unidos.
Seis años después de la firma del convenio, más precisamente en 1984, Julio Barrera Oro logró desarrollar una vacuna a la que denominó Candid58.
La noticia no llegó a los periódicos.
La continuidad del Programa Nacional de Lucha y Prevención había posibilitado, en el área de Educación para la Salud, la distribución entre la población de folletos, afiches, casetes y videocasetes destinados a programas radiales y televisivos, charlas informativas y reuniones de actualización para médicos y bioquímicos de las localidades en riesgo.
Como resultado de estas acciones el 86% de los habitantes de toda la región afectada tenían información sobre la Fiebre Hemorrágica, el 46,3% conocía las medidas preventivas, el 52,5% sobre los síntomas y el 63,4% sobre el tratamiento específico; un 68% estimaba que el problema era preocupante, el 90% consideraba de importancia disponer de una vacuna y un 87,9% estaba dispuesto a recibirla59.
Entre 1985 y 1988 más de 300 voluntarios del área de Pergamino fueron inoculados con la Candid, experiencia a cargo del grupo dirigido por el Dr. Maiztegui, en la que no se observaron efectos clínicos adversos y, en más del 90% se detectaron anticuerpos contra el virus Junín.
El primero de estos voluntarios fue el mismo Maiztegui.
Para llevar a cabo el estudio de efectividad e inocuidad a campo abierto, último paso para poder implementar una vacunación masiva, fueron seleccionadas 41 localidades del sur de la provincia de Santa Fe donde se había verificado una alta incidencia de la enfermedad60.
El estado provincial dio su aval al estudio a través de la firma de un convenio con el Ministerio de Salud de la Nación, que fue refrendado por decreto del Gobernador61.
La convocatoria para los voluntarios se realizó a partir de una campaña de difusión que recurrió a reuniones y charlas informativas, recurso permanente impulsado por Maiztegui, como la distribución de folletos y afiches explicativos.
Se hacía especial referencia a la no existencia de riesgo pues se había comprobado que la Candid era inocua e inmunogénica, participar del estudio, agregaban, era un privilegio porque "representaba un acto de solidaridad y cooperación comunitaria" siendo la primera vez que se realizaba un estudio de tal importancia y magnitud en el país.
Además, los voluntarios, contarían con la permanente supervisión y asesoramiento de los profesionales del Instituto de Pergamino y del Ministerio de Salud y Medio Ambiente de la provincia de Santa Fe62.
También, se preparó un mensaje televisivo difundido por Canal 5 de Rosario (Santa Fe), un mensaje radial propagado por las emisoras de la ciudad, como radios de las localidades elegidas.
Esto generó una verdadera movilización de la población, ya activa a partir de la preocupación generada ante la posibilidad de sufrir una enfermedad asociada con la muerte y, concientizada por el accionar del Dr. Maiztegui y sus colaboradores desde los inicios de los setenta cuando la virosis apareció en el sur santafesino.
Además, debemos tener presente que, entre el grupo de Pergamino y la población del área epidémica, particularmente el sur de Santa Fe muy cercano a la citada ciudad, existía una relación médico-paciente: quiénes les proponían vacunarse era aquéllos que habían atendido en alguna ocasión a familiares, amigos y vecinos; aquéllos que habían llegado al pueblo, inmerso en la conmoción ante la epidemia, para dar una charla sobre la problemática: "cada vez que íbamos a un lugar estaba el enfermo tal que venía a saludarnos, que nos contaba cómo se le había caído el pelo, que le dolía la cabeza, [...] nosotros no éramos [...] desconocidos para esta comunidad, éramos la gente que los atendió"63.
En cada pueblo o ciudad organizaron una comisión encargada de la inscripción y el registro de los voluntarios; colaboraron docentes y estudiantes de escuelas primarias y secundarias, cooperativas agrarias, municipalidades, el Rotary Club y agencias del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA).
Finalmente fueron seleccionadas 592765 personas, de sexo masculino de 15 a 60 años que trabajaban o residían en la zona rural.
Entre octubre de 1988 y enero de 1989 se llevó a cabo el estudio realizado en forma prospectiva, a doble ciego, es decir, el 50% de los voluntarios recibió la vacuna y el 50% restante una sustancia control66.
Los centros de inoculación, nueve en total, estuvieron a cargo de personal del Instituto de Pergamino y profesionales, enfermeras y vecinos dispuestos a colaborar, de las distintas poblaciones implicadas.
Al primer examen de control, en marzo de 1989, concurrió el 95% de los inoculados, dato que indicaba el desarrollo sin inconvenientes del estudio y "un gran espíritu de colaboración de los voluntarios participantes" 67.
A fines de 1990 Maiztegui, enfermo de cáncer, junto a Barrera Oro pudo comprobar en Estados Unidos, al romper los sellos de control de los pacientes y voluntarios inoculados, el 95,5% de efectividad de la Candid I. La vacuna cumplía los requisitos para las vacunas vivas atenuadas como el sarampión, paperas, y poliomielitis.
Así, la Fiebre Hemorrágica, convertida en endemia, podría ser controlada.
En medio de la algarabía de investigadores, voluntarios y periodistas, la Lic.
María Rosa Feulliade, Directora interina del Instituto de Pergamino, reconoció a esos voluntarios del sur de Santa Fe tan importante logro al expresarles "Ustedes son los responsables de esto; ustedes se inocularon esta sustancia cuando pocos creían en ella.
El mérito, repito, es de ustedes"68.
El personal de este centro de investigación se abocó inmediatamente a cumplir con el compromiso asumido al iniciar los estudios que era el de inocular a todo aquéllos voluntarios que habían recibido el placebo.
Las actitudes temerosas de la población epidémica ante la posibilidad de inocularse la vacuna de Pirosky encontrarían su explicación en el hecho que las campañas no estuvieron acompañadas o impulsadas por los médicos del área epidémica quiénes contaban con amplio reconocimiento por parte de la población como únicos especialistas en FHA.
Los investigadores del Instituto Malbrán, a cargo de la vacunación, eran unos desconocidos para los habitantes del noroeste bonaerense.
Sin embargo el número de 15.000 personas inoculadas, cuando no era obligatorio, es importante e indica los recursos con que contaba el equipo del Instituto Malbrán —la Comisión Nacional—; circunstancia que demuestra el interés del gobierno frondizista en este proyecto, coincidentemente con el compromiso demostrado por esta gestión en impulsar a la ciencia en general.
La disposición de la población epidémica a vacunarse con la XJ Clon 3 se sustentó en el temor ante la enfermedad que derivaba en la adopción de conductas preventivas y, fundamentalmente, en la presencia de los médicos locales en la implementación de las campañas de vacunación.
Las movilizaciones populares a favor de la vacuna fueron impulsadas por el incremento de número de casos y por los artículos publicados en periódicos, donde, aparecían nuevamente los médicos de Junín afirmando la validez de la XJ Clon 3.
La manifiesta y verbalizada adhesión de la población contrasta con el número de sólo 636 vacunados circunstancia que obedecería a las limitaciones del equipo de Parodi en orden a los recursos y al hecho que una cátedra no es el ámbito adecuado, por razones técnicas, para desarrollar una vacuna.
La presencia del estado provincial como nacional auspiciando la vacunación demuestra, nuevamente, el interés estatal en la cuestión de la FHA que, en términos de morbilidad, no tenía la importancia de otras enfermedades como es el caso, por ejemplo, del Mal de Chagas Este interés se sustentó en el impacto socioeconómico de la enfermedad y, el espacio que la misma encontró, en los medios de comunicación.
El vínculo médico-paciente desarrollado por Maiztegui y su grupo con la población epidémica, la concientización de la población a través de campañas de educación para la salud implementadas en el marco del Programa Nacional de Prevención y Lucha contra la FHA y, el persistente temor por la enfermedad, ante la reiteración de los brotes, justifican el importante número de 6000 voluntarios para realizar el último estudio de la vacuna Candid.
La virosis, además, continuó encontrando espacio en los medios de comunicación, ya no sólo periódicos sino también canales de televisión, que resultaron instrumentos fundamentales en la implementación de las campañas de educación para la salud, particularmente aquéllas en las que convocaban a voluntarios para la vacunación.
La presencia del estado, tanto gobiernos de facto como democráticos, promoviendo los proyectos de desarrollo de vacunas demuestran el continuo interés del estado en la problemática del Mal de los Rastrojos, si bien esto no siempre se tradujo en la transferencia de recursos suficientes. |
Historia de las emociones: una corriente historiográfica en expansión
Peter Burke, en un texto publicado en 2005, se preguntaba si existía una historia cultural de las emociones (Burke, 2005, p.
La pregunta resulta cuanto menos extraña teniendo en cuenta que dicho texto se encuentra en un libro que, explícitamente, se catalogaba como "historia de las emociones" (Gouk y Hills, 2005b).
Las editoras del libro –una, historiadora de la medicina, la otra, del arte–, tomaban como punto de partida del mismo, precisamente, la historicidad de las emociones, no sólo de sus concepciones y representaciones, sino de las emociones mismas1.
Tras hacer un breve análisis de la producción historiográfica que, de una forma u otra, ha tratado el tema de las emociones, Burke concluye que todas ellas acarrean el mismo pecado: la falta de un marco analítico riguroso.
Es decir, una falta de acuerdo en cómo entendemos nuestro objeto de estudio (¿Hablamos de emociones o de afectos?
¿Lo es la fraternidad?
¿Estudiamos emociones o representaciones de emociones?); de quién son las emociones que estudiamos o debemos estudiar (¿hombres, mujeres?
¿Jóvenes, viejos?); con qué métodos, conceptos y teorías debemos aproximarnos a esta nueva historia; y, por último, qué fuentes deben o pueden utilizarse para este estudio (Burke, 2005, p.
Lo que Burke viene a decir, a fin de cuentas, es que aunque muchos autores hayan historiado las emociones, todavía no se ha hecho una historia de las emociones, puesto que más allá de unos compromisos mínimos (como no problematizar la definición de emoción), no se ha desarrollado una disciplina (o subdisciplina) con todo lo que ello conlleva: unos métodos propios, unas fuentes específicas, un objeto de estudio bien definido, etc.
Desde finales de los años 90 del siglo XX, pero sobre todo en la primera década del siglo XXI, los textos dedicados al estudio de la historia de las emociones se han multiplicado.
Muchos de ellos han dedicado gran parte de sus esfuerzos a encontrar precedentes, a realizar una genealogía del estudio histórico de las emociones que sirva de punto de partida a sus propios estudios.
Estas genealogías coinciden en señalar una serie de nombres que, de una forma u otra, pueden considerarse precursores de este nuevo interés en las emociones como objeto histórico.
Están, obviamente, los nombres clásicos señalados por Burke (Nietzsche, Huizinga, Febvre, Elias), junto a otros muchos procedentes de la escuela de Annales (Braudel, Ariès, Chartier), e historiadores americanos de la corriente llamada emocionología, principalmente Peter N. Stearns y Carol Z. Stearns2.
Y pese a todo, pese a esta cadena de antecesores ilustres, todos los autores de estos textos comparten el análisis final de Burke: nunca, hasta este momento, se ha hecho historia de las emociones.
Las razones que se aducen son variadas: la misma naturaleza de la disciplina, prisionera de una suerte de pecado original que, a través de la servidumbre política que encontramos en su origen, la conduce hacia intereses "racionales" (Rosenwein, 2002, p.
821); una falta de "foco", debido, principalmente, a la "invisibilidad" de los sentimientos subjetivos, pero también a la propia indefinición de qué es una emoción (Bourke, 2003, p.
114); la amplia comprensión de "las emociones" como parte de la naturaleza humana y que, por tanto, no tendrían historia (Gouk y Hills, 2005a, p.
16); o el interés, tal vez exagerado, en los procesos de cuantificación de emociones (Alberti, 2006, p. xv).
Sea cual sea la razón esgrimida, el resultado es siempre el mismo: no hay, hasta el momento, ninguna historia de las emociones.
O al menos, una historia de las emociones "correcta".
Esta postura más matizada es la que sostiene Rosenwein, que inicia su libro sobre comunidades emocionales declarando, por un lado, la antigüedad del tema –"historians has always talked about emotions" (Rosenwein, 2006, p.1)–, para, en la frase posterior, denunciar la incorrección de sus planteamientos, incorrección que es una de las causas que empujan a la autora a escribir su libro: "The fact that there is a history of emotions but that it has been studied (for the most part) wrongly or badly is one reason that I have written this book."
Es esta situación de "novedad absoluta" la que convierte cada libro, cada artículo publicado, en un intento de sentar las bases necesarias para que esa posible historia de las emociones se escriba "correctamente".
La comprensión de su originalidad, sin embargo, no ha ayudado a que la historia de las emociones supere la situación en que Burke la encontró en 2005: falta de un marco analítico riguroso.
En el siguiente apartado intentaremos, a partir del esquema aportado por Burke, analizar algunas de dichas propuestas.
Para que dicho análisis sea manejable, sin embargo, quedará restringido a las obras publicadas a partir del año 2000, momento en que hemos fechado este "resurgir" de la historia de las emociones.
ACUERDOS Y DESACUERDOS EN LA HISTORIA DE LAS EMOCIONES
Si tuviéramos que señalar una debilidad de la historia de las emociones, y sólo una, esa sería, sin dudarlo un segundo, la ausencia de una definición adecuada de su objeto de estudio, empezando por su nombre: ¿emociones o afectos?
(Wickberg, 2007) ¿Debemos prestar atención a lo que la psicología nos dice acerca de las emociones o, por el contrario, debemos dejarlo de lado?
(Richards, 2005) ¿Debemos centrarnos en las representaciones de las emociones (Gouk y Hills, 2005a, p.
¿O, por el contrario, deberemos ir más allá de los textos directamente relacionados con las emociones y buscar una suerte de "sensibilidad" más amplia (Wickberg, 2007, p.
Como bien decía Burke, en su ya citado capítulo, el único consenso es no problematizar en exceso la definición del objeto de estudio.
Y sin embargo, muchas de las preguntas que hemos formulado en el párrafo anterior son la consecuencia directa de esa falta de problematización, más concretamente de la negativa a decidirse entre dos posibles definiciones de emociones: una que afirma que son hechos naturales y, por lo tanto, carentes de historia y otra que afirma todo lo contrario, que son constructos sociales sujetos a variaciones históricas.
En definitiva, la vieja disputa entre cultura y naturaleza (Alberti, 2006, p. xvii), un debate tal vez heredado de las principales disciplinas que han dado forma a este nuevo interés en las emociones: la antropología, por un lado, y la psicología por el otro (Reddy, 2001).
Las respuestas varían de un autor a otro, pero en pocos casos se trata de respuestas amplias, que vayan más allá de declaraciones programáticas en una u otra dirección:
Esta afiliación al "construccionismo" es mayoritaria.
No podría ser de otra forma, dado el peso que el post-modernismo tiene en la historia cultural contemporánea.
Pero es que, como Jordanova declara de forma contundente, esta aproximación es la única posible si queremos tener una visión amplia de los procesos históricos que incluya ideologías, ideas, imágenes y cultura material (Jordanova, 2004, p.
356), es decir, si realmente queremos hacer historia cultural.
Obviamente, esta opción entraña sus riesgos y si bien, como señala Burke, los estudios realizados desde esta perspectiva son "más innovadores" el precio a pagar es que sus conclusiones son "más difíciles de sostener" (Burke, 2006, p.
Por el contrario, las que se decantan por la otra opción son, en su opinión, no sólo menos innovadoras, sino que al constreñir sus estudios a las actitudes conscientes ante las emociones lo que obtienen no es una historia de "las propias emociones", sino una "historia intelectual" (Burke, 2006, p.
40), por muy sólida que pueda llegar a ser.
Ahora bien, ¿es posible escapar de esta dicotomía?
¿Debemos, incluso si partimos de una posición construccionista, tener en cuenta lo que la psicología nos dice sobre las emociones?
Una crítica que se desprendía del ya citado texto de Wickberg sobre la historia de las sensibilidades era que la historia de las emociones no tenía en cuenta el papel cognitivo de las emociones, señalado por ciertas corrientes de la psicología, y que por tanto trataba las emociones como "a discrete realm rather than seeing them as linked to larger characteriological patterns involving modes of perception and thinking as well as feeling" (Wickberg, 2007, p.
En una carta al editor de The American Historical Review, Rosenwein polemizaba con Wickberg precisamente sobre este punto, ya que, según ella, historiadores como Peter N. Stearns, William M. Reddy o ella misma defienden la intrínseca relación entre emoción y cognición, siendo la primera una modalidad de la segunda (Rosenwein, 2007, p.
En opinión de estos autores, incluso si tomamos una posición constructivista, las corrientes en psicología que relacionan emoción y cognición son relevantes para su labor histórica3.
Sin duda el más ambicioso de los defensores de esta posición es William M. Reddy.
Reddy parte de una crítica que podemos calificar de política, incluso ética, hacia el constructivismo.
Sin negar lo positivo de esta corriente, Reddy (2001, p.
54) denuncia la incapacidad de criticar, desde sus postulados, las prácticas locales que estudia.
Una vez que hemos identificado un determinado conjunto de prácticas culturales como opresivas, imperialistas, machistas o racistas, no tenemos, sin embargo, ningún criterio para criticarlas ya que, localmente, y en tanto que toda opción es una "construcción", ¿cómo podemos preferir una sobre otra (Reddy, 2001, p.
Reddy no es el único que señala esta incapacidad política del construccionismo (Fissell, 2004, p.
384-285), si bien en su caso la necesidad de superar esta limitación es más acuciante, puesto que pretende sentar las bases para poder realizar una crítica de los diversos regímenes emocionales teniendo en cuenta el mayor o menor grado de "libertad emocional" que permiten:
El marco que propone Reddy se basa, por un lado, en una teoría de la "traducción" que se presenta como una respuesta al postulado derridiano del "no hay fuera de texto" (Derrida, 1976, p.
158), esto es, la imposibilidad de alcanzar el "significado desnudo", de escapar de la tiranía de los significantes (Reddy, 2001, p.
La teoría de la traducción de Reddy pretende minimizar, cuando no eliminar, la distancia entre langue y parole, al entender al individuo como receptor de múltiples mensajes cifrados en diversos códigos que son traducidos, a veces con éxito, otras veces sin él, a códigos más "manejables" (Reddy, 2001, p.
Este proceso de traducción se relaciona estrechamente con dos elementos derivados de la psicología cognitiva, el de "activación" y el de "atención".
Con el primero, Reddy señala aquellos elementos que ponen en marcha nuestra maquinaria cognitiva (se identifiquen como "inputs", "pensamientos", "memorias", etc., que Reddy resume con la expresión "thought material").
Sin embargo, no todas las activaciones despiertan nuestra atención –el "lugar" en que el proceso de traducción entre códigos se produce, dando lugar a frases declarativas o actos intencionales–, sino que quedan a un nivel no consciente (Reddy, 2001, p.
Podemos entender el interés que este tipo de estados tiene para una teoría de las emociones, que serían entendidas como "activaciones" que no llegan a llamar nuestra "atención", debido a que están relacionadas con redes de objetivos complejos, pertenecientes a diversos códigos y agrupados en esquemas, que requieren de traducción, y que exceden nuestra capacidad de atención en el corto plazo, debido, precisamente, a la dificultad de dicho proceso (Reddy, 2001, p.
Esta conceptualización de las emociones daría lugar a una nueva concepción del yo, que escaparía de dualismos cartesianos pero también de los sujetos imaginarios del post-estructuralismo.
Un yo "desagregado", sin una unidad inherente, derivado de su constante interacción con múltiples flujos de significantes, procedentes de diversos códigos, que deben ser traducidos.
Un yo que es social, en tanto que los procesos de integración del yo (la traducción de los "significantes" en actos intencionales) se construye sobre la interacción social, pero no construcciones colectivas (Reddy, 2001, p.
El siguiente eslabón en el marco que nos propone Reddy, cuyo objetivo, recordamos, era encontrar una forma de "evaluar" regímenes emocionales, consiste en desarrollar una teoría de las expresiones emocionales como actos de habla, actos que denomina emotives, y que vendrían a ser el proceso de traducción más o menos provisional de todas esas activaciones.
Basándose en la definición de Austin de "enunciado performativo", Reddy sostiene que los enunciados sobre emociones (del tipo "estoy enfadado") tienen una función descriptiva (de cómo me siento), relacional (al presentar una condición a la interacción) y auto-exploratoria (porque tal vez no estoy enfadado, sino triste), así como un efecto modificador (al decantarme por una opción, estoy reafirmando una traducción entre las posibles, modificando mi cadena de objetivos y mis relaciones con ella) (Reddy, 2001, p.
Un régimen emocional estaría formado por las normas que permiten manejar estos emotives, es decir, qué emotives son lícitos y cuáles no en una situación determinada, ante una persona concreta, etc. Estos regímenes tienen consecuencias para la construcción del individuo, pues, debido a su poder exploratorio, la posibilidad de expresar o no ciertos emotives se convierte en la posibilidad de explorar cadenas de objetivos hasta ese momento más allá de nuestra atención, lo que Reddy llama navegación emocional: la posibilidad de explorar nuevas posibilidades y cambiar nuestros objetivos, lo que constituiría, en última instancia, una definición de libertad emocional:
Un régimen emocional será estricto o tolerante dependiendo del grado de libertad que permita, de los emotives que puedan ser utilizados, de las rutas de navegación que estén abiertas.
El primero, al restringir las condiciones de autoconocimiento y las elecciones vitales, provoca un sufrimiento emocional –un conflicto de objetivos (Reddy, 2001, p.
123)– en el individuo, permitiéndonos, de esta forma, distinguir entre regímenes justos e injustos (Reddy, 2001, p.
La pregunta a la que deberemos enfrentarnos, según Reddy, es ¿quién sufre?
Como hemos indicado, el texto de Reddy es el más ambicioso de entre todos los escritos hasta el momento en la historia de las emociones.
Su intención es ofrecernos un marco de análisis que, partiendo de los hallazgos más interesantes en los campos de la psicología y la antropología, permita superar las limitaciones que el construccionismo impone al historiador.
Se trata de una apuesta valiente, y como tal sugerente.
Algunos de los conceptos acuñados por Reddy (sufrimiento emocional, refugio emocional, etc.) son herramientas útiles para la tarea de estudiar las emociones del pasado, y su enfoque, optimista con las oportunidades que se presentan para el ejercicio de la agencia, incluso en las situaciones más restrictivas, y políticamente comprometido, no deja de ser inspirador.
Sin embargo, como toda propuesta que pretende ser innovadora no escapa a las críticas, algunas de calado.
La principal tiene que ver con el concepto de libertad empleado, que debe demasiado a la tradición liberal de occidente y su sujeto auto-contenido, así como a sus prácticas constitutivas, sobre todo a una introspección propia de las clases medias y altas de occidente a partir del siglo XIX (Nye, 2003, p.
Por otra parte, el énfasis en la expresión de las emociones a través de los emotives nos hace preguntarnos cómo podemos investigar las emociones de aquellos cuyos emotives no han sido registrados, de aquellos que nunca nos dejaron un enunciado emocional.
Una historia de este tipo debería limitarse, por tanto, a las élites europeas ilustradas.
Por otra parte, al final, y pese a todo, el libro de Reddy nos dice que la historia de las emociones es la historia de las normas que las gestionan, tal y como, según Burke, debemos esperar de aquellos libros que no apuestan por la historicidad de las emociones, sino tan sólo por sus "modulaciones".
En resumen, vemos que no se ha hecho un esfuerzo por definir de forma más o menos precisa qué son las emociones y, cuando así se ha intentado, los resultados no han sido plenamente satisfactorios, al anclar dicha definición en unas nociones de sujeto y de libertad occidentales.
Lo que encontramos en la mayoría de los textos, por tanto, es una comprensión de las emociones más o menos "popular" (como la define el diccionario de la RAE: alteración del ánimo intensa y pasajera, agradable o penosa, acompañada de cierta conmoción somática), señalando, en algunos casos, su relación con los procesos de cognición sin que ello tenga ningún tipo de incidencia en la historia que se narra4.
El ejemplo de Reddy nos lleva a pensar, sin embargo, que una mejor definición de qué sea una emoción y cuáles sus funciones puede resultar productiva a la hora de plantear nuevas alternativas de estudio en la historia de las emociones.
Burke señalaba como segundo elemento a mejorar lo que él llama una "sociología" de las emociones, esto es, ¿quién se emociona?
No se trata, en absoluto, de una cuestión baladí, pues, como hemos visto en el caso de Reddy, el no hacernos esta pregunta puede conducirnos a que la historia narrada sea la historia de una minoría.
El concepto de "comunidad emocional", desarrollado por Barbara Rosenwein, pretende ser una respuesta a esta pregunta, por mucho que ella no lo plantee en estos términos.
Rosenwein define el concepto de "comunidad emocional" como:
Al centrar nuestra atención en las comunidades, Rosenwein nos pide, en primer lugar, que identifiquemos quiénes son los miembros de la misma, esto es, quiénes comparten estas normas y valoran emociones similares.
Solventamos de esta forma la cuestión sobre el quién, pero surgen nuevos problemas.
El primero, y tal vez más evidente, es la posibilidad de que una persona pertenezca a más de una comunidad, incluso al mismo tiempo.
Esta posibilidad, ya contemplada por Fleck al hablar de los colectivos de pensamiento (Denkkollektiv) (Fleck, 1986, p.
157), introduce un dinamismo que explica el cambio de los colectivos de pensamiento y que creemos puede ayudar a explicar el cambio en las comunidades emocionales de Rosenwein.
Tal vez a consecuencia de esta ausencia de dinamismo interno, el cambio en los casos estudiados por Rosenwein es siempre de una comunidad por otra.
Nunca se explica el cambio dentro de una misma comunidad y, cuando se hace, se opta por una explicación claramente insatisfactoria, como la empleada para dar cuenta de las diferencias existentes entre las inscripciones de dos cementerios situados en la ciudad francesa de Trier entre los años 480 y 750:
Resulta cuanto menos curioso explicar el cambio histórico apelando al paso del tiempo, pero esto no hace más que señalar el problema de fondo de una definición de comunidad emocional demasiado estática, en la que Rosenwein sugiere tránsitos de individuos de una comunidad a otra (Rosenwein, 2006, p.
25)6, sin que ello tenga mayor impacto en el interior de la comunidad.
Problema derivado de una identificación excesiva entre "comunidades emocionales" y "comunidades sociales" (familias, monasterios, cortes principescas) (Rosenwein, 2010, p.
Las comunidades que nos presenta Rosenwein son, por tanto, pequeñas, cerradas y homogéneas en su composición.
Tampoco ofrece ninguna explicación sobre su aparición, es decir, sobre cómo y por qué se crean comunidades emocionales.
Al identificarlas con "comunidades sociales" pareciera darse por sentado que toda comunidad social es una comunidad emocional, explicándose la aparición de esta última por la de la primera (la creación de una nueva corte explicaría la aparición de una nueva comunidad emocional).
Hasta qué punto estos problemas son el resultado de las fuentes disponibles para el periodo que estudia es algo que debatiremos en un apartado posterior.
Pese a estas debilidades, el gran mérito de la aproximación de Rosenwein consiste, precisamente, en señalar el papel social de las emociones como creadoras de comunidades.
No sólo responde a la pregunta "¿quién se emociona?", sino que coloca esta identificación en primer plano.
A partir de este estudio deberemos tener en cuenta que hablar de emociones es hablar siempre de individuos, aunque no exclusivamente de ellos.
Conceptos, métodos y teorías
El siguiente punto sobre el que Burke llama nuestra atención es el de los conceptos, métodos y teorías.
Como hemos visto en los dos apartados anteriores, gran parte del trabajo realizado por los historiadores de las emociones ha consistido en desarrollar nuevos conceptos que les permitan trabajar con su novedoso objeto de estudio.
Ya sean comunidades emocionales, estilos (Stearns, 1994), regímenes, o refugios, la tarea de acuñar términos que nos permitan hablar de las emociones en la historia es una de las tareas más fructíferas e interesantes, por lo que conlleva de experimentación y creatividad.
No ha sido así, sin embargo, en el apartado metodológico.
Esto es especialmente evidente en un reciente texto, ya citado, de Barbara Rosenwein titulado "Problems and Methods in the History of the Emotions".
El mayor problema de Rosenwein, en este y otros textos, es la deuda que ha contraído con uno de sus principales referentes, que no es otro que Brian Stock y su análisis de las "comunidades textuales" (Rosenwein, 2010, p.
La propuesta de Rosenwein podría resumirse en el emplazamiento de estas "comunidades textuales", mediante la localización de textos relacionados con emociones (y sólo emociones) (Rosenwein, 2007, p.
1313), a través de la presencia, o no, de términos que las designen.
Estos términos deberán ser problematizados (una palabra que nosotros relacionamos con una emoción puede estar relacionada con otra en el pasado) a través de la lectura de teóricos contemporáneos a la comunidad objeto de estudio y evaluando su importancia o "peso" en los textos (entendido, en primer lugar, como la frecuencia de aparición del término en el total del texto) (Rosenwein, 2010, p.
A estas recomendaciones une la de prestar atención a las palabras no dichas, las metáforas y las ironías.
El método de Rosenwein, por muy novedoso que sea su objeto, no deja de ser el tradicional de la historia: localiza los textos pertinentes, analízalos y obtén conclusiones.
Que la historia nace con la escritura es parte de la definición más tradicional de la disciplina.
Que podemos ir más allá de ella es algo que hemos aprendido hace relativamente poco.
El libro editado por Gouk y Hills es, en este aspecto, bastante más interesante.
Las aportaciones de los distintos autores van desde la historia de las ideas (Hills, 2005) hasta los estudios centrados en las prácticas científicas del siglo XX (Dror, 2005), sin olvidar el que tal vez sea el más interesante de todos los textos reunidos en este libro conjunto: el de Michael Schwartz y su estudio sobre Giotto y Piero de la Francesca, que intenta cambiar nuestra concepción sobre los affetti en la Baja Edad Media e inicios del Renacimiento a través del estudio de la cultura visual de estos autores (Schwartz, 2005).
Lo mismo podemos decir del libro colectivo editado por Alberti y dedicado a la historia de la medicina (Alberti, 2006b), en el que el estudio de los cambios producidos en la terminología científica sobre emociones (Dixon, 2006) convive con la atención prestada a prácticas culturales más amplias, como las del mundo del espectáculo (Hayward, 2006).
En este sentido, sin embargo, el ejemplo más interesante es, sin ninguna duda, el libro que Joanna Bourke (2005) dedica al miedo.
Las prácticas y enfoques analizados por la autora son tan numerosos (desde el psicoanálisis al control de masas, del cuidado de los niños a las tecnologías de la información) que es fácil clasificar este libro, centrado en la cultura anglosajona desde mediados del siglo XIX hasta finales del XX, como el mejor ejemplo posible de lo que Clifford Geertz llamó descripción densa.
A la densidad descriptiva une Bourke su inteligente análisis crítico de otras aproximaciones posibles, como la emocionología y la psicohistoria, así como una reflexión sobre los límites de sus propias elecciones metodológicas8.
Su propuesta para analizar la historia de las emociones, que pretende evitar algunas de las limitaciones ya expresadas en anteriores apartados de este ensayo, apuesta por centrar la atención en lo que la emoción (el miedo en su caso) hace (Bourke, 2005, p.
353), lo que nos reconduce, nuevamente, a la dimensión política de las emociones, su papel en las relaciones interpersonales y su nexo con el poder, una propuesta que ella llama Aestesiología (Bourke, 2005, p.
Al hablar de teoría, por tanto, podemos detectar nuevamente el peso del construccionismo y la crítica post-moderna a la historia más tradicional en la atención prestada a prácticas heterogéneas, a las relaciones de poder, etc., sin dejar, por eso, de denunciar los límites de la post-modernidad.
También hemos señalado el intenso trabajo de acuñación de conceptos, muchos de ellos compartidos por diversos autores.
Sin embargo, al centrarnos en la metodología el resultado es bastante más decepcionante: el análisis de textos es el recurso más utilizado por los autores estudiados, excepto contados casos.
A la hora de tratar un nuevo tema de investigación histórica es fundamental realizar un profundo trabajo de revisión sobre las fuentes.
Sin embargo, cuando no sólo el tema sino el enfoque del mismo comparten esa novedad, el trabajo sobre las fuentes se convierte en doblemente importante, y por tanto doblemente problemático (Burke, 2003).
Ante tal situación el trabajo con las fuentes es doble: por un lado, la lectura de fuentes conocidas desde el nuevo punto de vista; por otro, la aportación de nuevas fuentes.
La historia de las emociones ha sido especialmente fructífera en la primera de estas tareas.
Un ejemplo evidente es el de William Reddy, que centra la segunda parte de su libro en una relectura de las fuentes conocidas sobre la revolución francesa (Reddy, 2001, p.
211-314), todo ello desde el punto de vista de su teoría de las emociones.
En la misma dirección se mueve Bourke, si bien en su caso, como ya hemos indicado, las fuentes utilizadas son tan numerosas como heterogéneas.
Son especialmente inspiradores los capítulos dedicados a los terrores de la infancia (Bourke, 2005, p.
Mención especial merece el libro de Alberti sobre la historia del corazón como centro en que se gestan las emociones, tanto a nivel de la cultura popular como en la historia de la medicina (Alberti, 2010).
Utiliza, para llevarla a cabo, fuentes más o menos conocidas para los historiadores de la medicina, como son la autopsia del famoso cirujano inglés John Hunter (1728-1793) (Alberti, 2010, p.
La lectura de ambos textos desde el prisma de la historia de las emociones, sin embargo, consigue encontrar nuevos datos relevantes allá donde otros habían descontado anécdotas.
La historia de la angina de pecho o la importancia de ser diagnosticada con una enfermedad cardíaca en vez de uterina cobran nuevo significado gracias a la estupenda relectura de las fuentes realizada por Fay Bound Alberti.
No ha resultado, al menos hasta el momento, tan fructífera la localización de nuevas fuentes9.
Todos los ejemplos señalados, y otros que podrían traerse a colación, basan sus excelentes resultados en la relectura de fuentes, pero ninguno, hasta lo que conocemos, ha intentado encontrar nuevas.
Está claro que una parte del problema reside en la dificultad de determinar qué puede ser una fuente para la historia de las emociones que no sean textos que hablen sobre emociones, como señala Rosenwein.
Pero si aceptamos sin más esta situación nos encontraremos con casos, precisamente, como el de las comunidades emocionales de Rosenwein: la escasez de fuentes tradicionales (sean lápidas en cementerios o poemas cortesanos) produce una imagen de la vida emocional del pasado fragmentada, superficial y, en muchos casos, poco convincente.
No se limita este problema a aquellos estudiosos de pasados remotos.
Que las clases populares del siglo XIX han dejado pocas fuentes escritas de información (o que, en el caso de existir, son de dominio privado) es de sobra conocido.
La historia de la medicina tiene su propia forma de aproximarse a este problema, que podemos identificar con lo que se ha llamado "perspectiva del paciente" (Porter, 1985).
En el libro editado por Alberti encontramos, de hecho, notables ejemplos de este tipo de estudios, como el de Hillary Marland y su análisis del surgimiento de la "locura puerperal" en la Inglaterra del siglo XIX (Marland, 2006).
El texto sigue tres líneas de investigación más o menos complementarias.
Por un lado, el análisis de la evolución de los textos científicos sobre el tema a lo largo del siglo XIX; en segundo lugar, las prácticas médicas ejercidas sobre estas mujeres en los casos en que se producía su internamiento en instituciones psiquiátricas; en tercer y último lugar, el análisis de las prácticas de cuidado que se realizaban dentro del hogar de la enferma.
En los tres casos, el foco se sitúa en la experiencia del paciente, ya sea a la hora de identificar su estado como una enfermedad, de aplicar un tratamiento o de estudiar el papel de los maridos en la recuperación de la esposa.
Pero nuevamente nos encontramos con el mismo problema: las fuentes empleadas son, en su mayor parte, producidas por los médicos que las tratan: tratados de medicina, libros para el cuidado de enfermos en el hogar, casos médicos guardados en los archivos... todas las fuentes son producidas para estas madres "locas"; madres que nunca elaboran una narración de sus sentimientos, o que si lo hicieron no fueron conservadas.
La utilización de estas fuentes, por muy lograda y excepcional que pueda llegar a ser –y como son en la mayoría de los casos mencionados en este apartado–, deja una zona inexplorada, un gran blanco en el mapa emocional de las sociedades del pasado.
Una zona habitada por aquellos que no nos han dejado fuentes escritas.
En lo que respecta a las fuentes, la historia de las emociones debe ser capaz de encontrar fuentes alternativas que iluminen aspectos del pasado que hasta el momento han quedado "por debajo del radar".
La producción en historia de las emociones en los últimos diez años ha sido excepcional, tanto en la cantidad como en la calidad de la misma.
En los últimos cinco años, además, se ha producido un proceso de institucionalización que ha dado lugar a la aparición de centros dedicados a su estudio en Londres, Berlín o Sidney, proyectos de investigación financiados por instituciones públicas y privadas, exhibiciones en museos de reconocido prestigio internacional, etc. Resulta obvio decir que la historia de las emociones ha evolucionado desde que Burke escribiera su texto en 2005.
Sin embargo, como hemos visto, esta evolución en el reconocimiento institucional y público no viene emparejada con un desarrollo interno de la disciplina, que sigue trabajando en coordenadas similares a las detectadas por el padre de la nueva historia cultural.
No obstante, el análisis que hemos realizado en estas páginas nos permite extraer ciertas líneas de fuerza que, desde nuestro punto de vista, conformarán la historia de las emociones en los próximos años, así como áreas en las que se requiere un mayor desarrollo.
La primera de estas líneas tiene que ver con el enfoque construccionista.
Como resulta evidente por el análisis de los textos, se trata esta de la postura, convenientemente matizada, adoptada por la mayoría de los autores.
Esta elección conlleva la realización de una historia cultural, tal y como avisaba Jordanova, que atienda a todos los aspectos de la vida humana.
Este énfasis en la construcción de las emociones debe, sin embargo, ser complementado por una definición mínima, probablemente tentativa, de qué es una emoción, esto es, qué función cumplen las emociones en la vida del individuo.
La propuesta de Reddy contiene algunos elementos que son interesantes en este punto, sobre todo su definición de la emoción como "percepciones" que no alcanzan a despertar nuestra "atención", pero que sí están "activadas" y, por tanto, afectan a nuestra relación con el entorno.
Cómo afectan a esas relaciones, es decir, el "qué hacen las emociones" apuntado por Bourke, es un punto que debe tratarse en mayor profundidad, y que está estrechamente relacionado con el "quién" que ponía de manifiesto Rosenwein.
Estas dos preguntas resultan fundamentales, ya que en ellas reside la historicidad de las emociones, sin que esto implique la existencia de un sustrato universal y biológico modificado culturalmente.
Desde nuestro punto de vista, qué hace una emoción y quién es afectado son parte de lo que es una emoción.
Detectar cambios en estos dos parámetros es detectar cambios en la emoción.
La cólera del rey, por utilizar un ejemplo de Rosenwein, no es la misma cólera del campesino modulada culturalmente de forma distinta, son dos emociones diferentes(Rosenwein, 2006, p.
La psicología social, extrañamente poco explorada por estos autores, puede ofrecer nuevas perspectivas desde las que desarrollar esta "definición mínima" (Tiedens y Leach, 2004).
El segundo aspecto tiene que ver, en primer lugar, con la definición de la disciplina, y en última instancia deberá apoyarse en una teoría sobre la cultura, por muy tentativa que esta pueda ser.
Desde nuestro punto de vista, y así nos parece entender la mayoría de los textos analizados, la historia de las emociones deberá apostar por un enfoque orientado a través del núcleo de la historia cultural, tal y como la define Mary Fissell: la atención al proceso de creación de significados (Fissell, 2004, p.
Una apuesta que empuja a huir de las "fotos fijas", al estilo de las comunidades emocionales de Rosenwein, para centrarse en los procesos, como señalaba Alberti.
Para ello es necesario una teoría de la cultura que acentúe su carácter relacional y dinámico y que renuncie a la constitución de formas previas, como las de sujeto y objeto.
El tercer campo de actuación tiene que ver con la ampliación del alcance de la historia de las emociones hacia aquellos que, como hemos visto, no han dejado tras de sí evidencias escritas de su vida emocional.
Esto implica la necesidad de multiplicar nuestras fuentes, tanto a través de nuevas lecturas de fuentes conocidas o de la localización de nuevas fuentes textuales10 como del uso de otros tipos de fuentes cuyas posibilidades, hasta el momento, no han sido explotadas por la historia de las emociones, como pueden ser las fuentes visuales y las materiales. |
Reseña del libro "Todos son hojas: Literatura e historia natural en el Barroco español"
Todos son hojas: Literatura e historia natural en el barroco español, Madrid, CSIC [Estudios sobre la Ciencia, no 58], 2010.
«Es como un descubrimiento de la naturaleza, hacia la que se camina empujado por una sensibilidad nueva —y en este caso será
Petrarca el abanderado—, pero a la que se tratará de conocer científicamente para poder dominarla.
Y no es un azar que esta sea la
época de los grandes descubrimientos geográficos...»
Manuel Fernández Álvarez: La sociedad española del Renacimiento
Hay en el Génesis dos relatos sobre la creación del mundo, el de inspiración Sacerdotal y el de la fuente Yavista, que ocupan los dos primeros capítulos del primer libro del Pentateuco.
En ambas narraciones se trata el origen del mundo vegetal: la fuente Sacerdotal sitúa la creación de las plantas en el tercer día, cuando dijo Dios: «Produzca la tierra hierbas, plantas sementíferas de su propia especie y árboles frutales que dan fruto conteniendo en ellos la simiente propia de su especie»1.
A partir del versículo 4b, del capítulo segundo, comienza el relato Yavista de la creación y de la caída, con estas palabras: «Al tiempo de hacer Yavé Dios la tierra y el cielo, no había todavía arbusto alguno del campo sobre la tierra, ni había hombre que cultivase el suelo e hiciese subir de la tierra el agua con que regar la superficie del suelo.
Entonces Yavé Dios formó al hombre del polvo de la tierra...»2.
El Creador se convierte, tras la formación del hombre, en agricultor: «Plantó después Yavé Dios un jardín en Edén, al oriente, y en él puso al hombre que había formado.
Hizo Yavé Dios germinar del suelo toda clase de árboles agradables a la vista y apetitosos para comer [...].
Tomó pues, Yavé Dios al Hombre y le puso en el jardín del Edén para que lo cultivase y guardase»3.
En este segundo mito, no se produce la creación de las plantas, como en el primero, sino que Dios planta el Edén y hace germinar los árboles, para dar al hombre un lugar que ocupar y una misión que cumplir: cultivar y cuidar el jardín del Paraíso.
De los dos grandes sucesos taxonómicos de la historia de la humanidad recogidos en la Biblia y señalados por John Slater: «el momento en que Adán dio nombre a los animales y la entrada de los animales en el arca de Noé» (Todos son hojas: literatura e historia natural en el Barroco español.
Madrid: CSIC [Estudios sobre la Ciencia, no 58], 2010, página 26), el relato Yavista narra el primero, de profundo significado antropológico, simbólico y semiótico, al hilo de la formación de los animales con barro de la tierra, a semejanza de la creación del hombre: «Formó de la tierra, pues, Yavé Dios toda clase de animales campestres y aves del cielo y los llevó ante el Hombre para ver cómo los llamaría este, ya que el nombre que les diera, ese sería su nombre.
El Hombre impuso, pues, el nombre a todos los animales domésticos, a todas las aves del cielo y a todas las bestias del campo; mas para sí no encontró una ayuda semejante»4.
A continuación, llega la creación de la mujer, la tentación, la caída y el protoevangelio, y con él toda la historia de la humanidad.
Pero, entonces, ¿quién le puso el nombre a las plantas, arbustos, árboles..., que Dios había plantado y hecho germinar, que no creado, para conformar el Paraíso?
En el relato bíblico de inspiración Yavista queda bien claro el origen de la zoonimia, en la que se introduciría confusión sólo a partir de los sucesos de Babel, si bien se deja ignoto el de la fitonimia original: ¿sería esta obra del propio Dios?
La lenta construcción de una nomenclatura botánica a lo largo de la primera modernidad, hasta la culminación del proceso que suponen los esfuerzos de Linneo, va a ser la historia de la revolución científica en cuanto a la botánica y a la historia natural.
El papel del humanismo del Renacimiento y de la literatura del Barroco fue fundamental en el devenir de tal proceso histórico.
La revolución científica, por lo que respecta a la botánica, sería ese lento paso del paradigma bíblico medieval, en el que las plantas pasan desapercibidas, tanto en cuanto a su origen o creación como en cuanto a su denominación o nomenclatura, al nuevo contexto de modernidad, donde la taxonomía y la nomenclatura son creadas ex nihilo prácticamente.
Si está claro que el proceso culmina en la obra de Linneo, ¿cuándo se inicia? ¿por qué empieza a recorrerse ese camino que llevará a la independencia de la ciencia botánica de otras disciplinas como la medicina, la farmacia, la historia natural...?
Los colegas historiadores de la Astronomía tienen relativamente fácil la clasificación de un determinado científico como anterior o posterior a la revolución copernicana: los astrónomos geocentristas serán precopernicanos y los heliocentristas postcopernicanos, revolucionarios, galileanos, newtonianos... en cualquier caso: modernos.
Sin embargo, en la historia natural, como apunta John Slater, «hay pocos signos de modernidad fácilmente cuantificables como los que se encuentran en las comparaciones entre literatura y cosmología: no hay ninguna prueba tan simple como la relativa a si un autor cree en el universo geocéntrico o en el heliocéntrico» (página 73).
El profesor Slater presenta un lúcido resumen de las tres principales teorías que tratan de explicar este proceso: la humanista, la institucional y la comercial.
«Mientras Smith y otros autores sitúan el desarrollo de la botánica moderna en un contexto humanista, hay estudios que ubican el nacimiento de las ciencias de la vida moderna en otras esferas.
Por ejemplo, Antonio Barrera (2006: 36) ha sugerido que las "knowledge-producing structures" [estructuras de producción de conocimiento], concretamente instituciones españolas como la Casa de Contratación o el Consejo de Indias, promovieron una serie de "prácticas empíricas" que condujeron a lo que este autor ha denominado "Early Scientific Revolution" [la temprana revolución científica] del siglo XVI.
Por otro lado, Harold Cook ha defendido con autoridad que a lo largo del siglo XVII fue el comercio, y no las prácticas intelectuales humanistas, lo que dio el impulso definitivo al desarrollo de la moderna historia natural» (página 39).
En mi opinión, las explicaciones institucional y comercial estarían íntimamente unidas, pues organismos como la Casa de Contratación hispalense o la Academia Matemática matritense tienen una finalidad doble, docente y comercial, por lo que institución y desarrollo económico aparecen en ellas claramente imbricadas.
Desde otros enfoques, por ejemplo el del arte de navegar, es inobjetable que existió esa Early Scientific Revolution de la que habla Antonio Barrera Osorio (Experiencing Nature: The Spanish American Empire and the Early Scientific Revolution.
Se podría, por tanto, reducir la primacía del origen para la revolución científica en el área de la botánica a una dicotomía: humanismo o mundialización, entendida como el proceso que abarca los grandes descubrimientos geográficos y los subsiguientes contactos comerciales a escala global soportados por las instituciones protoestatales modernas.
La mundialización o primera fase de la globalización corresponde con el nacimiento del capitalismo mercantilista en Europa occidental, sistema económico que se va extendiendo hasta alcanzar los rincones más recónditos del orbe, transformando todo, incluidos el trabajo y las tierras, en mercancías, en objetos de compra-venta y comercio (Eric Wolf: Europe and the People without History.
El desarrollo de las matemáticas financieras, la protoeconomía, la geografía, la navegación astronómica, la exploración de nuevos territorios, su conquista y/o colonización, las manufacturas más o menos industriales y el comercio a gran escala no son sino aspectos de este impulso en las relaciones mercantiles a escala global.
Ahora bien, ni siquiera esa dicotomía se sostiene a no ser con fines didácticos y explicativos.
Incluso en el ámbito de la navegación, se entrelazan los descubrimientos geográficos y la ideología humanista (Pedro Mártir de Anglería, De Orbe Novo Decades.
Alcalá de Henares, Miguel de Eguía, 1530; Décadas del Nuevo Mundo, traducción de J. Torres Asensio, revisada y corregida por J. Martínez Mesanza, Madrid, Polifemo, 1989), de modo que los primeros tratadistas del arte de navegar fueron humanistas antes que navegantes (Ursula Lamb, A Navigators Universe.
Lo propio ocurrió con los botánicos: la traducción del Dioscórides por Andrés Laguna fue la obra de un humanista médico (Pedanio Dioscórides Anazarbeo, s. I d.
C., De materia médica.
Salamanca: Caja Duero-Universidad de Salamanca, 2006.
Versión multimedia del manuscrito BUSA 2659) y la peculiar evolución de los estudios botánicos en el reino de Valencia, que como señala John Slater: «no formaba parte de la Corona de Castilla y, por lo tanto, no estuvo tan involucrado en la Administración colonial» por lo que allí «la historia natural se desarrolló de forma más similar a los casos estudiados en Alemania por Cooper» (página 19), se explica porque la Universidad de Valencia fue una de las sedes principales del movimiento humanista español del Quinientos, en concreto de la que Luis Gil denominó segunda generación de humanistas españoles.
De hecho, uno de sus representantes, Juan Lorenzo «Palmireno», tuvo un gran interés por cuestiones botánicas y se ocupó de la nomenclatura botánica en alguna de sus obras lexicográficas:
Aunque Palmireno nunca publicó un tratado independiente sobre nombres de árboles o plantas, sí incluyó voces de este campo semántico en dos de los abecedarios que reúne en 1569 el Vocabulario del Humanista, compuesto por Lorenço Palmyreno: donde se trata de aues, peces, quadrúpedos, con sus vocablos de caçar y pescar, yeruas, metales, monedas, piedras preciosas, gomas, drogas, olores, y otras cosas que el estudioso en letras humanas ha menester.
Tanto el tercer como el cuarto abecedario del Vocabulario del humanista contienen léxico relacionado con hierbas, simientes, frutas y flores, entre otros.
Por ello, aunque nunca publicara un tratado de los árboles independiente, parece que sí tenía interés en este léxico y que pudo redactarlo para incluirlo entre las páginas del Vocabulario.
(María Ángeles García Aranda: Un capítulo de la lexicografía didáctica del español: nomenclaturas hispanolatinas (1493-1745).
Resulta imposible, en definitiva, separar humanismo y revolución científica en el campo de la historia natural, como es imposible desligar esta de los grandes descubrimientos geográficos y de los contactos comerciales mundiales que inauguran la modernidad, pues humanismo y mundialización no son sino dos aspectos de un nuevo paradigma antropológico, etnológico, cultural e histórico, que es lo que conocemos precisamente como Modernidad y que para Ortega y Gasset, por ejemplo, comenzaría en la más ilustre «estufa» o poêle, donde Descartes se puso a pensar en las Reglas para gobernar el ingenio y pudo ocurrírsele su método o «artilugio metódico» (La idea de principio en Leibniz, en: Obras completas Madrid: Fundación Ortega-Marañón/Taurus, tomo IX, 2009, página 1105).
Pero ni Descartes, ni Leibniz, ni Newton, ni Galileo, ni Copérnico, ni por supuesto Linneo hubieran sido posibles sin la conjunción de humanismo y mundialización, por lo que resulta estéril intentar dilucidar cuál fue, de los dos, el primer motor de la revolución científica.
Lo trascendental de esta polémica es que resulta evidente que no se puede dejar de lado la literatura y el arte a la hora de historiar el proceso del nacimiento y génesis de la ciencia moderna: el conocimiento del mundo se cuela en las obras literarias y artísticas, y a su través se puede vislumbrar el imparable avance del conocimiento humano sobre el mundo, de su comprensión y diversificación, que en un proceso acumulativo llevará, precisamente, a la cristalización de la Modernidad.
Esas vislumbres, en lo referido a la fitonimia, ha expuesto magistralmente el profesor Slater en su Todos son hojas: literatura e historia natural en el Barroco español.
El propio autor enumera los provechos del libro:
«La utilidad de este libro es triple.
En primer lugar, permitirá a los lectores de la literatura del Siglo de Oro identificar algunas de las plantas mencionadas en los textos de Lope de Vega, Pedro Calderón de la Barca o Miguel de Cervantes, entre otros.
Por otra parte, proporcionará a los investigadores interesados en la Historia moderna de España una idea general de la difusión de los saberes botánicos durante este período, incluyendo temas como las propiedades médicas de las especies, su cultivo o los significados simbólicos y alegóricos de las plantas.
En tercer y último lugar, probará la existencia de lo que yo llamo una estética fitológica, una característica de la literatura del Siglo de Oro que ha sido en gran medida olvidada» (página 20).
El libro es, en su mayor parte (páginas 75 a 278), un vocabulario de fitónimos o más específicamente un «Diccionario de las plantas», en el que se identifican un buen número de especies botánicas, ordenadas alfabéticamente según sus nombres científicos; se recogen sus nombres vulgares españoles clásicos, y se ejemplifican mediante obras literarias de los Siglos de Oro (XVI y XVII).
La ordenación alfabética de acuerdo con los nombres científicos de las especies puede dificultar la localización de cada una de las plantas estudiadas; no obstante, John Slater soslaya este posible inconveniente incluyendo al final del volumen dos completos índices (Índice de plantas identificadas —nombres vulgares— e Índice de nombres científicos), que ayudan al lector a localizar la información que precisa en cada consulta.
La microestructura es sencilla: tras el nombre científico en cursivas, acompañado de la indicación de la nomenclatura de la que se toma (L.= Linneo, en la mayoría de los casos; Medikus = Friedrich Kasimir Medikus, botánico, médico y naturalista alemán; P. Mill., Mill. o Miller = Philip Miller, jardinero jefe del Chelsea Physic Garden; R. B. o R. Br. = Robert Brown, botánico; Reich. = Karl Friedrich Reiche, más conocido como Carlos Reiche en Chile, director de la sección Botánica del Museo Nacional de Historia Natural de Chile en Santiago; Schreb. = Johannes Scherbius, botánico, micólogo y briólogo alemán; etcétera), aparecen las denominaciones vulgares en español, seguidas de los fragmentos de obras literarias (textos líricos, dramáticos y narrativos) en los que se ejemplifica el uso de la voz o las voces castellanas por autores del Siglo de Oro (Lope de Vega, Calderón de la Barca, Tirso de Molina, Luis de Góngora, Pedro Mexía, Esteban Manuel de Villegas, Agustín de Rojas Villadrando, Juan de Castellanos, Alonso de Castillo Solórzano, Miguel de Cervantes, Juana Inés de la Cruz, Francisco de Quevedo, La Celestina de Fernando de Rojas...).
El contenido, tanto de las entradas como de la macroestructura, es muy variado y rico.
Algunas citas se repiten varias veces (Agustín de Rojas Villadrando, El viaje entretenido; el Villancico IV, de Sor Juana Inés de la Cruz; Tirso de Molina, El amor médico; Calderón de la Barca, La vida es sueño...), pero esta circunstancia sólo salta a la vista si se realiza la lectura corrida del texto, no en el modo de consulta lexicográfico habitual.
En muchos casos, se agradecería, además de la fecha de la edición manejada, la datación de la composición del texto, o de su primera edición, para situar cronológicamente con mayor precisión los empleos de los nombres vulgares castellanos.
No hubiera estado mal, asimismo, el resalte gráfico sistemático de los fitónimos castellanos ejemplificados, como en la entrada peonía (Pedro Mexía, Silva de varia lección, página 200), para facilitar, al lector que realiza la consulta de manera apresurada, la rápida localización de los términos en las citas, a veces largas.
Si bien son escasas, y por tanto anecdóticas, llaman poderosamente la atención algunas erratas en las citas aducidas: ausencia de acentos («que quiere que su esperanza / de [sic] fruto a la primavera», fragmento de Lope de Vega, página 183, falta acento en dé), trueque de caracteres («Christo representado en los misterios del S. Rosario es como Sol, quien mira singularmente a este Sol assí representado con [sic] los Cofrades del Rosario, que como Helioprios o Tornasoles están mirando mediante la meditación, o contemplación a este soberano Sol, y se inclinan a él», con por son, cita de Thomás Bafarull y Roselló, página 157), ausencia de alguna letra («Que apenas sé cundo [sic] entra el sol en Géminis», verso de Lope de Vega, La pastoral de Jacinto, ya citado antes, repetido por tanto en la página 216, pero con una errata: cundo por cuando), alteración del orden de grafías («...he aquí la olla: una libra de carnero, catorce maravedís; media de vaca, seis, son veinte; de tocino un cuarto, otro de carbón [sic]...», ¿por cabrón?, texto también de Lope de Vega, La Dorotea, citado en la página 203), o alguna inconsistencia en la separación de palabras («Al pie de un álamo blanco, / y mas que blanco neutral, / supuesto que aparte [sic] alguna, / jamás se supo inclinar»,aparte por a parte, fragmento del romance de Lorenzo Borrás: «Pintura de un Hidalgo pobre, imitando el rumbo del romance de Don Luys de Góngora», 1659, citado en la página 211; o en este pasaje de la Guerra de Granada de Diego Hurtado de Mendoza, en la página 233: «...en los Alpes que llaman Monsenishaycierta [sic] hierba poco diferente...», donde leemos Monsenishaycierta por Monsenis hay cierta).
La selección de las autoridades resulta magistral, e invita a la lectura corrida del vocabulario: no falta ninguno de los tópicos fitológicos de mayor interés en la literatura aurisecular.
En unos versos de Sor Juana Inés de la Cruz se cuela el Romero, una de las especies de mayor interés médico en el Barroco, protagonista del Tratado segundo («De las excelencias del romero y su calidad») del Libro de phisonomía natural y varios secretos de naturaleza, el qual contiene cinco tratados de materias diferentes, no menos curiosas que provechosas (Madrid: Pedro Madrigal, 1598), de Gerónimo Cortés, éxito editorial de finales del siglo XVI y obra fundamental de la divulgación científica en el Siglo de Oro hispano.
La medicina galénica está presente en las referencias a los humores: la flema («Cuerpo de Dios con la flema, / ¿sembrando agora achicorias / y escardando berenjenas?»
Tirso de Molina, Amazonas de Indias, página 117) o la melancolía («Digo, que Vusía coma / manjar entre húmedo y seco, / [...]. / Si apeteciere cocido, / mandará echar en las ollas / culantro verde, mastuerzo, / verdolagas, ó buglosa, / borrajas, y yerbabuena; / que mezcladas unas con otras / templarán lo seco y frío, / mas no ha de llevar cebolla», receta para la cura de un enfermo de melancolía recogida en una cita de El amor médico, de Tirso de Molina, repetida en varias entradas: borraja en las páginas 100-101, y cilantro, celiandro, culantro en la página 128, por ejemplo).
También aparecen las enfermedades propias de los desequilibrios humorales y sus tratamientos, uno de los tópicos capitales para comprender el Siglo de Oro español —como expuso hace una década Roger Bartra en su magistral Cultura y melancolía.
Las enfermedades del alma en la España del Siglo de Oro (Barcelona, Anagrama, 2001)—, tanto en su vertiente psicológica: el humor negro, la melarquía, la locura o el frenesí y la sangre ruin («Las coles me crían flema; / nabos, la sangre ruin; / zanahoria y berenjenas, / melarchía y frenesí», Juan Valladares de Valdelomar, Caballero venturoso); como en cuanto a otros padecimientos más fisiológicos, como las hemorroides («...y aplíquenle un cristel luego / por preservar almorroides», Tirso de Molina, La fingida Arcadia, página 210).
Al igual que la hipocondría, la locura melancólica y las almorranas eran dolencias de judíos y enamorados: «Un tratado médico del siglo XVIII todavía describe la melancolía, junto con la hipocondría y las hemorroides, como una enfermedad judía» (R Bartra, 2001, página 147).
El «Diccionario de las plantas» se completa con un magnífico estudio introductorio titulado «Literatura e historia natural en la primera Modernidad» (páginas 15 a 73), precedido por unos agradecimientos y dividido a su vez en seis capítulos y una conclusión, que constituyen sin duda uno de los principales valores de la obra del profesor Slater.
Ya he hecho algunas referencias al ensayo preliminar en la primera parte de esta reseña, quiero ahora, para ir finalizando, detenerme detalladamente en el contenido de este primer apartado, muy didáctico y erudito, donde se aúnan la historia de la ciencia, la retórica humanista y literaria, el arte y los conocimientos del autor sobre el Siglo de Oro, para exponer la importancia de la estética fitológica en el Renacimiento y Barroco españoles.
Tras la presentación de la intención del libro y del método empleado, el autor da paso a un primer bloque de tres capítulos donde analiza el estatus del reino vegetal durante los Siglos de Oro fundamentalmente en las ciencias naturales.
En el primero, titulado «La estética fitológica del Barroco español», se definen los campos de aplicación del concepto de estética fitológica, que Slater emplea «para describir, por un lado, el elevado estatus que el reino vegetal disfrutó a finales del siglo XVI, y más especialmente durante el siglo XVII, en el arte, la ciencia y la literatura» y que, por otro lado, «hace referencia a los cambios que experimentaron las formas de representación de las plantas en cada uno de estos campos» (página 20).
El ensayo introductorio va a discurrir guiado por ese concepto y abarca la evolución de la representación de las plantas en los tres campos mencionados: el científico, el artístico y el literario.
El segundo capítulo, «El estatus conceptual de las plantas en la cosmovisión moderna», se centra en la revolución científica, entendida como el paso del paradigma medieval, bíblico y cristiano, al de la modernidad linneana, cuyas implicaciones he repasado en la primera parte de esta reseña.
Superada la dicotomía entre humanismo y mundialización en los planteamientos sobre el nacimiento de la ciencia moderna desde sus distintas vertientes (técnica o práctica y teórica o estrictamente científica) y disciplinas (astronomía, matemáticas, física, historia natural, etcétera), o mejor entre las posturas evolucionistas («los modelos antirrevolucionarios de López Piñero, Pardo Tomás y Reeds», como los llama Slater en el texto, página 41) y revolucionarias, queda fijado el protagonismo del humanismo en el paso de la res herbaria medieval a la botánica moderna, papel central que Slater analiza en el tercer capítulo de la introducción, «La res herbaria y las humanidades».
En el segundo bloque, compuesto asimismo por tres capítulos, se dedica Slater al análisis más preciso del lugar ocupado por el mundo vegetal en la literatura, la retórica y la simbología del Barroco español, especialmente centrándose en la composición literaria, aunque con referencias también a la pintura, a la teoría política y otras áreas de la creación estética y filosófica.
El capítulo cuarto, titulado «Las flores y la composición literaria», describe la constitución de la obra literaria renacentista como antología o florilegio de tópicos o loci, extraídos de un jardín o thesaurus, y acomodados por el autor en cada texto de manera armónica y enriquecedora; tendencia a la acumulación que se ve acentuada en el paso del siglo XVI al XVII, cuando «los autores barrocos enfatizaron y ampliaron las metáforas florales para reflejar los cambios en el gusto asociados a la transición del Renacimiento al Barroco» (página 46).
La abundancia rebosante del ramillete, guirnalda, silva, jardín o floresta en la literatura vino acompañada por el desarrollo de los ramilleteros o bodegones pictóricos, «prácticamente contemporáneo al gran incremento de las representaciones dramáticas de finales del siglo XVI. [...]
Calderón, además de escribir diversas obras con títulos botánicos —[...]— fue coleccionista de pinturas de flores» (página 51).
En el quinto capítulo, «Catálogos botánicos y copia retórica», analiza Slater la conjunción entre varietas y copia en el gusto barroco, fuente de las enumeraciones de plantas características, entre otros, de Lope de Vega, en quien los lectores de la literatura barroca estaban acostumbrados a pensar «por la abundancia retórica, como el último de los exponentes del gusto barroco.
Ya resulta sorprendente el elevado número de escritos atribuidos al Fénix, pero es todavía más pasmoso el número de plantas diferentes que se mencionan en ellos, lo que asemeja sus obras de teatro y poemas a "jardincillos"» (página 55).
En 2010 (Madrid, Cátedra, colección Letras hispánicas, número 656), ha aparecido una edición del poema geórgico por excelencia de Lope: el Isidro.
Poema castellano (1599), compuesto en Madrid tras una prolongada estancia formativa en la corte del Duque de Alba, a orillas del río Tormes.
En su introducción, dedica el editor, el profesor Antonio Sánchez Jiménez de la Universiteit van Amsterdam, 18 páginas (46-64) al tema del bodegón y la composición floral en el poema, con un suculento y muy erudito repaso de la historia del género pictórico y poético de la representación de frutas, verduras y hortalizas en el Barroco europeo.
Después de constatar el misterio que aún envuelve al surgimiento paneuropeo del motivo estético y literario a finales del siglo XVI, propone tres causas plausibles para explicarlo: «La posibilidad de entender estos cuadros como reflexiones morales atraería a muchos coleccionistas de la época.
Además, el grado de urbanización creó contrastes y fluctuaciones de abastecimiento que llevaron a los habitantes de las populosas y prósperas ciudades a prestar especial atención a los objetos materiales —los alimentos— que construían su abundancia.
Gracias a esta atención, las representaciones de vituallas funcionaron como objeto privilegiado para practicar una de las obsesiones ideológicas del Barroco, la imitación extrema de la naturaleza, que engaña a nuestros sentidos y nos hace dudar acerca de dónde se sitúan las fronteras entre realidad y ficción, y reflexionar sobre esta separación y sobre el poder de las apariencias» (páginas 59).
Estas tres razones explicarían, según Sánchez Jiménez, no sólo los bodegones literarios que Lope realizó a finales del siglo XVI y principios del XVII, sino también la moda de los bodegones pictóricos que floreció por los mismos años.
En el caso del Isidro, para la composición del monólogo en que el pastor Silvano enumera a su amada, la desdeñosa Silvia, las riquezas rústicas que pondría a su disposición si ella le correspondiera (Canto VI, versos 821-935), Lope se sirve de modelos latinos, reelaborando «un tópico arcádico que se puede retrotraer a los Idilios de Teócrito, a Bion y, ciertamente, a la Égloga II de Virgilio y al libro XIII de las Metamorfosis de Ovidio» (página 47); es evidente, por tanto, que el editor del Isidro y el autor de Todos son hojas: literatura e historia natural en el Barroco español, coinciden en señalar el protagonismo indiscutible de la retórica en la génesis y desarrollo de estas formas compositivas tan características de finales del Quinientos y de los primeros años del Seiscientos.
En este pasaje se muestra, paradigmático, el modo de composición en ramilletes y bodegones tan propio del Barroco y característico no sólo del Fénix, como señala el propio Sánchez Jiménez en su edición del Isidro, a cuyas tres causas principales bien pudiera unirse la del interés científico por la naturaleza analizado en la obra que reseñamos, y que explica el tránsito del humanismo renacentista a la moderna taxonomía linneana alumbradora de la moderna botánica.
Así lo expresa John Slater en los dos párrafos que cierran la conclusión del estudio introductorio:
"Los elementos de la estética fitológica —la enumeración de plantas y la proliferación de especies, su protagonismo en obras de arte y de literatura, el uso de la alegoría botánica— apuntan todos ellos hacia un renovado interés por el mundo natural, que es bastante más que un simple interés documental y taxonómico.
Pero durante mucho tiempo se ha prestado poca atención a las intersecciones entre la historia natural y la literatura del Siglo de Oro, al igual que a la propia historia de la botánica.
Sin embargo, como hemos visto en este estudio, y más claramente aún en el diccionario, el interés por las flores es uno de los rasgos que definen el Barroco hispano.
La estética fitológica no significa, como ya he dicho, una ruptura radical con el pasado, sino que es una forma de ver, desde unos intereses semejantes, el convencionalismo de la rosa y la novedad de la maravilla.
En los estudios históricos sobre las relaciones entre literatura e historia natural hay pocos signos de modernidad fácilmente cuantificables como los que se encuentran en las comparaciones entre literatura y cosmología: no hay ninguna prueba tan simple como la relativa a si un autor cree en el universo geocéntrico o en el heliocéntrico.
En lugar de ello, podemos encontrar momentos de exuberancia en medio de las crisis económicas y militares del siglo XVII, celebraciones a la flora americana ante las dificultades coloniales, y un enorme interés por la naturaleza frente al colapso científico" (páginas 72-73).
Cierra el profesor Slater este segundo bloque literario con el sexto y último capítulo, «La res herbaria y la res publica», en el cual repasa los cambios producidos durante el Barroco en los significados alegóricos y simbólicos de las plantas, bajo tres aspectos fundamentales:
Los múltiples significados de las plantas5,
El protagonismo de las plantas, y
Los significados de las plantas y la alegoría política.
Los tres están muy presentes especialmente en los autos sacramentales, donde el valor alegórico y las isotopías fitológicas llegan a vertebrar el significado de obras enteras en su conjunto: «el auto es un ramillete visual y alegórico que depende de la capacidad de la audiencia para reconocer y leer la gramática de las flores6» (página 68).
Los significados de las flores, como parte no material de sus nombres, no fueron impuestos por el hombre, como en el caso de los animales, sino que emanan directamente de Dios, como quedo apuntado al principio de esta reseña, y por tanto no sólo la nomenclatura, sino también, y sobre todo, sus valores simbólicos tienen algo de divino, de modo que permiten leer la naturaleza como una suerte de emblema realizado por el Creador en el principio de los tiempos, cuando «(8) plantaverat autem Dominus Deus paradisum voluptatis a principio in quo posuit hominem quem formaverat (9) produxitque Dominus Deus de humo omne lignum pulchrum visu et ad vescendum suave [...] tulit ergo Dominus Deus hominem et posuit eum in paradiso voluptatis ut operaretur et custodiret illum». |
Estudio preliminar y transcripción"
Marzal Rodríguez, Pascual, Los Claustros de doctores y catedráticos del Estudio General de Valencia (1675-1741).
Estudio preliminar y transcripción.
En un momento en que nuestras viejas Universidades públicas se ven amenazadas por la falta de dinero y apoyo que sufren, no es inútil recordar su ilustre tradición.
Pasado y presente ilustres, que las encuestas de opinión, a pesar del desinterés de los gobiernos centrales y autonómicos, no dejan hoy de reconocer.
En la imagen de los ciudadanos, profesores y científicos son considerados entre los más valorados.
Sin embargo, la falta de dinero para inversiones, profesorado, enseñanza e investigación, el aumento de las tasas, la competencia de las Universidades privadas, el empuje hacia la formación profesional... marcan un momento difícil de la historia universitaria.
Dedicarse a rememorar su pasado puede ser una buena forma de plantearse los necesarios cambios y mejoras futuros.
Un selecto grupo de Universidades ha resistido por siglos a las dificultades, llevando a cabo sus tareas de educar y enseñar una profesión, de producir cultura e investigación.
Entre ellas, la de Valencia ha ocupado siempre por más de cinco siglos un lugar destacado, sin duda en los primeros en las enseñanzas médicas.
Desde luego, la Universidad de Valencia tiene algunas peculiaridades.
Creada por Alejandro VI, depende hasta el siglo XIX de su Ayuntamiento.
Por ello tardará mucho en tener su propio gobierno y, por tanto, los órganos pertinentes, así los claustros.
Las decisiones las toma el Municipio a través del Claustro mayor y de la Junta de Patronato, lo que imbrica a sus graduados en la vida de la ciudad, así a sus médicos, esenciales en el control de la profesión y la sanidad.
Pero los universitarios tenían que reunirse en juntas como los miembros de cualquier profesión o gremio, constituyendo sus propios organismos y oficios necesarios.
Seguir el camino de su aparición ha sido hábil tarea detectivesca de Pascual Marzal desde su oficio de historiador del derecho.
Las leyes de otras, como Salamanca, son sin duda pista y apoyo importante para este desarrollo.
Hay un camino administrativo que se impone, pues las distintas necesidades, papeleos, administración, funciones... van delimitando la aparición de esos claustros y sus personajes.
También las necesidades profesionales, en especial para los médicos, pues su carácter de gremio les hacía agruparse.
O bien asimismo las tareas de enseñanza y estudio, el saber y la ciencia.
Se ve muy bien cómo van surgiendo, según necesidades, juntas y oficios, cómo se van estatuyendo y cimentando, haciendo perpetuos.
Se defienden los privilegios y logros ante las autoridades, incluso frente el Consejo de Castilla.
Hasta hace poco no se conocían los claustros antiguos de la Universidad de Valencia, a pesar de los indicaciones de algunos historiadores, que van desde Francisco Ortí y Figuerola hasta Marc Baldó y Amparo Felipo, pasando por Sebastián García Martínez.
A pesar de ellos y de algunas indicaciones en documentos universitarios, no se encontraban en los archivos de la institución.
Fue importante el encuentro del primer claustro entre los libros de un tribunal, en el que se persona la facultad de medicina para conseguir la aprobación de una derrama entre sus graduados.
Hay acta notarial del claustro, como es pertinente en cualquier asociación gremial llevar al notario muchos de sus papeles, para dejar constancia y validez legal.
Eso llevó al autor a una búsqueda sistemática en ese y otros notarios, hallando una rica colección de claustros entre las fechas que en el título se indica.
Sin duda la razón de esta carencia en el archivo universitario es la dependencia municipal de la institución, que poco a poco va organizando sus reuniones debido a sus necesidades.
Es más rápido el proceso en medicina, precisamente por ese carácter gremial.
"En primer lugar, existen unos claustros de catedráticos que he creído conveniente subdividirlos en tres tipos: unos generales de todos los profesores de las facultades mayores del Estudio con cátedra de propiedad; otros que reúnen a los miembros de la facultad a la que pertenecen; y, por último, unos claustros especiales cuyos miembros son un grupo concreto de profesores de diferentes facultades a los que les une un interés económico similar, como ocurre con el claustro de Orihuela, o una categoría profesional —aunque con repercusiones salariales—, como en el caso de las reuniones de pavordes."
En segundo lugar, están los claustros generales de doctores, que reúnen fundamentalmente a los médicos.
También tiene en cuenta los acuerdos de los electos o representantes de algún órgano ejecutivo de alguna institución colegiada.
Se recogen en esas juntas temas valiosos para los historiadores del derecho, pero no menos para los historiadores de los saberes y de la ciencia y la medicina, en especial sobre esta.
Nos informan del funcionamiento de la facultad y el gremio médicos, de sus reuniones, cuentas, oficios, nombramientos, también sobre episodios tan diversos como la participación en guerras, o bien en festividades.
Siempre los jesuitas estarán presentes, queriendo introducirse en las facultades o en las aulas de gramática.
Se encuentran en las páginas editadas normas y constituciones, o bien la administración del hospital de estudiantes, institución que el autor describe con riqueza.
Igualas, relaciones gremiales, relación con el protomedicato y examinadores reales, censos de médicos e imposiciones a la práctica asistencial nos adentran en la vida de la medicina valenciana del fin del Barroco.
Ejercicio de forasteros o de graduados de otras Universidades, exámenes y sus propinas, médicos en prácticas, títulos y derecho al ejercicio, exámenes de matronas y cirujanos son discutidos temas.
Se ve la novedad de la Nueva Planta, las reformas de constituciones de 1733.
En fin, asimismo informan a la ciudad sobre la triaca magna, o bien se quejan de la visita que esta realiza, en los últimos claustros.
En el texto de Yolanda Blasco si bien los asuntos administrativos son predominantes, sin duda aparecen algunos de primera importancia.
Unos lo son para la Universidad, mostrándonos cuáles eran las principales preocupaciones de esta.
Así sucede con los problemas con las conclusiones del bachiller Manuel de Noé.
Es triste ver a personajes de importancia discutiendo en las aulas sobre la inmaculada concepción.
Será un tema constante que se repite una y otra vez, como exasperadas muestras de ortodoxias, o bien de las peleas de órdenes o escuelas.
Así vemos nada menos que a Pérez Bayer, preceptor de infantes, que escribe desde Madrid y luego desde san Ildefonso mientras se está procediendo a la reforma de colegios mayores, que también aparecen en estas páginas al menos aludidos, pues eran de otros reinos.
Condena el ilustre prelado las tesis del pobre bachiller porque este considera que la virgen fue bendita en su vientre, lo que la iguala al Bautista y a Jeremías.
Tras sus serias condenas, al serle pedidas las conclusiones, se lamenta de que recibido el escrito en Madrid "devió haver quedado allá entre mis papeles, porque haviéndole buscado aquí con cuydado, no lo he podido hallar.
Ni me es posible dar en el día orden como allá se busque, por no quedar en casa si no la familia precisa para cuydar de su limpieza": cuando sea posible encontrar a alguien, dará orden y serán devueltas (p.
Aparte de su papel importante en la mejora de la Universidad, donará a Valencia su biblioteca.
Estos temas tan humanos son frecuentes, así siempre se habla de exámenes, de grados, de oposiciones, puestos, prerrogativas y honores, en fin prebendas.
También de saberes y libros, sea Jacquier o Vinnio, los que renovaron en las aulas física y derecho.
A la vez se quiere hacer cursos que compendien y modernicen los saberes –igual que en Salamanca-, enlazando con las tradicionales propuestas de los mayansianos, como los médicos Seguer o Piquer, o el mismo erudito de Oliva con su gramática (p.
El libro de texto moderno va a sustituir –en latín o castellano, original o traducido- a los viejos tratados clásicos.
También se recoge la llegada de las reales órdenes, siempre leídas, obedecidas más o menos, incluso impresas.
En estas páginas que comento se ven las consecuencias de las expulsiones de los jesuitas, de las mejoras docentes, de las reformas de los colegios, entre otras.
El extrañamiento de la compañía fue muy renovador en la historia universitaria.
Por un lado se perdieron muchos profesores y una gran tradición, pero por otro se aprovechó de su herencia.
La escuela jesuita fue sustituida por la tomista, las cátedras, los libros y museos, los bienes y edificios fueron aprovechados por las Universidades, también por la iglesia y las órdenes rivales.
Hay mucha preocupación por la validez de los estudios en otras instituciones, así el valor de los grados de medicina foráneos en Zaragoza (p.
71); mientras algunas propuestas de incorporación suponen la sombra de pequeñas Universidades rivales, otras las mejoras de los estudios de san Isidro tras la expulsión.
Se quiere centralizar, unificar, modernizar la Universidad por la corona de los Borbones.
Aparecen repercusiones del gobierno de la nueva dinastía sobre la antigua Universidad.
Sean quintas de estudiantes, relación con nuevas Universidades o centros, como san Isidro al que nos referimos o la Sociedad Económica de Amigos del País, que envía unas instituciones económicas.
Sin duda la presión de la corona se puede seguir muy bien en estas páginas, velando sobre los cambios en la Universidad.
Nuevas reales órdenes llegan, que deben ser impresas en imprentas -que deben ser fomentadas- y guardadas en archivos debidamente cuidados en las Universidades.
Ese apoyo a la imprenta encontrará eco en las magníficas prensas valencianas, que editarán modernos libros que abandonarán los viejos saberes escolásticos y galénicos.
Las importantes bibliotecas jesuitas, las donaciones (como las del hebraísta valenciano), compras o impresiones abren el mundo moderno.
El orden en las Universidades, leyes que se leen, imprimen, respetan y guardan cuidadamente, es buena muestra de esa racionalidad francesa que se introduce.
Me permite recordar las diferencias entre los archivos alcalaínos anteriores a la reforma ilustrada y los posteriores.
Sobre todo, el paso de esas cuentas múltiples y desordenadas, a las nuevas unificadas y ordenadas en la reforma de Alcalá de Henares.
En Valencia desde ahora los archivos universitarios cuentan con las series de libros de claustros, como los aquí transcritos, en que se encierra la vida de los universitarios.
Hay sin duda temas científicos de interés, así noticias sobre la intervención de la Universidad en las ordenanzas del gremio de drogueros y boticarios.
Mucho más abundantes son las que tratan sobre el jardín botánico de la Universidad.
En el claustro de 29 de julio de 1778 se recuerda que en 1686 se había comprado una casa y un huerto extramuros a la ciudad para la cátedra de simples o hierbas, gracias a una propina a los graduados en bachiller y doctor de medicina, tal como establecen las constituciones de 1733 y las reales órdenes, pero se vende en 1737.
Se quiere ahora volver a ponerlo en marcha en un terreno contiguo a la Alameda, pues es adecuado y con agua.
En el extremo hay un edificio que permitirá una sala de conferencias y los estantes para el museo, así como otras dependencias necesarias.
Incluso, sin peligro se pueden poner las plantas que necesitan terrenos pantanosos, se nos dice recordando los miedos a las zonas palustres y las tercianas.
Las fiebres en Valencia, asociadas al arroz, son recordadas en otros lugares, pues la Universidad informa sobre ellas.
Se puede señalar que las culpas del retraso son asociadas a que el claustro médico se reúne sin rector, ahora se quiere obligar a su presencia.
Se recuerda de paso que hay dos claustros de medicina, el de catedráticos como en las otras facultades y el de graduados solo en medicina.
Y se duda de las faltas de asistencia del rector.
Se ve aquí el aumento del poder del rector, la consolidación de los claustros médicos, así como el interés en las prácticas en medicina, concretamente en el huerto botánico.
Se nos recuerda que antes se salía al campo en busca de plantas medicinales, así en las constituciones de 1611 se manda herborizar por cinco días, por los huertos, por la huerta, por el barranco de Carraixet, por el de Torrent y por el de la Murta (y lugares acostumbrados); se supone que es obligación desde la fundación y que se repite en posteriores constituciones.
En la respuesta de la Universidad para la formación del plan por el Consejo se había ya propuesto.
En el futuro está el jardín botánico del plan Blasco, así como las importantes reformas que en este se propusieron para la facultad médica, que consiguió mantener en los siguientes la calidad que en los siglos anteriores había mostrado.
En fin, dos importantes aportes más a la historia de la Universidad de Valencia, bien estudiada por investigadores de la propia institución, generosamente apoyados por esta.
Estudios, congresos, ediciones, lecciones abundantes han permitido saber mucho más sobre unas brillantes aulas, desde el papa Borja hasta la actualidad.
Hoy en que los recortes, el menosprecio y la competencia hacen peligrar tantos siglos de buen saber y buen hacer, no es superfluo recordar cuánto costó el mejorar la enseñanza en las aulas de la Universidad valenciana. |
En las cortes judiciales fronterizas del sur del reino de Valencia se hizo tangible una peculiar' convivencia' entre prácticos sanitarios cristianos y judíos, atendiendo pacientes, hombres y mujeres, de ambas religiones, dentro de un mismo espacio de ejercicio profesional donde se desarrolla rápidamente el nuevo sistema basado en la medicina universitaria.
PALABRAS CLAVE: Médicos judíos, medicina y justicia, aborto, mala práctica (negligencia), relación médico-enfermo, relación profesional.
Sanadores y enfermos en la España medieval, Barcelona, Península.
2 GARCÍA BALLESTER, L. (1992), «Los orígenes del renacimiento médico europeo: cultura médica escolástica y minoría judía», Manuscrits, 10, 119-155, i GARCÍA BALLESTER, L., FERRE, L., i FELIU, E. (1990), «Jewish appreciation of fourteenth-century scholastic medicine», Osiris, 6, 85-117.
Vegeu LOPEZ PIZCUETA, T (1992 ), «Los bienes de un farmacéutico barcelonés del siglo XIV: Francesc de Camp», Acta Medievalia, 13, 17-73; p.
Vegeu RODRIGO PERTEGÁS, J. (1929), «Boticas y boticarios.
Materiales para la historia de la farmacia en Valencia en la Centuria décima quinta», Anales del Centro de Cultura Valenciana, II, 110-153; p.
El País Valencià en la Tardor de l'Edat Mitjana, València, Alfons el Magnànim, pp. 60-65; FURIÓ, A. (1990), «Tierra, familia y transmisión de la propiedad en el País Valenciano durante la Baja Edad Media», en Relaciones de poder, producción y parentesco en la Edad Media y Moderna, Madrid, 305-328. |
Reseña del libro "La Ciencia Española.
Mandado Gutiérrez, Ramón E.; Bolado Ochoa, Gerardo (Dir.).
Estudios, Real Sociedad Menéndez Pelayo, Publican Ediciones, Santander, 2011, 348 pp.
Se ha conmemorado en 2012 el centenario de la muerte de Marcelino Menéndez Pelayo, el sabio santanderino.
A quienes vivimos el franquismo, el Menéndez Pelayo neocatólico nunca nos abandonó.
Nuestro encuentro con él fue precoz y constante, en sellos y billetes, más tarde en cada visita a la Biblioteca Nacional, en la que su exagerada estatua obliga a desviar el paso.
En mi caso concreto, en el curso de preuniversitario de 1962-1963, uno de los temas monográficos era su figura y obra.
El estudio me fue provechoso, en parte por el profesor, exigente, erudito e inteligente.
También por mi afición a la literatura, al adentrarnos en nuestros grandes clásicos.
Los otros dos temas, fueron para mí de menor aprovechamiento.
Uno sobre las provincias africanas de España, sin duda propaganda franquista ante el miedo a la descolonización, que sería seguida pronto por la independencia y por un vergonzoso intento de olvido.
En fin, el dedicado a la persona humana dejó en mí vagos recuerdos de Boecio o Santo Tomás.
Tan solo la idea de que ese nombre procede de prosopon, la careta de los actores griegos, me ha sido sugerente.
Desde luego, mi trabajo junto a Pedro Laín volvió a refrescar mis escasos conocimientos del cántabro, pues los escritos de mi maestro fueron esenciales para rescatar y revalorizar su figura.
Laín apreciaba su obra de erudito investigador e insistía en la evolución del personaje, desde sus terribles diatribas de la polémica de la ciencia y de la historia de los heterodoxos, a las más cuidadas opiniones en la segunda edición de esta obra y al tratar más tarde a personajes antiguos y coetáneos con los que disentía.
Ese estar entre dos aguas, entre progresistas e integristas, que ya comienza en la segunda etapa de la polémica, fue la misma angustia de Laín al estar entre estos mismos polos, cuando poco a poco fue moderando su posición.
El papel siempre complejo de Pedro Laín, quien junto a Dionisio Ridruejo y Antonio Tovar intentó una transición amable, no fue siempre comprendido, como tampoco lo fue el de su admirado cántabro.
Se sentía pues cercano a Menéndez Pelayo por su propia evolución y por su posición entre dos posturas de difícil reconciliación.
Como señala en el santanderino, entre la exageración innovadora y la exageración reaccionaria, inspiradas en libros extranjeros.
Sus primeros escritos son propios de un joven falangista en los primeros años triunfales, luego se matiza mucho, encontrándose, como estudioso liberal y abierto, ante los acosos de falangistas y católicos extremos.
Su punto de vista aporta la creencia en una ciencia española, si bien no valiosísima, y en la necesidad de rescatar la tradición.
Él conocía la médica —Valverde, Marañón— y la científica —Laguna y su Dioscórides—, terrenos ambos que ahondaría José María López Piñero.
Pero era entusiasta de la ciencia positiva y sabía que era importante la apertura al extranjero (como los kraustistas), conociendo bien la universalidad del saber.
De Laín he heredado el interés por la polémica de la ciencia española, a la que he vuelto repetidamente.
De hecho, todos los historiadores de la ciencia, al menos los que nos preocupamos por la española, somos algo menendezpelayistas, defendiendo la existencia de una tradición científica propia.
Desde luego, Laín aceptaba el entusiasmo de Menéndez Pelayo por el clasicismo y el humanismo, como excelente hipocratista y buen conocedor que era él mismo de muchas figuras españolas del renacimiento.
Y también, no lo olvidemos, Juan Luis Vives fue retomado en época franquista.
Esa identificación permitió a Pedro Laín Entralgo adentrarse bien en la figura del santanderino, con interés biográfico que luego retomaría para algunos clásicos, como Claude Bernard, William Harvey o Thomas Sydenham (con Agustín Albarracín), o bien para sus coetáneos como Gregorio Marañón, quien fue también excelente biógrafo.
Se plantea Laín las bases del arte de la biografía, que equipara al del científico, por la necesidad de exponer los métodos que se van a emplear, "indagando los 'problemas' vivos de ese hombre".
Quiere averiguar "lo que" hizo, "cómo" y "por qué" lo hizo y "qué" lo movió a hacerlo.
(Pedro Laín Entralgo, Menéndez Pelayo historia de sus problemas intelectuales, Segunda entrega de la serie "Sobre la cultura española", Madrid, Instituto de Estudios Políticos, 1944, pp. 8-9) Para él dos temas son centrales en la obra del cántabro, el de generación y el del casticismo.
Ambos eran cuestiones muy apreciadas por Laín, quien plantea con rigor la importancia de esa generación de sabios que renovó la cultura española en la segunda mitad del siglo XIX.
Esa generación que renuncia a la polémica (como hizo más tarde el santanderino) y se dedica al estudio y al trabajo personal y a estar al día "españolamente".
En esta decisión, como en la evolución de la biografía de Pedro Laín, está implícita la necesaria "regeneración" (idea que surge en paralelo a la idea de degeneración), así como el recurso al trabajo y al estudio, sea el refugiarse en la estética en el caso del santanderino, sea en la historia en el del aragonés.
Aquí se enlaza con el segundo tema principal de Menéndez Pelayo, acerca del modo de los pueblos de hacer ciencia: nos hablará del estilo, del "genio nacional"; en el caso español, del sentido práctico y la tendencia a la acción, del armonismo y el criticismo, del sentimiento del "yo" y el panteísmo.
Plantea temas de casticismo, que en tiempos de la polémica de la ciencia están muy influidos por el fuerte racismo de Gobineau y en la postguerra por el del fascismo y los teóricos alemanes e italianos.
Libra Laín al santanderino de esa posible lacra racista y se separa él mismo de un casticismo peligroso, pero será un tema al que volverá a través de Américo Castro.
Para éste España surge de la confrontación de las tres castas que la conformaron.
En continuo enfrentamiento, con mutuas influencias y rechazos, es el "vivir desviviéndose" en su "morada vital" la verdadera "vividura hispánica".
También quedaría Laín influido por la concepción de Castro de la historia como biografía, como descripción llena de sentido de una forma de vida valiosa.
Era preciso entrar en el existir de quienes vivieron su propia vida, los sujetos-agentes históricos.
(Julio Valdeón Baruque, "Castro Quesada, Américo", Diccionario Biográfico Español, RAH, Madrid, 2009, t.
Esa vida colectiva del pueblo de la Contrarreforma católica en lucha contra la Reforma protestante y contra los enemigos de dentro y fuera —la expulsión de las minorías, el gigantesco esfuerzo americano—, llevó a bellas producciones, pero no a sabias ciencias.
Se retorna así a la falta de interés por la ciencia, social y personal.
La libertad ignaciana o celestinesca convivió con la usura de una gastada nobleza, que esquilma la tierra y esclaviza a los siervos.
Si la nobleza arranca los frutos a la tierra, la corona o la burguesía los metales ricos y útiles.
Pero en fin, lo que es cierto es que cada nación produce o recibe la ciencia de una manera, lo que entronca hoy con los debates centro-periferia, de recepción de la ciencia.
La ciencia, en su producción, difusión, enseñanza y aplicación recorre largos caminos a través de distintas y lejanas culturas, adquiriendo peculiares caracteres.
Tal como se vio en la polémica, hay estilos de ciencia.
La polémica había siempre atraído la escritura, no solo la de Laín.
Nos podemos referir a una de las obras recientes, la de Gonzalo Capellán de Miguel y Xavier Agenjo Bullón (Eds.)
Hacia un nuevo inventario de la ciencia española (Santander, Asociación de Hispanismo Filosófico, Sociedad Menéndez Pelayo, 2000).
El nuevo volumen de estudios que ahora comento, siguiendo a otros consagrados a Los orígenes de la novela y a Historia de las ideas estéticas, recoge una reunión en Santander en otoño de 2010 organizado por la Real Sociedad Menéndez Pelayo y la Real Academia de Medicina de Cantabria, contando además con la colaboración de otras instituciones.
Sin duda, es una aportación muy valiosa, que subraya aspectos importantes y nuevos de los escritos polémicos.
Señala así el profesor Ramón Mandado en Menéndez Pelayo, entre otros, el valor de haber atendido a la ciencia anterior a la modernidad (el racionalismo y el empirismo), al tener en cuenta la necesaria conjunción de humanismo y filosofía, que se remonta a la antigüedad.
Conjunción que incluía en esas páginas patriotismo y moral, el ethos intelectual.
También señala como indudable valor la recuperación de noticias y fuentes españolas olvidadas (obras, personajes, hechos), así como de las aplicaciones y profesiones tecnológicas (incluyendo ingenieros, marinos, médicos, arquitectos, militares, etc.).
Se consideraba así, el sustrato científico de una comunidad, ese "pequeño relato (el valor de la investigación local que no produce personajes o hechos publicitados con éxito, pero que existe y tiene una influencia social innegable y por tanto en la génesis de la cultura y en el devenir de los pueblos)".
Se tenían en cuenta las aplicaciones a las necesidades de la vida cotidiana de la comunidad, el ejercicio del poder, el influjo en la conciencia colectiva y en sus posibilidades de transformación, tanto de los éxitos como de los fracasos en el desarrollo de la ciencia.
"Y es que no sólo el descubrimiento de las leyes naturales, o la formulación de principios, teoremas o cálculos o la creación de paradigmas de conocimiento y modelos epistemológicos, articula la historia de la ciencia, sino también los modos que todo ello tiene de incardinarse en la conciencia y en la sociedad humanas, en su dialéctica y su devenir, pues sin tales componentes, la de la ciencia sería una extraña historia sin historicidad". (p.
La nueva publicación tiene por tanto para los historiadores de la ciencia un valioso y doble interés.
Por un lado, se ha invitado a algunos de estos colegas a aportar sus puntos de vista.
Por otro, se ha seguido la invitación de Marcelino Menéndez y Pelayo de estudiar las viejas monografías, muchas veces olvidadas por anticuadas, latinas o fuera de la ciencia moderna.
El mismo mostró ese camino con su magnífico estudio sobre la Antoniana Margarita y, al parecer, hubiera querido ocuparse de Valles.
En fin, tras una primera aportación de José Luis Abellán sobre la regeneración científica en el proceso de modernización española, son presentados algunos de los principales participantes en la polémica, así Manuel de la Revilla (F. Hermida de Blas), José del Perojo (P. Ribas Ribas), también algunos testigos como el novelista Benito Pérez Galdós (José Luis Mora García) y el naturalista Augusto González Linares (Carlos Nieto Blanco).
La actuación de Menéndez Pelayo en defensa del Laboratorio de este en Santander es notable, pues lo estimaba como sabio que buscaba en los mares y en el laboratorio la nueva ciencia (Carlos Nieto Blanco, "Un krausista en el laboratorio.
También es considerada la otra parte tomista de la polémica, en los trabajos de E. Forment y A. Alonso García.
La discusión sobre la filosofía española de José Miguel Guardia, por Yvan Lissorgues, se completa con una aportación sobre la historia editorial de la obra, por Francisco José Martín.
Resulta muy inspirador el estudio de Gerardo Bolado, quien analiza el estilo de argumentación empleado en la polémica, así tipos de argumentos, fuentes empleadas, desarrollos dialécticos.
Añade a la influencia de Laverde la recibida de la tradición católica de disputa, más historicista que hermeneuta, y la relaciona con la historia agustiniana.
Concluye sosteniendo la inviabilidad de una polémica, trazada desde posiciones de principios y conceptos no conciliables sobre filosofía y ciencia.
Insiste en la aportación del santanderino a comprender la ciencia española desde la historia, sus valores y decadencia, también al desarrollo de su bibliografía y cronología, su relación con la filosofía, en cuyo estudio tanto insiste Laverde también.
Sin duda su trabajo fue acompañado de benevolencia ante esos científicos españoles, que trabajaron en penosas condiciones, con graves riegos muchas veces.
También sin gran valoración pública y sin esperanzas de mejora social y económica.
De gran interés en este volumen es la aportación de los historiadores de la ciencia, importante añadido en estos estudios, siguiendo las indicaciones del mismo Menéndez Pelayo acerca de la necesidad de estudios y monografías.
En palabras de Víctor Navarro: "Todos los que nos hemos dedicado a reconstruir nuestro pasado científico tenemos una deuda importante con Menéndez Pelayo."
Así se produce en su propia biografía, desde su contacto con La ciencia española cincuenta años atrás, hasta su destacado papel en el grupo de historiadores de la ciencia de Valencia, que tras el magisterio de López Piñero ha continuado de alguna manera la labor del santanderino.
La labor de búsqueda, elaboración y estudio de fuentes, diccionarios, así como en bibliografía, bibliometría, prosopografía, estadísticas... ha sido notabilísima.
Además, con el mismo espíritu, se tienen en consideración todos los autores y todas las obras, que han sido y serán analizados... no solo las primeras figuras o las obras destacadas.
Siempre han considerado la ciencia como una actividad social y, gracias a su trabajo, podemos volver a asentir hoy sin duda en que España ha tenido relevante papel en las ciencias de la naturaleza y en la matemática práctica, sin perder sin embargo el interés por la teórica, estudio dificultado por la filosofía, la profesión, el poder y la iglesia.
Sin duda el Renacimiento fue brillante, pero también ha sido la Ilustración.
Salvador Ordóñez por su parte, siguiendo a Nicolás García Tapia, encuentra en el Siglo de Oro "una política tecnológica, con todos los elementos básicos, de lo que se entiende hoy en la ciencia moderna, por investigación, desarrollo, propiedad intelectual, y sobre todo capacidad de acogida de investigadores de toda Europa." (p.
298) Y su opinión es semejante para el período ilustrado.
Sin duda, el consejo del santanderino de estudiar a fondo los autores españoles, era importante, pues como él afirmaba poco se había atendido a la historia de la ciencia.
Se había sin duda aportado bastante cuando desde la Enciclopedia se había dudado de la contribución española a la cultura mundial.
Las respuestas de Cavanilles, Andrés, Denina... habían sido un paso en este sentido.
Las largas listas bibliográficas del santanderino también lo fueron (Ernesto y Enrique García Camarero, La polémica de la ciencia española, Madrid, Alianza Editorial, 1970).
Pero su crítica de que a muy pocos gustaba ojear viejos libros, en especial si estaban en latín, era objetiva.
Incluso lo eran sus caricaturas con gracia de los krausistas, formados según él en cafés, en tertulias y en sus propias cátedras, con esa docencia de difícil palabrería.
Por ello la atención que él mismo dedica a la Antoniana Margarita es buena muestra del camino a seguir.
Para él Gómez Pereira ha quebrantado el galenismo, inspirado en el libro de la naturaleza.
También, desde un cierto racionalismo, ha preservado la filosofía frente a la teología: resistente a los clásicos, conocedor del nominalismo, incluso del averroísmo.
Heredero de Juan Luis Vives, está en la dirección de los mejores filósofos españoles (el Brocense, Francisco Sánchez, Fox Morcillo, o bien Francisco Valles, Oliva Sabuco, Pedro de Valencia, Caramuel, Cardoso).
Su exagerado intento de convertirlo en precedente de Descartes, en sus ideas sobre el automatismo animal y sobre las facultades del alma humana, no restan mérito alguno al esfuerzo por rescatar esos viejos mamotretos de nuestra cultura.
Será precursor también Gómez Pereira en medicina, pues "se adelanta cien años a Sydenham en echar a volar la hipótesis de que la fiebre es un esfuerzo de la naturaleza para restablecer el equilibrio de la salud."
285) Y en fin entre los herejes, que tanto lo atraen como repugnan, no puede faltar Miguel Servet.
Es por tanto muy interesante esta aportación de historiadores y científicos acerca del pasado de la ciencia española.
No es extraño el acuerdo entre historiadores de la ciencia y la filosofía en defender entre nosotros esos campos, minusvalorados respecto a la historia del arte, la pintura o la escritura.
Y ayuda a entender, como señala Mandado al principio del libro, la historicidad de esos campos.
Por eso es muy valiosa la aportación sobre la Antoniana Margarita (T. González Vila), Juan Tomás Porcell (J. Fernando Val-Bernal), Andrés Laguna (J. J. Fernández Teijeiro), los cirujanos, médicos y albéitares renacentistas y humanistas (F. Vázquez de Quevedo, B. Madariaga de la Campa).
Y también esa reflexión sobre el valor de la ciencia española que he mencionado, en los trabajos de Salvador Ordóñez y Víctor Navarro, o sobre su decadencia en el firmado por Alberto Gomis. |
Reseña del libro "El rizoma oculto de la psicología profunda.
El rizoma oculto de la psicología profunda.
Hay en la actualidad un renovado interés en el mundo académico por lo esotérico en general y por el género de la literatura esotérica en particular.
Una de las fechas de referencia de este auge es 1984, año de la fundación por Joost Ritman en Amsterdam de la Bibliotheca Philosophica Hermetica (BPH).
Son ya numerosos los trabajos relevantes que han ido surgiendo desde entonces en el campo de la investigación sobre la literatura esotérica realizados principalmente, aunque no sólo, por estudiosos de la hermética y de la literatura.
Y en no pocos de estos nuevos estudios se confirma la revalorización de Gustav Meyrink (1868-1932), un escritor sumamente popular en su tiempo, pero controvertido entre sus contemporáneos del mundo literario.
Con todo, fueran cuales fuesen los reparos frente a su obra, casi nunca dejó indiferentes a aquellos que se adentraron en su lectura, incluidas las grandes figuras de la literatura en lengua alemana.
Hermann Hesse, por ejemplo, aunque mostró cierto escepticismo frente a alguna de sus novelas (recensión de Das grüne Gesicht, marzo de 1916), no dejó de constatar que Meyrink "vivía" su trabajo esotérico, lo cual implicaba que Meyrink certificaba lo que escribía con su experiencia vital o, cuando menos, que anhelaba vivir aquello sobre lo que escribía.
El reconocimiento que sus novelas no tuvieron en el terreno de la crítica literaria sí se dejó ver, empero, en las obras de los psicólogos, como Carl Gustav Jung, o de los ocultistas, como fue el caso del médico homeópata Herbert Fritsche.
Dada su pertenencia a los mundos literario y visionario, los estudios críticos sobre Meyrink que a partir de finales de la década de los cincuenta iniciaron su redención pertenecieron principalmente a esos dos ámbitos.
El primer trabajo de entidad dentro de la perspectiva visionaria fue la monografía sobre Meyrink escrita por su admirador Eduard Frank en 1957.
La pequeña obra de Frank, que contempla a Meyrink como ocultista y parapsicólogo, distó sin embargo de ser un estudio exhaustivo y su título Gustav Meyrink – Werk und Wirkung resulta exagerado.
Habría que esperar a que Manfred Lube en su tesis doctoral de 1970 publicase numerosos detalles de la biografía de Meyrink gracias a una cuidadosa investigación de su legado.
En consonancia con su título, Beiträge zur einer Biographie Gustav Meyrinks und Studien zu seiner Kunsttheorie, Lube se concentró casi exclusivamente en la información acerca de Meyrink no publicada hasta entonces, lo que hizo que su trabajo resultara todavía algo fragmentario.
La investigación sobre Meyrink como escritor visionario continuó con el trabajo de Mohammad Qasim.
Su tesis doctoral Gustav Meyrink – eine monographische Untersuchung del año 1981 proporcionó por vez primera una imagen compleja de los datos biográficos de Meyrink y de su obra.
Siguiendo una perspectiva bastante objetiva, Qasim recopiló la información sobre Meyrink accesible hasta entonces e hizo a partir de ahí un análisis y una interpretación novedosos de su figura.
Esta perspectiva fue continuada por Frans Smit, autor de la primera biografía de Meyrink merecedora ya del calificativo de completa.
El libro, publicado en holandés en 1986, apareció en 1988 en la edición alemana con el título Gustav Meyrink.
Una nueva visión abarcadora de los trabajos de Meyrink la proporcionó Amanda Charitina Boyd.
Su tesis doctoral Demonizing Esotericism: the Treatment of Spirituality and popular Culture in the Works of Gustav Meyrink de 2005 sitúa su obra literaria en la intersección entre la literatura, la religión y la cultura popular y abrió con ello la senda, en cierta medida, a la nueva crítica de Meyrink.
En esa estela se sitúa también una nueva biografía, de carácter básicamente divulgativo, aparecida en 2008 y realizada por Mike Mitchell, traductor al inglés de las obras de Meyrink, titulado Vivo.
A pesar de que, como muestran los trabajos citados, el reconocimiento de Meyrink fue creciendo lenta pero fehacientemente desde finales de los años cincuenta, no ha sido hasta 2009 que se ha alcanzado un nítido punto de inflexión en su revalorización dentro de la esfera académica.
Es en este año cuando se han publicado dos obras cruciales: la de Helmut Binder, titulada Gustav Meyrink.
El trabajo de casi ochocientas páginas del germanista Binder, un experto en la obra de Kafka, basada en un minucioso trabajo de archivo, saca a la luz y analiza un cuantioso material desconocido de los diferentes capítulos vitales de Meyrink.
El estudio de Harmsen proporciona por su parte un instructivo catálogo comentado de la Colección Meyrink en la BPH que se completa con una integradora aproximación biobibliográfica.
Pues bien, es en este contexto de revitalización académica de Meyrink donde se incardina la obra de Luis Montiel motivo de esta reseña.
Montiel continúa en este estudio su trabajo analítico sobre Meyrink, que tuvo una primera cristalización en 1988 con La novela del inconsciente, un auténtico trabajo pionero en la recuperación de este autor para el lector hispanohablante, exceptuando los conocidos elogios de Jorge Luis Borges.
Desde esa fecha de 1988 Montiel ha vuelto asiduamente sobre la obra del escritor austríaco.
Y esa aplicación ha vuelto a cuajar en esta nueva vuelta de tuerca sobre Meyrink recientemente aparecida, que tiene como objetivo nuclear la consideración de la novelística de Meyrink como prueba de las doctrinas de Carl Gustav Jung.
Jung en Gestaltung des Unbewussten consideró ya a Meyrink dentro del grupo de visionarios en el que también incluyó a William Blake, E.T.A. Hoffmann, Friedrich Nietzsche o Alfred Kubin.
Montiel rastrea aquí exhaustivamente esa capacidad visionaria de Meyrink postulando que en sus novelas se detalla vivencialmente (recuérdese lo que Hesse pensaba sobre este autor) elementos fundamentales del proceso de individuación y de los arquetipos jungianos, naturalmente sin recibir esos nombres, mucho antes de que fueran descritos por el propio Jung.
A partir de esta idea de investigación, Montiel establece seis partes en su libro.
La primera, dedicada a la biografía de Meyrink, trata de esclarecer a través de su enrevesada travesía vital ese paso de las "oscuras aguas del ocultismo" al sentido profundo de la personalidad humana, esto es, a la psicología profunda.
En la segunda, a través del El juego de los grillos y La noche de Walburga, delimita las premoniciones de Meyrink sobre el impulso tanático y el contagio psíquico.
En el tercero, estudia las vivencias presentes en El Golem sobre el inconsciente colectivo, la sombra, el ánima y el sí-mismo.
El cuarto delimita la necesidad del otro, que dispensa a El rostro verde su profundidad psicológica.
En el quinto escudriña el rescate del mal en El dominico blanco.
Y, en el sexto, resalta los peligros del proceso de individuación que quedan reflejados en El Ángel de la ventana del oeste y La casa del alquimista.
Considerado en conjunto, El rizoma oculto de la psicología profunda ofrece un estupendo ejercicio hermenéutico de la obra de Meyrink a través de la psicología de Jung que completa los trabajos señalados de Binder y Harmsen.
Con todo, convendría no perder de vista otros ángulos de la obra de Meyrink.
En este sentido, quizás debería tamizarse algún aspecto de lo expuesto en relación con El Ángel de la ventana del oeste, pues tanto Binder como Harmsen consideran esta novela fruto sobre todo de la pluma del escritor Friedrich Alfred Schmid Noerr (1877-1969).
Sea como fuere, la erudita labor interpretativa de Montiel resulta hoy por hoy imprescindible para entender mejor a Meyrink y muy posiblemente también a Jung.
Hay un cuento jasídico que viene a decir que el paraíso es entender lo que leemos.
Si ello es así, bien puede decirse que el trabajo de Montiel da pistas para encontrar ese lugar a todo aquel que se haya sentido conmovido alguna vez por la lectura de Meyrink. |
Reseña del libro "La lucha por la modernidad.
Las Ciencias Naturales y la Junta para Ampliación de Estudios"
Otero Carvajal, Luis y López Sánchez, José María.
La lucha por la modernidad.
Las Ciencias Naturales y la Junta para Ampliación de Estudios, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas / Publicaciones de la Residencia de Estudiantes, 2012, 1.310 pp.
Reseñar una obra de la envergadura intelectual como la recientemente publicada por Luis Enrique Otero y José María López Sánchez, supone un reto y un privilegio.
Un reto por la extensión física y amplitud temática y disciplinar, y un privilegio porque disponer de una fuente de información tan monumental de la edad de plata de la ciencia española, con unas interpretaciones históricas tan bien articuladas, permitirá disponer de un conocimiento exhaustivo, por no decir pleno, en lo que se refiere a la institucionalización de las ciencias naturales en España durante el primer tercio del siglo XX.
Para entender este proceso de institucionalización científica hay que referirse necesariamente a la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas (JAE), el organismo administrativo que se encargó durante esas décadas de organizar la renovación educativa y de impulsar el fomento de las investigaciones científicas y la creación de centros de investigación.
Los autores, los profesores de la Facultad de Geografía e Historia de la Universidad Complutense, Otero Carvajal y López Sánchez, consiguen plenamente la intención que se plantearon al escribir este libro: desarrollar la historia del Instituto Nacional de Ciencias de la JAE y de los organismos científicos vinculados, desde 1910 hasta 1939.
Abordan la biografía y obras de los científicos protagonistas, las líneas de trabajo realizadas y resultados obtenidos, las redes de relaciones científicas e institucionales y conexiones internacionales establecidas, todo ello perfectamente enmarcado en el contexto político e institucional en que se expandió la JAE.
Como el objetivo de esta magna obra es la evaluación del alcance y relevancia de la labor desarrollada por el Instituto Nacional de Ciencias y de la ciencia española en las primeras décadas del siglo XX, los autores, con muy buen criterio, consideraron necesario redactar un primer capítulo en el que se expone el estado de las ciencias naturales en la España del XIX, que permita comprender las raíces de la creación de la JAE en 1907.
En este sentido, el primer capítulo es una síntesis del desarrollo de la biología y la geología del siglo XIX, partiendo del legado de la Ilustración dieciochesca, que se contextualiza y explica en los vaivenes políticos que afectaron a la España decimonónica, y en donde tuvo lugar la fundación de la Institución Libre de Enseñanza.
El último apartado de este primer capítulo explica como la crisis de 1898 contribuyó a acercar las posiciones de institucionistas y liberales, que se consolidó con la creación en 1900 del Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes, primer escalón para la modernización de la educación y el impulso de la investigación científica.
A través de este punto se conecta con la creación de la JAE en 1907, los primeros años, y su consolidación, así como la creación del Instituto Nacional de Ciencias Físico-Naturales y de sus secciones.
En este gran Instituto quedaron integrados los grandes centros de investigación en Biología y Zoología, como el Museo Nacional de Ciencias Naturales, el Real Jardín Botánico, dos instituciones que hundían sus raíces en el siglo XVIII, el Laboratorio de Investigaciones Biológicas, más adelante convertido en el Instituto Cajal, etc., junto con otros como el Laboratorio de Investigaciones Físicas, el Instituto Nacional de Física y Química, el Laboratorio y Seminario Matemático, etc. De manera que investigaciones y estudios en Biología y Geología, tanto de campo como de laboratorio, Genética, Antropología, Biomedicina, Física, Química, Matemáticas se llevarán a cabo en el marco de los institutos y laboratorios científicos organizados en el ámbito de la JAE.
En los sucesivos capítulos, se aborda la labor realizada en los centros de investigación antes citados, la organización de los mismos, la creación de nuevas relaciones de investigación como la Comisión de Investigaciones Paleontológicas y Prehistóricas, las disputas y rupturas entre líderes científicos, los nuevos programas de investigación, destacando la actividad desarrollada por los científicos españoles en sus respectivas disciplinas, como Cajal, Rey Pastor, Blas Cabrera, Ignacio Bolívar, Eduardo Hernández-Pacheco, José Royo Gómez, etc. Asimismo, se valora la recepción en España de teorías científicas, como la de la relatividad, a la que se le dedica un capítulo, se discute sobre el desarrollo de nuevos enfoques e intereses y renovación en las disciplinas científicas, dedicándose capítulos a la Zoología, a la Genética y a la Geología, Geografía y Paleontología.
Este último capítulo es un enfoque novedoso y original de los programas científicos que interesaron a los naturalistas del Museo Nacional de Ciencias Naturales, en relación con las materias geológicas y paleontológicas.
El penúltimo apartado recoge sólidas aproximaciones a la situación por la que atravesaron los distintos centros de investigación de la JAE durante la Guerra Civil española.
En este punto no puede dejarse de señalar la información publicada en 1937 en la revista Nature por el biólogo y genetista J. B. S. Haldane, comentando su visita al Madrid que sufría los bombardeos de la aviación franquista y como, a pesar de los estragos de la guerra, en el Museo de Ciencias Nacionales continuaba la actividad científica en disciplinas como la Genética.
O la labor desarrollada bajo la dirección de Ignacio Bolívar en esa misma institución, para salvar y conservar las colecciones de gran valor en ciencias naturales.
El libro termina con una desoladora exposición sobre la depuración y exilio que sufrieron los científicos que permanecieron leales al bando republicano.
No cabe ninguna duda de que este libro, resultado de un íntegro y amplio trabajo de investigación, por su magnitud, por la información exhaustiva consultada por los autores, con un aparato crítico impresionante por la erudición y la multitud de fuentes originales de archivo y biblioteca consultadas y una bibliografía que ocupa 113 páginas, será una obra fundamental de referencia, no sólo para los historiadores de la ciencia, sino también para cualquier historiador cuyo ámbito de trabajo sea la España del primer tercio del siglo XX. |
Castejón Bolea, Ramón; Perdiguero Gil, Enrique; Piqueras Fernández, José Luis (eds.).
El cartel figurativo, inventado en Francia a mediados del siglo XIX gracias al desarrollo de la cromolitografía, ha recibido muchas denominaciones, desde "información callejera" hasta "un grito en la pared".
Estas, y muchas otras, son válidas para definir a un soporte informativo o publicitario, generalmente frágil por su soporte de papel, en el que convergen el arte del diseño, las tecnologías impresoras, las necesidades informativas —de carácter altruista, pedagógico, político o comercial—, las estrategias persuasivas y los intereses mercantiles.
En la actualidad existen numerosas monografías sobre este medio de comunicación de masas, que han privilegiado sobre todo ciertos periodos, funciones o eventos especialmente relevantes en el imaginario colectivo, como la Revolución Soviética, la Guerra Civil española o la publicidad cinematográfica, canteras que han generado un voluminoso caudal de vistosos ejemplares, convertidos algunos en muestras clásicas de su arte multicolor conservadas celosamente en muchos museos.
Porque la evolución de los medios de comunicación de masas —desde la televisión a Internet— ha erosionado la vigencia de este medio antaño tan popular y lo ha recluido en buena parte en los recintos museísticos o en cuidados volúmenes compiladores.
El cartelismo sanitario español, con revestir una enorme importancia pedagógica y social, ha recibido mucha menor atención por parte de los historiadores y estudiosos de este medio de comunicación social.
Y ha estado prácticamente desatendido en nuestro país, cuya Guerra Civil le ha convertido en cambio en una cantera museística de primer orden para este género.
Finalmente, este vacío ha sido subsanado con brillantez por el libro Las imágenes de la salud: cartelismo sanitario en España (1910-1950), del que son autores Ramón Castejón Bolea, Enrique Perdiguero Gil y José Luis Piqueras Fernández y que ha editado con primor, en versión profusamente ilustrada, el Instituto Alicantino Juan Gil Albert, en colaboración con el Consejo Superior de Investigaciones Científicas.
Dividido en siete capítulos, a los que se añaden un nutrido catálogo iconográfico y un apartado de bibliografía, el libro recorre temas tan importantes como la lucha contra la mortalidad infantil, el combate contra las enfermedades venéreas —un tema privilegiado durante la Guerra Civil—, la pedagogía para combatir la tuberculosis, la prevención de accidentes del trabajo y la divulgación sanitaria en la procelosa primera mitad del siglo pasado.
Al leer sus eruditas informaciones he evocado un recuerdo temible de mi infancia, la epidemia de tifus exantemático que se declaró en la famélica España de 1941 y que hizo proliferar en las paredes unos vistosos carteles en blanco y negro que reproducían la imagen del temido "piojo verde" (tal vez mi memoria ha reelaborado datos diversos de aquellos años de trágicas penurias materiales y de ignorancia colectiva).
La publicidad cartelística sanitaria se solapa con varios géneros afines, como la publicidad farmacéutica o el ámbito de las —buenas y malas— costumbres cotidianas ("no escupáis en el suelo", "dormid con la ventana abierta", "lactancia materna", "no abuséis del alcohol", por no mencionar las infecciones venéreas calificadas durante la Guerra Civil como "fascismo de la salud").
Un libro rigurosos y ameno, cuya riqueza informativa y su despliegue gráfico ha de interesar, por tanto, no sólo a los expertos en políticas sanitarias y en medios de comunicación social, sino también al público en general. |
Un ensayo de genética textual
Dada la fuerza con que se presenta en la actualidad el lenguaje del determinismo genético, una mirada en perspectiva histórica sobre la importancia asignada a la herencia en la causalidad de la patología mental, sigue siendo un aporte útil y necesario para poner en evidencia las dinámicas culturales y políticas con que el vasto tema del determinismo biológico ha sido abordado por las ciencias humanas desde fines del siglo XIX hasta nuestros días.
En este trabajo de Mauro Vallejo, Profesor de Historia de la Psicología en la Universidad de Buenos Aires y autor de otros textos sobre las relaciones entre psicoanálisis e historiografía, la invitación fundamental que se propone al lector es convertirse en testigo de las transformaciones ocurridas en el pensamiento de Freud en torno a lo que la historiografía psicoanalítica ha llamado la teoría de la seducción, propuesta que implicaba el intento revolucionario de cuestionar la herencia y la degeneración como etiología de las patologías nerviosas.
El texto de Vallejo trata principalmente de una interpretación particular y detallada del periodo que se inicia con la difusión entre los colegas de Freud en París, Berlín y Viena de los trabajos con los que el neurólogo estimaba estar dando inició a una nueva etapa en el tratamiento y cura de los males psiquiátricos.
En 1895 Freud se veía a sí mismo en una posición revolucionaria respecto de los conocimientos psiquiátricos de la época, al desplazar a la herencia y la degeneración de linaje como causalidad principal de la enfermedad nerviosa.
Como bien entiende el trabajo, toda historia es la historia de una transformación.
Así, somos llevados a presenciar a través de las publicaciones académicas, de las cartas íntimas de Freud y del contexto vital en que se movía por aquel entonces el neurólogo vienés, los profundos cambios que se operan al interior de la propuesta freudiana de los años 1895 a 1897, sin dejar de lado las revolucionarias implicancias del nuevo enfoque y las reacciones, ya sea airadas o decepcionadas, que provocó.
Los escritos de la teoría de la seducción han sido objeto, según el estado del arte que presenta Vallejo, de miradas que parecen expresar las convicciones a priori de las diferentes escuelas de historia del psicoanálisis, pero que no se han ubicado al interior de las necesidades narrativas de la teoría y de los desarrollos consecuentes que ellas implican.
Vallejo apuesta por entrar en esta discusión provisto de la herramienta de una genética textual, que le permitiría superar las convicciones tradicionales que afectan a la historia del psicoanálisis en este periodo.
Por ejemplo, los escritos de la teoría de la seducción no serían un error en el camino al psicoanálisis ya maduro y formalizado, ni tampoco sería tranquilizador ceder a las interpretaciones más iconoclastas de este periodo.
La genética textual que propone Vallejo se sitúa al interior de las necesidades narrativas que cada avance teórico va generando en el neurólogo vienés, en tanto se trataría de una estrategia que permite percibir el despliegue de textos que necesitan ajustarse cada vez a nuevos personajes y nuevos aspectos de una trama en desarrollo.
Al mismo tiempo, dado que para las transformaciones que afectan a la teoría de la seducción de los años 1895 a 1897, el telón de fondo lo constituye un cuestionamiento a la causalidad hereditaria clásica del siglo XIX, el trabajo resulta de utilidad para todos aquellos que estén interesados en cuestiones relativas a la degeneración y a la larga duración que van presentando ante nosotros las ideologías del determinismo biológico.
La obra está dividida básicamente en tres secciones.
Una introducción, una sección de desarrollo de la argumentación, titulada "Raíces francesas de la familia freudiana.
Sugestión y génesis textual" y las conclusiones.
En la introducción juega un rol fundamental la puesta en contexto de una fotografía de Freud, su madre y sus hermanas en torno a la sepultura en que yace el padre, y que al parecer fue tomada hacia fines de Octubre de 1897.
Puesta allí, al inicio del trabajo, esta imagen se presenta como una obertura de intención dramática que escenifica el punto de llegada, el fin de la historia, proponiéndonos una estructura circular.
La fotografía es de 1897, año en que Freud abandona la teoría de la seducción, la que creía iba a ser su gran a aporte a la psiquiatría del fin de siglo.
La pérdida del padre y la fuerza de los lazos familiares que representa la imagen, funcionan como un correlato de la otra pérdida —la de un sitial de honor en la psiquiatría— y de los nuevos rumbos que se van a construir más adelante a través de la constatación de la universalidad del amor a la madre y del peso que va a adquirir la escena familiar en el psicoanálisis.
De aquí en adelante la introducción hace balance de las distintas perspectivas con que se ha abordado este periodo crucial del pensamiento freudiano, pasando por las contradicciones, censuras, recortes y sombras que el propio Freud y sus legatarios fueron introduciendo en la descripción del desarrollo del psicoanálisis, así como por las versiones de la historiografía del psicoanálisis, cuyo espectro es de por sí muy amplio, incluyendo quienes proponen ver al pensamiento de aquel periodo como un desvío o un error camino de la teoría definitiva, así como quienes proponen que el Freud de aquella época mentía sobre los casos que respaldaban sus teorías o bien manipulaba a los pacientes para que dijeran aquello que él necesitaba que fuera dicho.
Frente a este panorama, Vallejo nos propone la óptica de una genética textual; esto es, un encuadre centrado en las necesidades narrativas y especulativas de los textos académicos freudianos, que va develando las dinámicas poéticas (palabra que uso aquí en el sentido de fenómeno creativo o, más precisamente, de creación de acuerdo a normas, como indica el campo semántico del término griego poiesis), que hacen emerger escenarios y personajes en búsqueda de la organización de un guión; el guión del drama y de la escena familiar que resultarán esenciales en la historia del psicoanálisis.
La segunda sección del trabajo va a desplegar con detalle la manera en que diferentes personajes, así como diferentes versiones de un mismo personaje, van a ir tomando posición en la escena familiar.
En contra de la explicación basada en la herencia, Freud intentó demostrar en el periodo al que apunta el libro, que la causa de las enfermedades nerviosas debía buscarse las experiencias sexuales pasivas de los niños en el contexto familiar.
Si bien se abandonaba la explicación por la vía de una cuestión de sangre y degeneración, la llamada teoría de la seducción no abandonaba por ello el contexto familiar; de aquí que Vallejo considera que en esta etapa Freud pone en entredicho los presupuestos hereditarios, pero da lugar a una seudoherencia que ocurre en el contexto de lo familiar.
En una primera etapa Freud habría concebido al niño como un personaje enteramente pasivo, sin sus propias pulsiones, fantasías ni deseos.
La búsqueda esencial de esta primera etapa estaría dada por la caracterización del antagonista básico del relato; es decir, por dar con las características del perpetrador de aquellas violencias y violaciones en el cuerpo inerme del niño.
La narrativa inicial pone en ese rol a las sirvientas, mayordomos, gobernantas y educadores.
En el contexto de una familia extendida socialmente, los padres desaprensivos, que con su mal gobierno exponen a los niños a las violencias del personal de servicio, son los culpables, pero no los agentes.
Son sólo personajes secundarios.
Situado frente a las objeciones que podían hacerse a esta causalidad de la enfermedad nerviosa en el panorama de unas degeneraciones de linaje, Freud habría hecho aparecer en ese lugar protagónico de perpetradores a los parientes cercanos, a los hermanos y finalmente, al padre.
Cada escena habría planteado a Freud la necesidad de hacer intervenir los diferentes personajes y también la necesidad posterior de transformar al protagonista de la enfermedad, el niño seducido, dándole un espesor diferente, haciendo de él no un personaje pasivo y neutro, funcional y plano, sino uno tridimensional, con sus propias dinámicas y, tal vez esto sea lo más importante, con sus propias fantasías y sus propias motivaciones.
En definitiva, como resume Vallejo, la teoría de la seducción escenifica "el trayecto de una familia política (el hogar con sus empleados domésticos rodeando el cuerpo del niño) hacia una economía política de la sangre que luego terminaría de plasmarse en el Edipo".
Al repasar la evolución de la teoría de la seducción en términos dramatúrgicos, constatando como emergen o se valoran los personajes de acuerdo a las necesidades estructurales de un relato, la obra en cuestión aporta una mirada de interés sobre la teoría que instaló uno de los elementos centrales para la comprensión del "sujeto moderno esculpido por el psicoanálisis"; esto es, un sujeto inscrito en la dimensión familiar y modelado por la "antropología agónica del psicoanálisis", según señala el trabajo de Vallejo.
En ese sentido, si el abordaje psicoanalítico termina por condensar una escena en que se despliegan las fuerzas, objetivos y fantasías de diversos personajes, dando lugar a crisis dramáticas, progresiones y al logro de nuevos equilibrios precarios en cada etapa, resulta coherente y de mucho interés analizar los inicios de la historia del psicoanálisis en los mismos términos; es decir, como una dramaturgia que plantea desafíos a su autor y que lo va impulsando a introducir y modificar personajes.
El riesgo estaría en que la justificación de los desarrollos teóricos psicoanalíticos en términos narrativos favorece la perspectiva internalista y tautológica de la teoría, otorgando una dosis mayor de importancia a las necesidades que surgen de articular una poética; es decir, un mundo dramático con sus dinámicas propias.
En coherencia con la propuesta, la obra desarrolla las cuestiones relativas al contexto médico y científico que rodeaba a Freud, a través de una visión que subraya las estrategias del neurólogo frente a cada público particular.
Resulta central para una mejor comprensión de la propuesta destacar que, bajo estos términos, el psicoanálisis no nace con el descubrimiento de la sexualidad infantil, sino con la idea de la determinación familiar; idea que dialoga con el horizonte científico de la época desplazando la idea de herencia del linaje hacia la escena familiar, inscribiendo de ese modo la tesis de la seudoherencia en la escena familiar agonística.
La propuesta está escrita en una prosa elegante, amigable con el lector sin mayor formación en psicoanálisis, e indaga en un momento de gran importancia para la condensación teórica del psicoanálisis, al que confluyen elementos claves de las ciencias del hombre de fines del siglo XIX.
La seducción freudiana nos plantea, con agudeza y a través de un relato bien documentado, el reto de internarnos en las necesidades dramatúrgicas de cada avance teórico-clínico de este periodo de la obra de Freud, sin dejar completamente de lado la incidencia de las tradiciones de la neuropatología y la psiquiatría finisecular del XIX; horizonte que pone también en escena una discusión de amplias repercusiones en la historia pasada y presente: el rol de la herencia en el destino humano, individual y colectivamente entendido. |
Jaume Josa, el CSIC y Darwin
Aunque conocíamos a Jaume Josa desde unos años antes, fue a raíz de su llegada a Madrid en noviembre de 1984, para ponerse al frente del Servicio de Publicaciones del CSIC, cuando trabamos una sincera amistad con él.
En su nombramiento intervino, directamente, Enrique Trillas —en esos momentos el Presidente de la institución—, que pensó en él para cambiar la política editorial del CSIC y facilitar el acceso a los más de 4.500 títulos y al millón de ejemplares que se amontonaban en los almacenes de Publicaciones.
Le sirvió de aval, a Jaume, el haber sido el verdadero artífice de que la revista Mundo Científico, la versión española de La Recherche, comenzara a publicarse en nuestro país en 1981.
Jaume Josa, casi de inmediato, creó dos nuevas librerías del CSIC: una en la calle Egipciáques, de Barcelona; la otra, en los locales de la Escuela de Estudios Americanos, de Sevilla.
Además, puso verdadero empeño en rescatar algunos fondos de la Junta para Ampliación de Estudios (como el facsímil de la revista Residencia) y en, lanzar nuevas colecciones ("Nuevas tendencias" y "Estudios sobre la Ciencia", son sólo dos ejemplos), así como en acercar al ciudadano la labor editorial de la institución, con presentación de las novedades editoriales y continuas ediciones de catálogos con los fondos del CSIC.
Pero su actividad no se circunscribió sólo al trabajo propiamente editorial en el CSIC; en su despacho de la calle Vitruvio 8, se llevaron a cabo innumerables reuniones para confeccionar las voces españolas del Dictionnaire du Darwinisme et de l ́Évolution que, dirigido por Patrick Tort, coordinaba para España el profesor Diego Núñez, y es ahí donde se fraguó nuestra amistad.
La redacción de las voces nos llevó casi dos años, aunque la obra no vería la luz hasta 1996.
También, allí, tuvieron lugar muchas de las reuniones preparatorias de la exposición La Historia Natural ilustrada siglos XVIII y XIX que, con fondos mayoritariamente suyos, se celebró en el Real Jardín Botánico en 1988, así como de la elaboración del consiguiente catálogo que bajo su tutela se publicó primorosamente editado.
En estas dos aventuras, la exposición y el catálogo, además de nosotros tres, participó Joaquín Fernández.
Con objeto de integrarse al máximo en la vida cultural madrileña vivió un tiempo en la Residencia de Estudiantes y, más tarde, en el número 17 de la calle Recoletos, precisamente en la casa donde transcurrieron los últimos años de vida de Ramón Campoamor, casi al frente de la calle Villamar, muy cerca de donde viviera Enrique Godínez, el primer traductor de El origen de las especies al castellano.
Precisamente, en estos años madrileños, es cuando llevó a cabo, para Espasa-Calpe, la edición de la célebre obra de Darwin, edición que hoy en día se toma de referencia.
Todo ello sin abandonar sus clases de "Historia de la Biología" en la Universidad de Barcelona que impartía los lunes a primera hora y los sábados.
En 1988, Jaume Josa defendió su tesis doctoral sobre la influencia en España de las ideas científicas del naturalista George Louis Leclerc, conde de Buffon, y poco después opositaría y ganaría una plaza de Colaborador Científico del CSIC.
El perfil de la plaza se denominó "Historia de la Biología" y el destino la Institució Milà i Fontanals del CSIC en Barcelona, vinculándose Jaume al Departamento de Historia de la Ciencia de este centro científico.
Al cesar en el año 2000 como Delegado del CSIC en Cataluña, Jaume Josa pidió la excedencia para incorporarse a la empresa privada y hacerse cargo del "Museo de la Ciencia CosmoCaixa" de Alcobendas (Madrid).
A los pocos meses dimitió ante los obstáculos con los que se encontró para desempeñar su labor.
En mayo de 2002 reingresó en la función pública, volviendo como investigador al CSIC.
Revista de Historia de la Medicina y de la Ciencia, editada por el CSIC y vinculada a los grupos de investigación de Historia de la Ciencia del Instituto de Historia del CSIC en Madrid.
Como Investigador Principal, Josa lideró dos Proyectos.
El primero de ellos, en el período 1998-2001 (en 2000 al pedir la excedencia fue sustituido por Lluis Calvo), se denominó "La ciencia en España y la implantación territorial del CSIC: la Delegación del CSIC en Barcelona (1941-1977) y sus relaciones con la universidad y otros centros de investigación españoles", en el que se analizaron aspectos como políticas de personal, inversiones en infraestructuras, proyectos realizados, ediciones, impacto científico y social de la labor realizada por la delegación territorial del CSIC en Barcelona, desde su fecha de creación en 1941 hasta 1997.
El segundo, durante el período 2003-2006, tuvo como título "Del darwinismo a la teoría sintética en España: Historia Natural, Evolución y Antropología", en el que se abordaron problemas como la incidencia de la obra evolucionista de Lamarck en España, la introducción de la Antropología, la iconografía darwinista o las relaciones entre la evolución y la antropología.
Muchos fueron los temas científicos a los que Jaume Josa dedicó tiempo y esfuerzo a lo largo de su vida: la entomología, con especial atención a los lepidópteros de Cataluña; la divulgación científica, donde, además de la dirección de Mundo Científico, hay que destacar el impulso que dio a diferentes colecciones de las editoriales Fontalba (Ciencia) y Alta Fulla (Noctulabium) y el comisariado en diversas exposiciones; el desarrollo de la historia natural, para lo que formó una de las mejores colecciones bibliográficas de nuestro país; las ideas de Buffon en España, que fue la temática objeto de su Tesis Doctoral y, como no, todo aquello que tuviera que ver con Darwin y el darwinismo.
Fue durante el curso 1978-1979, en que disfrutó de una beca del British Council para seguir los estudios de Associateship en el Chelsea College de la University of London y, sobre todo, tras llevar a cabo algunas visitas a Down House, la que fuera casa, hoy Museo, de Charles Darwin, cuando empezó a formar su colección darwinista.
Colección de las obras de Darwin, sobre Darwin, darwinistas, antidarwinistas y cualquier objeto (fotografía, figura, cartel, etc.) que pudiera tener alguna relación con el célebre naturalista inglés.
La verdad es que, llevado por su interés y el amplio conocimiento de múltiples temas, su biblioteca fue creciendo rápidamente, sin importarle que el desembolso que debía hacer para adquirir una obra fuera mayor, o menor, con tal de que la obra fuera importante.
A su regreso de Londres, Jaume Josa se convirtió en uno de los más firmes estudiosos, sino el que más, de Darwin y el darwinismo en España.
Ya en el año 1982, en el que se cumplió el primer centenario del fallecimiento del científico inglés, fue invitado a pronunciar varias conferencias sobre la dimensión de Darwin y su teoría.
Una de ellas, la que dictó el día 29 de septiembre en el Colegio público Joaquim Ruyra de L ́Hospitalet, como lección inaugural del curso escolar 1982-83 en el municipio, vio la luz como publicación independiente.
Antes de finalizar ese año, el día 10 de diciembre, participó también el debate-exposición que sobre el «Centenari Darwin» organizó L ́Ateneu Enciclopédic Popular.
Darwin siempre estuvo presente en el quehacer de Jaume Josa en las tres décadas siguientes, hasta el punto de asistir a eventos que sobre la obra y el pensamiento del científico inglés se celebraron en Manaus (Brasil) y México, y de volver, en alguna ocasión, a Down House.
Entre los trabajos que, sobre el particular, publicó, él se sentía verdaderamente satisfecho de la Bibliografía crítica ilustrada de las obras de Darwin en España proyecto en el que invirtió bastantes años con uno de nosotros (A.G.).
La Bibliografía recoge todas las ediciones de las obras de Charles Darwin publicadas en España, en cualquier lengua, examinando críticamente el contenido de cada una de ellas.
En su primera edición, la que llega hasta 2005, se recogen más de doscientos registros.
El que llevaba el número 0 fue la gran novedad, otro hallazgo de Jaume, la primera traducción al castellano de un texto de Darwin se encontraba dentro del Manual de Investigaciones Científicas, concretamente era suya la sección de "Geología".
También dedicó muchos esfuerzos a desentrañar la biografía de Enrique Godínez, del que ya hemos dicho que fue el primer traductor de El origen de las especies al castellano.
Tenía en preparación un trabajo amplio sobre este periodista y marino, del que incluso había obtenido un retrato.
Esperamos publicar, en los próximos meses, un trabajo sobre Godínez en el que se incorporen todos los datos recabados en estos años, así como su retrato, y dedicarlo a la memoria de Jaume Josa.
En el año 2003, Espasa-Calpe, sin duda por el reconocimiento alcanzado con la edición de El origen de las especies, encargó a Jaume el prólogo del Diario del viaje de un naturalista alrededor del mundo.
Él lo tituló "El viaje iniciático y trascendental de Charles Darwin" y su lectura volvió a deleitarnos por su claridad y erudición.
El fallecimiento de Jaume Josa Llorca tuvo lugar en Barcelona el domingo 21 de octubre de 2012, cuando contaba tan sólo 67 años de edad.
Mes y medio más tarde, el día 3 de diciembre, la Delegación del CSIC en Cataluña con ocasión de la celebración de los "70 años del CSIC en Cataluña", rindió homenaje a Jaume Josa.
Sirvan estas líneas de recuerdo, al compañero en el CSIC, y de gratitud, al amigo culto y generoso con el que hablar de Darwin era sólo una excusa para aprender con él. |
Introducción: las ciencias de la mente y la historia de la subjetividad
"Estaba, en cuanto a mi mente, morbosamente desarrollado, como corresponde a un hombre de nuestro tiempo"
Fiódor Dostoyevski, Apuntes del subsuelo (1864)
En términos generales, no cabe duda de que el notable impulso experimentado por la historia de la ciencia a lo largo del siglo XX constituye un correlato directo de una amplia y creciente conciencia de la propia historicidad de la actividad científica (Rheinberger, 2007).
Así, y en estrecha relación con una progresiva consideración de los aspectos materiales, sociales y culturales implicados en la producción del conocimiento científico, la reciente historia de la ciencia ha cuestionado antes que nada la tradicional (e ingenua) creencia inductivista según la cual la ciencia se ocupa de hechos que —por así decirlo— le vienen dados o la preceden, subrayando, por el contrario, la intervención activa de los científicos en la misma construcción del dominio empírico que se proponen esclarecer.
En este sentido, Bruno Latour y Steve Woolgar concluían su célebre estudio sobre La vida en el laboratorio afirmando expresamente que "la actividad científica no versa 'sobre la naturaleza', sino que es una dura lucha por construir realidad" (Latour & Woolgar, 1979, p.
Estas apreciaciones resultan particularmente pertinentes en el caso de las llamadas ciencias de la mente (psicología, psiquiatría y psicoanálisis), cuyo controvertido estatuto epistemológico y cuya abrumadora presencia cultural han animado durante décadas una riquísima y boyante historiografía entre la que descuellan algunos clásicos indiscutibles de las ciencias humanas de nuestro tiempo.
A estas alturas, pues, resulta una obviedad sugerir que la naturaleza esencialmente elusiva de todo este campo de conocimiento (Canguilhem, 1968) ha permitido consolidar una aguda percepción de la radical historicidad no solo de sus diversos discursos y prácticas, sino incluso de su mismo objeto de estudio (Jüttemann, 1986; Staeuble, 1991).
Las disciplinas de lo mental, en síntesis, son ciertamente el producto histórico y contingente de un largo y complejo proceso de naturalización y secularización del alma o la conciencia (Chadwick, 1975); o, dicho de otro modo, también la mente —esa mente que, al menos desde el siglo XVIII, estudiamos en sus trastornos, su asiento somático o sus funciones (Porter, 2003)— es, ella misma, el resultado de una determinada manera de ver al ser humano cuya cristalización acompaña al despliegue de la ciencia y la cosmovisión moderna (Tarnas, 2008).
Entre otras cosas, la asunción más o menos generalizada de estas consideraciones epistemológicas e historiográficas ha conducido a numerosos autores a advertir en las ciencias de la mente un escenario paradigmático de las tensiones y aporías relacionadas con el sujeto como categoría central de la Modernidad.
Así, por un lado, su surgimiento, su evolución y su extraordinaria proyección no pueden entenderse sin la conformación histórica de una conciencia o subjetividad 'psicologizada', esto es, de una cultura de la individualidad definida por la reflexividad, la promoción de la interioridad y la adscripción de las claves de la identidad personal al ámbito del psiquismo1.
Pero, por el otro, con su tradicional énfasis en la determinación de los mecanismos subpersonales de la conducta y la experiencia y en el desenmascaramiento de sus móviles ocultos, las ciencias de la mente también han contribuido de un modo decisivo a señalar las escisiones y fracturas que comprometen la unidad, la autodisposición y la coherencia del sujeto, fomentando así esa conciencia de crisis en torno a él que atraviesa la cultura contemporánea y que, huelga decirlo, se nutre a partes iguales de positivismo y de sospecha (Cruz, 1996; Bürger & Bürger, 2001).
En cualquier caso, la centralidad de estas cuestiones ha generado en los últimos años un claro esfuerzo por emplazar el estudio histórico de las ciencias de la mente en el contexto más amplio de una historia social, cultural e incluso política de la subjetividad.
Y, de este modo, los trabajos inspirados por este planteamiento han tratado de analizar no solo el modo en que los desplazamientos sociales y culturales vinculados a la irrupción del mundo moderno han condicionado su formación, su articulación doctrinal o su propia institucionalización como disciplinas científicas, sino también su paulatina implantación como marcos de autocomprensión que mueven a los individuos a verse y a actuar de una determinada manera con respecto a sí mismos2.
Aunque el vínculo entre historia y subjetividad fue ya abiertamente problematizado por el materialismo marxista y ha encontrado a lo largo del siglo XX expresiones teóricas tan relevantes como la 'psicogenética' de Norbert Elias o el constructivismo social (Staeuble, 1991), existe un amplio consenso en considerar la obra de Michel Foucault como el punto de partida más definido de la reciente historiografía de la subjetividad, hasta el punto de que algunos autores han llegado a afirmar que Foucault "simplemente, inventó todo este campo de estudio" (Moyn, 2009, p.
Si, de una parte, resulta difícil sobreestimar la enorme influencia de las aportaciones del filósofo francés en torno a la arqueología de las ciencias humanas o la genealogía del sujeto moderno —bien como función de ciertas prácticas discursivas, bien como correlato de las nuevas relaciones de poder mediadas por las disciplinas (Han, 2005)—, lo mismo puede decirse de su concepto tardío de las 'tecnologías del yo', del que Foucault se sirvió para estudiar diversas prácticas espirituales de la Antigüedad —centradas no tanto en el autoconocimiento como en la 'preocupación' o el 'cuidado de sí'— y mostrar así la contingencia de distintos procesos o estrategias de subjetivación (Foucault, 1990)3.
Como es lógico, la alargada sombra de la obra foucaultiana —cuya impronta, por lo demás, ha sido también muy notoria en otros campos afines como las historiografías respectivas de la locura, la sexualidad o el cuerpo— no ha impedido a otros autores abordar la historia de la subjetividad desde presupuestos teóricos muy distintos.
Y este es el caso, entre otros, del filósofo canadiense Charles Taylor, para quien las "fuentes del yo" y el despliegue de la interioridad moderna deben entenderse ante todo en el marco de los esfuerzos continuados del ser humano por definir y alcanzar la virtud, esto es, como un correlato necesario en la propia evolución de la conciencia moral (Taylor, 1996, pp. 15-123).
Este planteamiento de fondo le conduce a establecer una cronología milenaria para la configuración histórica de la subjetividad moderna en la que sobresalen la contribución seminal del cristianismo —Taylor, como ya hiciera Ortega, atribuye a San Agustín nada menos que la formulación paradigmática de la 'reflexividad radical' que caracteriza al individuo moderno—; las de Descartes y Locke como grandes forjadores de esa razón 'desencarnada' (disengaged) que se postula capaz de objetivar los estados mentales y de asumir una posición de tercera persona ante ellos; y, por último, la de esa insigne estirpe francesa de méditatifs interieurs (Sainte-Beuve) que, arrancando en Montaigne y pasando por La Rochefoucauld y Pascal, viene a confluir, ya en la segunda mitad del siglo XVIII, en las célebres Confesiones de Rousseau y los escritos autobiográficos de Maine de Biran (Bürger & Bürger, 2001, pp. 29-50, 87-101 y 141-153).
En todo caso, y a pesar del incuestionable mérito de una lectura de largo alcance como la propuesta por Taylor, la íntima relación existente entre la constitución de las ciencias de la mente y el despliegue de la subjetividad moderna puede apreciarse mejor atendiendo a algunas de las implicaciones más sobresalientes de la individualidad contemporánea.
Como es sabido, la progresiva singularización de las formas y los estilos de vida suscitada por los cambios económicos y sociales consumados a partir del siglo XVIII trajo consigo una conciencia individualista que, mediada por nuevos patrones de experiencia, conducta y comunicación, alentó los ideales de autonomía y emancipación expresados en las revoluciones políticas de la época, pero también la creciente proyección cultural de una subjetividad paulatinamente despojada de sus atributos espirituales (Wahrman, 2004).
Esta centralidad del sujeto o el 'yo' —como se empezaba ya a designarlo— fue activamente promovida por una creciente escisión entre esfera pública y privada que, por su parte, condujo a una progresiva inserción de la vida familiar e interpersonal en los cada vez más extensos dominios de la privacidad (McKeon, 2005), mientras se difundían una serie de prácticas relacionadas con la introspección o el registro de estados subjetivos (cartas, diarios íntimos, autobiografías, confesiones, etc.) y la creación literaria y artística empezaba a pivotar alrededor de las vicisitudes de una individualidad desbordante pero atenazada por la experiencia de su propia precariedad (Kundera, 1987).
Este es, sin duda, el telón de fondo sobre el que hay que contemplar la eclosión del interés por el conocimiento psicológico en la sociedad europea del tránsito del siglo XVIII al XIX, así como el desarrollo en paralelo de diversas formulaciones teóricas en torno al psiquismo —entre las que destacan el sensualismo/asociacionismo y el espiritualismo— que, con el tiempo, darían paso al surgimiento y la institucionalización de las propias ciencias de la mente como disciplinas científicas (Goldstein, 2003).
Incluyendo la proliferación y la extraordinaria difusión de doctrinas y prácticas no exentas de cierta heterodoxia como la frenología, el magnetismo animal o el hipnotismo, pocos ámbitos de conocimiento reclamaron a lo largo del siglo XIX una mayor atención cultural que el del 'hombre intelectual y moral', sobre cuyo fundamento somático se fueron acumulando además sucesivas aproximaciones que reemplazaron definitivamente la antigua noción del 'órgano del alma' por la concepción contemporánea del cerebro como asiento de las funciones psíquicas superiores (Hagner, 2008) e incluso como locus primario de la identidad personal (Vidal, 2009).
En una época en la que la frontera intelectual entre los productores del conocimiento científico y el público culto era todavía relativamente permeable, el discurso psicológico devino así un campo cuyo cultivo sistemático por una serie de pioneros —formados y socializados en su mayoría como profesionales de la medicina— encontró una amplia resonancia entre unas clases instruidas que empezaban a aprehender y describir su propia conducta y experiencia recurriendo a las categorías proporcionadas por los nuevos saberes de lo mental, y que, en el caso de algunos autores particularmente dotados para la observación interior como los franceses Alfred Maury, Ernest Renan, Hyppolite Taine o Gabriel Tarde, hicieron aportaciones de gran relieve al conocimiento psicológico (Carroy, 2008).
En 1892, esto es, en un momento en el que las ciencias de la mente habían alcanzado ya un cierto grado de institucionalización y el psicoanálisis se aprestaba a entrar en escena, el neurólogo alsaciano Hyppolite Bernheim —cuyas experiencias con la sugestión y el hipnotismo admiraron al propio Sigmund Freud— definía justamente la psicología como "el dominio en el que convergen el médico y el hombre de letras" (citado por Micale, 2004, p.
De hecho, el periodo que se extiende aproximadamente entre 1880 y 1940 asistió a una intensa interrelación y fertilización cruzada entre las diversas disciplinas de lo mental y el ámbito de la creación artística y literaria, hasta el punto de que es posible establecer una serie de analogías y paralelismos muy reveladores entre el modernismo estético —al que, no en vano, Ortega ya describió como un 'subjetivismo radical'— y el psicológico: intentos de superación del ideario positivista/naturalista, perspectivismo, relativismo, fragmentación 'vertical' y 'horizontal' del yo, interés por el mundo onírico, instintivo y el psiquismo 'primitivo', autorreferencialidad, egotismo, etc. (Micale, 2004).
En este sentido, es interesante señalar que la esquizofrenia, una de las categorías más emblemáticas (y esquivas) de la psiquiatría contemporánea, no solo fue aislada conceptualmente en el tránsito del siglo XIX al XX y tuvo una enorme popularidad en las décadas siguientes, sino que ha sido interpretada por algunos estudios como una suerte de paroxismo aberrante de la reflexividad cuyas manifestaciones psicopatológicas más prominentes remiten de forma invariable a la misma atmósfera cultural que alumbró la literatura de James Joyce, Marcel Proust y Franz Kafka o la pintura de Giorgio de Chirico, René Magritte y Salvador Dalí (Sass, 1992).
Ciertamente, la irrupción del psicoanálisis y la perdurable impronta de su fundador —al que, no en vano, el poeta inglés W. H. Auden llegó a definir como "todo un clima de opinión"— confirieron un nuevo impulso a la proyección del conocimiento psicológico, cuya franca progresión a lo largo del siglo XX ha alcanzado, como bien sabemos, la práctica totalidad de ámbitos relevantes de la vida cotidiana (educación, trabajo, relaciones interpersonales, sexualidad, etc.) y ha derivado en el variopinto conjunto de discursos y prácticas que cohabitan en la 'cultura terapéutica' de nuestros días (Illouz, 2010).
Y, en este contexto de consumo masivo de los conceptos y categorías de las ciencias de la mente, de absorción solipsista en los interminables avatares de la 'vida emocional' y de fascinación generalizada por todo tipo de técnicas de autoconocimiento y manipulación del 'yo', parece lógico que las transformaciones históricas de la subjetividad que subyacen y reflejan todos estos desarrollos se hayan convertido en objeto de una creciente atención teórica e historiográfica.
En cierto modo, pues, resulta cada vez más evidente que la historia de la ciencia y de nuestra cultura no pueden prescindir de la exploración 'genealógica' de las coordenadas que han posibilitado la formación de las disciplinas psicológicas modernas, pero tampoco pueden obviar el hecho de que, a lo largo de la Modernidad, los distintos saberes de lo mental han condicionado de forma decisiva el modo en que los individuos se conciben y actúan con respecto a sí mismos.
La historia de la psicología, la psiquiatría y el psicoanálisis, en definitiva, no pueden prescindir de la historia cultural de la subjetividad, pero esta, a su vez, no puede obviar la evolución y la extraordinaria proyección del discurso psicológico en la cultura contemporánea4.
De acuerdo con este planteamiento de fondo, el presente dossier de Asclepio reúne un total de cinco artículos originales redactados por un grupo de investigadores de reconocido prestigio que participaron en el congreso internacional'Mente, sujeto e historia: Ciencia y subjetividad en la cultura contemporánea', celebrado los días 12 y 13 de mayo de 2011 en el Centro de Ciencias Humanas y Sociales del CSIC en Madrid.
Contando con una generosa subvención del Ministerio de Ciencia e Innovación dentro de su programa de Acciones Complementarias de Investigación (HAR2010-11150-E/HIST), las sesiones del congreso congregaron a una quincena de especialistas en psicoanálisis, historia de la ciencia y literatura cuyas ponencias abordaron una serie de cuestiones relacionadas con cuatro ejes temáticos principales: (1) los orígenes culturales de los discursos y conceptos de la psicología, la psiquiatría o el psicoanálisis; (2) el papel de la aportación de los no expertos, la cultura popular y las experiencias autobiográficas en la construcción del conocimiento científico en torno a la locura, las emociones, los sueños o la vida instintiva; (3) el impacto y la proyección de las ideas psicológicas, psiquiátricas y psicoanalíticas en la literatura y el arte contemporáneos; y (4) la normatividad de los patrones de reflexividad en las sociedades contemporáneas y la constitución de subjetividades marginales.
A pesar de que no ha sido posible recuperar la totalidad de dichas ponencias, el presente dossier constituye una buena muestra de la extraordinaria amplitud y la necesaria interdisciplinariedad de todo este campo de estudio, en las que las múltiples y constantes afinidades, transferencias e interdependencias entre las historias respectivas de la subjetividad, el conocimiento psicológico/psiquiátrico y la creación literaria se revelan como aspectos entrelazados de una misma constelación cultural.
Así lo esboza ejemplarmente Joan Oleza Simó en su artículo sobre la figura del apócrifo como expresión literaria de la crisis de la concepción sustancial y unitaria de la subjetividad heredada de la primera Modernidad; con ese objetivo, y tras una breve revisión histórica de la conformación de la subjetividad moderna, su trabajo ofrece un lúcido análisis del "triple asalto a la idea de sujeto" encarnado por las obras de Marx, Nietzsche y Freud, a la vez que reconstruye la cristalización literaria de la escritura apócrifa en autores tan señalados como Fernando Pessoa, Antonio Machado o Max Aub.
Posteriormente, Anne-Cécile Druet encara la temprana presencia del psicoanálisis en la literatura española con la aparición a finales de la década de 1920 de una serie de obras teatrales y novelas en las que la autora rastrea tanto la representación del psicoanalista y del método freudiano como la función literaria otorgada al psicoanálisis por los autores españoles, entre los que destacan algunos de tanto relieve como los hermanos Machado o Llorenç Villalonga; en este sentido, el trabajo concluye que el psicoanálisis produjo un novedoso énfasis en el análisis de las motivaciones inconscientes de los personajes, y que, aunque no llegara a producir obras tan notables como La coscienza di Zeno (1923) de Italo Svevo, su impacto literario constituye un importante elemento dentro de la recepción general de la obra de Freud en la cultura española.
En una órbita similar cabe situar igualmente el estudio de Ángel González de Pablo, que presenta el rico testimonio de la Autobiografía psíquica del novelista austríaco Hermann Broch (1886-1951) como un ejemplo particularmente interesante de la prominencia y la infiltración del psicoanálisis en la cultura psicológica de la primera mitad del siglo XX; así, tras una breve introducción histórica a los grandes procesos e instancias de conformación de la subjetividad moderna, el trabajo muestra la irrupción del psicoanálisis no solo como un cuestionamiento definitivo del sujeto psicológico (consciente) tradicional, sino también como una vía de reconstrucción discursiva de un mundo interno atenazado por la experiencia de su propia precariedad y fragmentación, pero menos constreñido y, por tanto, más libre y versátil con respecto a sus posibilidades de recreación estética y ética.
Por último, y tomando respectivamente como objeto el profundo arraigo del espiritualismo psicológico en la España del siglo XIX y la controvertida contribución de la psiquiatría de entresiglos a la redefinición categorial de subjetividades marginales (locos, criminales y, en suma,'anormales' de todo tipo y condición) y de diversas estrategias de defensa social, los artículos del firmante de estas líneas y de Ricardo Campos abordan la dimensión ideológica y normativa de las doctrinas psicológicas y psiquiátricas, cuyas formulaciones teóricas resultan difícilmente separables de los intereses que las subyacen y la vocación pragmática que las animan en tanto propuestas —convenientemente avaladas por la supuesta neutralidad y legitimidad del conocimiento científico— de gestión de la individualidad y la diferencia.
En cierto modo, pues, sus páginas ofrecen un buen contrapunto con el que concluir este modesto proyecto en torno a un ámbito tan complejo y problemático —y, a la vez, tan constitutivo de nuestro mundo— como la creciente proyección cultural de unos discursos y prácticas que, en definitiva, siempre acaban remitiéndonos a un sujeto en permanente construcción y crisis: nunca suficientemente emancipado, nunca suficientemente integrado. |
El apócrifo, prototipo de una subjetividad en crisis
En su introducción este trabajo pasa revista a la concepción del Sujeto que, con origen en la Antigüedad Clásica, se desarrolla en la cultura occidental hasta llegar a la Ilustración y el Romanticismo, añadiendo nuevos aspectos pero sin poner en cuestión su fundamento en un Sujeto substancial.
La primera gran puesta en crisis de este fundamento, y de la herencia recibida, se manifiesta en el primer cuarto del siglo XX, tras la lectura y asimilación de la obra de Marx, de Freud o de Nietzsche, que sientan las bases para la crítica del Sujeto.
Una manifestación de primer orden de la crisis que se deriva es la proliferación de la escritura apócrifa, que alcanza modelos alternativos en la obra de Fernando Pessoa y en la de Antonio Machado.
Entre ambas se extiende el horizonte de referencia de la intensa y extensa colección de apócrifos de Max Aub.
Este trabajo explora la significación de sus apócrifos fundamentales: Luis Álvarez Petreña y Jusep Torres Campalans, y frente a ellos el caso limítrofe de Luis Buñuel, tratado por Max Aub como un apócrifo de signo contrario.
LA MODERNIDAD Y LA HERENCIA DE LA SUBJETIVIDAD CLÁSICA
Los orígenes de la Modernidad reciben como herencia del mundo clásico la confianza en un sujeto substancial.
Recuérdese la célebre definición de persona del Liber de persona et duobus naturis de Boecio: "La persona es una substancia individual de naturaleza racional".
Santo Tomás, y con él toda la escolástica cristiana medieval, le añadió un aspecto nuevo, no menos fundamental, el de su capacidad de autodeterminación: la persona es aquel tipo especial de substancia individual que es una substancia racional —hasta aquí Boecio—, que posee el dominio de sus propios actos, y la facultad de actuar por sí misma (Ferrater Mora, 1965, p.
Pico della Mirandola y la filosofía del primer Renacimiento, sin modificar esta concepción, acentuaron la capacidad del hombre de hacerse a sí mismo, como un «ser camaleónico», «de naturaleza multiforme y mudadiza», y ampliaron su territorio, le otorgaron un escenario a la vez central y dilatado, en el que podía desplegar toda su potencialidad:
Así pues, [el supremo Artesano] hizo del hombre la hechura de una forma indefinida, y, colocado en el centro del mundo, le habló de esta manera: [...]
Ni celeste ni terrestre te hicimos, ni mortal ni inmortal, para que tú mismo, como modelador y escultor de ti mismo, más a tu gusto y honra, te forjes la forma que prefieras para ti.
Podrás degenerar a lo inferior, con los brutos; podrás realzarte a la par de las cosas divinas, por tu misma decisión (Mirandola, 1984, p.
En el siglo siguiente, y en el trayecto que media entre la época del Renacimiento europeo y la del Barroco, esta concepción del sujeto recibe una doble dirección de despliegue que conduce hasta el principio mismo de la Modernidad: con Montaigne el sujeto aparece asociado a la experiencia individual, con Descartes a la razón universal.
Esta apenas introducción debería servirme para calibrar la herencia de la que he hablado al principio: la de un sujeto de identidad individual y, por consiguiente, indivisible e irrepetible, que es además de naturaleza racional, y que situado en el centro de la naturaleza puede decidir su destino en el espacio dilatado pero también limitado de lo inmanente1.
Este sujeto es substancial y no dependiente de sus accidentes.
Como escuchamos proclamar orgullosamente a los personajes del teatro clásico español, «Yo soy yo» (Anteo en El caballero bobo, de Guillén de Castro), o «Yo soy el que soy» (Tragedia de los siete infantes de Lara, de Juan de la Cueva), o «Yo soy quien soy», como repiten una y otra vez los personajes de Lope y, sobre todo, de Calderón (vgr.
El médico de su honra, o A secreto agravio, secreta venganza, entre las más conocidas), con una seguridad y una firmeza que convirtió la frase en un lugar común de los corrales de comedias.
Esta herencia será notablemente enriquecida ya a finales del XVIII por la obra de Rousseau, uno de los fundadores de la escritura del «yo» y el creador del género literario que le proporcionó un más preciso cauce, la autobiografía.
Como será enriquecida por el Romanticismo, que crea en buena medida las bases de la sensibilidad moderna, o por el Realismo y el Decadentismo-Modernismo, que incorporan prototipos fundamentales de la subjetividad moderna.
Pero este enriquecimiento del campo de la subjetividad y esta constante renovación de los prototipos de sujeto no ponen en cuestión la idea misma de sujeto que procede de la herencia clásica, aunque a veces, y en determinados momentos, se perciba la sombra de una amenaza incipiente, como en el caso del doble romántico, o ya acuciante, en el del héroe decadentista del Fin de Siglo.
A fin de cuentas, y como enuncia Habermas (1987), la Modernidad encuentra uno de sus principios determinantes en la Razón centrada por el Sujeto.
La primera gran puesta en crisis de esa idea, y de la herencia recibida, se manifiesta a mi modo de ver en el primer cuarto del siglo XX, y encuentra una manifestación de primer orden en la proliferación de la escritura apócrifa.
A ella quiero dedicar, como expresión de una fase determinada de la historia de la subjetividad moderna, las líneas que siguen.
EL LADO APÓCRIFO DE LA MODERNIDAD
Aunque la Modernidad se sustenta sobre valores como la originalidad y la autenticidad, conoce también toda una contrapartida de falsificaciones y suplantaciones que vienen a constituir su lado apócrifo, una especie de continente sumergido y, en buena medida, represaliado, en el que se entremezclan falsificaciones literarias (Macpherson, Adolfo de Castro, Romain Gary, etc.) y artísticas (Hans Van Meegeren, Elmyr de Hory, etc.), con otras, las más, que son expresión de patologías psíquicas o, bien al contrario, estrategias conscientes para poner a prueba principios literarios tan arraigados como la frontera entre realidad y ficción, o entre historia y novela, o valores como el de autoridad textual.
Si bien los antecedentes son múltiples2, el punto de referencia inicial, en la literatura europea moderna, hay que situarlo en 1760, cuando un joven escocés, de nombre James Macpherson, dotado de ciertos conocimientos de la poesía gaélica antigua que todavía se difundía oralmente en su natal Invernesshire, publicó unos Fragments of Ancient Poetry Collected in the Highlands of Scotland, and Translated from the Gallic or Erse Language.
Era el primer aldabonazo.
Después aparecieron dos poemas épicos Fingal (1761) y Temora (1763), obra de un legendario guerrero y bardo gaélico, llamado Ossian, que se suponía haber vivido nada menos que en el siglo III antes de Cristo.
Cinco años más tarde se publicaban los dos volúmenes de The Works of Ossian.
En Europa fueron toda una revelación, y también la señal auroral que una época ya preñada de romanticismo estaba esperando.
Goethe hizo que Werther y Carlota llorasen con las baladas de Ossian.
El caso de Ossian se extendió por Europa, y España no fue una excepción.
Ya en 1787, el padre Isla, al adaptar al castellano la novela francesa Gil Blas de Santillana, acusaba a su autor Monsieur Le Sage de falsificación, por haber usurpado un manuscrito en español convirtiéndolo en novela propia en francés, y lo remediaba sacándose de la pluma las Aventuras de Gil Blas de Santillana, robadas a España, adoptadas en Francia por Monsieur le Sage, restituidas a su Patria y a su Lengua nativa, por un español zeloso que no sufre que se burlen de su nación.
Por su parte, hacia 1800, José Marchena, editaba un fragmento perdido del Satiricón de Petronio (Fragmentum Petronii), descubierto según él en un códice del monasterio de Saint Gall, y Leandro Fernández de Moratín, hacia 1815, trabajaba en crear un Guzmán de Alfarache suyo, acorde con los gustos del XVIII y que pretendía hacer pasar por una versión de la novela realizada por el propio Mateo Alemán y hasta entonces desconocida (Álvarez Barrientos, 2009, pp. 822-825); por su parte, el erudito Adolfo de Castro escribía a nombre de Cervantes una Epístola a Mateo Vázquez o un opúsculo inédito, El Buscapié (1848), supuestamente escrito por Miguel de Cervantes en defensa de la primera parte del Quijote.
En Francia, Prosper Merimée, veinte años antes de Carmen, se sacaba de la faltriquera a toda una dramaturga española del siglo XVII, Clara Gazul, de sangre morisca «et arrière petite fille du tendre Maure Gazul, si fameux dans les vieilles romances espagnoles», cuyas obras publicaba en francés bajo el título de Théâtre de Clara Gazul (1825), precedidas de un retrato de la dramaturga por Étienne-Jean Delécluze.
Pero, a finales del siglo XIX y principios del XX, la invención de un apócrifo (es el concepto que utiliza Machado) o heterónimo (el que utiliza Pessoa) se convierte en juego literario y proliferan artistas-escritores imaginarios que se presentan, en buena medida, como máscaras, como alter ego o doble de su autor, sin que el verdadero autor ponga demasiada insistencia en su existencia real e independiente: es el Adoré Floupette con quien Henri Beauclair y Gabriel Vicaire parodiaron a los decadentistas, el Monsieur Teste de Paul Valéry, el Malte Laurids Brigge de Rainer María von Rilke, el A.O. Barnabooth de Valéry Larbaud, el André Walter de André Gide, el supuesto poeta desconocido, Rafael, de las rimas de Teresa de Unamuno, el Azorín de José Martínez Ruiz, el Sigüenza de Gabriel Miró, el Octavi de Romeu de Eugeni d'Ors, etc. Especímenes de un cambio profundo en el desempeño de la subjetividad moderna, todas estas máscaras son más bien personajes literarios que mantienen una relación de dependencia tan ambigua como sutilmente variada con sus autores, a veces, incluso, de interdependencia, como en el caso de Azorín, en el que el personaje creado en 1902 acaba superponiéndose al autor, José Martínez Ruiz, nacido en 1873, y engulléndose su nombre para poder encarnar su figura.
Ninguno de ellos, quizás con la excepción del poeta y riche amateur, Archibald Olson Barnabooth, tiene no obstante voluntad expresa de independencia de su autor.
Para llegar al apócrifo emancipado y con obra propia hay que llegar a Antonio Machado y a Fernando Pessoa, dos de los arcángeles mensajeros de Luis Álvarez Petreña y Jusep Torres Campalans.
Uno y otro nos ofrecen aspectos fascinantes, aunque alternativos, como he estudiado en otro lugar (Oleza, 2003), de la condición de apócrifo.
En el caso de Pessoa nos encontramos con el escritor occidental contemporáneo que más radicalmente experimenta el estallido del yo substancial, racional e individual que nos había legado el Renacimiento.
La experiencia personal que se traduce en su obra oscila desde la negación de sí mismo a la afirmación de una pluralizada otredad («Sou variamente outro do que um eu que não sei se existe»), desde el sentimiento de mutilación («Soy un fragmento de mí conservado en un museo abandonado» (Pessoa, 1984, p.
9)), hasta la disgregación en múltiples yos («Sinto-me múltiplo.
104), pasando una y otra vez por esos momentos agudos de percepción de lo que él llamó «estado actual de no-ser» (Pessoa, 1984, p.
Un estallido tan radical de la subjetividad solo podría traducirse en una escritura diseminada, escindida en fragmentos, dispersa en modalidades, géneros, posiciones textuales, puntos de vista, autores diversos, heterónimos en suma.
La aprehensión del mundo pierde su perspectiva, y con ella su orden jerárquico y unitario.
Hay un texto impresionante, titulado "Aspectos", que como la mayoría de los suyos, permaneció manuscrito y amontonado en un baúl hasta después de su muerte, y que ofrezco en traducción de Ángel Crespo, en el que Pessoa explica lo inevitable de sus heterónimos:
A cada personalidad más dilatada que el autor de estos libros ha conseguido vivir dentro de sí, le ha concedido una índole expresiva, y ha hecho de esa personalidad un autor con un libro, o libros, con las ideas, las emociones, y el arte de los cuales él, el autor real (o por ventura aparente, porque no sabemos lo que es la realidad), nada tiene [que ver], salvo el haber sido, al escribirlas, el médium de unas figuras que él mismo ha creado. [...]
El autor humano de estos libros no conoce en sí mismo personalidad ninguna.
Cuando acaso siente una personalidad emerger dentro de sí, pronto ve que es un ente diferente del que él es, aunque parecido; hijo mental, quizás, y con cualidades heredadas, pero (con) las diferencias de ser otro (Pessoa, 1984, p.
El período de incubación de los heterónimos, al menos de los tres principales, Alberto Caeiro, Álvaro de Campos y Ricardo Reis, es el que se extiende entre 1912 y 1914, pero alrededor de ellos brotó toda una caterva de heterónimos menores, haciendo aflorar ese drama em gente, esa representación dramática dividida en personajes y no en actos o jornadas, esa ficción multipolar que dio nacimiento a toda una consigna: fingir é conhecer-se.
Los primeros apócrifos de Machado saltaron a la luz tardíamente, pues permanecían inéditos en un cuaderno de Apuntes que Guillermo de Torre rebautizó como Los complementarios al publicarlo parcialmente en 1957.
En este cuaderno, y bajo el título de Cancionero apócrifo, aparecía una curiosa antología de Doce poetas que pudieron existir —aunque en realidad eran catorce—, compuesta hacia 1923, diez años largos después del nacimiento de los heterónimos de Pessoa.
Se trata de poetas supuestamente nacidos a lo largo de todo el siglo XIX, desde 1812 hasta 1899, por lo que alguno de ellos no estaba muerto todavía en el momento de ser inventado.
Posiblemente el más singular de los catorce es el que lleva el número 5.
Su escueta nota biográfica dice: «Antonio Machado.
Fue profesor en Soria, Baeza, Segovia y Teruel.
Murió en Huesca en fecha no precisada.
Algunos lo han confundido con el célebre poeta del mismo nombre, autor de Soledades, Campos de Castilla, etcétera».
Poco después, en la Revista de Occidente (1926) y en la segunda edición de sus Poesías Completas (1928), Machado publicó sendos textos correspondientes a dos nuevos apócrifos: el primero era un poeta y filósofo del siglo XIX llamado Abel Martín, y el segundo un discípulo suyo, Juan de Mairena, un guasón «poeta, filósofo, retórico e inventor de una máquina de cantar».
El último es embrión de una progenie de textos que no cesará de crecer hasta la muerte del poeta, una parte de los cuales agrupó en el libro Juan de Mairena.
Sentencias, donaires, apuntes y recuerdos de un profesor apócrifo (1936).
Los personajes apócrifos de Machado van surgiendo a medida que va creciendo su discrepancia con los jóvenes poetas del 27, fascinados por Juan Ramón, por el conceptismo gongorino y por los juegos de las primeras vanguardias deshumanizadas.
Machado se lo explica a Ernesto Jiménez Caballero en un texto fundamental:
Entre manos tengo mi tercer poeta apócrifo: Pedro de Zúñiga, poeta actual nacido en 1900.
Acaso encuentre en la ideología de este poeta motivos de simpatía.
Abel Martín y Juan de Mairena son dos poetas del siglo XIX que no existieron, pero que debieron existir, y hubieran existido si la lírica española hubiera vivido su tiempo.
Como nuestra misión es hacer posible el surgimiento de un nuevo poeta, hemos de crearle una tradición de donde arranque y él pueda continuar.
Además, esa nueva objetividad a que hoy se endereza el arte, y que yo persigo hace veinte años, no puede consistir en la lírica —ahora lo veo muy claro— sino en la creación de nuevos poetas —no nuevas poesías—, que canten por sí mismos (Machado, 1928a, p.
Afloran así, nítidamente, los fundamentos de los apócrifos machadianos: se trata de crear a lo largo del siglo XIX una tradición de poetas que no existió en España, que sea capaz de engendrar a los nuevos poetas que todavía no existen, pero que deberían comparecer para encarnar una poesía basada en una «nueva objetividad», alternativa a la de los jóvenes vanguardistas y neogongorinos.
Tres años más tarde de esta carta, Machado ha profundizado sus ideas y envía a Gerardo Diego un «Arte poética» que acompañe sus poemas en la célebre antología de 1931, Poesía española contemporánea, con la que el grupo de poetas del 27 trataba de establecer su canon poético del siglo XX.
La humorada inicial, la de Los complementarios, en pocos años adquiere así una fascinante tarea estratégica: se trata ahora de desafiar a la poesía española (e incluso a la occidental), a la que responsabiliza de haber conducido al callejón sin salida de una poesía deshumanizada, autoexcluida del tiempo y de la historia, ensimismada y solipsista.
A la altura de 1930, el cincuentón Machado reta a un combate de antologías a la infame turba de poetas contemporáneos, y convoca en su apoyo a una hueste de poetas y filósofos fantasmales.
Ninguno tan radical en sus planteamientos como Jorge Meneses, apócrifo del apócrifo Juan de Mairena, un apócrifo al cuadrado, a quien escuchamos en diálogo con su maestro e inventor:
Meneses —Pronto el poeta no tendrá más recurso que enfundar su lira y dedicarse a otra cosa.
Meneses —Me refiero al poeta lírico.
El sentimiento individual, mejor diré: el polo individual del sentimiento, que está en el corazón de cada hombre, empieza a no interesar, y cada día interesará menos.
La lírica moderna, desde el declive romántico hasta nuestros días (los del simbolismo), es acaso un lujo, un tanto abusivo, del hombre manchesteriano, del individualismo burgués, basado en la propiedad privada.
El poeta exhibe su corazón con la jactancia del burgués enriquecido que ostenta sus palacios, sus coches, sus caballos, y sus queridas.
El corazón del poeta, tan rico en sonoridades, es casi un insulto a la afonía cordial de la masa, esclavizada por el trabajo mecánico.
La poesía lírica se engendra siempre en la zona central de nuestra psique, que es la del sentimiento; no hay lírica que no sea sentimental.
Pero el sentimiento ha de tener tanto de individual como de genérico, porque aunque no existe un corazón en general, que sienta por todos, sino que cada hombre lleva el suyo y siente con él, todo sentimiento se orienta hacia valores universales, o que pretenden serlo.
Cuando el sentimiento acorta su radio y no trasciende del yo aislado, acotado, vedado al prójimo, acaba por empobrecerse, y, al fin, canta de falsete.
Tal es el sentimiento burgués, que a mí me parece fracasado; tal es el fin de la sentimentalidad romántica. [...]
Un corazón solitario —ha dicho no sé quién, acaso Pero Grullo— no es un corazón; porque nadie siente si no es capaz de sentir con otro, con otros... ¿por qué no con todos?
Usted, como buen burgués, tiene la superstición de lo selecto, que es la más plebeya de todas.
Meneses —Le parece a usted que sentir con todos es convertirse en multitud, en masa anónima.
Es precisamente lo contrario.
Hay una crisis sentimental que afectará a la lírica, y cuyas causas son muy complejas. [...]
UN TRIPLE ASALTO A LA IDEA DE SUJETO
La proliferación de toda una escritura apócrifa en el primer cuarto del siglo XX, supone un auténtico asalto a la idea de sujeto recibida de la herencia clásica y desarrollada por la Modernidad.
Un asalto que se efectúa, a mi modo de ver, desde, al menos, tres vías principales: el vitalismo e irracionalismo nietzscheanos, de un lado, el marxismo, de otro, y el psicoanálisis de un tercero.
Ya desde mediados del siglo XIX Marx desplazó el eje de la historia y de la filosofía desde el individuo a las formaciones y las clases sociales, a las fuerzas y a las relaciones de producción.
Si el joven Marx está dominado todavía por el humanismo racionalista liberal, más cercano a Kant y a Fichte que a Hegel, su segunda etapa (1842-45) la elabora bajo la influencia de otra forma de humanismo, el humanismo «comunitario» de Feuerbach, pero a partir de 1845, como escribió L. Althusser (1965) en un ensayo célebre, Marx rompió radicalmente con toda teoría que fundara la historia y la política en una supuesta esencia universal del hombre, cuyo sujeto real fuera el individuo considerado aisladamente.
Esta ruptura comportaba tres aspectos indisociables: la formación de una teoría de la historia y de la política fundada en conceptos innovadores; la crítica radical de las pretensiones teóricas de todo humanismo filosófico; y la consiguiente definición del humanismo como ideología.
Fuese o no exacta históricamente y en toda su extensión la tesis de Althusser según la cual «el marxismo no es un humanismo», lo cierto es que de Marx a Althusser y de Lukács a Bajtín o Goldmann, esto es, a lo largo y lo ancho de la filosofía, la sociología y la estética de influencia marxista, el sujeto y el estilo individuales pasaron a ser concebidos en función de instancias sociológicas e ideológicas que los trascendían.
El sujeto personal de la herencia clásica dejaba su lugar de privilegio a un nuevo sujeto determinado colectivamente.
La segunda de las vías, el irracionalismo nietzscheano, venía a culminar toda una tradición de pensamiento alternativo, que se engendró y desarrolló en la oposición —casi en la clandestinidad— a la gran filosofía burguesa y racionalista del siglo XIX, y cuyo antecedente más ilustre lo constituye la obra de Schopenhauer.
Este sentó algunos de los presupuestos básicos de la crisis del sujeto.
Lo hizo al privilegiar el conocimiento práctico, intuitivo, sobre el conocimiento de las representaciones, vinculadas a la actividad racional del sujeto; al concebir al individuo como la objetivación de la voluntad de vivir y sometido a sus impulsos; al establecer que la voluntad de vivir de cada individuo no es sino emanación de una voluntad universal, sin objeto ni fin alguno más allá de sí misma, empeño inexorable en que todos participamos, del que surgimos como efímeras anécdotas, al que regresamos despojados de nuestra individualidad.
Schopenhauer inició esa gran negación del sentido que caracterizó a toda una manera de pensar la Modernidad, al deducir de la falta de finalidad de la voluntad, de su condición de esfuerzo ciego e infinito, la falta de sentido último de la vida, o al denunciar la carnicería que, en última instancia, parece el resultado más reiterado de la historia humana.
A finales de siglo, Nietzsche sustituyó la voluntad de vivir por la voluntad de poder, pero mantuvo la misma concepción de un sujeto cuya razón desconoce o enmascara los verdaderos impulsos que trabajan dentro de él y a veces contra él, y analizó la historia humana como la más violenta refutación práctica de los sistemas morales que practica en teoría: «El que conoce camina entre los hombres como entre animales», declara Zaratustra, «mas, para el que conoce, el hombre mismo se llama: el animal que tiene las mejillas rojas», y exclama: «Vergüenza, vergüenza, vergüenza —¡esa es la historia del hombre!»
Pero el hombre de Nietzsche, el sujeto de esta historia de vergüenza, es un ser al que desde la niñez se le impone una educación opresora que acabará proporcionándole una moral de esclavo y convirtiéndolo en un lisiado, en un fragmento de hombre: «¡En verdad amigos míos, yo camino entre los hombres como entre fragmentos y miembros de hombres!», dice Zaratustra a sus discípulos (Nietzsche, 1975, p.
La idea misma del hombre como sujeto de una razón con la que se regula a sí mismo y regula también la naturaleza resulta para Nietzsche una pura ficción: el conocimiento mismo está motivado por la voluntad de poder, expresa el deseo de dominar una cierta zona de la realidad para ponerla al servicio de esa voluntad.
La voluntad de saber es en realidad voluntad de poder y el objetivo del conocimiento no es saber por saber sino saber para controlar.
La realidad es un devenir, un fluir informe; somos nosotros quienes la transformamos en ser, imponiéndole normas, fórmulas, esquemas, orden, forma; y lo hacemos para poder dominarla, gobernarla, controlarla.
Exactamente igual hacemos con nosotros mismos: el concepto del yo, del sí-mismo, es la ficción que imponemos a nuestro devenir, los límites con que lo encauzamos para poder enfrentarnos a la vida; a fin de cuentas los seres que no ven correctamente tienen ventajas respecto a los que ven que todo fluye; el hombre que mira en un solo sentido, y siempre hacia adelante, avanza más deprisa que aquel que dispersa, con curiosidad, su mirada.
La concepción que Nietzsche tiene del sujeto no se limita a la supeditación de su razón a su voluntad de poder, ni a su condición de lisiado por la educación y la cultura, ni a la fijación del devenir de su vida en una máscara social; también se expresa en la imagen del tránsito y del ocaso.
«Oh hermanos míos —dice Zaratustra— lo que yo puedo amar en el hombre es que es un tránsito y un ocaso» (Nietzsche, 1975, p.
En su estado actual «el hombre es algo que debe ser superado» (Nietzsche, 1975, p.
81), superado en dirección al hombre superior, y desde este superado hasta alcanzar la condición de superhombre.
Nietzsche propone por consiguiente un nuevo egocentrismo, una nueva subjetividad, la del superhombre, pero este solo podrá nacer de los escombros del sujeto lisiado y esclavo de la civilización occidental.
En cuanto al psicoanálisis, he aquí las palabras con las que Freud hacía balance en 1930 de sus efectos sobre la imagen idealista del yo:
En condiciones normales nada nos parece tan seguro y establecido como la sensación de nuestra mismidad, de nuestro propio yo.
Este yo se nos presenta como algo independiente, unitario, bien demarcado frente a todo lo demás.
Solo la investigación psicoanalítica [...] nos ha enseñado que esa apariencia es engañosa; que, por el contrario, el yo se continúa hacia adentro, sin límites precisos, con una entidad psíquica inconsciente que llamamos ello y a la cual viene a servir como de fachada.
[Asimismo] la patología nos presenta un gran número de estados en los que se torna incierta la demarcación del yo frente al mundo exterior, o donde los límites llegan a ser confundidos [...] de modo que también el sentimiento yoico está sujeto a trastornos, y los límites del yo con el mundo exterior no son inmutables (Freud, 1970, pp. 9-10).
Por otra parte, el mismo «yo» es el producto de un proceso de diferenciación y atrofia:
originalmente el yo lo incluye todo; luego, desprende de sí un mundo exterior.
Nuestro actual sentido yoico no es, por consiguiente, más que el residuo atrofiado de un sentimiento más amplio [...] que correspondía a una comunión más íntima entre el yo y el mundo circundante (Freud, 1970, p.
El sujeto fue analizado por el psicoanálisis a la manera de la estructura del átomo por la física, mucho más como un juego de atracciones y repulsiones, de instintos y de represiones, procedentes de fuentes individuales o transindividuales de signo contrapuesto que como un esquema unificado de personalidad.
«El Ego, ese residuo del sujeto filosófico, es un débil mediador entre las demandas del Id y las amenazas del Superego», a decir de Albrecht Wellmer (1988, p.
El sujeto descentrado del psicoanálisis es, en otras palabras, un punto de encuentro de fuerzas psíquicas y sociales más bien que señor de ellas, el escenario de una cadena de conflictos, más que el autor de un drama o el autor de una historia (Wellmer, 1988, p.
La imagen del individuo emanada del psicoanálisis freudiano era una imagen polémica, de enfrentamiento permanente con ese «ello» que, a manera de continente sumergido y en estado de permanente actividad, procedía como un enemigo interno contra el que el propio sistema defensivo desplegaba toda una estrategia que Freud bautizó como «represión»: «Su esencia consiste exclusivamente —dice de ella— en rechazar y mantener alejados de lo consciente a determinados elementos», los impulsos instintivos (Freud, 1970, p.
«Se trata del descubrimiento del otro de la razón dentro del sujeto y de su razón», escribe Wellmer, y añade: «el descubrimiento de Freud (o de Nietzsche) consistió en buena medida en que el deseo (o la voluntad de poder) estaba siempre presente como fuerza no racional dentro de la argumentación racional y de la convivencia moral» (Wellmer, 1988, pp. 117-118).
Nietzsche y Freud convergían en lo que Arnold Hauser caracterizó magistralmente como «psicología del desvelamiento».
Tanto uno como otro parten de la tesis de que la vida manifiesta de la mente, esto es, lo que los hombres conocen y pretenden conocer sobre las razones de su conducta, es solamente el disfraz y la deformación de los verdaderos motivos de sus sentimientos y acciones.
Para Nietzsche estos motivos se engendran en la voluntad de poder, para Freud en el inconsciente.
Pero pensaran lo que quisieran Nietzsche y Freud de Marx, cuando ellos estaban desarrollando sus doctrinas seguían en sus desvelaciones la misma técnica de análisis que se había puesto en uso con el materialismo histórico.
También Marx asegura que la conciencia de los hombres está desfigurada y corrompida, y que estos ven el mundo desde una perspectiva falsa, la de la ideología o «falsa conciencia», determinada a su vez, y en última instancia, por su posición en las relaciones de producción.
El principio fundamental de la nueva técnica de análisis fue la sospecha de que detrás de todo el mundo manifiesto hay uno latente, detrás de todo lo consciente, un subconsciente, y detrás de todo lo unitario en apariencia, una contradicción. [...]
Ellos descubrieron, cada uno a su modo, que la autodeterminación de la mente era una ficción y que nosotros somos esclavos de una fuerza que trabaja en nosotros y con frecuencia contra nosotros (Hauser, 1964, Vol.
MAX AUB Y LA ESCRITURA APÓCRIFA
Aunque la primera salida de un apócrifo maxaubiano data de 1932-1934, apenas cuatro años después de ver la luz Juan de Mairena, el período de máxima productividad de su escritura apócrifa es el que transcurre en plena madurez, durante los últimos 25 años de su vida: en 1958 publica Jusep Torres Campalans, en 1963 la Antología traducida, en 1964 el Juego de cartas, en 1965 la segunda versión de Luis Álvarez Petreña, en 1967 Imposible Sinaí, en 1970 la última versión de su Petreña, ahora titulada Vida y obra de Luis Álvarez Petreña, y durante los tres últimos años de su vida trabaja intensamente en una aventura todavía más audaz, la de tratar a un personaje real, bien conocido, y todavía en activo, como si fuera un apócrifo, en un texto que desgraciadamente quedó inacabado a su muerte, Luis Buñuel.
De los heterónimos de Pessoa, Max Aub heredó la radical alteridad, la neta diferenciación de los Alberto Caeiro, Ricardo Reis o Álvaro de Campos con respecto a su inventor, Fernando Pessoa.
Y en efecto, tanto Campalans como Petreña son muy distintos, radicalmente distintos, diría sin dudarlo, de la imagen de sí mismo que Max Aub elabora en su obra; distintos en cuanto a la personalidad que les diseña, y con respecto a la cual mantiene toda una distancia, a menudo irónica, pero distintos también por la obra que les atribuye: los relatos de Petreña, todos con un cierto sello de autor, un cierto estilo reconocible, o los dibujos y pinturas de Campalans, que llegaron a tener catálogo y varias exposiciones propias, y también a situarse en el mercado; y distintos por último por la galaxia de amigos, relaciones, testimonios, pruebas documentales que envuelven a cada uno de ellos.
Pero si de Pessoa hereda la alteridad de sus apócrifos, de Antonio Machado hereda la estrategia y los presupuestos ideológicos.
Basta leer su ensayo Poesía española contemporánea para constatar que Max Aub conoció, probablemente desde su primera aparición en la Revista de Occidente y en las Poesías completas, a Abel Martín y Juan de Mairena, y en consecuencia a Jorge Meneses, y que se apercibió de inmediato de su importancia para la comprensión de la obra de Machado (Aub, 1969, p.
Conocería también, con bastante probabilidad, los artículos publicados en la prensa madrileña entre 1934 y 1936, que culminarían en el libro Juan de Mairena (1936), y los que continuaron publicándose durante la guerra civil, época en la que «nos vimos a menudo», según cuenta Max (Aub, 2001, p.
168), sobre todo en Rocafort, en la villa valenciana que el gobierno de la República había puesto a disposición del poeta y su familia, y en la que le confió lo mucho que le debía a Mairena (Aub, 2001, p.
En el Manual de literatura española (1966) se hace cargo, además, de la publicación póstuma de Los Complementarios (1957), la primera antología de apócrifos que concibió Machado y que, sin duda, influyó en su propia concepción de la Antología traducida (1963).
Y Max Aub no olvidó la lección.
Usó a sus apócrifos para combatir la dirección dominante del arte contemporáneo, la que, arrancando del Romanticismo alemán, evolucionó hacia el Modernismo, la deshumanización del arte, la poesía pura y el arte abstracto.
Pero los usó de manera distinta, invirtiendo el planteamiento.
Los apócrifos de Machado son sus aliados, los de Max Aub sus antagonistas.
En ellos identifica Aub las tendencias con las que pretende ajustar sus cuentas históricas.
Jusep Torres Campalans es un hombre nacido en 1886 y forma parte, generacionalmente, de la promoción novecentista, la de Ortega, y tanto ideológica como estéticamente se nos presenta evolucionando desde el influjo noventayochista hacia los primeros movimientos vanguardistas, el cubismo muy especialmente, junto con Picasso; pero, a diferencia del pintor malagueño, Campalans se dirige progresivamente hacia la órbita de la deshumanización y de la pureza, con el decidido propósito de romper los vínculos con la tradición y de hacer brotar un arte nuevo, con un nuevo lenguaje, emancipado de la representación de la vida, que culminará en la pura abstracción.
Al final de su trayectoria artística, las tramas geométricas de Mondrian desplazan al modelo de Picasso.
El Gernika es rechazado.
Después ya no queda más que el silencio.
La diferencia de posiciones con el Max Aub comprometido con un realismo de poderoso arraigo histórico y vinculación intensa a su época, que por esos mismos años escribe Campo del moro y Campo de los almendros, pero que ya antes ha escrito el Diario de Djelfa y los dramas mayores de su teatro, Morir por cerrar los ojos, San Juan o No, no puede ser más abismal.
Max Aub ha buscado en Jusep Torres Campalans su diferencia, lo que le hace heterogéneo consigo mismo, el otro como antagonista.
Y esa misma diferencia es la que le separa de su otro artista apócrifo, Luis Álvarez Petreña, once años más joven y representante de la generación siguiente, la de la dictadura, y muy distinto de Campalans como personaje.
No obstante, ambos viven la misma experiencia histórico-cultural, la que transcurre entre el Modernismo, el Novecentismo y la Vanguardia; ambos comparten un individualismo excluyente; ambos asumen el arte como un universo al margen de la vida, exento de la contaminación social, que gira en torno a la indagación del lenguaje artístico y al alcance de la pureza; ambos, finalmente, son inevitablemente mediocres, el uno como escritor y el otro como pintor.
Pero tal vez lo que más les identifica es su necesidad de huida, de escapar de sus vínculos, de sí mismos y hasta de su propio discurso.
Los dos repiten el gesto de Rimbaud: incapaces de encontrar sentido a sus vidas dentro de la civilización en la que han crecido, renuncian, escapan de su medio pero también de sí mismos, de su obra, de todo lo que han sido.
El uno finge un suicidio y termina al cabo de los años en un hospital de Londres, solo y con el nombre cambiado; el otro huye a la selva Lacandona, donde durante cuarenta años vive entre los indios chamulas, olvidado de cuanto fue, sin hacer nada que no sea estrictamente necesario para la subsistencia.
En suma, tanto uno como otro le sirven a Max Aub para expresar la agonía del sujeto histórico modernista y el fracaso de una estética autosuficiente.
Luis Buñuel, en cambio, y a medida que Max Aub se introduce en su mundo, se va conformando como un personaje muy diferente a Campalans o a Petreña.
Él representa lo que Víctor Fuentes, otro entusiasta de Buñuel, ha llamado «la otra cara del 27» (Fuentes, 1993), o si se prefiere, la otra cara de la Vanguardia.
Buñuel se adhirió, como Campalans, a la Vanguardia, pero, a diferencia del pintor, su obra no evolucionó hacia la pureza y la abstracción, ni rompió los puentes entre experimentalismo y arraigo vital.
En las páginas de su inacabada Luis Buñuel.
Novela, Max se afana por comprender a Buñuel —cosa que no hizo ni con Petreña ni con Campalans— e identifica sus gustos propios con filmes que antes ha calificado de surrealistas: «Adoro La Vía Láctea —confiesa—, es una espléndida película» (Aub, 1985, p.
Es como si Max fuera comprendiendo que hay una conjugación posible de surrealismo y compromiso, de surrealismo y realismo, algo así como la síntesis del vanguardismo surrealista y la tradición galdosiana, tal como él lo puede comprobar en el cine que más le atrae de Buñuel: Tierra sin pan, Los olvidados, Nazarín, Viridiana, etc.
Probablemente esta hipotética simbiosis era la que él había buscado en libros como Jusep Torres Campalans y Luis Álvarez Petreña, tan atraídos por la representación realista de una época como por una factura vanguardista, libros-collage, pero también libros-superchería (con su pretensión de hacer pasar a sus protagonistas por personas reales), ejercicios de falsificación, que a lo que más se parecen es a las bromas surrealistas, esas bromas a las que Buñuel fue tan adicto durante toda su vida.
Por eso, probablemente, Max Aub no encontró dificultad en alternar, dentro de su producción, y en los mismos años, las novelas programáticamente realistas y formalmente vanguardistas de El laberinto mágico con las de ese vanguardismo realista que comienza a configurarse en Luis Álvarez Petreña y llega a su culminación en Jusep Torres Campalans: ambas tienen de vanguardista la técnica y el juego provocador, pero también tienen de realistas su voluntad de dar cuenta de una época y de unos personajes capaces de representarla.
Por eso, finalmente, y a mi modo de ver, es diferente el trato que Max asigna a sus apócrifos, Campalans y Petreña, del que asigna a Buñuel.
A aquellos los ubica en la línea de la Vanguardia que él rechaza, a este en la que al fin viene a afirmar él.
Los apócrifos son los antagonistas de su programa ético-estético; Buñuel, con todas sus contradicciones, es su aliado.
En el ajuste de cuentas con el arte y la literatura contemporáneas, que alimenta buena parte de la escritura de Max Aub ya desde 1934, el saldo de Campalans y Petreña es netamente crítico, representan la vía que debe ser abandonada.
En el balance final de Buñuel, Max encuentra, en cambio, algo de lo que él ha venido buscando ansiosamente: sumar las fuerzas de la Vanguardia a las del Realismo.
El saldo, por consiguiente, había de ser positivo.
Buñuel personaje se presenta así, para Max, como la superación necesaria de Petreña y de Campalans.
Pero en última instancia, Petreña, Campalans y Buñuel, apócrifos del yo, expresan la dispersión del sujeto clásico, el estallido de su identidad sustancial, inconfundible e indivisamente individual, el de la confianza en su autodeterminación, el de su fundamento en la Razón, y se configuran todos ellos como las figuras de un juego que adquieren su identidad por las posiciones respectivas que ocupan, recortándose unos frente a otros y frente a su autor; un juego que no domina y en el que también se la juega el propio autor. |
La introducción del psicoanálisis en la literatura española a través de su representación
En este trabajo se estudia la introducción del psicoanálisis en la literatura española desde la perspectiva de su representación.
La introducción del psicoanálisis en España, en las primeras décadas del siglo XX, supuso la aparición de una nueva temática en algunas obras de ficción en las que se hacen referencias explícitas a las teorías psicoanalíticas.
El personaje del psicoanalista aparece en el teatro y en la novela, convirtiéndose en portavoz de las ideas freudianas que son expuestas y a veces discutidas en esas obras.
Este trabajo se centra en el análisis de esta novedad literaria que constituye un aspecto poco estudiado de la recepción del psicoanálisis en España.
Se aborda en primer lugar la cuestión de esos primeros psicoanalistas ficticios.
A continuación, se estudian la representación del método terapéutico psicoanalítico y el papel que el psicoanálisis desempeña en las obras analizadas, prestando especial atención a los distintos aspectos de las teorías freudianas que mayor interés parecen haber despertado entre los autores y a las relaciones que guarda este fenómeno con el proceso de introducción del psicoanálisis en el ámbito científico español.
El objeto de este trabajo es analizar un fenómeno que se inscribe en el campo de la difusión de los saberes de lo mental en el ámbito cultural: la introducción del psicoanálisis en la literatura española.
Más precisamente, lo que interesa aquí es un aspecto de este fenómeno —que se podría por supuesto abordar desde diversas perspectivas— que es el de la primera representación del psicoanálisis en la literatura española.
Dicho de otro modo, el objeto del análisis no es la cuestión de la influencia de las teorías freudianas en las letras españolas —tema muy amplio que ha dado lugar a múltiples estudios tanto individuales como generacionales— sino la de las características de la aparición del psicoanálisis como una temática nueva en la literatura española.
Esta cuestión, que sepamos, ha sido muy poco estudiada hasta ahora.
Algunos de los autores que se han interesado por la entrada del psicoanálisis en España en el ámbito médico aluden a su introducción en la literatura, pero sin ofrecer un estudio global de este fenómeno.
Thomas Glick, en particular, dedica algunas páginas de su conocido trabajo «The Naked Science» a este tema, centrándose en algunos de los psicoanalistas ficticios de los años veinte y treinta después de señalar, con humor pero no sin fundamento, que «of the countries where a general debate on the merits of Freud took place in the 1920s and 1930s, Spain must have been the only one to have produced more fictional than real analysts» [«de todos los países en los que tuvo lugar un debate general acerca de los méritos de Freud en los años veinte y treinta, España debe de haber sido el único en producir más psicoanalistas ficticios que verdaderos»] (Glick, 1982, p.
Valentín Corcés, por su parte, publicó un artículo sobre el psicoanálisis en la obra de los hermanos Machado, artículo que más tarde incluyó en su ensayo Freud ante Cervantes, pero no amplió el estudio a otros dramaturgos o novelistas cuyas obras son igualmente relevantes para el tema que nos interesa (Corcés Pando, 1989; Corcés Pando, 2005, pp. 57-66).
Por lo que hace a la crítica y la historia literaria, se puede mencionar el ensayo de C.B. Morris, Surrealism and Spain, en el que hay un muy breve capítulo titulado «Freud, the Subconscious and the Spanish Stage» que ofrece una suerte de introducción al tema, pero limitada a algunos autores y que no aborda la representación del psicoanálisis como tal (Morris, 1972, pp. 37-40).
Esta cuestión de la representación del psicoanálisis requiere una aclaración metodológica preliminar que atañe a la misma definición de «psicoanálisis» en este contexto.
A efectos del presente trabajo, consideramos que hay representación del psicoanálisis en todos aquellos casos en los que aparecen en las obras referencias explícitas a la teoría psicoanalítica, a la práctica terapéutica o al oficio de psicoanalista, cualquiera que sea la relación de los mismos con la ortodoxia freudiana (o en su caso junguiana o adleriana) en la materia.
La relación con la ortodoxia sí puede ser un aspecto del análisis en sí, y volveremos sobre este punto más adelante, pero si hacemos de ella un criterio de exclusión a priori, entonces como veremos queda muy poco por estudiar.
Por lo tanto, en el planteamiento inicial de este trabajo se utilizan la palabra «psicoanálisis» y sus derivados para referirse a lo que los personajes llaman tal.
Por otra parte, si nos centramos en la problemática de la representación y no en la de la influencia, implica que la referencia a Freud por parte de un autor, es decir, las declaraciones de los autores acerca de la utilización de las teorías psicoanalíticas en sus obras, no basten por sí solas para justificar la inclusión de dichas obras en el corpus.
La referencia al psicoanálisis tiene que provenir del contenido de la obra para que se pueda considerar que hay representación del mismo1.
Una palabra más sobre los límites temporales de este estudio: fue al parecer al final de los años veinte, y más precisamente en la obra Sinrazón de Ignacio Sánchez Mejías estrenada en 1928, cuando apareció por primera vez una representación del psicoanálisis, tal como la hemos definido, en la literatura española.
En los cinco años que siguieron al estreno de Sinrazón fueron publicadas en España al menos otras tres obras cuyo contenido justifica su inclusión aquí y que, con Sinrazón, van a constituir nuestro corpus: Las Adelfas de los hermanos Machado (1928), Fedra de Llorenç Villalonga (1932), ambas obras teatrales, y la novela La Túnica de Neso publicada por Juan José Domenchina en 1929.
Estas producciones literarias ofrecen una representación del psicoanálisis que puede estudiarse sobre la base de tres aspectos que definen la estructura de este trabajo: el primero es la presencia de un personaje de psicoanalista, el segundo la representación del método terapéutico psicoanalítico, y el último el papel del psicoanálisis en esas obras, es decir, la función literaria que desempeña el psicoanálisis en ellas.
EL PSICOANÁLISIS EN ESPAÑA A FINALES DE LOS AÑOS 1920
En el momento de la publicación de las obras que se acaban de mencionar, las teorías freudianas han sido ya introducidas en España tanto en la esfera médica como en el ámbito sociocultural2.
La primera edición de las obras completas de Freud al castellano, iniciada en 1922, se dará por concluida en 1930, siendo entonces el psicoanálisis una referencia obligada en todos los órdenes del saber (Carles et al., 2000, p.
De forma similar a lo que ocurrió en todos los países en los que se introdujeron las teorías freudianas, estas provocaron en España debates acalorados en los cuales todas las opiniones estuvieron representadas.
Debido al contexto histórico y psiquiátrico en el que tuvieron lugar, esos debates presentaron en España características específicas, de las que mencionaremos solo algunas que son especialmente relevantes para nuestro estudio.
En primer lugar, hasta los años treinta el movimiento psicoanalítico representando la ortodoxia freudiana, la International Psychoanalytical Association (IPA), no contó con ningún miembro español.
Al contrario que en otros países, por lo tanto, la corriente psicoanalítica ortodoxa no estuvo presente en España hasta principios de los años treinta y las primeras prácticas psicoanalíticas de la década anterior se hicieron sin que ningún médico tuviera la formación considerada adecuada por la IPA.
Lo que se produjo en la práctica médica, en términos generales, fue la incorporación de técnicas psicoanalíticas desvinculadas de su marco teórico y utilizadas junto a otros procedimientos no psicoanalíticos (Carles et al., 2000, p.
En segundo lugar, los médicos españoles valoraron el psicoanálisis como método de investigación más que como método terapéutico.
Muchos de los introductores de Freud en España reconocían el valor del psicoanálisis en tanto método de investigación de la vida psíquica, tanto normal como patológica, y en tanto método diagnóstico, pero rechazaban su aplicación terapéutica (Carles et al., 2000, p.
A finales de los años veinte, en España, Freud también se había convertido en una referencia obligada en los círculos culturales.
Como es sabido, los contactos entre los ámbitos culturales y psiquiátricos eran frecuentes en la España de aquellos años.
En lo referido al psicoanálisis, un ejemplo de los muchos que podrían ilustrar esta situación es la presencia muy frecuente de los psiquiatras de más prestigio en las páginas de publicaciones culturales, en particular El Sol, en las que difundían las ideas psicoanalíticas y reseñaban los volúmenes de las obras completas de Freud en castellano.
En esas colaboraciones entre las esferas psiquiátrica y cultural cabe destacar el papel de Ortega y Gasset, cuya figura fue igualmente central en la historia de la recepción intelectual de Freud en España.
En 1911, Ortega publicó dos artículos en los que presentó las ideas freudianas, el primero en España y el segundo en Argentina (Ortega y Gasset, 2004a; Ortega y Gasset 2004b).
A pesar de sus reservas principalmente epistemológicas, el filósofo insistía en la necesidad de conocer y difundir las ideas de Freud, difusión a la que él mismo contribuyó de la forma más determinante: fue por iniciativa suya que se tradujeron las obras completas de Freud al castellano3.
EL PSICOANALISTA COMO PERSONAJE
El personaje del psicoanalista, a veces llamado «psicoanalista», a veces designado como médico psiquiatra que practica el psicoanálisis aparece en cada una de las obras mencionadas más arriba: son los Dres.
Ballina en Sinrazón y Carlos Montes en Las Adelfas de los hermanos Machado, el personaje que no tiene nombre y al que se identifica solo como «El Psicoanalista» en Fedra, y el Dr. Solesio, psicoanalista de la novela La Túnica de Neso.
Esos médicos declaran practicar el psicoanálisis, psicoanálisis freudiano todos con la excepción del psicoanalista de Fedra cuya referencia teórica principal es Adler4.
Dos de ellos trabajan en un manicomio o casa de reposo, uno tiene una consulta privada y el último no ejerce.
Además de estos datos profesionales, los autores nos dan a veces algunas informaciones sobre la personalidad o la biografía de esos médicos psicoanalistas.
Se nos dice por ejemplo que los Dres.
Montes de Las Adelfas y Solesio de La Túnica de Neso estudiaron los dos en Alemania (Machado & Machado, 1947, p.
35), dato biográfico que estos médicos comparten con muchos de sus colegas de la vida real —entre ellos muchos de los introductores del psicoanálisis en el ámbito médico español— en una época en que era frecuente la ampliación de estudios de medicina en ese país (García & Herrero, 1995, pp. 133-138).
En la caracterización de nuestros personajes de psicoanalistas se pone de relieve un rasgo común a todos ellos sin excepción: el hecho de que son médicos «modernos».
Esta idea de modernidad del psicoanálisis y de quien lo practica o tiene fe en él aparece de forma explícita repetidas veces en todas las obras.
En Las Adelfas, Carlos Montes se describe a sí mismo como «médico a la moderna» (Machado & Machado, 1947, p.
11), el psicoanálisis es una «nueva ciencia» (Machado & Machado, 1947, p.
En Fedra la presencia del personaje del psicoanalista es uno de los elementos de «modernización» de la tragedia clásica, es decir, la misma introducción del psicoanalista sirve para anclar la tragedia en un tiempo presente.
Unido a esta idea de modernidad aparece un rasgo de carácter también compartido por esos personajes: son médicos proclives a interesarse por procedimientos nuevos, aun cuando otros los consideran faltos de la debida demostración científica o incluso peligrosos.
El Dr. Ballina de Sinrazón, por ejemplo, es descrito como un hombre seguro de sí mismo, que tiene fe en la posibilidad de curar la enfermedad mental y que opina que más vale experimentar y echar mano de la hipótesis antes que cruzarse de brazos ante la locura y dejar que los locos mueran abandonados en manicomios.
Su colega Carrasco no comparte en absoluto su optimismo y le advierte contra la adopción precipitada de nuevos procedimientos que él considera peligrosos:
Aun dando por ciertas tus observaciones, hace falta una gran audacia para atacar en esa forma tan violenta lo que pudiéramos llamar mentira organizada.
Eso solo se puede hacer, sin peligro, cuando se dispone de una gran fuerza. [...]
Creo que tú debes tener cuidado con esos ensayos. [...]
Me produce una gran alegría oírte hablar, tan seguro, de los nuevos procedimientos, pero insisto.
Siempre pienso si no irás demasiado lejos con tu optimismo (Sánchez Mejías, 1976, p.
Esta fe en el psicoanálisis la comparte el Dr. José Solesio de La Túnica de Neso.
El Dr. Solesio es un personaje sobre el que tenemos más informaciones que de sus colegas ficticios, pues es objeto de varias descripciones y comentarios en la novela.
Tanto las primeras como los segundos son en su gran mayoría despectivos y denigrantes, hasta el punto de rozar lo grotesco.
Sin embargo, esta dimensión burlesca no impide que, en la construcción del personaje, Domenchina haya buscado también elementos de verosimilitud, al menos en lo referido al contexto histórico de formación y ejercicio del Dr. Solesio.
El dato biográfico ya mencionado de los estudios en Alemania es uno de ellos.
Solesio también participa en los debates de la esfera neuropsiquiátrica de su época, y las referencias a esta realidad son frecuentes.
Solesio es descrito, por ejemplo, como el «enemigo personal de Simarro» (Domenchina, 1994, p.
Al margen de estos elementos históricamente verosímiles, como ya se ha señalado, Domenchina da otros que hacen que el personaje cobre una dimensión que está ausente de las demás obras, pero desde luego no de la producción artística internacional sobre psicoanálisis y psicoanalistas, que es esta dimensión humorística, o en este caso incluso grotesca.
Se nos dice por ejemplo de Solesio que como el psicoanálisis no le alcanzaba para vivir hizo oposiciones a Correos y obtuvo plaza, de manera que solo puede atender a sus pacientes los fines de semana y días festivos (Domenchina, 1994, p.
Sabemos también que está casado con una mujer frágil de los nervios, que opina que ser psiquiatra consiste en «decir tonterías en alemán» (Domenchina, 1994, p.
Domenchina recurre a esta dimensión humorística varias veces en el transcurso de la novela, por ejemplo parodiando algún fragmento de la Psicopatología de la vida cotidiana (Domenchina, 1994, pp. 289-291), o citando ensayos psicoanalíticos imaginarios de títulos tan sugestivos como El chiste y su relación con la taquicardia paroxística o El cáncer sublingual y los epiteliomas labiales como secuela de la supervaloración del objeto sexual (Domenchina, 1994, p.
Es de resaltar el hecho de que La Túnica de Neso es la única obra de las que tratamos aquí en la que el psicoanálisis y la figura del psicoanalista se utilizan para fines humorísticos.
Otra cuestión relativa a estos psicoanalistas ficticios, al margen de sus características personales, es, por supuesto, la del papel que desempeñan en la obra en la que aparecen.
Como hemos visto más arriba, son todos médicos y es en esta capacidad en la que intervienen en todas las obras, aun cuando también tienen relaciones personales con alguno de los protagonistas.
Con excepción de Sinrazón, en que los pacientes del Dr. Ballina son los locos del manicomio, esos médicos atienden a pacientes aquejados de síntomas similares entre los que destacan el insomnio, la falta de apetito, dolores diversos; la palabra "neurastenia" es la que aparece con más frecuencia para caracterizar su estado (Machado & Machado, 1947, p.
La enfermedad es en esos personajes una característica esencial: se definen como seres enfermos y su vida resulta profundamente marcada por ese estado.
«Soy un enfermo y necesito curarme», dice Arturo (Domenchina, 1994, p.
Otra vez con la excepción de Sinrazón, estos pacientes son los protagonistas de la obra en la que aparecen, y los psicoanalistas intervienen como personajes secundarios llamados a ayudarlos.
En este contexto, el protagonismo de los psicoanalistas varía: a veces es lo suficientemente importante como para que su papel sea decisivo en el desenlace de la obra —para bien o para mal—; pero a veces no, como es el caso de Fedra, donde la tragedia es de entrada inevitable, o de La Túnica de Neso, donde el psicoanalista es uno más de los médicos a los que Arturo pide ayuda en una obra en la que el psicoanálisis es una más de las posibilidades terapéuticas condenadas al fracaso.
Cualquiera que sea su protagonismo, el rasgo fundamental del papel del psicoanalista radica en que viene a ser el portador de la idea de que los síntomas que aquejan a su paciente tienen un origen no somático —llamado «subconsciente», «inconsciente», «moral» o localizado «en el alma»—, que el paciente se oculta a sí mismo pero que puede salir a la luz con la ayuda del psicoanalista.
Las formulaciones para expresar esta idea varían, pero es ella la que da sentido a la intervención del psicoanálisis en todas las obras.
En Las Adelfas dice Carlos Montes:
No todo / es farsa en la nueva ciencia / del psicoanálisis.
Hay / una verdad, aunque vieja / indudable en ella: el alma / puede enfermar.
Cuando enferma, / de achaques, lacras y cuitas / del cuerpo puede ser ella / también la causa (Machado & Machado, 1947, p.
Más adelante añade Montes que su misión consiste en «sacar a la luz» esas verdades escondidas en el fondo del «alma» (Machado & Machado, 1947, pp. 12-13), y su papel queda definido como el de «oír la voz de lo subconsciente» (Machado & Machado, 1947, p.
En Fedra, el psicoanalista deja entender que él «ve» otra cosa que el colega que le precedió, quien había diagnosticado un problema cardíaco:
Teseo. — ¿Qué opina doctor, de la enfermedad de Fedra?
Psicoanalista. —Puedo decir, por de pronto, que no es cardiaca, como opinaba el ilustre colega que me precedió.
Su sufrimiento es de índole moral.
Teseo. —El Dr. Nouvilas le prescribía digitalina.
Psicoanalista. —El Dr. Nouvilas es una eminencia, pero...
Carolina. —(A Hipólito) Ahora se dispone a crucificarlo.
Psicoanalista. —...pero en casos como este...
No me extraña que en su señora viera una cardiaca.
Sin embargo, es el espíritu lo que urge analizar (Villalonga, 1954, p.
LA REPRESENTACIÓN DEL PSICOANÁLISIS COMO MÉTODO TERAPÉUTICO
La intervención del médico en este intento de acceder a las verdades inconscientes se lleva a cabo mediante el método psicoanalítico, o lo que los personajes llaman tal.
Lo primero que hay que decir acerca de este método es que en ninguna de las obras lo encontramos representado bajo la forma de una cura psicoanalítica propiamente dicha.
Lo que está representado en las obras son o sesiones de psicoanálisis —en aquellos casos como La Túnica de Neso y Sinrazón en los que un paciente acude a un consultorio o es atendido en un manicomio— o simplemente conversaciones entre el médico y su paciente en las que el médico avisa de que está recurriendo al método psicoanalítico.
Estas sesiones o conversaciones son introducidas en todas las obras por explicaciones teóricas acerca de aquellos aspectos de las teorías psicoanalíticas que son los que más relevancia van a cobrar en la obra concernida.
Tanto en Las Adelfas como en Sinrazón, estas explicaciones aparecen a los pocos segundos de levantarse el telón.
Sinrazón empieza con un debate profesional entre el Dr. Ballina, partidario del psicoanálisis, y su colega Carrasco, que discuten el caso de un paciente supuestamente curado por el método psicoanalítico.
Refiriéndose a este paciente, Ballina le dice a su colega: «Te va a producir verdadero asombro la mejoría de ese pobre loco.
Bastó descubrirle el origen de su enfermedad para que al momento se iniciara el proceso de su curación» (Sánchez Mejías, 1976, p.
A continuación Ballina emplea por primera vez el término "psicoanálisis" con el sentido siguiente:
Un día sostuve con él una conversación de breves minutos y sobre los elementos que de ella recordaba, hice después el psicoanálisis y quedé plenamente convencido que estaba bajo la influencia de un choque producido por un sentimiento perverso de la sexualidad.
Luego, poco a poco, fui sacándole del cuerpo confesiones muy disimuladas al principio, pero que a medida que se estrechaba el cerco se iban aclarando, hasta que por fin, cuando creí llegado el momento oportuno, le descubrí, con violenta sinceridad, mis observaciones (Sánchez Mejías, 1976, pp. 41-42).
Ballina emplea por lo tanto el término «psicoanálisis» para referirse a un proceso llevado a cabo por el mismo médico, un proceso diagnóstico que le lleva a descubrir la etiología sexual de un trastorno6.
En un segundo momento, el médico consigue que el paciente «confiese» cosas inicialmente «disimuladas», antes de revelarle sus conclusiones.
Encontramos otras explicaciones teóricas sobre el psicoanálisis en boca del Dr. Carlos Montes en Las Adelfas.
Después de decirle a Araceli que los males que la aquejan pueden venir del alma, Montes le explica cómo el psicoanálisis se propone curarlos:
Hay una / erotemática nueva, / un arte de partear / espíritus, que es maiéutica / más sutil que la del sabio / Sócrates, si no tan bella, / y consiste en alumbrar / no las divinas ideas, /esas verdades de todos / y nadie, sino las nuestras, / las que cada cual al fondo / sin fondo del alma lleva. / En zonas del alma donde / el candil de la ciencia / —o antorcha o sol, si te place— / no luce ya, o luce apenas, / donde el poeta imagina / el trajinar de colmena / de un mundo creador, nosotros / pensamos que está la negra / mansión de los sueños malos / o el antro donde se engendran. / Deseos que no han podido / cumplirse, turbias y feas / visiones: un mundo inválido / de fracasos y miserias. / Toda una flor malsana, / toda una fauna perversa; / cuando tachó el rojo lápiz / de la moral, o a la excelsa / luz de los sagrados tópicos / de la razón se avergüenza, / allí está, azorado, inquieto, / emboscado entre maleza. / Nuestra misión es sacarlo / a la luz (Machado & Machado, 1947, pp. 12-13).
Esta idea del psicoanálisis como maiéutica, sobre la que volveremos más adelante, es en el ámbito del análisis de los sueños donde Carlos Montes la va a aplicar.
Trata de convencer a la protagonista de Las Adelfas, Araceli, para que le cuente sus sueños, otra vez con una explicación teórica:
Un doctor austríaco / dice que el sueño es guardián / del dormir, que es su contrario. [...] / Los sueños / son cajitas de sorpresa / más que teatro.
Y advierte / que el preguntarte en qué sueñas / no fue de curioso, sino / de médico a la moderna. / Sí, los sueños pasaron / de manos de los poetas / a las del médico (Machado & Machado, 1947, p.
Araceli le cuenta un primer sueño en el que ve a su marido con otra mujer, a la que no puede identificar.
Carlos, quien afirma que «los sueños dicen de nuestras sospechas más de lo que sospechamos despiertos» (Machado & Machado, 1947, p.
16) le hace preguntas, cada vez más precisas, sobre los detalles del sueño, hasta que Araceli acabe identificando a una mujer a la que conoce pero de la que no había sospechado nunca, dando así un primer paso en la comprensión del misterio que rodea la muerte de su marido.
Al final de la obra será el mismo Carlos quien recordará algo olvidado en circunstancias similares, siendo esta vez Araceli la que pone en práctica ese «arte de preguntar» (Machado & Machado, 1947, pp. 92-93).
En ambos casos las verdades descubiertas gracias al método de Carlos van a revelarse decisivas en el proceso de «curación» de Araceli, quien va a poder liberarse así del pasado.
Este énfasis puesto en los sueños lo encontramos también en Sinrazón de Sánchez Mejías y en La Túnica de Neso de Domenchina.
Ambas obras ofrecen representaciones de lo que más se aproxima a sesiones de psicoanálisis.
Además de las explicaciones teóricas citadas más arriba, en Sinrazón tenemos dos escenas en las que el Dr. Ballina pone su método terapéutico en práctica, dándonos la oportunidad de observar este método, ya no bajo la forma de un análisis a posteriori sino en la interacción con el paciente.
En estas escenas Ballina recibe a dos pacientes del manicomio llamados «El Obispo» y «La Reina» por creerse tales en su locura.
Al Obispo le dice que tiene que hablar «sin recelos, sin reservas», e ir «diciendo espontáneamente todo lo que vaya pensando» a partir de una pregunta que hace él o de un recuerdo infantil (Sánchez Mejías, 1976, pp. 62-63).
El médico le explica lo que va a hacer: «Yo voy a buscar en tu pensamiento cosas que me interesan para que recobres tu salud.
No son las cosas que tú pienses en el momento, sino otras cosas relacionadas con ellas, pero que no tienen, a lo mejor, nada que ver con lo que tú estés pensando» (Sánchez Mejías, 1976, p.
El Obispo hace algunas asociaciones, luego se interrumpe; una acotación nos dice entonces que «se resiste a seguir hablando» (Sánchez Mejías, 1976, p.
A partir de estas asociaciones y de la interrupción, Ballina afirma haberlo entendido todo y le promete al Obispo que se va a curar.
En la segunda sesión de psicoanálisis de la obra, Ballina le pide a la Reina que le cuente el sueño de la noche anterior, sueño en el que la Reina revela estar enamorada de él.
Esta revelación de la transferencia es vista como la última verdad que viene a quebrantar el edificio de mentira organizada en el que vivían los personajes (Sánchez Mejías, 1976, pp. 68-69).
Tanto las explicaciones teóricas dadas por Ballina como su actuación durante estas sesiones se corresponden con la definición del llamado «psicoanálisis salvaje» o «silvestre» 7.
Esta definición no excluye la presencia de elementos teóricos o terapéuticos pertenecientes a la ortodoxia freudiana, y es cierto que encontramos en el método de Ballina elementos que remiten a la práctica freudiana ortodoxa, como son la enunciación de la regla fundamental, la asociación libre8, y, en menor medida, el papel de la transferencia9.
Pero al margen de esta mezcla de ortodoxia y de simplificaciones, o incluso de caricatura, el método de Ballina presenta también otras características que tienen que ver ya no con la deformación de las teorías freudianas, sino con la introducción de elementos ajenos a la práctica freudiana ortodoxa, es decir, la introducción de técnicas terapéuticas que no forman parte del psicoanálisis ortodoxo tal como quedaba definido a finales de los años veinte.
En primer lugar, Ballina recurre a la sugestión para convencer a sus pacientes de que no son obispo ni reina y de que se van a curar, como vemos en estos fragmentos de la sesión con el Obispo:
Ballina [al Obispo] —La alegría que producirá a tu padre verte ya en vías de curación.
¡Ya lo creo que te curas!
Tú eres hombre de gran voluntad, y observo claramente que la has puesto toda al servicio de tu salud. [...]
Ballina (Que en su relación con los enfermos ha de usar una gran persuasión con el fin de subyugarlos, de apoderarse de su ánimo) —¿Tú recuerdas las cosas de tu niñez? [...]
Para que yo pueda decirte lo que tú eres, puesto que estamos de acuerdo en que no eres obispo ni siquiera profeso; para que tu curación sea un hecho; para que vuelvas a la posesión de tu personalidad, es preciso, absolutamente indispensable, que me desnudes tu pensamiento [...] porque tú nunca has sido así. [...]
Ballina —Tú me lo has dicho todo y yo te prometo curarte.
Obispo —¿Pero curarme de qué?...
Yo no soy un enfermo.
Tú eres un hombre que está preso en un manicomio porque está enfermo, y vas a salir de él porque yo voy a curarte (Sánchez Mejías, 1976, pp. 60-63).
De forma similar, Ballina le repite a la Reina: «Tú estás enferma.
Quedamos ayer en que estás enferma.
Tu estás enferma y yo voy a curarte» (Sánchez Mejías, 1976, p.
En segundo lugar, para que se concentren mejor, Ballina les pone una mano en la frente, una técnica como sabemos empleada por Freud en la época en que estaba renunciando a la hipnosis, y más tarde a su vez abandonada y descartada del dispositivo psicoanalítico propiamente dicho10.
Si pasamos ahora a observar la sesión de psicoanálisis que aparece en la novela de Domenchina La Túnica de Neso, nos damos cuenta de que ofrece similitudes con las sesiones de Sinrazón que acabamos de describir, entre otras, esta inclusión de elementos que ya no forman parte del dispositivo psicoanalítico tal y como quedaba definido por Freud a finales de los años veinte.
Veamos con algún detalle el relato de esta sesión.
Como hemos apuntado más arriba, el protagonista de la novela, Arturo, acude a la consulta del psicoanalista, el Dr. Solesio, como una etapa más en una búsqueda de soluciones terapéuticas que no encontrará.
A Solesio Arturo lo ve una sola vez, para una única sesión a la que va —como es típico del estilo de la novela— con una mezcla de esperanza y distancia irónica: «A mi neurosis le vendría muy bien un poco de charlatanismo.
¿Por qué no visitar a Solesio?»
Arturo, gran conocedor de la medicina de su época, afirma conocer el psicoanálisis de Freud, pero lo que le exige al médico es que le muestre y le extirpe el «endemoniado complejo» que sería la causa de su malestar11.
El Dr. Solesio, por su parte, empieza enunciando la regla fundamental en los siguientes términos: «Absténgase de toda crítica.
Hábleme de cuanto se le ocurra [...].
No se mortifique en dar forma literaria ni conexión a lo que diga» (Domenchina, 1994, p.
Arturo se somete entonces al método de la asociación libre de forma espontánea o a partir de un elemento dado (una imagen de un sueño).
Lo primero que se le ocurre son recuerdos de su vida sexual, a lo que sigue un discurso sobre la existencia de Dios, la ética jesuítica y la literatura.
Llegados a este punto, el narrador interviene para decirnos que el psicoanalista está «mortalmente aburrido» y decide abandonar las asociaciones libres e intentar el diálogo con Arturo (Domenchina, 1994, pp. 39-40).
Le pregunta entonces qué piensa a propósito de las mujeres, y después de otras preguntas y otras asociaciones, el médico se interesa por la infancia de Arturo y por el sueño de la noche anterior.
Sobre la base de todos esos elementos, el Dr. Solesio le comunica un diagnóstico.
Arturo, dice, "padece una neurosis [...] hondamente enquistada, en lo sexual" (Domenchina, 1994, p.
El médico ha deducido dos cosas: la primera es que Arturo se masturba, y la segunda que está inconscientemente enamorado de su suegra.
A petición de Arturo le explica el proceso interpretativo:
Me habló usted en un principio de Graciela.
Usted y Graciela, conjuntos en un banco, se ven sorprendidos.
Y usted, en su sorpresa, cita a Crates.
Crates fue un ilustre discípulo de Diógenes.
Y Diógenes, a su vez, un sectario de Onán.
Al hablarme de su última novia, y de pasada, usted me hizo saber que, sin causa, solía decirla: «Con diez años más estarás más sugestiva».
Lo que vale tanto como: me gustarás más cuando envejezcas, cuando te parezcas más a tu madre.
Me habló usted, luego, de Nerón.
Nerón, para usted y para mí, significa: Nerón y su madre: incesto [...]
Confesó usted acto seguido, que de los síntomas que le aquejan el que más le angustia son las palpitaciones.
La relación es obvia.
Las palpitaciones son muy frecuentes en individuos que se masturban.
Dejando a un lado la discusión sobre estas interpretaciones silvestres y la dimensión humorística que está siempre presente en Domenchina, cabe señalar que en el transcurso de la sesión, Solesio practica también con Arturo las «experiencias de asociación» (Domenchina, 1994, p.
49), el estudio de las reacciones y de los tiempos de reacción a palabras inductoras, técnica como sabemos elaborada por la Escuela de Zurich y en particular por Jung.
El mismo Freud reconocía el interés de este procedimiento, como lo explicó en las ya citadas conferencias estadounidenses de 1909, pero no llegó a hacer de él un elemento constitutivo de la técnica psicoanalítica (Freud, 1994, p.
El uso del término complejo, que aparece en cursiva en la novela, tanto en boca de Arturo como en la del médico para referirse a lo que el psicoanálisis tiene que identificar y curar, también remite a Jung y a la escuela de Zurich12.
Tanto en el caso de Sinrazón como en el de La Túnica de Neso, encontramos por lo tanto desde el punto de vista técnico una mezcla de elementos claramente identificables como conformes a las recomendaciones de Freud en la materia, y de otros elementos que no forman parte del dispositivo psicoanalítico tal y como quedaba definido por él en el momento de la aparición de estas obras.
Estos últimos elementos no son en su mayoría artificios literarios, sino técnicas que formaron parte de la prehistoria del psicoanálisis o que pertenecen a otras escuelas de psicoanálisis, es decir, son psicoanalíticas pero no llegaron a ser incluidas en el dispositivo freudiano ortodoxo.
A este respecto, es interesante notar que la técnica de asociación verbal de Jung que acabamos de ver utilizada en la literatura tuvo mucho éxito entre los psiquiatras españoles, que recurrían con frecuencia a ella con la finalidad de poner de manifiesto los «complejos», al tiempo que criticaban la libre asociación de Freud, que no ofrecía las mismas posibilidades de convertirse en un instrumento diagnóstico preciso (Carles et al., 2000, pp. 188-194)13.
En el caso de otras representaciones literarias tempranas del psicoanálisis, en particular la más conocida de ellas, la novela de Italo Svevo La coscienza di Zeno publicada en 1923, se ha analizado la representación del tratamiento psicoanalítico en términos de deformación, simplificación o caricatura tomando como referencia la ortodoxia freudiana, y se ha tratado de averiguar si, y en qué medida, estas deformaciones respondían a una decisión del autor o más bien eran involuntarias y se debían a un conocimiento superficial de las teorías freudianas (Fusco, 1976, pp. 57-79; Musatti, 1976; Lavagetto, 1986, pp. 55-56; Palmieri, 1994; Genco, 1998).
Este tipo de análisis en términos de distorsiones voluntarias o involuntarias con respecto a unas técnicas analíticas normativas parece menos pertinente en el caso de los autores españoles, quienes ciertamente habían leído a Freud pero, al contrario que Svevo, no tenían contacto con la cuna del psicoanálisis o con personas directamente vinculadas a ella.
Su principal modelo era muy probablemente la práctica psicoanalítica tal y como se entendía en la España de los años veinte, es decir, como hemos visto, una práctica que de por sí no era normativa.
Por otra parte, estos autores habían leído a Freud, pero es muy probable que lo leyeran en la traducción española de Biblioteca Nueva que, como se sabe, no siguió el orden cronológico de los originales; no significa, por lo tanto, que hubieran leído todo lo que Freud había publicado a finales de los años veinte sobre la técnica analítica.
En el caso de Sánchez Mejías, se ha señalado el hecho de que no había leído ninguna de las obras en las que Freud hablaba de psicosis y de su tratamiento psicoanalítico, puesto que ninguna de estas formaba parte de los tomos publicados por Biblioteca Nueva antes de 1928 (Acuña Gallego y Angosto Saura, 2011, p.
Dicho de otra manera, la realidad que hay que tener en cuenta si se quiere determinar el grado de deformación literaria del método psicoanalítico en Domenchina y en Sánchez Mejías es la realidad de la práctica en el ámbito psiquiátrico español más que la de una práctica freudiana ortodoxa que, como hemos visto, aún no existía en el país14.
El caso de la introducción del psicoanálisis en la literatura española sería por lo tanto una de esas situaciones en las que el impacto de un saber nuevo no proviene en línea directa de este saber sino del paso de este saber por una etapa intermediaria, que en este caso sería su recepción en el ámbito médico español.
LA FUNCIÓN LITERARIA DEL PSICOANÁLISIS
Acabamos de aludir a una posible perspectiva comparada entre La coscienza di Zeno y nuestras obras españolas, especialmente La túnica de Neso, por tratarse ambas de novelas.
Un aspecto fundamental de este análisis comparado radica en la función literaria del psicoanálisis en las obras en las que se encuentra representado.
Italo Svevo escribió en su famosa carta a Valerio Jahier que Freud era «un gran hombre, pero más para los escritores que para los enfermos» (Svevo, 1968, p.
Uno de los personajes de La Túnica de Neso hace una afirmación similar al decir que «la psicoanálisis es un descubrimiento precioso para la literatura, pero no puede incluirse de buena fe en la terapéutica» (Domenchina, 1994, p.
Ambos autores parecen haber dado una traducción literal a esta idea en sus respectivas obras.
En La Túnica de Neso, en efecto, el psicoanálisis es denigrado en tanto método terapéutico, pero cumple varias funciones literarias, es decir, es utilizado por el autor en la misma construcción de su novela.
El personaje del Dr. Solesio recibe una serie de calificativos más despectivos los unos que los otros; se nos dice que «une a su imbecilidad congénita una fe absurda en ese alegre judío que hace, muy divertidamente, literatura patológica» (Domenchina, 1994, p.
51), y Arturo considera que está peor después del psicoanálisis que antes (como Zeno, por cierto, en sus memorias)15.
Pero al mismo tiempo, Domenchina usa el psicoanálisis como resorte de su obra poniendo énfasis en los sueños, en los actos fallidos y en los olvidos de su personaje que están presentes en toda la novela.
Domenchina, por lo tanto, proporciona un abundante material identificado por el psicoanálisis como vía de acceso al inconsciente y pertinente para un análisis de tipo psicoanalítico, legitimando así el uso literario de una teoría que al mismo tiempo denigra en su vertiente terapéutica16.
La valoración del psicoanálisis como modo de sacar a la luz las motivaciones inconscientes de los personajes es, como hemos visto, una característica compartida por todos los autores.
En Las Adelfas de los hermanos Machado, este proceso de revelación de los contenidos inconscientes se hace principalmente a través de los sueños y de la interpretación de los mismos.
El psicoanálisis es definido en la obra como una maiéutica o un «arte de preguntar», lo que parece reflejar la opinión de los autores que hablaban de las teorías freudianas de forma similar (Corcés Pando, 2005, p.
Las verdades descubiertas gracias a este método se revelan decisivas en el proceso de «curación» de la protagonista, Araceli, que va a poder liberarse así del pasado.
En Sinrazón, en la que el sueño también tiene una presencia significativa, es también a través del recurso al psicoanálisis durante esas sesiones que hemos analizado más arriba que emerge la verdad hasta entonces disimulada a la conciencia del sujeto.
Que el psicoanálisis permita la emergencia de la verdad es algo que en estas obras no se cuestiona.
Lo que sí da lugar a un cuestionamiento es la revelación de la verdad en sí, es decir, esta verdad, ¿hay que desvelarla o es mejor que el sujeto siga ignorándola?
En Sinrazón, esta cuestión es objeto de un debate explícito entre el partidario del psicoanálisis, Ballina, y su detractor, Carrasco, quien opina que «no hay nada más peligroso que meter la verdad como una cuña en un bloque sólidamente formado por la mentira» (Sánchez Mejías, 1976, p.
En la obra Ballina acabará dándole la razón a Carrasco, y el desenlace de la historia no hará sino confirmar la idea de que conocer la verdad —en este caso la verdad descubierta por el psicoanálisis— puede llevar al desastre.
En Las Adelfas, en cambio, la revelación de los contenidos reprimidos del sueño lleva a Araceli a poder liberarse de un pasado del que era prisionera y cuyo peso le impedía vivir.
Aun en aquellos casos en que el tratamiento psicoanalítico es visto como peligroso o condenado al fracaso, encontramos por lo tanto este recurso al psicoanálisis como un método nuevo que permite revelar verdades que el sujeto se oculta a sí mismo.
El énfasis puesto en las motivaciones inconscientes de los personajes, el recurso a los sueños y en menor medida a los actos fallidos en la misma construcción de las obras, como modo de desvelar algo más de la verdad de cada uno, es lo que, al parecer, mayor interés despertó entre los autores, fuera cual fuera su valoración del psicoanálisis como método terapéutico, que como hemos visto difiere de una obra a otra.
Lo que distingue las obras presentadas aquí del incalculable número de producciones literarias influenciadas por las teorías freudianas es que encontramos en ellas una representación, como se ha dicho, no tanto de una ortodoxia psicoanalítica cuanto de la situación del psicoanálisis en la España de finales de los años veinte.
Por esta razón, y dejando a un lado la discusión sobre su calidad literaria —ninguna de ellas ha conocido la suerte de La coscienza di Zeno—, estas obras forman parte de pleno derecho de la historia del psicoanálisis en España.
Los vínculos entre esta primera representación del psicoanálisis en la literatura y la introducción de este saber en el ámbito médico son una clara ilustración —distinta y complementaria de la cuestión de las influencias— del impacto cultural de la difusión del psicoanálisis en España. |
El sí-mismo comprometido: la disección de la subjetividad en la Autobiografía Psíquica de Hermann Broch1
En 1942/43, mientras perfilaba La muerte de Virgilio, escribió también la Autobiografía psíquica y su Apéndice.
Dichos escritos, no destinados a ser publicados, fueron pensados como una especie de autoanálisis para intentar clarificar, dentro de un marco conceptual freudiano, dos problemas: la tensión entre sexualidad y producción y la repercusión de la figura materna.
Pero en el abordaje de ambas cuestiones se fue además elaborando transversalmente un conocimiento del sí-mismo y de la forma de aprestarlo para la acción, de incrementar su implicación y, en suma, de recrearlo estética y éticamente.
Tras contextualizarlo dentro de la figura antropológica del «sujeto psicológico» y de la relación de Broch con el psicoanálisis, el presente trabajo rastrea en la Autobiografía psíquica este sí-mismo comprometido, esa sutil mezcolanza de análisis psicológico, teoría estética y filosofía moral en la que se abasteció la subjetividad de Broch.
SÍ-MISMO, YO Y SUBJETIVIDAD.
LA IDENTIDAD PERSONAL Y SU EVOLUCIÓN
Hablar del sí-mismo implica dos premisas: que existe una consciencia subjetiva, individual y corporeizada de la que emerge un yo en tanto expresión elaborada de esa mismidad; y que dicho yo, aunque sujeto y estructurado por múltiples fuerzas históricas, sociales y lingüísticas, representa un único ser humano (Owen, 2001, p.
El sí-mismo y el yo, por inestables y efímeros que sean, representan la identidad personal y la particularidad de cada ser humano; y además son algo único, por más que deban ser formulados en interrelación con los otros y estén ligados de forma intrínseca a identidades sociales compartidas.
En sentido preciso, el yo sería así la dilucidación objetiva de la identidad personal y única de cada ser humano, cuyas características comunes pueden ser formalmente pergeñadas; y derivaría de la elaboración del sí-mismo, en tanto percepción y vivencia completamente subjetiva (valdría decir también fantasiosa) de la propia identidad.
Pero cuando se considera el terreno de la intimidad de forma lata, el yo y el sí-mismo se entrecruzan de forma inextricable (hasta llegar de hecho a intercambiarse) y, consecuentemente, la subjetividad —como expresión de esa intimidad— señala de forma un tanto ambivalente tanto el lenguaje (más abierto) del sí-mismo como el lenguaje (más concreto) del yo.
Tal será el modo en el que se utilizarán estos términos en la contribución al conocimiento de la subjetividad en Hermann Broch, motivo del presente trabajo2.
En todo caso, el discurso sobre la identidad, esa indagación sobre nuestra naturaleza más propia y recóndita, tiene tras de sí una larga tradición (Taylor, 1989; Korfmacher, 2006).
Durante el Medievo y la primera modernidad —el Renacimiento y los siglos XVII y XVIII— se llevaron a cabo no pocas experiencias introspectivas que buscaron dilucidar su sentido, casi siempre ligándolo de alguna u otra forma a la noción de alma (González de Pablo, 1994; Porter, 1997).
Ya durante esa primera modernidad comenzó también a fraguarse, sin embargo, una nueva idea de la identidad personal que buscaba dejar de identificarla con el alma para hacerlo en su lugar con el pensamiento autónomo.
Tuvo así lugar una primera y todavía incompleta «psicologización» del yo, mediante la cual un sí-mismo concebido en tanto mente (Descartes) y consciencia (Locke) pasó a situarse de forma progresivamente pujante en la discusión de la modernidad sobre la subjetividad3.
De esta manera, en la primera modernidad se inició una lenta pero gradual secularización de la mismidad.
La creciente imposibilidad de mantener una comunión del sí-mismo con lo divino tomó definitiva carta de naturaleza en la llamada segunda modernidad, periodo que abarca aproximadamente el siglo XIX y las primeras décadas del XX, en donde se produjo la colonización del yo por la psicología médica y las nuevas ciencias de la mente (Thompson, 2001; Calinescu, 1999; Giddens, 1991; Berman, 1988).
Esta segunda y acabada psicologización del yo erradicó cualquier vestigio trascendental del sí-mismo.
La mismidad cesó de verse como una consciencia singular con recintos imperecederos (el alma).
En su lugar eclosionó un sí-mismo -variopintamente concebido, pero siempre fragmentario y múltiple- en el que el yo consciente de cada momento determinado pasó a verse con desconfianza, a ser considerado poco fiable e inestable, por su inevitable contaminación con elementos inconscientes4.
El sí-mismo inmaterial e imperecedero, caracterizado por su dimensión no racional y espiritual (el alma) había dejado lugar a un sí-mismo primariamente psicologizado y secularizado, definido por una dimensión racional y consciente; y este a su vez terminó dando paso a otro definitivamente psicologizado y secularizado, determinado por una dimensión irracional e inconsciente (Owen, 2007, pp. 115-116).
Pero a partir de mediados del siglo XX, paralelamente a la configuración de la llamada posmodernidad5, la individualidad psicológica comenzó a ser sustituida por otra nueva: la individualidad somática.
Al comienzo de la década de 1950 la cibernética aportó los primeros modelos abstractos de la neurofisiología cerebral y en los años sesenta la inteligencia artificial y la ciencia cognitiva promovieron el paradigma del cerebro-ordenador.
Los organigramas se convirtieron en instrumentos válidos para el estudio de la estructura y de la función cerebral.
El sí-mismo empezó a verse ligado íntimamente a una estructura somática cada vez más predominante: el cerebro.
El cual podía ser además perfectamente asimilable a esa nueva herramienta que iba a cambiar nuestra forma de vida: el ordenador.
En las últimas tres décadas del siglo pasado dicha individualidad somática se hizo progresivamente perceptible en las sociedades occidentales intensamente tecnificadas y medicalizadas.
Con todo, el cerebro no fue aquí el único modelo aportado por las ciencias de la vida en la comprensión de la mismidad.
La inmunología y la genética fueron otras dos fuentes importantes (Vidal, 2009, p.
A finales de los años setenta el sí-mismo se convirtió en la base de la inmunología teórica y la inmunología se concibió como la «ciencia de la discriminación entre el sí-mismo y el no-sí-mismo» (science of self/non-self discrimination) (Tauber, 2012).
De igual forma, el desarrollo de la genética durante estas décadas -especialmente con la puesta en práctica del «Proyecto Genoma Humano» en 1990, que buscaba identificar y cartografiar la totalidad de los genes del genoma- extendió necesariamente la consideración del genoma como núcleo de nuestra naturaleza y determinante, por tanto, no solo de la identidad como especie sino también de la individualidad personal, convirtiendo las influencias externas en poco más que meros añadidos accidentales (Mauron, 2001; Novas y Rose, 2000).
Pero finalmente, por un lado, los fenómenos asociados a los transplantes y la autoinmunidad despojaron a la inmunología de condición de árbitro de la «dicotomía self/non-self», como había sostenido en un principio la inmunología teórica (Tauber, 2012); y, por otro, el determinismo genético se demostró más inestable e influenciable por el medio ambiente que el determinismo cerebral (Mauron, 2001).
El debilitamiento de estos competidores y la suma de una serie de factores concatenados, tanto de orden interno, como el crecimiento de la psiquiatría biológica y el auge de los procedimientos de neuroimagen, como de orden externo, tales como los intereses de la industria farmacéutica en los psicofármacos (Vidal, 2009, pp. 5-6) y los crecientes esfuerzos de las compañías privadas de seguros por socavar los sistemas colectivos de asistencia sanitaria (Jameson, 1991, pp. 260-278) hicieron que, con la llegada del siglo XXI, el cerebro se convirtiera definitivamente en la localización del sí-mismo de la posmodernidad.
La individualidad somática, por tanto, ha quedado concretada actualmente en lo que se ha denominado «sí-mismo neuroquímico» (neurochemical self) (Rose, 2007, pp. 187-223) o «sujeto cerebral» (Vidal, 2005): la consideración de que la identidad humana reside en el cerebro; o, en otras palabras, que el cerebro es la única parte del cuerpo requerida para ser nosotros mismos.
La personalidad (la cualidad o condición de ser una persona individual), ha pasado a entenderse como «cerebralidad» (brainhood), como la «cualidad o condición de ser un cerebro» (Vidal, 2009, p.
La mente del yo psicologizado sigue estando presente, claro es, en dicha identidad, pero ahora en tanto producto del cerebro.
La mente no es ya la esencialidad del ser humano; es únicamente lo que el cerebro, la nueva esencialidad, hace.
Fruto de este sujeto cerebral o neuroquímico es el fenómeno, omnipresente hoy en día, de la «neurocultura»: el desbordamiento de las consideraciones neurocientíficas del marco del laboratorio y su penetración en los distintos dominios de la vida de las sociedades contemporáneas biomedicalizadas (Ortega, 2009; Tougaw, 2012).
Dicha impregnación por la neurociencia de la cotidianeidad se manifiesta en los numerosos neuro campos aparecidos recientemente: neuroética, neuroestética, neuroeconomía, neuropsicoanálisis, neuroteología, neuroeducación o neuroderecho, por citar solo algunos de ellos.
Así pues, el alma, la mente (consciente primero, inconsciente después) y el cerebro han sido los tres modelos fundamentales de entender históricamente la subjetividad: el sujeto anímico, el sujeto psicológico y el sujeto cerebral.
Son numerosos los matices que cada uno de estos modelos engloba.
Uno de ellos, motivo principal de este trabajo, corresponde a la Autobiografía psíquica (1942-1943) de Hermann Broch (1886-1951), autoanálisis de minuciosidad casi matemática de los conflictos que determinaron su vida y su trabajo.
Los textos que la componen fueron escritos desde una perspectiva psicoanalítica y pertenecen, por tanto, al segundo modelo antropológico del sí-mismo: el sujeto psicológico, en cuya aparición y desarrollo el psicoanálisis fue un engranaje decisivo.
Tres serán, por tanto, las cuestiones que se abordarán a continuación: en primer lugar, la contribución del psicoanálisis en la construcción del sujeto psicológico o, en otros términos, los dilemas del psicoanálisis en relación con el yo y el inconsciente; en segundo, la relación de Broch con el psicoanálisis; y, finalmente, la disección que Broch hace de su psiquismo y la utilidad que ese escrutinio minucioso pudo reportarle.
LA NEGOCIACIÓN DE LA SUBJETIVIDAD EN EL PSICOANÁLISIS
Sigmund Freud y el psicoanálisis contribuyeron de forma decisiva al arrinconamiento definitivo del sujeto anímico, ese sí-mismo en comunión con lo divino, al entretejer el yo con el inconsciente.
Convencionalmente se consideraba que la nueva concepción de la subjetividad, el sujeto psicológico, implicaba también un detrimento del yo a favor del inconsciente, apoyándose para ello en las afirmaciones de Freud en torno a que el yo había dejado de ser el dueño de su propia casa.
Pero en realidad la renovación de Freud no supuso tanto la minorización del yo cuanto, paradójicamente, su dotación de más autonomía.
La vinculación del yo con el inconsciente hizo al yo más mórbido y quebradizo, pero sobre todo más independiente; menos previsible, menos constreñido por las nociones de orden y unidad social y más accesible a la libertad y a la individualidad.
Este proceso que Ffytche ha denominado «la emergencia de la versión liberal del sí-mismo» (2012, pp. 255-273), tuvo su origen en el Romanticismo alemán y su preocupación por el inconsciente, al que los románticos consideraron ya la genuina naturaleza humana6.
Pero fueron Freud y el psicoanálisis los que lo culminaron convirtiendo el inconsciente en un objeto de investigación empírica sistemática.
Sin embargo, a pesar de su carácter nuclear en la investigación psicoanalítica —o quizás precisamente por ello—, el inconsciente ha sido concebido con una enorme heterogeneidad en su seno (Ffytche, 2012, p.
Así, y limitándose a citar algunas de las concepciones con mayor repercusión, el propio Freud lo consideró primeramente como lo reprimido y más adelante, a partir de la década de 1920, como el ello; Melanie Klein, como la fantasía inconsciente; Carl C. Jung, como la totalidad sumergida del sí-mismo, dividiéndolo además en individual y colectivo; Jacques Lacan, como la estructura discursiva del sujeto; Donald Winnicott, como la cualidad del sostenimiento materno (maternal holding); y Christopher Bollas, como lo conocido no pensado (unthought known)7.
Esta diversidad, a veces muy dispar, en la idea del inconsciente, explica que las nociones del sí-mismo, del yo y de la individualidad, ineludiblemente vinculadas al inconsciente en el psicoanálisis, hayan estado siempre en el centro de las querellas intestinas del movimiento psicoanalítico, hasta el extremo de que es precisamente en esos terrenos donde se localizaron algunas de sus fracturas más profundas (Ffytche, 2012, p.
Aquí surgieron las divergencias en relación con la «psicología individual» de Alfred Adler, con el «querido yo» de Wilhelm Stekel8 y con la «teleología del individuo» de Jung.
Y aquí también tuvieron lugar las polémicas entre Anna Freud y Melanie Klein en relación con la formación del yo y del superyó y la finalidad del análisis en relación con ellos; y asimismo la que enfrentó a la psicología del yo de la escuela americana (Ego psychology), encabezada por Heinz Hartmann, con el sujeto lacaniano9.
BROCH, NEUROSIS Y PSICOANÁLISIS
El yo moderno resultante de esa negociación inconclusa, entablada de forma muy notoria dentro del psicoanálisis, estuvo por tanto continuamente discutido y lleno de posibilidades y tonalidades.
La Autobiografía psíquica de Broch puede considerarse como un ejemplo acabado de los vericuetos y matices que, dentro de esas coordenadas generales de fragilidad y versatilidad, enriquecieron el sí-mismo moderno.
Según nos cuenta en dicho relato biográfico de su psique, el yo enfermizo (personalidad neurótica) y el psicoanálisis fueron compañeros de viaje habituales en el circuito vital y creativo de Broch10.
A la neurosis, casi una constante familiar11, se encontró permanentemente aferrado («cada uno se aferra a sus neurosis.
Cada uno tiene miedo a perder sus neurosis.
Y a los cincuenta y cinco años, uno se ha acomodado ya a sus neurosis.
Ello no impide que el neurótico sea profundamente infeliz, y la estructura especial de mis neurosis ha influido en hacerme profundamente desgraciado») (Broch, 1999, p.
Y al psicoanálisis freudiano —del que, a pesar de mostrarse crítico con alguno de sus procedimientos, nunca cuestionó su veracidad— recurrió en varias ocasiones, dos de ellas muy prolongadas, en busca de reordenación anímica.
La relación con el psicoanálisis se intensifico a partir de 1925.
En esa fecha Broch comenzó a frecuentar la Universidad de Viena, donde decidió estudiar matemáticas, filosofía y física, y trabó contactó con la Asociación Psicoanalítica de Viena (Wiener Psychoanalitische Vereinigung, WPV)12.
El psicoanálisis no era entonces para él un completo desconocido.
De hecho, en los años posteriores a la Primera Guerra Mundial había trabado amistad personal con Alfred Adler (Lützeler, 1999, p.
149), a quien llegó a confiar el cuidado de su propio hijo.
Con todo, hasta estas fechas solo había sido un campo de interés ocasional.
A partir de 1927 el psicoanálisis adquirió un papel todavía más preponderante.
En ese año, coincidiendo con la venta de la fábrica de hilaturas familiar, lo que le liberó de la carga de los negocios textiles, conoció en la WPV a una serie de discípulos de Freud muy interesados por el uso del psicoanálisis en la educación y en el desarrollo del yo: August Aichhorn (pionero en la aplicación del psicoanálisis en la educación y tratamiento de los delincuentes juveniles y de los niños disminuidos); Willie Hoffer (que llegaría a ser un autor muy prolífico en el campo de la educación e integración del yo, su principal dedicación, aunque sus publicaciones abarcaron también la esquizofrenia, la metapsicología o la técnica analítica); y Hedwig Schaxel13, que se convertiría en su analista desde entonces hasta 1935 (Lützeler, 1989, pp. 82-83).
Después de la muerte de Broch, Schaxel comentó que en 1927 y 1928 el análisis había sido para él una prioridad, relegando el resto de estudios.
Asimismo contó que en 1927 Broch se encontraba en una situación indecisa: no tenía planes de futuro concretos y sus estudios universitarios carecían de un objetivo claro.
Tampoco padecía, en sentido estricto, ninguna neurosis, aunque sí se percibía en él una personalidad frustrada.
Le llamó la atención las descripciones de sus sueños, extraordinariamente precisas, que manifestaban su intensa vocación literaria, todavía muy agazapada.
En el verano de 1928, siempre según Schaxsel, Broch elaboró ya una nítida imagen de lo que se convertiría en la trilogía de Los sonámbulos (Die Schlafwandler, 1930/32) y a partir de entonces trabajó en ella denodadamente.
Tanto para ella como para Broch siempre fue evidente, concluía Schaxsel, que la creatividad literaria desencadenada entonces fue fruto, en parte sustancial, de aquel intenso análisis (Lützeler, 1989, pp. 82-83).
Tras su boda con Hoffer en 1933, la casa del matrimonio Hoffer-Schaxel se convirtió en un punto de encuentro de psicoanalistas vieneses significados, todos muy interesados, como ellos mismos, en el psicoanálisis infantil y/o la elaboración psicoanalítica del yo.
En ella conoció Broch al que más adelante, durante la emigración, sería también su psicoanalista, Paul Federn; así como a Heinz Hartmann, el futuro fundador de la Ego psychology; Hanns Sachs, miembro del «Comité Secreto» (Geheimnes Komitee), el círculo íntimo de Freud; y Anna Freud, también miembro de dicho Comité desde 1924 en sustitución de Otto Rank.
Y se reencontró con René Spitz (a quién ya conocía por su editor, Daniel Brody), el futuro elaborador de la nociones de depresión anaclítica y de hospitalismo en relación con la deprivación emocional de los niños.
Acabado el análisis, Broch mantuvo siempre una relación afectuosa con Schaxel y durante el exilio americano, que comenzó en 1938, siguió teniendo contacto epistolar con ella (Lützeler, 1989, p.
En el exilio estadounidense Broch retomó el tratamiento psicoanalítico.
A pesar de que ambos vivían entonces en Nueva York, la febril actividad de Broch en esos años, sus frecuentes desplazamientos a Cleveland, Ohio, donde estudiaba su amiga Jadwiga Judd, y los apuros financieros lastraron su continuidad con la terapia.
Y Bychowsky, por su parte, tampoco parece haber tenido mucho interés en proseguir el análisis.
Todo eso puede explicar que, a diferencia de lo ocurrido con sus otros dos analistas, no llegara a desarrollarse una relación amistosa con él ni tampoco consta que se produjera intercambio de correspondencia.
En 1941 Broch realizó ya las primeras consultas con Paul Federn15, también emigrado en Nueva York.
Pero no sería hasta 1943, con Broch ya establecido en Princeton, cuando éstas tomaron cierta continuidad y el análisis empezó realmente, extendiéndose como poco hasta 1946.
Antes de su comienzo Broch no tenía muchas esperanzas en sus resultados.
Finalizó, de hecho, el Apéndice con la frase: «mi neurosis parece excluir todo análisis» (Broch, 1999, p.
Pero a lo largo del tratamiento con Federn cambió de opinión, reconociendo renuentemente sus beneficios.
Así, en una carta enviada a su amigo Ernst Polak el 26 de mayo de 1946 afirmaba, refiriéndose a él que: «Tengo por primera vez en mi tratamiento psicoanalítico la sensación de una posible recuperación, antes esa posibilidad era para mí un mero conocimiento teórico.
Sin duda estoy —por primera vez— con un analista de primera clase» (Lützeler, 2004, p.
El análisis con Federn, no exento de resistencias, paréntesis e incertidumbres sobre la rentabilidad del tiempo y el dinero empleado, posibilitó a Broch superar, al menos en parte, los impedimentos que coartaban su trabajo literario, aun al coste de un gran derroche de energía (Lützeler, 2007, pp. 84-85).
A pesar de los vaivenes del proceso terapéutico, entre Broch y Federn existió una gran afinidad, como se constata en la correspondencia que mantuvieron desde 1939 hasta 1949 (Lützeler, 2007), poco antes de que Federn se suicidara en 1950, cansado de luchar contra un tumor maligno de vejiga.
Las cartas de Broch (casi todas las respuestas de Federn se han perdido) contienen noticias sobre el proceso analítico, pero son sobre todo confidencias al amigo paternal.
En ellas se reflejan todas las principales preocupaciones de Broch: las siempre tensas relaciones entre sexualidad y producción, las miserias de la situación económica, las repercusiones físicas y psíquicas del envejecimiento, la ayuda a los emigrantes y los amigos en Europa y el miedo constante a no ser capaz de finalizar su trabajo.
Fue también en Princeton, durante su estancia en 1942 como realquilado con habitación con derecho a cocina en casa de su amigo el historiador del arte y filósofo de la cultura Erich von Kahler, cuando Broch escribió su Autobiografía psíquica (Psychische Sebstbiographie), a la que añadió en 1943 un breve complemento, el Apéndice a mi autobiografía psíquica (Nachtrag zu meiner psychischen Selbstbiographie).
Ninguno de estos textos fue pensado para ser publicado.
Broch envió la Autobiografía psíquica a Bychowski y, como anexo, en sendas cartas dirigidas a dos amigas, también emigradas en los Estos Unidos, con las que mantenía por entonces relaciones ambivalentes paralelas: Ruth Norden, lectora de la editorial Fischer y asistente de Peter Suhrkamp, con quien sostuvo una fluida correspondencia (Lützeler, 2005); y Annemarie Meier-Graefe, diseñadora, con la que contraería matrimonio en segundas nupcias en 1949 (Lützeler, 1999, 146).
El Apéndice, aparte de a estas amigas, se lo remitió a Federn, a quién poco después también mandó la Autobiografía psíquica16.
Estas circunstancias explican que tanto la Autobiografía psíquica como el Apéndice no quedaran recogidos primeramente por el editor de su obra, Paul Michael Lützeler, y que hubiera que esperar casi hasta el final del siglo pasado para que fueran finalmente publicados, en una edición (Broch, 1999) que contiene además su Autobiografía como programa de trabajo (Autobiographie als Arbeitsprogramm, 1941) y un epílogo del propio Lützeler.
La Autobiografía psíquica y el Apéndice constituyen una suerte de autoanálisis17, en el que Broch, aunque procurando no hacer un uso excesivo de la terminología analítica, se movió fundamentalmente dentro del ámbito conceptual de Freud y de los freudianos de las diversas tendencias de la psicología del yo, con los que había mantenido y seguiría manteniendo estrecho contacto.
Complementariamente, debido a la significación que tiene en los textos el tema de la inferioridad y su compensación, también recurrió a la psicología de Adler.
A todo lo cual se sumó, por último, algún concepto de su propia cosecha, como el de «anfitrionismo» 18.
Ambos escritos son en principio un intento de conseguir claridad sobre dos problemas: por un lado, su relación dicotómica con las mujeres y la siempre difícil convivencia entre sexualidad y producción; y, por otro, la repercusión de la opresiva figura materna, cuya carencia de amor hacia él le generó un sentimiento de inferioridad y una constante compensación por exceso.
Pero en el abordaje autoanalítico de su mente inconsciente, al hilo de esas dos cuestiones, se fue desgranando de forma dispersa y transversal el relato por momentos apasionante de una subjetividad psicologizada y de la creación de un sujeto psicológico.
Relato que comprende no solo un minucioso conocimiento del sí-mismo, sino también de la forma de intentar abocarlo a la acción, de hacerlo útil y productivo; o, lo que es lo mismo, de la manera de recrearlo, estéticamente primero y éticamente después.
Las siguientes páginas sistematizarán esos movimientos de conocimiento y recreación19.
EL CONOCIMIENTO DE LA SUBJETIVIDAD: UN SÍ-MISMO EN COMPROMISO
A lo largo del monólogo de la Autobiografía psíquica fueron apareciendo quedamente los rasgos definitorios de un sí-mismo comprometido, en el sentido de un sí-mismo en compromiso, en riesgo:
1) En primer lugar, se presenta acosado, en constante amenaza por pulsiones ocultas —los demonios (Dämonen) internos— conturbadoras e incontrolables, que:
a) Son sumamente imprecisas, casi fantasmagóricas.
Parten de lo que Broch llama «impotencia imaginaria»; es decir, una impotencia no real ni en el plano de la relación erótica ni en el de la productividad intelectual, pero aún así muy repercusiva:
he situado en el centro de toda mi descripción un solo motivo psíquico: el de la impotencia imaginaria.
Tengo perfecta conciencia de que en mi estructura psíquica hay toda una serie de otras vivencias traumáticas, y de que tengo igualmente toda una serie de síntomas neuróticos (...)
Sin embargo, precisamente porque tanto en los sueños como en los síntomas hay una diversidad inabarcable, había que hacer el intento de apuntar a un solo motivo que permitiera quizá una agrupación global (Broch, 1999, pp. 35-36).
b) Y surgen a través de un confuso entrelazamiento de lo olvidado y lo recordado.
Entrecruzamiento, que en Broch tomó como nudo primigenio la negación de amor por parte de la madre y su postergación frente al hermano menor y el padre, que ocasionaban un sentimiento de inferioridad y una desvaloración de sí como «no-hombre» (Un-Mann):
Es la imagen de un horrible sentimiento de inferioridad.
El que surgiera de una derrota en mi primera infancia, concretamente tanto frente a mi padre como frente a mi hermano, en relación con el amor materno, deberá quedar inexplicado.
Hasta donde puedo recordar20, yo me consideraba frente a esos dos hombres como un no-hombre, como 'impotente'.
El que en el fondo sea completamente impotente, también en sentido físico, es una idea imposible de erradicar —a pesar de todas las pruebas de lo contrario— que me ha acompañado durante toda la vida (Broch, 1999, p.
2) En segundo lugar, está escindido:
llámese escisión (Aufspaltung) o de cualquier otra manera, hay sencillamente obstáculos para el amor, una capacidad amorosa disminuida, contra los que lucho hace más de treinta años y que han paralizado y paralizan todavía en gran medida mi vida entera, toda mi capacidad de trabajo y toda mi producción (Broch, 1999, p.
El yo radicalmente dividido se hacía así muy patente en Broch en su situación erótica, en los dos tipos de mujeres con los que se relacionaba (Broch, 1999, pp. 54-57; 65-75).
El primero, formado según el modelo de la madre, era el de la «señora» (gnädige Frau): mujeres de posición elevada, bellas, altas, morenas y con capacidad de mando.
En ellas satisfacía su vanidad erótica, pero no su inclinación sexual, ya que se encontraban bajo el tabú del incesto.
Con ellas solo pretendía lo que él denomina un «matrimonio blanco» (weiße Ehe), (la representación infantil del matrimonio de los padres).
El segundo tipo respondía a la imagen de la «criada» (Dienstmädchen), porque fueron las sirvientas las que le dieron en su infancia el afecto negado por su madre.
Se correspondía con mujeres pequeñas y rubias, y era el objetivo de sus deseos eróticos instintivos.
En lenguaje psicoanalítico, Broch describía así esta escisión erótica: «En pocas palabras, el primer tipo corresponde a mi superyo, el segundo al ello instintivo y, si el primero me permite vivir plenamente mi masoquismo, al segundo puedo acomodar todo mi sadismo» (Broch, 1999, p.
Pero el complejo y ambivalente juego de escisión, tanto destructor como fructificador, no se limitaba al campo afectivo, se extendía en realidad a todas las actitudes y acciones vitales21.
Especialmente en el trabajo esa cisura se marcaba también con especial viveza.
Originalmente Broch estableció dos tipos de trabajo: el comercial (el «legítimo», el «tipo uno») y el intelectual y científico (el «ilegítimo», el «tipo dos»).
A lo largo de su vida, cambió de actividades, pero la dicotomía permaneció y el tipo uno legítimo pasó a ser el trabajo filosófico mientras que el lugar del tipo dos, el ilegítimo, lo ocupó el literario (Broch, 1999, pp. 75-77).
3) En tercer lugar, se halla sobredemandado.
Los sentimientos de inferioridad se sublimaron en una necesidad de compensación excesiva, de «sobrecompensación» (Überkompensation), la cual se tradujo en:
a) Una exacerbada responsabilidad:
la única posición satisfactoria que se me concedió en la juventud frente a mis hermanos menores, mimados e irresponsables, era precisamente la de la responsabilidad, y por eso he organizado toda la vida en relación con la 'responsabilidad', sobre todo hacia la familia, e igualmente mis obligaciones a menudo grotescas hacia las mujeres han sido dictadas siempre por turbadores sentimientos de responsabilidad, de modo que mi mala conciencia era alimentada incesantemente (Broch, 1999, pp. 47-48).
b) Y una permanente querencia de «sobrerrendimiento» (Überleistung).
50), sino que consistía sobre todo en abordar tareas «sobredimensionales» en el trabajo en relación con una doble dirección:
por una parte, la magnitud de las tareas que me impongo superan con mucho mis fuerzas, y por otra tampoco soy libre de la elección de esas tareas, es decir, se me imponen por alguna instancia superior (deber hacia la familia, deber hacia la humanidad, hacia otro) (Broch, 1999, p.
4) Y, en cuarto lugar, se encuentra recurrentemente sancionado.
Del sentimiento de trabajo «ilegítimo» y de la carga de responsabilidad y de sobrerrendimiento, solo realizable en «apariencia» (Scheinbarkeit), se derivaba un «sentimiento de impostura» (Hochstaplergefühl) y la consiguiente imposición de autosanciones (Broch, 1999, pp. 48-49).
Estas puniciones eran de muy diversa índole: podían ser castigos directos o «castigos de castración» (Kastrationsstrafen) (psíquicos, como la pérdida de memoria; o físicos, como los espasmos intestinales) o «castigos de purificación» (Reinigungsstrafen) (que le forzaban a recomenzar sus trabajos una y otra vez).
En otras palabras, el trabajo se convertía en una «diosa madre frígida, celosa, sádica y vengativa» que imponía castigos de castración solo evitables con penitencias de purificación que implicaban ponerse a su servicio día y noche (Broch, 1999, pp. 76-77).
LA RECREACIÓN DE LA SUBJETIVIDAD: EL SÍ-MISMO CON COMPROMISO
Anteriormente vimos que el contagio con el inconsciente (los demonios interiores) hacía al sujeto psicólogico más vulnerable y enfermizo (más neurótico), pero también menos previsible, más versátil y más independiente.
En este sentido, Broch no se contentó en la Autobiografía psíquica con ahondar en la vulnerabilidad de su yo-en-compromiso y delimitar escrupulosamente sus rasgos: acosamiento, escisión, sobredemanda, castigo; quiso también, y sobre todo, explorar su imprevisibilidad y versatilidad, rentabilizarlo, tornarlo productivo22.
Hacerlo requiere para Broch «astucia» (List).
Solo así, mediante ardides y artificios, la autodestrucción puede tornarse eventualmente en esperanza:
Me siento continuamente perseguido por demonios (Dämonen) que no puedo dominar; es realmente un milagro que a veces consiga, por decirlo así mediante la astucia —de otra forma no habría sido posible hasta ahora— tener a mi alrededor un poco de aire para trabajar.
Con todo no se me oculta que, a pesar de todo, mi neurosis me ha regalado una serie de valores sustitutivos.
La neurosis puede, entre otras cosas, favorecer, y despertar incluso, toda clase de conocimientos importantes para la vida.
Muchas neurosis son así francamente favorecedoras del conocimiento (Broch, 1999, p.
La recreación del yo, ese sondeo de su imprevisibilidad, en tanto astuta y artificiosa, es para Broch en principio un movimiento estético.
Consistió en aprovechar —sagaz y artificiosamente— la sensibilidad y la susceptibilidad exacerbada de la interioridad en compromiso y convertirla en «capacidad de calar» (Fähigkeit zur Durchschauung)23, en facultad de profundizar la realidad de ver a través de ella, de forma no meramente racional sino sobre todo intuitiva:
no considero que suponga sobreestimar el valor de la neurosis [...] el afirmar que me proporciona los mejores materiales para mi producción literaria [...], también procede de ella algo que quisiera llamar la 'profundidad material' (Materialtiefe): esa 'capacidad de calar' [...] que no se desarrolla solo de acuerdo con la razón, sino que es un constante avanzar tanteando (Vorwärtstasten) y avanzar sintiendo (Vorwärtsfühlen) hasta las capas de realidad más profundas que se abren bajo las primeras, de forma que surge algo realmente así como un nuevo sentimiento de la realidad y de la vida (Broch, 1999, pp. 39-40).
La «capacidad de calar», en tanto intuitiva, opera para Broch estéticamente —poética o artísticamente— transformando las sucesivas capas de realidades en conglomerados oníricos que se entrecruzan.
Se arranca así a la primera realidad su carácter cerrado y se la hace revelar toda su potencialidad:
con ello no se pierde nada de la realidad original, nada de su diversidad, al contrario, es como si todo se volviera más intenso, más variado, más saturado de color, pero se despoja a esa primera realidad de su carácter cerrado, como si se le hubiera quitado su telón de fondo fijo, como si se multiplicara ahora también en profundidad hacia fondos siempre nuevos [...].
Los esquemas de percepción con que se ve la realidad diaria [...] revelan su carácter onírico, se convierten en un sistema y, con frecuencia, en un conglomerado de sueños que se superponen y cruzan, en una corriente de capas oníricas que fluye hacia el infinito sin orillas y, sin embargo, es la vida en toda su realidad [...], en todo su potencial de belleza absolutamente real (Broch, 1999, pp. 40-41).
Pero el movimiento estético que desencadena en el yo esa potencialidad debe acompañarse para Broch de un movimiento ético guiado por el «principio de la selección» (Ausleseprinzip).
La potencialidad de los materiales que posibilita el movimiento estético tiene que pasar por el cedazo ético de la utilidad.
Solo aquellos que nos permitan actuar, cambiar el mundo de acuerdo a las exigencias propias de cada época (en el caso de Broch, contribuir a superar la barbarie moral de la Europa de 1942), adquieren firmeza existencial y pueden considerarse como verdaderas posibilidades.
La profundización en la propia subjetividad no debe agotarse en un mero subjetivismo, no debe conducir a un mero esteticismo; para ser verdadera tiene que dejar franco el camino para modificar el mundo, debe abocar a un sí-mismo responsabilizado, a un yo-con-compromiso:
El principio de la selección bajo el cual se sitúa la variedad de materiales empuja cada vez más hacia lo ético, la búsqueda de la verdad está cada vez más determinada, vista y orientada desde puntos de vista éticos.
Ciertamente, en ese empuje a la actividad práctica y moral hay también una pérdida de conocimiento (...) y, por ello, es con bastante frecuencia difícil de aceptar, pero es un compromiso que pertenece a las exigencias de la época, un compromiso ante el cual hay que inclinarse, porque lo que importa hoy, sobre todo, es volver a crear un lenguaje de verdad con el que quizá pueda superarse aún la Babel moral en la que el mundo se ha hundido (Broch, 1999, pp. 41-42).
Así, la recreación del yo en Broch pretendió en última instancia librarse de impedimentos neuróticos que obstaculizaran su lucha contra «el mal» (Unheil) del nazismo (Lützeler, 1999, pp. 150-151).
La salud del yo debía implicarse también en la salud del mundo.
En el proceso de búsqueda de la salud, el yo comprometido debe pasar de ser un yo-en-compromiso a ser un yo-con-compromiso.
Hannah Arendt (2001, pp. 119-120) escribió que el circuito creativo de Broch en realidad no era un círculo, sino que más bien recordaba un triángulo cuyos lados estaban perfectamente definidos: ciencia, arte y ética; o, si se quiere, conocimiento, literatura y acción.
El creador literario, el Dichter, debía conocer el mundo primero, recrearlo poéticamente después y, finalmente, modificarlo actuando éticamente.
Broch nunca cuestionó la primacía absoluta de la ética, de la acción.
La literatura perdía su autenticidad y se convertía en kitsch cuando se limitaba a mero esteticismo —l 'art pour l' art— y se desentendía del sistema de valores24.
No resulta difícil superponer a ese triángulo creativo los tres lados del triángulo vital en torno a su yo que el buceo en el inconsciente —el autoanálisis psicoanalítico de la Autobiografía psíquica— fue desvelando: conocimiento y recreación, estética primero y ética después.
Puede que eso indique que el sí-mismo del Dichter deba ser también una obra de arte auténtica.
En todo caso, lo que sí nos dice Broch seguro es que, independientemente del modelo que nos sirva para desarrollar nuestra identidad —el anímico, el psicológico o el cerebral—, lo que verdaderamente importa es que el sí-mismo que acabe germinando de él sea un yo-con-compromiso que nos mueva a implicarnos en la salud del mundo. |
Edad Moderna, presentamos aquí una lista de aproximadamente 300 productos vegetales citados en diversos documentos de los siglos XIV, XVI, XVII, XVIII y XIX referentes a la ciudad de Madrid, incluyendo una hipótesis de identificación de las 170 especies correspondientes a dichos productos.
con el fin de remediar los daños ocasionados por el ganado en los alrededores de la ciudad1.
Este documento, que se refiere a los daños causados en sembrados, viñas, huertos, frutales, otros árboles, dehesas, sotos y prados, menciona cerca de tres decenas de plantas cultivadas en las huertas de Madrid.
La importancia de la horticultura en el Madrid medieval queda patente en el hecho de que la multa de 30 maravedís por arrancar árboles se elevaba hasta 100 en el caso de los frutales.
Cuando el ganado causaba algún daño a los árboles la multa era de 10 maravedís:
«Sy ganado mayor o menor entrare o fizyere daño en las huertas de Madrid o de su término, e lo fizyere en lo senbrado, que peche el dueño del ganado de la caloña [...] e sy estos ganados sobre dichos fizyeren daño en los árboles de las huertas royéndolos o quebrándolos, que peche su dueño del ganado diez maravedís por cada cabeça».
Todavía en el siglo XVI, las huertas, que se extendían alrededor de la ciudad de Madrid sobre todo en la vega del río Manzanares, ocupaban algunos solares dentro de las murallas, como puede verse en el dibujo de la ciudad realizado por Anton van den Wyngaerde hacia 1560, en el que aparece con claridad un grupo de árboles cerca de la calle de Segovia2.
Generalmente, estas huertas estaban formadas por árboles de sombra, frutales, una alberca y un pozo con su correspondiente noria movida por un burro.
Éste es, por ejemplo, el caso de una huerta situada entre la Casa de Campo y la ribera del Manzanares comprada por Felipe II hacia 1560; tenía esta huerta álamos blancos y negros, un pozo de noria y cincuenta árboles frutales3.
Para documentar las plantas utilizadas en Madrid en el siglo XVI, recurrimos a un documento de tipo fiscal, las alcabalas de 1592, es decir los gravámenes sobre las especias, la fruta y las hortalizas que se vendían en la ciudad4.
Para el siglo XVII, utilizamos la obra inédita de Bernardo Cienfuegos en siete volúmenes Historia de yerbas y plantas 5.
De esta extensa obra, única-----mente hemos recogido las referencias expresas a plantas vendidas o consumidas en Madrid, las cuales pueden fecharse entre 1626 y 1631.
En lo que se refiere al siglo XVIII, consultamos la Flora española de José Quer y Casimiro Gómez-Ortega, obra en la que se mencionan una gran variedad de árboles y arbustos cultivados durante el siglo XVIII en el «circuito de Madrid», en «jardines de curiosos» o en la «Real Casa del Campo» 6.
Al tratarse de una obra botánica, son más bien anecdóticas las referencias a plantas cultivadas o útiles, aunque algunas de ellas tienen un indudable interés, como por ejemplo la alusión al cultivo del alfónsigo (Pistacia vera L.) en Madrid y sus alrededores.
En cuanto al siglo XIX, las fuentes empleadas fueron dos, por una parte, los inventarios inéditos redactados por Mariano Lagasca y sus discípulos en las herborizaciones llevadas a cabo alrededor de la ciudad entre 1802 y 1818 (signs.
En los inventarios elaborados por Lagasca y sus discípulos se reseñan, aparte de las especies silvestres, las plantas cultivadas en las huertas madrileñas.
A mediados del siglo XIX existían aún fuera de la cerca de la ciudad de Madrid numerosas huertas: 79 huertas particulares, con una superficie de 506 fanegas, y 8 pertenecientes al Patrimonio Real, con una superficie de 444 fanegas; un total aproximado de 325 hectáreas 8.
En cuanto a los productos gravados por aranceles y portazgos en las puertas de Madrid, hemos podido entresacar de las listas citadas más de dos centenas de productos de origen vegetal.
En el Apéndice 1 se presenta una lista de especies con sus correspondientes nombres vulgares, que son los que aparecen normalmente en la documentación estudiada, excepto en la Flora de Quer y los inventarios de Lagasca, trabajos de índole botánica que recogen en primer lugar el nombre científico de la especie.
Para la elaboración de las hipótesis, en cada caso particular, nos hemos servido de diversas obras sobre nombres populares y usos de las plantas 9.
Para evitar la reiteración y facilitar la comprensión al lector, en el apén-----6 QUER, J. y C. GÓMEZ ORTEGA (1762-1784), Flora española, Madrid, Joachin Ibarra.
7 MADOZ, P. ( 1847), Diccionario geográfico-estadístico-histórico de España y sus posesiones de ultramar, vol. 10, Madrid, [s.n.], p.
9 CHICA-PULIDO, M. y C. FERNÁNDEZ-LÓPEZ (1993), Nombres castellanos de plantas vasculares en el Colmeiro (1885-1889), Jaén, Facultad de Ciencias Experimentales.
El Dioscórides renovado, Barcelona, Editorial Labor.
dice, se han sustituido las citas originales de los documentos mencionados por los siguientes códigos: XIV 10, XVI 11, XVII 12, XVIII 13, XIX 14, XIXbis 15.
Asimismo, cuando ha sido posible, hemos incluido el uso más probable dado a cada especie y la forma de obtención de las mismas, mediante cultivo, recolección silvestre o importación.
Para ello hemos utilizado los siguientes códigos: AA= alimentación animal; AH= alimentación humana; I = industriales y artesanales, incluyendo perfumeras, cosméticas, textiles, tintóreas y curtientes y leñas y combustibles; M = medicinales, veterinarias y tóxicas; O = ornamental; cult.= cultivada, silv.= silvestre, imp.= importada.
Con los nombres citados en la documentación utilizada, obtuvimos un total de 170 especies vegetales, aunque el número de productos superó los 300, ya que de muchas especies se citaban varios productos.
Como cabía esperar, se observó un aumento progresivo del número de productos a lo largo del tiempo, con cerca de 30 en el siglo XIV y de 80 en el XVI y más de 200 en el XIX.
Si examinamos las plantas citadas en el siglo XIV, podemos decir que, en esta época avanzada de la Edad Media, las huertas madrileñas se caracterizaban por un notable arcaísmo, ya que no se mencionan plantas típicas de la cultura andalusí, como las alcachofas, las berenjenas o las espinacas.
En efecto, entre las hortalizas se cultivaban arvejas -guisantes-, garbanzos, habas, coles, nabos, melones, pepinos, cohombros, lechugas, puerros y zanahorias, mientras que entre los frutales, albaricoqueros, almendros, cerezos, duraznos, granados, higueras, membrillos, nogales, olivos, manzanos, perales -se menciona una variedad cermeña-y vides.
Llama la atención el cultivo del agraz, hoy casi perdido, del azafrán, que en la actualidad se ha desplazado a la Mancha, y del cohombro, un tipo de melón de forma alargada y retorcida pero de sabor semejante al pepino, hoy desaparecido.
Sorprende la ausencia del ajo y la cebolla, pero es evidente que el hecho de que estas plantas no se citen en ---- el documento empleado no prueba que no fueran cultivadas en Madrid en aquella época.
Dos siglos más tarde, la lista de hortalizas se ha completado y enriquecido notablemente con referencias a espinacas, acelgas, rábanos, repollos, berzas, alcachofas, cardo, arvejones, ajos, cebollas y espárragos.
Además, hay novedades procedentes de las colonias, como los pimientos, la coca de Levante, que se empleaba como planta ictiotóxica, para pescar, o el palo de las Indias, que seguramente se utilizaba para combatir la sífilis.
Merece destacarse, además, la referencia a la dragontea, cuyo uso nos revelará algunos años más tarde Cienfuegos.
Desde el punto de vista filológico, resulta notable la expresión utilizada para referirse al alazor, zafranromín almocaser, arabismo que, según Federico Corriente (com. pers.), significa «azafrán cristiano rizado».
El alazor se vendía probablemente como sucedáneo del verdadero azafrán (Crocus sativus L.), como señala ya Andrés de Laguna en sus comentarios a la Materia medica de Dioscórides, quizá para teñir, e incluso como colorete o arrebol, como indica la Flora de Quer 16.
Volviendo al siglo XVI, se citan legumbres no mencionadas en el siglo XIV, como las lentejas, y cereales como el arroz.
Llama la atención la variedad de plantas útiles para ensaladas vendidas en Madrid, como achicorias, berros, cardillos, escarolas y lechugas -se mencionan expresamente «otras yerbas para ensaladas»-, las tres primeras procedentes de recolección silvestre.
Igualmente, se citan cinco especies de cítricos, cidras, limas, limones, naranjas y toronjas.
Lo mismo cabe decir de otras frutas, como azufaifas, bellotas, guindas, madroños, manzanas camuesas, moras de moral y nísperos.
De otras frutas reseñadas ya en el siglo XIV se mencionan nuevas variedades, como por ejemplo albérchigos, duraznos y melocotones, que se refieren seguramente a diferentes variedades de Prunus persica (L.)
Además, en esta época en Madrid se vendían otras plantas destinadas a la alimentación humana, como regaliz, altramuces y chufas, y animal, como algarrobas, alpiste y cañamones, y asimismo una gran variedad de condimentos, como azúcar, canela, clavo, comino rústico, cilantro, jengibre, hierbabuena, pimienta, nuez moscada y perejil.
Se citan también criadillas o turmas de tierra y frutos secos, como orejones, probablemente de albaricoques y melocotones, pasas, avellanas, castañas y piñones, y dulces de frutas, como calabazate, carne de membrillo y diacitrón, a los que en el siglo XIX se añadirán mostillo, mermeladas y letuario, una especie de mermelada.
Con todos estos datos, puede decirse que el siglo XVI fue, en Madrid, una ----época más favorable en lo que se refiere a la alimentación y al uso de las plantas, ya fueran éstas cultivadas o no en la propia ciudad.
El siglo XVII fue, en cambio, una época de dificultades y escasez de alimentos.
Así, Bernardo Cienfuegos menciona la especulación con el arroz en Madrid en 1631:
«En España cuidan poco desta semilla y este año 1631 lo avían ocultado de tal manera los mercaderes y tratantes que la traen de Valencia a Madrid que no se hallaba a dos reales la libra.
Vino la desgracia (si no fue castigo de Dios) y abrasando por un incendio fortuito sus casas, haziendas, mercadurías y personas a 7 de julio de 1631 en la quarta parte de la plaza de Madrid que arruynó el incendio sin lo mucho que se abrasó se sacaron del centro de la tierra más de cien talegas de arroz de a dos fanegas; pero luego bolvieron a desaparezer como humo aunque escapadas del fuego»17.
Las malas cosechas y la consiguiente carestía de alimentos básicos como el pan llevan a Cienfuegos a sopesar la posibilidad de utilizar plantas silvestres no consumidas tradicionalmente, como los abrojos:
«En Madrid, después de el [trigo] de leche y candial, entra el de Guadalajara y Vallecas, Pinto, Móstoles y su comarca, el de Toledo y su trechel, luego por penúltimo el de Guadarrama, y por peor el que amassan los panaderos de dentro Madrid rebolviéndolo con lo remolido de los panezillos candeales»18.
«Al tiempo que escrivo esto que es el mes de noviembre de año de Nuestro Salvador 1630 es tanta la necesidad de pan y tan común la carestía y falta dél que muy malo, negro y rebuelto de malas semillas se vende en Madrid, corte del Rey Philippo 4o, a trece y catorce quartos cada pan de dos libras, y vale una fanega de harina de las calidades dichas sesenta y seis reales y no se halla por el dinero.
En semejantes años como éste podía estimarse el fruto destos tribulos o abrojos para remediar la falta»19.
La falta de trigo llevó consigo la subida del precio del almidón, del que una libra [de almidón de trigo candeal] valía en 1630 dos reales20.
En su lugar se utilizaban raíces de dragontea, empleándose el residuo sólido sobrante para cebar lechones:
----«El Rey don Felipe II prohibió el usso del almidón y las mugeres lo hazían mucho mejor, más tiesso, más blanco y transparente de rayzes de tragontía o serpentaria mayor sacando su leche por expressión y dexándola secar.
El buruxo que quedaba apetecían muchíssimo los animales y se zevaban con él los lechones y engordaban» 21.
Asimismo, gracias al testimonio de Cienfuegos, sabemos que, durante el siglo XVII, iban llegando a Madrid plantas procedentes de las colonias.
Por ejemplo, el autor de la Historia de yerbas y plantas menciona diversas especias en manos de «caballeros indianos» en 1627, que se usaban para poner con el chocolate, como por ejemplo «la canela de la provincia de Yucatán» conocida por los madrileños como canela de Icabo:
«Con el nombre que esta planta se conoze en España es con el de turmas de la India.
Donde primero la vi fue en la huerta de los cartujos del Paular en Segovia»23.
Según Cienfuegos, las patatas se vendían en Madrid con el nombre de papas y eran utilizadas por «los indianos y los mismos naturales [los madrileños]» para guisados24.
Cienfuegos menciona asimismo el consumo de las criadillas de tierra, las cuales corresponderían, en nuestra opinión, a la especie Terfezia arenaria (Moris) Trappe, a pesar de que Pío Font Quer25 opinaba que Cienfuegos se refería a las trufas -Tuber brumale Vittadini-: «Esta diferencia [de pie azul] comen la gente del campo con mucha seguridad, y aún se venden públicamente en Madrid.
El año 1626, por el septiembre, hubo muchas aguas y después muchos soles, con que salieron muchas setas en los prados y sotos de Manzanares.
Costó a muchos la vida y familias enteras murieron sin remedio, pero no an escarmentado, que cada día las comen sin rezelo alguno, sin hazer distinción de las de cardo o prado»29.
Ya Laguna había mencionado el hecho de que en Madrid se vendían los lobitos 30.
Además, según Cienfuegos, se comían en Madrid una seta que se ----criaba «en los trigos, de hechura esquinada», que no hemos podido identificar, y otra que nacía «al pie de las cañahierbas o férulas», que se refiere, sin duda, a Pleurotus eryngii (DC.: Fr.)
Cienfuegos menciona algunas plantas medicinales, que vendían unas «mujercillas» junto a la iglesia de Santa Cruz, y que se traían a veces de otras ciudades, como ocurría por ejemplo en el caso del ombligo de Venus procedente de Segovia:
«Muchas vezes, en Madrid, en aquellas mugercillas que venden yervas junto a Santa Cruz, e hallado vendiendo por yerva mora la flámula, dulciamara o sigillo de Santa María, aunque más me quadra el nombre de dulcamara flámula, o especie de vid, y echándoseles a rodar me dizen los boticarios la compran por yerva mora.
Miren qué efecto harán los refrigerantes con ella» 32.
«En Madrid no la e visto [el ombligo de Venus] si no es en un tejado y quatro o cinco hojas en la pared de la iglesia de La Merced, a donde es fuerza traherla de Segovia que se halla en abundancia» 33.
Vale la pena reseñar el uso del eleboro en Madrid para envenenar las flechas de caza citado por Cienfuegos.
Sin duda, se trata del Veratrum album L., planta que recibe igualmente el nombre de hierba de ballesteros 34:
«Su Magestad tiene un hombre que le sirve en la caza, el qual oy día vive en Fuencarral, aldea de Madrid, el qual haze la confección del eleboro para las flechas con gran eminencia» 35.
Otros ejemplos de plantas que permiten imaginar el ambiente de Madrid en aquella época son, por ejemplo, las «hojas de la Consiglio de Roelio en que comunmente [venían] a Madrid embueltas las pellas de manteca de vacas» 36, aunque no podamos decir a qué planta se refería Cienfuegos, y, finalmente, como ejemplo de planta ornamental, el Piso o disante cordato, halicacabo o besicos de monja de Gregorio de los Ríos, seguramente Cardiospermum halicacabum L.:
«En Madrid la crían en los jardines sólo por hermosura y verdura que trepe y enrrame las paredes y cenadores.
En la calle Imperial de Madrid un barbero la a ---- En cuanto al siglo XVIII, puede destacarse el cultivo del acerolo en las huertas de la Casa de Campo y del alfónsigo en varios lugares de la ciudad:
«Se halla ya connaturalizado [el alfónsigo o pistacho] en algunas partes de España, como en el Real Jardín Botánico, en el que posee el Excelentísimo Señor Duque del Infantado en el lugar de Chamartín, cerca de esta corte, y en varias huertas de curiosos.
En la villa de Getafe, a dos leguas de Madrid, se ven dos árboles de esta especie muy reviejos, que se conservan de tiempo inmemorial al abrigo de una pared que cae al mediodía en el patio de una casa, que llaman por eso la casa de los alfónsigos en la calle mayor» 38.
En el siglo XIX, llama la atención la presencia en las huertas madrileñas del armuelle, de las borrajas, de la chirivía, del mastuerzo y de la verdolaga, seguramente reliquias de antiguos cultivos.
Sorprende, asimismo, la venta de acerolas, fruta que puede considerarse hoy en Madrid una rareza, e igualmente de érrax -huesos de aceitunas-, combustible empleado tradicionalmente en Madrid para los braseros:
«Mandó [doña Lucrecia] que aderezaran una sala que caía al jardín, adornándola de turquesadas alfombras, almohadas y sillas bordadas, ricas y costosas láminas, varias pinturas, lustrosos y grandes escritorios, dos braseros de plata, colmados de menudo y bien encendido erraj...» 39.
Lo mismo cabe decir del alcacer, o cebada verde para pasto 40 y del sen, utilizado tradicionalmente como laxante, cuyo cultivo fue introducido a finales del siglo XVIII por Antonio Palau, catedrático del Real Jardín Botánico 41.
Aparte de estos rasgos arcaicos, una época tan cercana a la actualidad como es el siglo XIX significa, como es lógico, la llegada a Madrid de una gran diversidad de productos vegetales.
Así, entre otros, aparecen hortalizas, como ----37 CIENFUEGOS, B., ms. 3363: f.
39 CARVAJAL Y SAAVEDRA, M. de (1993 [1663]), Navidades de Madrid y noches entretenidas, en ocho novelas, edición, prólogo y notas de C. SORIANO, Madrid, Comunidad de Madrid, p.
40 CORRIENTE, F. (1999), Diccionario de arabismos y voces afines en iberromance, Madrid, Gredos, p.
apio, batatas (de Málaga), berenjenas, grelos, judías (probablemente de la Granja o del Barco), rábanos o tomates; condimentos como alcaparras, alcaravea, alholva, anís, comino, hinojo, laurel, orégano, perejil o tomillo; aceitunas de diferentes clases y un sinfín de plantas diversas, como algarrobas, cacahuetes, dátiles, grosellas, palmitos e higos chumbos; uvas y vinos de diversas clases; infusiones como café, té o valeriana; harinas de algarrobas, de arroz, de maíz y de sagú; forrajes como alfalfa, avena, cebada, almortas, mijo o yeros; plantas curtientes o tintóreas como añil, rubia o zumaque; finalmente, otros productos de uso industrial como árnica, acebo, aceite de coco y de enebro o miera.
Entre los siglos XIV y XIX se produjo en Madrid un enriquecimiento progresivo del número de productos vegetales utilizados, que se corresponde con la lógica evolución histórica, la mejora de los caminos y los medios de transporte y una mayor estabilidad de las condiciones de vida de la capital de España a partir de finales de la Edad Media.
A pesar de que hacia 1600 aparecen en Madrid algunas novedades procedentes de las colonias, la ciudad continúa evidenciando su carácter tradicional, con la aparición de algunos elementos arcaicos.
Este carácter se mantiene todavía en el siglo XIX, cuando se cultivaba aún en la capital de España una gran diversidad de hortalizas.
Sin embargo, el catálogo de productos vegetales es ya en esta época fiel reflejo de las crecientes necesidades de la sociedad contemporánea 42.
----42 Presentamos en este trabajo parte de los datos históricos reunidos durante el desarrollo del proyecto de investigación «Etnobotánica alimentaria en la Comunidad de Madrid» (proyecto 07M/0027/00, financiado por la Dirección General de Investigación de la Comunidad de Madrid), llevado a cabo entre 2000 y 2002 por un equipo de investigadores del Instituto Madrileño de Investigación Agraria y Alimentaria (Comunidad de Madrid) y del Real Jardín Botánico de Madrid (CSIC).
Durante el transcurso del proyecto, comparamos la información obtenida directamente de los informantes con diversas fuentes históricas, con el fin de establecer una posible relación entre los productos tradicionales consumidos en la actualidad y los disponibles en los mercados madrileños en el pasado.
Agradecemos la ayuda prestada durante la elaboración de este trabajo por Ramón Morales, Manuel Pardo de Santayana y Pilar San Pío, investigadores del Real Jardín Botánico (CSIC), de Federico Corriente, profesor de la Universidad de Zaragoza, y de Higinio Pascual, investigador del Instituto Madrileño de Investigación Agraria y Alimentaria.
Listado de nombres vulgares
[hongo] que naze al pie de las cañahierbas o férulas (Pleurotus eryngii [DC.:
Quél. var. ferulae Lanzi) abrojo o tribulo (Tribulus terrestris L.) açafrán (Crocus sativus L.) açanoria (Daucus carota L.) acebo (Ilex aquifolium L.) aceite común (Olea europaea L.) aceite de almendra (Prunus dulcis [Miller] D. A. Webb) aceite de coco (Cocos nucifera L.) aceite de enebro (Juniperus oxycedrus L.) aceite de linaza (Linum usitatissimum L.) aceituna, aceituna aderezada, de Córdoba, de cuquillo, de Sevilla, estrangera, verde común (Olea europea L.) acelga (Beta vulgaris L.) acerola (Crataegus azarolus L.) achicoria (Cichorium intybus L.) achote (Bixa orellana L.) adormidera (Papaver somniferum L.) agraz (Ribes uva-crispa L.) ajo, ajo seco (Allium sativum L.) alazor (Carthamus tinctorius L.) albaricoque (Prunus armeniaca L.) albérchiga (P. persica [L.]
Batsch) albillo (Vitis vinifera L.) alcacer (Hordeum vulgare L.) alcachofa (Cynara scolymus L.) alcaparra (Capparis spinosa L.) alcarabea (Carum carvi L.) alfalfa (Medicago sativa L.) alfónsigo (Pistacia vera L.) algarroba (Vicia articulata Hornem.) alholba (Trigonella foenum-graecum L.)
L.) vino común, generoso y estrangero (V. v.
Willd.) yerva mora (Solanum nigrum L. o S. dulcamara L.) zafranromín almocaser (Carthamus tinctorius L.) zanahoria (Daucus carota L.) zarzamora (Rubus ulmifolius Schott) zarzaparrilla (Smilax aspera L.) zumaque en polvo, zumaque en rama (Rhus coriaria L.) |
El discurso del yo: el espiritualismo psicológico en la cultura española de mediados del Siglo XIX
Este artículo ofrece un análisis de la amplia proyección del espiritualismo psicológico en la cultura española de las décadas centrales del siglo XIX.
Tras revisar su profundo impacto en el pensamiento filosófico de la época, en la teoría de la medicina y en los discursos en torno a la locura y la responsabilidad criminal, su difusión se interpreta no solo como un intento de reforzar los dogmas tradicionales en torno a la espiritualidad del alma, la unidad de la conciencia o la libertad moral, sino también como la expresión de una cultura que, en líneas generales, todavía no había escindido hechos y valores ni asumido plenamente los presupuestos y las implicaciones más conspicuas de la nueva ciencia positiva y experimental.
«La atmósfera está impregnada de filosofía: su espíritu nos rodea, nos llena, nos arrastra a todos [...].
Lo cierto es que el porvenir del mundo pertenece a la filosofía y que los que en este terreno venzan, esos vencerán en todos, esos darán la ley a la humanidad»
En una sesión celebrada el 21 de enero de 1856 en el Ateneo de Madrid, Pedro Mata se refería despectivamente al discurso psicológico dominante con el término de "yoísmo", al que calificaba como una doctrina particularmente "falsa y estéril", incapaz de dar "una idea cabal de la razón humana" y generadora de un "divorcio absurdo de la fisiología y la psicología".
Los "yoístas" —afirmaba Mata— "han hecho una entidad, el yo, la conciencia, y sobre esta abstracción, sobre esta creación ontológica, quimérica, han fundado una [...] verdadera torre de Babel, donde todos hablan y ninguno se entiende" (Mata y Fontanet, 1858, pp. 47-48).
"Así —proseguía al año siguiente en la tercera edición de su influyente Tratado de medicina y cirugía legal— los psicólogos, que parecían deber ser la antorcha que aclarase esta materia, han sido los que más la han embrollado" (Mata y Fontanet, 1857, Vol.
Ciertamente, reafirmándose en sus vehementes críticas hacia el espiritualismo psicológico —inspiradas, en su caso, por planteamientos de corte sensualista y nominalista1—, el médico catalán no se enfrentaba a un autor o a una escuela filosófica concreta, sino a un amplio y poderoso consenso cultural que, sustentado a partes iguales en los dictados de la tradición y en los valores emergentes de la nueva sociedad burguesa, marcó el despliegue y el rumbo del discurso filosófico en España durante buena parte del siglo XIX (Heredia Soriano, 1989, pp. 369-398).
Prescindiendo de los matices aportados por sus numerosos expositores, los presupuestos centrales de esta ortodoxia espiritualista se sustanciaron en una serie relativamente invariable de axiomas, entre los que destacan (1) la afirmación del 'yo' como una instancia unitaria, idéntica e inmaterial y un 'hecho primitivo' previo e independiente de la sensación, (2) el énfasis en la conciencia como un dominio legítimo de experiencia accesible por medio de la introspección y (3) la ecuación del psiquismo con el 'esfuerzo voluntario', esto es, la atribución al 'yo' de un carácter activo y causalmente eficaz.
A España, esta psicología llegó a partir de la década de 1830 de la mano de la filosofía escocesa del 'sentido común' —especialmente en el ámbito catalán (Guy, 1985, pp. 241-244)— y, sobre todo, de la Ideología espiritualista y la escuela ecléctica francesa comandada por Victor Cousin (Carpintero, 2004, pp. 64-67), la cual, por su notoria afinidad no solo con los dogmas tradicionales en torno a la espiritualidad del alma, la unidad de la conciencia o la libertad moral, sino también con la visión del mundo, la autocomprensión y los intereses de las nuevas elites liberales —tan propensas a concebir su creciente influencia en términos de mérito, esfuerzo y contención moral (Villacorta Baños, 1993, pp. 161-173; Serrano García, 2001, pp. 93-99)—, se convirtió en una parte muy sustancial de la filosofía enseñada a partir de entonces en las universidades e institutos de enseñanza media de todo el país (Heredia Soriano, 1982; Novella, 2012).
Pero, aparte de erigirse en el elemento nuclear de la cultura filosófica de las décadas centrales del siglo XIX y en la punta de lanza para la refutación de doctrinas que, como el sensualismo, la frenología o el magnetismo animal, habían gozado de un cierto predicamento y difusión durante la primera mitad de la centuria, el espiritualismo psicológico también tuvo un profundo impacto en la teoría médica y en los discursos en torno a la locura y la responsabilidad criminal, demorando notablemente la progresión de una aproximación abiertamente determinista al estudio de la actividad psíquica y la conducta desviada.
No por casualidad, su hegemonía y su asunción mayoritaria por parte de los sectores instruidos de la sociedad se dio en un periodo en el que otras teorías y disciplinas que —como el darwinismo, la paleontología, la anatomía comparada o la embriología— implicaban un fuerte cuestionamiento de la imagen del ser humano sostenida por la tradición, fueron objeto de intensas controversias e incluso inspiraron diversos intentos de 'conciliación' por parte de los científicos españoles (Pelayo, 1999).
En el presente trabajo, me propongo evaluar con cierto detalle la proyección cultural de todo este entramado doctrinal en la España de mediados del siglo XIX, tratando de mostrar la amplia repercusión del mismo no solo en el ámbito estricto del pensamiento filosófico, sino en el conjunto de la vida intelectual y científica del país en un periodo en el que esta experimentó un lento pero notable proceso de desarrollo y afianzamiento tras las convulsiones que marcaron el colapso del Antiguo Régimen y el accidentado tránsito hacia el nuevo orden liberal (Abellán, 1984, pp. 535-555; López Piñero, 1992).
Con este objetivo, trazaré primero una panorámica general de las líneas maestras de la producción filosófica española en las décadas de 1850 y 1860 tal como quedó consignada en una serie de obras emblemáticas y en diversas publicaciones de índole divulgativa.
Posteriormente, esbozaré un análisis más detenido del profundo impacto de las tesis espiritualistas en las reflexiones teóricas de un buen número de médicos españoles, entre quienes promovió el cultivo de una especulación filosófica muy alejada del incipiente positivismo y experimentalismo de la ciencia europea del momento y condicionó notablemente la recepción de importantes novedades clínicas y conceptuales.
Y, por último, valoraré las resistencias y el papel de contención desempeñado por el ideario espiritualista frente a la introducción de las nuevas corrientes de pensamiento psicológico que irrumpieron en el país a partir de la década de 1870, a las que algunos autores de diversas filiaciones no dudaron en calificar como particularmente perniciosas y disolventes de los más altos principios de la civilización y el orden moral.
Como veremos, el discurso psicológico, que había estado dominado durante décadas por un consenso relativamente amplio que empezaba a resquebrajarse por la creciente pujanza de corrientes o prácticas tan dispares como la psicología fisiológica primero y el hipnotismo después, se erigió así en uno de los escenarios centrales en los que se dirimieron algunas de las disputas y debates más enconados que acompañaron el despliegue de los presupuestos y las implicaciones más conspicuas de la nueva ciencia positiva y experimental.
EL ESPIRITUALISMO COMO HORIZONTE
Tal como ha señalado Antonio Heredia, no cabe duda de que el espiritualismo "constituye la tendencia filosófica más genuina de la época isabelina", una tendencia que, aparte de ser sancionada oficialmente por medio de su rápida infiltración en los contenidos transmitidos por el sistema educativo, se presentó como un "amplísimo movimiento restaurador [...] movido por intereses fundamentalmente morales, políticos y religiosos" (Heredia Soriano, 1989, p.
Articulado de forma paradigmática en los laxos postulados del sensualismo 'mitigado' y, sobre todo, de la escuela ecléctica francesa, el espiritualismo se erigió así —al menos inicialmente— no tanto como un corpus teórico y doctrinal más o menos definido (como pone de manifiesto la amplia heterogeneidad de los autores que militaron en sus filas), sino más bien como una tendencia esencialmente renovadora que anunciaba otro "modo de filosofar: ecléctico y conciliador, tolerante y moderado, opuesto al dogmatismo y al espíritu de sistema, basado en la reflexión personal y en diálogo abierto con la historia de la filosofía", hasta el punto de representar "una fuerza generadora de primer orden que llegó a impregnar toda la vida cultural del período" (Heredia Soriano, 1989, p.
Dejando de un lado por el momento la aparente contradicción en que incurre Antonio Heredia al calificarlo como un movimiento simultáneamente restaurador y renovador, de lo que no hay duda es de que, en un sentido amplio, el espiritualismo constituyó el horizonte intelectual en el que se desenvolvió el grueso de la producción filosófica española en las décadas de 1850 y 1860.
Y, en este sentido, es muy revelador que su presencia se hiciera notar no solo en los trabajos más o menos originales de una extensa nómina de autores entre los que descuellan Patricio de Azcárate, Ramón de Campoamor o Nicomedes Martín Mateos, sino también en las secciones dedicadas a la filosofía o la psicología aparecidas puntualmente en las numerosas publicaciones de carácter enciclopédico o divulgativo que circularon en aquellos años por el país.
En 1853, el abogado y político leonés Patricio de Azcárate (1800-1886), que en los últimos años de su vida realizaría una ingente labor como traductor de las obras de Platón, Aristóteles y Leibniz2, dio a la imprenta unas Veladas sobre la filosofía moderna en cuyo prólogo advertía enfáticamente de la finalidad de su empeño y la filiación de sus ideas:
La filosofía del plan de estudios vigente, sin elevación y sin dignidad, es la filosofía de la materia; y materializada la ciencia no sé cómo deje de materializarse la sociedad.
Y el español, que es espiritualista por instinto, por raza, por elevación de sentimientos y por sus creencias religiosas, ¿es acreedor a que se le inocule en estas tendencias empíricas y se desnaturalice su carácter?
De acuerdo con la tendencia de la época, Azcárate presentaba el espiritualismo, o lo que él denominaba "sistema psicológico", como un movimiento filosófico que, arrancando en la Ilustración escocesa y consolidándose en la Francia de la primera mitad del siglo XIX, había conducido a superar los escollos respectivos y opuestos del sensualismo o "sistema empírico" (el materialismo) y del racionalismo o "sistema idealista" (el panteísmo).
Y, tal como explicaba años más tarde en su Exposición histórico-crítica de los sistemas filosóficos modernos y verdaderos principios de la ciencia, solo el sistema psicológico, esto es, el "estudio del yo por medio de la observación interna" y la constitución correlativa de una verdadera "ciencia del alma" podían proporcionar un cimiento sólido y duradero para la reflexión filosófica:
Es tan necesario el estudio del alma como el punto de partida para hacer progresos en todo el campo de la filosofía, que no hay rama de los conocimientos humanos que no descanse en ciertos hechos y ciertos principios que solo la observación psicológica puede darnos (Azcárate, 1861, Vol.
En su rigor espiritualista, Azcárate llegaba a criticar al mismo Cousin por haberse extraviado ocasionalmente en las "marcadas tendencias al panteísmo de los filósofos alemanes" (Azcárate, 1861, Vol.
61), así como por la extrema ambigüedad e inconsistencia doctrinal del eclecticismo, al que no dudaba en calificar como "la tumba de todos los sistemas filosóficos" y como un "absurdo de los tiempos modernos" (Azcárate, 1861, Vol.
Y, por ese motivo, expresaba una mayor sintonía con los planteamientos del discípulo de Cousin, Theodore Jouffroy, el cual, dotado de un gran talento para la observación interior y un finísimo sentido para consignar las particularidades de los diversos estados psíquicos, había contribuido a su juicio en mucho mayor grado al verdadero desarrollo del "sistema psicológico" (Azcárate, 1861, Vol.
Por su parte, el polifacético hombre público y de letras Ramón de Campoamor (1817-1901) publicaba en 1855 El personalismo, una de sus obras filosóficas más conocidas a pesar de no contener una exposición sistemática ni excesivamente coherente de sus ideas.
En este sentido, cabe anotar que Mario Méndez Bejarano, tras confesar que nunca le había tomado muy serio como filósofo, no vaciló en afirmar que "en el espíritu de Campoamor se mezclan todos los sistemas, fe y escepticismo, idealidad y burla, lo propio y lo ajeno, para que resulte un filósofo en verso y un poeta en prosa" (Méndez Bejarano, 1929, p.
De hecho, su producción filosófica ha sido vinculada tanto al idealismo alemán (Bueno, 2003, pp. 9-13) como al espiritualismo cristiano (Heredia Soriano, 1989, p.
383), aunque una lectura atenta de El personalismo cuestiona estas filiaciones —al menos en un sentido estricto— y revela, eso sí, una línea de pensamiento divagatoria y poco consistente que, en todo caso, puede calificarse como un espiritualismo bastante convencional con algún que otro conato idealista3.
Sea como fuere, lo cierto es que no resulta difícil encontrar en El personalismo toda una serie de lugares comunes de la ortodoxia espiritualista, como en este fragmento preliminar en el que Campoamor se explaya sobre la unidad, la espiritualidad y la identidad del 'yo':
Esta unidad concienciosa del yo, síntesis de todo lo sensible y de todo lo inteligente, centro invisible donde se confunden todos los sentimientos y todas las ideas, es una substancia simple, inanalizable, inmaterial; es un ser único, que no admite división ni interrupción ni duplicidad, que en sí y fuera de sí es idéntico hasta la mas perfecta identidad (Campoamor, 1855, pp. 17-18, cursivas en el original).
En las antípodas de Campoamor en cuanto a sobriedad y solidez cabe destacar, por último, las aportaciones del filósofo de Béjar Nicomedes Martín Mateos (1806-1890), que ya en 1853 había remitido al Ministro de Gracia y Justicia unas Breves consideraciones sobre la reforma de la filosofía en las que, en unos términos muy similares a los de Azcárate, advertía alarmado que "cuantos libros sirven hoy de texto en las cátedras de filosofía conducen al panteísmo, al materialismo o al idealismo" (Martín Mateos, 1853, p.
Tempranamente adscrito al partido progresista pero muy influido por el neocartesianismo del pensador católico francés Jean-Baptiste Bordas-Demoulin —con quien llegó a mantener una relación epistolar directa (Jiménez García, 1992)—, Martín Mateos publicó entre 1861 y 1863 un curso de filosofía en cuatro volúmenes que tituló de forma bien directa: El espiritualismo.
Dividido en cinco secciones (metafísica, fisiología, lógica, moral y teodicea), el curso contiene una extensa exposición de la "verdadera filosofía espiritualista", esto es, de aquella que, arrancando en Platón y pasando por San Agustín, culmina en las obras de Descartes, Leibniz o Bossuet y encuentra en Bordas una síntesis a la altura de su tiempo.
De acuerdo con el psicologismo de la época, Martín Mateos define esta filosofía como "la ciencia de nuestros medios de conocer, [...] la única que puede suministrar la certidumbre de los conocimientos y la única que presta a los pueblos y a los individuos la templanza, la fe, la actividad y el progreso pacífico" (Martin Mateos, 1861, p.
Pero, para tan alto empeño, el filósofo "solo cuenta con la ciencia del estudio del alma, de sus facultades y de las leyes que presiden su desarrollo"; una ciencia, en suma, cuyo método no es sino el del recogimiento interior y la reflexión paciente y sistemática, de manera que "mi alma pueda contemplar su propia vida en esa generación incesante de ideas que constituye la fecundidad de mi pensamiento" (Martín Mateos, 1861, p.
Y "en esta contemplación —concluye— veré en mí un ser inmaterial, en el que todo es espontaneidad, concepción, evolución, multiplicidad en la unidad, y por consiguiente vida espiritual" (Martín Mateos, 1861, p.
Igualmente, solo por este camino puede el filósofo satisfacer su "misión social", pues, dado que la "enfermedad de la humanidad es espiritual, [...] para curarla es indispensable intervenir en el mundo interno del alma" (Martín Mateos, 1861, p.
Y, en este sentido, no debe sorprender que Martín Mateos —para quien, como el propio Descartes, el alma humana se sostenía ontológicamente merced al influjo y la dependencia constante de Dios— viera justamente en la conciliación del "espíritu moderno y el espíritu cristiano [...] la gran cuestión del siglo" y la enseña misma de todo su proyecto filosófico (Albares Albares, 2005, p.
En cualquier caso, ya he señalado anteriormente que la difusión del pensamiento espiritualista no se limitó a la obra teórica de un grupo más o menos definido de autores, sino que sus postulados infiltraron por completo las secciones dedicadas a la filosofía en diversas publicaciones de carácter enciclopédico o divulgativo, de manera que la misma naturaleza de estas obras les tendía así a conferir un carácter de conocimiento probado o establecido.
De este modo, por ejemplo, la entrada "Alma" de la Enciclopedia Española del Siglo Diez y Nueve iniciada por el editor Ignacio Boix —que solo llegó a completar los artículos correspondientes a la letra A— no vacilaba en afirmar que:
a excepción de algunos espíritus soberbios que para hacerse un nombre tuvieron en poco la ventura del género humano, y de varias hordas salvajes rebajadas al instinto de los brutos, todas las naciones han reconocido en el hombre una sustancia independiente del cuerpo y fuente de la voluntad y de la inteligencia4.
Igualmente, y a pesar de no contener una entrada específica para la psicología, la importante Enciclopedia Moderna auspiciada por el prolífico Francisco de Paula Mellado, que fue el primer proyecto de este tipo completado en España con 34 volúmenes publicados entre 1851 y 1855, ofrecía en sus artículos "Alma", "Espíritu" y "Materialismo" una suerte de compendio del espiritualismo psicológico en el que se sintetizaban todos y cada uno de sus principales axiomas.
El artículo "Alma", por ejemplo, planteaba en los siguientes términos el dogma imperecedero de su espiritualidad:
El hombre puede, pues, existir de otro modo que con órganos; pues que tiene ideas y pensamientos que no participan nada de orgánico, y pues que en él posee, el ser inteligente, una esfera de actividad en la cual no está encerrada la vida del ser material5.
Por su parte, la entrada "Espíritu" definía la psicología en el sentido cartesiano de una "ciencia del alma" cuyos fundamentos residían en la validez e inmediatez de los fenómenos ofrecidos por la conciencia, y cuya actividad o eficacia causal constituía la única garantía de la auténtica libertad y responsabilidad moral:
Lo que entendemos por espíritu en contraposición con la materia comprende todo lo que es del dominio de la inteligencia, de la imaginación y de la moral.
He aquí que la palabra espíritu abraza toda la psicología. [...]
El espíritu es una parte constitutiva, la base superior de las facultades del hombre: su existencia es para este un hecho de conciencia, de donde resulta la moralidad, la atribución y la responsabilidad de sus actos. [...]
Todo hombre se conoce a sí mismo, y puede, por lo tanto, decir con razón yo soy una sustancia: supone también por analogía una sustancia en el cuerpo o en la materia, sin comprender lo que es, y sin tener idea clara de una sustancia inmaterial; de lo que se deduce que la idea del espíritu es clara, natural y fundada en el sentimiento interior, y la de la materia es oscura, ficticia, y fundada sobre la primera6.
Y, finalmente, el artículo "Materialismo" calificaba consecuentemente esta doctrina como un "absurdo" particularmente abyecto que "disuelve los vínculos sociales y desencadena las pasiones mas brutales", de manera que solo podía considerársele como un "delirio de imaginaciones enfermas" frente al que cualquier "entendimiento sano y espíritu recto" debía alzarse blandiendo la incuestionable soberanía del 'yo':
Creemos que basta la simple exposición de este sistema para producir en toda conciencia humana un sentimiento de voluntad, de espontaneidad, de poder autocrático que protesta contra una abnegación tan servil, que nos enseña nuestra libertad moral, y que nos dice que podemos luchar contra la tiranía y la muerte, y disfrutar de nuestra independencia.
Este yo siempre revela algo de superior y de dominante sobre la materia7.
Haciéndose eco de la creciente demanda de obras más accesibles, el mismo Mellado editó en 1851 con el título de Instrucción para el pueblo una colección de "cien tratados sobre los conocimientos más indispensables" en la que también se incluían unas "Nociones generales de filosofía" redactadas por el agregado de la Universidad de Madrid Remigio Ramírez.
Y, como es de suponer, también en ellas se presentaba la psicología como la disciplina que "nos da a conocer las cualidades del alma humana", se definía a la conciencia como la "luz interior" del alma, se justificaba la tradicional división de esta en las facultades del "sentir, entender y querer", y se argumentaba a favor de su inmortalidad en unos términos tan grandilocuentes como significativos:
Si fuese verdad que el alma del hombre es material, y que ha de perecer con el cuerpo, esta sería una verdad muy triste y muy humillante para la humanidad. [...]
Pero no se crea que la inmortalidad del alma se funda en meros presentimientos o en motivos de interés; otras pruebas más sólidas la ponen de manifiesto.
La fe de las naciones, las apoteosis de sus héroes, la persuasión general del género humano, la naturaleza espiritual del alma, las ideas que tenemos de Dios, su providencia, su justicia, su bondad y los inconvenientes de la opinión contraria, son otras tantas pruebas de la inmortalidad del alma (Ramírez, 1851, col. 1758).
Teniendo en cuenta todos estos testimonios, parece pues evidente que la difusión del espiritualismo psicológico en la España del segundo tercio del siglo XIX no constituyó un fenómeno que pueda interpretarse como una mera circulación de ideas o corrientes de pensamiento, sino que apunta inversamente a la presencia de un ubicuo consenso cultural que condicionó a su vez el grueso de la producción filosófica de la época.
Ciertamente, la inspiración doctrinal proporcionada por el eclecticismo francés fue perdiendo fuelle con el tiempo y, de hecho, a partir de la década de 1860 el panorama filosófico se vio crecientemente dominado por la contraposición entre el racionalismo krausista y el neocatolicismo tomista (Heredia Soriano, 1989, pp. 383-398), corrientes ambas que desde un principio mostraron una actitud muy desdeñosa y crítica con el espiritualismo de raigambre cousiniana.
Así, por ejemplo, en un discurso pronunciado en 1861 en el Ateneo de Madrid, Francisco de Paula Canalejas, catedrático de literatura y discípulo de primera hora de Julián Sanz del Río, consideraba ya el eclecticismo como una doctrina totalmente estéril y periclitada, aunque no dejaba de reconocer que su influencia en la vida intelectual española seguía siendo más que notable, pues "con traducciones y paráfrasis de escritores eclécticos se alimentó a nuestra juventud, y bien puede sostenerse que aún posee esta doctrina la mayor parte de la inteligencia de nuestra sociedad, así como ha creado nuestras costumbres y nuestros sentimientos" (Canalejas, 1861, pp. 9-10).
Por su parte, los autores neocatólicos, con Juan Manuel Ortí y Lara, el Padre Zeferino González y —más tarde— Marcelino Menéndez Pelayo a la cabeza, no dejaron de denunciar el psicologismo y el panteísmo que, a su juicio, lastraba la filosofía de Cousin8.
El Padre González, por ejemplo, censuraba particularmente la pretensión de este último de "asentar el edificio de la ciencia humana sobre la base ruinosa y exclusiva de la psicología, esforzándose en deducir la enciclopedia toda de los conocimientos humanos de un hecho singular y una modificación psicológica" (González, 1864, p.
Pero, como ya he mostrado en un trabajo anterior (Novella, 2010), muchos docentes krausistas y neocatólicos respetaron durante años los contenidos de unos programas oficiales que suponían una herencia más o menos directa del espiritualismo ecléctico, cuya presencia en la producción filosófica española, por lo demás, se prolongó hasta el Sexenio y más allá merced a la actividad de los autores ya citados y de otros como Gumersindo Laverde, José Moreno Nieto, Francisco de la Pisa Pajares, Manuel Alonso Martínez o el mismísimo Antonio Cánovas del Castillo (Heredia Soriano, 1989, pp. 412-413).
En síntesis, pues, y como bien advirtió Canalejas, el espiritualismo psicológico —como elemento nuclear y más popular del eclecticismo y otras escuelas afines— todavía dominaría durante un tiempo "la inteligencia, las costumbres y los sentimientos" de un gran número de españoles instruidos.
MEDICINA, FILOSOFÍA Y ORDEN MORAL
Entre los diversos sectores de la "inteligencia" nacional, las tesis espiritualistas gozaron de una llamativa infiltración y popularidad en las reflexiones teóricas de los médicos españoles.
Frecuentemente acusados de asumir y propagar con sus doctrinas las perniciosas semillas del sensualismo y el materialismo o de constituir una poderosa avanzadilla de los presupuestos más controvertidos de la ciencia moderna9, lo cierto es que un sector mayoritario de la profesión abrazó en las décadas centrales del siglo XIX el espiritualismo (y otras doctrinas afines como el vitalismo) no solo como un eco diferido de las propuestas de una serie de médicos católicos franceses cuyas obras circularon ampliamente en España a lo largo de la década de 184010, sino como una consecuencia directa del clima filosófico e intelectual imperante en el país.
De este modo, las publicaciones médicas de la época abundan en todo tipo de escritos de filiación espiritualista en los que se censuraban airadamente las posiciones organicistas asociadas a corrientes como la Ideología, el sensualismo, el brusismo o la frenología, a la vez que promovían un género de reflexión teórica sobre la disciplina que hacía gala de un carácter abiertamente especulativo.
Junto al catedrático de obstetricia y médico de cámara de Isabel II Tomás del Corral y Oña —que en 1869 daría a la imprenta una Historia de la filosofía médica de clara inspiración vitalista—, uno de los cultivadores más señalados de esta "filosofía médica" fue, sin duda, el médico palentino Matías Nieto y Serrano (1813-1902), director de revistas médicas tan emblemáticas como la Gaceta Médica (1845-1853) o El Siglo Médico (1854-1936) y secretario perpetuo de la Real Academia de Medicina de Madrid a partir de 1861.
En uno de sus primeros escritos, publicado precisamente en el primer número de El Siglo Médico, Nieto lamentaba la "anarquía" en la que a su juicio se encontraba la "filosofía médica especulativa" debido a la "superabundancia de sectas", pero, sobre todo, a la problemática orientación general de la "medicina práctica",
que, sin saberlo ella misma, se ha dejado dominar demasiado por las teorías organicistas, que si las más de las veces solo le sirven de explicación más o menos feliz, algunas la arrastran, sobre todo en manos atrevidas o imprudentes, más allá del punto donde le convendría detenerse (Nieto y Serrano, 1854, p.
A partir de esta declaración de principios, Nieto se dedicó en los años siguientes a presentar en diversas obras como el Ensayo de medicina general (1860), La reforma médica (1863) y, sobre todo, el Bosquejo de la ciencia viviente (1867), una reelaboración crítica de los fundamentos de la medicina y la biología en la que es notoria la influencia general del vitalismo, el idealismo alemán (particularmente el neocriticismo del filósofo francés Charles Renouvier) y la Naturphilosophie romántica (Riera, 1977).
Pero, como él mismo reconocería más tarde en sus memorias, el impulso inicial para su empresa filosófica no lo proporcionó sino su contacto precoz con el espiritualismo francés:
La detenida lectura de las obras de Cousin, además de algunas otras que no es del caso mencionar, influyó en mi ánimo, apartándome de todo sistema exclusivo.
Obtuve con esto la ventaja de librarme del materialismo exclusivo y recobrar mi libertad de acción (Nieto y Serrano, 1902, p.
Y este trasfondo espiritualista es bien patente no solo en sus diversos escritos sobre la locura o la libertad moral (a los que más adelante me referiré), sino muy especialmente en las (literalmente) interminables polémicas que libró con Pedro Mata.
Como ya hemos apuntado, Mata fue uno de los escasos autores de relieve que mantuvo viva en aquella época la ambición de fundar el estudio del psiquismo sobre presupuestos estrictamente fisiológicos, lo que unido a su acusada vehemencia y fogosidad intelectual, le convirtió en el blanco preferente de las críticas de la mayoría espiritualista.
El propio Nieto fue el encargado de abrir las hostilidades en El Siglo Médico con una reseña del Tratado de la razón humana de Mata en la que atacaba duramente sus ideas por conducir a una negación completa de la espiritualidad del alma, la unidad de la conciencia y la responsabilidad moral:
Cuando se renuncia al yo para entronizar exclusivamente a la naturaleza, nada más legítimo que rechazar todo estudio sintético, todo análisis racional, para fijarse solo en el análisis empírico, concediéndole una importancia exagerada.
Pero la fisiología y la psicología tienen terrenos muy distintos y bien deslindados, y toda invasión de la una respecto de la otra debe considerarse como un abuso. [...]
Se fracciona al individuo, se le divide y subdivide, olvidando tal vez que no por eso deja de ser uno e indivisible; se sustituye la anarquía a la monarquía natural de su organismo; se le distribuye en potencias, y se las hace funcionar aisladamente. [...]
¡Débil apoyo concedido a esa libertad que se halla tan arraigada en la conciencia humana, a esa libertad [...] que proclama a gritos su autocracia en todos los momentos y en todas las determinaciones del ser inteligente!
Mata replicó entonces con una serie de cartas en las que rechazaba frontalmente las apreciaciones de Nieto (y, muy especialmente, el cargo de materialismo), aunque no desaprovechaba la ocasión para criticar severamente el vitalismo, cuestionar la naturaleza sustancial del 'yo' y reafirmar el necesario "consorcio" de la fisiología y la psicología:
Llevamos muchos siglos de vitalismo de todos los trajes y calibres, y estamos hoy como en los primeros tiempos, al paso que con pocos años de aplicación de la física y de la química a la fisiología ya se ha rasgado el velo del misterio respecto de muchos fenómenos vitales que el pretencioso vitalismo no ha sabido nunca esclarecer. [...]
Mire usted el yo, no como una entidad fantástica absurdamente indivisible, cual lo han hecho los yoístas, sino como una voz de sentido colectivo que representa el cuerpo y alma de cada cual, como un pronombre según ha sido siempre en la gramática. [...]
Lejos de confundir la fisiología con la psicología, lejos de anular a esta de una plumada como usted tan sin razón supone, hemos de dar a cada ciencia lo que le corresponde, y probar prácticamente que el divorcio establecido entre lo físico, lo moral y lo intelectual por ciertas escuelas es el mayor de los absurdos (Mata y Fontanet, 1859a, pp. 12, 39 y 83, cursivas en el original).
Visiblemente irritado, Nieto se apresuró a reiterar sus puntos de vista en una nueva serie de cartas en las que negaba a Mata cualquier originalidad filosófica y reducía su figura a la de un mero "expositor, más o menos afortunado, del materialismo" (Nieto y Serrano, 1859).
Pero, en esos momentos, Mata ya se había embarcado en una nueva y sonada polémica tras pronunciar el 16 de enero de 1859 en la Real Academia de Medicina de Madrid un provocativo discurso sobre Hipócrates y las escuelas hipocráticas en el que relativizaba su papel como genio fundador de la medicina occidental y, sobre todo, denunciaba su apropiación espuria por parte de la "reacción vitalista" del momento:
Era de ver que, resucitado en el mundo filosófico el espiritualismo y evocadas las sombras de Pitágoras, de Platón y de Descartes, había de resucitar también, en las ciencias médicas, el vitalismo, y evocarse igualmente las sombras de los Stahl, de los Bordeu y los Barthez, y como quiera que haya habido muchos vitalismos, a cual más estrambóticos y desacreditados, era una necesidad vestir al del siglo XIX con alguna túnica sagrada o venerable.
De aquí la restauración del hipocratismo y la evocación de la doctrina de Hipócrates, la que, gracias a una negación completa de lógica y espíritu analítico, se considera por los medios hipocratistas como el polo opuesto al materialismo en filosofía y fisiología (Mata y Fontanet, 1859b, p.
Tal como la calificaron sus adversarios, la "brusca e intempestiva" intervención de Mata levantó las ampollas esperables en el bando espiritualista y vitalista, acaparando la atención de los académicos a lo largo de un total de 18 extenuantes sesiones en las que el catedrático de medicina legal y toxicología contendió —con gran repercusión pública— con la flor y nata de los médicos de la corte (Ramos, 1984).
Entre estos se significaron especialmente los catedráticos de la Universidad Central Tomás Santero, Juan Castelló, José Calvo y Martín, Francisco Alonso y Juan Drumen, quienes, secundados por el higienista Francisco Méndez Álvaro y el propio Nieto, publicaron conjuntamente ese mismo año sus sentidos discursos en Defensa de Hipócrates, de las escuelas hipocráticas y del vitalismo, mientras El Siglo Médico, La España Médica y la parisina Revue Médicale (conocida justamente por su filiación vitalista) acogían en sus páginas las adhesiones de otros médicos eminentes como Pedro Felipe Monlau, Anastasio Chinchilla, José Varela de Montes y el sevillano Manuel de Hoyos Limón (autor de un voluminoso estudio sobre el Espíritu del hipocratismo en su evolución contemporánea aparecido unos años antes).
Inaccesible al desaliento, Mata replicó uno a uno a sus impugnadores y mantuvo una agria disputa con El Siglo Médico que relató con gran apasionamiento en un volumen cercano al millar de páginas que publicó al año siguiente, en el que compiló todas sus intervenciones en la "gran discusión" y reprodujo las numerosas cartas de apoyo que había recibido de parte de sus seguidores (Mata, 1860).
Con motivo de la aparición en abril de 1861 de El Pabellón Médico, una revista editada y dirigida por el farmacéutico madrileño Félix Borrell y muy cercana a las posiciones de Mata, Nieto volvió a la carga con una serie de artículos en los que tomaba el programa de esta publicación como un caso ejemplar de su denostado "materialismo médico" 11, para el cual "el espíritu, el alma, la vida, la sensación y el conocimiento son cosas vanas, o por mejor decir no son cosa alguna" (Nieto y Serrano, 1862, p.
Mata respondió de inmediato desde las mismas páginas de El Pabellón censurando la "pertinacia casi frisante en monomanía" de su adversario y el carácter dogmático y especulativo de sus escritos, declarándose "harto de fraseología platónico-aristotélica, empachado de abstracciones y ontologías, ahíto de cuestiones teológicas y metafísicas y hastiado de dimes y diretes palabreros" (Mata, 1863a, p.
A los pocos días, Nieto replicó en El Siglo Médico rebajando el tono y diciendo que no había sido su propósito "salir al paso de la escuela físico-química", sino solo "completarla en lo tocante a la filosofía por el mismo camino que ha seguido toda la escuela filosófica moderna" (Nieto y Serrano, 1863a, p.
Como pronto veremos, Mata y Nieto todavía se enzarzaron durante esos años en una nueva discusión a cuenta de la cuestión crucial de la "libertad moral", pero, dentro de los críticos acérrimos del primero (entre los que se contaron también autores no médicos como el propio Campoamor y Francisco Navarro Villoslada), cabe destacar por ahora la singular figura del médico, erudito y polígrafo barcelonés José de Letamendi (1828-1897), el "don Quijote de la lucha contra el positivismo" (Carreras y Artau, 1952, p.
Como discípulo de Xavier Llorens i Barba, Letamendi se formó filosóficamente en la órbita de la escuela catalana del 'sentido común' y, antes de perfilar su proyecto de una "antropología integral" y de acometer en las décadas de 1880 y 90 sus obras de madurez12, pronunció varios discursos en los que es evidente su militancia de primera hora en las filas espiritualistas.
Así, por ejemplo, en el Discurso sobre los elementos generales de ciencia con aplicación al método en medicina (1866), Letamendi afirmaba rotundamente el carácter fundamental para la ciencia de la distinción entre materia y espíritu:
Lo que la realidad de la naturaleza nos impone es el Dualismo Real; esto es, pues, lo que aceptamos, a saber: la totalidad de los objetos observables, dividida substancial y formalmente en dos especies: una espiritual y otra material: la primera, revelada a sí misma en el hecho de conciencia (mundo psicológico); y la segunda percibida por el espíritu a favor de los sentidos externos, como un ser claramente distinto de él (mundo material).
La imposición del asenso al Dualismo Real viene de una fuerza superior a la razón humana; toda cuestión de pretensiones científicas sobre este particular es fútil, absurda y petulante (Letamendi, 1866, pp. 33-34, cursivas en el original).
Y no menos tajante se mostraba un año después en una extensa intervención ante el Ateneo Catalán en la que justificaba su radical oposición al evolucionismo debido precisamente al salto cualitativo que implicaba en el orden natural la incontrovertible existencia en el hombre del alma racional, para cuya demostración Letamendi proponía en un célebre "soliloquio" una suerte de "experimento interno" mediante el cual el 'yo' se revelaba invariablemente como "autor, actor, censor, espectador, teatro y drama; todo idéntico; todo uno; todo simple; inmaterial, activo y libre" (Letamendi, 1867, p.
En consonancia con estos planteamientos, Letamendi atacó frontalmente las doctrinas de Mata en las páginas de sus efímeros Archivos de la Medicina Española (1868) y tomó igualmente el "frontispicio" de El Pabellón Médico como blanco de sus críticas, calificándolo como una "sinopsis materialista" rebosante de "chambonería científica" y de "sandeces disfrazadas de principios" (Letamendi, 1907a, p.
En cualquier caso, y más allá de las numerosas polémicas médico-filosóficas de la época, el discurso espiritualista del 'yo' también alcanzó otros ámbitos de reflexión más sectoriales pero igualmente significativos (y estrechamente relacionados) como los de la locura o la responsabilidad criminal.
De hecho, las décadas de 1850 y 1860 asistieron a una notable proliferación de escritos —en la prensa médica, en tratados generales de clínica como los debidos a Juan Drumen (1862) y Tomás Santero (1866-1868) y en las obras de algunos autores más vinculados al naciente alienismo— en los que se defendía una concepción netamente espiritualista de la locura (Diéguez, 1998).
Así, por ejemplo, un artículo publicado en 1858 en El Siglo Médico señalaba que, aunque "las afecciones mentales han debido resentirse y sufrir las influencias que desde hace medio siglo viene obrando el materialismo sobre las ciencias médicas", la verdadera filosofía, el sentido común y la experiencia clínica enseñaban que "los celos, las ambiciones frustradas, los reveses de la fortuna y las pasiones violentas [...] hieren directamente al ser inteligente y lo dislocan", de manera que era "un absurdo suponer que siempre y en todas las ocasiones no se puedan explicar las aberraciones del entendimiento sin una causa material que explique su razón de ser" (De la Rosa, 1858, p.
Del mismo modo, el propio Nieto dedicó una serie de trabajos a combatir la noción según la cual "la locura depende precisamente de una lesión material del cerebro", y a alertar de las consecuencias de un dualismo excesivo que, postulando la incorruptibilidad esencial del alma, dejase el camino igualmente expedito a una atribución sistemática de la locura a un desorden primario de la actividad cerebral (Nieto y Serrano, 1868a).
En su opinión, la locura consistía en una defectuosa objetivación del 'yo' que bien podía deberse a "causas accesorias, externas u ocasionales", pero que, debido a "la libre causalidad de los fenómenos de la inteligencia", no era sino una consecuencia del requerimiento impuesto al individuo de instituirse como "sujeto viviente" —esto es, como un "espíritu frente al cuerpo"—, por lo que su naturaleza era consustancial a la misma condición humana: "para que haya un loco solo es preciso que haya un hombre; y este hombre es cualquier hombre" (Nieto y Serrano, 1868b, p.
Entre los autores cuya producción o trayectoria profesional se ubicaba más de lleno en el campo de las enfermedades mentales, las tesis espiritualistas tuvieron una influencia muy acusada en figuras tan notables como el valenciano Juan Bautista Peset y Vidal (1821-1885) o el catalán Emilio Pi y Molist (1824-1892).
Del primero, por ejemplo, es sabido que redactó una Patología psicológica (1859) que quedó inédita en gran parte, aunque algunos de sus capítulos fueron publicados posteriormente en El Siglo Médico (Rey González, 1985).
En ellos, Peset partía de la naturaleza psíquica de los síntomas de la enajenación y de la "insuficiencia" de sus propios estudios anatomo-patológicos para abogar por una aproximación a la locura que pusiese en valor las aportaciones de la psicología "para penetrar en el intrincado laberinto de los fenómenos mentales" (Peset y Vidal, 1867, p.
Tras rechazar dogmáticamente el reduccionismo de "aquella escuela sensualista que consideraba los actos del espíritu como productos del cerebro o simples transformaciones de la sensación" (Peset y Vidal 1868a, p.
435), Peset daba a entender, eso sí, que la psicología requerida debía respetar la autonomía ontológica y la legitimidad epistémica de la conciencia.
Y, por ello, sus preferencias se situaban sobre todo en la órbita espiritualista de Maine de Biran, Royer-Collard y el propio Cousin, cuya autoridad invocaba finalmente para definir la locura como una "pérdida de equilibrio o armonía entre las diversas operaciones del alma" y, en suma, como una "abolición del libre albedrío y de la personalidad" (Peset y Vidal, 1868b, p.
Por su parte, Pi y Molist, más conocido por su dedicación a la renovación de la asistencia psiquiátrica y por su importante Proyecto médico razonado para la construcción del manicomio de Santa Cruz de Barcelona (1860) (Comelles, 2006, pp. 71-93), no dejó de expresar en uno de sus escasos trabajos teóricos sus dudas con respecto a la plausibilidad de una afectación parcial del psiquismo y del concepto mismo de monomanía recurriendo a un razonamiento que nos debe resultar familiar:
Puramente ilusoria es en el cuerdo la independencia de las facultades, e ilusoria también en el enajenado: en ambos resalta siempre la mancomunidad de la inteligencia, sensibilidad y voluntad; el trastorno de esta refleja el de las ideas, sentimientos y sensaciones.
El yo patológico no puede contradecir al yo fisiológico, que uno y otro son idénticos, son la imagen viva de la unidad del alma (Pi y Molist, 1864, p.
En este sentido, conviene recordar que la apelación a la unidad de la conciencia fue un argumento relativamente extendido entre los médicos para justificar su filiación espiritualista y rechazar de plano las posiciones organicistas.
Así, por ejemplo, el médico catalán Francisco Castellví y Pallarés, que curiosamente se significó por defender en diversos escritos la existencia de la monomanía y el carácter patológico de las conductas suicidas (Rey González, 1984), no dudó en señalar la quiebra de la unidad del 'yo' como una de las consecuencias más inaceptables de la necesaria fragmentación del psiquismo implicada por las aproximaciones materialistas, esto es, como una "multiplicidad del yo que destruye el yo" (Castellví y Pallarés, 1859, p.
Por supuesto, en virtud de la "sujeción de la materia a leyes ciegas, fatales e inflexibles", la otra gran víctima del materialismo no era sino la libertad del individuo y el "fundamento mismo de la moralidad, la justicia y la sociedad" (Castellví y Pallarés, 1859, p.
299), por lo que no es casual que la cuestión del libre albedrío también tuviera un protagonismo muy destacado en las polémicas médico-filosóficas de la época y, muy especialmente, en los debates teóricos relacionados con la determinación de responsabilidad criminal (Diéguez, 2003).
A este respecto, la discusión más célebre se inició a finales de 1862 a raíz de la presentación a la Real Academia de Medicina de Madrid de la memoria "Pasión y locura: Distinción fundamental entre ambos estados" por parte del médico y filósofo madrileño Joaquín Quintana y Ollero (1814-1903).
El texto de Quintana, que fue inmediatamente secundado por Nieto en su calidad de ponente de la Sección de Filosofía de la corporación (Nieto y Serrano, 1863b), constituye una de las aportaciones españolas de mayor nivel sobre las implicaciones médico-psicológicas del espiritualismo, y, en particular, sobre la naturaleza esencialmente irreductible de los fenómenos afectivos o la locura "en tanto hechos de conciencia".
Así, tras descartar enfáticamente que las pasiones pudieran concebirse como "el resultado de las acciones orgánicas o como simples dependencias de la vida" debido al "abismo insondable" que media entre los "fenómenos representados y los representativos", Quintana pasaba a describir su actividad como "el desenvolvimiento en la conciencia de la categoría de finalidad", puntualizando acto seguido que "no implican, pero tampoco excluyen las funciones reflexivas y voluntarias" (Quintana, 1863a, pp. 214, 227 y 229).
En la locura, por el contrario, la merma "total o parcial" de estas funciones era evidente de suyo, produciéndose una "enajenación de la personalidad" que impedía una atribución completa de responsabilidad a los actos del individuo.
Ahora bien, a pesar de esta "distinción fundamental y constante" entre ambos fenómenos, su común inserción en ámbito de la conciencia —por definición "libre, autócrata y espontánea"— impedía confiar en la existencia de "signos exteriores y ciertos" con los que determinar la presencia de la enajenación mental, por lo que Quintana no vacilaba en afirmar que:
Esta cuestión es y será siempre cuestión de probabilidades y nada más, probabilidades que a la ciencia progresiva toca ampliar e indefinidamente extender, sin que le sea dable en ningún caso encontrar signos orgánicos o de otra especie perfectamente ciertos de locura, mientras que la espontaneidad sea espontaneidad y no se someta a leyes fatales y sea atributo de la naturaleza humana la libertad.
Así pues, sea cualquiera el esmero que se ponga en la observación, siempre será posible encerrar en los manicomios a personas cuerdas como si fueran locos, y siempre habrá en medio de la sociedad una masa flotante de locos a quienes se rendirán las consideraciones de personas razonables y cuerdas (Quintana, 1863a, p.
Poco menos que escandalizado por semejante declaración de escepticismo ante una cuestión de tanto peso, y no solo desde un punto de vista teórico sino también corporativo, Pedro Mata se apresuró a "combatir las ideas, principios y doctrinas consignadas en la memoria del señor Quintana" en un extenso discurso que pronunció en tres sesiones celebradas en la Academia en febrero y marzo de 1863, en el que censuró su tratamiento "subalterno y desairado" de la fisiología, su énfasis en el carácter "vago y malseguro" de los signos exteriores de las pasiones y, sobre todo, su nula utilidad práctica —por moverse en un "terreno especulativo y psicológico puro"— en la determinación efectiva de responsabilidad (Mata, 1863b, pp. 203-204).
Como era de esperar, Quintana se defendió reafirmándose en sus posiciones y atacando el determinismo subyacente a los planteamientos de Mata, a la vez que apelaba a la "buena fe de todo médico que haya tenido necesidad de declarar ante un tribunal" para certificar la falta de un "punto de apoyo sólido y objetivo" con el que avalar un diagnóstico cierto y concluyente de locura (Quintana, 1863b, p.
Tras la participación en el debate de Nieto y del médico militar malagueño José María Santucho (ambos afines a las tesis de Quintana), la discusión prosiguió en septiembre del año siguiente con motivo de la celebración del Congreso Médico Español, cuya sexta sesión monográfica fue íntegramente dedicada al "criterio de la libertad moral en la perpetración del delito" y contó con nuevas intervenciones de Quintana, Nieto y Mata (secundado en esta ocasión por José Ametller y Federico Rubio) y hasta de Lorenzo Arrazola, Ministro de Gracia y Justicia (Martínez-Pérez, 1991).
Mata se declaró entonces decidido a "reivindicar [para los médicos] la posesión de un terreno que exclusivamente nos pertenece" y a "defender los extensos, profundos y luminosos trabajos de los alienistas" en la materia, adelantando un total de siete bases o criterios con los que establecer la delimitación pericial de la "razón apasionada" frente a la "locura manifiesta" 15.
Pero, aparentemente insatisfecho con el resultado de la discusión, el médico catalán publicó en 1868 dos nuevas obras (tituladas respectivamente Criterio médico-psicológico para el diagnóstico diferencial de la pasión y la locura y De la libertad moral o libre albedrío) en las que compiló sus intervenciones en los debates en la Academia y el Congreso, sus dictámenes en diversos casos penales y civiles en los que había sido consultado (como los de Pedro Fiol y Juana Sagrera) e incluso una extensa contrarréplica a los últimos discursos de Quintana, Nieto y Santucho en la polémica de 1863.
Un tanto molestos por la extemporánea insistencia de Mata, Nieto y Quintana todavía respondieron desde las páginas de El Siglo Médico, reiterando su convicción de que los planteamientos "positivistas y materialistas" de aquel eran esencialmente incompatibles con la realidad sacrosanta e inviolable de la libertad moral: "la libertad —concluía Nieto en este sentido— es tan necesaria como el mismo sujeto consciente, y en la metafísica del objeto absoluto se hace imposible conservarla [...].
Por eso el señor Mata ha escrito un libro cuyo título exacto debiera ser Proceso contra la libertad moral" (Nieto y Serrano, 1869, p.
Por su parte, Quintana quiso llevar la cuestión a los fundamentos mismos de las posiciones de Mata, clamando contra su "vano empeño de hacer de la realidad psíquica una especie de reflejo sin entidad propia de la materia cerebral, [...] y de embutir violentamente y a golpe de mazo la psicología en el perímetro de la fisiología del cerebro" (Quintana, 1869, p.
En síntesis, pues, puede decirse que salvaguardar el viejo dogma del libre albedrío y la responsabilidad moral fue una de las razones que movieron a un buen número de médicos españoles a abrazar el espiritualismo psicológico durante gran parte del siglo XIX, aunque para ello incurrieran en dificultades teóricas y prácticas a la hora de reafirmar su competencia en la determinación pericial del crimen y la locura.
Y, de hecho, solo con la circulación en las décadas finales de la centuria de los planteamientos organicistas y abiertamente deterministas de doctrinas como la teoría de la degeneración y la antropología criminal, la espinosa cuestión de la libertad moral dejó de tener una relevancia significativa en las consideraciones teóricas de los médicos españoles en torno a la conducta y la experiencia desviada (Huertas & Martínez-Pérez, 1993).
Como es sabido, el clima de apertura y libertad de expresión que caracterizó el Sexenio Revolucionario (1868-1874) propició una creciente difusión de los planteamientos naturalistas y monistas inherentes a diversas doctrinas y corrientes de pensamiento como el trasformismo darwinista, el positivismo comtiano y spenceriano o el materialismo de origen germánico (Núñez Ruiz, 1975, pp. 37-41; Heredia Soriano, 1989, pp. 410-411).
Pocos años después, los cenáculos intelectuales españoles empezaban a conocer y asimilar los métodos y resultados de la nueva psicología experimental y fisiológica, cuyos pioneros europeos aspiraban a fundar nada menos que un conocimiento científico-natural del psiquismo, a abandonar la primacía epistémica de la introspección y, en suma, a emancipar a la disciplina del ámbito del discurso filosófico (Mueller, 1963, pp. 319-332).
Así, mientras publicaciones de prestigio como la Revista Europea o la Revista Contemporánea daban a conocer en la década de 1870 las obras de autores como Wundt, Ribot o Spencer, los manuales escolares de psicología de Francisco Giner de los Ríos (1878) o Urbano González Serrano (1880) se hacían eco —tal como se anunciaba en el mismo subtítulo de la segunda edición de las Lecciones de Giner— de "los últimos progresos de la antropología y la fisiología psicológica", e incluso los polémicos Ensayos de psicología celular de Ernst Haeckel eran reunidos en una versión castellana prologada por el anatomista Peregrín Casanova y aparecida en Valencia en 188216.
Como pone de manifiesto el gran número de debates mantenidos en aquellos años en el Ateneo de Madrid en los que se abordaron cuestiones de interés psicológico17, la irrupción del espíritu antimetafísico —cuando no abiertamente materialista— impulsado por el positivismo y las nuevas teorías psico-fisiológicas afectaba de lleno a los presupuestos antropológicos encarnados durante décadas en el discurso espiritualista del 'yo', por lo que no es casual que, junto al evolucionismo, la psicología constituyera en España uno de los escenarios cardinales en los que se dirimió la confrontación que acompañó al despliegue de la nueva ciencia positiva y experimental (Núñez Ruiz, 1975, p.
Naturalmente, e igual que ocurrió con el darwinismo (Glick, 2011), las implicaciones de este nuevo clima intelectual para el discurso psicológico tradicional fueron advertidas de inmediato por los representantes más destacados de todas aquellas escuelas que, sucesiva pero ininterrumpidamente, lo habían sostenido hasta entonces.
Y, en este sentido, es muy revelador que la crítica del materialismo y del supuesto monista presuntamente alentado por el positivismo y la nueva psicología 'científica' reuniera entonces en un mismo bando a espiritualistas como Patricio de Azcárate, neocatólicos como el Padre Zeferino González, krausistas como Francisco de Paula Canalejas y hasta hegelianos como el sevillano Antonio María Fabié18.
Retrospectivamente, estas resistencias son muy significativas con respecto al importantísimo papel ideológico desempeñado por el discurso del 'yo' en la cultura española de buena parte del siglo XIX.
Desde luego, no cabe duda de que el 'yo' sustancial, unitario y activo de la psicología espiritualista decimonónica operó como un axioma destinado a contrarrestar las fuertes tendencias de naturalización, reducción y fragmentación del psiquismo implícitas en la aproximación objetivante, analítica y experimental propia de la ciencia moderna (Goldstein, 2005, pp. 324-329).
Y, por ese motivo, el sensualismo y la frenología primero, y la psicología fisiológica después, aparecieron a los ojos de un gran número de españoles cultos del siglo XIX como una serie de doctrinas particularmente aberrantes cuyos postulados resultaba imperioso combatir, pues sus consecuencias no eran sino una completa degradación moral del hombre y un angustioso desencantamiento del mundo en medio de las inevitables zozobras de la vida.
Así, por ejemplo, el jurista y arabista José Moreno Nieto, uno de los últimos representantes españoles del espiritualismo ecléctico y destacado oponente del positivismo en los debates del Ateneo, alertaba en una fecha tan tardía como 1876 sobre los procedimientos de la nueva psicología fisiológica y las implicaciones de sus supuestos epistemológicos en unos términos que resultan sumamente reveladores:
Al dirigir la mirada sobre el mundo que nos ofrece, se advierten en él vacíos inconmensurables cuya contemplación pone en el espíritu no sé qué estremecimiento o estupor, o impresión, que se parece a la que dejan en el hombre las tinieblas y la noche fría.
¿Qué concepción puede dar esa filosofía de la vida?
¿Cómo resolverá el problema de la existencia universal? [...]
La inteligencia es sensación trasformada, acumulada, repetida con más o menos vehemencia, y luego sumada o generalizada.
La conciencia es la totalidad de las sensaciones ya elaboradas reducidas a la unidad.
¡Qué serie de hipótesis y supuestos imaginarios!
¡Qué de saltos mortales, qué de absurdos! [...]
Después de quitado Dios, y la vida moral, y la inmortalidad del alma, dejad que esa doctrina inspire a los hombres y los dirija.
Pronto el mundo presentaría aquel cuadro aterrador de desolación y espanto que nos pinta Byron en las tinieblas (Moreno Nieto, 1876, pp. 17-25 y 29).
Pero, en un sentido más amplio, el discurso del 'yo' y el consenso espiritualista en el que se sustentó durante décadas también expresaban el estado de una cultura que, en líneas generales, todavía no había escindido hechos y valores ni asumido la prioridad gnoseológica de las aportaciones de la ciencia natural, por lo que, en última instancia, su relevancia histórica debe situarse antes que nada en el marco del largo, complejo y azaroso proceso de implantación de la nueva cosmovisión emanada del despliegue de la ciencia moderna.
Y, en este sentido, nada mejor que recordar el propio testimonio de Patricio de Azcárate, que todavía en 1853 podía afirmar con total confianza que:
jamás las luces pueden perjudicar a la verdad; y siendo la religión toda verdad, jamás pueden perjudicarla los conocimientos filosóficos.
Lo cierto es que, cuanto mayores han sido los descubrimientos en ciencias naturales, tanto más evidentes han resultado las interpretaciones bíblicas, dadas por la Iglesia a los libros santos; y cuantos más progresos se han hecho en el conocimiento de Dios, del hombre y de la naturaleza por la razón, tanto más se han afianzado las verdades fundamentales de la religión, como la existencia de Dios, la de su providencia, la espiritualidad e inmortalidad del alma, y la inmutabilidad del principio moral (Azcárate, 1853, pp. 15-16). |
El papel de la psiquiatría y la criminología1
El objetivo de este trabajo es analizar cómo la psiquiatría y la criminología contribuyeron a patologizar al criminal y a criminalizar la locura, ahondando en la estigmatización y marginación del enfermo mental y los individuos con comportamientos desviados.
Partiendo de las reflexiones de Michel Foucault sobre la noción de individuo peligroso y anormal, pretendo enmarcar la construcción del sujeto peligroso en España durante el periodo 1880-1936 tomando en cuenta tres cuestiones: 1) el impacto del degeneracionismo en los peritajes psiquiátricos y la recepción de la antropología criminal en España durante las décadas de 1880 y 1890; 2) la pugna entre psiquiatras y juristas en torno a los conceptos de responsabilidad, libre albedrío y peligrosidad potencial, que condujo a un sector de la psiquiatría a introducir a mediados de la década de 1890 una noción, la de responsabilidad atenuada, que permitía una nueva definición del individuo peligroso y la defensa social; y 3) el tratamiento de la peligrosidad social del enfermo mental por parte del movimiento de higiene mental entre 1920 y 1936.
Existe un amplio consenso historiográfico en convenir que la patologización del crimen fue un proceso vinculado al nacimiento y desarrollo de la psiquiatría.
Los interrogantes historiográficos que suscita la vinculación entre crimen y locura son numerosos y forman parte de innumerables trabajos.
Buena parte de la producción se ha centrado en explicar cómo se produjo la identificación entre crimen y locura, en analizar cuales fueron los discursos y prácticas que difuminaron las fronteras entre ambos fenómenos y en estudiar cómo y por qué se pasó de propugnar la curación de todos los enfermos mentales, incluidos los que cometían actos criminales, a plantear su castigo.
Michel Foucault, cuya influencia en este terreno es indiscutible, planteó que, desde sus inicios, la psiquiatría codificó la locura como enfermedad y como peligro, y que los momentos «fuertes» de su historia se habrían producido «cuando las dos codificaciones» habían «estado efectivamente ajustadas» o cuando había existido «un único tipo de discurso, un único tipo de análisis, un único cuerpo de conceptos» que habían permitido «constituir la locura como enfermedad y percibirla como peligro» (Foucault, 2001, 112).
Este planteamiento, defendido por el autor francés en diversos escritos (Foucault, 1990a; Foucault, 1990b), ha servido para desarrollar una prolífica línea de trabajo que considera a la psiquiatría como una rama de la higiene pública y al asilo como una institución de exclusión, control y defensa social (Dörner, 1974; Scull, 1979; Castel, 1980; Álvarez-Uría, 1983).
Esta perspectiva tendría como trasfondo un interés principal —el estudio de las técnicas de disciplinamiento y normalización de la población— y llevaría implícita la negación del carácter científico de la psiquiatría.
Sin embargo, algunos de estos puntos han sido matizados y discutidos.
Así, Gladys Swain defendió que, en los orígenes del alienismo, en el proyecto de tratamiento moral de Pinel, no hubo un proyecto represivo y de exclusión de la locura, sino un proyecto positivo que buscaba el tratamiento médico y el alivio del sufrimiento del enfermo (Swain, 1977).
Por su parte, Lantéri-Laura también consideraba que el «paradigma de la alienación mental», representado por las obras de Pinel y Esquirol, no entrañaba estrictamente un proyecto de defensa social, pues frente a los actos criminales cometidos por el sujeto alienado prevalecía su estatuto de enfermo (Lantéri-Laura, 2000, 73-133).
Es cierto que, desde mediados del siglo XIX, con la adopción del degeneracionismo como paradigma de la psiquiatría, la identificación entre locura y crimen se hizo más evidente, resultando difícil marcar las diferencias entre ambos.
La irrupción de las tesis de la Antropología criminal contribuyó a borrar dichas fronteras, dejando una huella que perduró más allá de la vigencia de sus propias teorías (Peset, 1893).
En este sentido, una cuestión fundamental que marcó todos los modelos médicos de criminalidad fue la preocupación de la psiquiatría por la existencia de las «locuras parciales».
Estas, en sus distintas formas, habrían jugado un papel esencial tanto en la vinculación entre locura y crimen como en la propia definición psiquiátrica de la peligrosidad (Huertas, 2011).
Ahora bien, que exista un continuum histórico no significa, desde nuestro punto de vista, que esta configuración responda a ningún orden, ni que las etapas en la definición de la peligrosidad y la vinculación entre locura y crimen se superpongan teleológicamente.
Las diferencias de discursos y propuestas de los psiquiatras españoles en las décadas de 1880 y 1930 ejemplifican bien este extremo.
Entre ambos periodos existe un vínculo encarnado por la existencia de las locuras parciales, pero la visión del sujeto peligroso y del trato que debía recibir eran distintas.
Los psiquiatras degeneracionistas de la década de 1880 introdujeron el debate sobre el libre albedrío y la irresponsabilidad de los enfermos mentales que cometían actos contra la sociedad.
No parece que desarrollaran, aunque la criminología sí lo estuviera haciendo, un discurso sobre la defensa social o que concibieran, más allá de la retórica, a la psiquiatría como una rama de la higiene pública.
Sin embargo, los psiquiatras de la II República, inmersos en el movimiento de higiene mental, se alinearon con la higiene, la defensa social y la profilaxis del crimen, desarrollando un discurso muy elaborado sobre la peligrosidad potencial del enfermo mental y la necesidad de implementar medidas de defensa social.
Por otra parte, los intereses profesionales y las estrategias de legitimación de la profesión también tuvieron un papel importante en la gestación de las vinculaciones entre locura, crimen y peligrosidad.
La presencia de los psiquiatras en los tribunales de justicia como peritos fue fundamental en este sentido.
Sus intereses en tanto que peritos no fueron exactamente los mismos que desarrollaron en el terreno clínico.
El espacio en el que ejercían su profesión es un elemento de enorme importancia que contribuye a comprender mejor el desarrollo de la peligrosidad en el ámbito psiquiátrico (Goldstein, 1987; Campos, 1999; Huertas, 2002).
Asimismo, es necesario establecer los puntos de conexión entre las propuestas psiquiátricas y las legislaciones —y su aplicación— para poder calibrar, más allá de las proclamas, la textura de las medidas que se aplicaban.
La historiografía muestra, en este sentido, que no siempre las leyes se hicieron a imagen y semejanza de las reivindicaciones psiquiátricas (Renneville, 2003).
El objetivo del presente trabajo es analizar algunas de las vías a través de las que se construyó el concepto de peligrosidad en España entre 1880 y 1936.
Para ello, abordaré algunos aspectos relacionados con la psiquiatría y la criminología, centrándome en el papel de los peritajes psiquiátricos durante la década de 1880 como principal vía de penetración y reelaboración del degeneracionismo y el lombrosianismo, para, a continuación, tratar la influencia posterior de la doctrina de la responsabilidad atenuada en la definición de un nuevo concepto de peligrosidad y de sujeto peligroso vinculado a la defensa social.
Por ultimo, estudiaré cómo los psiquiatras militantes en el movimiento de higiene mental de las décadas de 1920 y 1930 intentaron ofrecer una definición de la peligrosidad y de la prevención del delito más sofisticada, llegando a plasmarse durante la II República en leyes represivas como la Ley de Vagos y Maleantes.
LA LOCURA EN LOS TRIBUNALES DE JUSTICIA
En la década de 1880 la psiquiatría española adoptó el degeneracionismo como modelo explicativo del crimen, abandonando el de monomanía (Campos, Martínez, Huertas, 2000; Plumed, Rey, 2002).
Su aceptación fue simultánea a la incorporación de las teorías lombrosianas, dando lugar a una amalgama de ideas en la que resultaba difícil distinguir lo que provenía específicamente de cada una de ellas (Campos, Huertas.
El hecho de que la principal vía de penetración del degeneracionismo y la Antropología criminal fueran, al menos en un primer momento, los peritajes psiquiátricos llevados a cabo por José María Esquerdo y su círculo de colaboradores en un serie de casos criminales de gran impacto social, marcó una clara deriva del alienismo hacia la identificación del loco con el criminal (Álvarez-Uría, 1983; González González, 1994; Huertas, 2004; Campos, 2012).
Ambas doctrinas tuvieron una importancia fundamental en la construcción de unas de las primeras imágenes del sujeto peligroso de la España decimonónica, superando la importancia que había tenido en un primer momento la monomanía (Huertas, Martínez-Pérez, 1993).
La década de 1880 fue crucial para la definición de la psiquiatría como ciencia.
La convergencia de diversas transformaciones en los ámbitos científico, judicial, político y cultural hizo posible la configuración y visibilización definitiva del loco criminal (Maristany, 1973, 1998; Álvarez-Uría, 1983; Campos, 2012).
A los cambios operados en el campo psiquiátrico hay que sumar los producidos en el campo jurídico, plasmados en el proceso de codificación penal y en la promulgación de leyes como la de enjuiciamiento criminal de septiembre de 1882, que jalonan la transición desde una justicia anclada en una cultura judicial histórica de corte inquisitorial a otra moderna y acorde con los principios liberales (Ríos-Font, 2005; Petit, 2005; Campos 2012).
En este contexto, Esquerdo lideró una ofensiva en las salas de justicia con el propósito de dar a conocer a la opinión pública y a los magistrados los progresos del alienismo y legitimarlo socialmente como disciplina científica.
La estrategia se basaba en demostrar públicamente la relación entre locura y crimen, reclamando para la psiquiatría al loco criminal (Álvarez-Uría, 1983).
El inicio de la campaña lo marcaron los casos de Otero, que en 1879 atentó contra el Rey Alfonso XII (Consiglieri, Villasante, 2008) y el de José Garayo «el Sacamantecas», que, entre 1870-1879, violó y destripó a varias mujeres en la provincia de Álava (Huertas, 2004).
Esquerdo actuó como perito de la defensa en ambos casos, defendiendo la locura y por tanto la irresponsabilidad penal de los acusados, aunque sin éxito, pues ambos fueron condenados a muerte y ajusticiados.
Como respuesta a las decisiones judiciales, entre marzo de 1880 y febrero de 1881 Esquerdo dictó cuatro conferencias —bajo el título común de Locos que no lo parecen— consagradas a demostrar que los jueces habían cometido un error judicial en los dos casos casos2.
Estas conferencias muestran cómo se estaba produciendo el cambio de modelo explicativo del crimen desde la monomanía al degeneracionismo.
Así, las dos primeras, dedicadas al caso Otero, estaban circunscritas al paradigma de la monomanía (Conseglieri, Villasante, 2008).
Sin embargo, en las dos siguientes, centradas en «El Sacamantecas», se aprecia un interesante cambio, pues Esquerdo, pese a diagnosticarle una «monomanía genésica», utilizaba numerosos elementos del degeneracionismo y la Antropología criminal —como los estigmas físicos y la herencia biológica— para demostrar su enfermedad mental (Álvarez-Uría, 1983; Huertas, 2004).
De este modo, la descripción antropométrica de «El Sacamantecas» resaltaba con fuerza sus estigmas físicos, que adquirían el valor de signo inequívoco de su naturaleza enferma y su locura:
Garayo, bajo el punto de vista somático, presenta una cabeza contrahecha, deforme; pero ¡que deformidad, señores!
Ancha en su base, angosta en su bóveda, estrecha en la frente y espaciosa hacia el occipucio; la curvadura posterior está tan deprimida, que desde lo lato de la cabeza hasta la parte posterior de la cerviz se baja por un solo plano; solo a los lados y partes inferiores de dicho plano se distinguen dos anchas prominencias: el diámetro transversal predomina sobre el ántero-posterior, y de las dos mitades en que este la divide es la derecha mucho mayor que la izquierda: no presenta en toda su extensión más que una cicatriz de 3 centímetros de extensión, huella de una antigua herida (Esquerdo, 1881, 155).
La descripción de su cuerpo se completaba con la de su rostro, que se caracterizaba por tener los pómulos salientes, los ojos pequeños, hundidos, desiguales, desnivelados y las cejas pobladas, rasgos que le daban «un aspecto tenebroso» y una mirada «fiera e intensa» (Esquerdo, 1881, 156).
Igualmente, Esquerdo establecía una estrecha vinculación entre su enfermedad mental y su herencia biológica, trazando un árbol genealógico familiar profundamente patológico en el que sus padres, hermanos, sobrinos e hijos padecían locura (Esquerdo, 1881, 159).
Desde ese momento, los integrantes de su círculo comenzaron a intervenir públicamente con el objeto de demostrar que muchos locos terminaban en prisión o en el patíbulo por no haberse realizado peritajes psiquiátricos o no haberse tomado en cuenta sus resultados cuando se practicaban.
Paralelamente, continuaron con la ofensiva en las salas de justicia, favorecida desde 1882 por la nueva ley de enjuiciamiento criminal, que contemplaba la celebración de juicios orales y públicos y permitía la presencia de curiosos y de la prensa, de manera que esta última acabó jugando un papel de primer orden en la difusión de las nuevas ideas que relacionaban la locura y la criminalidad (Seoane, 1989; Trinidad Fernández, 1991; Campos, 2012, 35-40, 131-136).
Los procesos de Manuel Morillo (1884), acusado de asesinar a la madre de su novia y de herir gravemente al padre (Campos, 2012), el del cura Galeote, asesino del Obispo de Madrid (1886) (Varela, Álvarez-Uría, 1979; Campos, 2003), el de Hillairaud (1887), que intentó asesinar al Mariscal Bazaine en Madrid (Sánchez de Ocaña, 1887; Escuder, 1895, 107-129), o el del escritor Remigio Vega Armentero (1889), que mató a su esposa por celos (Fernández, 2001), se sucedieron durante toda la década y dieron la oportunidad, entre otros, a Jaime Vera, Luis Simarro y José María Escuder, de participar como peritos y defender la vinculación entre locura, criminalidad, herencia patológica y anormal conformación orgánica.
Escuder destacará sobre todos ellos en la defensa de estos postulados.
Sus informes periciales en los casos de Morillo, Galeote e Hillairaud son un ejemplo de utilización escolástica y dogmática de los postulados degeneracionistas y las teorías lombrosianas (Álvarez-Uría, 1983; Campos 2012).
Sus peritajes se caracterizaban por la construcción de árboles genealógicos llenos de enfermos mentales y anormales que transmitían sus padecimientos generación tras generación hasta desembocar en el loco criminal que se juzgaba.
Asimismo, las descripciones físicas de los procesados que realizó eran profundamente expresivas y tenían tintes novelescos.
Cuerpos maltrechos, rostros deformes, cráneos anormales, aspectos simiescos, frentes de reptil o estrabismo, son, de hecho, algunos de los estigmas recurrentes en sus peritajes.
Como trasfondo de estos cambios, hay que considerar que, tradicionalmente, la locura no había sido considerada como una enfermedad en sentido estricto, sino más bien como un desorden del espíritu (Renneville, 2003).
La tarea que acometieron los primeros alienistas fue medicalizarla, transformándola en una enfermedad.
Para ello, combatieron el concepto popular de locura, que comportaba una pérdida completa de la razón y se manifestaba por un delirio fácilmente perceptible a los ojos de los profanos.
Esta era la concepción que a lo largo del siglo XIX defendía la mayoría de la judicatura española, que insistía en que para «deslindar la normalidad de la locura» no era necesario el «criterio psiquiátrico» sino «la evidencia percibida por la razón, los sentidos» y, en definitiva, por «el sentido común» (González González, 1994, 39).
A esta concepción de la locura los frenópatas contrapusieron un sistema de clasificaciones nosográficas que ampliaba notablemente el concepto de locura y cuya comprensión requería el buen ojo clínico del nuevo experto en la materia.
Esta tensión, presente en todos los foros de discusión, se hizo patente en los juicios y, de manera especial, en los turnos de preguntas y respuestas que seguían a las exposiciones periciales, percibiéndose nítidamente los intentos de los juristas de desmontar los argumentos científicos de los alienistas al subrayar sus contradicciones y la inconsistencia de muchos de sus argumentos.
Esta oposición doctrinal en torno a la enfermedad mental dio lugar a la construcción de dos retratos del sujeto peligroso.
La psiquiátrica ahondaba en el componente patológico y en la inquietante idea de la existencia de «locos que no lo parecen» que entrañaban un peligro latente.
La jurídica negaba los elementos patológicos y la existencia de una estructura morbosa de la personalidad, remitiendo a comportamientos y situaciones familiares desviadas de las normas que se traducían en concepciones erróneas de la realidad social.
Por otra parte, los peritos se encontraban con trabas jurídicas para exponer sus criterios científicos ante los tribunales.
En algunos juicios como el de Morillo, el presidente del tribunal les prohibió referirse a acontecimientos que no se hallasen comprobados en el sumario, debiendo circunscribir sus peritajes al estado mental del acusado en el momento de cometer su crimen.
Esta delimitación les impedía explicar el origen de la enfermedad mental y referirse a la herencia patológica (Campos, 2012, 158-160).
Sin embargo, la práctica muestra que la exposición de los cuadros patológicos de las familias por parte de los peritos acabó siendo tolerada en los tribunales de justicia.
No obstante, y pese a las prohibiciones de los jueces, tanto la defensa como la fiscalía intentaban averiguar si los acusados habían mostrado síntomas de locura con anterioridad a su crimen (Foucault, 2001, 28).
Así, en los juicios de Morillo o Galeote, las preguntas de la fiscalía se dirigieron a averiguar si podían existir intervalos de razón en sus supuestas locuras, mientras que la defensa intentaba que los testigos corroborasen que la alienación mental venía de antiguo.
En estos interrogatorios se percibe el peso de la visión tradicional de la locura, pues tanto las preguntas como las respuestas partían de la premisa de que cualquiera podía percibir la locura de un individuo.
Pero, en algunos casos, se iba más lejos, y los testigos llegaban a establecer la conexión hereditaria de la patología traspasando los límites marcados por la ley.
Así, por ejemplo, en el juicio del cura Galeote, el abogado defensor preguntó a José García, que conocía de antiguo al acusado, si sabía de «algún individuo de la familia del procesado que esté loco», respondiendo este que:
sí, que Gabriel está medio loco, y Daniel murió en concepto de demente, y algún individuo de la familia del procesado por parte de madre, encuéntrase en estado de idiotismo y le llaman vulgarmente el tonto cotilla.
Dice respecto a Galeote, que tan arraigada es su creencia de que se halla loco, que la última vez que lo vio no pudo menos de exclamar al separarse: -Pobre Cayetano!
En el polo opuesto estaría el argumento del fiscal del proceso del célebre crimen de la calle de San Hermenegildo, que, ante la posibilidad de que el reo fuera epiléptico, concluía que la apelación a la locura de los acusados se había convertido en una moda y defendía que «hay hechos aislados, grandes crímenes cometidos sin ningún motivo aparente, sin que se conozcan las causas que de ordinario explican, sin justificarla, la acción criminal» (Sáez Domingo, 1885, 111).
Pero esos motivos desconocidos no tenían que responder necesariamente a una patología mental, sino a una personalidad malvada y cruel.
En una línea similar, aunque en un tono más conciliador y matizado, el fiscal del proceso Hillairaud consideraba que el «procesado», por su educación, hábitos y «falta de sólidas creencias», había dedicado su «vida a la satisfacción de sus instintos materiales», dejándose llevar por sus pasiones «sin freno» y sus impulsos desordenados, hasta el punto de cometer su crimen (Sánchez de Ocaña, 1887, 43).
Llegados a este punto, conviene reflexionar sobre el calado de los peritajes psiquiátricos.
Michel Foucault ha señalado con acierto que los peritajes traspasaban la línea marcada por la ley penal, que solo permitía juzgar delitos previamente establecidos y recogidos en el Código Penal.
Los peritajes, en este sentido, introducían elementos laxos que se referían a los comportamientos de los encausados, integrando su acto en la conducta global del individuo.
«La pericia permitiría constituir un doblete psicológico ético del delito», poniendo de relieve no una «infracción en el sentido legal del término, sino una irregularidad con respecto a una serie de reglas que pueden ser fisiológicas, psicológicas o morales».
Además, los peritajes intentaban demostrar «cómo el individuo se parecía ya a su crimen antes de haberlo cometido», construyendo a partir de lo que denomina «ilegalidades infraliminares» una «reconstrucción anticipatoria del crimen» (Foucault, 2001, 27-28).
En este sentido, los peritajes, con su lenguaje pueril y sus ambigüedades, construirían un individuo moralmente defectuoso y con comportamientos peligrosos (Foucault, 2001, 28-30).
De las dos concepciones sobre el individuo criminal enfrentadas se extraían consecuencias jurídicas que prolongaban la discusión en otros ámbitos.
Frente a los principios defendidos por los juristas sobre la responsabilidad penal del individuo, que solo contemplaba la locura como eximente en determinados casos, los alienistas esgrimieron los argumentos degeneracionistas y lombrosianos para defender la irresponsabilidad penal de los locos criminales, negando la existencia del libre albedrío.
Así, Victoriano Garrido, próximo a Esquerdo, consideraba que el libre albedrío era una «rémora del progreso» frente a la que se alzaban las «límpidas aguas de la escuela positivista» (Garrido, 1888, 6-9), y afirmaba que los estudios de Ferri y Lombroso absorbían en ese momento de tal modo la atención de los jurisconsultos, médicos y legisladores que resultaba imposible sustraerse a «esa corriente general que impregna a la manera de suave rocío el espíritu contemporáneo» (Garrido, 1888, 230).
Los peritajes psiquiátricos habían contribuido notablemente a abonar el terreno para su eclosión, familiarizando a los tribunales y a la opinión pública con la terminología del degeneracionismo y con la idea de la existencia de individuos azotados por la locura cuyo aspecto físico y herencia patológica les delataban como peligrosos.
Desde comienzos de la década, la Antropología criminal había comenzado a ser conocida en España, sucediéndose los trabajos que la defendían, así como los peritajes que se basaban en sus principios (González González, 1994, 180).
Pero fue en 1887 cuando la notoriedad de los peritajes psiquiátricos en la difusión del degeneracionismo y la Antropología criminal provocó airadas respuestas de los magistrados a estas nuevas ideas sobre el crimen.
Ese año, el Presidente del Tribunal Supremo finalizó su discurso de apertura de los tribunales enfatizando que estos rechazarían taxativamente las nuevas doctrinas positivas por su carácter destructor de todo sistema social (Maristany, 1973).
El enfrentamiento entre juristas y médicos sobre la responsabilidad penal del loco delincuente y sobre la naturaleza del criminal alcanzó uno de sus puntos culminantes en el largo y apasionado debate sobre «Los médicos alienistas y los tribunales de justicia» que tuvo lugar en la Academia Médico Quirúrgica durante el primer semestre de 1887, y que alcanzó su máxima intensidad con la amarga disputa entre José María Escuder y el Secretario de la Real Academia de Jurisprudencia, Luis Arquiola (Campos, 2012, 237-246).
Sin embargo, hubo críticas más inteligentes, como las del catedrático de derecho penal de la Universidad de Oviedo Félix Aramburu.
Seguidor de las tesis correccionalistas, en 1887 publicó La nueva ciencia penal (exposición y crítica), donde refutaba las ideas lombrosianas.
Pese a su abierta crítica, fue la primera exposición pública y minuciosa de la Antropología criminal en España.
Aramburu defendía el derecho penal clásico y descalificaba la Antropología criminal, contraponiendo al determinismo biológico y a las innovaciones penales de la misma la existencia del libre albedrío y la proporcionalidad de las penas (Maristany, 1973; Campos, Huertas, 2013).
No obstante, en la década de 1880 el debate no se centró tanto en la peligrosidad del loco criminal como en demostrar su irresponsabilidad penal y en cuestionar la existencia del libre albedrío.
La utilización de conceptos propios de la Antropología criminal, entremezclados con el degeneracionismo, no pretendía mostrar la existencia de un criminal nato, sino la vinculación entre locura, herencia biológica, defectuosa conformación corporal e irresponsabilidad penal.
De hecho, era un discurso con una fuerte carga filantrópica, contrario a la pena de muerte y favorable, al menos en su retórica, al tratamiento humanitario del loco criminal, por lo que se alejaba de los principios de defensa social de la escuela italiana.
El trasfondo de las discusiones entre psiquiatras y juristas en los juicios fue la tensión entre una visión esencialista de la locura, defendida por los peritos, y otra, defendida por los juristas, que podríamos calificar de locura codificada, que no intentaba definir la locura, sino cotejar cada caso particular con el Código Penal.
La primera visión preconizaba que cualquier individuo que padeciera una patología mental, por ligera que fuera, y cometiera un delito debía ser considerado irresponsable a efectos penales.
Esta posición la defendió con contundencia Esquerdo en 1882 ante la Comisión del Senado encargada de estudiar la reforma del Código Penal (López, 1882).
La posición de los juristas estaba bien ejemplificada en las conclusiones del fiscal del proceso Hillairaud cuando señalaba que, aunque pudieran existir «estadios intermedios, locuras parciales» y, en general, formas de locura que no respondieran a estados absolutos «de falta de razón, de delirio» y de «demencia declarada», no podían ser tomados en consideración, porque el Código Penal no los recogía como tales (Sánchez de Ocaña, 1887, 54-55).
No obstante, el debate todavía no se ceñía a la peligrosidad predelictual del loco criminal, a pesar de que esta estaba latente.
En 1885 Raffaele Garofalo se refirió a la temibilidad y peligrosidad de los delincuentes como los conceptos sobre los que debía construirse una nueva penalidad que rompiese con la escuela penal clásica (Garofalo, 1885).
A comienzos del siglo XX, esta idea se abriría paso de forma generalizada.
DEL DEGENERADO AL PELIGROSO SOCIAL
En el juicio de Hillairaud, el fiscal planteó la imposibilidad de que el marco penal español pudiera tomar en cuenta los estadios intermedios de la locura.
Sin embargo, a mediados de la década de 1890 algunos psiquiatras intentaron aproximar posiciones con los juristas defendiendo la existencia de la «responsabilidad atenuada» en muchos degenerados.
En 1894, Vicente Ots y Esquerdo publicó un folleto titulado La locura ante los tribunales en el que atribuía las discrepancias entre «magistrados y frenópatas de nuestro país» a los excesos de la doctrina «ultra-radical» —representada por el grupo de Esquerdo— que defendía un concepto demasiado extenso de los trastornos psicopáticos y de la eximente de responsabilidad penal (Ots y Esquerdo, 1894, 19).
Ots consideraba que la noción lombrosiana del criminal nato perjudicaba la aceptación del degeneracionismo en los tribunales.
En su opinión, «la especie humana, al sufrir degeneración», recorría «dos trayectorias divergentes»: la degeneración vesánica, que terminaba en el manicomio, y la degeneración criminal, que llevaba al individuo al presidio (Ots y Esquerdo, 1894, 11).
Las consecuencias de ambas degeneraciones en relación con la responsabilidad penal debían ser distintas.
El loco era un enfermo que obraba «por impulsos morbosos, por determinaciones patológicas», y producía el mal «por el fatalismo de su organización, que forzosamente le impulsa a reaccionar de un modo insano», por lo que debía ser considerado irresponsable.
Sin embargo, el criminal era «un ser depravado, parético, un microbio», cuyas malas acciones eran originadas por «el desenvolvimiento que han tenido sus morbosas tendencias instintivas, en una atmósfera pestilente».
En este sentido, era responsable de todas sus acciones delictivas, por ser estas «el resultado de su educación perniciosa» (Ots y Esquerdo, 1894, 11-12).
Su propuesta estaba dirigida a buscar un pacto entre magistrados y psiquiatras para acabar con el conflicto en los tribunales.
Para lograrlo, proponía que se aceptara la doctrina de la responsabilidad atenuada, que defendía la responsabilidad de los enfermos mentales cuando sus actos criminales se cometían fuera de la esfera de su patología mental.
En este sentido, los degenerados caerían en muchos casos dentro de la justicia penal al ser responsables de sus actos delictivos, siempre y cuando estos no se produjeran en «la esfera de sus impulsos morbosos» (Ots y Esquerdo, 1894, 50).
En una línea similar se situaba Luis Dolsa, que consideraba que desde Pinel se había producido un ensanchamiento de las fronteras de la irresponsabilidad que alarmaba a la sociedad y pervertía la aplicación del Código Penal.
Frente a este estado de cosas, argumentaba que ya no bastaba que:
el individuo esté afecto de alienación mental en el momento de la acción punible; es necesario [...] que la alienación sea bastante grave y permanente para quitar al individuo afecto toda libertad moral y con ella toda posibilidad de resistir el impulso de su estado morboso.
De ahí que la responsabilidad parcial sea un hecho en psiquiatría que, como sabéis, consiste en que un mismo individuo puede cometer actos responsables o irresponsables, según que entren en la esfera de la razón o del delirio (Dolsa, 1895, 42).
Los degenerados entraban de lleno en esta categoría, pues, debido a la extensa gradación de la degeneración, había «fases en donde cabe el castigo, fases donde se atenúa y fases en las cuales no debe aplicarse» (Dolsa, 1895, 40).
Asimismo, frente a Lombroso y su escuela, negaba que la degeneración fuera un elemento «etiológico fatalmente seguro de la criminalidad», o que el crimen fuera un «signo patognomónico de dolencia alguna» (Dolsa, 1895, 55).
No obstante, pese a estas críticas, el degeneracionismo y los postulados de la Antropología criminal continuaron defendiéndose en los peritajes psiquiátricos.
En cualquier caso, a comienzos del siglo XX se produjeron algunos cambios en las posiciones de los psiquiatras que originaron una redefinición en las relaciones entre crimen y la locura y en la manera de abordarlas penalmente.
El debate comenzó a articularse en torno a la idea de la potencial peligrosidad social de los locos y degenerados y en los medios para detectarla antes de la comisión de un delito.
Se abandonaba, por tanto, la retórica filantrópica y las posiciones contrarias a la pena de muerte que habían caracterizado a los primeros psiquiatras degeneracionistas en favor de una concepción que no descartaba la eliminación del sujeto peligroso como medida de defensa social.
La trayectoria del médico legista Lecha-Marzo da la medida del cambio operado a principios del siglo XX (Martínez-Pérez, 1986; Martínez-Pérez, 1989).
Degeneracionista convencido, en 1906 publicó un trabajo titulado «Las anomalías de Mateo Morral» en el que trataba de suministrar algunos datos sobre las alteraciones reveladas por la autopsia del cadáver de este anarquista que había atentado contra el cortejo nupcial de Alfonso XIII y Victoria Eugenia.
Aunque Lecha-Marzo sostenía que «el progeneismo, la prominencia de los senos frontales y la desviación de la nariz [...] hacen de Morral un tipo criminal de Lombroso» (Lecha-Marzo, 1906, 87), también señalaba que no era irresponsable porque en su cerebro no se había encontrado «ninguna anomalía de carácter atávico» y estaba «macroscópicamente bien conformado» (Lecha-Marzo, 1906, 88).
Ante la posibilidad de que fuera declarado irresponsable si se patologizaba su conducta, Lecha-Marzo le consideró como un mero delincuente al que se le debía aplicar la pena que le correspondiera sin ningún eximente.
Rompía así con una tradición fuertemente arraigada en la psiquiatría y la criminología consistente en descalificar los movimientos sociales y políticos por medio de su patologización, estableciendo una relación directa entre la subversión, la locura y el crimen (Álvarez-Uría, 1983, 244-260; Campos, 1995; Girón, 2002).
La patologización de la protesta social perseguía minimizar su importancia, atribuyendo toda su responsabilidad a líderes o grupos de anormales y desviados, descalificando los comportamientos e ideas políticas que ponían en entredicho el orden social.
De esta manera, se evitaba afrontar los problemas sociales desde una posición política y buscar las soluciones adecuadas.
Consciente de que la aplicación ortodoxa del degeneracionismo podía suponer un freno para ejercer la defensa social, en 1911 Lecha-Marzo propuso un nuevo escenario en el que estas doctrinas debían ser ajustadas (Lecha-Marzo, 1911a).
A su juicio, mientras el principio de libre albedrío y la cuestión de la responsabilidad o irresponsabilidad del delincuente fueran un elemento fundamental sobre el que basar las penas, un gran número de delincuentes podrían, gracias a informes psiquiátrico-forenses que demostraran la existencia de un trastorno mental, beneficiarse de la responsabilidad atenuada.
De ahí se derivaría que el encierro en prisión se vería recortado en cuanto a su duración.
La reacción frente a esta posibilidad fue contundente.
Junto a la buena aplicación de los saberes antropológico criminales, Lecha-Marzo propugnó una medida tajante y polémica para evitar esos efectos negativos, a saber, «no disminuir la pena en los irresponsables parciales» (Lecha-Marzo, 1911b, 101), añadiendo que «al tratarse de sujetos menos aptos que los normales para pesar el pro y el contra de los actos que realizan», y por poseer «una voluntad completamente inestable», se hacía preciso reforzar esa voluntad mediante una elevación de la pena «en razón directa» con el grado de inestabilidad al objeto de «producir en su cerebro un efecto eficaz» (Lecha-Marzo, 1911b, 102).
Esta línea de pensamiento debe encuadrarse en los esfuerzos de médicos y juristas lombrosianos por lograr una reforma profunda de los códigos penales que sustituyera el concepto de «responsabilidad» por el de «peligrosidad social».
En un trabajo de 1915 dedicado a la «prueba médica del discernimiento», Lecha-Marzo y Antonio Piga expresaban con claridad esta nueva tendencia:
Lo que debían pretender los tribunales [...] es averiguar si el sujeto acusado es temible o no para la sociedad en que vive.
El concepto de temibilidad, como sustituto del de libre albedrío, se abre paso rápidamente (Lecha-Marzo, Piga, 1915, 307-308).
Por tanto, para determinados sectores de la ciencia, conocer el grado de libertad moral con el que actuaba el individuo delincuente ya no era la cuestión fundamental a debatir en las salas de justicia.
Lo importante para la seguridad de la sociedad era establecer si se le podía considerar «peligroso».
Solo así podría ejercerse una adecuada defensa social que pasaba por caracterizar al delincuente tanto somática como psíquicamente, y por descubrir con los mismos procedimientos a aquellos sujetos sospechosos de poder llegar alguna vez a atentar contra el orden establecido.
DEL INDIVIDUO PELIGROSO A LA SOSPECHA GENERAL: LA HIGIENE MENTAL
Paralelamente a estas transformaciones en el marco de la psiquiatría legal, la criminología de comienzos del siglo XX comenzó a fijar su atención en el análisis de la pequeña delincuencia y de la vida maleante más artesanal de las grandes ciudades, cuya existencia resultaba inquietante socialmente por su carácter y dificultad de aprehensión, dando lugar a los estudios sobre la «mala vida» (Maristany, 1998, XXXV).
De este modo, el interés de la criminología también se centró en los individuos con conductas delictuales que formaban parte de los territorios más cotidianos de la imagen de la anormalidad y del desequilibrio (Cleminson, 2009; Campos, 2009).
En España, los trabajos más importantes en este sentido fueron La mala vida en Madrid de Constancio Bernaldo de Quirós y José María Llanas de Aguilaniedo, publicado en 1901, y La mala vida en Barcelona, de Max-Bembo.
Según Foucault, las tesis degeneracionistas hicieron innecesaria la oposición entre el crimen monstruoso y la pequeña criminalidad, estableciendo un continuum en el que todo el territorio de las infracciones quedaba bajo la mirada científica permitiendo relacionar «al menor de los criminales con un peligro patológico para la sociedad, para la especie humana en su conjunto» (Foucault 1990b, 251-252).
El discurso sobre la « mala vida», inserto en el cruce de caminos entre el degeneracionismo y la criminología positivista, pretendía analizar un estrato de la población de las grandes urbes marcado por la desviación de las conductas, la anormalidad psíquica y social y la proximidad al delito (Cleminson, Fuentes Peris, 2009).
Una variopinta gama de individuos y grupos marginales como prostitutas, homosexuales, mendigos, vagabundos, estafadores, golfos, gitanos, etc., fueron el objeto de estudio de estas obras.
Se trataba de analizar y catalogar a una población, considerada peligrosa y patológica por sus comportamientos desviados, para reconducirla, normalizarla y gobernarla.
Este tipo de planteamientos llevó a naturalizar el crimen y los comportamientos desviados a partir de criterios claramente económicos y sociales.
El ejemplo más evidente de ello fue la utilización de la falta de trabajo y la miseria como elementos decisivos para establecer la frontera entre la normalidad y la anormalidad.
La falta de trabajo fue así patologizada y criminalizada, convirtiendo a una parte importante de la población en sospechosa de comportamientos antisociales y peligrosos.
La importancia de este tipo de estudios residía en que ensanchaba el campo de la peligrosidad social y ahondaba en la idea de la profilaxis del delito y de la necesidad de imponer sentencias indeterminadas.
En este sentido, los trabajos sobre la mala vida tuvieron años después, una notable influencia en la elaboración de la Ley de Vagos y Maleantes.
En las primeras décadas del siglo XX, en el terreno jurídico, tradicionalmente refractario a los cambios provenientes de la psiquiatría y de la criminología, también comenzaron a producirse transformaciones tendentes a considerar la defensa social y la peligrosidad predelictual como bases del derecho penal.
El fenómeno no fue particular de España, sino que formaba parte de la expansión del movimiento de «defensa social» en Europa y América surgido del debate criminológico de finales del siglo XIX.
La creación en 1889 de la Unión Internacional de Derecho Penal fue un hecho fundamental en la extensión del debate sobre la peligrosidad y sus consecuencias penales.
Frente a la idea del castigo equitativo y retributivo defendido por la escuela penal clásica, se fue imponiendo, impulsada por la Antropología criminal, la idea de la aplicación de castigos personalizados en función de la naturaleza del criminal.
Pero la noción de peligrosidad predelictual se acompañó del desarrollo de otro concepto de largo recorrido, el de las sentencias indeterminadas.
Hacia 1910 ambos asuntos (peligrosidad y sentencias indeterminadas) eran el centro del debate jurídico y criminológico (Kalifa, 2005, 260-265); ese año, el jurista Adolphe Prins publicó La Défense sociale et les transformations du droit pénal, en el que afirmaba la existencia del estado de peligrosidad sin delito y el derecho del estado a intervenir en esos casos de manera preventiva (Prins, 1910,76).
En España, las discusiones sobre la peligrosidad social de los individuos también marcaron los debates criminológicos y psiquiátricos del primer tercio del siglo XX, y adquirieron una especial relevancia en las décadas de 1920 y 1930 de la mano del movimiento de higiene mental.
Además, la conceptualización psiquiátrica de la peligrosidad confluyó, especialmente durante la II República, con una nueva conceptualización jurídica y penitenciaria de la misma y con una enorme preocupación de los gobiernos republicanos por el mantenimiento del orden público, lo que se tradujo en la promulgación de leyes fuertemente represivas como la Ley de Defensa de la República y la Ley de Orden Público (Ballbé, 1985, 317-396; Casanova, 1997, 18-22).
Asimismo, también se aprobaron leyes, como la Ley de Vagos y Maleantes de 1933, encaminadas a la prevención de la delincuencia basadas en la peligrosidad potencial de determinados individuos.
Por tanto, las reformas psiquiátrica y penitenciaria emprendidas durante el primer bienio republicano se entrecruzaron creando espacios comunes en los que se hacía difícil distinguir lo penal y lo psiquiátrico.
Ejemplos de esta intersección fueron el Instituto de Estudios Penales, fundado en marzo de 1932, y el Servicio de Biología Criminal, creado en febrero de 1933, en los que compartían responsabilidades psiquiatras y juristas.
El nombramiento en 1933 del psiquiatra Manuel Ruiz Maya como Director General de Prisiones personifica esta convergencia de intereses.
Su breve mandato coincidió con la creciente conflictividad social y política de la sociedad española y con la elaboración y aprobación de La Ley de Vagos y Maleantes y la Ley de Orden Público (Gargallo, 2011).
Precisamente, Ruiz Maya fue uno de los más destacados teóricos de la peligrosidad predelictual desde el punto de vista psiquiátrico, como lo muestran sus intervenciones en las reuniones anuales de la Asociación Española de Neuropsiquiatría (AEN) de 1927 y 1928, y la publicación de su monumental Manual de psiquiatría penal y civil en 1931 (Campos, 2007).
En 1927, Ruiz Maya presentó en la Segunda Reunión Anual de la AEN un trabajo titulado «La peligrosidad de los alienados en sus aspectos teórico y práctico» en el que afirmaba que, desde el punto de vista psiquiátrico, la peligrosidad se confundía con «el concepto de enfermedad mental».
A su juicio, la peligrosidad residía más en la potencialidad de cometer actos peligrosos que en su comisión.
Además, señalaba que la peligrosidad no podía limitarse a la contravención potencial o efectiva de las normas jurídicas, sino que debía extenderse a «cuanto pueda vulnerar la totalidad de las normas habituales de vida» (Ruiz Maya, 1928, 6).
De este modo, la peligrosidad no se reducía a la comisión de los delitos estipulados por la ley, sino que se extendía a la vulneración de la moral pública «no sujeta sino a la reglamentación tácita del hábito o de la costumbre, y a cuanto la constituye o informa» (Ruiz Maya, 1930, 59).
Estas infracciones o reacciones, tildadas como «paralegales», eran más importantes que las delictivas y precisaban de mecanismos de prevención del delito.
En este sentido, Emilio Mira señalaba que la «verdadera finalidad» del Derecho debería ser «evitar la delincuencia», insistiendo en que, para lograrlo, la acción jurídica tenía que desbordar «el estrecho campo de la acción penal para lanzarse en el fértil terreno de la higiene social y más concretamente de la profilaxis delictiva» (Mira y López, 1932, 236).
El concepto de peligrosidad predelictual y la prevención situaba a la psiquiatría ante el desafío de implementar algún tipo de tecnología que permitiera averiguar científicamente quienes eran los individuos peligrosos.
Aunque hubo intentos de establecer los parámetros de la peligrosidad potencial de manera científica (Campos, 2007, 23-24), los psiquiatras optaron no solo por «estudiar la peligrosidad de los enfermos mentales, sino también la de los individuos normales, con reacciones caracterológicas violentas, porque al fin este es un problema psicológico-psiquiátrico para juzgar del cual ningún otro profesional está tan capacitado» (Rodríguez Lafora, 1929, 67).
Por tanto, a comienzos de los años treinta, la psiquiatría había pasado de definir al enfermo mental como peligroso a proponer el estudio de todas las personas sanas en busca de su potencial peligrosidad.
En un contexto caracterizado por la conversión de la higiene y la profilaxis mental en el eje de actuación de la psiquiatría, que extendía y justificaba su acción en el seno de la sociedad proponiendo investigar y controlar científicamente a los ciudadanos, la exploración de la potencial peligrosidad de los individuos constituía el epicentro del programa de higiene mental que defendían los psiquiatras.
En estas coordenadas, la normalidad, en palabras de Castel, era sospechosa «de no ser más que una apariencia», teniendo que «aportar pruebas ante un tribunal de especialistas en patología» (Castel, 1980, 193-194)3.
Sin embargo, conscientes de las dificultades de estudiar a toda la población la mayoría de los psiquiatras defendían la implantación del reconocimiento psicofísico de todos los delincuentes como medida de defensa social que permitiera diferenciar a los criminales enfermos de los normales y poder actuar en consecuencia.
Además argüían que el examen profundo de los delincuentes no alienados era fundamental para «inquirir su grado de peligrosidad y corregibilidad» y poder conocer «el tipo biológico de su personalidad y los factores etiológicos que han motivado su reacción antisocial» (Saforcada, Torras, 1930, 453).
En esta línea, en 1933 se creó en Madrid el Servicio de Biología Criminal —encargado de «el estudio científico sistemático de todos los delincuentes que se hallen recluidos en las prisiones de Madrid»— con el argumento de que el estudio científico de la personalidad del delincuente podía aportar datos
sumamente valiosos, de evidente trascendencia práctica, que no solo permitan un pronóstico social, sino que, al mismo tiempo proporcionen el material básico para organizar de un modo severamente científico la profilaxis de la criminalidad4.
Asimismo, también en el terreno de la codificación penal se produjeron cambios.
La dictadura de Primo de Rivera promulgó en 1928 un nuevo Código Penal, que pese a recoger algunos postulados de la psiquiatría y la criminología sobre la peligrosidad social, fue criticado porque no satisfizo los planteamientos de los psiquiatras sobre la prevención del delito ni sobre las medidas de seguridad que debían aplicarse a los sujetos potencialmente peligrosos.
Hasta que se promulgara un nuevo Código, se restituyó el de 1870, adaptándolo a la legalidad republicana.
En el terreno psiquiátrico, gracias a la intervención de José Sanchís Banús, se modificó el artículo 8o, permitiendo una interpretación más laxa de la locura que calmaba a los psiquiatras en tanto llegaba el futuro Código:
Están exentos de responsabilidad criminal: 1o El enajenado y el que se halle en situación de trastorno mental transitorio, a no ser que este haya sido buscado de propósito, para que la embriaguez exima de responsabilidad ha de ser plena y fortuita.
La reforma daba una mayor flexibilidad a las interpretaciones de los casos de locura, pero no introducía ninguna de las reivindicaciones esgrimidas por los psiquiatras sobre la prevención del delito o las medidas de seguridad a adoptar frente a delincuentes e individuos potencialmente peligrosos.
Estas vendrían de la mano de la célebre Ley de Vagos y Maleantes del 4 de agosto de 19335.
Esta ley tuvo un complejo proceso de elaboración, pues los socialistas se opusieron a su primer borrador.
El gobierno, deseoso de sacarla adelante, accedió a su revisión y encargó su redacción a los diputados y juristas Luis Jiménez de Asúa del PSOE y Mariano Ruiz Funes de Acción Republicana, profundos conocedores y partidarios ambos de las nuevas corrientes jurídicas y criminológicas (Campos, 2007).
Como gran novedad, la ley introducía la peligrosidad predelictual, que, según Jiménez de Asúa, significaba la «vehemente presunción de que una determinada persona quebrantará la ley penal» (Jiménez de Asúa, 1934, 33).
Asimismo, definía varias categorías de peligrosidad predelictual y proponía las medidas que debían tomarse contra este tipo de individuos.
La mayor parte de los individuos catalogados como vagos y maleantes coincidía plenamente con los estudiados por la literatura criminológica de la «mala vida».
Así, incluía a «los vagos habituales», «los rufianes y los proxenetas», «los mendigos profesionales», «los ebrios y toxicómanos» y los que vivieran de «la mendicidad ajena o explotasen menores de edad o enfermos mentales».
También contemplaba otras categorías de peligrosidad sin delito como eran la imposibilidad de justificar el domicilio, la ocultación de la verdadera identidad, la posesión de documentos de identidad falsos, el quebrantamiento de una orden de expulsión del territorio nacional por los extranjeros, la no justificación de la posesión de dinero o bienes a requerimiento de las autoridades, así como la explotación de juegos prohibidos y la provisión de bebidas alcohólicas a menores de 14 años.
Además, se consideraba como caso de peligrosidad predelictual «mantener trato asiduo o frecuentar lugares en los que se dieran cita maleantes».
Por tanto, la Ley de Vagos y Maleantes etiquetaba como peligrosos a los individuos que no vivían de su trabajo, estableciendo, como era habitual desde hacia décadas, la relación con este como principal indicador de normalidad social.
Las medidas de seguridad que debían aplicarse a estos «sujetos peligrosos» consistían principalmente en el encierro del individuo en establecimientos correctivos o curativos acordes con su estado de peligrosidad; en fijar su pertenencia a un territorio, obligándole a demostrar un domicilio fijo; y, por último, en someterse a la vigilancia e indicaciones de los delegados asignados por la autoridad.
La ley dejaba al criterio del juez la imposición de la duración de la medida de seguridad dentro de un límite establecido, consagrando la flexibilización de la pena.
Desde su proceso de elaboración la ley suscitó temores por la posibilidad de que fuera aplicada indiscriminadamente.
Tanto Ruiz-Funes como Jiménez de Asúa negaron este extremo, afirmando que no existía peligro de una aplicación desmedida de la misma.
Igualmente, Jiménez de Asúa insistió en que la ley no atentaba contra el liberalismo sino que lo reforzaba, porque terminaba con prácticas policiales al margen del derecho para perseguir a los malvivientes (Jiménez de Asúa, 1934, 64).
Sin embargo, la Ley de Vagos y Maleantes fue utilizada muy pronto como un instrumento de represión generalizada a militantes de partidos políticos molestos, endureciéndose su aplicación tras los sucesos revolucionarios de octubre de 1934 (Heredia Urzaiz, 2006; Gargallo, 2011).
Además, en noviembre de 1935, a instancias de la mayoría derechista de la CEDA, se incluyó un nuevo supuesto de peligrosidad sin delito: el de propaganda y actividades sociales que incitasen reiteradamente «a la ejecución de delitos de terrorismo, de atraco y los que públicamente glorifiquen o enaltezcan la comisión de dichos delitos»6.
En este sentido, algunos diarios informaron del uso abusivo de la ley contra militantes de izquierdas, llegándose a denunciar que se hubiera llegado a aplicar a obreros que poseían libros de contenido social avanzado7.
El propio Jiménez de Asúa se mostró escandalizado por esta manera de aplicar la ley e intentó salvar su prestigio recordando que era una ley «científica dirigida a combatir a la peligrosidad potencial de los vagos y maleantes» 8.
Pese a todo, la ley se mantuvo en vigor durante el franquismo hasta que fue sustituida por la Ley de Orden Público de 1970.
En 1954 se introdujo a los homosexuales como sujetos susceptibles de ser declarados peligrosos, y se añadió un párrafo que hacía extensiva su aplicación a «los que de cualquier manera, perturben con su conducta o pusieren en peligro la paz social o la tranquilidad pública»9.
Y, finalmente, en 1958 se crearon dos plazas de médicos forenses adscritas a los nuevos juzgados especiales de vagos y maleantes, argumentando que la declaración de peligrosidad de los sujetos comprendidos en el artículo segundo «requiere en muchos casos la intervención de esos facultativos» 10.
Como vemos, pues, el liberalismo y progresismo que se presuponía a la ley por parte de sus mentores quedó pulverizado en su recorrido posterior sirviendo como instrumento de represión para toda la población. |
One is entitled Arithmetica de Moya intitulada manual de contadores (Pérez de Moya, 1582).
The other is Moya's last mathematical work, the Principios de Geometria de que se podran aprovechar los estudiosos de Artes Liberales, y todo hombre que su officio le necessitare a tomar la regla y compas en la mano.
Con el orden de medir, y dividir tierra (Pérez de Moya, 1584)6.
Es una tierra redonda, la qual tiene de circunferencia 44 varas, demando: ¿que tendra de diametro?
Para saber esta, y sus semejantes, tendras por regla general que la proporcion de la circunferencia a su diametro es tripla sexquiseptima, y al contrario, del diametro a su circunferencia es subtripla sexquiseptima (Pérez de Moya, 1562, p.
Y porque con mayor fundamento se pueda disputar y dar razon de esta arte [geometría], pondremos primero tres generos de principios, siguiendo la orden de Euclides, que son diffiniciones, peticiones, y communes sentencias (Pérez de Moya, 1568, pp. 2-3).
Medir una cosa no es otro, sino saber quantas medidas famosas contiene la cosa que se mide.
Medida famosa dizen a una qualquier medida usada y notoria acerca de algunas o de muchas gentes (Pérez de Moya, 1568, p.
Alberto Durero enel quarto libro de su Geometria pone la orden practicalmente que se ha de tener para saber doblar, o tresdoblar el cubo, o cuerpo quadrado a forma de dado, porque es regla necessaria para muchas cosas mechanicas la quise poner aquí (Pérez de Moya, 1568, p.
Moya's revisited geometry: The Tratado de Geometria practica, y speculativa (1573)
(...) si tirando una linea de un punto a otro [o sea, de K a L], passar por el punto, o angulo D auras acertado, y si passare baxo, abre mas el compas y señala con el de la misma manera, y si passare alto, cierra el compas hasta tanto que se haga, que la linea que del un punto al otro se echare passe justamente por el punto D, como haze la linea KL (Pérez de Moya, 1573, p.
Lo qual todo se demuestra por la duodecima diffinicion del quinto de Euclides, y por la treynta y seys del onzeno, que infieren en substancia, que siendo quatro lineas continuas proporcionales, la proporcion del cubo de la primera linea al cubo de la segunda, sera como la proporcion de la primera a la quarta de las dichas líneas (Pérez de Moya, 1573, p.
Para medir triángulos, ay tantos modos, y primores que dezir que quererlos referir aqui seria confundir los entendimientos de algunos medidores, con los muchos preceptos, los quales por averlos puesto en otro volumen, solo pondre una regla general para medir cualquier triangulo de qualquiera suerte y genero que sea, con solo la noticia de sus lados (Pérez de Moya, 1584, vol.2, chapter X). |
Aportaciones al cálculo de la latitud en la náutica española de principios del siglo XVII contenidas en el manuscrito de Diego Ramírez de Arellano Reconocimiento de los Estrechos de Magallanes y San Vicente, con algunas cosas curiosas de navegación (1621)
En 1620 es nombrado piloto mayor de la Casa de Contratación de Sevilla Diego Ramírez de Arellano, autor de un manuscrito titulado Reconocimiento de los estrechos de Magallanes y San Vicente, con algunas cosas curiosas de navegación.
Había participado en la misión de reconocimiento a la que alude el título del manuscrito, y en el mismo desarrolla métodos e instrumentos para realizar una náutica entendida científicamente, e incluso utiliza una metodología próxima a la ciencia moderna, como al refutar la teoría de Figueiredo acerca de la relación lineal entre la longitud geográfica y la variación magnética de la aguja náutica.
En este artículo se desarrollan algunas conclusiones a las que permite llegar un análisis del manuscrito.
Se centra en la exposición que Diego Ramírez realizó en el mismo acerca de un procedimiento útil para los pilotos del cálculo de la latitud de un lugar por medio de alturas extrameridianas del Sol, lo cual implicaba un gran avance en los métodos de navegación de la época.
También se esbozan las motivaciones e intereses geopolíticos de la monarquía hispana para promover la expedición de reconocimiento que hizo posible el manuscrito y las innovaciones que contiene.
En un clásico libro de Martín Fernández de Navarrete (Fernández Navarrete, 1846) encontramos una amplia exposición de los logros conseguidos por Diego Ramírez de Arellano en el campo de la ciencia náutica en el manuscrito del que vamos a tratar1.
En la obra de Pulido Rubio El Piloto Mayor (Pulido Rubio, 1950) se ofrece una semblanza de la vida de este personaje, y se centra en la glosa de los aspectos sociopolíticos que motivaron la expedición al estrecho de Magallanes en la que participó Diego Ramírez y que dio lugar posteriormente al manuscrito.
Además de esas referencias que podemos llamar clásicas, la importancia de Diego Ramírez ha sido reclamada recientemente en textos como Tecnología de la navegación en la España renacentista (López Piñero, 2007); o en el artículo La expedición de los Hermanos Nodales y el cosmógrafo Diego Ramírez de Arellano (Vicente Maroto, 2001, p.p.
También es posible hallar más referencias puntuales a Diego Ramírez en otras obras, por ejemplo en Historia y leyenda de la aguja magnética (Martínez Hidalgo, 1946), que se refiere a la intervención de Diego Ramírez en cuanto al problema de la declinación magnética, o en la obra La Cartografía Náutica Española en los siglos XIV, XV y XVI (Cerezo Martínez, 1994) que alude al mapa del estrecho realizado a partir de los datos tomados en la expedición, o en otras obras en las cuales se le menciona a raíz de su nombramiento como Piloto Mayor de la Casa de Contratación de Sevilla (González, 1992).
Últimamente ha sido editada una transcripción del manuscrito con un estudio preliminar que se centra en la biografía de Diego Ramírez (Soler Pascual, 2011), y se ha leído una tesis doctoral en la que se realiza un estudio del manuscrito centrado en los aspectos más técnicos de navegación y cartografía, así como una transcripción del mismo (Díaz Hernández, 2011).
El manuscrito se divide en cuatro partes.
En la primera parte, titulada Relación diaria de lo sucedido en el viaje, encontramos un diario de a bordo que incluye minuciosos datos astronómicos a partir de los cuales obtendrá coordenadas geográficas, además de datos sobre corrientes predominantes, datos sobre mareas, sobre vientos y sobre accidentes geográficos de la costa más meridional del continente americano tales como Cabos, bahías, islas, bajíos..., además de un derrotero de retorno a España.
En la segunda parte, titulada De lo observado en el viaje Diego Ramírez realiza una ordenación de las observaciones empíricas recopiladas durante el viaje, de tal modo que las presenta en forma de tablas útiles para los navegantes que realicen el paso del estrecho de Magallanes.
Por ejemplo, ordena todas las observaciones sobre mareas (horas de bajamar, pleamar, mareas vivas y sentido de la corriente de la marea según la zona del Estrecho) en una tabla en la que es posible averiguar para cualquier hora del día en una fecha del año el estado de la marea en cada una de las bocas del estrecho; y lo mismo hace con los valores deducidos sobre la variación magnética, estableciendo una tabla de declinaciones que permite hacer las correcciones de rumbo adecuadas durante la navegación del estrecho de Magallanes; así como también presenta una minuciosa tabla de coordenadas geográficas a partir de las cuales podrá elaborar la cartografía.
Al tratarse de las primeras recopilaciones de este tipo de datos en esa zona del planeta, dichas tablas presentadas en esta segunda parte del manuscrito tienen una relevancia especial, pero sobre todo porque no se limita a presentar y ordenar datos, sino que en la tercera parte, titulada De la doctrina con que se hicieron las observaciones de este viaje, se dedica a justificar desde la teoría cómo se interpretan estas observaciones, y cómo se pueden elaborar procedimientos generales para obtener nuevas mediciones, o sobre cómo es posible desde el conocimiento de leyes generales (por ejemplo Teoremas de la Geometría) abordar problemas concretos de navegación2.
El caso más destacable es el de la obtención de la altura del polo a partir de alturas extrameridianas del Sol, ya que expone un algoritmo útil (y que según el manuscrito se presenta por primera vez para utilidad de los navegantes3) deducido a partir de la trigonometría esférica más elaborada de su época.
Es decir, logra encajar la resolución de un problema náutico (cálculo de las coordenadas del buque) dentro del marco general de la Geometría.
Destaca en este manuscrito y al mismo tiempo lo hace un texto muy diferente a los manuales que a lo largo del siglo XVI se habían destinado a la enseñanza de los pilotos (los de Pedro de Medina, Cortés, Zamorano...), el detallado análisis e interpretación desde la teoría de los datos obtenidos durante el viaje al estrecho de Magallanes, a partir de los cuales se elabora la carta náutica de la zona geográfica que se extiende desde el Río de la Plata hasta la Tierra del Fuego (entonces denominada Isla de Xàtiva)4.
También destaca la detallada exposición de la infraestructura experimental utilizada, con la descripción de todos y cada uno de los instrumentos utilizados en el proceso de medición.
Creemos que es suficiente todo lo comentado hasta aquí sobre el manuscrito para hacerlo merecedor de un extenso y minucioso análisis.
Sobre todo porque se separa de otros textos sobre náutica en cuanto a la preocupación por encajar datos empíricos recopilados sobre el terreno y la teoría disponible para organizarlos e interpretarlos.
Y ello fue posible porque Diego Ramírez encarna un nuevo tipo de Piloto Mayor: a diferencia de su antecedente, Zamorano, por ejemplo, Diego Ramírez cuenta con una sólida formación científica (no menor que la de Zamorano, como se demuestra en el manuscrito), pero además ha tenido amplia experiencia como navegante, algo de lo que adolecieron los pilotos mayores a partir de Alonso de Chaves, nombrado en 15525.
No hay que perder de vista que la posibilidad de que pudiera realizarse este tipo de manuscrito (que entremezclaba varias disciplinas) se basaba en última instancia en el interés de la corona española por controlar una zona geográfica ante las hostilidades de holandeses e ingleses en ese momento histórico.
Es decir, este libro no es posible si previamente no existe una orden del monarca (en forma de Real cédula de 26 de agosto de 1618) para reconocer el estrecho de Magallanes, lo que a su vez significa que sin esta orden del monarca no es posible poner a prueba nuevas maneras de relacionar la teoría y la práctica en cuestiones de náutica, de cartografía y geografía, lo que a su vez significa que sin el interés del monarca no es posible adquirir nuevos datos que pongan en cuestión antiguas teorías que se ajustan a antiguos datos pero no a los nuevos.
Ello nos hace ver una vez más la relación casi inextricable entre ciencia e intereses del Monarca que atravesó todo el quehacer científico en la península durante el siglo XVI.
Al hilo de esta cuestión, Navarro Brotons y Salavert Fabiani llaman la atención sobre una posible revisión historiográfica que otorgue el relieve que verdaderamente tuvo la actividad desarrollada en diferentes ámbitos del saber en la época previa a la Revolución científica, no solo en el sentido de atender al papel relevante que disciplinas como la geografía o la cartografía tuvieron como elementos desencadenantes de la misma, sino también por la vinculación que tuvieron estas mismas disciplinas con las necesidades administrativas de la Monarquía (Navarro Brotons y Savater Fabiani, 2006, pp. 209-228).
En la Casa de Contratación de Sevilla, desde su fundación real en 1503, y a lo largo del siglo XVI se experimenta un proceso en lo referido a la transmisión de enseñanzas náuticas, a los procedimientos requeridos para expedir las licencias de los pilotos que habrían de intervenir en la carrera de Indias, y a los criterios por los que se consideraba óptima la decisión de nombrar a los pilotos mayores.
Un interesante trabajo (Sandman, 2001) muestra que en la primera mitad de siglo este proceso responde a una tensión entre dos polos o estilos de entender la náutica: el estilo tradicional, que consiste en navegar de modo empírico, sin atenerse a principios científicos a partir de los cuales resolver o afrontar situaciones concretas de navegación; y el estilo de los denominados por Sandman Theory-proponents, individuos con excelente formación en cosmografía y que vieron la posibilidad de aplicar con eficacia su conocimiento geográfico, astronómico y matemático a los problemas con que se enfrentaba la navegación trasatlántica, fundamentalmente en lo referido al cálculo de las coordenadas geográficas de la embarcación y la determinación de su rumbo para desplazarse al lugar deseado.
La deficiente navegación que ofrecía para estas rutas de Indias el estilo tradicional generaba numerosos naufragios y por tanto pérdidas cuantiosas no solo en vidas humanas sino también en mercancías a menudo de gran importe económico (Pérez-Mallaina Bueno, 1996).
Este hecho, que afectaba a los intereses de la Corona, provocó una serie de medidas administrativas que no dejaron de sucederse a lo largo del siglo XVI, y que se tradujeron en la creación de una serie de instituciones que respondían en gran parte a la necesidad de mejorar los procedimientos de navegación.
En la segunda mitad del siglo, el Consejo de Indias potencia la figura de los cosmógrafos, a quienes considera útiles no solo para la náutica, sino también para realizar el padrón real, mapa en el que consten los lugares que pertenecen al monarca con su situación lo más exacta posible y especificada por sus coordenadas geográficas, y a partir del cual extraer las cartas náuticas que se utilizaban en las navegaciones transoceánicas.
Ello dio pie a la ingente labor de Juan López de Velasco6, estudiada con detalle por M. Portuondo en lo referente a su significación política (Portuondo, 2005).
Además, la Corona consideró de sumo interés crear la Academia de Matemáticas, con el fin, entre otras cosas, de perfeccionar los procedimientos e instrumentos náuticos (Vicente Maroto y Esteban Piñero, 1991).
En esta situación se llega al principio del siglo XVII, habiendo ocupado España a lo largo del XVI un papel preponderante en la elaboración de Regimientos Náuticos y otros textos destinados a la enseñanza de los pilotos (Medina, Cortés, Zamorano...).
El Piloto Mayor de la Casa de Contratación de Sevilla, Zamorano, eminente representante del polo teórico, será reemplazado a su muerte por Diego Ramírez de Arellano, autor del manuscrito que es el objeto de este trabajo.
CONTEXTO GEOPOLÍTICO QUE MOTIVA LA EXPEDICIÓN EN QUE PARTICIPA DIEGO RAMÍREZ DE ARELLANO
La Reforma protestante había desencadenado entre otras cosas el hecho de que Inglaterra se negara a aceptar la validez de las bulas de Alejandro VI que repartían los territorios descubiertos entre España y Portugal, excluyendo a otras naciones del reparto.
Drake había atravesado el estrecho de Magallanes, incluso tomando posesión de la Tierra del Fuego en nombre de la reina Isabel, y el 15 de febrero de 1579 apareció en las cercanías del puerto del Callao logrando desembarcar a pesar de la defensa que se organizó contra él.
Era evidente que si las flotillas de piratas comenzaban a dominar aquel paso, se encontrarían con un evidente peligro las colonias españolas situadas en el litoral del Pacífico.
Por tanto, se trataba con aquella señal de hostilidad corsaria de comunicar a la corona española que no se aceptaban las reglas del juego que concedían la prioridad española y portuguesa sobre los territorios del Nuevo Mundo.
El ambiente de prevención que comenzó a rodear a la corona se muestra en una serie de documentos, de entre los cuales podemos tomar como especialmente significativo el conjunto de cartas del embajador Bernardino de Mendoza, en el cual se advierte continuamente al monarca de los movimientos hostiles de naves inglesas7.
En el contenido de esta correspondencia se muestra una inquietud que habría de influir en las decisiones del monarca acerca de la geopolítica del estrecho de Magallanes, en cuyo decurso se inscribiría la expedición de los hermanos Nodal y Diego Ramírez con el encargo específico de realizar una cartografía del estrecho.
Pautas para la expedición contenidas en la Real Cédula de 28 de agosto de 1618
La pauta marcada a la navegación según la Real Cédula, en cuanto a derroteros a seguir durante la travesía una vez llegados a tierra americana es la siguiente:
1) Recorrer la costa de Brasil hasta el Río de la Plata.
2) Bajar desde el Río de la Plata costeando hasta el Cabo de las Vírgenes.
3) Embocar el estrecho de Magallanes hasta salir al Océano Pacífico (Mar del Sur) si las condiciones meteorológicas lo permiten, y reconocer la boca del estrecho de Magallanes por el extremo occidental, a 53o de latitud sur, (latitud estimada según la Real Cédula).
4) Reconocer las islas que hay en esta boca del estrecho, y realizar un derrotero de la zona tomando señales de tierra a un lado y otro, sondando el fondo y «reconociendo si hay algún surgidero seguro en la costa».
5) Realizar la navegación del estrecho tomando alturas de polo y longitud en diferentes puntos del mismo.
6) Realizar un reconocimiento de la boca occidental del estrecho desde mar adentro, «para desde allí hacer el dicho reconocimiento y pintura de los aspectos y señales de la tierra y hecho esto, dando el tiempo lugar os volveréis por el mismo estrecho de Magallanes hasta salir a la Mar del Norte (Océano Atlántico), en busca del estrecho de Le Maire».
7) Si las condiciones meteorológicas lo permiten, avanzar hacia el sureste sin perder de vista la costa, «reconociendo y sondando los puertos y bahías que hallareis, poniéndolos en el derrotero con la señales que tuvieran las tierras y la altura de polo, longitud y variación de la aguja, siguiendo la costa hasta los 55 grados y dos tercios, que es donde se tiene aviso que está el estrecho de Le Maire».
8) Una vez avistado el citado estrecho, dice la Real Cédula que «entrando en el estrecho de Le Maire os llegareis a la costa que con más comodidad el tiempo os diere lugar reconociendo los puertos, bahías y surgideros, los fondos que tienen y si son limpios, poniendo cada cosa con mucha puntualidad en el derrotero».
9) A continuación se demanda el reconocimiento de la costa opuesta a la anterior del estrecho de Le Maire, hasta llegar a la boca oriental del estrecho de Magallanes, donde «con las mareas se ha de tener mucho cuidado en considerar lo que bajan y suben de aguas vivas y muertas, y a qué hora y día de Luna, poniéndolo en el libro del derrotero».
10) Asimismo se establece explícitamente en la Real Cédula cuál es la misión de Diego Ramírez: «En los puertos, bahías o cabos que fuere menester reconocer desde tierra se desembarcará Diego Ramírez con la guarda necesaria, poniendo las postas que convengan para descubrir los indios que vinieren a tierra, para que con más seguridad Diego Ramírez pueda sacar la línea meridiana, haciendo las observaciones necesarias y poniendo en los derroteros la latitud del polo, longitud y variación de la aguja que tuvieren las nuevas tierras que se descubrieren».
11) Con el plan de navegación detallado en los puntos anteriores el monarca demanda en la misma Real Cédula que «desde la boca del estrecho de Magallanes hasta el de Le Maire procuréis arribar a la costa y traer planta de toda ella y del mismo estrecho de Le Maire y su costa hasta la punta del Mar del Sur, que está en cincuenta grados, lo mejor que se pudiera».
Esa demanda expresada en la Real Cédula convierte la expedición, en cierto sentido, en una navegación organizada científicamente con la que se persigue obtener la mejor cartografía de los estrechos de Magallanes y San Vicente (o Le Maire).
Mapa de Diego Ramírez de Arellano de la zona reconocida durante la expedición
SOBRE EL CÁLCULO DE LA ALTURA DEL POLO POR ALTURAS EXTRAMERIDIANAS DEL SOL
Aunque en el manuscrito encontramos varios aspectos científicos de la náutica (entre los cuales destaca el estudio de la variación magnética, que lleva a Diego Ramírez a refutar con minuciosos resultados la teoría de Figueiredo sobre la relación lineal entre longitud geográfica y declinación magnética), seleccionamos en este artículo el análisis con cierto detalle del cálculo de la latitud por alturas extrameridianas, ya que es en este apartado del manuscrito donde Diego Ramírez muestra el máximo dominio de las herramientas matemáticas conocidas en la época aplicadas a la resolución de problemas náuticos.
Su conocimiento teórico de los fundamentos de la trigonometría esférica en los textos más elaborados del momento (Regiomontano, Gemma Frisius, Pedro Núñez, García Céspedes, Clavius...) le permite exponer todos los métodos conocidos hasta la fecha sobre el complejo problema del cálculo de la latitud del lugar por medio de alturas extrameridianas del Sol, y no solo eso, sino fundamentar las objeciones que se les puede achacar para su uso práctico en el mar durante las navegaciones.
En este sentido vuelve a mostrar su capacidad de teorizar con una visión pragmática, superando así los límites de esos procedimientos de "salón", que aunque impecables matemáticamente adolecen de una falta de implementación en la práctica náutica; y al mismo tiempo superando también las limitaciones teóricas que restringían a los pilotos el acceso a una navegación científica, basada en un corpus bien trabado, del cual se puede deducir la resolución concreta de un problema encajándolo en un marco general y abstracto.
Es la muestra de esa síntesis de la que habla Sandman y que hemos ido comentando a lo largo de este texto.
Sobre el problema en concreto que aborda Diego Ramírez en este apartado del manuscrito, la motivación del mismo es expresada en estas líneas que reproducimos: «Después que la aguja de demarcar dio claridad a la investigación, y mediante ella y los demás instrumentos de esta arte se han emprendido golfos tan grandes, y descubierto tantas y tan remotas naciones, por cuyo tratado y conocimiento se ven los mares arados de continuas navegaciones, se ha fomentado el asunto de este capítulo de tal suerte que viendo los matemáticos la utilidad que se seguiría si se supiese en la mar la altura del polo a cualquier hora el día han procurado buscar diversos modos para ello, ya inventando instrumentos, ya dando doctrina de los inventados, ya por números, ya con sola regla y compás, intentando cuantos caminos les ha sido posible para poder dar reglas a los marineros mediante las cuales supieran la altura del polo a cualquier hora del día como les dieron los que hoy usan.
En la mar, el mejor y más fácil modo que hasta hoy se ha conocido de saber la altura del polo es al punto del mediodía; con todo, o porque este no se sabe con la puntualidad que es justo, o porque algunos gustaran de no estar atenidos a él, o por lo que algunas veces sucede el no haber Sol al punto del mediodía, después de haber pasado algunos días de tormenta, y ser de importancia la altura del polo para saber con más seguridad dónde se hallan, o por llegar a algunos cabos y puertos después de mediodía, e importando saber su altura no poder detener en él, o deteniéndose estar el cielo turbado al mediodía, será bueno, ya que no para los pilotos que solo se contentan con sus reglas ordinarias, para los que fueren más curiosos poner algunos modos con que esto se sepa en la mar» (folio 136).
Como vemos, la restricción en cuanto al conocimiento de la latitud del lugar que supone el procedimiento de la observación de la altura del Sol a su paso por el meridiano motiva por sí misma el desarrollo de procedimientos basados en la observación de alturas extrameridianas.
Ello implica pasar de una situación geométrica que no exige el análisis de triángulos esféricos (latitud a partir de la altura meridiana del Sol), a otra en la cual sí es necesario resolver triángulos esféricos (latitud a partir de alturas extrameridianas del Sol).
En el siglo XVI comienzan a aparecer en tratados de matemáticas, de astronomía y de náutica procedimientos para calcular la latitud a partir de alturas extrameridianas.
Por ejemplo, Pedro Nunes, en su Tratado da Sphera (Coimbra, 1537) ofrece un primer intento de facilitar este cálculo a los navegantes por medio de un instrumento, llamado poma o esfera, que más adelante detallaremos.
A principios del siglo XVI ya era este un método conocido y familiar para los astrónomos, pero el procedimiento expuesto por Nunes es original y dio paso a una sucesión de procedimientos aplicables en la navegación, entre los cuales se encuentra el de Diego Ramírez que posteriormente expondremos.
Antes de centrarnos en el método de Nunes, comentemos previamente los citados por Diego Ramírez antes de llegar a este matemático: Apiano, Juan de Rojas, Figueiredo y Frisius.
Sobre el de Pedro Apiano, escribe Diego Ramírez: «en la primera parte, proposición 3 de su Cosmografía, dice que tomando la altura del Sol a una hora conocida se sabrá la altura del polo».
Este procedimiento, en el cual es necesario conocer la altura del Sol y la hora en la cual se ha determinado esta altura, además de la declinación, es desechado por Diego Ramírez, ya que al no ser posible determinar con exactitud la hora, a causa de la pobre tecnología relojera de la época, al aplicar este procedimiento al cálculo de la altura del polo se obtendría un error considerable, estimando Diego Ramírez errores de más de 5o, lo cual significa que «por mala que sea la fantasía no se errará tanto» 8.
Es decir, que con los errores cometidos para fijar las coordenadas geográficas por medio del rumbo y la distancia estimados por el piloto, se llegaría a mejores resultados que con este método que comenta Apiano para calcular la altura del polo con una altura extrameridiana del Sol.
Continúa Diego Ramírez con el procedimiento de Juan de Rojas, expuesto en el libro 2, capítulo 27 del Astrolabio, donde «enseña a sacar la altura del polo por el conocimiento de la hora en que el Sol sale o se pone en la parte del mundo donde se hallaran, y en el capítulo 46 por la ascensión oblicua de cualquier signo»9.
Es evidente que si Diego Ramírez deshecha el método anterior por la inexactitud en la determinación de la hora por los relojes de la época, por una razón similar desecha este procedimiento de Juan de Rojas, ya que «los cuales modos tiene los mismos inconvenientes que el pasado sino mayores, pues ni la hora en que el Sol sale o se pone, ni la ascensión oblicua de cualquier signo se puede saber sin conocer primero la altura del polo»10.
A continuación trata el manuscrito del procedimiento expuesto por Figueiredo en su Arte de Navegar, que se basa en la determinación de la altura del polo conociendo la amplitud del Sol, o separación angular en el orto o en el ocaso del Este u Oeste verdadero, lo cual fue tratado por Diego Ramírez en el capítulo anterior.
Pero el cálculo de la latitud por medio de la amplitud, como asegura Diego Ramírez, tiene dos inconvenientes básicos, que implican graves errores en el resultado final de la latitud: 1) la dificultad de fijar la meridiana que proporcione la línea Este-Oeste del lugar respecto a la cual medir esa amplitud, a causa del desconocimiento de la variación magnética del lugar, y 2) debido a que cuando la declinación solar es menor de 17o, navegando entre los trópicos, estima Diego Ramírez, el error en la amplitud es más probable por que este ángulo va disminuyendo, llegando a ser muy apreciable.
Textualmente dice nuestro autor: «Figueiredo, en el final del capítulo 8 de su Arte de Navegar enseña a saber la altura del polo por la amplitud del Sol, y las tablas que están puestas en el capítulo precedente, la cual enseña a sacar por la aguja de demarcar, y la variación, cuya doctrina no quiero detenerme a refutar de propósito, solo diré que se le echa bien de ver a este autor no haberlo experimentado en la mar, ni ponderado en tierra, pues se atrevió a enseñar cosa que por ella se puede errar la altura en más de 30gr errando la amplitud en solo un grado, cosa muy posible; y aunque tuviera la aguja fija con la cual se supiera con más precisión la amplitud del Sol no es practicable en la mar, pues navegando uno entre los trópicos en tiempo que el Sol tuviese menos que 17gr de declinación, errando la amplitud cuando marcase el Sol por la aguja, en 20 minutos, cosa no solo posible sino muy cierta en la mar, podía venir a errar la altura en 10gr porque si teniendo el Sol 17gr de declinación, se hallase que tenía la misma amplitud habiendo de tener 17gr20m, por su cuenta se hallaría en la línea, o en un grado de altura, habiendo de hallarse en 11gr, que son los que competen a 17gr20m de amplitud, y es tanta la verdad esta, que teniendo el Sol 6gr de declinación, con solo 20 minutos de yerro al marcar el Sol, será posible errar la altura en más de 18gr, cosa exorbitante e indigna de hombre de esta profesión» (fol. 137).
Por tanto, a partir de las estimaciones de Diego Ramírez, que arremete una vez más contra los métodos del portugués Figueiredo, este modo de cálculo de la latitud es desechable por el análisis de error efectuado en el párrafo anterior.
Pero además, Diego Ramírez tiene en cuenta la falacia de la teoría de Figueiredo sobre la variación magnética, lo que sería una fuente añadida de error en la determinación de la latitud, pues llevaría a la determinación errónea de las meridianas (cuya correcta determinación exige conocer con exactitud la variación magnética el lugar).
Escribe Diego Ramírez: «Mas para saber esta amplitud, o se ha de valer de las variaciones observadas por los pilotos portugueses, o las ha de observar de nuevo: Si por las observadas se ha de cometer grandísimo yerro, porque todas están a grados enteros, dándonos a entender en esto que no hacían caso de los minutos, y así por lo menos han de estar erradas unas de más y otras de menos de 30m; si estas variaciones las han de observar de nuevo, o será con una o con dos observaciones; si con una no pueden saber la variación que no sepan primero la altura del polo, si con dos será por la mañana la una, no pudiéndose hacer la otra por el mediodía (en cuyo tiempo se puede observar la altura), pues ha de ser a la tarde, y siendo así no será cordura dejar lo fácil por lo dificultoso, lo cierto por lo incierto» (fol. 137).
Sobre el método expuesto por Frisius en el capítulo 42 del Astrolabio Católico, dice Diego Ramírez: «...enseña a saber la altura del polo con sola una observación a cualquier hora del día, presuponiendo conocida la línea meridiana, y como esta no se puede conocer sino por una aguja fija (la cual aunque muchos la han ofrecido ninguno la ha dado) y ésta no la tenemos, así no será practicable en la mar este modo, de donde se colige que entre los provechos que la aguja fija daría a la navegación no sería el menor poderse saber por él la altura del polo a cualquier hora del día con sola una observación» (fol. 137).
A partir de aquí, Diego Ramírez asume el hecho de que sea cual sea el método para calcular la latitud del lugar por alturas extrameridianas del Sol, se debe eliminar la fuente de error que supone la determinación de la meridiana por ser incierta o desconocida la variación magnética del lugar, y que un modo de lograrlo es tomar dos alturas extrameridianas, ambas antes o después del mediodía, y el ángulo que forman los verticales de la posición del Sol cuando se toman ambas alturas.
En efecto, de este modo, como vamos a ver al tratar el caso de Pedro Nunes, se logra eliminar esta dependencia de una magnitud que o no se conoce o es incómodo determinar.
Dice Diego Ramírez: «Finalmente, vistos los inconvenientes de los modos pasados, se vienen a resolver todos que faltando aguja que nos dé la meridiana cierta, no se puede saber la altura del polo a cualquier hora del día si no es por dos observaciones» (fol. 138).
Sobre el método de Pedro Nunes comenta que «no es practicable».
Consiste en construir una esfera con punzones en dos extremos de un diámetro, y que servirán de eje de giro a un semicírculo fabricado en latón y de radio un poco mayor que el de la esfera.
Este semicírculo debe incluir una doble graduación de 0 a 90 grados (hacia el Norte y hacia el Sur), estando el cero de la escala en el medio del semicírculo.
En la superficie de la esfera se representa también un semicírculo máximo que pase por los punzones, que representará el meridiano del lugar y que estará asimismo graduado.
Por último se representa un círculo máximo perpendicular al eje de giro que representará el horizonte del lugar.
Con este instrumento ideado por Nunes se puede resolver gráficamente el problema de la latitud por medio de una altura extrameridiana del Sol.
Se debe conocer para utilizar este método:
1) Por observación con astrolabio o cuadrante la altura del Sol.
2) Por medio de unas tablas la declinación solar de la fecha.
3) El ángulo acimutal del Sol11, que es posible medir con un teodolito y una brújula, siempre que se pueda conocer con exactitud la variación magnética del lugar.
Con estos tres datos, y teniendo en cuenta la figura que aparece en la página siguiente, se procede como sigue:
a) Sobre el círculo del horizonte, a partir del cero de la escala se traza un arco BA que sea igual al acimut medido.
b) En el semicírculo se toma el arco AS, que debe ser igual a la altura medida del Sol sobre el horizonte.
c) Con centro en S y con un radio SC, que debe ser igual a la distancia al polo del Sol, es decir: 90o de declinación, se traza con un compás esférico el círculo menor CC ́, que estará formado por el conjunto de puntos donde puede estar el polo, ya que todos esos puntos cumplen que tienen la misma distancia polar al Sol.
Es decir, esa circunferencia es el lugar geométrico del Polo.
d) Como al mismo tiempo el polo celeste pasa por el meridiano del lugar, obtenemos dos puntos de intersección, C y C ́ que pueden corresponder a la solución de nuestro problema: o bien la latitud es BC o BC ́, como se observa en la figura.
e) Para decidir entre las dos posibilidades, se recurre a la estima de la posición del lugar, es decir, el piloto lleva en su cuaderno de bitácora una estimación diaria de los recorridos de la nave por rumbo y velocidad.
Ello le hace deducir un cierto valor de la latitud: el más próximo será o BC o BC ́, lo cual permite elegir un valor usando este procedimiento.
Esfera o poma de Pedro Nunes
Utilizando el concepto de triángulo de posición podemos explicar el fundamento basado en trigonometría esférica de este método.
Supongamos la siguiente esfera, en la que aparece el triangulo de posición formado por el Sol, el zenit del lugar Z y el polo celeste P. Lo que hace el método de Nunes es formar este triángulo de posición, en el cual podemos determinar los lados 90o - h (90o - altura solar) y 90o - d (90o - declinación) y el ángulo 180o – A (180o - azimut solar).
Tengamos en cuenta que el azimut astronómico se define como el ángulo medido sobre el horizonte del lugar que forma el Sur del lugar y el punto de intersección del vertical del astro con el horizonte.
Este ángulo es el que corresponde al arco AB de la figura anterior, y también corresponde al ángulo en el zenit Z de la siguiente figura.
De este modo lo que hace el método de Nunes es reproducir a escala el triángulo de posición que sobre la esfera celeste determina en ese momento el Sol, y que vemos en la siguiente figura:
Triángulo de posición del Sol
A pesar de que este método gráfico es muy práctico, y supone una innovación respecto de lo que a un piloto de la época parecerían farragosos e ininteligibles procedimientos incluidos en los libros de los astrónomos, Diego Ramírez asegura sumariamente que este procedimiento no es practicable, y aunque no explica las razones, lo afirma seguramente por la inexactitud en la media de la latitud del lugar derivada de los siguientes factores: a) el tamaño reducido del globo, b) las diferentes divisiones en las graduaciones debido a la inherente imposibilidad de lograr divisiones iguales, c) la dificultad de determinar con exactitud el acimut solar en la nave, entre otras cosas por el frecuente desconocimiento de la declinación magnética.
El mismo Pedro Nunes ya tuvo en cuenta estas limitaciones y trató de solventar la tercera de ellas tomando el azimut solar en dos posiciones diferentes del astro.
Está documentado el hecho de que este método se utilizó en la mar en 1538 por Juan de Castro12.
Diego Ramírez expone a continuación el método elaborado por García de Céspedes en su Regimiento de Navegación, capítulo 8, titulado «Donde se enseña la fábrica de un instrumento con el cual se sabrá la altura del polo a cualquier hora, y otras operaciones».
Método que también considera impracticable por estar sujeto a graves errores a causa de la «falacia del papel».
Se trata de representar en dos círculos de papel una trama plana de meridianos y paralelos por medio de una proyección estereográfica13: uno de ellos, el ABCD representa el horizonte del lugar, el zenit y el nadir; los verticales o círculos máximos que pasan por el polo y el zenit, y los círculos menores paralelos al horizonte o almicantarates; y el segundo círculo abcd contiene el ecuador celeste, meridianos y paralelos celestes, y los polos celestes.
Con esta representación gráfica, como veremos, se debe señalar el Sol en el círculo ABCD con sus coordenadas horizontales: altura del Sol y azimut, que se han medido sobre el lugar del que se quiere conocer la altura del polo (se toman dos alturas y dos azimuts); y se superpone este círculo con esas señales al círculo abcd, con la condición de que las señales se superpongan al círculo de declinación que tiene el Sol en la fecha y que se toma en el círculo abcd.
En esas condiciones es fácil comprobar geométricamente que el punto A indica la altura del polo o latitud del lugar.
En realidad se trata de un procedimiento plano análogo al de Nunes en tres dimensiones.
El aspecto de este instrumento es el de un planisferio obtenido por proyección estereográfica, como vemos en la figura siguiente.
Instrumento expuesto en Regimiento de Navegación, de García de Céspedes
Este es el instrumento y el método de uso ideado por García de Céspedes, que puede superar apenas en precisión al método propuesto por Nunes, pero que en definitiva se trata de un método gráfico que no acepta Diego Ramírez como idóneo, ya que «está sujeto a algunos errores por la falacia del papel».
Si lo que persigue Diego Ramírez es una precisión de grados y minutos, como asegura más adelante, es cierto que estos dos métodos que representan a escala (bien en una esfera o bien en círculos) los elementos del triángulo de posición Sol-Zenit-Polo Celeste, implican una inevitable inexactitud a causa del material mismo del instrumento: el globo no será perfectamente esférico ni las divisiones de las graduaciones exactamente iguales, o bien en los planisferios de Céspedes la superposición de los dos planisferios y los giros entre ellos inevitablemente conducirán a errores de hasta un grado.
Es decir, son errores instrumentales, pero Diego Ramírez persigue un algoritmo que permita dar la latitud con precisión de minutos.
Tengamos en cuenta que un objetivo fundamental de la expedición es la cartografía del estrecho de Magallanes, y para lograr una cartografía óptima de la zona necesita coordenadas geográficas lo más exactas posibles.
Es decir, no solo busca un procedimiento que proporcione al navegante un modo cómodo de determinar la latitud, sino que también está buscando sentar un procedimiento que ofrezca la exactitud que requiere la confección de un mapa.
En realidad, vemos a lo largo del manuscrito una preocupación por la exactitud del cartógrafo y la practicidad del piloto, rasgo que en este capítulo llega al máximo cuando nos ofrece una tabla de aplicación del cálculo de la latitud a Río de Janeiro, hallada con el procedimiento que ha ideado, obteniendo una latitud de 22o38' que difiere mínimamente de la calculada actualmente 22o54'14.
Por esa motivación cartográfica, continúa exponiendo el método de Chistopher Clavius, que basado en una construcción gráfica con regla y compás, y usando resultados de trigonometría esférica, no se apoya en un instrumento como en los casos de Nunes y Céspedes15.
Este procedimiento toma como datos, igual que en los anteriores, dos alturas extrameridianas del Sol y la diferencia de azimuts entre las dos posiciones del Sol.
Realiza la exposición del método por medio de un caso practico, realizado el 17 de enero de 1619 en el cabo de las Vírgenes, por la tarde, habiendo tomado alturas de 54o y 44o, con una diferencia de azimuts de 27o.
Se basa en la construcción geométrica que hay en la figura incluida en la página siguiente, tomada del manuscrito de Diego Ramírez.
Sobre ella, los pasos que expone acerca del método de Clavius son: «Esto supuesto en un pliego de papel de la marca mayor se haga el círculo AFBE, de cualquier grandeza, advirtiendo que cuanto mayor fuere el círculo tanto más precisa saldrá la altura del polo que se busca; y tírese la línea HB, la cual representa la sombra de la menor altura del Sol, y tómese el arco AC de 44gr que el Sol tuvo de altura cuando formó la sombra HB.
Del punto C se cuenten los arcos CE, CD de 69gr20m, complemento de la declinación que el Sol tuvo aquel día (nótese que si la operación se hace en la parte del mundo contraria a la parte donde el Sol se halla como si estando a la banda del Norte se hiciese la operación en la parte del mundo del Sur la declinación que el Sol tuviere aquel día se añadirá a 90gr y todo junto será lo que el Sol está apartado del polo aparente).
Sáquese el punto F, el cual será nadir de la sombra HB, y ha de distar una cuarta de cualquiera de los puntos A y B; y del punto F, por los puntos E y D se tiren los rayos FH, FL, y del punto G, mitad de la línea HL, se haga el círculo dLv.
Ídem tómese el arco AK, de 27gr, que es el ángulo comprendido entre las dos sombras, y tírese la línea KM, que representa la sombra de la mayor altura, y tómese el arco KO, de 54gr, que el Sol tuvo de altura, y del punto O, se cuenten los arcos OZ, OR, de 69g20m, distancia del Sol al Polo, y sacando el nadir N, que diste una cuarta de los puntos KM, se tirarán NRP, NiZ, y del punto T, mitad de la línea Pi, se describirá el círculo eiv, el cual cortará al primer círculo en el punto V. Si del punto X, centro del círculo grande se tira la línea mVs, será la meridiana; a la cual si se le saca su nadir, a, que diste una cuarta de los puntos, m, s, del cual tirada la línea av, corta en el círculo en el punto t, y el arco st, que se hallará que vale 52gr20m largos es la altura que da este modo el cabo de las Vírgenes» (fol.139-140).
Esquema usado por Diego Ramírez en su manuscrito
En este procedimiento la idea principal como vemos es la determinación de la meridiana (línea mvs en la figura 5) a partir de los datos tomados: dos alturas extrameridianas y la diferencia de azimuts.
De ese modo se llega a calcular la altura del polo en la misma figura, que corresponde al arco st.
La latitud encontrada para el cabo de las Vírgenes, que según Diego Ramírez son 52o20' largos (interpretamos por largos que al medir con un instrumento análogo a un transportador de ángulos, la medida estaría más cerca de 52o30' que de 52o20'), se desvía más respecto del valor correcto (52o02') que el deducido para Río de Janeiro usando el procedimiento ideado por Diego Ramírez, y que a continuación expondremos.
El problema de la exactitud está en que la representación gráfica, aunque sea del tipo desarrollado por Clavius, siempre está expuesta a errores a causa de los desvíos que pueden introducir la posición de la regla o el compás.
Lo que va a establecer Diego Ramírez para superar esto, será un procedimiento numérico basado en un esquema al que se aplican resultados de trigonometría esférica.
Lo importante es que el valor final de la altura del polo será deducido numéricamente, lo que logra eliminar los errores imputables al instrumento (esfera de Nunes o planisferios de García de Céspedes) o a la construcción geométrica de Clavius.
Dice Diego Ramírez: «Considerando que los dos modos anteriores no pueden dar entera precisión en los minutos, y que sería bueno dar doctrina que precediendo la observación cierta diese la altura del polo en grados y minutos exactos, no tanto por la mar en donde no importa tan rigurosa altura, sino para algunos Cabos y puertos en donde llegando después del mediodía, o faltando el Sol en los días que allí estuviesen se pudiese saber con precisión aquella altura, di en un modo que aunque laborioso es de provecho pues da rigurosa verdad, y como se ha de ofrecer cada día me pareció escribirlo para los escrupulosos que en algunas ocasiones les será de importancia, y harto más trabajoso sería no saber la altura del polo con certeza por faltar el Sol al mediodía y no tener doctrina con que saberlo, y solo servirá este modo a los que están ejercitados en contar y tienen cognición de las tablas de senos, tangentes y secantes» (fol.141).
Es de destacar esta reivindicación contenida en la última frase acerca de la ejercitación en el contar y en el manejo de tablas de senos, tangentes y secantes.
Sabemos que los procedimientos numéricos y de cálculo en los que aparecen multiplicaciones y divisiones de razones trigonométricas pueden llevar a operaciones engorrosas por la cantidad de cifras decimales que pueden llegar a incluir dichas operaciones.
Cualquier manual de historia de las matemáticas nos advierte del hecho de que esta necesidad de efectuar con cierta agilidad multiplicaciones y divisiones de números propició el desarrollo, hacia fines del siglo XVI, de los logaritmos.
De hecho, John Napier comenzó alrededor de 1564 las investigaciones que le llevaron a la definición de logaritmo y a aplicar las propiedades de los mismos al cálculo.
El hecho de que los métodos analizados por Diego Ramírez prescindan de recurrir al cálculo numérico es indicio de la preferencia que había por las resoluciones gráficas y las construcciones geométricas, entre otras razones para evitar los engorros del cálculo.
También, es obvio, por la herencia euclidea en el estilo de hacer matemáticas, que sabemos que se caracteriza entre otras cosas por el hecho de sobredimensionar la demostración basada en construcciones geométricas16.
En este sentido debemos subrayar la no alineación de Diego Ramírez con los métodos clásicos si ello significa una ganancia en cuanto a exactitud en la derivación del valor de la magnitud que se busca, en este caso la altura del polo.
Y en este capítulo lo demuestra con claridad, y ello nos muestra la capacidad de este autor para no encontrarse supeditado a la herencia recibida, y la predisposición a romper con ella a partir de correctas y detalladas argumentaciones.
En ello hay que ver ese talante moderno que tanto iba a costar alcanzar en la ciencia española, pero que a través de textos como el que nos ocupa vemos que empieza a despertar.
El método que Diego Ramírez afirma haber dado con él, y que ofrecerá una precisión de minutos en el cálculo de la latitud incluye una figura con el único propósito de guiar visualmente el cálculo (no como una reproducción a escala en la cual se medirá la altura del polo como en los métodos de Nunes, Céspedes o Clavius), pero el resultado final se obtiene numéricamente, como efectuará en la práctica de aplicación del mismo al cálculo de la latitud de Río de Janeiro.
En la deducción aparecen tres triángulos esféricos, en cada uno de los cuales, a partir de los datos se va obteniendo otro lado o ángulo que será necesario para pasar al siguiente triángulo esférico, hasta llegar al triángulo que permite deducir la altura del polo17.
Insistimos, primero hace una deducción geométrica, y posteriormente una aplicación numérica como vamos a ver.
En sus propias palabras: «El asunto de él (del procedimiento de obtención de la altura del polo) es: Dadas dos alturas, ambas antes o después de mediodía, y el ángulo comprendido entre los verticales de las alturas, conocer la altura del polo.
Llegando a tierra se nivelará el tablón del capítulo 10, y se pondrá de la suerte que allí se dice, y tomando la altura del Sol a grados enteros en el mismo punto se pondrá el torcal encima de la sombra, y se notarán los grados y minutos que corta en la circunferencia de aquel semicírculo, de allí a una o dos horas se volverá a hacer lo mismo, con lo cual se tendrán dos alturas del Sol, y el ángulo comprendido entre los dos verticales de las alturas que serán los grados que hubo entre las dos veces que se puso el torcal encima la sombra.
Sea la mitad del meridiano superior ABD, y la mitad del horizonte AD, y su polo sea B. La cuarta parte de la equinoccial EF y el polo del mundo aparente c.
Los lugares del Sol al tiempo de las observaciones HG, los verticales que pasan por ellos Bi, BR, las alturas del Sol, iH, RG, el ángulo comprendido entre los verticales de las alturas, GBH.
Del polo del mundo, C, se tiren por los mismos lugares del Sol los círculos de declinación CG, CH, y por la 20. del 1. de Theodosio se tire el arco mayor GH.
Digo que siendo conocidas las alturas del Sol iH, RG, y el ángulo Rbi, se conocerá la altura del polo DC, de este modo18:
1) En el triángulo, BGH, están conocidos los dos lados BG, BH, complementos de las alturas del Sol, y el ángulo B comprendido entre los verticales de la observación, luego por la 64 de los Esféricos de Clavius conocido será el lado GH, y el ángulo, BHG19.
2) Ídem en el triángulo CGH, están conocidos sus tres lados, porque GH le acabamos de conocer, y CH, CG, son iguales por ser complementos de la declinación que el Sol tuvo el día de la observación, luego por la 63 de los Esféricos de Clavius se conocerá el ángulo CHG, del cual quitamos el ángulo BHG, conocido por el número primero, quedará conocido el ángulo BHC20.
3) Ídem en el triángulo CBH, están conocidos los lados, HB, complemento menor de la altura, y HC, complemento de la declinación, esta conocida por el 2, el ángulo BHC; luego por la 64 de los Esféricos de Clavius, no se ignorará el lado BC, complemento de la altura del polo y por el consiguiente el arco CD21, altura del polo que se busca» (fol.142).
Destaca en la exposición anterior de Diego Ramírez el hecho de que sea capaz de hacer un relato asequible de resultados de los libros de Clavius, es decir, que cualquier piloto con un poco de base matemática podría seguir el procedimiento que en el texto de Clavius sería inaccesible no solo por estar escrito en latín, sino porque técnicamente sus deducciones son complejas para el bagaje de un piloto de principios del siglo XVII (los textos al uso, como el de Zamorano, no llegan a tratar estos temas, y el más avanzado de Céspedes no desciende a casos concretos, como hará Diego Ramírez).
A continuación el autor complementa la exposición con un algoritmo práctico de cálculo, que luego aplica al caso concreto del cálculo de la latitud de Río de Janeiro que realizó in situ consiguiendo una exactitud sorprendente para la época.
Sin duda se trata de uno de los logros más reseñables de la náutica española de principios del siglo XVII. |
Diccionario histórico del español moderno de aparatos de física experimental: documentación de los términos del Siglo XVIII1
El objetivo de este estudio es presentar la documentación de los términos referidos a aparatos en textos de Física experimental del siglo XVIII y realizar su análisis léxico y lexicográfico.
A partir de la metodología de trabajo del grupo NEOLCYT [URL], se pretende sentar las bases para la elaboración de un Diccionario histórico del español moderno de aparatos de Física experimental (DHEMAFE) como parte del Diccionario histórico del español moderno de la ciencia y de la técnica (DHEMCYT) del grupo NEOLCYT.
Los resultados del análisis de los datos muestran que los textos analizados tuvieron una influencia decisiva en el desarrollo de la Física experimental en España y permitieron la divulgación de neologismos referidos a aparatos en este periodo.
Los textos que conforman el corpus de análisis presentan un porcentaje muy elevado de términos no documentados ni en nuestra lexicografía (31,37%) ni en el CORDE (83,4%), datos que refuerzan la necesidad de seguir en esta línea de investigación de cara a la elaboración del DHEMAFE.
El objetivo de este estudio es analizar las voces referidas a aparatos en los textos de Física experimental en español del siglo XVIII.
Tras la recopilación de los términos, mostramos su tratamiento lexicográfico en los diccionarios generales de español para comprobar, sobre todo, la incorporación de las voces analizadas y poder contar, de este modo, con los datos lexicográficos a nuestra disposición acerca de su significado.
También realizamos una breve incursión en la lexicografía especializada de la época como contrapunto a la información en diccionarios generales, aunque el análisis en profundidad de este tipo de repertorios lexicográficos se pospone para estudios posteriores.
Los resultados de esta investigación, así como los que mostraremos en otras sucesivas que persiguen el mismo objetivo, pero en textos del siglo XIX, constituirán las bases del Diccionario histórico del español moderno de aparatos de Física experimental (DHEMAFE), parte del Diccionario histórico del español moderno de la ciencia y de la técnica (DHEMCYT) elaborado por el grupo NEOLCYT.
El factor que justifica la elaboración del DHEMAFE es que en el siglo XVIII los aparatos fueron decisivos para poder llevar a cabo las experimentaciones que se explicaban en los libros.
La construcción de dichos aparatos se perfeccionó progresivamente, «permitiendo los progresos que se realizaron a lo largo de la centuria en todas las ciencias: sin instrumentos no habría observaciones, ni averiguación de las hipótesis, etc. Fueron los ayudantes serviles de los sabios» (Clément, 1993, p.
La metodología de trabajo seguida es la propia de las investigaciones del grupo NEOLCYT.
Por un lado, documentamos las fuentes fundamentales a partir de la representatividad de las obras y de los autores.
Por otro lado, contextualizamos las obras seleccionadas en la historia de la ciencia y de la técnica en general y en la historia de la Física experimental de la época.
Todos estos datos se consideran necesarios para abordar con garantías el estudio diacrónico de este tipo de léxico.
LA FÍSICA EXPERIMENTAL EN EL SIGLO XVIII
El siglo XVIII presentó avances científicos que heredaron la ampliación de la experimentación producida a finales del siglo XVII.
Desde que Newton (1642-1727) publicara Philosophiae Naturalis Principia Mathematica en 1687 —en donde formuló tres principios del movimiento y la Ley de gravitación universal, según los cuales todos los fenómenos podían verse mecánicamente—, todas las investigaciones de finales del siglo XVII y todo el siglo XVIII se basaron en sus ideas.
Este siglo representó el triunfo del newtonianismo frente al cartesianismo, de modo que los métodos de la lógica formal se fueron reemplazando por los de las ciencias naturales, basados en la experimentación para descubrir las leyes naturales.
Se pasó, así, de la Física escolástica o especulativa a la Física experimental.
Las corrientes más importantes de la Física experimental del siglo XVIII, en todos los casos newtonianas, se gestaron fundamentalmente en Francia y en Holanda, y se extendieron luego por diversos países de Europa.
Uno de los grandes difusores de la Física experimental en Francia fue Nollet.
El contenido de su obra no difería del de los autores holandeses, pero la aplicación de principios como la aceptación de las ideas cartesianas en sus explicaciones sobre los fenómenos gravitatorios, eléctricos o magnéticos, supuso un distanciamiento con respecto a los holandeses (Guijarro, 2001a, p.
De este modo, los holandeses buscaban desarrollar un sistema de enseñanza de la Física experimental basado en las prácticas de las investigaciones experimentales y no determinado por su posición en el marco de un sistema filosófico (Guijarro, 2001a, p.
La recepción en España de los textos científicos y técnicos se produjo por medio de textos traducidos que, fueran o no de autores franceses, en este período llegaban del francés3, lo que conlleva que el estudio de la lengua de la ciencia y de la técnica en español en ese momento deba afrontarse como una labor de traducción permanente4.
Los hechos que provocaron el triunfo de la nueva Física en España fueron la exactitud de las teorías de Newton y la introducción de los experimentos llevados a cabo por medio de las máquinas eléctricas (Vernet, 1975, p.
Pero la difusión del sistema newtoniano, todavía prohibido por la Iglesia, fue lenta.
Con la llegada de la dinastía borbónica al trono español se favoreció el desarrollo científico, aunque fuera con fines estratégicos y militares5, lo que «permitió fomentar (ilustración) y vigilar (despotismo) el progreso científico» (Clément, 1993, p.
Se crearon academias y sociedades científicas según el modelo de la Accademia del Cimento de Florencia, la Royal Society de Londres (1662) y la Académie des Sciences de París (1666), cátedras, centros de enseñanza científica y técnica y sociedades económicas.
Entre tanto, la estructura de las universidades españolas permanecía intacta durante la primera mitad del siglo XVIII, debido al peso de una tradición (Sánchez Ron, 1988, p.
9) todavía asentada en la escolástica o doctrina aristotélica (Clément, 1993, p.
30), lo que conlleva en ese momento que la ciencia newtoniana se introduzca «oficialmente en la universidad española con un considerable retraso respecto a la europea» (Clément, 1993, p.
Con todo, habría que esperar a los planes de estudios promovidos por los ministros de Carlos III (1716-1788) para presenciar la renovación oficial de los estudios y la superación del viejo aristotelismo, concretamente con una reforma aprobada por el Consejo de Castilla que permitió que, a partir de 1770, la nueva ciencia pudiese ser introducida en las aulas, aunque como Física de aparatos, dejando los aspectos teóricos, la Física filosófica, en manos de las corporaciones religiosas6.
Las instituciones españolas que impulsaron con más firmeza la presencia de la Física experimental en los planes de estudio universitarios fueron el Colegio Imperial (1624), el Seminario de Nobles de Madrid (1725), la Conferencia Físico-matemática experimental de Barcelona (1764) y los Reales Estudios de Madrid (1770)7.
De estos centros, que contaron con enseñanzas de Física experimental, el más destacado fue los Reales Estudios de Madrid, que aprobó un nuevo plan de estudios con cátedras de Matemáticas, Lógica y Física experimental, entre otras disciplinas (Guijarro, 2001a, pp. 133-134).
Pero también tuvieron una gran repercusión, por ejemplo, el Seminario de Nobles de Madrid, que contó con las enseñanzas del profesor Antonio Zacagnini, traductor de las Lecciones de physica experimental (1757) de Nollet, y del profesor de Arte Militar y Delineación Tadeo Lope Aguilar, traductor del Elementos de Física Teórica y Experimental de Sigaud de La Fond, o la Conferencia Físico-matemática experimental de Barcelona, que se dedicó al estudio de la obra de Musschenbroek.
La nueva Física se estudiaba con máquinas, que se importaban de países como Holanda, Francia e Inglaterra, y propició la aparición de una nueva artesanía, la de constructor de aparatos científicos destinados a nutrir los laboratorios (Vernet, 1975, p.
Casi todos los aparatos que se importaban y, posteriormente, se fabricaban en España estaban inspirados en el Essai de Physique de Musschenbroek (Vernet, 1975, p.
Por ejemplo, desde los primeros textos de Física experimental en español, como en Lecciones de physica experimental de Nollet (1757)8, se evidencia que la finalidad primordial de dicha materia fue ofrecer un modelo mecánico que diera cuenta de los hechos dentro del marco conceptual corpuscularista, factor que justifica la necesaria atención a los términos que denominan aparatos en estos textos9.
Los textos seleccionados, dos traducidos del francés y cuatro producciones originales en español, fueron decisivos para el establecimiento paulatino de la nueva Física, pues presentaban numerosas novedades, se emplearon en diversas instituciones y los cargos que desempeñaron sus autores fueron de especial influencia10:
· Herrero y Rubira, Antonio María (1738), Physica moderna, experimental, sistematica: donde se contiene lo mas curioso y util de quanto se ha descubierto en la naturaleza, Madrid.
· Piquer, Andrés (1745), Física moderna, racional y experimental, Valencia, Oficina de Pasqual García.
· Jorge Juan y Antonio de Ulloa (1748), Observaciones astronómicas, y physicas, Madrid, Juan de Zúñiga.
· Jean-Antoine Nollet (1757), Lecciones de physica experimental (traducción de Antonio Nicolás Zacagnini Colón).
· Carlos Francisco Amellér (1788), Elementos de geometría, y física experimental, para el uso, e instruccion de los alumnos del Real Colegio de Cirugía de Cádiz, Cádiz, Imprenta de D. Manuel Ximenez Carreño.
En cuanto a los textos escritos originalmente en español, hemos analizado los de Antonio María Herrero y Rubira (1738), Andrés Piquer (1745), Jorge Juan y Antonio de Ulloa (1748) y Carlos Francisco Amellér (1788).
Los dos textos traducidos son de Jean-Antoine Nollet (1757) y Sigaud de La Fond (1799), los autores más representativos de este período, el segundo discípulo del primero, cuyos trabajos se divulgaron en España y, casi de manera simultánea, en América Latina11.
La heterogeneidad de los textos de Física experimental queda demostrada en la variedad de ramas que trataban.
Como se observa en la tabla I, la Física experimental del siglo XVIII consideraba, principalmente, el estudio de la luz, el calor, el magnetismo y la electricidad, campo este que alcanzó un desarrollo mayor al resto, convirtiéndose en un ámbito de estudio modélico para los físicos experimentales.
Ramas de la Física experimental tratadas en los textos del siglo XVIII
I. De la naturaleza, existencia y principios de los cuerpos
Tratado I. De la Fisica, su utilidad, y modo de aprenderla.
Libro I. Observaciones sobre la maxima Obliquidad Eliptica
De la Porosidad, Compresibilidad, y Elasticidad de los cuerpos.
De la mobilidad de los cuerpos; del movimiento, de sus propiedades, y de sus leyes.
Prosiguen las leyes del movimiento simple.
Libro I.o De las lineas, y de los Angulos
Libro II.o De los triangulos
Libro IV.o De los solidos
Libro V.o De las proporciones
Libro VI.o Practica de la geometria
De los principios de los cuerpos, de sus combinaciones, y de la coerencia entre las partes integrantes de los mixtos
De las propiedades generales de los cuerpos
De los principios del Ente natural.
Sobre el movimiento compuesto, y sobre las Fuerzas Centrales.
De la gravedad de los cuerpos.
Prosigue la misma materia.
Lecciones de fisica experimental.
Que trata de la fisica, y su objeto
Seccion 2.a De la extensión y divisibilidad de los cuerpos
Leccion II.a De la figura de los cuerpos
De la estática ó de las máquinas
De las qualidades de los cuerpos
Observaciones de las Inmersiones, y Emersiones de los Satelites de Jupiter, como de los Eclipses de Luna
Lección Novena: Sobre la Mechanica.
Lección Decima: Sobre la naturaleza, y propiedades del Ayre.
Lección XI: Prosiguen las propiedades del ayre.
Del movimiento, y quietud
Sobre la Dilatacion, y Compresion de los Metales
Lección XII: Sobre la naturaleza, y propiedades del agua.
Lección XIII: De la naturaleza, y propiedades del fuego.
V. De las propiedades del movimiento
Tratado V. De las Piedras.
Libro V. Sobre las Experiencias del Barometro simple
Lección XIV: Continuacion de las propiedades del fuego.
Lección XV: Sobre la Luz.
Del sistéma del Mundo.
De las causas físicas de los movimientos celestes
De las leyes del movimiento
De la Velocidad del Sonido
Lección XVI: Sobre la Luz.
Lección XVII: Siguen las Propiedades de la Luz.
Notas a la sección I.
Notas a la sección II.
Notas a la sección III.
Notas a la sección IV.
Notas a la sección V.
Notas a la sección VII.
Notas a la sección X.
Notas a la sección XII.
Notas a la sección XIII.
De la dureza, blandura, y elasticidad de los cuerpos
De la medida del grado de Meridiano contiguo al Equador
Del Choque de los cuerpos
De las Experiencias del Pendulo simple, y conclusion de la Figura de la Tierra
De la Pesadèz de los cuerpos
De la Navegacion sobre la Elipsoide
X. Del tiempo, lugar, y demás qualidades de los cuerpos
Estos campos son los que constituirían la Física experimental, lo que permitía que se diferenciara de la Física general, ciencia cuantitativa y exacta, equivalente a la Mecánica.
Aunque la Física experimental se reconoció en el siglo XVIII gracias a la reorganización de l'Académie des Sciences de París en 1785, cuando la Physique entró a formar parte de la división de ciencias matemáticas, habría que esperar hasta el siglo XIX para hallarse con una Física como una disciplina unificada y autónoma, separada hasta entonces de la Física general.
Entre los textos que presentaban los principios básicos de la Física newtoniana, aparecieron, en primer lugar, el de Herrero y Rubira (1738) y el de Piquer (1745), manuales que supusieron la modernización de la investigación físico-tecnológica (Maldonado y García, 2002, p.
148), si bien, desde el punto de vista lingüístico, fueron obras en donde la aparición de denominaciones referidas a aparatos era escasa, al centrarse sobre todo en explicar las observaciones de la naturaleza realizadas hasta el momento.
En cuanto a la importancia de los textos, a continuación se especifican los rasgos que justifican su consideración para este estudio.
Physica moderna, experimental, sistematica (1738) de Antonio M. Herrero y Rubira (1714-1767) —también autor de la obra en tres volúmenes Diccionario universal francés y español (1744), Madrid, Imprenta del Reyno— es la primera obra de Física moderna editada en España.
El autor, como afirma en esta obra, era enemigo del aristotelismo y polemiza con Losada, Tosca y Feijoo, pero no se separa de la Teología.
Por el contenido del libro, constituye un claro exponente del cartesianismo aprendido durante su estancia en Toulouse, motivo por el cual no tuvo continuidad al verse superado por los textos de orientación newtoniana que le sucederían.
El libro de Piquer (1745) introdujo la Física mecanicista bajo los principios de Descartes y de Newton.
Destacó la importancia de Piquer (1711-1772) en el contexto médico de la época: fue Socio de Honor de la Real Academia Medica-Matritense y en 1751 fue nombrado Médico de la Cámara por parte de Fernando VI.
Hasta este momento ocupó la cátedra de Anatomía de la Universidad de Valencia.
Su obra se dirigía «con especial cuidado à los Medicos» (Piquer, Prologo [sic]) y en ella se exponían «los principales fundamentos de la Fisica experimental» (Piquer, Prologo [sic]).
Es una obra circunscrita en la Física aristotélica porque, por un lado, «se enseña en todas las Universidades, y Claustros de España, y son muchos los autores españoles que la tratan con estension» (Piquer, Prologo [sic]) y, por el otro, «todo quanto en esta Obra digere, lo sujeto humildemente al juìcio, y correccion de la Santa Iglesia Catolica Romana» (Piquer, Prologo [sic]).
Asimismo, estamos ante una obra claramente ecléctica, en donde Piquer trató de conciliar lo antiguo y lo moderno en el marco de la tradición cristiana (Miralles y Miralles, 2007, p.
172)12 e intentó «ofrecer un tratado sistemático y didáctico de todas las materias relacionadas con esta disciplina» (Peset y Lafuente, 1981, p.
Los textos propiamente experimentales, en los que se hallan descripciones detalladas de los experimentos llevados a cabo, son los cuatro siguientes.
Leçons de physique expérimentale de Jean-Antoine Nollet (1743-48), cuya traducción al español fue llevada a cabo por Antonio Colón Zacagnini en 1757 (Lecciones de physica experimental), reflejó el cambio que se produjo en la Física en esos momentos, a raíz de las ideas de Newton, superando la concepción escolástica, y constituyó una obra fundamental para la divulgación de la Física en España y, por tanto, para la introducción y la fijación de las voces físicas en español.
Se «impuso rápidamente como libro de texto en las clases de física que se crean en las Sociedades de Amigos del País o en las Academias» (Vernet, 1975, p.
174) y fue recomendado por Antonio Caballero y Góngora y por Eloy Valenzuela, dos reconocidos profesores de Física de finales del siglo XVIII, en sus programas de estudio.
Su amplio uso se debió a la riqueza de experimentos que presentaba, mediante la indicación de la preparación, los efectos y sus aplicaciones, lo que respondía a la insistencia que se hacía sobre la experimentación en esa época.
Tuvo nueve ediciones en francés13 y una en español14.
Nollet ha sido una figura particularmente desatendida a pesar de que lideró la Física francesa durante décadas (Sellés, 2001, p.
165) y fue uno de los principales difusores de la Física experimental en Francia (Guijarro, 2001a, p.
Abrió «en París un curso público de Física experimental, que tuvo una inmensa repercusión en la alta sociedad» (Clément, 1993, p.
En consecuencia, Luis XV «decidió fundar para el abate una cátedra de Física experimental en el Colegio de Navarra (1753)» (Clément, 1993, p.
Fue un científico innovador que descubrió la difusión de los líquidos, observó cómo el sonido podía propagarse en un medio líquido, inventó un electroscopio con láminas de oro (1748) y realizó reformas en la botella de Leyden, inventada por Musschenbroek, a la cual reemplazó el agua que contenía el recipiente por láminas de estaño o de cobre.
Las concepciones de la Física experimental existentes se dividían entre el uso de la hipótesis mecanicista y el de la hipótesis sustancialista (o materialista).
Y Nollet era uno de los principales representantes de la hipótesis mecanicista con sus trabajos sobre electricidad (Guijarro, 2001b, p.
Por lo que respecta al traductor de la obra de Nollet al español18, Antonio Nicolás Zacagnini Colón (1723 Cádiz-1810 Génova), destaca que estudió filosofía y teología en España hasta 1740, año en que siguió los cursos de matemáticas y de Física experimental del Abate Nollet, el que fuera su catedrático en París.
Enseñó la Física que había aprendido desde su posición de catedrático en el Real Seminario de Nobles de Madrid19 a partir de 1757 y empezó a impartir conferencias públicas sobre este tema en 175820.
En 1762 se le nombró maestro de los Infantes, los hijos del rey Carlos III.
Las Observaciones astronómicas, y physicas de Jorge Juan y Antonio de Ulloa (1748) es «una obra experimental basada en principios newtonianos» (Rodríguez Ballesteros, 2004, p.
478) y en ella se describen los trabajos científicos al estilo de un informe detallado con resultados.
Fundó hacia 1753 el primer observatorio astronómico español en el castillo de Cádiz.
Antonio de Ulloa (1716-1795), por su parte, fue el fundador del Estudio y Gabinete de Historia Natural, antecesor del Real Gabinete de Historia Natural, actual Museo Nacional de Ciencias Naturales, del Observatorio Astronómico de Cádiz y el primer laboratorio de metalurgia del país, así como miembro de la Real Academia sueca, la Academia de Berlín y correspondiente de la Real Academia de Ciencias de París.
Elementos de geometría, y física experimental, para el uso, e instruccion de los alumnos del Real Colegio de Cirugía de Cádiz de Carlos Francisco Amellér (1788) fue el primer libro que se publicó en el Real Colegio de Medicina y Cirugía de Cádiz.
Iba unido a la traducción de Nollet por parte de Zacagnini, pues representaba un extracto de la obra del abate francés a la que antepuso unos Elementos de Geometría, «sin cuyo estudio quedaría desconocida la mayor parte de la Física» (p.
Los Eléments de Physique de La Fond, en su versión traducida al español por Tadeo Lope —ingeniero y profesor de Arte Militar y Delineación en el Real Seminario de Nobles de Madrid y autor del Curso de Matemáticas: para la enseñanza de los caballeros seminaristas del Real Seminario de Nobles de Madrid (1794-1798)— tuvieron una gran trascendencia en la difusión de la Física Experimental en España e incluso en su enseñanza, pues parece ser que se empleó en los Reales Estudios de San Isidro (García y Bertomeu, 2001, p.
La Fond fue discípulo y sucesor de Nollet en la cátedra de Anatomía, Fisiología y Física experimental de París (Balpe, 1999, p.
243) y miembro de la Société Royale des Sciences de Montpellier.
Interesado por los instrumentos y el funcionamiento de un laboratorio de Física experimental, creó su propio laboratorio21en un momento en que, tras la expulsión de los jesuitas, la falta de un gran número de profesores de enseñanza secundaria provocada por la desorganización de los collèges redundó en un aumento de las clases particulares, tanto en París como en las provincias.
En su obra Description et usage d'un cabinet de physique expérimentale22 (1975) se demostraba su interés por los instrumentos y el funcionamiento de un laboratorio de Física experimental.
LA LENGUA DE LOS TEXTOS
El vaciado terminológico de los textos objeto de análisis nos ha proporcionado un listado de términos referentes a aparatos empleados en las experimentaciones físicas, de voces referidas a objetos que formaban parte de los aparatos usados y, finalmente, de descripciones de aparatos sin denominación.
Estas dos últimas categorías de términos, si bien nos permitirán establecer de un modo más completo la fisonomía característica de los textos analizados en estudios sucesivos, no forman parte del corpus de análisis de este trabajo.
Asimismo, hemos recogido las ilustraciones de los aparatos cuando ha sido posible, pues cabe tener en cuenta que
el siglo XVIII fue el de los tratados técnicos ilustrados con un sinnúmero de dibujos de instrumentos científicos y de herramientas para artesanos, planes de laboratorios y fábricas o talleres, figuras anatómicas y detalles botánicos.
Muy representativas de tales libros son las obras del abate Nollet (1700-1770), que se presentaban bajo la forma de pequeños volúmenes portátiles ilustrados con láminas, a veces desplegables (Clément, 1993, pp. 51-52).
Tras el estudio de los textos, nuestro corpus cuenta con 102 términos relativos a aparatos o máquinas23 (Tabla II).
Términos de aparatos en los textos de Física experimental del siglo XVIII
anteojo de larga vista
barómetro doble de Quadrante
barómetro encogido de Ozanam
barómetro simple e inclinado de M.M. Cassini y Bernouilli
barómetro simple e inclinado del Caballero Morland
bomba atraente y compresiva
bomba atraente y elevatoria
bomba atraente, compresiva y con depósito de aire
hygrometro de los Académicos de Florencia
máquina (del Padre Sebastián, Carmelita Descalzo)
máquina del Diluvio (del Abate Lebrun)
máquina hidráulica (De Vera)
probatorio de la máquina neumática
thermometro de M. de Reamur
Entre los términos de la tabla II, se puede hallar casos de variantes denominativas de dos tipos:
· Variantes denominativas sinonímicas: baroscopio/barómetro, telescopio astronómico/telescopio de Galileo, telescopio de refracción/telescopio de Newton y telescopio newtoniano o palanca/vecte.
· Variantes denominativas ortográficas: termometro, termométro, thermometro, thermómetro24.
Así mismo, es posible encontrar ejemplos en los que la variación denominativa se produce por una variación en el aparato introducida por el científico que le da nombre: barómetro simple e inclinado del Caballero Morland, barómetro simple e inclinado de M.M. Cassini y Bernouilli, hygrometro del P. Magnan, hygrometro de Sturme, hygrometro del P. Mersenne, hygrometro de los Académicos de Florencia, hygrometro de Duluc.
Estos términos se refieren a aparatos concretos que ciertas personas podían utilizar en sus propios gabinetes para realizar los experimentos que se describen en los textos analizados.
Ante el uso de un instrumento determinado en un gabinete, los físicos podían incluir mejoras en los aparatos ya existentes para solucionar las posibles imperfecciones que pudieran presentar, o para adecuarlos a un nuevo experimento para el que no se hubieran utilizado anteriormente.
Es importante señalar la distribución de estas primeras documentaciones de voces de aparatos de Física experimental en los textos fundamentales del siglo XVIII, para después poder contrastar estos datos con la primera documentación lexicográfica.
Documentación de los términos en el CORDE
El motivo de la búsqueda de estos términos en el CORDE se halla en la finalidad misma del corpus, pues, como expone la RAE en la sección de Ayuda del Banco de datos del español,
pretende servir tanto a un investigador interesado en la existencia de una palabra o expresión o que quiera llevar a cabo un estudio gramatical, como a los lexicógrafos que con sus materiales elaboren el Diccionario histórico.
En la consulta que hemos realizado para este estudio, se ha podido constatar que, por lo que respecta al ámbito de la Física experimental, y, en concreto, en lo que atañe a los aparatos y las máquinas que los científicos utilizaban en sus experimentos, el 83,4% de los 102 términos documentados en los textos estudiados no se encuentra en las obras que recoge el CORDE.
Este dato demuestra que este corpus presenta carencias en cuanto a su selección para estudiar la historia del léxico científico y técnico español, a pesar de que se trata de un corpus muy amplio de textos, en la línea de lo que han demostrado otros estudios similares al nuestro25.
Si nos centramos en el 16,6% de términos que sí se recoge en el corpus académico26, resulta muy interesante saber que la única documentación que se realiza en el CORDE en un texto anterior al siglo XVIII es la del término palanca.
Aparece en la Traducción de la Mechánica de Aristóteles, de Diego Hurtado de Mendoza (1545) en 38 ocasiones, lo que nos parece lógico puesto que la palanca es una de las piezas fundamentales de la mecánica desde la Antigüedad.
En cuanto a los términos registrados en el CORDE por primera vez en textos del siglo XVIII, estos representan el 4,9% del corpus analizado y son los siguientes: horno de reverbero, hygrometro, microscopio, termométro de Fareinheit y plano inclinado.
Todos se documentan en los Anales del Real Laboratorio de Química de Segovia de Proust (1791) y en el Theatro crítico universal de Feijoo (1728), excepto termométro de Fareinheit que se cita en Geografía física y esférica de las provincias del Paraguay de Félix de Azara (1790).
En textos del siglo XIX se documentan por primera vez 7 términos (6,86%):
· anteojo, areómetro, barómetro, bomba, prisma y máquina pneumática en el Manual de física popular de Vicuña (1881).
· linterna mágica, prisma y máquina pneumática en el Manual de electricidad popular de Casas Barbosa (1881).
Y en textos del siglo XX, se pueden hallar 4 términos (3,92%).
La mayoría de ellos (péndulo, péndulo simple, péndulo compuesto) se citan de la obra Elementos de física general de Sanjurjo (1910).
Los datos expuestos se ilustran en la tabla III.
Los términos documentados en el CORDE
No se documentan en el CORDE
Se documentan en el CORDE
Además, la mayoría de términos se recopila a partir de un número de textos limitado, lo que nos permite afirmar que las fuentes básicas en las que se han documentado los términos en el CORDE han sido las siguientes:
- para el siglo XVIII, los textos de Proust y del Padre Feijoo;
- para el siglo XIX, los textos de Vicuña y Barbosa;
- y para el siglo XX, el texto de Sanjurjo.
La conclusión a la que nos conducen estos resultados es que el CORDE no puede sustituir al análisis de los textos científicos específicos del período histórico objeto de estudio con el fin de determinar la primera documentación de los términos para incluirlos, posteriormente, en el Nuevo Diccionario Histórico de la Lengua Española de la Real Academia Española.
Por tanto, nuestra investigación permite ampliar la nómina de autores y de obras fundamentales que aparece en el CORDE para el estudio del léxico de la ciencia y la técnica del siglo XVIII en lo que respecta al ámbito de la Física experimental, hecho que redundará, sin duda, en un mejor conocimiento tanto de los textos científicos más relevantes para la Historia de la ciencia como a la hora de establecer la historia de los términos objeto de análisis.
Documentación lexicográfica de los términos
El paso siguiente a la documentación de las voces en los textos fundamentales del siglo XVIII y a su contraste con los datos recogidos en el CORDE lo representa el análisis de la incorporación de los términos del corpus en los diccionarios generales españoles, para documentar su primera entrada en un diccionario de lengua española y sentar, así, las bases para la realización del DHEMAFE, integrado en el DHEMCYT.
Para ello, hemos realizado un rastreo de los 102 términos en los diccionarios incluidos en el NTLLE.
Los resultados de este análisis indican que 49 de los 102 términos extractados (48,04%) no se recogen en ninguno de los diccionarios consultados27.
Entre ellos, se encuentran los que se caracterizan por su especialización, como linterna catoptrico dioptrica (Amellér, 1788), probatorio de la máquina neumática (La Fond, 1799) o tubo de Toricelli (Juan y Ulloa, 1748).
Hay que tener en cuenta que, en muchos casos, estos términos solo aparecen en estos textos específicos no considerados por los lexicógrafos, precisamente por su alto grado de especialización.
Tampoco se documentan lexicográficamente términos que incluyen el nombre del autor, como en thermometro de M. de Reamur (Juan y Ulloa, 1748), termométro de Drebbel (La Fond, 1799), termométro de Delisle (La Fond, 1799), termométro de Hauxbée (La Fond, 1799), termométro de Newton (La Fond, 1799).
A este respecto, el término termometro se documenta ya en Sobrino (1705), con la variante sin tilde y más tarde en Terreros (1788), también sin tilde, pero los distintos tipos de termómetros que se manejan para los experimentos en los gabinetes de Física, creados por los distintos autores que se citan en las denominaciones, no aparecen en la nomenclatura de los diccionarios estudiados, ni tampoco como subentradas bajo el término base que sí se recoge en la mayoría de ellos.
En cambio, se produce una mención de los aparatos a los que se hace referencia con estas denominaciones en el desarrollo explicativo de los diccionarios enciclopédicos, que normalmente son los que incorporan este tipo de explicaciones.
Así, puede verse, por ejemplo, en la documentación de la voz termometro en el Diccionario Castellano con las voces de ciencias y artes de Terreros28:
En cuanto a los términos documentados, es especialmente significativo el hecho de que 20 de ellos se hallan por vez primera en alguna de las ediciones del diccionario académico.
En el Diccionario de Autoridades encontramos la primera documentación lexicográfica de 11 de ellos29.
Se trata de términos (como anteojo, palanca, péndulo o telescopio) con una amplia tradición científica anterior a la documentación en los textos analizados para este estudio, por ser compartidos con otras disciplinas como la Química o la Medicina, aunque nuestra documentación se refiere a la primera vez que se hallan en un texto de Física experimental.
Por último, de los términos que se documentan lexicográficamente por primera vez en diccionarios no académicos, destacan, por una parte, 8 que se recogen por primera vez en Terreros –areómetro (Nollet, 1757), baroscopio (Nollet, 1757), máquina de Arquímedes (Herrero y Rubira, 1738), micrómetro (Juan y Ulloa, 1748), pie de Rey (Juan y Ulloa, 1748), pirómetro (Nollet, 1757), polemoscopio (Nollet, 1757), vecte (Amellér, 1788) y ventilador (La Fond, 1799)–.
Algunos de estos términos (balanza hidrostática, baroscopio, máquina de Arquímedes, máquina compuesta, máquina simple, péndulo compuesto, péndulo simple31, polemoscopio y vecte) no se incorporaron al DRAE en ninguna de sus ediciones.
Otros, lo hicieron a lo largo del siglo XIX: areómetro, micrómetro en su edición de 1817; pirómetro en 1822; ventilador en 1843; bomba atraente e impelente y eudiómetro en 1884; otros a lo largo del siglo XX: sonómetro y fuente en 1984; tubo capilar en 1985 (Manual) y, por último, pie de rey se ha incorporado en la edición de 2001, la última, por ahora, del diccionario académico.
De todas estas documentaciones en los diccionarios académicos, es llamativo el hecho de que términos como baroscopio (Nollet, 1757) no lleguen a entrar en el DRAE y que otros como eudiómetro (La Fond, 1799) lo hagan a principios del XIX.
Incluso cabe destacar que un término documentado ya en un texto del siglo XVIII como pie de Rey (Juan y Ulloa, 1748) se acabe incorporando en el diccionario en su primera edición del siglo XXI, tres siglos más tarde.
Como complemento de los datos lexicográficos expuestos en los diccionarios generales de lengua que se recogen en el NTLLE, hemos consultado las voces extractadas en diccionarios científicos y técnicos de comienzos del siglo XIX.
Cabe mencionar que no se halla ningún diccionario de Física experimental, ni en el siglo XVIII ni en el XIX, motivo por el cual hemos recurrido a observar el Diccionario universal de Física de Brisson (1796-1802), en su traducción al español, y dos repertorios de ciencias experimentales que, como los de Medicina y Farmacia del siglo XIX, podían considerarse interdisciplinares con la Física experimental: el Nuevo Diccionario español e inglés que contiene la etimología, de la propia, y metaphorica significación de las palabras, términos de artes y sciencias, de Pedro Pineda (Londres, 1740) y el Vocabulario médico-quirúrgico, o Diccionario de Medicina y Cirugia, que comprende la etimologia y definicion de todos los terminos usados en estas dos ciencias por los autores antiguos y modernos, de Hurtado de Mendoza (Madrid, 1840).
Estas dos obras, junto con la de Brisson, abarcan de mediados del siglo XVIII a mediados del siglo XIX, época de plena difusión de los términos expuestos en este trabajo.
Tras el análisis de las voces objeto de estudio en estas obras, observamos, en primer lugar, que se adelanta la datación lexicográfica de algunas de las voces en relación con los diccionarios de lengua recogidos en el NTLLE y, en segundo lugar, que se documentan voces que no documentamos en textos lexicográficos generales.
Por lo que respecta al primer aspecto, se adelanta la datación lexicográfica de 11 voces (eudiómetro, fuente intermitente, hygroscopio, máquina de Boyle, máquina pneumática, microscopio solar, péndulo, péndulo compuesto, péndulo simple, polemoscopio y sonómetro), todas ellas documentadas por primera vez en el Diccionario universal de Física de Brisson, como es esperable al tratarse de un diccionario de Física.
En cuanto a la documentación lexicográfica de voces que no se documentaban en repertorios generales, se han podido documentar, también en el Diccionario universal de Física de Brisson, 19 voces (barómetro simple, barómetro de quadrante, barómetro luminoso, bomba atractiva, bomba compresiva, hygrometro de Duluc, nociómetro, telescopio astronómico, telescopio de Galileo, telescopio gregoriano, telescopio newtoniano, termométro de Fareinheit, termométro de Reamur, termométro de Florencia, termométro de Drebbel, termométro de Delisle, termométro de Newton, tubo capilar y tubo de Toricelli).
Los datos definitivos de los diccionarios estudiados, nos revelan que 32 de los 102 extractados (31,37%) no aparecen en ninguno de los diccionarios analizados, sean generales, sean especializados, lo cual demuestra que es importante tener en cuenta la información recogida en los diferentes diccionarios para el estudio y conocimiento de las voces, al recogerse 70 términos, pero asimismo refuerza la necesidad de trabajar desde los textos fundamentales de la época para aportar términos usados y difundidos pero no recopilados en los diccionarios.
El proceso de documentación de las voces es complejo, pues hay que tomar en consideración muchas variables: palabra, texto, autor, período, etc. Para poder determinar la repercusión de las palabras de nuestro corpus, es necesario conocer los textos fundamentales, en nuestro caso, por medio de su empleo en instituciones más o menos prestigiosas o a partir de la importancia de sus autores.
Más concretamente, los resultados del análisis de los datos demuestran que, por lo que respecta a la documentación de voces referentes a aparatos de Física experimental del siglo XVIII, los textos analizados son fundamentales porque ejercieron una influencia decisiva en el desarrollo de la Física experimental en España y permitieron divulgar neologismos, en ese período, referentes a aparatos.
Las traducciones de Nollet y La Fond por parte de Zacagnini y Lope, respectivamente, sentaron las bases para la introducción y posterior divulgación de la Física experimental en España.
Por todo ello, el estudio del léxico de la ciencia y la técnica del siglo XVIII debe tener en consideración los textos estudiados; más concretamente, para el ámbito de la Física experimental, sin estos textos cualquier intento de realizar una historia de la lengua o una obra lexicográfica de carácter histórico resultaría, cuando menos, incompleto.
Conocer la Historia de la Ciencia se hace imprescindible para poder establecer una verdadera «historia de las palabras» pertenecientes a la Física Experimental si se pretende acometer el estudio de los textos científicos de la época con el rigor que se requiere para un estudio de este tipo.
El hecho de que los textos de nuestro corpus de análisis recojan un porcentaje de términos no documentados muy elevado tanto en los diccionarios (31,37%) como en el CORDE (83,4%) refuerza la necesidad de continuar en esta línea de investigación que desencadenará en la elaboración del DHEMAFE como parte del DHEMCYT.
Solo así podremos trazar una historia del léxico científico y técnico español adecuada a la realidad del uso de las voces. |
Subsets and Splits
No community queries yet
The top public SQL queries from the community will appear here once available.